The Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La bodega

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 22, 2009 [EBook #28927]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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VICENTE BLASCO IBEZ

LA BODEGA

--NOVELA--

19.000

F. SEMPERE Y COMPAA, EDITORES

    Isabel la Catlica, 5     ||     Salas, 4 (Sucursal)
                              ||
          VALENCIA            ||           MADRID

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.a--VALENCIA




LA BODEGA




I


Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela,
entr Fermn Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primera
bodega de Jerez, conocida en toda Espaa; Dupont Hermanos, dueos del
famoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos mritos se
pregonan en la cuarta plana de los peridicos, en los rtulos
multicolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casas
viejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de agua
de los cafs.

Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora de
retraso. Sus compaeros apenas levantaron la vista de los papeles cuando
l entr, como si temieran hacerse cmplices con un gesto, con una
palabra, de esta falta inaudita de puntualidad. Fermn mir con
inquietud el vasto saln del escritorio y se fij despus en un
despacho contiguo, donde en medio de la soledad alzbase majestuoso un
_bureau_ de lustrosa madera americana. El amo no haba llegado an. Y
el joven, ms tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenz a clasificar
los papeles, ordenando el trabajo del da.

Aquella maana encontraba al escritorio algo de nuevo, de
extraordinario, como si entrase en l por vez primera, como si no
hubiesen transcurrido all quince aos de su vida, desde que le
aceptaron como _zagal_ para llevar cartas al correo y hacer recados, en
vida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinasta, el fundador del
famoso cognac que abri un nuevo horizonte al negocio de las bodegas,
segn decan pomposamente los prospectos de la casa hablando de l como
de un conquistador; el padre de los Dupont Hermanos actuales, reyes de
un estado industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de tres
generaciones.

Fermn nada vea de nuevo en aquel saln blanco, de una blancura de
panten, fra y cruda, con su pavimento de mrmol, sus paredes estucadas
y brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban el
muro hasta el techo, dando a la luz exterior una lctea suavidad. Los
armarios, las mesas y las taquillas de madera oscura, eran el nico tono
caliente de este decorado que daba fro. Junto a las mesas, los
calendarios de pared ostentaban grandes imgenes de santos y de vrgenes
al cromo. Algunos empleados, abandonando toda discrecin, para halagar
al amo, haban clavado junto a sus mesas, al lado de almanaques ingleses
con figuras modernistas, estampas de imgenes milagrosas, con su oracin
impresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que desde el
fondo del saln alteraba el silencio con sus latidos, tena la forma de
un templete gtico, erizado de msticas agujas y pinculos medioevales,
como una catedral dorada de bisutera.

Esta decoracin semirreligiosa de una oficina de vinos y cognacs era lo
que despertaba cierta extraeza en Fermn, despus de haberla visto
durante muchos aos. Persistan an en l las impresiones del da
anterior. Haba permanecido hasta hora muy avanzada de la noche con don
Fernando Salvatierra, que volva a Jerez despus de ocho aos de
reclusin en un presidio del Norte de Espaa. El famoso revolucionario
volva a su tierra modestamente, sin alarde alguno, como si los aos
transcurridos los hubiese pasado en un viaje de recreo.

Fermn le encontraba casi igual que la ltima vez que le vio, antes de
marchar l a Londres para perfeccionar sus estudios de ingls. Era el
don Fernando que haba conocido en su adolescencia; igual voz paternal y
suave, la misma sonrisa bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosos
por la debilidad, brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Las
privaciones del presidio haban encanecido sus cabellos rubios en las
sienes y blanqueado su barba rala, pero el gesto sereno de la juventud
segua animando su rostro.

Era un santo laico, segn confesaban sus adversarios. Nacido dos
siglos antes, hubiese sido un religioso mendicante preocupado por el
dolor ajeno y tal vez habra llegado a figurar en los altares. Mezclado
en las agitaciones de un perodo de luchas, era un revolucionario. Se
conmova con el lloro de un nio: desprovisto de todo egosmo, no haba
accin que considerase indigna para auxiliar a los desgraciados, y, sin
embargo, su nombre produca escndalo y temor en los ricos, y le
bastaba, en su existencia errante, mostrarse algunas semanas en
Andaluca, para que al momento se alarmasen las autoridades y se
concentrara la fuerza pblica. Iba de un lado a otro como un Asheverus
de la rebelda, incapaz de hacer dao por s mismo, odiando la
violencia, pero predicndola a los de abajo como nico medio de
salvacin.

Fermn recordaba su ltima aventura. Estaba l en Londres cuando ley la
prisin y la sentencia de Salvatierra. Haba aparecido en la campia de
Jerez, cuando los trabajadores del campo acababan de iniciar una de sus
huelgas.

Su presencia entre los rebeldes fue el nico delito. Le prendieron, y al
interrogarle el juez militar, se neg a jurar por Dios. La sospecha de
complicidad en la huelga y su irreligiosidad inaudita bastaron para
enviarle a presidio. Fue una injusticia que el miedo social se permiti
con un ser peligroso. El juez le abofete durante un interrogatorio, y
Salvatierra, que de joven se haba batido en las insurrecciones del
perodo revolucionario, limitose, con una serenidad evanglica, a pedir
que pusieran en observacin al violento juez, pues deba sufrir una
enfermedad mental.

En el presidio, sus costumbres haban causado asombro. Dedicado por
aficin al estudio de la Medicina, serva de enfermero a los presos,
dndoles su comida y sus ropas. Iba haraposo, casi desnudo; cuanto le
enviaban sus amigos de Andaluca pasaba inmediatamente a poder de los
ms desgraciados. Los guardianes, viendo en l al antiguo diputado, al
agitador famoso que en el perodo de la Repblica se haba negado a ser
ministro, le llamaban don Fernando, con instintivo respeto.

--Llamadme Fernando a secas--deca con sencillez.--Habladme de t, como
yo os hablo. No somos ms que hombres.

Al llegar a Jerez, despus de permanecer algunos das en Madrid entre
los periodistas y los antiguos compaeros de vida poltica, que le
haban conseguido el indulto sin hacer caso de su resistencia a
aceptarlo, Salvatierra se dirigi en busca de los amigos que an le
restaban fieles. Haba pasado el domingo en una pequea via que tena
cerca de Jerez un corredor de vinos, antiguo compaero de armas del
perodo de la Revolucin. Todos los admiradores haban acudido al
enterarse del regreso de don Fernando. Llegaban viejos arrumbadores de
las bodegas, que de muchachos haban marchado a las rdenes de
Salvatierra por las asperezas de la inmediata serrana, disparando su
escopeta por la Repblica Federal: jvenes braceros del campo que
adoraban al don Fermn de la segunda poca, hablando del reparto de las
tierras y de los absurdos irritantes de la propiedad.

Fermn tambin haba ido a ver al maestro. Recordaba sus aos de la
infancia; el respeto con que oa a aquel hombre, admirado por su padre y
que durante largas temporadas vivi en su casa. Senta agradecimiento al
recordar la paciencia con que le haba enseado a leer y escribir, cmo
le haba dado las primeras lecciones de ingls y cmo le inculc las ms
nobles aspiraciones de su alma; aquel amor a la humanidad en que pareca
arder el maestro.

Al verle tras su largo cautiverio, don Fernando le estrech la mano, sin
la ms leve emocin, como si se hubiesen encontrado poco antes, y le
pregunt por su padre y su hermana con voz suave y gesto plcido. Era el
hombre de siempre, insensible para el dolor propio, conmovido ante el
sufrimiento de los dems.

Toda la tarde y gran parte de la noche permaneci en la casita de la
via el grupo de amigos de Salvatierra. El dueo, rumboso y entusiasmado
por la vuelta del grande hombre, saba obsequiar a la reunin. Las caas
de color de oro circulaban a docenas sobre la mesa cubierta de platos de
aceitunas, lonchas de jamn y otros comestibles que servan de pretexto
para desear el vino. Todos lo saboreaban entre palabra y palabra, con la
prodigalidad en el beber propia de la tierra. Al cerrar la noche muchos
se mostraban perturbados: nicamente Salvatierra estaba sereno. l slo
beba agua, y en cuanto a comer, se resisti a tomar otra cosa que un
pedazo de pan y otro de queso. Esta era su comida dos veces al da desde
que sali de presidio, y sus amigos deban respetarla. Con treinta
cntimos tena lo necesario para su existencia. Haba decidido que
mientras durase el desconcierto social y millones de semejantes
perecieran lentamente por la escasez de alimentacin, l no tena
derecho a ms.

Oh, la desigualdad! Salvatierra se enardeca, abandonaba su flema
bondadosa al pensar en las injusticias sociales. Centenares de miles de
seres moran de hambre todos los aos. La sociedad finga no saberlo,
porque no caan de repente en medio de las calles como perros
abandonados; pero moran en los hospitales, en sus tugurios, vctimas en
apariencia de diversas enfermedades; pero en el fondo, hambre! todo
hambre!... Y pensar que en el mundo haba reservas de vida para todos!
Maldita organizacin que tales crmenes consenta!...

Y Salvatierra, ante el silencio respetuoso de sus amigos, haca el
elogio del porvenir revolucionario, de la sociedad comunista, ensueo
generoso, en la cual los hombres encontraran la felicidad material y la
paz del alma. Los males del presente eran una consecuencia de la
desigualdad. Las mismas enfermedades eran otra consecuencia. En lo
futuro, el hombre morira por el desgaste de su mquina, sin conocer el
sufrimiento.

Montenegro, escuchando a su maestro, evocaba uno de los recuerdos de su
juventud, una de las paradojas ms famosas de don Fernando, antes de que
ste fuera al presidio y l partiese para Londres.

Salvatierra hablaba en un mitin explicando a los obreros lo que sera la
sociedad del porvenir. No ms opresores y falsarios! Todas las
dignidades y profesiones del presente haban de desaparecer. Quedaran
suprimidos los sacerdotes, los guerreros, los polticos, los abogados...

--Y los mdicos?--pregunt una voz desde el fondo de la sala.

--Los mdicos tambin--afirm Salvatierra con su fra tranquilidad.

Hubo un murmullo de asombro y extraeza, como si el pblico que le
admiraba fuese a rerse de l.

--Los mdicos tambin, porque el da que triunfe nuestra revolucin se
acabarn las enfermedades.

Y como presintiese que iba a estallar una carcajada de incredulidad, se
apresur a aadir:

--Se acabarn las enfermedades, porque las que ahora existen son por
haber hecho ostentacin de la riqueza, comiendo ms de lo que necesita
el organismo, o por comer menos la pobreza de lo que exige el
sostenimiento de su vida. La nueva sociedad, repartiendo equitativamente
los medios de subsistencia, equilibrar la vida suprimiendo las
enfermedades.

Y el revolucionario pona tal conviccin, tal fe en sus palabras, que
estas y otras paradojas imponan silencio, siendo acogidas por los
creyentes con el mismo respeto que las simples turbas medioevales
escuchaban al apstol iluminado que les anunciaba el reinado de Dios.

Los compaeros de armas de don Fernando recordaban el perodo heroico de
su vida, las partidas en la Sierra, dando cada uno gran abultamiento a
sus hazaas y penalidades, con el espejismo del tiempo y de la
imaginacin meridional, mientras el antiguo jefe sonrea como si
escuchase el relato de juegos infantiles. Aquella haba sido la poca
romntica de su existencia. Luchar por formas de gobierno!... En el
mundo haba algo ms. Y Salvatierra recordaba su desilusin en la corta
Repblica del 73, que nada pudo hacer, ni de nada sirvi. Sus
compaeros de la Asamblea, que cada semana tumbaban un gobierno y
creaban otro para entretenerse, haban querido hacerle ministro.
Ministro l? Y para qu? nicamente lo hubiese sido para evitar que en
Madrid hombres, nios y mujeres durmieran a la intemperie en las noches
de invierno, refugindose en los quicios de las puertas y en los
respiraderos de las cuadras, mientras permanecan cerrados e inservibles
en el paseo de la Castellana los grandes hoteles de la gente rica,
hostil al gobierno, que se haba trasladado a Pars cerca de los
Borbones para trabajar por su restauracin. Pero este programa
ministerial no haba gustado a nadie.

Despus, los amigos, al remontarse en su memoria hasta las
conspiraciones en Cdiz, antes de la sublevacin de la escuadra, haban
recordado a la madre de Salvatierra... Mam! Los ojos del
revolucionario se mostraron ms lacrimosos y brillantes detrs de las
gafas azuladas. Mam!... Su gesto, sonriente y bondadoso, se borr bajo
una contraccin de dolor. Era su nica familia, y haba muerto mientras
l permaneca en el presidio. Todos estaban acostumbrados a orle hablar
con infantil sencillez de aquella buena anciana, que no tena una
palabra de reproche para sus audacias y encontraba aceptables sus
prodigalidades de filntropo, que le hacan volver a casa medio desnudo
si encontraba un _compaero_ falto de ropa. Era como las madres de los
santos de la leyenda cristiana, cmplices sonrientes de todas las
generosas locuras y disparatados desprendimientos de sus hijos. Esperad
que avise a mam, y soy con vosotros, deca horas antes de una
intentona revolucionaria, como si esta fuese su nica precaucin
personal. Y mam haba visto sin protesta cmo en estas empresas se
gastaba la modesta fortuna de la familia, y le segua a Ceuta cuando le
indultaban de la pena de muerte por la de reclusin perpetua; siempre
animosa y sin permitirse el ms leve reproche, comprendiendo que la vida
de su hijo haba de ser as forzosamente, no queriendo causarle
molestias con inoportunos consejos, orgullosa, tal vez, de que su
Fernando arrastrase a los hombres con la fuerza de los ideales y
asombrara a los enemigos con su virtud y su desinters. Mam!... Todo
el cario de clibe, de hombre que, subyugado por una pasin
humanitaria, no haba tenido ocasin de fijarse en la mujer, lo
concentraba Salvatierra en su animosa vieja. Y ya no vera ms a mam!
no encontrara aquella vejez que le rodeaba de mimos maternales como si
viese en l un eterno nio!...

Quera ir a Cdiz para contemplar su tumba: la capa de tierra que le
ocultaba a mam para siempre. Y haba en su voz y en su mirada algo de
desesperacin; la tristeza de no poder aceptar el engao consolador de
otra vida; la certidumbre de que ms all de la muerte se abra la
eterna noche de la nada.

La tristeza de su soledad le haca agarrarse con nueva fuerza a sus
entusiasmos de rebelde. Dedicara lo que le restaba de existencia a sus
ideales. Por segunda vez le sacaban de presidio y volvera a l siempre
que los hombres quisieran. Mientras se mantuviera de pie, peleara
contra la injusticia social.

Y las ltimas palabras de Salvatierra, de negacin para lo existente, de
guerra a la propiedad y a Dios, tapujo de todas las iniquidades del
mundo, zumbaban an en los odos de Fermn Montenegro, cuando a la
maana siguiente ocup su puesto en la casa Dupont. La diferencia
radical entre el ambiente casi monstico del escritorio, con sus
empleados silenciosos, encorvados junto a las imgenes de los santos, y
aquel grupo que rodeaba a Salvatierra de veteranos de la revolucin
romntica y jvenes combatientes de la conquista del pan, turbaba al
joven Montenegro.

Conoca de antiguo a todos sus compaeros de oficina, su ductilidad ante
el carcter imperioso de don Pablo Dupont, el jefe de la casa. l era el
nico empleado que se permita cierta independencia, sin duda por el
afecto que la familia del jefe profesaba a la suya. Dos empleados
extranjeros, uno francs y otro sueco, eran tolerados como necesarios
para la correspondencia extranjera; pero don Pablo les mostraba cierto
despego, al uno por su falta de religiosidad y al otro por ser luterano.
Los dems empleados, que eran espaoles, vivan sujetos a la voluntad
del jefe, cuidndose, ms que de los trabajos de la oficina, de asistir
a todas las ceremonias religiosas que organizaba don Pablo en la iglesia
de los Padres Jesuitas.

Montenegro tema que su jefe supiera a aquellas horas dnde haba pasado
el domingo. Conoca las costumbres de la casa: el espionaje a que se
dedicaban los empleados para ganarse el afecto de don Pablo. Varias
veces not que don Ramn, el jefe de la oficina y director de la
publicidad, le miraba con cierto asombro. Deba estar enterado de la
reunin; pero a ste no le tena miedo. Conoca su pasado: su juventud,
transcurrida en los bajos fondos del periodismo de Madrid, batallando
contra todo lo existente, sin conquistar un mendrugo de pan para la
vejez, hasta que, cansado de la lucha, acosado por el hambre, y bajo el
pesimismo del fracaso y la miseria, se haba refugiado en el escritorio
de Dupont para redactar los anuncios originales y los pomposos catlogos
que popularizaban los productos de la casa. Don Ramn, por sus anuncios
y sus alardes de religiosidad, era la persona de confianza de Dupont el
mayor; pero Montenegro no le tema, conociendo las creencias del pasado
que an perduraban en l.

Ms de media hora pas el joven examinando sus papeles, sin dejar de
mirar, de vez en cuando, al vecino despacho, que segua desierto. Como
si quisiera retardar el momento de ver a su jefe, busc un pretexto para
salir del escritorio y cogi una carta de Inglaterra.

--Adnde vas?--pregunt don Ramn vindole salir del escritorio,
despus de haber llegado con tanto retraso.

--Al depsito de las _referencias_. Tengo que explicar el pedido.

Y sali del escritorio para internarse en las bodegas, que formaban casi
un pueblo, con su agitada poblacin de arrumbadores, mozos de carga y
toneleros, trabajando en las explanadas, al aire libre o en las galeras
cubiertas, entre las filas de barricas.

Las bodegas de Dupont ocupaban todo un barrio de Jerez. Eran
aglomeraciones de techumbres que cubran la pendiente de una colina,
asomando entre ellas la arboleda de un gran jardn. Todos los Duponts
haban ido aadiendo nuevas construcciones a la antigua bodega, conforme
se agrandaban sus negocios, convirtindose a las tres generaciones, el
primitivo y modesto cobertizo, en una ciudad industrial, sin humo, sin
ruido, plcida y sonriente bajo el cielo azul cargado de luz, con las
paredes de una blancura ntida y creciendo las flores entre los toneles
alineados en las grandes explanadas.

Fermn pas frente a la puerta de lo que llamaban el _Tabernculo_, un
pabelln ovalado, con montera de cristales, inmediato al cuerpo de
edificio donde estaban el escritorio y la oficina de expedicin. El
_Tabernculo_ contena lo ms selecto de la casa. Una fila de toneles
derechos ostentaba en sus panzas de roble los ttulos de los famosos
vinos que slo se dedicaban al embotellado; lquidos que brillaban con
todos los tonos del oro, desde el resplandor rojizo del rayo de sol al
reflejo plido y aterciopelado de las joyas antiguas: caldos de suave
fuego que, aprisionados en crceles de cristal, iban a derramarse en el
ambiente brumoso de Inglaterra o bajo el cielo noruego de boreales
esplendores. En el fondo del pabelln, frente a la puerta, estaban los
colosos de esta asamblea silenciosa e inmvil; los _Doce Apstoles_,
barricas enormes de roble tallado y lustroso como si fuesen muebles de
lujo; y, presidindolos, el _Cristo_, un tonel con tiras de roble
esculpidas en forma de racimos y pmpanos, como un bajo-relieve bquico
de un artista ateniense. En su panza dorma una oleada de vino; treinta
y tres botas, segn constaba en los registros de la casa, y el gigante,
en su inmovilidad, pareca orgulloso de su sangre, que bastaba para
hacer perder la razn a todo un pueblo.

En el centro del _Tabernculo_, sobre una mesa redonda, mostrbanse
formadas en crculo todas las botellas de la casa, desde el vino, casi
fabuloso, viejo de un siglo, que se vende a treinta francos para las
fiestas tormentosas de archiduques, grandes-duques y famosas _cocottes_,
hasta el Jerez popular que envejece tristemente en los escaparates de
las tiendas de comestibles y ayuda al pobre en sus enfermedades.

Fermn ech una mirada al interior del _Tabernculo_. Nadie. Los toneles
inmviles, hinchados por la sangre ardorosa de sus vientres, con el
pintarrajeo de sus marcas y escudos, parecan viejos dolos rodeados de
una calma ultraterrena. La lluvia de oro del sol, filtrndose al travs
de los cristales de la cubierta, formaba en torno de ellos un nimbo de
luz irisada. El roble tallado y oscuro pareca rer con los temblones
colores del rayo de sol.

Montenegro sigui adelante. Las bodegas de Dupont formaban un
escalonamiento de edificios. De unos a otros extendanse las explanadas,
y en ellas alineaban los arrumbadores las filas de toneles para que los
caldease el sol. Era el vino barato, el Jerez ordinario, que para
envejecerse rpidamente era expuesto al calor solar. Fermn recordaba la
suma de tiempo y trabajo necesarios para producir un buen Jerez. Diez
aos eran precisos para criar el famoso vino: diez fermentaciones
fuertes se necesitaban para que se formase, con el perfume selvtico y
el ligero sabor de avellana que ningn otro vino poda copiar. Pero las
necesidades de la concurrencia mercantil, el deseo de producir barato,
aunque fuese malo, obligaba a apresurar el envejecimiento del vino,
ponindolo al sol para acelerar su evaporacin.

Montenegro, pasando por los tortuosos senderos que formaban las filas de
toneles, lleg a la bodega de los _Gigantes_, el gran depsito de la
casa; el almacn inmenso de los caldos antes de adquirir stos forma y
nombre, el Limbo de los vinos, donde se agitaban sus espritus en la
vaguedad de lo indeterminado. Hasta la alta techumbre llegaban los conos
pintados de rojo con aros negros; torreones de madera semejantes a las
antiguas torres de asedio; gigantes que daban su nombre al departamento
y contenan cada uno en sus entraas ms de setenta mil litros. Bombas
movidas a vapor trasegaban los lquidos, mezclndolos. Las mangas de
goma iban de uno a otro gigante como tentculos absorbentes que chupaban
la esencia de su vida. El estallido de una de estas torres poda inundar
de pronto con mortal oleada todo el almacn, ahogando a los hombres que
conversaban al pie de los conos. Saludaron los trabajadores a
Montenegro, y ste, por una puerta lateral de la bodega de los
_Gigantes_, pas a la llamada de Embarque, donde estaban los vinos sin
marca para la imitacin de todos los tipos.

Era una nave grandiosa con la bveda sostenida por dos filas de
pilastras. Junto a stas alinebanse los toneles en tres hileras
superpuestas, formando calles.

Don Ramn, el jefe del escritorio, recordando sus antiguas aficiones,
comparaba la bodega de embarque con la paleta de un pintor. Los vinos
eran colores sueltos: pero llegaba el _tcnico_, el encargado de las
combinaciones, y cogiendo un poco de aqu y otro de all, creaba el
Madera, el Oporto, el Marsala, todos los vinos del mundo, imitados con
arreglo a la peticin del comprador.

Esta era la parte de la bodega de los Dupont dedicada al engao
industrial. Las necesidades del comercio moderno obligaban a los
monopolizadores de uno de los primeros vinos del mundo, a intervenir en
estos amaos y combinaciones, que constituan con el cognac la mayor
exportacin de la casa. En el fondo de la bodega de embarque estaba el
cuarto de las _referencias_, la biblioteca de la casa, como deca
Montenegro. Una anaquelera con puertas de cristales guardaba alineados
en compactas filas miles y miles de pequeos frascos, cuidadosamente
tapados, cada uno con su etiqueta, en la que se consignaba una fecha.
Esta aglomeracin de botellas era como la historia de los negocios de la
casa. Cada frasco guardaba la muestra de un envo; la _referencia_ de un
lquido fabricado con arreglo al deseo del consumidor. Para que se
repitiera la remesa no tena el cliente ms que recordar la fecha, y el
encargado de las _referencias_ buscaba la muestra, elaborando de nuevo
el lquido.

La bodega de embarque contena cuatro mil botas de distintos vinos para
las combinaciones. En un cuarto lbrego, sin otra luz que un ventanillo
cerrado por un vidrio rojo, estaba la _cmara oscura_. All el tcnico
examinaba, al travs del rayo luminoso, la copa de vino del barril
recin abierto.

Con arreglo a las _referencias_ o a la nota enviada del escritorio,
combinaba el nuevo vino con los diversos lquidos y despus marcaba con
clarin en las caras de los toneles el nmero de jarras que haba que
extraer de cada uno para formar la mixtura. Los arrumbadores, mocetones
fornidos, en cuerpo de camisa, arremangados y con la amplia faja negra
bien ceida a los riones, iban de un lado a otro con sus jarras de
metal, trasegando los vinos de la combinacin al tonel nuevo del envo.

Montenegro conoca desde su niez al tcnico de la bodega de embarque.
Era el empleado ms antiguo de la casa. Haba alcanzado a ver en su
niez al primer Dupont, fundador del establecimiento. El segundo le
haba tratado como a compaero, y al actual jefe, a Dupont el joven, lo
haba tenido en sus brazos, unindose al tuteo de la confianza paternal
el miedo que le inspiraba don Pablo con su carcter imperioso de dueo a
estilo antiguo.

Era un viejo que pareca hinchado por el ambiente de la bodega. Su piel,
surcada por las arrugas, tena el brillo de una eterna humedad, como si
el vino volatilizado penetrase por todos sus poros y se escurriese por
el borde de su bigote en forma de lgrimas.

Aislado en su bodega, obligado al silencio por los largos encierros en
la cmara oscura, senta la comezn de hablar cuando se presentaba
alguno del escritorio, especialmente Montenegro, que, lo mismo que l,
poda tenerse por hijo de la casa.

--Y tu padre?--pregunt a Fermn.--Siempre en la via, eh?... All se
est mejor que en esta cueva hmeda. De seguro que vivir ms aos que
yo.

Y al fijarse en el papel que le ofreca Montenegro, hizo un mohn de
disgusto.

--Otro encarguito!--exclam irnicamente.--Vino combinado para el
embarque!... Bien van los negocios, seor Dios. Antes ramos la primera
casa del mundo, la nica, por nuestros vinos y nuestras soleras del
pas. Ahora fabricamos _mejunjes_, vinos de extranjera, el Madera, el
Oporto, el Marsala, o imitamos el Tintillo de Rota y el Mlaga. Y para
esto cra Dios los caldos de Jerez y da fuerza a nuestras vias! Para
que neguemos nuestro nombre!... Vamos, que siento un deseo de que la
filoxera acabe con todo para no aguantar ms falsificaciones y
mentiras!...

Montenegro conoca las manas del viejo. No le presentaba una nota de
embarque que no prorrumpiese en maldiciones contra la decadencia de los
vinos de Jerez.

--T no has alcanzado la buena poca, Ferminillo--continu;--por esto
tomas las cosas con tanta pachorra. T eres de los modernos, de los que
creen que las cosas marchan bien porque vendemos mucho cognac como
cualquier casa de esos pases extranjeros, cuyas vias slo producen
porquera, sin que Dios les conceda la menor cosa que se parezca al
Jerez... Dime, t que has corrido mundo, dnde has visto nuestra uva de
_Palomino_, ni la de _Vidueo_, ni el _Mantuo de Pila_, ni el
_Caocaso_, ni el _Perruno_, ni el _Pedro Ximnez_?... Qu has de ver!
Eso slo se cra en esta tierra: es un regalo de Dios...; y, con tanta
riqueza, fabricamos cognac o vinos de imitacin porque el Jerez, el
verdadero Jerez ya no est de moda, segn dicen esos seores del
extranjero! Aqu se acaban las bodegas. Esto son licoreras, boticas,
cualquier cosa, menos lo que fueron en otro tiempo y vamos!, que me dan
ganas de echar a volar para no volver, cuando os presentis con esos
papelillos, pidindome que haga otra falsificacin.

El viejo se indignaba oyendo las respuestas de Fermn.

--Son exigencias del comercio moderno, seor Vicente; han cambiado los
negocios y el gusto del pblico.

--Pues que no beban, porra!, que nos dejen tranquilos, sin exigirnos
que disfracemos nuestros vinos; los guardaremos almacenados para que
envejezcan tranquilamente, y estoy seguro de que algn da nos harn
justicia viniendo a buscarlos de rodillas... Esto ha cambiado mucho. La
Inglaterra debe de estar perdida. No necesito que me lo digas; demasiado
lo veo yo aqu recibiendo visitas. Antes venan menos ingleses a la
bodega; pero los viajeros eran gentes de distincin: _lores_ y
_loresas_, los que menos. Daba gloria ver con qu aire de seoro se
_apimplaban_. Copa de aqu, para hacer un pedido! copa de all, para
comparar!, y as iban por la bodega, serios como sacerdotes, hasta que a
la salida tenan que tumbarlos en el calesn para llevarles a la fonda.
Saban catar y hacer justicia a lo bueno... Ahora, cuando toca en Cdiz
barco de ingleses, llegan en manada, con un gua al frente; prueban de
todo porque se da gratis y, si compran algo, se contentan con botellas
de a tres pesetas. No saben emborracharse con seoro: gritan, arman
camorra y se van por la calle haciendo _eses_ para que ran los zagales.
Yo crea antes que todos los ingleses eran ricos, y resulta que estos
que viajan en cuadrilla son cualquier cosa; zapateros o tenderos de
Londres que salen a tomar el aire con los ahorros del ao... As marchan
los negocios.

Montenegro sonrea escuchando las incoherentes lamentaciones del viejo.

--Adems--continu el bodeguero--en Inglaterra, lo mismo que aqu, se
pierden las costumbres antiguas. Muchos ingleses no beben ms que agua,
y, segn me han dicho, ya no es elegante, despus de comer, que las
seoras se vayan a charlar a un saln, mientras los hombres se quedan
bebiendo, hasta que los criados se toman el trabajo de sacarlos de bajo
de la mesa. Ya no necesitan por la noche, como gorro de dormir, un par
de botellas de Jerez que costaban un buen puado de chelines. Los que
an se emborrachan para demostrar que son unos seores, usan lo que
llaman _bebidas largas_--no es esto, t que has estado
all?--porqueras que cuestan poco y permiten beber y beber antes de
_apimplarse_; el _wischy_ con soda y otras mixturas asquerosas. La
ordinariez los domina. Ya no piden _Xerrrez_ como cuando vienen aqu y
lo encuentran gratis. El Jerez nicamente sabemos apreciarlo los de la
tierra; dentro de poco slo lo compraremos nosotros. Ellos se
emborrachan con cosas baratas, y as marchan sus asuntos. En el
Transvaal casi los revientan. El mejor da les pegarn en el mar con
todas sus guapezas. Decaen: ya no son los mismos de aquellos tiempos en
que la casa Dupont era una bodega poco ms grande que una barraca, pero
enviaba sus botellas y hasta sus barricas al seor Pitt, al seor
Nelson, al seor _Velintn_ y a otros caballeros cuyos nombres figuran
en las soleras ms antiguas de la bodega grande.

Montenegro segua riendo al or estas lamentaciones.

--Re, muchacho, re. Todos sois lo mismo: no habis conocido lo bueno y
os extraa que los viejos encontremos tan malo lo presente. Sabes a
cmo se pagaba antes la bota de treinta y una arrobas? Pues lleg a
valer 230 pesos; y ahora se ha vendido en algunos aos a 21 pesos.
Pregntale a tu padre, que aunque menos viejo que yo, tambin ha
conocido los tiempos de oro. El dinero circulaba en Jerez lo mismo que
el aire. Haba cosecheros que usaban calas y vivan en un casucho de
las afueras como pobres, alumbrndose con un veln; pero al pagar una
cuenta tiraban de un saco que tenan debajo de la mesilla de pino como
si fuese un saco de patatas, y eche ust onzas! Los trabajadores de las
vias cobraban de treinta a cuarenta reales de jornal, y se permitan la
fantasa de ir al tajo en calesn y con zapatos de charol. Nada de
peridicos, ni de soflamas, ni de mtines. All donde se reuna la gente
sonaba la guitarra, soltndose cada seguidilla y cada martinete que a
Dios le temblaban la carne de gusto... Si entonces hubiese aparecido
Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, con todas esas cosas de
pobres y ricos, de repartos de tierras y rivoluciones, le habran
ofrecido una caa y le hubieran dicho: Sintese su merc en el corro,
camar; beba, cante, eche un baile con las mocitas si en ello tiene
gusto y no se haga mala sangre pensando en nuestra vida, que no es de
las peores... Pero los ingleses apenas nos beben: el dinero entra con
menos frecuencia en Jerez, y se oculta de tal modo el condenado, que
nadie lo ve. Los trabajadores de las vias ganan diez reales y tienen
cara de vinagre. Por si han de podar con cuchilla o con tijeras, se
matan entre ellos; hay _Mano Negra_ y en la plaza de la crcel se da
garrote a los hombres, lo que no se haba visto en Jerez en muchsimos
aos. El jornalero pincha como un erizo apenas se le habla, y el amo es
peor que antes. Ya no se ve a los seores alternando con los pobres en
las vendimias, bailando con las muchachas y requebrndolas como un gan
joven. La guardia civil corre el campo como en los tiempos que salan
bandidos a las carreteras... Y todo por qu, seor? Por lo que yo digo:
porque los ingleses se han aficionado al maldito _whischy_ y no hacen
caso del buen _palo cortado_, ni de la _palma_, ni de ninguna otra de
las exelencias de esta bendita tierra... Lo que yo digo: dinero, venga
dinero: que vuelvan aqu, como en otros tiempos, las libras, las guineas
y los chelines y se acabaron las huelgas, y los sermones de Salvatierra
y sus partidarios, y los malos gestos de los civiles, y todas las
miserias y vergenzas que ahora vemos!...

Del fondo de la bodega sali un grito llamando al seor Vicente. Era un
arrumbador que dudaba ante los nmeros blancos trazados al frente de una
bota y peda una aclaracin al bodeguero.

--Voy, hijo!--grit el viejo.--Cuidado con equivocarse en la
medicina!...

Y aadi dirigindose a Montenegro:

--Djame ese papelillo en la cmara oscura y ojal se os caigan las
manos antes de traerme ms recetas, como si fuese yo un boticario.

El viejo se alej con paso tardo y balanceante hacia el fondo de la
bodega, y Montenegro sali de ella pasando por el taller de tonelera
antes de regresar al escritorio.

Era un amplio patio con cobertizos, debajo de los cuales trabajaban los
toneleros golpeando con sus mazos los aros que aprisionaban la madera.
Los toneles a medio construir, con slo la parte superior sujeta por los
aros de hierro, abran sus duelas sobre un fuego de virutas que las
caldeaba, encorvndolas para que facilitasen el cierre.

Los negocios de la casa obligaban a este taller a una incesante
produccin. Centenares de toneles salan de l todas las semanas para
ser embarcados en Cdiz, esparciendo los vinos de Dupont por todo el
mundo.

En un lado del patio alzbase una torre formada con duelas. En lo ms
alto del frgil edificio estaban dos aprendices recogiendo las que les
arrojaban desde abajo, entrecruzndolas, aadiendo nueva altura a la
frgil construccin que sobrepasaba los tejados y amenazaba derrumbarse,
cimbrendose al menor movimiento como una torre de naipes.

El encargado de la tonelera, un hombre robusto, de sonrisa bondadosa,
se aproxim a Montenegro.

--Cmo est don Fernando?...

Senta por el agitador un gran respeto desde sus tiempos de jornalero.
La proteccin de los Dupont y la ductilidad con que se plegaba a todas
sus manas, le haban elevado. Pero, como compensacin a este
servilismo que le haba convertido en jefe del taller, guardaba un
secreto afecto al revolucionario y a todos sus compaeros de la poca de
miseria. Se enter minuciosamente de cmo haba vuelto Salvatierra del
presidio y de sus futuros planes de vida.

--Yo ir a verle cuando pueda--dijo bajando la voz,--cuando el amo no se
entere... Ayer tuvimos gran fiesta en la iglesia de los jesuitas y por
la tarde fui con mis nias a visitar a la seora... Ya s que pasasteis
bien el da. Me lo han dicho aqu, en la bodega.

Con el miedo de un servidor bien cebado que teme perder el bienestar,
daba consejos al joven. Ojo, Ferminillo! La casa estaba llena de
soplones. Cuando l estaba enterado, no sera de extraar que don Pablo
tuviese ya noticia de que Montenegro haba visitado a Salvatierra.

Y como si temiese hablar demasiado y que alguien le espiase, se despidi
apresuradamente de Fermn, volviendo al lado de los trabajadores que
golpeaban los toneles. Montenegro sigui adelante, entrando en la
principal bodega de la casa, donde se guardaban las soleras antiguas y
envejecan los vinos de crianza.

Era como una catedral; pero una catedral blanca, ntida, luminosa, con
sus cinco naves separadas por tres hileras de columnas de sencillo
capitel. Agrandbase el ruido de los pasos lo mismo que en un templo.
Las bvedas tronaban con el sonido de los voces, repitindolas
ensanchadas por el eco. Las paredes estaban rasgadas por ventanales de
blancos vidrios y en los dos frontis se abran dos grandes rosetones,
tambin blancos, por uno de los cuales penetraba el sol, movindose en
su faja de luz las inquietas e irisadas molculas de polvo.

A lo largo de las columnatas alinebase en andanas la riqueza de la
casa, la triple fila de toneles acostados, que llevaban en sus caras la
cifra del ao de la cosecha. Haba barricas venerables cubiertas de
telaraas y polvo, con la madera tan hmeda, que pareca prxima a
deshacerse. Eran los patriarcas de la bodega: estaban bautizados con los
nombres de los hroes que gozaban de fama universal cuando ellos
nacieron. Un barril se llamaba _Napolen_, otro _Nelson_; los haba
adornados con la corona real de Inglaterra, porque de ellos haban
bebido monarcas de la Gran Bretaa. Una barrica antiqusima,
completamente aislada, como si el roce con las otras pudiera
despanzurrarla, exhiba el venerable nombre de _No_. Era la mayor
antigedad de la casa: se remontaba a mediados del siglo XVIII y el
primero de los Dupont la haba adquirido ya como una reliquia. Cerca de
ella se alineaban otros toneles que llevaban bajo el escudo real de
Espaa los nombres de todos los monarcas e infantes que haban visitado
Jerez en el curso del siglo.

El resto de la bodega lo llenaban las muestras de todas las cosechas, a
partir de los primeros aos del siglo. Un tonel aislado esparca un
perfume acre, que, como deca Montenegro, llenaba la boca de agua. Era
un vinagre famoso, de una vejez de ciento treinta aos. Y a este olor
seco y punzante unanse el perfume azucarado de los vinos dulces, y el
suave, de cuero, de los secos. El vaho alcohlico que transpiraba el
roble de los toneles y el olor de las gotas derramadas en el suelo por
el trasiego, impregnaban con un perfume de dulce locura el tranquilo
ambiente de aquella bodega, blanca, como un palacio de hielo, bajo la
caricia temblona de los vidrios inflamados por el sol.

Fermn la atraves, e iba ya a salir de ella cuando oy que le llamaban
desde el fondo. Experiment cierto sobresalto al conocer la voz. Era el
amo, que acompaaba a unos forasteros. Con l estaba su primo Luis, un
Dupont que siendo menor slo en algunos aos a don Pablo, le respetaba
como a jefe de la familia, sin privarse por esto de darle grandes
disgustos con su conducta desarreglada.

Los dos Dupont acompaaban a unos recin casados venidos de Madrid,
ensendoles las bodegas. l era un antiguo amigo de Luis, un camarada
de alegre vida madrilea que haba sentado al fin la cabeza, casndose.

--Han de salir ustedes de aqu borrachos--deca el joven Dupont a los
recin casados.--Es de ritual: nos consideraramos deshonrados si un
amigo saliera de esta casa lo mismo que entr.

Y Dupont el mayor acoga con sonrisa benvola las palabras de su primo,
mientras enumeraba las excelencias de cada vino famoso. El encargado de
la bodega, rgido como un soldado, se colocaba ante los toneles con dos
copas en una mano y en la otra la _avenencia_, una varilla de hierro
rematada por un estrecho cazo.

--Saca, Juanito!--ordenaba imperiosamente el amo.

La _avenencia_ iba hundindose en diversos toneles, y de un solo golpe,
sin que se derramase una gota, llenaba las copas. Salan al aire los
vinos dorados y luminosos, coronndose de brillantes al caer en el
cristal, esparciendo en torno un intenso perfume de ancianidad. Todas
las tonalidades del mbar, desde el gris suave al amarillo plido,
brillaban en aquellos lquidos densos a la vista como el aceite, pero de
una transparencia ntida. Un lejano perfume extico, que haca pensar en
flores fantsticas de un mundo sobrenatural donde fuese eterna la
existencia, emanaba de estos lquidos extrados del misterio de los
toneles. La vida pareca acrecentarse al paladearlos; los sentidos
cobraban nueva intensidad; la sangre arda atropellndose en su
circulacin, y el olfato se excitaba sintiendo anhelos desconocidos,
como si husmease una electricidad nueva en la atmsfera. La pareja de
viajeros beba de todo, despus de resistir con dbiles protestas las
invitaciones de Luis.

--Hola, barbin!--dijo Dupont el menor al ver a Montenegro.--Cmo est
tu familia? Un da de estos ir a la via. Quiero probar un caballo que
compr ayer.

Y despus de estrechar la mano de Montenegro y darle varias palmadas en
los hombros, satisfecho de poder demostrar la fuerza de sus manazas ante
aquellos amigos, le volvi la espalda.

Fermn tena con este seorito gran confianza. Se tuteaban, se haban
criado juntos en la via de Marchamalo, con aquella llaneza de trato que
los Dupont permitan a su familia.

Con don Pablo, era otra la situacin. El amo no se diferenciaba de
Fermn en ms de media docena de aos; tambin lo haba visto l correr
como un muchacho por la via en tiempos del difunto don Pablo; pero
ahora era el jefe de la familia, el director de la casa, y l entenda
la autoridad a uso antiguo, ceuda e indiscutible como la de Dios, con
gritos y arrebatos de clera, apenas adivinaba la ms ligera
desobediencia.

--Qudate--orden brevemente a Montenegro;--tengo que hablarte.

Y le volvi la espalda para seguir hablando a los forasteros de su
tesoro de vinos.

Fermn, obligado a seguirles silencioso y encogido como un domstico en
su marcha lenta por entre los toneles, miraba a don Pablo.

An era joven, no haba llegado a los cuarenta aos, pero la obesidad
desfiguraba su cuerpo a pesar de la vida activa a que le impulsaban sus
entusiasmos de jinete. Los brazos parecan cortos al descansar algo
encorvados sobre el abultado contorno de su cuerpo. Su juventud
revelbase nicamente en la cara mofletuda, de labios carnosos y
salientes, sobre los cuales la virilidad slo haba trazado un ligero
bigote. El cabello se ensortijaba en la frente formando un rizo
apretado, un moete al que llevaba con frecuencia su mano carnosa. Era,
por lo comn, bondadoso y pacfico, pero bastaba que se creyese
desobedecido o contrariado para que se le enrojeciera la cara,
atiplndose su voz con el tono aflautado de la clera. El concepto que
tena de la autoridad, el hbito de mandar desde su primera juventud
vindose al frente de las bodegas por la muerte de su padre, le hacan
ser desptico con los subordinados y su propia familia.

Fermn le tema sin odiarle. Vea en l un enfermo, un degenerado,
capaz de los mayores extravagancias por su exaltacin religiosa. Para
Dupont, el amo lo era por derecho divino, como los antiguos reyes. Dios
quera que existiesen pobres y ricos, y los de abajo deban obedecer a
los de arriba, porque as lo ordenaba una jerarqua social de origen
celeste. No era tacao en asuntos de dinero, antes bien, se mostraba
generoso en la remuneracin de los servicios, aunque su largueza tena
mucho de veleidosa e intermitente, fijndose ms en el aspecto simptico
de las personas que en sus mritos. Algunas veces, al encontrar en la
calle a obreros despedidos de sus bodegas, indignbase porque no le
saludaban. T!--deca imperiosamente;--aunque no ests en mi casa, tu
deber es saludarme siempre, porque fui tu amo.

Y este don Pablo, que con la fuerza industrial acumulada por sus
antecesores y con la impetuosidad de su carcter era la pesadilla de un
millar de hombres, haca gala de humildad y llegaba hasta el servilismo
cuando algn sacerdote secular o los frailes de las diversas rdenes
establecidas en Jerez le visitaban en su escritorio. Intentaba
arrodillarse al besarles la mano, no hacindolo porque ellos se lo
impedan con bondadosa sonrisa; celebraba con un gesto de satisfaccin
el que los visitantes le tuteasen ante los empleados, llamndole
Pablito, como en los tiempos en que era su educando.

Jess y su Santa Madre, por encima de todas las combinaciones
comerciales! Ellos velaban por los intereses de la casa y l, que no era
ms que un simple pecador, limitbase a recibir sus inspiraciones. A
ellos se deba la buena suerte de los primeros Dupont, y don Pablo se
desviva por remediar con su fervor la tibieza religiosa de sus
ascendientes. Los celestiales protectores eran los que le haban
sugerido la idea de establecer la destilera del cognac, dando nuevos
alientos a la casa; ellos tambin los que hacan que la marca Dupont,
con la ayuda de los anuncios, se esparciese por toda Espaa sin miedo a
rivalidades, favor inmenso que todos los aos agradeca dedicando una
parte de las ganancias al auxilio de las nuevas rdenes religiosas
establecidas en Jerez o ayudando a su madre, la noble doa Elvira, que
siempre tena capillas por restaurar o un manto costoso en confeccin
para alguna Virgen.

Las extravagancias religiosas de don Pablo Dupont hacan rer a toda la
ciudad; pero eran muchos los que rean con cierto temor, pues
dependiendo ms o menos directamente del podero industrial de la casa,
necesitaban de su apoyo para los negocios y teman su clera.

Montenegro recordaba la estupefaccin de la gente un ao antes, cuando
un perro de los que guardaban por la noche las bodegas mordi a varios
trabajadores. Dupont haba acudido en su auxilio, temiendo que el
mordisco les produjera la hidrofobia y, para evitarla, les hizo tragar
en el primer momento, en forma de pldoras, una estampa de santo
milagroso que guardaba su madre. Era tan estupendo aquello, que Fermn,
despus de haber presenciado el hecho, comenzaba a dudar, con el
transcurso del tiempo, de que fuese cierto. Bien es verdad que despus,
el mismo don Pablo pag con largueza el viaje a los enfermos para que
fuesen curados por un mdico clebre. Dupont explicaba su conducta
cuando le hablaban de este suceso con una sencillez que daba espanto:
Primero, la Fe; despus, la Ciencia, que algunas veces hace grandes
cosas, pero es porque se lo permite Dios.

Fermn se asombraba ante la incoherencia de aquel hombre, experto en los
negocios, que haca marchar la gran explotacin industrial heredada de
sus antecesores, agrandndola con certeras iniciativas, que haba
viajado y tena alguna cultura, y, sin embargo, era capaz de las mayores
extravagancias milagreras, creyendo en intervenciones sobrenaturales,
con la misma simpleza de alma de un lego de convento.

Dupont, luego de acompaar a su primo y a los amigos de ste por toda la
bodega, decidi retirarse, como si su dignidad de amo slo le permitiera
ensear la parte ms selecta de la casa. Luis les mostrara las otras
bodegas, la destilera del cognac, los talleres de embotellado: l tena
que hacer en el escritorio. Y saludando a los forasteros con un gesto de
bondad altiva y seorial, que Montenegro haba visto muchas veces en
doa Elvira, el temible Dupont hizo un ademn a su empleado para que le
siguiese.

Fuera de la bodega detvose don Pablo, quedando los dos hombres al aire
libre, con la cabeza descubierta, en medio de una explanada.

--Ayer no te vi--dijo Dupont frunciendo el ceo y colorendosele las
mejillas.

--No pude ir, don Pablo, Me retras... unos amigos...

--Ya hablaremos de eso. T sabes qu fiesta fue la de ayer? Te hubieras
conmovido vindola.

Y con repentino entusiasmo, olvidando su enojo, comenz a explicar con
una delectacin de artista la ceremonia del da anterior en la iglesia
de los que l, por antonomasia, llamaba los Padres. Primer domingo del
mes: fiesta extraordinaria. El templo lleno: los oficinistas y
trabajadores de la casa Dupont hermanos estaban con sus familias; casi
todos (eh, Fermn?), casi todos: muy pocos faltaban. Haba pronunciado
el sermn el padre Urizbal, un gran orador, un sabio que hizo llorar a
todos; (eh, Montenegro?) a todos!... menos a los que no estaban. Y
despus, haba llegado el acto ms conmovedor. l, como un caudillo,
acercndose a la sagrada mesa rodeado de su madre, su esposa, sus dos
hermanos, que haban venido de Londres; el Estado Mayor de la casa: y
despus todos los que coman el pan de los Dupont, con sus familias,
mientras arriba, en el coro, sonaba el armnium con melodas dulcsimas.

Don Pablo se exaltaba al recordar la hermosura de la fiesta; le
brillaban los ojos, humedecidos por la emocin, y aspiraba el aire como
si an percibiera el olor de la cera y del incienso, el perfume de las
flores que su jardinero haba puesto en el altar.

--Y qu bien se siente el alma despus de una fiesta as!--aadi con
delectacin.--Ayer fue uno de los das mejores de mi vida. Puede haber
cosa ms santa? La resurreccin de los buenos tiempos, de las sencillas
costumbres: el seor comulgando con sus servidores. Ahora ya no hay
seores como en otros tiempos: pero el rico, el gran industrial, el
comerciante, debe imitar el antiguo ejemplo y presentarse ante Dios
seguido de todos aquellos a quienes da el pan.

Pero pasando de la ternura a la clera, con su vehemencia de impulsivo,
se fij en Fermn, como si hasta entonces, hablando de la fiesta, se
hubiese olvidado de l.

--Y t no viniste!--exclam rojo de indignacin, mirndole
duramente.--Por qu?... Pero no hables: no mientas. Te advierto que lo
s todo.

Y sigui hablando a Montenegro en tono amenazador. Tal vez era de l la
culpa, ya que toleraba desobediencias en su escritorio. Tena dos
empleados herejes, un francs y un noruego encargados de la
correspondencia extranjera, los cuales, con el pretexto de no ser
catlicos, daban el mal ejemplo no asistiendo a las fiestas del domingo.
Y Fermn, porque haba viajado, porque haba vivido en Londres y ledo
unos libracos venenosos para su alma, se crea con derecho a imitarles.
Acaso era l extranjero? No lo haban bautizado al nacer? O es que
por haber ido a Inglaterra, a costa del bolsillo de su difunto padre, se
crea superior a los dems?...

--Esto se acabar--continu Dupont, exaltndose con sus propias
palabras.--Si esos extranjeros no van a la iglesia como los dems, los
despedir: no quiero que den en mi casa malos ejemplos y que te sirvan
de pretexto para echarlas de hereje.

A Montenegro no le infundan temor estas amenazas. Las haba odo muchas
veces: despus de un domingo de gran fiesta, el amo hablaba siempre de
despedir a los _extranjeros_; pero luego sus conveniencias comerciales
le hacan aplazar la resolucin, en vista de los buenos servicios que
prestaban en el escritorio.

Pero cuando Fermn se alarm fue al ver que don Pablo, cambiando de
gesto y con una frialdad irnica, le preguntaba repetidas veces dnde
haba pasado el da anterior.

--T crees que no lo s?...--continu.--Nada de excusas, Fermn: no
mientas. Yo lo s todo. Un amo cristiano debe preocuparse no slo de la
vida de sus dependientes, sino de su alma. No contento con huir de la
casa de Dios has pasado el da con ese Salvatierra, que acaba de
librarse del presidio, donde deba seguir por todo el resto de sus das.

Montenegro se indign ante el tono despectivo con que hablaba Dupont de
su maestro. Palideci de clera, estremecindose como si acabase de
recibir un latigazo, y mir de frente con cierta arrogancia a su jefe.

--Don Fernando Salvatierra--dijo con voz trmula, haciendo esfuerzos por
contener su indignacin--fue mi maestro y le debo mucho. Adems, es el
mejor amigo de mi padre, y yo sera un desagradecido sin entraas si no
fuese a verle despus de sus desgracias.

--Tu padre!--exclam don Pablo.--Un bobalicn que nunca aprender a
vivir!... Que nadie le toque a su antiguo cabecilla! Y yo le
preguntara qu sac de ir por los montes y por las calles de Cdiz
disparando tiros por su Repblica Federal y su don Fernando. Si mi padre
no le hubiese apreciado por su sencillez y hombra de bien, seguramente
que habra muerto de hambre, y t, en vez de ser un seorito, estaras
cavando en las vias.

--Pues su padre de usted, don Pablo--dijo Fermn,--tambin fue amigo de
don Fernando Salvatierra y ms de una vez acudi a l pidindole apoyo
en aquella poca de pronunciamientos y cantones.

--Mi padre!--contest Dupont con cierta indecisin.--Tambin era como
era: hijo de una poca de revueltas y un poco tibio en lo que ms debe
importarle al hombre: la religin... Adems, Fermn, los tiempos han
cambiado; aquellos republicanos de entonces eran muchos de ellos
personas extraviadas, pero de excelente corazn. Yo he conocido algunos
que no podan pasar sin su misa y eran unos santos varones que odiaban a
los reyes, pero respetaban a los sacerdotes de Dios. T crees, Fermn,
que a m me asusta la Repblica? Yo soy ms republicano que t; yo soy
un hombre moderno.

Y con ademanes descompuestos, golpendose el pecho, hablaba de sus
convicciones. l no tena simpata alguna por los gobiernos actuales; al
fin, todos eran unos ladrones, y en punto a fe religiosa unos hipcritas
que fingan sostener el catolicismo porque lo consideraban una fuerza.
La monarqua era una bandera social, como deca su amigo el padre
Urizbal: conforme; pero l se fijaba poco en banderas y colores; lo
importante era que Dios estuviese sobre todo, que reinase Cristo con
monarqua o con repblica, y los gobernantes fuesen hijos sumisos del
Papa. A l no le infunda miedo la Repblica. Miraba con gran simpata
algunas de la Amrica del Sur, pueblos ideales y felices donde la
Pursima Concepcin era capitana generala de los ejrcitos y el Corazn
de Jess figuraba en las banderas y en los uniformes de los soldados,
formndose los gobiernos bajo la sabia inspiracin de los Padres de la
Compaa. Una repblica de esta clase poda venir, por l, cuando
quisiera. Dara por su triunfo la mitad de su fortuna.

--Te digo, Fermn, que soy ms republicano que t y que de todo corazn
estara con aquellos buenos seores que conoc de nio, a los que miraba
la gente como unos descamisados, siendo excelentes personas... Pero el
Salvatierra de ahora! Y todos vosotros, los jovenzuelos que le
escuchis, mequetrefes que os parece poco ser republicanos y hablis de
la igualdad, y de repartirlo todo, y decs que la religin es cosa de
viejas!...

Dupont abra sus ojos desmesuradamente para expresar el asombro y la
repugnancia que le inspiraban los nuevos rebeldes.

--Y no creas, Fermn, que yo soy de los que me asusto por lo que ese
Salvatierra y sus amigos llaman reivindicaciones sociales. Ya sabes que
no rio por cuestiones de dinero. Que piden los trabajadores unos
cntimos ms de jornal o un nuevo rato de descanso para echar otro
cigarro? Pues si puedo, lo doy, ya que gracias al Seor, que tanto me
protege, lo que menos me falta es dinero. Yo no soy como esos otros amos
que viviendo en perpetuo ahogo regatean el sudor del pobre. Caridad,
mucha caridad! Que se vea que el cristianismo sirve de arreglo para
todo... Pero lo que me revuelve la sangre es que se pretenda que todos
seamos iguales, como si no existiesen jerarquas hasta en el cielo; que
se hable de Justicia al pedir algo, como si favoreciendo yo a un pobre
no hiciese ms que lo que debo y mi sacrificio no significase una buena
accin. Y, sobre todo, esa infernal mana de ir contra Dios, de quitar
al pobre sus sentimientos religiosos, de hacer responsable a la Iglesia
de todo lo malo que ocurre, y que no es ms que obra del maldito
liberalismo...

Don Pablo se indignaba al recordar la impiedad de la gente rebelde. En
esto no transiga. Salvatierra y cuantos fuesen contra la religin le
encontraran enfrente. En su casa, todo menos eso. An temblaba de
clera recordando cmo despidi, dos semanas antes, a un tonelero, un
mentecato adulterado por la lectura, al que haba sorprendido haciendo
alarde de incredulidad ante sus compaeros.

--Figrate que deca que las religiones son hijas del miedo y la
ignorancia: que el hombre, en sus primeros tiempos, no crey en nada
sobrenatural, pero que ante el rayo y el trueno, ante el incendio y la
muerte, no pudiendo explicarse tales misterios, haba inventado a Dios.
Vamos, no s cmo me contuve y no le di de bofetadas! Aparte de estas
locuras, un buen muchacho que saba su oficio: pero buena penitencia
lleva, pues en Jerez nadie le ha dado trabajo por no molestarme,
vindolo expulsado de mi casa, y ahora tal vez vaya por el mundo
royndose los codos de hambre. Ese acabar por echar bombas, que es el
final de todos los que niegan a Dios.

Don Pablo y su empleado iban lentamente hacia el escritorio.

--Ya sabes mi resolucin, Fermn--dijo Dupont antes de entrar en la
oficina.--Te quiero por tu familia y porque casi hemos sido compaeros
de infancia. Adems, eres como un hermano de mi primo Luis. Pero ya me
conoces; Dios sobre todo: por l soy capaz de abandonar a mi familia. Si
no ests contento en mi casa, habla; si te parece escaso el sueldo,
dilo. Contigo no regateo, porque me eres simptico a pesar de tus
necedades. Pero no me faltes el domingo a la misa de la casa: aljate
del chiflado de Salvatierra y todos los perdidos que se juntan con l. Y
si no haces esto, nos veremos las caras, sabes, Fermn? T y yo
acabaremos mal.

Dupont fue a instalarse en su despacho y acudi presuroso don Ramn, el
encargado de la publicidad, con un lo de papeles que present a su
jefe, acompandolo con una sonrisa de cortesano viejo.

Montenegro, desde su mesa, vea al jefe discutiendo con el director del
escritorio, removiendo los papeles y hacindole preguntas sobre los
negocios, con un acierto que revelaba que todas sus facultades tiles se
haban concentrado al servicio de la industria.

Haba transcurrido ms de una hora, cuando Fermn se vio llamado por el
jefe. La casa tena que aclarar una cuenta con el escritorio de otra
bodega: era asunto largo que no poda discutirse por telfono, y Dupont
enviaba a Montenegro como dependiente de confianza. Don Pablo, serenado
ya por el trabajo, pareca querer borrar con esta distincin la dureza
amenazadora con que haba tratado al joven.

Fermn psose el sombrero y la capa y sali sin prisa alguna,
disponiendo del da entero para desempear su comisin. El amo no era
exigente en el trabajo cuando se vea obedecido. En la calle, el sol de
Noviembre, tibio y dulce como un sol primaveral, haca resaltar bajo su
lluvia de oro las casas blancas, de verdes balcones, recortando la lnea
de sus azoteas africanas sobre un cielo de intenso azul.

Montenegro vio venir hacia l un airoso jinete en traje de campo. Era un
mocetn moreno, vestido como los contrabandistas o los bandidos
caballerescos que slo existen ya en los relatos populares. Al trotar su
caballo, movanse las alas de su chaqueta corta de cordoncillo de
Grazalema, con coderas de pao negro ribeteadas de seda y bolsillos de
media luna forrados de rojo. El sombrero, de alas grandes y rectas,
estaba sostenido por un barbuquejo. Calzaba botines de cuero amarillo
con grandes espuelas y las piernas las resguardaba del fro con unos
zajones de piel, amplio delantal sujeto con correas. Delante de la silla
iba plegada la manta oscura de grueso borlaje; en la grupa las alforjas,
y a un lado la escopeta con el doble can asomando por debajo de la
panza del animal. Cabalgaba elegantemente, con una gallarda rabe, como
si hubiese nacido sobre los lomos del corcel y ste y su jinete
formasen un solo cuerpo.

--Ol, los caballistas!--grit Fermn al reconocerle.--Buenos das,
Rafaelillo.

Y el jinete par su caballo de un tirn que le hizo tocar con las ancas
el suelo, al mismo tiempo que levantaba las patas delanteras.

--Buen animal!--dijo Montenegro dando palmadas en el cuello del corcel.

Y los dos jvenes quedaron silenciosos examinando la inquieta
nerviosidad de la bestia, con el fervor de unas gentes que aman la
equitacin como el estado perfecto del hombre y consideran al caballo
cual el mejor amigo.

Montenegro, a pesar de su vida sedentaria de oficinista, senta
removerse en l atvicos entusiasmos a la vista de un corcel de precio;
senta la admiracin del nmada africano ante el animal, eterno
compaero de su vida. De la riqueza de su jefe don Pablo, slo envidiaba
la docena de caballos, los ms caros y famosos de las ganaderas de
Jerez, que tena en sus cuadras. Tambin aquel hombre obeso, que pareca
no sentir otros entusiasmos que los que le inspiraban su religin y su
bodega, olvidaba momentneamente a Dios y al cognac al ver un caballo
hermoso que no fuese suyo, y sonrea agradecido cuando le elogiaban como
el primer jinete de la campia jerezana.

Rafael era el aperador del cortijo de Matanzuela, la finca de ms vala
que le quedaba a Luis Dupont, el primo escandaloso y prdigo de don
Pablo. Inclinado sobre el cuello de la jaca, explicaba a Fermn su viaje
a Jerez.

--He veno a encarg unas cosillas para all y llevo prisa. Pero antes
de volver, echar un galope para ir a la via y ver a tu padre. Me farta
algo cuando no veo al padrino.

Fermn sonri con malicia.

--Y a mi hermana, no la vers? No te falta tambin algo, cuando pasan
das sin ver a Mara de la Luz?

--Naturalmente--dijo el mocetn ruborizndose.

Y como si sintiera repentina vergenza, espole su caballo.

--Con Dios, Ferminillo, y a ver si un da vienes al cortijo.

Montenegro le vio alejarse rpidamente, calle abajo, con direccin a la
campia.

--Es un angelote--pensaba.--Que le vaya a ste Salvatierra con que el
mundo est mal arreglado y hay que volverlo como quien dice del
revs!...

Montenegro pas por la calle Larga, la principal de la ciudad; una va
ancha con casas de deslumbrante blancura. Las portadas seoriales del
siglo XVII estaban enjalbegadas cuidadosamente lo mismo que los escudos
de armas de la clave. Los escarolados y nervios de la piedra labrada
ocultbanse bajo una capa de cal. En los balcones verdes mostrbanse a
aquellas horas de la maana cabezas de mujeres morenas, de rasgados ojos
negros, con flores en el pelo.

Fermn sigui una de las amplias aceras limitadas por dos filas de
naranjos agrios. Los principales casinos de la ciudad, los mejores
cafs, abran sus ventanales de vidrios sobre la calle. Montenegro lanz
una mirada al interior del _Crculo Caballista_. Era la sociedad ms
famosa de Jerez, el centro de reunin de la gente rica, el refugio de la
juventud que haba nacido poseedora de cortijos y bodegas. Por las
tardes, la respetable asamblea discuta sus aficiones: caballos, mujeres
y perros de caza. La conversacin no tena otros temas. Escasos
peridicos en las mesas, y en lo ms oscuro de la secretara un armario
con libros de lomos dorados y chillones cuyas vidrieras no se abran
nunca. Salvatierra llamaba a esta sociedad de ricos el Ateneo
Marroqu.

A los pocos pasos, Montenegro vio venir hacia l una mujer que, con su
paso vivo, su gesto arrogante y el incitador meneo de su cuerpo, pareca
alborotar la calle. Los hombres detenan el paso para verla y la seguan
con los ojos; las mujeres volvan la cabeza con un desdn afectado, y
despus que pasaba cuchicheaban sealndola con un dedo. En los
balcones, las jvenes gritaban hacia el interior de la casa, y salan
otras apresuradamente, interesadas por el llamamiento.

Fermn sonri al notar la curiosidad y el escndalo que esparca al
andar aquella joven. Asomaban entre las blondas de su mantilla unos
rizos rubios, y bajo los ojos negros y ardientes una naricilla sonrosada
pareca desafiar a todos con sus graciosas contracciones. La audacia con
que se recoga la falda, marcando las curvas ms opulentas de su cuerpo
y dejando al descubierto gran parte de las medias, irritaba a las
mujeres.

--Vaya usted con Dios, marquesita salerosa!--dijo Fermn cerrndola el
paso.

Se haba terciado la capa, tomando un aire de majo galante, satisfecho
de detener en la calle ms cntrica, a la vista de todos, a una mujer
que tal escndalo promova.

--Marquesa, ya no, hijo--contest ella con gracioso ceceo.--Ahora cro
cerdos... y muchas gracias.

Se tuteaban como dos buenos camaradas; sonrean con la franqueza de la
juventud, sin mirar en torno de ellos, pero alegrndose al pensar que
muchos ojos estaban fijos en sus personas. Ella hablaba manoteando,
amenazndolo con sus uas sonrosadas cada vez que le deca algo
_fuerte_; acompaando sus risas con un taconeo infantil cuando elogiaba
su hermosura.

--Siempre lo mismo. Pero qu rebuensima sombra tienes, hijo!... Ven a
verme alguna vez: ya sabes que te quiero... siempre con buen fin; como
hermanitos. Y eso que el bruto de mi marido te tena celos!...
Vendrs?

--Lo pensar. No quiero tener una cuestin con el tratante en cerdos.

La joven prorrumpi en una carcajada.

--Es todo un caballero, sabes, Fermn? Vale ms con su chaquetn de
monte que todos esos seoritos del _Caballista_. Yo estoy por lo
popular: yo soy muy gitana...

Y dando al joven un ligero bofetn con su manecita acariciadora, sigui
la marcha, volviendo varias veces la cabeza para sonrer a Fermn, que
la segua con la vista.

--Lstima de muchacha!--se dijo.--Con su cabeza de chorlito, es la ms
buena de la familia. Y don Pablo que se muestra tan orgulloso de la
nobleza de su madre!... Esta y su hermana son de las que nos consuelan
haciendo acabar en punta los linajes orgullosos...

Continu su marcha Montenegro, entre las miradas de asombro o las
sonrisas maliciosas de los que haban presenciado su conversacin con la
_Marquesita_.

En la plaza Nueva, pas entre los grupos que se estacionan all
habitualmente: corredores de vinos y de ganado; vendedores de cereales,
obreros de bodega sin colocacin, gaanes enjutos y tostados que esperan
a que alguien alquile sus brazos inactivos, cruzados sobre el pecho.

De un grupo sali un hombre, llamndole:

--Don Fermn! don Fermn!...

Era un arrumbador de las bodegas de Dupont.

--Ya no estoy all, sabe ust? Me han despedo esta maana. Al
presentarme en la bodega, el encargao me ha dicho, de parte de don
Pablo, que estaba de ms. Despus de cuatro aos de trabajo y buena
conducta! Es esto justicia, don Fermn?...

Como ste preguntase con su mirada el motivo de la desgracia, el
arrumbador continu con exaltacin:

--De too tiene la culpa la beatera cochina. Sabe ust mi delito?... No
ir a entreg la papeleta que me dieron el sbado con el jornal.

Y como si Montenegro no conociese las costumbres de la casa, el buen
hombre relataba detalladamente lo ocurrido. El sbado, al cobrar la
semana los trabajadores de la bodega, el encargado les entregaba _la
papeleta_ a todos: una invitacin para que al da siguiente asistiesen a
la misa que costeaba la familia de Dupont en la iglesia de San Ignacio.
Si la fiesta era con comunin general, el convite aun resultaba ms
ineludible. El domingo, los encargados de la bodega recogan a cada
obrero la papeleta en la misma puerta de la iglesia, y al recontarlas
saban, por los nombres, quines eran los que haban faltado.

--Y yo no ju ayer, don Fermn; fart como he fartao otros das: porque
no me da la gana de levantarme temprano los domingos, porque en la noche
del sbado me gusta _tomarla_ con los compaeros. Pa qu trabaja uno,
sino pa ten un rato de alegra?...

Adems; l era dueo de sus domingos. El amo le pagaba por su trabajo;
l trabajaba y no haba por qu cercenarle su da de descanso.

--Es eso justo, don Fermn? Porque no hago comedias, como toos esos...
soplones y lamecosas que van a la misa de don Pablo, con toa su familia
y toman la comunin despus de pasar la noche de juerga, me echan a la
caye. Sea ust franco; diga la verdad; y aunque ust trabaje como un
perro, es ust un pillo: No es eso, cabayeros?...

Y se volva al grupo de amigos que a cierta distancia oan sus palabras,
comentndolas con maldiciones a Dupont.

Fermn sigui su camino con cierto apresuramiento. El instinto de
conservacin le avisaba lo peligroso de permanecer all entre una gente
que abominaba de su principal.

Y mientras iba hacia el escritorio donde le aguardaban para las cuentas,
pensaba en el vehemente Dupont, en su fervor religioso, que pareca
endurecerle las entraas.

--Y, realmente, no es malo--murmuraba.

Malo, no. Fermn recordaba la largueza caprichosa y desordenada con que
algunas veces socorra a las gentes en desgracia. Pero su bondad era
estrechsima: divida en castas la pobreza; y a cambio del dinero exiga
una supeditacin absoluta a todo lo que l pensase y amase. Era capaz de
aborrecer a su propia familia, de sitiarla por hambre, si crea con ello
servir a su Dios; a aquel Dios a quien profesaba inmensa gratitud
porque haca prosperar los negocios de la casa y era el sostn del orden
social.




II


Cuando don Pablo Dupont iba a pasar un da con su familia en la famosa
via de Marchamalo, una de sus diversiones era mostrar el seor Fermn,
el antiguo capataz, a los Padres de la Compaa o a los frailes
dominicos, sin cuya presencia no crea posible una excursin feliz.

--A ver, seor Fermn--deca sacando el viejo a la gran explanada que se
extenda frente a las casas de Marchamalo, que casi formaban un
pueblo.--Eche usted una voz de mando; pero con arrogancia, como cuando
era usted de los rojos y marchaba de partida por la sierra.

El capataz sonrea viendo que el amo y sus acompaantes de sotana o
capucha mostraban gran placer en orle; pero su sonrisa de campesino
socarrn, no llegaba a saberse si era de burla o de agrado por la
confianza del seor. Contento de proporcionar un rato de descanso a los
muchachos que se encorvaban entre las cepas, ladera abajo, levantando y
abatiendo sus azadas pesadsimas, avanzaba con cmica rigidez hasta el
parapeto de la explanada, prorrumpiendo en un grito prolongado y
atronador:

--Eeeechen tabacooo!...

Cesaba de brillar entre los sarmientos el acero de las azadas, y la
larga fila de viadores despechugados frotbanse las manos, entumecidas
por el mango de la herramienta, y lentamente extraan de la faja los
avos de fumar.

El viejo les imitaba, y acogiendo con sonrisa enigmtica los elogios de
los seores a su voz de trueno y a la entonacin de caudillo con que
mandaba a la gente, liaba el cigarro, fumndolo con calma para que los
pobres de abajo tuviesen algunos segundos ms de reposo a costa del buen
humor del amo.

Cuando no le quedaba ms que la colilla, nueva diversin para los
seores. Volva a dar sus pasos con rigidez exagerada de intento, y su
voz haca temblar el eco de las vecinas colinas:

--Vaaamos a otraaa!...

Y con este llamamiento tradicional para reanudar el trabajo, los hombres
volvan a encorvarse y relampagueaban las herramientas sobre sus
cabezas, todas a un tiempo, en acompasadas curvas.

El seor Fermn era una de las curiosidades de Marchamalo, que don Pablo
exhiba a sus acompaantes. Todos rean sus refranes, los trminos
rebuscados y raros de su expresin, sus consejos dichos en tono
campanudo; y el viejo aceptaba el irnico elogio de los seores con la
simpleza del campesino andaluz, que an parece vivir en la poca feudal,
siervo del amo, aplastado por la gran propiedad, sin esa independencia
enfurruada del pequeo labrador que tiene la tierra por suya.

Adems, el seor Fermn se senta ligado por todo el resto de su
existencia a la familia Dupont. Haba visto a don Pablo en paales, y
aunque le trataba con el respeto que impona su carcter imperioso, era
siempre para l un nio, acogiendo con bondad paternal todas sus
rarezas.

El capataz haba tenido en su vida un perodo de dura miseria. De joven
fue viador, gozando de la buena poca; aquella de la ida al trabajo en
calesn y de la cava con zapatos de charol, de la que hablaba
melanclicamente el viejo bodeguero de la casa Dupont.

La abundancia haca generosos a los trabajadores de tales tiempos;
pensaban en cosas _altas_ que no acertaban a definir, pero cuya grandeza
presentan confusamente. Adems, la nacin entera estaba de revuelta. A
corta distancia de Jerez, en el mar invisible cuyas brisas llegaban
hasta las vias, los barcos del gobierno haban disparado sus caones
para anunciar a la reina que deba abandonar su trono. El tiroteo de
Alcolea, al otro extremo de Andaluca, despertaba a toda Espaa; la
raza esprea haba huido: la vida era mejor y el vino pareca ms bueno
al pensar (consoladora ilusin!) que cada uno posea una pequea parte
de aqul poder retenido antes por una sola persona. Adems, qu de
msicas arrulladoras para el pobre!, qu de elogios y adulaciones al
pueblo que meses antes no era nada y ahora lo era todo!

