The Project Gutenberg EBook of La condenada, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La condenada
       (cuentos)

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: January 7, 2009 [EBook #27736]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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VICENTE BLASCO IBEZ

LA

CONDENADA

(CUENTOS)

PROMETEO SOCIEDAD EDITORIAL Germaas. F S.--VALENCIA




NDICE


La condenada.

Primavera triste.

El parsito del tren.

Golpe doble.

En el mar.

Hombre al agua!

Un silbido.

Lobos de mar.

Un funcionario.

El ogro.

La barca abandonada.

El maniqu.

La paella del _roder_.

En la boca del horno.

El milagro de San Antonio.

Venganza moruna.

La pared.




LA CONDENADA


Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda.

Tena por mundo aquellas cuatro paredes, de un triste blanco de hueso,
cuyas grietas y desconchaduras se saba de memoria; su sol era el alto
ventanillo cruzado por hierros que cortaban la azul mancha del cielo; y
del suelo de ocho pasos apenas si era suya la mitad, por culpa de
aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustndosele en
el tobillo, haba llegado casi a amalgamarse con su carne.

Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid hojeaban por ltima vez
los papelotes de su proceso, l se pasaba all meses y meses enterrado
en vida, pudrindose, como animado cadver, en aquel atad de argamasa,
deseando, como un mal momentneo que pondra fin a otros mayores, que
llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de
una vez.

Lo que ms le molestaba era la limpieza; aquel suelo barrido todos los
das y bien fregado, para que la humedad, filtrndose a travs del
petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no se
dejaba tener ni una mota de polvo. Hasta la compaa de la suciedad le
quitaban al preso. Soledad completa. Si all entrasen ratas, tendra el
consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarlas como buenas
compaeras; si en los rincones hubiera encontrado una araa, se habra
entretenido domesticndola.

No queran en aquella sepultura otra vida que la suya. Un da, cmo lo
recordaba Rafael! un gorrin se asom a la reja, cual chiquillo
travieso. El bohemio de la luz y del espacio piaba como expresando la
extraeza que le produca ver all abajo aquel pobre ser amarillento y
flaco, estremecindose de fro en pleno verano, con unos cuantos
pauelos anudados a las sienes y un harapo de manta ceido a los
riones. Debi asustarle aquella cara angulosa y plida, con una
blancura de papel mascado; le caus miedo la extraa vestidura de
pielroja y huy, sacudiendo sus plumas como para librarse del vaho de
sepultura y lana podrida que exhalaba la reja.

El nico rumor de vida era el de los compaeros de crcel que paseaban
por el patio. Aqullos al menos vean cielo libre sobre sus cabezas, no
tragaban el aire a travs de una aspillera; tenan las piernas libres y
no les faltaba con quien hablar. Hasta all dentro tena la desgracia
sus gradaciones. El eterno descontento humano era adivinado por Rafael.
Envidiaba l a los del patio, considerando su situacin como una de las
ms apetecibles; los presos envidiaban a los de fuera, a los que gozaban
libertad, y los que a aquellas horas transitaban por las calles tal vez
no se considerasen contentos con su suerte, ambicionando quin sabe
cuntas cosas!... Tan buena que es la libertad!... Merecan estar
presos.

Se hallaba en el ltimo escaln de la desgracia. Haba intentado fugarse
perforando el suelo en un arranque de desesperacin, y la vigilancia
pesaba sobre l incesante y abrumadora. Si cantaba, le imponan
silencio. Quiso divertirse rezando con montono canturreo las oraciones
que le ense su madre, y que slo recordaba a trozos, y le hicieron
callar. Es que intentaba fingirse loco? A ver, mucho silencio! Le
queran guardar entero, sano de cuerpo y espritu, para que el verdugo
no operase en carne averiada.

Loco! No quera serlo; pero el encierro, la inmovilidad y aquel rancho
escaso y malo acababan con l. Tena alucinaciones; algunas noches,
cuando cerraba los ojos molestado por la luz reglamentaria, a la que en
catorce meses no haba podido acostumbrarse, le atormentaba la
estrafalaria idea de que, durante el sueo, sus enemigos, aquellos que
queran matarle y a los que no conoca, le haban vuelto el estmago del
revs. Por esto le atormentaban con crueles pinchazos.

De da, pensaba siempre en su pasado, pero con memoria tan extraviada,
que crea repasar la historia de otro.

Recordaba su regreso al pueblecillo natal, despus de su primera campaa
carcelaria por ciertas lesiones; su renombre en todo el distrito, la
concurrencia de la taberna de la plaza admirndole con entusiasmo: _Qu
bruto es Rafael!_ La mejor chica del pueblo se decida a ser su mujer,
ms por miedo y respeto que por cario; los del Ayuntamiento le
halagaban dndole escopeta de guardia rural, espoleando su brutalidad
para que la emplease en las elecciones; reinaba sin obstculos en todo
el trmino; tena a _los otros_, los del bando cado, en un puo, hasta
que, cansados stos, se ampararon de cierto valentn que acababa de
llegar tambin de presidio, y lo colocaron frente a Rafael.

Cristo! El honor profesional estaba en peligro: haba que mojar la
oreja a aquel individuo que le quitaba el pan. Y como consecuencia
inevitable, vino la espera al acecho, el escopetazo certero y el
rematarle con la culata para que no chillase ni patalease ms.

En fin... cosas de hombres! Y como final, la crcel, donde encontr
antiguos compaeros; el juicio, en el cual todos los que antes le
teman se vengaban de los miedos que haban pasado declarando contra l;
la terrible sentencia y aquellos malditos catorce meses aguardando que
llegase de Madrid la muerte, que, por lo que se haca esperar, sin duda
vena en carreta.

No le faltaba valor. Pensaba en Juan Portela, en el guapo Francisco
Esteban, en todos aquellos esforzados paladines cuyas hazaas, relatadas
en romances, haba escuchado siempre con entusiasmo, y se reconoca con
tanto redao como ellos para afrontar el ltimo trance.

Pero algunas noches saltaba del petate como disparado por oculto muelle,
haciendo sonar su cadena con triste repiqueteo. Gritaba como un nio y
al mismo tiempo se arrepenta, queriendo ahogar intilmente sus gemidos.
Era otro el que gritaba dentro de l; otro al que hasta entonces no
haba conocido, que tena miedo y lloriqueaba, no calmndose hasta que
beba media docena de tazas de aquel brebaje ardiente de algarrobas e
higos que en la crcel llamaban caf.

Del Rafael antiguo que deseaba la muerte para terminar pronto no quedaba
ms que la envoltura. El nuevo, formado dentro de aquella sepultura,
pensaba con terror que ya iban transcurridos catorce meses y
forzosamente estaba prximo el fin. De buena gana se conformara a pasar
otros catorce en aquella miseria.

Era receloso; presenta que la desgracia se acercaba; la vea en todas
partes: en las caras curiosas que asomaban al ventanillo de la puerta;
en el cura de la crcel, que ahora entraba todas las tardes, como si
aquella celda infecta fuera el lugar mejor para hablar con un hombre y
fumar un pitillo. Malo, malo!

Las preguntas no podan ser ms inquietantes. Que si era buen
cristiano? S, padre. Respetaba a los curas, nunca les haba faltado en
tanto as; y de la familia no habra qu decir; todos los suyos haban
ido al monte a defender al rey legtimo, porque as lo mand el prroco
del pueblo. Y para afirmar su cristianismo, sacaba de entre los guiapos
del pecho un mazo mugriento de escapularios y medallas.

Despus el cura le hablaba de Jess, que, con ser Hijo de Dios, se haba
visto en situacin semejante a la suya, y esta comparacin entusiasmaba
al pobre diablo. Cunto honor!... Pero aunque halagado por tal
semejanza, deseaba que se realizase lo ms tarde posible.

Lleg el da en que estall sobre l como un trueno la terrible noticia.
Lo de Madrid haba terminado. Llegaba la muerte; pero a gran velocidad,
por el telgrafo.

Al decirle un empleado que su mujer con la nia que haba nacido estando
l preso rondaba la crcel pidiendo verle, no dud ya. Cuando aqulla
dejaba el pueblo, es que la _cosa_ estaba encima.

Le hicieron pensar en el indulto, y se agarr con furia a esta ltima
esperanza de todos los desgraciados. No lo alcanzaban otros? Por qu
no l? Adems, nada le costaba a aquella buena seora de Madrid librarle
la vida; era asunto de echar una _firmica_.

Y a todos los enterradores oficiales que por curiosidad o por deber le
visitaban, abogados, curas y periodistas, les preguntaba, tembloroso y
suplicante, como si ellos pudieran salvarle:

--Qu les parece? echar la _firmica_?

Al da siguiente le llevaran a su pueblo, atado y custodiado, como una
res brava que va al matadero. Ya estaba all el verdugo con sus trastos.
Y aguardando el momento de salida para verle, se pasaba las horas a la
puerta de la crcel la mujer, una mocetona morena, de labios gruesos y
cejas unidas, que al mover la hueca faldamenta de zagalejos superpuestos
esparca un punzante olor de establo.

Estaba como asombrada de estar all; en su mirada boba lease ms
estupefaccin que dolor, y nicamente al fijarse en la criatura agarrada
a su enorme pecho derramaba algunas lgrimas.

Seor! Qu vergenza para la familia! Ya saba ella que aquel hombre
terminara as. Ojal no hubiese nacido la nia!

El cura de la crcel intentaba consolarla. Resignacin: an poda
encontrar, despus de viuda, un hombre que la hiciese ms feliz. Esto
pareca enardecerla, y hasta lleg a hablar de su primer novio, un buen
chico, que se retir por miedo a Rafael, y que ahora se acercaba a ella
en el pueblo y en los campos como si quisiera decirla algo.

--No; hombres no faltan--deca tranquilamente con un conato de
sonrisa--. Pero soy muy cristiana; y si cojo otro hombre, quiero que sea
como Dios manda.

Y al notar la mirada de asombro del cura y de los empleados de la
puerta, volvi a la realidad, reanudando su difcil lloro.

Al anochecer lleg la noticia. S que haba _firmica_. Aquella seora
que Rafael se imaginaba all en Madrid con todos los esplendores y
adornos que el Padre Eterno tiene en los altares, vencida por telegramas
y splicas, prolongaba la vida del sentenciado.

El indulto produjo en la crcel un estrpito de mil demonios, como si
cada uno de los presos hubiera recibido la orden de libertad.

--Algrate, mujer--deca en el rastrillo el cura a la mujer del
indultado--. Ya no matan a tu marido: no sers viuda.

La muchacha permaneci silenciosa, como si luchara con ideas que se
desarrollaban en su cerebro con torpe lentitud.

--Bueno--dijo al fin tranquilamente--. Y cundo saldr?

--Salir!... Ests loca? Nunca. Ya puede darse por satisfecho con
salvar la vida. Ir a frica, y como es joven y fuerte, an puede ser
que viva veinte aos.

Por primera vez llor la mujer con toda su alma; pero su llanto no era
de tristeza, era de desesperacin, de rabia.

--Vamos, mujer--deca el cura irritado--. Eso es tentar a Dios. Le han
salvado la vida, lo entiendes? Ya no est condenado a muerte... Y an
te quejas?

Cort su llanto la mocetona. Sus ojos brillaron con expresin de odio.

--Bueno: que no lo maten... Me alegro. l se salva, pero yo, qu?...

Y tras larga pausa, aadi entre gemidos que estremecan su carne
morena, ardorosa y de brutal perfume:

--Aqu la condenada soy yo.




Primavera triste


El viejo _Tfol_ y la chicuela vivan esclavos de su huerto, fatigado
por una incesante produccin.

Eran dos rboles ms, dos plantas de aquel pedazo de tierra--no mayor
que un pauelo, segn decan los vecinos--, y del cual sacaban su pan a
costa de fatigas.

Vivan como lombrices de tierra, siempre pegados al surco, y la chica, a
pesar de su desmedrada figura, trabajaba como un pen.

La apodaban la _Borda_, porque la difunta mujer del to _Tfol_, en su
afn de tener hijos que alegrasen su esterilidad, la haba sacado de la
Inclusa. En aquel huertecillo haba llegado a los diez y siete aos, que
parecan once, a juzgar por lo enclenque de su cuerpo, afeado aun ms
por la estrechez de unos hombros puntiagudos, que se curvaban hacia
fuera, hundiendo el pecho e hinchando la espalda.

Era fea: angustiaba a sus vecinas y compaeras de mercado con su
tosecilla continua y molesta, pero todas la queran. Criatura ms
trabajadora!... Horas antes de amanecer ya temblaba de fro en el huerto
cogiendo fresas o cortando flores; era la primera que entraba en
Valencia para ocupar su puesto en el mercado; en las noches que
corresponda regar, agarraba valientemente el azadn, y con las faldas
remangadas ayudaba al to _Tfol_ a abrir bocas en los ribazos, por
donde se derramaba el agua roja de la acequia, que la tierra sedienta y
requemada engulla con un _glu-glu_ de satisfaccin, y los das que
haba remesa para Madrid, corra como loca por el huerto saqueando los
bancales, trayendo a brazadas los claveles y rosas, que los embaladores
iban colocando en cestos.

Todo se necesitaba para vivir con tan poca tierra. Haba que estar
siempre sobre ella, tratndola como bestia reacia que necesita del
ltigo para marchar. Era una parcela de un vasto jardn, en otro tiempo
de los frailes, que la desamortizacin revolucionaria haba subdivido.
La ciudad, ensanchndose, amenazaba tragarse al huerto con su
desbordamiento de casas, y el to _Tfol_, a pesar de hablar mal de sus
terruos, temblaba ante la idea de que la codicia tentase al dueo y los
vendiese como solares.

All estaba su sangre; sesenta aos de trabajo. No haba un pedazo de
tierra inactiva, y aunque el huerto era pequeo, desde el centro no se
vean las tapias, tal era la maraa de rboles y plantas: nispereros y
magnolieros, bancales de claveles, bosquecillos de rosales, tupidas
enredaderas de pasionarias y jazmines; todo cosas tiles que daban
dinero y eran apreciadas por los tontos de la ciudad.

El viejo, insensible a las bellezas de su huerto, slo ansiaba la
cantidad. Quera segar, las flores en gavillas, como si fuesen hierba;
cargar carros enteros de frutas delicadas; y este anhelo de viejo avaro
e insaciable martirizaba a la pobre _Borda_, que, apenas descansaba un
momento, vencida por la tos, oa amenazas o reciba como brutal
advertencia un terronazo en los hombros.

Las vecinas de los inmediatos huertos protestaban. Estaba matando a la
chica; cada vez tosa ms. Pero el viejo contestaba siempre lo mismo.
Haba que trabajar mucho; el amo no atenda razones en San Juan y en
Navidad, cuando corresponda entregarle las pagas del arrendamiento. Si
la chica tosa era por vicio, pues no la faltaban su libra de pan y su
rinconcito en la cazuela de arroz; algunos das hasta coma golosinas:
morcilla de cebolla y sangre, por ejemplo. Los domingos la dejaba
divertirse, envindola a misa como una seora, y an no haca un ao que
le dio tres pesetas para una falda. Adems, era su padre, y el to
_Tfol_, como todos los labriegos de raza latina, entenda la paternidad
cual los antiguos romanos: con derecho de vida y muerte sobre los hijos,
sintiendo cario en lo ms hondo de su voluntad, pero demostrndolo con
las cejas fruncidas y alguno que otro palo.

La pobre _Borda_ no se quejaba. Ella tambin quera trabajar mucho,
para que nunca les quitasen el pedazo de tierra en cuyos senderos an
crea ver el zagalejo remendado de aquella vieja hortelana a la que
llamaba madre cuando senta la caricia de sus manos callosas.

All estaba cuanto quera en el mundo: los rboles que la conocieron de
pequea y las flores que en su pensamiento inocente hacan surgir una
vaga idea de maternidad. Eran sus hijas, las nicas muecas de su
infancia, y todas las maanas experimentaba la misma sorpresa viendo las
flores nuevas que surgan de sus capullos, siguindolas paso a paso en
su crecimiento, desde que, tmidas, apretaban sus ptalos como si
quisieran retroceder y ocultarse, hasta que, con repentina audacia,
estallaban como bombas de colores y perfumes.

El huerto entonaba para ella una sinfona interminable, en la cual la
armona de los colores confundase con el rumor de los rboles y el
montono canturreo de aquella acequia fangosa y poblada de renacuajos,
que, oculta por el follaje, sonaba como arroyuelo buclico.

En las horas de fuerte sol, mientras el viejo descansaba, iba la _Borda_
de un lado a otro, mirando las bellezas de su familia, vestida de gala
para celebrar la estacin. Qu hermosa primavera! Sin duda Dios
cambiaba de sitio en las alturas, aproximndose a la tierra.

Las azucenas de blanco raso erguanse con cierto desmayo, como las
seoritas en traje de baile que la pobre _Borda_ haba admirado muchas
veces en las estampas; las camelias de color carnoso hacan pensar en
tibias desnudeces, en grandes seoras indolentemente tendidas, mostrando
los misterios de su piel de seda; las violetas coqueteaban ocultndose
entre las hojas para denunciarse con su perfume; las margaritas
destacbanse como botones de oro mate; los claveles, cual avalancha
revolucionaria de gorros rojos, cubran los bancales y asaltaban los
senderos; arriba, las magnolias balanceaban su blanco cogollo como un
incensario de marfil que esparca incienso ms grato que el de las
iglesias; y los pensamientos, maliciosos duendes, sacaban por entre el
follaje sus gorras de terciopelo morado, y guiando las caritas
barbadas, parecan decir a la chica:

--_Borda, Bordeta_... nos asamos. Por Dios! Un poquito de agua!

Lo decan, s: oalo ella, no con los odos, sino con los ojos, y aunque
los huesos le dolan de cansada, corra a la acequia a llenar la
regadera y bautizaba a aquellos pilluelos, que bajo la ducha saludaban
agradecidos.

Sus manos temblaban muchas veces al cortar el tallo de las flores. Por
su gusto, all se quedaran hasta secarse; pero era preciso ganar dinero
llenando los cestos que se enviaban a Madrid.

Envidiaba a las flores vindolas emprender su viaje. Madrid!... Cmo
sera aquello? Vea una ciudad fantstica, con suntuosos palacios como
los de los cuentos, brillantes salones de porcelana con espejos que
reflejaban millares de luces, hermosas seoras que lucan sus flores; y
tal era la intensidad de la imagen, que hasta crea haber visto todo
aquello en otros tiempos, tal vez antes de nacer.

En aquel Madrid estaba el seorito, el hijo de los amos, con el cual
haba jugado muchas veces siendo nia, y de cuya presencia huy
avergonzada el verano anterior, cuando hecho un arrogante mozo visit el
huerto. Pcaros recuerdos! Ruborizbase pensando en las horas que
pasaban, siendo nios, sentados en un ribazo, oyendo ella la historia de
Cenicienta, la nia despreciada convertida repentinamente en arrogante
princesa.

La eterna quimera de todas las nias abandonadas vena entonces a
tocarle en la frente con sus alas de oro. Vea detenerse un soberbio
carruaje en la puerta del huerto; una hermosa seora la llamaba. _Hija
ma... por fin te encuentro!_, ni ms ni menos que en la leyenda;
despus los trajes magnficos; un palacio por casa, y al final, como no
hay prncipes disponibles a todas horas para casarse, contentbase
modestamente con hacer su marido al seorito.

Quin sabe?... Y cuando ms esperanzas pona en el porvenir, la
realidad la despertaba en forma de brutal terronazo, mientras el viejo
deca con voz spera:

--Arre, que ya es hora.

Y otra vez al trabajo, a dar tormento a la tierra, que se quejaba
cubrindose de flores.

El sol caldeaba el huerto, haciendo estallar las cortezas de los
rboles; en las tibias madrugadas sudaba al trabajar, como si fuese
medioda, y a pesar de esto, la _Borda_ cada vez ms delgada y tosiendo
ms.

Pareca que el color y la vida que faltaban en su rostro se lo
arrebataban las flores, a las que besaba con inexplicable tristeza.

Nadie pens en llamar al mdico. Para qu? Los mdicos cuestan dinero,
y el to _Tfol_ no crea en ellos. Los animales saben menos que las
personas, y lo pasan tan ricamente sin mdicos ni boticas.

Una maana, en el mercado, las compaeras de la _Borda_ cuchicheaban
mirndola compasivamente. Su fino odo de enferma lo escuch todo.
Caera cuando cayesen las hojas.

Estas palabras fueron su obsesin. Morir... Bueno, se resignaba!; por
el pobre viejo lo senta, falto de ayuda. Pero al menos que muriese como
su madre, en plena primavera, cuando todo el huerto lanzaba risueo su
loca carcajada de colores; no cuando se despuebla la tierra, cuando los
rboles parecen escobas y las apagadas flores de invierno se alzan
tristes en los bancales.

Al caer las hojas!... Aborreca los rboles cuyos ramajes se desnudaban
como esqueletos del otoo; hua de ellos como si su sombra fuese
malfica, y adoraba una palmera que el siglo anterior plantaron los
frailes, esbelto gigante con la cabeza coronada de un surtidor de
ondulantes plumas.

Aquellas hojas no caan nunca. Sospechaba que tal vez fuese una
tontera, pero su afn por lo maravilloso la haca sentir esperanzas, y
como el que busca la curacin al pie de imagen milagrosa, la pobre
_Borda_ pasaba los ratos de descanso al pie de la palmera, que la
protega con la sombra de sus punzantes ramas.

All pas el verano, viendo cmo el sol, que no la calentaba, haca
humear la tierra, cual si de sus entraas fuese a sacar un volcn; all
la sorprendieron los primeros vientos de otoo, que arrastraban las
hojas secas. Cada vez estaba ms delgada, ms triste, con una finura tal
de percepcin, que oa los sonidos ms lejanos. Las mariposas blancas
que revoloteaban en torno de su cabeza pegaban las alas en el sudor fro
de su frente, como si quisieran tirar de ella arrastrndola a otros
mundos donde las flores nacen espontneamente, sin llevarse en sus
colores y perfumes algo de la vida de quien las cuida.

       *       *       *       *       *

Las lluvias de invierno no encontraron ya a la _Borda_. Cayeron sobre el
encorvado espinazo del viejo, que estaba, como siempre, con la azada en
las manos y la vista en el surco.

Cumpla su destino con la indiferencia y el valor de un disciplinado
soldado de la miseria. Trabajar, trabajar mucho, para que no faltase la
cazuela de arroz y la paga al amo.

Estaba solo; la chica haba seguido a su madre; lo nico que le quedaba
era aquella tierra traidora que se chupaba a las personas y acabara con
l, cubierta siempre de flores, perfumada y fecunda, como si sobre ella
no hubiese soplado la muerte. Ni siquiera se haba secado un rosal para
acompaar a la pobre _Borda_ en su viaje.

Con sus setenta aos tena que hacer el trabajo de dos; remova la
tierra con ms tenacidad que antes, sin levantar la cabeza, insensible a
la engaosa belleza que le rodeaba, sabiendo que era el producto de su
esclavitud, animado nicamente por el deseo de vender bien la hermosura
de la Naturaleza, y segando las flores con el mismo entusiasmo que si
segara hierba.




El parsito del tren


--S--dijo el amigo Prez a todos sus contertulios de caf--; en este
peridico acabo de leer la noticia de la muerte de un amigo. Slo le vi
una vez, y sin embargo, le he recordado en muchas ocasiones. Vaya un
amigo!

Le conoc una noche viniendo a Madrid en el tren correo de Valencia. Iba
yo en un departamento de primera; en Albacete baj el nico viajero que
me acompaaba, y al verme solo, como haba dormido mal la noche
anterior, me estremec voluptuosamente, contemplando los almohadones
grises. Todos para m! Poda extenderme con libertad! Flojo sueo iba
a echar hasta Alczar de San Juan!

Corr el velo verde de la lmpara, y el departamento qued en deliciosa
penumbra. Envuelto en mi manta me tend de espaldas, estirando mis
piernas cuanto pude, con la deliciosa seguridad de no molestar a nadie.

El tren corra por las llanuras de la Mancha, ridas y desoladas. Las
estaciones estaban a largas distancias; la locomotora extremaba su
velocidad, y mi coche gema y temblaba como una vieja diligencia.
Balancebame sobre la espalda, impulsado por el terrible traqueteo; las
franjas de los almohadones arremolinbanse; saltaban las maletas sobre
las cornisas de red; temblaban los cristales en sus alvolos de las
ventanillas, y un espantoso rechinar de hierro viejo vena de abajo. Las
ruedas y frenos gruan; pero conforme se cerraban mis ojos, encontraba
yo en su ruido nuevas modulaciones, y tan pronto me crea mecido por las
olas como me imaginaba que haba retrocedido hasta la niez y me
arrullaba una nodriza de bronca voz.

Pensando en tales tonteras me dorm, oyendo siempre el mismo estrpito
y sin que el tren se detuviera.

Una impresin de frescura me despert. Sent en la cara como un golpe de
agua fra. Al abrir los ojos vi el departamento solo; la portezuela de
enfrente estaba cerrada. Pero sent de nuevo el soplo fro de la noche,
aumentado por el huracn que levantaba el tren con su rpida marcha, y
al incorporarme vi la otra portezuela, la inmediata a m, completamente
abierta, con un hombre sentado al borde de la plataforma, los pies
afuera en el estribo, encogido, con la cabeza vuelta hacia m y unos
ojos que brillaban mucho en su cara oscura.

La sorpresa no me permita pensar. Mis ideas estaban an embrolladas por
el sueo. En el primer momento sent cierto terror supersticioso. Aquel
hombre que se apareca estando el tren en marcha, tena algo de los
fantasmas de mis cuentos de nio.

Pero inmediatamente record los asaltos en las vas frreas, los robos
de los trenes, los asesinatos en un vagn, todos los crmenes de esta
clase que haba ledo, y pens que estaba solo, sin un mal timbre para
avisar a los que dorman al otro lado de los tabiques de madera. Aquel
hombre era seguramente un ladrn.

El instinto de defensa, o ms bien el miedo, me dio cierta ferocidad. Me
arroj sobre el desconocido, empujndolo con codos y rodillas; perdi el
equilibrio; se agarr desesperadamente al borde de la portezuela, y yo
segu empujndole, pugnando por arrancar sus crispadas manos de aquel
asidero para arrojarlo a la va. Todas las ventajas estaban de mi parte.

--Por Dios, seorito!--gimi con voz ahogada--. Seorito, djeme
usted! Soy un hombre de bien.

