The Project Gutenberg EBook of Thespis, by Carlos-Octavio Bunge

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Title: Thespis

Author: Carlos-Octavio Bunge

Release Date: October 4, 2008 [EBook #26771]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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THESPIS

BIBLIOTECA DE LA NACIN

CARLOS-OCTAVIO BUNGE

THESPIS

(NOVELAS CORTAS Y CUENTOS)

BUENOS AIRES

1907

Imp. y estereotipia de LA NACIN.--Buenos Aires




      NDICE

  PRLOGO


  MSCARAS TRGICAS

  El ltimo grande de Espaa
  El Chucro
  La madrina de Lita
  La agona de Cervantes
  El justiciero
  Pesadilla droltica. (Impresiones de veinticuatro horas de fiebre)


  MSCARAS CMICAS

  El ms zonzo
  Almas y rostros
  La tirana del bridge
  Monsieur Jaccotot
  El canto del cisne
  El capitn Prez





PRLOGO


_Al volver Baco de las vendimias, seguale brillante squito de faunos y
ninfas. Y los corifeos del dios ventrudo y coronado de pmpanos, del
dios de los rboles frutales y las vias, cantaban su cancin bquica,
narrando hechos y casos..._

_Thespis, el divino creador, invent entonces la sustitucin del coro
por un hombre viviente, de carne y hueso, que simulara y mimase los
hechos y los casos. l fue este hombre. Y para representar su serie de
encarnaciones, cambibase sucesivamente de trajes y de mscaras de lino.
Actor nico, personificaba hombres y mujeres, viejos y nios, reyes y
mendigos. El coro se limitaba a replicarle._

_Autor al mismo tiempo que actor, Thespis es el padre del teatro griego,
la tragedia y la comedia, la mscara de Esquilo y la de Aristfanes. Por
eso pudo Dioscoride escribir en su tumba el siguiente epitafio:_

Aqu estoy yo, Thespis. Fui el primero en inventar el canto trgico,
cuando Baco traa el carro de las vendimias, y era propuesto en premio
un lascivo macho cabro, con un cesto de higos ticos. Nuevos poetas
han cambiado la forma del canto primitivo; otros, con el tiempo, lo
embellecern todava. Pero el honor de la invencin siempre queda para
m.

_Tendrs eternamente razn, oh glorioso Thespis. El honor de la
invencin te pertenecer siempre. Yo, hijo de tierras que no has
conocido y de una civilizacin que no pudiste sospechar, lo reconozco; y
te rindo homenaje, poniendo tu nombre al frente de este libro..._

_Pues este libro es un manojo de cuentos y fantasas, escrito en los ms
varios estados de nimo. Presenta, puedo decirlo, distintos personajes y
diversos estilos. Por mi rostro han pasado tambin las mscaras de lino,
ya trgicas, ya cmicas... No es acaso todo escritor--poeta, dramaturgo
o novelista,--la sucesiva encarnacin de sus personajes? l siente,
acta y habla por ellos, ellos por l. Un autor es un actor en
silencio... Su sinceridad no es ms que su aptitud de sugestionarse
con las mscaras que se suceden sobre su rostro._

_Sedme pues propicios, oh manes de Thespis, padre comn de todos los
poetas, dramaturgos y novelistas!... Al poner mi libro bajo tu nombre,
pido al buen rbol buena sombra._

Buenos Aires, Diciembre de 1906.




PRIMERA PARTE--MSCARAS TRGICAS




EL LTIMO GRANDE DE ESPAA

I


Pablo Gastn Enrique Francisco Sancho Ignacio Fernando Mara, duque de
Sandoval y de Araya, conde-duque de Alcaices, marqus de la Torre de
Villafranca, de Palomares del Ro, de Santa Casilda y de Algeciras,
conde de Azcrate, de Targes, de Santibez y de Lope-Cano, vizconde de
Valdolado y de Almeira, barn de Camargo, de Miraflores y de Sotalto,
tres veces grande de Espaa, caballero de las rdenes de Alcntara y de
Calatrava, seor de otros ttulos y honores, era, cosa extraa en
persona de tan ilustre abolengo y alta jerarqua! un joven modesto,
sensato y virtuoso.

Hurfano desde temprana edad, fue educado por su nica hermana, Eusebia,
quien, por los muchos aos que le llevaba, poda ser su madre, y de
madre hizo. Desmedrado, rubio, paliducho, con incurable aspecto de nio,
de facciones finas, de ojos dulces y claros y porte de principesca
mansedumbre, contrastaba el joven con la igualmente interesante figura
de su hermana. Era sta una mujer alta, huesosa, de dura y vieja
fisonoma, coronada por abundante masa de negrsima cabellera.
Aristcrata y clibe empedernida, en cuanto l cumpli la mayor edad,
profes ella en la orden de las ursulinas. No sin decirle antes,
sintetizando su obra educativa:

--Por tu nombre y antepasados, eres el primer noble, el primer grande de
nuestra siempre noble y grande Espaa. Despus del rey nadie tiene ms
altos deberes que t. Modelo debes ser, en virtudes y sentimientos, de
tanto hidalgo indigno de su prosapia y de tanto plebeyo blasonado por el
dinero y la vanidad. No olvides jams lo que a ti mismo te debes, y a
tus gloriosos predecesores. Ellos fueron virreyes, generales, cardenales
y hasta reyes y santos; conquistaron tierras para su patria, laureles
para sus sienes y almas para el cielo. En nuestros tiempos tu accin
ser forzosamente ms reducida y simple. Tu vida, pura y retirada, no
slo ser ejemplo de verdaderos hidalgos, sino tambin muda protesta
contra estos tiempos corrompidos y vulgares.

As dijo, en el tono austero y proftico de una sibila. Y sin ms,
permitiendo apenas que por toda despedida el joven besara
respetuosamente su mano de abadesa, cubrindola de lgrimas, se retir
del mundo.

Pablo, Pablito, como ella cariosamente le llamara, qued solo. Aunque
emparentado con los mismos Borbones y con toda la nobleza antigua, no
mantena con sus parientes ms que ceremoniosas relaciones de etiqueta;
chocbale la excesiva familiaridad propia de las cortes modernas.
Reservando en el fondo de su corazn tesoros de ternura, crea torpe
derrocharlos en afectos pasajeros y advenedizos. Por eso viva retrado
y hasta hurao, en su palacio de familia.

Era ste, ms que palacio, convento, por su arquitectura sobria y maciza
y por sus vastas dimensiones. El ala central haba sido levantada
durante el reinado de Carlos III, en un extremo de la calle del Rey
Francisco, que perteneca entonces a los suburbios de Madrid. Completado
y reconstruido luego, era todava grandiosa morada.

Por las muchas deudas que contrajera el ltimo duque de Sandoval, viejo
y disipado soltern, to del heredero, el palacio haba sido embargado
en la liquidacin testamentaria de sus bienes. Ocurri esto en la
minora de Pablito. Y aqu fue donde primero se manifest la entereza de
su hermana Eusebia, a cuyos esfuerzos y diligencias debiose en gran
parte la salvacin de la finca, con sus magnficas reliquias. Apenas
heredara Pablo los blasones, dio ella en desplegar la perseverancia y
hasta el buen criterio comercial que se revela en el epistolario de
Santa Teresa de Jess. Haba que salvar de la ruina que lo amenazara el
ducal mayorazgo, honra y prez de la patria historia! Y tanto breg,
luch, suplic, transigi y aun especul, que al cabo de algunos aos
iban en vas de salvarse de las garras de los acreedores las tierras ms
tradicionales y las dos ms ricas dehesas de la opulenta casa. Al joven
duque no le tocaba ahora ms que seguir las operaciones iniciadas y
aconsejadas por su hermana, para que, al cumplir los treinta aos, se
viera en posesin de fortuna suficiente al decoro de su rango.

--Mira a nuestro primo Osuna--habale dicho Eusebia.--Por la
magnificencia de su padre, digno embajador de Espaa ante el zar, ha
debido liquidar en pblica almoneda los honrosos trofeos de su estirpe.
Hay que evitar decadencia semejante. Y no podemos evitarla sino con
trabajo y ahorro. El comercio y los negocios no son para nosotros.
Recuerda al duque de Ganda! Los deportes, que convendran a tus
gustos, no convienen an a tu fortuna. No olvides que Alba, propietario
de cuantiosos bienes, ha gastado una mitad de ellos en los llamados
sports, que nos traen las modas de Inglaterra. Tampoco te aconsejara
que esperes aumentar tus caudales, como Montesclaros, unindote a la
heredera de algn rico comerciante bilbano. Esa gente no participa de
nuestros sentimientos, no es capaz de desinters ni de delicadeza. Hasta
en ideas polticas te concedo que puedas a veces templar las pasiones
tradicionales con los nuevos tiempos, puesto que tu abuelo y tu to
disimularon su fidelidad a don Carlos; pero nunca en cuanto a tu
casamiento... Una verdadera duquesa de Sandoval es tan difcil de
encontrar como una reina de Espaa!

Y despus de una larga pausa, con una emocin que nunca, antes ni
despus, le notara su hermano, haba concluido:

--No me he casado yo, tal vez por que no hall un marido para mis
sentimientos y mi linaje. Dios sabe que slo quera nobleza, no dinero.
Pero t, mejorada la suerte de nuestra casa y heredero de sus ttulos,
te encontrars un da en ocasin de poder elegir una princesa. Espero
del cielo que ella exista entre la miseria y corrupcin de nuestro
siglo. No has visto nunca crecer, pura y lozana, en montones de
estircol, una azucena blanca?

Mucho medit Pablo sobre tan excelentes advertencias. Y despus de
guardar durante algn tiempo el duelo que senta por la profesin de su
hermana, comenz a frecuentar, de cuando en cuando, si no la sociedad
bullanguera y aparatosa, las recepciones de Palacio, donde era bien
quisto por su ejemplar conducta. All conoci las beldades de la corte,
cuyas toilettes y modos le chocaron, a veces hasta la indignacin.
Encontrbales cierta desfachatez que se le antojaba canallesca, bien
distante de la casta y severa majestad de las grandes damas de otros
tiempos. Lleg a pensar que hallara la esposa soada en las soledades
de provincia y hasta en otras cortes menos modernas, como las de ciertos
pequeos principados de la feudal Alemania. Pero, ay! esas infantas
eran generalmente herejes... Y al defecto de la hereja innata, cuyo
dejo subsiste an despus de la conversin, era casi preferible el
defecto del modernismo parisiense, del modernismo Revolucin Francesa!

Decase que, avalorando su nobleza y seoro, la reina madre lleg a
insinuarle, por discreto intermediario, la proposicin de que casara con
la menor de las infantas reales... l la conoca, l saba de memoria su
perfil borbnico... Debi pensar si podra amarla... No, nunca la
amara, a pesar de su adhesin y su respeto! Cmo engaar, entonces, a
una princesa real ante el altar divino? No sera eso faltar doblemente
a su Dios y a su rey? Fue as que, segn se contaba, rechaz el
ofrecimiento en agradecidos y leales trminos.

Parece que el emisario de Palacio insisti a pesar de su negativa. Crey
que sta fuese inspirada por la modestia; y debi llegar hasta
ofenderle, con su moderno espritu comercialista, encareciendo las
ventajas de la alianza, como si el joven duque fuese una mercanca que
se ofreciera... Esto acab por indignarle en su ntimo y concentrado
orgullo, y tan hondamente que, para terminar el enojoso asunto, dio
Pablo una rplica digna de los antiguos tiempos de la grandeza espaola:

--Diga usted a su majestad la reina que, siendo yo el primer grande de
Espaa, no quiero ser el ltimo infante.

Picado, el proponente pregunt:

--Es sa la ltima palabra del seor duque?

Pablo se encogi de hombros:

--El duque de Sandoval no tiene ms que una palabra. Lo mismo da
llamarla primera que ltima.

Y, diciendo esto, se puso de pie, para significar a su interlocutor que
haba terminado la entrevista.

Poco a poco, disgustado por el ambiente, fue retirndose otra vez a su
palacio. Maldeca all a las nuevas invenciones, que le obligaban a
vivir continuamente preocupado en el saneamiento econmico de su casa,
cuyas deudas estaban todava a medio amortizar. En los reinados de
Carlos V y de Felipe II, cunto mejor aprovechamiento tuvieran sus
juveniles energas, al frente de los tercios de Flandes y de Italia, o
de las huestes conquistadoras de las Indias! Felices tiempos aquellos
en que el sol no se pona nunca en los dominios del Rey Catlico!

