Project Gutenberg's Cecilia Valds o la Loma del ngel, by Cirilo Villaverde

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Title: Cecilia Valds o la Loma del ngel

Author: Cirilo Villaverde

Release Date: March 8, 2009 [EBook #28281]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CECILIA VALDS O LA LOMA DEL NGEL ***




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_CECILIA VALDES_

_O_

_LA LOMA DEL ANGEL_

NOVELA DE COSTUMBRES CUBANAS

POR

CIRILO VILLAVERDE


    _Que tambin la hermosura
    tiene fuerza de despertar
    la caridad dormida._

    CERVANTES




INDICE


INTRODUCCIN

DEDICATORIA

PRLOGO


PRIMERA PARTE

Captulo I, Captulo II, Captulo III, Captulo IV, Captulo V, Captulo
VI, Captulo VII, Captulo VIII, Captulo IX, Captulo X, Captulo XI,
Captulo XII,


SEGUNDA PARTE

Captulo I, Captulo II, Captulo III, Captulo IV, Captulo V, Captulo
VI, Captulo VII, Captulo VIII, Captulo IX, Captulo X, Captulo XI,
Captulo XII, Captulo XIII, Captulo XIV, Captulo XV, Captulo XVI,
Captulo XVII


TERCERA PARTE

Captulo I, Captulo II, Captulo III, Captulo IV, Captulo V, Captulo
VI, Captulo VII, Captulo VIII, Captulo IX,


CUARTA PARTE

Captulo I, Captulo II, Captulo III, Captulo IV, Captulo V, Captulo
VI, Captulo VII

GLOSARIO

BIBLIOGRAFA




_INTRODUCCION_


_Cirilo Villaverde naci el 28 de octubre de 1812 en el ingenio_
Santiago, _cercano al pueblo de San Diego de Nez (Pinar del Ro). Su
padre era mdico del ingenio y en ese medio pas sus primeros aos._

_En 1823 vino a La Habana, donde curs estudios de pintura, filosofa y
derecho. Se recibi de Bachiller en Leyes en 1832, pero apenas ejerci
esta profesin. Sus principales actividades fueron la enseanza y el
periodismo._

_Trabaj como maestro en los colegios Buenavista y Real Cubano de la
capital y La Empresa de Matanzas. Public para uso de las escuelas un
Compendio geogrfico de la isla de Cuba (1845), El librito de cuentos y
las conversaciones (1847) y El librito de los cuentos (1857)_.

_Su obra es extensa y variada como periodista y literato. Colabor en
las principales publicaciones de la poca._

_Dio a conocer sus primeras narraciones--El ave muerta, La pea blanca,
El perjurio y La cueva de Taganana--en Miscelnea de til y Agradable
Recreo (1837) y en El Album, Engaar con la verdad, El espetn de oro y
la primera parte de Excursin a Vuelta Abajo, todas en 1838. La Cartera
Cubana insert en su seccin de folletines Amores y contratiempos de un
guajiro y Una cruz negra, en 1839. La Siempreviva en ese mismo ao
public la primera versin de Cecilia Valds o La loma del ngel._

_Mientras desempeaba su ctedra en el colegio_ La Empresa _comenz a
escribir para_ Faro Industrial de La Habana. _De regreso a la capital,
fue uno de sus principales redactores y condueo junto a Bachiller y
Morales. En este diario aparecieron entre 1842 y 1847 la segunda parte
de_ Excursin a Vuelta Abajo _(1842)_, El guajiro _(1842)_, La peineta
calada _(1843)_, Dos amores _(1843)_, El penitente _(1844)_, La tejedora
de sombreros de Yarey _(1844-45) y otras de menor importancia, as como
multitud de notas, crnicas y artculos de crtica literaria y de
costumbres calzados con su nombre o con los seudnimos de_ Sansuea, Yo,
El ambulante del oeste, Lola de la Habana _y otros_.

_Villaverde, defensor de los ideales independentistas, particip como
propagandista activsimo en la conspiracin de_ La Mina de la Rosa
Cubana _de 1848. Al ser descubierta la misma por delacin de un
conjurado fue apresado en La Habana y condenado primero a muerte en
garrote vil y ms tarde a diez aos de prisin. Escap el 31 de marzo
de 1849 con otros presos y escondido en la bodega de una goleta costera,
lleg a los Estados Unidos._

_En Norteamrica continu luchando por sus principios polticos. Fue en
Nueva York secretario de Narciso Lpez, a quien conoca desde 1846, y
redactor en jefe de_ La verdad. _Public en Nueva Orleans entre 1853 y
1854 el peridico_ El independiente, _etc._

_Se traslad a Filadelfia en 1854, donde vivi como profesor de espaol
y contrajo matrimonio con Emilia Casanova, una destacada activista de la
independencia cubana._

_Regres a La Habana en 1858, acogido a la amnista. Aqu trabaj al
frente de la imprenta_ La Antilla, _que publicara algunas obras de
inters para nuestras letras, como los artculos de costumbres de
Anselmo Surez y Romero, y colabor en el peridico literario_ La Habana
_en compaa de Sterling y Calcagno, con importantes juicios crticos
sobre Betancourt y otros contemporneos. Volvi poco despus a Nueva
York, donde continu sus labores de maestro y periodista. Fue entonces
redactor de_ La Amrica _(1861-62)_, La Ilustracin Americana
_(1865-1869)_, El Espejo _y_ El Avisador Hispanoamericano. _En 1864
fund con su mujer un colegio en Wechawken. Durante esta segunda
estancia en los Estados Unidos continu luchando por la independencia de
Cuba, como muchos otros cubanos de su tiempo. Slo regres a la Isla en
1888 por dos semanas._

_Muri en Nueva York el 20 de octubre de 1894. Su figura al morir
contaba con la admiracin y el reconocimiento de sus contemporneos por
su doble condicin de patriota y novelista._

_La novela que consolid su fama literaria fue_ Cecilia Valds o La loma
del ngel, _publicada en su forma definitiva en Nueva York en 1882.
Ninguna de sus obras anteriores respondi a empeo tan elevado ni
despert como sta el entusiasmo del pblico y la crtica. En ella
Villaverde recoge el panorama de la vida cubana desde 1812 hasta 1831.
Muestra sus categoras polticas, sociales y econmicas y las terribles
lacras que padecan. La obra, con sus clases poderosas y sus clases
oprimidas, con sus funcionarios venales y su burguesa indolente, con
sus mulatos discriminados y sus negros esclavos, con sus familias
enriquecidas por el rgimen esclavista y sus aristcratas de blasones
comprados a la decrpita monarqua espaola, sirve de esclarecedor
prlogo a nuestra historia republicana._

_El ambiente de esta poca colonial, trasladado con amplitud y
minuciosidad a las abundosas pginas del libro, es lo decisivo en la
obra, lo que determina su vigencia en la apreciacin de los crticos.
Porque_ Cecilia Valds _est muy lejos de ser una obra perfecta. El
autor explica en el prlogo su proceso de creacin; proceso que
indudablemente resinti el saldo final del trabajo. El asunto
central--drama de amor, celos, venganza y muerte--apenas difiere de los
usuales en los folletines de la poca; los personajes en su mayora no
trascienden de los rasgos externos; la accin es desarticulada y
digresiva, hurtada a la historia y los personajes principales por
criaturas y sucesos de menor cuanta; el estilo, hbrido, plagado de
debilidades romnticas entre las que alborean atisbos realistas; el
lenguaje, oscilante entre el arcasmo ms rebuscando y el espontneo
giro popular nuestro; el desenlace, atropellado, en contradiccin con
las dimensiones de la narracin._

_Pero_ Cecilia Valds _es en nuestra historia literaria, a pesar de esas
abundantes y graves deficiencias, la mejor creacin novelstica del
siglo_ XIX.

_Muchos cubanos de hoy la conocen a travs de la adaptacin teatral de
Agustn Rodrguez y Jos Snchez Arcilla, musicalizada admirablemente
por Gonzalo Roig; versin que necesariamente fue vertebrada con la
historia de los protagonistas. Despojado del lujo descriptivo de su
ambiente, el asunto resulta endeble y melodramtico. Esta aplaudida
adaptacin confirma que lo fundamental en_ Cecilia Valds _es el
ambiente. Su costumbrismo, de vigorosa indagacin poltica, social y
econmica, es el que atena sus defectos y sita a la obra en las
puertas de la novelstica realista._

_A LAS CUBANAS_

_Lejos de Cuba y sin esperanza de volver a ver su sol, sus flores, ni
sus palmas, a quin, sino a vosotras, caras paisanas, reflejo del lado
ms bello de la patria, pudiera consagrar, con ms justicia, estas
tristes pginas?_

EL AUTOR




PROLOGO


Publiqu el primer tomo de esta novela, en la _Imprenta Literaria_ de
don Lino Valds a mediados del ao de 1839. Contemporneamente empec la
composicin del segundo tomo, que deba completarla; pero no trabaj
mucho en l, tanto porque me traslad poco despus a Matanzas como uno
de los maestros del colegio de _La Empresa_, fundado recientemente en
dicha ciudad, cuanto porque una vez all, emprend la composicin de
otra novela, _La joven de la flecha de oro_, que conclu e imprim en un
volumen el ao de 1841.

De vuelta en la capital el ao de 1842, sin abandonar el ejercicio del
magisterio, entr a formar parte de la redaccin de _El Faro
Industrial_, al que consagr todos los trabajos literarios y novelescos
que se siguieron casi sin interrupcin hasta mediados de 1848. En sus
columnas, entre otros muchos escritos de diverso gnero, aparecieron en
la forma de folletines:--_El Ciego y su Perro_; _La Excursin a La
Vuelta Bajo_; _La Peineta Calada_; _El Guajiro_; _Dos Amores_; _El
Misionero del Caron_; _El Penitente_, etc.

Pasada la media noche del 20 de octubre del ltimo ao citado, fui
sorprendido en la cama y preso, con gran golpe de soldados y alguaciles
por el comisario del barrio de Monserrate, Barreda; y conducido a la
crcel pblica, de orden del Capitn General de la Isla, don Federico
Roncaly.

Encerrado cual fiera en una oscura y hmeda bartolina, permanec seis
meses consecutivos, al cabo de los cuales, despus de juzgado y
condenado a presidio por la Comisin Militar Permanente como conspirador
contra los derechos de la corona de Espaa, logr evadirme el 4 de abril
de 1849, en unin de don Vicente Fernndez Blanco, reo de delito comn y
del llavero de la crcel Garca Rey; quien de all a poco fue causa de
una grave dificultad entre los gobiernos de Espaa y de los Estados
Unidos. Por extraa casualidad los tres salimos juntos en barco de vela
del puerto de La Habana; pero nuestra compaa slo dur hasta la ra de
Apalachicola, en la costa meridional de Florida, desde donde me encamin
por tierra a Savannah y Nueva York.

Fuera de Cuba, reform mi gnero de vida: troqu mis gustos literarios
por ms altos pensamientos; pas del mundo de las ilusiones, al mundo de
las realidades; abandon, en fin, las frvolas ocupaciones del esclavo
en tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre en
tierra libre. Quedronse all mis manuscritos y libros, que si bien
recib algn tiempo despus, ya no me fue dado hacer nada con ellos;
puesto que primero como redactor de _La Verdad_, peridico separatista
cubano, luego como secretario militar del general Narciso Lpez, llev
vida muy activa y agitada, ajena por dems a los estudios y trabajos
sedentarios.

Con el fracaso de la expedicin de Crdenas en 1850, el desastre de la
invasin de las Pozas y la muerte del ilustre caudillo de nuestra
intentona revolucionaria en 1851, no cesaron, antes revivieron nuevos
proyectos de libertar a cuba, que venan acariciando los patriotas
cubanos desde muy al principio del presente siglo. Todos, sin embargo,
cual los anteriores terminaron en desastres y desgracias por el ao de
1854.

En 1858 me hallaba en La Habana tras nueve aos de ausencia. Reimpresa
entonces mi novela _Dos Amores_, en la imprenta del seor Prspero
Massana, por consejo suyo acomet la empresa de revisar, mejor todava,
de refundir la otra novela, _Cecilia Valds_, de la cual slo exista
impreso el primer tomo y manuscrita una pequea parte del segundo. Haba
trazado el nuevo plan hasta sus ms menudos detalles, escrito la
advertencia y proceda al desarrollo de la accin, cuando tuve de nuevo
que abandonar la patria.

Las vicisitudes que se siguieron a esta segunda expatriacin voluntaria,
la necesidad de proveer a la subsistencia de familia en pas extranjero,
la agitacin poltica que desde 1865 empez a sentirse en Cuba, las
tareas periodsticas que luego emprend, no me concedieron nimo ni
vagar para entregarme a la obra larga, sin expectativa de lucro
inmediato, y por lo mismo tediosa--que demandaba el expurgo, ensanche y
refundicin de la ms voluminosa y complicada de mis obras literarias.

Tras la nueva agitacin de 1865 a 1868 vino la revolucin del ltimo ao
nombrado y la guerra sangrienta por una dcada en Cuba, acompaada de
las escenas tumultuosas de los emigrados cubanos en todos los pases
circunvecinos a ella, especialmente en Nueva York. Como antes y como
siempre, troqu las ocupaciones literarias por la poltica militante,
siendo as que ac desplegaban la pluma y la palabra al menos la misma
vehemencia que all el rifle y el machete.

Durante la mayor parte de esa poca de delirio y de sueos patriticos,
durmi, por supuesto, el manuscrito de la novela. Qu digo? no progres
ms all de una media decena de captulos, trazados a ratos perdidos,
cuando el recuerdo de la patria empapada en la sangre de sus mejores
hijos, se ofreca en todo su horror y toda su belleza y pareca que
demandaba de aqullos que bien y mucho la amaban, la fiel pintura de su
existencia bajo el triple punto de vista fsico, moral y social, antes
que su muerte o su exaltacin a la vida de los pueblos libres, cambiaran
enteramente los rasgos caractersticos de su anterior fisonoma.

De suerte, que en ningn sentido puede decirse con verdad que he
empleado cuarenta aos (perodo cursado de 1839 a la fecha) en la
composicin de la novela. Cuando me resolv a concluirla, habr dos o
tres aos, lo ms que he podido hacer ha sido despachar un captulo, con
muchas interrupciones, cada quince das, a veces cada mes, trabajando
algunas horas entre semana y todo el da los domingos.

Con esta manera de componer obras de imaginacin, no es fcil mantener
constante el inters de la narrativa, ni siempre animada y unida la
accin, ni el estilo parejo y natural, ni el tono templado y sostenido
que exigen las producciones del gnero novelesco. Y tal es uno de los
motivos que me impelen a hablar de la novela y de m.

El otro es, que despus de todo, me ha salido el cuadro tan sombro y de
carcter tan trgico, que, cubano como soy hasta la mdula de los huesos
y hombre de moralidad, siento una especie de temor o vergenza
presentarlo al pblico sin una palabra explicativa de disculpa. Harto se
me alcanza que los extraos, dgase, las personas que no conozcan de
cerca las costumbres ni la poca de la historia de Cuba que he querido
pintar, tal vez crean que escog los colores ms oscuros y sobrecargu
de sombras el cuadro por el mero placer de causar efecto a la Rembrandt,
o a la Gustavo Dor. Nada ms distante de mi mente. Me precio de ser,
antes que otra cosa, escritor realista, tomando esta palabra en el
sentido artstico que se le da modernamente.

Hace ms de treinta aos que no leo novela ninguna, siendo Walter Scott
y Manzoni los nicos modelos que he podido seguir al trazar los variados
cuadros de _Cecilia Valds_. Reconozco que habra sido mejor para mi
obra que yo hubiese escrito un idilio, un romance pastoril, siquiera un
cuento por el estilo de _Pablo y Virginia_[1] o de _Atala_ y
_Renato_;[2] pero esto, aunque ms entretenido y moral, no hubiera sido
el retrato de ningn personaje viviente, ni la descripcin de las
costumbres y pasiones de un pueblo de carne y hueso, sometido a
especiales leyes polticas y civiles, imbuido en cierto orden de ideas y
rodeado de influencias reales y positivas. Lejos de inventar o de fingir
caracteres y escenas fantasiosas e inverosmiles, he llevado el
realismo, segn entiendo, hasta el punto de presentar los principales
personajes de la novela con todos sus pelos y seales, como vulgarmente
se dice, vestidos con el traje que llevaron en vida, la mayor parte bajo
su nombre y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaron
en las escenas histricas en que figuraron, copiando en lo que caba,
_d'aprs nature_,[3] su fisonoma fsica y moral, a fin de que aqullos
que los conocieron de vista o por tradicin, los reconozcan sin
dificultad y digan cuando menos: el parecido es innegable.

Apenas si he aspirado a otra cosa. Lo nico que debo agregar en descargo
de mi conciencia, por si alguien juzgare que la pintura no tiene nada de
santa ni de edificante, es que, al situar la accin de la novela en el
teatro habanero y poca corrida de 1812 a 1831, no encontr personajes
que pudieran representar con mediana fidelidad el papel, por ejemplo,
del payo Lorenzo, o el del pacato de don Abundio, o el del enrgico
padre Cristbal, o el del santo arzobispo Carlos Borromeo; al paso que
abundaban los que podan pasar, sin contradiccin, por fieles copias de
los Canoso, los Tramoya y los don Rodrigo, matones, bravos y
libertinos, cuya generacin parece ser de todos los pases y de todas
las pocas.

Tampoco ha de achacarse a falta del autor si el cuadro no ilustra, no
escarmienta, no ensea deleitando. Lo ms que me ha sido dado hacer, es
abstenerme de toda pintura impdica o grosera, falta en que era fcil
incurrir, habida consideracin a las condiciones, al carcter y a las
pasiones de la mayora de los actores de la novela; porque nunca he
credo que el escritor pblico, en el afn de parecer fiel y exacto
pintor de las costumbres, haya de olvidar que le merecen respeto la
virtud y la modestia del lector.

Por lo dems, si la obra que ahora sale a luz completa, no contiene
todos los defectos de lenguaje y de estilo que sac el primer tomo
impreso en La Habana, si hay mayor correccin y verdad en la pintura de
los caracteres, si resultan eliminadas ciertas escenas y frases de
escasa o dudosa moralidad, si el tono general de la composicin es ms
uniforme y animado, en mucha parte a los consejos de mi esposa, con
quien he podido consultar captulo tras captulo, a medida que los iba
concluyendo.

C. VILLAVERDE

Nueva York, mayo, 1879




PRIMERA PARTE




CAPTULO I

     _Tal es el fruto de la culpa,
      Tello, cosecha de dolor._

        SOLS


Hacia el oscurecer de un da de noviembre del ao de 1812, segua la
calle de Compostela en direccin del norte de la ciudad, una calesa
tirada por un par de mulas, en una de las cuales, como era de costumbre,
cabalgaba el calesero negro. El traje de ste, las guarniciones de
aqullas y los ornamentos de plata maciza, mostraban a las claras que
era rica la persona a que perteneca tan lujoso equipaje. Prendida
estaba de los calamones, no slo por el frente, sino tambin por un
costado y hasta la mitad del otro,--la cortina o capacete de pao con
banda de vaqueta. Sea el que fuese quien ocupaba el carruaje a la sazn,
no puede negarse que tena inters en guardar la incgnita, aunque
pareca excusada la precaucin, por cuanto no haba alma viviente en las
calles, ni se divisaba otra luz que la de las estrellas, o la artificial
de algunas casas que se escapaba por las anchas rendijas de las puertas
cerradas.

Pararon de repente las mulas al trote en la esquina del callejn de San
Juan de Dios y sali a espacio y con no poco trabajo de la calesa un
caballero alto, bien puesto, vestido de frac negro abotonado hasta el
cuello, dejando ver por debajo el chaleco o chupa de color claro,
pantalones de _carrancln_ de pie, corbatn de cerda y sombrero de
castor con copa enorme y ala angosta. Por lo que poda distinguirse en
aquella media luz de las estrellas, las facciones ms notables del
hombre eran la nariz, que tena aguilea, los ojos bastante vivos, el
rostro ovalado y la barba pequea. El color de sta y el del cabello,
las sombras del sombrero y de las paredes alterosas del convento vecino,
lo oscurecan tal vez sin ser negro.

--Sigue hasta la calle de lo Empedrado--dijo el caballero en tono
imperioso, ms bajo, apoyando la mano izquierda en la silla de la mula
de varas--y espera inmediato a la esquina. En caso que diese la ronda
contigo, di que perteneces a don Joaqun Gmez y que aguardas sus
rdenes. Entiendes, Po?

--S, seor, contest el calesero; quien desde que empez a hablar su
amo tena el sombrero en la mano.

Y sigui al paso de las mulas hasta el punto que le indic aqul.

El callejn de San Juan de Dios se compone de dos cuadras solamente,
cerrado por un extremo en las paredes del convento de Santa Catalina y
por el otro en las casas de la calle de la Habana. El hospital de San
Juan de Dios, que le da nombre, y que por sus altas y cuadradas
ventanas, siempre deja salir el vaho caliente de los enfermos, ocupa
todo un lado de la segunda cuadra y los otros tres, casitas pequeas de
tejas coloradas y un solo piso, el de las ltimas en particular ms alto
que el nivel de la calle, con uno y dos escalones de piedra a la puerta.
Las de mejor apariencia de ellas eran las de la primera cuadra entrando
de la calle de Compostela. Eran todas de un mismo tamao, poco ms o
menos, de una sola ventana y puerta, sta de cedro con clavos de cabeza
grande, pintadas de color de ladrillo, aqulla o de espejo o volada[4] y
de balaustres de madera gruesa. El piso de la calle se hallaba en su
estado primitivo y natural, pedregoso y sin banquetas.

El caballero desconocido, arrimado a las paredes, debajo de los
salientes aleros de tejas, se detuvo a la puerta de la tercera casita de
su derecha y dio dos golpecitos con la punta de los dedos. All sin duda
le aguardaban, porque tardaron en abrir lo que tard en pasar de la
ventana a la puerta la persona que quit la tranca con que se cerraba
por dentro. Esa result ser la ama de la casa; mulata como de 40 aos de
edad, de estatura mediana, llena de carnes, aunque conservaba el talle
estrecho, los hombros redondos y desnudos, la cabeza hermosa, la nariz
algo gruesa, la boca expresiva y el cabello espeso y muy crespo. Vesta
camisa fina bordada, de manga corta, y enaguas de sarga sin pliegues ni
adorno ninguno.

Haba pocos muebles en la sala: arrimada a la pared de la derecha una
mesa de caoba, sobre la cual arda una vela de cera, dentro de una
guardabrisa o fanal, y varias sillas pesadas de cedro con asiento y
respaldo de vaqueta, clavados con tachuelas de cobre. En aquella poca
esto se tena por lujo, mucho ms tratndose de una mujer de color, que
ocupaba aquella habitacin como ama y no como criada. El caballero no le
dio la mano al entrar, slo le hizo un saludo grave sin dejar de ser
gracioso y amable; lo que sin disputa era an ms extrao, pues aparte
de su diferencia de condicin y de raza, la de sus edades respectivas
era notable a primera vista y no caba entre ellos otra relacin que la
de la amistad, ms o menos sincera y desinteresada. Enseguida pregunt
en tono triste y acercndose a la mujer cuanto poda, a fin de no
levantar la voz, que la tena algo bronca:

--Y qu tal la enferma?

La mulata sacudi la cabeza con aire todava ms triste y contest con
tres monoslabos:

--Ah! muy mal.

Algo ms animada, aunque sin despejrsele el semblante, agreg poco
despus:

--No se lo dije al seor? _Entodava_ ha de acabar con ella el golpe.

--Pues qu, replic desazonado el caballero, no me dijo Vd. anoche que
estaba mejor y ms tranquila?

--Lo estaba, s, seor; pero la maana la ha pasado muy _desinquieta_ y
agitada. Deca que le daban calor las sbanas, que le arda la cabeza, y
varias veces ha tratado de salirse de la cama buscando aire. De manera
que fue preciso mandar por el mdico. Vino y recet un calmante: lo
tom, porque la pobrecita toma cuanto le dan. De sus resultas ya se
duerme como una piedra, ya _dispierta_ sobresaltada. Ay, seor, su
sueo se parece tanto a la muerte! Me da miedo, mucho miedo. Yo se lo
deca al seor desde un principio, el golpe era demasiado para ella. Esa
muchacha no tiene fuerzas para soportarlo. Ah! mi seor, de esta hecha
la perdemos, lo estoy mirando; me lo ha dado el corazn.

Y no dijo ms, porque la emocin le ahog la voz en la garganta.

--Veo que Vd. se acobarda, _sea_ Josefa, dijo el desconocido con
dulzura y sentimiento. Pues no ha tratado Vd. de convencerla de que la
separacin es slo por muy corto tiempo? No es ella ninguna chiquilla...

--Que si no he tratado! El seor parece que no la conoce _entodava_.
Ella no oye razones. Es la ms voluntariosa y cabecidura que ha nacido.
Adems, _dende_ ese lance no est en su cabal juicio y razn. El seor
mismo no trat aquella noche fatal de consolarla y tranquilizarla? Y
qu sac? Acurdese lo que _semos_: nada. El seor va a ver por sus
propios ojos que se escogi mal el momento de someterla a semejante
prueba. No se haban pasado los cuarenta das y luego tena una
calentura que volaba. S, concluy ya del todo conmovida y llorosa--me
tengo tragado que de sta no sale ella con juicio o con vida.

--Dios querr, _sea_ Josefa, que no se realicen tan funestos
pronsticos, dijo el caballero preocupado. Despus de breve rato
aadi:--Ella es joven y robusta, y todava la naturaleza triunfar de
todos sus males y penas. Fo ms en esto que en la ciencia oscura de los
mdicos. Aparte de eso, Vd. sabe que se ha hecho lo hecho por el bien de
todos, mejor dicho... Ms adelante me lo agradecern, estoy seguro. Yo
no poda ni deba darla mi nombre. No, no, repiti como azorado del eco
de su propia voz. Nadie mejor que Vd. lo sabe. Vd. que es mujer de
razn, conocer y confesar que as tena que ser. Es preciso que la
chica lleve un nombre, nombre de que no tenga que avergonzarse maana,
ni esotro da, el de Valds, con que quizs haga un buen casamiento.
Para ello no haba ms remedio sino pasar por la Real Casa Cuna. Esto no
ha podido ser ms doloroso para la madre, bien lo s, que para... todos
nosotros. Pero dentro de breves das la habrn bautizado y entonces har
que la traiga aqu Mara de Regla, mi negra, que tres meses hace perdi
un hijo del mal de los siete das, y la est amamantando en la Casa Cuna
por orden ma. Ella la devolver sana, salva y cristiana a los brazos de
su madre. Yo tengo arreglado todo eso con Montes de Oca, el mdico de la
Real Casa, por quien a menudo s de la chica. Al principio lloraba mucho
y se negaba a tomar el pecho de Mara de Regla, por lo que enflaqueci
un poco. Pero ya todo eso ha pasado y ahora est gorda y rozagante, es
decir, segn me ha informado Montes de Oca, porque yo no la he visto
desde la noche en que la hice pasar por el torno... Los ojos se me
fueron tras ella. Es indecible cunto me cost ese paso... Pero, a otra
cosa. Vd. sabe, sin embargo, que no cabe equivocacin.

--Demasiado que lo s--dijo la mulata enjugndose las lgrimas. No puede
equivocarse, no. Por lo tocante a eso estoy tranquila, como que a pesar
de sus chillidos, que me partan el alma, le hice la media luna azul en
el hombro izquierdo, segn el seor me orden. Yo no s a quin le
dolera ms, si a ella o a m... La madre, la madre, mi seor, es la que
me tiene sin sosiego. Ella no puede resistir. De por fuerza pierde el
juicio o la vida. Yo se lo repito al seor.

_Sea_ Josefa, como la llam el desconocido, se conoca que era mujer
inteligente, si bien por el descuido de su educacin incurra a menudo
en las faltas de lenguaje comunes al vulgo de las gentes en Cuba. A
pesar de la madurez de sus aos y de sus pesares, conservaba las
muestras de una juventud bella y distinguida, buenos ojos, la expresin
amorosa de la boca y la redondez del cuello, de los hombros y de los
brazos. Tena el color cetrino que resulta de la mezcla de hembra negra
y varn indio; pero lo crespo del pelo y el valo del rostro no admitan
la probabilidad de semejante maridaje, sino el de madre negra y padre
blanco. Cuando joven llev vida acomodada, tuvo goces y se roz con
gente bien criada y de buenas maneras. Honda deba de ser la pesadumbre
que a la sazn la aquejaba, segn eran la frecuencia de sus suspiros, la
contraccin repetida de su entrecejo y la abundancia del humor acuoso en
que nadaban sus grandes ojos y le empaaban el brillo. Por lo dems,
haba en su actitud ms desesperacin que verdadero pesar. En efecto,
como luego veremos, tena razn sobrada para lo uno y no le faltaba para
lo otro.

Haca ratos que ambos personajes estaban callados, cada cual a vueltas
con sus propios pensamientos, que de seguro no coincidan en ningn
punto, a tiempo que se oyeron un lamento y un grito desgarrador salidos
del interior de la casa. La mujer hizo una exclamacin dolorosa, se
llev ambas manos a la cabeza y corri como desalada por el primer
aposento al segundo cuarto. Maquinalmente el caballero hizo con las
manos el mismo movimiento y sigui sus pasos en silencio, aunque a
cierta distancia. All no haba ms luz que la mortecina de una
lamparita de aceite en una mesa, sobre la cual se vea un nicho o
retablo de titiritero, donde se veneraba una figura de talla, con traje
talar o de mujer, que miraba al cielo y tena clavada en el pecho una
espada, cuya empuadura pareca de plata. En el lado opuesto haba un
catre, con colgaduras de seda, ya ajadas, y a la cabecera una silla de
cuero, que en el momento que entr all _sea_ Josefa, la haba
desocupado una anciana negra, esculida, imagen de la muerte, cuya
cabeza blanca contrastaba con el bano de su cuello largo y huesoso.
Tena en la mano derecha un rosario y varios escapularios al pecho sobre
la camisa blanca; cindola el talle de la falda de caamazo, una correa
negra y larga a lo fraile agustino. Estaba como embebida o rezando con
gran fervor, y al tocarle en el hombro _sea_ Josefa, alz de repente la
cabeza, la volvi hacia la puerta del aposento, vio en ella de pie al
desconocido, hizo un movimiento de horror o de susto y desapareci por
la puerta del fondo sin decir palabra.

Ocup su lugar _sea_ Josefa. Abri con tiento las cortinas del lecho, y
por seas indic al caballero que se acercara; lo que hizo ste, al
parecer, con repugnancia. Los ojos de ambos se clavaron en el rostro
plido de una muchacha de 20 aos, yaciente boca arriba y aparentemente
muerta. Porque no se mova a la sazn, tena los ojos hundidos y
cerrados los prpados, cuyas pestaas eran tan largas que daban sombra a
las mejillas. La cabeza era lo nico que tena fuera de las sbanas, y
eso casi enterrada en la almohada, la cual desapareca bajo una mata de
pelo negro, undoso y esparcido por todas partes en el mayor desorden. De
en medio de aquel fondo negro se destacaba el rostro ovalado, plido de
cera de la enferma, con la barba aguda, la frente cuadrada y alta, la
boca pequea, los labios belfos, y la nariz bastante bien hecha para
mujer de raza mezclada, como sin duda era aqulla de que ahora se trata.
El conjunto era bueno, femenil; pero haba tal expresin de angustia y
melancola en el semblante marchito por la enfermedad, que daba lstima
el contemplarle. Movida por este sentimiento tal vez _sea_ Josefa dijo
al odo del caballero:--Se ha dormido.

La contestacin del caballero fue sacudir la cabeza negativamente, acaso
porque en aquel instante crey notar un temblor convulsivo que recorra
de pies a cabeza todo el cuerpo de la paciente. Tras el temblor empez a
levantrsele el pecho, movimiento fcil de percibir por encima de la
sbana, como una ola en mar sereno que repunta, de repente, y precursor
del suspiro que exhal enseguida del fondo del corazn, acompaado de un
gemido doloroso y agudo. Comprendiendo el caballero lo que deba
sobrevenir, sin poderlo remediar, apart primero la vista y disimulada y
paulatinamente se retir a los pies de la cama. Incorporada en aquel
instante la enferma, exclam con aire de espanto:

--Mamita! Era su merced?

--Hija ma! Qu quieres? Ests mejor?

--Ah! Mamita! prosigui la muchacha en el mismo aire de azorada.--La
he visto, la acabo de ver. S, no me queda duda. Ah est! agreg
sealando al cielo. Se va! Me la llevan! Debe estar muerta. Ay!--Y se
le escap otro grito desgarrador.

--Hija! le observ la madre afligida. _Dispierta._ T ests soando o
esas son ilusiones tuyas.

--Venga ac, mamita, mire su merced misma.

Diciendo esto la atraa a s por el brazo.

--Vala! No es aquella la Virgen Santsima dentro de una nube dorada,
con los pies desnudos, apoyados en las alas de infinitos ngeles? Ella
es. Mire! Por aqu. All! Vea. Se eleva!

--Visiones, hija ma. No hagas caso. Acustate y descansa.

--Cmo quiere su merced que me acueste, si veo que se llevan a mi hija,
la hija de mis entraas?

--Pero quin se la lleva, mi vida?

--Quin se la lleva? Pues no lo ve su merced? La Virgen Santsima. Se
la lleva en los brazos. Debe estar muerta. Ah!

--Ella no se ha muerto, no lo creas; le dijo dbilmente _sea_ Josefa,
pues sobre este punto no estaba ms segura que la enferma. Tu nia est
viva y pronto la vers. Esos son sueos tuyos.

--Sueos, sueos, repiti la muchacha, distrada. Yo soaba? No ser
ms que un sueo? Pero, y mi hija? Dnde est? Por qu me la han
quitado? Y de que yo la perdiera su merced tiene la culpa, concluy
diciendo con iracundo ademn y acento.

No tuvo valor _sea_ Josefa para replicar palabra, bien por no irritar
ms a la enferma con una contradiccin poco menos que intil, bien
porque la acusacin era directa y fundada. Slo acert a volver los ojos
hacia su derecha, con lo que los de la enferma naturalmente siguieron la
misma direccin y en consecuencia tropezaron con el bulto oscuro del
desconocido, que haca por ocultarse tras las colgaduras de la cama.

--Quin est ah? pregunt apuntando con el dedo. Ah! El es, el
ladrn de mi hija! Mi verdugo! Qu vienes a buscar aqu? Vienes,
basilisco, a gozarte en tu obra? A tiempo llegas. Gzate a tus anchas.
Mi hija ha volado al cielo, lo s, de ello estoy convencida, yo la
seguir muy pronto; pero t, t, causa de nuestra condenacin y muerte,
t bajars... al infierno.

--Jess! exclam _sea_ Josefa santigundose. T no sabes lo que dices.
Calla.

Y anegada en lgrimas se arroj sobre su hija con el doble objeto de
impedirle que se levantara y de que siguiera en aquella terrible
increpacin contra el caballero desconocido. Por prudencia o por
remordimiento, ste callaba e inclin ms la cabeza. El, de todos modos,
estaba muy disgustado y luchaba consigo mismo a fin de tomar una
resolucin. Porque, previndolo, haba venido a ponerse al alcance de
las recriminaciones, al parecer justas, de la enferma, quien aunque
delirante, le echaba en cara la prdida de su hija y la ruina de su
razn. Mas no hizo por defenderse. Se senta, al contrario, humillado,
altamente ofendido por cuanto siendo sus intenciones las ms puras,
guiadas por el deseo del bien de todos los inmediatamente interesados,
las resultas llevaban camino de ser muy desastrosas. A los ojos de su
propia conciencia la justificacin era fcil; el mundo, sin embargo,
deba juzgarle por los hechos. Y a este juicio le tena l horror
cerval.

Continuaba entre tanto la lucha entre la madre y la hija. Esta, con los
ojos de espantada, los cabellos desgreados, la frente cubierta de sudor
copioso, las mejillas encendidas por la fiebre, repela con ambas manos
a la madre y le repeta:--Djame, mamita, djame ver esa cara de hereje.
Quiero pedirle cuenta de mi hija. El me la ha quitado, l, entraas de
fiera. Y la madre, siempre inundada en lgrimas estrechndola en sus
brazos, le responda:--Por el amor de Dios, hija ma, por la Pursima
Concepcin de Mara Santsima, por tu salud, por la de tu hija, que vive
y est buena, cllate, tranquilzate. Yo te lo ruego por lo que ms
quiera.

Pero como se prolongase demasiado aquella lucha, se acerc el caballero
a la cama, tom en la suya una mano de la enferma, la cual ella no
rechaz, y con voz grave, mas llena de exquisita ternura, le dijo:

--Charo, yeme. Te prometo que maana vers a tu hija. Vuelve en ti.
Clmate! No ms locuras.

Sase que de tanto bregar se le agotasen las fuerzas, sase que la
impusiese respeto la voz del desconocido, es lo cierto que la enferma,
exhalando un profundo suspiro, cay repentinamente de espaldas en la
almohada y all qued por breve rato sin movimiento. No crey menos la
madre, al pronto, sino que haba expirado. Psola con ese motivo la mano
en el corazn, y como, ya por el susto, ya porque en efecto se le haba
paralizado la sangre en las venas a la paciente, no sinti por unos
instantes las pulsaciones. As que, grandemente asustada, se volvi para
el caballero, que al parecer contemplaba impasible aquella escena muda,
y con acento de amarga reconvencin le dijo:

--Lo ve el seor? Est muerta.

No fue esto parte a hacerle perder al caballero su natural ecuanimidad.
Lejos de ello, con mucha calma y deliberacin le tom el pulso a la
muchacha, a guisa de mdico, y despus dijo:

--Traiga Vd. ter. Se ha desmayado. Esta moza est muy dbil, necesita
alimento.

--El mdico lo ha prohibido, observ _sea_ Josefa.

--El mdico no sabe lo que se pesca. Dela Vd. caldo. Pero despache con
el ter.

Trado el lcali voltil, se le aplicaron a la nariz; pero las nicas
seales de vida que dio la muchacha fue un estremecimiento de los
prpados, que no abri por cierto, y un llorar en silencio, o hilo a
hilo, segn reza la grfica expresin vulgar. Mientras esto pasaba
delante de la cama de la enferma, asom la cabeza blanca por entre la
puerta del fondo, medio abierta, la anciana negra antes mencionada; pero
la retir de golpe persignndose cual si viese al diablo, sin duda
porque an estaba all el caballero desconocido. Al fin, ste se alej
de aquel sitio de dolor y de tribulacin, salud a _sea_ Josefa con una
mera inclinacin de cabeza, y sali a la calle murmurando en su
despecho:

--Y nadie ms que yo tiene la culpa!




CAPTULO II

     _Sola soy, sola nac,_
     _Sola me tuvo mi madre,_
     _Sola me tengo de andar,_
     _Como la pluma en el aire._


Algunos aos adelante, mejor, uno o dos despus de la cada del segundo
breve perodo constitucional, en que qued establecido el estado de
sitio de la Isla de Cuba y Capitn General de la misma don Francisco
Dionisio Vives, sola verse por las calles del barrio del ngel una
muchacha de unos once a doce aos de edad, quien, ya por su hbito
andariego, ya por otras circunstancias de que hablaremos enseguida,
llamaba la atencin general.

Era su tipo el de las vrgenes de los ms clebres pintores. Porque a
una frente alta, coronada de cabellos negros y copiosos, naturalmente
ondeados, una facciones muy regulares, nariz recta que arrancaba desde
el entrecejo, y por quedarse algo corta alzaba un si es no es el labio
superior, como para dejar ver dos sartas de dientes menudos y blancos.
Sus cejas describan un arco y daban mayor sombra a los ojos negros y
rasgados, los cuales eran todo movilidad y fuego. La boca tena chica y
los labios llenos, indicando ms voluptuosidad que firmeza de carcter.
Las mejillas llenas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba,
formaban un conjunto bello, que para ser perfecto slo faltaba que la
expresin fuese menos maliciosa, si no maligna.

De cuerpo era ms bien delgada que gruesa, para su edad antes baja que
crecida, y el torso, visto de espaldas, angosto en el cuello y ancho
hacia los hombros, formaba armona encantadora, aun bajo sus humildes
ropas, con el estrecho y flexible talle, que no hay medio de compararle
sino con la base de una copa. La complexin poda pasar por saludable,
la encarnacin viva, hablando en el sentido en que los pintores toman
esta palabra, aunque a poco que se fijaba la atencin, se adverta en el
color del rostro, que sin dejar de ser sanguneo haba demasiado ocre en
su composicin, y no resultaba difano ni libre. A qu raza, pues,
perteneca esta muchacha? Difcil es decirlo. Sin embargo, a un ojo
conocedor no poda esconderse que sus labios rojos tenan un borde o
filete oscuro, y que la iluminacin del rostro terminaba en una especie
de penumbra hacia el nacimiento del cabello. Su sangre no era pura y
bien poda asegurarse que all en la tercera o cuarta generacin estaba
mezclada con la etope.

Pero de cualquier manera, tales eran su belleza peregrina, su alegra y
vivacidad, que la revestan de una especie de encanto, no dejando al
nimo vagar sino para admirarla y pasar de largo por las faltas o por
las sobras de su progenie. Nunca la haban visto triste, nunca de mal
humor, nunca reir con nadie; tampoco poda darse razn dnde moraba ni
de qu subsista. Qu haca, pues, una nia tan linda, azotando las
calles da y noche, como perro hambriento y sin dueo? No haba quien
por ella hiciera ni rigiera su ndole vagabunda?

Entre tanto la chica creca gallarda y lozana, sin cuidarse de las
investigaciones y murmuraciones de que era objeto, y sin caer en la
cuenta de que su vida callejera, que a ella le pareca muy natural,
inspiraba sospechas y temores, si no compasin a algunas viejas; que sus
gracias nacientes y el descuido y libertad con que viva, alimentaban
esperanzas de bastardo linaje en mancebos corazones, que latan al verla
atravesar la plazuela del Cristo, cuando a la carrerita y con la
sutileza de la zorra hurtaba un bollo o un chicharrn a las negras que
de parte de noche all se ponen a frerlos; o cuando al descuido meta
la pequea mano en los cajones de pasas de los almacenes de vveres en
las esquinas de las calles; o cuando levantaba el pltano maduro, el
mango o la guayaba del tablero de la frutera; o cuando enredaba el perro
del ciego en el can de la esquina, o le encaminaba a San Juan de Dios,
si iba para Santa Clara:[5] que todas stas eran travesuras dignas de
celebracin en una nia de su edad y parecer.

Su traje ordinario, no siempre aseado, consista en falda de zaraza, sin
ms paizuelo ni otro calzado que unas chancletas, las cuales anunciaban
de lejos su aproximacin, porque sonaban mucho en las banquetas de
piedra de las pocas calles que entonces tenan tales adornos. Llevaba
tambin el cabello siempre suelto y naturalmente rizado. El nico
ornamento de su cuello era un rosarito de filigrana, especie de
gargantilla, con una cruz de coral y oro pendiente, memoria de la madre
cara y desconocida.

A pesar de aquella vida suya y de aquel traje, pareca tan pura y linda,
que estaba uno tentado a creer que jams dejara de ser lo que era,
cndida nia en cabello, que se preparaba a entrar en el mundo por una
puerta al parecer de oro, y que viva sin tener sospecha siquiera de su
existencia. Sin embargo, las calles de la ciudad, las plazas, los
establecimientos pblicos, como se apunt ms arriba, fueron su escuela,
y en tales sitios, segn es de presumir, su tierno corazn, formado
acaso para dar abrigo a las virtudes, que son el ms bello encanto de
las mujeres, bebi a torrentes las aguas emponzoadas del vicio, se
nutri desde temprano con las escenas de impudicia que ofrece
diariamente un pueblo soez y desmoralizado. Y cmo librarse de
semejante influjo? Cmo impedir que sus vivarachos ojos no viesen? Qu
sus orejas siempre alerta no oyesen? Que aquella alma rebosando vida y
juventud no se asomara antes de tiempo a los ojos y a los odos para
juzgar de cuanto pasaba en su derredor, en vez de dormir el sueo de la
inocencia? Bien temprano, a fe, llam a sus puertas la legin de
pasiones que gastan el corazn y abaten las frentes ms soberbias!

Una tarde, entre otras, pasaba la chica, como de costumbre, a la
carrerita, por cierta calle de que no hay para qu mencionar ahora el
nombre. Asomadas a una de las altas y anchas rejas de hierro de las
ventanas de una casa de apariencia aristocrtica, estaban dos nias poco
ms o menos de su edad y una joven de 14 a 15, las cuales, como viesen
pasar aquella exhalacin, segn se expres una de ellas mismas, excitada
grandemente la curiosidad de todas, la llamaron con instancia. No se
hizo de rogar la mozuela, antes se entr, desde luego por el zagun, y
se present con mucho desembarazo a la puerta de la sala, donde ya la
esperaba el grupo de las tres jovencitas. All, stas la tomaron por la
mano y la llevaron delante de una seora algo gruesa, vestida con mucho
aseo, que estaba arrellanada en un ancho silln y descansaba los pies en
un escabel.

--Ah! exclam sta cuando la hubo visto de cerca. Y qu mona es! Dicho
lo cual se enderez en el asiento, operacin que le cost un buen
esfuerzo, y agreg:

--Cmo te llamas?

--Cecilia, respondi vivamente.

--Y tu madre?

--Yo no tengo madre.

--Pobrecita! Y tu padre?

--Yo soy Valds, yo no tengo padre.

--Esa est mejor, exclam la seora recapacitando.

--Pap, pap, dijo la mayor de las seoritas dirigindose a un caballero
que estaba recostado en un sof a la derecha del estrado. Pap, ha
visto Vd. nia ms preciosa?

--Ya, ya, contest el padre casi sin volver el rostro. Dejadla en paz.
Pero apenas salieron esas palabras de sus labios, repar en l Cecilia,
y entre admirada, y reda, dijo:

--Ay! Yo conozco a ese hombre que est ah acostado. Este, por debajo
de las manos, con que ya se sombreaba la frente, le ech una mirada
fiera, en que iban pintados su mal humor y disgusto. Enseguida se
levant y dej la sala, sin decir ms palabra. Extrao es en verdad que
slo este hombre no sintiese simpata por la linda callejera.

--Conque no tienes padre ni madre? Torn a preguntar la buena seora,
un si es no es preocupada por la anterior escena. Y cmo vives? Con
quin vives? Eres hija de la tierra o del aire?

--Ave Mara Pursima! exclam la nia doblando la cabeza sobre el
hombro derecho y mirando fijamente a sus preguntadoras. Ay, Jess! Qu
gente tan curiosa! Yo vivo con mi abuela, que es una viejecita muy
buena, que me quiere mucho y que me deja hacer cuanto yo quiero. Mi
madre se muri hace mucho tiempo y... mi padre tambin. No s ms ni me
pregunten ms.

Bien quisieran las jovencitas hacer ms preguntas, e informarse de otros
pormenores acerca de la vida y parentela de Cecilia; pero, por una
parte, su padre les haba dicho que la dejaran en paz, y, por otra, su
madre, ya incapaz de dominar su desazn, les indic por un gesto muy
significativo que era tiempo saliese de all mozuela tan procaz. Colmada
de regalos y despedida al fin, Cecilia, pasaba por el zagun en vuelta
de la calle, a sazn que bajaba de los altos un jovencito en traje
veraniego, es decir, de chupa y pantaln de Arabia quien apenas la vio,
la reconoci y le dijo desde lo alto:

--Cecilia, eh, Cecilia! Oye, mira.

Ella, sin contener el paso, mas sin dejar de mirar al que le daba voces,
le deca hasta la puerta de la calle: Cuico! Cuico! Y al mismo tiempo
abra la mano derecha, pona el dedo pulgar en la punta de la nariz y
mova los otros con gran rapidez. Que es una manera de burla que a
menudo se hacen los muchachos en nuestras calles, como diciendo: Ah!
que te enga! Ah! que me escap de tus majaderas.

No es para referir aqu la escena que se sigui a la ida de la chica de
aquella casa. Del seor y de la seora puede decirse que no volvieron a
mencionar su nombre. Las seoritas, al contrario, an cuando tornaron a
la ventana para ver y saludar a sus amigas, que de vuelta del paseo
pasaban en sus lujosas volantas, no cesaron de hablar de Cecilia y de
repetir su nombre, ayudndoles entonces el hermano mayor, quien la
conoca y a menudo se encontraba con ella cuando iba a la clase de latn
del padre Morales, enfrente del convento de Santa Teresa.

En el medio tiempo la chica, siguiendo por la calle adelante sali a la
plazuela de Santa Catalina, cuyo terrapln, que corre por todo el
frente, subi a saltos, y luego baj a la calle del Aguacate por una
escalera de mampostera. Una vez all, se dirigi derecho, aunque con
cierta cautela, a la casita inmediata a la esquina ocupada por una
taberna. No toc ni se detuvo delante de la puerta, sino que empuj con
suavidad la hoja de la derecha o macho, la cual estaba sujeta con una
media bala de hierro en el suelo. Haba sido de bermelln la pintura de
dicha puerta, pero lavada por las lluvias, el sol y el tiempo, no le
quedaban sino manchas oscuras en torno de la cabeza de los clavos y en
las molduras profundas de los tableros. La ventanilla, que era de espejo
y alta, slo tena tres o cuatro balaustres, haba perdido la pintura
primitiva, quedndole un bao ligero de color de plomo. Por lo que toca
al interior, su apariencia era ms ruin, si cabe, que el exterior. Se
compona de una salita, dividida por un biombo para formar una alcoba,
cuya puerta daba precisamente hacia la de la calle, y otra a la derecha
con salida al patio angosto y no ms largo que el fondo de la casita. A
la izquierda de la entrada y a la altura de una vara, haba un hueco en
la pared medianera, a modo de nicho, en cuyo fondo se vea una Madre
Dolorosa de cuerpo entero, aunque muy reducido, con una espada de fuego
que le atravesaba el pecho de parte a parte. Alumbraban da y noche tan
peregrina pintura dos mariposas, es decir, dos hornillas con su pabilo
correspondiente, flotando en tres partes de agua y una de aceite, dentro
de vasos ordinarios de vidrio. Una guirnalda de todas flores
artificiales y de pedazos de cartulina dorada y plateada, ajadas,
descoloridas y polvorosas adornaba el retablo. Y en torno, por las
paredes, en el biombo y detrs de las puertas y ventanas, gran nmero de
letreros, por ejemplo: Ave Mara Pursima! La Gracia de Dios sea en
esta casa! Viva Jess! Viva Mara! Viva la Gracia y muera el Pecado!
Con otros muchos por el estilo, que no hay para qu repetirlos. Las
estampas, sin cuadro, pegadas a las paredes con obleas o engrudo, eran
ms numerosas que los letreros, todas de santos, impresas por el
impresor Boloa[6] en papel comn y recogidas de manos de los
demandantes de los conventos a cambio de limosnas, o compradas a la
puerta de las iglesias en los das de fiestas.

Reducase a bien poco el mueblaje, aunque en su poquedad y ruina se
conoca que haba visto mejores tiempos cuando nuevo. El ms apetecible
de la casa era una butaca de Campeche, ya coja, con orejas grandes y
desvencijada. Agregbanse tres o cuatro sillas de cedro con asiento y
respaldo de vaqueta, del mismo estilo, fuertes, macizas y antiqusimas.
Haca juego con ellas una rinconera de la propia madera, cuyos pies
estaban labrados en forma de pezua de stiro, con molduras y hojas de
parra.

A pesar de la estrechez de aquel albergue, haba un gato dormiln,
varias palomas y gallinas, muy familiarizadas sin duda con sus dos
nicos huspedes humanos, pues que iban y venan, saltaban sobre los
respaldos de las sillas, maullaban, arrullaban y cacareaban sin
consideracin ni temor. A un lado de la alcoba haba una cama alta,
cuadrilonga, que siempre estaba de recibo, como que era de cuero sin
curtir, cuya dureza la suavizaba un colchn de plumas, cubierto
perennemente con una colcha de mil y un retazos o taracea. Las columnas
salomnicas, en vez de colgaduras, sostenan San Blases, escapularios,
cruces de cartn, piedras de vidrio y palmas benditas de los domingos de
ramos de muchos aos atrs.

En realidad aqulla no era casa sino en cuanto daba abrigo a dos
personas, porque, fuera de las dos piezas mencionadas, no tena
comodidad ni ms desahogo que el patio dicho, donde estaba la cocina,
mejor, fogn, cajoncito de madera lleno de ceniza, montado sobre cuatro
pies derechos, y protegido de la lluvia por una especie de alero de
mesilla. Nos hemos detenido tanto en la descripcin de la casucha donde
entr Cecilia, porque pare su imaginacin el benigno lector en el
contraste que ofrecera una nia tan linda, rebosando vida y juventud,
en medio de tanta antigualla, que no pareca sino que el cielo la haba
colocado all para decirle a cada rato al odo:--Hija, contempla lo que
sers y s ms cuerda.

Pero estamos seguros que eso era lo menos en que ella pensaba, y
entonces con doble motivo, cuanto que ms le importaba que no la
sintiese entrar cierta persona que, de espaldas en la butaca, frente al
nicho, pareca rezar o dormitar. Sin embargo, por ms tiento que pusiese
la picaruela en el modo de asentar la planta, no lo pudo hacer tan
callandito que no la oyese y sintiese distintamente la vieja, cuyos
odos eran muy finos, y que entonces no rezaba ni dorma, sino que lea,
hecha un arco, en un libro pequeo de oraciones con forro de pergamino.

--Hola! le dijo mirndola de soslayo por encima de los aros
perfectamente redondos de sus gafas, enhorquilladas en la punta de la
nariz, a guisa de muchacho a la grupa de un caballo, Hola seorita!
Aqu est Vd? Eh? Qu bueno! Son stas horas de venir a pedir la
bendicin de su abuela? (Porque la chica se acercaba con los brazos
cruzados.) Dnde has estado hasta ahora, buena pieza? (Haban tocado ya
las oraciones.) Qu linda estabas para ir por los leos! Y echndole
mano de pronto, en cuyo acto se le cay el libro y se espantaron el gato
que pestaeaba a menudo sentado en una silla, las palomas y las
gallinas. Ven ac, espiritada, aadi; mariposa sin alas, oveja sin
grey, loca de cepo; ven, que he de averiguar dnde has estado hasta
estas horas. Qu, t no tienes rey ni Roque que te gobierne, ni Papa
que te excomulgue? Adnde se ha visto de eso? T no tienes ms vida
que correr por las calles? No se puede averiguar nadie contigo? Yo te
har entender que hay quien puede. No me quedaba que ver!

Cecilia, lejos de asustarse, ni de huir, con mucha risa se ech en
brazos de la malhumorada y gruidora abuela, y, como para anudarle la
lengua, le entreg cuanto le haban regalado las seoritas donde haba
estado.




CAPTULO III

     _Malditas viejas,
      Que a las mozas malamente
      Enloquecen con consejas._

         ZORRILLA


Con ms zalamera y astucia de las que caban en una nia de su edad,
Cecilia abraz y bes a su abuela, a la cual dio el nombre de Chepilla
(alteracin caprichosa de Josefa), que as generalmente la llamaban.
Bast eso para aplacar su enojo, y nada hay en ello que extraar,
porque, segn adelante veremos, haba sido tan infeliz aquella mujer,
senta tal necesidad de ser amada por el nico ser que la interesaba de
cerca en el mundo, que mantener seriedad con la nieta, hubiera sido lo
mismo que prolongar su propio martirio. Por supuesto que sell sus
labios de golpe, y no acert a otra cosa que a contemplarla, bien as
como momentos antes haba estado contemplando el dulce rostro de Mara
Santsima, en fervorosa oracin.

Mientras la nia estrechaba por la cintura a la vieja con sus torneados
brazos y recostaba la hermosa cabeza en su pecho, semejante a la flor
que brota en un tronco seco y con sus hojas y fragancia ostenta la vida
junto a la misma muerte, la figura de _sea_ Josefa se mostraba ms
extraa y fea de lo que era naturalmente. Su rostro mismo formaba
contraste con lo dems del cuerpo. Ya fuese porque tena la costumbre de
llevarse el cabello atrs, ya porque lo sac de naturaleza, la verdad es
que le luca la frente demasiado ancha, la nariz grande y roma, la barba
aguda, y la cuenca de los ojos hundida. Esto daba aviesa expresin a su
semblante, no muy fcil de pasar por alto al menos avisado observador.
An haba morbidez en sus brazos, y sus manos podan calificarse de
lindas. Pero lo ms notable de su fisonoma eran sus ojos grandes,
oscuros y penetrantes, restos de una facciones que haban sido
agradables, desarmonizadas ahora por una vejez prematura.

Mulata de origen, su color era cobrizo, y con los aos y las arrugas se
le haba vuelto atezado, o _achinado_; para valernos de la expresin
vulgar con que se designa en Cuba al hijo de mulato y negra, o al
contrario. Poda tener 60 aos de edad, aunque aparentaba ms, porque ya
empezaba a blanquearle el cabello, cosa que en las gentes de color suele
suceder ms tarde que en las de raza caucsica. Los padecimientos del
nimo aniquilan primero el semblante que el cuerpo mortal del hombre.
Como veremos despus, la resignacin cristiana, obra de su fe en Dios,
pasto con que al fin alimentaba su espritu en las largas horas
consagradas al rezo y a la meditacin, slo la hubiera mantenido en pie
contra los embates de su miserable suerte. Por otra parte, con el triste
convencimiento del que de una ojeada midi su pasado y su porvenir, y lo
que deba y poda esperar de su nieta, hermosa flor arrojada en mitad de
la plaza pblica, para ser hollada del primer transente, ya en el
ltimo tercio de su vida, con los remordimientos de la pasada, antes de
airarse, comprendi que le tocaba aplacar la clera de su juez invisible
y procurarse momentos de calma, nterin sonaba la hora postrimera.

En aqulla en que la sorprende nuestra narracin, aunque hubiese
cumplido los 80 de su vida, habra credo que haba vivido muy poco
tiempo si llegaban sus ltimos momentos y dejaba tras s a la nieta
joven y desamparada en el mundo, y no le era dado asistir al desenlace
de un drama en que ella, bien a su pesar, sin ser la herona,
representaba, haca tiempo, papel muy importante. Acomodado el carcter
de _sea_ Josefa, naturalmente irascible, a la regla de conducta de que
antes se ha hablado, como medio de alcanzar el perdn de sus propias
culpas, fcil es comprender por qu, si bien justamente enojada con
Cecilia porque llegaba tarde, y por otras muchas faltas anteriores, se
senta ms bien dispuesta a disculparla que a reirla. Despus, como
ella le vino con sus zalameras, en vez de hurtarle el cuerpo, esto la
sirvi de pretexto plausible para confirmarse en su propsito. En su
virtud, cambiando prontamente de tono y aspecto, se content con
preguntarle por segunda vez dnde haba estado.

--Yo? repiti la nia apoyando ambos codos en las rodillas de la abuela
y jugando con los escapularios que le pendan del pescuezo. Yo? En casa
de unas muchachas muy bonitas que me vieron pasar y me llamaron. All
estaba una seora gorda sentada en un silln, que me pregunt cmo me
llamaba yo, y cmo se llamaba mi madre, y quin era mi padre, y dnde
viva yo...

--Jess! Jess! exclam _sea_ Josefa persignndose.

--Ay! continu la chica sin parar mientes en la abuela. Qu gente tan
preguntona! Y no sabe su merced cmo una de las muchachas aquellas me
quera cortar el pelo para hacer una _cachucha_? S, seor. Pero yo me
zaf.

--Vea Vd. espritu maligno y por dnde trepa! volvi a exclamar la
abuela como si hablase consigo misma.

--Y si no es por un hombre, prosigui Cecilia, que estaba acostado en el
sof, y rega a las muchachas y les dijo que me dejaran quieta y luego
se fue para su cuarto bravsimo... Su merced no sabe quin es ese
hombre, abuelita? Yo lo he visto hablar con su merced algunas veces all
en Paula, cuando vamos a misa. S, s, l es, no me cabe duda. Y ahora
recuerdo que es el mismo que cada vez que me encuentra en la calle me
dice callejera, perdida, pilluela y muchas cosas. Ah! Y dice que
mandar a los soldados que me cojan y me lleven a la crcel. Qu s yo
cunto ms! Le tengo mucho miedo a ese hombre. Debe ser muy regan!

--Nia! Nia! exclam sordamente la anciana apartndola un poco de su
pecho y mirndola de un modo extrao y fijo, ms enojada que
sorprendida. Pero como si le ocurriese un grave pensamiento o un
doloroso recuerdo y entre amonestarla y aconsejarla, lo que acaso
equivala a alumbrarle aquello de que deba estar ignorante toda la
vida, su nimo triste luchase en un mar de dudas, con sorpresa de la
nieta sell de golpe sus labios. Poco a poco fue serenndose el pilago
alborotado: se desvanecieron una despus de la otra las nubes apiadas
en aquel horizonte naturalmente sombro; y volviendo a estrechar la nia
en sus desnudos brazos, aadi con toda la dulzura que pudo dar a su
voz, por naturaleza bronca, con toda la calma de que pudo revestir su
semblante:

--Cecilia! Hija de mi corazn, no vayas ms a esa casa.

--Por qu, mamita?

--Porque, contest la abuela como distrada, no s verdaderamente, mi
alma, no lo s, no podra decirlo si quisiera..., pero es claro y
constante, nia, que esa gente es muy mala.

--Mala! repiti Cecilia azorada, y me hicieron tantas caricias, y me
dieron dulces, y raso para zapatos? Si t supieras lo que me
chiquearon...!

--Pues no te fes, nia. T eres muy confiada y eso no est bien. Por lo
mismo que te chiquearon tanto debas de andar con cuatro ojos. Queran
atraerte para hacerte algn dao. Uno no puede decir de qu son capaces
las gentes. Tantas cosas suceden ahora que no se vean en mi tiempo...!
Cuando menos lo que procuraban era que te descuidaras, para coger unas
tijeras y tris! tumbarte el pelo. Sera una lstima, porque t lo
tienes muy hermoso. Adems, que ese pelo no te pertenece, sino a la
Virgen, que te salv de aquella grave enfermedad... Acurdate! Yo le
ofrec que si te ponas buena le dara tu cabellera para adornar su
efigie en Santa Catalina. No te fes te digo.

Esto diciendo, le coga la cabeza a la nieta entre ambas manos y le
desparramaba los copiosos rizos por la espalda y los hombros.

--S, replic Cecilia apretando los labios y levantando con aire de
desdn la frente, como yo soy tan boba para que me engaen as, as...

--Sin embargo, hija, lo mejor de los dados es no jugarlos. Yo bien s
que t eres una muchacha dcil y entendida; pero estoy cierta que no
conoces a esa gente. Mira, no les hagas caso; aunque se les seque el
gaote llamndote, no vayas a donde estn. Mas ahora que me acuerdo: lo
mejor es que ni por cien leguas te acerques por su rededores. Luego, ese
hombre que t misma dices que donde quiera que te topa te pone mala
cara. Sabe Dios quin ser! Aunque no debemos pensar mal de nadie, con
todo, como puede ser un santo puede ser un de... (Y se persign sin
concluir la palabra.) El Seor sea con nosotras. Adems, Cecilia, t
eres muy inocente, algo atolondrada, y en esa casa... T no lo sabes?
hay una bruja que se roba a las muchachas bonitas. Por milagro de su
Divina Majestad has escapado. T estuviste all por la tarde, no?

--Por la tardecita; todava no haban encendido las luces en las casas.

--Ay de ti si llegas a entrar de noche! Vamos, no vayas ms en tu vida
a esa casa, ni pases tampoco por la cuadra.

--Anj! Con que all vive tambin un muchacho ya grande, que a cada
rato lo topo por Santa Teresa con un libro debajo del brazo. Siempre que
me ve me quiere coger, me corre detrs y sabe mi nombre...

--Estudiante, perverso, como todos ellos. Cuando menos se le cay de las
uas al mismo Barrabs. Pero voy viendo que t tienes una cabecita dura
como una piedra, y que por ms que me afano en aconsejarte no consigo
nada. En efecto, quin ha visto que una nia tan linda como t se ande
azotando calles, con la chancleta arrastro y el pelo suelto y
desgreado, hasta las tantas ms cuantas de la noche? De quin aprendes
estas malas maas? Por qu no me has de hacer caso?

--Y Nemesia, la hija de _seo_ Pimienta el msico, no se est en la
calle hasta las diez? Antenoche nada menos la top en la plazuela del
Cristo jugando a la _lunita_ con una porcin de muchachos.

--Y t te quieres comparar con la hija de _seo_ Pimienta, que es una
pardita andrajosa, callejera, y mal criada? El da menos pensado traen a
esa espiritada, a su casa en una tabla con la cabeza partida en dos
pedazos. La cabra, hija, siempre tira al monte. T eres mejor nacida que
ella. Tu padre es un caballero blanco, y algn da has de ser rica y
andar en carruaje. Quin sabe? Pero Nemesia no ser nunca ms de lo que
es. Se casar, si se casa, con un mulato como ella, porque su padre
tiene ms de negro que de otra cosa. T, al contrario, eres casi blanca
y puedes aspirar a casarte con un blanco. Por qu no? De menos nos hizo
Dios. Y has de saber que blanco, aunque pobre, sirve para marido; negro
o mulato ni el buey de oro. Hablo por experiencia... Como que fui casada
dos veces... No recordemos cosas pasadas. Si t supieras lo que le
sucedi a una muchachita, cuasi de tu misma edad, por no hacer caso de
los consejos de una abuela suya, la cual le pronostic que si daba en
andar por las calles tarde de la noche le iba a suceder una gran
desgracia...

--Cuntemelo, cuntemelo, Chepilla, repiti la nia con la curiosidad de
tal.

--Pues, seor: una noche muy _escura_, en que soplaba el viento recio,
por cierto que era da de San Bartolom, en que, como ya te he dicho
otras veces, se suelta el diablo desde las tres de la tarde, estaba la
muchacha Narcisa, que ste era su nombre, sentada cantando bajito en el
quicio de piedra de su casa, mientras su abuela rezaba arrinconada
detrs de la ventana... Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Pues
seor, haban tocado nimas en el Espritu Santo, y como el viento haba
apagado los pocos faroles, las calles estaban muy _escuras_, silenciosas
y solitarias, como boca de lobo. Pues segn iba diciendo, la muchachita
cantaba y la vieja rezaba el rosario, cuando estando as, cate que se
oye tocar un violn por all en vuelta del ngel. Qu se figur la
Narcisa? Que era cosa de baile, y sin pedirle permiso a la abuela, sin
decir oste ni moste, ech a correr y no par hasta la loma. As que la
vieja acab de rezar, creyendo que su nieta estaba en la cama, segn era
natural, cerr la puerta.

--Y dej en la calle a la pobrecita? interrumpi Cecilia a la contadora
con muestras de ansiedad y lstima.

--Ahora vers. La viejecita, antes de acostarse, porque ya era tarde y
se caa del sueo, cogi una vela y fue al catre de la nieta para ver si
dorma. Figrate cul no se quedara ella que la amaba tanto, al
encontrarse con el catre vaco. Corri a la puerta de la calle, la
abri, llam a gritos a la nieta: Narcisa! Narcisa! Pero Narcisa no
responde. Ya se ve, cmo haba de responder la infeliz si el diablo se
la haba llevado?

--Cmo fue eso? pregunt azorada la nia.

--Yo te lo contar, prosigui _sea_ Chepa con calma, notando que
produca el efecto deseado su cuento de cuentos. Pues, seor, al llegar
Narcisa a las cinco esquinas del ngel, se le apareci un joven muy
galn, que le pregunt a dnde iba a aquella hora de la noche.--A ver un
baile, contest la inocente.--Yo te llevar, repuso el joven; y
cogindola por un brazo la sac a la muralla. Aunque era muy _escuro_,
repar Narcisa que segn iban andando el desconocido se pona prieto,
muy prieto, como carbn; que los pelos de la cabeza se le enderezaban
como lesnas; que al rer asomaba unos dientes tamaos como de cochino
jabal; que le nacan dos cuernos en la frente; que le arrastraba un
rabo peludo por el suelo, vamos, que echaba fuego por la boca como un
horno de hacer pan. Narcisa entonces dio un grito de horror y trat de
zafarse, pero la figura prieta le clav las uas en la garganta para que
no gritara, y, cargando con ella, se subi a la torre del ngel, que,
segn habrs reparado, no tiene cruz, y desde all la arroj en un pozo
hondsimo que se abri y volvi a cerrarse tragndosela en un instante.
Pues esto es, hija, lo que le sucede a las nias que no hacen caso de
los consejos de sus mayores.

Dio aqu fin a su cuento _sea_ Chepa y comenz la admiracin, el pavor
de Cecilia, la cual se puso a temblar de pies a cabeza y a dar diente
con diente, aunque sin cesar de bostezar, porque ms era el sueo que el
miedo; con lo que, dando traspis, se fue a la cama, que es a lo que
tiraba la astuta vieja. Muchos otros cuentos por el estilo le hizo a la
andariega muchacha; pero estamos seguros que no sac otro fruto con
ellos que llenar su cabeza de supersticiones y amilanar su espritu.
Ello es, que no por eso dej la chica de hacer su gusto, escapndose a
veces por la ventana, aprovechndose otras del momento en que la
enviaban a la taberna de la esquina inmediata, para andarse de calle en
calle y de plaza en plaza: cundo en pos de la incitativa msica de un
baile; cundo tras los tambores de los relevos; cundo de los carruajes
del entierro; cundo, en fin, de la turba muchachil que arrebata el
medio de plata en el bautizo.




CAPTULO IV

     _Traen el pensamiento_
     _Lleno de impudicia, y lo derraman_
     _En torpes mil escandalosas voces,_
     _Que inficionan el viento_
     _Y altamente publican lo que aman._

         GONZLEZ CARVAJAL


Cinco o seis aos despus de la poca a que nos hemos contrado en los
dos captulos anteriores, a fines del mes de setiembre, haba dado
principio el convento de la Merced a la serie de ferias con que hasta el
ao de 1832, acostumbraban a solemnizar en Cuba las fiestas titulares
religiosas, consagradas a los santos patrones de las iglesias y
conventos; novenarios coincidentes a veces con el circular del
Sacramento, introducido en el culto de Cuba desde los primeros aos del
siglo por el Seor Obispo Espada y Landa.

El novenario, de paso diremos, comenzaba nueve das anteriores a aqul
en que caa el del santo patrono, prolongndose hasta otros nueve, con
lo que se completaban dos novenas seguidas. Es decir, dieciocho das de
fiesta, religiosas y profanas, que tenan ms de grotescas y de
irreverentes que de devotas y de edificantes. En ese tiempo se deca
misa mayor con sermn por la maana y se cantaba salve a prima noche
dentro de la iglesia, con procesin por la calle el da del santo.

Fuera del templo haba lo que se entenda por feria en Cuba, que se
reduca a la acumulacin en la plazuela o en las calles inmediatas, de
innumerables puestos ambulantes, consistentes en una mesa o tablero de
tijeras, cubiertos con un toldo y alumbrados por uno o ms candiles de
quemar grasa, donde se venda, no ciertamente artculo alguno de
industria o comercio del pas, ni producto del suelo, caza, ave ni
ganado, sino meramente baratijas de escassimo valor, confituras de
varias clases, tortas, obra de masa, avellanas, alcorza, agua de Loja y
ponche de leche. Aquello no era feriar en el sentido recto de la
palabra.

Pero esto no era por cierto el rasgo ms notable de nuestras fiestas
circulares. Haba en el espectculo algo que se haca notable por
demasiado grosero y procaz. Nos contraemos ahora a los juegos de envite
y de manos que hacan parte de la feria y que provocaban con sus
estupendas, aunque mentirosas ganancias, la codicia de los incautos. Los
dirigan y ejecutaban en su mayora hombres de color y de la peor ralea.
Si bien groseros los artificios, no dejaban de engaar a muchos que se
daban por muy avisados. Estos tenan lugar en la plazuela o en la calle,
a la luz mortecina de los candiles o de los faroles de papel, y tomaban
en ellos parte gentes de todas clases, condiciones, edades y sexos. Para
las de alta posicin social, queremos decir, para los blancos, haba
algo ms decente, haba la casa de bailes, donde un Farruco, un Brito,
un Illas o un Marqus de Casa Calvo tenan puesta la banca o juego del
monte desde el oscurecer hasta pasada la media noche, mientras duraban
los dieciocho das de la feria.

Procurbase que la casa o casas de bailes estuviesen lo ms vecino que
se pudiera a la parroquia o convento en que se celebraba el novenario.
En la sala se bailaba, en el comedor tocaba la orquesta, y en el patio
se jugaba al juego conocido por del monte. La mesa era larga y angosta,
para que cupiesen los ms de los jugadores sentados a ambos lados, el
tallador a una cabeza y en la otra su ayudante, que dicen gurrupi. Para
la proteccin de los jugadores y de los naipes, en caso de lluvia,
frecuentes en el otoo, se tenda un toldo del alero de la casa al
caballete de la tapia divisoria de la vecina. No todos los tahures, para
vergenza nuestra sea dicho, eran del sexo fuerte, hombres ya maduros,
ni de la clase lega, que en el grupo apiado y afanoso de los que
arriesgaban a la suerte de una carta, quizs el sustento de su familia
el da siguiente, o el honor de la esposa, de la hija o de la hermana,
poda echarse de ver una dama ms ocupada del albur que de su propio
decoro, o un mozo todava imberbe, o un fraile mercenario en sus hbitos
de estamea color de pajuela, con el sombrero de ala ancha encasquetado,
las cuentas del largo rosario entre el ndice y el pulgar de la mano
izquierda, y la derecha ocupada en colocar la moneda de oro o plata en
el punto que ms se daba, perdiendo o ganando siempre con la misma
serenidad de nimo que de semblante.

El banquero, para llamarle por su nombre ms decente, era quien haca el
gasto del alquiler de la casa, el de la msica y el de las velas de
esperma con que se alumbraban la sala de baile, el comedor y la mesa del
juego. Todo esto se haca para atraer a los jugadores. La entrada, por
supuesto, era libre, aunque el bastonero, que tambin tiraba sueldo, no
admita toda clase de persona. En aquella poca corra mucho la moneda
fuerte, los duros espaoles y las onzas de oro. La plata menuda
escaseaba, y era cosa de or el continuo retintn de los pesotes
columnarios y sonoras onzas, que maquinalmente dejaban caer los tahures
de una mano a otra o sobre la mesa, como para distraer el pensamiento y
de algn modo interrumpir el solemne silencio del azaroso juego.

Que nada de lo que aqu se traza a grandes rasgos estaba prohibido o no
ms que tolerado por las autoridades constituidas, se desprende
claramente del hecho de que los garitos en Cuba pagaban una
contribucin al gobierno para supuestos objetos de caridad. Qu ms? La
publicidad con que se jugaba al monte en todas partes de la Isla
principalmente durante la ltima poca del mando del capitn general don
Francisco Dionisio Vives, anunciaba, a no dejar duda, que la poltica de
ste o de su gobierno se basaba en el principio maquiavlico de
corromper para dominar, copiando el otro clebre del estadista romano:
_divide et impera_. Porque equivala a dividir los nimos, el
corromperlos, cosa que no viese el pueblo su propia miseria y su
degradacin.

Pero esta digresin, por ms necesaria que fuese, nos ha desviado un
tanto del punto objetivo de la presente historia. Nuestra atencin la
atraa por completo un baile de la clase baja que se daba en el recinto
de la ciudad por la parte que mira al Sur. La casa donde tena efecto,
ofreca run apariencia, no ya por su fachada gacha y sucia, como por el
sitio en que se hallaba, el cual no era otro que el de la garita de San
Jos, opuesto a la muralla, en una calle honda y pedregosa. Aunque de
puerta ancha con postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba por
zagun, pues abra derecho a la sala. Tras sta vena el comedor con el
correspondiente tinajero, armazn piramidal de cedro, en que persianas
menudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barrigona,
los bcaros, de una especie de _terra cotta_ y las plidas alcarrazas de
Valencia, en Espaa. Al comedor dicho daba la puerta lateral del primer
aposento, ocupado en su mayor parte por dos rdenes de sillones de
vaqueta colorada, una cama con colgaduras de muselina blanca y un
armario, al que dicen en La Habana escaparate. Otros cuartos seguan a
se, atestados de muebles ordinarios, y paralelo a ellos un patio largo
y angosto, tambin obstruido en parte por el brocal alto de un pozo
cuyas aguas salobres divida con la casa contigua, terminando cuartos y
patio en una saleta atravesada y exenta.

En esta ltima se hallaba una mesa de regular tamao, ya vestida y
preparada con cubiertos como para hasta diez personas; algunos refrescos
y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces, confituras, panetelas
cubiertas, suspiros, merengues, un jamn adornado con lazos de cintas y
papel picado, y un gran pescado, nadando casi en una salsa espesa de
fuerte condimento. En la sala haba muchas sillas ordinarias de madera
arrimadas a las paredes, y a la derecha, como se entra de la calle, un
canap, con varios atriles de pie derecho por delante. Aqul, a la sazn
que principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatos
msicos, tres violines, un contrabajo, un flautn, un par de timbales y
un clarinete. El ltimo de los instrumentos aqu mencionados se hallaba
a cargo de un mulato joven, bien plantado y no mal parecido de rostro,
quien, no obstante sus pocos aos, diriga aquella pequea orquesta.

Ese se vea de pie a la cabeza del canap por el lado de la calle. Sus
compaeros, casi todos mayores que l, le decan Pimienta, y ya fuese un
sobrenombre, ya su verdadero apellido, por ste lo designaremos de aqu
adelante. Su mirada distrada y aun sombra, no se apartaba de la puerta
de la calle, como si esperase algo o a alguien, en los momentos de que
hablamos ahora.

Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor cuadrado, se
vea asediada de una multitud de curiosos de todas edades y condiciones,
que apenas permitan acceso a la sala a las mujeres y hombres con
derecho o voluntad de entrar. Y decimos con derecho o voluntad porque
nadie presentaba papeleta, ni haba bastonero que recibiese o
aposentase. El baile, conocidamente era uno de los que, sin que sepamos
su origen, llamaban _cuna_ en La Habana. Slo sabemos que se daban en
tiempo de ferias, que en ellos tenan entrada franca los individuos de
ambos sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco a los
jvenes blancos que solan honrarlos con su presencia. El hecho, sin
embargo, de tenerse preparado en el interior un buen refresco, prueba,
que si aquella era una _cuna_ en el sentido lato de la palabra, parte al
menos de la concurrencia haba recibido previa invitacin o esperaba ser
bien recibida. As era en efecto la verdad. La ama de la casa, mulata
rica y rumbosa, llamada Mercedes, celebraba su santo en unin de sus
amigos particulares, y abra las puertas para que disfrutaran del baile
los aficionados a esta diversin y contribuyeran con su presencia al
mayor lustre e inters de la reunin.

Seran las ocho de la noche. Desde por la tarde haban estado cayendo
los primeros chubascos de otoo, y aunque haban suspendido hacia el
oscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando las calles
intransitables, no haban refrescado la atmsfera. Lejos de ello, haba
quedado tan saturada de humedad, que se adhera a la piel y herva en
los poros. Pero no eran estos inconvenientes para los curiosos que,
segn hemos dicho antes, asediaban la puerta y la ventana, hasta llenar
casi la mitad de la angosta y torcida calle; ni para los concurrentes al
baile, que a medida que avanzaba la noche llegaban en mayor nmero, unos
a pie, otros en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era un
hervidero de cabezas humanas; las mujeres sentadas en las sillas del
rededor y los hombres de pie en medio, formando grupo compacto, todos
con los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresala, de
seguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de una vigueta
por tres cadenas de cobre, en que arda la nica vela de esperma para
alumbrar a medias aquella tan extraa como heterognea multitud.

Bastante era el nmero de negras y mulatas que haban entrado, en su
mayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres de la misma clase,
cuya concurrencia superaba a la de las mujeres, no vestan con mejor
gusto, aunque casi todos llevaban casaca de pao y chaleco de piqu, los
menos chupa de lienzo, dril o Arabia, que entonces se usaban
generalmente, y sombrero de pao. No escaseaban tampoco los jvenes
criollos de familias decentes y acomodadas, los cuales sin empacho se
rozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversin ms
caracterstica, unos por mera aficin y otros movidos por motivos de
menos puro origen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no se
recataban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por el
desembarazo con que se detenan en la sala de baile y dirigan la
palabra a sus conocidas o amigas, a ciencia y presencia de aqullas que,
mudas espectadoras, los vean desde la ventana de la casa.

Distinguase entre los jvenes dichos antes, as por su varonil belleza
de rostro y formas, como por sus maneras joviales, uno a quien sus
compaeros decan Leonardo. Vesta pantaln y chupa de dril crudo con
listas rosadas, chaleco blanco de piqu, corbata de seda ajustada al
cuello por un anillo de oro y las puntas sueltas, sombrero de yarey, tan
fino que pareca hecho de holn Cambray, calcetn de seda de color de
carne y zapato bajo con hebillita de oro al lado. Por debajo del
chaleco, asomaba una cinta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y
sujetas las puntas con una hebilla tambin de oro. Esta serva de cadena
al reloj en el bolsillo del pantaln. Haba all otro hombre que se
distingua ms si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, esto
es, por lo que diferan a su opinin y se rean de sus chocarreras los
negros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mujeres,
sobre todas al ama de la casa. Frisaba ya en los cuarenta aos de edad
ese sujeto, no tena pelo de barba, era blanco de rostro, con ojos
grandes y alocados, la nariz larga, roja hacia la punta, indicio de su
poca sobriedad, la boca grande, ms expresiva. Portaba siempre debajo
del brazo izquierdo una caa de Indias con puo de oro y borlas de seda
negra. Le acompaaba a todas partes, como la sombra al cuerpo, un
hombre de facha ordinaria, notable por la estrechez de la frente, por
sus movibles y ardientes ojicos, y, sobre todo, por sus enormes patillas
negras, que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleo
que desempeaba entonces, pues el otro a quien segua era nada menos que
Cantalapiedra, comisario del barrio del ngel, el cual abandonaba por
andarse tras la tentadora cuna.

Rato haca que la msica tocaba las sentimentales y bulliciosas
contradanzas cubanas, aunque todava el baile, para valernos de la frase
vulgar, no se haba rompido. Acomodaba afanosa el ama de la casa a sus
amigas particulares y de ms edad en los sillones del aposento, para que
a salvo de las pisadas y tropiezos pudiesen gozar de la fiesta al mismo
tiempo que no perder de vista a los objetos o de su cuidado, o de su
cario, que como jvenes quedaban en la sala. Pimienta, el clarinete, se
mantena en pie a la cabeza de la orquesta, tocando su instrumento
favorito, casi de frente para la calle, cual si no hubiese entrado an
la persona digna de su msica, o quisiera ser el primero en verla
entrar. Pareca, sin embargo, intil este cuidado, por cuanto no entraba
hombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A todos estos
saludos contestaba l invariablemente con un movimiento de cabeza, si se
excepta que cuando le toc su vez al capitn Cantalapiedra, quien con
su acostumbrada familiaridad le puso la mano en el hombro y le habl en
secreto, contest quitndose el instrumento de la boca:--As parece, mi
capitn.

Poda advertirse que cada vez que entraba una mujer notable por alguna
circunstancia, los violines, sin duda para hacerle honor, apretaban los
arcos, el flautn o requinto perforaba los odos con los sones agudos de
su instrumento, el timbalero repiqueteaba que era un primor, el
contrabajo, manejado por el despus clebre Brindis,[7] se haca un
arco con su cuerpo y sacaba los bajos ms profundos imaginables, y el
clarinete ejecutaba las ms difciles y melodiosas variaciones. Aquellos
hombres, es innegable, se inspiraban, y la contradanza cubana, creacin
suya, aun con tan pequea orquesta, no perda un pice de su gracia
picante ni de su carcter profundamente malicioso-sentimental.




CAPTULO V

     _--Habis visto en vuestra vida_
     _Mujer ms airosa?_
                        _--No._
     _Ni al Parque jams sali_
     _Ms aseada y bien prendida_

         CALDERN

     Maanas de Abril y Mayo


Despus de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra se
entr de rondn en el aposento, y en son de broma le tap por detrs los
ojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobre
la cama para depositar la _manta_ de una de sus amigas que acababa de
entrar de la calle. La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era una
mulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y pico
cumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo
por detrs, no se cort ni turb por eso; antes por un movimiento
natural acudi con entrambas manos a tentar las del que la impeda ver,
y sin ms dilacin dijo:--Este no puede ser otro que Cantalapiedra.

--Cmo me conociste, mulata? pregunt l.

--Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.

--El aquel mo o tuyo?

--El de los dos, seor, para que no haya disgusto.

Tras lo cual el comisario la atrajo a s suavemente por la cintura con
el brazo derecho y le dijo una cosa al pao que la hizo rer mucho;
aunque, apartndole con ambas manos, repuso:

--Quite all, lisonjero. La que trastorna el juicio est al caer. Ya yo
ya... Ctela Vd.

Si con estas ltimas palabras aluda la Ayala a una de las dos muchachas
que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso carruaje a la puerta de
la casa, hecho anunciado por el movimiento general de cabezas de dentro
y fuera de ella, no cabe duda que tena sobrada razn. No la haba ms
hermosa ni ms capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era
la ms alta y esbelta de las dos, la que tom la delantera al descender
del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo con un
mulato que sali a recibirla al estribo, y la que, as por la
regularidad de sus facciones y simetra de sus formas, por lo estrecho
del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la
expresin amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado,
bien poda pasar por la Venus de la raza hbrida etipico-caucsica.
Vesta traje de punto ilusin sobre viso de raso blanco, mangas cortas
con ahuecadores, que las hacan parecer dos globos pequeos, banda de
cinta ancha encarnada a travs del pecho, guantes de seda largos hasta
el codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blanca
de marab con flores naturales, las que, con el pelo hecho un rodete
bajo y un orden de rizos de sien a sien, por detrs, daban a su cabeza
el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que es lo que ella o
su peluquero se haba propuesto contrahacer. La compaera iba vestida y
peinada con poco ms o menos como ella, pero no siendo ni con mucho tan
esbelta y bella, no atrajo tanto la atencin.

Volvanse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le abran paso,
le decan alguna lisonja o chocarrera, y en un instante el rumor sordo
de:--La _Virgencita de bronce, la Virgencita de bronce_, recorri de un
extremo a otro la casa del baile. Que la reina de ste acababa de
presentarse, sin la orquesta, dieron de ello claras muestras la
animacin y el movimiento difundidos por todas partes. Al pasar ella por
junto al clarinete Pimienta, le toc con el abanico en el brazo,
acompaando la accin con una sonrisa, que fueron parte para que el
artista, que por lo visto esperaba aquel instante con ansia devoradora,
sacara de su instrumento las melodas ms extraas y sensibles, cual si
la musa de sus sueos platnicos hubiese bajado a la tierra y adoptado
la forma de una mujer slo para inspirarle. Puede decirse en resumen que
el golpe del abanico surti en el msico el efecto de una descarga
elctrica cuya sensacin, si es dable expresarlo as, poda leerse lo
mismo en su rostro que en todo su cuerpo, desde el cabello a la planta.
No se cruzaron palabras entre ellos, por supuesto, ni parecan
necesarias tampoco, al menos por lo que a l tocaba, pues el lenguaje de
sus ojos y de su msica era el ms elocuente que poda emplear ser
alguno sensible, para expresar la vehemencia de su amorosa pasin.

Tambin le toc con su abanico y se sonri con Pimienta la compaera de
la llamada _Virgencita de bronce_ pero el menos observador pudo advertir
que el toque y la sonrisa de la una no tuvieron sobre l, ni con mucho,
la influencia mgica de los de la otra. Al contrario, sus miradas se
encontraron con natural y sereno movimiento, por donde era fcil colegir
que haba inteligencia entre ella y el msico, pero aquella inteligencia
que tiene por origen la amistad o el parentesco, no el amor. Sea de esto
lo que se fuere, Pimienta sigui con la vista a las dos muchachas, en
cuanto se lo permitan las gentes, hasta que entraron en el primer
aposento, por la puerta del comedor, entonces ces de tocar y par la
msica.

Los jvenes blancos, con Cantalapiedra a su cabeza, se haban situado al
fin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicacin, para hallarse a
la mira, lo mismo de las mujeres que entraban de la calle, como de las
que salan a bailar en la sala. El que llamaban Leonardo, no bien not
la aproximacin del carruaje en que llegaban las dos muchachas arriba
mencionadas, se abri camino a la calle con alguna dificultad, y se
dirigi derecho al calesero, al cual le habl en baja voz. Este, para
orlo, se inclin desde la silla del caballo que montaba, se quit el
sombrero en seal de respeto, y diciendo,--s, seor,--al punto ech a
escape con el carruaje la vuelta del hospital de mujeres de Paula.

Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto, la ms hermosa
pregunt a su amiga en tono de voz que pudieron or algunos de los
circunstantes:

--Lo has visto, Nene?

--Te ciega el amor? contest la compaera con otra pregunta.

--No es eso, china, sino que no lo he visto. Qu quieres?

--Pues por tu lado pas como un reguilete, cuando nosotras entrbamos.

Con esto la otra ech una rpida ojeada en torno del grupo de cabezas
que la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afn de verla a su
sabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda que sus ojos no
tropezaron con los del individuo, cuyo nombre ninguna de las dos
mencion, porque torci el ceo y dio claras muestras de su desazn.
Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus palabras y observando su
semblante, dijo: Cmo! Qu, no me ves? Aqu me tienes, cielo!

La joven hizo un mohn muy sonoro y no replic palabra. Por el
contrario, Nemesia, que se pereca por los dimes y diretes, contest con
ms viveza que gracia:

--Ah se poda estar el seor toda la vida. _Naide_ preguntaba por el
seor.

--Ni yo hablaba contigo, poca sal.

--Ni se necesita, cristiano.

--Qu lengua, qu lengua! repiti el comisario.

Todo esto pas en un instante, sin volver atrs la cara las muchachas,
ni pararse a conversar, sino el tiempo necesario para que los hombres
les abrieran paso. Ya en la puerta del aposento, la Ayala recibi a sus
amigas con los brazos abiertos y muchas demostraciones de alegra y de
cario. Y ya fuese por cumplimiento, ya porque as en efecto lo senta,
dijo casi a gritos:--Por ustedes se aguardaba para romper el baile.
Cmo est Chepilla? continu hablando con la ms joven. No ha venido?
Empezaba a creer que haba habido novedad.

--Por poco no vengo, contest la preguntada. Chepilla no se senta
buena, y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrn esper por
nosotras media hora por lo menos.

--Ms vale que no haya venido, continu la Mercedes. Porque la cosa va a
durar hasta el alba y ella no podra resistir. Denme sus _mantas_.

Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tard en
presentarse en el aposento ocupado por las matronas un mulato alto,
calvo, algo entrado en aos, aunque robusto, quien plantndose delante
de la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca y con los brazos levantados:

--Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.

--Pues, hermano, a la otra puerta, que aqu no es, repuso la Ayala con
mucha risa.

--No hay que venirme con sas, seora, porque yo soy porfiado. Adems,
que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper el
baile; con ms que es su natalicio.

--Eso sera bueno si no hubiera en esta selecta reunin muchachas
bonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria en
todas partes.

--Ya se ve, agreg el calvo, que no faltan esta noche en tan selecta
reunin muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, que
concurre tambin en el ama de la casa, no les da derecho a romper el
baile. Hoy en el da de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa,
donde celebramos tan fausto da, y es Vd. la gracia y la sal del mundo.
He dicho algo? concluy recorriendo con la vista los circunstantes en
busca de su aprobacin.

Todos, que ms que menos, ya con palabras, ya con la accin,
manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse en
pie, y mal su grado seguir al compaero a la sala. Por entonces ya
haban despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en el
centro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadr de
frente para la orquesta, a la cual mand en tono imperioso que tocase un
minu de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en la
poca de que hablamos; pero por ser propio de seores o gente principal,
la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a sus
fiestas.

Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de la
mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera los
circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin ms demora,
comenz de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificacin tan
especial y peregrina de la danza espaola, que apenas deja descubrir su
origen. Uno de tantos presentes se arrest a invitar a la joven de la
pluma blanca, como si dijramos, a la musa de aquella fiesta, y ella,
sin hacerse de rogar ni poner ningn reparo, acept de plano la
invitacin. Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puesto
en las filas de la danza, se le escap a una de las mujeres la siguiente
audible exclamacin:

--Qu linda! Dios la guarde y la bendiga.

--El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agreg otra.

--Cmo! Que muri la madre de esa nia? pregunt muy azorada una
tercera.

--Toma! Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habl en
segundo lugar. Pues no oy Vd. decir que haba muerto de resultas de
haber perdido a su hija a los pocos das de nacida?

--No entiendo cmo la perdi si vive.

--No me ha dejado Vd. explicar, _sea_ Caridad. Perdi a su hija a los
pocos das de nacida porque se la quitaron cuando menos lo esperaba. Hay
quien diga que la abuela, para ponerla en la Real Casa Cuna y hacerla
pasar por blanca; hay quien diga que la abuela no fue la ladrona, sino
el padre de la muchacha, que era un caballero de muchas campanillas y ya
se haba arrepentido de sus tratos y contratos con la madre. Esta perdi
junto con la hija el juicio, y cuando le volvieron la hija, por consejo
de los mdicos, ya fue tarde, porque si recobr el juicio, que hay quien
lo duda, no recobr la salud, y muri en Paula.

--Ha contado Vd. una historia, _sea_ Trinidad, dijo pasito la Ayala con
sonrisa de incredulidad a la mulata que acababa de hablar.

--Hija, replic la Trinidad alto, como me la contaron la cuento; ni
quito ni pongo de mi caudal.

--Pues segn mis informes, que son de buena tinta, continu la Ayala,
Vd. o la que le cont la historia aadi mucho de su propio caudal. Lo
digo porque no se sabe de cierto si la madre de la nia sta vive o
muere; lo nico que est bien averiguado es que la abuela oculta a la
nieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo o
conocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguindole
los pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece que
ese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con la
infeliz Rosarito Alarcn, no halla otro medio de expiar su culpa que
seguir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina, para ver si la
liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando.
Como que as as se le cortan las alas al pjaro que una vez emprendi
el vuelo.

--Pero se puede saber, pregunt la que dijeron Caridad, quin es el
seorn de que se trata? Porque aqu tiene Vd. una persona que no lo
conoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.

--Como s lo que es una curiosidad no satisfecha, _sea_ Caridad, voy a
sacarla de dudas, dijo la Ayala acercndose. Creo que hablo con una
mujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto.
Apuradamente no tengo por qu andar con tapujos a estas horas. Sepa que
el hombre es...; y ponindole ambas manos en los hombros a la curiosa,
le comunic en secreto el nombre del individuo. Lo conoce Vd. ahora?
concluy preguntando la Ayala.

--Por supuesto que s, contest _sea_ Caridad. Como a mis manos. Lo ms
que yo conoca. Por cierto que...; pero cllate, lengua.

Seran las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile.
Bailbase con furor. Decimos con furor porque no encontramos trmino que
pinte ms al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrndolos
muellemente junto con el cuerpo al comps de la msica; aquel revolverse
y estrujarse en medio de la apiada multitud de bailadores y mirones, y
aquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido
de la orquesta con sus estrepitosos timbales, poda orse, en perfecto
tiempo con la msica, el montono y continuo chis, chas de los pies; sin
cuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el comps
con exacta medida en la danza criolla.

En la poca a que nos referimos, estaban en boga las contradanzas de
figuras, algunas difciles y complicadas, tanto que era preciso
aprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas, pues se
expona a la risa del pblico el que las equivocaba, equivocacin a que
decan _perderse_. Aquel que se colocaba a la cabeza de la danza pona
la figura, y las dems parejas deban ejecutarla o retirarse de las
filas. En todas las _cunas_ generalmente haba algn maestro a quien
cedan o se tomaba el derecho de _poner la figura_, la misma que al
volver a la cabeza de la danza la cambiaba a su antojo. El que ms raras
y complicadas figuras pona, ms crdito ganaba de excelente bailador, y
se tena a honra entre las mujeres el ser su compaera o pareja. Con el
maestro _per se_, fuera de esa distincin, que se disputaba a veces,
haba la seguridad de no _perderse_, ni verse en la triste necesidad de
sentarse, sin haber bailado, despus de haberse colocado en las filas de
la danza.

En la noche en cuestin, bailaba el maestro con Nemesia, la amiga
predilecta de la joven de la pluma blanca. Haba l puesto muchas y muy
raras figuras, dejando conocidamente para lo ltimo la ms difcil y
complicada. La segunda, tercera, cuarta y quinta parejas salieron
airosas de la prueba, ejecutando la figura con los mismos enlaces,
desenlaces y actitudes del maestro; pero no obstante el espacio que tuvo
para estudiarla y aprenderla el compaero de la apellidada _Virgencita
de bronce_, pues ocupaba en las filas el sexto lugar, a medida que se
acercaba su turno, creca su ansiedad y volva el rostro hacia los
msicos, en ademn suplicatorio, como esperando que adivinaran su
aprieto y parasen la msica. Aquella inquietud se comunic a la
muchacha, la cual conoci que iba a pasar por la vergenza de tener que
sentarse en lo ms animado y divertido de la danza. El temor lleg a
dominar todo su ser, ponindola plida y nerviosa. Lo que pasaba en el
nimo de esa pareja no tard en hacerse visible a los ojos de las dems
parejas y de muchos de los espectadores del baile.

La idea no ms de que la hasta all reina de la _cuna_ poda verse
obligada a retirarse, antes de tiempo, de las filas, haba llenado de
cruel y envidioso regocijo a las otras muchachas a quienes haban
mortificado sobre manera las preferencias y pblicos elogios que de
ella hacan los hombres desde el momento de su entrada en el baile. En
aquellas crticas circunstancias, Pimienta, que no la haba perdido
tampoco un punto de vista en medio de sus caprichosos giros y del
tumulto de la danza, comprendi al vuelo lo que pasaba, y sin advertir a
nadie de su intento, par la msica de golpe. Respir con desahogo el
compaero de la joven, y sta pag con una sonrisa celestial aquel
socorro tan a tiempo del director de la orquesta.




CAPTULO VI

     _Y del tumulto indiscreto_
     _Que ardiente en su torno gira,_
     _Ninguno le dijo: "mira,_
     _Aqul te adora en secreto._
     _Que oyendo y vindote est"._

         RAMN DE PALMA

     Quince de Agosto


Habr comprendido ya el discreto lector, que la _Virgencita de bronce_
de las anteriores pginas no es otra que Cecilia Valds, la misma
jovenzuela andariega que procuramos darle a conocer al principio de esta
verdica historia. Hallbase, pues, en la flor de su juventud y de su
belleza, y empezaba a recoger el idlatra tributo que a esas dos
deidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual y desmoralizado.
Cuando se recuerde la descuidada crianza y se una a esto la soez
galantera que con ella usaban los hombres, por lo mismo que era de la
raza hbrida e inferior, se formar cualquier idea aproximada de su
orgullo y vanidad, mviles secretos de su carcter imperioso. As es
que, sin vergenza ni reparo, a menudo manifestaba sus preferencias por
los hombres de la raza blanca y superior, como que de ellos es de
quienes poda esperar distincin y goces, con cuyo motivo sola decir a
boca llena,--que en verbo de mulato slo quera las _mantas_ de
seda[8], de negro slo los ojos y el cabello.

Fcil es de creer, que una opinin tan francamente emitida como
contraria a las aspiraciones de los hombres de las dos clases
ltimamente mencionadas, no les hara buena sangre, segn suele decirse.
Con todo eso, bien porque no se creyese sincera a su autora cuando la
expresaba, bien porque se esperaba que hiciera una excepcin, bien
porque siendo tan bella era imposible verla sin amarla, lo cierto es que
ms de un mulato estaba perdido de amores por ella, sobre todos
Pimienta, el msico, como habr podido advertirse. Este tal gozaba la
inapreciable ventaja sobre los dems pretendientes, de ser hermano de la
amiga ntima y compaera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivo
poda verla a menudo, tratarla con intimidad, hacrsele necesario y
ganar tal vez su rebelde corazn a fuerza de devocin y de constancia.
A quin no ha halagado en su vida esperanza ms efmera? De todos
modos, l siempre tena presente aquel canto popular de los poetas
espaoles, que principia:--Labra el agua sin ser dura, un mrmol
endurecido,--y puede decirse, en honor de la verdad, que Cecilia le
distingua entre los hombres de su clase que se le acercaban a
celebrarla, si bien semejante distincin, hasta la fecha presente, no
haba pasado de uno que otro rasgo de amabilidad con un hombre por otra
parte muy amable, corts y atento con las mujeres.

Acabada la danza, se inund de nuevo la sala y comenzaron a formarse los
grupos en torno de la mujer preferida por bella, por amable o por
coqueta. Pero en medio de la aparente confusin que entonces reinaba en
aquella casa, poda observar cualquiera que, al menos entre los hombres
de color y los blancos, se hallaba establecida una lnea divisoria que,
tcitamente y al parecer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte.
Verdad es que unos y otros se entregaban al goce del momento con tal
ahinco, que no es mucho de extraar olvidaran por entonces sus mutuos
celos y odio mutuo. Adems de eso, los blancos no abandonaron el comedor
y aposento principal, a cuyas piezas acudan las mulatas que con ellos
tenan amistad, o cualquier otro gnero de relacin, o deseaban tenerla;
lo cual no era ni nuevo ni extrao, atendida su marcada predileccin.
Cecilia y Nemesia, por uno u otro de estos motivos, o por su estrecha
amistad con el ama de la casa, no bien concluy la danza se fueron
derecho al aposento y ocuparon asiento detrs de las matronas hacia el
comedor. All, sin ms dilacin, se form el grupo de los jvenes
blancos, porque, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las ms
interesantes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo, sin
disputa que eran tres: el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y su
amigo ntimo el joven conocido por Leonardo. Este ltimo tena apoyada
la mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocupada por
Cecilia, quien, por casualidad o a posta, le estruj los dedos con la
espalda.

--As trata Vd. a sus amigos? Le dijo Leonardo sin retirar la mano,
aunque le escoca bastante.

Contentose Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos cual si la
palabra amigo sonase mal en quien deba saber que era tratado como
enemigo.

--Esa nia est hoy muy desdeosa, dijo Cantalapiedra, que not la
accin y la mirada.

--Y cundo no? dijo Nemesia sin volver la cara.

--Nadie te ha dado vela en este entierro, repuso el comisario.

--Y al seor quin se la ha dado? agreg Nemesia mirndole entonces de
reojo.

--A m? Leonardo.

--Pues a m, Cecilia.

--No hagas caso, mujer, dijo esta ltima a su amiga.

--Si no fuera por qu... yo te pona ms suave que un guante, aadi
Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia.

No ha nacido todava, dijo ella, el que me ha de hacer doblar el cocote.

--Tienes esta noche palabras de poco vivir, le dijo entonces Leonardo,
inclinndose hasta ponerle la boca en el odo.

--Me la debe Vd. y me la ha de pagar, le contest ella en el propio tono
y con gran rapidez.

--Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi padre.

--Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Slo s que Vd. me ha desairado
esta noche.

--Yo...? Vida ma...

En aquella misma sazn se acerc Pimienta por la puerta de la sala
saludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se puso al alcance
de Cecilia sta le ech mano del brazo derecho con desacostumbrada
familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire volubles:--Oiga! Qu
bien cumple un hombre su palabra empeada!

--Nia--contest con solemne tono, aunque acaso no era para tanto--Jos
Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.

--Lo cierto es que la contradanza prometida an no se ha tocado.

--Se tocar, Virgencita, se tocar, porque es preciso que sepa que a su
tiempo se maduran las uvas.

--La esperaba en la primera danza.

--Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la primera, sino
en la segunda danza, y la ma no deba salir de la regla.

--Qu nombre le ha puesto? pregunt Cecilia.

--El que se merece por todos estilos la nia a quien va dedicada:
_Caramelo vendo_.

--Ah! Esa no soy yo por cierto, dijo la joven corrida.

--Quin sabe, nia! Qu tarde vinieron! agreg hablando con su hermana
Nemesia.

--No me digas nada, Jos Dolores, repuso sta. Cost Dios y ayuda
persuadir a Chepilla el que nos dejase venir solas, porque lo que es
ella no poda acompaarnos. Consinti a lo ltimo porque vinimos en
quitrn. Y an as, (para aadir estas palabras mir a Cecilia como
consultando su semblante), si no tomamos la determinacin de meternos en
l, nos quedamos... Chepilla se puso furiosa en cuanto que se asom a la
puerta y conoci...

--Chepilla no se puso _brava_ por nada de eso, mujer; interrumpi
Cecilia con gran viveza a su amiga. No quera que vinisemos porque la
noche estaba muy mala para baile. Y tena mucha razn, slo que yo haba
dado mi palabra...

Por prudencia o por cualquier otro motivo, Pimienta se alej de all sin
aguardar a ms explicaciones. No sucedi lo mismo con Cantalapiedra, que
era hombre curioso si los hay, por lo que con sonrisa maliciosa le
pregunt a Nemesia:--Se puede saber por qu la Chepilla se puso furiosa
luego que reconoci el quitrn en que ustedes vinieron al baile?

--Como que yo no soy bal de _naiden_, contest la Nemesia prontamente,
dir la verdad. (Cecilia le peg un pellizco, pero ella acab la frase.)
Claro, porque conoci que el quitrn era del caballero Leonardo.

Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los dems presentes al
alcance de las palabras de Nemesia, se concentraron en el individuo que
ella haba nombrado, y aqul, tocndole en el hombro, le dijo:

--Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje a dos reales
mozas como stas en noche tan fea, no es motivo para que nadie sospeche
malas intenciones de un caballero.

--Ese quitrn, lo mismo que el corazn de su dueo, repuso Leonardo sin
cortarse, estn siempre a la orden de las bellas.

Sala entonces Pimienta por la puerta del comedor y oy distintamente
las palabras del joven blanco, convencindole, desde luego, de quin era
el quitrn en que Cecilia y su hermana Nemesia haban venido al baile.
El desengao le hiri en lo ms vivo del alma; por lo que echando una
mirada triste al grupo de jvenes blancos, de seguidas pas a la sala
donde, despus de armar el clarinete, toc algunos registros a fin de
que entendieran sus compaeros que era tiempo de que se reuniera de
nuevo la orquesta. Afinados los instrumentos, sin ms dilacin rompi la
msica con una contradanza nueva, que a los pocos compases no pudo menos
de llamar la atencin general y arrancar una salva de aplausos, no slo
porque la pieza era buena, sino porque los oyentes eran conocedores;
aserto ste que creern sin esfuerzo los que sepan cun organizada para
la msica nace la gente de color. Se repitieron los aplausos luego que
se dijo el ttulo de la contradanza, _Caramelo vendo_, y a quin estaba
dedicada, a la _Virgencita de bronce_. De paso puede aadirse que la
fortuna de aquella pieza fue la ms notable de las de su especie y
poca, porque despus de recorrer los bailes de las ferias por el resto
del ao e invierno del subsecuente, pas a ser el canto popular de todas
las clases de la sociedad.

Excusado parece decir que con una contradanza nueva, guiada por su mismo
autor y tocada con mucho sentimiento y gracia, los bailadores echaron el
resto, quiere decirse, que llevaron el comps con cuerpo y pies; cuyo
montono rumor en toda apariencia duplicaba el nmero de la orquesta.
Bien claro deca el clarinete en sus argentinas notas: _caramelo vendo,
vendo caramelo_; al paso que los violines y el contrabajo las repetan
en otro tono, y los timbales hacan coro estrepitoso a la voz
melanclica de la vendedora de ese dulce. Pero qu era del autor de la
pieza que tanta impresin causaba? En medio del delirio de la danza,
haba quien se acordara de su nombre? Ay! No. Como la noche avanzaba
sin seales de bonanza, desde temprano la gente curiosa de la calle
empez a desamparar la puerta y ventanas del baile, y a las once no
quedaba en ellas caras blancas, al menos de mujer. De esta circunstancia
se aprovecharon los jvenes de familias decentes, a que nos hemos
referido ms arriba, que abrigaban un cierto escrpulo para ponerse a
bailar con las mulatas amigas o conocidas. Cantalapiedra tom por pareja
a la ama de la casa, Mercedes Ayala; Diego Meneses, a Nemesia y Leonardo
a Cecilia; y parte por guardar en lo posible la lnea de separacin,
parte por un resto de ese mismo tardo escrpulo, establecieron la danza
en el comedor, no obstante la estrechez y desaseo de la pieza.

Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agona de alma de
Pimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada, se hallaba en brazos de
un joven blanco, tal vez del preferido de su corazn; pues como sabemos,
no ocultaba ella sus sentimientos, se entregaba toda al delirio del
baile, mientras l, atado a la orquesta cual una roca, la vea gozar y
contribua a sus goces sin participar de ellos en lo ms mnimo. La
turbacin de su espritu no fue, sin embargo, bastante a perjudicar su
direccin de la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo de
su instrumento favorito. Por el contrario, su inquietud y su pasin no
parece sino que encontraron desahogo por las llaves del clarinete; se
exhalaron, por decirlo as, segn lo peregrino y suave de las notas que
de l sacaba, esparciendo el encanto y la animacin entre los
bailadores. Como suele decirse, no qued ttere con cabeza que no
bailara, pues se arm la danza en la sala, en el comedor, en el aposento
principal y en el angosto y descubierto patio de la casa. Qu mucho,
pues, que entonces no pasara siquiera por la mente de los que tanto se
divertan y gozaban, que el autor y el alma de toda aquella alegra y
fiesta, Jos Dolores Pimienta, compositor de la contradanza nueva,
agonizaba de amor y de celos?

Pasadas seran las doce de la noche cuando ces de nuevo la msica, con
lo que a poco empezaron a retirarse las personas que podan
considerarse extraas para el ama de casa, porque hasta entonces no
levant sta la voz diciendo que era hora de cenar. Y para apresurar la
marcha, agarr ella por el brazo a dos de sus mejores amigas y arrastro
casi las llev al fondo del patio donde dijimos que estaba puesta la
mesa del ambig. Tras ellas siguieron las dems mujeres y los hombres,
entre los segundos Pimienta y Brindis, los msicos; Cantalapiedra y su
inseparable corchete, el de las grandes patillas, Leonardo y su amigo
Diego Meneses. Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, nicas
que cupieron, aunque eran pocas; los hombres se mantuvieron en pie cada
cual detrs de la silla de su amiga o preferida. Quedaron juntos a una
de las cabeceras Cantalapiedra y la Ayala, sin que sepamos decir si por
casualidad o por hacer honor al comisario y a su categora.

No cabe duda sino que el ejercicio del baile haba aguzado el apetito de
los comensales de ambos sexos, porque apoderndose los unos del jamn,
los otros del pescado, aceitunas y dems manjares en algunos minutos,
todos coman y haban aliviado la mesa de una buena porcin de su peso.
Satisfecha la primera necesidad, hubo lugar a los rasgos de galantera y
cario que en todos los pases llevarn el sello de la educacin que
alcanzan las personas que los ejercen. Las de la verdica historia cuya
fisonoma trazamos ahora a grandes pinceladas, no eran, en general, de
la clase media siquiera, ni de la que mejor educacin recibe en Cuba, y
puede creerse sin esfuerzo que sus rasgos de galantera y de cario en
ninguna circunstancia tenan nada de delicados ni de finos.

--Que diga algo Cantalapiedra, dijo alguien.

--Cantalapiedra no dice nada cuando come, contest l mismo mientras ro
a la pierna del pavo.

--Pues que no coma si ha de callar, salt otro.

--Eso no, porque comer y dir hasta el juicio final, repuso el
comisario. Cmo quieren, sin embargo, que diga si an no he remojado la
garganta?

--Ah va mi copa! Ah va la ma! Tome sta! exclamaron diez voces por
lo menos, y otros tantos brazos se cruzaron sobre la mesa en direccin
del comisario, quien, empuando una tras otra copa, cada cual llena de
un vino diferente, se las fue echando al coleto, sin presentar ms
muestra del efecto que le causaban que ponerse algo rubicundo y
agursele los ojos. Despus, llenando su propia copa de rico champaa,
tosi, levant el pecho, y en voz campanuda, aunque un si es no es
carrasposa, dijo:

--Bomba! En los felices natales de mi amiga Merceditas Ayala, dcima:

    _Yo te digo en la ocasin,_
    _Merceditas de mis ojos,_
    _Que tu vista guarda abrojos,_
    _Pues que punza el corazn._

    _Ten de un triste compasin,_
    _Que por tus ojos suspira,_
    _Que por tus ojos delira,_
    _Que por tus ojos alienta,_
    _Que por tus ojos sustenta_
    _Esta vida de mentira._

Tras esta improvisacin ramplona y de mal gusto, resonaron vivas y
aplausos repetidos y estrepitosos, con destemplado golpeo de los platos
con los cuchillos. Y como en recompensa de su potica labor, de sta
recibi una aceituna ensartada en el mismo tenedor con que acababa de
llevarse el alimento a la boca, de esotra una tajada de jamn, de la de
ms all un pedazo de pavo, de aqulla un caramelo, de su vecina una
yema azucarada, hasta que la Ayala puso trmino al torrente de obsequios
levantndose y pasando su copa, llena de Jerez, a Leonardo para que
improvisara tambin como lo haba hecho el complaciente comisario.
Aprovechose ste de la tregua que se le conceda tcitamente, para
levantarse de la mesa, ir derecho, aunque disimuladamente, hasta el
brocal del pozo, donde, introducindose dos dedos en la boca, arroj
cuanto haba comido y bebido, que no haba sido poco. Y muy fresco y
repuesto se volvi a la mesa. Merced a un medio tan sencillo como
expedito, pudo tornar a comer y a beber cual si no hubiera probado
bocado ni pasado gota en toda la noche. De los dems hombres que haban
bebido con exceso y no conocan el remedio eficaz de Cantalapiedra, que
ms que menos, pocos acertaban a tener firme la cabeza, sin exceptuar al
mismo joven Leonardo.

A esa lamentable circunstancia debe atribuirse el que un mozo tan fino
como bien educado, se prestara tambin a hacer coplas y en obsequio de
aquella herona de la fiesta. Pero bien que mal las hizo, siendo no
menos aplaudido y regalado que el anterior coplero, aunque fue de
notarse que, lejos Cecilia Valds de celebrar, como los dems, su
esfuerzo potico, se mantuvo callada y visiblemente corrida. Tampoco
tom parte Nemesia en la celebracin, si bien por causa muy distinta, a
saber: por hallarse empeada en un dilogo rpido y secreto con su
hermano Jos Dolores Pimienta.

--Pues no va desocupada la zaga? le deca l.

--Tal vez no, le replicaba ella.

--Y t cmo lo sabes?

--Como s muchas cosas. Necesito yo tampoco que me den la comida con
cuchara?

--Ya, pero t no te explicas.

--Porque no hay tiempo ahora.

--Sobrado, hermana.

--Luego, las paredes oyen.

--Vaya! Cuando se grita.

--Vamos, no seas porfiado. Te digo que no lo hagas.

--Yo no pierdo la ocasin.

--Vas a pasar un mal rato.

--Qu me importa si hago mi gusto?

--Te repito, Jos Dolores, no te metas en camisa de once varas. No seas
cabezadura. Con esa porfa me quitas las ganas de ayudarte. Yo entiendo
de eso mejor que t, lo estoy viendo.

Antes que se hubiese calmado el ruido de voces, de palmadas y de golpes
en los platos y la mesa, Leonardo le dijo algo en secreto a Cecilia, y
sali a la calle arrastrando a Meneses por el brazo, sin despedirse de
nadie, a la francesa, como dijo Cantalapiedra cuando los ech de menos.
Una vez fuera, a pesar de la lluvia menuda, ambos jvenes, siempre de
brazo, tomaron a pie la calle de La Habana hacia el centro de la ciudad,
y en la primera esquina, que era la de San Isidro, Meneses sigui
derecho y Leonardo tom la vuelta del hospital de Paula.

Nubes ligeras, claro oscuras, despedazadas por el viento fresco del
nordeste, pasaban unas tras otras en procesin bastante regular por
delante de la luna menguante, que ya traspasaba el cenit, y a veces
dejaba caer rayos de luz blanquecina. La calle traviesa, angosta y
torcida que llevaba el joven Leonardo no se despej jams, ni vio l a
derechas su camino hasta que lleg a la plazuela del hospital antes
dicho, y entonces slo el lado izquierdo se alumbraba a ratos, pues las
paredes de la iglesia de Paula, elevadas y oscuras, proyectaban una
doble sombra sobre el espacio exento. Arrimado a ellas, sin embargo,
pudo distinguir su carruaje, los caballos del cual agachaban la cabeza y
las orejas, en su afn de evitar la lluvia y el viento que les heran de
frente. Estaba echado el capacete y no pareca el jinete por ninguna
parte, ni en la silla, su puesto acostumbrado, ni en la zaga, ni en el
vano de la ancha puerta de la iglesia, que poda servirle de abrigo.
Pero a la segunda ojeada comprendi Leonardo dnde estaba. Sentado en el
pesebrn del quitrn, le colgaban las piernas cubiertas con las botas
de campana, mientras descansaba la cabeza y los brazos, medio vuelto, en
los muelles cojines de marroqu. En el suelo yaca la _cuarta_ que en el
sueo se le haba desprendido de las manos, la recogi Leonardo al
punto, levant un canto del capacete y con todas sus fuerzas le peg dos
o tres zurriagazos a manteniente, por las espaldas presentadas.

--Seor! exclam el calesero, entre asustado y dolorido, descolgndose.

Ya de pie pudo verse que era un mozo mulato, bastante fornido, ancho de
hombros y de cara, ms fuerte si no ms alto que el que acababa de
calentarle las espaldas con el zurriago. Vesta a la usanza de los de su
oficio en la isla de Cuba, chaqueta de pao oscuro, galoneado de
pasamanera, chaleco de piqu, el cuello de la camisa a la marinera,
pantaln de hilo, botas enormes de campana, a guisa de polainas, y
sombrero negro redondo, galoneado de oro. Debemos mencionar tambin,
como signos caractersticos del calesero, las espuelas dobles de plata,
que no llevaba a la sazn el mulato de que ahora se habla.

--Oiga! le dijo su amo, pues lo era en efecto el joven Leonardo;
dormas a pierna suelta, mientras los caballos quedaban a su albedro.
Eh? Qu hubiera sucedido si espantados por casualidad, echan a correr
por esas calles de Barrabs?

--Yo no estaba _dormiendo_, nio; se atrevi a observar el calesero.

--Conque no dormas? Aponte, Aponte, t parece que no me conoces, o que
crees que yo me mamo el dedo. Mira, monta, que ya ajustaremos cuentas.
Lleva el quitrn a la _cuna_, toma las dos muchachas que trajiste en l
y condcelas a su casa. Yo te espero en el paredn de Santa Clara,
esquina a la calle de La Habana. No consientas que nadie monte a la
zaga. Entiendes?

--S, seor; contest Aponte, partiendo en direccin de la garita de San
Jos. En la puerta de la casa del baile, sin desmontarse, dijo a un
desconocido que entonces entraba:

--Me hace el favor de decirle a la nia Cecilia que aqu est el
quitrn?

A pesar del aditamento de _nia_ de que hizo uso el calesero hablando de
Cecilia, que slo se aplica en Cuba a las jvenes de la clase blanca, el
desconocido pas el recado sin equivocacin ni duda. Y ella incontinente
se levant de la mesa y fue a coger su _manta_, seguida de Nemesia y de
la Ayala. Esta ltima las acompa hasta la puerta de la calle, en donde
ya se haban agrupado los pocos hombres que an no se haban despedido.
All, teniendo todava por la cintura a Cecilia, en seal de amistad y
cario, la dijo:

--No te fes de los hombres, china, porque llevas la de perder.

--Y yo me he fiado de alguno a estas horas, Merceditas? repuso Cecilia
sorprendida.

--Ya, pero ese quitrn tiene dueo, y nadie da palos de balde. Tenlo por
sabido. Me parece que me explico.

Con esto y con fingir Cantalapiedra que lloraba por la partida de
Cecilia, cosa que caus mucha risa, sta y Nemesia subieron al carruaje
dndoles la mano Pimienta, y de hecho qued desbaratada la reunin.

Poda ser entonces la una de la madrugada. El viento no haba abatido ni
cesado la llovizna que, de cuando en cuando, arrojaban las voladoras
nubes sobre la ciudad dormida y en tinieblas. Conforme reza la expresin
vulgar, la oscuridad era como boca de lobo. No por eso, sin embargo,
perdi el joven msico la pista del carruaje que conduca a su hermana y
a su amiga, antes por el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de las
calles, le fue siguiendo las aguas, primero al paso redoblando y luego
al trote, hasta que le alcanz cerca de la calle de Acosta. Puso la mano
en la tabla de atrs, se impuls naturalmente con la carrera que
llevaba y qued montado a la mujeriega. Al punto le sinti el calesero
e hizo alto.--Apate, le dijo Nemesia por el postigo.--No hay para qu,
dijo Cecilia.--Yo les voy guardando las espaldas, dijo Pimienta.--Apese
Vd., dijo en aquella sazn Aponte, que ya haba echado pie a
tierra.--No te lo deca? aadi Nemesia, hablando con su hermano.--Aqu
dentro va mi hermana y mi amiga, observ el msico dirigindose al
calesero.--Ser as repuso ste; pero no consiento que nadie se monte
atrs de mi quitrn. Se echa a perder, camar; agreg notando que se las
haba con un mulato como l.--Apate, repiti Nemesia con insistencia.

Obedeci Jos Dolores Pimienta, conocidamente despus de una lucha sorda
y terrible consigo mismo, en que triunf la prudencia; pero cediendo y
todo en aquella coyuntura, no renunci a la resolucin tomada de seguir
el carruaje. Volvi a montar el calesero y continu la carrera derecho
hasta desembocar en la calle de Luz, torciendo all a la izquierda hacia
la de La Habana. Cerca del can de la esquina estaba un hombre de pie,
guarecido del viento y de la menuda llovizna, con las elevadas tapias
del patio perteneciente al monasterio de las monjas Claras. En ese
punto, par Aponte por segunda vez el quitrn, el hombre en silencio
subi a la zaga, diciendo luego a media voz: Arrea! Parti entonces
aqul a escape, pero no sin dar tiempo a que se acercara lo bastante el
msico, para advertir que el individuo que le reemplaz en la zaga del
carruaje era el mismo joven blanco, Leonardo, que tantos celos le haba
inspirado en la _cuna_.




CAPTULO VII

     _Y qu modo de hombre es l,_
     _es negocio moscatel,_
     _es discreto vergonzoso,_
     _o dulce o acibaroso?_

         LOPE DE VEGA

     La Buscona

En el barrio de San Francisco y en una de las calles menos torcidas, con
banquetas o losas en una o dos cuadras, haba, entre otras, una casa de
azotea, que se distingua por el piso alto sobre el arco de la puerta, y
balconcito al poniente. La entrada general, como la de casi todas las
casas del pas--para los dueos, criados, bestias y carruajes, dos de
los cuales haba comnmente de plantn--era por el zagun; especie de
casapuerta o cochera, que conduca al comedor, patio y cuartos
escritorios.

Llamaban bajo este ltimo nombre los que se vean a la derecha, a
continuacin del zagun, ocupados, el primero por una carpeta doble de
comerciante, con dos banquillos altos de madera, uno a cada frente, y
debajo una caja pequea de hierro, cuadrada, que en vez de puerta tena
tapa para abrirse o cerrarse, siempre que se guardaban en ella o se
sacaban los sacos de dinero. En el lado opuesto de la casa se vea la
hilera de cuartos bajos para la familia, con entrada comn por la sala,
puerta y ventana al comedor y al patio.

Este formaba un cuadriltero, en cuyo centro sobresala el brocal de
piedra azul de un aljibe o cisterna, donde, por medio de canales de hoja
de lata y de caeras enterradas en el suelo, se vertan las aguas
llovedizas de los tejados. Una tapia de dos varas de elevacin, con un
arco hacia el extremo de la derecha, separaba el patio de la cocina,
caballeriza, letrina, cuarto de los caleseros y dems dependencias de la
casa.

Entre el zagun y los cuartos llamados escritorios, descenda al
comedor, apoyada en la pared divisoria, una escalera de piedra tosca con
pasamanos de cedro, sin meseta ni ms descanso que la vuelta violenta
que hacan los ltimos escalones casi al pie. Esa escalera comunicaba
con las habitaciones altas, compuestas de dos piezas: la primera que
haca de antesala, tan grande como el zagun; la segunda, todava mayor,
como que tena las mismas dimensiones que los escritorios sobre los
cuales estaba construida y serva de dormitorio y estudio. Con efecto,
los muebles principales que la llenaban casi, eran una cama o catre de
armadura de caoba, cubierto con un mosquitero de rengue azul, un armario
de aquella propia madera, un casaquero o percha de lo mismo, un sof
negro de cerda, unas cuantas sillas con asiento de paja, una mesa a modo
de bufete, y una butaca campechana.[9] Sobre los tales muebles se
hallaban varios libros, unos abiertos, otros cerrados o con una o ms
hojas dobladas por la punta, empastados a la espaola, con canto rojo,
todos al parecer de leyes, segn poda notarse, leyendo los letreros
dorados en los lomos de algunos. En el sof nicamente dos peridicos en
forma de folletos: el ms voluminoso con un malsimo grabado que
representaba los figurines de un hombre, una mujer y un nio, y llevaba
por ttulo _La moda o Recreo Semanal_,[10] el otro _El Regan_.[11]

Abajo, en el comedor haba una mesa de alas de caoba, capaz para doce
cubiertos, hasta seis butacas en dos hileras frente a la puerta del
aposento; en el ngulo el indispensable jarrero, mueble _sui generis_ en
el pas, y para proporcionar sombro a la pieza y protegerla contra la
reverberacin del sol en el patio, haba dos grandes cortinas de
caamazo, que se arrollaban y desarrollaban lo mismo que los telones de
teatro. En la pared medianera entre el zagun y la sala, haba una reja
de hierro, y para dar paso a la luz exterior en esta ltima, dos
ventanas de lo mismo voladizas, que desde el nivel del piso de la calle
suban hasta el alero del techo. De la viga principal colgaba por sus
cadenas una bomba de cristal; de la pared del costado dos retratos al
leo, representativos de una dama y de un caballero en la flor de su
edad, hechos por Escobar;[12] debajo de stos un sof, y en direccin
perpendicular al mismo, en dos filas, hasta seis sillones con asiento y
respaldo de marroqu rojo; en los cuatro ngulos, rinconeras de caoba,
adornadas con guardabrisas de cristal o con floreros de china. En la
pared, entre ventanas, una mesa alta con pies dorados y encima un espejo
cuadrilongo; llenando los huecos intermedios, sillas con profusin.

Era de notarse la cortina de muselina blanca, con fleco de algodn, que
penda de los dinteles de las puertas y ventanas de los cuartos, como
para dar libre paso al aire y ocultar sus interioridades de las miradas
de los que pasaban por el comedor y el patio. En resumen, la casa
aquella, peculiarmente habanera, segn se habr echado de ver por la
menuda descripcin que de ella hemos hecho, respiraba por todas partes
aseo; limpieza y... lujo, porque tal puede llamarse, en efecto, si se
tiene en cuenta el pas, la poca de que se habla, el estilo y calidad
del mueblaje, los dos carruajes en el zagun y la capacidad misma de la
morada. Viva all una familia decente, bien educada y feliz? Vamos a
verlo en breve.

A la hora en que principia nuestro cuento, entre seis y siete de la
maana de uno de los das de octubre, ocupaba una de las butacas del
comedor un caballero de hasta cincuenta aos de edad, alto, robusto,
entrecano, nariz grande aguilea, boca pequea, los ojos pardos y vivos,
la color del rostro rubicunda, la cabeza redonda por detrs; signos
stos caractersticos de pasiones fuertes y firmeza de carcter. Llevaba
el cabello corto, la barba rasurada completamente; vesta bata talar de
zaraza sobre chaleco largo de piqu blanco, pantalones de dril y
chinelas de ante. Descansaba los pies en una silla con asiento de paja y
con ambas manos se llevaba a los ojos un peridico impreso en papel
espaol de hilo del folio comn, titulado _El Diario de la Habana_.[13]

Mientras lea se le present un muchacho como de doce aos de edad,
vestido de pantalones y camisa de listadillo, que vena del fondo del
patio y traa en la mano derecha una taza de caf con leche, puesta en
un plato, y en la otra un azucarero de plata. El caballero, sin
enderezarse en la butaca, tom la taza, endulz y se puso a sorber y
leer con toda calma, mientras el criado, con los brazos cruzados sobre
el pecho, se qued delante de l en pie, conservando en las manos
respectivas el plato y el azucarero. Concluida la pocin de caf con
leche, no obstante que el muchacho se hallaba a pocos pasos, le dijo en
tono de voz atronadora:--Tabaco y lumbre! Sali aqul de carrera a la
cocina y volvi a poco por los cuartos escritorios, trayendo entonces
una vejiga grande con algunos cigarros[14] arrollados en el fondo y un
braserillo de plata con una brasa de carbn vegetal, medio enterrada en
un montn de cenizas. El caballero encendi un cigarro y cuando el
muchacho se dispona a emprender de nuevo la carrera, le grit:--Tirso!

--Seor! contest tambin en alta voz como si ya estuviera en la cocina
o hablara con sordo.

--Has estado arriba? le pregunt el amo.

--S, seor, _dende_ que lleg de la plaza el cocinero.

--Y cmo es que el nio Leonardo no ha bajado todava?

--Es querer decir a su merced que el nio Leonardo no quiere que lo
_dispierten_ cuando ha pasado mala noche.

--Mala noche! repiti el caballero mentalmente. Anda (al esclavo),
despirtale y que baje.

--Seor, dijo el muchacho titubeando y confuso. Seor, su merced sabe...

--Qu sucede? volvi a tronar el amo, luego que ech de ver que el
esclavo se estaba parado y no le haba obedecido.

--Seor, es querer decir a su merced, que el nio se pone bravo cuando
lo _dispiertan_, y...

--Qu? Qu dices? Ah! Perro! Anda, corre si no quieres subir a
puntapis.

Y como el caballero medio se incorporase para ejecutar la amenaza, no
esper a que se la repitieran para obedecer la orden. En cuatro saltos
se puso en lo alto de la escalera, desapareciendo en el dormitorio del
joven Leonardo. A tiempo mismo que el muchacho corra escaleras arriba,
asomaba por la puerta del aposento una seora algo gruesa, hermosa, de
amabilsimo aspecto, las facciones menudas, con el cabello todava
negro, aunque pasaba de los cuarenta de edad, vestida de holn clarn
blanco, y abrigada con una manta de burato color canario y toda ella muy
pulcra y de ademn reposado y seoril. Sentose al lado del caballero de
la bata, a quien, preguntndole por las noticias del da, dio el nombre
de Gamboa. Este le contest entre dientes que la nica importante que
traa _El Diario_ era la aparicin del clera morbus en Varsovia, donde
haca estragos espantosos.

--Y dnde es eso? pregunt la seora bostezando.

--Toma! contest Gamboa. Eso es muy lejos. Figrate, all, cerca del
Polo Norte, en Polonia. Ya tiene que rodar el seor clera para llegar
hasta nosotros, y entonces... quin sabe dnde estaremos t y yo!

--Dios nos libre de horas menguadas, Cndido! volvi a exclamar la
seora con el mismo aire de indolencia de antes.

Bajaba Tirso en este punto los escalones con doble precipitacin, si
cabe, de aquella con que los haba subido; y a no ser porque en tiempo
agacha la cabeza, le alcanza en ella un libro que le arrojaron de lo
alto, el cual, con la violencia del golpe se hizo pedazos en la puerta
del escritorio. Don Cndido alz la cabeza y la seora se levant y fue
hacia el pie de la escalera, preguntando:--Qu ha sido eso? Por toda
respuesta el muchacho, muy asustado, le indic con los ojos al joven
Leonardo, que se hallaba en lo alto, envuelto en la sbana, con los
puos apretados en seal de clera y de amenaza. Pero no bien descubri
a su madre, pues lo era aquella seora, cambi de actitud y de
semblante; e iba sin duda a explicarle la ocurrencia, cuando ella le
contuvo hacindole una sea muy significativa, que equivala, poco ms o
menos a decirle:--Calla, que ah est tu padre. Por lo que l, sin ms
demora, dio media vuelta y se volvi al dormitorio.

--Viene el nio Leonardo? pregunt Gamboa al esclavo, cual si no
hubiera notado la carrera de ste, el librazo contra la puerta del
escritorio ni la accin de su esposa.

--S, seor, contest Tirso.

--Le diste mi recado? insisti don Cndido en tono de voz ms recio y
spero.

--Es querer decir a su merced, repuso el esclavo todo turbado y
tembloroso, que... el nio... el nio Leonardo no me dio tiempo.

La seora se haba vuelto a sentar, y segua llena de ansiedad las
palabras y los movimientos del semblante de su marido. Le vio ponerse
rojo a medida que Tirso soltaba las pocas frases de que en su turbacin
pudo hacer uso; an le pareci que iba a levantarse, acaso para pegarle
al esclavo, o hacer bajar por la fuerza a Leonardo; en cuya confusa
alternativa, a fin de ganar tiempo, le dej caer la mano derecha en el
brazo izquierdo y le dijo en voz muy baja y musical:

--Cndido, Leonardito se viste para bajar.

--Y t cmo lo sabes? replic don Cndido con gran viveza, volvindose
para su esposa.

--Acabo de verle a medio vestir, en lo alto de la escalinata, contest
ella con calma.

--Pues t siempre ests al tanto de cuando Leonardo cumple con su deber,
pero eres ciega para sus faltas.

--No s yo que el porbrecito haya cometido ninguna, al menos
recientemente.

--Ya! No lo deca yo? Ciega, cieguecita, Rosa, tus mamanteos van a
perder a ese muchacho. Tirso! tron don Cndido.

Antes que volviese Tirso de la cocina, en donde se haba refugiado,
luego que sus amos entablaron el anterior, brevsimo dilogo, entr por
el zagun adelante el mulato calesero que ya conocen nuestros lectores,
por aquella escena en el barrio de San Isidro y noche del 24 de
setiembre. Vesta ahora solamente camisa y pantalones cuyas piernas
estaban arremangadas hasta poco ms abajo de las rodillas, como para
dejar ver el borde de los calzoncillos blancos, que formaba dientes en
vez de dobladillos. Los zapatos eran de vaqueta muy escotados, con
hebilla de plata al lado, y tena argollas de oro en las orejas, pauelo
atado en la cabeza, el sombrero de paja en la mano derecha, y en la
izquierda el ronzal de un caballo que traa rabiatado otro del mismo
color y estampa, ambos recin salidos del bao, pues aun escurran agua
o sudor, y el ltimo tena la cola hecha un nudo. El mulato haba
cabalgado en el primero desde la caballeriza al bao, cerca del Muelle
de Luz, porque todava llevaba el sudadero, a falta de silla.

--Pero aqu est Aponte, agreg don Cndido vindole asomar. Aponte!

--No hay necesidad de que preguntes a los criados interpuso doa Rosa.

--Quiero que oigas una de las recientes gracias de tu hijo, insisti el
marido. A qu hora trajiste anoche (_hablando con Aponte_) a tu amo?

--A las dos de la _madrug_, contest Aponte.

--Dnde pas tu amo la noche? aadi don Cndido.

--Es intil que lo diga, interrumpi la seora. Aponte, lleva esos
caballos al pesebre.

--Dnde pas tu amo la noche? repiti don Cndido en voz de trueno,
viendo al calesero dispuesto a obedecer la orden de su ama.

--Es dificultoso que yo le diga a su merced mi amo, dnde pas la noche
mi amo el nio Leonardito.

--Qu! Cmo se entiende?

--Le digo a su merced, mi amo, que es muy dificultoso, apresurse Aponte
a explicar, notando que don Cndido montaba en clera; porque
primeramente yo llev el nio Leonardito a Santa _Catarina, dispus_ lo
llev al muelle de Luz, _dispus_ lo estuve esperando en el muelle de
Luz hasta las doce de la noche, _dispus_ lo llev otra vuelta a Santa
_Catarina, dispus_...

--Basta! dijo doa Rosa enojada. Quedo enterada.

Aponte se retir con los caballos, pasando por el comedor y el patio en
direccin de la caballeriza, y don Cndido, volvindose para su mujer,
le dijo:

--Qu te-a-ele-tal? No te parece reciente la de anoche? Yo no saba
nada, sospechaba nicamente, porque conozco a mi hijo mejor que t, y ya
has odo que se ha estado en Regla hasta las doce de la noche. Tal vez
no fue solo. Quires or ahora con quines y cmo pas la mitad del
tiempo en Regla? No lo adivinas? No lo sospechas?

--Suponiendo que lo adivinase, que lo palpase, observ doa Rosa con
ligero desdn, qu aprovechara? Dejara yo por eso de quererlo como
lo quiero?

--Pero si no se trata de quererle ni desquererle, Rosa; salt impaciente
don Cndido. Se trata de poner remedio a sus faltas, que ya rayan en lo
serio.

--Sus faltas, si las comete, no pasan de calaveradas propias de la
juventud.

--Es que las calaveradas, cuando son repetidas y no se les pone coto a
tiempo, suelen parar en cosas graves que dan mucho que llorar y que
sentir.

--Pues tus calaveradas no te trajeron, que yo sepa, serios ni graves
resultados, y eso que las suyas, comparadas con las tuyas, son meros
pasatiempos juveniles; dijo doa Rosario con refinado sarcasmo.

--Seora, repuso don Cndido irritado, por ms que hiciese esfuerzo
visible por ocultarlo: sean cuales fueren las locuras que yo haya podido
cometer en mi juventud, ellas no autorizan a Leonardo para que lleve la
vida que lleva con... aprobacin y aplauso de Vd.

--Mi aprobacin! mi aplauso! Esa s que est buena. Nadie mejor que t
es testigo de que, lejos de aprobar y aplaudir las locuras de
Leonardito, siempre le estoy aconsejando y an reprendiendo.

--Ya! Por un lado le aconsejas y le reprendes, y por otro le das
quitrn y calesero y caballos y media onza de oro todas las tardes para
que se divierta, triunfe y corra la tuna con sus amigos. No apruebas ni
aplaudes sus locuras, pero le facilitas el modo y medios de cometerlas.

