The Project Gutenberg EBook of Cuentos y dilogos, by Juan Valera

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Title: Cuentos y dilogos

Author: Juan Valera

Release Date: November 9, 2008 [EBook #27214]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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JUAN VALERA

CUENTOS Y DILOGOS


SEVILLA: 1882

FRANCISCO ALVAREZ Y C., EDITORES Tetun 24.


AL EXCMO. SR.
D. ENRIQUE R. DE SAAVEDRA,
DUQUE DE RIVAS.


Mi querido amigo: Bien hubiera querido yo escribir algo nuevo
expresamente para dedicrselo a V., pero mi pobre ingenio est marchito
y seco desde hace dos o tres aos, y empiezo a perder toda esperanza de
que reverdezca y vuelva a florecer algn da.

En tan desengaada situacin y urgindome pagar la deuda de la lindsima
_fantasa_ que tuvo V. la bondad de dedicarme, me decido a dedicar a V.
esta coleccin de CUENTOS Y DILOGOS, que, si bien publicados antes
aisladamente, salen hoy por vez primera reunidos en un tomo.

Ah van _Parsondes_, que V. tanto celebra; _El pjaro verde_, cuento
vulgar que me cont con singular talento su seora madre de usted y que
yo no he hecho sino poner por escrito, procurando competir con Perrault,
Andersen y Musaus; _El bermejino prehistrico_, que yo encuentro
gracioso en fuerza de ser disparatado; y los dilogos de _Asclepigenia y
Gopa_, el primero de los cuales sigo creyendo que es lo ms elegante y
discreto, o si se quiere lo menos tonto, que he escrito en mi vida.

Acoja V. con benignidad estas obrillas ligeras, sobre las cuales nada
ms se me ocurre que decir, pues las escrib sin intencin de ensear y
slo con el fin de pasar el tiempo y de ver si lograba divertirme yo y
divertir tambin a quien me leyese.

Lo primero lo he conseguido. Por qu no confesarlo? Como me quiero
bien, me ro a m mismo las gracias. As es que CUENTOS Y DILOGOS me
han encantado al escribirlos y aun al leerlos y releerlos despus de
escritos. Ya esto es bastante triunfo, aunque el encanto de la
diversin no pase de m ni se transmita a otros. Harto lo sentir, pero
me consolar imaginando, porque el amor propio es muy sutil inventor,
que si no me ren las gracias los dems es porque las tales gracias
estn disimuladas y escondidas en el texto, y as no las ve quien no le
penetra y ahonda. Yo procurar, en otra ocasin, poner las gracias, si
las tengo, algo ms superficiales. Entretanto, contntese V. o mejor
dicho no se disguste con esto que le dedico, pues bien s yo que, si
vale algo y si tiene chiste, V. habr de hallarle, sin que tenga yo
necesidad de indicar dnde est lo chistoso para que V. lo ra.

Crame V. siempre su buen amigo

_J. Valera_.

Lisboa 20 de Febrero de 1882.




  NDICE


  El pjaro verde
  Parsondes
  El bermejino prehistrico o las salamandras azules
  Asclepigenia
  Gopa
  Santa




EL PJARO VERDE.




I.


Hubo, en poca muy remota de esta en que vivimos, un poderoso Rey, amado
con extremo de sus vasallos, y poseedor de un fertilsimo, dilatado y
populoso reino, all en las regiones de Oriente. Tena este Rey inmensos
tesoros y daba fiestas esplndidas. Asistan en su corte las ms
gentiles damas y los ms discretos y valientes caballeros que entonces
haba en el mundo. Su ejrcito era numeroso y aguerrido. Sus naves
recorran como en triunfo el Ocano. Los parques y jardines, donde sola
cazar y holgarse, eran maravillosos por su grandeza y frondosidad, y por
la copia de alimaas y de aves que en ellos se alimentaban y vivan.

Pero qu diremos de sus palacios y de lo que en sus palacios se
encerraba, cuya magnificencia excede a toda ponderacin? All muebles
riqusimos, tronos de oro y de plata, y vajillas de porcelana, que era
entonces menos comn que ahora; all enanos, jigantes, bufones y otros
monstruos para solaz y entretenimiento de S. M.; all cocineros y
reposteros profundos y eminentes, que cuidaban de su alimento corporal,
y all no menos profundos y eminentes filsofos, poetas y
jurisconsultos, que cuidaban de dar pasto a su espritu, que concurran
a su consejo privado, que decidan las cuestiones ms arduas de derecho,
que aguzaban y ejercitaban el ingenio con charadas y logogrifos, y que
cantaban las glorias de la dinasta en colosales epopeyas.

Los vasallos de este Rey le llamaban con razn _el Venturoso_. Todo iba
de bien en mejor durante su reinado. Su vida haba sido un tejido de
felicidades, cuya brillantez empaaba solamente con negra sombra de
dolor la temprana muerte de la seora Reina, persona muy cabal y hermosa
a quien S. M. haba querido con todo su corazn. Imagnate, lector, lo
que la llorara, y ms habiendo sido l, por el mismo acendrado cario
que le tena, causa inocente de su muerte.

Cuentan las historias de aquel pas que ya llevaba el Rey siete aos de
matrimonio sin lograr sucesin, aunque vehementemente la deseaba, cuando
ocurrieron unas guerras en pas vecino. El Rey parti con sus tropas;
pero antes se despidi de la seora Reina con mucho afecto. Esta,
dndole un abrazo, le dijo al odo:--No se lo digas a nadie para que no
se ran si mis esperanzas no se logran, pero me parece que estoy en
cinta.

La alegra del Rey con esta nueva no tuvo lmites, y como todo le sale
bien al que est alegre, l triunf de sus enemigos en la guerra, mat
por su propia mano a tres o cuatro reyes que le haban hecho no sabemos
qu mala pasada, asol ciudades, hizo cautivos, y volvi cargado de
botn y de gloria a la hermosa capital de su monarqua.

Haban pasado en esto algunos meses; as es que al atravesar el Rey con
gran pompa la ciudad, entre las aclamaciones y el aplauso de la multitud
y el repiqueteo de las campanas, la Reina estaba pariendo, y pari con
felicidad y facilidad, a pesar del ruido y agitacin y aunque era
primeriza.

Qu gusto tan pasmoso no tendra S. M. cuando, al entrar en la real
cmara, el comadrn mayor del reino le present a una hermosa princesa
que acababa de nacer! El Rey dio un beso a su hija y se dirigi lleno de
jbilo, de amor y de satisfaccin, al cuarto de la seora Reina, que
estaba en la cama tan colorada, tan fresca y tan bonita como una rosa de
Mayo.

--Esposa ma!--exclam el Rey, y la estrech entre sus brazos. Pero el
Rey era tan robusto y era tan viva la efusin de su ternura, que sin ms
ni menos ahog sin querer a la Reina. Entonces fueron los gritos, la
desesperacin y el llamarse a s propio animal, con otras elocuentes
muestras de doloroso sentimiento. Mas no por esto resucit la Reina, la
cual, aunque muerta, estaba divina. Una sonrisa de inefable deleite se
dira que an vagaba sobre sus labios. Por ellos, sin duda, haba volado
el alma envuelta en un suspiro de amor, y orgullosa de haber sabido
inspirar cario bastante para producir aquel abrazo. Qu mujer
verdaderamente enamorada no envidiar la suerte de esta Reina!

El Rey prob el mucho cario que le tena, no slo en vida de ella, sino
despus de su muerte. Hizo voto de viudez y de castidad perpetuas, y
supo cumplirle. Mand componer a los poetas una corona fnebre, que aun
dicen que se tiene en aquel reino como la ms preciosa joya de la
literatura nacional. La corte estuvo tres aos de luto. Del mausoleo que
se levant a la Reina slo fue posteriormente el de Caria un mezquino
remedo.

Pero como, segn dice el refrn, no hay mal que dure cien aos, el Rey,
al cabo de un par de ellos, sacudi la melancola, y se crey tan
venturoso o ms venturoso que antes. La Reina se le apareca en sueos,
y le deca que estaba gozando de Dios, y la Princesita creca y se
desarrollaba que era un contento.

Al cumplir la Princesita los quince aos, era, por su hermosura,
entendimiento y buen trato, la admiracin de cuantos la miraban y el
asombro de cuantos la oan. El Rey la hizo jurar heredera del trono, y
trat luego de casarla.

Ms de quinientos correos de gabinete, caballeros en sendas cebras de
posta, salieron a la vez de la capital del reino con despachos para
otras tantas cortes, invitando a todos los prncipes a que viniesen a
pretender la mano de la Princesa, la cual haba de escoger entre ellos
al que ms le gustase.

La fama de su portentosa hermosura haba recorrido ya el mundo todo; de
suerte que, apenas fueron llegando los correos a las diferentes cortes,
no haba prncipe, por ruin y para poco que fuese, que no se decidiera a
ir a la capital del _Rey Venturoso_, a competir en justos, torneos y
ejercicios de ingenio por la mano de la Princesa. Cada cual peda al Rey
su padre armas, caballos, su bendicin y algn dinero, con lo cual al
frente de una brillante comitiva, se pona en camino.

Era de ver cmo iban llegando a la corte de la Princesita todos estos
altos seores. Eran de ver los saraos que haba entonces en los palacios
reales. Eran de admirar, por ltimo, los enigmas que los prncipes se
proponan para mostrar la respectiva agudeza; los versos que escriban;
las serenatas que daban; los combates del arco, del pugilato y de la
lucha, y las carreras de carros y de caballos, en que procuraba cada
cual salir vencedor de los otros y ganarse el amor de la pretendida
novia.

Pero sta, que a pesar de su modestia y discrecin, estaba dotada, sin
poderlo remediar, de una ndole arisca, descontentadiza y desamorada,
abrumaba a los prncipes con su desdn, y de ninguno de ellos se le
importaba un ardite. Sus discreciones le parecan frialdades, simplezas
sus enigmas, arrogancia sus rendimientos y vanidad o codicia de sus
riquezas el amor que le mostraban. Apenas se dignaba mirar sus
ejercicios caballerescos, ni or sus serenatas, ni sonrer agradecida a
sus versos de amor. Los magnficos regalos, que cada cual le haba
trado de su tierra, estaban arrinconados en un zaquizam del regio
alczar.

La indiferencia de la Princesa era glacial para todos los pretendientes.
Slo uno, el hijo del Kan de Tartaria, haba logrado salvarse de su
indiferencia para incurrir en su odio. Este Prncipe adoleca de una
fealdad sublime. Sus ojos eran oblicuos, las mejillas y la barba
salientes, crespo y enmaraado el pelo, rechoncho y pequeo el cuerpo,
aunque de titnica pujanza, y el genio intranquilo, mofador y orgulloso.
Ni las personas ms inofensivas estaban libres de sus burlas, siendo
principal blanco de ellas el Ministro de Negocios extranjeros del _Rey
Venturoso_, cuya gravedad, entono y cortas luces, as como lo
detestablemente que hablaba el _sanscrito_, lengua diplomtica de
entonces, se prestaban algo al escarnio y a los chistes.

As andaban las cosas, y las fiestas de la corte eran ms brillantes
cada da. Los Prncipes, sin embargo, se desesperaban de no ser
queridos; el _Rey Venturoso_ rabiaba al ver que su hija no acababa de
decidirse; y sta continuaba erre que erre en no hacer caso de ninguno,
salvo del Prncipe trtaro, de quien sus pullas y declarado
aborrecimiento vengaban con usura al famoso ministro de su padre.


II


Aconteci, pues, que la Princesa, en una hermosa maana de primavera,
estaba en su tocador. La doncella favorita peinaba sus dorados, largos y
suavsimos cabellos. Las puertas de un balcn, que daba al jardn,
estaban abiertas para dejar entrar el vientecillo fresco y con l el
aroma de las flores.

Pareca la Princesa melanclica y pensativa y no diriga ni una palabra
a su sierva.

sta tena ya entre sus manos el cordn con que se dispona a enlazar la
urea crencha de su ama, cuando a deshora entr por el balcn un
preciossimo pjaro, cuyas plumas parecan de esmeralda, y cuya gracia
en el vuelo dej absortas a la seora y a su sirvienta. El pjaro,
lanzndose rpidamente sobre esta ltima, le arrebat de las manos el
cordn, y volvi a salir volando de aquella estancia.

Todo fue tan instantneo que la Princesa apenas tuvo tiempo de ver al
pjaro, pero su atrevimiento y su hermosura le causaron la ms extraa
impresin.

Pocos das despus, la Princesa, para distraer sus melancolas, teja
una danza con sus doncellas, en presencia de los Prncipes. Estaban
todos en los jardines y la miraban embelesados. De pronto sinti la
Princesa que se le desataba una liga, y suspendiendo el baile, se
dirigi con disimulo a un bosquecillo cercano para atrsela de nuevo.
Descubierta tena ya S. A. la bien torneada pierna, haba estirado ya la
blanca media de seda, y se preparaba a sujetarla con la liga que tena
en la mano, cuando oy un ruido de alas, y vio venir hacia ella el
pjaro verde, que le arrebat la liga en el ebrneo pico y desapareci
al punto. La Princesa dio un grito y cay desmayada.

Acudieron los pretendientes y su padre. Ella volvi en s, y lo primero
que dijo fue:--Que me busquen al pjaro verde... que me le traigan
vivo... que no le maten... yo quiero poseer vivo al pjaro verde!

Mas en balde le buscaron los Prncipes. En balde, a pesar de lo
mandado por la Princesa de que no se pensase en matar al pjaro verde,
se soltaron contra l nebles, sacres, gerifaltes y hasta guilas
caudales, domesticadas y adiestradas en la cetrera. El pjaro verde no
pareci ni vivo ni muerto.

El deseo no cumplido de poseerle atormentaba a la Princesa y acrecentaba
su mal humor. Aquella noche no pudo dormir. Lo mejor que pensaba de los
Prncipes era que no valan para nada.

Apenas vino el da, se alz del lecho, y en ligeras ropas de levantar,
sin cors ni miriaque, ms hermosa e interesante en aquel _deshabill_,
plida y ojerosa, se dirigi con su doncella, favorita a lo ms frondoso
del bosque que estaba a la espalda de palacio, y donde se alzaba el
sepulcro de su madre. All se puso a llorar y a lamentar su suerte.--De
qu me sirven, deca, todas mis riquezas, si las desprecio; todos los
Prncipes del mundo, si no los amo; de qu mi reino, si no te tengo a
ti, madre ma; y de qu todos mis primores y joyas, si no poseo el
hermoso pjaro verde?

Con esto, y como para consolarse algo, desenlaz el cordn de su vestido
y sac del pecho un rico guardapelo, donde guardaba un rizo de su madre,
que se puso a besar. Mas apenas empez a besarle, cuando acudi ms
rpido que nunca el pjaro verde, toc con su ebrneo pico los labios de
la Princesa, y arrebat el guardapelo, que durante tantos aos haba
reposado contra su corazn, y en tan oculto y deseado lugar haba
permanecido. El robador desapareci en seguida, remontando el vuelo y
perdindose en las nubes.

Esta vez no se desmay la Princesa; antes bien se par muy colorada y
dijo a la doncella:--Mrame, mrame los labios; ese pjaro insolente me
los ha herido, porque me arden.

La doncella los mir y no not picadura ninguna; pero indudablemente el
pjaro haba puesto en ellos algo de ponzoa, porque el traidor no
volvi a aparecer en adelante, y la Princesa fue desmejorndose por
grados, hasta caer enferma de mucho peligro. Una fiebre singular la
consuma, y casino hablaba sino para decir:--Que no le maten... que me
le traigan vivo... yo quiero poseerle.

Los mdicos estaban de acuerdo en que la nica medicina para curar a la
Princesa, era traerle vivo el pjaro verde. Mas dnde hallarle? Intil
fue que le buscasen los ms hbiles cazadores. Intil que se ofreciesen
sumas enormes a quien le trajera.

El _Rey Venturoso_ reuni un gran congreso de sabios a fin de que
averiguasen, so pena de incurrir en su justa indignacin, quin era y
dnde viva el pjaro verde, cuyo recuerdo atormentaba a su hija.

Cuarenta das y cuarenta noches estuvieron lo sabios reunidos, sin cesar
de meditar y disertar sino para dormir un poco y alimentarse.
Pronunciaron muy doctos y elocuentes discursos, pero nada
averiguaron.--Seor, dijeron al cabo todos ellos al Rey, postrndose
humildemente a sus pies e hiriendo el polvo con las respetables frentes,
somos unos mentecatos; haz que nos ahorquen; nuestra ciencia es una
mentira: ignoramos quin sea el pjaro verde, y slo nos atrevemos a
sospechar si ser acaso el ave fnix del Arabia.

--Levantaos, contest el Rey con notable magnanimidad, yo os perdono y
os agradezco la indicacin sobre el ave fnix. Sin tardanza saldrn
siete de vosotros con ricos presentes para la reina de Sab, y con todos
los recursos de que yo puedo disponer para cazar pjaros vivos. El fnix
debe de tener su nido en el pas sabeo, y de all habis de trarmele,
si no queris que mi clera regia os castigue aunque tratis de evitarla
escondindoos en las entraas de la tierra.

En efecto, salieron para el Arabia siete sabios de los ms versados en
lingstica, y entre ellos el Ministro de Negocios extranjeros, sobre lo
cual tuvo mucho que rer el Prncipe trtaro.

Este prncipe envi tambin cartas a su padre, que era el ms famoso
encantador de aquella edad, consultndole sobre el caso del pjaro
verde.

La Princesa, en el nterin, segua muy mal de salud y lloraba tan
abundantes lgrimas, que diariamente empapaba en ellas ms de cincuenta
pauelos. Las lavanderas de palacio estaban con esto muy afanadas, y
como entonces ni la persona ms poderosa tena tanta ropa blanca como
ahora se usa, no hacan ms que ir a lavar al ro.


III


Una de estas lavanderas, que era, valindonos de cierta expresin a la
moda, una pollita muy simptica, volva un da, al anochecer, de lavar
en el ro los lacrimosos pauelos de la Princesa.

En medio del camino, y muy distante an de las puertas de la ciudad, se
sinti algo cansada y se sent al pi de un rbol. Sac del bolsillo una
naranja; y ya iba a mondarla para comrsela, cuando se le escap de las
manos y empez a rodar por aquella cuesta abajo con singular ligereza.
La muchachuela corri en pos de su naranja; pero mientras ms corra,
ms la naranja se adelantaba, sin que jams se parase y sin que ella
llegase a alcanzarla en la carrera, si bien no la perda de vista.
Cansada de correr, y sospechando, aunque poco experimentada en las
cosas del mundo, que aquella naranja tan corredora no era del todo
natural, la pobre se detena a veces y pensaba en desistir de su empeo;
pero la naranja al punto se detena tambin, como si ya hubiese cesado
en su movimiento y convidase a su dueo a que de nuevo la cogiese.
Llegaba ella a tocarla con la mano, y la naranja se le deslizaba otra
vez y continuaba su camino.

Embelesada estaba la lavanderilla en tan inaudita persecucin, cuando
not al fin que se hallaba en un bosque intrincado, y que la noche se le
vena encima, oscura como boca de lobo. Entonces tuvo miedo, y rompi en
desconsoladsimo llanto. La oscuridad creci rpidamente, y ya no le
permiti ni ver la naranja, ni orientarse, ni dar con el camino para
volverse atrs.

Iba pues, vagando a la ventura, afligidsima y muerta de hambre y
cansancio, cuando columbr no muy lejos unas brillantes lucecitas.
Imagin ser las de la ciudad; dio gracias a Dios, y enderez sus pasos
hacia aquellas luces. Pero cun grande no sera su sorpresa al
encontrarse, a poco trecho y sin salir del intrincado bosque, a las
puertas de un suntuossimo palacio, que pareca un ascua de oro por lo
que brillaba, y en cuya comparacin pasara por una pobre choza el
esplndido alczar del _Rey Venturoso_.

No haba guardia, ni portero, ni criados que impidiesen la entrada, y la
chica, que no era corta, y que adems senta el estmulo de la
curiosidad y el deseo de albergarse y de comer algo, traspas los
umbrales, subi por una ancha y lujosa escalera de bruido jaspe, y
empez a discurrir por los ms ricos y elegantes salones que imaginarse
pueden, aunque siempre sin ver a nadie. Los salones estaban, sin
embargo, profusamente iluminados por mil lmparas de oro, cuyo perfumado
aceite difunda suavsima fragancia. Los primorosos objetos, que en los
salones haba, eran para espantar por su riqueza y exquisito gusto, no
ya a la lavanderilla, que poco de esto haba disfrutado, sino a la
mismsima reina Victoria, que hubiera confesado la relativa inferioridad
de la industria inglesa, y hubiera dado patentes y medallas a los
inventores y fabricantes de todos aquellos artculos.

La lavandera los admir a su sabor, y admirndolos se fue poco a poco
hacia un sitio de donde sala un rico olorcillo de viandas muy suculento
y delicioso. De esta suerte lleg a la cocina; pero ni jefe, ni
sota-cocineros, ni pinches, ni fregatrices haba en ella; todo estaba
desierto, como el resto del palacio. Ardan, no obstante, el fogn, el
horno y las hornillas, y en ellos estaban al fuego infinito nmero de
peroles, cacerolas y otras vasijas. Levant nuestra aventurera la
cubierta de una cacerola y vio en ella unas anguilas; levant otra y vio
una cabeza de jabal desosada y rellena de pechugas de faisanes y de
trufas; en resolucin, vio los manjares ms exquisitos que se presentan
en las mesas de los reyes, emperadores y papas: y hasta vio algunos
platos, al lado de los cuales los imperiales, papales y regios, seran
tan groseros, como al lado de estos un potaje de judas o un gazpacho.

Animada la chica con lo que vea y ola, se arm de un cuchillo y de un
trinchante, y se lanz con resolucin sobre la cabeza de jabal. Mas
apenas hubo llegado a ella, recibi en sus manos un golpe, dado al
parecer por otra poderosa e invisible, y oy una voz que le deca, tan
de cerca que sinti la agitacin del aire y el aliento caliente y vivo
de las palabras:

--Tate... que es para mi seor el Prncipe!

Se dirigi entonces a unas truchas salmonadas, creyndolas manjar menos
principesco y que le dejaran comer; pero la mano invisible vino de
nuevo a castigar su atrevimiento, y la voz misteriosa a repetirle:

--Tate... que es para mi seor el Prncipe!

Tent, por ltimo, mejor fortuna en tercero, cuarto y quinto plato, pero
siempre le aconteci lo propio; as tuvo con harta pena que resignarse a
ayunar, y se sali despechada de la cocina.

Volvi luego a recorrer los salones, donde reinaba siempre la misma
misteriosa soledad y donde el ms profundo silencio pareca tener su
morada, y lleg a una alcoba lindsima, en la cual slo dos o tres
luces, encerradas y amortecidas en vasos de alabastro, derramaban una
claridad indecisa y voluptuosa, que estaba convidando al reposo y al
sueo. Haba en esta alcoba una cama tan cmoda y mullida, que nuestra
lavandera, que estaba cansadsima, no pudo resistir a la tentacin de
tenderse en ella y descansar. Iba a poner en ejecucin su propsito, y
ya se haba sentado y se dispona a tenderse, cuando en la parte misma
de su cuerpo con que acababa de tocar la cama, sinti una dolorosa
picadura, como si con un alfiler de a ochavo la punzasen, y oy de nuevo
una voz que deca:

--Tate... que es para mi seor el Prncipe!

No hay que decir que la lavanderilla se asust y afligi con esto,
resignndose a no dormir, como a no comer se haba ya resignado; y para
distraer el hambre y el sueo se puso a registrar cuantos objetos haba
en la alcoba, llevando su curiosidad hasta levantar las colgaduras y los
tapices.

Detrs de uno de stos descubri nuestra herona una primorosa
puertecilla secreta de sndalo, con embutidos de ncar. La empuj
suavemente, y cediendo la puerta, se encontr en una escalera de
caracol, de mrmol blanco. Por ella baj sin detenerse a uno como
invernculo, donde crecan las plantas y las flores ms aromticas y
extraas, y en cuyo centro haba una taza inmensa, hecha, al parecer, de
un solo, limpio y difano topacio. Se levantaba del medio de la taza un
surtidor tan gigantesco como el que hay ahora en la Puerta del Sol, pero
con la diferencia de que el agua del de la Puerta del Sol es natural y
ordinaria, y la de ste era agua de olor, y tena, adems, en s misma
todos las colores del iris y luz propia, lo cual, como ya calcular el
lector, le daba un aspecto sumamente agradable.--Hasta el murmullo que
haca esta agua al caer tena algo de ms musical y acordado que el que
producen otras, y se dira que aquel surtidor cantaba alguna de las ms
enamoradas canciones de Mozart o de Bellini.

Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de
aquella armona, cuando oy un grande estrpito y vio abrirse una
ventana de cristales.

La lavandera se escondi precipitadamente detrs de una masa de verdura,
a fin de no ser vista y poder ver a las personas o seres, que sin duda
se acercaban.

stos eran tres pjaros rarsimos y lindsimos, uno de ellos todo verde,
y brillante como una esmeralda. En l crey ver la lavandera, con
notable contento, al que era causa, segn todo el mundo aseguraba, de la
pertinaz dolencia de la __Princesa Venturosa__. Los otros dos pjaros no
eran, ni con mucho, tan bellos; pero tampoco carecan de mrito
singular. Los tres venan con muy ligero vuelo, y los tres se abatieron
sobre la taza de topacio y se zambulleron en ella.

A poco rato vio la lavandera que del seno difano del agua salan tres
mancebos tan lindos, bien formados y blancos, que parecan estatuas
peregrinas hechas por mano maestra, con mrmol teido de rosas. La
chica, que en honor de la verdad se debe decir que jams haba visto
hombres desnudos, y que de ver a su padre, a sus hermanos y a otros
amigos, vestidos y mal vestidos, no poda deducir hasta dnde era capaz
de elevarse la hermosura humana masculina, se figur que miraba a tres
genios inmortales o a tres ngeles del cielo. As es, que sin
ruborizarse, los sigui mirando con bastante complacencia, como objetos
santos y nada pecaminosos. Pero los tres salieron al punto del agua, y
pronto se vistieron de elegantes ropas.

Uno de ellos, el ms hermoso de los tres, llevaba sobre la cabeza una
diadema de esmeraldas y era acatado de los otros, como seor soberano.
Si desnudo le pareci a la lavanderilla un ngel o un genio por la
hermosura, ya vestido la deslumbr con su majestad, y le pareci el
emperador del mundo y el prncipe ms adorable de la tierra.

Aquellos seores se dirigieron en seguida al comedor y se sentaron en
una esplndida mesa, donde haba tres cubiertos preparados. Una msica
sumisa e invisible les hizo salva al llegar y les regal los odos
mientras coman. Criados, invisibles tambin, iban trayendo los platos
y sirviendo admirablemente la mesa. Todo esto lo vea y notaba la
lavanderilla, que sin ser vista ni oda, haba seguido a aquellos
seores, y estaba escondida en el comedor detrs de un cortinaje.

Desde all pudo or algo de la conversacin, y comprender que el ms
hermoso de los mancebos era el Prncipe heredero del grande imperio de
la China, y los otros dos, el uno su secretario y el otro su escudero
ms querido; los cuales estaban encantados y transformados en pjaros
durante todo el da, y slo por la noche recobraban su ser natural,
previo el bao de la fuente.

Not, asimismo, la curiosa lavandera que el Prncipe de las esmeraldas
apenas coma, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se
mostraba melanclico y arrobado, exhalando a veces delo ms hondo del
hermossimo pecho un ardiente suspiro.


IV.


Refieren las crnicas que vamos extractando que, terminado ya aquel
opparo y poco alegre festn, el Prncipe de las esmeraldas, volviendo
en s como de un sueo, alz la voz y dijo:

--Secretario, treme la cajita de mis entretenimientos.

El secretario se levant de la mesa y volvi de all a poco con la
cajita ms preciosa que han visto ojos mortales. Aquella en que encerr
Alejandro la _Iliada_ era, en comparacin de sta, ms chapucera y pobre
que una caja de turrn de Jijona.

El Prncipe tom la cajita en sus manos, la abri y estuvo largo rato
contemplando con ojos amorosos lo que haba en el fondo de ella. Meti
luego la mano en la cajita y sac un cordn. Lo bes apasionadamente,
derram sobre l lgrimas de ternura y prorrumpi en estas palabras:

    Ay cordoncito de mi seora!
    Quin la viera ahora!

Coloc de nuevo el cordn en la cajita, y sac de ella una liga bordada
y muy limpia. La bes, la acarici tambin y exclam al besarla:

    Ay linda liga de mi seora!
    Quin la viera ahora!

Sac, por ltimo, un precioso guardapelo, y si mucho haba besado cordn
y liga, ms le bes y ms le acarici an, diciendo con acento
tristsimo, que parta los corazones y hasta las peas:

    Ay guardapelo de mi seora!
    Quin la viera ahora!

A poco el Prncipe y los dos familiares se retiraron a sus alcobas, y la
lavanderilla no se atrevi a seguirlos. Vindose sola en el comedor, se
acerc a la mesa, donde an estaban casi intactos los ricos manjares,
los confites, las frutas y los generosos y chispeantes vinos; pero el
recuerdo de la voz misteriosa y de la mano invisible la detenan, y la
obligaban a contentarse con mirar y oler.

Para gozar de este incompleto deleite, se acerc tanto a los manjares,
que vino a ponerse entre la mesa y la silla del Prncipe. Entonces
sinti, no ya una, sino dos manos invisibles que le caan sobre los
hombros oprimindola. La voz misteriosa le dijo:

--Sintate y come.