El seor Fermn se conmova recordando esta poca feliz, que fue la de
su matrimonio con la _pobre mrtir_, como l llamaba a su difunta mujer.
Se reunan los compaeros de trabajo en las tabernas todas las noches,
para leer los papeles pblicos, y la caa de vino circulaba sin miedo,
con la largueza del jornal abundante y bien retribuido. Un ruiseor
volaba infatigable de plaza en plaza, teniendo por bosques las ciudades,
y su msica divina volva locas a las gentes, hacindolas pedir a gritos
la Repblica... pero Federal, eh?... Federal o nada. Los discursos de
Castelar ledos en las reuniones nocturnas, con sus maldiciones al
pasado y sus himnos a la madre, al hogar, a todas las ternuras que
emocionan el alma simple del pueblo, hacan caer ms de una lgrima en
las copas de vino. Luego, cada cuatro das, llegaba impresa en hoja
suelta, con renglones cortos, alguna de las cartas que el ciudadano
Roque Barcia diriga a sus amigos, con frecuentes exclamaciones de
yeme bien, pueblo, acrcate, pobre, y compartir tu fro y tu
hambre, que enternecan a los viadores, hacindoles tener gran
confianza en un seor que les trataba con esta fraternal simpleza. Y
para desengrasarse de tanto lirismo, de tanta Historia comprimida,
repetan las frases ingeniosas del patriarcal Orense, los chistes del
marqus de Albaida, un marqus que estaba con ellos, con los viadores
y los gaanes, acostumbrados a respetar con cierto temor supersticioso,
como seres nacidos en otro planeta, a los aristcratas poseedores del
suelo andaluz!...

El santo respeto a la jerarqua, heredado de los abuelos e ingerido
hasta lo ms profundo de su alma por largos siglos de servidumbre,
influa en el entusiasmo de estos _ciudadanos_ que hablaban a todas
horas de la igualdad.

Lo que ms halagaba al seor Fermn en sus entusiasmos juveniles, era la
categora social de los jefes revolucionarios. Ninguno era jornalero, y
esto lo apreciaba l como un mrito de las nuevas doctrinas. Los ms
ilustres defensores de la idea en Andaluca salan de las clases que
l respetaba con atvica adhesin. Eran seoritos de Cdiz,
acostumbrados a la vida fcil y placentera de un gran puerto; caballeros
de Jerez, dueos de cortijos, hombres de pelo en pecho, grandes jinetes,
expertos en las armas e incansables corredores de juergas: hasta curas
entraban en el movimiento, afirmando que Jess fue el primer republicano
y que al morir en la cruz dijo algo as como Libertad, Igualdad y
Fraternidad.

Y el seor Fermn no vacil, cuando del mitin y de la declamacin
periodstica, leda en alta voz, hubo que pasar a la excursin por el
monte con la escopeta al hombro en defensa de aquella Repblica que no
queran aceptar los mismos generales que haban expulsado a los reyes. Y
tuvo que correr por las montaas de la sierra unos cuantos das, e ir a
tiros con las mismas tropas que meses antes haba l aclamado cuando
pasaban sublevadas por Jerez, camino de Alcolea.

En esta aventura conoci a Salvatierra, sintiendo por l una admiracin
que nunca haba de enfriarse. La fuga y una larga temporada pasada en
Tnger fueron el nico resultado de sus entusiasmos y cuando al fin pudo
volver a la tierra, bes a Ferminillo, el primer hijo que la _pobre
mrtir_ le haba dado a los pocos meses de su marcha a la serrana.

Volvi a trabajar en las vias, algo desilusionado por el mal xito de
la rebelin. Adems, la paternidad le haca egosta, pensando ms en la
familia que en el pueblo soberano, que poda libertarse sin necesitar de
su apoyo. Al ver proclamada la Repblica sinti renacer sus entusiasmos.
Por fin, ya la tenan! Llegaba lo bueno!... Pero a los pocos meses le
busc Salvatierra, como a otros muchos. Los de Madrid eran unos
traidores y la tal Repblica resultaba un pastel. Haba que hacerla
federal o matarla; era preciso proclamar los cantones. Y otra vez
Fermn, con el fusil al hombro, batindose en Sevilla, en Cdiz y en la
montaa por cosas que no entenda, pero que deban ser verdades tan
claras como el sol, ya que Salvatierra las proclamaba. De esta segunda
aventura sali peor librado. Le cogieron y pas muchos meses en el Hacho
de Ceuta, confundido con prisioneros carlistas e insurrectos cubanos, en
un amontonamiento y una miseria de los que an se acordaba con horror
despus de tantos aos.

Al recobrar la libertad, la vida le pareci en Jerez ms triste y
desesperada que en el presidio. La _pobre mrtir_ haba muerto durante
su ausencia, dejando en poder de unos parientes sus dos hijos,
Ferminillo y Mara de la Luz. El trabajo escaseaba; haba sobra de
brazos, era reciente la indignacin contra los _petroleros_
perturbadores del pas; los Borbones acababan de volver, y los ricos
teman dar entrada en sus fincas a los que haban visto antes con el
fusil en la mano, tratndoles de igual a igual, con gestos amenazadores.

El seor Fermn, para que no le viesen llegar con las manos vacas los
parientes pobres que cuidaban de sus pequeuelos, se dedic al
contrabando. Su compadre Paco el de Algar, que haba ido con l en las
partidas, conoca el oficio. Entre los dos exista el parentesco de la
pila bautismal, el compadrazgo, ms sagrado entre la gente del campo que
la comunidad de sangre. Fermn era el padrino de Rafaelillo, nico hijo
del seor Paco, al cual tambin se le haba muerto la mujer durante la
poca de persecuciones y presidio.

Los dos compadres emprendieron juntos sus penosas expediciones de
contrabandistas pobres. Marchaban a pie, por las veredas ms abruptas de
la sierra, aprovechando los conocimientos adquiridos en las complicadas
marchas de las partidas. Su pobreza no les permita ser caballistas como
otros que cabalgaban en pelotn, llevando en la grupa de sus fuertes
jacas dos fardos enormes de tabaco y en la perilla de la montura la
escopeta repleta de postas para pasar a _la brava_ el contrabando. Eran
humildes mochileros que, al llegar a San Roque o Algeciras, echbanse a
cuestas tres arrobas de tabaco y emprendan el regreso a la tierra
huyendo de los caminos, buscando las sendas ms peligrosas, marchando de
noche y ocultndose de da, a gatas por los riscos, imitando los hbitos
de las bestias feroces, lamentando ser hombres y no poder seguir el
borde de los abismos con la misma seguridad que las bestias.

Oh, la vida dura de continuos riesgos, la necesidad de ganarse el pan
luchando con la oscuridad, con las tempestades y con el hombre, que era
el peor de los enemigos! Un ruido a lo lejos, una voz, el aleteo de los
pajarracos nocturnos, el chillido de las alimaas invisibles, el ladrido
de un perro, les hacan ocultarse, tenderse en el suelo entre los
jarales punzantes, sofocados por el peso de la mochila. Al partir del
campo fronterizo de Gibraltar pagaban por trasponer la lnea del
resguardo. Los venales encargados de la vigilancia les imponan
contribucin segn su clase: tantas pesetas a los mochileros, tantos
duros a la gente de a caballo. Partan todos al mismo tiempo, despus de
depositar la ofrenda en ciertas manos que salan de unas mangas con
galones de oro, y peones y jinetes, todo el ejrcito del contrabando,
abrase como el varillaje de un abanico en la sombra de la noche,
tomando distintos caminos para esparcirse por Andaluca. Pero quedaba lo
difcil: el peligro de tropezar con las rondas volantes que no haban
participado del soborno y se esforzaban por cortar el paso a los
defraudadores y hacer buena presa de sus cargas. Los caballistas
infundan miedo porque contestaban a tiros al quin vive!, y eran los
indefensos mochileros los que sufran toda la persecucin.

Dos noches enteras necesitaban los compadres para llegar a Jerez,
caminando encorvados, sudorosos en pleno invierno, zumbndoles los
odos, con el pecho oprimido por la carga. Acercbanse trmulos de
inquietud a ciertos pasos de la sierra donde se apostaban los enemigos.
Temblaban de miedo al entrar en ciertas gargantas en cuya oscuridad
brillaba el fogonazo y silbaba la bala, al no obedecer ellos al boca
abajo! de los guardias emboscados. Algunos compaeros haban muerto en
estos malos pasos. Adems, los enemigos se vengaban de las largas
esperas al acecho y de la inquietud que les inspiraban los caballistas,
dando tremendas palizas a los de a pie. Ms de una vez se rasgaba el
silencio nocturno de la sierra con los alaridos de dolor que arrancaban
los brbaros culatazos dados al azar, en la oscuridad, lejos de toda
vivienda, lejos de toda ley, en una soledad salvaje...

Pero estos peligros eran los que menos intimidaban a los dos compadres.
El miedo a perder la carga les aterraba. Perder la carga! el nico
medio de existencia, el capital de su industria! Verse de golpe sin las
ganancias acumuladas en fuerza de exponer su vida noches y noches; tener
que pedir prestado otra vez y empezar de nuevo la pelea para pagar al
prestamista, cercenando su pan y el de los pequeos!...

Por no perder sus mochilas emprendan arriesgadas ascensiones en la
oscuridad. A la menor alarma huan de las gargantas, dando rodeos por
lugares casi inaccesibles, que infundan horror al ser vistos a la luz
del sol. Los cuervos graznaban asustados en sus alturas al percibir el
roce de unos animales desconocidos que gateaban en las tinieblas. Los
aguiluchos aleteaban al ver interrumpido su sueo por el arrastre de
extraos cuadrpedos que, abrumados por su giba, avanzaban por el filo
de los precipicios, haciendo rodar los guijarros con sus manos
desolladas, en el vaco de lbregas profundidades. El recuerdo de algn
compaero muerto en estos pasos difciles, congelaba su sangre un
momento: All abajo est Fulano. _All abajo_, en el fondo de la sima
negra que bordeaban a tientas, con el tacto de los ciegos; donde slo
podan verle los cuervos, que poco a poco dejaran blancos sus huesos
bajo el peso de la mochila, mientras en su casa, la familia, hambriento,
movida por una remota esperanza, aguardaba que un da u otro se
presentase.

El recuerdo de los que esperaban al compaero muerto les daba nuevas
energas. Tambin ellos tenan sus _churumbeles_ que podan aguardar el
pan eternamente si daban un mal paso: adelante! adelante! Y con el
valor audaz que da la lucha por los hijos, los dos mochileros avanzaban
al travs del peligro y de la noche.

Ay! De los azares que el seor Fermn haba corrido en su vida, de las
miserias en presidio, entre gentes de todos los pases, que se mataban
con las cucharas afiladas para entretener el ocio del encierro; del
miedo que tuvo a ser fusilado cuando lo prendieron despus de derrotada
la partida, nada recordaba con tanta tristeza como las tres veces que lo
sorprendieron los carabineros, casi a las puertas de la ciudad, cuando
ya se crea en salvo, quitndole lo que llevaba varias noches sobre sus
espaldas. Y luego, cuando venda su tabaco a las gentes desocupadas, a
los seores de los casinos y los cafs, an le regateaban algunos
cntimos! Ay; si supieran lo que costaban aquellos paquetes, duros como
ladrillos, en los que parecan haberse solidificado los sudores de una
fatiga de bestia y los escalofros del miedo!...

La desgracia, como cansada del tesn con que los dos compadres saban
eludirla, comenz a cebarse en ellos. Era en vano que con riesgo de su
vida esquivasen durante la noche los pasos difciles de la sierra. Por
tres veces les sorprendieron cerca de la ciudad, en los llanos de
Caulina, cuando se crean ya en salvo. Les dieron de golpes al
arrebatarles aquellas mochilas que representaban la vida para sus hijos;
y hasta les amenazaron con un tiro en vista de su reincidencia. Ms que
las amenazas les intimid la prdida de sus cargas. Adis los ahorros!
Los tres fracasos les dejaban ms pobres que antes de comenzar el
contrabando, con deudas que les parecan enormes. Ya nadie querra
prestarles para continuar el _negocio_.

El compadre, llevando de la mano a Rafaelillo, que era ya un rapaz,
march a Algar, a su pueblo de la serrana, para ser gan en un
cortijo, si es que le aceptaban vindole entrado en aos y enfermo.

El seor Fermn no tuvo otro refugio que Jerez, y fue todas las
madrugadas a la plaza Nueva a formar grupo con los jornaleros que
esperaban trabajo, acogiendo con resignacin el gesto desdeoso de los
capataces que le repelan por su antigua fama de cantonal y por las
recientes aventuras del contrabando, que le haban hecho vivir algunos
das en la crcel. Ay, las maanas tristes pasadas en la plaza,
estremecindose con el fro del amanecer, sin ms alimento en el
desfallecido estmago que alguna copa de aguardiente de Cazalla,
ofrecida por los amigos! Y despus la vuelta desalentada a su tugurio,
la sonrisa inocente de los hijos y el grito de tristeza de la msera
cuada, al verle aparecer a la hora en que los dems trabajaban!

--Tampoco hoy?...

--Tampoco... pero ten carma mujer: arreglaos como podis y no pensis en
m.

Entonces conoci Fermn a su ngel protector, como l le llamaba; al
hombre que, despus de Salvatierra, era el dueo de su voluntad, a
Dupont el viejo que, vindole un da, record vagamente ciertas muestras
de respeto, ciertos pequeos favores a su casa y a su persona, en la
poca en que aquel infeliz iba por Jerez con aire de amo, orgulloso de
su gorro colorado y de las armas que haca resonar a cada paso, con un
estrpito de ferretera vieja.

Fue una genialidad de gran seor, un capricho de millonario que se
admiraba a s mismo proporcionando un mendrugo a un desesperado que
encontraba obstruidos todos los caminos de la vida. Fermn hall un
jornal en la via de Marchamalo, la gran propiedad de los Dupont. Poco a
poco fue conquistando la confianza del amo, el cual se fijaba
atentamente en su trabajo.

Cuando el antiguo rebelde lleg a ser capataz de la via, haba ya
sufrido una gran transformacin en sus ideas. Se consideraba como una
parte de la casa Dupont. Le enorgulleca la importancia de las bodegas
de don Pablo y comenzaba a reconocer que los seores no eran tan malos
como crean los pobres. Hasta dej a un lado el respeto que profesaba a
Salvatierra, el cual andaba por entonces fugitivo fuera de Espaa, y se
atrevi a confesar a los amigos que las cosas no iban del todo mal
despus del desastre de sus ilusiones polticas. l era el de siempre,
federal, sobre todo federal: hasta que no viniese la suya, Espaa no
sera feliz, pero mientras tanto, a pesar de los malos gobiernos y de
que el pobre pueblo estaba oprimido, l se crea mejor que en los
tiempos pasados. La nia y la cuada vivan en la via, en un casern
antiguo, espacioso como un cuartel; el muchacho iba a la escuela en
Jerez, y don Pablo le haba tomado ley y prometa hacerlo todo un
hombre, en vista de su inteligencia despierta. l, tena tres pesetas
diarias, sin otra obligacin que llevar la cuenta de los jornales,
reclutar la gente y vigilarla, para que los remolones no descansasen
antes de que l diese la voz para fumar un cigarro.

De sus tiempos de miseria le quedaba la conmiseracin para los
jornaleros, fingiendo no ver sus descuidos y negligencias. Pero sus
actos valan ms que sus palabras, pues queriendo demostrar gran inters
por el amo, hablaba duramente a los braceros, con ese exceso de
autoridad que revela el humilde apenas se ve elevado sobre sus
camaradas.

El seor Fermn y sus hijos penetraban sin darse cuenta en la familia
del amo, hasta llegar a confundirse con ella. La simpleza del capataz,
alegre e hidalga como la de todos los labriegos andaluces, le haca
captarse la confianza de los de la casa seorial. Don Pablo el viejo
rea hacindole relatar sus fugas por la montaa, unas veces de
guerrillero y otras de contrabandista, siempre perseguido por los
carabineros. Los hijos del amo jugaban con l, prefiriendo sus
marrulleras y chistes de hombre de campo, al gesto hosco de la aya
inglesa que cuidaba de ellos. Hasta la orgullosa doa Elvira, la hermana
del marqus de San Dionisio, siempre ceuda y de noble malhumor, como si
se creyese postergada por haberse unido con un Dupont, conceda cierta
confianza al seor Fermn, escuchndole con gesto semejante a los que
haba visto en el teatro, cuando una dama se digna conversar con el
viejo escudero, confidente de sus pensamientos.

El capataz crea vivir en el mejor de los mundos contemplando a sus
hijos corretear por los senderos de la via con dos de los seoritos de
la casa, mientras el mayor, el futuro dueo, a pesar de ser todava un
nio, se mantena al lado de su madre, imitando sus gestos altivos.
Haba das en que el carruaje de don Pablo llegaba entre una nube de
polvo, a todo correr de sus cuatro briosos caballos, para depositar en
Marchamalo un cargamento de chiquillos, casi una escuela. Con los hijos
de Dupont llegaba Luisito, hurfano de un hermano de don Pablo, cuya
cuantiosa fortuna cuidaba ste; y las hijas del marqus de San Dionisio,
dos nias revoltosas de ojos cndidos y boca insolente, que se peleaban
con los muchachos y los hacan correr a pedradas, revelando en sus
audacias el carcter de su famoso padre. Y Ferminillo y Mara de la Luz
jugaban con estos nios que haban de poseer cuantiosas fortunas, de
igual a igual, con la simplicidad de la infancia que parece un recuerdo
de los tiempos en que los hombres vivan como hermanos, antes de
inventar las jerarquas sociales. El capataz los segua en sus juegos
con miradas de ternura, sintiendo orgullo de que sus hijos se tutearan
con los hijos y parientes del amo. Era la Igualdad soada, aquella
Igualdad por la que haba expuesto su vida, y que al fin llegaba para
l, slo para l.

Algunas veces se presentaba el marqus de San Dionisio, y a pesar de sus
cincuenta aos lo pona todo en revolucin. La devota doa Elvira se
enorgulleca de los ttulos nobiliarios del hermano, pero despreciaba al
hombre por sus calaveradas, que daban triste celebridad al noble
apellido de Torreroel.

El seor Fermn, influido por sus antiguos respetos a las jerarquas
histricas, admiraba a aquel noble y alegre vividor. Estaba devorando
los ltimos restos de la gran fortuna de su familia, y haba influido en
el casamiento de su hermana con Dupont, para tener as un refugio cuando
le llegase la hora de la total ruina. Su nobleza era de lo ms antiguo
de Jerez. El pendn de las Navas de Tolosa que sacaban con gran pompa de
la casa municipal en determinadas fiestas, lo haba ganado a golpes de
hacha uno de sus ascendientes. Su ttulo de marqus llevaba el nombre
del santo patrn de la ciudad. En su estirpe figuraban toda clase de
glorias: amigos de monarcas; Adelantados que infundan miedo a la
morisma; virreyes de las Indias, santos arzobispos, almirantes de las
galeras reales; pero el alegre marqus daba de barato tantos honores y
tan preclaros ascendientes, pensando que hubiera sido mejor para l
poseer una fortuna como la de su cuado Dupont, aunque sin las
obligaciones y trabajos de ste. Viva en un casern seorial, ltimo
resto de una fortaleza sarracena, restaurada y transformada por sus
abuelos. En los salones, casi vacos, slo quedaban como recuerdos del
antiguo esplendor algunos tapices astrosos, cuadros negruzcos con santos
ensangrentados en posturas horripilantes, silleras de estilo Imperio
con la seda deshilachada; todo lo que no haban querido los corredores
de antigedades de Sevilla, a los que llamaba el marqus en sus momentos
de apuro. Lo dems, trpticos y tablas, espadas y armaduras de los
Torreroel de la Reconquista, las riquezas exticas tradas de las Indias
por los virreyes, y los regalos que varios monarcas de Europa haban
hecho a sus abuelos, embajadores que dejaron en las cortes ms famosas
el recuerdo de su fastuosidad principesca, todo haba ido desapareciendo
despus de noches terribles en que la fortuna le volva la espalda en la
mesa de juego, consolndose de su desgracia con _juergas_ estruendosas,
de las que hablaba Jerez durante mucho tiempo.

Viudo desde muy joven, tena sus dos hijas bajo la vigilancia de criadas
jvenes, a las que ms de una vez sorprendan las pequeas seoritas
abrazadas a pap y tutendole. La seora de Dupont indignbase al
conocer estos escndalos y se llevaba las sobrinas a su casa para que no
presenciasen malos ejemplos. Pero ellas, verdaderas hijas de su padre,
deseaban vivir en este ambiente de libertad, y protestaban con llantos
desesperados y convulsiones en el suelo, hasta que las volvan a la
absoluta independencia de aquel casern por donde pasaban el dinero y el
placer como un huracn de locura.

La gitanera ms famosa acampaba en la casa seorial. El marqus
sentase atrado y dominado por las mujeres de piel aceitunada y ojos de
tizn, como si en su pasado existiesen ocultos cruzamientos de raza, que
tiraban de sus afectos con misteriosa fuerza. Se arruinaba cubriendo de
joyas y vistosos paolones a gitanas que haban trabajado en los
cortijos, escardando los campos y durmiendo en la impdica, promiscuidad
de las gaanas. La interminable tribu de cada una de sus favoritas, le
acosaba con el lloriqueo servil y la codicia insaciable propios de la
raza; y el marqus se dejaba saquear, riendo la gracia de estos
parientes de la mano izquierda, que le adulaban declarando que era un
_cai_ puro, ms gitano que todos ellos.

Los toreros famosos pasaban por Jerez para honrar con su presencia al de
San Dionisio que organizaba fiestas estruendosas en su honor. Muchas
noches despertaban las nias en sus camas oyendo al otro extremo de la
casa el rasgueo de las guitarras, los lamentos del cante hondo, el
taconeo del baile; y vean pasar por las ventanas iluminadas, al otro
lado del patio, grande como una plaza de armas, los hombres en mangas de
camisa con la botella en una mano y la batea de caas en la otra, y las
mujeres con el peinado alborotado y las flores desmayadas y temblonas
sobre una oreja, corriendo con incitante contoneo para evadir la
persecucin de los seores o tremolando sus paolones de Manila como si
quisieran torearles. Algunas maanas, al levantarse las seoritas, an
encontraban tendidos en los divanes hombres desconocidos que roncaban
boca abajo, con los tufos de pelo sudorosos cubrindoles las orejas, el
pantaln desabrochado y ms de uno con los residuos de una cena mal
digerida a corta distancia de su cara. Estas juergas eran admiradas por
algunos como un simptico alarde de los gustos populares del marqus.

El seor Fermn era de estos admiradores. Un personaje de tantos
pergaminos, que poda, sin desdoro, hacer el amor a una princesa,
encaprichndose de muchachas del pueblo o de gitanas; escogiendo sus
amigos entre caballistas, toreros y ganaderos y bebindose una copa de
vino con el primer pobre que se aproximaba a pedirle algo! Esto era
democracia pura!... Y al entusiasmo por los gustos plebeyos del prcer
que pareca querer resarcir a la gente de la altivez y el orgullo de sus
empingorotados abuelos, unase la admiracin casi religiosa que la
fuerza, el vigor fsico, inspira siempre a la gente del campo.

El marqus era un atleta y el mejor jinete de Jerez. Haba que verle a
caballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillas
entrecanas y gitanescas, y la garrocha terciada en la silla. Ni el
Santiago de las batallas legendarias poda comparrsele, cuando a falta
de musulmanes derribaba los toros ms bravos y haca galopar su jaca por
lo ms intrincado de las dehesas, pasando como un rayo entre ramas y
troncos sin hacerse aicos el crneo. Hombre sobre el cual dejaba caer
su puo, caa redondo: potro cerril cuyos lomos abarcaba con sus piernas
de acero, ya poda encabritarse, morder el aire y echar espumarajos de
clera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que lograba
libertarse del peso de su domador.

La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza de
los que vivieron despus en la corte arruinndose cerca de los reyes,
resucitaban en l como la ltima llamarada de una raza prxima a
extinguirse. Poda dar los mismos golpes que dieron sus antecesores al
conquistar el pendn en las Navas y se arruinaba con igual indiferencia
que aquellos de sus abuelos que se haban embarcado para rehacer su
fortuna gobernando las Indias.

El marqus de San Dionisio mostrbase satisfecho de sus alardes de
fuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre con
lesiones de los compaeros. Cuando le llamaban bruto con acento de
admiracin, sonrea orgulloso de su raza. Bruto, s: como lo haban sido
sus mejores abuelos: como lo fueron siempre los caballeros de Jerez,
espejo de la nobleza andaluza, arrogantes jinetes formados en dos siglos
de batalla diaria y continua algarada en tierras de moros, pues por algo
Jerez se llamaba de la Frontera. Y recapitulando en su memoria lo que
haba ledo u odo sobre la historia de los suyos, rease de Carlos V el
gran Emperador, que, al pasar por Jerez, haba querido correr unas
lanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban de combates
de puro juego, tomndolos en serio como si an luchasen con moros. En
el primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundo
le hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llam
muy asustada a su esposo, rogndole que reservase su lanza para gentes
menos rudas que los caballeros jerezanos.

El carcter bromista del marqus gozaba de tanta fama como su fuerza. El
seor Fermn rea en la via, repitiendo a los trabajadores las
ocurrencias graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de accin, en las
que siempre haba una vctima; genialidades crueles, para regocijar a un
pueblo rudo. Un da, al pasar el marqus por el mercado, dos mendigos
ciegos le reconocan por la voz y le saludaban con frases pomposas
esperando que los socorriese como de costumbre. Toma, para los dos. Y
pasaba adelante, sin dar nada, mientras los dos pordioseros se
insultaban, creyendo cada uno que su camarada haba recibido la limosna
y le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban sus
palos.

Otra vez, el marqus haca pregonar que el da de su santo dara una
peseta a todo cojo que se presentase en su casa. Circulaba la noticia
por todas partes y el patio del casern llenbase de cojos de la ciudad
y del campo; unos apoyados en muletas, otros arrastrndose sobre las
manos como larvas humanas. Y al aparecer el marqus en un balcn,
rodeado de sus amigotes, abrase la puerta de la cuadra y sala bufando
con espumarajos de rabia un novillo, al que haban aguijoneado
previamente los criados. Los que realmente eran cojos, corran hacia los
rincones, amontonndose, manoteando con la locura del miedo; y los
fingidos soltaban las muletas, y con cmica agilidad se encaramaban por
las rejas. El marqus y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerez
pas mucho tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitual
generosidad, pues una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuy el
dinero a manos llenas entre los lisiados, verdaderos y falsos, para que
a todos les pasase el susto bebiendo algunas caas a su salud.

El seor Fermn extrabase de la indignacin con que la hermana del
marqus acoga sus originalidades. Un hombre as, no deba morirse
nunca!... Pero, al fin, muri. Muri cuando no le quedaba nada que
gastar; cuando los salones de su casa no tenan un mueble; cuando su
cuado Dupont se neg de veras a hacerle nuevos prstamos, ofrecindole
en su casa todo lo que quisiera, cuanto vino desease, pero sin la menor
cantidad de dinero.

Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atencin por su
belleza picaresca y su desenfado, abandonaron el casern paterno que
tena mil dueos, ya que se lo disputaban todos los acreedores del de
San Dionisio, y fueron a vivir con su santa ta doa Elvira. La
presencia de estos adorables diablillos produjo una serie de disgustos
domsticos que amargaron los ltimos aos de don Pablo Dupont. Su esposa
no poda tolerar el desenfado de las sobrinas, y Pablo, el hijo mayor,
el favorito de la madre, apoyaba sus protestas contra aquellas parientas
que venan a turbar la tranquilidad de la casa, como si con ellas
trajesen un olor, un eco, de las costumbres del marqus.

--De qu te lamentas?--deca don Pablo aburrido.--No son tus sobrinas?
No son sangre tuya?...

Doa Elvira no poda quejarse de los ltimos momentos de su hermano.
Haba muerto como quien era: como un caballero cristiano, como una
persona decente. La enfermedad mortal le haba sorprendido en una de sus
_juergas_ rodeado de mujeres y mozos de valor. La sangre del primer
vmito se la haban limpiado las amigas con sus paolones bordados de
chinos y rosas fantsticas. Pero al ver prxima la muerte y or los
consejos de su hermana, que despus de muchos aos de ausencia se
decida a entrar en su casa, quiso dar buen ejemplo, irse del mundo
con la discrecin que convena a su rango. Y sacerdotes de todos hbitos
y reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra o
una enagua olvidada; hablndole del cielo, en el que, seguramente, le
guardaban un sitio de preferencia por los mritos de sus mayores. Las
innumerables cofradas y hermandades de Jerez, en las cuales tena el
alegre noble un cargo hereditario, acompaaron al Vitico; y al morir,
su cadver fue vestido de fraile, amontonndose sobre su pecho todas las
medallas que la seora de Dupont juzg de ms eficacia para que aquel
vividor no sufriese retraso ni entorpecimiento en su ascensin a la
gloria eterna.

Doa Elvira no poda quejarse de su hermano, que al fin haba demostrado
su buena sangre en los ltimos instantes; no poda quejarse de sus
sobrinas, pjaros inquietos que agitaban sus plumajes con cierta
insolencia, pero la acompaaban sin rplica a misas y novenas con una
graciosa gravedad, que daba ganas de comrselas a besos. Pero la
atormentaban el recuerdo del pasado del marqus y el atolondramiento que
mostraban sus hijas al hallarse en presencia de los jvenes; sus voces y
gestos desgarrados, que eran como un eco de lo que haban odo en la
casa paterna.

A la noble seora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armona
majestuosa de su existencia y de su saln. Su mismo esposo era para ella
un motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempre
ansioso de descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excntrico que
haba copiado de sus corresponsales de Inglaterra. Slo senta por l un
dbil afecto semejante al que inspira un socio comercial. Estaba unida
a l por el inters comn en favor de los hijos; por cierta gratitud al
ver que su trabajo aseguraba la riqueza de sus descendientes. En el hijo
mayor haba concentrado toda la cantidad de amor de que era capaz su
alma austera y orgullosa.

--Es un Torreroel: es mi hijo; mo solamente. No tiene nada de los
Dupont.

Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegra maternal, crea
librar a su hijo de un peligro; como si despus de haber aceptado el
matrimonio con Dupont por su gran fortuna, le inspirase ste
repugnancia.

Pensaba con orgullo en los millones que tendran sus hijos, y al mismo
tiempo despreciaba a los que los haban amasado. Recordaba mentalmente
con cierta vergenza el origen de los Dupont, del que hablaban los ms
viejos de Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de la
dinasta llegaba a la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero,
para entrar al servicio de otro francs que haba establecido una
bodega. Durante la guerra de la Independencia, el amo hua por miedo a
las cleras populares, dejando toda su fortuna confiada al compatriota,
que era su servidor de confianza, y ste, en fuerza de dar gritos contra
su pas y vitorear a Fernando VII, consegua que le respetasen y haca
prosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a considerar
como suya. Cuando, terminada la guerra, volva el verdadero dueo,
Dupont se negaba a reconocerle, alegndose a s mismo, para tranquilidad
de la conciencia, que bien haba ganado la propiedad de la casa haciendo
frente al peligro. Y el confiado francs, enfermo y agobiado por la
traicin, desapareca para siempre.

Los negocios de la bodega crecan y se desarrollaban con la fecundidad
beneficiosa que acompaa siempre a todo crimen hbil. Comenzaba la
carrera de honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad de
los que no necesitan cometer una mala accin para que sus negocios
prosperen, ni ven puesta a prueba su virtud por la desgracia.

La noble doa Elvira, que haca gala a cada momento de sus ilustres
ascendientes, senta cierto escozor al recordar esta historia; pero
tranquilizbase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna la
dedicaba a Dios con sus generosidades de devota.

La muerte de don Pablo fue para ella una solucin. Sintiose ms libre de
preocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse y
sera el dueo de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de un
Torreroel, y con esto le pareca que se borraba su vergonzoso origen, y
que Dios protegera mejor los negocios de la casa. La aptitud comercial
de Pablo, sus iniciativas y, especialmente, la nueva destilacin del
cognac, que haca famoso el nombre de la bodega, parecan afirmar estas
preocupaciones de la buena seora. Dupont, en el rtulo; pero Torreroel
en el alma! Su hijo le pareca un gran seor de otras pocas, de
aquellos que con toda su nobleza eran agricultores y servan a Dios
arado en mano. La industria servira ahora para que afirmase su
importancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos.
El Seor bendecira con su proteccin al cognac y las bodegas...

El capataz de Marchamalo sinti la muerte del amo ms que toda la
familia. No llor, pero su hija Mara de la Luz, que comenzaba a ser una
mocita, andaba tras l, animndolo para que saliese de su triste
marasmo, para que no pasase las horas sentado en la plazoleta con la
mandbula entre las manos y la vista perdida en el horizonte,
desalentado y triste como un perro sin dueo.

Eran intiles los consuelos de la nia. Cualquier da olvidaba l a su
protector, al que le haba sacado de la miseria! Aquel golpe era de los
de prueba: nicamente poda compararse al dolor que le producira la
muerte de su hroe don Fernando. Mara de la Luz, para animarle, sacaba
del fondo de un armario alguna botella de las que se dejaban los
seoritos cuando iban a la via, y el capataz miraba con ojos llorosos
el lquido dorado de la copa. Pero al llenar sta por tercera o cuarta
vez, su tristeza tomaba un acento de dulce resignacin:

--Lo que somos! Hoy t... maana yo.

Para continuar su fnebre monlogo beba con la calma del campesino
andaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele y
examina, hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, su
pensamiento, saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont para
fijarse en Salvatierra, comentando sus correras y aventuras, siempre
propagando sus ideales de tal modo, que la mayor parte del tiempo la
pasaba en la crcel.

No por esto olvidaba a su protector. Ay, aquel don Pablo, cunto bien
le haba hecho! Por l, su hijo Fermn era un caballero. El viejo
Dupont, al ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio,
donde haba entrado como _zagal_ para los recados, quiso ayudarle con su
proteccin. Fermn se haba instruido aprovechando la presencia en Jerez
de Salvatierra. El revolucionario, al volver de su emigracin en
Londres, ansioso de sol y de tranquilidad campestre, haba ido a vivir
en Marchamalo, al lado de su amigo el capataz. Algunas veces, al entrar
el millonario en la via, se encontraba con el rebelde hospedado en su
propiedad sin permiso alguno. El seor Fermn crea que, tratndose de
un hombre de tantos mritos, era innecesario solicitar la autorizacin
del amo. Dupont, por su parte, respetaba el carcter probo y bondadoso
del agitador, y su egosmo de hombre de negocios le aconsejaba la
benevolencia. Quin sabe si aquellas gentes volveran a mandar el da
menos pensado!...

El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamente
la mano despus de tantos aos de no verse, como si nada hubiese
ocurrido.

--Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro de
Ferminillo. Cmo va ese discpulo?

Ferminillo progresaba rpidamente. Muchas noches no quera quedarse en
Jerez, y emprenda una marcha de ms de una hora para ir a la via en
busca de las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicbalos por
entero a su maestro, al que adoraba con una pasin igual a la de su
padre.

El seor Fermn no supo si fue por consejo de don Fernando o por propia
iniciativa del amo; pero lo cierto era que ste, con el acento imperioso
que empleaba para hacer el bien, manifest su deseo de que Ferminillo
fuese a Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada en
la sucursal que tena en Collins-Street.

Ferminillo march a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrbase
satisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillante
porvenir. Vendra de all sabiendo ms que todos los seores que
plumeaban en el escritorio de Dupont. Adems, Salvatierra le haba dado
cartas para los amigos que tena en Londres, todos polacos, rusos e
italianos, refugiados all porque en su tierra les queran mal;
personajes que eran considerados por el capataz como seres poderosos
cuya proteccin envolvera a su hijo mientras viviese.

Pero el seor Fermn se aburra en su retiro, sin poder hablar ms que
con los viadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija,
que prometa ser una buena moza, y slo pensaba en el arreglo y
admiracin de su persona. La muchacha se dorma por las noches apenas
deletreaba l a la luz del candil alguno de los folletos de la buena
poca, los renglones cortos de Barcia, que le entusiasmaban como una
resurreccin de su juventud. De tarde en tarde se presentaba don Pablo
el joven, que diriga la gran casa Dupont, dejando que sus hermanos
menores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o doa Elvira con sus
sobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la juventud de Jerez.
La via pareca otra, ms silenciosa, ms triste. Los chicuelos que
corran por ella en pasados tiempos tenan ahora otras preocupaciones.
Hasta la casa de Marchamalo haba envejecido tristemente; se agrietaba
su vetustez de ruda construccin, que contaba ms de un siglo. El
impetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarla
abajo y levantar algo grandioso y seorial, que fuese como el castillo
de los Dupont, prncipes de la industria.

Qu tristeza! Su protector haba muerto, Salvatierra andaba por el
mundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre,
muriendo de un enfriamiento all en un cortijo del rin de la sierra.
Tambin el compadre haba mejorado de suerte, aunque sin llegar a la
buena fortuna del seor Fermn. En fuerza de trabajar como bracero y de
rodar por las gaanas errante como un gitano, siempre seguido de su
hijo Rafael, que se empleaba en las faenas de zagal, haba acabado por
ser aperador de un cortijo pobre: asunto, como l deca, de matar el
hambre sin tener que doblarse ante el surco, debilitado por una vejez
prematura y por los rudos lances de la conquista del pan.

Rafael, que era ya un mocetn de dieciocho aos, endurecido por el
trabajo, se present en la via para dar la mala noticia a su padrino.

--Muchacho, y ahora qu va a jacer?--pregunt el capataz interesndose
por su ahijado.

El mocetn sonri al or hablar de una colocacin en otro cortijo. Nada
de trabajar la tierra! La aborreca. Gustbanle los caballos y las
escopetas con entusiasmo juvenil, como a cualquier seorito del _Crculo
Caballista_. En punto a domar un potro o a meter la bala donde pona el
ojo, no admita rival. Adems, era todo un hombre; tan hombre como el
que ms: le gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiaba
aventuras para que se supiese quin era el hijo de Paco el de Algar. Y
al decir esto sacaba el pecho y tenda los brazos en cruz, haciendo
alarde de la energa vital, de la juvenil acometividad depositadas en su
cuerpo.

--En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre.

Y Rafael no muri de hambre. Qu haba de morir!... Su padrino le
admiraba cuando le vea llegar a Marchamalo, montado en un alazn fuerte
y de libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda de
galn campesino, asomndole ricos pauelos de seda por los bolsillos de
la chaqueta y el escopetn siempre pendiente de la montura. Al viejo
contrabandista le temblaban las carnes de placer oyndole relatar sus
proezas. El muchacho vengaba a su compadre y a l de los sustos sufridos
en la montaa, de los golpes que les haban dado los que l apellidaba
los esbirros. De seguro que a ste no se le ponan delante para
quitarle la carga!...

El mozo era de los de caballera y no se limitaba a entrar tabaco. Los
judos de Gibraltar le hacan crdito, y su alazn trotaba llevando a la
grupa fardos de sedas y de vistosos paolones de China. Ante el absorto
padrino y su hija Mara de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojos
de brasa, el muchacho sacaba a puados las monedas de oro, las libras
inglesas, como si fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjas
algn pauelo vistoso o puntilla complicada, para hacer regalo de ello a
la hija del capataz.

Los dos jvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarse
experimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde nios,
como si no hubiesen jugado juntos cuando el seor Paco vena de tarde en
tarde a visitar a su viejo camarada en la via.

El padrino sonrea socarronamente viendo la turbacin de los muchachos.

--No parece sino que usts no se han visto nunca. Hablarse sin miedo,
que ya s yo que t buscas ser algo ms que mi ahijado... Lstima que
andes en esa vida!

Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba de
frente. Deba guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, ya
hablaran de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero que
saban los tres. Ahorrar!... Rafael sonrea ante este consejo. Tena en
el porvenir la confianza de todos los hombres de accin seguros de su
energa; la generosidad derrochadora de los que conquistan el dinero
desafiando a las leyes y a los hombres; la largueza desenfadada de los
bandidos romnticos, de los antiguos negreros, de los contrabandistas;
de todos los prdigos de su vida que, acostumbrados a afrontar el
peligro, consideran sin valor lo que ganan sorteando a la muerte. En los
ventorrillos de la campia, en las chozas de carboneros de la sierra, en
todas partes donde se juntaban hombres para beber, l lo pagaba todo con
largueza. En las tabernas de Jerez organizaba _juergas_ de estruendo,
abrumando con su generosidad a los seoritos. Viva como los lasquenetes
mercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de orga
pantagrulica, devoraban el precio de su sangre. Tena sed de vivir, de
gozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometa la duda de
lo futuro, vea, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de Mara de la
Luz, escuchaba su voz, que siempre le deca lo mismo cuando l se
presentaba en la via.

--Rafa: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... Pero t eres
bueno! verd que cambiars?...

Y Rafael se juraba a s mismo que haba de cambiar, para que no le
mirase con sus ojazos de pena aquel ngel que le aguardaba en lo alto de
una colina, cerca de Jerez, y corra cuesta abajo entre el ramaje de las
cepas, al verle de lejos galopar por la polvorienta carretera.

Una noche, los perros de Marchamalo ladraron desaforadamente. Era cerca
del amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abri una
ventana. Un hombre en mitad de la plazoleta sostenase agarrado al
cuello de su jaca, que respiraba jadeante, con las piernas temblonas,
como si fuese a desplomarse.

--Abra ust, padrino--dijo con dbil voz.--Soy yo, Rafa, que vengo
jero. Pa m, que me han pasao de parte a parte.

Entr en la casa, y Mara de la Luz, al asomarse tras la cortina de
percal de su cuarto, lanz un alarido. Olvidando todo pudor, la muchacha
sali en camisa a ayudar a su padre, que apenas poda sostener al
mocetn, plido con palidez de muerte, con las ropas salpicadas de
sangre negruzca y de otra fresca y roja que caa y caa por debajo de su
chaquetn, goteando en el suelo. Anonadado por su esfuerzo para llegar
hasta all, Rafael se desplom en la cama, contndolo todo con palabras
entrecortadas antes de desvanecerse.

Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo. l haba
herido para abrirse paso, y en la huida le alcanz una bala en la
espalda, debajo del hombro. En un ventorrillo le haban curado de
cualquier modo, con la misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y al
or, en el silencio de la noche, con su fino odo de hombre de la
sierra, el trote de los caballos enemigos, haba vuelto sobre la silla
para no dejarse coger. Un galope de leguas, desesperado, loco, haciendo
esfuerzos por mantenerse sobre los estribos, apretando sus piernas con
el estertor de una voluntad prxima a desvanecerse, rodndole la cabeza,
viendo nubes rojas en la oscuridad de la noche, mientras por el pecho y
la espalda se escurra algo viscoso y caliente, que pareca llevrsele
la vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que no le cogieran:
y para esto, ningn refugio como Marchamalo, en aquella poca que no
era de trabajo y los viadores estaban ausentes. Adems, si su destino
era morir, deseaba que fuese entre los que ms quera en el mundo. Y sus
ojos se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos,
entre el lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino.

--Rafa! Rafa!--gema Mara de la Luz inclinndose sobre el herido.

Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, falt muy
poco para que le besase en presencia de su padre.

El caballo muri en la maana siguiente, reventado por la loca carrera.
Su dueo se salv despus de una semana transcurrida entre la vida y la
muerte. El seor Fermn haba trado de Jerez un mdico, gran amigo de
Salvatierra, un compaero de la poca heroica, acostumbrado a esta clase
de lances. Tuvo delirios que le hacan gritar con el terror de la
pesadilla, y cuando despus de largos desvanecimientos desentornaba los
ojos, vea a Mara de la Luz sentada junto a la cama, inclinando sobre
l su cabeza, como si buscase en su aliento la llegada de la reaccin
vital que habla de salvarle.

La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida se
cicatriz rpidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que su
ahijado tena carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con un
balazo as: pero, balitas a l, que era el mozo ms valiente del campo
de Jerez!...

Cuando el herido abandon la cama, acompabale Mara de la Luz en sus
vacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre los
dos haba vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos,
ese recato tradicional que hace que los novios se adoren sin decrselo,
sin declararse su pasin, bastndoles el expresarla mudamente con los
ojos. La muchacha, que haba vendado su herida, que haba visto desnudo
su pecho robusto, perforado por aquel rasguo de labios violceos, no
osaba ahora, que le vea de pie, ofrecerle su brazo cuando paseaba
vacilante, apoyndose en un bastn. Entre los dos marcbase un ancho
espacio, como si sus cuerpos se repeliesen instintivamente; pero los
ojos se buscaban, acaricindose con timidez.

A la cada de la tarde, el seor Fermn se sentaba en un banco, bajo las
arcadas de su casern, con la guitarra en las rodillas.

--Venga de ah, Mariquita de la L! Hay que alegrar un poquiyo al
enfermo.

Y la muchacha rompa a cantar, con la cara grave y los ojos entornados,
como si cumpliese una funcin sacerdotal. nicamente sonrea cuando su
mirada se encontraba con la de Rafael, que la escuchaba en xtasis,
acompaando con dbil palmoteo el rasguear melanclico de la guitarra
del seor Fermn.

Oh, la voz de Mara de la Luz! Una voz grave, de entonaciones
melanclicas, como la de una mora habituada a eterna clausura que canta
para odos invisibles tras las tupidas celosas: una voz que temblaba
con litrgica solemnidad, como si meciese el sueo de una religin
misteriosa slo de ella conocida. De repente, se adelgazaba, partiendo
como un relmpago hacia las alturas, hasta convertirse en un alarido
agudo, en un grito que serpenteaba, formando complicados arabescos de
salvaje bizarra.

Las vulgares coplas, odas por Rafael tantas veces en sus juergas con
las gitanas, parecan nuevas en los labios de Mara de la Luz. Adquiran
un sentimentalismo conmovedor, una uncin religiosa en el silencio del
campo, como si aquella poesa ingenua y gallarda, cansada de rodar sobre
las mesas, manchadas de vino y de sangre, se rejuveneciera al tenderse
soolienta en los surcos de la tierra bajo los pabellones de pmpanos.
La voz de Mara de la Luz era famosa en la ciudad. En Semana Santa, la
gente que presenciaba el paso de las procesiones de encapuchados a altas
horas de la noche, corra para orla de ms cerca.

--Es la nia del capataz de Marchamalo que va a echarle una _saeta_ al
Cristo.

Y empujada por las amigas, abra los labios y ladeaba la cabeza con un
gesto lacrimoso, igual al de la Dolorosa; y el silencio de la noche, que
pareca agrandado por la emocin de una religiosidad lgubre, rasgbase
con el lento y meldico quejido de aquella voz de cristal que lloraba
las trgicas escenas de la Pasin. Ms de una vez la muchedumbre,
olvidando la santidad de la noche, prorrumpa en elogios a la gracia de
la chiquilla y en bendiciones a la madre que la haba parido, sin
respetar el aparato inquisitorial del sagrado Entierro con sus negros
encapuchados y sus fnebres blandones.

En la via no despertaba menores entusiasmos Mara de la Luz. Oyndola
los dos hombres bajo las arcadas, sentanse conmovidos, y sus almas
sencillas abranse a la rfaga de poesa del crepsculo, mientras se
coloreaban las lejanas montaas con la puesta del sol, y Jerez tea su
blancura con resplandores de incendio, destacndose sobre un cielo de
violeta en el que comenzaban a brillar las primeras estrellas.

El canto quejumbroso y melanclico de los pueblos tristes y moribundos,
despertaba inexplicables recuerdos, ecos de una existencia anterior. El
alma morisca se estremeca en ellos oyendo aquellas coplas de muerte, de
sangre, de amores desesperados y fanfarronas amenazas. El viejo capataz,
enardecido por la voz de Mara de la Luz, pareca olvidar que era su
hija, y soltaba la guitarra para echarla su sombrero a los pies.

--Ol mi nia! Viva su pico de oro, la mare que la cri... y el pare
tambin!

Y recobrando su gravedad, le deca al ahijado con el tono de un profesor
que ensea verdades de universal trascendencia:

--Ese es er verdadero cante jondo... Jerezano puro! Y si te icen que si
las seviyanas, que si las malagueas, di que es pamplina. En Jerez est
la llave der cante. Eso lo declaran toos los sabios del mundo.

Cuando Rafael se sinti fuerte tuvo que dar por terminado este perodo
de dulce intimidad. Una tarde habl a solas con el seor Fermn. l no
poda seguir all; pronto llegaran los viadores, y la casa de
Marchamalo recobrara su animacin de pequeo pueblo. Adems, don Pablo
anunciaba su propsito de echar abajo el casern, para construir aquel
castillo con el que soaba como una glorificacin de su familia. Cmo
explicar Rafael su presencia en la via? Era una vergenza que un hombre
de sus energas permaneciese all, sin ocupacin, viviendo al amparo de
su padrino.

El asunto de aquella noche pareca olvidado. No tema que le
persiguiesen, pero estaba resuelto a no volver a su antigua vida.

--Con una basta, padrino; tena su merc razn. Ni esta es manera de
ganarse honradamente el pan, ni hay jembra que apechugue con un mozo que
por ms dinero que traiga a casa puede morir de mala muerte.

l no senta miedo, eso nunca!, pero tena sus planes para el porvenir.
Quera formarse una familia, como su padre, como su padrino, y no pasar
la vida echndolas de jaque en la montaa. Buscara una ocupacin ms
honrada y tranquila, aunque conociese el hambre.

Y entonces fue cuando el seor Fermn, valindose de su influencia con
los Dupont, hizo a Rafael aperador del cortijo de Matanzuela, propiedad
del sobrino del difunto don Pablo.

El tal Luis haba vuelto a Jerez hecho un hombre, despus de una
continua peregrinacin por todas las universidades de Espaa, buscando
catedrticos de manga ancha que no tuviesen empeo en malograr futuros
abogados. Su to le haba impuesto la obligacin de seguir una carrera,
y mientras aqul vivi, se haba resignado a llevar la vida de
estudiante, ajustndose a los estrechos envos de dinero y amplindolos
con prstamos feroces, por los que firmaba a ojos cerrados cuantos
papeles queran presentarle los usureros. Pero al ver al frente de la
familia a su primo Pablo y prxima su mayor edad, se haba negado a
continuar por ms tiempo la comedia de sus estudios. Era rico, no quera
perder el tiempo en cosas que en nada le interesaban. Y tomando posesin
de sus bienes, comenz la libre existencia de placeres con la que haba
soado en su estrecha vida de estudiante.

Viajaba por toda Espaa, pero ya no era para aprobar una asignatura aqu
y otra ms all: aspiraba a ser una autoridad en el arte taurino, un
grande hombre de la aficin, e iba de plaza en plaza al lado de su
matador favorito, presenciando todas sus corridas. En invierno, cuando
descansaban sus dolos, viva en Jerez al cuidado de sus haciendas, y
este cuidado consista en pasarse las noches en el _Crculo Caballista_,
discutiendo acaloradamente los mritos de su matador y la inferioridad
de sus rivales, pero con tal vehemencia, que por si una estocada
recibida aos antes por un toro, del que no quedaban ni los huesos,
haba sido cada o en su sitio, tentbase por encima de la ropa el
revlver, la navaja, todo el arsenal que llevaba sobre su persona, como
garanta del valor y la arrogancia con que resolva sus asuntos.

No sala caballo hermoso y de precio de las yeguadas jerezanas, que no
lo comprase, entablando pujas con su primo, que era ms rico que l. Por
la noche, los montaeses de los colmados le vean entrar como un
presagio de borrasca, seguros de que acabara rompiendo botellas y
platos y echando las sillas por el aire, para demostrar que era muy
hombre y poda despus pagarlo todo a triple precio. Su ambicin
estribaba en ser el continuador del glorioso marqus de San Dionisio,
pero en el _Crculo Caballista_ decan de l que no era ms que su
caricatura.

--Le farta el seoro, el _aquel_ del bendito marqu--deca el seor
Fermn al enterarse de las hazaas de Luis, al que conoca desde nio.

Las mujeres y los valientes eran las dos pasiones del seorito. Con
ellas no se mostraba muy generoso; deseaba ser adorado por sus mritos
de jinete arrogante, creyendo de buena fe que todos los balcones de
Jerez se estremecan con la palpitacin de corazones ocultos cuando
pasaba l montando el ltimo caballo que acababa de adquirir. Con la
corte que le acompaaba de parsitos y matones era ms esplndido. No
haba en todo el trmino de Jerez un valentn de fama triste que no
acudiese a l atrado por su liberalidad. Los que salan de presidio no
tenan que preocuparse de su suerte; don Luis era un buen amigo y adems
de darles dinero, les admiraba. Cuando a altas horas de la noche, al
final de las francachelas en los colmados, sentase borracho,
despreciaba a sus queridas para fijar toda su admiracin en los hombres
de bronce que le acompaaban. Haca que le mostrasen las cicatrices de
sus heridas, que le relatasen sus heroicas peleas. Muchas veces, en el
_Crculo Caballista_ sealaba a los amigos algn hombre malcarado que le
aguardaba en la puerta.

--Ese es el _Chivo_--deca con el orgullo de un prncipe que habla de
sus grandes generales.--Un hombre a quien le arrastran las borlas por el
suelo. Entre tiros y cuchilladas tiene ms de cincuenta cicatrices en el
pellejo.

Miraba a todos con insolente superioridad, como si las cicatrices del
amigote fuesen una declaracin de su propio valor, y viva feliz
creyendo que en todo Jerez no haba quien le disputase su guapeza con
los hombres y su buena fortuna con las mujeres.

Cuando el capataz de Marchamalo le habl en favor de Rafael, el seorito
lo admiti inmediatamente. Haba odo hablar del muchacho; era de los
suyos (y al decir esto tomaba el aire protector de un maestro),
recordaba ciertos tiros en la sierra y el miedo que le tenan los del
resguardo. Nada: que se quedaba con l; as le gustaban los hombres.

--Te colocar en mi cortijo de Matanzuela--dijo acariciando con
amistosas palmadas a Rafael, como si fuese un nuevo discpulo.--El
aperador que tengo es un viejo medio cegato, del que se ren los
gaanes. Y ya sabemos lo que son los trabajadores: mala gente! Con
ellos, el pan en una mano, y el garrote en la otra. Necesito un hombre
como t, que los meta en cintura y cuide mis intereses.

Y Rafael se fue al cortijo, no volviendo a la via ms que una vez por
semana, cuando iba a Jerez para hablar al amo de los asuntos de la
labranza. Muchas veces tena que buscarlo en la casa de alguna de sus
protegidas. Le reciba en la cama, incorporndose sobre el almohadn, en
el que descansaba otra cabeza. El nuevo aperador rea a solas las
fanfarronadas de su amo, ms atento a recomendarle la dureza y que
metiese en cintura a los holgazanes que trabajaban sus campos, que a
enterarse de las operaciones agrcolas, echando la culpa de las malas
cosechas a los gaanes, una canalla que no quera trabajar y deseaba que
los amos se convirtiesen en criados, como si el mundo pudiera volverse
del revs.

Don Luis llegaba a olvidarse de sus aficiones matonescas y sus hazaas
amorosas, cuando hablaba de la gente zafia de los campos que, movida por
falsos apstoles, quera repartrselo todo. l haba estudiado (lo
declaraba pomposamente en el _Crculo Caballista_, sin reparar en las
sonrisas de los que le escuchaban), l saba que lo que deseaban los
trabajadores eran _utopias_, eso es; _utopias_ (y repeta con
delectacin la palabra), y que todo lo que ocurra era por culpa de los
gobiernos que no meten en cintura a los gaanes, y tambin por falta
de religin. Si seor; la religin: este era el freno del pobre, y como
cada vez haba menos, los de abajo, con el pretexto del hambre, queran
comerse a los de arriba.

Estas palabras ya no hacan sonrer a los socios del _Caballista_, sino
que las aprobaban con fervorosos gestos, con toda su fe de ricos
labradores, que encogan los hombros cuando algn iluso propona
pantanos y canales, y todos los aos costeaban grandes fiestas a la
Virgen de la Merced, sacndola en rogativa apenas faltaba el agua a sus
campos.

A pesar de estas ideas que propalaba Luis en sus momentos de seriedad,
afirmando que mejor andaran las cosas si l gobernase, don Pablo
Dupont abominaba de su primo, considerndolo una vergenza de la
familia.

Este pariente, que renovaba los escndalos del de San Dionisio,
agravados, segn doa Elvira, por su origen plebeyo, era una calamidad
en una casa que siempre haba infundido respeto por su nobleza y santas
costumbres. Para mayor desgracia estaban las nias del marqus, Lola y
Mercedes. Las veces que su ta se sofoc de indignacin,
sorprendindolas por la noche en una reja baja de su hotel, hablando con
los novios, que se renovaban casi semanalmente! Tan pronto eran
tenientes de la remonta, como seoritos del _Caballista_, o ingleses
jvenes, empleados en los escritorios, que se entusiasmaban _pelando la
pava_ al estilo del pas y hacan rer a las nias con su andaluz
chapurreado britnicamente. No haba muchacho en Jerez que no tuviese su
rato de conversacin con las desenvueltas _marquesitas_. Ellas hacan
frente a todos: bastaba pararse ante sus rejas para entablar dilogo, y
los que pasaban sin detenerse eran perseguidos por las risas y los
siseos irnicos que sonaban a sus espaldas. La viuda de Dupont no poda
dominar a sus sobrinas, y stas, por su parte, as como iban creciendo,
mostrbanse ms insolentes con la devota seora. Era en vano que su
primo las prohibiese salir a las rejas. Burlbanse de l y su madre,
aadiendo que ellas no haban nacido para monjas. Escuchaban con gesto
hipcrita las plticas del confesor de doa Elvira recomendndolas la
sumisin, y hacan uso de toda clase de astucias para comunicarse con
los galanes de a pie y de a caballo que rondaban la calle.

Un seorito del _Caballista_, hijo de un cosechero, gran amigo de la
casa Dupont, se enamor de Lola, pidindola en matrimonio
apresuradamente, como si temiera que se le escapase.

Doa Elvira y su hijo aceptaron la demanda: en el _Crculo_ caus
asombro el valor de aquel muchacho casndose con una de las hijas del
marqus de San Dionisio.

Este matrimonio fue para las dos hermanas una liberacin. La soltera se
march con la otra, gozosa de emanciparse por fin de la ta huraa y
devota, y a los pocos meses volvieron a reanudar en casa del marido las
costumbres que observaban cerca de los Dupont. Mercedes pasaba la noche
en la reja en apretada intimidad con los novios: su hermana acompabala
con cierto aire de seora mayor, y hablaba con otros para no perder el
tiempo. El marido protestaba, intentando rebelarse. Pero las dos se
indignaban contra l porque osaba interpretar estas diversiones
inocentes de un modo ofensivo para su pudor.

Qu de disgustos proporcionaron las dos _Marquesitas_, como las
llamaban en la ciudad, a la austera doa Elvira!... Mercedes, la
soltera, se fug con un ingls rico. De tarde en tarde llegaban vagas
noticias que hacan palidecer de rabia a la noble seora. Unas veces la
vean en Pars, otras en Madrid, llevando una vida de _cocotte_
elegante. Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraa a
docenas con su gracia picaresca. Adems, en ciertas vanidades produca
gran impresin el ttulo de marquesa de San Dionisio, que haba unido a
su nombre, y la corona nobiliaria con que adornaba sus camisas de noche
y las sbanas de una cama tan frecuentada como la acera de una gran
calle.

La viuda de Dupont crey morir al saber tales cosas. Seor, y para esto
haban nacido los preclaros varones de su familia, virreyes, arzobispos
y capitanes, dndoles los monarcas ttulos y seoros! Para que tanta
gloria sirviese de prospecto a una mala mujer!... Y aun sta resultaba
la mejor de las dos. Al fin haba huido por no afrentar de cerca a su
familia, y si viva en el pecado, era entre hombres de cierto linaje,
siempre con personas decentes, como si influyesen en ella los respetos
al rango de su familia.

Pero quedaba la otra, la mayor, la casada, y sta quera acabar con
todos los parientes matndolos de vergenza. Su vida conyugal, despus
de la fuga de Mercedes, fue un infierno. El marido viva en perpetuo
recelo, marchando a ciegas en sus sospechas, no sabiendo en quin
fijarse, pues su mujer miraba del mismo modo a todos los hombres, como
si se ofreciera con los ojos, hablndoles con una libertad que incitaba
a toda clase de audacias. Sinti celos de Fermn Montenegro, que acababa
de llegar de Londres, y reanudando su intimidad infantil con Lola, la
visitaba con frecuencia, atrado por su picaresco lenguaje.

Las escenas domsticas acababan a golpes. El marido, aconsejado por los
amigos, acuda a la bofetada y al palo, para domar a la mala bestia,
pero la tal bestiecilla justificaba el apodo, pues al revolverse con el
vigor y la acometividad de una infancia brava digna de su ilustre
padre, devolva los golpes de tal modo, que siempre era el cnyuge el
que resultaba peor librado.

Muchas veces se presentaba en el _Crculo Caballista_ con araazos en la
cara o amoratadas seales.

--Con esa no puedes t--le decan los amigos en un tono de compasin
cmica.--Es mucha mujer para ti.

Y celebraban la energa de Lola, la admiraban, con la secreta esperanza
de ser algn da de los favorecidos.

El escndalo fue tan grande, que el marido se retir a la casa de sus
padres y la _Marquesita_ pudo por fin vivir a sus anchas.

--Mrchate--la dijo un da su primo Dupont.--T y tu hermana sois
nuestra deshonra. Huye lejos, y donde ests yo te enviar lo necesario
para que vivas.

Pero Lola contest con un ademn impdico, gozndose en escandalizar a
su devoto pariente. No le daba la gana de irse, y no se iba. Ella era
muy _flamenca_; le gustaba la tierra y su gente. Marcharse sera poco
menos que morir.

Anduvo algn tiempo por Madrid con su hermana, pero sus viajes fueron de
corta duracin. Era una _ca_, una hija legtima del marqus de San
Dionisio. Que no le quitasen a ella sus _juerguecitas_ hasta el
amanecer, tocando palmas y taconeando sentada, con las faldas en las
rodillas! Que no la privasen del vino de la tierra, que era su sangre y
su felicidad! Si rabiaba la familia, que rabiase. Ella quera ser gitana
como su padre. Aborreca a los seoritos; le gustaban los hombres con
sombrero pavero, y si llevaban zajones, mejor; pero muy hombres, oliendo
a cuadra y a macho sudoroso. Y paseaba su belleza de rubia fina con
carnes de porcelana por los colmados y ventorrillos, tratando con una
fraternidad exagerada a los cantaoras y rameras que intervenan en las
_juergas_, exigiendo que la tuteasen, y riendo con nerviosa alegra de
borracha cuando los hombres, embrutecidos por el vino, sacaban las
navajas y las hembras se apelotonaban asustadas en un rincn.

Esta vida de embriaguez, estrpito, pelea y caricias alcohlicas que
haba entrevisto de nia en lo casa paterna, atraala con fuerza
ancestral, entregndose a ella sin remordimiento, como si continuase una
tradicin de familia. En sus excursiones nocturnas, cogida del brazo
del galn rstico que disfrutaba de su momentneo apasionamiento, se
encontraba con Luis Dupont y su cortejo de gente alegre. Llambanse
primos por su lejano parentesco, se embriagaban juntos, y Luis afirmaba
su resolucin de ir a tiros con todo el que no confesase que la
_Marquesita_ era la mujer ms barbiana de la tierra. Pero a pesar de
los abandonos de Lola, que permitan al calavera apreciar sus secretos
fsicos, y de que ms de una vez la acompa hasta su casa por las
desiertas calles, haciendo esfuerzos por contener sus arrebatos de
histrica que la impulsaban al escndalo, nunca sus relaciones pasaron
de una intimidad amistosa. Luis senta ciertos entorpecimientos en el
deseo y dejaba para ms adelante la fcil empresa, como si le cohibiese
el recuerdo del perodo de la infancia que haban pasado juntos.

Toda la ciudad comentaba los escndalos de la _Marquesita_ a la que
regocijaba mucho el asombro de las gentes tranquilas.

Lo mismo la vean en las principales calles elegantemente vestida o en
el Campo de la Feria en un lujoso carruaje, como se presentaba
despeinada y envuelta en un mantn copiando el andar de las mozas bravas
y contestando a los requiebros de los hombres con palabras que
ruborizaban a muchos. Gustaba de sonrer con gestos de misteriosa
complicidad a los pacficos seores que pasaban junto a ella con sus
familias. Despus rea como una loca pensando en las querellas
conyugales que estallaban al volver a casa aquellos matrimonios honrados
y solemnes que ella haba tratado cuando viva con su esposo. En una
acera de la calle Larga, ante las mesas de los principales casinos,
haba besado a un amigo con exagerados transportes de pasin, entre el
gritero de la gente que sala a las puertas.

Su ltimo amor era un mozo tratante en cerdos, un atleta chato y cejudo
con el que viva en el arrabal. Un secreto poder de este macho fuerte la
enloqueca. Hablaba de l con orgullo, gozndose en el contraste entre
su nacimiento y la profesin de su amante. De vez en cuando sufra
arrebatos de veleidad y se ausentaba de la casucha del arrabal por
algunos das. El zafio amante no la buscaba, dando su vuelta por segura;
y al regresar el pjaro caprichoso, todo el barrio ponase en alarma con
los golpes y los gritos, saliendo la _Marquesita_ al balcn con el pelo
suelto, pidiendo socorro, hasta que una zarpa la arrancaba de los
hierros y la meta dentro para continuar el vapuleo.

Si algn amigo le hablaba con tono de zumba de las amorosas palizas,
contestaba con orgullo:

--Me pega porque me aprecia, y yo le quiero porque es el nico que me
entiende. Mi porquero es todo un hombre.

Los escndalos de la _Marquesita_ indignaban a muchos y regocijaban a
los ms. La gente popular la miraba con cierta simpata, como si con sus
envilecimientos halagase el instinto igualitario de los de abajo. Las
familias ricas y devotas que no podan negar su parentesco con los de
San Dionisio, buscado antes como un ttulo de orgullo, decan con
resignacin: Debe de estar loca; Dios tocar su alma para que se
arrepienta.

Los que no se resignaban eran los Dupont: don Pablo y su madre, que
volvan a su hotel malhumorados y confusos cada vez que vean en las
calles el rubio moo y la sonrisa insolente de Lola. Les pareca que la
gente era menos respetuosa con ellos por culpa de la mala hembra,
deshonra de la familia. Hasta crean ver en los criados cierta sonrisa,
como si les alegrase la afrenta que aquella loca infera a sus
parientes. Los seores de Dupont comenzaron a frecuentar menos las
calles de la ciudad, pasando muchos das en su finca de Marchamalo, para
evitar todo encuentro con la _Marquesita_ y con las gentes que
comentaban sus excentricidades.

Este alejamiento de Jerez permiti a Dupont realizar sus ensueos sobre
Marchamalo. Ech abajo el antiguo casern y construy lagares nuevos,
una hermosa casa para su familia, una capilla espaciosa y rica como un
templo, y un torren cuadrado, con puntiagudas almenas, dominando el
oleaje de colinas cubiertas de cepas, que formaban el gran dominio de
Marchamalo. Todo era nuevo y slido, construido con gran derroche de
dinero. nicamente dej Dupont en pie la casa de los viadores, para que
la finca no perdiese por completo su carcter tradicional, conservando
la cocina ennegrecida por el humo de muchos aos, en la que dorman los
jornaleros en torno del _fogaril_, sobre una esterilla de enea, nica
cama que les proporcionaba el seor.

Fermn Montenegro, al ir en los das de fiesta a visitar a su familia,
se encontraba siempre con los amos. As fue aumentando insensiblemente
su trato con don Pablo. En medio de la campia, bajo el cielo de intenso
azul, pareca dulcificarse el carcter imperioso de Dupont, hacindole
tratar a su subordinado con ms afecto que en el escritorio.

Contemplando el oleaje de cepas que cubra las pendientes blanquecinas,
el rico cosechero admiraba la fertilidad de su finca, atribuyndola
modestamente a la proteccin de Dios. Algunas manchas yermas extendan
su trgica desolacin entre el follaje de los pmpanos. Eran los rastros
de la filoxera que haba arruinado a medio Jerez. Los cosecheros,
quebrantados por la baja de los vinos, no tenan medios para replantar
sus vias. Era aquella una tierra aristocrtica y cara, que slo los
ricos podan cultivar. Poner de nuevo en explotacin una aranzada
costaba tanto como el mantenimiento de una familia _decente_ durante un
ao. Pero la casa Dupont era opulenta y poda hacer frente a la plaga.

--Mira, Ferminillo--deca don Pablo;--todos esos claros los voy a
plantar de vid americana. Con esto, y, sobre todo, con el auxilio de
Dios, ya vers como la cosa marcha bien. El Seor est con los que le
aman.

Doa Elvira, por su parte, no descenda a hacer confidente de sus
pensamientos a la familia de Montenegro, pero se dignaba hablarla con
cierta llaneza, lo que produca asombro en sus domsticos de la ciudad.
La noble seora senta ablandarse su orgullo viviendo en el campo.
Hablaba con el seor Fermn queriendo averiguar a qu iglesia de Jerez
iba los domingos con Mara de la Luz, para or misa... Al ver a la hija
del capataz abstraerse, poniendo su pensamiento lejos, muy lejos, en el
cortijo donde viva Rafael, la buena seora interpretaba esta tristeza
como un anhelo de recogimiento, y la ofreca su proteccin.

--No, seora--deca sonriendo la muchacha;--no quiero ser monja. A m me
tira la vida.

Para Fermn Montenegro no eran un secreto los disgustos de carcter
espiritual, las grandes contrariedades que sufra la viuda de Dupont por
culpa de los negocios. Su hijo tena que tratar gentes de todas clases,
herejes y hombres sin religin; extranjeros que consuman los vinos de
la casa, y al pasar por Jerez haban de ser recibidos con el agasajo que
merecen los buenos clientes. Ser buenos servidores del Seor y tener
que tratar a sus enemigos como si fuesen iguales! En vano los Padres de
la iglesia de San Ignacio disipaban sus escrpulos recordndola la
importancia de los negocios y la influencia que una casa tan poderosa
ejerca sobre la religiosidad de Jerez. Doa Elvira slo se reconciliaba
con sus famosas bodegas cuando una vez por ao sala con destino a Roma
una barrica de vino, dulce y espeso como jarabe, destinado a la misa del
Pontfice por recomendacin de varios obispos, amigos de la casa. Este
honor la serva de lenitivo. Pero aun as, qu angustias no la hacan
sufrir aquellos extranjeros rubios y antipticos que tenan la audacia
de leer la Biblia a su modo y en su lengua, sin creer en Su Santidad, ni
ir a misa!...

Montenegro conoca uno de los ltimos disgustos de la piadosa seora,
que le haban relatado los criados de la casa.

Los Dupont tenan un viajante sueco, el mejor agente de su negocio.
Colocaba miles y miles de botellas del vino de fuego que produca
Marchamalo, en aquellos pases septentrionales de noches casi eternas y
das de pleno sol, que duran meses. El viajante, despus de muchos aos
de servicios a la casa, haba venido a Espaa, pasando por Jerez, para
conocer personalmente a los Dupont. Don Pablo haba credo indispensable
el invitarlo a comer con su familia.

Horrible tormento el que sufri su madre ante aquel desconocido, enorme
de cuerpo, rojo y hablador, con esa alegra infantil de los hombres del
Norte cuando se ponen en contacto con el sol y los vinos de los pases
clidos.

Doa Elvira acoga con una sonrisa traidora su charla incesante en un
espaol trabajoso; los gritos de asombro que le arrancaba el haber visto
tantas iglesias, tantos frailes y curas, tantos mendigos, los campos
cultivados como en los tiempos prehistricos, las costumbres brbaras y
pintorescas, las plazas de ciertas poblaciones llenas de hombres con los
brazos cruzados y el cigarrillo en la boca, esperando que fuesen a
alquilarles.

Dupont tosa fingindose distrado como si no oyese al husped, mientras
su madre segua con asombro los estragos que haca el forastero en los
platos. Qu manera de comer! Aquello no poda hacerlo un cristiano.
Adems era rojo, como Luzbel y Judas, el color de todos los enemigos de
Dios, y su cara inflamada, de ogro en plena digestin, le haca recordar
las de los malos espritus que gesticulaban horrorosos en las lminas de
su devocionario. Y tener que tratar herejes de esta clase, que se
burlaban de un pas cristiano porque an conserva puros e intactos los
recuerdos de tiempos ms felices! Verse obligada a sonrerle, porque
era el mejor cliente de la casa!...

Cuando Dupont se lo llev, terminada la comida, la seora hizo que los
criados quitasen apresuradamente el cubierto, los vasos, todo lo que
haba servido al forastero, sin que ella se atreviese a tocarlo. Que
jams volviese a ver _aquello_ en la mesa! El negocio era una cosa y
otra el alma, que deba conservarse limpia de todo contacto impuro.

Y al volver los criados al comedor vieron a doa Elvira, con la pililla
de agua bendita de su dormitorio, rociando apresuradamente la silla en
que se haba sentado el ogro rojo e impo.




III


Cuando la docena de perros, bien contada, que tena el cortijo de
Matanzuela, galgos, mastines y podencos, olfateaban a medio da el
regreso del aperador, saludaban con fieros aullidos y tirones de cadena
el trote de la jaca, y avisado por estas seales el to Antonio,
conocido por el apodo de _Zarandilla_, asombase al portaln para
recibir a Rafael.

El viejo haba sido durante mucho tiempo aperador del cortijo. Le tom a
su servicio el antiguo dueo, hermano del difunto don Pablo Dupont; pero
el amo actual, el alegre don Luis, quera rodearse de gente joven, y
teniendo en cuenta sus aos y la debilidad de su vista, lo haba
sustituido con Rafael. Y muchas gracias--como l deca con su
resignacin de labriego--por no haberle enviado a mendigar en los
caminos, permitindole que viviese en el cortijo con su compaera, a
cambio de ocuparse la vieja del cuidado de las aves que llenaban el
corral y de ayudar l al encargado de las pocilgas que se alineaban a
espaldas del edificio. Hermoso final de una vida de incesante trabajo,
con la espina quebrada por una curvatura de tantos aos escardando los
campos o segando el trigo!...