--Eso es, yo facilito el modo y medio cmo se pierda el muchacho. T no,
t eres un santo. Oh! S, tu vida ha sido ejemplar.

--No s a qu conduce tan amarga stira.

--Conduce a que eres muy duro con l, y a que estara buena tu aspereza
si fueses intachable, si no hubieses pecado...

--Me tiene l en tan buen concepto como el que la merezco a Vd. seora?
Sabe que yo haya pecado?

--Tal vez lo sepa.

--Si Vd. no se lo ha contado...

--No hay necesidad de que yo le ensee cosas malas. Sera madre
desnaturalizada si tal hiciera. Pero l no es ningn tonto, y luego fue
demasiado pblico, escandaloso lo de Mara de Regla.

--No sera mucho que haya llegado a sus odos y le provoque a imitarte.
El mal ejemplo...

--Basta, seora, dijo don Cndido ms desazonado que irritado. Crea,
tena razn para esperar que Vd. hubiese dado eso al olvido.

--Mala creencia, porque hay cosas que no es posible olvidarlas jams.

--Ya lo veo. Lo que quiere decir eso es, que me he engaado; quiere
decir que las mujeres, algunas mujeres, no olvidan ni perdonan ciertas
faltas de los hombres. Pero, Rosa, agreg cambiando de tono, nosotros
vamos fuera del carril y eso no est bien. La verdad es que si yo soy
muy duro, como dices, con Leonardo, t eres muy dbil, y no s yo qu
ser peor. El es un loco, voluntarioso y terco, necesita freno ms que
el pan que come. Advierto, sin embargo, con dolor, que, por pensar en mi
dureza, le llevas sin querer, por supuesto, como por la mano a su pronta
perdicin. De veras, Rosa, tiempo es ya de que sus locuras y sus
debilidades cesen; tiempo es ya de tomar una determinacin que le libre
a l de un presidio y a nosotros de llanto y de infamia eternos.

--Y qu remedio adoptar, Cndido? Ya es tarde, ya l es un hombrecito.

--Qu remedio? Varios. En los buques de guerra de S. M. hasta a los
hombronazos se les mete en cintura. Pensando estaba que no le vendra
mal oler a brea por corto tiempo. Apuradamente mi amigo Acha, comandante
de La Sabina, est empeado en ensearle la maniobra. Ayer nada menos me
dijo que me resolviera y se lo entregara, seguro de que le pondra ms
derecho que un mastelero de gavia. S, sa fue la expresin de que hizo
uso. De todos modos, estoy resuelto a poner freno a las demasas de ese
mozo.

Conmoviose doa Rosa al or las ltimas palabras de su marido, mucho ms
al notar el tono de firme resolucin con que las emiti; y parte para
ocultar las lgrimas que le rebosaban en los ojos, parte por variar el
objeto de una conversacin que le hera en lo ms vivo del alma, se
levant otra vez y se dirigi al patio. En aquel momento mismo bajaba
Leonardo la escalera, vestido como para salir a la calle; y ella, que
sinti sus pasos, retrocedi al sitio que acababa de dejar al lado de su
marido, y en tono de humilde splica, con voz temblosa por la emocin,
le dijo:

--Por el amor de ese mismo hijo, Gamboa, no le digas nada ahora. Tu
severidad le rebela y me mata a m.

--Rosa! murmur don Cndido echndole una mirada de reconvencin. T le
pierdes.

--Prudencia, Cndido! replic doa Rosa, respirando ms libremente;
porque comprendi que su esposo estaba inclinado por entonces a ejercer
aquella virtud. Advierte que ya es un hombre y que le tratas como si
fuera un nio.

--Rosa! repiti don Cndido con otra mirada de reconvencin Hasta
cundo?

--Ser sta la ltima vez que interceda por l, se apresur a decir doa
Rosa. Te lo prometo.

En esto acababa de bajar la escalera el joven Gamboa y se encamin
derecho a su madre, la cual le sali al encuentro como para mejor
protegerle del enojo de su padre. Pero ste, silencioso y cabizbajo, ya
penetraba en el escritorio y no vio o se hizo que no vio al hijo besar a
la madre en la frente, ni la sea con que ella le indic que deba
saludar tambin a su padre.

Leonardo no dijo palabra, ni hizo ademn de cumplir con la indicacin.
Slo se sonri, levant los hombros y se encamin a la calle, llevando
debajo del brazo izquierdo un libro empastado a la espaola, con los
cantos rojos, y en la mano derecha una caa de Indias cuyo puo de oro
figuraba una corona.




CAPTULO VIII

     _Para hacer bien por el alma_
     _Del que van a ajusticiar!_

         ESPRONCEDA

     El reo de muerte


Tir el estudiante en direccin de la Plaza Vieja por la calle de San
Ignacio. En la esquina de la de Sol tropez con otros dos estudiantes
poco ms o menos de su edad, que en toda apariencia esperaban su
llegada. El uno de ellos no es desconocido para el lector, pues le ha
visto en la _cuna_ de la calle de San Jos. Nos referimos a Diego
Meneses. Era el otro de figura menos galana y esbelta, agregando a su
baja estatura un cuello muy corto y hombros bastante levantados, entre
los cuales llevaba como enterrada una cabeza redonda y chica. Haba
cierta confusin en su frente ms angosta y levantada; los ojos tena
pequeos y penetrantes, la nariz algo arremangada, la barba aguda y la
boca fresca y hmeda, por cierto la ms expresiva de sus menudas
facciones; el cabello crespo y as en su semblante como en su cuerpo se
descubra desde luego la gran malicia que animaba su travieso espritu.
Junto con una fuerte palmada en el hombro, Leonardo le dio el nombre de
Pancho Solfa. Este, medio sonredo, medio mal humorado del golpe dijo:

--Cada animal tiene su lenguaje, y el tuyo, Leonardo, es a veces muy
expresivo.

--Porque te quiero te aporreo, Pancho. Quieres otra caricia?

--Basta, chico. Y se desvi, haciendo un movimiento con la mano
izquierda.

--Qu hora es? pregunt Leonardo. Recuerdo que no le di cuerda anoche a
mi reloj y se ha parado.

--Las siete acaban de dar en el reloj del Espritu Santo, respondi
Diego. Nos marchbamos sin ti, creyendo que se te haban pegado las
sbanas.

--Por poco no me levanto en todo el da. Me acost tarde y mi padre me
hizo llamar al amanecer. l, como se acuesta con las gallinas, madruga
siempre. No les parece a ustedes que hay tiempo de dar una vueltecita
por la Loma del ngel?

--Soy de opinin que no, dijo Pancho. A menos que t, cual otro Josu,
tengas la virtud de parar el sol.

--Te pereces por una cita, Pancho, venga o no venga a pelo. Pues no
sabes que el sol no camina desde que Josu le mand parar su carrera? Si
hubieses estudiado astronoma sabras eso.

--Di, ms bien, que si hubiera estudiado historia sagrada, dijo Meneses.

--El cuento es, observ Pancho, que sin estudiar a fondo una cosa y
otra, s que el caso participa de ambas y no son ustedes los que me
corrigen la plana.

--A todas stas, caballeros qu leccin tenemos hoy? No concurr a la
clase el viernes, ni he abierto el libro en todo este tiempo.

--Govantes seal para hoy el ttulo tercero, que trata del derecho de
las personas, respondi Diego. Abre el libro y vers.

--Pues no he saludado esa materia siquiera, agreg Leonardo. Slo s que
segn el derecho patrio, hay personas y hay cosas; que muchas de stas,
aunque hablan y piensan, no tienen los mismos derechos que aqullas. Por
ejemplo, Pancho, ya que te gustan los smiles, t a los ojos del Derecho
no eres persona, sino cosa.

--No veo la similitud, porque no soy esclavo, que es a quien considera
cosa el derecho romano.

--Ya. No eres esclavo, pero alguno de tus progenitores lo fue sin duda y
tanto vale. Tu pelo al menos es sospechoso.

--Dichoso t que le tienes flechudo como los indios. Si vamos a
examinar, sin embargo, nuestros rboles genealgicos respectivos,
hallaremos que aqullos que pasan por ingenuos entre nosotros, son
cuando menos libertinos.[15]

--Resuellas por la herida, compadre. Vamos, que no es ningn pecado
amarrar la mula tras de la puerta. Mi padre es espaol y no tiene mula;
mi madre s es criolla y no respondo que sea de sangre pura.

--Es que tu padre por ser espaol, no est exento de la sospecha de
tener sangre mezclada, pues supongo que es andaluz, y de Sevilla
vinieron a Amrica los primeros esclavos negros. Tampoco los rabes, que
dominaron en Andaluca ms que en otras partes de Espaa, fueron de raza
pura caucsica, sino africana. Por otra parte, era comn ah, entonces,
la unin de blancos y negros, segn el testimonio de Cervantes y de
otros escritores contemporneos.

--Ese rasguito histrico, don Pancho, vale un Potos. Se conoce que la
cuestin de razas te ha costado algunos quebraderos de cabeza. No paro
yo en eso la atencin, ni creo que hace bulto ni peso la sangre
mezclada. Lo que puedo decir es que, no s si porque tengo algo de
mulato me gustan un puado las mulatas. Lo confieso sin empacho.

--La cabra siempre tira al monte.

--El refrn no viene al caso; mas si lo dices para afirmar que no te
gusta la _canela_, peor para ti, Pancho, porque eso quiere decir que te
gusta el _carbn_, gnero mucho ms inferior.

En este punto de su conversacin iban, cuando entraron por los portales
de la Plaza Vieja llamados del Rosario. Estos los forman unas cuatro o
cinco casas, pertenecientes a familias nobles o ricas de La Habana, con
anchos balcones, apoyados en altos arcos de piedra, cuyas luces cubren
durante el da unas cortinas de caamazo, a manera de velas mayores de
barcos. El piso superior de esas casas lo ocupan los dueos o
inquilinos, que viven de sus rentas; pero en los bajos, salones en
general oscuros y poco ventilados, tienen sus tiendas unos mercaderes al
por menor, que llaman baratilleros, quinquilleros propiamente dichos,
los cuales, en absoluto, son espaoles, por lo comn montaeses. Dentro
guardan el acopio de gneros y baratijas, y al frente, bajo los arcos de
piedra, exponen lo que se entiende por quincalla en unas vidrieras o
muestrarios porttiles, que descansan sobre una especie de tijeras. Por
la maana temprano los exponen y por la noche los guardan.

Poco despus de las siete de la maana se principia generalmente la
primera de las operaciones aqu mencionadas. Los mercaderes, de dos en
dos, sacan las vidrieras, sujetando uno por una cabeza, otro por la
otra, como si fueran atades o que pesaran mucho para un solo hombre.

Algunos estaban ya expuestos, y los vendedores se paseaban por delante
de ellos en mangas de camisa, a pesar del airecillo de la maana, cuando
entraron en los portales nuestros tres estudiantes.

Llevaban la delantera Leonardo y Diego, riendo y charlando, sin hacer
caso de los mozos espaoles que iban y venan, afanados en la obra de
exponer sus mercancas a tiempo. Detrs, y a paso mesurado, inclinada la
cabeza y taciturno, los segua su condiscpulo Pancho, y ya por esto, ya
porque les chocase su facha, la verdad es que el primer buhonero con
quien tropez le ech mano por un brazo y le dijo: Hola, rubio! no
quieres comprar un par de navajas de primera? Se desprendi de ste con
un esguince y le cogi otro para decirle: Ac, primo, vendo gafas
excelentes. Adelante se le interpuso un tercero para ofrecerle tirantes
elsticos; un cuarto para meterle por los ojos cortaplumas vizcanos,
superiores a los ingleses. Rodando de uno para otro, ora sonrindose,
ora haciendo un gesto de enfado, el ya molesto estudiante logr
adelantar algunos pasos. Al fin, rodeado por varios baratilleros ms
dispuestos a la burla que a encarecer sus baratijas, se qued parado y
cruz los brazos. Por fortuna en aquel momento le echaron de menos sus
compaeros, volvieron la cara y notaron el cerco que le haban formado.
Ignorando la causa, Leonardo, que era intrpido, retrocedi a la
carrera, penetr por fuerza por el corrillo y sac a su amigo del apuro.
Mas as que se inform por l mismo de lo que haba pasado, ri de ganas
y le dijo: Te tomaron por montuno, Pancho. T tambin tienes una
figura...

--Mi figura no tiene nada que ver con el asunto, le interrumpi Pancho
de mal talante; es que estos espaoles tienen ms de judos que de
caballeros.

Siguiendo la calle de San Ignacio nuestros estudiantes, a poco andar
desembocaron en la Plazuela de la Catedral. Cuando llegaban a los
portales de la casa conocida por de Filomeno, les llam la atencin un
grupo numeroso y compacto de pueblo que entraba en la misma por el lado
opuesto, es decir, por la calle de Mercaderes y el Boquete. La
vanguardia, compuesta en su mayor parte de gente de color, hombres,
mujeres y muchachos sucios, harapientos y descalzos, ya marchaba, ya
haca alto, y de cuando en cuando volva atrs la cabeza, como por
resorte. Entre dos filas de soldados equipados a la ligera, pues su
uniforme consista de chaqueta de pao azul, pantaln blanco, canana
atada al cinto por delante, sombrero redondo y carabina corta, que
portaban por los tercios, iban hasta doce mulatos y negros vestidos en
traje talar de sarga negra, con caperuza de muselina blanca, cuya punta
larga flotaba por detrs de la cabeza, a guisa de gallardete; y cada
cual llevaba en la mano derecha una cruz negra de brazo corto y rbol
largo. Cuatro de esos lgubres hombres conducan al hombro, en silla de
mano, a una al parecer criatura humana, cuya cabeza y cuerpo
desaparecan bajo los pliegues de un pao negro (manto de estamea),
cayendo a plomo por fuera de todo el aparato.

A un lado de este ser misterioso vena un sacerdote con sotana negra de
seda, bonete en la cabeza y un crucifijo en ambas manos; al otro un
negro bastante joven, robusto y gil. Este vesta pantaln blanco,
sombrero redondo y chaqueta de pao negro, en cuya espalda se le
descubra una como escalera bordada de seda amarilla. Eso indicaba su
oficio, y era nada menos que el verdugo. Andaba a paso medido y no
levantaba los ojos del suelo. Detrs vena un hombre blanco vestido de
calzn corto, medias de seda, chupa de pao y sombrero de tres picos,
todos de color negro. Este era el escribano. Inmediato a l marchaba un
militar de alta graduacin indicada por los tres entorchados de la
casaca y el sombrero de tres picos galoneado de oro, con pluma blanca de
avestruz. Cerraban el cortejo otros negros y mulatos en el traje negro
talar y caperuza blanca, ya descrito, y ms pueblo, todos movindose en
solemne y silenciosa procesin, pues no se oa otro ruido que los pasos
acompasados de la tropa y la voz gangosa del sacerdote recitando las
oraciones de los moribundos.

Por esta rpida descripcin advertir el lector habanero que se trataba
de un reo de muerte que conducan al patbulo, acompandole los
hermanos de la Caridad y de la Fe, institucin religiosa compuesta
exclusivamente de gente de color que se ocupaba en asistir a los
enfermos y moribundos y en enterrar a los muertos, principalmente los
cadveres de los ajusticiados. Es bien sabido que la justicia espaola
lleva su saa hasta las puertas del sepulcro, y he ah la necesidad de
la institucin religiosa dicha, que se encarga de recoger el cadver del
criminal y de darle sepultura, en vez de los parientes y amigos,
privados de esos oficios por la ley o la costumbre.

La tropa que custodiaba al reo en tales circunstancias, en La Habana al
menos, era un piquete de la clebre partida de Armona, especie de
guardia civil, establecida por Vives, que desempeaba el papel de la
polica de otras partes: el militar de alta graduacin, el mayor de
plaza, a la sazn coronel Molina, despus castellano del Morro, en cuyo
empleo muri cargado con el odio de aqullos a quienes haba oprimido y
explotado mientras desempe el primero de estos cargos: el individuo
que conducan al suplicio de la manera referida no era hombre, sino
mujer y blanca; la primera tal vez de su clase que ejecutaban en La
Habana.




CAPTULO IX

     _...Esta es la justicia_
     _Que facer el Rey ordena..._

         EL DUQUE DE RIVAS

     D. Alvaro de Luna.


Contarse merece, siquiera sea brevemente, la historia de la mujer cuyo
delito se castigaba con la pena de muerte. Casada con un pobre
campesino, viva en los arrabales de la pequea poblacin del Mariel, no
sabemos cuanto tiempo haca, ni hace mucho al caso tampoco. Pero sin ser
joven ni hermosa, contrajo ella relaciones ilcitas con un hombre
soltero del mismo pueblo. Sase que el marido averiguara lo que pasaba y
amenazara tomar venganza, sase que los amantes quisieran librarse de
aquel estorbo, el hecho fue que entre los dos concertaron matarle. Y
conseguido esto, que no cuesta gran trabajo matar a un hombre, trataron
de ocultar las huellas del crimen descuartizando el cadver y arrojando
a un ro inmediato los cuartos ensangrentados, cosidos en un saco. Tales
fueron los hechos principales dilucidados en la causa.

Ahora bien, qu papel desempe la mujer en el horrible drama? Eso no
se puso en claro. En su defensa despleg tan desinteresada como rara
elocuencia el joven y brillante abogado Anacleto Bermdez,[16] que
acababa de llegar de Espaa, en cuyos consejos se haba recibido de
abogado e hizo en esa causa su estreno como hbil criminalista. El hecho
era atroz, sin embargo, y la criminalidad de la mujer qued probada,
pues si no haba herido con su propia mano, haba tomado parte principal
en el asesinato y en la ocultacin del cadver. Se hizo, por tanto,
necesaria su condenacin a ltimo suplicio, aunque ste fuese el de
horca, pues que entonces slo se aplicaba el del garrote a la gente
noble, suceso todava ms raro en Cuba que el de ejecutar a una mujer
blanca.

La pena de muerte en horca, en los dominios espaoles era, si cabe, ms
terrible que la del garrote, introducida o generalizada algn tiempo
despus de aquel a que nos referimos ahora. El verdugo, as que ataba
dos sogas al pescuezo del reo, le lanzaba desde lo alto de la escalera,
se le montaba a horcajadas en los hombros, y con los calcaales le
golpeaba el estmago para apresurar su fin; deslizndose por los pies
del ajusticiado, cuyo cadver, dentro de un traje talar, quedaba
mecindose al aire libre por ocho horas, a dos varas del suelo.
Semejante espectculo no deba presentarse en La Habana con una mujer
blanca, por vulgar que ella fuese u horrible su delito.

En tal situacin, y cuando hubo fallado el recurso de una supuesta
preez, Bermdez solicit y obtuvo como gracia especial que se la
hiciera morir en garrote. Recordar el lector que siete u ocho aos
despus de aquel a que nos contraemos ahora, se aboli el suplicio de
horca en Cuba, y que hallndose la crcel en el ngulo occidental del
edificio conocido por la Casa de Gobierno, donde funcionaba asimismo el
Ayuntamiento con todas sus dependencias, donde resida el Capitn
General con las suyas, y existan las escribanas pblicas, tena el
reo que recorrer una larga y angustiosa carrera antes que se pusiera fin
a su vida en el campo de la Punta, inmediato a la mar. En efecto, por la
calle de Mercaderes pasaba a la plazuela de la Catedral, torca luego a
la de San Ignacio, luego a la de Chacn, luego a la de Cuba, enseguida
por la orilla de la muralla a pasar por debajo de la puerta abovedada y
oscura llamada de la Punta, en que haba cuerpo de guardia y daba salida
a los cadveres de la ciudad que llevaban a enterrar en el cementerio
general.

Al salir por aquella puerta de plaza sitiada, poda distinguir el reo a
lo lejos, frente al arrecibe de la costa contra la cual se rompan las
olas del mar en menudos copos de brillante espuma, la mquina terrible,
horca, garrote o banquillo en que haba de tener fin su vida. Para los
de nimo apocado, la muerte con todos sus horrores era fuerza que se les
presentase mucho antes de recibirla. Por suerte, la mujer de que ahora
hablamos, desde el momento que la metieron en capilla perdi las
fuerzas, y con ellas la conciencia de su horrible situacin, siendo
preciso, como se ha visto, que la condujeran al lugar del suplicio en
silla de mano, sentarla a brazos en el banco del garrote, y, muerta ya,
dislocarle la vrtebra del cuello para sofocar en su pecho el ltimo
soplo de vida.

Cinco o seis aos despus de los sucesos que acaban de referirse, haba
cambiado de un todo el aspecto del campo de la Punta. Al yermo desolado
y polvoroso que limitaba al oeste las primeras casas de madera de la
barriada de San Lzaro, por el sur rimeros de tablas y alfardas
importadas de los Estados Unidos del Norte de Amrica, por el norte la
mar y el castillo de la Punta, que asomaba sus enanas almenas detrs de
apiadas calderas frreas de Carrn para la elaboracin del azcar,
sucedi un edificio de tres cuerpos, macizo, cuadrangular, erigido por
el Capitn General don Miguel Tacn para crcel pblica, depsito
presidial y cuartel de infantera.

El espacio descubierto que qued al lado septentrional de ese edificio,
todava se obstruy ms con la construccin de unos cobertizos de madera
para abrigo de una parte del presidio, empleada en picar piedra menuda a
martillo, con destino al empedrado de las calles de la ciudad, segn el
sistema de McAdam. Pero, de todos modos, as qued separada la prisin
de la Casa de Gobierno; los presos pasaron a un edificio, aunque
defectuoso en muchos respectos, fabricado expresamente para su desahogo
y seguridad; hubo ms conveniente separacin de sexos y de delitos, y,
en especial, se redujo a la tercera parte la _via crucis_ de los
infelices reos de muerte, pues que apenas se cuentan doscientos pasos de
la crcel nueva a la orilla del arrecife, donde se efectuaban las
ejecuciones capitales. De all y de la Punta, a la parte opuesta,
salieron a recibir la muerte del patriota y del hroe, aos adelante,
Montes de Oca y el joven Facciolo; el General Lpez y el espaol Pint;
el bravo Estrampes; y, en nuestros das, Medina y Len y los inocentes
estudiantes de la Universidad de La Habana.

Incorporronse los tres amigos a la lgubre procesin, y la acompaaron
por el costado de la Catedral hasta la puerta del Seminario, edificio
que se extiende por el fondo de ella y da sobre el puerto. No haban
abierto an la entrada a las aulas, y el golpe como de doscientos
estudiantes de derecho, filosofa y latn, la flor de la juventud
cubana, se dilataba desde las gradas de piedra de la portera hasta el
cuartel de San Telmo por un lado, y por el otro largo trecho hacia las
bocacalles del Tejadillo y de San Ignacio, a causa de la estrechura de
la va. Por un movimiento espontneo, la muchedumbre estudiantil se
dividi en dos filas, dando paso franco por medio de la calle a la
extraa comitiva, a la cual preceda un rumor sordo como de enjambre de
abejas que busca donde posarse.

Hizo alto por un momento ante la puerta del Seminario, para dar tiempo a
que cuatro hermanos de la Caridad y de la Fe relevasen a los que
portaban la silla de mano desde la crcel. La figura entre tanto, no
cambi de posicin ni hizo el menor movimiento; pero aunque los pliegues
del manto negro ocultaban por completo sus facciones, su nombre y la
historia de su crimen corrieron de boca en boca entre todos los
estudiantes.

--Nadie dira que llevan ah a una mujer, dijo un estudiante de latn.

--En efecto, ms parece la estatua de una llorona que ser viviente,
agreg otro.

--El remordimiento la agobia, dijo un tercero. Por eso dobla la cabeza
sobre el pecho.

--Ya, exclam un estudiante alto, de aspecto amulatado; el caso no es
para menos. Ahora supongo yo que est horrorizada de su propio crimen.

--Pero est probado, como luz del medioda, segn reza la ley de
Partida, pregunt nuestro conocido Pancho, que Panchita mat a su
marido?

--Tan cierto es que lo mat que le van a dar garrote, volvi a observar
el estudiante amulatado, con cierta sonrisa de desdn. Por ms seas que
despus de muerto le hizo tasajo, y, cosindole en un saco de henequn,
le arroj al ro para pasto de los peces.

Todo eso no constitua un argumento de la criminalidad de Panchita
Tapia, y su tocayo iba a replicar cuando otro estudiante se interpuso
diciendo en voz campanuda y acento espaol:

--Por un tris hace la chica con su consorte lo que dispone la ley de
Partida que se haga con el parricida. Slo falt que el saco fuera de
cuero, que tuviese pintadas llamas coloradas al exterior y que hubiese
puesto en el interior un gallo, una vbora y un mono, animales que no
conocen padre ni madre.

--La ley de las Doce Tablas,[17] se apresur a decir Pancho alzando la
voz y empinndose un tanto, contento de poder corregirle la plana al
estudiante espaolado--copiada _pedem litterae_ en las Partidas, que
mand compilar don Alfonso el Sabio--no habla de gallos, sino de perro,
vbora y mono, y no porque estos animales conozcan o desconozcan padre o
madre, sino simplemente para entregar el criminal a su furor. El Cdigo
Alfonsino considera parricida an a la mujer que mata a su marido. La
prctica hoy da es arrastrar al reo en un sern atado a la cola de un
caballo hasta el pie del patbulo. De suerte que, si no arrastran a
Panchita Tapia, acusada de ese horrendo crimen, la razn es porque no lo
consienten nuestras costumbres. He dicho.

Con esto Pancho se alej prontamente de aquel grupo, cosa de no dar
tiempo a una rplica de parte del estudiante espaolado. Pero ste se
content con decir, vindole alejarse:

--Se conoce que el chico ha estudiado la leccin.

En aquel mismo punto se abrieron las ponderosas hojas de cedro de la
puerta del Seminario, ms conocido entonces bajo el nombre de Colegio de
San Carlos. El gran patio lo constituan cuatro corredores anchos, de
columnas de piedra, formando un cuadrado. En el centro haba una fuente,
y por todo el derredor naranjos lozanos y frondosos. En el lado opuesto
a la entrada principal, a la izquierda, haba una escalera de piedra que
conduca a los claustros de los profesores; a la derecha, una reja que
separaba el corredor de un callejn oscuro y hmedo, por el cual se
penetraba en un saln lateral, largo y sucio, separado de las aguas del
puerto por un jardn o huerto de tapias elevadas. Hacia all daban unas
cuatro ventanillas altas por donde entraba la nica luz que a medias
alumbraba el saln. Contra la pared de enfrente, en el centro, se
poyaba una mala ctedra, y a ambos lados de ella haba muchos bancos de
madera, rudos, fuertes y de elevado respaldo, colocados
transversalmente.

Ah se enseaba filosofa; ah ense por la primera vez esta ciencia a
la juventud cubana el ilustre padre Flix Varela, quien para ello
redact un texto, apartndose enteramente del aristotlico, nico
seguido en Cuba hasta entonces, desde la fundacin de la Universidad de
La Habana, en 1714, en el Convento de Santo Domingo. Cuando despus, en
1821, el padre Varela march de representante a las Cortes espaolas,
qued sustituyndole en la misma ctedra el ms aventajado de sus
discpulos, Jos Antonio Saco, y en los momentos de nuestra historia la
desempeaba el abogado Francisco Javier de la Cruz, por ausencia en el
norte de Amrica del propietario y expatriacin de su virtuoso fundador.

En el ngulo de la izquierda haba otro saln, con entrada directamente
del corredor, donde enseaba latn el padre Plumas. Luego, ocupando casi
todo el otro lado, estaba el refectorio de los seminaristas y algunos
profesores que residan permanentemente en el mismo edificio, y a la
izquierda de la entrada principal estaba la ancha escalinata, dando
acceso a los corredores del piso alto. Por sta suban los estudiantes
de derecho no seminaristas; mientras los de filosofa y latn entraban
en los salones respectivos, ya mencionados, por las puertas al ras del
patio.

En la maana del da que vamos refiriendo, cuando los estudiantes de
derecho ponan el pie en el primer escaln de la escalinata, se
detuvieron en masa como reparasen en un grupo de tres sujetos en animada
conversacin cerca de all, bajo el corredor. El que llevaba la palabra
poda tener de 28 a 30 aos de edad. Era de mediana estatura, de rostro
blanco, con la color bastante viva, los ojos azules y rasgados, boca
grande de labios gruesos y cabello castao y lacio, aunque copioso.
Haba cierta reserva en su aspecto y vesta elegantemente, a la inglesa.
El otro de los tres personajes se poda decir el reverso de la medalla
del ya descrito, pues a un cuerpo rechoncho, cabeza grande, cuello
corto, cabello crespo y muy negro: los ojos grandes y saltones, el labio
inferior belfo, dejando asomar dientes desiguales, anchos y mal puestos
agregaba un color de tabaco de hoja que haca dudar mucho de la pureza
de su sangre. El tercero difera en diverso sentido de los dos
mencionados, siendo ms delgado que ellos, de ms edad, de color plido
y aspecto muy amable y delicado. Este era el catedrtico de filosofa,
Francisco Javier de la Cruz; el anterior Jos Agustn Govantes,
distinguido jurisconsulto que regentaba la ctedra de derecho patrio; y
el primero, nombrado Jos Antonio Saco, recin llegado del Norte de
Amrica.

Preceda a ste la fama de sus escritos en el _Mensajero Semanal_, que
publicaba en Nueva York, segn decan, con la cooperacin del muy amado
padre Varela, principalmente los que versaban acerca de los sucesos y
eminentes personajes de la revolucin de Mxico y de Colombia. Sobre
todo, acababa de leerse en La Habana, produciendo un vivo entusiasmo, su
polmica crtico-poltica con el encargado del Jardn Botnico, don
Ramn de la Sagra, en defensa del poeta matancero[18] Jos Mara
Heredia.

De resultas de eso, los jvenes cubanos, que ya se daban a la poltica,
comenzaron a alejarse de la clase de botnica que pretenda ensear La
Sagra, burlndose de l a medida que admiraban a Saco, a quien tenan
por un insurgente decidido, con cuya opinin, cosa singular, concurra
de plano el gobierno de la colonia.

Algunos de los estudiantes de derecho le reconoci, desde luego, por
haber estudiado filosofa con l en 1823 y murmur su nombre, lo que fue
bastante para que se pararan e hicieran una exclamacin ms bien de
curiosidad que de otra cosa. Esto hubo de atraer la atencin de
Govantes, el cual, por seas, orden a sus discpulos que salieran al
saln de clase, adonde l los seguira en breve.

All, en efecto, se encaminaron de tropel y entraron en el saln con
gran algazara, hablando de Saco, de Heredia, de su clebre _Himno del
desterrado_ y su no menos famosa oda _Al Nigara_, inclusa en la
coleccin de sus poesas impresas en Toluca, Mxico; de las lecciones de
botnica de La Sagra, y de los hroes de la revolucin de Colombia,
aunque entonces imperfectamente conocida por la juventud habanera.
Cuando, poco despus, entr Govantes a paso tardo, con un libro debajo
del brazo y el semblante risueo y animado, callaron de golpe los
estudiantes y rein all completo silencio. Ascendi los tres o cuatro
escalones de la ctedra, puso el libro en el ancho pretil y se sent en
la silla de paja, a mano constantemente.

No era el saln de la clase de derecho slo el ms amplio y extenso del
seminario, sino tambin el mejor situado bajo todos conceptos. Tena la
entrada por un extremo, con cuatro ventanas anchas abiertas al corredor,
y otras tantas al puerto de La Habana, que daban luz y aire, dejando ver
los valuartes de la ciudadela de la Cabaa y parte de los del Morro.
Apoyada en la pared medianera, entre las ventanas centrales, se elevaba
la ctedra; en frente haba dos rdenes de bancos paralelos y a
entrambos lados otros muchos colocados transversalmente, de modo que el
catedrtico, desde su elevado asiento, dominaba toda la clase, no
obstante su extensin. Probablemente habra all congregados hasta 150
estudiantes de varios cursos.

Los que haban estudiado la leccin y crean poder explicarla con alguna
claridad, presentaban el cuerpo y seguan los movimientos del
catedrtico. Los que no haban abierto siquiera el libro de texto, por
el contrario, no saban donde esconder la cara ni cmo encogerse. En
este caso se hallaba nuestro conocido Leonardo Gamboa, segn l mismo lo
haba dicho a sus amigos Meneses y Pancho Solfa. Como por su talla y su
carcter no le fuera fcil ocultarse, nunca se sentaba en frente de la
ctedra, sino a los costados, y eso en los ltimos bancos. El da que
vamos narrando ocup el asiento de la cabeza en el rincn, desalojando
para ello a su amigo Solfa. Despus de recorrer Govantes con la vista
toda la clase, se dirigi a un estudiante de su derecha, a quien llam
por el apellido de Martiartu, el espaolado antes dicho, y le orden
explicara la leccin, cosa que hizo con facilidad y an lucidez. Luego
orden hiciera lo mismo al amulatado, que llam Mena; enseguida a otro
de apellido Arredondo, el cual ocupaba puesto frente a frente de la
ctedra. Cuando ste hubo concluido la explicacin ms o menos textual,
Govantes volvi los ojos a su izquierda, los pas por encima de
Leonardo--el cual de golpe baj la cabeza con achaque de recoger el
pauelo dejado caer de intento y los detuvo en el joven que se sentaba
en la otra cabecera del mismo banco. No se saba ste la leccin y se
qued callado, por lo cual, tras breve rato, el amable profesor
dijo:--el otro, con idntico resultado. Salt enseguida al cuarto, luego
al sexto, que tampoco pudo responder, hasta que dejando tres o cuatro
por medio, dijo a Gamboa:--Usted. Disimul l cuanto pudo, hizo como que
no haba odo ni entendido, mas su amigo Pancho le llam la atencin, y
entonces, medio mohino, medio corrido, se puso en pie y dijo:

--Maldito si he estudiado la leccin.

Semejantes palabras produjeron una risa general. Gamboa, sin inmutarse,
continu:

--Mas, por lo que han dicho los seores que me han precedido en el uso
de la palabra, saco en consecuencia que el asunto de que hoy se trata es
de los ms importantes, y creo que no se me olvidarn los puntos
principales para el caso de su aplicacin en nuestro foro.

Con esto se sent de pronto, pegando al mismo tiempo un puntazo con el
dedo ndice al sufrido Pancho, por el costado, quien, ya de dolor, ya de
las cosquillas que le produjo, no pudo menos de dar un salto en el
asiento. Su discurso, lo mismo que su accin, por inesperados, causaron
una explosin de risa de que, no obstante su seriedad, particip el
mismo Govantes; quien, sin ms dilacin, comenz la explicacin del
texto, que versaba, como ya dicho, sobre el derecho de las personas.
Defini primero lo que se entenda por persona, segn el derecho romano;
luego por estado, que dijo se divida en natural y civil, y que este
ltimo poda ser de tres maneras, a saber: de libertad, de naturaleza y
de familia. Y entr de lleno en lo que poda denominarse historia de la
esclavitud, pintndola no ciertamente en sus relaciones con la sociedad
antigua o moderna, sino con el derecho romano, el de los godos y el
patrio; porque si bien reinaba bastante libertad de enseanza entonces
en Cuba, las ideas abolicionistas no haban empezado a propagarse en
ella.

Govantes en aquel da, como sola, estuvo inspirado, elocuente, dando
muestras repetidas de su vasta erudicin; en lo cual sin duda no haba
tenido pequea parte su reciente entrevista con Saco, el traductor y
anotador de las _Recitaciones de Heinecio_,[19] de texto en el Colegio
San Carlos desde el ao anterior de 1829. Al ponerse l en pie, pues
haba sonado la hora de las nueve, los estudiantes imitaron su ejemplo,
prorrumpiendo en estrepitosos aplausos.




CAPTULO X

     _Enga al mezquino_
     _Mucha hermosura;_
     _Falt la ventura,_
     _Sobr el desatino;_
     _Errado el camino_
     _No pudo volver_
     _El que por amores_
     _Se dej prender._

     D. HURTADO DE MENDOZA


Decamos que los estudiantes de derecho patrio imitaron el ejemplo de su
profesor ponindose todos de pie. Pero aunque ganosos de salir del aula,
segn es de suponerse, permanecieron en sus puestos respectivos hasta
que aqul descendi de la ctedra y se dirigi a la puerta de salida,
cabeza baja y libro de texto debajo del brazo; entonces desfilaron en
dos columnas tras l, en respetuoso silencio.

Los pocos que le acompaaron hasta la puerta de su celda, al fondo de la
galera, fueron los seminaristas, pupilos del colegio, los cuales se
distinguan por la ropa talar de estamea color pardo que vestan y que
les daba la apariencia de monacillos; si bien es seguro que ninguno de
ellos seguira la carrera eclesistica.

Los otros estudiantes no seminaristas, en el nmero ya dicho, luego que
se alej el catedrtico, deshicieron la formacin que traan, se
precipitaron por la ancha escalera de piedra, en tropel bajaron al
corredor y en el mismo desorden salieron a la calle, cual si los hubiera
vomitado de un golpe la amplia portera del Colegio de San Carlos.

Ya en la calle, se derramaron por diferentes rumbos de la ciudad. Un
grupo bastante numeroso tom la vuelta del cuartel de San Telmo en que
termina la calle de San Ignacio, torci la de Chacn, enseguida a la de
Cuba, en fin, por la de Cuarteles se encamin a la Loma del ngel, que
era su destino. En este grupo estudiantil, marchando con gran algazara,
bien poda notar el curioso lector de anteriores pginas, a los tres
constantes amigos: Gamboa, Meneses y Solfa. El primero de stos sin duda
capitaneaba a los dems, porque iba a la cabeza blandiendo en la mano
derecha, a guisa de bastn de tambor mayor, la caa de Indias con puo
de oro y regatn de plata. A medida que se acercaban a la iglesia del
Santo ngel Custodio, que, como sabe el lector habanero, se halla
sentada en la planicie de la Peapobre, se estrechaba ms la va a causa
del declive y del golpe de gentes de ambos sexos, de todos colores y
condiciones que llevaban la misma direccin.

Las mujeres blancas, al menos las que no se dirigan a la iglesia, iban
en quitrines, los cuales entonces empezaban a generalizarse y a
sustituir a las _volantes_ o calesas, que venan usndose desde fines
del siglo pasado. Casi todos los ocupaban tres seoras sentadas en el
nico asiento o de testera de esos carruajes, las mayores a los lados,
recostadas muellemente; la ms joven en medio y erguida siempre, porque
nuestros quitrines ni nuestras _volantes_ se construyen en realidad para
tres personas, sino para dos. Aunque pasadas las nueve de la maana, no
calentaba demasiado el sol, a causa de lo adelantado de la estacin; por
eso casi todos los quitrines llevaban el fuelle cado, mostrando a toda
su luz la preciosa carga de mujeres, jvenes en su mayor parte,
vestidas de blanco o colores claros, sin toca ni gorra, la trenza negra
de sus cabellos sujeta con el peine de carey llamado peineta de teja, y
los hombros y brazos descubiertos.

Las mujeres blancas que iban a pie por aquellas calles pedregosas sin
aceras, de seguro se dirigan a la iglesia; lo que poda advertirse por
el traje negro y la mantilla de encaje. La gente de color de ambos
sexos, en doble nmero que la blanca, iba toda a pie, parte tambin a la
iglesia, parte paseando o vendiendo tortillas de maz en tableros de
cedro, que era uno de los motivos de la fiesta. Las que se hallaban
arrimadas a una u otra pared de la calle, eran por lo comn negras de
frica, pues las criollas desdeaban la ocupacin, sentadas en sillas
enanas de cuero, con una mesita por delante y el burn en el brasero a
un lado. En la tal losa de piedra oscura tendan con una cuchara de
madera la porcin de harina de maz mojada que constitua una torta de
tres o cuatro onzas de peso, y cuando estaba doradita con el calor del
burn, le esparcan por encima un poco de manteca de vacas, y as
calientita y jugosa la ofrecan de venta al transente a razn de medio
de plata el par. Muchas seoritas no tenan a menos parar el carruaje y
comparar las tortillas de San Rafael, segn las denominaban, calientes
todava del indiano burn, pues por lo que parece, era como saban
mejor.

La ocasin de todo aquel bullicio y movimiento era la fiesta de San
Rafael, que cae el 24 de octubre, cuya celebracin se haba principiado,
segn ya indicamos, nueve das antes. En cada uno de ellos se deca una
misa rezada en las primeras horas de la maana, misa mayor y sermn de
diez a doce y salve a la hora de vspera. Durante la novena o circular
se mantena de manifiesto el Santsimo Sacramento, y con tal motivo la
iglesia nunca se vea desocupada de los fieles que acudan de todas
partes del barrio a ganar indulgencia plenaria.

Como hemos dicho anteriormente, la pequea iglesia del Santo ngel
Custodio se halla asentada en la planicie estrecha de la Peapobre,
especie de arrecife de poca extensin, aunque bastante elevado respecto
al plano general de la ciudad. Para subir a ella haba, y hay ahora, dos
escalinatas de piedra oscura y tosca, con repechos de lo mismo: una que
arranca del fondo de la calle de los Cuarteles, la otra que desciende a
la de Compostela, siendo sta la ms larga y pendiente.

En llegando a lo alto de la meseta, que tambin tiene repecho de piedra,
se est en el piso del templo, cuya nica nave, en los das de funcin,
como de la que ahora se trata, se descubre toda entera--el altar mayor
al fondo, retablo de madera de dos cuerpos--ms all de las dos puertas
laterales, casi oculto tras el bosque de cirios blancos, candelabros
dorados y plateados, macetas de flores artificiales y gran profusin de
relumbrantes cartulinas. A izquierda y derecha se vean dos retablos de
menos adornos, en el promedio de la puerta principal y las laterales, y
en la media naranja otros dos retablos, en cada uno de los cuales se
veneraba algn santo, por lo regular de madera de talla, encerrado en un
nicho de cristal. El techo, en forma de caballete, dejaba al desnudo el
maderamen de la armadura que estaba cubierta de tejas coloradas, y
encima del arco toral, dentro del que haba un pequeo coro, se
levantaba el cuadrado campanario de piedra de tres cuerpos en
disminucin ascendente. Hacia el oeste, detrs del cuerpo de la iglesia,
se hallaba la sacrista, la habitacin del cura enseguida, y otra
escalera de piedra menos espaciosa que las del frente, que daba salida a
la calle de Egido, especie de callejn hondo, torcido y desigual que
corre a lo largo de las paredes de las casas y los baluartes que
circundaban la ciudad por la parte de tierra. El patio, por el frente,
tiene un malecn de mampostera, al modo de muro de azotea. Pues en ese
malecn, en la maana del da que vamos refiriendo, el segundo o tercero
de la novena de San Rafael, varios negros carpinteros se entretenan en
levantar con tablas de pino, pintadas de color de cantos de piedra, algo
que se asemejaba a las almenas de un castillejo, habiendo ya plantado el
asta bandera y casi concluido la obra principal.

Los estudiantes se haban apoderado de todo el repecho de las
escalinatas y mesetas; Leonardo Gamboa en lo ms alto, con su caa al
hombro dirigiendo la maniobra, y no suba por stas persona alguna, ni
pasaba por la calle mujer especialmente, en carruaje o a pie, sin que
tuvieran ellos algo que decirle y an hacerle. El ms conspicuo por su
voz, por el puesto que ocupaba y por su aventajada talla era Gamboa,
prodigando, sin cesar dichos y requiebros, sobre todo a las muchachas
bonitas, con sobra de galantera y lastimosa falta de buena crianza.
Ellas, sin embargo, ya por el hbito de orlos desde la cuna, ya porque
siempre halaga la celebracin, no se daban por ofendidas, antes stas se
sonrean; aqullas, con el abanico entreabierto, hacan un saludo
gracioso a los conocidos o amigos, y no faltaban quienes correspondan a
una pulla, con otra pulla, por cierto no de la mejor ley.

Haba Leonardo arrebatado un pedazo de tortilla a uno de sus compaeros,
y, tenindole en la mano izquierda, lo brindaba a la joven que mejor le
pareca, sin nimo de drsela a ninguna, ni probarlo l, hasta que, de
tres que iban en un quitrn, crey reconocer la que ocupaba el lado
opuesto; por cuya razn, en vez de hacerle el mismo ofrecimiento que a
las dems, baj la mano de pronto y trat de ocultarse tras el repecho
de la meseta. La joven le haba visto, y reconocido desde luego; slo
que, lejos de sonrerse, como es natural cuando se divisa a un amigo
entre multitud de gentes extraas, se puso ms seria y plida de lo que
era, aunque mientras pudo estuvo mirando el sombrero y la frente del
estudiante, asomados a pesar suyo por encima del borde del muro de
piedra. A tiempo de agacharse Gamboa, por un movimiento involuntario,
le ech garra por un brazo a su amigo Meneses, y de modo le apret, que
ste no pudo menos de quejarse y preguntarle:

--Qu sucede, Leonardo? Por Dios bendito, suelta, que me desprendes el
brazo.

--No la conociste? repuso Leonardo enderezndose poco a poco.

--A quin? Qu dices?

--A la muchacha aquella del quitrn azul que va sentada a la parte
opuesta de nosotros. Pasa ahora las Cinco esquinas. Todava mira hacia
ac. De seguro me ha reconocido. Y yo que la haca a muchas leguas de
distancia! Si creer que todava duran los aguinaldos de pascuas?

No s an de quin hablas.

--De Isabel Ilincheta, hombre. No la conociste? Bien que te gustaba su
hermana Rosa.

--Acabramos. No la conoc, en efecto. Me pareci muy delgada y
triguea, all era la ms linda del partido.

--Todas las muchachas cuando van para tas se ponen delgadas y
palidecen; y lo que es Isabel tiene razn para ambas cosas, pues cuenta
mi edad y no abriga esperanzas de casarse pronto.

--Todava te casas t con ella el da menos pensado.

--Yo? Primero con una escopeta. La chica me gusta, no lo niego; pero
ms me gustaba all, en medio de las flores y del aire embalsamado, a la
sombra de los naranjos y de las palmas, en aquellas guardarrayas y
jardines del cafetal de su padre. Y luego, es una bailadora... de
primera. No menos que tu Rosa.

--Deja tranquila a Rosa y volvamos a tu Isabel. Estaba lo que se llama
enamorada de ti. La pobre! no te conoce, a lo que entiendo. Porque si
vale decir verdad, eres el ms inconstante y voluble de los hombres.

--Lo confieso, lo siento, mas no puedo remediarlo; me empeo por una
muchacha mientras me dice que no; en cuanto me dice que s, aunque sea
ms linda que Mara Santsima, se me caen a los pies las alas del
corazn. Desde mayo no le escribo. Qu pensar de m? Y es que estas
muchachas criadas en el campo son tan empalagosas con su querer... Se
figuran que nosotros los mozos de La Habana somos todo cera y miel.

--Dnde parar ella?

--De seguro en casa de las Gmez, sus primas, detrs del Convento de las
monjas Teresas.

--Esperas tropezar ah con Rosa? Cuando no estaba en el quitrn con
Isabel, es claro que no ha venido del campo. En cuanto a m, te juro que
no deseo y temo encontrarme cara a cara con Isabel. Estar ella hecha un
moderno virago conmigo. No es mujer a quien se puede ofender
impunemente.

--Razn tiene sobrada para estar enojada contigo, y en conciencia debes
hacer por aplacar su enojo...

--Conciencia, conciencia, repiti Leonardo en tono desdeoso. Quin la
tuvo jams en tratndose de mujeres?

--Hombre! No digas blasfemias, que hijo eres de mujer.

Esta ltima observacin la hizo Pancho Solfa, que haba estado oyendo el
breve dilogo de los dos amigos. Leonardo le mir de alto a bajo; no por
desprecio, sino porque le sacaba al menos dos palmos de ventaja en
estatura, y le dijo serio:

--T vas a parar en fraile capuchino. Luego, volvindose con viveza para
Meneses, aadi: Esa muchacha va a trastornar todos mis planes.

--No lo comprendo, dijo Meneses.

--Ya lo vers, repuso Leonardo pensativo. Caballeros, prosigui hablando
con los que le seguan desde el colegio; vmonos que ya esto fastidia.

Conocidamente Leonardo se haba puesto de mal humor; algo le contrariaba
el nimo, y l no era hombre para sobrellevar estorbos. Pero apenas baj
a la calle por el lado de la de Compostela, y se vio una vez ms en
medio del bullicio popular, cuando volvi a su ser natural y a las
vivezas de su carcter. En efecto al llegar a las Cinco esquinas,
alcanz un caballero de mediana edad que llevaba la misma direccin que
los estudiantes. Leonardo le pas los brazos por debajo de los suyos, le
cubri los ojos con ambas manos y le dijo, variando el acento:--Adivina
quin soy.

En vano el desconocido trat de desasirse de las garras del estudiante,
en la persuasin quizs de que el objeto de aquella violencia era
robarle a la claridad del da y a la vista del pueblo. Pero Leonardo,
luego que se le reunieron los compaeros y multitud de curiosos, solt
al hombre; y, con el sombrero en la mano y la cabeza inclinada, en seal
de respeto y arrepentimiento, le dijo:--Pido a Vd. mil perdones,
caballero. He sufrido una equivocacin lamentable, pero Vd. tiene la
culpa, porque se parece a mi to Antonio como un huevo a otro huevo.

Los estudiantes soltaron la carcajada, por lo mismo que el caballero
desconocido, comprendiendo la burla, estall en expresiones de mal humor
y de enojo contra la juventud malcriada e insolente de la poca. Aquella
ridcula escena pas con ms rapidez de lo que hemos acertado a
pintarla, y, como para hacer contraste con ella, no bien pas Leonardo
la calle de Chacn, meti la punta de su caa de Indias en una rolliza
tortilla de maz que empezaba a dorarse al calor del burn de una negra
ms rolliza todava y casi desnuda, arrimada a la pared de la esquina y
rodeada de sus cachivaches, y la levant en el aire. Hizo la tortillera
una exclamacin de angustia, y al enderezarse en el enano asiento, como
era tan gorda y pesada, ech a rodar la mesita que tena delante, donde
haba otras tortillas ya cocidas, con lo cual se aument su disgusto y
se menudearon sus gritos. Todos rieron de la ocurrencia, Diego Meneses,
quien, por uno de aquellos impulsos nobles y generosos de su buen
corazn, sac del bolsillo del chaleco unos cuantos reales, se los
arroj al pecho abultado de la negra, y acert a depositrselos en el
seno, no obstante el bajo escote del cuerpo de su escassimo traje.

Si con esto se le pas el enojo o cesaron sus lamentos, los estudiantes
no se detuvieron a averiguarlo. Adelante, en la calle del Tejadillo
corta la de Compostela en ngulo recto y luego se encuentra la del
Empedrado, dicha as por haber sido la primera en que se empez a
ensayar el sistema de pavimento de las calles de La Habana con chinas
rodadas y arroyo en medio. Por ella torci Leonardo a la derecha, y
despus de saludar a sus compaeros y decir a sus ntimos amigos Meneses
y Solfa que podan, si queran, esperarlo en la plazoleta inmediata de
Santa Catalina, donde se reunira con ellos dentro de un cuarto de hora.
Pero siendo ya la de almorzar, segn la costumbre de Cuba, ellos
prefirieron continuar a sus casas respectivas, y as se separaron de
Leonardo hasta la noche en la feria del Santo ngel Custodio.

Una vez solo el estudiante de derecho, cambi de paso y de aspecto
repentinamente. Se puso serio y pensativo, mucho ms de lo que caba
esperar en un carcter tan alegre y vivaz. Era que le preocupaba
demasiado la aparicin en La Habana y en la feria, de la joven de
Alquzar a quien denomin Isabel Ilincheta. No obstante que lo negase,
estaba enamorado de ella, y recelaba que su repentina llegada diese
ocasin a revelaciones desagradables, sobre todo, al descubrimiento de
sus veleidades, que, por pervertido que tuviese el sentimiento de la
decencia, no podan hacerle honor ni dejar de sacarle los colores a la
cara.

Varias veces se detuvo y peg con la punta del bastn en las angostas
losas de la acera, de cuyo lujo gozaba entonces, entre otras pocas, la
calle famosa de lo Empedrado. Entre seguir y volverse fluctuaban
grandemente, pues es bueno que se sepa que aquella no era la direccin
de su casa. Dio, al fin, un golpe ms recio que los dems con la caa,
se la ech al hombro, como sola, y apresur el paso, murmurando:--Qu
diablos! A lo hecho, pecho. Todo esto, para confirmarse en la resolucin
tomada.

A poco andar se encontr en la esquina de la calle del Aguacate, y
arrimado a las alterosas paredes del Convento de Santa Catalina, no hizo
alto hasta cerca de la esquina en que la calle de O'Reilly corta la que
llevaba a la sazn. All, dirigi una mirada oblicua a la ventanilla
cuadrada y alta de una casucha en la acera opuesta, inmediata a la
esquina. Dicha casucha la hemos descrito minuciosamente al final del
captulo II de esta verdica historia. Las hojas de la ventanilla se
hallaban entornadas, y por entre los balaustres de cedro, se vean los
pliegues de una cortinilla de muselina blanca, la cual se agitaba
ligeramente entonces, ya a causa del airecillo de la maana, ya de los
movimientos de alguna persona que estuviese detrs. En la misma
disposicin, aunque inversa, se vea la desvencijada puerta: la media
bala de hierro, de que hemos hablado en otra parte, impeda que se
cerrase del todo.

Que haba una persona apostada entre la hoja entornada de la ventanilla
y la cortina blanca, no cabe duda ninguna, porque apenas Leonardo cruz
y puso la mano derecha en el hueco que dejaba en el marco un balaustre
cado, cuando se asom la cara ms linda de mujer que quizs exista en
aquel tiempo en La Habana. A su vista, aunque los ojos de la mulata
despedan rayos, y no de amor, sino de clera, qued completamente
subyugado Leonardo, y se olvid de Isabel, de los bailes de Alquzar y
de los paseos por las guardarrayas de palmas y de naranjos en los
cafetales de esa comarca. El lector de los primeros captulos de esta
historia tiene delante a Cecilia Valds. Mantena los ardientes labios
apretados, la sangre quera brotarle de sus redondas mejillas, el
abultado seno con dificultad se contena dentro de las ligaduras del
traje de yoc. Al fin fue ella la primera a hablar, diciendo ms con el
semblante que con la voz:

--Para qu ha venido?

--Acabo de salir de la clase, contest Leonardo en tono humilde y bajo,
mas recio.

Cecilia mir al soslayo para adentro, con la mano izquierda abierta hizo
sea a Leonardo que bajara algo ms la voz y aadi con vehemencia:

--Le han visto hace poco en la loma del ngel.

--Puede ser, vena para ac.

--Pero se ha detenido mucho, la distancia no es tan grande. Ah!
Maldita la mujer que ama!

--Nada se ha perdido, Cecilia. Heme aqu.

--Ya. Mas quin sabe la causa de su demora? Tal vez una mujer...

--Mujer no, te lo juro.

--No me jure, porque entonces menos le creo. El caso es que Chepilla ya
est de vuelta de Paula y Vd. se aparece ahora. Ya no hay tiempo de
hablar. Hace rato que lleg. Rezaba y dormitaba, supongo que de cansada;
y ya levanta la cabeza y pone el odo de tico. (Esto lo dijo mirando
otra vez hacia dentro.) A Vd. no le interesa mi amistad, se conoce, y
soy una boba que le espero. Maldita sea la mujer que quiere como yo!

--Tu desesperacin me asusta, alma ma. Siento el percance, ser maana.

--Es que Chepilla no va todos los das a Paula.

--Me levant cerca de las siete. T sabes a la hora que vinimos de
Regla, cerca de la una de la madrugada.

--Eso no impidi que yo me despertase al amanecer. Me acost con el
cuidado y Vd. no, esto hace mucha diferencia.

--Djate de ese tono irnico que no te sienta ni un poquito. Demasiado
sabes t que te idolatro.

--Obras son amores y no buenas razones, y el hombre que no cumple con
una cita...

--No me condenes de ligero. Ya te he dicho la causa de mi demora. Te
protesto, sin embargo, que lo siento en el alma, y ya te probar...

--Malhaya viene tarde. En vano me protesta de su cario. La persona que
quiere bien no engaa. S, Vd. me est engaando. Me tiene muy herida.
Vyase. Truena Vd., no habla.

Leonardo le cogi la mano y se la llev a los labios, sin que ella
opusiera la menor resistencia, por donde conoci que haba pasado el
furor de la tormenta y que la muchacha admitira su visita en primera
oportunidad. Con esto l sigui camino y al entrar en la calle de
O'Reilly, puso el pie izquierdo en el estribo de una volanta que bajaba
de la puerta del Monserrate, zarandendose dentro de dos largusimas
varas, pendientes de dos enormes ruedas y del lomo de un verdadero
Rocinante, y qued sentado en el cojn de vaqueta. El estremecimiento
producido por la repentina entrada del joven, llam la atencin del
calesero, quien incontinente volvi la cara a fin de ver la casta de
pasajero que haba conseguido sin solicitarlo ni esperarlo. Este, a
tiempo de caer en el asiento, tron en voz campanuda y de mando:--A
casa.

--Y dnde vive el nio? naturalmente pregunt el azorado calesero.

--Bruto! Que no lo sabes? Calle de San Ignacio esquina a Luz. Arrea.

--Ah! exclam el calesero, y le peg tan fuerte latigazo a la pobre
bestia en los ijares, que se estremeci toda dentro de la armazn de
huesos, doblndose casi en dos, bien del dolor, bien del peso del
carruaje, del pasajero y del jinete.

Mientras el estudiante, sacudido como una pelota va camino de su casa en
la desvencijada volante sannos permitidas algunas reflexiones. A qu
aspiraba Cecilia al cultivar relaciones amorosas con Leonardo Gamboa? El
era un joven blanco, de familia rica, emparentado con las primeras de La
Habana, que estudiaba para abogado y que, en caso de contraer
matrimonio, no sera ciertamente con una muchacha de la clase baja, cuyo
apellido slo bastaba para indicar lo oscuro de su origen, y cuya sangre
mezclada se descubra en su cabello ondeado y en el color bronceado de
su rostro. Su belleza incomparable era, pues, una cualidad relativa, la
nica quizs con que contaba para triunfar sobre el corazn de los
hombres; mas eso no constitua ttulo abonado para salir ella de la
esfera en que haba nacido y elevarse a aqulla en que giraban los
blancos de un pas de esclavos. Tal vez otras menos lindas que ella y de
sangre ms mezclada, se rozaban en aquella poca con lo ms granado de
la sociedad habanera, y an llevaban ttulos de nobleza; pero stas o
disimulaban su oscuro origen o haban nacido y se haban criado en la
abundancia; y ya se sabe que el oro purifica la sangre ms turbia y
cubre los mayores defectos, as fsicos como morales.

Pero estas reflexiones, por naturales que parezcan, estamos seguros que
jams ocuparon la mente de Cecilia. Amaba por un sentimiento espontneo
de su ardiente naturaleza y slo vea en el joven blanco el amante
tierno, superior por muchas cualidades a todos los de su clase, que
podan aspirar a su corazn y a sus favores. A la sombra del blanco, por
ilcita que fuese su unin, crea y esperaba Cecilia ascender siempre,
salir de la humilde esfera en que haba nacido, si no ella, sus hijos.
Casada con un mulato, descendera en su propia estimacin y en la de sus
iguales: porque tales son las aberraciones de toda sociedad constituida
como la cubana.

El calesero, entre tanto, baj por la calle de O'Reilly al trote, tom
la de Cuba, cruz diagonalmente la plazoleta de Santa Clara, torci
luego a la calle de San Ignacio, y sin adelantarse un paso par la
carrera a la puerta de la casa que le haban designado. Aqulla era una
prueba de que el negro calesero no mereca el dictado de bruto que le
dio Leonardo al entrar en la volante. No haba acabado de parar sta,
cuando el estudiante salt a la acera y con la misma rapidez le lanz
una moneda al calesero. Recibiola l en el aire, se la llev a los ojos,
vio que era una peseta columnaria, se persign con ella, pic espuelas y
sigui viaje, diciendo:--Mucha salud, nio.




CAPTULO XI

     _De mi patria_
     _bajo el desnublado cielo_
     _no pude resolverme a ser esclavo,_
     _ni consentir que todo en la natura_
     _fuese noble y feliz menos el hombre._

         JOS MARA HEREDIA

     A Emilia.


Crey advertir Leonardo cuando salt de la volante a la acera, que un
militar, en completo uniforme, que caminaba de prisa hacia la Plaza
Vieja, se haba separado de la segunda ventana de su casa, y que
contemporneamente se haba desprendido de un postigo de la misma el
bien conocido rostro de una de sus hermanas. Apresur el paso, y, en
efecto, a travs de otro postigo de la reja del zagun, vio a su hermana
mayor Antonia, en el acto de alzar la cortina para entrar en el primer
aposento, por la puerta que daba a la sala. Le desazon ms de lo que
puede imaginarse este inesperado descubrimiento, porque atando cabos se
convenci, a no quedarle duda, de que mientras l galanteaba a la mulata
all por el barrio del ngel, un capitn del ejrcito espaol, a la
clara luz de una maana de octubre, le galanteaba la hermana ac por el
barrio de San Francisco. El recuerdo del momento placentero que haba
gozado y que an se cerna en su mente cual visin brillante, qued
enturbiado, se desvaneci del todo ante la desagradable escena a la
ventana de su casa.

De la generacin que procuramos pintar ahora bajo el punto de vista
poltico-moral, y de la que eran muestra genuina Leonardo Gamboa y sus
compaeros de estudios, debemos repetir que alcanzaba nociones muy
superficiales sobre la situacin de su patria en el mundo de las ideas y
de los principios. Para decirlo de una vez, su patriotismo era de
carcter platnico, pues no se fundaba en el sentimiento del deber, ni
en el conocimiento de los propios derechos como ciudadano y como hombre
libre.

El sistema constitucional que haba regido en Cuba, la primera vez de
1808 a 1813, la segunda de 1821 a 1823, nada le haba enseado a la
generacin de 1830. Para ella haban pasado como un sueo, como cosas
del otro mundo o de otro pas, la libertad de imprenta, la milicia
nacional, el ejercicio frecuente del derecho del sufragio, las reuniones
populares, las agitaciones y propaganda de los ms exaltados, los
concilibulos de las sociedades masnicas, las ctedras de Derecho y de
Economa Poltica, las lecciones de Constitucin del Padre Varela.
Despus de cada uno de esos dos breves perodos haba pasado sobre Cuba
la ola del despotismo metropolitano y borrado hasta las ideas y los
principios sembrados con tanto afn por ilustres maestros y eminentes
patriotas. Haban desaparecido los peridicos libres, los folletos y los
pocos libros publicados en las dos pocas memorables, de los cuales, si
exista uno que otro ejemplar, era en manos del bibligrafo, que tena
doble empeo en ocultarle.

Sujeta a la previa censura, haba enmudecido la prensa en toda la Isla
desde 1824, no mereciendo ese nombre los poqusimos peridicos, que
despus se publicaban en una que otra poblacin grande de la misma. El
estado de sitio en que desde entonces qued avasallado el pas, no
consenta la discusin de las cuestiones que ms podan interesar al
pueblo. Delito grave era tratar de poltica en pblico y en privado,
hasta el uso de ciertos nombres de personas y an de cosas estaba
estrictamente prohibido. Los sucesos pasados, pues, as dentro como
fuera de Cuba, los conatos de revolucin en sta, las resultas de la
tremenda lucha por la libertad e independencia en el continente, todo
esto qued sepultado en el misterio y en el olvido para la generalidad
de los cubanos. La historia, adems, que todo recoge y guarda para la
ocasin oportuna, an no se haba escrito.

No faltaban fuera quienes tratasen contemporneamente de la poltica
militante y se afanasen por hacer llegar a la patria la noticia de lo
que pasaba en torno de ella y que poda ensear al pueblo sus deberes y
recordarle sus derechos. A ese fin, entre otros, el virtuoso Padre
Varela public en Filadelfia _El Habanero_, de 1824 a 1826; pero el
gobierno espaol le declar papel subversivo y prohibi su entrada en
Cuba. De suerte que puede asegurarse que muy pocos ejemplares circularon
en ella. Ms tarde, es decir, de 1828 a 1830, emprendi Saco tambin en
el Norte de Amrica la publicacin de _El Mensajero Semanal_, peridico
cientfico-poltico-literario, el cual, por iguales motivos que el
anterior, tuvo escasa circulacin en La Habana y no ejerci influencia
apreciable en las ideas polticas. Lo nico que en ese peridico hizo
eco en la juventud habanera, segn se ha indicado anteriormente, fue la
polmica que su ilustre redactor sostuvo con el director del Jardn
Botnico de La Habana, don Ramn de la Sagra, por la apasionada crtica
que ste haba hecho del tomo de poesas dado a luz en Toluca, en el ao
de 1828, por el insigne Tirteo[20] cubano, Jos Mara Heredia.

Mayor y ms general influencia ejercieron en el nimo de la juventud los
patriticos versos de ese clebre poeta. Sobre todos su oda _La Estrella
de Cuba_, octubre de 1823; su epstola _A Emilia_, 1824; su soneto a don
Toms Boves. Su _Himno del Desterrado_, 1825, caus un vivo entusiasmo
en La Habana; muchos lo aprendieron de memoria y no pocos lo repetan
cuando quiera que se ofreca la ocasin de hacerlo sin riesgo de la
libertad personal. Pero ni aquellos peridicos, ni estos fogosos versos,
mager que rebosando en ideas libres y patriticas, bastaban a inspirar
aquel sentimiento de patria y libertad que a veces impele a los hombres
hasta el propio sacrificio, que les pone la espada en la mano y los
lanza a la conquista de sus derechos.

Quedaban, adems, confusas, si ya no tristes, reminiscencias de las
pasadas conjuraciones. De la del ao 12 slo sobreviva el nombre de
Aponte,[21] cabeza motn de ella, porque siempre que se ofreca pintar a
un individuo perverso o maldito, exclamaban las viejas:--Ms malo que
Aponte! De la del ao 23 se saba por tradicin, que Lemus, el
cabecilla, gema en un presidio de Espaa; que Peoli se haba escapado
del cuartel de Beln disfrazado de mujer; que Ferrety, el delator,
gozaba de la privanza o favores del Gobierno; y que Armona, el
aprehensor y perseguidor de los principales conjurados, continuaba
siendo el jefe de la nica gendarmera del Capitn General don Francisco
Dionisio Vives.

Como rumor no ms haba corrido que el gobierno de Washington se haba
opuesto a la invasin de Cuba y Puerto Rico por las tropas de Mxico y
de Colombia, y que de esas resultas haban ahorcado all por Puerto
Prncipe en 1826, como emisarios de los insurgentes, a Snchez y a
Agero.[22] Pero a tal punto haban llegado el olvido y la indiferencia,
que en los mismos das a que nos referimos en las anteriores pginas, se
segua causa de infidencia a los cmplices de la conjuracin llamada del
_Aguila Negra_, muchos de los cuales estaban presos en el cuartel de
Dragones, en el de las Milicias de color, en el castillo de la Punta y
en otras partes, y no se echaban de ver sntomas de descontento,
siquiera de inters en el pueblo.

Tambin los conjurados cubanos de anteriores intentonas malogradas, o se
hallaban an lejos de la patria, o haban muerto en el destierro, o se
les haba entibiado el ardor patritico y llevaban vida oscura y
pacfica, consagrados a la reparacin de los estragos que haban
producido en su salud y su fortuna, el tiempo y las contradicciones de
los hombres. No era, pues, ni poda ser ocupacin de los que haban
vuelto a la patria, la propaganda de las opiniones y proyectos polticos
concebidos y acariciados durante los das de la exaltacin y de la fe
ciega en la libertad.

Por su parte, los criollos y peninsulares emigrados del continente, como
para subsanar su conducta cobarde, egosta o retrgrada en la guerra por
la independencia, a su llegada a Cuba, slo se ocuparon de falsear el
carcter de los sucesos, calificando de injustos, de perversos y de
innobles los motivos de los sacrificios patriticos de los
revolucionarios, amenguando sus hazaas, convirtiendo en ferocidad hasta
sus actos de justicia y de meras represalias. Para esos renegados el
republicano o patriota era un insurgente, esto es, un sedicioso, enemigo
de Dios y del rey; el corsario, un pirata o musulmn, como llamaba el
pueblo a los argelinos que hasta fines del siglo pasado infestaban las
costas del Mediterrneo.

El lector habanero, conocedor de la juventud de la poca que procuramos
describir, nos creer fcilmente si le decimos que Gamboa no se cuidaba
de la poltica, y por ms que le ocurriese alguna vez que Cuba gema
esclava, no le pasaba por la mente siquiera entonces, que l o algn
otro cubano, deba poner los medios para libertarla. Como criollo que
empezaba a entrar en el roce de las gentes mayores y a estudiar
jurisprudencia, s se haba formado idea de un estado mejor de sociedad
y de un gobierno menos militar y opresivo para su patria. Sin embargo,
aunque hijo de padre espaol, que, siendo rico y del comercio visitaban
con preferencia paisanos suyos, ya senta odio hacia stos, mucho ms
hacia los militares, en cuyos hombros, a todas luces, descansaba la
complicada fbrica colonial de Cuba. No caba, por tanto, que le hiciera
buena sangre el que un militar le soplase la hermana querida, antes
fueron tan vivos los celos que experiment, como profundo era el odio
que le inspiraba el hombre en su doble carcter de soldado y de espaol.

En consecuencia, entr en su casa disgustado. La mesa estaba puesta para
el almuerzo, y Leonardo, en vez de ir en busca de su madre, como sola,
sin ver a nadie se quit la casaca de pao y arroj el libro de clase en
un asilla, se quit la casaca de pao y se puso una chupa de dril de
rayitas de color. Por breve rato estuvo indeciso entre si se echara en
la cama, la cual con su frescura y mosquitero de rengue azul le
convidaba a reposar, o si sala al balcn, donde an haba sombra, se
apareci el negrito Tirso y dijo:--Nio, el almuerzo est en la mesa. Y
se apresur a bajar, encontrando ya sentados a su madre y a su padre. A
las calladas tom asiento al lado de la primera, quien desde lejos le
ech una mirada amorosa, cual si extraara y la tuviese desazonada el
que l no se le presentara cuando entr de la calle. El segundo ni
siquiera levant la vista del plato en que coma huevos fritos con salsa
de tomates, aunque a derechas no haba visto al hijo desde el da
anterior.

Enseguida fueron saliendo una tras otra de las alcobas las hermanas de
Leonardo, preparadas para salir a la calle, y sentndose a la mesa, en
silencio, como monjas en el refectorio. Cada cual ocup en ella su
puesto respectivo, es decir, doa Rosa con su hijo preferido a un lado,
las tres hijas de esa seora al otro, y don Cndido y el mayordomo en
las opuestas cabeceras de la mesa. No era casual, pues, sino constante y
deliberada esta distribucin; salvo que se alterase por la aparicin de
algn comensal con quien deba usarse cumplimiento. Indicaba claramente
el carcter, los hbitos y predilecciones de la familia entre s y sobre
todo de los padres respecto de sus hijos.

Las preferencias de doa Rosa no podan equivocarse: todas en favor de
Leonardo. Las de don Cndido, si algunas dejaba ver en ocasiones
sealadas, hacan foco en su hija mayor Antonia.

Era l hombre de negocios, ms bien que de sociedad. Con escasa o
ninguna cultura, haba venido todava joven a Cuba de las serranas de
Ronda, y hecho caudal a fuerza de industria y de economa, especialmente
de la buena fortuna que le haba soplado en la riesgosa trata de
esclavos de la costa de frica.

Su trfico principal en La Habana, aquel que le sirvi de peldao para
subir a la cima de la riqueza, consisti en la negociacin de maderas y
ripia del Norte de Amrica, teja colorada, ladrillos y cal del pas, si
bien en el da no se ocupaba de eso exclusiva ni personalmente,
sonndole mejor en los odos el ttulo de hacendado que le daban sus
amigos, por el ingenio de fabricar azcar, _La Tinaja_, que posea en la
jurisdiccin del Mariel, el cafetal _Las Mercedes_, en la Gira de
Melena, y el potrero o dehesa de Hoyo Colorado.

Por hbito, antes que por ndole, era reservado y fro en el trato de su
familia, tenindole de ella alejado la naturaleza de sus primitivas
ocupaciones y el afn de acumular dinero que se apoder de su espritu,
luego que contrajo matrimonio con una criolla rica, y de las ms
encopetadas familias de La Habana.

Al principio de su nueva vida no haba sido ejemplar su conducta, ni
digna de servir de gua a Leonardo, segn nos lo ha dado a entender doa
Rosa al final del VII captulo. Por uno y otro motivo, quizs por su
ignorancia supina, no se ocupaba de la educacin de sus hijos, mucho
menos de su moralidad. Ambos deberes corran a cargo de aquella discreta
seora que, si no posea la ciencia, s el instinto y el amor materno
ms acendrado, con los cuales bien se puede dar la mejor direccin a las
arrebatadas pasiones de la juventud. Sealadamente en materia de
educacin, la caridad es la fuente y el espejo de todas las virtudes.

Como hombre ignorante y rudo, tena, adems, don Cndido, extrao modo
de reprender a sus hijos. Ya se ha visto que cuando Leonardo se present
en el comedor, ni siquiera le mir a la cara. Esta era seal infalible
que continuaba enojado con l. En efecto, siempre que alguno de ellos le
daba motivo de queja, cosa al parecer frecuente, le castigaba, o crea
castigarle, negndole la palabra por das y an meses seguidos. De
suerte que por el padre casi nunca averiguaban los hijos la causa real
de su enojo; la madre en estos casos, serva siempre de conducto o
intermediario para mantener la paz y la concordia en el seno de la
familia.

Antonia, el vivo retrato de doa Rosa en lo fsico, contaba 22 aos de
edad. Leonardo pasaba de los 20, y fluctuaban entre los 18 y 17 sus
hermanas menores, Carmen y Adela. Esta ltima poda pasar en cualquier
parte por un modelo acabado de belleza. Posea todas las condiciones que
requeran los estatuarios griegos en la persona cuya estatua deba
tallarse: buena cabeza, facciones regulares, formas simtricas, airoso
porte, talla esbelta, frente alta y mirada de fuego. Con parecerse ella
a la Venus[23] griega ms bien que a una de las Parcas,[24] tena ms
semejanza con don Cndido que con doa Rosa. Haba entre la hija y el
padre algo ms de lo que se entiende generalmente por aire de familia:
la misma expresin fisonmica, el mismo espritu, llevaba impreso en el
rostro el sello de su progenie.

Ocupaba Leonardo en la mesa sitio opuesto al de su hermana Adela, y
siempre que el padre se hallaba delante, mientras duraba el almuerzo, o
la comida, se cruzaban entre ellos miradas de inteligencia, se sonrean
a menudo, sostenan, en suma, conversaciones cariosas y fraternales con
los ojos y los labios, sin proferir una palabra. Que ligaban a los
hermanos fuertes lazos de simpata, pareca del todo evidente. Haba del
uno para la otra lo que se llama ngel. A no ser hermanos carnales se
habran amado, como se amaron los amantes ms clebres que ha conocido
el mundo. En la maana del da que vamos refiriendo no sucedi, sin
embargo, lo de costumbre. Leonardo estaba enojado o triste, o extraa y
honda preocupacin le dominaba el nimo; lo cierto es que en vano Adela,
cual sola, busc su mirada, puso el entrecejo y trat de quemarle la
frente con los rayos de sus divinos ojos, a travs de la mesa. Ni una
vez se cruzaron sus miradas, no hubo para ella en aquel rostro
repentinamente petrificado, un rasgo de cario. La inocente nia lleg a
afligirse. Habale dado motivo de enojo sin saberlo? Qu tena su
hermano querido? Por qu en las dos o tres veces que le sorprendi
mirndola en sorda y muda contemplacin, baj l los ojos de repente o
fingi perfecta abstraccin e indiferencia? Quizs Leonardo no se
explicaba claramente y Adela era muy joven para comprender que aqul
haca, sin quererlo, un estudio comparativo de la encantadora fisonoma
de su hermana. Qu pensamientos cruzaban entonces por su mente? Difcil
es decirlo; lo nico que puede asegurarse como cosa positiva es que
haba en la contemplacin de Leonardo ms embebecimiento que distraccin
mental, ms deleite que fra meditacin, cual si hubiese descubierto
ahora en el semblante de su hermana algo en que antes no haba reparado.

Dur el almuerzo como una hora, reinando todo ese tiempo en la mesa el
mayor silencio, pues apenas se oa otro ruido que el de los cubiertos de
plata, ni ms voz que la del que peda ste o aquel plato distante al
negrito Tirso, que ya conocen nuestros Lectores, y a una negra joven y
bien parecida, los cuales, con los brazos cruzados sobre el pecho cuando
esperaban rdenes, estaban atentos a las exigencias del servicio. El
primero, con todo eso, serva principalmente a los hombres, la segunda a
las mujeres. Pero uno y otra, era de notarse, le adivinaban a don
Cndido hasta los pensamientos, ponindole delante el plato designado
con un mero movimiento de los ojos, a cuyo efecto no apartaban de l los
suyos Tirso ni la criada Dolores, mientras servan a los dems
comensales. Ay de ellos si esperaban la orden o equivocaban el plato
con que deseaba reemplazar el saboreado! El castigo no se haca esperar:
le arrojaba a la cabeza lo primero que se le vena a las manos.

La abundancia de las viandas corra pareja con la variedad de los
platos. Adems de la carne de vaca y de puerco frita, guisada y
estofada, haba picadillo de ternera servido en una torta de casabe
mojado, pollo asado relumbrante con la manteca y los ajos, huevos fritos
casi anegados en una salsa de tomates, arroz cocido, pltano maduro
tambin frito, en luengas y melosas tajadas, y ensalada de berros y de
lechuga. Acabado el almuerzo, se present un tercer criado, en mangas de
camisa, y que por el pringue de su ropa pareca el cocinero, con una
cafetera de loza en cada mano y principi a llenar de caf y de leche,
primero la taza de don Cndido y sucesivamente la de doa Rosa, la de
Leonardo, las de las hermanas de ste, acabando por la del Mayordomo,
aunque no ocupaba el ltimo lugar en una mesa donde haca de cabeza el
amo y de cola la hija mayor. El Mayordomo no era sino un criado blanco,
y nadie mejor que los otros criados definan su posicin en aquella
casa.

Tomaba la familia el caf con leche hirviendo cuando pas por el comedor
en direccin de la calle, nuestro conocido, el calesero Aponte. Aunque
todava en mangas de camisa, llevaba calzadas las altas botas de montar
y las macizas espuelas de plata. Conduca del diestro dos caballos
enjaezados, cuyas colas estaban cuidadosamente trenzadas y las puntas
atadas por un cordn de estambre a una argolla en el fuste de la silla
por detrs. Al entrar en el zagun solt Aponte la pareja, y sin ms
demora abri de par en par la ancha puerta de la calle, suspendi en
peso las varas del quitrn por las argollas plateadas que tenan
atornilladas al extremo, y gritando:--Atrs!, le sac rodando hasta el
medio de la calle, le hizo girar, y le arrim a la acera de su casa.
Enseguida volvi a tomar por la brida la misma caballera de antes, le
peg una fuerte palmada en el vientre con la mano izquierda, casi por
fuerza la meti entre varas, y luego colg stas por las argollas a unos
ganchos dobles de hierro que pendan de la silla, cubiertos por pequeos
faldones de vaqueta negra. La otra caballera, la de monta, qued atada
al carruaje por dos fuertes tirantes de cuero, adheridos por sus gazas a
un balancn.

Despus del caf sac don Cndido la vejiga de los tabacos (cigarros) y
meti en ella el brazo hasta el codo; tan honda era. A su vista, Tirso
vol a la cocina en busca del braserillo de plata con la brasa del
carbn vegetal. Antes que el amo mordiera el remate del cigarro, sin
cuyo requisito no arde bien, ya el esclavo, con expresin humilde
mezclada de temor, le acercaba la lumbre para que encendiera de su mano.
Con la primera bocanada de humo azuloso y acre que sac del cigarro, se
puso en pie y, seguido del Mayordomo, se entr en el escritorio, tan
callado como cuando sali de l, una hora antes, para sentarse a la mesa
del almuerzo.

La desaparicin del padre determin por s sola un cambio repentino y
completo en el nimo y conducta de la familia, sin excluir la madre. El
corazn de los hijos qued aliviado, por lo visto, del peso que lo haba
oprimido, siendo as que a todos ellos, como por concierto, se les
alegr el semblante y se les desat la lengua. Leonardo especialmente
llev el entusiasmo al punto de atraer a s a su madre con el brazo
izquierdo para darle uno y otro beso en la mejilla y decirle:

--Y qu tiene? (indicando su padre). Est _bravo_?

--Contigo; repuso concisamente su madre.

--Conmigo? Pues ya le mando trabajo.

A poco, sin embargo, se puso de nuevo serio porque, habiendo reparado en
su hermana Antonia, que no mostraba tanta expansin como los dems,
record el incidente en la ventana de la calle.

--Mam, agreg con ms seriedad, se me figura que a ti te pasan la mota
y que no lo sientes.

--Por qu me dices eso, hijo mo? replic doa Rosa en el tono de voz
ms blando imaginable.

--Se lo digo, Antonia? pregunt a su hermana con aire malicioso.

Antonia, en vez de contestar, se puso ms seria e hizo ademn de
levantarse de la mesa, con lo cual aadi Leonardo a la carrera:

--Peor para ti, Antonia, si te levantas y me dejas con la palabra en la
boca. No dir nada a mam; pero es porque tengo ya hecha mi resolucin.
Se acabaron las visitas de los militares en mi casa.

--Hablas como si fueras el amo, repuso Antonia con desdn.

--No soy el amo, es cierto, mas puedo romperle las patas a uno el da
menos pensado, y tanto vale.

--Te expones a que te la rompan a ti.

--Eso lo veremos.

--Supn que en vez de militar espaol fuera un cadete el que nos
visitase, tambin te opondras?

--Cadete! Cadete! repiti Leonardo con marcado desprecio. Nadie habla
de cadetes, que cual los oficiales de milicia son nada entre dos platos.
Ya la moda de los cadetes pas; los ltimos quedaron enterrados en las
playas de Tampico, a donde, por dicha, se los llev Barradas. Los que de
ellos han sobrevivido a la desastrosa campaa, de seguro le han perdido
la aficin a las armas. Gracias a Dios que nos vemos libres de su
fatuidad.

--De suerte que tu tirria es contra los espaoles, como si tu padre
fuese habanero.

--Ese odio tuyo a los espaoles, dijo doa Rosa, todava ha de costarnos
caro, Leonardo.

--Es que mi odio no es ciego, mam, ni general contra los espaoles,
sino contra los militares. Ellos se creen los amos del pas, nos tratan
con desprecio a nosotros los paisanos, y porque usan charreteras y sable
se figuran que se merecen y que lo pueden todo. Para meterse en
cualquier parte, no esperan a que los conviden y una vez dentro se
llevan las primeras muchachas y las ms lindas. Esto es insufrible.
Aunque si bien se mira, las muchachas son las que tienen la culpa.
Parece que les deslumbra el brillo de las charreteras.

--Respecto de m, observ Carmen, la regla padece una excepcin.

--Y respecto de m, aadi Adela, sucede la misma cosa. Los militares,
por decentes que sean, trascienden a cuartel.

--No hables as, nia, le dijo su madre, que hay militares muy dignos, y
sin ir lejos, mi to Lzaro de Sandoval, que fue coronel del Regimiento
Fijo de La Habana, estuvo en el sitio de Pensacola y muri lleno de
honores y de cicatrices.

--Pero no se habla de esos militares, mam, salt y dijo Leonardo. Se
habla de los militares que vinieron de Espaa para reconquistar a
Mxico, y que habiendo fracasado all vuelven aqu para que nosotros
paguemos el mal humor de la ignominiosa derrota. A estos militares son a
los que ahora me refiero. No es lo peor que trasciendan a cuartel, como
dice Adela, sino que son, como hombres, malditsimos maridos. Mientras
no llegan a brigadier, viven en los cuarteles o en los castillos, donde
tienen por casa pabellones; por criados, asistentes rudos y
desvergonzados; por diversin las palizas y carreras de baqueta que les
pegan a los soldados; por msica, el tambor de diana. Casi nunca se
fijan en ninguna parte, porque cuando menos lo esperan, tienen que salir
destacados, ya para Trinidad, ahora para Puerto Prncipe, luego para
Santiago de Cuba, despus para Bayamo... Y si son casados, la mujer y
los hijos y los penates, por supuesto, tienen que seguirlos de cuartel
en cuartel, de castillo en castillo, de destacamento en destacamento
cuando por motivos de economa no se queda ella con sus padres y l no
se marcha con sus soldados. Como su objeto es encontrar mujer rica con
quien casarse, poco se cuidan del carcter y de los antecedentes de las
que al cabo toman por esposa, tarde que temprano, ellas les araan la
cara y ellos las arrastran por el pelo.

No pudo Antonia sufrir ms: se levant de la mesa y se fue a la sala,
callada y muy molesta.

--Has zaherido a tu hermana sin motivo, le dijo doa Rosa. Ella no
piensa en militar alguno, por mucho que alguno la celebre.

--No piensa en ellos, pero admite galanteos por la ventana, y he aqu lo
que me irrita.

--Antonia no es de sas, por fortuna, hijo mo.

--No?--Ay, mam! Parece vas perdiendo la vista del entendimiento y de
la cara... No quiero hablar, lo nico que digo y repito es que el da
menos pensado le rompo una pata a uno de esos soldados.

Enseguida se levant y cual si nada hubiese ocurrido, o dicho que le
desazonara, fue para el puesto que ocupaba su hermana Adela, la estrech
con ambos brazos por la cintura y le dio muchos besos.

--Quita, quita, dijo ella. Pues no estabas enojado conmigo? Me lastimas
con la barba.

--A dnde bueno, tan emperifollada? le pregunt Leonardo esquivando el
asunto indicado por la hermana.

--Vamos a la tienda de Madama Pitaux, que ahora vive en la calle de La
Habana nmero 153. Hace poco que ha llegado de Pars y, segn dicen, ha
trado mil curiosidades. De camino pensbamos dar una vuelta por la Loma
del ngel.

Para ir a la Loma ya es muy tarde. Pasa de las once. Y ahora que me
acuerdo, han visto Vds. el nmero IV de _La Moda o Recreo Semanal_?[25]
Desde el sbado se reparti, y est muy interesante.

--T le tienes ah? pregunt Carmen. Es extrao que no nos hayan
enviado nuestro ejemplar, estando suscritas.

--En dnde se suscribieron ustedes?

--En la librera de _La Coba_, calle de la Muralla, que es el punto ms
cercano.

--Pues reclamen all. El ejemplar que yo le estaba en el mostrador de
la botica de San Feli, porque el mo me ha faltado tambin. No son nada
exactos, que digamos, los repartidores.

--Has averiguado quin es la Matilde de que habla _La Moda_? pregunt
Adela a su hermano. Porque Carmen cree que es una que todos nosotros
conocemos.

--A m se me figura, dijo Leonardo, que es un ente imaginario. Tal vez
Madama Pitaux sepa algo.

--Pues a m se me ha puesto, dijo Carmen, que la Matilde de _La Moda_ no
es otra que Micaelita Junco. Sucede que ella es la ms elegante de La
Habana; que su hermano, un verdadero lechuguino, se llama Juanito; que
tiene una abuela de nombre doa Estefana de Menocal--apellido semejante
al de Moncada--que le dan en _La Moda_.

--Voy creyendo que tienes razn, dijo Adela. No puedo negar que el
vestido y el peinado que llevaba anteayer en el Paseo Micaelita Junco
son idnticos al figurn de _La Moda_ del sbado antes pasado. Por
cierto que no me gust el peinado a la Jirafa. La trenza es demasiado
ancha y los bucles muy altos; luego, por detrs la cabeza luce
desairada. Las mangas cortas, aglobadas, con sobremangas de blonda, s
me parecen bonitas y le sientan bien a la que tiene el brazo torneado,
como Micaelita. Su hermano Juanito, que nos salud junto a la fuente de
Neptuno, te acuerdas?, iba tambin a la ltima moda igual al figurn.
Le sentaban los pantalones de Mahn sin pliegues, el chaleco blanco y la
casaca de pao verde sin carteras. Esa es la moda inglesa, segn dicen.
Reparaste en el sombrero? La copa tropezaba en las ramas de los rboles
de la Alameda con ser Juanito Junco un chiquirritn.

--El corbatn es lo que no me peta, dijo Leonardo. Es tan alto que no
deja juego al pescuezo. No los usar jams. No me gustan esos collares
de perro. Tampoco me petan las casacas a _la dernier_;[26] parecen de
zacatecas. Los angostos faldones bajan hasta las corvas y se me figura
que con esa moda se ha querido imitar la cola de las golondrinas. Sobre
que se ha empeado Federico en vestirnos a la inglesa y nosotros estamos
mejor hallados con las modas francesas. Uribe tiene ms gracia, si no
ms hbil tijera.

--No saques a Uribe, que es un sastre mulato de la calle de la Muralla y
no sabe jota de las modas de Pars ni de Londres, dijo Carmen con
marcado desprecio.

--No piensa as la gente principal de La Habana, repuso Leonardo
prontamente. Los Montalvo, los Romero, los Valds Herrera de Guanajay,
el Conde de la Reunin, Filomeno, el Marqus Morales, Pealver,
Fernandina... no se visten con otro sastre. Yo le prefiero a Federico.
El, adems, recibe los peridicos de modas de Pars por todos los
paquetes[27] del Havre.

Tan entretenida conversacin de los hermanos, la interrumpi el calesero
presentndose con la _cuarta_ engarzada en la mueca de la mano derecha
y el sombrero redondo en la izquierda, para anunciar que el quitrn
estaba listo a la puerta. Luego al punto las dos hermanas menores fueron
en busca de la mayor y de sus caractersticas _mantas_ y juntas rodearon
a la madre para pedirle sus rdenes. Esta seora les hizo el encargo de
algunas compras en las tiendas de lencera, o de ropa, y luego se
dirigieron ellas por el zagun a la calle.

No ha de extraar el lector forastero ver a tres seoritas de la clase
que podemos llamar media, salir a las calles de La Habana sin duea,
padre, madre o hermano que las acompaase. Pero con tal que no fueran a
pie ni a pagar visita de etiqueta, bien podan dos, mucho ms tres
jvenes, recorrer toda la ciudad, hacer sus compras, picotear con los
mozos espaoles de las tiendas y en las noches de retreta en la Plaza de
Armas o en la Alameda de Paula, recibir al estribo del carruaje el
homenaje de sus amigos y la adoracin de sus amantes. Eso s, an para
hacer una visita en la vecindad de su casa y a pie, exiga la costumbre,
que la cubana, cuando no haba pariente de respeto, se acompaase
siquiera de su mismo esclavo.

Al entrar Carmen en el quitrn, le dio la mano para subir un joven
desconocido que acert a pasar por all, despus a Adela y ltimamente a
Antonia, recibiendo de ellas, en pago de su galantera, una sonrisa de
agradecimiento.

As, la ms joven y bella de las hermanas ocup el asiento de en medio,
el menos cmodo ciertamente, pero sin duda el ms conspicuo y propio
para desplegar la habanera sus gracias naturales a maravilla. Desde
luego, mont el calesero el caballo de fuera de varas, el que por su
suave paso, buena estampa y cola cuidadosamente trenzada, era al mismo
tiempo el descanso y el orgullo del jinete; y parti a escape el
carruaje en vuelta de la Plaza Vieja.




CAPTULO XII

     _Por sus juguetes se conoce el nio,
      y se conjetura cuales han de ser sus obras._

        Parbolas de Salomn


Quedaron al fin solos doa Rosa Sandoval de Gamboa y su hijo Leonardo.

No haba sacado ste el talento de su padre para los negocios. Tampoco
anunciaba disposicin ninguna para la carrera literaria a que le
dedicaban, aunque sola hacer versos y escribir articulejos para el
_Diario_ y otros peridicos. Su madre, sin embargo, quera que fuese
abogado, doctor de la Universidad de La Habana, halagndola la esperanza
de que podra por este camino, llegar a oidor de la Audiencia de Puerto
Prncipe, y hasta a Teniente Gobernador, como llamaban entonces a los
jueces letrados de nombramiento real. Crea ella con razn que, mediante
el dinero y las relaciones de su marido en la Corte, bien poda
conseguirse para su primognito cualquier gracia, honor o ttulo, entre
los muchos que, merced a aquellos estmulos, es uso conceder la Corona.

De comerciante, en concepto del padre, no haba esperanza de que el mozo
llegase a ms que alcalde municipal, a consiliario o diputado del
Tribunal de Comercio o Real Consulado, empleos de mala muerte, sin
honores ni emolumentos. Por otra parte, don Cndido, en realidad, no
haca hincapi en que su hijo estudiase y siguiese sta ni esotra
carrera literaria. Abogado? Ni pensarlo. Se aficionara a los pleitos,
y acabara con un caudal y con el de sus clientes. Tampoco don Cndido
conoca ms letras que las del Catn,[28] lo que no le haba impedido
acumular una fortuna respetable.

Ahora, adems, le haba nacido el deseo de titular, y no le pareca bien
que su hijo, al menos, trocase los libros o la vara del mercader, ni el
bonete de doctor, por la corona del conde, aunque hubiese un Santovenia,
que por aquellos das precisamente, haba hecho el ltimo de los
trueques mencionados. No obstante su ignorancia, reconoca que Leonardo
no hara raya como hombre de letras, ni como de negocios, y deca para
s o cuando trataba del asunto con su esposa:

--No debemos forjarnos ilusiones. El (su hijo) no dar nunca mucho de
s, por ms que uno se afane y gaste dinero en sus estudios. Ah no hay
cabeza sino para enamorar y correr la tuna. Eso se conoce a tiro de
ballesta. Pero necesita l tampoco de grandes conocimientos para hacer
papel en el mundo?

--Ca! No, seor. Fortuna, esto es, dinero te d Dios, hijo, que el
saber poco te vale; reza el proverbio castellano. Y dinero no ha de
faltarle cuando yo muera. Luego si logro el ttulo de Conde de Casa
Gamboa, que pretendo en Madrid, reunir el monis con la nobleza, dos
adminculos stos con que el ms bruto puede figurar en primera lnea,
gozar fuero y echarse a roncar a pierna suelta, cierto y seguro de que
no le atropellarn por deudas, antes todos le sacarn el sombrero, le
traern en palmitas y le bailarn el agua delante, lo mismo los chicos
que los grandes, los hombres de copete que las mujeres bonitas. Ah!
Qu tiempo se ha perdido! Si yo hubiese titulado diez aos ha, otro
gallo nos cantara.

En efecto, Leonardo descubra menos ambicin que talento. Por sentado,
la esperanza de ser algo por sus conocimientos, por sus estudios, o por
su industria, jams calent su corazn. Antes confiado en que a la
muerte de sus padres sera bastante rico, no haca esfuerzo ninguno por
saber, ni se apuraba por estudiar las lecciones de derecho, y se rea a
carcajadas cuando, en son de broma, se deca entre la familia que l
poda llegar a ser oidor o conde, o que su padre haca construir en
Espaa, con el fin de titular, un rbol genealgico en que no haba de
verse ni una gota de sangre de judo ni de moro. Por otra parte, tan
humildes eran a la sazn sus inclinaciones, como sus pasiones fuertes e
ingobernables.

Gozar era, por aquel tiempo al menos, la suprema ley de su alma. Y es
que su madre, porque le quera demasiado, cualquiera creera que, lejos
de regir sus desapoderados impulsos, pareca complacerse en darles
rienda suelta. Qu necesidades poda experimentar un mozo de sus aos y
ocupaciones? Libros, trajes, caballos, carruajes, criados, dinero, todo
le sobraba; ni el trabajo de pedir casi nunca tena, porque desde la
cuna se haba acostumbrado a ver satisfechos sus deseos y an caprichos,
apenas indicados. Con todo eso, no pasaba da sin que le hiciera la
madre algn regalo costoso, teniendo adems la costumbre de ponerle
todas las tardes en la faltriquera del chaleco media onza de oro, a
veces una onza. Naturalmente, como entraba ese dinero, as sala, sin
conciencia de su valor, y era lo malo que jams pasaba por la mente del
hijo prdigo, que deba guardar para maana lo que no fuese necesario
para los gastos de hoy. Cmo derramaba el oro nuestro imberbe
estudiante? Adivinarlo puede el discreto lector, siendo como eran, el
juego, las mujeres y las orgas con los amigos la vorgine que consuma
el caudal de Gamboa y le agotaba el perfume del alma en la flor de su
vida.

Estaba l, pues, sentado, luego que partieron las hermanas, en el puesto
que dej Adela, opuesto a su madre, a la que miraba de hito en hito, de
codos en la mesa, con la cara entre las manos y le dijo de repente:

--Sabes una cosa, mam?

--Si no me la dices... contest ella como distrada.

--No creas que te voy a pedir. Yo no quiero nada.

--Ya, dijo doa Rosa; y se sonri, pues que comprendi por el exordio
que quera algo su hijo muy amado.

--Te res? Entonces me callo.

--No lo tomes a mal, hijo; me sonro para que veas que te escucho con
complacencia.

--Pues al pasar ayer tarde por la relojera de Dubois, en la calle del
Teniente Rey, me llam para ensearme... Te vuelves a sonrer? Vas a
creer que te voy a pedir alguna cosa. Desde ahora te digo que te
engaas.

--No hagas caso de mis sonrisas. Contina. Deseo or el fin; qu te
ense Dubois?

--Nada. Unos relojes de repeticin que acababa de recibir de Suiza. Son
los primeros que llegan a La Habana, segn me dijo, directamente de
Ginebra.

Callose en diciendo esto Leonardo y su madre imit su ejemplo, aunque
sta, al parecer pensativa. Al fin ella fue la primera que rompi el
silencio diciendo:

--Y qu tal los nuevos relojes de repeticin? Te gustaron, hijo mo?

Se le ilumin al joven el semblante, el cual exclam:

--Muchsimo. Son magnficos, ginebrinos..., pero yo no quiero reloj
nuevo, te lo advierto. Todava sirve el ingls que t me regalaste el
ao pasado, slo que ya no es de moda. Yo no he visto nunca un reloj de
repeticin y mucho menos ginebrino, que no hay que abrirlo para saber la
hora a cualesquiera del da o de la noche. Se empuja el botn de un
resorte que tiene dentro de la argolla, y una campanilla interior da la
hora y los cuartos. Qu ventaja! Eh, mam?

--Por qu no me hablaste de eso antes de salir tus hermanas? Le habra
encargado a Antonia que se pasara por la relojera.

--No me acord ni tuve ocasin. Pap, adems, estaba delante y luego
entramos en una conversacin... y me distraje. Bien que ellas no
entienden de relojes.

Volvi a callar doa Rosa por corto rato, siempre con aire meditabundo,
aunque sin manifestar enfado ni seriedad. Entretanto, Leonardo finga no
advertir la actitud abstrada de su madre, ni dar indicios de
arrepentimiento por el embarazo en que la haba puesto con sus
antojadizas indicaciones. Por el contrario, mientras la pobre seora
meditaba y echaba clculos, l no cesaba de sobarse las mejillas con la
punta de los dedos y de mirar al techo, cual si contara las vigas del
colgadizo.

--Te dijo Dubois, continu al cabo doa Rosa, el precio de sus nuevos
relojes?

--S... No. Para qu quieres saber el precio? Para comprarme uno? Ya
te he dicho que no lo necesito, que no lo quiero. Para comprarles a mis
hermanas? No los tiene Dubois de mujer, de hombre nicamente.

--Bien, pero cunto pide Dubois por sus relojes de repeticin para
hombre?

--Poca cosa, dieciocho onzas de oro. No pueden ser ms baratos, porque
son de oro, legtimos ginebrinos y de repeticin.

--Tu reloj ingls no sali bueno?

--No tan bueno como crea al principio. Ese mismo Dubois te lo vendi,
bien me acuerdo; pero es claro que se enga o te enga, porque se
atrasa y se adelanta a cada rato, y ya le he llevado a la relojera ms
veces que onzas de oro pagaste por l. Y eso que te cost veinte, ms de
lo que piden por los ginebrinos. Dinero echado a la calle, mam. Est
visto, los relojes ingleses, an los de Tobas, fallan a menudo; al
contrario, los legtimos ginebrinos son otra cosa, casi todos salen
buenos, exactos. As al menos me dijo Dubois, que t sabes entiende de
relojes y es relojero de primera. Pero no hay que pensar ms en eso,
mam; olvidmoslo, lo pasar sin un reloj de confianza cmo ha de ser!

--No te apures ni te aflijas, hijo, replic Doa Rosa bastante alarmada.
Ya veremos modo de que tengas el ginebrino si tan bueno es como dices y
como cree Dubois. Yo siempre pensaba hacerte un regalo de pascuas, ser
el reloj ese que tanto te ha gustado, aunque de aqu a Navidad va
todava una pila de das. Pero se presenta una seria dificultad.

--Cul? pregunt Leonardo asustado, por ms que trat de dominarse.

--Sucede, continu doa Rosa con suavidad, que en mi bolsa particular no
creo que haya ahora todo el dinero requerido para la compra, y se me
hace muy cuesta arriba acudir a la de tu padre.

--Pues si depende de pap, debo dar desde ahora por perdida la esperanza
del reloj nuevo. El se ha vuelto ms tacao que un judo, al menos todo
para m le parece o caro o intil; que lo que es para Antonia, ya
sabemos que su bolsa siempre est abierta. Yo no s para qu guarda l
tanto dinero.

--Eres injusto con tu padre. De quin es el dinero que t derrochas?
Quin provee al lujo en que vives? Quin trabaja para que t goces y
te diviertas?

--El trabaja, es verdad; l se industria y ahorra, no cabe duda ninguna,
pero tendra ahora tanto dinero si cuando se cas con contigo hubieras
sido una mujer pobre? A que no?

--Yo aport al matrimonio unos doscientos mil pesos, que no es ni la
cuarta parte de nuestro caudal hoy da. El aumento, ese gran aumento, se
debe a los afanes y economas de tu padre, quien no era un pobrete
tampoco cuando se cas conmigo; no, seor; tena sus reales, y t menos
que nadie debas censurar su conducta, la cual, por otra parte, es hija
de la tuya con l.

--En eso haba de parar el sermn, en mi conducta con pap. El es seco y
duro conmigo, puedo yo ser carioso y blando con l? Vamos, di t.
Nunca me da tampoco ocasin de mostrarle mi cario, aunque quisiera. Mas
no hablemos del asunto, volvamos la hoja y tratemos de otra cosa, de lo
otro. Qu tena pap cuando se cas contigo?

--Tena algo, tena bastante, s, seor. Tena un taller de maderas del
Norte, tejaman, ladrillos, cal..., all en la Alameda o Paseo, cerca de
la Punta. El terreno en que se hallaba tambin le perteneca, si bien
vala poco por ser muy pantanoso y bajo. Tena asimismo por all, donde
ahora se ha fabricado la casa del colegio de Buena Vista, un barracn.
Por cierto que de los ltimos bozales que se marcaron en el hombro
izquierdo con las letras _G_ y _B_ todava quedan algunos en el ingenio
_La Tinaja_, que hered de mi padre. Cndido, en sociedad con don Pedro
Blanco, suele traer todava negros de frica. Pero persiguen tanto los
ingleses la trata, que se pierden muchas ms expediciones que se
salvan...

--Figrate, mam, dijo Leonardo con mucha risa, aunque bajando la voz,
un plagiario de hombres convertido en Conde... del Barracn, por
ejemplo. Qu lindo ttulo!--No te parece mam?

--Qu quieres decir con esa salida de pie de banco? pregunt doa Rosa
molesta no menos que sorprendida.

--Ay, mam! T no sabes que segn las leyes romanas son plagiarios
todos aquellos que roban hombres para venderlos?

--Ya. En ese caso tu padre no es el verdadero plagiario, como dices,
sino don Pedro Blanco, quien es sabido, desde su factora en Gallinas,
en la costa de Guinea, (tantas veces he odo esos nombres que se me han
quedado impresos) trata negros por baratijas y otras cosas y remite los
cargamentos a esta Isla. Tu padre toma los que necesita para sus fincas
y los dems los vende a los hacendados, porque l hasta hace poco ha
estado actuando como consignatario y antes como socio de Blanco, cuando
no se tena por contrabando la trata de frica, o se toleraba. Por su
cuenta al menos, no ha despachado sino contadas expediciones. De un
momento a otro espera la vuelta de su bergantn _Veloz_. Dios quiera
que no haya cado en las garras de los ingleses!

--T, sin querer, ests abogando en mi favor. Yo dije lo que dije en
broma, pero es claro, mam, que conforme a un principio de derecho tanto
delito comete el que mata la vaca como el que le sujeta la pata.

--No me vengas con tus principios, tus fines ni tus leyes romanas. Digan
ellas y ellos lo que gustes, la verdad es que existe mucha diferencia
entre la conducta de tu padre y la de don Pedro Blanco. Este se halla
all, en la tierra de esos salvajes; l es quien los procura en trato,
l es quien los apresa y remite para su venta en este pas; de suerte
que, si hay en ello algn delito o culpa, suyo ser, en ningn caso de
tu padre. Y, si bien se mira, lejos de hacer Gamboa nada malo o feo,
hace un beneficio, una cosa digna de celebrarse, porque si recibe y
vende, como consignatario, se entiende, hombres salvajes, es para
bautizarlos y darles una religin que ciertamente no tienen en su
tierra. Conque si lo dices por esto, ya sabes que, en caso de titular,
en lo que por ahora no piensa, no le faltaran ttulos bonitos y sobre
todo, honrosos. Pues como te deca antes, esta vez no me ser dado
complacerte sin acudir a la bolsa de tu padre.

--Por qu no acudes?

--Porque tendra que decirle la verdad, esto es, que quera el dinero
para hacerte un regalo.

--Bien, y qu? El nunca te niega nada.

--Es cierto; pero como est tan enojado contigo, temo que me lo niegue.

--Cundo no est l enojado conmigo, mam? Esa es enfermedad endmica
suya, crnica, mejor dicho. Si salgo, porque salgo; si no salgo, porque
me estoy en casa. De todos modos, entra el ao y sale el ao y pap
nunca est contento conmigo. Me ha cogido entre ojos, mam, sta es la
verdad pura y dura. Para qu andarnos con rodeos? El resultado es que
no le pareces bien nada de lo que yo hago o deshago.

--No es tu padre tan injusto, ni tan falto de amor paternal, que si te
portaras bien, creera que te portabas mal. Mira, sin ir ms lejos,
anoche estuviste de correntn en Regla. A qu hora volviste?

--Por quin lo ha sabido l?

--Importa poco el conducto, pero sabe que se lo dijeron esta maana en
el muelle de Caballera.

--Vamos! Esa no cuela. Al muelle no acuden temprano sino los
_tasajeros_ y husmeadores de noticias, porque se es su mentidero,
pasndose la maana esperando que el Morro seale el Correo de Espaa,
barco de Santander o de Montevideo, con harina o con tasajo. Semejantes
nenes no frecuentan los bailes del Palacio de Regla. El cuentista ya
caigo en quin fue, no pudo ser otro que Aponte. Te aseguro que ya me la
pagar el muy perro conversador.

--No fue ese el sopln. Sin embargo, aunque lo hubiese sido, haras mal
en pegarle por eso, pues si tu padre le pregunt, no s yo cmo pudo
ocultarle la verdad.

--Pudo decir que no saba, que no oy la campana del reloj del Espritu
Santo, que... cualquier cosa, menos que yo vine a tal o cul hora, ni
que estuve ac ni all. Tiene muy floja la lengua el taita Aponte y pap
le dio por la vena del gusto preguntndole. Milagro que no le cont...
Pero, en resumidas cuentas, qu estuve yo haciendo en Regla anoche?

--No me lo digas, no quiero saberlo, supongo que no hacas nada malo. El
resultado es, Leonardito, que t no te aplicas a los estudios, que no
adelantas en nada bueno ni til, y que el tiempo que debas dedicar a
la lectura y a la meditacin, lo desperdicias en fiestas frvolas y en
correras tan dainas como peligrosas. Eso no puede gustarle a l, ni...
a m tampoco, por lo mismo que te quiero entraablemente. Quiere tu
padre y quiero yo que estudies ms y que pasees menos, que te diviertas,
pero que no te entregues a la disipacin, que no pases malas noches, que
te moderes, que..., en una palabra, te portes bien.

La emocin que experiment doa Rosa la priv del uso de la palabra,
arrasndose de lgrimas sus hermosos ojos.

--T no sirves para predicador, le dijo Leonardo, tal vez con nimo de
distraer su atencin, porque te posesionas demasiado del asunto.

--Por lo que toca a Aponte, continu doa Rosa luego que se hubo
serenado, ya s que es un conversador, mas, en honor de la verdad, debo
decir que tu padre supo la hora a que volviste por el ruido que se hizo
en el zagun con la apertura de la puerta, la entrada del carruaje y las
pisadas de los caballos. Con el silencio de la noche, todo ruido es un
trueno. El despert, encendi un tabaco con el yesquero, consult el
reloj e hizo una exclamacin de enojo. Yo me hice la dormida. Eran las
dos y media de la madrugada... An se te conoce en la cara la mala
noche.

Hubo otro breve intervalo de silencio entre aquellos dos interlocutores,
durante el cual Leonardo bostez y se esperez diferentes veces, hasta
que, puesto en pie, dijo:

--Me voy a dormir... Si me compras el reloj, bueno; si no, poco importa.

Dio media vuelta y emprendi la subida de la escalera de su dormitorio,
paso ante paso, cual si contara los escalones o le costara un grande
esfuerzo. La madre, entre tanto, le sigui con los ojos, sin decirle
otra palabra ni moverse de la silla; pero as que le perdi de vista en
los altos de la escalera, se agit con viveza y llam en voz
fuerte:--Reventos!

A una llamada tan apremiante, no tard en responder en propia persona el
mayordomo mencionado en el anterior captulo. Era un hombre bajo de
cuerpo, rechoncho, trigueo, con la cara redonda y el pelo muy crespo,
que as en su aspecto como en sus maneras manifestaba resolucin y
agilidad. Aunque vestido de limpio, vena en chaleco, traslucindose a
leguas que proceda de Asturias, tipo no muy comn del espaol entonces
en La Habana. Haca de mayordomo en casa de don Cndido Gamboa, y si
llevaba ciertos libros, no se ocupaba tanto en el escritorio, como en
otras comisiones ms en consonancia con su empleo. Cuando se present
delante de doa Rosa, tena la pluma detrs de la oreja, y ella le dijo
en tono de mando:

--Reventos, diga a Gamboa que me mande con Vd. veinte onzas.

Fue el hombre y volvi sin demora con el dinero pedido, el cual sac de
la caja de hierro pequea, debajo de la carpeta, en que haba varios
sacos atestados de monedas de oro y plata.

--Pngase la chaqueta, aadi doa Rosa derramando las onzas sobre la
mesa para contarlas, y vaya ahora mismo a la calle del Teniente Rey, a
la otra puerta de la botica de San Agustn, relojera de Dubois, y se
compra Vd. el mejor reloj de repeticin que haya recibido ltimamente de
Ginebra. Diga Vd. que es para m. Se ha enterado Vd.?

--S, seora.

--Supongo que Vd. no entiende de relojes.

--No se me alcanza mucho, que digamos, pero en Gijn, donde yo nac y me
cri, hay ms de una relojera; y un to mo, hermano de mi madre, que
en paz descanse, tena en la ua, como quien dice, el mecanismo de los
relojes.

--No lo deca por tanto, don Melitn, lo deca para prevenirle contra
cualesquier engao que pudieran practicar con Vd., si se creyese que el
reloj era para Vd. u otra persona as... Vd. me entiende?

--Ya, ya, estoy enterado.

--Oiga. Recalque Vd. a Dubois que el reloj es para m. El me conoce y
debe saber que le costara caro...

--Dar a Vd. gato por liebre, interrumpi el mayordomo. Por sentado que
le costara un ojo de la cara, si tal hiciera el muy bellaco. Demasiado
lo s y lo sabe l.

--Yo no le tengo por bellaco, como Vd. dice; sin embargo, bueno es estar
prevenido...

--Porque el soldado prevenido nunca fue vencido, volvi a interrumpir el
mayordomo, interpretando a su modo el pensamiento del ama.

--Ah! Haga que le pongan en una caja fina, como para un regalo.
Entiende Vd.?

--Toma que si lo entiendo! Perfectamente.

--Bien. Vaya Vd.

--Volando.

--Se acordar Vd.? Reloj de oro, de repeticin, suizo; quiero decir,
ginebrino, de los ltimamente recibidos de Ginebra por el relojero
Dubois, que vive en la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la
botica de San Agustn.

--S, s, seora doa Rosa. Todo eso lo recuerdo y lo tendr presente. Y
en un salto...

--Oiga! No me limito a 18 onzas. Se quiere el mejor reloj de
repeticin, ginebrino legtimo, cueste lo que cueste. Si ms dinero se
necesita, venga Vd. por l.

--Ser servida la seora doa Rosa al pie de la letra.

--Ah! Reventos! Reventos! Venga ac. Lo principal se me olvidaba.
Haga que le pongan por dentro de la tapa esta marca: L. G. S. oct. 24,
1830. No se olvide.

En efecto, en poco ms de una hora el Mayordomo estuvo de vuelta y puso
en manos de doa Rosa un estuche pequeo, cuadrado, de tafilete, con
filetes de oro. Sin duda dicha seora le aguardaba impaciente, porque
tomarle, abrirle, contemplarle por breve rato con una especie de alegra
infantil, levantarse y meterse en su aposento, sin hacer ms caso del
Mayordomo, fue todo uno.

No pas ms tiempo que el que acabamos de emplear en la relacin de la
cmica escena.

Leonardo por su parte, tan seguro estaba de que no se pondra el sol de
aquel da, sin que un nuevo reloj viniese a adornar su traje en el
bolsillo de sus pantalones, que habiendo tendido stos en el sof,
enfrente de su cama, se acost tranquilo, resuelto a dormir y reparar
las fuerzas quebrantadas por la fatiga y la falta de sueo de la noche
anterior. Dormitaba solamente cuando el ruido de menudos pasos y de las
ropas de una mujer, vino a confirmarle en su esperanza. Era su madre.
Fingi que dorma y la vio acercarse quedito al sof, levantar en alto
los pantalones, meter en el bolsillo delantero algo redondo que
relumbraba mucho, pendiente de una cinta de seda rosada y azul, formando
aguas, de ms de una pulgada de ancho y seis de largo, sujetas las
puntas por una hebilla de oro. Sonriose de placer, y cerr los ojos, a
fin de que su madre se retirase en la persuasin que le haba preparado
una sorpresa.

Al volver doa Rosa los pantalones al sof, cuidando de que la cinta del
reloj quedase visible y deslizar en la faltriquera del chaleco las dos
onzas que sobraron de la compra de aqul, le pareci que su hijo se
haba movido en la cama. Se sobresalt cual si hubiera estado cometiendo
un delito, y entonces, en efecto, entr un rayo de luz en su conciencia
de madre, record vivamente las palabras de su marido en la conversacin
de por la maana temprano, y sinti una especie de arrepentimiento. Algo
en su interior la dijo que si no haca actualmente mal, no resultara
tampoco un bien conocido y slido de sus demostraciones tiernas y
cariosas con Leonardo, cuando no nacan de mritos contrados por l,
sino de la efusin espontnea e indiscreta de su corazn de madre.

Perpleja, entre recoger la prenda, cosa de guardarla para ocasin ms
oportuna, y arrostrar por ende la afliccin y el desagrado del hijo, se
qued inmvil, como transfigurada. Aqul, aunque brevsimo, fue un
momento supremo para la triste madre. Al fin ech una mirada furtiva
hacia el lecho, vio a Leonardo desnudo de medio cuerpo arriba, con los
brazos en la almohada y la hermosa cabeza apoyada en las palmas, el
pecho abierto y levantado, subiendo en la aspiracin y bajando en la
respiracin, cual la ola que no llega a romper, la nariz dilatada, la
boca entreabierta para dar franco paso a la entrada y salida del aire,
plido el semblante por el sueo y la agitacin del da, aunque lleno de
salud y de fuerza, un sentimiento de orgullo se apoder de todo su ser,
cambiando de golpe y por completo el orden de sus pensamientos.

--Pobrecito! exclam en tono casi audible. Por qu haba yo de
privarle de nada, cuando est en la edad de gozar y de divertirse? Goza
y divirtete, pues, mientras te duran la salud y la mocedad, que ya
vendrn para ti, como han venido para todos nosotros, los das de los
disgustos y de los pesares. La Virgen Santsima, en quien tanto fo y
pongo toda mi esperanza, no dejar de or mis ruegos. Ella te proteja y
saque en bien de los peligros del mundo. Dios te haga un santo, hijo de
mi corazn.

Movi los labios juntos, en seal de lanzar un beso, y fuese tan
callandito como vino.




SEGUNDA PARTE




CAPTULO I

     _Tarde venientibus ossa._
 (Los que llegan tarde al banquete roen los huesos.)


Tenemos que dejar por breve tiempo estos personajes, para ocuparnos de
otros que no por ser de inferior estofa, representan en nuestra verdica
historia papel menos importante. Nos referimos ahora al clebre tocador
de clarinete, Jos Dolores Pimienta.

Para verle con la aguja en la mano sentado a la turca junto con otros
oficiales de sastre en una tarima baja, hilvanando una casaca de pao
verde oscuro, todava sin mangas ni faldones, fuerza es que pasemos a la
sastrera del maestro Uribe, en la calle de la Muralla, puerta inmediata
a la esquina de la de Villegas, donde hubo una tienda de merceras
llamada del Sol.

El primero de estos establecimientos se compona de una sala cuadrilonga
con tres entradas: la de la primitiva puerta ancha y alta y las de las
dos ventanas, cuyas rejas haban arrancado. Frente a ellas, en sentido
longitudinal, haba una mesa larga y angosta en que se vean varias
piezas de dril, de piqu, de arabia, de un gnero de algodn que
llamaban coquillo, de raso y de pao fino, todas arrolladas y apiladas
en un extremo. Y hacia el opuesto, tendidos dos pedazos de tela de
Mahn, en que ya se haba trazado un par de pantalones de hombre con
una astilla de jabn cenizoso.

Detrs de la mesa o mostrador, de pie, en mangas de camisa, con delantal
blanco atado a la cintura, la tijera en la mano derecha, y echada en
torno de los hombros, por medida, una cinta de papel doblada por medio
en toda su longitud, con piquetes de trecho en trecho, se hallaba el
maestro sastre Uribe, favorito en aquella poca de la juventud elegante
de La Habana. Aunque quisiera, no hubiera podido negar la raza negra,
mezclada con la blanca a que deba su origen. Era de elevada talla,
enjuto de carnes, carilargo, los brazos tena desproporcionados, la
nariz achatada, los ojos saltones, o a flor del rostro, la boca chica, y
tanto que apenas caban en ella dos sartas de dientes ralos, anchos y
belfos; los labios renegridos, muy gruesos y el color cobrizo plido.
Usaba patilla corta, a la clrigo, rala y crespa, lo mismo que el
cabello, si bien ste ms espeso y en mechones erectos que daban a su
cabeza la misma apariencia atribuida por la fbula a la de Medusa.[29]

Como sastre que deba dar el tono en la moda, vesta Uribe pantalones de
mahn ajustados a las piernas, de tapa angosta, figurando una _M_
cursiva, sin los finales de enlace, y las indispensables trabillas de
cuero. En vez del zapato de escarpn, entonces de uso general, llevaba
chancletas de cordobn, dejando al descubierto unos pies que no tenan
nada de chicos, ni bien conformados, porque sobre mostrar demasiado los
juanetes, apenas formaban puente. Por poco que previniese en su favor el
aspecto de Uribe, no cabe duda que era el ms amable de los sastres, muy
ceremonioso y un si es no es pagado de la habilidad de sus tijeras.
Estaba casado con una mulata como l, alta, gruesa, desenvuelta, quien
en casa al menos, gustaba tanto de ir en piernas, arrastrando la
chancleta de raso, como de ensear ms de lo que convena a la decencia,
las espaldas y los hombros rollizos y relucientes.

Comenzaba la tarde de uno de los ltimos das del mes de octubre. Suban
y bajaban muchos carruajes, carretones y carretas la angosta calle de la
Muralla, tal vez la de ms trfico de la ciudad, por ser la ms central
y estar toda poblada de tiendas de varias clases. El ruido de las ruedas
y de las patas de los caballos en las piedras, resonaba como un trueno
continuado en el interior de las casas abiertas a todos los vientos. No
pocas veces chocaban unos contra otros, y obstruan el paso por largo
rato. En semejante caso, al trueno de los carruajes sucedan las voces y
los ternos de los carreteros y caleseros, sin consideracin ni respeto a
las seoras. El transente a pie, si no quera ser atropellado por los
caballos o estrujado contra las paredes de las casas con los bocines
salientes de los cubos de las ruedas, tena que refugiarse en las
tiendas hasta que se despejara la va.

En la tarde de que hablamos ahora, ocurri una de esas frecuentes
colisiones entre un quitrn ocupado por tres seoritas, que bajaba, y un
carretn cargado con dos cajas de azcar, que suba. Chocaron con fuerza
los cubos opuestos de ambos vehculos, de cuyas resultas el del segundo
levant la rueda del primero y se entr por sus rayos, rindiendo uno.
Del choque los dos carruajes quedaron casi de travs en la calle, el
quitrn con la zaga hacia la puerta de la sastrera de Uribe, donde
penetr la cabeza de la mula del carretn. El carretonero, que vena
sentado a la mujeriega en una de las cajas de azcar, con un zurriago en
la mano derecha, perdi el equilibrio y dio en el lodo y piedras de la
calle un terrible costalazo.

Y este hombre, africano de nacimiento, lo mismo que el otro, mulato de
La Habana, en vez de acudir cada cual a su vehculo respectivo, a fin de
deshacer el enredo y facilitar el pasaje, con atroces maldiciones y
denuestos se embistieron mutuamente, ciegos de furor salvaje. No era que
se conocan, estaban reidos o tenan anteriores agravios que vengar;
sino que siendo los dos esclavos, oprimidos y maltratados siempre por
sus amos, sin tiempo ni medio de satisfacer sus pasiones, se odiaban a
muerte por instinto y meramente desfogaban la ira de que estaban
posedos, en la primera ocasin que se les presentaba. En vano las
seoritas del quitrn, muy sobresaltadas, pusieron el grito en el cielo,
y la mayor de ellas amenaz repetidas veces al calesero con un fuerte
castigo si no desista de la ria y atenda a los inquietos caballos.
Pero los combatientes, en su furor y en la lluvia de zurriagazos que se
descargaban, no oan palabra. Luego los espaoles de las tiendas, los
oficiales de la sastrera, todos asomados a las puertas en mangas de
camisa, aumentaban el ruido y la confusin con su vocera y sus
risotadas, seales ciertas del jbilo con que presenciaban el combate.

En esto, un hombre de mala catadura entr por una puerta de la
sastrera, como para evitar las ruedas del carruaje, y al salir por la
otra extendi el brazo por encima del fuelle cado y le desprendi la
peineta de teja de la cabeza de la ms joven de las seoritas; con lo
cual la larga y abundosa trenza de sus cabellos se desarroll y
desmadej toda, cubrindole la espalda con sus ondas sedosas y
brillantes cual las alas del tot. Dio ella un grito y se llev ambas
manos a la cabeza; en cuyo momento, Jos Dolores Pimienta, mero
espectador hasta entonces como los dems, hizo una exclamacin de
asombro, murmur el nombre de la Virgencita de bronce y se lanz sobre
el ratero, o ms bien sobre la presa, que se la llevaba en triunfo.
Logr echarle garra; mas como era de quebradizo carey y estaba, adems,
primorosamente calada, se le qued hecha pedazos en la mano: nica cosa
que pudo devolver a su afligida y asustada duea. A favor de la
confusin logr escapar el ratero, bien que ningn otro que el oficial
de sastre haba parado mientes en aquella ocurrencia. Sin embargo, la
exclamacin de ste, su accin generosa cuando la generalidad de los
espectadores slo pensaba en divertirse, llam la atencin de Uribe, que
volvindose de repente para l, le dijo:

--Ests loco? Te figuraste que esa tambin era Cecilia Valds? Si digo
yo que t ves visiones.

--No, contest secamente Jos Dolores. Yo s lo que me digo. Esas nias
son hermanas del caballero Gamboa.

--Acabramos! exclam a su vez Uribe. Yo bien quera conocerlas. Se
parecen mucho. No pueden negar que son hermanos. Pues es preciso
ampararlas. Las hermanas de uno de mis rumbosos _clientes_! No faltaba
ms...

En efecto, entre el maestro sastre, sus oficiales y otros, consiguieron
separar a los combatientes y desenredar las ruedas de los vehculos,
tras lo cual uno y otro pudieron seguir su camino, llevando el
carretonero las manchas de sangre de la _cuarta_ del calesero en la
camisa de listado azul. Protegi quizs las espaldas de este ltimo la
chaqueta de pao de su librea; a lo menos no se le vean en ella las
seales de la refriega.

Y una vez despejado aquel campo de Agramonte y vueltos, el maestro
sastre a la mesa de cortar, los oficiales a su tarima, el primero sac
de pronto el reloj del bolsillo del pantaln y, con aire sorprendido,
dijo:--Las tres! aadiendo enseguida ms alto:--Jos Dolores!

No tard ste en aparecer ante la presencia del maestro Uribe. Traa al
hombro dos madejas trenzadas, una de hilo blanco de lino, otra de seda
negra; clavadas en los tirantes de los pantalones varias agujas cortas,
no muy finas, y en el dedo del medio de la mano derecha un dedal de
acero, sin fondo.

Al nacimiento de Jos Dolores Pimienta y de Francisco de Paula Uribe
concurrieron, sin duda, por igual las razas blanca y negra, con esta
esencial diferencia: que aqul sac ms sangre de la primera que de la
segunda, circunstancia a que deben atribuirse el color menos bilioso de
su rostro, aunque plido, la regularidad de sus facciones, la amplitud
de su frente, la casi perfeccin de las manos y la pequeez de los pies,
que as en la forma como en el arco del puente podan competir con los
de dama de raza caucsica. Ni con ser de constitucin delicada
sobresalan mucho los pmulos de su rostro ovalado, ni tena el cabello
tan lanudo como el de Uribe. En sus maneras, lo mismo que en la mirada,
y a veces hasta en el tono de la voz, haba aire marcado de timidez o
melancola, pues no siempre es fcil discernir entre ambas, que
revelaba, o mucha modestia o mucha ternura de afectos.

De organizacin musical tena que hacerse gran violencia, cosa que no
poda echar a puerta ajena, para trocar el clarinete, su instrumento
favorito, por el dedal o la aguja del sastre, una de las artes bellas
por un oficio mecnico y sedentario. Pero la necesidad tiene cara de
hereje, segn reza el caracterstico adagio espaol, y Jos Dolores
Pimienta, aunque director de orquesta, ocupado a menudo en el coro de
las iglesias por el da y en los bailes de las ferias por la noche, no
le bastaba eso a cubrir sus propias necesidades y las de su hermana
Nemesia, desahogadamente. La msica en Cuba, como las dems bellas
artes, no haca ricos, ni siquiera proporcionaba comodidades a sus
adeptos. El clebre Brindis, Ulpiano, Vuelta y Flores y otros se
hallaban poco ms o menos en este caso.

--Qu tal la casaca verde indivisible? le pregunt Uribe. Se halla en
estado de prueba? Son las tres y dentro de poco tendremos aqu al
caballero Gamboa, como el reloj.

--Para el tiempo que hace que Vd. me la entreg, _se_ Uribe, repuso
Pimienta, la tengo bastante adelantada.

--Cmo es eso? Pues no te la di desde tras de antier?

--Perdone Vd., _se_ Uribe, yo no vine a recibir esa prenda, si hemos
de hablar claro, hasta ayer por la maana. Antier toqu la misa mayor
del Santo ngel Custodio, a prima toqu la salve y luego en el baile de
Farruco hasta ms de media noche. Conque no s...

--Bien, bien, replic Uribe serio interrumpindole: Se halla o no en
estado de prueba? Eso es lo esencial.

--Dir a Vd., lo que es probarse, puede ahora mismo. Las solapas estn
basteadas, lo propio que el cuello. Iba ahora a hilvanarle los forros de
seda, para abrirle los ojales. Los hombros se hilvanarn cuando venga el
caballero que Vd. dice, y las espaldas idem per idem. Las mangas las
est cerrando _sea_ Clara, su mujer de Vd., aunque con probar una
basta. De manera que a las ocho de la noche, cuando ms tarde, estar
concluida la casaca y lista para el baile, que no principiar hasta las
nueve.

--El caso es que se quiere para mucho antes y no se dir nunca que
Pancho de Paula Uribe y Robirosa no cumple su palabra una vez empeada.

--Entonces tendr Vd. que poner otro oficial que me ayude; mejor dicho,
que la concluya, porque a las seis debo tocar en la salve del Santo
ngel Custodio y luego despus en el baile de Brito. Farruco abre sus
bailes esta noche en la casa de Soto y yo no he querido llevar mi
orquesta hasta all. En la Filarmnica dirige Ulpiano con su violn y
Brindis est comprometido a tocar el contrabajo. Conque considere Vd.

--Pues lo siento en el alma, Jos Dolores, y si hubiera sabido que t no
ibas a rematar esa pieza, no te la hubiera dado. Yo me estoy mirando en
ella. Temo que si otro oficial la coge ahora en sus manos, le echa a
perder el estilo. El caballerito Leonardo es el ms quisquilloso de
todos mis clientes. No ve Vd. que nada en riqueza? No ve cmo derrama
la plata? Para lo que le cuesta! Y vea Vd. su padre don Cndido, el
otro da como quien dice, andaba con la pata en el suelo. Me parece que
lo veo cuando lleg de su tierra: traa zapatos de empleita (quiso decir
_pleita_, mejor, _alpargatas_), chaqueta y calzones de bayeta y gorro
de pao. A poco ms puso taller de maderas y tejas, despus trajo negros
de frica a montones, despus se cas con una nia que tena ingenio,
despus le entr dinero por todos cuatro costados y hoy es un
caballerazo de primera, sus hijas ruedan quitrn de pareja y su hijo
bota las onzas de oro como quien bota agua. _E intertanto_ aquella pobre
muchacha... Mas, cllate lengua. Pues, segn te deca, Jos Dolores, el
caballerito Leonardo vino aqu la semana pasada y me dijo:--Maestro
Uribe, tenga Vd. este pao verde indivisible que he hecho traer de Pars
expresamente para que Vd. me haga una casaca como se debe. Pero djese
Vd. de vejeces, de talle encaramado en el cogote, ni de colas de
golondrinas. Yo no soy ningn zacateca, Juanito Junco, ni Pepe Montalvo.
Hgame una casaca como la gente, a la _dernier_, que yo s que Vd. sabe
pintarlas en el cuerpo, cuando le da la gana. Ese mozo tiene tanto
dinero, que es preciso darle gusto o reventar. Adems, como es tan
elegante y bien parecido, da el tono en la moda, y si acierto a hacerle
una cosa buena, me pongo las botas. Aunque a decir verdad, ya no tengo
manos para todo el trabajo que me ha cado. Por donde se ve claro que la
competencia del ingls Federico, lejos de daificarme, me ha favorecido.
Conque, mi querido Jos Dolores, al avo.

--Ya le he dicho, _se_ Uribe, har lo que pueda; pero spalo, no
tendr tiempo para darle la ltima mano. Lo principal, sin embargo, est
hecho, esto es, las solapas y el cuello. La montura de los faldones y la
espalda Vd. puede dirigirla, y los ojales nadie los hace mejor que
_sea_ Clara.

--Trae ac la casaca.

Trjola el oficial, y con ella en la mano, para suspenderla a la altura
de sus ojos, Uribe se encamin a un espejo que haba en la pared
medianera de la primera ventana y la puerta. All le sigui
maquinalmente Jos Dolores. Cuando los dos estuvieron delante del
espejo, dijo el maestro a su oficial:

--Vamos, Jos Dolores, sirve t de modelo... Apuradamente, tienes el
mismo cuerpo que el caballerito Leonardo.

--Est bien, _se_ Uribe, contest Pimienta de malsimo humor. Pero sin
ejemplar eh?

--Compadre, tienes hoy palabras de poco vivir. Qu te est labrando
all dentro? Antes tomaste una de las nias Gamboa por Cecilia Valds;
ahora te pones bravo porque, para ganar tiempo, pruebo la casaca del
hermano en tu cuerpo. Si lo haces porque ese blanco le pisa la sombra,
lo peor que puedes hacer es tomarlo tan a pecho. Qu remedio, Jos
Dolores? Disimula, aguanta. Haz como el perro con las avispas, ensear
los dientes para que crean que te res. No ves que _ellos_ son el
martillo y nosotros el yunque? Los blancos vinieron primero y se comen
las mejores tajadas; nosotros los de color vinimos despus y gracias que
roemos los huesos. Deja correr, chinito, que alguna vez nos ha de tocar
a nosotros. Esto no puede durar siempre as. Haz lo que yo. T no me
ves besar muchas manos que deseo ver cortadas? Te figurars que me sale
de adentro. Ni lo pienses, porque lo cierto y verdico es que, en verbo
de blanco, no quiero ni el papel.

--Qu ley tan brava, _se_ Uribe! No pudo menos de exclamar por lo
bajo el oficial, sorprendido ms bien que alarmado de que abrigara
principios tan severos.

--Pues qu, continu el maestro sastre, te figurabas que porque le hago
el _rande v_ a todos cuantos entran en esta casa, es que no s
distinguir y que no tengo orgullo? Te equivocas; en verbo de hombre,
nadie creo mejor que yo. Me estimara en menos porque soy de color?
Disparate. Cuntos condes, abogados y mdicos andan por ah, que se
avergonzaran de que su padre o su madre se les sentara al lado en el
quitrn, o los acompaara a los besamanos del Capitn General en los
das del rey o de la reina Cristina? Quizs t no ests tan enterado
como yo, porque no te rozas con la grandeza. Pero recapacita un poco y
recuerda. T conoces el padre del conde...? Pues fue el mayordomo de su
abuela. Y el padre de la marquesa...? Un talabartero de Matanzas, ms
sucio que el cerote que usaba para untarle a la pita con que cosa los
arneses. A que el marqus de... no ensea su madre a los que van a
visitarlo en su palacio de la Catedral? Y qu me dices del padre del
doctor de tantas campanillas...? Es un carnicero de ah al doblar. (Tuvo
Uribe la discrecin de pronunciar los nombres de las personas aludidas a
la oreja del oficial, como para que los dems no le oyeran.) Pues yo no
tengo por qu esconder mis progenitores. Mi padre fue un brigadier
espaol. A mucha honra lo tengo, y mi madre no fue ninguna esclavona, ni
ninguna mujer de nacin. Si los padres de esos seorones hubieran sido
siquiera sastres, pase, porque es notorio que S. M. el Rey ha declarado
noble nuestro arte, lo mismo que el oficio de los tabaqueros, y podemos
usar don. Tond, con ser moreno, tiene don por el rey.

--Yo no me ocupo de eso, ni a derechas s quin es mi padre, slo s que
no fue negro, volvi Pimienta a interrumpir el torrente impetuoso del
maestro sastre. Lo que yo sostengo es, que ni a Vd., ni a m, ni... a
nuestros hijos, segn van las cosas, nos tocar ser martillo. Y es muy
duro, dursimo, insufrible, _se_ Uribe, agreg Jos Dolores, y se le
nubl la vista y le temblaron los labios, que _ellos_ nos arrebaten las
de color, y nosotros no podamos ni mirar para las mujeres blancas.

--Y quin tiene la culpa de eso? continu Uribe hablando otra vez al
odo del oficial, como para que no le oyera su mujer: la culpa la tienen
_ellas_, no _ellos_. No te quepa gnero de duda, porque es claro, Jos
Dolores, que si a las pardas no les gustaran los blancos, a buen seguro
que los blancos no miraban para las pardas.

--Puede ser, _se_ Uribe; pero, digo yo: no tienen los blancos
bastante con las suyas? Por qu han de venir a quitarnos las nuestras?
Con qu derecho hacen ellos eso? Con el derecho de blancos? Quin les
ha dado semejante derecho? Nadie. Desengese, _se_ Uribe, si los
blancos se contentaran con las blancas, las pardas no miraran para los
blancos.

--Hablas como un Salomn, chinito, slo que eso no es lo que sucede, y
es preciso atenerse a cmo son las cosas y no como queremos que sean. Yo
me hago este cargo: qu vale quejarse ni esperar que todo ha de salir a
medida del deseo de uno? Ni qu puedo yo solo, qu puedes t, ni qu
puede el otro contra el torrente del mundo? Nada, nada. Pues deja ir.
Cuando son muchos contra uno, no hay remedio sino hacer que no se ve, ni
se oye, ni se entiende, y aguardar hasta que le llegue a uno su turno.
Que ya llegar, yo te lo aseguro. No todo ha de ser rigor, ni siempre ha
de rasgar el pao a lo largo. _Intertanto_ aprende de m, recibo las
cosas como vienen y no pretendo enderezar el mundo. Podra salir
crucificado. T todava vas a tragar mucha sangre, lo estoy mirando.

--Qu importa? dijo el oficial con calor. Con tal que otros la traguen
al mismo tiempo que yo...

--Ese es el caso, que si t te calientas y tomas las cosas por donde ms
queman, no logras que otros traguen sangre, sino que la tragas t a
borbollones. Y eso es lo que pretenden los pcaros de los blanquitos.
Bien, no te digo que te dejes sopetear de nadie, pues yo tampoco me he
dejado pasar la mota. Lo que te digo es que no pierdas los estribos y
aguardes la ocasin. Ves ah a Clara, tan formalota, tan seria? Ella
cuando moza tuvo tambin ms de un blanco tentador, y logr espantarlo
sin mucho trabajo ni quebradero de cabeza. As te digo, Jos Dolores, no
te apures, ni te pongas bravo, porque llevas la de perder: te comes los
hgados y sacas... lo que somos. Deja correr y aprenders a vivir.