Y haba tal expresin de humildad y angustia en sus palabras, que me
sent avergonzado de mi brutalidad y le solt.

Se sent otra vez, jadeante y tembloroso, en el hueco de la portezuela,
mientras yo quedaba en pie, bajo la lmpara, cuyo velo descorr.

Entonces pude verle. Era un campesino pequeo y enjuto; un pobre diablo
con una zamarra remendada y mugrienta y pantalones de color claro. Su
gorra negra casi se confunda con el tinte cobrizo y barnizado de su
cara, en la que se destacaban los ojos de mirada mansa y una dentadura
de rumiante, fuerte y amarillenta, que se descubra al contraerse los
labios con sonrisa de estpido agradecimiento.

Me miraba como un perro a quien se ha salvado la vida, y mientras tanto,
sus oscuras manos buscaban y rebuscaban en la faja y en los bolsillos.
Esto casi me hizo arrepentir de mi generosidad, y mientras el gan
buscaba, yo meta mano en el cinto y empuaba mi revlver. Si crea
pillarme descuidado!

Tir l de su faja, sacando algo, y yo le imit sacando de la funda
medio revlver. Pero lo que l tena en la mano era un cartoncito
mugriento y acribillado, que me tendi con satisfaccin.

--Yo tambin llevo billete, seorito.

Lo mir y no pude menos de rerme.

--Pero si es antiguo!--le dije--.Ya hace aos que sirvi... Y con esto
te crees autorizado para asaltar el tren y asustar a los viajeros?

Al ver su burdo engao descubierto, puso la cara triste, como si
temiera que intentase yo otra vez arrojarlo a la va. Sent compasin y
quise mostrarme bondadoso y alegre, para ocultar los efectos de la
sorpresa, que an duraban en m.

--Vamos, acaba de subir. Sintate dentro y cierra la portezuela.

--No, seor--dijo con entereza--. Yo no tengo derecho a ir dentro como
un seorito. Aqu, y gracias, pues no tengo dinero.

Y con la firmeza de un testarudo se mantuvo en su puesto.

Yo estaba sentado junto a l; mis rodillas en sus espaldas. Entraba en
el departamento un verdadero huracn. El tren corra a toda velocidad;
sobre los yermos y terrosos desmontes resbalaba la mancha roja y oblicua
de la abierta portezuela, y en ella la sombra encogida del desconocido y
la ma. Pasaban los postes telegrficos como pinceladas amarillas sobre
el fondo negro de la noche, y en los ribazos brillaban un instante, cual
enormes lucirnagas, los carbones encendidos que arrojaba la locomotora.

El pobre hombre estaba intranquilo, como si le extraase que le dejara
permanecer en aquel sitio. Le di un cigarro, y poco a poco fue hablando.

Todos los sbados haca el viaje del mismo modo. Esperaba el tren a su
salida de Albacete; saltaba a un estribo, con riesgo de ser despedazado,
corra por fuera todos los vagones buscando un departamento vaco, y en
las estaciones apebase poco antes de la llegada y volva a subir
despus de la salida, siempre mudando de sitio para evitar la vigilancia
de los empleados, unos malas almas enemigos de los pobres.

--Pero dnde vas?--le dije--. Por qu haces este viaje, exponindote a
morir despedazado?

Iba a pasar el domingo con su familia. Cosas de pobres! l trabajaba
algo en Albacete y su mujer serva en un pueblo. El hambre les haba
separado. Al principio haca el viaje a pie; toda una noche de marcha, y
cuando llegaba por la maana caa rendido, sin ganas de hablar con su
mujer ni de jugar con los chicos. Pero ya se haba espabilado, ya no
tena miedo, y haca el viaje tan ricamente en tren. Ver a sus hijos le
daba fuerzas para trabajar ms toda la semana. Tena tres: el pequeo
era as, no levantaba dos palmos del suelo, y sin embargo, le reconoca,
y al verle entrar tendale los brazos al cuello.

--Pero t--le dije--, no piensas que en cualquiera de estos viajes tus
hijos van a quedarse sin padre?

l sonrea con confianza. Entenda muy bien aquel _negocio_. No le
asustaba el tren cuando llegaba como caballo desbocado, bufando y
echando chispas. Era gil y sereno; un salto, y arriba; y en cuanto a
bajar, podra darse algn coscorrn contra los desmontes, pero lo
importante era no caer bajo las ruedas.

No le asustaba el tren, sino los que iban dentro. Buscaba los coches de
primera, porque en ellos encontraba departamentos vacos. Qu de
aventuras! Una vez abri sin saberlo el reservado de seoras; dos monjas
que iban dentro gritaron: Ladrones!, y l, asustado, se arroj del
tren y tuvo que hacer a pie el resto del camino.

Dos veces haba estado prximo, como aquella noche, a ser arrojado a la
va por los que despertaban sobresaltados con su presencia; y buscando
en otra ocasin un departamento oscuro, tropez con un viajero que, sin
decir palabra, le asest un garrotazo, echndolo fuera del tren. Aquella
noche s que crey morir.

Y al decir esto sealaba una cicatriz que cruzaba su frente.

Le trataban mal, pero l no se quejaba. Aquellos seores tenan razn
para asustarse y defenderse. Comprenda que era merecedor de aquello y
algo ms; pero qu remedio, si no tena dinero y deseaba ver a sus
hijos!

El tren iba limitando su marcha, como si se aproximara a una estacin.
l, alarmado, comenz a incorporarse.

--Qudate--le dije--; an falta otra estacin para llegar adonde t vas.
Te pagar el billete.

--Qui! No, seor--repuso con candidez maliciosa--. El empleado al dar
el billete se fijara en m: muchas veces me han perseguido sin
conseguir verme de cerca, y no quiero me tomen la filiacin. Feliz
viaje, seorito! Es usted la ms buena alma que he encontrado en el
tren.

Se alej por los estribos, agarrado al pasamano de los coches, y se
perdi en la oscuridad, buscando sin duda otro sitio donde continuar
tranquilo su viaje.

Paramos ante una estacin pequea y silenciosa. Iba a tenderme para
dormir, cuando en el andn sonaron voces imperiosas.

Eran los empleados, los mozos de la estacin y una pareja de la Guardia
civil que corran en distintas direcciones, como cercando a alguien.

Por aqu!... Cortadle el paso!... Dos por el otro lado para que no
escape... Ahora ha subido sobre el tren... Seguidle!

Y efectivamente, al poco rato las techumbres de los vagones temblaban
bajo el galope loco de los que se perseguan en aquellas alturas.

Era, sin duda, el _amigo_, a quien haban sorprendido, y vindose
cercado se refugiaba en lo ms alto del tren.

Estaba yo en una ventanilla de la parte opuesta al andn, y vi cmo un
hombre saltaba desde la techumbre de un vagn inmediato, con la
asombrosa ligereza que da el peligro. Cay de bruces en un campo, gate
algunos instantes, como si la violencia del golpe no le permitiera
incorporarse, y al fin huy a todo correr, perdindose en la oscuridad
la mancha blanca de sus pantalones.

El jefe del tren gesticulaba al frente de los perseguidores, algunos de
los cuales rean.

--Qu es eso?--pregunt al empleado.

--Un tuno que tiene la costumbre de viajar sin billete--contest con
nfasis--. Ya le conocemos hace tiempo: es un parsito del tren, pero
poco hemos de poder o le pillaremos para que vaya a la crcel.

Ya no vi ms al pobre parsito. En invierno, muchas veces me he acordado
del infeliz, y le vea en las afueras de una estacin, tal vez azotado
por la lluvia y la nieve, esperando el tren que pasa como un torbellino,
para asaltarlo con la serenidad del valiente que asalta una trinchera.

Ahora leo que en la va frrea, cerca de Albacete, se ha encontrado el
cadver de un hombre despedazado por el tren... Es l, el pobre
parsito. No necesito ms datos para creerlo: me lo dice el corazn.
Quien ama el peligro en l perece. Tal vez le falt inesperadamente la
destreza. Tal vez algn viajero, asustado por su repentina aparicin,
fue menos compasivo que yo y le arroj bajo las ruedas. Vaya usted a
preguntar a la noche lo que pasara!

--Desde que le conoc--termin diciendo el amigo Prez--han pasado
cuatro aos. En este tiempo he corrido mucho, y viendo cmo viaja la
gente por capricho o por combatir el aburrimiento, ms de una vez he
pensado en el pobre gan, que, separado de su familia por la miseria,
cuando quera besar a sus hijos tena que verse perseguido y acosado
como alimaa feroz y desafiar la muerte con la serenidad de un hroe.




Golpe doble


Al abrir la puerta de su barraca encontr Snto un papel en el ojo de la
cerradura...

Era un annimo destilando amenazas. Le pedan cuarenta duros y deba
dejarlos aquella noche en el horno que tena frente a su barraca.

Toda la huerta estaba aterrada por aquellos bandidos. Si alguien se
negaba a obedecer tales demandas, sus campos aparecan talados, las
cosechas perdidas, y hasta poda despertar a media noche sin tiempo
apenas para huir de la techumbre de paja que se vena abajo entre llamas
y asfixiando con su humo nauseabundo.

_Gafarr_, que era el mozo mejor plantado de la huerta de Ruzafa, jur
descubrirles, y se pasaba las noches emboscado en los caares, rondando
por las sendas, con la escopeta al brazo; pero una maana lo encontraron
en una acequia con el vientre acribillado y la cabeza deshecha... y
adivina quin te dio.

Hasta los papeles de Valencia hablaban de lo que suceda en la huerta,
donde al anochecer se cerraban las barracas y reinaba un pnico egosta,
buscando cada cual su salvacin, olvidando al vecino. Y a todo esto, el
to Batiste, alcalde de aquel distrito de la huerta, echando rayos por
la boca cada vez que las autoridades, que le respetaban como potencia
electoral, hablbanle del asunto, y asegurando que l y su fiel
alguacil, el _Sigr_, se bastaban para acabar con aquella calamidad.

A pesar de esto, Snto no pensaba acudir al alcalde. Para qu? No
quera or en balde baladronadas y mentiras.

Lo cierto era que le pedan cuarenta duros, y si no los dejaba en el
horno le quemaran su barraca, aquella barraca que miraba ya como un
hijo prximo a perderse; con sus paredes de deslumbrante blancura, la
montera de negra paja con crucecitas en los extremos, las ventanas
azules, la parra sobre la puerta como verde celosa, por la que se
filtraba el sol con palpitaciones de oro vivo; los macizos de geranios y
dompedros orlando la vivienda, contenidos por una cerca de caas; y ms
all de la vieja higuera el horno, de barro y ladrillos, redondo y
achatado como un hormiguero de frica. Aquello era toda su fortuna, el
nido que cobijaba a lo ms amado: su mujer, los tres chiquillos, el par
de viejos rocines, fieles compaeros en la diaria batalla por el pan, y
la vaca blanca y sonrosada que iba todas las maanas por las calles de
la ciudad despertando a la gente con su triste cencerreo y dejndose
sacar unos seis reales de sus ubres siempre hinchadas.

Cunto haba tenido que araar los cuatro terrones que desde su
bisabuelo vena regando toda la familia con sudor y sangre, para juntar
el puado de duros que en un puchero guardaba enterrados bajo de la
cama! En seguida se dejaba arrancar cuarenta duros!... l era un hombre
pacfico; toda la huerta poda responder por l. Ni rias por el riego,
ni visitas a la taberna, ni escopeta para echarla de majo. Trabajar
mucho para su Pepeta y los tres mocosos era su nica aficin; pero ya
que queran robarle, sabra defenderse. Cristo! En su calma de hombre
bonachn despertaba la furia de los mercaderes rabes, que se dejan
apalear por el beduino, pero se tornan leones cuando les tocan su
hacienda.

Como se aproximaba la noche y nada tena resuelto, fue a pedir consejo
al viejo de la barraca inmediata, un carcamal que slo serva para segar
brozas en las sendas, pero de quien se deca que en la juventud haba
puesto ms de dos a pudrir tierra.

Le escuch el viejo con los ojos fijos en el grueso cigarro que liaban
sus manos temblorosas cubiertas de caspa. Haca bien en no querer soltar
el dinero. Que robasen en la carretera como los hombres, cara a cara,
exponiendo la piel. Setenta aos tena, pero podan irle con tales
cartitas. Vamos a ver; tena agallas para defender lo suyo?

La firme tranquilidad del viejo contagiaba a Snto, que se senta capaz
de todo para defender el pan de sus hijos.

El viejo, con tanta solemnidad como si fuese una reliquia, sac de
detrs de la puerta la joya de la casa: una escopeta de pistn que
pareca un trabuco, y cuya culata apolillada acarici devotamente.

La cargara l, que entendera mejor a aquel amigo. Las temblorosas
manos se rejuvenecan. All va plvora! Todo un puado. De una cuerda
de esparto sacaba los tacos. Ahora una racin de postas, cinco o seis; a
granel los perdigones zorreros, metralla fina, y al final un taco bien
golpeado. Si la escopeta no reventaba con aquella indigestin de muerte,
sera misericordia de Dios.

Aquella noche dijo Snto a su mujer que esperaba turno para regar, y
toda la familia le crey, acostndose temprano.

Cuando sali, dejando bien cerrada la barraca, vio a la luz de las
estrellas, bajo la higuera, al fuerte vejete ocupado en ponerle el
pistn al _amigo_.

Le dara a Snto la ltima leccin, para que no errase el golpe. Apuntar
bien a la boca del horno y tener calma. Cuando se inclinasen buscando el
_gato_ en el interior... fuego! Era tan sencillo, que poda hacerlo un
chico.

Snto, por consejo del maestro, se tendi entre dos macizos de geranios
a la sombra de la barraca. La pesada escopeta descansaba en la cerca de
caas apuntando fijamente a la boca del horno. No poda perderse el
tiro. Serenidad y darle al gatillo a tiempo. Adis, muchacho! A l le
gustaban mucho aquellas cosas; pero tena nietos, y adems estos asuntos
los arregla mejor uno slo.

Se alej el viejo cautelosamente, como hombre acostumbrado a rondar la
huerta, esperando un enemigo en cada senda.

Snto crey que quedaba solo en el mundo, que en toda la inmensa vega,
estremecida por la brisa, no haba ms seres vivientes que l y
_aquellos_ que iban a llegar. Ojal no viniesen! Sonaba el can de la
escopeta al temblar sobre la horquilla de caas. No era fro, era miedo.
Qu dira el viejo si estuviera all? Sus pies tocaban la barraca, y al
pensar que tras aquella pared de barro dorman Pepeta y los chiquitines,
sin otra defensa que sus brazos, y en los que queran robar, el pobre
hombre se sinti otra vez fiera.

Vibr el espacio, como si lejos, muy lejos, hablase desde lo alto la voz
de un chantre. Era la campana del Miguelete. Las nueve. Oase el
chirrido de un carro rodando por un camino lejano. Ladraban los perros,
transmitiendo su fiebre de aullidos de corral en corral, y el _rac-rac_
de las ranas en la vecina acequia interrumpase con los chapuzones de
los sapos y las ratas que saltaban de las orillas por entre las caas.

Snto contaba las horas que iban sonando en el Miguelete. Era lo nico
que le haca salir de la somnolencia y el entorpecimiento en que le
suma la inmovilidad de la espera. Las once! No vendran ya? Les
habra tocado Dios en el corazn?

Las ranas callaron repentinamente. Por la senda avanzaban dos cosas
oscuras que a Snto le parecieron dos perros enormes. Se irguieron: eran
hombres que avanzaban encorvados, casi de rodillas.

--Ya estn ah--murmur, y sus mandbulas temblaban.

Los dos hombres volvanse a todos lados, como temiendo una sorpresa.
Fueron al caar, registrndolo: acercronse despus a la puerta de la
barraca, pegando el odo a la cerradura, y en estas maniobras pasaron
dos veces por cerca de Snto, sin que ste pudiera conocerles. Iban
embozados en mantas, por bajo de las cuales asomaban las escopetas.

Esto aument el valor de Snto. Seran los mismos que asesinaron a
_Gafarr_. Haba que matar para salvar la vida.

Ya iban hacia el horno. Uno de ellos se inclin, metiendo las manos en
la boca y colocndose ante la apuntada escopeta. Magnfico tiro. Pero y
el otro que quedaba libre?

El pobre Snto comenz a sentir las angustias del miedo, a sentir en la
frente un sudor fro. Matando a uno, quedaba desarmado ante el otro. Si
les dejaba ir sin encontrar nada, se vengaran quemndole la barraca.

Pero el que estaba en acecho se cans de la torpeza de su compaero y
fue a ayudarle en la busca. Los dos formaban una oscura masa obstruyendo
la boca del horno. Aquella era la ocasin. Alma, Snto! Aprieta el
gatillo!

El trueno conmovi toda la huerta, despertando una tempestad de gritos y
ladridos. Snto vio un abanico de chispas, sinti quemaduras en la cara;
la escopeta se le fue y agit las manos para convencerse de que estaban
enteras. De seguro que el _amigo_ haba reventado.

No vio nada en el horno: habran huido, y cuando l iba a escapar
tambin, se abri la puerta de la barraca y sali Pepeta en enaguas, con
un candil. La haba despertado el trabucazo y sala impulsada por el
miedo, temiendo por su marido que estaba fuera de casa.

La roja luz del candil, con sus azorados movimientos, lleg hasta la
boca del horno.

All estaban dos hombres en el suelo, uno sobre otro, cruzados,
confundidos, formando un solo cuerpo, como si un clavo invisible los
uniese por la cintura, soldndolos con sangre.

No haba errado el tiro. El golpe de la vieja escopeta haba sido doble.

Y cuando Snto y Pepeta, con aterrada curiosidad, alumbraron los
cadveres para verles las caras, retrocedieron con exclamaciones de
asombro.

Eran el to Batiste, el alcalde, y su alguacil el _Sigr_.

La huerta quedaba sin autoridad, pero tranquila.




En el mar


A las dos de la maana llamaron a la puerta de la barraca.

--Antonio! Antonio!

Y Antonio salt de la cama. Era su compadre, el compaero de pesca, que
le avisaba para hacerse, a la mar.

Haba dormido poco aquella noche. A las once todava charlaba con
Rufina, su pobre mujer, que se revolva inquieta en la cama hablando de
los negocios. No podan marchar peor. Vaya un verano! En el anterior,
los atunes haban corrido el Mediterrneo en bandadas interminables. El
da que menos, se mataban doscientas o trescientas arrobas; el dinero
circulaba como una bendicin de Dios, y los que, como Antonio,
guardaron buena conducta e hicieron sus ahorrillos, se emanciparon de la
condicin de simples marineros, comprndose una barca para pescar por
cuenta propia.

El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo ocupaba todas las
noches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento de barcas
haba venido la carencia de pesca.

Las redes slo sacaban algas o pez menudo; morralla de la que se deshace
en la sartn. Los atunes haban tomado este ao otro camino, y nadie
consegua izar uno sobre su barca.

Rufina estaba aterrada por esta situacin. No haba dinero en casa;
deban en el horno y en la tienda, y el seor Toms, un patrn retirado,
dueo del pueblo por sus judiadas, les amenazaba continuamente si no
entregaban _algo_ de los cincuenta duros con intereses que les haba
prestado para la terminacin de aquella barca tan esbelta y tan velera
que consumi todos sus ahorros.

Antonio, mientras se vesta, despert a su hijo, un grumete de nueve
aos que le acompaaba en la pesca y haca el trabajo de un hombre.

--A ver si hoy tenis ms fortuna--murmur la mujer desde la cama--. En
la cocina encontraris el capazo de las provisiones... Ayer ya no
queran fiarme en la tienda. Ay, Seor! Y qu oficio tan perro!

--Calla, mujer; malo est el mar, pero Dios proveer. Justamente vieron
ayer algunos un atn que va suelto; un _viejo_ que se calcula pesa ms
de treinta arrobas. Figrate si lo cogiramos... Lo menos sesenta duros.

Y el pescador acab de arreglarse pensando en aquel pescadote, un
solitario que, separado de su manada, volva por la fuerza de la
costumbre a las mismas aguas que el ao anterior.

Antoico estaba ya de pie y listo para partir, con la gravedad y
satisfaccin del que se gana el pan a la edad en que otros juegan; al
hombro el capazo de las provisiones y en una mano la banasta de los
roveles, el pez favorito de los atunes, el mejor cebo para atraerles.

Padre e hijo salieron de la barraca y siguieron la playa hasta llegar al
muelle de los pescadores. El compadre les esperaba en la barca
preparando la vela.

La flotilla removase en la oscuridad, agitando su empalizada de
mstiles. Corran sobre ella las negras siluetas de los tripulantes,
rasgaba el silencio el ruido de los palos cayendo sobre cubierta, el
chirriar de las garruchas y las cuerdas, y las velas desplegbanse en la
oscuridad como enormes sbanas.

El pueblo extenda hasta cerca del agua sus calles rectas, orladas de
casitas blancas, donde se albergaban por una temporada los veraneantes,
todas aquellas familias venidas del interior en busca del mar. Cerca del
muelle, un casern mostraba sus ventanas como hornos encendidos,
trazando regueros de luz sobre las inquietas aguas.

Era el Casino. Antonio lanz hacia l una mirada de odio. Cmo
trasnochaban aquellas gentes! Estaran jugndose el dinero... Si
tuvieran que madrugar para ganarse el pan!

--Iza! Iza! Que van muchos delante.

El compadre y Antoico tiraron de las cuerdas, y lentamente se remont
la vela latina, estremecindose al ser curvada por el viento.

La barca se arrastr primero mansamente sobre la tranquila superficie de
la baha; despus ondularon las aguas y comenz a cabecear: estaban
fuera de puntas; en el mar libre.

Al frente, el oscuro infinito, en el que parpadeaban las estrellas, y
por todos lados, sobre la mar negra, barcas y ms barcas que se alejaban
como puntiagudos fantasmas resbalando sobre las olas.

El compadre miraba el horizonte.

--Antonio, cambia el viento.

--Ya lo noto.

--Tendremos mar gruesa.

--Lo s; pero adentro! Alejmonos de todos estos que barren el mar.

Y la barca, en vez de ir tras las otras, que seguan la costa, continu
con la proa mar adentro.

Amaneci. El sol, rojo y recortado cual enorme oblea, trazaba sobre el
mar un tringulo de fuego y las aguas hervan como si reflejasen un
incendio.

Antonio empuaba el timn, el compaero estaba junto al mstil y el
chicuelo en la proa explorando el mar. De la popa y las bordas pendan
cabelleras de hilos que arrastraban sus cebos dentro del agua. De vez en
cuando tirn y arriba un pez, que se revolva y brillaba como estao
animado. Pero eran piezas menudas... nada.

Y as pasaron las horas; la barca siempre adelante, tan pronto acostada
sobre las olas como saltando, hasta ensear su panza roja. Haca calor,
y Antoico escurrase por la escotilla para beber del tonel de agua
metido en la estrecha cala.

A las diez haban perdido de vista la tierra; nicamente se vean por la
parte de popa las velas lejanas de otras barcas, como aletas de peces
blancos.

--Pero Antonio!--exclam el compadre--. Es que vamos a Orn? Cuando la
pesca no quiere presentarse, lo mismo da aqu que ms adentro.

Vir Antonio, y la barca comenz a correr bordadas, pero sin dirigirse a
tierra.

--Ahora--dijo alegremente--tomemos un bocado. Compadre, trae el capazo.
Ya se presentar la pesca cuando ella quiera.

Para cada uno un enorme mendrugo y una cebolla cruda, machacada a
puetazos sobre la borda.

El viento soplaba fuerte y la barca cabeceaba rudamente sobre las olas
de larga y profunda ondulacin.

--_Pae!_--grit Antoico desde la proa--, un pez grande, _mu_
grande!... Un atn!

Rodaron por la popa las cebollas y el pan, y los dos hombres asomronse
a la borda.

S, era un atn; pero enorme, ventrudo, poderoso, arrastrando casi a
flor de agua su negro lomo de terciopelo; el solitario tal vez de que
tanto hablaban los pescadores. Flotaba poderosamente, pero con una
ligera contraccin de su fuerte cola, pasaba de un lado a otro de la
barca, y tan pronto se perda de vista como reapareca instantneamente.

Antonio enrojeci de emocin, y apresuradamente ech al mar el aparejo
con un anzuelo grueso como un dedo.

Las aguas se enturbiaron y la barca se conmovi, como si alguien con
fuerza colosal tirase de ella detenindola en su marcha e intentando
hacerla zozobrar. La cubierta se bamboleaba como si huyese bajo los pies
de los tripulantes, y el mstil cruja a impulsos de la hinchada vela.
Pero de pronto el obstculo cedi, y la barca, dando un salto, volvi a
emprender su marcha.

El aparejo, antes rgido y tirante, penda flojo y desmayado. Tiraron de
l y sali a la superficie el anzuelo, pero roto, partido por la mitad,
a pesar de su tamao.

El compadre mene tristemente la cabeza.

--Antonio, ese animal puede ms que nosotros. Que se vaya, y demos
gracias porque ha roto el anzuelo. Por poco ms vamos al fondo.

--Dejarlo?--grit el patrn--. Un demonio! Sabes cunto vale esa
pieza? No est el tiempo para escrpulos ni miedos. A l! A l!

Y haciendo virar la barca, volvi a las mismas aguas donde se haba
verificado el encuentro.

Puso un anzuelo nuevo; un enorme gancho, en el que ensart varios
roveles, y sin soltar el timn agarr un agudo bichero. Flojo golpe iba
a soltarle a aquella bestia estpida y fornida como se pusiera a su
alcance!

El aparejo penda de la popa casi recto. La barca volvi a estremecerse,
pero esta vez de un modo terrible. El atn estaba bien agarrado y tiraba
del slido gancho, deteniendo la barca, hacindola danzar locamente
sobre las olas.

El agua pareca hervir; suban a la superficie espumas y burbujas en
turbio remolino, cual si en la profundidad se desarrollase una lucha de
gigantes, y de pronto la barca, como agarrada por oculta mano, se
acost, invadiendo el agua hasta la mitad de la cubierta.

Aquel tirn derrib a los tripulantes. Antonio, soltando el timn, se
vio casi en las olas; pero son un crujido y la barca recobr su
posicin normal. Se haba roto el aparejo, y en el mismo instante
apareci el atn junto a la borda, casi a flor de agua, levantando
enormes espumarajos con su cola poderosa. Ah, ladrn! Por fin se
pona a tiro! Y rabiosamente, como si se tratara de un enemigo
implacable, Antonio le tir varios golpes con el bichero, hundiendo el
hierro en aquella piel viscosa. Las aguas se tieron de sangre y el
animal se hundi en un rojo remolino.

