The Project Gutenberg EBook of Cuentos de mi tiempo, by Jacinto Octavio Picn

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Title: Cuentos de mi tiempo

Author: Jacinto Octavio Picn

Release Date: October 15, 2008 [EBook #26929]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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[imagen]

JACINTO OCTAVIO PICN

MADRID

_MDCCCXCV_

CUENTOS DE MI TIEMPO

MADRID

IMPRENTA DE FORTANET, _Libertad_, 20.

Queda hecho el depsito que marca la ley.

Es propiedad del autor.




  NDICE


  La primer cuartilla.

  La amenaza
  La buhardilla
  El olvidado
  La cuarta virtud
  Lobo en cepo
  El hijo del camino
  Los triunfos del dolor
  Los favores de Fortuna
  Las plegarias
  El nieto
  Dichas humanas
  El milagro
  Elvira-Nicolasa
  Sacramento
  Santificar las fiestas
  La hoja de parra




_LA PRIMER CUARTILLA_


_Para instruirnos es la ciencia; para mejorarnos la moral; para
deleitarnos el arte, donde hallan las fuerzas fatigadas alivio y el
espritu ennoblecido recompensa. Si la obra artstica ilustra el
entendimiento y depura la conciencia, tanto mejor; pero su misin es ser
bella, y lo mismo puede realizarla inspirndose en la fe, descorazonada
por la incredulidad, o herida por la duda._

_Tal creo, y sin embargo quise poner en estas humildes pginas algo que
levantase el nimo, y moviera la conciencia contra injusticias y
errores de que el arte puede ser, si no remedio, espejo, si no
enseanza, aviso._

_He aqu mi explicacin para unos, mi disculpa para con otros._

_Empez_ El Liberal _a publicar cuentos y me honr pidindome algunos. A
ser peridico exclusivamente artstico y literario, hubiera yo trabajado
para l de otra suerte: mas imagin que en un diario poltico, deba
escribir luchando, como soldado raso, contra las ideas casi vencidas de
lo pasado y a favor de las esperanzas de lo por venir, no triunfantes
todava._

_Entonces puse el pensamiento en aquella aspiracin de justicia, ya
escrita en los cdigos, pero que an es letra muerta en las
costumbres._

_De ellas me inspir, intentando contribuir a la pintura de esta poca
en que una letra de cambio, una obligacin, un_ cheque, _pesan en la
balanza social ms que cuanto representa, trabajo, ciencia, estudio y
arte._

_Mis aciertos y mis errores, hijos son de mi tiempo: ni por stos
merecer censura, ni por aqullos soy digno de alabanza: de que enderec
al bien la voluntad, estoy seguro._

_Madrid, 1895._




LA AMENAZA


I


Sonaron las campanadas del medio da y de all a poco la puerta comenz
a despedir en oleadas de marea humana la muchedumbre cansada y
silenciosa que compona el personal de los talleres. Nadie hablaba: no
haca el varn caso de la hembra, ni buscaba la muchacha el halago del
mozo, ni el nio se detena a jugar. Los fuertes parecan rendidos, los
jvenes avejentados, los viejos medio muertos. Casta dos veces oprimida
por la ignorancia propia y el egosmo ajeno!

El gento se fue desparramando como nube que el viento fracciona y
desvanece: pas primero en turbas, luego en grupos y despus en parejas
que calladamente solan dividirse sin despedida ni saludo, tomando unos
el camino de su casa, entrando otros en ventorrillos y tabernas,
diseminndose y perdindose, confundidos todos y sorbidos por la agitada
circulacin del arrabal.

Uno de los ltimos que salieron fue Gaspar Santigs, alias, _el Grande o
Gasparn_, porque era de tremendas fuerzas, muy alto y muy fornido.
Hacanle simptico el semblante apacible, la frente despejada, el mirar
franco, y era tan corpulento, que pareca Hrcules con blusa.

Ech a andar por la sombra de una tapia, cruz dos o tres calles,
atraves una plaza, y metindose por pasadizos y solares, para acortar
distancias, vino a desembocar en un paseo de olmos, jigantescos, cuyo
ramaje se entrelazaba formando bveda de sombra, bajo la cual, le
esperaba, sentada en un tronco derribado, una mujer joven, limpia y
graciosa, que tena delante una cesta, al lado un perro, y en el regazo
un nio. Corri el animal hacia su amo, el pequeuelo alarg las
manitas, y mientras el hombre sacaba de la cesta, y parta la dorada
libreta, la muchacha, sin dejar de mirarle, apart a un lado la
ensalada, sac la botella del tinto, la servilleta, las cucharas de
palo, y sobre el hondo plato de loza blanca, con ribete azul, volc el
puchero de cocido amarillento y humeante.


II

Cuando sonaron a lo lejos las campanadas _de vuelta_, ech el ltimo
trago, li un pitillo, dio un beso al nio, arroj al perro un mendrugo,
y oprimiendo rpidamente el talle a la joven, como un avaro que palpa su
tesoro, tom el camino de la fbrica.

Traspuso la puerta, cruz un patio lleno de pilas de lingotes de hierro,
y entr en una nave larga y anchurosa, iluminada por ventanales tras
cuyos vidrios empaados se adivinaban muros ennegrecidos, montones de
carbn, chisporroteo de fraguas, y altas chimeneas que en nubes muy
densas lanzaban a borbotones el humo pesado y polvoriento de la hulla.
En lo alto y a lo largo de la nave corra en complicadas lneas un
nmero incalculable de aceros relucientes, de hierros bruidos,
palancas, vstagos y ruedas unidas por correas, que suban, bajaban, se
retorcan cruzndose, y giraban vertiginosamente, como miembros locos de
un mecanismo vivo en que nada pudiera detenerse sin que el conjunto se
paralizara. El piso entarimado temblaba con la trepidacin del vapor,
cuyos resoplidos se escuchaban cercanos; y de otros talleres, debilitado
por el vocero y la distancia, vena rumor de herrajes golpeados y
zumbido de mquinas mezclado a cantos de mujeres.

Al trmino de aquella nave vease otra igual y salvando un patio que las
separaba, haba entre ambas un puentecillo estrecho de madera, junto al
cual giraba sobre su eje la enorme rueda de un colosal volante.

Cuando iba _Gasparn_ por la mitad del puentecillo, vio que de la
segunda nave llegaba un aprendiz corriendo, con tal mpetu, y tan
lanzado a la carrera, que ya no poda detenerse. Sin tiempo para
retroceder, y adivinando que no cabran los dos en el angosto pasadizo,
_Gasparn_ encogiendo el cuerpo se hizo a un lado: lleg el muchacho
como un rayo, se desvi mal, sufri el encontronazo y cay de bruces,
quedando casi fuera del tabln estrecho que formaba el piso suspendido
sobre el vaco del patio, y sin lugar a donde asirse. _Gasparn_, ms
cuidadoso del peligro ajeno que del propio, le tendi una mano; y el
chico, cegado por el miedo, se agarr a ella con tal fuerza y tal nsia
que hizo vacilar al obrero. Este al perder el equilibrio,
instintivamente, para recobrarlo haciendo contrapeso, ech hacia atrs
el otro brazo puesto en alto, mas con tan mala suerte, que
alcanzndoselo un radio del volante le parti el hueso por ms arriba de
la mano.

El muchacho dijo luego que, a pesar del terror, oy un crugido como
cuando se parte una astilla de un hachazo. Pero an tuvo aquel hombre
fuerza y serenidad para retroceder algunos pasos: arrastr al chico, y
al dejarlo en salvo sobre el piso de la nave, cay rendido a la
violencia del dolor.

Recogironle sus compaeros, y por no tener enfermera la fbrica, le
llevaron sentado en una silla al hospital cercano, donde aquella misma
tarde hubo que desarticularle el codo.

La convalecencia fue larga: en ella se gastaron primero los ahorros;
luego el prstamo tomado sobre la ropa dominguera, la capa de l y el
mantn de ella; despus algn socorro de camaradas y vecinos, y por
ltimo, un donativo de la _Caja de resistencia en huelgas_. En nuevo
trabajo no haba que pensar; porque el brazo perdido era el derecho.


III

Cuarenta y tantos das despus de la desgracia, la mujer de _Gasparn_
se present en la pagadura de la fbrica.

Era una habitacin pequea dividida por un tabique de madera y tela
metlica con ventanillos, tras los cuales se vea un seor viejo, bien
vestido, de camisa limpia, que estaba leyendo un peridico, sentado
junto a una caja de caudales. Cerca de l, al alcance de su vista, haba
dos hombres que de pie y encorvados escriban en grandes libros puestos
sobre pupitres de pino.

--Qu traes t por aqu?--dijo uno de los escribientes al acercarse la
mujer.

--Cmo ha quedado _Gasparn_?--pregunt el otro.

--Pues, cmo ha de quedar! Manco.

--Y a qu vienes?

--A cobrar.

Uno de aquellos hombres tom un cuaderno y comenz a pasar hojas
murmurando:

--Gaspar... Gaspar...

--Est por Santigs. Nave de taladros, seccin segunda--dijo la mujer.

--Es verdad; Gaspar Santigs, aqu est.

--Ese es--aadi ella suspirando.

El escribiente se puso a hacer nmeros en una cuartilla de papel, y sin
alzar la vista pregunt:

--Haba cobrado la semana anterior?

--S, seor.

--Pues son... deben de ser...

Entonces el caballero de la camisa limpia solt el peridico y sin mirar
a la joven pregunt:

--Qu da fue eso?

--El veinte pasado: mircoles, a las dos--contest ella tristemente.

--Pues poca duda cabe--repuso el caballero--lunes, uno; martes, dos;
mircoles... dos das y medio, que a cuatro cincuenta de jornal... son
once pesetas con veinticinco cntimos.--Y se volvi de espaldas.

Sac el dependiente una esportilla de la caja, cont el dinero, y sin
ms conversacin hizo la entrega. Marchose llorando la muchacha, y an
se oa el ruido de sus pasos cuando el caballero de la camisa limpia
dijo severamente:

--No se le olvide a usted apuntar que _Gasparn_ es _baja_.


IV

Cuando los obreros supieron que a _Gasparn_ se le haban pagado _dos
das y medio_, corri sobre sus tugurios y agit sus cabezas viento de
tempestad. La iniquidad llam a la ira.

Reunironse los delegados de los grupos, hubo Junta una noche en la
trastaberna del _Francs_, y para completo conocimiento del caso, se
cit tambin al pobre manco.

_Gasparn_ cont su desgracia con la mayor naturalidad, mostr el mun
cicatrizado, lleno de costurones, y luego, mientras dur la reunin, no
ces de molestar a los amigos pidiendo que le desliaran cigarrillos,
porque an no estaba acostumbrado a valerse con una sola mano.

Una lmpara sucia, que apenas daba luz, arda intilmente, sin alumbrar
el cuarto. Casi no se vean cuerpos, ni figuras, ni rostros. Las voces
parecan salir de entre sombras como protestas y amenazas annimas.

--Llevo cincuenta y dos aos de taller--dijo el que habl primero--y s
ms que vosotros; porque he corrido muchas fbricas; entr a los doce...
Siempre he dicho que lo mejor sera _obligarles_ a mantener a los que ya
no pueden trabajar. Si no, ya lo veis; callos en las manos y la tripa
vaca.

--Yo, con menos aos--dijo otro--tengo ms experiencia: lo mejor es
ponernos de acuerdo, guardar secreto y estropearles el material, la mano
de obra, la herramienta, todo lo que se pueda; perder tiempo, fundir
mal, tejer peor. En un ao no quedaba fbrica con crdito.

--Ni obrero con pan.

--Las ocho horas!--exclamaron varios al mismo tiempo.

--Buen consuelo, ser perros ocho horas en vez de nueve.

--Aumento de jornal.

--Y en seguida suben ellos la ropa, el pan, la casa... si pudieran...
hasta el aire tasaban!

Entonces se oy una voz que no haba sonado an: una voz que delataba un
cuerpo chico y una voluntad monstruo.

--Aqu no hemos venido a discutir sino a vengarnos. Tenis coraje? S
o no? Yo s donde hay tres cartuchos de dinamita, de a dos kilos y
medio; uno para el almacn de modelos, que es lo que vale ms; otro para
casa del amo, por la parte de atrs donde tiene la familia... y el otro
se guarda para cuando haga falta. Echamos suertes, y a quien le toque,
aqul los pone.

Un silencio prolongado y medroso sigui a la horrible proposicin. A
unos les asustaba la idea del estrago; a otros el terror del castigo;
con la voluntad, casi todos fueron cmplices; ninguno dijo: Yo me
atrevo.

De pronto se levant _Gasparn_, dio dos chupadas al pitillo, y
colocndose bajo la dbil claridad de la lmpara, para que le leyeran en
el rostro lo inquebrantable de la resolucin, habl de esta manera:

--Todo eso es intil, o es infame. Montepo ni pensiones, con dinero de
ellos? Estis soando. Huelga? Para qu? Para hocicar en cuanto falta
el pan en casa, quedar empeados y volver al trabajo? Lo de los
cartuchos, es una salvajada de cobardes; por cuenta ma no se asesina a
nadie! Dejad a mi cargo la venganza, que ser buena.., y larga.

Unos refunfuando, y otros de buen grado; por miedo los pusilnimes, y
los exaltados porque en los ojos de _Gasparn_ adivinaron algo tremendo
y misterioso, todos accedieron a su ruego; y la reunin se disolvi
enseguida, semejante a una de esas tormentas que llevan en su seno el
rayo y no lo lanzan a la tierra.


V

Al da siguiente _Gasparn_ se puso a pedir limosna al pie de la
soberbia casa donde viva el fabricante. All est siempre junto a la
verja de remates dorados, cerca de una ventana, tras cuyos cristales
caen en amplios pliegues los cortinajes de seda: all se le ve de sol a
sol mostrando el mun cicatrizado, destacndose el bulto haraposo de su
cuerpo sobre la fachada de mrmol, y llevando siempre colgado al cuello
un cartelillo en que se leen estas palabras: INUTILIZADO EN LA FBRICA
DE DON MARTN PEALVA.

Splicas, amenazas, ofertas para que se retire, cuanto se ha intentado
ha sido en balde. All est cuando el rico industrial, nuevo seor del
feudalismo moderno, sale a sus placeres y sus agios; cuando su esposa
vuelve de rezar, y cuando sus hijas van a saraos y fiestas envueltas en
primorosas galas.

Aquel mendigo en la puerta de aquel palacio es una afrenta viva: y es
tambin una tremenda profeca.

La mano con que pide parece que amenaza.




LA BUHARDILLA


I

La casa de los duques de las Vistillas era de las mejores entre las
buenas viviendas nobiliarias del antiguo Madrid. No poda compararse con
ella la de los Guevaras, ni la de los Peraltas, ni la de los Zapatas, ni
aun la de los _Salvajes_: se pareca a las de Oate y Miraflores. Sus
dueos le decan el _palacio_... y, sin embargo, no pasaba de ser un
casern destartalado, de grandes salones, tremendos patios y pasillos
labernticos. La fachada era de agramillado y berroquea del
Guadarrama: tena zcalo de granito con respiraderos de stano, planta
baja con descomunales rejas dadas de negro, principal de anchos huecos
con fuertes jambas, recios dinteles y guarda polvos casi monumentales:
sobre el balcn del centro, que caa encima del zagun, ostentaba un
enorme escudo nobiliario, ilustre jeroglfico compuesto por cabezas de
moros, perros, cadenas, bandas y calderos; todo ello dominado por un
soberbio casco de piedra caliza que el tiempo iba enrojeciendo con el
chorreo de las lluvias mezclado a la herrumbre del balconaje. El piso
segundo, bajo de techo y a manera de tico, tena ventanas pequeas, y
sobre el entablamento descollaban las buhardillas altas, aisladas,
recubiertas de tejas, guarnecidas de verdosas vidrieras, ante las cuales
se vean desde lejos las ropas recin lavadas y tendidas que goteaban
sobre estrechos cajoncitos, plantados de yerba luisa, albahaca, yerba de
gato y claveles.

Eran estas buhardillas habitacin de gente pobre que viva en contacto
frecuente con los ricos: as estaban cercanos la necesidad y el remedio,
hermoso maridaje que aplaca la envidia de los que no tienen y amansa el
egosmo de los que poseen. Los amos ocupaban en invierno el principal y
en verano el bajo: en el segundo estaba la administracin, y en las
buhardillas, los cocheros, pinches y lacayos, amn de dos o tres
familias de sirvientes jubilados y gentes protegidas, entre ellas,
Manuela, hija de un ayuda de cmara, hermana de una doncella y viuda de
un mozo de comedor que haba servido muchos aos y muri, dejndola
embarazada.

Daban los seores a Manuela, en recuerdo de lo bien que se port su
marido, tres reales diarios y casa; es decir, una de aquellas
buhardillas que desde la calle se vean descollar por cima del tejado,
entre ropas blancas y macetas verdes.

De la misma edad que Manuela tenan los duques una hija tan graciosa,
picaresca y bonita, que pareca un modelo de Goya, y tan buena, que en
limosnas y socorros gastaba mucho de lo que sus padres le daban para
galas y alfileres.

La casualidad, o la Providencia, que acaso sean hermanas sin saberlo,
hizo que la duquesita y Manuela se enamorasen y casaran casi al mismo
tiempo, haca mil ochocientos setenta y tantos. Sin duda el amor, que no
distingue de jerarquas ni clases, les roz simultneamente con sus
alas. Algo as debi de suceder, porque ambas fueron madres con
diferencia de unas cuantas horas. Cuando el hijo de la duquesita verta
sus primeras lgrimas entre lienzos de Holanda y ricos encajes, haca
sus primeros pucheros el chiquitn de Manuela envuelto en paales de
bayeta amarilla.

No haban salido a misa de parida, an guardaban cama, cuando una noche,
casi de madrugada, la duquesita mand llamar a su doncella, hermana de
Manuela. Pas un buen rato sin que acudiese la chica, impacientose el
ama, y al llamar por tercera o cuarta vez, entr al fin la muchacha
diciendo llorosa y acontecida:

--Dispense V. E..., estaba arriba... porque a mi hermana _paece_ que se
la _yeba_ el Seor.

--Qu le pasa?

--Pues lo peor: dice el seor mdico; que as como a V. E. le ha
_sucedio_ con bien la subida de la leche, a la pobre Manuela le ha
_entrao_ una calentura _malina_ que nos quedamos sin ella.

La duquesita qued aterrada. Como su situacin y la de aquella
desdichada era casi la misma, pens que poda haberse hallado en caso
igual; tuvo miedo, tembl por s, y se estremeci ante la idea de dejar
sin madre a aquel pedacito de su alma concebido entre placeres, parido
entre dolores, que all dorma puestos los labios en su pecho y acogido
al calor tibio y carioso de su cuerpo.

--Vlgame Dios--dijo la seora--con que calentura maligna...

--Pero muy grande, y lo ms malo es que ha dicho el seor mdico que
busquen quien d teta al nio... y ya ve vuecencia, as de pronto
cualquiera encuentra... Est la criatura llorando como un cachorro...
chupa que chupa, Manuela con los pechos secos... y _n_, como si mamase
de un pepino.

La duquesita mir a su hijo con ternura, y en seguida, obedeciendo a una
de esas inspiraciones femeninas que ante nada se detienen, dijo:

--Y no hay quien le d teta?

--Nadie: ya hemos _corro_ toda la _vecindaz_..., y aunque ahora al
pronto se encontrara, cmo quiere V. E. que luego pague un ama? Estar
de Dios que se quede sin hijo.

--Pues oye... sube corriendo, coge al nio, mira si est limpito y
bjalo... Yo tengo leche para dos.

Oposicin de los padres, enojo del marido, advertencias del mdico, todo
fue intil. La duquesita dio teta al hijo de Manuela durante tres das,
al cabo de los cuales, doblegndose ante la enrgica actitud de su
esposo, devolvi el nio a la madre, prendiendo entre los paales un
billete de Banco para que pudiese pagar nodriza.

Spose todo aquello en el barrio, y cuando la seora sali a misa de
parida, no logr pisar el suelo de la calle; porque desde la escalera
hasta el zagun donde aguardaba el coche, y desde las gradas de la
parroquia hasta el altar de la Virgen, las mujeres de la vecindad haban
alfombrado el piso con mantones y flores; mantones rados, flores
baratas...; pero no hubo sultn de Oriente que disfrutara triunfo
igual.


II

Muertos sus padres pocos aos despus, la duquesita, por seguir, la moda
y complacer a su marido vendi la casa de sus mayores y edific en la
Castellana un hotel a la francesa, dirigido por un arquitecto de Pars.
Cay la antigua morada de los Vistillas, destruyose la severa fachada, y
casi juntos rodaron por el suelo los fragmentos del escudo roto y las
tejas de las buhardillas derruidas. Lo que produjeron las rejas y los
sillares de berroquea apenas bast para pagar unas cuantas piedras
tradas de Angulema. El nuevo edificio era extranjero, antiptico,
barroco, en el mal sentido de la palabra, y en vez de buhardillas
espaolas, tena una gran montera de pizarra.

Claro est que al derribarse la casa antigua fueron echados a la calle
los servidores jubilados, y entre ellos Manuela. En vano intent ver a
la duquesa. El mayordomo, un burgus en canuto, ms aristocrtico y
orgulloso que el amo a quien sisaba, no permiti que se acercase a la
seora.

Manuela comenz entonces a subir esa calle de la amargura que se llama
miseria. Fue peinadora, cosi para las tiendas y el corte, siendo
desgraciada en todo, y por ltimo se puso a lavandera.

Pas tiempo. La duquesita, esbelta y grcil, como un ngel de los que
pint Goya en San Antonio, se haba convertido en una seorona de
opulentas formas: Manuela, antes guapa, airosa y limpia, estaba fea,
ordinaria, flaca, embastecida por el trabajo y desfigurada por las
privaciones.


III

Un da hubo motn de lavanderas. El Ayuntamiento, a quien el pueblo
llamaba el gran matutero, les exiga un nuevo impuesto, y las pobres no
podan ni queran pagarlo.

La gresca comenz muy de maana en los lavaderos del Norte, se corri
ro abajo desde los once caos hasta los puentes de Segovia y Toledo,
arreci en los cobertizos del pontn, engros, por ser domingo, con la
gente de los merenderos, y al medio da los grupos de mujeres armadas de
palos, piedras, trancas y estacas subieron por el Paseo de los Ocho
Hilos y la calle de Toledo a desembocar en la Plaza de la Cebada. En
vano luchaban las tituladas autoridades.

--Muchachas! Hijas mas!--deca el gobernador--todo se arreglar...
Nombrad una comisin.

Una de aquellas desdichadas se adelant diciendo:

--Mire _ustz_ usa..., estamos hartas, y no nos da la gana. Las que
salimos mejor libradas, las de lavadero, pagamos _c_ sbado treinta
_rales_ de pila y colada; dos _rales_ de mozos _p_ que cuelen con
_cudiao_; por cada carretilla de ropa de la pila al cuelo, y del cuelo a
la pila, una perra grande; en los tendederos otra perra, y en cuantito
que llueve, _p_ que recojan pronto, otra perra... por subir y bajar
talegos una peseta _c_ viaje; y ponga usted jabn, palas, jornal de
ayudantas, valor de prendas _perdas_... y las heladas y los calores...
las que _tin_ ms suerte les queda diez _u_ doce _rales_ por semana...
vamos, lo que usted gasta en un puro. Qu _quiuste_ que comamos? Y
ahora pone el alcalde otra contribucin! Como no _sus_ demos morcilla!

Un guardia quiso prender a la oradora, pero sus compaeras la
defendieron a palos, mordiscos y araazos... Sali un sable de la vaina,
y all fue Troya. Un diluvio de piedras y medios ladrillos cay sobre
los representantes del poder; y todos quedaron iguales; as los mal
nombrados por el gobierno, como los peor elegidos por el pueblo.
Gobernador, alcaldes, concejales, inspectores y guindillas, tuvieron que
huir vergonzosamente ante las amazonas del Manzanares. Apaleaban a los
agentes, heran a los guardias, silbaban a los clrigos, ordenaban
cierre de tiendas, y recorran la capital en son de guerra, gritando:
Muera el alcalde! Abajo los ladrones! En la calle de Atocha
sufrieron una carga de caballera. Seis u ocho quedaron descalabradas a
sablazos y tendidas en medio del arroyo; otras cayeron pateadas por los
caballos; las ms se replegaron desordenadamente hacia la plaza de Antn
Martn. Iban furiosas; no eran mujeres, sino fieras.