Durante esta larga y animada conversacin, no ces un punto la probadura
de la casaca. Ya coga Uribe una solapa con la mano derecha, la sacuda
y atraa a s, a tiempo que con la izquierda abierta comprima los
pliegues de la camisa del oficial por el pecho y el costado; ya mataba
las ondas de la espalda, de los hombros para el centro; ya con el jabn
de piedra trazaba crucetas a lo largo de las costuras de los costados;
ya, en fin, meta las tijeras por la orilla del cuello y de las
boca-mangas y sisaba el pao adherido por los hilvanes de hilo blanco a
las entretelas de caamazo. As el embrin de frac tomaba poco a poco la
forma del cuerpo del oficial bajo la tijera y la astilla de jabn de
Uribe, sin que a todas stas tuviese l la certidumbre de que le viniese
bien a su legtimo dueo; pero fiaba el maestro mucho en su experiencia
y conocida habilidad. Siempre que se le ofreca alguna duda respecto al
tamao, ocurra a la tira de papel doblada en dos con piquetes en ambas
orillas, que le serva de medida y rectificaba las dimensiones.

Media hora larga se haba pasado en esta faena del maestro con su
oficial, cuando par una volante de alquiler a la puerta de la sastrera
y se ape de ella, de un salto, el intrpido joven que haba servido de
asunto, por la mayor parte, de su sazonada conversacin.




CAPTULO II

     _No es caballero el que nace,
      sino el que lo sabe ser._


La llegada repentina del joven mencionado al final del captulo
anterior, esperada y todo, sorprendi al maestro sastre, con tanto ms
motivo que su oficial aguardaba precisamente aquel momento para echar
atrs los brazos y soltarle en las manos la pieza de ropa en estado de
prueba.

Esto, sin embargo, no fue parte para que l dejase de salir al encuentro
de Leonardo Gamboa y recibirle con muchas sonrisas y zalameras.

Si el joven recin llegado observ o no la retirada precipitada de
Pimienta, o si adivin el motivo, es ms de lo que puede afirmarse con
probabilidad de acierto. Fuerza es decir, no obstante, que hasta all
Leonardo ignoraba que tuviese un enemigo acrrimo en el msico; y que,
adems, se crea superior para ocuparse de las simpatas o antipatas de
un hombre de baja esfera, mulato por aadidura. Lo seguro es que ni
siquiera sospech que haba acabado de ser el objeto casi exclusivo de
la conversacin del maestro sastre y de su oficial. Vena, adems, all
a hora fija y por cita expresa, slo se demorara el tiempo necesario.
No haba, por tanto, ocasin ni motivo de dar su atencin y pensamientos
a cosas ajenas al traje que haca el maestro Uribe. Tampoco ste le dio
lugar a divagaciones.

Como tena por costumbre Leonardo, al apearse sac una peseta del
bolsillo del chaleco y se la arroj al calesero, el cual la recibi en
el aire. Luego, sin ms demora, se encamin derecho al sastre,
cortndole, en medio de sus obsequiosas demostraciones, con la pregunta:

--Qu hay de mi ropa? Lista?

--Casi concluida, seor don Leonardito.

--Lo tema, lo esperaba, replic ste impaciente. Un zapatero remendn
tiene ms palabra que t, Uribe.

--Pues qu hora es, caballero Gamboa?

--Son las cuatro y ms de la tarde; y me prometiste la ropa para ayer
tarde.

--Perdone el caballero, se la promet para hoy a las siete de la noche.
Es decir, concluida y planchada de un todo. Porque el caballero debe
estar enterado que de mi taller no sale pieza sin todos sus periquitos y
ringo rangos. Cuente el caballero que este pobre sastre no posee otra
cosa que su reputacin, como que viste, hace ms de diez aos, a la
grandeza de La Habana, y nadie podra decir en justicia que Francisco de
Paula Uribe y Robirosa...

--Ah! Maestro Uribe! Maestro Uribe! volvi a interrumpirle el joven
con mayor impaciencia. El que no te conozca que te compre. Dale con la
palabra y vuelta con su reputacin y pocas veces, si alguna, cumpliendo
con exactitud. Dejemos toda esta palabrera para otra ocasin y vamos a
los hechos. Al fin tendr la ropa esta noche, en tiempo para el baile o
no? He aqu lo que importa saber.

--La tendr el caballerito o pierdo el nombre que llevo. Por lo que toca
al chaleco, que es lo nico que se hace fuera de casa, lo espero por
momentos. Apuradamente, est en manos de una pardita que se pinta sola
para chalecos y es como el reloj. Ya que el caballero ha tenido la
bondad de honrar mi taller con su presencia, probaremos la casaca,
aunque estoy cierto y seguro que el caballero va a confesar que tengo
buen ojo, si no otra cosa. Le ruego que no repare en su estado presente,
porque s que para las personas que no son del arte aqu hay trabajo de
dos das, cuando para un oficial experto slo hay trabajo de dos horas.
Si alguna vez se me atrasa la obra, no es por culpa ma, ni por falta de
oficiales, sino porque me cae mucha de golpe. En el taller slo tengo
cinco oficiales, fuera, en sus casas, cuantos quiero, aunque yo prefiero
tener mi gente siempre a la vista.

Por entonces, plantado Leonardo delante del espejo, se haba despojado
del frac con la ayuda del sastre, y mientras le probaban el nuevo, crey
ver reflejada en aqul la imagen de alguien que le miraba a hurtadillas
desde atrs de la puerta del comedor. Aunque le pas por la mente que
haba visto aquella cara en alguna parte, de pronto no pudo recordar
dnde ni cundo. En este esfuerzo de imaginacin se qued un rato
pensativo, completamente abstrado. Por supuesto, durante ese tiempo no
vio lo que pasaba, no oy ni entendi la charla del maestro Uribe.

Acert a entrar en aquella sazn en la sastrera una muchacha de color,
medio cubierta la cabeza en la _manta_ de burato pardo oscuro, a la
usanza persa. Dio las buenas tardes, y como si no hubiese reparado en lo
que all se haca, pas de largo hacia el aposento, por detrs de la
mesa de cortar. Pero Uribe la esperaba impaciente y la detuvo antes de
alcanzar la puerta, preguntndole:

--Traes el chaleco, Nene?

--S, seor; contest ella con voz muy suave y musical, detenindose a
la cabeza de la mesa, en la cual deposit un lo pequeo que sac de
debajo de la manta.

El nombre, lo mismo que la voz de la muchacha, sacaron a Leonardo de su
abstraccin; volvi a ella el rostro y le clav la vista. Ambos se
reconocieron desde luego, y cambiaron una mirada de inteligencia y una
sonrisa de cario, seales que por cierto no se escaparon a la
penetracin de Uribe.--Aqu hay gato encerrado, pens l. Pobre
muchacha! la compadezco! En qu garras has cado! Cuando menos sta es
la causa de las quemazones de sangre de Pimienta... Tiene razn,...Pero
no, debe ser por algo ms de eso.

Despus sac el chaleco del pauelo de seda en que estaba envuelto, y
dndole ste a su dueo, aadi hablando con Gamboa.

--No se lo dije al caballero? Aqu tiene la prenda. La costurera vale
un Potos.

Era el chaleco de raso negro, sembrado de abejas color verde brillante,
entretejidas en la tela. No se lo prob Leonardo, ni lo juzg necesario
el sastre. Tampoco hubo desde all tiempo para mucho, porque, cual por
cita, acudi la mayor parte de los parroquianos de Uribe. Entre ellos,
Fernando O'Reilly, hermano menor del conde de este nombre; el
primognito de Filomeno, despus Marqus de Aguas Claras; el secretario
o confidente del Conde de Pealver; el joven Marqus de Villalta; el
Mayordomo del Conde de Lombillo; y uno que le decan Seiso Ferino,
protegido por la opulenta familia de Valds Herrera. Casi todos stos
haban ordenado piezas de ropa para s o para sus amos en la sastrera
del maestro Uribe, y, ya de paso para el Paseo de extramuros en sus
carruajes, ya ex profeso, entraban en ella y se detenan el tiempo
necesario para esa averiguacin.

Al entrar el primero de los personajes arriba nombrados, le puso
familiarmente la mano en el hombro a Leonardo, le llam por este nombre,
y le trat de t por t. Haban sido condiscpulos de Filosofa en el
Colegio de San Carlos desde 1827 a 1828, en cuya ltima fecha O'Reilly
se haba separado para ir a Espaa y proseguir sus estudios hasta
recibirse de abogado, como se recibi, tornando a los patrios lares slo
unos pocos meses antes del da de que aqu hablamos, con el empleo de
Alcalde Mayor. Despus de dos aos de ausencia, aqulla era la primera
vez que se vean, no habiendo tenido Leonardo ocasin ni humor de ir a
saludarlo, quizs porque, si bien antiguos condiscpulos, no haba
dejado l de ser miembro de una familia la ms orgullosa de La Habana,
de la primera grandeza de Espaa. Por otra parte, parti soltero y
volvi casado con una madrilea, motivo de ms para que sus gustos y
aficiones ahora fuesen muy distintos de lo que fueron cuando juntos
concurran a or las elocuentes lecciones del amable filsofo Francisco
Javier de la Cruz.

La ocasin de aquella afluencia de seores y sus criados no era otra que
el baile de tabla que se celebraba por la noche del mismo da, en los
altos del palacio situado en la calle de San Ignacio esquina a la del
Teniente Rey, alquilado para sus funciones por la Sociedad Filarmnica,
en 1828. Desde los das del carnaval, a fines de febrero, en que
coincidieron los festejos pblicos por el casamiento de la princesa de
Npoles, doa Mara Cristina con Fernando VII de Espaa, la Sociedad
antes dicha no haba vuelto a abrir sus salones. Ahora lo haca como
para despedir el ao de 1830, pues es sabido que la gente principal de
La Habana, nica con derecho a concurrir a sus funciones, se marchaba al
campo desde principios de diciembre y no volva a la ciudad sino hasta
mucho despus de Reyes. En vsperas del sarao, la juventud de ambos
sexos acuda en tropel a los establecimientos de modas y novedades para
hacerse de trajes nuevos, de adornos, joyas y guantes. Las sastreras
como la de Federico, Turla y Uribe, que eran las favoritas; los
almacenes como los del Palo Gordo y de Maravillas; las joyeras como
las de Rozan y La Llave de Oro; las tiendas de modistas como la de
madama Pitaux; las zapateras como la de Bar, en la calle de O'Reilly y
la de Las Damas en la calle de la Salud esquina a la de Manrique,
extramuros de la ciudad, varios das anteriores al sealado para el
baile se vean asediados a maana y tarde, por las seoritas y jvenes
ms distinguidos por su elegancia y el lujo de sus trajes. Las primeras
por esa poca empezaban a usar los zapatos o escarpines de raso blanco
a la China, con cintas para atarlos a la garganta del pie y mostrar las
medias de seda caladas, siendo as que el vestido se llevaba sobre lo
corto. Los hombres usaban tambin escarpines de becerro con hebillita de
oro al lado de fuera y calcetas de seda color de carne.

Con los caballeros, Uribe ech el resto de la cortesa y de la
amabilidad, de que saba revestirse cada vez que le convena; con los
criados, aunque acudan en nombre de personas de elevada posicin, fue
seco y parco en demostraciones civiles. Pero tuvo habilidad bastante
para dejarlos a todos contentos y satisfechos, como que nada le costaba
prodigar promesas a diestro y a siniestro, que es moneda imaginaria con
que se pagan la mayor parte de las deudas en sociedad. De esta manera
cumpli exactamente con los que le hablaron gordo desde el principio; a
los restantes dio un solemne chasco, sin perder por eso su patrocinio. E
idos todos, porque ninguno calent asiento, se puso desde luego a
habilitar las piezas que se propona concluir para aquella noche. No
descuid, por supuesto, la casaca verde invisible de Gamboa; quien,
satisfecho de que no sera chasqueado de nuevo, cedi a las vivas
instancias de su amigo Fernando O'Reilly y le acompa en el quitrn al
paseo, llamado por imitacin del famoso de Madrid, el Prado.

Ocupaba ste, y ocupa en el da, el espacio de terreno que se dilata
desde la calzada del Monte hasta el arrecife de la Punta al Norte, al
morir el glacis de los fosos de la ciudad por el lado del oeste.
Cienfuegos extendi el paseo de la calzada del Monte hasta el Arsenal
hacia el sur; pero jams se ha usado como tal esa parte sino como calle
Ancha, cuyo nombre lleva. Entre las obras de adorno que tuvieron origen
en el gobierno de don Luis de las Casas, se cuenta el _nuevo Prado_ (el
de que hablamos ahora). El Conde de Santa Clara concluy la primera
fuente que dej en proyecto las Casas, y construy otra ms al norte;
nos referimos a la de Neptuno en el promedio del Prado, y la de los
Leones al extremo. Ambas se surtan de agua de la Zanja real, que
atravesaba el paseo (y an le atraviesa) por el frente del Jardn
Botnico, hoy estacin principal del ferrocarril de La Habana a Gines,
y por la orilla del foso iba a verter sus turbias aguas en el fondo del
puerto, al costado del Arsenal. Mucho despus, al extremo meridional del
Prado, donde estuvo originalmente la estatua en mrmol de Carlos III,
que don Miguel Tacn traslad en 1835 a su paseo Militar, hizo construir
a su costa en 1837 el Conde de Villanueva la bella fuente de la India o
de La Habana.

El nuevo Prado constaba de una milla de extensin, poco ms o menos,
formando un ngulo casi imperceptible de 80 grados, frente a la
plazoleta donde se elevaba la fuente rstica de Neptuno. Le constituan
cuatro hileras de rboles comunes del bosque de Cuba, algunos con la
edad muy corpulentos, e impropios todos de alamedas. Por la calle del
centro, la ms ancha, podan correr cuatro carruajes apareados; las dos
laterales, ms angostas, con unos pocos asientos de piedra, servan para
la gente de a pie, hombres solamente, quienes en los das de gala o
fiesta se formaban en filas interminables a lo largo del paseo. La mayor
parte de stos, especialmente los domingos, se componan de mozos
espaoles empleados en el comercio de pormenor de la ciudad, en las
oficinas del gobierno, en la marina de guerra y en el ejrcito, pues por
su calidad de solteros y por sus ocupaciones, no podan usar carruaje y
visitar el Prado en das comunes. Es de advertirse adems, que a la hora
del paseo, estaba prohibido atravesar siquiera el Prado en vehculo de
alquiler; y si algn extranjero lo haca por ignorancia de la regla o
consentimiento del sargento del piquete de dragones que daba all la
guardia, llamaba la atencin y excitaba la risa general del pblico.

La juventud cubana o criolla tena a menos concurrir al Prado a pie;
sobre todo el confundirse con los espaoles en las filas de
espectadores domingueros. De suerte que all tomaba parte activa en el
paseo slo la gente principal: las mujeres invariablemente en quitrn,
algunas personas de edad en volante y ciertos jvenes de familias ricas,
a caballo. Ninguna otra especie de carruaje se usaba entonces en La
Habana, a excepcin del Obispo y del Capitn General que usaban coche.
El recreo se reduca a girar en torno de la estatua de Carlos III y la
fuente de Neptuno cuando la concurrencia era corta, que cuando era
mucha, se extenda hasta la de los Leones u otro cualquier punto
intermedio, donde el sargento del piquete calculaba que deba plantar
uno de sus dragones, a fin de mantener el orden y de que se guardase la
debida distancia entre carruaje y carruaje. Mientras mayor era la
afluencia de stos, menor era el paso a que se les permita moverse; de
que resultaba a menudo un ejercicio muy montono, no desaprovechado en
verdad por las seoritas, cuya diversin principal consista en ir
reconociendo a sus amigos y conocidos, entre los espectadores de las
calles laterales, y saludarlos con el abanico entreabierto, de la manera
graciosa y elegante que slo es dado a las habaneras.

Por fortuna la monotona y la funrea gravedad de tan inocente recreo, a
que las autoridades espaolas daban el nombre arbitrario de orden,
duraban lo que la presencia de los dragones del piquete en la avenida
central del Prado, es decir, de las cinco a las seis de la tarde. Porque
es cosa sabida que, unas veces con la punta de la lanza, otras a
varazos, hacan que los caleseros guardasen el paso y la fila. Pero
despus de saludar el pabelln espaol en las fortalezas del contorno,
ceremonia previa para arriarlo, lo mismo que las seales del Morro,
desfilaba el piquete por la orilla de la Zanja, en direccin de la calle
y cuartel de su nombre, y al punto empezaban las carreras, el verdadero
ejercicio, la belleza y novedad de la diversin. Espectculo digno de
contemplarse era, en efecto, entonces, el paseo en carruaje y a caballo,
del nuevo Prado de La Habana, iluminado a medias por los ltimos rayos
de oro del sol poniente, que en las tardes de otoo o de invierno se
degradan en manojos de plata, antes de confundirse con el azul pursimo
de la bveda celeste. Los caleseros expertos se aprovechaban con ganas
de la ocasin que se les presentaba para hacer alarde de su habilidad y
destreza, no ya slo en el regir de los caballos, en el girar violento y
caprichoso de los quitrines, sino en el tino con que los metan por las
estrechuras y la confusin, y los sacaban sin choque ni roce siquiera de
unas ruedas con otras. An las tmidas seoritas, en el colmo del
entusiasmo por el torbellino de las carreras y giros, arrebatadas en sus
conchas areas, con la accin y a veces con la palabra, animaban a los
jinetes; con que unos y otros contribuan hasta donde ms al peligro y
grandeza del espectculo. Poco a poco desapareca la vaporosa luz
crepuscular; una polvareda sutil y cenicienta se elevaba remolinando
hasta las primeras ramas de los copudos rboles y cubra todo el paseo;
de manera que, cuando uno tras otro los quitrines, con su carga de
mujeres jvenes y bellas, dejaban el estadio en vuelta de la ciudad o de
los barrios extramuros, no crea menos el desapercibido espectador sino
que salan de las nubes, cual otras Venus, de la espuma de la mar.

En aquellos tiempos en que la Metrpolis crea que la ciencia de
gobernar las colonias se encerraba en plantar unos cuantos caones de
batera, se ide la construccin de las murallas de La Habana, obra que
se comenz a principios del dcimo sptimo siglo y se termin casi al
finalizar el dcimo octavo. Las tales murallas eran parte de una
fortificacin vasta y completa, as por el lado de tierra como por el
del mar o el puerto; no faltndole cuatro puertas hacia el campo,
poternas hacia el agua, puentes levadizos, foso ancho y hondo,
terraplenes, almacenes, estacadas, aspilleras, y baluartes almenados; de
modo que la ciudad ms populosa de la Isla quedaba de hecho convertida
en una inmensa ciudadela. As existieron las cosas hasta la venida del
memorable don Miguel Tacn, quien abri tres puertas ms y sustituy
los puentes levadizos con puentes fijos de piedra. Pero en la poca de
la historia que vamos refiriendo, esto es, cuando slo existan las
cinco puertas originales, las tres del centro llamadas de Monserrate, de
la Muralla y de Tierra, eran para el uso del pblico en carruaje, a
caballo y a pie, y las de los extremos, denominadas de la Punta y de la
Tenaza estaban destinadas especialmente al trfico. Por ellas, pues, se
acarreaba el azcar, el caf y otros efectos pesados en el nico medio
de trasporte de entonces, a saber, las enormes primitivas carretas,
tiradas por cachazudos bueyes. La guarnicin de la plaza, numerosa en
los ltimos tiempos, daba la guardia en las puertas y en las poternas,
juntamente con el resguardo, constituido en todas ellas; pues nadie ni
nada entraba ni sala sin estar sujeto a un doble registro, todo segn
se acostumbra en las plazas sitiadas.

Despus de entrado el carruaje en que iban O'Reilly y Gamboa, en el
rastrillo interior, donde se hallaba la garita del resguardo, asom, por
la parte opuesta del puente levadizo, un caballo tan cargado de forraje
verde de maz, a que llaman vulgarmente _maloja_, que no se vean ms
que los pies y la cabeza, la cual procuraba alzar cuanto poda, a causa
sin duda del demasiado peso. Sobre aquella montaa de hierba vena
montado a la mujeriega, mejor dicho, recostado a la grupa el conductor o
malojero, mozo natural de Islas Canarias, vestido a la usanza de los
campesinos cubanos. El centinela espaol, que se paseaba entre las dos
puertas con el fusil al brazo, mir primero hacia el puente, luego hacia
el rastrillo, y se plant en medio de la va en seal de que ambos
deban pararse, hasta que se resolviera cul de los dos tena que ciar o
desviarse. Pararse el caballo del forraje equivaldra a obstruir el
paso; volverse en el estrecho puente era imposible sin exponerse a una
cada; en tanto que al carruaje le era fcil arrendar los caballos sobre
el cuartel del cuerpo de guardia y dejar expedito el camino. A pesar de
su natural torpeza, esto lo vio claro, desde luego, el centinela; as
que orden con la mano al malojero que se parase y avanz a paso de
carga al carruaje y grit:--Atrs!

Pero orgulloso el calesero de la nobleza y autoridad de su amo,
envanecido de los escudos de arma bordados en su librea, lo mismo que de
sus espuelas de plata, metal de que estaban sobrecargadas las
guarniciones, an el mismo carruaje, en vez de obedecer la orden del
centinela, plant los caballos delante de la puerta interior, y mir de
medio lado a su amo. Vena ste muy embebecido contndole a Gamboa los
peligros que haba corrido en su ascencin al monte Etna en Sicilia, y
hasta la parada repentina del carruaje no ech de ver que se haba
presentado un obstculo. Naturalmente los ojos del amo se encontraron
con los del esclavo que le peda rdenes:--Arrea! le dijo, y como si
nada ocurriese, continu la ntima conversacin que traa con su
condiscpulo y amigo.

Movironse los caballos y entonces el centinela repiti la voz
de:--Atrs! presentando la bayoneta a sus pechos; a cuya vista
O'Reilly, que era soberbio, se puso rojo de la indignacin. Medio se
incorpor en el asiento, como para mostrar mejor la cruz roja de
Calatrava que llevaba bordada en la solapa de la casaca, y grit:--Cabo
de guardia! Y luego que ste se le present con la mano derecha abierta
sobre la frente, agreg:--Haga Vd. despejar el paso!

Informose el cabo en un instante de lo que pasaba, y aunque no conoca
el sujeto que le haba hablado, por el tono imperioso que us y por la
cruz roja, supuso que era un seor principal, jefe, o cosa parecida, y
le contest, siempre con la mano abierta, a la altura de la frente:--El
malojero no puede retroceder.

--Cmo es eso? exclam Fernando en el colmo de la clera. Sabe Vd. con
quien habla? Llame al oficial de guardia.

--No hay para qu, repuso el cabo. Ya veremos modo de arreglarlo. No se
incomode V. E.

--Haga ciar ese caballo de la maloja... Pronto.

A las voces, acudieron el oficial de guardia, que se entretena en jugar
a los naipes con unos cuantos amigos, y los soldados de faccin, los
cuales esperaban rdenes sentados en un banco sin respaldo a la puerta
del cuartel, mientras los dems dorman a pierna suelta en las tarimas
fijas del interior. Aquel militar, que debamos suponer ms enterado que
el cabo de la nocin de lo justo y de lo injusto, no vio ms sino que un
caballero cruzado no poda proseguir su paseo porque se lo impeda un
paisano con su caballo cargado de forraje. As que dio la orden
perentoria de despejar el puente. Ejecutada en un dos por tres, el monte
de forraje verde qued montado en la barandilla del puente levadizo,
nica cosa que ocurri a los soldados hacederos en aquella
circunstancias. En efecto, as pudo pasar el carruaje, aunque llevndose
en el bocn del cubo parte de la maloja. Todo aquello sucedi tan
repentina como inesperadamente para el mozo conductor, que slo tuvo
tiempo de echarse al suelo, no para resistir el atropello, sino para no
ser lanzado al foso. Expres su sorpresa con algunos juramentos, y su
enojo con mudas demostraciones; mas nadie le hizo caso. Por el
contrario, temeroso de mayor violencia, se apresur a descargar parte de
la hierba, a fin de que el caballo pudiera enderezarse y seguir camino a
la ciudad.

En saliendo de la cabeza del puente para coger el estrecho rastrillo de
la estacada, haba que orillar el foso por corto trecho, pasar por
encima de la esclusa de la Zanja, parte de cuyas aguas se verta en
aqul, formando un charco de regulares dimensiones. Pues en el borde del
alto terrapln, en el instante en que hablamos, haba un grupo de
hombres y muchachos en observacin de algo que ocurra abajo, en el
charco.

--Qu es ello? pregunt O'Reilly.

--No s, contest su amigo; supongo que gentes que se baan.

Preguntado el calesero, inform a su amo sin titubear, que eran el
mulato Polanco y el negro Tond, clebres nadadores, riendo a
zapatazos. En efecto, desnudos completamente, cual salvajes del frica,
zambullan, giraban bajo del agua, y luego procuraban hacerse dao,
descargndose tremendos golpes con las piernas, al modo como dicen que
hace el cocodrilo cuando ataca la presa. Esto llamaban en Cuba tirar
zapatazos. Parece que el inmoral espectculo se repeta a menudo,
supuesto que el calesero de O'Reilly desde luego dijo los nombres de los
baistas y lo que hacan en el agua. El primero ms de una vez haba
acometido a un tiburn en el puerto y le haba rendido a pualadas;
adems de excelente nadador el segundo, era bien conocido en toda la
ciudad por su valor heroico y actividad desplegada en la persecucin de
los malhechores de su propia raza, con autoridad especial del mismo
capitn general don Francisco Dionisio Vives.

El fcil triunfo obtenido sobre el mozo del forraje en la puerta de la
Muralla, haba envalentonado al calesero, el cual quiso entrar en el
paseo por la orilla de la Zanja; pero se lo impidi el dragn con lanza
en ristre. A pesar de las protestas de O'Reilly, quien invoc su
carcter de Alcalde Mayor, hubo que dar la vuelta a la estatua de Carlos
III y esperar all un claro para incorporarse en la fila. Este fue el
primer motivo de mortificacin para tan orgulloso joven; el segundo le
aguardaba en el punto donde la calle de San Rafael corta el Prado.
Desembocaban por ella el coche del general Vives con su escolta de a
caballo, todos a galope tendido; y mientras, para abrir campo, los
dragones del piquete interrumpan el movimiento de los quitrines de
ambas filas, en el paseo, entre los cuales se hallaba el de O'Reilly;
dos flanqueadores con sable desnudo detenan y arrollaban a los que
pretendan entrar o salir por la puerta del Monserrate, antes que su
excelencia el Capitn General.

Probaba esto que haba en La Habana alguien superior y ms privilegiado
que un segundo gnito de conde, aunque Grande de Espaa de primera
clase. En la acepcin recta de la palabra, no era demcrata Leonardo,
mas le disgust mucho el atropello del malojero y casi se alegr de las
mortificaciones que experiment su amigo en el paseo, cual si hubiesen
querido humillarle el orgullo. Evidente, pues, apareca que las
distinciones sociales del pas, slo aprovechaban en todas
circunstancias a la autoridad militar, ante la cual nobles y plebeyos
deban doblar la cerviz.




CAPTULO III

     _Y al comps se agitaban mil bellezas
      Que ropajes fantsticos vestan,
      Y a m cual las visiones se ofrecan
      De un poeta oriental._

         R. PALMA


Aquella noche[30] el teatro de la elegancia habanera sent sus reales en
la Sociedad Filarmnica. Brillaron all con todo su esplendor el gusto y
la finura de las seoras, lo mismo que el porte decente de los
caballeros. Adems de los socios y convidados de costumbre, asistieron
los seores cnsules de las naciones extranjeras, los oficiales de la
guarnicin y de la real Marina, los ayudantes del Capitn General y
algunos otros personajes notables por su carcter y circunstancias, como
fueron el hijo del clebre Mariscal Ney, que estaba viajando, y el
cnsul de Holanda en Nueva York.

Hicironse notables los vestidos de tul bordados de plata y oro sobre
fondo de raso blanco, por ser de ltima moda e iguales al que Mme.
Minette hizo en Pars para la actual soberana de Espaa. Las mangas de
este traje conocidas con el nombre de a la _Cristina_, eran cortas,
abobadas y guarnecidas su parte inferior con encaje muy ancho. Tambin
se vieron otros de tul bordados con muchsima delicadeza, sobre fondo
celeste. Llamaron as mismo la atencin general los vestidos de tul
sobre raso blanco con guarnicin en puntas encontradas, adornadas stas
de encaje estrecho y mangas a la _Cristina_. Otros iguales a estos
ltimos, pero con diferentes guarniciones, pudieron sealarse, sin que
dejase de haber muchos ms cuya elegancia y gusto en nada desmerecan de
los ya descritos.

Los peinados armonizaban con los vestidos. Llevaban unas turbantes
egipcios, otras plumas blancas puestas con mucho donaire; las ms,
jirafas de todos tamaos, adornadas con flores azules o blancas,
guardando unin con el color del traje, y algunas tenan lazos de oro
graciosamente colocados. Era grandioso y bello el efecto que produca la
reunin de tantas y tan hermosas lechuguinas. Animaba la concurrencia
una completa alegra, y rebosaba la sonrisa en los labios de todos. La
etiqueta, que generalmente caracteriza a los bailes de la Sociedad, no
se vio ms que en los vestidos de las seoras y en los trajes de los
hombres, los cuales lucieron a porfa sus recamados uniformes de
gentiles-hombres, de generales, de brigadieres, de coroneles, de altos
empleados, Cadaval y Lemaur sus fajas rojas de seda, al paso que los que
no posean ttulo ni condecoraciones se contentaron con la ltima moda
de Pars en semejantes reuniones.

Adornaba la testera principal de la sala el magnfico dosel, cuyo centro
ocupaba el retrato del rey Fernando VII. Los paos de la pared sostenan
cuadros histricos y de las cornisas penda una colgadura de damasco
azul con pabellones blancos guarnecidos de vistosos flecos de seda,
sostenida por adornos dorados y clavos romanos, de los cuales caan con
gracia cordones y borlones de seda. El cielo raso de la sala estaba
vestido de damasco del mismo color de la colgadura.

Cosa de las diez empez el baile y a las once el saln principal estaba
completamente lleno. En los intermedios servan sorbetes y refrescos de
todas clases en grandes bandejas de plata sostenidas por lacayos. Las
seoras que preferan tomarlos fuera del saln tenan preparada para
este efecto una sala alumbrada perfectamente, en donde estaba la
repostera y criados prontos para servirlas; pero la poltica y la
urbanidad de los socios y convidados les ahorr un trabajo que para los
caballeros se convierte en placer cuando se emplea en servicio de las
damas.

La cena se principi entre doce y una de la madrugada, y consista en
pavo fiambre, jamn de Westfalia, queso, gigote excelente, ropa-vieja,
dulces secos, conservas, vinos generosos de Espaa y extranjeros,
chocolate suculento, caf y frutas de todos los pases en comercio con
la isla de Cuba. Y fue lo ms notable que, compitiendo la esplendidez de
la mesa con su prdiga abundancia, los manjares no costaban sino el
trabajo de pedirlos.

Puede afirmarse sin temor de ser desmentidos que la elegancia y la
belleza de La Habana se haban dado cita aquella noche en la Sociedad
Filarmnica. Porque all estaba la marquesa de Arcos, hija del famoso
marqus Pedro Calvo, con Luisa, su hija mayor, entonces de quince aos
de edad. Por sta haba improvisado Plcido aquellos versos que dicen:

      _Andaba revoloteando_
    _En el ambiente exquisito,_
    _Muerto de sed un mosquito,_
    _Jugo de flores buscando;_
    _Lleg a tu boca, y pensando_
    _Que era una rosa o clavel,_
    _Introducindose en l,_
    _Porque all el placer le encanta_
    _Muri en tu dulce garganta,_
    _Como en un vaso de miel._

All las hermanas Chacn, que merecieron por su hermosura figurar en el
gran lienzo pintado por Vermay[31] para perpetuar la memoria de la misa
que se celebr en la inauguracin del Templete de la Plaza de Armas.
All las Montalvo, de tipo teutnico, una de las cuales fue declarada
reina de la belleza, cuando la corrida de caas el ao anterior, en la
antigua plaza de Toros del Campo de Marte; all la Arango, clebre por
haber contribuido a la evasin del poeta Heredia, y que despus se cas
con un Ayudante de campo del Capitn General Ricafort; all las hermanas
Aceval, Venus de Milo en las formas, tan distinguidas por su talento
como desdichadas por sus pasiones; all las hermanas Alczar, modelos de
perfeccin, as por la simetra de sus menudas facciones, como por las
rosas de sus mejillas y el color negro de sus cabellos; all las Junco y
las Lamar, de Matanzas, conocidas bajo el potico vocativo de las Ninfas
del Yumur; all las tres hermanas de Gamboa, las cuales ya hemos tenido
ocasin de describir; all la Topete, hija del Comandante general del
Apostadero de La Habana, que ms adelante inspir a Palma su inmortal
_Quince de Agosto_, all la menor de las Gmez, Venus de Belvedere,
cuyo cabello castao, ondulante y copioso, llevaba suelto sembrado de
estrellas de oro; all, en fin, entre otras muchas que sera prolijo
enumerar, Isabel Ilincheta, hija del que haba sido asesor del Capitn
General Someruelos, quien posea los rasgos principales del tipo severo
y modesto celtbero, a que deba su origen.

Como modelos de varonil belleza, entre los jvenes concurrentes al baile
de la Sociedad aquella noche, pudiera hacerse mencin del Teniente
coronel de Lanceros del Rey, Rafael de la Torre, quien unos das despus
muri estrellado contra las ruedas de los quitrines en el Paseo, junto
a la estatua de Carlos III, vctima de la fogosidad de su caballo;
Bernardo Echeverra y O'Gabn, que en los das de gala gustaba vestir el
uniforme de gentil-hombre de Cmara con entrada, por cuanto poda lucir
las bien hechas y rollizas piernas; Ramn Montalvo, en la flor de su
edad, bello como un ingls de la ms pura sangre; Jos Gastn, el
verdadero Apolo de Cuba; Dionisio Mantilla, recin llegado de Francia,
que vena hecho un cumplido parisiense; Diego Duarte, el feliz campen
de las corridas de caas celebradas el ao anterior, con motivo de las
nupcias de Fernando VII con Mara Cristina de Npoles; varios oficiales
de la marina y del ejrcito espaol en sus vistosos uniformes, ms
propios de una parada que de un baile particular.

Tambin contribuy al lustre de la fiesta la presencia de algunos
jvenes que empezaban a distinguirse en el cultivo de las letras, a
saber: Palma, que haba sido uno de los competidores en la corrida de
caas; Echeverra empleado en la Hacienda, que el ao siguiente alcanz
el premio en el concurso potico abierto por la Comisin de Literatura,
con objeto de celebrar el nacimiento de la Infanta de Castilla, Isabel
de Borbn; Valds Machuca, conocido por _Desval_ en la repblica de las
letras; Policarpo Valds, que se firmaba _Polidoro_; Anacleto Bermdez,
que sola publicar versos bajo el nombre de _Delicio_; Manuel Garay y
Heredia, que imprima sus versos en _La Aurora_ de Matanzas; Vlez
Herrera, el autor del romance cubano _Elvira de Oquendo; Delio_, el
cantor de las ruinas del Alhambra; Domingo Andr, joven abogado,
elocuente y amable; Domingo del Monte, que introdujo el romance cubano,
de variados conocimientos y muy distinguido porte.

Diego Meneses, Francisco Solfa, Leonardo Gamboa y otros varios, que
tambin se hallaban en el baile, si se exceptan el segundo que era dado
a los estudios filosficos, y el tercero que entraba ya en la clase
rica, no se hacan notables por su talento, aunque los tres solan
escribir en los peridicos literarios; y el ltimo pasaba, adems, por
mozo de buen parecer y varoniles formas. Los literatos, mejor dicho, los
aficionados a las letras, sobre todo los que cultivaban la poesa,
empezaban a tener entrada con la gente que poda tenerse por noble en
Cuba, o que aspiraba, por su caudal, a la nobleza y alternaba con ella.
Mostraban al menos distincin por ellos algunas familias tituladas de La
Habana y los atraan a sus fiestas y reuniones, entre otras, por
ejemplo, los condes de Fernandina, los de Casa Bayona, los de Casa
Pealver, los marqueses de Montehermoso y los de Arco. Dichas fiestas y
reuniones en los das de pascuas de navidad se trasladaban a los
lindsimos cafetales de San Antonio, de Alquzar, de San Andrs y de la
Artemisa, que pertenecan a la gente rica.

No se presentaron en los salones de la Sociedad nuestros amigos Gamboa,
Meneses y Solfa, sino hasta cerca de las once de la noche. Durante las
primeras horas haban estado visitando los bailes de la feria del ngel,
el de Farruco y el de Brito, sin olvidar la _cuna_ de la gente de color,
en la calle del Empedrado, entre Compostela y Aguacate. En ninguno de
esos sitios haban tomado ellos parte activa, si se excepta el primero,
quien al juego del monte perdi en un instante las dos onzas de oro que
aquella misma tarde le haba metido su madre en el bolsillo del chaleco.
No conoca el valor del dinero, ni jugaba por amor a la ganancia, sino
por el placer de la excitacin del momento; pero sucedi que los bailes
no le prestaron atractivo ninguno, desertados de las muchachas bonitas;
que no logr ver a Cecilia Valds en la ventana de la casa, ni en la
_cuna_, cosas todas que se conspiraron para ponerle de malsimo humor.
Para remate de desdichas, cuando perdidoso y disgustado volva con sus
amigos en busca del quitrn, que haba dejado apostado en la calle del
Aguacate al abrigo de las altas paredes del convento de Santa Catalina,
descubri que no estaba all, ni fue posible encontrarle sino media hora
despus y en punto opuesto y distante.

Por otra parte, preguntado el calesero sobre el motivo que le indujo a
desobedecer una orden terminante de su joven amo, dio al principio
respuestas evasivas, y al fin, apretado, dijo que un desconocido, medio
cubierto el rostro con un pauelo, le haba forzado a abandonar el
puesto y fingir que se volva a casa, valindose de amenazas terribles.
No pareca creble el cuento: hubo empero que aceptarlo como bueno y
verdico; lo que, si cabe, aument el mal humor de Leonardo, porque en
caso de ser cierta la relacin del calesero, quin poda ser ese
sujeto, ni qu inters tener en que el carruaje aguardase en una u otra
esquina de la calle? Por qu emplear amenazas? Qu autoridad tena
para ello? Aponte no pudo decir si el desconocido era militar o paisano,
comisario de barrio o magistrado, hombre blanco o de color. Tal vez era
un inesperado y desconocido rival que de aquel modo se preparaba a
disputarle el cario de Cecilia Valds.

Corroboraba tan desagradable sospecha, el hecho de que ni ella, ni su
amiga Nemesia se haban presentado en parte alguna de la feria del
ngel. Adems de eso, la circunstancia de no haber abierto la ventana,
an cuando Gamboa hizo la seal convenida pasando la punta del bastn
por los pocos balaustres que an le quedaban, casi no dejaba duda de que
algo extraordinario haba ocurrido en el humilde y oscuro hogar.

Mas sea de esto lo que se fuere, que no hay tiempo de verificarlo ahora,
Leonardo Gamboa entr en el baile de la Filarmnica preocupado y de muy
mal talante. Armada sin embargo la danza, en la sala principal y el
aposento del palacio, bastante espaciosos por cierto, segn dice el
poeta:

      _Una noche por fin: entre cristales_
    _La luz reverberaba en los salones;_
    _Y la sangre inflamaba con sus sones,_
    _La danza tropical;_

no pudo nuestro hroe sustraerse a su arrobadora influencia. La
orquesta, que diriga el clebre violinista Ulpiano, ocupaba el
anchsimo corredor sobre la mano izquierda, como se sube de la regia
escalera de piedra oscura. Luego, a la derecha, estaba la puerta del
saln, enfrente de otra que daba sobre los ms amplios balcones, que
formaban los portales llamados del Rosario. Dejados los sombreros y los
bastones en manos de un lacayo negro, a la puerta de un cuarto
entresuelo que abra al descanso de la escalera de doble tramo, y
tendiendo la vista por el soberbio saln, que poda tener la carrera de
un caballo, si se nos permite la exageracin, descubrieron los
estudiantes que las animadas parejas le llenaban de extremo a extremo.
Reciban los hombres de espalda, y las mujeres de frente, mientras
esperaban su turno para hacer cedazo, el aire fresco de la media noche,
que entraba por las puertas y ventanas abiertas de par en par.

Como hemos dicho antes, all se hallaba reunido lo ms granado y florido
de la juventud cubana de ambos sexos, entregada, por el momento al
menos, con alma y cuerpo a su diversin favorita. Y a la luz
deslumbrante de las araas de cristal, en olas de una msica tan
plaidera como voluptuosa, pues que procede del corazn de un pueblo
esclavizado, al travs de la nube sutil de polvo que levantaban los
bailarines con los pies, las mujeres parecan ms hermosas, los hombres
ms bizarros. Poda, pues, entregarse el nimo de la juventud a otros
pensamientos que los que le sugeran los halagadores objetos que tena
delante? No es posible.

Gamboa se ocup, desde luego, en buscar compaera para tomar parte en el
baile, aunque no le gustaba mucho; pero Meneses, que rara vez bailaba, y
Solfa, que no bailaba nunca, se quedaron de espectadores en el medio del
saln, observando el ltimo, con sonrisa amarga, que mientras aquella
loca juventud gozaba a sus anchas de los placeres del momento, el ms
estpido y brutal de los reyes de Espaa pareca contemplarla con aire
de profundo desprecio desde el dorado dosel donde se vea pintada su
imagen odiosa.

Andando con algn trabajo entre las apiadas filas de espectadores y
bailarines, tropez Gamboa con la ms joven de las seoritas Gmez, cuyo
retrato hemos hecho arriba a vuela pluma, en lo ms empeado de la
danza. Por todo saludo, sin dejar de girar, como una slfide, en brazos
de su pareja, le dijo ella antes con los ojos que con la lengua:--Ah
est Isabel.

--Bailando? pregunt el joven.

--Qu bailar! Esperando por Vd.

--Por m? Qu descanso el suyo. Pues por un tris no vengo al baile esta
noche.

En efecto, aquella seorita se hallaba a la sazn en toda apariencia
comiendo pavo, segn reza la frase vulgar en Cuba, es decir, sentada a
la izquierda, cerca de la puerta del aposento entre una seora de
mediana edad y el culto abogado Domingo Andr, con quien sostena
animada conversacin. No obstante su natural despreocupacin, sinti
Gamboa un arranque de celos que le fue imposible reprimir, no ya porque
estuviese de veras enamorado, sino porque el caballero en cuya compaa
la encontraba, era asaz galn y saba insinuarse en el nimo de las
mujeres discretas. De paso debemos decir, sin embargo, que el norte de
las galanteras de Andr por aquella poca, se dirigan a otra beldad
muy distinta de Isabel Ilincheta, la misma que perdi por tmido y que
gan por osado el literato dominicano Domingo del Monte, si no estamos
muy equivocados, en la noche de que estamos hablando. Por lo que hace a
Isabel, recibi a Leonardo con una sonrisa adorable, lo cual, lejos de
tranquilizarle, fue parte a causarle mayor desazn. Cambiados los
saludos de costumbre, pues la compaera de Isabel, madre de las Gmez,
era amiga del joven estudiante, lo mismo que Andr, en prueba de que no
tena nada de coqueta, tampoco de vengativa, dijo muy risuea:

--Deca a este caballero poco hace, que tena comprometida esta danza, y
no me quiere creer.

--Es que Vd. no ha bailado ninguna todava, que yo sepa, repuso Andr.

--Cierto que dos se han bailado solamente, replic Isabel sin cortarse,
pero hasta ahora que se baila la tercera, no ha venido Vd. a invitarme.

--Lo que quiere decir en sustancia, continu Andr, que he llegado en
hora menguada. Cmo ha de ser!

--Esta seorita tiene razn, interpuso Leonardo repuesto de su embarazo.
Por compromiso anterior, en cualquier baile donde nos encontremos, me
reserva ella la tercera danza. No he podido llegar, pues, a mejor hora
segn veo. Por eso se dice que ms vale llegar a tiempo que rondar un
ao.

--Ya, exclam el galante abogado, el caso es que con las buenas mozas
pocos somos los que llegamos a tiempo.

Andr salud y fue a formar coro a las dos hijas del potentado Aldama,
de las cuales la menor, de nombre Lola, ceda a muy pocas aquella noche
la palma codiciada de la belleza. Entretanto Leonardo e Isabel, cogidos
por la mano, se metieron en las filas de la danza, no distante de la
cabecera, mediante el favor de amigos mutuos, que, aunque llegaron
tarde, no les dejaron incorporarse a la cola, como era de rigor. La
cubana danza sin duda que se invent para hacerse la corte los
enamorados. En s el baile es muy sencillo, los movimientos cmodos y
fciles, siendo su objeto primordial la aproximacin de los sexos, en un
pas donde las costumbres moriscas tienden a su separacin; en una
palabra, la comunin de las almas. Porque el caballero lleva a la dama
casi siempre como en vilo, pues que mientras con el brazo derecho la
rodea el talle, con la mano izquierda la comprime la suya blandamente.
No es aquello bailar, puesto que el cuerpo sigue meramente los compases;
es mecerse como en sueos, al son de una msica gemidora y voluptuosa,
es conversar ntimamente dos personas queridas, es acariciarse dos seres
que se atraen mutuamente, y que el tiempo, el espacio, el estado, la
costumbre ha mantenido alejados. El estilo es el hombre, ha dicho
alguien oportunamente; el baile es un pueblo, decimos nosotros, y no hay
ninguno como la danza que pinte ms al vivo el carcter, los hbitos, el
estado social y poltico de los cubanos, ni que est en ms armona con
el clima de la Isla.

La noche en cuestin luca Isabel Ilincheta a maravilla las gracias
naturales de que la haba dotado el cielo. Era alta, bien formada,
esbelta, y vesta elegantemente, conque siendo muy discreta y amable,
est dicho que deba llamar la atencin de la gente culta. Hasta la
suave palidez de su rostro, la expresin lnguida de sus claros ojos y
finos labios, contribua a hacer atractiva a una joven que, por otra
parte, no tena nada de hermosa. Su encanto consista en su palabra y en
sus modos. Entraba en la pubertad cuando perdi a su madre, y para
educarla, lo mismo que para libertarla de los peligros del mundo, su
padre la puso al cuidado de las religiosas Ursulinas, venidas de Nueva
Orleans y establecidas en su convento de puerta de Tierra desde
principios de este siglo. Despus de un pupilaje de ms de cuatro aos,
en que recibi una educacin antes religiosa que erudita y completa, se
retir al campo, en el cafetal de su padre, cerca de la poblacin de
Alquzar, junto con su hermana menor, Rosa y una ta, viuda de un
cirujano de marina, de nombre Bohorques. Este individuo haba hecho
varios viajes a la costa de frica en las expediciones despachadas por
cuenta de la sociedad de Gamboa y Blanco. Contrajo de esas resultas una
enfermedad terrible, muri en la travesa y le arrojaron al agua, cual
otros muchos de los infelices salvajes a quienes haba ayudado a plagiar
de su nativo suelo. En ms de una ocasin fue la viuda, con tal motivo,
el objeto de la munificencia de don Cndido Gamboa. Leonardo la visit
en el cafetal de Alquzar, y no pudo menos de enamorarse de la sobrina,
cuya modestia y gracias realzaban su clara inteligencia y fina
discrecin.

No haba nada de redondez femenil, y, por supuesto, ni de voluptuosidad,
ya lo hemos indicado, en las formas de Isabel. Y la razn era obvia: el
ejercicio a caballo, su diversin favorita en el campo; el nadar
frecuentemente en el ro de San Andrs y en el de San Juan de Contreras,
donde todos los aos pasaba la temporada de baos; las caminatas casi
diarias en el cafetal de su padre y en los de los vecinos, su exposicin
frecuente a las intemperies por gusto y por razn de su vida activa,
haban robustecido y desarrollado su constitucin fsica al punto de
hacerle perder las formas suaves y redondas de las jvenes de su edad y
estado. Para que nada faltase al aire varonil y resuelto de su persona,
debe aadirse que sombreaba su boca expresiva un bozo oscuro y sedoso,
al cual slo faltaba una tonsura frecuente para convertirse en bigote
negro y poblado. Tras ese bozo asomaban a veces unos dientes blancos,
chicos y parejos, y he aqu lo que constitua la magia de la sonrisa de
Isabel.

No debe extraarse que, siendo Leonardo un tanto descredo y despegado,
sintiese pasin por una joven tal como la que acaba de describirse.
Entraba l por las puertas doradas de la vida. A pesar de sus
connotaciones y de su riqueza, no haba tenido an trato con las mujeres
de su esfera y educacin, ni haba empezado a buscar en ellas tampoco la
compaera futura de su vida. La aspereza suya no era sino externa,
estaba en sus maneras bruscas, porque all en el fondo de su pecho, como
habr ocasin de observarlo, haba raudal inagotable de generosidad,
ternura de sentimientos. Dios, por dicha, no le haba negado la
capacidad de amar, slo que las mujeres con quienes hasta all haba
tropezado, o haban cedido a la fogosidad de sus afectos, a la
intrepidez de sus pocos aos, o a la influencia de su _lluvia de oro_.
Ninguno de estos mviles poda tener ascendiente en el nimo de una
joven rica, bien educada, modesta y virtuosa como Isabel Ilincheta.
Atrado Leonardo primero por sus prendas fsicas, seducido despus por
sus relevantes dotes morales, comprendi desde luego que para ganar su
afecto fuerza era tocar su corazn, hablar a su entendimiento. Por otra
parte, aquella mujer que se presentaba a los ojos de Leonardo bajo un
nuevo aspecto, habitaba el trasunto del paraso terrenal cuando la vio
por la primera vez.

Si podemos prescindir del esclavo y de sus padecimientos, que son, sin
embargo, ms llevaderos en los cafetales, se convendr en que Isabel, su
hermana Rosa, su ta doa Juana, su padre y criados, llevaban una vida
de paz y quietud, lejos del bullicio de la ciudad, rodeados de olorosas
flores, de los cafetos y naranjos siempre verdes, de las airosas palmas,
del clsico pltano, embebecidos con el canto perenne de las aves y el
susurro melanclico de la brisa en los campos de Cuba. Hasta la estacin
de los aguinaldos y de los azahares, en que Leonardo conoci a Isabel,
contribuy a rodearla de encanto a sus ojos y a despertar en su pecho
algo que no haba sentido nunca a los 21 aos de su vida: el amor.




CAPTULO IV

     _Princesa.--Su nombre al menos_,
     _Rey.--Nunca, nunca, nunca._

        Sueos de amor y ambicin.


El callejn de la Bomba, como el de San Juan de Dios, que parece ser su
continuacin, se compone de dos cuadras. Es, si cabe, ms estrecho,
hondo y hmedo, an cuando sus casas son en general ms amplias. En una
de stas, inmediato a la calle del Aguacate, viva Nemesia Pimienta con
su hermano Jos Dolores, ocupando dos cuartos seguidos, cuyo mueblaje se
reduca a un par de sillas, un columpio, una mesita de pino y un catre
de viento, que se abra de noche y se cerraba de da, a fin de despejar
el campo.

Anochecido ya, Nemesia sali de la sastrera de Uribe y se encamin a
paso menudo hacia el barrio del ngel. Prefiri para ello la calle del
Aguacate, que si bien ms solitaria y oscura, por la ausencia de
establecimientos pblicos, conduca derecho a dos puntos en donde de
paso quera detenerse. Cuando lleg a las cuatro esquinas formadas por
la calle de O'Reilly y la traviesa que llevaba, se detuvo un breve rato,
pensativa e indecisa. Mir primero atrs, luego a su derecha, despus
adelante, fijando la mirada en la ventanilla de la casucha inmediata a
la taberna de la izquierda, aunque por estar en lnea paralela a la
observadora, slo se distinguan las molduras de los balaustres que
sobresalan un poco del plano de la pared. Difcil era, pues, saber si
haba o no persona asomada all o a la puerta. En consecuencia, la
mulata se traslad a la esquina de abajo y dio un silbido peculiar muy
agudo, haciendo pasar el viento con fuerza por entre los dientes del
medio de la mandbula superior.

Algunos segundos despus vio asomar por los balaustres de la ventana un
canto de la cortina blanca; pero al acudir al reclamo, not que
descenda del terrapln del convento un caballero a paso largo, que se
diriga derecho al punto objetivo de sus miradas. Estvose a observar lo
que pasaba. Quin sera ese sujeto? Quin le aguardaba en aquella
casa? Vesta de frac oscuro, pantaln claro y sombrero de ala angosta y
copa desproporcionadamente ancha, sobresalindole por detrs el cuello
blanco y recto de la camisa. No era joven, ni anciano, sino de mediana
edad. A pesar de la oscuridad, todo eso lo pudo notar Nemesia a la corta
distancia a que se encontraba, que no exceda de treinta pasos. Su
porte, sus movimientos acompasados y firmes, no podan confundirse con
los de un mozalbete ni de un viejo.

Se dirigi, sin embargo, con aparente cautela al punto donde se vea el
canto de la cortina blanca, sostuvo un breve dilogo con la persona que
se hallaba oculta detrs de sus pliegues, y entonces, a paso largo
sigui al abrigo de las altas paredes del convento, la vuelta de la
Punta. Nemesia le perdi bien pronto de vista en la oscuridad; pero no
le qued duda de que le esperaba un carruaje a mediados de la cuadra,
porque oy distintamente el ruido de las ruedas en las piedras de la
calle, corriendo en sentido opuesto a aqul en que ella estaba, y
favorable al que segua el desconocido.

Aguijada por la curiosidad, volvi la muchacha a silbar como lo haba
hecho antes; le contestaron desde la ventanilla moviendo la cortina
blanca, y acudi al punto; pero en vez de su querida amiga Cecilia,
slo encontr a la abuela. Cul de las dos mujeres haba recibido y
hablado con el caballero del frac oscuro y el sombrero de copa abultada?
Nuevo motivo de curiosidad y de mayor confusin.

--Ah! Era Vd., Chepilla? exclam Nemesia.

--Entra, le dijo sta, pasando a la puerta y quitando con la punta del
pie la media bala que la aseguraba.

No se hizo de rogar la muchacha. Pareca seria y desazonada la abuela; y
la nieta, sentada en un rincn, con el traje flojo, el aspecto
desaliado, la cabeza doblada sobre el pecho, los brazos extendidos y
los dedos cruzados en la falda, era viva imagen del abatimiento y de la
desesperacin.

--Entra, hija ma. Seas bienvenida, repiti Chepilla. Entra y sintate;
hazme el favor de sentarte, aadi notando que la moza se mantena en
pie, como azorada y confusa.

--Ya es tarde y estoy de prisa, repuso sta dejndose caer maquinalmente
en la butaca de cuero delante del nicho en que se veneraba la imagen de
la Dolorosa.

Iba Chepilla a repetir la instancia, pero visto que la recin llegada se
sentaba sin ms demora, se qued parada entre ella y su nieta.

--Deca, agreg Nemesia a poco rato, que es tarde y vena de prisa. Fui
a llevar unas costuras al taller de _se_ Uribe, y _me se_ ha hecho de
noche. Porque resulta que Clarita su mujer es muy conservadora, y
despus quiso que la ayudara a cerrar la saya de un tnico que est
haciendo para la Nochebuena chiquita.[32] Jos Dolores debe de estar
esperndome. El sali del taller mucho antes que yo, pues tena que
tocar en la salve del Santo ngel Custodio. Por cierto que ha habido
mucha gente de fuste esta tarde en la sastrera, todos a buscar ropa
para un baile en la Filarmnica, y para las Pascuas de Navidad. A _se_
Uribe hay que hacerle el encargo con tiempo. Bien que el trabajo le
llueve. Todos dicen que est haciendo mucho dinero, pero es ms
gastador... Mas ahora que me acuerdo, qu sucede por ac? Parecen Vds.,
muy atribuladas, dijo Nemesia notando que ninguna de las dos mujeres le
prestaba atencin.

Suspir Cecilia nicamente y la abuela dijo:

--No es cosa lo que sucede; slo que esta muchacha (sealando para la
nieta con un movimiento de los labios) parece poseda... Dios nos
asista! (y se persign). Iba a decir un disparate. Quiero que seas el
juez y la consejera en este caso, aunque t puedes ser dos veces mi
hija. Por eso te he hecho entrar. Vamos, dime, hija ma, qu haras t
si tu protector, tu amigo constante, tu nico apoyo en el mundo, como si
dijramos, tu mismo padre, que es verdaderamente un padre para nosotras
pobres, desvalidas mujeres, sin otro amparo bajo el cielo, qu haras
t si te aconsejaba, vamos, si te prohiba el que hicieras una cosa? Di,
t lo haras? T le desobedeceras?

--Mamita, salt y dijo Cecilia sin poder contenerse; su merced no ha
pintado el caso como es.

--Cllate, replic la abuela con imperio. Deja que Nemesia conteste.

--Pero su merced parte de un principio equivocado, y Nene no puede
contestar derecho, aunque quiera. Su merced dice que nuestro amigo,
nuestro protector, nuestro apoyo y qu s yo qu ms, ha rogado y ha
prohibido que hagan y deshagan. Y en primer lugar, la persona a que su
merced se refiere, no creo que es nada de lo que su merced dice para
nosotras, al menos para m. En segundo lugar, por ms que me devano los
sesos, no veo la razn ni el derecho que tenga para meterse en mis cosas
y ver si salgo, o si entro, si me ro o si lloro... Voy a acabar,
agreg Cecilia de pronto, advirtiendo que la abuela iba a cortarle la
palabra. Sobre todo, su merced no tena para qu haberme _rompido_ el
tnico de punto de ilusin y la peineta de teja, slo por darle gusto a
un viejo que me tiene ojeriza, y est celoso porque yo no lo quiero ni
lo querr nunca, as...

--No creas nada de lo que dice esa chica, la interrumpi la anciana.

--Pues no me rompi su merced el tnico y la peineta? Por culpa de
quin fue? No fue por culpa de ese viejo narizn que Dios...?

--Calla, calla, le ataj la abuela. No blasfemes despus de haber
rabiado, porque creer que ests en pecado mortal. Si se rompi el vuelo
del vestido no fue porque te propusiste ponrtelo contra mi expresa
voluntad? Quin tuvo la culpa de que se cayera y se quebrara la
peineta? T, nadie ms que t, porque si no tuvieras esos actos de
soberbia, nada de eso hubiera sucedido. S, s, es preciso que te
confieses, es preciso que hagas penitencia, que te arrepientas de tus
pecados y que te enmiendes. Ests en pecado mortal, y si sigues as vas
a parar en mal. Hay que poner remedio a esto en tiempo.

--Esa s que est mejor! continu Cecilia a pesar de los ojos que le
echaba la abuela. Nunca haba odo decir que era pecado no querer a
quien no le gusta a uno.

--Y quin te dice que le quieras, espiritada? exclam la Chepilla con
vehemencia. El te enamora acaso? El pecado consiste en no agradecer los
favores que nos hacen y en morder la mano que nos acaricia.

--Vamos a ver, cules son los favores de que habla su merced? La
mesada que nos pasa? Los regalos que me hace de Corpus a San Juan? Dios
y l slo saben el motivo que le gua. No es extrao, muy extrao, que
sea tan generoso con nosotras, pobres mujeres de color, un hombre
blanco y rico que no es nada de su merced, ni mo tampoco?

--Y vuelta, Cecilia? No prosigas ni ensartes ms disparates. El enemigo
malo nicamente pudiera inspirarte unas ideas tan contrarias a la
humildad y a la caridad cristianas. Cmo puede ser buena hija, buena
esposa, buena madre, ni buena amiga, la mujer que no agradece favores ni
paga beneficios? Por pequeos que sean (que no lo son) los favores que
nos hace el caballero dicho, nuestro deber es agradecrselos, ya que no
podemos otra cosa. Es grave pecado pagar bien con mal. Tus murmuraciones
y tu ingratitud nos van a costar muy caro.

--No s cmo su merced entiende mi conducta con l. Apenas le conozco.
Ni le doy ni le quito; lo que no quiero es que me mande y se meta en mis
cosas.

--Es que t tampoco parece que lo entiendes a l. Si desea que no hagas
esto o aquello, es por su bien o por tu bien? Si aprueba o desaprueba
algo de lo que t dices o haces, qu mejor prueba puede darse de su
cario para contigo, y de su buen corazn? Figrate, Nemesia, que el
individuo de que hablamos (bueno es que t lo sepas) es una dama en su
trato, y su generosidad para nosotras tan grande como desinteresada, y
debe dolerle muchsimo...

--Desinteresada? repiti Cecilia. He ah lo que no puedo...

--No me interrumpas, nia; estoy hablando con Nemesia. Nos da cuanto
necesitamos y muchas cosas que apetecemos. Apenas le indico un deseo de
esta nia, cuando se apresura a complacerla. Di que no. Preciso es que
no tengas conciencia si lo niegas.

--Y no lo niego. Todo eso es muy cierto, pero por qu lo hace?

--Lo mejor de todo, prosigui la Chepilla, es que de m no exige nada, y
de ti no espera otra cosa que cario, gratitud, y... respeto.

--Hete aqu la que me mata, salt otra vez Cecilia con vehemencia.
Sabes t, Nene, de alguna persona que d palos de balde? Yo no la
conozco. Que no exija nada de mamita, se comprende; pero que espere de
m slo cario, gratitud y respeto, como dice ella, eso que lo crean los
tontos. T sabes de quin hablamos. No es as? Pues bien, el tal no se
puede tener en rigor por viejo. Le sobra el dinero y ha sido toda su
vida, segn dice mamita, un correntn y enamorado como hay pocos. Hasta
ayer, como quien dice, segn me ha contado mamita, a pesar de ser casado
y con hijos, mantena mujeres, con preferencia las de color. Ha perdido
ms muchachas que pelos tiene en su cabeza; y mamita parece empeada en
hacerme creer que su generosidad conmigo es inocente y desinteresada.
Quien no lo conozca que lo compre.

--Hablas por hablar, nia, dijo la abuela al cabo de un largo espacio de
meditacin y de silencio. Nada de lo que has dicho viene al caso, ni se
trata de eso tampoco. Se trata de que t no le complaces, ni le tienes
voluntad a una persona que es tan buena contigo y slo le lleva el bien
que te puede resultar de que hagas o no hagas ciertas cosas. _Verbi
gratia_: por qu habas de salir esta noche si l no quera que
salieras? Cuando l se opona, algn motivo tena. Ese motivo no puede
ser otro que tu bien. Considera, Nene, agreg la anciana en tono ms
blando, que poco antes de llegar t estuvo aqu el buen seor... No
entr. Qu! El nunca entra. Lo primero que hizo fue preguntar por
Cecilia. Siempre pregunta y se ocupa mucho de ella, por supuesto
desinteresadamente; quiero decir, sin otra mira que la de saber cmo va
de salud. T lo sabes, Nemesia; al menos me lo has odo decir muchas
veces... Estuvo por la ventana... Slo un momento. Luego que pregunt
por la salud de Cecilia, como te he dicho, con mucho inters, con el
inters de un... As que le dije que ella se preparaba para ir a la
_cuna_ del ngel, me dijo muy agitado, s, muy agitado, se le conoca,
porque hasta le temblaba la voz:--No la deje ir, _sea_ Chepa, no la
deje ir, detngala; esa chica busca su perdicin... (Ese es su modo de
hablar). No la deje ir, detngala, en otra ocasin le explicar lo que
pasa. Luego se fue, arrimadito a la pared como si temiera de que lo
viesen. Al irse me puso una onza de oro en la mano para zapatos para
Cecilia. Puede darse mayor generosidad ni nobleza de alma? Estar
enamorada una persona que siempre obra as? Vamos. Di. Ves en esto
inters malicioso, celos mundanos, amor? De esa manera enamoran los
hombres de su edad hoy en da? Bien, qu te parece, Nemesia? Qu
opinas?

--Yo, en verdad, contest Nemesia, consultando con la vista el semblante
de su amiga, no s qu decir, ni me atrevo a dar una opinin franca. Sin
embargo, aadi luego ms animada: yo que Cecilia me rea de todo eso,
en vez de ponerme brava. Si el hombre estaba enamorado de veras, porque
lo estaba, y si no para burlarse de l y que me pagase por todo lo malo
que me hicieran los dems. A m no me importara un comino que uno como
se me hiciera la rueda y me celara a todas horas; mientras me daba
dinero, le pagaba con sonrisas. Y no se diga que yo proceda mal, ni
cometa un pecado, porque los hombres son todos falsos, fingen amor
cuando no lo sienten, y tienen tantas tretas que es difcil conocer
cuando quieren de verdad y cuando se proponen engaar a las pobres
mujeres. Piensa mal y acertars, dice el proverbio. Qu dao te puede
resultar tampoco, Celia, de no ir esta noche a la _cuna_?

--Dao ni bien no me poda resultar de ir o no ir esta noche, claro
est, replic Cecilia. El caso es que el hombre de que habla mamita se
ha propuesto meterse en mis negocios y gobernarme, por puro capricho o
por gana de moler la paciencia, y eso es lo que hallo intolerable.

--Est bien, mujer, observ Nemesia blandamente; mas no veo que te cause
ninguna extorsin con meterse.

--Cmo que no? repuso Cecilia prontamente. Mamita toma su parte desde
luego, y me regaa, y me pelea, y me rompe el tnico para que me quede
en casa y le d gusto al viejo majadero. Te parece poco?

--Ya, a m tampoco me gusta que se meta _naiden_ en mis negocios. Con
todo, a veces tiene una que hacerse la boba, a fin de sacar mejor
partido de ciertos hombres. A se se le ha metido en la cabeza mandarte
y celarte; djale seguir su capricho, mujer; haz que le das gusto; no le
deseches de una vez; sonrete con l, por lo menos mientras se muestra
dadivoso, y gozars y vivirs hasta ponerte vieja.

Por entonces la conversacin se concretaba a Nemesia y su amiga, porque
la anciana haba vuelto a su butaca y a sus cavilaciones.

--Mira, prosigui aqulla, que el que se apura se muere. Por otra parte,
ten por seguro que ningn viejo por marrullero que sea es peligroso para
una muchacha como t.

--No, yo no lo creo peligroso, no le temo ni un tantico, dijo Cecilia.
Yo soy muy independiente y no consentir jams que nadie me gobierne,
mucho menos un extrao.

--Extrao! repiti la abuela para s, con voz ronca y profunda.

Las dos muchachas se miraron como azoradas, as por el tono como porque
ambas la creyeron absorbida completamente en sus tristes pensamientos.

--Su hijo, prosigui Nemesia en baja voz. T me entiendes... Ese s que
es de temer... Joven, bien plantado, rebosndole la gracia por todas
partes, con mucha labia y dinero para derramarlo como quien derrama
agua... No hay mujer de corazn que se resista. Es verdad, china? No es
posible verlo y orlo sin quererlo. Yo me guardara de un hombre como l
como del diablo. Ya le ha dado quebraderos de cabeza a ms de una
muchacha. Tiene a quien salir.

Continuaba la Chepilla en su abstraccin, sin or ni entender, en la
apariencia, las palabras de Nemesia. Cecilia al contrario, desde que su
amiga mencion a su amante, se volvi toda odos, comprendiendo que ella
se propona comunicarle alguna noticia importante.

--Pues como te iba diciendo, aadi Nemesia, cuando sal de la sastrera
de _se_ Uribe, tom por la calle del Aguacate, y al enfrentar con la
casa de las Gmez, que sabes t est detrs del convento de las monjas
Teresas, o msica y voces de hombres y mujeres. Me arrim a una de las
ventanas que tiene el poyo alto. Estaban abiertas las hojas y las
cortinas echadas. Haba en la sala una gran reunin: tocaban, cantaban y
bailaban. Qu da es hoy? Ah! El 27 de Octubre. Toma! Si es el santo
de la ms chica de las Gmez, Florencia! Por eso estaba vestida de
blanco y tena el cabello suelto, y muy crespo para ser de mujer blanca.
Cuando menos... Eso s hermossimo, porque es largo y abundante, aunque
me gustara de color ms oscuro.

Cecilia dio un suspiro y Nemesia continu ya sin ms rodeos:

--Deca que rodeaban a Florencia delante del piano varias seoritas y
caballeros. Sabes quin estaba all tambin? S, no me cabe duda, era
ella. Te acuerdas de la muchacha alta, plida, buena moza, que te dije
pas por la Loma del ngel en el quitrn de las Gmez, la maana de San
Rafael? La misma. Conversaba con Meneses, el amigo de... t sabes. Por
all estaba el otro tambin, que siempre anda junto con los dos
individuos... Cmo se llama? Sola, Sofa. Ah! Ya, Solfa. Pero el
individuo no estaba, mencionaron su nombre nicamente. Estoy cierta que
lo mencionaron...

--Quin lo mencion? pregunt Cecilia con ansiedad.

--No te pudiera decir lo cierto; mas si no me engao, entre Meneses y la
muchacha plida. Ellos hablaban de l. Segn entend, todos iban al gran
baile que se da esta noche en la Filarmnica.

--Lo tema, dijo Cecilia.

--Ay! exclam Nemesia. Ahora caigo para quin era el chaleco de seda
que tuve que hacer con tanta premura. Oh! Si lo averiguo antes no me
apuro para acabarlo en tiempo. Cos hasta bien tarde de la noche, porque
me lo dieron ayer tardecita y se quera para hoy a las tres. Quin lo
hubiera adivinado! Al menos no hubiera ido l al baile de la gente
blanca con un chaleco hecho por m. Para lucrselo a Dios sabe quin.
Nadie sabe para quin trabaja. Digo esto por ti, chinita, porque a m no
me va ni me viene. El no me pertenece; slo me intereso por ti, que has
puesto tu cario... Cuidado que los hombres son ingratos! Pero ms vale
callar y no ponerle ms lea al fuego.

Bastaba, en efecto, y sobraba lo dicho para poner en ascuas a una joven
menos fogosa que Cecilia. A medida que la amiga fue desarrollando su
pensamiento, pues lo haba de seguro en las noticias que comunic y an
en el modo de comunicarlas, fue creciendo su clera y desazn. Qu
hacer en aquellas circunstancias a fin de impedir, si era tiempo, que el
individuo, segn Nemesia, se viese en la Filarmnica con la seorita
desconocida? Eran celos, rabia, desesperacin lo que senta. No caba en
la silla, cerca de la ventana. Se levant varias veces en ademn de
entrar en el aposento, sin duda para mudarse de traje y salir a la
calle, y otras tantas volvi al asiento. La sangre estaba a punto de
ahogarla.

La abuela entre tanto segua como absorbida en devotas oraciones,
sobando, al parecer, con el pulgar e ndice de la mano derecha, una tras
otra, las cuentas negras del rosario que tena en el regazo, y con los
ojos cerrados. Nemesia miraba de soslayo a su amiga, lea, como al
travs de un cristal pursimo, la fiera batalla que se libraba en su
pecho, y de cuando en cuando se sonrea ligeramente, cual si hubiera
previsto todo aquello, o no temiese que tuviera un resultado
desagradable. Al cabo Cecilia se desplom en la silla, exhal un suspiro
profundo y murmur:

--Ms vale que no; yo s lo que he de hacer. De m no se burla nadie...
Casi me alegro... No salgo a ninguna parte.

Chepilla alz entonces la vista y mir a la nieta con cierta alegra
mezclada de compasin. Por su parte Nemesia, en toda apariencia
satisfecha, ms diremos, orgullosa de que su venida hubiese surtido todo
el efecto deseado, se march, despidindose cariosamente de sus
amigas.




CAPTULO V

     _An pienso estaros mirando..._
     _La faz terrible y airada,_
     _La vista desencajada,_
     _El ltigo vil sonando._

         J. PADREZ


Llegaba Nemesia a la puerta de su casa, a tiempo que sala de ella su
querido hermano Jos Dolores con el clarinete en la funda debajo del
brazo y un rollo de papeles de msica en la mano. Segn costumbre,
caminaba cabizbajo y meditabundo. Por esta razn y por estar muy oscura
la calle, no habiendo tampoco luz en la casa, por poco se cruzan los
hermanos sin reconocerse, a pesar de la proximidad. As como as, ella
le reconoci primero, se le atraves en el camino y le pregunt
repitiendo dos versos de una cancin tan popular entonces como llena de
malicia:

--A dnde vas con ese gato y la noche tan oscura?

--Qu! dijo Jos Dolores sorprendido. Ah! Eres t? Me cans de
esperarte.

--Tan temprano para el baile?

--Pues, qu hora es?

--Tocaban a vsperas ahorita mismo en Santa _Catarina_, cuando pas por
el costado del convento.

--Te equivocas; debe ser ms tarde de lo que t te figuras.

--Puede ser, porque traigo la cabeza como un giro, y no s lo que me
pasa.

--Pues qu sucede, hermana? Despacha que estoy de prisa.

--Bien. No quiero detenerte mucho. Sin embargo, creo que tenas tiempo
de tomar un bocado... Una taza de caf.

--Ya anduve yo ese camino. Tom caf con leche, pan y queso, y esto me
basta hasta media noche en que har por tomar gigote o cosa as. Di.

--En la casita a la otra puerta de la taberna de la esquina de la calle
de O'Reilly, t me entiendes, ha habido una _San Francia_ esta noche.

--Cmo as? Y t parece que te alegras.

--Hay de todo. Te dir. Pasaba yo por all... _Sea_ Clara me detuvo ms
de lo regular en la sastrera. Pues pasaba por all, aunque era bastante
tarde, porque haba quedado con Cecilia en que daramos una vuelta por
el ngel despus de la salve. Ella sospechaba que el individuo que
estuvo esta tarde en la sastrera a buscar su ropa nueva iba al baile de
Farruco para verse con la muchacha del campo del da de San Rafael, y se
propona pillarlo _en fragante_. Clculos de mujer celosa. Apenas llegu
a la esquina vi acercarse un hombre a la ventana de la casita y hablar
con una persona que estaba detrs de la cortina. Aquello pic ms mi
curiosidad, y as que se separ el hombre me acerqu yo... Y con quin
te figuras t que me top? Con Chepilla. Me hizo entrar. Acababa de
haber all una de mar y morena. Parece que Cecilia se haba vestido para
salir conmigo; y la abuela, en la brega de impedrselo, le rompi el
tnico y la peineta de teja. Todo eso sucedi en un momento.

--Pobre muchacha! exclam el msico compadecido.

--Cecilia es muy cabezadura. Cuando se le pone una cosa, eso ha de ser;
de manera que la abuela vio los cielos abiertos luego que yo me
aparec. Ya ella no puede con la nieta. Pues bien, me hizo entrar para
ver si entre las dos logrbamos que Cecilia no saliera.

--Lo lograron? pregunt Jos Dolores con muestras de inters.

--Por supuesto, dijo Nemesia con intencin. Yo saba por donde atacarla
y no erre el golpe. La abuela no quera que la nieta saliera; yo tampoco
quera, y sucedi que el hombre del barrio de San Francisco que las
mantiene, lo haba prohibido. Ese fue, como luego supe, el que estuvo
por la ventana hablando con Chepilla antes que yo.

--Qu es _l_ de _ella_? Quisiera saberlo.

--Yo, verdaderamente, no lo s. A veces _me se_ figura que es mucho
cuidado el suyo para mero enamorado...

--Si ser su padre! _Se_ Uribe cree a puo cerrado que lo es y
sostiene que la madre vive. Pero dnde est la madre? Quin la conoce?
Quin la ha visto?

--Eso es lo que yo digo.

--Ah tienes. Yo me tengo tragado que el padre y el hijo estn
enamorados de Cecilia hasta la punta del pelo.

--Puede ser, hermana, porque se han visto muchos de esos casos en el
mundo. Ella preferir al hijo...

--Se entiende, y quin no preferira el joven al viejo?

--La hermosura de Cecilia ser al fin la causa de su perdicin. Qu
puede esperar ella de esos dos blancos? El viejo quizs le d dinero,
lujo y cuidados, mas el joven...? Este no es posible que se case con
ella; gracias si la toma de querida por algn tiempo, se fastidia y la
deja con dos o tres hijos el da menos pensado. Yo no s qu ser de m
si tal cosa sucede. No quiero pensar en eso.

--Ella te tiene voluntad, pero no amor. Bien claro que lo veo. Sin
embargo, si yo pudiera hacer que olvidara a Leonardo, estaba vencida la
principal dificultad.

--La que bien quiere, tarde o nunca olvida.

--Hay sus excepciones, y Celia, que es muy soberbia, no es imposible que
por lo mismo que quiere mucho olvide pronto. Del amor al odio no hay ms
que el salto de una pulga.

--Esa, al fin, es una esperanza.

--Te juro que le ha de costar mucho trabajo engaarla y engaarme a m.
Yo conozco mejor que l el flaco de Celia y tengo esta ventaja. Ahora
poco le dije a ella una cosa que la puso como candela. Est que trina
contra el individuo. Ya se le pasar la rabieta, pero volver a la carga
y estoy segura que la har saltar las trancas... Todo lo que sea
alejarla de l, es acercarla a...

No le dej concluir la frase Jos Dolores. Se sonri tristemente, y
diciendo a su hermana que no le esperase, se march en direccin de la
calle del Aguacate. Nemesia entr en su cuarto repitiendo cual si
hablara con otro:

--Cmo que yo me mamo el dedo! No siempre haba de trabajar para el
ingls. Si no ha de ser para m, que no sea para ella tampoco. El es muy
enamorado y le gustan mucho las pardas. No es tan difcil la cosa como
parece. Veamos si de una va hago dos mandados. Ella para Jos Dolores y
_l_ para m. Se puede, se puede...

Ahora corresponde que volvamos al sarao en la Filarmnica donde hemos
dejado a Leonardo Gamboa en las filas de la danza con Isabel Ilincheta.
Comprendiendo bien ella el carcter de su pareja, no le dio queja
ninguna sobre su falta de puntualidad en escribir, ni de su aparente
desvo; le habl, al contrario, de asuntos indiferentes: de los amigos
mutuos en el campo; de las ocurrencias en el partido de Alquzar; del
rosal rojo que l haba injertado en el rosal blanco del jardn
fronterizo del cafetal; del naranjo a cuya sombra, las pascuas pasadas,
haban comido tantas veces las naranjas ms dulces que produca la
finca; de la hija mayor del mayoral de su padre, que, para casarse,
como se cas, en la Ceiba del Agua, se haba fugado con un joven guajiro
del pueblo.

--Ta Juana, aadi Isabel, se empe con el padre y lo hizo
reconciliarse con la hija. As es que los novios hoy da estn hechos
cargo del sitio de pap, en que sabe Vd. se cran gallinas y se ceban
algunos animales. La muchacha se qued con su marido, y su padre,
nuestro mayoral, tuvo que salir. Yo lo sent por su esposa, porque era
una buena mujer y nos acompaaba bastante; pero, desde que se cas la
hija, se le puso el humor atroz: no dejaba resollar a los negros, los
castigaba por cualquier falta, siempre con verdadera sevicia, hasta que
pap le despidi. Al presente pasamos algunas soledades, y nuestras
salidas en el cafetal se reducen a ir al sitio todas las tardes y volver
a las puestas del sol. Cuando hace luna...

--Te acuerdas de m, no es eso? la interrumpi Leonardo, con indiscreto
despecho, al ver su glacial indiferencia.

--Naturalmente, contest ella, al parecer sin notar lo que pasaba por su
compaero. No puedo olvidar que en tardes divinas, como son todas las de
invierno en el campo, ms de una vez hemos hecho juntos ese paseo en
compaa de Rosa y de ta Juana.

--Te encuentro algo cambiada, observ el joven despus de breve rato de
silencio.

--Yo cambiada? Pues est buena. Vamos, Vd. se chancea.

--Hasta me tratas de Vd.

--Creo que siempre le he tratado del mismo modo.

--No al pie del naranjo dulce.

Isabel se puso colorada, y luego dijo:

--Es ya una costumbre en m el tratar de Vd. a todo el mundo. An con
mis propios esclavos, si son viejos sobre todo, se me escapa el decir
Vd. A pap le sucede lo mismo frecuentemente.

--El _t_ es ms carioso.

--Lo cree Vd. as? El _Vd._ es ms modesto.

Cortbase a cada paso este chispeante dilogo, es decir, tantas veces
cuantas la pareja que bajaba haca figura con la pareja que suba la
danza. Al fin, hubo de cambiarse del todo el tema de la conversacin
cuando Meneses y Solfa, que haban venido saludando a las amigas,
llegaron al puesto ocupado por Isabel y Leonardo. Ambos haban visto a
la joven aquella misma tarde en casa de las Gmez. Poco tenan que
decirse que de nuevo fuera; Isabel, sin embargo, distingua a Meneses, y
se alegr de volver a verle.

--Qu es eso? No baila Vd? le pregunt con inters.

--Casi nunca bailo por mera cortesa.

--Ay! Si le oyese Florencia se ofendera.

--Me cae en gracia Florencia, me parece bonita, la quiero, pero si
bailase con ella ahora sera por mera galantera. Mi amiga del alma est
lejos de aqu, Vd. lo sabe, y es mucha crueldad en Vd. atribuirme
intenciones de galantear a otra.

--Sobre que le voy cogiendo miedo al amigo Solfa, dijo ella volvindose
de repente para ste, con el doble objeto de atender a todos y de no
seguir la broma con Meneses.

--Qu he hecho para inspirar temor a la impvida Isabelita?

--No ve Vd.? Esa es una stira.

--Lo sera, seorita, repiti Solfa prontamente, si la ma fuese una
opinin aislada, pero no lo es. De ella participan, estoy seguro,
Leonardo y Diego, juntamente con cuantos conocen a Vd. Cmo pues, puedo
inspirarle temor?

--Porque voy viendo que es Vd. implacable, que no perdona enemigos ni
amigos.

--Esa ms? Me aturde Vd. seorita.

--S, hgase Vd. ahora el inocentico, el que no quiebra un plato. Cmo
que desde que asom Vd. a la puerta del saln no noto que ha venido
hasta m cortando cada traje que es un primor! Apelo al amigo Meneses;
l dir si me he equivocado o no.

Solfa y Meneses cambiaron una mirada y una sonrisa, con que corroboraron
implcitamente la observacin aguda de Isabel, y el primero dijo:

--Ya eso es distinto, lo declaro, me gusta la tijera; mas se me ha hecho
pedazos entre las manos al llegar a Vd.

En esto ces la danza, y las diferentes parejas de bailarines,
deshaciendo la formacin, corrieron las unas a ocupar sus asientos en la
sala y cuartos, las otras a respirar el aire libre de los corredores.
Los hombres, por la mayor parte, se dividieron en grupos para hablar de
las conquistas amorosas de la noche, y casi todos para fumar un cigarro
puro o de papel. Leonardo dio un paseo por los corredores con su amable
compaera de baile, la cual, si hemos de juzgar por la frecuencia de sus
sonrisas, no tuvo a mal que se prolongara la entrevista, aunque haba
terminado el encanto de la msica.

Continuando, entretanto, por su parte la revista de la fiesta que se
haban propuesto pasar Meneses y Solfa, se detuvieron por breve rato
ante la madre y hermanas de su amigo y condiscpulo Leonardo Gamboa.
Hallbanse ellas sentadas en el lado norte del saln, debajo del dosel
donde dijimos que se ostentaba el retrato colosal al leo de Fernando
VII de Borbn. Antonia, la mayor, tena a su derecha a un capitn del
ejrcito en completo uniforme, con quien cambiaba en tono bajo frases
breves de inteligencia; despus segua su madre, y a la izquierda de
sta, las dos hermanas Carmen y Adela. Con la primera de estas tres
hablaba el Mariscal de campo don Jos Cadaval; con las dos ltimas los
currutacos ms clebres que conoca La Habana entonces: Juanito Junco y
Pepe Montalvo, cadete del regimiento Fijo. Asom a poco Leonardo Gamboa,
y como por magia desapareci el capitn espaol del lado de Antonia, a
una insinuacin suya con el codo; Cadaval sigui adelante, y el
lechuguino y el cadete hicieron lo mismo con un profundo saludo.

Al descubrir de lejos Leonardo al militar espaol mano a mano con su
hermana, se renov en su mente la memoria de las escenas de por la
maana, primero al postigo de la ventana y despus en la mesa del
almuerzo, sintiendo el mismo rapto de celos y de odio que ya haba
experimentado. Todo el deseo que tena de ver y hablar un rato con su
madre y hermanas en el baile, se enfri y apag en el instante, y slo
por respeto y cario a aqulla no les volvi la espalda. A un gesto
suyo, Antonia ocup el asiento que dej vacante el capitn, y as pudo
sentarse Leonardo y decir al odo de doa Rosa:

--Es posible, mam, que t consientas que ese soldado pele la pava con
Antonia en tu presencia?

--Cllate! replic doa Rosa seria. Ese caballero ha venido a traernos
un recado de tu padre, el cual no puede venir por nosotras hasta la una
y creo que t tendrs que acompaarnos. De la ocurrencia me alegro con
doble motivo; lo uno porque ya podr irme cuando quiera o me d sueo;
lo otro porque no te quedars t por detrs, ni me hars pasar otra mala
noche.

--Debo acompaar a Isabel Ilincheta y a las Gmez a su casa, pues su
carruaje ha sufrido una avera y no pueden usarlo esta noche.

--Cmo! Isabel est aqu y no ha venido a saludarnos?

--No lo extraes, porque sin duda ella ignoraba que Vds. hubiesen venido
al baile, y luego ha habido una concurrencia extraordinaria.

--Bien, manda en tu quitrn a tus amigas a su casa.

--Antes, sin embargo, es preciso que Vds. vean a Isabel, o que Isabel
salude a Vds.

--Ya te has enamorado de ella? Eres un veleta. No pienses en burlarte
de esa muchacha tambin. Trela aqu y la veremos.

--No. He pensado que debemos tomar algo y en la mesa nos reuniremos
todos. El ambig dicen que no es menos abundante que exquisito. Qu te
parece, Adela?

--Aprobado, contest sta alegre.

--Pero es el caso, dijo Leonardo, que si alguna de Vds. no me saca de
apuros, no tendr con qu cubrir el gasto.

--Pues, y las dos onzas de oro que te puse en el chaleco por la tarde
cuando dormas la siesta? pregunt doa Rosa con seriedad.

--No he visto semejante dinero, mam. Bien que si lo pusiste en la
faltriquera del chaleco de esta maana, all en mi cuarto se qued.
Apenas tengo tres o cuatro pesos en este chaleco que me puse a la vuelta
del paseo para venir al baile.

No hizo Leonardo esta explicacin con la franqueza que sola; se puso
colorado y titube varias veces. Lo advirti su madre y le pregunt:

--Por qu te has aparecido en el baile tan tarde? Cre que ya no
venas, y eso que t saliste de casa antes que nosotras. Quin sabe por
donde has andado.

--Haba reunin y piano en casa de las Gmez con motivo de ser el santo
de Florencia...

--Ellas no vinieron contigo, que yo sepa. T no dices la verdad,
Leonardo, lo conozco y de veras te digo que haces mal, muy mal. Yo soy
tu mejor amiga, hijo, y tengo el desconsuelo de ver que cada da eres
menos franco conmigo. Vamos al ambig, aadi no poco desazonada; yo
pago los costos y aqu tienes mi bolsa, que contiene unas seis onzas de
oro.

Era de punto de seda roja, formando dos senos separados por un nudo o
lazada en el medio, para dividir el oro entero del menudo y la plata. Se
la sac del seno, porque las seoras en esa poca no usaban bolsillos en
las faldas como al presente, sino que se colgaban la bolsa del cinto o
cordn del traje casero. Leonardo recibi el dinero con las mejillas
encendidas de la vergenza, porque a la humillacin de recibir dos veces
la suma que haba perdido al juego, se agregaban las mentiras conque
haba pretendido encubrir su falta. La madre, tal vez sin quererlo ni
saberlo tampoco, haba ledo en el fondo de su alma como a travs de un
cristal. Le servi eso de correctivo? No es tiempo todava de
examinarlo. Pero aquel incidente haba pasado para el hijo y la madre no
ms, para la ltima ciertamente no en toda su genuina deformidad, pues
puede decirse que sin conciencia de ello haba puesto el dedo en la
llaga. Del choque recibido trabajo le cost reponerse a Leonardo, quien
dijo a su madre luego que se puso en pie y le tom el brazo para
conducirla a la sala del ambig:

--Y dnde quedaba pap?

--Quedaba en casa de don Joaqun Gmez, a donde han concurrido varios
otros hacendados; entre ellos Sam, Martiartu, Maero, Surez Argudn,
Lombillo, Laza...

--No se sabe cul es el objeto de semejante junta?

--El capitn Miranda no ha podido explicarlo, sin duda porque l mismo
lo ignora; pero por lo poco que me dijo tu padre cuando sali de casa,
saco en consecuencia que va a tratarse de las expediciones a la costa de
frica. Vives est ya cansado de las quejas de Tolm y de las
impertinencias de los jueces de la maldita comisin mixta, y ha hecho
decir a Gmez por trasmano que procuren que las expediciones de bozales
no desembarquen por los alrededores de La Habana. Tambin lleg un
expreso del Mariel, participando que se ha presentado un bergantn
parecido al _Veloz_, que se esperaba con un buen cargamento, perseguido
por un buque ingls.

--Tal vez lo ha apresado.

--A la vista del torren del Mariel? Sera demasiado atrevimiento. Con
todo, esos ingleses protestantes se figuran que el mundo entero les
pertenece, y no lo extraara. Si la expedicin se pierde, tu padre
pierde un pico regular. Es la primera que l emprende en sociedad con
sus amigos de aqu por ser muy costosa. Cuando menos trae quinientos
negros.

--Quin mete a pap en tales trotes, al cabo de sus aos?

--Ay, hijo! Echaras t tanto lujo, ni gozaras de tantas comodidades,
si tu padre dejase de trabajar? Las tablas y las tejas no hacan rico a
nadie. Qu negocio deja ms ganancias que el de la trata? Di t que si
los egostas ingleses no dieran en perseguirla como la persiguen en el
da, por pura maldad, se entiende, pues ellos tienen muy pocos esclavos
y cada vez tendrn menos, no haba negocio mejor ni ms bonito en qu
emprender.

--Convenido, mas son tantos los riesgos, que quitan las ganas de
emprender.

--Los riesgos? No son muchos comparados con las ganancias que se
obtienen. El costo total de la expedicin del bergantn _Veloz_, por
ejemplo, segn me dijo tu padre, no ha pasado de 30,000 pesos, y como la
empresa es de varios, su cuota fue de algunos miles de pesos solamente.
Ahora bien, si se salva la expedicin, cunto no le tocar?... Saca la
cuenta. Pero aqu est Isabel.

Doa Rosa la recibi con los brazos abiertos; excepto Antonia, las
hermanas de Leonardo con sinceras demostraciones de cario; sobre todas.
Adela la abraz y bes repetidas veces. Era sta la ms joven,
entusiasta y franca e Isabel la preferida de su hermano querido. Despus
de los saludos de costumbre y las quejas mutuas, juntas todas con las
Gmez, llevando Leonardo, Meneses y Solfa cada uno dos mujeres del
brazo, pasaron a la sala del ambig, esplndidamente iluminada, al fondo
del palacio. Eran muchos y no caban en una sola mesa, por cuya razn
ocuparon dos, aunque inmediata una de otra.

Seoras y caballeros tomaron gigote de pechuga de pavo, fiambre de esta
ave, con rico jamn de Westfalia, algunos arroz y frijoles negros,
ninguno vinos ni espritus, todos caf con leche para terminacin de
cena. Esta, conforme al precio usual de los platos pedidos en funciones
semejantes, calcul Leonardo que no bajara el costo de onza y media de
oro, o veinticinco y medio duros, cuando menos. Deseoso de hacer alarde
del dinero, sacando la bolsa de seda roja, pregunt al mozo blanco, que
serva ambas mesas con destreza imponderable:

--Cunto es?

--Nada, contest el hombre con la misma brevedad, a tiempo que formaba
en el brazo izquierdo una _torre de porcelana_ con los platos y tazas.

--Cmo se entiende? repuso el joven asombrado. Pues quin ha pagado
por m?

--Se conoce que Vd. no pertenece a la junta directiva, dijo el mozo con
cierta impertinencia. La sociedad costea el ambig de esta noche, y si
yo fuese uno como hay muchos le haca pasar a Vd. plaza de primo.

--Ah! exclam Leonardo, corrido como una mona y no poco mortificado.

Se puso en pie murmurando:

--Estos mozos espaoles son a veces demasiado impertinentes.

Si l oy o no, es cosa que no se sabe, aunque por la mirada de travs
que le ech al joven, parece que reson en sus odos lo de espaol e
impertinente. Bien quisieran Adela y Florencia Gmez tomar parte en la
siguiente danza, la primera hasta se lo indic a su hermano; mas l se
sonri distradamente y no contest palabra.

Entre tanto doa Rosa dispuso que las _nias_, segn se expres, pasaran
al camarn a recoger sus _mantas_ de seda. Al mismo tiempo los tres
jvenes bajaron al entresuelo a reclamar sus sombreros y bastones
respectivos; pero tanto aqu como en el camarn, ya se haban adelantado
otras muchas personas en demanda de sus prendas; de suerte que antes que
obtuvieran las suyas nuestros conocidos, se pas algn tiempo. Despus
baj Leonardo al portal para prevenir a su calesero que estuviese listo.

De este intervalo se aprovecharon las ms jvenes de las seoritas para
acercarse a los sitios en que se haba armado la danza ltima, que dicen
es la que mejor acompaan los msicos. No falt quien las invitara, y
ellas, en son de marcha, se pusieron a bailar con ms gusto que nunca.
Doa Rosa, Isabel, Antonia, la seora de Gmez y la mayor de sus hijas
se sentaron en grupo a esperar la hora de la partida.

Pasada era la una de la madrugada. Cuando Leonardo descenda las
escaleras de piedra del palacio de la Filarmnica, lo primero que hiri
sus odos fue el repiqueteo de las espuelas de plata de los caleseros en
las sonoras piedras del portal, bailando el zapateo al son del tiple
cubano. Tocaba uno, bailaban dos, haciendo uno de ellos de mujer; y de
los dems, quines batan las palmas de las manos, quines golpeaban la
dura losa con los puos de plata de los ltigos, sin perder el comps ni
cometer la ms mnima disonancia. Algunos de ellos cantaban las dcimas
de los campesinos, anunciando por esto, por el baile y por el tiple que
todos ellos eran criollos.

An aqu se haban adelantado muchas familias que se retiraban del baile
lo ms temprano posible; y eran de orse los apellidos de las ms
distinguidas de La Habana repetidos de boca en boca, como ecos en
escala, por todos los caleseros:--Montalvo! gritaba una voz y Montalvo
repetan veinte sucesivamente, hasta que se perda a lo lejos o
contestaba el llamado acercando el carruaje; en cuyo acto ocurran
algunos choques, no pocas peloteras entre los esclavos, ms de un
varapalo asestado por el dragn que mantena el orden en la calle, todo
esto acompaado del estallido de los ltigos, del ruido de las ruedas,
cual truenos lejanos, y de las patadas de los caballos en las chinas
pelonas del pavimento. En medio de toda aquella batahola, no cesaba el
clamor de los caleseros por el nombre de las familias a que pertenecan.
A saber: Pealver! Crdenas! O'Farril! Fernandina! Arcos! Chacn!
Calvo! Herrera! Cadaval! repetido tantas veces cuantas era necesario
para que llegara la palabra al calesero que se quera; el cual, despus
de todo, si no estaba a la cabeza de la fila que rodeaba la manzana,
tena que esperar a que le tocara su turno para mover el carruaje si no
quera que el dragn de guardia le midiera las costillas con la vara de
su lanza.

Apenas se pronunci el apellido de Gamboa, ces el baile del zapateo,
porque el tocador del agudo tiple no era otro que nuestro antiguo
conocido Aponte. El triste esclavo se diverta al parecer con todas
veras, o punteaba el instrumento primorosamente para distraccin suya y
de sus compaeros, porque pesaban sobre su espritu, nada obtuso por
cierto, dos amenazas terribles, la de su seorita por la tarde y la de
su joven amo a las diez y media de la noche; y saba, bien a su pesar,
que ellos no olvidaban ni perdonaban faltas de sus esclavos. Pero si
aquella era su suerte y no haba remedio, a qu apurarse ni afligirse
anticipadamente? As reflexionaba l, y as poco ms o menos
reflexionanban todos sus compaeros, a quienes Dios, en su santa merced,
no haba negado un alma pensante.

Acabada la junta de hacendados, don Joaqun Gmez puso su carruaje a la
disposicin de don Cndido Gamboa, para retirarse a su casa, como lo
hizo, poco despus de la media noche; con lo que ste pudo despachar el
suyo a la familia en la Filarmnica, para que hiciera lo mismo cuando lo
tuviera por conveniente. Mediante aquel refuerzo inesperado, las Gmez y
su amiga Isabel pudieron trasladarse de una sola vez desde el baile a su
morada a espaldas del convento de Santa Teresa, y enseguida la familia
de Gamboa.

Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zagun, llevaron
los caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las monturas en
sus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros en clavos fijos en
la pared de un cuartucho; y por lo que hace a Aponte, acabado el
trabajo, con la tarima a la espalda, cual Cristo con la cruz, volva al
zagun para ver de descansar de las fatigas del da, durmiendo las pocas
horas de la madrugada. Por entonces haban sonado las dos haca rato en
el reloj de la parroquia del Espritu Santo. La luna menguante traspona
el tejado de la casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba la
altura de la tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinaba
oscuridad en el primero, aunque no tanta que no se viesen los bultos ni
se reconociesen los rostros. De repente un hombre intercept el paso de
Aponte, quien levant los ojos y vio que agitaba el ltigo en la mano
derecha. Se par al instante, porque reconoci a su amo, el joven
Gamboa.

--Suelta la tarima, le orden ste con voz bronca por la clera;
arrodllate y qutate la camisa.

--Nio, su merced me va a castigar? dijo el atribulado esclavo,
ejecutando por parte lo que se le haba ordenado.

--Vamos, despacha, agreg el amo acompaando a la vez el golpe, por la
va de apremio.

--Espere su merced, nio. En qu le he faltado yo?

--Ah! Perro! Y me lo preguntas? No te dije que te iba a castigar
porque no me esperaste como te mand, en la esquina del convento?

--S, seor, nio; pero yo no tuve la culpa.

--Pues quin la tuvo? Yo le probar que cuando te mando una cosa la has
de hacer o reventar.

Y sin ms ni ms empezaron a llover zurriagazos en las espaldas desnudas
del infeliz esclavo. Se retorca, porque los golpes los descargaba un
brazo vigoroso, y deca:--Bueno est, mi amo (por basta). Por la nia
Adela, mi amo. Por Seorita (como llamaban los criados a doa Rosa
Sandoval de Gamboa), mi amito. Si yo pudiera decir la verdad, nio, su
merced vera que no tuve yo la culpa. Bueno est ya, nio Leonardito!

Pero aquella boca haba callado, embargada por la clera; aquel corazn
se haba vuelto de piedra; aquella alma haba perdido el sentimiento;
aquel brazo slo pareca animado, de hierro, no se cansaba de descargar
golpes. Qu cansarse! los menudeaba cada vez con ms furor, si no con
ms fuerza. Dorma ya don Cndido, cuando le despertaron asustados los
estallidos del ltigo y los lamentos del calesero.

--Qu es eso? pregunt a su esposa.

--Nada, Leonardo que castiga a Aponte.

--Pero qu escndalo! Qu horas son stas de castigar a los criados?
Di a ese muchacho de Barrabs que pare la mano, o por Dios bendito...

--Acustate y duerme, repiti la mujer. Aponte est muy perro y necesita
un buen castigo.

--S, mas estoy seguro que esta vez no ha cometido falta. Vase qu
pasada le han jugado a tu hijo y ahora se la paga el pobre mulato.

--T no sabes lo que hizo por la tarde a las muchachas en la calle de la
Muralla.

--Ser as, pero que pare el muchacho la mano o me levanto y le rompo
una costilla como me llamo Cndido. Hase visto mayor desvergenza?

Claro vio doa Rosa que por poco que continuasen el vapuleo, los
clamores y las protestas de inocencia del calesero, se levantaba don
Cndido y haca una de las suyas, pues a la natural rudeza de quien no
haba recibido educacin, agregaba un carcter violento, se asom al
postigo de la ventana de su alcoba y dijo:--Leonardo, basta.

Esto fue lo suficiente. Bien que ya era tiempo de que el joven hubiese
desfogado la clera que le dominaba, o de que se le desmayase el vigor.

Despus de eso, cul de los dos, la vctima o el verdugo, encontr
primero reposo en la cama? Mejor dicho qu pasaba por el alma del amo
cuando se ech en la suya? Qu por el alma del esclavo cuando se
desplom en la rgida tarima? Difcil es que lo expliquen los que no han
sido una ni otra cosa, e imposible que lo entiendan en toda su fuerza,
aqullos que no han vivido jams en un pas de esclavos.




CAPTULO VI

     _Hola! del bergantn._
     _--Qu dir?--Cmo se llama?_
     _--El Condenado.--De dnde procede?_
     _--De Sarrapatn.--Qu carga trae?_
     _--Sacos vacos.--Cmo se llama el capitn?_
     _--Don Guindo Cerezo._

     Escenas a la vista del Morro de la Habana.


Como es de suponer, a las nueve de la maana del da despus del baile
en la Filarmnica, con dos excepciones, todo el mundo dorma en casa de
Gamboa. Hablamos aqu del mundo de los amos, en cuyo nmero no entraban
los ocho o nueve criados de la familia, porque stos desde el amanecer
deban estar en pie, desempeando las obligaciones cotidianas, no
embargante el cmo haban pasado la noche.

Don Cndido, a pesar del poco dormir y de los graves pensamientos que le
ocupaban a consecuencia de lo ocurrido en la junta en casa de don
Joaqun Gmez, se levant temprano y sali a la calle a pie, por pura
impaciencia de carcter.

Su esposa, algo ms tarde, tomaba caf con leche muellemente arrellanada
en uno de los sillones del comedor.

No careca de objeto el sentarse doa Rosa todas las maanas en ese
sitio. Registrbase desde all el interior de la casa, y se vea si las
lavanderas preparaban la leja para el lavado de la ropa, o el brasero
con carbn vegetal para el aplanchado desde temprano; si las costureras,
en vez de ponerse a coser las _esquifaciones_, perdan el tiempo en
conversaciones con los otros siervos; si los caleseros lavaban los
carruajes, daban sebo y limpiaban las correas de las monturas; si Aponte
volva temprano o tarde de baar los caballos, lo que probaba que haba
ido al muelle de Luz o a la Punta, ms distante; si Po, el anciano
calesero de Gamboa, haca zapatos de mujer en el zagun para uso de las
criadas de la casa y a veces hasta para las amas, al mismo tiempo que
desempeaba el oficio de portero, cuando no tena que ponerle el
carruaje a su amo; por ltimo, si el cocinero, negro de aire
aristocrtico, bien hablado y racional, segn dicen los esclavistas,
haba ido o no de madrugada al mercado inmediato de la Plaza Vieja, en
busca de las vituallas y hortalizas que se le haban encargado la noche
anterior.

Era ste el que ms madrugaba en la casa. Deba hacer el fuego y
preparar el caf con leche, a fin de que Tirso y Dolores pudieran
servirlo tan luego como despertaran los amos. No siempre despachaba el
cocinero el mercado a la misma hora, ni en breve tiempo, aun cuando la
Plaza Vieja distaba poco de la casa de Gamboa. En la madrugada de que
hablamos ahora, por ejemplo, sali para all demasiado temprano. Pero
andando en esa direccin con el farolito en una mano, segn estaba
mandado por las Ordenanzas municipales desde los tiempos de Someruelos,
y un canasto en la otra, son el caonazo de las cuatro, el capitn de
llaves abri las puertas de la muralla y al silencio mortal de la ciudad
se sucedieron el tumulto y toda clase de ruidos tan disonantes como
desapacibles.

A la vuelta del mercado haba siempre ajuste de cuentas del cocinero con
su ama, regaos y amenazas de castigo por el precio de las carnes, por
su calidad y aun peso; porque en vez de pollos trajo gallinas, por la
hortaliza, pues en vez de habichuelas trajo guisantes, y berros por
lechuga, o viceversa. Porque es condicin del esclavo no acertar nunca a
complacer a sus amos. Para doa Rosa, en suma, siempre haba motivo de
queja; su cocinero pecaba a menudo por torpe, por malicia o por
descuido.

--Dionisio, no te encargu pollos tiernos? deca ella levantando del
canasto el par de aves atadas fuertemente por los pies, por qu me has
trado gallinas? Tu amo no come sino pollos.

--Son pollonas, seorita, contestaba el cocinero; lo que tiene es que
estn gordas y parecen gallinas hechas. Tambin no se encuentran pollos
en la plaza.

--No me vengas con esas, Dionisio, que no soy boba ni nac ayer. Si t
sabes mucho, yo s ms. Vamos, cunto te costaron?

--Dos pesos, seorita. Las aves estn caras ahora.

--Ave Mara Pursima! A que se las compraste a tu _carabela_, la negra
lucum ms carera de la plaza?

--No, seorita, se las compr a un placero del campo. Mrelas su merced
bien, todava tienen las plumas sucias de tierra colorada.

--Esa no es prueba, Dionisio, porque bien pudo tu comadre dejarles la
tierra para hacer creer que eran frescas del campo, y no de segunda
mano.

--Seorita, la morena de los pollos no es mi comadre ni mi _carabela_
tampoco. Ella es de nacin.

--Yo s lo que me digo, Dionisio, y no vengas t a corregirme la plana.
Si t tienes leyes, yo s a dnde se enderezan a los doctores como t.
Ah est la maestranza de artillera[33] ah est el Vedado.[34] No
cuesta nada un curso de derecho en esos lugares. Eh! Conque ande Vd.
listo, taita Dionisio. Lo que no quiero es que Vd. se festeje ni festeje
a sus comadres con mi dinero.

Al buen callar llaman Sancho, y por dolorosa experiencia de largos
treinta aos de esclavitud, saba bien Dionisio que deba guardar
silencio desde el punto en que sus amos empezaban a tratarle de Vd.
Aquella era seal segura de que suba la marea de la clera. Se
aproximaba la tempestad y en breve estallara el rayo. En tal virtud, el
cocinero recogi a toda prisa los avos de la comida y se refugi en su
cocina, como buen piloto que busca abrigo temporal en el primer puerto
que le depara el cielo.

Este esclavo haba nacido y se haba criado en Jaruco, en el palacio de
los condes de ese ttulo. Saba leer y escribir casi por intuicin,
dones adquiridos que le revestan de mrito extraordinario a los ojos de
sus compaeros de esclavitud, mucho ms ignorantes que l, en general,
bajo esos respectos. Era aficionadsimo al baile, gran bailador de
minu, que aprendi en las suntuosas fiestas de sus amos, pues en su
calidad de paje, que fue su empleo primitivo, siempre estaba en contacto
con ellos; y all conoci a la despus Condesa de Merln, a varios
Capitanes Generales, al primer conde de Barreto y a otras notabilidades
de Cuba, de Espaa y del extranjero, por ejemplo, a Luis Felipe de
Orleans, despus rey de los franceses.

A poder de tiempo, de industria y de economa, viviendo entre gente rica
y rumbosa, que visitaban personajes notables, logr Dionisio reunir
dinero suficiente para _coartarse_, quiere decir, para fijar el precio
en que se le vendera, si lo vendan, dando a su amo diez y ocho onzas
de oro, o 306 duros. Sacronle, sin embargo, a remate junto con otros
varios esclavos, por ante el Escribano pblico don Jos Salinas, a la
muerte del Conde, para cubrir las grandes costas que ocasionaron su
testamentara y divisin de bienes. La habilidad de Dionisio en la
cocina y la repostera, a que le aplicaron apenas lleg a la virilidad,
le daba ms valor en el mercado que a los otros esclavos sin oficio; de
consiguiente, la _coartacin_ slo le sirvi para que le vendieran en
500 pesos, en vez de los 800 en que le estim el amo cuando le acept la
suma arriba mencionada. En el _lote_, don Cndido le obtuvo por menos de
los 500 pesos en que qued coartado, aunque l no fue el mejor postor;
pero supo untarle en tiempo la mano al oficial de causas, y no
aparecieron las otras pujas. De dos graves faltas adoleca Dionisio,
graves por su triste condicin: era la una su aficin a las mujeres; la
otra ya se ha dicho, su aficin al baile propio de los blancos.

Dadas las 9 de la maana, entr don Cndido Gamboa por el zagun de su
casa. Pareca cariacontecido, cansado y sudoso, no ya por el calor, que
no dejaba de sentirse, aunque estbamos a fines de octubre, sino por la
agitacin de las primeras horas del da y los pensamientos que ocupaban
su espritu. Sin reparar en su esposa, que inquieta le aguardaba junto a
la mesa del comedor, puesta ya para el almuerzo por el gil Tirso, de la
calle pas derecho al escritorio, donde estaba el Mayordomo don Melitn
Reventos encaramado en el banquillo, con la pluma detrs de la oreja y
de codos en la carpeta, meditando sobre un pliego de papel espaol,
escrito en renglones desiguales, a manera de versos de arte mayor, que
tena delante.

--Qu hace? le pregunt entrando don Cndido, sin darle los buenos
das, acaso porque aqul era uno de los peores de su vida.

--Haca el apunte de los efectos que ordena el Mayordomo de _La Tinaja_
para la prxima molienda, y miraba si se me haba escapado algo. El
patrn Sierra estuvo aqu y dijo que sala...

--Deje Vd. eso de la mano, que no precisa, y vamos a lo que importa.
Reventos, ahora mismo se pone Vd. la chaqueta y se va corriendito al
baratillo de Surez Argudn en el portal del Rosario, y recoge Vd.
cuantas camisas de listado y pantalones de rusia tenga hechos, y le dice
Vd. que los cargue en cuenta. Probable es que no tenga cuanto se
necesita, 400 mudas; pero l puede completar el nmero en los otros
baratillos de los paisanos. Mas en caso que ni as se consigan todas,
300, 250, 200, las que se puedan... Qu remedio? Si no salvamos tantos,
salvamos cuantos.

--Cuntos qu? pregunt Reventos, demasiado curioso para dejarlo para
luego.

--Bultos, hombre, bultos, repuso brevente don Cndido. No sabe Vd. que
ha llegado el _Veloz_?

--S? A fe que no lo saba.

--Pues ha llegado, mejor dicho, lo han trado al puerto. El nmero fijo
a bordo no se sabe todava. Las escotillas estn clavadas, y dice el
Capitn Carricarte que, aunque embarc sobre 500, con el largo viaje y
la atroz caza que le han dado los ingleses, se le han muerto algunos y
tenido que echar al agua... muchos, vamos, la broza por fortuna. Est
Vd.? Ahora bien, tome las mudas de ropa, forme tres o cuatro los,
segn; los conduce Vd. en un carretn al muelle de Caballera, frente a
Casa Blanca, y se los entrega al patrn del guadao _Flor de Regla_. Vd.
le conoce. Bien, le entrega Vd. todo, que l est ya avisado y sabe a
dnde ha de llevarse eso. Vd. le acompaa, pues que conoce al contador.
Eh! conque al avo. Se le guardar a Vd. el almuerzo si no da la
vuelta en tiempo. De cualquier modo, la ropa debe estar a bordo antes de
las once. Lo oye Vd.?

El Mayodomo ido, de seguidas entr doa Rosa en el escritorio. Se
paseaba su marido arriba y abajo agitado; mas al verla se detuvo por un
instante esperando la pregunta, que, en efecto, no tard ella en
dirigirle:--Qu ocurre, Gamboa? Ah va Reventos que se desnuca y t
aqu inquieto. Di, por caridad, qu pasa?

--Lo de siempre, hija; que si seguimos como vamos, todava los pcaros
de los ingleses han de causar la ruina de este hermoso florn de S. M.
C. el rey, que Dios guarde.

--No me digas.

--Como lo oyes, porque si los ingleses no nos dejan importar los brazos
que nos hacen tan suma falta, no s con qu ni cmo vamos a elaborar el
azcar. S, esto se lo lleva Barrabs, no me canso de decirlo.

--Tal es mi tema, Cndido; pero al grano.

--Al grano. Esta maana a las siete seal el Morro buque ingls de
guerra a sotavento. Nos hallbamos en el muelle varios: Gmez, Azopardo,
Sam, en fin, casi todos los de la junta de anoche. A poco el Morro
seal presa y media hora despus se present en la boca del puerto la
corbeta inglesa _Perla_, su comandante el Lord Pege o Pegete, segn nos
dijeron despus los que desde la Punta oyeron la contestacin que dio el
prctico al viga de seales.[35] Cul te figuras que era la presa?

--El bergantn _Veloz_?

--El mismo, Rosa; con casi todo el cargamento a bordo.

--Luego se ha salvado el cargamento. Qu bueno!

--Salvado? repiti don Cndido con amargo acento. Pluguiera a Dios.
Desde el punto que nuestro bello bergantn entra aqu como presa...

--Estn perdido barco y cargamento, no? Sera una gran desgracia!

--Lo que es perderse todo no ser si los que estamos interesados en la
salvacin de una cosa y otra no nos dormimos en las pajas. Por lo
pronto, los pasos que se han dado y que se darn ms adelante nos hacen
abrigar la esperanza de que cuando no todos los bultos, al menos las dos
terceras partes lograremos arrancarlos de las garras de los ingleses.
Has de creer, Rosa, que a veces se me figura que ms dolor me causara
la prdida del bergantn que la del cargamento, aunque es el ms valioso
de cuantos ha trado del frica, segn la factura del Capitn
Carricarte? Pues no te quepa duda ninguna. Con mi bergantn se pueden
traer con seguridad y en corto tiempo no uno, sino varios cargamentos, y
no hay muchos como l. Habr tres aos que se lo compr a Didier, de
Baltimore, y ya ha dado cuatro viajes felices al frica. Este era el
quinto viaje y ya me he reembolsado tres veces de su costo. Admrate,
Rosa, sali de Casa Blanca... te acuerdas? a mediados de julio y a los
cuatro meses no cabales ha dado la vuelta. Eso se llama andar. Quin
negar ahora que es el ms velero de cuantos se emplean en la carrera al
presente? Ah estn el _Feliz_, de Zuaznvar; la _Vencedora_, de
Abarzusa; la _Venus_, de Martnez; la _Nueva Amable Salom_ de Carballo;
el _Veterano_ de Gmez, y muchos otros de fama. Qu son en comparacin
de mi _Veloz_? Potalas, urcas. S, sentira mucho perderlo; no por el
dinero, aunque no son un grano de ans los diez mil pesos que di por l,
sino porque difcilmente se construye buque de ms pies.

--Ah! Cndido, no te hagas ilusiones. T y tus amigos abrigan
esperanzas, yo no. Cuando los ingleses agarran, no sueltan, tenlo por
seguro. Cada vez me parecen ms odiosos esos judos protestantes. Vea
Vd. quin los mete en lo que no les va ni les viene? Yo me hago los
sesos agua y no atino a comprender por qu se ha de oponer Inglaterra a
que nosotros traigamos salvajes de Guinea. Por qu no se opone tambin
a que se traiga de Espaa aceite, pasas y vinos? Pues hallo ms
humanitario traer salvajes para convertirlos en cristianos y hombres que
vinos y esas cosas que slo sirven para satisfacer la gula y los vicios.

--Rosa, los enemigos de nuestra prosperidad, quiero decir, los ingleses,
no entienden esa filosofa, no la quieren entender tampoco; de otra
manera tendran ms miramientos con nosotros los vasallos de una nacin
amiga y en otro tiempo aliada de la suya. Pero yo no les echo toda la
culpa a ellos, a quienes culpo principalmente es a los que aconsejaron a
nuestro augusto soberano don Fernando VII celebrar el tratado de 1817
con Inglaterra. Aqu est el mal. Por la miserable suma de 500,000
libras esterlinas los indiscretos consejeros del mejor de los monarcas
concedieron a la prfida Albin el derecho de visita de nuestros buques
mercantes y de insultar, como insulta un da con otro, impunemente, el
sagrado pabelln de la que no ha mucho fue seora de los mares y duea
de dos mundos. Qu vergenza! No s cmo toleramos... Mas al caso,
Rosa. Como te deca, la llamada repentina de Gmez ayer tardecita tuvo
por objeto or la historia de lo ocurrido con el _Veloz_, de boca del
capitn Carricarte, que lleg a revienta cinchas del Mariel, y ver lo
que se haca por si era posible jugarle una buena a los ingleses; porque
t sabes que, hecha la ley, hecha la trampa. Cuando llegu a casa de
Gmez, que seran cerca de las ocho...

--Cmo as? le interrumpi su mujer. T saliste de ac antes de las
siete. En qu te demoraste? Cmo echaste ms de una hora en ir a casa
de Gmez?

--No me demor en ninguna parte, no; repuso el marido, visiblemente
embarazado. Dije que seran cerca de las ocho? Pues cuenta que quise
decir poco despus de las siete, a las siete y cuarto, a las siete y
media... La hora precisa no importa.

Pareca que no importaba; pero no dej de llamar la atencin de doa
Rosa, que, yendo en carruaje su marido, para trasladarse de la esquina
de la calle de San Ignacio y Luz, donde viva, al extremo de la de Cuba,
hacia el norte, donde se celebr la reunin, echase una hora, cuando
esta distancia puede recorrerse a pie en la mitad de ese tiempo
descansadamente. Natural fue que Doa Rosa, que parece no las tena
todas consigo, en tratndose de la lealtad conyugal de su marido, se
callase, es cierto, mas a todas luces perdi el entusiasmo, y con ste
el inters en lo que pensaba hacerse para salvar la presa y su
cargamento. Advirtindolo don Cndido, pues harto conoca a su mujer,
diose una palmada en la frente y dijo:

--Tate! me dilat porque tuve que ver si Madrazo, el cual vive frente a
Santa Catalina, era o no de la junta o le haban avisado. El Capitn
Miranda puede decir la hora a que llegu a casa de Gmez. Esa fue la
nica parada que hice en el camino. Po tambin es testigo. Vamos ahora
al caso. Como te deca, cuando llegu a casa de Gmez, que t sabes est
all lejos, frente a la muralla, encontr toda la gente reunida. Madrazo
fue conmigo, Maero entr despus. Sam, Martiartu, Abrisqueta, Surez
Argudn y La Hera, sobrino de Lombillo, porque el to haba ido de
carrera a su cafetal _La Tentativa_ en la Puerta de la Gira; Martnez,
Carballo, Azopardo y otros varios que, si bien no inmediatamente
interesados en el cargamento del _Veloz_, como principales importadores
que son de esclavos, deseaban informarse a fondo de lo ocurrido en el
Mariel y de cmo nosotros pensbamos sacar el caballo del atolladero.
Carricarte se mudaba de ropa en los entresuelos de la casa de Gmez, y
baj as que todos estbamos reunidos. Formbamos una corte regular en
la sala baja. Deposit el Capitn unos papeles en la mesa del centro, y
luego, sin ms ceremonia, comenz la relacin de lo que le haba pasado
desde las costas de frica hasta las de nuestra Isla. Dice que desde que
sali de Gallinas, a fines de setiembre, naveg de bolina y mar
bonancible hasta reconocer a Puerto Rico. All, sin embargo, una vela
sospechosa por sotavento le hizo variar de rumbo. Durante la noche,
siempre con viento fresco, volvi a su derrota, esperando avistar el
_Pan de Matanzas_ el da siguiente por la tarde. Hacia el oscurecer, en
efecto, le avist; pero la misma vela de antes se le present en lo ms
estrecho del canal de Bahama, empezando desde luego la caza. Dice
Carricarte que su primera intencin fue entrar en Arcos de Canas. No
fue posible: el crucero ingls, porque result serlo, como que llevaba
la lnea recta y ms inmediata a la costa de Cuba, a pesar de los buenos
pies del bergantn, siempre se presentaba a su costado, mayormente a la
altura de las _Tetas de Camarioca_. Cerr la noche de nuevo, el _Veloz_
se hizo mar a fuera y luego vir con nimo de meterse en Cojmar, en
Jaimanitas, en Banes, en el Mariel, en Cabaas, en el primer puerto
sobre el cual le amaneciese. Afloj el viento, por desgracia el terral
le fue contrario, as que, cuando torn a dar vista a la tierra, ya
asomaba el sol y el crucero amagaba ganarle el barlovento. Vio entonces
Carricarte que no poda escapar sino a milagros, por lo que resolvi
jugar el todo por el todo. Dio orden, pues, de despejar el puente, a fin
de facilitar la maniobra y aligerar el buque lo que se pudiese, y como
lo dijo lo hizo. En un santiamn fueron al mar los cascos del agua de
repuesto, no poca jarcia y los fardos que haba sobre cubierta...

--Los bozales quieres decir? Qu horror! exclam doa Rosa, llevndose
ambas manos a la cabeza.

--Pues es claro, continu Gamboa imperturbable. T no ves que por
salvar 80  100 fardos iba a exponer su libertad el Capitn, la de la
marinera y la del resto del cargamento, que era triple mayor en
nmero? El obr arreglado a sus instrucciones: salvar el barco y los
papeles a toda costa. Adems, haba que despejar el puente y aligerar,
como te he dicho. No haba tiempo que perder. Pues no faltaba otra
cosa! Eso s, dice Carricarte, y yo lo creo, porque l es mozo honrado y
a carta cabal, que en la hora del mayor peligro slo tena sobre
cubierta los muy enfermos, los enclenques, aqullos que de todos modos
moriran, mucho ms pronto si los volvan al sollado donde estaban como
sardinas, porque fue preciso clavar las escotillas.

--Las escotillas! repiti doa Rosa. Es decir, las tapas de la bodega
del buque. De manera que los de abajo a estas horas han muerto
sofocados. Pobrecitos!

--Ca! dijo don Cndido con el ms exquisito desprecio. Nada de eso,
mujer. Sobre que voy creyendo que t te has figurado que los sacos de
carbn sienten y padecen como nosotros. No hay tal. Vamos, dime, cmo
viven all en su tierra? En cuevas o pantanos. Y qu aire respiran en
esos lugares? Ninguno, o aire meftico. Y sabes cmo vienen? Barajados,
quiere decir, sentados uno dentro de las piernas de otro, en dos hileras
sucesivas, cosa de dejar calle en el medio y poder pasarles el alimento
y el agua. Y no se mueren por eso. A casi todos hay que ponerles
grillos, y a no pocos es fuerza meterlos en barras.

--Qu son barras, Cndido?

--Toma! Ahora te desayunas? El cepo, mujer.

--No me quedaba que or.

--A todo esto y mucho ms da lugar la persecucin arbitraria de los
ingleses. El nico sentimiento de Carricarte ahora es que con el afn y
la precipitacin de limpiar el puente, echaron al agua los marineros una
muleque de 12 aos, muy graciosa, que ya repeta palabras en espaol y
que le dio el rey de Gotto a cambio de un cuete de salchichas de Vich y
dos muleques de 7 a 8 aos que le regal la reina del propio lugar por
un pan de azcar y una caja de t para su mesa privada.

--ngeles de Dios! volvi a exclamar doa Rosa sin poder contenerse. Y
reflexionando que acaso no estaban bautizados, aadi: de todos modos,
esas almas...

--Y dale con creer que los fardos de frica tienen alma y que son
ngeles. Esas son blasfemias, Rosa; la interrumpi el marido con
brusquedad. Pues de ah nace el error de ciertas gentes... Cuando el
mundo se persuada que los negros son animales y no hombres, entonces
acabar uno de los motivos que alegan los ingleses para perseguir la
trata de frica. Cosa semejante ocurre en Espaa con el tabaco: prohben
su trfico, y los que viven de eso, cuando se ven apurados por los
carabineros, sueltan la carga y escapan con el pellejo y el caballo.
Crees t que el tabaco tiene alma? Hazte cuenta que no hay diferencia
entre un tercio y un negro, al menos en cuanto a sentir.

No haba similitud ninguna en el ejemplo aducido, tampoco tiempo para
discutir, porque en aquella sazn se present Tirso en la puerta del
escritorio y dijo que el almuerzo estaba listo. Eran las diez y media de
la maana; por donde se ve claro que la conversacin de don Cndido con
su mujer haba durado largo tiempo; y, sin embargo, no le haba dicho
los medios de que pensaba valerse para arrancar el _Veloz_ y la mayor
parte de la carga, compuesta de seres humanos, diga l lo que quiera, de
las garras de los testarudos ingleses.




CAPTULO VII

     _"Por lo cual deberan poner tasa los magistrados, a quien toca, a
     la codicia de los mercaderes, que ha introducido en Europa, y no
     menos en estas Indias, caudalossimos empleos de esclavos, en tanto
     grado, que se sustentan de irlos a traer de sus tierras, ya por
     engao, ya por fuerza, como quien va a caza de conejos o perdices,
     y los trajinan de unos puertos a otros como holandas o cariseas."_

         FR. ALONSO DE SANDOVAL


Pasebase don Cndido Gamboa largo rato haca en su escritorio, despus
de levantado el mantel del almuerzo, cuando entr su Mayordomo don
Melitn Reventos. Vena con la cara hecha un ascua por el calor del da,
las carreras desde temprano, y la satisfaccin que experimentaba y que
se le conoca por encima del pelo de la ropa. De modo que, advirtindolo
el amo, par los paseos, se quit el tabaco de la boca y se apoy de
espaldas contra la carpeta, a fin de escuchar a sus anchas la relacin
de las diligencias practicadas en los baratillos y el puerto. Hasta doa
Rosa, cuyo inters en el asunto ceda tan slo ante el de su marido,
acudi ganosa al escritorio; y entre los tres personajes tuvo lugar la
siguiente escena.

No vena, sin embargo, dispuesto don Melitn a satisfacer de plano la
ansiedad de sus seores. Crea, por el contrario, que acababa de vencer
una gran dificultad, mas que haba alcanzado una hazaa; y, como hombre
de poco seso, se daba importancia inmerecida. Despus de ir y venir
arriba y abajo del escritorio recogiendo papeles, arreglando las plumas
de ave en el tintero, abriendo y cerrando gavetas, se volvi para don
Cndido y su esposa, que seguan sus movimientos, no poco disgustados, y
dijo:

--Qu calor! eh?

Ninguno de sus oyentes le replic palabra, y l continu muy satisfecho:

--Vea Vd. en Gijn. Por este mismo tiempo empieza a soplar un airecillo,
que ya... Es preciso abrigarse, so pena de coger un _costipado_...pero
esta Isla se ha hecho para los negros. Bien pudo el seor don Cristbal
haberla descubierto en otra parte, donde no hubiese tanto calor. Porque,
pongo por caso, llega aqu un mozo de Castilla, o de Santander, llega
robusto, con unos cachetes que parecen dos cerezas, vamos, rozagante,
fuerte como un toro, y en menos de seis meses, si escapa con vida del
vmito,[36] se queda escueto y desmazalado por el resto de su vida. Qu
tierra sta! S, digo a Vd. que es sta mucha tierra!

En estos momentos sus ojos tropezaron con los de don Cndido y doa Rosa
que le miraban de hito en hito, y, cual si volviera en su acuerdo,
agreg en diferente tono:

--Pues, seor, me parece, s, me parece que todo ha salido a pedir de
boca.

--Acabramos! dijo don Cndido respirando fuerte.

--All iba, prosigui don Melitn, respondiendo antes a la intencin que
a la palabra de Gamboa. All iba, pero Vd. me conoce, seor don Cndido,
y sabe que yo no soy escopeta catalana.

--No tiene Vd. que repetirlo, replic don Cndido con nfasis.

--Al caso, terci doa Rosa en tono blando, pues conoci que iba a
armarse una disputa interminable.

--Al caso, repiti el Mayordomo, entonces ms en caja. Pues como deca,
ha salido la cosa mejor de lo que esperbamos. March, qu digo? part
como una saeta para el portal del Rosario y me entr de rondn en el
baratillo de don Jos a pesar que el mozo de las vidrieras, en el
portal, lo mismo que los otros dos detrs de los mostradores dentro,
creyendo que iba a comprarles la tienda en peso, me tira ste del brazo,
aqul de la chaqueta... Vd. sabe que ellos son bromistas y ms pillos,
que ya...

--Lo que s, repuso don Cndido molesto, es que Vd. gasta una
pachorra...

--Pues deca, continu como si no hubiese odo a su amo, que me cost
algn trabajillo deshacerme de esos bellacos. Dnde est don Jos?
pregunt a don Liberato. Quiero ver a don Jos. Traigo un recado urgente
para l. Chite! me dijo el mozo; ahora est muy entretenido para que
Vd. le vea. Venga ac, y me llev por la mano a la puerta del patio, y
agreg:--Vale. En efecto, muy acicalado estaba y arrimadito a la pared,
en interesante conversacin por seas y medias palabras, con la sombra
de una mujer que se entrevea a travs de las persianas del balcn en el
principal de la casa. Slo vi dos ojazos como dos carbones encendidos y
la punta de unos deditos de rosa asomndose de cuando en cuando por
entre los listoncillos verdes. Qu significa eso? pregunt a don
Liberato. No lo entiende Vd.? me contest. Nuestro don Jos que se
aprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo para camelarle
la hermosa dama.

Don Cndido y doa Rosa cambiaron una mirada de inteligencia y de
asombro, y el primero dijo:

--Don Melitn de mis culpas qu tenemos que hacer nosotros con un
cuento con todos los visos de calumnia?

--Calumnia! repiti el Mayordomo serio. Pluguiera al cielo. Nada de
eso; ya ver Vd. mis trabajos, ya. No se puede negar que es el ms buen
mozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro, porque sabe hablar,
que ya... Es cosa notoria que ahora aos, cuando el sistema
constitucional, le comparaban con el divino Argelles, y una vez le
pasearon en triunfo en esos mismos portales de la Plaza Vieja. Y, con
perdn de la seora doa Rosa, todo eso le peta mucho a las mujeres, y
la Gabriela que es joven y bella... ya, ya. La intencin, las ausencias
del marido, las galanteras, el diablo que nunca duerme...

--Don Melitn, salt otra vez Gamboa muy molesto, de quin nos habla
Vd.?

--Toma! Pues crea que me estaba Vd. atento. Le hablo de don Jos, mi
paisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del pas por lo blanca
y rosada.

Doa Rosa, que era criolla y que no lo tena a menos, se sonri al or
la grosera de su Mayordomo, el cual prosigui:

--Pues el seor don Jos ni me hizo caso, sino que le dijo de muy mal
humor a don Liberato:--despache Vd. a ese mozo y no permita que me
molesten. Al punto nos pusimos a revolver los entrepaos y las cajas, y
con mucho trabajo conseguimos tres los de mudas de ropa, de 50 pares
cada uno. No era bastante. Corr al baratillo de Maero, donde slo
haba 30 mudas. Sabe Vd. que por esta poca empiezan las _refacciones_
de los ingenios, segn se dice aqu. Los que se proveen por tierra, se
adelantan hasta dos meses. Las carretas echan semanas en andar cualquier
distancia, con que escasea la ropa hecha de los esclavos. Pues como
deca, del baratillo de Maero pas al del vizcano ese... Martiartu,
donde Aldama estuvo de mozo. Ah consegu 60 mudas ms, y por no perder
tiempo y porque juzgu que seran suficientes, llam a un carretonero,
cargu con todos los bultos y andando, andando para el muelle de
Caballera, hice cinco los, los at con unos cordeles, y al avo...
Pero cate Vd. que al pasar por delante de la casilla del resguardo, sale
el hombre y detiene la mula por la brida.--Cmo se entiende? Qu hace
Vd.? le grit encolerizado.--Se entiende, me dijo l con mucha sorna,
que si Vd. no trae gua, para embarcar estos efectos, yo no los dejo
pasar.--Gua, gua, le dije. Para qu diablos ese requisito? Estos los
no son para embarcar a ninguna parte. Son _esquifaciones_.--Sean lo que
fueren, prosigui el hombre sin soltar la presa. La gua al canto o no
hay paso.--Qu quera Vd. que hiciera en semejante aprieto? Eran
pasadas las once. Ya haba odo yo el reloj de la Aduana. Me registr
los bolsillos, encontr un dobloncejo de a dos, le saqu, se lo puse en
la mano al carabinero, dicindole: Vaya la gua, hombre; y sin ms ni
ms solt las bridas y dio paso franco. La cara del rey posee magia.

--Eso es, dijo don Cndido en tono de aprobacin.

--Pues es claro, aadi el Mayordomo satisfecho. Para ciertas gentes no
hay mejor lenguaje. Mas aqu no pararon mis trabajos. Llegados al
muelle, all estaba el botero. Sabe Vd. que el hombre es listo? En un
santiamn descargamos el carretn y luego dimos con los los en el bote.
Tom el timn bajo la carroza, y a viaje. Viramos, y en poco ms que lo
cuento nos pusimos en Casa Blanca, a vela y remo. Opuesto estaba el
famoso bergantn sobre las anclas y con la proa para Regla, tan ufano y
orgulloso cual si libre cortara las aguas del ocano y no se hallara
cautivo de los perros ingleses. En la cubierta se paseaban varios
soldados de marina; algunos de los cuales me pareci que no era de los
nuestros; pero alcanc a ver el cocinero Felipillo hacia popa, quien no
tard en conocerme y hacerme seas de que no atracara por el costado de
estribor, sino por el de babor, hacia la parte de tierra. As se hizo,
corriendo a un largo la vuelta de Triscornia y luego virando por redondo
a ganar la popa del bergantn, bajo la cual nos acoramos, y como quien
no quiere la cosa, bonitamente fuimos metiendo lo tras lo por un
ventanillo, donde el cocinero los reciba con toda seguridad.

--Vamos! exclam don Cndido en un arranque de entusiasmo, rarsimo en
sujeto tan grave. Esa s que estuvo buena. Magnfico!, don Melitn. Ya
se puede dar por seguro que al menos se salvar una buena parte del
cargamento y habr para cubrir los gastos. No todo se ha perdido. Hecho,
hecho.

Bien quisiera doa Rosa participar de la alegra y entusiasmo de su
marido; pero suceda que ella no entenda jota del bien que pudiera
traer a la salvacin del cargamento del bergantn _Veloz_, el hecho de
haber introducido a hurtadillas por un ventanillo de popa, las mudas de
ropa nueva compradas por don Melitn en los baratillos de los portales
de la Plaza Vieja. As es que se content con mirar primero a uno y
luego al otro de sus interlocutores, como si les pidiera una
explicacin. Entendiolo as Gamboa, porque continu con la misma
animacin:

--Ciego el que no ve en da tan claro. Rosa, no comprendes que si
vestimos de limpio los bultos pueden pasar por ladinos, venidos de... de
Puerto Rico, de cualquier parte, menos de frica? Ests? No todo se ha
de decir. Estos son secretos... porque... hecha la ley, hecha la trampa.
Reventos, agreg con volubilidad, que le den de almorzar. Rosa, a Tirso
que le sirva el almuerzo... Debe traer hambre canina, y adems, quizs
tenga que volver a salir. Por lo que a m toca, a la una debo estar en
casa de Gmez, quien me espera en compaa de Madrazo, de Maero... Vaya
(empujando suavemente por el hombro a su Mayordomo), despache.

--Corriendito, contest l. No necesito que me rueguen. Apuradamente,
tengo un hambre que ya... Pues no ando de ceca en meca desde las nueve
de la maana? Ya, ya... Se la doy al ms pintado. Lo extrao sera que
no sintiese una gazuza, que ya...

Hacia el medio da don Cndido, que haba hecho venir al barbero para
que le afeitase, estaba listo para salir, y el quitrn le esperaba a la
puerta. Antonia, su hija mayor, le puso la corbata blanca con puntas
bordadas y colgantes, untndole aceite de Macastar, de olor fuerte,
especie de esencia de clavo, muy generalizado entonces, y peinndole a
la Napolen, es decir, con la punta del pelo trada sobre la frente
hasta tocar casi la unin de las cejas y la nariz. Adela le trajo la
caa de Indias con puo de oro y regatn de plata, y Tirso, que andaba
por all, vindole desdoblar la gran vejiga de los cigarros, le acerc
el braserillo. De seguidas, medio envuelto en la nube azulosa de su
exquisito habano, sin sonrerse ni decir palabra a ninguno de su
familia, sali con aire majestuoso por el zagun a la calle y se meti
en el carruaje.

--A la Punta! fue lo nico que dijo en su voz bronca al viejo calesero
Po.

No era un enigma este brevsimo lenguaje para el anciano calesero.
Significaba que deba dirigirse al trote a casa de don Joaqun Gmez,
que entonces viva en aquel pedazo de calle frente a una cortina de la
muralla que da hacia la entrada del puerto.

All esperaban el amo de la casa, el hacendado Madrazo y el comerciante
Maero. Este ltimo era el ms inteligente de los cuatro; se ocupaba en
importar gneros y quincalla de Europa, que venda a plazos a mercaderes
de la plaza. Aquel era un medio muy tardo de hacer fortuna, fuera de
que los vendedores no siempre cumplan exactamente con sus compromisos,
de que resultaban prdidas en vez de ganancias. Maero, por esto, como
otros muchos paisanos suyos, haba emprendido en las expediciones a la
costa de frica, hasta all con mejor suerte que en el comercio de
gneros.

Al salir, como salieron a poco para el palacio del Capitn General,
Gmez dijo a Maero que llevara la palabra, cosa que aprobaron de la
mejor gana Madrazo y Gamboa, reconocindose incapaces para desempear el
papel de orador siquiera con mediano lucimiento. Las dos de la tarde
seran cuando entraban ellos por el ancho y elevadsimo prtico de ese
edificio que, segn se sabe, ocupa todo el frente de la Plaza de Armas.
A aquella hora estaba lleno de gente no por cierto del mejor pelaje,
aunque no poda calificrsele, en general, como de la clase del pueblo
bajo de Cuba. El movimiento era incesante y activo. El rumor de pasos y
de voces ruidoso y an chilln. Unos iban, otros venan, observndose
que los que ms agilidad mostraban, mozos en su mayora y nada atildados
en su porte ni en su traje, llevaban debajo del brazo izquierdo,
doblados por la mitad en sentido longitudinal, unos legajos de papeles
del folio espaol. Por lo comn entraban en o salan de los cuartos o
covachuelas, que dicen en Cuba accesorias, cuya nica puerta y acaso
ventana daban al prtico, al ras del piso de chinas pelonas de que
estaba formado. A la primera ojeada, era de advertirse que esa multitud
de gente no acuda a solazarse ni por mera curiosidad; porque se
distribua en grupos y corrillos ms o menos numerosos, en los cuales se
hablaba a voz en cuello, mejor, a veces se gritaba, acompaando siempre
la accin a la palabra como si se discutieran asuntos de gran
importancia, o que mucho interesaban a los principales actores. Desde
luego, puede asegurarse que no se trataba de poltica; estaba
absolutamente prohibido, y el derecho de reunin no se practicaba en
Cuba desde al ao de 1824 en que acab el segundo perodo del sistema
constitucional. Y sin embargo, aquel era un Congreso en toda forma.