Cansado por los trfagos de la administracin harto del inacabable
clculo de intereses y amortizaciones, pens en distraerse viajando por
el extranjero. Mas desisti por entonces de la idea, en parte por
ahorro, en parte porque todava no estaban los asuntos de su casa como
para delegarlos en manos de procuradores o intendentes. Seguira pues
aun en el puesto que su hermana le indicara, cumpliendo las tareas ms
contrarias a su carcter generoso y altivo, en aras de esa misma
generosidad y esa altivez.


II

Hallbase una noche despus de cenar, solo como de costumbre, hojeando
distradamente peridicos y revistas, en la habitacin que eligiera para
gabinete de trabajo. Era sta una amplia sala, decorada con cinco
antiguos retratos de familia, los mejores de la coleccin, verdaderas
piezas de museo, obras de grandes maestros. Terminada la lectura, dej
caer al suelo la ltima revista y absorviose en la contemplacin del
cuadro, firmado por el Tiziano, que tena frente a su poltrona.
Representaba l a don Fernando, el primer duque de Sandoval, fundador de
la grandeza de su casa, en traje de gran maestre de la orden de
Calatrava... Y, por sbita y peregrina ocurrencia, Pablo dirigi
mentalmente a don Fernando, esta breve, pero sentida alocucin:

--Ya ves. Llevo por ti, oh mi glorioso abuelo! una vida lnguida y
aburrida, una verdadera vida de sacrificio. Slo espero que t, ya que
eres el dios tutelar de nuestra casa, me apruebes y bendigas.

Pareciole entonces ver al joven duque que su abuelo don Fernando,
soltando la preciosa empuadura de su espada, le tenda, en la tela del
Tiziano, ambas manos, como para bendecirle y protegerle...

--Esto es ilusin de mis ojos--se dijo.--El viento que penetra por la
ventana entreabierta la ha producido, sacudiendo la luz de las bujas.

Y se levant bruscamente, para cerrar la ventana, volviendo a
arrellanarse despus en su asiento. Pero, realmente, don Fernando
pareca haber cambiado de postura y estar poco dispuesto a tomar de
nuevo la que le diera el pintor...

--Me siento mal--se repiti su ltimo heredero.--No, no puede ser as.
Es tarde... Acaso estoy soando ya. Debo irme a acostar... Maana
desaparecer la alucinacin.

Efectivamente, era ya entrada la noche, pues en una habitacin vecina el
reloj dio la una. Hizo entonces el joven un esfuerzo para levantarse,
aunque sin conseguirlo, saludando al retrato, entre burln y respetuoso:

--De todos modos, don Fernando, os agradezco en el fondo de mi alma
vuestra bendicin. Y me despido hasta maana, porque ya es tarde y me
voy a dormir. Buenas noches... o buenos das!

Los labios de don Fernando parecieron desplegarse en el retrato,
mientras en la misma habitacin deca vagamente una voz engolillada:

--Dios te ayude, hijo mo.

Al or esta voz, estremeciose Pablo, alarmado.

--Debo de tener fiebre--pens.--Decididamente, esta vida que llevo es
antihiginica para cualquiera, y ms para m, que pertenezco a una
familia de guerreros y de ascetas, es decir, de nerviosos. Estoy
fatigado por las preocupaciones y el trabajo. Me siento medio
neurastnico... Es preciso que maana mismo haga mis maletas y me d una
vuelta por Roma o por Pars, para reponerme.

Quiso levantarse otra vez, y le faltaron fuerzas. Qued as clavado,
siempre en su silln, agitndolo extraos e indefinibles
presentimientos...

De las tres bujas que alumbraban la estancia, apagose una, ya
consumida... Al disminuir la luz, Pablo dirigi una mirada a los
retratos que colgaban en los muros, y vio que todos, hombres y mujeres,
lo miraban y sonrean cariosamente, como saludndolo. El nico que no
le hiciera manifestacin alguna de simpata era la efigie de un
dominico, fray Anselmo de Araya, gran inquisidor de Felipe II. La adusta
rigidez de este fraile, que permaneca tal cual fuera pintado haca
siglos, infundi a Pablo todava mayor temor que las sonrisas y los
movimientos de las dems figuras...

Junto al fraile estaba el retrato de su hermana doa Brianda, la esposa
de don Fernando, en un traje de terciopelo negro de severidad casi
monstica. Y destacbase enfrente, atribuida al pincel del Tintoretto,
la arrogante imagen del joven caballero gascn vizconde Guy de la
Ferronire, que cay prisionero del emperador en la batalla de Pava.
Embajador ms tarde ante Carlos V, aunque por unas semanas, en rpida
misin secreta, habase enamorado y casado con una espaola, doa
Brbara de Aldao. De cuyo matrimonio naciera doa Menca, la que fue
segunda duquesa de Sandoval, por casarse con el primognito de don
Fernando y doa Brianda. Doa Brbara, doa Menca y su esposo y dems
ascendientes de ese tronco no estaban representados en la galera del
saln. En cambio, hechizaban los ojos de demonio de un ngel pintado por
Goya. Este ngel era una mujer descendiente de los nombrados,
ta-tatarabuela de Pablo, llamada doa Ins de Targes y Cabeza de Vaca,
dama admirable que trastornaba los afeminados corazones de los
palaciegos de Carlos IV y Mara Luisa. Diz que el mismo prncipe de la
Paz se enamorara de ella, y que el rey, a pesar de las insinuaciones de
la reina no lleg nunca ni a fruncir el ceo ante su triunfante belleza.
Al verla, Pablo no pudo menos de sonrer con intensa ternura, lo que tal
vez no le ocurriera desde que profesara su hermana...

Pasndose largas horas, bajo la escasa luz de la ltima buja que duraba
encendida, acab el joven por familiarizarse con el raro caso de
aquellas figuras que se movan y hasta hablaban...

--Vamos, yo os agradezco vuestros saludos--les dijo,--y os invito a que
bajis de vuestros cuadros, a tomar conmigo una copa de vino Oporto. Lo
tengo bastante bueno, del que olvidara en la bodega mi to, que en paz
descanse. Esto os reconfortar y servir de distraccin. Pues debis
sentiros un tanto aburridos de estaros quietos tantos aos y hasta
siglos colgados de las paredes...

--Aceptamos--repuso en seguida don Fernando.

--Todo sea a la mayor gloria de Dios--dijo fray Anselmo, el dominico.

--C'est gentil!--exclam el vizconde de la Ferronire.--J'en meurs
pour le bon vin du Porto, et de Bourgogne aussi. Gracias, gracias!

--Has tenido una piadosa idea, mi querido nieto, digna de la generosa
hospitalidad de tus abuelos--articul la voz de doa Brianda.

Y doa Ins nada dijo, pero sonri con tal encanto a su sobrino-nieto,
que su sonrisa era una flecha de amor...

Recibida con tanto gusto la invitacin, Pablito se adelant hacia su
noble antepasado don Fernando, tendindole la mano para que descendiese
el primero. El anciano tom formas corpreas, y salt del cuadro al
suelo con la agilidad de un hombre acostumbrado a los hpicos ejercicios
de combate. Su joven descendiente, con una rodilla en tierra, le bes la
velluda y callosa diestra, que midiera su fuerza alguna vez con el mismo
Francisco I.

Luego ayud al inquisidor, quien, materializado a su vez, se persign y
mascull alguna oracin en ininteligible latn.

Doa Brianda, tocndole inmediatamente el turno, descendi con
dificultad, por sus aos y su respetable peso de matrona espaola. Hasta
parece que se disloc un poco el tobillo izquierdo, sin que el dolor le
impidiera acomodarse el zapato con serio y recatado ademn, dando
amablemente las gracias a Pablito.

Al contrario, la bella doa Ins slo apoy ligeramente su mano en el
hombro del joven duque, y salt con tanto salero y coquetera, que el
mismo gran maestre don Fernando hubo de sonrerle.

Por fin, el vizconde de la Ferronire, tocando apenas y como por broma
la cabeza de Pablo, baj con la elegancia de un gimnasta. Riose
francamente, y exclam, luego, con marcado acento gascn:

--Mais, c'est drle! Ya se me haba dormido la pierna derecha de estar
tanto tiempo en la incmoda postura en que me puso en el lienzo ese
brigand de Tintoretto. Si estuviera aqu, ya le calentara un poco
las orejas!

Altamente turbado, Pablo no saba cmo hacer los honores de su casa...
El vizconde intervino, muy oportunamente:

--Y no nos habas ofrecido buen vino de Bourgogne... o de Porto?

--Voy a buscarlo con el mayor gusto, si lo deseis, caballero...

--Eh! Yo no soy espaol. Puedes tutearme, muchacho. Los franceses,
entre iguales, nos tratamos como iguales.

Dejando instalados a sus extraos huspedes, todos como en cuerpo y
alma, baj Pablo a la bodega, y volvi al rato con copas de cristal y
botellas cubiertas de polvo y telaraa. Estaba plido y tembloroso, pues
en el estado de sobreexcitacin en que se hallaba, habale asustado como
espectros un par de lauchas que corrieran en la obscuridad de la bodega.

--Vamos, tranquilzate, mon cher--le dijo el gascn.--Te han
aterrorizado las ratas del stano? En mi tiempo, los jvenes eran ms
animosos. Cuando yo tena quince aos...

--Dejad vuestra historia para otro momento, vizconde, si os place. Ahora
beberemos--interrumpi con serena autoridad don Fernando.

--Tenis razn, querido consuegro. Bebamos a la salud del ltimo duque
de Sandoval.

Y el mismo gascn descorch las botellas y sirvi a los presentes con
gallarda alegra. Entonces pudo ver Pablo que las cinco visitas haban
tomado completa posesin de su casa. Encendidas nuevas luces, estaban
diseminadas por la sala, en familiares posturas y cmodos sitiales. El
nico que permaneca en un rincn, fosco y como inspirado, era fray
Anselmo.

--Yo me siento aqu tan a mon aise, como si estuviese chez
moi--deca el gascn.--Siempre me encontr bien en Espaa, porque si
los espaoles son un poco orgullosos, tambin son valientes, valientes
como los mismos franceses. Y nunca vi mujeres ms lindas que las de
Espaa!--Doa Ins agradeci con su mejor sonrisa, mientras prosegua el
vizconde:--Sobre todo, que las mujeres de Espaa cuando tienen tambin
su poquito de sangre francesa, como mi nieta doa Ins!

--No seis adulador, vizconde--repuso sta, irnicamente.--Tal vez si me
vierais bajo mi estatua yacente que est en la catedral de vila...

--Estos franceses--murmur doa Brianda, con la severidad de una
duea,--ms que galantes, parecen deschabetados.

--El hecho es--dijo don Fernando a Pablo, como para cortar la
conversacin,--que nos encontramos muy bien en tu casa y que gozaremos
algn tiempo de tu castellana hospitalidad.

Aqu se oy la gruesa voz del fraile, con entonacin casi iracunda:

--No es por encontrarnos bien por lo que nos quedaremos un tiempo en
vuestra casa, joven duque, sino para cumplir un designio de Dios. l nos
dio la vida, l nos la quit, l nos la devuelve hoy. No somos ms que
instrumentos de su Voluntad omnipotente, que acaso nos llama a cumplir
una grande accin en su pueblo predilecto, el reino catlico.

--Amn--agreg doa Ins, ms devota que burlona.

--Para servir mejor a mi Dios--continu el fraile,--permitidme que me
retire a mi habitacin... No tenis por qu incomodaros acompandome,
joven duque; yo conozco el aposento que me destinis y puedo ir solo y
abrirlo, con la gracia de Dios, llave que abre todas las puertas. Buenas
noches.

--Buenas noches, padre--repuso a coro la compaa.

Y fray Anselmo se retir, haciendo sonar entre sus magros dedos las
gruesas cuentas negras del rosario que penda en la cintura de su hbito
blanco.

--Es uno de los ms preclaros varones de nuestra casa, un verdadero
santo--exclam con uncin doa Brianda.

--Est limpia y ventilada la habitacin que se le destina?--pregunt
zumbonamente el gascn.

--Hace algn tiempo que no se abre...--repuso Pablo.

--Algn tiempo... un par de aitos, por lo menos... Pues en tal caso, si
el fraile pasa la noche de rodillas, saperbleu!, se va a ensuciar su
hbito blanco, y cuando vuelva al retrato, dar asco.

Doa Ins lanz una alegre carcajada; doa Brianda estir su labio con
una mueca de desdn y de fastidio...