Los dos invlidos de la lucha con la tierra no encontraban otra
satisfaccin en su miseria que el excelente carcter de Rafael. Como dos
perros viejos, a los que se reserva por lstima un poco de pitanza,
esperaban la hora de la muerte en su tugurio junto al portaln del
cortijo. Slo la bondad del nuevo aperador haca llevadera su suerte. El
to _Zarandilla_ pasaba las horas sentado en uno de los bancos al lado
de la puerta, mirando fijamente, con sus ojos opacos, los campos de
interminables surcos, sin que el aperador le regaase por su indolencia
senil. La vieja quera a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y su
comida, y l pagaba con largueza estos pequeos servicios. Bendito sea
Dios! El muchacho se pareca por lo bueno y lo guapo al nico hijo que
los viejos haban tenido; un pobrecito que haba muerto siendo soldado,
en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le pareca poco a la
sea Eduvigis para el aperador. Rea al marido porque no se mostraba,
segn ella, bastante amable y solcito con Rafael. Antes de que los
perros anunciasen su proximidad, oa ella el trotar del caballo.

--Pero, cegato!--gritaba a su marido.--No oyes que viene Rafa? Anda a
sostenerle el cabayo, mardeco.

Y el viejo sala al encuentro del aperador, mirando de frente, con sus
ojos inmviles, que slo perciban la silueta de los objetos en una
niebla gris, moviendo las manos y la cabeza con un temblor de vejez
exhausta y agotada que le vala el apodo de _Zarandilla_.

Entraba Rafael en el cortijo sobre su briosa jaca, erguido y arrogante
como un centauro, y con gran retintn de espuelas y roce de los zajones
de cuero, se apeaba en el patio, mientras su cabalgadura golpeaba los
guijarros, como si an desease emprender un nuevo galope.

_Zarandilla_ descolgaba la escopeta del arzn, arma que ms de una vez
tena que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a los
arrieros que bajaban carbn de la sierra y al detenerse al borde del
camino, soltaban a pacer sus bestias en los _manchones_, tierras sin
cultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en la
dehesa. Despus recoga la _chivata_ cada en el suelo, una larga
prtiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, para
arrear a las reses que encontraba dentro de los sembrados.

Mientras el viejo llevaba el caballo a la cuadra, Rafael se despojaba de
los zajones, y entraba con la alegra de la juventud y del apetito
despierto en la cocina de los viejos.

--Mare Eduvigis, qu tenemos hoy?

--Lo que a ti te gusta, condenao: ajito caliente.

Y los dos sonrean, aspirando el tufillo de la cazuela, donde acababan
de cocerse el pan y el ajo, bien majados. La anciana pona la mesa,
sonriendo a los elogios con que celebraba Rafael sus manos de
guisandera. Ya no era ms que una ruina: poda burlarse de ella el
muchacho, pero en otro tiempo le haban dicho cosas mejores los
caballeros que venan con el difunto amo a ver los potros del cortijo,
celebrando las comidas que ella les guisaba.

Al sentarse _Zarandilla_ a la mesa, de vuelta de la cuadra, la primera
mirada de sus ojos opacos era para la botella de vino, e instintivamente
avanzaba sus manos temblonas. Era un lujo que haba introducido Rafael
en las comidas del cortijo. Bien se reconoca en esto su juventud de
mozo rumboso, acostumbrado al trato con los caballeros de Jerez, y sus
visitas a Marchamalo, la famosa via de los Dupont!... Aos enteros
haba pasado el viejo cuando era aperador sin otra alegra que la de
deslizarse, a espaldas de su mujer, hasta los ventorrillos de la
carretera, o la de ir a Jerez con pretexto de llevar a la familia del
amo alguna cesta de huevos o un par de capones, viajes de los que
regresaba cantando, con la mirada chispeante, las piernas inseguras y en
la cabeza un repuesto de alegra para toda una semana. Si alguna vez
haba soado con la fortuna, era sin otra ambicin que la de beber como
el ms rico caballero de la ciudad.

Adoraba el vino con el entusiasmo de la gente del campo que no conoce
otro alimento que el pan de las teleras, el pan de los gazpachos o el
ajo caliente, y obligada a rociar con agua esta comida inspida, sin
otra grasa que el hediondo aceite del condimento, suea con el vino,
viendo en l la energa de su existencia, la alegra de su pensamiento.
Los pobres anhelaban con vehemencia de anmicos esta sangre de la
tierra. El vaso de vino mitigaba el hambre y alegraba la vida un momento
con su fuego: era un rayo de sol que pasaba por el estmago. Por esto,
_Zarandilla_, ms que de los guisos de su mujer, se preocupaba de la
botella, mantenindola al alcance de su mano, calculando previamente,
con avaricia infantil, lo que podra beber Rafael, y asignndose el
resto, sin consideracin alguna, a la mujer que aprovechaba el menor
descuido para retirarla, guardndose su parte.

Rafael, no pudiendo por los hbitos de su primera juventud acostumbrarse
a la sobriedad del cortijo, encargaba al _sobajanero_ (un muchacho, que
iba diariamente a Jerez en un borriquillo) que renovase de vez en cuando
su provisin de vino; pero la guardaba bajo llave, temiendo la
intemperancia de los viejos.

La comida transcurra en medio del solemne silencio del campo, que
pareca colarse en el cortijo por el abierto portn. Los gorriones
piaban en los tejados; las gallinas cocleaban en el patio, picoteando,
con las plumas erizadas, los intersticios del pavimento de guijarros. De
la gran cuadra llegaban los relinchos de los caballos sementales y los
rebuznos de los garaones, acompaados de pataleos y bufidos de gula
satisfecha ante el pesebre lleno. De vez en cuando, un conejo asomaba a
la puerta del tugurio sus orejas desmayadas, huyendo con medroso trote a
la ms leve voz, temblndole el rabillo sobre las posaderas sedosas, y
de las lejanas pocilgas llegaban ronquidos de fiera, revelando una lucha
de empellones de grasa y mordiscos traidores en torno de los barreos de
bazofia. Cuando cesaban estos rumores de vida, tornaba a extenderse con
religiosa majestad el silencio del campo, rasgado tenuemente por el
arrullo de las palomas o el lejano campanilleo de una recua,
deslizndose por la carretera que cortaba la inmensidad de tierras
amarillas, como un ro de polvo.

En esta calma patriarcal, fumando sus cigarrillos (otra buena costumbre
que el viejo agradeca a Rafael), los dos hombres hablaban lentamente de
los trabajos del cortijo, con toda la gravedad que las gentes del campo
ponen en los asuntos de la tierra.

El aperador calculaba los viajes que haba de hacer a una dehesa
propiedad de don Luis, donde invernaban la torada y la yeguada del
cortijo. La responsabilidad era del yegero; pero don Luis, a quien
interesaba ms su ganadera que todas las cosechas, quera estar al
corriente del estado de sus yeguas, y era por su salud por lo primero
que preguntaba a Rafael siempre que le vea.

Al volver de sus viajes, Rafael hablaba con cierta admiracin del
yegero y de los _veladores_ a sus rdenes que cuidaban el ganado
durante la noche. Eran hombres de una honradez primitiva, con el
espritu petrificado por la soledad y la monotona de su existencia.
Pasaban los das sin hablar, sin otra manifestacin de pensamiento que
los gritos a los animales sometidos a su custodia: Aqu, _Careto_!...
Anda a otro sitio, _Resal_! Y los bueyes y las yeguas obedecan sus
voces y sus gestos, como si la continua comunicacin de las bestias y el
hombre acabase por elevar a unos y rebajar a otros, fundiendo las
especies.

El antiguo contrabandista crea traer una provisin de nueva vida cuando
bajaba al llano, al campo de interminables surcos que se perdan en el
horizonte y sobre los cuales sudaba encorvada una muchedumbre turbulenta
y miserable, roda por el odio y las necesidades.

La sierra era el escenario de su aventurera juventud, y al volver al
cortijo recordaba con entusiasmo las montaas cubiertas de acebuches,
alcornoques y encinas; las profundas caadas con espesuras de
lentisclos; las altas adelfas orlando los riachuelos, en cuya corriente
servan de pasos grandes fragmentos de columnas con arabescos que el
agua iba borrando poco a poco; y en el fondo, sobre las cumbres, las
ruinas de alczares moriscos, el castillo de _Ftima_, el castillo de la
_Mora Encantada_, una decoracin que hacia recordar los cuentos de los
crepsculos de invierno junto a la chimenea del cortijo.

Zumbaban los insectos sobre las inquietas crestas de la maleza;
arrastrbanse los lagartos entre las piedras; sonaban a lo lejos las
esquilas con acompaamiento de balidos, y de vez en cuando, al trotar el
caballo de Rafael por unos caminos que nunca haban conocido la rueda,
abrase en lo alto de un ribazo la cortina de matorrales, asomando los
cuernos y el hocico babeante de una vaca o el testuz curioso de un
ternero que pareca extraar la presencia de un hombre que no fuese el
pastor.

Otras veces eran las yeguas de larga cola y sueltas crines que temblaban
un momento con salvaje sorpresa al ver al jinete y huan monte arriba
con violentas ondulaciones de ancas. Los potros las seguan, con las
patas grotescamente cubiertas de pelo, como si llevasen pantalones.

Rafael miraba asombrado a los zagales nacidos en la sierra. Eran tmidos
y huraos con la gente que llegaba de aquella llanura, a la que volvan
los ojos con cierto temor supersticioso, como si en ella residiese el
misterio de la vida. Eran pedazos de naturaleza, de una existencia
rudimentaria y montana. Andaban y vivan como podran hacerlo un rbol
o una piedra animados de movimiento. En su cerebro, insensible a todo lo
que no fuesen sensaciones animales, apenas si las exigencias de la vida
haban hecho florecer un ligero musgo de pensamiento. Miraban como
fetiches milagrosos las grandes verrugas de los alcornoques, con las que
podan fabricarse los _tornillos_, cazuelas naturales para confeccionar
el gazpacho. Buscaban las pieles viejas de culebra, abandonadas entre
los guijarros al cambiar de envoltura el reptil y festoneaban los caos
de las fuentes con estos pellejos oscuros, atribuyendo a su ofrenda
influencias misteriosas. Los largos das de inmovilidad en el monte,
vigilando el pastar de las bestias, extingua lentamente todo lo que en
estos muchachos haba de humano.

Cuando una vez por semana bajaba el mayor de los zagales a Matanzuela
para llevarse las provisiones de vaqueros y yegerizos, el aperador
gustaba de hablar con este muchachn rudo y sombro, que pareca un
superviviente de las razas primitivas. Siempre le haca la misma
pregunta.

--Vamos a ver. Qu es lo que te gusta ms? Qu es lo que deseas?...

El mocetn contestaba sin vacilar; como si de antemano tuviese bien
determinados todos sus deseos.

--Casme, jartme y morme...

Y al decir esto, enseaba sus dientes blancos y fuertes de salvaje, con
una expresin de hambre feroz: hambre de comida y de carne femenil,
deseos de atracarse de una vez de aquellas cosas maravillosas que, segn
vagas noticias, devoraban los ricos; de gustar de un solo trago el amor
brutal que turbaba sus sueos de jayn casto; de conocer la hembra,
divinidad que admiraba de lejos al descender de la sierra y cuyos
tesoros ocultos crea adivinar contemplando las grupas lustrosas y
giles de las yeguas, las ubres sonrosadas y blancas de las vacas... Y
despus, morirse! como si conocidas y apuradas estas sensaciones
misteriosas, no restase nada de bueno en su vida de trabajo y
privaciones.

Y estos zagales, condenados al salvajismo desde su nacimiento, como las
criaturas a las que se deforma para explotar su fealdad, ganaban treinta
reales al mes, a ms de una triste pitanza que no acallaba los
estremecimientos de su estmago excitado por el aire de la montaa y las
aguas puras de las fuentes! Y sus jefes, los yegeros y vaqueros,
tenan dos reales y medio cuando ms, sin fiesta alguna durante el ao;
todos los das lo mismo, viviendo aislados, con su msera hembra que
procreaba pequeos salvajes, dentro de un chozn, negro y ahumado, un
verdadero atad sin ms entrada que un agujero de madriguera, las
paredes de pedruscos sueltos y una cubierta de hojas de corcho!...

Rafael admiraba su probidad. Un hombre y dos zagales viviendo en esta
miseria, custodiaban rebaos que valan muchos miles de duros. En la
dehesa del cortijo de Matanzuela, los pastores no ganaban entre todos
ms de dos pesetas, y tenan confiados a su cuidado ochocientas vacas y
cien bueyes, un verdadero tesoro de carne que poda extinguirse, morir,
al menor descuido. Esta carne, cuya crianza vigilaban, era para gentes
desconocidas: ellos slo la coman cuando caa alguna res, vctima de
enfermedades hediondas que no permitan su conduccin fraudulenta a las
ciudades.

El pan del cortijo que se endureca das y das en el chozn, algn
puado de garbanzos o habichuelas y el aceite rancio del pas, eran todo
su alimento. La leche les repugnaba, ahtos de su abundancia. Los
pastores viejos sentan sublevarse su probidad cuando algn zagal
ayudaba a la muerte de una bestia con el deseo de comer carne. Dnde
encontrar gente ms buena y resignada?...

Al or _Zarandilla_ estas reflexiones de Rafael, las apoyaba con
entusiasmo.

No haba honradez como la de los pobres. Y an les tenan miedo
creyndoles malos?... El se rea de la honradez de los seores de la
ciudad.

--Mia t, Rafa, qu mrito tendr que don Pablo Dupont, pongo el
ejemplo, con toos sus millones sea bueno y no robe nada a naide. Los
buenos de veras, son esos pobrecitos que viven como indios caribes, sin
ver persona humana, muertecitos de jambre, guardndole al amo sus
tesoros. Los buenos somos nosotros.

Pero el aperador, al pensar en los cortijos del llano no se mostraba tan
optimista como el viejo. Los gaanes vivan tambin en la miseria y
sufran hambre, pero no eran gente tan noble y resignada como la del
monte, que se conservaba pura en su aislamiento. Tenan los vicios de la
aglomeracin, eran desconfiados, vean enemigos en todas partes. A l
mismo, que los trataba como hermanos de pobreza y muchas veces se
expona a que el amo le regaase por favorecerles, le miraban con odio,
como si fuese un enemigo. Y sobre todo, eran holgazanes y haba que
azuzarlos como si fuesen esclavos.

El viejo se indignaba oyendo al aperador. Y cmo quera que fuesen los
gaanes? Por qu haban de tener inters en trabajar?... l, gracias a
su colocacin en el cortijo, haba podido llegar a viejo. An no tena
sesenta aos y estaba peor que muchos seores de ms edad que parecan
hijos suyos. Pero se acordaba de los tiempos en que l y Eduvigis
trabajaban a jornal y se haban conocido en las noches de promiscuidad
de la gaana, acabando por casarse. De sus compaeros de miseria,
hombres o mujeres, quedaban muy pocos: casi todos haban muerto, y los
que quedaban eran casi cadveres, con el espinazo torcido y los miembros
secos, deformados y torpes. Era aqulla vida de cristianos? Trabajar
todo el da bajo el sol o sufriendo fro, sin ms jornal que dos reales,
y cinco como retribucin extraordinaria e inaudita en la poca de la
siega! Era verdad que el amo daba la comida, pero qu comida para
cuerpos que de sol a sol dejaban sobre la tierra toda su fuerza!...

--T crees, Rafa, que eso es com? Eso es enga la jambre; prepar el
cuerpo pa que lo coja la muerte.

En verano, durante la recoleccin, les daban un potaje de garbanzos,
manjar extraordinario, del que se acordaban todo el ao. En los meses
restantes, la comida se compona de pan, slo de pan. Pan seco en la
mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si
en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una
panilla escasa de aceite, lo que poda contener la punta de un cuerno,
serva para diez hombres. Haba que aadir unos dientes de ajo y un
pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres
que necesitaban renovar sus energas agotadas por el trabajo y el clima.

Unos cortijos eran de _pan por cuenta_, y en ellos se daban tres libras
por cabeza. Una telera de seis libras era el nico alimento para dos
das. Otros eran de _pan largo_, no haba tasa, el gan poda comer
cuanto desease, pero el horno del cortijo slo coca cada diez das y
las teleras cargadas de salvado eran tan speras y de tal modo se
endurecan que el amo, echndola de generoso, sala ganando, pues nadie
osaba hincarlas el diente, ms que en la suprema desesperacin del
hambre.

Tres comidas tenan al da los braceros, todas de pan: una alimentacin
de perros. A las ocho de la maana, cuando llevaban ms de dos horas
trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo
guisaban en el cortijo, llevndolo a donde estaban los gaanes, muchas
veces a ms de una hora de la casa, cayndole la lluvia en las maanas
de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando
amplio crculo en torno de l. Eran tantos, que para no estorbarse se
mantenan a gran distancia del lebrillo. Cada cucharada era un viaje.
Deban avanzar, encorvarse sobre el barreo, que estaba en el suelo,
coger la cucharada y retirarse a la fila para devorar las sopas, de una
tibieza repugnante. Al aproximarse, los gruesos zapatones hacan saltar
el polvo o las pellas de barro, y las ltimas cucharadas tenan el mismo
sabor que si comiesen tierra.

A medio da era el gazpacho fro, preparado en el mismo campo. Pan
tambin, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino
de la cosecha anterior, que se haba torcido. nicamente los zagales y
los gaanes en toda la pujanza de su juventud, le metan la cuchara en
las maanas de invierno, engullndose este refresco, mientras el
vientecillo fro les hera las espaldas. Los hombres maduros, los
veteranos del trabajo, con el estmago quebrantado por largos aos de
esta alimentacin, mantenanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.

Y por la noche, cuando regresaban a la gaana para dormir, otro
gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la maana.
Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podan aprovecharse,
se regalaba a los braceros, y los clicos de la intoxicacin alteraban
por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gaana. Otras
veces, los que eran ms brutales en su batalla con el hambre, si
conseguan matar a pedradas en el campo un cuervo o algn otro pajarraco
de rapia, conducanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando
con una risa de desesperados este banquete extraordinario.

Los hombres empezaban de pequeos el aprendizaje de la fatiga
aplastante, del hambre engaada. A la edad en que otros nios ms
felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y
los tres gazpachos. En verano servan de _rempujeros_, marchando tras
las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga
de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y
esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las
bestias. Despus eran gaanes, trabajaban la tierra, entregndose a la
faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento
y el alarde fanfarrn de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban
su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferan
siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las
muchachas. Y cuando an no haban llegado a los treinta y cinco aos se
sentan viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y
comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos.

_Zarandilla_, que haba presenciado todo esto, indignbase de que
tachasen de holgazanes a los braceros. Por qu haban de trabajar ms?
Qu aliciente les ofreca el trabajo?...

--Yo he visto mundo, Rafa. Yo he sido sordao, no de los de ahora, que
van en ferrocarr, como los seoritos, sino de los que llevaban morrin
alto e iban a pie por las carreteras. Yo he corro toda la nacin
matando hormigas, y he visto mucho en mis viajes.

Y evocaba el recuerdo de las campias de Levante, las vegas de Valencia
y de Murcia, siempre verdes, pobladas como ciudades, vindose de cada
pueblo los campanarios de otros lugares vecinos; teniendo cada campo su
vivienda rstica, y en ella una familia tranquila, y bien alimentada,
sacando su alimentacin de pedazos de terreno tan pequeos, que l, en
su hiprbole andaluza, los comparaba con pauelos de bolsillo. Los
hombres trabajaban lo mismo de noche que de da, ayudados por sus
familias, en un noble aislamiento, sin la emulacin de grupo ni el miedo
al aperador. El hombre no era un esclavo en cuadrilla: rara vez se
conoca all el bracero a jornal. Cada uno cultivaba lo suyo, y los
vecinos se ayudaban en las faenas difciles. El labrador trabajaba para
l, y si el campo tena un amo, ste limitbase a cobrar el
arrendamiento, procurando por la fuerza de la costumbre y por miedo al
compaerismo de los pobres, no aumentar los antiguos precios.

El recuerdo de los campos, siempre verdes, alegraba despus de tantos
aos al viejo _Zarandilla_, pasando como una visin luminosa por sus
ojos oscuros.

Despus hablaba con tristeza de la tierra en que viva. Inmensos campos
cuyo trmino perdase en el horizonte; surcos que se juntaban y
confundan a lo lejos como las varillas de un abanico, sin que ningn
lmite los cortase. Cuanto se abarcaba con la vista, tierras llanas o
colinas, bancales labrados o manchones para el pasto, todo era de un
amo. Poda un hombre caminar horas enteras sin salir de la propiedad de
un solo dueo. Aquellos campos no eran para hombres: eran extensiones
que slo podan cultivar gigantes como los que aparecan en los cuentos,
labrndolas con bestias que tuviesen pies y alas. Y la soledad por todas
partes: ni un pueblo, ni otras viviendas que el cortijo. Haba que
caminar horas y ms horas hasta el lmite de otras propiedades.

Provincias enteras eran en Andaluca de un centenar de amos. Y la
tierra, una tierra negra que llevaba en sus entraas la reserva vital
acumulada durante muchos siglos, por un cultivo dbil y perezoso de
brazos mercenarios, daba escape a su exceso de fuerza con un oleaje de
plantas parsitas y nocivas que asomaban entre las cosechas. La escarda
apenas si poda combatir esta florescencia de fuerzas perdidas.

El amo de la tierra se resignaba a aceptar lo que esta quisiera darle.
La extensin supla la debilidad de un cultivo rutinario. Si la cosecha
era mala, se hacan economas sobre el trabajo de los braceros y sobre
los gazpachos que los alimentaban. Nunca faltaban esclavos que
ofreciesen sus brazos. A bandadas bajaban de la sierra las mujeres y los
gaanes pidiendo trabajo.

El cielo era ms azul y sereno que en aquellos pases de eterno verdor e
incesantes cosechas que l recordaba; luca el sol con ms fuerza, pero
bajo su lluvia de oro, la tierra andaluza se mostraba triste, con la
soledad del cementerio, silenciosa como si pesase sobre ella la muerte,
con un revoloteo de negros pajarracos en lo alto, y abajo, en los campos
sin lmites, centenares de hombres alineados como esclavos, moviendo sus
brazos con regularidad automtica, vigilados por un capataz. Ni un
campanario; ni una aglomeracin de casas blancas como en los pases
donde existan verdaderos labradores! Aqu slo se vean siervos
trabajando una tierra odiada que jams poda ser suya; preparando unas
cosechas de las que no tocaran un solo grano!

--Y la tierra, Rafa, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecas
y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede quer a una
tierra que no es suya. Slo deja el sudor y la sangre sobre los terrones
de que puede sacar el pan. Digo mal, muchacho?...

Que aquella inmensidad de tierra se repartiese entre los que la
trabajaban, que los pobres supieran que del surco podan sacar algo ms
que un puado de cntimos y los tres gazpachos, y ya se vera si los
del pas eran holgazanes!

Resultaban malos trabajadores porque trabajaban para otros; porque
tenan la obligacin de defender su vida miserable unos cuantos aos
ms, huyendo el cuerpo a la faena, prolongando los ratos de descanso
concedidos para fumar un cigarro, llegando al tajo lo ms tarde posible
y retirndose cuanto antes. Para lo que les daban!... Pero que tuviesen
su parte de tierra, y la cuidaran, peinndola y acicalndola a todas
horas como una hija, y antes de que clarease el da estaran ya en ella
con la herramienta en la mano. En medio de la noche se levantaran para
las faenas urgentes; aquellas llanuras seran un paraso, y cada pobre
tendra su casita, y los lagartos no iran arrastrando su lomo rugoso y
polvoriento das y das sin tropezar con una vivienda humana.

Rafael opona reparos a los ensueos del viejo. Muy hermosas eran las
tierras que haba visto _Zarandilla_, con sus parcelas que bastaban a
alimentar una familia. Pero all haba agua en abundancia.

--Y aqu tambin--gritaba el viejo.--Ah tienes la sierra, que asn que
caen cuatro gotas, llora por toos los costaos.

Agua!... Barcos iban por los ros de Andaluca hasta muy tierra
adentro, mientras en sus orillas los campos se resquebrajaban de sed.
No era mejor que los hombres hicieran fructificar el suelo y comiesen
con la hartura de la abundancia, aunque los barcos descargasen en los
puertos de la costa? Agua!... que les diesen los campos a los pobres y
ellos la traeran a buenas o a malas, impulsados por la necesidad. No
seran como los seores, que por mal que se presente la cosecha, siempre
sacan para vivir poseyendo tanta tierra, y conservan el cultivo lo mismo
que los abuelos de sus abuelos. Los campos que l haba admirado en
otros pases eran inferiores a los de Andaluca. No tenan en sus
entraas esa condensacin de fuerzas que crea el abandono: estaban
cansados y haba que cuidarlos, dndoles continuamente el medicamento
del guano. Eran, segn _Zarandilla_, como las seorones que admiraba l
en Jerez, hermosas y apuestas con el atractivo del cuidado y los
artificios del lujo.

--Y esta tierra nuestro, Rafa, es como las muchachas que bajan de la
sierra con el _manijero_. Van plagadas de la miseria que recogen en la
gaana; no se lavan la cara, comen mal; pero si las adecentasen, ya se
vera lo bonitas que son.

Una tarde de Febrero hablaban el aperador y _Zarandilla_ de los trabajos
del cortijo, mientras la _se_ Eduvigis lavaba la loza en la cocina.
Habase acabado la siembra de los garbanzos, los yeros y los arvejones.
Ahora, las cuadrillas de muchachas y de gaanes se dedicaban a escardar
los campos de cereales. An podan sostener el combate con el escardillo
contra las hierbas parsitas. Despus, cuando el trigo creciese,
tendran que arrancarlas a mano, encorvados durante el da, con los
riones quebrantados por el dolor.

_Zarandilla_, que falto de vista pareca haber aguzado sus odos,
interrumpi a Rafael, ladeando su cabeza como para escuchar mejor.

--Muchacho, paece que truena.

Palideca la gran mancha de sol sobre los guijarros del patio; las
gallinas corran en rueda, cocleando, como si quisieran huir de la
rfaga de viento que erizaba sus plumas. Rafael prest odo tambin. S
que tronaba: iban a tener tempestad.

Los dos hombres salieron al portal del cortijo. Por la parte de la
sierra, el cielo estaba negro y las nubes corranse como una cortina
lgubre entenebreciendo el campo. An no era media tarde y todos los
objetos envolvanse en la vaguedad difusa del anochecer. El cielo
pareca haber descendido, tocando las crestas de las montaas,
devorndolas en su seno oscuro, como si las decapitase. Pasaban a
bandadas con el pavor de la fuga, graznando estridentemente, los pjaros
de presa.

--Camar!... la que se nos viene encima!--exclam _Zarandilla_, que ya
no vea nada, como si para l hubiese cerrado la noche.

Los altos vstagos de las piteras, nicas lneas verticales que rompan
la monotona de los campos, se inclinaron unos tras otros, como si
fuesen a romperse, y a continuacin una rfaga fra e impetuosa choc
contra el cortijo. Temblaron las puertas, oyose el estrpito de las
ventanas al cerrarse con violencia, y aullaron los mastines
lgubremente, tirando de sus cadenas, como si con su mirada de bestias
viesen a la tempestad entrar por el portaln sacudiendo su capa de agua
y relampaguendola los ojos.

Una claridad lvida inflam el espacio, y el trueno estall sobre el
cortijo con un estrpito seco que conmovi los cimientos, despertando en
los establos un eco de mugidos, relinchos y patadas. Cay la lluvia de
golpe, en grandes masas, como si se desfondase el cielo, y los dos
hombres tuvieron que refugiarse bajo el arco de entrada, no viendo ms
que un pedazo de campo al travs de la herradura del portaln.

Del suelo, golpeado por el latigazo del agua, desprendase un vapor
tibio; el olor de tierra mojada perfume de los aguaceros violentos.
Lejos, muy lejos, por los surcos convertidos en arroyos que no podan
engullir todo el golpe de agua, corran hacia el cortijo grupos de
gentes. Apenas si se les vea al travs de la capa liquida de la
atmsfera.

--Jes!--exclam _Zarandilla_.--Y cmo van a ponerse los
pobrecitos!...

El vendaval pareca empujarles. La luz de cada relmpago les mostraba
ms cerca; trotaban bajo la lluvia como un rebao disperso. Al llegar
los primeros grupos pasaron corriendo ante el portaln para refugiarse
en la gaana. Los hombres iban arrebujados en mantas, cayndoles dos
chorros de agua por la canal del sombrero deformado y blanducho: las
mujeres pasaban chillando como ratas, cubiertas con las varias hojas de
su astrosa faldamenta, llenas de barro, y mostrando sus piernas
enfundadas en los pantalones masculinos que usaban para la escarda.

Haban ya llegado al cortijo casi todas las bandas de trabajadores y en
la puerta de la gaana sacudanse mantas y refajos, derramando a
chorros el agua sucia, cuando Rafael se fij en un pequeo grupo
rezagado que se aproximaba lentamente bajo la cortina oblicua de la
lluvia. Eran dos hombres y un borriquillo cargado con un sern, bajo el
cual apenas si asomaban las orejas y la cola.

El aperador conoci a uno de los dos hombres que tiraba del ronzal de
la bestia para que acelerase la marcha. Le llamaban Manolo el de
Trebujena y era un antiguo gan que, despus de una sublevacin de los
obreros del campo, estaba sealado por todos los amos como perturbador.
Falto de trabajo despus de la huelga, se ganaba el sustento yendo de
cortijo en cortijo como buhonero, vendiendo a las mujeres cintas, hilos
y retazos de tela, y a los hombres vino, aguardiente y peridicos
libertarios cuidadosamente ocultos en aquel sern, almacn heterogneo
que, a lomos del borriquillo, vagaba de un extremo a otro de la campia
jerezana. Slo en Matanzuela y en muy contados cortijos poda penetrar
Manolo sin infundir alarma y encontrar resistencia.

Rafael miraba al acompaante del buhonero creyendo reconocerle, pero sin
determinar en su memoria quin era. Caminaba con las manos en los
bolsillos, el cuello de la chaqueta levantado y el sombrero sobre las
cejas, chorreando agua por todos los extremos de su traje, encogindose
estremecido de fro, sin una manta como su camarada. Pero, a pesar de
esto, marchaba sin precipitacin como si no le molestasen la lluvia y el
viento que combatan su dbil persona.

--Salud, compaeros!--dijo el de Trebujena al pasar ante la puerta del
cortijo, arreando su borriquillo.--Qu tiempo para los probes, eh,
_Zarandilla_?...

Entonces fue cuando Rafael reconoci al acompaante de Manolo, viendo
su rostro exange de asceta, su barba rala y los ojos dulces y
mortecinos tras unas gafas azuladas.

--Don Fernando!--exclam con asombro.--Pero si es don Fernando!...

Y saliendo del portaln, en plena lluvia, agarr de un brazo a
Salvatierra, para que entrase en el cortijo. Don Fernando opuso
resistencia. Iba a refugiarse en la gaana con su compaero; no deba
contrariarle, pues este era su gusto. Pero Rafael protestaba. El gran
amigo de su padrino, el que haba sido jefe de su padre!... Cmo poda
pasar por la puerta de su casa sin entrar en ella?... Y casi a viva
fuerza lo meti en el cortijo, mientras Manolo segua adelante.

--Anda, que hoy tendrs buen despacho--le dijo _Zarandilla_.--Los mozos
se pirran por tus papeles y tendrn en qu entretenerse mientras llueva.
Me paece que va pa largo.

Salvatierra entr en la cocina del cortijo, dejando, al sentarse, una
gran mancha del agua que chorreaban sus ropas. La _se_ Eduvigis,
compadeciendo al pobre seor, encendi apresuradamente en el hogar un
fuego de lea menuda.

--Que sea buena la candela, mujer; que eso y mucho ms se merece el
forastero--deca _Zarandilla_, orgulloso de la visita.

Y luego aadi con cierta solemnidad:

--T sabes quin es este cabayero, Eduvigis?... Qu has de saber t!
Pues es don Fernando Salvatierra, ese seor tan nombrao en los papeles,
que defiende a los probes.

El gesto de la vieja, al abandonar un instante la lumbre para mirar al
recin llegado, fue ms de curiosidad y asombro que de admiracin.

Mientras tanto, el aperador iba de un lado a otro, buscando cierta
botella de vino selecto que meses antes le haba regalado su padrino.
Por fin dio con ella, y escanciando un vaso, se lo ofreci a don
Fernando.

--Gracias, no bebo.

--Pero si es de primera, seor!...--intervino el viejo.--Beba su merc;
esto le har bien despus de la mojadura.

Salvatierra hizo un gesto negativo.

--Gracias otra vez: yo nunca he probado el vino.

_Zarandilla_ le mir con asombro... Qu to! Con razn tenan a aquel
don Fernando por un hombre extraordinario.

Rafael quiso que comiera algo; y habl a la vieja de frer huevos, de
descolgar cierto jamn que haba dejado el amo en una de sus visitas;
pero Salvatierra le ataj. Era intil: l llevaba en un bolsillo las
provisiones para la noche. Y extrajo de su chaqueta un papel mojado, que
contena un mendrugo y un pedazo de queso.

La sonrisa fra con que se negaba a aceptar los obsequios, cortaba toda
insistencia. _Zarandilla_ abra sus ojos turbios, como para ver mejor a
aquel hombre asombroso.

--Pero al menos fumar usted, don Fernando?--dijo Rafael ofrecindole
un cigarro.

--Gracias; no he fumado nunca.

El viejo no pudo callar ms tiempo. Tampoco fumaba?... Ahora comprenda
el asombro de ciertas gentes. Un hombre de tan pocas necesidades meta
tanto miedo como un nima del otro mundo.

Y mientras Salvatierra aproximbase a la lumbre, que comenzaba a
crepitar con alegre llama, el aperador sali de la cocina. Poco despus
volvi, llevando al brazo su capote de monte.

--Cuando menos, djese usted abrigar. Qutese esas ropas que chorrean.

Antes de que pudiera negarse, Rafael y la vieja le despojaron de la
chaqueta y el chaleco, envolvindole en el capote, mientras _Zarandilla_
colocaba ante el fuego las ropas mojadas, que despedan un humo tenue.

Acariciado por el calor, Salvatierra se mostr ms comunicativo. Le
dola contrariar con su sobriedad a aquellas gentes sencillas que le
asediaban con sus obsequios.

El aperador se extraaba de verle en el cortijo como trado por la
tempestad. Su padrino le haba dicho algunos das antes que don Fernando
estaba en Cdiz.

--S, all estuve hasta hace poco. Fui a ver la sepultura de mi madre.

Y como si quisiera pasar apresuradamente sobre este recuerdo, explic
su llegada al cortijo. Haba salido por la maana de Jerez en la
_gndola_ de la sierra, uno de aquellos coches que pasaban cargados de
gente y de fardos por el inmediato camino. Deseaba ver al seor Antonio
Matacardillos, el dueo del ventorro del Grajo, situado en la carretera,
cerca del cortijo; un bravo que de joven le haba seguido en todas sus
aventuras revolucionarias. Estaba enfermo del corazn, con las piernas
hinchadas, casi imposibilitado de moverse, no pudiendo llegar a la
puerta de su choza ms que entre ayes y tropezones. Al saber que
Salvatierra viva en Jerez, sus dolores parecan haberse aumentado con
la desesperacin que le causaba el no verle.

El viejo ventorrillero, al presentarse su antiguo jefe en la choza del
Grajo, haba llorado, abrazndole con tales extremos de emocin, que su
familia crey que iba a morir. Ocho aos sin ver a su don Fernando!
Ocho aos, durante los cuales haba enviado todos los meses un papel
lleno de garabatos a aquel presidio del Norte, donde guardaban a su
hroe! El pobre Matacardillos saba que iba a morir de un momento a
otro. Ya no dorma en la cama, se ahogaba, viva casi artificialmente
clavado en su silln de paja, sin poder servir una copa, acogiendo con
sonrisa triste a los arrieros y gaanes que le hablaban de su cara de
salud y de su gordura, asegurando que se quejaba de vicio. Don Fernando
deba volver alguna vez a verle. Le molestara poco tiempo; iba a morir
muy pronto; pero su presencia alegrara la poca vida que le quedase. Y
Salvatierra haba prometido volver, siempre que pudiese, a visitar al
_veterano_, en compaa de Manolo el de Trebujena (otro de los suyos),
al que haba encontrado en el ventorro del Grajo. Con l emprendi el
regreso a Jerez, cuando los alcanz la tempestad, obligndoles a
refugiarse en el cortijo.

Rafael habl a don Fernando de sus costumbres extraordinarias, que
muchas veces haba odo relatar al padrino: sus baos de mar en Cdiz en
pleno invierno, ante la gente, que temblaba de fro; sus regresos a casa
en cuerpo de camisa despus de dar la chaqueta a un compaero
menesteroso; su rgimen alimenticio, que no poda pasar de los treinta
cntimos diarios. Salvatierra permaneca impasible, como si hablasen de
otro, y nicamente al extraarse Rafael de su exiguo alimento, abri los
labios para protestar dulcemente.

--No tengo derecho a ms. Acaso esos pobres que se amontonan en la
gaana no comen peor que yo?...

Se hizo un largo silencio. El aperador y los dos viejos parecan
cohibidos en presencia de aquel hombre, del que tanto haban odo
hablar. Adems, les intimidaba con un respeto casi religioso aquella
sonrisa que, segn pensaba _Zarandilla_, pareca venir de otro mundo,
y la firmeza de sus negativas, que no daba lugar a nuevas insistencias.

Cuando Salvatierra vio sus ropas casi secas, abandon el capote y se las
puso. Despus se dirigi a la puerta, y a pesar de que segua lloviendo
quiso ir a la gaana, en busca de su compaero. Pensaba pasar en ella
la noche, ya que no era posible con aquel tiempo volver a Jerez.

El aperador protest. En la gaana un hombre como don Fernando!... Su
cama estaba dispuesta para l y si no le gustaba, abrira la habitacin
del seorito, que era tan buena como cualquiera de Jerez.... La
gaana! Qu dira su padrino si l toleraba tal disparate?...

Pero la sonrisa de Salvatierra quit al joven toda esperanza. Haba
dicho que dormira con los gaanes, y era capaz de pasar la noche al
raso, si no le dejaban cumplir su gusto.

--No podra dormir en tu cama, Rafael; no tengo derecho a estar sobre
colchones, mientras otros, bajo el mismo tejado, duermen en esteras.

E intentaba sortear el obstculo que le opona el aperador, cerrndole
el paso en la puerta. El viejo _Zarandilla_ intervino.

--An quedan horas para dormir, don Fernando. Luego ir su merc a la
gaana, si ese es su gusto. Pero ahora--aadi, dirigindose a
Rafael--ensale al se algo del cortijo, la cuadra de los caballos,
que es cosa de ver.

Salvatierra acept la invitacin, ya que sta no contrariaba su
sobriedad asctica, nico lujo de su vida. Vamos a ver los caballos.
No le interesaban gran cosa, pero agradeca el buen deseo de aquella
gente sencilla, ansiosa de mostrarle lo mejor de la casa.

Atravesaron el patio, bajo el azote de la lluvia, seguidos por algunos
perros que sacudan el agua de sus pelos lacios. Una bocanada de aire
caliente y espeso, oliendo a estircol y a vapor animal, dio en la cara
a los visitantes al abrirse la puerta de la cuadra. Los caballos
cocearon y relincharon, moviendo las cabezas al sentir tras de sus
grupas la presencia de gente extraa.

_Zarandilla_ se meti entre ellos, adivinndolos por el tacto, marchando
a ciegas en la penumbra de la cuadra, acariciando a unos en los ijares,
rascando a otros en la frente, llamndolos con nombres cariosos y
librndose por instinto de las patadas de impaciencia y de alegra que
daban con sus cascos herrados. Quieto, _Brillante_! No seas malo,
_Lucero_! Y pasaba, encorvndose, por debajo de los vientres para ir
hasta el otro extremo de la cuadra, mientras el aperador explicaba a
Salvatierra la vala de este tesoro.

Eran caballos jerezanos de pura sangre, verdaderos sementales de la
tierra, y elogiaba su cara alegre, sus ojos saltones, el corte elegante
y esbelto de su figura, su paso enrgico. Unos eran de color tordo;
otros de un gris plateado, sedoso y brillante, y todos ellos temblaban
desde las piernas a la grupa con fuertes estremecimientos, como si no
pudiesen contener su exceso de vida en este encierro.

Rafael hablaba con admiracin del valor de aquellos animales. Una
verdadera fortuna: el seorito era hombre de gusto, un inteligente que
no reparaba en el dinero para disputar a los ms ricos del _Crculo
Caballista_ la posesin de un buen ejemplar. Hasta a su primo don Pablo
le haba arrebatado la posesin de un caballo famoso. Y sealando a cada
uno de los animales, hablaba de miles y miles de pesetas,
enorgullecindose de que tales tesoros estuviesen confiados a su
custodia.

El _hierro_ de Matanzuela, la marca con que se sealaba a las jacas
salidas del cortijo, vala tanto como los certificados de los ganaderas
ms antiguas.

Mientras tanto, _Zarandilla_ acariciaba con ruidosas palmadas y motes
grotescos a dos asnos garaones, grandes como caballos, huesudos,
angulosos, como si fuesen esculpidos a hachazos; la cara roma, los ojos
casi ocultos bajo una maraa de pelos y las orejas cadas. Dos bestias
de fealdad monstruosa y fantstica, que parecan surgidas de una visin
apocalptica. El viejo, apoyado en ellos, hablaba de la primavera,
cuando bajaban las yeguas de la dehesa y entraban en la cuadra con la
cola recogida sobre el lomo para evitar entorpecimientos, y el yegerizo
mayor se arriesgaba bajo las patas amenazantes, encauzando la
fecundacin.

--Aqu tiene su merc--deca el viejo--a toos los buenos mozos que
fabrican los potrancos y las mulillas de Matanzuela.

Hablaba de los misterios reproductores de aquella cuadra, con la
naturalidad de la gente campesina, tmida y ruborosa en las relaciones
humanas y franca hasta el impudor al hablar de las aproximaciones de las
bestias. Y como si las palabras del viejo trajesen a las dilatadas
narices de los caballos un lejano perfume de la deseada primavera,
comenzaron a relinchar, a dar saltos, a morderse, a estremecer sus
vientres con agitaciones de pndulo, a resbalar las patas delanteras
sobre las grupas ms cercanas, haciendo esfuerzos por libertar sus
cabezas amarradas a las anillas. Unos cuantos varazos repartidos a
ciegas por _Zarandilla_ hicieron cesar el estruendo de coces y
relinchos, y las bestias tornaron a alinearse ante los pesebres,
exhalando los ltimos restos de su agitacin con bufidos y temblores.

El aperador condujo a Salvatierra a una habitacin grande, de paredes
enjalbegadas, que le serva de despacho. Empezaba a anochecer y encendi
un veln de los antiguos de Lucena, puesto sobre una mesa, en la que se
vea un tintero de loza enorme, con una pluma no ms larga que un dedo.
All haca l sus cuentas, y en un armario inmediato estaban los
libros, de los que hablaba Rafael con cierto respeto. Cada gan tena
su cuenta. Antes se llevaba la administracin con una sencillez
patriarcal, pero ahora los jornaleros eran quisquillosos y desconfiados.
Adems, haba que marcar bien los das que eran por entero de trabajo,
aquellos en que la faena slo duraba medio da por la lluvia, y los de
lluvia completa, en los que la gente se quedaba en la gaana,
comindose sus gazpachos sin hacer nada.

Despus estaba el gran libro, el ms precioso de la casa, lo que poda
titularse la carta de nobleza de Matanzuela. Y el aperador sacaba del
armario un amplio cuaderno, en el que se contena la genealoga y la
historia de todo caballo o mula salido del cortijo, con el apodo de
nacimiento, padres y abuelos, descripcin de la figura, talla, pelo,
color de los ojos y defectos que se confesaban generosamente sobre el
papel para quedar secretos, dejando a la penetracin del comprador el
adivinarlos.

Luego, ense Rafael la otra joya del cortijo: un palo largo rematado
por un embudo de hierro, cuyos bordes entrantes y salientes daban la
idea vaga de un dibujo. Era la marca de la ganadera, el hierro!, y
haba que ver con qu respeto lo acariciaba Rafael. Una cruz sobre una
media luna formaban la seal que llevaba en sus flancos todo el ganado
de Matanzuela.

Hablaba con entusiasmo de la operacin de herrar, que don Fernando no
haba visto nunca. Los yegerizos echaban sus lazos de cerda a los
potros indmitos, sujetndolos por las orejas, mientras se calentaba el
hierro en un fuego de boiga seca; y al estar la marca al rojo, zas!,
se la aplicaban al costado, quemndose los pelos y quedando la piel
sealada para siempre con la cruz y la media luna. Y con cierta
conmiseracin por Salvatierra que, sabiendo tanto, ignoraba unas cosas
que eran para el aperador las ms interesantes del mundo, continuaba
ste explicando el rgimen a que se sometan los caballos jvenes; todas
las operaciones que realizaba l voluntariamente en sus entusiasmos de
jinete.

Primeramente los _amarraban_, al venir de la libertad de la dehesa, para
que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salan al campo,
frente al cortijo, con cabezn y una larga cuerda, para dar vueltas como
en un picadero, y que aprendiesen a _tranquear_, a poner la pata de
atrs donde haban puesto la delantera, o ms all, si era posible. Tras
esto llegaba la operacin suprema: colocarles la silla sobre los lomos,
habituando su salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a
la baticola y los estribos. Y finalmente se les montaba, para hacerles
dar vueltas, al principio sin soltar la cuerda, luego manejndolos con
las riendas. Los potros que l llevaba desbravados, animales casi
salvajes, que inspiraban miedo a muchos!...

Hablaba con orgullo de sus combates de energa y voluntad con bestias
fieras que relinchaban y mordan el aire, pataleando, levantndose
verticalmente o hundiendo su cabeza en tierra mientras coceaban en el
espacio, sin que pudieran por esto libertarse de la opresin de sus
piernas de acero; hasta que al fin, despus de una carrera loca, en la
que parecan buscar los obstculos para aplastar al jinete, volvan
sudorosas y vencidas, sometindose por completo a la mano del montador.

Rafael se detuvo en la narracin de sus proezas hpicas, viendo la
sombra de una persona en el cuadro de la puerta, sobre el fondo de luz
violcea del crepsculo.

--Ah! eres t?--dijo riendo.--Pasa, _Alcaparrn_, no tengas miedo.

Entr un mozo de escasa estatura, avanzando cautelosamente, de medio
lado, como si temiera rozar la pared. En su encogimiento pareca
implorar perdn anticipadamente por todo lo que hiciese. Sus ojos
brillaban en la sombra lo mismo que su fuerte y ntida dentadura. Al
aproximarse a la luz del veln, Salvatierra se fij en el color cobrizo
de su cara, en las crneas de sus ojos, que parecan manchadas de
tabaco, en sus manos de dos colores, con la palma sonrosada y el dorso
de un negro que an se haca ms intenso bajo las uas. A pesar del
fro, vesta una blusa de verano, una guayabera con pliegues, hmeda
an de la lluvia, y en la cabeza llevaba dos sombreros, uno dentro del
otro, de distinto color, como sus manos. El de abajo mostraba una
blancura gris y flamante en la parte inferior de sus alas; el de arriba
era viejo, de un negro rojizo, con los bordes deshilachados.

Rafael agarr al mozuelo por un hombro, hacindolo balancearse, y lo
present a Salvatierra con una gravedad cmica.

--Este es _Alcaparrn_, del que ust habr odo hablar seguramente. El
gitano ms ladrn de too Jerez. Si hubiese justicia, hace tiempo que le
habran dao garrote en la plaza de la Crcel.

_Alcaparrn_ dio un respingo para librarse de la garra del aperador, y
moviendo las manos con ademanes femeniles, acab por persiguarse.

--Uy!, ze Rafa y qu malo que es uzt... Joz! y qu cosas dice
este hombre!

El aperador continu con el ceo fruncido y la voz grave:

--Trabaja en Matanzuela con su familia hace muchos aos, pero es un
ladrn como toos los gitanos y deba estar en presidio. Sabe ust por
qu se trae dos sombreros? Pa llenarlos de garbanzos o habichuelas as
que me descuido: y l no sabe que el mejor da le meto un escopetazo.

--Joz! se Rafa! Pero qu dice ust, bendito?...

Y juntaba las manos con desesperacin, mirando a Salvatierra y
dicindole con vehemencia infantil:

--No le crea ust, ze; es muy malo y me dice eso por pudrirme la
sangre. Por la salusita de mi mare que too es mentira...

Y explicaba el misterio de los dos sombreros superpuestos que llevaba
calados hasta las orejas, rodeando su cara de pcaro de un nimbo de dos
colores. El de abajo era el nuevo, el de los das de fiesta y lo
desenfundaba cuando iba a Jerez. En los das de labor, no osaba dejarlo
en el cortijo por miedo a los compaeros, que se permitan toda clase de
burlas con l porque era un pobrecito gitano, y lo cubra con el viejo
para que no perdiese el color gris y sedoso que era su orgullo.

El aperador continuaba exasperando al gitano con ese humor campesino que
se goza en enfurecer a los pobres de espritu y a los vagabundos.

--Oye, _Alcaparrn_, t sabes quin es este seor? Pues es don Fernando
Salvatierra. No has odo hablar nunca de l?...

El gitano hizo un gesto de asombro, abriendo los ojos desmesuradamente.

--Pues poco nombrao que es el se! En la gaana hace dos horas que no
jablan ms que de l. Por muchos aos, se! M' alegro de conos una
presona tan fina y de tanto aquel. Bien se ve que su mers es alguien:
tiene cara de gobernaor.

Salvatierra sonrea ante la obsequiosidad aduladora del gitano. Aquel
infeliz no conoca categoras; juzgaba por el renombre, y considerndole
un personaje poderoso, una autoridad, temblaba, ocultando su turbacin
con la sonrisa aduladora de las razas eternamente perseguidas.

--Don Fernando--continu el aperador.--Ust que tiene amigos en el
extranjero poda arreglarle el viaje a _Alcaparrn_. A ver si en
aquellas tierras haca tanta suerte como sus primas.

Y hablaba de las _Alcaparronas_, unas gitanas bailadoras que daban golpe
en Pars y en muchas ciudades de Rusia, cuyos nombres no poda recordar
el aperador. Sus retratos figuraban hasta en las cajas de cerillas, los
peridicos hablaban de ellas; tenan diamantes a porrillo, bailaban en
teatros y en palacios y a una de ellas la haba robado un gran duque,
archipmpano o no recordaba Rafael qu otro ttulo, llevndosela a un
castillo, donde viva como una reina.

--Y a too esto, don Fernando, unas monas sabias, tan feas y negras como
su primo aqu presente; unas desgalichs, a las que he visto de pequeas
en los cortijos robando garbanzos y otras semillas; unas ratas
vivarachas, sin ms que el _aquel_ gitano y unas desvergenzas que ponen
coloraos a los hombres. Y eso es lo que les gusta a aquellos seorones?
Vamos, hombre, que hay para rer!...

Y rea, efectivamente, al pensar que vivan como unas grandes damas
aquellas mozuelas cobrizas, de ojos de brasa, que l haba visto
merodear sucias y costrosas por los campos de Jerez.

_Alcaparrn_ hablaba con cierto orgullo de sus primas, pero lamentando
de paso la diversa suerte de familia. Ellas hechas unas reinas y l con
su pobre _mare_, sus hermanos pequeos, y Mari-Cruz, su pobrecita prima,
siempre enferma, ganando dos reales en el cortijo! y muchas gracias que
les daban trabajo todos los aos sabiendo que eran buenos!... Sus primas
eran unas _descasts_ que no escriban a la familia, que no la enviaban
ni esto. (Y haca crujir la ua de un pulgar, entre sus dientes de
caballo.)

--Se: paece mentira que mi to se porte tan mal con los suyos, siendo
un _ca_. Con tanto que le quera el prob de mi pare!...

Pero lejos de indignarse, rompa en elogios del to _Alcaparrn_, un
hombre de iniciativas que, cansado de pasar hambre en Jerez y verse en
peligro de ir a la crcel siempre que se extraviaba un asno o una mula,
se haba echado al hombro la guitarra, no parando con todo su ganao,
como l llamaba a las hijas, hasta el mismo Pars. Y _Alcaparrn_ rea
irnicamente de la simpleza de los _gachs_, de toda la gente que domina
el mundo y oprime a los pobres gitanos, recordando ciertos prospectos y
peridicos que haba visto con el retrato de su respetable to, luciendo
sus patillas de _boca de jacha_, y su cara de ladrn, bajo un sombrero
de catite como un campanario y rodeado de columnas impresas en lengua
extraa, en las que se hablaba de _mademoiselles_ las _Alcaparronas_ y
se celebraba su gracia y hermosura, repitiendo, cada seis renglones
_oll! oll!_... Y su to, para mayor solemnidad, se titulaba el
capitn _Alcaparrn_! Capitn de qu?... Y sus primas, las
_mademoiselles_, se hacan robar por seorones que le tenan miedo al
padre, _le terrible hidalgo_, que tantas veces haba rasgueado
filosficamente la guitarra en los colmados, mientras las nias se
ocultaban con los seoritos en los cuartos ms lejanos. _Jos_, qu
guasa!...

Pero el gitano pasaba rpidamente de la risa a la melancola, con la
incoherencia vivaracha de su alma de pjaro. Ay, si viviese su _pare_,
que haba sido un guila, comparado con este hermano que tena tanta
fortuna!...

--Muri tu padre?--pregunt Salvatierra.

--S, se: fartaba uno en el campo santo, y como era bueno, le yam er
cuervo que est all.

Y _Alcaparrn_ continuaba sus lamentaciones. Si no hubiese muerto el
pobrecito! En lugar de sus primas estaran l y sus hermanos disfrutando
tantas riquezas. Y lo afirmaba de buena fe, despreciando como
insignificante la diferencia de sexos, no dando ningn valor a la
fealdad picante de sus primas, creyendo que su fortuna era debida a la
habilidad en el _cante_, para el cual, la _pobresita_ de su _mare_, su
prima Mari-Cruz y l, valan mucho ms que todas las _Alcaparronas_ que
andaban por el mundo.

El aperador, viendo triste al gitano, ofrecale su proteccin. Su
fortuna estaba hecha. All estaba don Fernando, que con sus influencias
de personaje, le tena reservado un empleo.

_Alcaparrn_ abra los ojos, recelando la burla. Pero temeroso de
cometer una falta si no daba las gracias a aquel seor, abrum con
palabras dulzonas a Salvatierra, mientras ste miraba al aperador, no
sabiendo adonde iba a parar.

--Si, gach--continu Rafael.--Ya tienes empleo. El se te har verdugo
de Seviya o de Jerez: lo que t escojas.

El gitano dio un salto, mostrando su cmica indignacin con un
desbordamiento de palabras.

--Mardito! Arrastrao! Mala escopet le peguen, se Rafa, en sus
entraas renegrsimas!...

Se detuvo un instante en sus maldiciones, viendo que stas servan de
regocijo al aperador, y aadi con maligna intencin:

--Premita Di que cuando vaya su mers a la via de don Pablo, la gach
le resiba con cara de cuaresma.

Rafael ya no rea. Temi que el gitano, en presencia de don Fernando,
hablase de sus amores con la hija del padrino, y se apresur a
despedirle.

--Toma un pitillo y lrgate... mala sombra. Tu madre estar esperndote.

_Alcaparrn_ obedeci con la docilidad de un perro. Al despedirse de
Salvatierra le tendi su mano de mulato, repitiendo que le esperaban en
la gaana y que la gente andaba revuelta al saber que un _presonaje_
tan alto estaba en Matanzuela.

Cuando se fue, el aperador habl a don Fernando de los _Alcaparrones_ y
otros gitanos del cortijo. Eran familias que trabajaban aos y aos en
la misma finca, como si formasen parte de ella. Resultaban de ms fcil
manejo, hombres y mujeres, que la dems gente de la gaana. Con ellos
no haba que temer rebeliones, huelgas, ni amenazas. Eran pedigeos y
un tanto ladrones, pero se achicaban ante los gestos amenazadores, con
la docilidad de una raza perseguida.

Rafael slo haba visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella
parte de Andaluca. La aficin de la gente a los caballos pareca
haberles expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo,
obligndoles a buscar la vida en los cortijos.

Las mujeres valan ms que los hombres: secas, negras, angulosas, con
unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblbanse el da entero para
escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los
vigilaban de cerca, apoderbase de ellos la indolencia de raza, el deseo
de permanecer inmviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en
nada. Pero as que presentan la proximidad del aperador, corra la voz
de alarma en aquel _cal_ que era su nica fuerza de resistencia, lo
que les aislaba de la animadversin de los compaeros de trabajo.

--_Cha: currela, que sinela er jambo!_

Oye: trabaja, que mira el amo! Y cada uno se entregaba a su faena,
con tal ardor, con esfuerzos tan cmicos, que muchas veces Rafael no
poda contener la risa.

Haba cerrado la noche. La lluvia caa como polvo de agua, sobre los
guijarros del patio. Salvatierra habl de ir a la gaana, sin prestar
atencin a las protestas del aperador. Pero, realmente, tena empeo en
dormir all, un hombre de su mrito?...

--Ya sabes de dnde vengo, Rafael--dijo el revolucionario.--Llevo ocho
aos de dormir en peores sitios y entre gentes ms infelices.

El aperador hizo un gesto de resignacin y llam a _Zarandilla_, que
estaba en la cuadra. El viejo le servira de acompaante; l se quedaba
all.

--No me conviene entrar en la gaana, don Fernando. Hay que conservar
cierto _aquel_ de autoridad; si no, toman confianza con uno y est
perdido.

Y hablaba del _aquel_ de la autoridad, con firme conviccin,
respetndola como necesaria, despus de haberla violentado muchas veces
en las rudas aventuras de su primera juventud.

Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los
perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba
entrada a la gaana.

Bajo aquel se alineaban al aire libre varios cntaros con la provisin
de agua para los braceros. Los que sentan sed, pasaban del calor
asfixiante de la gaana a la frialdad de la noche, y se atracaban de un
agua que pareca hielo lquido, mientras el viento les hera las
sudorosas espaldas.

Al trasponer la puerta, Salvatierra sinti en sus pulmones la rareza del
aire, al mismo tiempo que hera su olfato un hedor de lana hmeda,
aceite rancio, barro y carne aglomerada y viscosa.

Era una pieza estrecha y larga, que an pareca ms grande por lo denso
de la atmsfera y la escasez de luz. En el fondo estaba el hogar, en el
que arda una lumbre de boiga seca, despidiendo un olor infecto. Un
candil marcaba su llama como una lgrima roja y titilante en este
ambiente nebuloso. El resto de la pieza, completamente a oscuras, tena
en sus tinieblas palpitaciones de vida. Adivinbase la presencia de una
muchedumbre bajo la mortaja de sombras.

Salvatierra, al llegar al centro de la msera habitacin pudo ver mejor.
En el hogar hervan varios pucheros vigilados por mujeres puestas de
rodillas, y bajo el candil estaba sentado el _arreador_, el segundo
funcionario de la casa, el que acompaaba a los braceros al tajo y
vigilaba sus faenas, excitndolos con duras palabras; el que en unin
con el aperador formaba lo que llamaban los gaanes el _gobierno_ del
cortijo.

El arreador era el nico que tena una silla en la gaana: los dems,
hombres y mujeres, sentbanse en el suelo. Junto a l estaban en
cuclillas Manolo el de Trebujena con varios amigos, metiendo sus
cucharas en un _tornillo_ de gazpacho caliente. La niebla fue
disipndose ante los ojos de Salvatierra, habituados ya a esta atmsfera
asfixiante. Entonces vio en los rincones grupos de hombres y de mujeres
sentados en la tierra apisonada o sobre esterillas de enea. La lluvia,
cortando su trabajo a media tarde, les haba hecho adelantar la comida
de la noche. En torno de los lebrillos de bazofia caliente, hablaban y
rean moviendo las cucharas con cierta calma. Presentan que el da
siguiente sera de encierro, de holganza forzosa, y deseaban permanecer
en vela hasta bien entrada la noche.

El aspecto de la gaana, el amontonamiento de la gente, evoc en la
memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las mismas paredes
enjalbegadas, pero aqu menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo
del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los
cuerpos sucios. Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas todo
el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas
multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables
remiendos con clavos agudos.

En el presidio cada uno tena su petate, y en la gaana slo muy
contados podan permitirse este lujo. Los ms, dorman en esteras, sin
desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la
tierra dura. El pan, la cruel divinidad que obligaba a aceptar esta
existencia miserable, rodaba en pedazos por el suelo, o se exhiba en
las escarpias, entre los harapos, en enormes teleras de seis libras,
como un dolo al que slo se poda llegar despus de un da de
encorvamiento abrumador.

Salvatierra se fij en las caras de aquellas gentes que le miraban con
curiosidad, suspendiendo por un instante su comida, manteniendo
inmviles las manos con la cuchara en alto.

Bajo los sombreros deformes slo se vean cartulas de miseria, mscaras
de sufrimiento y de hambre. Los jvenes tenan la frescura vigorosa de
los pocos aos. Rean reflejando en sus ojos el espritu burln de la
raza, la alegra de vivir, sin el peso de una familia; el regocijo del
hombre aislado, que por miserable que se considere, puede siempre seguir
adelante. Pero los hombres mostraban un envejecimiento prematuro,
arruinados en plena madurez, con el temblor de los valetudinarios;
revelando unos su acometividad en los ojos animados por resplandores
fosforescentes de fiera, encogidos otros con la resignacin del que slo
aguarda la muerte como nica libertad.

Eran cuerpos enjutos, apergaminados, recocidos por el sol, con la piel
agrietada. La alimentacin, pobre y escasa, no llegaba a formar el ms
leve almohadillado entre el esqueleto y su envoltura. Hombres que an no
tenan cuarenta aos, mostraban sus cuellos descarnados, de piel flcida
y abullonada, con los tirantes tendones de la ancianidad. Los ojos, en
lo ms hondo de sus cuencas, circundados de una aureola de arrugas,
brillaban como estrellas mortecinas en el fondo de un pozo. Su miseria
fsica era el resultado de una fatiga prolongada aos y ms aos, de una
alimentacin inspida de pan, slo de pan. Los cuerpos rudos y angulosos
parecan labrados a hachazos: otros eran deformes y grotescos como
fabricados por un alfarero: muchos recordaban, por lo retorcidos y
nudosos, los troncos de los acebuches de las dehesas. Los brazos negros,
con las agudas protuberancias de una gimnasia forzada, parecan de
sarmientos trenzados. Y el amontonamiento de estos infelices exhalaba un
olor agrio, de sudor de hambriento, de ropa adherida al cuerpo durante
meses, de alientos ftidos: toda la respiracin apestante de la miseria.

Las mujeres aun ofrecan un aspecto ms doloroso. Unas eran gitanas,
viejas y horribles como brujas, con la piel tostada y cobriza que
pareca haber pasado por el fuego de todos los aquelarres. Las jvenes
tenan la hermosura dolorosa y desmayada de la anemia; flores de vida
que se mustiaban antes de abrirse; adolescentes de piel blanca, de una
palidez de papel mascado, que el sol no lograba calentar, tindola a
trechos con menudas manchas de color de salvado. Vrgenes de ojos
desmesuradamente abiertos, como asombradas de haber nacido, con los
labios azules y las encas de ese rosa plido que revela la miseria de
la sangre. El pelo triste y sin brillo asomaba alborotado bajo el
pauelo, guardando en sus maraas briznas de paja y granos de tierra. El
pecho de las ms tena la montona uniformidad del desierto, sin que al
respirar se marcase bajo la tela el ms leve rastro de los montculos
seductores que avanzan orgullosos como un blasn del sexo. Tenan las
manos grandes y los brazos enjutos y huesosos como los hombres. Al
andar, movanse sus faldas con desmayada soltura, como si dentro de
ellas slo existiese aire, y al sentarse, la tela marcaba ngulos duros
sin la ms tenue redondez. El trabajo, la fatiga bestial, haban
paralizado el desarrollo de la gracia femenina. Slo algunas delataban
bajo su envoltura los encantos del sexo; pero eran muy pocas.

Obligadas a sufrir las mismas durezas que el rebao masculino,
nicamente recordaban que eran mujeres cuando a altas horas de la noche,
a oscuras ya la gaana, apelotonadas en un rincn, vean turbado su
fatigoso sueo de hembras de carga, por las audacias de los mozos, que
las buscaban a tientas, mientras los gaanes viejos, curados de las
ilusiones de la vida, roncaban desaforadamente como si quisieran dormir
ms aprisa para recuperar las fuerzas perdidas.

Salvatierra fuese hacia el hogar al ver que el _arreador_ se pona de
pie ofrecindole su asiento. El to _Zarandilla_ se acomod en el suelo
junto a don Fernando, y ste, al mirar en torno, encontr los ojos de
_Alcaparrn_ y su dentadura caballar que brillaban al sonrerle.

--Mire su merc, se: esta es mi mam.

Y le mostr a una gitana vieja, la ta _Alcaparrona_, que acababa de
retirar del fuego un potaje de garbanzos husmeado vorazmente por tres
chicuelos, hermanos de _Alcaparrn_ y una moza delgaducha, plida y de
grandes ojos, que era su prima Mari-Cruz.

--Conque su merc es ese don Fernando tan nombrao?--dijo la
vieja.--Pues que Dios le d mucha fortuna y mucha vida pa que sea el
pare de los probes.

Y depositando en tierra el puchero, sentose con toda su familia en torno
de l. Era una comida extraordinaria. El tufillo de los garbanzos
despertaba cierta emocin en la gaana, haciendo converger muchas
miradas de envidia en el grupo de los gitanos. _Zarandilla_ interpelaba
a la vieja burlonamente. Haba cado trabajo extraordinario eh?... De
seguro que el da anterior, al ir a Jerez, haba ganado algunas
pesetillas diciendo la buenaventura o proporcionando polvos mgicos a
las chavalas que se quejaban del desvo de sus amantes. Ah, vieja
bruja! Pareca imposible que tuviese tanto _pesquis_ con una cara tan
fea...

La gitana escuchaba sonriendo, sin dejar de engullir vidamente los
garbanzos, pero al mentar _Zarandilla_ su fealdad ces de comer.

--Caya, cegato, mala sombra. Premita Di que te veas toa la vida bajo
tierra, como tus hermanos los topos... Si ajora soy fea, tiempos hubo en
que me besaban los zapatos los marqueses. Bien lo sabes t, arrastrao...

Y aadi melanclicamente:

--No estara yo aqu si viviese el marqus de San Dionisio, aquel se
tan resalao que ju el padrino de mi pobresito Jos Mara.

Y sealaba a _Alcaparrn_, que abandon su cuchara para erguirse con
cierto orgullo al or el nombre de su padrino, el cual, segn afirmaba
_Zarandilla_, haba sido algo ms para l.

Salvatierra mir los ojos de la vieja, malignos y pitaosos, su hocico
de macho cabrio, que se contraa a cada palabra con una ductilidad
repugnante, los dos plumeros de cerdas grises que surgan de sus labios
como unos mostachos felinos. Y este endriago haba sido una mujer joven
y graciosa, de las que hacan cometer locuras al famoso marqus! Y la
bruja haba pasado muchas veces en los coches del de San Dionisio, al
son del bizarro campanilleo de las mulas, con el mantn de flores
cayndosele de los hombros, una botella en la mano y una cancin en los
labios, por frente a los campos que la vean ahora arrugada y
repugnante como una oruga, sudando de sol a sol sobre los surcos y
quejndose del dolor de sus pobresitos riones! Era menos vieja de lo
que pareca, pero al desgaste del cansancio unase el rpido desplome
que sufren las razas orientales pasando de la juventud a la vejez, como
los esplndidos das del trpico que saltan de la luz a la sombra sin
crepsculo alguno.

Siguieron los gitanos devorando su potaje, y Salvatierra sac de un
bolsillo el pobre envoltorio de su cena, despus de rehusar dulcemente
los ofrecimientos que le hacan de todos lados.

El corro ms inmediato a l, donde estaba el de Trebujena, componase de
antiguos camaradas, trabajadores mal famados en los cortijos, algunos de
los cuales tuteaban a don Fernando siguiendo la prctica usual entre los
campaeros de _la idea_.

Mientras coma su mendrugo y el pedazo de queso, pensaba, con la
incertidumbre de siempre, si se estara apropiando un alimento que poda
faltar a otros, y esto hizo que se fijase en el nico que en toda la
gaana no se preocupaba de la cena.

Era un jovenzuelo de cuerpo desmedrado, con un pauelo rojo anudado al
cuello y una camisa por todo abrigo sobre el pecho. Desde el fondo de la
gaana le llamaban los compaeros, anuncindole que apenas quedaba
gazpacho en el barreo, pero l segua bajo la luz del candil, sentado
en un pedazo de tronco, encorvado el cuerpo sobre una mesilla baja, en
la que se empotraban sus rodillas como en un cepo. Escriba lenta y
trabajosamente, con una testarudez de campesino. Tena ante sus ojos un
fragmento de peridico, y copiaba las lneas con la ayuda de un tintero
de bolsillo lleno de agua ligeramente ennegrecida, y de una pluma roma
que trazaba los renglones con la misma paciencia del buey al abrir el
surco.

_Zarandilla_, que estaba al lado de don Fernando, le habl del muchacho.

--Es el _Maestrico_. Ans le llaman, por su aficin a libros y papeles.
Apenas gerve del trabajo, ya est pluma en mano jaciendo palotes.

Salvatierra se aproxim al _Maestrico_, y ste volvi la cabeza para
mirarle, suspendiendo un instante su tarea. Expresbase con cierta
amargura al explicar su deseo de instruirse, quitando horas a su sueo y
su descanso. Le haban criado para bestia; a los siete aos era ya zagal
en los cortijos o pastor en la sierra; hambre, golpes y fatiga.

--Y yo quiero saber, don Fernando; quiero ser hombre y no afrentarme
viendo trotar las yeguas en la era y pensando que somos tan irracionales
como ellas. Todo lo que nos pasa a los pobres es porque no sabemos.

Miraba amargamente a sus compaeros, a la gente de la gaana,
satisfecha de su ignorancia, que se burlaba de l llamndole el
_Maestrico_, y hasta le tena por loco vindole a la vuelta del trabajo
deletrear pedazos de peridico o sacar de su faja la pluma y el
cuaderno, escribiendo torpemente ante el pbilo del candil. No haba
tenido maestro: se enseaba a s mismo. Sufra al pensar que otros
vencan fcilmente con el auxilio ajeno los obstculos que a l le
parecan insuperables. Pero tena fe y segua adelante, convencido de
que si todos le imitaban cambiara la suerte de la tierra.

--El mundo es del que ms sabe, verdad, don Fernando? Si los ricos son
fuertes y nos pisan y hacen lo que quieren, no es porque tengan el
dinero, sino porque saben ms que nosotros... Estos infelices se burlan
de m cuando les digo que se instruyan, y me hablan de los ricos de
Jerez, que son ms brbaros que los gaanes. Pero eso no es cuenta!
Estos ricos que vemos de cerca son unos peleles, y sobre ellos estn los
otros, los verdaderos ricos, los que saben, los que hacen las leyes del
mundo, y sostienen ese intrngulis de que unos cuantos lo tengan todo y
la gran mayora no tenga nada. Si el trabajador supiera lo que ellos, no
se dejara engaar, les hara frente a todas horas, y cuando menos, los
obligara a que se partiesen el poder con l.

Salvatierra admiraba la fe de este joven que se crea poseedor del
remedio para todos los males sufridos por la inmensa horda de la
miseria. Instruirse! Ser hombres!... Los explotadores eran unos
cuantos miles y los esclavos centenares de millones. Pero apenas
peligraban sus privilegios, la humanidad ignorante encadenada al
trabajo, era tan imbcil, que ella misma se dejaba extraer de su seno
los verdugos, los que vistiendo un traje de colorines y echndose el
fusil a la cara, volvan a restablecer a tiros el rgimen de dolor y de
hambre, cuyas consecuencias sufran despus, al volver abajo. Ay! si
los hombres no viviesen ciegos y en la ignorancia, cmo podra
mantenerse este absurdo?

Las afirmaciones candorosas del muchacho, hambriento de saber, hacan
reflexionar a Salvatierra. Tal vez este inocente vea ms claro que
ellos, los hombres endurecidos en la lucha, que pensaban en la
propaganda por la accin y en las rebeldas inmediatas. Era un espritu
simple, como los creyentes del cristianismo primitivo, que sentan las
doctrinas de su religin con ms intensidad que los Padres de la
Iglesia. Su procedimiento era de una lentitud que necesitaba siglos;
pero su xito pareca seguro. Y el revolucionario, escuchando al gan,
se imaginaba una poca en la que no existiese la ignorancia y la actual
bestia de trabajo, mal nutrida, con el pensamiento petrificado y sin
otra esperanza que la insuficiente y envilecedora caridad, se
metamorfosease en hombre.

Al primer conflicto entre los felices y los desgraciados, se quebrara
el viejo mundo. Los grandes ejrcitos organizados por una sociedad
basada en la fuerza, serviran para darla la muerte. Los trabajadores
uniformados levantaran las culatas de los fusiles que les entregan sus
explotadores para que les defiendan, o se valdran de estas armas para
imponer la ley de la felicidad de los ms, a los pastores perversos que
durante siglos mantenan al rebao humano en la injusticia. Cambiara de
repente la faz del mundo, sin sangre y sin catstrofes. Desapareceran,
con los ejrcitos y las leyes fabricadas por los poderosos, todo el
antagonismo entre los felices y los desgraciados, todas las imposiciones
y crueldades que convierten la tierra en un presidio. Slo quedaran
hombres. Y esto poda lograrse tan pronto como la inmensa mayora de
los humanos, el innumerable ejrcito de la miseria, se diese cuenta de
su fuerza, negndose a sostener por ms tiempo la obra de la
tradicin!...