Mientras esto pasaba en medio del prtico, arrimado a una de las macizas
y gruesas columnas, se vea un grupo compuesto de una negra y cuatro
nios de color, el mayor de doce aos de edad, la menor una mulatica de
7, todos cosidos a la falda de la primera, la cual tena la cabeza
doblada sobre el pecho y cubierto con una _manta_ de algodn. Enfrente
de este melanclico grupo se hallaba un negro en mangas de camisa, y a
su lado un hombre blanco, vestido decentemente, quien lea en voz baja
de un legajo de papeles abiertos, que a guisa de libro sostena en ambas
manos, y el primero repeta en voz alta, concluyendo siempre con la
frmula:

--Se han de rematar: ste es el ltimo pregn. No hay quien d ms?

Cada una de estas palabras pareca herir, como con un cuchillo, el
corazn de la pobre mujer, porque procuraba ocultar la cabeza ms y ms
bajo los pliegues del paoln, temblaba toda y se le cosan a la falda
los hermosos nios. Llam el grupo o la escena aquella la atencin de
Maero, se la indic con el dedo a Gmez, y le dijo al pao:--Ves?
Farsa, farsa. El remate ya est hecho aqu (sealando entonces para una
de las covachuelas a su derecha). Pero, tate, agreg dndose una palmada
en la frente y tocndole despus en el hombro a Madrazo, que iba por
delante al par de Gamboa, pues no es esa negra la Mara de la O de
Marzn que t tenas hace tiempo en depsito judicialmente? Yo que t la
remataba con sus cuatro hijos. Dentro de unos pocos aos valen ellos
cuatro tantos lo que te cuesten con la madre ahora.

--Qu sabes t si no la ha rematado ya? observ Gmez con naturalidad.

--Interesa a ustedes el asunto? dijo Madrazo desazonado, contestando a
Gmez y a Maero.

--Me intereso por ti y por la mulatica, repuso este ltimo con malicia,
dndole un buen codazo a su compaero. La madre de los chicos es
excelente cocinera, lo s por experiencia propia, y luego la chica...
Sobre que se me figura mucho a su padre.

--A Marzn querrs decir, dijo Madrazo.

--Ba! No. Cunto tiempo hace del pleito de Marzn con don Diego del
Revollar y del depsito de los negros del primero en tu ingenio de
Manimn? pregunt Maero con aparente sencillez.

--Cerca de ocho aos, dijo Gmez. Marzn es curro y del Revollar
montas como nosotros, y siempre han vivido como perro y gato en sus
cafetales del Cuzco.

--No creo que hace tanto tiempo, interpuso Madrazo.

--Sea como fuere, continu Maero, el caso es que la chicuela esa de
padre blanco y madre negra no tiene arriba de siete aos de edad y...

No continu Maero, porque en aquel instante se acerc a Madrazo un
hombre sin sombrero, le toc en el brazo, le llam por su nombre y le
atrajo a una de las covachuelas de que antes hemos hablado. Madrazo con
la mano abierta indic a sus amigos que le esperaran, y desapareci
entre la multitud de gente, casi toda a pie, que llenaba la pieza.

--No se los deca? aadi Maero hablando con Gmez y Gamboa. Madrazo
ha hecho el remate de Mara de la O con sus cuatro hijos, uno de los
cuales, o el diablo me lleve o es la mismsima efigie del rematador, y
el pregn no ha sido una farsa para guardar las apariencias y mostrar
imparcialidad con el amigo Marzn. Al fin tiene entraas de padre y se
porta como buen amo: no habr extraamiento ni dispersin de la familia.

Segn debe haberlo comprendido el lector avisado, aquellas eran las
escribanas pblicas de la jurisdiccin judicial de La Habana.
Componanse de un saloncito cuadrilongo con puerta al prtico y ventana
de rejas de hierro al patio del palacio de la Capitana General de Cuba.
Eran unas diez o doce al frente, unas tres ms haba en el costado del
norte o calle de O'Reilly y otras tantas o ms en la de Mercaderes,
entre stas la de hipotecas. De medio da a las tres bajaba la
audiencia, como se deca all, y los oficiales de causa, junto con los
procuradores, que venan a tomar nota de los autos en los pleitos a su
cargo, los escribanos que daban fe, uno u otro abogado de poca clientela
y an bachilleres en derecho que comenzaban la prctica de los juicios
por su propia cuenta, llenaban las escribanas hasta el exceso. Fuera de
esto, el cuarto no era nada amplio y estaba flanqueado de mesas cargadas
de tinta y de papeles o procesos, y detrs de ellas, arrimados a las
paredes, haba anchos y altos armarios, con redes de alambre o cuerda
por puertas para que se viesen entre sus entrepaos los numerosos
protocolos forrados de pergamino cual cdices de antiguas bibliotecas.

El hombre sin sombrero llev a Madrazo a la derecha de la escribana,
ante la primera mesa, algo ms grande y decente que las dems, pues
tena barandilla, y el tintero se conoca que era de plomo, es decir,
que no estaba tan cargado de tinta. El individuo que ocupaba una silla
de vaqueta detrs de dicha mesa, se puso en pie lleno de respeto luego
que vio al hacendado, le salud con amabilidad y en voz alta pidi los
autos de Revollar contra Marzn. Trados por el hombre del pregn y
abiertos por una hoja que estaba doblada longitudinalmente, apunt con
el ndice de la mano izquierda para una providencia compuesta de unos
pocos renglones manuscritos, y dijo a Madrazo que pusiera debajo su
firma. Hzolo as ste, con una pluma de ganso que le alcanz el
escribano, y saludando, fuese enseguida a reunirse con sus compaeros.




CAPTULO VIII

     _Hecha la ley, hecha la trampa._

     Proverbio castellano.


Mira, como se sabe, hacia la Plaza de Armas o el Este el frontispicio
del palacio de la Capitana General de Cuba. La entrada es amplia,
especie de zagun, con cuartos a ambos lados, cuyas puertas abren al
mismo, y sirven, el de la izquierda para el oficial de guardia, el de la
derecha para cuartel del piquete. Los fusiles de los soldados
descansaban en su astillero, mientras la centinela, con el arma al
brazo, se paseaba por delante de la puerta.

Tena Maero formas varoniles, maneras distinguidas y vesta traje de
etiqueta, como que deba presentarse con decencia ante la primera
autoridad de la Isla. No era, pues, mucho tomarle, a primera vista, por
un gran personaje. Adems, habiendo servido en la milicia nacional
durante el sitio de Cdiz por el ejrcito francs en 1823, haba
adquirido aire militar, al que daba mayor realce el cabo de una cinta
roja con crucecita de oro, que sola llevar en el segundo ojal del frac
negro. Luego que Madrazo se reuni con sus amigos, Maero se volvi de
pronto y a su cabeza march derecho a la entrada del palacio.

Repar entonces en l la centinela, cuadrse, present el arma y grit:

--La guardia! El Excelentsimo Seor Intendente.

Armronse en un instante los soldados de faccin con su caa hueca,
psose a su cabeza el oficial con la espada desnuda, y la caja empez a
tocar llamada. El grito de la centinela y el movimiento de los soldados
llamaron la atencin de Maero y de sus amigos, los cuales, a fin de
despejar el campo, apresuraron el paso; pero como les presentasen armas
y el oficial hiciese el saludo de ordenanza, comprendieron que uno de
ellos, el que marchaba delante, haba sido tomado por el Superintendente
de Hacienda, don Claudio Martnez de Pinillos, con quien, en efecto,
tena alguna semejanza. No tard, sin embargo, en reconocer el error el
oficial de guardia, y en su enojo mand relevar la centinela y que
guardara arresto en el cuartel, por el resto del da.

Los cuatro amigos entonces, reprimiendo la risa para no excitar ms la
clera del teniente de faccin, emprendieron la subida de la ancha
escalera del palacio. Una vez en los espaciosos corredores, a la
desfilada y con sombrero en mano, se dirigieron a la puerta del saln
llamado de los Gobernadores. En ella estaba constituido un negro de
aspecto respetable, quien a la vista de los extraos que se acercaban,
se puso en pie y se les atraves en el camino, como para pedirles el
santo y sea.

En pocas palabras le manifest Maero el objeto de la embajada; pero
antes que el negro replicase, se present un ayudante del Capitn
General, e inform que S. E. no se hallaba en el palacio sino en el
patio de la Fuerza, probando la calidad de un par de gallos finos o
ingleses que haba recibido de regalo de la Vuelta-Abajo recientemente.

--No tengan Vds. reparo en ir a verle all, si urge el asunto que les
trae a su presencia, aadi el ayudante notando la incertidumbre de los
recienvenidos; porque S. E. suele dar audiencia en medio de sus gallos
de pelea, hasta al general de marina, a los cnsules extranjeros...

Aunque la cosa urga sin duda, pues iba a reunirse pronto la comisin
mixta para dar un fallo decisivo sobre si eran buena presa el bergantn
_Veloz_ y su cargamento, o no, gran alivio experimentaron Gmez Madrazo
y Gamboa especialmente, as que se convencieron de que poda verificarse
la entrevista con el Capitn General algo despus y en sitio menos
aristocrtico e imponente que su palacio. Entre la Fuerza y la
Intendencia de Hacienda, detrs de los pabellones en que ms adelante se
estableci la escribana de la misma, haba y hay un patio o plaza,
dependencia del primero de estos edificios, donde el Capitn General don
Francisco Dionisio Vives haba hecho construir en toda forma una _valla_
o reidero de gallos con su piso de serrn, galera de bancos para los
espectadores, en suma, una verdadera _gallera_. All se cuidaban y se
adestraban hasta dos docenas de gallos ingleses, que son los ms
pugnaces, producto de cras famosas de la Isla y regalos todos que de
tiempo en tiempo haban hecho al general Vives individuos particulares,
bien conocida como era de todos su aficin a las rias de esa especie. Y
all tenan efecto tambin stas de cuando en cuando, sobre todo,
siempre que se le antojaba a S. E. obsequiar a sus amigos y subalternos
con uno de esos espectculos que, si no brbaro como el de las corridas
de toros, no dejan de ser crueles y sangrientos.

El individuo a cuyo cargo corra el cuidado y doctrina de los gallos del
Capitn General de Cuba, era hombre de historia, como suele decirse. Le
llamaban Padrn. Haba cometido un homicidio alevoso, segn decan unos;
en defensa propia segn otros; lo cierto es que, preso, encausado y
condenado a presidio en La Habana, mediante los ruegos y
representaciones de una hermana suya, joven y no mal parecida, y la
influencia del Marqus don Pedro Calvo, que le abrigaba y protega,
vista su habilidad en el manejo de los gallos finos, Vives le hizo
quitar los grillos y le llev al patio de la Fuerza donde, a tiempo que
cuidaba de la gallera de S. E., poda cumplir el trmino de su condena,
sin el mal ejemplo ni los trabajos del presidio. Quieren decir que
Padrn haba cometido otras picardihuelas adems del homicidio dicho y
que los parientes del muerto haban jurado eterna venganza contra el
matador. Pero quin se atreva a sacarle del patio de la Fuerza, ni del
amparo del Capitn General de la Isla? Padrn, pues, el penado Padrn,
sin hiprbole, se hallaba all protegido por una doble fuerza.

En el patio de aqulla de que ahora hablamos, se presentaron sin
anunciarse, con sombrero en mano y el cuerpo arqueado, en seal de
profundo respeto, nuestros conocidos, los asendereados tratantes en
esclavos, Maero y amigos. Ya los haban precedido en el mismo sitio
varios personajes de cuenta, entre otros el comandante de marina
Laborde, el mayor de plaza Zurita, el teniente de rey Cadaval, el
coronel del regimiento Fijo de La Habana Crdoba, el castellano del
Morro Molina, el clebre mdico Montes de Oca, y otros de menor cuanta.
Con excepcin de Laborde, Cadaval, Molina y un negro joven que cea
sable y luca dos charreteras doradas en los hombros de su chaqueta de
pao, los dems se mantenan a respetable distancia del Capitn General
Vives, quien a la sazn se hallaba arrimado a un pilar de madera que
sostena el techo de la valla por la parte de fuera de las graderas.

La atencin de este personaje estaba toda concentrada en las carreras y
revuelos de un gallo cobrizo y muy arriscado, al cual Padrn provocaba
hasta el furor, dejando que otro gallo que tena por los encuentros en
la mano izquierda le pegara de cuando en cuando un picotazo en la cabeza
rapada y roja como sangre. Vesta Padrn a la usanza guajira, quiere
decirse: de camisa blanca y pantaln de listas azules ceido a la
cintura por detrs con una hebilla de plata, que recoga las dos tiras
en que remataba la pretina. No sabemos si por dolencia, por abrigo o por
costumbre, tena la cabeza envuelta en un pauelo de hilo a cuadros,
cuyas puntas formaban una lazada sobre la nuca. Los zapatos de vaqueta
apenas le cubran los pies pequeos y el empeine arqueado como de mujer,
y sin calcetines. Por respeto sin duda al Capitn General, sujetaba el
sombrero de paja con la mano derecha, apoyada por el dorso en la
espalda. Era de talla mediana, enjuto, musculoso, fuerte, plido, de
facciones menudas, y poda contar 34 aos de edad.

No era mucho ms aventajada la talla del Capitn General don Francisco
Dionisio Vives, el cual vesta frac negro de pao, sobre chaleco blanco
de piqu, pantalones de mahn o nankn y sombrero redondo de castor,
siendo el nico distintivo del rango que ocupaba en el ejrcito espaol
y en la gobernacin poltico-militar de la colonia, la ancha y pesada
faja de seda roja con que se cea el abdomen por encima del chaleco. Ni
en su aspecto ni en su porte haba nada que revelara al militar. En la
poca de que hablamos poda tener l cincuenta aos de edad. Era de
mediana estatura, como ya se ha indicado, bastante enjuto de carnes,
aunque de formas redondeadas, como de persona que no haba llevado una
vida muy activa. Tena el rostro ms largo que ancho, casi cuadrado; las
facciones regulares, los ojos claros, el cutis fino y blanco, el cabello
crespo y negro todava, y no llevaba bigote, ni ms pie de barba a la
clrigo. S, aquel hombre no tena nada de guerrero, y, sin embargo, su
rey le haba confiado el mando en jefe de la mayor de sus colonias
insulares en Amrica, precisamente cuando parecan ms prximos a
romperse los tenues y anmalos lazos que an la tenan sujeta al trono
de su metrpolis.

Aunque la traicin de don Agustn Ferrety haba puesto en manos de Vives
sin mayor dificultad los principales caudillos de la conspiracin
conocida por los _Soles de Bolvar_ en 1826, muchos afiliados de menos
metas, si bien no menos audaces, pudieron escapar al Continente y desde
all, por medio de emisarios celosos, mantenan viva la esperanza de los
partidarios de la independencia en la Isla y llevaban la zozobra al
nimo de las autoridades de la misma.

La prensa haba enmudecido desde 1824, no exista la milicia ciudadana,
los ayuntamientos haban dejado de ser cuerpos populares, y no quedaba
ni la sombra de libertad, pues por decreto de 1825 se declar el pas en
estado de sitio, instituyndose la Comisin Militar permanente. El paso
repentino de las ms amplias franquicias a la ms opresiva de las
tiranas, fue harto rudo para no engendrar, como engendr, un profundo
descontento y un malestar general, con tanto ms motivo cuanto que en
los dos cortos perodos constitucionales el pueblo se haba acostumbrado
a las luchas de la vida poltica. Privado de esa atmsfera acudi con
ms ahinco que antes a las reuniones de las sociedades secretas, muchas
de las cuales an existan a fines del ao de 1830, no habindolas
podido suprimir el gobierno con la misma facilidad que haba suprimido
las garantas constitucionales. La conspiracin fue desde all un estado
normal y permanente de una buena parte de la juventud cubana. Tomaba
creces y se extenda a casi todas las clases sociales la agitacin ms
intensa en las grandes poblaciones, tales como La Habana, Matanzas,
Puerto Prncipe, Bayamo y Santiago de Cuba.

En todas ellas hubo ms o menos alborotos y demostraciones de
resistencia, porque tard algn tiempo antes que el pueblo doblara la
cerviz y se sometiera al yugo de la tirana colonial. Numerosas
prisiones se haban efectuado en todas partes de la Isla, saliendo de
ellas para el extranjero cuantos pudieron eludir la vigilancia de la
polica, muy obtusa y de organizacin deficiente entonces.

A todas stas la metrpolis no tena marina de guerra digna de este
nombre; se reduca a unos pocos buques de vela viejos, pesados y casi
podridos. Con excepcin de La Habana, no haba verdaderas plazas
fortificadas. Muy escasa era la guarnicin veterana, y sobre escasa
haba cundido en sus filas la insubordinacin. Componase de cumplidos y
de capitulados de Mxico y Costa-Firme, y ni todos sus jefes generales
eran espaoles; los haba tambin naturales del pas o criollos en las
tres armas, y stos nunca podan inspirar confianza al ms suspicaz de
los gobiernos que ha tenido Espaa, si se excepta el de Felipe II.

Por otra parte, el desorden de la administracin de la colonia, la
penuria del erario, la venalidad y la corrupcin de los jueces y de los
empleados, la desmoralizacin de las costumbres y el atraso general, se
combinaban para amenazar de muerte aquella sociedad que ya vena
trabajada por toda suerte de males de muchos aos de desgobierno.
Durante los seis que dur el mando de Vives, ni la vida, ni la propiedad
estaban seguras, as en las poblaciones como en los campos. De stos se
enseoreaban cuadrillas de bandoleros feroces que todo lo ponan a
sangre y fuego. En los mares circunvecinos cruzaban triunfantes los
corsarios de las colonias que acababan de emanciparse y destruan el
mezquino comercio de Cuba. En las islitas adyacentes se abrigaban
piratas que para ejercer el contrabando apresaban los buques escapados
de los corsarios y, despus de robarles, mataban a los tripulantes y
hacan desaparecer toda huella del crimen con el fuego.

Tal era, en resumen, el estado de cosas en la isla de Cuba hasta bien
entrado el ao de 1828. Y es perfectamente claro que, sin la oficiosa
intervencin de los Estados Unidos en 1826, se habra llevado a efecto
la invasin de las dos Antillas espaolas por las fuerzas combinadas de
Mxico y de Colombia, de acuerdo con los planes de Bolvar y los deseos
de los cubanos, una diputacin de los cuales fue a encontrarle con ese
objeto cuando volva vencedor de los famosos campos de Ayacucho. Suceso
ste que, realizado, infaliblemente hubiera sido el golpe de gracia al
dominio espaol en el Nuevo Mundo. En tan crticas circunstancias, al
menos para neutralizar las maquinaciones de los enemigos de Espaa en
el interior de la colonia, se requeran las artimaas de un diplomtico
ms bien que la espada de un guerrero; un hombre de astucia y de doblez,
ms bien que de accin; un hombre de intriga, ms bien que de violencia;
un gobernante humano por poltica, ms bien que severo por ndole; un
Maquiavelo, ms bien que un duque de Alba, y Vives fue ese hombre:
escogido con grande acierto por el ms desptico de los gobiernos que ha
tenido Espaa en lo que va del presente siglo, para la gobernacin de
Cuba.

Mucho se alegr don Cndido Gamboa de encontrarse un conocido en el
grupo de los cortesanos que venan a saludar al Capitn General en su
gallera del patio de la Fuerza. El aspecto de ese sujeto no prevena
nada en su favor, porque sobre ser de baja estatura y raqutico, llevaba
la cabeza metida entre los hombros, tena la cara larga y el color
aceitunado, como la persona muy biliosa, siendo su desalio general,
casi repugnante. En sus ojos chicos y de hondas cuencas haba, sin
embargo, bastante para redimir las faltas y las sobras del cuerpo y del
semblante, haba fuego e inteligencia. Al saludarle don Cndido, le dio
el ttulo de Doctor.

--Cmo est Vd.? contest l en voz chillona y risa que bien pudiera
llamarse fra.

Para ello tuvo que levantar la cabeza, porque su interlocutor le sacaba
dos palmos, por lo menos, de altura.

--Bien, si no fueran los trotes en que sin quererlo me veo ahora metido.

--Y qu troles son esos? pregunt el Doctor como por mero cumplimiento.

--Toma! Pues no sabe Vd. que los perros de los ingleses _nos_ acaban
de apresar un bergantn bajo los fuegos del torren del Mariel, como
quien dice en nuestras barbas, so pretexto de que era un buque negrero,
procedente de Guinea? Pero esta vez se han llevado solemne chasco: el
bergantn no vena de frica, sino de Puerto Rico, y no con negros
bozales, sino ladinos.

--Qu me dice Vd.! Nada saba. Bien que con los enfermos, no tengo
tiempo aun para rascarme la cabeza, cunto ms para averiguar noticias
que no me tocan de cerca. Aunque si he de decir a Vd. la verdad, si a
alguno le causa perjuicio el celo exagerado de los ingleses es a m,
pues harta falta me hacen brazos para mi cafetal del Aguacate.

--Y a quin no le hacen falta? Eso es lo que todos los hacendados
necesitamos como el pan. Sin brazos se arruinan nuestros ingenios y
cafetales. Y tal parece que es lo que buscan esos judos ingleses, que
Dios confunda. No le parece a Vd., Doctor, que el Capitn General,
sobre este punto es de la misma opinin que nosotros?

--Hombre! Acerca de este particular no le he odo expresarse.

--Ya, pero pudiera ser que Vd. le hubiese odo declamar...

--Contra los ingleses? interpuso el Doctor. Mucho que s. Por cierto
que Tolm le carga y a duras penas le sufre sus impertinencias y
desmanes.

--Eso, eso, repiti Gamboa alegre. No en vano se dice que Vd. tiene vara
alta con S. E.

--S? Tal se corre? dijo el Doctor con muestras de que la especie
halagaba no poco su vanidad. Es cierto que le merezco a S. E. una buena
voluntad y aun distincin; pero nada de extrao tiene porque yo soy el
mdico de l y de su familia desde que vinieron de Espaa, y por otra
parte, es cosa sabida su llaneza. Me distingue bastante, mucho.

--Lo s, lo oigo repetir a distintas personas y por lo mismo, estaba
pensando, me ocurre, mejor dicho, que, como Vd. se prestase a ejercer su
influjo todava podramos jugarle una buena pasada a los ingleses y
dejarlos con tamao palmo de narices. Estoy seguro que tampoco le
pesara a Vd., amigo Doctor, el darnos la mano en este aprieto.

--No lo entiendo. Explquese Vd., don Cndido.

--Hgase Vd. el cargo, Doctor, que la expedicin apresada por los
ingleses, salvada ntegra, nos vale a nosotros los dueos de ella, por
lo bajo dieciocho mil onzas de oro, libres de polvo y paja. En caso de
perderse la mitad, todava nos deja una ganancia lquida de nueve mil,
que no es ningn grano de ans. Con que vea Vd. si podemos ser liberales
con el que nos ayude. Escogera Vd. mismo media docena de mulecones
entre la partida, que es de lo mejor que viene de la costa de Gallinas,
y no le costara sino el trabajo de...

--An no entiendo jota, seor don Cndido.

--Pues me explicar ms. La expedicin consta de unos 500 bultos, 300 de
los cuales es posible hacerlos pasar por ladinos importados de Puerto
Rico, habindose remitido a bordo, desde esta maana, sobre 400 mudas de
ropa de caamazo. Ahora bien, si S. E. es de parecer que tenemos
necesidad de brazos para cultivar los campos, y que no debe permitirse
que los ingleses destruyan nuestra riqueza agrcola, es claro que, como
haya quien le hable y le pinte bien el caso, no podr menos de ponerse
de nuestra parte. Una palabra suya al seor don Juan Montalvo, de la
comisin mixta, bastara a decidir el pleito en favor nuestro; y ya ve
Vd. si nos sera fcil ser liberales con... Adems, cinco o seis bozales
no van a ninguna banda, ni nos haran ms ricos ni ms pobres a nosotros
los armadores, que por todos somos ocho... Comprende Vd. ahora mi idea?

--Claro que s. Cuente Vd. con que pondr de mi parte cuanto est en mi
mano, aunque no me estimula tanto la oferta de Vd. como el deseo de
servirle y de contribuir al castigo de la ambicin y malas intenciones
de los ingleses. Supongo que Vd. viene a hablar con S. E. sobre el
asunto.

--Si, vengo a eso con mis amigos Gmez, Maero y Madrazo. Creo que Vd.
los conoce.

--Conozco de odas a Madrazo, cuyo ingenio de _Manimn_ est en la misma
jurisdiccin de Baha Honda que mi cafetal del Aguacate.

--Pues bien, ellos y los otros interesados estarn y pasarn por todo lo
que yo acuerde con Vd. Si Vd. cree que S. E. acepte un regalito de unos
cuantos centenares de onzas...

--Deje Vd. eso a mi cargo. Yo s como entrarle a S. E. Le hablar esta
noche misma. Vanle Vds. primero. Y ahora que me acuerdo, qu se hizo
de la chica aqulla?...

--Cul? No atino, dijo Gamboa ponindose colorado.

--Pobre memoria tiene Vd., segn parece. Bien que de eso hace ya algn
tiempo, pero Vd. estaba muy interesado, pues me recomend mucho la
asistencia de la chica.

--Ya se es otro cantar... En Paula...

--Cmo en Paula? Enferma?

--Peor que eso, Doctor. Creo que ha perdido el juicio sin remedio.

--Qu me cuenta Vd.! Tan joven?

--No tanto.

--Jovencita, digo. Veamos, qu tiempo hace? Diecisis o diecisiete
aos. Fue en 1812  1813. S, estoy seguro. No puede ser ms joven.

--Pues no se refera Vd. a la madre?

--Pregunto por la chica, la que conoc en la Real Casa Cuna. Prometa
ser un pimpollo cuando grande.

--Ya, acabramos para maana. El enredo nace de que tengo por chica
cualquier moza, como sea de pocos aos, y la madre, en rigor, no
pertenece a esa categora.

--Recordar Vd., dijo el Doctor, que yo no curaba a la mujer que Vd.
dice, sino Rosan, aunque me consult varias veces el caso. No tena
idea de que la enferma del callejn de San Juan de Dios tuviese nada
que ver con la chica de la Real Casa Cuna. Ahora me desengao. Padeca
de fiebre puerperal en combinacin con una meningitis aguda...

En este punto Gamboa cort bruscamente la conversacin y volvi a
reunirse con sus amigos, y Maero le pregunt:

--Qu ha sido ello? Gato encerrado?

--No, gata, replic Gamboa prontamente.

--Lo presuma, dijo Maero con naturalidad. T fuiste siempre aficionado
a las empresas gatunas. Pero quin es con mil de a caballo ese
hombrecito que llamas _Doctor_?

--Pues qu, no le conoces, hombre?... El Doctor don Toms de Montes de
Oca.

--Le haba odo mentar. No le haba visto la facha, sin embargo. Figura
asaz ridcula, y _ainda mais_...[37]

--Buen medido y diestra cuchilla.

--Dios me libre de sus manos.

--Es el que cura a la familia del Capitn General.

En este punto se not un movimiento en el grupo de las personas que
rodeaban a ese personaje ms de cerca, cesando desde luego los dilogos
en voz baja de las ms distantes. Padrn haba llevado los gallos a sus
respectivas casillas, y Vives saludaba afectuosamente a Laborde, a
Cadaval, a Zurita, a Molina y a Crdoba, pasando de uno a otro hasta que
lleg al joven negro, arriba mencionado, a quien dijo, sin darle la mano
ni ms saludarle:

--Tond, presntate en Secretara a recibir rdenes.

Tenemos que hacer un parntesis en este punto, para decir dos palabras
acerca de Tond. Era el protegido del Capitn General Vives, quien le
sac de la milicia de color donde tena el grado de teniente, y despus
de ascenderle a capitn, previa la venia de S. E. el rey, de facultarle
para usar el don y ceir sable, le dio comisin para perseguir
criminales de color en las afueras de la ciudad, sin duda por aquello de
que no hay peor cua que la del mismo palo.

Y en este caso, como en otros muchos que pudieran citarse, se echaron
bien de ver el tacto y tino con que sola Vives escoger sus hombres.
Parece ocioso agregar que el protegido lleg en breve a distinguirse por
su actividad, celo y astucia en la averiguacin de los crmenes, la
persecucin y captura de los criminales. En estas empresas difciles
cuanto riesgosas, le ayudaron mucho su juventud y robustez, su
presencia, que era gallarda, su educacin regular, sus finas maneras y
modesto porte, en fin, su valor sereno, que a veces llevaba hasta la
temeridad; prendas stas que al paso que le ganaron la admiracin de las
mujeres, le dieron ascendencia mgica en el nimo fantasioso de las
gentes de su raza. Y como a menudo acontece con los personajes
novelescos, el pueblo le compuso y dedic canciones y danzas alusivas a
sus hechos ms notables, y le dio un apodo que de tal modo ha
oscurecido, apagado su nombre patronmico, que hoy, al cabo de cuarenta
aos, slo podemos decir que le llamaban Tond.

Empleado activo y leal, tard en cumplir la orden recibida lo que tard
en pasar del patio de la Fuerza a los entresuelos del palacio de la
Capitana General. Desempeaba entonces la secretara poltica don Jos
M. de la Torre y Crdenas. Este, aunque recibi a Tond con semblante
risueo, no le brind asiento, ni a derechas contest a su respetuoso
saludo; slo se ocup de decirle que en la noche anterior, por parte del
Comisario del barrio de Guadalupe, Barredo, se saba que se haba
cometido un crimen atroz en la calle de Manrique esquina a la de la
Estrella, y que S. E. deseaba se hiciese la pronta averiguacin del
hecho, a fin de descubrir el autor o autores, y se pudiera perseguirlos
sin descanso hasta capturarlos y entregarlos a los tribunales; porque
estaba empeado en hacer un sealado escarmiento.

Enseguida le lleg su turno a los de la comisin, y Maero expres su
embajada lisa y llanamente, reducida a decir que no proceda en ley ni
en justicia se declarase buena presa, si se declaraba por la comisin
mixta, la del bergantn _Veloz_, ahora mismo en el puerto de La Habana,
aunque traa un cargamento de negros, pues como atestaban sus papeles,
despachados en toda forma, vena de Puerto Rico y no de las costas de
frica directamente; y aun cuando se considerase contrabando el trfico
en esclavos con esta ltima, no lo era respecto de la primera, que por
fortuna an perteneca, al par de Cuba, a la corona de S. M. el rey de
Espaa e Indias, don Fernando VII, Q. D. G.

Sonriose el General Vives y dijo al postulante que le presentara un
memorial expresivo de todas las razones y hechos alegados, que l lo
pasara a la comisin mixta con los papeles del buque; que ya tena
noticias de lo ocurrido, por boca del mismo cnsul ingls, el cual se le
haba presentado antes de la hora de audiencia en compaa del
comandante del apresador, el Lord Clarence Paget, y aadi con cierta
severidad de tono y de semblante:

--Reconozco, seores, la injusticia y los daos que nos ocasiona un
tratado por el cual se concede a Inglaterra, la enemiga natural de
nuestras colonias, el derecho de visita sobre nuestros buques mercantes;
pero los ministros de S. M. en su alta sabidura tuvieron a bien
aprobarlo, y a nosotros, leales sbditos, slo nos toca acatar y
obedecer el mandato del augusto monarca Q. D. G. Y se me figura,
seores, que si Vds., estn dispuestos a respetar el tratado, no lo
estn ni poco ni mucho a cumplirlo. En vano me hago de la vista gorda
respecto de lo que Vds. hacen da tras da (seores, cuando hablo as no
me refiero a Vds., personalmente, sino a todos los que se ocupan en la
trata de frica), que segn va la cosa, no pararn hasta meter sus
expediciones en Banes, en Cojmar, en los Arcos de Canas y aun en este
mismo puerto. En vano he hecho cerrar y derribar los barracones del
Paseo, que Vds. no escarmientan y siguen introduciendo sus bozales en
esta plaza, persuadidos, sin duda, que no hay mejor mercado para esa
mercanca. En tal momento no se acuerdan Vds., del pobre Capitn
General, contra quien el cnsul ingls endereza sus tiros, porque no
bien entra aqu un saco de carbn, como Vds. dicen, cuando l lo huele y
viene hecho un energmeno a desahogar conmigo su mal humor.

--Ea! Vayan Vds., con Dios y otra vez sean ms prudentes. Y a propsito
de prudencia: ayer tarde vino a m un joven dependiente de una casa de
comercio para quejarse de que a la luz del da, en la plaza de San
Francisco, le haban arrebatado un saco de dinero de su principal. Cabe
mayor imprudencia que la de ir por la calle enseando el dinero a todo
el mundo y tentando a la gente de mala ndole? Tambin se me quej de
que al oscurecer del da de ayer, dos negros con pual en mano le
pararon cerca de la estatua de Carlos III y le desvalijaron de cuanto
llevaba encima de valor, el reloj, etctera. Si Vd. hubiera tenido un
tantico de prudencia, le dije, no se habra expuesto a perder la vida
atravesando sitio tan solitario como ese del Paseo, a la entrada de la
noche, hora que escoge la gente mala para cometer sus fechoras. Aprenda
de m que no salgo de noche a la calle. Lo mismo digo a Vds.: no se
metan en las garras de los ingleses y salvarn sus expediciones, ni
comprometan la honra del Capitn General. La prudencia es la primera de
las virtudes en el mundo.




CAPTULO IX

     _En ti pensaba y en aquel instante
      Me mandaba llorar naturaleza._

         JOS MARA HEREDIA


Personaje de ms cuenta de lo que nadie puede imaginarse era en casa de
Gamboa su Mayordomo don Melitn Reventos. Tena en el manejo general
econmico ms voz que su amo, y a las veces se hombreaba en ese terreno
con doa Rosa.

Pero donde ejerca un poderoso imperio era entre los esclavos. Corra
con su provisin de vestuario y de alimentos, tanto de los del servicio
domstico en La Habana, como de los de las fincas rurales. Para con los
primeros, sobre todo, se daba los aires de seor; ms que eso, de
dspota. Haca, sin embargo, respecto de stos, dos excepciones el feroz
Mayordomo. En primer lugar, no gustaba de estrechar lance con el
calesero Aponte. No ya slo era hombre serio y temible sino que
perteneca al hijo mimado de la casa, el cual no quera delegar en nadie
el derecho de castigarle.

Tampoco tena don Melitn malas obras ni malas palabras para Dolores.
Lejos de eso, para ella reservaba sus sonrisas, sus agasajos y
atenciones. De cuando en cuando la haca regalos de pauelos y dijes,
que la muchacha aceptaba sin reparo, aunque para usarlos tuviese que
mentir a sus seoritas; porque, despus de todo, no halagaba poco su
vanidad el que un hombre blanco emplease con ella tales galanteras.

No tenan origen estas distinciones del Mayordomo en favor de Dolores en
la circunstancia de que era la doncella de las seoritas de la casa,
tratada por ello con ciertas consideraciones por toda la familia, no;
tenan diverso origen, procedan de los mritos de la moza como mujer:
joven, bien formada y bonita para negra.

Aquel da en que por llegar tarde de su comisin al bergantn _Veloz_,
almorzaba don Melitn a la cabecera de la mesa en el comedor, con todos
los aires de amo, servido atentamente por Tirso, acert a pasar Dolores
y tropezar con su codo en los momentos en que se llevaba un vaso de vino
a la boca. Fuese aquello por casualidad o de hecho pensado, el Mayordomo
se aprovech de la ocasin para pegarle un pellizco en el desnudo y bien
torneado brazo.

--Ay, don Melitn! exclam ella sin alzar la voz, aunque llevndose la
mano al punto dolorido.

--Ay, Dolores! remed l lleno de risa.

--Eso duele, agreg la muchacha.

--Ca! No hagas caso. Si todava te he de libertar.

Dolores hizo con la boca el ruido onomatopyico que llaman frer un
huevo, cual si no creyera ni jota en la sinceridad de las ltimas
palabras del Mayordomo. No obstante, harto dulce es el nombre de la
libertad para que la joven esclava cerrase el odo a la promesa y el
corazn a la esperanza de verla realizada, fuera el que fuese el
sacrificio que la exigiese el donante. De cualquier modo, siguiola l
con la vista hasta que traspas el arco del patio, y entonces murmur:

--Esta todava se casa con el bribn de Aponte. Sera una lstima!

Mara de Regla, mencionada al principio de esta historia, tuvo Dolores
de su unin legtima con Dionisio el cocinero, quince aos antes de la
poca actual. Contemporneamente tuvo doa Rosa a Adela, su hija menor,
la cual entreg a Mara de Regla para que se la lactase, por no sentirse
ella en condiciones para desempear por entonces aqul, el ms dulce de
los deberes de madre. Por supuesto, para llenar encargo tan delicado,
necesario se hizo destetar a Dolores y criarla con leche de cabra o de
vaca, aparte enteramente de la hija de su seora y ama.

Prohibisele explcitamente a Mara de Regla el dividir sus caricias y
el tesoro de su seno entre las dos nias, siquiera el tomarlas juntas en
brazos. Pero aunque esclava, temerosa del castigo con que la haban
amenazado, era madre, quera a su propia hija entraablemente, quizs
ms por lo mismo que no la permitan criarla; as que siempre que las
otras esclavas le proporcionaban la ocasin, tarde de la noche y fuera
del alcance de la vista de los amos, se pona ambas nias a los pechos y
las amamantaba con imponderable delicia. La robustez de la nodriza, al
parecer sin detrimento ni desmedro, provea ampliamente a aquella doble
lactancia. Cribanse las dos hermanas de leche sanas y fuertes. Mara de
Regla no haca diferencia entre ellas, y as en la mayor armona habra
corrido su infancia si tan luego como empez a disminuir el sustento no
trataran de disputrselo y armar llanto, en especial la blanca, no
acostumbrada a semejante divisin.

Al cabo, atrada una noche doa Rosa por el llanto de su hija,
sorprendi a la nodriza dormida entre las dos nias, que, con ambos
brazos extendidos, se impedan el mutuo goce del delicioso lquido. Qu
hacer en aquellas circunstancias? Castigar a la esclava en el acto por
su desobediencia? Cambiar de nodriza? Tan malo sera lo uno como lo
otro, pens doa Rosa. Lo primero, porque el castigo envenenara la
leche de la esclava; y lo segundo, porque en el octavo mes de la
lactancia, el cambio repentino producira resultados no menos fatales a
la salud y tal vez a la existencia de Adela. Tan perpleja estaba que
consult a su marido, quien, hombre violento si los hay, aconsej la
prudencia y el disimulo hasta ocasin ms oportuna. Descubierta su
primera falta, dijo l, no es probable que Mara de Regla reincida. De
cualquier modo, as continuaron las cosas por un ao y medio ms, al
cabo de cuyo tiempo, el da menos pensado, se le orden al Mayordomo
echara por delante a la _criandera_ y la embarcara a bordo de una goleta
que haca viajes de La Habana al Mariel, dejndola en el ingenio de _La
Tinaja_, bien recomendada al Mayoral. All se hallaba de enfermera el
ao de 1830, es decir, purgando la culpa de ser madre amorosa, cometida
trece aos antes de esa fecha.

Que la esclavitud tiene fuerza de trastornar la nocin de lo justo y de
lo injusto en el espritu del amo; que embota la sensibilidad humana;
que afloja los lazos sociales ms estrechos; que debilita el sentimiento
de la propia dignidad y aun oscurece las ideas del honor, se comprende;
pero que cierre el corazn al amor de padres o de hermanos a la simpata
espontnea de las almas tiernas, he aqu lo que no se ve a menudo. No
es, pues, extrao que Mara de Regla sintiese en lo profundo del pecho
su separacin a un tiempo de la hija, del padre de sta y de Adela
misma, para pasar el resto de sus das en el destierro del ingenio _La
Tinaja_.

En el cdigo no escrito de los amos de esclavos no se reconoce
proporcin ni medida entre los delitos y las penas. Es que no se castiga
por corregir, sino por desfogar la pasin del momento; de que resulta
que casi siempre se le apliquen al esclavo varias penas por un solo
delito. Luego, llova sobre mojado, como vulgarmente se dice, en el caso
de Mara de Regla. Su destierro de La Habana, la separacin de la hija y
del marido, quizs para no verlos ms en la vida, el cambio de ocupacin
de ama de leche en la ciudad por el de enfermera en el campo, el
traspaso de dependencia bajo el capricho del Mayordomo en aqulla, al
del Mayoral en el ingenio, en concepto de doa Rosa no bastaban a purgar
la culpa de su triste esclava.

No haba logrado averiguar esa seora a ciencia cierta de quin era la
nia que haba estado lactando Mara de Regla, cosa de ao y medio antes
de haber dado a luz a Dolores. Lo nico que pudo sacar de don Cndido
fue que el mdico Montes de Oca la haba contratado para lactar a la
hija ilegtima de un amigo, cuyo nombre no deba revelarse. El precio
del alquiler, dos onzas de oro, las recibi doa Rosa mes tras mes, con
la mayor puntualidad mientras dur la lactancia, por mano de don
Cndido. Esto poco no pudo bastar a satisfacer sus celos, antes fue a
sembrar fuertes sospechas en su nimo, siendo el misterio motivo
constante de quejas y disgustos entre ella y su marido, y, por rechazo,
de gran preocupacin, que a veces rayaba en odio, contra Mara de Regla.

Por fortuna, tales ejemplos de injusticia y de crueldad ocurrieron
cuando ambas nias no tenan uso de razn, y como crecieran juntas, como
en realidad mamaran una misma leche, no obstante su opuesta condicin y
raza, se amaron con amor de hermanas. Adela entr en aos y concurri a
una escuela de nias poco distante de su casa en compaa de su hermana
Carmen, a donde Dolores les llevaba los libros junto con la fruta y el
refresco a medio da, y a las tres de la tarde las acompaaba en su
vuelta a la casa. Carmen y Adela alcanzaron la edad de la pubertad,
Dolores antes que ellas, y en dejando la escuela no se les separaba sta
ni de da ni de noche. Las vesta, las peinaba, les lavaba los pies a la
hora de acostarse; durante el da cosa al lado de sus seoritas, y de
noche, bien dorma en el duro suelo al lado de la cama de Adela, bien en
el cuarto inmediato sobre la rgida tarima, a la vista de otra criada,
la ms anciana de la servidumbre.

Dolores y Tirso eran hermanos uterinos. La primera, nacida en La Habana,
sali negra, porque a esa raza perteneca su padre; el segundo, nacido
despus en el ingenio La Tinaja, sali mulato, porque su padre, fuera el
que fuese, era de la raza blanca. De aqu provena el que ellos no se
viesen como tales hermanos, y que Mara de Regla quisiese ms a Tirso,
que mejoraba la condicin, que a Dolores, la cual perpetuaba el odioso
color, causa aparente y principal, crea ella, de su inacabable
esclavitud. Pero aun en este particular estaba Mara de Regla condenada
a ver defraudadas sus ms risueas ilusiones de madre. Tirso, su
preferido, no la quera, mas se avergonzaba de haber nacido de negra,
enfermera del ingenio por aadidura. Al contrario, Dolores adoraba en su
madre. Cada vez que llegaba a sus odos la noticia del mal trato que le
daban en _La Tinaja_, era motivo de amargo llanto para ella y para
suplicar a Adela la hiciese venir a La Habana y la sacase de aquel
purgatorio donde la tenan penando, haca tanto tiempo, slo por haber
dado de mamar a la vez a su propia hija y a la hija de sus amos. Senta
Adela la fuerza de estas dolorosas quejas, y, no obstante sus pocos aos
y muchas distracciones, oyendo continuamente, en el silencio de la
noche, ella acostada y Dolores de rodillas junto a su cama, la triste
historia de los trabajos y padecimientos de Mara de Regla en el
ingenio, se conmova hasta verter lgrimas, y entre bostezo y bostezo la
prometa que al da siguiente hablara a doa Rosa sobre el asunto. As
se quedaban dormidas muchas veces aquellas hermanas de leche, casi
siempre con las mejillas an hmedas del llanto.

Mas suceda que al da siguiente no encontraba Adela ocasin favorable
para hablarle a su madre, seora algo seria con sus hijos, con la sola
excepcin de Leonardo, el nio mimado de la casa, y harto severa con los
esclavos. De esta manera se pasaba el tiempo. Una tarde, al fin,
mientras se hallaba Adela recostada en el sof de la sala por un ligero
dolor de cabeza, como se le acercase la madre, se le sentase al lado y
empezase a pasarle la mano por la frente, en son de acariciarla o por
mera distraccin, cobr nimo la joven, y agarr la ocasin por los
cabellos, cual suele decirse:

--Quisiera pedirte un favor, mam; dijo con voz trmula por la emocin o
el temor.

Por breve rato no contest palabra doa Rosa; slo mir a su hija, entre
sorprendida y pensativa. Esto aument la turbacin de Adela, quien, no
embargante, aadi a la carrera:

--T no me vas a decir que no.

--Ests enferma, nia, dijo doa Rosa secamente. Tranquilzate. Y se
levant para marcharse.

--Un favor, mam. Escucha un momento, prosigui Adela, ya con los ojos
humedecidos, deteniendo a su madre por la falda.

Esta volvi a sentarse, tal vez porque le llamaron la atencin las
palabras, y ms la actitud de su hija, indicativas todas de
extraordinaria agitacin y zozobra.

--Vamos, te escucho. Di.

--Pero t no te negars a mi ruego.

--No s qu quieres de m; mal puedo decir de antemano si me negar o
no. Supongo, sin embargo, que es una de tus boberas. Acaba.

--No crees t, mam, que ya Mara de Regla ha purgado la culpa?...

--No lo dije? la interrumpi doa Rosa enojada. Y para esa necesidad
me detienes y me ruegas que te oiga? Ni quin te ha dicho que esa negra
est purgando culpa alguna?

--Por qu la tienen tanto tiempo en el ingenio?

--Y dnde estara mejor la muy perra?

--Jess, mam! Me duele que hables as de quien me cri.

--Ojal que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes t cunto me ha
pesado la hora en que te puse en sus manos. Pero bien sabe Dios que lo
hice a no poder ms. No me hables de Mara de Regla, no quiero saber de
ella.

--Crea que la habas perdonado.

--Perdonado! perdonado! repiti doa Rosa alzando la voz. Jams! Para
m ya ella ha muerto.

--Qu te ha hecho para tanto rigor?

--Quin la trata con rigor?

--Te parecen pocos los trabajos del ingenio? El maltrato que le dan?

--No s yo que la maltraten ms de lo que ella merece.

--Pues todos dicen que s.

--Quines son esos todos?

--Uno de ellos creo que ha sido el patrn Sierra que estuvo aqu la
semana pasada, cuando vino por las _esquifaciones_ para el ingenio.

--Lo que extrao es que el patrn hablase contigo.

--Yo no, mam, sino otra persona, y como saben lo que quiero a Mara de
Regla, me contaron lo que ella deca. Me han afligido mucho las cosas
que all le pasan, y quisiera, de veras, que t hicieras algo por ella y
por m. Me ruega le sirva de madrina y haga que la saquen del ingenio...

--Adela, dijo doa Rosa afectada con el tono de ingenuidad y de
exquisita ternura de su hija. Adela, t no sabes el sacrificio que
exiges de m. Pero se acercan las Pascuas, toda la familia ir al
ingenio y ya veremos lo que puede hacerse con esa negra de Barrabs.
Debo advertirte, sin embargo, que no esperes me ablande de pronto y sin
madura reflexin. Esa negra est perdida y muy sobre s. Lejos de
arrepentirse y enmendarse, como esperaba, para lavarse de la culpa de su
desobediencia a mi expreso mandato, la ha hecho peor desde su llegada a
_La Tinaja_. Va para doce aos que la tengo all, y cada vez me traen
ms quejas de ella y oigo cosas ms escandalosas. El Administrador que
tenamos all trinaba con la negra. Yo no te haba dicho nada, hija,
porque no se haba ofrecido la ocasin; pero me parece que ya Mara de
Regla no puede vivir con nosotros. Sera un mal ejemplo para ti, para
Carmen y aun para la misma Dolores. Desde que entr en el ingenio, entr
all la guerra civil; de cuyas resultas ha habido que cambiar a menudo
de mayordomos, de mayorales, de maestros de azcar, de carpinteros, en
fin, de cuantos tienen la cara blanca, pues no parece sino que la
maldita negra tiene un encanto para los hombres o que todos ellos son
fciles de infatuarse con cualquiera que lleva tnico. Tirso es una
acusacin viva contra la moralidad de Mara de Regla, pues su padre fue
un carpintero vizcano que tuvimos hace tiempo en _La Tinaja_... Los
_bocabajos_ que ha llevado no la han corregido...

Las ltimas palabras de doa Rosa estremecieron a Adela de pies a
cabeza, pues a pesar de los lamentos de Dolores, ignoraba que le
hubiesen impuesto a su adorada ama de leche otro castigo que el dursimo
del destierro de La Habana y de las personas que ms quera en el mundo.
Pareciole or el chasquido del ltigo, los gritos de la vctima y el
crujido de las carnes; se llen de horror, se cubri la cara con ambas
manos, y por entre sus dedos de rosa saltaron dos lgrimas como dos
gotas de roco, y fueron a estrellarse en su casto y agitado seno,
exclamando solamente.

--Pobrecita!

Conoci entonces doa Rosa que haba ido muy lejos, y apresuradamente
aadi:

--Lo ves? T tambin ests infatuada con la negra. Por desgracia te dio
de mamar, debes de tenerle algn cario, lo comprendo; no obstante, es
preciso que reconozcas que es muy mal empleado y ya te convencers que
ella no merece tu compasin. Espera: de aqu a Navidad no va mucho. Ya
veremos el medio de arreglar lo que haya de hacerse.

De todos modos aquella era una esperanza, que Adela tard en impartirle
a su hermana de leche lo que tard la madre en alejarse de su lado.
Dolores no saba ms que amar a su joven seorita, siendo todava muy
joven para amar a otra persona de contrario sexo, y haca esfuerzos
constantes para identificarse con ella, imitar el tono de su voz, sus
modos, su aire de andar y de llevar el traje, sus coqueteras; de manera
que los compaeros de esclavitud, cuando queran decirle algo que la
complaciera mucho, la llamaban all entre ellos: Nia Adela.




CAPTULO X

     _--Ya s lo que me pides,
     Llvate en l mi corazn y... toma._

     RAMN MAYORGA


Promediaba el mes de noviembre de 1830. Los vientos del norte ya haban
arrojado sobre las playas cubanas las primeras aves de paso de la
Florida, probando as que se haba adelantado el invierno en el opuesto
continente. El mar a menudo se hinchaba y con bramidos atronadores
rompa contra los arrecifes de las costas que sembraba por largo trecho
de blanca espuma, de conchuelas y sedimentos salinos.

A las cuatro de la maana no haba bastante claridad en las calles de La
Habana, ni a cierta distancia se reconocan las personas, excepto
aqullas, pocas en verdad, que llevaban un farolito encendido
balancendose en la mano, mientras a paso acelerado se dirigan, bien a
los mercados, bien a los templos; en algunos de los cuales se oa a
medias el rgano con que las monjas o los frailes acompaaban el canto
de los maitines.

Haca an noche, decimos, y ya don Cndido Gamboa, en su bata de zaraza
y gorro de dormir, se hallaba asomado al postigo de la ventana de la
calle, abrigado tras de la cortina de muselina blanca, en espera de _El
Diario de la Habana_, o para respirar aire ms libre que el pesado de la
alcoba.

A poco ms empez a orse el ruido, al principio sordo, despus ms
vivo, de los pasos de alguien que se acercaba de la parte de la Plaza
Vieja. Hacia all torn los ojos don Cndido; mas no vino a salir de
dudas hasta que tuvo delante la persona en cuestin. Vesta traje de
caamazo, compuesto de una especie de chal para cubrirse la cabeza y de
la falda corta que cea a la cintura con una correa de cuero larga y
negra. Contribua adems a disfrazarla, el color cobrizo mate del
rostro, propio de los mulatos, mayormente cuando van para viejos, que le
daba la apariencia de mujer de la raza india.

--Buenos das, seor don Cndido, le dijo en tono gangoso.

--Tngalos muy buenos la _sea_ Josefa, contest l procurando bajar la
voz. Temprano ha madrugado.

--Qu quiere el seor? Quien tiene cuidados no duerme.

--Pues, qu se ofrece de nuevo? Al grano.

--Se ofrece mucho y me pareci que si me dilataba hasta la venida del
da, la cosa no tena remedio.

--Entiendo. La orden que se ha dado el otro da por la Capitana General
sobre pordioseros y locos trae aqu a _sea_ Josefa. La esperaba.

--Lo acert el seor. No s como tengo vida, ni cuando acabarn mis
tribulaciones. Se crea al principio que slo iban a recoger a los
pobres y los locos que andan por las calles. Pero ayer por la tarde me
dijo la madre de Paula que hasta los locos en las casas privadas y en
los hospitales van a ser trasladados a San Dionisio o a una casa que han
fabricado en el patio de la Beneficencia. El seor podr calcular cmo
estar mi espritu con tal noticia. No he cerrado los ojos en toda la
noche. _Dende_ que se public la orden el corazn me anunci una
desgracia.

--Tal vez haya tiempo todava de remediarla.

--Quiralo Dios, mi seor, porque si en el hospital la muchacha sufre,
qu no ser cuando la lleven a San Dionisio, o a la casa nueva, all
por San Lzaro? Ah no hay quien la cuide ni haga por ella. La tratarn
a palos. Y yo que no haba perdido la esperanza de verla en su sano
juicio y cabal salud! Ahora mi pobre Charito ir por delante, yo por
detrs. Acabaremos de pena... Hgase la voluntad de la Virgen Santsima.

--Cree la _sea_ Josefa que se podr hacer algo de provecho en este
caso?

--Creo, mejor dicho, _sea_ Soledad, la madre del hospital, cree que si
hay una persona de influjo que le hable al _Contralor_, sujeto muy
caritativo y temeroso de Dios, se har de la vista gorda y no se
cumplir la orden por lo tocante a Charito. Todo depende de l. Tal vez
_haiga_ que buscar un mdico que d una certificacin. El _Contralor_ es
bueno como el pan, y quiere servir, lo _mesmo_ sea Soledad. Conque,
para que vea el seor...

--Entiendo, entiendo, repiti don Cndido pensativo. Digo a Vd., por lo
tanto, que he consultado a Montes de Oca, quien es de opinin lleven al
campo a la enferma y la hagan tomar baos de agua salada. Veremos lo que
puede hacerse...

Pero como sintiera pasos en el zagun, se interrumpi e hizo seas a la
anciana mulata para que se alejara a toda prisa.

El toque de diana primero y de seguidas el disparo de can a bordo del
navo _Soberano_ anclado junto al muelle de la Machina, estremeciendo
las ventanas del cuarto, hicieron despertar sobresaltado a Leonardo
Gamboa. Sac lumbre en el mechn de escarzo, y abriendo el reloj, vio
que eran las cuatro de la madrugada.--A tiempo, dijo entre s, y se
apresur a salir de la cama y vestirse. Para esto encendi una vela de
esperma, valindose de una pajuela, pues an no se conocan los cerillos
en La Habana.

Mientras se peinaba delante del tocador, solt de repente el peine de
carey, volvi a requerir el reloj, y murmur:

--Las cuatro y cuarto! Muy temprano todava y de aqu all no podr
echar arriba de quince minutos andando despacio. Ella me dijo que cerca
de las cinco... No sera mejor aguardar en la esquina? S, concluy
diciendo con resolucin. Y vestido y perfumado y con la caa de Indias,
sali de su cuarto y empez a bajar la escalera de piedra.

Apoybase con la mano izquierda en el barandal de cedro, cosa de no dar
pisadas recias; mas as que descendi al zagun, donde no haba tal
apoyo, antes reinaba gran oscuridad, por ms cuidado que puso, aunque no
tuviesen tacones sus zapatos de escarpn, hizo demasiado ruido, aquel
ruido sordo que se oye cuando uno camina por encima de un suelo hueco,
abovedado. No parece sino que se haban despertado de improviso todos
los ecos del zagun y de la sala vecina, donde l sospechaba que poda
estar su padre, madrugador por excelencia. Andando a tienta paredes,
tropez con el viejo calesero, quien, acostumbrado a la oscuridad, vio
venir desde luego al joven y le sali al encuentro para servirle de gua
y evitar que se diera de narices contra la llanta frrea de uno de los
carruajes.

--Po! Eres t? dijo l en voz muy baja. Abre.

--El amo est _asomao_ en la ventana de la calle, contest el negro.

--Diablos! Tiene cerrojo el postigo de la puerta?

--No, seor. _Dende_ que sali Dionisio _pa_ la plaza quit el _serojo_.

--Abre poco a poco.

No crujieron los goznes; pero ya don Cndido haba odo los pasos en el
zagun, y arrimado a la reja tronaba:

--Po, quin va?

--El nio _Lionar_, mi amo.

--Sal. Llmale. Detenle. Dile que yo le llamo. Corre, patas de plomo.

Entre tanto volva el esclavo no ces don Cndido de ir y venir, muy
desazonado, de la ventana de la calle a la reja del zagun y vice versa,
murmurando:

--A dnde ir el muy bribn a estas horas? A nada bueno por cierto.
All ha ido. Claro que s, por decontado. Le estoy mirando. Y no habr
dejado aquella santa mujer nadie al cuidado?... Tal vez no, lo ms
probable es que no. A ciertas gentes se les pasea el alma por el cuerpo,
se descuidan mucho, no toman precauciones y de aqu provienen las
desgracias... El demonio no ms podra imaginar un cmulo de
circunstancias... La ocasin, la edad, la tentacin, el enemigo malo que
no duerme... Yo tambin me he descuidado. Deb preverlo, evitarlo, s,
impedirlo... Pero cmo? Si yo pudiera dar la cara! Veremos. Le
desnuco, le meto en un buque de guerra como me llamo Cndido, y hago que
le den chicote a ver si suelta alguna de la sangre criolla que tiene en
las venas. No es hijo mo, no. Todo esto se hubiera evitado si le mando
a Espaa como tena pensado hace ms de cuatro aos. Su madre tiene la
culpa. Casi, casi me alegrara de que no le encontrase Po, porque
podra matarle. Tal me siento contra l.

En esto volvi Po fatigado, sin aliento y dijo:

_--Na, lamo, el nio no parece po ningn parte._

--Bruto! tron don Cndido. Por dnde fuiste a buscarle?

_--Po la mano e larienda, lamo._

--Por la izquierda, quieres decir? Animal en dos pies! Si march por
la derecha cmo habas de dar con l, pedazo de bestia? Vete. Qutate
de mi presencia, porque si Dios no me tiene de su mano, me parece que te
destripo de una patada.

A las voces destempladas de don Cndido se asom doa Rosa a la puerta
del aposento que daba a la sala, y asustada pregunt:

--Qu ha sucedido, Gamboa? Por qu gritas?

--Pregntale a tu hijo que acaba de salir por ah hecho un facineroso.

--Un facineroso? No lo entiendo. Ha hecho algo malo? Va a hacerlo?

--No s mucho ms que t; sin embargo, sospecho, temo, se me ha puesto
que el muy bribn va a hacer una de las suyas. Se necesita ser ganso
para no sospechar que ese muchacho no ha podido salir a la calle a estas
horas en que no se ven ni las manos, y recatndose de m, para or misa
ni confesarse.

--Quizs ha ido a tomar el fresco, quizs ha querido darte gusto
levantndose de madrugada. No hay razn para sospechar nada malo. T, al
menos, no ests seguro, no lo sabes. Por qu has de pensar siempre mal
de tu hijo?

--Porque dice el refrn espaol: piensa mal y acertars.

--Te repito, l no ha ido a nada bueno. Le conozco mejor que t que le
pariste. Yo s lo que he de hacer con l.

--El pobre muchacho no acierta nunca a complacerte. Ni que fuera tu
hijastro. Si lo fuera, tal vez seras ms indulgente...

--Compadcele. Dios quiera que no tengas que llorarle antes de mucho.

Luego que sali Leonardo a la calle not que, arrimado a la acera de la
izquierda caminaba en la direccin de Paula un bulto oscuro como de
mujer. Entre seguirlo hasta cerciorarse de quin poda ser y alejarse de
su destino, estuvo un momento titubeando, pero la voz de su padre, que
llamaba a Po, le decidi a marchar la vuelta contraria, a fin de ganar
lo ms pronto posible la esquina de la calle de Santa Clara. As lo hizo
en segundos de tiempo. Por esta casualidad no le dio alcance el esclavo.
En poco ms se puso en la calle de O'Reilly, y subi al alto terrapln
o terrado del convento de Santa Catalina, lo atraves de este a oeste y
descendi a la calle del Aguacate por la escalera de tres o cuatro
escalones mencionada al principio de esta historia, yendo derecho a la
casita enfrente de ella.

Parecindole que la puerta no estaba cerrada con llave ni tranca, empuj
una hoja con la punta de los dedos. Cedi algo, en efecto; por lo cual
hizo mayor esfuerzo, rod la silla en que se apoyaba y se abri lo
bastante para que el joven se deslizara por entre las dos hojas y
quedase dentro, sin ms ni ms. De pronto no vio nada. All eran las
tinieblas tan espesas como el aire hmedo que llenaba la estrecha pieza.
Sin embargo, a favor de la lmpara que arda an en el poyo del nicho
sobre la izquierda, pudo al fin distinguir al alcance de su mano un par
de palomas caseras dormidas en el respaldo de una silla, un gato
enroscado en el fondo de un silln de vaqueta, y una gallina bajo una
mesa protegiendo con sus amorosas alas varios pollitos, que asomaban los
picos por entre las plumas y empezaron a piar del modo suave y repetido
que suelen siempre que sienten temor o fro.

Gradualmente sus miradas fueron elevndose del suelo hasta la altura de
la puerta del cuarto del fondo, donde vio algo que le pareci una mujer
o visin, de pie, escasamente vestida con un ropaje blanco, y el copioso
cabello suelto hecho mil anillos y revueltas ondas, desparramadas por el
seno y los hombros sin alcanzar a ocultarlos, con ser tan abundoso y
largo. Reconocerse, correr el uno hacia la otra y abrazarse
estrechamente en medio de los besos ardientes y sonoros, fue todo uno.

El hospital de Paula no es ms que la continuacin de la iglesia del
mismo nombre, inmediato al ngulo de la muralla, por la parte que da al
sudeste de la baha. Tiene la entrada al norte, abierta en una alterosa
tapia de una galera que sirve de pasaje entre la iglesia y el
hospital. Precede a la entrada un vestbulo con tejadillo, que ms
parece mampara de convento que otra cosa. All se estaciona un centinela
para impedir el escape de los presos o dementes que reciben asistencia
mdica en el hospital. Generalmente slo se admiten mujeres en uno u
otro estado, cuando ni el delito es grave, ni la demencia de carcter
furioso.

La mujer que haba visto Leonardo caminando a paso vivo en la direccin
del sur de la ciudad, por la calle de San Ignacio abajo, no par hasta
llegar al vestbulo de que antes hemos hablado. Empezaba a clarear el
horizonte entonces por el lado de oriente. Era su nimo entrarse de
rondn, pero ya la centinela con el sable desnudo se paseaba de un
extremo al otro del tejadillo, y se le encar cerrandole el paso:

--Buenos das tenga Vd., seor militar, dijo la anciana tratando de
congraciarse con la centinela.

--Buenos o malos, contest con rudeza el soldado, hace ratos que ac los
tenemos.

--El seor militar parece que no me conoce, agreg ella en tono y
actitud suplicatorios.

--No tiene nada de extrao, porque el diablo me lleve si he tenido
tratos con brujas.

Se persign la mujer y aadi que deseaba hablar con _sea_ Soledad, la
madre del hospital.

--Tampoco conozco a esa ta, repuso la centinela reasumiendo sus paseos.
Por all dentro nadie se menea. Entrar, entrar y despejar el campo.

En traspasando el umbral del vestbulo, se est en un gran patio
cuadrangular que lo forman, por la derecha el costado de la iglesia y
por los otros tres lados unos anchos pasadizos, de los cuales el de la
izquierda, por tres anchas puertas conduce a la sala de la enfermera.
Varias columnas cuadradas de fbrica de mampostera dividen sta en dos
naves longitudinales, llenas de camas, cuyas cabeceras se apoyan en las
paredes maestras del edificio, con lo que queda despejado el centro. No
haba all mamparas ni compartimientos, de manera que el observador
situado en cualquiera de las puertas, poda registrar con la vista todas
las camas. Hacia la baha o el este, lo mismo que hacia el sur y el
norte, haba ventanas altas que daban claridad y saludable ventilacin a
la espaciosa sala.

Apenas la mujer con el cilicio de caamazo puso el pie en el patio, vio
asomar por el lado de la iglesia a la madre _sea_ Soledad, con un
farolito, y detrs de ella un clrigo en sotana negra de sarga, sin
bonete, llevando en ambas manos, a la altura de su pecho, un copn de
plata con tapadera de lo mismo. Ambos caminaban a paso largo y
murmuraban ciertos rezos que en el silencio del patio resonaban con los
zumbidos de muchos moscones. Se encaminaron derecho a la enfermera y
atravesaron la sala de un lado a otro. Al pasar los dos por junto a la
anciana, conoci sta de lo que se trataba y cay de rodillas
exclamando:

--Los leos! Dios reciba en su seno el alma del moribundo.

Rezado el credo con mucho fervor, recogi todas sus fuerzas hecha casi
un arco con su cuerpo y dando traspieses, continu hasta la puerta del
medio de la sala y volvi a caer de rodillas. Era que acababa de notar
que el clrigo de pie al lado de una cama enfrente, administraba la
extrema uncin a una de las enfermas, mientras la madre de rodillas en
el lado opuesto suspenda cuanto poda el farolito para alumbrar aquella
triste y desolada escena.

De vuelta de la iglesia a donde haba acompaado al clrigo, la madre
torn a la sala y encontr todava de rodillas a la mujer del cilicio,
con la cabeza doblada sobre el pecho, absorbida en sus oraciones. Tocole
en el hombro _sea_ Soledad y le dio los buenos das, en cuyo momento
la mujer, en tono de voz casi ahogado por la angustia:

--Conque ha muerto? pregunt.

--Ya descansa en paz, contest la madre brevemente.

--Ah! dijo la anciana y cay desplomada en el suelo.

--Jess! _Sea_ Josefa! repiti la madre haciendo esfuerzos por
levantarla. Qu le pasa? Va que Vd., no me ha entendido! Mire que todo
ha sido una equivocacin de las dos. No comprend su pregunta de Vd., ni
Vd., tampoco comprendi mi _contesta_. La muerta no ha sido Charo. No,
seor, no ha sido ella, sino una pobre morena que haca pocos das haba
entrado en el hospital. Charo va mejor, est ms aliviada del pecho. S,
no cabe duda. As lo dice el mdico y yo lo veo. Vamos, venga, quiero
que Vd. se desengae por sus mismos ojos.

Poco a poco, con tales seguridades, empez a volver en s _sea_ Josefa.
Despus de derramar un mar de lgrimas en silencio, se sinti en actitud
de seguir a la madre hasta la cama de la enferma por la cual se
interesaba tanto. Hallbase la tal a la sazn sentada, sin ms abrigo
que la sbana que le cubra las piernas encogidas, las cuales sujetaba
con ambos brazos desnudos, apoyando la frente en las rodillas. Tena
cortado el cabello casi de raz, como se hace generalmente con los
locos, y bajo la piel floja, descolorida y seca mostraba la armazn de
huesos, tanto ms cuanto que la camisa, sola pieza interior que llevaba,
no le cubra sino parte de la espalda. Por su posicin en la cama y por
una tos hueca y dbil que a veces le acometa, se conoca que estaba
viva.

--Charo, Charito, le dijo la madre con amabilidad. Mira quin est aqu.
Levanta la cabeza, nia. Anmate.

--Hija ma! se atrevi a decir _sea_ Josefa. Mrame. Me oyes? Me
conoces, mi vida? Soy tu madre, quiero verte la cara. Respndeme
siquiera. Te traigo buenas noticias; pronto vamos a sacarte de aqu. Te
llevaremos al campo para que te cures y tengas el gusto de conocer y
abrazar a tu hija. Ah! Si la vieras! Est lindsima. Es tu retrato
cuando eras de su edad.

--Vala Vd. tan callada, dijo _sea_ Soledad. Cuando est as no habla,
no se mueve y cuesta Dios y ayuda que pase un bocado. Otras veces la
coge por gritar, como si la estuvieran matando, por llorar o por rerse
a carcajadas.

Pero en vano emple _sea_ Josefa los medios que juzg ms eficaces para
moverla. En vano acudi a los ruegos, a las caricias, a las lgrimas; la
enferma se mostr insensible a todo, no contest palabra, no alz la
cabeza, no cambi la posicin acurrucada. Claro era que no haba tenido
conciencia de la escena de muerte que acababa de verificarse en una cama
opuesta a la suya, y, por supuesto, no dio seal alguna de haber
reconocido la voz familiar de _sea_ Soledad, ni la angustiosa de su
desconsolada madre.

En fin, se adelantaba el da y era preciso que _sea_ Josefa se
apresurase a volver a su casa, donde haba dejado sola a la nieta. Dijo,
pues, a la carrera a _sea_ Soledad que el caballero que las protega a
ellas se propona hacer el ltimo esfuerzo para curar a Charo, si es que
an tena remedio, y que para ello la llevara al campo, cerca del mar,
en donde respirase otro aire y se baase a menudo, bajo la vigilancia de
un mdico.

--Pues a ello, _sea_ Josefa, y que para bien sea, dijo alegre la madre.
Lo que es aqu, est visto que esa pobre muchacha no tiene cura. Adems,
es preciso sacarla o no hay modo de impedir que se la lleven para la
nueva casa en la Beneficencia. Todos estos das atrs han andado
recogiendo pobres y locos por las calles. Ayer se llevaron a Dolores
Santa Cruz, tan alborotosa. Y el Comisario Cantalapiedra ya me ha
notificado la orden de traslacin de todas las locas en disposicin de
moverse.

Figurarse puede cualquiera cmo llevara el corazn _sea_ Josefa
despus de lo que haba visto, escuchado y sentido en el hospital de San
Francisco de Paula.




CAPTULO XI

     _...Pero si el vicio mancha su limpieza
     Vertiendo en ella su funesto hielo,
     Levanta el ngel de su guarda el vuelo,
     Y Dios torna a otro lado la cabeza._

         LUISA PREZ DE MONTES DE OCA


Era el da claro y calentaba bastante el sol cuando _sea_ Josefa volvi
a su casita de la calle del Aguacate. Al parecer nadie all se haba
movido, excepto la gallina con sus polluelos, que buscaban la salida al
patio por entre el cabio y el quicio de la puerta. El primer cuidado de
la anciana fue ver si la nieta reposaba en el alteroso lecho; y
satisfecha de que dorma tranquila, se quit el chal de caamazo, se
desci la correa y se dej caer en la butaca, desalojando para ello al
gato, que al ruido de la entrada de su ama entonces se esperezaba, abra
tamaa boca y mostraba la roja lengua con los afilados dientes.

En desplomndose dio un profundo suspiro. Apuraba ahora el cliz ms
amargo que jams apuraron labios humanos. Su nica hija languideca en
un hospital, privada de los cuidados maternales, falta de juicio y
devorada por la consuncin, si que ella pudiera valerle en nada. Que no
tendra remedio ni alivio mientras continuara en ese lugar, plenamente
convencida qued en aquella maana _sea_ Josefa, si era que antes
abrigaba dudas.

Por qu estaba la madre afligida separada haca tanto tiempo, de la
hija doliente y moribunda? Esta separacin tena diecisis aos de
fecha, porque, segn recordar el lector, Mara del Rosario Alarcn
haba perdido el juicio a consecuencia del sentimiento y sorpresa que le
produjo el secuestro de su hija recin nacida, para pasarla por la Casa
Cuna. Cuando se la devolvieron, bien amamantada y rolliza, ya era
demasiado tarde, ya se haba apagado en su mente el ltimo rayo de la
divina luz. Todava si su demencia hubiese tomado un carcter manso y
tranquilo, habra sido posible dejarla pasar el resto de su vida al lado
de la madre y de la hija; pero a veces le entraban accesos de furor, en
cuya disposicin era difcil sujetarla e impedir que se hiciera dao o
le hiciera a los suyos.

Adems, aun cuando por no haber casa de dementes en La Habana, admitan
en los hospitales, por ejemplo, en el de Paula, algunas mujeres en ese
estado, aqullos cuyas familias no podan guardarlos en sus casas que
eran los ms, andaban sueltos por las calles, hechos el hazmerrer de
los muchachos y el escndalo de las gentes timoratas. Tal, entre otros,
Dolores Santa Cruz, a que hizo referencia la madre del hospital de
Paula.

Esta negra haba sido esclava de la familia distinguida de Jaruco cuyo
apellido llevaba. Con su industria y economas haba logrado libertarse
y reunir un capital. Compr casa y esclavos, dedicndose a la reventa de
carnes y frutas, que entonces era negocio bastante lucrativo.

Sin que sepamos el motivo, alguien le disput en juicio el dominio
directo a su pequea hacienda. Esto la enred en un pleito largo y
costoso, que si bien gan con costas, en honorarios, sobornos, propinas,
entre abogados, procuradores, escribanos, oficiales de causa, jueces y
asesores, se consumi el valor de la casita, juntamente con el de las
dos esclavas. El resultado fue, que el da menos pensado la pobre mujer
se qued literal, no figuradamente, por puertas.

Golpe rudo debi de haber sido ste para quien amaba mucho el dinero y
las satisfacciones que procura. La que siendo esclava fue libre, duea
de esclavos y de fincas, y de nuevo se vio atada al poste de otra
esclavitud: la miseria; no era posible sobrellevar el cambio sin que su
razn perdiese el equilibrio. Se le desvaneci en efecto, y desde
entonces, vestida de harapos, y adornada la cabeza con flores
artificiales y pajas, a la Hamlet,[38] recorra da y noche las calles
apoyada en un palo largo, de que penda una jaba, gritando
desaforadamente por las esquinas: _Po! po! Aqu va Dolores Santa Cruz.
Yo no tiene dinero, no come, no duerme. Los ladrones me quitan cuanto
tiene. Po! po! Po!_

Figrese el lector la hija de _sea_ Josefa, madre a su vez desgraciada,
revelando al pueblo en sus arrebatos de locura los pasos, los medios y
el nombre, quizs, de la persona o personas por cuya agencia se vea en
aquel tristsimo estado. No deba darse, y no se dio semejante
espectculo; antes por doloroso que fuese el sacrificio hubo que hacerlo
todo entero, como que de ello dependan hasta cierto punto la salud y la
felicidad de la inocente nia que haba sido la causa indirecta de la
desgracia de su madre. Tampoco deba crecer y desarrollar su razn
viendo que sta la haba perdido y era el ludibrio de los extraos. Ni
haba llegado el tiempo, crea la abuela, de que la hija y la madre se
conociesen. La separacin, pues, poda ser eterna.

Tales pensamientos ocupaban el nimo de la anciana con ms fijeza que
nunca en los momentos que llamaron a la puerta de la calle. Cual si
despertara de un sueo pesado, levantose a abrir y se encontr con el
lechero, isleo de Canarias que en el traje usual de los campesinos, con
una botija debajo del brazo y un jarrito de lata en la mano, la salud
en el tono peculiar de su pas, con las palabras:

--Pues abriera para maana la casera. _Verficamente_ sta es la tercera
vez que le traigo la leche.

--Yo estaba en misa, contest _sea_ Josefa trayendo la cazuela para
recibir la pocin lctea.

--Como que iba creyendo que se haban muerto toditos en esta casa.

--Acabo de entrar de la calle.

Despus de mirar a la vieja con aire peculiar, aadi:

--Andese con cuatro ojos la casera, continu el lechero; porque ensea
el refrn que el que tiene enemigos no duerme.

--Yo no tengo enemigos, a Dios gracias.

--Parcele a la casera. Toditos tenemos enemigos ocultos en este mundo.
No tiene la casera una hija bonita?

--Hija? No, seor, nieta.

--Es lo _mesmo_. Pues en el palmito de esta nieta est el enemigo del
reposo de la casera. No hay mozo que no se perezca por los buenos
palmitos. El _demongo_ me lleve si esta madrugada mesma no _vide_ por
aqu un lindo don Diego. Ahora no me atrevo a decir si estaba juntito a
la puerta o a la ventana... Pero _de que lo vide lo vide_.

--El casero se engaa, observ la anciana desazonada y temblorosa. No
estuve fuera sino por corto tiempo, y mi nieta no tiene mozo que le
persiga el lindo palmito como dice el casero.

--Dgole a la casera lo que le digo, ndese con cuatro ojos, y no se
duerma en las pajas, porque _de que lo vide lo vide_.

Nuevo motivo de inquietud y de tormento para la desventurada abuela.
Saba que un joven blanco, de familia rica, segua a su nieta como la
sombra al cuerpo, que la haca regalos costosos, que la facilitaba su
carruaje para concurrir a los bailes de las ferias, que ella
decididamente se pagaba de esas atenciones y obsequios; pero estaba muy
distante de creer, siquiera de sospechar, que l se aprovechase de su
ausencia en la iglesia o el hospital para soplarle la nieta, corromperla
y malograr su porvenir.

Entonces pens que la haba dejado sola, encomendada a la vecina de la
casa inmediata, y bien pudieron los dos amantes ponerse de acuerdo,
darse cita de antemano y reundose all mismo, mientras ella se andaba
por Paula. De cualquier modo, afirmaba el lechero haber visto temprano a
la puerta de su ventana o casita a un lindo don Diego.--Quin sabe si
estuvo dentro? Cya era la falta si ocurra una desgracia? Sera
posible que la nieta siguiese el mismo camino y casi por los mismos
medios se perdiese como su desventurada madre?

--Ah! exclam _sea_ Josefa cayendo de rodillas al pie del nicho donde
se veneraba la imagen de la Dolorosa. Virgen Santsima! Qu he hecho
yo para este duro castigo? Cul ha sido mi grave culpa? Habr estado
toda la vida en pecado mortal sin saberlo? T sabes que he sido buena
hija, buena hermana y cariosa madre. Yo he procurado criar mis hijos en
el santo temor de Dios. Yo me he desvelado por infundirles sanos
principios de moral, de virtud y de religin. Yo cumplo estrictamente
con lo que manda la santa madre Iglesia. Por qu consientes, Virgen
pursima, amparo de los dbiles, madre de misericordia, por qu permites
que el Tentador en figura humana aleje a mi nieta, nia inocente, tierna
oveja del seor, del camino de la virtud, la empuje al pecado y la haga
caer de la gracia divina como a su infeliz madre? Me abandonars t
tambin, piadossima Seora, en ste el ms duro trance de mi vida?

Aunque _sea_ Josefa haba tomado casi al pie de la letra las ideas y
hasta las palabras de los libros de devocin, nicos que lea, no cabe
duda ninguna sino que el fervor de su fe religiosa, la consideracin de
la nueva desgracia que le vena encima, la conciencia de la tremenda
responsabilidad que le caba en caso de salir ciertas sus sospechas, en
medio de su poca cultura, la haban inspirado, al punto de improvisar
una oracin elocuente, por cuanto expresaba con verdad los sentimientos
que la dominaban en aquellas circunstancias. Poco fue, no obstante, el
alivio que proporcion a su desgarrado corazn el ferviente desfogue.
Porque el aviso del canario, por oportuno y certero, haca en su pecho
el mismo efecto del cuchillo, hincado en las carnes, que si se mueve
lascera, si se clava, mata. Tampoco era fcil olvidar las ltimas
sentenciosas palabras de aqul, no pensar en ellas; antes continuamente
resonaban en sus odos: _De que lo vide lo vide._

Tambin resonaron en los odos de Cecilia, la cual no dorma desde mucho
antes que volviese su abuela de la iglesia; slo que le causaron
impresin muy distinta. Encendironle el pecho en clera e indignacin.
Porque, pensaba ella, quin mete al hombre a dar semejante aviso? Qu
le iba ni le vena conque ella tuviese o no tuviese un amante, en que se
viese con l o no por la puerta o por la ventana? Por qu insistir en
haberle visto? Maldito hombre! No se le hubiera secado la lengua antes
de decir lo que dijo! Seguramente tambin vio al joven entrar o salir, y
si no lo afirm con la misma pertinacia, fue porque la abuela no le dio
tiempo ni ocasin.

Pero fuerza era atender a las demostraciones de dolor y sentimiento de
la abuela, que parecan extraordinarias y deban tener causa poderosa y
legtima. Cul poda ser sta? Ignoraba Cecilia lo ocurrido en Paula.
Su conciencia alarmada vino a descifrarle el enigma. Haba cometido una
grave falta admitiendo en su casa, a ocultas de la abuela y contra su
expresa orden, al joven blanco con quien cultivaba relaciones amorosas.

Desde ese punto, la soberbia e independiente Cecilia experiment algo
que no haba experimentado nunca, algo que no atinaba a explicarse ella
misma, una revolucin en todo su ser. Es que ante la culpa empezaba a
verse dbil, temerosa, irresoluta, y tener vergenza de s, de su abuela
y de sus amigas. Con qu cara se les presentara ella? El hombre de la
leche iba a publicar su falta por todas partes aquella misma maana.
Cuando menos el vecindario ya estaba impuesto de todo, y en cuanto
saliera a la calle la sealaran con el dedo y diran de manera que lo
oyese:--Ah va la muchacha que se aprovecha de la ausencia de su abuela
en la iglesia para admitir en su casa al hombre que pblicamente la
corteja.

Pero en medio de aquella confusin de ideas, comprendi Cecilia sin
mayor esfuerzo dos cosas importantes: la una, que tal vez la abuela no
estaba an convencida de su culpa; la otra, que a la tranquilidad de las
dos, pues que ya no haba remedio, convena disimular lo ms posible
hasta averiguar la verdad de lo que pasaba y tomar un partido. En esta
disposicin, se levant con tiento, se ech por encima de la camisa un
traje y se asom a la puerta de la alcoba. An se hallaba la anciana de
rodillas y conclua la improvisada plegaria. Corri a arrodillarse a su
lado, le pas un brazo por la cintura y, dndole un beso en la mejilla,
le pregunt con exquisita ternura:--Mamita, qu tiene su merced? Por
qu est tan afligida?

No le respondi palabra la anciana, volvi a la butaca y rompi a llorar
en silencio. No hay cosa ms pegadiza que el llanto, y Cecilia estaba
predispuesta a contraer el mal. Se arroj en brazos de la abuela y
confundi sus lgrimas con las de ella; desahogo necesario de dolores
que, sin embargo, tenan contrapuesto origen. Tal vez habran
aprovechado aquella coyuntura para tener una explicacin que no poda
menos de ser satisfactoria para entrambas, porque as lo predispona el
estado de sus nimos; pero llamaron de nuevo a la puerta y _sea_ Josefa
se apresur a abrir, enjugndose de camino las mejillas empapadas. Era
la vendedora de carne, manteca y huevos, negra de frica, con tablero
cuadrilongo equilibrado en la cabeza sobre un rodete, y un
espanta-moscas, hecho de varetas de palma de coco, en la mano derecha.

Bien por cierta tendencia a la obesidad, por el calor, o por el desalio
natural de la gente de color, el traje de la vendedora consista de
falda de listadillo y camisoln, que cuando limpio deba de ser blanco,
y apenas le llegaba a los hombros, quedndose ms corto por las
espaldas, cuyas partes, junto con los brazos desnudos a la griega o
romana y las mejillas redondas y rollizas, le brillaban cual si, a la
usanza de su tierra, se las hubiese untado con grasa. Por supuesto, no
calzaba zapatos, sino que al caminar arrastraba un par de chancletas con
la punta de los dedos. Luego que abri _sea_ Josefa, depuso el tablero
en el quicio de la puerta, y en tono de voz chillona, cuyo volumen no
corresponda con el de su cuerpo, dijo:

--_Genos das, caserite. No me toma naa hoy? Entoava no ha hecho la
cru._

Contestado brevemente el saludo por la anciana, ayud a deponer el
tablero en el suelo, agregando de prisa que le diera un real de carne de
puerco, medio real de huevos y medio de manteca. La vendedora cort la
carne a ojo de buen cubero, y con los dems artculos pedidos la puso en
un plato que trajo Cecilia; y no bien la vio, parece que la entraron
ganas de hablar hasta por los codos.

     _--Labana et perda, nia. Toos son mataos y ladronisio. Ahora
     mismito han desplumao un cristin alantre de mi sojo. Uno nio
     blanca, muy bonite. Lo abayunca entre un pardo con jierre po atr y
     un moreno po alantre, arrimao al can delasquina de Sant Terese.
     De da crara, nio, lo quitan la rel y la dinere. Yo no queriba
     mir. Pasa batante gente. Yo conose le moreno; e le sijo de mi
     maro. Ah! Me da mieo. Entoava me tiembla la pecho._

Con semejante descuadernado e ininteligible relato, se asust mucho
Cecilia, porque le pas por la mente que el robado poda ser su amante;
pero disimul cuanto pudo y la carnicera prosigui:

     _--All por los Sitios ha habio la mar y la morene lotra noche.
     Tond quiee prendr los mataores del bodeguer de la calle Manrico y
     la Estreya. Elle estaba en un mortorio. El goberna manda
     prendeslo. Dentra Tond, elle solito con su esp, coge dos;
     Malanga, lo sijo de mi maro juye po patio y toava anda escondi.
     Ese, ese, ma malo que toos. Conque pa que vea la caserite. No se
     pue un fa de naide. Adis, caserite! Mucha sal._

Ida la carnicera vino el panadero con la cesta de pan a la cabeza de un
negro que le segua los pasos, como la sombra verdadera de su cuerpo.
Entonces _sea_ Josefa se acord que deba preparar el almuerzo. Segn
dijimos al principio de esta historia, el fogn se hallaba en el patio,
debajo de un alero de mesilla, sin chimenea ni cosa que lo valga. All
la anciana hizo lumbre valindose del eslabn, el pedernal, el azufre,
el cabo de vela y unos cuantos carbones vegetales, y en poco ms el
almuerzo qued listo. Entretanto Cecilia puso la mesa y ambas mujeres se
sentaron a ella. Por largo rato estuvieron sin probar bocado, levantar
los ojos del plato, ni hablar palabra. Es que a cada rato esperaba la
nieta que la abuela le leyese la culpa en el semblante, y no se atreva
a mirarla de frente; al paso que sta pareca muy nerviosa y
desazonada. Varias veces intent decir algo; harto se le conoci por el
movimiento de los labios, y otras tantas la voz se le atraves en la
garganta, porque en vez de sonidos articulados slo se le escaparon
sollozos. Por ltimo, hizo un esfuerzo y dijo:

--Yo deba morirme ahora mismo.

--Jess, mamita! No diga eso, exclam Cecilia sin alzar la cabeza.

--Por qu no, si tal es lo que siento? Qu hago yo en el mundo? De
qu sirvo? De estorbo, nada ms que de estorbo.

--Nunca haba hablado as su merced.

--Puede ser, pero mis penas, aunque grandes, he podido sobrellevarlas
hasta ahora. Ya estoy vieja; sin embargo, me faltan las fuerzas, no
puedo ms. Estaba pensando que sera mejor echarme a morir.

--No dice su merced que es pecado murmurar de los trabajos y penas que
Dios nos manda? Acurdese que Jesucristo llev la cruz hasta el
calvario.

--Pobre de m! Mucho tiempo hace que he andado la _va crucis_, y que
estoy en el calvario. Slo falta mi crucificacin, y tal parece que me
la tienen decretada aquellos mismos que ms quiero en este mundo.

--Si mamita lo dice por m, mire su merced que comete una verdadera
injusticia. Bien sabe Dios que por aliviarle los pesares, de buena gana
dara la sangre de mis venas.

--No lo demuestras, no se te conoce. Al contrario, parece que te
complaces en hacer siempre lo que yo no quiero que hagas, lo mismo que
te prohbo. Si t me quisieras como dices no haras ciertas cosas...

--Eh! Ya veo por donde va su merced.

--Voy por donde debo ir, por donde va toda madre que estima en algo el
porvenir de sus hijos y su propio decoro.

--Si su merced no diera odos a chismosos, lengua largas, se ahorrara
ms de un disgusto.

--Sucede, nia, que esta vez el chisme viene bien con lo que yo vi con
estos ojos y o con estas orejas que se han de comer la tierra.

En el calor de la discusin la muchacha haba cobrado aliento y dijo:

--Qu ha podido ver ni or su merced que no sea un chisme? Vamos,
dgalo.

--Cecilia, lo que yo veo claro como la luz del da es que a pesar de mis
amonestaciones y de mis consejos, t buscas tu perdicin como la
mariposa la luz de la vela.

--Y si cierta persona, que es a quien su merced se refiere, se casa
conmigo, me colma de riquezas y me da muchos tnicos de seda, y me hace
una seora y me lleva a otra tierra donde nadie me conoce, qu dira su
merced?

--Dira que ese es un sueo irrealizable, un disparate, una locura. En
primer lugar l es blanco y t de color, por ms que lo disimule tu
cutis de ncar y tus cabellos negros y sedosos. En segundo lugar, l es
de familia rica y conocida de La Habana, y t pobre y de origen
oscuro... En tercer lugar... Pero, a qu cansarme? Hay otro
inconveniente todava mayor, ms grande, insuperable... T eres una
chicuela casquivana... Mujer perdida, sin remedio. Dios mo! qu he
hecho yo para que me castiguen as?

La ltima exclamacin la hizo _sea_ Josefa, ya en pie y con las manos
en los odos, como para no or por boca de la nieta la confirmacin del
mal juicio que se haba formado acerca de sus opiniones sobre el
matrimonio. Cecilia se puso tambin en pie y quiso seguir a la abuela,
sea con la intencin de calmarla, sea con la de justificarse, explicando
o ampliando su idea; pero se detuvo de repente porque en aquel momento
asom por la entreabierta puerta de la calle el bien conocido rostro de
Nemesia.




CAPTULO XII

     _...Pero ponme_
     _esa mano en este pecho._
     _No sientes en l, Matilde,_
     _Un volcn? Pues son mis celos!_

         J. J. MILANS

--Santos das por ac, entr diciendo muy risuea Nemesia sin llamar a
la puerta.

Pero se qued callada e inmvil no bien ech de ver la cara y actitud de
sus dos amigas. La abuela haba vuelto a desplomarse en la butaca, su
sitio favorito; la nieta se mantena de pie, junto a la mesa, en la cual
apoyaba una mano, fluctuando visiblemente entre el dolor y la
desesperacin.

No pudo ser ms oportuna la aparicin de la amiga en aquellas
circunstancias. La anciana haba dicho ms de lo que la prudencia
aconsejaba, y la joven tema averiguar el sentido ntimo de las ltimas
palabras de la abuela. Qu saba ella? Por qu usar un lenguaje tan
embozado? Abrigaba fundadas sospechas o slo pretenda intimidar?

La verdad es que en la disputa, con la conciencia alarmada, si no en
posesin de hechos, ambas haban avanzado a un terreno resbaladizo,
hasta all vedado para ellas, donde la primera que entrase haba de
recoger larga cosecha de pesares y remordimientos. Por su parte, no
crea _sea_ Josefa llegado el momento de enterar a Cecilia de su
verdadera posicin en el mundo. Tal vez el lechero se haba equivocado
respecto de la identidad del joven; tal vez ste meramente pasaba por la
puerta de la casa. Si usted quiere conservar la inocencia de una
doncella, no la acuse, sin pruebas de haber pecado. Por estas razones
_sea_ Josefa, aunque desazonada, y llena de profundo pesar, desde lo
ntimo del pecho salud con alegra la venida inesperada de Nemesia.

Por fortuna tambin, para sacar a las tres mujeres de su embarazosa
situacin, llamaron entonces a la puerta de la calle con un fuerte golpe
de aldaba, modo desusado de llamar. _Sea_ Josefa, siempre lista para
estos casos, corri a abrir, recibiendo, junto con un saludo profundo,
un papel que le alarg un negro ya canoso, vestido decentemente de
limpio. Tena todo el aire de calesero de casa principal. Dada la carta,
se march diciendo:--No contesta.

No tena, en efecto, contestacin, ni vena dirigida a _sea_ Josefa,
sino al Dr. Don Toms de Montes de Oca. En mano propia. Llegaba a
tiempo de calmar la ansiedad mayor de su espritu atribulado. Con el
auxilio de las gafas, que le alcanz Cecilia, pudo ella mascullar para
s:

     Muy seor mo: De conformidad con lo que hemos hablado, doy la
     presente a la portadora, que se le presentar hoy mismo, a fin de
     que Vd. la explique lo que haya de hacerse en el asunto consabido.
     Est de ms repetirle que responde a todo y que le vivir
     eternamente reconocido S. S. S. y amigo Q. B. S. M.[39]

     _C. de Gamboa y Ruiz._

Leda una y otra vez la carta para enterarse mejor del contenido, mir
por encima de las gafas, primero a la nieta, luego a Nemesia, que se
estaba callada a esperar el resultado de aquella escena muda,
conocidamente absorbida, y como dudosa del partido que deba tomar. Pero
el hoy mismo de la carta la oblig a formar una resolucin
preguntando:

--Qu hora es?

--Son las ocho, contest Nemesia prontamente. Acaban de mudar las
guardias de la _suidad_. Como que oigo los tambores _entodava_.

--Qu me alegro! repuso _sea_ Josefa. Ests t hoy muy de prisa, hija
ma? aadi hablando con Nemesia.

--No, seora, ni un tantico. Iba a la sastrera de Uribe en busca de
costura. Pero si la vida dura, el tiempo es largo. Ir ms tarde. Lo
mismo da.

--Ahora bien, hija, t me vas a hacer un favor: te quedas aqu en la
compaa de Cecilia, intertanto doy un saltico a la Merced y vuelvo en un
santiamn. Te quedars?

Sin aguardar respuesta se ci de nuevo la correa, se ech el chal de
caamazo por la cabeza y sali a la calle. Y no bien lo hizo cuando
Nemesia se volvi de improviso para Cecilia, la cogi por ambas manos y
le dijo:

--Qu te cuento, china? Acabo de toparme con l.

--Con quin? pregunt Cecilia.

--Con tu adorado tormento.

--Y qu bienes nos vienen con esa gracia?

--Es posible, mujer? Lo dices como si no te importara. Cuando digo que
me he topado con l es porque creo que te interesa saber cmo, cundo y
dnde lo he visto. Vengo a buscarte.

--Yo no puedo salir.

--Para estos casos siempre hacen un poder las mujeres de pelo en pecho
como t.

--Mamita puede volver pronto y yo no quiero que me encuentre fuera.

--Qu importa? Quin dijo miedo? No es lejos tampoco. Detrs de Santa
Teresa.

--No s qu sacar yo con ir hasta all.

--Tal vez un desengao.

--Pues para eso no voy. No quiero desengaos tan temprano.

--Es preciso que vengas, mujer. Te interesa, te lo repito. Pronto.

--No estoy vestida ni peinada.

--No le hace. En un momento te pones el tnico, te alisas el pelo, te
echas la manta por la cabeza y _naide_ te conoce. Yo te ayudar.

--Nene, cmo dejamos la casa?

--Le echamos la llave a la puerta, y ojos que te vieron ir, paloma
torcaza. Vamos, anda. No hay tiempo que perder. Podemos llegar tarde,
cuando _haygan_ volado los pjaros.

--Me da vergenza salir a la calle de trapillos.

--_Naide_ te ver. Hombre! Ni que fueras a perder por eso el
casamiento. Vienes? Sera una lstima llevarnos chasco.

--Qu ser? pens Cecilia entrando en el cuarto para prepararse, como
lo hizo, en un dos por tres.

Haba logrado Nemesia despertar la curiosidad y an la alarma en el
nimo de la amiga, y de antemano saboreaba el placer de verla morir de
celos.

Bastante trabajo cost a las dos muchachas el cerrar la puerta con
llave. La oxidada cerradura estaba fija en el ngulo del marco y la
traviesa a un lado, el picolete adherido a su armella en la hoja macho
al otro, mal ajustado en la alcayata que le serva de apoyo, y de
consiguiente no entraba el cerradero en la hembrilla para que hiciera
presa el pestillo. Al fin, lograron su objeto, haciendo uso Cecilia de
ms maa que fuerza; y echaron a andar a paso menudo, bajo la sombra de
los tejados, en direccin del sur de la ciudad.

Detrs de las tapias del convento de Santa Teresa, opuesto a una casa de
ventanas de poyo alto y rejas voladizas, haba parado un carruaje, al
cual se vean enganchados tres caballos apareados, de frente para la
calle de la Muralla. El calesero montaba el de la izquierda, armado de
machete largo y dems adminculos del oficio, en son de marcha. Al
estribo inmediato a la acera haba un joven dando los ltimos adioses a
una seorita en traje de viaje, que se hallaba sentada a la derecha de
un caballero entrado en aos y de aire respetable.

Ocupaba el poyo de la ventana mencionada un grupo compuesto de varias
seoras y caballeros, todos conocidos nuestros; es decir, la familia
Gmez, Diego Meneses y Francisco Solfa, despidindose de Isabel
Ilincheta que, en unin de su padre, se volva para Alquzar. Casi a un
tiempo todos aqullos le dirigan la palabra desde la ventana y ella les
contestaba, asomando a veces la cabeza por debajo del capacete, sin
desatender el joven al estribo, que apoyaba en l un pie mientras asa
con la mano izquierda la abrazadera del quitrn.

En esto llegaban las dos muchachas por la parte del norte de la calle.
Desde lejos reconoci Cecilia al joven que haca de lacayo, Leonardo
Gamboa. Y aunque no haba visto todava a la dama del carruaje, ni a
derechas la conoca tampoco, adivin quin poda ser. Andando, andando,
form la resolucin de dar un buen susto a los dos, tal que les sirviera
de castigo, si no de saludable escarmiento. Para ello, adelantose a su
compaera, le peg un fuerte empelln a Leonardo, que, por no estar
prevenido, perdi el equilibrio, resbal y dio de costado en la concha
del quitrn, a los pies de la sorprendida dama. Esta, ignorante de lo
que pasaba, o juzgando que aquello no era ms que una broma, aunque
pesada, sac la cabeza por debajo de la cortina para ver a la agresora,
en cuyo momento, creyendo reconocerla, entre asustada y reda,
exclamo:--Adela!

En efecto, Cecilia, sin el disfraz, pues se le haba rodado el embozo a
los hombros, la negra cabellera flotando, slo sujeta a la altura de la
frente por una cinta roja, con las mejillas encendidas y los ojos
chispeantes de la clera, era el trasunto de la hermana menor de
Leonardo Gamboa, aunque de facciones ms pronunciadas y duras. Mas ay!
reconoci ella pronto su error. Apenas se cruzaron sus miradas, aquel
prototipo de la dulce y tierna amiga se transform en una verdadera
arpa, lanzndole una palabra, un solo epteto, pero tan indecente y
sucio que la hiri como una saeta y la oblig a esconder la cara en el
rincn del carruaje. El epteto constaba de dos slabas nicamente.
Cecilia lo pronunci a media voz, despacio, sin abrir casi los
labios:--Pu...!

Nemesia se llev por fuerza a Cecilia, Leonardo se incorpor como pudo,
el seor Ilincheta dio la orden de marcha, el calesero peg con el pie
en los ijares del caballo de varas, dejando caer al mismo tiempo la
punta del ltigo en las espaldas del de fuera y el carruaje parti a
buen paso, con lo que a poco ms se perdi de vista en la esquina de la
calle inmediata, por donde torci a la derecha en direccin de la puerta
de las murallas de la ciudad, llamada _de Tierra_. En vano las seoras y
caballeros en el poyo de la ventana esperaron ver alzarse la cortina del
postigo posterior del quitrn y asomar el pauelo blanco para decir el
ltimo adis. Ni aqulla se movi, ni apareci ste tampoco, pregonando
el hecho, desde luego, la desagradable impresin que haba producido el
lance en el nimo de los desapercibidos viajeros. Mas todava cuando
recapacitaron en lo que acababa de suceder, ya no estaban all las
mulatas, ya haba desaparecido Leonardo juntamente con el carruaje.

En la calle de la Merced, cerca del convento de este nombre, como quien
va para la alameda de Paula, sobre la mano derecha, hay una casa de
azotea, la nica de la cuadra. La entrada, aunque amplia, pues admita
hasta dos carruajes en fila, no era de las llamadas propiamente de
zagun. Delante de la puerta haba estacionada una mala volante a la que
se hallaba enganchado entre varas, un caballo que para no desdecir de
aqulla tena ms de Rocinante que de Bucfalo. Encaramado all en la
alterosa silla, hecha as por la multitud de sudaderos para mejor
resguardo de los lomos de la bestia, descansaba a horcajadas el calesero
negro, cuyo traje y aspecto no desdecan un punto del resto del
equipaje. Mientras esperaba por el dueo, o dorma, o tena en la
mollera ms aguardiente del necesario, porque le costaba trabajo
mantener la cabeza erecta y alta, antes daba a veces con la frente en el
pescuezo del caballo, que por su inmovilidad pareca de piedra.

Se le acerc _sea_ Josefa por el lado de dentro y le dirigi la palabra
repetidas veces, sin lograr que despertara o diera seales de vida. Bien
es que ella, por respeto o por natural timidez, ni alzaba bastante la
voz, ni osaba tocarle. No saba su nombre tampoco, pero sospechando que
se llamaba Jos, le dijo ste repetidas veces en tono carioso:--Jos,
Jos, Joseto, est ah el Doctor?

Medio se incorpor el negro en la silla, e hizo muecas horribles en el
afn de abrir los ojos, casi cegados por el polvo blanco de la calle, y
dijo al fin:--_Yo no me ama Jos, me ama Ciliro, y mi amo el Dotor
est ah aentro, si no ha salo. Dentre, dentre._

Despus de darle las gracias al amable calesero, entr, en efecto, la
anciana. Haba en la sala varias personas de aspecto pobre y ambos sexos
esperando por el mdico, el cual en aquel momento no se hallaba
presente. _Sea_ Josefa le conoca, y desde luego le busc por todas
partes con cierta inquietud, pues tal vez haba salido; aunque el hecho
de la volante a la puerta y la presencia de los pacientes en la sala,
indicaban que si estaba fuera de casa, no era para la visita ordinaria
de enfermos que giraba todos los das despus de almuerzo. Al fin
alcanz a verle en el patio, inclinado sobre un hombre que, sentado en
una silla, emita de cuando en cuando quejidos apagados, ms dolorosos,
por donde se conoca que el Doctor ejecutaba una operacin quirrgica
difcil. Era Montes de Oca cirujano hbil, no cabe duda, al menos
atrevidsimo en el manejo de la cuchilla, tajando carne humana como
quien taja hogazas de pan, siempre, es verdad, con acierto, tal vez por
la misma sangre fra con que ejecutaba esas operaciones carniceras.
Cuntase, en efecto que en cierta ocasin le abri el vientre a un
individuo para extirparle un absceso que se le haba formado en el
hgado, y que lo ejecut con la mayor fortuna, pues no se le muri el
paciente entre las manos, sino que san, al menos de aquella dolencia.
Eso s, era tan hbil como interesado y codicioso de dinero. A nadie
curaba de balde; ni se mova de su casa sino para hacer visitas de paga
al contado violento, o con promesa explcita de que se le pagara bien
su habilidad, reconocida generalmente, tarde que temprano.

Conoci luego _sea_ Josefa que haba terminado la operacin, as porque
haba cesado de quejarse el paciente, como porque el Doctor, alzando el
instrumento con que la haba ejecutado, dijo:

--Ea! ya est Vd., despachado. Vea lo que tena en el odo: un frijol,
como un garbanzo, pues con la humedad de esa parte creci dos tantos de
su natural tamao.

--Gracias, Doctor, mil gracias. Dios se lo pague y le d mucha salud. No
sabe Vd. cunto me ha atormentado ese frijol en el odo. Haca ms de
diez das que no dorma, no coma ni...

--Lo creo, le interrumpi el Doctor con aire triunfante y no poco
receloso. Buen trabajo me ha costado extraerle el cuerpo extrao. Luego,
la parte esa es tan delicada, que por poco que me fallase el pulso
podan resbalarse las pinzas y daarle el tmpano del odo y dejarle
sordo por el resto de sus das. Bien. Ahora me paga Vd. mi trabajo, se
marcha a casa y se da unos baitos de cocimiento de malvas con unas
gotas de ludano para calmar la irritacin...

--Cunto le debo Doctor? pregunt el hombre temblando, no ya del dolor,
sino del recelo de que le pidiesen mucho dinero por una operacin
ejecutada, y eso brevemente.

--Media onza de oro, contest Montes de Oca con sequedad e impaciencia.

No tuvo el hombre ms remedio que meterse la mano en el pantaln y sacar
un pauelo nada limpio, en una de cuyas puntas tena atadas varias
monedas, que ciertamente no hacan mucha mayor suma de la que haba
exigido el cirujano por la curacin. Volva ste para la sala, como
acostumbraba con la cabeza baja y el hombro derecho derribado, cuando se
encontr de manos a boca, cual se dice, con _sea_ Josefa, a la que
pregunt con su voz gangosa:

--Qu quiere Vd. buena mujer?

Por toda respuesta _sea_ Josefa le alarg la carta de recomendacin.

--Ah! agreg el cirujano despus de haberla ledo. Tena ya noticias de
esto. El mismo seor don Cndido estuvo aqu bien temprano y me habl
del asunto. Pero debo decirle a Vd. lo que a l le dije, a saber: que no
he visto an a la enferma, que no conozco el caso y que sin conocerlo
tendra que ser adivino para decidir lo que deba hacerse.

--No le cont el seor don Cndido, se atrevi a observar la anciana,
toda temblorosa, que el caso es desesperado, digo, que no da espera,
porque depende la vida o la muerte...?

--S, s, la interrumpi el cirujano. Algo me dijo sobre eso el seor
don Cndido. El caso es que no puedo atender a todo. Si me dividiese en
diez me parece que no daba avo. Ve Vd. los que aqu aguardan por mi?
Pues fuera me esperan muchos ms, y todos con premura. Estimo al seor
don Cndido, s que es generoso, desprendido y que sabe agradecer los
favores que se le hacen. Deseo, puedo y est en mi mano servirle; creo
que si le sirvo esta vez, ha de pagrmelo bien. Mas Vd. es mujer
racional, conocer que necesito tiempo, que debo examinar por m mismo
el caso antes de aventurar un diagnstico. Tal vez no tenga cura, tal
vez sea peor el remedio que la enfermedad. No soy el mdico brujo que a
ciegas decida y as sala ello. Sin embargo, quizs Vd. pueda darme
mejores informes de lo que ha podido el seor don Cndido, que, por lo
que entiendo, conoce el caso de odas. Quin es la enferma?

--Mi hija!, seor don Toms.

--Hija de Vd. eh? Qu edad tendr ahora?

--Va en los treinta y siete.

--Vamos, no es vieja. Hay ah cuerpo todava, y habr resistencia. Qu
tiempo hace que enferm?

--Ay, seor! Mucho tiempo, la vida de un cristiano, har ahora
dieciocho aos ms bien ms que menos.

--No, no quiero decir eso. Desde cundo entr en el hospital de Paula?

--Poco despus de haber enfermado. Hace ahora algo menos de diecisiete
aos, porque la nia tendra unos dos meses de nacida cuando, por no
poderla sujetar en casa, me vi obligada a ponerla en el hospital de
Paula, segn me aconsej el mdico Rosan. Ya puede imaginar el seor
Doctor lo que me costara esta separacin. Se me arranc el alma...

--De suerte, aadi pensativo Montes de Oca, de suerte que la nia...

--Mi nieta? dijo _sea_ Josefa.

--S, su nieta de Vd., hija de la enferma, tendr...?

--Va en los dieciocho aos de edad.

--Y qu tal?

--A Dios gracias, buena y sana.

--No, no es eso. Pregunto que qu figura tiene, qu tal parece la
muchacha.

--Ay, seor Doctor! su figura y su parecer son los que van a acabar
conmigo antes de mucho tiempo. Aunque me est a mal el decirlo, es lo
ms lindo en verbo de mujer que se ha visto en el mundo. Nadie dira que
tiene de color ni un tantico. Parece blanca. Su lindura me tiene loca y
fuera de m. No vivo ni duermo por guardarla de los caballeritos blancos
que la persiguen como moscas a la miel. Me tiene sin sombra.

--Y esa muchacha encantadora acompaara a la enferma si la sacamos del
hospital?

--Si el seor Doctor lo cree conveniente, me parece que s la
acompaara.

--De convenir, creo que convendra y mucho; pero se ofrece una
dificultad. Veamos. Qu tiempo hace que no se ven la madre y la hija?

--Qu! Hace una pila de tiempo. Ms de diecisiete aos.

--Tanto? Malo. Pero Vd. u otro le habr hablado a menudo a la madre de
la hija y a la hija de la madre?

--A la madre s le he hablado frecuentemente de la hija, cada vez que he
ido a verla; a la hija nunca de su madre. Estoy por creer que no sabe
que existe.

--Conque no se ha intentado nunca el que se vean la madre y la hija?

--Nunca.

--Mal hecho.

--As cre yo, pero el seor Doctor Rosan, que fue quien la asisti en
el parto y despus del parto, me aconsej que las separase, y despus
que a la madre se le remat el juicio, me repiti que no le hablase de
eso a la hija, porque querra verla y era fcil que la loca en uno de
sus arrebatos la ahogase con sus propias manos. Pues es preciso que sepa
el seor Doctor don Toms, que tom la locura con la hija, diciendo que
como haba nacido blanca tena a menos el tener madre de color.

--Vaya, pues. Se equivoc Rosan. Es un buen mdico, no se puede negar,
slo que en este caso me parece que perdi los papeles o que se le fue
el santo al cielo. Si la madre y la hija se ven de repente, despus de
una larga separacin, tal vez se efecte una reaccin, y las
enfermedades se curan con reacciones o revulsiones, no con medicinas,
particularmente aqullas en que aparece afectado el sistema nervioso.
Somos todo nervio, nada ms que nervio. Irritados los nervios cate Vd.
la locura. Estaba pensando... Se haba pensado llevar la enferma al
campo, a una finca que poseo cerca del puerto de Jaimanitas, a fin de
ver si cambiando el aire y dndose unos baos de agua salada, se lograba
la revulsin que se busca. Pero es que la hija no puede ir all con la
madre. Figrese Vd. que en esa finca, en el ingenio de Jaimanitas, digo,
tengo sociedad con los Padres Belenitas. Lo administran y muchos de
ellos se pasan en l buenas temporadas, en particular durante la
molienda. Qu escndalo no se armara con la aparicin de una joven tan
linda, como Vd. dice, en medio de aquellos benditos Padres? La
tentacin! Dios nos libre. Ms de uno de ellos perdera el juicio y se
dira que yo tena la culpa... Mas ya veremos modo de arreglar eso.
Vulvase Vd. por ac pasado maana, que yo ver a la enferma entre tanto
y dir a Vd. lo que haya de hacerse. Quiero servir al seor don Cndido,
puedo servirle, y me parece que ser con beneficio de todos los
interesados.




CAPTULO XIII

     _La alegra del corazn conserva
      la edad florida, la tristeza seca
      los huesos._

     Parbolas de Salomn.


En la poca de que venimos hablando, eran _rara avis_ los dentistas de
profesin en La Habana. Siguiendo aquel refrn castellano que ensea: al
que le duele la muela que se la saque, el oficio o arte dental lo
ejercan, por la mayor parte, en las poblaciones, los barberos; en los
campos los cirujanos, quines armados con el potente gatillo de acero,
no dejaban diente ni muela con vida.

Haba tambin sacamuelas intrusos o aficionados. Entre stos, uno de
nombre Fiayo se haba hecho clebre por la destreza y habilidad con que
pona las races al aire y sin dolores de esos apndices de la
masticacin. Su fama y popularidad, sin embargo, provenan del hecho,
primero, de no emplear instrumento quirrgico de ninguna clase; segundo,
de no llevar dinero por sus mgicas operaciones dentarias.

La hija mayor de los seores Gamboa, Antonia, haca tiempo vena
padeciendo de una neurosis de carcter agudo a la cara, cuyo asiento en
la mandbula superior daba lugar a presumir tena por causa la carie de
un molar. Los mdicos consultados, despus de probar la aplicacin de
apsitos, sanguijuelas, enjuagues y cabezales, sin fruto aparente,
decidieron se hiciera la extraccin. Pero la idea no ms de que para
llevarse a efecto haba de emplearse el temible gatillo, ocasionaba
sudores y desmayos en la dolorida joven.

Por aquellos das lleg a La Habana, desde el campo, el mgico dentista
Fiayo, y, como de costumbre se hosped[40] en casa del Doctor Montes de
Oca. No bien lleg a odos de doa Rosa la noticia, cuando dispuso la
engancharan el quitrn, y sola, con la hija doliente, se dirigi a la
calle de la Merced. Llena estaba la sala de pacientes, unos en solicitud
de los consejos o remedios del mdico, otros de los servicios del famoso
sacamuelas. Este ocupaba el segundo cuarto, cuya puerta y ventana daban
al patio, y era por eso el ms claro y a propsito para las operaciones
de la boca. All tena una silla comn de madera, en que haca sentar al
paciente con la cara para el este, y en un dos por tres pona al aire
las races de la muela o el diente que le indicaba el interesado.
Suceda a veces que encontraba mayor resistencia de la que poda vencer
con la fuerza del pulgar y del ndice de la mano derecha; en cuyo caso,
disimuladamente meta sta en la faltriquera del chaleco, cual si
pretendiera enjugrsela, se armaba de una llavecita de hierro, converta
el paletn en gatillo, el tronco en palanca, y el xito era instantneo
y seguro.

La entrada de doa Rosa Sandoval de Gamboa con su hermosa hija Antonia
no caus poca sorpresa en las personas presentes en la sala,
principalmente en Montes de Oca, que si bien era el mdico de palacio y
gozaba de extensa y merecida fama, no estaba acostumbrado a que le
consultasen en su propia casa, seoras tan distinguidas y en la
apariencia ricas. Tamaa condescendencia y amabilidad no podan menos de
obligar a un mdico de las condiciones y calidades del que tratamos
ahora; as fue que, abandonando desde luego a sus pacientes, sali a
recibir y atender a las recin llegadas. No conoca l sino de nombre y
de vista a doa Rosa, a pesar de la estrecha y antigua amistad que le
ligaba con su marido. Pero a tiempo de acercrsele y hacrsela presente,
le pas por la mente que tal vez la inesperada venida de aquella
respetable seora tena que ver algo con la enferma del hospital de
Paula, de la cual hablaba precisamente con la anciana _sea_ Josefa, en
los momentos en que entr en la sala. Y una vez metido este extrao
pensamiento en su cabeza, ya no hubo forma de sacarle de ah.

--La seora esposa de mi caro amigo el seor don Cndido Gamboa y Ruiz,
si no estoy equivocado, dijo Montes de Oca.

--Servidora de Vd., contest secamente doa Rosa.

--Yo lo soy de Vd. muy atento. Y sta es su seorita hija de Vd.?

--S, seor.

--Bien se conoce. Hermosa nia. Dios se la guarde. Tengan la bondad de
pasar adelante y sentarse.

--No hay necesidad, dijo doa Rosa. Vd. es persona muy ocupada, y luego
vena solamente...

--Lo adivino, lo s, mejor dicho, y perdone que la interrumpa, dijo
Montes de Oca con desusada oficiosidad. Me complace el ver que Vd.,
tambin se interesa por la salud de la enferma en el hospital de Paula.
Tanta bondad y nobleza de alma son mucho de celebrarse. Lo veo, lo
comprendo perfectamente, desea Vd., conocer cuanto antes cul es mi
diagnstico acerca del estado de la pobre muchacha. Es de celebrarse.

No teniendo noticias de semejante enferma, la madre y la hija se miraron
azoradas, azoramiento que el mdico no slo no entendi, sino que lo
interpret por uno de aquellos sentimientos de admiracin mezclados de
gratitud que sienten las personas bien criadas cuando les adivinan sus
pensamientos y se anticipan a sus caros deseos. Halagada de este modo
su vanidad, continu diciendo, cada vez ms satisfecho de su
penetracin:

--Dir a Vd., seora ma, con gran sentimiento, lo mismo que acabo de
decirle a la anciana madre de la enferma, con quien me ha visto Vd.,
hablando hace poco. No es nada favorable mi diagnstico. Con Vd. aun
puedo ser ms franco que con la madre. Ah no hay ya fuerzas, sujeto,
como decimos; quedan slo alma en boca y huesos en costal, segn se dice
de los bozales recin llegados de Guinea. Su mal trae origen de una
meningitis aguda, superveniente de un susto, que bajo el influjo de una
fiebre puerperal, la priv del juicio y produjo un desorden general del
sistema nervioso, cuyo estado ha pasado a crnico, para el que hasta
ahora no se conoce remedio en la ciencia mdica. En el da los sntomas
ms marcados son los de una consuncin lenta, ya en el ltimo perodo,
cuyo trmino puede ser ms o menos cercano, pero cierto y fatal que, o
mucho me engao, o no podra alargar una hora, un minuto el mismo
Galeno[41] si para ello solamente volviese al mundo. Esta clase de
enfermos acaban como las velas as que se evapora el sebo de que estn
hechas. Se apagar su vida el da y a la hora menos pensada. Lo peor de
todo, _misea_[42] Rosa, es que ya es demasiado tarde para sacarla del
hospital. Corremos riesgo de que se nos quede muerta entre las manos,
que se apague la vela en cuanto le d el aire libre del campo. Siento
mucho no poder llenar los deseos del seor don Cndido...

En este punto hizo Rosa un movimiento de sorpresa que llam la atencin
aun del embebecido mdico, obligndole a dejar trunca la frase. No era
para menos la especie. Mujer ms joven, menos precavida que ella, habra
hecho una exclamacin demostrando mayor desazn y clera. De tal
naturaleza fue, sin embargo, la impresin que le causaron las ltimas
palabras de Montes de Oca, que cambi de color, ponindosele rojo en el
primer instante el rostro, y luego plido, y desapareci, por supuesto,
la plcida expresin con que haba estado escuchando el ininteligible
diagnstico. Aunque de origen bien diverso, la misma sensacin de
extraeza experiment Antonia. No comprenda sta, es cierto, por su
juventud y ninguna experiencia, toda la malicia que poda encerrar el
hecho de que su padre desease sacar del hospital de Paula a una muchacha
enferma y desconocida para toda la familia, con el objeto de que se
curase en alguna otra parte. Pero no se hallaba doa Rosa en el mismo
caso. Lo que era oscuro e insignificante para la hija, era un mar de luz
para la madre, la verificacin de continuas sospechas, el aguijn de
celos antiguos y siempre vivos. Quin poda ser aquella moza, ni qu
clase de relaciones tena o haba tenido con ella su esposo, que estaba
empeado en sacarla del hospital de Paula por medio del mdico Montes de
Oca? Deba de ser una mulata, pues que su madre era casi negra. Se
hallaba gravemente enferma, el mdico la haba desahuciado, estara
hecho un esqueleto, fea, asquerosa, morira ciertamente en breve; pero
haba sido su rival, haba gozado a la par con ella del amor y de las
caricias de Gamboa.

Por qu disposicin del cielo averiguaba en la hora postrera un secreto
tras el cual vena corriendo haca ms de una dcada? Ya era poco menos
que intil la venganza. La muerte se interpondra en breve entre la
esposa y la manceba. Qu desesperacin! Qu tumulto de pasiones! Qu
atar y desatar de cabos sueltos, ocultos mas no olvidados en los
rincones del pensamiento! Quera hablar, gritar, desahogar de alguna
manera su corazn oprimido. Cunto alivio no la habran proporcionado
las lgrimas! Cristiana y discreta como era doa Rosa, sin duda hubiera
dado en aquel instante la mitad de su vida por retrotraer los sucesos
al ao 13  14, en que, joven todava, llena de fuerza y de encantos
personales, con menos cordura y calma, la hubiera sido fcil, plausible,
hacer valer sus derechos de esposa, de madre y de seora.

Mientras revolva todas estas cuestiones en la cabeza, obra que no le
cost muchos minutos, sino segundos de tiempo, y senta que la sangre se
asomaba toda a sus mejillas, pasole por la mente lo de la nia en la
Casa Cuna y su lactancia por Mara de Regla, la esclava ahora de
enfermera en el ingenio _La Tinaja_; y dedujo, por necesaria
consecuencia, que esa historia se relacionaba estrechamente con la mujer
enferma en el hospital de Paula. Buscaba, pues, Gamboa salvarle la vida
a la madre de su hija bastarda? Quin sera sta? Viva an? La
reconoca como tal el padre? Fuerza era averiguarlo. Tal vez Montes de
Oca estaba enterado. Haciendo un esfuerzo supremo, logr dominar la
agitacin ya a punto de embargarle los sentidos; y decidi apurar hasta
las heces la copa de la curiosidad y de los celos. As, tomando de nuevo
el hilo de la conversacin con Montes de Oca, que mostraba deseos de
manifestar cuanto saba, dijo:

--Yo tambin siento en el alma que no se pueda hacer nada de provecho
con la pobre...

--Rosario Alarcn, sugiri el mdico, viendo que doa Rosa titubeaba.

--Rosario Alarcn, repiti sta. Lo ms presente que yo tena. Mi
memoria es flaca en esto de recordar nombres. Se lo dije a Gamboa que ya
era demasiado tarde y no dudo que el desengao le causar un verdadero
pesar. Luego la hija, as que lo sepa...

--En cuanto a eso, repuso prontamente Montes de Oca, pierda Vd. cuidado,
_misea_ Rosa. La abuela ha tenido la habilidad de ocultarle a la hija
hasta la existencia de la madre enferma.

--Es posible! exclam doa Rosa. Parece increble...

--Nada ms fcil, continu el mdico. Esto es, repito lo que me ha
contado la anciana que acaba de salir de aqu y que yo no hallo
absurdo. Supongo que Vd. no ignora que cuando pusieron en Paula a la
Rosario Alarcn, la hija era una chiquilla, sin uso de razn para echar
de menos a una madre a quien despus no ha visto.

--Con que la hija, una mujer hecha y derecha...

--Y muy linda, sin desdoro de los presentes, dijo Montes de Oca,
cortando otra vez la palabra a su interlocutora para interpretar a su
manera un pensamiento no ms que indicado.

--Quiere decir, dijo doa Rosa, que Vd. conoce a la mozuela. Estara
aqu con la abuela.

--No, seora, no la he visto nunca. Hablo por boca de ganso, repito lo
que me ha contado la abuela. Mejor dicho, no la veo desde el primero o
segundo mes de nacida, cuando la Real Casa Cuna o de Maternidad estaba
situada en la calle de San Luis Gonzaga, cerca de la esquina de la del
Campanario Viejo.

--Luego tal es la nia para cuya crianza se tom en alquiler a mi
esclava Mara de Regla.

--Puede ser, yo no s de eso jota.

--Cmo que no, si por orden de Vd. se me pagaron las dos onzas
mensuales del alquiler mientras dur la lactancia de la susodicha nia?

--Por orden ma? Perdone Vd. _misea_ Rosa. No tengo idea de semejante
inquilinato, y, por supuesto, de la tal mensualidad. No estar Vd.
equivocada?

--Vaya, seor Doctor, repuso doa Rosa. Es olvido o pura modestia de
Vd.?

--Ni lo uno ni lo otro, mi seora. Positivamente no tengo noticias de lo
que Vd. dice.

--As ser, dijo al fin doa Rosa advirtiendo que el mdico se pona en
guardia. Comprendo lo que pasa por Vd.: no quiere que se hable ms de
este asunto. No aadir palabra. Eso no obsta para que yo le manifieste
mi complacencia por el uso que hizo Vd. de los servicios de mi esclava,
cuando se le ofreci sacar de apuros a un amigo. Permtame le agregue,
ya que se presenta la ocasin, que me negu a tomar un peso por el
alquiler de la criatura, y que si al fin recib el dinero fue porque se
me dijo que de otro modo Vd. no la aceptaba.

Guard silencio Montes de Oca. nicamente inclin respetuoso la cabeza
como hombre que, cogido en un fallo, y sin salida plausible ni medios de
defensa, se resigna y aguarda la sentencia. Pero lo poco que neg fue
precisamente aquello de que deba estar ms convencida doa Rosa, es a
saber, del inquilinato de la nodriza y del salario que por ello la
abonaron mes a mes, durante cierto tiempo. En lo que s se equivocaba
lastimosamente era en dar por hecho que Montes de Oca haba sido el
contratante y pagado el dinero del supuesto alquiler. Sobre este
particular importante haba sufrido dicha seora un engao: su marido
no le haba dicho la verdad!

Ahora bien: a la vista de la persistente negativa del mdico, sali
doa Rosa de su error? Difcil es la comprobacin en tales casos, y por
lo mismo nos limitamos a decir que, aclarados ciertos particulares
oscuros sobre la mujer enferma y las relaciones que con ella y con la
hija tena su marido, lo dems se caa de su peso, se infera sin
esfuerzo, y no era digno de una seora el informar a una persona extraa
de secretos de familia que quizs realmente ignoraba. Desisti, pues,
del ataque y concluy pidiendo al mdico que la perdonase las molestias
que le haba ocasionado, sirvindose decirla si Fiayo se hallaba
dispuesto a examinarle la boca a su hija Antonia. Por sentado que lo
estaba, y se ejecut la operacin con toda felicidad. Despus, don Toms
Montes de Oca tuvo la cortesa de acompaar a las dos seoras hasta el
estribo del carruaje y de ayudarlas a montar en l. Y una vez sentada y
emprendida la marcha en vuelta de la casa, doa Rosa se cubri la cara
con las manos y dio a llorar y sollozar sin medida ni consuelo; todo
esto con extraeza grande de la hija, quien, ocupada de su propio dolor
fsico, no haba echado de ver la transformacin del semblante de su
madre as que se alej de la presencia del mdico.

Conviene advertir aqu que a consecuencia de un disgusto con su padre
por la salida a la calle tan de madrugada, segn hemos referido ya,
Leonardo haca tres o cuatro das que no paraba en su casa, sino en la
de una ta materna. Esto contribuy a aumentar el pesar de doa Rosa. No
slo se neg a sentarse a la mesa, lista para el almuerzo, sino a darle
explicacin alguna a don Cndido sobre los motivos de su sentimiento. En
medio del llanto y de los suspiros, pronunci varias veces el nombre del
hijo favorito, razn por qu las hijas, suponiendo que la ausencia de
ste era la causa original de sus lamentos, despacharon a Aponte en su
busca con el carruaje. Vino el joven, y al punto doa Rosa, rodendole
con sus brazos, le cubri la frente de besos y de lgrimas. Dbale entre
tanto los eptetos ms cariosos y le deca:--Hijo del alma, dnde
estabas? Por qu huas de las caricias de tu madre? Mi amor, mi
consuelo, no te apartes de mi lado. No sabes que tu triste madre no
tiene otro apoyo que el tuyo? T no mientes, t dices siempre verdad, t
eres el nico en esta casa que conoce lo que vale una madre y esposa
leal. Mi vida, mi corazn, mi fiel amigo, mi todo ya en el mundo, qu,
ni quin tendr bastante poder ahora para arrancarte de mis brazos? Slo
la muerte.

Al fin esta seora, casada, madre de familia, halagada por los dones de
la fortuna y de la naturaleza, al llegar a su casa se encontr rodeada
de varias personas que le eran muy queridas, que la respetaban y que se
apresuraron a enjugar sus lgrimas, a ofrecerle consuelos y
distracciones. Al fin, aquella angustia suya, dado que legtima, naca
de un mero desengao en su vida conyugal, que por la poca en que le
recibi, bien se conoca que el ngel de su guarda se le haba apartado
de los ojos hasta la hora en que su conocimiento la fuese menos
doloroso. Hasta all un golpe de celos era lo nico que vena a turbar
la serenidad de sus das, por otra parte siempre plcidos e iguales.

Pero qu haba de comn entre el pesar, el desengao ni los celos de
doa Rosa Sandoval de Gamboa, y el pesar, el desengao y la desolacin
de la pobre _sea_ Josefa, ms desamparada y sola que antes desde el
punto que se separ del mdico Montes de Oca y volvi a cruzar el umbral
de su casita en la calle del Aguacate? Con razn pudo entonces exclamar
con el salmista:--Venid, cielos y tierras, aves que poblis el aire,
peces que llenis las aguas, brutos que hollis los campos, y decidme:
Hay dolor comparable con el dolor mo?

Nadie le pregunt por qu lloraba y se mostraba tan afligida. Cecilia, a
quien encontr all de vuelta, estaba harto disgustada para pensar en
los disgustos ajenos. Nemesia tambin guard un profundo silencio,
diciendo slo al despedirse de las dos:--Hasta despus. Aun la imagen de
la Virgen en el nicho, frente a su butaca, pareca que no deba
ofrecerla esta vez consuelo. Transida por el dolor de la espada que le
atravesaba el pecho, diriga hacia otra parte sus amorosos ojos.

Y tal fue, despus de todo, la indicacin oportuna que recibiera _sea_
Josefa en medio de su pavorosa soledad. La madre del Salvador del mundo,
en los momentos de perderle enclavado en una cruz, claramente le
enseaba con su resignada, sublime actitud, que hay dolores tan grandes
para los cuales no se encuentra consuelo aqu abajo, sino all arriba,
en el cielo!




CAPTULO XIV

     _Meditando su pena_
     _Dentro del pecho el corazn se abrasa:_
     _El fuego desordena_
     _Los lmites y pasa:_
     _Y suelta ya la lengua, habl sin tasa._

         GONZLEZ CARVAJAL


La extraa conducta y las frases irnicas de su cara esposa traan
alarmado a don Cndido Gamboa. Nunca haba usado ella un lenguaje tan
sarcstico. Por el contrario, en sus arranques de celos siempre haba
pecado por franca y desembozada. Qu haba averiguado de nuevo? Dnde
haba estado aquella maana, que la produjo tal cambio?

No entraban en el carcter, ni en las ideas de honor y dignidad de don
Cndido el pedir a su esposa la explicacin del misterio, menos a los
hijos con quienes pocas veces hablaba, mucho menos a los criados, alguno
de los cuales saba ms secretos de la familia de lo que convena a la
paz y a la dicha del hogar. Hombre de mundo y astuto, crey que poda
dejar al tiempo y a la indiscrecin de la mujer o de los hijos el salir
de dudas ms tarde o ms temprano.

Adopt, eso s, mayor cautela, observ con doble atencin; y he aqu la
sola novedad que se oper en su conducta en adelante respecto de su
familia. Ni tuvo que mantener larga espectativa tampoco, porque das
despus, en la mesa del almuerzo, se habl de la neurosis facial de
Antonia y del alivio que senta despus de la extraccin de la muela por
Fiayo. No necesit de ms don Cndido: su mujer haba estado en casa de
Montes de Oca, donde era notorio que aqul paraba y ejecutaba sus
operaciones dentarias.

Precioso dato ste; slo que, en vez de ayudarle a resolver el enigma,
contribuy a desorientarle y hasta cierto punto a adormecer sus recelos.
Porque no caba en su cabeza que el mdico hubiese hablado a su esposa
de la moza enferma en el hospital de Paula. Por flojo de lengua que le
supiese, no poda imaginar siquiera que llevase la candidez (malicia no
era) al extremo de comunicar a una persona extraa que vea por la
primera vez, un asunto con el cual no tena relacin ni inters alguno.
Con qu motivo, tampoco, suscitar la conversacin? Daba por hecho
Gamboa, adems, que l haba hablado al mdico sobre la enferma en
confianza, y aunque no le haba exigido el secreto, se entenda que
deba observarse en todas circunstancias.

Ya se ha visto cun falaces eran todos estos razonamientos de don
Cndido. Del mismo errneo tenor fue la reflexin de que _sea_ Josefa,
encontrndose por casualidad con doa Rosa en casa de Montes de Oca,
tuvo una explicacin, o habl delante de ella de la enferma en el
hospital de Paula. En esta persuasin la esper varias maanas seguidas
al postigo de la ventana de su casa.

Intilmente. El mdico haba sido todava ms franco, diramos ms rudo
con la anciana que con doa Rosa. De una vez le quit toda esperanza,
cuando en el lenguaje vulgar, no en el de la ciencia, le desahuci a la
hija. Para una mujer de sus aos, agobiada por los trabajos y los
pesares, cada vez ms descontenta de su nieta, que llevaba, al parecer,
el mismo camino de la madre moribunda, era aquella noticia ms de lo
que su espritu y su cuerpo podan sobrellevar. Para valernos de sus
propias palabras, ya haba ella andado la _via crucis_, se hallaba en la
cima del calvario, slo faltaba la _crucificacin_, la muerte que
compasiva, pondra fin a una existencia ya muy larga para lo que haba
sufrido, tela inacabable de privaciones y de sacrificios.

De este golpe no se repuso ms. Tras el llanto y otras demostracciones
de dolor, acudi con doble ahinco que antes, al rezo, a la oracin, a la
confesin y comunin casi diarias, a la penitencia continua, recayendo
al cabo en aquel estado de indiferencia y apata mental y corporal para
los negocios del mundo, que tanto se asemeja a la fatuidad o a la
demencia. No parece sino que de repente se le haba apagado el fuego
misterioso que desde los primeros aos de su existencia vena
comunicando calor a su sangre, actividad a su espritu. Porque dej de
ser comunicativa, se encerr en s misma, descuid a la nieta, se ocup
solamente de los actos de devocin que eran en ella una segunda
naturaleza, un movimiento automtico, se ech a dormir, en una palabra,
desde entonces, el sueo de la vida.

Tal y tan repentino cambio no pudo menos de llamar la atencin de
Cecilia, quien, si al principio se aprovech de l para satisfacer sus
pasiones y caprichos, sinti luego mayor compasin y ternura por su
abuela. Conociendo que sin enfermedad aparente, el da menos pensado
caera muerta, empez a asustarse y ocuparse ms de su propio porvenir.
En breve se quedara sola en el mundo, destituida de parientes, de
amigos respetables, de amparo, y redobl sus cuidados con la abuela, fue
con ella ms amable y servicial de lo que jams haba sido en su vida.
Pero sus caricias, sus palabras amorosas, sus asiduos oficios de hija
sumisa y tierna no obtenan correspondencia digna de este nombre, no
excitaban a veces ms que una sonrisa fra y... pavorosa para la
inexperta joven, que crea ver en eso un signo de anticipada
decrepitud, si no de demencia. Ni era que la anciana haba perdido ya la
facultad de sentir, porque ms de una vez la sorprendi la nieta con las
mejillas hmedas de las lgrimas. Si ste fue el estado de _sea_ Josefa
inmediatamente despus de su ltima entrevista con Montes de Oca, mal
pudo ella acercarse a don Cndido para hablarle de un asunto casi
borrado de su memoria.

No era por cierto mucho ms llevadera la situacin de este caballero.
Segua guardando con l su esposa desusada reserva, tal que rayaba en
despego; al paso que, como por pique, haca con su hijo Leonardo dobles
extremos de cario y de ternura. Cada vez que sala a la calle, le
acompaaba hasta el zagun y all le despeda con besos y abrazos
repetidos. Si volva tarde de la noche, cosa frecuente, le esperaba
anhelosa a la reja de la ventana cual se espera a un amante, y lejos de
reirle cuando llegaba, le besaba y abrazaba de nuevo, como si hubiese
durado largo tiempo su ausencia, o corrido un grave peligro fuera de
casa. Todo le pareca poco a dicha seora para el hijo mimado. Ocioso es
aadir que se anticipaba a sus gustos, que le adivinaba los pensamientos
y que acuda a satisfacrselos, no como madre, sino como enamorada, con
apresuramiento y afn de prdiga, sin prdida de tiempo y costara lo que
costase. Si al volver de una de sus correras insinuaba siquiera que se
senta cansado o doliente, santo Dios! pona ella la casa toda en
movimiento, haciendo que las hermanas, los criados, el Mayordomo, todos,
no se ocupasen de otra cosa que del alivio y bienestar del enfermo.

As tuviese don Cndido la calma del buey o la paciencia de Job, por
fuerza que haban de cargarle estas cosas; ms, hacerle hervir la
sangre, no tanto porque la madre contribua con sus halagos
intempestivos a la perversin del hijo, cuanto porque as tiraba a
mortificar al padre. Tan hostigado se vio, que la dijo un da:

--Si de propsito te pusieras, Rosa, a perder al muchacho, me parece que
no lo haras mejor.

--No eres t quien puede hacerme el cargo, contest ella con mucho
nfasis.

--No obstante, te lo hago.

--Lo veo, y lo atribuyo a que los hombres pierden a veces el... pudor.

--Dura es la palabra, mas la paso en obsequio de la paz.

--No la pases, si te parece. Lo mismo da.

--Es que se me figura que olvidas que yo estoy tan interesado en este
asunto como t.

--T interesado! T interesado como yo en la buena o mala conducta del
nio! Graciosa salida por cierto. Lo dudo, no lo creo, lo niego.

--En vano es negarlo, seora; no sera su padre si otra cosa dijese.

--Pues bien, yo que soy su madre, que le di el ser, que le cri en mis
brazos, digo a Vd. que puede excusarse el trabajo de velar por la suerte
del nio. El no tiene necesidad de los cuidados de padre, le bastan los
de su madre.

--Eso no quita que yo mire con inquietud cmo la madre a posta echa a
perder cada vez ms al mozo.

--No creo que le importe mucho al padre que se pierda o se salve.

--Me importa ms de lo que Vd. se figura, seora ma. Si no llevase mi
nombre...

--Lindo nombre en verdad, donoso!

--Tan bueno es como el de otro cualquiera. Para m vale mucho.

--Creera que eso era as si no hubiese visto que Vd. mismo le ha
arrastrado por el suelo. Lindo nombre, digo. Est Vd. seguro que si lo
que he sabido ahora lo hubiese sabido hace veinticuatro aos, mi hijo no
llevara el nombre que lleva. Pero yo tengo la culpa. No me sucedera
esto si me hubiera llevado por los consejos de mi madre, que santa
gloria haya.