--Tantas veces os dije, vizconde--observ don Fernando,--que en Espaa
no debis nunca burlaros o hablar ligeramente de sacerdotes y cosas de
religin...

--Sois insufrible, caballero--asegur a Guy doa Brianda.

--Cundo aprenderis a estaros con juicio?--preguntole el primer duque
de Sandoval.

--Cundo? Y todava me lo preguntis? No me he pasado tres siglos
quieto, quietecito, colgado siempre de la pared, sin moverme, sin
pediros en prstamo ni un maraved, mi querido consuegro, sin haceros
una guiada, sage comme une image? Bien sabis que muchas veces me
ha picado la nariz, porque se paraba una mosca encima, y que ni a
escondidas he desprendido la mano de la cintura para rascarme!

--Lo cierto es que mi abuelito el vizconde--intervino graciosamente doa
Ins--debe haberse aburrido de lo lindo en su cuadro, habiendo llevado
antes una vida tan divertida en Gascua, en Pars y hasta en Toledo. Os
distraais recordando vuestras aventuras?

--A veces, cuando no flechaba el corazn de la respetable matrona que
tena en frente--repuso Guy, aludiendo a doa Brianda.

--Estis faltando a una dama... y a una dama de vuestra familia!--clam
indignada la aludida.

--Pensad ms bien en vuestros pecados, vizconde--dijo gravemente don
Fernando,--para que Dios os perdone en el da del juicio final.

--Felizmente, don Fernando, todava llevo la espada al cinto para pelear
al Demonio si se atreve conmigo--repuso gallardamente el gascn,
desnudando su toledano estoque y acometiendo con l a un enemigo
invisible... Cuando lo volvi a envainar, agreg, decidor:--Pero es
ridculo que no aprovechemos estas cortas vacaciones y que, mientras
pudiramos divertirnos, nos quedemos aburrindonos aqu, con las
solemnes caras de tontos que tenamos en los retratos... Bebamos por
mis pecados!

--Por vuestros pecados!--exclam indignada doa Brianda.

--No, por el perdn de los pecados de abuelito el vizconde--intercedi
seductoramente doa Ins.

--Vamos, perdonadme, oh duquesa, mi ilustre consuegra, por el amor de
nuestros hijos--solicit galantemente Guy de la Ferronire a doa
Brianda, que, en prueba de su buena voluntad, le tendi la mano para que
la besara.--Bastante reimos ya en el siglo XVI, para que volvamos a las
andadas. La cosa no nos divertira ahora, porque ya no tiene novedad.
No es cierto?

Suspir doa Brianda dignamente, por nica respuesta. Y todos bebieron
despus; todos menos uno, el anfitrin, pues no le alcanzaron las copas,
habiendo l roto dos, de puro nervioso, al tomarlas para que sirviera el
vizconde...

--No os apuris por eso, amado sobrino--djole doa Ins, tendindole su
propia copa, despus de haber sorbido en ella dos o tres traguitos.

Bebiose el joven el resto, y sinti mirando a su bella ta, que un fuego
interno le abrasaba, como si el aejo Oporto fuera un filtro de amor.

--Parece que nuestro querido sobrino no pierde el tiempo--observ
maliciosamente el vizconde, refirindose a doa Ins y al joven
duque.--Haznos los honores de tu casa, Pablo. Piensa que sentimos
nuestros msculos un poco entumecidos de las posturas que nos dieron los
pintores. Para desentumecernos nos vendra muy bien danzar un poco. No
tienes por ac un lad?

--Bailar! Excelente idea!--interrumpi palmoteando doa Ins.--Ah no
s por qu capricho, pues yo nunca am la msica ni supe tocar una nota,
me ha puesto Goya un lad sobre una consola, en el fondo de mi cuadro.
Tomadlo, vizconde, y tocadnos algo para que bailemos!

Guy tom en efecto el indicado lad, sentose sobre una mesa y preludi
unos bonitos acordes. Se formaron en seguida dos parejas, una de don
Fernando y doa Brianda y la otra de doa Ins y Pablo, y pusironse a
bailar pausada y alegremente. Sin saber por qu, Pablo pens de pronto
en la sorpresa que sufrira su hermana si pudiese verlo en tan curiosa
compaa, y en las caras que pondran, si lo vieran, su confesor, y sus
primos, y sus acreedores, y sus arrendatarios! Este pensamiento le caus
tal alborozo, que se puso a rer como si le hicieran cosquillas.

--Estis alegre, sobrino--le observ doa Ins.

--Cmo podra yo estar a vuestro lado, mi ta, sino contento con la
felicidad de veros?

El gascn, que haba odo muy bien, intervino:

--Qu decs?... Ms despacio, jovenzuelos! Hace apenas media hora que
os tratis... Esperad siquiera a estar solos, que faltis al respeto a
vuestros mayores.

Y sin ms ni ms, tir el lad, levantose, dio dos o tres volteretas, y
bes en las mejillas a doa Brianda y a doa Ins. Doa Brianda se
limpi el beso con el pauelo de encajes; pero doa Ins mir sonriendo
amablemente a Pablo, como invitndole a que hiciera otro tanto... Todos,
hasta la anciana duquesa, parecan de buen humor, y siguieron luego
danzando y riendo... Mas de pronto, como convidado de piedra, se
apareci en el dintel de la puerta la imponente figura de fray Anselmo.
Y habl:

--Vergenza me da contemplaros y pensar que sois de mi sangre y de mi
raza, oh humanas criaturas! Tenis apenas, por divina gracia, horas o
das, de una vida especial, y en vez de aprovecharla en la oracin y el
recogimiento, armis una batahola del infierno, interrumpiendo mis
santas meditaciones. No os dije que Dios nos llama a portentosa obra?
Dejad de revolcaros en el fango de la concupiscencia y de la
imprevisin, y seguidme a la capilla, que Jess nos espera, con los
brazos abiertos y tendidos.

No sin echar antes una melanclica mirada al fondo desierto de sus
respectivos cuadros, todos siguieron al fraile, como dominados por su
ojo aquilino. Llegaron en solemne y lenta procesin, despus de cruzar
varios corredores, a la gtica capilla del palacio, que pareca
aguardarlos con sus mortecinas luces encendidas. Se descubrieron.
Entraron. Persignronse. Y fray Anselmo subi al plpito, desde el cual
proclam, con su calurosa palabra de vidente, la necesidad de extirpar
en Espaa hasta las ltimas races de hereja, si se deseaba salvar el
reino... Tan extraa y arrebatadora fue su elocuencia, que todos
lloraron. Hasta el vizconde, si bien en su llanto pareca haber un poco
de risa, porque durante el sermn, con un alfiler y una tirilla de papel
que encontrara por casualidad en el suelo, haba prendido una pequea
cola en las abultadas polleras de doa Brianda. Por suerte, nadie
advirti su impiedad, nadie--dira fray Anselmo,--menos Dios!

Terminado el sermn, el dominico baj del plpito, y se dirigi al
altar... Interrumpiole el vizconde, antes de que se arrodillara:

--Padre, todos nos sentimos un poco fatigados de haber estado nada ms
que la friolera de unos doscientos o trescientos aos metidos en
nuestros cuadros... No podramos dejar para maana nuestras devociones,
e irnos ahora a estirar nuestros cuerpos en las frescas y finas sbanas
de Holanda que nos ha de ofrecer el joven duque?

El fraile ni se dign responder, prosternndose ante el ara...

--Ces spagnols catholiques son entts comme des huguenots!--murmur
entonces el gascn.

Y comenz el rosario. Fray Anselmo iniciaba las Avemaras, que luego
coreaban sus catecmenos. Era interminable aquel rosario... Atrado por
las luces y la curiosidad, entr en la capilla un gato negro, familiar
de la casa. Pens el dominico que el animal fuera una encarnacin del
demonio mismo, y se dispona a hisoparlo... Pero como el gato era muy
manso, restregose contra las pantorrillas de Guy, el primero que topara.
Y Guy aprovech la oportunidad para pisarle la cola y hacerlo mayar, con
gran refocilamiento de doa Ins... Huy atemorizado el gato, termin el
dominico su rosario, y Pablo despidi a sus huspedes, instalndolos en
sus respectivas habitaciones. Tiempo era, pues la aurora se desperazaba
ya en el horizonte, y pronto empezara el tragn de la maana.

Satisfecha el alma por el santo cumplimiento de sus devociones, y
satisfecho el cuerpo por los varios tragos de viejo Oporto que se echara
entre pecho y espalda, durmi muy bien el joven duque. No hay para qu
decir si los dems dormiran a gusto en las finas y frescas sbanas de
Holanda, que dijera Guy. Hasta fray Anselmo las aprovech, a pesar de
haber anunciado que prefera una tarima y aun el duro suelo... Estaban
todos tan cansados!


III

Pocos servidores tena Pablo: un intendente general, un ayuda de cmara
y un cocinero, tres viejos catarrosos, ms gordos y reservados que
cannigos, los cuales a su vez manejaban tres o cuatro galopines para
los barridos y fregados. Mujeres, ni para muestra las haba en la casa.
Tal haba sido la voluntad de Eusebia, quien consideraba que la mujer
slo debe servir a su familia o a su monasterio.

Embrutecidos por la monotona del servicio y acostumbrados a ver en su
amo un ente perfecto, incapaz de humanos yerros, ni pizca se asombraron
los tres antiguos criados del brusco cambio sobrevenido en la casa
durante la ltima noche. Los nuevos huspedes eran casi tan tranquilos
como sombras; dirase que apenas tocaban el suelo. Y se imponan: don
Fernando y doa Brianda por su prestancia, fray Anselmo por su
austeridad, doa Ins por su belleza y Guy por su donaire.

Naturalmente, en las sobremesas de la antecocina se explic el caso de
la manera ms natural. Doa Ins era la prometida del amo; vena a
casarse con l. Don Fernando y doa Brianda eran sus padres. Fray
Anselmo bendecira la boda. El vizconde era un confianzudo amigo de la
casa, que servira de testigo. Se trataba de una familia de alta
alcurnia, que llegaba de provincia, con los histricos y vistosos trajes
de sus antepasados, conservados por puro orgullo, en una vida de
voluntario aislamiento. Al fin haba encontrado el seor duque la
deseada esposa, que pareca como mandada a hacer a su medida!

Y no poda concebirse gente ms cmoda y discreta. El nico que
fastidiaba un poco, a veces bastante, era el franchute. Tena
ocurrencias de demonio... De buenas a primeras pregunt a Bautista, el
intendente, si viva en la casa alguna doncella, porque, desde unos
trescientos aos atrs, tena el capricho de volver a pellizcar blancas
y rollizas formas femeninas... Bautista, con la dignidad propia de un
alto servidor de casa ducal, dijo que all no haba hembra alguna, ni se
estilaban mujeres con semejantes formas... Qu hizo entonces la
extravagante visita? Grit a Bautista que se quedara quieto; que no
huyese si deseaba conservar la vida; desenvain el estoque, y lo
acribill a amagos y fintas, enganches y desenganches, quites y
estocadas! Y todava, porque ce frippon de Batiste no gritaba a cada
momento touch, lo corri hasta la cocina, cruzndole la espalda a
cintarazos!

Tambin Manuel, el ayuda de cmara, tena quejas no menos serias del
vizconde extranjero. Sola ste darle unas latas formidables, en las
cuales barajaba duelos, raptos, batallas, letanas, torneos y mil
demonios. Y hasta recordaba unas seoritas con nombres estrafalarios...
algo como de Montmorency y de Rohan... de quienes deca haberse
enamoriscado en su juventud. Hablaba tambin de un tal Franois o
Francisco, al que llamaba rey de Francia... Ante ignorancia
semejante, Manuel no haba podido contenerse!

--Seor vizconde--le replic,--en Francia ya no hay reyes. Hay una
repblica gobernada por un presidente...

--Una repblica!... Esas son cosas de Venecia y locuras de la nobleza
de Polonia... Repblica en Francia!... Negars, cochon du diable,
que en Francia reina el muy grande y generoso rey Franois I?--Y
sacando su espada como de costumbre cuando se enfadaba, lo que ocurra
muchas veces en medio de sus bromas, agreg con ademn harto
amenazador:--Contesta, villano de Espaa, si no quieres que manche mi
acero en cortar tu lengua de perro!

Temblando de miedo ante furia semejante, el viejo servidor tuvo que
tartamudear:

--Es cierto, seor vizconde, es cierto... En Francia hay un rey...

--Hay un grande y magnnimo rey, Franois I.

--Hay... un grande... y magnnimo... rey... Franois I...