Hubo momentos en que lo comenzado como asonada de miserables
desgraciadas amenaz trocarse en alzamiento social. Los primeros gritos
fueron: No pagamos! Abajo la peseta! Abajo el alcalde! Luego el
pueblo, con ese instinto que le hace relacionar ideas hasta encontrar el
origen de su dao, comenz a gritar Abajo los ladrones! y por ltimo la
miseria fermentada, la pobreza escarnecida, la ignorancia fuerte y sin
freno, todo aquel conjunto de injusticias acumuladas se condens en una
voz terrible: Mueran los ricos!

A este punto llegaba la marea del hambre, cuando en mal hora acert a
desembocar en la plaza una soberbia carretela ocupada por dos seoras
elegantsimas. Los caballos ingleses, el coche francs, y lo que ellas
llevaban desde las telas de los trajes hasta las horquillas de oro,
desde las medias de seda hasta las primorosas flores de sus
sombrerillos, todo tena ese aspecto de suntuosidad a la moderna que
cuesta ms caro cuanto parece ms sencillo.

Entonces, aquel ro de furias desgreadas, aquellas turbas harapientas,
atajaron el paso al coche, y sobre las magnficas faldas de las damas,
plidas de sorpresa y medio muertas de miedo, comenz a caer en lluvia
pastosa y sucia el barro araado de entre los adoquines o cogido en las
socavas de los rboles; y empezaron a silbar por el aire trozos de
cascote, escuchndose los rugidos de las amotinadas, que vociferaban:
Mueran los ricos! Dos o tres piedras chocaron contra la caja de la
carretela, qued herido el lacayo, una moza de fuerzas hercleas meti
un garrote entre los radios de una rueda y apalancando con alma para
que no se moviera el coche, facilt que por la trasera de ste treparan
varias chicuelas ansiosas de arrancar de los sombrerillos las primorosas
flores pagadas en Pars a peso de oro. Y los gritos no cesaban: Vamos a
desnudarlas! Mueran los ricos! El momento fue horrible; aquello pareca
el choque del hambre con la inconsciente insolencia de la hartura.

De repente, una de las amotinadas, que estaba en tercera o cuarta fila,
comenz a dar codazos y empellones pugnando por abrirse paso.

Deba de ser alguna de las jefas, porque los grupos se espaciaron
dejndola avanzar hasta la caja del coche, mientras ella, gesticulando
enrgicamente, deca con los brazos en alto:

--Compaeras, quietas! Chicas, no tiris! Dejadme hablar... no seis
bestias!

Viendo a aquella mujer, la ms joven de ambas damas, dio un grito de
asombro y de sorpresa, exclamando:

--Manuela!

--Yo soy _se_ duquesa!

Y subida en el estribo, agarrndose a la capota, sigui gritando;

--Muchachas, por lo que ms queris en el mundo _sus_ pido que no les
hagis dao! Ellas no _tin_ la culpa. Sabis quin es sta, la guapa,
la ms joven, la que _paece_ la Virgen de la Paloma? Las que me
conocis, las de mi lavadero, no _m'habis_ odo contar que cuando mi
hijo se me mora le dio la teta una seora?... Pues sta es! _Pa_
hacerla dao me tenis que matar a m!

Son algn silbido, se oyeron algunas carcajadas de mofa, pero las
turbas abrieron paso, los grupos se aclararon, la lavandera ech pie a
tierra, arre el cochero y el carruaje pudo arrancar despacio por entre
aquella muchedumbre hostil, momentneamente amansada. La duquesa mir a
su salvadora con los ojos nublados de lgrimas, y Manuela sigui
mientras pudo al lado del coche, diciendo, trmula de gozo:

--Adis, seora! Qu lejos que estamos ya los pobres y los ricos!
Cunto ms valan aquellas buhardillas cuando vivamos unos cerca de
otros _pa_ conocernos y querernos! Ahora hacen unos _ciminterios_ de
vivos que les _yaman_ barrios pa obreros... y cuando subimos a Madrid...
es _pa_ esto!

--Te debemos la vida!--dijo una voz an entrecortada del terror.

--Adis, seora!

Trotaron los caballos, se alej en salvo el coche, y a su espalda, ya
lejos, arreci el rumor formidable del motn, semejante al ruido de una
presa cuando rota la esclusa se precipita el agua en oleadas de espuma
sucia y turbulenta.




EL OLVIDADO


Desde que la mano levantaba el pegado cortinn de alfombra, reforzado
con tiras de cuero, quedaban los ojos deslumbrados. La iglesia estaba
hecha un ascua de oro. Las capillas laterales despedan resplandores
amarillentos que, como grandes bocanadas de claridad, se confundan en
el centro de la nave: de los arcos penda multitud de araas con flecos,
colgajos y prismas de cristal tallado, en cuyas facetas irisadas se
multiplicaba hasta lo infinito el tembleteo de las luces: y, al fondo,
el retablo del altar mayor semejaba un monumento de oro adivinado tras
la pirmide de llamas formada por cirios y velas, cuyos pbilos
chisporroteaban, esmaltando de puntos rojos las espirales del incienso
que flotaba en la atmsfera calurosa y pesada.

Casi no se distinguan imgenes, confesionarios, puertas, pinturas, ni
tapices; los bultos y las lneas, perdidos la forma y el contorno,
estaban ofuscados por un fulgor que, a pesar de su intensidad, recordaba
la palidez enfermiza y triste de la cera. Las lmparas de aceite,
repartidas a distancias y alturas desiguales, brillaban con claridad
verdosa; y sobre la alta cornisa, de donde arrancaba la bveda, haba
una lnea de ventanas cegadas con cortinas en que los rayos del sol se
detenan, iluminando los bordes de la tela y resbalando luego,
amortiguados y dbiles, por las molduras polvorientas.

A los lados, en las entradas de las capillas, estaban los hombres, en
pie la mayor parte, algunos arrodillados, todos cansados, formando
grupos donde resaltaban los crneos relucientes, las cabezas canas y los
rostros encendidos del calor.

Las mujeres llenaban todo el centro de la nave: haba tantas que estaban
apiadas, molestas, dejando or continuamente el chocar de las sillas,
el crujido de las sedas y el aleteo de los abanicos. No iban vestidas de
trapillo, como salen a las primeras misas, sino lujosamente ataviadas,
cual si para ir a la casa de Dios les hubiesen servido la vanidad y la
tentacin de doncellas consejeras. Su gracia y su hermosura, realzadas
por la gravedad de los semblantes; la coquetera de sus movimientos al
volver las hojas de los libros llenos de cifras y blasones; el modo de
liarse a la mueca los rosarios que parecan joyas; el inclinar la
cabeza sobre el pecho anheloso, mirndose de reojo los pliegues de la
falda; alguna tosecilla rebelde, rastro de los escotes del invierno, y
alguna sonrisa cautelosa dirigida hacia las laterales de la nave, todo
delataba una devocin superficial, elegante, frvola y mezquina; piedad
exenta de grandeza, manchada de reminiscencias mundanales.

Sus espritus parecan vagamente abismados en la contemplacin no
lograda de algo que incompletamente deseaban, mostrando quietud sin
recogimiento y misticismo sin poesa.

Sus cuerpos eran figuras de cuadros modernsimos. Tenan en los trajes
dibujos primorosos; combinaciones de colores extraos perfectamente
armonizados; cintas de tornasoles inverosmiles; flores tan bien
contrahechas, que parecan recin cogidas entre roco hmedo, y plumas
tan leves como los filamentos vaporosos del incienso que flotaba en el
aire.

La esbeltez de los talles, la exuberancia de los bustos, todos sus
encantos y atractivos, estaban realzados, favorecidos, expuestos, y como
ofrecindose con la premeditacin de un arte seductor y diablico.

Las ropas les cubran el cuerpo, pero cindolo, plegndose
amorosamente, ondulando hasta modelar la forma como lienzos hmedos;
dejando las bellezas a un tiempo tapadas y desnudas, vestidas y
deshonestas, convirtindose el pao que oculta en gasa que revela y la
gracia que atrae en sensualidad que enerva. Sus caras, alteradas por el
disimulo y la coquetera, eran rostros de esfinge, espejos de almas
insondables. Aquellas mujeres, nacidas en las cumbres sociales, y
mimadas por la fortuna, eran la obra perfecta de la Naturaleza,
embellecida por las fuerzas de la civilizacin. Lo que sobre s llevaban
era la cifra y compendio del trabajo humano: todas las ciencias, todas
las industrias convergan a buscar maravillas o realizar prodigios para
ellas. All estaban todos los tipos de la belleza femenina, todas las
variedades de la hermosura, y de entre las largas filas, de cabezas se
desprendan emanaciones turbadoras: olor a lilas blancas que hace
traidora la pureza, clavel rojo que huele a clavo, heno fresco que trae
a los sentidos laxitud de amores campestres, y aromas intensos del
Extremo Oriente, quintaesenciados por las artes viciosas de la Vieja
Europa. La dulzura de las miradas, el ligero palpitar de los labios
estremecidos por el rezo, no eran bastante a disipar la fascinacin que
con su hermosura despertaban.

Cuando se movan arreglando los reclinatorios y las sillas, el sagrado
recinto pareca estremecerse como santo mordida por la tentacin, y el
crujir de las sedas imitaba rumor de viento entre hojarasca cada y
seca.

Las luces brillaban intensamente; la atmsfera cargada, casi opaca, iba
tomando junto a las llamas cambiantes opalinos. El formidable trompeteo
del rgano, a veces dominado por las notas altas del canto, se
desparramaba por el aire en oleadas de armona, y cuando cesaban se oa
montono y constante el sonido casi cristalino, pertinaz y agudo, de una
moneda de oro golpeada contra una bandeja de plata. Entre el fulgor
amarillento de las luces y el sonido de aquella moneda, el templo
pareca dominado por algo terrenal y profano, mientras arriba, en lo
alto de la cornisa, a cada instante penetraba con ms dificultad la luz
del sol.

* * * *

En el crucero de la nave haba un ventanal gtico guarnecido de vidrios
de colores, industria moderna que reproduca con fidelidad pasmosa una
composicin antigua, donde estaba pintada, como en un transparente
mgico, el sublime episodio de que hablan los Evangelios cuando refieren
cmo Jess ech a los mercaderes del templo.

Era el fondo un edificio soberbio hecho con mrmoles y jaspes, e
invadido por muchedumbre de gentes abigarradas vestidas lujosamente a
usanza hebrea. Los cambistas y negociantes estaban sentados ante las
mesillas cargadas de dinero; otros vendan copas de metales preciosos;
por el suelo haba cestas de panes, jaulas de palomas, y en el centro
resaltaba la figura de Jess divina e imponente, vestido con tnica tan
blanca como la luz misma, echando de all a los que profanaban la casa
del Seor. Y en el friso del ventanal se lean estas palabras del
evangelio de San Mateo, escritas con caracteres gticos:

_Y les dice: Escrito est. Mi casa, casa de oracin ser llamada; mas
vosotros cueva de ladrones la habis hecho._

* * * *

* * * *

Al caer la tarde el sol poniente abarc con sus rayos la ventana de
colores iluminando de lleno la figura blanca con sus rayos
horizontales; y entonces, como si milagrosamente la vivificaran los
besos de aquella luz celeste, se fue desprendiendo de los vidrios, tom
cuerpo en el aire semejante a una forma difana, impalpable, flot en el
atmsfera, y lentamente fue bajando, bajando, a modo de aparicin
soada, hasta tocar con sus sagrados pies el pavimento de la iglesia,
por donde en luces amarillentas, lujos culpables y reflejos metlicos,
pareca tambin desparramado el oro cado de las mesillas de los
mercaderes.

Vag un momento por entre sedas vistosas, flores contrahechas y perfumes
lascivos, vio pendientes de los muros del templo los cepillos que pedan
dinero, ley en los corazones el nsia de riquezas, y ante la impureza
de las concupiscencias humanas, su alma se aneg en la tristeza infinita
que experimenta el sacrificio estril y olvidado... mientras en todo el
mbito del templo repercuta el sonido de la moneda de oro golpeada
contra la bandeja de plata.

Entonces se inclin hacia el suelo, cogi de un rincn un manojo de
cuerdas olvidadas, y esgrimindolo a manera de ltigo, castig con
justicia y sin piedad.

Nadie le vea, nadie senta dolor, y sin embargo las cuerdas
acardenalaban las carnes, rompan las galas y mostraban desnudos los
cuerpos pecadores. Llenose el aire de deseos torpes, de citas culpables,
de hedor de riqueza mal ganada, de gemidos de tristes faltos de
consuelo, de llanto de pobres olvidados. Viento de pavor hel los
corazones. All fue el rechinar de dientes y el crujir de huesos de que
habla la Escritura.

Hubo un momento de terror indecible, como debi de haberlo en el templo
de Jerusaln, y toda aquella profusin de lujo y de poder qued
destruida y condenada, fantsticamente, en silencio, sin voces, sin
gritos, sin dolor fsico, sin que lo advirtieran los sentidos. No fue la
destruccin en la realidad tangible de las cosas, sino en la ntima
realidad de las conciencias.

* * * *

Sigui el rgano lanzando su formidable trompeteo, el incienso ocultando
los altares, y continu la monedita de oro golpeando la bandeja de
plata.

Hecho aquel justo estrago, la figura blanca desprendida del vidrio
perdi su forma corporal al trasponer la puerta, y trocada en resplandor
luminoso, se hizo ingrvida, se alz de tierra y se borr en el aire.

Aquella noche, en el templo solitario todo estaba en orden, pero en el
ventanal gtico faltaba la figura blanca, y por el hueco de contorno
humano que formaban los plomos sin vidrios, se vea en el cielo el
parpadear misterioso de los astros.

En el pensamiento y la memoria de las gentes qued clara y viva la
impresin del milagro. Fue antojo de imaginaciones turbadas? Fue
realidad?

Alguien dijo que le haba visto en la calle socorrer a un pobre, mirar
con piedad a una mujer perdida, y acariciar a un nio... Pero nadie
saba quin era. Todos le han olvidado.




LA CUARTA VIRTUD


Estaba el den tomando chocolate y leyendo entre sorbo y sopa un diario
neo catlico, cuando entr en su cuarto el ama, diciendo sobresaltada:

--Seor, ah est Garcern, y dice que la catedral se viene abajo.

El den, alma de la dicesis, porque el seor obispo de puro bueno no
serva para nada, agit con la cucharilla el vaso de agua donde se
estaba deshaciendo el azucarillo, bebiselo tranquilamente, se limpi
los labios con la servilleta, y mientras encenda un cigarro de papel,
ms grueso que puro, repuso sin alterarse:

--Lo de siempre... ganas de asustar... algo menos ser. Dile que pase.

Garcern, el monaguillo ms listo y endiablado de la santa baslica,
traa el espanto pintado en la cara.

--Qu hay, buen mozo?

--Seor, que esta vez va de veras.

--Cuenta, cuenta.

--Pues, ahora mismo estaba yo quitando los cabos de los candeleros del
Carmen, junto al crucero, cuando son por arriba, muy arribota, un ruido
como si crujiera una piedra al partirse, y cayeron tres o cuatro pedazos
mayores que manzanas. Yo cre que seran, como otras veces, de la mezcla
que une los sillares, pero mir a lo alto y vi que no: eran de la piedra
blanca de la cornisa, donde hay un adorno que parece una fila de huevos
y otra de hojas... de pronto pum! otro pedazo gordo, como su cabeza de
usted, y dio en la esquina del altar, y parti el mrmol... y ech a
correr hacia la sacrista.

--Quin estaba all?

--El seor arcipreste: le seal dnde haba sido, mir, y dijo:
Pronto, a cerrar! que no entre nadie... que no pase nadie por ah! Es
el pilar del lado de la Epstola. Vaya, este es el acabose. Yo volv a
mirar, y se acuerda usted de que los pilares son como unas columnas
cuadradas, grandes, muy grandes? Pues por arriba, arriba, se han
_desapartao_ las piedras ms gordas, y entre dos de ellas queda un hueco
que cabe un gato... y de all est cayendo arena y chinas de cal... Dice
el seor arcipreste, que con que pase un carro por fuera se viene abajo
media iglesia.

--Tenis razn: esta vez va de veras. Vamos all.

El seor den, profundamente disgustado, se puso el manteo, cogi la
teja de reluciente felpa, y sali diciendo como si el chico pudiese
comprenderle:

--Entre el baco y la cornisa: all est el mal.

A los pocos momentos entraban en la iglesia. Efectivamente: por uno de
esos fenmenos difciles de razonar a primera vista y frecuentes en toda
vieja fbrica arquitectnica, el pilar del lado de la Epstola se haba
rajado en su tercio superior lo mismo que una caa, sin que el arco que
en l se apoyaba sufriese, al parecer, la ms ligera desviacin: pero
bastaba ver en lo alto el hueco de que habl el muchacho para comprender
que el hundimiento de la bveda poda sobrevenir de un momento a otro.

Suspendiose el culto, y aquella misma semana, antes de que comenzaran
los trabajos de apuntalamiento, el telgrafo difundi por el mundo la
noticia de que se haba venido abajo la bveda del crucero.

El gobierno pidi a las Cortes un crdito extraordinario, se nombr una
junta de restauracin, y el den fue el alma de ella, porque en la
dicesis nada se poda hacer sin su consejo.

Era el den relativamente ilustrado, lea mucho, tena fama de entender
en cuadros antiguos, y saba dar a sus sermones cierto tinte artstico
que contrastaba con la austera sequedad de otros oradores sagrados. Por
ejemplo: para hacer el retrato de un asceta, lo pintaba como Zurbarn;
al describir un martirio, se inspiraba en el San Bartolom, de Ribera;
al hablar de los horrores de la Pasin, traa a cuento los Cristos
demacrados y esculidos de Morales; y cuando quera dar idea de la
Ascensin de la Virgen, la presentaba en periodos tan brillantes y
poticos como los fondos luminosos que puso Murillo a sus Concepciones:
con todo lo cual y ser acadmico correspondiente de la de Bellas Artes,
(porque en cierta ocasin mand a Madrid el brocal de un pozo rabe
diciendo que era romano) como no haba en el cabildo otro que valiera
ms, pasaba por sabio, y hasta los peridicos liberales le llamaban
erudito. Claro est que con tales antecedentes fue el alma de la
restauracin. Bajo su dominio tuvo el arquitecto que pasar las de Can,
pero al fin y al cabo se levant el pilar y se rehizo la bveda.

Concluida la parte arquitectnica de la obra, tratose de decorar lo que
deba estar decorado, llamronse pintores y estatuarios, y previa
presentacin de bocetos quedaron sustituidos por otros nuevos cuantos
santos y santas perecieron en la pasada catstrofe. Mas no todo sali a
gusto del den, y como an faltaban por decorar las cuatro pechinas
formadas por los arcos del crucero, se deshizo de los artistas que hasta
entonces trabajaron en la iglesia, y busc uno capaz, a juicio suyo, de
concebir y ejecutar maravillas.

El pintor en quien se fij era hombre de extraordinario mrito.
Llambase Molina y en l estaban reunidas y ponderadas de tal suerte y
en tan justa medida la ilustracin, las facultades reflexivas y las
condiciones de pintor, que saba estudiar, convertir el estudio en
inspiracin, madurar el pensamiento, y luego darle forma, haciendo que
en su pintura hubiese idea y que sta no quedara empequeecida por mal
interpretada. En una palabra, un gran artista que discurra como Miguel
ngel y ejecutaba como Velzquez. Lo que no tena, por ser espaol, era
dinero; mas a consecuencia de haber enviado obras a exposiciones
extranjeras y haber retratado a una embajadora hermossima, era su
nombre conocido en toda Europa. Deseoso de acrecentar su fama, y tambin
de hacer fortuna, estaba precisamente a punto de expatriarse, como
tantos otros, cuando le busc el den encargndole los bocetos para las
cuatro pechinas; trabajo que acept gozoso, primero por dejar en su
patria muestra de lo que vala; y, segundo, porque necesitaba arbitrar
recursos para el viaje.

Diose luego a pensar en cmo realizara su trabajo. La cosa no tena
nada de fcil. Vistas desde el pavimento de la nave las pechinas, eran
cuatro superficies triangulares y cncavas que parecan tener desde la
base al vrtice tres metros o poco ms, pero miradas de cerca, en lo
alto del andamiaje, eran disparatadas de grandes. Adems, en aquel
sitio, a tal elevacin y en espacios triangulares, no era racional hacer
composiciones o grupos que desde abajo resultasen empequeecidos, por
las robustas lneas de la cornisa y el tremendo vano de la cpula. Ello
fue que despus de estudiar mucho y pensar ms, Molina resolvi pintar
cuatro figuras colosales, sobre todo grandiosas, que simbolizaran
aspiraciones, ideas y sentimientos armnicos con la naturaleza e ndole
del monumento.

Comenz a hacer apuntes, bocetos, manchas de color, y ya iba dando vida
real a los pensamientos soados en el delirio creador, cuando el den
cay enfermo, sin llegar a ver nada de lo que el artista haba hecho.
Entonces Molina, para trabajar a gusto, decidi no recibir a nadie hasta
tener las cuatro figuras acabadas: nadie haba de verlas mientras no las
viese el seor den.

La dolencia de ste fue larga; en, tanto que dur no permitieron los
mdicos, por ahorrarle cavilaciones, que se le hablase de la
restauracin del templo, y aunque as no fuera, nada hubiera podido
saber de lo que haca Molina, porque el artista con nadie hablaba de su
obra ni toleraba visitas.

En cuanto el den se puso bueno, su primera salida fue para ir al
estudio. El pintor tena terminado su trabajo y cubiertas las cuatro
grandes figuras con otros tantos trozos de percal; a fin de que no les
cayese polvo que ensuciara y velase la pintura fresca.

Quit Molina el primer pedazo de percal al entrar el den, y en la cara
que ste puso comprendi lo mucho que le gustaba la figura. Dejole largo
rato que la contemplase a su sabor, y luego, de un tirn, descorri la
segunda tela. La figura que ocultaba era infinitamente superior a la
primera, y el den se deshizo en elogios y alabanzas. Pero esto no fue
nada comparado con lo que experiment y dijo al descubrir el artista el
tercer lienzo. Aquello s que era concebir y colocar bien una figura,
dibujar, sentir la forma, ser colorista y dominar todos los secretos de
la paleta. La pintura de Molina vena a ser una fusin admirable de lo
mejor de todas las escuelas. La figura pareca dibujada por Alberto
Durero, tena el color del Verons, la elegancia de Boticelli, era tan
decorativa como si la hubiese dispuesto Tipolo, y tan real como si en
ella hubiese puesto mano Diego Velzquez. El den crey volverse loco de
contento.

Qu artista, qu prodigio!--pensaba.--Y qu ojo he tenido yo, porque
sin m nada de esto tendra la catedral!

--Amigo mo, mejor que sta no puede ser la otra--dijo luego en voz
alta.

Descubri Molina la cuarta figura, y all fue Troya. Al principio no se
dio cuenta el seor den de lo que tena delante, pero cuando lleg a
entenderlo, mont en clera y se puso hecho una fiera, prorrumpiendo en
stas y parecidas frases:

--Usted est loco! Cmo pongo eso en la iglesia? Cmo se le ha
ocurrido a usted semejante desatino? Se necesita descaro! Usted no
sabe lo que se pesca!

Molina contest en el mismo tono, y abriendo la puerta del estudio,
mand salir al den; ste crey desconocida y burlada su autoridad, el
pintor consider ajado su decoro de artista, y tales cosas se dijeron,
uno bajando la escalera, y otro desde arriba, que nunca ms pudo haber
entre ellos paz ni avenencia.

La catedral se qued con las pechinas en blanco, y Molina vendi los
lienzos a un ingls.

Pasado algn tiempo, el den cogi una pulmona en el coro, y el pintor
se volvi tsico, muriendo ambos con diferencia de unas cuantas horas.

* * * *

Sus almas fueron volando por las alturas infinitas, ms all del
firmamento estrellado, donde no alcanza la mirada humana, y atravesaron
los espacios eternamente misteriosos, que han poblado de hiptesis y
mitos los filsofos gentiles, los telogos cristianos y los poetas de
todas las edades.

En menos tiempo del que para contarlo hace falta, traspusieron el cielo
ptreo, de que habla Anaxgoras, el de aire vitrificado por el fuego que
ide Empdocles, las bvedas cncavas que imagin Platn, y los tres
cielos, luminoso, sideral y cristalino, de que habla Santo Toms.