--Y qu os aconsej vuestra buena madre? Se puede saber?

--No tengo embarazo en decirlo, pues me dijo: hija, no te cases con
hombre de opuesta religin o naturaleza a la tuya.

--Lo que tanto vale como decir, me parece, agreg don Cndido bastante
mortificado, que a Vd. la pesa ya haberse casado conmigo. Hubiera Vd.
preferido a un criollo jugador y botarate? Por supuesto.

Tal vez, repuso doa Rosa con mayor suavidad de tono mientras ms
punzantes eran sus palabras. Pero jugador o no, es probable que el
criollo, el paisano mo, se hubiera portado conmigo con ms lealtad y
decencia. De seguro que el criollo no me hubiera engaado por el espacio
de doce o trece aos...

--Acabramos! exclam Gamboa respirando con ms libertad. Protesto
contra la acusacin. Yo no la he engaado nunca.

--Y tiene Vd. valor de negarlo? Quin sino Vd. me asegur una y otra
vez que Mara de Regla criaba a la hija bastarda de un amigo de Montes
de Oca? Quin invent lo del alquiler de la negra? Quin pag las dos
onzas de oro del supuesto inquilinato mientras dur la crianza de la
chiquilla? No, no fue Vd. Fue otro, fue el amigo reservado de Montes de
Oca. El dinero, s, es verdad, no sali del bolsillo de Vd., sali del
mo; por mejor decir, me lo quit Vd., con una mano para devolvrmele
con la otra.

--Ladrn, ladronazo; ni ms claro ni ms turbio, dijo don Cndido
tratando de echar la cosa a broma.

--Lo ha dicho Vd. Y de que es exacta la calificacin, se prueba con el
hecho notorio de haber sido mi caudal mucho mayor y ms saneado que el
de Vd. cuando nos casamos.

--No tiene Vd., necesidad de recordrmelo.

--Cmo que no! estall doa Rosa con entereza. An tengo que recordarle
otras cosas. Pues debo decirle que en caso igual mi marido el criollo
quizs juega su dinero y el mo, pero de seguro que no hubiera gastado
un peso en amoros con mulatas. De seguro que no habra ido a Montes de
Oca para que le sacara la manceba del hospital de Paula y se la curase
en el campo. De seguro que no se desatinara por una mozuela cuyo padre
verdadero sabe Dios quin es.

--Conque todo eso me tena reservado la seora doa Rosa Sandoval y
Rojas?

--He aqu como me explico, continu sta sin hacer cuenta de la salida
burlona de su marido, el odio, s, el odio, ni ms ni menos, que Vd.
siempre le ha profesado a mi hijo. He aqu el verdadero motivo del
empeo de Vd., en separarlo de mi lado y mandarlo a comer cebollas y
garbanzos en Espaa. Tema Vd. que descubriese lo que su madre acaba de
descubrir por una rara casualidad. Tema que le despreciase y tuviese a
menos el llevar el nombre de Vd., al ver con sus ojos los cenagales por
donde Vd., ha venido arrastrndolo. Tema que se avergonzase e indignara
de que su padre, no un criollo jugador y botarate, sino todo un hidalgo
espaol, se la pegaba a su madre con una mulata sucia, que purga sus
penas y pecados en un hospital de caridad.

--Espero que Vd. acabe para...

--Que yo acabe espera Vd.? le interrumpi doa Rosa sonriendo
desdeosamente. No tengo cuando acabar. Para qu tampoco haba de
acabar? Ni qu puede decir Vd., si yo lo oyera, en atenuacin de su
mala conducta con la ms leal y consecuente de las esposas? Podra, se
atrevera Vd., a negar los hechos que le acusan?

--Negarlos a bulto no, explicarlos s, y de manera que Vd. misma se
convenciese que no soy el malvado que su imaginacin la pinta.

--No quiero or ms explicaciones. Sobrado tiempo me ha tenido Vd.,
engaada con sus cuentos y enredos.

--Veo, pues, que Vd., lo que se propone es desfogar su clera, no dar
odos a la razn y a la justicia.

--Lo que yo me propongo, seor don Cndido Gamboa y Ruiz, dijo su mujer
alzando la voz y con ademn solemne, es que Vd. no contine derrochando
mi dinero ni el de mis hijos en _querindangos_ y en la familia de la
querida. Sobre esto y sobre lo de maltratar a mi hijo para que le pague
sus desengaos en amor, mi resolucin est tomada: o Vd., se enmienda o
yo me divorcio.

Con lo dicho don Cndido se retir a su escritorio callado y serio. Y su
retirada la salud doa Rosa con sinceros aplausos desde el fondo de su
pecho. Porque es bueno que se sepa, que mientras dur el vivo dilogo
que acaba de leerse, estuvo ella haciendo un grande esfuerzo sobre s
misma, a fin de decir cuanto tena encerrado en largos aos de zozobras
y sospechas, antes que sus ms nobles sentimientos recobrasen el
acostumbrado imperio y se echase a perder la leccin que haba pensado
darle a su marido. Bueno es decir, adems, que ella se haba casado por
amor, no obstante la oposicin de su madre, y quizs por eso mismo; y no
quera romper con el padre de sus hijos y constante compaero. Despus,
en los veinticuatro aos de matrimonio, no haba tenido ocasin
plausible de arrepentirse, por mucho que no hubiese sido nunca ejemplar
la fidelidad de don Cndido.

Tambin se habr echado de ver en el curso de la presente verdica
historia, que don Cndido, antes y despus de casado, como se dice
vulgarmente, no haba reservado pluma. Bastante galn y de apuesta
persona, en su mocedad haba sido muy enamorado o mujeriego; y tal era
su falta mas de bulto. Pero a pesar de la rudeza de sus maneras y de su
poca cultura, haba bondad e hidalgua en el fondo de su corazn,
prendas stas que rediman en gran parte aquel defecto. Precisamente
porque amaba mucho y bien y era hombre de conciencia, cuando contraa un
compromiso, fuera de la naturaleza que fuese, haca cuanto estaba en su
mano por cumplirlo, arrostrando a veces para ello con frente serena las
dificultades todas que se le presentaban.

Dieciocho o veinte aos atrs, esto es, cuatro o cinco despus de
casado, va con dos hijos de su legtima mujer, tropez con una mozuela
de singular belleza. Sin saber cmo ni cundo contrajo con ella
relaciones clandestinas; lazo fcil de formar cuando el hombre es joven,
rico y buen mozo y la mujer bella, en los quince y de la raza mezclada.
De estos necios amoros result una nia, la cual don Cndido se empe
en salvar, primero de la muerte cuando infante, luego de la miseria, de
la oscuridad y de la degradacin cuando joven. Un compromiso le meti en
otro y otro, no ya slo respecto de esa nia, sino de su abuela, que
pronto tuvo que ejercer con ella los oficios de madre; aunque ninguna de
las tres estaba ya en aptitud ni situacin de apreciar sus favores ni de
reconocer sus costosos sacrificios.

Pasado el tiempo de la efervescencia, el ms propicio para las locuras
de la mocedad, empez a turbarle no poco el nimo el recuerdo de sus
debilidades. De esa fecha datan sus luchas tremendas para llenar sus
obligaciones de amante y padre adltero, sin descuidar las sagradas de
esposo y honrado padre de familia. Pero los celos de doa Rosa,
excitados a lo sumo por el orgullo de raza y de seora casada, por sus
ideas sobre la virtud de la mujer y los deberes de la madre de familia,
la ocupaban de manera y ofuscaban hasta tal punto su razn, que no la
permitan notar que su marido estaba plenamente arrepentido de sus
anteriores faltas, y que para enmendarlas pona todos los medios que
estaban a su alcance. Mientras dicha seora, justamente ofendida, le
echaba en cara sus extravos de mozo, no vea que laceraba una a una
toda las fibras de su corazn; no vea que ya no existan ni podan
existir despus los motivos de celos que tanto la haban desazonado; no
vea, en fin, que deplorando el pasado desde el fondo de su alma, don
Cndido de algn tiempo a esta parte slo trataba de evitar un gran
escndalo, una catstrofe en no lejano porvenir.




CAPTULO XV

     _Perd el desamor
     Con las libertades;
     Qusele bien luego,
     Bien le quise, madre.
     Empec a quererle,
     Empez a olvidarme:
     Rabia le d, madre.
     Rabia que le mate._

       L. DE GNGORA


Cursaban las horas, los das y las semanas y no llegaban a la ciudad
letras ni noticias de Isabel Ilincheta, desde su partida para Alquzar.
Cierto que eran entonces difciles y raras las comunicaciones de la
capital, an con los pueblos de su misma jurisdiccin. Pero no
escaseaban los correos privados, trajinantes o buhoneros, que se
prestaban a llevar y traer cartas y los sin cargar porte. Y de stos
acostumbraba a valerse Isabel para mantener correspondencia con sus
primas las Gmez y con Leonardo.

Sala ste bastante preocupado de casa de esas seoritas al oscurecer
del 6  7 de Diciembre, al propio tiempo que bajaba la calle en
direccin de la de Teniente Rey una mujer, cubierta la cabeza con una
manta oscura. Parecindole que la conoca, apresur el paso, le gan
pronto la delantera, la observ de soslayo y la detuvo, visto que era
Nemesia.

--Qu prisa es sta? la pregunt Gamboa.

--Ay, Jess! exclam la muchacha. Cuidado que el caballero me ha dado
un buen susto!

--Como que te me queras escapar de rengue liso, dijo Leonardo haciendo
uso del lenguaje de la gente de color.

--No es mi natural el escaparme de rengue liso ni labrado, y menos de
las personas de mi estimacin.

--De tu estimacin. Soy yo por ventura de ese nmero?

--El primerito.

--El que te crea que le compre.

--Lo duda el caballero?

--Cmo que si lo dudo? No lo creo, porque dice el refrn que obras son
amores y no buenas razones.

--Qu pruebas tiene el seor para decir eso?

--Muchas. Te dar una, la ms reciente. El da en que me despeda de una
amiga a la puerta de la casa de donde acabo de salir, quin trajo a
Celia para que me viese y se encelara conmigo? T. Nadie ms que t.

--Quin se lo dijo?

--Nadie. Lo sospech entonces y ahora estoy convencido de ello. T eres
ms mala que Aponte, como deca mi abuela.

--No lo crea el seor, dijo Nemesia retozndole la risa en los ngulos
de la boca. Crame el caballero, todo fue una pura casualidad. Yo iba a
buscar costura en la sastrera de _se_ Uribe y Celia quiso
acompaarme.

--S, hazte ahora la santica y la inocente. Sbete que cometes un pecado
en declararme la guerra. Si lo haces porque te figuras que no hay en mi
corazn amor ms que para Celia, mira que te equivocas. Hay para ella,
para la amiga en el campo y todava queda para las malagradecidas como
t un mundo de cario.

--Ahora s que yo digo que el que crea al caballero que lo compre.

--Tienes que creerme, porque te lo digo y porque t eres la mulata ms
salerosa que pisa la tierra.

--Lisonjero! Veleidoso! exclam Nemesia conocidamente pagada del
requiebro. Cuidado que los hombres son malos. Slo que a m no me gusta
partir con _naiden_ ni ser plato de segunda mesa.

--En siendo plato, mujer, no importa de qu mesa. Ay de las que no son
plato de ninguna! porque es la prueba de que se quedaron para tas y
para vestir santos. Celebremos un trato: no me hagas la guerra.

--Dale con la tema: yo no le hago la guerra al caballero.

--S, s, me la haces. Lo veo, lo conozco. Celia est _brava_ conmigo
por ti. Pero has escogido un mal camino para alejarme de ella. No le
eches lea al fuego. Aqu, aqu, aadi oprimindose el lado izquierdo
del pecho con ambas manos, aqu hay lugar para Celia y para su ms
tierna amiga.

--No. Para que yo _dentrara_ ah habra de ser sola, solita. No quiero
compaa en el corazn del hombre que yo ame.

--Egosta! la dijo Leonardo echndole una mirada amorosa. Y se
separaron, tirando Nemesia hacia la calle de Villegas en direccin de su
casa en el callejn de la Bomba, y Leonardo todo derecho a la calle de
O'Reilly.

Haba aqulla odo de los labios del joven, de quien estaba perdidamente
enamorada, que caba en su corazn juntamente con Cecilia. Tal vez la
cosa no pasaba de una mera galantera. Qu decimos? Leonardo slo se
propuso propiciarla, halagando de paso su vanidad femenil con la
esperanza de que en cierta contingencia podra ver realizado su amoroso
deseo. Mas ella reflexion que si caba, lo ms difcil en su concepto,
bien podra suceder que entrase acompaada y se quedase sola y duea del
campo. As que el descubrimiento, adems de causarla un regocijo
indecible, la confirm ms en el plan sobre cuya ejecucin vena
trabajando haca algn tiempo. Para llevarle a debido efecto, dos medios
se ofrecan a su traviesa imaginacin. Con el conocimiento que tena de
los rasgos ms marcados del carcter de su amiga, una ndole
eminentemente celosa, unida a una soberbia desapoderada, juzg Nemesia,
y juzg bien, que si excitaba a lo sumo ambas pasiones, an cuando no
lograse que rompiera con el amante, ni suplantarla en el amor de ste,
hara al menos que l la abandonase.

En la escena deba jugar Jos Dolores su hermano un papel principal.
Daba por hecho que Cecilia no le amara nunca. Esto poco importaba,
porque una vez torcidos los amantes, no sera difcil infundir celos a
Gamboa, por lo mismo que en su pique con el blanco era natural que ella
se prestase a coquetear con el mulato. Ya veremos el desenlace fatal de
estas intrigas.

Sucedi que al desembocar Leonardo Gamboa en la calle de O'Reilly, se
separaba de la ventanilla de la casa de Cecilia un hombre que tena toda
la traza del hermano de Nemesia. Pic aquello su curiosidad, por lo
cual, sin previo aviso, se acerc a media carrera, y con la punta de los
dedos levant el canto de la cortina blanca. Detrs se hallaba Cecilia
sentada en una silla, con el codo descansando en el poyo de la ventana y
la barba en la palma de la mano. Al reconocer a su amante en la persona
que haba levantado la cortinilla, no manifest sorpresa ni alegra.

--S, la dijo l, muy mortificado por lo que haba visto y por la
indiferencia con que ella le reciba. S, disimula ahora. Quin no la
ve ah? Parece que no quiebra un plato. Qu haces?

--Nada, contesto seca y lacnicamente.

--Est fuera tu abuela?

--S, seor. Ha ido a la salve, ah enfrente.

--Abre pues. Djame entrar.

--De ninguna manera.

--De cundo ac tanto rigor? Quisiera saberlo.

--No s. Vd. dir.

--Lo que yo s es que de aqu acaba de salir un hombre.

--No, seor. Aqu no ha estado nadie desde que sali Chepilla.

--Le he visto con mis ojos.

--Sus ojos le engaaron. Ha sido una ilusin.

--Qu ilusin ni que nio _muerto_. Le vi, le vi, no me queda gnero de
duda.

--Entonces creer que Vd. ve visiones.

--No me hables ms con ese aire desdeoso, despreciativo dira, que me
parece intolerable y ajeno de ti y de m. No disimules tampoco ni
busques persuadirme que fue un duende y no un hombre de carne y hueso,
el que acaba de alejarse de esta ventana, tras de la cual te encuentro
sentada y al parecer muy tranquila.

--Ah! Ya eso es otro cantar. Puede Vd. haber visto un hombre parado
donde est Vd., ahora. Lo que yo niego y negar siempre es que Vd. le
viera salir de aqu, porque l no puso los pies en esta casa.

--De todos modos sali de aqu, de este lugar, estuvo conversando
contigo y necesito saber quin es y qu buscaba.

--Necesito, repiti Cecilia con desdn. Qu _guapo_! Ha de ser a la
fuerza? Pues no lo digo.

--Sea como fuere, tienes que decrmelo, o de lo contrario me peleo
contigo y no me vuelves a ver la cara en la vida.

--Eso es lo que yo quisiera ver.

--Lo vers. En fin, me dices quin es?

--No lo digo.

--T parece que quieres jugar conmigo.

--No juego, hablo de veras.

--Bien. Abre la puerta y djame entrar, porque me da vergenza que me
vea la gente que pasa. Van a figurarse que estamos peleando.

--Y se figurarn lo cierto.

--Vamos. Te dejas de retrecheras?

--Yo digo lo que siento.

Leonardo la mir un rato con fijeza, como para medir el alcance de sus
palabras, y trat luego de cogerla la mano que ella retir, y despus la
cara con igual resultado. Cecilia no pareca dispuesta a ceder un punto
de la actitud tomada desde el principio. Sera ella capaz de dejarle
por otro hombre? Era el preferido aqul que vio alejarse de la ventana?
Tanteemos un poco ms, se dijo para s, y enseguida aadi alto:

--Qu tienes t en realidad? Se puede saber?

--Yo? Nada.

--Si te encierras en ese crculo vicioso de: no s nada, no lo digo,
creo que lo mejor ser que yo me vaya con la msica a otra parte.

--Como Vd. guste.

--Cada vez te entiendo menos, Celia. Sospecho, sin embargo, que no dices
ahora lo que sientes, y que si diera ascenso a tus palabras de poco
vivir y me marchase, habas de derramar lgrimas de sangre. Cmo! Te
quedas callada? Qu dices? Contesta.

Iba siendo demasiado larga y violenta la posicin asumida por Cecilia
para que durase mucho tiempo. Amaba de veras. Si persista en su
desacostumbrada severidad, tal vez ahuyentaba al amante; fuera de que no
tena prueba patente de su inconstancia. Por todas estas razones, cuando
precisada a responder categricamente, inclin la cabeza y rompi a
llorar con grandes sollozos.

--Lo ves? la dijo l bastante conmovido. Ya saba yo que en esto
vendran a parar tus bravezas. Tu corazn me quiere cuando tus labios me
desdean. Bah! Se acab todo. No llores ms, mi vida, porque concluir
por llorar contigo. Ahora lo que corresponde es: pelillos a la mar y tan
amigos como siempre.

--Slo bajo una condicin hara yo las paces contigo, acert a decir
Cecilia entre sollozo y sollozo.

--Admitido. Afuera con esa condicin.

--No. Es preciso primero que prometas cumplirla.

--Hombre! Eso es mucho pedir. Tal vez no est en mis facultades. Pero,
quin dijo miedo? S, prometo.

--No vayas al campo en las prximas Pascuas...

--Celia, por Dios!... qu caprichos tan extraos tienes t! De qu
nace tamaa exigencia? Sin duda te figuras que me alejo para siempre o
que te he de olvidar. Reflexiona y no me pidas imposibles.

--Lo tengo bien pensado. Te vas o te quedas?

--No me voy, ni me quedo; porque una ausencia de quince das en el campo
no va a ninguna banda, no es una ida ni una quedada formal.

--Est bien, dijo Cecilia con firmeza, enjugndose las lgrimas. Ve. Yo
s lo que he de hacer.

--No tomes resolucin que luego te pese. Te ruego de nuevo que
reflexiones y veas mi posicin tal cual es. Te parece fcil que yo
permanezca en La Habana mientras toda mi familia est en el ingenio de
_La Tinaja_ cerca del Mariel? Pues no lo es; en primer lugar no habr en
casa sino el mayordomo con algunos criados. En segundo lugar, aunque yo
pretendiera quedarme, mi madre no lo consentira, mucho menos mi padre.
La marcha ser del 20 al 22 para volver despus del domingo de Nio
Perdido. Comprendes ahora?

--Lo que comprendo es que vas a divertirte en el campo con una mujer que
detesto sin conocerla a derechas, y que no puedo, no debo, ni quiero
consentirlo.

--Eres muy celosa, Celia. He aqu tu nico defecto. Si yo te amo ms que
a mi vida, ms que a todas las mujeres del mundo, no te basta? qu ms
quieres? Por otra parte, esta corta ausencia nos conviene a los dos,
as nos querremos con mayor ternura a mi vuelta. Despus, en Abril
entrante me recibir de Bachiller en derecho y entonces tendr ms
libertad para hacer lo que me d la gana. Ya vers, ya vers cuanto
vamos a gozar. Yo para ti, t para m.

Para este tiempo Cecilia se haba puesto en pie, esperando quizs la
retirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso busto, sus
hombros y brazos torneados cual los de una estatua, el estrechsimo
talle que casi se poda abarcar con ambas manos lucan a maravilla,
alumbrados a medias por la buja en el interior, en contraste con la
oscuridad ya reinante en la calle. Ms enamorado que nunca Leonardo de
tanta belleza, aadi con la mayor ternura:

--Lo que falta ahora, cielo mo, es que me des un beso en seal de paz y
de amor.

Cecilia no respondi palabra ni hizo el menor movimiento. Pareca
transfigurada.

--Vaya con Dios!, dijo el joven desconsolado. Tampoco me dars la
mano?

El mismo silencio, igual inmutabilidad. La conversin no poda ser ms
completa, pues si respiraba, no daba seales el redondo y levantado
seno, de agitacin ni de perceptible movimiento.

--Tu abuela va a venir, agreg Gamboa. Oyes? Se concluye la salve en
Santa Catalina; yo no quiero que me vea. Adis, pues!... Ah! Me dirs
el nombre de la persona que hablaba contigo cuando yo llegu?

--Jos Dolores Pimienta, contest Cecilia en tono tan breve como
solemne.

Sinti Leonardo que toda la sangre se le agolpaba al rostro y que le
quemaba las mejillas; y como para mejor ocultar la impresin que le
haba causado aquel nombre en boca de Cecilia, se alej de all a toda
prisa, a la sazn que los fieles salan del convento vecino.

Por su parte Cecilia se dej caer en la silla y llor amargamente.




CAPTULO XVI

     _Conciencia, nunca dormida,
     mudo y pertinaz testigo
     que no deja sin castigo
     ningn crimen en la vida!
     La ley calla, el mundo olvida;
     mas quin sacude tu yugo?
     Al Sumo Hacedor le plugo
     que a solas con el pecado,
     fueses t para el culpado
     delator, juez y verdugo._

         NEZ DE ARCE


Llega una poca en la vida de cada hombre culpable de falta grave, en
que el arrepentimiento es el tributo forzoso que se paga a la conciencia
alarmada; pero la enmienda, como sujeta a otras leyes y dependiente de
circunstancias externas, no siempre est el cumplirla en la voluntad
humana. Porque tiene eso de caracterstico la culpa, que, cual ciertas
manchas, mientras ms se lavan, ms clara presentan la haz.

Bien quisiera don Cndido romper de una vez con el pasado, borrar de su
memoria hasta la huella de ciertos hechos. Pero sin saber cmo, sin
poderlo evitar, cuando ms libre se crea, senta, puede decirse as, en
sus carnes el peso de los grillos que le ataban al misterioso poste de
su primitiva culpa. Mucha parte tenan en esto los testigos y cmplices
de ella. Recordbansela sin cesar y se la ponan delante a doquiera que
tornase los ojos.

Aqu tiene el lector algunas de las razones por qu, a raz del serio
altercado con doa Rosa, don Cndido se hizo el encontradizo con Montes
de Oca. No le ri por las indiscreciones que haba tenido con su
esposa. Qu reirle! Al contrario, nunca le apret con ms efusin la
mano. Es que le necesitaba para el arreglo de un proyecto en que vena
meditando de poco tiempo a esta parte. Quera que, como mdico,
certificase que sin riesgo de la vida no era posible la traslacin de la
enferma en el hospital de Paula, a la nueva casa de locos. Esto, en
primer lugar. En segundo lugar, pretenda que se prestara a servir de
conducto por medio del cual _sea_ Josefa, o en su defecto la nieta,
recibiera una pensin mensual de veinte y cinco duros y medio por tiempo
indefinido.

Estimulada la codicia de Montes de Oca con un esplndido regalo, no hubo
dificultad en que despachara la certificacin, ni en que aceptara el
encargo de la mensualidad. Este era un modo, por parte de don Cndido,
de hacer del ladrn fiel; fuera de que sera quizs ms riesgoso probar
la discrecin de tercera persona en aquel asunto.

As cortaba, crea Gamboa, toda directa relacin futura con las tres
cmplices de su grave culpa, sin fallar a los compromisos con ellas
contrados. Pero an quedaba el rabo por desollar. Cmo librar a
Cecilia Valds de los lazos que la tenda su hijo Leonardo? Ellos se
amaban con delirio, se vean a menudo, no bastaban a separarlos los
regaos a ella de la abuela, ni las amenazas a l, por medio de doa
Rosa, de don Cndido. No haba, pues, ms remedio que embarcar al galn
y echarlo del pas, o que secuestrar a la dama y ponerla donde no se
viese ni se comunicase con l. Lo primero no haba que pensarlo
siquiera: doa Rosa se opondra con todas sus fuerzas. Lo segundo, era
riesgoso en alto grado y estaba I rodeado de dificultades casi
insuperables. Tales eran los pensamientos que ms preocupaban el nimo
de don Cndido y le hacan sufrir las torturas del infierno por la poca
que vamos historiando.

Ahora bien: convena proceder desde luego al secuestro de la muchacha?
Convena, mas no era de urgente necesidad en aquel momento, por dos
razones principales, a saber: porque viva la abuela, aunque achacosa y
decadente; y porque dentro de dos semanas marchara la familia a pasar
las Pascuas en el ingenio de _La Tinaja_, y se haba acordado que
Leonardo fuese de la partida.

Efectivamente: una semana antes despachose al Mariel la goleta
_Vencedora_: su patrn Francisco Sierra con las vituallas, conservas y
vinos que no se encontraban por amor ni por dinero en aquellas partes, y
con los criados del servicio particular de la familia de Gamboa, entre
ellos Tirso y Dolores. Tambin deban ser de la partida la seorita
Ilincheta con su ta doa Juana; para lo cual Leonardo y Diego Meneses
les daran escolta desde Alquzar.

El motivo de la prxima reunin de las dos familias en el ingenio de _La
Tinaja_, tena por objeto presenciar el estreno de una mquina de vapor
para auxilio de la molienda de la caa miel, en vez de la potencia de
sangre con que hasta all se vena operando el primitivo pesado
trapiche.

No quiso partir Leonardo sin tener una entrevista con Cecilia. Obtvola
fcilmente, as porque ambos la deseaban como porque a la fecha pareca
que _sea_ Josefa haba perdido todo dominio sobre la nieta. Pero de
nada valieron ruegos, halagos, promesas de mayor ventura ni amenazas de
rompimiento. Cecilia cerr los odos a todo eso y se mantuvo firme, cual
una roca, en negar su consentimiento a la partida del amante para el
campo. El corazn leal la anunciaba que l corra a reunirse con su
temible rival; lo que equivala a perderle para siempre. Otro, que el
atolondrado joven habra parado mientes en la actitud y firmeza de la
muchacha, y le habra concedido admiracin ya que no simpata. Mas l,
ligero de cascos y soberbio, principi por creer que vencera su
resistencia y acab por darse por ofendido y retirarse despechado.

Esta vez no llor Cecilia. Con el corazn partido de dolor, en silencio
vio alejarse a Leonardo. No abri los labios para llamarle ni consinti
que sus lgrimas, aun ido l, viniesen a revelar la angustia de su alma,
dando as, a sus propios ojos, muestra indigna de flaqueza. Antes que
rendirse al rigor de la suelte, crey la soberbia muchacha que deba
armarse de valor a fin de tomar sealada venganza de su ingrato amante.
Dicho y hecho, apenas se alej de su lado, se visti ella a la carrera,
dio un beso a la abuela, que, como sola, se hallaba hundida en el fondo
de enana butaca de Campeche y sali a la calle. Mas yendo en la
direccin de la casa de Nemesia, en el callejn de la Bomba, se encontr
en la esquina con Cantalapiedra, a quien no vea desde la noche del 24
de Setiembre. No le vali inclinar la cabeza, ni estrechar en torno del
rostro los pliegues de la manta de burato. El Comisario la reconoci al
punto, y, quiera que no, la detuvo en medio de la calle dicindola:

--Alto a la justicia. Date o te va la vida.

--Con su licencia, replic Cecilia seria, en ademn de seguir camino.

--Date presa, digo, o de lo contrario har uso de la autoridad que me
concede la ley. Respeta estas borlas (ensendole las del bastn que
llevaba bajo el brazo izquierdo) o le ordeno a Bonora (su esbirro, el de
las grandes patillas, que se mantena a respetable distancia) que
proceda a prenderte.

--Como no he cometido ningn delito, contest Cecilia muy tranquila, es
intil que me ensee las borlas y me amenace con su teniente. Djeme
pasar, que no estoy para bromas.

--Sin ver antes esa carita fuera de la manta, no esperes que te deje dar
un paso ms.

--Tengo acaso monos pintados en la cara?

--Muchachita! Jugate conmigo y todava te dan las doce sin campana.

--Yo no me juego, no estoy para juegos. Djeme ir.

--A dnde vas?

--A una parte.

--Es cosa de cita?

--Yo no tengo citas con nadie, ni dejara mi casa por ver al rey de los
hombres.

--Quien te oye, segurito que se traga que hablas de veras.

--Sabe Vd., que yo haya hablado de mentira sobre estas cosas?

--Bien, veremos si eso que dices es verdad.

--De qu manera?

--Fcilmente, siguindote las aguas.

--Est Vd. loco, Capitn?

--No, sino muy cuerdo. Soy el Comisario del barrio y qu se dira de m
si por descuido dejaba que una muchacha tan linda como t daba un mal
paso y luego andbamos de tribunales y pleitos?

--No me doy por ofendida de sus palabras, porque s que Vd. es muy
_jaranero_.

--Es que no jaraneo ahora. No deseo ofenderte ni en el negro de una ua;
pero, repito, que ni como Comisario, ni como hombre, debo consentir que
andes a estas horas por las calles sin galn que te gue y te defienda.

--No me suceder nada. Est Vd. seguro. Voy aqu cerquita.

--Est bien, quiero creerte. Ve con Dios y la Virgen. Mas no me dejars
verte la carita?

--No la est Vd. viendo?

--As no me gusta verla. Echa hacia atrs los malditos pliegues de esa
manta.

Hizo Cecilia lo que la dijeron, quizs para verse libre de aquel
impertinente, descubriendo casi todo el busto con slo dejar caer la
manta sobre los hombros. En ese tiempo Cantalapiedra atiz el cigarro
puro que fumaba, y produjo mayor claridad de la que reinaba en torno,
puesto que no haba faroles por all, y las estrellas no alumbraban
bastante.

--Ah! exclam el Comisario lleno de entusiasmo. Habr quien no se
muera de amor por ti? Maldito de Dios y de los hombres el que no te
adore de rodillas como a los santos del cielo!

Ante el cmico ademn y las exageradas expresiones del Comisario, no
pudo menos de sonrerse Cecilia, la cual despus continu derecho a casa
de Nemesia, sin cuidarse de averiguar si aqul segua o no sus pasos.
Conociendo ella bien las entradas y salidas, no toc en ninguna puerta,
sino que pas de la calle al cuarto de su amiga, a quien sorprendi muy
afanada cosiendo una pieza de sastrera, delante de una mesita de pino,
a la luz dudosa de una vela de sebo de Flandes en un candelero de hoja
de lata.

--Qu atareada que est una mujer! dijo entrando.

--Hola! exclam Nemesia soltando la costura y yendo al encuentro de
Cecilia con los brazos abiertos. Tanto bueno por ac! Quin se querr
morir? Es preciso hacer una raya en el agua.

--Ests sola? pregunt Cecilia antes de sentarse en el columpio de
madera que le present la amiga.

--Solita en alma, aunque Jos Dolores no tardar mucho.

--No quisiera que me encontrase aqu.

--Por qu, china?

--Porque los hombres luego se figuran que una los busca.

--Mi hermano no es de esos, chinita. El te ama, te adora, te idolatra,
se le conoce, suspira siempre por ti; pero es tan vergonzoso que no se
atrevera a decirte negros ojos tienes, cuanto ms a figurarse que
vienes por l.

--Ay, Nene! continu Cecilia desentendindose de las manifestaciones de
su amiga. La otra tarde me encontr Leonardo hablando con Jos Dolores
por la ventana de casa. En mala hora. Me ha costado una tragedia con l.

--No me digas! repuso Nemesia sin poder ocultar del todo su contento.
Pero ya habrn hecho las paces. No?

--Ojal! exclam Cecilia suspirando. Se puso _bravo_ y se ha ido
peleado conmigo. Quin sabe cundo nos Nez de Arce? Tal vez... nunca
ms. l es muy perro y yo poco menos.

En diciendo estas palabras, callose por breve rato. Se le haba
atravesado la voz en la garganta, y en sus bellos ojos aparecieron
gruesas lgrimas.

--Cmo! dijo Nemesia sorprendida. De veras t lloras? No te da
vergenza?

--S, lloro, repuso Cecilia con visible sentimiento. Lloro, no de dolor,
lloro de rabia conmigo misma, porque conozco que he sido una tonta.

--Anj! Me alegro orte. Ya te lo haba dicho yo muchas veces, no debe
fiarse una de ningn hombre.

--No lo digo por eso, Nene. Llamas t fiarme de un hombre el amarlo
mucho? Puede ser; y yo te digo, acaso est en tu mano amar o no amar?
Conoces algn remedio contra el amor y los celos? Lo mejor sera,
china, no tener corazn. As no sentiramos cario por nadie.

--Luego, parece que t te das por engaada.

--Tal como engaada no. Dios me libre! Leonardo no me ha dejado por
otra ni creo que me deje. Si lo sospechase siquiera no estara
dicindotelo desde esta silla.

--Y qu ms quieres, mujer? Mucho temo que ese peje no vuelva a picar
en tu anzuelo.

--Qu sabes t? pregunt Cecilia asustada.

--Nada, nada, repiti Nemesia. Mas no puedo olvidar el dicho de _sea_
Clara, la mujer de Uribe: cada uno con su cada uno.

--No entiendo.

--Ms claro no puede ser. _Sea_ Clara no tiene ms experiencia que
nosotras? Desde luego. Es mayor de edad y ha visto doble mundo que t y
que yo. Pues si a menudo repite ese dicho, razn buena ha de tener.
Aqu, inter nos, _naiden_ me lo ha contado, pero yo s que a _sea_
Clara siempre le gustaron ms los blancos que los pardos, y bien durita
ya se cas con _se_ Uribe. Por supuesto, llev ms quemadas y
desengaos que pelos tiene en la cabeza, y por eso ahora se consuela
repitiendo a las muchachas como t y como yo: cada uno con su cada uno.
Entiendes?

--S, bastante, slo que no veo cmo me venga el refrn.

--Te viene pintiparado, chinita; te coge por derecho. T no prefieres
los blancos a los pardos, como sea Clara?

--No lo niego, mucho que s me gustan ms los blancos que los pardos. Se
me caera la cara de vergenza si me casara y tuviera un hijo
_saltoatrs_.

--Desengate, mujer: bonitura, amor, cario, constancia, nada sujeta a
los blancos. Despus, Leonardo no se va a casar tampoco contigo por la
iglesia.

--Por qu no? replic Cecilia con vehemencia. El me lo ha prometido y
cumplir su palabra. De otro modo yo no lo querra como lo quiero.

--Ay! Me da mucha pena orte hablar as, mas no quisiera quitarte la
ilusin. Slo te digo que abras los ojos, no sea que mal haya venga muy
tarde. No te fes, no te fes, y ten siempre presente que la hormiga por
meterse a volar se quem las alas.

--El que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe.

--Lo comprendo, mas si una muriese de repente, sin dolor, ni trabajos,
pase, sea todo por Dios. El caso es, china, que antes de morir se sufre
mucho. Ven ac, duele tanto cuando un hombre blanco nos deja por una
mujer de color, como cuando nos deja por una blanca? A que no? Eso s
que duele. Y _me se_ figura que a ti te est pasando eso ahora. Conque
no hables, ni digas de esta agua no beber.

Disponase Cecilia a negar la exactitud del smil cuando apareci por la
puerta del patio Jos Dolores Pimienta, y si ella no pudo o no supo
decir lo que pensaba, l se qued mudo y esttico en el quicio del
cuarto. No esperaba semejante compaa, mucho menos a aquella hora de la
noche. Repuesto luego de su sorpresa, la manifest en breves y escogidas
frases cunto se alegraba de verla. Cecilia dijo que haba venido
solamente a darle una caradita a Nemesia, y se puso en pie para
marcharse.

--Tengo una buena noticia que darles, dijo el msico. El baile de
etiqueta de la gente de color se ha convenido en darlo la vspera de la
Noche buena, en la casa de Soto, esquina a Jess Mara. Por supuesto, la
seorita est convidada en primera lnea, y se espera que vaya Nemesia y
_sea_ Clara, y Mercedita Ayala, y todas las amigas.

Ser un baile de ringorrango. Har raya, yo se lo digo a la seorita.

--Lo ms fcil es que yo no pueda asistir, dijo Cecilia. Chepilla no
est buena y temo dejarla sola.

--Pues si falta la seorita, cuente que no habr luz para alumbrar el
baile.

--No saba que Vd. era tan lisonjero, dijo Cecilia sonriendo y
movindose hacia la puerta.

--No debe la seorita ir sola, dijo Jos Dolores.

--Nadie me comer, pierda Vd. cuidado. No se moleste. Adis!

No obstante su negativa, el msico y su hermana acompaaron a Cecilia
hasta la puerta de la casa en que viva.




CAPTULO XVII

     _Y al punto que el triunfo creyera posible_
     _De lcido acero se vio traspasar._

        J. L. LUACES


Dijo Jos Dolores Pimienta que el baile de la gente de color se
celebrara en la casa de Soto. Ocupa la esquina occidental de la calle
de Jess Mara, en su encuentro con la calzada del Monte, opuesta al
Campo de Marte.

Precede al zagun o entrada un ancho portal con barandilla de madera.
Desde ste, por las alterosas ventanas, enteramente abiertas, pudo el
pblico, sin derecho a entrar, presenciar a su sabor la fiesta. En el
cuadrado patio, que se cubri con un toldo, se pusieron las mesas del
ambig; en el comedor tocaba la orquesta; en la amplsima sala se
bailaba y en los cuartos se reposaba y tenan las conversaciones ntimas
de los amigos o los amantes.

Los adornos de la sala se reducan a unas colgaduras de damasco rojo, el
color nacional, recogidas con cintas azules en pabellones, a la altura
de los dinteles de las puertas y ventanas. El alumbrado lo
proporcionaban bujas de pura esperma, ardiendo en grandes araas de
cristal, con profusin de prismas de lo mismo que reflejaban la luz, la
multiplicaban y descomponan en todos los colores del iris.

Con la frase _baile de etiqueta o de corte_, se quiso dar a entender uno
muy ceremonioso, de alto tono, y tal, que ya no celebraban los blancos,
ni por las piezas bailables, ni por el traje singular de los hombres y
de las mujeres. Porque el de stas deba consistir y consisti en falda
de raso blanco, banda azul atravesada por el pecho y pluma de marab en
la cabeza. El de los hombres, en frac de pao negro, chaleco de piqu y
corbata de hilo blanco, calzn corto de Nankn, media de seda color de
carne y zapato bajo con hebilla de plata; todo segn la moda de Carlos
III, cuya estatua, hecha por Canova,[43] se hallaba al extremo del
Prado, donde hoy se ostenta la fuente de la India o de La Habana.

Para entrar y tomar parte en la fiesta no bastaba el traje especial de
los hombres; era preciso venir provisto de papeleta, la que deba
presentarse en el zagun a la comisin all constituida para recibirla y
aposentar a las mujeres. Observose esta medida estrictamente al
principio; pero tan luego como lleg la hora de bailar, Brindis y
Pimienta, principales aposentadores, delegaron el encargo en sujetos
menos escrupulosos y rectos. A semejante descuido se debi el que, tarde
de la noche, penetrasen algunos individuos que, si bien en traje de
ceremonia, no presentaron papeleta ni eran artesanos tampoco.

De este nmero fue un negro de talla mediana, algo grueso, de cara
redonda y llena, con grandes entradas en ambos lados de la frente, que
por poco que pasase l de los cuarenta aos de edad, terminaran en una
calva completa. Aunque se vesta como se haba dispuesto, el frac le
vena algo estrecho, el chaleco se le quedaba bastante corto, las medias
estaban descoloridas por viejas, carecan de hebillas sus zapatos, no
tena vuelos la camisa y el cuello le suba demasiado hasta cubrirle
casi las orejas, tal vez por ser l de pescuezo corto y morrudo.

Sea por estas faltas, o sobras, de que no estamos bien enterados, el
negro de las entradas se hizo el blanco de las miradas de todos desde
que puso el pie en el baile. Advirtiolo l, que no era ningn tonto, y
naturalmente andaba al principio como azorado, esquivando la sala, donde
la luz era ms profusa y brillante; pero hacia las once de la noche hizo
por incorporarse en los corrillos que se formaban en torno de las
muchachas bonitas, hasta que se atrevi a invitar a una y bailar un
minu de corte, con tanto comps y donaire que llam por ello la
atencin general. Dos o tres veces se acerc al grupo que galanteaba o
adoraba en Cecilia Valds a la ms hermosa de las mujeres de aquella
reunin heterognea; la contempl de reojo largo rato y luego se alej
con visibles muestras de despecho.

En uno de estos momentos, un oficial de la sastrera de Uribe que le
observaba de cerca, le sigui fuera de la sala, le puso la mano en el
hombro con alguna familiaridad y le dijo:

--Oiga! Ests aqu?

--Qu, qu se ofrece? contest l volvindose y estremecindose de pies
a cabeza.

--Qu haces por estos barrios, chiquete? le pregunt el oficial con
mayor familiaridad.

--Srvase decirme, seor mo, replic el de las entradas, enfadado:
cundo y dnde le he echado maloja?

--Hombre! repuso el oficial bastante mortificado, esas son palabras
mayores.

--Mayores o menores, son las que uso con los importunos como Vd.

--No te vengas haciendo el misterioso y el seorn, que yo s quin eres
t y t sabes quin soy yo. Apate, compadre, del tablado. _Te se_
puede desvanecer la cabeza, y si te caes, das en el fogn de la cocina.

--Vamos, y qu quiere Vd. conmigo ahora?

--Nada, no quiero nadita de este mundo. Repar slo que le hiciste el
feo a la nia ms linda del baile y esto pic mi curiosidad.

--Le va o le viene a Vd. algo en este ajiaco?

--Bastante, ms de lo que t te figuras.

--Y Vd. se propone defender a esa nia, no?

--Creo que t no las has injuriado. Las mujeres no son la cara del rey
para agradar a todos. En gustar o disgustar no hay ofensa.

--Bien, entonces djeme Vd. el alma quieta.

--Eres un mal agradecido, le dijo el oficial, serio. No tienes t la
culpa, sino yo que me ocupo de un individuo inferior a m, cocinero y...
esclavo. Llenose de ira el negro con esto y levant la mano para pegarle
una bofetada a su contrincante; pero, por razones que l se saba, no
descarg el golpe. Haba penetrado en aquella casa sin papeleta, no
conoca a nadie, era un intruso y todo escndalo que se armase deba
redundar en su dao. Contentse, pues, con amenazarle y decirle que
arreglara cuentas luego que terminase el baile; volvindole la espalda
con desprecio. Semejante salida excit a lo sumo la risa del oficial de
sastre, y dijo por burla:

--Casaca, suelta a ese hombre.

De seguidas busc a su amigo Jos Dolores Pimienta, le cont la
ocurrencia con el negro de las grandes entradas rieron los dos de la
ocurrencia y no se ocuparon ms del asunto.

Desde temprano el baile estaba lleno, de bote en bote, segn reza la
frase familiar. El golpe de gente de todos colores, sexos y condiciones
que se apiaba ante ambas ventanas del ancho portal, presentaba aspecto
tan animado, como interesante y tumultuoso. En el gran saln no se caba
ni de pie, al menos mientras no se bailaba; los hombres se codeaban unos
con otros, y ocultaban casi del todo a las mujeres sentadas alrededor.
Cecilia, con Nemesia y _sea_ Clara, la mujer de Uribe, ocupaba un
asiento de frente para la calle, en el lienzo de pared medianero entre
la puerta del comedor y la del aposento, y siempre que lo permitan los
grupos de hombres que acudan a saludarla, podan orse las
exclamaciones de admiracin que su peregrina belleza excitaba en las
personas del portal.

A veces, tras las ponderaciones de las gracias de la muchacha, podan
orse voces de compasin, pues tomndola por una joven de pura sangre,
era natural que les chocase de verla all y que creyesen de bajos
sentimientos a quien consenta en rozarse tan de cerca con la gente de
color. Cecilia, entretanto, saboreaba a sus anchas el triunfo mayor que
jams alcanz mujer alguna en la flor de su juventud y de su belleza.
Uno tras otro, cuantos hombres de cierto viso llenaban el baile aquella
noche, conocindola o no, vinieron a saludarla y rendirla homenaje, cual
saben rendirlo los negros criollos de Cuba que han recibido alguna
educacin y se precian de finos y atentos con las damas. Entre stos
podemos citar a Brindis, msico, elegante y bien criado; a Tond
protegido del Capitn General Vives, negro joven, inteligente y bravo
como un len; a Vargas y a Dodge, ambos de Matanzas, barbero el uno,
carpintero el otro, que fueron comprendidos en la supuesta conspiracin
de la gente de color en 1844 y fusilados en el paseo de Versalles de la
misma ciudad; a Jos de la Concepcin Valds, alias _Plcido_, el poeta
de ms estro que ha visto Cuba, y que tuvo la misma desastrada suerte de
los dos precedentes; a Toms Vuelta y Flores, insigne violinista y
compositor de notables contradanzas, el cual en dicho ao pereci en la
Escalera, tormento a que le sometieron sus jueces para arrancarle la
confesin de complicidad en un delito cuya existencia jams se ha
probado lo suficiente; al propio Francisco de Paula Uribe, sastre
habilsimo, que por no correr la suerte del anterior, se quit la vida
con una navaja de barbear en los momentos que le encerraban en uno de
los calabozos de la ciudadela de la Cabaa; a Juan Francisco Manzano,
tierno poeta que acababa de recibir la libertad, gracias a la
filantropa de algunos literatos habaneros; a Jos Dolores Pimienta,
sastre y diestro tocador de clarinete, tan agraciado de rostro como
modesto y atildado en su persona.

Con este ltimo y con Vargas se dign Cecilia bailar danza, minu de
corte con Brindis, otro con Dodge; convers amablemente con Plcido,
contest con un saludo gracioso al que le hizo Tond, habl de
contradanzas con Vuelta y Flores, y celebr mucho el talento msico de
Ulpiano, que dirigi la orquesta del baile.

Cualquiera mediano observador pudo advertir que, a vueltas de la
amabilidad empleada por Cecilia con todos los que se le acercaban, haba
marcada diferencia entre los negros y los mulatos. Con stos, por
ejemplo, bail dos contradanzas, con los primeros slo minus
ceremoniosos. Pero dio amplia rienda a su innato exclusivismo cuando se
le present el negro de las entradas profundas y la rog le admitiera
como pareja para una danza o un minu. Eso s, no llev su negativa
hasta el no spero y seco; le dio sus razones para no bailar con l, que
tena comprometida la siguiente pieza, que se senta muy cansada, etc.
El hombre no se dio por satisfecho, antes se mortific lo que es
indecible y se alej murmurando frases groseras y amenazantes.

No par mucho en esto la atencin Cecilia; pero cuando poco despus se
paseaba con Nemesia y _sea_ Clara en torno de las mesas del ambig y
tropez con el negro de las entradas, que pareca en acecho reclinado en
la jamba de la puerta de uno de los cuartos laterales, tuvo miedo; y
apretando el brazo de su amiga la dijo en voz baja y apresurada:--Ah
est!

--Quin? pregunt Nemesia volviendo el rostro.

--Mira, agreg Cecilia. Por ac. Ese.

En este momento el hombre se desprendi de la puerta y avanz hasta
tocar con la barba en el hombro de Cecilia, a la cual sin ms preliminar
le dijo:

--Conque no me ha credo la nia digno de ser su compaero esta noche?

--Qu dice Vd.? pregunt Cecilia ms asustada que antes.

--Digo, continu el negro echando una mirada siniestra a Cecilia, digo
que la nia me ha hecho un desaire.

--Si lo cree Vd. as le pido mil perdones, porque no be tenido tal
intencin.

--La nia me dijo que estaba cansada y enseguida sali a bailar con
otro. No busque disculpa la nia (aadi de carrera conociendo que
Cecilia quera replicar), comprendo la razn por qu la nia me ha
desairado. La nia me ve prieto, pobremente vestido, sin amigos en esta
selecta reunin y se ha figurado que soy un cualquiera, un malcriado, un
pelagatos.

--Se equivoca Vd.

--Yo no me equivoco. S lo que digo, como s quin es la nia.

--Seor, Vd. me toma por otra.

--La conozco ms de lo que imagina la nia. La conozco desde que la nia
mamaba y gateaba. Conoc a su madre, conozco a su padre como a mis manos
y tengo muchos motivos para conocer a la mujer que la cri por ms de un
ao seguido.

--Pues yo no lo conozco a Vd., ni...

--Ni le importa tampoco a la nia? Lo comprendo. Debo decirle a la
nia, sin embargo, que la nia me desprecia porque se figura que como
tiene el pellejo blanco es blanca. La nia no lo es. Si a otros puede
engaar, a m no.

--Me ha detenido Vd. para insultarme?

--No, seorita. Yo no estoy acostumbrado a insultar a las personas que
gastan tnico. Si como lleva tnico la nia, lleva calzones, crea que
no le hablara as. Me molesta tanto ms el orgullo que la nia gasta
conmigo...

--Bastante hemos hablado, le interrumpi Cecilia volvindole la espalda.

--Como la nia guste, continu l altamente irritado, mas djeme decirle
que baje un poco el cocote, porque si su padre es blanco, su madre no es
ms blanca que yo, y adems, la nia es la causa de que me vea separado
de mi mujer por ms de doce aos.

--Y yo qu tengo que ver con eso?

--Deba de tener algo, pues mi mujer ha sido la verdadera madre de la
nia, como que la cri desde que naci, no pudiendo criar a la nia su
madre por estar loca...

--El loco es Vd., exclam Cecilia en alta voz.

Nemesia y _sea_ Clara rodearon entonces a su amiga y trataron de
llevrsela para la sala. Pero se detuvieron al ver a Tond, a Uribe, al
oficial de ste y al mismo Jos Dolores Pimienta (bajo cuya proteccin
implcita estaba Cecilia), que oyeron el grito y acudieron presurosos
para averiguar lo que pasaba. El ltimo nombrado fue el primero a
preguntarla.

--Nada. Ese moreno, dijo ella con soberano desprecio, se ha empeado en
tener un lance conmigo... como me ve mujer.

--Cobarde! grit Pimienta, convertido de repente en len el modesto
cordero.

Y se avalanz al desconocido para castigarle; pero hurt el cuerpo y se
puso en guardia.

Jos Dolores estaba desarmado y se content con aadir:

--Quin es Vd.?

--Soy quien soy, contest el otro con impavidez.

--Qu busca Vd. aqu?

--Lo que me da la gana.

--Pues ahora mismo sale Vd. de la casa o lo echo a patadas.

--Quisiera verlo.

--A, perro! Habas de ser esclavo. Afuera!

En ese punto intervinieron Tond, Uribe y el oficial de sastre, sin cuya
presencia de seguro que se arma una ria sangrienta entre el galante
msico y el desconocido de las grandes entradas. El oficial dicho le dio
el nombre de Dionisio Gamboa, y habindole rodeado todos poco a poco,
fueron empujndole hasta ponerle materialmente de patitas en la calle.
Mientras se le llevaban as, volva con frecuencia la cara y deca,
dirigindose a Cecilia:--Se figura que es blanca y es parda. Su madre
vive y est loca. Hablando despus con Pimienta, deca:--Seor defensor
de las nias, sangre de _chincha_, el que la debe la paga. No se ha de
quedar riendo. Ya nos veremos las caras. Al oficial de sastre, que le
repeta:--Cllate la boca, Dionisio Gamboa, vete a cocinar a casa de tu
amo, no te metas a farolero, porque pueden darte un bocabajo que te
chupes los dedos; casaca, suelta a ese hombre, le deca:--Yo no me llamo
Gamboa me llamo Jaruco. Y acurdate que tambin me la debes.

Afectaron un tanto a Cecilia la conducta y sobre todo las palabras del
negro de las entradas. Daba la casualidad que cuanto dijo respecto de
sus padres, coincida extraamente con lo que ella misma haba antes
odo y sospechado. El lenguaje misterioso que empleaba la abuela siempre
que del caballero que las favoreca se trataba, era bastante para
hacerla pensar a veces que deba de tener con ella alguna otra relacin
que la de un mero galanteo, aun cuando no le pasara por la mente que
fuese su padre el padre de su amante. Este no la amara ni la prometera
unin eterna si supiera, como deba saberlo, que ligaba a los dos tan
cercano parentesco. Por lo tocante a su madre, la abuela, mejor
autoridad que el cocinero de Gamboa, si bien no la asegur jams que
hubiese muerto, no la afirm tampoco que viviese, menos aun que
estuviese loca. La mujer a quien _sea_ Josefa sola visitar en el
hospital de Paula, segn lo poco que se le haba escapado de los labios
en momentos de vivo pesar y honda tristeza, no era hija suya, siquiera
sobrina; tal vez pariente de pariente de una amiga ntima de la mocedad.
El cocinero Dionisio Gamboa o Jaruco estaba por fuerza equivocado,
repeta meros rumores, hablaba de memoria.

En tal virtud, y teniendo en cuenta la edad y carcter alegre de
Cecilia, no es de extraarse que, tras pasajera preocupacin, se
entregase de nuevo en brazos de los placeres que le brindaba el baile.
Sin embargo, en medio del torbellino de la danza y del incienso de
adulacin con que los hombres pretendan embebecerla, la inquietaba a
veces el pensamiento del riesgo que corra el hermano de su amiga
Nemesia, por haberla defendido de los insultos de un loco o de un
asesino.

Por eso, como mujer agradecida, desde aquel punto empez a sentir por
Jos Dolores una especie de simpata que no haba sentido nunca, y en
descuento de la deuda contrada no tuvo empacho en manifestarle sus
temores. Riose l de ganas al orla, replicndole, quizs para
tranquilizarla que el Dionisio Gamboa, Jaruco o lo que fuese, era un
miserable esclavo, muy bocn para parrsele delante fuera del baile,
porque dice el refrn que perro que mucho ladra no muerde. Observole
Cecilia que siendo esclavo y cobarde era ms de temer, pues atacara a
traicin, no cara a cara. Replic a esto Jos Dolores, que,
efectivamente, tena que ir prevenido y con los ojos muy abiertos, no
fuera que le dieran por la espalda; pero que por lo dems ya l se haba
armado con un cuchillo que le acababa de prestar un amigo, y que tena
que ser lince el hombre que le matase del primer _viaje_.

Despus del ambig y de otra danza entre las doce y la una de la
madrugada, termin el baile y cada cual march para su casa. _Sea_
Clara, de brazo con Uribe, su marido; Cecilia y Nemesia con el hermano
de sta, en unin agradable se dirigieron a lo largo de las casuchas que
haba por aquel lado de la calzada, en direccin de la puerta de la
muralla, llamada _de Tierra_ por ser la ms inmediata. Al acercarse a
la primera esquina de la calle de Cienfuegos o Ancha, not Cecilia la
sombra de un hombre que, ganndoles la delantera, torci por all a la
derecha. Sospech desde luego quin podra ser y trat de llamarle la
atencin a su compaero, al lado opuesto, indicndole el caf nombrado
de Atenas, solitario y oscuro, cerca de la estatua de Carlos III, a la
entrada del paseo. Pero el hombre no pas de largo cual ella esperaba;
se plant en la esquina y dijo alto:--Sinvergenza, sangre de _chincha_,
ven para ac, si eres guapo.

Preciso era que Jos Dolores tuviese sangre de ese insecto para que se
desentendiese de un desafo semejante, hecho delante de la dama de sus
pensamientos. Hizo, pues, por desprenderse de sus compaeras, las
cuales, sujetndole cada una por un brazo, habran conseguido el intento
si no acude en su ayuda Uribe diciendo a las muchachas:

--Dejen que le d una _mojada_.

As fue. Jos Dolores sac el cuchillo, tom el sombrero en la mano
izquierda para usarle como la capa el matador delante del toro, y sigui
los pasos del contrario sin acercarse demasiado.

Cecilia, con Nemesia y _sea_ Clara, agarradas de las manos y de Uribe,
todas temblorosas y con la ansiedad que es de imaginar, se estuvieron a
esperar cerca de la esquina el resultado de una lucha que no poda menos
de ser sangrienta. A poco ms oyeron la voz argentina de Jos Dolores
que dijo:--Aqu; y la ronca del negro que respondi:--Aqu. Y comenz
sin ms la horrible brega.

La carencia absoluta del alumbrado pblico, junto con la oscuridad de
una noche sin luna, impedan ver claro los movimientos de los
combatientes, no obstante la proximidad a que estaban del grupo
espectador. Suponiendo que Dionisio tuviese el valor sereno de Jos
Dolores, no tena su agilidad y mucho menos su destreza en el manejo del
cuchillo. Esto se ech de ver pronto, porque tras unos pocos esguinces y
quites con el sombrero, se oy primero un ruido extrao, como de tela
nueva que se rasga con fuerza, y de seguidas el bronco de un cuerpo
pesado que da en tierra. Cecilia y Nemesia dieron un grito penetrante y
cerraron los ojos. Quin de los dos haba cado? Momento de terrible
ansiedad!

Mientras el cado continuaba gimiendo sordamente, el otro pareci
acercarse a paso menudo hacia la calzada. En segundos, que no en
minutos, sali de la densa oscuridad que le rodeaba, mucho ms densa
para los ojos de los que le aguardaban y que del sobresalto no podan
ver claro. Vena riente, ligero como un gamo, envainaba el cuchillo y se
pona el sombrero hecho trizas. Era Jos Dolores Pimienta. Cecilia fue
la primera a recibirle, y sin saber lo que haca, por un impulso de su
alma generosa y sensible, le ech los brazos al cuello, preguntndole
con cario:--Te han herido?

--Ni un araazo! contest l, tanto ms orgulloso cuanto que senta
sobre su corazn la cabeza de la mujer a quien adoraba sin esperanza de
correspondencia. En oyndole ella, llor de pura alegra cual la nia
que recupera su mueca cuando la juzgaba irrevocablemente perdida.




TERCERA PARTE




CAPTULO I

     _T vistes de jazmines Al arbusto sabeo,
      Y el perfume le das que en los jardines
      La fiebre insana templar a Lieo._

         A. BELLO


Separose Leonardo Gamboa de su familia despus de almuerzo en la dehesa
o potrero de Hoyo Colorado, y en la amable compaa de Diego Meneses
tom por entre Vereda Nueva y San Antonio de los Baos, la vuelta de
Alquzar, rumbo al sudoeste de su punto de partida.

A pocas leguas se hallaron en lo que llaman por ah _Tierra Llana_,
planicie extensa e igual, cuyo centro por esa parte lo ocupa la
poblacin ltimamente nombrada. Su fondo es un calcreo muy poroso y
puro, cubierto de una capa de tierra rojiza, o color de ladrillo, a
trechos bastante espesa y suelta, acusando el xido de hierro de que
est cargada y de una fertilidad prodigiosa. Con algunas interrupciones
de nivel se dilata hacia el oeste hasta Callajabos, al pie de las
serranas de la Vuelta Abajo y hacia el este hasta los ltimos lmites
de Coln, siendo su latitud general estrecha.

Por supuesto, en las porciones ms elevadas de dicha mesa, no se ven
fuentes naturales, ni llueve tampoco a menudo; pero es tan copioso el
roco nocturno, que moja el suelo y refresca la vegetacin. No
conocindose en el pas ningn sistema de regado, a ese fenmeno
meteorolgico hay que atribuir la lozana con que crecen y el verde
esmeralda con que se visten las plantas en todas las estaciones del ao.
En cambio, el descuaje del arbolado, el cultivo general de la mesa,
particularmente de aquella parte que iban recorriendo nuestros dos
viajeros, haban ahuyentado los pjaros de cuenta, y apenas si se vean
uno que otro grupo de judo de vuelo pesado y penetrante graznido, un
par de tmidas tojosas, una fugaz bijirita y pequeos tomeguines
escondidos en los arbustos inmediatos.

Mientras ms se alejaban de Hoyo Colorado, ms cafetales encontraban a
uno y otro lado del camino; como que esas eran las nicas fincas rurales
de cierta importancia en la porcin occidental de la mesa, al menos
hasta el ao de 1840. Hablamos ahora del famoso jardn de Cuba,
circunscrito entre las jurisdicciones de Guanajay, Gira de Melena, San
Marcos, Alquzar, Ceiba del Agua y San Antonio de los Baos. No se
fundaban entonces ah granjas para la explotacin agronmica, en el
sentido estricto de la palabra, sino verdaderos jardines para la
recreacin de sus sibaritas propietarios, mientras se mantuvo alto el
precio del caf.

Contra el sistema legal de mensuras observado en Cuba desde _ab initio_,
estaban divididas esas bellsimas fincas en figuras regulares,
prevaleciendo el cuadrado, y acotadas todas con setos de limoneros
enanos, con zarzas y ms comnmente con tapias de piedra seca, o cercas
primorosas y artsticamente construidas. Cubranse stas de enredaderas
o aguinaldos, especialmente de campanilla blanca, los cuales abran por
Pascuas de Navidad, daban aspecto risueo a la campia con sus nveas
flores, en contraste con el verdor fuerte del arbolado cercano, mientras
que con su exquisito y trascendental perfume embalsamaban el ambiente
por millas y millas a la redonda.

Sus ostentosas y cmodas viviendas no caan en las anchas calles o
calzadas que separaban entre s los diferentes predios. Ms bien
buscaban la reclusin y el sombro que brindaba el interior, como que
creca ah ms frondoso el naranjo de globos de oro, el limonero
indgena y extico, el mango y la manga de la India, el rbol del pan,
de ancha hoja; el ciruelo de varias especies, el copudo tamarindo de
cidas vainas, el guanbano de fruta acorazonada y dulcsima, la
gallarda palma, en fin, notable entre la gran familia vegetal por su
tronco recto, cilndrico, liso y grueso como el fuste de una columna
drica, y por el hermoso cerco de _pencas_ con que se corona
perennemente.

A flor del camino s erigan la entrada, portal, mejor, arco triunfal,
bajo cuya sombra, como por las horcas caudinas, haba que pasar para
coger la ancha avenida, flanqueada de palmas y naranjos, que conduca a
la apartada vivienda seorial, oculta all en el espeso arbolado. An
despus de haber avanzado bien adentro, no siempre descubra de lleno el
casero, ni se llegaba a l derecho; porque a menudo ocurra dividirse
la avenida en dos ramales, describiendo dos medios crculos, uno de
entrada, otro de salida, que limitaban de un lado los cafetos o setos de
zarzas, y del opuesto los jardines de flores, desplegados a un tiempo a
la vista del sorprendido viajero. Siguiendo por cualquiera de esos
medios crculos, de seguro que se daba con la morada de los dueos y sus
dependencias inmediatas en primer trmino; despus con la casa, por lo
general exenta, del molino, en el centro de una como plaza o batey, en
torno del cual se hallaban los tendales o secaderos de caf, los
almacenes o graneros, las caballerizas, palomar, corral de gallinas y la
aldea formada por las cabaas de paja de los esclavos.

Leonardo Gamboa y su amigo, con los caballos algo sofocados, cubiertos
ya unos y otros del polvo bermejo y sutil de la tierra llana, avistaron
los linderos del cafetal _La Luz_, perteneciente a don Toms Ilincheta,
cosa de media legua distante del pueblo de Alquzar, pasadas las cuatro
de la tarde del 22 de Diciembre de 1830. Por la derecha de los viajeros,
bajo un cielo azul y sin nubes, se pona entonces el glorioso sol de los
trpicos, cuyos abrasadores rayos lanzaban manojos de luz a travs de
las ramas de los rboles, tendiendo cada vez ms larga la sombra de las
palmas sobre el campo verde, tachonado de gayadas flores, a tiempo que
encendan el tomo trreo impalpable que se cerna en el tranquilo
ambiente.

Resonaba a lo lejos con las pisadas de las caballeras el fondo poroso y
hueco de la tierra llana; de manera que, mucho antes de que los jinetes
tocaran el portal de la finca, ya se hallaba en la reja de hierro,
dispuesto para abrirla, el portero negro, que acababa de salir de una
especie de garita grande de mampostera y teja plana, hacia la
izquierda. Reconoci desde luego a aqullos y los recibi con los
escorrozos tan propios de las gentes de su raza y condicin diciendo:

--_Oj! oj!_ Nio Leonardito _ya sumerce vini_? Ah! Ah!, y el
nio Dieguito _asina_ mismo.

--Cmo est la familia, congo? le pregunt Leonardo.

--_Toos genos, grasi Di._ Ahorita _dentraron_ las nias con doa
Juanita. _Vinan_ del _protero_. Milagro que no se toparon con ellas los
nios. Si susmercs _jarrean_ un poco _entoava_ las alcanzan ms _pac_
de la casa.

Y agreg luego hablando con Leonardo:--Ah! _Qu si va a legr_ la nia
Isabelita! Y la nia Rosita! (hablando con Meneses). _No mi diga!_

Los dos jvenes se sonrieron y continuaron al paso de sus caballeras
por el centro de la magnfica alameda, deseando en secreto, por extraa
coincidencia de sentimientos, que se alargase algo ms el trmino de su
camino. Es que en los momentos de comparecer ante las damas de sus
amores, tema Leonardo que le recibiese la suya, no cual sola, como
amiga y amante tierna, sino como juez severo y duro, por sus pasadas
flaquezas y veleidades. Para decir verdad, senta algo que se pareca
ms a la vergenza que al contento. Diego, por su parte, prximo a
realizar el deseo ms vivo e ntimo de su pecho, el de volver a ver a
Rosa en su paraso de Alquzar, despus de un ao de ausencia, quera
probar si retardando el momento apetecido, se calmaba un tanto el
tumulto de su sangre y poda saludarla con la compostura del respetuoso
caballero.

Pero por ahora, ni la satisfaccin de este capricho les fue dado
realizarlo a nuestros amigos. Porque en desvindose de la avenida que
traan, alcanzaron a ver a las hermanas penetrando en lo ms intrincado
del jardn, all donde los rosales de Alejandra, los jazmines del Cabo
y las clavellinas, competidores de los ms bellos de que se precian
Turqua y Persia, si no acertaban a envolverlas con sus ramas, sin duda
que las envolvan con sus emanaciones aromticas.

Tambin las jvenes, por las pisadas de los caballos, se apercibieron de
la presencia de los viajeros, reconocindolos, especialmente al primero
que puso pie a tierra, abandonando la montura a su albedro, y fue
Leonardo Gamboa. Rosa, ms joven y cndida que la hermana, hizo una
exclamacin involuntaria de alegra; Isabel experiment sentimiento
opuesto. Recordaba que su despedida de La Habana no fue agradable ni
cordial, y crea que antes de dar entrada en su pecho al placer con que
sola recibir a Leonardo, necesitaba cuando menos una explicacin suya
satisfactoria de lo pasado.

Ni Leonardo ni Diego se hallaban en aptitud de leer claro en el
semblante de sus amigas lo que pasaba en sus espritus cuando lleg el
momento de saludarse, segn el modo fro y rgido que piden las
costumbres cubanas, esto es, sin el significativo apretn de manos. Fue
bien marcado, no obstante, el cambio que se oper en el rostro de las
dos hermanas. El de Isabel asumi aspecto serio y plido; el de Rosa
tom el color de la flor de su nombre; y por breve rato, ellos ni ellas
supieron qu hacerse ni qu decir. Toc al cabo a la ms avisada de las
mujeres el advertir la embarazosa posicin de todos, y, para salir
pronto del paso, acudi a una de las coqueteras caractersticas de su
edad y sexo. Tena Isabel en la mano una rosa de Alejandra, abierta
aquella misma tarde, y se la prometi a Meneses diciendo:

--No es sta su flor preferida?

Asomronsele los colores a la cara del agraciado, y se puso ms colorada
que antes la de Rosa, quien, ya quisiese ocultar su propio rubor, ya
enmendar el aparente desaire hecho a Gamboa, se quit un clavel que se
haba prendido en el cabello y se lo dio balbuceando:--No es sta la
flor que prefiere el amigo Leonardo?

Bast esto poco a romper el encanto; slo que por aquella tarde y noche
Isabel se dedic a obsequiar y atender a Meneses, aunque no vea el
momento de conciliacin con Leonardo. Entre tanto, juntos los cuatro
fueron al encuentro de doa Juana y del seor Ilincheta que venan a
saludar a los recin llegados.

Desapareca por entonces la claridad del da, y el airecillo de la
noche, por ms que viniese cargado de los perfumes de las flores y de
las emanaciones gratas que emite el campo a esa hora, empez a dejarse
sentir. Las seoras, sobre todo, tuvieron que apelar al abrigo
acostumbrado, el paoln de seda, echado al desgaire sobre los hombros.
Pero en los momentos de trasladarse a la sala, reson el melanclico
taido de la campana de la queda en los cafetales circunvecinos y en el
de _La Luz_, llamando a amos y esclavos a la oracin y al recogimiento.
En oyndolo doa Juana, sus sobrinas, los dos jvenes y don Toms
Ilincheta, stos con los sombreros en la mano, y los criados del
servicio inmediato de la familia con los brazos cruzados, todos de pie,
aquella seora comenz diciendo:--Ave Mara Pursima!; a que
contestaron los circunstantes en coro: Sin pecado concebida.--El ngel
del Seor (prosigui la seora) anunci a Mara que el Hijo de Dios
Padre encarnara en sus entraas, para redencin del mundo. Ave Mara!
Mara Santsima lo admiti diciendo: ves aqu la esclava del Seor,
hgase en m segn tu palabra Ave Mara! El Hijo de Dios se hizo
hombre, y vivi entre nosotros. Ave Mara!

Dadas las buenas noches, las hijas primero y tras ellas los criados,
besaron la mano de doa Juana y de don Toms, y recibieron en
contestacin el usual _Dios te haga una santa_, o _un santo_.

De seguidas una criada avis a Isabel que el Contramayoral la esperaba
en el otro lado del prtico. Pidi ella permiso a los huspedes. Su
padre, hablando con stos, explic el motivo de su ausencia
diciendo:--Es mi Mayordoma, cajera y tenedora de libros, y cree que
primero es la obligacin que la devocin. Lleva cuenta del caf que se
recolecta, del que se descascara, escoge y ensaca, del que se remite a
La Habana. Cuando se vende, glosa ella las cuentas del refaccionista,
cobra y paga. Todo como un hombre. En una palabra, desde que muri mi
esposa, que santa gloria haya, mi Isabel est hecho cargo de la casa,
del cafetal y de todos mis negocios. Ay! No s qu sera de m si
tambin ella me faltase.

Quin era el Contramayoral? Un negro como un trinquete, del color de la
pez, cari-ancho, de aspecto franco y mirada inteligente. No bien se
apareci su ama, la hizo una genuflexin para pedirla su bendicin,
porque l mismo acababa de dirigir el rezo de sus treinta o ms
compaeros en medio del batey, a la luz de las estrellas.

--Nia, la dijo, aqu est la cuenta de _lo barr llenao_ hoy. Y le
alarg un papel? La hoja de una planta con signos caligrficos o
aritmticos? Nada de eso. Aunque aquel esclavo haba aprendido de coro
ciertas oraciones del catecismo que le ensearon para bautizarle, no
saba escribir ni pintar guarismos. La cuenta de que hablaba se reduca
a dos o tres varas cortas de un arbusto del campo, con muchos cortes o
muescas de travs, tarjas o quipos modernos para indicar el nmero de
barriles de caf recolectados durante ocho horas de trabajo.

Con pasar Isabel las yemas de los dedos por las muescas de las tarjas,
conoci que no haba sido abundante la recoleccin, y as se lo dijo al
esclavo.

--Nia, se apresur l a explicar en su guirigay especial la causa de la
deficiencia. _Nia, la safra va de venca_, no queda caf _maro_ en la
mata, _ni pa remedia. Brujuliando po aqu y po all se ha llenao 25
barr._

--Est bien, Pedro, repuso Isabel. No hay para qu estropear las matas,
ni que tumbar el grano verde. Sera mucho menor la zafra el ao entrante
si eso se hiciera. Escchame Pedro, con atencin. Maana bien temprano
pon toda la gente a limpiar el batey y las guardarrayas principales
hasta las nueve. Tenemos visitas y quiero que todo est aseado y bonito.
Por la tarde es preciso que unos pilen y avienten el caf seco, y que
otros, las mujeres y los ms dbiles, a escoger. El caso es aviar todo
el pilado y aventado, maana mismo si es posible.

--_Asina si jar, nia._

--Ah! Lo principal se me olvidaba, agreg Isabel en tono triste. A
Leocadio que d bastante maz y yerba al tro moro y al tro dorado,
porque tienen que emprender largo viaje pasado maana.

--_Va a sal lamo?_

--No, ta Juana, Rosita y yo, que vamos a pasar las Pascuas en la Vuelta
Abajo.

--_Anj! La nia si va otra vuelta, la casa parece rob._

--Papa se queda. Estamos convidados a pasar las Pascuas como digo, con
la familia del seor Gamboa en su ingenio _La Tinaja_, all lejos, muy
lejos, por el Mariel. Han puesto una gran mquina de vapor para moler
caa; romper la molienda la vspera de Pascuas y aguardan por nosotros.
Aqu han llegado a buscarme el nio Leonardito y el nio Diego Meneses,
que t conoces.

--_Con que si va otra vuelta?_, repiti el Contramayoral pensativo.

--Estaremos ausentes muy poco tiempo, cuando ms hasta despus del
domingo de Nio perdido. Me da mucha pena dejar a pap solo. Pero espero
en Dios que no le suceder nada, antes me prometo que Vds. le cuidarn
bien.

--_Asina si jar nia._

--Pero si por desgracia se enfermare en nuestra ausencia, te encargo,
Pedro, que sin prdida de tiempo me despaches un propio al ingenio _La
Tinaja_, cerca del pueblo de Quiebrahacha. Acurdate de estos dos
nombres: _Tinaja_ y _Quiebrahacha_.

--_Asina si jar, nia._

--Rafael o Celedonio, cualquiera de los dos, sirve para el mandado.
Ellos conocen el camino de aqu a Guanajay; de all al Quiebra Hacha se
sabe que quien tiene lengua a Roma va.

--_Asina si jar, nia._

--Bueno, confo en ti, Pedro. Es un gran descanso para nosotros, cuando
salimos, dejar el cuidado de la casa y de la finca a un hombre tan
racional y honrado como t.

Ni porque le hicieron este elogio franco cuanto sincero, hizo uso el
negro de su conocida muletilla. Slo sacudi la cabeza cual si quisiera
desterrar una idea enojosa, y volvi a un lado el rostro, sin darle la
espalda a su seorita, lo cual habra sido una falta de respeto.

--Atiende, Pedro, continu Isabel. Hay que traer del potrero el caballo
careto para llevar a Guanajay uno de los dos tros. El que le lleve, sea
Rafael o Celedonio, debe salir al Ave Mara o con los primeros claros
del da de pasado maana, apearse en la posada de Ochandarena, frente a
la plaza, hacer que baen y den un buen pienso a los caballos y aguardar
por nosotros, pues tendr que regresar con el tro que saquemos de ac.
Recordars todas estas cosas, Pedro?

--_Mi ricorde, nia_, dijo el Contramayoral afectado; aadiendo a la
carrera: _Le pobre negre va a ten una Pacua mu magu._

--Por qu? pregunt Isabel con exagerada sorpresa. Le dir a pap que
les deje tocar tambor en los dos das de Pascuas y el da de Reyes.

--_Ma como la nia no et allante, le negre no se diviete._

--Qu bobera! Nada, a bailar, a divertirse para que est contenta la
nia cuando vuelva del paseo. Eh! Nada ms, Pedro.

Se retiraba ste despacio y de mala gana, e Isabel, que quedaba
pensativa apoyada en el barandal del prtico, llamole luego,
diciendo:--Pedro, ya lo ves? Por tus interrupciones y majaderas se me
iba o olvidar una de las cosas que tena ms presente. Debo hacerte otro
encargo, mi ltimo encargo. Mira, Pedro, estoy pensando que por s o por
no, lo mejor ser que guardes el ltigo en tu boho hasta despus de
Pascuas. S, s, mejor ser pues mientras le tengas en la mano has de
querer usarlo, y yo no quiero que se levante el ltigo para nadie, lo
oyes, Pedro? Que no suene el ltigo en mi ausencia.

--_Le negre et perdo_, dijo Pedro sonrindose, _por mor de la nia_.

--Me importa poco, replic Isabel con firmeza. T sabes que pap bot al
mayoral en abril porque daba mucho cuero. Recuerda que la cogi contigo.
No ha de orse un latigazo en el cafetal en mi ausencia. Lo repito, lo
quiero as, lo mando, Pedro.

Volviendo de su breve dilogo con el Contramayoral, encontr Isabel
puesta la mesa para la cena en medio de la sala. Seran las ocho de la
noche. El lujo de la vajilla de plata, de cuyo metal eran hasta los
grandes macizos candeleros, pareca competir con la abundancia de los
manjares. Mas nada de esto se haca por vano alarde. En primer lugar,
porque habiendo comido la familia a las tres de la tarde, segn la
costumbre del campo entonces, suponan que los dos huspedes tuviesen
hambre y querran satisfacerla. En efecto, las seoritas, la ta y el
seor Ilincheta, que por cumplimiento haban ocupado juntos un costado
de la mesa, participaron nicamente del chocolate o del caf con leche;
haciendo, eso s, Isabel, los honores con gracia y naturalidad
caractersticas.

Tras la cena y una conversacin agradable, se levant don Toms y se
retir a su cuarto, recomendando a sus hijas no detuvieran mucho a los
huspedes, quienes por fuerza estaran cansados y desearan reposar de
las fatigas del viaje.

La casa vivienda del cafetal _La Luz_ estaba hecha a la francesa, es
decir, conforme al sistema que para habitaciones tales se segua en las
fincas de igual naturaleza por los criollos de la Guadalupe y Martinica;
pues de hecho la haba trazado y dirigido un arquitecto natural de una
de esas islas. El plano figuraba una cruz con dobles brazos, cuyo centro
lo ocupaba la sala, y las ocho alcobas, ambos brazos de la misma,
formadas por dos pasillos que terminaban en dos saletas, debajo de los
cobertizos de las culatas de la casa. En los ngulos de los prticos
haba cuatro cuartos que interiormente se comunicaban con las saletas
dichas, y exteriormente con los jardines y aqullos. Los prticos, pues,
se extendan cuanto la sala, corran paralelos a ella y estaban cerrados
por barandillas de madera y por cortinas de caamazo en vez de
persianas. El techo del cuerpo principal estaba formado con las hojas de
la palma llamada _cana_, por su espesor, duracin y frescura; y el de
los prticos o cobertizos con teja plana. Las puertas y ventanas, en
nmero por cierto excesivo, abran todas hacia afuera, dejando entrar a
raudales, al menos de da, la luz y el aire siempre cargado con el
perfume de las flores o de las frutas en que tanto abundaba aquella
morada encantadora.

Por razones que es fcil colegir, las seoras no siguieron desde luego
el ejemplo del amo de la casa. Los jvenes no sentan inclinacin
ninguna a separarse por el resto de la noche, sin comunicarse con una
palabra, con una mirada aunque fuese algo de lo mucho que bulla en sus
cabezas. As es que, por instinto casi, despus de la cena volvieron al
prtico fronterizo y emprendieron paseos de arriba a abajo, en dos
grupos: el de Isabel con su ta y Meneses y el de Rosa y Leonardo a
retaguardia. A la primera vuelta pregunt ste a aqulla, en tono bajo,
indicando a la hermana mayor:

--Qu tiene la nia?

Este era casualmente el primer verso de una cancin muy popular
entonces; y Rosa, que era viva y traviesa, contest al punto con el
segundo verso que la daba nombre:

--Sarampin.

--Con qu se le cura?, volvi a preguntar Leonardo con el tercer verso.

--Con coscorrn; concluy Rosa sin poder tener la risa.

--De qu se ren Vds.?, pregunt Isabel muy atenta a lo que pasaba a
sus espaldas.

--No le diga, Gamboa, dijo Rosa. Djela con su curiosidad. Ella no es de
nuestro bando.

Pareca que Isabel se propona monopolizar por el resto de la velada la
conversacin y la sociedad de Diego Meneses. De aqu el motivo aparente
del pique de Rosa con ella, segn lo revelaban sus ltimas palabras. La
misma sospecha y con igual copia de razones poda abrigar Isabel
respecto de su hermana menor, dado que desde el principio se apropi las
atenciones y compaa de Leonardo. Mas ninguno de los jvenes estaba
satisfecho de s mismo ni del otro. Esta era la verdad; de suerte que se
cansaron de los paseos ms pronto de lo que poda razonablemente
esperarse, slo que en vez de sentarse se apoyaron como por acaso en la
barandilla, quedando, tambin casualmente, cual deseaban en secreto:
Isabel al lado de Leonardo. Rosa al de Meneses, y doa Juana fuera del
grupo. Amaba sta a sus sobrinas con amor de madre, como quien las haba
criado desde pequeuelas; deseaba su establecimiento, y, siendo ella
casamentera de ndole, claro est que no tom a mal una eliminacin
mediante la cual aqullas podan tener un rato de ntima comunicacin
con sus galanes.

Reinaba en torno de la casa la calma ms profunda, habiendo abatido el
airecillo que se levantara a las puestas del sol. No se movan las ramas
de los rboles, ni era bastante la luz de las estrellas, ni la
transparencia del cielo para reflejarse en las anchas hojas del pltano,
cuyo tallo fibroso sobresala entre los enanos y espesos cafetos. El
nico rumor que se aperciba era el distante y sordo procedente de
esclavos, los cuales, antes de entregarse al descanso, preparaban la
frugal cena a la lumbre de sus bohos mientras discutan la novedad de
la noche, a saber: la prxima ausencia de su seorita. Pero ms cerca de
nuestros jvenes no puede decirse con exactitud que formaban ruido
apreciable el chirriar de los grillos ocultos en la yerba, ni el aleteo
de las mariposillas nocturnas que con fugaz zumbido pasaban del jardn a
la casa, atradas por la luz de la vela dentro de la guardabrisa o fanal
en la mesa del centro de la sala.

El sitio, pues, la hora, el silencio de la tierra y del cielo, el
aspecto sombro del prtico ancho, gacho y de limitado horizonte por el
espeso arbolado inmediato, la misma lucha de la dbil claridad
artificial interior con la oscuridad exterior, todo predispona a la
exaltacin de las pasiones de los jvenes, arrobadas sus almas en la
contemplacin del bellsimo cuadro que los rodeaba por todas partes. En
tales momentos, las mujeres menos agraciadas parecen areas y adorables;
los hombres ms tmidos se atreven a todo, y sintiendo ms se expresan
con mayor elocuencia.

--Isabel, dijo Leonardo, me extraa tu conducta conmigo.

--Califquela, repuso Isabel sonriendo.

--No me corresponde calificarla, por la sencilla razn de que soy el
agraviado.

--Eso ms? Pues era lo que faltaba.

--Te sorprende? Cmo se compagina, si no, nuestra amigable despedida
de La Habana (por mi parte, se entiende), con tu silencio e indiferencia
enseguidas...?

--Sin motivo que justificara el cambio?

--Sin motivo que lo justificara. Yo al menos no he podido penetrarlo
todava.

--Refresque Vd. la memoria de los hechos.

--Nada, Isabel, no alcanzo, desconozco el motivo.

--De vers?

--De veras.

--Entonces he sido una loca, una tonta, he visto visiones.

--Tanto como eso no, Isabel. No te ocurre que hayas podido interpretar
mal un acto inocente mo o de otra persona hacia m?

--Si no se trata de interpretaciones, seor don Leonardo, se trata de lo
que yo vi con mis ojos.

--Sepamos lo que vio mi seora doa Isabel con sus ojos.

--Vi lo que Vd. vio, mejor dicho, lo que le pas Vd. al estribo del
quitrn.

--Y se era motivo suficiente para que t me perdieras el cario y
estuvieras a punto de olvidarme?

--Lo era y grande, para enojarse cualquier mujer de vergenza, por mucho
que la cegara la pasin.

--Veo claro, Isabel, que en todo ello ha habido una equivocacin de tu
parte, y que, sin quererlo has sido injusta conmigo.

--Explquese Vd., dijo Isabel con aparente ansiedad.

--Te dir en pocas palabras lo que pas, continu Leonardo, ponindose
colorado, porque de hecho pensado iba a mentir. Mientras te deca el
ltimo adis, naturalmente extend un pie sobre la acera. Una de las dos
mulatas que pasaban tropez conmigo, y, creyendo que le haba armado una
zancadilla, llena de ira me dio un empelln. T sabes lo insolente que
son esas mujerzuelas cuando se creen ofendidas.

--S, dijo Isabel pensativa. Despus de un breve rato aadi: Mas qu
motivo le di yo para que me dijese la palabra indecente que an me zumba
en los odos?

--Tu exclamacin, Isabel, y luego el llamarla Adela, cuando tal vez se
llamaba Nicolasa o Rosario fue sin duda lo que aument su clera.

--Si la llam por el nombre de Adela, mejor dicho, si en mi exclamacin
solt ese nombre, fue porque me figur que era ella su hermana de Vd.
Adems de tomarla por el vivo retrato de Adela, no pude, ni deb
imaginar que otra mujer tuviese con Vd. semejantes bromas.

--Toma! El cuento es que no hubo broma de su parte.

--Luego ella le conoce a Vd. y le maltrat por... celos.

--La conozco de vista, lo confieso, ya me haba llamado la atencin su
semejanza con mi hermana Adela; mas no la he dado jams ocasin a
encelarse de m.

--Quiz le ama a Vd. en secreto.

--No tendra nada de particular, slo que en mi vida le he dicho ojos
negros tienes.

--Sentira hacer a Vd. una injusticia, Leonardo. Las apariencias, sin
embargo, le condenan.

--No, Isabel, no. Soy inocente. Si te engaase en este momento, si no te
dijese toda verdad, si te pintara una pasin que no senta, si en
consecuencia te hubiese dado justo motivo de agravio, sera el ms malo
de los hombres...

--Est bien; doblemos la hoja, le interrumpi Isabel convencida.

--Pelillos a la mar?, le pregunt Leonardo con amoroso acento.

--Pelillos a la mar, contest ella con celestial sonrisa. No habra
dicha para m si me viese condenada a dudar de la palabra del hombre a
quien tena por amigo y caballero.

--Bien, agreg Leonardo ms animado. No crees t que debamos sellar
esta dulce reconciliacin...?

Diciendo esto dejaba correr disimuladamente la mano por el barandal para
coger la de Isabel, que se apoyaba en el mismo. Pero ella, evitando la
ocasin, evit el peligro. Se puso seria y pas al lado de su ta, a
quien dijo alto que era hora de recogerse. El reloj de Leonardo marcaba
las once de la noche.

Haba volado el tiempo. Diego Meneses, no obstante sabedor de que la
ocasin la pintan calva, supo aprovecharla lo que bastaba para hacer a
Rosa una formal declaracin de amor; habiendo encontrado el tema o
pretexto de la conversacin en el regalo del clavel que esa joven hizo a
Leonardo en el jardn. Cndida paloma del vergel de Alquzar! Ella, que
no haba escuchado antes un te amo, Rosa dicho con intencin y con
fuego. Ella, que se senta atrada hacia aquel joven como la aguja al
imn, como la avecica a la serpiente, no pudo desviar la atraccin,
deshacer el encanto; no encontr a mano gesto, palabra ni ardid para
negar que haba sucumbido y que tambin amaba a su tentador desde la
primer temporada que pasaron juntos en el cafetal _La Luz_.




CAPTULO II

     _Y en los bellos cafetales
      todo es frescura y olores,
      besadas sus blancas flores
      por las brisas tropicales._

         J. PADREZ


Como novia de Cupido desde la vspera, Rosa Ilincheta, por el temor
pudoroso de encararse con su cmplice a la clara luz del da, retard
cuanto pudo su salida del tocador. Pero Isabel tena obligaciones que
llenar y bien temprano apareci en el prtico del sur de la casa con la
sombrilla en la mano derecha, una cestita calada al brazo izquierdo por
el aro, y por todo abrigo el paoln de seda bordado de realce.

Asomaba entonces el sol por un ngulo de la casa, alumbrando una parte
del jardn y proyectando la sombra de aqulla y de los rboles, por
largo trecho, sobre el espacioso batey de la finca. Haba sido abundante
el roco de la madrugada. Empapado estaba el csped, apagado el polvo
bermejo de los caminos y las hojas de las plantas y las corolas de las
flores cuajadas de menudos aljfares; otros tantos prismas que
descomponan la luz del almo sol, al recibirla de soslayo.

Ech Isabel una mirada inquisitiva por todo el pas desplegado ante
ella, y se aventur fuera del prtico; porque desde all ech a ver una
rosa de Alejandra que acababa de abrirse al dulce calor solar, en el
cuadro del sudeste del jardn. Cortola sin punzarse ni mojarse, y cuando
se adornaba con ella la esplndida trenza de sus cabellos, volvi
maquinalmente los ojos hacia la casa y le pareci que uno de sus
huspedes la observaba desde el postigo de la ventana del cuarto, en el
extremo del prtico, donde en efecto se haban los dos alojado. Era
Diego Meneses, que por no haber disfrutado de sueo tranquilo, dej la
cama desde el amanecer y aspiraba el puro ambiente del campo, a la sazn
que Isabel apareci en medio de sus gayadas flores.

De tal modo la turb este incidente, que por breve rato estuvo indecisa
entre si volva atrs o seguira adelante, porque los actos de adornarse
el cabello y de mirar para la casa, mager que inocentes y casuales,
podan interpretarse de diversas maneras, y ella hua tanto de la
frivolidad como de la necia coquetera. Pero tena que salir y sali con
firme paso.

Por el lado del sur, una cerca de piedra separaba el campo del cuadrado
en que se comprenda el variado casero de la finca. En el centro se
alzaba el molino del caf, entre los dos pares de tendales, capaces de
contener a un tiempo, secndose, la mitad de la cosecha. Ms lejos,
cerrando el gran espacio por la izquierda, se vea el grueso y oscuro
brocal del pozo con su horca y garrucha para la extraccin del agua; el
palomar despus, el corral de las aves y algunos chiqueros; al fondo y a
la derecha, el campanario, o ms bien el pilar de madera de cuyo brazo
cubierto con un tejadillo, penda la campana; los graneros o almacenes,
las caballerizas, el establo de las vacas y las otras dependencias. Los
bohos de los esclavos figuraban una aldea de regular tamao.

Ni estaba desprovisto de vegetacin el magnfico batey que hemos venido
describiendo, pues muchos rboles, y sin duda los ms copudos y
corpulentos de toda aquella hacienda, le adornaban y daban sombra. Entre
ellos varios aguacates, mameyes colorados, mangos y caimitos; sobre todo
los primeros, cual las conferas del continente, parecan escalar el
cielo con la cspide de sus ramas. Aqullos ms empinados y coposos eran
los escogidos por las gallinas de Guinea (_Numidas Meneagris_ de
Cuvier), conocida la huraa de esas aves exticas, para sus querencias
de noche. La banda, que bien poda componerse de cien, desde antes de
aparecer el sol empezaron a removerse y a repetir el clamor o cacareo
peculiar suyo, en que parece que una dice _pascual_ y la otra contesta,
_pascual_, hasta que todas despiertan y se preparan para descender de
sus elevadsimas y naturales alcndaras. Ni los pichones ni las gallinas
daban an seales de vida: aqullos por no ser madrugadores, stas por
el encierro y la oscuridad de su casa.

Por lo dems, se notaba bastante movimiento en todo el batey. De los
esclavos de ambos sexos, quines recogan con sus guatacas o azadones
las hojas secas y briznas del suelo; quines con los mismos instrumentos
rozaban la yerba de los caminos; quines con ambas manos abiertas
levantaban la basura amontonada y la metan en canastas que otros
conducan fuera a la cabeza; quines a brazo sacaban agua del profundo
pozo y la vertan en una amplia cubeta de piedra al pie del brocal para
que otros, en unos baldes rsticos hechos del pecolo de la palma, la
distribuyesen en los depsitos de los varios departamentos de la
hacienda. A la vera del pozo daba agua y baaba los caballos de dos en
dos o de tres en tres, el calesero Leocadio. Dentro del molino resonaba
la voz penetrante del negrito, que, sentado al extremo del eje de la
rueda vertical, con que girando en la solera se descascaraba el caf,
aguijaba sin cesar a la caballera que serva de motor. Cuatro esclavas,
entre tanto, tendan el grano, an no bien seco; mientras otros
conducan el _pilado_ o descortezado al aventador, cuyas paletas hacan
un ruido tremendo y despertaban los ecos doquiera que la ola sonora
encontraba obstculo elstico en su trayecto. Y una vez limpio de toda
paja o polvo, era llevado a los almacenes para que all se escogiese y
clasificase por otros esclavos.

Ninguno de los que pasaban al alcance de Isabel dejaba de darla los
buenos das y de pedirla su bendicin, doblando la rodilla en seal de
sumisin y respeto. Pedro, el Contramayoral, sin la insignia ominosa de
su oficio, yendo de un lado a otro, animaba a sus compaeros al trabajo
y daba la mano en muchos casos, como para imprimir mayor peso a la
palabra con la obra. La subida o aparicin de Isabel en los tendales fue
la seal para que el negrito del molino alzase la voz argentinada y
aguda con la cancin, tan ruda como sencilla, improvisada quizs la
noche anterior, la cual principiaba con esta especie de verso: _La nia
sen va_, y terminaba con este otro, repetido en coro por todos los dems
negros: _Probe cravo llor_. Entre la primera letra y el estribillo o
pie insertaba el gua, no obstante que criollo, nacido en el cafetal,
frases en congo puro, a que tambin contestaba el coro con el obligado:
_Probe cravo llor_.

Intil fuera pedir armona, siquiera msica a una cancin, ni civilizada
ni salvaje del todo; pero si pareca asaz montona a odos delicados,
tambin es verdad que el tono y la letra rebosaban en melanclico
sentimiento. As lo estim Isabel, aunque hizo como que no oa ni
entenda palabra, y sigui adelante hasta el pie de los rboles, donde
ya bullan y corran en todas direcciones las aborotosas gallinas de
Guinea. Algunas, las ms ariscas, al verla quisieron emprender vuelo,
estallando en el grito nasal, chilln y alto con que suelen dar la voz
de alarma a sus compaeras. Mas conocida la voracidad de esas aves,
bastaron a tranquilizarlas y contenerlas unos granos de maz que Isabel
sac de la cestita que llevaba al brazo y que tuvo cuidado de arrojarlos
en un punto dado, cerca de s. La banda en masa se ech sobre el escaso
alimento, depuesta la vigilancia, olvidado el peligro, y slo ocupada
de egullir granos o pedrezuelas. De esta circunstancia se aprovech una
de las esclavas, a una seal de su seorita, para arrastrarse por el
suelo y pillar dos, sin que lo echaran de ver las otras. Muy gustosa es
la carne de estas aves, tan gustosa como la de la perdiz, razn por qu
Isabel se propuso obsequiar a sus huspedes con un par de ellas, asadas,
en el almuerzo.

A la vista del alimento, arrojado ahora a puados, acudieron presurosos
los pichones. Estos, menos huraos que las guineas, a las cuales teman,
y ms capaces de simpata que ellas, revolotearon al principio en torno
de la joven, luego se posaron en su cabeza, en sus hombros y en el brazo
de la cesta, acabando por arrebatarle el maz de las manos y aun picarle
en la boca. Tales y tan tiernas demostraciones de inocentes avecicas,
por ms que repetidas un da con otro, siempre la enternecan, y jams,
sino en casos extraordinarios, consinti que las matasen fuera de su
vista. Por ste y otros actos parecidos en que se pona de manifiesto la
influencia ejercida por Isabel sobre cuantos seres se le acercaban, no
crean menos sus esclavos sino que Dios la haba dotado de una especie
de encanto o poder secreto, el cual no caba aludir ni repeler.

Segua Diego Meneses con la vista los pasos de su amiga, y, bien que, a
fuer de hombre civilizado, no estaba dispuesto a conceder nada
sobrenatural en ella, s crea, como los dems, que era una mujer
extraordinaria. Desde su puesto de observacin daba cuenta fiel de lo
que vea u oa, a Leonardo, quien continuaba en la cama descansando y
gozando de las finsimas sbanas cargadas de encajes y perfumadas con
los ptalos de las rosas de Alejandra, obra toda de las industriosas
manos de Isabel. Deca Meneses a Gamboa, entre otras cosas:

--Es mucha mujer sa, amigo.

--No te lo deca yo?, contestaba ste satisfecho.

--Vale un Per. No se ven muchas como ella por ah.

--Quieres cambiar? La cambio pelo a pelo por Rosa. Vamos.

--No te burles, compadre, contestaba Diego serio. Que reconozca en
Isabel prendas raras, dignas de encomio, no quiere decir que me guste
ms que otras mujeres, ni que est prendado de ella. Pero la verdad es
que cada vez me convenzo ms de que t no te la mereces.

--Pues qu! Te figuras que ella es mejor que yo? replicaba Leonardo,
herido de la observacin de su amigo. Te equivocas, chico, de medio a
medio. Ten presente que Isabel es hija de un antiguo empleado del
gobierno, empleado cesante, un cafetalista arruinado, un pobretn, en
suma; mientras que mis padres tienen potreros, cafetal, ingenio, son
hacendados ricos y hacen diferente papel en La Habana. Est Vd.?

--Estoy, slo que no me refer a nada de eso cuando te dije que no te
merecas esa muchacha. Hablando en plata, Leonardo, t no la quieres.

--Por qu supones que no la quiero?

--Qu! Acaso no tengo ojos? Desde que llegamos vengo observando tus
acciones y palabras, y nada en ti me persuade que amas a Isabel.

--Hombre, Diego! Te dir francamente lo que me pas, dijo Gamboa tras
breve rato de silencio. No siento por Isabel aquella pasin ciega y
ardiente que sientes t, por ejemplo... por Rosa.

--Di mejor, le ataj prontamente Meneses, que la que t sientes por
Cec...

--Calla! exclam Leonardo alarmado, y medio incorporado en la cama. No
se mienta la soga en casa del ahorcado. Te pueden or: las paredes oyen.
Ese nombre es vedado aqu.

--Poco importa un nombre. Es muy comn y no creo que Isabel lo haya odo
en su vida.

--Probable es que no, pero por el hilo se saca el ovillo, cuanto ms que
Isabel no tiene pelo de tonta.

--Y ahora que viene al caso, cmo te has compuesto respecto a la escena
delante de la casa de las Gmez en el momento de la partida de Isabel?

--Creo que sospecha algo y tengo para m que sus primas le han contado o
escrito sobre eso algn cuento. Ello es que Isabel se muestra recelosa y
al parecer muy sentida conmigo.

--No dudo que las primas hayan despertado sus celos. La cosa fue, no
obstante, muy clara para que se dejase de alarmar Isabel y sospechar lo
mismo que t y yo sabemos. Qu osada la de aquella muchacha!

--Qu quieres? La ceg el demonio de los celos, comprometindome a los
ojos de Isabel y de sus primas. No puedes imaginarte cunta fue mi
vergenza.

--Lo considero. Yo, en tu lugar, escondo la cara bajo siete estados de
tierra. Mas de dnde sac Isabel que poda haber sido tu hermana Adela?

--Ah vers, Diego. Con todo, si bien recuerdas, se parecen mucho a
primera vista.

--Ya haba hecho yo la misma observacin. Qu malo que tu padre tuviese
que ver con semejante parecido!

--Quin sabe? A l le gusta la _canela_ tanto como a m. No tendra
nada de extrao que, andando a salto de mata, como sola cuando mozo,
hubiese dado un tropezn... Lo que es de C... est que se le cae la
baba. Me consta.

--Luego no puede ser su padre.

--Qu haba de serlo! Ni pensarlo. Disparate!

--Pues por ah se corre que lo es.

--Habladuras de las gentes, Diego. Conciben que estara enamorado de
C... si le ligasen esas relaciones de parentesco con ella?

--Quizs lo ignore, porque t dices, fue todo a consecuencia de un
tropezn. Quizs tambin la cela de ti, sabedor del parentesco que media
entre Vds. dos. Cuando el ro suena!...

--En este caso el ro no lleva agua, ni piedra. Slo porque da la
casualidad que se parecen mucho C... y Adela se encapricha la gente y
habla... Lo que te s decir es que l me ha hecho pasar ms sustos que
pelos tengo en la cabeza. Cuando menos lo espero me doy con l de manos
a boca. Casi, y sin casi, me causa doble inquietud que el msico
Pimienta. Lo nico que me tranquiliza por esta parte, es que ella
desdea tanto a los viejos como desprecia a los mulatos.

--No te fes, sin embargo. Cosa sabida es que hijo de gato ratn caza, y
que por donde salta la madre salta la hija. Mas volviendo a nuestro
cuento, el resultado de estas misas es que t no ests en el mejor pie
con Isabel.

--No. Como te deca, ella sospecha algo, o alguien la ha predispuesto
contra m. Isabel es, adems, muy perra para explicarse con franqueza;
yo soy punto menos, de modo que as iremos pasando hasta que Dios
quiera, o ella deponga el orgullo y se reconcilie conmigo.

--Esa misma conformidad tuya, observ Meneses, me confirma en la
creencia de que t no amas a Isabel.

--O yo no me he sabido explicar, o t no me entiendes, Diego. No
habiendo puntos de comparacin bajo ningn concepto entre las dos
mujeres, no puedo querer a la una como quiero a la otra. La de all me
trae siempre loco, me ha hecho cometer ms de una locura y todava me
har cometer muchas ms. Con todo, no la amo, ni la amar nunca como amo
a la de ac... Aqulla es toda pasin y fuego, es mi tentadora, un
diablito en figura de mujer, la Venus de las mula... Quin es bastante
fuerte para resistrsele? Quin puede acercrsele sin quemarse? Quin
al verla no ms no siente hervirle la sangre en las venas? Quin la oye
decir: _te quiero_, y no se le trastorna el cerebro cual si bebiera
vino? Ninguna de esas sensaciones es fcil experimentar al lado de
Isabel. Bella, elegante, amable, instruida, severa, posee la virtud del
erizo, que punza con sus espinas al que osa tocarla. Estatua, en fin,
de mrmol por lo rgida y por lo fra, inspira respeto, admiracin,
cario tal vez, no amor loco, no una pasin volcnica.

--Y pensando como piensas, Leonardo, te casars con Isabel?

--Por qu no? Precisamente as es como debe buscarse la mujer para
esposa. El que se casa con Isabel est seguro de que no padecer de...
quebraderos de cabeza, aunque sea ms celoso que un turco. Con las
mujeres como C... el peligro es constante, es fuerza andar siempre cual
vendedor de yesca. No me ha pasado jams por la mente casarme con la de
all, ni con ninguna que se le parezca, y sin embargo, aqu me tienes
que me entran sudores cada vez que pienso que ella puede estar
coqueteando ahora mismo con un pisaverde o con el mulato msico.

--Lo que prueba, amigo mo, que no hay forma de servir a dos amos.

--En negocios de amores, o galanteos, se puede servir hasta a veinte,
cuanto y ms a dos. La de La Habana ser mi Venus citerea,[44] la de
Alquzar mi ngel custodio, mi monjita Ursulina, mi hermana de la
caridad.

--Es que no se trata aqu de amores ni de meros galanteos, se trata de
amar mucho a una y de casarse con otra que no se ama tanto.

Ya veo que t no entiendes de la misa la media. Para gozar mucho en la
vida el hombre no debe casarse con la mujer que adora, sino con la mujer
que quiere. Entiendes ahora?

--Entiendo que t no has nacido para casado.

Prosiguiendo Isabel en su excursin matutina, muy ajena de la
conversacin que se tenan los jvenes habaneros sobre ella, se lleg al
pozo. All, como en todas partes, impuso respeto su presencia. Por lo
que toca al aguador, suspendi el trabajo, no fuera que al verter el
agua en la cubeta salpicase el traje de su seorita, que se haba
acercado demasiado. Al contrario, el calesero criollo, poco ms o menos
de la edad de aqulla, y que por haberse criado a su vista la trataba
con ms confianza, no detuvo el baado de los caballos, dado que se
quit el sombrero. Tampoco dobl la rodilla, cual su compaero, al
desearla los buenos das, circunstancia que estamos seguros no advirti
Isabel, ya por estar acostumbrada, ya por no concordar con sus
sentimientos filantrpicos la humillacin, ni en el esclavo.

--Blas, dijo dirigindose al aguador, tiene mucha agua el pozo?

--_A bombn_ (por mucha), _nia._

--Cmo lo sabes t?, le pregunt ella.

--_Ah, nia! Yo oye siempre bu, bu, bu._

--Luego se podr ver el movimiento del agua.

--_Se pue, nia, se pue. Yo mira jervir._

--Veamos, dijo Isabel acercndose todava ms al brocal.

--_Sumels mira?_, pregunt el negro muy asustado. _No, no mira. Mu
jondo. Diablo rempuja la nia._

De los aspavientos del compaero riose Leocadio y sugiri que la
seorita poda satisfacer su curiosidad sin riesgo si se afirmaba de un
ramal de la soga mientras ellos dos sujetaban el otro cabo. De esta
manera se hizo; pero Isabel no alcanz a ver el fondo por la demasiada
profundidad, por el espesor del brocal de mampostera y por los
innumerables helechos adheridos a las paredes interiores, que con sus
graciosas palmas casi cerraban la boca del pozo.

Enseguida Isabel pregunt al calesero si los caballos estaban en
disposicin de emprender el viaje del da siguiente:

--Nia Isabelita, contest l en lenguaje ms inteligente que el de su
compaero: _Pajarito_ y _Venao_ necesitan _herraura_ nueva.

--Por qu no me lo habas dicho, Leocadio de mis culpas?

--Y yo he teno tiempo? Hasta anoche no supe na del viaje. _Dispus_ de
baar los caballos iba a decrselo a la nia.

--Pues tienes que ir al pueblo a herrarlos.

--Ir _dispus_ de almuerzo. Deme la nia la papeleta para el _herraor_.
Si no se ha _emborrachao_, estamos bien.

--Por eso, ve lo ms temprano que puedas. Y echa ahora a correr y
sofocar los caballos antes de tiempo.

--La nia siempre se figura que uno mata los caballos.

--Debas llamarte mata-caballos, no Leocadio.

No se detuvo Isabel en las otras dependencias de la finca por aquel lado
del batey; mas al cruzar al opuesto, ech de menos a uno de los esclavos
de campo y la inform el Contramayoral que por enfermo no se haba
presentado en la fila la noche anterior. Reprendi a Pedro que no le dio
el aviso oportuno, siguiendo derecho a la enfermera. Se hallaba sentado
el enfermo en el suelo, junto a la lumbre, abatido y con un pauelo
atado en la cabeza. Por pronta providencia la enfermera le haba
suministrado sendas jcaras de infusin de corteza de naranja, endulzada
con azcar de _raspaduras_. Isabel le tom el pulso, comprendi que
tena fiebre y dispuso se recogiera entre tanto vena el mdico. De
vuelta a la casa de vivienda, examin la caballeriza y el saln en que
se escoga el caf.

La esperaban en el prtico los huspedes, junto con su hermana, su ta y
su padre. Pareca natural que quien tan puntualmente haba desempeado
las obligaciones de administradora de la heredad y de las _cosas_ a ella
adscritas, se sintiese satisfecha de s misma y ms dispuesta para el
desempeo de sus deberes como ama de casa. En el semblante risueo y
animado con que torn al lado de la familia, se ech bien de ver que la
duea cariosa y blanda de esclavos sumisos, saba ser amable y atenta
con sus iguales y amigos. Desde ese momento se consagr a obsequiarlos
y a hacerles cuanto agradable se pudiese su corta estada en el cafetal.

Como la maana siguiese siendo fresca y de poco sol, propuso Isabel a
sus amigos una breve visita al jardn fronterizo de la casa. Ese era su
Edn. Poca cosa se le alcanzaba del arte de la jardinera, mucho menos
de botnica; tampoco se haba propagado en Cuba el gusto por la
floricultura, ni Pedregal u otros jardineros franceses haban importado
de Francia la gran variedad de rosas que adelante trajeron la invasin
rosada a La Habana. Pero Isabel era florista por instinto y por aficin
decidida, y como haba plantado con sus manos, saba de coro la historia
de todas las flores que crecan en su delicioso pensil. Guardse, no
obstante, de mencionar siquiera el rosal de flores plidas en que
Leonardo, haca un ao cabal, haba injertado de pa el rosal de flores
encarnadas. Vigoroso y lozano se mostraba, ostentando en cada nudo rosas
de uno y otro color; remedo fiel y potico de dos seres sensibles
ligados por la ms humana de las humanas pasiones: el amor.

Ms tarde la visita a los jardines la extendi Isabel a una excursin a
caballo de los cuatro jvenes por los cafetales vecinos. Senta ella la
necesidad de distraerse, ms an, de aturdirse con el continuo
movimiento. Aparte de que no la haba dejado satisfecha su explicacin
de la vspera con Leonardo, le dola alejarse del apacible hogar y del
amoroso padre, y ya la acometa aquella especie de fiebre, sntoma
infalible de la extrema dolencia conocida por nostalgia.

As curs el 2 de diciembre y vino la melanclica maana del 24. Mucho
antes de aclarar haba partido para Guanajay el postilln con el relevo
de las tres caballeras. En la silla, y armado al uso general con el
ltigo y largo machete de cabo de carey y plata, aguardaba por las
viajeras el apuesto calesero Leocadio. Cerca de all se vean varias
esclavas y algo ms distante los otros siervos, aparentemente
preparndose para emprender las faenas del nuevo da, en realidad, como
despus se vio, en expectativa de la tristsima escena que all se
representara.

Deseosa Isabel de abreviar el doloroso momento de la separacin, abraz
a su padre de carrera, tom el brazo que le brindaba Gamboa y, con los
ojos empaados por las lgrimas, sali a la avenida del este para tomar
el carruaje. Las seoras iban en el traje riguroso de camino, de seda
oscuro y el sombrerito de paja o gorra al estilo francs. A su aparicin
se observ un movimiento general seguido de un murmullo entre los
esclavos espectadores, quienes prorrumpieron a una en el clamor o canto
montono de la vspera: _La nia sen va, probe cravo llor_, repetido en
coro solemne a la luz matinal del nuevo da, que apenas alumbraba la
cspide de los ms empinados rboles.

Este inesperado saludo acab de desconcertar a Isabel. Flame el pauelo
hacia el grupo de esclavos en seal de despedida y apresur ms el paso.
Entonces repar en el Contramayoral.

A pie firme, callado, la cabeza erguida, dejando ver a travs de los
cabezones de la camisa el cuello rollizo y parte del membrudo pecho,
Espartaco por su varonil musculatura, flaca mujer por la sensibilidad de
su inculto espritu, tena de la cama del freno de plata el inquieto
caballo de Gamboa. Junto a l se hallaba su mujer, tambin inmvil y
callada, con un nio en los brazos, hondamente afligida, segn lo
mostraban las gruesas gotas de lgrimas que rodaban por sus mejillas de
bano. Tan conmovida como ella, Isabel le puso la mano en el hombro,
imprimi un dulce beso en la frente del nio y dijo a su marido:

--Pedro, Pedro!, no le olvides de mis encargos.

Sin aguardar respuesta tom refugio en el carruaje.

En ese asilo comenzaron las que pudieran llamarse cariosas
importunidades de los esclavos. Las negras especialmente, convencidas de
que se marchaba su seorita, rodearon el quitrn y las ms expresivas
se agolparon al estribo, metan la cabeza por debajo de la cortina o
capacete, y, segn su costumbre, clamaban a grito herido:

--Adis, nia! Vuelva pronto, nia! No se quede por all, niita ma!
Dios y la Virgen lleven con bien a la nia! Acompaando estas frases,
que hemos traducido en gracia del lector, con sus extravagantes
demostraciones, como oprimirle suavemente los pies, besrselos cien
veces, lo mismo que las manos con que ella quera rechazarlas. Todo esto
dicho y expresado con verdadero sentimiento, con exquisita ternura, y
sin dejar de contemplar su angelical semblante, cual el de un dolo o de
una imagen sagrada.

Pobres, sensibles, aunque ignorantes y sencillos esclavos, tenan a su
ama por la ms hermosa y buena de las mujeres, por un ser delicado y
sobrenatural, y se lo demostraban a su manera ruda e idlatra.

Poco a poco, ya por ruegos, ora por amonestaciones suaves, logr Isabel
apartar de s a las ms petulantes, dio la orden de partir, y anegada en
llanto exclam:--Yo no sirvo para estas escenas.

A tiempo de montar ech Gamboa una mirada desdeosa al espectculo en
torno del carruaje, y dijo alto, de modo que lo oy Pedro, que le tena
el estribo:

--Ay! Qu falta haca aqu un buen _cuero_!

El calesero llam la atencin hacia las riendas del caballo de fuera, y
cuando Isabel pudo tomarlas en la mano ya el quitrn y los viajeros
haban salvado la portada y se hallaban casi en los lmites, por el
oeste, del cafetal _La Luz_.




CAPTULO III

     _Dulce Cuba!, en tu seno se miran
      en el grado ms alto y profundo,
      las bellezas del fsico mundo,
      los horrores del mundo moral._

         JOS MARA HEREDIA


Llaman Vuelta Abajo o Vuelta Bajo en la isla de Cuba, a aquella regin
que cae a la parte poniente del meridiano de La Habana, y que,
principiando en las cercanas de Guanajay, termina en el cabo de San
Antonio. Se ha hecho famosa por el excelente tabaco que se produce en
las frtiles vegas de sus numerosos ros, principalmente sobre la
vertiente meridional de la cordillera de los Organos. Para darla
semejante dictado parece que hay una razn de mucho peso, a saber: la
baja nivelacin del suelo de ese territorio, comparada con la alta del
ya descrito.

Empieza el descenso a pocas millas al oeste de Guanajay, advirtindose
desde luego un cambio brusco en el aspecto del pas. El color del suelo,
sus elementos componentes, la vegetacin, el clima y el gnero de
cultivo en general son del todo diferentes. As es que el rpido declive
constituye una rampa para el que va y un cerro para el que viene de la
Vuelta Abajo.

Al borde de esta precipitosa rampa se desplega ante los ojos del viajero
un cuadro inmenso, magnfico, que no hay lienzo que le contenga, ni ojos
humanos que le abarquen en toda su grandeza. Figuraos una aparente
planicie, limitada al oeste por las brumas del lejano horizonte, al
norte por las colinas peladas que corren a lo largo de la costa, y al
sur por las speras y alterosas sierras que forman parte de la extensa
cordillera de montaas de la Vuelta Abajo. Y hemos dicho aparente
llanura, porque de hecho es una serie sucesiva de valles transversales,
estrechos y hondos, formados por otros tantos riachuelos, arroyos y
torrentes que descienden de las laderas septentrionales de los montes y,
despus de un curso torcido y manso, se pierden en las grandes e
insalubres cuencas paludosas del Mariel y de Cabaas.

A la vista del grandioso cuadro, Isabel, que era artista por sentimiento
y que amaba todo lo bueno y bello en la naturaleza, mand parar los
caballos a los bordes de la rampa y ech pie a tierra, sin aguardar a
que se aceptara la proposicin por sus compaeros. Seran las ocho de la
maana. Ensanchbase all el camino, describiendo una zeda para
disminuir en lo posible lo precipitoso de la bajada. Por esta razn,
aunque ambas laderas se hallaban cubiertas largo trecho de un arbolado
crecido y hojoso, ni sus copas sobresalan mucho del nivel de la
planicie que ocupaban los viajeros, ni obstruan, que digamos, la vista
panormica de ms all. Asombrosa era la vegetacin. A pesar de lo
avanzado de la estacin invernal, parece que haba vestido sus mejores
galas y que orgullosa sonrea a los primeros rayos del almo sol. Do
quiera que no haba hollado la planta del hombre ni el casco de la
bestia, all brotaba, por decirlo as, a raudales el modesto csped o
rastrera grama, el dulce romerillo, el gracioso arbusto, el serpentino
bejuco y el membrudo rbol. Hasta de las ramas verdes y gajos secos,
cual cabelleras de seres invisibles, pendan las parsitas de todas
clases y formas, que viven de la humedad de que est constantemente
saturada la atmsfera de los trpicos. El suelo y la floresta, en una
palabra, cuajados de flores, ya en ramilletes, ya en festones de variada
apariencia y diversidad de matices, formaban un conjunto tan gallardo
como pintoresco, aun para aquellas personas acostumbradas a la vista de
los campos feracsimos de Cuba.

Para mayor novedad y encanto, se ofreca all la vida bajo sus formas
ms bizarras: bulla materialmente el bosque vecino con todos los
insectos y pjaros casi que cra la prolfica tierra cubana. Todos a una
zumbaban, silbaban o trinaban entre el sombro ramaje o la espesa yerba,
y hacan concierto tal y tan armonioso como no podrn jams hacerlo los
hombres con la voz ni los instrumentos msicos. Dichosos ellos que de
puro pequeos e inermes no excitaban la codicia del cazador, ni teman
ser interrumpidos en sus inocentes correras y revoloteos mientras
recogiendo la miel en el cliz de las flores, o saltando de rama en
rama, hacan temblar las hojas, desprendan el roco cuajado en ellas y
las gotas, al dar en la hojarasca seca del suelo, remendaban una lluvia
en que no tenan parte las nubes.

No hay paridad ninguna en la fisonoma del pas visto por ambos lados de
las montaas. Por el del sur, la llanura con sus cafetales, dehesas y
plantaciones de tabaco, contina casi hasta el extremo de la isla y es
lo ms ameno y risueo que puede imaginarse. Al contrario por el lado
del Norte, en el mismo paralelo se ofrece tan hondo, spero y lgubre a
las miradas del viajero que cree pisar otra tierra y otro clima. Ni
porque est ahora cultivado en su mayor parte hasta ms all de Baha
Honda, se desvanece esa mala impresin. Quizs porque sus labranzas son
ingenios azucareros, porque el clima es sin duda ms hmedo y clido,
porque el suelo es negro y barroso, porque la atmsfera es ms pesada,
porque el hombre y la bestia se hallan ah ms oprimidos y maltratados
que en otras partes de la Isla, a su aspecto slo la admiracin se
trueca luego en disgusto y la alegra en lstima.

Tal, poco ms o menos, sinti Isabel en presencia de aquel pedazo de la
famosa Vuelta Abajo. Sus puertas, que eran de hecho las alturas en que
se hallaban detenidos los viajeros, no podan ser ms esplndidas;
podan calificarse de doradas. Pero qu pasaba por all abajo? Sera
aqulla la morada siquiera de la paz? Habra dicha para el blanco,
reposo y contentamiento alguna vez en su vida para el negro, en un pas
insalubre y donde el trabajo recio e incesante se impona como un
castigo y no como un deber del hombre en sociedad? A qu aspiraba ni
qu poda esperar tanto ser afanoso cuando pasado el da y venida la
noche se entregaba al sueo que Dios, en su santa merced, concede a la
ms miserable de sus criaturas? Ganaba alguno, entre tanto trabajador,
el pan libre y honradamente para sostener una familia virtuosa y
cristiana? Aquellas fincas colosales que representaban la mayor riqueza
en el pas, eran los signos del contento y de los puros placeres de sus
dueos? Habra dicha, tranquilidad de espritu para quienes a sabiendas
cristalizaban el jugo de la caa-miel con la sangre de millares de
esclavos?

Y la ocurri naturalmente que si se casaba con Gamboa, tarde que
temprano tendra que residir por ms o menos tiempo en el ingenio de _La
Tinaja_, a donde ahora se dirigan en son de paseo. Naturalmente
tambin, se agolparon a su mente, como en procesin fantstica, los
rasgos principales de su breve existencia. Record su estada en el
convento de las monjas Ursulinas de La Habana, donde en medio del
silencio y de la paz se nutri su corazn de los principios ms sanos de
virtud y caridad cristiana. Como en contraste record la muerte de su
piadosa madre; la orfandad en que qued sumida; su desolacin y hondo
pesar; los das serenos e iguales que despus haba venido pasando en el
cafetal _La Luz_, bello jardn, remedo del que perdieron nuestros
primeros padres, acariciada por sus ms allegados e idolatrada por sus
esclavos como no lo fue reina alguna sobre la tierra. Record, en fin,
la situacin aflictiva en que dej a su padre, achacoso y ya entrado en
aos, el cual no aprobaba del todo aquel viaje, tal vez porque poda ser
el preludio de separacin ms grave y prolongada.

Brevsimos fueron el silencio y recogimiento de la joven; pero tan
intensa, tan viva su emocin, que no pudo evitar se le llenaran de
lgrimas los ojos. Leonardo se hallaba a su lado, teniendo por la brida
el brioso caballo, y ya por divertirla de sus tristes ideas, ya por
echarla de _cicerone_, comenz a describir los puntos culminantes del
magnfico panorama que tenan a la vista. Haba pasado l varias veces
por aquellos lugares; conoca a palmos el terreno que pisaba y quera
dar muestras a las amigas de su buena memoria. El primer ingenio a
nuestros pies, dijo, es el de Zayas. Los rboles de esta parte de la
loma nos impiden ver las fbricas, pero aqullos son sus ltimos
caaverales. Debe de estar moliendo, porque hasta ac llega el olor del
melado. Muele todava con trapiche y mulas. Tenemos que pasar por el
mismo batey. Despus, en el centro de este gran valle, un poco hacia
nuestra derecha, por junto al tronco de aquella ceiba, pueden verse las
tejas coloradas de la casa de calderas del viejsimo ingenio de Escobar
o del Mariel. Segn me cuenta mam, fue el primero que se _foment_ en
esta parte de la Vuelta Abajo. Tambin debe de estar moliendo pues veo
salir humo de entre la arboleda del batey. Luego, no ven Vds., una nube
blanca que atraviesa el valle en toda su latitud a la altura de los
rboles describiendo una porcin de vueltas y revueltas? Un poeta dira
que era un cendal de gasa. A m me parece la piel de una culebra soltada
en la huida del monstruo de las montaas al mar. Pues no es otra cosa,
si bien reparan Vds., que los vapores que van marcando el curso torcido
del ro Hondo, notable por lo estrecho de su cause y por las grandes
avenidas que hace en tiempo de lluvias. Ahora estar bajo y habr
puentes para pasarlo sin necesidad de mojarnos los pies. Del otro lado,
por aqu derecho, en vuelta del noroeste, divisan Vds., un bosque muy
verde y tupido del cual asoman unas torres que parecen redondas? Ese es
el ingenio _Valvanera_, de don Claudio Martnez de Pinillos, recin
creado Conde de Villanueva. A la izquierda, al pie del monte de Rubn o
Rub, se ven los caaverales del ingenio _La Begoa_, y a la derecha,
an no discernible, _La Tinaja_, cerca de una legua del pueblo de
Quiebra Hacha.

Muy pendiente era la bajada por aquel lado al vastsimo valle de los
ingenios de azcar, y aunque trazada en zig zag, todava trabajaban
mucho los caballos para mantener el carruaje en el conveniente nivel.
Acortaba el calesero las riendas del de varas, temeroso de un resbaln;
y se abata de nalgas y se deslizaba que no marchaba de firme. Con esto
crujan las sopandas de cuero, sobre las cuales se meca la caja del
quitrn a guisa de zaranda, y el sudor empezaba a brotar del tronco de
las orejas y de los ijares de las fatigadas bestias.

--Poco a poco, Leocadio, dijo Isabel en llegando a lo ms agrio de la
cuesta. No haba visto yo camino ms pendiente.

Cabalgaba Leonardo al estribo derecho del carruaje, y dijo en son de
broma:

--Es Isabel la que habla? La crea yo ms guapa que eso.

--Si se figura Vd. que tengo miedo, repuso ella prontamente, se engaa
de medio a medio. No temo ni pizca por m, temo por los caballos. Mire
Vd., el de barras: la carga es mucha y la bajada precipitosa; se ha
baado en sudor, y estoy esperando verle caer y rodar. S, mejor ser
apearnos. Para Leocadio.

--No, no se apee, nia, dijo el calesero con instancia, arriesgando un
choque con sus amas. Como su merced se apee en este paraje, tendr que
apearse en todas las lomas. _Pajarito_ es _mu_ resabioso y sabe ms que
las bibijaguas. Djeme su merced darle _cuarta_ y ver cmo no se hace
ms el chiquito.

--Eso es lo que t quisieras, que te dejase maltratar al pobre caballo.
No sabes que no est acostumbrado a las lomas? De ningn modo
consentir que le pegues. Para, te digo.

--La nia tiene _perdos_ los animales y la gente, murmura Leocadio
recogiendo las riendas para parar. Cuando estaba viva la seora estos
caballos volaban como pjaros. A ella s que le gustaba _jarrear_ de
duro.

En este punto intervino Leonardo, oponindose al propsito anunciado por
su amiga, no ya slo porque de hacerlo as el tronco adquirira el vicio
de que hablaba el calesero, sino porque de resultas de la sombra del
arbolado de la derecha aun no haba enjugado el sol la humedad del suelo
barroso del camino. Cedi ella con visible repugnancia, y como para no
tomar parte directa en el martirio, segn dijo, de los caballos, entreg
los cordones del de la pluma a su hermana Rosa y cerr los ojos mientras
dur la bajada.

No deseaba sta cosa mejor. Joven y viva de carcter, amaba el peligro y
se pereca por manejar, fueran las que fuesen las fatigas que
experimentasen las caballeras en trasportarla por aquellos
derrocaderos, como al nio en su cuna de viento.

Mola Zayas en efecto. Las pilas de caa miel recin segada cerraban
casi los costados exentos de la casa de ingenio, pues slo dejaban un
pasaje bastante amplio, eso s, por el lado del batey, o camino que
traan los viajeros. Notbase all gran vocero y movimiento, lo mismo
dentro que fuera. Dentro, las mulas del trapiche pasaban y repasaban por
delante del espacio abierto en su precipitado giro, azotadas
despiadadamente por los mozos negros que corran a par de ellas con ese
nico propsito. Por entre aquel estrpito infernal se oa distintamente
el crujir de los haces de caa que otros esclavos desnudos de medio
cuerpo arriba metan de una vez y sin descanso en las masas cilndricas
de hierro. Al otro lado del trapiche, aunque eran mayores si cabe la
batahola y la algaraba, por decirlo as, de los ruidos confusos, no se
vea cosa alguna; impedalo completamente el denso humo revuelto con el
vapor que se desprenda de las hirvientes calderas, donde se coca el
dulcsimo jugo de la caa y llenaba con sus inmensas olorosas columnas
todo el interior del gran laboratorio.

Afuera, una doble fila de carretas, o se acercaban cargadas a dicha
casa, o se alejaban de vaco en direccin del campo o del _corte_ de
caa, como se dice; todas tiradas por un par de bueyes no menos flacos
que tardos en sus movimientos. Pie a pie de cada yunta marchaba el
conductor o carretero esclavo, armado de ahijada larga y pincho agudo de
hierro; y a todo lo largo de la doble fila de carretas, ya en una
direccin, ya en otra opuesta, cabalgaba en su mula marchadora el bovero
blanco, armado tambin, mas no de vara, sino del indispensable _cuero_,
con el que de cuando en cuando cruzaba las espaldas de aquel negro que
crea remiso en el uso de la frrea ahijada.

La hechura de las carretas era lo ms zurdo y primitivo que puede
imaginarse; el engrase de los ejes por darse, con lo que las cargadas
chirriaban sin cesar; al paso que las de vaco, con sus desmesuradas
ruedas y holgura de manga, sobre no guardar jams la perpendicular,
fuera cual fuese la nivelacin del piso, hacan un retintn
desagradable, chocando de continuo las sueltas bilortas contra los
sotrozos de hierros fijos, y salindose de su sitio las tablas de la
cama. Por largo trecho en una y otra direccin, el batey y las
guardarrayas desaparecan bajo las hojas pajizas y aun los trozos tiles
de caa dejados caer por incuria, por exceso de carga o por defecto
material de los vehculos empleados en su trasporte. A este lamentable
desperdicio contribuan como los que ms los conductores. No bien se
alejaba el boyero de un punto dado, se aprovechaba el conductor
inmediato para sacar de la carga el trozo de caa que mejor le pareca,
en cuyo acto arrastraba otros varios que se caan en el camino y all
quedaban para ser hollados y molidos por las carretas que venan detrs.
No se cuidaba de eso, antes se llevaba a la boca por un extremo el trozo
de caa y le chupaba afanoso, sin dejar de animar a los bueyes con voces
descompasadas y repetidos pinchazos hasta sacarles sangre: puede ser en
desquite por la que el boyero haca saltar de sus espaldas con la pita,
o llmese punta, del terrible ltigo.

Tales escenas u otras muy parecidas a stas se repitieron a la vista de
los viajeros, a su paso por los ingenios de _Jabaco_, _Tibotibo_, _El
Mariel_ o antiguo de _Escobar_, _Rohondo_ y _Valvanera._

Entre las dos plantaciones ltimamente mencionadas, slo avistaron una
pequea _sitiera_, a la margen derecha del camino, quiere decir, de un
grupo de cabaas pajizas donde algunas familias pobres cultivaban un
corto pao de tierra y criaban animales domsticos. No poda drsele
siquiera el nombre de aldea, dado que all, ni en muchas millas a la
redonda, haba escuela ni iglesia. Los ingenios de fabricar azcar no
consentan, por lo general, en su inmediata vecindad, esos smbolos del
progreso y de la civilizacin.

Para librarse de aquellos amargos pensamientos procuraba separar los
ojos del suelo negro, duro y sin lustre, cual hierro dulce, del camino,
y los pasaba por cima de las flores o gines color violado claro, de las
caas en sazn, hasta tropezar en la zona azulosa donde se una el
horizonte con las cumbres oscursimas de las distantes montaas.

Pero por ms de un motivo poderoso no la era dable a Isabel aquella
concentracin que demandaba el espritu en su agona. Bruscas cuanto
frecuentes eran las ondulaciones del terreno; el camino, aunque ancho,
necesariamente torcido; las caadas estrechas y hondas; la mayor parte
de las cuales haba que pasarlas por puentes hechos sin arte ni
solidez, con maderos rollizos, o con tablas sacadas de los troncos de
las palmas. Tena que ser la marcha, en consecuencia, lenta y cautelosa,
y luego no saba Rosa regir el caballo de fuera; razn por qu ms bien
que de ayuda serva de estorbo al de varas, ya atravesndosele delante,
ya no tirando a la par, o tirando en direccin opuesta a la del
movimiento del carruaje. Quejose ms de una vez el calesero de estos
tropiezos, hasta que Isabel, para acallarle y evitar un contratiempo
serio, reasumi los cordones del caballo de la pluma.

Si Rosa supiera, no habra podido manejar mejor en aquella alegre maana
de viaje. A la izquierda del quitrn, donde lo permita la amplitud del
camino, iba Diego Meneses, tan galn a caballo como decidor y amable a
pie y entonces inspirado y elocuente, dispuesto ms que otras veces a
ver las escenas que recorran slo por su lado potico y brillante. A
cada paso hallaba motivo para empear la atencin de su entusiasta
amiga, ya indicndole los festones de aguinaldos blancos o campanillas
pendientes de todos los arbustos a orillas de los caaverales, ya los
gines de las caas, que comparaba con las garzotas de innumerables
guerreros en marcial arreo, mecidos blandamente por la gentil brisa de
la maana; ora los grupos de tomeguines que con rumor sordo, cual de
viento rastrero y en gran tropel, seguan por algn trecho la direccin
de los viajeros, rozando con las yerbas y luego desapareciendo por entre
los troncos de las caas; o el vivaracho sabanero de tardo vuelo, que
sala con estrpito del espeso matorral y se posaba con mucha dificultad
en la primer hoja de caa con que tropezaba en su desatentada fuga; o la
esquiva garza blanca que se abra paso por entre las ramas del roble
ribereo, y con el largo cuello replegado a la espalda y los pies
colgando segua en su huida el curso del arroyo; o la bandada de
alborotosas cotorras que cubran los naranjos silvestres y slo se vean
cuando se aferraban a la dorada fruta para extraerle la simiente; o el
gaviln, en fin, guila de Cuba, que daba gritos y gritos penetrantes
mientras se cerna por encima de las palmas ms alterosas, entre la
tierra y el cielo.

Finalmente, pasadas las diez de la maana, atravesaron los viajeros los
caaverales del ingenio _Valvanera_, a la vista de sus grandes fbricas.
Dos millas adelante se acercaron al pueblo de Quiebra Hacha. Aqu se
divida en dos el camino que traan, uno que torca al oeste y era el
carretero de la Vuelta Abajo, y el otro, el de La Angosta, que serva de
entrada a los ingenios de azcar, ya establecidos en esa regin de la
costa. Este tomaron nuestros viajeros. A su paso por el pueblo varias
personas reconocieron y saludaron con amistoso respeto a Leonardo
Gamboa.

Presentbase adelante el pas tan spero, desigual y montuoso como el
anterior recorrido, aunque el arbolado era ms frondoso y lozano, casi
primitivo, y el suelo surcado de arroyos bulliciosos y de limpias aguas
que corran a perderse al fondo de la baha del Mariel, o en el mar
abierto al Norte. Tras media hora de camino debajo del bosque, donde no
penetraban los rayos del sol, se avistaron los caaverales de un ingenio
en el repecho de una colina, acotados por una cerca rstica hecha de
gajos, que mantenan en posicin horizontal rajas de lea o estacas con
horquilla hincadas en tierra y atados juntos de trecho en trecho, para
mayor seguridad, con un bejuco que, cuando verde, es bastante flexible y
elstico, conocido en la Vuelta Abajo con el nombre vulgar de colorado,
_Bauchinis heterophyllas_.

Luego que, siguiendo por breve espacio, paralelo a dicha ruda cerca, en
cuyo tiempo ganaron los viajeros la altura de la colina, se les
ofrecieron en toda su extensin y grandeza los campos de caa y all, en
el centro del cuadro, el variado grupo de sus fbricas, coronando otra
colina de mayor planicie y ms ancha base. Aqul era el ingenio de _La
Tinaja_, y Leonardo Gamboa, que serva de gua, se las mostr a sus
amigos con cierto sentimiento de orgullo. Para ello haba motivo
sobrado, no ya slo por el valor en dinero que representaba la finca, y
por las consideraciones sociales que se les guardaban a sus dueos, mas
tambin por el cuadro bello y pintoresco del conjunto, contemplado a
buena distancia; encubridora eficaz de los lunares y manchas inherentes
a casi todas las obras, as humanas como divinas.

El camino por donde se haban internado los viajeros hasta all era el
denominado de la Playa, porque serva para el acarreo de los azcares al
pueblo del Mariel, desde el cual se embarcaban y conducan en goletas al
mercado de La Habana. Cruzaba la colina por su cspide y haba
establecida en ella una talanquera no menos rstica que la cerca, pues
se reduca a unas varas en bruto, metidas por sus cabezas en los
orificios de dos largueros paralelos. Arrimada a la cerca, y en su
encuentro con la talanquera, se alzaba una cabaa o boho de los de vara
en tierra o de dos aguas, tan gacho que la techumbre se compona de
hojas enteras de la palma tendidas en los costados o vertientes, con las
puntas descansando en el suelo.

Adelantose Leonardo para ver por qu no se hallaba en su puesto el negro
guardiero y abra la talanquera. Con tal objeto, plant su caballo ante
la nica entrada del boho, e inclinando el cuerpo, trat de registrar
el interior. Intil trabajo: la puerta o boca era muy estrecha y baja, y
ms all de dos pies del umbral no podan penetrar ojos humanos, no
tanto por la viva claridad del da afuera, cuanto por la densa nube de
humo de lea que arda dentro y no tena otro medio de escape que se.

--No veo nada y dudo que haya alma viviente en el boho, dijo Gamboa
hablando con las seoras en el quitrn, parado en medio del camino.
Maldito negro!

--Tal vez duerme, dijo Isabel.

--Si no es el sueo de la muerte, repuso Gamboa, juro que no le salva
nadie de un bocabajo.

--De qu se trata? pregunt Meneses. De abrir la talanquera? Yo abrir
y no perder el casamiento por eso.

--No hars tal, replic Leonardo colrico. No lo consiento.

--Bien, sugiri Isabel con su voz argentina y dulce. Abrir el calesero;
los caballos estn harto cansados para echar a correr. Leocadio, apate.

--No, no, Isabel, replic Leonardo, cada vez ms colrico. Tampoco puedo
consentir en eso, no debo consentirlo. Si el guardiero est vivo abrir
la talanquera, que para eso y para ms le han puesto ah.

Sac el reloj y aadi enseguida:

--Ya han dado las doce, hora en que sueltan la negrada para que coma. Si
hubiramos llegado aqu un poco antes, habramos odo la campana del
ingenio. Apostara a que el _taita_ guardiero se ha metido en el
caaveral para verse con alguna de sus carabelas. Por Dios vivo que la
paga! Nada, no est en parte alguna. Caimn! Caimn!, grit a todo
torrente.

Los montes del rededor fueron los nicos que le devolvieron el eco de
sus voces con temblor continuado, hondo y siniestro; y luego empez a
ladrar un perrillo dogo dentro del boho. Ah est el guardiero, pens
el joven, y se hace el dormido para no tomarse el trabajo de abrir la
talanquera. Lo har salir a patadas, agreg alto, dando un puetazo en
el pomo de la silla. Ech pie a tierra sin ms demora y se meti en el
boho, teniendo siempre el caballo de la brida.

Muy mal sonaron estas palabras y aquellos juramentos en los odos de la
modesta Isabel, aun cuando para no avergonzar a su amigo ni irritarle
ms contra el pobre esclavo, se guard de representarle lo absurdo y aun
el riesgo de su final propsito, si a posta ste se esconda por tener
oculto algn compaero en el boho o por otra causa cualquiera.
Afortunadamente, nada de eso ocurra. En aquel mismo instante las
seoras del carruaje, Meneses y el calesero a caballo oyeron un ruido de
ramas en el bosque vecino, agitadas por una persona o animal que se
abra paso con alguna dificultad, y despus apareci en la orilla un
negro anciano mal vestido, con un gorro de lana en la cabeza, un palo
largo y nudoso en la mano, que le serva de apoyo, tal vez para no besar
la tierra con la frente, pues tena el cuerpo hecho un arco por la edad,
por los trabajos o por la costumbre inveterada de vivir en casas de
techo bajo. Ech de ver a los viajeros apenas sali del bosque, porque
se detuvo un momento indeciso del partido que deba tomar, y en soltando
entre las altas yerbas algo que brillaba a los rayos del sol y pareca
botella u otra vasija por el estilo, despus continu andando derecho al
carruaje por la parte opuesta al boho.