En efecto, se bail sentada en la misma silla del Prncipe; y, ya
autorizada por la voz, se puso a comer con un apetito extraordinario,
que la novedad y lo exquisito de la comida hacan mayor an, y comiendo
se qued profundamente dormida.

Cuando despert, era muy de da. Abri los ojos, y se encontr en medio
del campo, tendida al pi del rbol donde haba querido comerse la
naranja. All estaba la ropa que haba trado del ro, y hasta la
naranja corredora estaba all tambin.

--Si habr sido todo un sueo? dijo para s la lavanderilla. Quisiera
volver al palacio del Prncipe de la China para cerciorarme de que
aquellas magnificencias son reales y no soadas.

Diciendo esto, tir al suelo la naranja para ver si le mostraba
nuevamente el camino; pero la naranja rodaba un poco, y luego se detena
en cualquiera hoyo o tropiezo, o cuando el impulso con que se mova
dejaba de ser eficaz. En suma, la naranja haca lo que hacen de
ordinario, en idnticas circunstancias, todas las naranjas naturales. Su
conducta no tena nada de extrao ni de maravilloso.

Despechada entonces la muchacha, parti la naranja y vio que por dentro
era como las dems. Se la comi, y le supo a lo mismo que cuantas
naranjas haba comido antes.

Ya apenas dud de que haba soado.--Ningn objeto tengo, aadi, con
que convencerme a m propia de la realidad de lo que he visto; mas ir a
ver a la Princesa y se lo contar todo, por lo que pueda importarle.


V.


Mientras acontecan, en sueo o en realidad los poco ordinarios sucesos
que quedan referidos, la __Princesa Venturosa__, fatigada de tanto llorar,
estaba durmiendo tranquilamente, y aunque eran ya las ocho de la maana,
hora en que todo el mundo sola estar levantado y aun almorzado en
aquella poca, la Princesita, sin dar acuerdo de su persona, segua en
la cama.

Muy interesante juzg, sin duda, su doncella favorita las nuevas que le
traa, cuando se atrevi a despertarla. Entr en su alcoba, abri la
ventana y exclam con alborozo:

--Seora, seora, despertad y alegraos, que ya hay quien os traiga
nuevas del pjaro verde.

La Princesa se despert, se restreg los ojos, se incorpor y dijo:

--Han vuelto los siete sabios que fueron al pas sabeo?

--Nada de eso, contest la doncella; quien trae las nuevas es una de las
lavanderillas que lavan los lacrimosos pauelos de V. A.

--Pues hazla entrar al momento.

Entr la lavanderilla, que estaba ya detrs de una puerta aguardando
este permiso, y empez a referir con gran puntualidad y despejo cuanto
le haba pasado.

Al or la aparicin del pjaro verde, la Princesa se llen de jbilo, y
al escuchar su salida del agua convertido en hermoso Prncipe, se puso
encendida como la grana, una celestial y amorosa sonrisa vag sobre sus
labios, y sus ojos se cerraron blandamente como para reconcentrarse ella
en s misma y ver al Prncipe con los ojos del alma. Por ltimo, al
saber la mucha estima, veneracin y afecto que el Prncipe le tena, y
el amor y cuidado con que guardaba las tres prendas robadas en la
preciosa cajita de sus entretenimientos, la Princesita, a pesar de su
modestia, no pudo contenerse, abraz y bes a la lavanderilla y a la
doncella, e hizo otros extremos no menos disculpables, inocentes y
delicados.

--Ahora s, deca, que puedo llamarme propiamente la Princesa
Venturosa. Este capricho de poseer el pjaro verde no era capricho, era
amor. Era, y es un amor, que por oculto y no acostumbrado camino, ha
penetrado en mi corazn. No he visto al Prncipe, y creo que es hermoso.
No le he hablado, y presumo que es discreto. No s de los sucesos de su
vida, sino que est encantado y que me tiene encantada, y doy por cierto
que es valiente, generoso y leal.

--Seora, dijo la lavanderilla, yo puedo asegurar a V. A. que el
Prncipe, si mi visin no es un sueo vano, parece un pino de oro, y
tiene una cara tan bondadosa y dulce que da gloria verla. El secretario
no es mal mozo tampoco; pero al que yo, no s por qu, le he tomado
aficin, es al escudero.

--T te casars con el escudero, replic la Princesa. Mi doncella, si
gusta, se casar con el secretario, y ambas seris mandarinas y damas de
mi corte. Tu sueo no ha sido sueo, sino realidad. El corazn me lo
dice. Lo que importa ahora es desencantar a los tres pjaros mancebos.

--Y cmo podremos desencantarlos? dijo la doncella favorita.

--Yo misma, contest la Princesa, ir al palacio en que viven y all
veremos. T me guiars, lavanderilla.

sta, que no haba terminado su narracin, la termin entonces, e hizo
ver que no poda servir de gua.

La Princesa la escuch con mucha atencin, estuvo meditando un rato, y
dijo luego a la doncella.

--Ve a mi biblioteca y treme el libro de _Los Reyes contemporneos_ y el
_Almanaque astronmico_.

Venidos que fueron estos volmenes, hoje la Princesa el de Los Reyes, y
ley en alta voz los siguientes renglones:

El mismo da en que muri el Emperador chinesco, su nico hijo, que
deba heredarle, desapareci de la corte y de todo el imperio. Sus
sbditos, creyndole muerto, han tenido que someterse al Kan de
Tartaria.

--Qu deducs de eso, seora? dijo la doncella.

--Qu he de deducir, respondi la __Princesa Venturosa__, sino que el Kan
de Tartaria es quien tiene encantado a mi Prncipe para usurparle la
corona? He ah por qu aborrezco yo tanto al Prncipe trtaro. Ahora me
lo explico todo.

--Pero no basta explicarlo; menester es remediarlo, dijo la lavandera.

--De ello trato--aadi la Princesa--y para ello conviene que al
instante se manden hombres armados, que inspiren la mayor confianza, a
todos los caminos y encrucijadas por donde puedan venir los correos que
envi el Prncipe trtaro al Rey su padre, para consultarle sobre el
caso del pjaro verde. Las cartas que trajeren les sern arrebatadas y
se me entregarn. Si los mensajeros se resisten, sern muertos; si
ceden, sern aprisionados e incomunicados, a fin de que nadie sepa lo
que acontece. Ni el Rey mi padre ha de saberlo. Todo lo dispondremos
entre las tres con el mayor sigilo. Aqu tenis dinero bastante para
comprar el silencio, la fidelidad y la energa de los hombres que han de
ejecutar mi proyecto.

Y efectivamente, la Princesa, que ya se haba levantado y estaba de bata
y en babuchas, sac de un escaparate dos grandes bolsas llenas de oro, y
se las dio a sus confidentas.

stas partieron sin tardanza a poner en ejecucin lo convenido, y la
__Princesa Venturosa__ se qued estudiando profundamente el _Almanaque
astronmico_.


VI.


Cinco das haban pasado desde el momento en que tuvo lugar la escena
anterior. La Princesa no haba llorado en todo ese tiempo, causando no
poco asombro y placer al Rey su padre. La Princesa haba estado hasta
jovial y bromista, dando leves esperanzas a los Prncipes pretendientes
de que al fin se decidira por uno de ellos, porque los pretendientes se
las prometen siempre felices.

Nadie haba sospechado la causa de tan repentina mudanza y de tan
inesperado alivio en la Princesa.

Slo el Prncipe trtaro, que era diablicamente sagaz, recelaba, aunque
de una manera muy vaga, que la Princesa haba recibido alguna noticia
del pjaro verde. Tena, adems, el Prncipe trtaro el misterioso
presentimiento de una gran desgracia, y haba adivinado por el arte
mgica, que su padre le enseara, que en el pjaro verde deba mirar un
enemigo. Calculando, adems, como sabedor del camino y del tiempo que en
l debe emplearse, que aquel da deban llegar los mensajeros que envi
a su padre, y ansioso de saber lo que responda ste a la consulta que
le hizo, mont a caballo al amanecer, y con cuarenta de los suyos, todos
bien armados, sali en busca de los mensajeros referidos.

Mas aunque el Prncipe trtaro sali con gran secreto, la Princesa
Venturosa, que tena espas, y estaba, como vulgarmente se dice, con la
barba sobre el hombro, supo al instante su partida, y llam a consejo a
la lavanderilla y a la doncella.

Luego que las tuvo presentes, les dijo muy angustiada:

--Mi situacin es terrible. Tres veces he ido intilmente a tirar la
naranja debajo del rbol, desde donde la tir la lavanderilla; pero la
naranja no ha querido guiarme al alczar de mi amante. Ni le he visto,
ni he podido averiguar el modo de desencantarle. Slo he averiguado, por
el _Almanaque astronmico_, que la noche en que la lavanderilla le vio,
era el equinoccio de primavera. Acaso no sea posible volver a verle
hasta el prximo equinoccio de la misma estacin, y ya para entonces el
Prncipe trtaro me le habr muerto. El Prncipe trtaro le matar en
cuanto reciba la carta de su padre, y ya ha salido a buscarla con
cuarenta de los suyos.

--No os aflijis, hermosa Princesa--dijo la doncella favorita;--tres
partidas de cien hombres estn esperando a los mensajeros en diferentes
puntos para arrebatarles la carta y trarosla. Los trescientos son
briosos, llevan armas de finsimo temple, y no se dejarn vencer por el
Prncipe trtaro a pesar de sus artes mgicas.

--Sin embargo, yo soy de opinin--aadi la lavandera--de que se enven
ms hombres contra el Prncipe trtaro. Aunque ste, a la verdad, slo
lleva cuarenta consigo, todos ellos, segn se dice, tienen corazas y
flechas encantadas, que a cada uno le hacen valer por diez.

El prudente consejo de la lavandera fue adoptado en seguida. La Princesa
hizo venir secretamente a su estancia al ms bizarro y entendido general
de su padre. Le cont todo lo que pasaba, le confi sus penas, y le
pidi su apoyo. ste se le otorg, y reuniendo apresuradamente un
numeroso escuadrn de soldados, sali de la capital decidido a morir en
la demanda o traer a la Princesa la carta del Kan de Tartaria y al hijo
del Kan, vivo o muerto.

Despus de la partida del general, la Princesa juzg conveniente
informar al _Rey Venturoso_ de cuanto haba acontecido. El Rey se puso
fuera de s. Dijo que toda la historia del pjaro verde era un sueo
ridculo de su hija y de la lavandera, y se lament de que, fundada su
hija en un sueo, enviase a tantos asesinos contra un Prncipe ilustre,
faltando a las leyes de la hospitalidad, al derecho de gentes y a todos
los preceptos morales.

--Ay hija!--exclamaba--t has echado un sangriento borrn sobre mi
claro nombre, si esto no se remedia.

La Princesa se acongoj tambin, y se arrepinti de lo que haba hecho.
A pesar de su vehemente amor al Prncipe de la China, prefera ya
dejarle eternamente encantado a que por su amor se derramase una sola
gota de sangre.

As es que enviaron despachos al general para que no empease una
batalla; pero todo fue intil. El general haba ido tan veloz, que no
hubo medio de alcanzarle. Entonces an no haba telgrafos, y los
despachos no pudieron entregarse. Cuando llegaron los correos donde
estaba el general, vieron venir huyendo a todos los soldados del Rey y
los imitaron. Los cuarenta de la escolta trtara, que eran otros tantos
genios, corran en su persecucin trasformados en espantosos vestiglos,
que arrojaban fuego por la boca.

Slo el general, cuya bizarra, serenidad y destreza en las armas rayaba
en lo sobrehumano, permaneci impvido en medio de aquel terror harto
disculpable. El general se fue hacia el Prncipe, nico enemigo no
fantstico con quien poda habrselas, y empez a reir con l la ms
brava y descomunal pelea. Pero las armas del Prncipe trtaro estaban
encantadas, y el general no poda herirle. Conociendo entonces que era
imposible acabar con l si no recurra a una estratajema, se apart un
buen trecho de su contrario, se desat rpidamente una larga y fuerte
faja de seda que le cea el talle, hizo con ella, sin ser notado, un
lazo escurridizo, y revolviendo sobre el Prncipe con inaudita
velocidad, le ech al cuello el lazo, y sigui con su caballo a todo
correr, haciendo caer al Prncipe y arrastrndole en la carrera.

De esta suerte ahog el general al Prncipe trtaro. No bien muri, los
genios desaparecieron, y los soldados del _Rey Venturoso_ se rehicieron
y reunieron a su jefe. Este esper con ellos a los enviados que traan
la carta del Kan de Tartaria, y que no se hicieron esperar mucho tiempo.

Al anochecer de aquel mismo da volvi a entrar el general en el palacio
del _Rey Venturoso_ con la carta del Kan de Tartaria entre las manos.
Haciendo un gentil y respetuoso saludo, se la entreg a la Princesa.

Rompi sta el sello y se puso a leer, pero intilmente: no entendi una
palabra. Al _Rey Venturoso_ le sucedi lo mismo. Llamaron a todos los
empleados en la interpretacin de lenguas, que no descifraron tampoco
aquella escritura. Los individuos de las doce reales academias vinieron
luego y no se mostraron ms hbiles.

Los siete sabios, tan profundos en lingstica, que acababan de llegar
sin el ave fnix, y que _por ende_ estaban condenados a morir, acudieron
tambin; mas, aunque se les prometi el perdn si lean aquella carta,
no acertaron a leerla, ni pudieron decir en qu lengua estaba escrita.

El _Rey Venturoso_ se crey entonces el ms desventurado de todos los
reyes; se lament de haber sido cmplice en un crimen intil, y temi la
venganza del poderoso Kan de Tartaria. Aquella noche no pudo pegar los
ojos hasta muy tarde.

Su dolor fue, con todo, mucho ms desesperado, cuando al despertarse al
otro da muy de maana supo que la Princesa haba desaparecido,
dejndole escritas las siguientes palabras:

Padre, ni me busques, ni pretendas averiguar adonde voy, si no quieres
verme muerta. Bstete saber que vivo y que estoy bien de salud, aunque
no volvers a verme hasta que tenga descifrada la carta misteriosa del
Kan y desencantado a mi querido Prncipe. Adis.


VII.


La __Princesa Venturosa__ haba ido con sus dos amigas a pi, y en
romera, a visitar a un santo ermitao que viva en las soledades y
asperezas de unas montaas altsimas que a corta distancia de la capital
se parecan.

Aunque la Princesa y sus amigas hubiesen querido ir caballeras hasta la
ermita, no hubiera sido posible. El camino era ms propio de cabras que
de camellos, elefantes, caballos, mulos y asnos, que, con perdn sea
dicho, eran los cuadrpedos en que se sola cabalgar en aquel reino. Por
esto y por devocin fue la Princesa a pi y sin otra comitiva que sus
dos confidentas.

El ermitao que iban a visitar era un varn muy penitente y estaba en
olor de santidad. El vulgo pretenda tambin que el ermitao era
inmortal, y no dejaba de tener razonables fundamentos para esta
pretensin. En toda la comarca no haba memoria de cundo fue el
ermitao a establecerse en lo recndito de aquella sierra, en la cual
raras veces se dejaba ver de ojos humanos.

La Princesa y sus amigas, atradas por la fama de su virtud y de su
ciencia anduvieron buscndole siete das por aquellos vericuetos y
andurriales. Durante el da caminaban en su busca entre breas y
malezas. Por la noche se guarecan en las concavidades de los peascos.
Nadie haba que las guiase, as por lo fragoso del sitio, ni de los
cabrerizos frecuentado, como por el temor que inspiraba la maldicin del
ermitao, pronto a echarla a quien invada su dominio temporal, o a
quien le perturbaba en sus oraciones. Ya se entiende que este ermitao,
tan maldiciente, era pagano. A pesar de la natural bondad de su alma, su
religin sombra y terrible le obligaba a maldecir y a lanzar anatemas.

Pero las tres amigas, imaginando, como por inspiracin, que slo el
ermitao poda descifrarles la carta, se decidieron a arrostrar sus
maldiciones y le buscaron, segn queda dicho, por espacio de siete
das.

En la noche del sptimo iban ya las tres peregrinas a guarecerse en una
caverna para reposar, cuando descubrieron al ermitao mismo, orando en
el fondo. Una lmpara iluminaba con luz incierta y melanclica aquel
misterioso retiro.

Las tres temblaron de ser maldecidas, y casi se arrepintieron de haber
ido hasta all. Pero el ermitao, cuya barba era ms blanca que la
nieve, cuya piel estaba ms arrugada que una pasa, y cuyo cuerpo se
asemejaba a un consunto esqueleto, ech sobre ellas una mirada
penetrante con unos ojos, aunque hundidos, relucientes como dos acuas, y
dijo con voz entera, alegre y suave:

--Gracias al cielo que al fin estis aqu. Cien aos ha que os espero.
Deseaba la muerte, y no poda morir hasta cumplir con vosotras un deber
que me ha impuesto el rey de los genios. Yo soy el nico sabio que habla
an y entiende la lengua riqusima que se hablaba en Babel antes de la
confusin. Cada palabra de esta lengua es un conjuro eficaz que fuerza y
mueve a las potestades infernales a servir a quien le pronuncia. Las
palabras de esta lengua tienen la virtud de atar y desatar todos los
lazos y leyes que unen y gobiernan las cosas naturales. La cabala no es
sino un remedo grosersimo de esta lengua incomunicable y fecunda.
Dialectos pobrsimos e imperfectsimos de ella son los ms hermosos y
completos idiomas del da. La ciencia de ahora, mentira y charlatanera,
en comparacin de la ciencia que aquella lengua llevaba en s misma.
Cada nombre de esta lengua contiene en sus letras la esencia de la cosa
nombrada y sus ocultas calidades. Las cosas todas, al orse llamar por
su verdadero nombre, obedecen a quien las llama. Era tal el poder del
linaje humano cuando posea esta lengua, que pretendi escalar el cielo,
y lo hubiera indudablemente conseguido, si el cielo no hubiese dispuesto
que la lengua primitiva se olvidase.

Slo tres sabios bien intencionados, de los cuales han muerto ya dos,
guardaron en la memoria aquel idioma. Le guardaron asimismo, por
especial privilegio de los diablos, Nembrot y sus descendientes. El
ltimo, de stos muri, una semana ha, por disposicin tuya, oh
__Princesa Venturosa__! y ya no queda en el mundo sino una sola persona
que pueda descifrarte la carta del Kan de Tartaria. Esa persona soy yo;
y para hacerte ese servicio, el rey de los genios ha conservado siglos
mi vida.

--Pues aqu tienes la carta, oh venerable y profundo sabio! dijo la
Princesa, poniendo en manos del ermitao el misterioso escrito.

--Al punto voy a descifrrtela, contest el ermitao, y se cal los
espejuelos, y se acerc a la lmpara para leer. Has de dos horas estuvo
leyendo en alta voz en la lengua en que la carta estaba escrita. A cada
palabra que pronunciaba, el universo se conmova, las estrellas se
cubran de mortal palidez, la luna temblaba en el cielo, como tiembla su
imagen entre las olas del Ocano, y la Princesa y sus amigas tenan que
cerrar los ojos y que taparse los odos para no ver los espectros que se
mostraban, y para no or las voces portentosas, terribles o dolientes,
que partan de las entraas mismas de la conturbada naturaleza.

Acabada la lectura, se quit el ermitao los espejuelos, y dijo con voz
reposada:

--No es justo, ni conveniente, ni posible oh _Princesa Venturosa_! que
sepas todo lo que en esta abominable carta se encierra. No es justo ni
conveniente, porque hay en ella tremebundos y endemoniados misterios. No
es posible, porque en cuantas lenguas humanas se hablan en el da son
estos misterios inefables, inenarrables y hasta inexplicables. El linaje
humano por medio de su incompleta y enfermiza razn llegar a conocer,
cuando pasen millares de aos, algunos accidentes de las cosas; pero
siempre ignorar la sustancia que yo conozco, que conoce el Kan de
Tartaria y que han conocido los sabios primitivos que se valieron, para
sus _elocubraciones_, de esta lengua perfectsima e intransmisible ya por
nuestros pecados.

--Pues estamos frescas, dijo la lavanderilla; si despus de lo que hemos
pasado para encontraros, y siendo vos el nico que podis traducir esa
enmaraada carta, sals ahora con que no queris traducirla.

--Ni quiero ni debo, replic el vetusto y secular ermitao; pero s os
dir lo que la carta contiene de interesante para vosotras, y os lo dir
en brevsimas palabras, sin pararme en dibujos, porque los momentos de
mi vida estn contados y mi muerte se acerca.

El Prncipe de la China es por sus virtudes, talento y hermosura, el
favorito del rey de los genios, el cual le ha salvado mil veces de las
asechanzas que el Kan de Tartaria pona contra su vida. Viendo el Kan
que le era imposible matarle, determin valerse de un encanto para
tenerle lejos de sus sbditos y reinar en lugar suyo en el celeste
imperio. Bien hubiera querido el Kan que este encanto fuera
indestructible y eterno, mas no pudo lograrlo a pesar de sus
maravillosos conocimientos en la magia. El rey de los genios se opuso a
su mal deseo, y si bien no pudo hacer completamente ineficaces sus
encantamentos y conjuros, supo despojarlos de gran parte de su malicia.

Al Prncipe, aunque convertido en pjaro, se le dio facultad para
recobrar por la noche su verdadera figura. Tuvo tambin el Prncipe un
palacio, donde vivir y ser tratado con todo el miramiento, honores y
regalo debidos a su augusta categora. Se acord, por ltimo, su
desencanto, si se cumplan las siguientes condiciones, que el Kan, as
por la mala opinin que tienen de las mujeres, como por lo pervertida y
viciosa qu est la raza humana en general, juzg imposibles de cumplir.

Fue la primera condicin, ya cumplida, que una mujer de veinte aos,
discreta, briosa y apasionada y de la ms baja clase del pueblo, viese a
los tres mancebos encantados, que son los ms hermosos que hay en el
mundo, salir desnudos del bao, y que la limpieza y castidad de su alma
fuesen tales que no se turbasen ni empaasen con el ms ligero estmulo
de liviandad. Esta prueba haba de hacerse en el equinoccio de
primavera, cuando la naturaleza toda excita al amor. La mujer deba
sentirle por la hermosura y admirarla vivamente; pero de un modo
espiritual y santsimo.

Fue la segunda condicin, ya cumplida tambin, que el Prncipe sin poder
mostrarse sino tres instantes, y esto bajo la forma de pjaro verde,
inspirase un amor tan vehemente y casto, cuanto invencible, a una
Princesa de su clase.

La tercera condicin, que ahora se est acabando de cumplir, fue que la
Princesa se apoderase de esta carta, y que yo la interpretara.

La cuarta y ltima condicin, en cuyo cumplimiento habis de intervenir
las tres doncellas que me estis oyendo, es como sigue. Slo me quedan
dos minutos de vida, mas antes de morir os pondr en el palacio del
Prncipe al lado de la taza de topacio. All irn los pjaros y se
zambullirn y se transformarn en hermossimos mancebos. Vosotras tres
los veris; mas habis de conservar, vindolos, toda la castidad de
vuestros pensamientos, y toda la virginidad de vuestras almas, amando,
empero, cada una a uno de los tres, con un amor santo e inocente. La
Princesa ama ya al Prncipe de la China y la lavanderilla al escudero, y
ambas han mostrado la inocencia de su amor: ahora falta que la doncella
favorita de la Princesa se enamore del secretario por idntico estilo.
Cuando los tres mancebos encantados vayan al comedor, los seguiris sin
ser vistas, y all permaneceris hasta que el Prncipe pida la cajita de
sus entretenimientos y diga, besando el cordoncito:

    Ay, cordoncito de mi seora!
    Quin la viera ahora!

La Princesa, entonces, y vosotras con la Princesa, os mostrareis al
punto, y cada una dar un tierno beso en la mejilla izquierda al objeto
de su amor. El encanto quedar deshecho en el acto, el Kan de Tartaria
morir de repente, y el Prncipe de la China, no slo poseer el celeste
imperio, sino que heredar asimismo todos los kanatos, reinos y
provincias, que por derecho propio posee aquel encantador endiablado.

Apenas el ermitao acab de decir estas palabras, hizo una mueca muy
rara, entreabri la boca, estir las piernas y se qued muerto.

La Princesa y sus amigas se encontraron de sbito detrs de una masa de
verdura, al lado de la taza de topacio.

Todo se cumpli como el ermitao haba dicho.

Las tres estaban enamoradas; las tres eran castsimas o inocentes. Ni
siquiera en el punto comprometido de dar el regalado y apretado beso
sintieron ms que una profunda conmocin toda mstica y pura.

As es que inmediatamente quedaron desencantados los tres mancebos. La
China y la Tartaria fueron dichosas bajo el cetro del Prncipe. La
Princesa y sus amigas lo fueron ms an casadas con aquellos hombres tan
lindos. El _Rey Venturoso_ abdic, y se fue a vivir a la corte de su
yerno, que estaba en Pekn. El general que mat al Prncipe Trtaro
obtuvo todas las condecoraciones de China, el ttulo de primer mandarn
y una pensin de miles de miles para l y sus herederos.

Se cuenta, por ltimo, que la __Princesa Venturosa__ y el ya Emperador de
China vivieron largos y felices aos, y tuvieron media docena de
chiquillos a cual ms hermosos. La lavanderilla y la doncella, con sus
respectivos maridos, siguieron siempre gozando del favor de Sus
Majestades, y siendo los seores ms principales de toda aquella
tierra.




PARSONDES


Aunque se ame y se respete la virtud, no se debe creer que sea tan
vocinglera y tan espantadiza como la de ciertos censores del da. Si
hubiramos de escribir a gusto de ellos, si hubiramos de tomar su
rigidez por valedera y no fingida, y si hubiramos de ajustar a ella
nuestros escritos, tal vez ni las _Agonas del trnsito de la muerte_,
de Venegas, ni los _Gritos del infierno_, del padre Boneta, seran
edificantes modelos que imitar.

Por desgracia, la rigidez es slo aparente. La rigidez no tiene otro
resultado que el de exasperar los nimos, hacindoles dudar y burlarse,
aunque slo sea en sueos, de la hipocresa farisaica que ahora se usa.

Vase, si no, el sueo que ha tenido un amigo nuestro, y que trasladamos
aqu ntegro, cuando no para recreo, para instruccin de los lectores.

Nuestro amigo so lo que sigue:

--Ms de dos mil seiscientos aos ha, era yo en Susa un strapa muy
querido del gran Rey Arteo, y el ms rgido, grave y moral de todos los
strapas. El santo varn Parsondes haba sido mi maestro, y me haba
comunicado todo lo comunicable de la ciencia y de la virtud del primer
Zoroastro.

Siete aos haca ya que Parsondes, despus de iluminar el mundo con su
doctrina, y de formar varios discpulos dignos de l, haba
desaparecido, sin que le volviese a ver nadie, ni vivo ni muerto. Los
buenos creyentes daban, pues, por seguro que Parsondes haba subido a la
regin de la luz increada, cerca de Ahura-Mazda, donde brillaba casi
tanto como los Amschaspandes y los Izeds, y donde eclipsaba, a su propio
_feruer_ con beatficos resplandores. All militaba an en el ejrcito
de los espritus luminosos contra el prncipe de las tinieblas
Ahrimanes, cuya soberbia haba humillado en esta vida terrenal, y cuyo
imperio contribua, poderosamente a destruir en la otra vida,
procurando, que se realizase la santa esperanza del triunfo definitivo
del bien sobre el mal. Los sectarios de la religin de Ahura-Mazda
crean, pues, a puo cerrado, que Parsondes deba contarse en el nmero
de los veinte o treinta grandes profetas, precursores y continuadores de
Zoroastro hasta la consumacin de los siglos. Aunque en Susa y en todo
el imperio de los medos, con los reinos tributarios, haba hombres de
otras varias religiones y creencias, todos respetaban y casi divinizaban
igualmente a Parsondes, si bien por diversos estilos. Unos decan que
haba encontrado la flecha de Abaris y se haba ido por el aire, montado
en ella; otros, que se haba elevado al empreo en el trono flotante de
Salomn o en un carro de fuego; otros, que el dragn Musaros, que en la
antigedad ms remota civiliz a los asirios, y que tena cuerpo de pez,
cabeza de hombre y piernas de mujer, se le haba llevado consigo a su
palacio submarino, en el fondo del golfo prsico. En resolucin, aunque
por distinta manera, todos convenan en que Parsondes, el virtuoso y el
sabio, estaba viviendo con los dioses. En las plazas pblicas de Susa se
veneraba su imagen, coronada la cabeza de una mitra con quince cuernos,
en razn de las quince virtudes capitales que resplandecieron en l, y
vestido el cuerpo de un ropaje talar lleno de otros smbolos ms
extraos an en nuestros das, aunque entonces no lo fuesen.

Entre tanto, las malas costumbres, el lujo, la disipacin, los galanteos
y las fiestas dispendiosas iban en aumento desde la muerte o
desaparicin de Parsondes, el cual, mientras vivi entre nosotros, no
hizo ms que condenar aquellos abusos.

El Rey de Babilonia, Nanar, tributario de mi augusto amo Arteo, Rey de
Media, haba roto todo freno y corra desbocado por el camino de los
deleites. Nosotros acusbamos a Nanar, como Parsondes le haba acusado
antes; pero nuestra voz, menos autorizada que la suya, no tocaba el
corazn de Arteo, ni le decida a destronar a Nanar, y a poner otro Rey
ms morigerado en Babilonia. Nanar era ms descredo y libertino que
Sardanpalo, y en Babilonia no se adoraba ya a otro dios que al inters
y a Milita, o como si dijramos, a Venus. En vano mis camaradas y yo
predicbamos contra la corrupcin. El vulgo y la nobleza se nos rean en
las narices. Nosotros nos vengbamos con hablar de la santa vida de
Parsondes y con ponerla en contraposicin de la vida que ellos llevaban.