Salvatierra senta halagado su sentimentalismo humanitario por este
generoso ensueo de la inocencia. Cambiar el mundo sin sangre, con un
golpe teatral, valindose de la varilla mgica de la instruccin, sin
esas violencias que repugnaban a su alma tierna, y que finalizan siempre
con la derrota de los infelices y las crueles represalias del
poderoso!...

El _Maestrico_ segua afirmando sus convicciones con una fe, que
iluminaba sus ojos cndidos. Ay! Si los pobres supieran lo que saben
los ricos!... Estos son fuertes y gobiernan, porque la sabidura est a
su servicio. Todos los descubrimientos e invenciones de la ciencia caen
en sus manos, son para ellos, llegando apenas los residuos a los de
abajo. Si alguien sala de la masa miserable, elevndose por su
capacidad, en vez de permanecer fiel a su origen, prestando apoyo a los
hermanos, desertaba de su puesto, volviendo las espaldas a cien
generaciones de abuelos esclavos, aplastados por la injusticia, y venda
su cuerpo y su inteligencia a los verdugos, mendigando un puesto entre
ellos. La ignorancia era la peor servidumbre, el ms atroz martirio de
los pobres. Pero la instruccin aislada e individual resultaba intil:
slo serva para formar desertores, trnsfugas, que se apresuraban a
alinearse con el enemigo. Deban instruirse todos al mismo tiempo:
adquirir la gran masa el conocimiento de su fuerza, apropiarse de golpe
las grandes conquistas de la razn humana.

--Todos! me entiende usted, don Fernando? Todos a la vez, gritando:
No queremos ms engaos; no os serviremos para que _esto_ contine.

Y don Fernando aprobaba con movimientos de cabeza. S, todos al mismo
tiempo; as haba de ser: todos, despojndose de la piel de la
bestialidad resignada, nica vestidura que la tradicin cuidaba de
mantener sobre sus hombros.

Pero al volver su vista por la gaana, llena de sombra y de humo,
crey abarcar con sus ojos toda la humanidad explotada e infeliz. Unos
acababan de devorar las sopas, con las que engaaban su hambre; otros,
tendidos, regoldaban satisfechos, creyendo en una digestin que no
aada nada al quebrantado vigor de su vida; todos aparecan
embrutecidos, repugnantes, sin voluntad para salir de su estado;
creyendo confusamente en el milagro como nica esperanza, o pensando en
una limosna cristiana que le permitiese un minuto de descanso en su
desesperado rodar por la cuesta de la miseria. Cunto tiempo no haba
de transcurrir hasta que aquella pobre gente abriese los ojos y
aprendiera el camino! Quin podra despertarla, infundindola la fe de
aquel pobre mozo que caminaba a tientas, con los ojos fijos en una
estrella lejana que l solo vea!...

El grupo de los de _la idea_, abandonando el cuenco limpio ya de
gazpacho, vino a sentarse en el suelo, en torno de Salvatierra.
Gravemente, enrollaban sus cigarros, como si esta operacin absorbiese
por completo su pensamiento. El tabaco era su nica voluptuosidad, y
tenan que calcular la duracin de la pobre cajetilla durante toda la
semana. Manolo el de Trebujena haba sacado del sern de su asno un
tonelillo de aguardiente y serva copas en el centro de un corro.
Acudan a l, con avidez de enfermos, los viejos gaanes de cara
apergaminada y barbas recias, brillando en sus ojos el consuelo del
alcohol. Los jvenes sacaban de la faja las monedas de cobre, despus
de largos titubeos, y beban, justificando mentalmente este gasto
extraordinario con el absurdo pensamiento de que al da siguiente no
haban de trabajar. Algunas muchachas, de sueltos ademanes, avanzaban
cautelosas, con paso de gatas, hasta confundirse con los grupos de los
mozos, chillando cuando stos las ofrecan una copa despus de
innumerables pellizcos y restregones de brutal deseo.

Salvatierra escuchaba a Juann, un antiguo camarada que trabajaba en el
cortijo y haba hecho el viaje a Jerez, slo por verle cuando lleg del
presidio.

Era un hombre enorme, membrudo, con los pmulos salientes, la mandbula
cuadrada y fiera, el pelo recio e hirsuto invadindole la frente, y unos
ojos profundos que, en ciertos momentos, brillaban con el resplandor
verdoso de los felinos.

Haba sido viador, pero por su fama de revoltoso y pendenciero, tena
que dedicarse al trabajo de los cortijos, encontrando ocupacin slo en
Matanzuela, gracias a Rafael, que le protega por ser amigo de su
padrino. Juann inspiraba respeto a toda la gaana. Era un impulsivo,
sin recadas de desaliento: una voluntad enrgica que se impona a los
compaeros.

Lenta y sentenciosamente hablaba a Salvatierra, mirando al mismo tiempo
a la gente con un mohn de superioridad, acompaado de frecuentes
salivazos en el suelo.

--Esto ha cambiado mucho, Fernando. Vamos paatrs y los ricos son ms
amos que nunca.

Tuteaba a Salvatierra a uso de _compaero_ y hablaba con desprecio de la
gente trabajadora. Los jvenes ya los vea all: creyndose felices con
una copa y sin ms pensamiento que hacer suyas a las compaeras de
trabajo. No haba ms que fijarse en la frialdad con que haban
presenciado la llegada de Salvatierra. Muchos ni sentan la curiosidad
de aproximarse a l: hasta haban sonredo irnicamente, como si
dijeran: Un embustero ms. Para ellos eran embusteros los peridicos
que lean los viejos en voz alta; embusteros los que hablaban de la
fuerza de la asociacin y de una revuelta posible: slo eran verdad los
tres gazpachos y los dos reales de jornal, y con esto, alguna borrachera
de vez en cuando y el asalto de una trabajadora, a la que afligan con
el engendramiento de un nuevo desgraciado, se consideraban felices
mientras duraba en ellos el optimismo de la juventud y la fuerza. Si
seguan el impulso de las huelgas, era por el ruido y el desorden que
stas traan. De los antiguos, quedaban an muchos fieles a _la idea_,
pero apocados de nimo, miedosos, encorvados bajo el temor que haban
sabido infundirles los ricos.

--Hemos sufrido mucho, Fernando. Mientras t estabas all lejos
padeciendo, esto nos lo han transformado.

Y hablaba del rgimen de terror que reduca al silencio toda la
campia. La ciudad rica, odiada por los siervos del campo, velaba sobre
ellos con un gesto cruel e inexorable para ocultar el miedo que les
tena. Los amos ponanse en guardia a la menor conmocin. Bastaba que se
reuniesen con cierto misterio unos cuantos jornaleros en un hato, en un
rancho de la campia, para que al momento sonasen los ricos el toque de
alarma en los peridicos de toda Espaa, y llegaran nuevos soldados a
Jerez, y la guardia civil corriera el campo amenazando a todo el que no
estaba conforme con lo exiguo del jornal y la miseria de la
alimentacin. _La Mano Negra!_ Siempre aquel fantasma, agrandado por
la exuberante imaginacin andaluza, que los ricos cuidaban de conservar
vivo y en pie para moverlo as que los gaanes formulaban la ms
insignificante peticin!...

Para sostener sus injusticias y la servidumbre tradicional, necesitaban
del estado de guerra, fingir que vivan entre peligros, quejndose de
los gobiernos porque no les protegan bastante. Si los braceros pedan
que les diesen de comer como a seres humanos, que les dejasen fumar un
cigarro ms en las horas veraniegas de sol abrasador, que les aumentasen
los dos reales en unos cuantos cntimos, todos gritaban desde arriba
recordando _La Mano Negra_, afirmando que iba a resucitar.

Juann, impulsado por la clera, ponase de pie. _La Mano Negra!_ Qu
era aquello? l haba sufrido persecuciones por creerle afiliado a
ella, y an no saba ciertamente en qu consista. Meses enteros haba
estado en la crcel con otros desgraciados. Le sacaban por la noche del
encierro, para golpearle, en la oscura soledad del campo. Las preguntas
de los hombres con uniforme iban acompaadas de culatazos que hacan
crujir sus huesos, de palizas locas que se exacerbaban ante sus
negativas. An guardaba en el cuerpo las cicatrices de estos obsequios
de los ricos de Jerez. Podan haberle muerto sin que l contestase a
gusto de sus atormentadores. Saba de sociedades para defender la vida
de los jornaleros y resistirse a los abusos de los amos; l formaba
parte de ellas; pero de _La Mano Negra_, de la terrorfica asociacin
con sus puales y sus venganzas, no saba una palabra.

Como prueba de su existencia novelesca, slo haba un muerto, un
asesinato vulgarsimo en un pas de vino y de sangre: y por este
homicidio haban muerto unos cuantos trabajadores en garrote vil, y
centenares de infelices como l vivieron en la crcel sufriendo
tormentos que a algunos les costaron la existencia. Pero desde entonces
tenan los amos un espantajo para levantarlo como bandera, _La Mano
Negra_, y no intentaban los pobres de la campia el ms leve movimiento
hacia su bienestar, que no surgiese el fantasma lgubre goteando sangre.

Todo lo autorizaba el ttrico recuerdo. Por la ms leve falta se
apaleaba a un hombre en el campo; el gan era un ser sospechoso contra
el cual todo era lcito. Los excesos de celo de la autoridad se
agradecan y premiaban, y al que osaba protestar se le impona silencio
con el recuerdo de _La Mano Negra_. La gente joven escarmentaba con este
ejemplo; los hombres tenan miedo, y los ricos, all en la ciudad, con
la imaginacin fortalecida por el vino de sus bodegas, seguan aadiendo
caperuzas a su fantasma, colgndole nuevos adornos de terror,
agrandndolo de tal modo, que los mismos que lo haban visto nacer
hablaban de l como de algo horriblemente legendario ocurrido en tiempos
remotos.

Juann call, y sus compaeros permanecieron como aterrados por aquel
espectro de la imaginacin meridional, que pareca cubrir con sus
trapajos negros todo el campo de Jerez.

La gaana, despus de la cena, haba recobrado la calma de la noche.
Muchos hombres dorman tendidos en sus esterillas con un ronquido
fatigoso, aspirando a ras de tierra las emanaciones asfixiantes del
rescoldo de boiga. En el fondo, las mujeres, sentadas en el suelo con
las faldas abombadas como hongos, contbanse cuentos o relataban
curaciones maravillosas ocurridas en la sierra por milagro de las
vrgenes.

Una cantura a media voz elevbase sobre el murmullo de las
conversaciones. Eran los gitanos que continuaban su comida
extraordinaria. La ta _Alcaparrona_ haba sacado de bajo de sus faldas
una botella de vino para celebrar su buena fortuna en la ciudad. La
prole sala a sorbo en el reparto, pero la vista del vino era suficiente
para esparcir la alegra. _Alcaparrn_, con la vista puesta en su madre,
que era la mayor de sus admiraciones, cantaba acompaado de las palmas
que batan en sordina todos los de la familia. El gitanillo gema sus
pesares y sus penas con ese sentimentalismo falso de la cancin
popular, aadiendo que al escucharle un pjaro, se le haban cado de
sentimiento las plumas a millares; y la vieja y su gente le jaleaban,
alabando su gracia con tanto entusiasmo como si se alabasen ellos
mismos.

_Alcaparrn_ cort de repente el canto para hablar a su madre, con la
incoherencia del gitano que salta caprichoso de un pensamiento a otro.

--Mare, y qu desgraciaos somos los pobresitos gitanos! Los _gachs_ lo
son todo: reyes, alcardes, jueses y generales, y los _cas_ no somos
n.

--Caya, malange! Tampoco dengn gitano es carselero ni verdugo... Anda,
bobo: echa otra.

Y reanudaron el canto y el palmoteo con nuevos bros.

Un gan ofreci una copa de aguardiente a Juann, que la rechaz con su
manaza.

--Eso es lo que nos pierde--dijo sentenciosamente.--La beba mardita.

Y apoyado por los gestos de aprobacin del _Maestrico_, que haba
guardado sus avos de escribir para unirse al grupo, Juann anatematiz
la embriaguez. Aquella gente miserable lo olvidaba todo cuando beba. Si
llegaban a sentirse hombres alguna vez, no tendran los ricos ms que
abrir las puertas de sus bodegas para vencerlos.

Muchos en el grupo protestaron de las palabras de Juann. Qu poda
hacer un pobre sino beber, para olvidar su miseria? Y roto el silencio
respetuoso que impona la presencia de Salvatierra, hablaron muchos a un
tiempo, para expresar sus dolores y sus cleras. La comida era cada vez
peor: los ricos abusaban de su fuerza, de aquel miedo que haban
infundido y propalado.

nicamente en la poca de la trilla les daban un guiso de garbanzos: el
resto del ao pan, slo pan, y en muchos sitios, tasado. Explotaban
hasta sus necesidades ms imperiosas. Antes, al arar la tierra, por cada
diez arados haba un hombre suplente, que ocupaba el sitio del que se
retiraba un momento para librarse de los residuos del gazpacho. Ahora,
para economizarse este suplente, daban cinco cntimos al arador, con la
condicin de no abandonar la yunta aunque el estmago le atormentase con
los ms crueles llamamientos, y a esto le llamaban ellos con una sorna
triste, vender el... sitio ms innoble del cuerpo.

Cada ao venan a los cortijos ms mujeres de la sierra. Las hembras
eran sumisas; la debilidad femenil las haca temer al arreador y se
esforzaban en su trabajo. Los _manijeros_, agentes reclutadores,
bajaban de la montaa al frente de sus bandas empujadas por el hambre.
Describan en los pueblos la campia de Jerez como un lugar de
abundancia, y las familias confiaban al _manijero_ las hijas apenas
entradas en la pubertad, pensando, con una avidez sin entraas, en los
reales que traeran recogidos despus de la temporada de trabajo.

El arreador de Matanzuela y algunos del corro, que eran manijeros,
protestaron. Los hombres de la gaana que an no dorman habanse
agrupado en torno de Salvatierra.

--Nosotros somos mandaos--dijo el arreador.--Qu hemos de jacer, pobres
de nosotros? Eso, a los amos, que son los que nos mandan.

El viejo _Zarandilla_ intervino tambin, por considerarse comprendido en
el llamado _gobierno_ del cortijo. Los amos!... Ellos podan arreglarlo
todo, slo con acordarse un poco del pobre; con tener caridad, mucha
caridad.

Salvatierra, que escuchaba impasible las palabras de los jornaleros, se
agit, rompiendo su mutismo al or al viejo. La caridad! Y para qu
serva? Para mantener al pobre en la esclavitud, esperando unas migajas
que acallaban su hambre por un momento y prolongaban su servidumbre.

La caridad era el egosmo disfrazndose de virtud; el sacrificio de una
pequesima parte de lo superfluo repartida a capricho. Caridad, no:
justicia! a cada cual lo suyo!

Y el revolucionario enardecase al hablar: abandonaba su sonriente
frialdad; brillbanle los ojos tras las gafas azuladas, con el fuego de
la rebelin.

La caridad no haba hecho nada por dignificar al hombre. Diecinueve
siglos llevaba de reinado; la cantaban los poetas como inspiracin
divina; la ensalzaban los felices como la mayor de las virtudes, y el
mundo estaba igual que el da en que apareci ella por primera vez con
la doctrina del Cristo. La experiencia resultaba suficientemente larga
para apreciar su inutilidad.

Era la ms impotente y anmica de las virtudes. Haba tenido palabras
amorosas para el esclavo, pero no haba roto sus cadenas; ofreca un
mendrugo al siervo moderno, pero no osaba el menor reproche contra la
organizacin social que le condenaba a la miseria por el resto de su
vida. La caridad, sosteniendo al menesteroso un instante para que tomase
fuerzas, era tan virtuosa como la campesina que alimenta a las aves de
su corral y las mantiene bien cebadas, hasta el momento de devorarlas.

Nada haba hecho esta virtud plida para libertar a los hombres. Era la
rebelda, la protesta desesperada, la que haba roto las ligaduras del
antiguo siervo, la que emancipara al asalariado moderno, adulado con
toda clase de derechos ideales, menos el derecho al pan.

Salvatierra, en la exaltacin de su pensamiento, quera estrujar todos
los fantasmas con los que se haba aterrado o entretenido durante siglos
a los menesterosos, para que no estorbasen la feliz placidez de los
privilegiados.

Slo la Justicia social poda salvar a los hombres, y la Justicia no
estaba en el cielo, viva en la tierra.

Ms de mil aos se haban resignado los parias, con el pensamiento
puesto en el cielo, confiando en una compensacin eterna. Pero el cielo
estaba vaco. Qu desgraciado poda ya creer en l? Dios se haba ido
con los ricos; apreciaba como una virtud digna de la gloria eterna, el
que de tarde en tarde repartiesen stos un fragmento de su fortuna,
conservndola ntegra y reputando como un crimen las reclamaciones de
bienestar de los de abajo.

Aunque el cielo existiese, el infeliz se negara a entrar en l, como en
un lugar de injusticia y privilegio donde penetra lo mismo el que pasa
la vida sufriendo, que el que vive en la riqueza distrayendo su tedio
con la voluptuosidad de la limosna.

El cristianismo era una mentira ms, desfigurada y explotada por los de
arriba para justificar y santificar sus usurpaciones. Justicia, y no
Caridad! Bienestar en la tierra para los infelices y que los ricos se
reservasen, si la deseaban, la posesin del cielo, abriendo la mano para
soltar sus rapias terrenales!

Los miserables no podan esperar nada de lo alto. Sobre sus cabezas slo
exista un infinito insensible a la desesperacin humana: otros mundos
que ignoraban la vida de millones de mseros gusanos sobre esta esfera
deshonrada por el egosmo y la violencia. Los hambrientos, los que
tenan sed de justicia, slo deban confiar en ellos mismos. Arriba,
aunque fuese para morir! Otros vendran detrs, que esparciran la
simiente germinadora en los surcos fecundados por su sangre. De pie y
en marcha la horda de la miseria, sin ms Dios que la rebelin,
iluminando su camino la estrella roja, el eterno diablo de las
religiones, gua insustituible de todos los grandes movimientos de la
humanidad!...

El grupo de braceros escuchaba en silencio al revolucionario. Muchos
seguan sus palabras abriendo desmesuradamente los ojos, como si
quisieran absorberlas con la vista.

Juann y el de Trebujena asentan con movimientos de cabeza. Haban
ledo confusamente lo que deca Salvatierra, pero en boca de ste les
conmova como una msica vibrante de pasin.

El viejo _Zarandilla_ no temi romper este ambiente de entusiasmo,
interviniendo con su sentido prctico.

--Too eso est muy bien, don Fernando. Pero el pobre necesita tierra pa
vivir y la tierra es de los amos.

Salvatierra se irgui con arrogancia. La tierra no era de nadie. Qu
hombres la haban creado para apropirsela como obra suya? La tierra era
de los que la trabajaban.

La injusta distribucin del bienestar; el aumento de la miseria conforme
aumenta la civilizacin; el aprovecharse los poderosos de todos los
inventos de la mecnica, ideados para suprimir el trabajo corporal y que
slo servan para hacerlo ms pesado y embrutecedor; todos los males de
la humanidad, provenan de la apropiacin de la tierra por unos cuantos
miles de hombres que no siembran y sin embargo recogen, mientras
millones de seres hacen abortar al suelo sus tesoros de vida sufriendo
un hambre de siglos y siglos.

La voz de Salvatierra reson en el silencio de la gaana como un grito
de combate.

--El mundo empieza a despertar de su sueo de miles de aos; protesta de
haber sido robado en su infancia. La tierra es vuestra: nadie la ha
creado y pertenece a todos. Si en ella existe algn mejoramiento, obra
es de vuestras negras manos, que son vuestros ttulos de propiedad. El
hombre nace con derecho al aire que respira, al sol que lo calienta, y
debe exigir la posesin de la tierra que le sostiene. El suelo que
cultivis para que otro recoja la cosecha, os pertenece, aunque
vosotros, infelices, envilecidos por miles de aos de servidumbre,
dudis de vuestro derecho, temiendo avanzar la mano para que no os crean
ladrones. El que acapara un pedazo de tierra, excluyendo de l a los
dems, el que lo entrega a las bestias humanas para que lo hagan
producir mientras l permanece ocioso, ese es el que verdaderamente roba
a sus semejantes.




IV


Los dos mastines que guardaban durante la noche los alrededores de la
torre de Marchamalo, cesaron de dormitar bajo las arcadas de la casa de
los lagares, con el cuerpo en crculo, apoyando en el rabo las feroces
mandbulas.

Irguironse los dos al mismo tiempo, husmearon el espacio, y despus de
balancearse con cierto titubeo, rugieron, lanzndose via abajo con un
impulso arrollador que haca saltar la tierra entre sus patas.

Eran unos animales casi salvajes, de ojos de fuego y boca roja, erizada
de dientes que daban fro. Los dos se abalanzaron sobre un hombre que
marchaba encorvado por entre las cepas, fuera del camino que en recta
pendiente conduca de la carretera a la torre.

El encontronazo fue terrible: el hombre vacil, tirando de su manta en
la que haba hecho presa uno de los mastines. Pero, de repente, cesaron
stos de rugir, de revolverse en torno de l buscando sitio para hincar
sus colmillos, y se colocaron a su lado escoltndolo y acogiendo con
ronquidos de satisfaccin el roce de sus manos.

--Brbaros!--deca Rafael en voz queda, sin dejar de
acariciarles.--Malas personas!... Ya no me conocis?

Le acompaaron hasta la meseta de Marchamalo, y de nuevo fueron a
enroscarse bajo las arcadas, reanudando su dormitar receloso que se
desvaneca al menor ruido.

Rafael se detuvo un momento en la plazoleta, para reponerse de este
encuentro. Se arregl la manta sobre los hombros y cerr la navaja que
haba sacado para hacer frente a las huraas bestias.

Sobre el espacio azulado por el brillo de las estrellas, dibujbase el
contorno de aquel Marchamalo nuevo que haba hecho construir don Pablo.

En el centro, la torre seorial, que se vea desde Jerez, dominando las
colinas cubiertas de vias que hacan de los Dupont los primeros
propietarios de la comarca: una construccin pretenciosa de ladrillo
rojo, con la base y los ngulos de piedra blanca; unidas las agudas
almenas de su remate por una barandilla de hierro que converta en
terraza vulgar el coronamiento de una obra semifeudal. A un lado estaba
lo mejor de Matanzuela, lo que don Pablo haba cuidado ms de sus nuevas
construcciones, la capilla espaciosa, ornada de columnas y mrmoles como
un gran templo. Al otro lado permaneca casi intacta la obra del
antiguo Marchamalo. Apenas si con una ligera reparacin se haba
fortalecido este cuerpo de edificio, bajo y con arcadas, en el que
estaban las habitaciones del capataz y el dormitorio de los viadores,
espacioso y desabrigado, con un _fogaril_ que ennegreca de humo las
paredes.

Dupont, que haba trado artistas de Sevilla para decorar la iglesia, y
encargado a los santeros de Valencia varias imgenes deslumbrantes de
colorines y oro, sinti cierto remordimiento ante la antigua casa de los
viadores, no atrevindose a tocarla. Tena _mucho carcter_; equivala
a un atentado rejuvenecer con reformas este refugio de los braceros. Y
el capataz sigui en sus cuartuchos, cuya vejez disimulaba Mara de la
Luz con un cuidadoso enjalbegado, y los jornaleros durmieron vestidos
sobre las esterillas de enea que les proporcionaba la generosidad de don
Pablo, mientras las santas imgenes permanecan entre mrmoles y
dorados, semanas enteras, sin ser vistas de nadie, pues las puertas de
la capilla slo se abran cuando el amo llegaba a Marchamalo.

Rafael contempl largo rato los edificios, temiendo que en su oscura
masa se iluminase una rendija, se abriera una ventana y asomase el
capataz alarmado por la carrera de los mastines. Transcurrieron algunos
minutos sin que en Marchamalo se notase el menor movimiento. Suba el
rumor sooliento de los campos hundidos en la sombra: las estrellas
parpadeaban intensamente en el cielo invernal, como si el fro aguzase
su fulgor.

El mozo sali de la plazoleta, y volviendo la esquina del edificio
viejo, anduvo por el callejn que quedaba entre la casa y una fila de
compactas chumberas. Se detuvo junto a una reja, y al tocar ligeramente
con los nudillos en sus maderas, se abrieron stas, destacndose sobre
el fondo oscuro de la habitacin el arrogante busto de Mara de la Luz.

--Qu tarde, Rafa!--dijo con voz queda.--Qu hora es?...

El aperador mir al cielo un instante, leyendo en los astros con su
experiencia de hombre de campo.

--Deben ser ans como las dos y media.

--Y el cabayo? dnde lo has dejao?

Rafael explic su viaje. El caballo estaba en el ventorro de la Corneja,
a dos pasos de all; una cabaa al borde de la carretera. Bien
necesitaba descansar, pues haba venido al galope desde el cortijo.

Aquel sbado haba sido de trabajo. Muchos hombres y muchachas de la
gaana queran pasar el domino en sus pueblos de la sierra, y le haban
pedido los jornales para llevarlos a sus familias. Una tarea de volverse
loco, el ajustar las cuentas de aquella gente que siempre se crea
engaada. Adems, haba tenido que cuidar a un semental que andaba
malucho; darle friegas y otros remedios, ayudado por _Zarandilla_.
Luego, las gentes de la dehesa le traan escamado, pues al hacer carbn,
seguramente robaban al seorito... En fin, que en Matanzuela no se
paraba un momento, y slo despus de media noche, cuando en la gaana
haban apagado la luz los que all quedaban, se haba decidido a
emprender el galope. Apenas amaneciese volvera al ventorrillo, y
montando en la jaca, se presentara como si acabase de llegar de
Matanzuela, para que el padrino no recelase que haban estado _pelando
la pava_.

Luego de estas explicaciones quedaron los dos en silencio, agarrados a
la reja, sin que sus manos osaran encontrarse, mirndose de cerca a la
luz difusa de las estrellas, que daba a sus ojos un brillo
extraordinario. Era el momento de mutua contemplacin y silenciosa
timidez de todos los amantes que se ven despus de una larga ausencia.
Rafael fue el primero en romper el silencio.

--Y no ties na que icirme? Endimpus que no nos vemos en toa una
semana, te quedas como una boba mirndome como si juese yo un mal bicho?

--Y qu te he de icir yo, arrastrao?... Que te quiero mucho: que toos
estos das los he pasao con una penita muy jonda, muy negra, pensando en
mi gitano...

Y los dos novios, puestos ya en la pendiente del apasionamiento,
arrullbanse con la msica de sus palabras, con la exuberancia verbosa
propia de la tierra.

Rafael, agarrado a los hierros, temblaba emocionado al hablar a Mara de
la Luz, como si sus palabras no fuesen suyas y le turbasen con dulce
embriaguez. Los arrullos de las canciones populares, todos los
requiebros arrogantes que haba odo, acompaados del puntear de la
guitarra, mezclbalos en la letana amorosa con que envolva a la novia
su voz susurrante.

--Que toos los pesares de tu vida vengan a m, entraas de mi arma, y
que t slo goces alegras. Ties la cara de Dios, gitana; tus labios son
casquites de limn, y cuando me miras, creo que me mira el buen Jes de
los milagritos con sus ojos dulces... Quisiera ser don Pablo Dupont con
toas sus bodegas, para soltar el vino de las botas viejas que tiene er
to, y que vale miles de pesos: y t meteras en el charco tus pies
bonitos y yo le dira a too Jerez: Beban usts, cabayeros, que esto es
la gloria. Y toos diran: Tiene razn Rafa: ni que juesen los
pinreles de la mismsima mare de Dios... Ay, nia! si no me
quisieras, gena suerte te esperaba! Tendras que hacerte monja, pues no
habra guapo que te pidiera relaciones. Me abrira de patas en tu puerta
y ni a Dios dejaba pasar.

Mara de la Luz sentase halagada por la expresin feroz que tomaba su
novio, slo al pensar que otro hombre pudiera aproximarse a ella
requirindola de amores. La brutalidad de los celos amenazantes
gustbala an ms que los requiebros amorosos.

--Pero, tonto! si yo slo te quiero a ti! Si estoy chalata por mi
cortijero y aguardo como quien espera a los ngeles el momento de ir a
Matanzuela pa cuidar a mi aperador salao!... Ya sabes que yo podra
casarme con cualquiera de esos seoritos del escritorio que son amigos
de mi hermano. La seora me lo dice muchas veces. Otras me camela pa que
sea monja; pero monja de seoro, de las de gran dote, y me promete
correr con todo el gasto. Pero yo digo que no: Seora, no quiero ser
santa; me gustan mucho los hombres... Pero Jes! qu barbariaes digo!
Toos los hombres, no: uno, slo uno: mi Rafa, que cuando va en su jaca
paece, por lo bonito, un San Miguel a cabayo. Pero no vayas a ponerte
tonto con estas alabanzas, que too es broma!... Quiero ser cortijera con
mi cortijero, que me quiere y me dise cosos bonitas. Ms me gusta con l
un gazpacho pobre que todo el seoro de Jerez...

--Bendita sea tu boca! Sigue nia, que me subes al cielo dicindome
esas cosas! Nada has de perder querindome. Pa que ests bien soy capaz
de todo; y aunque el padrino se enfade, ans que nos casemos gervo al
contrabando para llenarte el delantal de onzas.

Mara de la Luz protest con un ademn de miedo. Eso nunca. An se
conmova recordando aquella noche en que lo vio llegar plido como un
muerto y chorreando sangre. Seran felices en su pobreza, sin tentar a
Dios con nuevas aventuras que podan costarle la vida. Para qu el
dinero?...

--Lo que importa es quererse, Rafa, y ya vers cachito del arma!
cuando estemos en Matanzuela, qu vidita tan dulce voy a darte...

Ella era del campo como su padre, y en el campo quera permanecer. No le
asustaban las costumbres del cortijo. En Matanzuela deba sentirse la
falta de un ama que convirtiese la habitacin del aperador en una
tacita de plata. Ya se enterara l de lo que era buena vida,
acostumbrado a la existencia desordenada del contrabandista y al cuidado
de aquella vieja del cortijo. Pobrecito! Bien notaba ella en su ropa la
falta que le haca una mujer... Se levantaran al romper el da: l a
vigilar la salida de los gaanes para el tajo, ella a preparar el
almuerzo, a limpiar la casa con las manitas que Dios la haba dado, sin
ningn miedo al trabajo. Vestido con aquel traje de campo que tan bien
le sentaba, montara a caballo, pero sin faltarle un botn en la
chaquetilla, sin el menor descosido en los calzones, con una camisa
siempre blanca como la nieve, bien cepillado, lo mismo que un seorito
de Jerez. Y cuando volviese, la vera esperndole en la puerta del
cortijo; pobre, pero limpia como los chorros de agua, bien peinada, con
flores en el moo, y unos delantales que quitaran la luz de los ojos.
La olla humeara en la mesa. Poquito _aquel_ que tena la nia para la
cocina! Su padre lo declaraba a todo el mundo... Despus de comer en
dulce compaa, con la satisfaccin de los que saben que su pan est bien
ganado, l, otra vez al campo y ella a coser, a cuidar del gallinero, a
vigilar el amasijo de las teleras. Y al cerrar la noche, a cenar y a
acostarse con los huesos cansados del trabajo, pero contentos de la
jornada; a dormir en la santa paz de los que emplean bien el da y no
sienten el remordimiento de haber hecho mal a nadie.

--Venga de ah!--murmuraba Rafael con apasionamiento.--Y an no dices
too lo bueno. Despus, tendremos chiquiyos, unos churumbeles muy monos
que corrern por el patio del cortijo...

--Para, condenao!--exclam Mara de la Luz.--No corras tanto, que te
despeas...

Y los dos quedaron en silencio, Rafael sonriendo del rubor de su novia,
mientras sta le amenazaba con una de sus manecitas por su atrevimiento.

Pero el mozo no poda callarse, y con la tenacidad de los enamorados
volvi a hablar a Mara de la Luz de sus primeras angustias, cuando se
dio cuenta de que estaba enamorado de ella. La primera vez que supo que
la amaba fue en Semana Santa, durante la procesin del Entierro. Y
Rafael rea, encontrando chusco el haberse enamorado, entre el aparato
terrorfico de los encapuchados de las cofradas, el llamear
inquisitorial de los blandones y el desgarrador estrpito de los
clarines y atabales.

La procesin iba a altas horas de la noche por las calles de Jerez, en
medio de un silencio lgubre, como si el mundo fuese a morir; y l, con
el sombrero en la mano, muy compungido, vea desfilar esta ceremonia que
le llegaba al alma. De pronto, al hacer un descanso el Santsimo Cristo
de la Coronacin de Espinas y Nuestra Seora de la Mayor Afliccin,
una voz rasgaba el silencio de la noche, una voz que hizo llorar al
fiero contrabandista.

--Y eras t, chavala; tu voz de oro fino que gorva loquita a la gente.
Es la chica del capataz de Marchamalo, decan a mi lao. Bendito sea
su pico: es un riuseor. Y yo me ajogaba de pena sin saber por qu; y
te vea delante de tus amigas, tan bonita como una santa, cantando la
_saeta_, con las manos juntas, mirando al Cristo con esos ojasos que
paecen espejos, en los que se vean toos los cirios de la procesin. Y
yo, que haba jugao contigo de pequeuelo, cre que eras otra, que te
haban cambiao de pronto; y sent algo en la espalda, como si me
araasen con una navaja; y mir al buen Seor de las Espinas con
envidia, porque cantabas para l como un pjaro y para l eran tus ojos;
y me fart poco pa dicile: Se, sea su merc misericordioso con los
pobres y djeme un rato su puesto en la cruz. Na me importa que me vean
desno, con enagillas y los remos enclavaos, con tal que Mara de la
Luz me orsequie con su voz de ngel...

--Loco!--deca la joven riendo.--Pamplinero! As me tienes chalata
con esas mentiras que te traes!

--Endimpus volv a orte en la plaza de la Crcel. Los pobrecitos
presos, agarraos a las rejas, como si fuesen malas bestias, le cantaban
al Se unas cosas muy tristes, unas saetas hablando de sus jierros, de
sus penitas, de la madre que lloraba por ellos, de sus hijitos que no
podan besar. Y t, entraas mas, desde abajo contestabas con otras
saetas, que eran un jipo durce como el de los ngeles, pidiendo al Se
que se apiadase de los infelices. Y yo entonses jur que te quera con
toa mi arma, que habas de ser ma, y tuve tentasiones de gritar a los
pobrecitos de las rejas: Hasta la vista, compaeros; si esta mujer no
me quiere, yo jago una barbari: mato a arguien y el ao que viene
cantar enjaulao con vosotros al Se de las Espinas.

--Rafa, no seas brbaro--dijo la muchacha con cierto temor.--No digas
esas cosas; eso es tentar la paciencia de Dios.

--No, tonta; esto no es ms que un dicir. Qu he de ir yo a aquel sitio
de penas! Donde ir es a la gloria, casndome con mi riuseor moreno,
llevndomelo al nidito de Matanzuela... Pero ay, nia! Lo que yo
sufr desde aquel da! Las penitas que pas para decirte te quiero!
Vena a Marchamalo por las tardes cuando haba hecho buen alijo, con una
porcin de indirectas bien prepars para que me comprendieses, y t n!
como si fueses la Dolorosa, que mira lo mismo en Semana Santa que en el
resto del ao.

--Pero, bobito! Si te cal desde el primer momento! Si adivinaba el
querer que me tenas y estaba muy alegre! Pero mi obligasin era
disimul. Una mocita no debe meterse por los ojos pa que le digan te
quiero. Eso no es decente.

--Calla, mal corazn! Poquito que me hiciste sufrir en aquella
tempor!... Yegaba en mi jaca, despus de haber ido en la sierra a tiros
con los del resguardo, y lo mismo era verte que abrrseme las entraas
con un miedo que me haca temblar. Le dir esto, le dir lo otro. Y
verte y no icirte na, too era lo mismo. Se me trababa la lengua, se me
haca de noche dentro del caletre, como cuando iba a la escuela; tena
miedo de que te ofendieras y que el padrino me diese encima unos cuantos
palos con una tranca, disindome: Arre all, so sinvergensa!, lo
mismo que cuando se mete en la via un perro vagabundo... Por fin, sali
la cosa. Te acuerdas? Algo cost, pero nos entendimos. Fue dimpus der
balazo, cuando t me cuidabas como una marecita y por las tardes
hacamos nuestro poquito de cante ah cerca, bajo los arcadas. El
padrino taa la guitarra y yo, sin saber cmo, me arranqu por
_martinetes_, con los ojos fijos en los tuyos, como si fuese a
comrmelos:

    Fragua, yunque y martillo
      Rompen los metales,
    Pero este cario que yo te tengo
      No lo rompe nadie.

Y mientras el padrino contestaba _tra, tra; tra, tra_, como si con un
martillo golpease el jierro, t te pusiste coloradilla y bajaste los
ojos leyendo al fin en los mos. Y yo me dije: Geno, esto va bien. Y
bien fue: pues, sin saber cmo, nos dijimos nuestro querer. Tal vez
fuiste t, indina! que cansada de hacerme sufrir, acortaste el camino
para que yo perdiese el miedo... Y dende entonses no hay en Jerez y en
too su campo hombre ms feliz y ms rico que Rafa, el aperador de
Matanzuela... Ves t a don Pablo Dupont con toos sus millones? Pues a
mi lao, n!; cerato simple! Y toos los dems cosecheros n! Y mi amo,
el seorito Luis, con toa su fachenda y el mujero de pendones que se
trae en derredor... n tampoco! El ms rico de Jerez soy yo, que se
llevar al cortijo una morenucha fea, que est cieguecita porque a la
pobre apenas se le ven los ojos, y que tiene el defecto de que al rerse
se le jasen en la cara unos joyitos muy monos, como si estuviera pic de
viruelas.

Y agarrado a la reja se expresaba con tal vehemencia, que pareca
querer meter su cara por entre los hierros buscando la de Mara de la
Luz.

--Quieto, eh?--dijo la muchacha con risuea amenaza.--A ti s que te
voy a pic yo, pero con una horquilla del moo, si no te ests quieto.
Ya sabes, Rafa, que no me gustan ciertas bromas y que salgo a la reja
porque me prometes que sers formal.

El gesto de Mara de la Luz y la amenaza de cerrar la reja, hicieron que
Rafael se mostrase menos vehemente, separando su cuerpo de los hierros.

--Geno, como t quieras, mal corazn. T no sabes lo que es el querer y
por eso pareces tan fra, tan tranquila, como si estuvieses en misa.

--Que yo no te quiero?... Chiquiyo!--exclam la muchacha.

Y fue ella la que olvidando su enfado se expres con ms calor an que
su novio. Le quera tanto como a su padre. Era otro modo de querer, pero
estaba segura de que puestos en una balanza los dos afectos, no se
diferenciaran en nada. Su hermano conoca mejor que ella la vehemencia
con que amaba a Rafael. As se burlaba Fermn, cuando vena a la via y
le haca preguntas sobre su noviazgo!...

--Te quiero, y creo que te quise siempre, desde que ramos pequeos y
venas t a Marchamalo de la mano de tu padre, hecho un gaancito con tu
ordinariez de la sierra, que nos haca rer a los seoritos y a
nosotros. Te quiero porque ests solo en el mundo, Rafa, sin pare y sin
familia: porque necesitas un arma buena que est contigo, y esa soy yo.
Te quiero porque has padeco mucho pa ganarte la vida, pobrecito mo!,
porque te vi casi muerto en aquella noche, y entonces adivin que te
llevaba dentro del corazn. Adems, mereces que te quiera por bueno y
por honrao: porque viviendo como un perdo entre mujeres y matones,
siempre de juerga, expuesto a perder la piel con cada onza que ganabas,
pensaste en m, y para no dar ms pesares a tu nena quisiste ser pobre y
trabajar. Y yo te premiar too lo que has hecho, querindote mucho,
pero mucho! Ser tu mare, y tu jembra, y too lo que haya que ser pa que
vivas contento y feliz.

--Ol! Sigue soltando por ese pico, serrana!--dijo Rafael con nuevo
entusiasmo.

--Y te quiero tambin--continu Mara de la Luz con cierta
gravedad--porque soy digna de ti: porque me creo buena y estoy segura de
que al ser tu mujer no he de darte la menor pesadumbre. T no me conoces
an, Rafa. Si un da creyese que poda causarte pena, que no me mereca
un hombre como t, te gorvera la espalda y me ajogara de tristeza al
verme sin ti: pero aunque te pusieras de rodillas fingira haberme
olvidado de tu cario. Ya ves, pues, si te quiero...

Y su acento, al decir estas palabras, era tan triste, que Rafael tuvo
que animarla. Quin pensaba en tales cosas? Qu poda ocurrir que
tuviese fuerza bastante para separarlos? Los dos se conocan y eran
dignos el uno del otro. l, si acaso, por su vida pasada, no mereca ser
amado, pero ella era buena y misericordiosa y le conceda la regia
limosna de su cario. A vivir! a quererse mucho!...

Y para huir de la tristeza que les haban infundido estas palabras,
torcieron el curso de la conversacin, hablando de la fiesta que don
Pablo haba organizado en Marchamalo para dentro de unas horas.

Los viadores, que todos los sbados marchaban a Jerez al caer la tarde
para ver a sus familias, estaban durmiendo cerca de all. Eran ms de
trescientos: el amo les haba ordenado que se quedasen para asistir a la
misa y la procesin. Con don Pablo vendran todos sus parientes, los
seores del escritorio y mucha gente de la bodega. Una gran fiesta, a la
que forzosamente asistira su hermano. Y ella rea pensando en la cara
de Fermn, en lo que dira despus cuando viniese a la via y se
encontrara con Salvatierra, que de tarde en tarde visitaba con cierto
recato a su antiguo amigo el capataz.

Rafael habl entonces de Salvatierra, de su inesperada visita al cortijo
y de la rareza de sus costumbres.

--Ese buen seor es una excelente persona, pero est algo chiflao. Por
poco me pone en revolucin toda la gaana. Que si esto va mal; que si
los pobres necesitan vivir, y ectera. No, esto no est muy bien
arreglao que digamos, pero lo que importa en el mundo es quererse y
tener ganas de trabajar. Cuando nos najemos al cortijo no tendremos ms
que las tres pesetas, el pan y lo que caiga. El oficio de aperador no da
pa mucho. Pero ya vers qu ricamente lo pasamos a pesar de cuanto dice
en sus sermones y soflamas el seor de Salvatierra... Pero que no sepa
el padrino lo que yo digo de su camar, pues tocarle a don Fernando es
peor que si yo te fartase a ti, pongo por caso.

Rafael hablaba de su padrino con veneracin y miedo al mismo tiempo. El
viejo conoca sus amores, pero no hablaba nunca de ellos al muchacho y a
su hija. Los toleraba silencioso, con su gesto grave de padre a uso
latino, seguro de su autoridad, convencido de que le bastaba un solo
ademn para desbaratar todas las esperanzas de los enamorados. Rafael no
osaba proponerle el casamiento, y Mara de la Luz, cuando el novio,
echndolas de valiente, quera hablar a su padrino, le disuada con
cierto miedo.

Nada perdan esperando: sus padres tambin haban pelado la pava muchos
aos. La gente honrada no se casa con precipitacin. El silencio del
seor Fermn era de asentimiento: esperaran, pues. Y Rafael,
escondindose del padrino para galantear a su hija, aguardaba
pacientemente a que un da se plantase el viejo delante de l,
dicindole con su campechana rudeza: Pero qu esperas para llevrtela,
bobalicn? Carga con ella y que de sal te sirva.

Comenzaba a amanecer. Rafael vea ms claramente la cara de su novia al
travs de la reja. La luz difusa del alba, daba un tono azulado a su tez
morena; haca brillar con reflejos de ncar la blancura de sus crneas y
marcaba con huella profunda la sombra de sus ojeras. Por la parte de
Jerez abrase el cielo con un desgarrn de luz violcea, que iba
extendindose, y borrando en su seno las estrellas. De la bruma de la
noche surga a lo lejos la ciudad, con la apiada arboleda del Tempul y
las aglomeraciones de blanco casero, en las que palpitaban los ltimos
faroles de gas como estrellas agonizantes. Soplaba una brisa helada: la
tierra y las plantas parecan sudar al contacto de la luz. Un pjaro
sali aleteando de las chumberas, con agudo silbido, que hizo estremecer
a la joven.

--Anda, Rafa--dijo ella con la precipitacin del miedo;--mrchate en
segua. Amanece, y mi padre se levanta pronto. Adems, no tardarn en
salir los viadores. Qu diran si nos viesen a estas horas?...

Pero Rafael se resista a irse. Tan pronto! Despus de una noche tan
dulce!...

La muchacha se impacientaba. Para qu hacerla sufrir, si se veran
pronto? No tena ms que bajar al ventorrillo y subir a caballo apenas
se abriesen las puertas de la casa.

--No me voy: no me voy--deca l con voz suplicante y un fulgor de
pasin en los ojos.--No me voy... Y s quieres que me vaya?...

Se peg ms a la reja, murmurando con timidez la condicin que exiga
para irse. Mara de la Luz se hizo atrs con un gesto de protesta, como
si temiese el avance de aquella boca, que suplicaba entre los hierros.

--No me quieres!--exclam.--Si me quisieras, no me pediras esas
cosas!

Y ocult su cabeza entre las manos, como si fuese a llorar. Rafael meti
un brazo por los hierros y de un suave tirn separ los dedos
entrecruzados que le ocultaban los ojos de su novia.

--Pero si ha sido una broma, nia!... Perdname, soy muy bruto. Pgame:
dame una bofetada, que bien lo merezco.

Mara de la Luz, con el rostro ligeramente arrebolado por el restregn
de sus manos, sonrea vencida por la humildad con que el novio imploraba
su perdn.

--Te perdono, pero mrchate en segua. Mira que van a salir!... S, te
perdono! te perdono! No seas pelma. Vete!

--Pues pa que vea que me perdonas de veras, dame una bofetada. O me la
das o no me voy!

--Una bofetada!... Bueno ests t! Ya s lo que quieres, ladrn: toma
y vete en segua.

Sac por entre los hierros, echando atrs el cuerpo, una mano de suave
almohadillado y graciosos hoyuelos. Rafael la cogi para acariciarla con
arrobamiento. Despus bes las uas sonrosadas, chup las yemas de sus
dedos finos con una delectacin que hizo agitarse a Mara de la Luz con
nerviosas contorsiones detrs de la reja.

--Djame, mala persona!... Que chillo, asesino!...

Y librndose de un tirn de estas caricias que le estremecan con
intenso cosquilleo, cerr la ventana de golpe. Rafael permaneci inmvil
largo rato, alejndose al fin, cuando dej de percibir en sus labios la
impresin de la mano de Mara de la Luz.

Transcurri an mucho tiempo antes de que los habitantes de Marchamalo
diesen seales de vida. Los mastines ladraron dando saltos, cuando el
capataz abri la puerta de la casa de los lagares. Despus, con caras de
malhumor, fueron saliendo a la explanada los viadores, obligados a
permanecer en Marchamalo para asistir a la fiesta.

El cielo se azuleaba sin la ms leve mancha de nubes. En el lmite del
horizonte una faja de escarlata anunciaba la salida del sol.

--Buen da nos d Dios, cabayeros!--dijo el capataz a los jornaleros.

Pero estos torcan el gesto o levantaban los hombros, como presos a los
que nada importa la placidez del tiempo fuera de su encierro.

Rafael se present a caballo, subiendo a galope la cuesta de la via,
como si llegase del cortijo.

--Mucho madrugas, chaval--dijo el padrino con sorna.--Se conoce que no
te dejan dormir las cosas de Marchamalo.

El aperador rond por cerca de la puerta sin ver a Mara de la Luz.

Bien entrada la maana, el seor Fermn, que vigilaba la carretera desde
lo alto de la via, vio al final de la cinta blanca que cortaba el llano
una gran nube de polvo, marcndose en su seno las manchas negras de
varios carruajes.

--Ya estn ah, muchachos!--grit a los viadores.--El amo llega. A ver
si lo recibs como lo que sois; como personas decentes.

Y los braceros, siguiendo las indicaciones del capataz, se formaron en
dos filas a ambos lados del camino.

La gran cochera de Dupont se haba vaciado en honor de la festividad.
Todos los troncos de caballos y mulas, as como los corceles de silla
del millonario, haban salido de las grandes cuadras que tena adosadas
a la bodega; y con ellos, los brillantes arreos y los vehculos de todas
clases que compraba en Espaa o encargaba a Inglaterra, con su
prodigalidad de rico, imposibilitado de poder demostrar de otro modo su
opulencia.

Descendi don Pablo, de un gran land, dando su mano a un sacerdote
grueso, de cara sonrosada, con hbitos de seda que relucan al sol.
Luego que se convenci de que el acompaante haba descendido sin
ningn contratiempo, atendi a su madre y a su esposa, que bajaron del
carruaje vestidas de negro, con la mantilla sobre los ojos.

Los viadores, rgidos en su doble fila, se quitaron los sombreros
saludando al amo. Dupont sonri satisfecho, y el sacerdote hizo lo
mismo, abarcando en una mirada de protectora conmiseracin a los
jornaleros.

--Muy bien--dijo al odo de don Pablo con acento adulador.--Parecen
buena gente. Ya se conoce que sirven a un seor cristiano que les
edifica con buenos ejemplos.

Iban llegando los otros carruajes, con ruidoso cascabeleo y polvoriento
patear de las bestias en la cuesta de Marchamalo. La explanada se
llenaba de gente. Formaban la comitiva de Dupont todos sus parientes y
empleados. Hasta su primo Luis, que tena cara de sueo, haba
abandonado al amanecer la respetable compaa de sus amigotes, para
asistir a la fiesta y agradar con esto a don Pablo, cuya proteccin
necesitaba en aquellos das.

El dueo de Matanzuela, al ver a Mara de la Luz bajo las arcadas, fue a
su encuentro, confundindose con el cocinero de los Dupont y un grupo de
criados que acababan de llegar cargados de vituallas, y pedan a la hija
del capataz que los guiase a la cocina de los seores, para preparar el
banquete.

Fermn Montenegro descendi de otro coche con don Ramn, el jefe del
escritorio, y los dos se alejaron a un extremo de la explanada, como si
huyesen del autoritario Dupont, que en medio del gento daba rdenes
para la fiesta y se enfureca al notar ciertas omisiones en los
preparativos.

La campana de la capilla comenz a voltear en su espadaa, dando el
primer toque para la misa. Nadie haba de llegar de fuera de la via,
pero don Pablo deseaba que sonasen los tres toques y que fueran largos,
hasta que no pudiese ms el gan que tiraba de la cuerda. Le alegraba
este estrpito metlico: crea que era la voz de Dios extendindose
sobre sus campos, protegindolos como tena el deber de hacerlo, por ser
su amo un buen creyente.

Mientras tanto, el sacerdote, que haba llegado con don Pablo, pareca
huir tambin de las voces y ademanes descompuestos con que ste
acompaaba sus rdenes, y agarraba suavemente al seor Fermn,
ponderando el hermoso espectculo que ofrecan las vias.

--Cuan grande es la providencia de Dios! Y qu cosas tan hermosas
crea! No es cierto, buen amigo?...

El capataz conoca al sacerdote. Era el apasionamiento ms reciente de
don Pablo, su ltimo entusiasmo; un padre jesuita del que se haca
lenguas, por el acierto con que trataba en sus conferencias para hombres
solos la llamada cuestin social, un embrollo para los impos, que no
atinaban con la solucin y que el sacerdote resolva en un periquete
valindose de la caridad cristiana.

Dupont era veleidoso y tornadizo como un amante en sus apasionamientos
por las gentes de la Iglesia. Una temporada adoraba a los Padres de la
Compaa y no encontraba misa buena ni sermn aceptable, si no era en su
iglesia: pero de pronto se cansaba de la sotana, le seduca el hbito
con capucha, segn sus colores, y abra su caja y las puertas de su
hotel a los Carmelitas, a los Franciscanos o a los Dominicos
establecidos en Jerez. Siempre que iba a la via se presentaba con un
sacerdote de distinta clase, adivinando por esto el capataz cules eran
sus favoritos del momento. Unas veces eran frailes con vestimenta blanca
y negra, otras pardos o de color de castaa: hasta los haba llevado de
luengas barbas, que venan de lejanos pases y apenas si chapurreaban el
espaol. Y el seor, con sus entusiasmos de enamorado, ganoso de
propalar los mritos de su pasin, le deca al capataz en amistosa
confidencia:

--Es un hroe de la fe: viene de convertir infieles y hasta creo que ha
obrado milagros. Si no fuera por herir su modestia, le dira que se
arremangase el hbito, para que te pasmases viendo las cicatrices de sus
martirios...

Sus disentimientos con doa Elvira estribaban siempre en que ella tena
sus favoritos, que rara vez eran al mismo tiempo los del hijo. Cuando
l adoraba a los jesuitas, la noble hermana del marqus de San Dionisio
haca el elogio de los franciscanos, alegando la antigedad de su orden
sobre las fundaciones que haban venido despus.

--No, mam!--exclamaba l, conteniendo su carcter iracundo, con el
respeto que le inspiraba su madre.--Cmo comparar a unos mendicantes
con los Padres de la Compaa, que son los ms sabios de la Iglesia?...

Y cuando la piadosa seora se iba con los sabios, su hijo hablaba casi
llorando de emocin, del santo solitario de Ass y de sus hijos los
franciscanos, que podan dar a los impos lecciones de verdadera
democracia y eran los que iban a arreglar el da menos pensado la
cuestin social.

Ahora la veleta de su fervor apuntaba del lado de la Compaa, y no
saba ir a parte alguna sin el Padre Urizbal, un vasco, compatriota del
glorioso San Ignacio, mritos que bastaban para que Dupont se hiciese
lenguas de l.

El jesuita contemplaba las vias con el xtasis de un hombre
acostumbrado a vivir dentro de vulgares edificios, sin ver ms que de
tarde en tarde la grandiosidad de la naturaleza. Haca preguntas al
capataz sobre el cultivo de las vias, alabando el aspecto de las de
Dupont, y el seor Fermn, halagado en su orgullo de cultivador, se
deca que aquellos jesuitas no eran tan despreciables como los
consideraba su amigo don Fernando.

--Oiga su merc, padre: Marchamalo no hay ms que uno; esto es la flor
del campo de Jerez.

Y enumeraba las condiciones que debe tener una buena via jerezana,
plantada en tierra caliza, que est pendiente, para que las lluvias
corran y no refresquen en demasa la tierra, quitando fuerza al mosto.
As se produca aquel racimo, gloria del pas, con sus granos pequeos
como balines, transparentes y de una blancura de marfil.

Arrastrado por su entusiasmo enumeraba al sacerdote, como si ste fuese
un cultivador, todas las operaciones que durante el ao haba que
realizar con aquella tierra, sometida a un continuo trabajo para que
diese su dulce sangre. En los tres meses ltimos del ao se abran las
_piletas_, los hoyos en torno de las cepas para que recibiesen la
lluvia: a esta labor la llamaban _Chata_. Tambin hacan entonces la
poda, que provocaba conflictos entre los viadores y hasta algunas veces
haba ocasionado muertes, por si deba hacerse con tijeras, como
deseaban los amos, o con las antiguas podaderas, unos machetes cortos y
pesados, como lo queran los trabajadores. Luego vena la labor llamada
_Cava bien_, durante Enero y Febrero, que igualaba la tierra, dejndola
llana como si la hubiesen pasado un rasero. Despus el _Golpe lleno_ en
Marzo, para destruir las hierbas crecidas con las lluvias, esponjando al
mismo tiempo el suelo; y en Junio y Julio la _Vina_, que apretaba la
tierra, formando una dura corteza, para que conservase todo su jugo,
trasmitindolo a la cepa. Aparte de esto, en Mayo azufraban las vides,
cuando empezaban a apuntar los racimos, para evitar el _cenizo_, una
enfermedad que endureca los granos.

Y el seor Fermn, para demostrar el cuidado incesante que durante el
ao exiga aquel suelo, que era como de oro, agachbase para coger un
puado de caliza y mostraba la finura de sus pequeos terrones blancos y
desmenuzados, sin que se dejase apuntar en ellos el germen de una planta
parsita. Entre las hileras de cepas vease la tierra, machacada,
alisada, peinada, con la misma tersura que si fuese el suelo de un
saln. Y la via de Marchamalo se perda de vista, ocupaba varias
colinas, lo que exiga un trabajo enorme!

A pesar de la rudeza con que el capataz trataba a los viadores durante
el trabajo, ahora que no estaban presentes, se apiadaba de sus fatigas.
Ganaban diez reales, un jornal exorbitante comparado con el de los
gaanes de los cortijos; pero sus familias vivan en la ciudad, y,
adems, ellos se pagaban la comida, asocindose para adquirir el
_costo_, el pan y la menestra que todos los das traan de Jerez en dos
caballeras. La herramienta era suya: una azada de nueve libras de peso,
que haban de manejar con ligereza, como si fuese un junco, de sol a
sol, sin ms descanso que una hora para el almuerzo; otra para la
comida, y los minutos que les conceda el capataz con su voz de mando
para que echasen cigarro.

--Nueve libras, padre--aada el seor Fermn.--Eso se ice fcilmente y
resulta un juguete pa un rato; pero hay que ver cmo se pone un
cristiano despus de estar too el da subiendo y bajando la herramienta.
Al final de la jorn, pesa arrobas... qu digo arrobas? tonels. Parece
que uno levanta en vilo a too Jerez cuando da un gorpe.

Y como hablaba con un amigo del amo, no quiso ocultarle las astucias de
que se valan en las vias para acelerar el trabajo y sacarle al jornal
todo su jugo. Se buscaba a los braceros ms fuertes y rpidos en la
faena y se les prometa un real de aumento ponindolos a la cabeza de la
fila. Este era el que se llamaba _hombre de mano_. El jayn, para
agradecer el aumento de jornal, trabajaba como un desesperado,
acometiendo la tierra con su azadn, sin respirar apenas entre golpe y
golpe, y los otros infelices tenan que imitarle para no quedarse atrs,
mantenindose, con esfuerzos sobrehumanos, al nivel del compaero que
serva de acicate.

Por las noches, rendidos de fatiga, entretenan la espera del ltimo
rancho jugando a los naipes, o canturreando. Don Pablo les haba
prohibido severamente que leyesen peridicos. Su nica alegra era el
sbado, cuando al anochecer salan de la via, camino de Jerez, para _ir
a misa_, como ellos decan. Hasta la noche del domingo estaban con sus
familias entregando los _ajorros_ a las mujeres; la parte de jornal que
les restaba despus de pagar el _costo_.

El sacerdote mostraba su extraeza al ver que los viadores se haban
quedado en Marchamalo siendo domingo.

--Porque son muy buenos, padre--dijo el capataz con acento
hipcrita.--Porque quieren mucho al amo, y ha bastado que les dijese yo
de parte de don Pablo lo de la fiesta, pa que los pobrecitos se quedasen
voluntariamente sin ir a sus casas.

La voz de Dupont llamando a su ilustre amigo el padre Urizbal hizo que
ste abandonase al capataz, dirigindose a la iglesia, escoltado por don
Pablo y toda su familia.

El seor Fermn vio entonces que su hijo paseaba con don Ramn, el jefe
del escritorio, por un sendero. Hablaban de la belleza de las vias.
Marchamalo volva a ser lo que en sus tiempos ms famosos, gracias a la
iniciativa de don Pablo. La filoxera haba matado muchas de las cepas
que eran la gloria de la casa Dupont, pero el actual jefe haba plantado
en las vertientes desoladas por el parsito la vid americana, una
innovacin nunca vista en Jerez, y el famoso predio volvera a sus
tiempos gloriosos sin miedo a nuevas invasiones. Para esto era la
fiesta; para que la bendicin del Seor cubriese con su eterna
proteccin las colinas de Marchamalo.

El jefe del escritorio se entusiasmaba contemplando el oleaje de viedos
y prorrumpa en lricos elogios. Era el encargado de la publicidad de la
casa, y de su pluma de viejo periodista, de vencido intelectual, salan
los prospectos, los folletos, las memorias, las cartas en la cuarta
plana de los peridicos, que pregonaban la gloria de los vinos de Jerez,
y especialmente los de la casa Dupont, pero en un estilo pomposo,
solemne, entonado, que no llegaba a adivinarse si era sincero o una
broma que don Ramn se permita con su jefe y con el pblico. Leyndole,
no haba ms remedio que creer que el vino de Jerez era tan
indispensable como el pan, y que los que no lo beban estaban condenados
a una muerte prxima.

--Mira, Fermn, hijo mo--deca con entonacin oratoria.--Qu hermosura
de vias! Me siento orgulloso de prestar mis servicios a una casa que es
duea de Marchamalo. Esto no se encuentra en ninguna nacin, y cuando yo
oigo hablar de los progresos de la Francia, del poder militar de los
alemanes o de la soberbia naval de los ingleses, contesto: Est bien;
pero dnde tienen ellos vinos como los de Jerez? Todo lo que se diga
es poco de este vino grato a los ojos, gustoso a la nariz, deleite del
paladar y reparo del estmago. No lo crees t as?...

Fermn hizo un gesto afirmativo y sonri, como si adivinase lo que iba a
decirle don Ramn. Se saba de memoria los perodos oratorios de los
prospectos de la casa, apreciados por don Pablo como las muestras ms
gloriosas de la literatura profana.

Siempre que hallaba ocasin, el viejo empleado los repeta en tono
declamatorio, embriagndose con el paladeo de su propia obra.

--El vino, Fermn, es la bebida universal por excelencia, la ms sana de
todas la que el hombre usa para su nutricin o su recreo. Es la bebida
que mereci los honores de la embriaguez de todo un dios del paganismo.
Es la bebida cantada por los poetas griegos y romanos, la celebrada por
los pintores, la ensalzada por los mdicos. En el vino encuentra el
poeta inspiracin, el soldado ardimiento, el trabajador fuerza, el
enfermo salud. En el vino halla el hombre goce y alegra y el anciano
fortaleza. El vino excita la inteligencia, aviva la imaginacin,
fortifica la voluntad, mantiene la energa. No podemos explicarnos los
hroes griegos ni sus admirables poetas, sino bajo el estmulo de los
vinos de Chipre y de Samos; y la licencia de la sociedad romana nos es
incomprensible sin los vinos de Falerno y de Siracusa. Slo podemos
imaginarnos la heroica resistencia del paisano aragons en el sitio de
Zaragoza, sin descanso y sin comida, viendo que, adems de la admirable
energa moral de su patriotismo, contaba para su sostn fsico con el
porroncillo de vino tinto... Pero dentro de la produccin vincola que
abarca muchos pases, qu asombrosa variedad de clases y tipos, de
colores y aromas, y cmo se destaca el Jerez a la cabeza de la
aristocracia de los vinos! No crees t lo mismo, Fermn? No encuentras
que es justo y est bien dicho todo lo que se me ocurre?...

El joven asinti. Todo aquello lo haba ledo muchas veces en la
introduccin del gran catlogo de la casa; un cuaderno con vistas de las
bodegas de Dupont, y sus numerosas dependencias, acompaadas de la
historia de la casa y de elogios a sus elaboraciones; la obra maestra de
don Ramn, que el amo regalaba a los clientes y visitantes con una
encuadernacin blanca y azul, los colores de las Pursimas pintadas por
Murillo.

--El vino de Jerez--continu con acento solemne el jefe del
escritorio--no es un advenedizo, un artculo elevado por la veleidosa
moda; su reputacin est de abolengo bien sentada, no slo como bebida
gratsima, sino como insustituible agente teraputico. Con la botella de
Jerez se recibe al amigo en Inglaterra, con la botella de Jerez se
obsequia al convaleciente en los pases escandinavos, y restauran en la
India los soldados ingleses sus fuerzas agotadas por la fiebre. Los
marinos, con Jerez combaten el escorbuto, y los santos misioneros han
reducido con l en Australia los casos de anemia ocasionados por el
clima y los sufrimientos... Cmo, seores, no ha de realizar tales
prodigios un vino de Jerez de buena y genuina procedencia? En l se
encuentran el alcohol legtimo y natural del vino con las sales que le
son propias; el tanino astringente y los teres estimulantes, provocando
el apetito para la nutricin del cuerpo, y el sueo para su
restauracin. Es, a la vez, un estimulante y un sedante, excelentes
condiciones que no se encuentran reunidas en ningn producto, que al
mismo tiempo sea, como el Jerez, grato al paladar y a la vista.

Call un instante don Ramn para tomar aliento y recrearse en el eco de
su elocuencia, pero al instante prosigui, mirando a Fermn fijamente,
como si ste fuese un enemigo difcil de convencer:

--Por desgracia, muchas gentes creen paladear el vino de Jerez cuando
beben inmundas sofisticaciones. En Londres, bajo el nombre de Jerez, se
venden lquidos heterogneos. No podemos transigir con esta mentira,
seores. El vino de Jerez es como el oro. Podemos admitir que el oro sea
puro, de mediana o de baja ley, pero no podemos admitir que se llame oro
al _doubl_. Slo es Jerez el vino que dan los viedos jerezanos, que
recran y aejan sus almacenistas y que exportan, bajo su honrada firma,
casas de intachable crdito, como por ejemplo la de Dupont Hermanos.
Ninguna casa puede compararse con ella: abarca todos los ramos; cultiva
la vid y elabora el mosto; almacena y aeja el vino; se dedica por si
misma a la exportacin y a la venta, y adems destila mostos, elaborando
su famoso cognac. Su historia abarca cerca de siglo y medio. Los Dupont
constituyen una dinasta; su fuerza no admite auxiliares ni asociados;
planta las vides en terrenos propios, y sus cepas han nacido antes en
viveros de Dupont. La uva se prensa en lagares de Dupont, y los toneles
en que fermenta el vino son fabricados por Dupont. En bodegas de Dupont
se aeja y envejece el vino bajo la vigilancia de un Dupont, y por
Dupont se encasca y se exporta sin la intervencin de otro interesado.
Buscad, pues, los vinos legtimos de Dupont en la seguridad de que es la
casa que los conserva, puros y genuinos.

Fermn rea escuchando a su jefe, lanzado a escape por entre los
fragmentos de prospectos y reclamos, que conservaba en su memoria.

--Pero, don Ramn! Si yo no he de comprar ni una botella!... Si soy
de la casa!

El jefe del escritorio pareci despertar de su pesadilla oratoria, y ri
lo mismo que su subordinado.

--Tal vez habrs ledo en las publicaciones de la casa mucho de esto,
pero convendrs conmigo en que no est mal del todo. Adems--prosigui
irnicamente,--los grandes hombres vivimos bajo el peso de nuestra
grandeza y como no podemos salir de ella, nos repetimos.

Mir las extensiones cubiertas de cepas, y continu con un tono de
sincera alegra:

--Me satisface que se hayan replantado con vides americanas los grandes
claros que dej la filoxera. Yo se lo aconsej muchas veces a don
Pablo. As aumentaremos dentro de poco la produccin, y los negocios,
que marchan bien, an irn mejor. Ya puede volver la plaga cuando
quiera: por aqu pasar de largo.

Fermn hizo un gesto que invitaba a la confianza.

--Con franqueza, don Ramn, en quin cree usted ms? en la vid
americana, o en las bendiciones que ese padre les echar a las cepas?...

Don Ramn mir fijamente al joven como si quisiera verse en sus pupilas.

--Muchachito! muchachito!--dijo con tono severo.

Despus gir la vista en torno con cierta alarma, y continu en voz baja
como si las cepas pudiesen orle:

--T ya me conoces: te trato con confianza porque eres incapaz de andar
con soplos y porque has visto mundo y te has desasnado en el extranjero.
A qu me vienes con preguntas? Ya sabes que callo y dejo rodar las
cosas. No tengo derecho a ms. La casa Dupont es mi refugio: si saliese
de ella, tendra que volver con toda mi prole a la miseria desesperada
de Madrid. Estoy aqu como un vagabundo que encuentra posada y toma
buenamente lo que le dan, sin permitirse criticar a sus bienhechores.

El recuerdo del pasado, con sus ilusiones y sus alardes de
independencia, despertaba en l cierto rubor. Para tranquilizarse a s
mismo quera explicar el cambio radical de su vida.

--Me retir, Fermn, y no me arrepiento. An quedan muchos de los que
fueron mis compaeros de miserias y entusiasmos, que siguen fieles al
pasado con una consecuencia que es testarudez. Pero ellos han nacido
para hroes y yo no soy ms que un hombre que considera el comer como la
primera funcin de la vida... Adems, me cans de escribir por la gloria
y las ideas, de sudar para los dems y vivir en perpetua pobreza. Un da
me dije que slo se puede trabajar para ser grande hombre o para comer.
Y como estaba convencido de que el mundo no poda sentir la ms leve
emocin por mi retirada, ni haba llegado a enterarse de que existo,
recog los brtulos que yo titulaba ideales, me decid a comer, y
aprovechando ciertos bombos dados por m en los peridicos a la casa
Dupont, me met en ello para siempre, y no puedo quejarme.

Don Ramn crey ver en los ojos de Fermn cierta repugnancia por el
cinismo con que se expresaba y se apresur a aadir:

--Yo soy quien soy, muchacho. Si me rascan, aparecer el de antes.
Creme: el que muerde la fatal manzana de que hablan esos seores amigos
de nuestro principal, no se quita jams el gusto de los labios. Se
cambia de envoltura para seguir viviendo, pero de alma nunca! El que
duda una vez, y razona y critica, ese ya no cree jams como los devotos
sinceros; cree porque se lo aconseja la razn, o porque se lo imponen
sus conveniencias. Por esto, cuando veas a uno, como yo, hablar de fe y
de creencias, di que miente porque le conviene, o que se engaa a s
mismo para proporcionarse cierta tranquilidad... Fermn, hijo mo; el
pan no me lo gano dulcemente, sino a costa de bajezas de alma, que me
dan vergenza. Yo, que en _mis tiempos_ era de una altivez y una virtud
con pas de erizo!... Pero piensa que llevo a cuestas a mis hijas, que
quieren comer y vestir y todo lo dems que es necesario para atrapar a
un marido, y que mientras ste no se presente debo mantenerlas aunque
sea robando.

Don Ramn crey ver de nuevo en su amigo un gesto de conmiseracin.

--Desprciame cuanto quieras: los jvenes no entendis ciertas cosas;
podis ser puros, sin que por esto sufran ms que vuestras personas...
Adems, muchacho; yo no estoy arrepentido de lo que llaman mi apostasa.
Soy un desengaado... Sacrificarse por este pueblo? Para lo que
vale!... He pasado media vida rabiando de hambre y esperando la _gorda_.
A ver, dime t, cundo se ha levantado de veras este pas? Cundo
hemos tenido una revolucin?... La nica de verdad fue el ao 8, y si el
pas se sublev fue porque se le llevaban secuestrados unos cuantos
prncipes e infantes, que eran bobos de nacimiento y malvados por
instinto hereditario; y la bestia popular derram su sangre para que
volviesen esos seores, que agradecieron tantos sacrificios enviando a
unos a presidio y a otros a la horca. Famoso pueblo! Anda y sacrifcate
esperando algo de l... Despus ya no se han visto revoluciones; todo
han sido pronunciamientos del ejrcito, motines por el medro o por
antagonismo personal, que si sirvieron de algo fue indirectamente, por
apoderarse de ellos las corrientes de opinin. Y como ahora los
generales ya no se sublevan, porque tienen todo lo que quieren, y cuidan
en lo alto de halagarles, aleccionados por la Historia, se acab la
revolucin! Los que trabajan por ella sudan y se fatigan con tanto xito
como si sacasen agua en espuertas... Saludo a los hroes desde la
puerta de mi retiro!... pero no doy ni un paso para acompaarles. Yo no
pertenezco a su gloriosa clase; soy ave de corral tranquila y bien
cebada, y no me arrepiento de ello cuando veo a mi antiguo camarada
Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, vestido de invierno en el
verano, y de verano en invierno, comiendo pan y queso, con una celda
reservada en todos las crceles de la Pennsula y molestado a cada paso
por la vigilancia... Muy bonito; los peridicos publican el nombre del
hroe, tal vez la historia llegue a hablar de l, pero yo prefiero mi
mesa en el escritorio, mi silln, que me hace pensar en los cannigos
reunidos en el coro, y la generosidad de don Pablo, que es esplndido
como un prncipe con los que saben llevarle el aire.

Fermn, molestado por el tono irnico con que aquel vencido, satisfecho
de su servidumbre, hablaba de Salvatierra, iba a contestarle, cuando en
lo alto de la explanada son la voz imperiosa de Dupont y las fuertes
palmadas del capataz llamando a su gente.

La campana lanzaba en el espacio el tercer toque. Iba a comenzar la
misa. Don Pablo, desde los peldaos de la capilla, abarc en una mirada
a todo su rebao y entr en ella con apresuramiento, pues quera
edificar a la gente ayudando la misa.

La muchedumbre de trabajadores llen la capilla, permaneciendo todos de
pie, con un gesto hosco que haca perder a Dupont, en ciertos momentos,
toda esperanza de que aquella gente agradeciese los cuidados que tena
con sus almas.

Cerca del altar, sentadas en rojos sillones, estaban las seoras de la
familia, y detrs los parientes y los empleados. El ara estaba adornada
con hierbas del monte y flores del invernadero del hotel de los Dupont.
El acre perfume de los ramos silvestres, mezclbase con el olor de carne
fatigada y sudorosa que exhalaba el amontonamiento de los jornaleros.

De vez en cuando, Mara de la Luz abandonaba la cocina para correr a la
puerta de la iglesia y or un _cachito de misa_. Empinndose sobre las
puntas de los pies, pasaba su vista por encima de todas las cabezas para
fijarse en Rafael, que estaba al lado del capataz, en las gradas que
conducan al altar, como una barrera entre el seoro y la pobre gente.