Esta circunstancia casual le salv del primer choque de la ira de su
amo, el cual, no bien sali del boho, le reconoci desde lejos y se
lanz sobre l a carrera tendida. Pero mientras mont a caballo y salv
la distancia que le separaba de su intentada vctima, dio tiempo para
que ste se pusiera inconscientemente al amparo de las seoras. Lo
probable es que el infeliz esclavo no tuviese noticias de que aquellas
personas eran esperadas en el ingenio, ni que entre ellas viniese
guindolas su joven amo. A derechas no le conoca tampoco. Pero al notar
que se le vena encima a todo correr, y que gritaba:--Ah, perro! Ahora
lo vers!, no pudo desconocerle ni dejar de caer de rodillas a los pies
del caballo, quien, contenindose y todo, le ech a rodar con el solo
bote del pecho.

El susto de las seoras fue grande. Rosa hizo una exclamacin de horror;
doa Juana repiti:--Jess! Jess! e Isabel medio que se incorpor en
el asiento, sac el brazo fuera del carruaje y dijo ms indignada que
asustada:--No le mate, Leonardo!

--Agradecer debe que estn Vds. delante, dijo Leonardo; de otro modo me
parece que le mataba. Tan indignado me siento contra l.

--Ah, mi _suamito_!, exclam el viejo incorporndose trabajosamente
hasta ponerse otra vez de rodillas, como humildsimo pecador en
presencia de su airado juez.

--Dnde te habas metido, perro brujo? le pregunt el joven, y sin
aguardar por la respuesta continu preguntando o diciendo: Qu hacas
en el monte? Por qu no estabas en tu boho? A que habas ido a
_cambalachar_ por aguardiente con el tabernero del pueblo la raspadura
que robas en el ingenio? S, s. Lo jurara.

--_No, mi suamito, no si, sumerc! Caimn no roba rapara! Caimn
no bebe aguaurdiente!_

--Cllate, perro viejo! Anda, corre a abrir la talanquera. No corres
todava? No sabes correr? Ya har que el Mayoral te avive un poco con
el cuero. Anda! Vuela!... y trat de pegarle (sin alcanzarle por
fortuna) un puntapi en la cabeza desde el caballo.

Pareca ser el guardiero hombre de ms de sesenta aos de edad. Tena al
menos encanecida la cabeza, y aun la escasa barba, que le cubra el
labio superior, seal segura de vejez en las gentes de su raza. A unos
brazos desproporcionadamente largos y huesosos, una dedos crispados,
cual si padeciese lepra; ojos chicos de expresin hosca y triste, nunca
ms triste que, cuando despus de abierta la talanquera, ech una mirada
a las seoras del quitrn y pareci rogarles le protegieran de la clera
de su amo.

Pasado el primer momento de irritacin y de ceguedad, comprendi ste
que haba mostrado demasiado apasionamiento y bastante grosera delante
de seoras que, adems de hallarse bajo su proteccin, iban a disfrutar
de su hospitalidad en el ingenio. El caballo haba sido ms generoso que
l puesto que, pudindolo, no atropell al esclavo cuando le hall
postrado en su camino. Tuvo vergenza Gamboa de su conducta, pero muy
soberbio para reconocer su falta y enmendarla con la franqueza que
demandaba el caso, se limit a referir los rasgos principales de la vida
del guardiero, por supuesto, calumnindole de paso.

--No se figuren Vds., dijo, que el _taita_ Caimn es lo que parece, un
viejo inerme y manso o esclavo leal y humilde. Han de saber Vds. que el
sobrenombre que lleva no se lo han puesto a humo de paja; es lo ms
astuto, maligno, con ribetes de taimado que existe; ni tan ignorante que
no practique ciertas artes, que le dan importante consideracin entre
los suyos. Pasa por brujo y por hacerse invisible cuando le conviene o
se halla en peligro. Construye dolos y encantos que tienen propiedades
mgicas en ciertos casos. Nadie dira que ve, oye ni entiende, y sin
embargo, tanto de da como de noche nada ni nadie se le escapa; y sabe,
como el caimn, hacerse el dormido para asegurar mejor la presa. La
juventud la ha pasado en el monte huido, y en sus repetidas fugas ha
visitado todos los palenques del Cuzco y hecho amistad con los negros
cimarrones ms famosos de la Vuelta Abajo. Ahora est muy viejo para
tales trotes, y, en consideracin a haber sido uno de los fundadores del
ingenio de _La Tinaja_, el nico que sobrevive de los que tumbaron aqu
los primeros palos, mam hizo que lo pusieran de guardiero, y le
conserva en ese puesto contra la opinin de los empleados que conocen su
historia y sus malas maas. Cuando quiere o le conviene no le gana a
vigilante ni el perro ms fino. Puede decirse que es libre: cra
gallinas, engorda todos los aos uno o dos cochinos que vende, y
entierra el dinero en alguna parte, y posee una yegua, en la cual puede
dar vueltas de noche a los linderos de la finca. Pero como digo, es muy
taimado y maligno y apostara cualquier cosa a que no se hallaba lejos
del boho y de su puesto sin algn objeto doloso y reprobado a la mira.
Por el caaveral se ve con sus compaeros del ingenio; por el monte
slo con los cimarrones o con los taberneros del pueblo para cambiar
azcar por tabaco, aguardiente u otra cosa por el estilo.

--As debe de ser, Leonardo, comenz diciendo Rosa, pues me pareci que
traa una...

La ta y la hermana, ms avisadas que ella, no la dejaron terminar la
frase; y nadie ms habl en el resto del camino.

Entre la una y las dos de la tarde, bajo un sol de fuego cuyos rayos los
reflejaban las hojas de la caa cual si fueran bruidas espadas, se
desmontaron los viajeros en la gran casa de vivienda de La Tinaja.




CAPTULO IV

     _Lo ms negro de la esclavitud
      no es el negro._

         JOS DE LA LUZ Y CABALLERO


Bajo ms de un concepto era una finca soberbia el ingenio de _La
Tinaja_, calificativo que tena bien merecido por sus dilatados y
lozanos campos de caa-miel, por los trescientos o ms brazos para
cultivarlos, por su gran boyada, su numeroso material mvil, su mquina
de vapor con hasta veinticinco caballos de fuerza, recin importada de
la Amrica del Norte, el costo de veinte y tantos mil pesos, sin contar
el trapiche horizontal, tambin nuevo y que armado all haba costado la
mitad de aquella suma.

La casa de calderas o de ingenio era tan fuerte como vasta: edificio
exento casi enteramente, cuya armadura se compona de pares rollizos,
apoyados en soleras pesadas y stas en pilares, dichos horcones en el
pas, sin escuadra ninguna ni ms pulimento que el que pudo darles con
la zuela el vizcano carpintero-arquitecto contratado en la finca para
esos trabajos. Tena el aire imponente y rstico que pareca demandar su
destino. Debajo de su cubierta de tejas coloradas se abrigaban el
trapiche, la mquina de vapor y el tren Jamaiquino de elaborar el
azcar, montado sobre tres hornos o fornallas. No se hallaban en el
mismo nivel todos estos aparatos: el de las calderas era varios pies ms
bajo; y para pasar de un departamento a otro haba que descender dos
anchas escalinatas de piedra, flanqueando el plano del trapiche y
mquina de vapor. Esto se haca as para que tuviese una cada fcil el
guarapo, que al salir de las masas corra por una canal de madera a la
artesa, llamada all mansera, donde algo se limpiaba y segua al tacho o
paila para recibir el primer hervor.

Paralelo con este edificio haba otro tan grande y ms gacho, cerrado
por sus costados con paredes de mampostera y una sola entrada, haciendo
frente a la parte de las calderas mencionadas. Este era la casa para la
purga y el secado del azcar. En otros separados se hallaban la
carpintera, la herrera, la enfermera, y la que puede llamarse casa de
maternidad; las habitaciones del mayoral, del boyero, carpintero,
mayordomo y maestro de azcar, quien temporalmente resida tambin en el
ingenio. Para el maquinista, cuyo oficio a la sazn desempeaba un joven
americano, se haba construido una habitacin provisional con tablas de
cedro, cerca de la mquina de vapor; nico sitio abrigado en aquel feo
casern. Seguan despus, formando grupo, sobre doscientas cabaas o
bohos de paja, con sus correspondientes corrales y gallineros adjuntos,
para la morada de los trescientos esclavos, o dotacin del ingenio. Las
otras casas exentas, a saber: las del bagazo, la de batir el barro para
la purificacin del azcar, y otras de menos importancia, se hallaban
erigidas en el espacio medianero entre la de calderas y la de purga.

La planta de aqulla, denominada por antonomasia de vivienda, figuraba
en paralelogramo trapezoidad, sentada en el suave declive de una colina,
cuya diferencia de nivel se haba procurado remediar alzando el piso por
el frente. Era de un solo cuerpo de fbrica de manipostera gruesa con
cubierta de tejas huecas coloradas, amplio prtico, la sala cuadrada al
medio, flanqueada a ambos lados por dos crujas de cuartos, pasadizos
corridos por el interior, patio rectangular en el centro, cerrado por
una tapia alta con caballete de vidrios, y una portada en el lienzo del
fondo, que se cerraba con cerrojo y cerradura y serva para la
comunicacin interior de la servidumbre de la casa. En el patio crecan
muchas flores, algunos naranjos, higueras y parras, que no contribuan
poco con su verdor y su sombro a la frescura de los cuartos; aunque
para quebrar la reflexin de los rayos solares en puntos de medio da,
haban puesto cortinas de caamazo en todo el derredor de los pasadizos.
Arreglo igual se adverta en el prtico, que por su elevacin y
amplitud, se hallaba ms expuesto a los embates del viento y a los
efectos desagradables de la reflexin solar en el extenso y desolado
batey.

Desde lo alto de la escalinata del prtico se registraba de un extremo a
otro la casa de calderas al frente, la de purga algo ms a la derecha,
aunque slo por el lado de las gavetas para secar el azcar; el barracn
de los negros o la estacada que encerraba sus habitaciones rsticas; en
suma, la mayor parte de las que componan la vasta poblacin del
ingenio; los campos de caa hacia el oeste, los techos pajizos de las
casas del potrero, y ms all un palmar inmenso, un codo del ro y luego
la selva alterosa y primitiva, que formaba como el fondo oscuro de este
variado cuadro campestre.

Cosa del medio da del 24 de diciembre de 1830, arrellanados en cmodas
butacas de vaqueta, se hallaban los amos del ingenio en cmodas butacas
de vaqueta colorada, se hallaban los amos del ingenio _La Tinaja_, junto
con otras varias personas, al abrigo de la reflexin solar, tras las
cortinas de caamazo. Casi todos los caballeros, don Cndido Valds,
cura de Quiebra Hacha, el capitn del partido y el mdico fumaban
tabaco; doa Rosa, la esposa del capitn antes dicho, la mujer y cuada
del mayoral del potrero y las seoritas Gamboa, coman unas dulces caas
de la tierra, otras, naranjas de China y guayaba del Per, etc.,
productos stos de la estancia del ingenio. Por all andaban nuestros
conocidos de La Habana: Tirso, Aponte, Dolores, junto con otra de las
negras que haban venido por mar, y dos o tres ms de la dotacin del
ingenio, que por criollas y de mejor apariencia las haban destinado al
servicio domstico, todos hacindose tiles.

De las seoritas Gamboa, Carmen y Adela no calentaban asiento, picaban
un pedazo de guayaba o de naranja y emprendan luego largos paseos,
enlazadas de las manos, de un extremo a otro del prtico, con
manifiestas seales de impaciencia por la tardanza, a su juicio, de las
amigas de Alquzar. Adela en particular, cada vez que tocaba en el
ngulo del sur, levantaba un canto de cortina de caamazo y echaba una
ansiosa mirada por toda la guardarraya maestra adelante hasta su
intercepcin en el camino de la Playa. Al fin, poco despus de la una de
la tarde, se oy a lo lejos ruido de ruedas de un carruaje y la marcha
precipitada de varias caballeras; y Adela, sin ver nada an, exclam
alegre:--Ah estn!

No se enga esta vez. A poco ms llegaron al pie de la escalinata del
prtico las seoritas Ilincheta en su carruaje, el cual, junto con sus
ocupantes, los caballos y los jinetes, venan cubiertos con el polvo de
la tierra colorada. Intil sera detenernos a describir punto por punto
las variadas escenas del encuentro de ambas familias en medio de las
soledades de la Vuelta Abajo. Ms de un motivo haba para que, al menos
algunos de los presentes, mirasen aquel instante como un evento
verdadero, digno de nota. Sucede, adems, que los jvenes, y tambin a
veces las personas mayores, cuando se renen en un sitio de campo con
nimo de pasar slo unos das en franca y cordial sociedad, lejos de los
lugares donde se han acostumbrado a vivir y divertirse, se sienten
fuertemente atrados; si son amigos lo son y lo expresan ms; si
parientes, se persuaden que los unen ms estrechos lazos; si amantes,
ah!, su amor les parece eterno, la dicha de amarse, celestial.

Las mujeres se estrecharon fuertemente entre los brazos. Adela llor de
alegra al apretar entre los suyos a Isabel, por la cual senta aficin
extraordinaria. Para ella era la ms modesta y amorosa de las mujeres.
Tambin doa Rosa distingua a la mayor de las Ilincheta, y en la
ocasin de que hablamos la mostr sealada cordialidad. Hasta don
Cndido tan seriote y desmaado, que no tuvo ni una sonrisa para su hijo
cuando ste se acerc a pedirle la bendicin, recibi a las seoritas
Ilincheta con desusadas demostraciones de cario, y se las present a
los caballeros que estaban de visita, diciendo:--Tambin stas son mis
hijas. Y hablando con Isabel aadi: He aqu tu casa; espero que goces y
te diviertas en ella como en la tuya encantadora de Alquzar.

Ya no dur el recibimiento en el prtico sino corto rato. Sobre
estropeadas las seoras del viaje, necesitaban algn reposo, asearse,
cambiar de traje, antes de sentarse a la mesa. Doa Rosa, o la mujer del
Mayoral Moya, que haca de ama de llaves para ahorrarle trabajo a esa
seora, haba hecho preparar alojamientos para las seoritas Ilincheta y
para su ta, inmediatos a los aposentos ocupados por la familia de
Gamboa en la cruja de la derecha, despus de la sala.

Ya de tardecita se sentaron a la mesa en la gran sala de la casa de
vivienda, entre seoras y caballeros, unas diecisis personas, atendidas
por la mitad de ese nmero de siervos. Doa Rosa hizo los honores. La
secund cuanto era compatible con su carcter don Cndido, aunque ste
guard sus cumplimientos para el administrador de _Valvanera_ en primer
lugar, en segundo lugar para el cura de Quiebra Hacha, en tercero para
el mdico de su finca y para el Capitn del partido. Todos deban pasar
la noche en el ingenio para tomar parte en las ceremonias que iban a
celebrarse al da siguiente, o primero de Pascua de Navidad. Fuera de
la esposa y de la cuada del Mayoral del potrero, ninguno de los
empleados del ingenio fue invitado a comer en la casa de vivienda; y el
mismo Moya, que tena vara alta con los amos actuales de _La Tinaja_, no
tom asiento, an invitado por don Cndido, so pretexto de haber comido.

Reinaron en el banquete la jovialidad y animacin, templadas por las
maneras decentes propias de la buena crianza, aunque excepto Meneses, el
joven Gamboa y el cura, nadie de los presentes haba recibido educacin
esmerada ni frecuentado el trato de la alta sociedad cubana. El ltimo
nombrado, don Cndido Valds, criollo, se haba educado en el Seminario
de San Carlos, de La Habana. En materias religiosas era tolerante hasta
la despreocupacin; en poltica profesaba opiniones liberales que sola
llevar hasta la exaltacin.[45] El mdico Mateu, de Galicia, haba hecho
la prctica de su profesin a bordo de los buques negreros, y ahora
curaba por iguala en varios ingenios de la comarca. Pasaba por buen
mozo; pero su bien parecer corra parejas con su necedad y pedantera.
Crea que todas las mujeres se enamoraban de l, y desde su puesto en la
mesa le lanzaba miradas a hurtadillas a Rosa Ilincheta, cuya graciosa
figura, viveza y fogocidad de carcter sobraban para volverle el juicio
a hombre de ms seso que l. El cura simpatiz desde luego con Isabel,
que en todas sus palabras y acciones revelaba las altas prendas de su
espritu. Don Manuel Pea, asturiano, casado con una criolla buena moza,
desde el mostrador o taberna del pueblo haba ascendido a Capitn
pedneo, especie de Juez de paz, y nica circunstancia por la cual los
amos del ingenio de _La Tinaja_ le sentaban a su mesa. Don Jos de Cocco
era otra especie de hombre; natural de Cdiz, tena fina apariencia,
los dientes muy blancos y los ojos azules, poca talla, bastante chiste y
escasa instruccin.

Este se dedic a obsequiar a la segunda de las seoritas Gamboa, a cuyo
lado qued en la mesa, con la conciencia, sin embargo, de bajo ninguna
circunstancia una de las amas del ingenio _La Tinaja_ dara su corazn
ni su mano al Administrador del ingenio _Valvanera_. Por lo que toca a
Adela, la ms linda de todas, su extremada juventud la pona a cubierto
de los galanteos de los hombres all reunidos.

Circul entre stos libremente la copa del vino desde el principio hasta
el fin de la comida; terminada la cual, se levantaron los manteles para
servir los postres sobre la tabla desnuda, de bruida caoba. Trjose
enseguida el caf puro en tazas de trasluciente China, la espumosa
champaa, el coac francs y el ron de Jamaica. Despus don Cndido
Gamboa sac a relucir su gran vejiga olorosa y dorada, y reparti sendos
tabacos, cual brevas, entre el Capitn, el Mdico y el Cura, pues Cocco
no fumaba, tampoco Meneses, y Leonardo no se hubiera atrevido a tocar un
cigarro delante de su padre.

Puesto el sol termin el banquete. Pero pasando la familia y las visitas
al amplsimo prtico donde ya los criados haban enrollado las cortinas
de caamazo, pudo echarse de ver que haca suficiente claridad en el
campo circunvecino. Era que por un lado surga la luna creciente de
entre el bosque lejano y hera oblicuamente las hojas y flores de las
caas y los troncos blancos de las palmas, al paso que desde lo alto del
cielo azul y difano como el cristal, vertan innumerables estrellas
chispas de plata y oro.

Por sus pasos contados, despus del banquete, todas las personas
reunidas en la casa de vivienda se dividieron en tres grupos. Doa Rosa,
en compaa de doa Juana, la Moya, la mujer del Capitn y Antonia, la
mayor de las seoritas Gamboa, volvieron a ocupar los sillones de
vaqueta colorada. Don Cndido, con el Cura, el Capitn y el Mayoral del
potrero, para digerir mejor la comida y saborear sus olorosos tabacos,
daban cortos paseos y conversaban en una cabeza del portal. El primero,
sobre todo, aprovech la ocasin de tomar algunos informes, ms
imparciales que los de su mayoral, acerca de las ocurrencias en la finca
durante los quince o ms das que precedieron al de su llegada a ella.
Con este motivo dirigi como de paso varias preguntas a Moya, el cual,
honrado con aquella distincin por el amo del ingenio delante del Cura y
del Capitn pedneo, se apresur a contestarlas con lisura y no poca
satisfaccin. Por ejemplo, preguntado:

--No se ha sabido nada, Moya, acerca de los negros que se fugaron la
semana pasada? El Mayodomo me ha dicho que son siete, entre ellos una
negra.

--_Verficamente_, seor don Cndido, no se ha _sabo naitica_ entre dos
platos, contest.

--Pero, se ha hecho alguna diligencia?

--Pues no, seor don Cndido! Se han _registrao_ los montes de Santo
Toms y los montes de La Angosta. En _toas_ partes se han _encontrao_
rastros frescos, mas como los perros de don Liborio Snchez no son
_buscaores_ sino _mordeores_, _anque_ le tienen gran inters a los
negros no han _dao_ con ellos. Y _me se_ ha puesto que no han _salo_ de
los linderos del ingenio, porque no se han _juo en denantes_ y no saben
andar por el monte. Con buenos perros ya se hubieran _topao_, segurito.
Ah! Dios me d perros que huelan un negro _dende_ una legua...

--Por lo que a m toca, dijo el capitn Pea cortndole la palabra a
Moya, debo informar al seor don Cndido que he hecho en su obsequio
cuanto caba en mis facultades. En efecto, apenas tuve aviso de la
ocurrencia por parte que me dio su mayoral de Vd., don Liborio Snchez,
no perd tiempo en pasar atento oficio, valindome del correo de Baha
Honda, a los seores don Lucas Villaverde y don Mximo Arosarena,
inspectores en San Diego de Nez, de la partida que capitanea don
Francisco Estvez, que acaba de formarse por disposicin de la Real
Junta de Fomento, para perseguir negros cimarrones en las jurisdicciones
desde el muelle de Tablas o el Mariel, Callajabos, Quiebra Hacha, etc.,
hasta los lmites occidentales de Baha Honda. Con mi oficio a los
seores inspectores inclu la filiacin, edad y naturaleza (poco ms o
menos, se entiende, pues Vd. sabe que todos los negros se parecen) de
los siete que se le han fugado a Vd. Espero, pues, que si tropieza con
ellos la partida, cosa factible, porque sospecho que han tirado hacia
las sierras cercanas del Cuzco, que los capture y... Ni debe extraar al
seor don Cndido que se le hayan fugado siete negros, cuando por la
misma poca se han alzado 12 de _Santo Toms_, 8 de _Valvanera_, 6 de
_Santa Isabel_, 20 de _La Begoa_, y 40, s seor, 40, como Vd. lo oye,
de _La Angosta_, el ingenio aqu inmediato, perteneciente al Excmo.
Seor Conde de Fernandina. La lista de todos stos obra ya en poder de
los seores inspectores, y, supongo tambin, del capitn Estvez.

--No me extraa la fuga de mis siervos, dijo don Cndido pensativo. Ni
son stos los primeros negros que se me huyen. Ah estn, si no,
Chilala, Jos, Sixto, Juan, Lino, Nicols, Picapica, etc., que no me
dejarn mentir. Esos, cuando no se hallan alzados en los montes, sufren,
como ahora, una condena ms o menos larga en la finca, y llevan grillos
de doble ramal, o arrastran cadena con maza. Goyo, o Caimn, el
guardiero de la talanquera en el camino de la Playa, se sabe que ha
pasado su juventud entre esas serranas que se ven desde aqu... Mas
todos sos son congo real, congo loango o congo musundi, raza humilde,
sumisa, leal, la ms propia para la esclavitud, que parece su condicin
natural. Slo tiene un defecto, eso s, grave, capital: es la raza ms
holgazana que sale del frica. Si pudieran los congos vivir sin comer,
no habra fuerzas humanas que les obligaran a doblar el lomo y trabajar.
Seran capaces de pasarse la vida echados panciarriba... Y por no
trabajar, a menudo se huyen... Lo que me extraa mucho, lo que no
acierto a explicarme es el por qu han seguido el ejemplo de los congos
Pedro y Pablo carabal, Julin arar, Andrs bib, Tomasa suama, Antonio
briche ni Cleto gang. Estos negros industriosos, incansables para el
trabajo, fuertes, robustos, formales, stos no se fugan sin causa. No,
negros que siempre tienen tiempo para sus amos y para s, que juntan
dinero y a menudo se libertan, no se huyen por poca cosa. Son muy
soberbios, tal es su nico defecto, para alzarse sin causa poderosa.
Antes se ahorcan que fugarse al bosque...

Poda echarse de ver por esto poco que algo se le alcanzaba a don
Cndido Gamboa de achaque de etnologa africana. Ya se ve, el trfico
constante en esclavos por muchos aos, la posesin de dos o tres
centenas de stos, le haban enseado que segn su raza eran ms sumisos
o levantiscos, ms o menos a propsito para llevar hasta la muerte el
pesado yugo de la esclavitud. Suceda, sin embargo, que otra cosa le
haba enseado a Moya su larga experiencia en el manejo de negros suyos
y ajenos, y todo su ser se sublevaba cuando oa decir que los haba
buenos y malos, y que algunos no se huan jams sin causa poderosa, ms
bien se quitaban la vida. Por eso Moya, a riesgo de quebrar pajita con
el amo, dijo:

--Se conoce que el seor don Cndido ha visto negros y sabe los que
sirven _pa_ esto y no sirven _pa_ lo otro. Con permiso del seor don
Cndido yo digo que _toos_ los negros son lo _mesmo_ cuando la Guinea se
les mete en la cabeza. Entonces _toos jalan pa_ atrs como los mulos y
es preciso _jarrearlos_ con el cuero. Vamos a ver. Por qu se han
_juo_ los siete de ac? Por falta de _coma_? Por falta de _fras_?
Por falta de cochino? Por falta de conuco? _Naa_ de eso les hace
falta. _Too_ eso lo tienen ellos a bombn. Por el mucho trabajo? Por
el mucho cuero? Ahora no trabajan, como quien dice, y _verficamente_
don Liborio de Corpus a San Juan da un bocabajo.

--Si me es dado decir lo que pienso, terci en este punto el Cura
modestamente, mi opinin es que no debe esperarse de gente tan ignorante
como son los negros, el que juzguen y acten cual las criaturas
racionales. Sera excusado buscar la razn de sus alzamientos y delitos
en los instintos de la justicia y el derecho. No. La causa ha sido
quizs la ms quimrica, la ms absurda, la menos justificada... Es, sin
embargo, coincidencia rara que a un tiempo se hayan alzado tantos negros
y de aquellas fincas precisamente que han cambiado de poco ac su
sistema de moler caa. Ser que esas estpidas criaturas se han
figurado que se les aumenta el trabajo porque en vez de moler con bueyes
o mulas se muele con mquina de vapor? Qu sabemos? Vale la pena
investigarlo.

--Ya, dijo don Cndido, siempre pensativo, siguiendo con los ojos
entreabiertos las columnas de humo cenizoso que se le escapaban de la
boca. El argumento de mi tocayo es bueno tratndose de negros congos,
falso, hablndose de negros de otras naciones de frica. He observado de
cerca sus ndoles diversas y s lo que digo. El trato ms que otra cosa
tiene que ver con la conducta de ciertos negros. Todos han nacido para
la esclavitud, sa es su condicin natural; en su mismo pas no son otra
cosa que esclavos, o de unos pocos amos o del demonio. Los hay, no
obstante, que necesitan rigor, mucho rigor, el ltigo siempre encima
para que trabajen; los hay que por las buenas se saca de ellos cuanto se
quiere.

--_Asina_ es, como dice el seor don Cndido, volvi Moya a meter la
cucharada. Mas yo digo que si hay negros que no se _pueen_ quejar del
trato, sos son los del seor don Cndido. Ellos estn como las flores:
bien _comos_, bien _vestos_, _ca_ uno con su conuco y su cochino,
muchos _casaos_, no trabajan ms que de sol a sol, y no se les da cuero
por _na_ y _na_, como yo he visto que se hace en otros ingenios. Sacan
_mu_ poca fajina: dos o tres horas los domingos. Y cuando no se muele
caa casi _too_ el resto del tiempo es suyo para hacer canasta, engordar
sus cochinos, guataquear sus conucos... Casi todas las ascuas tienen un
da de tambor. Qu ms quieren esos _endinos_? Ni el obispo est mejor.

--Y vuelta a la misma tema, dijo don Cndido molesto. Moya, est bien lo
que Vd. asegura y repite; pero nada de eso me convence, ni me explica la
causa, la causa real y verdadera de la fuga de mis carabales. Lo peor
es que sospecho que Vd. sabe algo y no quiere decirlo delante del seor
Cura y del Capitn.

--Pues por _toas_ stas y por la en que Jesucristo muri, dijo Moya con
vehemencia besando las cinco cruces que haba formado con los diez dedos
de las manos enlazadas, que no s _naitica_ ms. Y si dejo algo
_embuchao_, que aqu _mesmo_ me parta un rayo, y _ustees_ perdonen mi
_moo_ de hablar.

--No hay que maldecir por tan poca cosa, dijo el Cura.

--Registre Vd. su memoria, Moya, dijo sonriendo don Cndido al ver su
apuro.

--El caso es, repuso ste despus de breve detencin, que yo no s que
_pue_ ser la causa y que no _pue_ ser causa _pa_ que se _juya_ un
negro. El seor don Cndido dice que unos negros se _ajorcan_ y no se
_juyen_; y _dispus_ dice que el mal trato es la causa de los
cimarrones. Bueno. Tambin dice el seor don Cndido que los _carabal_
son _mu_ soberbios. Yo digo que son _mu_ perros y ms perros que _toos_
los negros juntos. Pedro briche es el cabecilla de sus carabelas en el
ingenio. Siempre habla lengua con ellos, y el Mayoral est _quemao_ con
l. Yo lo s; pero no le haba puesto nunca la mano encima, ni _dende_
que vino de frica creo yo que _naiden_ le sac sangre con el cuero.
Pues, seor, la semana antes _pasa_, Pedro briche no se present en la
_jila_, ni _dormi_ por la noche en el barracn. Qu queran que
hiciera don Liborio? Al da siguiente va y lo coge _sotaventao_, y le da
unos cuerazos por arriba de la camisa, lo puso en el cepo por dos das,
le quit el mando de contramayoral y lo sopl al campo a chapear. Se
emperr ms. Yo le dije que le diera un buen bocabajo, pero temi que le
levantara _toa_ la _negra_. Y ya se ha visto el _resultao_, se fue al
monte con seis compaeros porque no se le castig bastante.

--No lo deca? dijo don Cndido con aire satisfecho. Y aadi, antes
que Moya le quitara la palabra:--Y qu dice de todo eso Goyo, el
guardiero del camino de la Playa? Sabe Vd. si le han sondeado?

--Cmo que no? contest Moya prontamente. El primerito que se vio _pa_
eso. No ve el seor don Cndido que hasta la puerta _mesma_ de su
_bujo_ se encontr rastro fresco de negros que venan del monte, del
lado de all? Pero l jur por _toos_ los santos del cielo que no vio,
oy ni sinti _na_ en _too_ este tiempo. Se calent don Liborio contra
l y quiso arrimarle unos cuerazos _pa_ que cantara; mas yo se lo quit
de la cabeza, porque pens que se iba a poner brava la seora doa Rosa
en cuanto que supiera que haban _castigao_ al taita Caimn.

Con esto don Cndido menude sus paseos sin curarse de las personas que
le hacan compaa, quizs para que no le interrumpieran en sus
meditaciones. Luego, volvindose de improviso para Moya, en tono breve e
imperioso le pregunt por el Mayoral.

--Cuando yo vena del potrero, contest Moya, estaba l con la gente en
el corte de caa, enfrente de la tumba nueva. No debe de tardar ya,
pues como no hay que cortar yerba de Guinea pa la coma de los caballos,
porque hay _cojollo_, soltar la gente ms temprano. Mire, ah vienen
las carretas con las ltimas caas _pa_ probar la mquina... All lejos
se ve el boyero en su mula, y ms lejos _entoava_, por la otra
guardarraya, veo ahora a don Liborio. El caaveral me tapa sus perros y
yo no _pueo_ decir si va solo o con la gente. El viene a caballo.




CAPTULO V

     _9. Limpio soy yo, y sin delito..._

     _10. Por cuanto ha hallado achaques
        contra m, por eso me ha tenido
        por enemigo suyo._

     _11. Ha puesto en un cepo mis pies,
        ha guardado todas mis sendas._

         JOB, XXXIV


Mientras en un extremo del prtico ocurra la escena trazada ya, tena
lugar en el opuesto otra muy diversa. Formaban all grupo animado e
interesante las seoritas Ilincheta, junto con las dos ms jvenes de
Gamboa, rodeadas por el medio crculo de los caballeros que las
galanteaban o admiraban. Todos en pie. Las seoras apoyadas de espaldas
en la barandilla, y los caballeros pendientes de los labios de Rosa
Ilincheta que, en pocas palabras, llenas de gracia y grfica expresin,
describa los pequeos incidentes del viaje, su mal manejo parte del
camino, y sus propias impresiones.

Leonardo se sonrea, Cocco aplauda, Mateu el mdico haca piruetas de
gusto, y Meneses se mantena serio de celos, porque crecan con esto los
admiradores de su linda amante. Adela e Isabel, dadas las manos,
escuchaban y callaban. De pronto alguien le tir de la falda a Adela por
el lado de fuera del prtico. Volvi ella el rostro con viveza y vio a
una negra de buen aspecto, en traje muy diferente del que usaban las
dems esclavas de la finca.

--Qu quieres?--pregunt Adela bastante asustada.

--Su merced me dispense, nia. Vena por el mdico. (No le vea por la
oscuridad y las faldas de las seoras interpuestas.)

--Y quin eres t?

--Soy la enfermera, criada de su merced.

--La enfermera! repiti Adela sorprendida.

--S, nia, la enfermera Mara Regla. Y su merced no es la nia
Adelita?

--La misma que viste y calza.

--Ah! exclam la esclava, apretndole suavemente los pies a la joven,
ya que no poda otra parte de su cuerpo. Me lo deca el corazn. Ayer la
vi pasar por el batey desde la ventana de la enfermera. Qued en dudas
de cul sera mi nia, si la nia Carmen o su merced. Cunto ha
cambiado! Qu linda se ha puesto mi hija, Virgen Santa!

--Me lo deca el corazn, linda, mi hija, remed Adela. Si soy tu hija,
si me quieres tanto, por qu no has venido a verme? Te avis con
Dolores. Por qu no saliste a hablarme? Me tienes muy brava.

--Ay! exclam la negra. No me diga eso, nia, que me mata... Su merced
no iba sola.

--No. Iba con mam, Carmen, la mujer de Moya y su cuada Panchita. Qu
tena eso de particular?

--Bastante, nia de mis ojos.

--Habla, explcate.

--No puedo ahora, nia ma.

--Qu! T no piensas pedirle la bendicin a mam?

--S, nia. Debo, lo deseo en el alma, vena... Desde el punto que lleg
Seorita de La Habana, pens correr y echarme a sus pies...

--Por qu no lo has hecho as? Quin te lo ha impedido?

--Seorita misma.

--Mam? No, no puede ser. Te engaas, sueas, Mara de Regla.

--Ni me engao, ni sueo, nia Adelita. Ojal! Seorita ha prohibido
que ponga los pies en esta casa.

--Cmo es que yo no s nada de eso? Quin te ha ido con semejante
cuento?

--No ha sido cuento, nia Adelita. Dolores me refiri una conversacin
que Seorita tuvo con el amo sobre m...

--Ya lo ves? Dolores entendi mal. Mam no est brava contigo. Y si no,
ahora mismo voy a averiguarlo.

--No lo haga, nia Adelita, no, por el amor de Dios, replic la esclava
muy asustada, deteniendo a la joven por un canto del vestido. Por s, o
por no, ser mejor que Seorita no me vea ahora. Est ah el mdico?

--Pues yo quiero verte a solas. Arreglaremos el modo. Con Dolores te
avisar. Y para qu quieres al mdico?

--Para un moreno que han trado del monte mordido por los perros.

--Mordido por los perros! repiti Adela. Ay! Debe de ser muy serio el
caso cuando llaman al mdico. Si le habrn despedazado! Es probable.
Esos perros son como fieras. Qu horror, Dios mo! Mateu, aadi en
alta voz, ah le buscan.

Cosas bien extraas en verdad empezaba Isabel a averiguar respecto de la
familia bajo cuyo techo se hallaba hospedada y del ingenio tan ponderado
de _La Tinaja_. Interesada vivamente en la suerte de la enfermera,
antigua nodriza de su tierna amiga, ahora desterrada de la casa
solariega, y conmovida, horrorizada con lo que haba odo respecto del
esclavo, mordido por perros feroces, cosas todas inauditas para ella,
no pudo ocultar Isabel de Leonardo, ni su intenso disgusto ni sus hondas
emociones.

--Qu tienes? Qu te ha dado? le pregunt l.

--No s, contest ella. Me siento mal.

--Me pareci, continu Leonardo, que te haba afectado el cuento del
negro herido. No seas boba. Qu apostamos a que no ha sido mayor la
cosa? A que no pasa de unos cuantos rasguos? Si conocieras a la
enfermera pensaras como yo. Mam no la puede ver por escandalosa. Ni
hay que dar nunca entero crdito a lo que dicen los negros. Todo lo
exageran y abultan.

--Qu fue, Adela? pregunt doa Rosa desde su asiento oyndola llamar
al mdico.

La enfermera desapareci en un instante, y antes que Adela contestase a
su madre se apareci el Mayoral a caballo, precedido por sus dos
hermosos alanos, para dar cuenta en voz campanuda de todo lo que haba
pasado. Era ste hombre alto, enjuto de carnes, mas de recios miembros,
muy moreno de rostro, ojinegro, el cabello crespo y poblado de barba,
cuyas grandes patillas le cubran ambos lados de la cara hasta tocar en
los ngulos de la boca, que por esto pareca ms chica. A pesar del
sombrero de ala ancha que llevaba siempre puesto, lo mismo en el campo
que en la casa, al aire libre que bajo techo, pues muchas veces haca
uso de l como de gorro de dormir, cuando se lo quit para hablar con
don Cndido viose que mientras la parte superior de su frente pareca de
un hombre blanco, la nariz, las mejillas y las manos nadie dira sino
que eran de un mulato; tan quemadas estaban del sol. Vena armado, como
suele decirse, hasta los dientes, de machete de cinta, pual con cabo de
plata o que brillaba como tal, y el ponderoso ltigo, cuyo mango, hecho
de un gajo de naranjo silvestre, no era arma menos terrible por ser slo
contundente.

Comenz diciendo:

--Santas tardes tenga el seor don Cndido con _toa la compaa_. Yo soy
_veno a participasle_ que han _trao_ a Pedro brichi con algunas
_mordas_. Se _arresisti_ y fue preciso atojarle los perros.

--Quin le ha capturado? pregunt el amo con mucha calma.

--La _parta_ de don Francisco Estvez, _nombra pa_ coger negros
cimarrones.

--Sabe Vd. dnde le han capturado?

--En los caaverales de _La Begoa_, cerquitica de las sierras.

--Estaba l solo? Y los compaeros?

--_Na_ se sabe de ellos, seor don Cndido, ni Pedro _quie decislo_
tampoco. _Me se_ figura que ser preciso _biraslo pa que cante_. Por eso
vengo a donde el seor don Cndido _pa_ que me diga qu hago con Pedro.
Est muy _emperrao_...

Dnde le tiene Vd. don Liborio? pregunt el amo despus de larga pausa.

--En la enfermera.

--Qu, tan estropeado est?

--No por eso, seor don Cndido. Lo tengo en el cepo de la enfermera
_pa_ mayor _seguri_, y no he _quero ponesle_ grillos por las _heras_;
y luego _dispus me se_ figura que tiene malas intenciones. Sus ojos son
dos tomates _maros_, y he _reparao_ que cuando se le ponen _asina_ los
ojos a los negros es que _quieen_ hacer una _fechura_. Yo le digo al
seor que est _mu emperrao_ ese negro. Mire el seor si es perro, que
cuando lo met en el cepo me dijo:--el hombre no muere ms que una vez,
y que ya estaba _cansao_ de trabajar _pa_ su amo. El seor debe de
saber que luego que los negros cogen y hablan _asina_ es porque, como
dice mi compadre Moya, que est presente, se les ha _meto_ la Guinea en
la cabeza. _Apuramente_ ellos se tienen _trago_ que cuando se
_ajorcan_ aqu van derechitos a su tierra.

--Aberraciones de la ignorancia! exclam el Cura.

--S, seor don Cndido, continu el Mayoral, ese negro est pidiendo
cuero como los muertos misa.

Se sonrieron el Cura y don Cndido, y ste dijo:

--A su tiempo, don Liborio, a su tiempo se maduran las uvas. Por lo
pronto no me parece conveniente azotarle. Se pondr bueno de las
mordidas, y entonces habr lugar de castigarle por su falta, una de las
ms graves que pueden cometerse en estas fincas. Alzarse, fugarse el
esclavo, privar al amo de sus servicios sin causa poderosa y bastante,
por ms o menos tiempo, es imperdonable; no slo por l mismo, sino por
el mal ejemplo a sus compaeros. Se le castigar, no lo dude. No habr
quien le apadrine. En otro negro cualquiera esa misma falta aparecera
leve. A bien que Pedro puede resistir un novenario... Tiene buenos
jarretes. A otra cosa. No saba la partida de Estvez que ese negro era
mo? No la inform Vd. que estaba yo aqu?

--S, seor, saba _toito_ y yo le dije que viniera a la casa de
vivienda _pa_ entregar el cimarrn y _recebir_ la captura, que es un
dobln de a cuatro. Mas me contestaba y dice que prefera dormir en el
monte. Adems, que no quera que lo viesen los negros mansos, porque
_le_ daban el soplo a los cimarrones; adems que tena que _dir_ donde
_La Angosta_ a ver si coga los cuarenta negros que se le _juyeron_ a
_suescelencia_ el seor Conde la Fernandina la semana _pasa_ arriba, y
el Mayoral lo haba _mandao_ a _amar_...

En aquel punto desfilaban en el batey del ingenio de _La Tinaja_, entre
la casa de vivienda y la de calderas, los 300 y ms esclavos de su
dotacin, y el Mayoral diciendo, con licencia, fue a ponerse a su
cabeza para pasarles revista y darles las ltimas rdenes por medio de
los contramayorales, que eran tambin esclavos. Desde buena distancia
les haba precedido el rumor de sus conversaciones y el sonido de las
prisiones de los penados. Dos de ellos llevaban grillos, con barra
atravesada y cadena de dos ramales suspendida a la cintura, y caminaban
con mucho trabajo, pues para avanzar tenan que describir medios
crculos, ya con un pie, ya con el otro. Uno llevaba grillete, del cual
penda una cadena como de unos seis pies de largo, cuyo extremo inferior
iba engarzado al anillo de una masa frrea como pesa de reloj, la que,
al caminar, era fuerza que llevara al brazo, so pena de que el roce de
la argolla moliera el hueso de la canilla, aunque se lo haba abrigado
con un trapo. Este mismo se detena de cuando en cuando y alzaba la voz
en tono melanclico y timbre argentino, que resonaba por todas partes
diciendo:--Aqu va Chilala, cimarrn.

Penados o no, varones o hembras, todos traan algo a la cabeza, ya haces
de cogollo, ya de ramas de ramn de que tanto gustan las caballeras en
Cuba, ora racimos de pltanos verdes o maduros, ora de _palmiche_ para
los cerdos; ste una calabaza, aquel un brazado de lea. Unos pocos,
quince o veinte, llevaban camisa y calzn de caamazo nuevos o de pocos
meses de uso y estaban enteros; el traje de los restantes se compona de
harapos, a travs de cuyos agujeros se les vean las carnes negras y sin
lustre. Ninguno calzaba zapatos, uno que otro, abarcas de cuero sin
curtir, ajustadas al pie por cordones de majagua, bien de arique de
yagua que no son menos resistentes. Las hembras, de treinta a treinta y
cinco por todas, sobre andar revueltas entre los hombres, apenas se
distinguan por otra cosa que por la especie de saco talar de caamazo
con que se cubran el cuerpo desde los hombros hasta un poco ms abajo
de las rodillas, sin mangas; para que no faltase nada a la tosca
imitacin de la tnica romana.

--_Ajilar!_ grit don Liborio con su voz de trueno, recorriendo a
caballo las desordenadas filas como un general que ordena una evolucin.
Con lo cual, sin tropiezo, por el mero hbito, la mayor parte form;
pero los perezosos, los torpes, los impedidos por las prisiones, por la
demasiada carga o por la prisa que se dieron los delanteros a cerrar las
filas, sos se quedaron detrs, menos visibles que los otros. Contra
estos infelices estall la clera del Mayoral. Enarbol el ltigo y
empez a repartir latigazos a diestro y a siniestro, sin distinguir
inocente de culpable, hasta lograr la formacin deseada.

Si as es como se ha razonado con el esclavo en todos tiempos y pases,
podra esperarse que fuesen una excepcin a esta regla general los
seores del ingenio de _La Tinaja_? De ninguna manera. En su opinin,
como en la de la mayora de los amos, no era el negro la _cosa_ de que
habla el derecho romano. Haba bastante diferencia. Para ellos, que
entendan por derecho nicamente aquello que no torca el cumplimiento
de sus pasiones y caprichos, el hombre-cosa de la antigua Roma tal vez
no pensaba, era una mquina de trabajo; al paso que el hombre-cosa
actual, estaban plenamente convencidos, pensaba al menos en tres cosas:
en el modo de sustraerse al trabajo, en quemarle la sangre a su
detentor, y en obrar siempre en oposicin a sus miras, deseos e
intereses.

Para el amo en general, el negro es un compuesto monstruoso de
estupidez, de cinismo, de hipocresa, de bajeza y de maldad; y el solo
medio de hacerle llenar sin murmuracin, reparo ni retraso la tarea que
tiene a bien imponerle, es el de la fuerza, la violencia, el ltigo. El
negro quiere por mal, es dicho comn entre los amos. Por eso, en
concepto de stos, aquel Mayoral que no disimula ni perdona falta, que
como rayo hiere al que delinque, que en todas ocasiones tiene entereza
bastante y valor para meter en cintura a gente tan perversa e
ingobernable, se es ms meritorio, ms digno de consideracin y
respeto. Siempre se ha admirado ms al inquisidor que ms herejes
mandaba al quemadero.

As se explica por qu, luego que el Mayoral dio la orden de _tumba_, y
todos soltaron la carga a sus pies, no importa si de forraje o de
frutos, de cuyas resultas stos se reventaron con la cada, dando
ocasin a que el Mayoral hiciese nuevo uso del ltigo, los seores del
ingenio de _La Tinaja_ aprobaron y celebraron el _castigo_; porque era
claro que los culpables haban procedido de malicia y no por torpeza y
ofuscacin a causa del anterior vapuleo.

Doa Rosa, mujer cristiana y amable con sus iguales, que se confesaba a
menudo, que daba limosna a los pobres, que adoraba en sus hijos, que en
abstracto al menos estaba dispuesta a perdonar las faltas ajenas para
que Dios, que est en el cielo, la perdonara las suyas; doa Rosa,
sentimos decirlo, al ver las contorsiones de aqullos a quienes la punta
del ltigo de cuero trenzado del mayoral abra surcos en sus espaldas o
brazos, se sonrea, tal vez por creer grotesco el espectculo, o
exclamaba, exclamacin en que la hacan coro las personas de que se
hallaba rodeadas:--Hase visto gente ms bruta!

Tambin se sonrieron los caleseros Aponte y Leocadio, junto con dos
mozos ms, que desde el colgadizo de la gran caballeriza del ingenio,
atrados por el continuo estallar del temible cuero, presenciaban a
salvo la escena y esperaban se despejase el campo para salir y recoger
el forraje destinado a las caballeras de que estaban hecho cargo
inmediatamente.

Si aadimos que en estas circunstancias hasta los perros del Mayoral
mostraron a su modo una alegra desusada, no creemos decir nada nuevo.
Ello, mientras don Liborio hablaba con los amos del ingenio, se
mantuvieron echados a los pies de su caballo; pero apenas se dirigi a
los negros, se colocaron a sus flancos y no perdieron de vista ni sus
ojos ni los movimientos de su brazo derecho, aguardando sin duda la
orden de echarse sobre la vctima y rematarla.

Es de consignarse aqu, sin embargo, que no todas las seoras presentes
se unieron al coro a que antes se ha aludido. Doa Juana, al contrario,
apart los ojos para no ver, ya que la poltica la vedaba retirarse y
era fatal el or los latigazos y los quejidos sordos de las vctimas. En
igual caso se hallaban las sobrinas de esta seora y las dos hijas
menores de Gamboa; pero stas tuvieron siquiera el arbitrio de
refugiarse en el patio. All las seguan Meneses, Cocco y Leonardo, a
tiempo que don Cndido llam a este ltimo y le orden acompaase al
mdico al hospital y se informase menudamente de lo ocurrido con el
preso. En conversacin ntima a poco con el cura y el capitn, agreg:

--Quiero acostumbrarle (a su hijo) a estas cosas desde temprano, porque
yo maana o esotro da me muero y l por necesidad habr de reemplazarme
en el manejo del caudal; sobre todo en la administracin de esta finca,
que por ms de un motivo le pertenece. Este ha de ser su mayorazgo.

De aquel mandato imperioso de don Cndido naci el que Leonardo,
repugnndole y todo la visita, ya que no le era dado desobedecer, ni
excusarse tampoco, pretendiera le acompaasen sus amigas y hermanas.
Cedieron stas sin dificultad, lo mismo que Rosa, tanto ms cuanto que
se brindaron a ir de la mejor gana Meneses y Cocco. Isabel de pronto se
neg; mas instada y reflexionando que tal vez habra ocasin de ejercer
en aquella visita uno de los actos de misericordia, cedi tambin, y
cuando sala del brazo con Leonardo, dijo al paso a doa Rosa en tono
amable y risueo:--Me llevan.

--Bien hecho, repuso doa Rosa.

--Buena pareja! dijo doa Teresa, la mujer del capitn Pea, a tiempo
que Leonardo e Isabel descendan por las gradas del prtico al batey.

--Hermosa! dijo doa Nicolasa, la mujer de Moya.

--No crees, Rosa, (dijo don Cndido a la suya al pao, concordando
mentalmente con la oportuna observacin de aquellas dos mujeres), cada
vez ms acertada la idea de casar cuanto antes a Leonardo con Isabel?

--S, contest doa Rosa distradamente.

--A ella la tengo por una buena cosa. Y se conoce que est enamorada de
Leonardo. Luego el matrimonio es un freno...

No saba don Liborio contar de _clamo currente_[46] ms de una decena.
Pero tena feliz memoria y era buen fisonomista; de modo que,
exceptuando los siete esclavos prfugos, ocho enfermos en el hospital y
los veintiocho adscritos a las diversas dependencias de la finca,
carpinteros, albailes, herreros, mozos de cuadra y sirvientes, los
dems, hasta el nmero de 306, varones, hembras, solteros, casados,
grandes y chicos, no le qued gnero de duda que uno tras otro haban
pasado por delante de sus ojos y entrado en el barracn. Satisfecho
sobre este particular cerr la portada, pas el cerrojo horizontal de
figura de T, y le ech la llave; la cual, junto con el ltigo colg de
un clavo fijo en la jamba de la puerta de su casa, por la parte fuera,
debajo del colgadizo.

Si hubiera ledo el _Quijote_, habra podido decir con el caballero
andante: Nadie las mueva, que estar no pueda con Roldn a prueba.
Porque al pie de esos smbolos del poder seorial cubano, lloviese,
ventease, hiciese calor o fro, dorman los feroces alanos del Mayoral y
ay del sin ventura que osase acercarse para desprender la llave o el
ltigo!

Despus de comer solo, porque la familia estaba de visita en la
estancia, don Liborio a pie, con machete y pual al cinto, acompaado de
sus perros, se dirigi de prisa a reunirse con el mdico en el hospital.
Para llegar a l, all en los confines del plano o cuadrado donde se
haban erigido todas las fbricas del ingenio, haba que pasar por junto
al ngulo de un seto de piones que protega un caaveral en flor. All
los perros se separaron de su amo y en el vano empeo de traspasar el
obstculo, grueron, o ms bien gimieron de aquel modo que suelen cuando
husmean la presa cercana. Pero ya hemos dicho que el Mayoral estaba de
prisa, y sigui adelante llamando a sus perros.

Apenas penetr en la enfermera, baj por la guardarraya al batey un
negro a caballo, lo atraves de un lado a otro, entr en el colgadizo de
la casa del Mayoral, observ bien por todas partes, vio que no haba luz
ni gente, y sin apearse de la yegua flaca y desvencijada que montaba en
pelo, cogi la llave, descorri con ella el pestillo de la cerradura y
la volvi a su sitio. Despus de esta hazaa, sigui a la casa de
vivienda y solicit ver a sus amos, los cuales, hallndose an en el
prtico, no tuvieron embarazo en recibirle.

No se desmont, se desliz por los costados de la bestia al suelo no
teniendo estribo en que apoyar el pie. Su primer cuidado fue quitarse el
gorro de lana con que se cubra la cabeza, y hecho todo un arco su
cuerpo y tembloso, se ech de rodillas delante de doa Rosa, y en su mal
espaol dijo:

--_La bendici, mi suamita._

--Ah! exclam dicha seora algo asustada. Eres t, Goyo? Dios te haga
un santo. Cmo ests?

--_Mala, mi suamita._

--Qu te duele, Goyo?

Contest con muchos rodeos y perfrasis ininteligibles las ms, que ya
le pesaba el cuerpo demasiado; que le faltaban las fuerzas y deseaba
descansar en el cementerio; que estaba muy viejo; que el padre de doa
Rosa le haba sacado del barracn de La Habana cuando esta seora no
haba nacido; que fue uno de los esclavos fundadores del ingenio _La
Tinaja_, uno de los primeros en derribar los montes con el hacha. Todo
esto, que se tena harto sabido la seora con quien hablaba, para
informarla, en medio de aspavientos y circunloquios, que saba donde se
hallaban ocultos algunos de los esclavos prfugos, quienes deseaban
presentarse desde que supieron que sus amos haban llegado de La Habana,
porque estaban casi seguros que no se les castigara por la falta
cometida, en gracia de ser la primera vez; mayormente si el guardiero,
que tan largos servicios haba prestado en la finca, peda perdn para
ellos a la seora.

--Bien, dijo doa Rosa habiendo consultado con una mirada la opinin de
su marido. Est bien, Goyo. Ve. Di a tus ahijados que pueden presentarse
sin miedo; que por ti se les har justicia... Oyes?

Con dirigirse a doa Rosa para pedirla el perdn de los prfugos, dio a
entender el guardiero que a lo menos poda concebir su cerebro dos ideas
bien definidas. La una, que juzgaba ms capaz de caridad el corazn de
doa Rosa, por el hecho de ser mujer, que el de don Cndido; la otra,
que siquiera por ama legtima del ingenio, pues le haba heredado de su
padre, haba de ser ella ms indulgente con las faltas de sus esclavos
que l, quien, aunque seor de hecho, no lo era de derecho.

El pensamiento as expuesto parece demasiado abstruso para caber en la
cabeza de un negro doblemente estpido por sus largos aos de
esclavitud. Pero furalo o no en efecto, de esta manera fue como don
Cndido interpret el discurso del esclavo, hirindole en lo vivo, de un
lado, que prescindiera de l en su embajada; del otro, la odiosa
diferencia que marc entre ama y amo. Es que llova sobre mojado, como
suele decirse, y cogi la ocasin por los cabellos para vengarse del
insulto y recobrar, ante las personas testigos de la escena, la que l
crea rebajada dignidad del seor amo. En esta disposicin de nimo, y
cuando el anciano todo tembloso haca los mayores esfuerzos para ganar
de nuevo el lomo desnudo de su manssima yegua, dijo don Cndido:

--Lindos estaramos si por el primer zopenco que se interpone,
hubisemos de perdonar, no ya slo las faltas ms graves, sino hasta los
delitos de nuestros esclavos.

Mirole asombrada doa Rosa, y luego dijo con aparente calma:

--Pues no estabas t de acuerdo con mi decisin?

--Tal vez.

--Luego...?

--Luego es preciso que se haga justicia a esos bribones que osaron
fugarse cuando ms necesidad tenamos de sus servicios.

--Qu entiendes, Gamboa, por hacer justicia?

--Entiendo, repuso l con sorna, dar a cada quisque su merecido,
castigar cual se debe al que delinque.

--Pero eso no sera hacer justicia.

--Cmo que no? pregntale a tu hijo que estudia leyes, qu se entiende
por hacer justicia. Recuerda, si no, cmo rezan los edictos de los
fiscales de la comisin militar permanente que publica con frecuencia
_El Diario_. Yo, Fulano de tal, capitn del ejrcito por S. M., etc.,
cito, llamo y emplazo por ste mi primer edicto, a Zutano de Cual, para
que se presente en la crcel pblica de esta ciudad dentro del
improrrogable plazo de tantos das, a descargarse de la culpa que le
resulta en la causa que le sigo por asalto y robo en despoblado o por
infidencia; cierto y seguro de que si compareciere dentro del trmino
sealado, _se le har cumplida justicia_... Oste? Cumplida justicia.
Me le s de memoria.

--No creo yo que la comisin militar, o como se llame, castigue a todo
el que cita para hacerle justicia.

--Tienes que creerlo, porque por fas o por nefas, as sucede. Cmo es
que por ms que le citen, llamen y emplacen, nadie se presenta de _motu
proprio_? Claro, porque lo de _hacer justicia_ no pasa de ser jarabe de
pico. Puede ser el emplazado tan inocente como un recin nacido; con
todo, si le pillan, de seguro que mam crcel por tres o cuatro aos, y
ya esto es un castigo... que de buena gana le dara a todos los que me
quieren mal.

--Bien, Cndido, est bien todo eso; el caso es que yo no habl en el
sentido que dices. En resumidas cuentas, promet el perdn que Goyo vino
a pedirme para sus compaeros.

--Pues ah est el engao tuyo, Rosa. T no has prometido tal perdn ni
calabazas. Ni si hubieras prometido era posible cumplir...

--Pero es que mi palabra est empeada.

--Ese es el ajo, mi cara Rosa. En pocas palabras, t no has prometido
nada y tal fue lo que me propuse probarte para evitar mayores males. Por
el mero hecho de decir _se les har justicia_ no se deduce que
prometiste el perdn, lisa y llanamente... sin condiciones.

--S, pero Goyo creer otra cosa, creer que le he engaado.

--Y qu importa el quedar mal con el negro en la apariencia? Nadie
tampoco guard lealtad con los desleales _a nativitate_.[47]

--Tal vez no importe mucho por Goyo, que al fin es un negro viejo e
ignorante, y de seguro no me entendi. Pero, y mi conciencia, Cndido?
Mi intencin fue...

--Tu intencin fue perdonar, la interrumpi don Cndido. Lo s. Por lo
que respecta a tu conciencia, aadi con exquisita irona, debe estar
ms tranquila y serena que una balsa de aceite, en este caso. Y si hay
en ello alguna culpa, chala sobre m. T sabes que el diablo las carga.
Quien sinti alguna vez escrpulos de conciencia respecto de lo que dijo
o no dijo, hizo o no hizo a los negros, ese santo varn, o esa santa
mujer no ha debido tener esclavos jams. Escrpulos de conciencia por
semejantes bestias! Ja! Ja!

A este tiempo volvieron de la enfermera las seoritas y caballeros. El
mdico dijo que el negro haba recibido varias mordeduras de carcter
grave, no peligroso, en los brazos, antebrazos, canillas y carpos de las
manos y de los pies. Pareca desgarrada la epidermis de algunos de los
dedos de la mano derecha.--Pero por fortuna, agreg en su lenguaje
peculiar, los incisivos de la fiera no han interesado lo bastante para
romper ningn vaso principal y no hay temor de hematosis, aunque se ha
presentado la hemalopia consiguiente a la exasperacin fsica y moral,
bajo la cual viene laborando hace tiempo el enfermo. Esto es preciso
combatirlo con aplicaciones de sanguijuelas a las sienes; las que, de
paso sea dicho, habr que traer del pueblo, pues faltan en el botiqun
de la finca. Por lo que hace al ttano, fcil es que se presente
mediante a que el negro se ha mojado despus de recibir las heridas. Con
este motivo he dispuesto se le den unturas frecuentes de sebo y aceite
con unas cabecitas de ajo majadas. Puedo decir, sin embargo, que hasta
ahora no aparece daado ningn nervio...

Leonardo fue ms conciso. Hablando con su madre, dijo de manera que lo
oyese su padre: que Pedro apenas le haba reconocido a l como su amo;
que estaba negado a declarar; que nada saba de sus compaeros; que,
como para intimidarle y obligarle a hablar le dijese don Liborio que
ahora s no se escapara del cepo y que ah le tendra hasta que doblase
el cogote, contest riendo que no haba nacido el hombre capaz de
sujetarle en ninguna parte contra su voluntad. Leonardo, lleno de
indignacin, le haba vuelto la espalda; y, cosa extraa, agreg ste,
luego que nos retirbamos, me llam para decirme que deseaba ver a su
amo, a pap.

--Lo esperaba, murmur don Cndido alejndose. Hay tiempo maana; no me
molestar ahora por su seora.

Si se hubiera pedido informe a las seoritas sobre lo que haban visto
en la enfermera, habran referido muy diferente historia de la relatada
por el mdico y Leonardo. Hubieran dicho que el Hrcules africano
tendido boca-arriba en la dura tarima, con ambos pies en el cepo, con
los hoyos cnicos de los dientes de los perros an abiertos en sus
carnes cenizosas, con los vestidos hechos trizas, por toda almohada para
descansar la cabeza, las palmas de las manos, a pesar de tener rasgados
los dedos y, necesariamente doloridos, Jesucristo de bano en la cruz,
como alguna de ellas observ, era espectculo digno de conmiseracin y
de respeto. Su arrepentimiento de haber concurrido a aquel lugar no
poda compararse sino con el dolor que experimentaron, singularmente la
piadosa Isabel, cuando se desengaaron que no podan hacer nada en
alivio de esta otra vctima de la tirana civil en su desventurada
patria.




CAPTULO VI

     _Los negros... Oh! mi lengua se resiste
      A formular de su miseria el nombre!_

         D. V. TEJERA


Por mostrar celo y actividad a los dueos, o por equivocar la hora
precisa, como se gui por el canto de los gallos, el Mayoral del ingenio
de _La Tinaja_, en la maana de Pascua, puso la _gente_ en pie mucho ms
temprano de lo acostumbrado.

Con el ltimo solemne taido de la campana, despus de tomar sendas
tazas de caf, de encender un tabaco y de armarse, descolg la llave,
llam a sus perros y se encamin a pie al barracn para abrir la reja de
hierro. Meti resueltamente la ponderosa llave en la cerradura, quiso
hacerla girar en la guarda y no pudo: Qu _demongo_! dijo para s. Aqu
han _andao_. Me parece que voy a dar ms cuero... que Dios toca a
juicio.

Alumbr con el tabaco el ojo de la llave, dio media vuelta en sentido de
cerrar y oy distintamente correr el pestillo y entrar en el cerradero
del cerrojo.--Voto a Dios! exclam. Si estaba abierta la puerta y yo he
_so_ tan caballo que la he _cerrao_. Va que la dej abierta anoche!
Estaba yo _bebi_, o loco, o _trastornao_? O ha _habo_ aqu brujera?
Qu pasa, Liborio?

Salan en aquel punto los negros de sus bohos y fue preciso que don
Liborio pensase en lo que haba de hacer con ellos. Descorrido el
cerrojo, se plant junto a la jamba de la puerta para verlos desfilar
uno a uno, segn tena ordenado. Por eso, aunque haca bastante oscuro,
pudo observar que una negra se parapetaba del compaero y quera pasar
desapercibida. Malicioso y vigilante, no necesit de ms para echrsele
encima, cogerla por un brazo y acercarle la lumbre del tabaco a la cara.
Con sorpresa mezclada de alegra vio que era la negra Tomasa suama,
prfuga haca entonces precisamente dos semanas. Mientras sujetaba sta,
apareci recatndose tambin Cleto gang, y tras l Julin arar, Andrs
bib y Antonio Macu, los cuales detuvo y coloc a un lado.

As que pasaron todos los dems y que formaron en medio del batey, ech
por delante a los cinco presos y les orden hacer alto frente a frente
del centro de la fila, tanto ms larga cuanto que era sencilla.
Seguidamente empez el interrogatorio:

--Venga ac, mam Tomasa, y dgame por _va_ suyita, de _ande_ viene
la nia ahora?

--_De la monte_, contest ella imperturbable.

--Oiga! Y qu fue a buscar al monte la nia Tomasa?

--_Si...?_

--No lo diga. No se tome ese trabajo la nia; lo s: fue a _pajariar_.
Yo le dar pajareo. Pero, cmo es que se aparece ahora doa Tomasa
suama?

--_Venga a presentarse a la suamos._

--Bueno! _Asina_ se hace. Pero por _ande dentraron_ ustedes en el
barracn?

--_Po la pueta._

--Quin abri la puerta a la nia?

--_Naide._ Tena la _pueta abieta_.

Aqu se remat la paciencia del cmitre.

--Conque estaba abierta la puerta, eh? Ah, pedazo de p...!

Y sin ms ni ms la peg tan fuerte bofetn, que la tendi en el suelo
aturdida. Mientras ella se pona en pie, dirigi poco ms o menos las
mismas preguntas a los cuatro compaeros de la negra y obtuvo poco ms o
menos idnticas respuestas.

--_Vrate_!,[48] dijo a la esclava echndole garra por un hombro con el
objeto de derribarla de bruces.

Mas ella joven, robusta y ya prevenida, se mantuvo firme y dijo:

--_Sumec no me catiga, mi suama mi madrina._

--Ja! Ja! djame rer. La seora tu madrina? Pues dile que se levante
de la cama y que venga a salvarte del bocabajo. Mira, negra de Barrabs,
vrate o te mato...

--_Mata!_ repuso ella con arrogancia.

--Agrrala t. Tmbala t, grit el Mayoral, ya en el paroxismo de la
ira, a los compaeros de la esclava.

Tres de stos obedecieron sin tardanza. Dos la cogieron por un brazo y
el otro por un pie, con lo que fue fcil hacerla perder el equilibrio y
dar con ella en tierra boca abajo.

De presumir es que la misma ciega obediencia con que los tres se
prestaron a ejecutar la orden perentoria del Mayoral, excitara ms la
clera de ste respecto a Julin arar, que pareca dispuesto a
desobedecer. Midiole don Liborio de alto a bajo con ojos en que se
trasluca algo de la rabia que le dominaba, no poco de sorpresa y un
mundo de recelos, porque era amenazadora la actitud del negro y, como la
mayora de sus compaeros all presentes, estaba armado de machete corto
o calabozo y azadn. Vino a comprender entonces que haba andado algo
imprudente, y que estaba perdido como flaquease en el momento crtico.
As que, haciendo de tripas corazn, grit con ms aparente bro que
nunca:

--Y t qu haces, perro? Por qu no metes mano? Dobla el lomo...
(soltando uno de los ternos que acostumbraba, a falta de mejor
expletivo).

Acompa, adems, las palabras con tan fuerte garrotazo con el mango del
ltigo en la cabeza del esclavo, que le hizo titubear y caer luego de
rodillas a los pies de Tomasa. Aun all, abatido y todo, no dio muestras
Julin de que iba a obedecer; antes temiendo el Mayoral que se recobrara
del golpe y se pusiera de nuevo en pie, agreg:

--Sujeta por la pata a esa grandsima p... o vive Dios! que te muelo a
palos.

Y por va de apremio le asest un segundo garrotazo, que no por ms
fuerte que el primero, sino porque quizs acert a darle en lugar donde
el cabello lanudo no protega completamente el crneo, le dividi la
piel como con un cuchillo y brot un chorro de sangre de la herida.
Julin a tientas apoy la mano abierta en la garganta del pie de su
compaera, y... empez el bocabajo.

Tan singular conducta de parte de aquel negro en tales circunstancias,
habra llamado la atencin imparcial de persona menos estpida o menos
cegada por la pasin que don Liborio; habra inspirado consideracin, ya
que no respeto, en toda alma noble y generosa; habra excitado siquiera
la curiosidad de averiguar el origen de un sentimiento que no dejaba de
ser bello porque se abrigase en el pecho de un hombre semi-salvaje.

Varias circunstancias, adems, concurran en el caso del negro y de la
negra, que servan para explicar la conducta de ambos en estos momentos
de prueba. Y es de creerse que porque estaba al cabo de ellas don
Liborio, mostraba tanta saa con la pareja. Julin y Tomasa eran poco
ms o menos de la misma edad; joven, robusta, agraciada ella; joven,
atltico y gallardo l; procedan del mismo pas en frica; se tenan
por paisanos o carabelas, segn dicen. Qu extrao sera que se amasen?

Tomasa, por su juventud, alegre humor y buena presencia era la favorita
de sus camaradas y de los empleados blancos de la finca. La esclavitud
no pesaba tanto para ella, ni tena motivo para quejarse de su suerte,
comparativamente hablando. Por qu se haba fugado? Pareca claro: por
seguir a Julin, que, arrastrado por Pedro, su padrino de bautismo, el
cabecilla del motn, adopt esa malhadada resolucin. Hizo ms Tomasa:
luego que cay prisionero Pedro, del modo trgico referido, recab de
Julin el que se presentase y solicitase perdn de los amos por medio de
Caimn, que ellos saban tena ascendiente en doa Rosa.

Para mayor abrigo, llevaba don Liborio atado a la cabeza un pauelo de
algodn, dos puntas de la lazada del cual le caan por detrs, y encima
se haba encasquetado el sombrero de paja. Traa la camisa suelta por
fuera o faldeta, el pual en la cinta y el machete en su puesto,
asegurado con una faja de lienzo blanco. Apoy la mano izquierda en la
empuadura, y con la extremidad del mango del ltigo arroll las faldas
del vestido de la esclava hasta ms arriba de las caderas y solt la
trenza del cuero crudo, que haba sujetado en el hueco de la misma mano
derecha. Todo esto por su orden, bien calculado con calma y formalidad,
como quien no tena prisa, antes se propona saborear goce exquisito, a
cuyo efecto no deba precipitar los sucesos.

Clareaba el horizonte por el este con las pursimas luces del alba.
Descargado el primer latigazo con el aplomo y tino de quien posee brazo
experimentado y de hierro, pudo convencerse el Mayoral que la _pajuela_
o punta de camo torcida y nudosa, con chasquido peculiar, haba
trazado un surco ceniciento en las carnes de la muchacha. Enseguida
descarg otros y otros en ms rpida sucesin hasta saltar pedazos de
la piel y fluir la sangre; sin que a todas stas la vctima exhalase una
queja, ni hiciese otro movimiento que contraer los msculos y morderse
los labios.

As tuvo un desfogue momentneo la ira del Mayoral, mas el estoicismo de
la muchacha le priv en mucha parte del placer que se prometa al
azotarla. El dolor, sensacin fatal en todo ser animado, no la redujo,
como l esperaba, al extremo de pedir perdn a su verdugo. Por eso, y
porque deseaba concluir antes de salir el sol, encomend a los dos
contramayorales el castigo de Julin y de sus compaeros, contentndose
l con observarlos de cerca para hacerles apretar la mano cada vez que
por compasin o por otro motivo cualquiera supona que no daban bastante
recio. Tan pronto como se despachaba uno, le haca lavar la llaga con
orines en que se haban echado de antemano unas puntas de tabaco, a fin
de evitar el _pasmo_ o ttano, ordenando que los herreros les pusieran
los grillos que para eso se hicieron venir de la mayordoma de la finca.
Por lo que respecta a Julin, que se haba desmayado dos o tres veces, o
por el rigor del castigo, o por la prdida de la sangre, juzg prudente
fuese trasladado a la enfermera para que le curasen la herida de la
cabeza. A los dems penados, impedidos por el peso de los grillos y el
dolor de los crueles azotes, los oblig a trabajar, junto con los
restantes negros, en el _chapeo_ de las guardarrayas alrededor del
_casero_ del ingenio, que fue la _fajina_ que desde el principio se
propuso sacar don Liborio.

--Escuchas, Cndido? dijo doa Rosa entre sbanas a su marido. Me
parece que oigo el cuero. Temprano ha madrugado hoy don Liborio.

Dorma profundamente don Cndido para que le despertase la msica de los
latigazos de su Mayoral, no obstante que por el vigor con que los
descargaba y la calma de la naturaleza, resonaban por millas a la
redonda. Pero repetida la pregunta a sus odos, entre bostezo y bostezo,
contest luego con esta otra:

--Qu tengo de or, Rosa?

--El _cuero_ del Mayoral. Ni que fueras sordo.

--Ya, ya. Como que oigo algo. S. Est castigando. Y qu?

--Alabo tu sangre fra. Aparte de otras cosas, te parece poco habernos
quitado el sueo tan temprano? De seguro voy a tener hoy un dolor de
cabeza de los bravos. Me ha puesto nerviosa ese maldito hombre. Lo peor
es que voy creyendo que el tal don Liborio no tiene ni pizca de
consideracin con nosotros. Nunca me gust su cara de bandolero.

--Y qu queras que hiciera el hombre?

--Lo que toda persona decente hubiera hecho en su lugar. Irse a otra
parte, lejos de la casa de vivienda a castigar los negros, si es que han
cometido una gran falta y no poda dejar el castigo para luego.

--Quizs no ha podido remediarlo. Los negros a veces se empean en que
los azoten y fuerza es darles gusto o se expone uno a que se le vayan a
las barbas. Tambin suele convenir en muchos casos que la pena siga al
delito sobre la marcha para que surta el debido efecto.

--Pero t no sabes mejor que yo la causa de este escndalo tan de
madrugada?

--La supongo, Rosa, y es lo mismo. Me basta saber que los negros se le
cayeron de las uas al diablo.

--Sean o no malos los negros en general, y los nuestros en particular,
la verdad es que don Liborio no para la mano desde ayer. Y si esto hace
estando nosotros aqu, qu no ser cuando estamos lejos? Crucifica
vivos a los negros.

--Pues t le celebrabas anoche de hombre recto, y...

--Qu queras que dijera delante de la gente? Por dentro estaba que me
coma los hgados. Tambin no haba l enseado todas las uas. Mas ya
esto es demasiado. Qu no sabr el muy bestia que tenemos visitas? Qu
dir Meneses, joven instruido, casi extrao para nosotros, no
acostumbrado a estas escenas? Lo menos que se figurar es que ste es un
presidio, el Vedado, y que somos de alma negra...

--No te d cuidado por el mozo, dijo don Cndido. Apostara cualquier
cosa a que duerme a pierna suelta, arrullado con la msica de los
latigazos...

--S, pero ahora que me acuerdo, qu dir Isabelita si ha despertado?
Por fuerza que ha de haber despertado. Deben orse los cuerazos en el
muelle de Tablas. Resuenan en mis odos como caonazos. Vea Vd.; y esa
muchacha que es tan delicada, tan enemiga de los castigos. No ser mucho
que de esta hecha rompa con tu hijo, creyendo que sus padres son dos
verdugos y que l le ha bebido los vientos. Lo sentira por ti que ests
tan empeado en que se casen...

--Poco a poco, mi cara Rosa, la interrumpi don Cndido con ms viveza
que de costumbre. Hablas cual si no aprobaras el matrimonio en proyecto.

--De dnde has sacado t que yo lo apruebo?

--Hombre! Hasta habamos acordado el da de la boda, poco ms o menos.

--T has arreglado eso, yo no. Si consiento en el matrimonio no es que
lo apruebo de corazn, no es que me empeo en que se casen. Por una
parte, no podr aprobar nunca que mi hijo querido deje mi abrigo y se
vaya a vivir en otra casa. Por otra parte, no conozco mujer bastante
buena para mi Leonardo. Ni Isabelita, a quien tengo por una santa, ni la
diosa Venus que bajara de nuevo a la tierra, me parecera digna de l.
Si consiento en que se casen (todava puede que se arrepientan) es por
ti, es porque no te cansas de repetirme y cantaletearme noche y da que
el mozo se va a perder, que tendr mal fin, que es preciso sujetarlo,
que es muy enamorado (el pobrecito hasta ahora no ha mirado sino para
Isabel), que asoma inclinaciones bajas... Me pones la cabeza tamaa con
tales ageros, me asustas y digo para m: no es mal sastre el que conoce
el pao: tal padre, tal hijo, y desaprobando, doy el consentimiento. El
es un nio todava, necesita de mis caricias; pero t eres implacable,
quieres casarlo y te saldrs con la tuya. Se casar, si es que la
muchacha no se vuelve atrs... A veces creo contigo que el matrimonio es
un freno, aunque si hemos de juzgar por ti... las mayores locuras las
has cometido despus de casado, y sabe Dios...

--En esto haba de venir a parar la cerrazn, volvi a interrumpir don
Cndido a su mujer. Ms vale as. Al fin te has distrado y dejado en
paz a don Liborio.

--Lo que es a ese pcaro no parar hasta botarlo...

--Sera mala poltica despedir a don Liborio a raz de haber castigado
con mano fuerte las desvergenzas de los esclavos. A dnde ira a parar
el prestigio de la autoridad? El Mayoral representa aqu el mismo papel
que el coronel delante de su reglamento, o que el capitn general
delante de los vasallos de S. M. en esta colonia. Cmo, si no, se
conservaran el orden, la paz ni la disciplina en el ingenio, en el
cuartel o en la Capitana General de la isla de Cuba? Nada, Rosa, el
prestigio de la autoridad lo primero.

--De manera, repuso doa Rosa con la lgica parda de las mujeres, que
por conservar el prestigio de la autoridad de don Liborio vas a dejar
que acabe con los negros?

--Acabar con los negros! repiti don Cndido fingiendo sorpresa. No
har tal, por la sencilla razn de que de ellos est llena el frica.

--All se pueden estar todos los negros del mundo; el caso es que cada
vez se dificulta ms la reposicin de los que se pierden por causa de
los ingleses.

--Tampoco es eso como suena, Rosa. Aparte de que por un bocabajo ms o
menos no se muere negro ninguno, rete de que los ingleses lleguen a
impedir la trata al punto de hacer escasear los brazos. Ya ves cmo les
pasamos por los bigotes los de la ltima partida del _Veloz_,
hacindoles creer que eran ladinos de Puerto Rico.

--Contina el cuero, Cndido. Es preciso averiguar qu es eso. Haz que
venga el Mayordomo. Levntate, dispn alguna cosa.

--Ah llaman. Dile a Dolores que pregunte entre tanto me visto.

Esta dorma en el cuarto inmediato con las seoritas. A las voces de su
ama se asom a un postigo y dijo:

--Es Tirso, con el caf para el amo y para Seorita.

--Pregntale qu pasa all por el batey, dijo sta a la esclava. Qu
da de ascuas se nos depara! Y luego la mala noche... y el bochorno!
Qu prestigio de autoridad ni qu calabazas! Al infierno con don
Liborio!

Inform Tirso, temblando del fro o del miedo, que se haban aparecido
los negros fugados, que el Mayoral los estaba castigando y que haba
matado a Julin porque no haba querido _virarse_.

--No te lo deca? dijo doa Rosa. Ni siquiera ha respetado que yo les
serva de madrina.

--Probable es que l no lo supiera.

--Ellos han debido decrselo.

--No los ha credo sobre su palabra. Adems, Tirso miente como un
bellaco. Me levantar, sin embargo, por darte gusto. Cuando se te pone
una cosa en la cabeza, eso ha de ser.

--Me da no s qu tu santa calma. Te estn matando a los negros y no
corres. Cmo si no costaran dinero!

--Ahora s que has hablado como un Salomn, dijo don Cndido saliendo al
prtico.

Segn es de suponer, mucho antes que de costumbre estaban en movimiento
toda la familia y las visitas en la casa de vivienda del ingenio de _La
Tinaja_. El sitio que ofreca ms desahogo y sombro era el prtico, y
all acudieron todos. El sol hera la casa por la espalda, proyectando
la sombra por largo trecho adentro del batey donde, entre las ocho y las
nueve de la maana, se hallaba tendida la dotacin de esclavos de la
finca, en su traje ordinario, sucio y harapiento.

Acercose don Liborio al prtico a caballo, se desmont, le at por el
ronzal a la barandilla y ascendi la escalinata hasta situarse en el
ltimo escaln. Desde all, quitndose respetuosamente el sombrero,
salud a la compaa en general, y en particular a doa Rosa, quien,
sentada con mucha gravedad en el silln ms conspicuo, cual reina en su
trono, y rodeada de sus hijas y amigas, contest con un murmullo
inaudible. No poda perdonarle esta seora a aquel hombre el mal rato,
si es que don Cndido se haba dado por satisfecho despus de orle el
relato parcial de lo sucedido por la madrugada.

Las criadas al inmediato servicio de la familia presenciaban el
espectculo desde la puerta de la sala, y doa Rosa, por conducto de la
ms anciana, hizo decir al Mayoral que llamara a los dos
contramayorales. Venidos, hicieron la genuflexin de costumbre en
presencia de sus amos, cruzndose de brazos y permaneciendo en silencio,
cual dos estatuas de piedra negra. El aire de dignidad con que se
presentaron aquellos dos hombres, indicaba claramente que no eran
congos. Eran lucumes, raza guerrera del frica y est dicho todo.

--Qu tal les va? fue la primera pregunta que les dirigi doa Rosa.

Se miraron el uno al otro y de soslayo a don Liborio, como si se
animaran mutuamente a decir algo, o dar algn desahogo a su espritu
atribulado. Adivin doa Rosa el motivo del embarazo de sus esclavos: se
moran por hablar, mas temerosos de las consecuencias, por la presencia
del Mayoral, juzgaron ms cuerdo callarse. No necesit ella de ms para
hacerles salir de su reserva. Cambi la pregunta.

--Tienen bastante comida?

--S, _siora_, contestaron a una sin titubear.

--Mucho trabajo?

--No, _siora_.

--Estn Vds. contentos?

Volvi a sucederse la escena mmica de antes. Despus de mirarse el uno
al otro, y de reojo al Mayoral, que empezaba a manifestar bastante
inquietud, quizs se dispona el ms viejo de los dos a hacer la breve
cuanto dolorosa relacin de sus trabajos y miserias, cuando don Cndido
los ataj ordenando en alta voz que les entregaran la ropa nueva trada
de La Habana para regalo de Pascua de la dotacin del ingenio.

Constaba cada muda para los varones, de camisa de caamazo o rusia, nada
cumplida, pantaln de lo mismo, gorro y frazada de lana; para las
hembras, de una como camisa talar llamada tnica, tambin de rusia,
pauelo de algodn de colores y frazada. Estas piezas constituan lo que
en lenguaje marino de Cuba se entenda por la _esquifacin_ de los
negros que trabajan en el campo.

Buena dosis de soberbia haba en el carcter de doa Rosa, no siendo de
aquellas mujeres a quienes es fcil desviar de sus propsitos con
subterfugios ni sutilezas dialcticas. La mera suposicin de que don
Cndido, con achaque de proteger el prestigio de la autoridad investida
en el Mayoral, tenda a rebajar sus derechos de ama, delante de personas
extraas, bast a poner espuelas a su deseo de afirmarlos, y de un modo
sealado. En tal virtud, no bien se retiraron los contramayorales
cargados con las esquifaciones para ellos y sus compaeros, siempre por
medio del Mayoral hizo comparecer en su presencia al negro que
denominaban Chilala. Acercose despacio y con bastante trabajo, clamando,
como le estaba ordenado:--Aqu va Chilala, cimarrn.

As que deposit la masa de hierro en el piso del prtico, se arrodill
delante de doa Rosa, cruz los brazos sobre el pecho, y con gran
humildad en su peculiar lenguaje, dijo:

--_La bendici, mi suama sumec._

--Dios te haga un santo, Isidoro, contest doa Rosa amablemente.
Levntate.

--_Asi ta mij mi suama sumec._

--Por qu te huyes, Isidoro? le pregunt el ama en tono compasivo.

Extrema era la flacura de este esclavo. Apenas tena otra cosa que
huesos y nervios. Luego, el color rojizo de sus cabellos, la palidez
cenicienta del rostro, su mirar vagaroso e inquieto, comunicaban a su
semblante una expresin de azoramiento como de animal montaraz.

--_Ah, mi suama sumec!_ exclam dando un suspiro. _Tlabaja, tlabaja;
poco coma; no conuca; no cuchina; no muj: cuera, cuera, cuera..._

--De modo, replic doa Rosa con mucho reposo y cierta sonrisa de
satisfaccin, de modo que si te acortan el trabajo y te dan mejor
comida y un conuco, y un cochino, y mujer con quien casarte y no te
castigan tanto, t no te huyes ms y te portas bien?

--Si, _si, mi suama sumec. Chilala no juye ma: Chilala tlabaja;
Chilala fino, fino_.

--Pues bien, Isidoro, ya que t me prometes que no te huirs ms y que
te portars como hombre formal, har que no te castiguen tanto, que no
te hagan trabajar mucho, que te den bastante comida, y un cochino, y un
conuco, y mujer con quien casarte. Ests contento?

--_S, siora, mi suama sumec; Chilala contente, mu contente._

--Ms todava quiero hacer por ti, segura de que no me has de engaar.
Don Liborio, aadi en tono alto e imperioso: qutenle ahora mismo los
grillos a este negro.

La larga esclavitud, la ignorancia crasa en que haba vivido, el
dursimo trato del ingenio, nada haba podido borrar la sensibilidad, el
sentimiento de la gratitud en el pecho del esclavo. Costole trabajo y
esfuerzo de imaginacin entender lo que su ama le deca; mas tan luego
como entendi que iban a quitarle los grillos, faltndole las palabras
apel a las demostraciones para expresar su inmenso agradecimiento. Se
ech de bruces a las plantas de doa Rosa, cual lo hiciera delante de un
fetiche en su pas natal, y con grandes aspavientos y exclamaciones
incoherentes de una alegra loca, bes muchas veces el suelo que ella
haba hollado.

En todo son extremadas las mujeres de la ndole de Isabel: o aman, o
aborrecen; las medias tintas de sus pasiones se quedan para casos raros.
En las pocas horas de su estada en el ingenio, haba podido observar
cosas que, aunque odas antes, no las crey nunca reales y verdaderas.
Vio, con sus ojos, que all reinaba un estado permanente de guerra,
guerra sangrienta, cruel, implacable, del negro contra el blanco, del
amo contra el esclavo. Vio que el ltigo estaba siempre suspendido
sobre la cabeza de ste como el solo argumento y el solo estmulo para
hacerle trabajar y someterle a los horrores de la esclavitud. Vio que se
aplicaban castigos injustos y atroces por toda cosa y a todas horas; que
jams la averiguacin del tanto de la culpa preceda a la aplicacin de
la pena; y que a menudo se aplicaban dos y tres penas diferentes por una
misma falta o delito; que el trato era inicuo, sin motivo que le
aplacara ni freno que le moderase; que apelaba el esclavo a la fuga o al
suicidio en horca como el nico medio para librarse de un mal que no
tena cura ni intermitencia. He aqu la sntesis de la vida en el
ingenio, segn se ofreci a los ojos del alma de Isabel, en toda su
desnudez.

Pero nada de esto era lo peor; lo peor, en opinin de Isabel, era la
extraa apata, la impasibilidad, la inhumana indiferencia con que amos
o no, miraban los sufrimientos, las enfermedades y an la muerte de los
esclavos. Como si a nadie importara su vida bajo ningn concepto. Como
si no fuera nunca el propsito de los amos corregir y reformar a los
esclavos, sino meramente el deseo de satisfacer una venganza. Como si el
negro fuese malvado por negro y no por esclavo. Como si tratado como
bestia se extraara que se portara a veces como fiera.

Cul poda ser la causa original de un estado de cosas tan opuesto a
todo sentimiento de justicia y moralidad? Tendra el hbito o la
educacin, fuerza bastante para sofocar en el corazn, sobre todo de la
mujer, el sentimiento de la piedad? La costumbre de presenciar actos
crueles sera capaz de encallecer la sensibilidad natural del hombre y
de la mujer ilustrada y cristiana? Tena algo que ver en el asunto la
antipata instintiva de raza? No estaba en el inters del amo la
conservacin o la prolongacin de la vida del esclavo, capital viviente?
S lo estaba, a no quedar gnero de duda; pero eso tena de perversa la
esclavitud, que poco a poco e insensiblemente infiltraba su veneno en
el alma de los amos, trastornaba todas sus ideas de lo justo y de lo
injusto, converta al hombre en un ser todo iracundia y soberbia,
destruyendo de rechazo la parte ms bella de la segunda naturaleza de la
mujer: la caridad.

Repasando Isabel todas estas cosas en la mente, mientras los dems
contraan su atencin a las escenas que se representaban en el prtico y
en el batey, la ocurri preguntarse:--Por qu quiero yo a Leonardo?
Qu hay de comn entre mis ideas y las suyas? Llegaremos alguna vez a
ponernos de acuerdo sobre el trato que ha de darse a los negros?
Suponiendo que sobre este particular cupiera concordancia entre
nosotros, me resignara a seguirle a este infierno? Y siguindole,
vera yo, cual doa Rosa, con impasibilidad, los horrores e injusticias
que aqu se cometen da y noche impunemente?...

En este punto del soliloquio de Isabel, empezaba doa Rosa a mostrar el
lado bello de su carcter, que aqulla ni muchas otras personas an
haban visto. Como va dicho, a su voz cayeron las prisiones del ms
infeliz, por humilde, de sus esclavos. Y una vez empeada en esta lnea
de conducta, la prosigui hasta el fin. Era que la impelia la especie de
fiebre que produce el deseo de las buenas o las malas acciones, y
proceda a ciegas en la obra del bien. An tena de bruces a sus pies a
Isidoro, cuando orden se quitaran los grillos a los seis compaeros del
mismo, y no contenta con esta trascendental medida, hizo comparecer a su
presencia a Tomasa y a los tres castigados por la madrugada; oy con
paciencia sus quejas, les dio algunos consejos, los consol cuanto pudo
en aquellas circunstancias y acab por decir en tono airado:--Contra mi
voluntad y expreso mandato los han azotado a Vds hoy. Ea, don Liborio!,
qutenle los grillos a estos negros.

Fuera el que fuese el motivo secreto que impela a doa Rosa a reasumir
_coram populi_[49] la autoridad domnica en su ingenio de _La Tinaja_,
los actos piadosos con que la afirm produjeron honda y sincera
impresin en el nimo de la concurrencia. Los hombres aprobaron y
aplaudieron; las mujeres, conmovidas, derramaron lgrimas de alegra. A
los ojos de Isabel, la seora de Gamboa se transfigur, pasando de
golpe, all en su noble corazn, de las profundidades del desprecio a la
ms alta cima de la admiracin. La vio entonces la ms hermosa y buena
de las mujeres. La hubiera estrechado en sus brazos con el mismo cario
que sola estrechar a su madre sana y risuea tras das y horas de
ausencia; la hubiera adorado de rodillas con el mismo fervor que el
primer esclavo, objeto de la piedad del ama, la haba mostrado su
agradecimiento.

--Qu dulce es, exclam, perdonar las faltas de aquellos que dependen
de nosotros! Para esto nicamente es una dicha ser ama de esclavos! Y
dio a llorar ya sin fuerzas para dominar su emocin.

--Qu! Llora Vd., seorita? la pregunt el cura compadecido.

--No me es dado, contest ella sollozando, contemplar las acciones
generosas y caritativas con los ojos enjutos.

--Muchas ms lgrimas derramara Vd. tal vez por motivos opuestos, si
continuase en el ingenio.

--No me parece que pudiera vivir aqu mucho tiempo.

--Seorita, observ el cura admirado de tanta sensibilidad y discrecin:
veo que no es Vd. de carne y de los huesos de los amos de esclavos.

--No, no lo soy. Si me viera en el caso forzoso de escoger entre ama y
esclava, preferira la esclavitud, por la sencilla razn de que creo ms
llevadera la vida de la vctima que la del victimario.

Adela, en su entusiasmo, rode el cuello de su madre con los brazos,
imprimi una porcin de amorosos besos en sus mejillas y la dijo:

--Pues que es hoy da de perdones, llamo a...? No dio el nombre en voz
alta.

--Quin? pregunt doa Rosa torciendo el ceo.

Con mayor timidez que antes repiti Adela al odo de su madre el nombre
reprobado.

Cambi doa Rosa de repente de semblante y de actitud, pasando del
fervor piadoso a la seriedad y... a la ira.

--No, no. Ella no merece perdn... Tampoco se ha dignado pedrmelo.

--Ah cerca est para pedrtelo. Slo aguarda mi aviso.

--No, no, hija. Que no se me presente. Me hara arrepentir de lo que he
estado haciendo. No, que no se me presente.

Alejose Adela del lado de su madre afligida y llorosa.

Enseguida se procedi al bautizo de los 27 negros bozales de la
expedicin del bergantn _Veloz_ que le tocaron en suerte a don Cndido
Gamboa; luego al casamiento de tres o cuatro esclavas, cuya voluntad no
se explor ni por mera forma; en fin, se dio permiso para que hubiera
tambor (baile) en la finca hasta la puesta del sol.

Por disposicin de doa Rosa, el boyero tom interinamente el bastn,
quiere decir, el ltigo, mejor, el mando de los esclavos del ingenio de
_La Tinaja_.




CAPTULO VII

     _15. En dnde, pues, est ahora mi
           esperanza?_

     _16. A lo ms profundo del sepulcro
          descendern mis cosas, crees t
          que siquiera all tendr yo reposo?_

             JOB. XVII


Declinaba a toda prisa la tarde. All, por el rincn ms apartado del
batey, an se oa el rudo tambor con que los negros se acompaaban el
melanclico canto y el baile salvaje de su pas natal.

Ac, por la casa de ingenio, haba gran agitacin y ruido. Las torres o
chimeneas de los hornos para hacer vapor y calentar las pailas del tren
Jamaiquino,[50] lanzaban al aire columnas de humo negruzco y espeso.

El bozal del maquinista, recin llegado del grantico Maine, en los
Estados Unidos de Norte Amrica, con la alcuza de cuello largo y corvo
en la mano, iba del trapiche para la mquina y de sta para aqul,
dando aceite a las juntas y ejes, a fin de moderar la friccin, causa
fatal de las prdidas de fuerza.

Impaciente y desazonado el maestro de azcar, aguardaba la corriente del
guarapo que deba poner a prueba su habilidad en hacer ese dulce con
caa molida segn un nuevo sistema. Por su parte los negros del cuarto
de prima miraban recelosos y azorados los preparativos que se hacan
para resolver el problema de hacer azcar sin necesidad de las ariscas
mulas ni de los cachazudos bueyes.

Se pona el sol, redondo y encendido cual bala roja, por detrs del
inmenso palmar del potrero, cuando invadieron la casa de calderas los
dueos de la finca, en compaa de su familia, amigos y empleados.
Guiaba la procesin el cura de Quiebra Hacha, revestido de la sotana y
el bonete de ceremonia. Marchaban a su lado dos caballeros conduciendo
cada uno un haz de caas, atados con cintas de seda blanca y azul, que
sujetaban por la punta cuatro seoritas. Llegados delante del trapiche,
murmur el cura una breve oracin en latn, roci los cilindros con agua
bendita, valindose para ello del hisopo de plata, los caballeros
colocaron enseguida las caas en el tablero de alimentacin y dio
comienzo la primer molienda con mquina de vapor el clebre ingenio de
_La Tinaja_.

Ms tarde, o entre dos luces, se sirvi el banquete de tabla en la casa
de vivienda. En el intermedio de la comida a los postres vinieron a
avisar al mdico que su presencia era necesaria en la enfermera. Fue, y
volvi al cabo de media hora un si es no es cariacontecido, saliendo a
recibirle don Cndido con desusada solicitud para preguntarle:

--Novedad, Mateu?

--Novedad y gorda, seor don Cndido, contest el mdico con el mismo
laconismo.

--Bien vengas, mal, si vienes slo, dijo don Cndido revestido de toda
su calma. Afuera con el embuchado.

--Acaba Vd. de perder su mejor negro.

--Sea todo por Dios. Cul?

--Pedro carabal. Se ha suicidado en el cepo.

--Bah! Ms ha perdido l que yo. Qu arma ha empleado?

--Ninguna.

--Cmo! Entonces ha hecho uso del dogal.

--Menos. En pocas palabras, seor don Cndido, el negro se ha tragado la
lengua.

--Qu me dice Vd.! Ahora menos lo entiendo!

--Lo entender Vd., cuando le diga que este es un caso de asfixia por
causa mecnica.

--Si creer Vd., doctor, que yo hablo el griego!

--Dir a Vd., seor don Cndido. Ora haya hecho uso el negro de los
dedos, ora de un poderoso esfuerzo de absorcin, evidente es que,
doblando la punta de la lengua hacia dentro, empuj la glotis sobre la
trquea y qued sta obliterada, impidiendo la entrada y salida del aire
en los pulmones, o cesando la inspiracin y la expiracin. He aqu lo
que el vulgo llama tragarse la lengua, y que nosotros llamamos asfixia
por causa mecnica. Durante mis viajes a la costa del frica he tenido
ocasin de observar varios casos; pero en mi larga prctica de los
ingenios de la Isla, ste es el primero que se me presenta. Tal gnero
de muerte, lo mismo que el del ahogado, debe ser muy doloroso, peor que
el de estrangulacin en horca, porque no se produce la asfixia
instantneamente, sino por grados, en todo su conocimiento, y despus de
una agona atroz. Si hiciramos la autopsia del cadver, veramos que el
sistema venoso est ingurgitado de sangre de color negruzco muy oscuro,
lo mismo el pulmn y el cerebro.

--A fe que no haba odo en mi vida semejante cosa, dijo Cndido. Vamos
a la enfermera.

En esta excursin (no fue otra cosa) acompaaron a don Cndido sus
huspedes y algunos empleados. El Cura y el Capitn del partido
meramente por hacerle honor, pues para el primero ya haba pasado la
ocasin de ejercer su santo ministerio con el suicida; para el segundo,
ni antes ni despus de la muerte del esclavo habra tenido ocasin de
ejercer el suyo, mediante a que dentro de los lmites de sus haciendas o
dominios era _ipso jure_ seor de horca y cuchillo don Cndido Gamboa.

Dispuso ste retiraran el cadver del cepo. Horrorosa era su vista,
habiendo adquirido ya la rigidez de la muerte. Tendido de espaldas en la
tarima, su lecho de agona, an apretaba los bordes con los dedos
crispados. A consecuencia de las mordidas de los perros, tena hinchados
los brazos, las piernas y el levantado pecho; los ojos casi fuera de sus
cuencas e inyectados de sangre, de la cual estaban salpicadas sus ropas
en girones.

Contribua a darle un aspecto feroz el tener la piel de la frente
arrollada desde la lnea de las cejas hasta el nacimiento de la pasa, y
zajadas las mejillas verticalmente desde el prpado inferior hasta la
orilla de la quijada, a usanza de la tribu en su pas natal. Parte de
esa costumbre era el aguzarse los dientes superiores, que dejaba ver a
travs de los labios entreabiertos, trabados con los de la mandbula
inferior: nueva prueba sta de la lucha entre la vida y la muerte. No
acusaba su semblante ms de 27  30 aos de edad; de modo que se hallaba
entonces en todo el vigor y desarrollo de su juventud.

--Lstima de negro!, dijo Cocco.

--Vala lo que pesaba en oro para el trabajo, dijo don Cndido
interpretando en su verdadero sentido la exclamacin del administrador
de _Valvanera_.

--He ah la vera efigie de un salvaje africano, dijo el Cura. Dios tenga
piedad de su alma.

--Debi haber sido ese negro la pura soberbia, dijo el Capitn Pea con
aire sentencioso.

--Y dgalo, dijo Moya satisfecho, porque haba all uno que diera forma
a su pensamiento en aquel instante. Ms cachorro no ha _salo_ de la
Guinea.

--Ha muerto en su ley, dijo el gallego mayordomo de la finca. Dios no le
tome en cuenta sus muchos pecados.

--Veamos lo que dice Mara de Regla, dijo don Cndido sin mirar de lleno
a la cara de la enfermera.

Insensiblemente las personas que acababan de hablar se haban situado en
torno del cadver, que entonces alumbraba a medias con la vela de cera
amarilla, desde el pie de la tarima, la negra mencionada por don
Cndido. Ella, con los ojos bajos, dijo:

--Le contar a mi seor lo que ha pasado.

La precisin y claridad de las pocas palabras vertidas, junto con el
acento argentino y medido de su voz, pregonndola como mujer de talento
y de algn trato social, le ganaron desde luego la atencin de los
circunstantes. Posea ella ambas cosas en grado notable, relativamente a
su falta de escuela y a su condicin de esclava desde la cuna. A la
natural perspicacia y carcter dulce y simptico, combinados con un
exterior agradable y fino, se agregaba el haber servido de doncella a
sus primeros amos; teniendo ocasin de rozarse ms con stos y con las
personas decentes que visitaban la casa que con las ignorantes de su
misma condicin, y de aprender, no ya slo las maneras, sino el modo de
decir y de portarse en sociedad la gente blanca y educada. Frisaba en
los 36  40 de la edad, como la atestaban sus formas redondeadas y
voluptuosas. Dos medias lunas grandes de oro pendan de sus orejas, y
para ocultar las pasas, que detestaba, se cubra la cabeza con un
pauelo de algodn, dicho de Bayaj, atado con bastante gracia y
coquetera, a guisa de turbante turco. En el momento de que hablamos, su
aspecto y tono de voz revelaban mucho disgusto y tristeza.

--Le contar a mi seor lo que ha pasado a mi vista, dijo ella cual si
hablara con el muerto y no con su amo. Pedro, desde que le pusieron en
el cepo, se neg a comer y hablar. Slo esta madrugada bebi un poco de
sambumbia, que le hice tragar, como quien dice, de por fuerza. El hambre
se aguanta, la sed no hay quien la entretenga siquiera, y l, por las
mordidas, deba de sentir una sed ardiente. Despus, como haca
veinticuatro horas que no pasaba bocado, como haba ya perdido mucha
sangre y se le haban inflamado las heridas, a pesar de las unturas que
orden el mdico, estaba muy dbil, irritado, no poda reconciliar el
sueo. Se calm un poco luego que apag la sed. Pero no ladraba un
perro, no cantaba un gallo, no se oan pasos de gente o de animales en
el batey sin que l se moviera, le crujieran los huesos en la tarima y
se pusiera a escuchar. Los primeros cuerazos de don Liborio esta
maanita le causaron un sobresalto grandsimo y no tuvo un momento de
reposo. A cada cuerazo se estremeca de pies a cabeza, lo mismito que
hace el caballo (y perdonen sus mercedes la comparacin) cuando le
quitan la silla despus de un largo viaje.

Estoy segura, aadi la enfermera con cierta timidez, que ms le
dolieron los bocabajos a Pedro que a aqullos a quienes se los dieron.
Le entr una especie de furia. Murmuraba en su lengua palabras que yo no
entenda. Pareca loco. En esto trajeron a Julin ms muerto que vivo,
entre cuatro morenos. Pedro lo vio. Era su ahijado de bautismo y se
convenci de que estaban castigando a sus compaeros de fuga. Entonces
se remat. Estoy persuadida que si hubiera podido, hace aicos el cepo.
Le cog miedo. Trataba de sacar los pies de los agujeros; dej la cura
de Julin y me acerqu cuanto pude a la tarima de Pedro. Le encontr
sentado, mirando para todas partes, cual si esperara que vinieran por l
a cada rato para darle un bocabajo.

Qu tienes, Pedro?, le pregunt. Qu sientes? qu te duele? qu
quieres? Me mir fijamente, dio un gran suspiro y dijo con la garganta,
no con la lengua:--_Lamo._ Llamo?, le pregunt. A quin llamo, al
mdico? Se qued callado. Di, Pedro, quieres que mande por el amo?
Abri tamaos ojos, ense los dientes y repiti: _Lamo, lamo... su
mercea_, concluy diciendo Mara de Regla con mayor timidez, sin
levantar la vista para don Cndido.

Este no hizo ms que sonrerse ligeramente y la enfermera prosigui su
grfica narracin.

Yo le contest: todava no, Pedro; todo el mundo duerme en la casa de
vivienda; velar, y as que salga el amo, le avisar que quieres verlo.
Duerme, descansa un rato. Por fortuna en aquella misma hora se oy
alejarse a la gente y Pedro dio un suspiro. No venan por l. Despus me
pareci intil avisar al amo. Estaban ocupados con la reparticin de las
esquifaciones, el bautismo de los bozales... Seorita estaba quitando
grillos y perdonando a todos; quin no creera que se haba pasado el
peligro? Pero en mala hora entr aqu don Liborio a buscar algo que se
le haba quedado anoche. Vena furioso. Dijo que lo haban botado por
culpa de Pedro, pero que no se quedara riendo el muy cachorro, pues
haba ordenado el seor don Cndido que le dieran un novenario luego que
se pusiera bueno, y que si l no tena el gusto de drselo se lo dara
el otro Mayoral. No se apareca el amo y Pedro crey que estaba bravo y
que don Liborio deca verdad. Desde este momento decidi quitarse la
vida. Me asom a la ventana para ver el baile de tambor por un instante,
cuando sent que Pedro se mova; volva la cara y not que se andaba en
la boca con los dedos. No pens nada malo, pero hizo un movimiento cual
si le entraran nuseas. Corr a su lado... Acababa de sacarse los dedos
de la boca, apretaba los dientes y procuraba agarrarse de la tarima con
las dos manos. Entonces le entraron convulsiones. Me dio horror; mand
llamar al mdico, y sin saber cmo ni cundo se me qued muerto entre
los brazos. As como est ahora le encontr el seor don Jos (el
mdico). Muchos he visto morir desde que estoy aqu, pero ningn muerto
me ha causado tanto horror.

--Se explica la negra, dijo Cocco a don Cndido cuando salan de la
enfermera.

--No sabe Vd., todas las letras menudas que tiene, repuso don Cndido a
media voz. He aqu la causa de su perdicin. Si fuese menos bachillera
estara quizs ms contenta con su suerte.

--Pues qu, es mujer de aspiraciones?

--Que si es! Demasiado. Apresurmonos no sea que perdamos el plus caf.
Luego Rosa extraar nuestra demora y no conviene todava que sepa la
muerte del negro.

Conocidamente pasaba don Cndido por el carcter de la enfermera como
por sobre ascuas. No era indiferencia la suya, tampoco desdn, menos
desprecio: era miedo, puro miedo no fuera que se averiguase la posicin
en que se hallaba colocado respecto de sa su humilde esclava. Porque es
bueno se diga una vez ms, que don Cndido Gamboa y Ruiz, caballero
espaol, rico hacendado de Cuba, fundador de una familia distinguida que
llevara su preclaro nombre quin sabe hasta qu generacin, con nfulas
de noble, ya en camino de titular y ganoso de rozarse con la gente
encopetada y aristocrtica de La Habana, se senta atado a la enfermera
de su ingenio de _La Tinaja_ por lazos que, no por invisibles eran menos
fuertes e inquebrantables. Mara de Regla posea el nico secreto de su
vida libertina que le avergonzaba y haca infeliz en medio de la
grandeza y el boato de que ahora se vea rodeado.

El da siguiente armose en _La Tinaja_ divertida cabalgata, compuesta de
las seoritas Ilincheta y las dos ms jvenes de Gamboa, escoltadas por
el hermano de stas, por Meneses y por Coceo.

Haca tiempo hermoso, quiere decir, que las nubes aplomadas que
encapotaban el cielo, impedan el brillo del sol en toda su fuerza,
mientras el aire seco del norte, que a su paso por el angosto brazo del
Golfo no haba podido despojarse de los fros vapores del vecino
continente, refrescaba que era una delicia la atmsfera de toda esa
costa cubana. Isabel, diestra jinete, orgullosa de su habilidad, amaba
el ejercicio a caballo y se haca la ilusin que dominara a su sabor el
campo desde la silla, respirara aire ms puro y ms libre y ensanchara
los horizontes de su existencia, cruelmente circunscritos en el ingenio
de _La Tinaja_. Este inesperado desahogo lo demandaban a una su cuerpo,
su espritu y su corazn.

El tropel de las caballeras, esguazando el ro, camino de la estancia,
hizo levantar a los vocingleros totes y a las huraas palomas rabiches
que haban bajado a beber o a baarse a la lengua del agua, abrigadas
por las tendidas ramas de los robles.

--Qu sombro! exclam Isabel. Convida ese charco a baarse.

--Es muy hondo al pie de la palma sobre la margen derecha, observ
Gamboa.

--Cmo que hondo? pregunt la joven.

--Tapa a un hombre.

--Entonces se podr nadar con desembarazo.

--S, pero es muy peligroso baarse all a causa de los caimanes que
suelen ascender el ro desde la boca. En ese mismo charco que tanto
incita a Isabel, perdi pap un perdiguero que quera mucho. Yo era un
chicuelo entonces y le acompaaba en la caza. Le dispar un tiro a un
aguaitacaimn y cay en mitad del charco; tras l se lanz el perro para
traerle a la orilla, pero sin darle alcance se hundi bajo de las aguas
cual si le faltaran las fuerzas de repente. Luego apareci en la
superficie un borbolln de sangre, por donde conoci pap que le haba
atrapado un caimn.

Buen efecto producan el arrozal en lo ms hondo de un vallecito,
irguiendo sus innumerables espigas, todava verdes, en busca del calor
solar y el campo de maz en las laderas de las colinas, con sus flores
de color morado y las barbas rubias de sus mazorcas.

En el platanal inmediato abundaban los racimos amarillos, que por su
mucho peso hacan inclinar la cepa hasta besar la tierra con la punta de
sus anchas y largas hojas, cual lminas de acero.

Corriendo a la ventura, sin detenerse en ninguna parte, nuestros
paseantes repasaron el ro por un vado ms abajo del anterior, dejando
tras s los terrenos de la estancia y entrando en los del potrero, por
medio de un dilatadsimo palmar. Sus enhiestos y blancos troncos
remedaban las gigantes columnas de un templo antiguo arruinado. Tena
establecido en l su campamento una banda de aquellas aves, especie de
cuervos que en su canto o grito expresan por onomatopeya el nombre bajo
el cual se les conoce vulgarmente en Cuba: cao, cao.

En tan gran nmero se haban juntado que ennegrecan el racimo de la
palma o la penca donde se posaban; y lejos de asustarlas o hacerlas
abandonar el puesto las pisadas de las caballeras o las voces alegres
de los jinetes, eso mismo pareci aumentar su algaraba y desfachatez,
expresada en las miradas de soslayo que lanzaban desde sus naturales
alcndaras, cual si poseyeran inteligencia y quisieran burlarse de
quienes no tenan alas para llegar hasta ellas.

--No se reiran Vds. de m, dijo Gamboa, si tuviera a mano mi escopeta.
Yo hara descender ms que de prisa a algunos de esos bribones.

--Tan dudoso es lo que Vd. dice, dijo Cocco con sorna, que viene bien
aqu aquello de al mejor cazador se le va una liebre.

--Por qu as? pregunt Isabel, que se daba por diestra tiradora.

--Dir a Vd., seorita, repuso Cocco con su vocecilla gangosa e innata
cortesa. Porque con el calor del da se le pone la pluma muy
resbaladiza lo mismo al cao que a la paloma torcaz, y no le entra
fcilmente la municin.

Luego cambiaron de rumbo los paseantes, rodeando la finca por el lado
norte, que era la porcin ms elevada del terreno. Desde una de sus
alturitas se alcanzaba a ver un pedazo del mar azul, en la apariencia
sereno, y all en el horizonte algunas velas blancas como otras tantas
aves acuticas rizando la linfa de un manso lago.

Cerraba la guardarraya que recorran los paseantes, un bosque alteroso
que serva de lnea divisoria entre el ingenio de _La Tinaja_ y el de
_La Angosta_ del otro lado. Segn recordaba Leonardo deba de haber una
vereda que atravesaba dicho bosque, y siguiendo la cual poda llegarse a
la finca del Conde de Fernandina en la mitad del tiempo que se empleara
en caso de ir por el camino real o de la Playa. La va naturalmente era
muy estrecha y estara en parte obstruida por ramas bajas y espinosas de
los rboles y plantas trepadoras, en las cuales bien podan dejar las
seoras, como se descuidasen, girones de sus vestidos. Esto entendido,
les propuso acometer la ardua empresa.

Haba novedad en la propuesta, por lo mismo que se corra peligro; razn
de ms para que las seoritas, ganosas de aventuras, la aceptasen de
plano y aun con entusiasmo. Qu importaba un araazo ms o menos si se
prolongaba un poco aquel rato de libertad y de expansin? La intrpida
Isabel, sobre todas, a quien el aire del campo y el ejercicio ecuestre
haban devuelto las rosas a sus mejillas, el fuego a sus ojos y la
sonrisa a sus labios, exclam:--Quin dijo miedo? Adelante. No se dira
nunca que por donde pas un hombre a caballo Isabel se qued atrs.

Penetraron todos en el sombro bosque, llenos de alegra. Pero apenas
anduvieron corto trecho, uno detrs de otro, abrindose paso a veces con
las manos, cuando tuvieron que detenerse. Empez a sentirse un hedor
fuerte, como de cuerpo muerto; y de seguidas descubriose una vasta
congregacin de _auras tiosas_, rindiendo con su peso las ramas de los
rboles que servan como de arcos triunfales a la vereda. Algunas de
esas asquerosas aves, las ms cercanas, a la vista de los caminantes
emprendieron el vuelo, y haciendo un ruido tremendo con sus amplias y
pesadas alas, fueron a posarse algo ms lejos. Otras, las ms distantes,
no slo no se movieron de sus perchas naturales, sino que se pusieron a
ojear en todas direcciones con aire siniestro. La causa de su
amenazadora actitud se ech luego de ver: se entretenan en devorar el
cadver de un negro, colgado por el pescuezo de la rama de un rbol a
orillas de la vereda, e interrumpidas en lo ms interesante del festn,
manifestaban su indignacin de la manera dicha.

En los momentos de acercarse los jvenes, oscilaba ligeramente el
cuerpo. Esta circunstancia enga de pronto a Leonardo, que llevaba la
delantera, respecto de su estado actual; pero la reflexin de que las
auras al abandonarle le haban impreso el movimiento oscilatorio, aun
observable, le sac prontamente del error. Habanle extrado los ojos y
la lengua, y cuando fueron interrumpidas buscaban afanosas el corazn
con sus encorvados picos.

--Mira! dijo Gamboa a Isabel, que le segua de cerca indicndola, con
el brazo tendido, el horrible cadver contra el cual estuvo l mismo a
punto de tropezar.

--Ay, Leonardo! exclam ella horrorizada.

Perdi el color y el habla, y hubiera perdido tambin el conocimiento y
cado de la silla al suelo si Leonardo, advirtiendo su imprudencia, no
revuelve a toda prisa el caballo, la coge de la mano, le da los dictados
ms cariosos, le pide mil perdones y la saca al limpio, invirtiendo el
orden de la marcha.

Mientras Leonardo despachaba el guardiero Caimn al bosque para
identificar, si era posible, la persona del suicida, Meneses acudi por
agua al arroyo inmediato, la trajo y se la hizo beber a Isabel en un
vaso rstico, de forma de cartucho, hecho de una yagua recin
desprendida de la palma.

Averiguose que el muerto era Pablo, compaero de Pedro, que se qued en
el bosque cuando los otros cinco prfugos, inducidos por Tomasa y con el
apoyo de Caimn, resolvieron presentarse a los amos.

La estaba reservado a Isabel, en su breve correra por los campos del
ingenio de _La Tinaja_, encuentro no menos desagradable que el anterior.
Dando la vuelta con lento paso por una guardarraya paralela a la que
llevaron antes, no a fin de alargar el paseo, sino con el de distraer a
Isabel, aun no repuesta del choque, avistaron un cercado de regular
tamao, con puerta de tablas mal unidas y una cruz tosca de madera
sobrepuesta en el centro. Pareca indicar su destino este signo de la fe
del cristiano; pero ante la ausencia absoluta de monumentos, losas o
camellones de sepulturas, ante la lujosa vegetacin herbcea del suelo,
costaba creer que era el cementerio donde se enterraban los esclavos que
moran en el ingenio de _La Tinaja_. El seor Obispo Espada haba
concedido su establecimiento en aquellas fincas rurales que por su
lejana de los centros de poblacin o de las parroquias haca difcil a
la salud pblica la conduccin de los cadveres.

Sin duda porque todos, o casi todos, saban el destino del cercado,
nadie habl de l. Pasaron de largo y tomaron otra guardarraya en
direccin del ingenio. Descendan luego una cuesta suave y prolongada a
medida que la suban tres negros a pie. Dos caminaban delante, cada cual
con su azadn al hombro. El otro algo ms atrs, conduca del diestro un
caballo de mal pelaje. A cierta distancia no era fcil conocer, al menos
por las seoritas de la cabalgata, el objeto de la procesin ni la
naturaleza de la carga.

Descubranse solamente dos como cilindros o trozos de cepa de pltano,
asegurados longitudinalmente en los lados del aparejo comn de carga en
el pas, a guisa de caones de campaa trasportados a lomos de acmilas.
Para Leonardo todo este misterio desapareci desde el momento que pudo
ligar la idea de los tres negros que marchaban en esa direccin,
preparados para abrir una sepultura.

Pero, quin era el muerto? dnde estaba? Iba de espaldas en lo que
puede llamarse la batalla del aparejo encajonado entre las dos cepas de
pltano. Por ms seas que, sobresaliendo el cuerpo, la cabeza cubierta
con un pauelo a cuadros, bata colgando un lado del pescuezo del
caballo, por ms despacio que marchaba; al mismo tiempo que le golpeaba
las ancas con los calcaales de los pies desnudos.

La guardarraya era muy angosta. A un lado y otro se desplegaban
caaverales extensos y cerrados. El encuentro se haca inevitable. En
tal aprieto, y deseoso Leonardo de ahorrar a sus amigos, en cuanto
caba, el nuevo mal rato que se les esperaba, mand picar el paso so
pretexto de que se haca tarde, y l mismo procur tomar la derecha de
Isabel y divertir su atencin hacia el otro lado del campo. Intil
cuidado. Todas las jvenes, que entonces marchaban de dos en fondo,
vieron y entendieron perfectamente de lo que se trataba, tributando
quien un pobrecito! quien una lgrima silenciosa a la memoria del
muerto Pedro; el cual, por ser negro y esclavo, no era menos digno de su
compasin. Porque ellas, aunque criadas a la leche de la esclavitud,
como tiernas flores que abran sus ptalos a los primeros rayos del sol
de la vida, bien podan exclamar con el orador latino: _homo sum; humani
nihil a me alienum puto_.[51]

Recibi doa Rosa a los paseantes con vivas muestras de cario y
regocijo. Tom a Isabel por la mano y dijo hablando en general:

--Gracias a Dios que han vuelto. Sobre que ya iba entrando en cuidado.
Me pareci que les haba sucedido algo. Luego, me acaban de decir que
sta (Isabel) pierde el juicio en cuanto monta a caballo. Supongo que se
han divertido mucho.

Isabel se sonri meramente y se retir a su cuarto con Adela; pero
Leonardo, Meneses y Cocco protestaron del juicio con que todas las
seoritas se haban portado en el largo paseo.

--Me alegro, me alegro, dijo doa Rosa. Mas luego, dirigindose en
particular a su hijo, aadi: Qu tiene? (Se refera a Isabel.)

--Nada, que yo sepa, replic Leonardo.

--Me parece que ha venido ms triste. Se ha enfermado en el paseo? O
t le has hecho algo?

--Yo, mam? Jams he estado ms amable y cumplido con ella.

Entonces Leonardo refiri a su madre cuanto haban visto en su malhadado
paseo; su encuentro con el negro ahorcado en el bosque y con el entierro
de Pedro.

--Pero hombre! a quin se le ocurre llevar a las muchachas por
semejantes andurriales?

--Y yo qu saba, mam? Para adivino, Dios.

--No lo deca yo? De esta hecha Isabel no vuelve a poner los pies en el
ingenio. Se figurar que siempre es lo mismo.

--Ella no se ha quejado.

--Sabe mucho Isabel y es demasiado discreta para decir lo que siente,
sin ton ni son; pero se conoce que esto no le ha gustado ni un poquito.
Y tu padre est credo que cuando te cases con ella vendrn Vds. a
menudo a _La Tinaja_ a pasar largas temporadas. El dice que t tarde que
temprano, has de ser el administrador, y parecera muy feo que tu mujer
se quedase en La Habana...

--Han arreglado ya Vds. el plan?

--Cmo! Qu! No te gusta?

--El plan o la novia?

--La novia y el plan, hijo.

--La novia me gusta un puado, no lo puedo negar; pero, es hora de
casarme, mam? El casamiento es cosa seria, t lo sabes. No ha de
hacerse cochiherviti. En cuanto a la administracin del ingenio, crees
t que yo deba encerrarme en este desierto, cuando empiezo a gozar?

--No sabes cunto gusto me da el orte hablar as, hijo mo. Salomn no
se expresara con ms juicio. Eso mismo le deca yo a tu padre anoche.
Para qu tanta prisa? Pero l es muy porfiado, testarudo y caprichoso,
ms que un vizcano. Se le ha puesto que te cases el ao entrante y eso
ha de ser. T, sin embargo, no tienes por qu apurarte ni afligirte.
Como t eres quien se casa y no tu padre, se har el casamiento cuando
convenga. Mas si bien se mira, Leonardito, tu padre no deja de tener
razn. El me ha hecho sus reflexiones, y... casi, casi que me ha
convencido. Porque dice: Maana es otro da nos morimos nosotros. Qu
ser de todo esto? Qu de nuestros cuantiosos bienes? qu de tus
hermanas si an no se han casado? Soltero t no podrs cuidarlas,
dirigirlas ni protegerlas. Todo andar manga por hombro, vendrn a menos
los bienes cada da, y, sobre todo, se destruir la casa que tanto
trabajo nos ha costado fundar... El cree que en el primer correo de
Espaa le viene el ttulo de Conde de La Tinaja o de Casa Gamboa. Ha
dejado el nombre a la eleccin de su agente en Madrid. El ttulo pasar
a ti, mejor dicho, t lo disfrutars, pues para ti verdaderamente se ha
pedido. Entonces, adems que sera una vergenza que trabajaras
personalmente, como tu padre ha trabajado toda su vida, qu necesidad,
tampoco tendras t de ello? Al contrario, si nuestra muerte y el
condado te encuentran casado y firmemente establecido, cun diferente
no ser tu suerte y la de tus hermanas? Ni con quin pudieras enlazarte
mejor que con Isabel que es tan buena y virtuosa? Cada vez me gusta ms
esa muchacha. Si yo fuera hombre me parece que la enamoraba y me casaba
con ella. Por otra parte, hijo mo, quin atendera esto mejor que t
que eres su dueo y que te duele? Mira, cada vez que me acuerdo que por
debilidad ma... No tal, por majaderas de tu padre, se dej tanto
tiempo de Mayoral de esta finca a don Liborio, a ese bandolero, cara de
hereje, me da clera de m misma. Para qu serva ese condenado? Nada
ms que para enamorar las negras y desollar los negros con el cuero. Se
deleitaba en dar bocabajos, segn me ha contado la mujer de Moya. Tena
convertido el ingenio en un presidio. Por nada y nada cargaba de grillos
al mejor negro despus de arrancarle la tira del pellejo. Creo
firmemente que si no le boto no me deja uno vivo. El tuvo la culpa de
que se huyeran tantos; por l es fcil que se muera de pasmo todava
Julin. Le dio un bocabajo a Tomasa sabiendo que yo le serva de
madrina, lo mismo que a los otros que se haban huido con ella.
Brbaro! Estamos de malas. Dios quiera que el ao venidero sea mejor
para nosotros. Para complemento de desgracias, acaba de recibirse carta
de La Habana en que participa don Melitn que desapareci Dionisio desde
el da 24, y que ha odo decir lo mataron de una pualada por el barrio
de Jess Mara. Descerraj el escaparate de tu padre y se llev la
casaca, el calzn corto de pao, las medias de seda y los zapatos con
hebillas de oro que usaba antes de la Constitucin del ao 12. Qu se
propuso hacer con esa ropa? Venderla? Nadie se la comprara. Has visto
qu pcaro? Qu malvado! Y despus de esto crea Vd. en la honradez y
formalidad de los negros! Dios me perdone, pero el mejor... merece que
lo quemen vivo. Cunta ingratitud contra amos tan buenos!




CAPTULO VIII

     _Ay del seor, que sus vasallos deja
      Al cielo remitir su justa queja!_

         LOPE DE VEGA


La familia de Gamboa, en unin de sus huspedes, pas la mayor parte de
la noche del segundo da de Pascuas en la casa de calderas.

Alumbraban el trapiche unas fogatas que haban encendido los negros, no
tanto para obtener claridad en aquel ancho y tenebroso edificio, como
para calentarse; pues se senta un relente desapacible y ellos carecan
de abrigo, excepto el gorro de lana que algunos llevaban puesto. Ruidos
distintos y gran batahola reinaban por todas partes. Hombres y mujeres
pasaban y repasaban del tablero de alimentacin del trapiche a las pilas
de caas, ya con los brazados a la cabeza, ya de vaco, segn era el
caso; todos siempre de carrera, estimulados por el ltigo del
contramayoral, que no les conceda momentos de descanso ni de respiro.
En sus idas y venidas pasaban lo ms cerca que podan de las fogatas,
as para atizarlas con el pie como para recibir de lleno el calor, en
cuyas ocasiones la llama rojiza, cual siniestro relmpago en medio de
una noche tempestuosa, sola iluminarlos de pies a cabeza, con lo que
se poda echar de ver que eran seres humanos y no fantasmas de las
regiones infernales quienes desempeaban tan recias faenas en horas que
la mayora de los obreros se entrega al sueo.

En esta parte de la casa de calderas no se oan, pues, ms que los
estallidos de los ramos verdes y del bagazo todava hmedo con que los
negros alimentaban el fuego, o el crujido de los haces de caa al pasar
por entre los cilindros macizos y relucientes del trapiche, o el zumbido
sordo, peculiar del volante de la mquina de vapor en sus vertiginosos
giros. Con este afanoso trabajar, desaparecan una tras otra las pilas
de caa, especie de murallas verdes, que al principio circunvalaban casi
la casa de ingenio; de suerte que la corriente del guarapo en la canal
de madera haca el mismo murmurio que un arroyuelo ordinario.

El departamento propio de las calderas estaba pobremente alumbrado por
unos cuantos candiles de grasa comn colgados a trechos de las gruesas
vigas, en derredor del laboratorio o tren Jamaiquino. Ms humo que luz
emitan, soltando de cuando en cuando gotas de grasa encendidas, que se
apagaban luego que tocaban en el suelo de ladrillos. Por su parte, el
vapor que desprenda la miel en cocimiento, cargaba ms la espesa
atmsfera de aquel sitio, disminuyendo a comps la poca fuerza luminosa
de los candiles. De tal modo era esto as, que pisando el suelo caliente
y pegajoso de las calderas, por largo rato las personas recin venidas
slo vean a los fabricantes del azcar como a travs de un espeso velo
de gasa. A veces un rayo de luz penetraba la nube de humo y vapor, hera
el busto de los negros y del maestro de azcar afanados en torno de las
calderas; y entonces se repeta aqu al vivo uno de aquellos cuadros en
que suelen representar a las nimas del purgatorio.

Trajronse sillas y se estableci el estrado en la parte opuesta a los
hornos o fornallas, que era la ms despejada y la menos calurosa. La
reunin se aument con la presencia de los empleados blancos, los cuales
acudieron presurosos para saludar a los amos del ingenio. El maestro de
azcar hizo traer tazas y servir guarapo hirviendo con algunas gotas de
aguardiente a las seoras y a los caballeros. El mismo, echndola de
corts, sirvi del dulcsimo brebaje con su propia mano a doa Rosa y
doa Juana, y habra servido a las dems seoras si Cocco y Meneses,
modelos de cortesa, no se le anticipan y le ahorran el trabajo.
Leonardo e Isabel no se haban sentado; continuaron de bracero
pasendose arriba y abajo, en cuanto lo permitan la estrechez relativa
y los inconvenientes del sitio. Tampoco se sentaron Adela y Rosa
Ilincheta, prefiriendo registrar, acompaadas de Dolores, los diversos
departamentos de la casa de calderas, sin aventurarse, no obstante, en
los rincones muy oscuros.

No pareca mal el maestro de azcar. Era mozo arriscado y despierto,
bastante joven y de apuesta persona, aunque vesta el traje puro de los
guajiros, el cual no contribuye por cierto al bien parecer de todos los
que le llevan. Llambase Isidro Bolmey y haba nacido en Guanajay, de
padres pobres, quienes careciendo de letras y no habiendo escuelas en el
pueblo, mal pudieron dejar al hijo, al morir, ni la ms comn educacin.
Apenas si saba leer y escribir su nombre. No profesaba religin
ninguna, aun cuando le haban bautizado y confirmado en la catlica,
apostlica, romana, durante la visita que gir por el lugar de su
nacimiento el seor Obispo Espada y Landa el ao de 1818. Lo cierto es
que, a los 26 de su vida no recordaba haber entrado en una iglesia a or
misa, menos haber rezado alguna vez, por no saber ni la ms breve de las
oraciones cristianas: el Padre nuestro. Pues este mozo ignorante,
demasiado joven para haber aprendido algo por la prctica, era, haca
algn tiempo, el maestro de azcar del famoso ingenio de _La Tinaja_,
finca que representaba en aquella poca un capital cuando menos de medio
milln de duros.

El estallido repentino del ltigo en la parte opuesta de la casa de
calderas, en el acto de llevarse Isabel la bebida a la boca, la hizo
estremecer de pies a cabeza, y, perdido el tino, se le desliz la taza
de las manos.

--Se ha manchado la nia el tnico, dijo el maestro de azcar como
pesaroso.

--No le hace, dijo Isabel sacudindose la falda.

--Diga Vd. al contramayoral, dijo Leonardo serio, que no vuelva a sonar
el ltigo.

--Si la nia quisiera otra taza, agreg Bolmey con acento en que se
revelaba un gran fondo de tierna solicitud. _Entodava_ est el guarapo
en estado de beberse.

--No, no, repiti Isabel. No se moleste. Para qu, tampoco? No me
gusta, que digamos, esa bebida.

Sin duda que no agrad al mozo de Guanajay la negativa de Isabel, porque
murmur en tono que pudo orsele:

--Parece que los cuerazos le han _queitado_ las ganas a la nia. Vea
Vd., y nosotros nos dormimos con esa msica.

Tom Leonardo como una impertinencia la observacin del maestro de
azcar y le volvi la espalda disgustado. Al contrario Isabel, no
atendi sino a su penetracin y suaves modales, y sintiendo hacia l una
especie de gratitud, la pes de que su amante no participara del mismo
noble sentimiento. Mas, tuvo la candidez de decrselo al pao. Por lo
que Leonardo, picado ahora, se propuso _quinar_ y poner en ridculo al
maestro de azcar, examinando all mismo los puntos que calzaba en el
arte de fabricar ese dulce.

Para ejercer el cargo de examinador, no posea Leonardo otras
condiciones que aqullas de que le revestan por el momento el despecho
y la osada de quien compara su propia alteza y superioridad casuales,
con la bajeza y la humildad relativas del primer contrincante con quien
acontece medir sus fuerzas morales e intelectuales. La clase de
educacin que su estado social y caudales le haban procurado a
Leonardo, estaba muy lejos de ser cientfica; haba sido puramente
literaria y nada profunda por cierto. No haba saludado siquiera ninguna
de las ciencias naturales, puesto que no existan en su patria entonces
ctedras libres de ellas. Verdaderamente slo se enseaba filosofa,
jurisprudencia y medicina, sin otros ramos principales que tanto
contribuyen a su complemento. Leonardo Gamboa, como la mayora de los
estudiantes de su poca, no entenda jota de Agronoma, por supuesto, ni
de Geologa, ni tampoco de Qumica, menos de Botnica, aunque de esta
ltima ciencia daba a la sazn, o pretenda dar lecciones don Ramn de
la Sagra en el Jardn Botnico de La Habana. Mas sea de esto lo que se
fuese, ello es que la ndole buena y la ignorancia supina del maestro de
azcar concedieron esta vez triunfo fcil y sealado al futuro dueo del
ingenio de _La Tinaja_.

--Dnde aprendi Vd. a hacer azcar, don Isidro? le pregunt de
improviso y con cierto tono arrogante.

--En el ingenio del Sr. don Rafael de Zayas, aquel que topamos como se
viene de Guanajay al pie de la loma de la Yaya.

Ah estaba de maestro de azcar mi padre, que en paz descanse, y yo lo
acompa y lo ayud a hacer bastantes zafras.

--Es decir, que su padre le ense a Vd. el oficio de maestro de azcar.
No es eso?

--Pues, l haca azcar delante de m y yo aprend por mi gusto haciendo
lo que l haca.

--Qu haca su padre de Vd.? En otras palabras, cmo haca el azcar?
Esto es lo que deseo que Vd. me explique; diciendo lo cual apret el
brazo de Isabel.

--Dir al seor don Leonardito, repuso Bolmey revolviendo all en su
mente por si daba con las palabras que pudieran ser nuevas para su joven
amo. Si vale decir verdad, no se necesita _cencia_ para hacer la azcar;
basta un poco de prctica y un buen ojo. Yo vea que mi padre, que en
paz descanse, en cuanto que se llenaba de guarapo fresco el tacho de la
torre, lo dejaba _sentar_ un poco y le quitaba la basura; que despus lo
bombeaba de ese tacho a la paila del medio, y que despus mandaba meter
candela de duro. Verbi gracia, as como yo voy a hacer ahora.

Mientras hablaba, dos negros con sus bombas y una canal movible
trasegaron el guarapo _desfecado_ de la segunda paila de la izquierda a
otra de la derecha, y el joven Bolmey agreg:

--Ve el nio? Ahora quito la basura y _vaceo_ el guarapo de este tacho
en este otro y le echo un poco de cal viva...

--Bien, para qu le echa Vd. cal?--le interrumpi preguntndole
Leonardo, con regocijo secreto de tenerlo cogido en un renuncio
ridculo.

--Eso s que no sabr decir al nio, contest el mozo con naturalidad.
(Y como se sonriera Leonardo, agreg)--Yo no s por qu se le echa cal,
slo s que si no se le echa no se puede sacar una templa buena. Dios
solamente sabe eso. La azcar se pone agria, no se hace cuando le falta
la cal. As haca mi padre, que en paz descanse, y yo hago lo _mesmo_,
aunque si vale decir verdad, yo creo que va en suerte ms que en otra
cosa, el hacer o no la azcar. Lo que puedo decir al nio es que parece
que yo tengo suerte, que ya llevo hechas cinco zafras en este ingenio, y
sta ser la quinta, y est por la primera vez que se me _hayga_
perdido una templa. Tambin yo conozco los caaverales de _La Tinaja_.

--Qu diferencia encuentra Vd. entre un caaveral y otro caaveral? La
caa es la misma en todos.

--Le parece al nio, pero no es as; y perdone que le contradiga.

--Cmo! exclam Leonardo sorprendido y visiblemente mortificado, pues
no estaba seguro de que saba sobre este punto ms que su maestro de
azcar. Si querr Vd. venir ahora a darme lecciones acerca de la
naturaleza y calidades de las caas de azcar! Las hay de varias
especies, y aqu las tenemos de Otahit, de la cinta o morada, de la
cristalina, que es la ltima introduccin en el pas y de la criolla o
de la tierra, que no sirve para moler. Todas dan ms o menos jugo
sacarino, y sta es la nica diferencia digna de notar entre ellas. La
ms recia y menos a propsito para moler es la morada o de la cinta,
porque contiene ms parte leosa y menos jugo sacarino. No sabe Vd., por
supuesto, lo que estos trminos significan, pero tengo que usarlos, a
falta de otros que sean inteligibles para Vd. En mi ingenio abunda ms
la de Otahit que las otras pues se ha probado que es todo jugo
sacarino, todo dulce, y es, adems, la que mejor se da en la tierra
negra. Cada carretada de esta caa da pan y medio o dos arrobas y media
de azcar blanco, y tan sabroso como no se hace en ningn otro ingenio
de la Vuelta Abajo.

--Dice mucha verdad el nio, tiene muchsima razn el seor don
Leonardito... pero... yo no hablaba de las caas, hablaba de los
caaverales.

--Esa s que est mejor, dijo el joven, cuadrado y cruzado de brazos
delante de su maestro de azcar, esperando orle tan solemne disparate,
que hiciese rer a Isabel, la cual mantena una extraa
imperturbabilidad. Veamos la diferencia que Vd. descubre entre los
caaverales...

--La _diferiencia_ que yo encuentro (repuso Bolmey con gran aplomo),
mejor dicho, que mi padre, que en paz descanse, encontraba entre los
caaverales, era sta: que los de tierra baja y pantanosa son ms agrios
y salados que los de lometicas, y mientras ms agrio el caaveral ms
cal necesita para que no se revenga el azcar.

Sin ms volvi Leonardo la espalda, y as que se puso a buena distancia
de Bolmey, dijo:

--Ser buen sastre, pero a m no me trabaja, lo juro. Quiero decir, que
cuando yo mande aqu, que ser pronto, no es ese zopenco el que me hace
el azcar. Lo primero que haga es ponerlo de patitas en el camino real.

En su rpida excursin tuvieron tambin su aventura Adela, Rosa y
Dolores. Muy entretenidas se hallaban las tres, viendo batir la miel en
una de las refriaderas, a tiempo que se les acerc por la espalda una
negra desconocida, que les pregunt con mucho misterio:

--Quin de las nias es la nia Adelita?

--Yo, contest la misma precipitadamente y algo asustada.

--Pues ah fuera, detrs de aquel horcn, aguarda por su merced su
madre...

--Mi madre! repiti Adela sorprendida. Seorita, querrs decir...

--No, nia, digo la enfermera.

--Ah! Dile que se acerque, que entre.

--Ella no quiere que la vean los amos. No se atreve a _dentrar_.

--Ve, Dolores. Mira qu quiere tu madre. Si ella tiene miedo de entrar,
ms miedo tengo yo de salir. Qu! Si eso est tan oscuro! Como boca de
lobo. Ni pensarlo.

A la vuelta dijo Dolores que su madre slo deseaba darle un abrazo muy
apretado a la nia Adela y decirle una cosa que no poda comunicrsela
por una tercera persona. Entonces la joven dio cita a la antigua nodriza
para ms tarde de la noche en su aposento de la casa de vivienda.
Dolores qued encargada de esperar a su madre en la puerta falsa para
descorrer el cerrojo con que cerraba por dentro y conducirla a presencia
de su joven ama e hija de leche.