Antonio respir al fin. De buena se haban librado: todo dur algunos
segundos; pero un poco ms, y se hubieran ido al fondo.

Mir la mojada cubierta y vio al compadre al pie del mstil, agarrado a
l, plido, pero con inalterable tranquilidad.

--Cre que nos ahogbamos, Antonio. Hasta he tragado agua! Maldito
animal! Pero buenos golpes le has atizado. Ya vers como no tarda en
salir a flote.

--Y el chico?

Esto lo pregunt el padre con inquietud, con zozobra, como si temiera la
respuesta.

No estaba sobre cubierta. Antonio se desliz por la escotilla, esperando
encontrarlo en la cala. Se hundi en agua hasta la rodilla: el mar la
haba inundado. Pero quin pensaba en esto? Busc a tientas en el
reducido y oscuro espacio, sin encontrar ms que el tonel de agua y los
aparejos de repuesto. Volvi a cubierta como un loco.

--El chico! El chico!... Mi Antoico!

El compadre torci el gesto tristemente. No estuvieron ellos prximos a
ir al agua? Atolondrado por algn golpe, se habra ido al fondo como una
bala. Pero el compaero, aunque pens todo esto, nada dijo.

Lejos, en el sitio donde la barca haba estado prxima a zozobrar,
flotaba un objeto negro sobre las aguas.

--All est!

Y el padre se arroj al agua, nadando vigorosamente, mientras el
compaero amainaba la vela.

Nad y nad, pero sus fuerzas casi le abandonaron al convencerse de que
el objeto era un remo, un despojo de su barca.

Cuando las olas le levantaban, sacaba el cuerpo fuera para ver ms
lejos. Agua por todas partes. Sobre el mar slo estaban l, la barca
que se aproximaba y una curva negra que acababa de surgir y que se
contraa espantosamente sobre una gran mancha de sangre.

El atn haba muerto... Valiente cosa le importaba! La vida de su hijo
nico, de su Antoico, a cambio de la de aquella bestia! Dios! Era
esto manera de ganarse el pan?

Nad ms de una hora, creyendo a cada rozamiento que el cuerpo de su
hijo iba a surgir bajo sus piernas, imaginndose que las sombras de las
olas eran el cadver del nio que flotaba entre dos aguas.

All se hubiera quedado, all habra muerto con su hijo. El compadre
tuvo que pescarlo y meterlo en la barca como un nio rebelde.

--Qu hacemos, Antonio?

l no contest.

--No hay que tomarlo as, hombre. Son cosas de la vida. El chico ha
muerto donde murieron todos nuestros parientes, donde moriremos
nosotros. Todo es cuestin de ms pronto o ms tarde... Pero ahora, a lo
que estamos; a pensar que somos unos pobres.

Y preparando dos nudos corredizos apres el cuerpo del atn y lo llev a
remolque de la barca, tiendo con sangre las espumas de la estela.

El viento les favoreca, pero la barca estaba inundada, navegaba mal, y
los dos hombres, marineros ante todo, olvidaron la catstrofe, y con los
achicadores en la mano, encorvronse dentro de la cala, arrojando
paletadas de agua al mar.

As pasaron las horas. Aquella ruda faena embruteca a Antonio, le
impeda pensar; pero de sus ojos rodaban lgrimas y ms lgrimas, que,
mezclndose con el agua de la cala, caan en el mar sobre la tumba del
hijo.

La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban sus
entraas.

El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitas
doradas por el sol de la tarde.

La vista de tierra despert en Antonio el dolor y el espanto
adormecidos.

--Qu dir mi mujer? Qu dir mi Rufina?--gema el infeliz.

Y temblaba como todos los hombres enrgicos y audaces, que en el hogar
son esclavos de la familia.

Sobre el mar deslizbase como una caricia el ritmo de alegres valses. El
viento de tierra saludaba a la barca con melodas vivas y alegres. Era
la msica que tocaba en el paseo, frente al Casino. Por debajo de las
achatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario de
colores, las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes
claros y vistosos de toda la gente de veraneo.

Los nios, vestidos de blanco y rosa, saltaban y corran tras sus
juguetes, o formaban alegres corros girando como ruedas de colores.

En el muelle se agolpaban los del oficio: su vista, acostumbrada a las
inmensidades del mar, haba reconocido lo que remolcaba la barca. Pero
Antonio slo miraba, al extremo de la escollera, a una mujer alta,
escueta y negruzca, erguida sobre un peasco, y cuyas faldas
arremolinaba el viento.

Llegaron al muelle. Qu ovacin! Todos queran ver de cerca el enorme
animal. Los pescadores, desde sus botes, lanzaban envidiosas miradas;
los pilletes, desnudos, de color de ladrillo, echbanse al agua para
tocarle la enorme cola.

Rufina se abri paso entre la gente, llegando hasta su marido, que con
la cabeza baja y una expresin estpida oa las felicitaciones de los
amigos.

--Y el chico? Dnde est el chico?

El pobre hombre an baj ms su cabeza. La hundi entre los hombros,
como si quisiera hacerla desaparecer, para no or, para no ver nada.

--Pero dnde est Antoico?

Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su marido,
le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel hombrn. Pero
no tard en soltarle, y levantando los brazos, prorrumpi en espantoso
alarido.

--Ay, Seor!... Ha muerto! Mi Antoico se ha ahogado! Est en el
mar!

--S, mujer--dijo el marido lentamente con torpeza, balbuceando y como
si le ahogaran las lgrimas--. Somos muy desgraciados. El chico ha
muerto; est donde su abuelo; donde estar yo cualquier da. Del mar
comemos y el mar ha de tragarnos... Qu remedio! No todos nacen para
obispos.

Pero su mujer no le oa. Estaba en el suelo, agitada por una crisis
nerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y tostadas
desnudeces de animal de trabajo, mientras se tiraba de las greas,
arandose el rostro.

--Mi hijo!... Mi Antoico!...

Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron a ella. Bien saban
lo que era aquello: casi todas haban pasado por trances iguales. La
levantaron, sostenindola con sus poderosos brazos, y emprendieron la
marcha hacia su casa.

Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no cesaba de
llorar. Y mientras tanto, el compadre, dominado por el egosmo brutal de
la vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que queran
adquirir la hermosa pieza.

Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente, tomaban reflejos de
oro.

A intervalos sonaba cada vez ms lejos el grito desesperado de aquella
pobre mujer, desgreada y loca, que las amigas empujaban a casa.

--Antoico! Hijo mo!

Y bajo las palmeras seguan desfilando los vistosos trajes, los rostros
felices y sonrientes, todo un mundo que no haba sentido pasar la
desgracia junto a l, que no haba lanzado una mirada sobre el drama de
la miseria; y el vals elegante, rtmico y voluptuoso, himno de la alegre
locura, deslizbase armonioso sobre las aguas, acariciando con su soplo
la eterna hermosura del mar.




Hombre al agua!


Al cerrar la noche, sali de Torrevieja el lad _San Rafael_, con
cargamento de sal para Gibraltar.

La cala iba atestada, y sobre cubierta amontonbanse los sacos, formando
una montaa en torno del palo mayor. Para pasar de proa a popa, los
tripulantes iban por las bordas, sostenindose con peligroso equilibrio.

La noche era buena; noche de verano, con estrellas a granel y un
vientecillo fresco algo irregular, que tan pronto hinchaba la gran vela
latina, hasta hacer gemir el mstil, como cesaba de soplar, cayendo
desmayada la inmensa lona con ruidoso aleteo.

La tripulacin, cinco hombres y un muchacho, cen despus de la
maniobra de salida, y una vez rebaado el humeante caldero, en el que
hundan su mendrugo con marinera fraternidad desde el patrn al grumete,
desaparecieron por la escotilla todos los libres de servicio, para
reposar sobre la dura colchoneta, con los vientres hinchados de vino y
zumo de sanda.

Qued en el timn el to _Chispas_, un tiburn desdentado, que acogi
con gruidos de impaciencia las ltimas indicaciones del patrn, y junto
a l su protegido Juanillo, un novato que haca en el _San Rafael_ su
primer viaje, y le estaba muy agradecido al viejo, pues gracias a l
haba entrado en la tripulacin, matando as su hambre, que no era poca.

El msero lad antojbasele al muchacho un navo almirante, un buque
encantado, navegando por el mar de la abundancia. La cena de aquella
noche era la primera cena seria que haba hecho en su vida.

Haba llegado a los diez y nueve aos, hambriento y casi desnudo como un
salvaje, durmiendo en la torcida barraca donde gema y rezaba su
abuela, inmvil por el reuma: de da ayudaba a botar las barcas,
descargaba cestas de pescado, o iba de parsito en las lanchas que
perseguan al atn y la sardina, para llevar a casa un puado de pesca
menuda. Pero ahora, gracias al to _Chispas_, que le tena ley por haber
conocido a su padre, era todo un marinero, estaba en camino de ser algo,
poda con todo derecho meter su brazo en el caldero, y hasta llevaba
zapatos, los primeros de su vida, unas soberbias piezas capaces de
navegar como una fragata, que le suman en xtasis de adoracin. Y an
dicen que si el mar!... Vamos, hombre. El mejor oficio del mundo.

El to _Chispas_, sin apartar la vista de la proa ni las manos del
timn, agachndose para sondear la oscuridad por entre la vela y el
montn de sacos, le escuchaba con sonrisa marrullera.

--S; no has escogido mal oficio. Pero tiene quiebras. Las vers...
cuando tengas mis aos... Pero tu sitio no es aqu: anda a proa y avisa
si ves por delante alguna barca.

Juanillo corri por la borda con la segura tranquilidad de un pillo de
playa.

--Cuidado, muchacho, cuidado.

Pero l ya estaba en la proa, y se sent junto al botaln, escudriando
la negra superficie del mar, en cuyo fondo se reflejaban como serpeantes
hilos de luz las inquietas estrellas.

El lad, panzudo y pesado, caa tras cada ola con un solemne _chap!_
que haca saltar las gotas hasta la cara de Juanillo: dos hojas de
espuma fosforescentes resbalaban por ambos lados de la gruesa proa, y la
hinchada vela, con el vrtice perdido en la oscuridad, pareca araar la
bveda del cielo.

Qu rey ni qu almirante estaba mejor que el serviola del _San
Rafael_?... _Brrru!_ Su estmago repleto le saludaba con eructos de
satisfaccin. Vida ms hermosa!...

--To _Chispas_!... Un cigarro.

--Ven por l.

Juanillo corri por la borda del lado contrario al viento. Era un
momento de calma, y la vela rizbase con fuertes palpitaciones, prxima
a caer desmayada a lo largo del mstil. Pero vino una rfaga, y la barca
se inclin con rpido movimiento; Juanillo, para guardar el equilibrio,
agarrose al borde de la vela, y en el mismo instante sta se hinch como
si fuera a estallar, lanzando al lad en una carrera veloz y empujando
con fuerza tan irresistible todo el cuerpo del muchacho, que lo dispar
como una catapulta.

En el ruido de las aguas al tragarse a Juanillo crey or ste un grito,
palabras algo confusas; tal vez el viejo timonel que gritaba: Hombre
al agua!

Baj mucho, mucho! atolondrado por el golpe, por lo inesperado de la
cada; pero antes de darse cuenta exacta de ello viose otra vez en la
superficie del mar braceando, absorbiendo con furia el fresco viento...
Y la barca? No la vio ya. El mar estaba oscursimo; ms oscuro que
visto desde la cubierta del lad.

Crey distinguir una mancha blanca, un fantasma que flotaba a lo lejos
sobre las olas, y nad hacia l. Pero de pronto ya no lo vio all, sino
en lugar opuesto, y cambi de direccin, desorientado, nadando con
fuerza, pero sin saber dnde iba.

Los zapatos pesaban como si fuesen de plomo: malditos! la primera vez
que los usaba! La gorra le martirizaba las sienes; los pantalones
tiraban de l como si llegasen hasta el fondo del mar y fuesen barriendo
las algas.

--Calma, Juanillo, calma.

Y arroj la gorra, lamentando no poder hacer lo mismo con los zapatos.

Tena confianza. l nadaba mucho: se senta con _aguante_ para dos
horas. Los de la barca viraran para pescarle: un remojn y nada ms...
pues qu as como as mueren los hombres? En un temporal, como haban
muerto su padre y su abuelo, bueno, pero en noche tan hermosa y con
buena mar, morir empujado por una vela sera una muerte de tonto.

Y nadaba y nadaba, siempre creyendo ver aquel fantasma indeciso que
cambiaba de sitio, esperando que de la oscuridad surgiera el _San
Rafael_ viniendo en su busca.

--Ah de la barca! To _Chispas_!... Patrn!

Pero el gritar le fatigaba y dos o tres veces las olas le taparon la
boca. Malditas!... Desde la barca parecan insignificantes, pero en
medio del mar, hundido hasta el cuello y obligado a un continuo manoteo
para sostenerse, le asfixiaban, le golpeaban con su sorda ondulacin,
abran ante l hondas y movibles zanjas, cerrndolas en seguida como
para tragarle.

Segua creyendo, pero con cierta inquietud, en sus dos horas de aguante.
S; contaba con ellas. Dos horas y ms nadaba all en su playa sin
cansancio. Pero era en las horas de sol, en aquel mar de cristal azul,
viendo all bajo, a travs de fantstica transparencia, las rocas
amarillas con sus hierbajos puntiagudos como ramos de coral verde, las
conchas de color rosa, las estrellas de ncar, las flores luminosas de
ptalos carnosos estremecindose al ser rozados por el vientre de plata
de los peces; y ahora estaba en un mar de tinta, perdido en la
oscuridad, agobiado por sus ropas, teniendo bajo sus pies quin sabe
cuntos barcos destrozados, cuntos cadveres descarnados por los peces
feroces! Y estremecase al contacto de su mojado pantaln, creyendo
sentir el rozamiento de agudos dientes.

Cansado, desfallecido, se ech de espaldas, dejndose llevar por las
olas. El sabor de la cena le suba a la boca. Maldita comida, y cunto
cuesta de ganar! Acabara por morir all tontamente... Pero el instinto
de conservacin le hizo incorporarse. Tal vez le buscaban, y estando
tendido pasaran cerca de l sin verle. Otra vez a nadar, con el ansia
de la desesperacin, incorporndose en la cresta de las olas para ver
ms lejos, yendo tan pronto a un lado como a otro, agitndose siempre en
un mismo crculo.

Le abandonaban como si fuese un trapo cado de la barca. Dios mo! As
se olvida a un hombre?... Pero no; tal vez le buscaban en aquel momento.
Un barco corre mucho; por pronto que hubiesen subido a cubierta y
arriado vela, ya estaran a ms de una milla.

Y acariciando esta ilusin, se hunda dulcemente como si tirasen de sus
pesados zapatos. Sinti en la boca la amargura salitrosa; cegaron sus
ojos, las aguas se cerraron sobre su rapada cabeza; pero entre dos olas
se form un pequeo remolino, asomaron unas manos crispadas y volvi a
salir.

Los brazos se _dorman_; la cabeza se inclinaba sobre el pecho como
vencida por el sueo. A Juanillo le pareci cambiado el cielo: las
estrellas eran rojas, como salpicaduras de sangre. Ya no le infunda
miedo el mar; senta el deseo de abandonarse sobre las aguas, de
descansar.

Se acordaba de la abuela, que a aquellas horas estara pensando en l. Y
quiso rezar como mil veces haba odo a su pobre vieja. Padre nuestro
que ests... Rezaba mentalmente, pero sin darse cuenta de ello, su
lengua se movi y dijo con una voz tan ronca que le pareci de otro:

--Cochinos! ladrones! Me abandonan!

Se hunda otra vez: desapareci pugnando en vano por sostenerse. Alguien
tiraba de sus zapatos... Buce en la oscuridad, sorbiendo agua, inerte,
sin fuerzas, pero sin saber cmo, volvi otra vez a la superficie.

Ahora las estrellas eran negras, ms negras que el cielo, destacndose
como gotas de tinta.

Se acab. Esta vez se iba al fondo de veras: su cuerpo era de plomo. Y
baj en lnea recta, arrastrado por sus zapatos nuevos, y en su cada al
abismo de los barcos rotos y los esqueletos devorados, el cerebro, cada
vez ms envuelto en densas neblinas, iba repitiendo:

--Padre nuestro... Padre nuestro... ladrones! granujas! Me han
abandonado!




Un silbido


El entusiasmo caldeaba el teatro. Qu debut! Qu _Lohengrin_! Qu
tiple aquella!

Sobre el rojo de las butacas destacbanse en el patio las cabezas
descubiertas o las torres de lazos, flores y tules, inmviles, sin que
las aproximara el cuchicheo ni el fastidio; en los palcos silencio
absoluto; nada de tertulias y conversaciones a media voz; arriba, en el
infierno de la filarmona rabiosa, llamado irnicamente paraso, el
entusiasmo se escapaba prolongado y ruidoso, como un inmenso suspiro de
satisfaccin, cada vez que sonaba la voz de la tiple, dulce, poderosa y
robusta. Qu noche! Todo pareca nuevo en el teatro. La orquesta era de
ngeles: hasta la araa del centro daba ms luz.

En aquel entusiasmo tomaba no poca parte el patriotismo satisfecho. La
tiple era espaola, la Lpez, slo que ahora se anunciaba con el
apellido de su esposo el tenor Franchetti; un gran artista que,
casndose con ella, la haba hecho ascender a la categora de
_estrella_. Vaya una mujer! Legtima de la tierra. Esbelta, arrogante;
brazos y garganta con adorables redondeces, y los blancos tules de Elsa
amplios en la cintura, pero estrechos y casi estallando con la presin
de soberbias curvas. Sus ojos negros, rasgados, de sombro fuego,
contrastaban con la rubia peluca de la condesa de Brabante. La hermosa
espaola era en la escena la mujer tmida, dulce y resignada que so
Wgner, confiando en la fuerza de su inocencia, esperando el auxilio de
lo desconocido.

Al relatar su ensueo ante el emperador y su corte, cant con expresin
tan vagorosa y dulce, los brazos cados y la exttica mirada en lo alto,
como si viese llegar montado en una nube al misterioso paladn, que el
pblico no pudo contenerse ya, y como la retumbante descarga de una
fila de caones, sali de todos los huecos del teatro, hasta de los
pasillos, la atronadora detonacin de aplausos y gritos.

La modestia y la gracia con que saludaba enardeci an ms al pblico.
Qu mujer! Una verdadera seora; y en cuanto a buenos sentimientos,
todos recordaban detalles de su biografa. Aquel padre anciano, al que
todos los meses enviaba una pensin para que viviera con decencia: un
viejo feliz, que desde Madrid segua la carrera de triunfos de su hija
por todo el mundo.

Aquello era conmovedor. Algunas seoras se llevaban a los ojos una punta
del guante, y en el paraso, un vejete lloriqueaba metiendo la nariz en
el embozo de la capa para sofocar sus gemidos. Los vecinos se rean.

Vamos hombre, que no era para tanto!

La representacin segua su curso en medio de los ecos del entusiasmo.
Ahora el heraldo invitaba a los presentes, por si alguno quera defender
a Elsa. Bueno, adelante. Aquel pblico, que se saba de memoria la
pera, estaba en el secreto. No se presentara ningn guapo. Despus,
con acompaamiento de ttrica msica, avanzaron las damas veladas para
llevarse la condesa al suplicio. Todo era broma; Elsa estaba segura.
Pero cuando los bravos guerreros brabanzones se agitaron en la escena,
viendo a lo lejos el misterioso cisne y su barquilla, y se fue armando
en la imperial corte una batahola de dos mil demonios, el pblico, por
accin refleja, se movi ruidosamente, arrellanndose en el asiento,
tosiendo, suspirando, revolvindose para hacer provisin de silencio.
Qu emocin! Iba a presentarse Franchetti, el famoso tenor, un gran
artista de quien se murmuraba que habase casado con la Lpez buscando
una compensacin a sus facultades decadentes en la frescura y valenta
de su mujer. Aparte de esto, un maestrazo que saba salir triunfante con
auxilio del arte.

Ah!... Ya estaba all, de pie en el esquife, apoyado en larga espada,
el escudo embrazado, cubierto el pecho de escamas de acero, irguiendo su
arrogante figura de buen mozo festejado por toda la aristocracia de
Europa, y deslumbrando de cabeza a pies, cual un pescado de plata
envuelto en seda.

Silencio absoluto; aquello pareca una iglesia. El tenor miraba su
cisne, como si all no hubiese otro ser digno de atencin, y en el
mstico ambiente fue desarrollndose un hilo de voz tenue, dulce,
vagoroso, cual si viniera de una distancia invisible.

_Merc, merc, cigno gentile!..._

Qu fue lo que estremeci todo el teatro, poniendo de pie a los
espectadores? Algo estridente, como si acabara de rasgarse la vieja
decoracin del fondo; un silbido rabioso, feroz, desesperado, que
pareci hacer oscilar las luces de la sala.

Silbar a Franchetti antes de orle! Un tenor de cuatro mil francos! La
gente de palcos y butacas mir al paraso con el ceo fruncido; pero
arriba la protesta fue ms ruidosa. Granuja! Canalla! Golfo! A la
crcel con l! Y todo el pblico, arremolinndose, de pie y con el puo
amenazante, sealaba al vejete que, cuando cantaba la tiple, meta la
nariz en la capa para llorar, y ahora se ergua intentando en vano
hacerse or. A la crcel! A la crcel!

Pisando gente entr la pareja, y el viejo pas a empujones de banco en
banco, abofeteando a todos con su capa cada y contestando con
desesperados manoteos a los insultos y amenazas, mientras que el pblico
rompa a aplaudir estrepitosamente, para animar a Franchetti, que haba
interrumpido su canto.

En el pasillo detuvironse el viejo y los guardias, respirando
ansiosamente, magullados por el gento. Algunos espectadores les
siguieron.

--Parece imposible!--dijo uno de los guardias--. Una persona de edad y
que parece decente...

--Y usted qu sabe?--grit el viejo con expresin agresiva--. Mis
razones tengo para hacer lo que he hecho. Sabe usted quin soy yo? Pues
soy el padre de Conchita, de esa que se llama en el cartel la
Franchetti, de la que aplauden con tanto entusiasmo los imbciles. Qu
tal!... Les parece raro que silbe?... Tambin yo he ledo los
peridicos; qu modo de mentir! La hija amantsima... El padre
querido y feliz... Mentira, todo mentira! Mi hija ya no es mi hija, es
un culebrn, y ese italiano un granuja. Slo se acuerda de m para
enviarme una limosna, como si el corazn comiera y le contentase el
dinero! Yo no tomo un cuarto de ellos: primero morir; prefiero molestar
a los amigos.

Ahora s que era odo el viejo. Los que le rodeaban sentan hambrienta
curiosidad ante una historia que tan de cerca tocaba a dos celebridades
artsticas. Y el seor Lpez, insultado por todo un pblico, deseaba
comunicar a alguien su indignacin, aunque fuese a los guardias.

--No tengo ms familia que _esa_. Comprendan mi situacin. Se cri en
mis brazos: la pobrecita no conoci a su madre. _Sac_ voz; dijo que
quera ser tiple o morir, y aqu tienen ustedes al bonachn de su padre
decidido a que fuese una celebridad o a morir con ella. Los maestros
dijeron: a Miln! Y all va el seor Lpez con su nia, despus de
dimitir su empleo y vender los cuatro terrones heredados de su padre.
Vlgame Dios y cunto he sufrido! Cuanto he trotado antes del debut,
de maestro en maestro y de empresario en empresario! Qu humillaciones,
qu vigilancias para guardar a mi nia, y qu privaciones; s, seores,
privaciones y hasta hambre, cuidadosamente ocultada, para que nada
faltase a la seorita! Y cuando cant por fin y comenz a sonar su
nombre, cuando yo me extasiaba ante los resultados de mi sacrificio,
llega ese fantasmn de Franchetti, y cantando sobre las tablas dos y
ms dos de amor, acaban por enamoricarse, y tengo que casar a la nia
para que no me ponga mal gesto ni me parta el alma con sus lloros.
Ustedes no saben lo que es un matrimonio de cantantes. El egosmo
haciendo gorgoritos. Ni cario, ni corazn, ni nada; la voz, slo la
voz. Al ladrn de mi yerno le molest desde el primer momento; tena
celos de m, quera alejarme para dominar en absoluto a su mujer; y
ella, que ama a ese payaso, que cada vez est ms unida a l por las
ovaciones, dijo que s a todo. Las exigencias del arte! Su modo de
vivir, que no les permite deberse a la familia, sino al arte! Estas
fueron sus excusas, y me enviaron a Espaa; y yo, por reir con ese
farsante, re con mi hija. Hasta hoy no les haba visto... Seores,
llvenme ustedes donde quieran, pero declaro que siempre que pueda
vendr a silbar a ese ladrn italiano... He estado enfermo, estoy solo:
pues revienta, viejo, como si no tuvieras hija. Tu Conchita no es tuya;
es de Franchetti... pero no; es del arte. Y ahora digo yo: Si el arte
consiste en que las hijas olviden a los padres que por ellas se
sacrificaron, digo que me futro en el arte y que ms me alegrara
encontrarme a mi Concha al entrar en casa remendando mis calcetines.




Lobos de mar


Retirado de los _negocios_ despus de cuarenta aos de navegacin con
toda clase de riesgos y aventuras, el capitn Llovet era el vecino ms
importante del Cabaal, una poblacin de: casas blancas de un solo piso,
de calles anchas, rectas y ardientes de sol, semejante a una pequea
ciudad americana.

La gente de Valencia que veraneaba all miraba con curiosidad al viejo
lobo de mar, sentado en un gran silln bajo el toldo de listada lona que
sombreaba la puerta de su casa. Cuarenta aos pasados a la intemperie,
en la cubierta de su buque, sufriendo la lluvia y los rociones del
oleaje, le haban infiltrado la humedad hasta los mismos huesos, y,
esclavo del reuma, permaneca los ms de los das inmvil en su silln,
prorrumpiendo en quejidos y juramentos cada vez que se pona en pie.
Alto, musculoso, con el vientre hinchado y cado sobre las piernas, la
cara bronceada por el sol y cuidadosamente afeitada, el capitn pareca
un cura en vacaciones, tranquilo y bonachn en la puerta de su casa. Sus
ojos grises, de mirada fija e imperativa, ojos de hombre habituado al
mando, eran lo nico que justificaba la fama del capitn Llovet, la
leyenda sombra que flotaba en torno de su nombre.