Luis Dupont, muy estirado, detrs del silln de su ta, al ver a Mara
de la Luz la hizo varios gestos, llegando a amenazarla con la mano. Ah,
maldito guasn! Siempre el mismo. Hasta el instante de la misa haba
estado en la cocina importunndola con sus bromas, como si an durasen
los juegos de la infancia. En algunos momentos haba tenido que
amenazarle entre risuea y ofendida por tener las manos largas.

Pero Mara de la Luz no poda permanecer mucho tiempo en el mismo sitio.
La reclamaban las gentes de la cocina al no encontrar las cosas ms
indispensables para sus guisos.

Avanzaba la misa. La seora viuda de Dupont enternecase viendo la
humildad, la gracia cristiana con que su Pablo cambiaba de sitio el
misal o manejaba las vinajeras. Un hombre que era el primer millonario
de su pas, dando a los pobres este ejemplo de humildad para los
sacerdotes de Dios; sirviendo de aclito al padre Urizbal! Si todos los
ricos hiciesen lo mismo, de otro modo pensaran los trabajadores, que
slo sienten odios y deseos de venganza. Y emocionada por la grandeza de
su hijo, bajaba los ojos suspirando, prxima a llorar.

Terminada la misa, lleg el momento de la gran ceremonia. Iban a ser
bendecidas las vias para librarlas del peligro de la filoxera...
despus de haberlas plantado de vid americana.

El seor Fermn sali apresuradamente de la capilla e hizo arrastrar
hasta la puerta varios serones que el da anterior haban trado de
Jerez. Estaban llenos de cirios, y el capataz fue distribuyndolos entre
los viadores.

Bajo la luz esplendorosa del sol comenzaron a brillar, como pinceladas
rojas y opacas, las llamas de la cera. Se formaron en dos filas los
jornaleros, y guiados por el seor Fermn, emprendieron una marcha
lenta, via abajo.

Las seoras, agrupadas en la plazoleta, con todas sus criadas y Mara de
la Luz, contemplaban la salida de la procesin, el lento desfile de las
dos hileras de hombres, con la cabeza baja y el cirio en la mano, unos
con chaqueta de pao pardo, otros en cuerpo de camisa y un pauelo rojo
al cuello, llevando todos su sombrero apoyado en el pecho.

El seor Fermn que iba a la cabeza de la procesin, estaba ya en mitad
de la cuesta, cuando apareci en la entrada de la capilla el grupo ms
interesante; el padre Urizbal, con una capa de claveles rojos y dorados
deslumbrantes, y junto a l Dupont, empuando su cirio como una espada,
mirando a todos lados imperiosamente, para que la ceremonia marchase
bien y no la desluciera el menor descuido.

Detrs, como un cortejo de honor, marchaban todos sus parientes y
empleados, con el gesto compungido. Luis era el que se mostraba ms
grave. El se rea de todo, menos de las cosas de la religin, y esta
ceremonia le enterneca por su carcter extraordinario. Haba recibido
una excelente enseanza de los Padres de la Compaa. Su fondo era
bueno, como deca don Pablo cuando le hablaban de las calaveradas de su
primo.

El padre Urizbal, abri el libro que llevaba sobre el pecho, el _Ritual
Romano_, y comenz a recitar la _Letana de los Santos_, la Letana
grande, como la titulan las gentes de la iglesia.

Dupont orden con el gesto a todos los que le rodeaban, que le siguiesen
fielmente en sus respuestas al sacerdote.

--_Sancte Michael!_...

--_Ora pro nobis_--contest el amo con voz firme, mirando a sus
acompaantes.

Estos repitieron las mismas palabras, y el _Ora pro nobis_ se extendi
como un rugido, hasta la cabeza de la procesin, donde el seor Fermn,
pareca llevar el comps de tantas voces.

--_Sancte Raphael!_...

--_Ora pro nobis._

--_Omnes sancti Angeli et Archangeli!_...

Ahora, en vez de ser un santo el invocado, eran muchos, y Dupont ergua
su cabeza y gritaba ms fuerte, para que todos se enterasen, no
cometiendo error en la respuesta.

--_Orate pro nobis._

Pero slo los que rodeaban a don Pablo, podan seguir sus indicaciones.
El resto de la procesin avanzaba lentamente, saliendo de sus filas un
rugido cada vez ms desgarrado con sonoridades burlescas y temblores
irnicos.

A las pocas frases de la letana, los jornaleros, aburridos de la
ceremonia, con el cirio hacia abajo, contestaban automticamente,
imitando unas veces el ruido del trueno y otras un chillido de vieja,
que haca a muchos de ellos llevarse el sombrero a la cara.

--_Sancte Jacobe!_--cantaba el sacerdote.

--_Nooobis!_--rugan los viadores, con burlescas inflexiones de voz,
sin perder la gravedad de sus caras atezadas.

--_Sancte Barnaba!_...

--_Obis! obis!_--contestaban a lo lejos los jornaleros.

El seor Fermn, aburrido tambin de la ceremonia, finga enfadarse.

--A ver! que haya formali!--deca encarndose con los ms
audaces.--Pero, condenaos, no vis que el amo va a conos que le tomis
er pelo?...

Pero el amo no se daba cuenta de nada, cegado por la emocin. La vista
de las dos filas de hombres marchando entre las cepas y el canto
reposado del sacerdote, conmovan su alma. Las llamas de los cirios
temblaban sin color y sin luz como fuegos fatuos retrasados en su viaje
nocturno y sorprendidos por el da: la capa del jesuita brillaba bajo
el sol como el caparazn de un insecto enorme, blanco y dorado. La
sagrada ceremonia conmova a Dupont hasta el punto de agolpar las
lgrimas a sus ojos.

--Muy hermoso, verdad?--suspir en una pausa de la letana, sin ver a
los que le rodeaban, dejando caer al azar la expresin de su entusiasmo.

--Sublime!--se apresur a murmurar el jefe del escritorio.

--Primo... de chipn!--aadi Luis.--Esto parece una cosa de teatro.

Dupont, a pesar de su emocin no se olvidaba de marcar las respuestas de
la letana ni de atender al cuidado del sacerdote. Le tomaba del brazo
para guiarle en las desigualdades del terreno; evitaba que su capa
enganchase en los sarmientos sus bordados de realce.

--_Ab ira, et odio, et omni mala voluntate!..._--cantaba el sacerdote.

Haba que variar la respuesta, y Dupont, con todos los suyos,
contestaba:

--_Libera nos, Domine._

Mientras tanto, el resto de la procesin segua respondiendo, con
irnica tenacidad, su _Ora pro nobis_.

--_A spiritu fornicationis!_--dijo el padre Urizbal.

--_Libera nos, Domine_--contestaron compungidos Dupont y todos los que
entendieron esta splica al Altsimo, mientras una mitad de la
procesin ruga desde lejos:

--_Nooobis... obis._

El capataz marchaba ahora cuesta arriba, guiando su gente hacia la
explanada.

Formronse en grupos los viadores, en torno del aljibe, que elevaba
sobre la replaza su gran aro de hierro, rematado por una cruz. Al llegar
arriba el sacerdote con su squito, Dupont abandon el cirio para
arrebatar al gan encargado del cuidado de la capilla, el hisopo y el
caldero de agua bendita. l servira de sacristn a su sabio amigo. Le
temblaban las manos de emocin al apoderarse de los sagrados objetos.

El capataz, y muchos de los viadores, adivinando que haba llegado el
momento supremo de la ceremonia, abran desmesuradamente los ojos
esperando ver algo extraordinario.

Mientras tanto, el sacerdote volva las hojas de su libro, sin encontrar
la oracin apropiada al caso. El Ritual era minucioso. La Iglesia se
parapetaba en todas las avenidas de la vida: oraciones para las mujeres
de parto, para el agua, para las luces, para las casas nuevas, para
barcos recin construidos, para la cama de los desposados, para los que
parten de viaje, para el pan, para los huevos, para toda clase de
comestibles. Por fin, encontr en el Ritual lo que buscaba: _Benedictio
super fruges et vineas._

Y Dupont senta cierto orgullo al pensar que la Iglesia tena su
oracin en latn para las vias, como si hubiese presentido a muchos
siglos de distancia que nacera en Jerez un siervo de Dios, gran
productor de vinos, que necesitara de sus preces.

--_Adjutorium nostrum in nomine Domine_--dijo el sacerdote mirando a su
rico aclito con el rabillo del ojo, pronto a indicarle la respuesta.

--_Qui fecit coelum et terram_--contest Dupont sin vacilar,
recordando las palabras cuidadosamente aprendidas.

An respondi a otras dos invocaciones del sacerdote, y ste fue leyendo
con lentitud el _Oremus_, pidiendo la proteccin de Dios para las vias
y recomendndole que guardase sus uvas hasta la madurez.

--_Per Christum Dominum nostrum..._--termin el jesuita.

--_Amen_--contest Dupont con el rostro contrado, haciendo esfuerzos
para que no le saltasen las lgrimas.

El padre Urizbal empu el hisopo, humedecindolo en el calderillo y se
irgui como para dominar mejor la extensin de vias que abarcaba su
vista desde la explanada.

--_Asperges..._--y musitando entre dientes el resto de la invocacin,
ech delante de l una rociada en el espacio.

--_Asperges... Asperges..._--y dio hisopazos a derecha e izquierda.

Despus, recogindose la capa y sonriendo a las seoras, con la
satisfaccin del que da por terminado su trabajo, se dirigi a la
capilla seguido por el sacristn, portador otra vez del hisopo y el
caldero.

--Esto sa acabao?--pregunt flemticamente al capataz, un viador
viejo, de rostro grave.

--S: sa acabao.

--De modo, que ya no tiene ms que icir el pare cura?...

--Creo que no.

--Geno... Y podemos dirnos?

El seor Fermn, despus de hablar con don Pablo, volvi hacia los
grupos de trabajadores, dando palmadas. A volar! La fiesta haba
terminado para ellos. Podan ir a la otra _misa_, a ver a sus mujeres;
pero a la noche todos en la via para continuar el trabajo de buena
maana.

--Llevaos las velas--aadi.--El seor os las regala para que vuestras
familias las guarden como recuerdo.

Los trabajadores comenzaron a desfilar ante Dupont, con sus cirios
apagados.

--Muchas gracias--decan algunos, llevndose la mano al sombrero.

Y el tono de su voz era tal, que no saban los que rodeaban a Dupont si
ste llegara a ofenderse.

Pero don Pablo an estaba bajo la presin de sus emociones. Dentro de la
torre terminaban los preparativos del banquete, pero l no podra
comer. Qu da, amigos! Qu espectculo sublime! Y mirando los
centenares de trabajadores que iban via abajo, daba salida libre a sus
entusiasmos.

All acababa de verse una imagen de lo que deba ser la sociedad. Los
amos y los criados, los ricos y los pobres unidos todos en Dios,
amndose con fraternidad cristiana, conservando cada cual su jerarqua y
la parte de bienestar que el Seor hubiera querido concederles.

Los viadores caminaban apresuradamente. Algunos corran para
adelantarse a sus compaeros, llegando cuanto antes a la ciudad. Desde
la noche anterior que les esperaban en Jerez. Haban pasado la semana
pensando en el sbado, en la vuelta a casa, para sentir el calor de la
familia, despus de seis das de amontonamiento.

Era el nico consuelo del pobre, el triste descanso de una semana de
fatigas, y les haban robado una noche y una maana. Slo les quedaban
unas cuantas horas: as que anocheciese tenan que estar de vuelta en
Marchamalo.

Al salir de las tierras de Dupont y verse en la carretera, los hombres
rompieron a hablar. Detuvironse un instante para fijar su vista en lo
alto de la colina, donde se destacaban las figuras de don Pablo y sus
empleados, empequeecidas por la distancia.

Los viadores ms jvenes miraban con desprecio el cirio regalado, y
apoyndolo cerca del vientre, lo movan con cinismo, apuntando a lo
alto.

--Pa ti!... pa ti!...

Los viejos prorrumpan en amenazas sordas.

--Mala pual te den, beato roo! Anda a que te... zurzan, ladrn!...

Y Dupont, desde lo alto, abarcaba en una mirada lacrimosa sus campos,
sus centenares de trabajadores que se detenan en el camino sin duda
para saludarle, y participaba su emocin a los allegados.

Un gran da, amigos mos! Un espectculo conmovedor! El mundo, para
marchar bien, deba organizarse con arreglo a las sanas tradiciones...
Lo mismo que su casa.




V


Un sbado por la tarde, Fermn Montenegro, al salir del escritorio
encontr a don Fernando Salvatierra.

El maestro dirigase a las afueras de la ciudad para dar un largo paseo.
Trabajaba gran parte del da en traducciones del ingls o escribiendo
artculos para los peridicos de la _idea_; una faena que le produca lo
necesario para el pan y el queso, permitindole adems auxiliar al
_compaero_ que le alojaba en su casucha y a otros _compaeros_ no menos
pobres que le asediaban con frecuencia, demandndole apoyo en nombre de
la solidaridad.

Su nico placer, despus del trabajo, era el paseo; pero un paseo de
horas, casi un viaje, hasta bien cerrada la noche, apareciendo
inesperadamente en cortijos situados a varias leguas de la ciudad.

Los amigos huan de acompaar en sus excursiones a aquel andarn gil,
de piernas incansables, que proclamaba la marcha como el ms eficaz de
los remedios, y hablaba de Kant, presentando como un ejemplo los paseos
de cuatro horas que daba el filsofo todos los das, llegando sano a una
extrema vejez gracias a este apacible ejercicio.

Salvatierra, al saber que Fermn no tena ninguna ocupacin inmediata,
le invit a acompaarle. Iba hacia los llanos de Caulina. Le gustaba ms
el camino de Marchamalo y estaba seguro de que su viejo camarada, el
capataz, le recibira con los brazos abiertos; pero no ignoraba los
sentimientos de Dupont hacia l y quera evitarle un disgusto.

--T mismo, muchacho--continu don Fernando,--te expones a un sermn, si
Dupont sabe que paseas conmigo.

Fermn hizo un movimiento de hombros. Estaba acostumbrado a los enfados
de su principal y a las pocas horas de escucharle ya no se acordaba de
sus palabras. Adems, haca tiempo que no haba hablado con don Fernando
y le placa pasear con l en este suave atardecer de primavera.

Los dos salieron de la ciudad, y despus de seguir las cercas de las
pequeas vias con sus casitas de recreo entre grupos de rboles, vieron
extenderse ante sus ojos las planicies de Caulina como una estepa verde.
Ni un rbol, ni un edificio. La llanura esparcase hasta las montaas
que, esfumadas por la distancia, cerraban el horizonte; inculta,
salvaje, con la solemnidad montona de la tierra abandonada.

Los hierbajos cubran el suelo en apretadas maraas, matizando la
primavera su verde oscuro con el blanco y el rojo de las flores
silvestres. Las piteras y chumberas, plantas rudas y antipticas de los
pases abandonados, amontonaban en los bordes del camino una vegetacin
puntiaguda y agresiva. Sus vstagos rectos y cimbreantes, con un pompn
de blancas cazoletas, sustituan a los rboles en aquella inmensidad
horizontal y montona no cortada por ondulacin alguna. Esparcidos a
largas distancias, apenas si se destacaban como negras verrugas los
chozones y ranchos de los pastores, hechos de ramaje y tan bajos de
techumbre que parecan viviendas de reptiles. Aleteaban las palomas
torcaces en el cielo alegre de la tarde. Las nubes se contorneaban con
un ribete de oro, reflejando el sol poniente.

Unos alambres interminables iban de poste en poste, casi a ras de
tierra, marcando los lmites de la llanura, repartida en proporciones
gigantescas. Y en estos cercados de trmino indefinido, que no podan
abarcarse con los ojos, movanse los toros con paso tardo, o permanecan
inmviles en el suelo, empequeecidos por la distancia, como cados de
una caja de juguetes. El cencerro de los cabestros haca palpitar con
lejana ondulacin el silencio de la tarde, dando una nueva nota
melanclica al paisaje muerto.

--Mira, Fermn--dijo Salvatierra irnicamente.--_Andaluca la alegre!_
Andaluca la frtil!...

Millares de hombres sufran el tormento del hambre, vctimas del jornal,
por no tener campos que cultivar; y la tierra reservbase para las
bestias, en los alrededores de una ciudad civilizada. Pero no era el
buey pacfico que fabrica carne para el sustento del hombre, el animal
dominador de aquella llanura, sino el toro bravo que haba de lidiarse
en los circos y cuya fiereza cultivaba el ganadero, esforzndose por
acrecentarla.

En la inmensa planicie, caban holgadamente cuatro pueblos y podan
alimentarse centenares de familias; pero la tierra era de los animales,
cuyo salvajismo mantena el hombre para solaz de los desocupados, dando
a su industria un carcter patritico.

--Hay gentes visionarias--continu Salvatierra--que suean con traer a
estas llanuras el agua que se pierde en las montaas y establecer en
tierras propias a toda la horda de desesperados que engaan el hambre
con el gazpacho de la gaana. Y esperan hacer esto dentro de la
organizacin existente! Y aun muchos de ellos me llaman iluso!... El
rico tiene sus cortijos y sus vias y necesita del hambre, que es su
aliada, para que le proporcione los esclavos del jornal. El ganadero,
por su parte, necesita mucha tierra inculta para criar sus fieras, que
la pagan no por su carne, sino en razn de su salvajismo. Y los
poderosos que poseen el dinero, tienen inters en que todo contine lo
mismo, y as seguir.

Salvatierra rea recordando lo que haba odo sobre el progreso de su
pas. En los cortijos se vean mquinas agrcolas de los ms recientes
modelos, y los peridicos, pagados por los ricos, deshacanse en elogios
de las grandes iniciativas de sus protectores en pro del desarrollo
agrcola. Mentira, todo mentira. La tierra se cultivaba peor que en
tiempo de los moros. Los abonos no se conocan: se hablaba de ellos con
desprecio, como invenciones modernas, contrarias a las buenas
tradiciones. El cultivo intensivo de otros pueblos era considerado como
un ensueo. Se araba a estilo bblico; dejbase a la tierra que
produjera a su capricho, compensando lo dbil de la cosecha con la gran
extensin de las propiedades y lo irrisorio del jornal.

nicamente se haban aceptado los adelantos del progreso mecnico, como
una arma de combate contra el enemigo, contra el trabajador. En los
cortijos no exista otro utensilio moderno que las trilladoras. Eran la
artillera gruesa de la gran propiedad. La trilla al sistema antiguo,
con sus manadas de yeguas rodando en la era, duraba meses enteros, y los
gaanes escogan esta poca para pedir algn mejoramiento, amenazando
con la huelga, que dejaba las cosechos a la intemperie. La trilladora,
que realizaba en dos semanas el trabajo de dos meses, daba al amo la
seguridad de la recoleccin. Adems, ahorraba brazos y equivala a una
venganza contra la gente levantisca y descontenta, que acosaba a las
personas decentes con sus imposiciones. Y en el _Crculo Caballista_
hablaban los grandes propietarios de los adelantos del pas y de sus
mquinas, que slo servan para recoger y asegurar las cosechas, nunca
para sembrarlas y fomentarlas, presentando hipcritamente este ardid de
guerra como un progreso desinteresado.

La gran propiedad empobreca el pas, mantenindolo anonadado bajo su
brutal pesadumbre. La ciudad era la urbe del tiempo romano, rodeada de
leguas y ms leguas de terreno, sin un pueblo, sin una aldea; sin otras
aglomeraciones de vida que los cortijos, con sus siervos del jornal,
mercenarios de la miseria, que se vean reemplazados apenas los
debilitaba la vejez o la fatiga; ms tristes que el antiguo esclavo, que
al menos vea seguros hasta su muerte el techo y el pan.

La vida se concentraba en la ciudad, como si la guerra asolase los
campos y slo dentro de sus muros se considerase segura. El antiguo
latifundo enseoreado del suelo, poblaba la campia de hordas cuando lo
exigan las faenas. Al terminar stas, un silencio de muerte caa sobre
las inmensas soledades, retirndose las bandos de jornaleros a los
pueblos de la sierra, para maldecir de lejos a la ciudad opresora. Otros
mendigan en ella, viendo de cerca la riqueza de los amos, sus
ostentaciones brbaras que incubaban en las almas de los pobres un deseo
de exterminio.

Salvatierra detena el paso para volver la vista atrs y contemplar la
ciudad, que destacaba su blanco casero, la arboleda de sus jardines
sobre el cielo rosa y oro de la puesta del sol.

--Ah, Jerez! Jerez!--dijo el rebelde.--Ciudad de millonarios, rodeada
de una horda inmensa de mendigos!... Lo extrao es cmo ests ah, tan
blanca y tan bonita, riendo de todas las miserias, sin que te hayan
prendido fuego...

La campia dependiente de la ciudad, que abarcaba casi una provincia,
era de ochenta propietarios. En el resto de Andaluca ocurra lo mismo.
Muchas familias de rancia nobleza haban guardado la propiedad feudal,
las grandes extensiones adquiridas por sus ascendientes, con slo
galopar, lanza en ristre, matando moros. Otras grandes propiedades
haban sido formadas por los compradores de bienes nacionales, o los
agitadores polticos del campo, que se cobraban sus servicios en las
elecciones hacindose regalar por el Estado los montes y los terrenos
pblicos, sobre los cuales vivan pueblos enteros. En ciertos sitios de
la sierra encontrbanse poblaciones abandonadas, con las casas
desplomndose, como si por ellas hubiese pasado una epidemia. El
vecindario haba huido lejos, en busca de la servidumbre del jornal,
viendo convertirse en dehesa de un rico influyente los terrenos pblicos
que daban el pan a sus familias.

Y esta pesadumbre de la propiedad, desmesurada y brbara, aun se haca
tolerable en ciertos lugares de Andaluca, por estar lejos los amos, por
vivir en Madrid de las rentas que les enviaban aparceros y
administradores, contentndose con el producto de unos bienes que no
haban visto y que por su extensin rendan mucho de todas suertes.

Pero en Jerez, el rico estaba sobre el pobre a todas horas, para hacerle
sentir su influencia. Era un centauro rudo, orgulloso de su fuerza, que
buscaba el combate, se embriagaba en l y gozaba desafiando la clera
del hambriento, para domearle como a los potros salvajes en el
herradero.

--El rico de aqu es ms gan que el trabajador--deca Salvatierra.--Su
animalidad gallarda e impulsiva hace an ms dolorosa la miseria.

La riqueza era ms visible all que en otras partes. Los cultivadores
del vino, los dueos de bodegas, los exportadores, con sus fortunas
extraordinarias y sus despilfarros ostentosos, amargaban la pobreza de
los desgraciados.

--Los que dan dos reales a un hombre por el trabajo de todo un
da--continu el revolucionario--pagan hasta cincuenta mil reales por un
caballo de fama. Yo he visto las gaanas y he visto muchas cuadras de
Jerez, donde guardan esas bestias que no son de utilidad, y slo sirven
para halagar el orgullo de sus amos. Creme, Fermn: hay en esta tierra
miles de seres racionales, que al acostarse con los huesos doloridos en
la esterilla del cortijo, quisieran despertar transformados en caballos.

l no aborreca absolutamente las grandes propiedades. Eran una
facilidad para el comunismo de la tierra, ensueo generoso cuya
realizacin crea muchas veces prxima. Cuanto ms reducido fuese el
nmero de los propietarios del suelo, ms fcilmente se resolvera el
problema e interesaran menos los lamentos de los desposedos.

Pero la solucin estaba lejos, y mientras tanto, indignbanle la
creciente miseria, la abyeccin moral de los siervos de la tierra. Le
asombraba la ceguera de las gentes felices aferradas al pasado. Dando la
posesin del suelo en pequeas partes a los trabajadores, como en otras
comarcas de Espaa, retardaran por siglos la revolucin en los campos.
El pequeo cultivador que ama su pedazo de suelo como una prolongacin
de la familia, es spero y hostil a toda innovacin revolucionaria, ms
an que el verdadero rico. Toda idea nueva la considera un peligro para
su pobre bienestar y la repele ferozmente. Dando a aquellas gentes la
posesin del suelo, se retrasara el momento de la suprema Justicia con
que soaba Salvatierra; pero aunque as fuese, su alma de bienhechor
consolbase pensando en los alivios momentneos de la miseria. Surgiran
pueblos en las soledades, desapareceran aquellos cortijos aislados, con
su aspecto hurao de cuartel o de presidio, y las bestias volveran a
la sierra, dejando el llano para el sustento del hombre.

Pero Fermn, al escuchar a su maestro, mova la cabeza con signos
negativos.

--Todo seguir lo mismo--dijo el joven.--A los ricos no les importa nada
el porvenir, ni creen necesaria ninguna precaucin para retardarlo.
Tienen los ojos en el cogote, y si algo ven, es hacia atrs. Mientras
los gobernantes surjan de su clase y tengan a su servicio los fusiles
que pagamos todos, se ren de las rebeldas de abajo. Adems, conocen a
la gente.

--Eso que t dices--repuso Salvatierra;--conocen a la gente y no la
temen.

El revolucionario pensaba en el _Maestrico_, en aquel muchacho que haba
visto escribir trabajosamente a la luz del candil, en la gaana de
Matanzuela. Tal vez aquella alma simple contemplaba mejor el porvenir al
travs de su sencilla fe, que l con su indignacin, que ansiaba
destruir inmediatamente todo lo malo. Lo primero era crear hombres
nuevos, antes de ir a la supresin del mundo caduco. Y pensando en la
muchedumbre miserable y sin voluntad, hablaba con cierta tristeza.

--En vano se han intentado revoluciones en esta tierra. El alma de
nuestras gentes es la misma que en tiempo de los seoros. Guardan en lo
ms hondo la resignacin del siervo.

Aquella tierra era la del vino, y Salvatierra, con su frialdad de
sobrio, maldeca la influencia que ejerca sobre la gente el veneno
alcohlico, transmitindose de generacin en generacin. La bodega era
la moderna fortaleza feudal que mantena a las masas en la servidumbre y
la abyeccin. Los entusiasmos, los crmenes, la alegra, los amores,
todo era producto del vino, como si aquel pueblo, que aprenda a beber
apenas soltaba el pecho de la madre y contaba las horas del da por el
nmero de copas, careciera de pasiones y de afectos, fuese incapaz de
moverse y sentir por propio impulso, necesitando para todos sus actos el
resorte de la bebida.

Salvatierra hablaba del vino como de un personaje invisible y
omnipotente, que intervena en todas las acciones de aquellos autmatas,
soplando en su pensamiento, limitado y vivaracho como el de un pjaro;
empujndolos lo mismo al desaliento, que a la desordenada alegra.

Los hombres inteligentes que podan servir de pastores a los de abajo,
mostraban en su juventud aspiraciones generosas, pero apenas entraban en
edad eran vctimas de la epidemia de la tierra: se convertan en
_manzanilleros_ famosos, no logrando que funcionase su cerebro ms que a
impulsos de la excitacin alcohlica. En plena madurez mostrbanse
decrpitos, con las manos temblonas, casi paralticos, los ojos
enrojecidos, la vista oscurecida y el pensamiento difuso, como si el
alcohol envolviese en nubes su cerebro. Y, vctimas alegres de esta
esclavitud, alababan an el vino como el remedio ms seguro para
fortalecer la vida.

El rebao de la pobreza no poda gozar de este placer de los ricos; pero
lo envidiaba, soando con la embriaguez como la mayor de las
felicidades. En sus momentos de clera, de protesta, bastaba poner el
vino al alcance de sus manos para que todos sonriesen viendo dorada y
luminosa su miseria al travs del vaso lleno de oro lquido.

--El vino!--exclamaba Salvatierra.--Ese es el mayor enemigo de este
pas: mata las energas, crea engaosas esperanzas, acabo con la vida
prematuramente: todo lo destruye; hasta el amor.

Fermn sonrea escuchando a su maestro.

--No tanto, don Fernando!... Reconozco, sin embargo, que es uno de
nuestros males. Puede decirse que llevamos la aficin en la sangre. Yo
mismo, confieso mi vicio: me gusta una copa ofrecida por los amigos...
Es la enfermedad de la tierra.

El revolucionario, arrastrado por el curso tumultuoso de sus
pensamientos, olvidaba el vino para arremeter contra otro enemigo: la
resignacin ante la injusticia, la mansedumbre cristiana de los
desgraciados.

--Esa gente sufre y calla, Fermn, porque las enseanzas que heredaron
de sus antecesores son ms fuertes que sus cleras. Pasan descalzos y
hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que muri por ellos, y
el rebao miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin
cumplirse nada de lo que aqul prometi. Todava las hembras, con el
femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran
sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para
siempre por el ms colosal de los fracasos. Hay que gritarles: No
pidis a los muertos: secad vuestras lgrimas para buscar en los vivos
el remedio de vuestros males.

Salvatierra se exaltaba, elevando su voz en el silencio del crepsculo.
El sol se haba ocultado, dejando sobre la ciudad una aureola de
incendio. Por la parte de la sierra destacbase en un cielo de color de
violeta la primera estrella anunciadora de la noche. El revolucionario
la miraba, como si fuese el astro que haba de guiar hacia ms amplios
horizontes la muchedumbre del llanto y del dolor; la estrella de la
Justicia, alumbrando plida e indecisa la lenta partida de los rebeldes,
y agrandndose hasta convertirse en un sol, as como se aproximaban a
ella, escalando alturas, aplastando privilegios, derribando dioses.

Los grandes ensueos de la Poesa acudan a la memoria de Salvatierra y
hablaba de ellos a su acompaante con la voz trmula y sorda de un
profeta en plena visin.

Un estremecimiento de las entraas de la tierra haba conmovido un da
al mundo antiguo. Los rboles gimieron en los bosques, agitando sus
melenas de hojas, como plaideras desesperadas; un viento fnebre riz
los lagos y la superficie azul y luminosa del mar clsico que haba
arrullado durante siglos en las playas griegas los dilogos de los
poetas y los filsofos. Un lamento de muerte rasg el espacio, llegando
a los odos de todos los hombres. _El gran Pan ha muerto!..._ Las
sirenas se sumergieron para siempre en las glaucas profundidades, las
ninfas huyeron despavoridas a las entraas de la tierra para no volver
jams, y los templos, blancos, que cantaban como himnos de mrmol la
alegra de la vida bajo el torrente de oro del sol, se entenebrecieron,
sumindose en el silencio augusto de las ruinas. Cristo ha nacido,
grit la misma voz. Y el mundo fue ciego para todo lo exterior,
reconcentrando su vista en el alma; y aborreci la materia como pecado
vil, y oprimi los sentimientos ms puros de la vida, haciendo de su
amputacin una virtud.

El sol sigui brillando, pero pareci menos luminoso a la humanidad,
como si entre ella y el astro se interpusiera un velo fnebre. La
naturaleza continu su obra creadora, insensible a las locuras de los
hombres; pero stos no amaron otras flores que las que transparentaban
la luz en las vidrieras de las ojivas, ni admiraron ms rboles que las
palmeras de piedra que sostenan las bvedas de las catedrales. Venus
ocult sus desnudeces de mrmol en las ruinas del incendio, esperando
renacer tras un sueo de siglos, bajo el arado del rstico. El tipo de
belleza fue la virgen infecunda y enferma, enflaquecida por el ayuno; la
religiosa, plida y desmayada como el lirio que sostenan sus manos de
cera, con los ojos lacrimosos, agrandados por el xtasis y el dolor de
ocultos cilicios.

El negro ensueo haba durado siglos. Los hombres, renegando de la
naturaleza, haban buscado en la privacin, en la vida torturada y
deforme, en la divinizacin del dolor, el remedio de sus males, la
fraternidad ansiada, creyendo que la esperanza del ciclo y la caridad en
la tierra bastaran para la felicidad de los cristianos.

Y he aqu que el mismo lamento que anunci la muerte del gran dios de la
Naturaleza, volva a sonar como si reglamentase, con intervalos de
siglos, las grandes mutaciones de la vida humana. Cristo ha muerto!...
Cristo ha muerto!

--S; ha muerto hace tiempo--continu el rebelde.--Todas las almas oyen
este grito misterioso en sus momentos de desesperacin. En vano suenan
las campanas cada ao anunciando que Cristo resucita... Resucita slo
para los que viven de su herencia. Los que sienten hambre de justicia y
esperan miles de aos la redencin, saben que est bien muerto y que no
volver, como no vuelven las fras y veleidosas divinidades griegas.

Los hombres, siguindole, no haban visto un horizonte nuevo: haban
caminado por senderos conocidos. Slo cambiaban el exterior y el nombre
de las cosas. La humanidad contemplaba a la luz cenicienta de una
religin que maldice la vida, lo que antes haba visto en la inocencia
de la infancia. El esclavo redimido por Cristo era ahora el asalariado
moderno, con su derecho a morir de hambre, sin el pan y el cntaro de
agua que su antecesor encontraba en el ergstula. Los mercaderes
arrojados del templo tenan asegurada la entrada en la gloria eterna y
eran los sostenes de toda virtud. Los privilegiados hablaban del reino
de los cielos como de un placer ms que aadir a los que disfrutaban en
la tierra. Los pueblos cristianos se exterminaban, no por los caprichos
y los odios de sus pastores, sino por algo menos concreto, por el
prestigio de un trapo ondeante, cuyos colores les enloquecan. Se
mataban framente hombres que no se haban visto nunca, que dejaban a
sus espaldas un campo por cultivar y una familia abandonada; hermanos de
dolor en la cadena del trabajo, sin otras diferencias que la lengua y la
raza.

En las noches de invierno, la gran muchedumbre de la miseria pululaba en
las calles de las ciudades, sin pan y sin techo, como si estuviese en un
desierto. Los nios lloraban de fro, ocultando las manos bajo los
sobacos; las mujeres de voz aguardentosa se encogan como fieras en el
quicio de una puerta, para pasar la noche; los vagabundos sin pan,
miraban los balcones iluminados de los palacios o seguan el desfile de
las gentes felices que, envueltas en pieles, en el fondo de sus
carruajes, salan de las fiestas de la riqueza. Y una voz, tal vez la
misma, repeta en sus odos, que zumbaban de debilidad: No esperis
nada. Cristo ha muerto!

El obrero sin trabajo, al volver a su fro tugurio, donde le aguardaban
los ojos interrogantes de la hembra enflaquecida, dejbase caer en el
suelo como una bestia fatigada, despus de su carrera de todo un da
para aplacar el hambre de los suyos. Pan, pan! le decan los
pequeuelos esperando encontrarlo bajo la blusa rada. Y el padre oa la
misma voz, como un lamento que borraba toda esperanza: Cristo ha
muerto!

Y el jornalero del campo que, mal alimentado con bazofia, sudaba bajo el
sol, sintiendo la proximidad de la asfixia, al detenerse un instante
para respirar en esta atmsfera de horno, se deca que era mentira la
fraternidad de los hombres predicada por Jess, y falso aquel dios que
no haba hecho ningn milagro, dejando los males del mundo lo mismo que
los encontr al llegar a l... Y el trabajador vestido con un uniforme,
obligado a matar en nombre de cosas que no conoce a otros hombres que
ningn dao le han hecho, al permanecer horas y horas en un foso,
rodeado de los horrores de la guerra moderna, peleando con un enemigo
invisible por la distancia, viendo caer destrozados miles de semejantes
bajo la granizada de acero y el estallido de las negras esferas, tambin
pensaba con estremecimientos de disimulado terror: Cristo ha muerto,
Cristo ha muerto!

S; bien muerto estaba. Su vida no haba servido para aliviar uno solo
de los males que afligen a los humanos. En cambio, haba causado a los
pobres un dao incalculable predicndoles la humildad, infiltrando en
sus espritus la sumisin, la creencia del premio en un mundo mejor. El
envilecimiento de la limosna y la esperanza de justicia ultraterrena
haban conservado a los infelices en su miseria por miles de aos. Los
que viven a la sombra de la injusticia, por mucho que adorasen al
Crucificado, no le agradeceran bastante sus oficios de guardin durante
diecinueve siglos.

Pero los infelices sacudan ya su atona: el dios era un cadver. No ms
resignacin. Ante el Cristo muerto haba que aclamar el triunfo de la
Vida. El cadver inmenso aun pesaba sobre la tierra, pero las
muchedumbres engaadas se agitaban ya, dispuestas a sepultarle. Por
todos lados se oan los vagidos del mundo nuevo que acababa de nacer. La
Poesa que profetiz vagamente la llegada de Cristo, anunciaba ahora la
aparicin del gran Redentor, que no haba de encerrarse en la debilidad
de un hombre, sino que encarnara en la inmensa masa de los
desheredados, de los tristes, con el nombre de Rebelin.

Los hombres comenzaban de nuevo su marcha hacia la fraternidad, el ideal
de Cristo: pero abominando de la mansedumbre, despreciando la limosna
por envilecedora e intil. A cada cual lo suyo, sin concesiones que
denigran, ni privilegios que despiertan el odio. La verdadera
fraternidad era la Justicia social.

Call Salvatierra, y viendo que oscureca, dio una vuelta, comenzando a
desandar el camino.

Jerez, como una gran mancha negra, recortaba las lneas de sus torres y
tejados sobre el ltimo resplandor del crepsculo, mientras abajo
perforaban su oscuridad las rojas estrellas del alumbrado.

Los dos hombres vieron marcarse sus sombras sobre la blanca superficie
del camino. La luna sala a sus espaldas, remontndose en el espacio.

Lejos an de la ciudad, oyeron un ruidoso cascabeleo que haca apartarse
a un lado a los carros que volvan de los cortijos, lentamente, con
sordo rechinar de ruedas.

Salvatierra y su discpulo, refugindose en la cuneta, vieron pasar
cuatro briosos caballos con borlajes saltones y chillonas ristras de
cascabeles tirando de un coche lleno de gente. Cantaban, gritaban,
palmoteaban, llenando el camino con su alegra loca, esparciendo el
escndalo de la _juerga_ sobre las llanuras muertas que aun parecan
ms tristes a la luz de la luna.

Pas el carruaje como un rayo entre nubes de polvo, pero Fermn pudo
reconocer al que guiaba los caballos. Era Luis Dupont que, erguido en el
pescante, arreaba con la voz y el ltigo a las cuatro bestias que
corran desbocadas. Una mujer que iba junto a l, tambin gritaba
azuzando al ganado con una fiebre de velocidad loca. Era la
_Marquesita_. Montenegro crey que le haba reconocido, pues al
alejarse, agit una mano entre la nube de polvo, gritndole algo que no
pudo or.

--Esos van de juerga, don Fernando--dijo el joven cuando se restableci
el silencio en el camino.--Les parece estrecha la ciudad, y, como maana
es domingo, querrn pasarlo en Matanzuela a sus anchas.

Salvatierra, al or el nombre del cortijo, record a su camarada del
ventorro del Grajo, aquel enfermo que ansiaba su presencia como el mejor
remedio. No le haba visto desde el da en que el temporal le oblig a
refugiarse en Matanzuela, pero le recordaba muchas veces, proponindose
repetir su visita en la prxima semana. Prolongara uno de sus largos
paseos, llegando hasta aquella choza donde le esperaban como un
consuelo.

Fermn habl de los recientes amoros de Luis con la _Marquesita_. Al
fin, la amistad les haba conducido a un trmino, que los dos parecan
querer evitar. Ella ya no estaba con el tosco ganadero de cerdos. Volva
a tirarle el seoro, segn deca, y alardeaba impdicamente de sus
nuevas relaciones, viviendo en casa de Dupont y entregndose los dos a
fiestas ruidosas. Les pareca su amor desabrido y montono, si no lo
sazonaban con embriagueces y escndalos que alterasen la hipcrita calma
de la ciudad.

--Se han juntado dos locos--continu Fermn.--Cualquier da se pelearn,
saliendo de una de sus juergas echando sangre; pero, mientras tanto, se
creen felices y exhiben su dicha con una desvergenza admirable. Yo creo
que lo que ms les divierte es la indignacin de don Pablo y su familia.

Montenegro relat las ltimas aventuras de estos enamorados, que
alarmaban a la ciudad. Jerez les pareca estrecho para su dicha y
corran los cortijos y las poblaciones inmediatas, llegando hasta Cdiz,
seguidos del cortejo de cantadores y matones que acompaaba siempre a
Luis Dupont. Pocos das antes haban tenido en Sanlcar de Barrameda una
fiesta estruendosa, al final de la cual, la _Marquesita_ y su amante,
embriagando a un camarero, le raparon la cabeza con unas tijeras. En el
_Crculo Caballista_, rean los seoritos al comentar las hazaas de
aquella pareja. Pero qu buena sombra tena Luis! Qu gran mujer la
_Marquesita_!...

Y los dos amantes, en una continua borrachera, que apenas se desvaneca
era reforzada, como si temiesen perder la ilusin vindose framente sin
la engaosa alegra del vino, iban de un lado a otro, cual un vendaval
de escndalo, entre los aplausos de la gente joven y la indignacin de
las familias.

Salvatierra escuchaba a su discpulo con gesto irnico. Le interesaba
Luis Dupont. Era un buen ejemplar de aquella juventud ociosa, duea de
todo el pas.

Apenas haban llegado los dos paseantes a las primeras casas de Jerez,
cuando el carruaje de Dupont, rodando vertiginosamente a impulsos de las
briosas bestias, que corran como locas, estaba ya en Matanzuela.

Los perros del cortijo ladraron furiosamente al or el galope, cada vez
ms cercano, acompaado de gritos, rasgueos de guitarra y canciones de
prolongado lamento.

--Ah viene el amo--dijo _Zarandilla_.--Nadie pu ser ms que l.

Y llamando al aperador, salieron los dos fuera del cortijo para ver
llegar, a la luz de la luna, el ruidoso carruaje.

Baj del pescante de un salto la gentil _Marquesita_, y poco a poco
fueron disgregndose del amontonamiento de carne que llenaba el interior
todos los del squito. El seorito abandon las riendas a _Zarandilla_,
despus de hacerle varias recomendaciones para que cuidase bien el
ganado.

Rafael avanz quitndose el sombrero.

--Eres t, buen mozo?--dijo la _Marquesita_ con desenvoltura.--Cada vez
ests ms guapo. Si no fuese por darle un disgusto a Mara de la Luz,
cualquier da engabamos a _ste_.

Pero _ste_, o sea Luis, rea de la desvergenza de su prima, sin que le
molestase la muda comparacin a que parecan entregados los ojos de
Lola, entre su cuerpo desmedrado de vividor alegre y la fuerte armazn
del aperador del cortijo.

El seorito pas revista a su gente. Ninguno se haba perdido en el
viaje; todos estaban: la _Mootieso_, famosa cantaora, y su hermana; su
seor padre, un veterano del baile clsico que haba hecho tronar bajo
sus tacones los tablados de todos los cafs cantantes de Espaa; tres
protegidos de Luis, graves y cejijuntos, con la mano en la cadera y los
ojos entornados, como si no osaran mirarse por no infundirse espanto, y
un hombre carilleno, con sotobarba sacerdotal y unos tufos de pelo
pegados a las orejas, guardando bajo el brazo una guitarra.

--Ah le tienes!--dijo el seorito a su aperador, sealndole al
guitarrista.--El se Pacorro, alias el _guila_, el primer tocador del
mundo. El _Guerra_, matando toros, y mi amigo con la guitarra!... el
disloque!

Y como el cortijero se quedase mirando a este ser extraordinario, cuyo
nombre no haba odo jams, el tocador se inclin ceremoniosamente como
un hombre de mundo, experto en frmulas sociales.

--Beso a uzt la mano...

Y sin aadir palabra se entr en el cortijo, siguiendo a la dems gente
que guiaba la _Marquesita_.

La mujer de _Zarandilla_ y Rafael, ayudados por aquella tropa,
arreglaron las habitaciones del amo. Dos quinqus humosos dieron luz a
la gran sala de enjalbegadas paredes, adornadas con algunos cromos de
santos. Los hombres de confianza de don Luis, doblando el espinazo con
cierta pereza, sacaron de espuertas y cajones todas las vituallas
tradas en el carruaje.

La mesa se llen de botellas, que transparentaban la luz; unas de color
de avellana, otras de oro plido. La vieja de _Zarandilla_ se entr en
la cocina, seguida de las dems mujeres, mientras el seorito preguntaba
al aperador por la gente de la gaana.

Casi todos los hombres estaban fuera del cortijo. Como era sbado, los
jornaleros de la sierra se haban ido a sus pueblos. Slo quedaban los
gitanos y las bandas de muchachas que bajaban a la escarda confiadas a
la vigilancia de sus manijeros.

El amo reciba con satisfaccin estos informes. No le gustaba divertirse
teniendo a la vista a los jornaleros, gentes envidiosas, de corazn
duro, que rabiaban con la alegra ajena y andaban despus propalando
los mayores embustes. Le placa estar a sus anchas en el cortijo. No
era el amo?... Y saltando de un pensamiento a otro con su incoherente
ligereza, se encar con los acompaantes. Qu hacan sentados, sin
beber, sin hablar, como si estuviesen velando a un muerto?...

--Vamos a ver esas manitas de oro, maestro--dijo al tocador que, con la
guitarra sobre las rodillas y la mirada en alto, se entretena haciendo
arpegios.

El maestro _guila_, despus de toser varias veces, comenz un rasgueo,
interrumpido de vez en cuando por las escalas gimeantes de la cuerda
prima. Uno de los esbirros de don Luis destap botellas y orden las
filas de caas, ofreciendo estos tubos de cristal, llenos de lquido
dorado con una corona de burbujas. Las mujeres, atradas por la
guitarra, llegaron corriendo de la cocina.

--Venga de ah, _Mootieso_!--grit el seorito.

Y la cantaora rompi en una _sole_, con una voz aguda y poderosa, que
despus de hincharla el cuello como si ste fuera a reventarse, atronaba
la sala y pona en conmocin a todo el cortijo.

El honorable padre de la _Mootieso_, como hombre versado en sus
deberes, sin esperar invitaciones, sac a su otra hija al centro de la
habitacin y comenz el baile con ella.

Rafael se alej prudentemente, despus de beber dos copas. No quera
estorbar la fiesta con su presencia. Adems, deseaba revistar el
cortijo antes que adelantase la noche, temiendo que el amo quisiera
recorrerlo por un capricho de su embriaguez.

En el patio se tropez con _Alcaparrn_, que atrado por el ruido de la
fiesta esperaba una coyuntura para introducirse en la sala con su
pegajosidad de parsito. El aperador le amenaz con varios palos si
segua all.

--Largo, granuja; esos seores no quieren n con los gitanos.

_Alcaparrn_ se alej con aire humilde, pero dispuesto a volver apenas
desapareciese el seor Rafael, el cual entrose en la cuadra para ver si
los caballos del amo estaban bien cuidados.

Cuando pasada una hora volvi el aperador al lugar de la fiesta, vio
sobre la mesa muchas botellas vacas.

La gente estaba lo mismo, como si el lquido se hubiera derramado en el
suelo: solamente el tocador rasgueaba con ms fuerza y los dems batan
palmas con una agitacin loca, gritando a un tiempo para jalear al viejo
bailarn. El respetable padre de las _Mootieso_, abriendo la boca
desdentada y negra con femeniles gritos, mova sus caderas descarnadas,
hundiendo el vientre para hacer surgir con mayor relieve la parte
opuesta. Sus mismas hijas celebraban con grandes risotadas estos alardes
de una vejez envilecida.

--Ol, grasioso!...

El anciano segua bailando como una caricatura femenil entre las
lbricas excitaciones que le diriga la _Marquesita_.

    _San Patrisio!..._
    _Que la puerta se sale del quisio!_

Y al cantar esto movase de tal modo, que pareca prximo a hacer salir
de su quicio natural una parte de su dorso, mientras los hombres le
arrojaban los sombreros a los pies, entusiasmados por esta danza infame,
deshonra del sexo.

Cuando el bailador volvi a su silla, sudoroso y pidiendo una copa como
premio de su cansancio, se hizo un largo silencio.

--Aqu fartan mujeres...

Era el _Chivo_ el que hablaba, despus de escupir por la comisura de los
labios, con la gravedad solemne de un valentn parco en palabras.

La _Marquesita_ protest.

--Y nosotras qu somos, mamarracho?

--S; eso es: qu somos nosotras?--aadieron como un eco las dos de
_Mootieso_.

El _Chivo_ se dign explicarse. l no quera _fartar_ a las seoras
presentes; quera decir que la juerga, para que marchase bien,
necesitaba ms mujero.

El seorito se puso de pie con resolucin. Mujero?... l lo tena; en
Matanzuela haba de todo. Y empuando una botella, dio orden a Rafael
para que le acompaase a la gaana.

--Pero, seorito, qu va a jacer su merc?...

Luis oblig al aperador a que le guiase, a pesar de sus protestas, y
todos le siguieron.

Cuando la alegre banda entr en la gaana, la vio casi desierta. La
noche era de primavera y los manijeros y el arreador estaban sentados en
el suelo, cerca de la puerta, viendo el campo que azuleaba silencioso
bajo la luz de la luna. Las mujeres dormitaban en los rincones, o
formando corrillos oan cuentos de brujas y milagros de santos con un
silencio religioso.

--El amo!--dijo el aperador al entrar.

--Arriba! Arriba! Quin quiere vino?--grit alegremente el seorito.

Todos se pusieron de pie, sonriendo a la inesperada aparicin.

Las muchachas contemplaban con asombro a la _Marquesita_ y sus dos
acompaantas, admirando sus paolones floreados de la China, sus
relucientes peinados.

Los hombres se encogan modestamente ante el seorito, que les ofreca
una copa, mientras sus ojos se iban tras la botella que tena en las
manos. Despus de hipcritas negativas, bebieron todos. Era vino de
ricos, del que ellos no conocan. Oh! aquel don Luis era todo un
hombre! Algo calavera; pero la juventud le serva de excusa y adems
tena un gran corazn. Todos los amos que fuesen como l!...

--Pero, qu vino, compaero?--se decan unos a otros, enjugndose los
labios con el reverso de la mano.

La ta _Alcaparrona_ tambin bebi, y su hijo, que al fin haba
conseguido agregarse al cortejo del amo, pasaba y repasaba ante ste,
ensendole la dentadura caballar con la mejor de sus sonrisas.

Dupont peroraba tremolando en alto la botella. Vena para invitar a su
comilona a todas las muchachas de la gaana, pero slo a las guapas. l
era as: llano y francote: viva la democracia!...

Las muchachas, ruborosas en presencia del amo, a quien muchas de ellas
vean por primera vez, retrocedan mirando al suelo, con las manos
puestas ante la falda. Dupont las sealaba: esta! esta!... Y se fij
tambin en Mari-Cruz, la prima de _Alcaparrn_.

--T, gitana, tambin. Eres fella, pero tienes ngel y sabrs cantar.

--Como los serafines, se--dijo el primo queriendo aprovechar el
parentesco para introducirse en la fiesta.

Las muchachas, repentinamente ariscas, como si les amagase algn
peligro, se hacan atrs, negndose a aceptar el convite. Ya haban
cenado, muchas gracias! Pero poco despus rean, cuchicheando
satisfechas, al ver el mal gesto que ponan ciertas compaeras al no ser
designadas por el amo o sus acompaantes. La ta _Alcaparrona_ las rea
por su timidez:

--Por qu no queris dir? Andad, payas, y si no tenis gana de jartaros
de cosas buenas, tomad algo de lo que el se os d. Pues, poquitas
veces que me orsequi a m el se marqus, el pap de este sol
resplandesiente que aqu est!

Y deca esto sealando a la _Marquesita_, que examinaba a algunas de
aquellas jvenes, como si quisiera adivinar su hermosura debajo de las
ropas astrosas.

Los manijeros, conmovidos por el vino del amo, que no haba hecho ms
que despertar su sed, intervenan paternalmente con el pensamiento
puesto en otras botellas. Podan ir con don Luis sin miedo alguno: lo
decan ellos, que eran los encargados de cuidarlas y respondan de su
seguridad ante sus familias.

--Es un cabayero, muchachas, y adems, vais a cenar con estas seoras.
Toos personas decentes.

La resistencia fue de corta duracin, y, por fin, sali un grupo de
jvenes escoltado por el amo y sus huspedes.

Los que quedaron en la gaana comenzaron a buscar por los rincones una
guitarra. Buena se presentaba la noche! Al salir el amo, haba dicho al
aperador que enviase a aquella gente todo el vino que pidiera. Oh, qu
don Luis!...

La mujer de _Zarandilla_ puso la mesa, ayudada por las jvenes serranas,
que haban adquirido cierto aplomo al verse en las habitaciones del
amo. Adems, el seorito, con una franqueza que las enorgulleca,
hacindolas subir a la cara oleadas de sangre, iba de una a otra con la
botella y la batea de caas, obligndolas a que bebiesen. El padre de
las _Mootieso_ las haca enrojecer y prorrumpir en risotadas semejantes
a cocleos de gallinas, relatndolas al odo cuentos impdicos.

Eran ms de veinte para la cena, y apretados en torno de la mesa,
comenzaron a comer los platos que _Zarandilla_ y su mujer servan con
gran dificultad, pasndolos por encima de las cabezas.

Rafael se mantena de pie junto a la puerta, no sabiendo si ausentarse o
hacerse visible, por respeto al amo.

--Sintate, hombre--orden magnnimamente don Luis.--Te lo permito.

Y como la gente se estrechase an ms, para hacerle sitio, la
_Marquesita_ se levant llamndole. All, al lado de ella! El aperador,
al sentarse, crey que se sumerga en las faldas y las susurrantes ropas
interiores de la hermosa, quedando como pegado a ella, en ardoroso
contacto con un lado de su cuerpo.

Los muchachas rechazaban con remilgos los primeros ofrecimientos del
seorito y sus compaeros. Gracias; ellas haban cenado. Adems, no
estaban acostumbradas a las comidas fuertes de los seores, y podan
hacerlas dao.

Pero el olor de la carne, de la sagrada carne siempre vista de lejos y
de la que se hablaba en la gaana como de un manjar de dioses, pareci
marearlas con una embriaguez ms intensa que la del vino. Una tras otra,
fueron arrojndose sobre los platos, y perdido el primer escrpulo,
comenzaron a devorar como si saliesen de largusimos ayunos.

El seorito celebraba la voracidad con que se movan aquellas
mandbulas, y senta una satisfaccin moral casi equivalente a la que
proporciona el bien. l era as! le gustaba de vez en cuando alternar
con los pobres!

--Ol las mujeres de buen diente!... Ahora a beber para que no se os
atragante el bocado.

Las botellas se vaciaban, y las bocas de las muchachas, azuladas antes
por la anemia, mostrbanse rojas con el zumo de la carne, y brillantes
con las gotas de vino que se escurran hasta las barbillas.

Mari-Cruz, la gitana, era la nica que no coma. _Alcaparrn_ la haca
seas rondando la mesa como un perro. La pobre estaba siempre tan falta
de apetito!... Y con su habilidad de gitano, escamoteaba todo lo que con
disimulo le ofreca Mari-Cruz. Despus sala al patio unos instantes
para zamprselo de golpe, mientras la prima enfermiza beba y beba,
admirando el vino de los seores como lo ms sorprendente de la fiesta.

Rafael apenas comi, trastornado por la vecindad de la _Marquesita_. Le
atormentaba el contacto de aquel cuerpo hermoso hecho para el amor; el
perfume incitante de la carne fresca purificada por una limpieza
desconocida en los campos. Ella, en cambio, pareca aspirar con
delectacin por su naricilla sonrosada y palpitante, el vaho de macho
campesino, el olor de cuero, de sudor y de cuadra que se esparca con
los movimientos del arrogante galn.

--Bebe, Rafael: anmate. Mira a _mi hombre_ qu amartelado est con sus
serranas!

Y sealaba a Luis que, atrado por la novedad, se olvidaba de ella para
requebrar a sus vecinas; dos jornaleras que ofrecan el encanto de una
belleza rstica, mal lavada; dos beldades de cortijo en las que crea
aspirar el perfume acre de las dehesas, el vaho animal de los rebaos.

Era cerca de media noche cuando termin la cena. El ambiente de la sala
se haba caldeado y era sofocante.

El fuerte olor del vino derramado y de los platos sobrantes cados en un
rincn, mezclbase con el hedor de petrleo de los quinqus.

Las muchachas, enrojecidas por la digestin, respiraban con dificultad y
se aflojaban los cuerpos de sus vestidos, desabrochndose el pecho.
Lejos de la vigilancia de los manijeros y trastornadas por el vino,
olvidaban sus remilgos de vrgenes silvestres. Se entregaban con
verdadera furia al goce de esta fiesta extraordinaria, que era como un
relmpago en su vida oscura y triste.

Una de ellas, por una copa derramada sobre su falda, irguiose amenazando
a otra con las uas. Sentan en sus cuerpos la presin de brazos
varoniles y sonrean con cierta beatitud, como absolvindose
anticipadamente de todos los contactos que pudieran sufrir en el dulce
abandono del bienestar. Las dos _Mootieso_, ebrias y furiosas al ver
que los hombres slo atendan a las _payas_, hablaban de desnudar a
_Alcaparrn_, para mantearle; y el muchacho, que haba dormido vestido
toda su vida, escapaba, temblando por su gitana pudibundez.

La _Marquesita_ se arrimaba cada vez ms a Rafael. Pareca que todo el
calor de su organismo se haba concentrado en el lado que tocaba al
aperador, quedando el costado opuesto fro e insensible. El mocetn,
obligado a beber las copas que le ofreca la seorita, sentase ebrio,
pero con una embriaguez nerviosa que le haca bajar la cabeza y fruncir
las cejas torvamente, deseando pelearse con cualquiera de los valientes
que acompaaban a don Luis.

El calor femenil de esta carne suave, que le acariciaba con su contacto
por debajo de la mesa, le irritaba como un peligro difcil de vencer.
Intent levantarse varias veces, pretextando ocupaciones afuera, pero se
sinti agarrado por una manecita de nerviosa fuerza.

--Sintate, ladrn; si te meneas, de un pellizco te arranco el alma.

Y tan borracha como los otros, apoyando su cabeza rubia en una mano, la
_Marquesita_ le contemplaba con los ojos entornados; unos ojos azules,
cndidos, que parecan no manchados jams por la nube de un pensamiento
impuro.

Luis, entusiasmado por la admiracin de las dos muchachas sentadas junto
a l, quiso mostrarse en toda su grandeza heroica, y repentinamente
arroj una copa a la cara del _Chivo_, que estaba enfrente. La fiera del
presidio contrajo su cartula feroz e hizo un movimiento para
incorporarse, llevndose una mano al bolsillo interior de la chaqueta.

Hubo un silencio de angustia, pero el valentn, pasado el primer
movimiento, permaneci en su silla.

--Don Luis--dijo con una mueca de adulacin.--Ust es el nico hombre
que puede jaser eso. Ust es mi pare.

--Y porque soy ms valiente que t!--grit con arrogancia el seorito.

--Eso--afirm el matn con otra sonrisa aduladora.

El seorito pase su mirada de triunfador sobre las aterradas jvenes,
no acostumbradas a tales escenas. Eh?... All tenan a un hombre!

Las _Mootieso_ y su padre, que por acompaar a todas partes a don Luis
como pupilos de su generosidod se lo saban de memoria, se
apresuraron a dar por terminada la escena, moviendo gran estrpito. Ol
los hombres de _verd_! Ms vino! Ms vino!

Y todos, hasta el terrible matn, bebieron a la salud del seorito,
mientras ste, como si le sofocase su propia grandeza, se despojaba de
la chaqueta y el chaleco y ponindose de pie agarraba a sus dos
compaeras. Qu hacan all, apretados en torno de la mesa, mirndose
unos a otros? Al patio! A correr, a jugar, a seguir la juerga bajo la
luna, ya que la noche era de las buenas!...

Y todos salieron a la desbandada, empujndose, ansiando en la asfixia de
la embriaguez aspirar el aire libre del patio. Muchas, al abandonar la
silla andaban tambaleantes, apoyando la cabeza en el pecho de un hombre.
La guitarra del seor Pacorro son con triste quejido al chocar con el
quicio de la puerta, como si la salida fuese estrecha para el
instrumento y el _guila_, que lo empuaba.

Rafael fue a levantarse tambin, pero le contuvo otra vez la nerviosa
manecita.

--T aqu--orden la hija del marqus,--a hacerme compaa. Deja que se
divierta esa gentuza... Pero no me huyas, mala sombra!: parece que te
doy miedo.

El aperador, al verse libre de la opresin de los vecinos, haba hecho
retroceder su silla. Pero el cuerpo de la seorita le buscaba, se
apoyaba en l, sin que pudiera librarse de su dulce pesadumbre, por ms
que echaba el pecho atrs.

Afuera, en el patio, sonaba la guitarra del seor Pacorro, y las
cantaoras, roncas por el vino, acompabanla con gritos y palmas.
Pasaban corriendo las jornaleras por cerca de la puerta perseguidas por
los hombres, riendo con nerviosas carcajadas, como si las cosquillease
el aire de los que iban a sus alcances. Se adivinaban sus escondites en
la cuadra, en los graneros, en el horno, en todos los departamentos del
cortijo que comunicaban con el patio; y en estas piezas oscuras, los
encuentros, las risas sofocadas, los gritos de sorpresa.

Rafael, en su embriaguez, no tena ms que un pensamiento: librarse de
las audaces manos de la _Marquesita_, del peso de su cuerpo, de aquel
ambiente tentador, contra el cual se defenda torpemente, seguro de ser
vencido.

Callaba asombrado por lo extraordinario de la aventura, cohibido por su
respeto a las jerarquas sociales. La hija del marqus de San Dionisio!
Esto es lo que le haca permanecer en su asiento, defendindose con
debilidad de una hembra, a la que poda repeler con slo el impulso de
una de sus manazas. Por fin, tuvo que hablar:

--Djeme su merc, seorita!... Doa Lola... que no pu ser!

Vindole ella encogerse con una pudibundez de doncella, prorrumpi en
insultos. Ya no era el mozo arrogante de otros tiempos, cuando haca el
contrabando y andaba por los colmados de Jerez con toda clase de
mujeres! La tal Mara de la Luz le tena embrujado. Una gran virtud,
que viva en una via, rodeada de hombres!...

Y continu soltando infamias contra la novia de Rafael, sin que ste se
inmutase. El aperador deseaba verla as; sentase de este modo ms
fuerte para resistir a la tentacin.

La _Marquesita_, completamente ebria, insista en sus insultos con la
ferocidad de la mujer despreciada, pero sin separarse de l.

--Cobarde! Es que no te gusto?...

_Zarandilla_ entr en la sala apresuradamente, como si quisiera hablar
al aperador, pero se detuvo. Afuera, junto a la puerta, sonaba la voz
del seorito con tono irritado. Estando l all no haba ms aperador,
ni ms _gobierno_ del cortijo, que su persona!... A obedecer,
cegato!...

Y el viejo volvi a salir con tanto apresuramiento como haba entrado,
sin decir una palabra al aperador.

Rafael se irrit ante la terquedad de aquella mujer. Si no fuese por su
miedo a que le indispusiera con el amo, hacindole perder el puesto en
el cortijo, que era la esperanza de l y su novia!...

Ella segua insultndolo, pero menos iracunda, como si la embriaguez la
privase de movimiento y su deseo no pudiera exteriorizarse ms que con
palabras. Su cabeza resbalaba sobre el pecho de Rafael: inclinbase, con
los ojos entornados, aspirando aquel perfume hombruno, que pareca
adormecerla. Tena su busto cado en las rodillas del campesino, y aun
le insultaba, como si encontrase en esto una extraa delectacin.

--Me voy a quitar las enaguas pa que te las pongas... bobalicn!...
Deban llamarte Mara, como a la sosa de tu novia...

En el patio reson un alarido de terror, acompaado de brutales
carcajadas. Luego carreras ruidosas, choque de cuerpos contra las
paredes, todo el estrpito del peligro y el miedo.

Rafael se levant de un salto, sin fijarse en la _Marquesita_, que rod
por tierra. Tres muchachas entraron en el mismo instante, con tal
impulso, que derribaron varias sillas. Tenan la cara blanca, con una
palidez mortal; los ojos agrandados por el miedo; agachbanse como si
quisieran introducirse bajo la mesa.

El aperador sali al patio. En medio de l, una bestia daba resoplidos,
mirando a la luna, como si extraase el verse en libertad.

Junto a sus patas, yaca extendido algo blanco, que apenas si marcaba un
pequeo bulto sobre el suelo.

De la sombra que proyectaban los tejados, a lo largo de las paredes,
salan carcajadas hombrunas y agudos chillidos de mujer. El seor
Pacorro, el _guila_, continuaba inmvil en un poyo, rasgueando su
guitarra con la serenidad de una borrachera grave, a prueba de toda
clase de sorpresas.

--La pobrecita Mari-Cruz--llorique _Alcaparrn_.--La va a mat el
bicho! La va a mat!...

El aperador lo comprendi todo... Pero qu seorito tan gracioso! Para
dar una sorpresa a los amigos y rer con el susto de las mujeres, haba
obligado a _Zarandilla_ a que soltase un novillo del establo. La gitana,
alcanzada por la bestia, habase desmayado del susto... Juerga
completa!




VI


--La pobrecita Mari-Cruz!--llorique _Alicappn_--.

La gitana Mari-Cruz se mora. Lo anunciaba _Alcaparrn_ con sus
lloriqueos a todos los del cortijo, sin hacer caso de las protestas de
su madre.

--Qu sabes t, bobo!... A otros, peor que ella, los sac alante mi
comare...

Pero el gitano, despreciando la fe de la seora _Alcaparrona_ en la
sabidura de su comadre, presenta la muerte de la prima con la
clarividencia del cario. En el cortijo y en el campo, contaba a todos
el origen de la enfermedad.

--La mardita groma del seorito!... La pobresita siempre ha sido poca
cosa, siempre malucha, y el susto del novillo la ha acabao de matar.
Premita Dios!...

Y el respeto al rico, la sumisin tradicional al amo, cortaban en sus
labios la gitana maldicin.

Aquel cuervo fatdico que, segn l, llamaba a los buenos cuando faltaba
uno en el camposanto, deba estar ya despierto, alisndose con el pico
las negras alas y preparando el graznido para que compareciese su prima.
Ay, pobrecita Mari-Cruz! La mejor de la familia!... Y para que la
muchacha no adivinase sus pensamientos, mantenase a distancia, vindola
de lejos, sin osar aproximarse al rincn de la gaana, donde estaba
tendida sobre un petate, cedido misericordiosamente por los jornaleros.

La sea _Alcaparrona_, viendo a su sobrina, dos das despus de la
nocturna juerga, calenturienta y sin fuerzas para ir al campo, haba
diagnosticado la enfermedad, con su prctica de decidora de buenaventura
y bruja curandera. Era el susto del novillo que se le haba quedao
_adrento_.

--La pobresita--deca la vieja--estaba en su... pues, en eso; y ya se
sabe que en tal caso los sustos son de cuidao. Es sangre corrompa que
se le ha subo al pecho y la ajoga. Por eso pide siempre de beber, como
si con un ro no la bastase.

Y por toda medicina, cuando al amanecer sala al campo a trabajar con la
familia, colocaba junto a los andrajos de la cama un jarro siempre
lleno.

Gran parte del da lo pasaba la muchacha sola en el rincn ms oscuro
del dormitorio de los gaanes. Algn perro del cortijo, entrando de
tarde en tarde, daba vueltas en torno de ella con un gruido sordo, que
expresaba su extraeza, y despus de intentar lamer su cara plida,
alejbase repelido por las manos exanges, transparentes, infantiles.

A medio da, cuando un rayo de sol filtraba su faja de oro en la
penumbra de lo cuadra humana, las moscas de primavera llegaban hasta el
oscuro rincn, animando con su zumbido la soledad.

Algunas veces entraban _Zarandilla_ y su mujer a ver a Mari-Cruz.

--nimo, muchacha; hoy ties mejor cara. Lo que importa es que eches todo
lo malo que se te ha subo al pecho.

La enferma, sonriendo dbilmente, tenda sus flacos brazos para coger el
jarro, y beba y beba, con lo esperanza de que el agua deshiciese la
bola ardorosa y sofocante que dificultaba su respiracin, transmitiendo
a todo su cuerpo el fuego de la fiebre.

Cuando se retiraba el rayo de sol, extinguindose el zumbido de las
moscas, y el pedazo de cielo encuadrado por la puerta tomaba un suave
color de violeta, la enferma alegrbase. Era la mejor de las horas: iban
a llegar los suyos. Y sonrea a _Alcaparrn_ y sus hermanos, que se
sentaban en el suelo en semicrculo sin decirla nada, mirndola con ojos
interrogantes, como si quisieran atrapar a la fugitiva salud. Su ta,
todas las tardes al volver, lo primero que preguntaba era si haba
arrojado _aquello_, aguardando que expeliera por la boca la pudredumbre,
la mala sangre que el susto haba acumulado en su pecho.

La enferma animbase tambin con la presencia de los compaeros de
trabajo, aquellos gaanes que antes de comer su gazpacho de la noche
pasaban un momento ante ella, esforzndose por infundirla nimo con
rudas palabras. El temible Juann la hablaba todas las noches,
proponiendo curaciones enrgicas, propias de su carcter:

--T lo que necesitas es comer, chiquiya; trajelar. Too lo que tienes es
hambre.

Y a continuacin ofrecala cuantos alimentos extraordinarios posean sus
compaeros: un pedazo de bacalao, una morcilla de la sierra que
milagrosamente se conservaba en la gaana... Pero la gitana rechazbalo
todo con gesto agradecido.

--T te lo pierdes; te se da de too corazn. As ests de enjuta y
esmirri, y as te morirs: porque no comes.

Juann se afirmaba en esta creencia, viendo el estado de consuncin de
la muchacha. Ya no quedaba en ella el menor vestigio de carne: sus
dbiles msculos de anmica se haban derretido. Slo subsista el
esqueleto, marcando sus angulosidades bajo la epidermis blancuzca, que
pareca adelgazarse tambin como una envoltura sutil.

Toda su vida pareca concentrada en los ojos hundidos, cada vez ms
negros, con ms luz, como dos gotas de lgamo tembloroso en las
profundidades de las rbitas amoratadas.

Por la noche, _Alcaparrn_, en cuclillas detrs de ella, huyendo de su
mirada para llorar libremente, vea clarear a la luz del candil sus
orejas y las alillas de la nariz, con una transparencia de hostia.

El aperador, alarmado por el aspecto de la enferma, hablaba de traer un
mdico de la ciudad.

--Esto no es cristiano, ta _Alcaparrona_. Esa criatura se muere como
una bestia.

Pero ella protestaba con indignacin. Un mdico? Eso era para los
seores, para los ricos. Y quin haba de pagarlo?... Adems, ella no
haba necesitado de mdico en toda su vida y era vieja. Las gentes de su
raza, aunque pobres, tenan su poquito de ciencia, que los _gachs_
buscaban muchos veces.

Y llamada por ella se present en el cortijo su _comare_, una gitana
viejsima, que gozaba gran fama de curandera en Jerez y su campo.

Despus de or a la _Alcaparrona_, palp el msero esqueleto de la
enferma, aprobando todas las palabras de su amiga. No se haba engaado:
era el susto, la mala sangre que se le haba subido al pecho y la
ahogaba.

Anduvieron toda una tarde las dos por las colinas vecinas buscando
hierbas, y solicitaron de la mujer de _Zarandilla_ los ms disparatados
ingredientes para una famosa cataplasma que pensaban preparar. Por la
noche, los hombres de la gaana contemplaron en silencio las
manipulaciones de las dos brujas en torno de un puchero puesto a la
lumbre, con ese respeto crdulo de las gentes del campo por todo lo
maravilloso.

La enferma bebi humildemente el cocimiento y recibi sobre el pecho el
emplasto, manejado misteriosamente por las dos viejas, como si
contuviese un poder sobrenatural. La _comare_, que haba hecho milagros,
renegaba de su sabidura si antes de dos das no lograba deshacer la
bola de fuego que ahogaba a la muchacha.

Y los dos das transcurrieron, y otros dos ms, sin que la pobre
Mari-Cruz experimentase alivio.

_Alcaparrn_ segua sollozando fuera de la gaana, para que no le oyese
la enferma. Cada vez peor! No poda estar acostada! se ahogaba! Su
madre ya no iba al campo; se quedaba en la gaana para cuidarla. Hasta
para dormir tenan que mantenerla con el cuerpo erguido, mientras su
pecho se agitaba con un estertor de fuelle roto.

--Ay, Se!--gema el gitano, perdiendo la ltima esperanza.--Lo mezmo
que los pajarillos cuando los jieren.

Rafael no osaba aconsejar a la familia, ni entraba a ver a la enferma
ms que a las horas de trabajo, cuando los gaanes estaban en el campo.

La enfermedad de Mari-Cruz y la juerga del seorito en el cortijo le
haba colocado en una situacin violenta con toda la gente de la
gaana.

Algunas de las muchachas, al recobrar la razn despus de la embriaguez
de aquella noche, se haban ido a la sierra, no queriendo permanecer en
el cortijo. Apostrofaban a los manijeros, guardianes de confianza de
sus familias, que haban sido los primeros en aconsejarlas que siguiesen
al seorito. Y despus de propalar entre los trabajadores que volvieron
a Matanzuela el domingo, lo ocurrido en la noche anterior, emprendieron
solas el regreso a sus casas, contando a todos los escndalos del
cortijo.

Los gaanes, al volver a Matanzuela no vieron al amo. ste y su
comitiva, una vez dormida la borrachera, haban regresado a Jerez
alegres como siempre, con un regocijo escandaloso. Los trabajadores, en
su indignacin, hacan responsables al aperador y todo el _gobierno_ del
cortijo. El seorito estaba lejos; y adems era quien les proporcionaba
el pan.

Algunos de los que estaban en la gaana lo noche de la juerga, tuvieron
que pedir la cuenta y buscar trabajo en otros cortijos. Los compaeros
mostrbanse indignados. Iban a llover pualadas. Borrachos! Por cuatro
botellas de vino haban vendido a unas muchachas que podan ser sus
hijas!...