Efectivamente, entre once y doce de la noche mencionada, las dos
seoritas ms jvenes de Gamboa se hallaban reunidas con las dos
hermanas Ilincheta y su ta doa Juana Bohorques, en el cuarto de la
casa de vivienda, asignado a stas desde el principio. A medida que se
acercaba la hora de la cita aumentaba la inquietud de Adela; de modo
que, cuando llamaron a la puerta, arrastrando las yemas de los dedos en
uno de sus tableros, de un salto se puso en pie y acudi a abrir.
Dolores se present tan asustada como su ama, y dijo:--Ah est.

--Que entre, repuso sta; y en busca de conhorte por la falta que al
parecer cometa, hablando con Isabel agreg:--Ma no es la culpa si doy
este paso... No veo otro medio de averiguar por qu mam est tan brava
con la mujer que me cri...

En este momento entr Mara de Regla conducida de la mano por su hija
Dolores, e interrumpi Adela un acto de contricin. Una sola vela de
esperma dentro de su guardabrisa alumbraba a medias el cuarto, que si
bien espacioso, reducan bastante los diversos muebles de que se hallaba
atestado. Las seoras, sentadas en un medio crculo, aguardaban con
bastante ansiedad la entrada de la enfermera. Vena vestida del modo
como la describimos la ltima vez en la enfermera. Pasando de un medio
oscuro a otro relativamente claro, qued por un instante como
deslumbrada y confusa ante el improvisado congreso femenil. Examin uno
a uno los rostros, y de pronto se lanz sobre la seorita que ocupaba el
centro del medio crculo, Adela, y diciendo:--Esta es mi hija, la
levant en sus robustos brazos, y mientras la estrechaba en ellos y
giraba como loca, la cubra de besos y repeta:--Mi cielo! mi lindura!
mi pimpollo! mi hija idolatrada!

Despus la volvi a la silla, se arrodill a sus pies, la rode con los
brazos por la cintura, dobl la cabeza sobre sus rodillas y llor a
sollozos sin consuelo por largo rato.

--Qu haces, Mara de Regla? le dijo Adela conmovida a la vista de
tanto sentimiento y tan afectuosamente expresado. Clmate, mujer. Ni
hagas bulla, porque puede orte mam y entonces s que la habremos hecho
buena. Levntate, tranquilzate...

--Ay, nia del alma!, exclam la negra enjugndose las lgrimas con la
palma de las manos. Djeme llorar, djeme desahogar el corazn dolorido
a los pies de mi adorada hija. No creo que si me ve Seorita se ponga
brava conmigo y me eche de aqu. Ah! Y cmo deseaba este momento,
justo Dios del cielo y de la tierra! Haca tanto tiempo que no vea a
su merced y he pasado tantos trabajos en este destierro, que ha sido mi
verdadero valle de lgrimas... que si me matasen ahora me dejara matar
con la sonrisa en los labios! Qu vale la vida en medio de tantas
penas? Y esto no es vivir, esto es morir todos los das y a cada hora.
Su merced no comprende la causa de mi llanto. Su merced es muy joven, es
blanca, es libre, es la nia bonita de la casa. Si su merced se casa y
tiene hijos, quin se atrever a quebrar su gusto ni a separarla de su
marido, ni de sus hijos? Su merced no sabe, ni Dios quiera que sepa
nunca lo que pasa por una esclava. Si es soltera porque es soltera; si
es casada porque es casada; si madre porque es madre, no tiene voluntad
propia. No le dejan hacer su gusto en ningn caso. Parta su merced del
principio que no le permiten casarse con el hombre que le gusta o que
quiere. Los amos le dan y le quitan el marido. Tampoco est segura de
que podr vivir siempre a su lado, ni de que criar a los hijos. Cuando
menos lo espera, los amos la divorcian, le venden el marido, y a los
hijos tambin, y separan la familia para no volver a juntarse en este
mundo. Luego, si la mujer es joven y busca a otro hombre y no se muere
de dolor por la prdida de los hijos, entonces dicen los amos que la
mujer no siente, ni padece, ni le tiene cario a nadie. Piense su merced
en lo que pasa por m. Hace ms de doce aos, como quien dice la vida de
un cristiano, que no veo a mi marido, y casi otro tiempo que he estado
separada de mis hijos. No ve su merced la injusticia, nia? Est bien
que se me castigue si he pecado; pero, por qu han de castigar tambin
a mi marido y a mis hijos? Y no digan que no es castigo esta larga
separacin; lo es, nia y de los ms duros. S que el objeto no ha sido
castigar en mi esposo, ni en los hijos de mis entraas la culpa que yo
haya podido cometer. No; mis seores no son tan malos; pero Dionisio es
un buen cocinero y haca falta en La Habana; Tirso y Dolores son buenos
criados de mano, y se necesitaban tambin all. No me quejo porque
sirven a los amos, son esclavos y tienen que servir. A dnde ir el
buey que no are? Y, servir por servir, mejor lo pasarn all que ac. Me
quejo porque estamos separados. La ausencia mata. Unidos, las penas son
menos. Adems, yo y Dionisio nos queramos...

--Dionisio, Dionisio, repiti Adela con nfasis, cortndole la palabra a
su nodriza. Buen pjaro es Dionisio. El no te quiere, te ha olvidado.
Mira lo que acaba de hacer. Don Melitn le escribe a pap que Dionisio
se huy de casa desde la vspera de Nochebuena, y no se ha sabido ms de
l. Dicen que tuvo una tragedia y sali mal herido.

--Lo saba, nia, dijo Mara de Regla con sentimiento. Dolores estaba
presente cuando Seorita ley la carta y me lo cont todo. Mas, quin
tiene la culpa de eso? Por qu Dionisio parece que no me quiere y que
me ha olvidado? Por nuestra separacin. A mi lado l no hubiera
cometido esa locura. Siempre fue tierno y fiel esposo para conmigo. Tan
querendn...! Yo fui cariossima esposa para con l. Mientras vivimos
juntos, mientras pudimos decir que ramos casados, no tuvimos un s ni
un no. Porque ha de ver la nia que nosotros nos casamos por amor.
Nuestro casamiento se celebr con un gran baile en el mismo palacio de
los seores conde de Santa Cruz en Jaruco. Se hizo venir al cura para
casarnos. La seora Condesa se miraba en m y se empe en que me
casara... para quitarme con tiempo de los peligros... Aqu interns,
nias (agreg la enfermera con aire malicioso), aunque me est mal el
decirlo, yo, para mujer de color, cuando muchacha, era bien parecida,
bonita, y la seora Condesa sospech que le caa en gracia a mi amo el
seor Conde... Era tan enamorado! Vaya que si lo era...! Ms enamorado
que Cupido... Hizo bien la seora Condesa en casarme con Dionisio. Pero
qu me dicen las nias del condecito? Ese pareca que deca a su seor
padre, que en paz descanse: aparta, que aqu estoy yo. No poda negar la
casta. Estaba que se beba los vientos por m. No me dejaba ni a sol ni
a sombra.

Pero, en fin, nos casamos y fuimos los ms felices esposos del mundo.
Muri de repente al salir del bao mi amo, el seor Conde; hubo pleito
por la herencia; se hicieron costas por castigo, y para pagarlas se
sacaron a remate varios esclavos, y a m y a Dionisio nos toc en suerte
el ser vendidos juntos. Desde ese momento se nubl nuestra felicidad. Si
mi amo el seor Conde no se muere de repente, estoy persuadida que nos
deja libres en su testamento, a m y a Dionisio. Pasamos a poder de mi
amo el seor don Cndido y de Seorita, yo para servir a la mano y
peinarla, Dionisio para cocinero. Su merced no haba nacido. Todo fue
bien hasta que tuve un hijo, el cual se me muri del mal de los siete
das...

Mi amo el seor don Cndido me alquil con el mdico don Toms Montes
de Oca para criar a una nia de una persona que jams pude averiguar
quin fuese, cmo se llamaba... nada. Y aqu est, nia ma, el origen y
el principio de todos nuestros males, quiero decir, mos y de Dionisio.

Tendra yo a todo tirar veinte aos y Dionisio veinticuatro cuando nos
separaron. ramos dos muchachos sin juicio ni experiencia del mundo. Por
mucho que nos quisiramos, y cuente, nia, que nos queramos muchsimo,
si no nos veamos, si nos hallbamos muy lejos uno de otro, si pareca
eterna nuestra separacin, si estbamos destinados a morir, yo de
enfermera en este ingenio de mis culpas, l de cocinero en La Habana; si
Dionisio era joven y bien parecido, segn decan las mujeres, yo joven y
bonita, segn decan los hombres, qu queran que hiciramos? Echarnos
a morir o pasarnos la vida llorando la ausencia? Preciso era ser santo,
o hecho de palo, para haber sido consecuente. Supongo que Dionisio,
perseguido por mujeres bonitas, no ha podido imitar al casto Jos. Yo,
aqu donde sus mercedes me ven, hecha una vieja antes de tiempo,
lidiando con enfermos y con muertos, yo, he sido solicitada por cuantos
han llevado calzones en este infernal ingenio.

El Mayoral que me recibi a mi llegada de La Habana no fue don Liborio
Snchez, sino don Anacleto Puales. Alto l, flaco, prieto, patilludo,
con una voz de campana mayor que pareca que iba a tragarse el mundo.
Estaba armado de machete, pual y cuero, y recostado contra un horcn
del colgadizo de su casa, fumando un tabaco, y con el sombrero puesto.
Lo rodeaban sus perros, y a la puerta se hallaba su mujer sentada en una
silla de cuero. Me pareci bonita y fina para guajira. En cuanto me
columbr el Mayoral, se enderez y le brillaron los ojos como al gato
cuando siente ratn. Hasta sus perros se levantaron del suelo. Yo me
dej rodar por el aparejo a bajo, temblando de pies a cabeza, porque me
dio en el corazn lo que iba a pasar.--Acerqese, mam, me dijo; y sin
ms, con la punta del palo me vol el pauelo de la cabeza. Moos!
moos! grit furioso. Ah! Perra! A ver. Sac el pual, me agarr las
trenzas, y tras! de un viaje me las cort _arrente_ del pellejo. Hasta
aqu no pareca tan mal; pero me vio los zapatos y las medias y se puso
ms furioso.--Oiga! grit de nuevo casi sin poder hablar. T con
zapatos? Quin ha visto negra con zapatos y medias? Venas a bailar,
no? Yo te dar baile. Apuradamente la seora dice que t no vienes aqu
de paseo, sino para que te enderecen y aprendas a obedecer. Vamos,
qutate pronto todos esos fferes. Aqu no se se necesitan zapatos para
bailar. Despacha.

Ay, nias! no quisiera acordarme. Se me erizan las carnes cada vez que
me acuerdo. Nadie, ninguno de mis amos me haba puesto la mano encima
todava. El Mayoral me tumb en el suelo de un galletazo, hizo que dos
morenos me sujetasen por los pies y las manos y me estuvo dando cuero
hasta cansarse, creo yo, porque a los pocos cuerazos me desmay y no
supe ms de m. Ni volv en mi acuerdo hasta la noche en la tarima de la
enfermera, donde estuve sin poder moverme como dos semanas. Pues para
que vean las nias, ese mismo Mayoral que me haba recibido tan mal,
despus me llev a su casa para que sirviera de criada de mano, y me
echaba unos ojitos... Se puso celosa su mujer y entonces me mand don
Anacleto de enfermera a la enfermera, habindose muerto la vieja que
era antes que yo. Despus me solicit y me solicit con instancia, mas
yo no poda quererlo. Qu quererlo, si me haba desollado viva! Se me
revesta el demonio cada vez que lo vea. No me le negu por lo claro,
me zaf de l con diferentes pretextos, pues tema que se pusiera bravo
y me diera otro bocabajo. La mujer me ayud mucho en este caso sin
saberlo. Le dio tal fraterna de celos conmigo, que el hombre, aburrido,
pidi su cuenta y se coloc de Mayoral en otro ingenio.

Qu lucha, nias! Se la doy a la ms pintada. Aqu quisiera haber
visto a la mujer ms virtuosa del mundo. Ningn hombre se ha acercado a
m sino para hablarme de amores. Lo primerito que me ha dicho es:--T no
mereces pasar tu juventud en esta soledad, quireme y te liberto. As me
habl Sierra, el patrn de la goleta en que vine de La Habana; as me
habl el mandadero zarrapastroso que me trajo delante del aparejo del
caballo desde el muelle; as me hablaron el tejero, el maestro de
azcar, el Mayordomo, todos. Pareca que no haban visto mujer en su
vida y que ninguno era casado ni tena hijos.

Mas, qu me dicen las nias del seor don Jos, el mdico del ingenio?
Ese tambin me ha enamorado y sigue enamorndome con otra msica. No se
ran, nias, es la pura verdad. Ah donde sus mercedes lo ven tan
blanco, andando siempre en puntillas, credo que es un real mozo, y que
todas las mujeres se mueren por l..., pues est que se le cae la baba
por m. No lo he querido nunca. Es ms agarrado...! Don Alejandro en
puo.[52] No le dar una sed de agua ni a la paloma del Espritu Santo.
Yo! Ni saber de l.

--Luego, dijo Adela enfadada, t quieres a los hombres por dinero?

--No, niita, no me haga su merced esa injusticia. Yo no poda querer;
no me sala de adentro el querer a nadie. No se quiere ms que una vez
en la vida. Mi corazn se haba secado. Tampoco quera dinero para echar
lujo, lo quera para libertarme. Resist, resist...; pero la juventud,
el deseo de mejorar de suerte, de salir de este infierno; el diablo que
pone el fuego junto a la estopa y luego sopla. Qu s yo! Lo cierto
fue, nia... Se me cae la cara de vergenza. Entre todos mis
pretendientes, el carpintero vizcano que estaba aqu a mi llegada, cre
que me cumplira la palabra de libertarme; y en mal hora le fui infiel a
Dionisio. Entonces naci Tirso, ese cuervo que todava me ha de sacar
los ojos.

Las seoras del auditorio, escandalizadas del descoco de la negra,
manifestaron su desaprobacin con un murmullo general y marcado. La
nodriza, tirando a enmendar la falta, aadi a la carrera:

--Las nias me han de dispensar si he dicho algo malo. Pero pnganse en
mi lugar por un momento. Vamos a ver: si por una desgracia impensada,
por un trastorno de la naturaleza cualquiera de las nias que me
escuchan se vuelve mujer de color, y cuando ms dura le parece la
esclavitud viene un individuo, sea blanco, mulato o negro, feo o bonito,
y le dice: no llores ms, consulate, anmate, te compadezco, voy a
libertarte. Pensara como piensa ahora de m? A que no! Qu dulce no
le parecera la palabra! Qu buena, qu amable, qu angelical no le
parecera a la persona! Te voy a libertar! Ay, nias! Yo no he odo
nunca esas palabras sin estremecerme, sin un regocijo interior
inexplicable, como si me entraran calofros... La libertad! Qu
esclavo no la desea? Cada vez que la oigo pierdo el juicio, sueo con
ella de da y de noche, formo castillos, me veo en La Habana rodeada de
mi marido y de mis hijos, que voy a los bailes vestida de ringo rango,
con manillas de oro, aretes de coral, zapatos de raso y medias de seda;
todo como haca cuando muchacha en el palacio de los seores condes de
Jaruco.

Pero, siguiendo mi cuento, nias, lo peor de todo era que si yo me
sonrea con el maestro de azcar se pona bravo el boyero, o el tejero,
o el Mayordomo, o el mdico, o el Mayoral, don Liborio Snchez quiero
decir, se que acaba de botar Seorita por fiera con los negros, y que
entr cuando sali don Anacleto Puales. Ese era el ms temible de mis
enamorados. Quera que le quisieran a la fuerza, y si me negaba, all
iba el cuerazo. Por celos y piques me ha dado dos bocabajos y me ha
crucificado las espaldas con el cuero. No saben sus mercedes cunto me
he alegrado de que lo botara Seorita. Tiente, nia, tiente aqu en los
hombros y las paletas. Meta la mano.

La desliz Adela, con cierto recelo, por entre la piel y las ropas de la
negra y las retir precipitadamente porque sus dedos de rosa fueron
tropezando con verdugn tras verdugn, trazados en todos los sentidos, a
la manera de los camellones del terreno recin arado, por la punta del
ltigo del celoso capataz. Entonces comprendi la joven una parte del
martirio de su ama de leche. Doa Juana e Isabel se horrorizaron y
vertieron ms de una lgrima de simpata por la martirizada esclava.

Y de contra, nias, prosigui ella su interesante relacin, don Liborio
haca que el Mayordomo le escribiera una carta al amo, donde le deca
mil cosas de m; que yo era una tal por cual; que traa revuelta la
finca con mis enamoramientos; que por m tena que cambiar de operarios
a cada rato. En efecto, botaba a los que supona que me gustaban.
Tambin deca que apenas entraba un nuevo operario, yo me daba mi arte
para _vajearlo_, y hacer que descuidara sus obligaciones por enamorarme.
En fin, que yo sonsacaba a los hombres. Yo sonsacadora! Qu culpa
tena de que los blancos se enamoraran de m? Si les corresponda, malo;
si los rechazaba, peor. Vaya mirando, nia, qu triste era mi
situacin!

La _contesta_ a la carta del Mayoral era siempre: Castigue a esa perra.
Por supuesto, l se vengaba a su gusto de los desaires que yo le haca.
Pobre de m! No tena ni a quien quejarme! Vinieron unas Pascuas el
amo y el nio Leonardo, ms ninguno de los dos quiso orme ni verme
tampoco. Otra vez le dije al patrn Sierra lo que me pasaba: fue a La
Habana, volvi y me cont que no pudo hablar con Seorita ni con su
merced; slo logr decir algo a Dolores. Confirm Adela en todos sus
detalles esta ltima circunstancia, refiriendo brevemente la escena con
su madre, descrita al final del Captulo IX, Segunda parte.




CAPTULO IX

     _Por sorda y ciega haber sido
      Aquellos breves instantes,
      La mitad diera gustosa
      De sus das miserables._

         EL DUQUE DE RIVAS


Enseguida, la antigua nodriza continu diciendo:

--Ver ahora la nia la causa verdadera del rigor con que he sido
tratada. Un da... no me acuerdo bien, slo s que hace mucho tiempo,
despus de la tormenta grande de Santa Teresa, o el ao en que ahorcaron
a Aponte,[53] me llam el amo al comedor. Estaba solo, y me dijo:

--Mara de Regla, como has perdido al chico y tienes buena y abundante
leche, he pensado que debe aprovecharse. En tal virtud, te he alquilado
por medio del seor doctor don Toms Montes de Oca, con un amigo suyo
para dar de mamar a una nia de algunos das de nacida. Ea! con que
estar lista para despus de almuerzo.

Despus de almorzar, el amo sali y se meti en la calesa. Yo segu
detrs de l para ir a pie. Pero me hizo subir y me sent a su lado. Me
qued sorprendida. Sentarme el amo en los cojines de la calesa, cuando
los negros slo se sientan en el pesebrn! Luego orden a Po que
arreara para all fuera. Qu ser? qu ser? pensaba yo. Salimos por
la puerta de Tierra, cogimos la calzada de San Luis Gonzaga todo
derecho, y no paramos hasta unas pocas casas de esquina del Campanario
Viejo. Delante de una de dos ventanas de hierro y zagun, mand parar el
amo junto a otra calesa vaca que se hallaba a la puerta. Cre que all
viva el mdico o el padre de la nia a quien iba a criar. El amo se
ape y me dijo:--Apate. Entr en el zagun y yo atrs de l. Entonces
vi que haba un torno grande, como para meter nios, en la pared de la
derecha y que la vista del patio la ocultaba un cancel alto, con una
puerta en medio.

Se par el amo y me dijo bajito y muy serio:--Mara de Regla, llamars
a esa puerta, preguntars por el seor doctor Montes de Oca, y hars al
pie de la letra cuanto l te ordenare. Oye bien lo que voy a decirte.
Cuidado como hablas palabra con alma viviente de lo que aqu vieres,
oyeres o entendieres. Tampoco, mientras dure la lactancia (s, lactancia
dijo) de la nia, pienses en ver a Dionisio ni a ningn otro de casa.
Sobre todo, nadie ha de saber por tu boca quines son tus amos ni quien
te trajo a esta casa. Para todo el mundo, lo oyes? vas a ser de aqu
adelante sorda, muda y tonta respecto de m, de Seorita, de la nia que
has de criar y de las personas que la rodearn en esta casa y en
cualquiera otra a donde la llevaren, me has odo? Me has entendido?
Eh! No te digo ms. Llama.

All me dej el amo hecha un mar de confusiones. Aunque el amo se
retir de prisa, no subi a la calesa hasta que vio que yo son el
aldabn y abrieron la puerta. Si se figurara que me iba a huir! Me
abri una morena vieja, y en cuanto que puse el pie dentro, conoc donde
me hallaba. De todas partes o llantos y chillidos de muchos nios. Me
hallaba en la Casa Cuna. Haba de todo en ella, quiero decir, nios
blancos y mulatos y crianderas casi todas negras como yo. No tuve que
preguntar por el seor de Montes de Oca, pues estaba en el comedor
examinando un nio enfermo en los brazos de su criandera, y, sin ms ni
ms, me dijo:--Mara de Regla Santa Cruz, eh? Antes que yo pudiera
contestarle s, seor, o no, seor, me cogi por la mueca, me tom el
pulso, me hizo sacar la lengua y me abri los prpados con dos dedos
para ver el color de los ojos. Todo esto callado o por seas. Luego me
llev al primer aposento. En el medio haba una camita de caoba tapada
con un mantn o velo grande de punto blanco, que el mdico levant con
una mano, mientras que con la otra me sealaba para una nia blanca
dormida entre paales de holn batista, bordados o con encajes anchos.
Qu lujos, nias, qu lujos! Me qued boba. Deban ser muy ricos sus
padres, ms ricos que el Buey de Oro. El mdico, con su vocecita faosa,
me dijo:--Esta es la nia que vas a criar. Cudala como si fuera hija
tuya, que no te pesar. T eres joven, eres buena y sana y debes tener
mucha leche. Ve la marca azul que tiene en el hombro izquierdo. No se ha
bautizado todava.

Me hice cargo de la niita y me propuse criarla como si fuera mi hija,
no tanto por la amenaza del amo como por la promesa del mdico y porque
me pareci una divinidad. Me encant. Mejorando los presentes, no haba
visto nia ms linda en la vida. Slo poda compararse con su merced
cuando naci. Se pareca tanto a su merced entonces, que si vive y no se
ha descompuesto, es el mismo retrato de su merced. Ni jimaguas se
hubieran parecido ms.

Qu blanca! aadi la nodriza, trazando a grandes rasgos el retrato de
la chica en la Casa Cuna. Blanca como coco, nias: la cara redonda, la
barba puntiaguda, la nariz afilada, la boca un botn de rosa, chiquita
y colorada. Y los ojos? No me diga nada: hermossimos; las pestaas
tamaas. No me cansaba de mirarla. Lo primero que hice en cuanto
_dispert_ fue registrarle los hombros para verle la marca. Tena una
media luna pintada con aguja, salva sea la parte (sentando Mara de
Regla la mano abierta en el omplato izquierdo) aqu...

Al principio la nia no quera darse conmigo: extraaba el olor de la
madre o de la primera mujer que le dio de mamar. Los das que estuve en
la Casa me trataron como una princesa... Ah! Qu cuidado tenan
conmigo! Eso s, no me dejaban salir a la calle. El mdico estuvo tres o
cuatro veces a ver a la niita y l fue quien trajo al padre Manjn,
cura de la Salud, para que la bautizara. Le pusieron por nombre Cecilia
Mara del Rosario, de padres no conocidos, y, por supuesto, Valds.

--Cecilia Valds! repiti asombrada Carmen. Ese nombre no suena en mis
odos por la primera vez.

Confirm Adela el parecer de su hermana, si bien ninguna de las dos pudo
recordar la poca precisa, la ocasin ni el lugar. Con esto se despert
ms vivamente la curiosidad y el inters de las seoras.

Por todas estas cosas, dijo la enfermera, me pas ms de una vez por la
idea que poda ser el mdico el padre de la niita. Pero era tan feo,
que me convenc que de l no poda nacer nia tan preciosa, aunque la
hubiese tenido con la misma diosa Venus. Unos pocos das despus de
bautizada la nia vinieron a buscarla en un carruaje muy lujoso, de
orden del mdico. Entramos en La Habana por la puerta de la Muralla,
dimos muchas vueltas y fuimos a parar a una casita del callejn de San
Juan de Dios. Al apearme le pregunt al calesero de quin era, y me
contest:--De Montes de Oca. Pero cuando le pregunt quin viva en
aquella casita, echando a correr dijo:--Yo no s.

Me recibi a la puerta una mulata gorda, bien vestida y hermosa.
Dicindome:--Entra, Mara de Regla (saba mi nombre), me arrebat la
nia de los brazos y por poco se la come a besos. Esta es la madre,
pens yo. Mas luego me desenga que no lo era, pues sigui con la nia
hasta el segundo cuarto y se la present a otra mulata ms joven, ms
bonita que ella, que se hallaba en una cama.--Charito! Charito! le
dijo. _Dispierta!_ Algrate. Mira a quien tienes aqu, a tu Cecilita.
Mira qu linda est!

Aunque estaba plida como muerta, casi desnuda, flaca, con el pelo
alborotado, se me dio aire a Cecilia, s, se me pareci mucho a ella, me
convenc de que era su madre.

Tard mucho en _dispertar_ la tal Charito, pero ms vala que no,
porque se arm all la San Francia. Abri los ojos, mir para todas
partes como azorada y se sent en la cama. Me pareci que haca como si
estuviera loca; y lo estaba, nias, no me qued duda. Cuando la mulata
gorda, que la llamaban Chepilla, le meti la nia por los ojos, ella
empuj a las dos y se ech fuera de la cama furiosa. Agarr a Cecilita
por el pezcuezo con las dos manos y trat de ahogarla, y la hubiera
ahogado si Chepilla no echa a correr para la sala con la nia y cierra
la puerta del primer aposento. Tambin entre una negra vieja, alta, que
pareca un esqueleto andando que se apareci de repente por la puerta de
la cocina, y yo, logramos sujetar a la loca y tumbarla en la cama.
Tumbada y todo peleaba con nosotras, valindose de las uas y de los
pies, sin decir palabra, hasta que la negra esqueleto, hecha un mar de
lgrimas, me dijo por seas que la amarrara con una sbana en el catre.
As lo hice y... remedio santo; la loca se qued como en misa. Por eso,
bien deca mi amo el seor Conde, que el loco por la pena es cuerdo.

Quieta por aqu la gente, fui a coger la nia, pues la o llorar; y
encontr las puertas cerradas por dentro con la aldaba de garabato, y
aunque toqu varias veces, no vino _sea_ Chepilla a abrirme. Supuse que
por miedo de la loca, y trat de _aguaitar_ por un agujero, por si vea
lo que estaba haciendo. La vi efectivamente de espaldas, asomada a un
postigo de la ventana, presentndole la nia a un caballero que se
hallaba en la calle y del cual slo alcanc a verle el sombrero negro de
ala angosta y copa como campana. Era de los llamados del _situayn_, que
estaba de moda y me pareci haberlo visto antes.

Sin duda con ese caballero hizo _sea_ Chepilla venir al mdico Rosan,
pues se apareci en la casa de buenas a primeras y derecho pas al
cuarto de la enferma y la estuvo examinando despacio. Su _pronstico_
fue fatal. Charito est loca de cepo, le dijo sin rodeos a _sea_
Chepilla; y lo que es peor, hay que separar cuanto antes la hija de la
madre o la madre de la hija. Ha tomado con ella el tema de su locura y
es muy fcil que la ahogue en uno de sus arrebatos. _Sea_ Chepilla,
afligidsima, como deben figurarse sus mercedes, dijo que aunque vea el
riesgo de que durmieran bajo el mismo techo la madre y la hija, no se
atreva a tomar una determinacin hasta consultar a un caballero con
quien ella consultaba todas sus cosas.--Ser ese sujeto con quien Vd.
me mand a llamar? pregunt el mdico.

--El mismo, contest la mulata gorda.

--Pues me espera en la esquina, agreg el seor de Rosan, para or de
mi boca el pronstico del estado de la enfermedad de la doliente, y como
el caso urge y no hay tiempo que perder, le har venir para que Vd. le
consulte...--No, no seor, repuso _sea_ Chepilla asustada. Se perder
ms tiempo. El no vendra ahora aqu. Mejor ser que si Vd. tiene la
bondad le haga por m la consulta all mismo y me diga despus su
resolucin. Fue a la esquina el mdico, a poco volvi y comenz a
decir:--Don Cn...--Calle, seor doctor, le ataj ms azorada que nunca
_sea_ Chepilla. Calle, por vida suya, no diga ms, yo s su nombre y
basta.

--Bien est, continu el mdico con toda su calma; el caballero de la
esquina es de opinin que se lleve a Charito a Paula, ahora mismo
dispondr que la conduzcan en una litera. Ah! Tambin es de opinin que
se quede la nia con su criandera en esta casa.

--Quin era el caballero de la esquina? preguntaron a una Carmen y
Adela.

--Yo no lo s verdaderamente, nias mas; contest titubeante la antigua
nodriza. No me atrevera a jurar que el mdico dijo don Cn. Bien pudo
decir en vez de don Cn, don Juan, don San u otra palabra acabada en an.
Me hallaba distante, tema que me sintieran, y luego la nia continuaba
llorando. Me pusieron en sospechas, lo confieso, los aspavientos de
_sea_ Chepilla, y el recuerdo del sombrero de moda que vi por el
postigo de la ventana.

--Anj! exclam Carmen. Segn eso, si no sabes de cierto quin fue el
caballero que no acab de nombrar Rosan, lo sospechas. Cmo crees t
que se llamaba?

--Yo no creo ninguna cosa, nia Carmita, contest Mara de Regla
turbada. Tampoco me atrever a decir esta boca es ma.

--Qu temes? le pregunt Adela en tono blando.

--Ay, nia Adelita! Temo mucho, temo todo. Los negros han de mirar
primero cmo hablan.

--Tu temor es vano. Qu puede sucederte? Tanto tiempo hace de lo que
vas a referir, que ya casi se ha olvidado. Adems, el sospechar no es
malo, la sospecha es natural algunas veces.

--Pero, nia, su merced parece que se olvida que lleva siempre la de
perder el esclavo que sospecha de sus amos.

--Cmo! Qu! interrumpi a la negra, Carmen, visiblemente enojada.
Acaso sospechas que fue pap?

--Yo no, nia de mi corazn, se apresur a decir la antigua nodriza.
Dios me libre de sospechar nada malo del amo. Me equivoqu, nia
Carmita, se me trabuc la lengua. Yo no quise decir amos, yo quise decir
blancos. Los esclavos no deben pensar nada malo de los blancos.
Entiende ahora la nia lo que quise decir?

--No, repuso Carmen con marcada seriedad. No quiero creer lo que dices
ahora para disculparte y no referir lisa y llanamente lo que sucedi. Te
haces la mosquita muerta cuando te conviene, y crees que sabes ms que
nosotras. Pero te engaas, y lo peor es que te contradices a las claras.
Voy a probrtelo. No te pareci malo contar que al mdico don Jos Mateu
se le caa la baba por ti, que lo mismo o poco menos le sucedi al Conde
de Jaruco y a su hijo, y que la Condesa, por celos, se apresur a
casarte con Dionisio. Qu ms podas decir de unos caballeros blancos?

Hubo un momento de silencio, si penoso para la narradora, mucho ms para
Isabel, cuya viva imaginacin traspasaba los lmites del presente, junto
con los del lugar; y, atando cabos, vea, como a travs de un cristal,
el cuadro nada limpio ni edificante de la familia con la cual iba a
contraer lazos que no se rompen sino con la existencia. Nada pregunt,
no despleg los labios para hacer una exclamacin o exhalar un suspiro;
con lo que haba referido la negra tuvo bastante para adivinar lo dems.
En el mismo caso no se hallaban Carmen y Adela. Estas no posean el
talento, la edad ni la experiencia de su amiga, y fue natural que, lejos
de asustarse, disgustarse o darse por satisfechas, sintieran mayor
curiosidad y desearan averiguar hasta los ms menudos incidentes de una
historia que tena todos los visos de escandalosa, si no de altamente
inmoral.

--Vamos a ver, volvi a la carga Adela con su voz melosa y persuasiva
expresin. Di de una vez, quin te figuras que fue el caballero que
viste por el postigo de la ventana?

--Voy a decirlo porque sus mercedes me lo exigen, no porque me sale de
adentro. Dios me castigue si digo mentira, y no me tome en cuenta mis
palabras si levanto un falso testimonio. Pero me figur, nias, que el
caballero que vi al postigo de la ventana besando a la nia era... el
amo. Se pareca mucho.

--Pap! exclamaron a una, ahora indignadas, Carmen y Adela. Eso no
puede ser. Te engaaron tus ojos. Pap no ha tenido que ver nunca con
mulatas y gente sucia.

--Mentira! recalc Carmen, que no senta ningn gnero de consideracin
por Mara de Regla. No fue pap. No, no, no. Pap, tan serio, tan
caballeroso, noble por nacimiento y por carcter, pap besar a
hurtadillas, desvivirse por una muchachuela de la Cuna, una mulatica
quizs! Es imposible! Lo niego, lo rechazo con indignacin. Si me lo
juran por todos los santos del cielo no lo creo.

--Me enga, nias, dijo la negra compungida. Sus mercedes no deben dar
crdito a mis palabras. Me enga, vi mal. Tom a otro caballero por el
amo. Me confunda. Hganse cargo sus mercedes que yo estaba sofocada por
la pelea con la loca, y de contra, que vi lo que pasaba en la ventana de
la sala, por un agujerito en la puerta del aposento. No es mi culpa que
yo haya guardado esa figuracin tanto tiempo en el pecho. Qu culpa
tuve yo de que el amo me alquilara para criar la niita? qu culpa tuve
yo de que el amo me llevara en su calesa a la Casa Cuna? qu culpa tuve
yo de que el amo me encargara el mayor silencio sobre lo que iba a ver y
or en la Cuna y en toda otra parte a donde llevaran la cra? Sus
mercedes no ven el misterio? Luego, quin era el padre legtimo y
verdadero de Cecilia? El mdico Montes de Oca no era; el mdico Rosan
no era; el amo no era, porque estaba casado con Seorita. Quin era?
Claro, el hombre que vena a menudo a ver la niita, siempre
escondindose de m. Por qu se esconda de la criandera de su hija y
no de la ama de la casa? Yo cavilaba en esto, y luego daba la casualidad
que ese hombre se pareca tanto al amo, que muchas veces me tragu que
los dos eran uno. Pero sus mercedes me han sacado de la duda.

--Por supuesto, dijo Carmen, en quien la diplomacia de ama empezaba a
ejercer su imperio sobre la pasin de hija. Por supuesto, t estabas
equivocada. Pap no ha tenido ms arte ni parte en ese enredo que el
buen deseo de sacar al mdico Montes de Oca de un compromiso con un
amigo suyo que necesitaba una negra para criar a una nia ilegtima. Tan
claro se ve esto como la luz del da. Lo extrao es, muy extrao, agreg
dirigiendo la palabra a sus amigas, que esta negra, la ms despierta y
resabida de las negras, no hubiese procurado averiguar quines eran las
mujeres de la casita en el callejn de San Juan de Dios; ni cmo se
llamaba el caballero que sola venir a ver la muchachita por el postigo
de la ventana. He aqu la cosa ms incomprensible para m.

--Ah! exclam la taimada enfermera. Conque su merced cree eso? Pues
mire la nia que trabaj todo el tiempo lo que fue bueno para averiguar
lo ms mnimo; y unas cosas supe y otras cosas no logr saberlas. Vaya
que si met los dedos! Vaya que si _escarbat_! Ms que una gallina con
pollitos. Pero nada, no haba modo de sacarles una palabra. Las dos
mujeres, o eran muy sabichosas, o las haban _alicionado_ gentes que
saban ms que nosotras. Lo nico que logr averiguar de cierto fue que
la morena esqueleto se llamaba Madalena Morales y era madre de _sea_
Chepilla, que _sea_ Chepilla Alarcn era madre de _sea_ Charito, y
_sea_ Charito era madre de Cecilia Valds. Es querer decir, que
Madalena, negra como yo, tuvo con un blanco a _sea_ Chepilla, parda;
que _sea_ Chepilla tuvo con otro blanco a _sea_ Charito Alarcn, parda
clara, y que _sea_ Charito tuvo con otro blanco a Cecilia Valds,
blanca. Ahora, quin mantena a esas mujeres? quin pagaba la casa, la
comida, el mdico y el lujo? Quin era el padre de la nia? Nunca pude
averiguar lo cierto. No me vala meter los dedos con mucho disimulo.
_Sea_ Chepilla siempre estaba alerta. Porque si yo le haca una
pregunta, por inocente que fuera, de seguro que me sala con otra
pregunta:--A dnde aprendiste esa labia?

Una vez le pregunt a Madalena cmo se volvi loca Charito. En mala
hora. No habl ni una palabra; se _dimud_, se puso ceniza; resopl como
un animal espantado; solt muchos ufs y afs y sali disparada y se meti
en la cocina. Otra vez le pregunt quin meti a Cecilita en la Casa
Cuna. Jess! acab de rematarse. No pudo hablar. Le pregunt otra vez:
cmo es la gracia del padre de Cecilita? Pareci que le pegaron
candela; materialmente ech chispas por todo el cuerpo; se le pararon
como culebras los moitos de pasas en la cabeza; dijo:--oh! ah! abri
los brazos, uno para ac, otro para all, form dos cruces con los dedos
cual si hubiera visto al diablo y me dej con tamaa boca abierta. Le
digo a las nias que no me descuidaba.

Lo malo es que yo, partiendo por la primera, cre que el caballero
blanco, que vena casi todas las semanas a ver la niita a escondidas
mas, era el amo, y se lo dije a Dionisio en cuanto nos vimos. Por Po
supo l que el amo se apeaba a menudo en al callejn de San Juan de
Dios, y que segua luego a tomar el carruaje, o en la calle del
Empedrado, o enfrente de la casa de don Joaqun Gmez, donde jugaba
todas las noches al tresillo. Con estas seas, tanto hizo Dionisio hasta
que dio conmigo. _Sea_ Chepilla no me dejaba salir a la calle ni para
hacer los mandados; pero yo y Dionisio nos veamos, o de madrugada
cuando l iba a la plaza, o tarde de la noche mientras todos dorman en
la casa. Entonces conoci Dionisio a Cecilia y le tom un odio...
mortal, porque ella era la causante de nuestra separacin. Para salir
Dionisio de casa tarde de la noche, haca que la vieja Mamerta robara la
llave de la puerta de la calle, que se guardaba en el aposento de
Seorita.

Por fin, una madrugada nos pill _sea_ Chepilla a m y a Dionisio
conversando en la sala, y se puso tan brava que me quit la nia y me
prohibi darle de mamar. Por fortuna esto fue como a los nueve o diez
meses de estarla criando, en que ya caminaba y poda mantenerse con
mascaditos... A los pocos das _sea_ Chepilla me dijo que ya no me
necesitaba ms y que poda irme para mi casa. Yo le contest que no
saba las calles de La Habana y tema perderme. Admrense, nias, al da
siguiente vino Po por m. Quin le avis? El me dijo que el amo haba
mandado a buscarme. Pero, cmo supo el amo que me haban botado?

En casa me aguardaba Seorita con espada en mano. Yo, sin embargo, no
tema nada, porque esperaba que me defendera el amo. Qu haba de
defenderme! Al contrario, me pareci que se puso en contra ma y que
atiz a Seorita para que me mandara al ingenio, sin hacer ninguna
averiguacin. Dionisio me haba contado que Seorita y el amo haban
tenido muchas pendencias por mi causa, por la nia que yo criaba, por
haberme llevado el amo en la calesa a la Casa Cuna, porque no crea que
el mdico Montes de Oca me haba alquilado; en fin, por otras mil cosas.
Lo cierto es, que apenas entr por la puerta del zagun, me llev
Seorita al cuarto escritorio donde estaba el amo sacando cuentas, y
all me puso en confesin. No recuerdo todo lo que me pregunt, ni lo
que yo le contest; lo que yo recuerdo bien es que le dije muchas
mentiras y que me amenaz con mandarme al ingenio. El amo no dijo ni j,
ni j.

Pero ya estaba yo embarazada de Dolores y Seorita de su merced. Ella
se enferm de estas resultas, y cuando naci su merced, como estaba
delicada y yo haba salido felizmente de mi cuidado, tuve que criar a su
merced para que la vieja Mamerta criara a Dolores con leche de vaca y
migas.

Vean ahora, nias, mi mala suerte. Yo, madre querendona, obligada a
criar la hija de mi seora, mientras a la hija de mis entraas, la
primera que se me lograba, no poda darle de mamar, tan siquiera cogerla
en mis brazos para besarla y calentarla en mi seno. Bien sabe Dios que a
m siempre me han gustado los nios; que si cri bien a Cecilia, con ms
veras la cri a su merced y la quise y la quiero como si la hubier
aparido. Pero pngase en mi lugar, nia Adela, y considere cmo no
sufrira yo cuando vea a su merced sanita, sonrosada, rolliza, limpia,
con mucho birrete de punto, mucha faja bordada, mucha camisita de holn,
faldellines con encajes, mediecitas de hilo y zapaticos de seda,
durmiendo en cuna de caoba que la mandaron al amo de regalo desde el
Norte, siempre en mis brazos o en los de Seorita, en los de la nia
Antoica, hasta en los del amo, porque su merced era muy chiqueada por
todas las personas; porque su merced lloraba, o se quejaba de algo, se
vena la casa abajo y eran pocos los amos, los amigos y los criados para
correr por el mdico, para ir a la botica y atender a la nia, hasta que
se le pasaba el dolorcito y se pona buena. La mayor parte de las veces
yo tena la culpa, segn deca Seorita, del llanto de su merced, porque
la haba pellizcado al fajarla, porque el agua del lebrillo en que la
ba estaba muy fra o muy caliente, porque le prend mal un alfiler y
le araaba, y por otras mil cosas. E intertanto qu era de mi hija
Dolores? Figrese su merced cmo no me partira el corazn de verla
flaca, enfermiza, mocosa, sucia, casi desnuda, arrastrndose por el
suelo, entre las gallinas del patio o entre las patas de los caballos
en la caballeriza, o al lado del anafe de las planchadoras, o en la
cocina salpicada de manteca caliente; chupando en una muequita el pan o
el arroz mojado en leche que para entretener el hambre le envolva en un
trapo sucio la mujer que la criaba. Si lloraba... Jess! En vez de
consolarla, Seorita era la primera que deca:--Llvense esa negrita
para la cocina! Me atormentan sus chillidos. Dionisio no saba manejar
nios, ni poda tampoco abandonar sus obligaciones. Mamerta, la
encargada, era una solterona vieja que tampoco saba cuidar nios, que
no haba tenido hijos en su vida y... no conoca el amor de madre.

Yo me pasaba los das y las noches llorando. Me qued en la espina. No
me falt por eso la leche, al contrario, luego que Seorita me haca
comer ms de lo regular, se me derramaba en el seno. Poda haber criado
a las dos nias con descanso si me hubieran dejado. Pero qu haba de
consentirlo Seorita! Ni pensarlo. Viendo Mamerta mi afliccin y mi
tristeza, me trajo una noche a Dolores al cuarto donde yo dorma junto a
la cuna de su merced. Ah! Con qu gusto le di de mamar! No he sentido
en mi vida mayor delicia! Aquella noche sali bien la trampa. Luego,
Dolores se engri conmigo; como que conoci la diferencia que haba de
chupar arroz mojado en la muequita de trapo, a chupar leche en el seno
de su madre. Para librarse Mamerta del llanto de Dolores y que la dejara
dormir, me la trajo otras noches, cuando crea que todos dorman en
casa. Mas tanto va el jarro al pozo hasta que se rompe. Una noche,
estando conmigo en la tarima, despert su merced, y fue preciso sacarla
de la cuna para que no oyera Seorita y nos pillara a todos juntos.
Coloqu a su merced a mi derecha, y a Dolores a mi izquierda y acostada
boca arriba entre las dos, dej que, como dos alacrancitos me chuparan
hasta la ltima gota de leche. Pero sucedi, supongo, porque yo me dorm
pronto, que Dolores se cans de mamar por un lado, trat de chupar por
el otro, y de buenas a primeras tropez con las manos y la cabeza de su
merced, abrazada con su parte. All fue Troya. Armaron las dos tal
pelotera, que dispert Seorita, vino al cuarto con una vela en la mano
y nos pill en el acto.

Mamerta fue la que pag el pato, porque le dio una de chuchos el
Mayordomo, por mandato de Seorita, que no le quedaron ms ganas de
traerme a Dolores a la tarima. A m no me dijeron nada; pero al mes
siguiente o por ah, Seorita consult con el amo lo que haba de
hacerse conmigo; dio orden de embarcarme en la goleta de _se_ Pancho
Sierra y me soplaron en el ingenio de _La Tinaja_ el da menos pensado,
para que purgara mis culpas y pecados.

    _Ellos en aquesto estando,
    Su marido que lleg._

Pasadas las doce de la noche, entreoy doa Rosa un murmullo de voces en
el interior de la casa, y no creyendo menos sino que ocurra alguna
novedad entre sus hijas, se levant, y empujando puerta tras puerta por
toda la cruja de los cuartos, no par hasta el tercero, donde se
celebraba el congreso femenil. Su primer impulso fue reprender a sus
hijas, pero se contuvo a la vista de las seoritas Ilincheta y de su
respetable ta doa Juana Bohorques. Entonces trat de averiguar el
motivo de la velada.

Todas las seoras, ms que menos asustadas, no acertaron a decir palabra
en justificacin de la desusada escena. No as Adela. Lejos de turbarse,
sali con mucha risa a recibir a su madre, procurando ocultarle la
antigua ama de leche con los pliegues de la falda; y en pocas palabras
la explic el objeto de la reunin y sus resultas. Enseguida
agreg:--Aqu tienes a Mara de Regla. Te pide perdn (se haba echado a
los pies de su seora) y nosotras todas nos unimos a su ruego para que
la dejes ir a La Habana al lado de Dionisio.

Cogida de sorpresa doa Rosa entre los brazos de su hija y la esclava a
los pies, no supo qu responder; mas luego dijo con sentimiento.

--Ay, hija! qu me pides! Eso es ms, mucho ms de lo que yo puedo
concederte si he de cumplir con mi deber y mirar por mi tranquilidad y
la de algn otro de la familia.

--Mam! repuso Adela, ella nos ha contado su historia y la creemos
inocente de todo cuanto la acusan. Oyndola hemos llorado como unas
nias.

--Inocente, t, dijo doa Rosa con sarcasmo, que has credo en sus
cuentos y lgrimas de cocodrilo. No ha nacido negra ms hipcrita y
maligna que sta. Me ha causado ms disgustos que pasas tiene en la
cabeza. Nunca me ha dicho palabra de verdad; ha tratado siempre de
engaarme y me ha desobedecido muchas veces. S, aqu est donde merece.
En ninguna otra parte podran aguantarla, y me da lstima cuando te
empeas por semejante negra. Lo peor es, nia, que ella no te quiere,
porque es incapaz de querer a nadie.

--Pero yo la quiero, mam. Ella me cri y siempre me llora y me pide que
le sirva de madrina contigo. No tengo ya fuerzas para resistir sus
lgrimas y sus ruegos.

--Est bien, Adela, replic doa Rosa despus de breve rato de
reflexin. Por ti y por Isabelita (que no poda reprimir el llanto)
perdono a Mara de Regla. Que vuelva a La Habana, pero no a servirme, ni
a vivir en casa, sino para que se alquile por su cuenta. Yo le dar
papel. Con eso, el jornal que gane ser para que t y Carmen tengan
todos los meses algn dinerito con que comprar alfileres.




CUARTA PARTE




CAPTULO I

     _Del contrario el pecho roto
      Lanza ya de sangre un ro..._

         EL DUQUE DE RIVAS


Por necesidad mortal no result la herida que en ria al cuchillo con el
msico Jos Dolores Pimienta, recibi Dionisio Jaruco o Gamboa. No le
asestaron el golpe de punta, sino de corte, y aunque el hierro dividi
diagonalmente los msculos del lado izquierdo del pecho, a la altura de
la tetilla, no lastim parte ninguna delicada en su largo trayecto. De
manera que, si cay de espaldas, no fue porque la herida le priv de
hecho de las fuerzas. Tropez con una piedra de la calle al esquivar el
golpe, abatindole el susto y el fluir de la sangre.

Postrado y lamentoso, oprimindose la herida con ambas manos, se hallaba
en medio de la calle Ancha cuando acert a pasar un hombre de color, de
formas atlticas. Iba descalzo y llevaba una correa de cuero crudo que,
pasndole por el hombro derecho, se una por las dos gazas de las
extremidades en el costado izquierdo, a manera de tahal. Era aguador o
carretillero, como dicen en La Habana. Se acerc al or los quejidos y
se retir luego de prisa, murmurando:--_Mat! Dio mi libra._

Enseguida pas otro, tambin hombre de color, aunque ms civilizado que
el precedente, si hemos de juzgar por el traje. Traa al brazo algo que
pareca un instrumento msico, envainado en una funda de bayeta. Par la
atencin en los lamentos del herido, se detuvo a respetable distancia,
y, cerciorado de lo que pasaba, exclam compadecido:--Pobre! _Qu
moja le han dao!_ No se ha _muelto entuava_. Pero quin me mete a mi
en honduras? La justicia!... _All su arma su parma!_

Este sigui camino a toda prisa, volviendo la cara atrs de cuando en
cuando, no fuera que alguien le hubiese visto y le siguiera las huellas
para achacarle el homicidio maana o esotro da.

El tercero de los transentes, hombre as mismo de color, era un tipo
_sui generis_; marcado, tanto por el traje que vesta como por sus
acciones y su aspecto. Componase aqul de pantalones llamados de
campana, anchotes por la parte de la pierna, estrechos a la garganta del
pie, lo mismo que hacia el muslo y las caderas; camisa blanca con cuello
ancho y dientes de perro en vez de borde; pauelo de algodn tendido en
ngulo a la espalda y atado por delante sobre el pecho; zapatos tan
escotados de pala y taln, que apenas le cubran los dedos ni le
abrigaban el calcaar, de modo que los arrastraba cual si fueran
chancletas; y un sombrero de paja montado en un zarzal de trenzas de
pasas, que tras de abultarle la cabeza demasiado, afectaban la forma de
los cuernos retorcidos de un borrego padre. Pendan del lbulo de sus
orejas dos lunas menguantes que parecan de oro, pero que, tocadas en la
piedra de toque, estamos seguros, el ms inexperto platero las habra
declarado de ordinaria tumbaga.

Trazamos ahora aqu con brocha gorda la vera efigie de un _curro_ del
Manglar, en las afueras de la culta Habana, por aquella poca memorable
de nuestra historia. No es nuestro original el majo que viste traje
andaluz. Es, ni ms ni menos, el negro o mulato joven, oriundo del
barrio dicho o de otros dos o tres de la misma ciudad, matn perdulario,
sin oficio ni beneficio, camorrista por ndole y por hbito, ladronzuelo
de profesin, que se cra en la calle, que vive de la rapia, y que
desde su nacimiento parece destinado a la penca, al grillete o a una
muerte violenta.

Si hubiera cabido en la naturaleza del que naci curro, el aplicarse a
alguna cosa buena o de provecho, no cabe duda que el de que hablamos
ahora habra aprendido cuando menos las primeras letras; pues es un
hecho histrico que en la poca de su muchachez haba en La Habana ms
escuelas de ese grado servidas por maestros de color que por blancos, y
su padre, bien intencionado africano, tuvo siempre particular empeo en
que recibiera alguna educacin su callejero hijo.

Ah cerca de la calle de los Corrales, donde naci y se cri nuestro
curro, estaba la escuela de Lorenzo Melndez, Teniente de granaderos de
la milicia de color, concurrida de nios pardos, negros y blancos, donde
se distribua la enseanza casi de balde, como que la pensin consista,
por la mayor parte, en legumbres, aves, huevos y velas de cera. Pero en
vano el padre le condujo muchas veces en persona; en vano recomend al
maestro que le sentara la mano, porque el rapaz era de mala cabeza; en
vano l por propia cuenta le propin castigos atroces; no aprendi ni el
_cristus_,[54] en las poqusimas visitas que hizo a la escuela del
venerable maestro Melndez.

Prefiri siempre la pesca de sardinas en Tallapiedra, o la de camarones
en la Zanja Real, o el juego de papalotes en el placer de Pealver, o
el de mates en la plazuela de San Nicols, o el del picado en las
paredes de la iglesia de Jess Mara. Esto, en el lenguaje vulgar de los
chicos de la escuela, se llamaba _fugitivarse_. La fuga de ella traa
consigo la necesidad de pasarse los das enteros al sol y al agua en las
calles, hecho la piedra de escndalo de todo transente pacfico, cuando
no haba oportunidad para guarecerse de algn cobertizo, como el del
matadero de cerdos, o de una taberna, donde infaliblemente se sobraban
las ocasiones de birlar algo con que entretener el hambre. Pero ya en
una, ya en otra parte, lo ms cierto era que sacaba siempre la cabeza
descalabrada, bien a manos del compaero curro con quien jugaba, bien a
las del tabernero, que no buscaba nunca en los tribunales de justicia la
defensa y amparo de su propiedad.

As aprenda l a fuerte, as se curta desde pequeo, en la pillera y
la maldad. Y como no era el nico curro, pues abundaba la especie en la
poca mencionada, aconteca muchas veces el reunirse con otros varios de
su edad y de sus aficiones, en cuyos casos sus correras tomaban
carcter ms agresivo y malvolo. Formaba, en efecto, partido o bando
con los de su barrio para batirse a pedradas con los del vecino, sus
enemigos mortales; para arrebatar los medios que los padrinos solan
arrojarles a la calle despus del bautizo; para atarle mazas de lata a
la cola de algunos perros y soltarlos en los sitios ms concurridos de
paseantes; para lanzar piedras a los tejados o patios de ciertas casas
cuyos moradores les eran antipticos: para hurgar con pinchos y
embravecer en los corrales a los cerdos y toros destinados a la matanza;
en fin, para esgrimir el cuchillo de palo hasta araarse y sacarse
sangre unos a otros, cosa de aprender y adquirir agilidad en el manejo
de esa arma traidora.

Rayaba en la adolescencia cuando su padre, desengaado de que las letras
no le entraban ni con sangre, le puso de aprendiz con el maestro
zapatero Gabriel Sosa, que tena su obrador en la calle de Manrique
esquina a la de la Maloja, dndole carta blanca para tratar al mozo en
todo conforme a la medida de sus merecimientos. Era el maestro Sosa
hombre duro de carcter y recio de mano, por lo que, a fuerza de golpes
con las hormas, de correazos con el tirapi y de atarle con cadena de
hierro, cual animal indmito y montaraz, para quebrantarle la propensin
a la fuga, al cabo de cuatro aos logr que aprendiese siquiera a hacer
zapatos de mujer. Despus de cumplido el trmino del aprendizaje, sola
concurrir dos o tres veces por semana a la misma zapatera con el objeto
de ganarse la subsistencia, siempre que no se le presentaban las
ocasiones de ganrsela por medios, si no ms honrosos, a lo menos ms
cmodos y de acuerdo con sus innatas inclinaciones.

La zapatera del maestro Sosa se hallaba en la cresta de una barranca
cavada por las aguas llovedizas. Descendan por la calle de Manrique, y,
despus de recoger las de la calzada de San Luis Gonzaga, las de la
Estrella y la Maloja, se precipitaban en cascada por entre los patios de
las casas de ms abajo, formando arroyo caudaloso. Haba, pues, un
desnivel grande entre el piso de la casa y el de la calle, y,
consiguientemente, dificultad mucha de acceso por la altura del umbral.

Al entrar en la calle Ancha, traa nuestro curro la vuelta del Campo de
Marte. Vena a paso largo, mejor a trancos, formando con los brazos un
ngulo de 45 grados (tal vez para disimular su demasiada largura), a
guisa de cigeas de piedra de afilar. No bien oy los quejidos y ech
de ver el bulto en el suelo, par de repente el trote. Luego de llevarse
ambas manos a las orejas, por si permanecan en su sitio las dos
menguantes de tumbaga, diciendo para s:--_no estn rompa, no me va a
sucedel na_, resueltamente se dirigi al herido.

--Anj! Paisano, le pregunt en su lenguaje y tonillo peculiares,
quin es _ust_?

--Yo soy Dionisio Jaruco, contest l con voz apagada as que se
cercior que se las haba con un moro de paz.

--_Yo no ha odo ese nombre en mi va._

--No es extrao, seor, porque soy medio forastero en esta ciudad. Y
cul es su gracia de Vd.?

-Qu?

--Que cmo se llama Vd.

--_Me aman Malanga._

--Malanga? repiti Dionisio cual si no hubiese odo bien.

--Malanga. Aunque ste no es mi nombre, sino Polanco. _Er_ amo de mi
_paire_ era un _tar_ Polanco. Pero _asina_ me _aman_ en el _Manglal_,
_polque_ mi _paire_ es de nacin, y mi _maire tambi_, y yo soy
_crioyo_. _Dende_ chiquito me _aman asina_.

Menta el bellaco. Dbanle en el barrio del Manglar el apodo de Malanga
por ser l desmalazado de porte y de carcter, por tener las zancas y
brazos largos, en contraste con el tronco, que era corto, y sobre todo
los pies grandes y gruesos.

--_Y que hace el seol ah tendi pansa arriba?_ Se le ha _subi el
aseite a la chola_?

--Yo no estoy borracho, Malanga, estoy mal herido.

--_Jero!_ Y quin le ha hecho ese flaco _selvisio_?

--Un pardito que no vale una guayaba. Mire aqu.

--_Gea jeria! Se conoce que el paidito sabe su oficio. Pero ande ha
estao el seol?_ En un entierro?

--No he estado en ningn entierro. Yo vena de un baile, cuando me top
con el pardito; tuvimos unas palabras y en la pendencia me hiri a
traicin. Mas por qu me hace Vd., esa pregunta?

--_Pol na._ Como lo veo _vesto de sacateca_...

--Mi traje no es de zacateca, es traje de corte.

--Si es de _colte arto_ o _colte bajo_, yo no s, _ma_ estoy mirando que
si no es _pol_ la bota, digo, la casaca, le _coltan_ al _seol_ la pata,
digo, lo viran como cangrejo. _Dispu_, me _paese_ que el _seol_ es
_argo goldo pa pelial_ con _cuchiyo_. _Dispu_, es _mu fatible_ que el
_seol hayga aprendi_ ya grande, y se es un _alte_ que debe de
_aprendeise dende_ que uno es chiquito. _Dispu_, _ust_ tiene _mu
colto_ el brazo y no _pu defendeise_ de los _goipes_ de arriba.
_Dispu_...

--Hombre!, le interrumpi el herido con voz desmayada. Por el amor de
Dios y la Virgen Santsima! no hablemos ms de eso. Si Vd. es una
persona caritativa y quiere favorecerme que sea pronto, porque me voy en
sangre.

--Le amarrar un pauelo _pa_ que no _saiga_ la sangre.

--No, es preciso lavar primero la herida.

--_Laval!_ Est loco _er seol_? Y si se pasma? Y si se muere?
_Dispu_ dir el _seol_ que _pol mor de m_.

--No, no lo dir, est Vd. seguro de ello. Si muero, no ser por culpa
de Vd., sino porque me lleg la hora. Vaya, seor Malanga, corra a la
taberna de la esquina y trigame una botella de vino seco y un vaso de
aguardiente.

--S, _seol_, yo _dir_ corriendo, _ma_ el _tabelnero_ ha _serrao_. Ya
es _mu talde_. _Dispu_ est l ms _escamao colmigo quel_ diablo,
_polque_ me _conose_ y sabe que, _anque mest mar_ en _desislo_, he
_birao_ ms de uno de esos cangrejos. Yo no _pueo miral pa_ un cataln
sin que _me se_ suba la sangre...

--Bien, hombre, vaya, haga la diligencia. Tal vez abre. Toque recio.

--Es que... paisano, _el seol_ no entiende? digo que... que siel
_seol no pinta_, le hago _sabel_ que no tengo ni _Jilacha_. No he hecho
ni la cruz esta noche.

--Vamos, amigo, por qu no me lo dijo antes con antes? Aqu hay dinero.
Meta Vd., la mano en esta _faldriquera_ del chaleco. Ah debe haber una
amarilla, dos doblones y un dobloncito. Coja Vd. el ms chico y corra,
que se me va la cabeza... no veo nada.

Y se desmay el herido. El curro, sin embargo, no hizo alto en ello.
Slo se ocup de registrar el sitio designado y de coger en la mano la
moneda de oro que rara vez, si alguna haba posedo en su vida, con
permiso del dueo. Enseguida parti para la taberna que, cual esperaba,
encontr cerrada a cal y canto; y se puso a tocar con las falanges de
los dedos, al principio a la sordina, luego con el puo a golpes recios
y repetidos. De suerte que as fuera sordo de can el tabernero, hubo
de or y acudir presuroso al llamado, a fin de evitar que le echaran la
puerta abajo. No haba de ser un ladrn quien le sacaba de la cama de
aquel modo en hora tan avanzada de la noche. Por precaucin, sin
embargo, no abri ni el postiguillo enrejado; contentose con echar la
voz con acento puro cataln por el ojo de la llave, preguntando:

--_Oya! Qui ets?_

--_Yo, o Juan._

--_Ma, qui est jo?_

--_Malanga, o Juan, no me conose?_ Abra la _puelta_.

--_Abrit le porta! Vota va Deus! y per questa embajat m'ha fet salir
del cama? Andat, andat tu camin, Malangue. Jo no abrirat le porta. Qu
cinich descaro!_

--Abra, _o_ Juan, pol _er amol de su maire_. Ah est un _probe_ moreno
_jero_.

--_Ferido dises? Pera el diable que te abra. Mare de Deu! la
justicia! Perderat cuant jo tinga! Meus dins! Bona nit, noy._

--Oiga, oiga, _o_ Juan. Yo no _dentrar_. Abra la gatera. Aqu hay
_mejengue_.

--_Ah! Ese's altre contare. Vinga lo din._

--Dando y dando, _o_ Juan. Deme una _boteya_ de _bino_ seco. No
_mojao_. Entiende? Y un _baso_ del que quema.

--_Done, done._

--Cunto?

--_Un pese fort et mitje._

--Tenga una _amariya_ chiquita.

--_Ten la boutelle et ten lo vaso. Et ten el volte. Per caridat te sirve
esta vegada, noy._

Con la botella en una mano y el vaso en la otra, que recibi por el
ventanillo enrejado, sin pararse a contar el cambio que le dio el
tabernero, acudi en socorro del cocinero. Luego que le lav la herida,
es decir, que se la empap por encima de la camisa, que se la vend lo
mejor que supo y pudo con dos pauelos, que le dio a beber el
aguardiente, le ayud a levantarse y por la mano le condujo hasta un
cuarto de tablas en el interior de una ciudadela o casa de vecindad que
haba a la puerta inmediata del teatro de Jess Mara. Por fortuna,
mientras dur esta cmico-trgica escena, no pas por all alma
viviente, si exceptuarse puede uno que otro gato o perro que, lejos de
emprenderla con nuestros personajes, o huy despavorido, o se retir
ladrando.

Pero de dnde naca la no vista amabilidad que despleg aquella alma de
cntaro, el malvado Malanga, en tan crtica ocasin? Proceda del hecho
que, habiendo tocado las monedas de oro en la faltriquera del chaleco de
Dionisio, calcul con razn que, ora muriese de la herida, ora sanase,
sera l su heredero forzoso, o se valdra de la fuerza o del engao
para heredarle en vida. A este fin primordial llev Malanga ms adelante
todava sus buenos oficios para con un hombre que le era enteramente
desconocido. Cediole la cama, consistente de un catre de viento, sucio y
desvencijado, sin ms ropa ni manta con que cubrir las _mataduras_; y a
la maana siguiente muy temprano fue hasta la esquina de la calle de la
Maloja y la del Campanario Viejo, donde viva el cirujano romancista
Zarza, le despert, y, quiera que no, le condujo ante el enfermo,
encargndole inviolable secreto. Servicios tales se pagan slo con
dinero entre gente honrada y leal. As lo comprendi Dionisio, quien,
tanto por gratitud cuanto por precaucin, se apresur a pagar la deuda,
dando al nuevo amigo que se haba echado, la mayor parte de la suma que
posea, no fuera que se cobrase de mano poderosa.

Durante la convalecencia de Dionisio, le entretuvo Malanga con la
grfica relacin de su arrastrada vida y de sus aventuras. Nada le
ocult: sus trabajos de muchacho; sus rateras de mayorcito; sus
pualadas dadas y recibidas en rias desiguales; por ltimo, sus
maravillosas escapadas de las persecuciones de la justicia.
Especialmente refiri, por cierto con feroz complacencia, llevando la
cuenta con marcas hechas en el brazo izquierdo, el nmero de los
_cangrejos_ (segn llamaba a los taberneros o pulperos, en su mayora
catalanes), que haba _birado_ en sus pocos aos de vida; esto es,
asesinado a sangre fra.

Como hiciese Malanga en estos casos frecuente uso de los vocativos
Dionisio y an Jaruco, prevnole ste no le diera ninguno de estos
dictados, exponindole las razones que tena para aquella precaucin.

--Llmame paisano, prosigui. As me dirigi Vd. la palabra cuando me
encontr ms muerto que vivo en medio de la calle. Desgraciadamente soy
esclavo, amigo mo, y no me hallo aqu con licencia de mis amos. Yo me
aprovech de su ausencia en el campo para coger del escaparate de la
seora la ropa que Vd. se figur era de zacateca. Ah _tom_ tambin el
dinerito con que nos hemos venido bandeando. Dentro de dos das no queda
ni para encenderle una vela a las nimas del purgatorio. Gana Vd. poco y
eso con mucho riesgo. As, es necesario pensar en salir a la calle y
ver cmo se hace por la vida.

--No se aflija _er seol_, dijo Malanga en confianza, que _entuava_
tengo yo una prenda con que se _pue haseil_ plata.

--Venga la prenda, repuso Dionisio alegre.

Desenvain el matn el buido cuchillo, que siempre llevaba consigo
debajo de la camisa, escarbat el suelo natural del cuarto hacia un
rincn, oculto por el catre, y sac algo pesado, envuelto en un trapo.
Enseguida, teniendo el bulto alto, aadi:

--_Es querei desisde ar seol, que dende el ao pasao, entre yo, un
paidito amao Picapica y un morenito amao Cayuco, paranos de maanita
temprano, junto a la plasoleta de Santa Teresa, a un blanquito mu
currutaco que en cuanto que le ense el jierro me se qued muelto entre
las manos y mos dio toas las prendas que tena arriba de su cueipo.
Misamigos se cogieron la plata y yo me cog esta prenda. Dispu se la
yeb a un platero de la Calsa pa vel si me la meicaba; ma en cuanto que
la mir bien, va y me dise: Esta prenda es roba, y yo no doy poleya ni
un cabo de tabaco. Me, paisano, cog piche, y dende ese da la tengo
enterra. Es factible quer seol puea vendesta._

--Daca la prenda dichosa, dijo Dionisio con gran prosopopeya.

Pero no bien la tuvo en la mano, exclam sorprendido:

--Yo conozco este reloj, amigo Polanco!

--_Beld? dijo Malanga, me que caso!_

Era de oro, y de la argolla penda, doblada en dos, en vez de cadena o
cordn, una cinta moar azul y encarnado, cuyas extremidades recoga una
hebilla, as mismo de oro.

--Conozco este reloj, repiti Dionisio. Seorita, quiero decir, mi
seora, se lo regal al nio Leonardo en octubre del ao pasado. Debe
tener una marca.

Abierta la contratapa, el ex-cocinero ley: L. G. S., oct. 24-1830;
Leonardo Gamboa y Sandoval, que pasa las Pascuas con su familia en el
campo.

--Y qu _endivos_ son sos?, pregunt Malanga desconcertado.

--Mis amos, contest Dionisio. La seora chiquea mucho a su hijo y le
hace cada da un regalo.

--_Pue me ha de peidon er seol_, agreg el curro apesarado. _Yo no
saba que esos endivos eran conosos der seol._

--No hay para qu perdonarle, amigo Malanga. Si para hacer uno por la
vida tuviera que pararse en melindres, se morira de hambre. Estoy
seguro, prosigui Dionisio, que a estas horas se hallan mis amos muy
descansados en La Habana, y su primer cuidado ha sido pregonarme por el
_Diario_. Me parece que leo el edicto en que se ofrece pagar bien por mi
captura. No faltar quien, por ganarse la propina, me siga los pasos, y
desde ahora digo, que bien puede amarrarse los calzones el que pretenda
echarme garra... Yo no me entrego vivo, tendrn que hacerme picadillo.
Tal vez Tond, que me conoce, se habr hecho cargo de la comisin... No
le arriendo la ganancia. Pero no hay necesidad de comprometer un lance,
porque dice el refrn que el que evita la ocasin evita el peligro, y yo
estoy resuelto a vivir y ser libre ahora que me he escapado. Yo no nac
para ser esclavo toda la vida, seor Malanga. No. Yo me cri en medio de
la grandeza y de la abundancia; ni conoc los rigores de la esclavitud
mientras estuve con mis primeros amos. Esos s que eran caballeros.
Ahora estoy casado y tengo dos hijos. Digo mal. La mujer hace muchos que
me la tienen desterrada all en las quimbmbulas del silencio, en un
ingenio, y ha tenido un mulato con un blanco. Pero yo la quiero y quiero
con el alma a mi hija, y debo trabajar para comprarles su libertad y la
ma. Con que vaya viendo, amigo Malanga, si conviene que no me llame
Dionisio, ni Jaruco, los dos nicos nombres por los cuales soy conocido
en esta ciudad. Mientras Tond no oiga mi nombre, ni me vea la cara,
estoy seguro.

--_Pa_ eso que a m no me vale _er_ que me _amen_ Polanco o Malanga,
dijo ste con cierta resignacin. Lo mismito da. _Tos_ me _conosen pol_
los dos nombres. Yo soy ms _conoso_ en esta _suid_ que los perros. Y
_me er_ caso, yo _tambi_ estoy _pregonao_. _Mes cap_ de las uas de
Tond _pol_ un milagro. _Pue, seol, dentr_ yo una noche _der_ ao
_pasao_ con dos amigos, _argo talde_, en la _tabelna_ que est en la
esquina de Manrique y la _Estreya_. Pedimos un poco _der_ que quema,
_bebinos_ y _salinos_ de rengue liso, cuando _er tabelnero_ va y me coge
_pol_ la camisa _pa_ que le _pagranos_ la _beba_. _Me_, paisano, _me
se_ subi el diablo: met mano _ar jierro_ y le di una _moja na_ ms
aqu (pasndose el ndice por la garganta) _sarva_ sea la _paite_. _Der_
viaje _sort_ un cao de sangre como un toro _jero_, y _pa_ que vea _er
seol_, _sart_ el _mostral_ y nos corri atrs hasta la esquina, donde
_tubo_ que _agarraise_, cay y dej _maicaos_ los _deos_ con sangre en
la _par_.[55] _Dispu_, Tond se oli que _habanos_ sido nosotros, y
tanto nos busc hasta que dio con los tres en un velorio, all _pol lo_
Sitios. Yo sal _safando_, _ma_ mis dos amigos cayeron en _er laso_, y
_entuava maman cisel_. _Dende entonce_ ando sin sombra, _polque_ Tond
es _m jbilo_. No ve? _Sargo_ solo de noche y _a pena_ ni paso _pol_
la tienda.

--Qu tienda?

--La tienda _der_ maestro Sosa.

--Maestro de qu?

--De _sapatos_.

--Zapatos de hombre?

--De _to_. Yo trabajo ah cuando no _pueo ganai_ la _va_ de otra
manera. Yo hago _sapatos_ de _muj_.

--Y yo tambin los hago, dijo Dionisio animndosele el semblante.
Aprend a hacerlos con el calesero Po, de mi casa. No soy un chambn en
el oficio. Y me ocurre una idea: que si Vd. tiene la bondad de hablarle
al maestro Sosa, quizs me tome, en cuyo caso nos hemos salvado. No
podr sospechar siquiera Tond, que me he refugiado en una zapatera.

--_Geno_, si _er seol qui_ lo _yebar_ una _talde destas_, _mejol_,
una maanita, _polque_ como Tond anda siempre en _cabayo_, no sale
nunca temprano a la calle.

Efectivamente, Malanga, as que su amigo recobr la salud y se hall en
disposicin de trabajar, lo condujo a presencia del maestro Gabriel Sosa
y se lo recomend de todas veras, no ya slo como oficial experto en
zapatos de seora, sino como persona distinguida y hombre honrado a
carta cabal; que haba cado en desgracia y apelaba al oficio para no
morirse de hambre. Por donde vino a repetirse aqu el cuento, algo
parecido, del len herido a quien recogi un esclavo prfugo en las
soledades del frica, para que despus el animal alimentara al hombre y
le protegiera contra las dems fieras, cuando al cabo de muchos aos se
encontraron los dos en el circo de Roma.




CAPTULO II

     _Ille dolet tere qui sine teste dolet
      Verdadero es el dolor del que
      sin testigos llora._

         MARCIAL


Hasta la puerta de la casita en la calle del Aguacate, acompaaron a
Cecilia el sastre Uribe, Clara su mujer, Pimienta y su hermana Nemesia.

As que llam Cecilia del modo particular convenido, rod la tranca y se
abri por s misma la puerta. Es que la abuela, muy enferma para esperar
en pie a la nieta, haba atado el cabo de una cuerdecita al extremo de
la tranca, cerca de su punto de apoyo, y el otro cabo a uno de los
pilares de la cama, al alcance de su mano. Por lo pronto no se hablaron
una palabra.

Mientras Cecilia se desnudaba casi a tientas, por la poca claridad de la
mariposa en el nicho, se le escaparon uno tras otro involuntarios y
hondos suspiros. Esos eran los amargusimos dejos de la fiesta. All
haba corrido para aturdirse con el movimiento de la danza, las armonas
de la msica y las adulaciones de los hombres; para ahogar en el tumulto
de las vastas y heterognea reunin el recuerdo del amante ausente,
desdeoso y quizs olvidadizo, para ver de vengarse de su ingratitud,
para probar, en fin, si podra olvidarle en caso de ms indefinida y
seria separacin.

Todo le sali al revs. Repas en la mente las peripecias de la
diversin, y hall que haba sido demasiado prolongada, la msica
ruidosa y chillona, las mujeres desgarbadas y feas, los hombres
petulantes y necios, la reunin harto vulgar e inspida para haberla
alegrado y entretenido. Compar esa fiesta con la del 24 de setiembre en
casa de la Ayala, donde goz como reina del amor y de la hermosura en
brazos de su amado, hoy ausente, y se le oprimi el corazn y estuvo a
punto de que la ahogara el sentimiento. Pens en su suerte, deduciendo,
por necesaria consecuencia, que peor haba sido el remedio que la
enfermedad, y que la venganza entre los amantes terminan siempre en el
castigo de una de las partes contendientes, en la muerte para la dicha o
para la vida terrenal.

Tan triste y miserable se senta Cecilia, que hasta el momento de
meterse en la cama no advirti que la abuela era presa de una desazn
terrible. La pobre anciana se retorca y gema sordamente, cual si
estuviera a punto de acabrsele la vida. Busc entonces su frente, y no
bien le puso la mano encima, la retir exclamando:

--Ay, mamita! Su merced tiene calentura.

--Ya viniste? replic la anciana con voz moribunda. Si tardas un
poquito ms no me encuentras viva.

--Su merced no estaba as cuando yo sal para el baile. Vase qu
disparate ha hecho en mi ausencia.

--Ninguno. Me pas la prima rezndole a la Virgen; pero desde por la
maana me siento malsima. Me ha dado en el corazn que se acerca mi
fin. Qu hora es?

--Son las dos. Acabo de or el reloj del convento.

--Crees t que est levantado el padre Aparicio?

--No lo creo, mamita. El no llega al convento antes de las cuatro, que
es cuando principian los maitines. Pero para qu quiere su merced el
padre a estas horas?

--Hija ma!, para confesarme. Siento que se me acaba la vida y no
quiero morir como un perro.

--Su merced no se confes y comulg ayer por la maana?

--S, nia. Y qu?

--Bien. Pues eso basta.

--No basta. Somos pecadores. A cada momento pecamos y debemos estar
preparados para que cuando llegue la hora, nuestra alma comparezca ante
su Divina Majestad, limpia como una patena.

--No estaba su merced anoche de cuidado. Si lo sospecho cmo hubiera
ido al maldito baile? Nunca. Lo que no comprendo es por qu se ha puesto
su merced tan mala que le haga temer la muerte en horas.

--De la salud a la enfermedad no hay ms que un paso, y lo mismo se vive
que se muere.

--Podra su merced explicar lo que siente ahora?

--Es imposible, mi vida. Lo nico que te dir es que se me arranca el
alma, y que mientras ms pronto vayas por el padre...

--El padre no va a curarle la calentura, y su merced no tiene otra cosa.
Es muy aprensiva su merced. Mejor ser que vaya por el mdico. Si ir
por l en cuanto amanezca. Entretanto le dar un bao de pies y le
pondr unos sinapismos para que se le quite el dolor de cabeza. Ver,
ver su merced cmo la alivia, si no la pongo buena. Su merced no puede
estar tan mala que no tenga cura. Todava su merced me entierra a m.

--Nuestro ngel custodio San Rafael y la Virgen Santsima te oigan, hija
ma. Sentira morir por ti, no por m. T principias a vivir, ya yo
termin la jornada... Pero, ve, haz como gustes y sea lo que Dios
quiera... Se me parte la cabeza, agreg, oprimindose con ambas manos la
frente...

Con esto se apresur Cecilia a hacer lumbre en el fogn, debajo del
cobertizo en el patio, valindose de la usual pajuela y de unos pocos
carbones. As, en minutos qued listo el bao y puesto en un lebrillo
grande. Enseguida procedi a darle el bao a la abuela con no menos fe y
cariosa humildad que la mujer que le lav los pies a Jesucristo en casa
de Simn. Mientras se los enjugaba, mejor dicho, enjugndoselos, se los
sobaba blandamente, y de cuando en cuando les imprima un ardiente beso,
o se los arrimaba a las mejillas para comunicarles algo del calor que
arda en sus venas.

Conmovida la abuela, puso una mano en la cabeza de la nieta, y
dijo:--Pobre Cecilia! Esto quiere decir, mi vida, que t misma conoces
que mis horas estn contadas. Digo mis horas, cuando pueden ser mis
minutos, mis segundos... y me preparas para la cena antes de
emprender...

No prosigui; la emocin o el dolor le ahog la voz en la garganta. Por
su parte Cecilia, al sentir la mano de la abuela en la cabeza,
experiment una sensacin muy parecida a la que se experimenta cuando
recibimos una descarga elctrica, y sus lgrimas, hasta entonces
contenidas por fuerza, empezaron a correr hilo a hilo por sus mejillas,
aumentando el agua del lebrillo.

Advirtiolo la anciana, y sacando fuerzas de flaqueza, como suele
decirse, agreg:

--No llores, alma ma, que me afliges ms de lo que estoy. Consulate.
T eres una nia todava: tienes delante un porvenir risueo. Aunque no
te cases nunca, todo te sobrar. Siempre habr quien mire por ti y te
proteja. Y si no, all est Dios en el cielo que no le falta a nadie. Ya
siento algn alivio. Tal vez el mal da tiempo... Qu sabemos? Vamos,
hijita, clmate. Valor. Necesitas descanso. Si te acuestas ahora mismo,
de aqu al da tienes dos horas de sueo para recuperar las fuerzas...
Las muchachas de tu edad son como la flor de la maravilla: ctala
muerta, ctala viva. Ven, dame un beso, y... hasta maana. El ngel de
la guarda te proteja con sus amorosas alas.

Qu haba de dormir ni de reposar Cecilia! No bien abrieron las puertas
de la ciudad y comenz a orse, en las calles el cencerro desconchado de
los arrieros de carbn, dej furtivamente la cama y corri en demanda de
su cara amiga Nemesia, para que se quedara al cuidado de la enferma
mientras ella iba por el mdico en la calle de la Merced. Das antes le
haba dado la abuela, a prevencin, las seas de la morada del galeno
con estas palabras: casa de azotea con una ventana de reja de hierro,
puerta colorada de zagun, en medio de la cuadra, acera del Sur. No se
equivoc la nieta, pero estaba cerrada y en silencio. Qu hacer en
aquellas circunstancias? El caso urga y se decidi a llamar. Peg un
aldabazo y esper en grande ansiedad el resultado.

Al cabo de corto espacio de mortal silencio, se abri un postiguillo de
la ventana y asom por l el rostro de una dama tan por extremo hermoso
y sonrosado, que se qued Cecilia estupefacta. Figrese el lector unos
ojos negros y rasgados, a los que dan sombras cejas espesas en arco, una
boca pequea de labios encendidos, una nariz aguilea y muy expresiva,
una cabeza amorosa poblada de profusa cabellera negra que azuleaba, el
todo encuadrado y puesto de relieve por una graciosa papalina de
batista, cual la nieve blanca, guarnecida de un vuelo menudo de tiras
bordadas. Tales eran los rasgos fisonmicos que ms sobresalan en doa
Agueda Valds, joven esposa del clebre cirujano don Toms Montes de
Oca.

Este bosquejo a la pluma es copia del retrato al leo de esa dama, hecho
por el pintor Escobar,[56] que cuando jvenes pudimos contemplar
extasiados, pendiente de las desmanteladas paredes de la sala de su
casa, en la calle de la Merced. Respecto de su fisonoma moral, el rasgo
ms prominente, a lo menos aqul de que nos es dado hablar en estas
pginas, eran los celos. Su propia sombra se los inspiraba, no
embargante que su marido careca de aquellas prendas fsicas que hacen
atractivo al hombre a los ojos de las mujeres. Pero era mdico, clebre
y rico, y ella tena muy pobre opinin de las hembras, diciendo a menudo
que no haba hombre feo para la enamorada y ambiciosa.

Movida por los malditos celos, ejerca una vigilancia constante sobre su
marido, sobre los clientes que l visitaba y sobre los que acudan en
demanda de sus profundos conocimientos mdico-quirrgicos, especialmente
si arrastraban faldas. Por eso madrugaba tanto; por eso cuando no poda
adquirir informes por s misma, cometa la debilidad de poner en
confesin al estpido y malicioso calesero, su esclavo, el cual, aun
cuando a veces la revelaba hechos reales y positivos, casi siempre la
llenaba la cabeza de un centn de cuentos de brujas.

Es de suponer cul no sera el regocijo interior de doa Agueda al
descubrir que la que haba llamado a la puerta era una moza de medio
pelo que, pues se recataba bajo la _manta_ de burato bordada de colores
y, por supuesto, costosa, de lujo, no poda menos de ser alguna de sus
amigas con el disfraz de paciente.

--Qu quieres?, le pregunt la celosa seora con cierta aspereza y
precipitacin, no fuera que volviese a tocar.

--Vengo por el seor doctor, contest tmidamente Cecilia, acercandse a
la ventana y levantando entonces los ojos de lleno a la desconocida
seora.

--Tate! dijo ella entre s, luego que not el buen parecer de la
muchacha. Aqu hay gato encerrado. El mdico, aadi alto, ha pasado
mala noche, y duerme...

--Qu lo siento! exclam Cecilia dando un suspiro desgarrador.

--Qu mdico es el que buscas, muchacha? pregunt la seora sonriendo
maliciosamente. Porque podra ser que estuvieses equivocada.

--Vengo por el seor doctor don Toms Montes de Oca, repuso Cecilia en
voz alta, aunque temblosa. No vive aqu el caballero?

--S, aqu vive Montes de Oca. T le conoces?

--Lo he visto muy pocas veces.

--Dnde vives t?

--En la calle del Aguacate, al costado del convento de Santa Catalina.

--Eres t la enferma?

--No, seora, mi abuela.

--Es l su mdico?

--No, seora.

--Entonces, por qu vienes por este mdico en vez de solicitar
cualquiera otro que quizs vive ms cerca de tu casa?

--Porque mi abuela conoce al seor don Toms y el seor don Toms la
conoce a ella.

--Dnde se han visto?

--En casa y aqu tambin.

--T vives con tu abuela?

--S, seora.

--T abuela es casada?

--Viuda. Enviud mucho antes de que yo naciera.

--Cuntas veces ha estado Montes de Oca en casa de tu abuela?

--Yo no las he contado. Pocas veces.

--Ni ms claro ni ms turbio. Te conoce a ti Montes de Oca?

--No lo creo. Es decir a la seora, no creo que me haya visto nunca cara
a cara.

--Dnde has estado t cuando l ha ido a visitarlas?

--En casa, pero mi abuela es quien siempre le ha recibido, yo no me le
he presentado...

--Cosa extraa! Qu motivo has tenido para esconderte de l?

--Ninguno, seora, slo que ha dado la casualidad de no estar yo bien
vestida cuando l ha ido a ver a mi abuela.

--Oiga! Conque pretendas coquetear con l? T no sabes que es feo y
viejo para ti?

--Yo no he pretendido coquetear con el seor doctor.

--Qu tratos y contratos tiene Montes de Oca con tu abuela?

--Yo no s, seora. Nada malo.

--Eres casada?

--No, seora.

--Pero tendrs novio y te casars pronto, no es as?

--No tengo novio ni me voy a casar pronto. En fin, tendr la seora la
bondad de decirme si el seor doctor...

--Ya te he dicho, interrumpi doa Agueda, que Montes de Oca ha pasado
mala noche y dio orden de que no lo despertaran hasta las diez.

--Ay de m! exclam Cecilia profundamente afligida. Qu desgracia!

Tocado con esto a lo vivo el corazn amoroso de doa Agueda, pregunt
con intencin:

--Y t quin eres?

--Yo soy Cecilia Valds, contest la joven llorando.

--Cecilia Valds! repiti doa Agueda entre sorprendida y cavilosa.
Despus aadi con vivacidad: Ven, entra.

Sin aguardar respuesta ni esperar objecin ninguna de parte de la
muchacha, fue por s misma a correr el cerrojo de te con que se cerraba
el postigo de la puerta, y la dio franca y amable entrada en su casa.

En medio de su afliccin crey notar Cecilia algo extrao en la hermosa
seora, algo que tena semejas con la locura. Pero no la inspir eso el
ms leve temor, antes se sinti fuertemente atrada hacia ella, no ya
slo por la naturalidad de sus palabras, sino tambin por la gracia de
sus acciones y la dulzura imponderable de su voz. Ello es, que como
dominada por una poderosa fuerza magntica, callada y sumisa se dej
llevar hasta el comedor, donde penetraba alguna claridad, gracias a su
inmediacin al patio, y donde su conductora tom asiento de espaldas
contra una mesa grande de bruida caoba. All, teniendo a la joven (que
se conserv en pie) por ambas manos, muy cerca de sus rodillas, la
estuvo contemplando y examinando desde el cabello a la planta un buen
espacio, y, cual si hablara con una estatua, o con una persona que no
entenda su idioma, repeta con nfasis: No se parece! Qu! Nada, no
se parece. No puede ser hija suya. Tal vez ha salido a la madre, que es
la cierta.

--Sabes quin es tu padre? le pregunt de repente.

--No, seora, contest Cecilia con la mansedumbre de antes.

--No te lo ha dicho nunca tu madre?

--No, seora. Yo no conoc a mi madre. Ella se muri poco tiempo despus
de nacer yo.

--Quin te ha contado ese cuento?

--Qu cuento?

--Pues, el de que muri tu madre despus de nacer t.

--No es cuento, seora, lo de la muerte de mi madre. No tengo ni el ms
mnimo recuerdo de ella.

--Qu edad tienes t ahora?

--Yo nac, segn me ha dicho mi abuela, en el mes de octubre de 1812.
Haga la seora la cuenta.

--Y cmo es que tu abuela no te ha dicho quin es tu padre? No lo
conoce ella? Sabes que te echaron a la Casa Cuna?

--S, seora. Me pusieron en la Casa Cuna para que me bautizaran con el
apellido de Valds.

--Pues yo no soy inclusera y tambin llevo ese apellido. De suerte que
tu padre, aun sin pasarte por la Casa Cuna bien pudo bautizarte,
ponindote en la fe de bautismo de padres no conocidos, como es
costumbre. Se conoce que tena malas entraas. Te cri tu madre?, esto
es, te dio el pecho?

--Creo que no. A m me cri una negra.

--Dnde te cri? En la Casa Cuna?

--No, seora, en casa de mi abuela.

--Cmo se llamaba tu criandera?

--Me parece que Mara de Regla Santacruz.

--Vive? En dnde est ahora?

Despus de titubear por breve rato, contest Cecilia conocidamente
confusa:

--Entiendo que mi madre de leche se halla desterrada en el campo por sus
amos. Al menos as me lo dijo un negro con quien tuve anoche unas
palabras en el baile de la gente de color, all afuera.

--Otro cuento tenemos. Mentira. Tu criandera no es esclava de los condes
de Jaruco. El que alquil a esa negra para que te diera de mamar en la
Casa Cuna y en casa de tu abuela, se es tu padre. Mralo!

Aprovechose doa Agueda del momento en que Cecilia buscaba el objeto que
ella le haba indicado con la palabra y la mano, para levantarse y
desaparecer en el cuarto ms prximo, empujando la puerta que daba al
patio. Perpleja y azorada la muchacha, gir en torno y casi se le escapa
un grito del susto, cuando repar que un hombre de cara larga y plida,
sin pelo de barba, cual si fuera de la raza india, cuya cabeza cubra
hasta las orejas un gorro mugriento de seda, la miraba fijamente con
ojicos de mono, a travs de la reja de hierro, medianera entre el
aposento y el comedor.

--Qu traes?, la pregunt el hombre en voz gangosa de falsete.

--Caballero, repuso Cecilia dudosa, vengo por el seor don Toms
Montes...

--Yo soy, la interrumpi l. Qu se ofrece?

--Ay! Es el caballero? Pues no deca la seora...?

--No hagas caso. La seora est... (e hizo un movimiento rotatorio con
el ndice de la mano derecha, apuntando para su propia cabeza) Para
quin?

--Para mi abuela.

--Qu tiene tu abuela?

--Ay! seor doctor, est muy mala. Se muere... Si el seor doctor
tuviera la bondad de ir ahora mismo...

--Quin es tu abuela?

--Crea que el seor doctor me haba conocido... Josefa Alarcn, criada
del seor doctor...

--Ah! La madre de... S, s, ya, protegida por el seor don... Qu!
tengo la cabeza!... Ah! y t eres su hija... Toma! Tu nombre es...
Cecilia. Yo bien deca. Cecilia, Cecilia Gam... Pues, Cecilia Valds. No
era posible que yo me olvidase. Slo que como tengo la cabeza hecha un
giro, se me haban trabucado las especies. Tu abuela y t me estn muy
recomendadas. Pero aqu entrens (aadi en tono ms bajo), no hagas
caso de lo que ha ensartado mi mujer de m, de ti, de tu madre, de tu
padre, de tu criandera, etctera, porque todas sas son cosas de su
cabeza. Ella est... (y volvi a barrenarse las sienes con el dedo
ndice de la mano derecha). T no entiendes. No creas nada. Cecilia
Gam... quiero decir, Valds. Te pareces bastante, te pareces mucho...
Ah! Dile a tu abuela que para all ir as que me pongan la volante.
El calesero debe haber ido a baar los caballos al muelle de Luz... Si
no ha tomado un trago por el camino, ahorita est de vuelta; y detrs de
ti... Ve. Di a tu abuela que para all voy. El seor don, don, don...
digo, que paga bien los servicios... Es generoso, esplndido... Ve
pronto.

Al retirarse Cecilia despechada y firmemente persuadida de que aqulla
era una casa de orates en toda la acepcin de la palabra, echole el
mdico una mirada intensa y escudriadora, y se qued clavado a la reja,
repitiendo a media voz:--Se parece bastante, mucho, muchsimo! Estaba
por decir que es su vivo retrato. No crea yo que fuese tan linda como
me la pintaban. Guapa muchacha! S, guapa, muy guapa! Mira! Si la
mandamos con su madre al ingenio _Jaimanita_, all con los padres de
Beln... Qu beln no se habra formado! Ja, ja, ja!--Y ri como un
verdadero loco.

Puntual fue Montes de Oca a la promesa hecha a Cecilia, presentndose en
su casa a las nueve de la maana; con lo cual dio, adems, prueba
palmaria de que saba llenar los compromisos que contraa con sus
amigos.

Para asistir a la enferma, pues que no entendan de eso Cecilia ni
Nemesia, ya se haba constituido en la casita _sea_ Clara, la mujer de
Uribe, a quien no tuvo empacho Montes de Oca de comunicar en secreto el
juicio que haba formado acerca de la enfermedad, segn el breve examen
hecho. En una palabra, pronostic adversamente. Y aunque no dio las
razones en que se fundara para pronosticar con la franqueza y
certidumbre que sola, era claro que, dados los aos, las desventuras y
la rigurosa vida asctica y de mortificacin de la enferma, deba
esperarse un fin prximo y fatal. En tales sujetos adquiere, adems,
carcter grave cualquier dolencia, por ligera que sea en su origen.

Lo nico que dijo en general Montes de Oca fue, que ante todo y sobre
todo era preciso combatir con mano fuerte el sntoma comatoso que
presentaba la enfermedad (con cuya palabra es seguro que dej
completamente a oscuras a sus oyentes), y, en consecuencia, siguiendo al
pie de la letra el mtodo antiflogstico de curar, muy en boga entonces,
recet al exterior tres vejigatorios bien cargados de cantridas, una a
la nuca y los otros dos a las pantorrillas; al interior una opiota para
calmar los nervios y ver de provocar el sueo restaurador, y nada de
alimento hasta que no declinase el estado inflamatorio de la calentura
cerebral.

Cecilia, anegada en llanto, acompa al mdico hasta la puerta de la
calle, esperando sin duda una palabra suya de consuelo antes de
marcharse, pero l, o no la entendi, o estaba embebida su mente en
cosas muy ajenas a la enfermedad de la abuela y al dolor de la nieta.
Ello es, que slo se ocup de decirla que no la sentaba tamaa
afliccin, que _su amigo_ (con nfasis en esta frase de doble sentido)
la tena muy presente, y que volvera por la tarde para ver qu tal
segua la enferma.

La tom una mano, puso en ella, sin explicar de quien proceda, una onza
de oro, y a tiempo de partir le dio un apretn que poda traducirse de
diversos modos. En nada de eso par la atencin Cecilia; pero hecho todo
a ciencia y paciencia del malicioso calesero, aunque al parecer no vea,
oa ni entenda, poda apostarse cualquier cosa a que le fue con el
canutazo a su ama doa Agueda Valds de Montes de Oca.

Menude el mdico las visitas profesionales. Y cmo no? Nada tema por
lo que respectaba a la paga de su trabajo ni por el monto tampoco, que
poda ser cuantioso; y luego las lgrimas de Cecilia, realzando sus
naturales encantos, eran capaces de ablandar las piedras, cuanto y ms
que el corazn de Montes de Oca no tena nada de duro ni de piedra.
Pero si de veras se propuso acertar esta vez y curar al enfermo, la
err, y muy probablemente por carta de ms. Record infinidad de casos
parecidos e iguales que haba tratado felizmente en su larga prctica;
registr todos sus libros de medicina, entre otros el publicado
ltimamente en Pars por Broussais, padre del mtodo antiflogstico,
titulado La irritacin y la locura, que haba hecho tanto eco en el
mundo; prob las tisanas ms aceptadas, las cataplasmas, las unturas,
las ventosas, los vomitivos, los purgantes, las sanguijuelas; como
ltimo recurso propin la pldora de Ugarte, con cuyo heroico remedio
haba salvado ms de un moribundo de las garras de la muerte. No cabe
duda ninguna que si hubiese habido ms resistencia y jugo vital en el
cuerpo descarnado de la triste _sea_ Josefa, ms pruebas y experimentos
habra hecho en l Montes de Oca. A los doce o quince das de lucha
incesante y fiera, al menos por su parte, convencido de que el momento
final se acercaba al galope, entreg la enferma en brazos de la religin
y se retir con sus honores.

Su retirada repentina naturalmente caus sorpresa, con mayora de razn
que en las primeras horas de la noche del 12 de enero, noche nublada y
fra por cierto, haba abierto los ojos la enferma y dado otras seales
de vida. Con todo, habiendo ordenado que se dispusiese _sea_ Josefa,
pues que haba vuelto en su acuerdo, no haba mas que obedecerle.
Cecilia, en tal virtud, rog a Jos Dolores Pimienta, que velaba con
ella mientras dorman Nemesia y _sea_ Clara Uribe, fuese por los santos
leos a la iglesia de San Juan de Dios. Entretanto la joven, sin prdida
de tiempo, ni de valor, improvis un altar de su propia cmoda en el
cuarto de la enferma, poniendo sobre la empolvada tabla un lienzo
blanco, a falta de mejor mantel, y un crucifijo entre dos velas de cera
en sus respectivos candeleros de cobre.

Como advirtiese la abuela los preparativos de la nieta, le pregunt en
tono de voz casi inaudible:

--Qu haces ah, nia?

--No lo ve su merced?, contest ella temblando del susto y de la
pesadumbre. Compongo el altar.

--Para qu?

--Para el padre.

--Han llamado a misa?

--Todava. Mas el padre ha de venir pronto...

--Por qu no me has _dispertado_ en tiempo? Yo no estoy vestida.

--Su merced puede confesarse como est.

--Confesarme!

--S, mamita, confesarse. No se acuerda su merced que me pidi el
confesor?

--Ah! S, es verdad! Ya me acuerdo. Bien, nia, chame una _manta_ por
encima. Qu hora es?

--Son las siete o las ocho.

--Tan tarde?

En esto se oy el sonido peculiar de la campanilla tocada por un
muchacho, anunciando desde lejos la aproximacin de los santos leos.
Conducalos el padre Llpiz en las manos juntas y altas, caminando a pie
entre Jos Dolores y el sacristn de la iglesia, cada cual con un farol
encendido para hacer reverencia al Sacramento y alumbrar la va. A su
paso por las calles se asomaban los vecinos a la puerta de sus casas, se
postraban en tierra y alumbraban tambin con una vela en la mano. Todos
estos ruidos y rumores llegaron a los odos de Cecilia, a tiempo que la
procesin desemboc en la calle de O'Reilly, viniendo por la de
Compostela. An las monjas en el convento de Santa Catalina, enteradas
de lo que pasaba en su vecindario, hicieron tocar agonas, y en sus
fervientes oraciones encomendaron el alma del moribundo a la merced de
su munfico creador.

Puede afirmarse con verdad que _sea_ Josefa no estaba en su cabal
juicio y sentidos cuando se confes, comulg y recibi la extremauncin.
A haber vivido horas no ms despus de esos actos solemnes e imponentes,
de nada de ello habra sabido darse cuenta. Fue todo para ella el
resultado de un hbito inveterado. De otra manera, la vista del cuadro
que se ofreci en torno de su lecho de agona, mientras el padre la
auxiliaba a bien morir, habra sido bastante conmovedor para apresurarle
la muerte. Cecilia y Nemesia de un lado, _sea_ Clara y Jos Dolores del
otro, un oficial de la sastrera de Uribe que lleg en aquellos momentos
y el sacristn a los pies, todos arrodillados, murmurando devotas
oraciones y alumbrando la triste escena con un farol o una buja,
formaban grupo interesante, original y digno del pincel de un inspirado
artista.

A la conclusin de la tristsima ceremonia, todos los circunstantes, que
ms que menos, experimentaron una especie de alivio interior, porque se
cree en general que trae aparejada la muerte. Aun la enferma pareci
reanimada, en vista de que sac el brazo derecho de debajo de las
sbanas y empez a tentar por varias partes del lecho, como si buscase
algo que se le haba perdido. Le detuvo la mano Cecilia, y pregunt:

--Qu buscas, mamita?

--A ti, mi corazn, respondi la abuela con mucho trabajo.

Esta tierna solicitud, esta salida inesperada hizo saltar las lgrimas
de Cecilia, quien, para que la abuela no se impresionara, volvi el
rostro a otro lado.

--Pues aqu me tiene su merced, dijo, apretando la mano de la enferma.

--No te vea, agreg ella con sentimiento. Est esto tan _escuro_...!

--Apagu las luces por su merced.

--Ests sola?, pregunt la anciana despus de largo silencio.

--S, mamita.

Dijo verdad, porque en oyndola, prudentemente se retiraron a la sala
las otras dos mujeres; y los hombres an no haban vuelto de la iglesia,
a donde haban ido para acompaar al vitico.

--Querra... decirte una... cosa, dijo _sea_ Josefa muy despacio,
despus de otra larga pausa.

--Pues diga, mamita, diga. Ya escucho.

--Acrcate. Por qu te alejas, mi vida?

--Yo no me alejo. No. Estoy cerquita de su merced.

--Pobre Charito! Qu ser de ella? Me voy primero... me voy.

--Jess, mamita! No se aflija ahora su merced pensando en eso. Le hace
dao, mucho dao. Sosiguese.

--Pobrecita! Pero t... rompe... relaciones... el caballerito... Ese es
tu...

--Mi qu, mamita?, pregunt Cecilia sobresaltada y con instancia, pues
la abuela tardaba en terminar la frase. Mi qu, mamita del alma? Hable,
diga; por la Virgen Santsima, no me deje en esta terrible indecisin.
Es mi enemigo? Mi tormento? Mi infiel amante? Mi que?

--Es tu... tu... tu... t..., continu repitiendo _sea_ Josefa, cada vez
a ms largos intervalos y ms bajo tono, hasta que el ruido de la slaba
misteriosa se convirti en lgubre murmullo y el murmullo en un mero
movimiento de los labios, que no dur mucho tampoco. La enfermedad tuvo
su crisis. Haba expirado.

No haba visto Cecilia morir a nadie, as que, al convencerse por el
tacto de que la abuela no alentaba precisamente cuando la crea ms
viva, el horror ms bien que el pesar le arranc un grito terrible y le
priv del sentido. Acudieron _sea_ Clara y Nemesia, y la encontraron
en la cama abrazada con el cadver, del cual les cost trabajo
separarla. Justo era su inmenso dolor. Desde aquel momento le faltaron
de una vez su protectora, su compaera, su tierna amiga, su pariente, su
madre adorada; y para mayor desesperacin, quedole siempre despus el
remordimiento de que en la confusin haba olvidado poner en la mano de
la moribunda la vela del alma, preparada con tanta anticipacin para ese
mismo caso.

Mientras dur la enfermedad de la Josefa Alarcn, fue entregando el
mdico a Cecilia, siempre sin decirla palabra de quien procedan,
diversas cantidades de dinero, las mismas que ella reciba con una mano
y con la otra pasaba a las de Jos Dolores Pimienta, creado de hecho su
mayordomo y cajero. Corri l, en efecto por ese breve tiempo (brevsimo
para quien ansiaba se repitieran las ocasiones de acercarse a Cecilia y
de prestarle cada da nuevos servicios), con todos los gastos que
ocasion la enferma; y muerta, ajust con el conocido muidor Barroso
los preparativos para el entierro. Siendo muy estrecha la casita de la
calle del Aguacate para recibir a las visitas que vendran a dar el
psame a Cecilia, y para celebrar el velorio, dispuso Pimienta se
trasladara el cadver a la sala de la casa en que l y su hermana
vivan, en la calle de la Bomba, donde estuvo de cuerpo presente desde
las diez de la noche hasta las tres de la tarde del siguiente da. No se
erigi catafalco: vestida de muerta con el hbito mercedario, color de
pajuela, que cea la correa negra usual de la Orden de la Merced, y
metida en su caja forrada de pao negro, se deposit en unas andas
comunes, entre grandes cirios de cera y candelabros plateados.

El maestro Uribe, con sus oficiales y amigos y los numerosos de
Pimienta, velaron toda la noche, y a la hora del entierro condujeron las
andas a hombro, relevndose de cuatro en cuatro hasta el cementerio,
situado en el pequeo arrabal de San Lzaro, al extremo de la calzada de
este nombre.

El nico incidente que en cierto modo marr la solemnidad del acto, fue
el que en breves palabras vamos a referir. Distaba la casa mortuoria del
cementerio sobre media legua, y la va ms corta no conduca por las
calles de la poblacin, sino por veredas tortuosas, sombreadas del
lujoso arbolado de las quintas y jardines, que entonces ocupaban el rea
toda del hoy extenso barrio titulado del Monserrate.

All donde se alza la moderna iglesia que le da nombre, se uni de
repente a la fnebre comitiva, procurando confundirse con ella, un negro
desconocido y de mala catadura, que pareca cansado de mucho correr.
Tras ste se apareci a poco otro a caballo en traje militar, de
chaqueta de pao, con dos charreteras de oro y sable de caballera. Era
joven y de ademn bizarro. Sin andarse en chiquitas, se precipit sobre
el fugitivo, y, apuntndole con el arma al pecho, grit:--Date, Malanga,
o te mato.

--Tond! Tond! exclamaron los de la comitiva que le conocan de vista
o de trato.

Cogido, pues, Malanga entre la punta del sable y las andas en que iba la
difunta, no tuvo ms remedio que entregarse a merced del captor; el
cual, sin desmontarse, le amarr codo con codo, le ech por delante, y
saludando a la militar con el arma al aire, dijo a los del
duelo:--Seores, espero me dispensen el mal rato. Tena orden de Su
Excelencia el Capitn General, de coger a este pcaro, vivo o muerto, y
la he cumplido. Que siga el entierro. Salud, seores.

La primera parada de la fnebre procesin se hizo a la reja grande que
mira al azulado mar Atlntico de la casa de la Beneficencia, a fin de
que los nios hospicianos de ambos sexos cantasen un responso por el
alma del difunto, mediante el pago de una moneda de oro, en calidad de
limosna.

La segunda parada se efectu delante de la reja del cementerio, debajo
del gracioso arco de entrada, para que el capelln hiciese la aspersin
del atad con agua bendita, antes de consignarle al sepulcro. Cuando se
ejecutaba este acto final y siempre triste, los acompaantes, en actitud
reverente, permanecieron de pie y descubiertos, formando grupo en torno
de la huesa.

Jos Dolores Pimienta, Uribe y algunos otros arrojaron un puado de
tierra sobre el atad de la que fue en vida Josefa Alarcn y Alconado,
no menos distinguida por su belleza que por sus desgracias, su ardiente
amor de madre y prcticas religiosas de sus ltimos aos; y el primero,
que haca de cabeza del duelo, al darles las gracias a sus amigos y
despedirlos, no pudo evitar que se le humedecieran los ojos, acaso
porque se le vino a la mente en aquel instante el cuadro de su
idolatrada Cecilia, transida del dolor y desmayada en brazos de
Nemesia.




CAPTULO III

     _Qu es la vida? Por perdida
      Ya la di,
      Cuando el yugo
      Del esclavo,
      Como un bravo Sacud._

         J. DE ESPRONCEDA


A mediados de enero volvi del campo la familia de Gamboa: los criados
por mar, los amos por tierra. Leonardo lleg algunos das despus.

Lo primero que hizo doa Rosa en la ciudad fue darle licencia o papel a
Mara de Regla para buscar acomodo o amo. El papel (as se le llama por
antonomasia en Cuba) en cuestin, firmado por don Cndido, rezaba poco
ms o menos como sigue: Concedo papel a mi esclava Mara de Regla, para
que en el trmino de diez das de la fecha busque acomodo o amo en la
ciudad. Es criolla, racional, inteligente y gil, sana, robusta, no ha
padecido nunca enfermedad, no tiene tacha conocida, sabe coser de llano,
entiende de lavar y aplanchar, de cuidar nios y enfermos. Se le da
papel porque ella lo ha pedido. No ha conocido ms amos que aqul donde
naci y el que ahora la vende. Habana, etc.

Despachado este asunto, que doa Rosa juzgaba de mucha importancia, se
ocup del negro fugado. Achacaba toda la culpa del suceso al Mayordomo,
motivo por el cual en la primera oportunidad se le fue a las barbas con
la irnica inquisicin de:

--Supongo que Vd. ha hecho muchas diligencias para averiguar el paradero
de Dionisio.

--S, mi seora doa Rosa, varias, muchas diligencias, contest l
embarazado, pues menta como un turco. Slo que estos negros... vamos,
son el mismo dianche. Saben agazaparse... Vaya que si saben!

--Veamos qu ha sacado Vd. en limpio.

--Poca cosa, mi seora, casi nada. Se dijo que le haban muerto de una
pualada, y... pare Vd. de contar. Porque no habindose levantado
sumaria del hecho, que yo sepa, ni aprehendido al hechor, ni enterrado
al muerto, he supuesto, suposicin bien fundada, me parece, que lo de la
pualada ha sido mero rumor, una farsa, esparcido quizs por el mismo
Dionisio para desorientar y evitar que le sigan la pista. Digo a Vd., mi
seora doa Rosa, que saben mucho estos negros, mucho...

--Quedo enterada, dijo la seora en su despecho. Luego aadi: Pues es
preciso que aparezca ese negro.

--Preciso, repiti don Melitn.

--Muerto o vivo ha de estar en alguna parte, agreg doa Rosa.

--Eso digo yo, dijo el Mayordomo.

--Nada ha dicho Vd. de provecho, exclam doa Rosa incomodada. Cmo es
que no se le ha ocurrido poner un avisito en el _Diario_?

--Vaya que s se me ha ocurrido, seora doa Rosa, replic el hombre,
contento de poder vindicarse. Se me ha ocurrido ms de una vez, muchas.
S, seora, se me ha ocurrido.

--Entonces, por qu no lo ha puesto en planta?

--Pues ah est el ajo de la dificultad, mi seora doa Rosa. Es que no
s como redactar esos avisos. Jams las he visto ms gordas. Cosa
natural; en mi pueblo no haba gacetas.

--La cosa es lo ms fcil del mundo. No recuerda Vd. las seas de
Dionisio? Su figura? Su empaque? Negro criollo, prieto rechocho,
marcado de viruelas, cara redonda, grandes entradas, boca grande, nariz
chata, buenos dientes, ojos saltones, cuello corto, aire aristocrtico,
oficio cocinero, sabe leer, debe darse por libre, falta de la casa de
sus amos desde _tal_ fecha; se dar una buena gratificacin al que lo
capture y entregue en _tal_ parte, haciendo responsable a daos y
perjuicios, etc., etc. Todo como se lee cada da en el _Diario_, bajo el
epgrafe o como se llame, de... _Esclavos prfugos._

--Ya, ya, me parece bien dicho todo eso, seora doa Rosa. Suena
lindamente de palabra, mas cjase la pluma y pngase en el papel...
Declaro sin vergenza, mi seora, que no me da el naipe en achaque de
escritos para gacetas. Claro, yo no nac para gacetillero, y el que no
naci para casado, dice el refrn, que no engae a la mujer.

--En muy poca agua se ahoga Vd., don Melitn. Se atrevera Vd. a
repetir lo que acabo de decirle?

--Creo que s. Talento me falta, memoria no, me sobra.

--Est bien. Pues para que no se olvide, ahora mismo se va Vd. a la
imprenta del Diario. Se halla en esta calle, pasados los portales del
Rosario, una casa de zagun, con dos ventanas de espejo, donde antes se
jugaba a la lotera de cartones... Ah. Entra Vd. y busca a don Toribio
Arazoza, el redactor. No puede Vd. equivocarse: es hombre de facha
ordinaria, gordifln, barbudo... Casi nunca se afeita, siempre se re
con los labios, no con el semblante... Vd. me entiende. Pues a se le
relata Vd. cuanto le he dicho de Dionisio, que l sabe cmo se redactan
los avisos sobre esclavos prfugos.

Apenas sali don Melitn, doa Rosa levant los ojos y las manos juntas
al cielo, y exclam:--Ah! Qu Mayordomo tan bruto tiene mi marido! Por
milagro anda en dos pies.

A la vuelta de ste de la imprenta, le despach el ama en una volante de
alquiler, camino del Cerro, para inquirir si ya haba sido conducido
Dionisio al depsito de negros cimarrones que tena establecido el
Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana e isla de Cuba,
contiguo al elegante sitio de recreo de los seores condes de
Fernandina. No se hallaba all el prfugo, por la sencilla razn de que
slo se remitan a ese depsito general aquellos negros de las fincas
rurales que, alzados a los montes, se cogan vivos con perros, y que,
por su ignorancia o malicia, no poda averiguarse de pronto el nombre de
sus legtimos dueos.

Pesquisas tan infructuosas empezaban a sembrar el desaliento en el nimo
de doa Rosa, cuando se present en su casa un negro en traje militar
para pedirla con la mayor cortesa una audiencia de pocos minutos. Le
midi ella de alto a bajo con una mirada inquisitiva, y dijo:

--Tond?

--Muy humilde criado de la seora, contest l haciendo un arco de su
esbelto cuerpo.

--Qu se ofrece? pregunt seria doa Rosa.

--No es de la seora un aviso sobre un moreno huido?...

--S.

--Cmo se llama el moreno? y perdone la seora...

--Dionisio.

--Dionisio Jaruco?

--No, Gamboa, pues es mi esclavo. Bien que, como criollo de Jaruco, no
es extrao que pretenda pasar por ese apellido.

--El mismo que yo sospechaba. En el baile de corte que dio la gente de
color all afuera la antevspera de Nochebuena, conoc a un moreno que
se deca Dionisio Jaruco. Sus seas corresponden fielmente con las que
le dan en el _Diario_, y creo no me ser difcil cogerlo, si la seora
me concede el permiso para buscarlo.

--Regalara dos onzas de oro al que lo capturase, tres, cuatro,
cualquier dinero. Ha cometido una gran falta y deseo castigarlo cual
merece. Temo que se resista. El la echa de guapetn.

--No tenga la seora pena por eso. Se lo voy a traer amarrado codo con
codo.

--Mi regala es segura.

--No me lleva el dinero, me lleva solamente aquello de que quien la debe
que la pague. Cumplo con las rdenes de mi jefe, el Excelentsimo seor
don Francisco Dionisio Vives, que, con la aprobacin de S. M. el Rey,
que Dios guarde muchos aos, me ha comisionado para prender a los
delincuentes de color.

Sala temprano Mara de Regla de la casa en la calle de San Ignacio;
llamaba a la puerta de la de mejor apariencia, mandaba el papel a la
seora, y sentada en el umbral, mientras descansaba vena la respuesta,
reducida invariablemente a que el ama tena bastantes criados y no
necesitaba ninguna de alquiler. Tenase por denigrativo entre la gente
de color el servir a otra persona que el amo, gnero de idiosincrasia de
que no tuvo Mara de Regla ni sospecha sino al cabo de muchos chascos y
desengaos parecidos al que acaba de mencionarse. En realidad no
abrigaba ella intencin ni esperanza de obtener alquilador o amo: ambas
cosas la repugnaban altamente, estimando uno u otro extremo como la
mayor desgracia que podra sobrevenirla. Si hubiera sido mujer capaz de
mostrar en el rostro a primera vista las emociones del espritu, el ms
miope habra podido observar cmo se enrojeca de la vergenza cada vez
que sacaba el papel del seno para darlo al criado que vena a abrirla la
puerta.

Su intencin, su esperanza, el deseo ms vehemente de su alma al
solicitar la vuelta a La Habana, fue buscar a Dionisio para unirse a l
si estaba vivo, o quitarse la vida si haba muerto. Por eso, lejos de
sentirlo, experimentaba una especie de regocijo secreto siempre que la
devolvan el papel acompaado de un no, seco y decisivo. Pero el plazo
que la haban concedido era, sobre corto, fijo; ya haban cursado varios
das en vanas diligencias; si se cumpla y no presentaba alquilador ni
amo, qu hara su seora, mujer de carcter tan firme y severo con sus
esclavos? En estos crticos momentos su hija Dolores la revel la
substancia de la conversacin que doa Rosa acababa de tener con Tond,
cuyo nombre y hechos andaban en boca de todos; y aguijada por el temor
de perder de una vez a su adorado Dionisio, resolvi dedicar los pocos
das que del plazo fatal la restaban, a la consecuencia del que ya era
el nico objeto de su existencia.

Tomando lengua, se dirigi una maana temprano al mercado de la Plaza
Vieja, uno de los dos que entonces existan dentro de los muros de la
ciudad. Era aquel un hervidero de animales y cosas diversas, de gentes
de todas condiciones y colores, en que prevaleca el negro; recinto
harto estrecho, desaseado, hmedo y sombro, circunscrito por cuatro
hileras de casas, quizs las ms alterosas de la poblacin; todas, o la
mayor parte, de dos cuerpos, el bajo con anchos portales de alto puntal,
que sostenan balcones corridos de madera.

Al pie de uno de los pilares de aqullos se apoy Mara de Regla y se
estuvo largo rato contemplando en melanclico silencio el abigarrado y
revuelto cuadro del mercado. Todo all era nuevo para ella. En el
centro se alzaba una fuente de piedra, compuesta de un tazn y cuatro
delfines que vertan con intermitencias chorros de agua turbia y gruesa
que, sin embargo, recogan afanosos los aguadores negros en barriles
para venderla por la ciudad a razn de medio real de plata uno. De ese
centro partan radios o senderos, nada rectos por cierto, en varias
direcciones, marcados por los puestos de los placeros, al ras del piso,
en la apariencia sin orden ni clasificacin ninguna, pues al lado de uno
donde se vendan verduras u hortalizas, haba otro de aves vivas, o de
frutas, o de caza, o de races comestibles, o de pjaros de jaula, o de
legumbres, o de pescados de ro y de mar, todava en la cesta o nasa del
bote pescador; o de carnes frescas servidas en tablas ordinarias
montadas por sus cabezas en barriles o en tijeras movibles; y todo
respirando humedad; sembrado de hojas, cascaras de frutas y de maz
verde, plumas y barro; sin un cobertizo ni un toldo, ni una cara
decente; campesinos y negros, mal vestidos unos, casi desnudos otros;
vaharadas de varios olores por todas partes; un guirigay chilln y
desapacible, y encima el cielo azul, visto como a travs de una
claraboya, en que apareca uno que otro volador celaje, imitando, ya
transparente cendal, ora las alas de ngeles invisibles.

Entraban en la plaza y salan de ella negros y negras; stas con el
propsito de hacer la provisin diaria de casa de sus amos, aqullos con
el de procurarse al precio de por mayor las carnes, verduras o frutas
que revendan al por menor dentro de la ciudad o en sus barrios
extramuros: trfico ste, de paso sea dicho, bastante lucrativo en no
pocos casos.

Haba algo en el traje nuevo de prusiana que vesta Mara de Regla; en
el modo de llevar el pauelo de seda con que se velaba a medias los
mrbidos hombros y el de Bayaj con que se cubra las pasas; en el color
negro lustroso de la cara y brazos desnudos y torneados, anunciando
salud y robustez; en su aspecto general de forastera; en la tristeza o
timidez que su semblante y actitud revelaban, haba algo, decimos, en
todo esto, que no poda menos de llamar la atencin, an de las personas
indiferentes y muy ocupadas de sus propios quehaceres.

Pero todas, quier curiosas, quier compasivas o naturalmente
observadoras, ya entrando en la plaza, ya saliendo de ella, le echaban
una mirada de travs a la ex enfermera, y seguan de largo. Su actitud
aparentemente contemplativa (de ningn modo su traje) haca sospechar a
primera vista que la aquejaba una dolencia extraa, o que, siendo
demasiado novicia o corta de genio, no acababa de tender la mano y pedir
una limosna por el amor de Dios al transente. Cualquiera de estos
motivos era bastante para enfriar la compasin y apagar la curiosidad en
la clase de gente que acuda al mercado. Solamente una negra gruesa, con
tendencia a la obesidad, y de fisonoma franca y alegre, que sala con
un tablero lleno de carne a la cabeza, tuvo suficiente resolucin para
detenerse delante de la cuitada forastera, preguntndole de un modo
brusco, mas benvola expresin:

--Ah! _Critiana!_ Qu hace ah _par_? Qu ha _perdi_?

--Mi marido, contest de plano Mara de Regla.

Lo inopinado de la pregunta no la dio tiempo a ocultar aquello que ms
fijo tena en el pensamiento.

--Su _maro_! replic asombrada la carnicera. _Pu chatelo a busc._

Remed con esto el dicho de los muchachos en el juego de la gallina
ciega.

--En eso ando (repuso la ex enfermera con un suspiro lastimero) hace
mucho tiempo.

--Cmo _cuanta_?

--Uf! Como doce aos.

--_Oj! La va de un critiana. Cmo ama su maro?_

--Dionisio.

--_Dionisia! Dionisia! No mi ricorda. Ande viva?_

--Yo no s. Por eso lo busco.

--_Ut no e de la suid?_

--No, no soy de la ciudad. He vivido en el campo ms de doce aos.

--_Anj! Ut deja su maro atr?_

--Yo no lo dej, mis amos me separaron de l.

--_Ut e cravo, no?_

--S, esclava soy por desgracia. Me han tenido desterrada en la Vuelta
Bajo por todo el tiempo que le he dicho, y hace pocos das que me
trajeron a la ciudad para buscar amo o una persona que me alquile. Aqu
en el seno tengo el papel. De tanto guardarlo ya est sucio. He andado
de ceca en meca y no he encontrado quien me compre, ni me tome en
alquiler. Estoy cansada, aburrida, y ahora busco a mi marido que
desapareci de casa en los das de Pascuas.

--Venga _colmga_, dijo la carnicera; y mientras suban por la calle del
Teniente Rey o Santa Teresa, pregunt:--_Cmo ama ut?_

--Yo soy Mara de Regla Santa Cruz, para servir a usted.

--_Ah! Ut e sija de Dolore Santacr?_

--No. Dolores y yo fuimos esclavas de los seores condes de Jaruco. A la
muerte del seor Conde, viejo, nos vendieron en pblica subasta para
pagar las costas de la testamentara y las deudas. Yo estaba recin
casada con Dionisio, y por fortuna nos compr juntos don Cndido Gamboa,
comerciante de esclavos de frica. Desde entonces no s de Dolores. La
conoce Vd.?

--_La conoca bien, bien. Dolore vende carne, vende fruta, vende to, y
Dolore se liberta. Depu, Dolore me saca del barrac. Aqu tiene la
jierre entoava._ (Sobre el homplato derecho se le vean las iniciales
G. B. marcadas con un hierro candente) _Dolore compra un casite y yo
vende carne, vende duse y vende to pa elle. Yo trabaja, trabaja y mi
liberta tambi. Lo branco mete pleito con Dolore, Dolore mete pleito con
lo branco y le ecribn, y le ajob, y le procura y se ju se come le
dinero, la casite, to que Dolore tien. Dolore se pone loco y ahora elle
et serr a San Dionisia._

--Pobrecita! No saba su triste suerte. Loca! Qu llama Vd. San
Dionisio?

--_La casa de lo loca que ha jecho la goberna._

--Me parece que si las cosas siguen como van, un da de stos voy a
hacerle compaa a Dolores en la nueva casa de San Dionisio.

--_Si ut quie trabaj, yo le da trabaja pa jace dinera._

--Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de ganar dinero y ver
si puedo libertarme con mi marido y mis hijos. Dnde vive Vd.?

--_Vive ne la calle Ancho._

--Dnde es eso?

--_All fuer. Yo tien maro. Mosotro no son cas por le iglese. Elle e
carretiller, que vende agua, y yo vende carne, mantec, geve, frute, to
que pu._

--Cmo se llama Vd.?

--_Me ama Ginoveve Santa Cr. Mi maro e Tribusio Polanca. Elle tien
uno sijo amao Malanga que ha sacao mala cabesa. Ha matao ma branco!...
Tond lo coge como ratn con quesa le dominga depu de Nio perdo,
cuando diba nel entierre de a Chepa Alarc._

--Chepilla Alarcn? repiti preguntando Mara de Regla.

--_S, s, agrego Genoveva. Le meme. Asn se amaba. Ha perdo un gen
caserite._

--Tena una nieta?

--_S, tube un. Ma linde! Ah! qu bunite! No la ha vito ma bunite en
la va._

En este punto, trayendo la calle del Aguacate, las dos negras cruzaron
la de O'Reilly, e indic de paso Genoveva, con el dedo, a Mara de Regla
la casita, entonces cerrada, donde haba fallecido la anciana de que
hablaban. En la inmediata calle de la Bomba, la gua torci a la
izquierda y llam a la tercer puerta de la derecha con el acostumbrado
pregn de: _Caserite! No mi toma na hoy?_

Respondi al llamado nada menos que Nemesia Pimienta, slo conocida de
la vendedora como su parroquiana reciente, desconocida del todo para la
ex enfermera del ingenio de _La Tinaja_. Mientras aquella serva la
carne de puerco, la manteca y los huevos que le pidieron, sta que se
haba quedado algo atrs, cosida al batiente cerrado, registr a su
sabor una buena porcin de la sala. Arrimada a la testera de frente para
la calle, se hallaba sentada en un columpio con los pies apoyados en el
travesao de la silla que tena delante, una joven que a Mara de Regla
le pareci blanca. De este color era su vestido; pero negro el del
pauelo de batista que cea su torneado cuello; negro el del copioso
cabello hecho dos trenzas que coronaba la bien modelada cabeza; negro el
de los zapatos de carro de oro que aprisionaban sus piececitos de
elevado empeine y arqueado puente; la hermosa desconocida vesta luto en
el cuerpo y en el corazn, segn la honda tristeza que anunciaban, tanto
su semblante como su actitud. Por las prendas de ropa que se vean en el
suelo, en el respaldo de la silla y en su mismo regazo, se echaba de ver
que cosa; de cuya labor no levant los ojos sino en los momentos en que
su compaera, que se ocupaba del mismo modo, abra la puerta de la calle
y ayudaba a deponer en el quicio el tablero pesado de la vendedora.

Para que se fijara la imagen hechicera de la enlutada en la viva memoria
de Mara de Regla, no pudo ser ms propicia la ocasin; y de tal modo
fue as, que luego repeta a media voz, paso a paso detrs de su
protectora:--La nia Adela! la nia Adela!, comparando all en su
mente la fisonoma de aqulla con la de la ms joven de sus amas.

Como oyese la carnicera la cantinela, dijo en tono de represin:

--_Ah! Ese nie no ama Adel, ama Sesil._

Ms vale callar, pens Mara de Regla, y no replic palabra; pero se
qued en sus trece, por cuanto sigui creyendo en que haba singular
semejanza entre su nia y la enlutada de la casa en la calle de la
Bomba, cuyas seas guard para la primera oportunidad.

Hasta las dos de la tarde anduvieron las negras vagando por las calles
de la ciudad; y en el medio tiempo logr la carnicera reducir a plata
los efectos que llevaba en el tablero. Por la puerta llamada
popularmente de la Muralla, salieron a la Alameda y se sentaron en un
asiento de piedra, protegido por un rbol frondoso, entre el antiguo
caf de Atenas y la estatua de Carlos III.

De una mugrienta bolsita de caamazo cuya boca se recoga con un
bramante, y que Genoveva llevaba en el seno, sac y cont hasta doce
pesos en pesetas sevillanas, reales y medios de plata, de los cuales,
deducidos los siete, poco ms o menos, costo de las mercancas
negociadas, rest una ganancia neta de cinco duros. No se requera
conocimiento de los nmeros para hacer la cuenta, ni de ms convincente
argumento para probar lo remunerativa de aquella industria. Convencida
de ello, se decidi a adoptarla Mara de Regla.

Hablaba despus ella de lo que se deca respecto de su marido, de la
herida que haba recibido en ria, por aquel mismo barrio, y de su
desaparicin desde la vspera de Nochebuena. Entonces record Genoveva
haber odo decir a Malanga, que por esa fecha haba amparado a un moreno
que encontr mal herido a la entrada de la calle Ancha. Esta especie la
haba corroborado en todas sus partes el carretillero aguador, quien
momentos antes que su malvolo hijo, segn se recordar, pas por all y
no se detuvo porque juzg muerto al herido. Preso en la crcel Malanga,
no era fcil averiguar de pronto quin fuese, ni qu se haba hecho el
moreno herido; pero Mara de Regla se convenci que no poda ser otro
que Dionisio, y se propuso explotar en todos sus alcances datos tan
preciosos.

En este punto de la conversacin de las dos mujeres, pas a caballo por
delante de ellas, y atraves el centro del Campo de Marte, en direccin
de la calzada de San Luis Gonzaga, el joven negro militar, de que hemos
hablado varias veces.

--Tond!, dijo Genoveva indicndoselo a su compaera.

Sin poderlo remediar, a su vista diole un vuelco el corazn a Mara de
Regla. Es que crey ver a Dionisio en las garras de aquel joven
intrpido que portaba sable, que la ley protega, y que el prestigio de
sus muchos actos de valor heroico haca casi invulnerable. Se puso en
pie por un impulso desconocido, dio algunos pasos en la direccin que
llevaba cuando le perdi de vista tras la nube de polvo que levantaban
las patas de su veloz caballo en la distante calzada, retrocedi al
asiento y se desplom sin habla junto a su asombrada amiga.

Fue causa este ligero incidente para que las dos mujeres tardaran
todava algn tiempo antes de ponerse de nuevo en camino. Pero no bien
entraron en la calle Ancha, echaron de ver desusada agitacin y extrao
movimiento de pueblo. Hombres, mujeres y muchachos corran como
desatentados en opuestas direcciones. Los ms se refugiaban en sus
casas, cerraban las puertas con estrpito y se asomaban a los postigos
de las ventanas para preguntar al vecino o al transente el motivo de
aquellas carreras, cerramientos de puertas y exclamaciones. Este
contestaba:--Un fuego en Jess del Monte; el otro:--Un levantamiento de
negros en la tenera de Xifr; aqul:--Un robo en la calle de las
Figuras; quin:--Un _matado_.

El ltimo en hablar fue el nico que se acerc a la verdad, confirmando
la noticia algo despus de las tres de la tarde, con muchos aspavientos
y palabras inconexas, el carretillero o aguador Polanco. Muy conocido en
el barrio, su aparicin en la calle Ancha fue saludada con un escopeteo
graneado y cruzado de preguntas de ventana a ventana. Ocioso era aquel
trabajo, porque l de _motu propio_ vena anunciando la muerte alevosa
de Tond, delante de la zapatera de la calle de Manrique esquina a la
de la Maloja.

Por Malanga, preso en la crcel pblica, haba averiguado Tond el asilo
de Dionisio Gamboa, y corri a prenderlo con aquella confianza y
descuido que nacen del valor llevado hasta la temeridad. Llamado a la
puerta del obrador por un hombre tan conocido como Tond, no pudo
Dionisio equivocar sus intenciones, y desde luego, form su resolucin.
Se levant del banco en que trabajaba, y se acerc con las manos a la
espalda, en ademn de entregarse.

El movimiento de avance por parte del prfugo determin otro opuesto por
parte del perseguidor, que le fue fatal. Grande, como se ha dicho, era
el desnivel de la calle, y haba adems detenida entonces a la puerta de
la zapatera una volante alquilona que obstrua el paso. Para hacer
campo, Tond, ya desmontado, retrocedi corto trecho; descuido ste de
que se aprovech en el instante el astuto cocinero, para metrsele
dentro y abrirle el vientre de lado a lado con el mismo trinchete de que
se serva para las reparaciones de la suela de los zapatos. Herido y
todo el heroico Tond, persigui al asesino, cayendo exnime a poco
andar en medio de la honda calle.

El hecho es histrico en casi todos sus pormenores.




CAPTULO IV

     _Qu soar con el que adora,
      y qu sufrir cuando tarda,
      y qu temer cuando llega,
      y qu llorar si se marcha?_

         J. VELARDE


En una maana del benigno enero diole a Cecilia un vuelco el corazn, y
dijo entre s:--Eh! Viene l hoy. Y desde ese momento no pudo pensar en
otra cosa, ni hacer nada de provecho. Veces infinitas se asom al
postigo de la ventana, creyendo la cuitada que as apresurara la venida
del objeto de sus ansias; y otras tantas se dej caer, desfallecida de
alma y cuerpo, en el columpio arrimado a la testera opuesta.

De poco le vali el volverse toda odos y ojos. Por el contrario, tal
era la ofuscacin de sus sentidos, que escuchando no oa, mirando
intensamente no vea. Esto explica por qu se pasaron algunos segundos
antes que ella realizase la presencia del amante, llenando el hueco de
la entornada puerta de la calle, cual en un espejo su imagen adorada.
Entonces, olvidada por completo de sus propsitos de venganza, de los
desdenes anteriores, de los supuestos agravios recibidos con sus
veleidades y su marcha al campo, corri a su encuentro con los brazos
abiertos, le bes y se dej besar por l en el delirio de la pasin. No
cabe duda, el hecho de la corta ausencia haba obrado el milagro de
convertirlos en ntimos amigos, en cariosos hermanos, en ternsimos
amantes.

--Ests sola? la pregunt l.

--Sola, contest ella con lnguida expresin.

--Me esperabas? agreg tiernamente tenindola estrechada todava por la
cintura.

--Con el alma y con la vida, repuso la joven en su amoroso entusiasmo.

--Quin te dijo que yo vena hoy?

--El corazn!

La bes de nuevo en los ojos y en la boca, y aadi:

--Te hallo plida y ms delgada que a mi partida para el campo.

--Le parecen poco las noches y los das que he pasado sin pegar los
ojos velando a mamita? Tampoco han faltado otros sinsabores...

--Cundo se enferm tu abuela?

--Desde el ao pasado mamita no gozaba de salud. Pero su gravedad se
puede decir que principi la vspera de Nochebuena. Cuando yo llegu, a
eso de las dos de la madrugada, la encontr con una calentura que
volaba... No se levant ms.

--Dnde habas estado t hasta esa hora?, pregunt el joven
sorprendido.

--En una parte.

--En qu parte?

--Oh! En una parte.

--Me dirs dnde?, la pregunt Leonardo ponindose serio.

--Espero que me diga Vd., antes dnde ha estado todo ese tiempo, replic
ella no menos seria, tratando de herir por los mismos filos.

--Yo he estado donde t sabes.

--Ya, en el campo, Vd. me lo dijo, pero se fue Vd. por mi voluntad?

--Ah! Vengativa! Esas teniendo? Segn eso, t has estado en _una
parte_ por pique conmigo.

--Por pique no. No tengo nada de vengativa. Ni un tantico. Lo que yo no
quiero, lo que no puedo aguantar es que me la den de boba. Fue Vd. a
divertirse con sus amigas en el campo, haba de quedarme en casa
encerrada como monja? No faltara ms.

--Fui de mala gana. Hubiera preferido quedarme, pero mam se propuso
llevarme... No te lo dije as?

--Me lo dijo con la lengua.

--Yo no digo mentira.

--No tiene Vd. la boca debajo de la nariz como los dems hombres? Va
que s. Ninguno dice mentira. Qu! Sera un pecado. Pero cul de Vds.,
si se ofrece, no engaa a la mujer ms buena del mundo?

--Qu sabes t de eso?

--Mucho ms de lo que Vd. se figura. Muy lpero ha de ser el que se
burle de m.

--No hables boberas y dejmonos de cosas que no tienen fundamento. Es
gana que busques motivos de quejas. T no puedes ponerte _brava_
conmigo. Dime, en dnde estuviste la vspera de Nochebuena?

--De mal a mal?

--De bien a bien, cielo mo. De ti no quiero ni la gloria de por fuerza.

--Eso s. Pues vena del baile de etiqueta que dio la gente de color en
la casa de Soto, all afuera.

--Cmo fuiste?

--A pie.

--No quiero decir eso. Quin te convid? Con quin fuiste al baile?

--Me convid Uribe el sastre, que fue uno de la comisin, y fui al baile
con Clara su mujer, con Nemesia y con Jos Dolores su hermano...

Leonardo torci el ceo y no supo ni pudo ocultar su disgusto.

--El que se pica ajos come, dijo Cecilia sonriendo. Qu dir yo cuando
recuerde que Vd. fue al campo para seguir a una guajira?

--Veo que no pierdes la ocasin de zaherirme, dijo Leonardo disimulando
su desazn. Y me parece que seras capaz de querer a cualquier hombre
con tal de darme _caritate_.

--No tanto, ni tan calvo que se le vean los sesos. Hay muchos hombres a
quien no podra querer por ms picada que estuviese con el preferido de
mi corazn.

--Malo es que t seas de naturaleza celosa y vengativa.

--Sea Vd. leal y constante y nada tendr que temer de la mujer ms
vengativa y celosa nacida.

--Con las celosas no valen la lealtad ni la constancia del amante ms
fino. Mucho menos valen si t das entrada a hombres con quien no debes
ligarte.

--A quin he dado yo entrada? Vamos, explquese.

--Quieres orlo de mi boca? Quin te acompa al baile estando yo
ausente? Con quin bailaste? En casa de quin vives ahora?

--Y eso es lo que Vd. llama darle entrada a los hombres?

--Por ese camino al menos se va derecho al corazn de las mujeres.

--No al mo que est forrado y claveteado en cobre. Pero si de alguno no
debe Vd. abrigar recelo es del hermano de Nene. Entre nosotros no ha
cabido nunca, creo yo, ms que una sincera y desinteresada amistad.
Nosotros nos conocemos y tratamos desde chiquitos. Hemos jugado juntos a
la gallina ciega y a la lunita, hemos crecido el uno al lado del otro
sin pensar en amores, al menos por mi parte. S que siente por m un
cario entraable; s que se desvive por m; s que su mayor delicia es
serme til; s que tiene orgullo en adivinar mis pensamientos; s que si
le pido un favor se aflige y se culpa a s mismo porque no se adelant a
mi deseo; s que no consentir me ofendan ni las moscas; s que es capaz
de cometer cualquier locura por agradarme; s que me cree el _non plus
ultra_ de las mujeres; s que tiene celos de Vd. que se lo comen vivo;
pero an no me ha hecho una declaracin de amor. Sabe, el pobre, porque
no tiene un pelo de tonto, que yo no he de quererlo, ni casarme con l
en la vida. Muchas veces lo he sorprendido mirndome cual se mira a las
santas; yo he hecho como si no lo notase o entendiese y l no se ha
atrevido a declararse. De aqu no ha pasado desde que nos conocemos. En
su trato es una dama, muy galn y respetuoso con las mujeres, bien
criado con los hombres; slo le falta la cara blanca para ser un
caballero en cualquier parte. Le hablo con esta claridad de Jos Dolores
porque se me figura que a Vd. no le cae en gracia, qu no lo ve con
buenos ojos.