Haba pasado su vida en continua lucha con la marina real inglesa,
burlando la persecucin de los cruceros en su famoso bergantn repleto
de carne negra, que transportaba desde la costa de Guinea a las
Antillas. Audaz y de una frialdad inalterable, jams le vieron oscilar
sus marineros.

Contbanse de l cosas horripilantes. Cargamentos enteros de negros
arrojados al agua para librarse del crucero que le daba caza; los
tiburones del Atlntico acudiendo a bandadas, haciendo hervir las olas
con su fnebre coleteo, cubriendo el mar de manchas de sangre,
repartindose a dentelladas los esclavos, que agitaban con desesperacin
sus brazos fuera del agua; sublevaciones de tripulacin contenidas por
l solo a tiros y hachazos; raptos de ciega clera en los que corra por
cubierta como una fiera; hasta se hablaba de cierta mujer que le
acompaaba en sus viajes, la cual, desde el puente, fue arrojada al mar
por el iracundo capitn despus de una disputa por celos. Y junto con
esto, inesperados arranques de generosidad: socorros a manos llenas a
las familias de sus marineros. En un arrebato de clera era capaz de
matar a uno de los suyos; pero si alguien caa al agua, se arrojaba para
salvarle, sin miedo al mar ni a sus voraces bestias. Enloqueca de furor
si los compradores de negros le engaaban en unas cuantas pesetas, y en
la misma noche gastaba tres o cuatro mil duros celebrando una de
aquellas orgas que le haban hecho famoso en la Habana. Pega antes que
habla, decan de l los marineros, y recordaban que, en alta mar,
sospechando que su segundo conspiraba contra l, le haba deshecho el
crneo de un pistoletazo. Aparte de esto, un hombre divertidsimo, a
pesar de su cara fosca y su mirada dura. En la playa del Cabaal, la
gente, reunida a la sombra de las barcas, rea recordando sus bromas.
Una vez dio un convite a bordo al reyezuelo africano que le venda los
esclavos, y viendo borrachos a la negra majestad y sus cortesanos, hizo
como el negrero de Merime: despleg velas y los vendi como esclavos.
Otra vez, vindose perseguido por un crucero britnico, desfigur su
buque en una sola noche, pintndolo de otro color y cambiando la
arboladura. Los capitanes ingleses tenan datos en abundancia para
conocer el buque del audaz negrero; pero como si no tuvieran nada. El
capitn Llovet, como decan en la playa, era un gitano de mar, y trataba
su barco como a un burro de feria, hacindole sufrir transformaciones
maravillosas.

Cruel y generoso, prdigo de su sangre y de la ajena, duro para el
negocio y manirroto para el placer, los negociantes de Cuba le haban
apodado el _Capitn Magnfico_, y as seguan llamndole los pocos
marineros de su antigua tripulacin que an arrastraban por la playa las
piernas reumticas, tosiendo y encorvando el pecho.

Casi arruinado por empresas comerciales, al retirarse de _la trata_ se
haba metido en su casa del Cabaal, viendo pasar la vida ante su
puerta, sin otra distraccin que jurar como un condenado cuando el reuma
le haca permanecer inmvil en su asiento. Por una respetuosa admiracin
venan a sentarse en la acera algunos de aquellos vejestorios que haban
recibido de l en otro tiempo rdenes y palos, y juntos hablaban con
cierta melancola de la _gran calle_, como el capitn llamaba al
Atlntico, contando las veces que haban pasado de una acera a otra, de
frica a Amrica, corriendo temporales y chasqueando a los polizontes
del mar. En verano, los das que no apretaba el dolor y las piernas
estaban fuertes, bajaban a la playa, y el capitn, enardecido a la vista
del mar, desahogaba sus dos odios. Odiaba a Inglaterra por haber odo
silbar ms de una vez las balas de sus caones. Odiaba la navegacin a
vapor como un sacrilegio martimo. Aquellos penachos de humo que
pasaban por el horizonte eran los funerales de la marina. Ya no quedaban
sobre el agua hombres de oficio; ahora el mar era de los fogoneros.

En los das tempestuosos del invierno, siempre le vean en la playa con
la nariz palpitante, olfateando la tormenta, como si an estuviera sobre
cubierta preparndose a resistir el tiempo.

Una maana lluviosa vio correr la gente hacia el mar, y all fue l,
contestando con gruidos a la familia, que le hablaba de su reuma. Entre
las negras barcas encalladas en la orilla destacbanse sobre el mar,
lvido y cubierto de espumarajos, los grupos de blusas azules, las
faldas ondeantes por el vendaval, con las que se resguardaban de la
lluvia las mujeres. Lejos, en la bruma que cerraba el horizonte, corran
como ovejas asustadas las barcas pescadoras, con la vela casi recogida y
negruzca por el agua, sosteniendo una lucha de terribles saltos,
enseando la quilla en cada cabriola, antes de doblar la punta del
puerto, amontonamiento de peascos rojos barnizados por las olas, entre
los cuales herva una espuma amarillenta, bilis del irritado mar.

Una barca desarbolada iba como pelota de ola en ola hacia la siniestra
punta. La gente gritaba en la playa viendo a los tripulantes tendidos en
la cubierta, anonadados por la proximidad de la muerte. Se hablaba de ir
hasta la barca, de echarla un cabo, de atraerla a la playa; pero los ms
audaces, mirando las olas que se desplomaban llenando el espacio de
polvo de agua, callbanse atemorizados. La barca que saliera dara la
voltereta antes de mover un remo.

--A ver: gente que me siga! Hay que salvar a esos pobres.

Era la voz ruda e imperiosa del capitn Llovet. Se ergua sobre sus
torpes piernas, la mirada brillante y fiera, las manos temblorosas por
la clera que le infunda el peligro. Las mujeres le miraban asombradas;
los hombres retrocedan, formando ancho corro en torno de l, que
prorrumpi en juramentos, agitando sus manos como si fuera a cerrar a
golpes con toda la chusma. Le enfureca el silencio de aquella gente,
como si estuviera ante una tripulacin insubordinada.

--Desde cundo el capitn Llovet no encuentra en su pueblo hombres que
le sigan al mar?

Lo dijo rugiendo, como un tirano que se ve desobedecido, como un Dios
que contempla la huida de sus fieles. Hablaba en castellano, lo que era
en l seal de ciega clera.

--_Presente, capit!_--gritaron a un tiempo unas cuantas voces
temblonas.

Y abrindose paso, aparecieron en el centro del corro cinco viejos,
cinco esqueletos rodos por el mar y las tempestades, antiguos marineros
del capitn Llovet, arrastrados por la subordinacin y el afecto que
crea el peligro afrontado en comn. Avanzaron unos arrastrando los pies,
otros con saltitos de pjaro, alguno con los ojos muy abiertos,
mostrando en las pupilas la vaguedad de la ceguera senil, todos
temblorosos de fro, con el cuerpo forrado de bayeta amarilla y la gorra
calada sobre dobles pauelos arrollados a las sienes. Era la vieja
guardia corriendo a morir junto a su dolo. De los grupos salan
mujeres y nios, que se arrojaban sobre ellos queriendo detenerles.

--_Agelo!_--gritaban los nietos.

--_Pare!_--geman las mocetonas.

Y los animosos vejetes, irguindose como los rocines moribundos al or
el clarn de las batallas, repelan los brazos que se anudaban a sus
cuellos y piernas, y gritaban contestando a la voz de su jefe:

--_Presente, capit!_

Los lobos de mar, con su dolo al frente, abrironse paso para echar al
mar una de las barcas. Rojos, congestionados por el esfuerzo, con el
cuello hinchado por la rabia, slo consiguieron mover la barca y que se
deslizara algunos pasos. Irritados contra su vejez, intentaron un nuevo
esfuerzo; pero la muchedumbre protestaba contra su locura, y cay sobre
ellos, desapareciendo los viejos arrebatados por sus familias.

--Dejadme, cobardes! Al que me toque, lo mato!--ruga el capitn
Llovet.

Pero por primera vez aquel pueblo, que le adoraba, puso la mano en l.
Le sujetaron como a un loco, sordos a sus splicas, indiferentes a sus
maldiciones.

La barca, abandonada de todo auxilio, corra a la muerte dando tumbos
sobre las olas. Ya estaba prxima a los peascos, ya iba a estrellarse
entre torbellinos de espuma, y aquel hombre que tanto haba despreciado
la vida del semejante, que haba nutrido a los tiburones con tribus
enteras y que llevaba un nombre aterrador como una leyenda lgubre,
revolvase furioso, sujeto por cien manos, blasfemando porque no le
dejaban arriesgar la existencia socorriendo a unos desconocidos, hasta
que, agotadas sus fuerzas, acab llorando como un nio.




Un funcionario


Tendido de espaldas en el camastro y siguiendo con vaga mirada las
grietas del techo, el periodista Juan Yez, nico husped de la _sala
de polticos_, pensaba que haba entrado aquella noche en el tercer mes
de su encierro.

Las nueve... La corneta haba lanzado en el patio las prolongadas notas
del toque de silencio; en los corredores sonaban con montona igualdad
los pasos de los vigilantes, y de las cerradas cuadras, repletas de
carne humana, sala un rumor acompasado, semejante al soplo de una
fragua lejana o a la respiracin de un gigante dormido: pareca
imposible que en aquel viejo convento, tan silencioso, cuya ruina
resultaba ms visible a la cruda luz del gas, durmiesen mil hombres.

El pobre Yez, obligado a acostarse a las nueve, con una perpetua luz
ante los ojos y sumido en un silencio aplastante que haca creer en la
posibilidad del mundo muerto, pensaba en lo duramente que iba saldando
su cuenta con las instituciones. Maldito artculo! Cada lnea iba a
costarle una semana de encierro; cada palabra un da.

Y Yez, recordando que aquella noche comenzaba la temporada de pera
con _Lohengrin_, su pera predilecta, vea los palcos cargados de
hombros desnudos y nucas adorables, entre destellos de pedrera,
reflejos de sedas y airoso ondear de rizadas plumas.

--Las nueve... Ahora habr salido el cisne, y el hijo de Parsifal
lanzar sus primeras notas entre los siseos de expectacin del
pblico... Y yo aqu! Cristo! No tengo mala pera...

S; no era mala. Del calabozo de abajo, como si provinieran de un
subterrneo, llegaban los ruidos con que delataba su existencia un
bruto de la montaa, a quien iban a ejecutar de un momento a otro por un
sinnmero de asesinatos. Era un chocar de cadenas que pareca el ruido
de un montn de clavos y llaves viejas, y de vez en cuando una voz dbil
repitiendo: Pa... dre nuestro que es... ts en los cielos... San... ta
Mara... con la expresin tmida y suplicante del nio que se duerme en
brazos de su madre. Siempre repitiendo la montona cantinela, sin que
pudieran hacerle callar! Segn opinin de los ms, quera con esto
fingirse loco para salvar el cuello: tal vez catorce meses de
aislamiento en un calabozo, esperando a todas horas la muerte, haban
acabado con su escaso seso de fiera instintiva.

Estaba Yez maldiciendo la injusticia de los hombres, que por unas
cuantas cuartillas emborronadas en un momento de mal humor le obligaban
a dormirse todas las noches arrullado por el delirio de un condenado a
muerte, cuando oy fuertes voces y pasos apresurados en el mismo piso
donde estaba su departamento.

--No; no dormir ah--gritaba una voz trmula y atiplada--. Soy acaso
algn criminal? Soy un funcionario de Gracia y Justicia lo mismo que
ustedes... y con treinta aos de servicios. Que pregunten por Nicomedes:
todo el mundo me conoce; hasta los peridicos han hablado de m. Y
despus de alojarme en la crcel, an quieren hacerme dormir en un
desvn que ni para los presos sirve? Muchas gracias. Para esto me
ordenan venir?... Estoy enfermo y no duermo ah. Qu me traigan un
mdico; necesito un mdico...

Y el periodista, a pesar de su situacin, rease regocijado por la
entonacin afeminada y ridcula con que el de los treinta aos de
servicios peda el mdico.

Repitiose el murmullo de voces: discutan como si formasen Consejo,
oyronse pasos, cada vez ms cercanos, y se abri la puerta de la _sala
de polticos_, asomando por ella una gorra con galn de oro.

--Don Juan--dijo el empleado con cierta cortedad--, esta noche tendr
usted compaa... Dispense usted, no es ma la culpa; la necesidad... En
fin, maana ya dispondr el jefe otra cosa. Pase usted... _seor_.

Y el _seor_ (as, con entonacin irnica) pas la puerta, seguido de
dos presos; uno con una maleta y un lo de mantas y bastones; otro con
un saco cuya lona marcaba las aristas de una caja ancha y de poca
altura.

--Buenas noches, caballero.

Saludaba con humildad, con aquella voz trmula que hizo rer a Yez, y
al quitarse el sombrero descubri una cabeza pequea, cana y
cuidadosamente rapada. Era un cincuentn obeso, coloradote; la capa
pareca caerse de sus hombros, y un mazo de dijes colgando de una gruesa
cadena de oro repiqueteaba sobre su vientre al menor movimiento. Sus
ojos pequeos tenan los reflejos azulados del acero, y la boca apareca
oprimida por unos bigotillos curvos y cados como dos signos de
interrogacin.

--Usted dispense--dijo sentndose--Voy a molestarle mucho; pero no es
por culpa ma. He llegado en el tren de esta noche, y me encuentro con
que me dan para dormitorio un desvn lleno de ratas. Vaya un viaje!

--Es usted preso?

--En este momento, s--dijo sonriendo--; pero no le molestar mucho con
mi presencia.

Y el panzudo burgus se mostraba obsequioso, humilde, como si pidiera
perdn por haber usurpado su puesto en la crcel.

Yez le miraba fijamente: tanta timidez le asombraba. Quin sera
aquel sujeto? Y por su imaginacin danzaban ideas sueltas, apenas
esbozadas, que parecan buscarse y perseguirse para completar un
pensamiento.

De pronto, al sonar a lo lejos otra vez el quejumbroso _padrenuestro_ de
la fiera encerrada, el periodista se incorpor nerviosamente, como si
acabase de atrapar la idea fugitiva, fijando su vista en aquel saco que
estaba a los pies del recin llegado.

--Qu lleva usted ah?... Es la caja de _las herramientas_?

El hombre pareci dudar, pero al fin se le impuso la enrgica expresin
interrogativa, e inclin la cabeza afirmativamente. Despus el silencio
se hizo largo y penoso. Unos presos colocaban la cama de aquel hombre
en un rincn de la sala. Yez contemplaba fijamente a su compaero de
hospedaje, que permaneca con la cabeza baja, como rehuyendo sus
miradas.

Cuando la cama qued hecha y los presos se retiraron, cerrando el
empleado la puerta con el cerrojo exterior, continu el penoso silencio.
Por fin, aquel sujeto hizo un esfuerzo y habl:

--Voy a dar a usted una mala noche; pero no es ma la culpa: _ellos_ me
han trado aqu. Yo me resista, sabiendo que es usted una persona
decente que sentir mi presencia como lo peor que haya podido ocurrirle
en esta casa.

El joven se sinti desarmado por tanta humildad.

--No, seor; yo estoy acostumbrado a todo--dijo con irona--. Se hacen
en esta casa tan buenas amistades, que una ms nada importa! Adems,
usted no parece mala persona.

Y el periodista, que an no se haba limpiado de sus primeras lecturas
romnticas, encontraba muy original aquella entrevista y hasta senta
cierta satisfaccin.

--Yo vivo en Barcelona--continu el viejo--, pero mi compaero de este
distrito muri hace poco de la ltima borrachera, y ayer, al presentarme
en la Audiencia, me dijo un alguacil: Nicomedes... Porque yo soy
Nicomedes Terruo. No ha odo usted hablar de m?... Es extrao; la
prensa ha publicado muchas veces mi nombre. Nicomedes, de orden del
seor presidente que tomes el tren de esta noche. Vengo con el
propsito de meterme en una fonda hasta el da del trabajo, y desde la
estacin me traen aqu, por no s qu miedos y precauciones; y para
mayor escarnio, me quieren alojar don las ratas. Ha visto usted? Es
esto manera de tratar a los funcionarios de justicia?

--Y lleva usted muchos aos desempeando el cargo?

--Treinta aos, caballero: comenc en tiempos de Isabel II. Soy el
decano de la clase y cuento en mi lista hasta condenados polticos.
Tengo el orgullo de haber cumplido siempre mi deber. El de ahora ser el
ciento dos. Son muchos, verdad? Pues con todos me he portado lo mejor
que he podido. Ninguno se habr quejado de m. Hasta los ha habido
veteranos del presidio, que, al verme en el ltimo momento, se
tranquilizaban y decan: Nicomedes, me satisface que seas t.

El _funcionario_ iba animndose en vista de la atencin benvola y
curiosa que le prestaba Yez. Iba tomando tierra: cada vez hablaba con
ms desembarazo.

--Tengo tambin mi poquito de inventor--continu--. Los aparatos los
fabrico yo mismo, y en cuanto a limpieza no hay ms que pedir... Quiere
usted verlos?

El periodista salt de la cama como dispuesto a huir.

--No; muchas gracias. Lo creo.

Y miraba con repugnancia aquellas manos, cuyas palmas eran rojizas y
grasientas. Restos tal vez de la limpieza reciente de que hablaba; pero
a Yez le parecan impregnadas de grasa humana, del zumo de aquel
centenar que formaba _su lista_.

--Y est usted satisfecho de la profesin?--pregunt para hacerle
olvidar el deseo de lucir sus invenciones.

--Qu remedio!... Hay que conformarse. Mi nico consuelo es que cada
vez se trabaja menos. Pero cun duro es este pan! Si lo hubiera
sabido!...

Y qued silencioso mirando al suelo.

--Todos contra m!--continu--. Yo he visto muchas comedias, sabe
usted? He visto que ciertos reyes antiguos iban a todas partes llevando
detrs al ejecutor de su justicia, vestido de rojo, con el hacha al
cuello, y hacan de l su amigo y consejero. Aquello era lgico! El
encargado de cumplir la justicia me parece que es alguien y alguna
consideracin merece. Pero en estos tiempos todo son hipocresas. Grita
el fiscal pidiendo una cabeza en nombre de no s cuntas cosas
respetables, y a todos les parece bien; llego yo despus cumpliendo sus
rdenes, y me escupen y me insultan. Diga, seor, es esto justo?... Si
entro en una fonda, me ponen en la puerta apenas me conocen; en la calle
todos rehuyen mi contacto, y hasta en la Audiencia me tiran el sueldo a
los pies, como si yo no fuese un funcionario lo mismo que ellos, como si
mi dinero no figurase en el presupuesto... Todos contra m! Y
despus--aadi con voz apenas perceptible--, los otros enemigos...
Los otros! Sabe usted? Los que se fueron para no volver, y sin
embargo, vuelven; ese centenar de infelices a los que trat con mimos de
padre, hacindoles el menor dao posible y que... ingratos! vienen a m
apenas me ven solo.

--Qu!... Vuelven?

--Todas las noches. Los hay que me molestan poco: los ltimos, apenas;
me parecen amigos de los que me desped ayer; pero los antiguos, los de
mi primera poca, cuando an me emocionaba y me senta torpe, esos son
verdaderos demonios, que, apenas me ven solo en la oscuridad, desfilan
sobre mi pecho en interminable procesin, me oprimen, me asfixian,
rozndome los ojos con el borde de sus hopas. Me siguen a todas partes,
y as como me hago viejo son ms asiduos. Cuando me metieron en el
desvn comenc a verles asomar por los rincones ms oscuros. Por eso
peda un mdico: estaba enfermo; tena miedo a la noche; quera luz,
compaa.

--Y siempre est usted solo?

--No; tengo familia all en mi casita de las afueras de Barcelona; una
familia que no da disgustos: un perro, tres gatos y ocho gallinas. No
entienden a las personas y por eso me respetan, me quieren como si yo
fuera un hombre igual a los dems. Envejecen tranquilamente a mi lado.
Nunca se me ha ocurrido matar una gallina: me desmayo viendo correr la
sangre.

Y deca esto con la misma voz quejumbrosa de antes, dbil, anonadado,
como si sintiera el lento desplome de su interior.

--Y nunca tuvo usted familia?

--Yo?... Como todo el mundo! A usted se lo cuento todo, caballero.
Hace tanto tiempo que no hablo!... Mi mujer muri hace seis aos. No
crea usted que era una de esas mujerzuelas borrachas y embrutecidas, que
es el papel que en las novelas se reserva siempre a la hembra del
verdugo. Era una moza de mi pueblo, con la que cas al volver del
servicio. Tuvimos un hijo y una hija; pan poco, miseria mucha, y qu
quiere usted? la juventud y cierta brutalidad de carcter me llevaron al
oficio. No crea que consegu fcilmente el puesto: hasta necesit
influencias. Al principio hacame gracia el odio de la gente: me senta
orgulloso con inspirar terror y repugnancia. Prest mis servicios en
muchas Audiencias, rodamos por media Espaa, y los chicos cada vez ms
hermosos; hasta que por fin camos en Barcelona. Qu gran poca! La
mejor de mi vida: en cinco o seis aos no hubo trabajo. Mis ahorros se
convirtieron en una casita en las afueras, y los vecinos apreciaban a
don Nicomedes, un seor simptico empleado en la Audiencia. El chico, un
ngel de Dios, trabajador, modosito y callado, estaba en una casa de
comercio; la nia--cunto siento no tener aqu su retrato!--la nia,
que era un serafn, con unos ojazos azules y una trenza rubia, gruesa
como mi brazo, y que cuando correteaba por nuestro huertecillo pareca
una de esas seoritas que salen en las peras, no iba a Barcelona con su
madre sin que algn joven viniera tras sus pasos. Tuvo un novio formal:
un buen muchacho que pronto iba a ser mdico. Cosas de ella y su madre:
yo finga no ver nada, con esa bondadosa ceguera de los padres que se
reservan para el ltimo momento. Pero Seor, cun felices ramos!

La voz de Nicomedes era cada vez ms temblorosa; sus ojillos azules
estaban empaados. No lloraba, pero su grotesca obesidad agitbase con
los estremecimientos del nio que hace esfuerzos para tragarse las
lgrimas.

--Pero se le ocurri a un desalmado de larga historia dejarse coger; lo
sentenciaron a muerte y hube de entrar en funciones cuando ya casi haba
olvidado cul era mi oficio. Qu da aqul! Media ciudad me conoci
vindome sobre el tablado, y hasta hubo periodistas que, como son peor
que una epidemia (usted dispense), averiguaron mi vida, presentndonos
en letras de molde a m y a mi familia, como si furamos bichos raros, y
afirmando con admiracin que tenamos facha de personas decentes. Nos
pusieron en moda. Pero qu moda! Los vecinos cerraban puertas y
ventanas al verme, y aunque la ciudad es grande, siempre me conocan en
las calles y me insultaban. Un da, al entrar en casa, me recibi mi
mujer como una loca. La nia! La nia!... La vi en la cama, con el
rostro desencajado, verdoso, ella tan bonita! y la lengua manchada de
blanco. Estaba envenenada, envenenada con fsforos, y haba sufrido
atroces dolores durante horas enteras, callando para que el remedio
llegase tarde... y lleg! Al da siguiente ya no viva. La pobrecita
tuvo valor. Amaba con toda su alma al mediqun, y yo mismo le la carta
en la que el muchacho se despeda para siempre por saber de quin era
hija. No la llor. Tena acaso tiempo? El mundo se nos vena encima; la
desgracia soplaba por todos lados; aquel hogar tranquilo que nos
habamos fabricado se desplomaba por sus cuatro ngulos. Mi hijo...
tambin a mi hijo lo arrojaron de la casa de comercio, y fue intil
buscar nueva colocacin ni apoyo en sus amigos. Quin cruza la palabra
con el hijo del verdugo? Pobrecito! Como si a l le hubieran dado a
escoger el padre antes de venir al mundo! Qu culpa tena l, tan
bueno, de que yo le hubiese engendrado? Pasaba todo el da en casa,
huyendo de la gente, en un rincn del huertecillo, triste y descuidado
desde la muerte de la nia. En qu piensas, Antonio?, le preguntaba.
Pap, pienso en Anita. El pobre me engaaba. Pensaba en l, en lo
cruelmente que nos habamos equivocado, creyndonos por una temporada
iguales a los dems, y cometiendo la insolencia de querer ser felices.
El batacazo era terrible: imposible levantarse. Antonio desapareci.

--Y nada ha sabido usted de su hijo?--dijo Yez, interesado por la
lgubre historia.

--S; a los cuatro das. Lo pescaron frente a Barcelona; sali envuelto
en redes, hinchado y descompuesto... Usted ya adivinar lo dems. La
pobre vieja se fue poco a poco, como si los chicos tirasen de ella desde
arriba; y yo, el malo, el empedernido, me he quedado aqu solo,
completamente solo, sin el recurso siquiera de beber; porque si me
emborracho, vienen ellos, sabe usted? _ellos_, mis perseguidores, a
enloquecerme con el aleteo de sus hopas negras, como si fuesen enormes
cuervos, y me pongo a morir... Y sin embargo, no los odio. Infelices!
Casi lloro cuando los veo en el banquillo. Otros son los que me han
hecho mal. Si el mundo se convirtiera en una sola persona, si todos los
desconocidos que me robaron a los mos con su desprecio y su odio
tuvieran un solo cuello y me lo entregaran, ay, cmo apretara!... con
qu gusto!...

Y hablando a gritos se haba puesto de pie, agitando con fuerza sus
puos, como si retorciese una palanca imaginaria. Ya no era el mismo ser
tmido, panzudo y quejumbroso. En sus ojos brillaban pintas rojas como
salpicaduras de sangre; el bigote se erizaba y su estatura pareca
mayor, como si la bestia feroz que dorma dentro de l, al despertar,
hubiese dado un formidable estirn a la envoltura.

En el silencio de la crcel resonaba cada vez ms claro el doloroso
canturreo que vena del calabozo: Pa... dre... nu... estro... que
ests... en los cielos...

Don Nicomedes no lo oa. Paseaba furioso por la habitacin, conmoviendo
con sus pasos el piso que serva de techo a su vctima. Por fin se fij
en el montono quejido.

--Cmo canta ese infeliz!--murmur--. Cun lejos estar de saber que
estoy yo aqu, sobre su cabeza!

Se sent desalentado y permaneci silencioso mucho tiempo, hasta que sus
pensamientos, su afn de protesta, le obligaron a hablar.