Juann lleg a encararse con el aperador.

--Conque t--dijo escupiendo en el suelo con aire de desprecio--eres el
que proporcionas al seorito las mozas de la gaana pa que se
divierta?... Hars carrera, Rafa. Ya sabemos pa lo que sirves.

El aperador salt como si recibiese un navajazo.

--Yo sirvo, pa lo que sirvo. Y pa matarme con un hombre cara a cara si
es que me farta.

Y herido en su arrogancia, miraba con aire de reto a Juann y a los ms
bravos, llevando preparada la navaja en un bolsillo de la chaqueta,
siempre a punto de caer sobre ellos, a la ms leve provocacin. Para
demostrar que no tena miedo a una gente ansiosa por dar salida a los
antiguos rencores contra el vigilante de su trabajo, Rafael intentaba
justificar al amo.

--Fue una groma. Don Luis sort el novillo por divertirse, sin hacer
dao a nadie. Lo dems ju una desgracia.

Y por altivez, no deca que era l quien haba metido en la cuadra al
animal, librando a la pobre gitana de las astas que removan feroces sus
ropas. Y callaba igualmente su pelea con el amo, despus de salvar a
Mari-Cruz; la franqueza con que le haba censurado y el arrebato de don
Luis queriendo abofetearle, como si fuese un matn de su comitiva.

Rafael le haba agarrado la mano con una de sus garras, zarandendolo
como a un nio, al mismo tiempo que con la otra buscaba su navaja, con
ademn tan resuelto, que el _Chivo_ se detena, a pesar de que el
seorito le llamaba a grandes voces para que matase a aquel hombre.

El mismo valentn, temiendo al aperador, haba arreglado el asunto
declarando sentenciosamente que los tres eran igualmente valientes, y
que entre valientes no deben existir cuestiones. Y juntos haban bebido
la ltima copa, mientras la _Marquesita_ roncaba debajo de la mesa, y
las muchachas, aterradas por el susto, huan a la gaana.

Cuando una semana despus Rafael fue llamado por el seorito, emprendi
el camino de Jerez creyendo que ya no regresara a Matanzuela. El
llamamiento sera para decirle que haba buscado otro aperador... Pero
el loco Dupont le recibi con gesto alegre.

El da anterior haba reido definitivamente con su prima. Estaba harto
de sus caprichos y sus escndalos. Ahora sera hombre serio, para no dar
disgustos a Pablo, que era como su padre. Pensaba dedicarse a la
poltica; ser diputado. Otros de la tierra lo eran, sin otro mrito que
una fortuna y un nacimiento iguales a los suyos. Adems, contaba con el
apoyo de los Padres de la Compaa, sus antiguos maestros, que no
dejaran de felicitarse al verle en el hotel de su primo hecho un hombre
serio, ocupndose en defender los sagrados intereses sociales.

Pero se cans pronto de hablar en este tono y mir a su aperador con
cierta curiosidad.

--Rafael, sabes que eres un valiente?...

Fue su nica alusin a la escena de aquella noche. Despus, como
arrepentido de dar tan en absoluto esto certificado de valor, aadi
modestamente:

--Yo, t y el _Chivo_, somos los tres hombres ms hombres de Jerez.
Cualquiera se nos pone delante!...

Rafael escuchbale impasible, con el gesto respetuoso de un buen
servidor. Lo nico que le interesaba de todo aquello, era la seguridad
de continuar en Matanzuela.

El amo le pidi despus noticias del cortijo. Su poderoso primo, que
todo lo saba, al reirle por aquella _juerga_, de la que se hablaba
mucho en Jerez (esto lo deca con cierto orgullo), le haba mentado a
una gitana enferma del susto. Qu era aqullo? Y escuch, con aire de
aburrimiento, las explicaciones de Rafael.

--Total, nada: ya sabemos cmo exageran los gitanos. Eso pasar. Un
susto, por un novillo suelto!... Si eso es una broma corriente!

Y enumeraba todas las comidas de campo, con gentes ricas, que haban
tenido como final esta broma ingeniosa. Luego, con gesto magnnimo, dio
rdenes a su aperador.

--Entrega a esa pobre gente lo que necesite. Pgale a la muchacha el
jornal mientras est enferma. Quiero que mi primo se convenza de que no
soy tan malo como cree y que tambin s hacer la caridad cuando me toca.

Al salir Rafael de la casa del amo, espole su jaca, para hacer una
visita a Marchamalo antes de volver al cortijo, pero se vio detenido
frente al _Crculo Caballista_.

Los seoritos ms ricos de Jerez abandonaban sus copas de vino para
salir a la calle, rodeando el caballo del aperador. Queran saber
detalladamente lo ocurrido en Matanzuela. Aquel Luis era a veces tan
embustero relatando sus hazaas!... Y al contestar Rafael gravemente,
con pocas palabras, rean todos ellos, viendo confirmadas sus noticias.
El novillo suelto, persiguiendo a las jornaleras ebrias, haca
prorrumpir en ruidosas carcajadas a una juventud que, bebiendo vino,
desbravando caballos y discutiendo mujeres, esperaba el momento de
heredar la riqueza y la tierra de todo Jerez... Pero, qu buena sombra
tena el tal Luis! Y pensar que ellos no haban presenciado aquella
broma! Algunos recordaban con amargura que les haba invitado a la
fiesta, y se lamentaban de la ausencia.

Uno de ellos pregunt si era cierto que una muchacha de la gaana
estaba enferma del susto. Al decir Rafael que era una gitana, muchos
levantaron los hombros. Una gitana! pronto se pondra buena. Otros, que
conocan a _Alcaparrn_ por sus truhaneras, rieron al saber que la
enferma era de su familia. Y todos, olvidando a la gitana, volvieron a
comentar la graciosa ocurrencia de Dupont el loco, acosando con nuevas
preguntas a Rafael, para saber qu haca la _Marquesita_ mientras su
amante soltaba el novillo, y si sta haba corrido mucho.

Cuando Rafael no tuvo ms que decir, todos se fueron adentro sin
saludarle. Satisfecha su curiosidad, despreciaban al gan que les
haba hecho abandonar sus mesas precipitadamente.

El aperador puso su jaca al galope, con el deseo de llegar cuanto antes
a Marchamalo. Mara de la Luz no le haba visto en dos semanas y le
recibi con mal gesto. Hasta all haba llegado, agrandada por
comentarios, la noticia de lo ocurrido en Matanzuela.

El capataz movi su cabeza reprobando el suceso, y la hija,
aprovechndose de una ausencia del seor Fermn, increp a su novio,
como si ste fuese el nico responsable del escndalo del cortijo. Ah,
_mardito_! Por esto haba estado tantos das sin presentarse en la
via! El _seor_ tornaba a sus antiguas costumbres de mozo alegre;
converta en una casa de vergenzas aquel cortijo, con el que soaba
ella como un nido de amores legtimos.

--Quita all, sinvergenzn. Por aqu no gervas: te conozco...

Y el pobre aperador casi rompi a llorar, herido por la injusticia de su
novia. Tratarle as!... despus de la prueba a que le haba sometido
el ebrio impudor de la _Marquesita_ y que l callaba por respeto a Mara
de la Luz!... Se excusaba hablando de su condicin. l no era ms que un
criado, que haba de cerrar los ojos ante muchas cosas, para conservar
su puesto. Qu hara su padre, si el dueo de la via fuese un seorito
como el suyo?...

Parti Rafael de Marchamalo, dejando a su novia menos iracunda, pero
llevaba en el pensamiento, como una aguda pesadumbre, la aspereza con
que le despidi Mara de la Luz. Cristo, con el seorito! Qu de
disgustos le proporcionaban sus diversiones!... Volva lentamente hacia
Matanzuela, pensando en las caras hostiles de los gaanes, en aquella
muchacha que se mora rpidamente, mientras all en la ciudad, los
desocupados hablaban de ella y de su susto con grandes risas.

Apenas ech pie a tierra, vio a _Alcaparrn_ que vagaba por los
alrededores del cortijo, con gestos de loco, como si la exuberancia de
su dolor no cupiera bajo los techos.

--Se muere, se Rafa. Lleva ya ocho das de paecer. La pobrecita no
puede tenderse, y est sentada da y noche con los brazos extendos y
moviendo las manos as... as; como si buscase la salusita que se ju pa
siempre. Ay, mi pobre Mari-Cruz! Mi prima del arma!...

Y lanzaba estos gritos como si fuesen rugidos, con la expansin trgica
de la raza gitana que necesita espacio libre para sus dolores.

El aperador entr en la gaana, y antes de llegar al montn de harapos
de la enferma, oy el ruido de su respiracin, un soplido doloroso de
fuelle descompuesto, que dilataba y contraa el msero costillaje de su
pecho.

La asfixia le haca abrir, con temblores de angustia, su andrajoso
corpio, mostrando un pecho de muchacho tsico, de una blancura de papel
mascado, sin ms seales del sexo que dos granos morenos hundidos entre
las costillas. Respiraba moviendo la cabeza a un lado y a otro, como si
pretendiese absorber todo el aire. En ciertos momentos sus ojos
agrandbanse con expresin de espanto, como si sintiera el contacto de
algo fri e invisible en las manos crispadas que tenda ante ella.

La ta _Alcaparrona_ mostraba menos confianza que al iniciarse la
enfermedad.

--Si echara la cosa maligna que lleva aentro!--exclam mirando a
Rafael.

Y despus de limpiar el sudor fro y viscoso de la cara de la enferma,
ofreciole la alcazarra de agua.

--Bebe, hija de mis entraas! Mi blanca paloma!...

Y la msera paloma, herida de muerte, despus de beber, asomaba su
lengua entre los labios violceos, cual si quisiera prolongar la
sensacin de frescura: una lengua seca, de rojo tostado, como una lonja
de carne asada.

A veces interrumpase el estertor de su respiracin con una tos seca,
lanzando espectoraciones estriadas de sangre. La vieja mova la cabeza.
Ella esperaba algo negro y monstruoso, una oleada putrefacta que, al
salir, se llevase todo el mal de la muchacha.

Una tarde la vieja prorrumpi en alaridos. La nia se mora; se ahogaba.
Ella, tan dbil, que apenas poda mover las manos, retorca su armazn
de huesos con la fuerza extraordinaria de la angustia, y tales eran sus
impulsos, que la ta apenas poda contenerla entre sus brazos.
Apoyndose en los talones se levantaba, doblndose como un arco, con el
pecho abombado y jadeante, el rostro crispado y azul.

--Joz Mara!--gimi la vieja.--Que se muere!... Que se me quea entre
las manos! Hijo mo!

Y _Alcaparrn_, en vez de acudir al llamamiento de su madre, sali
corriendo como un loco. Haba visto pasar a un hombre, una hora antes,
por el camino de Jerez con direccin al ventorro del Grajo.

Era l, el ser extraordinario del que todos los pobres hablaban con
respeto. De repente se sinti inflamado por esa fe que los pastores de
muchedumbres esparcen en torno de ellos, como una aureola de confianza.

Salvatierra, que estaba en el ventorro hablando con _Matacardillos_, su
doliente camarada, se hizo atrs, sorprendido por la impetuosa entrada
de _Alcaparrn_. El gitano miraba a todos lados con ojos de loco, y
acab por arrojarse a sus pies, agarrndole las manos con suplicante
vehemencia.

--Don Fernando! Su merc lo puee too!... Su merc hase milagros, si
quiere! Mi prima... mi Mari-Cr... que se muere, don Fernando, que se
muere!...

Y Salvatierra no se daba cuenta de cmo haba salido del ventorro
remolcado por la mano febril de _Alcaparrn_ y cmo haba llegado a
Matanzuela con una rapidez de ensueo, corriendo tras el gitano, que
tiraba de l, al mismo tiempo que le llamaba su Dios, convencido de que
hara el milagro.

El rebelde viose de pronto en la penumbra de la gaana, y a la luz del
candil, sostenido por uno de los gitanillos, distingui la boca dolorosa
y azulada de Mari-Cruz contrada por el supremo espasmo, sus ojos
agrandados por la negrura del dolor, con una expresin de angustia
infinita. Peg su odo a la piel viscosa y hmeda de aquel pecho que
pareca prximo a romperse. El examen fue breve. Al incorporarse se
quit el sombrero instintivamente, quedando de pie y descubierto ante la
pobre nia.

Nada haba que hacer. Era la agona, la lucha tenaz y horripilante, el
supremo dolor, que espera agazapado al final de toda existencia.

La vieja habl a Salvatierra de sus opiniones acerca de la enfermedad,
esperando que las aprobase. Era la sangre corrompida por el susto, que
no poda salir y la mataba.

Pero don Fernando mova la cabeza. Su aficin a la medicina, sus
lecturas desordenadas pero extensas, durante los largos aos de
reclusin, su continuo contacto con la desgracia, le bastaban para
reconocer la enfermedad a la primera ojeada. Era la tisis, rpida,
brutal, fulminante, esparciendo el tubrculo con la florescencia fecunda
de la plaga: la tisis en forma sofocante, la terrible granulia que
surga a consecuencia de una fuerte emocin en este organismo pobre,
abierto a todas las enfermedades, vido de incubarlas. Examinaba de
cabeza a pies aquel cuerpo descarnado, de una blancura enfermiza, en el
que los huesos parecan tener la fragilidad del papel.

Salvatierra preguntaba en voz baja por los padres. Adivinaba el remoto
araazo del alcohol en esta agona. La ta _Alcaparrona_ protest.

--Su pobresito pare beba como cualsiquiera, pero era un hombrn de
mucho aguante. Los amigos le llamaban de apodo _Damajuana_. Pero verle
borracho?... nunca.

Salvatierra se sent en un pedazo de tronco, siguiendo con mirada triste
el curso de la agona. Lloraba la muerte de aquella criatura, que slo
haba visto una vez; msero engendro del alcoholismo, que abandonaba el
mundo empujado por la bestialidad de una noche de borrachera.

El pobre ser debatase entre los brazos de los suyos con los horrores de
la asfixia, tendiendo sus brazos hacia adelante.

Un velo pareca flotar ante sus ojos, empequeeciendo las pupilas. Su
respiracin tena el burbujeo del hervor, como si en su garganta
tropezase el aire con el obstculo de extraas materias.

La vieja, no encontrando a mano otro remedio, la daba de beber y el agua
caa en el estmago ruidosamente, como en el fondo de una vasija:
chocaba en las paredes del esfago paralizado, hacindolas sonar como si
fuesen de pergamino. El rostro perda sus rasgos generales; se
ennegrecan las mejillas; aplastbanse las sienes; se adelgazaba la
nariz con fro afilamiento; la boca torcase a un lado con una mueca
horrible.

Comenzaba a caer la noche y entraban en la gaana los trabajadores y
las mujeres, agrupndose silenciosos a corta distancia de la moribunda,
con la cabeza baja, conteniendo sus sollozos.

Algunos salan al campo para ocultar su emocin, en la que haba algo de
miedo. Cristo! Y as moran las personas! Tanto costaba perder la
vida!... Y la certeza de que todos haban de pasar por el terrible
trance con sus contorsiones y estremecimientos, les haca considerar
como tolerable y dichosa la vida de trabajo que venan arrastrando.

--Mari-Cr! Palomica ma!--suspiraba la vieja.--Me ves? Aqu estamos
toos!...

--Contesta, Mari-Cr!--suplicaba _Alcaparrn_, lloriqueando.--Soy tu
primo, tu Jos Mara...

Pero la gitana slo contestaba con estertores roncos, sin abrir apenas
los ojos, mostrando por entre los prpados inmviles las crneas de un
color de vidrio empaado. En uno de sus estremecimientos sac de la
envoltura de harapos un pie descarnado y pequeo, completamente negro.
La falta de circulacin aglomeraba la sangre en las extremidades. Las
orejas y las manos se ennegrecan igualmente.

La vieja prorrumpi en lamentos. Lo que ella haba dicho! La _sangre
corrompa_; el maldito susto que no haba querido salir y ahora, con la
muerte, se le esparca por todo el cuerpo! Y se abalanzaba sobre la
agonizante, besndola con una avidez loca, como si la mordiese para
volverla a la vida.

--Se ha muerto, don Fernando! No le ve su mers? Se ha muerto...

Salvatierra hizo callar a la vieja. La moribunda ya no vea: su
respiracin cavernosa era cada vez ms pausada, pero el odo an
conservaba su poder. Era la ltima resistencia de la sensibilidad ante
la muerte; prolongbase mientras el cuerpo iba cayendo en el abismo
negro de la inconsciencia. Slo restaban en ella los ltimos y
trabajosos estremecimientos de la vida vegetativa. Cesaron lentamente
las contorsiones, el hervor del msero cuerpo: los prpados se abrieron
con el escalofro final, mostrando las pupilas dilatadas con un reflejo
vidrioso y mate.

El rebelde cogi entre sus brazos aquel cuerpo ligero como el de un
nio, y apartando a los parientes, fue poco a poco acostndolo en el
montn de harapos.

Don Fernando temblaba: sus gafas azules empabanse turbando la visin
de sus ojos. La fra impasibilidad que le haba acompaado en los azares
de su vida, derretase ante aquel pequeo cadver, ligero como una
pluma, que acostaba en el lecho de su miseria. Tena en su gesto y en
sus manos algo de sacerdotal, como si la muerte fuese la nica
injusticia ante la que se prosternaba su clera de rebelde.

Al ver los gitanos a Mari-Cruz, tendida e inmvil, permanecieron largo
rato en silencioso estupor. En el fondo de la gaana sonaban los
sollozos de las mujeres, el murmullo apresurado de un rezo.

Los _Alcaparrones_ contemplaban el cadver a distancia, sin besarlo, ni
osar el ms leve contacto con l, con el respeto supersticioso que la
muerte inspira a su raza. Pero la vieja, de pronto se llev las
crispadas manos al rostro, arandolo, hundiendo los dedos en su pelo
aceitoso, de una negrura que desafiaba a los aos. Volaron en torno de
su cara los flcidos rabos de la cabellera y un aullido estridente hizo
temblar a todos.

--Aaay! Que se ha muerto mi nia! Mi palomica blanca! Mi rosita de
Abril!...

Y sus alaridos, en los que vibraba la exuberancia aparatosa del dolor
oriental, acompabalos de araazos que ensangrentaban las arrugas de
su rostro. Un choque sordo conmova al mismo tiempo el suelo de tierra
apisonada. Era _Alcaparrn_, que, cado de bruces, golpeaba con su
cabeza el piso.

--Aaay! Que se ha ido Mari-Cr!--ruga como una bestia herida.--La
mej de la casa! La ms honr de la familia!...

Y los _Alcaparrones_ pequeos, como si de repente obedeciesen a un rito
de su raza, pusironse de pie y comenzaron a correr por el cortijo y sus
alrededores, dando alaridos y arandose la cara.

--Juy! juy! Que ha muerto la pobresita prima!... Juy! Que se nos ha
ido Mari-Cr!...

Era una carrera loca de duendes al travs de todas las dependencias del
cortijo, como si quisieran que los ms humildes animales se enterasen de
su desgracia. Penetraban en las cuadras, se escurran entre las patas de
las bestias, repitiendo su quejido por la muerte de Mari-Cruz; corran,
ciegos por las lgrimas, tropezando con las esquinas, con los marcos de
las puertas, volcando en su carrera aqu un arado, ms all una silla y
seguidos por los perros libres de cadena que les acosaban por todo el
cortijo, uniendo sus ladridos a los desesperados lamentos.

Algunos gaanes cazaron al paso a los pequeos energmenos,
levantndolos en alto; pero, aun as, aprisionados, seguan moviendo los
remos en el aire con interminable lloro:

--Juy! que se ha muerto la prima! La pobresita Mari-Cr!

Cansados de gemir, de araarse, de golpear el suelo con la cabeza,
anonadados por su dolor ruidoso, todos los de la familia volvieron a
formar crculo en torno del cadver.

Juann hablaba de velar con algunos compaeros a la muerta hasta la
maana siguiente. La familia poda dormir mientras tanto fuera de la
gaana, que bien necesitada estaba de ello. Pero la vieja gitana
protest. No quera que el cadver estuviese ms tiempo en Matanzuela. A
Jerez en seguida. Lo llevaran en un carro, en un borrico, a hombros, si
era preciso, entre ella y sus hijos.

Tenan su casa en la ciudad. Acaso los _Alcaparrones_ eran unos
vagabundos? Su familia era numerosa, infinita; desde Crdoba hasta
Cdiz, no haba feria de ganados donde no se encontrase a uno de los
suyos. Ellos eran pobres, pero tenan parientes que les podan tapar con
onzas de los pies a la cabeza; gitanos ricos que trotaban por los
caminos seguidos de regimientos de mulas y caballos. Todos los
_Alcaparrones_ queran a Mari-Cruz, la virgen enferma, de ojos dulces:
su entierro sera de reina, ya que su vida haba sido de animal de
carga.

--monos--deca la vieja con gran exaltacin en la voz y los
ademanes.--monos a Jerez en segua. Quiero que antes de que amenesca la
vean todos los nuestros, tan bonita y tan arregl como la misma Mare de
Dios. Quiero que la vea el abuelo, mi padre, cabayeros; el gitano ms
viejo de toa Andalusa, y que la bendiga el pobresito con sus manos de
Pae Santo, que tiemblan y paese que tienen lus.

La gente de la gaana aprobaba los propsitos de la vieja, con el
egosmo del cansancio. Ellos no podan resucitar a la muerta, y era
mejor, para su tranquilidad, que se ausentase cuanto antes aquella
familia ruidosa, que turbara su sueo.

Rafael intervino, ofreciendo un carro del cortijo. El to _Zarandilla_
iba a aparejar, y antes de media hora podran llevarse el cadver a
Jerez.

La vieja _Alcaparrona_, al ver al aperador, se reanim, brillando en sus
ojuelos el fuego del odio. Encontraba, al fin, alguien a quien hacer
responsable de su desgracia.

--Eres t, ladrn? Ya estars contento, aperaor farso! Mira ah a la
pobresita que has matao!

Rafael contest de mal talante.

--Menos palabras e insultos, ta bruja. En lo de aquella noche, tuvo
ust ms curpa que yo.

La vieja quiso arrojarse sobre l, con la alegra infernal de haber
encontrado alguien en quien saciar su dolor.

--Arcagetn!... T juiste el que lo hiso too. Mardita sea tu arma y la
del ladrn de tu seorito.

Aqu vacil un momento, como arrepentida de nombrar al seor, siempre
respetado por la gente de su raza.

--No; el amo, no. Al fin, es joven, es rico y los seoritos no tienen
otro obligacin que divertirse. Mardito seas t, t solo, que estrujas a
los pobres y los arreas como si juesen negros y arreglas las mositas a
los amos, pa ocultar mej tus latrocinios. Na quiero tuyo: toma los
sinco duros que me diste; tmalos, ladrn: ah van, arcagete.

Y debatindose entre los hombres que la sujetaban para que no acometiese
a Rafael, hunda las manos en sus harapos buscando el dinero, con una
falsa precipitacin, con el firme propsito de no encontrarlo. Mas no
por esto era menos dramtica su actitud.

--Tmalo, perro roo!... Ah va, y as cada peseta se te gerva un
mengue que te muerda el corazn!

Y abra sus manos crispadas como si arrojase algo en el suelo, sin
arrojar nada: acompaando sus manotones de aire con muecas altivas, cual
si realmente rodase el dinero por tierra.

Don Fernando intervino, colocndose entre el aperador y la bruja. Ya
haba dicho bastante: deba callar.

Pero la vieja se mostr ms insolente al verse protegida por el cuerpo
de Salvatierra, y asomando por uno de sus hombros la boca de arpa,
sigui insultando a Rafael.

--Premita Dios que se te muera lo que ms estimes... Que veas argn da
estir y fra, como mi pobrecita Mari-Cr, a la gach de tus quereres.

El aperador la haba escuchado hasta entonces con desdeosa frialdad,
pero al sonar estas palabras fue a l a quien tuvieron que contener los
hombres de la gaana.

--Bruja!--rugi--a m lo que quieras, pero a esa persona no te la
pongas en la boca, porque te mato!

Y pareca dispuesto a matarla, teniendo que hacer grandes esfuerzos los
gaanes para llevrselo afuera. Quin haca caso de mujeres?... Haba
que dejar a la vieja, que estaba loca por el dolor. Y, cuando vencido
por las reflexiones de Salvatierra y los empellones de tantos brazos,
traspuso la puerta de la gaana, an oy la voz agria de la bruja, que
pareca perseguirle.

--Juye, persona farsa, y que Dios te castigue quitndote la gach de la
via! Que se te la yeve un seorito... que don Luis la disfrute, y t lo
sepas.

Ay! Qu esfuerzo hubo de hacer Rafael para no volver sobre sus pasos y
estrangular a la vieja!...

Media hora despus _Zarandilla_ par su carro a la puerta. Juann y
otros compaeros envolvieron el cadver en una sbano, levantndolo de
su lecho de harapos. An pesaba menos que en el momento de la muerte.
Era, segn decan aquellos hombres, una pluma, una arista de paja.
Pareca que con la vida se hubiese evaporado toda la materia, no dejando
ms que lo envoltura, que apenas si marcaba un ligersimo bulto en el
lienzo arrollado.

Psose en marcha el vehculo, balancendose con agudos chirridos de su
eje sobre los baches del camino.

A la zaga del carro, cogidos a l, marchaban la vieja y su prole menuda.
Detrs, caminaba _Alcaparrn_, al lado de Salvatierra, que deseaba
acompaar hasta la ciudad a aquella gente humilde.

En la puerta de la gaana aglomerbanse los trabajadores, brillando en
su negra masa la lucecilla del candil. Todos seguan con silenciosa
atencin el chirrido del carro, invisible en la oscuridad; los lamentos
de la gitanera, que rasgaban la calma del campo azulado y muerto bajo
la fra luz de las estrellas.

_Alcaparrn_ senta cierto orgullo al marchar con aquel personaje del
que tanto hablaba la gente. Haban salido a la carretera. Sobre su faja
blanca destacbase la silueta del carro, que iba esparciendo en el
silencio de la noche el cascabeleo lento de la caballera y los gemidos
de los que marchaban a la zaga.

El gitano daba suspiros, como un eco del dolor que ruga delante de l,
y hablaba al mismo tiempo a Salvatierra de su amada muerta.

--Era lo mejorsito de la familia, se... y por eso se ha ido. Los
buenos se van pronto. Ah tiene ust a mis primas las _Alcaparronas_,
unas pindongas, que son la eshonra de la familia, y las grandsimas
arrastrs tienen las onzas a puaos, y coches, y los papeles jablan de
ellas: y la pobresita Mari-Cr, que era mej que el trigo, se muere,
endimpus de una vida de trabajo.

El gitano gema, mirando al cielo, como si protestase de esta
injusticia.

--Yo la quera mucho, se; si deseaba argo bueno era pa partirlo con
ella. Mejor an: pa drselo too. Y ella, la palomita sin jiel, la rosita
de Abril, tan buena siempre conmigo! protegindome, como si fuese mi
virgensita!... Cuando mi mare se enfadaba porque jasa yo una de las
mas, ya estaba Mari-Cr defendiendo a su pobresito Jos Mara... Ay,
mi prima! Mi santita dulce! Mi sol moreno, con aquellos ojasos que
paesan hogueras! Qu no hubiese hecho por ella este pobresito
gitano?... Oiga su mers, se. Yo he teno una novia; es desir, yo he
teno muchas, pero sta era una gach que no era de nuestra casta; una
cal sin familia y con casita propia en Jerez. Una gran proporcin,
se, y a ms, chalata por m, segn ella desa, por el aquel con que
yo la cantaba cositas durses. Y cuando ya andbamos en el papeleo pa
casarnos, yo le dije: Gach, la casa ser para la pobresita de mi mare
y mi prima Mari-Cr. Ya que tanto han trabajao, hasiendo vida de perras
en las gaanas, que vivan bien y a su gusto una temporadilla. T y yo
somos chavales, somos juertes y podemos dorm en el corral. Y la gach
no quiso y me ech a la caye; y yo no lo sent, porque me quedaba con mi
mare y mi primo, y valen ms ellos ay! que toas las jembras del
mundo... He teno las novias a osenas, he estao a punto de casame, me
gustan las mositas... pero quiero a Mari-Cr como no quedr en jams a
denguna mujer... Cmo explicar esto a su mers, que sabe tanto? Yo
quiero a la pobresita que va ah alante, de una manera que no s cmo
decir... vamos! como quiere el cura a la Mae de Dios cuando le ice la
misa. Me gustaba mirar sus ojosos y or su vosesita de oro; pero,
tocarle un pelo de la ropa? enjams se me ocurri. Era mi virgensita, y
como las que estn en las iglesias, slo tena pa m la cabesa; la
cabesa bonita jecha por los mismos ngeles...

Y al suspirar de nuevo, pensando en la muerta, le respondi el coro de
lamentos que escoltaba el carro.

--Aaay! Que se ha muerto mi nia! Mi sol relusiente! Mi cachito
durse!...

Y la gente menuda contestaba al alarido de la madre con una explosin de
ahullidos dolorosos, para que la tierra oscura, el espacio azulado y las
estrellas de agudo fulgor se enterasen bien de que haba muerto su
prima, la dulce Mari-Cruz.

Salvatierra sentase dominado por este dolor trgico y estruendoso, que
se deslizaba al travs de la noche, rasgando el silencio de los campos.

_Alcaparrn_ ces de gemir.

--Diga ust, se, ya que tanto sabe. Cree su mers que golver alguna
vez a ver a mi prima?...

Necesitaba saberlo, le dola la angustia de la duda, y deteniendo su
paso, miraba suplicante a Salvatierra con sus ojos orientales, que
brillaban en la penumbra con reflejos de ncar.

El rebelde se conmovi viendo la angustia de esta alma simple, que
imploraba en su congoja un sorbo de consuelo.

S, volvera a verla; l lo afirmaba con solemne gravedad. Es ms;
estara en contacto a todas horas con algo que habra formado parte de
su ser. Todo lo que exista quedbase en el mundo; slo cambiaba de
forma; ni un tomo llegaba a perderse. Vivamos rodeados de lo que haba
sido el pasado y de lo que sera el porvenir. Los restos de los que
ambamos y los componentes de los que a su vez nos haban de amar,
flotaban en torno nuestro, manteniendo nuestra vida.

Salvatierra, bajo la presin de sus pensamientos, sinti la necesidad de
confesarse con alguien, de hablar a aquel ser sencillo de su debilidad y
sus vacilaciones ante el misterio de la muerte. Era un deseo, de volcar
su pensamiento con la certeza de no ser comprendido, de sacar a luz su
alma, semejante al que haba visto en los grandes personajes
shakesperianos, reyes en desgracia, caudillos perseguidos por el
destino, que confan fraternalmente sus ideas a bufones y a locos.

Aquel gitano del que todos se burlaban, mostrbase sbitamente agrandado
por el dolor, y Salvatierra senta la necesidad de entregarle su
pensamiento, como si fuese un hermano.

El rebelde tambin haba sufrido. El dolor le haca cobarde; pero no se
arrepenta, ya que en la debilidad encontraba la dulzura del consuelo.
Los hombres admiraban la energa de su carcter, el estoicismo con que
haca frente a las persecuciones y las miserias fsicas. Pero esto era
slo en las luchas con los hombres: ante el misterio de la Muerte
invencible, cruel, inevitable, toda su energa se derrumbaba.

Y Salvatierra, como si olvidase la presencia del gitano y hablara para
l mismo, record su arrogante salida del presidio, desafiando de nuevo
las persecuciones, y su reciente viaje a Cdiz para ver un rincn de
tierra, junto a una tapia, entre cruces y lpidas de mrmol. Y era
aquello todo lo que quedaba del ser que haba llenado su pensamiento?
Slo restaba de mam, de la viejecita bondadosa y dulce como las santas
mujeres de las religiones, aquel cuadro de tierra fresca y removida y
las margaritas silvestres que nacan en sus bordes? Se haba perdido
para siempre la llama dulce de sus ojos, el eco de su voz acariciadora,
rajada por la vejez, que llamaba con ceceos infantiles a Fernando, a su
querido Fernando?

--_Alcaparrn_, t no puedes entenderme--continu Salvatierra con voz
temblorosa.--Tal vez es una fortuna para ti esa alma simple que te
permite en los dolores y en las alegras ser ligero y mudable como un
pjaro. Pero yeme, aunque no me entiendas. Yo no reniego de lo que he
aprendido: yo no dudo de lo que s. Mentira es la otra vida, ilusin
orgullosa del egosmo humano; mentira tambin los cielos de las
religiones. Hablan stas a las gentes en nombre de un espiritualismo
potico, y su vida eterna, su resurreccin de los cuerpos, sus placeres
y castigos de ultra-tumba, son de un materialismo que da nuseas. No
existe para nosotros otra vida que la presente; pero ay! ante la sbana
de tierra que cubre a mam, sent por primera vez flaquear mis
convicciones. Acabamos al morir; pero algo resta de nosotros junto a los
que nos suceden en la tierra; algo que no es slo el tomo que nutre
nuevas vidas; algo impalpable e indefinido, sello personal de nuestra
existencia. Somos como los peces en el mar; me entiendes, _Alcaparrn_?
Los peces viven en la misma agua en que se disolvieron sus abuelos y en
la que laten los grmenes de sus sucesores. Nuestra agua es el ambiente
en que existimos: el espacio y la tierra: vivimos rodeados de los que
fueron y de los que sern. Y yo, _Alcaparrn_ amigo, cuando siento ganas
de llorar recordando la nada de aqul montn de tierra, la triste
insignificancia de las florecillas que lo rodean, pienso en que no est
all mam completamente, que algo se ha escapado, que circula al travs
de la vida, que me tropieza atrado por una simpata misteriosa, y me
acompaa envolvindome en una caricia tan suave como un beso...
Mentira, me grita una voz en el pensamiento. Pero yo la desoigo;
quiero soar, quiero inventarme bellas mentiras para mi consuelo. Tal
vez en este vientecillo que nos roza la cara, hay algo de las manos
suaves y temblorosas que me acariciaron por ltima vez antes de ir al
presidio.

El gitano haba cesado de gemir, mirando a Salvatierra con sus ojos
africanos, agrandados por el asombro. No entenda la mayor parte de sus
palabras, pero columbraba en ellas una esperanza.

--Segn eso, cree su merc que Mari-Cr no ha muerto del too? Que an
podr verla, cuando me ajogue su recuerdo?...

Salvatierra sentase influenciado por los lamentos de la familia, por la
agona que haba visto, por la miseria de aquel cadver que se
balanceaba a pocos pasos dentro del carro. La poesa triste de la noche,
con su silencio rasgado a trechos por alaridos de dolor, inundaba su
alma.

Si; _Alcaparrn_ sentira cerca de l a su amada muerta. Algo de ella
subira hasta su rostro como un perfume, cuando araase la tierra con el
azadn y el surco nuevo enviase a su olfato la frescura del suelo
removido. Algo habra tambin de su alma en las espigas del trigo, en
las amapolas que goteaban de rojo los flancos de oro de la mies, en los
pjaros que cantaban al amanecer cuando el rebao humano iba hacia el
tajo, en los matorrales del monte, sobre los cuales revoloteaban los
insectos asustados por las carreras de las yeguas y los bufidos de los
toros.

--Quin sabe--continu el rebelde--si en esas estrellas, que parecen
guiar sus ojos en lo alto, hay algo a estas horas de la luz de esos
otros ojos que tanto amabas, _Alcaparrn_?...

Pero la mirada del gitano delat un asombro, que tena algo de
compasivo, como si creyese loco a Salvatierra.

--Te asusta la grandeza del mundo, comparada con la pequeez de tu pobre
muerta, y retrocedes. El vaso es demasiado grande para una lgrima: es
cierto. Pero tambin la gota se pierde en el mar... y sin embargo, all
est.

Salvatierra sigui hablando, como si quisiera convencerse a s mismo.
Qu significaba la grandeza o la pequeez? En una gota de lquido
existan millones de millones de seres, todos con vida propia: tantos
como hombres poblaban el planeta. Y uno solo de estos organismos
infinitesimales, bastaba para matar una criatura humana, para diezmar
con la epidemia una nacin. Por qu no haban de influir los hombres,
microbios del infinito, en aquel universo, en cuyo seno quedaba la
fuerza de su personalidad?...

Despus, el revolucionario pareca dudar de sus palabras, arrepentirse
de ellas.

--Tal vez esta creencia equivale a una cobarda: t no puedes
comprenderme, _Alcaparrn_. Pero, ay! la Muerte! la incgnita, que
nos espa y nos sigue, burlndose de nuestras soberbias y nuestras
satisfacciones!... Yo la desprecio, me ro de ella, la espero sin miedo
para descansar de una vez: y como yo, muchsimos. Pero los hombres
amamos, y el amor nos hace temblar por los que nos rodean: troncha
nuestras energas, nos hace caer de bruces, cobardes y trmulos ante esa
bruja, inventando mil mentiras, para consolarnos de sus crmenes. Ay,
si no amsemos!... qu animal tan valeroso y temerario sera el hombre!

El carro, en su marcha traqueteante, haba dejado atrs al gitano y a
Salvatierra, que se detenan para hablar. Ya no le vean. Les serva de
gua su lejano chirrido y el plair de la familia, que marchaba a la
zaga, acometiendo de nuevo la cantura de su dolor.

--Adis, Mari-Cr!--gritaban los pequeos, como aclitos de una
religin fnebre.--Se ha muerto nuestra prima!...

Y cuando callaban un momento, volva a sonar la voz de la vieja,
desesperada, estridente, como la de un sacerdote del dolor.

--Se va la paloma blanca; la gitana durse; el capullito de rosa antes
de abrir!... Se Dios! en qu piensas, que slo ajogas a los
buenos?...




VII


Al llegar las vendimias con el mes de Septiembre, los ricos de Jerez se
preocupaban ms de la actitud de los jornaleros que del buen resultado
de la recoleccin.

En el _Crculo Caballista_, hasta los seoritos ms alegres olvidaban
los mritos de sus jacas, los excelencias de sus perros y el garbo de
las mozas cuya propiedad se disputaban, para no hablar ms que de
aquella gente tostada por el sol, curtida por los penalidades, sucia,
maloliente y de ojos rencorosos que prestaba los brazos a sus vias.

En los numerosas sociedades de recreo que ocupaban casi todos los bajos
de la calle Larga, no se hablaba de otra cosa. Qu ms queran los
trabajadores de las vias?... Ganaban un jornal de diez reales, coman
en lebrillos la menestra que ellos mismos se arreglaban sin que el amo
interviniese; tenan una hora de descanso en invierno y dos en verano,
para no caer asfixiados sobre la tierra caliza que echaba chispas; les
concedan ocho cigarros durante la jornada y por las noches dorman,
teniendo los ms de ellos una sbana sobre las esterillas de enea. Unos
verdaderos sibaritas los tales viadores; y an se quejaban y exigan
reformas amenazando con la huelga?...

En el _Caballista_, los que eran propietarios de las vias mostrbanse
enternecidos por repentina piedad, y hablaban de los gaanes de los
cortijos. Aquellos pobrecitos s que eran merecedores de mejor suerte!
Dos reales de jornal, un rancho inspido por todo alimento y dormir en
el suelo vestidos, con menos abrigo que las bestias. Era lgico que
stos se quejasen: no los trabajadores de las vias que vivan como unos
seores si se les comparaba con los gaanes.

Pero los amos de los cortijos protestaban indignados, al ver que se
intentaba arrojar sobre ellos todo el peso del peligro. Si no retribuan
mejor al bracero, era porque el producto del cortijo no daba para ms.
Podan compararse el trigo, la cebada y la ganadera con aquellas vias
famosas en el mundo, que arrojaban el oro a borbotones por sus
sarmientos, y en ciertos aos daban a sus amos una ganancia ms fcil
que si saliesen a robar a las carreteras?... Cuando se gozaba de tal
fortuna haba que ser generosos, dar una pequea parle de bienestar a
los que les sostenan con sus esfuerzos. Los trabajadores se quejaban
con razn.

Y las tertulias de los ricos, transcurran en una continua pelea entre
los propietarios de los dos bandos.

Su vida de holganza habase paralizado. La ruleta permaneca inmvil;
las barajas estaban sin abrir sobre la mesa verde; pasaban las buenas
mozas por la acera sin que asomasen a las ventanas de los casinos los
grupos de cabezas lanzando requiebros y maliciosos guios.

El conserje del _Caballista_, andaba como loco buscando la llave de lo
que pomposamente se titulaba biblioteca en los estatutos de la sociedad:
un armario oculto en el rincn ms oscuro de la casa, menguado como
alacena de pobre, mostrando al travs de sus cristales empolvados y
telaraosos, unas cuantas docenas de libros, que nadie haba abierto.
Los seores socios sentanse aguijoneados de repente por el deseo de
instruirse, de _capacitarse_ de aquello que llamaban cuestin social, y
miraban todas las tardes el armario como un tabernculo de la ciencia,
esperando que apareciese la llave para buscaren su interior la luz que
deseaban. Realmente no era grande su prisa por enterarse de aquellas
_cosas_ del socialismo que traan revueltos a los trabajadores.

Algunos se indignaban con los libros antes de leerlos. Mentiras, todo
mentiras, para amargar la existencia! Ellos no lean y eran felices.
Por qu no haban de hacer lo mismo aquellos tontos del campo, que por
las noches quitaban horas a su sueo formando corro en torno del
camarada que les lea diarios y folletos? El hombre, cuanto ms
ignorante, ms dichoso... Y lanzaban miradas de abominacin al armario
de los libros, como si fuese un depsito de maldades, mientras el mueble
infeliz segua guardando en sus entraas un tesoro de volmenes
inofensivos, regalados en su mayor parte por el Ministerio a instancias
del diputado del distrito; versos a la Virgen Mara, y cancioneros
patriticos; guas para la cra del canario y reglas para lo
reproduccin del conejo domstico.

Mientras disputaban los ricos entre ellos o se indignaban examinando las
pretensiones de los trabajadores, stos seguan en su actitud de
protesta. La huelga haba comenzado parcialmente, con una falta de
cohesin que demostraba la espontaneidad de la resistencia. En algunas
vias, los dueos, impulsados por el miedo de perder la vendimia,
pasaban por todo, pero acariciando en la rencorosa mente la esperanza
de la represalia as que sus racimos estuvieran en el lagar.

Otros, ms ricos, tenan vergenza, segn declaraban con caballeresca
arrogancia, negndose a todo arreglo con los rebeldes. Don Pablo Dupont
era el ms fogoso de ellos. Antes perda su bodega que _bajarse_ a
aquella gentuza. Irle con imposiciones a l, que era el padre de sus
trabajadores, y cuidaba no slo del sustento de su cuerpo, sino de la
salud de su almo, libertndola del grosero materialismo!

--Es una cuestin de principios--declaraba en su escritorio ante los
empleados, que movan afirmativamente la cabeza aun antes de que l
hablase.--Yo soy capaz de darles lo que desean, y ms an. Pero que no
me lo pidan; que no me lo exijan! Eso es negar mis sagrados derechos de
amo... A m el dinero me importa poco, y la prueba es que antes que
ceder, mejor quiero que se pierda la cosecha de Marchamalo.

Y Dupont, agresivo en la defensa de lo que llamaba sus derechos, no slo
se negaba a or las pretensiones de los braceros, sino que haba
expulsado de la via a todos los que se significaban como agitadores
mucho antes de que intentasen rebelarse.

Quedaban en Marchamalo muy pocos viadores, pero Dupont haba sustituido
a los huelguistas con gitanas de Jerez y muchachas venidas de la sierra
al cebo de los jornales abundantes.

Como la vendimia no exiga grandes fatigas, Marchamalo estaba lleno de
mujeres que se agachaban en sus laderas cortando los racimos, mientras
desde el camino las insultaban los huelguistas privados de trabajo por
sus ideas.

La rebelda de los jornaleros haba coincidido con lo que Luis Dupont
titulaba su perodo de seriedad.

El calavera haba acabado por asombrar con su nueva conducta al
poderoso primo... Ni mujeres ni escndalos! La _Marquesita_ ya no se
acordaba de l: ofendida por sus desvos, haba vuelto a unirse con el
tratante de cerdos, el nico hombre que saba hacerla marchar.

El seorito pareca entristecerse cuando le hablaban de sus famosas
francachelas. Aquello haba pasado para siempre: no se poda ser joven
toda la vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. l
llevaba _algo_ dentro de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de
la Compaa, lo reconocan. No pensaba detenerse en su marcha hasta
conquistar una posicin tan alta en la poltica como la que su primo
tena en la industria. Otros, peores que l, manejaban los asuntos de la
tierra, y eran odos por el gobierno, all en Madrid, como virreyes del
pas.

De la vida pasada slo conservaba las amistades con los valientes,
reforzando su cortejo con nuevos bravucones. Los mimaba y mantena con
el propsito de que le sirviesen de auxiliares en su carrera poltica.
Quin le hara frente en su primera eleccin, vindole en tan honrada
compaa!... Y para entretener a la honorable corte, segua cenando en
los colmados y embriagndose con ellos. Esto no quebrantaba su
respetabilidad. Una _jumera_ de vez en cuando no era motivo para que
nadie se escandalizase. Costumbres de la tierra! Adems, esto daba
cierta popularidad.

Y Luis Dupont, convencido de la importancia de su persona, iba de un
casino a otro hablando de la cuestin social con vehementes manoteos
que ponan en peligro las botellas y copas alineadas en las mesas.

En el _Crculo Caballista_ rehua las tertulias de la gente joven, que
slo le recordaban sus pasadas locuras para aplaudirlas, proponindole
otras mayores. Buscaba la conversacin de los padres graves, de los
grandes cosecheros y ricos agricultores, que comenzaban a orle con
cierta atencin, reconociendo que aquel _perdis_ tena una buena
cabecita.

Dupont hinchbase con vehemente oratoria al hablar de los trabajadores
del pas. Repeta lo que haba odo a su primo y a los religiosos que
frecuentaban la casa de los Dupont, pero exagerando las soluciones, con
un ardor autoritario y brutal muy del gusto de sus oyentes, gente tan
ruda como rica, que encontraba placer en derribar toros y domar potros
salvajes.

Para Luis, la cuestin era sencillsima. Un poco de caridad; y despus
religin, mucha religin, y palo al que se desmandase. Con esto se
acababa el llamado conflicto social y quedaba todo como una balsa de
aceite. Cmo podan quejarse los trabajadores, all donde existan
hombres como su primo y muchos de los presentes (aqu sonrisas
agradecidas del auditorio y movimientos de aprobacin), que eran
caritativos hasta el exceso y no podan presenciar una desgracia sin
echar mano al bolsillo y regalar un duro, y hasta dos?...

Contestaban a esto los rebeldes que la caridad no era bastante, y que, a
pesar de ello, mucha gente viva en la miseria. Y qu podan hacer los
amos para remediar lo que era irremediable? Siempre existiran ricos y
pobres, hambrientos y ahtos; slo los locos o los criminales podan
soar con la igualdad.

La igualdad!... Dupont valase de un ironismo que entusiasmaba a su
auditorio. Todos los chistes que la ms noble de las aspiraciones
humanas haba inspirado a su primo Pablo y a su corte de sacerdotes,
repetalos Luis con una conviccin firmsima, como si fuesen el resumen
del pensamiento universal. Qu era aquello de la igualdad?...
Cualquiera podra apoderarse de su casa, si es que le gustaba; y l, a
su vez, le robara la chaqueta al vecino, porque le era necesaria; y el
otro echara la zarpa sobre la mujer del de ms all, porque la
considerara de su gusto. La mar, caballeros!... No merecan cuatro
tiros o la camisa de fuerza los que hablaban de la tal igualdad?

Y a las risas del orador, unanse las carcajadas de todos los socios.
Aplastado el socialismo! Qu gracia y qu palique tena aquel
muchacho!...

Muchos seores viejos movan la cabeza con aire protector, reconociendo
que Luis haca falta en otra parte, que era lstima que sus palabras se
perdiesen en aquella atmsfera de humo de tabaco, y que a la primera
ocasin habra que satisfacer su gusto, para que Espaa entera escuchase
desde la tribuna aquella critica tan chispeante y justa.

Dupont, enardecido por el general asentimiento, segua hablando, pero
ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal,
era el consuelo de la religin. Sin religin se vive rabiando, vctima
de toda clase de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores
de Jerez. No crean en nada, no iban a misa, se burlaban de los curas,
slo pensaban en la revolucin social con degollinas y fusilamientos de
burgueses y jesuitas; no tenan la esperanza de la vida eterna, consuelo
y compensacin de las miserias de aqu abajo, que son insignificantes,
pues slo duran unas cuantas docenas de aos, y como resultado lgico de
tanta impiedad, encontraban su pobreza ms dura, con nuevos tonos
sombros.

Aquel rebao, triste y sin Dios, mereca su castigo. Que no se quejase
de los amos, pues stos se esforzaban en volverle a la buena senda! Que
exigiese responsabilidad a los verdaderos autores de su desgracia, a
Salvatierra y otros como l, que le haban arrebatado la fe!

--Adems, seores--peroraba el seorito con entonacin tribunicia--qu
va a conseguirse aumentando el jornal? Fomentar el vicio y nada ms. Esa
gente no ahorra: esa gente no ha ahorrado nunca. A ver: que me
presenten un jornalero que tengo guardados sus ahorros.

Callaban todos, moviendo la cabeza con asentimiento. Nadie presentaba el
trabajador exigido por Dupont, y ste sonrea triunfante, esperando en
vano al ser prodigioso que lograra ahorrar una fortunilla sobre su
jornal de pocos reales.

--Aqu--continuaba con solemnidad--no hay aficin al trabajo ni espritu
de ahorro. Vean ustedes el obrero de otros pases: trabaja ms que el de
esta tierra y guarda un capitalito para la vejez. Pero aqu!... aqu el
bracero, de joven, no piensa ms que en coger descuidada a alguna
muchacha detrs de un pajar o en la gaana durante el sueo; y de
viejo, apenas tiene reunidos algunos cntimos, los emplea en vino y se
emborracha.

Y todos a la vez, como si repentinamente perdiesen la memoria,
anatematizaban con gran severidad los vicios de los trabajadores. Qu
poda esperarse de una gentuza sin otra ilusin en su vida que la de
beber?... Deca bien Dupont. Borrachos! Gente abyecta que perpetuaba
la miseria de su condicin, violando a las hembras como si fuesen
animales!...

El seorito conoca el medio de terminar esta anarqua. Al gobierno
tocaba gran parte de culpa. A aquellas horas, habindose iniciado la
huelga, deba tener en Jerez un batalln, un ejrcito, si era preciso, y
caones, muchos caones. Y se quejaba amargamente del descuido de los de
arriba, como si el ejrcito de Espaa tuviese por nica misin guardar
a los ricos de Jerez para que viviesen tranquilos, y equivaliese a una
felona el no llenar calles y campos de pantalones rojos y brillantes
bayonetas, apenas los viadores mostraban cierto descontento.

Luis era liberal, muy liberal. Disenta en este punto de sus maestros de
la Compaa, que hablaban de don Carlos con entusiasmo, afirmando que
era la nica bandera. l estaba con los que mandaban, y no mencionaba
una sola vez a las personas reales, que no echase por delante el ttulo
de _Su Majestad_, como si pudiesen or de lejos estas muestras de
exagerado respeto y premirselas con lo que l deseaba. Era liberal;
pero su libertad era la de las personas decentes. Libertad para los que
tuvieran algo que perder: y para la gente baja, todo el pan que fuese
posible, y palo, mucho palo, nico medio de anonadar la maldad que nace
con el hombre y se desarrolla sin el freno de la religin.

l conoca la historia; haba ledo ms que los que le escuchaban y se
dignaba hacerles partcipes de sus conocimientos, con protectora bondad.

--Sabis ustedes--deca--por qu la Francia es ms rica y ms
adelantada que nosotros?... Porque meti mano a los bandidos de la
_Commune_, y en unos cuantos das se carg ms de cuarenta mil de
aquellos puntos. Emple el can y la ametrallodora para acabar ms
aprisa con la gentuza, y todo qued limpio y tranquilo... A m--continu
el seorito con aire doctoral--no me gusta Francia, porque es una
Repblica y porque all las gentes decentes se olvidan de Dios y hacen
burla de sus ministros. Pero quisiera para este pas un hombre como
Thiers. Esto es lo que aqu hace falta, un hombre que sonra y ametralle
a la canalla.

Y sonrea para demostrar que l era capaz de ser tan Thiers como el
otro.

El conflicto de Jerez lo arreglaba en venticuatro horas. Que le diesen
la autoridad y se vera lo que ero bueno. Los ejecuciones a raz de lo
de _La Mano Negra_, haban dado algn resultado. La gentuza se acobard
ante los cadalsos erigidos en la plaza de la Crcel. Pero esto no era
bastante. Convena una sangra suelta para quitar fuerzas a la bestia
rebelde. De mandar l, ya estaran en presidio los mangoneadores de
todas las sociedades obreras del campo que traan revuelta a la ciudad.

Pero esto tambin le pareca anodino e insuficiente, y acto seguido se
rectificaba con proposiciones ms feroces. Ero mejor acosar a los
rebeldes, abortar los planes que venan preparando, pincharles para que
saltasen antes de tiempo, y una vez se colocaran en actitud de
rebelda, a ellos y que no quedase uno! Mucho guardia civil, muchos
caballos, mucha artillera. Para eso sostenan los ricos el peso de las
contribuciones, cuya mejor parte se llevaba el ejrcito. De no ser as,
para qu servan los soldados, que tan caros costaban, en un pas que
no haba de sostener guerras?...

Como medida preventiva, deban suprimir a los pastores perversos que
sublevaban el rebao de la miseria.

--A todos los que andan por el campo, de gaana en gaana, repartiendo
papeluchos malos y libros venenosos, cuatro tiros. A los que echan
soflamas y ahullan barbaridades en esas reuniones a cencerros tapados
que tienen de noche en un rancho o en los alrededores de un ventorro,
cuatro tiros. Y lo mismo a los que en las vias, desobedeciendo a los
amos y con el orgullo de saber leer, enteran a sus compaeros de las
majaderas que traen los peridicos... A Fernando Salvatierra, cuatro
tiros...

Pero el seorito, apenas dijo esto, pareci arrepentirse. Un rubor
instintivo turb su facundia. La bondad y las virtudes de aquel rebelde
infundanle cierto respeto. Los mismos que aprobaban sus planes,
permanecieron silenciosos, como si les repugnase incluir al
revolucionario en la prdiga distribucin de tiros. Era un loco que
impona admiracin, un santo que no crea en Dios; y aquellos seores de
la tierra sentan por l un respeto igual al del moro ante el santn
demente que le maldice y le amenaza con su palo.

--No--sigui diciendo el seorito;--para Salvatierra una camisa de
fuerza, y que vaya a propagar sus doctrinas en una casa de locos lo que
le quede de vida.

El pblico de Dupont aprobaba estas soluciones. Los dueos de las
ganaderas de caballos, viejos de patillas entrecanas que se pasaban las
horas mirando la botella con un silencio sacerdotal, rompan su gravedad
para sonrer al joven.

--Er muchacho ti talento--deca uno.--Habla como un diputao.

Y los dems aprobaban.

--Ya se encargar Pablito, su primo, de que lo saquemos cuando yeguen
las elecciones.

Luis sentase fatigado a veces de los triunfos que cosechaba en los
casinos, del asombro que inspiraba su repentina seriedad a los antiguos
compaeros de vida alegre. Renacan sus aficiones a divertirse con la
gente humilde.

--Estoy harto de seoritos--deca con displicencia de hombre superior a
su fiel aclito el _Chivo_.--Vmonos al campo: un poco de juerga lo
agradece el cuerpo.

Y con el deseo de mantenerse bajo la proteccin de su poderoso primo,
base a pasar el da en Marchamalo, fingiendo inters por el resultado
de la vendimia.

La via estaba llena de mujeres, y a Luis le agradaba el trato con
aquellas mozas serranas que rean las gracias del seorito, y agradecan
sus generosidades.

Mara de la Luz y su padre acogan como un honor la asiduidad con que
Luis visitaba la via. De la ruidosa aventura de Matanzuela, apenas si
quedaba un lejano recuerdo. Cosas del seorito! Aquellas gentes,
acostumbradas por tradicin al respeto de los placeres ruidosos de los
ricos, disculpbanlos como si fuesen un deber de la juventud.

El seor Fermn estaba enterado de la gran mudanza que se realizaba en
don Luis, de sus alardes de hombre serio, y vea con gusto que viniese a
la via huyendo de las tentaciones de la ciudad.

Su hija tambin acoga con afecto al seorito, tutendolo como en los
tiempos de su infancia, y riendo todas sus gracias. Era el amo de
Rafael, y algn da sera ella su sirvienta en aquel cortijo, que vea a
todas horas con la imaginacin, como el nido de su felicidad. De la
juerga escandalosa que tanto la haba indignado contra el aperador,
apenas si se acordaba. El seorito mostrbase arrepentido de su pasado,
y la gente, al transcurrir algunos meses, haba olvidado por completo el
escndalo del cortijo.

Luis mostraba gran predileccin por la vida en Marchamalo. Algunas veces
le sorprenda la noche y se quedaba a dormir en la torre de los Dupont.

--Estoy all como un patriarca--deca a sus amigos de Jerez.--Rodeado de
muchachas que me quieren como si fuese su pap.

Rean los amigos del tono bondadoso con que hablaba el calavera de sus
inocentes diversiones con el rebao de vendimiadoras. Adems, gustaba de
quedarse en la via por el fresco de la noche.

--Esto es vivir, seor Fermn--deca en la explanada de Marchamalo, a la
luz de las estrellas, aspirando la brisa nocturna.--A estas horas
estarn asndose los seoritos en la acera del _Caballista_.

Las veladas transcurran en una paz patriarcal. El seorito ofreca la
guitarra al capataz.

--Venga de ah! A ver esas manitas de oro!--gritaba.

Y el _Chivo_, obedeciendo sus rdenes, iba a buscar en los cajones del
carruaje unas cuantas botellas del mejor vino de la casa Dupont. Juerga
completa! Pero pacfica, honesta, reposada, sin palabras libres, ni
ademanes audaces, que asustasen a las espectadoras, muchachas que haban
odo hablar en sus pueblos del terrible don Luis, y al verle de cerca
perdan sus prevenciones, reconociendo que no era tan malo como su fama.

Cantaba Mara de la Luz, cantaba el seorito, y hasta el cejijunto
_Chivo_, obedeciendo a su patrn, soltaba el chorro de su voz fiera,
entonando broncos recuerdos a la reja de la _carse_ y a las _puals_
caballerescas por defender a la madre o a la mujer amada.

--Ol, grasioso!--gritaba el capataz, irnicamente, a aquel figurn
patibulario.

Despus, el seorito cogi de una mano a Mara de la Luz, y sacndola al
centro del corro, rompan a bailar las sevillanas, con una gallarda que
provocaba gritos de entusiasmo.

--La grasia e Di!--exclamaba el padre rasgueando la guitarra con nueva
furia. Vaya una parejita de palomos!... Eso es bail!

Y Rafael el aperador, que slo apareca en Marchamalo de semana en
semana, al ver por dos veces este baile, se mostr orgulloso del honor
que el seorito haca a su novia. Su amo no era malo; lo de antes fueron
locuras de la juventud; pero ahora, al sentar la cabeza, resultaba un
seorito de chipn, la mar de simptico!, con gran aficin a tratar a
las gentes bajas, como si fuesen sus iguales. Jaleaba a la pareja de
bailadores, sin el menor asomo de celos; l, que se senta capaz de
sacar su navaja apenas se fijaba alguien en Mara de la Luz. nicamente
senta un poco de envidia, por no poder bailar con el garbo de su amo.
Ocupada su vida en la conquista del pan, no haba tenido tiempo para
aprender tales finuras. Slo saba cantar, pero de un modo spero y
salvaje, como le haban enseado los compaeros de contrabando, cuando
marchaban en sus jacas, tumbados sobre los fardos, atronando con coplas
la soledad de las gargantas de la sierra.

Don Luis reinaba sobre la via como si fuese el dueo. El poderoso don
Pablo estaba ausente. Veraneaba con su familia en las costas del Norte,
aprovechando el viaje para visitar Loyola y Deusto, los centros de
santidad y sabidura de sus buenos consejeros. El calavera, para
demostrarle una vez ms que era hombre serio y de provecho, le escriba
largas cartas, mencionando sus visitas a Marchamalo, la vigilancia que
ejerca sobre la vendimia y el buen resultado de sta.

Realmente se interesaba por el curso de la recoleccin. La acometividad
que senta contra los trabajadores, su deseo de vencer a los de la
huelga, le hacan ser laborioso y tenaz. Acab por establecerse
definitivamente en la torre de Marchamalo, jurando que no se movera de
all hasta que terminase la vendimia.

--Esto marcha--deca al capataz guiando los ojos con malicia.--Se van a
roer esos bandidos viendo que con las mujeres y unos cuantos
trabajadores honrados, acabamos el trabajo sin necesitar de ellos. A la
noche, baile y juerga decente, seor Fermn. Para que se enteren y
rabien esos forajidos.

Y as llevaba adelante la vendimia, entre msicas, algazara y vino del
mejor, repartido generosamente.

Por las noches, la casa de los lagares, que tena algo de conventual por
su silencio y su disciplina cuando estaba presente don Pablo Dupont,
entraba en plena fiesta hasta una hora avanzada de la noche.

Los jornaleros olvidaban su sueo para beber el vino seorial,
prdigamente repartido. Las muchachas, habituadas a la miseria de las
gaanas, abran los ojos con asombro, como si viesen realizada la
abundancia de los cuentos maravillosos odos en las veladas. La cena era
digna de seores. Don Luis pagaba esplndidamente.

--A ver, seor Fermn: que traigan carne de Jerez; que coman todas esas
muchachas hasta que revienten; que beban, que se emborrachen: yo corro
con el gasto. Quiero que vean esos canallas cmo tratamos a los
trabajadores que son buenos y sumisos.

Y encarndose con el rebao agradecido, deca modestamente:

--Cuando veis a los de la huelga, decidles cmo tratan los Dupont a sus
trabajadores. La verdad: slo la verdad.

Durante el da, cuando el sol caldeaba la tierra inflamando las
blancuzcas pendientes de Marchamalo, Luis dormitaba bajo las arcadas de
la casa, con una botella junto a l, destilando frescura, y tendiendo de
vez en cuando su cigarro al _Chivo_ para que lo encendiese.

Encontraba un placer nuevo ejerciendo de amo de la inmensa finca; crea
de buena fe desempear una gran funcin social contemplando desde su
sombreado retiro el trabajo de tanta gente, encorvada y jadeante bajo la
lluvia de fuego del sol.

Las muchachas extendanse por las pendientes, con sus faldas de
colores, como un rebao de ovejas azules y sonrosadas. Los hombres, en
camisa y calzoncillos, avanzaban a gatas como corderos blancos. Iban de
unas cepas a otras, arrastrando el vientre sobre la tierra caldeada. Los
sarmientos esparcan sus pmpanos rojizos y verdes a ras del suelo, y
las uvas descansaban en la caliza, que las comunicaba hasta el ltimo
instante su generoso calor.

Otras muchachas suban cuesta arriba las grandes cestas de racimos
cortados para depositarlos en los lagares, y pasaban en continuo rosario
ante el seorito, que, tumbado en el sof de enea, sonrea
protectoramente pensando en la hermosura del trabajo, y en la
perversidad de la canalla, que pretenda trastornar un mundo tan
sabiamente organizado.

Algunas veces, aburrido de su silencio, llamaba al capataz que iba de
una colina a otra vigilando el trabajo.

El seor Fermn ponase en cuclillas ante l, y hablaban de la huelga,
de las noticias que llegaban de Jerez. El capataz no ocultaba su
pesimismo. La resistencia de los trabajadores era cada vez mayor.

--Es mucha la jambre, seorito--deca con la conviccin de la gente
rstica, que aprecia el estmago como el impulsor de todas las acciones.

--Y quien dice jambre, dice desorden, palos y bronca. Va a correr
sangre, y en el presidio le preparan el puesto a ms de uno... Milagro
ser que no acabe esto levantando catafalcos el carpintero, en la plaza
de la Crcel.

El viejo pareca oler la catstrofe; pero la vea llegar con una
tranquilidad egosta, ya que los dos hombres que posean sus afectos,
estaban lejos.

Su hijo haba ido a Mlaga, por encargo de su principal, para
intervenir, como hombre de confianza, en cierta quiebra, y all
permaneca ocupado en repasar cuentas y discutir con los otros
acreedores. Ojal no volviese en un ao! El seor Fermn tema que al
regresar a Jerez se comprometiese en favor de los huelguistas, impulsado
por las enseanzas de su maestro Salvatierra, que le arrastraban al lado
de los humildes y los rebeldes. En cuanto a don Fernando, haca muchos
das que haba salido de Jerez custodiado por la guardia civil.

Al iniciarse la huelga, los ricos le haban hecho saber indirectamente
la conveniencia de que saliese cuanto antes de la provincia de Cdiz.
El, slo l, era el responsable de lo que ocurra. Su presencia
soliviantaba a la gente trabajadora, hacindola tan audaz y revoltosa
como en tiempos de _La Mano Negra_. Los principales agitadores de las
asociaciones obreras, que veneraban al revolucionario, le haban rogado
que huyese, temiendo por su vida. Las indicaciones de los poderosos,
equivalan a una amenaza de muerte. Acostumbrados los trabajadores a la
represin y la violencia, temblaban por Salvatierra. Tal vez le matasen
una noche en cualquier calle, sin que la justicia encontrase jams al
autor. Era posible que la autoridad, aprovechando las largas excursiones
de Salvatierra por el campo, lo sometiese a mortales tormentos o lo
_suprimiera_ de una paliza en despoblado, como lo haba hecho con otros
ms humildes.

Pero don Fernando contestaba a estos consejos con tenaces negativas.
All estaba por su voluntad y all se quedaba... Por fin, las
autoridades haban exhumado uno de los muchos procesos que tena
pendientes por sus propagandas de rebelde social, y un juez le llam a
Madrid, emprendiendo don Fernando el viaje a viva fuerza, acompaado de
la guardia civil, como si su destino fuese viajar siempre entre una
pareja de fusiles.

El seor Fermn se alegraba de esta solucin. Que le tuviesen
entretenido mucho tiempo! Que no volviese en un ao! Conoca a
Salvatierra, y estaba seguro de que, permaneciendo en Jerez, no tardara
mucho en estallar la insurreccin de los hambrientos, seguida de una
represin cruel y del presidio para don Fernando, tal vez por toda su
vida.

--Esto acabar con sangre, seorito--continuaba el capataz.--Hasta ahora
slo chillan los de las vias, pero piense su merc que este es el peor
mes del ao para la gente de los cortijos. La trilla ha acabao en todas
partes, y hasta que empiece la sementera, hay miles y miles de hombres
con los brazos cruzaos, dispuestos a bailar al son que les toquen. Ver
el seorito lo que tardan en juntarse unos y otros, y entonces ser
ella. Ya se incendian en el campo muchos pajares, sin que se vea la mano
que les prende fuego.

Dupont se exaltaba. Mejor: que se uniesen todos, que se sublevaran
cuanto antes, para acuchillarlos, y obligarles a volver a la obediencia
y la tranquilidad. l deseaba la rebelin y el choque, ms an que los
trabajadores.

El capataz, asombrado de que hablase as, mova la cabeza.

--Mal, muy mal, seorito. La paz con sangre, es mala paz. Mejor es
arreglarse a las buenas. Crea su merc a un viejo que ha pasado las de
Can, metido en eso de prenunciamientos y revoluciones.

Otras maanas, cuando Luis Dupont no senta deseos de conversar con el
capataz, entrbase en la casa buscando a Mara de la Luz, que trabajaba
en la cocina.

La alegra de la muchacha, la frescura de su piel de morena fuerte,
producan en el seorito cierta emocin. La castidad voluntaria que
observaba en su retiro, le hacan ver considerablemente agrandados los
encantos de la campesina. Siempre haba sentido cierta predileccin por
la muchacha, encontrando en ella un encanto modesto, pero picante y
fuerte, como el perfume de las hierbas del campo. Pero ahora, en la
soledad, Mara de la Luz le pareca superior a la _Marquesita_ y a todas
las cantaoras y mozas de arranque de Jerez.

Pero Luis contena sus impulsos, y los ocultaba bajo una alegre
confianza, recuerdo de la fraternidad infantil. Cuando instintivamente
se permita algn atrevimiento que molestaba a la moza, haca memoria de
los tiempos de la niez. No eran como hermanos? No se haban criado
juntos?... En l no deba ver al seorito, al amo de su novio. Era lo
mismo que su hermano Fermn: deba considerarle como de la familia.

Tema comprometerse con alguna audacia en aquella casa, que era la de su
severo primo. Qu dira Pablo, que por respeto a su padre consideraba
al capataz y los suyos como una prolongacin humilde de su propia
familia? Adems, la famosa noche de Matanzuela le haba causado gran
dao y no quera comprometer con otro escndalo su naciente fama de
hombre grave. Esto le haca ser tmido con muchas vendimiadoras que le
gustaban, limitndose en sus placeres a una perversin intelectual, a
hacerlas beber por la noche para verlas alegres, sin las preocupaciones
del pudor, charlando entre ellas, pellizcndose y persiguindose, como
si estuviesen solas.

Con Mara de la Luz mostrbase igualmente circunspecto. No poda verla
sin lanzar un chorro de alabanzas a su hermosura y gallarda. Pero esto
no alarmaba a la moza, acostumbrada al estallido ruidoso de la
galantera de la tierra.

--Gracias, Luis--deca riendo.--Y qu requetegrasioso est el
seorito!... Si sigues as me voy a enamor y acabaremos por escaparnos
juntos.

Algunas veces, Dupont, influenciado por la soledad, que incita a las
mayores audacias, y por el perfume de una carne virginal que pareca
humear vida a las horas de calor, dejbase arrastrar por su instinto y
pona astutamente sus manos en aquel cuerpo.

La muchacha saltaba, frunciendo las cejas y la boca con gesto agresivo.

--Luis: las manos cortas. Qu es eso, seorito? Como gervas con otra,
te atizo una gofet que la van a or hasta en Jerez.

Y mostraba en su gesto hostil y en su mano amenazante el firme propsito
de largar aquella bofetada fabulosa. Entonces era cuando recordaba l,
como una excusa, sus confianzas de la niez.

--Pero, sosa, mala sombra! Si ha sido sin intencin; nada ms que por
jugar, para ver ese hociquillo tan mono que pones cuando te enfadas!...
Ya sabes que soy tu hermano. Fermn y yo, la misma cosa.

La muchacha pareca serenarse, pero sin perder su gesto hostil.

--Geno; pues que el hermano se meta las manos donde le quepan. Ande
suelta la lengua too lo que quieras; pero si sacas las garras, nio,
encrgate otra cara, porque esa te la eshago de un revs.

--Ol las mozas de arranque!--exclamaba el seorito.--As me gusta mi
nia! Con riones y too!...

Cuando Rafael presentbase en Marchamalo, el seorito no se privaba de
este continuo requebrar a Mara de la Luz.

El aperador acoga con inocente satisfaccin todos los elogios de su amo
a la novia. Al fin, era como un hermano suyo, y este parentesco
enorgulleca a Rafael.

--Bandido--le deca el seorito con cmica indignacin, en presencia de
la muchacha.--Te vas a llevar lo mejor de esta tierra, la perla de Jerez
y su campo. Ves toda la via de Marchamalo, que vale una millonada?...
Pues n: aqu lo bueno es esta mocita, este cachito de gracia. Y esto te
lo llevas t, ladrn... sinvergenza.

Y Rafael rea como un bendito, lo mismo que el seor Fermn. Pero qu
don Luis tan gracioso y tan bueno! El seorito, continuando en el tono
de cmica gravedad, se encaraba con su aperador:

--Re, bigardo... Mirad ustedes, qu satisfechote est de la envidia
que le tienen los dems! El mejor da te mato y me llevo a Mariquita de
la Luz, y la pongo en un trono en Jerez en medio de la plaza Nueva, y al
pie toos los gitanos de Andaluca para que toquen y bailen, y se
arranquen cantando a la reina de la hermosura y de la gracia, todo lo
que merece... Eso lo hago yo: Luis Dupont, aunque mi primo me
excomulgue.

Y por el mismo estilo iba ensartando su ristra de requiebros
hiperblicos e incoherentes entre las risas de Mara de la Luz y los
suyos, que agradecan la confianza del seorito.

Al terminar la vendimia, Luis mostrose orgulloso, como si finalizase una
obra grande.

Se haba hecho la recoleccin, valindose de mujeres, sin que se
atrevieran a presentarse aquellos guapos de la huelga que se deshacan
en amenazas. Esto era indudablemente porque l estaba all guardando la
via; porque bastaba que supiesen que don Luis defenda Marchamalo con
sus amigos, para que nadie se aproximase con la intencin de perturbar
el trabajo.

--Eh, qu tal seor Fermn?--deca con petulancia.--Han hecho bien en
no venir, porque hubiesen salido a tiros. Me pagar nunca mi primo lo
que hago por l? Qu ha de pagarme! Luego, tal vez diga que no sirvo
para nada... Pero esto hay que celebrarlo. Hoy mismo voy a Jerez, y me
traigo lo mejor de la bodega. Y si rabia Pablo cuando vuelva, que rabie.
Algo me ha de pagar por mis servicios. Y esta noche, juerga... la ms
gorda de la temporada: hasta que salga el sol. Quiero que esas
muchachas, al irse a la sierra, vayan contentas y se acuerden del
seorito... Y traer tocaores para que le descansen a ust, y cantaoras
para que Mariquita no haga todo el gasto... Que no quiere usted mujeres
de esas en Marchamalo? Si mi primo no se enterar!... Bueno: no
vendrn. Ust, seor Fermn, es un rancio; pero por darle gusto quedan
suprimidas las cantaoras. Bien mirado, maldita la falta que hacen ms
jembras, aqu donde hay tantas que parece un colegio. Pero msica y
vino hasta por encima de la cabeza! Y baile de la tierra; y baile fino,
agarrados como los seoritos. Ver usted la que se arma esta noche,
seor Fermn.