--Te engaas, dijo Leonardo alarmado por el hermoso retrato que acababa
de trazar Cecilia de Jos Dolores Pimienta. No tengo prevencin ninguna
contra _tu amigo_. No lo miro con buenos ni con malos ojos, por la
sencilla razn de que no me cuido si vive o si muere. A m no puede
hacerme sombra semejante sastrecito. Siento, s, que en estas
circunstancias hayas credo necesario explicarme la clase de relaciones
que han existido y existen entre Vds. dos. No me interesa eso en lo ms
mnimo.

--A Vd. le corresponde hablar as, a m no. Sera la ms descastada de
las mujeres si olvidara por un momento los muchos favores que le debo a
Jos Dolores. El fue mis pies y mis manos, mi todo, durante la
enfermedad de mamita; l hizo los mandados; l llam varias veces al
mdico; l trajo las medicinas de la botica; l hizo caldos de gallina
para la enferma; l vel conmigo a su cabecera; l fue por los leos a
San Juan de Dios; l corri con el entierro; l llor tanto como yo la
muerte...

En este punto los sollozos y las lgrimas le cortaron la palabra a
Cecilia. Despus continu como ofendida por el tono y las frases
despreciativas que haba empleado Leonardo respecto de Jos Dolores:

--Hay favores que no se pueden pagar bastantemente; la mujer que los
olvida no merece el pan que come. Jos Dolores siempre me ha distinguido
y respetado, y lo que es en el baile sac la cara por m, exponindose a
la muerte.

--Con qu motivo sac la cara por ti?

--Con motivo de haberme ofendido un negro.

--Por qu te ofendi?

--Porque me negu a bailar con l.

--Le desairaste?

--No. Yo no le conoca. Era un intruso, por qu haba de bailar con l?
Adems, tena comprometido el minu con Brindis. Tampoco quera yo
bailar pieza con los negros. Las dos o tres que bail con ellos fue por
compromiso.

--El mal estuvo en tu concurrencia a un baile de gente de color...

--Lo s, lo confieso, me pesar toda la vida haber ido. Eso me parece
que le apresur la muerte a mamita.

Volvi a llorar Cecilia; y Leonardo, para alejar de su mente aquella
idea, o para averiguar lo que haba ocurrido dentro y fuera del baile,
la pregunt:

--Qu casta de negro era el que te ofendi?

--No s. En mi vida le haba visto. Tampoco me conoca l a m sino por
mera inferencia. Creo que me invit a bailar para tener la ocasin de
insultarme y vengar as un agravio que supuso alguien le haba hecho por
mi causa.

--Quin le hizo el agravio?

--No lo dijo. Slo dijo a gritos que yo tena la culpa de que se viera
separado de su mujer.

--Deba estar loco o borracho.

--Borracho no, ms bien loco. Daba miedo. Tambin me dijo que me vio
cuando yo gateaba; que saba quien era mi madre y que conoca a mi padre
como a sus manos.

--Mal pudo conocer a tus padres, observ Leonardo con aire sentencioso,
siendo as que eres hija de la Cuna. Disparate!

--Ah! Escuche, agreg Cecilia recordando: dijo que su mujer fue quien
me cri, que yo era mulata y que mi madre viva y estaba loca.

--No se averigu cmo se llamaba ese diablo de negro?

--S, se supo al fin. Lo reconoci un oficial de la sastrera de Uribe.
Lo llam por el nombre de Dionisio Gamboa, aunque l sostuvo que no se
llamaba as, sino Dionisio Jaruco.

--Ah! Perro! exclam Leonardo apretando los puos al mismo tiempo que
los dientes. Qu buen novenario merece! Lo llevar, como hay un Dios en
el cielo, en cuanto se le capture. A bien que ya Tond le sigue la
pista. No hay tal Dionisio Jaruco ni calabaza. Su nombre s es Dionisio,
pero su apellido debe ser Gamboa, porque pertenece a mam. El muy
indigno, mal agradecido, infame, al robo de la ropa antigua de pap ha
aadido la fuga y dejado a mam sin cocinero. A ningn negro se le han
consentido en casa ms desvergenzas que a l. Y vase el resultado. La
pagar. Que se esconda bajo siete estados de tierra, de ah le sacarn.
Se le castigar cual merece, lo juro. Me parece que si le desuellan vivo
no paga las que debe. Despus, atreverse a insultarte...!

Arrebatado por la clera, tard algn tiempo en comprender Leonardo que
haba asustado a Cecilia con tan inoportunas amenazas, adems de ponerse
en ridculo a sus ojos, pues sta advirti sin esfuerzo que el furor de
su amante contra el negro no proceda tanto del agravio a ella inferido,
cuanto de haber dejado la familia sin cocinero. Volviendo sobre sus
pasos, aunque tarde, aadi el joven:

--Pero, a todas stas, qu has tenido t que ver con la separacin de
Dionisio de su mujer? Nada, absolutamente nada. Dudo que fueses nacida
cuando mam zamp a Mara de Regla, la mujer de Dionisio, por
escandalosa y desobediente, en el ingenio de _La Tinaja_. Y si no habas
nacido, cmo pudo criarte? Ella s cri a mi hermana Adela. Vamos, es
un disparate, una equivocacin suya, pretexto para desfogarse contigo
que no podas devolverle el insulto.

--Para eso, dijo Cecilia con satisfaccin, que le cost caro el meterse
conmigo. A la salida del baile esper a Jos Dolores en la esquina de la
calle Ancha. Pelearon con cuchillo y el negro cay a los primeros
golpes...

--Muerto? exclam Leonardo, que no esperaba semejante desenlace.

--Me parece que no. El qued en el suelo quejndose mucho. Le duele a
Vd. que se le hubiese castigado tan pronto la falta?

--No, no, se apresur Gamboa a corregir la falta de galantera que
acababa de cometer manifestando sentimiento por la herida de su esclavo.
No me duele perder un negro. Tenemos muchos. Siento s que t hayas
estado por medio. Fue un escndalo. T complicada en un homicidio! Mas
hablando de otra cosa, qu mdico asisti a tu abuela en su enfermedad?

--Montes de Oca.

--Cmo vino l a curarla?

--Yo fui por l.

--Le conocas?

--De vista.

--Le conoca tu abuela?

--Ella s. Mamita fue a verlo a su casa y l vena a verla todos los
meses.

--Para curarla?

--No. Mamita no haba estado casi nunca enferma de mdico.

--Qu dares o tomares se traan ellos?

--Mamita reciba una mesada por conducto de Montes de Oca.

--Una mesada! Ahora recuerdo que hace mucho tiempo Montes de Oca le
tom a pap en alquiler esa misma Mara de Regla, mujer del cocinero,
para criar a una nia, hija ilegtima de un amigo suyo. Y he aqu
descifrado el por qu de la equivocacin de Dionisio. Seguro, se figur
que t eres la tal nia. Por supuesto, t no fuiste, pero quin saca al
muy bestia del error? Ni habas nacido entonces. Mira t, despus de eso
Mara de Regla cri a Adela por cerca de dos aos. Lo que te s decir es
que esa crianza le ha costado muchos disgustos a mam. Montes de Oca se
comprometi a pagarle dos onzas de oro a pap por el precio del alquiler
de Mara de Regla. Sospecho que nunca cumpli, porque l es mal pagador.
Hallo, pues, extrao, incomprensible, que Montes de Oca le pasara una
mesada a Vds. No sabes t su origen?

--No entiendo, contest Cecilia dudosa.

--Quiero decir, repuso Leonardo, que si t sabes el motivo, la razn, o
como se llame, del por qu le pasaban la mesada a tu abuela.

--No lo s; mejor dicho, no me he puesto jams a averiguarlo.

--T lo sabes y no quieres decrmelo. Lo leo en tus ojos.

--Mal lector es Vd. entonces.

--Niego a pie puntillas que Montes de Oca pasaba la mesada por cuenta
propia.

--Tambin lo niego yo.

--Ah! Ves? T sabas y me lo negabas.

--Vd. no me pregunt eso. Vd. me pregunt que si yo saba el origen o el
motivo de la mesada, y todava estoy en ayunas. Lo nico que s es que
Montes de Oca la pasaba por cuenta de un amigo...

--Que t conoces. No? la interrumpi Leonardo.

--De vista, contest Cecilia a medias.

Su nombre.

--Ay! Ese se queda para el curioso lector.

--Dilo, dilo, la inst el joven cogindole la mano. No deseo saberlo por
mera curiosidad, sino por algo que te dir despus.

--Vd. lo conoce como a sus manos.

--Quin, pues?

--Su padre de Vd.

--Mi padre! exclam Leonardo asombrado de la revelacin. Ser posible
que mi padre lleve la pertinacia....! (Se contuvo y agreg luego:)
Ests segura?

--Segursima.

--Desde cundo le conoces t?

--Uf! Desde que yo era chiquitica.

--Cmo le conocas?

--De verlo en las calles. A cada rato tropezaba con l. Cuando menos lo
esperaba lo tena encima. Se pona _bravo_ y me deca muchas cosas: que
estaba hecha una mataperros, perdida, mal criada, y que iba a hacer que
me prendieran los soldados.

--Sabas t su nombre entonces?

--No, ni lo supe hasta mucho despus, cuando me haba hecho una mujer.
Conmigo no ha tenido l amistad, con mamita s. De Corpus a San Juan,
sola hablarle por la ventana, siempre de m.

--Qu la deca?

--Nada bueno, por cierto. Le deca, por ejemplo, que me celara de Vd.;
que no me dejara ir a bailes con Vd., que Vd. era muy enamorado; que
tarde que temprano me dejara Vd. por otra; en fin, que Vd. estaba para
casarse con una muchacha muy rica y slo aguardaba a recibirse de
Bachiller en Leyes.

--Me sorprende or eso de mi padre. No lo creera si otra persona me lo
dijera. Qu objeto le lleva verdaderamente en el asunto? Su conducta
contigo aleja la idea del amor. No est enamorado de ti, no. Tampoco ha
sido l hombre de enamorarse por andar alegre. Ahora me desengao...

--Es que mamita tambin estaba opuesta a nuestras relaciones. A la hora
de su muerte me mand que no lo quisiera a Vd.

--T no piensas en obedecerla, no es as?, dijo el joven
apasionadamente.

--Ya es demasiado tarde, contest Cecilia ponindose colorada. (Despus
aadi en voz baja:) Dios quiera que no me pese haber desobedecido a
mamita.

--Nunca te pesar, repuso Gamboa con calor, te lo juro por lo ms
sagrado, el haberme querido bien. Veo, entre tanto, que nada de lo que
me has dicho explica el enredo de la mesada. Por qu, a santo de qu se
la pasaba mi padre a tu abuela? Ve aqu lo que me encalabrina y
desespera. Es posible que no contine pasndotela a ti...

--Tal pienso yo, dijo Cecilia bastante afectada.

--No es eso lo peor, agreg el joven reflexionando, sino que el mdico
te cobrar la cura de la enferma. Del rbol cado todos hacen lea.

--Por esa parte estoy tranquila. En toda la enfermedad de mamita, en vez
de pedirme estuvo el mdico dndome dinero para los gastos.

--Cmo cunto te dio?

--Como quince onzas de oro. Yo no llev la cuenta... Jos Dolores.

--Dale con Jos Dolores. No quisiera volver a or su nombre en tu boca.

--Qu tienes?

Interrumpiose a lo mejor el prolongado dilogo de los amantes por la
llegada de Nemesia, con grande disgusto de los tres. De Cecilia, porque
as quedaba sumergida en el mar de confusiones respecto de su suerte
futura, do la haba arrojado la muerte repentina de su abuela. Con
disgusto de Leonardo, porque despus de lo averiguado acerca de la
posicin de Cecilia en aquella casa, comprendi que deba sacarla de
ella cuanto antes, so pena de perderla para siempre, y no haba tenido
tiempo de arreglar con su acuerdo el nuevo plan de vida.

Por su parte Nemesia tambin experiment un vivo disgusto; porque sin
ms argumento ni prueba que la presencia all del temible rival de su
hermano, cuando le crea ms distante y olvidado de Cecilia, qued
convencida que ni los celos en ella, ni la ausencia en l, haban obrado
el milagro de trocar en odio, siquiera en indiferencia, el profundo
afecto que se profesaban los dos. Pobre Jos Dolores! exclam Nemesia
entre s. De sta la perdiste. Tontos de nosotros que nos habamos
halagado con la esperanza de que se quedara en el monte!

--Est de Dios, hijo, que no ha de ser tuya Celia, dijo Nemesia con gran
sentimiento, a su hermano cuando volvi de la sastrera.

--En qu te fundas para darme tan mala noticia?, pregunt el hermano
alarmado.

--Me fundo en que _l_ ha vuelto. Los top a los dos esta maana como
ua y carne.

--A dnde?

--En esta sala. Solitos...

--Luego _l_ no fue al campo para casarse.

--Casarse! Tal vez se ha casado y ahora anda atrs de la querida.

--Qu! Crees t que va a sacarla de aqu pronto?

--Cuando menos... Para ponerle casa.

--Cuando menos no, dijo Jos Dolores irritado a lo sumo.

--No. Si la destina para querida, mientras ms pronto se la lleve mejor;
porque primero me dejo escupir a la cara que hacer el papel de tapa. No
es _l_ hombre para pasarme la mota y rerse de m. Que no se ponga en
mi camino. Dnde est ella?

--Vistindose all dentro. Eso es que lo espera esta noche.

--Es posible. As ser bueno que me arrime a un lado por ahora. Una
tragedia le causara ms pesar a ella que a l.

--Todava no se ha perdido todo, Jos Dolores, dijo Nemesia pensativa.
Mientras la vida dura, hay esperanza.

--Qu esperanza, hermana? O l o yo. Los dos juntos no cabemos. Me
resignara yo a servir de tapa tampoco? Creo que no, Nene.

--Bobera, Jos Dolores: del lobo aunque sea un pelo. Quin puede decir
con verdad que es el primero en el corazn de una mujer? _Naiden._ Ten
por sabido que ella no es firme ni de ley. Dice una cosa ahora y luego
otra. Se dobla como la hoja del caimito: ctala colorada, ctala blanca.
Si t la hubieras odo cuando l se fue para el monte atrs de la
muchacha blanca..., sabras quin es ella.--No lo _quedr_ ms en mi
vida! No volver a verme la cara. Aunque _me se_ arrodille, aunque me
bese los pies, no le perdonar la que me ha hecho. De m no se burla ni
el sol de los hombres. Apuradamente, con l no se acabaron para mi. Hay
muchos, _me se_ sobran. Cuntos, cuntos tan buenos mozos como l no se
daran santos con una piedra en el pecho con tal que yo los quisiera? No
ser de las que se quedan para vestir santos o cuidar sobrinos. Juro que
el primero que me diga j, le digo j. Y veremos quin pierde ms, si l
o yo.




CAPTULO V

     _El que excusa la vara, quiere mal
      a su hijo; y el que lo ama, con
      muchas varas lo corrige._

         Proverbios, XIV, v. 24


Llegado haba inopinadamente el momento de poner en planta el plan
ideado por don Cndido antes de su marcha al campo.

La muerte de _sea_ Josefa haba arrojado a Cecilia en brazos de
Leonardo, el cual, saba su padre, no era tan simple ni tan virtuoso que
desaprovechase la ocasin que se le presentaba de tomarla por manceba,
con achaque de ampararla.

Miraba don Cndido este evento casi como una catstrofe, cuyo nico
medio de evitarla, en su concepto, consista en sustraer a Cecilia de la
vista y comercio de Leonardo, an cuando para lograrlo fuese necesario
usar de fuerza. Pero le ocurri que tal vez podra ejecutarse la misma
cosa sin ruido ni responsabilidad como se le diese una apariencia legal.
Movido por esta idea feliz, decidi aconsejarse con el abogado y Alcalde
mayor don Fernando O'Reilly, amigo y condiscpulo de Leonardo, con quien
l tena bastante amistad.

Mientras caminaba en la direccin de la calle de los Oficios, compona
mentalmente un discurso regular en forma de dilogo para presentar su
caso bajo la mejor y ms plausible luz, ante el seor Alcalde Mayor.
Sucedi, sin embargo, que en presencia de Su Seora se le fueron de la
mente las especies, cual pichones espantados del palomar, y slo acert
a decir:--que la Valds le sonsacaba a su hijo Leonardo, le seduca con
sus artimaas, y no le dejaba seguir los estudios de derecho, y quera
saber qu remedio poda poner la justicia a tamao escndalo.

Oyole el Alcalde con una sonrisa de satisfaccin y de marcada
condescendencia, y dijo:

--Cunto me alegro, seor don Cndido, de orle! Estoy encantado,
sorprendido! Pues no ha de llamarme la atencin y complacerme, si desde
que presido en este tribunal de justicia, por disposicin soberana, ha
ms de un ao, es Vd. el primero que se acerca a l en queja semejante?
No es que no ocurran en La Habana casos iguales, no; ocurren a millares;
es que tales son la ignorancia y la relajacin de las costumbres, que
slo se consideran delitos los atentados contra la vida y la propiedad
ajena, aqullos a que se sigue dao inmediato de la persona o de los
bienes del vecino. Los ataques a la moral, a la honestidad, a las buenas
costumbres, a la religin, stos no son delitos, son meras faltas,
pecados veniales, deslices que no tienen pena sealada en ningn cdigo
escrito. Qu error, amigo don Cndido! Qu confusin de ideas sobre lo
que es bueno y lo que es malo, lo que es honesto y lo que es deshonesto,
lo que es permisible y lo que es vedado, lo que es loable y lo que es
reprehensible!

Saco, en su _Memoria sobre la Vagancia_, que acaba de premiar la
Sociedad Patritica, atribuye al juego, que llama guarida de nuestros
hombres ociosos, la escuela de corrupcin para la juventud, el sepulcro
de las fortunas de las familias, el origen funesto de la mayor parte de
los delitos que infestan la sociedad en que vivimos.

Yo difiero de tan autorizado parecer, y opino que reconocen dos causas
principales los males de que todos nos quejamos, a saber: la ignorancia
y la poltica de gobierno de Vives. No hay escuelas. Y cules son los
resultados? Los robos frecuentes a la luz del da, los asesinatos sin
causa ni provocacin, los pleitos interminables, las injusticias
notorias, la prostitucin de las mujeres, el desorden social. La
poltica de gobierno de Vives es tambin causa de corrupcin y extravos
sin trmino ni paralelo en el mundo. Se pudren los presos en la crcel y
no se castiga a los grandes delincuentes. Tampoco se averigua sino rara
vez el origen de los crmenes ms atroces, gracias, si alguna se atrapa
a los malhechores. Quin ha matado a Tond?

--Cmo! exclam don Cndido, interrumpiendo al Alcalde. Han muerto a
Tond?

--Ayer tarde le abrieron el vientre de una cuchillada.

--Tiene V. S.[57] los pormenores del lamentable suceso?

--No, seor. Anoche se me comunic la noticia en el teatro,
extrajudicialmente. Se dice slo que el matador fue un negro prfugo a
quien l trat de prender.

--Tengo motivos para sospechar que el asesino ha sido mi cocinero. Das
pasados encarg mi mujer su captura a Tond...

--No tendra nada de extrao, prosigui el Alcalde. En caso que le
prendan, caso dudoso en estos tiempos que corren, me tomo la libertad de
darle a Vd. un consejo: entregue el esclavo a la noxa...

--A la qu seor don Fernando?

--A la noxa, digo.

--Estamos. Mas quin es esa dama?

--Natural es que no lo sepa Vd., puesto que no ha estudiado leyes. Se
entiende en derecho entregar el esclavo a la noxa, al acto de la
renuncia del dominio directo que sobre l tiene el amo, en favor del
tribunal de justicia que le juzga por el delito o dao cometido. Pierde
Vd., de este modo un negro que cuando ms y mucho vale en buena venta
500 pesos; pero ahorra Vd. los costos y las costas del proceso, los
cuales suelen montar al doble de esa suma, si el amo se hace parte en el
juicio. Sbese que si no se le unta la mano al juez pedneo, levanta una
sumaria negra contra el reo. Luego hay que hacer lo mismo con el
escribano que da fe, con el oficial de causas que provee a veces a su
antojo, con el fiscal que acusa y no quiere trabajar de balde, con el
juez, con el asesor, etctera, etctera.

--Pleitos yo, seor don Fernando? No en mis das. Valdra mejor
colgarse de un farol.

--Hace Vd. bien... Pero volviendo a la pretensin... Deca Vd.?

--Deca, seor Alcalde, repuso don Cndido cual si saliera de un sueo,
que una mozuela trae loco a mi hijo Leonardo, le seduce y encanta con
sus maas y no le deja concluir sus estudios de abogado...

--Vamos por partes, dijo O'Reilly con calma. Cmo se llama la
seductora?

--Cecilia Valds, contest tmidamente el querellante.

--Bueno. Qu casta de mujer es sa?

--No entiendo.

--Quiero decir: es joven o de edad mediana? Casada o soltera? Bonita
o fea? Blanca o de color? Todo esto es fuerza que sepamos antes de
proceder a la graduacin del tanto de culpa y a la aplicacin de la pena
que en justicia le quepa.

--Dir a V. S., seor Alcalde, con lealtad cuanto s en el particular,
dijo Gamboa titubeando y con las orejas encendidas de la vergenza. La
chica es joven, bastante joven, como que apenas contar 18 aos de edad.
No ha sido casada; tampoco, a lo que entiendo, puede calificrsela de
fea, ms bien de bonita, de real moza, dira. Es pobre, s, pobre,
pobrecita, y de color, aunque pasar por blanca donde quiera que no
conozcan sus antecedentes...

--Muy bien, perfectamente, replic el Alcalde pensativo. Se conoce que
est Vd. enterado del caso. As me gusta. Ya podremos juzgar con pleno
conocimiento... Slo ocurre un vaco, llammosla duda, a saber: conoce
Vd. los hechos que expone, por s mismo o por referencia de tercera
persona?

--Unos conozco por m mismo, otros, digamos, por inferencia.

--Entendmonos. En primer lugar, diga Vd. si sabe con quin vive la
joven.

--Ahora, supongo que con alguna amiga suya.

--Nada de suposiciones, seor don Cndido. Le consta a Vd.? S o no?

--No, seor, no me consta, lo infiero.

--Eso me gusta. En esta clase de negocios la franqueza es lo primero. Al
abogado y al juez hay que hablarles como se le habla al confesor, con el
corazn en la mano. Y antes, con quin viva la pardita?

--Con la abuela.

--Viven sus padres? Tiene parientes, allegados, protectores en suma,
alguien que haga por ella? Siendo tan linda, como Vd. dice, bueno es
saber todo eso, averiguarlo en tiempo.

--Poco ha muri la abuela. La madre (aadi balbuciente y ms enrojecido
que nunca), la madre... Verdaderamente no s a estas horas si vive o si
muere. De cualquier modo, de nada le valdra si viviera. En cuanto al
padre... ella no le tiene conocido... Es hija de la Real Casa Cuna.
Est V. S.?

--Bien. Conoci Vd. a la abuela de persona?

--S, seor, la conoc, aunque nunca tuve trato ntimo con ella. Sera
largo de referir y ajeno de este lugar el detenerme en detalles. Me
consta, sin embargo, que para mujer de color (era parda) llev vida
ejemplar, que practicaba la virtud, que se confesaba y comulgaba a
menudo, que criaba a la nieta en el santo temor de Dios, que la vigilaba
estrechamente, y, sobre todo, que no la consenta holgorios, devaneos
con mozuelos ni cortejos de ventana.

--Luego la muchacha de que se trata es bien criada, de vida honesta y no
ha dado an qu decir.

--As es la verdad; slo que, como de raza hbrida, no hay que fiar
mucho en su virtud. Es mulatilla y ya se sabe que hija de gata, ratones
mata, y que por do salta la cabra, salta la que la mama.

--Bien dicho. Confesemos que nuestros refranes encierran gran fondo de
sabidura. Confesemos tambin que nuestras mulatas, generalmente
hablando, son frgiles por naturaleza y por el deseo, ingnito en las
criaturas humanas, de ascender o mejorar de condicin. Y he aqu la
clave para descifrar el por qu de su aficin a los blancos y de su
esquivez para con los hombres de su propia raza. A bien que hablo con
persona que debe entenderme. Nadie como Vd. que, por su larga residencia
en el pas, ya se ha _aplatanado_, habr tenido mejores oportunidades de
observar la idiosincrasia de nuestra clase de color libre. Pero una
regla general, una fuerte presuncin, una teora, por plausible y
brillante que parezca, sobre la ndole o aficiones de stas o de esotras
gentes, no constituye hecho, no denuncia delito, siquiera cuasi-delito,
que es lo que penan las leyes y juzgan y castigan los tribunales de
justicia.

Resumamos. Comparece Vd. ante m, el Alcalde Mayor, en queja contra la
Valds a quien acusa Vd. del cuasi delito de seduccin y distraccin
inferido a su primognito de Vd., que se halla aun bajo la patria
potestad. Por ende, pide Vd. se lance un mandamiento de prisin contra
la seductora, y que, sin orla, se la castigue, privndola de su
libertad. De acuerdo. Hasta aqu no hay irregularidad aparente, la
querella est fundada en derecho y Vd. le tiene excelente para no
consentir en que una pelandusca extrave y pervierta a su hijo, mucho
ms cuando sigue una carrera tan honrosa y noble como es la de la toga.
Aplaudo la vigilancia y severidad de principios que Vd. mantiene.

--Me confunde V. S., exclam don Cndido, contento por la vuelta que, al
parecer, tomaba su pretensin. No merezco esos elogios. Ca! No los
merezco ni por cien leguas.

--Pero (continu con seriedad el Alcalde) como juez recto y de
conciencia, demando las pruebas del delito; espero que el actor haga
buena la acusacin, interrogo para conocer los antecedentes y
consecuencias del reo, y lejos de provocar una sumaria condenatoria,
obtengo la ms brillante declaracin absolutoria. Permtame Vd., seor
don Cndido, que le diga con la franqueza que me caracteriza que Vd.
mismo, llevado sin duda del amor innato a la verdad y a la justicia,
abona la conducta de la acusada, hace cumplido elogio de su carcter, y
la vindica de toda imputacin o mala fama; atndome las manos, por
supuesto, para proceder en justicia.

Abrumado don Cndido por la salida inesperada del juez, durante un buen
espacio de tiempo no atin a decir palabra, slo a estrujarse los dedos
e inclinar la cabeza. Luego dijo en voz tmida y confusa:

--Por mi madre, seor Alcalde, que nunca pude pensar fuese tan seria la
cosa. Vaya que si lo es! Pues no estaba yo engaado! De medio a medio.
Y supona que no haba ms sino llegar y besar. O no es que V. S. toma
el asunto por donde ms quema, cual si dijramos, a punta de lanza? No
estoy seguro, lo pienso nada ms, seor don Fernando.

--Aun cuando sea siempre cosa seria (dijo el Alcalde con su acostumbrada
ecuanimidad), el lanzar mandamiento de prisin contra un individuo
cualquiera que slo se sospecha haber cometido un delito, no es eso lo
que me detiene en el caso presente; me detiene el hecho de que Vd. mismo
con su franca declaracin me ha quitado el asidero de que se podra
echar mano para proceder con las apariencias de legalidad. Deme Vd. el
asidero y le sirvo de la mejor gana, no obstante que s le voy a causar
disgusto al amigo Leonardo, contribuyendo al plagio de su amiga.

--Maldito asidero! dijo don Cndido para s. Pues no se aparece a la
hora nona? Luego aadi alto: Tratrase de tablas sin nudos ni alabeos,
seor don Fernando, o de ladrillos sin caliches, o de tejas sin marras,
y me tendra V. S. ms listo que un gerifalte. Qu se me alcanza a m
de asideros judiciales? Ni jota. Por qu V. S. que sabe tanto, no le da
un corte al negocio y me saca del atolladero?

--Porque no sera eso legal, ni quedaran cubiertas las apariencias, a
lo menos en el fuero interno del juez. La sugestin debe venir de Vd.
Estaba entretanto pensando, seor don Cndido, suponga Vd. que doy orden
de arresto, que Vd. prende a la muchacha, que la mete en la crcel o
logra Vd. esconderla por algn tiempo. Ha meditado Vd. en las
consecuencias?

--Consecuencias! repiti el hacendado sorprendido. A fe que no he
pensado en ello. Ni me ocurre que me traiga consecuencias el paso... a
menos que haya un tonto que salga a su defensa.

--Precisamente, porque creo que le sobrarn los defensores, digo lo que
digo.

--Pues, no he dicho a V. S. que es pobre, oscura, desconocida,
hurfana, sola en el mundo...?

--Tambin me ha dicho Vd. de ella dos cosas que valen ms que el dinero,
el nacimiento, el parentesco y las buenas relaciones: me contraigo a su
juventud y a su belleza. Recuerde Vd. las palabras de Cervantes; vienen
aqu de molde: que tambin la hermosura tiene fuerza de despertar la
caridad dormida. Con tales adminculos no estar ella nunca sola en el
mundo.

--Contra esa sentencia de don Quijote, hay esta otra que no s de quin
es: Santo que no es visto, no es adorado. Dgolo, porque si logro
atraparla, cuenta V. S. con que la pondr donde no la vean ni los
pjaros.

--Repito a Vd. que la cosa no es tan fcil como parece a primera vista.
Ni dnde la pondra Vd. que nadie la oyese, la viese, la compadeciese y
la amparase? Leonardo, si est de veras enamorado de ella, ser el
primero en declararse su campen, la buscar, la encontrar y la
salvar, mal que les pese a sus captores. No sera, por tanto, ms
derecho, ms cuerdo y puesto en razn, que se deje quieta a la muchacha
en su casa y no provoque un conflicto? Quizs l la corteje por
pasatiempo, por capricho o porque no ha tropezado con otra que le guste
ms. Qu sabemos?

--Lo que yo me s de memoria, seor don Fernando, es que mi hijo es muy
terco, tan terco como un vizcano, y que aunque no sea ms que por
terquedad, todava comete una locura y trae una desgracia a la familia.

--Desgracia! repiti el Alcalde admirado. No lo concibo. Dice Vd. que
la chica es bien criada, de estado honesto, linda, que puede pasar por
blanca, qu mayor desgracia podra sobrevenirle a Vd., a la familia, a
Leonardo, en una palabra, si olvidado de s mismo, cegado por la pasin,
en un momento de extravo toma por esposa a la Valds?

--Por esposa dice V. S.? exclam don Cndido con ademn fiero y tono
resuelto. Antes que tal haga, por Dios vivo que le desnuco de un
trancazo. No, no, yo se lo aseguro a V. S., l no se casar con la
Valds.

--Cul es, entonces, la desgracia que Vd. tanto teme?

--Para hablarle en plata, seor don Fernando, no recelo, ni me pasa por
la cabeza, que mi hijo lleve su fatuidad hasta el punto de tomar por
esposa a la Valds; lo que temo, lo que miro como una gran desgracia
para la familia es que se la eche de querida. Estas mulatas son el
diablo.

--Conque no es otra la desgracia a que Vd. alude? pregunt el Alcalde
sonriendo. Mrese el asunto bajo el punto de vista que se quiera, o yo
soy muy obtuso que no alcanzo a descubrir el lado malo, o no es, ni ha
sido nunca, causa original de desgracia para una familia, sea cual fuere
su posicin social, el que uno de los hijos solteros se eche de querida
a una moza de la clase inferior a la suya. Si no fuese as, seor don
Cndido, qu familia sera feliz en la tierra? Todas tendran que
lamentar igual o peor desgracia. En todo pas de esclavos no es uno ni
elevado el tipo de la moralidad; las costumbres tienden, al contrario, a
la laxitud, y reinan, adems, ideas raras, tergiversadas, monstruosas,
por decirlo as, respecto al honor y a la virtud de las mujeres.
Especialmente no se cree, ni se espera tampoco, que las de la raza
mezclada sean capaces de guardar recato, de ser honestas o esposas
legtimas de nadie. En concepto del vulgo, nacen predestinadas para
concubinas de los hombres de raza superior. Tal, en efecto, parece que
es su destino. Gracias, pues, debe Vd. dar a Dios de que no se le haya
metido en la cabeza a su hijo de Vd., que parece ser testarudo y
voluntarioso, el enredarse con una _negrita_. Esa s que sera una
desgracia para la familia. Ahora bien, seor don Cndido, por qu no
prohbe Vd. a Leonardo que visite a la Valds? Esto lo hallo ms fcil y
puesto en razn, sobre todo, no tan ocasionado a escndalo. El culpable
es l que la solicita y persigue, no ella que se est quieta en su casa.
Y aqu entre nos, amigo don Cndido, tiene todos los visos de una
injusticia que Vd. pretenda el castigo de la vctima y la absolucin del
victimario.

--El error nace de que V. S. supone inocente a la Valds.

--Qu pruebas hay para suponer lo contrario?

--Varias. Entre otras, la de habrsela avisado que desistiera de esos
amores.

--Por medio de quin se la avis?

--Por medio de la abuela.

--En nombre de quin?

--En... mi nombre.

--Y ella no hizo caso?

--Qu haba de hacer la muy pizpireta! Peor la ha hecho desde entonces.

--La ha hecho divinamente.

--Cmo! La apoya V. S. en su maldad?

--No tal, no la apoyo, le hago la justicia de creer que ama bien y
mucho, y opino que en los negocios del corazn no mandan las abuelas, ni
los padres de los amantes. Nada: es preciso darle un corte a este
asunto. Prohbale Vd. a Leonardo que visite a la Valds. No es Vd. su
padre? No tiene Vd. autoridad sobre l? S? Prohibicin absoluta; no
ms visitas a la Valds, y asunto concluido.

Quedose estupefacto don Cndido.

--Eh! Aqu te quiero ver, escopeta, pens l. Vea Vd.; las mismsimas
preguntas que yo esperaba;--No es Vd. su padre? No tiene Vd.
autoridad sobre su hijo? Y es que tena preparada una respuesta. Se ha
marchado. S, chale un galgo. Cabeza de chorlito, chorlito, chorlito...

--Seor don Fernando, aadi resueltamente, cortando de pronto el
monlogo. Carezco de palabras para explicarme con la debida claridad,
pero tratar de darme a entender. La prohibicin que V. S. aconseja
no... puede hacerse...

--No sera impertinencia el preguntar?...

--Me expongo a que me desobedezca el muchacho.

--Es posible?

--Cierto. Sabe V. S., sin duda, cmo son las madres criollas con sus
hijos, principalmente con el primognito, como sucede en mi caso. El
varn es la idolatra de Rosa. De tanto mimarle le tiene perdido, hecho
un badulaque, un camueso, irrespetuoso con los mayores y desobediente
conmigo. Su madre, sin embargo, se ha tragado que es un ngel, una
paloma sin hiel; no cree nada malo de l, y no consiente que nadie,
incluso yo, le toque a un pelo de la ropa. Por m ya estara en un barco
de guerra aguantando chicote. Apuradamente, no le da el naipe para los
estudios; y quiere la madre hacerle abogado, doctor de la Universidad,
oidor de la Audiencia de Puerto Prncipe. Qu s yo cunto ms! En vano
la digo que, con nuestro caudal y el ttulo de Casa Gamboa que espero de
un da a otro de Madrid, nuestro hijo no tiene necesidad de quebrarse la
cabeza con los libros. Aunque no sepa ni el cristus, ha de hacer papel
en el mundo. Pero ella est empeada en hacerle hombre de letras menudas
y se saldr con ello, o... revienta. Yo le digo, primero que tu hijo
llegue a abogado a doctor y oidor, tiene que hacerse Bachiller. Los
exmenes son en abril, y el mozo, por seguir tras la mozuela, no abre un
libro de derecho, no asiste a las clases. Luego, quisiramos casarle, su
madre y yo, este mismo ao, con una seorita muy virtuosa y agraciada,
hija de un paisano y antiguo amigo mo. Quizs sienta la cabeza y se
dedica a la administracin de nuestros cuantiosos bienes. Ya vamos para
viejos mi mujer y yo, maana o esotro da morimos los dos, que somos
hijos de la muerte. Quin entonces tomar el timn? El, que es hombre,
no ninguna de sus hermanas, dbiles mujeres y solteras an. Comprende
ahora V. S. cul no ser nuestra desgracia si nuestro primognito, el
hijo que ha de llevar el nombre de la familia, el ttulo de nobleza, la
administracin de los bienes, etc., no estudia, no se recibe de
Bachiller, no se casa con la seorita con quien est comprometido, e
infatuado con la Valds se la echa de querida? Sin el auxilio de V. S.,
en estas circunstancias aflictivas, qu sern de la paz y de la
felicidad de mi familia?

--Pues hablara para maana, seor don Cndido, exclam el Alcalde. Por
qu no hizo uso Vd. de esos argumentos desde el principio? El ltimo,
sobre todo, no tiene rplica, lleva el convencimiento al nimo ms
reacio y fro. Me doy por vencido, y desde este punto me tiene Vd. a sus
rdenes. Qu quiere Vd. que haga con la Valds?

Extraa y honda impresin produjeron en el rico hacendado las ltimas
palabras del Alcalde. Parado y cariacontecido se qued por largo rato,
incapaz de bullir ni de hablar. Qu le pasaba? Haba realizado el
objeto de su solicitud. Qu ms poda apetecer? Se haba arrepentido
de la pretensin? Empezaba a sentir el peso de la responsabilidad que
se iba a echar encima? Dudaba del buen xito de la medida? Senta
causarle gran pesar al hijo? Hacerle grave injusticia a la moza? Tema
ahora al escndalo? No es fcil explicarlo. El mismo, si le hubiesen
preguntado, no habra podido dar cuenta de sus sentimientos.

Como notase el Alcalde su perplejidad, repiti la anterior pregunta con
mayor nfasis.

--No s, respondi don Cndido a espacio; no s verdaderamente. Lo que
es en la crcel... lo pensara mucho. Sera demasiado para la pobre
muchacha. Estaba pensando que en mi potrero de Hoyo Colorado... El
Mayoral es casado, con hijos pequeos, y ese punto dista buen trecho;
pero se ofrecen varias dificultades, grandes, insuperables. No, no, tal
vez convendra ms ponerla en el ingenio de un amigo mo que ya conoce a
la chica y est enterado... Aqu cerca: en Jaimanita. El tambin es
casado... entrado en aos. Incapaz... Qu cree V. S.?

--Yo no creo nada, seor don Cndido; Vd. es el que debe pensar y
resolver. A m me toca dar la orden de arresto tan luego como se me pida
en toda forma.

--Qu quiere decir V. S. con toda forma?

--Quiero decir, espero que la parte interesada me presente la queja por
escrito.

--Pues no ha odo V. S. mi queja en toda forma?

--No basta eso, es preciso reducirla a escrito.

--Y tendra que firmarse?

--Por supuesto.

--Que me emplumen si me haba pasado por la mente que se exigan tantos
requisitos... No podra hacerse la cosa de otra manera,
extrajudicialmente? Le tengo miedo a las formalidades judiciales.

--En esta clase de delitos no se puede proceder de oficio. Para que Vd.
vea que deseo servirle, voy a indicarle un medio.

--Veamos. V. S. sabe de estas cosas ms que yo.

--En qu barrio reside la Valds?

--En el del ngel.

--Conoce Vd. al Comisario?

--S, seor. Entiendo que es Cantalapiedra.

--El mismo. Ahora bien. Vale Vd., presntele la queja y dgale que me
pase un oficio comprensivo del caso. El sabe cmo se redactan esos
documentos.

--Bien, le ver hoy mismo; mas no habra modo de evitar que apareciera
mi nombre?

--No importa, hombre, replic O'Reilly casi enfadado. La cosa no pasar
de nosotros tres. Al oficio le doy yo carpetazo apenas lo leo; al
Comisario se le tapa la boca y se le estimula a obrar con discrecin y
celo ponindole unas cuantas amarillas en la mano, y Vd., sabido se
tiene que al buen callar llaman Sancho.

--Entiendo. Dnde ponemos a la chica?

--Eso corre de mi cuenta. Ser en un lugar donde no corra peligro su
honestidad ni su persona, al mismo tiempo que est segura y nadie pueda
extraerla sin mi permiso, o el de Vd.

--No ser en la crcel.

--No, de seguro que ah no.

--Menos en Paula.

--Tampoco en Paula, y por obvias razones. En fin, la pondr en las
Recogidas, en el barrio de San Isidro, bien recomendada a la madre.

--Est bien. Ah no entran mozuelos, supongo.

--No, que yo sepa. Tal vez uno que otro empleado. Ahora bien, por
cunto tiempo se la encierra?

--Por seis meses.

--Corriente: por seis meses.

--A ver. Pienso que ser mejor un ao. Largo tiempo es; pero mi hijo no
se recibir de Bachiller hasta abril y no se casar hasta noviembre. S,
por un ao...

--Hecho. En cuanto a m, concluy diciendo el Alcalde con solemnidad, lo
de menos es el trmino del encierro, lo dems es la sinrazn, la
tropela, la arbitrariedad que se comete con esa muchacha. Entindalo
Vd., don Cndido, no hago esto por consideraciones a Vd., con cuya
amistad me honro, hgolo por respeto a las frases finales de su anterior
peroracin, por la paz y la felicidad de la familia, cosas para m
sagradas.




CAPTULO VI

     _Querer estorbar el paso
      a dos que se quieren bien,
      es echarle lea al fuego
      y sentarse a verlo arder._

          Cancin popular


A pretexto de tener que sacar a cierto amigo de un compromiso de honor,
logr Leonardo que su bonsima madre le hiciese un prstamo irredimible
de cincuenta onzas de oro, de su caja particular.

Con este dinerillo se apresur el joven a tomar en alquiler una pequea
casa en la calle de Las Damas, y con la misma premura se ocup del
ajuar. Nada olvid; ni se hizo de las cosas que crey necesarias en un
solo establecimiento central, que no los haba entonces en La Habana.
Para ello visit los baratillos de la Plaza Vieja; las ferreteras de la
calle de Mercaderes; las hojalateras de la de San Ignacio; las loceras
de la de Riela o Muralla; una mueblera de segunda mano de la de San
Isidro y otros ms cercanos a su nueva casa.

Cosa extraa en verdad que este mozo, viva encarnacin de la pereza, la
volubilidad y el egosmo, en un momento dado desplegase la actividad, la
delicadeza, el tino y la inteligencia de la hacendosa y ms consumada
ama de llaves. Pero era que le mova una pasin desaforada y que le
inspiraba la imagen hechicera de la joven cuya ruina haba decidido en
los recesos ms oscuros de su corazn salaz.

Completados estos arreglos y altamente satisfecho de su obra, sali una
tardecita del ventoso marzo, cerr la puerta, se meti la ponderosa
llave de hierro en la faltriquera de la casaca, y a paso ligero,
palpitndole el corazn ms de lo usual, fue en busca del ave rara que
deca adornar con su bello plumaje aquella jaula y convertirla en un
paraso con sus trinos de amor.

Pero en vez del ave rara, tras la cual corra en alas del deseo, se
encontr con una especie de arpa, con Nemesia, parada y fra en medio
de la sala de la casa, en el callejn de la Bomba, cual estatua de
llorona en el cementerio. Reprimi l cuanto le fue dable su disgusto, y
se esforz en ser ms amable y fino con la compaera y amiga de Cecilia.

--Qu dice mi mulata santa?, la pregunt hacindola una rendida
cortesa.

--Esta mulata no dice nada porque no es santa, contest ella sin
moverse.

--Entonces dir yo, agreg Leonardo risueo.

--El caballero puede decir lo que guste.

--Tienes t hoy el moo tuerto?, pregunt el joven examinndole la cara
de cerca.

--No ms que ayer ni que otras veces.

--Nene, sa es grilla, y si la pisan chilla. Tienes la cara ms seria
que un _chico_ de especias.[58]

--Alabo la penetracin del caballero.

--Sobre que pasa de castao oscuro.

--No siempre est la marea para tafetanes. (Quiso decir la Magdalena).

--Habla, canta claro, mulata de mis culpas, aadi alto Leonardo para
que le oyese Cecilia si estaba en el aposento inmediato. No me gustan
los tapujos.

--Ni a m tampoco, repuso Nemesia.

--En fin, Nene, si tu enfurruamiento es conmigo, desembucha,
desembucha. Mientras ms pronto mejor, porque temo ms tu enojo que a
una espada desnuda.

--No se le conoce al caballero, pues hace lo que hace.

--Y qu hago yo?

--Me lo pregunta a m? Meta la mano en su pecho.

--La meto hasta el codo y nada me revela, al menos contra ti.

--Contra m no, contra Dios y la Virgen, que miran al caballero desde el
cielo.

--Hablas de veras? Ni que hubiera yo cometido un gran pecado sin
saberlo.

--As parece cuando acabado de hacer lo que ha hecho, se presenta el
caballero en esta casa tan fresco como si no hubiera _rompido_ un plato.

--Pues no voy entrando en cuidado?

--Menos lo da a entender el caballero.

--Uno de los dos ha debido perder el juicio. Acabemos de una vez: llama
a Celia.

--Qu la llame, eh?, exclam Nemesia con sarcstica sonrisa. Qu valor
tiene el caballero!

--Se necesita de valor acaso para rogarte que llames a tu queridsima
amiga?

--Para lo que se necesita de valor, de mucho valor, es para preguntar
por Celia la persona que sabe donde est ella.

--Y yo lo s mejor que t? Vamos, doa Josefa o doa Nemesia, no me
haga eso. T te burlas.

--Quien tiene la sangre como agua para chocolate no puede burlarse.

--Pues si no est aqu Celia, dnde se halla? pregunt Leonardo
verdaderamente alarmado.

--Le digo al caballero, repuso Nemesia enfadada, que yo no nac ayer, ni
me mamo el dedo.

--Por Dios bendito, Nene, te juro que no s de Celia desde hace cuatro
das. Se han peleado Vds.? La ha mortificado tu hermano? Ah! Dime,
dime, por lo que ms quieras en este mundo, qu ha pasado entre Vds.?
Qu sabes t?

Empez Nemesia entonces a creer en la sinceridad de las palabras
angustiosas del joven, y dijo llorando:

--No me hallaba presente, y me alegro ahora, porque no s qu hubiera
hecho yo para impedir que se llevaran a Celia.

--Qu se la llevaran! repiti Leonardo aterrado y colrico. Quin ha
podido llevrsela contra su voluntad?

--_Me se_ figura que ella del susto perdi las fuerzas.

--Susto! Por qu? De quin?

--Del Comisario.

--Qu tena que ver el Comisario con Celia?

--Vino a prenderla.

--A prenderla sin haber cometido delito? No puede ser... Ah! Aqu ha
habido un engao, una intriga, un complot infame para arrebatarme a mi
Celia. Cuntame lo sucedido, todo.

--No me hallaba presente, repiti, pero una mujer de la casa, que vio
cmo pas la cosa, me cont que ayer por la tarde entr de repente
Cantalapiedra, pregunt por Celia, y en cuanto ella sali, le dijo que
estaba presa, la cogi por un brazo, y sin ms se la llev para no se
sabe donde.

--Lo extrao es que Celia se dejara prender sin defenderse, sin
averiguar el motivo de la prisin. Ni que hubiera estado ella de
acuerdo y avisada! Cosa que me resisto a creer. Ay del miserable
esbirro que le puso la mano encima! No sabes a donde la llevaron?

--Nada hemos podido averiguar yo y Jos Dolores. El Comisario se llev a
Celia en una volante.

--Qu intriga! Tan infame como audaz. Pero averiguar la verdad, y sea
el que fuere el autor del ultraje, me la pagar con las setenas.

Sin ms, parti Leonardo a la carrera en busca del comisario
Cantalapiedra, quien, segn hemos dicho, viva en el recuesto de la loma
del ngel, por el lado que mira a la Muralla. No se hallaba en casa, y
la querida inform al joven que era posible estuviese en el palacio de
Gobierno recibiendo rdenes.

Yendo, pues, Leonardo en esa direccin, ocurriole que, si Cecilia haba
sido presa por mandamiento del juez, no podan haberla conducido a otro
lugar que a la crcel (situada entonces en el ngulo sudoeste del
palacio de la Capitana General) y se detuvo delante de la reja.

Detrs de ella, mejor, en la jaula formada por las dos rejas de hierro,
haba de pie un hombre mal vestido y de peor catadura. A fin de obtener
una respuesta categrica, se encar con l Leonardo y le pregunt con
aire y tono de autoridad:

--Sabe Vd. si han trado ayer presa a esta Real Crcel a una muchacha
blanca, bonita, vestida de luto...?

--No s, contest el hombre. Soy el segundo llavero y ayer no estaba de
guardia. Vea el seor en el libro del Alcaide.

--La alcaida est cerrada.

--Eso es que el Alcaide ha ido a manducar. Tendr el seor que esperar
hasta maana. Porque yo slo aguardo por el campanazo de la Fuerza para
entregar la crcel al oficial del retn y guiarme.

--Quin es aquel negro que sostiene una viva conversacin con otros
presos en medio del patio?

--Cul dice el seor? El de la chupa blanca?

--S, ese mismo.

--A se lo denominan Jaruco.

--Nombre supuesto, no?

--Pues, su nombre legtimo no es Jaruco, es pegado; pero _asina_ se le
puso en el libro y _asina_ se denominar mientras est en esta Real
Crcel. _Dende_ antier entr en _gayola_. Lo conoce el seor?

--Me parece que s. Llmele Vd. a la reja, si no hay inconveniente.

--No hay embarazo, porque aunque est incomunicado, ya no tenemos
bartolinas para tantos presos. Eh de Jaruco! grit el llavero desde su
puesto.

Y repetida la palabra por otros presos en el mismo tono de voz, se
acerc Jaruco; reconocindose sin dificultad el amo y el esclavo.
Entrole a ste tan fuerte temblor convulsivo, que tuvo que agarrarse con
entrambas manos a la reja.

--Sumerced me eche la bendicin, balbuce anegado en lgrimas.

--Por qu lloras?, le pregunt Leonardo colrico.

--Lloro, nio Leonardito, recordando el mal rato que le habr dado a la
familia con mi ausencia.

--Con tu ausencia, perro? Con tu fuga.

--Nio, yo no me hu. Mi salida de casa la vspera de Nochebuena tuvo
por objeto asistir a un baile de la gente de color all afuera. A la
vuelta para la ciudad tuve una tragedia con un mulato. Fui herido en el
pecho, me recogi un conocido en la calle y me llev al cuarto en que
viva. Mientras me curaba se pas el tiempo. Despus me sucedi esta
desgracia.

--Qu desgracia?

--La de esta prisin injusta. Todos los hombres estamos expuestos a un
golpe de mala suerte.

--De mala suerte, no, de mala cabeza. Est visto, Dionisio, que ustedes
los negros no quieren por bien sino por mal. Si mam te hubiera
despachado para el ingenio cuando hiciste aquella perrada de marras, no
te veras ahora en la crcel. De qu delito te acusan?

--Todava ignoro la causa de mi prisin, nio Leonardito.

--La ignoras, eh? No ser por la muerte de Tond?

--Puede ser que me levanten ese falso testimonio, nio; porque quien
est de mala se cae de sus pies y se mata. Hgase el cargo, nio, que yo
estaba muy tranquilo, cosiendo zapatos en una zapatera de la calle de
Manrique, cuando se present a la puerta el capitn Tond. Desde que lo
vi llegar conoc que vena a buscarme, y trat de escabullirme. Se ape
del caballo y me fui para l como si quisiera entregarme. A la puerta de
la tienda haba una volante parada y me escurr por entre ella y la
pared de la casa. Tond me cay atrs gritando:--Date, date! Ataja!
Tropez con una piedra, cay sobre el sable que llevaba desnudo y se
hiri en la barriga. Tuve la culpa de su muerte?

--Quin te prendi?

--El Capitn pedneo de la Salud. Me cogi cuando yo sala para mi
trabajo.

--Supongo que te dijo por qu te prenda.

--Ni palabra. Slo me dijo que tena orden de cogerme, vivo o muerto.

--En buena te has metido, Dionisio. Ser mucho y dars gracias a Dios si
de sta escapas con el pellejo.

--Sea lo que Dios y la Virgen quieran. Fo en mi inocencia. Pero no
cree el nio que el amo y Seorita harn algo por m?

--Hacer? Nada. No lo esperes. Por cierto que te has portado
decentemente con tus amos! Por ellos, por la familia toda, por ti mismo,
Dionisio, ser mejor que te tuerzan el pescuezo en el campo de la Punta.
Con eso no volvers a insultar a las nias blancas.

--Yo, nio yo he insultado a alguna nia blanca o de color? No, nio
Leonardito, no tengo conciencia de haber insultado a ninguna.

--Y aqulla que fue la causa de tu ria con el mulato a la salida del
baile?

--Yo no la insult, nio. Por los huesos de mi madre que yo no le dije
una mala palabra. Le ped un minu, me dijo que estaba cansada y luego
sali a bailar con Jos Dolores Pimienta. Me quej a ella del desaire,
tom l su defensa, nos trabamos de palabras y nos batimos en la calle.

--Si te dejan hablar no te ahorcan. A otra cosa. Sabes si han trado
aqu presa a la misma joven de tu tragedia con Pimienta?

--Estoy seguro que no est aqu. Apenas pone un preso el pie en el
patio, se publica y circula su nombre a gritos.

--Dios te proteja, Dionisio.

--Nio, por caridad, una palabra ms. Recuerdo que debo entregar a su
merced una prenda que le pertenece.

--Qu prenda? Acaba pronto, prontito.

--Tena yo en la faltriquera, con la esperanza de entregrselo algn
da, el reloj que Seorita le regal a su merced el ao pasado; pero me
lo quitaron al entrar en esta crcel. Debe de estar en manos del
Alcaide.

Cont Dionisio, en las menos palabras, el cmo y cundo vino a su poder
el reloj, y dijo conmovido al retirarse su joven amo:

--Podra decirme el nio cmo est Mara de Regla?

--Mam la trajo del ingenio. Se halla ahora en la ciudad ganando jornal.
No la has visto?

--No, seor. Esta es la primera noticia que tengo de su venida. Por qu
Dios no quiso que tropezara con ella? No me vera hoy en esta crcel. Me
hubiera servido de madrina para con Seorita y estara cocinando en
casa.

Ya de noche volvi Leonardo a casa del Comisario y le sorprendi en el
acto de sentarse a la mesa a cenar con su querida.

--Hola! Tanto bueno por aqu! exclam Cantalapiedra muy risueo, yendo
al encuentro de Leonardo, con la mano abierta y tendida.

--Me alegro de encontrarle, dijo ste serio y fro, haciendo como que no
haba reparado en la demostracin amistosa del Comisario.

--Le aguardaba, aadi Cantalapiedra disimulando la mala impresin del
desaire hecho. Fermina acababa de decirme que Vd. haba honrado con su
presencia este humilde albergue.

--Puedo hablar dos palabras con Vd.?

--Y doscientas tambin, seor don Leonardito. Sabe Vd. que soy su ms
obediente servidor. Sent no hallarme en la comisara cuando Vd. estuvo
al oscurecer. Haba tenido que ir de carrera a la Secretara Poltica.
De suerte que no s como no nos encontramos en el camino, si viene de
all. Bonora! grit; una silla para este caballero.

--Excuse los cumplimientos, dijo Leonardo con altivez. No es cosa de
sentarse. Hablemos de pie con tal que sea a solas.

--Por qu no aqu mismo delante de Fermina? Yo no tengo secretos para
ella. Somos ua y carne.

--Con qu autoridad prendi Vd. a Cecilia Valds? pregunt el joven
imperiosamente.

--No con la que me ha investido S. M. el Rey don Fernando VII, Q. D. G.,
sino con la del seor Alcalde Mayor que firm la orden de arresto, a
queja de un padre de familia.

--Qu Alcalde y qu padre de familia se servir Vd. decirme?

--Ese es demasiado pan por medio, seor Gamboa, contest el Comisario
riendo. Parceme como que est Vd. algo ofuscado... Sintese y clmese.

--La muchacha no ha cometido delito ninguno, as que es improcedente e
ilegal su prisin, si es que todo no ha sido ms que una farsa, o cosa
peor, sabe Dios con qu fines.

--Nada de eso va contra m, que he sido un mero instrumento en este
asunto.

--Diga Vd. si no el nombre del querellante.

--Vd. lo sabe mejor que yo, y si no lo sabe lo sabr en breve.

--Estar Vd. autorizado para revelar el del Alcalde?

--No hay inconveniencia: el seor don Fernando de O'Reilly, grande de
Espaa de primera clase, Alcalde Mayor del distrito de San Francisco...

--A dnde llev Vd. a la muchacha? Ella no est en la crcel pblica.

--No me es lcito revelarlo ahora. La conduje a donde se me orden.

--Luego Vd. la oculta con fines deshonestos.

--De mi negativa a satisfacer la curiosidad de Vd. no se desprende
semejante injuriosa deduccin. Lgica, lgica, seor estudiante de
Filosofa.

--Importa poco que quiera Vd. echarle del reservado y del misterioso
conmigo. He de averiguar la verdad, y puede que todava les pese al
autor y al instrumento de esta intriga grosera e indecente.

Dicho lo cual, parti enojadsimo camino de su casa. La familia tena
visita en la sala. Sin entrar en ella dispuso le alistaran el carruaje,
mud de traje, y cuando por seas le pregunt su madre a la reja del
zagun el motivo de aquella precipitacin:

--Voy a la pera, contest brevemente.

Cantbase la pera del maestro Rossini _Ricardo y Zoraida_, a beneficio
de la Santa Marta, en el lindo teatro Principal.[59] Era entonces
empresario de la compaa don Eugenio Arriaza, y director de la orquesta
don Manuel Cocco, hermano de don Jos, que ya vimos en el ingenio de _La
Tinaja_. El patio o corral y los palcos se hallaban medianamente
ocupados por un pblico nada aficionado entonces a las funciones
lricas. Leonardo entr algo despus de alzado el teln. Por supuesto,
no oy la obertura del _Tancredo_, que precedi a la pera aquella
noche.

Buscaba a un hombre cuyo puesto en el teatro saba de antemano, pues
como Alcalde Mayor deba presidir la funcin desde el palco central, en
el segundo piso. Sentado estaba al par de su madrilea esposa, embebido
en la msica y el canto, mientras le guardaba las espaldas, de pie junto
a la puerta, el paje mulato, de rigurosa librea cubierta de castillos y
leones bordados de oro. Todo esto lo observ a travs del ojo de buey de
la puerta del palco, cerrada contra el pasillo. Pudo haber llamado,
seguro de obtener entrada y un amable recibimiento; pero prefiri
esperar en el balcn de la sala de refresco que daba sobre la alameda de
Paula.

Segn calcul Leonardo, a poco de concluido el primer acto, sinti pasos
mesurados a travs del saln, luego una mano que se posaba en sus
hombros y de seguidas una voz que en tono dramtico declamaba:--Qu
dice el amigo del valiente Otelo?

--Ah! Eres t, Fernando? Lo ms distante que tena de mi mente.

--Qu haces aqu tan solitario y _pensieroso_?

--Acabo de entrar.

--No te vi en las lunetas. Por qu no viniste desde luego a mi palco?

--Supuse que no haba lugar para m.

--Para ti siempre lo hay a mi lado.

--Gracias.

--Ests en los momentos de la inspiracin? La pitonisa en el trpode?
lo celebro. Sentira interrumpirte.

--Yo inspirado! Puede ser: del demonio.

--No tendra nada de extrao que te inspirase la escena urbano-marina
que se desplega ante este balcn. Va que componas all en la mente un
artculo descriptivo? De seguro. En efecto, quin que abriga un alma de
poeta no se inspira a la vista de esa hilera de casas desiguales de
nuestra derecha, en que sobresalen los altos balcones de la solariega
del Conde de Pealver? O a la de esta alameda sin rboles que termina
en el caf de Paula, ahora a oscuras y desierto? O a la del hospital
del mismo nombre en el fondo, que parece una pirmide egipcia, desde
cuya ennegrecida cima, segn dijo Bonaparte, nos contemplan los siglos?
O del lado opuesto, la de la oscursima masa del navo _Soberano_,
clavado, por decirlo as, en las serenas aguas de la baha? No ves cmo
se destaca del cielo, donde chispean las estrellas? Quin no dira que
stas, en vez de luz derraman lgrimas por la prxima desaparicin del
ltimo resto de nuestras glorias navales?

--Fernando, esa escena tan potica para ti, no tiene para mi
significacin ninguna. Quizs porque me la s de memoria, o porque estoy
de un humor negro.

--Para m, chico, siempre tiene encantos la naturaleza. En presencia de
ella olvido todas mis penas. Y a propsito has ledo en _El Diario_ Un
rasgo de mi visita al Etna? Arazoza estuvo el otro da en casa en
solicitud de algo original... Se empe y le di esos borrones.

--Casi nunca veo _El Diario_.

--Pues bscalo y lelo. El artculo es corto. Se public hace tres o
cuatro das. Lo escrib en Palermo. No quise ponerle mi nombre, porque
dice mal de un Alcalde Mayor... T me entiendes. Sali con mis iniciales
solamente y has de creer que ya han venido a darme la enhorabuena ms
de veinte amigos? S. Pedro Jos Morillas me dio un abrazo y me puso el
artculo por las nubes. Deseo or tu opinin.

--Tarde ser que pueda drtela, Fernando. Mi cabeza se abrasa y estoy
ms para pegarme un tiro, o pegrselo a alguien, que para lecturas.

--Hombre! Me sorprende. Te desconozco. Eres t el mismo estudiante de
la clase de Filosofa en el Colegio de San Carlos, u otro en tu figura?
Qu ha sido de aquel buen humor y de aquella alegra pegadiza con que
te ganabas el afecto de todos tus condiscpulos? Djate de necedades y
nieces. Ests enamorado? Podas dar en semejante gansada al cabo de
tus veinte y ms abriles y de tu experiencia...

--No es la pasin del amor la que me devora el pecho al presente. Es la
clera, es el dolor, es la desesperacin que produce el primer desengao
de lo que son el mundo, los hombres y la amistad.

--Vamos. A qu negarlo? T ests enamorado y mal correspondido. Los
sntomas lodos son de amor. Cul es el origen real de tus cuitas?
Confamelas. Sabes que soy tu amigo.

--Mi amigo! exclam el joven con sonrisa irnica. Crea que lo eras,
pero me he desengaado que eres mi peor enemigo.

--Qu fecha tiene su desengao?

--La misma del flaco servicio que me has hecho. No s cmo su memoria no
te roe las entraas.

--Va que has perdido el juicio? Vamos, hombre! Ya caigo. Todo tu
coraje nace... Ja, ja!

--No te ras, dijo serio Leonardo. No es ste paso de risa.

--Pues de qu es? recalc el Alcalde. He aqu la primera vez, desde que
nos conocemos, que te veo grave y... bobo.

--No llames gravedad ni bobera a lo que toca en furor.

--Djate de niadas a estas horas. Tu enojo principal parece que es
conmigo, y si no estuvieras encalabrinado, veras que, lejos de odio, me
debes gratitud.

--No faltaba otra cosa, sino que tras de haberme herido por donde ms me
duele, esperes mi agradecimiento. Qu frescura la tuya! Sabas t que
Cecilia Valds era mi muchacha?

--Lo supe el mismo da en que, segn dices, te hice el flaco servicio...

--Pero antes de eso, tenas t noticias de su existencia? Conocas su
carcter y antecedentes?

--Qu haba de conocer! Ni jota.

--Luego, cmo sin conocimiento de los hechos, sin formacin de sumaria,
diste el mandamiento de prisin?

--Porque hubo quien lo pidiera sin tales requisitos.

--Y a semejante proceder llamas amistad hacia m?

--Ah vers.

--Qu delito achacan a la muchacha para el atropello?

--Ningn otro, a lo que entiendo, que el de quererte demasiado.

--As, t a sabiendas has cometido una injusticia; digmoslo por lo
claro, una arbitrariedad.

--Me confieso culpable de ese pecado.

--Pecado dices? Es ms que eso. En nuestras leyes se conoce como un
cuasi delito, que todava puede que te salga a la cara. Si se han
figurado que la triste hurfana no tiene quien la defienda, se engaan
de medio a medio. Aqu estoy yo, que pondr el asunto en tela de juicio.

--Mal hars, Leonardo, replic el Alcalde con calma y dignidad. Mal
hars, te repito. Por lo que a m toca, tus lanzadas no me haran dao
ninguno, rebotaran en la cota de malla de mi elevada posicin, de mis
ttulos de nobleza y de mi valimiento aqu y en la corte. Por este lado
soy inmune. Pero t, con tomar el camino que dices, (te hablo como
compaero y amigo), no conseguiras otra cosa que escandalizar un poco y
poner en berlina a tu padre, en cuya queja formal y escrita me apoy
para el procedimiento... arbitrario que me imputas. Tu padre, tu bueno y
honrado padre, vino a mi tribunal y estableci querella en toda forma
contra esa muchacha, por seductora de un menor, hijo de familia rica y
decente, con sus encantos y trapaceras. En la discusin que tuvimos, se
lament, casi con lgrimas en los ojos, de que estabas hecho un perdido,
jugador, mujeriego; que no estudiabas ni podras recibirte en abril como
l y tu madre esperaban, para que tomaras la administracin de los
bienes el ao entrante, es decir, despus de casarte con la bella y
virtuosa seorita de Alquzar, como estabas comprometido, todo por esa
mozuela casquivana, cuyas relaciones amorosas desdoran sin duda a un
joven que ha de ser Conde antes de mucho.

--Conque tal es el eptome de la historia que te ha contado mi padre?
Escucha, o contempla ahora el reverso de la medalla. No hay tal
seduccin, engao ni calabazas en este negocio. La muchacha es lindsima
y me idolatra. Por qu no haba de corresponder a su amor? Pero resulta
que desde chiquita viene pap siguindole los pasos, mantenindola,
vistindola, calzndola, celndola, rondndola, cuidndola mucho ms y
mejor de lo que jams ha mantenido, vestido, calzado, rondado y cuidado
a ninguna de sus hijas. Para qu? Con qu fines preguntars t. Slo
Dios y l lo saben. No quiero pensar mal todava; pero el hecho de
secuestrarla precisamente cuando acaba de morir la abuela, nica persona
que poda oponer obstculo serio a la realizacin de torcidos deseos, me
hace sospechar que no abriga mi padre las mejores intenciones... Me
tranquiliza y complace, sin embargo, que sea cual fuere la lluvia de oro
que l derrame a los pies de la joven, no conseguir ms de lo que ha
conseguido de ella hasta aqu: un odio acrrimo. Pero t, mi amigo, por
hacerme bien me la arrebatas y la entregas atada de pies y manos en
poder de mi padre. Habr yo de perdonarte esta mala partida? Jams.

--Eres injusto, muy injusto con tu padre y conmigo. Con l, porque no
acced a sus ruegos sino cuando me convenc plenamente de que eran
rectas y santas sus intenciones respecto de ti, de la familia y de la
misma Valds. Conmigo eres injusto, porque viendo que tu padre estaba
resuelto a cortar de cualquier modo, costara lo que costara, tus
relaciones clandestinas con la muchacha, decid encerrarla en las
Recogidas por un corto tiempo, digamos, hasta tanto que te recibes de
Bachiller y te cases como Dios manda y como conviene a tu clase y al
caudal de tu familia. Que despus, si te parece, volvers... a los
primeros amores.

Leonardo se qued callado y pensativo, y dijo luego con
tibieza:--Adis, Fernando!

Este le detuvo por el brazo y repuso:--No has de irte de esa manera,
cual si hubisemos reido. Ven a mi palco: saludars a mi esposa y oirs
a mi lado el segundo acto de la pera. Para aliviar ciertos dolores no
hay blsamo comparable con el de una buena msica.




CAPTULO VII

     _El mayor monstruo, los celos._

         CALDERN


--Qu enredo te traes t con una muchachuela de los arrabales?, le
pregunt doa Rosa a su marido todava en la cama.--Di, contesta, aadi
codendole por las espaldas, porque le pareci que se hacia el sueco o
el dormido.

--Yo no me traigo ni me llevo enredo con nadie, Rosa, contest don
Cndido entre sueos.

--Tu s, t s. Me lo han dicho, lo s de buena tinta.

--Quin te ha contado ese cuento?

--No es cuento, es verdad. T has sacado de su casa a una muchacha hace
pocos das... El autor no es del caso.

--Lo es, Rosa. Hay quien influya en ti poderosamente.

--Luego aclararemos ese punto. Nadie me quita que t has vuelto a las
andadas...

--Ves lo que yo deca? Ya te han preparado contra m. Tu hijo...

--Pues chale ahora el muerto a mi hijo.

--Tu hijo, digo, continu don Cndido sin turbarse, estaba a punto de
cometer la mayor de las calaveradas que ha cometido hasta el presente.
Me interpuse, porque al fin soy su padre, y evit la comisin... T no
quieres que le toquen a _l_, qu otro recurso me quedaba sino tocarle
a _ella_? Hete, en resumen, el monto de mis _andadas_.

--No me quedaba que or! Conque para evitar que el hijo cometiera una
calaverada, va el padre y da un escndalo?

--En este caso no ha habido escndalo ninguno.

--Cmo! Se ha hecho la cosa a ocultas? Tanto peor. Vase qu inters
tienes t en ello.

--No otro, a fe ma, que el de impedir la comisin de una verdadera
infamia por una persona que nos toca tan de cerca como es nuestro hijo.

--Qu infamia? T usas unas palabrotas...

--Tiempo ha que Leonardo viene persiguiendo a una chica de color...

--Y t cmo lo sabes?

--Lo s por la misma razn que t lo ignoras.

--Nada me dices con eso. Es natural que Leonardito, joven y bien
parecido, persiga a las chicas, como dices t. Lo que no parece natural
es que t, ya viejo y feo, ests tan enterado de las persecuciones
mujeriles del muchacho. Te da envidia? Quisieras que se metiera a
fraile? Por qu le celas?

--Porque soy responsable de su conducta ante Dios y el mundo.

--Qu virtuoso! No hacas t lo mismo y aun peor cuando eras de su
edad?

--Quizs hice lo mismo que l cuando mozo, peor no; al menos no me
remuerde la conciencia de haber corrompido a ninguna joven honesta o de
su casa.

--Haces bien: santificate. Pero me parece excusado el trabajo que te
tomas... Siempre creer que, respecto a mujeres, Leonardito a tu lado es
nio de teta.

--Dejmonos de recriminaciones, Rosa, y vamos al grano, a lo que nos
toca ms de cerca, como padres del mozo... La cosa es muy seria, es
grave... Supe... Importa un bledo el cmo, el dnde, el cundo. Supe que
haca grandes compras de muebles y de cachivaches caseros. Ha debido
gastar un dineral. De dnde lo ha habido? Ha contrado deudas? Le ha
ganado al juego? O... es que t, tan bonaza como siempre, le has
facilitado los medios?

Don Cndido haba dado en el hito. Negara doa Rosa el prstamo, por
haberlo hecho a ocultas del marido? Equivaldra a desacreditar al hijo a
los ojos del padre, siempre dispuesto a mirar sus faltas por el lado ms
negro. Por eso, aunque convencida y mortificada por el engao que con
ella se haba practicado, prefiri declarar la verdad y cargar con la
culpa de la disipacin del hijo predilecto.

--Ves ahora, Rosa, dijo don Cndido sin acrimonia, las malas resultas
del cario ciego de ciertas madres para con sus hijos? No reconoces que
en algunos casos ms vale pecar con ellos por duro que por blando?
Leonardo te pide dinero y t se lo prestas, porque no puedes decirle que
no, y porque te figuras que si se lo niegas se muere del pesar... Y l
coge el dinero, compra muebles, alquila casa... Para qu diablos?
Claro, clarito, para llevar a ella la querida. No se necesita gran
penetracin... De suerte que, si no me anticipo, adis, estudios!
Adis, bachillerato! Adis, casamiento en noviembre!, como t y yo
habamos acordado, de acuerdo con l.

--Bueno est todo cuanto dices, mas estoy esperando que digas dnde
tienes oculta a la muchacha.

--En las Recogidas. Parceme, agreg a la carrera viendo que la esposa
callaba y se agitaba en el lecho; parceme que ste ha sido el partido
mejor y menos riesgoso que pudiera haberse escogido para salvar al mozo
del precipicio y a la moza de su ruina...

--S, dijo doa Rosa; te figuras que porque has metido a la muchacha en
las Recogidas, ya todo qued arreglado y concluido? Sbete que no has
conseguido nada. El nio ha tomado la cosa muy a pecho. Est ciego de
amor.

--Qui! exclam don Cndido en tono despreciativo. Amor, amor! Ni
gota. Lo que siente ese mozo es hervor de la sangre, calentura de
cabeza. Nada tiene que ver en ello el corazn. Se le pasar. Pierde
cuidado.

--Se le pasar, eh? Tal vez. Pero el nio no come, no duerme, sufre,
padece, se aflige, llora. Temo que le cueste una enfermedad el
sentimiento. Ya, como t no lo ves, no lo oyes, no lo entiendes, hablas
del modo que hablas.

--Pon t algo de tu parte. A ti, que tienes ms influencia en l que yo,
a ti te corresponde consolarle y hacerle entrar por vereda. Va que no
le has dicho que por el prximo correo de Espaa espero el ttulo de
Conde de Casa Gamboa, con que se ha servido agraciarme nuestro augusto
soberano? A que no? Puede que la noticia le alegrase.

--Alegrarle! Qu poco conoces a tu hijo! Le di la noticia. Y sabes lo
que me contest? Que la nobleza comprada con la sangre de los negros que
t y los dems espaoles robaban en frica para condenarlos a eterna
esclavitud, no era nobleza, sino infamia, y que miraba el ttulo como el
mayor baldn...

--Ah! El bribn, el insurgente, el desorejado! estall don Cndido en
un paroxismo de indignacin. Vaya si le hierve la sangre criolla en las
venas! Todava sera capaz el muy trompeta de principiar por su padre la
degollina como se armara en esta Isla el desbarajuste de la Tierra
Firme. Y quieren libertad porque les pesa el yugo! porque no pueden
soportar la tirana! Que trabajen los muy holgazanes y no tendrn
tiempo ni ocasin de quejarse del mejor de los gobiernos. Yo les dara
palo entre oreja y oreja como a los mulos...

--Basta de sandeces y de vituperios, le ataj doa Rosa incomodada.
Tiras de los criollos como si mis hijos y yo furamos de tu tierra.
Odias a los habaneros, por qu te duele que te paguen en la misma
moneda? Leonardito en parte tiene razn. Le privas de todos sus gustos y
placeres... No s cmo no se desespera. Cuenta con que l har cuanto
est en su mano para sacar a la muchacha del encierro...

--Como t no le des el dinero, dijo don Cndido sobresaltado, para
sobornos, dudo mucho que se salga con el intento. No le des dinero, no
se lo des a tontas y a locas. Mas ya que tu cario consiste en
atragantarle a regalos, hagmosle uno de tal calidad que le llene de
orgullo y le haga avergonzarse de la sima de bajeza a que se propona
descender.

--Cul es el regalo que esperas obre el milagro...?

--La casa de Soler que Abreu se sac en rifa est de venta. Comprmosla,
alhajmosla para Leonardo cuando se case con Isabel. La venden en 60,000
duros.

--Casi el valor de un ingenio.

--La casa vale ese dinero. Es un palacio; como no hay otro en La Habana.
No debes pararte en pelillos: se trata de la salvacin de tu hijo ms
querido. De mi cuenta corren la compra y la habilitacin de la jaula, de
la tuya corre la domesticacin del pjaro que ha de ocuparla.

Arreglado el plan y distribuidos los papeles, don Cndido desempe el
suyo sin tardanza ni dificultad. Doa Rosa, al contrario, en
consecuencia de su carcter peculiar, desde los primeros pasos puso
obstculo invencible a la realizacin del proyecto.

Entraban por mucho en la composicin de carcter de doa Rosa la altivez
y la suspicacia para que dejase de ser a menudo injusta e imprudente en
sus relaciones domsticas... Nadie mejor que Leonardo conoca ese flaco
de su madre. No bien le declar ella las condiciones del proyecto de
domesticacin, fundadas todas en su renuncia a la posesin de Cecilia,
resolvi predisponerla contra el marido atizando los celos de la esposa
a lo sumo. Bastle para ello el que la refiriese, sin nombrarla, cuanto
haba odo de boca de Cecilia, referente a los tratos clandestinos y
sospechosos de don Cndido con la joven y la anciana del barrio del
ngel desde mucho tiempo atrs; a los dineros que en ellas vena
gastando con la largueza o la prodigalidad del viejo enamorado; al
extrao inters que siempre haba tomado en el sostenimiento y bienestar
de las dos mujeres; a la vigilancia con que haba celado a la muchacha y
cuidado de la salud de la anciana; en una palabra, a los eficaces y
constantes servicios que en estos negocios de dudosa moralidad le haba
prestado Montes de Oca.

Todas y cada una de estas noticias, junto con otras ya mencionadas,
haban llegado a odos de doa Rosa en diferentes pocas y por diversos
conductos. La relacin tarda y amaada del hijo slo sirvi de
complemento y confirmacin de lo mismo que ella se saba de memoria o
que meramente sospechaba.

Ocioso parece aadir que en este caso, como en todos los de su ndole,
surti la cizaa su maligno efecto. Pues que irritada la madre contra el
padre por la supuesta persistente violacin de la fe conyugal, en
venganza o represalia tram en secreto con el hijo la mina que deba
hacer saltar los parapetos levantados por don Cndido en defensa del
honor de Cecilia Valds. A su ejecucin comprometi doa Rosa su dinero
y su influjo.

Para ayudarla en la ardua empresa, tres condiciones nicamente exigi
ella: una, que el hijo continuara los estudios hasta graduarse de
Bachiller en leyes; otra, que se casara con Isabel Ilincheta a fin de
ao; y la tercera, que aceptara, sin murmurar, el regalo del palacio
que, con ese preciso objeto, le haca su padre. Todo lo prometi de
plano Leonardo.

El primer paso dado fue el de solicitar los servicios de Mara de Regla,
aquella enfermera del ingenio de _La Tinaja_, cuya astucia y talento la
madre y el hijo reconocan de consuno, a pesar de la ojeriza con que la
miraban. Prestose ella de la mejor gana, tanto porque estaba en su
ndole el papel de conspiradora, cuanto que se prometa pagar con bienes
los muchos males recibidos de manos de los dos. De luego a luego
comenzaron los trabajos de zapa.

Produjo una verdadera revolucin la entrada de Cecilia en la casa de las
Recogidas. Su juventud, su belleza, sus lamentos, sus lgrimas, los
motivos mismos de su prisin, supuestos hechizos empleados para seducir
a un joven blanco de familia millonaria de La Habana, todo concurri
para inspirar curiosidad, simpata o admiracin en las mujeres de varios
colores y condiciones que cumplan trminos ms o menos largos de
condena.

Por vulgares que ellas fuesen, por apagado que estuviese en su pecho el
sentimiento de la dignidad personal, imposible les fuera sustraerse al
influjo de unas circunstancias cuya magia ejercer su imperio en este
mundo sublunar mientras refleje la luz del sol. Al parecer, de poco
podan valerle a Cecilia sus simpatas y arranques de admiracin; con
todo eso, fuerza bastante tuvieron para crear en torno suyo aquella
atmsfera de respeto y de consideracin que tanto contribuy al alivio
de sus penas mientras estuvo en las Recogidas, y que al cabo le abri
las puertas.

El guardador de estas ovejas descarriladas era un soltern verde, suerte
de monigote con quien los aos ni las penitencias haban domado las
humanas pasiones. Hasta la fecha presente, slo haban ingresado en el
establecimiento a su cargo mujeres de baja extraccin, viejas, feas y
gastadas por los vicios. En condiciones bien diferentes vino Cecilia a
aumentar su nmero. Tal vez haba pecado; pero de seguro que no por
vicio ni mala inclinacin. Esto abonaban sus pocos aos, su porte
decente y modesto, su donoso aspecto y el ncar de sus tersas mejillas.
El dolor, la vergenza de verse encerrada y confundida entre unas
mujeres conocidamente de mala conducta, era sin duda lo que la haca
prorrumpir en lgrimas y quejas continuas. Tantos y tales extremos de
genuino pesar eran incompatibles con el delito.

As razon el portero de la Casa de las Recogidas, y sin ms reparo se
declar el campen y el amigo de Cecilia. Su placer era ir a deshoras
hasta la ventana del cuarto que la haban asignado, para sorprenderla, a
ocultas, en sus demostraciones de sentimiento, enamorarse ms de ella y
encenderse en ira contra sus perseguidores. A veces la encontraba en la
silla con la cabeza y los brazos descansando en la mesa, mientras dejaba
a la abundosa mata de sus cabellos sueltos el cuidado de cubrir aquellas
partes de su espalda que no acertaba a vedar de miradas profanas el
traje flojo. Otras veces levantaba ella de repente los ojos y las manos
juntas al cielo y exclamaba en la mayor angustia:

--Dios mo! Dios mo! Por qu culpas he merecido yo este tremendo
castigo?

En todos estos casos se retiraba el guardin a su portera hecho un
basilisco.

En uno de esos momentos de indignacin filantrpica, se le apareci como
llovida Mara de Regla, con achaque de venderle frutas del tiempo y
conservas, negocio en que se ocupaba entonces. El hombre no quera
comprar ni enredarse en una conversacin que poda distraerle de sus
agridulces pensamientos. Pero no por eso desisti de su propsito la
vendedora. Esperaba, al contrario, repulsa ms terminante. Djole en el
tono meloso que sola:

--Le duele al seor la cabeza o las muelas? (No le dio el tratamiento
de su merced).

--Nada me duele, gru l.

--Me alegro, porque sos son los dolores de los dolores. Vea el seor si
las recogidas quieren frutas o dulces en almbar.

--No estamos para frutas ni dulces ahora. Tampoco hay plata en casa.

--Yo fo.

--Anda con Dios y djame en paz.

--Otras veces me han comprado aqu frutas y dulces.

--No en mi tiempo. Sera cuando estaba el papanatas que suele
reemplazarme.

--Quizs.

--Yo no permito trfico con las presas. El reglamento prohbe todo
tejemaneje por la portera.

--Pues me han dicho que el seor era ms bueno que el pan con las pobres
recogidas.

--Te han engaado. Yo soy malo, malsimo.

--El seor no es malo. Qu va! Le conozco en la cara que no lo es.

--Basta. No quiero palique.

--Est bien. El que manda, manda. Me ir; pero antes no tendra la
bondad de orme el recado que acaba de darme un caballerito para el
seor?

--Qu recado? Despacha, replic con rudeza el hombre despus de mirar
fijamente a la vendedora.

--Tiene aqu el seor presa a una nia blanca?

--No tengo preso a nadie. No soy carcelero; soy un mero guardin de las
recogidas, por delegacin del ilustrsimo seor Obispo Espada y Landa.

--Perdneme el seor. Quise decir que si no haba aqu recogida una nia
blanca.

--Blanca al parecer. S. Y qu?

--Pues el caballerito que le digo se interesa mucho por esa nia.

--Qu me importa a m su inters? No vamos a comer con eso.

--Nunca debe decirse de esta agua no beber. Porque el caballerito que
digo es riqusimo y est muy enamorado de la nia. Y el seor sabe de lo
que es capaz un caballerito rico cuando est loco de amor y le impiden
ver y hablar a su adorado tormento.

--Estamos, dijo el portero algo ms aplacable. Qu pretende el tal
caballerito?

--Poca cosa. Quiere que el seor d a la nia de su parte estas naranjas
(escogiendo seis entre las ms hermosas del tablero), y que le diga que
l est metiendo empeo y gastando mucho dinero para sacarla cuanto
antes de esta prisin.

--Hombre!, dijo el guardin titubeando; yo no he hecho jams el papel
de corre-ve-y dile.

--Vamos, seor, que no le pesar. Spalo: el caballerito es muy rico,
muy agradecido y est muy enamorado.

El portero asustado, tembloroso, indeciso, se estuvo largo rato parado,
mirando, ya a la negra, ya a las naranjas. Al cabo pregunt con voz
ronca por el temor o la vergenza:

--Cmo se llama el caballerito?

--La nia sabe, replic Mara de Regla, marchndose bruscamente.

Quedose el portero pensativo, como clavado a la reja de la portera. A
poco le pas el cerrojo a la puerta, le ech llave, y con tres naranjas
en cada mano entrose en el amplio patio de la Casa de las Recogidas.

Hubo de todo lo que puede llenar de ilusiones a un hombre enamorado, y
de esperanza a una mujer afligida, en la breve entrevista que tuvo el
portero con Cecilia. Hubo aquello de:--Vd. es mi salvador. Qu ngel le
trajo a esta pobre mujer perseguida? Soy inocente. Mi nico delito es
amar mucho a un joven que se muere por m. Aqu me ha puesto el padre
del caballerito de quien Vd. me habla. Toda su rabia contra m es porque
no lo quiero a l y quiero a su hijo. Tenga Vd. piedad de una mujer
injustamente perseguida.

Sali de all el portero otro hombre.--A quin se le ocurre traer aqu
una muchacha como sta?--se preguntaba a s mismo. Al demonio, solamente
al espritu maligno para tentar y sacar de sus casillas a la gente
pacfica. Aqu quisiera ver a los varones fuertes, a los mismos santos.
Resistiran? Se ablandaran, se derretiran, se entregaran de patas en
las garras de Satans. Habr quien tenga valor para verla llorar, para
orla quejarse y suplicar y no tomar su parte? Har de m lo que se le
antoje. Es claro. Y quedar mal con el seor Obispo, mi protector, caer
de su gracia, perder el puesto que ocupo en esta casa. Mas, qu
remedio? Ella es muy linda, llora, y yo no soy de palo. Maldita
frutera!

Dos o tres das despus volvi sta, y el portero de las Recogidas no la
recibi mal. Traa nueva pretensin: la de hablar a solas con la presa
en la prisin. Estaban prohibidas las visitas dentro de la casa; slo
poda hablarse con las recogidas en presencia del guardin, a la reja de
la portera. Pero Mara de Regla arguy el punto con habilidad diciendo,
entre otras cosas, que no era de esperarse, el portero ayudara a matar
de tristeza a una nia inocente, y se hiciera cmplice de la mayor de
las injusticias que se haban cometido hasta entonces en La Habana. Que
el caballerito, amante de la nia, ya tena muy adelantadas las
diligencias para sacarla del encierro, y, por supuesto, excluira de su
gratitud a todos los que haban oprimido a su adorado tormento.
Enseguida aadi, cual si de pronto recordara:

--El caballerito me dio para el seor esta media docena de onzas de oro,
por si la nia necesitaba algo de comer, o de vestir, o cualquier
antojo...

Este ltimo argumento acab por dar al traste con el resto de virtud o
empacho del portero. Concedi la entrada. En pocas palabras
describiremos ahora la escena que se sigui a la entrevista de la
mensajera con la presa.

Mara de Regla encontr a Cecilia en la misma posicin en que dijimos la
haba sorprendido el guardin das antes; slo que esta vez no la cubra
el cabello aquella parte de la espalda que daba a la entrada de la
celda. Algo ech de ver ah la antigua enfermera, que le llam
grandemente la atencin.

--Jess! dijo. Qu veo? Ser posible que esta nia sea la misma que
yo sospechaba? Qu cosas pasan en este mundo!

A aquella voz y aquellas incoherentes exclamaciones, levant Cecilia la
cabeza y pregunt en tono desmayado y doliente:

--Qu quiere usted?

--Quiero que me diga su merced su nombre de pila.

--Cecilia Valds.

--Jess! volvi a exclamar la negra. La propia que yo me imaginaba!
Parece un sueo. Sabe su merced quin le pint esa media luna?

--Qu media luna?

--La que su merced lleva en este hombro (tocando con el ndice el
izquierdo de la muchacha).

--Esta no es pintura, es un lunar, mejor dicho, una marca que me ha
quedado ah de resultas de un golpe recibido en mi niez.

--No, si su merced es de verdad verdad la Cecilia Valds que yo
conozco, se no es lunar, ni marca de golpe: es la media luna que la
abuela de su merced le pint con aguja y ail antes de echarla en la
Real Casa Cuna.

--Oh! Mamita nunca me habl de semejante cosa.

--Yo lo s porque sa fue la seal que me dieron para reconocerla entre
las dems nias de la Real Cuna.

--Quin es Vd. que sabe tanto de m?

--Es posible que su merced no me conozca todava? Deba acordarse de
m.

--No, por cierto.

--Pues yo le di de mamar a su merced, primeramente en la Real Casa Cuna,
y despus, por cerca de un ao, en casa de la abuela de su merced,
cuando ella viva en el callejn de San Juan de Dios. Su merced ya haca
_peninos_ y hablaba _champurriado_, no le digo ms, en los das en que
me la quitaron de los brazos. Ay! No sabe su merced las lgrimas y
pesares que me ha costado su crianza; no slo a m, tambin a mi marido.
S, su merced ha sido la causa primera y principal de nuestras
desgracias.

--Qu les ha pasado a Vds.?

--A m me desterraron de La Habana habr doce aos, y mi marido est
preso en la crcel. Le achacan la muerte del Capitn Tond.

--Conque eso es as como Vd. dice! Conque yo soy la mujer ms infeliz
que pisa la tierra! Ay de m, que sin haberle hecho mal a nadie todos
me caen encima!

--No llore, ni se lamente, nia. Aunque causante de nuestras desgracias,
su merced es inocente, no tiene culpa ninguna.

--Cmo no he de llorar y lamentarme, si tras de verme perseguida
injustamente, hecha la piedra de escndalo de las mujeres de esta casa,
que me atosigan con sus preguntas y majaderas, por remate de cuenta
viene Vd., que dice me cri, y me echa en cara las desgracias de Vd. y
de su marido? Cabe mayor infelicidad que la ma?

--Cuando yo le relate mi historia, tejida con la de su merced, se
convencer de que tengo mucha razn.

--Pero quin es Vd.?

--Mi nombre es Mara de Regla, humilde criada de su merced y esclava del
nio Leonardo Gamboa.

--Ah! exclam Cecilia ponindose en pie y abrazando a su interlocutora.

--Oiga! dijo sta con sentimiento. La nia me reconoce y abraza como
esclava del nio Leonardo, no como la madre de leche que soy de su
merced.

--No, la abrazo por ambos motivos, sobre todo porque su venida es nuncio
de salvacin para m.

La negra se cruz de brazos y se puso a contemplar a Cecilia faz a faz.
De tiempo en tiempo murmuraba en tono bajo: Vea Vd.! La misma frente!
La misma nariz! La misma boca! Los mismos ojos! Hasta el hoyito en
la barba! S, su pelo, su cuerpo, su aire, su propio ngel! Qu! Su
vivo retrato!

--De quin? pregunt Cecilia.

--De mi nia Adela.

--Y quin es esa nia?

--Mi otra hija de leche, hermana de padre y madre del nio Leonardo.

--Conque tanto me parezco a ella? Ya me lo haban dicho algunos amigos
que la conocen de vista.

--Y dgalo que se parece. Jimaguas no se pareceran ms. Si ser por
esto porque el nio Leonardo est tan enamorado de su merced? Pero l
peca y su merced peca con quererse como se quieren. Si se quisieran como
amigos o hermanos, pase; como hombre y mujer es un pecado. Los dos estn
en pecado mortal.

--Por qu me dice Vd. eso? pregunt Cecilia sorprendida. En quererse
mucho un hombre y una mujer, no s yo que haya pecado.

--S, lo hay, nia; a veces hay hasta pecado prieto. Por una parte, l
es blanco; mas, dentro de poco ser de sangre azul, porque su padre ya
es Conde de Casa Gamboa. Y tiene un palacio para vivir con la que haya
de ser su esposa legtima. Y su merced... Perdone, nia, que sea tan
_clariosa_. Su merced es pobre, no tiene ni gota de sangre azul y es
hija... de la Casa Cuna. No es posible que lo dejen casarse con su
merced.

--Todo sea que se le ponga en la cabeza. A bien que l es hombre y hace
lo que quiere. Y aunque no, estoy segura que cumplir la palabra que me
ha dado.

--No podr cumplirla, nia. Desengese, no podr cumplirla aunque
quiera.

--Por qu no?

--Porque no. A su tiempo lo sabr su merced. Ese casamiento es un sueo,
no se verificar...

--Luego Vd. se opone. No comprendo la razn.

--Yo no me opongo, nia ma. No soy yo quien se opone, es otro, es la
naturaleza, son las leyes divinas y humanas. Sera un sacrilegio...
Pero, qu es lo que digo? Cuando menos ya es tarde. Dgame, nia, qu
tiene en los ojos?

--Nada tengo en los ojos, repuso Cecilia restregndoselos inocentemente.

--S, veo algo en ellos que es mala seal. Me parece que tiene amarillo
el globo del ojo. No cabe duda. Esas ojeras, esa palidez, ese rostro
desencajado... Pobrecita! Su merced est enferma.

--Yo enferma! No, no, dijo ella muy apurada.

--Su merced ya es mujer del nio Leonardo.

--No entiendo lo que Vd. dice.

--Ha sentido su merced nuseas? As como ganas de provocar?

--S, varias veces. Ms a menudo desde que estoy en esta casa. Lo
atribuyo a los sustos y pesares de mi injusta prisin.

--Tate. Cierto son los toros. No lo dije? La causa de la enfermedad de
su merced es otra. Yo la s, la adivino. No sabe la nia que he sido
enfermera por muchos aos? Qu soy casada? Ya no hay remedio.
Ninguno... Pobre nia! Inocente! Desgraciada! A su merced le ha hecho
mucho dao esa carita tan linda que Dios le ha dado. Si su merced
hubiera nacido fea, tal vez no le pasara lo que le pasa ahora. Estara
libre y sera feliz. Mas... lo que remedio no tiene, olvidarlo es lo
mejor. En fin, dir al nio Leonardo el estado de su merced y segurito
que se apresurar a sacar a la nia de esta maldita casa.

Afectaron fuertemente a Leonardo Gamboa las ltimas nuevas que de
Cecilia le trajo la esclava. Sin prdida de tiempo, como lo haba
previsto sta, se aboc con su condiscpulo y amigo el Alcalde Mayor,
que haba decretado la orden arbitraria de prisin, ante el cual hizo
valer aquellos ttulos, junto con esta circunstancia. Le revel
igualmente en secreto el estado delicado de la muchacha. Derram por
todas partes el oro a manos llenas y tuvo la inefable satisfaccin de
ver coronados sus esfuerzos con el xito ms completo hacia los
postrimeros das del mes de abril.

Fue al cabo suya Cecilia, a pesar de la tenaz oposicin de su padre. De
la prisin la condujo a la casa que haban alquilado en la calle de las
Damas, dndole por cocinera, sirviente de confianza y duea a la Mara
de Regla de siempre. No pareca que hubiese hombre ms feliz sobre la
haz de la tierra.

An cuando todo esto se ejecut con entera reserva de don Cndido, nada
ocult Leonardo de doa Rosa. Desde el principio al fin la mantuvo
informada de los pasos que daba, a medida que se daban. Y, sentimos
decirlo, no sabemos en quin produjo ms regocijo el desenlace del
drama, si en su hijo o en la madre. As se alzaba una barrera
insuperable, crea ella sinceramente, entre la muchacha y las
imprudentes pretensiones de su marido.

En medio de estas escenas, despleg Leonardo tino y fuerza de voluntad
sin ejemplo, poniendo el mayor esmero en llenar las condiciones del
contrato secreto celebrado con su madre. Asisti a las clases de derecho
regularmente, y cuando lleg la hora de graduarse, visit uno por uno a
los doctores que deban examinarle, principalmente a don Diego de la
Torre, que gozaba de fama de muy rgido con los graduados; le pas la
mano a Fray Ambrosio Herrera, secretario de la Universidad, a quien
comunic en secreto que en vez de los tres duros de las propinas de
costumbre, se propona meter tres onzas de oro en cada cartucho. As
allan el camino de la recepcin; as logr calarse la muceta de
ordenanza, ascender a la ctedra del aula magna, ponerse en la coronilla
de la cabeza la birreta colorada, pronunciar un ininteligible discurso
en latn, y obtener el ttulo de Bachiller en Leyes nmine
dissentiente[60] el 12 de abril de 1831.

Satisfechos por este lado sus compromisos, todava tuvo tiempo para
tomar formal posesin del palacio que le haba regalado su padre.
Enseguida, con el nimo de adormecer la vigilancia de ste, corri a
darle una caradita a Isabel en su paraso de Alquzar, y ver de
concertar con ella, si era posible, la manera y la poca del casamiento.

La encontr bastante fra y desanimada. Repugnbale en alto grado la
idea de presenciar, por segunda vez, las escenas horrorosas del ingenio.
Como visita, porque faltara la ocasin juntamente con el deseo; como
ama, porque si de amante no logr suspender los terribles castigos
impuestos all a los negros, por una necesidad fatal de la institucin,
mal poda prometerse que de casada se aboliesen. Y ora tomase Leonardo
estas razones de su amiga cual meros escrpulos monjiles, ora se
persuadiese que ellas quizs le relevaran de una promesa en que ya no
se interesaba mucho su corazn, torn a La Habana sin haber tratado de
allanar el inesperado inconveniente.

Volado haba el tiempo con inconcebible rapidez. A fines de agosto tuvo
Cecilia una hermosa nia; suceso que, lejos de alegrar a Leonardo,
parece que slo le hizo sentir todo el peso de la grave responsabilidad
que se haba echado encima en un momento de amoroso arrebato. Aquella no
era su esposa, mucho menos su igual. Podra presentarla sin sonrojo,
mager que bella como un sol, en ninguna parte? No haba l descendido
tanto todava por la cuesta suave del vicio, que hiciese del sambenito
gala.

Se desvaneca, sin duda, la ilusin con la fcil posesin del objeto
codiciado que consista tan slo en la cualidad deleznable antes
mencionada. Al amor hizo en breve lugar la vergenza. Tras sta deba
presentarse el arrepentimiento, y se present al galope, mucho antes de
lo que era de esperarse, supuestas las condiciones de alma fra y moral
laxa de que haba dado pruebas el joven Gamboa.

Los primeros sntomas del cambio no tard Cecilia en descubrirlos con
dolor; en pos vino el tropel de los celos a complicar la situacin de
las cosas. A los tres o cuatro meses de unin ilcita fueron menos
frecuentes y menos prolongadas las visitas de Leonardo a la casa de la
calle de las Damas. De qu vala que l colmase de regalos a la
querida, que se adelantase a todos sus gustos y aun caprichos, si era
cada vez ms fro y reservado con ella, si no mostraba orgullo ni
alegra por la hija, si no pudo lograr jams que trocara siquiera por
una noche la casa de los padres por la suya propia?

Explcase la extraa conducta de Leonardo con Cecilia, por la grande
influencia que sobre l ejerca su enrgica madre. Porque era cosa
cierta que si del mozo haban huido todas las virtudes a la temprana
edad de 22 aos, como huyen las tmidas palomas del palomar herido por
el rayo, no era menos cierto que an calentaba su corazn marmreo el
dulce amor filial.

Doa Rosa, adems, haba averiguado por aquellos das la historia
verdadera del nacimiento, bautizo, crianza y paternidad de Cecilia
Valds, contado ahora por Mara de Regla con el objeto de obtener el
completo perdn de sus pecados y alguna ayuda en favor de Dionisio, que
segua en estrecha prisin. Espantada dicha seora del abismo a que
haba empujado a su hijo, le dijo con aparente calma:

--Estaba pensando, Leonardito, que es hora de que sueltes el perutano
de la muchachuela... Qu te parece?

--Jess, mam! replic escandalizado el joven. Sera una atrocidad.

--S, es preciso, aadi la madre en tono resuelto. Ahora, a casarte con
Isabel.

--Tambin sa? Isabel ya no me quiere. T has ledo sus ltimas cartas.
En ellas no habla de amores, habla nicamente de monjo.

--Disparate! No hagas caso. Yo arreglo el negocio en dos palotadas. Han
cambiado las cosas. Conviene que se case temprano el mayorazgo, siquiera
no sea con otro fin que el de asegurar sucesin legtima para el ttulo.
A casarte con Isabel, digo.

Por carta de don Cndido a don Toms Ilincheta, pidi doa Rosa la mano
de Isabel para su hijo Leonardo, heredero presunto del condado de Casa
Gamboa.

En respuesta, la presunta novia, acompaada de su padre, hermana y ta,
vino a su tiempo a La Habana y se desmont en casa de sus primas, las
seoritas Gmez. Qued, pues, aplazado el matrimonio para los primeros
das de noviembre, en la pintoresca iglesia del ngel, por ser la ms
decente, si no la ms cercana a la feligresa propia. La primera de las
tres velaciones regulares se corri el ltimo domingo del mes de
octubre, pasadas las ferias de San Rafael.

No falt quien comunicara a Cecilia la nueva del prximo enlace de su
amante con Isabel Ilincheta. Renunciamos a pintar el tumulto de pasiones
que despert en el pecho de la orgullosa y vengativa mulata. Baste decir
que la oveja, de hecho, se transform en leona.

Al oscurecer del 10 de noviembre llam a la puerta de Cecilia un antiguo
amigo suyo, a quien no vea desde su concubinaje con Leonardo.

--Jos Dolores! exclam ella echndole los brazos al cuello, anegada en
lgrimas. Qu buen ngel te enva a m?

--Vengo, repuso l con hosco semblante y tono de voz terrible, porque me
dio el corazn que Celia poda necesitarme.

--Jos Dolores! Jos Dolores de mi alma! Ese casamiento no debe
efectuarse.

--No?

--No.

--Pues cuente mi Celia que no se efectuar.

--Sin ms se desprendi l de sus brazos y sali a la calle. Cecilia, a
poco, con el pelo desmadejado y el traje suelto, corri a la puerta y
grit de nuevo: Jos! Jos Dolores! A _ella_, a _l_ no!

Intil advertencia. El msico ya haba doblado la esquina de la calle de
las Damas.

Ardan numerosos cirios y bujas en el altar mayor de la iglesia del
Santo ngel Custodio. Algunas personas se vean de pie, apoyadas en el
pretil de la ancha meseta en que terminan las dos escalinatas de piedra.
Por la mira a la calle de Compostela suba un grupo numeroso de seoras
y caballeros cuyos carruajes quedaban abajo. Ponan los novios el pie en
el ltimo escaln, cuando un hombre que vena por la parte contraria,
con el sombrero calado hasta las orejas, cruz la meseta en sentido
diagonal y tropez con Leonardo, un el esfuerzo de ganar antes que ste
el costado del sur de la iglesia, por donde al fin desapareci.

Llevose el joven la mano al lado izquierdo, dio un gemido sordo, quiso
apoyarse en el brazo de Isabel, rod y cay a sus pies, salpicndole de
sangre el brillante traje de seda blanco.

Rozndole el brazo a la altura de la telilla, le entr la punta del
cuchillo camino derecho al corazn.




CONCLUSIN


Lejos de aplacar a doa Rosa el convencimiento de que Cecilia Valds era
hija adltera de su marido y medio hermana por ende de su desgraciado
hijo, eso mismo pareci encenderla en ira y en el deseo desapoderado de
venganza. Persigui, pues, a la muchacha con verdadero encarnizamiento,
y no le fue difcil hacer que la condenaran como cmplice en el
asesinato de Leonardo, a un ao de encierro en el hospital de Paula. Por
estos caminos llegaron a reconocerse y abrazarse la hija y la madre,
habiendo sta recobrado el juicio, como suelen los locos, pocos momentos
antes de que su espritu abandonase la msera envoltura humana.

Por lo que hace a Isabel Ilincheta, desengaada de que no encontrara la
dicha ni la quietud del alma en la sociedad dentro de la cual le toc
nacer, se retir al convento de las monjas Teresas o carmelitas, y all
profes al cabo de un ao de noviciado.

Casada Rosa con Diego Metieses, se esforz en reemplazar a la hermana
mayor en el cario del padre y de la ta, yendo a morar con ellos en el
edn de Alquzar.

La causa criminal formada a Dionisio por el homicidio de Tond, no vino
a fallarse sino cinco aos despus de los sucesos aqu relatados. El
tribunal le conden a diez de cadena y el clebre don Miguel Tacn le
destin al presidio de La Habana para la composicin de calles.

FIN




GLOSARIO

A

_abarca_: calzado rstico de cuero de buey que cubre la planta, los
dedos o la mayor parte del pie y se sujeta con cuerdas o correas.

_Agramante, campo de_: lugar de mucha confusin, donde nadie se
entiende.

_Agua de Lonja_: agualoja, aloja, bebida refrescante preparada con agua,
azcar o miel, canela, clavo y algn otro ingrediente.

_aguaitar_: acechar.

_alcndara_: percha o varal donde se ponan las aves de cetrera.

_alcarraza_: vasija de barro poroso, que por evaporacin del agua que
rezuma, enfra la que queda dentro.

_alcorza_: pasta blanca de azcar y almidn con la cual se suelen cubrir
varios gneros de dulces y se hacen en confiteras diversas figurillas.

_aljfar_: perla de forma irregular y comnmente pequea; cosas
parecidas al aljfar, como las gotas de roco.

_almo_: nutricio, vivificante.

_amarilla_: moneda de oro y especialmente onza.

_ambig_: comida, por lo regular nocturna, compuesta de manjares
calientes y fros con que se cubre a una vez la mesa.

_armella_: anillo de metal con espiga o tornillo para clavarlo en un
cuerpo slido.

_arrente_: a raz del casco.

_asendereado_: agobiado de trabajo.

_aspillera_: abertura larga y estrecha en un muro para disparar por
ella.

_azuela_: herramienta de carpintera compuesta de una plancha de hierro
acerada y cortante, con mango corto de madera.


B

_badulaque_: persona necia e informal.

_ballesta_: arma para disparar flechas y saetas.

_banqueta_: acera de calle.

_belfo_: cualquiera de los labios del caballo y otros animales.

_bilorta_: vilorta, pequeas arandelas de hierro que se usaban en el eje
de los carruajes para impedir que el cubo de la rueda se saliera de su
sitio.

_bocabajo_: castigo de azotes que se aplicaba a los negros esclavos
hacindolos acostar boca abajo.

_bocn_: pieza redonda de esparto que se pone por defensa alrededor de
los cubos de las ruedas de carros.

_bozal_: negro recin sacado de su pas.

_bronco_: dcese de la voz y de los instrumentos que tienen sonido
desagradable y spero; tupido, spero.

_broza_: desperdicio de alguna cosa.


C

_cabio_: travesao superior e inferior que con los largueros forman el
marco de las puertas y ventanas.

_cachucha_: moo o peinado para el cual se necesita algn relleno o
postizo, que se usaba en la poca y todava hoy en varias provincias
espaolas.

_caja_: tambor.

_calamn_: clavo de cabeza en forma de botn que se usa para tapizar y
adornar.

_cambalachar_: hacer trueque de objetos de poco valor.

_camueso_: hombre muy necio e ignorante.

_can_: cao o conducto grande de aguas.

_carabela_: nombre que daban los esclavos a sus compaeros o camaradas
que haban venido de frica en el mismo barco negrero, fueran hombres o
mujeres.

_caradita_: caricia, palmadita en la cara.

_caritate, dar_: causar envidia o celos.

_carrancln_: pao de lana.

_catar_: ver, examinar.

_caudinas, horcas; pasar uno por las_: someterse al ms fuerte.

_ciar_: andar hacia atrs, retroceder.

_cicerone_: persona que ensea y explica las curiosidades de una
localidad, edificio, etc.

_ciudadela_: modernamente se le llama _solar_.

_cochiherviti_: atropelladamente, con precipitacin.

_coleto_: interior de una persona.

_columpio_: balance, mecedora, silln.

_contralor_: oficio honorfico de la casa real equivalente a lo que en
Castilla llamaban veedor. Intervena las cuentas, los gastos y ejerca
otras funciones importantes.

_correr la tuna_: correrla, divertirse, gozar la vida vagando de aqu
para all en fiestas, rumbas y jolgorios.

_cortar un traje_: murmurar de otro, censurar veladamente.

_cruja_: trnsito largo en los edificios en cuyos lados hay piezas,
para las cuales sirve de paso.

_cuarta_: ltigo.

_currutaco_: muy afectado en el uso riguroso de las modas.


CH

_chicote_: ltigo.

_china pelona_: piedra muy dura que abunda en los ros y arroyos que
serva como balas de todos los calibres y para empedrar las calles.

_chupa_: casaca de lienzo muy usada a principios del siglo XIX en Cuba.


D

_dianche_: diantre, diablo.

_dragn_: soldado que hace el servicio alternativamente a pie o a
caballo.


E

_escabel_: tarima pequea para que descansen los pies del que se sienta.

_escarzo_: especie vegetal muy comn en Espaa, que crece al pie de los
robles y encinas, de donde se saca yesca.

_escuadra_: las dos dimensiones de la seccin transversal de una pieza
de madera labrada a escuadra.

_esguazar_: vadear.

_espiritada_: endemoniada, poseda por el demonio.

_esquifaciones_: ropas y objetos con que se provea a los esclavos para
cubrir sus necesidades.

_estrado_: conjunto de muebles en la pieza en que las seoras reciban
las visitas y por extensin, la pieza.


G

_gaote_: gaznate.

_garzota_: plumaje o penacho que se usa para adorno de los sombreros o
turbantes y en los jaeces de los caballos.

_gayola_: crcel.

_gazuza_: hambre.

_gaza_: lazo que se hace en un cabo.

_gerifalte, como un_: muy bien, de una manera superior.

_gigote_: guisado de carne picada rehogada en manteca.

_glacis_: explanada, declive que se contina desde el camino cubierto
hacia la montaa.

_guadao_: bote pequeo usado en los puertos.

_guardabrisa_: cilindro de cristal ms o menos abombado al centro, con
que se cubra la vela para proteger del viento la llama.

_guiarse_: irse, huir, marcharse.


H

_hembrilla_: piececita pequea en que otra se introduce o asegura.

_hormilla_: pieza circular y pequea de madera u otra materia.


J

_jarrero_: mueble no slo para colocar los jarros, sino tambin los
vasos y otras vasijas para tomar agua, como la tinaja donde se
depositaba el lquido.


L

_ladino, negro_: aquel esclavo que hablaba ya el espaol, por hacer
tiempo que se encontraba en Amrica.

_lechuguina, o_: persona joven que se compone mucho y sigue
rigurosamente la moda.

_lesna_: instrumento punzante que usan los zapateros y otros artesanos
para agujerear, coser y pespuntar. Se compone de un hierrecillo con
punta muy sutil y un mango de madera.

_lebrillo_: vasija de boca ancha.

_ludibrio_: escarnio, desprecio, burla.

_lunita_: juego infantil en que las nias gritaban dando saltos:
_lunita, lunera_, / cascabelera, / cinco toritos / y una ternera.


M

_mager_: aunque, a pesar de.

_manducar_: comer.

_manteniente_: en el momento, al instante.

_mastelero de gavia_: palo que va sobre el palo mayor de las
embarcaciones de vela.

_monacillo_: nio que sirve en los monasterios e iglesias para ayudar a
misa y otros ministerios del altar.

_monis_: dinero.

_muceta_: capa corta que cubre el pecho y la espalda; suele ser insignia
de prelados, doctores, licenciados y ciertos eclesisticos.

_mujeriega, a la_: cabalgando como ordinariamente lo hacen las mujeres,
sentadas en la silla y no a horcajadas como los hombres.

_mulecn_: dcese del negro que ya pasa de la infancia, sin llegar a la
pubertad.

_muleque_: nombre que se daba a los esclavos entre siete y doce aos de
edad.

_muidor_: persona que gestiona activamente para concertar tratos;
criado de cofrada que sirve para avisar a los hermanos las fiestas,
entierros y otros ejercicios a que deben concurrir.


N

_no embargante_: no obstante, sin embargo.

_novenario_: castigo que se aplicaba a los esclavos negros que consista
en nueve azotes diarios por espacio de nueve das.


O

_obrador_: taller.

_opiata_: medicina en la que entra como uno de sus ingredientes el opio.


P

_papalina_: cofia de mujer, generalmente de tela ligera y con adornos.

_penates_: dioses domsticos de los etruscos y los romanos.
Pertenencias, habitacin, vivienda.

_perutano_: porcin saliente y puntiaguda de una cosa.

_petar_: agradar, complacer.

_picolete_: grapa dentro de la cerradura para sostener el pestillo.

_picotear_: chacharear, darle mucho al pico, hablar de cosas
insubstanciales.

_ponina_: diversiones en que se distribuan los gastos entre los
concurrentes.

_potala o potada_: tipo de embarcaciones pesadas, de poco andar.

_poterna_: puerta ms pequea que las principales en el sistema de
fortificaciones.

_pretina_: parte de los pantalones que ajusta a la cintura.

_pringue_: grasa.


Q

_quinar_: vencer al contrario con argumentos y razones definitivas.

_quipo_: ramales de cuerdas con nudos en las cuales llevaban sus cuentas
los aborgenes.


R

_rastrillo_: compuerta formada por una reja o verja fuerte y espesa que
se echa en las puertas de las plazas de armas para defender la entrada y
que, por estar afianzada en unas cuerdas fuertes o cadenas, se levantan
cuando se quiere dejar libre el paso.

_realce, bordar de_: hacer un bordado que sobresale de la superficie de
la tela.

_refaccin_: toda cantidad que en dinero o efectos se ofrece como
auxilio o ayuda anticipada para un negocio o para reparaciones, mejoras,
etc.

_regatn_: casquillo que se pone en el extremo inferior de las lanzas,
bastones, etc.

_rengue liso, escapar de_: irse de modo oculto o disimuladamente.

_retrechera_: artificio disimulado y maoso para eludir la confesin de
la verdad.

_rinconera_: mesita, armario o estante pequeos, comnmente de figura
triangular, que se colocaban en un rincn o ngulo de una sala o
habitacin.

_romper el baile_: dar comienzo al baile.


S

_sambumbia_: bebida cubana hecha con miel de caa, agua y aj.

_Sanfrancia o San Francia_: pelea, trifulca, pendencia, reyerta.

_setena_: pena o castigo que consista en pagar el sptuplo de una
cantidad determinada.

_sollado_: pisos y cubiertas inferiores de las embarcaciones.

_sopanda_: cada una de las correas anchas y gruesas empleadas para
suspender la caja de los coches antiguos.

_sotrozo_: pasador de hierro que atravesaba un eje del carruaje para
contener o impedir que se saliera la rueda que giraba del mismo.

_sudadero_: manta pequea que se pone a las cabalgaduras debajo de la
silla o aparejo.

_suspiro_: dulce hecho de harina, azcar y huevo.


T

_tahal_: tira de cuero u otra materia, que se cruza desde el hombro
derecho por el lado izquierdo hasta la cintura donde se juntan los dos
cabos y se pone la espada.

_taracea_: tela hecha con retazos pequeos de colores diferentes,
llamada tambin _ensaladilla_.

_tendal_: espacio solado donde se pone el caf para que se seque al sol.

_tiple_: guitarrita de voces muy agudas.

_tumbaga_: aleacin de oro y cobre con que se hacen ciertas obras de
arte, principalmente joyera barata, como anillos, pendientes, etc.

_tnico_: traje femenino completo.


U

_urca_: tipo de embarcaciones pesadas, de poco andar.


V

_vaharada_: olor vivo y fuerte que se percibe de pronto.

_vaqueta_: cuero de ternera curtido.

_varapalo_: golpe dado con palo o vara.

_vejiga_: vejiga disecada de buey o toro en donde se guardaban los
tabacos del gastos o consumo diario de la persona.

_verficamente_: verdicamente, de modo verdico.

_virago_: marimacho, mujer varonil.

_volante_: volanta, carruaje de dos ruedas y de dos asientos puestos
sobre dos varas, de que regularmente tiraba un caballo.


Z

_zacatecas_: sepulturero.

_zaga_: parle posterior, trasera de una cosa.

_zeda_: zeta, letra del alfabeto (Z).

_zurriagazo_: golpe dado con el zurriago o ltigo.

_zurriago_: ltigo con que se castiga o zurra, el cual por lo comn
suele ser de cuero, cordel o cosa semejante.




BIBLIOGRAFIA--EDICIONES




NARRACIONES


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1847.




ARTICULOS EN REVISTAS


_A Don Jos Quintn Suzarte desde las Sierras del Aguacate._ En: La
Siempreviva. Habana. Impr. del Gobierno. Tomo I, p. 301-310. 1838.

_Un pensamiento._ En: La Cartera... Habana. Impr. Palmer. Tomo III, p.
72. 1839.

_Periodismo._ En: Aurora de Matanzas. Matanzas, febrero 24, 1846.
Reproducido con el ttulo de _El Periodismo, causa del atraso de las
letras en Cuba_. En: Revista histrica, crtica y bibliogrfica de la
literatura cubana. Matanzas. Impr. Quirs y Estrada. Tomo I, nm. 4, p.
432-439. 1917.

_Elementos de Cronologa Universal._ En: Flores del Siglo. Habana.
Tipografa de la V. de Torres. 1 serie, tomo I, p. 69-76. 1846.

_Suceso notable del siglo_ XVIII _en La Habana._ En: Flores... Habana.
Tipografa de la V. de Torres. 1 serie, tomo I, p. 125-138. 1846.

_Crtica literaria._ Gan Eden or Pintures of Cuba, por Maturin M.
Ballou. En: Revista de La Habana. Habana. Impr. del Tiempo. Tomo I, p.
1-8, 1855.

_Juicio crtico._ Una feria de la Caridad en 183... En: La Habana.
Habana. Impr. La Antilla, tomo 3, p. 7-10, 45-48, 55-59 y 81-85. 1859.
Reproducido al frente de: _Una feria de la Caridad en 183..._ de Jos R.
de Betancourt. Barcelona. Impr. Tasso Serra, p. 11-34. 1885. (Biblioteca
de La Ilustracin Cubana.)

_Narciso Lpez._ En: Revista Cubana. Habana. Tomo XIII, p. 106-115.
1891. El Fgaro. Habana. Ao VII, nm. 43, p. 3. 1891.

_Cartas literarias._ (Sobre Ultimas pginas, novela por Ramn Meza.)
En: _La voz del pasado_. (Pensamientos.) En: El Fgaro. Habana. Ao
XXXV, nm. 34, p. 1040. 1918.




ARTICULOS EN EL DIARIO FARO INDUSTRIAL DE LA HABANA


1841

_Noticias de Matanzas._ (Con el seudnimo _Sansuea_.) Diciembre 18.


1842

_La Habana en 1841._ Enero 1.

_Crtica teatral._ Teatro Tacn. Enero 9.

_Santa Cecilia._ Sarao en la noche del 7 de enero corriente.
(_Sansuea._) Enero 9.

_Mesa revuelta._ (_Sansuea._) Enero 12.

_Visita del buque de vapor Forth de la Real Compaa Inglesa._
(_Sansuea._) Enero 16.

_Teatro Principal._ Luca de Lamemoore. (_Sansuea._) Enero 18.

_Teatro del Diorama._ Primera representacin de los Raveles. (_Sin
firma._) Enero 19.

_Sansueas a sus presuntuosos y gratuitos maestros del Lucero._ Enero
22.

_Mesa revuelta._ (_Sansuea._) Enero 22.

_Tertulia de Santa Cecilia la noche del 22._ (_Sansuea._) Enero 24.

_Represalias._ (_Con el seudnimo Cualquiera._) Enero 25.

_Represalias._ (_Cualquiera._) Enero 26, 28, 29, 30 y 31.

_Paseos en Matanzas._ Enero 30.

_Mesa revuelta._ (_Sansuea._) Enero 31.

_Represalias._ (_Sin firma._) Febrero 1, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 12 y
13.

_Teatro Principal._ Clara Rosemberg. Febrero 4.

_Nuevos peridicos._ (_Sansuea._) Febrero 4.

_Sociedades._ (_Sansuea._) Febrero 10.

_Sociedades habaneras._ (_Sansuea._) Bailes de Carnaval. Febrero 15.

_Modas._ (_Sansuea._) Marzo 6.

_Qu osada! Qu ignorancia!_ (Con el seudnimo _Yo_, que utiliza por
primera vez.) Marzo 21.

_Comunicado._ Crtica de la novela noticiera La mano negra. (Con el
seudnimo _C. Critilo_.) Marzo 15 y 16.

_Viaje a Mariel y a Cabaas por los barcos de vapor._ Marzo 23 y 24.

_San Diego de Nez._ Abril 6.

_Exposicin de la Academia de San Alejandro en los salones de la
Filarmnica._ Abril 16.

_Exposicin de San Alejandro._ Abril 22.

_Academia gratuita de dibujo San Alejandro._ Mayo 4.

_Al seor comunicante del peridico. Noticioso y Lucero. D. N. Gmez
Coln._ Mayo 13.

_La misma seorita aficionada que tuvo la bondad de contribuir con sus
obras de dibujo._ Mayo 12.

_Un paseo por Canmar._ Mayo 12.

_Represalias._ (_Sin firma._) Junio 3.

_Declaracin de un marinero nufrago._ Agosto 1.

_El amante sombra de hogao._ Agosto 1 y 2.

_Estaciones del ao._ Agosto 17.

_Una loca y un guajiro._ (_Yo._) Agosto 19.

_Beneficio para los desgraciados de Vuelta Abajo._ Agosto 22.

_El depsito._ (_Yo._) Septiembre 18.

_Escenas domsticas._ (_Yo._) Octubre 9.

_La escuela de los casados._ (_Yo._) Octubre 12.

_Charlatanismo._ Octubre 16 y 20.

_Bibliografa cubana._ Octubre 24.

_Las apariencias._ Cuatro artculos de costumbres. (_Yo._) Octubre
23-27.

_Crtica literaria._ Octubre 24.

_El da 1 de noviembre._ Historia y Tradicin. (_Yo._) Noviembre 1.

_Santa Cecilia._ Noviembre 2.

_Teatro Tacn. Lucrecia Borgia._ Noviembre 5.

_Mi eleccin de cortijo._ (_Yo._) Noviembre 13.

_Una familia instruida y dichosa o La lectura de la biblia._ Noviembre
16 y 18.

_Lectura amena._ De las bailadoras y de los bailadores o el naufragio en
tierra. Diciembre 1.

_El velo._ Diciembre 12.

_Los inocentes._ (_Yo._) Diciembre 28.


1843

_Aguinaldos._ (_Yo._) Enero 1.

_Amelia y Enrique._ (_Yo._) Marzo 30.

_Fragmentos de la Pasin._ (_Yo._) Abril 13.

_Mi paseo a Carraguao._ (_Yo._) Abril 30.

_Viaje de Mr. J. Colson y D. Juan Peoli a Francial._ Mayo 12.

_Costumbres._ (_Yo._) Mayo 14.

_Compra y venta._ (_Yo._) Mayo 14.

_Literatura crtica._ Ensayos polticos de Francisco J. Anguelo y
Guridi. Septiembre 20-24. (Cuatro artculos).

_El nmero 325._ (_Yo._) Julio 3.

_Los pollitos._ (_Yo._) Julio 30.

_A Lola la de Puentes grandes._ (Con el seudnimo _Lola de la Habana_.)
Agosto 27, septiembre 12 y octubre 2.

_Contestacin al seor A. de A. y G._ Noviembre 6-9. (Cuatro artculos.)

_Crtica literaria. Amarguras del Corazn, por D. Jos Gell y Rent._
Noviembre 28.

_El Faro y Don Farito._ (_Yo._) Noviembre 11.

_Rplica al generoso defensor de don Jos Gell y Rent._ Diciembre 11.

_Al paladn de don Jos Gell y Rent._ Diciembre 22.

_Seccin literaria. Cuentos de mi abuelo._ Diciembre 23.

_Sermn predicado por el muy humilde hermano de la cofrada periodstica
Don Yo, maestro lego de la facultad redactorial con motivo de la
festividad del da._ Diciembre 31.

_Residencia del ao 1843._ (_Yo._) Diciembre 31.


1844

_Una mudada._ (_Yo._) Agosto 4.

_Monetario._ (_Yo._) Agosto 25-31. (Seis artculos.)

_El viaje misterioso._ (_Yo._) Noviembre 28.

_Matilde la cubana o La vctima del amor._ (_Yo._) Diciembre 28.


1845

_Reloj de repeticin._ Crnica del da de Reyes. (_Yo._) Enero 6.

_Mscaras._ (_Yo._) Febrero 25.

_Los sngaros..._ Poesa de los gitanos. Nueva York, 1845. Agosto 14.

_Guanabacoa._ (_Yo._) Agosto 15.

_Navidad._ Septiembre 25-octubre 1. (Cuatro artculos.)

_El viaje misterioso._ (_Yo._) Noviembre 28.


1846

_Aguinaldos._ (_Yo._) Enero 1.

_La cueva._ (Con el seudnimo _El ambulante del oeste_.) Enero 8.

_Charadas._ (_Yo._) Enero 10.

_Amar hasta fracasar, trazada para la A._ (_Yo._) Enero 28.

_Polmica con Jos Mara de la Torre._ Marzo 6, 7, 8 y 11. (Cuatro
artculos.)

_Geografa._ Abril 6 y 23. (Dos artculos.)

_Caracteres y tendencias de la poesa en Cuba_ (_Milans_, _Palma_,
_Toln Orgaz_, _Turla_, _Blanchi_). Agosto 15.

_Lo que somos._ (_Yo._) Diciembre 6.


1847

_Cartas._ (Con el seudnimo _El ambulante del oeste_.). Enero 3 y 6.




OBRAS DE TEXTO


_Compendio geogrfico de la isla de Cuba._ Habana. Impreso por V. de
Torres. 1845.

_El librito de cuentos y las conversaciones._ Habana. 1847.

_El librito de los cuentos._ Obra escrita expresamente para servir de
texto de lectura a los nios de siete a 10 aos de edad. Habana.
Imprenta de Soler. 1857.




FOLLETOS


_El seor Saco con respecto a la revolucin de Cuba._ Nueva York.
Imprenta La Verdad. 1852.

_La revolucin de Cuba vista desde Nueva York._ Nueva York, noviembre,
1869.




TRADUCCIONES


_Fragmentos_, de Lord Byron. En: Faro... Habana. Octubre 12, 1843.

_Cales, Rebeca y sus hijos._ Traducido de Revue de deux mondes. En:
Faro... Habana. Diciembre 3, 1843.

_La luna de miel y la luna de sangre_, de J. Koening de Metz. En:
Miscelnea... Impr. de Boloa. Tomo II, p. 34-70. 1857.

_La hija del avaro, de William Harrison Ainsworth._ (Con el seudnimo de
_Simn Judas de la Paz_.) Habana. Impr. La Antilla. 1859.

_Historia del primer ao de la guerra del sur_, por Eduardo A. Pollard.
Nueva York. Impr. de L. Hauser. 1863.

_Mara Antonieta y su hijo._ Novela histrica por Luisa Mhlbach. Nueva
York. D. Appleton y Ca. 1909.




ADAPTACIONES


RODRGUEZ, A. Y SNCHEZ ARCILLA, J. _Cecilia Valds_, comedia lrica,
con msica de Gonzalo Roig. Habana. Hermes. 1932.

SANT-ANDREU, JAIME. _Cecilia Valds_, versin flmica llevada a la
pantalla por Habana Films. Habana. Impr. P. Fernndez. 1950.




ESTUDIOS


ANDERSON IMBERT, E. _Historia de la literatura hispanoamericana._
Mxico. Fondo de Cultura Econmica, Breviario nm. 89, p. 177 y 178.
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Habana, nm. 18, p. 14-17 y nm. 19, p. 25-28; abril 30 y mayo 7, 1950.

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_Cirilo Villaverde y Diego Vicente Tejera._ En: Revista Cubana.
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YOUNG, ROBERT JAMES. _La novela costumbrista de Cirilo Villaverde._
Mxico. Universidad Nacional Autnoma de Mxico. 1949.




FOOTNOTES:

[1] Famosa novela del francs Bernardino de Saint-Pierre (1737-1814).
(_N. de la E._)

[2] Famosas novelas del francs Franois Ren Chateaubriand (1768-1848).
(_N. de la E._)

[3] (francs) del natural. (_N. de la E._)

[4] Ventana voladiza, que volaba o sobresala de lo macizo de las
paredes o edificios. (_N. de la E._)

[5] El hospital de San Juan de Dios estaba al oeste de la ciudad; el
convento y calle de Santa Clara se encontraban al este de la ciudad.
(_N. de la E._)

[6] Jos Severino Boloa; impresor famoso de la poca, uno de los
precursores del arte tipogrfico en Cuba. (_N. de la E._)

[7] Claudio Brindis de Salas (1800-1872), padre del famoso violinista
cubano. Fue compositor popular. Director de la orquesta _La Concha de
Oro_, conjunto de 150 msicos y cantantes. (_N. de la E._)

[8] La manta de burato (paoln grande de seda) era la moda general en
la poca a que se alude en la novela y las mulatas la usaban de color
carmelita pardo. (_N. del A._)

[9] Butaca campechana o de Campeche: silla grande con brazos, asiento
bajo y espaldar alto comnmente de caoba forrada de marroqu. (_N. de la
E._)

[10] _La moda_ o _Recreo Semanal del Bello sexo_, peridico que apareci
en 1829 y se public hasta 1831. Su principal redactor fue Domingo
Delmonte. (_N. de la E._)

[11] _El Nuevo Regan de la Habana_, que empez a publicarse en 1829, y
trataba fundamentalmente de las costumbres de entonces y de crtica
literaria. En sus pginas se inici como escritor Antonio Bachiller y
Morales. (_N. de la E._)

[12] Vicente Escobar, pintor mulato nacido en La Habana en 1757, que
sobresali como retratista de los capitanes generales y de los miembros
de las familias adineradas de la poca. Fue protegido del capitn
general Vives. Visit Europa para perfeccionar su arte y en Espaa
obtuvo el ttulo de pintor de la Real Cmara. Muri en La Habana en
1834. (_N. de la E._)

[13] _El Diario de la Habana_, peridico fundado por Toms A. Cervantes,
que dur hasta 1846. (_N de la E._)

[14] _Cigarro_ aqu se refiere a lo que en Cuba se llamaba _tabaco_ o
_habano_. (_N. de la E._)

[15] Entre los romanos, e igual por derecho espaol antiguo, los hombres
libres podan ser _ingenuos_ o _libertinos_. Los primeros eran los que
habiendo nacido libres no haban cado jams en esclavitud o
servidumbre; los _libertinos_ eran los que habiendo padecido
servidumbre, haban sido puestos en libertad. Tambin los hijos de
libertos decanse _libertinos_. (_N. de la E._)

[16] Anacleto Bermdes (1806-1852), destacado abogado habanero, de igual
nombre que el estudiante de Medicina fusilado en 1871. _(N. de la E.)_

[17] La ley de las Doce Tablas, el cuerpo de leyes criminales ms
importante del pueblo romano en la antigedad. (_N. de la E._)

[18] Errneamente Villaverde considera que Jos Mara Heredia, el autor
de la oda "Al Nigara" y del "Himno del Desterrado", era natural de
Matanzas. Heredia naci el 31 de diciembre de 1803 en Santiago de Cuba,
pero vivi muchos aos en la ciudad de Matanzas. (_N. de la E_).

[19] Juan Tefilo Heinecio, jurisconsulto alemn. Saco no tradujo la
obra que cita Villaverde, sino sus "Elementos de derecho romano"
(Filadelfia, 1826). (_N. de la E._)

[20] Tirteo, poeta griego cuyos cantos arengaban a los espartanos a
combatir a los enemigos en la segunda guerra de Mesenia (siglo VII a. N.
E.). (_N. de la E._)

[21] Jos Antonio Aponte, negro libre natural de La Habana, que en 1812
fragu una conspiracin entre los negros de la Isla para establecer un
gobierno similar al de Hait. Fue ajusticiado ese mismo ao por el
gobierno espaol. (_N de la E._)

[22] Manuel Andrs Snchez y Francisco Agero Velazco, jvenes
camageyanos que organizaron una conspiracin contra el gobierno espaol
en Camagey. Descubiertos por los agentes de Vives fueron condenados a
muerte por la Comisin Militar Permanente. Se les considera los primeros
mrtires de la independencia de Cuba. (_N. de la E._)

[23] Venus, diosa de la belleza y el amor que segn cuenta la leyenda
haba nacido de las espumas del mar cerca de la isla de Chipre. (_N. de
la E._)

[24] Las Parcas, tres divinidades infernales de la mitologa latina que
eran dueas de la vida de los hombres, cuya trama hilaban. (_N. de la
E._)

[25] Ver nota de la pg. 87. (_N. de la E._)

[26] En francs, _a la ltima moda_. (_N. de la E._)

[27] El autor se refiere a los _paquebots_ o _paquebotes_, tipo de
embarcacin que antiguamente se destinaba al transporte de
correspondencia, principalmente la pblica. (_N. de la E._)

[28] _Catn_ constitua un grado superior, el siguiente, al de la
cartilla, pues se compona de frases sencillas que iniciaban la prctica
de la lectura. Fue muy usado en Cuba para la enseanza de la lectura. Su
nombre provena del clebre gramtico latino de ese apellido: Dionisio
Catn. (_N. de la E._)

[29] Medusa: una de las tres gorgonas. En un principio era muy hermosa y
tena una cabellera magnfica, pero, habiendo ofendido a la diosa
Minerva, sta irritada cambi sus cabellos en espantosas serpientes.
(_N. de la E._)

[30] La relacin que sigue la tomamos casi al pie de la letra de un
Semanario que se publicaba en La Habana en 1830, titulado _La Moda_.
(_N. del A._)

[31] Juan Bautista Vermay (1784-1833), pintor de origen francs que vino
a Cuba para restaurar algunos cuadros de la catedral habanera. Protegido
por el obispo Espada, el Capitn general Vives y otras personas
influyentes, se estableci en La Habana. Fue el fundador y primer
director de la Academia de San Alejandro. (_N. de la E._)

[32] Nochebuena chiquita, as llamaban muchos a la noche del da 7 de
diciembre, vspera de la fiesta de la Santsima Concepcin de la Iglesia
Catlica, que se celebraba con bastante animacin por parte del pueblo.
(_N. de la E._)

[33] En la Maestranza de artillera de La Habana, situada detrs del
palacio de la Intendencia, haba una especie de presidio correccional,
cuyo capataz, sargento cumplido del Cuerpo, se haca cargo de castigar
al esclavo que, habiendo cometido una falta, se lo remitan los amos con
ese objeto. Le azotaba ms o menos fuertemente, segn la orden escrita,
que a veces portaba la misma vctima, siempre a condicin o en cambio de
los trabajos que poda desempear en la Maestranza por dos o tres
semanas. El salario se le cargaba al gobierno y lo pagaba la Hacienda
pblica aunque no rezaba que la deuda proceda de la aplicacin de unos
cuantos azotes. (_N. del A._)

[34] Lo mismo ocurra en el Vedado, terrenos pertenecientes a la familia
de Fras, dedicados por su aridez, exclusivamente a la explotacin de
cantos y de cal para la fabricacin de casas. Aqu tambin distribuan
azotes a cambio de trabajo del esclavo castigado por cuenta y riesgo del
amo. (_N. del A._)

[35] H. B. M. Sloop of war Pearl, Captain Lord Clarence Paget. (_N. del
A._)

[36] Vmito, vmito negro o fiebre amarilla. (_N. de la E._)

[37] _Ainda mais_, en gallego, algo ms. (_N. de la E._)

[38] A la Hamlet, el autor alude a la figura de Ofelia, personaje de esa
obra, que enloquecida a la muerte de su padre, vagaba adornada con
flores y cantando. (_N. de la E._)

[39] Abreviatura de: "Que Besa Su Mano", muy usada en el siglo pasado.
(_N. de la E._)

[40] Histrico. (_N. del A._)

[41] Galeno, clebre mdico griego que ejerca su arte en Roma, siglo II
de N. E. (_N. de la E._)

[42] Este tratamiento no es ni fue usual en Cuba. Se dice que es de
origen gallego. Equivale a _mi seora_ o _seora ma_. (_N. de la E._)

[43] Canova, se refiere a Antonio Canova (1757-1822), clebre escultor
italiano. (_N. de la E._)

[44] Venus citerea: referencia a la isla de Chipre, llamada por los
griegos _Citeres_. (_N. de la E._)

[45] Por sus ideas liberales le trasport el Capitn General Dulce en
1869 a Fernando Poo, junto con otros 250 compaeros reos de igual
delito. (_N. del A._)

[46] _Clamo currente_, expresin latina que equivale en espaol a _al
correr de la pluma_ o _a vuela pluma_. (_N. de la E._)

[47] _A nativitate_, locucin latina que significa _de nacimiento_. (_N.
de la E._)

[48] _Virar_, en su acepcin activa, significa poner boca-abajo, en la
recproca, _revelarse_. (_N. del A._)

[49] _Coram populi_, en vez de _coram populo_, locucin latina que
equivale a _en pblico_, _pblicamente_. (_N. de la E._)

[50] _Tren jamaiquino._ En los ingenios antiguos decase _tren_ al
conjunto de calderas o pailas por el que haba de pasar el guarapo para
clarificarse, descachazarse y adquirir el punto de meladura. Haba
varios tipos o modelos de _trenes_: _A la Pacheca_, _de Reverbero_ y el
_jamaicano_, que aqu vulgarmente se nombra _jamaiquino_. (_N. de la
E._)

[51] Verso del poeta cmico latino Terencio: Hombre soy y nada humano me
es ajeno. (_N. de la E._)

[52] _Don Alejandro en puo_, expresin popular que se aplica a las
personas tacaas. (_N. de la E._)

[53] Ver nota en la pg. 134. (_N. de la E._)

[54]...No aprendi ni el _cristus_... equivale a "ni la primera letra
del alfabeto", porque las antiguas cartillas para aprender a leer
comenzaban con el alfabeto, y ste se iniciaba con una cruz, que
simbolizaba a Cristo, despus seguan la A, B, C, etc. (_N. de la E._)

[55] Histrico. (_N. del A._)

[56] Ver nota en pg. 87.

[57] V. S. abreviatura de _Vuestra Seora_. (_N. de la E._)

[58] _Chico_ de especias, se hace referencia aqu a la moneda de menos
valor que circulaba entonces en La Habana. (_N. de la E._)

[59] El Teatro _Principal_, llamado anteriormente _Coliseo_, fue el
primero que se construy en la Isla. Se edific en tiempos del Marqus
de la Torre, al final de la Alameda de Paula, donde hoy se encuentra el
Hotel Luz. (_N. de la E._)

[60] Nmine dissentiente: locucin latina que significa: sin oposicin,
sin obstculo alguno. (_N. de la E._)






End of the Project Gutenberg EBook of Cecilia Valds o la Loma del ngel, by 
Cirilo Villaverde

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