--A quien Dios guarde muchos aos!

--A quien Dios guarde muchos aos...

La infantil docilidad del criado pareci encantar a su verdugo, que le
palmote la espalda con mano de plomo, exclamando:

--Eres un buen garzn, villano. Vete corriendo a buscar dos botellas del
mejor vino de Borgoa que encuentres, y trae dos vasos. Quiero que t
tambin bebas por las glorias del rey de Francia.

Sin comprender claramente y todava paralizado de terror, no se movi
Manuel... Nuevamente impacientado el hidalgo gascn, le aplic un leve
puntapi en un sitio que por decoro nadie nombra, salvo los gascones,
gritando:

--Anda pronto a traer esas botellas, holgazn del infierno!

Ni tres minutos pasaron antes de que Manuel volviera con las botellas y
dos copas. Guy tom las copas rindose a mandbula batiente...

--Y a esto llamas vasos para beber vino de Borgoa, maese Manuel?

--S... seor... si el seor no se enfada...

--Y crees t que un francs honesto puede beber sangre de Cristo en
estos dedales de mueca?

--S... no...

--Por la primera vez, cuando tu amo nos convid, los he tolerado. Pero
ya no los tolerar ms! Por los clavos de Cristo, que no los tolerar
ms!... Llvaselos a fray Anselmo para cuando diga misa, o a mi buena
amiga la abadesa del convento de Saint Etiene, madame de Montballon!

Pero, sin dar tiempo de que se llevaran los dedales de mueca a fray
Anselmo o a la abadesa madame Montballon, desnud la espada, tom las
dos copas con ambas manos, e intent con ellas unos ejercicios como
juegos malabares, dndolas muy pronto contra el suelo, donde se hicieron
aicos. Inmediatamente increp a maese Manuel, que le miraba azorado:

--Qu haces ah, zopenco, que no destapas las botellas? Pareces el
arcngel Gabriel que esculpi maese Nicols para la capilla de la reina
Margarita. Soy acaso la Virgen para que me anuncies el nacimiento del
nio Jess?

En un abrir y cerrar los ojos, las botellas estuvieron abiertas. Guy
envain la espada, tom una, la alz, la mir, tendi el brazo, y dijo:

--Por las glorias del rey de Francia!

Mas viendo que no se mova Manuel, lo increp de nuevo:

--Toma pues la otra botella, animal, y no me mires as! Te he dicho que
no soy la Virgen Mara.

Empu Manuel tembloroso la otra botella y la acerc a los labios...

--Repite antes, por San Clemente de Alejandra! que bebes por las
glorias del rey de Francia, si no quieres que te rompa la cabeza de un
botellazo.

Manuel repiti:

--Por la gloria del rey de Francia...

Y el vizconde y el ayuda de cmara empinaron cada cual su botella. Poco
acostumbrado a este deporte, a Manuel le falt pronto el aliento,
interrumpiose y erut rociando el rostro del gascn con un gran buche de
vino.

--Esto trae suerte--dijo Guy, rindose.--Sigue, muchacho...

Haba terminado su botella el vizconde y el ayuda de cmara, que no
poda ver el vino y jams lo probaba, iba apenas por la mitad de la
suya...

--Si no bebes hasta la borra, insultas al rey de Francia, y yo, que soy
su embajador, te castigar como mereces!--exclam el gascn, requiriendo
otra vez su espada...

Ms muerto que vivo, y todava ms borracho que muerto, Manuel se bebi
hasta la borra, dejando luego caer al suelo estrepitosamente la
botella...

--Bravo, bravsimo!--aplaudi Guy.

Surgiendo en la puerta, don Fernando observ severamente a su alegre
consuegro:

--Pero vizconde! Os olvidis de vuestro rango...

--Un francs no se olvida nunca de su rango ni en los torneos ni en las
batallas!

--Sois un embajador y parecis un juglar...

--Y vos sois un grande de Espaa y parecis un fraile mendicante!

--Me insultis...

--Decid ms bien, nos insultamos!

Hzose una pausa, que interrumpi el anciano duque:

--Guardemos compostura, vizconde. Recordad que tenemos una alta obra que
cumplir. Dejad para otro momento vuestros arrebatos y vuestras bromas.

--Para otro momento, querido consuegro? Para cundo? Para cundo
tenga que estarme otra vez aos y siglos, ah, rgido en el cuadro,
aunque me pique la nariz o se me duerma una pierna?

Y cambiando en seguida de tono, sac Guy de un bolsillo de terciopelo
verde una grande y pesada moneda de oro, y se la tir a Manuel,
dicindole:

--Anda, buen hombre. Ah tienes para poner gallina en tu puchero todos
los domingos durante un ao. No la vayas a jugar como un bellaco.

--Mejor que estar departiendo con los criados, vamos al saln,
vizconde--interrumpi don Fernando.--Hay all un complicado y curioso
instrumento moderno, que Pablo, creyndolo antiguo, lo ha hecho traer,
para tocarnos en l no s qu danzas, tambin muy modernas... pavanas y
gavotas. El instrumento es llamado clavicordio. Doa Ins lo conoca y
est encantada.

--Cmo! Doa Ins y Pablo estn tocando el clavicuerno?...

--Cla-vi-cor-dio!

--Y no est colgado en esa sala algn retrato de nuestro amado pariente
el conde de Targes?

Don Fernando se alz de hombros y sali, seguido del vizconde, en
direccin a la sala del clavicordio. Manuel volvi a la cocina,
bambolendose y creyendo haber soado; pero la arcaica moneda
atestiguaba la realidad del supuesto sueo... y ms que la moneda, su
borrachera!

--Se han querido rer de t--le observ Bautista.

Al da siguiente tambin se quisieron rer de Bautista. Pues Guy le
pidi una tintura, con estas enigmticas palabras:

--Bscame pronto algo para teirme el bigote otra vez de negro, pues se
me est destiendo; y no quiero volver al cuadro del Tintoretto sino
como l me pint, con los mostachos ennegrecidos por la pasta que
fabrica maese Sabino, el barbero del rey.

Parece que una caja de betn ordinario sustituy bastante pasablemente
la antigua industria de maese Sabino...

Todas estas cosas raras se comentaban, aunque parsimoniosamente, en la
antecocina. La ausencia de las figuras en los cuadros del gabinete de
trabajo del amo haba pasado hasta entonces inadvertida. Acaso los
sirvientes se ocupan de obras de arte cuando no se les manda limpiarlas?
Contentbanse, pues, con decir que esos nobles de provincia eran
incansables bromistas... y nada ms!

Donde se deca mucho ms era en la corte. Corran las versiones ms
extraordinarias. Hablbase vagamente de una secreta compaa de
titiriteros, que el joven duque albergaba en su palacio. Otros suponan
una comparsa de bufones, cuyo oficio era distraer, a la antigua usanza,
los ocios del magnate moderno. Crease tambin en un tropel de locos y
de idiotas que, por caridad ms que por humorismo, cuidaba el joven en
su propia casa. En fin, no falt quien recordase la presencia de una
beldad desconocida, que mantena a Pablo cautivo de sus hechizos...
Alguien pens en hacer intervenir la polica... Pero los antecedentes y
la conducta del duque se impusieron. El palacio permaneci cerrado y
silencioso, hasta para los ms allegados parientes.


IV

Lejos de las cortesanas habladuras, Pablo pasaba una vida casi feliz,
una vida de ensueo. Haba cobrado verdadera aficin a sus huspedes.
Respetaba las virtudes un tanto agresivas de fray Anselmo, aprobaba la
gravedad de don Fernando y doa Brianda, rea de las ocurrencias de Guy,
enamorbase de las gracias de doa Ins... Y tambin se senta entre
ellos, que una tarde lleg hasta disgustarse seriamente con una broma
del vizconde...

--Creo que ya debemos volver a nuestros cuadros, por San Luis rey de
Francia--haba exclamado Guy, metindose, sin ms ni ms, en el que le
corresponda...

--Vamos, dejaos de chanzas, Guy...--djole Pablo.

--Pero el gascn se haca el muerto, o, mejor dicho, se haca el
retrato, en la misma o semejante postura en que el Tintoretto lo
pintara.

--Bajad de una vez...--suplicaba Pablo.

Como si no lo oyera, lo mismo que antes de la noche memorable, el
vizconde de la Ferronire se estaba quieto y silencioso, sage comme une
image.

--No seis terco, abuelito--intervino doa Ins.--Ved que inquietis a
Pablo.

--Dios podra castigaros--manifestole doa Brianda--dejndoos all otra
vez para siempre.

El hecho es que no slo Pablo, sino que todos estaban alarmados,
temiendo fuera ya llegado el momento fatal de despedirse de su ltimo
sueo de vida humana...

--Siempre con bromas de mal gusto, vizconde--refunfu don Fernando.

Haciendo odos sordos, el porfiado gascn permaneca impvido, sin
fruncir ni la punta de la nariz... De pronto, doa Ins solt una
carcajada cristalina:

--Se ha equivocado de postura! En vez de cruzar la pierna derecha, que
es la que se le haba dormido, como estaba antes, ha cruzado la
izquierda... Si lo sabr yo, que lo he tenido tantos aos ante mis
ojos... En la pierna izquierda es donde le dar ahora no ms un
calambre!

As fue; le dio tan fuerte y repentino calambre en la pierna derecha al
pobre vizconde, que tuvo que saltar del cuadro... Y con tanta torpeza lo
hizo, que con todo su peso le pis un pie a doa Brianda...

--Grosero!--exclam sta, sin poder contener su dolor.

Para tranquilizarla, dobl Guy la rodilla en tierra y le suplic:

--Pardn, madame!

Fray Anselmo, que musitando sus oraciones haba vislumbrado la escena
desde los corredores, vocifer:

--Esto es intolerable, ya!--Y dirigindose a Pablo:--No sabis cundo
habr recepcin en Palacio?

--No...

Como era hora de cenar, pasaron al comedor. Despus del Benedicite, el
dominico pregunt al dueo de casa:

--Quin se sienta ahora en el trono de Espaa?

--Felipe II--repuso doa Brianda.

--Carlos IV--afirm doa Ins.

Fray Anselmo impuso silencio, con su mirada de guila, a tanta ligereza
femenina...

--Alfonso XIII--respondi entonces Pablo.

--De la casa de Austria todava?

--No... de la casa de Borbn... rama de la antigua casa de Francia...

--Luego la Espaa de hoy pertenece a Francia, como la Navarra!--exclam
alegremente el vizconde.--Ya lo haba previsto el rey Francisco!

--Bah!--interrumpi despreciativamente don Fernando.

--Despus de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, la casa de Austria se
extingui sin sucesin en Carlos II el Hechizado...--aclar Pablo.

--Justo--confirm doa Ins.--Y despus vinieron los Borbones, pero
Borbones espaoles, con Felipe V, Carlos III y nuestro buen rey Carlos
IV.

--Desde Carlos IV hasta ahora--termin Pablo--se han sucedido muchos
gobiernos... Hoy reina Alfonso XIII de Borbn.

--Estos gobiernos fueron siempre catlicos?--interrumpi fray Anselmo.

--Naturalmente, padre...

--Alfonso XIII es joven?

--Muy joven; pero tiene la prudencia y la ilustracin de un viejo.

--Es casado?

--Hace meses.

--Con una princesa de cul casa?

--De la casa... de Inglaterra--contest Pablo, algo confuso.

Fray Anselmo se puso de pie, como si se le apareciera el demonio...

--De la hertica casa de Enrique VIII y de Isabel?

--S, padre. Pero la princesa se ha convertido... se ha convertido
previamente, segn los cnones...

--Se ha convertido. S... si!... Pero se la ha exorcizado?

--...En su religin protestante llambase Ena de Battenberg. En su nueva
religin de los Reyes Catlicos se llama Victoria... Es una bella y
virtuosa reina!

Nada ms quiso or el gran inquisidor de Felipe II; agarrndose la
cabeza grit:

--Una hereje en el trono de Carlos V! Una hechicera, llamada Ena,
usurpando la corona de Isabel de Castilla! Oh Dios mo, apidate de tu
desgraciada Espaa, apidate de tu desgraciada ahora y otrora tan fiel y
gloriosa Espaa!--Y se retir a su aposento con lgrimas en los ojos y
fuego en los labios.

En un silencio de tumba sintiose como un soplo de destruccin y
profeca...

--Sacrement de Dieu!--interrumpi el gascn, despus de una
pausa.--Jamais je ne pourrais comprendre cet esprit d'exaltation
hugonotte qu'on trouve dans le catolicisme d'Espagne.