Y Dupont se fue a la ciudad en su carruaje, que alborotaba la carretera
con el estrpito de sus cascabeles. Volvi ya entrada la noche, una
noche de verano, calurosa, sin que el ms leve soplo de brisa hiciese
temblar la atmsfera.

La tierra exhalaba un vaho ardiente; el azul del cielo diluase en un
tinte blanquecino, las estrellas parecan empaadas por la neblina
caliginosa. En el silencio de la noche sonaban los crujidos de las cepas
al dilatar su corteza resquebrajada por el calor. La cigarra chillaba
furiosa en los surcos, abrasada por la tierra; la rana roncaba a lo
lejos, cual si la desvelase la falta de frescura de la charca.

Los acompaantes de Dupont, en mangas de camisa, alineaban bajo las
arcadas las innumerables botellas tradas de Jerez.

Las mujeres, vestidas ligeramente, con slo una falda de percal,
mostrando los brazos desnudos por debajo del pauelo cruzado sobre el
pecho, se encargaban de las cestas de provisiones, admirndolas con
alabanzas para el rumboso seorito. El capataz elogiaba la calidad de
los fiambres y de las aceitunas, que servan para excitar la sed.

--Mena jumera nos prepara el seorito!--deca riendo como un
patriarca.

De la gran cena en medio de la explanado, lo que ms atrajo la
admiracin de la gente, fue el vino. Coman de pie hombres y mujeres, y
al tener en la mano el vaso lleno, avanzaban hasta una mesita ocupada
por el seorito, el capataz y su hija, a la que daban luz dos candiles.
Las llamas rojizas, que suban su lengua humosa en la calma de la noche
sin el ms leve temblor, iluminaban la transparencia dorada del vino.
Pero qu era aquello?... Y volvan todos a paladearlo despus de
admirar su hermoso color, y abran los ojos desmesuradamente con asombro
grotesco, rebuscando las palabras, como si no pudiesen expresar toda la
veneracin que les infunda el lquido portentoso.

--Ezto e de las propios lagrimitas de Jez--decan unos chasqueando
devotamente la lengua.

--No--contestaban otros,--es la mezmzima leche de la Mare e Di...

Y el seorito rea, gozndose en su asombro. Era vino de la bodega
Dupont Hermanos: un vino venerable y carsimo, que slo beban los
_mislores_ all en Londres. Cada gota vala una peseta. Don Pablo lo
apreciaba como un tesoro, y era probable que se indignase al conocer el
estrago que haba hecho su aturdido pariente.

Pero Luis no se arrepenta de su generosidad. Le alegraba enloquecer al
rebao miserable con el vino de los ricos. Era un placer de patricio
romano, embriagando a sus clientes y esclavos con bebida de emperadores.

--Bebed, hijos mos--deca con acento paternal.--Aprovechaos, que jams
os veris en otra. Muchos seoritos del _Caballista_ os envidiaran.
Sabis lo que valen todos esas botellas? Un capital: eso es ms caro
que el _champa_; cada botella cuesta no recuerdo cuntos duros.

Y la miserable gente arrojbase sobre el vino, y beba y beba
avariciosamente, como si lo que les entraba por la boca fuese la
fortuna.

En la mesa del seorito, se servan las botellas despus de una larga
permanencia en tanques llenos de hielo. El vino pasaba por la boca
dejndola insensible, con la grata parlisis de la frescura.

--Nos vamos a emborrachar--deca sentenciosamente el capataz.--Esto se
cuela sin sentir. Es refresco en la boca y fuego en la tripa.

Pero segua llenndose el vaso entre bocado y bocado, paladeando el
nctar fro y envidiando a los ricos que podan permitirse diariamente
este placer de dioses.

Mara de la Luz beba tanto como su padre. Apenas vaciaba su copa, se
apresuraba el seorito a llenarla.

--No eches ms, Luis--suplicaba.--Mira que me voy a emborrach. Esta
beba es traidora.

--Tonta, si es como agua! Si aunque te ajumeres, esto se pasa en
seguida!...

Cuando termin la cena, sonaron las guitarras y la gente form corro,
sentndose en el suelo ante las sillas que ocupaban los msicos y el
seorito con su gente. Todos estaban ebrios, pero seguan bebiendo. Qu
basca! La piel erizbase de gotas de sudor; los pechos se dilataban,
como si no encontrasen aire. Vino y ms vino! Para el calor no exista
remedio ms acertado: era el verdadero refresco andaluz.

Batiendo palmas unos, y chocando otros las botellas vacas, como si
fuesen palillos, jalearon las famosas sevillanas de Mara de la Luz y el
seorito. Ella bailaba en medio del corro frente a Luis, con las
mejillas enrojecidas y un brillo extraordinario en los ojos.

Nunca la haban visto bailar tan arrebatadamente y con tanta gracia. Sus
brazos desnudos, de una palidez de perla, elevbanse en torno de la
cabeza, como asas de ncar de voluptuosa redondez. La falda de percal,
entre el _fru-fru_, que marcaba el adorable relieve de sus piernas,
dejaba ver por debajo de su orla unos pies pequeos, calzados
escrupulosamente, como los de una seorita.

--Ay! Que no pueo ms!--dijo de pronto, sofocada por el baile.

Y se dej caer jadeante en una silla, sintiendo que, con la agitacin de
la danza, comenzaba a rodar todo en torno de ella; la explanada, la
gente y hasta la gran torre de Marchamalo.

--Eso es er calor--deca el padre gravemente.

--Un poco de refresco y se te pasar--aada Luis.

Le presentaba una copa llena de aquel lquido de oro, coronado de
burbujas, que empaaba el cristal con su frescura. Y Mariquita beba
ansiosamente, con una sed rabiosa, deseando renovar la sensacin de
frescura en su boca ardiente como si llevase fuego en el estmago. De
vez en cuando protestaba.

--Que me voy a emborrach, Luis. Que creo que ya lo estoy.

--Y qu!--exclamaba el seorito.--Yo tambin estoy borracho, y tu
padre, y todos lo estamos. Para eso es la fiesta. Otra copa. Ol, mi
nia, valiente! Siga la juerga!

Bailaban en medio del corro algunas muchachas, con torpeza de
campesinas, haciendo frente a los viadores no menos rsticos.

--Eso no vale n--grit el seorito.--Fuera, fuera! A ver, maestro
_guila_--continu dirigindose al tocador.--Un baile de seoro por
todo lo alto. Una polka, un wals, cualquier cosa. Vamos a bailar
agarrados como la gente fina.

Las muchachas, turbadas por el vino, se cogieron unas a otras o cayeron
en los brazos de los viadores jvenes. Todos comenzaron a dar vueltas,
al son de la guitarra. El capataz y los aclitos de don Luis,
acompaaban el ritmo chocando botellas vacas o golpeaban el suelo con
sus bastones, riendo como nios de esta habilidad musical.

Mara de la Luz se sinti arrastrada por el seorito, que la agarr una
mano, sujetndola al mismo tiempo por el talle. La moza se resisti a
bailar. Dar vueltas, cuando su cabeza pareca balancearse y todo giraba
en torno de sus ojos!... Pero al fin, se abandon, entregndose a su
pareja.

Luis sudaba, fatigado por la inercia de la muchacha. Vaya una moza de
peso! Al oprimir aquel cuerpo sin fuerzas, senta en su pecho el
contacto de elsticas prominencias. Mariquita dejaba caer la cabeza en
su hombro, como si no quisiera ver, abrumada por el mareo. Slo una vez
se irgui para mirar a Luis, brillndole en los ojos una lejana chispa
de rebelin y protesta.

--Sultame, Rafa: esto no est bien.

Dupont rompi a rer.

--Conque Rafael!... Ay qu gracia, y cmo est, la nia! Si me llamo
Luis!...

La muchacha volvi a abatir su cabeza, como si no comprendiese las
palabras del seorito.

Sentase cada vez ms anonadada por el vino y el movimiento. Con los
ojos cerrados y el pensamiento dando vueltas, como una rueda loca,
crea estar suspendida en el vaco, en una sima lbrega, sin otro apoyo
que aquellos brazos de hombre. Si la soltaban, caera y caera sin tocar
nunca el fondo: e instintivamente se agarraba a su sostn.

Luis no estaba menos turbado que su pareja. Respiraba sofocado por el
peso de la moza. Estremecase con el contacto fresco y suave de sus
brazos, con el perfume de hermosura sana, que pareca surgir en chorro
voluptuoso del escote de su pecho. El soplo de sus labios le erizaba la
epidermis del cuello, esparciendo un estremecimiento por todo su
cuerpo... Cuando, abrumado por el cansancio, volvi a Mariquita a su
asiento, la muchacha qued tambaleando, plida, con los ojos cerrados.
Suspiraba, llevbase una mano a la frente, como si le doliese.

Mientras tanto, danzaban las parejas en el corro con una algazara loca,
chocando unas con otras, empujndose intencionadamente, con
encontronazos que casi derribaban a los espectadores, hacindoles
retirar las sillas.

Dos mozos comenzaron a insultarse, tirando cada uno del brazo de la
misma muchacha. El vino haca brillar sus ojos con fuego homicida, y
acabaron por dirigirse a la casa de los lagares en busca de las
podaderas, cortos y pesados machetes que mataban de un golpe.

El seorito les cerr el paso. Qu era aquello de matarse por bailar
con una muchacha, cuando tantos estaban esperando pareja? A callar, y a
divertirse. Y les oblig a darse la mano, a beber juntos en la misma
copa.

La msica ces. Todos miraban con ansiedad hacia el lado de la explanada
donde estaban los de la ria.

--Siga la juerga--orden Dupont como un tirano bondadoso.--Aqu no ha
pasado nada.

Son otra vez la msica, reanudaron la danza las parejas, y el seorito
volvi al corro. La silla de Mariquita estaba desocupada. Mir en torno
y no vio a la joven en toda la plazoleta.

El seor Fermn estaba absorto contemplando las manos de Pacorro _el
guila_, con admiracin de guitarrista. Nadie haba visto en su retirada
a Mara de la Luz.

Dupont entr en la casa de los lagares, andando quedamente, empujando
las puertas con una suavidad felina sin saber por qu.

Registr las habitaciones del capataz: nadie. Crey encontrar cerrada la
puerta del cuarto de Mariquita; pero cedi aqulla al primer impulso. La
cama estaba vaca y toda la habitacin en orden, como si nadie hubiese
entrado. Igual soledad en la cocina. Atraves a tientas la vasta pieza
que serva de dormitorio a los trabajadores. Ni un alma! Asom luego la
cabeza en el departamento de los lagares. La luz difusa del cielo,
penetrando por las ventanas, proyectaba en el suelo unas manchas de
tenue claridad. Dupont, en este silencio crey or el sonido de una
respiracin, el tenue remover de alguien tendido en el suelo.

Avanz. Sus pies tropezaron con unas arpilleras y sobre ellas un cuerpo.
Al arrodillarse para ver mejor, adivin por el tacto, ms bien que por
los ojos, a Mara de la Luz, que se haba refugiado all. Sin duda la
repugnaba ocultarse en su propia habitacin, en tan vergonzoso estado.

Al contacto de las manos de Luis, pareci despertar aquella carne sumida
en el sopor de la embriaguez. Se revolvi el cuerpo adorable, brillaron
sus ojos un momento, pugnando por mantenerse abiertos, y algo murmur la
boca ardorosa junto al odo del seorito. ste crey escuchar:

--Rafa... Rafa...

Pero no dijo ms.

Los brazos desnudos se cruzaron sobre el cuello de Luis.

Mara de la Luz caa y caa en el agujero negro de la inconsciencia, y
al caer se agarraba con desesperacin a este sostn, concentrando en
ello toda su voluntad, dejando el resto de su cuerpo en insensible
abandono.




VIII


A principios de Enero, la huelga de los trabajadores se haba extendido
por todo el campo de Jerez. Los gaanes de los cortijos hacan causa
comn con los viadores. Los dueos de los campos, como en los meses de
invierno no eran importantes los trabajos agrcolas, sobrellevaban sin
impaciencia el conflicto.

--Ya se rendirn--decan.--El invierno es duro y el hambre mucha.

En las vias, el cuidado de las cepas se haca por los capataces y los
braceros ms allegados al dueo, arrostrando la indignacin de los
huelguistas, que les tachaban de traidores, amenazndolos con venganzas
colectivas.

La gente rica, a pesar de sus arrogancias, revelaba cierto miedo. Como
era costumbre en ella, haba hecho hablar a los peridicos de Madrid de
la huelga de Jerez, ennegrecindola con sombros colores, hinchndola,
como si fuese una calamidad nacional.

Se censuraba a los gobernantes por su abandono, pero con tales arrebatos
de urgencia, que no pareca sino que cada rico estaba sitiado en su
casa, defendindose a tiros contra una muchedumbre famlica y feroz. El
gobierno, como de costumbre, haba enviado fuerza armada para cortar los
lamentos de estos pordioseros de autoridad y llegaron a Jerez nuevas
fuerzas de guardia civil, dos compaas de infantera de lnea y un
escuadrn que se uni a los jinetes del depsito de sementales.

Las _personas decentes_, como las llamaba Luis Dupont, sonrean con
beatitud al ver en las calles tantos pantalones rojos. En sus odos
sonaba como la mejor de las msicas el arrastre de los sables por las
aceras, y al entrar en sus casinos se les ensanchaba el alma viendo en
torno de las mesas los uniformes de los oficiales.

Los que semanas antes aturdan al gobierno con sus lamentaciones, como
si fuesen a morir degollados por aquellas turbas que permanecan en la
campia, con los brazos cruzados, sin atreverse a entrar en Jerez,
mostrbanse ahora arrogantes y jactanciosos hasta la crueldad. Se rean
del gesto fosco de los huelguistas, de sus ojos, que tenan el
estrabismo malsano del hambre y la desesperacin.

Adems, las autoridades crean llegado el momento de imponerse por el
miedo, y la guardia civil prenda a los que figuraban al frente de las
asociaciones obreras. Todos los das ingresaba gente en la crcel.

--Pasan ya de cuarenta los que estn a la sombra--decan los mejor
informados en las tertulias.

--Cuando sean cien o doscientos, esto quedar como una balsa de aceite.

A media noche, los seores, al salir del casino, encontraban mujeres
arrebujadas en rados mantones o con la falda a la cabeza, que les
tendan la mano.

--Seor, que no comemos.... Seor, que nos mata la jambre... Tengo tres
churumbeles, y mi maro, con esto de la juelga, no trae pan a casa.

Los seores rean, apresurando el paso. Que les diesen pon Salvatierra y
los otros predicadores. Y miraban con simpata casi amorosa a los
soldados que pasaban por la calle.

--Mardito seis ustedes, seoritos!--rugan las mseras hembras en su
desesperacin.--Quiera Dios que algn da mandemos los probes...

Fermn Montenegro contemplaba tristemente el curso de esta lucha sorda,
que haba de terminar forzosamente con algo ruidoso; pero de lejos,
rehuyendo el trato con los rebeldes, ya que no estaba en Jerez su
maestro Salvatierra. Callaba tambin en el escritorio, cuando en su
presencia manifestaban los amigos de don Pablo los crueles deseos de una
represin que atemorizase a los trabajadores.

Desde que haba vuelto de Mlaga, su padre no le vea una sola vez que
no le recomendase la prudencia. Deba callar; al fin, ellos coman el
pan de los Dupont, y no era noble el unirse con los desesperados, aunque
stos se quejasen con harto motivo. Adems, para el seor Fermn, todas
las aspiraciones humanas se resuman en don Fernando Salvatierra, y ste
se hallaba ausente. Lo retenan en Madrid sometido a una continua
vigilancia para que no volviese a Andaluca. Y el capataz de Marchamalo,
faltando su don Fernando, consideraba la huelga desprovista de inters,
y a los huelguistas como un ejrcito sin caudillo y sin bandera; una
horda que forzosamente haba de ser diezmada y sacrificada por los
ricos.

Fermn obedeci a su padre, mantenindose en una reserva prudente.
Dejaba sin respuesta las pullas de los compaeros de escritorio que,
conociendo su amistad con Salvatierra, para adular al amo se burlaban de
los rebeldes. Evitaba presentarse en la plaza Nueva, donde se reunan en
grupos los huelguistas de la ciudad, inmviles, silenciosos, siguiendo
con miradas de odio a los seores que intencionadamente pasaban por all
con la cabeza alta y una expresin de reto en los ojos.

Montenegro dej de pensar en la huelga, atrado por otros asuntos de
mayor inters.

Un da, al salir de su escritorio para ir a comer en la casa donde
estaba de husped, encontr al aperador de Matanzuela.

Rafael pareca esperarle apoyado en una esquina de la plazoleta, cuyo
frente ocupaban las bodegas de Dupont. Fermn no le haba visto en mucho
tiempo. Lo encontraba algo desfigurado; con las facciones enjutas y los
ojos hundidos en un cerco oscuro. Su traje de campo estaba sucio de
polvo; lo llevaba con descuido, como si olvidase aquella arrogancia que
le haca ser considerado como el ms elegante y majo de los jinetes
rsticos.

--Pero ests enfermo, Rafael? Qu te pasa?--exclam Montenegro.

--Penas--dijo lacnicamente el aperador.

--El domingo pasado no te vi en Marchamalo; y el otro tampoco. Es que
ests de morros con mi hermana?...

--Tengo que hablar contigo, pero mu largo, mu largo!--dijo Rafael.

All en la plaza no poda ser; en la casa de huspedes tampoco, pues lo
que el aperador quera decirle era para guardarse en secreto.

--Est bien--dijo Fermn bromeando, al adivinar que se trataba de penas
de enamorado.--Pero como yo he de comer, criatura triste! nos iremos a
casa del _Montas_ y all desembuchars todas esas penillas que te
ahogan, mientras yo hago por la vida.

En el colmado del _Montas_, al pasar frente al cuarto ms grande del
establecimiento, oyeron rasgueos de guitarra, palmas y gritos de
mujeres.

--Es el seorito Dupont--les dijo el camarero--que est con unos amigos
y una jembra magnfica que se ha trado de Sevilla. Ahora empieza la
juerga... hay tela cortada lo menos hasta maana!

Los dos amigos buscaron el cuarto ms lejano para que el estrpito de la
fiesta no interrumpiese su conversacin.

Montenegro encarg su comida, y el criado puso la mesa en aquel
cuartucho, que ola a vino, y, por lo menguado, pareca un camarote.
Poco despus volvi con una gran batea llena de caas. Era un obsequio
de don Luis.

--El seorito--dijo el camarero--se ha enterado de que estn aqu, y les
enva esto. Adems, pueden ustedes tomar lo que gusten; todo est
pagado.

Fermn le encarg anunciase a don Luis que pasara a verle as que
terminase su comida, y cerrando la puerta del camarote se qued solo con
Rafael.

--Vamos, hombre--dijo sealndole los platos:--ponte de eso.

--Yo no como--contest Rafael.

--Que no comes? Vaya... pasars del aire como todos los enamorados...
Pero beber s que bebers?

Rafael hizo un gesto, como extraando lo superfluo de la pregunta. Y sin
levantar la vista de la mesa, comenz a apurar rabiosamente las caas
que tena delante.

--Fermn--dijo de pronto mirando a su amigo con los ojos
enrojecidos.--Yo estoy loco... loco perdo.

--Ya lo veo--contest Montenegro flemticamente, sin dejar de comer.

--Fermn; paece que un demonio me sopla a la oreja las mayores
barbaridades. Si tu padre no fuese mi padrino, y si t, no fueses t,
hace das que habra matao a tu hermana, a Mara de la L. Te lo juro
por esta, por mi mejor compaera, por la nica herencia de mi padre.

Y abriendo con gran estrpito de muelles una navaja de cachas viejas,
besaba ferozmente la tersa hoja, con dibujos coloreados por el xido
rojizo.

--Hombre, ya ser algo menos--dijo Montenegro mirando fijamente a su
amigo.

Haba dejado caer el tenedor, y una nubecilla roja pas por su frente.
Pero este gesto hostil slo dur un instante.

--Bah!--aadi--s que ests loco, y ms lo est el que te haga caso.

Rafael rompi a llorar. Por fin, sus ojos podan dar paso a las lgrimas
que se agolpaban a ellos, y deslizndose por sus mejillas caan en el
vino.

--Es verd, Fermn, estoy loco. Suelto bravatas y... na: soy un mandria.
Mira cmo estar, que un zagal me pegara. Qu he de matar yo a
Mariquita? Ojal tuviera entraas negras para eso. Despus me mataras
t, y toos descansaramos.

El rasgueo lejano de la guitarra y las voces que cortaban su ritmo,
jaleando el taconeo de una bailaora, parecan acompaar la cada de las
lgrimas del mocetn.

--Pero, vamos a ver--exclam Fermn con impaciencia.--Qu es todo eso?
Habla, y cesa de llorar, que pareces una beata en la procesin del Santo
Entierro. Qu te pasa con Mariquita?...

--Que no me quiere!--grit el aperador con acento desesperado.--Que ya
no me hace caso! Que hemos roto y no qui verme!...

Montenegro sonri. Y eso era todo? Rias de novios; caprichitos de
muchacha, que se enfada para animar la monotona de un largo noviazgo!
Ya pasara el mal viento. l conoca aquello de odas. Se expresaba con
su escepticismo de joven prctico, a la _inglesa_, como l deca,
enemigo de los amoros ideales que duraban aos y eran una de las
tradiciones de la tierra. A l no se le haba conocido noviazgo alguno
en Jerez. Se contentaba con tomar lo que poda, buenamente, de vez en
cuando, para satisfaccin de sus deseos.

--Eso lo agradece siempre el cuerpo--continu.--Pero relaciones por lo
fino, con suspiros, penas y celillos, eso nunca! Necesito el tiempo
para otras cosas.

Y Fermn, con tono zumbn, intentaba consolar a su amigo. Aquella mala
racha pasara. Caprichos de mujeres, que se ponen de morros y fingen
enfado para que las quieran ms! El da en que menos lo pensase, vera
a Mara de la Luz ir hacia l, diciendo que todo haba sido una broma,
para poner a prueba su cario, y que lo quera ms que antes.

Pero el mocetn mova la cabeza negativamente.

--No; no me quiere. Esto se acab y yo voy a morir.

Relataba a Montenegro cmo haban terminado sus amores. Ella le llam
una noche para hablar en la reja, y con una voz y un gesto, cuyo
recuerdo an estremeca al pobre mozo, le anunci que todo haba acabado
entre los dos. Cristo; qu noticia para recibirla as, de sopetn!

Rafael se agarr a los hierros para no caer. Despus hubo de todo:
splicas, amenazas, lloros; pero ella se mantena inflexible, con una
sonrisa que daba miedo, negndose a continuar los amoros. Ah, las
mujeres!...

--S, hijo mo--deca Fermn.--Unas arrastrs. Aunque se trate de mi
hermana, no hago excepcin. Por eso tomo yo de ellas lo que necesito y
rehuyo el trato... Pero qu excusa te daba Mariquita?...

--Que ya no me quiere; que se ha apagao de repente el aquel que me
tena. Que no siente por mi ni una miaja de afecto y no quiere mentir
fingiendo cario... Como si un querer pudiera apagarse de pronto, lo
mismo que una luz!...

Rafael recordaba el final de su ltima entrevista. Cansado de suplicar,
de llorar agarrado a la reja, de arrodillarse como un chiquillo, la
desesperacin le haba hecho prorrumpir en amenazas. Que le perdonase
Fermn! pero en aquel momento se sinti capaz del crimen. La muchacha,
cansada de sus ruegos, asustada de sus maldiciones, acab por cerrar de
golpe la ventana. Y hasta ahora!

Dos veces haba ido de da a Marchamalo con la excusa de ver al seor
Fermn; pero Mara de la Luz escondase, apenas adivinaba su caballo
galopando por la carretera.

Montenegro le oa pensativo.

--Tendr otro novio?--dijo.--Se habr enamorado de alguien?

--No; eso no--se apresur a responder Rafael, como si esta conviccin le
sirviese de consuelo.--Lo mismo pens en el primer momento y me vi ya
meto en la crcel de Jerez y luego en presidio. Al que me quite a mi
Mariquilla de la L, lo mato. Pero ay! que no me la quita nadie: que es
ella la que se va... He pasao los das vigilando de lejos la torre de
Marchamalo. Las copas que llevo bebas en el ventorro de la carretera y
que se me golvan veneno al ver bajar o subir a alguien la cuesta de la
via!... He pasao las noches tendido entre las cepas, con la escopeta al
lado, dispuesto a meterle un puao de postas en el vientre al primero
que se acercase a la reja... Pero no he visto ms que a los mastines. La
reja cerr. Y entretanto, el cortijo de Matanzuela anda desgobernao,
aunque mardita la falta que hago yo con esto de la huelga. Nunca estoy
all: el pobre _Zarandilla_ se lo carga too; si lo supiera el amo, me
despeda. Slo tengo ojos y odos para celar a tu hermana y s que no
hay noviazgo, que no quiere a nadie. Casi estoy por decirte que aun me
tiene algo de ley, mira t si soy tonto!... Pero la mardita huye de
verme, y dice que no me quiere.

--Pero t la has hecho algo, Rafael? No estar enfadada por alguna
ligereza tuya?

--No: eso tampoco. Soy ms inocente que el nio Jes y el cordero que
lleva al lao. Desde que tengo relaciones con tu hermana, que no miro a
una moza. Toas me parecen feas, y Mariquilla lo sabe. La ltima noche
que habl con ella, cuando yo le peda que me perdonase, sin saber por
qu, y le preguntaba si la haba ofendo en algo, la pobrecita lloraba
como la Malaena. Bien sabe tu hermana que yo no la he fartao en tanto
como esta ua. Ella misma lo deca: Pobre Rafa! T eres bueno!
Olvdame: seras infeliz conmigo. Y me cerr la ventana...

El mocetn gema al decir esto, mientras su amigo, que haba acabado de
comer, apoyaba pensativo su frente en una mano.

--Pues, hijo--murmur Fermn.--No entiendo este jeroglfico. Mariquilla
te deja y no tiene otro novio: te compadece, te dice que eres bueno,
mostrando que aun te tiene algn querer, y te cierra la ventana. El
demonio que entienda a las mujeres! Y qu mala alma tienen a veces las
condenadas!...

Aument el estrpito en el cuarto de la juerga, y una voz de mujer,
aguda, de un temblor metlico, lleg hasta los dos amigos.

      Me dej... mala gitana!
    Cuando yo ms la quera...

Rafael no pudo or ms. La poesa popular le araaba el alma con su
ingenua tristeza. Rompi a llorar con gemidos de nio, como si la copla
fuese su historia: como si la hubiesen compuesto luego de ser despedido
l de aquella reja, donde estaba la felicidad de su vida.

--Oyes, Fermn?--dijo entre suspiros.--Ese, soy yo. Me ocurre lo que al
pobresito de la copla. Se le tiene compasin a un perrito de cra, se le
quiere, no se le deja, sus chillidos inspiran lstima, y yo, que soy un
hombre, una criatura de Dios, a la calle! si te quise, ya no te
quiero! a reventar de pena!... Cristo! Paece mentira que an no me
haya muerto!...

Quedaron en silencio largo rato. Abstrados en sus pensamientos, ya no
oan el estrpito de la juerga, la voz femenil que segua entonando
coplas.

--Fermn--dijo de pronto el aperador.--T eres el nico que lo puee
arreglar todo.

Por esto le haba esperado a la salida del escritorio. Conoca su gran
influencia sobre la familia. Mara de la Luz le respetaba ms que a su
padre, y se haca lenguas de su sabidura.

La educacin en Inglaterra, y los elogios del capataz, que vea en su
hijo una inteligencia casi tan grande como la de su maestro, influan en
la muchacha, ingiriendo en su afecto fraternal una gran dosis de
admiracin. Rafael no se atreva a hablar al padrino: le tena miedo.
Pero de Fermn lo esperaba todo, y se confiaba a l.

--Lo que t le digas que haga, eso har... Ferminillo, no me abandones,
protgeme. T eres mi patrn; quisiera ponerte en un altar y encenderte
velas y rezarte una letana. Fermn; santito mo: no me dejes,
defindeme. Ablanda aquel peasco, de corazn; agrrame, porque si no,
me caigo y voy a presidio o a la casa de los locos.

Montenegro se burl de las exageraciones lloriqueantes de su amigo.

--Est bien, hombre: se har lo que se pueda, pero no llores ms, ni
sueltes esas oraciones, que pareces don Pablo, mi principal, cuando le
hablan de Dios. Ver a Mariquita: le hablar de ti: le dir a la muy
indina lo que merece. Qu; ests ya contento?...

Rafael limpibase los lagrimones, y sonrea con sencillez infantil,
mostrando sus dientes cuadrados, de ntida blancura. Pero su gozo era
impaciente. Cundo pensaba Fermn ver a Mariquita?

--Hombre, ir maana. En el escritorio estamos muy atareados en la
liquidacin de fin de ao. Las cuentas de los ingleses me dan mucho
quehacer.

El mocetn hizo un gesto de contrariedad. Maana!... Una noche ms de
no dormir, de llorar su desgracia, de incertidumbre cruel no sabiendo si
deba esperar algo.

Montenegro ri ante la tristeza del aperador. Pero cmo pona el amor a
los hombres! Daba ganas de propinar unos cuantos azotes a aquel mozo,
como si fuera un nio grandulln y enfurruado.

--No, Fermn; por tu sal te lo pido. Haz algo por m; ve en seguida y
sacars un alma de pena. Nada te dirn en el escritorio: esos seores te
quieren; eres su nio mimao.

Y le asediaba con ruegos ardorosos, con palabras acariciadoras, para que
fuese en seguida a avistarse con su hermana. Montenegro cedi, vencido
por la ansiedad del mocetn. Ira aquella misma tarde a Marchamalo;
mentira al jefe del escritorio dicindole que su padre estaba enfermo.
Don Ramn era bueno y hara la vista gorda.

El impaciente Rafael habl entonces de lo cortas que eran las tardes de
Enero y de la necesidad de aprovechar el tiempo.

Fermn llam al criado, que se extraaba de la parquedad de los dos
amigos, invitndoles a pedir ms _cosas_. Todo estaba pagado! Don Luis
tena cuenta abierta!...

Al salir Rafael, march directamente a la calle, temiendo que el amo le
viese con los ojos enrojecidos. Fermn asom la cabeza al cuarto de la
juerga, y despus de aceptar una copa de Dupont huy de ste, que
intentaba cogerle por las solapas, para que se quedase.

Antes de media tarde lleg Fermn a Marchamalo. Rafael le llev en las
ancas de su jaca. Su impaciencia le haca mover nerviosamente los
talones, espoleando al animal.

--Que vas a reventarlo, brbaro!--gritaba Montenegro, pegando su pecho
a la espalda del jinete.--Que pesamos mucho los dos!...

Pero Rafael slo pensaba en la entrevista prxima.

--En el mismsimo carro de San Elas quisiera yo llevarte, Ferminillo,
para que vieses antes a la gach.

Hicieron alto en el ventorro de la carretera, cerca de la via.

--Quieres que te espere?--dijo el aperador.--Yo te aguardo aqu con
gusto hasta el da del Juicio.

Senta impaciencia por conocer la resolucin de la muchacha. Pero Fermn
no quiso que le aguardase. Pensaba pasar la noche en la via. Y sigui
la marcha a pie, mientras Rafael le anunciaba a voces que vendra a
buscarle al da siguiente.

Cuando el seor Fermn vio llegar a su hijo, le pregunt con cierta
ansiedad si ocurra algo en Jerez. Nada, padre. l vena a pasar la
noche con la familia, ya que en el escritorio le haban dado permiso por
falta de trabajo. El viejo agradeci la visita, pero sin desechar la
inquietud que haba manifestado a la llegada de su hijo.

--Cre, al verte, que algo malo pasaba en Jerez: pero si nada ocurre
an, ocurrir pronto. Yo, desde aqu, lo s todo; nunca falta un amigo
de las otras vias que me trae el soplo de lo que piensan los
huelguistas. Adems, en el ventorro repiten los arrieros lo que oyen en
los ranchos.

Y el capataz habl a su hijo de la gran reunin que los trabajadores
iban a celebrar el da siguiente en los llanos de Caulina. Nadie saba
quin daba las rdenes, pero el llamamiento haba circulado de boca en
boca por el campo y la sierra, y se juntaran miles y miles de hombres,
viniendo hasta de los lmites de la provincia de Mlaga, todos los que
ganaban el jornal en la campia jerezana.

--Una verdadera revolucin, hijo. Anda en todo esto un forastero, un
muchacho al que llaman el _Madrileo_, que habla de matar a los ricos y
repartirse los tesoros de la ciudad. La gente parece loca: todos creen
que maana van a triunfar y que se acaba la miseria. El _Madrileo_
emplea el nombre de Salvatierra, como si obrase por orden suya, y muchos
afirman, como si le hubieran visto, que don Fernando est escondido en
Jerez y se presentar en el momento de la revolucin. Qu sabes t de
esto?...

Fermn movi la cabeza con aire incrdulo. Salvatierra le haba escrito
algunos das antes, sin manifestar propsitos de volver a Jerez. Dudaba
de que fuese cierto su viaje. Adems, le pareca inverosmil este
intento de sublevacin. Sera una alarma ms de las muchas inventadas
por la desesperacin de los hambrientos. Equivala a una locura intentar
la invasin de la ciudad estando en ella las tropas.

--Ya ver usted, padre, cmo si se renen en Caulina, quedar todo
reducido a gritos y amenazas, como en las reuniones en los ranchos. Y de
don Fernando, no pase usted pena. Tengo la conviccin de que est en
Madrid. No es tan insensato que vaya a comprometerse en una locura como
esta.

--Lo mismo creo, hijo; pero por lo que pueda ocurrir, procura t maana
no mezclarte con esos locos, si es que entran en la ciudad.

Fermn miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin
sali de la casa Mara de la Luz, sonriendo a su Fermn, acogiendo su
visita con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la mir con
atencin. Nada! De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar
aquellas tristezas que haban cortado sus amores.

Transcurri ms de una hora sin que pudiese hablar a solas con su
hermana. En las miradas fijas de Fermn pareca adivinar la moza algo de
sus pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan
pronto palideca con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con
una oleada de sangre.

El seor Fermn baj la cuesta de la via, yendo al encuentro de unos
arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les
reconoca desde lo alto. Eran amigos, y quera saber por ellos lo que
hablaban en los ranchos de la reunin del da siguiente.

Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un
silencio embarazoso.

--Tengo que hablarte, Mariquita--dijo al fin el muchacho con resolucin.

--Pues empieza cuando quieras, Fermn--contest ella con acento
tranquilo.--Ya adivin al verte que por algo venas.

--No: aqu no. Podra volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar
requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo.

Y los dos emprendieron la marcha colina abajo, por la pendiente opuesta
a la carretera. Bajaban por entre las cepas, a espaldas de la torre,
dirigindose a una lnea de chumberas que limitaba la gran via por este
lado.

Mara de la Luz intent detenerse varias veces no queriendo ir tan
lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa
incertidumbre. Pero el hermano se resista a iniciar la conversacin
mientras pisasen aquella tierra sometida a la vigilancia de su padre.

Se detuvieron en la cerca de chumberas, junto a una gran brecha que
dejaba ver un copudo olivar, tras cuyo ramaje descenda el sol.

Fermn hizo que su hermana se sentara en el ribazo, y plantndose ante
ella, dijo con dulce sonrisa para animarla a la confianza:

--Vamos a ver, loquilla: vas a decirme por qu has roto con Rafael; por
qu le has despedido como si fuese un perro, causndole tal pena que el
pobre parece que va a morir.

Mara de la Luz pareci echar a broma el asunto, pero estaba plida y su
risa tena la crispacin de una mueca triste.

--Porque no le quiero: porque me he cansao de l, ea! Es un soso que me
aburre. No soy yo duea de querer al hombre que me guste?...

Fermn la habl como a una nia revoltosa. Estaba mintiendo: se lo
conoca en la cara. No poda ocultar que segua amando a Rafael. Algo
haba en todo aquello, que era preciso que l conociera para bien de los
dos novios, para juntarlos de nuevo. Mentira aquel aburrimiento!
Mentira aquella energa de moza bravucona con que se expresaba
Mariquita al justificar su rompimiento con Rafael! Ella no era mala; no
poda tratar con tanta crueldad a su antiguo novio. Qu! as se rompen
unos amores comenzados casi en la infancia? As se despide a un hombre
despus de haberlo tenido durante aos y aos, como quien dice, cosido a
las faldas? Algo haba en su conducta que no poda explicarse, y era
preciso que ella se lo dijese. No era su hermano nico y el mejor de
sus amigos? No le contaba todas las cosas que no se atreva a decir al
padre, por el respeto que ste le inspiraba?...

Pero la muchacha se mostr insensible al tono acariciador y persuasivo
de su hermano.

--No hay nada de eso--repuso enrgicamente, irguiendo su busto como si
fuese a levantarse.--Todo son invenciones tuyas. No hay ms, que estoy
cansada de noviazgos, que no quiero hombre, que pienso pasarme la vida
al lado de padre y de ti. Con quin mejor que con vosotros? Se
acabaron los novios!

El hermano acoga estas palabras con un gesto de incredulidad. Mentira
otra vez! Por qu se cansaba de pronto del hombre al que tanto haba
querido? Qu causa poderosa haba deshecho con tanta rapidez su
amor?... Ah Mariquita! l no era tan bobo que se tragase unas excusas
faltas de sentido.

Y como la muchacha, para ocultar su turbacin levantase la voz,
repitiendo enrgicamente que era duea de su voluntad y poda hacer lo
que fuese de su gusto, Fermn comenz a irritarse.

--Ah, mocita falsa! Alma dura! Corazn de canto! Crees t que a un
hombre se le deja cuando a una le parece, despus de haberle entretenido
aos enteros junto a la reja, enloquecindolo con palabritas de miel,
afirmando que se le quiere ms que a la vida? Por mucho menos les han
partido a algunas el corazn de una pualada... Grita: repite que hars
lo que te d la gana: yo pienso en aquel infeliz que, mientras t hablas
como una arrastr, el pobrecito anda por ah hecho una lstima, llorando
como un chiquillo, a pesar de que es el hombre ms hombre de todo el
campo de Jerez. Y eso por ti... por ti, que te portas peor que una
gitana! por ti, veleta!...

Exaltndose a impulsos de su ira, hablaba de la tristeza de Rafael, del
gesto lloroso con que haba implorado su auxilio, de la angustia con que
aguardaba el resultado de su mediacin. Pero no pudo hablar ms. Mara
de la Luz, pasando repentinamente de la resistencia al desaliento,
rompi a llorar, aumentndose sus gemidos y sus lgrimas conforme
avanzaba Fermn en el relato de la desesperacin amorosa del novio.

--Ay, pobrecito!--gema la muchacha, olvidando todo disimulo.--Ay, mi
Rafael de mi arma!...

Se dulcific la voz del hermano.

--Le quieres, no lo ves? le quieres. T misma te delatas. Por qu
hacerle sufrir? Por qu esa testarudez, que a l le desespera y a ti te
hace llorar?

Y el muchacho, inclinndose sobre su hermana, la envolva en sus ruegos
o la empujaba los hombros con violencia, presintiendo la gravedad del
secreto que ocultaba Mariquita y que l a todo trance quera conocer.

Callaba la muchacha. Gema oyendo a su hermano, como si cada una de sus
palabras penetrase en su alma, crispndola con el dolor de las heridas
desgarradas; pero no abra su boca: tema decir demasiado y nicamente
lloraba, poblando de lamentos el silencio de la tarde.

--Habla--gritaba imperiosamente Fermn.--Di algo. T quieres a Rafael;
le quieres tal vez ms que antes. Por qu te separas de l? Por qu le
despides? Esto es lo que me interesa; tu silencio me da miedo. Por qu?
por qu? Habla, mujer; habla, o creo que te mato.

Y empujaba rudamente a Mara de la Luz, la cual, como si no pudiera
sostenerse bajo el peso de la emocin, se haba tendido en el ribazo,
con la cara entre las manos.

Comenzaba a ocultarse el sol. Se vea el disco de color de cereza,
detrs de las ramas del olivar, como al travs de una celosa negra. Sus
ltimos rayos, a ras de tierra, coloreaban con un resplandor anaranjado
la columnata de troncos de los olivos, las maraas de plantas de la
tierra, las curvas del cuerpo de la moza tendido en el suelo. La
punzante pelcula de las chumberas erizbase como una epidermis
luminosa.

--Habla, Mariquita--ruga la voz de Fermn.--Di por qu haces eso. Dilo
por tu vida! Mira que me vuelves loco! Dselo a tu hermano, a tu
Fermn!

La voz de la muchacha sali tenue, vergonzosa, lejana, de aquel bulto
tendido.

--No le quiero... porque le quiero mucho. No puedo quererle, porque le
amo demasiado para hacerle infeliz.

Y cual si tras estas palabras confusas cobrase nimos, Mariquita se
irgui, mirando fijamente a Fermn con sus ojos llenos de lgrimas.

Poda pegarla, poda matarla; pero ella no volvera a hablar con Rafael.
Haba jurado que si se consideraba indigna de l, le abandonara, aunque
con esto destrozase su alma. Era un crimen premiar aquel amor tan
intenso introduciendo en su futura existencia algo que pudiese afrentar
a Rafael, tan bueno, tan noble, tan amoroso.

Se hizo un largo silencio.

El sol haba desaparecido. Ahora el negro ramaje del olivar se destacaba
sobre un cielo de color de violeta, con una leve franja de oro a ras del
horizonte.

Fermn callaba, como si le aterrase el contacto de la verdad misterioso,
cuyo roce crea ya sentir.

--Segn eso--dijo con una calma solemne,--t te consideras indigna de
Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle
infeliz.

--S--contest ella sin bajar los ojos.

--Y qu es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo.

Mara de la Luz volvi a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no
hablara: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus
fuerzas. Si Fermn la quera un poco; deba respetar su silencio,
dejarla en paz, que harto lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros,
rasg de nuevo la calma del crepsculo.

Montenegro mostrbase tan desalentado como su hermana. Despus de sus
arrebatos de indignacin, sentase dbil, reblandecido, anonadado por
aquel misterio, que slo haba podido columbrar. Hablaba con dulzura,
con humildad, recordando a la joven el estrecho cario que una sus
vidas.

No haban conocido a su madre, y Fermn ocup para la pequea el vaco
que dej al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas
si recordaban. Cuntas veces, a la edad en que otros muchachos se
duermen en un regazo tibio, haba hecho de madre para ella, mecindola
muerto de sueo, sufriendo sus llantos y sus manotones? Cuntas veces,
en la poca de miseria, cuando el padre no tena trabajo, haba sofocado
su hambre para darla el mendrugo que le regalaban otros chicos,
compaeros de sus juegos?... Cuando ella sufri las enfermedades de la
infancia, su hermano, que apenas pasaba la cabeza del borde de la cama,
la haba velado, haba dormido con ella sin miedo a la infeccin. Eran
ms que hermanos: la mitad de su vida la haban pasado juntos, en
contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos,
confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no saba lo que en su
cuerpo era suyo o asimilado del otro.

Despus, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de
una infancia triste, se haba agrandado. l no pensaba en casarse, como
si su misin en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, vindola
feliz con un hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a
los hijos que ella tuviese... Para Fermn no guardaba secretos
Mariquita. Corra a l, en los momentos de duda, antes que al padre...
Y ahora, la ingrata, como si de repente se endureciese su alma, dejaba
impasible que l sufriese, sin revelar aquel misterio de su vida!

--Ah, mal corazn! Mala hermana!... Y cun poco te conoca!

Estos reproches de Fermn, dichos con voz entrecortada, como si fuese a
llorar, causaron ms efecto en Mara que las amenazas y violencias de
antes.

--Fermn... quera ser muda para que no sufrieses; porque s que la
verdad te har dao. Ay, Jess mo! Destrozarles el alma a los dos
hombres que ms quiero!...

Pero ya que el hermano lo exiga, a l se confiaba, y fuese lo que Dios
quisiera... Se haba erguido otra vez y hablaba, sin un gesto, sin mover
apenas los labios, con la mirada perdida en el horizonte, cual si
estuviera soando y relatase la historia de otra persona.

Comenzaba a anochecer y a Fermn le pareci que toda la sombra del
crepsculo se le meta dentro del crneo, nublando su pensamiento,
entorpecindolo con dolorosa somnolencia. Un fro intenso y paralizador,
un fro de sepultura, araaba su espalda. Era la brisa ligera de la
noche, pero a Fermn le pareci un viento de hielo, una tromba glacial
que vena desde el Polo para l, slo para l.

Mara de la Luz segua hablando impasible, como si relatase la desgracia
de otra mujer. Sus palabras evocaban rpidas imgenes en el pensamiento
del hermano. Todo lo vea Fermn: la embriaguez general de la ltima
noche de la vendimia, la borrachera de la moza, su desplome como un
cuerpo inerte en el rincn de los lagares, y despus la llegada del
seorito para aprovecharse de la cada.

--El vino! El mardito vino!--deca Mara de la Luz con expresin de
clera, haciendo al lquido de oro responsable de su desgracia.

--S, el vino--repeta Fermn.

Y con el pensamiento evocaba a Salvatierra, recordando sus anatemas a la
malfica divinidad que regulaba todas las acciones y los afectos de un
pueblo esclavizado por ella.

Despus, las palabras de su hermana le hacan ver el horroroso despertar
al desvanecerse el triste engao de la embriaguez, la indignacin con
que repela a un hombre, al que no amaba, y que an le pareca ms
antiptico luego de su fcil victoria.

Todo haba acabado para Mara de la Luz. Harto lo demostraba la firmeza
de sus palabras. Ya no poda ser del hombre amado. Deba mostrarse
cruel, fingir despego, hacerle sufrir como una moza casquivana, antes
que decirle la verdad.

Imperaba en ella esa preocupacin de la hembra vulgar que confunde el
amor con la virginidad fsica. Una mujer slo poda ser esposa del
hombre al que llevase como tributo de sumisin, la integridad de su
cuerpo. Ella deba ser como su madre, como todas las buenas mujeres que
conoca. La virginidad de la carne era tan importante como el amor; y
cuando se perda, aunque fuese por un azar, sin voluntad alguna, haba
que resignarse, doblar la cabeza, decir adis a la dicha y seguir el
camino de la vida, sola y triste, mientras el amante infeliz se alejaba
por otro lado buscando una nueva urna de amor cerrada e intacta.

Para Mara de la Luz el mal era irremediable. Amaba a Rafael; la
desesperacin del muchacho aumentaba su apasionamiento; pero jams
volvera a hablarle. Se resignaba a que la tuviesen por cruel antes que
engaar al hombre amado. Qu deca Fermn a esto? No deba ella
repeler a su novio, aunque esto la destrozase el alma?...

Fermn permaneca silencioso, la barba en el pecho y los ojos cerrados,
con la inmovilidad de la muerte. Pareca un cadver en pie. De pronto,
despert la fiera humana que se encabrita y ruge ante la desgracia.

--Ah, perra descastada!--bram.--Mala piel! ....!

Y el supremo insulto a la virtud femenil sali de sus labios disparado
contra Mara de la Luz. Avanz un paso, con la mirada extraviada y el
puo en alto. La muchacha, como si la penosa revelacin la hubiese
sumido en la insensibilidad de los imbciles, no cerr los ojos, no
movi la cabeza para evitar el golpe.

La mano de Fermn volvi a caer sin rozarla. Fue un relmpago de
ferocidad; nada ms. Montenegro se reconoca sin derecho para castigar a
su hermana. En las nieblas de color de sangre que pasaban ante sus ojos,
crey ver el brillo de las gafas azules de Salvatierra, su sonrisa fra
de inmensa bondad. Qu hara el maestro de estar all?... Perdonar,
indudablemente: envolver a la vctima en la conmiseracin sin lmites
que le inspiraban los pecados de los dbiles. Adems, estaba el vino
como principal culpable: el veneno de oro, el diablo de color de mbar,
esparciendo con su perfume la locura y el crimen.

Fermn permaneci silencioso largo rato.

--De todo esto--dijo al fin--ni una palabra al padre. El pobre viejo
morira.

Mariquita hizo un gesto de asentimiento.

--Si te encontraras con Rafael--continu,--ni una palabra tampoco. Le
conozco: el pobre mozo ira a presidio por tu culpa.

La advertencia era intil. Para evitar la venganza de Rafael, haba
mentido ella, fingiendo sus crueles desvos.

Fermn continu hablando con tono sombro, pero imperiosamente, sin
admitir rplica. Ella se casara con Luis Dupont... Que le aborreca?
Que haba huido de l despus de aquella noche horrible?... Pues esta
era la nica solucin. Con la honra de su familia ningn seorito jugaba
impunemente. Si no le quera por amor, le tolerara por deber. El mismo
Luis ira a buscarla, a pedirla la mano.

--Le odio! Le aborrezco!--deca Mariquita.--Que no venga! No quiero
verle!...

Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella
poda mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa.
Quedar soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no
haber engaado a Rafael, poda satisfacerla. Pero y l, que era su
hermano? Cmo podra vivir, viendo a todas horas a Luis Dupont, sin
exigirle una reparacin por su ultraje, pensando que el seorito se rea
interiormente de su hazaa, al encararse con l?...

--A callar, Mariquita--dijo con dureza.--A callar, y ser obediente. Ya
que como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la
honra de la familia.

Haba cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el
regreso a su casa. Fue una ascensin lenta, penosa, temblndoles las
piernas, zumbndoles los odos, jadeando sus pechos, como si les
aplastase un peso enorme. Parecales que llevaban en hombros un muerto
gigantesco, algo que haba de pesar sobre el resto de su existencia.

Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el
tormento de tener que sonrer al pobre padre, de seguir su conversacin
sobre los sucesos que se preparaban para el da siguiente, de manifestar
Fermn sus opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos
de Caulina.

El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el
insomnio de Mariquita; oa el continuo revlver de su cuerpo en la cama,
prorrumpiendo en suspiros dolorosos.

Poco despus del alba, Fermn sali de Marchamalo, dirigindose a Jerez
sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que
vio junto al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del
camino, como un centauro.

--Cuando tan pronto vienes, algo geno ties que dicirme--exclam el
mocetn con una confianza cndida que a Fermn casi le arranc
lgrimas.--Suelta por esa boca, Ferminillo mo, qu resultao traes de
tu embajada?...

Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando
con vagas palabras su turbacin.

El asunto marchaba as, as; no del todo mal. Poda estar tranquilo:
caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistira para que todo
se arreglase. Lo importante era que Mariquita le quera lo mismo que
antes. Poda estar seguro de esto.

Qu cara de angelote, radiante y gozoso, la del mocetn!...

--Anda, Ferminillo: sbete en las ancas, salao! gracioso! que te voy a
llevar a Jerez en un decir Jes. Tienes ms talento y ms labia, y ms
aquel en la mollera, que toos los abogaos juntos de Ciz, de Sevilla y
hasta de Madr... Si sabra yo a qu aldabilla me agarraba cuando
busqu a mi nio!...

La jaca iba al galope, espoleada por el aperador. ste necesitaba
correr, aspirar el aire con violencia, cantar para dar salida a la
alegra, mientras Fermn, a sus espaldas, casi lloraba, viendo la
alegra del inocente, escuchando las coplas que dedicaba a la _gach_,
como si la tuviera otra vez por suya, gracias al hermano. Para
sostenerse en las ancas del corcel, tuvo Fermn que agarrarse a la
cintura del aperador; pero lo hizo con cierto remordimiento, como
avergonzado del contacto con aquel ser bueno y sencillo cuya confianza
forzosamente haba de engaar.

Se separaron en las afueras de Jerez. Rafael se marchaba al cortijo.
Quera estar all, ya que tena noticia de lo que se preparaba para la
tarde en los llanos de Caulina.

--Va a haber bronca, y gorda. Dicen que hoy se lo reparten too y lo
queman too, y que se van a cortar ms cabezas que en una batalla de
moros... Yo a Matanzuela, y al primero que se presente con mala
intencin lo recibo a tiros. Al fin, el amo es el amo y pa eso me tiene
all don Luis: pa que guarde sus intereses.

Fue un nuevo tormento para Fermn ver la arrogancia con que se alejaba
el mocetn, la firme tranquilidad con que hablaba de hacerse matar por
los que osasen el ms leve atentado contra la propiedad de su seor.
Ay! si el jayn inocente, en el cumplimiento de su deber, supiera lo
que l!...

Fermn pas todo el da en el escritorio trabajando, con el pensamiento
lejos, muy lejos; traduciendo cartas mecnicamente, sin fijarse en el
sentido de las palabras, uniendo nmeros como un autmata.

Algunas veces levantaba la cabeza y permaneca inmvil, mirando
fijamente a don Pablo Dupont al travs de la puerta abierta de su
despacho. El principal discuta con don Ramn y otros seores, ricos
cosecheros que llegaban con cierto aire despavorido y se serenaban,
acabando por rer, luego de escuchar las vehementes palabras del
millonario.

Montenegro no prestaba atencin, a pesar de que la voz de don Pablo,
aflautada por la clera, se esparca algunas veces por el escritorio.
Deban hablar de la reunin en Caulina: la noticia haba llegado desde
el campo a la ciudad.

Varias veces, al quedar solo Dupont en su despacho, el empleado sinti
tentaciones de entrar... pero se contuvo. No: all no. Necesitaba
hablarle a solas. Conoca su carcter arrebatado. La sorpresa le hara
prorrumpir en gritos, oyndole todas las gentes del escritorio.

A la cada de la tarde, Fermn, despus de vagar un buen rato por las
calles, para dejar algn espacio entre la salida de la oficina y su
visita al amo, se dirigi al ostentoso hotel de la viuda de Dupont.

Pas la verja y el portal con la facilidad de un antiguo servidor de la
casa. Se detuvo un instante en el patio, de blancas arcadas, entre los
macizos de pltanos y palmeras. En el centro de uno de los claustros
cantaba un chorro de agua, cayendo en profundo tazn. Era una fuente con
pretensiones de monumento; una montaa de estalactitas con una cueva a
guisa de hornacina, y en ella la Virgen de Lourdes, de mrmol blanco;
una estatua mediocre, con el relamido exterior de la imaginera
francesa, que el dueo del hotel apreciaba como un prodigio artstico.

Le bast a Fermn anunciarse, para que le hiciesen pasar al despacho del
seor. Un criado descorri las cortinas de las ventanas para que
entrase toda la luz de la tarde. Don Pablo, apoyado en la pared,
inclinbase ante la bocina de un aparato telefnico, manteniendo el
receptor en el odo. Con un gesto indic a su empleado que se sentase, y
Fermn, hundido en un silln, dej vagar su mirada por esta pieza, en la
que no haba entrado nunca.

Un gran cuadro de talla dorada, adornado con la cabeza de San Pedro, y
los escudos pontificales, contena el diploma ms glorioso de la casa,
el Breve concediendo la bendicin papal en la hora de la muerte a todos
los Dupont, hasta la cuarta generacin. Luego, en otros cuadros no menos
deslumbrantes, mostrbanse todas las distinciones concedidas a don
Pablo, tan honorficas como santas; pergaminos con grandes sellos e
inscripciones rojas, azules o negras; ttulos de comendador de la orden
de San Gregorio, de la de _Pro ecclesi et Pontifice_, y de la Piana;
diplomas de caballero Hospitalario de San Juan y del Santo Sepulcro. Las
cartas que acreditaban las cruces de Carlos III y de Isabel la Catlica,
concedidas por las regias personas despus de sus visitas a la bodega de
los Dupont, ocupaban las paredes ms oscuras, encuadradas en marcos
menos vistosos, con la modestia que el poder civil debe mostrar ante la
representacin de Dios; cediendo el sitio, como avergonzadas, a todos
los ttulos honorficos inventados por la Iglesia, que haban llovido
sobre don Pablo, sin que faltase uno.

Dupont nicamente rechazaba de Roma el ttulo de nobleza. Sus amigos de
all ponan a disposicin de l toda la herldica: conde, marqus,
duque, lo que quisiera. Hasta prncipe lo hara el Santo Padre por la
gracia de Dios; y en cuanto al ttulo, si no le gustaba su apellido no
tena ms que echar mano a cualquiera de los innumerables santos del
calendario.

Pero el hijo de doa Elvira rehusaba obstinadamente esta distincin. La
Iglesia por encima de todo!... pero la nobleza histrica tambin era
obra de Dios. Y, orgulloso de la estirpe materna, sonrea irnicamente
al hablar de la nobleza papal, despreciando a los industriales y los
ricos improvisados que se pavoneaban con sus ttulos de Roma. Se
propona solicitar para l, ms adelante, aquel marquesado rancio y
glorioso de San Dionisio que estaba sin sucesin desde la muerte de su
famoso to Torreroel.

Don Pablo, al dejar el telfono, salud a Fermn, impidindole con un
ademn que abandonase su asiento.

--Qu hay, muchacho? Traes noticias nuevas? Sabes algo de la reunin
en Caulina?... Me acaban de decir que llegan grupos de todos lados. Ya
son unos tres mil.

Montenegro hizo un gesto de indiferencia. Nada le importaba la tal
reunin: l vena por otra cosa.

--Me alegro que pienses as--dijo don Pablo, sentndose junto a su mesa,
al pie del diploma de la bendicin.--T has sido siempre algo _verde_;
ya sabes que te conozco, y me gusta que no te mezcles en estos los.
Esto te lo digo porque te quiero y porque esa gente va a llevar palo...
mucho palo.

Y se frotaba las manos, como si le regocijase la esperanza del castigo
que iban a sufrir los rebeldes.

--T, que tanto admiras a Salvatierra, el amigote de tu padre, puedes
felicitarte de que no se encuentre en Jerez. Porque si estuviera, esta
sera su ltima hazaa... Pero vamos a ver, Ferminillo, qu te trae por
aqu?...

Dupont quedose con la vista fija en su empleado y ste comenz a
explicarse con cierta timidez. l conoca el antiguo afecto que don
Pablo y toda su familia sentan por la del pobre capataz de Marchamalo.
Un cario de grandes seores, que ellos, pobres y humildes, no saban
cmo agradecer. Adems, Fermn apreciaba el carcter de su principal: su
religiosidad, incapaz de transigir con el vicio y la injusticia. Por
esto, en un momento difcil para su familia, acuda a l, en busca de
consejo, de apoyo moral.

Dupont miraba con los ojos entornados a Montenegro, pensando que ste
slo poda aproximarse a l impulsado por algo muy importante.

--Est bien--dijo con impaciencia.--Vamos al caso y no perdamos tiempo.
Mira que hoy es un da extraordinario. De un momento a otro volvern a
llamarme por telfono.

Fermn permaneca con la cabeza baja, vacilando, con expresin dolorosa,
como si las palabras le quemasen la lengua. Por fin comenz el relato de
lo ocurrido en Marchamalo la ltima noche de la vendimia.

El carcter irascible, impetuoso y atronador de Dupont, pareci
hincharse colrico durante el relato, hasta estallar al final
ruidosamente.

Su egosmo le haca pensar ante todo en l, en lo que supona este
atentado para el honor de su casa. Adems, considerbase herido por la
falta de respeto del pariente, afirmando que en este delito de impudor
haba algo de profanacin para su propia persona.

--En Marchamalo tales abominaciones!--exclam, saltando de su
asiento.--La torre de los Dupont, mi casa, a la que llevo mi familia
muchas veces, convertida en un antro del vicio! El demonio de la
impureza haciendo de las suyas a dos pasos de la capilla, de la casa de
Dios, donde sacerdotes sabios han dicho las cosas ms hermosas del
mundo!...

Y la indignacin le ahogaba. Tosa, agarrndose a la mesa, como si la
clera le amagase con una congestin, y pudiera caer redondo en el
suelo.

Luego vinieron las lamentaciones del industrial. Para esto haba
servido el saqueo que durante su ausencia haba hecho en sus mejores
vinos el empecatado pariente! Aquel robo de loco no poda dar otros
resultados. Embriagar con el vino de los ricos a todo un tropel de
gentes rudas y ordinarias! Bastante haba reido a su primo al volver l
a Jerez; y ahora, cuando tena olvidada la barrabasada, le enteraban de
su ltima consecuencia, una deshonra que le impedira poner los pies en
Marchamalo. Jess! Jess! Qu de vergenzas sobre la familia!...

--Compadceme, Fermn--gritaba don Pablo.--Ten lstima de la cruz que
llevo a cuestas. El Seor ha derramado todos sus dones sobre su indigno
servidor, que soy yo. Tengo riquezas, una madre que es una santa, esposa
cristiana e hijos obedientes; pero en este valle de lgrimas, la
felicidad no puede ser completa. El Altsimo necesita ponernos a prueba,
y mi castigo son las nias del marqus y ese Luis, que es presa del
demonio. Somos la mejor de las familias, pero esos locos se encargan de
hacernos llorar, de afligirnos con el tormento de la vergenza. Ten
compasin de m, Fermn; apidate del cristiano ms infeliz de la
tierra, que no por esto se queja, sino que alaba al Seor.

Reapareca el exaltado, prximo al delirio al hablar de Dios y de la
suerte de sus criaturas. Y pidiendo a Fermn que le compadeciese, lo
haca con tales gestos, que el joven tema que se arrodillara, con las
manos juntas, como implorando su perdn.

En ciertos momentos, Montenegro, a pesar de su tristeza, senta deseos
de rer por lo extrao de la situacin. Aquel hombre poderoso peda que
le compadeciese. Qu pedira l, que llegaba impulsado por una
vergenza de familia?...

Dupont cay desalentado en su asiento, la cabeza entre las manos, con la
facilidad con que pasaba su carcter de la accin desordenada e
impetuosa al anonadamiento cobarde.

Suspiraba, con tristeza:

--La familia!... la familia!...

Pero al levantar los ojos, se encontr con los de Fermn, que le
contemplaban asombrados, como preguntndole cundo llegara el momento
en que cesara de pedir compasin para l y empezase a compadecer a su
dependiente.

--Y t--pregunt--qu crees que puedo hacer en esto?...

Montenegro desech toda timidez para contestar a su jefe. Si l supiera
qu hacer no habra venido a molestar a don Pablo. Estaba all para que
l le aconsejase; ms an, para que pusiera remedio al mal, como
cristiano y como caballero, ya que estos dos ttulos estaban siempre en
sus labios.

--Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene
medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia.

--El jefe!... el jefe!--murmur irnicamente don Pablo. Y qued en
silencio, como si buscase la solucin del asunto.

Luego habl de Mara de la Luz. Haba pecado gravemente y tena mucho de
qu arrepentirse. Poda servirle de excusa ante Dios su estado
extraordinario, su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una
virtud, y el pecado carnal, pecado era... Haba que salvar el alma de la
infeliz, facilitarla los medios pura que ocultase su vergenza.

--Yo creo--aadi despus de una larga reflexin--que lo mejor ser que
tu hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que
quiero enviarla a un convento cualquiera. Hablar con mi madre: nosotros
sabemos hacer las cosas. Ir a un convento de seoras, de religiosas
distinguidas, y la dote ser cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no
discuto. Cuatro mil, cinco mil duros... lo que sea. Eh! Me parece que
la solucin no es mala! All, en el recogimiento, limpiar su alma de
culpas. Yo podr llevar entonces mi familia a la via, sin miedo a que
los mos se rocen con una desdichada que ha cometido el ms torpe de los
pecados, y ella vivir como una gran seora, como una esposa distinguida
de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, hasta con criadas,
Fermn!, y ya ves que esto vale algo ms que quedarse en Marchamalo
guisando la comida de los viadores.

Fermn se haba puesto de pie, plido, con las cejas fruncidas.

--Eso es todo lo que usted tiene que decir?--pregunt con voz sorda.

El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qu, no le pareca
bastante? Tena l una solucin mejor? Y con inmensa extraeza, como si
hablase de algo disparatado e inaudito, aadi:

--A no ser que hayas soado con que mi primo se case con tu hermana!...

--No hara con ello nada de ms. Esto es lo lgico, lo natural, lo que
aconseja el honor, lo nico que puede hacer un cristiano como usted.

Dupont volvi de nuevo a exaltarse.

--Ta, ta! Ya sali el cristianismo a gusto vuestro! Los que sois
_verdes_ y no conocis la religin ms que por fuera, os fijis en
ciertas exterioridades para echrnoslas en cara cuando os conviene.
Claro es que todos somos hijos de Dios, y que los buenos gozarn
igualmente de su gloria: pero mientras vivimos en la tierra, el orden
social que viene de lo alto, exige que existan jerarquas y que stas se
respeten sin confundirse. Consulta el caso con un sabio, pero un sabio
de verdad; con mi amigo, el Padre Urizbal o algn fraile eminente, y
vers qu te contesta: lo mismo que yo. Debemos ser buenos cristianos,
perdonar las ofensas, auxiliarnos con la limosna y facilitar al prjimo
los medios para que salve el alma: pero cada uno en el crculo social
que le ha marcado Dios, en la familia que le destin al nacer, sin
asaltar las barreras divisorias con intentos de falsa libertad, cuyo
verdadero nombre es libertinaje.

Montenegro haca esfuerzos por contener la clera.

--Mi hermana es buena y es honrada, a pesar de todo--dijo mirando
audazmente a don Pablo;--mi padre es el trabajador ms bondadoso y ms
pacfico del campo de Jerez: yo soy joven, pero no he hecho mal a nadie,
y tengo la conciencia tranquila. Los Montenegros somos pobres: pero
nadie tiene derecho a despreciarlos ni a deshonrarles por el egosmo del
placer. Nadie, lo entiende usted, don Pablo? nadie: y el que lo intenta
no sale del mal paso impunemente. Somos tan buenos como los que ms, y
mi hermana, aunque pobre, puede entrar por la puerta grande en una
familia que, aunque posea millones, tiene en su seno hombres como Luis y
hembras como las _Marquesitas_.

En otro momento hubiera tenido que ver el arranque de clera de Dupont
ante las amenazas y las insolencias de su dependiente. Pero ahora
pareca intimidado por la mirada del joven, por el acento de su voz, que
temblaba con expresin amenazadora.

--Hombre!, hombre!--exclam, queriendo indignarse sin conseguirlo, y
adoptando una dulzura bonachona.--Piensa lo que dices. Ya s que mi
primo y esas otras dos, son gente mala. Bastantes disgustos me dan!
Pero llevan mis apellidos, y t debes hablar de ellos con mayores
miramientos por ser de mi casa. Adems, qu sabes t de lo que les
tiene reservada la gracia del Altsimo?... La Magdalena era peor que
esas dos desgraciadas, mucho peor, y muri como una santa. Luis es malo,
pero mayores escndalos dieron en su juventud algunos santos varones.
Ah tienes a San Agustn, padre de la Iglesia, columna de la
cristiandad. San Agustn, siendo joven...

El timbre del telfono cort la palabra a Dupont, que iba a comenzar el
relato de la vida del gran africano, sin fijarse en el gesto de
indiferencia de Fermn.

Durante algunos minutos permaneci don Pablo con el odo en el aparato,
prorrumpiendo en alegres exclamaciones, como si le satisfaciese lo que
le decan.

Cuando volvi hacia Montenegro, ya no pareca acordarse de lo que
motivaba la visita de ste.

--Van a entrar, Fermn!--exclam frotndose los manos.--Me dicen de
parte del alcalde, que los de Caulina comienzan a dirigirse hacia la
ciudad. Un poco de susto en el primer momento, y despus _pum, pum,
pum!_ el escarmiento que les hace falta, el presidio, y hasta su poquito
de garrote, para que vuelvan a ser prudentes y nos dejen quietos una
temporada.

Don Pablo iba a mandar que cerrasen las puertas y las ventanas bajas de
su hotel. Si Fermn no quera quedarse, deba salir cuanto antes.

El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la
prxima invasin de desesperados, y empujaba a Fermn, acompandolo
hasta la puerta, como si olvidase su asunto.

--En qu quedamos, don Pablo?

--Ah, s! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo
hablar con mi madre. Lo del convento es lo mejor: creme.

Y como sorprendiese en el rostro de Fermn una mueca de protesta, volvi
a su tono de humanidad.

--Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lstima de mi y de mi
familia. No tenemos an bastantes penas? Las nias del marqus, que nos
avergenzan viviendo con la canalla: Luis, que pareca en el buen
camino, y ahora sale con esa aventura... Y aun quieres afligirnos a mi
madre y a m, pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una
via? Yo crea que nos considerabas ms. Ten compasin de m, hombre:
tenme compasin.

--S, don Pablo, le compadezco--dijo Fermn irnicamente, detenindose
en la puerta.--Es usted digno de lstima por el estado de su alma. Su
religin es distinta de la ma.

Dupont se hizo atrs, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le
haban tocado el punto vulnerable de su verbosidad. Y un empleado suyo
se atreva a decirle tales cosas!...

--Mi religin... mi religin--exclam colrico, no sabiendo por dnde
comenzar.--Qu tienes t que decir de ella? Maana discutiremos en el
escritorio... y si no, ahora mismo...

Pero Fermn no le dej continuar.

--Maana no ser fcil--dijo con calma.--No nos veremos maana, y tal
vez nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... Salud, don Pablo! No
volver a molestarle: no tendr usted que pedirme ms compasin. Lo que
me toque hacer, lo har por m mismo.

Y, precipitadamente, sali del hotel. Cuando lleg a la calle comenzaba
a anochecer.




IX


A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso
llano de Caulina. Presentbanse como negras bandadas, saliendo de todos
los puntos del horizonte.

Unos bajaban de la serrana, otros venan de los cortijos del llano, o
de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina
despus de rodear la ciudad. Los haba de los confines de Mlaga y de la
vecindad de Sanlcar de Barrameda. El aviso misterioso haba volado de
los ventorros a los ranchos, por toda la extensa campia, y cuantos
trabajaban en ella acudan presurosos, creyendo llegado el momento de la
venganza.

Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba
prximo, y la ciudad blanca y risuea, la ciudad de los ricos, con sus
bodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el
esplendor de su ruina.

Se agrupaban los recin llegados a un lado del comino, en la llanura
cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirbanse hacia
el fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que creca y creca,
alimentada incesantemente con nuevos grupos.

Toda la horda de la miseria acuda a la cita. Eran hombres tostados,
enjutos, sin la ms leve ondulacin de grasa bajo la lustrosa epidermis.
Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas
salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el
desgaste que la nutricin, y la ausencia de msculos estaba suplida por
los manojos de tendones engruesados por el esfuerzo.

Se cubran con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcan
un olor de miseria, o tiritaban, sin ms abrigo que un chaquetn
haraposo. Los que haban salido de Jerez para unirse a ellos, se
distinguan por sus capas, por su aspecto de obreros de ciudad, ms
prximos en sus costumbres a los seores que a la gente del campo.

Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros,
con alas cadas y bordes de sierra, cubran unos rostros en los que se
mostraba toda la gradacin del gesto humano, desde la indiferencia
abobada y bestial, a la acometividad del que nace bien preparado para la
lucha por la vida.

Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenan la
faz prolongada y sea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y
resignado: eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco,
para rumiar sin la ms leve idea de protesta, con inmovilidad solemne.
Otros mostraban el hocico elstico y bigotudo, los ojos de reflejo
metlico de los felinos: eran los hombres-fieras, que se estremecan,
dilatando sus narices, como si percibiesen ya el olor de la sangre. Y
los ms, de cuerpo negro y miembros retorcidos y angulosos como
sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la tierra de
donde haban surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados a
morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que
desechasen los fuertes.

La agitacin de la rebelda, el apasionamiento de la venganza, el
egosmo de mejorar su suerte, parecan igualarlos a todos, con una
semejanza de familia. Muchos, al abandonar su vivienda haban tenido que
arrancarse de los brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el
peligro, pero al verse entre los _compaeros_, erguanse arrogantes,
mirando a Jerez con ojos bravucones, como si fueran a comrsela.

--Vamos!--exclamaban.--Que da nimo ver tantos probes juntos,
dispuestos a hacer una hombrada!...

Eran ms de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos,
embozndose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la
pregunta, se dirigan a los que aguardaban en el llano.

--Qu hay?...

Y los que oan la pregunta parecan devolverla con la mirada. S; qu
hay? Todos estaban all, sin saber por qu, ni para qu; sin conocer
con certeza quin era el que los convocaba.

Haba circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al
anochecer, sera la gran revolucin, y ellos acudan exasperados por las
miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola
vieja, las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo
revs podan hacer saltar una cabeza.

Llevaban algo ms: la fe que acompaa a toda muchedumbre en los primeros
momentos de rebelda, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las
ms absurdas noticias, exagerndolas cada cual por su cuenta para
engaarse a s mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de
sus disparatadas invenciones.

La iniciativa de la reunin, la primera noticia, la crean obra del
_Madrileo_, un joven forastero que haba aparecido en el campo de Jerez
en plena huelga, enardeciendo a los simples con sus predicaciones
sanguinarias. Nadie le conoca, pero era muchacho de gran verbosidad y
pjaro de cuenta, a juzgar por las amistades de que haca gala. Le haba
enviado Salvatierra, segn l deca, para suplirle en su ausencia.

El gran movimiento social que iba a cambiar la faz del mundo, deba
iniciarse en Jerez. Salvatierra y otros hombres no menos famosos
estaban ya ocultos en lo ciudad, para presentarse en el momento
oportuno. Las tropas se uniran a los revolucionarios apenas entrasen
stos en la poblacin.