Por fin llegaron al Empreo, donde segn Alfonso el Sabio, habitan los
santos, los ngeles, los tronos y las dominaciones, todos ocupados en la
perdurable alabanza del Seor.

La puerta de la mansin de los justos era de oro, tena luceros en vez
de clavos, y junto a ella, sentado en una nubecilla, estaba San Pedro
jugueteando con las llaves, aburrido, porque se le pasaban horas y horas
sin tener que abrir a nadie.

Preocupados solo de su salvacin, el den y Molina no se haban mirado
en el camino, pero al detenerse cerca del Santo se contemplaron
mutuamente exclamando de mala manera al mismo tiempo:

--Usted por aqu?

Encontrarse y comenzar a reir, todo fue uno. Prodigronse frases
depresivas, injurias, improperios, todo gnero de insultos, con tal
rabia, que San Pedro no pudo menos de decirles:

--Pero hijos mos... no habis sabido despojaros de las miserias
humanas y pretendis entrar ah? Para traspasar esa puerta es preciso
estar limpio de odio y de rencor, de todo sentimiento perverso y torpe.

Y deseando servirles de amigable componedor, aadi:

--Veamos si puedo conseguir que hagis las paces. Contdmelo todo.

--Yo--habl el den--encargu a este hombre, que era pintor, cuatro
figuras, y l en desprecio de lo ms santo y sagrado... pint lo que le
dio la gana. Las tres primeras eran soberbias, pero la cuarta!...

--Seor--interrumpi Molina--efectivamente admit el encargo; los huecos
que haba que decorar eran cuatro. Lo primero que se me ocurri fue
pintar los cuatro evangelistas, pero ya los haba hecho otro en distinto
lugar del edificio. Luego pens cuatro alegoras de la Prudencia, la
Justicia, la Fortaleza y la Templanza... Tambin estaban hechas. Me
acord de profetas, de patriarcas, de reyes santos: unos eran ms de
cuatro, otros menos, otros ya se haban pintado o esculpido. Entonces
pint primero la Fe...

--Cmo?--pregunt San Pedro.

--Hermosa, vendada, las vestiduras blancas, en una mano las tablas de la
ley, en otra la palma del martirio, y toda ella iluminada por el sol,
padre de la vida.

--No estara mal.

--Luego pint la Esperanza.

--De qu modo?

--En pie sobre la proa de una nave, apoyada en el ncora y fijos los
ojos en el cielo. Luego pint la Caridad.

--Cmo la representaste?

--Joven, ms fuerte y ms hermosa que ninguna, y dando de mamar a un
nio de tipo muy distinto al suyo para indicar que no era su hijo, y que
no le daba el pecho como madre, sino por ser Virtud.

--En verdad te digo que estuviste acertado.

--Que diga ahora--les interrumpi el den--cual fue la cuarta figura que
hizo.

El artista alz la frente como quien no se avergenza y declar as:

--Pint el Trabajo: mozo, vigoroso, inteligente, fornido, con el yunque
sobre un montn de libros para expresar que el estudio es la base de la
fuerza, y coloqu a sus pies, esperando sus obras, la Paz y la Limosna.
Entonces ese hombre--aadi sealando a su adversario--se enfureci
conmigo.

--Como que esa no es virtud--grit el eclesistico--ni siquiera es esa
porque es ese.

--Porque es virtud macho--dijo el Santo al den--t no puedes
comprenderlo. Y vamos a ver, vamos a ver, para dnde eran las pinturas?

--Para la catedral--contest Molina.

--Y all queras colocar el Trabajo?

--S, seor.

Al or esto San Pedro, volvindoles la espalda, ech tranquilamente el
cerrojo a la puerta del cielo y luego encarndose con el artista y el
clrigo les dijo:

--Vaya, vaya, largo, fuera de aqu los dos! T, den, al purgatorio una
temporadita por mal genio; y t, pintor, tonto de capirote, al limbo,
como si fueras nio sin uso de razn. El Trabajo en la catedral! Qu
oportuno! Sabrs pintar, pero no sabes poner las cosas en su sitio.




LOBO EN CEPO

I

A una ilustre ciudad espaola, donde los hombres trabajadores y
valientes nacen de mujeres virtuosas y bellas, llegaron hace aos dos
viajeros, cuyos trajes negros ni eran enteramente seglares ni del todo
eclesisticos. Uno de ellos hablaba, aunque dulcemente, como superior;
otro escuchaba con humildad y responda con respeto. Eran ambos de
continente severo, rostro lampio y mirada que apareciera humilde si no
fuese por lo tenaz, reveladora de una voluntad poderossima. Tenan
mansedumbre en la voz, daban a sus palabras el acento de una afabilidad
melosa y persuasiva, pero a veces sus pupilas parecan incendiarse en el
rpido e involuntario fulgurar de una energa indomable.

Pocas horas despus de su llegada celebraron varias entrevistas
misteriosas con gentes adineradas de la poblacin, y a los tres das
firmaron, ante notario y como subditos de potencia extranjera, la
escritura de compra de un casern antiguo convertido en fbrica por un
industrial que, arruinado durante la guerra civil, tuvo que malvender su
hacienda. De esta suerte la paz vino a ser provechosa, quiz, para los
mismos que atizaron la lucha.

Transcurridos unos cuantos meses, el edificio tom de nuevo el aspecto
que acaso debi de tener aos atrs. Los talleres y naves de la fbrica
se convirtieron en habitaciones estrechas, como celdas, y al rumor
alegre del trabajo, padre de la vida, sucedi en el recinto el ms
medroso silencio, slo interrumpido a horas fijas por cantos misteriosos
y graves, entonados en una lengua muerta. Los hombres que en aquella
casa vivan fueron al principio muy pocos: luego, llegando sigilosa y
calladamente por las noches, vinieron de tierras extraas muchos ms,
tantos, que sus cnticos antes dbiles como compuestos por escaso nmero
de voces, resonaron vigorosos y potentes, repercutiendo en las
concavidades de los montes cercanos, cual si quisieran despertar los
ecos del caoneo de antao.

La poblacin, contaminada de aquella vecindad, se hizo levtica,
adquiriendo en poco tiempo un aspecto triste y sombro. Las campanas,
que aun repicando alegres despiertan ideas de muerte, vencieron al
fecundo rumor de los tornos, los telares, los martinetes y los yunques.


II

Lindante con el antiguo casern de aspecto conventual haba un gran
jardn, y en su centro, una casa ceida por macizos de verdura y
sombreada por lamos y olmos seculares. Casa y jardn decan con mudas
voces que en ellos habitaba mujer, y mujer joven. Ya los alfizares de
las ventanas mostraban un canastillo de labor lleno de hilos y estambres
multicolores; ya en la mesa de mrmol puesta en el centro de un cenador
de enredaderas se vea una sombrilla de seda clara; ya en las sillas de
hierro quedaban por olvido los manojos de flores recin cortadas; ya a
ciertas horas solan escucharse, amortiguados por cortinajes y
persianas, el tecleo de un piano bien tocado y el timbre fresco y
penetrante de una voz juvenil, que as saba expresar la soadora
melancola de los grandes maestros alemanes como romper en los alegres
ritmos de la tierra andaluza.

El dueo de aquella casa era don Gaspar Villarroel, caballero viudo,
riqusimo propietario de haciendas en casi todas las regiones de Espaa,
accionista del Banco, tenedor de sumas enormes en dollars
norteamericanos, en cuatros de la Deuda francesa y en treses de la de
Inglaterra: y aquellas sombrillas olvidadas, las labores que por las
ventanas se vean y los cantares llenos de poesa eran de Helena, su
hija nica, de veinte aos, que andando el tiempo haba de ser muchas
veces millonaria.

A ella viva enteramente consagrado don Gaspar: slo para guardarla y
protegerla quera que Dios le prolongase los das. No era hermosa ni
siquiera bonita, y habiendo de ser extraordinariamente rica, quedaba su
porvenir a merced del primer hombre que movido de ruin codicia se
fingiese prendado de ella. Harto saba su padre que no pasara de
codicia y fingimiento lo que su hija inspirase, pues no tena ms
encantos que el pelo abundoso y negro, la voz dulce y el mirar
inteligente. El cuerpo no era esbelto, ni el andar airoso, ni las
facciones delicadas.

Luego de conocerla y ahondar en su alma con el trato, se haca querer,
pero le faltaban esas gracias corporales que hechizan los sentidos y
dominan la voluntad. Don Gaspar lo saba y por ello la amaba doblemente:
como hija y como hija fea que ha de ser resarcida en cario paternal, de
aquel otro afecto menos puro, que no haban de profesarle los hombres.
Slo pensaba en ella, en mimarla, en conservar sus bienes para que los
disfrutase, en dirigir su entendimiento y vigilar su corazn, para que
si, lo que era dudoso, llegase a casarse, tuviera ms probabilidades su
ventura. Parecale que aquella falta de encantos y aquel extraordinario
patrimonio podran ser, a no evitarlo cuidadosamente, dos elementos de
infortunio: pero an no haba tenido su prudencia graves riesgos que
preveer, ni su cariosa entereza pasin mal inspirada a que oponerse.

Hasta entonces, unas veces los viajes, otras la soledad y el
apartamiento del mundo, la premeditada alternativa de las distracciones
y del hogar, haban mantenido a Helena en esa desesperanza tranquila y
resignada con que piensan en la felicidad por el amor los que desconfan
de ella. Comprenda que no era hermosa y que era demasiado rica.

Don Gaspar conceda a su hija la libertad razonable para que no la
desease tan completa que le fuese daosa: con l asista Helena a las
diversiones que le agradaban y a las visitas con que se conserva la
amistad; a misa y tiendas iba con su prima doa Flora, solterona, pobre,
de ellos cariosamente amparada e incapaz de tolerar la ms leve
imprudencia: primero por severidad de principios y luego por miedo a ser
arrojada de una casa donde nada le faltaba.

De esta suerte vivan hija y padre, don Gaspar con el pensamiento puesto
en ella, y Helena dejando volar su imaginacin entre resignada y
soadora, cuando durante un otoo comenz la muchacha a sufrir tal
cambio en su manera de ser, que no pudo quedar oculto a quien viva
continuamente observndola para ahuyentarle penas y procurarle venturas.

Nunca fue demasiado aficionada a las galas, pero de pronto se descuid
por completo en el vestir; le gustaban las flores y dej de adornar con
ellas su cuarto; deliraba por la msica y pas semanas enteras sin abrir
el piano. Su habitual seriedad se convirti en aspereza de carcter, el
desabrimiento se hizo luego tiesura, y en poco tiempo experiment una
transformacin, tanto ms fcil de apreciar, cuanto ms inesperada y
rpida.

Primero sinti el alma invadida de tristeza, despus se hizo disimulada;
y por ltimo cay en profunda melancola como espritu dbil a quien
brutalmente se arrancan de cuajo ilusiones y esperanzas.

Estar enamorada? imaginaba la prima doa Flora.

Tendr pasin de nimo? deca la doncella.

Esta chica est mala, pensaba su padre.

Nadie comprenda la causa de aquel cambio.

Ya hablaba don Gaspar de llevrsela a Pars en busca de doctores, cuando
una maana doa Flora entr en su despacho, sin ser llamada, dicindole
de buenas a primeras:

--Ya s lo que tiene tu hija. rmate de valor... Quiere meterse monja. Y
yo creo que la idea no ha nacido de ella: es cosa de los de ah al lado.

Don Gaspar, mudo de asombro y de terror, se limit a decir:

--Habla... todo lo que sepas, todo lo que sospeches, no me ocultes
nada!

--Pues se reduce a muy poco, pero muy claro. Hace dos meses, una maana
que llova muchsimo y t te habas llevado el coche, nos metimos ah al
lado por no ir hasta la catedral. Luego ha vuelto conmigo... como est
tan cerca, cuando hace mal tiempo es ms cmodo. Despus la he visto
hablar varias veces con uno de ellos por la verja del jardn: ella
dentro, l desde fuera, al pasar, casi sin detenerse.

--Y qu trazas tiene?

--Es hombre de buena edad, y con una mirada ms inteligente! Para m,
l es quien le ha metido esas ideas en la cabeza. Jams haba Helena
hablado hasta ahora de semejante cosa. Si se mora por el teatro y se
entusiasmaba con libros y novelas! Adems, me ha dicho la doncella, que
algunas maanas ha salido con ella, al primer toque, antes de que yo me
levantara, pero que como no hacan ms que ir ah al lado, no crey que
deba decirlo. Nada, que se han apoderado de ella como hicieron con la
hija del banquero francs, con Teresita, con Sofa, con la viuda de
Parque...

--Todas ricas!--murmur don Gaspar.

--Ella no se atreve a hablar sinceramente, pero est desconocida: se ha
hecho seca y arisca; de cuando en cuando suelta unas frases... que
revelan un egosmo... Las mujeres feas y muy ricas--dice--no pueden ser
felices en el mundo; a cada paso un desengao. No se pierden como las
bonitas, pero les hacen creer en el amor, y luego... nada. Ya ves, yo
por ejemplo--aada--qu puedo esperar? Una ilusin, engaarme a
sabiendas, y luego frialdad, esquivez, cada uno por su lado; l, quien
sea, rico, poderoso con lo mo, buscar en otras los encantos que yo no
tengo.--Dice que para las que no son hermosas como ella, solo hay un
esposo bueno, el que no engaa; y lo dice con una uncin, con un
fervor! Otras veces habla de la casa y de nosotros con un despego que da
fro.

--Pues qu ha dicho?

--Ayer mismo me dijo: Si yo faltara pronto me olvidarais, hasta pap:
el cario no es tan mentira como el amor, pero tambin es un sentimiento
terrenal.

Flora sigui hablando largo rato, don Gaspar la escuch sin poder
disimular la pena que se le asom a los ojos, y luego murmur
tristemente:

--Veremos!


III

De all a dos das, mientras Helena y doa Flora fueron a pasar la tarde
en casa de unos parientes, don Gaspar reciba en su despacho a un hombre
que, llamado por l de antemano, acudi puntualmente a la cita. Era uno
de los de al lado, de aquellos que con nombre y calidad extranjera,
adquirieron la fbrica donde al caer la tarde se entonaban cnticos
tristes en una lengua muerta. Tena el rostro lampio, la mirada
humilde, la palabra dulzona, el traje entre sacerdotal y profano.
Ofreciole asiento don Gaspar, cerr las puertas como en comedia, y luego
con forzada tranquilidad, pero sin que se le alterase una lnea del
semblante, sin asomo de ira, pero con el acento de la ms aterradora
resolucin, le habl de esta manera:

--Usted conoce a mi hija: en ella cifro toda mi dicha; slo vivo para
hacerla feliz. Si la perdiese, si se apartase de mi lado, me costara la
vida... Esccheme usted bien... Estoy dispuesto a todo. A quien quisiera
robarme mi dinero le recibira a tiros; figrese usted lo que har con
quien intente separarme de mi hija. Podr llevrsela Dios, que es Seor
de todos nosotros; podr, aunque no es bonita, encontrar un hombre que
aprecie lo que ella vale moralmente, y entonces yo les bendecir y dar
gracias a Dios; pero lo que es eso de hacerla ver que es fea,
envenenndole la vida para que huya del mundo, arrebatrmela como se
roba una alhaja... lo que es eso, yo le juro a usted que no ser...

Quiso el desconocido interrumpir a don Gaspar, mas no se lo permiti
l, y sigui de este modo:

--No ha venido usted a hablar, sino a or, y emppese usted bien de lo
que oiga. Ya sabe usted lo rico que soy; si eso sucediera, todo me lo
gastara en buscarle a usted para matarle. Ahora, usted que ha hecho el
mal con sus exhortaciones, ponga con sus consejos el remedio,
entendiendo que si en el plazo de dos meses no se le quitan a mi hija de
la cabeza esas fantasmagoras, le mato a usted como a lobo sorprendido
en redil. Las consecuencias no me asustan. Perdida mi hija, lo mismo me
da morir de un modo que de otro. Dos meses de plazo. Usted slo ha de
hablar con ella! Yo no le dir palabra. Puede usted retirarse.

De nuevo quiso contestar el incgnito personaje, pero don Gaspar sali
de la estancia, dejndole condenado al ms rabioso silencio que
imaginarse puede, y plenamente convencido de que era hombre capaz de
realizar cuanto deca.

* * * *

Apenas haban transcurrido dos meses, cuando Helena comenz a ser lo que
era antes.

Como quien tras una pesadilla recobra el sentido de la realidad, se le
fue borrando del pensamiento la melancola; torn a cuidar de su
persona, vigil el jardn cuyas flores escoga para su cuarto, y por
fin, una noche, despus de haber estado tocando un rato el piano, por
distraer a su padre, se arroj en sus brazos, deshecha en lgrimas,
dicindole slo estas palabras:

--Perdname, porque nunca me separar de ti!

Sin duda, el flexible y tornadizo espritu de la mujer se pleg a unas
amonestaciones como se haba sometido antes a otras.


IV

Supieron el fracaso del propagandista sus superiores jerrquicos? Le
consideraron intil para desengaar del mundo a herederas de millones?
Un da se not su falta a la hora de la comida, los dems hablaron de l
como miembro que se amputa, y luego le rezaron por muerto.

* * * *

* * * *

Transcurrieron algunos aos, y aquel hombre, vuelto al seno de la
humanidad, sinti renacer aspiraciones e ideas que en mal hora consider
por la educacin sofocadas y por el fanatismo comprimidas.

En otra regin del mundo, en otras tierras, con otro nombre, fnix de s
propio, resucit en espritu, am, fue amado y tuvo un hijo. Aquel hijo
creci, hacindose mozo fuerte y hermoso como el Hrmes de los mitos
paganos. Una mujer indigna, engaosa y astuta, tal vez la ramera de que
habla la Escritura, quiso apartarle de su padre, mas ste despleg tal
energa y se defendi tan resueltamente que logr romper aquellos lazos.

Pas mucho tiempo--esa divinidad que a toda conciencia hace un da
justiciera de s misma.--Hijo y padre caminaban al caer la tarde por una
deleitosa campia que el sol poniente envolva en una atmsfera de polvo
luminoso. El viejo se apoyaba en el brazo del mancebo, fingiendo
fatigarse para oprimrselo cariosamente, mientras la luz de los cielos,
la pureza del aire y el penetrante aroma que se alzaba de los terruos
soleados parecan envolverles en la bendicin suprema del verdadero
Dios. El hijo, adelantndose unos pasos, cort de una mata algunas
flores para el sepulcro de su madre, que era muerta: y entonces el
viejo, experimentando lo que antes jams pudo comprender, sinti la
duplicacin del espritu por la paternidad, y vuelto el pensamiento a lo
pasado, dijo acordndose de don Gaspar:

Hizo bien!




EL HIJO DEL CAMINO


Era el tiempo en que para trasladar a los presos y penados de crcel a
crcel, de penal a penal, se les llevaba todava a pie por los caminos,
entre destacamentos de gente armada.

* * * *

Tras el da de calor insufrible, vino la noche sin brisa, clida y
sofocante.

No corra un pelo de aire, ni se alzaba del suelo un tomo de polvo. La
carretera abierta en la dilatada extensin de la llanura, se destacaba
interrumpiendo el gris terroso de los campos, como una cinta blanca y
ancha tendida sobre los surcos en rastrojo.

Por su centro iba _la cuerda_, la reata humana, doblemente rendida a la
pesadumbre de la fatiga y del delito.

Quin llevaba morral, quin alforjas, quin manta, los ms, nada;
veanse muchos descalzos, despeados; pocos fumaban, no rea ninguno. A
los lados marchaba la tropa obligada a meterse por la estrecha hondura
de las cunetas, o a subirse en los montones de guija y pedernal recin
partido, mientras el brillo de las armas, iluminadas por la luna,
limitaba la movible masa de aquella triste muchedumbre. Los grillos y
las cigarras cantaban libremente; voces humanas se oan pocas, y esas
eran blasfemias; tal vez envidia de los animalillos, desahogo propio de
gente forzada del rey que iba a las galeras.

En la Venta de la Mora se hizo alto: _la cuerda_ se recogi a un lado
del camino, en un repecho: los soldados desataron los cabos de bramante,
y luego, apartndose y formando extenso crculo en torno de los presos,
colocaron centinelas. De all a poco salieron de la venta quince o
veinte mujeres harapientas, sucias, miserables, y esquivando a los de
uniforme corrieron hacia los del grupo central, aunndose con ellos en
parejas que desaparecan tras un tronco, tras un peasco, en un
repliegue del terreno, donde pudieran ocultarse.

Era la visita del amor a la desgracia; amor momentneo, vicioso,
repugnante, y venal; pero amor. Y era tambin costumbre sancionada por
los aos, tolerancia perpetuada por la tradicin, abuso que tom origen
en el capricho de un rey absoluto, ganoso de repoblar su reino.

Antes de romper el alba, la columna se pona en marcha. Despus, los
padres annimos moran en presidio, y los hijos de aquellas esposas de
una noche se llamaban _los hijos del camino_.


II

As fue concebido Juan.

Su madre le ador, como si estuviera engendrado mediante sacramento;
pero las gentes del lugar, cuando nio, le miraron con lstima, cuando
adolescente le mofaron y de mozo le escarnecieron. Cada vez que pasaba
por la aldea una cuerda de presos, le decan las chicas:

--Juan, ser tu padre alguno de esos?

Primero se gan la vida recogiendo boigas para estercolar huertos,
despus fue lazarillo de ciego, dio al fuelle en casa del herrero, se
meti a zagal de diligencias... por fin huy de la comarca.

Su pobre madre no volvi a saber de l en mucho tiempo.

Estuvo como alimentador de horno en una fbrica de vidrio, sufriendo las
bocanadas de las llamas; fue minero, permaneciendo semanas enteras sin
ver la luz del sol: trabaj en los telares, respirando el polvillo que
blanqueaba los tejidos y le cegaba los pulmones; no hubo industria que
no intentara ni oficio en que pudiese medrar.

Si en su lugarejo no encontr amparo, en las ciudades le falt
proteccin. Nadie le dio enseanza, ni le dej tiempo de adquirirla. Su
instinto le deca estudia; la necesidad le responda gana. Cualquier
aprendizaje le hubiera mermado el pan y el sueo.

En tanto, la madre pensaba en l, arrancndole su recuerdo las horribles
lgrimas de la incertidumbre, pues no saba dnde estaba, ni si era vivo
o muerto. Al fin lo averigu; hizo que le escribieran, y aunque de
tarde en tarde supieron uno de otro: ella le enviaba besos; l le mand
por un arriero un gran pauelo de algodn de colores, valor de un da de
jornal.

Juan pas de labor a labor, de oficio a oficio, practicndolos todos,
sin dominar ninguno, renunciando a unos por penosos e insalubres, a
otros por indignos y embrutecedores, hasta que entr en una compaa de
alumbrado elctrico, casi como bestia de carga.

Su obligacin era llevar artefactos, utensilios y herramientas a sus
compaeros de trabajo.

Una tarde fue con ellos a la prueba de luces en una soberbia casa, donde
a la noche deba verificarse una gran fiesta. Cunta magnificencia
contemplaron sus ojos! Jams vio cosa igual.

Cada saln era un prodigio del arte o un camarn de la molicie. Los
mrmoles parecan encerrar en su seno transparente hojas de
vegetaciones inverosmiles; los muebles, por sus formas, incitaban a la
voluptuosidad o al reposo; los tapices caan discretamente ante las
puertas; los rasos y los flecos guardaban en la urdimbre de sus tramas
los colores del iris; haba canastillas de orqudeas australianas
mezcladas con flores de cristal que despedan rayos luminosos; libros
cubiertos de oro, que atesoraban en sus pginas el oro an ms puro del
pensamiento humano, y todo ello en desorden bellsimo se reflejaba en
espejos que, como posedos de codicia, multiplicaban hasta lo infinito
las riquezas.

De pronto apareci Luz, la duea de la casa, ya vestida para la fiesta,
e impaciente por juzgar el efecto de la iluminacin.

Juan imagin que era una diosa. Traa la cabellera salpicada de
brillantes que semejaban estrellas perdidas en una nube de oro, el
cuello ceido por hilos de perlas menos blancas que su pecho, y todas
las lneas de su cuerpo admirable envueltas en telas primorosas, antes
dispuestas para revelar la forma que para encubrir la desnudez. Tena la
voz aunque imperiosa, encantadora, y su persona exhalaba un perfume
penetrante y sutil, intenso y turbador, que juntamente produca
fascinacin al espritu y embriaguez a los sentidos.