--Ms os valiera no hablar de ello, si no lo comprendis--observole don
Fernando.--Y agreg, dirigindose a toda la compaa:--Buenas noches.

--Buenas noches--respondieron uno a uno, levantndose todos antes de
concluir la comida, no sin empinarse el gascn dos o tres copas ms de
vino tinto.

Sintiendo un vago e indefinible malestar, retirose cada cual a su
aposento, a hacer slo las oraciones, que las dems noches hicieran
juntos, bajo la direccin del dominico, en la polvorosa capilla.

Al siguiente da, despus de or, como de costumbre, la misa que fray
Anselmo dijera a las seis, Pablo anunci:

--Esta noche hay una gran recepcin en Palacio. Acabo de recibir la
invitacin...

--Pues todos iremos a Palacio, como corresponde a nuestras
dignidades--decidi el inquisidor con voz de trueno.--Dios lo manda!

La proposicin fue acogida con jbilo general. Don Fernando, doa
Brianda y Pablo tuvieron como un presentimiento de que prestaran un
inapreciable servicio a la dinasta. Guy y doa Ins vieron al fin
llegado el momento de salir de la casa solariega, echar un vistazo por
el mundo, a ver si haban cambiado mucho las cosas y los hombres... No
se atrevi el vizconde a exteriorizar su gusto, por temor de que lo
dejaran en casa; mas doa Ins, riendo como una loca, no pudo
contenerse:

--Qu suerte!... Lucir todava ante ese Alfonso XIII o XIV mi
precioso vestido blanco con encajes de Inglaterra!--Y dio unos saltitos,
aunque con moderacin, para no desarreglarse el moo del peinado, y
golpe el hombro del gascn con su abanico de ncar, si bien
cuidadosamente, para no descuajaringarlo, pues como era viejo estaba
algo estropeado y pegoteado.

Esperando impaciente que llegase la hora de presentarse en Palacio, cada
cual se retir a su habitacin. Pablo pas el da entero poniendo en
orden sus papeles, como si se despidiera del mundo; fray Anselmo,
postrado en oracin; don Fernando y doa Brianda, platicando sobre el
podero del primer Carlos y el segundo Felipe, que imponan al mundo su
ley... El vizconde de la Ferronire se atusaba el bigote y ensayaba
pasos y sobrepasos, danzas y contradanzas... Doa Ins se sonrea ante
el espejo...

Sentronse a la mesa en la hora de la cena; pero nadie prob bocado,
absorbidos, quines en altas y graves ideas, quines en pensamientos
frvolos y galantes... Y a las once en punto de la noche, presentbanse
todos ante la escalinata de Palacio. Centinelas y guardias dejronles
pasar, deslumbrados por sus brillantes uniformes; los alabarderos
golpearon el suelo con sus lanzas, pues que los seis de la comitiva eran
cinco grandes de Espaa y un embajador... Y anunciados por los ujieres,
corrieron sus nombres produciendo general estupefaccin:

--Fray Anselmo de Araya, gran inquisidor de Felipe II!...

--Don Fernando y doa Brianda, primeros duques de Sandoval!...

--El vizconde Guy de la Ferronire, embajador de S. M. el rey Francisco
I ante S. M. el emperador Carlos V!...

--Doa Ins, condesa de Targes y Cabeza de Vaca!...

--El duque de Sandoval y de Araya!...

Bastaba mirar a los nombrados para comprender que no se trataba de una
broma irreverente; nadie se atrevi ni a pensarlo... El misterio de lo
sobrenatural y lo inexplicable se cerna, como una grande ave negra,
sobre las frentes, plidas y sudorosas... Los mismos reyes se pusieron
de pie... Y fray Anselmo dobl una rodilla en tierra, bes la mano del
monarca, levantose, y habl... Sus palabras eran como sombras de
palabras. Comprendiose que se referan a la reina, hacia quien tenda
sus manos esculidas, entre amenazadoras y suplicantes... Lo mandaban
las augustas reliquias del Escorial, para que exorcizara a la princesa
que antes fuera hereje!

Pas algo indefinible... Todos se sintieron como aletargados... La reina
Victoria se arrodill ante el fraile; el fraile la tendi como un
cadver a los pies del trono; rez las oraciones del exorcismo... Y
dijo:

--Exi, Wycliffe!

Y surgi, revoloteando en amplia elipsis, hasta perderse en la sombra,
un murcilago... Era el espritu de Wycliffe.

El fraile dijo:

--Exi, Calvine!

Y surgi, tambin revoloteando en amplia elipsis, hasta perderse en la
sombra, otro murcilago... Era el espritu de Calvino.

El fraile dijo:

--Exi, Luthere!

Y un tercero y ltimo murcilago surgi, revoloteando en amplia
elipsis, hasta perderse en la sombra... Era el espritu de Lutero.

Entonces la reina se arrodill otra vez, volviendo en s. El fraile la
bendijo y coloc sobre su cabeza una como diadema de estrellas.

--Ya ests purificada, Ena de Battenberg. Ahora puedes ser reina de
Espaa, reina Victoria. En nombre del monje imperial de San Yuste y de
Felipe, su hijo, yo os bendigo. Que Dios os guarde en su santa gracia
con vuestro digno esposo, Alfonso rey!

Como un inmenso murmullo de marea, todas las bocas confirmaron a coro:

--Amn.

La reina se levant, y se sent en el trono, junto al rey,
resplandeciendo de santidad y de hermosura. Y en la atmsfera vibr un
coro de invisibles ngeles, mientras se retiraban lentamente el gran
inquisidor de Felipe II y sus dems acompaantes, de vuelta al palacio
de la calle del rey Francisco.

Y las cinco figuras volvieron a sus respectivos cuadros, sepultando en
un silencio eterno este acontecimiento inaudito. Nadie dir nunca nada
de l, porque su propio recuerdo se desvaneci milagrosamente de la
memoria de quienes lo presenciaran. Si alguno vislumbra vagamente algo,
lo desecha como reminiscencia de inoportuna y trgica pesadilla. La
historia lo ignorar siempre, la Historia, la ignorante ineducable, la
incorregible mentirosa! Un solo espritu hay todava bastante castizo
para poder comprender y recordar el Hecho. Pero este espritu vive ya
retirado de los hombres, enfermo de nostalgia y de hipocondra, entre
las cuatro paredes de su gabinete de estudio. En el armorial espaol se
le registra--despus de la reciente muerte de su hermana Eusebia--como
nico representante de una de las ms gloriosas familias de la nobleza
europea, con el nombre de Pablo Gastn Enrique Francisco Sancho Ignacio
Fernando Mara, ltimo duque de Sandoval y de Araya, conde-duque de
Alcaices, marqus de la Torre de Villafranca, de Palomares del Ro, de
Santa Casilda y de Algeciras, conde de Azcrate, de Targes, de
Santibez y de Lope-Cano, vizconde de Valdolado y de Almera, barn de
Camargo, de Miraflores y de Sotalto, tres veces grande de Espaa,
caballero de las rdenes de Alcntara y Calatrava...




EL CHUCRO


I

Casi diariamente desapareca alguna res vacuna o lanar de las haciendas
esparcidas sobre la orilla del Paran, cinco o seis leguas al sur de la
ciudad del Rosario.

Por muchas diligencias que hiciera la polica del departamento, no pudo
darse con los ladrones que se apropiaran de las reses, sin dejar
siquiera el cuero. La imaginacin popular explic entonces las diarias
desapariciones por causas o fuerzas sobrenaturales. Decase que en las
islas vecinas viva una especie de ogro insaciable. Este ogro atravesaba
todas las noches el ro a nado, apoderbase de una res cualquiera, y se
la devoraba viva, se la tragaba ntegra!... Y lo peor del caso era que,
cuando no encontraba reses sino cristianos, tragbase lo mismo a los
cristianos. De otro modo no podra explicarse la sbita desaparicin
de dos o tres peones que vigilaran nocturnamente en los campos ribereos
la hacienda, por orden de sus dueos. Hasta una mujer, Pepa la
Gallega, la cocinera del estanciero don Lucas, habase tambin esfumado
una noche, como llevada por el diablo...

El diablo deba andar sin duda metido en el asunto. Sera el padrino o
el compadre del ogro...

Y como tena padrino, tena tambin el ogro su nombre propio.
Llambasele el Chucro, sin que nadie supiese quines, cundo y cmo lo
bautizaran.

De todos los robos del Chucro ninguno constern ms que el de Pepa la
Gallega. Su marido y sus hijos ayudados por los gendarmes, buscronla
sin descanso, hasta en las islas ms prximas a la costa. No se la hall
ni viva ni muerta, y disela por muerta.

Como las desapariciones de reses, ya que no de personas humanas,
continuaran impunemente durante todo el ao, los estancieros apremiaron
a la polica para que diese una nueva batida en las islas. Buenos
burgueses comerciantes, ellos no crean en las supersticiones populares.
Para ellos, el Chucro, si existiese, era un hombre mortal, de carne y
hueso, y no el espeluznante fantasma que se figurara la imaginacin
gauchesca.

Especialmente encargado por el jefe de polica de la provincia, el
comisario Rodrguez fue a revisar prolijamente las islas donde deba
habitar el ogro. Acompabalo un corto piquete de cuatro o cinco
hombres. Todos iban murmurando. Para qu desafiar al diablo, o al
ahijado del diablo? Nada ms vano que luchar contra vestiglos y
fantasmas!

En su incursin a las islas se internaron el comisario Rodrguez,
seguido del escribiente Pelvez, mientras los dems hombres estaban
mateando junto a la canoa que los trajera, a travs de una tupida
selva de helechos, ceibos y espinillos. Despus de andar una
considerable distancia, extravironse ambos completamente. Y mientras
buscaban el rumbo con la brjula, son un tiro en la espesura... El
comisario cay muerto instantneamente de un balazo en el pecho, y el
escribiente ech a correr...

No tena muy robustas piernas el escribiente, muchachn enclenque y
larguirucho; y a breve distancia perdi fuerzas, tropez con un tronco,
cay de bruces... Tendido en el suelo sinti que se acercaba un hombre y
que dos hercleos brazos lo ataban codo con codo, lo registraban y le
quitaban el revlver... Pidi gracia por la vida... Nadie le contest...
Pero un violento puntapi lo oblig a levantarse... Vio entonces que
tena enfrente un gaucho forajido. Era el gaucho alto, nervioso, de
cejas espesas, cutis cetrino y nariz aguilea. Poblbanle el rostro
largas e hirsutas barbas; bajo el rstico chambergo caale una melena
grasienta y enmaraada. Llevaba una carabina en la mano y un enorme
facn en la cintura...

--Ya vern quin es el Chucro!--dijo a Pelvez--y lo oblig a que le
siguiera dndole culatazos con la carabina.

Despus de caminar un cuarto de hora, llegaron a un estrecho claro que
se abra en medio de la maleza, junto a un arroyo disimulado por
gigantescas plantas acuticas. En medio del claro alzbase un misrrimo
ranchito de barro, ramas y paja. A primera vista todo pareca
desoladamente desierto; ni se oa ladrar un perro... Mas, fijndose
mejor, vio Pelvez que al borde del arroyo, pescaba una sucia y
desgreada mujer... A pesar de su aspecto salvaje, l la reconoci. Era
Pepa la Gallega, la antigua cocinera de don Lucas, la desaparecida haca
unos ocho o diez meses...

El Chucro silb, imitando a la perfeccin el estridente grito de una
ave acutica. Al orlo, la Pepa tir su anzuelo y corri a su encuentro
como un perro. Pelvez se sorprendi extraordinariamente de su actitud
de esclava. Pues antes, en la vida civilizada de la estancia de don
Lucas, haba sido la gallega ms gruona y colrica. Responda a su
marido, pegaba a sus hijos, insultaba a los peones, encarbase con el
mismo patrn y vociferaba el da entero. Propios y extraos tenan miedo
a su lengua ponzoosa y a su genio luciferino. Tolerbanla slo porque
era honesta y muy trabajadora. En sus habilidades de cocinera no le
conocan rival...

No bien vio a Pelvez pareci reconocerlo por un leve fruncimiento de
cejas; pero no dijo palabra, esperando en silencio las rdenes de su amo
y seor... l le pregunt:

--Lo conoces?

Ella repuso, bajando los ojos:

--S. Es Pelvez, el escribiente de la polica.

El Chucro at a Pelvez contra un rbol, y, despus de un silencio,
dijo a Pepa:

--Ha venido polica a la isla. Voy a ver si ya se fue. Cuid entretanto
de ese maula para que no se escape. Tom la pala y si quiere irse, le
parts la cabeza. Has odo?...