--Mire usted, seor; conozco que soy un hombre malo y que la gente debe
despreciarme. Pero lo que me irrita es la falta de lgica. Si lo que yo
hago es un crimen, que supriman la pena de muerte y reventar de hambre
en un rincn, como un perro. Pero si es necesario matar para
tranquilidad de los buenos, entonces, por qu se me odia? El fiscal que
pide la cabeza del malo nada sera sin m, que obedezco; todos somos
ruedas de la misma mquina, y vive Dios! que merecemos igual respeto,
porque yo soy un funcionario... con treinta aos de servicios.




El ogro


En todo el barrio del Pacfico era conocido aquel endiablado carretero,
que alborotaba las calles con sus gritos y los furiosos chasquidos de su
tralla.

Los vecinos de la gran casa en cuyo bajo viva haban contribuido a
formar su mala reputacin. Hombre ms atroz y malhablado! Y luego
dicen los peridicos que la polica detiene por blasfemos!

Pepe el carretero haca mritos diariamente, segn algunos vecinos, para
que le cortaran la lengua y le llenasen la boca de plomo ardiendo, como
en los mejores tiempos del Santo Oficio. Nada dejaba en paz, ni humano
ni divino. Se saba de memoria todos los nombres venerables del
almanaque, nicamente por el gusto de _faltarles_, y as que se
enfadaba con sus bestias y levantaba el ltigo, no quedaba santo, por
arrinconado que estuviese en alguna de las casillas del mes, al que no
profanase con las ms sucias expresiones. En fin, un horror! Y lo ms
censurable era que, al encararse con sus tozudos animales, azuzndoles
con blasfemias mejor que con latigazos, los chiquillos del barrio
acudan para escucharle con perversa atencin, regodendose ante la
fecundidad inagotable del maestro.

Los vecinos, molestados a todas horas por aquella interminable sarta de
maldiciones, no saban cmo librarse de ellas.

Acudan al del piso principal, un viejo avaro, que haba alquilado la
cochera a Pepe no encontrando mejor inquilino.

--No hagan ustedes caso--contestaba--. Consideren que es un carretero, y
que para este oficio no se exigen exmenes de urbanidad. Tiene mala
lengua, eso s; pero es hombre muy formal y paga sin retrasarse un solo
da. Un poco de caridad, seores.

A la mujer del maldito blasfemo la compadecan en toda la casa.

--No lo crean ustedes--deca riendo la pobre mujer--; no sufro nada de
l. Criatura ms buena! Tiene su geniecillo, pero ay hija! Dios nos
libre del agua mansa... Es de oro; alguna copita para tomar fuerzas,
pero nada de ser como otros, que se pasan el da como estacas frente al
mostrador de la taberna. No se queda ni un cntimo de lo que gana, y eso
que no tenemos familia, que es lo que ms le gustara.

Pero la pobre mujer no lograba convencer a nadie de la bondad de su
Pepe. Bastaba verle. Vaya una cara! En presidio las haba mejores. Era
nervudo, cuadrado, velloso como una fiera, la cara cobriza, con rudas
protuberancias y profundos surcos, los ojos sanguinolentos y la nariz
aplastada, granujienta, veteada de azul, con manojos de cerdas que
asomaban como tentculos de un erizo que dentro de su crneo ocupase el
lugar del cerebro.

A nada conceda respeto. Trataba de _reverendos_ a los machos que le
ayudaban a ganar el pan, y cuando en los ratos de descanso se sentaba a
la puerta de la cochera, deletreaba penosamente, con vozarrn que se oa
hasta en los ltimos pisos, sus peridicos favoritos, los papeles ms
abominables que se publicaban en Madrid, y que algunas seoras miraban
desde arriba con el mismo terror que si fuesen mquinas explosivas.

Aquel hombre, que ansiaba cataclismos y que soaba con _la gorda_, pero
muy gorda, viva por irona en el barrio del Pacfico.

La ms leve cuestin de su mujer con las criadas le pona fuera de s, y
abriendo el saco de las amenazas prometa subir para degollar a todos
los vecinos y pegar fuego a la casa; cuatro gotas que cayesen en su
patio desde las galeras bastaban para que de su bocaza infecta saliese
la triste procesin de santos profanados, con acompaamiento de
horripilantes profecas para el da en que las cosas fuesen rectas y los
pobres subiesen encima, ocupando el lugar que les corresponde.

Pero su odio slo se limitaba a los mayores, a los que le teman, pues
si algn muchacho de la vecindad pasaba por cerca de l, acogale con
una sonrisa semejante al bostezo del ogro, y extendiendo su mano callosa
pretenda acariciarlo.

Como se haba propuesto no dejar en paz a nadie en la casa, hasta se
meta con la pobre _Loca_, una gata vagabunda que ejerca la rapia en
todas las habitaciones, pero cuyas correras toleraban los vecinos
porque con ella no quedaba rata viva.

Pari aquella bohemia de blanco y sedoso pelaje, y obligada a fijar
domicilio para tranquilidad de su prole, escogi el patio del ogro,
burlndose tal vez del terrible personaje.

Haba que or al carretero. Era su patio algn corral para que viniesen
a emporcarlo con sus cras los animales de la vecindad? De un momento a
otro iba a enfadarse, y si l se enfadaba de veras, pum! de la primera
patada iban la _Loca_ y sus cachorros a estrellarse en la pared de
enfrente.

Pero mientras el ogro tomaba fuerzas para dar su terrible patada y la
anunciaba a gritos cien veces al da, la prole felina segua
tranquilamente en un rincn, formando un revoltijo de pelos rojos y
negros, en el que brillaban los ojos con lvida fosforescencia, y
coreando irnicamente las amenazas del carretero: _Miau! Miau!_

Bonito verano era aquel! Trabajo, poco, y un calor de infierno que
irritaba el mal humor de Pepe y haca hervir en su interior la caldera
de las maldiciones, que se escapaban a borbotones por su boca.

La gente de _posibles_ estaba all lejos, en sus Biarritces y San
Sebastianes, remojndose los pellejos, mientras l se tostaba en su
cochern. Lstima que el mar no se saliera, para tragarse tanto
_parsito_! No quedaba gente en Madrid y escaseaba el trabajo. Dos das
sin enganchar el carro. Si esto segua as, tendra que comerse con
patatas a sus _reverendos_, a no ser que echase mano de sus aves de
corral, que era el nombre que daba a la _Loca_ y a sus hijuelos.

Fue en Agosto cuando, a las once de la maana, tuvo que bajar a la
estacin del Medioda para cargar unos muebles.

Vaya una hora! Ni una nube en el cielo y un sol que sacaba chispas de
las paredes y pareca reblandecer las losas de las aceras.

--Arre, valientes!... Qu quieres t, _Loca_?

Y mientras arreaba sus machos, alejaba con el pie a la blanca gata, que
maullaba dolorosamente, intentando meterse bajo las ruedas.

--Pero qu quieres, maldita? Atrs, que te va a reventar una rueda!

Y como quien hace una obra de caridad, larg al animal tan furioso
latigazo, que lo dej arrollado en un rincn, gimiendo de dolor.

Buena hora para trabajar. No poda mirarse a parte alguna sin sentir
irritacin en los ojos; la tierra quemaba; el viento arda, como si todo
Madrid estuviese en llamas; el polvo pareca incendiarse; paralizbanse
lengua y garganta, y las moscas, locas de calor, revoloteaban por los
labios del carretero o se pegaban al jadeante hocico de los animales en
busca de frescura.

El ogro estaba cada vez ms irritado conforme descenda la ardorosa
cuesta, y mientras mascullaba sus palabrotas, animaba con el ltigo a
los machos, que caminaban desfallecidos, con la cabeza baja, casi
rozando el suelo.

Maldito sol! Era el pillo mayor de la creacin. ste s que mereca le
arreglasen las cuentas el da de _la gorda_, como enemigo de los
pobres. En invierno mucho ocultarse, para que el jornalero tenga los
miembros torpes y no sepa dnde estn sus manos, para que caiga del
andamio o le pille el carro bajo las ruedas. Y ahora, en verano, eche
usted rumbo! Fuego y ms fuego, para que los pobres que se quedan en
Madrid mueran como pollos en asador. Hipocritn! De seguro que no
molestaba tanto a los que se divertan en las playas de moda.

Y recordando a tres segadores andaluces muertos de asfixia, segn haba
ledo en uno de sus papeles, intentaba en vano mirar de frente al sol y
le amenazaba con el puo cerrado. Asesino!... Reaccionario!...
Lstima que no ests ms abajo el da de _la gorda_!

Cuando lleg al depsito de mercancas, detvose un momento a descansar.
Se quit la gorra, enjugose el sudor con las manos, y puesto a la sombra
contempl todo el camino que acababa de atravesar. Aquello arda. Y
pensaba con terror en el regreso, cuesta arriba, jadeante, con el sol a
plomo sobre la cabeza y arreando sin parar a las caballeras, abrumadas
por el calor. No era grande la distancia de all a su casa, pero aunque
le dijeran que en la cochera le esperaba el mismo Nuncio, no iba. Qu
haba de ir!... Aun hacindole bueno que con tal viajecito vena _la
gorda_, lo pensara antes de decidirse a subir la cuesta con aquel
calor.

--Vaya! Menos historias y a trabajar.

Y levant la tapa del gran capazo de esparto atado a los varales del
carro, buscando su provisin de cuerdas. Pero su mano tropez con unas
cosas sedosas que se removan y sinti al mismo tiempo dbiles araazos
en su callosa piel.

Los gruesos dedos hicieron presa, y sali a luz, cogido del pescuezo, un
cachorro blanco, con las patas extendidas, el rabo enroscado por los
estremecimientos del miedo y lanzando su triste _au au_, como quien
pide misericordia.

La _Loca_, no contenta con convertir su patio en corral, se apoderaba
del carro y meta la prole en el capazo para resguardarla del sol. No
era aquello abusar de la paciencia de un hombre?... Se acab todo. Y
abarcando en sus manazas a los cinco gatitos, los arroj en montn a sus
pies. Iba a aplastarlos a patadas; lo juraba, voto a esto y lo de ms
all! Iba a hacer una tortilla de gatos.

Y mientras soltaba sus juramentos, sacbase de la faja el pauelo de
hierbas, lo extenda, colocaba sobre l aquel montn de pelos y
maullidos, y atando las cuatro puntas ech a andar con el envoltorio,
abandonando el carro.

Se lanz a todo correr por aquel camino de fuego, aguantando el sol con
la cabeza baja, jadeante y echndose a pecho la cuesta que minutos antes
no quera subir, aunque se lo mandase el Nuncio.

Algo terrible preparaba. La voluptuosidad del mal era sin duda lo que le
daba fuerzas. Tal vez buscaba subir alto, muy alto, para desde la cresta
de un desmonte aplastar su carga de gatos.

Pero se dirigi a su casa, y en la puerta le recibi la _Loca_ con
cabriolas de gozo, olisqueando el hinchado pauelo, que se estremeca
con palpitaciones de vida.

--Toma, perdida--dijo jadeante por el calor y el cansancio de la
carrera--; aqu tienes tus granujas. Por esta vez pase, te lo perdono,
porque eres un animal y no sabes cmo las gasta Pepe el carretero. Pero
otra vez... hum!... a la otra...

Y no pudiendo decir ms palabras sin intercalar juramentos, el ogro
volvi la espalda y fue corriendo en busca de su carro, otra vez cuesta
abajo, echando demonios contra aquel sol enemigo de los pobres. Pero
aunque el calor aumentaba, parecale al pobre ogro que algo le haba
refrescado interiormente.




La barca abandonada


Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugar
de reunin de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre el
vientre, jugaban a la _carteta_ a la sombra de las embarcaciones; y los
viejos, fumando sus pipas de barro tradas de Argel, hablaban de la
pesca o de las magnficas expediciones que se hacan en otros tiempos a
Gibraltar y a la costa de frica, antes que al demonio se le ocurriera
inventar eso que llaman la Tabacalera.

Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el mstil
graciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al borde de la
playa, donde se deshacan las olas y una delgada lmina de agua brua
el suelo cual si fuese de cristal; detrs, con la embetunada panza
sobre la arena, estaban las negras barcas del _bu_, las parejas que
aguardaban el invierno para lanzarse al mar, barrindolo con su cola de
redes; y en ltimo trmino, los lades en reparacin, los abuelos, junto
a los cuales agitbanse los calafates, embadurnndoles los flancos con
caliente alquitrn, para que otra vez volviesen a emprender sus penosas
y montonas navegaciones por el Mediterrneo: unas veces a las Baleares
con sal, otras a la costa de Argel con frutas de la huerta levantina, y
muchas con melones y patatas para los soldados rojos de Gibraltar.

En el curso de un ao, la playa cambiaba de vecinos; los lades ya
reparados se hacan a la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas y
lanzadas al agua; slo una barca abandonada y sin arboladura permaneca
enclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra compaa que la del
carabinero que se sentaba a su sombra.

El sol haba derretido su pintura; las tablas se agrietaban y crujan
con la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento, haba invadido
su cubierta. Pero su perfil fino, sus flancos recogidos y la gallarda
de su construccin delataban una embarcacin ligera y audaz, hecha para
locas carreras, con desprecio a los peligros del mar. Tena la triste
belleza de esos caballos viejos que fueron briosos corceles y caen
abandonados y dbiles sobre la arena de la plaza de toros.

Hasta de nombre careca. La popa estaba lisa y en los costados ni una
seal del nmero de filiacin y nombre de la matrcula, un ser
desconocido que se mora entre aquellas otras barcas, orgullosas de sus
pomposos nombres, como mueren en el mundo algunos, sin desgarrar el
misterio de su vida.

Pero el incgnito de la barca slo era aparente. Todos la conocan en
Torresalinas, y no hablaban de ella sin sonrer y guiar un ojo, como si
les recordase algo que excitaba malicioso regocijo.

Una maana, a la sombra de la barca abandonada, cuando el mar herva
bajo el sol y pareca un cielo de noche de verano, azul y espolvoreado
de puntos de luz, un viejo pescador me cont la historia.

--Este falucho--dijo acaricindole con una palmada el vientre seco y
arenoso--es _El Socarrao_, el barco ms valiente y ms conocido de
cuantos se hacen al mar desde Alicante a Cartagena. Virgen Santsima!
El dinero que lleva ganado este _condenao_! Los duros que han salido
de ah dentro! Lo menos lleva hechos veinte viajes desde Orn a estas
costas, y siempre con la panza bien repleta de fardos.

El bizarro y extrao nombre de _Socarrao_ me admiraba algo, y de ello se
apercibi el pescador.

--Son motes, caballero; apodos que aqu tenemos, lo mismo los hombres
que las barcas. Es intil que el cura gaste sus latines con nosotros;
aqu quien bautiza de veras es la gente. A m me llaman Felipe; pero si
algn da me busca usted, pregunte por _Castelar_, pues as me conocen,
porque me gusta hablar con las personas y en la taberna soy el nico que
puede leer el peridico a los compaeros. Ese muchacho que pasa con el
cesto de pescado es _Chispas_, a su patrn le llaman _El Cano_, y as
estamos bautizados todos. Los amos de las barcas se calientan el
caletre buscando un nombre bonito para pintarlo en la popa. Una, la
_Pursima Concepcin_; otra, _Rosa del Mar_; aqulla, _Los Dos Amigos_;
pero llega la gente con su mana de sacar motes, y se llaman _La Pava_,
_El Lorito_, _La Medio Rollo_, y gracias que no las distingan con
nombres menos decentes. Un hermano mo tiene la barca ms hermosa de
toda la matrcula; la bautizamos con el nombre de mi hija: _Camila_;
pero la pintamos de amarillo y blanco, y el da del bautizo se le
ocurri decir a un pillo de la playa que pareca un huevo frito. Querr
usted creerlo? Slo con este apodo la conocen.

--Bien--le interrump--; pero y _El Socarrao_?

--Su verdadero nombre era _El Resuelto_, pero por la prontitud con que
maniobraba y la furia con que acometa los golpes de mar, dieron en
llamarle _El Socarrao_, como a una persona de mal genio... Y ahora vamos
a lo que le ocurri a este pobre _Socarraco_ hace poco ms de un ao,
la ltima vez que vino de Orn.

Mir el viejo a todos lados, y convencido de que estbamos solos, dijo
con sonrisa bonachona:

--Yo iba en l, sabe usted? Esto no lo ignora nadie en el pueblo; pero
si yo se lo digo es porque estamos solos y usted no ir despus a
hacerme dao. Qu demonio! Haber ido en _El Socarrao_ no es ninguna
deshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y barquillas de la
Tabacalera no lo ha creado Dios: lo invent el gobierno para hacernos
dao a los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muy
honroso de ganarse el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad en
tierra. Oficio de hombres enteros y valientes como Dios manda.

Yo he conocido los buenos tiempos. Cada mes se hacan dos viajes, y el
dinero rodaba por el pueblo que era un gusto. Haba para todos: para los
de uniforme, pobrecitos que no saben cmo mantener su familia con dos
pesetas, y para nosotros la gente de mar.

Pero el negocio se puso cada vez peor, y _El Socarrao_ haca sus viajes
de tarde en tarde, con mucho cuidado, pues le constaba al patrn que
nos tenan entre ojos y deseaban meternos mano.

En la ltima correra bamos ocho hombres a bordo. En la madrugada
habamos salido de Orn, y a medioda, estando a la altura de Cartagena,
vimos en el horizonte una nubecilla negra, y al poco rato un vapor que
todos conocimos. Mejor hubiramos visto asomar una tormenta. Era el
caonero de Alicante.

Soplaba buen viento. bamos en popa, con toda la gran vela de frente y
el foque tendido. Pero con estas invenciones de los hombres, la vela ya
no es nada, y el buen marinero an vale menos.

No es que nos alcanzaban, no seor. Bueno es _El Socarrao_ para dejarse
atrapar teniendo viento! Navegbamos como un delfn, con el casco
inclinado y las olas lamiendo la cubierta; pero en el caonero apretaban
las mquinas, y cada vez veamos ms grande el barco, aunque no por esto
perdamos mucha distancia. Ah! Si hubiramos estado a media tarde!
Habra cerrado la noche antes que nos alcanzara, y cualquiera nos
encuentra en la oscuridad. Pero an quedaba mucho da, y corriendo a lo
largo de la costa era indudable que nos pillaran antes del anochecer.

El patrn manejaba la barra con el cuidado de quien tiene toda su
fortuna pendiente de una mala virada. Una nubecilla blanca se desprendi
del vapor y omos el estampido de un caonazo.

Como no vimos la bala, comenzamos a rer, satisfechos y hasta orgullosos
de que nos avisasen tan ruidosamente.

Otro caonazo, pero esta vez con malicia. Nos pareci que un gran pjaro
pasaba silbando sobre la barca, y la antena se vino abajo con el cordaje
roto y la vela desgarrada. Nos haban desarbolado, y al caer el aparejo
le rompi una pierna a uno de la tripulacin.

Confieso que temblamos un poco. Nos veamos cogidos, y qu demonio! ir
a la crcel como un ladrn por ganar el pan de la familia es algo ms
temible que una noche de tormenta. Pero el patrn de _El Socarrao_ es
hombre que vale tanto como su barca.

--Chicos, eso no es nada. Sacad la vela nueva. Si sois listos no nos
cogern.

No hablaba a sordos, y como listos no haba ms que pedirnos. El pobre
compaero se revolva como una lagartija, tendido en la proa, tentndose
la pierna rota, lanzando alaridos y pidiendo por todos los santos un
trago de agua: para contemplaciones estaba el tiempo! Nosotros
fingamos no orle, atentos nicamente a nuestra faena, separando el
cordaje y atando a la antena la vela de repuesto, que izamos a los diez
minutos.

El patrn cambi el rumbo. Era intil resistir en el mar a aquel enemigo
que andaba con humo y escupa balas. A tierra, y que fuese lo que Dios
quisiera!

Estbamos frente a Torresalinas. Todos ramos de aqu y contbamos con
los amigos. El caonero, vindonos con rumbo a tierra, no dispar ms.
Nos tena cogidos, y seguro de su triunfo ya no extremaba la marcha. La
gente que estaba en esta playa no tard en vernos, y la noticia circul
por todo el pueblo. _El Socarrao_ vena perseguido por un caonero!

Haba que ver lo que ocurri. Una verdadera revolucin: crame usted,
caballero. Medio pueblo era pariente nuestro, y los dems coman ms o
menos directamente del _negocio_. Esta playa pareca un hormiguero.
Hombres, mujeres y chiquillos nos seguan con mirada ansiosa, lanzando
gritos de satisfaccin al ver cmo nuestra barca, haciendo un ltimo
esfuerzo, se adelantaba cada vez ms a su perseguidor, llevndole una
media hora de ventaja.

Hasta el alcalde estaba aqu, para servir en lo que fuera bueno. Y los
carabineros, excelentes muchachos que viven entre nosotros y son casi de
la familia, hacanse a un lado, comprendiendo la situacin y no
queriendo perder a unos pobres.

--A tierra, muchachos!--gritaba nuestro patrn--. Vamos a embarrancar.
Lo que importa es poner en salvo fardos y personas. _El Socarrao_ ya
sabr salir de este mal paso.

Y sin plegar casi el trapo, embestimos la playa, clavando la proa en la
arena. Seor, qu modo de trabajar! An me parece un sueo cuando lo
recuerdo. Todo el pueblo se tir sobre la barca, la tom por asalto:
los chicuelos se deslizaban como ratas en la cala.

--Aprisa! Aprisa! Que vienen los del gobierno!

Los fardos saltaban de la cubierta: caan en el agua, donde los recogan
los hombres descalzos y las mujeres con la falda entre las piernas; unos
desaparecan por aqu; otros se iban por all; fue aquello visto y no
visto, y en poco rato desapareci el cargamento, como si lo hubiera
tragado la arena. Una oleada de tabaco inundaba a Torresalinas,
filtrndose en todas las casas.

El alcalde intervino paternalmente.

--Hombre, es demasiado--dijo al patrn--. Todo se lo llevan, y los
carabineros se quejarn. Dejad al menos algunos bultos para justificar
la aprehensin.

Nuestro amo estaba conforme.

--Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos de la peor picadura.
Que se contenten con eso.

Y se alej hacia el pueblo, llevndose en el pecho toda la documentacin
de la barca. Pero an se detuvo un momento, porque aquel diablo de
hombre estaba en todo.

--Los folios! Borrad los folios!

Pareca que a la barca le haban salido patas. Estaba ya fuera del agua
y se arrastraba por la arena en medio de aquella multitud que bulla y
trabajaba, animndose con alegres gritos.

--Qu chasco! Qu chasco se llevarn los del gobierno!

El compaero de la pierna rota era llevado en alto por su mujer y su
madre. El pobrecillo gema de dolor a cada movimiento brusco, pero se
tragaba las lgrimas y rea tambin como los otros, viendo que el
cargamento se salvaba y pensando en aquel chasco que haca rer a todos.

Cuando los ltimos fardos se perdieron en las calles de Torresalinas,
comenz la rapia de la barca. El gento se llev las velas, las anclas,
los remos: hasta desmontamos el mstil, que se carg en hombros una
turba de muchachos, llevndolo en procesin al otro extremo del pueblo.
La barca qued hecha un pontn, tan pelada como usted la ve.

Y mientras tanto, los calafates, brocha en mano, pinta que pinta. _El
Socarrao_ se desfiguraba como un burro de gitano. Con cuatro brochazos
fue borrado el nombre de popa; y de los folios de los costados, de esos
malditos letreros, que son la cdula de toda embarcacin, no qued ni
rastro.

El caonero ech anclas al mismo tiempo que desaparecan en la entrada
del pueblo los ltimos despojos de la barca. Yo me qued en este sitio,
queriendo verlo todo, y para mayor disimulo ayudaba a unos amigos que
echaban al mar una lancha de pesca.

El caonero envi un bote armado, y saltaron a tierra no s cuntos
hombres con fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al frente,
juraba furioso mirando a _El Socarrao_ y a los carabineros, que se
haban apoderado de l.

Todo el vecindario de Torresalinas se rea a aquellas horas, celebrando
el chasco, y an hubiera redo ms, viendo, como yo, la cara que pona
aquella gente al encontrar por todo cargamento unos cuantos bultos de
tabaco malo.

--Y qu pas despus?--pregunt al viejo--. No castigaron a nadie?

--A quin? nicamente podan castigar al pobre _Socarrao_, que qued
prisionero. Se ensuci mucho papel y medio pueblo fue a declarar; pero
nadie saba nada. De qu matrcula era el barco? Silencio; nadie le
haba visto los folios. Quines lo tripulaban? Unos hombres que al
varar haban echado a correr tierra adentro. Y nadie saba ms.

--Y el cargamento?--dije yo.

--Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es la pobreza. Cuando
embarrancamos, cada uno agarr el fardo que tena ms a mano y ech a
correr para esconderlo en su casa. Pero al da siguiente estaban todos a
disposicin del patrn: no se perdi ni una libra de tabaco. Los que
exponen la vida por el pan y todos los das le ven la cara a la muerte,
estn ms libres de tentaciones que los otros...

--Desde entonces--continu el viejo--que est aqu preso el pobre
_Socarrao_. Pero no tardar en hacerse a la mar con su antiguo amo.
Parece que ha terminado el papeleo; lo sacarn a subasta, y se lo
quedar el patrn por lo que quiera dar.

--Y si otro da ms?

--Y quin ha de ser ese? Somos acaso bandidos? Todo el pueblo sabe
quin es el verdadero amo de la barca abandonada, y nadie tiene tan mal
corazn que intente perjudicarle. Aqu hay mucha honradez. A cada uno lo
que sea suyo: el mar, que es de Dios, para nosotros los pobres, que
hemos de sacar el pan de l, aunque no quiera el gobierno.




El maniqu


Nueve aos haban transcurrido desde que Luis Santurce se separ de su
mujer. Despus la haba visto envuelta en sedas y tules en el fondo de
elegante carruaje, pasando ante l como un relmpago de belleza, o la
haba adivinado desde el _paraso_ del Real, all abajo, en un palco,
rodeada de seores que se disputaban el murmurar algo a su odo para
hacer gala de una intimidad sonriente.

Estos encuentros removan en l todo el sedimento de la pasada ira:
haba huido siempre de su mujer como enfermo que teme el recrudecimiento
de sus dolencias, y sin embargo, ahora iba a su encuentro, a verla y
hablarla en aquel hotel de la Castellana, cuyo lujo insolente era el
testimonio de su deshonra.