El hombre inculto e ignorante, incapaz de analizar lo que experimentaba,
pero hombre al fin, sinti la tentacin y el nsia que d la fruta
puesta al alcance de la boca del nio.

Primero qued suspenso con el pasmo de la sorpresa, luego se dijo con la
velocidad del pensamiento que cuanto haba en aquel maravilloso recinto
y cuanto realzaba la belleza de aquella mujer extraordinaria, haba bajo
una u otra forma nacido entre sus manos. Carbn arrancado a las entraas
de la tierra y convertido en torrentes de claridad; cristales fundidos
por aquel horno que sec su garganta; hierros forjados al fuego en que
se abras los dedos; sedas teidas en aquellas substancias que le
envenenaron los pulmones; todo, todo! haba contribuido a formarlo, y
nada, nada! era para l. Entonces Luz se ofreci a su deseo como
creacin maravillosa en que l haba puesto hueso de sus huesos y sangre
de su sangre, hasta convertirla en el compendio de las dichas humanas.
Por qu no haba de pertenecerle? Habran de vivir eternamente juntos
y separados a la vez, como la cortesana y el esclavo? Qu ley cruel lo
dispona? Quin la escribi?

El espectculo de la riqueza le llen de asombro; la privacin de lo que
otros disfrutaban espole a la envidia; la ignorancia cerr a la
abnegacin el paso; la conciencia le dijo que su ambicin era justa;
mir a Luz con codicia, y en el fondo de su alma surgi el deseo de
gozarla o la resolucin de destruirla.

As se hallaron frente a frente la personificacin de todas las
grandezas acumuladas por los tiempos y el representante de una raza que
contribuy a crearla para delicia de otros.

Juan posedo de una pasin que daba espanto, tendi hacia ella los
brazos. Luz, al principio sonri despreciativamente, pero al sentir las
manos callosas sobre el pecho, dio voces, lanz gritos de angustia; y en
su auxilio acudieron tres hombres.


III

El primero, que pareca consumido por el estudio, la riqueza y los
vicios, dijo a Juan casi medrosamente, acompaando la frase con ademanes
oratorios:

--Su amor no se alcanza por fuerza... Puedes llegar a lograrlo, pero no
as. Cmo ha de amarte si tus caricias son zarpazos? Adquiere
instruccin y cultura. Eres libre... Ejercita los derechos que te
permiten igualarte a los que somos preferidos.

El segundo, que vesta ropa negra y talar, le dijo endulzando el
desengao con acento meloso:

--El amor de esa mujer no es para t. Contntate con su caridad. Los
favoritos de ahora son los dichosos de aqu bajo... T sers de los
bienaventurados all arriba. Hay otra vida! Cree, sufre y espera!

El tercero de aquellos hombres, que cea espada y llevaba en el traje
bordados de oro, le dijo speramente:

--Si das un paso ms hacia ella te matar con este arma que t mismo has
forjado.

Juan sali profiriendo amenazas: y Luz qued al orle extremecida de
pavor, como la ciudad de las rameras ante la voz de los Profetas.


IV

Poco tiempo despus una explosin formidable destruy la soberbia
morada. Lienzos en que el genio imit la Naturaleza, mrmoles en que
palpit la vida, pginas preadas de ciencia y poesa, prodigios del
arte y maravillas de la industria... todo fue destruido, y sobre un
montn de escombros humeantes qued Luz an viva, pero desgarradas las
carnes, baada en su propia sangre, espantosa, mutilada y deforme.

Juan confes el delito con altanera y se dispuso a purgarlo con valor.
Qu le importaba morir? Su crimen fue salvaje, porque lo aconsejaron el
deseo frustrado y la razn escarnecida, pero su causa era justa. El
delincuente se consagr mrtir. Otros tan desdichados como l vendran
detrs. Luz habra de sentarles a su mesa en el banquete de la vida y
darles la parte de amor que les correspondiese, o resignarse a perecer.

No se repliega el viento a los senos misteriosos donde nace, ni el agua
retrocede a las fuentes en que brota; pero el espritu est sujeto al
atavismo como el cuerpo a la herencia. Juan era hijo del camino.

Fue condenado a muerte, y llegada la hora tremenda, entr con pie firme
y nimo sereno en la capilla; lugar en que, dudosa de s misma, busca la
justicia humana complicidad en la divina.

All le esperaban los tres personajes que ampararon a Luz. Uno
representaba la ley: otro mandaba la fuerza armada; el tercero le
ayudara a bien morir.

Faltaban pocos minutos para subir las gradas del patbulo, cuando, por
especial permiso de quien poda concederlo, entr en la estancia un
hombre con un papel en la mano. Tomolo el sacerdote y pasando por el
escrito los ojos, dej enseguida caer los brazos a lo largo del cuerpo.

--Es el indulto?--pregunt Juan, sin miedo ni esperanza.

--No es una carta de tu madre. Te infundir valor. Toma y lee.

Juan la estruj contra sus labios en silencio, llor sobre ella, y
devolvindosela al ministro de Dios, repuso amargamente:

--No me han enseado! No s!

* * * *




LOS TRIUNFOS DEL DOLOR


En una extensa planicie formada por tierras de panllevar, estaba la casa
solariega de los Niharra, donde descuidada del mundo, cuidadosa de su
hacienda y soadora con sus recuerdos, viva doa Ins, a quien en los
contornos apellidaban _la Santa_. Nombrarla en la comarca era casi, y
para muchos sin casi, nombrar a la Providencia; porque a veces, quien
imploraba algo del cielo, que lo puede todo, sola no alcanzarlo,
mientras ella nada negaba estando en su mano concederlo. Perdonar
arriendos, rebajar censos, dotar doncellas y redimir mozos de quintas,
era para doa Ins el pan nuestro de cada da. De sus armarios salan
las ropas para los pobres; de su despensa los comestibles para los
desvalidos; de sus trojes el grano para los labradores arruinados;
costeaba mdico y botica; por su precepto, iban los nios a la escuela;
con su prudencia enfrenaba discordias, desvaneca rencores, y aadiendo
a la limosna que puede dar el rico la compasin que solo siente el
bueno, siempre y para todos, tena piedad en el corazn y consuelo en
los labios. Si alguna vez se ensoberbeci la ingratitud contra ella,
supo ahogarla a fuerza de beneficios; as que por dnde quiera que iba,
salan las gentes a su paso, muchas a pedir, y muchas ms, aunque
parezca increble, a mostrarse agradecidas. Las frases de bendicin y de
respeto que escuchaba, la riqueza que le permita hacer tanta caridad y
el justo regocijo de su conciencia, sobre todo, debieran de infundirle
aquella tranquilidad de espritu en que la verdadera felicidad se funda,
y sin embargo, no daba seales de ser dichosa.

Al recuerdo de amores contrariados no haba que achatarlo; primero,
porque ni su lenguaje, ni su rostro, delataban la tristeza apacible,
pero indeleble, que deja en los resignados el dolor; y, adems, porque
los aos todo lo aminoran, y ella contaba tantos, que bien podan
haberle ido borrando del pensamiento las memorias tristes, por muchas
que tuviese.

Sus ojos, y su boca no sonrean con la tranquila melancola de quien
sufre, porque recuerda; ni eran los suyos sinsabores, medio consumidos,
y acaso poetizados por el tiempo: eran penas vivas, recientes, de las
que la imaginacin agrava cada da y roban ms sueo cada noche. Ante
aquella mujer, buena y sin ventura, el alma se senta invadida de tedio
y desesperanza, porque an engendra ms escepticismo la desdicha del
justo, que la prosperidad del malo.

* * * *

Tena dos hijos: Marcelo y Luciano, de tan opuesta inclinacin, que
nunca pudieron vivir en paz. Cuando nios fueron sus juegos diferentes,
cuando jvenes distintas sus aspiraciones, y hechos hombres, antagnicos
sus ideales, de modo que jams hubo entre ellos concordia ni armona.
Marcelo era apasionado y vehemente, todo imaginacin y viveza: Luciano
reflexivo y tranquilo, todo razn y calma: uno, impulsado por su
fantasa, se deleitaba en las especulaciones del espritu, poetizndolas
con el encanto del misterio y prestando fe a lo que su entendimiento no
alcanzaba: otro, sin ms gua que la investigacin y el anlisis,
estudiaba el carcter de los fenmenos y el origen de las cosas hasta
arrebatarles sus secretos, dando solo el augusto nombre de verdades a
las demostradas por la observacin y la experiencia.

Para Marcelo el alma era inmortal como su Creador, seora de s misma;
los hechos fruto de las ideas, y la verdad el resplandor de la
revelacin: para Luciano causas y efectos, hechos e ideas se confundan
en el seno de la Naturaleza, deidad esquiva y desdeosa, que no con
oraciones, sino slo con trabajo y estudio, se deja arrebatar los
bienes: a Marcelo le bastaba el pensamiento para abismarse en la
contemplacin de lo divino hasta sentir en los arrobos del xtasis la
clara visin de Dios: Luciano crea que el destino del hombre es luchar
con la materia, vencerla, y luego perderse confundido y sumado con ella
para siempre.

Slo en un punto estaban de acuerdo: en adorar a su madre, que distante
por igual del fanatismo de ambos, viva consagrada a endulzar amarguras
y aminorar desdichas, sin preguntar jams cmo pensaba el que sufra.
Doa Ins, por su perfecta imparcialidad en el reparto de la limosna y
el consuelo, antes buscaba al dolor mismo que a su vctima; iba hacia el
infortunio como corre el agua dulce de los ros hacia el mar, sin
arrancarle nunca su amargura salobre, pero sin cansarse jams; mientras
sus hijos aunque animados, en el fondo del mismo espritu de caridad,
perdan el tiempo en el estril empeo de descifrar lo incognoscible.

Marcelo sigui la carrera eclesistica, Luciano estudi medicina, y
ambos simultneamente, por su virtud, y su mrito, llegaron a ser, uno
espejo de sacerdotes, y otro modelo de hombres de ciencia; citndose al
par en el mundo como justamente envidiables, la gloria alcanzada por
Marcelo en el pulpito y los concilios, y el prestigio conquistado por
Luciano en los laboratorios y hospitales.

De su madre no se olvid ninguno. A servirla y cuidarla asistan con
cariosa frecuencia, pero nunca iban a verla al mismo tiempo, porque los
aos, aferrndoles a sus ideas haban exacerbado su doble
intransigencia.

De hallarse juntos, Marcelo habra tachado de abominables e impos los
trabajos de la ciencia moderna, y Luciano hubiera escarnecido todo
respeto a lo sobrenatural y dogmtico.

Ni la religin ni la ciencia supieron hacerles mansos de corazn. La
nica virtud que les faltaba era la tolerancia.

* * * *

Al cabo de mucho tiempo recibieron aviso de que su madre se mora, y
casi a la misma hora, sin temor a encontrarse, llegaron a la antigua
casa solariega. Para entrar en ella les fue preciso cruzar por entre los
grupos de campesinos, que abandonando sus hogares, acudan a saber de
doa Ins.

Subieron al cuarto de la enferma, que vencida ya por la dolencia, no
pudo conocerles, y considerando ambos la situacin gravsima, cada cual
obr como quien era.

Marcelo dijo que si su madre recobraba el sentido, la preparara
inmediatamente a bien morir: sin ms que un reclinatorio, un crucifijo y
dos velas, improvis un altar a la derecha de la cama y sacando de bajo
los hbitos un libro se puso en oracin.

Luciano, despus de hablar largamente con el mdico que la haba
asistido, para enterarse de la ndole y progresos del mal, resolvi no
apartarse de all un momento, apurando cuantos recursos le sugiriese
aquella ciencia que tanto amaba, y de que entonces haba menester ms
que nunca.

El cuarto da a contar desde su llegada, fue tristsimo. La pobre
anciana pareca irse consumiendo como haz de lea seca y menuda,
abrasada por un fuego invisible. Su cuerpo endeble, pequeuelo, e
inmvil, apenas formaba bulto bajo las ropas del lecho; la respiracin
era tan dbil que casi no hubiera empaado la superficie de un espejo.

Marcelo continuaba orando.

Luciano paseaba en silencio desde el dormitorio a la estancia contigua,
y con la mano derecha metida en el bolsillo del chaleco, acariciaba
nerviosamente un pequeo frasco de cristal.

Al caer la tarde, creyendo observar en el estado de la enferma la
presentacin de sntomas aterradores, llam por seas a su hermano,
llevole lejos de la cama, y mostrndole el pomo, que contena quince o
veinte gramos de un lquido transparente e incoloro, le dijo:

--Voy perdiendo toda esperanza... ya no hay remedio.

--La misericordia de Dios es infinita--repuso Marcelo.

--Escucha--prosigui Luciano--esto que parece agua, es el alcaloide
extrada de una planta del extremo Oriente, que nadie antes que yo ha
empleado en medicina: yo mismo lo he preparado... pero la
experimentacin me ha producido efectos que an no puedo someter a
principios fijos. Cuatro gotas de esto pueden, tal vez, ahora, retrasar
la catstrofe; acaso consigamos una reaccin, una crisis que devuelva a
madre la salud... pero el remedio va a obrar en un organismo muy
gastado, sin resistencia ni vigor, y si no tiene fuerzas para soportarlo
se muere... es decir, la matamos. En una palabra; esto puede ser la vida
y puede ser la muerte; es una probabilidad, no es la certidumbre de
salvarla...

Los ojos de ambos estaban nublados de lgrimas.

Ya no haba en aquellos dos hombres encono ni aversin: la amenaza de
la muerte pareca restaurar en sus corazones la fraternidad que su
pensamiento haba roto.

--Esperaremos--dijo tmidamente Marcelo al cabo de unos instantes.--Y
volvi a arrodillarse en el reclinatorio.

Luciano, dejando sobre la mesa el frasco, se coloc a los pies de la
cama y permaneci sin apartar la vista de su madre.

Pas la noche. Qu largas les parecieron las horas, qu medroso el
silencio, qu alarmante cualquier rumor, y cmo les desazonaba el ruido
metlico y acompasado del reloj, que en cada oscilacin del pndulo
pareca llevarse un instante de aquella vida que era para ellos el mayor
tesoro del mundo!

* * * *

* * * *

Por un balcn de la estancia inmediata, dejado entreabierto para renovar
la atmsfera, comenz a soplar el aire saturado de aromas campestres,
oyose el canto vigoroso de los gallos, y primero en vago resplandor,
luego en torrentes de claridad, entr la luz del da, saludado con
maravillosos gorjeos por los millares de pjaros que rebullan entre el
ramaje de las huertas. Cuanto vena de fuera significaba llamamiento a
la renovacin y la vida; mientras all dentro la inaccin y el silencio
parecan ir allanando su camino a la muerte.

Marcelo segua rezando.

Luciano haba puesto sobre la mesa donde estaba el frasco, una copa con
un cortadillo de agua, a la cual era preciso unir el medicamento: todo
lo tena preparado, y sin atreverse a intentar la horrible prueba, iba y
vena de un cuarto a otro, mirando alternativamente al frasco y a la
copa.

Al cabo de muchas horas de aplanamiento y laxitud, doa Ins pareci
reanimarse, abri los ojos y cambiando de postura murmur algunas
frases incoherentes. Entonces Luciano alarg la mano hacia la mesa,
cogi el frasco, lo destap... y enseguida, de pronto, bruscamente, como
acobardado, volvi a dejarlo de golpe donde estaba.

Al ruido alz Marcelo la cabeza, y viendo retratada en el rostro de su
hermano la perplejidad y angustia que senta, fue hacia l,
preguntndole por lo bajo:

--Qu es eso?

--Mira--repuso sealando a su madre--se ha movido, ha hablado, est ms
fuerte... tal vez pudiera resistirlo. Este es el instante oportuno... y
no me atrevo! Si estuviramos en la clnica! Si no fuera ella!

--T crees que se salvara con... eso?

--En casos anlogos... unas veces el medicamento ha respondido... otras
ha fallado.

De repente, doa Ins, incorporndose sola en el lecho y con voz apenas
perceptible, murmur:

--Agua!

Ellos se contemplaron de hito en hito; silenciosamente, leyndose en los
ojos la incertidumbre que les consuma, mientras la anciana repiti
sordamente:

--Agua!... Agua!

Aquella voz que teman no volver a escuchar nunca les removi el fondo
del alma, agitando y trastornando de tal modo sus ideas, que cada uno,
sin darse cuenta de ello, busc la salvacin de lo que amaba, no en los
medios que le eran peculiares y propios, sino en aquello mismo que por
serle ajeno, desconocido y contrario, adquiri a sus ojos las
proporciones de lo maravilloso.

En aquel momento supremo vacil la fe del creyente y se quebrant la
incredulidad del esceptico: el mstico se sinti mordido por la duda y
el desengaado se dej seducir por la esperanza. Todo lo trastorn el
brutal zarpazo del dolor.

Luciano, el mdico, cay de rodillas ante el crucifijo adorando a Dios
en espritu y en verdad. Marcelo, el sacerdote, se aproxim a la mesa,
tom el frasco, verti unas cuantas gotas de su contenido en el agua, y
sosteniendo con una mano a la enferma le hizo con otra beber el lquido
misterioso. Mientras el mdico peda misericordia al cielo, el sacerdote
se echaba en brazos de la ciencia.

* * * *

Lleg al cielo la plegaria? Obr la substancia qumica sobre el
organismo?

* * * *

De all a poco doa Ins comenz a mejorar, recobr la salud y fue de
nuevo durante algunos aos alivio de pobres y consuelo de tristes.

Los dos hermanos procuraron desde entonces no hallarse frente a frente.
Cada uno de ellos era poseedor del secreto del otro y ambos se sentan
avergonzados por aquel pasajero desfallecimiento que a nadie confesaron.

Quedoles el convencimiento de que en el mundo haba algo que les era
comn y propio por igual, algo que todo lo perturba y equipara: el
Dolor, deidad suprema que puede sembrar la duda en el espritu del
creyente y hacer que brote la esperanza en el pensamiento del incrdulo;
pero alejado el peligro renaci en su corazn la intransigencia, y ni
Luciano atribuy poder a su oracin, ni Marcelo crey en la eficacia del
remedio.




LOS FAVORES DE FORTUNA


I

No hay divinidad a quien se rinda culto ms sincero y universal que a la
Fortuna. Los hombres desde que empiezan a serlo, en lo que llaman edad
de la razn le consagran la vida. Fortuna en cambio con la esperanza les
atrae, con la codicia les excita, con la molicie les corrompe, o con la
soberbia les ciega, hasta que enseoreada de ellos, les deja unas veces
que realicen su ambicin y otras que satisfagan su apetito. Nadie la
desprecia sin que le llamen loco, a ninguno que la logra se le
considera necio; de unos se deja conseguir por la astucia, a otros se
somete por capricho, los ms se arrojan a conquistarla, los menos
procuran merecerla: es tal su perversin que gusta de que la tomen por
fuerza, y es tan grato su imperio y son tan dulces sus halagos que luego
de poseda no hay debilidad en que el animoso no incurra por
conservarla, ni fortaleza que el apocado no intente por no perderla. Sus
amantes son infinitos, y a ellos se entrega como cortesana que ni cuida
de escogerlos, ni piensa en lo que le sacrifican, ni estima lo que les
concede, ni repara en cundo se lo quita. Con unos parece que se
encaria desde que nacen, y les colma de dones toda la vida: a otros
sonre slo en la vejez para amargarles la muerte; y hasta ms all del
sepulcro llega su influjo, pues ni deja que sea cada cual llorado segn
su mrito ni reparte con justicia la gloria. No hay grande de la tierra,
por ensalzado que est, a quien no pueda poner ms en alto todava; ni
humilde, por bajo que se halle, a quien no sepa encumbrar sobre el
primero. Reparte sus dones unas veces complacindose en detenerse para
colmar deseos, y otras los deja caer a la carrera para que queden las
alegras truncadas y los placeres incompletos. Pasa estpidamente desde
la prodigalidad a la avaricia, y desde la esplendidez a la miseria: su
amor ciega, su desdn mata, a unos envilece, a otros trastorna; es la
eterna Dulcinea engaosa para nuestra locura, y encantada para nuestra
razn: niega lo que se le implora, da lo que no se le pide, todo lo
tiene, y todo lo derrocha. Slo dos cosas neg la Naturaleza a la
Fortuna, que ni puede hacer generoso al mezquino, ni consigue acallar el
remordimiento en la conciencia del malvado.


II

Pero ya no es Fortuna la gloriosa divinidad pagana que reciba culto en
las aras ceidas de mirto, ni recorre el mundo en una rueda, mostrando
desnuda la majestad de su hermosura: se ha hecho un palacio que es
centro y emporio de las grandezas modernas, y en vez de un santuario de
diosa habita un camarn de cortesana, donde por speras cuestas y
empinadas pendientes suben los que la solicitan echndose a la espalda
cuanto les pesa o les estorba. La ambicin les gua, el amor propio les
alienta, el egosmo les sostiene, la impudencia les basta, y entre los
riscos del camino se van dejando, sin sentirlo, la hombra de bien, la
amistad y el cario. Muchos emprenden la jornada: los ms se rinden,
pocos la terminan, y al llegar con el corazn helado por el fro de la
cumbre, se desvanecen con la altura, imaginando ver empequeecido y
diminuto lo que dejaron en el llano. Luego Fortuna les atormenta con
esquiveces, les engolosina con veleidades, y tanto se hace desear, o
pone tal precio a sus caricias, que algunos al conseguirla, echan de
menos lo que inmolaron por gozarla. Unos le sacrifican la honradez,
otros la fe; quin ahoga brutalmente la concienciar el que menos, pierde
por ella la vergenza. Es, en fin, la gran ramera de la vida, que se
resiste al esforzado, se entrega al ruin, a cualquiera se vende, y hasta
de largo en largo se deja conquistar por el bueno, convirtindolo en
blanco de envidiosos.


III

En cierta ocasin se enamoraron de Fortuna tres hombres: Carlos Tizona,
mozo de arrojo extraordinario, para quien la mejor razn era la espada:
el doctor Infolio, que sin ser viejo casi lo pareca de tanto haber
estudiado; y un tal Lepe, ltimo vstago de una familia proverbial por
lo lista. Tizona de todo era capaz, Infolio no ignoraba nada, y a Lepe
se le ocurra siempre lo mejor; de suerte que si las condiciones de los
tres se reuniesen en uno, fcilmente se hiciera seor del mundo. Eran,
por sus distintas facultades y por el grado en que las posean, la
personificacin de las tres potencias ms enrgicas y eficaces de la
vida: el valor, que nada teme; el trabajo, que de todo triunfa, y el
ingenio, que allana cuanto intenta.

Al enterarse, cada uno de ellos de que tambin amaban los otros a
Fortuna, falt poco para que vinieran todos a las manos. Tizona quiso
esgrimir la de su nombre, Infolio perdi la serenidad, y a Lepe le
descompuso la ira. Ya iban a reir, cuando este ltimo, en un instante
de lucidez les dijo de este modo:

--Por qu luchar y aborrecernos si an no sabemos en cul se ha de
fijar Fortuna? Seamos amigos, hasta que ella escoja, por lo menos; no
sintamos la envidia antes de que haya quien saboree el placer.
Emprendamos juntos la jornada, si queris, o siga cada cual la senda que
le acomode hasta llegar al palacio de Fortuna.

--Yo no voy con vosotros--grit Tizona sin ocultar su pensamiento--pues
s un atajo por dnde, si no me estrello, llegar enseguida.

--Yo--replic Infolio--quiero tambin ir solo, porque en largos aos de
trabajo he discurrido un mecanismo para subir las pendientes sin
esfuerzo.

Odo lo cual, aadi Lepe:

--Pues vaya cada uno por su lado; alguien he de encontrar que me lleve
en coche o a la grupa, que yo no subo andando.

Despidironse con la sonrisa en los labios, aunque odindose, y puesto
el pensamiento en su ambicioso propsito, emprendieron a hora distinta y
por diversos lugares el camino.


IV

Pas mucho tiempo, sin que ellos mismos pudieran precisar el nmero de
aos transcurridos: porque las esperanzas y fatigas les hicieron perder
la cuenta, hasta que una maana, cuando menos lo esperaban, al dar
vuelta a un recodo, se encontraron casi simultneamente en la esplanada
que rodeaba el alczar dnde viva la dama de sus pensamientos.