Era imposible una entonacin de voz ms desptica y absoluta que el que
usara el Chucro con la Pepa. Y la Pepa acataba sus rdenes como si
emanasen de un dios, ella, que antes impusiera siempre su voluntad a su
marido y le mandara a modo de duea. Hasta a don Lucas, un soltern
bondadoso y tranquilo, record Pelvez que lo intimidaba muchas veces,
disponiendo y arreglando a su gusto las cuestiones caseras...

Comprendiendo Pelvez que su salvacin dependa de la Pepa, esper
conmoverla y propicirsela... Al efecto, tom la actitud ms triste,
dejando correr las lgrimas del miedo. Pens que ella, la sempiterna
charlatana de antao, hablase en cuanto se alejase el Chucro...

Alejose el Chucro con su carabina, agachado como una fiera en acecho.
Ella tom la pala de hierro, se sent en un rbol cado, y se puso a
silbar entre dientes...

Viendo que la Pepa no dijera nada, Pelvez se atrevi a hablarle y le
dijo muy quedo, con su voz ms tierna e insinuante:

--Pepa, no me conoces ya?...

Pepa segua silbando como si no le oyese...

--Pepa, soy Pelvez, el escribiente de la polica y amigo de don Lucas.
No te acuerdas de cuando iba a visitarlo?

Pepa continuaba sin responder...

--El Chucro me va a matar, Pepa, y si eres buena debes ayudarme... Nos
escaparemos los dos en su canoa... Yo s remar bien...

Pepa segua en su misma actitud...

--Escchame, Pepa, por Dios!... Si me salvas, te juro por las cenizas
de mi madre y por mi salvacin, que te regalar los cinco mil pesos que
tengo en el banco!... Pinsalo bien, Pepa!... Podras comprarte con eso
una quintita y vivir feliz...

Pepa silbaba siempre...

--Cmo, Pepa?... Te has olvidado ya de tus hijos y de tu marido?...
Ellos te han buscado de da y de noche... Se les ha dicho que has de
haber muerto ahogada en el ro y te han hecho un funeral... Te han
llorado; todava andan de luto...

Pepa, impasible...

--Tu marido, creyndose viudo, podra casarse con Juana, la hija del
capataz, por ejemplo... Si t vuelves impedirs ese casamiento, porque
l te ha querido mucho, mucho...

Pepa oa como quien oye la lluvia...

--Juana, la hija del capataz, te ha sustituido en la cocina de don
Lucas. Pero don Lucas est muy descontento; dice que no volver a tener
otra cocinera como t... Y esa Juana es una desfachatada, que provoca
sin cesar los festejos de tu marido... Felizmente, tu marido no te ha
olvidado an. Ests en tiempo de volver...

Pepa, como antes...

--Tus hijos estn bien todos, Pepa... Slo Perico, el chiquitn, ha
tenido ltimamente escarlatina o sarampin... El pobrecito est muy
dbil y no tiene quien lo cuide!... La que est hecha una seorita es tu
hija mayor, la Pepeta. Ha cumplido los quince aos y se ha puesto
vestido largo... Don Lucas teme que se case pronto con Roque Torres, el
compadrito aquel que echaste con cajas destempladas, como que ahora no
ests para echarlo...

Y Pepa, silbaba, como si nada se le dijera...

--Todos te recibirn con los brazos abiertos, Pepa, si quieres volver...
Se sabe que el Chucro te rob contra tu voluntad... Nadie te dira una
palabra!

Pepa, siempre lo mismo...

--Recuerda, Pepa, la buena vida que antes llevabas y que pudieras
llevar de nuevo!... Comprala con tu vida actual, tan llena de peligros
y privaciones... Adems, cualquier da, en un momento de rabia, el
Chucro te matar de una pualada... Ya que no por m, por t misma,
Pepa, que siempre has sido una mujer buena, y por tu marido y tus hijos,
escapmonos!... Quizs no se te presente en mucho tiempo otra ocasin
mejor que esta!...

Y Pelvez sigui gimiendo, implorando, aconsejando largas horas, sin
que Pepa la Gallega pareciera apercibirse de sus gemidos, imploraciones
y consejos...


II

Ya el sol empezaba a declinar, cuando volvi el Chucro...

--Los policas se han ido--dijo a Pepa.--Priende fuego y pon agua a
calentar pa' el mate.

Pepa hizo como se le dijo. Y, puesta ya el agua al fuego, el Chucro
agreg:

--Ahora andate a buscar el cuerpo del comisario. Est a unos pasos del
seibo grande, donde enterramos a Pancho el isleo. Cargalo y trilo pa'
ac, mientras se calienta el agua.

Con su habitual reserva y obediencia, Pepa fue a buscar el cuerpo del
comisario... Entretanto, el Chucro tomaba mate tras mate. Y su aspecto
era tan torvo y sombro, que Pelvez no se atreva a hablarle...

Al rato volvi Pepa, jadeante, arrastrando el cadver. Arrojolo sumisa a
los pies del Chucro, dicindole en un tono de ternura ilimitada:

--Aqu est.

El Chucro le repuso:

--Dejalo ah.

Se levant, sac el facn y se dirigi a Pelvez. Pelvez crey que lo
iba a acribillar a pualadas, atado al rbol, y se ech a llorar como un
nio... Pero el Chucro se limit a cortarle, sus ligaduras; diole la
pala que antes tuviera Pepa y le dijo:

--Cav pronto un hoyo pa' enterrar al comisario.

Sin hacerse repetir la orden, Pelvez se puso a cavar con todas sus
fuerzas. Mientras cavaba record, sin saber por qu, la defectuosa
instalacin que se haba dado a su mesa de trabajo en la comisaria...
Cuando vuelva, la mudar de sitio, pens. Mas al ver el cadver del
comisario Rodrguez se dijo que bien podan nombrar para suceder al
muerto a un extrao que le pidiera renunciara l su puesto, as colocaba
all algn pariente o amigo... En tal caso--dijose,--me ofrecer de
mayordomo a mi buen amigo don Lucas.

Despus se le ocurri que acaso le asesinaran all mismo, como a
Rodrguez. Pero haca una tan hermosa tarde de primavera, que la idea de
morir le pareci absurda, verdaderamente absurda.

Mir al Chucro y vio que no le sacaba los ojos, siempre con la carabina
cargada en la mano...

Si intento escaparme--agregose Pelvez,--me fulmina de un tiro, con su
excelente puntera de cazador profesional. A no ser que me ayude la
Pepa, no podr huir de la isla...

Entonces imagin Pelvez la odiosa vida de servidumbre a que lo
sometera quizs el Chucro en aquel desierto lugar de salvajes y
bandoleros. Su esclavitud sera an ms dolorosa y miserable que la de
la mujer aquella, que tan resignada pareca de su suerte, y hasta
satisfecha!

En ese momento Pepa alcanzaba un nuevo mate al Chucro, que le deca, en
su tirnica forma acostumbrada:

--Con la carne que sobr de ayer haceme un churrasco al asador.

Otra vez obedeci servilmente la Pepa. Puso el churrasco en el asador y
se qued contemplando a su amo y seor en una actitud que rayaba en
frentica adoracin...

--Qu ests mirando, gallega bruta?--preguntole de pronto el Chucro,
con colrica voz--Por qu no pons salmuera al asado?

--Se me olvidaba...--repuso ella.--Voy a ponerle.

Sin manifestar su atencin, Pelvez segua mientras tanto cavando la
fosa del comisario... Pobre comisario!--decase.--Era demasiado
pueblero... Por qu no hara caso cuando le advertimos que no deba
internarse as no ms en los matorrales de las islas?... Yo fui un
tonto en seguirlo! Podra haberme excusado diciendo que estaba
enfermo... Pero, ahora que no tiene remedio nuestra imprudencia, sabe
Dios lo que me espera!...

Al rato, el Chucro volvi a preguntar a la mujer:

--Hay galleta?

Ella contest:

--S. Todava nos queda una de las que compr la vez pasada a los
isleos.

El Chucro pregunt an:

--Cmo! Queda una sola? Te habrs comido vos las dems?...

Con la indiferencia de su absoluta pasividad, Pepa repuso:

--Yo nunca he comido galleta sino cuando t me das un pedazo...

--Y hay caa?

--S.

--Pon entonces la galleta y la caa cerca del fogn, que en cuanto est
el churrasco, comer...

--Voy...

Al contemplar a la Pepa, Pelvez rememoraba las frecuentes visitas que
haca a don Lucas. No faltaba un domingo a su mesa. Se coma antes
tambin en aquella casa!... Lstima que desapareciera la Pepa! Porque
Juana, su sucesora, no tena la habilidad de la espaola...

Lo malo de la espaola era entonces su geniazo. Y record algunas
escenas que presenciara, en las que se demostraba ese geniazo de la
Pepa. No haba llegado una vez a tirar una cacerola a la cabeza de su
marido, el cochero de la casa, porque ste pellizcara a Juana, la hija
del capataz?... Cmo haba cambiado esta mujer bajo el dominio
fascinante del Chucro!...

Un poco cansado de tanto cavar, Pelvez hizo una pausa y mir al cielo.
Muy alto, bajo las nubes algodonosas, pasaba una largusima bandada de
pjaros blancos, volando con majestad de serafines. Luego, baj la
vista, y vio que, en la maleza, daban su alegre nota las flores de los
ceibos, rojas de un rojo hmedo, como encas de mujer. A lo lejos oase
el montono grito de un ave zancuda... l no poda morir en medio de
aquella Naturaleza exuberante de vida!

Advertido de su distraccin, apostrofolo el Chucro, apuntndole al pecho
con la carabina:

--Por qu te quedas papando moscas? Acab de una vez el pozo, si no
quers que te entierre antes que al comisario!

Pelvez se sec el sudor de la frente y sigui cavando. Entre los
golpes de pala cavilaba cmo dara, cuando volviera, la noticia de su
viudez a la mujer del comisario. Era bastante simptica esta muchacha.
La ltima vez que la vio llevaba un traje de muselina blanca con pintas
azules y unas rosas th en el pecho. Sera la viuda ms apetecible del
pueblo...

Despus de cavar un momento ms, vio que la fosa ya era bastante grande,
aunque el comisario fuera hombre alto y grueso. Fue as que dijo
tmidamente al Chucro:

--Creo que ya podramos enterrarlo...

El Chucro mir la fosa, pareci satisfecho, y orden a la Pepa:

--Qutale al muerto las prendas que lleva.

La Pepa sac al muerto el dinero, las alhajas y la ropa, dejndole slo
la camisa...

--Scale tambin la camisa!--gritole el Chucro.

Y cuando la Pepa haba cumplido su orden, l mand a Pelvez:

--Enterrlo.

Pelvez tendi el cadver en el fondo del hoyo y comenz a arrojarle
palada tras palada de tierra... Sorbindose las lgrimas que le corran
por dentro de la nariz, pensaba: Lstima de hombre, tan guapo y tan
joven!... Pero, como no hay mal que por bien no venga, tal vez su
muerte sea una felicidad para m... Si el gobierno es justo, puede
nombrar para suceder a Rodrguez, al sub-comisario... Entonces yo
debiera ser tambin ascendido. Le pedir a don Lucas que me recomiende
al jefe poltico... Ser sub-comisario y ganar cincuenta pesos
mensuales ms. Con esto ya podr casarme, si Rogelia me acepta... Y me
aceptar! Por qu no? Me aceptar!... Si me muero aqu, tal vez se
case con el borrachn de Manolo... Pero no me morir! Cmo dejar la
Pepa que se me asesine?...

No bien arrojara Pelvez la ltima palada de tierra sobre el cuerpo
todava caliente del comisario, djole el Chucro:

--Ahora cav otro pozo para enterrarte vos mismo.

Tan alelado sentase Pelvez, que no le extra esta nueva orden. Como
en un sueo doloroso y febril, obedeci a su destino, y, pocos pasos ms
lejos, psose a cavar la otra fosa...

El Chucro pregunt entonces a la Pepa:

--Est ya el asado?

La Pepa repuso:

--Todava no. Dentro de un momento estar...

Al or esta respuesta, el Chucro intim a Pelvez:

--Aprate, as te entierro antes de que est el asado.

Y Pelvez se apur...

El Chucro le aadi en seguida, rindose sonoramente por primera vez:

--Como sos flaco, basta una zanja larga...

Pelvez cavaba sin darse cuenta de lo que haca... Y la Pepa dijo:

--El asado ya va a estar...