As iban las cosas, cuando una maanita Arteo me hizo llamar muy
temprano a su presencia.

--Hay esperanzas, me dijo, de que Parsondes viva an; pero, si ha
muerto, es menester vengarle y castigar a su matador, que no puede ser
otro que el rey Nanar.

--Tu sabidura, seor, le contest, es como la luz, que lo penetra y
descubre todo. Vences al cocodrilo en prudencia y al lince en
perspicacia; pero, cmo has sabido que Parsondes puede vivir an, y
que, si ha muerto, Nanar ha sido su asesino? No han asegurado los magos
que Parsondes est en el cielo? No han descubierto los astrlogos en la
bveda azul una estrella, antes nunca vista, y no han reconocido en esa
estrella el alma de Parsondes?

--As es la verdad, replic el Rey, pero yo he llegado a averiguar, por
revelacin de algunos caballeros babilonios descontentos de Nanar, que
ste, furioso de lo que Parsondes clamaba contra l, envi siete aos ha
emisarios por todas partes para que ocultamente le prendiesen y llevasen
a su alczar; y all debe de estar Parsondes, o muerto, o padeciendo
tormentos horribles.

--Ah, seor! exclam yo al punto, postrndome a los pies del Rey, justo
es vengar una maldad tan espantosa. Permite que yo sea el instrumento
de tu venganza, y que salve a mi querido maestro del cautiverio en que,
si no ha muerto, se halla.

El Rey me dijo que con ese fin me haba llamado, y que al instante me
preparase a partir con el acompaamiento debido, y rdenes terminantes
suyas para que Nanar me respondiese con su vida de la del santo varn, o
le pusiese en libertad.

Aquel mismo da, que era uno de los ms calurosos del esto, sal de
Susa en un magnfico carro tirado por cuatro caballos rabes. Un hbil
cochero iba dirigindole, y dos esclavos etopes me acompaaban tambin
en el carro, haciendo aire el uno con un abanico de plumas de avestruz,
y sosteniendo el otro, sobre rico varal de marfil, prolijamente labrado,
el ancho parasol de seda. Cuatrocientos jinetes, todos con aljabas,
arcos y flechas, vestidos de malla y cubierta la cabeza con sendos
capacetes de bronce, nielado de refulgentes colores, me seguan y me
daban mayor autoridad y decoro. Seis batidores, montados en rayadas y
velocsimas cebras, iban delante de m, a fin de anunciarme en las
diversas poblaciones. Las vituallas y refrescos que traamos para suplir
las faltas del camino, venan sobre los lomos de veinte poderosos
elefantes.

Por no pecar de prolijo, no refiero aqu menudamente los sucesos de mi
viaje. Baste saber que el dcimo da descubrimos a lo lejos los muros
ingentes de Babilonia, obra de Nabucodonosor y de Nitcris. Tenan
treinta varas de espesor, circundaban la ciudad, formando una zona de
veintids leguas de bojeo, y se elevaban, por la parte ms baja, ciento
veinte varas sobre la tierra; tanto como los campanarios de las
catedrales de ahora. Un copete de verdura coronaba los muros. Eran los
jardines pensiles. Sobre los muros y sobre los jardines descollaban
algunos edificios, como los palacios reales, el templo de Belo y la
famosa torre de Nemrod, que constaba de ocho pisos, de ms de doscientas
varas de alto el primero. Desde la cima de esta torre, que pareca tocar
la bveda celeste, presuman tratar los sabios antiguos con los dioses,
secretas inteligencias o genios que mueven los astros. Aunque tan
distantes an, y de un modo confuso, creamos ya percibir las colosales
figuras esculpidas y pintadas en las paredes exteriores de palacios y
templos; aquellos toros con cabeza de hombre y aquellos hombres con
cabeza de len; aquellos prceres y aquellos guerreros, ceidos los
riones de talabartes, de que se enamoraron Oala y Oliba. El sol
reflejaba desde Oriente sobre los gigantescos edificios y sobre las cien
puertas enormes de la ciudad, que eran de bronce dorado. El resplandor
que despedan deslumbraba los ojos. El Eufrates y el Tgris,
serpenteando y heridos tambin por los rayos del sol que rielaba en sus
ondas, se asemejaban a dos cintas de oro en fusin que formaban un lazo.

Los batidores se haban adelantado a anunciar mi llegada. De repente
vimos levantarse en la extensa y frtil llanura, entre las huertas,
jardines y verdes sotos, por donde estaba abierto el camino, una
nubecilla blanca que se iba agrandando. Luego vimos una mancha oscura
que se mova hacia nosotros. Poco despus lleg a todo correr uno de mis
batidores a decirme que Nanar se acercaba a recibirme con numerosa
comitiva. En esto la mancha oscura se haba agrandado en extremo, y
empezamos a or distintamente el son de los instrumentos msicos, el
relinchar de los caballos y el resonar de las armas. Notamos, por
ltimo, el resplandor del oro y de la plata, el lujo de las vestiduras y
la magnificencia de los que a recibirnos venan.

Hice entonces que el cochero aguijase los caballos, y pronto estuve
cerca del Rey Nanar, que vena en un soberbio palanqu de bamb, sndalo
y ncar, sostenido por doce gallardos mancebos. El Rey baj del
palanqun y yo del carro, y nos saludamos y abrazamos con mutua
cordialidad.

La tnica del Rey era de tis de oro, bordada de seda de mil colores. En
el bordado se representaban todas las flores del campo y todos los
pjaros del aire y todas las estrellas del ter. Llevaba el Rey una
tiara no menos estupenda, ajorcas y brazaletes, y por zarcillos dos
redondas perlas, del tamao cada una de un huevo de perdiz.

Su cabellera le caa en bucles perfumados sobre la espalda, y la barba
formaba menudsimos rizos, artstica y simtricamente ordenados. Su
vestido y su persona despedan delicada fragancia. A pesar de mi
severidad, no pude menos de admirarme de la finura del Rey Nanar, y
confes, all en mis adentros, que era la persona ms _comm'il faut_ que
haba yo tratado en mi vida.

El Rey me aloj en su alczar, me dio fiestas esplndidas, y me distrajo
de tal suerte que casi me hizo olvidar el objeto de mi misin. Ya
tenamos un concierto, ya un baile, ya una cena por el estilo de la que
dio Baltasar muchos aos despus. Yo no me atreva a preguntar al Rey
qu haba hecho de Parsondes. Yo no comprenda que un seor tan
excelente, que agasajaba y regalaba a los huspedes con aquella
elegancia y cortesana, hubiese dado muerte o tuviese en duro cautiverio
a mi querido maestro.

Por ltimo, una noche me arm de toda mi austeridad y resolucin, y dije
a Nanar, en nombre del Rey mi amo, que en el momento mismo iba a decir
dnde estaba el virtuoso Parsondes, si no quera perder el reino y la
vida. Nanar, en vez de contestarme, hizo venir al punto a todas las
bayaderas y cantatrices que haba en el alczar: se entiende que fuera
del recinto, harn o como quiera llamarse, reservado a sus mujeres. Las
tales sacerdotisas de Milita pasaban de novecientas, y eran de lo ms
bello y habilidoso que a duras penas pudiera encontrarse en toda el
Asia. Las muchachas llegaron bailando, cantando y tocando flautas,
crtalos y salterios, que era cosa de gusto el verlas y el orlas. Yo me
qued absorto. Nanar me dijo, y aqu fue mayor mi estupefaccin:

--Ah tienes al santo Parsondes en medio de esas mujeres. Parsondes,
ven ac y saluda a tu antiguo discpulo.

Sali entonces del centro de aquella turba femenina uno que, a no ser
por la barba, hubiera podido confundirse con las mujeres. Traa pintadas
las cejas de negro, de azul los prpados, a fin de que brillasen ms los
ojos, y las mejillas cubiertas de colorete. Estaba todo perfumado, su
traje era casi tan rico como el del Rey, su andar afeminado y lnguido;
de sus orejas pendan zarcillos primorosos; de su garganta un collar de
perlas; cea su frente una guirnalda de flores. Era el mismo Parsondes,
que me ech los brazos al cuello.

--Yo soy, me dijo, muy otro del que antes era. Vulvete, si quieres, a
Susa, pero no digas que vivo an, para que no se escandalicen los magos,
y para que sigan teniendo un ejemplo reciente de santidad a que
recurrir. Nanar se veng de mi ruda y desaliada virtud hacindome
prisionero y mandando que me enjabonasen y fregasen con un estropajo.
Despus han seguido lavndome y perfumndome dos veces al da,
regalndome a pedir de boca, y obligndome a estar en compaa de todas
estas alegres seoritas, donde he acabado por olvidarme de Zoroastro y
de mis austeras predicaciones, y por convencerme de que en esta vida se
ha de procurar pasarlo lo mejor posible, sin ocuparse en la vida de los
otros. Cuidados agenos matan al asno, y nadie lo es ms que quien se
mezcla en censurar los vicios de los otros, cuando slo le ha faltado la
ocasin para caer en ellos, o cuando, si en ellos no ha cado, se lo
debe a su ignorancia, mal gusto y rustiqueza.

Las manos me puse en los odos para no or semejantes blasfemias en boca
de aquel sabio admirable. Desesperado y rabioso estaba yo de verle
convertido en _bon vivant_, con sus puntas y collar de bribn
desvergonzado; mas para evitar habladuras escandalosas, determin
aconsejar al colegio de los magos que siguiese sosteniendo que Parsondes
haba subido al empreo, y que siguiese venerando su imagen, sin
descubrir nunca, antes negando rotundamente, que Parsondes viva con las
bailarinas de Babilonia, en el alczar de Nanar.

En esto despert de mi sueo y me volv a encontrar en mi pobre casita
de esta corte.

--Creo, aada nuestro amigo al terminar su cuento, que con menos
riqueza y a menos costa pueden los Nanares del da seducir a los
Parsondes que zahieren su inmoralidad y sus vicios, movidos, no de la
caridad, sino de la envidia. Los que no estn seguros de la propia
virtud y entereza de nimo han de ser, pues, ms indulgentes con los
Nanares. Desdichado aquel que hace alarde de virtud sin tenerla
probadsima!

Dichoso aquel que la practica y calla!




EL BERMEJINO PREHISTRICO

O LAS SALAMANDRAS AZULES

I


Siempre he sido aficionado a las ciencias. Cuando mozo, tena yo otras
mil aficiones; pero como ya soy viejo, la aficin cientfica prevalece y
triunfa en mi alma. Por desgracia o por fortuna me sucede algo de muy
singular. Las ciencias me gustan en razn inversa delas verdades que van
demostrando con exactitud. As es que apenas me interesan las ciencias
exactas, y las inexactas me enamoran. De aqu mi inclinacin a la
filosofa.

No es la verdad lo que me seduce, sino el esfuerzo de discurso, de
sutileza y de imaginacin que se emplea en descubrir la verdad, aunque
no se descubra. Una vez la verdad descubierta, bien demostrada y
patente, suele dejarme fro. As, un mancebo galante, cuando va por la
calle en pos de una mujer, cuyo andar airoso y cuyo talle le
entusiasman, y luego se adelanta, la mira el rostro, y ve que es vieja,
o tuerta, o tiene hocico de mona.

El hombre adems sera un mueble si conociera la verdad, aunque la
verdad fuese bonita. Se aquietarla en su posesin y goce y se volvera
tonto. Mejores, pues, que sepamos pocas cosas. Lo que importa es saber
lo bastante para que aparezca o se columbre el misterio, y nunca lo
bastante para que se explique o se aclare. De esta suerte se excita la
curiosidad, se aviva la fantasa y se inventan teoras, dogmas y otras
ingeniosidades, que nos entretienen y consuelan durante nuestra
existencia terrestre; de todo lo cual careceramos, siendo mil veces ms
infelices, si de puro rudos no se nos presentase el misterio, o si de
puro hbiles llegsemos a desentraar su hondo y verdadero significado.

Entre estas ciencias inexactas, que tanto me deleitan, hay una, muy en
moda ahora, que es objeto de mi predileccin. Hablo de la prehistoria.

Yo, sin saber si hago bien, divido en dos partes esta ciencia. Una, que
me atrevera a llamar prehistoria geolgica, est fundada en el
descubrimiento de calaveras, canillas, flechas y lanzas, pucheretes y
otros cacharros, que suponen los sabios que son de una edad remotsima,
que llaman de piedra. Esta prehistoria me divierte menos, y tiene, a mi
ver muchsimos menos lances que oir prehistoria que llamaremos
filolgica, fundada en el estudio de los primitivos idiomas y en los
documentos que en ellos se conservan escritos. Esta es la prehistoria
que a m me hace ms gracia.

Qu variedad de opiniones! Qu agudas conjeturas! Con qu arte se
disponen y ordenan los hechos conocidos para que se adapten al sistema
que forja cada sabio! Ya toda la civilizacin nace de Egipto; ya de los
acadies en el centro del Asia; ya viene de la India; ya de un continente
que llaman Lemuria, hundido en el seno del mar, al Sur, entre frica y
Asia; ya de otro continente, que hubo entre Europa y Amrica, y que se
llam la Atlntida.

Sobre el idioma primitivo, as como sobre la primitiva civilizacin, se
sigue disputando. Hasta se disputa sobre si fue uno o fueron varios los
idiomas: esto es, sobre si los hombres empezaron a dispersarse por el
mundo _alalos_, o digamos, sin habla an, y en manadas, y luego fueron
inventando diversos idiomas en diversos puntos, o sobre si antes de la
dispersin hablaban ya todos una sola lengua.

Mi prurito de curiosear me induce a leer cuantos libros nuevos van
saliendo sobre esta materia, que no son pocos; y mientras ms
desatinados son, miradas las cosas por el vulgo de los timoratos, ms me
divierten los tales libros.

En estos ltimos das los libros que he ledo van en contra de los
arios, de los egipcios, de los semitas y de otras naciones y castas, que
antes pasaban por las civilizadoras en grado superior. Si los libros
antiguos han sostenido que la civilizacin, como la luz solar, se
difundi de Oriente hacia Occidente, estos nuevos libros afirman que se
difundi en sentido inverso, de Occidente hacia Oriente. Todo el saber
de los magos de Irn y de Caldea, de los brahmanes de las orillas del
Ganges, de los sacerdotes de Isis y Osiris, de los iniciados en
Samotracia y de los pueblos de Fenicia y Frigia, no vale un pito,
comparado al saber de ciertos galos primitivos, cuyo centro de luz
estuvo en un Pars prehistrico.

Los galos y sus bardos y druidas, poetas y sacerdotes, lo ensearon
todo; pero su misma, ciencia era ya reflejo confuso y recuerdo no
completo de la ciencia que poseyeron, en el centro del pas frtil y
hermoso que hoy se llama Francia, antes de la venida de los celtas,
otros hombres ms primitivos y excelentes que llamaremos hiperbreos o
protoscitas.

Pero qu lengua hablaban estos protoscitas o hiperbreos, cuyo centro y
foco civilizador fue un Pars de hace seis o siete mil aos lo menos?
Hablaban la lengua euskara, vulgo vascuence. De dnde haban venido?
Haban venido de la Atlntida, que se hundi. Qu conocimientos tenan?
Tenan todos los conocimientos que hoy poseemos y muchos ms que se han
ofuscado por medio de fbulas y de otras nieras. As, pues, los
arimaspes, que tenan un ojo solo y miraban al cielo, eran los
astrnomos de entonces, que ya conocan el telescopio; y la flecha en
que Abaris iba cabalgando de un extremo a otro de la tierra, era el
globo aerosttico o un artificio para volar con direccin y brjula,
etc., etc., etc. Ya se entiende que la poca de los arimaspes y la de
Abaris son de decadencia para la civilizacin hiperbrea.

Confieso que todo este sistema me encant. No es mi propsito exponerle
aqu. Paso volando sobre l y voy a mi asunto.

Digo, no obstante, que me encant por dos razones. Es la primera lo
mucho que Francia me agrada. Cuanto ms natural es que el germen de la
civilizacin europea haya nacido y florecido, desde antiguo, en aquel
feraz y riqusimo jardn, en aquel suelo privilegiado, que no en la
Mesopotamia o en las orillas del Nilo? Y es la segunda razn, la de que
tengo amigos guipuzcoanos, que habrn de alegrarse mucho, si se prueba
bien que su lengua y su casta fueron el instrumento de que se vali la
Providencia para acabar con la barbarie, iluminar el mundo y adoctrinar
a las dems naciones.

Cunto se holgar de esto, si vive an, como deseo, mi docto y querido
amigo D. Joaqun de Irizar y Moya, que ha escrito obras tan notables
sobre la lengua vascuence, echando la zancadilla a los Erros,
Larramendis y Astarloas! Algo aprovechar l de las flamantes
invenciones para dar ms vigor a su sistema, arreglndole de suerte que
se ajuste y cuadre con la ms perfecta ortodoxia catlica.

Sea como sea, para m es evidente que antes de que penetraran en Espaa
los celtas, los fenicios, los griegos y otras gentes, hubo en Espaa un
pueblo civilizado, que llamaremos los iberos. Este pueblo se extenda
por toda nuestra pennsula, y aun tena colonias en Cerdea, en Italia y
en otras partes, como Guillermo Humbolt lo ha demostrado. Eran vascos y
hablaban la lengua euskara. La nacin y estado ms culto e ilustre
entre ellos fue la repblica de los turdetanos, quienes, segn
testimonio de Estrabon, tuvieron letras y leyes y lindos poemas en
verso, que contaban seis mil aos de antigedad. Ahora bien, los
alfabetos celtibrico y turdetano, que ha reconstruido y publica don
Luis Jos Velzquez, son muy modernos en comparacin de la fecha
anteriormente citada. Dichos alfabetos son un trasunto del fenicio o del
griego, y debe suponerse, por lo tanto, que antes de la venida a Espaa
de griegos y de fenicios, los turdetanos tuvieron alfabeto propio, con
el cual escribieron sus poemas y dems obras.

A mi ver, el Sr. D. Manuel de Gngora y Martinez ha tenido la gloria de
descubrir este alfabeto. Vanse las inscripciones que Osiris en sus
_Antigedades prehistricas de Andaluca_, de la _Cueva de los letreros_
y de otras cuevas y escondites, algunos de los cuales se hallan cerca
del lugar de Villabermeja, lugar que yo he tratado de hacer famoso, as
como a su ms conspicuo habitante el Sr. D. Juan Fresco.

A corta distancia de Villabermeja hay un sitio, que apellidan el
Laderon, donde cada da se descubren vestigios y reliquias de una
antiqusima y floreciente ciudad.

El erudito y sagaz anticuario D. Aureliano Fernandez Guerra prueba que
all estuvo Favencia, en tiempo de los romanos, ciudad que desde poca
muy anterior se llamaba Vesci.

Don Juan Fresco, excitada su curiosidad y estimulada su actividad
infatigable, desde que el Sr. Gngora, publicando en 1868 sus
_Antigedades_, le puso sobre la pista, se ha dado a buscar letreros en
_Cuevas escritas_ y en otros monumentos que hay cerca de Vesci, y los ha
hallado y reunido en mucha copia.

Emulo de Champollion Figeac, Anquetil Duperron, Burnouf, Grotefend,
Oppert y Lassen, mi referido amigo D. Juan Fresco cree haber descifrado
estos garrapatos ibricos primitivos, como aquellos otros sabios, los
hieroglficos, la escritura cuneiforme y dems reconditeces.

Yo no intento abogar aqu por el descubrimiento de mi tocayo y paisano y
demostrar que es evidente. Esto ya lo har l en su da. Yo voy a
limitarme a referir una historia que Don Juan Fresco dice haber ledo en
ciertas inscripciones semejantes a las de la _Cueva de los letreros_.
Entendidas las letras, parece que lo dems es llano, pues el idioma
ibero primitivo es casi el vascuence de ahora.

Me pesa de no dar aqu la traduccin exacta del texto original. Don
Juan Fresco no ha querido comunicrmela. Har, pues, la narracin con
las pausas, explicaciones y comentarios intercalados que l la ha hecho.
De otro modo no se comprendera.

La historia es relativamente moderna; pues, segn mi amigo, todava han
de descubrirse leyendas e historias en lengua proto-ibrica, ms
antiguas y venerables que el poema egipcio de Pentaur sobre una hazaa
de Sesstris o Ranss II, y que los poemas hallados por nuestro conocido
el diplomtico Sr. Layard en la biblioteca de Asurbanipal en Nnive:
poemas ya arcaicos ocho siglos antes de Cristo, y traducidos los ms de
la lengua sagrada de los acadies, entonces tan muerta como el latn
ahora entre nosotros.

Y esto no debe maravillarnos, porque segn Roisel, en _Los Atlantes_,
toda cultura viene de stos, antes de que la hubiera en Caldea, en
Asiria, en Egipto o en punto alguno de Oriente.

Es una lstima que no tengamos an documentos del siglo de oro o de los
siglos de oro de la literatura atlntica parisina, de har unos ocho mil
aos, ni de la emanacin btica de aquella cultura, implantada a orillas
del Guadalquivir por los turdetanos.

El documento hallado, descifrado, explicado y comentado por Don Juan
Fresco es de poca relativamente fresca: como si dijramos de ayer de
maana. Ya la cultura ibrica indgena haba decado, y Espaa se vea
llena de colonias fenicias y aun griegas. Los de Zazinto haban ya
fundado a Sagunto, y haca ms de un siglo que haban fundado los tirios
a Mlaga, Abdera, Hispalis y Gades. Era por los aos de 1000, antes de
nuestra era vulgar, sobre poco ms o menos.




II


Vesci era una ciudad importante de la confederacin de los trdulos. En
el tiempo a que nos referimos, los vescianos tenan ya la misma calidad
que a sus descendientes del da les ha valido el dictado de bermejinos:
casi todos eran rubios como unas candelas. Descollaba entre todos, as
por lo rubio como por lo buen mozo y gallardo, el elegante y noble
mancebo Mutileder. Disparaba la honda con habilidad extraordinaria y
mataba a pedradas los aviones que pasaban volando; montaba bien a
caballo; guiaba como pocos un carro de guerra; saba de memoria los
mejores versos turdetanos y los compona tambin muy regulares; con un
garrote en la poderosa diestra era un hombre tremendo; con las mujeres
era ms dulce que una arropa y ms sin hiel que una paloma; corra
como un gamo; luchaba a brazo partido como los osos, y posea otra
multitud de prendas que le hacan recomendable. Casi se puede asegurar
que su nico defecto era el de ser pobre.

Mutileder, hurfano de padre y madre, no tena predios urbanos ni
rsticos, viva como de caridad en casa de unos tos suyos, y en Vesci
no saba en qu emplearse para ganarse la vida. Era un seor, como
vulgarmente se dice, sin oficio ni beneficio.

Frisaba ya en los veinticuatro aos, y harto de aquella vida, y ansiando
ver mundo, pidi la bendicin a sus tos, quienes se la dieron
acompaada de algn dinero, y tomando adems armas y caballo, sali de
Vesci a buscar aventuras y modo de mejorar de condicin.

Como Mutileder tena tan hermosa presencia, y era adems simptico y
alegre, por todas partes iba agradando mucho. Los sugetos de suposicin
y campanillas le convidaban a bailes y fiestas, y las damas ms
graciosas y encopetadas le ponan ojos amorosos; pero l era bueno,
pudibundo e inocentn, y nada til sacaba de todo esto. El dinero que le
dieron sus tos se iba consumiendo, y no acuda nuevo dinero a
reemplazarle.

As, detenindose en diferentes poblaciones, como, por ejemplo, en
Igbron; pasando luego el Sngilis, hoy Genil; entrando en la tierra de
los turdetanos, y parando tambin en Ventipo, lleg a un lugar de los
bstulos que se llamaba entonces Aratispi, y que yo sospecho que ha de
ser la Alora de nuestros tiempos, tan famosa por sus _juegos llanos_.
All tena Mutileder una prima, que era un sol de belleza, con diez y
ocho aos de edad, y ms rubia que l, si cabe. Esta prima se llamaba
Echelora. Su padre, viudo y muy rico, la idolatraba.

Mutileder y Echelora eran de casta ibera pursima, sin mezcla alguna de
celtas ni de fenicios. Sus familias, o mejor dir su familia, pues era
una misma la de ambos, se jactaba, no sin fundamento, de descender de
los primitivos atlantes, que haban emigrado muchos siglos haca, cuando
se hundi en el mar la Atlntida, y que, yendo unos por mar siempre,
haban llevado a Egipto la cultura, mucho antes de la civilizadora
expedicin de Osiris, mientras que otros, conocidos despus con el
nombre de hiperbreos, desembarcando en Francia, haban difundido la luz
y fundado florecientes Estados, caminando hacia Oriente hasta ms all
de las montaas Rifeas, e influyendo, por ltimo, en el despertar a la
vida poltica y culta de los arios y de los semitas.

En suma, Echelora y Mutileder eran dos personas ilustres y dignas de
serlo por su mrito.

Apenas se vieron, se amaron... Qu digo se amaron? Se enamoraron
perdidamente el uno de la otra y el otro de la una.

El padre de Echelora, que no tena nada de lerdo, not en seguida el
amor de la muchacha y procur acabar con l, porque el primito no posea
otro patrimonio que su apasionado corazn; pero Echelora estaba
prendada de veras, y el padre, que en el fondo era un bendito, se avino
y se resign al cabo a que Mutileder aspirase a ser su yerno.

Ambos amantes se juraron eterna fidelidad. Antes morir que ser de
otro, dijo ella. Antes morir que ser de otra, respondi l. Y esta
promesa se hizo repetidas veces y se solemniz y corrobor con los
juramentos ms terribles.

Despus de esto, qu remedio haba sino casar cuanto antes a los primos
novios? As lo resolvi el padre, y se empezaron a hacer los
preparativos para la boda, que deba verificarse en el prximo otoo.

Era ya el fin de la primavera, y en aquellas edades antiqusimas
suceda lo propio que ahora que a la primavera segua el verano.

Aratispi era lugar ms bonito que lo es Alora al presente. En torno
haba, como hay an, frtiles huertas y frondosos y siempre verdes
bosques de naranjos y limoneros; pero los cerros que limitaban aquel
valle amensimo, en vez de estar pelados, como ahora, estaban cubiertos
de encinas, alcornoques, algarrobos, castaos y otros rboles, entre
cuyos troncos y a cuya sombra crecan brezos, helechos, tomillo,
mejorana, mastranzo y otras plantas y hierbas olorosas.

Era tal entonces la generosidad de aquel suelo, que las palmas enanas,
que hoy suelen cubrirle y que apenas sirven para ms que para hacer
escobas y esportillas, se alzaban a grande altura, mientras que las
crestas ms empinadas de los montes, calvas ahora, se vean cubiertas de
una verde diadema de abetos, de pinos y de cipreses.

A pesar de todo, fuerza es confesar que en verano haca entonces en
Aratispi un calor de todos los demonios.

Echelora quiso, con razn, tomar algunos baos de mar, y su padre la
llev a un puerto muy bonito, cerca de Mlaga, que D. Juan Fresco y yo
calculamos que debi de ser Churriana.

Naturalmente Mutileder fue a Churriana tambin, acompaando a su futura.

Los primos estaban como dos tortolitas, arrullndose siempre. Mientras
ms miraba l a Echelora, ms linda y angelical la encontraba y ms
melifluo se pona con ella. Y mientras ms miraba Echelora a Mutileder,
mayor nmero de perfecciones y de excelencias hallaba en l.

Pues no digamos nada, porque sera cuento de nunca acabar, de la mutua
admiracin que naca en ambas almas al considerar el talento o la
habilidad del objeto de su amor. Cada pedrada que tiraba Mutileder
mataba un pajarillo y parta el corazn de Echelora, a fuerza de
entusiasmo. Y Echelora, por su parte, a ms de encantar a Mutileder con
los cantares que saba entonar, le haba hecho una honda de pita, tan
llena de sutiles y primorosas labores, que l se quedaba horas enteras
embobado contemplando la honda.

Los dos enamorados gozaban de la ms completa libertad y se iban solos
de paseo por aquellos vericuetos y andurriales; ya por la orilla del
resonante mar; ya por los encinares y olivares que vestan aquellos
alcores; ya por los verjeles, sotos y alamedas del valle, regado por un
riachuelo cristalino. Pero uno y otro eran tan como Dios manda, que a
pesar de lo mucho que se queran, no se propasaron nunca a otra cosa
sino a estrecharse afectuosamente las manos, y una o dos veces a lo ms,
a consentir ella en recibir un casto beso en la tersa y cndida frente,
y a lograr l estamparle.

La suma virtud y exquisita delicadeza de estos primos lo pona todo en
reserva para el da dichoso en que la religin y las leyes consagrasen
su unin indisoluble.

Entre tanto se decan doscientas mil ternuras a cada momento. Tu nombre
es un sello que he puesto sobre mi corazn, exclamaba Echelora. Mi
corazn es tuyo para siempre: antes dejar de latir que de amarte a ti
sola, contestaba Mutileder.

En estos coloquios se pasaban las horas, y de continuo estaban juntos
ambos amantes, menos cuando Echelora se retiraba a dormir al lado de su
anciana nodriza y en estancia muy resguardada, o bien cuando iba a la
playa a baarse; pues entonces, a fin de evitar el qu dirn y las
murmuraciones, Mutileder no se baaba con ella, tal vez por no usarse
an trajes de bao, tan complicados y encubridores de las formas como
los que se llevan ahora en Biarritz y en otros sitios.




III


Mlaga era ciudad fenicia de mucho comercio. Casi competa con Cdiz. Su
puerto estaba lleno de naves tirias, pelasgas, griegas y etruscas. En
sus tiendas se vendan mil primores trados de lejanos pases: telas de
lana, teidas de prpura en Tiro; joyas de oro, hechas en Mnfis, en
Sais y en otras ciudades egipcias; piedras preciosas y tejidos de
algodn del Indostn; alfombras de Persia, y hasta sedera del casi
ignorado pas de los Seras.