Lepe lleg el primero, y al parecer de buen humor, pero con los labios
plegados por una sonrisa de incredulidad que daba pena; Infolio era un
anciano achacoso, gastado e impotente para gozar lo que soaba; Tizona
traa melladas las armas, el cuerpo cosido a cicatrices, y alguna herida
fresca todava.

Saludronse ceremoniosos, sin mostrarse simpata ni sentir rencor:
ninguno pregunt a los otros la historia de su viaje, y como Dios o el
diablo les dieron a entender, procuraron entrar en el recinto
misterioso.

Tizona, viendo cerradas las verjas, a riesgo de matarse, escal una
ventana: Infolio, dijo tan admirables cosas propias y ajenas,
colocndose ante la puerta, que sus hojas, dejndole paso, se abrieron
solas, y entonces Lepe se col dentro astutamente.

A los pocos momentos estaban en la antecmara del dolo. Slo les
separaba de l una cortina sutil e impenetrable, que cayendo desde la
techumbre hasta el suelo, semejaba el velo de un lugar sagrado.

Ninguno se atrevi a descorrerla, y absortos de estupor, febriles de
impaciencia, esperaron, fija la vista en los amplios pliegues que ponan
estorbo a sus deseos.

De pronto, se abrieron los paos como rasgados de alto a bajo, y dejaron
ver un instante el mbito de la estancia que ocultaban. El santuario de
Fortuna era una alcoba. Hacia el fondo son el estallido desigual de un
beso doble, y enseguida, sali tranquilamente un hombrecillo
insignificante, fecho, pequeuelo y vulgar, que con aire de triunfo
vena estirndose los puos y acaricindose la barba. Entonces los que
esperaban se avalanzaron hacia l entre humillados y rabiosos gritando y
preguntndole a grandes voces:

--Profanacin!

--Quin eres?

--Por dnde has subido?

Mientras el feliz mortal, mirndoles sin comprender su indignacin,
responda con la mayor frescura:

--Soy Perico Mediano, y he subido por la escalera de servicio.




LAS PLEGARIAS


I

Al dar la una y media comenzaron a despedirse los contertulios: a las
dos slo quedaban en el magnfico saln los dueos de la casa, marido y
mujer, ambos jvenes, hermosos y al parecer felices: l se puso a leer
un peridico de la noche y ella se entretuvo escribiendo con un lpiz de
oro al dorso de una tarjeta las visitas y compras que pensaba hacer al
da siguiente.

Despus hablaron un rato de cosas de poca monta, y, por fin, ella,
levantndose de pronto, le dijo mirndole amorosamente:

--Me voy a recoger el pelo. Tardars?

--Acustate. Enseguida voy.

Luego de retirarse la dama, el hombre pas del saln a su despacho, que
era la habitacin contigua, y oprimiendo un resorte oculto entre los
cortinajes, dio luz a las lmparas elctricas.

Los muros estaban cubiertos de verdaderos tapices gticos, los estantes
llenos de buenos libros, en un testero haba un magnfico retrato de
familia a cuyos lados brillaban dos panoplias de armas antiguas, y en
otro lienzo de pared destacaba sobre el fondo multicolor y borroso del
tapiz un santo pintado por Zurbarn. Cuanto all haba era prueba de
exquisito gusto, cultura y riqueza bien empleada. Indudablemente el lujo
de relumbrn, las antiguallas falsificadas y los caprichos absurdos
impuestos por la moda, no tenan entrada en aquella casa.

Sentose el caballero ante la mesa, sac de un cajn una cartera, y tras
consultar rpidamente varios papeles, apunt, poco ms o menos de este
modo, lo que se propona hacer al otro da:

Carta al administrador de Terrones para que perdone la mensualidad a
los colonos perjudicados por la nube del mes pasado, y les d lo
necesario para la siembra.--Al mayordomo de Valhondo que libre de
quintas al hijo del guarda.--Decir al ministro que no voto a favor de la
desviacin del canal, porque no conviene a los intereses de aquellos
pueblos.--Mandar, segn costumbre, lo que haga falta en el Monte para
desempear las herramientas de trabajo y mquinas de coser cuyas
papeletas venzan este mes.

Todo lo cual indicaba que aquel rico mereca serlo.

Despus guard la cartera, cerr el cajn, y recostndose en el silln,
permaneci largo rato ensimismado y como abstrado por sus pensamientos.

Poco a poco fue dibujndose en su rostro un gesto de inexpresable
amargura, luego dobl la cabeza sobre el pecho, y enseguida, enderezando
a Dios el pensamiento, dijo mentalmente de este modo, no con palabras
aprendidas de memoria, sino con aquellas espontneas y sinceras razones
que, inspiradas en verdadera piedad, no pueden menos de llegar a dnde
van dirigidas:

Un da ms... y un da menos! No he hecho mal a nadie, y he procurado
algn bien. Permteme, Seor, que pueda decir lo mismo maana. No
faltndome tu favor, estoy seguro de mi voluntad... Me has hecho rico,
es decir, depositario de lo que destinas a los pobres, y al remediar los
males del prjimo imagino cumplir tus mandatos. No me desprendo de nada
mo, sino que doy a cada cual lo que quieres que sea suyo; si ms me
dieres, ms distribuira; y si de todo me privases, mi nico dolor sera
ver desdichas sin poder remediarlas... Por T he comprendido que la
verdadera sabidura estriba en combatir odios y sofocar rencores:
procuro ser justo; pero no me has hecho feliz. T sabes lo que falta a
mi dicha. Te pido un hijo. Quiero tenerlo para que aprenda a ensalzarte
como Te gusta ser ensalzado, que es sometiendo la maldad a la justicia,
acercando la compasin al dolor; y quiero tambin ser padre, porque no
es bueno que se seque el rbol sin dejar retoo. Mi esposa me ama tanto
como yo a ella, pero nuestro lecho es estril. Seor! Dame un hijo para
que te ame con dos vidas y te sirva con dos voluntades.

De pronto son a lo lejos una voz femenina que llamaba cariosamente; el
caballero apag la luz, y a oscuras, andando a tientas, que es como el
hombre camina hacia la felicidad, sali en busca de su mujer.


II

Vara la decoracin y son otras las personas.

En un miserable sotabanco habita un matrimonio pobre. El marido fue
empleado y qued cesante sin auxilio, amparo ni valimiento; la mujer,
que era menestrala, enferm durante el primer embarazo y fue despedida
del taller: rpidamente pasaron de la escasez a la pobreza y de la
pobreza a la miseria; pero como eran jvenes y se queran mucho, nada
contuvo su pasin. En seis aos de matrimonio tuvieron otros tantos
hijos.

* * * *

La noche era horrible: los vidrios rajados o mal juntos dejaban paso al
fro por roturas y resquicios: no haba rescoldo en el fogn, ni cisco
en el brasero, ni provisiones en la alacena, ni casi ropas en las camas,
porque el carbonero ya no fiaba, ni el tendero se compadeca, ni el
prestamista devolva las mantas sin que le pagasen lo estipulado; y los
pequeuelos lloraban y los mayorcitos pedan pan, mientras los padres se
miraban silenciosa y desesperadamente, ya pronto el hombre a toda maldad
y dispuesta la mujer a todo sacrificio.

Ms tarde, cuando el marido se fue a acostar, renegando de Dios y
maldiciendo de los hombres, ella dio un beso a cada nio, y enseguida,
postrndose de rodillas ante una grosera estampa de Cristo pegada en la
pared, comenz a orar entre dientes.

Rez primero el Padre Nuestro, luego el Credo despus muchas Salves y
Ave Maras, cuanto aprendi de nia sin saber lo que significaba, y por
ltimo, buscando en las reconditeces de su alma acentos propios,
inspirados en la magnitud de su desventura; dijo alzando los ojos y
clavndolos en la estampa: Seor! Piedad, misericordia! Que no se
mueran estos nios! Pan, nada ms que pan!--Y dejando caer la cabeza
sobre el asiento de una silla que tena delante, permaneci en oracin
largo rato, hasta que el marido la llam desde el jergn que les serva
de cama, diciendo:

--Ven, hija, ven y trae cualquier cosa para arroparnos, que aqu no se
puede parar de fro.


III

En los altos cielos, espacios eternamente misteriosos y negados por
siempre al pensamiento humano, all donde solo llegan los desvaros de
la imaginacin y los arrobos de la fe, resonaban dos voces de acento
sobrenatural y prodigioso. La una era majestuosa, imponente y dulce
sobre toda ponderacin; la otra era voz humana, dignificada y
ennoblecida por la santidad.

--Pedro!--dijo la primera.

--Seor--repuso con humildad la segunda.

--Hay algo?

--Lo de siempre. Peticiones de la ambicin, exigencias de la codicia,
vanidades del amor propio, arrogancias de la soberbia, desafueros de la
maldad, sollozos de dolor y bostezos de hambre.

--A esos hay que atender primero.

--Seor, es que son muchos los que piden y pocos los que agradecen.

--No importa. Coge a manos llenas los bienes y djalos caer sobre los
limpios de corazn.

* * * *

Pasado algn tiempo, el matrimonio rico hered una considerable fortuna
que acreci la suya. Fue aquello como golpe de agua que, dejando acaso
estril la llanura, engrosa el caudal de otra corriente: y en el hogar
del matrimonio pobre naci el sptimo hijo.

Los afortunados no agradecieron lo que les sobraba, y los infelices casi
maldijeron lo que no haban pedido.

* * * *

Entonces resonaron de nuevo en las alturas las voces misteriosas:

--Pedro!

--Seor!

--Mis rdenes se cumplen mal--dijo la voz de imponente e inefable
dulzura--a pesar de mis bondades suben de la Tierra lamentos de dolor
que mueven a piedad.

--Los del planetilla revoltoso no hacen ms que pedir. Nadie quiere
penar; todos creen merecer. Ninguno acepta su misin fatal e ineludible,
ni se resigna a cumplirla. Imaginan que la vida debe ser la felicidad,
cuando es slo ocasin de conseguirla.

--Es que yo no soy el Destino ciego, sino la Providencia bondadosa.
Felices! Por qu no han de serlo? En verdad te digo que el hombre no
comprender nunca la majestad del dolor. De hoy ms, a quien pida con fe
para obrar con caridad, dsele todo. Hay que reorganizar este
negociado.




EL NIETO


El general don Len Bravo de la Brecha y Prez Esforzado, dcimo cuarto
conde de la Algarada de Lucena, primer marqus de Durobando, noble hasta
la mdula de los huesos, senador por derecho propio, modelo de
caballeros, carcter de acero y corazn de oro, feo de rostro y
hermossimo de alma, era hombre que hacindose querer inspiraba respeto,
mas en tal grado religioso, autoritario y linajudo, en una palabra, tan
montado a la antigua que pareca la viva encarnacin de todos aquellos
ideales que cumplida su misin en la vida, van quedando honrosamente
almacenados en la historia por la inflexible mano del tiempo.

A bueno nadie le ganaba, a severo le aventajaban pocos, y en punto a
reaccionario no haba quien le igualase. Fue feliz durante casi toda su
vida, porque la Fortuna le halag propicia, siendo para l en la
juventud novia cariosa, en la edad viril mujer amante y luego sumisa
compaera; nicamente en la vejez, cuando crea tenerla ms sujeta,
comenz a mostrrsele rebelde, como hembra cansada de ser fiel mucho
tiempo.

El general vea con pena que cuanto ampar con su prestigio y cuanto
defendi con su espada se iba desmoronando. La fe se bastardeaba
convirtindose en devocin superficial y mundana; las clases sociales se
fundan derretidas por la fiebre del oro; el principio de autoridad
ceda en vez de resistir; todo lo que l consider esclarecido y alto
tenda a oscurecerse y caer, todo lo vil y bajo a brillar y subir; lo
poco antes calificado de utopia era casi realidad, los sueos se hacan
tangibles y a las amenazas se responda con reformas; lo que en su
mocedad se dominaba a tiros, ahora se arreglaba con frmulas.

Su mayor pena, su disgusto ms hondo consista en ver a su propio hijo
participar de las ideas nuevas y sentarse como diputado en los bancos de
una minora liberal apoyando las que l llamaba soluciones avanzadas, y
al pobre viejo le parecan herejas contra lo ms santo y ataques a lo
ms respetable.

Por mucho que cavilase, no se daba cuenta de cmo aquel hijo, educado
por padres escolapios, haba salido volteriano hasta votar la tolerancia
religiosa e importarle un bledo que el Papa estuviese cautivo. Cuando le
oa afirmar que era monrquico y enseguida que la idea de Patria no es
consustancial con la monarqua, se le llevaban los demonios, y
finalmente a punto estuvo de desheredarle sabiendo que durante las
elecciones asisti a una reunin de distrito donde solicit el voto de
lo descamisados.

Mas como todo est compensado en la vida, la amargura ocasionada por
aquellas ideas del hijo tena contrapeso y hasta recompensa en lo que
prometa el nieto.

Siete aos acababa de cumplir Pepito y por sus tendencias dominadoras,
por su carcter resuelto y su geniecillo voluntarioso indicaba que haba
de parecerse, no a su padre, sino a su abuelo. El general experimentaba
impulsos de ternura, nunca sentidos, escuchando referir o presenciando y
oyendo rasgos y respuestas del chico, que no pasaban de meras
insolencias infantiles y que a l se le antojaban claros indicios de
ideas sanas, principios severos y voluntad enrgica.

Pepito era indudablemente a sus ojos un caso notabilsimo de atavismo.

Los procedimientos de fuerza le encantaban. En vez de pedir merienda la
coga del aparador: espritu de conquista, deca el general. Agradbale
sobre manera ir limpio, bien vestido y majo: gustos aristocrticos,
pensaba el buen seor. Una vez en la calle, viendo reir a dos
muchachos, y caer debajo al ms dbil, se arroj a su defensa: clara
muestra de comprender la misin de su nobleza. Finalmente, un da en una
tienda donde su madre regateaba unos juguetes, Pepito llam ladrn al
comerciante: horror al mercantilismo imagin el abuelo.

Para que tan brillantes disposiciones y facultades no se debilitaran ni
maleasen en la viciosa confusin de un colegio ni al contacto de malas
compaas, el general, desconfiando del criterio y carcter de su
propio hijo, resolvi encargarse de la educacin del chico: y no
pusieron los reyes de Francia ms cuidado en buscar maestro a un Delfn
que puso l para admitir preceptor a su gusto.

Tras muchas cavilaciones, previos respetables informes y seguro de sus
buenos antecedentes, recay la eleccin en un capelln profundamente
religioso, de intachable moralidad y lo bastante conocedor del mundo
para dirigir los primeros pasos de un nio a quien su linaje y fortuna
tenan reservado puesto seguro y distinguido en el banquete de la vida.

Quiero--le dijo el general--que sea hombre de bien, capaz de grandes
cosas, enemigo de las pequeas... y aunque no ha de cantar misa, ni hace
falta que se coma los santos, muy religioso. Nada de beateras: espritu
religioso, temor de Dios y amor al prjimo. Cristiano de verdad! En
fin, que sea todo un hombre!

El capelln--nadie le llamaba por su nombre en la casa--era lo que se
deca hace cincuenta aos un buen maestro: tal vez algo duro; ms amigo
de hacerse temer que estimar; antes partidario de ensear lo que saba
que de inspirar amor al estudio; con ideas fijas vaciadas en la antigua
turquesa donde se fundi la sociedad de nuestros abuelos; seguro de lo
que tena por bueno; irreconciliable con lo que juzgaba malo; ilustrado,
pero intransigente; bueno, pero fantico.

Pepito aprendi de sus labios algunas cosas que son verdades eternas;
otras que en su tiempo lo fueron, y muchas que no lo han sido nunca; mas
todas, al parecer, sujetas y enlazadas por maravilloso espritu de
unidad. Adaptndose a la tierna imaginacin propia de la edad del nio,
hzole considerar la ciencia como trabajo humano que pugna por acercarse
a lo divino; el arte como emanacin y resplandor de lo bueno; la
historia como inmenso campo al travs del cual marchan las razas
guiadas por Dios a su destino; y la vida como valle de amarguras en que
para las ms acerbas lgrimas y los ms intensos dolores hay consuelo
cuando, poniendo el pensamiento en lo alto, quieren ser caritativo el
poderoso, agradecido el miserable, sensible el fuerte, humilde el dbil,
y todos esperanzados en la justicia del Seor.

Poca era la edad del nio, mas tales la inteligencia y la claridad con
que se expresaba el capelln, que el discpulo prometa honrar al
maestro. Varias veces examin el general a Pepito; en ms de una ocasin
le hizo preguntas, al parecer inocentes, en realidad encaminadas a ver
el cauce por donde iban sus inclinaciones; y siempre qued, aparte
pasin de abuelo, que es padre doble, maravillado del instinto con que
se asimilaba cuanto trascendiese a hombra de bien y sentimiento de
justicia.

--Qu aguinaldo quieres, monn?,--le dijo pocos das antes de Navidad.

--Un nacimiento--repuso el chico.

Su abuelo fue con l a Santa Cruz, le dej escoger cuanto quiso, pag
contento, qued el nio gozoso, y dos criados trajeron a casa el peasco
lugar de la sagrada escena y la banasta llena de figuras de barro que
haban de representarla.

Al da siguiente, gracias a la febril actividad del nio y mediante
algunos consejos del capelln para que pusiese cada personaje en su
sitio, qued el nacimiento colocado sobre una gran mesa en el cuarto de
estudio. Nunca vieron ojos de muchacho cosa tan bonita. Qu _propio_
estaba!

El peasco, que tena ms de dos varas en cuadro, figuraba una serie de
cerros hechos con corcho y cartn piedra, dispuestos en caprichosos
declives con las cimas cubiertas de nieve y en la parte baja serpeados
por un arroyuelo de agua verdadera que vena a morir en un estanque con
surtidor, de hoja de lata. En un picacho estaba el depsito y para
ocultarlo vease agrupado en torno del monte el casero de cartn que
finga ser la ciudad de Beln, sobre cuyos minaretes de cartulina
ondeaba la bandera espaola. Por unos vericuetos en que el vidrio molido
haca papel de escarcha, venan en sendos camellos sus reales majestades
Gaspar, Melchor y Baltasar, seguidos de abigarrada servidumbre; al borde
del arroyo haba un grupo de, lavanderas; en un altillo, junto a la
hoguera de talco en que se frean las migas, los pastores apacentaban
las ovejas de patitas de alambre, mientras los pavos de abermellonada
cabeza y peana verdosa destacaban sobre el musgo aterciopelado y hmedo.
De entre un macizo de follaje sala una pareja de guardia civil, cuyos
tricornios enfundados de blanco casi llegaban al campanario de una
torre, y en la fachada de un ventorrillo de cartn se lea la palabra
_vino_. El portal de Beln era grandiosa fbrica greco-romana de corcho
con sus columnas estriadas: dentro estaba el pesebre guarnecido de
verdadera paja y sobre ella el Nio Jess enteramente desnudo y boca
arriba, a sus lados el buey y la mula esculpidos con rigidez hiertica,
y delante, colocados en adoracin, San Jos con traje amarillo, y la
Virgen con manto ms brillante y rojo que un pimiento, ambas cabezas
coronadas por descomunales resplandores en que se haban derrochado
panes de oro.

Pastores con pellicos de algodn en rama bailaban ante la Sagrada
Familia, en tanto que otros rendan al suelo la carga de sus ofrendas, y
del centro del frontn penda la estrella de rabo, casi de tamao
natural, tan cuajada de ngulos y facetas que era maravilla de los ojos.
Luego, por todas partes cindolo y adornndolo todo, ramas de palmera,
de espino, de abeto, de tomillo, de tuya, de romero, grandes trozos de
musgo y un sinnmero de velitas y candelas amarillas, rojas, blancas y
verdes, de cuyas llamas se desprenda un humo tenue y vaporoso, que
envolva el conjunto en una neblina misteriosa y potica...

Cuando el general vio el nacimiento, falt poco para que cogiese un
rabel: si no lo hizo fue porque no quedara mal parado el principio de
autoridad.

A la tarde siguiente, Pepito sali de paseo con su madre. Cuando volvan
oy llorar en el patio a uno de los chicos del portero y pregunt la
causa.

--Envidia, nada ms que envidia... seora--dijo dirigindose a su ama el
criado adulador:--mis chicos han visto subir el nacimiento y se han
emberrenchinado en que les compre muecos.

La dama, sin hacer caso, subi lentamente la escalera y Pepito la sigui
en silencio, con la cabecita baja y las manitas a la espalda, sintiendo
cosas que no poda comprender, como un filsofo chiquitn.

De pronto, al llegar al recibimiento, ech a correr hacia su cuarto, y
pocos momentos despus baj al portal por la escalera de servicio,
llevando una cesta cuyo contenido ocultaba cuidadosamente.

A la noche, terminada la comida, el general quiso ver de nuevo el
nacimiento por gozar con la alegra del nio.

La decepcin fue horrible. El nacimiento estaba encendido; pero a pesar
de las luces, triste y despoblado. Pareca que los muecos de barro
haban huido al sentirle llegar: faltaban ms de la mitad. Los reyes
magos reducidos a dos; de la pareja de civiles, un nmero; la mula del
pesebre, ausente; los borregos, pastores y zagalas, en cuadro; el
casero de Beln, medio derribado para arrancar algunas fincas, y oh
cosa inverosmil! San Jos permaneca junto a su divino hijo, mas la
Virgen haba desaparecido.

--Pepito!! Qu ha pasado aqu?--grit enojado el abuelo.

El nio se present cabizbajo, pero sin miedo; no muy contento, pero
sereno.

--Qu es esto? Has roto ya todo lo que falta? Es ese el aprecio que
has hecho?...

--No he roto nada--repuso Pepito.--Los chicos de abajo lloraban mucho
porque no tenan nacimiento... y les he dado la mitad. No me estn
diciendo a todas horas y en todas las lecciones que todos somos hijos de
Dios, y que Dios da a los ricos para que den a los pobres? Pues ya est
hecho... aunque no me compres ms.

El general cogi a su nieto, alzndolo hasta s, le dio no un beso sino
un abrazo, como si fuese un hombre, y sali del cuarto juntamente
enternecido y pesaroso.

--Qu tiene usted?--le pregunt su hijo al verle entrar en el despacho
con los ojos llorosos.

--Tengo... tengo que t me has salido liberal y, a pesar de los
pesares... tu chico me ha salido socialista.




DICHAS HUMANAS


A la parte de Oriente, por cima de las arboledas del Retiro, comienza a
despuntar el da, desvanecindose y borrndose el lucero del alba en una
faja de luz plida y blanquecina, que se dilata y extiende poco a poco
en el espacio.

Los faroles estn apagados, los serenos se han ido, las buoleras no han
llegado, las tahonas estn cerradas, las tabernas no se han abierto, y
un norte glacial barre las aceras, arremolinando en los cruces de las
calles las hojas secas, el polvo y los papeles. Se oyen de cuando en
cuando los pasos rpidos de alguien que ha trasnochado por necesidad o
por vicio; suenan a lo lejos las campanas de maitines en la torrecilla
de un convento, y tras las vallas de un solar convertido en corral,
lanza un gallo su canto bravo y vigoroso, como si estuviera en el
campo.

De entre las sombras que van desvanecindose surgen las lneas y la mole
de una casa magnfica, casi un palacio, con jardn a la iglesia, ancho
portaln y verja de remates dorados. Dos balcones del piso principal
estn interiormente iluminados por un resplandor medio amarillento,
medio rojizo, formado por las llamas de la chimenea y la luz de una gran
lmpara con enorme pantalla de seda color de oro. Desde la calle no se
ven ms que los huecos baados en claridad misteriosa, los cristales de
una sola pieza y los visillos de muselina, en cuyos centros campean
cifras artsticas de letras entrelazadas.

La habitacin es suntuosa. Hay en ella muebles soberbios, telas
rarsimas, cuadros con firmas de maestros, retratos admirables, plantas
exticas criadas en la atmsfera tibia del invernadero, jarrones,
japoneses decorados con cigeas de plata que vuelan en paisajes
fantsticos, alfombras en que los pies se hunden y araas de vidrios
multicolores, donde centellean en temblor irisado los reflejos, de la
chimenea. La riqueza y el buen gusto parecen haber reunido all todos
los primores del lujo moderno.

Sentado junto a un veladorcito, donde an se ven el servicio de t, todo
de plata, dos barajas francesas y un sortijero lleno de horquillas y
pulseras, hay un hombre joven, de arrogante figura, que est haciendo
nmeros con un lpiz en una cuartilla de papel.