Apremiado por esta advertencia, el Chucro se plant con su carabina a
pocos pasos de su vctima, cuidando sin embargo, de no ponerse al
alcance de la pala, y le grit:

--Aprate ms, mauln!...

Apresurose nuevamente Pelvez, aunque sin terminar todava...

La Pepa dijo:

--Si el asado no se come ahora, se reseca y se quema...

Viendo que la segunda fosa no se conclua, decidiose el Chucro a comer
antes de enterrar a Pelvez... Pero estaba en los primeros bocados,
cuando ste se detuvo...

--Por qu no segus?--preguntole.

--Ya acab...--contest Pelvez, verdaderamente sonmbulo.

El Chucro dej su asado sobre un madero, acercose, vio que la obra
estaba terminada, se ri, tom la pala de manos de Pelvez y le asest
un golpe mortal en la cabeza. Luego, hundiole varias veces en el cuerpo
la misma cuchilla con que comiera, y tir a la fosa el ensangrentado
cadver del escribiente...

Limpiado que hubo la cuchilla en el csped, volvi a comer su churrasco,
mezclando en el acero las mal limpiadas gotas de la sangre de Pelvez
con el jugo del churrasco. De cuando en cuando se empinaba el porrn de
aguardiente de caa, hasta quedarse medio borracho, segn su costumbre,
a la cada del sol.

Como el crepsculo se obscureca ya, fue a tenderse en el rancho. Y vio
que la Pepa estaba cortando dos palos.

--Qu ests haciendo?--le pregunt.

Despus de vacilar un momento, ella contest, trmula de miedo:

--Una cruz para los muertos.

--Dejte de cruces, gallega, y sac pronto las ropas del mocito que
est en la zanja todava vestido!

La Pepa despoj tambin el cadver de Pelvez, y despus, creyendo ya
dormido al Chucro, fue a terminar su cruz. Es que ella saba que los
muertos se levantan como nimas en pena cuando no tienen una cruz sobre
su tumba, y tema a las nimas en pena casi tanto como al Chucro...

Extraando que se retardara tanto afuera, el Chucro sali del rancho a
buscarla... La hall de rodillas colocando su cruz al comisario. Era la
primera vez que Pepa le desobedeca! Psose tan furioso, que tom la
pala all tirada, y peg a la mujer el mismo golpe que antes pegase a
Pelvez. La Pepa cay como muerta, y l la arroj, refunfuando, en la
misma fosa de Pelvez, todava destapada.

Acostose de nuevo; pero no poda dormirse. Haba cometido una gran
estupidez! Ahora que la borrachera se le despejaba un poco, iba
comprendindolo. La Pepa le venda a los isleos los cueros de las
nutrias y las plumas de los mirasoles que cazara. La Pepa le compraba
las provisiones. La Pepa le haca la comida... Qu hara l ahora sin
la Pepa?

Ocurrisele que la gallega podra no estar muerta, y slo desmayada,
como que no se la haba an cubierto la tierra. Por eso fue a sacarla de
la fosa y la tendi en el rancho. Rociole la cara con agua fra, le
desprendi la bata y le volc en la boca las ltimas gotas del
aguardiente de caa que quedaban en el porrn. Pero su corazn pareca
no latir de nuevo, ella no recuperaba la vida. Irritado por esa
obstinacin de morirse, le dio un puntapi, se acost otra vez bajo su
rado poncho y a los pocos instantes irrumpi en ronquidos...

Sin embargo, la mujer no estaba ms que desvanecida. Incomodada por las
hormiguitas que invadan su cuerpo e iban a libar en ciertas secreciones
de sus ojos, a media noche ya, hizo un esfuerzo, se apoy sobre sus
manos, se sent, se puso de pie. Tom agua de una vasija, se cerr la
bata, se arregl el enmaraado cabello y mir al Chucro con una suprema
mirada de amor y de miedo, castaetendole los dientes. Con grandes
precauciones para no despertarlo, metiose bajo su poncho, se acost a su
lado, apoyando la cabeza contra su pecho...

El Chucro, como hombre salvaje, tena el odo alerta aun durante el
sueo. Sintiola perfectamente, despertose, y al saberla junto a s, le
dijo, con su recia voz de siempre:

--Has resucitao, gallega perra? Esto te ensear a no morirte otra
vez!

Diose vuelta al otro lado, y, mientras ella se acurrucaba a sus
espaldas, como un polluelo friolento bajo el ala de la madre, estallaron
de nuevo sus ronquidos.




LA MADRINA DE LITA


I

Lita era una pobre nia que no poda caminar y ni siquiera tenerse en
pie. Atacada a la medula por incurable enfermedad, su cintura era
deforme y sufra dolores que le arrancaban diariamente quejas y
lgrimas. Toda su vida pareca concentrarse en los dos grandes ojos
azules que iluminaban su carita de ngel. Sentada en su sillita rodante,
con un libro de estampas en la mano, fijaba esos dos ojos en su mam,
que bordaba junto a ella...

--Quieres que te cuente un cuento, Lita?--preguntbale la seora,
acaricindole la rubia cabellera.

--No, mam. Ya s todos los cuentos.

Muy raro era que Lita no quisiera que le contaran un cuento, porque
prefera los cuentos a las golosinas, a los juguetes y hasta a los
libros de estampas. Por eso su mam se los contaba todos los das,
inventando a veces algunos muy bonitos.

Despus de quedarse un rato pensativa, dijo Lita:

--Mam, quiero que me digas quin es mi madrina...

Los padrinos de Lita haban sido sus abuelos, los padres de su mam, y
los dos murieron antes de que Lita cumpliera un ao. As es que la nia,
como no lleg a conocerlos, no poda acordarse de ellos.

La mam no quera decirle que haban muerto, porque Lita era muy
impresionable. Poda pensar: Los padrinos de mis hermanitos viven, y
ellos viven y se mueven. Mis padrinos han muerto, y yo, que no puedo
moverme, debo morir tambin. Vala ms contestarle, como otras veces,
cuando hiciera la misma pregunta:

--Lita, tu madrina est de viaje.

Lita pensaba: Es muy extrao que mi madrina est siempre de viaje...
Pero, no atrevindose a decir sus dudas y temores, limitbase a
preguntar a su mam:

--Y cmo se llama?

La mam le contestaba:

--Mara--porque efectivamente Mara fue el nombre de la abuelita.

--Era muy buena?

--Muy buena.

--Me traer muchos juguetes?

--Muchos y muy lindos...

--Y por qu no me los trae ya?

--Porque est muy lejos y porque eres una preguntona.

Lita volva a quedarse pensativa. La madre dejaba entonces el bordado,
para mirarla...

--Quieres que te saque al patio a jugar con tus hermanitos?--le deca.

--No, mam--contestaba Lita, preguntando al rato:--Mam, las hadas
pueden lo que los mdicos no pueden?

La mam miraba a Lita como si fuera a llorar, y le deca, besndola en
los ojos y bandole la carita con sus lgrimas:

--Dios puede todo lo que quiere, mi hijita del alma... Por qu me
preguntas eso?

--Por nada, mam.

Pero Lita saba por qu preguntaba eso. Lo preguntaba porque haba odo
decir a los sirvientes que los mdicos no podan curar su enfermedad. Y
ella esperaba que su madrina fuera una hada y la curase. Qu hubiera
sido de la Bella-Durmiente-en-el-Bosque sin su hada madrina?...

La mam de Lita, que era muy linda y bien vestida, diole un beso en la
mejilla y sali a visitas y compras. Miss Mary, la niera inglesa, llev
a Lita a la plaza, en su cochecito de manos, con sus hermanitos y sus
primos. Ms ella no se diverta en la plaza, porque no poda correr
detrs de un arco como los dems nios y porque siempre vea las mismas
casas, los mismos rboles, la misma gente.

Cuando sus hermanitos y sus primos se fueron a jugar y la dejaron sola,
ella pregunt a la niera:

--Miss Mary, cree usted que hay hadas?

Sin entenderle, sin escucharla siquiera, miss Mary repuso:

--Yes, my dear, yes.

--Qu tontas son estas inglesas!--pens Lita.--Aunque no entiendan una
palabra dicen siempre yes, yes, yes, alzando y bajando la cabeza como
el asno de cartn que me trajo pap el otro da.

Despus de jugar en el paseo, los nios volvieron a casa muy contentos.
Muy contentos todos, menos Lita, que senta en su cabecita aletear una
pequea preocupacin, como una mariposilla prisionera bajo una copa de
cristal.

Ms que todos los paseos del mundo, gustbale que la llevaran, en su
casa, al patio de servicio. Pues all estaba casi siempre Ramn. Ramn
era el hijo de la cocinera, un muchachote de su misma edad, doce aos;
pero que pareca su padre. Ramn la idolatraba como si fuera una santita
de madera, le contaba historias preciosas, y le traa del mercado unos
juguetes tan chuscos, que bastaba verlos para rerse a carcajadas.

Esperbala esa tarde con un saltaperico de retorcidos cuernos y barbas
de chivo. Para sorprenderla, lo abri de repente, pegndose en la nariz
con la cabeza del saltaperico. Pero como ella no tena ganas de rerse,
no se ri. Guard distrada el juguete y dio las gracias a su amigo,
preguntndole despus:

--Dime, Ramoncito, crees t que en este mundo hay hadas?

Ramn abri tamaos ojos, se puso muy serio, metiose ambas manos en los
bolsillos del pantaln, y repuso:

--Yo creo que en este mundo no hay hadas, nia Lita.

Como Ramn iba al colegio, haca cuentas en su pizarra y lea libros de
estudio, Lita crea en su ciencia. Despus de su mam, nadie le
inspiraba mayor confianza. Sin embargo, desencantada esta vez por su
respuesta, protest, con cierta reserva de gran dama ofendida:

--Pues yo creo que hay hadas.

Mrola Ramn casi con lstima...

Ella prosigui, con un vago temblor en la voz:

--S creo, s creo, s creo... Qu razn tienes t, malo, para no
creer?

Tmidamente, el chico contest:

--Yo nunca las he visto...

--Y no crees en Dios?

--S...

--Y has visto alguna vez a Dios?--exclam Lita triunfalmente,
burlndose de la poca lgica de su amigo.

Crey Ramn mejor no tocar ms el punto. Cmo iba a discutirle esa
chiquilla que nada saba, a l, que estudiaba historia de Roma y
multiplicaba por sumas de cinco y de seis nmeros?... Pero ella
insista:

--Dime, malo, remalo, crees o no crees en las hadas?

Ramn hizo una concesin, entre respetuoso e irnico:

--Si me lo manda usted, nia...

Sin contestarle, Lita dijo, en voz baja y misteriosa:

--Pues oye... Oye, que tengo que decirte un secreto muy grande!...
Acerca la oreja... Ms!... Sabes qu secreto? Mi madrina es una hada!

Crey Lita que Ramn quedara deslumbrado con semejante revelacin, y
slo pareca perplejo...

--Es una hada que viene a verme todas las noches, en cuanto me
duermo--continu confidencialmente.--Entra en puntillas y se para al pie
de mi cama. Es todava ms linda que mam. Tiene una estrella en la
frente y el pelo suelto. Arrastra, como la cola de los vestidos de baile
de mam, un manto de tul bordado de oro, perlas y brillantes. En la mano
lleva siempre levantada su varita mgica...

Aqu hizo Lita una pausa, para gozar del efecto de su descripcin... En
su entusiasmo no vio que el chico, con sus infantiles ojos negros
hmedos de piedad y de ternura, meneaba incrdulo la cabeza... Y ella
prosigui, alzando su vocecilla de plata:

--Yo s que esa hada va a curarme y entonces podr saltar y correr, y
cuando seamos grandes, los dos nos casaremos!...

Ahora s que pareca deslumbrado Ramn, aunque objet:

--Pero yo soy el hijo de la cocinera, Lita, y usted es la nia de la
casa...

--Qu importa?--respondi Lita con generosidad de reina.--Adems, t
mismo me lo has dicho... Cuando seas grande, t trabajars para tu mam,
y ella no ser ms cocinera... Qu importa que lo haya sido? Mejor!
As nos har dulces muy ricos!...

--Pero su mam...

--Yo no soy orgullosa y mi mam hace todo lo que yo quiero.

Sin darse por vencido, no ocultando su triste escepticismo, Ramn objet
todava:

--Su mam hace ahora todo lo que V. quiere, nia, porque V. est
enfermita; pero cuando V. sane, ser otra cosa...