Echelora fue a Mlaga varias veces, con su padre y con su novio, a
recorrer dichas tiendas y a comprar galas para el suspirado da del
casamiento.

Hallbase a la sazn en Mlaga uno de los ms audaces y sabios marinos
que haba entonces en el mundo: el clebre Adherbal.

Acababa de hacer una navegacin felicsima, y su nave se pareca,
anclada en el puerto, cargada de estao, mbar, hierro, pieles de
armios y de castores, y otros objetos de valor que l haba ido a
buscar a las costas de Francia, Inglaterra y otras regiones del Norte de
Europa, a donde slo los fenicios se aventuraban a llegar en aquella
poca.

Adherbal pensaba volver pronto a Tiro; pero antes deba tomar en Mlaga
cobre, vino, azogue y oro en polvo de las arenas de nuestros ros,
dejando all en cambio parte de su cargamento.

Paseando un da por el muelle vio Adherbal a Echelora, y al verla jur
por Melcart y por Astoret, como si dijramos por Hrcules y por Venus,
que jams haba visto criatura ms linda y salada. Ganas tuvo de
llegarse de sbito a la muchacha y de soltarle el pavo, esto es, de
decirle sin ceremonia sus atrevidos pensamientos: pero Mutileder iba al
lado de ella, mirando receloso a todas partes, con la barba sobre el
hombro, en actitud desconfiada y hostil, y blandiendo un enorme y fiero
garrote.

La prudencia refren los mpetus del marino fenicio. Bastaba ver de
refiln a Mutileder para hacerse cargo de que era capaz de deslomar a
cualquiera de un garrotazo, si llegaba a descomponerse un poco con la
hermosa y cndida Echelora.

Adherbal, como queda dicho, era prudente, pero era obstinado tambin,
emprendedor y ladino. Echelora no produjo en l una impresin fugaz y
ligera, sino profunda y durable. As fue que determin averiguar quin
era y dnde viva, y lo consigui con discrecin y recato.

Dos o tres veces fue despus a caballo a Churriana con disimulo, y
volvi a ver a la nia, quedando cautivo de su singular donaire.

Por ltimo, por medio de personas listas del pas, se inform de la vida
de Echelora, supo que iba a casarse con Mutileder, y no qued pormenor
de que no llegase a tener cabal noticia.

Con estos elementos form Adherbal un plan diablico, el cual le sali
bien, como por desgracia salen bien casi todos los planes diablicos.

Una maana muy temprano lev anclas su nave y zarp del puerto de
Mlaga, despus de despedirse l para Tiro. Fuera ya la nave del puerto,
se qued, muy cerca de la costa, hacia el Oeste, dando bordeadas como
para ganar mejor viento. As trascurrieron algunas horas, hasta que
lleg aqulla en que la gentil Echelora bajaba a baarse en la mar.
Entonces salt Adherbal en una lancha ligersima con ocho remeros
pujantes y otros dos hombres de la tripulacin, grandes nadadores y
buzos, y de los ms giles y devotos a su persona. Con la lancha se
acerc cautelosamente, ocultndose en las sinuosidades de la costa y al
abrigo de las peas y montecillos, hasta que lleg cerca del lugar donde
Echelora se baaba, creyndose segura y con el ms completo descuido.
Los nadadores se echaron entonces al agua, zambulleron, surgieron de
improviso donde Echelora estaba bandose, se apoderaron de ella a
pesar de sus gritos, que pronto terminaron en desmayo causado por el
suato, y en aquella disposicin, hermosa e interesante como una ondina,
se la llevaron a la lancha, donde Adherbal la recibi en sus brazos, y
luego la condujo a bordo de su nave. sta despleg al punto todas sus
velas, y aprovechndose de un viento fresco de Poniente, que acababa de
levantarse, no corra, sino que volaba sobre las ondas azules del
Mediterrneo.

Varias muchachas, que se baaban con Echelora, huyeron con espanto de
aquella zalagarda, y, saltando en tierra, alarmaron con sus gemidos y
sollozos a la nodriza, que estaba en xtasis y de nada se haba
percatado. En cambio, apenas se enter de lo ocurrido, se extrem en
hacer muestras de su dolor. All fue el mesarse las venerables canas, el
revolcarse por el suelo, y el dar tan formidables chillidos, que
Mutileder, aunque estaba lejos, acudi al sitio, oyndolos. El infeliz
amante supo entonces toda la enormidad de su infortunio, mas demasiado
tarde por desgracia. La nave del raptor se perciba an, pero lejos, y
navegando con tal rapidez que pronto iba a perderse detrs de la comba
que forma el mar, marcando una curva de azul profundo en el cielo ms
claro.

El furor de Mutileder fue indescriptible, aunque a nada conduca. Ni
siquiera supo a punto fijo el infeliz amante quin haba sido el raptor,
por ms que sospechase de aquel marino que en Mlaga haba puesto en
Echelora los lascivos y codiciosos ojos.

Estos raptos de mujeres eran frecuentsimos en aquellas edades heroicas,
y haban dado ya y deban seguir dando ocasin a no pocos disturbios y
guerras. Los fenicios haban robado a Io, hija de Inaco; los griegos
haban robado a Europa de Fenicia, a Medea de Coicos, y a Ariadna de
Creta; y por ltimo, un prncipe frigio haba robado a la bella Helena,
mujer del rey de Esparta, Menelao, motivando as una lucha larga y
mortfera, y al cabo la destruccin de Troya.

Don Juan Fresco explica, a mi ver, de un modo satisfactorio estos raptos
de mujeres. Supone que la mujer, por lo mismo que su belleza es tan
delicada, no se cra naturalmente. Lo nico que se cra es la hembra del
hombre. La verdadera mujer es producto artificial, que resulta de grande
esmero y cuidado y de exquisito y alambicado cultivo. De aqu la rareza
entonces de la verdadera mujer y el mgico y portentoso efecto que
produca en el alma de guerreros brbaros y briosos, avezados a ver
hembras solamente.

Cuando los hombres se recobraban de su pasmo volvan a hacer a la mujer
de peor condicin que al esclavo ms humilde; pero, en ocasiones, una
mujer bien lavada, cuidada y compuesta, infunda amor ferviente,
frentico entusiasmo y cierta adoracin como si fuese algo divino. De
aqu las patraas o _mitos_ de las hadas y encantadoras como Circe y
Calipso, que convertan a los hombres en bestias; la _ginecocracia_,
esto es, el imperio de la mujer, establecido en muchas partes, como en
el pas de las Amazonas y en la Arabia Feliz; y el omnmodo influjo, ora
funesto, ora til, que ejercieron algunas damas en los varones ms
crudos y valerosos, como Onfale en Hrcules, Dlila en Sansn, Betzab
en David, Egeria en Numa, y Judit en Holofernes. De aqu, por ltimo,
que ganasen tanto crdito las sibilas, las pitonisas y las druidisas;
todo ello, sin duda, porque cuidaban ms de sus personas, y lograban
pulir y descubrir la escondida hermosura, invisible por lo general en la
hembra por falta de pulimento y aseo.

Adems, el entender la hermosura y el afanarse por lograrla hacan
hermosa a la mujer. Hoy, mucho de esta cualidad, domeada ya la
naturaleza rebelde, suele trasmitirse por herencia; pero en los tiempos
heroicos, la hermosura era como inspirada creacin que la mujer artista
realizaba en su propio cuerpo, a fuerza de esmerarse. Todava, cinco
siglos despus de la poca en que ocurre nuestra historia, asombran el
estudio, la prolijidad y los preparativos minuciosos de que se valan
las mujeres para presentarse de una manera digna. A fin de agradar al
rey Asnero, que buscaba reina, despus de repudiada Vast, se pasaban
las chicas un ao entero frotndose con linimentos y pomadas,
saumndose, lavndose, perfilndose y acicalndose. En el da, con una
hora de preparacin bastarla para presentar ante el sibarita ms
refinado a la ms ruda de las campesinas: prueba irrefragable de que lo
adquirido por arte y educacin se trasmite de madres a hijas. Verdad es
que, en cambio, la naturaleza es menos dctil ahora, y la hotentota,
aunque se friegue y se adobe ms que las que iban a presentarse a
Asuero, hotentota permanece; de donde, sin duda, el refrn que dice:
Aunque la mona se vista de seda mona se queda.

Dejemos, no obstante, refranes y digresiones a un lado, y prosigamos
nuestro cuento.

Echelora, por naturaleza y por arte, por herencia y por conquista, era
un primor. Y Mutileder, que con razn la adoraba, no la llor perdida,
con femenil amargura, sino que, agitando su garrote y haciendo crujir la
honda con chasquidos estruendosos, jur buscar a su amada, librarla del
raptor, y vengarse de ste descalabrndole de una buena pedrada o
molindole a palos.

Cuenta la historia que Mutileder, en el instante de hacer aquel
juramento, estaba tan hermoso que no poda ser ms. Sus ojos azules,
dulces de ordinario, lanzaban centellas luminosas; su afilada y recta
nariz, hinchada por la clera, mostraba muy dilatadas las ventanillas;
las cejas, fruncindose en el centro, daban mayor majestad a su frente;
la boca entreabierta dejaba ver unos dientes blancos, iguales y firmes,
y sana frescura y vivo color de carmn en encas y lengua. Su cabeza,
echada atrs con arrogancia, y destocada, luca copiosa y rubia
cabellera, que flotaba en rizos graciosos a merced de la brisa; sus
piernas y sus brazos desnudos, contrada entonces la musculatura por la
energa de la actitud, daban envidia a los de Hrcules mancebo. Todo en
Mutileder era beldad, elegancia, bro y donosura. Su voz, alterada por
la pasin, penetraba en los corazones, aunque sus palabras no se
entendiesen.

En aquel instante oh fuerza del destino! acert a pasar por all la
graciosa y distinguida Chemed, que en fenicio significa _belleza_, la
viuda ms coqueta y caprichosa que haba en Mlaga. Su marido la haba
dejado joven y con muchos bienes de fortuna. Ella segua con la casa de
comercio de su marido, bajo la razn insocial de _la viuda Chemed_. En
aquella ocasin volva de solazarse de una quinta que tena en
Churriana.

Seis atezados etopes la llevaban en silla de manos, y dos escuderos,
una duea y cuatro pajecillos egipcios la acompaaban tambin para ms
autoridad y decoro.

Chemed oy a Mutileder, le mir y se maravill; volvi a mirarle y se
qued ms maravillada. Entonces dijo para s: Divinos cielos, qu es
lo que miro? Ser ste dios o ser mortal? Resplandecera ms Adonis
cuando Astoret se prend de l?

Pero, prosiguiendo su soliloquio de preguntas, Chemed prosigui tambin
su camino, sin interrogar al mancebo, que pareca estar furioso, y sin
atreverse siquiera a pararse y a bajar de la silla de manos, en medio de
gente extraa, cuya lengua no entenda, porque hablaban el ibero, que,
como ya queda dicho, era lo que se llama hoy el vascuence. Si Chemed
hubiera sabido que Mutileder hablaba corrientemente el fenicio, como en
efecto le hablaba, sin duda que se hubiera detenido; pero, no sabindolo
ni sospechndolo, Chemed pas de largo.




IV.


Luego que Mutileder ech sapos y culebras por la boca y se desahog
cuanto pudo, acudi a dar a su presunto suegro la mala noticia del
rapto, y a consolarle, si caba consuelo en tamao dolor.

Para evitar prolijidad no se ponen aqu las lamentaciones que hicieron
ambos a do. Lo que importa saber es que Mutileder y su suegro, despus
de maduro examen, reconocieron que era intil quejarse del rapto a las
autoridades de Mlaga, las cuales no les haran caso, o si les hacan
caso, nada podran contra un marino tan mimado en Tiro, como Adherbal lo
era. A cualquiera exhorto, que los sufetes o jueces de Mlaga enviasen
contra Adherbal, era evidente que los sufetes tirios haban de dar
carpetazo, haciendo la vista gorda. No haba ms recurso que resignarse
y aguantarse, o tomar la venganza y la satisfaccin por la propia mano.
Esto ltimo fue lo que decidi Mutileder con varonil energa.

Se despidi de su presunto suegro, y sin pensar en recursos pecuniarios
ni en nada que lo valiese, se fue a Mlaga a tomar lenguas, a
cerciorarse de que era Adherbal el raptor, como ya lo sospechaba, y a
buscar modo de irse a Tiro en la primera nave que para Tiro saliese, a
fin de arrancar a Echelora del cautiverio o secuestro en que estaba y
de hacer en Adherbal un ejemplar y justo castigo.

En medio de todo, Mutileder senta cierto consuelo. Pensaba en que
Echelora haba jurado serle fiel o morir, y daba por seguro que morira
antes que faltar a su promesa. l mismo haba hecho igual juramento, y
se senta con la suficiente firmeza para cumplirle.

Con estas ideas en la mente y con el bizarro propsito de irse a Tiro
cuanto antes, recorri Mutileder las calles de Mlaga hasta que empez a
anochecer. Todas las noticias que adquiri le confirmaron en que era
Adherbal el raptor de Echelora. En lo que no adelant mucho fue en
concertarse con algn patrn de buque que saliese pronto y le llevase
para Fenicia.

Lleg la noche, como queda apuntado, y ya Mutileder se retiraba a su
posada, cuando sinti que le tiraban suavemente de la capa por detrs.
Volvi el rostro, y vio a un pajecillo egipcio que le dijo:

--Seor Mutileder, sgame vuestra merced, que hay persona que desea
hablarle sobre asuntos que le interesan.

--Y quin puede ser esa persona? contest l. Yo, en Mlaga, no conozco
a nadie.

Entonces replic el pajecillo:

--Aunque vuestra merced no conozca a esta persona, esta persona le
conoce. Hoy, de maana, pas junto al lugar del rapto protervo, y oy y
vio a vuestra merced cuando de l se lamentaba. La persona es compasiva
y excelente, y se enterneci. Ha tomado informes sobre todo lo ocurrido,
y su enternecimiento se ha hecho mayor. Desea remediar el mal de vuestra
merced, con quien le importa conferenciar en seguida. Quiere vuestra
merced seguirme?

Mutileder no hall motivo razonable para decir que no, y sigui al
pajecillo.

Siguindole por calles y callejuelas, que atravesaron rpidamente, lleg
nuestro hroe protobermejino a una puertecilla falsa y cerrada, en el
extremo de un callejn sin salida.

El paje aplic una llave a la cerradura, le dio dos vueltas, y la puerta
se abri sin ruido. Entr el paje, y le sigui Mutileder.

Cerr el paje la puerta de nuevo, y quedaron l y nuestro amigo en la
ms completa oscuridad. El paje asi de la mano a Mutileder, y le gui
por las tinieblas. Al cabo de poco tiempo vieron luz y una linterna que
estaba en el suelo. La tom el paje, y, ya con ella, alumbr a
Mutileder, y mostrndole el camino, le dijo que le siguiera. Subieron
ambos por una estrecha y larga escalera de caracol: llegaron luego a
otra puertecilla; la abri el paje; levant un tapiz que haba detrs, y
l y Mutileder penetraron en una sala espaciosa y bien iluminada.

El paje entonces se escabull sin saber cmo, y Mutileder se encontr
frente a frente de una anciana y venerable duea, la cual, con voz
meliflua, le dijo:

--Sgueme, hermoso.

Y Mutileder la sigui, algo ruborizado del intempestivo requiebro.

No refiero aqu, porque estoy de prisa, y no debo ni puedo pararme en
dibujos, los primores estupendos, las alhajas rarsimas, los lindos
objetos de arte y los cmodos asientos y divanes que haba en varias
salas por donde iban pasando la duea y nuestro hroe, que atortolado
la segua. Baste saber que all se vea reunido de cuanto haba podido
inventar el lujo asitico de entonces y de cuanto la activa solicitud de
los navegantes fenicios haba podido traer de todas las comarcas a que
solan ellos aportar, desde las bocas del Indo hasta las bocas del Rhin,
puntos extremos de sus _periplos_ o navegaciones.

Lo que s dir, es que si una sala era lujosa, otra lo era ms, y que el
primor iba en aumento conforme se pasaban salas. Maravilloso silencio y
sosiego apacible reinaban en todas ellas. No se vea ni un alma. Soledad
y dulce misterio. Rica y leve fragancia de perfumes sabeos impregnaba el
tibio ambiente.

--Qu ser esto? deca Mutileder para su coleto. Dnde me llevar
esta buena seora?

Y la admiracin y la duda se pintaban en su candoroso y bello semblante.

Por ltimo, la duea toc a una puerta, que no estaba abierta como las
dems que haban dado paso de un saln a otro saln, sino que estaba
cerrada. La duea la abri un poco, lo suficiente para que cupiese por
ella una persona, empuj a Mutileder, le hizo entrar, y quedndose
fuera, cerr otra vez la puerta, dejndole solo.

Mutileder, que vena de salones donde haba mucha luz, nada vea al
principio, e imagin que el saln en que acababa de entrar estaba a
oscuras; pero sus pupilas se dilataron muy pronto, y not que una luz
velada y dulce iluminaba aquella estancia, difundindose desde el seno
de tres lmparas de alabastro.

Aun no haba tenido vagar para ver todo lo que le circundaba, cuando oy
Mutileder una voz blanda y argentina, que pareca salir de una garganta
humana nueva y de una boca fresca, colorada y sana, porque todo esto se
conoce en la voz, la cual le deca:

--Perdname, amigo, que te haya hecho venir hasta aqu, deseosa de
hablarte.

Dirigi Mutileder la vista hacia el punto de donde la voz proceda, y
vio recostada lnguidamente en un ancho sof a una dama morena y
majestuosa como una emperatriz, vestida de blanca y flotante vestidura,
con una cabellera abundante, lustrosa y negra como la endrina, y con
unos ojos que parecan dos soles de luto, as por el fuego y los rayos
que despedan, como por su oscuro color y por el color, no menos oscuro,
de las cejas, de las largas y rizadas pestaas, y aun de los prpados
suaves, cuyas sombras acrecentaban el resplandor fulmneo de los
referidos ojos. En los brazos desnudos, casi junto al hombro, tena la
dama brazaletes de oro de prolija y costosa labor; sobre el pecho y en
las orejas, collar y zarcillos de esmeraldas; y sendas ajorcas, por el
estilo de los brazaletes, en las gargantas de sus pequeos pies,
calzados por coturnos de seda roja. Lazos de idntica seda adornaban la
falda y el corpio y cean el airoso talle. Sobre el negrsimo cabello
luca, prendido con gracia, un ramo de flores de granado.

En todo esto repar en conjunto Mutileder, pero sin analizar, como
nosotros, porque estaba algo cortado y sin saber lo que le suceda. La
cosa no era para menos; sobre todo, tratndose de un mozuelo que, si
bien despejado y audaz, careca de experiencia y jams se haba visto en
lances de aquel gnero.

Absorto, mudo, con la boca abierta, estaba Mutileder, cuando la dama se
levant y mostr de pi su gallarda estatura, esbelta y cimbreante como
las palmas de Tadmor; y vino a l, y tomndole la mano, en la que l
sinti como una conmocin elctrica, le llev a s y le dijo:

--Sintate. Qu te asusta?

Y Mutileder se sent, al lado de la dama, en un taburete bajito.

Luego que Mutileder se hubo serenado, oy a la dama con la debida
atencin, y le respondi con concierto.

Ella le dijo que se llamaba Chemed, que era viuda y rica y natural de
Tiro, que haba sabido su dolor, que se interesaba por l, a causa de
una sbita e irresistible simpata, y que anhelaba dar consuelo y
remedio a sus males.

Aunque Chemed lo haba averiguado todo, quiso que Mutileder le refiriese
su historia. Mutileder la refiri con elocuencia. Al hablar de
Echelora, aunque era hombre recio, se le saltaron las lgrimas. Con las
lgrimas sobre sus mejillas y velando sus ojos azules, estaba el
muchacho lo ms bonito que puede imaginarse. Chemed no se hartaba de
mirarle; pero con qu miradas! Vamos, no es posible explicar cmo eran.

Chemed tena cerca de treinta y cinco aos. Mutileder no haba conocido
a su madre. No saba lo que era la amistad y el cario de la mujer.

--Pobrecito mo! exclamaba Chemed. Pcaro Adherbal! No paga con la
vida el mal que te ha hecho. Haces bien en querer vengarte y salvar a
Echelora de las garras de ese monstruo. Mira, Mutileder: dentro de
cuatro das debo yo salir para Tiro, donde tengo que arreglar mis
asuntos, muy desordenados desde que mi marido muri. T vendrs en mi
compaa. Considrame como a tu amiga ms leal.

Y sencillamente Chemed tomaba la mano del inocente mozo, y la estrechaba
entre las suyas y la retena en cautividad, equilibrando el calor
superior que haba en las de ella con el calor que l tena en su mano.

Todava se puso ms interesante y bonito Mutileder cuando habl con
efusin del eterno amor y de la fidelidad que l y Echelora se haban
jurado. Chemed celebraba todo esto, y lo hallaba muy a su gusto.

--S, hijo mo, deca a Mutileder, as debe ser. Dichosa Echelora, que
encontr en ti un modelo de amantes. No suelen ser como t los dems
hombres, sino volubles y perjuros. Todas mis riquezas, toda mi posicin
dara yo si hubiese encontrado un amante tan resuelto y fino como t.

En suma, esta conversacin sigui largo rato, y yo tengo notas y apuntes
que me ha suministrado D. Juan Fresco y que me haran muy fcil
referirla con todos sus pormenores; pero, como mi historia tiene que ir
en un ALMANAQUE sin excitar a nadie a que los haga, y no puede
extenderse mucho, sino ser a modo de breve compendio, me limitar a lo
ms esencial, deslizndome algunas veces, con rapidez y como quien
patina, en aquellos pasajes que ms se presten a ello por lo
resbaladizos.




V.


Cuatro das despus de la conferencia primera entre Chemed y Mutileder,
salan ambos de Mlaga para Tiro en una magnfica nave. Mutileder iba en
calidad de secretario privado de la dama para llevarle la
correspondencia en lengua ibrica.

La amistad de ambos era ntima, y Mutileder, siempre que se vea en
presencia de Chemed, estaba contento y como orgulloso de tener tan
elegante y discreta amiga. Chemed tena adems mucho chiste y
felicsimas ocurrencias: deca mil graciosos disparates; y Mutileder se
regocijaba y rea sin poderlo remediar; pero, cuando estaba slo, amarga
melancola se apoderaba de su alma, pensamientos crueles le
atormentaban, y algo parecido a remordimientos le araaba el corazn,
como si fueran las uas de un gato, o digamos mejor, de un tigre.

Mutileder hablaba entre dientes, lanzaba desconsolados suspiros,
manoteaba y hasta se golpeaba y pellizcaba sin compasin, y sola
exclamar:

Qu diablura! Qu diablura!

En presencia de Chemed o se olvidaba de su dolor o le refrenaba y
disimulaba. sta, a no dudarlo, era la diablura, a que su exclamacin
aluda.

Mutileder haba tenido ya tiempo para meditar, reflexionar y hacer
severo examen de conciencia, y no se absolva, sino que se condenaba por
dbil, perjuro y desleal, en grado superlativo.

A veces quera disculparse consigo mismo, y no lo lograba.

Yo, deca, sigo amando a Echelora, y Chemed no obsta para ello. Voy a
buscar a Echelora, a libertarla y a vengarla, y Chemed me ayuda en mi
empresa. El cario de Chemed tiene algo de maternal. Es tan buena
conmigo!--Es tan alegre y chistosa! Qu tonteras tan saladas se le
ocurren! Cmo no he de rerme al orlas? He de estar siempre llorando?
No: no es menester llorar: no es menester negarse a todo consuelo, como
una bestia feroz, para demostrar que es uno fiel y consecuente. Ya
veremos cuando me encuentre con Adherbal si amo a Echelora o si no la
amo.

Estas y otras sutilezas y quintas esencias alambicaba, fraguaba y se
representaba Mutileder para justificarse; pero, como hemos dicho, no lo
lograba nunca.

De aqu su pena cuando estaba solo: y no s de dnde, el olvido de su
pena cuando de Chemed estaba acompaado. Contradicciones inexplicables,
raras antinomias de los corazones de los mortales!

De esta suerte, en soliloquios romnticos, acerbos y dignos de Hamlet,
siempre que estaba sin Chemed; y en coloquios amenos, en plticas
tiernas, y en juegos y risas, cuando Chemed apareca, vivi Mutileder; y
as se pas el tiempo, camin la nave, se detuvo en varios puntos de
frica y en algunas islas del archipilago de Grecia, y lleg al fin a
Tiro, capital entonces de Fenicia desde la ruina de Sidon, cuando los
filisteos, rubios descendientes de Jafet, vinieron de Creta por mar,
mientras que del lado del desierto de Arabia entraban los israelitas en
la tierra de Canaan y lo llevaban todo a sangre y fuego. Tiro haba
hecho despus renacer el poder cananeo o fenicio y estaba en toda su
gloria y florecimiento. Sobre el trono de Tiro resplandeca el rey
Hiram, amigo de Salomn, hijo de David. Israelitas y fenicios eran
estrechos y felices aliados.

Muy largo sera describir aqu la grandeza de Tiro. Dejmoslo para mejor
ocasin. Lo que importa es decir que Mutileder busc a Adherbal en
seguida y no le hall. Pronto supo con rabia que el infatigable marino,
sin reposar casi, se haba encargado del mando de la flota, que Hiram y
Salomn expedan con frecuencia a la India, desde el puerto de
Aziongaber en el mar Rojo. Tres das antes de la llegada de Mutileder y
de Chemed, Adherbal se haba puesto en marcha para tomar el mando
referido.

Adherbal deba pasar por Jerusaln. Mutileder no pens ms que en
perseguirle y alcanzarle, antes de que se embarcara para tan larga
navegacin, de la que sabe Dios cundo volvera.

Temiendo que le faltasen las fuerzas y el valor para despedirse de
Chemed, Mutileder prepar su viaje con el mayor sigilo, aprovechando la
salida de una caravana; y, montado en un ligero dromedario, sali para
Jerusaln, cuando Chemed menos lo sospechaba.

Chemed lo supo y lo llor al leer una carta que l escribi antes de
partir y que entreg a Chemed una persona de toda confianza. La carta
deca como sigue:

Mi querida Chemed: Yo soy el ms dbil y el ms malvado de los hombres.
Deb huir de ti desde el primer momento y no entregarte nunca un corazn
que no te perteneca, que era de otra mujer y que jams poda ser tuyo.
Todo el afecto, toda la ternura que te he dado, ha sido falsa, perjurio
e infamia. Y no porque yo fingiese esa ternura y ese afecto, que al
contrario brotaban a borbotones, con toda sinceridad y con vehemente
efusin, del fondo de mi pecho, sino porque, al consagrrtelos, faltaba
a la fe jurada, rompa el sello de la fidelidad que haba puesto
Echelora sobre mi alma, y me rebajaba hasta la vileza. De aqu mi lucha
interior; de aqu mis contradicciones y extravagancias. A veces rea yo,
jugaba y me deleitaba contigo; pero, cuando ms contento estaba, surga
como espectro, como aterrador fantasma, de las profundidades de mi ser,
el mismo amor ultrajado, el cual me azotaba rudamente con el azote de
los remordimientos. Otros amantes, mientras ms aman, se hacen ms
dignos del amor, porque el amor hermosea y sublima los espritus; pero
yo, amndote, me degradaba en vez de elevarme, porque pisoteaba
juramentos y promesas, y no amndote, me degradaba tambin, porque
reciba de ti inmensos e inestimables tesoros de cario que no acertaba
a pagar. Si olvidaba a Echelora para amarte era yo un perjuro, y si no
te amaba, para seguir amando a Echelora, un falso, un estafador y un
ingrato. Situacin tan horrible y poco digna no poda durar. El cielo ha
estado benigno conmigo, aunque no lo merezco, proporcionndome ocasin
de dejarte con razonable motivo, sin que puedas t tildarme de galn sin
entraas. Adherbal no est en Tiro. Mi deber es perseguirle. La ofensa
que me ha hecho no puede quedar impune. T misma me tendras por vil y
cobarde si yo no me vengara. No extraes, pues, que te deje para cumplir
con esta obligacin.--Adis; adis para siempre, oh generosa y dulce
amiga!

Tal era la carta que escribi Mutileder, en buen fenicio, sin ninguna
falta de gramtica ni de ortografa. Chemed la ley con lgrimas en los
ojos y haciendo otros mil extremos de amoroso sentimiento.

Mutileder, entre tanto, caballero en su dromedario y lleno de
impaciencia, iba trotando y galopando hacia Jerusaln. Harto de la pausa
con que la caravana marchaba, tom un gua, poseedor de otro dromedario
tan ligero como el suyo, y se adelant al resto de sus compaeros de
viaje. As lleg en pocas jornadas a la ciudad que casi haba creado
David, y que Salomn acababa de fortificar y hermosear con admirables
monumentos. La haba ceido de altas torres almenadas y de fuertes y
gruesos muros; haba edificado, sobre gigantescos sillares, en la cumbre
del monte Moria, donde fue el sacrificio de Abraham, el maravilloso y
nico templo del Dios nico, y haba coronado las alturas de Sion con
inexpugnable ciudadela y con alczar suntuoso.