* * * *

* * * *

Por la esquina que forman dos calles, desemboca un mocetn descalzo,
cubierto de harapos asquerosos. Lleva a la espalda un saco, y en la mano
un palo, que tiene en la punta un largo clavo retorcido, con el cual, de
cuando en cuando revuelve los montoncillos de basura que hay formados
ante las puertas junto a los bordes de la acera. Otras veces se pone de
rodillas, escarba con las manos y va metiendo en el talego restos,
desperdicios y sobras de mil cosas distintas. Al creciente claror del
da su figura comienza a dibujarse. Es joven, robusto, gil, pero
repugnante por lo sucio y lo feo. Tiene las prendas con que se cubre,
destrozadas y llenas de remiendos, la gorra reluciente de mugre, las
manos guarnecidas por escamas de roa, los ojos legaosos y el bigote
quemado de apurar colillas; todo l es seboso y hediondo. Sus compaeros
le llaman Pachn el _Guarro_.

Al llegar frente a la casa lujosa, se sienta en la acera y poco a poco
va sacando algo de lo que ha recogido aquella noche, para separar lo
que haya de vender de lo que quiera guardar.

De pronto se oyen a lo lejos pasos de alguien que viene corriendo,
arrastrando en chancleta los zapatos, y por la esquina inmediata aparece
una chica de veinte aos, fesima. Es cabezorra, llana de cogote y algo
bizca; tiene el pecho voluminoso y cado, como pasiega harta de criar,
el rostro rojizo, el cuello negruzco, y el trozo de carne, que pudiera
ser nariz, desformado y torcido, como si guardase recuerdo de un
tremendo puetazo. Lleva puesta falda de percal que fue azul, por entre
cuyos jirones, jams cosidos, deja ver un refajo amarillo en sus buenos
tiempos, toquilla de estambre rosa convertida en pauelo de talle, y a
la cabeza otro pauelo de seda verde, bajo el cual desbordan en mechones
compactos y casposos los rizos negros, vrgenes del peine. En la mano
derecha lleva tambin un saco y en la izquierda una cesta que tiene en
vez de asa un trozo de soga retorcida: all trae una jcara sin asa, un
borln de darse polvos de arroz, un ojo de vidrio cado de un animalucho
disecado, una rueda de butaca y la tapa de una caja de dulces adornada
con un ramito de azahar artificial.

Aquella mujer es la _Mona_. Pachn el _Guarro_ casi parece junto a ella
un seorito.

Al verla acercarse, dice l:

--Qu traes, paloma?

--_Na_: lana sucia, una jcara, tres latas chicas y dos peras pochas.

--Gurdalas _pa_ madre. Y papel?

--Como un par de kilos.

--Y tabaco?

--Eso s, toma.

Y la _Mona_ sac de la cesta el fondo de una escupidera de cristal rota,
con lo menos diez colillas de puro..

--Son habanas; stas se lavan y _pa_ m: _u_ sin lavarlas!--dijo
sonriendo Pachn.

--Entonces _pa t, pa_ mezclar. Y t, que has _pescao_?

--Mira.

El _Guarro_ vaci entonces todo el contenido del talego, y sobre las
losas de la acera quedaron desparramados cien objetos imposibles de
definir. All haba de todo, reducido a nada; piezas de hierro con
empleo desconocido, botones sin asa, escarpias sin punta, hebillas sin
pincho, una regadera abollada, media petaca, un muelle de reloj, puchos
recortes de trapo, dos carretes sin hilo y una zapatilla grande, vieja,
de raso azul bordada de oro y con tacn Luis xv.

--Y la otra?--pregunt ella.

--No ha _pareci_; pero mira!

El _Guarro_ sac de la chaqueta con aire de triunfo, media cucharilla de
plata.

--Qu valdr eso?

--Seis _u_ siete _rales_.

--Pues al caf.

Recogieron el fruto de su trabajo, dividironse en los sacos el peso, y
atravesando barrios enteros, despus de matar el gusano en una taberna,
fueron a salir por rondas y afueras ms all del Cristo de las Injurias.

El trmino de su viaje fue una esplanada de estercoleros, rodeada de
desmontes, donde se alzaban varias barracas hechas de tablas, puertas de
restos de derribos, mostradores viejos, esteras, persianas, grandes
trozos de hule, muestras de tiendas y toldos de carro, todo ello
recubierto, guarnecido y como blindado con latas de petrleo deshechas y
claveteadas, que la lluvia y el xido haban jaspeado de manchas
rojizas, semejantes a una erupcin de sangre seca.

Entre las barracas corra un arroyo de aguas sucias que se desbordaban
al chocar con un perro muerto e hinchado, y en distintos sitios se vean
grandes montones de trapo, ferretera de desecho, rejas desbaratadas,
llantas de carros, pilas de ventanas sin vidrios y huesos de animales.

La ms asquerosa de aquellas viviendas era la del _Guarro_ y la _Mona_.

Para entrar tuvieron que agacharse. En lo interior haba muchas
estampitas de cajas de fsforos pegadas con pan mascado a un biombo que
haca de pared, un hornillo de barro puesto sobre una banqueta de piano
que conservaba restos de damasco amarillo, y un cofre sin tapa lleno de
suelas de calzado que despeda un hedor insufrible.

Haba tambin un descomunal montn de recortes de pao, alfombras
viejas, orillos de lana y pieles de conejos. Aquella era la cama de
matrimonio y en ella se tumb el _Guarro_, echando las piernas a lo alto
como quien se regodea con el descanso bien ganado.

La _Mona_ se le qued mirando embelesada, llenos los ojos de pasin
como una bestia enamorada.

Cunto ms le miraba, entre brutalmente apasionada y sinceramente
pudorosa, ms fea se pona; pero a l debiole parecer hermosa y
codiciable como a Salomn la Reina de Saba, porque con voz melosa le
dijo:

--Paloma!

La _Mona_ quiso tenderse a sus pies sobre el montn de trapos para
velarle el sueo destripando colillas y hacindole pitillos, pero l
volvi a llamarla como un animal a su hembra.

--Paloma ma!

* * * *

* * * *

En la chimenea de la casa lujosa slo quedaban cenizas; la llama de la
lmpara palideci ofuscada por la luz del da, que comenz a juguetear
con las cosas, arrancando reflejos al oro de los marcos, a los cristales
de los espejos, a los ncares de los mueblecillos maqueados y a los
flecos de seda.

El caballero joven que haba pasado la noche haciendo nmeros, sumas y
restas, dej caer la cabeza sobre el pecho, agobiado de cansancio y de
pena. Luego, levantndose, fue hacia la cama donde dorma la mujer
hermosa. Ella, al orle acercarse, despert tendindole los brazos. Su
admirable cuerpo se model como una estatua viva bajo la colcha de seda,
mientras l conservando en la mano el lpiz y el papel, dijo con
profunda amargura, sin sentirse atrado por el cario y la belleza:

--Estamos perdidos: hay que quitar el coche!




EL MILAGRO


Damin y su mujer Casilda, l de cuarenta y cinco, y ella de algunos
menos, tenan en el barrio fama de ricos, y sobre todo de roosos. No se
les poda tildar de avaros, pues en vivir bien, a su modo, gastaban con
largueza; pero la palabra prjimo era para ellos letra muerta.

Delataban su holgura la bien rellena cesta que su criada Severiana les
traa de la compra, la costosa ropa que vestan, y algn viaje de
veraneo que, aun hecho en tren botijo, era mirado por los vecinos como
rasgo de insolente lujo. Adems, con cualquier pretexto, disponan
comidas extraordinarias o se iban un da entero de campo con coche que
les llevara a los Viveros o El Pardo, y esperase hasta la puesta del
sol, trayndoles bien repletos de voluminosas tortillas, perdices
estofadas, arroz con muchas cosas, magras de jamn y vino en abundancia.

De estos despilfarros solo protestaba la vecindad con cierta disculpable
envidia: lo malo era que marido y mujer no coman ni se iban de campo
solos, como recin casados o amantes de poco tiempo, sino que siempre
les acompaaban dos hermanos, Luis y Genoveva, de los cuales el primero
cortejaba a Casilda, mientras la segunda bromeaba con Damin: si el tal
cortejo era platnico y las tales bromas inocentes, ellos lo sabran;
pero un conocido que les vio merendando ms all de la Bombilla, deca
que _aqullo_ era un escndalo, que cuando les sorprendi, Luis tena a
Casilda cogida por la cintura, y que Genoveva retozaba con Damin.

En cambio, haba en la casa donde vivan, gentes, peor enteradas o menos
maliciosas, para quienes nada pecaminoso manchaba aquellas amistades,
las cuales explicaban diciendo que Luis y Genoveva eran dueos de una
cerera; que Casilda y Damin eran exageradamente devotos, tanto, que
gastaban mucho dinero en alumbrar los altares, y finalmente, que de esta
suerte, unos a fuerza de vender y otros de comprar cirios y velas,
llegaron a ser amigos ntimos. Replicaban los maldicientes que el gasto
no pasaba de ser un medio indirecto de favorecer a los dos hermanos, y
que no en cera inspida, sino en miel dulcsima, estaban fundadas
aquellas relaciones.

Lo que nadie poda negar era la piedad, el fervor, la devocin de
Casilda y Damin. Antes faltaba en la iglesia el campanero que ellos a
or una de las primeras misas, cundo no la del alba; confesaban y
comulgaban todas las semanas; de cuando en cuando hacan ofrendas en
metlico para mayor boato del culto; vestan a los santos, y hasta
solan llevarse a su casa ropa de altar y sacrista, devolvindola
limpia, planchada y rizada primorosamente. Pero fuera de luces para la
iglesia y obsequios a sus amigos, que no les hablasen de sacar dinero
del bolsisillo, como no fuese en provecho y regalo propio; jams
prestaron un duro, ni dieron un perro chico; no conocan el favor, sino
por pedirlo, ni la limosna, sino por saber que otros la hacan.

Quien hubiera podido retratarles de cuerpo entero era Severiana, la
criada, infeliz mujer obligada a servirles y aguantarles por la ms
triste de las causas.

Y pobre de ella como Damin y Casilda llegaran a enterarse! De fijo la
despediran sin compasin ni remordimiento.

Buenos eran, tratndose de ciertos pecados!

En la casa donde antes estuvo Severiana fue seducida por el amo, que la
despidi brutalmente huyendo luego de Madrid, en cuanto supo las
consecuencias de su pasajero capricho. La pobre muchacha tuvo una nia,
y en vez de llevarla a la Inclusa, como algunas conocidas le
aconsejaron, se la confi a una parienta que la cuidase, ofreciendo en
cambio matarse a trabajar para pagar las mesadas. Desde entonces, como
lo que Severiana ms tema era quedarse desacomodada, no haba
impertinencia que no sufriese ni fatiga que no soportara. Era una criada
modelo, sumisa, respetuosa, incansable y callada. Lo haca todo; primero
los menesteres vulgares de la casa, teniendo las vasijas de la espetera
como si fueran de oro, y los muebles como si fuesen nuevos; luego ayudar
a Casilda en la costura; lavar y planchar lo que traa cada semana de
la iglesia; y por ltimo, para captarse sus simpatas y las de su
marido, se encarg del _nio_.

As, familiarmente, ni ms ni menos que si fuese pariente suyo, llamaban
marido y mujer a un nio Jess que tenan en el gabinete, colocado sobre
una antigua mesa de hierros y patas torneadas, con un monumental florero
de trapo a cada lado, y una lamparilla delante. Era de tamao natural,
hurfano en absoluto de valor artstico, pero les pareca notabilsimo,
y sobre todo, _muy propio_: el marido aseguraba que era talla de Alonso
Cano; la mujer se lo atribua a Juan Sebastin El Cano, y ambos crean
recordar que un ingls pretendi comprrselo a peso de oro a la ta de
quien lo heredaron.

Representaba cuatro o cinco aos, estaba en pie, sin ms traje que una
camisilla muy almidonada, tena tras la cabeza un sol de metal blanco,
la mano derecha extendida con el ndice y el dedo de corazn muy
tiesos, como bendiciendo a las gentes, y en la izquierda sostena un
globo azul salpicado de estrellas: el pelo rubio, muy ensortijado, los
ojos intensamente azules, sin vida ni expresin, semejaban enormes
cuentas de vidrio, las pestaas recias y mal puestas, como cerdas, la
boca una mancha abermellonada, y las carnes tan sonrosadas, tirando a
rojizas, que parecan de mueco para estudio anatmico; toda la figura,
en fin, exenta de la divina gracia y dulce poesa que debiera tener.

Severiana, que recordaba haber visto en su lugarejo uno por el estilo,
le cuidaba y atenda cual si fuera de carne y hueso: su espritu
inculto, pero delicado, estableca una relacin misteriosa entre aquel
Jess y su nia. Eran poco ms o menos de igual altura: l, a pesar de
las malas pinturas, y ella, a pesar del descuido y desalio que la
afeaban, sonrean con dulzura inefable: el Hijo de Dios calumniado por
un artista rampln y la criatura abandonada por un padre infame,
despertaban en el entendimiento de la pobre criada sensaciones anlogas
y dulcsimas: cuando abrazaba a la nia se le vena Jess ante los ojos,
y al rezar a los pies de la escultura su imaginacin volaba hacia el
fruto de sus entraas, creyendo ver purificada por mediacin de la
sagrada imagen la falta cometida.

La verdadera creyente, la devota sincera de aquella casa era Severiana:
sus amos pagaban el aceite, pero ella encenda la lamparilla, cuidando
de que ardiera constantemente, levantndose a veces durante la noche
para orar de rodillas, mientras cerrando los ojos crea ver el miserable
cuartucho donde dorma su hija.

* * * *

* * * *

* * * *

Al acercarse Nochebuena, Casilda y Damin dispusieron en obsequio de
Luis y Genoveva, una cena oppara.

Sopa de almendra, besugo, pavo, ensalada de lombarda cocida, infinidad
de golosinas, para el centro de la mesa un castillete de guirlache, y
para que fuese todo bien regado, Valdepeas y Champaa de a doce reales
botella. La cocina pareca un puesto de la Plaza Mayor y el comedor una
tienda de ultramarinos. Cmo se iban a poner el cuerpo! Y qu tristeza
tan honda senta la pobre Severiana! Hara la cena, la servira,
fregara... y luego tendra que acostarse sin dar un beso a su hija.

Poco despus de anochecer comenz a cavilar... las cosas se le caan de
las manos... no estaba su voluntad en lo que haca... De pronto se
dibuj en sus labios una sonrisa y los ojos le brillaron entre alegre y
maliciosamente.... Los amos haban ido al teatro con sus convidados,
para hacer tiempo... An tardaran bastante. Adems, luego se iran a la
misa del Gallo, y al volver se acostaran enseguida...

Cogi un mantn y el picaporte, ech escaleras abajo, se meti en un
tranva y antes de una hora volvi trayendo en brazos a la nia
dormidita y con una pelota entre las manos: la acost en su cama y la
durmi con un cantar. No quera ms que tenerla a su lado las ltimas
horas de la noche, darle algo del postre que sobrase y dormir con ella.

Aqulla s que sera Nochebuena! La pobrecita no lloraba nunca y era
difcil que la descubriese. Adems, no haban de ir a registrarle el
cuarto. Ya saba ella lo que pasaba cuando disponan semejantes
francachelas: primero, cuarteto de comentarios sobre si tal o cual
hermano tena o no manos puercas en la administracin de la cofrada; y
luego, cuando iba decayendo la charla, formacin y aislamiento de dos:
Casilda y el cerero se quedaban en el gabinete, discutiendo la
elocuencia de un predicador, mientras Damin y la cerera se iban al
cuarto de la plancha. Lo peor sera que rompiese a llorar la nia...
Pero en ltimo caso... qu poda suceder? Qu se supiera todo? Pues no
le faltaran casas...

Cuando sus amos volvieron, la oyeron cantar desde la escalera:

    _Quin sera la madre
    que pari a Judas?
    Qu hijos tan indinos
    paren algunas!_

* * * *

Estuvieron un rato bromeando en el gabinete, mientras se hacan los
ltimos preparativos, y luego pasaron al comedor, que era la pieza
inmediata, sin ms separacin que una puerta.

Casilda cen junto a Luis, y Damin al lado de Genoveva.

El buen humor, empujado por el vino, comenzaba a hacer de las suyas: las
dos mujeres, menos acostumbradas a la bebida, decan mil atrevidos
disparates; Damin y Luis hablaban como en el caf, contando cuentos
verdes; por ltimo, Casilda, algo alegrilla y deseosa de desplegar lujo,
encendi todas las bujas de dos candelabros que adornaban la chimenea.
Celebrose la ocurrencia con grandes risas, Damin quiso apagar una vela
de un taponazo de Champaa, fall el tiro, y armose descomunal gritera;
eran cuatro personas y alborotaban como doce.

Severiana casi no les oa, porque la cocina estaba lejos; pero la
pequeuela, a quien despertaron los gritos y la novedad del no
acostumbrado lecho, se tir de la cama, atraves a gatas un pasillo,
entr en el gabinete donde estaba el Nio Jess, dbilmente alumbrado
por la lamparilla, contemplole un instante como si fuese un mueco, y
luego, atrada por la claridad a que dejaban paso las rendijas y
junturas, empuj suavemente la puerta del comedor, y destacando sobre el
fondo oscuro del gabinete, apareci iluminada por el intenso resplandor
de las luces que alumbraban la cena.

Era rubia, de ojos azules, ensortijado el pelo; estaba en camisita y
traa en la mano la pelota.

Luis, Genoveva y Damin, cayeron de bruces sobre la mesa... Casilda,
loca de espanto, se tir al suelo de rodillas, cubrindose el rostro con
las manos y gritando:

--Perdn, Seor!

La nia retrocedi asustada, tir al huir la lamparilla derramando el
aceite, y se meti en la cama muertecita de miedo.

A la maana, casi de madrugada, Severiana sali de casa con su hija sin
que nadie la viese; y era muy entrado el da, cuando Casilda mostrando
a Damin la mancha que el aceite dej en la alfombra, le deca nerviosa
de terror:

--Mira... no cabe duda!

* * * *

Apenas se les pas el miedo, regalaron la escultura a unos amigos que
tenan oratorio; hubo funcin con rgano, gastose mucha cera y quedaron
tranquilos.




ELVIRA-NICOLASA


Acabbamos de cenar Elvira y yo en un gabinetito de una fonda donde le
gustaba que la llevase a tomar mariscos y vino blanco. Disputando por
celos, en el calor de las recriminaciones, dej escapar una frase
ofensiva: deb de decirle algo muy duro, sin duda una verdad muy grande,
porque entonces, avivada su locuacidad con la injuria y suelta su lengua
con el estmulo de la bebida, se recost en el divn con provocativa
indolencia y, ponindose muy seria, repuso:

--S, eh? Tan mala crees que soy? Pues aqu donde me ves, tan coqueta,
tan amiga de haceros rabiar, porque todos sois iguales, y no merece ms
ni menos uno que otro, tan orgullosa de haber arruinado a unos y puesto
en ridculo a otros, yo, aunque no lo creas, tengo en mi vida un rasgo
bueno, y tendra muchos si no hubiese sido en mi niez tan desgraciada.

Me cre amenazado de la eterna historia de una seduccin vulgar; pero,
prefiriendo orla a verla emborracharse, me dispuse a escuchar, y ella
sigui de este modo:

--Voy a contrtelo. En primer lugar, yo no me llamo Elvira: mi verdadero
nombre es Nicolasa. Soy de un pueblo de cerca de Madrid. A los dieciocho
aos me escap de mi casa, imaginando que peor de lo que all estaba no
haba de pasarlo en ninguna parte, segura de que, por mala suerte que
tuviese, con nada sufrira tanto como aguantando las impertinencias de
mi hermanastra, a quien serva de niera, siendo vctima de la grosera
de mi padrastro y del mal genio de mi madre. Mientras sta permaneci
viuda de mi padre, su primer marido, llev con paciencia su desigualdad
de carcter y las consecuencias de su codicia; pero, a partir de la
segunda boda, la vida se me hizo insoportable, porque adems de hija sin
cario, a lo cual ya estaba acostumbrada, comenc a ser criada sin
salario, lo cual me pareca el colmo de la maldad. El to _Pelusa_, as
llamaban a mi padrastro, era tan irascible y avariento como la que le
haba tomado por esposo.

Sin embargo, an pas algunos aos resignada siendo medio bestia de
carga, medio puerca-cenicienta, hasta que al llegar Inesilla, mi
hermanastra, a la edad de las travesuras despleg tanta perversidad para
conmigo, que comenc a pensar en el porvenir que me esperaba.

Yo me levantaba en la casa antes que nadie, me recoga la ltima,
interrumpa el mejor sueo para dar de beber a las caballeras, pasaba
todo el da jabonando ropas, midiendo semillas y trasladando fardos; en
fin, me renda a fuerza de trabajar, y todo sin una queja. Para lo que
me falt resignacin fue para soportar las burlas de mal gnero, los
impulsos de soberbia, y hasta los rasgos de perfidia que aquella mocosa
discurra slo con propsito de mortificarme. Que mala era! Sus
picardas no eran trastadas de chica, sino verdaderas crueldades: el pan
qu yo guardaba por si tena hambre entre horas, me lo quitaba y se lo
echaba a los cerdos; a hurtadillas, cargaba el puchero de sal para que
luego me regaasen; lo menos que haca era decirme palabras feas, todo
el repertorio que oa a los carreteros, y escupirme a la cara, sin que
los _Pelusos_, ni la mujer ni el marido, pusieran correctivo a sus
infamias.

Por fin, me hart. Un da me mandaron a la fuente con la chica, que ya
tena nueve aos. La condenada fingi ir de buena gana, y a mitad de
camino, escabullndose en los portales de la plaza, se meti a jugar en
el corral de unas amiguitas. All se estuvo tres horas largas, mientras
me volva loca buscndola. Excuso decirte lo que pasara luego cuando,
al caer la tarde, volvimos a casa cada una por su lado. Cre que me
mataban. Mi padrastro me at a un pi derecho de los que sostenan el
emparrado del patio, y estuvo hasta que se cans dndome de varazos.
Cuando me solt me fui al camaranchn que me serva de cuarto, no quise
cenar, y me tumb en la cama sin desnudarme. De repente oigo ruido, miro
hacia arriba, y veo a Inesilla, asomada por el montante de la puerta,
mirndome burlonamente, rindose y restregndose los puos en ademn de
hacerme rabiar.

--Por qu has hecho eso?--le pregunt.

Y con la cara muy alegre repuso:

--Porque me da mucho gusto cuando te pegan.

Desde aquel instante no pens ms que en marcharme de la casa.

Al referir esto, Elvira tena los ojos nublados por lgrimas de ira. Yo
no me atrev a interrumpir su relato, y ella sigui:

--Si, chico, de aquella noche datan todas las barbaridades que he hecho
en mi vida... y las que me quedan. Hice un lo con la poca ropa que
tena; saqu hasta treinta reales, que eran todos mis ahorros, del
escondrijo donde los ocultaba, antes del amanecer tom a campo traviesa
el camino de Madrid, y aqu entr por la carretera de Extremadura y la
calle de Segovia. Han pasado siete aos, y me acuerdo como si hubiese
sido esta maana.

--Y dnde fuiste?

--A casa de mi to Manuel. Es decir, no era to ni casi pariente. Era
sobrino segundo de mi padrastro, y yo le miraba con cierta simpata
porque las pocas veces que fue al pueblo me demostr cierta inclinacin.
Un da evit que me diesen una paliza; otro da, comiendo, porque mi
padrastro no me quera dar carne, l me dio la que le haban servido; y,
adems, otra vez que estuvo all pocas horas, sin que lo supieran en mi
casa, fue a la fuente y me regal dos pauelos de colores y un
alfiletero de alambre plateado.

--Vamos, que le gustabas.

--Ahora lo vers.

--Viva en la calle de los Mancebos, en un casern antiguo, y slo con
una criada vieja: all me fui, le cont lo que haba pasado y le rogu
que me ayudase a buscar casa donde servir, a lo cual repuso que hara
lo que pudiese, y que pues no tena yo dineros para ir a la posada, me
quedara all unos das hasta encontrar colocacin.

--De qu edad era ese hombre? Cuntos aos tenas t entonces?

--Manuel, cuarenta; y yo, antes te lo he dicho, dieciocho cumplidos.

--Pues no me digas ms.