Los rudos movimientos del coche de alquiler parecan hacer saltar los
recuerdos del pasado de todos los rincones de su memoria. Aquella vida
que no quera recordar, iba desarrollndose ante sus ojos cerrados: su
luna de miel de empleado modesto casado con una mujer bonita y educada,
hija de una familia _venida a menos_; la felicidad de aquel primer ao
de pobreza endulzado por el cario; despus, las protestas de Enriqueta
revolvindose contra la estrechez; el sordo disgusto al orse llamar
hermosa por todos y verse humildemente vestida; los disgustos surgiendo
por el ms leve motivo; las reyertas a media noche en la alcoba
conyugal; las sospechas royendo poco a poco la confianza del marido, y
de repente el ascenso inesperado, el bienestar material colndose por
las puertas, primero tmidamente, como evitando el escndalo; despus
con insolente ostentacin, como creyendo entrar en un mundo de ciegos,
hasta que ya por fin Luis tuvo la prueba indudable de su desgracia. Se
avergonzaba al recordar su debilidad. No era un cobarde, estaba seguro
de ello, pero le faltaba voluntad o la amaba demasiado, y por esto,
cuando tras un vergonzoso espionaje se convenci de su deshonra, slo
supo levantar la crispada mano sobre aquella hermosa cara de mueca
plida, y acab por no descargar el golpe. Slo tuvo fuerzas para
arrojarla de la casa y llorar como un nio abandonado apenas cerr la
puerta.

Despus, la soledad completa, la monotona del aislamiento, interrumpida
por noticias que le hacan dao. Su mujer viajaba por el centro de
Europa como una princesa; un millonario _la haba lanzado_; aquella era
su verdadera existencia, para aquello haba nacido. Todo un invierno
llam la atencin en Pars; los peridicos hablaban de la hermosa
espaola; sus triunfos en las playas de moda eran ruidosos, se buscaba
como un honor arruinarse por ella, y varios duelos y ciertos rumores de
suicidio formaban en torno de su nombre un ambiente de leyenda. Despus
de tres aos de correra triunfal, volvi a Madrid, acrecentada su
hermosura por el extrao encanto del cosmopolitismo. Ahora la protega
el ms rico negociante de Espaa, y en su esplndido hotel reinaba
sobre una corte slo de hombres: ministros, banqueros, polticos
influyentes, personajes de todas clases que buscaban su sonrisa como la
mejor de sus condecoraciones.

Tan grande era su poder, que hasta Luis crea sentirlo en torno de su
persona, viendo que se sucedan las situaciones polticas sin que le
tocasen su empleo. El miedo a combatir por el sostenimiento de la vida
le haca aceptar aquella situacin, en la que adivinaba la mano oculta
de Enriqueta. Solo y condenado a trabajar para vivir, senta, sin
embargo, la vergenza del miserable que tiene como nico mrito ser
esposo de una mujer hermosa. Todo su valor consista en huir cuando la
encontraba a su paso, insolente y triunfadora en su deshonra; huir
perseguido por aquellos ojos que se fijaban en l con sorpresa,
perdiendo su altivez de mujer codiciada.

Un da recibi la visita de un cura viejo y de aspecto tmido; el mismo
que ahora iba sentado junto a l en el coche. Era el confesor de su
mujer. Bien haba sabido escogerlo! Un seor bondadoso, de cortos
alcances. Cuando dijo quin le enviaba, Luis no pudo contenerse:
Valiente tal!, y solt redondo el insulto. Pero imperturbable el buen
viejo, como quien trae aprendido el discurso y lo teme olvidar si tarda
en soltarlo, le habl de Magdalena pecadora; del Seor, que siendo quien
era, la haba perdonado; y pasando al estilo llano y natural, cont la
transformacin sufrida por Enriqueta. Estaba enferma; apenas si sala de
su hotel; una enfermedad que roa sus entraas, un cncer al que haba
que domar con continuas inyecciones de morfina para que no la hiciera
desfallecer y rugir de dolor con sus crueles araazos. La desgracia la
haba hecho volver sus ojos a Dios; se arrepenta del pasado, quera
verle...

Y l, el hombre cobarde, saltaba de gozo al or esto, con la
satisfaccin del dbil que se ve vengado. Un cncer!... El maldito
lujo que se pudra dentro de ella, hacindola morir en vida! Y siempre
tan hermosa, verdad? Qu dulce venganza!... No; no ira a verla. Era
intil que el cura buscase argumentos. Poda visitarle cuando quisiera
y darle noticias de su mujer: aquello le alegraba mucho; ahora
comprenda por qu los hombres son malos.

Desde entonces el cura le visitaba casi todas las tardes, para fumar
unos cuantos cigarros, hablando de Enriqueta, y alguna vez salan
juntos, paseando por las afueras de Madrid como antiguos amigos.

La enfermedad avanzaba rpidamente; Enriqueta estaba convencida de que
iba a morir. Quera verle para implorar su perdn; as lo peda, con
tono de nia caprichosa y enferma que exige un juguete. Hasta _el otro_,
el protector poderoso, dcil a pesar de su omnipotencia, le suplicaba al
cura que llevase al hotel al marido de Enriqueta. El buen viejo hablaba
con fervor de la conmovedora conversin de la seora, aunque confesando
que el maldito lujo, perdicin de tantas almas, todava la dominaba. La
enfermedad la tena prisionera en su casa; pero en los momentos de
calma, cuando el pcaro dolor no la haca ir de un lado a otro como una
loca, hojeaba catlogos y figurines de Pars, escriba a sus proveedores
de all, y rara era la semana en que no llegaban cajones con las
ltimas novedades: trajes, sombreros y joyas que, despus de
contemplados y manoseados un da en el cerrado dormitorio, caan en los
rincones o se ocultaban para siempre en los armarios, como juguetes
intiles. Por todos estos caprichos pasaba _el otro_, con tal de ver a
Enriqueta sonriente.

Estas continuas confidencias hacan penetrar lentamente a Luis en la
vida de su mujer; segua de lejos el curso de su enfermedad y no pasaba
da sin que mentalmente se rozase con aquel ser, del que se haba
apartado para siempre.

Una tarde se present el cura con desusada energa. Aquella seora
estaba en las ltimas, le llamaba a gritos; era un crimen negar el
ltimo consuelo a una moribunda, y l no lo consenta. Sentase capaz de
llevrselo a viva fuerza. Luis, vencido por la voluntad del viejo, se
dej arrastrar y subi a un coche, insultndose mentalmente, pero sin
fuerzas para retroceder... Cobarde! Cobarde para siempre!

En pos de la negra sotana atraves el jardn del hotel que tantas veces,
al pasar por el inmediato paseo, haba espiado con miradas de odio... Y
ahora, nada; ni odio ni dolor: un vivo sentimiento de curiosidad, como
el que entra en pas desconocido, paladeando anticipadamente las
maravillas que espera ver.

Dentro del hotel la misma impresin de curiosidad y asombro. Ah,
miserable! Cuntas veces, en los ensueos de su voluntad impotente, se
haba visto entrando en aquella casa como un marido de drama, el arma en
la mano para matar a la esposa infiel, y destrozando despus, como una
fiera loca, los muebles costosos, los ricos cortinajes, las mullidas
alfombras! Y ahora la blandura que senta bajo sus pies, los bellos
colores por los que resbalaba su mirada, las flores que le saludaban con
su perfume desde los rincones, causbanle una embriaguez de eunuco, y
senta impulsos de tenderse en aquellos muebles, de tomar posesin, como
si le pertenecieran, por ser de su mujer. Ahora comprenda lo que era la
riqueza y con qu fuerza pesaba sobre sus esclavos. Estaba ya en el
primer piso, y ni siquiera haba percibido, en la calma solemne del
hotel, ninguno de esos detalles con que se revela la muerte al entrar en
una casa.

Vio criados tras cuya mscara impasible crey percibir un gesto de
curiosidad insolente: una doncella le salud con enigmtica sonrisa, que
no se saba si era de simpata o de burla para el marido de la seora;
crey distinguir en una habitacin inmediata un seor que se ocultaba
(tal vez era _el otro_); y aturdido por aquel mundo nuevo, atraves una
puerta, empujado suavemente por su gua.

Estaba en el dormitorio de la seora: una habitacin sumida en suave
penumbra, que rasgaba una faja de sol filtrndose por un balcn
entreabierto.

En medio de este rayo de luz estaba una mujer erguida, esbelta,
sonrosada, vestida con un hermoso traje de _soire_, las nacaradas
espaldas surgiendo de entre nubes de blondas, y el pecho y la cabeza
deslumbrantes con el centelleo de las joyas. Luis retrocedi asombrado,
protestando de la farsa. Aquella era la enferma? Le haban llamado
para insultarle?

--Luis... Luis!...--gimi tras l una voz dbil, con entonacin
infantil y suave, que le recordaba el pasado, los mejores instantes de
su vida.

Sus ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, vieron en el fondo de la
habitacin algo monumental e imponente como un altar: una cama con
gradas, y en la cual, bajo los ondulantes cortinajes, se incorporaba
trabajosamente una figura blanca.

Entonces se fij en la mujer inmvil, que pareca esperarle con su
esbelta rigidez y sus ojos de vaga mirada, como empaados por lgrimas.
Era un artstico maniqu que guardaba cierta semejanza con Enriqueta. La
serva para poder contemplar mejor aquellas novedades que continuamente
reciba de Pars. Era el nico actor de las representaciones de
elegancia y riqueza que se daba a solas para remedio de su enfermedad.

--Luis... Luis!...--volvi a gemir la vocecita desde el fondo de la
cama.

Tristemente fue Luis hacia ella para verse agarrado por unos brazos que
le apretaron convulsivamente y sentir una boca ardorosa que buscaba la
suya, implorando perdn, al mismo tiempo que en una mejilla reciba la
tibia caricia de las lgrimas.

--Di que me perdonas; dilo, Luis, y tal vez no me muera.

Y el marido, que instintivamente intentaba repelerla, acab por
abandonarse entre aquellos brazos, repitiendo sin darse cuenta las
mismas palabras cariosas de los tiempos felices. Ante sus ojos,
habituados a la oscuridad, iba marcndose con todos sus detalles el
rostro de su mujer.

--Luis, Luis mo!--deca ella sonriendo en medio de las lgrimas--.
Cmo me encuentras? Ya no soy tan hermosa como en nuestros tiempos de
felicidad... cuando yo an no era loca. Dime, por Dios! dime qu te
parezco.

Su marido la miraba con asombro. Hermosa, siempre hermosa, aquella
belleza infantil e ingenua que tan temible la haca. La muerte an no
estaba all: nicamente por entre el suave perfume de aquella carne
soberana, de aquel lecho majestuoso, pareca deslizarse un vaho sutil y
lejano de materia muerta, algo que delataba la interior descomposicin
que se mezclaba en sus besos.

Luis adivin la presencia de alguien detrs de l. Un hombre estaba a
pocos pasos, contemplndolos con expresin confusa, como atrado all
por un impulso superior a la voluntad que le avergonzaba. El marido de
Enriqueta conoca, como media nacin, la austera cara de aquel seor ya
entrado en aos, hombre de sanos principios, gran defensor de la moral
pblica.

--Dile que se vaya, Luis!--grit la enferma--. Qu hace ah ese
hombre? Yo slo te quiero a ti... slo quiero a mi marido. Perdname...
fue el lujo, el maldito lujo: necesitaba dinero, mucho dinero; pero
amar... slo a ti.

Enriqueta lloraba mostrando su arrepentimiento, y aquel hombre lloraba
tambin, dbil y humilde ante el desprecio.

Luis, que tantas veces haba pensado en l con arrebatos de clera, y
que al verle haba sentido impulsos de arrojarse a su cuello, acab por
mirarle con simpata y respeto. Tambin la amaba! Y la comunidad en el
afecto, en vez de repelerlos, ligaba al marido y _al otro_ con una
simpata extraa.

--Que se vaya, que se vaya--repeta la enferma con una terquedad
infantil.

Y su marido miraba al hombre poderoso con expresin suplicante, como si
pidiera perdn para su mujer, que no saba lo que deca.

--Vamos, doa Enriqueta--dijo desde el fondo de la habitacin la voz del
cura--. Piense usted en s misma y en Dios: no incurra en el pecado de
soberbia.

Los dos hombres, el marido y el protector, acabaron por sentarse junto
al lecho de la enferma. El dolor la haca rugir, haba que darla
frecuentes inyecciones, y los dos acudan solcitos a su cuidado. Varias
veces se tropezaron sus manos al incorporar a Enriqueta, y no los separ
una repulsin instintiva; antes bien, se ayudaban con efusin fraternal.

Luis encontraba cada vez ms simptico a aquel buen seor, de trato tan
llano a pesar de sus millones, y que lloraba a su mujer ms an que l.
Durante la noche, cuando la enferma descansaba bajo la accin de la
morfina, los dos hombres, compenetrados por aquella velada de
sufrimientos, conversaban en voz baja, sin que en sus palabras se notara
el menor dejo de remoto odio. Eran como hermanos reconciliados por el
amor.

Al amanecer muri Enriqueta repitiendo: Perdn! perdn! Pero su
ltima mirada no fue para el marido. Aquel hermoso pjaro sin seso
levant el vuelo para siempre acariciando con los ojos el maniqu de
eterna sonrisa y mirada vidriosa; el dolo del lujo, que ergua cerca
del balcn su cabeza hueca, sobre la cual, con infernal fulgor,
centelleaban los brillantes, heridos por la azulada luz del alba.




La paella del roder


Fue un da de fiesta para la cabeza del distrito la repentina visita del
diputado, un seorn de Madrid, tan poderoso para aquellas buenas
gentes, que hablaban de l como de la Santsima Providencia. Hubo gran
_paella_ en el huerto del alcalde; un festn pantagrulico, amenizado
por la banda del pueblo y contemplado por todas las mujeres y
chiquillos, que asomaban curiosos tras las tapias.

La flor del distrito estaba all: los curas de cuatro o cinco pueblos,
pues el diputado era defensor del orden y los sanos principios; los
alcaldes y todos los muidores que en tiempos de eleccin trotaban por
los caminos trayndole a don Jos las actas inclumes para que manchase
su blanca virginidad con cifras monstruosas.

Entre las sotanas nuevas y los trajes de fiesta oliendo a alcanfor y con
los pliegues del arca, destacbanse majestuosos los lentes de oro y el
negro chaqu del diputado; pero a pesar de toda su prosopopeya, la
Providencia del distrito apenas si llamaba la atencin.

Todas las miradas eran para un hombrecillo con calzones de pana y negro
pauelo en la cabeza, enjuto, bronceado, de fuertes quijadas, y que
tena al lado un pesado retaco, no cambiando de asiento sin llevar tras
s la vieja arma, que pareca un adherente de su cuerpo.

Era el famoso Quico _Bolsn_, el hroe del distrito, un _roder_ con
treinta aos de hazaas, al que miraba la gente joven con terror casi
supersticioso, recordando su niez, cuando las madres decan para
hacerles callar: Que viene _Bolsn_!

A los veinte aos tumb a dos por cuestin de amores; y despus al monte
con el retaco, a hacer la vida de _roder_, de caballero andante de la
sierra. Ms de cuarenta procesos estaban en suspenso, esperando que
tuviera la bondad de dejarse coger. Pero bueno era l! Saltaba como
una cabra, conoca todos los rincones de la sierra, parta de un balazo
una moneda en el aire, y la Guardia civil, cansada de correras
infructuosas, acab por no verle.

Ladrn... eso nunca. Tena sus desplantes de caballero; coma en el
monte lo que le daban por admiracin o miedo los de las masas, y si
sala en el distrito algn ratero, pronto le alcanzaba su retaco; l
tena su honradez y no quera cargar con robos ajenos. Sangre... eso s,
hasta los codos. Para l un hombre vala menos que una piedra del
camino; aquella bestia feroz usaba magistralmente todas las suertes de
matar al enemigo: con bala, con navaja; frente a frente, si tenan
agallas para ir en su busca; a la espera y emboscado, si eran tan
recelosos y astutos como l. Por celos haba ido suprimiendo a los otros
_roders_ que infestaban la sierra; en los caminos, uno hoy y otro
maana, haba asesinado a antiguos enemigos, y muchas veces baj a los
pueblos en domingo para dejar tendidos en la plaza, a la salida de la
misa mayor, a alcaldes o propietarios influyentes.

Ya no le molestaban ni le perseguan. Mataba por pasin poltica a
hombres que apenas conoca, por asegurar el triunfo de don Jos, eterno
representante del distrito. La bestia feroz era, sin darse cuenta de
ello, una garra del gran plipo electoral que se agitaba all lejos, en
el Ministerio de la Gobernacin.

Viva en un pueblo cercano, casado con la mujer que le impuls a matar
por vez primera, rodeado de hijos, paternal, bondadoso, fumando cigarros
con la Guardia civil, que obedeca rdenes superiores, y cuando a raz
de alguna hazaa haba que fingir que le perseguan, pasaba algunos das
cazando en el monte, entreteniendo su buen pulso de tirador.

Haba que ver cmo le obsequiaban y atendan durante la _paella_ los
notables del distrito. _Bolsn_, este pedazo de pollo; _Bolsn_, un
trago de vino. Y hasta los curas, riendo con un _jo jo!_ bondadosote,
le daban palmaditas en la espalda, diciendo paternalmente: _Ay
Bolsonet, qu mal eres!_

Por l se celebraba aquella fiesta. Slo por l se haba detenido en la
cabeza del distrito el majestuoso don Jos, de paso para Valencia.
Quera tranquilizarle y que cesase en sus quejas, cada vez ms
alarmantes.

Como premio por sus atropellos en las elecciones, le haba prometido el
indulto, y _Bolsn_, que se senta viejo y ansiaba vivir tranquilo como
un labrador honrado, obedeca al seor todopoderoso, creyendo en su
rudeza que cada barbaridad, cada crimen, aceleraba su perdn.

Pero pasaban los aos, todo eran promesas, y el _roder_, creyendo
firmemente en la omnipotencia del diputado, achacaba a desprecio o
descuido la tardanza del indulto.

La sumisin trocose en amenaza, y don Jos sinti el miedo del domador
ante la fiera que se rebela. El _roder_ le escriba a Madrid todas las
semanas con tono amenazador. Y estas cartas, garrapateadas por la
sangrienta zarpa de aquel bruto, acabaron por obsesionarle, por
obligarle a marchar al distrito.

Haba que verles despus de la _paella_, hablando en un rincn del
huerto; el diputado, obsequioso y amable. _Bolsn_, cejijunto y
malhumorado.

--He venido slo por verte--deca don Jos, recalcando el honor que le
conceda con su visita--. Pero qu son esas prisas? No ests bien,
querido Quico? Te he recomendado al gobernador de la provincia; la
Guardia civil nada te dice... qu te falta?

Nada y todo. Es verdad que no le molestaban, pero aquello era inseguro,
podan cambiar los tiempos y tener que volver al monte. l quera lo
prometido: el indulto, _recordns!_ Y formulaba su pretensin tan
pronto en valenciano como en un castellano de pronunciacin
ininteligible.

--Lo tendrs, hombre, lo tendrs. Est al caer; un da de estos ser.

Sonri _Bolsn_ con irona cruel. No era tan bruto como le crean. Haba
consultado a un abogado de Valencia, que se haba redo de l y del
indulto. Tena que dejarse coger, cargarse con paciencia los doscientos
o trescientos aos que podran salirle en innumerables sentencias, y
cuando hubiese extinguido una parte de presidio, como quien dice de aqu
a cien aos, podra venir el tal indulto. Recristo! Basta de broma: de
l no se burlaba nadie.

El diputado se inmut viendo casi perdida la confianza del _roder_.

--Ese abogado es un ignorante. Crees t que para el gobierno hay algo
imposible? Cuenta con que pronto saldrs de penas: te lo juro.

Y le anonad con su charla; le encant con su palabrera, conociendo de
antiguo el poder de sus habilidades de parlanchn sobre aquella cabeza
fosca.

Recobr el _roder_ poco a poco su confianza en el diputado. Esperara;
pero un mes nada ms. Si despus de este plazo no llegaba el indulto, no
escribira, no molestara ms. l era un diputado, un gran seor, pero
para las balas slo hay hombres.

Y despidindose con esta amenaza, requiri el retaco y salud a toda la
reunin. Regresaba a su pueblo; quera aprovechar la tarde, pues hombres
como l slo corren los caminos de noche cuando hay necesidad.

Le acompaaba el carnicero de su pueblo, un mocetn admirador de su
fuerza y su destreza, un satlite que le segua a todas partes.

El diputado los despidi con afabilidad felina.

--Adis, querido Quico--dijo estrechando la mano del _roder_--. Calma,
que pronto saldrs de penas. Que estn buenos tus chicos: y dile a tu
mujer que an recuerdo lo bien que me trat cuando estuve en vuestra
casa.

El _roder_ y su aclito tomaron asiento en la tartana de su pueblo,
entre tres vecinas que saludaron con afecto al _sior Quico_ y unos
cuantos chicuelos que pasaban las manos por el cargado retaco como si
fuese una santa imagen.

La tartana avanzaba dando tumbos por entre los huertos de naranjos,
cargados de flor de azahar. Brillaban las acequias, reflejando el dulce
sol de la tarde, y por el espacio pasaba la tibia respiracin de la
primavera impregnada de perfumes y rumores.

_Bolsn_ iba contento. Cien veces le haban prometido el indulto, pero
ahora era de veras. Su admirador y escudero le oa silencioso.

Vieron en el camino una pareja de la Guardia civil, y _Bolsn_ la salud
amigablemente.

En una revuelta apareci una segunda pareja, y el carnicero moviose en
su asiento como si le pinchasen. Eran muchas parejas en camino tan
corto. El _roder_ le tranquiliz. Haban concentrado la fuerza del
distrito por el viaje de don Jos.

Pero un poco ms all encontraron la tercera pareja, que, como las
anteriores, sigui lentamente al carruaje, y el carnicero no pudo
contenerse ms. Aquello le ola mal. _Bolsn_, an era tiempo! A bajar
en seguida; a huir por entre los campos hasta ganar la sierra. Si nada
iba con l, poda volver por la noche a casa.

--_S, sior Quico, s_--decan las mujeres asustadas.

Pero el _sior Quico_ se rea del miedo de aquellas gentes.

--_Arrea, tartanero... arrea._

Y la tartana sigui adelante, hasta que de repente saltaron al camino
quince o veinte guardias, una nube de tricornios con un viejo oficial al
frente. Por las ventanillas entraron las bocas de los fusiles apuntando
al _roder_, que permaneci inmvil y sereno, mientras que mujeres y
chiquillos se arrojaban chillando al fondo del carruaje.

--_Bolsn_, baja o te matamos--dijo el teniente.

Baj el _roder_ con su satlite, y antes de poner pie en tierra ya le
haban quitado sus armas. An estaba impresionado por la charla de su
protector, y no pens en hacer resistencia por no imposibilitar su
famoso indulto con un nuevo crimen.

Llam al carnicero, rogndole que corriese al pueblo para avisar a don
Jos. Sera un error, una orden mal dada.

Vio el mocetn cmo se le llevaban a empujones a un naranjal inmediato,
y sali corriendo camino abajo por entre aquellas parejas, que cerraban
la retirada a la tartana.

No corri mucho. Montado en su jaco encontr a uno de los alcaldes que
haban estado en la fiesta... Don Jos! Dnde estaba don Jos?

El rstico sonri como si adivinara lo ocurrido... Apenas se fue
_Bolsn_, el diputado haba salido a escape para Valencia.

Todo lo comprendi el carnicero: la fuga, la sonrisa de aquel to y la
mirada burlona del viejo teniente cuando el _roder_ pensaba en su
protector, creyendo ser vctima de una equivocacin.

Volvi corriendo al huerto, pero antes de llegar, una nubecilla blanca y
fina como vedija de algodn se elev sobre las copas de los naranjos, y
son una detonacin larga y ondulada, como si se rasgase la tierra.

Acababan de fusilar a _Bolsn_.

Le vio de espaldas sobre la roja tierra, con medio cuerpo a la sombra de
un naranjo, ennegrecido el suelo con la sangre que sala a borbotones de
su cabeza destrozada. Los insectos, brillando al sol como botones de
oro, balancebanse ebrios de azahar en torno de sus sangrientos labios.

El discpulo se mes los cabellos. Recristo! As se mataba a los
hombres que son hombres?

El teniente le puso una mano en el hombro.

--T, aprendiz de _roder_, mira cmo mueren los pillos.

El _aprendiz_ se revolvi con fiereza, pero fue para mirar a lo lejos,
como si a travs de los campos pudiera ver el camino de Valencia, y sus
ojos, llenos de lgrimas, parecan decir: Pillo, s; pero ms pillo es
el que huye.




En la boca del horno


Como en Agosto Valencia entera desfallece de calor, los trabajadores del
horno se asfixiaban junto a aquella boca, que exhalaba el ardor de un
incendio.

Desnudos, sin otra concesin a la decencia que un blanco mandil,
trabajaban cerca de las abiertas rejas, y aun as, su piel inflamada
pareca liquidarse con la transpiracin, y el sudor caa a gotas sobre
la pasta, sin duda para que, cumplindose a medias la maldicin bblica,
los parroquianos, ya que no con el sudor propio, se comieran el pan
empapado en el ajeno.

Cuando se descorra la mampara de hierro que tapaba el horno, las llamas
enrojecan las paredes, y su reflejo, resbalando por los tableros
cargados de masa, coloreaba los blancos taparrabos y aquellos pechos
atlticos y bceps de gigante, que, espolvoreados de harina y brillantes
de sudor, tenan cierta apariencia femenil.

Las palas se arrastraban dentro del horno, dejando sobre las ardientes
piedras los pedazos de pasta, o sacando los panes cocidos, de rubia
corteza, que esparcan un humillo fragante de vida; y mientras tanto,
los cinco panaderos, inclinados sobre las largas mesas, aporreaban la
masa, la estrujaban como si fuese un lo de ropa mojada y retorcida y la
cortaban en piezas; todo sin levantar la cabeza, hablando con voz
entrecortada por la fatiga y entonando canciones lentas y montonas, que
muchas veces quedaban sin terminar.

A lo lejos sonaba la hora cantada por los serenos, rasgando vibrante la
bochornosa calma de la noche estival; y los trasnochadores que volvan
del caf o del teatro detenanse un instante ante las rejas para ver en
su antro a los panaderos, que, desnudos, visibles nicamente de cintura
arriba, y teniendo por fondo la llameante boca del horno, parecan
nimas en pena de un retablo del purgatorio; pero el calor, el intenso
perfume del pan y el vaho de aquellos cuerpos, dejaban pronto las rejas
libres de curiosos y se restableca la calma en el obrador.