Y los crdulos, con la viveza imaginativa de su raza, aderezaban la
noticia, adornndola con toda clase de detalles. Una confianza ciega se
esparca por los grupos. No iba a correr ms sangre que la de la gente
rica. Los soldados estaban con ellos; los oficiales tambin estaban al
lado de la revolucin. Hasta la guardia civil, tan odiada por los
braceros, mereca su simpata momentneamente. Los tricornios tambin se
ponan de parte del pueblo. Salvatierra andaba en ello y su nombre
bastaba para que todos aceptasen el prodigio sobrenatural.

Los ms viejos, los que haban presenciado el levantamiento de
Septiembre contra los Borbones, eran los ms crdulos y confiados. Ellos
_haban visto_ y no necesitaban que nadie les probase las cosas. Los
generales sublevados, los jefes de la escuadra, no haban sido ms que
autmatas, sometidos al poder del grande hombre de aquella tierra. Don
Fernando lo haba hecho todo: l haba sublevado los barcos, l haba
arrojado los batallones a Alcolea contra las tropas que venan de
Madrid. Y lo que hizo por destronar a una reina y preparar el aborto de
una Repblica sietemesina, no haba de repetirlo cuando se trataba nada
menos que de conquistar el pan para los pobres?...

La historia de aquel pas, la tradicin de la tierra gaditana, provincia
de revoluciones, influa en la credulidad de las gentes. Haban visto
con tanto facilidad, de la noche a la maana, derribar tronos y
ministerios, y hasta llevar presos a reyes, que nadie dudaba de la
posibilidad de una revolucin de mayor importancia que las anteriores,
pues asegurara el bienestar de los infelices.

Transcurrieron las horas y comenzaba a ocultarse el sol, sin que la
muchedumbre supiese con certeza qu aguardaba y hasta cundo iba a
permanecer all.

El to _Zarandilla_ iba de un grupo a otro para satisfacer su
curiosidad. Se haba escapado de Matanzuela, riendo con la vieja que
quera impedirle el paso, desoyendo los consejos del aperador, que le
recordaba que a sus aos no estaba para aventuras. Quera ver de cerca
lo que era una _rigolucin_ de pobres; presenciar el bendito momento (si
es que llegaba) en que los trabajadores de la tierra se quedasen con
ella por riones, partindola en pequeas parcelas, poblando las
inmensas y deshabitadas propiedades, realizando su ensueo.

Intentaba reconocer a la gente con sus dbiles ojos, extrandose de la
inmovilidad de los grupos, de la incertidumbre, de la falta de plan.

--Yo he servo, muchachos--deca;--yo he hecho la guerra, y esto que
preparis ahora es lo mismo que una batalla. Dnde tenis la bandera?
Dnde est el general?...

Por ms que giraba en torno de l su mirada turbia, slo vea grupos de
gentes que parecan abobadas por una espera sin trmino. Ni general, ni
bandera!

--Malo, malo--musitaba _Zarandilla_.--Me paece que me gelvo al cortijo.
La vieja tena razn; esto gele a palos.

Otro curioso iba tambin de grupo en grupo, oyendo las conversaciones.
Era _Alcaparrn_, con el doble sombrero hundido basta las orejas,
moviendo su cuerpo, con femenil contoneo, dentro del traje haraposo. Los
gaanes acoganlo con risas. l tambin all?... Le daran un fusil
cuando entrasen en la ciudad; a ver si se bata con los burgueses como
un valiente.

Pero el gitano contestaba a la proposicin con exagerados ademanes de
miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. Coger l un fusil!
Acaso haban visto muchos gitanos que fuesen soldados?...

--Pero robar s que robars--le decan otros.--Cuando toque el momento
del reparto cmo te vas a poner el cuerpo, gach!

Y _Alcaparrn_ rea como un mono, frotndose las manos al hablar del
saqueo, halagado en sus atvicos instintos de raza.

Un antiguo gan de Matanzuela le record a su prima Mari-Cruz.

--Si eres hombre, _Alcaparrn_, esta noche podrs vengarte. Toma esta
hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis.

El gitano rehus la mortfera herramienta, huyendo del grupo para
ocultar sus lgrimas.

Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movan,
prorrumpiendo en protestas. A ver! quin mandaba all? Iban a
permanecer toda la noche en Caulina? Dnde estaba Salvatierra? Que se
presentase!... Sin l no iban a ninguna parte.

La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oy la voz
de trueno de Juann sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta
se elevaron por encima de las cabezas.

--Pero quin dio la orden para reunirnos?... El _Madrileo?_ A ver:
que venga: que lo busquen.

Los obreros de la ciudad, el ncleo de compaeros de la _idea_ que haba
salido de Jerez y tena empeo en volver a entrar con la gente del
campo, se agrup en torno de Juann, adivinando en l al jefe que iba a
unir todas las voluntades.

Encontraron, por fin, al _Madrileo_, y Juann lo abord para saber qu
hacan all. El forastero se expresaba con gran verbosidad, pero sin
decir nada.

--Nos hemos reunido para la revolucin, eso es: para la revolucin
social.

Juann daba patadas de impaciencia. Pero y Salvatierra? Dnde estaba
don Fernando?... El _Madrileo_ no le haba visto, pero saba, le
haban dicho, que estaba en Jerez aguardando la entrada de la gente.
Tambin saba, o ms bien, le haban dicho, que la tropa estara con
ellos. La guardia de la crcel andaba en el _ajo_. No haba ms que
presentarse, y los mismos soldados abriran las puertas, poniendo en
libertad a todos los compaeros presos.

El gigantn qued un momento pensativo, rascndose la frente, como si
quisiera ayudar con estos restregones la marcha de su pensamiento
embrollado.

--Est bien--exclam despus de larga pausa.--Esto es cuestin de ser
hombres, o de no serlo: de meterse en la ciudad, y salga lo que saliere,
o de marcharse a dormir.

Brillaba en sus ojos la fra resolucin, el fatalismo de los que se
resignan a ser conductores de hombres. Echaba sobre l la
responsabilidad de una rebelin que no haba preparado. Saba tanto del
movimiento sedicioso, como aquella gente que pareca absorta en la
penumbra del crepsculo, sin acertar a explicarse qu haca all.

--Compaeros!--grit imperiosamente.--A Jerez los que tengan riones!
Vamos a sacar de la crcel a nuestros pobres hermanos... y a lo que se
tercie. Salvatierra est all.

El primero en aproximarse al improvisado caudillo, fue Paco el de
Trebujena, el bracero rebelde, despedido de todos los cortijos, que
andaba por el campo con su borriquillo vendiendo aguardiente y papeles
revolucionarios.

--Yo voy contigo, Juann, ya que el compaero Fernando nos espera.

--El que sea hombre, y tenga vergenza, que me siga!--continu Juann a
grandes gritos, sin saber ciertamente adonde conducir a los compaeros.

Pero a pesar de sus llamamientos a la virilidad y la vergenza, la mayor
parte de los reunidos se haca atrs instintivamente. Un rumor de
desconfianza, de inmensa decepcin, elevbase de la muchedumbre. Los
ms, pasaban de golpe del entusiasmo ruidoso al recelo y al miedo. Su
fantasa de meridionales, siempre dispuesta a lo inesperado y
maravilloso, les haba hecho creer en la aparicin de Salvatierra y
otros revolucionarios clebres, todos montados en briosos corceles, como
caudillos arrogantes e invencibles, seguidos de un gran ejrcito que
surga milagrosamente de la tierra. Asunto de acompaar a estos
auxiliares poderosos en su entrada en Jerez, reservndose la fcil tarea
de matar a los vencidos y adjudicarse sus riquezas! Y en vez de esto,
les hablaban de entrar solos en aquella ciudad, que se dibujaba en el
horizonte, sobre el ltimo resplandor de la puesta del sol y pareca
guiarles satnicamente los ojos rojizos de su alumbrado, como
atrayndolos a una emboscada. Ellos no eran tontos. La vida resultaba
dura con su exceso de trabajo y su hambre perpetua; pero peor era
morir. A casa! a casa!...

Y los grupos comenzaron a desfilar en direccin opuesto a la ciudad; a
perderse en la penumbra, sin querer or los insultos de Juann y los ms
exaltados.

Estos, temiendo que la inmovilidad facilitase las deserciones, dieron la
orden de marcha.

--A Jerez! A Jerez!...

Emprendieron el camino. Eran unos mil; los obreros de la ciudad, y los
hombres-fieras, que haban ido a la reunin oliendo sangre y no podan
retirarse, como si les empujase un instinto superior a su voluntad.

Al lado de Juann, entre los ms animosos, marchaba el _Maestrico_,
aquel muchacho que pasaba las noches en la gaana, ensendose a leer y
escribir.

--Creo que vamos mal--deca a su vigoroso compaero.--Marchamos a
ciegas. He visto hombres que corran hacia Jerez, para avisar nuestra
llegada. Nos esperan; pero no para nada bueno.

--T te cayas, _Maestrico_--repuso imperiosamente el caudillo, que,
orgulloso de su cargo, acoga como una irreverencia la menor
objecin.--Te cayas; eso es. Y si tienes miedo, te najas como los otros.
Aqu no queremos cobardes.

--Yo cobarde!--exclam con sencillez el muchacho.--Adelante, Juann.
Pa lo que vale la vida!...

Marchaban silenciosos, con la cabeza baja, como si fuesen a embestir a
la ciudad. Trotaban cual si deseasen salir lo antes posible de la
incertidumbre que les acompaaba en su carrera.

El _Madrileo_ explicaba su plan. A la crcel seguidamente: a sacar a
los compaeros presos. All se les unira la tropa. Y Juann, como si no
se pudiera ordenar nada que no fuese por su voz, repeta a gritos:

--A la crcel, muchachos! A salvar a nuestros hermanos!

Dieron un largo rodeo para entrar en la ciudad por una callejuela, como
si les avergonzase pisar las vas anchas y bien iluminadas. Muchos de
aquellos hombres haban estado en Jerez muy contadas veces, desconocan
las calles y seguan a sus conductores con la docilidad de un rebao,
pensando con inquietud en el modo de salir de all si les obligaban a
escapar.

La avalancha negra y muda avanzaba con sordo tropel de pasos que
conmova el piso. Cerrbanse las puertas de las casas, apagbanse las
luces en las ventanas. Desde un balcn los insult una mujer.

--Canallas! Gentuza ordinaria! Ojal os ahorquen, que es lo que
merecis!...

Y en los guijarros del pavimento, reson el choque de una vasija de
barro rompindose, sin que los fragmentos alcanzasen a nadie. Era la
_Marquesita_, que desde el balcn del ganadero de cerdos, indignbase
contra aquella gentuza, antiptica por su ordinariez, que osaba amenazar
a las personas decentes.

Slo unos pocos levantaron la cabeza: Los dems siguieron adelante,
insensibles a la ridcula agresin, deseando llegar cuanto antes al
encuentro de los amigos. Los que eran de la ciudad reconocieron a la
_Marquesita_, y al alejarse contestaron sus insultos con palabras tan
clsicas como impdicas. Pero qu _punta_ aquella! De no ir de prisa,
la hubieran dado una zurra por debajo de las enaguas...

La columna sufri cierto reflujo al subir la cuesta que conduca a la
plaza de la Crcel: el sitio de peor sombra de la ciudad. Muchos de los
rebeldes se acordaban de los camaradas de _La Mano Negra_: all les
haban dado garrote.

La plaza estaba solitaria: el antiguo convento convertido en crcel
tena cerradas todas sus aberturas, sin una luz en las rejas. Hasta el
centinela se haba ocultado detrs del gran portn.

Detvose la cabeza de la columna al entrar en la plaza, resistiendo el
empujn de los que venan detrs. Nadie! Quin iba a ayudarles? Dnde
estaban los soldados que deban unirse a ellos?...

No tardaron en saberlo. De una reja baja parti una llama fugaz, una
lnea roja disolvindose en humo. Un trallazo enorme y seco conmovi la
plaza. Despus, otro y otro, hasta nueve, que a la gente, inmvil por
la sorpresa, le parecieron infinitos en nmero. Era la guardia, que
haca fuego antes de que ellos se pusieran delante de los fusiles.

La sorpresa y el terror dieron a algunos un cndido herosmo. Avanzaban
gritando, con los brazos abiertos.

--No tiris, hermanos, que nos han vendo!... Hermanos: que no venimos
por la mala!...

Pero los hermanos eran duros de oreja, y seguan tirando. De pronto se
inici en la turba el pavor de la fuga. Corrieron todos cuesta abajo,
cobardes y valientes, empujndose unos a otros, atropellndose, como si
les azotasen las espaldas aquellos disparos que seguan conmoviendo la
plaza desierta.

Juann y los ms enrgicos, contuvieron al doblar una esquina el
torrente de hombres. Los grupos se rehicieron: pero ms pequeos, menos
compactos. Ya no eran ms que unos seiscientos hombres. El crdulo
caudillo blasfemaba con voz sorda.

--A ver: que venga el _Madrileo_: que nos explique esto.

Pero fue intil buscarle. El _Madrileo_ haba desaparecido en la
dispersin, se haba ocultado en las callejuelas al sonar los disparos,
como todos los que conocan la ciudad. Slo quedaban al lado de Juann
los que eran de la sierra y marchaban a tientas por las calles,
asombrados de ir de un lado a otro, sin ver a nadie, como si la ciudad
estuviese deshabitada.

--Ni Salvatierra est en Jerez, ni sabe nada de esto--dijo el
_Maestrico_ a Juann.--Me paece que nos la han dao.

--Lo mismo creo--contest el atleta.--Y qu vamos a jacer? Ya que
estamos aqu, vmonos al centro de Jerez, a la calle Larga.

Emprendieron una marcha en desorden por el interior de la ciudad. Lo que
les tranquilizaba, infundindoles cierto valor, era no encontrar
obstculos ni enemigos. Dnde estaba la guardia civil? Por qu se
ocultaba la tropa? El hecho de permanecer encerrada en sus
acuartelamientos, dejando la ciudad en poder de ellos, les infunda la
absurda esperanza de que an era posible la aparicin de Salvatierra, al
frente de las tropas sublevadas.

Llegaron sin ningn obstculo a la calle Larga. Ninguna precaucin a su
llegada. La va estaba limpia de transentes; pero en los casinos los
balcones mostrbanse iluminados; los pisos bajos no tenan otro cierre
que las cancelas de cristales.

Los rebeldes pasaban ante las sociedades de los ricos lanzndolas
miradas de odio, pero sin detenerse apenas. Juann esperaba un arrebato
de clera del rebao miserable: hasta se preparaba a intervenir con su
autoridad de jefe para aminorar la catstrofe.

--Esos son los ricos!--decan en los grupos.

--Los que nos engordan con gazpachos de perro.

--Los que nos roban. Malos cmo se beben nuestra sangre!...

Y despus de una breve detencin, seguan su desfile apresuradamente,
como si fuesen a alguna parte y temieran llegar con retraso.

Empuaban las terribles podaderas, las hoces, las navajas... Que
saliesen los ricos y veran cmo rodaban sus cabezas sobre el
adoquinado! Pero haba de ser en la calle, pues todos ellos sentan
cierta repugnancia a empujar las cancelas, como si los cristales fuesen
un muro infranqueable.

Los largos aos de sumisin y cobarda pesaban sobre la gente ruda al
verse frente a sus opresores. Adems, les intimidaba la luz de la gran
calle, sus anchas aceras con filas de faroles, el resplandor rojo de los
balcones. Todos formulaban mentalmente la misma excusa para disculpar su
debilidad. Si pillasen en campo raso a aquella gente!...

Al pasar frente al _Crculo Caballista_, aparecieron tras los cristales
varias cabezas de jvenes. Eran seoritos que seguan con inquietud mal
disimulada el desfile de los huelguistas. Pero al verles pasar de largo,
mostraron cierta irona en sus ojos, recobrando la confianza en la
superioridad de su casta.

--Viva la Revolucin Social!--grit el _Maestrico_, como si le doliese
pasar silencioso ante el nido de los ricos.

Los curiosos desaparecieron, pero al ocultarse rean, causndoles la
aclamacin gran regocijo. Mientras se contentasen con gritar!...

Llegaron en su marcha sin objeto a la plaza Nueva, y al ver que el jefe
se detena, agrupronse en torno de l, con la mirada interrogante.

--Y ahora qu hacemos?--preguntaron con inocencia.--Adnde vamos?

Juann pona un gesto feroz.

--Podis diros donde queris; pa lo que hacemos!... Yo a tomar el
fresco.

Y arrebujndose en la manta, apoy la espalda en la columna de un farol,
quedando inmvil, en una actitud que revelaba desaliento.

La gente se esparci, dividindose en pequeos grupos. Improvisbanse
jefes, guiando cada uno a los camaradas en distinta direccin. La ciudad
era suya: ahora comenzaba lo bueno! Apareca el instinto atmico de la
raza, incapaz de acometer nada en conjunto, privada del valor colectivo,
y que nicamente se siente fuerte y emprendedora cuando cada individuo
puede obrar por inspiracin propia.

La calle Larga se haba oscurecido: los casinos estaban cerrados.
Despus de la ruda prueba sufrida por los ricos, viendo pasar el desfile
amenazante, teman stos un reculn de la fiera, arrepentida de su
magnanimidad, y todas las puertas se cerraban.

Un grupo numeroso se dirigi al teatro. All estaban los ricos, los
burgueses. Haba que matarlos a todos: un drama de verdad. Pero al
llegar los jornaleros ante la puerta iluminada, detuvironse con un
temor que tena algo de religioso. Nunca haban entrado all. El aire,
caliente, cargado de emanaciones de gas, y el rumor de innumerables
conversaciones que se escapaban por las rendijas de la cancela,
intimidbanles como la respiracin de un monstruo oculto tras las
cortinas rojas del vestbulo.

Que salieran! que salieran y sabran lo que era bueno!... Pero,
entrar all?...

Asomaron a la puerta varios espectadores, atrados por la noticia de la
invasin que llenaba las calles. Uno de ellos, con capa y sombrero de
seorito, os avanzar hasta aquellos hombres envueltos en mantas, que
formaban un grupo frente al teatro.

Cayeron sobre l, rodendolo, con las podaderas y las hoces en alto,
mientras los otros espectadores huan, refugindose en el teatro. Ya
tenan, por fin, lo que buscaban! Era el burgus, el burgus ahto, al
que haba que sangrar, para que devolviese al pueblo toda la substancia
que haba sorbido...

Pero el _burgus_, un joven robusto, de mirada tranquila y franca, les
contuvo con un gesto.

--Eh, compaeros! Que soy un trabajador como vosotros!

--Las manos: a ver las manos--rugieron algunos braceros, sin abatir sus
armas amenazantes.

Y por entre los embozos de la capa, aparecieron unas manos fuertes,
cuadradas, con las uas rodas por el trabajo. Uno tras otro, iban
aquellos hombres acariciando las palmas, apreciando sus duricias. Tena
callos: era de los suyos. Y las armas amenazadoras volvan a ocultarse
bajo las mantas.

--S, soy de los vuestros--sigui diciendo el joven.--Soy carpintero,
pero me gusta vestir como los seoritos, y en vez de pasar la noche en
la taberna, la paso en el teatro. Cada cual tiene sus aficiones...

Esta decepcin caus tal desaliento en los huelguistas, que muchos de
ellos se retiraron. Cristo! dnde se ocultaban los ricos?...

Marchaban por las calles anchas y por las callejuelas apartadas, en
pequeos grupos, deseando encontrar a alguien, para que les ensease las
manos. Era el mejor medio de reconocer a los enemigos del pobre. Pero ni
con callos ni sin ellos, encontraban a nadie ante su paso.

La ciudad pareca desierta. La gente, viendo que la fuerza armada segua
oculta en los cuarteles, corra a encerrarse en sus casas, exagerando la
importancia de la invasin, creyendo que eran millones de hombres los
que ocupaban las calles y los alrededores de la ciudad.

Un grupo de cinco braceros tropez en una calleja con un seorito. Eran
de los ms feroces de la banda; hombres que sentan una impaciencia
homicida, al ver que transcurran las horas sin que corriese la sangre.

--Las manos; ensanos las manos--rugieron rodendole, elevando sobre su
cabeza las cuchillas cuadradas y relucientes.

--Las manos!--contest de mal humor el joven, desembozndose.--Y por
qu he de ensearlas? No me da la gana.

Pero uno de ellos le agarr los brazos con sus zarpas, y de un violento
tirn, le hizo ensear las manos.

--No ti callos!--exclamaron con lgubre alegra.

Y se hicieron un paso atrs, como para caer sobre l con mayor mpetu.
Pero les detuvo la serenidad del joven.

--No tengo callos, y qu? Pero soy un trabajador como vosotros. Tampoco
los tiene Salvatierra, y para que seis ms revolucionarios que l!...

El nombre de Salvatierra pareci detener en lo alto las pesadas
cuchillas.

--Dejad al muchacho--dijo a espaldas de ellos la voz de Juann.--Yo le
conozco y respondo de l. Es el amigo del compaero Fernando; es de la
_idea_.

Aquellos brbaros abandonaron a Fermn Montenegro con cierta pena,
viendo malogrado su placer. La presencia de Juann les impona respeto.
Adems, por el fondo de la calleja avanzaba otro joven. Aquel no sera
de la _idea_; algn retoo de burgus, que se retiraba a su casa.

Mientras Montenegro agradeca a Juann su oportuna presencia, que le
salvaba de la muerte, verificbase un poco ms all el encuentro de los
braceros con el transente.

--Las manos, burgus; ensanos las manos.

El burgus era un adolescente plido y desmedrado, un muchacho de
diecisis aos, con el traje rado, pero con gran cuello y vistosa
corbata; el lujo de los pobres. Temblaba de miedo al ensear sus pobres
manos finas y anmicas, manos de escribiente encerrado a las horas de
sol en la jaula de una oficina. Lloraba, al excusarse con palabras
entrecortadas, mirando las podaderas con ojos de terror, como si le
hipnotizase el fro del acero. Vena del escritorio... haba velado...
estaban en el trabajo del balance...

--Gano dos pesetas, seores... dos pesetas. No me peguen... me ir a
casa; mi madre me espera... aaay!...

Fue un alarido de dolor, de miedo, de desesperacin, que conmovi toda
la calle. Un aullido espeluznante, al mismo tiempo que estallaba algo
como una olla rota, y el joven caa de espaldas en el suelo.

Juann y Fermn, estremecidos de horror, corrieron hacia el grupo,
viendo en el centro de l al muchacho, con la cabeza en un charco negro
que creca y creca, y las piernas estirndose y contrayndose con el
estertor agnico. Una podadera le haba abierto el crneo, rompiendo los
huesos.

Los brutos parecan satisfechos de su obra.

--Mialo--deca uno de ellos.--El aprendiz de burgus! Se muere como un
pollo... Ya vendrn luego los maestros.

Juann prorrumpi en blasfemias. Esto era todo lo que saban hacer?
Cobardes! Haban pasado ante los casinos, donde estaban los ricos, los
verdaderos enemigos, sin ocurrrseles ms que dar voces, temiendo romper
los cristales que eran su nica defensa. Slo servan para asesinar a un
nio, a un trabajador como ellos, a un pobre _zagal_ de escritorio, que
ganaba dos pesetas y tal vez mantena a su madre.

Fermn lleg a temer que el atleta cayese navaja en mano sobre sus
compaeros.

--Aonde ir con estos brutos!--ruga Juann.--Premita Dios u el demonio
que nos cojan a todos y nos ajorquen... Y a m el primero, por bestia;
por haber credo que servais pa algo.

El desdichado hombretn se alej, queriendo evitar un choque con sus
feroces camaradas. Estos escaparon tambin, como si las palabras del
jayn les hubiesen devuelto la razn.

Montenegro, al verse solo frente al cadver, tuvo miedo. Comenzaban a
crujir algunas ventanas despus de la fuga precipitada de los matadores
y huy, temiendo que le sorprendiesen los vecinos junto al muerto.

No se detuvo en su fuga hasta llegar a las calles grandes. All crea
estar mejor guardado de las fieras sueltas, que iban exigiendo que las
enseasen las manos.

Al poco rato pareciole que la ciudad despertaba. Son a lo lejos un
estruendo que haca temblar el suelo, y poco despus pas al trote un
escuadrn de lanceros por la calle Larga. Luego, al extremo de sta,
brillaron las hileras de bayonetas y avanz la infantera con rtmico
paso. Las fachadas de las grandes casas parecan alegrarse abriendo de
golpe sus puertas y balcones.

La fuerza armada extendase por toda la ciudad. La luz de los faroles
haca brillar los cascos de los jinetes, las bayonetas de los infantes,
los tricornios charolados de la guardia civil. En la penumbra se
destacaban las manchas rojas de los pantalones de la tropa y los
correajes amarillos de los guardias.

Los que haban contenido en el encierro a estas fuerzas, crean llegado
el momento de esparcirlas. Durante algunas horas, la ciudad se haba
entregado, sin resistencia, fatigndose en una montona espera por la
parsimonia de los rebeldes. Pero ya haba corrido la sangre. Bastaba un
solo cadver, el cadver que justificara las crueles represalias, para
que despertase la autoridad de su sueo voluntario.

Fermn pensaba, con honda tristeza, en el infeliz escribiente, tendido
all en la callejuela, vctima explotada hasta en su muerte, que
facilitaba el pretexto buscado por los poderosos.

Comenz por todo Jerez la cacera de hombres. Pelotones de guardia civil
y de infantera de lnea, guardaban inmviles la entrada de las calles,
mientras la caballera y fuertes patrullas de a pie ojeaban la ciudad,
deteniendo a los sospechosos.

Fermn iba de un lado a otro sin encontrar obstculos. Su exterior era
de seorito, y la fuerza armada slo daba caza a las mantas, a los
sombreros de campo, a los chaquetones rudos; a todos los que tenan
aspecto de trabajadores. Montenegro los vea pasar en fila, camino de la
crcel, entre las bayonetas y las grupas de los caballos, unos abatidos,
como si les sorprendiese la aparicin hostil de la fuerza armada que
haba de unirse a ellos: otros, asombrados, no comprendiendo cmo las
cuerdas de presos despertaban tal alegra en la calle Larga, cuando
haban desfilado por ella horas antes como triunfadores, sin permitirse
el menor atropello.

Era un continuo transitar de gentes prisioneras, cogidas en el momento
en que intentaban salir de la poblacin. Otros haban sido detenidos en
el refugio de las tabernas o tropezados al azar en aquel ojeo que
envolva las calles.

Algunos eran de la ciudad. Haban salido de sus casas poco antes, al
ver terminada la invasin, pero su aspecto de pobres bastaba para que
los detuviesen como si fueran rebeldes. Y los grupos de prisioneros
pasaban y pasaban. La crcel resultaba pequea para tanta gente. Muchos
eran conducidos a los acuartelamientos de la tropa.

Fermn sentase fatigado. Desde el anochecer que vagaba por Jerez en
busca de un hombre. La entrada de los huelguistas, la incertidumbre de
lo que podra resultar de esta aventura, le haban distrado durante
algunas horas, hacindole olvidar sus asuntos. Pero ahora, finalizado el
suceso, senta desvanecerse su excitacin nerviosa y que el cansancio se
apoderaba de l.

Pens por un momento en retirarse a su hospedaje. Pero sus asuntos no
eran de los que podan dejarse para el da siguiente. Era preciso
aquella misma noche, en seguida, terminar la cuestin que le hizo salir
como un loco del hotel de don Pablo, separndose de ste para siempre.

Volvi a vagar por las calles en busca de su hombre, sin fijarse ya en
las ristras de prisioneros que pasaban junto a l.

Cerca de la plaza Nueva ocurri el deseado encuentro:

--Viva la guardia civil! Vivan las personas decentes!...

Era Luis Dupont el que gritaba, en medio del silencio que imponan a la
ciudad tantos fusiles en sus calles. Iba borracho: bien a las claras lo
daban a entender sus ojos brillantes y su aliento ftido. Detrs de l
marchaban el _Chivo_, y un camarero de colmado, con vasos en las manos y
botellas en los bolsillos.

Luis, al reconocer a Fermn, se arroj en sus brazos queriendo besarle.
Qu jornada! eh?... qu victoria! Y hablaba, como si fuese l solo
quien haba puesto en dispersin a los huelguistas.

Al saber que la gentuza entraba en la ciudad, se haba metido con su
valiente aclito en el colmado del _Montas_, cerrando bien las puertas
para que nadie les estorbase. Haba que hacer genio, beber un poco antes
de emprender la faena. Tiempo les quedaba para salir y hacer correr a
tiros a la canalla. l y el _Chivo_ se bastaban para ello. Convena que
el enemigo se entretuviese y tomase confianza, hasta el momento oportuno
en que surgiesen ellos dos como ministros de la muerte. Y por fin,
haban salido con el revlver en una mano y el cuchillo en la otra: _la
fin_ del mundo!; pero con tan mala sombra, que encontraron ya las tropas
en las calles. Aun as, algo haban hecho.

--Yo--deca el borracho con orgullo--he ayudado a detener a ms de una
docena. Adems, he repartido no s cuntas bofetadas entre esa gentuza,
que, luego de acorralada, an hablaba mal de las personas decentes...
Buena tunda van a llevar!... Viva la guardia civil! Vivan los ricos!

Y como si estas aclamaciones le secasen el gaznate, hizo una sea al
_Chivo_, que acudi, presentando dos caas de vino.

--Bebe--orden Luis a su amigo.

Fermn vacil.

--No tengo ganas de beber--dijo con voz sorda.--Lo que deseo, es hablar
contigo, y en seguida. Hablar de algo muy interesante...

--Est bien: ya hablaremos--contest el seorito sin dar importancia a
la peticin.--Hablaremos tres das seguidos: pero primero hay que
cumplir el deber. Quiero obsequiar con una copa a todos los valientes
que conmigo han salvado a Jerez. Porque, creme, Ferminillo, que soy yo,
slo yo, quien ha resistido a esos pillos. Mientras las tropas estaban
en los cuarteles, yo estaba en mi sitio. Me parece que la ciudad me lo
debe agradecer, hacindome algo!...

Pas un pelotn de jinetes, con los caballos al trote. Luis avanz hacia
el oficial, llevando en alto una copa de vino; pero el militar pas
adelante sin hacer caso del ofrecimiento, seguido de sus soldados, que
casi atropellaron al seorito.

Su entusiasmo no se enfri por esta falta de atencin.

--Ol, los jinetes garbosos!--dijo arrojando su sombrero a las patas
traseras de los caballos.

Y al recogerlo, cuadrose, y con gesto grave, llevndose una mano al
pecho, grit:

--Viva el ejrcito!

Fermn no quera soltarlo, y armndose de paciencia le acompa en su
excursin por las calles. Se detena el seorito ante los grupos de
soldados, haciendo avanzar a sus dos acompaantes con toda la provisin
de botellas y copas.

--Ol los hombres valientes! Viva la caballera... y la infantera...
y la artillera aunque no est! Una copa, mi teniente.

Los oficiales, malhumorados por esta jornada estpida, sin gloria y sin
peligro, repelan con un gesto severo al borracho. Adelante! All nadie
beba.

--Pues ya que no pueden ustedes beber--insista el seorito con la
pesadez del ebrio--yo la beber por ustedes. A la salud de los hombres
guapos!... Muera la pillera!

Un grupo de guardia civil atrajo su atencin en una bocacalle. El
sargento que lo mandaba, un viejo de bigote duro y entrecano, tampoco
admiti el obsequio de Dupont.

--Ol los hombres con riones! Bendita sea la mam de todos ustedes!
Viva la guardia civil! Van ustedes a tomarse una copa conmigo. _Chivo_,
sirve a estos caballeros.

El veterano volvi a excusarse. La ordenanza... el reglamento del
cuerpo... Pero su firme negativa la acompaaba con una sonrisa
bondadosa. Tena enfrente a un Dupont; a uno de los ms ricos de la
ciudad. El sargento le conoca, y a pesar de que momentos antes haba
dado de culatazos a todos los que pasaban por la calle con trazas de
jornalero, toleraba resignado los brindis del seorito.

--Adelante, don Luis!--deca con tono de ruego.--Vyase usted a casa:
esta noche no es de alegras.

--Bueno... me voy, respetable veterano. Pero antes me bebo otra copa...
y otra, tantas como son ustedes. Yo beber, ya que no pueden ustedes
hacerlo por la pijotera ordenanza; y que les sirva de provecho... A la
salud de todos ustedes! Choca, Fermn: choca t, _Chivo_. Decid todos
conmigo: Viva el tricornio!...

Se cans por fin de ir de grupo en grupo sin que aceptasen sus
ofrecimientos y dio por terminada la expedicin. Tena tranquila la
conciencia: haba obsequiado a todos los hroes que, secundando su
valor, salvaban la ciudad. Ahora a casa del _Montas_ a acabar la
noche.

Cuando Fermn se vio en un camarote del colmado ante nuevas botellas,
crey llegado el momento de abordar su asunto.

--Yo tena que hablarte de algo importante, Luis. Creo que te lo dije.

--Me acuerdo... tenas que hablarme... Habla cuanto quieras.

Estaba tan borracho, que se le cerraban los ojos y su voz gangueaba como
la de un viejo.

Fermn mir al _Chivo_ que, como de costumbre, se haba sentado al lado
de su protector.

--Tengo que hablarte, Luis, pero es de algo muy delicado... Sin
testigos.

--Lo dices por el _Chivo_?--exclam Dupont abriendo los ojos.--El
_Chivo_ soy yo: todo lo mo lo sabe l. Si viniese aqu mi primo Pablo a
hablarme de sus negocios, el _Chivo_ se quedara oyndolo todo. Habla
sin miedo, hombre! Este es un pozo para todo lo mo.

Montenegro se resign a sufrir la presencia de aquel tagarote, no
queriendo demorar por sus escrpulos la explicacin deseada.

Habl a Luis con cierta timidez, velando su pensamiento, pesando bien
las palabras para que slo pudieran entenderlas ellos dos, dejando al
matn en la ignorancia.

Si l le buscaba, ya poda figurarse para qu era... _Lo saba todo._ El
recuerdo de lo ocurrido en la ltima noche de la vendimia en Marchamalo
no habra desaparecido seguramente de su memoria. Pues bien: l se
presentaba para que remediase el mal causado. Siempre le haba tenido
por amigo y esperaba que como tal se portase... porque de no ser as...

El cansancio, la turbacin nerviosa de una noche de emociones, no
permitieron a Fermn un largo disimulo, y la amenaza asom a sus labios
al mismo tiempo que brillaba en sus ojos.

Las copas que llevaba bebidas le abrasaban el estmago, como si el vino
se transformase en veneno, por la repugnancia con que lo haba tomado de
aquellas manos.

Dupont, oyendo a Montenegro, fingase ms ebrio de lo que realmente
estaba, para ocultar de este modo su turbacin.

La amenaza de Fermn hizo abandonar al _Chivo_ su mutismo. El
perdonavidas crey oportuno el momento para una intervencin aduladora.

--Aqu nadie amenaza, sabe ust, pollo?... Donde est el _Chivo_ no hay
quien le diga n a su seorito.

El joven salt con arrogancia, fijando en la bestia siniestra una mirada
de reto.

--Usted se calla--dijo con imperio.--Usted se guarda la lengua en... el
bolsillo o donde le quepa. Usted no es nadie aqu; y para hablarme me
pide licencia.

Qued indeciso el matn, como aplastado por la arrogancia del joven, y
antes de que pudiera reponerse de la acometida, aadi Fermn
dirigindose a Luis:

--Y eres t ese que se cree tan valiente?... Valiente, y vas a todas
partes con un acompaante, como los nios de la escuela! Valiente, y ni
para hablar a solas con un hombre te separas de l! Merecas llevar
calzones cortos.

Dupont olvid su embriaguez, la ech a un lado para erguirse ante el
amigo con toda la grandeza de su valor. Hombre, justamente le hera en
su parte ms sensible!...

--Ya sabes, Ferminillo, que soy ms valiente que t; y que todo Jerez me
tiene miedo. Vas a ver si necesito acompaantes. T, _Chivo_, ahueca.

El valentn se resisti, refunfuando.

--Ahueca!--repiti el seorito, como si fuese a darle de patadas, con
la arrogancia de la impunidad.

El _Chivo_ sali y los dos amigos volvieron a sentarse. Luis ya no
pareca ebrio: antes bien, haca esfuerzos por mostrarse sereno,
abriendo los ojos desmesuradamente, como si intentase anonadar con la
mirada a Montenegro.

--Cuando te parezca--dijo con voz sorda, para inspirar mayor
pavor,--saldremos a matarnos. Aqu no, porque el _Montas_ es amigo y
no quiero comprometerlo.

Fermn levant los hombros, como si despreciase esta comedia
terrorfica. Ya hablaran de matarse, pero despus; segn lo que
resultara de su conversacin.

--Ahora al grano, Luis. T sabes el mal que has hecho. Qu es lo que
piensas para remediarlo?

El seorito perdi de nuevo su serenidad al ver que Fermn abordaba
directamente el temido asunto. Hombre, a l no le corresponda toda la
culpa. Era el vino, la maldita juerga, la casualidad... el ser bueno en
demasa; pues de no haber estado en Marchamalo, cuidando los intereses
de su primo (que maldito si se lo agradeca), nada habra ocurrido.
Pero, en fin, el mal estaba hecho. l era un caballero, se trataba de
una familia amiga y no hua la cara. Qu deseaba Fermn?... Su fortuna,
su persona, todo estaba a su disposicin. Crea lo ms acertado que los
dos sealasen una cantidad, de comn acuerdo: l la reunira, fuese como
fuese, para darla a la chica como dote, y raro sera que con esto no
encontrase un buen marido.

Por qu pona Fermn aquel gesto? Haba dicho l algn disparate?...
Pues si no le gustaba esta solucin, tena otra. Mara de la Luz poda
irse a vivir con l. Le pondra una gran casa en la ciudad, vivira como
una reina. A l le gustaba la muchacha: bastante senta los desprecios
con que le haba afligido despus de aquella noche. Hara cuanto supiera
para que fuese feliz. Muchos ricos de Jerez vivan de este modo con sus
hembras, a las que todos respetaban como esposas legtimas; y si no
llegaban al matrimonio, era nicamente por ser de baja condicin...
Tampoco le bastaba este arreglo? A ver: que propusiera algo Fermn, y
acabaran de una vez.

--S, hay que acabar de una vez--repiti Montenegro.--Menos palabras,
pues me duele hablar de esto. Lo que t vas a hacer, es ir maana a
avistarte con tu primo y decirle que, avergonzado de tu falta, te casas
con mi hermana, como debe hacerlo un caballero. Si l da su permiso,
mejor: si no lo da, es igual. T te casas, y procuras, corrigindote, no
hacer infeliz a tu mujer.

El seorito haba echado atrs su silla, como escandalizado por lo
enorme de la pretensin.

--Hombre... casarse nada menos! Pues t pides poco!...

Habl de su primo, augurando resueltamente su negativa. l no poda
casarse. Y su carrera? Y su porvenir? Justamente, la familia, de
acuerdo con los Padres de la Compaa, andaba en tratos para su
matrimonio con una muchacha rica de Sevilla; antigua hija espiritual del
Padre Urizbal. Y bien lo necesitaba l, pues su fortuna estaba muy
resentida despus de tantos despilfarros, y para su carrera poltica le
convena ser rico.

--Casarme con tu hermana, no--termin Dupont.--Eso es una locura,
Fermn; pinsalo bien: un disparate.

Fermn se exalt al contestar. Un disparate! conforme; pero lo era para
la pobre Mariquilla. Vaya una fortuna! Cargar con un hombre como l,
que era un saco de vicios, y no poda vivir ni con las mujerzuelas ms
soeces de aquella tierra! Para Mara de la Luz, este casamiento
significaba un nuevo sacrificio: pero no haba otro remedio que pasar
por l.

--T crees que yo tengo verdadero deseo de emparentar contigo y que
esto me da alegra?... Pues te equivocas. Ojal no hubieses tenido
nunca el mal pensamiento que ha hecho infeliz a mi hermana! A no existir
eso de por medio, no te aceptara por cuado, aunque llegases a
pedrmelo de rodillas, cargado de millones... Pero el mal est hecho y
hay que remediarlo del nico modo que puede remediarse, aunque
reventemos todos de pena... Ya sabes que yo me ro del matrimonio: es
una de las muchas pamplinas que existen en el mundo. Lo necesario para
ser felices, es el amor... y nada ms. Yo puedo expresarme as porque
soy hombre; porque me cisco en la sociedad y en lo que diga la gente.
Pero mi hermana es mujer y necesita, para que la respeten, para vivir
tranquila, hacer lo que las dems mujeres. Tiene que casarse con el
hombre que ha abusado de ella, aunque no sienta ni una migaja de cario.
Jams volver a hablar con su antiguo novio; sera una villana el
engaarle. Podrs decir t que siga soltera, ya que nadie conoce lo
ocurrido; pero todo lo que se hace se sabe. T mismo, si yo te dejara,
acabaras por revelar en una noche de borrachera, tu buena suerte, el
magnfico bocado que te tragaste en la via de tu primo. Cristo! eso,
no. Aqu no hay ms arreglo que el casamiento.

Y con palabras cada vez ms fuertes estrechaba a Luis, pretendiendo
obligarle a que aceptase su solucin.

El seorito se defenda con la angustia del que se ve acorralado.

--Te ofuscas, Fermn--deca.--Yo veo ms claro que t...

Y para salir del paso, pretenda dejar la conversacin para el da
siguiente. Examinaran con ms claridad el asunto... El temor de verse
obligado a aceptar las proposiciones de Montenegro le haca insistir en
su negativa. Todo menos casarse... No le era posible; le repudiara su
familia, se reira de l la gente; perdera su porvenir poltico.

Pero el hermano insisti con una firmeza que aterraba a Luis:

--Te casars; no hay otro remedio. Hars lo que debes, o uno de nosotros
est de sobra en el mundo.

La mana de la guapeza reapareci en Luis. Se senta fuerte pensando que
el _Chivo_ estaba cerca, que tal vez oa sus palabras en el inmediato
corredor.

Amenazas a l? No haba en todo Jerez quien se las dirigiera
impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revlver
invicto que haba estado prximo a salvar la ciudad, repeliendo l solo
toda la invasin. El contacto del cilindro del arma pareci comunicarle
nuevos bros.

--Ea! se acab. Har lo que buenamente pueda para quedar bien, como un
caballero que soy. Pero no me caso, lo entiendes? No me caso... Adems,
por qu he de ser yo el culpable?

El cinismo brillaba en sus ojos. Fermn apretaba los dientes y hunda
sus manos en los bolsillos, hacindose atrs, como si temiese las
palabras crueles que iban a salir de la boca del seorito.

--Y tu hermana?--prosigui.--No tiene ella la culpa? T eres un
infeliz, un chiquillo. Creme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy
un perdido, conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo...

Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oy.

Fermn abalanzose a l con tal mpetu, que rodaron las sillas y tembl
la mesa, deslizndose con el empujn hasta la pared. Llevaba en una mano
la navaja de Rafael, el arma que haba olvidado dos das antes el
aperador en aquel mismo colmado.

El revlver del seorito qued asomando a la abertura del bolsillo, sin
que la mano tuviese fuerzas para tirar de l.

Vacil Dupont sobre sus pies, son un ronquido de bestia degollada; un
estertor que aceler los borbotones del chorro negro que sala de su
cuello, como un cao roto.

Y acab por desplomarse de bruces, con gran estrpito de botellas y
copas que le siguieron en su cada, como si el vino quisiera mezclarse
con la sangre.




X


Tres meses iban transcurridos desde que el seor Fermn abandon la via
de Marchamalo, y sus amigos apenas si le reconocan, vindole sentado al
sol, en la puerta de la miserable casucha que habitaba con su hija en un
arrabal de Jerez.

--Pobre se Fermn!--decan las gentes al verle.--No es ni su sombra.

Haba cado en un mutismo cercano a la imbecilidad. Permaneca horas
enteras inmvil, con la cabeza abatida, como si le abrumasen los
recuerdos. Cuando su hija se aproximaba a l para hacerle entrar en la
casa o anunciarle que la comida estaba en la mesa, pareca despertar,
darse cuenta de lo que le rodeaba, y sus ojos seguan a la muchacha con
una mirada severa.

--Mala mujer!--murmuraba.--Jembra mardita!

Ella, slo ella, era la culpable de la desgracia que pesaba sobre la
familia.

Su clera de padre a uso antiguo, incapaz de ternura y de perdn, su
orgullo viril que le haba hecho considerar siempre a la hembra como un
ser inferior, incapaz de otra cosa que de causar al hombre inmensos
daos, perseguan a la pobre Mara de la Luz. Tambin ella estaba
desmejorada, plida, flacucha, con los ojos agrandados por las huellas
del llanto.

Tena que hacer prodigios de economa en la nueva existencia que llevaba
con su padre en aquella casucha. Y encima de las estrecheces y
preocupaciones de la miseria, haba de sufrir el reproche mudo de los
ojos de su padre, el rezo de maldiciones sordas con que pareca azotarla
cada vez que se aproximaba, arrancndolo de sus reflexiones.

El seor Fermn viva con el pensamiento puesto en la lgubre noche de
la invasin de los huelguistas.

Para l nada haba ocurrido despus, que fuese importante. Le pareca
estar oyendo an el retemblar de las puertas de Marchamalo, una hora
antes de amanecer, bajo los golpes furiosos de un desconocido. Se
levantaba con la escopeta preparada y abra una reja... Pero era su
hijo, su Fermn, sin sombrero, con las manos manchadas de sangre y un
rasguo en la cara, como si hubiese luchado con mucha gente.

Las palabras fueron pocas. Haba matado al seorito Luis, y despus se
haba abierto paso hiriendo al matn que le acompaaba. Aquel rasguo
insignificante era un testimonio de la pelea. Tena que huir, ponerse
en salvo inmediatamente. Los enemigos pensaran seguramente que estaba
en Marchamalo, y al amanecer, los caballos de la guardia civil trotaran
por la cuesta de la via.

Fue un momento de loca agitacin que el pobre viejo crey interminable.
Adnde ir?... Sus manos abran los cajones de la cmoda, revolviendo
las ropas. Buscaba sus ahorros.

--Toma, hijo mo: tmalo todo.

Y le llenaba los bolsillos de duros, de pesetas, de toda la plata
enmohecida por el encierro, reunida lentamente en el curso de los aos.

Cuando crey haberle dado bastante, le sac de la via. A correr! An
era de noche y podan pasar por fuera de Jerez sin que les viesen. El
viejo tena su plan. Haba que buscar a Rafael en Matanzuela. El mozo
an conservaba sus amistades con los antiguos camaradas de contrabando,
y l le llevara por los senderos extraviados de la sierra hasta
Gibraltar. All poda embarcarse para cualquier punto: el mundo es
grande.

Y durante dos horas, el padre y el hijo haban marchado casi corriendo,
sin sentir cansancio, aguijoneados por el miedo, salindose del camino
cada vez que sonaba a lo lejos un rumor de voces, un galope de caballo.

Ay, el viaje cruel con sus dolorosas sorpresas! Esto era lo que le
haba matado. Al hacerse de da, en mitad de la marcha, vio a su hijo,
con cara de moribundo, manchado de sangre, con todo el aspecto de un
asesino que huye. Le dola contemplar a su Fermn en tal estado, pero el
caso no era para desesperarse. Al fin, era un hombre, y los hombres
matan muchas veces sin dejar de ser honrados. Pero cuando su hijo le
explic en pocas palabras por qu haba matado, crey perder la vida; le
temblaron las piernas y hubo de hacer un esfuerzo para no quedarse
tendido en medio de la carretera. Era Mariquita, su hija, la que haba
provocado todo aquello! Ah, perra maldita! Y al pensar en la conducta
del muchacho, le admiraba, agradeciendo su sacrificio con toda su alma
de hombre rudo.

--Fermn, hijo mo... has hecho bien. No haba otro remedio que la
venganza. T eres el mejor de la familia. Mejor que yo, que no he sabido
guardar a una moza.

La entrada en Matanzuela fue trgica: Rafael qued absorto de sorpresa.
Haban matado a su seorito, y era l, Fermn, quien lo haba hecho!

Montenegro se impacientaba. Quera que lo condujese a Gibraltar, sin ser
visto de nadie. Menos palabras. Estaba dispuesto a salvarle, o se
negaba a ello? El aperador, por toda respuesta, ensill su jaca
valiente, y otro de los caballos del cortijo. Iba a llevarle en seguida
a la sierra, y una vez all, se encargaran otros de l.

El viejo los vio alejarse a todo galope, y emprendi su regreso,
encorvado por repentina vejez, como si toda su vida se fuera con su
hijo.

Luego su existencia haba transcurrido como entre las nieblas de un
ensueo. Recordaba que abandon espontneamente Marchamalo, para
refugiarse en el arrabal, en la casucha de una parienta de su mujer. l
no poda seguir en la via despus de lo ocurrido. Entre su familia y la
del amo haba sangre, y antes que se lo echasen en cara deba huir.

Don Pablo Dupont hizo llegar hasta l ofrecimientos de limosna para
sostener su vejez, aunque le consideraba el principal culpable de todo
lo ocurrido, por no haber enseado a sus hijos religin. Pero el viejo
rehus todo socorro. Muchas gracias, seor: admiraba su caridad, pero
morira de hambre, antes que aceptar una moneda de los Dupont.

Algunos das despus de lo fuga de Fermn, vio llegar a su ahijado
Rafael. Se hallaba sin colocacin: haba abandonado el cortijo. Vena a
decirle que Fermn estaba en Gibraltar, y que un da de aquellos se
embarcara para la Amrica del Sur.

--Tambin a ti--dijo el viejo con tristeza--te ha picado la mardita
bicha, que nos emponzoa a toos.

El mocetn estaba triste, desalentado. Hablando con el viejo en la
puerta de la casucha, miraba adentro con cierta inquietud, como si
temiese la aparicin de Mara de la Luz. En la huida a la sierra, Fermn
se lo haba contado todo... todo.

--Ay, padrino! y qu gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... Y
no poer vengarme! Irse del mundo aquel sinvergensa, sin que yo le
metiese una pual! No poer resucitarlo pa volverle a matar!...
Cuntas veces se habr burlao el ladrn, vindome hecho un bobo, sin
saber lo que ocurra!...

En su tristeza de macho fuerte, lo que ms le desesperaba era lo
ridculo de su situacin, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su
mano no haba sido la ejecutora de la venganza.

Ya no quera trabajar. De qu serva el ser bueno? Iba a volver a la
vida del contrabando. Mujeres?... para un rato, y despus tratarlas a
golpes como bestias impdicas y sin corazn... Quera declararle la
guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que
infundan miedo con sus fusiles, y eran la causa de que los pobres
fuesen pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente pobre de Jerez
andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del
suelo, y la crcel estaba llena, y muchos que antes queran tragrselo
todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba
l. Iban a ver los ricos qu fiera haban echado al mundo, por destrozar
uno de ellos sus ilusiones.

Lo del contrabando era para entretenerse. Ms adelante, cuando
recogiesen las cosechas, prendera fuego a los pajares, incendiara los
cortijos, envenenara los ganados de las dehesas. Los que estaban en la
crcel, esperando el momento del suplicio, Juann, el _Maestrico_ y los
otros desgraciados que moriran en garrote, iban a tener un vengador.

Si encontraba hombres con bastante corazn para seguirle, formara una
partida de a caballo, dejando como un nio de teta a Jos Mara el
_Tempranillo_. Por algo conoca la sierra. Ya podan prepararse los
ricos. Abrira en canal a los malos, y los buenos slo podran salvarse
dndole dinero para los pobres.

Exaltbase al desahogar su clera con estas amenazas. Hablaba de hacerse
bandolero, con el entusiasmo que desde la niez sienten los jinetes
rsticos por los aventureros de carretera. Para l, todo hombre ofendido
slo poda buscar su venganza hacindose ladrn.

--Me matarn--continuaba--pero antes de que me maten, diga usted,
padrino, que habr acabao con medio Jerez.

Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo,
aprobaba con la cabeza. Haca bien. De ser l joven y fuerte, tendra un
compaero ms en la partida.

Rafael ya no volvi. Hua de que el demonio le pusiera enfrente de Mara
de la Luz. Al verla, poda matarla o poda echarse a llorar como un
chiquillo.

De vez en cuando, llegaba en busca del seor Fermn alguna gitano
viejo, algn mochilero de los que vendan, en cafs y casinos, su exiguo
cargamento de tabaco.

--Abuelo, esto es para usted... De parte de Rafa.

Era dinero que le enviaba el contrabandista y que el viejo entregaba
silencioso a su hija. El muchacho jams se presentaba. De tarde en tarde
apareca en Jerez, y esto bastaba para que el _Chivo_ y otros aclitos
del difunto Dupont, se ocultaran en sus casas, evitando el mostrarse en
las tabernas y cafetines frecuentados por el contrabandista. Aquel
_gach_ vena con las de Can, y les guardaba ojeriza, por su antigua
amistad con el seorito! Y no es que le tuviesen miedo. Ellos eran
valientes... pero de ciudad, y no iban a medirse con un bruto, que se
pasaba la semana durmiendo en la sierra con los lobos.

El seor Fermn dejaba transcurrir el tiempo mostrndose insensible a
cuanto le rodeaba, a cuanto se deca cerca de l.

Un da, el triste silencio de la ciudad le sac por unas horas de su
anonadamiento. Iban a dar garrote a cinco hombres por la invasin de
Jerez. El proceso haba marchado de prisa: el castigo era urgente para
que las personas de bien se tranquilizasen.

La entrada de los trabajadores rebeldes se abultaba al transcurrir el
tiempo, como una revolucin llena de horrores. El miedo haca enmudecer.
Los mismos que haban visto desfilar a los huelguistas sin intento
alguno de hostilidad por delante de las casas de los ricos, aceptaban en
silencio el inaudito castigo.

Se hablaba de dos muertos en aquella noche, uniendo el seorito ebrio
con el infeliz escribiente. Fermn Montenegro era perseguido por
homicidio; su proceso seguase aparte, pero nada perda la sociedad con
exagerar los sucesos, poniendo un muerto ms en la cuenta de los
revolucionarios.

Haban sido condenados muchos a presidio. La sentencia derramaba cadenas
con una prodigalidad aterradora sobre el msero rebao, que pareca
preguntarse con asombro qu era lo que haba hecho en aquella noche. De
los condenados a muerte, dos eran los asesinos del jovenzuelo del
escritorio: los otros tres iban al suplicio en clase de peligrosos, por
hablar, por amenazar, por creer fieramente que tenan derecho en el
mundo a una parte de felicidad.

Mucha gente guiaba los ojos con malicia al saber que el _Madrileo_, el
iniciador de la entrada en la ciudad, slo iba a presidio por algunos
aos. Juann y su camarada el de Trebujena esperaban resignados el
ltimo suplicio. No queran vivir, les daba asco la vida despus de las
amargas decepciones de la noche famosa. El _Maestrico_ abra con asombro
sus ojos cndidos de doncella, como resistindose a creer en la maldad
de los hombres. Necesitaban su vida porque era un ser peligroso, porque
soaba con la utopia de que la sabidura de los menos pasase a ser de
la inmensa masa de los infelices, como un instrumento de redencin! Y
poeta sin conocerlo, su espritu, encerrado en ruda envoltura,
esparcase con el fuego de la fe, consolando la angustia de sus ltimos
momentos con la esperanza de que otros llegaban detrs _empujando_, como
l deca, y que esos otros acabaran por arrollarlo todo con la fuerza
de la cantidad, como las gotas de agua que forman la inundacin. Les
mataban porque eran pocos. Algn da seran tantos, que los fuertes,
cansados de asesinar, aterrados por la inmensidad de su tarea
sangrienta, acabaran por desalentarse, entregndose vencidos.

El seor Fermn no percibi de este suplicio ms que el silencio de la
ciudad, que pareca avergonzada; el gesto de miedo de los pobres; la
sumisin cobarde con que hablaban de los seores.

A los pocos das olvid por completo este suceso. Lleg una carta a sus
manos: era de su hijo, de su Fermn. Estaba en Buenos Aires y le
escriba mostrando cierta confianza en su porvenir. Los primeros tiempos
eran duros, pero en aquellas tierras, con el trabajo y la constancia,
era casi seguro el triunfo, y l abrigaba la certeza de que marchara
adelante.

Desde entonces, el seor Fermn tuvo una ocupacin y sacudi el marasmo
en que le haba sumido el dolor. Escriba a su hijo y esperaba sus
cartas. Cun lejos estaba! Si l pudiese ir all!...

Otro da le agit una nueva sorpresa. Sentado al sol, a la puerta de su
casa, vio la sombra de un hombre inmvil junto a l. Levant la cabeza y
dio un grito. Don Fernando!... Era su dolo, el buen Salvatierra, pero
envejecido, ms triste, con la mirada apagada tras las gafas azules,
como si pesasen sobre l todas las desgracias y las iniquidades de la
ciudad.

Le _haban soltado_, le dejaban vivir libremente, sabiendo, sin duda,
que en ninguna parte encontrara un rincn para hacer su nido; que sus
palabras iban a perderse sin eco en el silencio del terror.

Al presentarse en Jerez, los amigos antiguos huan de l, no queriendo
comprometerse. Otros le miraban con odio, como si desde su forzado
destierro fuese responsable de todos los sucesos.

Pero el seor Fermn, el antiguo camarada, no era de stos. Al verle se
incorpor, cayendo en sus brazos, con ese estertor de los fuertes que se
ahogan sin poder llorar.

--Ay, don Fernando!... Don Fernando!...

Salvatierra le consol. Lo saba todo. Valor! Era un vctima de la
corrupcin social, contra la que tronaba l con sus ardores de asceta.
An poda comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es
grande. Donde su hijo encontrase la existencia, tambin podra buscarla
l.

Y Salvatierra volvi algunas maanas a visitar a su viejo compaero. De
pronto, se ausent. Decan unas veces que estaba en Cdiz, otras que en
Sevilla, vagando por aquella tierra andaluza, que guardaba con los
recuerdos de sus herosmos y sus generosidades, los restos del nico ser
cuyo amor haba endulzado su existencia.

No poda vivir en Jerez. Los poderosos le miraban con ojos de reto, como
si fuesen a arrojarse sobre l; los pobres le huan, evitando su trato.

Transcurri otro mes. Una tarde, al asomar Mara de la Luz a la puerta
de su casa, crey caer al suelo desvanecida. Le temblaron las piernas,
le zumbaron los odos; toda su sangre pareci afluir a su rostro en
ardiente oleada y retirarse despus, dejndolo de una palidez verdosa...
Rafael estaba all, envuelto en su manta, como si la esperase. Ella
intent huir, refugiarse en lo ms apartado de la casucha.

--Mara de la L!... Mariquilla!...

Era el mismo acento dulce y suplicante que al verse en la reja, y sin
saber cmo, volvi ella sobre sus pasos, acercndose tmidamente,
fijando su mirada lacrimosa en los ojos de su antiguo novio.

Tambin l estaba triste. Una gravedad melanclica pareca darle cierta
elegancia, afinando su spero exterior de hombre de lucha.

--Mara de la L--murmur.--Dos palabritas na ms. T me quieres y yo te
quiero. Pa qu pasarnos el resto de la vida rabiando, como unos
infelices?... Hasta hace poco, era tan bruto que al verte me hubieran
dao tentaciones de matarte. Pero he hablado con don Fernando y me ha
convenco con su sabidura. Esto se acab.

Y lo afirmaba con un gesto de energa. Se acababa la separacin, se
acababan los celos estpidos a un miserable que no haba de resucitar y
al que ella no haba querido; se acababa el rencor por una desgracia de
la que no tena culpa alguna.

Huiran de all. Despreciaba a aquella tierra tan profundamente, que no
quera ni hacerla dao. Abandonarla era lo mejor; poner entre ella y
ellos muchas leguas de tierra, muchas leguas de agua. La distancia
borrara los malos recuerdos. No viendo la ciudad, no viendo sus campos,
olvidaran por completo las tristezas que all haban sufrido.

Iran en busca de Fermn. l tena dinero para el viaje de todos. Los
ltimos contrabandos haban sido _gordos_; una locura, que asombraba por
su audacia a los del oficio: recuas interminables pasando por los
caminos de la sierra, al amparo de su escopeta. No le haban matado, y
su buena suerte le daba nuevos nimos para emprender el largo viaje que
cambiara su existencia.

Conoca aquel mundo joven, y a l iran, su compaera, su padrino y l.
Don Fernando le haba descrito aquel paraso. Bandas infinitas de
caballos salvajes, que esperaban las piernas educadoras del jinete;
extensiones inmensas de tierra sin dueo, sin tirano, aguardando la mano
del hombre para expeler la vida que germinaba en sus entraas. Qu
Edn mejor para un campesino animoso y fuerte, esclavo hasta entonces en
cuerpo y alma de los que no trabajan!...

Iran a ser libres y felices en plena Naturaleza, all donde el
salvajismo y la soledad haban guardado un pedazo de mundo limpio de los
crmenes de la civilizacin, del egosmo de los hombres; donde todo era
de todos, sin otro privilegio que el del trabajo; donde la tierra era
pura como el aire y el sol y no haba sido deshonrada por el monopolio,
ni despedazada y envilecida por el grito de Esto es mo... y los dems
que perezcan de hambre.

Y esta vida salvaje, pero libre y dichosa, rehara con el olvido la
virginidad de sus almas. Seran seres nuevos, inocentes y laboriosos,
como si acabasen de nacer del limo de la tierra. El abuelo cerrara sus
ojos mirando al sol, con la tranquilidad del que cumple su deber
volviendo a la tierra de donde surgi; ellos los cerraran tambin,
cuando les llegase su hora, amndose hasta el ltimo momento, y sobre
sus sepulturas continuaran la obra de trabajo y libertad sus hijos y
sus nietos, ms felices que ellos, desconocedores de las crueldades del
mundo antiguo, pensando en los ricos ociosos y en los seores crueles,
como piensan los nios en los monstruos y los ogros de los cuentos.

Mara de la Luz le escuchaba conmovida. Huir de all! Dejar a la
espalda tantos recuerdos!... De vivir el miserable que haba causado la
ruina de su familia, persistira en su testarudez de mujer simple. Ella
no poda ser de otro que de aquel que haba robado su virginidad. Pero
ya que el ladrn haba muerto, y Rafael, a quien no quera engaar,
aceptaba generosamente la situacin, perdonndola a ella, lo aceptaba
todo... S; huiran de all, cuanto antes!...

El mocetn sigui exponiendo sus planes. Don Fernando se encargaba de
convencer al viejo; adems, le dara cartas para sus amigos de Amrica.
Antes de quince das se embarcaran en Cdiz. Huir, huir cuanto antes
de una tierra de patbulos, donde los fusiles tenan la misin de
aplacar el hambre, y los ricos le tomaban al pobre la vida, la honra y
la felicidad!...

--Cuando lleguemos--continuaba Rafael--sers mi mujer. Repetiremos
nuestras plticas de la reja. Mejor an. Extremar mi cario pa que no
creas que queda en m ningn recuerdo amargo. Todo pas. Don Fernando
ti razn. Las vergenzas del cuerpo representan muy poco... El amor es
lo que importa; lo dems son preocupaciones de animales. Tu corazoncito
es mo? pues ya lo tengo todo... Mara de la L! Compaerita del arma!
Vamos a marchar de cara al sol: ahora nacemos de veras; hoy empieza
nuestro amor. Deja que te bese por primera vez en mi vida. Abrzame,
compaera: que vea yo que eres ma, que sers el sostn de mi fuerza,
mi apoyo cuando empiece la lucha all abajo...

Y los dos jvenes se abrazaron en la entrada de la casucha, juntando sus
bocas sin ningn estremecimiento de pasin carnal, mantenindose largo
rato unidos, como si despreciasen el escndalo de las gentes, como si
con su amor desafiaran los aspavientos de un mundo viejo que iban a
abandonar.

       *       *       *       *       *

Salvatierra acompa en Cdiz hasta la escala del trasatlntico a su
camarada, el seor Fermn, que parta para el nuevo mundo, con Rafael y
Mara de la Luz.

Salud! Ya no volveran a verse. El mundo es demasiado grande para los
pobres, siempre inmovilizados en el mismo sitio por las races de la
necesidad.

Salvatierra sinti saltrsele las lgrimas. Todas sus amistades, los
recuerdos de su pasado, desvanecanse esparcidos por la muerte o la
desgracia. Se quedaba solo en medio de un pueblo, al que haba intentado
libertar y que ya no le conoca. Las nuevas generaciones le miraban como
un loco que inspiraba cierto inters por su ascetismo; pero no entendan
sus palabras.

A los pocos das de la partida de estos amigos, abandon su retiro de
Cdiz para ir a Jerez. Le llamaba un moribundo, un camarada de los
buenos tiempos.

El seor _Matacardillos_, el dueo del ventorro del Grajo, se mora
definitivamente. Su familia imploraba la visita del revolucionario,
viendo en su presencia un ltimo rayo de alegra para el enfermo. Ahora
va de veras, don Fernando, escribanle los hijos. Y don Fernando fue a
Jerez, y emprendi a pie el camino de Matanzuela, aquel camino que haba
seguido de noche, en diversa direccin, tras el cadver de una gitana.

Cuando lleg al ventorro supo que su amigo haba muerto algunas horas
antes.

Era un domingo por la tarde. Adentro, en la nica habitacin de la
choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadver hinchado, sin otra
compaa que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violceo.

Afuera, la viuda y los hijos, con la resignacin de una desgracia
luengamente esperada, medan copas y atendan a los parroquianos
sentados en las inmediaciones del ventorrillo.

Los gaanes de Matanzuela beban, formando un gran corro. Don Fernando,
de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un
hombre, sin una bestia, con la montona soledad del domingo.

Sentase solo, completamente solo. Acababa de perder el ltimo de los
camaradas de su juventud revolucionaria. De todos los que haban
disparado en la sierra y afrontado la muerte o el presidio por el
romanticismo de la revolucin, no quedaba ninguno a su lado. Unos huan
en desesperada carrera al otro lado del mar, espoleados por la miseria;
otros se pudran en el seno de la tierra sin el consuelo de haber visto
la Justicia y la Igualdad imperando sobre los hombres.

Qu de esfuerzos intiles! Cuntos sacrificios estriles!... Y la
herencia de tanto trabajo pareca perderse para siempre! Las nuevas
generaciones desconocan a los viejos, se negaban a recibir de sus
brazos, fatigados y dbiles, el fardo de odios y esperanzas.

Salvatierra miraba con tristeza al grupo de los trabajadores. No le
conocan o fingan no conocerle. Ni una sola mirada se haba fijado en
l.

Hablaban de la gran tragedia, que an pareca tener bajo su lgubre peso
a la gente de Jerez: de la ejecucin de los cinco jornaleros por la
entrada nocturna en la ciudad. Pero hablaban apaciblemente, sin pasin,
sin odio, como si estas ejecuciones fuesen las de unos bandidos famosos
rodeados del aura populachera.

Slo mostraban alguna vehemencia al apreciar el valor con que haban
muerto, el gesto que les acompa al patbulo. Juann y el de Trebujena
haban marchado al palo como lo que eran: como hombres incapaces de
miedo ni de fanfarronadas. Los otros dos asesinos haban muerto como
unos brutos. Y el recuerdo del pobre _Maestrico_ casi les dos reales;
sino dos reales y medio, y atribuan este aumento a su sumisin y
disciplina. Siendo buenos, sacaris ms que a las malas, les haban
dicho. Y ellos lo repetan, pensando con desprecio en los malvados
alborotadores que intentaban arrastrarlos a la rebelda. Siendo
obedientes y humildes, tal vez llegasen, con el tiempo, a cobrar tres
reales. Una verdadera felicidad!...

El cortijo Matanzuela lo miraban como un paraso. El caritativo Dupont
era de una generosidad inaudita. Cuidaba de que los braceros oyesen misa
los domingos; y de mes en mes, organizaba comuniones para los gaanes.
Los que en das de holganza no iban a sus casas, quedndose en el
cortijo para seguir las plticas religiosas de un sacerdote enviado de
Jerez, tenan por la tarde, en el ventorro, unas cuantas copas pagadas
por el amo.

Dupont era un creyente _moderno_, como l deca. Todos los caminos
resultaban buenos para llegar a la conquista de las almas.

Y los gaanes, segn confesin de _Zarandilla_, se dejaban querer,
rezaban y beban, fisgndose un tanto del amo con burlona gravedad, y
llamndole primo.

La larga permanencia de _Zarandilla_ al lado de Salvatierra, y la
curiosidad que ste inspiraba, acabaron por vencer el apartamiento de
los gaanes. Algunos se aproximaron, y poco a poco fue formndose un
corro en torno del rebelde.

Uno de los ms viejos le habl con tono socarrn. Si don Fernando corra
el campo para soltar soflamas como en otra poca, perda el tiempo. La
gente estaba escamada: era como el gato escaldado del refrn. Y no es
que los gaanes estuvieran bien. Se iba viviendo, pero peor estaban los
pobres a los que haban ajusticiado en Jerez.

--Los viejos--continu aquel filsofo rstico--an le tenemos cierto
aquel a su merc y a los de su poca. Sabemos que no se han hecho ricos
con sus sermones como muchos otros: sabemos que han padeco y se las han
tragao de muy duras... Pero mire su merc a los chavales.

Y sealaba a los que se haban quedado sentados sin aproximarse a
Salvatierra; todos jvenes. De vez en cuando miraban al revolucionario
con ojos insolentes. Un to embustero, como todos los que se
presentaban en busca de los trabajadores! Los que haban seguido sus
doctrinas pudran tierra en el cementerio, y l estaba all... Menos
sermones y ms trigo... Ellos eran listos, haban visto lo suficiente
para enterarse y estaban con el que daba. El verdadero amigo de los
pobres era el amo con su jornal; y si encima daba vino, mejor que mejor.
Adems, qu poda importarle la suerte de los trabajadores a aquel to
que vesta de seor, aunque rado como un pordiosero, y no tena callos
en las manos? Lo que deseaba era vivir a costa de ellos; un falsario
como tantos otros.

Salvatierra adivinaba estos pensamientos en los ojos hostiles.

La voz del viejo rstico segua acosndole con su socarrona filosofa.

--Por qu ha de tomarse su merc esos fros y calores por lo que les
pasa a los pobres, don Fernando? Djelos: si ellos estn contentos, su
merc tambin. Adems, todos estamos escarmentaos. Con los de arriba no
se puede. Su merc, que sabe tanto, vea de conquistar a la guardia
civil, trigasela a su idea, y cuando se presente al frente de los
tricornios, pierda cuidao, que todos le seguiremos.

El viejo llen un vaso de vino y se lo present a Salvatierra.

--Beba su merc, y no se haga mala sangre queriendo arreglar lo que no
tiene arreglo. En el mundo no hay de verd ms que eso. Los amigos, unos
falsos; la familia... buena pa comrsela con patatas. Todas esas cosas
de rivoluciones y repartos, mentiras, palabras pa engaar a los pimplis.
Esto es la nica verd, el vino!: de trago en trago nos lleva
entretenidos y alegres hasta la muerte. Beba, don Fernando; se lo
ofrezco porque es nuestro, porque nos lo hemos ganado. Es barato: slo
cuesta una misa.

Salvatierra, el impasible, se estremeci con un arrebato de clera.
Sinti impulsos de repeler el vaso, de estrellarlo contra el suelo.
Maldijo la pcima de oro, el demonio alcohlico que extenda sus alas
de mbar sobre aquel rebao embrutecido, esclavizando su voluntad,
infundindole la servidumbre del crimen, de la locura, de la cobarda.

Ellos, araando la tierra, sudando en sus surcos, dejando en sus
entraas lo mejor de su existencia, producan este lquido de oro; y los
poderosos se valan de l para embriagarlos, para mantenerles como
encantados en una falsa alegra.

Eran los esclavos ms infelices de la historia; ellos mismos trenzaban
el ltigo que les tena sometidos, ellos forjaban la cadena que les
mantena amarrados; hambrientos, con el hambre prolongada de una
alimentacin engaosa, falsamente alegres con la alegra enfermiza de la
embriaguez.

Y rean! Y le aconsejaban la sumisin, burlndose de sus esfuerzos
generosos, alabando a sus opresores!... Pero es que la esclavitud haba
de ser eterna? Las aspiraciones humanas iban a detenerse para siempre
en esta momentnea alegra de bruto satisfecho?

Salvatierra sinti que se desvaneca su clera; que la esperanza y la fe
volvan a l.

Comenzaba a caer la tarde; llegaba la noche, como precursora de un nuevo
da. Tambin el crepsculo de las aspiraciones humanas era momentneo.
La Justicia y la Libertad dormitaban en la conciencia de todo hombre.
Ellas despertaran.

Ms all de los campos estaban las ciudades, las grandes aglomeraciones
de la civilizacin moderna, y en ellas otros rebaos de desesperados,
de tristes, pero que repelan el falso consuelo del vino, que baaban
sus almas nacientes en la aurora de un nuevo da, que sentan sobre sus
cabezas los primeros rayos del sol, mientras el resto del mundo
permaneca en la sombra. Ellos seran los elegidos; y mientras el
rstico permaneca en el campo, con la resignada gravedad del buey, el
desheredado de la ciudad despertbase, ponase en pie, para seguir al
nico amigo de los miserables y los hambrientos, al que atraviesa la
historia de todas las religiones, insultado con el nombre de Demonio, y
ahora, despojndose de los grotescos adornos que le da la tradicin,
deslumbra a unos y asombra a otros con la ms soberbia de las
hermosuras, la hermosura de Luzbel, ngel de luz, y se llama Rebelda...
Rebelda Social.


FIN

Madrid, Diciembre 1904-Febrero 1905.

       *       *       *       *       *


OBRAS DEL MISMO AUTOR


NOVELAS


    Arroz y tartana.
    Flor de Mayo.
    La Barraca.
    Snnica la cortesana.
    Entre naranjos.
    Caas y barro.
    La Catedral.
    El Intruso.


CUENTOS

    Cuentos valencianos.
    La Condenada.


VIAJES

    En el pas del Arte (_Tres meses en Italia_).





End of the Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco Ibez

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