--No te has equivocado. A los dos das de estar all, comprend que me
haba metido en la boca del lobo. Pero quieres decirme qu defensa
tena? Qu hacer ni dnde ir? Yo, como chica de pueblo... y las de
todas partes, saba cuanto hay que saber: desde los primeros momentos
conoc el peligro: lo que no vea era el modo de evitarlo.

--Y qu pas?

--Figrate. Ya sabes que soy aficionada a leer, que devoro novelas, que
he ledo hasta _Don Quijote de la Mancha_: mira, all hay una a quien
le sucediolo que a m. Te acuerdas cuando, hablando de sus amores con
don Fernando, dice Dorotea, poco ms o menos: con volverse a salir del
aposento mi doncella, yo dej de serlo y l acab de ser traidor y
fementido? Te acuerdas de sto? Pues igualito: Manolo con un pretexto,
alej de casa a la vieja...

--S; el fue traidor y fementido, y t dejaste de ser lo otro.

--Claro est que aquello fue una picarda, pero luego se encari mucho
conmigo. Yo entonces no era tan perra como ahora. Tengo la seguridad de
que si aquel hombre no se muere, se casa conmigo.

--Se muri?

--A los dos aos.

Elvira suspendi un instante su relato, hizo un esfuerzo para no llorar,
como avergonzada de mostrar ternura, y continu:

--Suprimo detalles: morir Manuel y echarme sus hermanos de la casa, todo
fue uno. Entonces comenz esta vida arrastrada que llevo, y eso que soy
de las que tienen ms suerte.

Ponerme a oficio, y presentrseme la ocasin de dejarlo, fue obra de
seis meses. Por supuesto, que para encontrar trabajo pas las de Can; y
en cuanto quise echarme a rodar, sobr gente que me empujara. De sto ya
ests enterado, y adems conoces a casi todos los que han tenido algo
que ver conmigo.

Lo que no sabes t, ni nadie, es que a los tres o cuatro aos de
perderme, cuando ya tena casa puesta, muebles mos, trajes lujosos,
alhajas buenas, coche algunos meses y dos criadas que me sirvieran,
(todava lo que ms me sorprende es verme servida), precisamente
entonces, teniendo todo sto, con lo cual no so jams, chico, aunque
te parezca mentira...

--Acaba, mujer.

--Pues me entr una tristeza espantosa. Y qu dirs que se me meti en
la cabeza?

--Casarte?

--No, hombre: para eso tengo an poco dinero. Se me meti en la cabeza
la idea de volver al pueblo.

--Arrepentida?

--Mira, no lo s: unas veces crea que no; otras me pareca que s. En
realidad lo que yo experimentaba es dificilsimo de explicar. Era una
melancola sin nombre, un deseo impregnado de tristeza...

--Sera que se te pegase el sentimentalismo cursi de alguna novela... Si
ahora mismo ests hadando como una dama de folletn.

--No te burles de aqullo: puede que sea el mejor impulso que he sentido
en mi vida; y djame acabar. Como si se me hubiese olvidado todo lo que
haba sufrido hasta los dieciocho aos, como si en mi casa me hubieran
mimado, prescindiendo de tanto recuerdo amargo y de algunas cicatrices
que tengo repartidas por el cuerpo, quise volver al pueblo, ver los
lugares donde haba crecido, los rincones donde me esconda para llorar,
la cueva donde me encerraban, el camaranchn que llamaban mi cuarto, la
cuadra, las mulas, la fuente, todo aquello, en una palabra, que deba
serme odioso: en fin, comprendo que era una chifladura ridcula, pero
hasta quise ver a mi madre, y a mi padrastro, y a la bribona de la nia.
Qu pas por m? como dicen en las comedias, no lo s: pero cuando
pensaba en ello deca mentalmente _mi familia_. El mal genio de madre me
pareca disculpable por los trabajos y penalidades que ocasiona una casa
de labor, la brutalidad de mi padrastro se hizo menos aborrecible a mis
ojos recordando que no era mi verdadero padre, y en cuanto a las
crueldades de mi hermanastra... como si no hubiesen existido. Es decir,
las recordaba, pero sin guardarle rencor. Repito que nunca me he dado
cuenta exacta de aquella situacin de espritu: fue algo parecido a esa
tristeza que les da a los gallegos cuando pasan mucho tiempo fuera de su
tierra; pero mezclada, aunque yo no deba decirlo, con cierta bondad de
alma que me impulsaba a disculpar y perdonar todo el mal recibido. En
fin, que me plant en el pueblo.

--Pero no saban all cmo vives y de qu vives? No pensaste que
podan avergonzarte y...?

--Claro que lo saban todo: si rara vez viene alguno del pueblo que no
se presente en mi casa a pedirme algo! Donde me ves, he hecho a mi lugar
ms favores que un diputado; casi me dan ganas de llamarle mi distrito.
En cuanto a que me recibiesen mal, no haba miedo. Yendo a mendigar,
tal vez; con las manos llenas de paquetes, chucheras y regalos...
qui!

--Y tuvieron la poca?...

--Fui sencillamente vestida, con un traje de lanilla gris sin adornos;
pero como soy tan aturdida, se me olvid quitarme de las orejas estos
solitarios; llev un saquillo de mano con guarniciones de plata,
paraguas con puo de oro; en fin, no haba ms que verme para comprender
que no les iba a pedir nada. En la estacin del ferrocarril no me
conoci nadie: al atravesar la plaza, o tres o cuatro voces que dijeron
con asombro: Nicolasa! Nicolasa! y luego observ que a larga
distancia me fueron siguiendo dos muchachas de mi tiempo, una con un
chico en brazos... y, mira, aqulla me dio envidia.

--Si te dara.

--Llegu a mi casa. Imagina la sorpresa. Pasado el primer instante de
estupor, mi madre me cubri de besos, mi padrastro llor de ternura,
Inesilla me cogi el saco de mano y comenz a darle vueltas.

--Ave Mara Pursima!

--La chica era guapa, una real moza, fresca, garbosa, con cada ojazo, y
un pelo ms hermoso! Lo que se llama una gran mujer. La fisonoma dura,
el gesto serio, la sonrisa desdeosa; pero en conjunto un prodigio de
lozana y de... en fin, lo que es una flor antes de que nadie la
manosee.

--Y qu pas?

--Pues nada, que saqu los regalos: dos cortes de vestido para ellas,
dos piezas de lienzo blanco para mi madre, unos pendientes de coral para
la chica, una petaca y una cadena de plata para l, todo lo que
llevaba... Me dieron el mejor cuarto de la casa, no me preguntaron
palabra de cmo ni de qu viva y me trataron lo mejor que pudieron.

--Y fue gente del pueblo a verte? Y qu les decan?

--Ya lo creo! Mi padrastro les dijo que estaba de aya de una seorita
en casa de un ttulo. Total, que pas all tres das magnficos,
completamente feliz, sin tener que aguantar a los que aqu no me dejis
en paz, con una alcoba para m sola!, y al volverme les di a los papas
seis mil reales para un par de mulas.

--Pues, chica, hasta ahora no veo el rasgo hermoso de que hablabas.

--Eso fue en el momento mismo de separarme de ellos. No quise que me
acompaasen a la estacin. Estbamos en el zagun: m padrastro mirando
por centsima vez la petaca de plata, mi madre llorando, Inesilla
atndome un manojo de flores campestres, yo con los ojos preados de
lgrimas, cuando de pronto mi padrastro me cogi por la mano y,
guindome hasta el fondo del comedor, cerr tras s la puerta, dejando
entrar a madre; Inesilla se qued fuera. Pens para mis adentros que
queran otro par de mulas.

--Y qu era?

--Lo increble! No ignorando, como no ignoraba ninguno de ellos, cul
es mi vida, mi padrastro, en presencia de mi madre, con su aprobacin y
moviendo la cabeza hacia donde estaba Inesilla, me dijo: Anda,
Nicolasa, ya que t has hecho suerte, por qu no te llevas a la chica?

--Qu atrocidad!

--Figrate! Yo que haba ido al pueblo a tomar un bao de honradez!
Mira, hubo un momento en que dud. Aquella falta de sentido moral, aquel
rebajamiento, me trajeron de un solo golpe a la memoria toda la amargura
de mi niez, todos mis sufrimientos. No creas que es exageracin: se me
renovaron de repente el dolor y la vergenza de todos los golpes que
haba recibido en aquella casa; me acord del ltimo da que pas all;
cre verme tumbada en el jergn, mientras Inesilla se gozaba en mi dao;
su voz cruel y burlona pareci resonar en mis odos, y claro est, con
los recuerdos volvi el rencor y con el rencor el deseo de venganza. Y
qu venganza la que se me vena a las manos! Traerme a Madrid la
chica... Figrate!

--Y qu hiciste?

--Sin duda me inspir Dios. Les mir de un modo que no debieron de
comprender, y saliendo al zagun les dije: Quiero creer que no saben
ustedes lo que piden. En seguida, limpia de odio, bes a Inesilla y me
volv a Madrid sin rencor... y sin ilusiones.

--Lo creo!

--Eso hizo esta Elvira que tienes delante, eso me pas, y, sin embargo,
te lo juro por la salud de mi alma, ser una imbcil, pero algunos das,
cuando tengo ms dinero, cuando creo que estoy ms alegre, de repente
se me olvida que estoy haciendo de Elvira... y me pongo Nicolasa.




SACRAMENTO


Justa y Engracia eran hijas de una familia honrada, linajuda y rica,
ambas casadas; Justa con un propietario que viva de sus cuantiosas
rentas, sin ms trabajo que cuidar de aumentarlas, y de quien no tuvo
hijos; Engracia con un bolsista de intachable reputacin, pero tan
confiado en su estrella que aventuraba en jugadas peligrosas ms de lo
que permite la prudencia. De este matrimonio nacieron dos nias: Mara
de la Soledad y Mara del Sacramento.

A poco de cumplir veintids aos la primera y uno ms la segunda, su
padre qued alcanzado en una liquidacin de fin de mes, y no pudiendo
cumplir los compromisos contrados, se suicid de un pistoletazo.
Engracia muri de pena algunos meses despus; y Justa, mediante la
cariosa conformidad de Luis, su marido, se hizo cargo de las dos
sobrinas hurfanas; doblemente impulsada, primero por cierta natural
bondad, no incompatible con su dureza de carcter, y luego por el firme
convencimiento de que las dos muchachas no podan decorosamente vivir
solas.

Para Justa y Luis el decoro era la mitad de la vida: estaban persuadidos
de que el error y el pecado son inherentes a la naturaleza humana, y de
que la disculpa y el perdn forman la gloria principal con que el bueno
se aventaja al malo; pero con el escndalo no transigan nunca. La
opinin del prjimo, si no vala, importaba a sus ojos tanto como la
misma virtud: teman ms al comentario y la maledicencia que a la falta,
siendo partidarios acrrimos del refrn que dice: Pecado ignorado medio
perdonado. Con tales ideas no haban de permitir que sus sobrinas
viviesen solas.

Soledad y Sacramento no parecan hermanas. Eran sus cualidades morales
tan diferentes y sus tipos tan opuestos, que quien ignorase la honradez
de su madre pudiera suponerlas engendradas por dos amores distintos.

Soledad era alta, gallarda, de tez triguea, con pelo y ojos negros,
boca de labios gruesecillos, tan rojos que parecan una flor de sangre;
el seno levantado y firme, el talle esbelto, el andar airoso, las
actitudes y posturas animadas por un encanto singular que se desprenda
de su figura como un efluvio turbador y escitante: y en rara
contradiccin con este aspecto provocativo, era fra, indolente,
predispuesta a la mansedumbre y la bondad, capaz hasta de ternura, pero
refractaria al apasionamiento y la vehemencia, como si tuviese
adormilados los sentidos y en su alma tranquila solo pudieran hallar eco
los sentimientos dulces y apacibles.

Sacramento no era hermosa, sino bonita: pequea, delgada, extremadamente
blanca, los ojos de un azul muy claro, los labios finsimos, tan pobres
de color que parecan exanges: los brazos dbiles, el talle largo, el
pecho apenas pronunciado, todo el cuerpo menudo y grcil, como de
adolescente que no ha llegado a su completo desarrollo. De lo que poda
envanecerse era del pelo, tan rubio, fino y abundante, tanto y tan
largo, que sentada para peinarse le llegaba al suelo, envolvindola en
un manto de oro. Era una mujercita delicada, de complexin casi
enfermiza, sin rasgos enrgicos de belleza con que atraer y dominar: su
rostro careca de expresin y su cuerpo de gentileza: sus posturas eran
lnguidas, como si todo su organismo estuviera sometido a la
impasibilidad de un temperamento ingnitamente casto, reflejo de un alma
privada de inspirar pasiones e incapaz de sentirlas.

Mas en abierta oposicin con tales apariencias la frialdad era mentira y
la languidez artificio. Cuando pretenda agradar, cuando pona empeo en
seducir, aquellos ojos claros, parados, se animaban sbitamente,
trocndose de inocentes en maliciosos, y aquellos labios blanquecinos
que ligeramente se mordiscaba con un movimiento imperceptible, tomaban
color de cereza soleada: entonces sonrea de un modo delicioso; la falsa
indiferencia, el abandono fingido, se convertan en laxitud estudiada
que pareca pedir mimos o prometer caricias, y la mujercita
insignificante, el ser dbil, quedaban transformados en sirena de
ocultos y peligrosos encantos.

Por capricho estrao de la suerte la morena era sosa y la rubia picante:
Soledad como noche serena y fresca que adormece: Sacramento como tarde
calurosa y pesada que hostiga con visiones abrasadoras los sentidos: una
hermana dcil, humilde, apocada, propensa a cuanto fuese delicadeza y
ternura; otra dominadora, altiva, exigente, pronta a todo arranque
voluntarioso y enrgico: Soledad de aquellas para quienes amar es
conceder, prendarse y ser vencidas: Sacramento de las que, regateando
sensibilidad, prefieren ser conquistadoras a elegidas.

Justa y Luis imaginaron que las casaran pronto: a una, por su belleza y
su bondad; a otra, por su travesura e ingenio, y a las dos, porque no
teniendo ellos hijos, con el tiempo seran ricas.

Soledad, a pesar de verse tan solicitada, se mostr desdeosa y esquiva;
porque peda mentalmente a sus adoradores algo ntimo y hondo que no
saban darle: les exiga menos culto y ms fe.

Sacramento encontr marido a los pocos meses de cesar el aislamiento y
retiro impuesto por el luto de sus padres.

En las recepciones de una embajada, conoci al barn de D'Avenda,
diplomtico extranjero que le doblaba la edad, hombre de corto
entendimiento, cuerpo gastado y carcter dbil, circunstancias que ella
imagin compensadas con su ttulo, su riqueza, y sobre todo, por lo
fcil que le pareci dominarle. Tal vez no llegase a calcular
perversamente, desde los primeros momentos, que la excesiva bondad del
noble extranjero pudiera ser en lo futuro amplia bandera que cubriese la
torpe mercanca de sus culpas; pero apenas comenz a verse galanteada
por l, comprendi que la pasin que le inspir, tanto ms avasalladora
cuanto ms tarda, se lo entregaba esclavizado.

Para lograr que la distinguiera y prefiriese, le bastaron unos cuantos
dilogos, y enseguida, duea de s misma, en fro, sin experimentar la
emocin ms leve, asegur su conquista desplegando alternativamente
candidez, picarda, recogimiento y desenfado. Para atraerle se hizo
discreta; para retenerle, dulce; para seducirle, codiciable; para
enloquecerle, sensual; le alent con esperanzas, le exasper con
desdenes, le irrit con coqueteras, le anim con favores, y luego, de
repente, sin transicin; le puso a raya, resistiendo arrepentida y
esquiva lo que acababa de conocer enamorada y vehemente. Saba
prometerse con los ojos al mismo tiempo que se negaba con los labios, y
en una sola conversacin finga desfallecer cien veces como apasionada
que cede, y rescatarse otras tantas como virtud arisca, que hostigada se
exalta, pasando traidoramente de la turbacin al impudor, y de la
licencia al recato, cual si su pensamiento y hasta su cuerpo le
inspirasen confundidos los desbordamientos de amor mal contenido que lo
autorizan todo y las respuestas de fra honestidad que no consienten
nada. Su tctica fue un prodigio de esa liviandad mansa que desconcierta
la razn y espolea los sentidos: labor de afiligranada perfidia, al
trmino de la cual, sin que mediara un beso ni se oprimieran una mano,
quedaron el decoro de la mujer vendido y la dignidad del hombre
escarnecida. Por fin cuando le tuvo medio alocado, medio entontecido,
fingi rendirse y consinti en ser su esposa.

Sacramento se cas primorosamente vestida de blanco, adornado el traje
de azahar, en actitud humilde, el pecho anheloso, las miradas entre
pudorosas e inquietas, la tez descolorida cual si palideciese ante la
inevitable proximidad de las caricias... y all en el fondo del alma la
imaginacin alegre y licenciosa como ramera triunfante.

Hubo fiesta, convite, amigos, parientes, enhorabuenas, besos y abrazos,
hasta lgrimas, y al caer la tarde, la recin casada se mud de vestido
para emprender el inexcusable viaje de novios. Pocas horas despus,
Luis, Justa y Soledad agitaban los pauelos en el andn de la estacin,
mientras la pareja feliz les saludaba con los suyos asomada a la
ventanilla del _sleeping_, lecho con ruedas, tlamo ambulante, smbolo
acaso sobrado casto para quien tal idea tena del amor.

* * * *

La sensacin de vanidad satisfecha que experimentaron los tos con
aquella boda, qued pronto amargada por el disgusto que les dio Soledad.
Un da supieron que tena novio. La insensible, la desdeosa, la fra,
como ellos la llamaban, estaba vencida. El autor del milagro, porque de
tal, a su juicio, poda calificarse, era un hombre de ms de treinta
aos, arrogante figura, finsimo, muy listo y en extremo simptico,
para quien ignorase que tan halageas y brillantes apariencias,
escondan una inteligencia daina casi por instinto y un corazn que se
asimilaba el mal, como cuerpo poroso que absorbe la humedad. Haba en l
algo de personaje melodramtico artificiosamente concebido, cual si al
crearle hubiera querido la Naturaleza condensar en un tipo la
perversidad que de ordinario derrama en muchos individuos. Era de los
hombres que pierden irremediablemente a la infeliz en quien se fijan,
cuando no lo evita esa virtud inquebrantable y misteriosa, que halla su
voluptuosidad en la resistencia. Para defenderse de l, no bastaba la
frialdad ingnita contra la seduccin por los sentidos, pues an finga
ms astutamente la ternura cariosa con que se conquista el alma, que la
exaltacin apasionada con que se vence a la materia. Su tctica estaba
sometida a dos principios, que lejos de limitar su campo de accin, lo
ensanchaban: nunca procuraba enamorar a mujeres de gran inteligencia, y
siempre ocultaba sus triunfos con absoluta discrecin. As eran tantas
sus victorias: primero, por fciles; luego, por ignoradas.

Doa Justa y su esposo averiguaron enseguida que el enamorado de Soledad
era _de buena familia y que estaba bien_, es decir, lo referente a su
origen y fortuna; pero de sus ideas, sus gustos, sentimientos y
costumbres, de lo que ms puede influir en el porvenir de una mujer,
nada inquirieron, ni pararon mientes en ello.

Apenas Enrique comenz a tratar a Soledad comprendi que su
entendimiento estaba muy por bajo de su belleza, y que exista profunda
desemejanza entre los caracteres de su hermosura y sus condiciones
morales. Era confiada, inocentona, sencilla, tan exenta de picarda que
las frases y bromas ms atrevidas se estrellaban contra la falta de
malicia. Lo llamativo, lo picante de sus encantos era independiente de
su voluntad: aquel cuerpo de lneas tentadoras tena actitudes pudorosas
para no revelar la forma por los movimientos; aquella boca hmeda y
roja, como flor de granado recin mojada por la lluvia, hablaba
castamente; y aquellos ojos de miradas abrasadoras y mimosas, grandes
pecadores sin saberlo, contrastaban con la serenidad y limpieza de su
pensamiento: Soledad era, en fin, una de esas mujeres a quienes hay que
buscar, porque no saben atraer, y que resisten mal porque desconfan
poco.

Vindose requerida de amores los acept cual si temiera ser cruel no
siendo agradecida, y luego las palabras dulces, las promesas cariosas,
fueron invadindole apaciblemente el espritu, como algo inesperado,
pero natural y espontneo, que llegada su hora le floreca: en el alma,
y comenz a recrearse en ello y gozarlo, saborendolo a modo de un bien
supremo, legtimo y honesto, sin irritarlo con estmulos de la impureza,
ni envilecerlo con perversiones de la imaginacin.

Enrique, por el contrario, no tuvo idea sincera ni dio paso sin
premeditacin. Al principio se mostr vacilante y tmido, como quien
desea lo que no merece; luego despleg gran vehemencia, dando a entender
que los primeros favores le ponan fuera de tino; y, finalmente, ya
seguro de que Soledad le quera, procur que la privacin de verle y
hablarle con la frecuencia acostumbrada, encendiese la llama que haba
de perderla. Busc un pretesto para enfadarse con los tos, dej de
visitarles, limitndose a mirarla en paseos y teatros, y por ultim
comenz a entenderse con ella por escrito, en cartas donde interpolaba
la tristeza del alejamiento con los arranques de pasin mal contenida.

Soledad, excitada por la comunicacin de aquel veneno deleitoso, se
ense a contestarle en papeles imprudentes a los cuales fiaba anhelos
antes ignorados, leyendo mil veces embelesada lo que de palabra era
incapaz de tolerar, y dejando otras tantas correr la pluma para hacerle
confesiones y promesas que, tenindole junto a s, hubiera la vergenza
sofocado en sus labios. Fue casta mientras pudo hablarle; atrevida al
dejar de verle; sus primeros besos por escrito, y a solas los primeros
sonrojos. Enrique tard poco en adquirir la certidumbre de que aquella
mujer era de las que no desconfan cuando aman.

Entonces, poniendo con ddivas de su parte a una doncella, consigui que
mientras dorman los tos, Soledad le recibiese por las maanas en unas
habitaciones de la planta baja, de las cuales no se haca uso en
invierno. Luego el misterio aument el encanto, la ocasin fue tercera,
y una vez ms la pasin y el engao llamaron a la vida un nuevo ser,
vctima expiatoria del desvaro ajeno.

Cuando las lgrimas de la burlada comenzaron a agriarle la victoria,
Enrique falt a dos o tres citas. Soledad mand en su busca a la
doncella y sta volvi diciendo que se haba marchado, vendiendo en
veinticuatro horas cuanto tena y sin decir a nadie dnde iba.

La infeliz vio la traicin tan clara como imagin haber visto la
felicidad, sufriendo al par la vergenza de la falta y la humillacin
del abandono.

Doa Justa y don Luis, a quienes le fue forzoso confiarse, anduvieron
relativamente parcos en recriminaciones, pero crueles e inexorables en
punto a la energa necesaria, para ocultar las consecuencias de la
seduccin.

Con pretexto de renovar el arriendo de unas fincas, partieron,
acompaados de Soledad, fijaron su residencia en un cortijo que posean
en tierra de Andaluca y all permanecieron el tiempo preciso: luego,
gracias a la influencia y poder que su riqueza les daba en la comarca,
hicieron que el recin nacido pasase por hijo de un matrimonio de su
servidumbre, gente pobre que vio con ello asegurada la fortuna, y
restablecida Soledad, tornaron a la corte los tres, quedando el motivo
del viaje ignorado, y el decoro a salvo.

En vano rog la infeliz que la dejasen all, sin ms recursos que los
estrictamente necesarios para vivir con el nio, en las condiciones que
se le impusieran, sometindose a cuanto mandaran: todo fue intil. Para
la falta hall indulgencia, casi perdn, pero a trueque de separarse por
siempre de su hijo, sacrificando el sentimiento de la maternidad a las
exigencias del honor.

Regresaron del campo, y todo Madrid volvi a contemplar a Soledad en
fiestas y diversiones, ostentando al parecer gozosa, la plenitud de su
belleza. No haba otra tan elegante, tan gentil y gallarda. Lo que nadie
saba era que iba por fuerza, contra su voluntad, por falta de valor
para rebelarse contra aquella exhibicin brutal y dolorosa; lo que nadie
poda sospechar era su vergenza ntima, su mortificacin al fingir
pudores e ignorancias, cuyas mentiras la envilecan a sus propios ojos,
abrasndole con un fuego sucio la conciencia. No guardaron proporcin la
falta y el modo de expiarla: fue vctima dos veces sacrificada al
egosmo ajeno: una para satisfacer la ilusin del amor; otra para
contribuir a la comedia del decoro: llegando en medio del dolor a tal
punto su pureza de pensamiento, que jams acarici la idea de engaar a
un hombre para encubrir su desventura.