Era entre los panaderos el de ms autoridad Tono el Bizco, un mocetn
que tena fama por su mal carcter e insolencia brutal; y eso que la
gente del oficio no se distingua por buena.

Beba, sin que nunca le temblasen las piernas ni menos los brazos; antes
bien, a stos les entraba con el calor del vino un furor por aporrear,
cual si todo el mundo fuese una masa como la que aporreaban en el horno.
En los ventorrillos de las afueras temblaban los parroquianos pacficos,
como si se aproximara una tempestad, cuando le vean llegar de merienda
al frente de una cuadrilla de gente del oficio, que rea todas sus
gracias. Era todo un hombre. Paliza diaria a la mujer; casi todo el
jornal en su bolsillo, y los chiquillos descalzos y hambrientos,
buscando con ansia las sobras de la cena de aquella cesta que por las
noches se llevaba al horno. Aparte de esto, un buen corazn, que se
gastaba el dinero con los compaeros, para adquirir el derecho de
atormentarlos con sus bromas de bruto.

El dueo del horno le trataba con cierto miramiento, como si le temiera,
y los camaradas de trabajo, pobres diablos cargados de familia, se
evitaban compromisos sufrindolo con sonrisa amistosa.

En el obrador, Tono tena su vctima: el pobre _Menut_, un muchacho
enclenque que meses antes an era aprendiz, y al que los camaradas
reprendan por el excesivo afn de trabajo que mostraba siempre,
ansiando un aumento de jornal para poder casarse.

Pobre _Menut_! Todos los compaeros, influidos por esa adulacin
instintiva en los cobardes, celebraban alborozados las bromas que Tono
se permita con l. Al buscar sus ropas terminado el trabajo,
encontrbase en los bolsillos cosas nauseabundas; reciba en pleno
rostro bolas de pasta, y siempre que el mocetn pasaba por detrs de l,
dejaba caer sobre su encorvado espinazo la poderosa manaza, como si se
desplomara medio techo.

El _Menut_ callaba resignado. Ser tan poquita cosa ante los puos de
aquel bruto, que le haba tomado como un juguete!

Un domingo por la noche, Tono lleg muy alegre al horno. Haba merendado
en la playa; sus ojos tenan un jaspeado sanguinolento, y al respirar lo
impregnaba todo de ese hedor de chufas que delata una pesada digestin
de vino.

Gran noticia! Haba visto en un merendero al _Menut_, a aquel ganso que
tena delante. Iba con su novia: una gran chica. Vaya con el gusano
tsico! Bien haba sabido escoger.

Y entre las risotadas de sus compaeros, describa a la pobre muchacha
con minuciosidad vergonzosa, como si la hubiera desnudado con la mirada.

El _Menut_ no levantaba la cabeza, absorto en su trabajo; pero estaba
plido, como si dentro del estmago se revolviera la merienda
mordindole. No era el de todas las noches: tambin l ola a chufas, y
varias veces sus ojos, apartndose de la masa, se encontraron con la
mirada bizca y socarrona del tirano. De l poda decir cuanto quisiera:
estaba acostumbrado; pero hablar de su novia?... Cristo!...

El trabajo resultaba aquella noche ms lento y fatigoso. Pasaban las
horas sin que adelantasen gran cosa los brazos, torpes y cansados por la
fiesta, a los que la masa pareca resistirse.

Aumentaba el calor: un ambiente de irritacin se esparca en torno de
los panaderos, y Tono, que era el ms furioso, se desahogaba con
maldiciones. As se volviera veneno todo el pan de aquella noche!
Rabiar como perros a la hora en que todo el mundo duerme, para poder
comer al da siguiente unos cuantos pedazos de aquella masa indecente.
Vaya un oficio!

Y enardecido por la constancia con que trabajaba el _Menut_, la
emprendi con l, volviendo a sacar a ruedo la belleza de su novia.

Deba casarse pronto. Les convena a los amigos. Como l era un bendito,
un cualquier cosa, sin pelo de hombre siquiera... los compaeros,
eh?... Los buenos mozos como l haran el favor...

Y antes de terminar la frase guiaba expresivamente sus ojos bizcos,
provocando la carcajada brutal de todos los camaradas. Pero dur poco la
alegra. El joven haba lanzado un voto redondo, al mismo tiempo que una
cosa enorme y pesada pas silbando como un proyectil por encima de la
mesa, haciendo desaparecer la cabeza de Tono, el cual vacil y se agarr
a los tableros, doblndose sobre una rodilla.

El _Menut_, con una fuerza nerviosa, jadeante el angosto pecho y
trmulos los brazos, le haba arrojado a la cabeza todo un montn de
masa, y el mocetn, aturdido por el golpe, no saba cmo despojarse de
aquella mscara pegajosa y asfixiante.

Le ayudaron los compaeros. El golpe le haba destrozado la nariz, y un
hilillo de sangre tea la blanca pasta. Pero Tono no se fijaba en ello,
revolvindose como un loco entre los brazos de sus compaeros y pidiendo
a gritos que le soltasen. En eso pensaban. Todos haban visto que aquel
maldito, en vez de abalanzarse sobre el _Menut_, intentaba llegar hasta
el rincn donde colgaban sus ropas, buscando, sin duda, la famosa faca,
tan conocida en las tabernas de las afueras.

Hasta el encargado del horno dej quemarse una fila de panes para ayudar
a contenerle, y nadie pensaba sujetar al agresor, convencidos todos de
que el infeliz no haba de pasar de su primer arrebato.

Apareci el dueo del horno. Qu odo el de aquel to! Le haban
despertado los gritos y el pataleo, y all estaba, casi en paos
menores.

Todos volvieron a su trabajo, y la sangre de Tono desapareci en las
entraas de la pasta, vuelta a sobar.

El mocetn mostrbase benvolo, con una bondad que daba fro. No haba
ocurrido nada: una broma de las que se ven todos los das. Cosas de
chicos, que los hombres deben perdonar. Y era sabido... entre
compaeros!...

Y sigui trabajando, pero con ms ardor, sin levantar la cabeza,
deseando acabar cuanto antes.

El _Menut_ miraba a todos fijamente y se encoga de hombros con cierta
arrogancia, como si, rota ya su timidez, le costara trabajo volver a
recobrarla.

Tono fue el primero en vestirse y sali acompaado hasta la puerta por
los buenos consejos del amo, que l agradeca con cabezadas de
aprobacin.

Cuando se fue el _Menut_, media hora despus, los camaradas le
acompaaron. Le hicieron mil ofrecimientos. Ellos se encargaran de
ajustar las paces por la noche; pero mientras tanto, quieto en casa, y a
evitar un mal encuentro, no saliendo en todo el da.

Despertbase la ciudad. El sol enrojeca los aleros; retirbanse en
busca del relevo los guardias de la noche, y en las calles slo se vean
las huertanas cargadas de cestas camino del Mercado.

Los panaderos abandonaron al _Menut_ en la puerta de su casa. Vio cmo
se alejaban, y an permaneci un rato inmvil, con la llave en la
cerraja, como si gozara vindose solo y sin proteccin. Por fin se haba
convencido de que era un hombre; ya no senta crueles dudas y sonrea
satisfecho al recordar el aspecto del mocetn cayendo de rodillas y
chorreando sangre. Granuja!... Hablar tan libremente de su novia! No;
no quera arreglos con l.

Al dar la vuelta a la llave oy que le llamaban:

--_Menut!_ _Menut!_

Era Tono, que sala de detrs de una esquina. Mejor: le esperaba. Y
junto con un temblorcillo instintivo, experiment cierta satisfaccin.
Le dola que le perdonasen el golpe, como si fuera l un irresponsable.

Al ver la actitud agresiva de Tono, psose en guardia, como un gallito
encrespado, pero los dos se contuvieron, notando que llamaban la
atencin de algunos albailes que con el saquito al hombro pasaban
camino del andamio.

Se hablaron en voz baja, con frialdad, como dos buenos amigos, pero
cortando las palabras como si las mordieran. Tono vena a arreglar
rpidamente el asunto: todo se reduca a decirse dos palabritas en sitio
retirado. Y como hombre generoso, incapaz de ocultar la extensin de la
entrevista, pregunt al muchacho:

--_Prtes ferramenta?_

l herramienta? No era de los guapos que van a todas horas con la
navaja sobre los riones. Pero tena arriba un cuchillo que fue de su
padre, e iba por l: un momento de espera nada ms. Y abriendo el
portal, se lanz por la angosta escalerilla, llegando en un vuelo a lo
ms alto.

Baj a los pocos minutos, pero plido e inquieto. Le haba recibido su
madre, que estaba arreglndose para ir a misa y al Mercado. La pobre
vieja extraaba aquella salida, y haba tenido que engaarla con penosas
mentiras. Pero ya estaba l all con todo su arreglo. Cuando Tono
quisiera... andando!

No encontraban una calle desierta. Abranse las puertas, arrojando la
ftida atmsfera de la noche, y las escobas araaban las aceras,
lanzando nubecillas de polvo en los rayos oblicuos de aquel sol rojo,
que asomaba al extremo de las calles como por una brecha.

En todas partes guardias que les miraban con ojos vagos, como si an no
estuvieran despiertos; labradores que, con la mano en el ronzal, guiaban
su carro de verduras, esparciendo en las calles la fresca fragancia de
los campos; viejas arrebujadas en su mantilla, acelerando el paso como
espoleadas por los esquilones que volteaban en las iglesias prximas;
gente, en fin, que al verles metidos en el negocio, chillara o se
apresurara a separarles. Qu escndalo! Es que dos hombres de bien no
podan pegarse con tranquilidad en toda una Valencia?

En las afueras, el mismo movimiento. La maana, con su exceso de luz y
actividad, envolva a los dos trasnochadores, como para avergonzarles
por su empeo.

El _Menut_ senta cierto decaimiento, y hasta prob a hablar. Reconoca
su imprudencia. Haba sido el vino y su falta de costumbre; pero deban
pensar como hombres, y lo pasado... pasado. No pensaba Tono en su mujer
y los chiquillos, que podan quedar ms desamparados que estaban? l an
estaba viendo a su viejecita y la mirada ansiosa con que le sigui al
abandonarla. Qu comera la pobre si se quedaba sin hijo?

Pero Tono no le dej acabar. Gallina! Morral! Y para contarle todo
aquello iban vagando por las calles? Ahora mismo le rompa la cara.

El _Menut_ se hizo atrs para evitar el golpe. Tambin l mostr deseos
de agarrarse all mismo; pero se contuvo viendo una tartana que se
aproximaba lentamente, balancendose sobre los baches de la ronda y con
su conductor todava adormecido.

--_Che, tartanero... para!_

Y abalanzndose a la portezuela, la abri con estrpito e invit a subir
a Tono, que retroceda con asombro. l no tena dinero: ni esto. Y
metindose una ua entre los dientes, tiraba hacia afuera.

El joven quera terminar pronto. Yo pagar. Y hasta ayud a subir a su
enemigo, entrando despus de l y subiendo con presteza las persianas de
las ventanillas.

--Al Hospital!

El tartanero se hizo repetir dos veces la direccin, y como le
recomendaban que no se diera prisa, dej rodar perezosamente su carruaje
por las calles de la ciudad.

Oy ruido detrs de l, gritos ahogados, choque de cuerpos, como si se
rieran hacindose cosquillas, y maldijo su perra suerte, que tan mal
comenzaba el da. Seran borrachos, que, despus de pasar la noche en
claro, en un arranque de embriaguez llorona no queran meterse en la
cama sin visitar algn amigote enfermo. Cmo le estaran poniendo los
asientos!

La tartana pasaba lenta y perezosa por entre el movimiento matinal. Las
vacas de leche, de montono cencerro, husmeaban sus ruedas; las cabras,
asustadas por el rocn, apartbanse sonando sus campanillas y
balanceando sus pesadas ubres; las comadres, apoyadas en sus escobas,
miraban con curiosidad aquellas ventanillas cerradas, y hasta un
municipal sonri maliciosamente, sealndola a unos vecinos. Tan
temprano y ya andaban por el mundo amores _de contrabando_!

Cuando entr en el patio del Hospital, el tartanero salt de su asiento,
y acariciando su caballo esper intilmente que bajasen aquel par de
borrachos.

Fue a abrir, y vio que por el estribo de hierro se deslizaban hilos de
sangre.

--Socorro! Socorro!--grit abriendo de un golpe.

Entr la luz en el interior de la tartana. Sangre por todas partes. Uno
en el suelo, con la cabeza junto a la portezuela. El otro cado en la
banqueta, con el cuchillo en la mano y la cara blanca como de papel
mascado.

Acudieron las gentes del Hospital, y manchndose hasta los codos,
vaciaron aquella tartana, que pareca un carro del Matadero cargado de
carne muerta, rota, agujereada por todas partes.




El milagro de San Antonio


Haca aos que Luis no haba visto las calles de Madrid a las nueve de
la maana.

A esta hora comenzaban a dormir todos sus amigos del Casino; pero l, en
vez de meterse en la cama, haba cambiado de traje y se diriga a la
Florida, mecido por el dulce vaivn de su elegante carruaje.

Al volver a su casa despus de amanecido, le haban entregado una carta
trada en la noche anterior. Era de aquella desconocida que mantena con
l extraa correspondencia durante dos semanas. Una inicial por firma y
la letra de carcter ingls, fina, correcta e igual a la de todas las
que han sido pensionistas del Sacr Coeur. Hasta su mujer la tena as.
Pareca que era ella la que le escriba citndole a las diez en la
Florida, frente a la iglesia de San Antonio. Qu disparate!

Hacale gracia pensar, mientras marchaba a una cita de amor, en su
mujer, aquella Ernestina cuyo recuerdo raras veces vena a turbar las
alegras de su vida de soltero, o como deca l, de marido _emancipado_.
Qu hara ella a tales horas? Cinco aos que no se vean, y apenas si
tena noticias suyas. Unas veces viajaba por el extranjero; otras saba
que estaba en provincias, en casa de viejos parientes, y aunque resida
largas temporadas en Madrid, nunca se haban encontrado. Esto no es
Pars ni Londres; pero resulta suficientemente grande para que no se
tropiecen nunca dos personas cuando una hace la vida de mujer
abandonada, visitando ms las iglesias que los teatros, y la otra se
agita en el mundo de noche y vuelve a casa todos los das a la hora en
que el frac arrugado y la pechera abombada se impregnan del polvo que
levantan los barrenderos y del humo de las buoleras.

Se casaron muy jvenes, casi unos nios, y los revisteros mundanos
hablaron mucho de aquella hermosa pareja que todo lo tenan para ser
felices: ricos y casi sin familia. Primero, los arrebatos de pasin: una
dicha que, encontrando estrecho el elegante nido de los recin casados,
paseaba su insolencia feliz por los salones, para dar envidia al mundo;
despus, la monotona, el cansancio, la separacin lenta e insensible,
sin dejar por eso de amarse; a l le atraan sus amistades de soltero, y
ella protestaba con escenas y choques que hacan odiosa para Luis la
vida conyugal. Ernestina quiso vengarse haciendo sentir celos a su
marido; se entreg con entusiasmo a tan peligroso juego y tuvo sus
coqueteos comprometedores con cierto _attach_ de legacin americana,
que hasta alcanzaron visos de infidelidad.

Bien saba Luis que la cosa no tena malicia, pero qu demonio! l no
serva para casado, le abrumaba aquella vida, y aprovech la ocasin,
tomando el asunto en serio. Con el americano se arregl, propinndole
una estocada leve; pobre muchacho! qu gran servicio le haba
prestado sin saberlo! y de Ernestina se separ sin escndalo, sin
intervenciones judiciales. Ella con sus parientes, con quien le diese la
gana, y l otra vez a su cuarto de soltero, como si nada hubiese pasado
y sus dos aos de matrimonio fuesen un largo viaje por el pas de las
quimeras.

Ernestina no se resignaba, y se revolvi queriendo volver a l. Le amaba
de veras; lo pasado eran niadas, ligerezas; pero aun cuando esto
halagaba a Luis, provocaba su indignacin como una amenaza a su
libertad, milagrosamente recobrada. Por esto opona la ms terminante
negativa a los seores respetables, antiguos amigos de la familia, que
su mujer le enviaba como embajadores; ella misma fue varias veces a la
casa, sin conseguir que le franqueasen la puerta, y tan tenaz era la
resistencia de Luis, que hasta dej de asistir a ciertas reuniones,
adivinando que all protegan a su esposa, y algn da procuraran que
se encontrasen _casualmente_.

Bueno era l para ablandarse! Era un marido ultrajado, y ciertas cosas
vive Dios! nunca se olvidan.

Pero su conciencia de buen muchacho le replicaba con dureza:

--T eres un pillo, que finges ultrajes por conservar tu libertad. Te
presentas como marido infeliz para seguir soltero, haciendo infelices de
veras a otros maridos. Te conozco, egosta.

Y la conciencia no se engaaba. Sus cinco aos de emancipacin haban
sido para l muy alegres; sonrea recordando sus xitos, y ahora mismo
pensaba con fatuidad en aquella desconocida que le aguardaba: alguna
mujer que le habra conocido en los salones y tena inters en rodear de
misterio su pasin. Ella haba tomado la iniciativa en una carta
insinuante; despus mediaron preguntas y respuestas en las planas de
anuncios de los peridicos ilustrados, y por fin aquella cita, a la que
acuda Luis con la ansiedad que despierta lo desconocido.

El carruaje se detuvo ante San Antonio de la Florida. Baj Luis,
haciendo sea a su cochero de que esperase. Haba entrado a su servicio
cuando l viva an con Ernestina; era el eterno testigo de sus
aventuras; le segua, fiel y obediente, en todas las correras de su
_viudez_, pero pensaba con envidia en los pasados tiempos, deseando
trasnochar menos.

Buena maana de primavera; la gente alegre gritaba en los merenderos;
pasaban por entre la arboleda, rpidos como pjaros de colores, los
encorvados ciclistas con sus camisetas rayadas; por la parte del ro
sonaban cornetas, y sobre el follaje enjambres de insectos, ebrios de
luz, moscardoneaban brillando como chispas de oro. Luis, influido por el
sitio, pensaba en Goya y en las duquesas graciosas y atrevidas que,
vestidas de majas, venan a sentarse bajo aquellos rboles, con sus
galanes de capa de grana y sombrero de medio queso. Aquellos eran
buenos tiempos!

Las toses insistentes y maliciosas de su cochero le avisaron. Una seora
bajaba del tranva y se diriga al encuentro de Luis. Vesta de negro y
el velillo del sombrero cubra su cara. Esbelta y de gracioso andar, sus
caderas movanse con armnica cadencia, y a cada paso resonaba el
_fru-fru_ de la fina ropa interior.

Luis perciba el mismo perfume de la carta que guardaba en su bolsillo.
S, _era ella_. Pero cuando estuvo a pocos pasos, el movimiento de
sorpresa de su cochero le avis antes que su vista.

--Ernestina!

Crey en una traicin. Alguien haba avisado a su mujer. Qu situacin
tan ridcula!... Y la otra que iba a llegar!

--A qu vienes?... Qu buscas?

--Vengo a cumplir mi promesa. Te cit a las diez, y aqu estoy.

Y Ernestina aadi con triste sonrisa:

--A ti, Luis, para verte hay que apelar a estratagemas que repugnan a
una mujer honrada.

Cristo! Y para tener este encuentro desagradable haba salido de casa
tan temprano! Citado por su propia mujer! Cmo reiran los amigos del
Casino al saber aquello!

Dos lavanderas se pararon en el camino a corta distancia, con pretexto
de descansar, sentndose sobre sus talegos de ropa. Queran or algo de
lo que se decan aquellos seoritos.

--Sube!... Sube!--dijo Luis a su esposa con acento imperioso. Le
irritaba lo ridculo de la escena.

El coche emprendi la marcha carretera de El Pardo arriba, y los
esposos, con la cabeza reclinada en el pao azul de la tendida capota,
se espiaban sin mirarse, como abrumados por la situacin y sin atreverse
uno de los dos a ser el primero en hablar.

Ella comenz. Ah, la maldita! Era un muchacho con faldas; siempre lo
haba dicho Luis; por esto la hua, tenindola mucho miedo; porque a
pesar de su dulzura de gatita cariosa y sumisa, acababa siempre por
imponer su voluntad. Seor! Y qu educacin dan en esos colegios
franceses!

--Mira, Luis... pocas palabras. Te quiero, y vengo decidida a todo. Eres
mi marido y contigo debo vivir. Trtame como quieras; pgame... te
querr como esas mujeres que admiten los golpes como prueba de cario.
Lo que te digo es que eres mo y no te suelto. Olvidemos lo pasado y an
podemos ser felices. Luis, Luis mo, qu mujer puede quererte como la
tuya?

Vaya un modo de entrar en materia! l quera callar, mostrarse altivo y
desdeoso, fatigarla con su frialdad, para que le dejara tranquilo; pero
aquellas palabras le pusieron fuera de s.

Volver a unirse? En seguida! Acaso estaba loco?... Ah, seora!
Olvida usted sin duda que hay cosas que jams se perdonan; cosas... En
fin, que quien bien est, que no se mueva. Ellos no servan para
casados, _no congeniaban_; bastaba recordar el infierno en que se
desarrollaron sus ltimos meses de matrimonio. l se encontraba bien; a
ella no le probaba mal la separacin, pues estaba ms hermosa que antes
(palabra de honor, seora), y sera una locura deshacer por tonteras lo
que el tiempo haba hecho sabiamente.

Pero ni el ceremonioso _usted_ ni las razones de Luis convencan a la
_seora_. Ella no poda seguir as. Ocupaba en la sociedad una posicin
muy equvoca; casi la igualaban con mujeres infieles; era objeto de
declaraciones y asiduidades que la sublevaban; creanla una joven alegre
y fcil, sin cario ni familia; iba de una parte a otra, como el Judo
errante. Di, Luis, es esto vivir?

Pero como a Luis le haban dicho esto mismo todos los que fueron a
hablarle en favor de Ernestina, lo escuchaba como quien oye una msica
antigua y empalagosa.

Vuelto casi de espaldas a su mujer, miraba el camino, los Viveros, bajo
cuyas arboledas bulla una alegre multitud. Los pianos de manubrio
lanzaban sus chillonas notas, semejantes al parloteo de pjaros
mecnicos. Valses y polcas formaban el acompaamiento de aquella voz
triste que dentro del carruaje relataba sus desdichas. Luis pensaba que
el sitio para el encuentro haba sido escogido con premeditacin. Todo
hablaba all del amor legtimo sometido a reglamentacin oficial. Aqu,
dos bodas; en el restaurant de ms all, otras; en ltimo termino, un
cortejo nupcial, zarandendose al comps de los pianos con la panza
repleta de pelen. Aquello repugnaba a Luis. Todo Dios se casaba!...
Qu brutos! Cunta gente inexperta queda en el mundo!

Atrs se quedaron los Viveros con sus regocijadas bodas; los valses
sonaban lejanos, como vagos estremecimientos del aire, y Ernestina
segua infatigable, hablando cada vez ms cerca del odo de su esposo.

Ella vivira tranquila, sin molestarle, si no existieran los celos.
Porque ella se senta celosa. S, Luis; re cuanto quieras; celosa desde
haca un ao, en vista de sus amoros y sus escndalos. Lo saba todo;
su vida entre bastidores, sus apasionamientos momentneos y ruidosos por
mujerzuelas que se le coman la fortuna; hasta le haban dicho que tena
hijos. Poda permanecer tranquila? No deba defender la posesin de su
marido, que era lo nico que tena en el mundo?

Luis ya no estaba de espaldas, sino de frente, soberbio y magnfico.
Ah, seora! Y cun mal la aconsejaban sus amigos! l haca su santa
voluntad, estamos? No tena que dar cuentas a nadie, pues de darlas,
tambin tendra que exigrselas a ella, y... recuerde usted, seora!
Piense si siempre ha sido fiel a sus deberes.

Y mientras enumeraba sus desdichas, que en el fondo no le importaban un
comino, y llamaba infidelidades a lo que fueron imprudentes coqueteras,
todo con voz y ademanes que recordaban sus abonos en el Espaol y la
Comedia, Luis iba fijndose en su mujer.

Qu hermosa estaba la indina! Ya no era aquella muchacha bonita, pero
dbil y delicada, que tena horror al oscu, no queriendo ensear lo
saliente de sus clavculas. Los cinco aos de separacin haban hecho de
ella una mujer adorable, esplndida, con las redondeces, el color y la
suavidad de un fruto de primavera. Lstima que fuese su mujer! Cmo
deban desearla los que no estaban en su caso!

--S, seora. Puedo hacer lo que guste y no tengo que dar cuenta de mis
acciones... Adems, cuando se tiene el corazn destrozado, hay que
aturdirse, olvidar, y yo tengo derecho a todo... a todo, lo entiende
usted? para olvidar que he sido muy desgraciado.

Le encantaban sus palabras, pero no pudo seguir. Qu calor! El sol
meta sus rayos por debajo de la capota; el ambiente pareca impregnado
de fuego, y el obligado contacto dentro del carruaje comenzaba a
comunicarle el suave y voluptuoso calor de aquel cuerpo adorable... Qu
desgracia que aquella mujer tan hermosa fuese Ernestina!

Era una mujer nueva. Experimentaba junto a ella impresiones slo
sentidas en su poca de noviazgo. Se vea an en aquel vagn del
_exprs_ que aos antes los haba llevado a Pars, ebrios de dicha y
palpitantes de deseo.

Y ella, con aquella facilidad que siempre haba tenido para leer sus
pensamientos, se aproximaba a l, tierna y sumisa como una vctima,
pidiendo el martirio a cambio de un poco de cario, arrepintindose de
sus pasadas ligerezas, propias de la inexperiencia, y acaricindolo con
el perfume de su aliento, aquel mismo perfume de la carta que,
estremecindole, envolva su cerebro en humareda embriagadora.

Luis hua de todo contacto; se recoga como doncella medrosica en su
asiento. El recuerdo de los amigotes era su nica defensa. Qu dira
su amigo el marqus, un verdadero filsofo, que, contento con su
libertad de marido divorciado, saludaba a su mujer en la calle y besaba
a los nios nacidos mucho despus de la separacin? Aquel era un hombre.
Haba que terminar una escena que juzgaba ridcula.