Dilatando Salomn sus conquistas al Sur del mar Muerto, domeando a los
hijos de Edom, de Amalec y de Madian, y enseorendose de Elath y de
Aziongaber, abri puertos para comerciar con el Hadramauth y el Yemen,
con el alto Egipto, con la Nubia y con las Indias orientales. Cortando
luego las corpulentas hayas y los pinos y cedros seculares del Lbano,
hacindolos llevar en hombros de los ms robustos varones de las
naciones vencidas, como de los _refaim_, por ejemplo, raza descomedida
de gigantes, que casi ladraban en vez de hablar; y trabando entre s los
leos con arte y maestra, hizo formar Salomn flotantes castillos que
resistiesen el mpetu de los huracanes y el furor de las olas. En medio
del desierto, Salomn haba fundado a Tadmor, clebre despus con el
nombre de Palmira, en un oasis lleno de palmas, a fin de que fuese
emporio riqusimo y lugar de reposo de las caravanas que iban desde las
orillas del Jordan a las del Eufrates y del Tgris; a Damasco, a Nnive
y a Babilonia. Estaba, por ltimo, interesado Salomn en el comercio de
los fenicios con Trsis o Iberia, patria de Mutileder, y aun de ms
all, hacia el Occidente y Norte del mundo; bastante ms all, porque
las naves tirias llegaban hasta el Bltico. Por todo lo cual reflua
sobre Jerusaln cuanto Dios cri de bienes temporales. La plata era tan
comn, que se miraba con desprecio. Todo se fabricaba de oro pursimo,
hasta los trastos de cocina. De Arabia venan perfumes; de Egipto, telas
de lino, caballos y carros; esclavos negros y marfil, de Nubia; y
especieras y madera de sndalo, y perlas, y diamantes, y papagayos y
jimios y pavos reales, y telas de algodn y de seda, de all de la
desembocadura del Indo. Oro vena de todas partes, ya de Tbar, ya de
Ofir; mbar y estao, del Norte de Europa; cobre y hierro, de Espaa. De
esta suerte abundaba todo en Jerusaln. La fama del rey volaba por el
mundo, porque el rey excedi a los dems reyes, habidos y por haber, en
ciencia y en riqueza; y no haba persona de buen gusto que no desease
ver su cara, y sobre todo, los hijos de Israel, a quienes las naciones
extranjeras respetaban y teman, por donde vivieron ellos tranquilos y
venturosos, a la sombra de sus parras y de sus higueras, desde Dan hasta
Beerseb, durante todos los das de aquel reinado.

Pues, como bamos diciendo, a esta esplndida ciudad de Jerusaln lleg
nuestro bermejino prehistrico, acompaado de su gua, pero ms confiado
en su fiero garrote y en la primorosa honda que le haba regalado
Echelora, y con la cual, segn suele decirse, no se le coca el pan
hasta que vengase a su primer amor, descalabrando al raptor injusto de
una violenta y certera pedrada.

Preocupado con estos pensamientos de venganza, y como hombre que va a su
negocio y que no viaja a lo _touriste_, Mutileder no quiso visitar las
curiosidades de Jerusaln ni enterarse de nada de lo que all suceda, a
no ser del paradero de Adherbal.

Imagine el po lector qu desesperacin no sera la de Mutileder cuando
en seguida supo de buena tinta que Adherbal, viendo que urga darse a
la vela, y llegar pronto al Ocano, para no desperdiciar la monzn,
favorable entonces a los que iban a la India, haba salido en posta, con
dromedarios que de trecho en trecho estaban ya preparados y escalonados
en el camino, a fin de verse cuanto antes en el puerto de Aziongaber,
orillas del mar Bermejo.

Imposible de toda imposibilidad era ya que Mutileder llegase a donde
estaba el marino fenicio, quien se sustraa as a su venganza. Tiempo
haba de pasar, pampanitos haba de haber, antes de que dicho marino se
pusiese a tiro de su honda o al alcance de su garrote.

Crey entonces Mutileder que Adherbal se haba llevado consigo a
Echelora para que fuese ornamento principal de la nave capitana, desde
donde haba de mandar la flota; y su rabia ray en tal extremo, que
pate, jur, buf, blasfem, y hasta hubo de arrancarse a tirones
algunos de los rizos hermosos y rubios que coronaban su cabeza.

En medio de todo, fue grande su consolacin cuando logr saber que el
pcaro y cortesano marino, rastrero adulador de prncipes, haba hecho
presente a Salomn de la preciosa Echelora.




VI


Cmo resistir aqu a la tentacin de encarecer lo mucho que D. Juan
Fresco se ensoberbece y ufana, y lo orondo que se pone, y lo por bien
pagado que se da de haberse pelado las cejas descifrando y leyendo las
inscripciones y papiros manuscritos de donde est sacada esta historia?
Por ella consta que un bermejino, pues al cabo bermejino era Mutileder,
ya que Vesci era la Villabermeja de entonces, rivaliza con Salomn y
viene a hacer el brillante y extraordinario papel que ver el que
siguiere leyendo.

Mutileder no se amilan al saber que Echelora estaba en el harn
salomnico; antes dispuso quedarse en Jerusaln, espiar ocasin
oportuna, y, no bien se presentase, asirla por el copete, arrebatando a
la linda moza de entre las manos del Rey Sabio. No por eso pens en
hacer el ms leve dao a Salomn. Mutileder era muy monrquico, y el
Rey, por ser rey y por su ciencia infusa y dems virtudes, le infunda
respeto. Salomn, adems, no tena culpa ninguna ni haba ofendido a
Mutileder. Haba aceptado el presente que le haban trado, y haba dado
prueba de buen gusto al aceptarle y guardarle.

A veces conceba Mutileder cierta halagea esperanza. Imaginaba que
Echelora haba de llorar por l y haba de decir a Salomn, con todo
miramiento y finura, que no le amaba porque amaba a otro; y daba por
cierto que Salomn, que era benigno con las mujeres, y tan galante y
condescendiente que las consenta tener dolos de la tierra de cada una
de ellas no deba de ser feroz con Echelora, sino que, no bien supiese
que su dolo era Mutileder, haba de ceder en sus pretensiones.
Mutileder llegaba a columbrar como probable que el Rey le hiciera buscar
para entregarle a la muchacha, y hasta que quiz se allanase a ser
padrino de la boda.

La entereza, constancia y resistencia de Echelora haban de mover a
todo esto, y a ms, el nimo generoso de Salomn. Qu le importaba a
este gran Rey una mujer ms o menos, cuando tena en su harn
setecientas reinas, ochocientas concubinas e infinito nmero de
princesas? As, pues, lo natural era que, viendo Salomn a Echelora
enamorada de otro, afligida y llorosa, y rechazndole por estilo arisco
y montaraz, haba de mostrarse desprendido.

Al hacer esta suposicin, muy plausible, Mutileder se pona colorado de
vergenza. Se presentaba en su imaginacin lo bien que se portaba
Echelora, huraa como un gato y firme como una roca, vea el
desprendimiento regio y la nobilsima conducta de Salomn, y se
consideraba indigno, y quera, al recordar sus infidelidades con Chemed,
que se abriese la tierra y le tragase.

Estos remordimientos, esta compuncin y este sonrojo por la culpa
tenan, sin embargo, bastante de sabroso y de dulce. Ay, cun pronto se
troc todo ello en amargura cuando oy Mutileder lo que en Jerusaln se
deca de pblico en calles y plazas!

Para saber lo que se deca conviene tomar las cosas de atrs y entrar en
algunas explicaciones.

El palacio de Salomn era inmenso, y la sociedad en l muy amena.
Multitud de poetas y de tocadores de arpas, tmpanos y salterios, le
regocijaban de continuo. All haba diestras bailarinas, artistas
ingeniosos que hacan muebles elegantes y otras obras de extremado
primor, y los mejores cocineros que entonces se conocan. Aquello era,
en grado superlativo, en elevacin a la quinta potencia, perpetua boda,
de Camacho. Salomn y sus mujeres y servidumbre devoraban cada da
treinta bueyes cebados, cien ovejas y multitud de ciervos, bfalos,
gacelas y aves. Y no se crea que porque comiesen poco pan. El consumo
diario de harina empleada en hacer pan, tortas, bollos y pasta _frolla o
flora_, era de noventa coros, o sea cuarenta y cinco cahces, de doce
fanegas se entiende.

As es que en el palacio de Salomn hasta el ltimo pinche se regalaba a
pedir de boca y estaba gordo y lucio.

Las mujeres, tanto por naturaleza cuanto por los afeites que usaban,
parecan celestiales y de variadsimo mrito. En aquella poca no
llevaban nombres puestos a la ventura, sino nombres significativos de
sus ms egregias cualidades, por donde slo con mentarlas se puede
colegir, lo que valan. Entonces no se llamaba Doa Sol una fea, ni
Blanca una negra, ni Dolores una regocijada, ni Rosa la que ola mal o
era spera como cardo ajonjero.

Las favoritas de Salomn lo haban sido y llevaban los nombres que
llevaban porque lo merecan. La hija del Faran, que fue, a no dudarlo,
Meneft II, se llamaba Uom-anhet, esto es, Destroza-corazones. Ella
inspir a Salomn el primer amor, profundo y suave. Salomn era muy
muchacho cuando se cas con ella, y ella le trajo en dote a Gezer y doce
mil caballos para la remonta de su caballera. Despus am Salomn con
locura a Anahid, Lucero de la maana, hija del Rey de Armenia. Se
refiere que, repudiada sta, hubo de volver a su patria, donde tuvo un
hijo de Salomn, de quien procede el famoso Abagaro, a quien Cristo
escribi una carta y envi su efigie. Despus am Salomn con no menor
locura a Leliti, la Noche, princesa de Etiopa. Luego am
apasionadamente a Vahar, a quien trajeron de la India las primeras naves
tirio-hebreas que fueron por all. Esta Vahar, o dgase Primavera, era
de la familia de los Sakias, reyes de Kapilavastu, y por consiguiente,
parienta del ilustre Sakiamni, que haba de ser Buda, y fundar una
religin en que creyese cerca de la mitad del humano linaje.

Por ltimo, pasin ms durable que todas haba concebido, alimentado y
guardado Salomn por la Sulamita, en cuya alabanza dej compuestas las
poesas amatorias ms bellas que haban sonado hasta entonces en lengua
humana.

Pero Salomn, en medio de tantos deleites y triunfos, estaba hastiado.
Nada le satisfaca. Todo era para l vanidad de vanidades y afliccin de
espritu. Ni siquiera tena el goce del amor propio y del orgullo,
porque sostena que su grandeza se deba al acaso y no a su carcter ni
a su entendimiento y prudencia. Salomn haba recapacitado y haba visto
que, debajo del sol, ni la carrera era de los ligeros, ni la guerra era
de los fuertes, ni el bienestar de los listos, ni de los prudentes la
riqueza, ni de los elocuentes el favor, sino que todo era caprichoso
resultado de la ciega fortuna.

Y hallndose su alma en tan doloroso estado, fue cuando Adherbal le
present a Echelora.

Y el pueblo de Jerusaln afirmaba que Salomn la haba conocido y la
haba amado. Y que la haba hallado rosa de Saron y lirio de los valles.
Y que haba comparado su cabeza rubia, por la majestad, con el Carmelo,
y el olor de sus vestidos al olor del almizcle y al de las silvestres
flores que crecen en el Lbano.

La ternura de Salomn por Echelora se aseguraba que exceda a la de
Jacob por Raquel y a la de Isaac por Rebeca. Se daba por cierto que la
amaba mil veces ms que haba amado a las otras mujeres: que senta por
ella todo gnero de afecto; que con el espritu puro la estimaba y
quera como su padre David haba estimado y querido a Jonats, muerto en
las alturas de Gelbo por los filisteos; y que de un modo tempestuoso la
idolatraba como el prncipe de Siquen haba idolatrado a Dina.

Todos estos rumores llegaban cada vez con ms consistencia a los odos
de Mutileder y le iban dando mucho que sentir y no poco que sospechar:
le iban dando, permtaseme lo vulgar de la frase en gracia de lo
grfico, muy mala espina.

Cmo era posible que Echelora resistiese a tantas seducciones? Cmo
haba de entenderse el amor de Salomn, si la muchacha, en vez de estar
amable, estuviese zaharea y cogotuda?

En vista de estas y de otras reflexiones, y de no pocos indicios y
pruebas que vinieron despus, el pobre Mutileder tuvo al fin que abrir
los ojos, y que reconocer que Echelora se haba dejado querer, y hasta
que pagaba a Salomn su cario, querindole y siendo infiel y perjura a
su Mutileder y a los juramentos hechos en Aratispi y en Churriana.

Por falta de elocuencia dejo de pintar aqu el furor de Mutileder cuando
de esto se hubo cerciorado. Ni Otelo ni el Tetrarca estuvieron despus
ms celosos y furiosos.

Pero nuestro bermejino no se limitaba a lamentos estriles. Siempre
tomaba resoluciones y procuraba darles cima. La que ahora tom fue la de
matar a pualadas a Echelora y matarse l a rengln seguido con el
propio pual. Lo difcil era ver a Echelora para matarla.

Chemed, ocupada en Tiro con sus asuntos, se haba consolado de la
ausencia de Mutileder, pero le conservaba buena amistad, y le haba
enviado cartas de recomendacin para Adoniram, que era el mayordomo de
Salomn, y para otros personajes de la Crte. Con estas cartas y con su
hermoso rostro, gentil presencia y gallardo cuerpo, que ms que nada le
recomendaban, Mutileder pretendi y consigui sin dificultad entrar en
la guardia personal del rey.

Componase dicha guardia de sugetos de no poco fuste; de seores y hasta
de prncipes de las dinastas destronadas, cuyos reinos se haban
anexionado Salomn y su padre, y de cuyos bienes haban ido
incautndose. All haba heteos, amorreos y jebuseos; caballeros de la
casa de Abinadab, rey de Kiriath-Yarin; dos sobrinitos de Og, rey de
Basan, a quienes apenas apuntaba el bozo y tenan ocho codos de
estatura; varios nietos de Hamnon, rey de los Amonitas; y _para
complemento de hermosura_, como dice Ezequiel, hablando de los pigmeos
de Tiro, una pequea tropa de idnticos pigmeos, que no se levantaban un
codo de la tierra, pero que eran certeros y terribles disparando
ponzoosos dardos.

Encubriendo siempre en los abismos oscuros del alma su terrible
propsito de matar a Echelora y de matarse l, Mutileder se ingeni de
suerte que se gan la voluntad de sus jefes inmediatos y hasta del
General Benaya, tan gil para cortar cabezas, segn lo demostr a
principios de aquel reinado, enviando al otro mundo, a fin de cimentar
bien el trono, a Adonia, hermano mayor del rey, y a otros personajes.

Con este favor, pronto subi Mutileder a capitn de una compaa de
filisteos, rubios casi tanto como l, y que formaban parte de la guardia
real.

Lo que no pudo conseguir fue ver a Echelora. Lo que no pudo inspirar
fue la absoluta e indispensable confianza para llegar a ser uno de
aquellos sesenta valientes, los ms probados y selectos, que rodeaban el
tlamo de Salomn por la noche (algo parecido a nuestros Monteros de
Espinosa), y que andaban siempre con la espada sobre el muslo, por temor
de los duendes y vestiglos, que eran traviesos, traan revuelto el
alczar, y no hubieran dejado, sin la citada precaucin, un instante de
sosiego a las reinas y dems seoras.

Quin sabe si la misma gentileza de Mutileder sera bice para que
entrase l en el nmero de los sesenta, no hiciera el diablo que
inquietase a las damas en vez de aquietarlas? Lo cierto es que su
gentileza ya mencionada, su discrecin, despejo y buen trato, se
hicieron notorios en Jerusaln, y que las damas le ponan en las nubes.
Hasta un no s qu de torvo, de melanclico y de trgicamente distrado,
que haba en su lindo semblante, le haca ms grato a las damas.

As las cosas, cuando ocurri una novedad grandsima, que contribuy a
glorificar el reinado de Salomn ms todava.




VII


Adems de los libros que conocemos, Salomn escribi otros muchos que se
han perdido. Compuso tres mil parbolas y mil y cinco cantares, y
disert sobre rboles y plantas, desde el cedro hasta el hisopo que nace
en la pared, y sobre aves, cuadrpedos, reptiles y peces. Quieren decir
que supo muchas cosas que despus se olvidaron; unas han vuelto a
descubrirse; otras quiz no se descubran nunca de nuevo. As, por
ejemplo, parece que atraa por medio de pinchos de metal los rayos y las
centellas; que entenda la lengua de los pjaros; que conoca la fuerza
oculta de la palabra humana y obraba por ella mil prodigios; que los
genios le obedecan; y que era sabedor de todas las doctrinas mgicas de
Enoch y de las que Abraham haba aprendido en su patria, Ur de los
caldeos, y de las que estudi Moises en los colegios sacerdotales de las
orillas del Nilo.

Sea de esto lo que se quiera, no puede negarse que su fama de sabio se
extendi por todas partes.

La reina de Sab, cuyo nombre, segn hemos llegado a averiguar, era
Guad, que en el idioma hymirico, hablado entonces en su reino,
equivale a _Amor_ o _Amistad_, oy hablar de Salomn y quiso probarle
con preguntas y acertijos.

Embarcse, pues, esta augusta seora en Aden, que era el mejor puerto de
sus Estados, y con prspero viento, navegando por el mar Bermejo, aport
a Aziongaber, y desde all, por Sela, Beerseb y otras poblaciones,
lleg hasta Hebron, donde el Rey Sabio sali a recibirla con mucha
cortesa y aparato.

No entro aqu en descripciones del viaje de esta reina, de la pompa con
que vena, de su entrada en Jerusaln, acompaada ya de Salomn, que la
hosped en su palacio, y de las fiestas que hubo con este motivo. Sera
muy largo contar todo esto. Contentmonos con decir que los regalos que
dio la reina a Salomn fueron magnficos, y no inferiores los que de
Salomn recibi ella; que ella se qued pasmada del lujo que gastaba
Salomn; y que, como Salomn le adivin de tenazn todos sus ms
enmaraados acertijos, ella se qued doblemente pasmada de su sabidura.

Salomn, que era fino y discreto, crey que el mayor obsequio que poda
hacer a Guad, mientras morase en su alczar, y siendo ella de un moreno
muy subido de punto, era darle para guardia de su persona a los
filisteos que mandaba Mutileder, todos rubios, blancos y sonrosados. En
efecto, los filisteos la impresionaron agradablemente; pero Mutileder,
su capitn, le pareci una divinidad y no un hombre cualquiera.

Era Guad tan hermosa como las noches serenas del esto; sus ojos
brillaban como carbunclos, y en oposicin a su rostro, algo tostado,
relucan como perlas sus dientes blanqusimos. Saba mucho. Era un
Salomn con faldas. Pronto con sus miradas fulmneas derriti la triple
placa de bronce que el empeo de ser consecuente haba puesto en torno
del corazn de Mutileder. Y Mutileder y Guad se amaron, a pesar de
Chemed y de Echelora.

Guad, a quien importaba desengaar por completo a Mutileder, el cual le
haba contado toda su historia, menos su plan de tragedia; Guad, que
hablaba en toda confianza con Salomn y saba los secretos del harem,
revel y prob a su joven amigo que Echelora amaba a Salomn con
delirio.

Esto indujo ms a Mutileder a amar con delirio tambin a Guad, no slo
porque ella se lo mereca, sino para no ser menos y tomar represalias y
desquite.

Y sin embargo, y aqu entra lo ms pattico de mi cuento, si bien era
cierto que Echelora y Mutileder estaban enamorados el uno de su reina y
de su rey la otra, ambos sentan, en medio de la embriaguez del nuevo
amor, pesar tremendo, torcedor horrible en la conciencia, y pasin de
nimo, que amenazaban matarlos.

Las mismas imaginaciones, las mismas ideas acudan al alma de los dos,
aunque no se vean ni se hablaban. Se sentan rebajados y humillados.
Eran juguetes de la casualidad. La voluntad de ellos careca de firmeza.
Haba sido ensueo infantil el amor que se tuvieron? Haba sido burla
ridcula el juramento que se hicieron repetidas veces? O no haba sido
santa y hermosa aquella primera pasin, y entonces lo ms potico de la
vida de ambos se desvaneca; o si la pasin haba sido santa y hermosa,
ellos haban sido sacrlegos e infames, profanndola y hollndola.

Mutileder desisti ya de matar a Echelora y de matarse; pero aquel
dolor oculto iba a matar a los dos. Y mientras ms notaban ambos que el
amor que tenan a Salomn y a Guad era su encanto y su delicia, ms
culpados y viles se juzgaban y ms ganas tenan de morirse, porque el
sonrojo y la humillacin destrozaban sus pechos, no bien dejaban de
embargarlos y cautivarlos el frenes y el vivo deleite que nacen de los
coloquios y caricias en el amor bien correspondido.

Salomn advirti el mal de Echelora, y Guad advirti el mal de
Mutileder. Conferenciaron sobre ello. Se lo contaron todo. Buscaron
remedio y no pudieron hallarle. Qu hierba, qu elixir, qu talismn
sera poderoso contra tan rara dolencia, que designaron con el nombre de
_dolencia de los dos amores_?

Presintieron los reyes que iban a perecer sus dulces amigos y se
desconsolaron. Todo era cavilar en balde qu haban de hacer para
salvarlos. Llegaron hasta a ser tan generosos que proyectaron ceder l a
Echelora y ella a Mutileder para que se casasen. Pero luego
consideraron que esto sera peor. Al verse, se avergonzaran de verse;
no dejaran de amar de otro modo a Salomn y a Guad; no podran amarse
entre s del mismo amor que los amaban, y moriran ms pronto y ms
desesperadamente.

El lance no tena otra solucin que la ms lgubre, a no ocurrir algo
con visos de milagro, como ocurri en efecto.




VIII


Aos atrs, en los ltimos del reinado de David, haba venido a
Jerusaln un prncipe hiperbreo, a quien de fama conocen sin duda mis
lectores. Hablo del sapientsimo Abaris, que caminaba montado en una
flecha. Si era la aguja de marear aplicada a la navegacin area o algo
por el mismo orden, no acertar yo a decirlo en este momento. Lo que
hace al caso es saber que Abaris viajaba con facilidad prodigiosa.

David estaba viejsimo, y los sabios de Israel resolvieron que, para
aliviar sus dolencias y hacer menos crueles los postreros aos de su
vida, era menester casarle con una jovencita bella e inocente; la flor
de las doce tribus. Eligieron para esto los sabios a Abisag de Sunam, de
quien, por una maldita coincidencia, Abaris, muy joven entonces, andaba
perdidamente enamorado.

Abaris hizo esfuerzos inauditos para disuadir a Abisag de sacrificarse a
aquel viejo; pero ella, tenindolo a mucha honra, y creyendo que cumpla
con un deber en ser til al Rey Profeta, desde a Abaris y se uni con
el Rey.

Abaris mont en su flecha y se fue de Jerusaln hecho un veneno. A fin
de vengarse del desdn de Abisag, ya que no en ella, en otras mujeres,
se convirti en seductor desaforado, en el D. Juan Tenorio o Lovelace de
aquel siglo. Los medios de que dispona eran enormes. Era guapsimo,
gil y divertido en la conversacin; y desde que, siglos antes, haba
venido su compatriota Olen a civilizar a tracios y pelasgos, no se haba
visto hiperbreo de ms doctrina en el Medioda de Europa. Con esto, con
su astucia, con sus chistes y con su atrevimiento, Abaris iba por todas
partes haciendo estragos en los corazones femeninos.

Entre tanto, muri David, subi Salomn al trono, y Abisag qued en
palacio como una de las reinas viudas, aunque en realidad no se poda
decir que hubiese sido esposa del Santo Rey.

Sabido es, no obstante, que Salomn quera que la tuviesen por tal y que
asimismo viviese ella consagrada slo a la memoria de David, cuyo
ltimo suspiro haba recogido. Por esto se enfad tanto Salomn cuando
Adonia se atrevi a pedirle por mujer a Abisag. Y habindole perdonado
que conspirase contra l, no le perdon aquella insolencia, e hizo que
Benaya le matase sin que pudiera valerle el haberse asido al cuerno del
altar, en el templo mismo.

Abaris, que tuvo noticia de todo esto, y que aun estaba enojado contra
Abisag, tard en volver a Jerusaln; pero volvi al cabo y precisamente
en los das en que Salomn y la reina de Sab andaban ms afligidos con
la dolencia de Echelora y de Mutileder.

Ignorbase qu proyectos traa Abaris, pero Salomn le recibi bien,
porque Salomn apreciaba mucho la ciencia. Adems, como Abaris era
hombre de mundo, lo que se llama un rodaballo muy corrido, Salomn le
puso al corriente de todo, a ver si l hallaba remedio para aquel mal.

Abaris asegur que curara a los dos jvenes iberos; pero que, en
cambio, deseaba que Salomn le prometiese que haba de otorgarle un don
que intentaba pedirle. Salomn se lo prometi.

Pasaron despus tres das, durante los cuales Abaris pareci como que
estaba estudiando. Al terminar los tres das, fue Abaris al regio
alczar, hizo que Salomn le presentase a Echelora, y, no bien la hubo
visto, Abaris dio un grito y se ech en los brazos de la joven,
exclamando:

--Gracias, gracias, benignos cielos: al fin he hallado a mi hija!

Explic entonces Abaris que l haba estado en Aratispi; que all haba
tenido amores con la madre de Echelora, y que Echelora era el fruto de
dichos amores. Aadi luego que como entonces era l tan peregrino
seductor, haba tenido tambin amores en Vesci con la madre de
Mutileder; y que por lo tanto, Mutileder era su hijo. En prueba de esto
dio no pocos datos y razones, y la ms sorprendente fue la de afirmar
que ambos jvenes iberos estaban sellados por l, en la espalda, desde
el da en que nacieron, con una salamandra azul.

Con la alegra que produjo tan fausto descubrimiento, se prescindi de
la etiqueta de palacio. Vino Guad y trajo consigo a Mutileder.
Desnudaron las espaldas de ambos jvenes y se vieron estampadas en ellas
las salamandras. No caba duda; eran hijos de Abaris, y por consiguiente
hermanos.

Todo se aclaraba y se justificaba as. El amor que se haban tenido era
fraternal: nacido de la fuerza del parentesco. En vez de afligirse de
haber sido ella robada por Adherbal y enamorada luego de Salomn, y l
de sus infidelidades con Chemed y con Guad, dieron gracias a los
propicios hados que de aquella manera y por tan ocultos caminos los
haban salvado de un crimen fesimo, que tal le hubieran cometido si
llegan a casarse.

Se disiparon, pues, las melancolas de Echelora y de Mutileder; se
abrazaron fraternalmente y ms contentos que unas pascuas, y se
encontraron muy a gusto de ser ella favorita de Salomn y l prncipe
consorte en el reino sabeo, para donde se fue con su Guad, cuatro das
despus de saber que era hijo de Abaris y de haber descubierto que tena
una salamandra azul en la espalda.

Echelora se qued en Jerusaln, ya sin remordimientos y muy alegre.

Abaris fue a ver a Salomn y a pedirle el don que haba prometido
otorgarle; pero como era hombre de mundo y precavido, llevaba preparada
la flecha debajo del manto filosfico, ponindose cerca del balcn
abierto para hacer su peticin, no fuera caso que Salomn se enfadase y
tuviese l que salir volando, antes de que Benaya le hiciese pasar a
mejor vida.

La peticin no era otra que la mano de Abisag.

Salomn estaba de tan buen talante con la radical curacin de Echelora,
que en seguida consinti en que Abisag se casara. Adems, Abisag iba ya
pasando de la juventud a la edad madura, y como la mayora de las
solteras algo pasadas, estaba tan jaquecosa, que Salomn no la poda
aguantar, y se alegr de salir de ella.

Todos, pues, fueron felices.

Salomn tuvo una curiosidad y quiso que Abaris con el mayor sigilo la
satisficiese.

--Hay algo de verdad, le dijo, en lo que afirmas de que eres padre de
Echelora y de Mutileder?

--En mi vida estuve en Iberia, contest riendo Abaris. Confiesa que mi
remedio ha sido ingenioso y eficaz. Sin l no se hubieran curado los
chicos y hubieran sido capaces de morirse. Para hacer mas verosmil la
historia, puse yo mismo por arte mgica en las espaldas de ambos las
salamandras. Todo ha sido lo que all en los tiempos venideros, dentro
de cerca de tres mil aos, llamarn los sabios y pulidos un _mito_, y
los ignorantes y rudos, un _camelo_ o una _filfa_.




ASCLEPIGENIA

DILOGO FILOSFICO-AMOROSO.

_La escena es en Constantinopla. Siglo V de la Era Cristiana._

Habitacin de Proclo. Es de noche. Una lmpara de siete mecheros, puesta
sobre un trpode o candelabro de bronce, ilumina la estancia. Puertas al
fondo y a los lados.


ESCENA I.

PROCLO, de edad de cincuenta aos, seco, esculido, consumido por
vigilias, ayunos, estudios y mortificaciones, aparece sentado en un
sitial. Su discpulo, MARINO, est de pi, junto a l.


MARINO.--Maestro! Ests decidido a recibir esta noche?

PROCLO.--Lo estoy. En cualquiera otra ciudad podra yo excusarme: en
Byzancio no, que es mi patria. Cmo privar a mis paisanos del auxilio y
consuelo de la sabidura?

MARINO.--Difcil es; pero debieras reposar y cuidarte. Ests que parece
el espritu de la golosina, de puro desmedrado. Te vas a matar con
tantos afanes.

PROCLO.--Llveme el cuerpo donde quiero ir, y luego que muera.

MARINO.--Me afliges al decir eso. Qu har yo sin ti en este mundo?
Pero dime, y perdona mi atrevida curiosidad; los que vienen a
consultarte hablan siempre a solas contigo: no extraes que note una
contradiccin...

PROCLO.--Di cul es, y te demostrar que es aparente.

MARINO.--No afirmas t que se requieren largos preparativos antes de
comunicar la sabidura? Qu revelas entonces a los que te consultan?