* * * *

El viaje de Sacramento y su marido dur ms de un ao: al volver
estaban ya desavenidos. En un principio el barn, como caballero que
repugna publicar su desacierto, transigi con las que llamaba
genialidades y ligerezas: luego trat de ocultarlas, y cuando ni esto
pudo, fingi ignorarlas. Por no separarse de su mujer, a cambio de las
migajas de su amor, sufra aparentando desconocer su vilipendio, se
burlaba de otros maridos infortunados, pretendiendo garantizar con la
osada la falta de vergenza; hizo papel de engaado, y as,
insensiblemente, fue pasando de la debilidad a la costumbre y de la
costumbre al envilecimiento, hasta ser un ejemplar extraordinario, un
caso de ceguera moral inverosmil y absurdo. Porque Sacramento no cay
al adulterio arrastrada por la pasin tarda y avasalladora que acaso
puede perdonar cierta soberana grandeza de alma: fue el tipo complejo de
la medio malvada, medio enferma, a quien no se mata por infame
sospechando que pueda ser irresponsable.

Al fin, vencido, y lo que es ms triste, resignado, prescindi de ella.
Siguieron viviendo bajo el mismo techo, pero en habitaciones
independientes, separados de comn acuerdo, l, sin consuelo a su
amargura, ella sin freno a sus desrdenes: y cuando ya este apartamiento
era pblico, cuando ni amigos ni parientes, ni conocidos lo ignoraban,
Sacramento tuvo un hijo, que, segn las leyes, fue bautizado como
heredero del nombre cuya deshonra confirmaba.

No se alteraron por ello la paz ni las costumbres de la familia. El
barn tard poco en hacerse a la idea de que era padre, Sacramento
continu en sus aventuras, Soledad sujeta a la inflexible voluntad de
los tos, y stos habituados por igual a las liviandades de la sobrina
casada y a la humilde docilidad de la soltera.

En el corazn de Soledad se alzaban, sin embargo, de cuando en cuando,
protestas contra aquella privacin del hijo que le pareca la amputacin
de parte de su alma.

Una tarde de invierno, las dos hermanas paseaban a pie por las alamedas
solitarias de la Moncloa. Sus pasos resonaban sobre la arena endurecida
por las heladas, el viento arrancaba de las ramas las ltimas hojas
secas que revoloteaban como avecillas de oro, la atmsfera de una
limpieza incomparable dejaba ver en la lejana las masas violceas de la
sierra y hacia Poniente unas rfagas de nubes rojas y anaranjadas
parecan incendiar el arbolado de los cerros.

Sacramento iba sonriente, locuaz, deleitndose en respirar, como
excitada por la viveza del aire: Soledad callada, distrada, viendo las
cosas sin mirarlas, oyendo, hablar a su hermana sin fijar la atencin.
A corta distancia les segua un carruaje y a pocos pasos les precedan
un nio y un lacayo: el primero lujosamente vestido, y el segundo
ocupado en ir cortando los tallos y la hojarasca de una vara para que el
chiquitn jugase.

De pronto, Sacramento, pregunt a su hermana:

--Pero mujer, qu tienes? Parece que vas tonta!

Entonces Soledad, obedeciendo a un impulso involuntario, alteradas de
sbito las facciones por la ira, cogi del brazo a Sacramento, y
sealndole con la otra mano al nio que iba delante, dijo speramente:

--No es incuo que t puedas salir a la calle con esa criatura y yo ni
aun pueda decir que tengo hijo?

--Yo--contest la adltera con la mayor naturalidad--soy casada.--Y
haciendo por broma con su nombre un juego impo de palabras,
aadi:--Ya ves... me llamo Sacramento.

Soledad, con un mohn despreciativo, repuso:

--Tienes razn. Lo mismo podras llamarte Salvoconducto.




SANTIFICAR LAS FIESTAS


Lunes, 9 de Mayo de 1892, tom don Cndido posesin de su curato en
Santa Cruz de Lugarejo, ocupndose inmediatamente en arreglarse la casa
con los pobres y viejos muebles que trajo en una carreta del pueblecillo
donde vivi hasta entonces, siendo amparo de necesitados y ejemplo de
virtuosos. Durante ms de cuarenta y ocho horas, nadie se dio cuenta de
que all haba cura nuevo.

Algunos das despus, las pocas personas que le vieron y hablaron
esparcieron la voz de que pareca buena persona. Y no se equivocaban los
que tan presto formaron de l juicio favorable, porque don Cndido era
un bendito. Por su estatura, rostro y porte traa a la memoria el
retrato que hizo Cervantes de su Hidalgo inmortal. Tambin don Cndido
_frisaba con los cincuenta aos y era de complexin recia, seco de
carnes, enjuto de rostro, gran madrugador_, y si no amigo de la caza,
como don Quijote, incansable en el ejercicio de buscar tristezas para
aliviarlas.

Sus condiciones morales todas buenas: la piedad sincera, el trato
afable, el lenguaje humilde, la caridad modesta, y en todo tan compasivo
y tolerante, que, con ser grande el respeto que impona, an era mayor
la cariosa confianza que inspiraba. Su ilustracin no deba de ser
extraordinaria. En un cofrecillo muy chico caban los libros que posea,
siendo el de encuadernacin ms resentida por el continuo uso y el de
hojas ms manoseadas, los Santos Evangelios. Ni los Padres de la Iglesia
ni los excelsos msticos le deleitaban tanto como aquellos sencillos
versculos que ofrecen, a quien sabe leerlos, mundos de pensamientos
encerrados en frases sobrias.

Todos los das, en seguida de comer, don Cndido, apoyado en el alfizar
de la ventana de su cuarto, relea y meditaba un par de captulos de San
Marcos o San Mateo. Luego dejaba el libro, y tomando el sol y fumando
cigarrillos pasaba el rato entretenido en observar cmo trabajaban unos
cuantos picapedreros que, en un solar contiguo y vallado, tenan
establecido al aire libre su taller.

Habase derrumbado meses atrs un arco de la capilla de la iglesia;
cierta seora piadosa leg fondos para reconstruirlo, un arquitecto de
la ciudad vecina iba de cuando en cuando a inspeccionar la obra, y en
aquel espacio inmediato a las habitaciones de don Cndido estaban,
resaltando por su blancura sobre la verde y felpuda hierba, los bloques
de caliza que poco a poco iban convirtindose en claves, dovelas,
salmeres y trozos de archivolta.

All, desde la maana hasta la tarde, exceptuada una hora al medio da,
se escuchaba continuamente el ruido mltiple y montono formado por los
mazos y las martillinas al chocar con las piezas de cantera: el sol lo
iluminaba todo, lanzando ac y all las sombras rectangulares e intensas
de los tinglados de estera bajo que se resguardaban los peones, y a
ratos de entre aquel rudo concierto que forman el hierro hiriendo, la
piedra partindose y el eco resonando, se alzaba el canto bravo y
triste de una copla medio ahogada por el zumbido del trabajo como un
suspiro entre las penas de la vida.

Durante los cuatro ltimos das de la primera semana que pas don
Cndido en Santa Cruz de Lugarejo no dej de asomarse para contemplar a
los canteros, y si alguien le observase de cerca, acaso por la emocin
reflejada en su rostro, pudiera sospechar que aquella tarea dura y
penosa despertaba en el alma del cura una emocin dulce y compasiva.

El domingo, primero que all pasaba el sacerdote, sali muy temprano de
casa, dijo misa, dio un paseo largo, comi ms tarde que de costumbre, y
poco antes de concluir, cuando al levantar el mantel le trajo el ama los
fsforos y el bote de picadura, oy que comenzaba a resonar al principio
aislado y dbil, luego nutrido y fuerte, el ruido que producan los
canteros picando y labrando piedra en el solar vecino.

Hasta en domingo!--murmur triste y sorprendido don Cndido: y
asomndose a la ventana grit al trabajador ms prximo:

--Eh! Buen amigo! Diga Vd. al maestro, capataz o lo que sea, que haga
el favor de subir aqu un instante.

Momentos despus estaba el maestro cantero en el comedor del cura.
Obsequiole ste con queso nuevo y vino aejo, diole un pitillo del
grosor de un dedo y en seguida violentndose, forzando su propio
natural, le reprendi con la poca y tmida aspereza que su bondad,
permita, dicindole:

--Qu falta de religin... y qu vergenza! Trabajar en domingo!

El obrero, disgustado por la reprimenda, pero cohibido por el agasajo,
repuso humildemente:

--Y qu le vamos a hacer, seor cura? Trabajamos cobrando al entregar
las piezas terminadas, ganando tiempo... el jornal es corto, el pan
caro... y cuando menos se piensa nace un chico. Aquel grandulln
rubio--aadi acercndose a la ventana y extendiendo la mano--tiene
cinco; el de al lado, tres; el cojo de enfrente mantiene a sus padres...
y as todos. Crame Vd., seor cura, en tripa vaca y hogar sin lumbre
no hay fiestas de guardar.

Quedose perplejo don Cndido, y haciendo al fin un esfuerzo por parecer
enojado, contest:

--A pesar de eso. En domingo no se trabaja! Y cuntos sois?

--Doce.

--Cunto gana cada uno? En junto: cunto importan los jornales de hoy?

El cantero sac la cuenta por los dedos, y repuso:

--Ciento quince reales.

Don Cndido se dirigi a su alcoba, abri un vargueo, sac de un cajn
un bolsillo de seda verde con anillas de acero, tom de su contenido
aquella suma, y se la entreg al maestro con estas palabras:

--Toma: que rece cada uno un _Padre-Nuestro_, y marchos a descansar.
No profanis el da del Seor!

A los cinco minutos el taller estaba desierto.

* * * *

Al domingo siguiente, cuando don Cndido subi a desayunarse, luego de
decir misa, oy asombrado el rumor que al trabajar producan los
picapedreros, y frunciendo el entrecejo, murmur:--Hoy tambin?

La escena que sigui fue igual a la ocurrida ocho das antes. Llam al
maestro, le reprendi ms duramente, fue a la alcoba, y dio el dinero
para que el taller se despejara. Los trabajadores se marcharon alegres,
algunos a sus casas, los ms a la taberna; el bolsillo verde qued
vaco, y el cura asomado a la ventana pas un rato contemplando aquellas
piedras; que segn las miraba deban de tener para l oculto y
misterioso encanto.

Durante la semana siguiente, el trabajo cundi tanto que casi qued
limpio el solar. El nuevo arco de la iglesia estaba a punto de
terminarse.

Sin embargo, al tercer domingo an comenz ms temprano el golpeteo
seco y metlico de la herramienta sobre la piedra; pero el ruido era
mucho ms dbil: sin duda trabajaba poca gente.

Corri don Cndido a la ventana y vio que solo haba un hombre ocupado
en labrar y afinar una pieza en forma de dovela, con tanta priesa y tal
afn, que ni tomaba instante de reposo ni levantaba siquiera la cabeza.

Entonces baj y acercndose al obrero le pregunt de mal modo:

--Has quedado t para simiente de judos? Por qu trabajas?

--Seor--respondi el cantero--ayer qued concluido todo: maana lunes,
de madrugada, se hace la entrega: slo falta esta dovela por culpa ma,
porque... he estado entre semana dos das enfermo. Y hoy tengo que
acabarla, antes de la puesta del sol... para cobrar, porque ayer no
quisieron pagarme... ni me pagan hasta que acabe.

Dicho lo cual, baj la cabeza, inclin el cuerpo y sigui picando.

--Y si no concluyes hoy?

--El trastorno es lo menos: lo malo es que no cobro, y en casa hace
falta.

Quedose don Cndido pensativo. Las cuentas que ech y los clculos que
hizo slo l podra decirlos: debi de recordar que el bolso verde
estaba vaco; acaso se dijo que la verdadera limosna es la que no con
dinero, sino con el propio esfuerzo se hace... Tal vez vinieron, a su
pensamiento memorias a l solo reservadas... Ello fue que mirando
compasivamente al cantero le dijo en voz baja, como confindole un
secreto:

--Mi padre y mis hermanos fueron canteros... Cuando chico, yo tambin
aprend, el oficio. Yo te ayudar!

Y recogindose las mangas cogi un puntero, empu un mazo y empez a
picar la piedra.




LA HOJA DE PARRA


Las dos de la tarde acababan de dar en el gabinete, amueblado con el
lujo aparatoso e insolente propio de una cortesana vulgar enriquecida de
pronto, cuando Magdalena envuelta en ligeras ropas de levantar y an
tembloroso el cuerpo por el frescor del bao, atiz los leos de la
chimenea, y aproximando al fuego el mueblecillo que le serva de
tocador, extendi sobre l un lienzo guarnecido de puntillas, encima del
cual fue colocando cepillos, peines, tatarretes, frascos, polvoreras y
cuanto haba menester para peinarse. En seguida inclin el espejo haca
s, se sent, y sin llamar a la doncella comenz a soltarse el largo y
abundoso pelo, antes castao muy oscuro y ahora teido de rojo caoba
como el de las venecianas a quienes retrat Ticiano.

Jams permita Magdalena que nadie le ayudase en aquella importante
operacin del peinado: primero por horror instintivo a que otra mujer le
manosease la cabeza, y adems porque deseaba estar sola cuando su
amante, segn costumbre, iba siempre a la misma hora para deleitarse
contemplndola bien arrellenado en un silln, mientras sus manos
primorosas se hundan y surgan de entre las matas de la cabellera,
formando altos y bajos, bucles, ondas y rizos hasta dejar prieto y
sujeto el moo con horquillas doradas, mientras los pelillos revoltosos
de la nuca, que llaman tolanos, quedaban sueltos en torno de su cuello
como rayos de un nimbo roto.

Por coquetera, y por dar tiempo a que su dueo y seor llegara, iba lo
ms despacio posible, levantndose a veces para distraerse en otras
cosas; pues lo esencial era que al aparecer su amante an tuviese suelta
la sedosa madeja que le inspiraba tantas frases lisonjeras, dndole a
ella pretexto para estar con el escote entreabierto y los brazos
desnudos, puestos en alto, haciendo mil embelesadoras monadas.

Un buen rato pas escogiendo y apartando medias y puntillas que le
haban mandado de una tienda, psose luego unos zapatos nuevos para
convencerse de que le hacan bonito pie, antes de pagarlos, y por ltimo
se prob un cubrecors y una bata, permaneciendo en adoracin de s
misma ante el armario de luna, complacindose, ms que en los primores
de las galas, en su gallarda figura, de madrilea esbelta y en su gentil
cabeza de mujer dominadora y altiva.

Era rubia y muy blanca, verdaderamente hermosa y bien formada, aunque
algo gruesa, como si en plena juventud pretendiera la carne ahogar a la
belleza. Tena las facciones delicadas, los ojos oscuros, de mirar
expresivo, y los gestos y ademanes tan enrgicos y desenvueltos que a un
tiempo delataban la vivacidad de su carcter y el empeo de mostrar una
gracia ms provocativa y libre de lo que su propia ndole consenta.

An no demostraban su lenguaje y modales completa perversin, ms ya
saba desplegar a modo de recursos seguros, el licencioso desparpajo y
la franca deshonestidad de quien para vivir se pone precio, esperando
acrecentar con el estmulo el deseo, y con el impudor la ganancia.
Comprenda el poder de sus atractivos y lo extremaba, siendo tan
complaciente y mimosa al concederse como dura y desptica para dominar a
su amante, que la quera poco y la estimaba menos, pero hallaba en da
dulcsimo empleo a sus sentidos porque era hermosa y completa
satisfaccin a su vanidad, porque le costaba mucho.

Ya iba impacientndose por la tardanza de su seor--que acaso no pasase
de arrendatario--cuando al or sonar prolongadamente un timbre, se
acomod de nuevo ante el tocador. Pocos segundos despus, una doncella
levantaba la cortina de la puerta dejando paso y diciendo:

--El seorito.

A pesar del diminutivo, el hombre que entr, sin quitarse el sombrero,
era un seor de cincuenta aos, lo menos; alto, bien plantado, mostrando
en la mirada y el porte que, a despecho de la barba entrecana y el pelo
casi blanco, an deba de apreciar en toda su intensidad, los encantos
de aquella buena moza. Vesta con exquisita elegancia, y por su edad y
aspecto, tena representacin de persona importante: juzgndole por las
trazas no era disparatado imaginar que fuese presidente de algn alto
cuerpo del Estado, banquero poderoso o senador por derecho propio.

Acercose a Magdalena, diole un beso en el cuello, sin que ella mostrase
resistencia ni agrado, y quitndose guantes, gabn y sombrero, se sent
en una butaca colocada frente al tocador; de modo que pudiese ver a su
amante por la espalda y al mismo tiempo contemplar su rostro reflejado
en el espejo.

--Besitos--dijo ella frunciendo el entrecejo--besitos... y poca
vergenza. Vamos, a ver por qu no ha venido _usted_ ayer en todo el
da? Mira que si yo quisiera... apenas tena horas libres para...

--Hija no he podido.

--No eh? Un da entero! Qu has tenido que hacer?

--Muchas cosas.

--Pues todo me lo has de contar para que te perdone... hora por hora...
minuto por minuto.--Y alardeando de apasionada y ofendida, se levant
con el pelo suelto yendo a ponerse de media anqueta en un brazo de la
butaca donde l estaba, diciendo:

--Anda pichn, dime todo lo que has hecho, y si mientes... te ahogo.

--Pues, mira: ayer me levant a las doce, almorc, y a las dos me tenas
en el Consejo magno de ferrocarriles Hispnicos.

--Y qu pito tocas t all?

--Tenamos junta los consejeros porque los guarda-agujas piden aumento
de sueldo y se han declarado en huelga. Dicen que ganan no s cuanto,
ocho o diez reales, y trabajan diecisis o veinte horas... y que no
duermen. Acordamos negar, pero hubo discusin: hasta las tres y media
estuvimos all.

--Y luego?

--Fui a Hacienda a ver al ministro.

--Para qu?

--Ya sabes que tengo unas dehesas en la Mancha. Pues, entre
investigadores y denuncias... nada, que me quieren cobrar doble
contribucin de la que pago... Y no me da la gana!

--Pero, con razn?

--Nunca hay razn para cobrar tanto. Claro que... en realidad deba
pagar ms... pero quin paga lo justo? Nadie.

--Y qu te dijo el ministro?

--Medias palabras. No poda ser explcito; pero comprend que todo se
arreglara. No ves que en su distrito, si yo quiero, no saca el
gobierno ni un voto?

--En fin, que te saldrs con la tuya.

--Cabal. Pagar lo que hasta aqu.

--Y luego dnde fuiste?

--De all sal a las cuatro y media. Me encontr en la calle a Pignorate
y estuvimos un rato largo hablando de negocios.

--Qu negocios?

--Una empresa que tenemos. La cosa parece que se tuerce. Pignorate es el
que da la cara: el dinero es de varios, yo entre, ellos. Dicen malas
lenguas que si es limpio o no es limpio. Todo consiste en adelantar
dinero a seoritos... y claro que han de pagar algo. Que algunos son
menores... pues que sean: lo mismo necesitan dinero los jvenes que los
viejos. Pignorate me dijo que iba a meter a un muchacho en la crcel,
pero ya vers como no lo consienten sus padres.

--Vamos, qu tenis una sociedad para prestar a menores y luego... _lo
arreglan_ sus familias.

--As, tan crudo... no; pero el que quiera dinero para vicios que lo
pague...

--Y despus?

--Me met en el Congreso. Tena que votar con el gobierno, por pura
disciplina, una gran picarda. Sin embargo, como lo primero es el
partido, vot. Luego tuve que ir al Crculo para buscar a uno.

--Jugaste?

--Poco: hasta las siete.

--Y qu tal?

--Medianamente; gan mil pesetas.

--Pues me vienen al pelo.

El caballero sonri bondadosamente y sacando del tarjetero diez billetes
de a veinte duros, los coloc sobre la falda de Magdalena diciendo:

--Para alfileres: y ya puedes agradecerlo... Mis chicas tenan no s qu
capricho... cosas de muchachas. Otra vez ser.

Ella, dando por terminado aquel incidente, tir sobre el tocador los
billetes y continu:

--Qu hiciste luego? Por qu no viniste de noche? Te estuve
esperando... Se perdi el palco y me acost de un humor.

--Fui a casa, a comer, con propsito de venir temprano. Qu si quieres!
Hizo la maldita casualidad que, contra lo habitual, no tuvisemos ms
convidado que mi suegra.

--Lagarto, lagarto!

--S; estuvimos en familia. Luego se march la buena seora, mis hijas
se fueron a vestir para ir al teatro y me qued solo con mi mujer.

--Y qu pas?

--Lo de siempre cuando nos vemos a solas. La gran jaqueca. Es buena,
cariosa, dulce; la estimo y la respeto y considero.., pero no nos
entendemos.

--Ya conseguir que me dejes!

--Eso no! Tuvimos una escena muy desagradable y estuve muy enrgico.

--No te atreveras.

--Qu no? Pues mira: le dije no me apures la paciencia porque nos
separamos. T eres libre... hasta cierto punto: yo soy dueo de mis
acciones, y en paz, o damos el gran escndalo.

--Te hablara de m.

--Por indirectas. Me dijo que gastaba demasiado, que en casa se deba la
mar, que ella estaba humillada, despreciada, que las chicas se iban a
quedar sin tener qu comer... y lo que ms me enfurece! se ech a
llorar.

--Para que te ablandases.

--Pues no me abland. Lo que siento es que las chicas...

--Qu sucedi?

--Del comedor habamos pasado al despacho. Las nias vinieron vestidas,
oyeron voces, se detuvieron junto a la puerta y se enteraron de todo.

--Como son mayorcitas se harn cargo.

--Qui, se abrazaron a su madre... llorando. Figrate!

--Tonto! Haberte venido aqu.

--Ya se me ocurri; pero se me haba levantado tal dolor de cabeza que
tuve que acostarme y tomar antipirina.

--Potingues! Qu mejor antipirina que yo?

Quiso l entonces abrazarla por quitarle el enojo, mas ella levantndose
de su lado le dijo muy seria.

--Todo eso est muy bien y el cuadro de familia interesantsimo. Para
evitar que se repita, esta tarde me llevas a comer a cualquier parte.

--Convenido. Y no mando recado a casa: ya se irn acostumbrado.

Magdalena sonri gozosa y volviendo a su interrogatorio y reprimenda,
para disimular la alegra, pregunt con gesto desabrido.

--Y hoy por qu no has venido ms temprano?

--He tenido que hacer una visita.

--A quin?

--A un amigo mo con quien estoy organizando una sociedad muy til y
provechosa. Ahora no existe ninguna semejante ni parecida: queremos que
sea medio sociedad medio cofrada, con honores de tribunal. Si nos
dejan, el Santo Oficio con levita. Hace mucha falta porque hoy no se
respeta nada ni se cree en nada, el sentido moral anda por los suelos,
el mundo est perdido... Pero t no puedes comprenderme.

Magdalena sonriendo entre provocativa y burlona, al mismo tiempo que se
prenda las ltimas horquillas en el moo, volvi la cara hacia su
amante, hizo un guio muy expresivo y dijo:

--Hazte socio, monn. Oye y cmo se llama esa hermandad?

--_La hoja de parra_.

--Y para qu es?

El caballero se puso muy serio y con voz grave y sonora, repuso:

--_La Hoja de parra_ ser una Asociacin para atajar los progresos de la
inmoralidad y de la falta de fe.


=Obras del mismo autor=

APUNTES PARA LA HISTORIA DE LA CARICATURA 2 pts.

LZARO (casi novela), segunda edicin 3

DE EL TEATRO, (_Lo que debe ser el drama_).--Memoria leda en el Ateneo
de Madrid, segunda edicin 1

LA HIJASTRA DEL AMOR (novela), tercera edicin 4

JUAN VULGAR (novela), tercera edicin 3

EL ENEMIGO (novela), tercera edicin 4

LA HONRADA (novela), con ilustraciones de Jos L. Pellicer y Jos Cuchy
4

DULCE Y SABROSA (novela) 4 pts.

NOVELITAS 3'50



=Prximas a publicarse=

PERIFOLLOS (novela).

VALDELLANTO (novela).

* * * *

[imagen]





End of Project Gutenberg's Cuentos de mi tiempo, by Jacinto Octavio Picn

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE MI TIEMPO ***

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