--No, Ernestina--dijo por fin, tuteando a su mujer--. Nunca nos
uniremos. Te conozco: todas sois iguales. Es mentira lo que dices. Sigue
tu camino, como si no nos conociramos...

Pero no pudo continuar. Su mujer le volva ahora la espalda. Lloraba
descansando la cabeza en el respaldo del asiento, y su enguantada mano
introduca el pauelo bajo el velillo para secarse las lgrimas.

Luego hizo un gesto de fastidio. Lagrimitas a l!... Pero no; lloraba
de veras, con toda su alma, con quejidos de angustia y estremecimientos
nerviosos que conmovan todo su cuerpo.

Arrepentido de su brutalidad, dio orden al cochero de detener el
carruaje. Estaba fuera de la Puerta de Hierro; no pasaba nadie en aquel
momento por el camino.

--Trae agua... cualquier cosa. La seorita est enferma.

Y mientras el cochero corra a un ventorro inmediato, Luis intent
tranquilizar a su mujer.

--Vamos, Ernestina, serenidad. No es para tanto. Esto es ridculo.
Pareces una nia.

Pero ella an gema cuando lleg el cochero con una botella llena de
agua. En la precipitacin haba olvidado el vaso.

--No importa, bebe.

Ernestina cogi la botella y se levant el velillo. Ahora la vea bien
su marido. Nada de menjurjes de tocador, como en los tiempos que
frecuentaba el mundo: su cutis, tratado al agua fra, tena una palidez
fresca, de rosada transparencia.

Luis se fij en aquellos labios adorables, que se fruncan para
ajustarse al cuello de la botella. Beba con dificultad. Una gota se
escapaba resbalando lentamente por la barbilla redonda y graciosa.
Rodaba con pereza, enredndose en la imperceptible pelcula de la
epidermis. l la segua con la vista, aproximndose cada vez ms. Iba a
caer!... Ya caa!

Pero no cay; pues Luis, sin saber casi lo que haca, la recogi en sus
labios, se sinti cogido por los brazos de su mujer, que lanzaba un
grito de sorpresa, de loco jbilo.

--Por fin... Luis mo... Si yo ya lo deca! Si eres muy bueno!

Y con la tranquila serenidad de los que no tienen por qu ocultar su
amor, se besaron ruidosamente, sin fijarse en el asombro de la mujer del
ventorrillo que recogi la botella.

El cochero, sin aguardar rdenes, arre los caballos camino de Madrid.

--Ya tenemos ama--murmuraba soltando latigazos a sus bestias--. A casa
pronto, antes que el seorito se arrepienta.

El coche volaba por la carretera con la arrogancia de un carro triunfal,
y en su interior, los dos esposos, agarrados del talle, mirbanse con
pasin. El sombrero de Luis estaba a sus pies, y ella le acariciaba la
cabeza, despeinndole: el juego favorito de su luna de miel.

Y Luis rea, encontrando el suceso graciossimo.

--Nos van a tomar por novios impacientes. Creern que escapamos de los
Viveros por estar solos y libres de convidados.

Al pasar frente a San Antonio, Ernestina, reclinada en un hombro de su
esposo, se incorpor.

--Mira: ese es quien ha hecho el milagro de unirnos. De soltera le
rezaba pidindole un buen marido, y por segunda vez me protege, dndome
mi Luis.

--No, vida ma: el milagro lo has hecho t con tu belleza.

Ernestina dud algunos instantes, como si temiera hablar, y por fin dijo
con maliciosa sonrisa:

--Ah, seor mo! No creas que me engaas. Lo que te vuelve a m no es
el amor tal como yo lo quiero; es eso que llaman mi belleza y los deseos
que en ti despierta. Pero he aprendido bastante en estos aos de
consuelo y soledad. Ya vers, Luis mo. Ser muy buena; te querr
mucho... Me tomas como una amante; pero con bondad y con cario, yo he
de conseguir que me adores como a esposa.




Venganza moruna


Casi todos los que ocupaban aquel vagn de tercera conocan a Marieta,
una buena moza vestida de luto, que, con un nio de pechos en el regazo,
estaba junto a una ventanilla, rehuyendo las miradas y la conversacin
de sus vecinas.

Las viejas labradoras la miraban, unas con curiosidad y otras con odio,
a travs de las asas de sus enormes cestas y de los fardos que
descansaban sobre sus rodillas, con todas las compras hechas en
Valencia. Los hombres, mascullando la tagarnina, lanzbanla ojeadas de
ardoroso deseo.

En todos los extremos del vagn hablbase de ella relatando su historia.

Era la primera vez que Marieta se atreva a salir de casa despus de la
muerte de su marido. Tres meses haban pasado desde entonces. Sin duda
senta miedo a _Teula_, el hermano menor de su marido, un sujeto que a
los veinticinco aos era el terror del distrito; un amante loco de la
escopeta y la valenta que, naciendo rico, haba abandonado los campos
para vivir unas veces en los pueblos, por la tolerancia de los alcaldes,
y otras en la montaa, cuando se atrevan a acusarle los que _le queran
mal_.

Marieta pareca satisfecha y tranquila. Oh, la mala piel! Con un alma
tan negra, y miradla qu guapetona, qu majestuosa; pareca una reina.

Los que nunca la haban visto se extasiaban ante su hermosura. Era como
las vrgenes patronas de los pueblos: la tez, con plida transparencia
de cera, baada a veces por un oleaje de rosa; los ojos negros,
rasgados, de largas pestaas; el cuello soberbio, con dos lneas
horizontales que marcaban la tersura de la blanca carnosidad; alta,
majestuosa, con firmes redondeces, que al menor movimiento ponanse de
relieve bajo el negro vestido.

S, era muy guapa. As se comprenda la locura de su pobre marido.

En vano se haba opuesto al matrimonio la familia de Pepet. Casarse con
una pobre, siendo l rico, resultaba un absurdo; y an lo pareca ms al
saberse que la novia era hija de una bruja, y por tanto, heredera de
todas sus malas artes.

Pero l firme que firme. La madre de Pepet muri del disgusto; segn
decan las vecinas, prefiri irse del mundo antes que ver en su casa a
la hija de la _Bruixa_; y _Teula_, con ser un perdido que no respetaba
gran cosa el honor de la familia, casi ri con su hermano. No poda
resignarse a tener por cuada una buena moza que, segn afirmaban en la
taberna testigos presenciales (y all la reunin era de lo ms
respetable), preparaba malas bebidas, ayudaba a sacar a su madre las
mantecas a los nios vagabundos para confeccionar misteriosos ungentos,
y la untaba los sbados a media noche, antes de salir volando por la
chimenea.

Pepet, que se rea de todo, acab casndose con Marieta, y con esto
fueron de la hija de la bruja sus vias, sus algarrobos, la gran casa
de la calle Mayor y las onzas que su madre guardaba en los arcones del
_estudi_.

Estaba loco. Aquel par de lobas le haban dado alguna mala bebida, tal
vez _polvos seguidores_, que, segn afirmaban las vecinas ms
experimentadas, ligan para siempre con una fuerza infernal.

La bruja, arrugada, de ojillos malignos, que no poda atravesar la plaza
del pueblo sin que los muchachos la persiguieran a pedradas, se qued
sola en su casucha de las afueras, ante la cual no pasaba nadie por la
noche sin hacer la seal de la cruz. Pepet sac a Marieta de aquel
antro, satisfecho de tener como suya la mujer ms hermosa del distrito.

Qu manera de vivir! Las buenas mujeres lo recordaban con escndalo.
Bien se vea que el tal casamiento era por arte del Malo. Apenas si
Pepet sala de su casa: olvidaba los campos, dejaba en libertad a los
jornaleros, no quera apartarse ni un momento de su mujer; y las gentes,
a travs de la puerta entornada o por las ventanas siempre abiertas,
sorprendan los abrazos; los vean persiguindose entre risotadas y
caricias, en plena borrachera de felicidad, insultando con su hartura a
todo el mundo. Aquello no era vivir como cristianos. Eran perros
furiosos persiguindose, con la sed de la pasin nunca extinguida. Ah,
la grandsima perdida! Ella y la madre le abrasaban las entraas con sus
bebidas.

Bien se vea en Pepet, cada vez ms flaco, ms amarillo, ms pequeo,
como un cirio que se derreta.

El mdico del pueblo, nico que se burlaba de brujas, bebedizos y de la
credulidad de la gente, hablaba de separarles como nico remedio. Pero
los dos siguieron unidos; l cada vez ms decado y miserable; ella
engordando, rozagante y soberbia, insultando a la murmuracin con sus
aires de soberana. Tuvieron un hijo, y dos meses despus muri Pepet
lentamente, como luz que se extingue, llamando a su mujer hasta el
ltimo momento, extendiendo hacia ella sus manos ansiosas.

La que se arm en el pueblo! Ya estaba all el efecto de las malas
bebidas. La vieja se encerr en su casucha temiendo a la gente; la hija
no sali a la calle en algunas semanas y los vecinos oan sus lamentos.
Por fin, algunas tardes, desafiando las miradas hostiles, fue con su
nio al cementerio.

Al principio le tena cierto miedo a _Teula_, el terrible cuado, para
el cual matar era ocupacin de hombres, y que, indignado por la muerte
del hermano, hablaba en la taberna de hacer pedazos a la mujer y a la
bruja de la suegra. Pero haca un mes que haba desaparecido. Estara
con los _roders_ en la montaa, o los _negocios_ le habran llevado al
otro extremo de la provincia. Marieta se atrevi, por fin, a salir del
pueblo; a ir a Valencia para sus compras... Ah, la seora! Qu
importancia se daba con el dinero de su pobre marido! Tal vez buscaba
que los seoritos le dijesen algo, vindola tan guapetona...

Y zumbaba en todo el vagn el cuchicheo hostil; las miradas afluan a
ella, pero Marieta abra sus ojazos imperiosos, sorba aire ruidosamente
con gesto de desprecio, y volva a mirar los campos de algarrobos, los
empolvados olivares, las blancas casas, que huan trazando un crculo en
torno del tren en marcha, mientras el horizonte inflambase al contacto
del sol, que se hunda entre espesos vellones de oro.

Detvose el tren en una pequea estacin, y las mujeres que ms haban
hablado de Marieta se apresuraron a bajar, echando por delante sus
cestas y capazos.

Unas se quedaban en aquel pueblo y se despedan de las otras, de las
vecinas de Marieta, que an tenan que andar una hora para llegar a sus
casas.

La hermosa viuda, con el nio en brazos y apoyando en la fuerte cadera
la cesta de las compras, sali de la estacin con paso lento. Quera que
la adelantasen en el camino aquellas comadres hostiles; que la dejasen
marchar sola, sin tener que sufrir el tormento de sus murmuraciones.

En las calles del pueblo, estrechas, tortuosas y de avanzados aleros,
haba poca luz. Las ltimas casas extendanse en dos filas a lo largo de
la carretera. Ms all veanse los campos, que azuleaban con la llegada
del crepsculo, y a lo lejos, sobre la ancha y polvorienta faja del
camino, marcbanse como un rosario de hormigas las mujeres que, con los
fardos en la cabeza, marchaban hacia el inmediato pueblo, cuya torre
asomaba tras una loma su montera de tejas barnizadas, brillantes con el
ltimo reflejo de sol.

Marieta, brava moza, sinti repentinamente cierta inquietud al verse
sola en el camino. ste era muy largo, y cerrara la noche antes que
llegase a su casa.

Sobre una puerta balancebase el ramo de olivo, empolvado y seco,
indicador de una taberna. Bajo de l, y de espaldas al pueblo, estaba un
hombre pequeo, apoyado en el quicio y con las manos en la faja.

Marieta se fij en l... Si al volver la cabeza resultase que era su
cuado, Dios mo, qu susto! Pero segura de que estaba muy lejos,
sigui adelante, saboreando la cruel idea del encuentro, por lo mismo
que lo crea imposible, temblando al pensar que fuese _Teula_ el que
estaba a la puerta de la taberna.

Pas junto a l sin levantar los ojos.

--_Buenas tardes, Marieta_.

Era l... Y la viuda, ante la realidad, no experiment la emocin de
momentos antes. No poda dudar. Era _Teula_, el brbaro de sonrisa
traidora, que la miraba con aquellos ojos ms molestos y crueles que sus
palabras.

Contest con un _hola!_ desmayado, y ella, tan grande, tan fuerte,
sinti que las piernas le flaqueaban y hasta hizo un esfuerzo para que
el nio no cayera de sus brazos.

_Teula_ sonrea socarronamente. No haba por qu asustarse. No eran
parientes? Se alegraba del encuentro; la acompaara al pueblo, y por el
camino hablaran de algunos asuntos.

--_Avant, avant_--deca el hombrecillo.

Y la mocetona sigui tras l, sumisa como una oveja, formando rudo
contraste aquella mujer grande, poderosa, de fuertes msculos, que
pareca arrastrada por _Teula_, enteco, miserable y ruin, en el cual
nicamente delataban el carcter los alfilerazos de extraa luz que
despedan sus ojos. Marieta saba de lo que era capaz. Hombres fuertes
y valerosos haban cado vencidos por aquel mal bicho.

En la ltima casa del pueblo una vieja barra canturreando su portal.

--_Bna dna, bna dna_!--grit _Teula_.

La buena mujer acudi, tirando la escoba. Era demasiado clebre el
cuado de Marieta en muchas leguas a la redonda para no ser obedecido
inmediatamente.

Cogi al nio de brazos de su cuada, y sin mirarlo, como si quisiera
evitar un enternecimiento indigno de l, lo pas a los brazos de la
vieja, encargndole su cuidado... Era asunto de media hora: volveran
pronto por l, en cuanto terminasen cierto encargo.

Marieta rompi en sollozos y se abalanz al nio para besarle. Pero su
cuado tir de ella.

--_Avant, avant_.

Se haca tarde.

Subyugada por el terror que inspiraba aquel hombrecillo venenoso a
cuantos le rodeaban, sigui adelante, sin el nio y sin la cesta,
mientras la vieja, santigundose, se apresuraba a meterse en casa.

Apenas si se distinguan como puntos indecisos en el blanco camino las
mujeres que marchaban al pueblo. Los pardos vapores del anochecer
extendanse a ras de los campos, la arboleda tomaba un tono de oscuro
azul, y arriba, en el cielo, de color violeta, palpitaban las primeras
estrellas.

Continuaron en silencio algunos minutos, hasta que Marieta se detuvo con
una decisin inspirada por el miedo... Lo que tuviera que decirle, lo
mismo poda ser all que en otra parte. Y la temblaban las piernas,
balbuceaba y no se atreva a alzar los ojos por no ver a su cuado.

A lo lejos sonaban chirridos de ruedas; voces prolongadas se llamaban a
travs de los campos, rasgando el silencioso ambiente del crepsculo.

Marieta miraba con ansiedad el camino. Nadie. Estaban solos ella y su
cuado.

ste, siempre con su sonrisa infernal, hablaba con lentitud... Lo que
tena que decirle era que rezase; y si senta miedo, poda echarse el
delantal por la cara. A un hombre como l no le mataban un hermano
impunemente.

Marieta se hizo atrs, con la expresin aterrada del que despierta en
pleno peligro. Su imaginacin, ofuscada por el miedo, haba concebido
antes de llegar all las mayores brutalidades; palizas horrorosas, el
cuerpo magullado, la cabellera arrancada, pero... rezar y taparse la
cara! Morir! Y tal enormidad dicha tan framente!...

Con palabra atropellada, temblando y suplicante, intent enternecer a
_Teula_. Todo eran mentiras de la gente. Haba querido con el alma a su
pobre hermano, le quera an; si haba muerto fue por no creerla a ella,
a ella que no haba tenido valor para ser esquiva y fra con un hombre
tan enamorado.

Pero el valentn la escuchaba acentuando cada vez ms su sonrisa, que
era ya una mueca.

--_Calla, filla de la Bruixa_!

Ella y su madre haban muerto al pobre Pepet. Todo el mundo lo saba; le
haban consumido con malas bebidas... Y si l la escuchaba ahora sera
capaz de embrujarlo tambin. Pero no; l no caera como el tonto de su
hermano.

Y para probar su firmeza de hiena, sin otro amor que el de la sangre,
cogi con sus manos huesosas la cara de Marieta, la levant para verla
ms de cerca, contemplando sin emocin las plidas mejillas, los ojos
negros y ardientes que brillaban tras las lgrimas.

--_Bruixa... envenenaora!_

Pequen y miserable en apariencia, abati de un empujn a la buena
moza; hizo caer de rodillas aquella soberbia mquina de dura carne, y
retrocediendo busc algo en su faja.

Marieta estaba anonadada. Nadie en el camino. A lo lejos los mismos
gritos, el mismo chirriar de ruedas: cantaban las ranas en una charca
inmediata; en los ribazos alborotaban los grillos, y un perro aullaba
lgubremente all en las ltimas casas del pueblo. Los campos hundanse
en los vapores de la noche.

Al verse sola, al convencerse de que iba a morir, desapareci toda su
arrogancia de buena moza; se sinti dbil como cuando era nia y le
pegaba su madre, y rompi en sollozos.

--_Mtam, mtam_!--gimi echndose a la cara el negro delantal,
enrollndolo en torno de su cabeza.

_Teula_ se acerc a ella impasible, con una pistola en la mano. An oy
la voz de su cuada gimiendo a travs de la negra tela con lamentos de
nia, rogndole que la rematase pronto, que no la hiciera sufrir
intercalando sus splicas entre fragmentos de oraciones que recitaba
atropelladamente. Y como hombre experimentado, busc con la boca de la
pistola en aquel envoltorio negro, disparando los dos caones a la vez.

Entre el humo y los fogonazos viose a Marieta erguirse como impulsada
por un resorte y desplomarse con un pataleo de agona que desorden sus
ropas.

En la masa negra e inerte quedaron al descubierto las blancas medias de
seductora redondez, estremecindose con el ltimo estertor.

_Teula_, tranquilo como hombre que a nadie teme y cuenta en ltimo
trmino con un refugio en la montaa, volvi al inmediato pueblo en
busca de su sobrino, satisfecho de su hazaa.

Al tomar al pequeuelo de manos de la aterrada vieja, casi llor.

--_Pobret_! _pobret meu_!--dijo besndole.

Y su conciencia de to inundbase de satisfaccin, seguro de haber hecho
por el pequeo una gran cosa.




La pared


Siempre que los nietos del to _Rabosa_ se encontraban con los hijos de
la viuda de _Casporra_ en las sendas de la huerta o en las calles de
Campanar, todo el vecindario comentaba el suceso. Se haban mirado!...
Se insultaban con el gesto!... Aquello acabara mal, y el da menos
pensado el pueblo sufrira un nuevo disgusto.

El alcalde con los vecinos ms notables predicaban paz a los mocetones
de las dos familias enemigas, y all iba el cura, un vejete de Dios, de
una casa a otra recomendando el olvido de las ofensas.

Treinta aos que los odios de los _Rabosas_ y _Casporras_ traan
alborotado a Campanar. Casi en las puertas de Valencia, en el risueo
pueblecito que desde la orilla del ro miraba a la ciudad con los
redondos ventanales de su agudo campanario, repetan aquellos brbaros,
con un rencor africano, la historia de luchas y violencias de las
grandes familias italianas en la Edad Media. Haban sido grandes amigos
en otro tiempo; sus casas, aunque situadas en distinta calle, lindaban
por los corrales, separados nicamente por una tapia baja. Una noche,
por cuestiones de riego, un _Casporra_ tendi en la huerta de un
escopetazo a un hijo del to _Rabosa_, y el hijo menor de ste, porque
no se dijera que en la familia no quedaban hombres, consigui, despus
de un mes de acecho, colocarle una bala entre las cejas al matador.
Desde entonces las dos familias vivieron para exterminarse, pensando ms
en aprovechar los descuidos del vecino que en el cultivo de las tierras.
Escopetazos en medio de la calle; tiros que al anochecer relampagueaban
desde el fondo de una acequia o tras los caares o ribazos cuando el
odiado enemigo regresaba del campo; alguna vez un _Rabosa_ o un
_Casporra_ camino del cementerio con una onza de plomo dentro del
pellejo, y la sed de venganza sin extinguirse, antes bien, extremndose
con las nuevas generaciones, pues pareca que en las dos casas los
chiquitines salan ya del vientre de sus madres tendiendo las manos a la
escopeta para matar a los vecinos.

Despus de treinta aos de lucha, en casa de los _Casporras_ slo
quedaba una viuda con tres hijos mocetones que parecan torres de
msculos. En la otra estaba el to _Rabosa_, con sus ochenta aos,
inmvil en un silln de esparto, con las piernas muertas por la
parlisis, como un arrugado dolo de la venganza, ante el cual juraban
sus dos nietos defender el prestigio de la familia.

Pero los tiempos eran otros. Ya no era posible ir a tiros como sus
padres en plena plaza a la salida de misa mayor. La Guardia civil no les
perda de vista; los vecinos les vigilaban, y bastaba que uno de ellos
se detuviera algunos minutos en una senda o en una esquina para verse al
momento rodeado de gente que le aconsejaba la paz. Cansados de esta
vigilancia que degeneraba en persecucin y se interpona entre ellos
como infranqueable obstculo, _Casporras_ y _Rabosas_ acabaron por no
buscarse, y hasta se huan cuando la casualidad les pona frente a
frente.

Tal fue su deseo de aislarse y no verse, que les pareci baja la pared
que separaba sus corrales. Las gallinas de unos y otros, escalando los
montones de lea, fraternizaban en lo alto de las bardas; las mujeres de
las dos casas cambiaban desde las ventanas gestos de desprecio. Aquello
no poda resistirse; era como vivir en familia, y la viuda de _Casporra_
hizo que sus hijos levantaran la pared una vara. Los vecinos se
apresuraron a manifestar su desprecio con piedra y argamasa, y aadieron
algunos palmos ms a la pared. Y as, en esta muda y repetida
manifestacin de odio, la pared fue subiendo y subiendo. Ya no se vean
las ventanas; poco despus no se vean los tejados; las pobres aves del
corral estremecanse en la lgubre sombra de aquel paredn que las
ocultaba parte del cielo, y sus cacareos sonaban tristes y apagados a
travs de aquel muro, monumento del odio, que pareca amasado con los
huesos y la sangre de las vctimas.

As transcurri el tiempo para las dos familias, sin agredirse como en
otra poca, pero sin aproximarse: inmviles y cristalizadas en su odio.

Una tarde sonaron a rebato las campanas del pueblo. Arda la casa del
to _Rabosa_. Los nietos estaban en la huerta; la mujer de uno de stos
en el lavadero, y por las rendijas de puertas y ventanas sala un humo
denso de paja quemada. Dentro, en aquel infierno que ruga buscando
expansin, estaba el abuelo, el pobre to _Rabosa_, inmvil en su
silln. La nieta se mesaba los cabellos, acusndose como autora de todo
por su descuido; la gente arremolinbase en la calle, asustada por la
fuerza del incendio. Algunos, ms valientes, abrieron la puerta, pero
fue para retroceder ante la bocanada de denso humo cargada de chispas
que se esparci por la calle.

--_El agelo! El pobre agelo_!--gritaba la de los _Rabosas_ volviendo
en vano la mirada en busca de un salvador.

Los asustados vecinos experimentaron el mismo asombro que si hubieran
visto el campanario marchando hacia ellos. Tres mocetones entraban
corriendo en la casa incendiada. Eran los _Casporras_. Se haban mirado
cambiando un guio de inteligencia, y sin ms palabras se arrojaron como
salamandras en el enorme brasero. La multitud les aplaudi al verles
reaparecer llevando en alto como a un santo en sus andas al to _Rabosa_
en su silln de esparto. Abandonaron al viejo sin mirarle siquiera, y
otra vez adentro.

--No, no!--gritaba la gente.

Pero ellos sonrean siguiendo adelante. Iban a salvar algo de los
intereses de sus enemigos. Si los nietos del to _Rabosa_ estuvieran
all, ni se habran movido ellos de casa. Pero slo se trataba de un
pobre viejo, al que deban proteger como hombres de corazn. Y la gente
les vea tan pronto en la calle como dentro de la casa, buceando en el
humo, sacudindose las chispas como inquietos demonios, arrojando
muebles y sacos para volver a meterse entre las llamas.

Lanz un grito la multitud al ver a los dos hermanos mayores sacando al
menor en brazos. Un madero, al caer, le haba roto una pierna.

--Pronto una silla!

La gente, en su precipitacin, arranc al viejo _Rabosa_ de su silln de
esparto para sentar al herido.

El muchacho, con el pelo chamuscado y la cara ahumada, sonrea ocultando
los agudos dolores que le hacan fruncir los labios. Sinti que unas
manos trmulas, speras, con las escamas de la vejez, opriman las
suyas.

--_Fill meu! Fill meu_!--gema la voz del to _Rabosa_, quien se
arrastraba hacia l.

Y antes que el pobre muchacho pudiera evitarlo, el paraltico busc con
su boca desdentada y profunda las manos que tena agarradas, y las bes,
las bes un sinnmero de veces, bandolas con lgrimas.

       *       *       *       *       *

Ardi toda la casa. Y cuando los albailes fueron llamados para
construir otra, los nietos del to _Rabosa_ no les dejaron comenzar por
la limpia del terreno, cubierto de negros escombros. Antes tenan que
hacer un trabajo ms urgente: derribar la pared maldita. Y empuando el
pico, ellos dieron los primeros golpes.


FIN


OBRAS DEL AUTOR


CUENTOS VALENCIANOS.

EN EL PAS DEL ARTE (viajes).

ARROZ Y TARTANA (novela).

FLOR DE MAYO (novela).

LA BARRACA (novela).

SNNICA LA CORTESANA (novela).

ENTRE NARANJOS (novela).

CAAS Y BARRO (novela).

LA CATEDRAL (novela).

EL INTRUSO (novela).

LA BODEGA (novela).

LA HORDA (novela).

LA MAJA DESNUDA (novela).

ORIENTE (viajes).

LOS MUERTOS MANDAN (novela).

LUNA BENAMOR (novelas).

ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (viajes).

SANGRE Y ARENA (novela).

LOS ARGONAUTAS (novela).

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS (novela).

MARE NOSTRUM (novela).

ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproduccin, traduccin
y adaptacin.--Copyright 1916, by Blasco Ibez.





End of the Project Gutenberg EBook of La condenada, by Vicente Blasco Ibez

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https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
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permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

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page at https://pglaf.org

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     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


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increasing the number of public domain and licensed works that can be
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