PROCLO.--No toda la verdad, cuyo resplandor los cegara, sino algo de la
verdad, velado en smbolos. As el sol se vela entre nubes, a fin de que
ojos mortales puedan fijarse en su disco glorioso.

MARINO.--Veo que esta noche ests expansivo. Me permites que te haga
vanas preguntas?

PROCLO.--Haz las que se te antojen. Si me es lcito, contestar.

MARINO.--Pues con tu venia: qu nos trae aqu desde el fondo del Asia,
donde estabas estudiando los ms oscuros ritos y misterios del Oriente,
y desentraando su oculto sentido? Es capricho de tu alma o mandato de
un numen?

PROCLO.--Hace ya aos que mi alma no tiene caprichos. Es mandato de un
numen.

MARINO.--Puedo saber de cul?

PROCLO.--De Venus Urania.

MARINO.--La evocaste?

PROCLO.--No la evoqu. Ya sabes t que en el da rara vez me tomo el
trabajo de evocar a los nmenes. Ellos mismos bajan del Olimpo y vienen
a verme, enamorados de mi afable trato. Es verdad que en la escala de la
vida ocupo lugar inferior al de ellos. Si quiero elevarme a la
inteligencia y a la causa soberanas, a travs de todas las
manifestaciones corpreas de su omnipotencia, tengo primero que subir
por mil grados hasta llegar a dichos nmenes, y aun despus, desde los
nmenes hasta el manantial inexhausto de lo celeste y terrenal, del
espritu y la naturaleza, hay una peregrinacin harto penosa. Por dicha,
yo tengo un atajo, una trocha, un sendero recndito y breve, por donde
llego, no ya a la inteligencia y a la causa, sino ms hondo: por donde
llego al Uno. Me abstraigo de todo lo exterior; echo a un lado sentidos
y potencias; borro imgenes de la fantasa; cubro con niebla densa todo
lo escrito en la memoria; y, hundindome en el abismo del alma, hallo al
que es. All nos juntamos l y yo. All l y yo no somos ms que el Uno.
De este modo se explica que, siendo yo simple mortal, sea tan
considerado por los dioses. En la ligereza de carcter, propia de la
serena beatitud de ellos, no caben estas reconcentraciones poderosas de
la mente que me llevan al Uno. Ya te lo he dicho mil veces: por el
principio vital, que gobierna mis sentidos, no valgo ms que un perro;
por el alma racional me quedo por bajo de las divinidades olmpicas; mas
por la inteligencia especulativa e intuitiva, llego al Uno y dejo muy
detrs de m a los ngeles, a los demonios, a los genios y a los
nmenes. Por la unidad esencial que en m hay, y de la cual hasta la
inteligencia es emanado atributo, soy el Uno mismo. El Uno soy yo en los
instantes dichosos de entusiasmo, de conjuncin y de xtasis.

MARINO.--Por Hrcules vivo, maestro, que me lleno de envidia siempre que
te oigo afirmar esa unin, por la cual te pones en el Uno o te
identificas con el Uno. Se me ocurre, no obstante, cierta dificultad.

PROCLO.--Explnala y te la resolver.

MARINO.--Por qu, si hallas al Uno, hundindote en el abismo del alma,
te allanas a buscarle en la naturaleza? Por qu no ests siempre
reconcentrado y como viviendo en la eternidad?

PROCLO.--Para imitar al propio Uno. Porque el Uno y yo, adems de ser el
Uno, somos el Bien. Es nuestra ley no quedar en el centro, absortos en
el absoluto egosmo y en la inefable contemplacin de nuestra esencia.
Tenemos que salir fuera a crear y mostrarnos activos. De l y de m
emanan la voluntad, la inteligencia y la palabra, y ellas crean el
mundo. Desenvuelve el Uno su idea, y van apareciendo el ser, la vida y
la armona y el movimiento, y cuanto es y ser. Desenvuelvo yo mi idea,
y nacen el arte, las religiones y la ciencia. Y la creacin del Uno y mi
creacin se compenetran y confunden y vienen a ser la misma. Me
entiendes ahora?

MARINO.--Me pasmo de tu claridad. Con sobrada razn mereces apellidarte
el sumo pontfice de todas las creencias, el gran ciudadano de todas las
repblicas y el archi-metafsico de todas las metafsicas. No, Proclo,
t no eres un mortal.

PROCLO.--En la esencia no lo soy. En la esencia soy eterno. Considerado
en mi unidad, vivo en la eternidad primitiva: esto es, en un punto
inmvil, en el cual toda la duracin infinita de los siglos se halla
parada, cifrada y reconcentrada. Considerado en el pice de mi mente, en
la inteligencia, vivo en la eternidad secundaria; torrente de las
existencias sucesivas, perpetuo trnsito, movimiento sin trmino,
carrera sin meta, mudanza y proceso que no acaban.

MARINO.--Y dime, maestro, el sacrificio que sin duda haces al salirte
del Uno y penetrar con la mente y con el discurso y con el afecto en
este universo visible, qu principal propsito lleva?

PROCLO.--Lleva varios propsitos; pero el principal es de la mayor
trascendencia. La ley divina que sigue la historia me ha suscitado en el
tiempo debido para una funcin importantsima. Mi espritu toma carne
hacia el fin de la civilizacin antigua para comprenderla toda en
conjunto armnico. El genio de la Grecia, con sus castizas o peculiares
creaciones, con los sueos de sus poetas desde Lino y Orfeo hasta ahora,
con su pensamiento filosfico desde Pitgoras hasta Jmblico, con los
descubrimientos de sus matemticos, astrnomos y fsicos, y con las
enseanzas arcanas de Samotracia y de Eleusis; el genio de la Grecia,
con los despojos pimos que trajo de Egipto, de Persia y hasta de la
India, despus de las conquistas del Macedn; todo este trabajo, toda
esta aglomeracin de doctrinas, experimentos y especulaciones, han
venido a fundirse en mi cabeza como en horno o crisol candente. Ya
fundido todo, he desechado la escoria por los bros de mi virtud
crtica, y he guardado slo el metal limpio y puro. Por ltimo, por otra
virtud plasmante que hay en m he vaciado ese metal como en un molde, y
he sacado a la luz el refulgente y completo sistema de la antigua
sabidura. Los pueblos del Norte acabaron ya con el imperio de
Occidente. El imperio de Oriente sucumbir tambin. Pronto vendr la
barbarie. Las tinieblas de la ignorancia cubrirn el mundo. Yo ser,
desde entonces hasta que aparezca la aurora de una nueva y tal vez ms
rica civilizacin, faro luminoso que alumbre y guie al humano linaje.

MARINO.--Reconozco la importancia de tu vida y de tus obras. Pero,
concretndonos al caso singular de tu venida a Byzancio, qu es lo que
a ello te mueve?

PROCLO.--Muveme amor.

MARINO.--Amor de patria? Amor de gloria?

PROCLO.--Amor de una mujer.

MARINO.--De una mujer! Me dejas turulato. Quin haba de suponer que
pensabas en tales cosas?

PROCLO.--No hay motivo para que te quedes turulato. Qu tiene de
absurdo que yo ame a una mujer? La amo desde que la vi: desde hace
quince aos. Ella tena entonces diez y siete. Hoy tiene treinta y dos.
Entonces era como capullo de rosa: hoy debe de brillar con toda la pompa
y el esplendor de la hermosura, en la plenitud de su vida. Claro est
que si yo estuviese siempre reconcentrado en el Uno, no la amara; pero,
volvindome, y no puedo menos de volverme, al mundo exterior, qu
hallar en todo l que represente mejor al Bien y al Uno mismo? Qu
imagen, qu trasunto, qu destello de la belleza increada descubrir el
sabio que valga ms que la mujer hermosa? Cuando el artista quiere
representar a la ciencia, a la poesa, a la virtud, no les da forma de
mujer?

MARINO.--Es cierto.

PROCLO.--No debes, pues, maravillarte de que yo ame en esta mujer a la
ciencia, a la poesa y a la virtud con forma visible.

MARINO.--Ya no me maravillo. Y puedo saber cmo se llama tu amada?

PROCLO.--Se llama Asclepigenia. Es la hija de mi maestro Plutarco. Ya te
he dicho que la conoc quince aos ha. La conoc en Atenas. Plutarco me
acab de ensear la filosofa. Asclepigenia me inici en los misterios
caldeos, en los ritos de las orgas sagradas y en los procedimientos ms
eficaces de la teurgia. Desde entonces estamos ella y yo ligados por
amor espiritual y sublime. Su gallardo y lindo cuerpo ha sido slo para
m como dorada nube, donde se me apareca, en reflejos fugitivos, el sol
eterno: toda la perfeccin del Ser.

MARINO.--Nobilsima manera de amar fue la tuya... Y ella, cmo te
amaba?

PROCLO.--Me amaba tambin con el alma y andaba enamorada del alma ma.

MARINO.--Y por qu te separaste de ella?

PROCLO.--Por mil razones. Ni ella ni yo queramos contaminar la pureza
del amor que para siempre nos une. Ambos anhelbamos seguir sin tropiezo
el camino ascendente que hacia el bien y hacia la luz nos encumbraba.
ramos demasiado jvenes. No estbamos an a toda la altura a que nos
importaba estar. Decidimos, pues, separarnos por amor de nuestro mismo
amor. Prometimos reunirnos cuando ya no hubiese peligro alguno. Venus
Urania me ha revelado que ya no le hay, y por eso vengo en busca de
Asclepigenia.

MARINO.--Notable revelacin estuvo. No hay ms que verte, maestro, para
conocer que no ests peligroso.

PROCLO.--Tienes razn que te sobra.

MARINO.--La fama ha difundido, por esta gran capital, que la honras con
tu presencia y que recibirs en consulta a tres personas cada noche. Por
medio del senador Marciano, a fin de que la casa no se te llene de
gente, han sido repartidos los billetes de entrada. Pronto irn llegando
por su orden los que vienen hoy a verte. Tus siervos los detendrn en la
antesala. Yo los conducir luego hasta ti.

PROCLO.--Aunque Marciano profesa la religin de Cristo, es muy amigo mo
y se parece a m en muchas cosas. Ama a la virgen emperatriz Pulqueria,
como yo amo a la hija de Plutarco. Marciano, que pronto va a cumplir
doce lustros, dos ms que yo, dicen que se casar con Pulqueria, con
quien ha de compartir, en honestidad santsima, el trono y el imperio de
Oriente. Del mismo modo, Asclepigenia compartir conmigo el trono y el
imperio de la filosofa. Pero oigo ruido en la antesala. Ve y mira si ha
venido alguien.

(Sale Marino y vuelve un instante despus.)

MARINO.--Maestro! el primero que acude a consultarte es un bellsimo y
elegante mancebo, llamado Eumorfo. Nadie se viste con tanto lujo y
primor, nadie monta mejor a caballo, nadie baila con tanta gracia y
gallarda. Por estas y otras prendas es el encanto de las damas ms
encopetadas.

PROCLO.--Qu pretender de m ese pisaverde? Dile que pase adelante.


ESCENA II.

PROCLO y EUMORFO a quien Marino acompaa, yndose luego.

EUMORFO.--Abismo del saber, lucero de la filosofa, archivo de todas las
noticias divinas y humanas...

PROCLO.--Amable mancebo, djate de lisonjas y di lo que pretendes.

EUMORFO.--Pretendo que me ilustres un poco.

PROCLO (Con cierto desdn.)--Y para qu?

EUMORFO.--No me desdees as. Confieso que no tengo por las ciencias la
vocacin ms decidida. A ti, que todo lo penetras, cmo he de intentar
engaarte? Pero, francamente, mis chistes y agudezas, mis habilidades,
mis talentos de sociedad, todo queda deslucido sin algo de filosofa.
La filosofa se ha puesto en moda entre las seoras de los crculos
aristocrticos, a quienes sirvo, pretendo y tal vez enamoro. Me falta
este charol; dmele, y ser irresistible.

PROCLO.--Aunque es vulgar, mezquino y un tanto cuanto pecaminoso el
fundamento de tu deseo, tu deseo es bueno en s, y me decido a
satisfacerle; pero la empresa es ardua. Por ms que no quieras tomar
sino una ligersima tintura, necesitas varias lecciones: necesitas
asimismo consagrar a mi servicio y asistencia un par de horas diarias, a
fin de que vayas recogiendo sentencias de las que se escapan de mis
labios muy a menudo.

EUMORFO.--Consagrar a tu servicio y asistencia ese par de horas diarias
que dices.


ESCENA III.

DICHOS, MARINO.

MARINO.--Una dama, que, si bien envuelta en velo argentino, deja
traslucir que est dotada de majestuosa hermosura; una dama, cuyo traje
de seda y cuyas joyas riqusimas manifiestan lo elevado de su clase,
acaba de bajar de una silla de manos y se halla en la antesala
aguardando que la recibas. Parece una diosa por el ritmo y la nobleza de
su andar entonado y por el olor de ambrosia con que satura en torno el
ambiente. Le digo que aguarde?

EUMORFO.--Venerando maestro! La galantera exige que recibas luego a
esa dama. Yo aguardar en otro cuarto.

PROCLO.--Bien est. (Sealando a Eumorfo la puerta de la izquierda.)
Entra en aquel. (A Marino.) Di a la dama que no se detenga.

(Vanse Eumorfo y Marino.)


ESCENA IV.

PROCLO, ASCLEPIGENIA.

(Eumorfo asoma la cabeza de vez en cuando, ve, escucha y hace gestos de
asombro durante toda esta escena.)

PROCLO.--Deslumbrante aparicin! Quin eres? Eres mortal o diosa?

ASCLEPIGENIA. (Alzando el velo y descubriendo el rostro.)--No me
reconoces, Proclo?

PROCLO.--Asclepigenia de mi corazn! Cun bella ests! Como el medio
da vence al albor de la maana, tu beldad de hoy vence a la beldad con
que hace quince aos resplandeciste en Atenas. No dudo que tu alma se
habr mejorado y hermoseado tambin.

ASCLEPIGENIA.--No lo dudes. Tambin mi alma se ha mejorado y hermoseado.

PROCLO.--Sea mil veces enhorabuena. Y de quin es tu alma?

ASCLEPIGENIA.--En su unidad es del Uno. En todas sus facultades,
virtudes, potencias y dems atributos, es siempre tuya.

PROCLO.--Conque me amas?

ASCLEPIGENIA.--Te amo. Apenas supe que estabas aqu, he venido a
buscarte.

PROCLO.--Ya no hay peligro.

ASCLEPIGENIA.--Lo veo.

PROCLO.--Viviremos juntos?

ASCLEPIGENIA.--Y por qu no? Poseo un magnfico palacio donde
albergarte. Sers mi filsofo. Contigo, por medio de la contemplacin,
en alas del entusiasmo y del amor sin mcula, me arrobar, me extasiar
y me perder en el Uno.

PROCLO.--As sea.

ASCLEPIGENIA.--Ahora tengo que dejarte. No puedo faltar esta noche en mi
palacio, donde aguardo visitas. Ve a instalarte all desde maana.

PROCLO.--No aspiro a otra cosa.

ASCLEPIGENIA.--Como supongo que no te habrs venido sin los utensilios
de tu profesin, mis criados se presentarn aqu con un carromato para
la mudanza de todos los libros y trastos de hacer milagros, hablar con
los muertos y atraer a los genios y demonios.

PROCLO.--Eres mi providencia terrenal. Cmo pagar tanto cuidado?

ASCLEPIGENIA.--Amndome.

PROCLO.--Con el alma toda.

ASCLEPIGENIA.--Para despedida, te permito que me des un casto beso en la
frente.

PROCLO. (Besndola con timidez respetuosa.)--Es la vez primera que la
tocan mis labios. Cun regalado favor!

ASCLEPIGENIA.--Adis, amadsimo Proclo!

(Vase)


ESCENA V.

PROCLO, EUMORFO.

EUMORFO.--Sabes lo que digo, maestro?

PROCLO.--Di, y lo sabr. No quiero tomarme el trabajo de adivinar tus
pensamientos.

EUMORFO.--Pues digo que se me van quitando las ganas de estudiar
filosofa.

PROCLO.--Y por qu?

EUMORFO.--Porque la filosofa vuelve tonto a quien la estudia.

PROCLO.--Te equivocas. Lo que hace la filosofa es reforzar las prendas
que cada uno tiene. Al tonto no le vuelve discreto, ni al discreto
tonto; pero al discreto le hace discretsimo, y al tonto tontsimo.

EUMORFO.--Salvo el merecido respeto, te declarar entonces que t propio
te condenas.

PROCLO.--De qu suerte?

EUMORFO.--Porque mostrndote ahora tontsimo con toda tu filosofa,
debiste de ser tonto en tu vida precientfica: tonto de nacimiento.

PROCLO.--Y qu prueba he dado yo de esa tontera superlativa de que me
acusas?

EUMORFO.--La prueba es tu amor sublime por Asclepigenia.

PROCLO.--Qu sabes t de eso?

EUMORFO.--Conozco a Asclepigenia muy a fondo.

PROCLO.--Te alucinas. Quiero dar por supuesto que conoces las potencias
de su alma, las cuales, en su efusin, han creado para ella un cuerpo
tan hermoso; pero la esencia eterna de esa alma misma, que es lo que yo
amo y por lo que soy amado, est en un punto inaccesible para ti.

EUMORFO.--Consientes que me valga de un smil?

PROCLO.--Valte de cuantos smiles se te ocurran.

EUMORFO.--Quin es ms dueo del mundo, la emperatriz Pulqueria que le
gobierna, o t que le comprendes?

PROCLO.--Yo, que le comprendo. Aunque Pulqueria poseyese, no ya slo
este planeta que habitamos, sino todos los dems planetas, y los astros,
y los cielos, no poseera ms que un burdo remedo del Universo, tal como
el Demiurgo le contempla en el Paradigma, antes de sacar la copia o el
traslado. Pero me inclino a sospechar que eres un majadero, y que no
entiendes ni entenders jams estas cosas.

EUMORFO.--No te sulfures, maestro. Si yo no entiendo esas cosas,
entiendo otras ms fciles y agradables de entender. Asclepigenia tendr
quiz su Demiurgo y su Paradigma misteriosos que t entiendes y posees;
pero sus cielos, sus planetas y sus estrellas, son mos desde hace
algunos meses.

PROCLO.--Qu palabra dijiste?

EUMORFO.--Dije que Asclepigenia filosofa contigo; que contigo no quiere
ni quiso nunca peligrar; pero que conmigo no hay peligro que no
arrostre.

PROCLO.--Por las divinidades superiores e inferiores, que en larga serie
proceden del Uno, confieso que me duele lo que acabas de descubrirme.
Sin embargo, todo se explica satisfactoriamente dentro de mi sistema.
Las cosas son como son; y no pueden ser mejores de lo que son, porque,
como son, son perfectas segn su grado.

EUMORFO.--Consulate con ese trabalengua.

PROCLO.--Y por qu no consolarme? Asclepigenia y yo, con el libre
albedro de nuestras almas, dispusimos amarnos, y nos amamos y seguimos
y seguiremos amndonos eternamente, ayudados del favor divino, que acude
a nosotros en virtud de la plegaria. Contra esto nada puedes t; nada
pueden tus iguales. Hay, a pesar de todo, en la efusin de las potencias
del alma, algo de corporal que est sujeto al hado. Esto es lo que he
perdido en Asclepigenia. La fatalidad me lo roba. El libre albedro de
ella no ha sido bastante brioso para defenderlo con heroicidad. Pero la
discordia entre el libre albedro y el hado ser al fin dominada por la
Providencia, la cual lo purificar todo, reducindolo a la celestial y
maravillosa armona, que casi toca y se confunde con el Uno
_hiperhiposttico_.

EUMORFO.--Tu discurso suena tan peregrino en mis profanas orejas, que me
induce a creer o que eres un prodigio de prudencia semi-divina, o que
ests loco de atar.


ESCENA VI.

DICHOS, MARINO.

MARINO.--Un respetable anciano pide permiso para entrar a hablarte. Se
llama Crematurgo. Es el ms rico capitalista del imperio. Ha hecho del
modo ms filantrpico la mayor parte de sus riquezas. Ha traficado en
cierta clase de individuos, que ya dirigen en los alczares los negocios
ms difciles, ya sirven sin infundir recelos a los maridos celosos, ya
cantan como serafines en las iglesias. Retirado ahora de esta
fabricacin y comercio, se dedica a prestar al gobierno y a los
particulares al cincuenta por ciento al ao. Con tales virtudes,
excelencias y servicios, no debe chocarnos que haya merecido el favor de
la emperatriz y de sus ministros, los cuales le colman de distinciones.
Ya le han nombrado conde Palatino y se anuncia que van a crear para l
el ttulo singular y nuevo de _Sebastocrtor_.

PROCLO.--Y qu pretender de m ese tunante? Vamos, dile que entre y le
oiremos.

(Vase Marino.)

EUMORFO.--Y yo qu hago?

PROCLO.--Escndete de nuevo donde estabas.

(Vase Eumorfo.)


ESCENA VII.

PROCLO, CREMATURGO.

CREMATURGO.--Oh faro de las ms altas especulaciones! Oh dspota de
los genios y dems poderes sobrenaturales!...

PROCLO.--Est bien. No me adules. Di qu pretendes de m.

CREMATURGO.--T, que lo sabes todo, no podras decirme de qu medio me
valdr para que mi amada sea ma, solamente ma?

PROCLO.--No llega tan lejos mi saber. Si llegara, le hubiese yo empleado
en favor mo, que buena falta me ha hecho.

CREMATURGO.--Veo que tu saber no vale un comino. Harto me lo sospechaba
yo.

PROCLO.--Expon, no obstante, tu caso, y all veremos si puedo remediarte
o darte al menos algn consejo til.

CREMATURGO.--Yo estoy prendado de la ms hermosa mujer que hay en
Byzancio. Por ella hago descomunales desembolsos. No hay primor, ni
refinamiento, ni objeto de arte, que ella no logre por m. He trado
para ella telas bordadas del pas de los Seras, alfombras de Ctesifn,
perlas y diamantes, papagayos y monos de la India, perfumes y oro de
Arabia, y chales de Cachemira. Su palacio encierra muebles incrustados
de marfil y ncar, estatuas de mrmol de Paros, vajillas de plata, vasos
de Nola y jarrones del extremo Oriente, que tienen un barniz desconocido
en los imperios de persas y de romanos. Ella hace visitas a mi costa en
silla de manos lindsima, o se pasea o va al circo o al hipdromo en
reluciente carroza o _harmamaxa_, tirada por cuatro blancos caballos. En
fin, nada le falta. Cmo me compondr para que ella no me falte a m?

PROCLO.--Lo discurriremos. Para mayor ilustracin del asunto, infrmame
de quin es esa dama que tan caro te cuesta.

CREMATURGO.--Es Asclepigenia, la hija del filsofo Plutarco.

PROCLO.--Profundos cielos! Quin lo hubiera podido imaginar en la
vida? T eres mi rival.

CREMATURGO.--Tu rival? Pues qu, tambin a ti te ama? Qu le das t,
esqueleto pordiosero y ambulante?

PROCLO.--El alma, la esencia eterna. Pero sabe oh stiro vetusto! que
todava tienes otro rival. Sal, Eumorfo.


ESCENA VIII.

DICHOS, EUMORFO.

CREMATURGO.--Qu descaro es este? Cmo te atreves, Eumorfo, a
presentarte y a rivalizar conmigo? Tengo en mi poder cuatro pagars
tuyos vencidos y archivencidos, y voy a ejecutarte maana.

EUMORFO.--Refrena tu furor, generoso magnate. Yo ignoraba que
Asclepigenia te perteneciera.

CREMATURGO.--Sea como sea, lo cierto es que Asclepigenia nos ha burlado
a los tres galanes. El acaso, qu digo el acaso? la diosa Minerva nos
ha reunido aqu para desengaarnos. Vamos a ver a Asclepigenia y a
decirle lo que merece. Ella me aguarda solo. Venid en mi compaa.

EUMORFO.--Vamos.

PROCLO.--Vamos. (Proclo toma su bculo de filsofo, y salen juntos los
tres.)


ESCENA IX.

Estrado o parastasio rico y elegante en casa de Asclepigenia adornado
con estatuas y pinturas, e iluminado con lmparas, unas pendientes del
techo, otras colocadas sobre mesas dlficas.

ASCLEPIGENIA Y ATENAIS.

(La primera aparece reclinada, casi tendida lnguidamente en un
_esquimpodio_ o silla-larga. Atenais, a su lado, en un taburete.)

ATENAIS.--Con que has visto a tu primer amor?

ASCLEPIGENIA.--S, le he visto. Me ha dado lstima. Est flaco, plido,
apergaminado. Y luego qu sucio! Doy por cierto que en los quince aos
que ha vivido lejos de m no se ha lavado una vez sola ni siquiera las
manos.

ATENAIS.--Ese grave defecto tiene el espiritualismo o misticismo, que
ahora priva y cunde. Parece que las virtudes a la moda exigen que sean
puercos los virtuosos.

ASCLEPIGENIA.--Y no es eso lo peor, sino que se apodera de los nimos
una tristeza vaga y sofstica que los enerva; tristeza que los antiguos
apenas conocieron; un menosprecio del mundo y de las dulzuras de la
vida, que despuebla las ciudades y puebla los desiertos; un desdn del
bienestar y de la riqueza, que roba brazos a la agricultura y a la
industria; y una mansedumbre resignada, que amengua el valor del
ciudadano y del guerrero. Ms que Atila y todos los brbaros, me hacen
prever estos sntomas la total ruina de la civilizacin. Pero volviendo
a la suciedad y descuido en la persona, te aseguro que me ha dado grima
ver a Proclo. Ofende toda nariz medianamente delicada.

ATENAIS.--Cruel inconveniente es ese si has de vivir con Proclo.

ASCLEPIGENIA.--Yo sabr remediarle. No me meter en discusiones ni en
consejos, sino que, a modo de broma, har que maana le cojan dos
esclavos antes de comer, le soplen en un bao y me le laven y frieguen
con pasta de almendra, y me le froten con aromoso _diapasma_. l mismo
se sentir mejor despus, y tomar la costumbre de lavarse.

ATENAIS.--Pero, declrate con franqueza; a pesar de est Proclo tan
viejo, tan estropeado y tan sucio, le amas todava?

ASCLEPIGENIA.--Le amo y le adoro. Se me figura que l es la ltima
encarnacin del maravilloso genio de Grecia. Amndole, se magnfica y
ensalza todo mi ser, hasta considerarme yo misma como la ciencia, la
poesa, la civilizacin griega personificada.

ATENAIS.--En efecto, Proclo es el prncipe de los filsofos. Tu padre
Plutarco y mi padre Leoncio, notable filsofo tambin, le veneraban como
superior a ellos. Comprendo, pues, que ames a Proclo.

ASCLEPIGENIA.--Una doncella tan sabia, educada con esmero en Atenas; una
poetisa tan inspirada como t, en quien veo renacer, en edad temprana,
las altas prendas de Hipatia, no poda menos de comprender este amor mo
que descuella sobre mis otros amores.

ATENAIS.--Es un dolor que no pueda ser el nico.

ASCLEPIGENIA.--La culpa, hasta cierto punto, la tiene el pcaro
misticismo. Por l nos separamos. Sin l hubiramos vivido juntos,
hubiramos sido humanamente amantes y esposos, y ni yo hubiera cado,
ni Proclo hubiera llegado a ser, con lamentable precocidad, y quedndose
pobre, un vejestorio tan incapaz, y tan feo.

ATENAIS.--Tu propsito era difcil. No extrao que no hayas podido
cumplirle. El temple de alma de la emperatriz Pulqueria es rarsimo.

ASCLEPIGENIA.--Qu temple de alma ni qu calabazas? Ella es emperatriz
y no necesita de un Crematurgo.

ATENAIS.--Tiene acaso algn Eumorfo?

ASCLEPIGENIA.--Vaya si le tiene! Nadie lo ignora, menos t, que ests
en Babia, y Marciano, que hace la vista gorda.

ATENAIS.--Y quin es ese feliz mortal?

ASCLEPIGENIA.--El lindo y gracioso Paulino.

ATENAIS.--Pues no tiene mal gusto la santa.

(Aparece una sierva.)

SIERVA.--Seora, Crematurgo pide licencia para entrar.

ASCLEPIGENIA.--Que entre. (Vase la sierva.)

ATENAIS.--Me retiro?

ASCLEPIGENIA.--Retrate. (Vase Atenais.)


ESCENA X.

ASCLEPIGENIA, CREMATURGO, PROCLO Y EUMORFO. (Asclepigenia se pone de pi
para recibirlos.)


ASCLEPIGENIA.-Qu agradable sorpresa! Qu significa venir los tres
juntos a mi casa?

CREMATURGO.--Envidiable frescura te concedi el cielo. Cmo, al vernos
entrar juntos a los tres, no tiemblas, no te asustas, no te hundes
avergonzada en el centro de la tierra?

EUMORFO.--Eso mismo repito yo. Cmo no te hundes en el centro de la
tierra?

CREMATURGO.--Inicua! Nos estabas engaando a todos.

EUMORFO.--Esto pasa de castao oscuro. Tres al mismo tiempo!

CREMATURGO.--Qu puedes alegar en tu defensa?

EUMORFO.--Con razn enmudeces.

ASCLEPIGENIA.--Yo no enmudezco ni con razn ni sin ella. A fin de
probaros que la razn no me falta, os contar una parbola, si tenis
calma para orla.

CREMATURGO.--Cuenta.

EUMORFO.--Te escucho.

ASCLEPIGENIA. (A Proclo, que ha estado y sigue silencioso desde que
entr.) Y t, qu dices?

PROCLO.--Nada. Te escucho tambin.

ASCLEPIGENIA.--En el jardn de este palacio hay un rosal, que estaba
casi seco y perdido por hallarse en terreno estril.--Qu necesita? me
dije yo al contemplarle.--Mantillo, me respond. Es menester que de las
sustancias corrompidas que en el mantillo hay absorba el rosal la savia
vivificante que ha de dar lozana, gala y primor a sus hojas y a sus
flores. Cubr, pues, con mantillo las races y el pi del rosal, y el
rosal ha reverdecido y florecido como por encanto. La verdura de sus
hojas es brillante: sus rosas son divinas. Los ptalos de estas rosas
tienen el color encendido del alba: el centro parece cliz de oro: en el
cliz hay miel. Qu ser delicado, elegante, ligero, bonito, en armona
con la rosa, podr tocar sus ptalos sin marchitarlos, y libar la miel
del cliz con la correspondiente suavidad y finura?--Una area, pintada
y alegre mariposa, pens yo. Y apenas lo hube pensado y deseado, acudi
la mariposa ms gentil y juguetona que he visto en mi vida; y
revoloteando en torno de la rosa, se pos en su seno, sin ladear apenas
el flexible tallo, y lib la miel del cliz de oro. Not, sin embargo,
que esto no bastaba. De la rosa se desprenda exquisita fragancia, que
iba disipndose por el ambiente y que el cfiro esparca en sus alas. En
la rosa haba asimismo belleza extraordinaria, reflejo de la idea;
perfeccin de formas, que encierra puros pensamientos artsticos. Esto
slo puede comprenderlo la inteligencia. Slo el espritu puede gozar de
todo esto. Es as que la mariposa no tiene inteligencia, ni espritu, ni
siquiera olfato: luego al rosal le faltaba lo mejor. Sus prendas de ms
vala quedaban sin fin y sin propsito. Entonces vi claro que, si el
mantillo y la mariposa eran indispensables para el rosal, eran ms
indispensables an mente elevada, espritu y conciencia, que le
comprendiesen y admirasen. Aplicad ahora la parbola y reconoceris mi
justificacin. Yo soy el rosal; t, Crematurgo, eres el mantillo; t
Eumorfo, la mariposa; y Proclo es la nariz que aspira el aroma y la
mente que estima la beldad y goza dignamente de ella. Qu culpa
adquiere el rosal de que nada sea completo en este bajo mundo? Lstima
es que no se logren mantillo, mariposa, narices y mente en un ser solo!
Como el rosal requera todo esto y no se hallaba reunido, he tenido que
buscarlo por separado.

CREMATURGO.--Pues yo no me avengo. No quiero ser mantillo y nada ms.
Adis, ingrata! (Vase.)

EUMORFO.--Tampoco me resigno yo a ser una mariposa ininteligente, sobre
todo cuando por amor tuyo me haba puesto ya a estudiar filosofa.
Adis infame! (Vase.)


ESCENA XI.

ASCLEPIGENIA, PROCLO.

ASCLEPIGENIA.--Mantillo y mariposa me abandonan. Me abandonars t
tambin, Proclo mo?

PROCLO.--Confieso que mi alma est destrozada. Tal vez hara yo bien en
huir de tu lado para siempre; pero hay una fuerza que me retiene cerca
de ti. En balde he querido espiritualizar, santificar la civilizacin
antigua, risuea y amante de la hermosura, pero liviana. No acierto, con
todo, a divorciarme de ella. Soy de ella. Soy tuyo sin remedio. El
vergonzoso y duro desengao no mata el amor de mi corazn al derribar
todo el edificio filosfico que con tanto afn y arrogancia haba yo
levantado. Se me figura que cae sobre m el justo castigo de la
soberbia del espritu. El espritu se apart con desdn de la
naturaleza; quiso elevarse por cima de la inteligencia y de la causa;
pugn por ir ms all del ser mismo; aspir a confundirse con el
principio inmutable de todo ser. La unin mstica, de que tanto me he
envanecido, fue sin duda ilusin malsana. El principio indefinible del
ser, con el cual yo crea unirme, y del cual todo lo que se afirma es
negando, era el no ser: era la nada. Mi supuesta identificacin con l
fue muerte egosta. No fue la muerte generosa de aquel que, amando la
vida, sabe darla por el triunfo de una noble idea; por su patria; por la
felicidad del objeto amado. Mi prurito de perderme en el Uno,
absorbente, impersonal, que todo lo tiene en s y nada tiene, es la ms
monstruosa perversin del espritu. Es no saber vivir y gozar en el seno
de este vario y bello Universo. Es crear un misticismo contrario al
amor. Mi misticismo reconcentra el alma: el amor la difunde. Apartado el
espritu de la naturaleza, qu se puede esperar sino lo que veo y
lamento ahora? O el delirio que toma la nada por el principio del ser, o
la vileza, el rebajamiento, la impura grosera y el brutal apetito de
goces materiales, triunfantes en la naturaleza, en la sociedad y en todo
pensamiento, cuando el espritu los abandona. En cambio, qu vale el
espritu que se aparta del mundo real, creyendo adorar lo divino y
adorndose a s propio? Ni para resistir los golpes del infortunio ms
vulgar conserva bro suficiente. Qu energa de voluntad me queda? Slo
soy capaz de vil y cobarde resignacin o de morirme aqu de pena, como
mujercilla nerviosa. Qu vergenza! No puedo ms. Ay de m!

(Proclo cae desmayado en la silla-larga.)

ASCLEPIGENIA.--Atenais! Atenais! Acude! Oh desgracia! Acude; trae un
pomo de esencias. Nos quedamos sin filosofa! Ya no hay filosofa
posible. Ya no hay ms que ciencias positivas y prosaicas. Mi filsofo
se me muere. (Se inclina sobre l y le abraza con la mayor ternura.)
Huele mal; pero... es tan sabio! es tan bueno!


ESCENA XII.

DICHOS, ATESTAIS.

(Atenais ayuda a Asclepigenia a cuidar a Proclo, aplicando un pomo de
esencias a sus narices)

ATENAIS.--Clmate. No es nada. Ya vuelve en s.

ASCLEPIGENIA.--Buen susto me he llevado! Pobrecito mo de mi alma!
Qu malo se me puso!

PROCLO. (Se levanta.)--Perdname, amiga. Ha sido un momento de
debilidad. (Reparando en Atenais.) Quin es esta gallarda doncella?

ASCLEPIGENIA.--Es Atenais, hija de Leoncio.

PROCLO.--La hija de mi docto e ilustre amigo!... El cielo te bendiga,
Atenais!

ASCLEPIGENIA.--Me perdonas, Proclo?

PROCLO.--No hablemos ms de lo pasado: olvidmoslo.

ASCLEPIGENIA.--Vivirs conmigo?

PROCLO.--No quiero ni puedo vivir ya sin ti. T sers el lucero que
ilumine con su luz apacible la melanclica tarde de mi existencia. Estas
blancas y suaves manos (las toma entre las suyas) cerrarn con amor mis
prpados cuando se junten para dormir el ltimo sueo.

ASCLEPIGENIA.--Contigo no echar de menos ni la riqueza, ni la hermosura
corporal... Qu ms hermosura, que ms riqueza que el tesoro de tu
alma? Si es menester, viviremos en la mayor estrecheza. Algo se me
estropearn las manos de guisar y de remendarte la ropa. La elegancia,
el esmero, el perfume de aristocrtica distincin se desvanecern casi
por completo cuando vivamos mseramente. Pero qu importa? Yo poseer
tu alma y t la ma?

PROCLO.--No ha de ser as. No consentir que se pierda o que se
deteriore ni una chispa, ni un tomo de toda esa beldad que te dio
naturaleza y que el arte ha completado y realzado. Yo ganar riquezas
para ti. Para ti tendr hermosura corporal y juventud lozana.

ASCLEPIGENIA.--No te alucines, Proclo. La juventud que se fue, no vuelve
nunca. Venus Urania no te visit sin motivo. En cuanto a la riqueza, doy
por cierto que no ganars jams un bolo con toda tu filosofa, a no ser
que apeles al milagro.

PROCLO.--Pues bien; al milagro apelo. Ahora vas a ver quin yo soy.
Aqu te quiero, oh Teurgia! Para algo me has de servir. Hasta ahora,
Asclepigenia idolatrada, has posedo en Eumorfo y en Crematurgo
hermosura, juventud y riquezas, contingentes, limitadas y caducas. De
hoy en adelante vas a poseer la juventud, la hermosura y la riqueza, en
absoluto y para siempre. Guardad silencio religioso. Ya empieza el
conjuro.

(Profundo silencio. Proclo, agitando su bculo, traza en le aire
crculos y otras figuras mgicas, y murmura entre dientes palabras
ininteligibles. yese msica celestial, lenta y sumisa. En el centro del
teatro se va cuajando una brillante y cndida nube, con arreboles de
carmn, oro y ncar.)

ASCLEPIGENIA Y ATENAIS.--Qu portento!

PROCLO.--Ocultos en esa nube tienes ya, a tus rdenes y para tu
servicio, en reemplazo de Eumorfo y de Crematurgo, al flechero Apolo, al
ms elegante y bonito de los dioses, y al hijo de Jasin y de Cres, al
ciego Pluto, dispensador de las riquezas. Quieres que salgan con
squitos de musas, gracias, ninfas, y genios, o que salgan solos?

ASCLEPIGENIA.--Que salgan solos. Ya les ir pidiendo, en la sazn
conveniente, todo aquello que se me ocurra.

PROCLO.--Apareced, dioses!

(Se abre la nube, y salen de ella, con mucha luz de Bengala, Pluto,
cojo, ciego y alado, y Apolo, muy bizarro y airoso, con manto de
prpura, corona de laurel y lira en mano.)

PROCLO.--Qu ms tienes que pedir?

ASCLEPIGENIA.--Nada. Yo me contentaba con tu amor.

PROCLO.--Recapacita, sin embargo, si algo te falta.

ASCLEPIGENIA.--Si no me motejases de sobrado pedigea y exigente, an
te pedira una cosa.

PROCLO.--Cul?

ASCLEPIGENIA.--Que te laves.

PROCLO.--Me lavar.

ATENAIS.--Ya eres dichosa. Posees ciencia, hermosura, juventud, riqueza
y hasta aseo. Yo, desvalida y menesterosa, lejos de envidiarte, me
regocijo.

PROCLO.--El cielo te premiar, generosa Atenais. Yo, que estoy ahora
inspirado, leo en el porvenir tu egregio destino. El joven Teodosio, a
quien educa muy bien su hermana Pulqueria, a fin de que brille en el
trono imperial, se casar contigo. As sers emperatriz de Oriente.
Sers feliz y poderosa sin acudir a la magia; pero tendrs que hacerte
cristiana. Por ltimo, para que nuestra gloria y nuestra felicidad sean
ms estupendas y vividoras, despus que pasen troce o catorce siglos,
contando desde el da de la fecha, aparecer en la risuea y frtil
Btica, cuna de la dinasta reinante y patria de tu abuelo poltico el
Gran Teodosio y de otra infinidad de personas eminentsimas, cierto
escritor ingenioso y verdico, el cual ha de componer sobre los sucesos
de esta noche un dilogo, donde trate de competir con el divino Platn
en lo elevado y grave, y con el satrico Luciano en lo chistoso y
alegre.

ATENAIS.--Mucho me he de holgar si tus vaticinios se cumplen.

ASCLEPIGENIA.--Y yo tambin. Temo, sin embargo, que ese dilogo, que
Proclo anuncia, sea una extravagancia sin amenidad y sin viveza, donde
nosotros figuremos, no como seres reales, sino como personajes
alegricos: donde Proclo y yo representemos la antigua poesa sensual y
corrompida y el antiguo saber agotado, desesperado y estril, que para
seguir viviendo juntos se entregan a brujeras y supersticiones.

ATENAIS.--Si esa alegora puede tener alguna aplicacin cuando el
dilogo se escriba, tal vez interese el dilogo.

ASCLEPIGENIA.--Suceda lo que suceda, no debe importarnos mucho. All se
las haya el autor. Nosotros cinco, mortales y dioses, vmonos al
triclinio, donde tengo preparada una suculenta y bien condimentada cena.

MORTALES Y DIOSES.--Vmonos a cenar.




GOPA

DILOGO FILOSFICO EN TRES CUADROS.


CUADRO I.

La escena es en la ciudad de Capilavastu: 593 aos antes de Cristo.

Interior del magnfico palacio del Prncipe Sidarta. Es de noche. Cmara
del tlamo, iluminada por una lmpara de oro.

GOPA.--PRATYAPATI.

PRATYAPATI.--Los ms vigilantes siervos del rey Sudonn rondan en torno
de este palacio. Las puertas de la ciudad estn defendidas. No se ir.
Es menester que no se vaya. Sin l qu ser de nosotras? Con igual
vehemencia le amamos, aunque de manera distinta. Yo le amo como si fuera
mi hijo. Cuando, a poco de darle vida, muri BU madre Maya Devi, por
encargo suyo qued Sidarta a mi cuidado. No quisieron los dioses que
ella viviese, para que no padeciera lo que nosotras padecemos hoy.

GOPA.--Inmenso dolor nos agobia. Por qu anubla su hermosa frente
irremediable tristeza? Por qu desea abandonarnos? Qu falta, qu
mengua encuentra en m? Yo le hubiera preferido a los dioses, como
Damayanti prefiri a Nal. Mi ventura se cifra en obedecerle con humildad
y en ser toda suya. Ingrato! Su corazn insaciable no logra aquietarse
en mi amor. Su noble cabeza jams reposa tranquila sobre mi seno. Ya no
me ama. Me juzga indigna de su cario.

PRATYAPATI.--No te atormentes, oh Gopa! Sidarta te ama. Para l eres t
el ser predilecto entre todos los seres. Pero de amor nace su pena. Amor
es su martirio. Amor le devora, creando en su alma una piedad infinita,
que no consiente ni deleite, ni goce, ni paz tan slo. Todos los males
de la vida pesan sobre su corazn, que abarca en su afecto la vida de
los tres mundos. Amor, primognito de la naturaleza, por una fatal
expansin de su esencia divina, dio ser a cuanto vive; y con la vida
nacieron el dolor, la pobreza, la enfermedad y la muerte. Se dira que
Sidarta es la encarnacin, el avatar de Amor, que llora y lamenta haber
creado la vida; que padece en s cuanto todo ser que tiene vida padece,
y que anhela retrotraer la vida a la nada para que el padecimiento
acabe.

GOPA.--Efmera es la vida: el padecimiento que de ella nace debe de
serlo tambin.

PRATYAPATI.--No, Gopa; la vida no tiene trmino. La muerte es cambio, no
fin. Arrastrados en la perpetua corriente, mudamos de forma, pero no de
esencia, la cual renace o reaparece siempre para el dolor. En este
sentido, los dioses, los asuras y los hombres son igualmente inmortales.

GOPA.--Y no hay ningn dichoso?

PRATYAPATI.--Ninguno. La infelicidad es la primera condicin de la vida.

GOPA.--Y por qu Amor cre la vida, y la infelicidad con ella?

PRATYAPATI.--Porque Amor no fue libre. Como del sol brotan los rayos,
como el agua mana de la fuente, as de Amor brot y man la vida. Slo
movido de compasin sublime, en virtud de un esfuerzo superior a lo
humano y a lo divino, recogindose en s con abstraccin portentosa,
lograr Amor recoger tambin en s la vida y darle quietud eterna.

GOPA.--Veo que piensas como Sidarta. Aplaudes, sin duda, su propsito,
que yo no comprendo.

PRATYAPATI.--Hasta cierto punto pienso como l; pero su propsito es
audaz, me parece irrealizable, y por audaz e irrealizable no le aplaudo.
Si l estuviese llamado, como cree, a ser el libertador de los hombres,
yo vera y hara con gusto cuantos sacrificios hay que hacer para
lograrlo.

GOPA.--Oh Pratyapati! Cun encontrados sentimientos son los nuestros!
Si t le amas como madre, yo, como esposa, como mujer enamorada le amo.
Este modo de amar es menos fuerte, por lo comn, que el amor de madre.
En el amor de madre hay mucho que nace de las entraas y que all se
arraiga. Por eso, no ya las mujeres, sino las mismas fieras aman a sus
hijuelos. La mujer enamorada de un hombre, cuando slo le ama con el
amor de las entraas, no le ama ms que le ama su madre; pero cuando le
ama tambin con el amor del espritu, le ama mil y mil veces ms que la
madre ms amorosa; le idolatra; le mira como a un dios; tiene fe en l;
le cree capaz de todo lo grande y de todo lo bueno; piensa que de la
voluntad de l, que es ley para ella, han de nacer el milagro, el bien y
la bienaventuranza para todos. No s, no comprendo el propsito de
Sidarta; pero s y comprendo que ser bueno su propsito, y que le
lograr, si quiere. Si para que le logre he de hacer yo el mayor
sacrificio, pronta estoy a hacerle.

PRATYAPATI.--Oh desventurada y dbil mujer! Qu msera resignacin es
la tuya? T sola puedes detener al Prncipe con la deleitosa cadena de
tu afecto; mas la veneracin que el Prncipe te inspira te excita hasta
a romper esa cadena. La violencia no bastar a retenerle; pero si tus
blancos y suaves brazos le cautivan, cmo te apartar de s para ir a
donde suea que su vocacin le est llamando? El Rey pone en ti su
esperanza. No la defraudes. Reten a Sidarta con el hechizo de tu amor y
de tu hermosura. No le dejes partir.... Siento pasos. Sidarta viene. No
quiero que me halle aqu. Animo, oh Gopa!

(Se va Pratyapati.)

GOPA.--Animo.... para detenerle no me falta; no le necesito. Para
dejarle partir he menester de todo mi valor.

(Entra el Prncipe.)

SIDARTA (abrazando a Gopa)--Esposa ma!

GOPA.--Dime la verdad. Me amas an?

SIDARTA.--Te amo ms que nunca.

GOPA.--Por qu, entonces, ests inquieto, triste y como desesperado?
Por qu no se aquieta en m tu voluntad?

SIDARTA.--Si no te amase, mi voluntad no se aquietara en ti, porque
buscara ms alto objeto de su amor. Amndote, no se aquieta tampoco,
porque teme perderte. En breve plazo nos separar el destino, y
renaceremos bajo nuevas formas para no volver acaso a encontrarnos
jams. Y no nos separaremos en la plenitud de la hermosura y de la
fuerza, jvenes y robustos an, sino tal vez marchitos por la vejez y
sobrecargados de disgustos y enfermedades. Esto har que el afecto que
hoy nos tenemos se trueque en desvo y en horror, o d origen a una
piedad dolorosa. Pero aunque t y yo oh hija de Dandapani! logrsemos
revestirnos de juventud perpetua y disfrutar perenne salud, viviendo
unidos y enamorados siempre, nunca seramos felices, como no fusemos
egostas. El dolor de cuanto respira, el padecer de cuanto alienta, la
muerte de cuanto vive y el espantoso espectculo de la miseria humana
acibararan nuestra ventura, o nos haran indignos de gozarla por la
dureza de nuestros pechos sin compasin y por la sequedad de nuestros
ojos sin lgrimas.

GOPA.--Tus razones son tan poderosas para m, que no s cmo responder
a ellas. Si algn engao contienen, no ser yo quien te saque del
engao; caer en l contigo. Es cierto: lo s por experiencia propia: no
hay dicha cumplida. Ni cuando t, violentando la dulce modestia de tu
condicin y prestndote al capricho de mi padre, te presentaste a
competir con mis pretendientes, y en la lucha, en la carrera, en
disparar flechas y en esgrimir las dems armas, los venciste; ni cuando
me revelaste que me amabas; ni cuando toda yo fui tuya; ni cuando sent
en mi seno agitarse viva tu imagen; ni cuando aliment a nuestro hijo
con la leche de mis pechos; ni cuando, sentado en mi regazo, aquel claro
descendiente de Gotama respondi por vez primera a mi sonrisa con su
sonrisa y atin a pronunciar tu nombre y el mo; nunca dejaron de
acibarar mi contento el temor de perder el bien que le causaba y la
consideracin de que nuestro contento y nuestro bien eran privilegio
odioso, eran contravencin de la ley que conden a los hombres a general
infortunio. Pero dime; si me amas, nuestro infortunio no ser mayor
separndonos? Por qu, pues, me huyes? Afirman que nos quieres
abandonar a todos. Qu propsito llevas? Porque el dolor sea general y
necesario, hemos de acrecentarle por nuestra voluntad, como lo
acrecentars si nos abandonas?

SIDARTA.--Bien sabes, hermosa nieta de Iksvac, que por mi voluntad no
se ha derramado jams una sola lgrima. Cmo haba yo de darte
voluntariamente el pesar ms pequeo? Jams me apartara yo de tu lado,
si esto me fuera lcito; pero no debo ocultrtelo por ms tiempo: un
deber imperioso me impulsa a ir lejos de ti.

GOPA.--No te alucina, no te extrava ese deber?

SIDARTA.--No es posible que me alucine. Mi resolucin no ha sido sbita,
sino nacida de largas y profundas meditaciones. Yo quiero y puedo
libertar a los hombres de la miseria, del dolor y de todos los males:
mostrarles el camino de la redencin, redimindome yo mismo. Mi
inteligencia, abstrayndose de todo, desdeando los deleites ilusorios
con que nos brinda el Universo, en la contemplacin de s propia, en el
xtasis, ir poco a poco alcanzando la suprema sabidura, elevndose por
cima de los dioses y de los asuras, adquiriendo un poder mgico que
rompa la ley fatal del encadenamiento de las causas; y, por ltimo,
llegada al colmo de su bro, realizada toda la virtud de su esencia, se
extinguir para siempre, como se extingue la llama cuando da al mundo
toda la luz y todo el calor que estn en ella latentes. Mi vida ser as
ejemplo y dechado para los que aspiren, como yo, a salir de la esfera
tempestuosa de la vida y de las mudanzas sin fin, y busquen la paz
eterna. Obra fatal de Amor, efusin de su esencia divina fue este
Universo tan lleno de dolor. Sean obra reflexiva de Amor el
aniquilamiento, el silencio y el reposo que nos salven del tumulto y de
la guerra. Limitacin y mengua son el fundamento de nuestra vida como
individuos. Rompamos el lmite, completemos el ser para que no tenga
mengua alguna, y entonces nuestra existencia sin lmites, y entera, sin
mengua ni falta, ser como si no fuese.

GOPA.--El fin a que caminamos es para los ojos de mi mente tenebroso
como el abismo. Como en el abismo, hay en l algo que me seduce y que me
atrae. No penetro, sin embargo, lo que puede ser este fin; pero los
mviles que a l te llevan son generosos, admirables, dignos de tu alma.
Sidarta mo, aun cuando fuese errada la direccin que llevas, es tan
noble el impulso que por ella te ha lanzado, que, lo presiento con
orgullo, las generaciones futuras por siglos y siglos habrn de
bendecirte y ensalzarte como al ms glorioso de los hombres. Mil tribus,
naciones y pueblos seguirn tus huellas y aprendern tu doctrina. Por mi
amor de esposa, por el amor que tengo a nuestro hijo, quisiera oponerme
a tu empresa y retenerte a mi lado; pero el amor de tu gloria, que
reflejar en m y en tu hijo, me mueve a no impedir tu partida, aunque
el impedirla estuviera a mi alcance. Ve, pero llvame contigo. Djame
primero compartir tus trabajos y despus tu triunfo.

SIDARTA.--No puede ser. Debo partir solo.

GOPA.--Mi corazn se deshace de dolor; pero me resigno devotamente. Y
cundo, bien mo, ha de ser tu partida?

SIDARTA.--En el instante, oh hermosa nieta de Iksvac! Estamos en la
mitad de la noche. Mira al claro cielo. Ves aquella luz que brilla en
Oriente? Es mi estrella, que se levanta para iluminarme y guiarme.
Chandac, mi escudero, tiene enjaezados los caballos. Los que guardan la
puerta oriental de Capilavastu, por donde ya asoma mi estrella, estn
ganados y me dejarn partir. Queda en paz, oh Gopa!

GOPA.--Oh seor del alma ma! Tu esclava gemir abandonada por ti
mientras viviere. Si no lo repugnas, ya que no a la mujer querida,
concede el ltimo favor a la madre de tu hijo. Sella mi rostro con tus
labios.

(Sidarta besa a Gopa en silencio. Gopa le estrecha en sus brazos y le
besa tambin. Sidarta se desprende de ella con suavidad y huye. No bien
Sidarta desaparece, Gopa cae desmayada.)


CUADRO II.

Sigue la escena en la ciudad de Capilavastu: 593 aos antes de Cristo.

Es de da. La misma cmara del tlamo.

GOPA y PRATYAPATI.

PRATYAPATI.--Quiero decrtelo, aunque sea dura contigo. No; t no le
amas, ya que estaba en tu mano detenerle y le dejaste partir.

GOPA.--l es mi seor; yo, su sierva. No estaba en mi mano detenerle. Su
voluntad es firme y superior a todos mis halagos; pero, aun pudiendo yo
detenerle, no le hubiera detenido.

PRATYAPATI.--Por qu? Acaso crees en su doctrina?

GOPA.--Yo creo en el impulso magnnimo que le mueve, y esto me basta:
creo en su dulce compasin por todos los seres; en su amor a los
hombres, a quienes mira como a hermanos, sin distincin de castas; y en
su deseo vehemente de ensearles el camino de la virtud y de la paz.
Slo no creo en una cosa de las ms esenciales que l afirma; y si de
esto dudo, o ms bien, si esto niego, es por lo mucho que le amo. Cmo
he de creer yo en nuestra incurable miseria, en nuestro inconsolable
dolor, y en que la actividad de la mente es don funesto, cuando, en el
colmo de mi amargura, abandonada por l para siempre, todava vale ms
el recuerdo de la dicha alcanzada y de la honra obtenida en ser suya que
todo el pesar del abandono en que me deja? Cmo he de creer que la vida
es un mal, cuando veo y columbro la suya, que ha de ser fuente de tantos
bienes? Cmo he de apreciar en poco la vida, cuando el precio infinito
de la vida de l bastar para el rescate del linaje humano? Cmo he de
llamarme infeliz y no bienhadada, si el fruto de su amor vive en nuestro
hijo, si la gloria de su nombre me circundar de fulgores inmortales, y
si el recuerdo de que ha sido mo, de que le he tenido a mis plantas,
idolatrndome, embelesado en la contemplacin de mi belleza, a par que
lisonjea mi orgullo, es inagotable manantial de consuelo para mi alma?

PRATYAPATY.--No es hondo el dolor que tan fcilmente halla consuelo. No:
t no le amas.

GOPA.--Quien no ama ni entiende de amor eres t, Pratyapati. Porque le
amo, en el mismo dolor hallo consuelo, y no slo consuelo, sino deleite
y gloria. Y mientras el dolor es ms intenso, es la dulzura ms grata.
Padecer por l, llorar por l, verse condenada por l a soledad horrible
y a viudez prematura, es sacrificio santo que hago en aras de su amor y
que encierra una virtud beatificante. T ests ms prendada de su
doctrina que de su persona. Yo adoro su persona, y en parte desecho su
doctrina. Por amor suyo la desecho. No es funesto don la luz de mi
inteligencia, ya que alumbra su imagen; no es funesto don mi memoria
inmortal, ya que su recuerdo vive en ella. Abomino del reposo, de la
extincin que l busca y desea, y prefiero un tormento sin fin, con tal
de que viva en m el rastro del amor que me tuvo. Bajo la presin de mis
penas dar mi amor su ms balsmico aroma, embriagndome el alma, como
huelen mejor las hierbas y las flores de la selva cuando el villano al
pasar las ofende y las pisa.

PRATYAPATY.--Perdname, oh enamorada mujer! Bien presuma yo que le
amabas; pero quera medir la energa de tu amor. La he negado, para
cerciorarme de ella, oyendo tus palabras. Todava tienes que pasar por
un amargo trance, y ansiaba yo conocer el bro que hay en ti para
sufrirle.

GOPA.--Antes de su abandono, antes de que esta desgracia me hubiese
herido el alma, la imaginacin medrosa me finga mayor la pena que iba a
sobrevenir, y me menguaba los medios de consuelo. Ahora nada hay ya que
me aterre. El bien que he gozado y perdido mitiga y aun endulza con sus
dejos toda la amargura del mal presente. Mi corazn es cual vaso que ha
contenido un licor oloroso y de sabor gratsimo. El licor se ha
derramado, pero lo ms sustancial y rico que en l haba quedar para
siempre en el fondo del vaso e incrustado en sus paredes interiores, y
trocar en miel el acbar que en l se ponga, y en blsamo el veneno.

PRATYAPATY.--Me tranquilizo al notar que el amor que tienes a Sidarta te
da energa para sufrirlo todo. Sabe, pues, que fue en vano que el Rey
enviase en su persecucin a sus ms fieles servidores. No han podido dar
con l. Sidarta se ha perdido en el seno de impenetrable y sombra
floresta. All no es ya el prncipe Sidarta, sino el spero penitente
Sakiamni. Su elegante traje le troc por el traje de un mendigo. La
negra y rizada cabellera que cea sus cndidas sienes, formando undosos
y perfumados bucles, se la cort l mismo, y te la enva como ltimo
presente. El escudero Chandac tiene el encargo de entregrtela, y ya se
adelanta a cumplirle, si le dejas penetrar hasta aqu.

(Gopa hace sea de que entre, y entra Chandac, trayendo en un plato de
oro la cabellera de su tenor.)

GOPA (tomando en sus manos el plato de oro y colocndole sobre el
tlamo.)--Cuntas veces, amados cabellos, cuando estabais an prendidos
en su cabeza, os besaron mis labios y os acariciaron mis manos! Ya
estis muertos y separados de l. Estis muertos porque no tenis
memoria y no le recordis. Yo tambin, separada de l como vosotros,
arrancada de l como la flor de su tallo, carecera de vida, si mi vida
no fuese su recuerdo.

PRATYAPATY.--Y por qu no tambin la esperanza de que volvers a verle?

GOPA.--Porque el recuerdo es verdadero y leal, y la esperanza falsa y
engaosa; porque el recuerdo evoca para m a Sidarta, enamorado, tierno,
humano conmigo; todo l para m, y toda yo para l; mientras que la
esperanza me niega para siempre a Sidarta, y slo me ofrece ahora a
Sakiamni, y ms tarde, cuando Sakiamni alcance su ltima victoria, a
un ser incomprensible, ms luminoso que los astros, y mayor en poder que
los dioses, pero inferior a Sidarta, joven, hermoso y enamorado.

PRATYAPATI.--Pero Sidarta ser el Buda libertador de los hombres!

GOPA.--Jams el Buda valdr para m lo que Sidarta vala. Reniego de la
libertad que el Buda me d, y la trueco mil veces por la esclavitud con
que Sidarta me esclavizaba. Doy la fra calma que la doctrina del Buda
me proporcione por la agitacin y la guerra amorosa que, con las
caricias, los rendimientos, los celos, la ausencia y hasta los desdenes
de Sidarta, me han perturbado y atormentado.


CUADRO III.

La escena es en la ciudad de Francfort sobre el Mein, 1866 aos despus
de Cristo, y 2488 despus de Buda.

Habitacin del doctor Seelenfhrer. Es de noche. Una lmpara de petrleo
ilumina la estancia, donde hay mucho librote.

El doctor SEELENFHRER y el AUTOR.


AUTOR.--Aseguro a V., mi querido doctor Seelenfhrer, que cada da estoy
ms encantado de haber contrado con usted estas relaciones amistosas.
Oyendo a V. comprendo el movimiento intelectual de Alemania, en lo que
tiene de ms hondo, y por consiguiente el de toda Europa, porque (cmo
no confesarlo?) Alemania es nuestro norte en ciencias y en filosofa,
casi desde Leibnitz, y sobre todo desde Kant. Usted es un resumen vivo
de cuanto ahora se sabe o se supone que se sabe: usted es un sabio a la
ltima moda. Todo esto me divierte mucho, porque no puede V. figurarse
lo aficionado que soy a la filosofa; pero confieso que hay dos cosillas
que me afligen.

SEELENFHRER.--Dichoso V., a quien slo afligen dos cosillas. A m me
afligen y me desesperan todas!

AUTOR.--Pues justamente es sa una de las cosillas que me afligen: el
que a V. le aflijan todas y le desesperen. De lo que antes yo gustaba
ms, en la filosofa alemana, era del optimismo. Desde el doctor
Pangloss hasta hace poco (al menos yo as lo entenda) han venido siendo
optimistas los grandes filsofos. El ser llorones se dejaba a los poetas
exticos, como Byron y Leopardi. En Alemania, ni los poetas siquiera
eran quejumbrosos y desesperados. En el ms grande de todos, en Goethe,
celebro yo con singular contentamiento cierta alegra reposada y
majestuosa y cierta olmpica serenidad. Pero amigo mo! cmo ha
cambiado todo! Lo que ahora priva es la filosofa de la desesperacin.
La poesa la precedi en este camino, el cual, seguido poticamente,
confieso que me encantaba. Cuando yo era mozo y estudiante, quin no
haca versos desesperados? Los versos desesperados eran como blasfemias
y reniegos de las personas atildadas y cultas. Haba uno perdido al
juego la mesadita de 30  40 duros que le enviaba su pap; haba
estudiado tan poco, que haba salido suspenso y le haban dejado para el
cursillo; la hija de la pupilera, o la pupilera misma, le haba plantado
y preferido a otro husped; en cualquiera de estos casos, o de otros por
el estilo, leer o hacer versos desesperados a lo Byron, a lo Leopardi o
a lo Espronceda, era un desahogo, con el cual se quedaba sereno el vate
o genio en agraz, y coma luego con ms apetito que nunca. El asunto es
mil veces ms serio en el da. La desesperacin no se muestra en
jaculatorias y raptos lricos, ms o menos elegantes y poco metdicos,
sino que se deduce de todo un sistema dialctica y sabiamente
construido. Confiese V. que esto es lastimoso. Si el trmino del
progreso no es la desesperacin momentnea, potica y romntica de un
poeta impresionable, sino la desesperacin reducida a reglas y
demostrada como una serie de teoremas de Geometra, convenga V. en que
debemos maldecir el progreso. Aqu tiene V., pues, las dos cosillas que
me afligen. Los dos artculos principales de mi fe filosfica quedan
destruidos con la filosofa a la moda: la fe en el optimismo y la fe en
el progreso. No sera puerilidad ridcula alegar, como prueba del
progreso, el que vamos ahora en ferro-carril o en tranva, en vez de ir
a pi o a caballo; el que los retratos en fotografa salen baratos; el
que se teje con prontitud y primorosamente por medio de mquinas de
vapor, y el que envamos a decir a escape lo que se nos antoja por medio
del telgrafo, si en lo esencial estamos, de un modo sistemtico,
pertinaz y dialctico, desesperados y dados a todos los demonios?

SEELENFHRER.--Y por qu ha de ser puerilidad ridcula? Quin, que
penetre en lo esencial, cree que el progreso pasa de los accidentes a la
esencia? El telgrafo, el vapor, la fotografa, los caones rayados son,
pues, el progreso.

AUTOR.--Yo entenda, sin embargo, que el objeto y fin de la filosofa
era la bienaventuranza, y el trmino del progreso la perfeccin del
hombre hasta llegar a la bienaventaranza deseada: a su ideal, en el
sentido ms lato. As, pues, no puedo convencerme de que caminamos hacia
la bienaventuranza, cuando veo que, no slo estamos desesperados, sino
que es tonto probadsimo, hombre ajeno a la filosofa, acfalo o
microcfalo insipiente, el que no se desespera.

SEELENFHRER.--Esa desesperacin, hoy ms vivamente sentida que en otras
edades, es la prueba ms clara del progreso. Cuando el viandante va
acercndose al fin de su jornada pica y da de espuelas a su caballo para
acabarla pronto y descansar. As el progreso, que va caballero en la
humanidad, la pica y la espolea para que llegue y se repose cuanto
antes.

AUTOR.--Y cul es la posada a donde el progreso nos lleva?

SEELENFHRER.--Nos lleva a la nada; al fin del Universo y de toda la
vida; a la extincin del egosmo y al triunfo del amor, que es la
muerte. No le quepa a V. la menor duda: la ciencia llegar a poder
destruir toda esta pesadilla horrible del Universo, que es lo que nos
conviene. En el no ser nos aquietaremos todos y cesar esta lucha
incesante por la vida que traemos ahora, ya valindonos de la fuerza, ya
de la astucia. Cesar el dolor y se extinguir el deseo! Qu paz tan
hermosa!

AUTOR.--Gurdesela V. para s; que yo no la quiero.

SEELENFHRER.--Pues no hay otro remedio. Para todos vendr. Es el nico
fin de nuestros males. La _idea_ de Hegel, despus de llegar a su total
desenvolvimiento, por medio de mil y mil evoluciones y determinaciones,
se replegar sobre s misma con toda la plenitud del ser, sin algo que
la lmite y determine, y ser el no ser. La esencia de los krausistas se
realizar toda, y la realizacin de la esencia ser la nada. La
_voluntad_ de Schopenhauer, este prurito, este amor primogenio, que lo
ha sacado todo de s, como representacin y fantasmagora, dar fin a la
representacin trgica de la vida, y lo volver a encerrar todo en s.
Mientras llega este da dichoso, en que ha de acabar la vida, crea usted
que los adelantamientos cientficos sirven de mucho para hacerla menos
intolerable.

AUTOR.--Pngame V. algn caso.

SEELENFHRER.--Pondr uno o dos de los ms capitales, pero ser menester
cierta explicacin previa.

AUTOR.--Pues d V. la explicacin.

SEELENFHRER.--Ya V. sabe que pas la edad de la fe.

AUTOR.--Sea, pues V. lo asegura.

SEELENFHRER.--Los hombres, en esta edad de la razn, no pueden dejarse
llevar para sus actos del temor ni de la esperanza de premios o de
castigos ultramundanos. Los hombres son autonmicos. Ellos mismos se
imponen las leyes que quieren, las derogan cuando gustan, y se absuelven
cuando las infringen. No hay ser superior al hombre, que legisle y
juzgue, salvo un fantasma que tal vez crea la conciencia y proyecta
fuera de s, agrandndole, como la figurilla pintada en el vidrio de una
linterna mgica se agranda al proyectarse en la pared, a causa de la
oscuridad. Traiga V. una luz clara, y la figura grande que haba en la
pared desaparece, y slo queda la figura pequea dentro de la linterna.
As la proyeccin del fantasma que haba en nuestra mente, y que nos
fingamos en lo exterior, inmenso, infinito, se borra, se desvanece del
todo, ante las claras luces del siglo en que vivimos.

AUTOR.--Enhorabuena. Y qu?

SEELENFHRER.--Los hombres, pues, no tienen para sus actos sino dos
mviles, o, mejor dicho, uno solo, que se bifurca: lo que los
positivistas ramplones llaman la utilidad. La bifurcacin consiste en
que unos buscan la utilidad exclusiva de ellos, y otros, los menos, la
utilidad de todos. Esto no implica mrito ni demrito en el hombre: todo
est predeterminado: todo es fatal: todo es obra de esa voluntad
inconsciente, de ese prurito que cre el mundo, y que se agita en
nosotros y nos impulsa: a unos a la devocin, al sacrificio, negando al
individuo por amor al todo; a otros al egosmo, procurando la
conservacin, el deleite y el bienestar del individuo, a despecho y tal
vez en perjuicio de la totalidad. Nace de aqu que no poca gente de la
ms ruda, menesterosa y fiera, alentada y capitaneada por espritus
inquietos, trate de subvertirlo todo por envidia o por codicia, en
virtud de teoras que se llaman, por ejemplo, socialismo, comunismo y
nihilismo. Cul es el mejor modo de evitar esto? Aqu de la sabidura,
ha dicho mi docto amigo Ernesto Renan; y ha discurrido un medio, que
pronto ofrecer a los sabios en un libro precioso. Consiste su medio en
que los sabios se renan en corporacin o cofrada; se comuniquen sus
inventos sin que el pblico los trasluzca, volviendo a la poca de las
ciencias ocultas y de la magia; y, no bien chiste la plebe, se alborote
o no los deje en paz, reciba su merecido, produciendo los sabios contra
ella, ya un buen terremoto, ya una inundacin o un diluvio, ya una
epidemia, ya un par de volcanes en actividad, ya otra plaga por el
estilo. As llegar al cabo el gobierno de los sabios: todos los que no
lo sean nos obedecern y temblarn, y el mundo estar lo menos mal
posible. Seguir entre tanto progresando la ciencia, y no bien logremos
poseerla del todo, acabaremos este drama del Universo y de la historia
con un suicidio colosal, o mejor expresado, con un _totalicidio_ y
aniquilamiento de cuanto existe. El otro caso de ventajas que ha de
traernos la ciencia es el de dar una nueva religin a la plebe
ignorante. La ciencia y la filosofa niegan a Dios; pero los que no son
cientficos ni filsofos es menester que le tengan. Esto nos conviene.
La religin ser, pues, nuestra misma filosofa, expuesta, no ya en
trminos dialcticos y con mtodo, sino en imgenes, smbolos, alegoras
y otras figuras retricas, cada una de las cuales tomar consistencia en
la fantasa del vulgo y ser una persona divina, un ente mitolgico,
Dios en suma. Ya varios amigos mos andan por esta manera confeccionando
la religin del porvenir. Difcil es la empresa; pero qu no puede la
ciencia novsima? Yo creo que acabar por salirse con la suya.

AUTOR.--Y dgame V.: se va ya entreviendo a cul de las religiones
positivas, existentes hasta hoy, se parecer ms la religin del
porvenir?

SEELENFHRER.--Vaya si se entreve. Se parecer, al budismo.

AUTOR.--Hombre, me alegro. Buen lazo de fraternidad, as que seamos
budistas, vamos a tener con ms de doscientos millones de ellos que hay
en Asia y en Oceana. Pero me alegro tambin por otra razn.

SEELENFHRER.--Por cul?

AUTOR.--Porque estoy escribiendo un dilogo, donde Gopa, la mujer de
Buda, es la herona, y no s cmo terminarle. Usted, que ya es casi
budista, debe de tener vara alta con Gopa. Podr V. evocarla y hacer
que yo hable con ella?

SEELENFHRER.--No hay nada ms llano. Antes de todo, quiero que sepa V.
que yo no soy un espiritista adocenado, sino el ms ilustre de los
espiritistas. Yo he hecho dar un paso gigantesco al espiritismo. En
primer lugar, le he conciliado con mis ideas a lo Schopenhauer. Mi
escepticismo, a fuerza de negarlo todo, nada niega. La misma duda cabe
en que V. sea ilusin o realidad, que en que Gopa, aparecida ahora ante
nosotros despus de cerca de veinticinco siglos de muerta, sea realidad
o ilusin. Los puros materialistas son necios. Por medio de
combinaciones y operaciones fsicas y qumicas de lo que llaman materia,
y donde slo ven o pretenden ver la realidad, se jactan de explicar el
espritu, la voluntad, la inteligencia y el deseo, que ellos creen
cualidades o resultados; y la verdad es que el resultado, tal vez
aparente, es la materia, y que de la voluntad y del entendimiento, nica
cosa real, si hay algo real, es de donde procede todo. As, pues, no hay
fundamento alguno para negar que existan an la mente y la voluntad
individuales de Gopa, aunque los rganos que esta voluntad y esta mente
se proporcionaron o se crearon para su uso, en cierta poca dada, hayan
desaparecido.

AUTOR.--De eso no tiene V. que convencerme. Yo creo en la inmortalidad
de las almas. Lo que se me hace duro de creer es que ni V. ni nadie las
evoque.

SEELENFHRER.--Yo no trataba de convencer a V. Quera slo justificarme
de haber incurrido en contradiccin. Por lo dems, V. se convencer de
mi poder nigromntico. Gopa aparecer y hablar con V. ahora mismo. No
en vano me apellidan Seelenfhrer, que equivale en griego a Psicopompo o
conductor de almas, epteto dado a Hermes, tres veces grande, y a otros
hbiles taumaturgos de la antigedad.

AUTOR.--Y dgame V., por qu _medio_ se comunicar Gopa conmigo?

SEELENFHRER.--Por la perla de los _medios_. Mi _medio_ es una paisanita
de V., una lozana andaluza, cuyo nombre es Carmela, a quien hall, cinco
aos ha, extraviada en Homburgo, haciendo sortilegios, que no le salan
bien, al rededor de una mesa de treinta y cuarenta. Desde entonces est
conmigo y se ha _mediatizado_, ejerciendo la _mediania_ de un modo que
no tiene nada de _mediano_, y s mucho de nuevo. Yo embargo
magnticamente su espritu, y queda su cuerpo como casa deshabitada,
donde el espritu evocado penetra, se infunde, y, valindose de los
rganos de ella, emite la voz con sus pulmones y garganta, y articula
palabras con su boca.

AUTOR.--Amigo mo, estoy encantado de orle. Linda invencin la de V.
Eso s que me gusta, y no aquella pesadez de los golpecitos en las mesas
y de la escritura despus. Vea yo cuanto antes a Carmela.

SEELENFHRER.--Aguarde V. un momento. (Hace ciertos ademanes y pases con
las manos, como quien vierte por ellas diez chorros de fluido
magntico.) Ya est Carmela dormida. Ahora evoquemos el espritu de Gopa
para que se infunda en el lindo cuerpo de Carmela. Gopa! Gopa!

(Se abre la puerta que debe de haber en el fondo, y Gopa aparece, toda
vestida de blanco, muy guapa moza, aunque algo morena, y con los
hermosos, largos y negros cabellos, sueltos por la espalda.)

GOPA.--Qu me quieres?

SEELENFHRER.--Que respondas a lo que este caballero te pregunte.

GOPA.--Qu he de responder? No: yo no quiero responder a nadie. Acabas
de herirme, de emponzoarme el corazn. Hace veinticinco siglos que
gozaba yo con el recuerdo de Sidarta, noble, generoso y enamorado. Su
ltimo casto beso, el de la noche en que se despidi de m, estaba en lo
ntimo de mi ser como luz celestial que le iluminaba. Todo mi encanto se
destruye ahora. Yo no he vuelto a ver a Sidarta. No he vuelto a saber de
Sidarta en todo este tiempo. Conseguira su propsito? me he preguntado
a veces. Lograra escaparse de la esfera de la vida y hundirse en el
_nirvana_? En el mundo de los espritus me he encontrado con muchos
espritus, y nunca con el de Sidarta. He aprendido mil verdades. He
conocido el error de Sidarta, pero mi afecto tena razones para
disculparle. En Capilavastu, all en el centro de la India, seis siglos
antes de que viniese al mundo Nuestro Seor Jesucristo, nada sabamos de
Dios; no alcanzbamos que hubiese un Ser omnipotente, bueno,
infinitamente sabio, principio y fin de todas las cosas. Nuestros dioses
eran los astros, los elementos, las fuerzas naturales personificadas;
dioses ciegos, sin amor y sin inteligencia; sin libertad; esclavos del
destino; inferiores a la naturaleza; muy inferiores a toda alma humana.
Qu mucho que con este ateismo por deficiencia, con este
desconocimiento infantil del Ser supremo, y movido Sidarta de caridad
sublime, imaginase su absurda aunque benvola doctrina? Pero en la culta
Europa, en el siglo XIX, sabiendo ya cuanto los profetas de Israel han
revelado, cuanto han especulado racionalmente los filsofos de Grecia
sobre Dios personal, y cuanto nos han enseado el Evangelio y la ciencia
moderna, que de l dimana, es una mala vergenza hacerse ateos, caer en
la desesperacin y retroceder al budismo. Imagina, pues, cun hondo ser
mi dolor cuando en ti, que te llamas ahora el doctor Seelenfhrer,
acabo de reconocer a mi Sidarta, a mi Sakiamni y a mi Bagavat, porque
todos estos nombres te dbamos. T no caes en ello; pero no lo dudes: t
fuiste el Buda y quieres volver a serlo. Entonces, como era en sazn
oportuna, fuiste un grande hombre; hoy me pareces un charlatn o un
mentecato, y o te desprecio, o te abomino. Adis para siempre. Para
siempre acabaron ya nuestros amores.

(El espritu de Gopa abandona, a lo que puede inferirse, el cuerpo de
Carmela, que cae por tierra como exnime.)

AUTOR.--Qu es esto, amigo Seelenfhrer? Es verdad o mentira? Si es
burla de Carmela, es burla harto pesada, y si son veras, las veras son
ms pesadas an.

SEELENFHRER (atolondrado).--Si habr sido yo el Buda? Si estar loco?
Si se burlar de m esta muchacha? (Se acerca a Carmela para levantarla
del suelo.) Est fra como el mrmol. Qu desmayo tan horrible! Si
estar muerta? Carmela, Carmela, vuelve en ti.

CARMELA (volviendo de su desmayo y levantndose.)
Ay, Jess mo!

SEELENFHRER.--Muchacha, respndeme con franqueza. Te has estado
burlando de m? Qu diabluras son las tuyas?

CARMELA.--Qu diabluras han de ser sino las que V. hace conmigo y que
al fin han de costarme caras? He tenido una pesadilla feroz; me he cado
redonda en el suelo, y estoy segura de que tengo el cuerpo lleno de
cardenales.

SEELENFHRER.--Y no recuerdas nada de lo que has dicho?

CARMELA.--Nada recuerdo. Djeme V. ahora. Tengo necesidad de descanso.

(Carmela se va.)

AUTOR.--Mi querido Doctor: yo no s qu pensar de lo que acabo de ver y
or; pero, francamente, todos estos pesimismos, ateismos y espiritismos
me parecen malsanos y disparatados.

SEELENFHRER.--Ya saba yo que V. pensaba as V. es un metafsico
superficial, burln y escptico, que no sabe lo que se pesca.--Usted es
un descredo, anticuado en ms de cien aos; un discpulo de Voltaire.

AUTOR.--Ser lo que a V. se le antoje. Aunque no he tomado a Voltaire
por maestro, Voltaire me divierte, y los pesimistas alemanes me aburren.
Voltaire, a pesar del _Cndido_, no era un pesimista radical. Voltaire,
en el fondo, era tan optimista como Leibnitz, de quien quiso burlarse.
Fcil me sera demostrarlo, si no estuviese de priesa. Y en cuanto al
descreimiento, digo que Voltaire jams neg con seriedad las ms altas
y consoladoras verdades, de que son fundamento la existencia de Dios, su
justicia, su providencia, y la libertad y responsabilidad del hombre. Me
atrevo, por ltimo, a dar por evidente que, si Voltaire hubiera previsto
los abominables y desesperados sistemas de estos ltimos tiempos, en vez
de hacer la guerra al cristianismo, se hubiera hecho amigo de los Padres
Jesuitas, hubiera odo una misa diaria, hubiera ayunado una vez por
semana, y se hubiera confesado cada mes un par de veces.




SANTA

(EPISODIO DEL MAHABHARATA)


      El rey de Anga, Lomapad glorioso,
    A un brahmn ofendi, no dando en premio
    De un sacrificio lo que dar debiera.
    Irritados entonces los brahmanes,
    Salieron todos de su reino: el humo
    Del holocausto al cielo no suba;
    Indra negaba la fecunda lluvia,
    Y la miseria al pueblo devoraba.
    Lomapad, consternado, saber quiso
    El parecer de los varones doctos,
    Y los llam a consejo, y preguntoles
    Qu medio hallaban de aplacar la ira
    Del Dios que lanza el rayo y amontona
    En el cielo del agua los raudales.
      Mil sentencias se dieron; mas al cabo
    El ms prudente de los sabios dijo:
    --Escucha oh rey! mientras brahman no haya
    Que sacrificio en este suelo ofrezca,
    Indra no saciar la sed abriendo
    El lquido tesoro de las nubes.
    Los brahmanes, movidos del enojo,
    Al sacrificio no se prestan. Oye
    Para cumplir el venerando rito
    Cmo hallar slo sacerdote puedes.
    En la frtil orilla del Kausiki,
    En lo esquivo y recndito del bosque,
    Del trato humano lejos, su vivienda
    Vinfandk tiene, el hijo de Kasyapa,
    Brahman austero y penitente. Vive
    En el yermo con l su nico hijo,
    El piadoso mancebo Risyaringa.
    No vio a ms hombre que a su padre nunca;
    Slo frutos silvestres, hierbas slo
    Y licor slo que entre rocas mana,
    Alimento le dieron y bebida.
    Tan inocente y puro es el mancebo,
    Que de lo qu es mujer no tiene idea.
    Manda, pues, rey, que una doncella hermosa
    Vaya al bosque, le hable, y con hechizos
    De amor, cautivo a la ciudad le traiga.
    No bien sus pies en tus sedientos campos
    La huella estampen, no lo dudes, Indra
    Dar propicio el suspirado riego.
      As habl el sabio, y su atinado aviso
    Agrad mucho al rey. Dinero y honras
    Prometi Lomapad a la doncella
    Que hbil trajese al candoroso joven:
    Pero todas miraban con espanto
    De Vifandk la maldicin horrible,
    Y exclamaban:--Oh prncipe! perdona;
    No llega a tal extremo nuestra audacia.
      En tanto, iban mostrndose tan fieras
    La sequa y el hambre, que perdieron
    Toda esperanza el rey y sus vasallos,
    Cuando Santa, del rey nica hija,
    Virgen por su beldad maravillosa,
    Modestamente se acerc a su padre
    Y as le habl:--Si quieres, padre mo,
    Yo he de intentar que venga a nuestra tierra
    El joven que no vio seres humanos.
      Con gran contento el rey escuch a Santa,
    Y al instante dispuso que una nave
    Se aprestara, de flores y verdura
    Cubierta por doquier, como retiro
    Feraz de bienhadados penitentes.
    Peregrinando en ella con su hija,
    Fue contra la corriente del Kausiki
    Hasta llegar al prado y a la selva,
    Mansin de Vifandk el solitario.
    Con discretos consejos de su padre
    Para tan ardua empresa apercibida,
    Santa desembarc, y entr en la choza
    Do el mancebo por dicha estaba solo.
      --Dime, _muni_, le dijo, si te place
    La penitencia aqu. Vives alegre
    En esta soledad? Tienes en ella
    Abundancia de frutos y races?
    --Tengo, contest el joven; mas quin eres
    Que como llama refulgente luces?
    Bebe del agua ma: te suplico
    Que mis flores aceptes y mis frutos.
    --All en mi soledad, replic Santa,
    Al otro lado de los altos montes,
    Nacen flores ms bellas y olorosas,
    Son los frutos ms dulces, y es ms clara
    Y ms salubre el agua de las fuentes.
    --Oh husped celestial! dijo el mancebo;
    Algn ser superior eres sin duda.
    Yo me postro a tus plantas y te adoro
    Como adorar debemos a los dioses.
    --Ah, no! t eres mejor, t eres perfecto,
    Y adorarme no debes: yo rechazo
    La no fundada adoracin: permite
    Que te d paz como se da en mi patria.
      Cediendo en parte entonces al consejo
    Discreto de su padre, y al impulso
    Del corazn tambin, Santa la bella
    Al cuello del garzon ech los brazos,
    Y le dio un beso, y llena de sonrojo
    Huy a la nave do su padre estaba.
      Volvi del bosque Vifandk en esto,
    Grave, terrible, penitente, todo
    Desde los pies a la cabeza hirsuto.
    --Hijo! exclam, por qu has holgado, hijo?
    Ni partiste la lea, ni atizaste
    El fuego, ni lavaste la vajilla,
    Ni la vaca cuidaste ni el becerro.
    Mudado me pareces. En qu sueas?
    Qu cavilas? Sabr lo que ha pasado?
    --Un peregrino, respondi el mancebo,
    Estuvo por aqu, de negros ojos
    Y sonrosada y blanca faz; en trenzas
    Los cabellos caan por su espalda;
    En sus labios brillaba la sonrisa;
    Gentil, gracioso, esbelto era su talle,
    Y en suave curva levantado el pecho.
    Como canta el _kokila_ en la alborada,
    As su voz sonaba en mis odos,
    Y a su andar un aroma yo senta
    Como el del aura en grata primavera.
    No quiso de mis frutos, y no quiso
    Agua tampoco de mis fuentes: frutos
    Ms sazonados me ofreci y bebida
    De ms rico sabor, cuya promesa
    Bast a embriagarme un tanto. Ci luego
    Con sus brazos mi cuello el peregrino,
    Inclin hacia la suya mi cabeza,
    Toc en mi boca con su amable boca,
    Hizo un susurro pequeito y blando,
    Y por todo mi ser discurri al punto
    Un estremecimiento delicioso.
    Por este peregrino en vivas ansias
    Me consumo; do vive vivir quiero;
    De que se ha ido el corazn me duele;
    Y a hacer la misma penitencia aspiro
    Que me ense, para endiosar el alma
    Ms eficaz oh padre! que las tuyas.
    Vifandk contest:--No te confes,
    Hijo, en belleza material; a veces
    Van los gigantes por el bosque errando,
    Y toman bellas formas, con intento
    De seducir a los varones pos
    Y perturbar su penitente vida.
      Para buscar a Santa sali entonces
    Vifandk, ciego de furor; y apenas
    Hubo salido, penetr de nuevo
    La linda moza con furtivos pasos.
    La vio el mancebo, trmulo de gozo;
    Corri a ella y le dijo:--No te pares;
    Huyamos sin tardanza do t vives;
    No nos halle mi padre cuando vuelva.
      As Santa logr que Risyaringa
    La siguiese a la nave. Dio a los vientos
    La vela entonces Lomapad, y raudo
    Baj por la corriente del Kausiki.
    No bien puso la planta el virtuoso
    Mancebo en tierra, cuando abierto el cielo
    Verti torrentes de fecunda lluvia.
    El rey, viendo sus votos ya cumplidos,
    A Risyaringa despos con Santa.
      Volvi, entre tanto, Vifandk del bosque
    A la choza, y al hijo fugitivo
    Busc en balde doquier. Con saa cruda
    De Anga a la capital march en seguida
    Para lanzar su maldicin tremenda.
    Con la fatiga a reposar parose
    En medio del camino, y mir en torno,
    Y vio praderas de abundantes pastos,
    Y ovejas mil y lucios corderillos
    Y pastores alegres.--Quin os hace
    Tan dichosos? les dijo, y respondieron:
    --El piadoso mancebo Risyaringa.
    Sigui su marcha Vifandk, y hallaba
    Paz, opulencia, dicha en todas partes,
    Y cada vez que de alguien inquira
    De tanto bien la causa, mil encomios
    Escuchaba de nuevo de su hijo.
    Adul con son grato las orejas
    Del austero varn tanta alabanza,
    Y se entibi su clera fogosa.
    Lleg, por fin, a la ciudad, en donde
    Le colm el rey de honores y mercedes;
    Vio feliz como un Dios al hijo amado;
    Vio tan gozosa a la gallarda nuera,
    Que como luz de amor resplandeca;
    Y en torno vio rebaos florecientes,
    Y amenos, verdes sotos, y el hartura
    Y el deleite por huertos y jardines.
    No pudo entonces maldecir: las manos
    Elev hacia los cielos y bendijo.





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terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
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the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
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Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
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States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
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with this eBook or online at www.gutenberg.org

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from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
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through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
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     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
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1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
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liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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your written explanation.  The person or entity that provided you with
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providing it to you may choose to give you a second opportunity to
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is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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