Lita contest muy seriamente:

--Prefieres entonces, para casarte conmigo, que yo siga enferma,
clavada en mi silla como los pajaritos embalsamados en los sombreros de
mam?

--Oh, no, nia, no!--afirm Ramn con toda su alma.--Prefiero morirme.
Se lo juro.

--No digas tonteras.

Se hizo una pausa, que cort Ramn, despus de suspirar:

--Tengo algo que mostrarle, adems del saltaperico, nia Lita...

--Qu?

El chico sali corriendo y volvi triunfante con una ratonera, donde
estaba presa una lauchita...

--Mirela, nia, qu preciosa...

--Uf, da asco! Qu vas a hacer con eso?

--Mi mama la va a matar... Yo quera que V. la viera antes.

--No, que no la mate! Sultala, sultala, pobre lauchita!... Si te
reprenden, di que yo te lo he mandado, Ramn!...

Ante orden tan perentoria, Ramn comprendi que haba hecho mal en
mostrar a la nia la pequea prisionera... Y la solt, porque saba que
los deseos de la nia deban siempre respetarse. La laucha corri a
esconderse debajo de un armario...

--Es una monada!--exclam Lita batiendo palmas con alegra.--Su mam
va a ponerse muy contenta cuando la laucha vuelva a la cuevita!--Y
cambiando repentinamente de tema y de tono, agreg:--Tena que decirte
otra cosa, Ramn... y es que puedes tutearme como mis hermanitos y mis
primos.

Luego de pensarlo formalmente, Ramn contest:

--Eso nunca, nia Lita. Mi mama dira que es una insolencia, y se
enojar.

Lita se encogi de hombros:

--Tutame cuando tu mam no te oiga.

--Tampoco... Yo no hago nunca escondido de mi mama nada que no pueda
hacer delante de ella...

--Tu mam es la cocinera y yo soy la nia, y te lo mando!

--No podra, nia, no podra--gimi Ramn con voz tan compungida que la
misma Lita solt la carcajada, una de esas sonoras carcajadas que slo
saba arrancarle el chico de la cocinera.

--Bueno!--dijo, cambiando el giro de la conversacin.--Yo te tratar de
usted... Cuntame... o cunteme usted lo que ha hecho hoy en la escuela
ese pcaro de... cmo se llama?... Luis Matheu... Ese que se pelea con
todos y est todos los das en penitencia... Ese que en cuanto se pierde
un coscorrn, dices que lo encuentra siempre en su cabeza...

Tuvo que interrumpirse aqu el coloquio, porque se oy el recio y bien
conocido taconeo de miss Mary que se acercaba... Ramn, cuya nica
antipata en el mundo era esa miss Mary, se hizo humo...

Lita simul dormitar y despertarse sobresaltada...

--Viene usted a buscarme, miss... Yes?--pregunt, no sin altanera.

--Yes, Lita. Your mother is coming...

Ante tal argumento, Lita cedi. Hizo una mueca amistosa a Ramn, que
asomaba la cabeza por la puerta de la cocina, a espaldas de la niera y
se dej arrastrar en su sillita al encuentro de su mam.

Por la noche, durante el sueo, volvi a aparecrsele a Lita su hada
madrina. Pero ahora, en lugar de estarse ah callada mirndola como
otras veces, la habl en un lenguaje que pareca una msica de
campanillas de oro. Dijole que iba a sanarla con su varita mgica y que
despus se la llevara a viajar a su pas, que era naturalmente el Pas
de las Hadas, en un cochecito de marfil tirado por dos grandes mariposas
azules. Pero para eso era menester que su ahijada demostrara antes que
era buena...

--Cmo?--pregunt anhelante Lita, tapndose despus la cara con la
sbana, llena de vergenza por su osada de interrogar a una hada...

El hada le contest que ser buena es ser hacendosa y caritativa con los
nios pobres. Los nios pobres se mueren de fro en las noches de
invierno. Una nia hacendosa y caritativa deba tejerles, as como su
mam tejiera a su pap una colcha de seda el verano pasado, tres colchas
de lana: una blanca, otra celeste y otra rosada. Ella vendra a
buscarlas una noche, dentro de treinta das justos. Si no estaban listas
las colchas se volvera a su pas, donde andaba siempre viajando... Y
para no volver ms! Pues como su ahijada no era bastante buena, no la
consideraba digna de curarse y viajar con ella por el Pas de las Hadas,
en un cochecito de marfil arrastrado por dos mariposas azules.

Tanto se asust la pobre Lita al or esta amenaza de su querida hada
madrina, que levant la cabeza y se despert sobresaltada... Pero el
hada ya haba desaparecido, con su estrella sobre la frente, su pelo
suelto, su varita mgica siempre levantada y su manto de tul bordado de
oro, perlas y brillantes.


II

Una vez despierta, Lita no pudo volverse a dormir. Con los ojos abiertos
como los de un ratoncillo, esper que llegase el da. Esa noche dorma
en su cuarto, con miss Mary. Porque, cuando no sintiera dolores, dorma
en su cuarto, con miss Mary, esa dormilona que roncaba como un fuelle.
Cuando los senta, dorma junto a la cama de su mam, y esto era un
consuelo. Y era tan buena Lita que, delirando por dormir junto a su
mam, para no afligirla, nunca exager sus dolores. A veces hasta los
disimulaba...

Esa maana se senta sin embargo dispuesta a usar de toda su energa
para imponer su voluntad. En cuanto se col la luz por las rendijas de
la puerta, llam a miss Mary. Miss Mary se levant medio dormida, mir
el reloj, dijo que era demasiado temprano y pidi a Lita que durmiese un
poco ms... Lita protest... hizo abrir los postigos... y orden a miss
Mary, en el tono ms conminativo, que fuese en el mismo momento a
comprarle agujas de tejer y lana blanca, celeste y rosada!

Miss Mary se neg, probablemente sin comprender bien. Todava no estaban
abiertas las tiendas... Esperara a que se levantase la seora...
Insisti Lita... Y entre nia y niera entablose una tremenda disputa,
de la cual result llorando la nia... Al orla, su mam, que dorma en
el cuarto contiguo con el odo siempre despierto, se apareci envuelta
en elegantsimo peinador de blondas. Bes a Lita en los cabellos,
escuch estupefacta su peticin, y le observ:

--Pero si t no sabes tejer, mi tesoro!

Mimosa y llorosa, contest la nia:

--No importa, mam. T me ensears.

--Tejer tu!... No es posible!... Eres muy chica. Y te gastaras esos
lindos ojitos mos y esas queridas manitas!... Yo he de tejerte cunto
me pidas: una carpeta para tu mesita, un paoln para tu mueca... Di,
qu ms quieres?

--Por favor, mam!--rogaba la nia, sollozando casi.--Ensame a tejer
a m, t que eres tan buena! Ten lstima de m!

--Y qu quieres tejer?

--Tres colchas para los nios pobres. Una blanca, y otra celeste, y otra
rosada. Pero quiero tejerlas pronto yo sola, solita!... Despus, mam,
escucha bien, mam!... Despus Dios me curar y podr correr como los
dems chicos... Mndame comprar ya lo que necesito, mamita querida!

Como miss Mary, la seora no se mova... Pareca enternecida y
asombrada... Y Lita, desconsolndose por tales retardos y vacilaciones,
comenz a derramar el ms amargo llanto de su vida, de su pequea vida
siempre llena de lgrimas.

Tambin despert al pap con su llanto. Y el pap vino a verla, vestido
con una bonita robe-de-chambre de seda azul rameada de negro. Pareca
un chino con esa robe-de-chambre!... Pero como era tambin muy bueno,
se enter de lo que quera su hijita invlida, y cambi con su mam
algunas palabras. Aunque hablaban en voz baja y en el otro extremo de la
pieza, Lita les oy perfectamente...

La voz ronca del padre deca:

--Est demasiado agitada. Es necesario tranquilizarla. No tiene fiebre?

La voz fina de la madre contestaba:

--Parece que no; ahora le pondremos el termmetro... Pobre chica!...
Tiene demasiada imaginacin para su estado!... Ha soado curarse...
Habla de curarse... Yo creo que tejer no le hara mal.

--Habr que consultar al mdico. T sabes que no quiere que se fatigue,
ni que te fatigues t tampoco!

La seora suspir... El seor pareca preocupado por la obstinacin de
Lita. Pues Lita no era caprichosa. Le gustaba contradecir a veces; pero
era dcil y reposada como una viejita de cien aos. Como su capricho de
tejer era una cosa rara, el padre orden a miss Mary que llamase al
mdico por telfono.

Oyendo la orden, Lita la desaprob:

--Para qu el mdico?... Si los mdicos no pueden lo que Dios puede, y
yo me curar sin mdico!...--Y luego pens en voz alta,
consolndose:--De todos modos, aunque miss Mary lo llame, l no va a or
ni entender, porque ese telfono es para hablar espaol y miss Mary no
sabe hablar ms que en ingls.

Su padre se sonri y le dijo:

--El telfono sirve para todos los idiomas, Lita. Adems, miss Mary sabe
hablar espaol como yo y como t. Habla ingls con los chicos para que
lo aprendan.

Lita se burl a travs de sus lgrimas del espaol de miss Mary... Lo
cual no impidi que sta volviera pronto trayendo la contestacin del
mdico: hasta las cuatro de la tarde no podra venir... Hasta las
cuatro de la tarde!--pens Lita.--Perder, entonces, todo el da de
hoy, y si no cumplo en los treinta das fijados por mi madrina!... Y se
puso a llorar otra vez, porque no le traan pronto los tiles pedidos.
Su mam la consolaba. Su pap fue a hablar l mismo por el telfono, a
reprender al mdico y a mandarle, muy enojado, que viniese en seguida a
ver a Lita.

Hubo todava que esperar un buen rato. La mam hizo rezar a Lita sus
oraciones de la maana y le besaba las manitas. Despus la hizo
desayunarse con una gran taza de chocolate. Y el mdico vino al fin.
Tena anteojos de oro y un reloj muy grande, que haca tic-tac hasta
cuando estaba en el bolsillo.

Consultado, examin a Lita y opin:

--Pienso que no hay inconveniente en que se le d lo necesario para
tejer.--Agregando despus, cuando crey el muy tonto que la enfermita no
le oa:--De todos modos, me parece que no llegar a anudar dos puntos de
tejido. Tratar de aprenderlo, y al ver que no es tan fcil como
imaginara, tirar las agujas. Si aprende a tejer, lo que no me parece
probable, har unos cuantos puntos, y en cuanto la labor pierda su
novedad, la dejar de lado... Tengan por seguro que ya maana no se
acordar de su capricho!

--Y si por rara eventualidad se empea en tejer su colcha--pregunt la
madre--y llega a esforzarse y se fatiga?

--No creo que eso ocurra, seora--asegur el mdico.--Cuide en todo caso
de que no se incorpore mucho... Lleva siempre su cors de yeso?

--Todos los das se le pone al vestirla, y todas las noches se le saca
al acostarla.

--Que siga lo mismo. Y si llegara a excitarse demasiado, dele una
cucharadita de la receta calmante que le prescrib la vez pasada.

--Eso la postra!...

--Disminuya la dosis.

Y se fue el mdico, con sus anteojos y su reloj.

Requerida por Lita, miss Mary sali a comprar las agujas de madera y
lana blanca, celeste y rosada. Se hizo esperar mucho, ella tambin.
Pero, mientras volva, la madre visti a Lita, la lav, la pein, le
puso agua de Colonia y la sent en su silla rodante.

Poca lana trajo miss Mary... Como no alcanzaba para las tres colchas
pedidas por el hada madrina, Lita reclam el doble ms de lana de cada
color... Su mam le dijo que aprendiese primero a tejer lo que tena
delante, y comenz a ensearle...

Con gran sorpresa de su mam, en un momento aprendi Lita, toda ojos,
los puntos del tejido. Antes de la hora de almorzar ya teja; bien que
imperfectamente, ya teja!... Como primeros ensayos fabric unas tiras
largas y desparejas y unos cuadraditos, aunque sucios de dedos y no sin
nudos que acusaban tropiezos y equivocaciones.

Inmediatamente quiso comenzar su colcha blanca. Nada pudo detenerla: ni
las splicas de su mam para que descansase, ni siquiera la severidad de
que se arm su padre, todava vestido con su bonita bata azul rameada de
negro.

Rodeada de su padre, su madre, sus hermanitos y miss Mary, ella segua
en su labor como una brujita, teje que teje, teje que teje, teje que
teje... Por su boquita, contrada por la atencin, acechaba su lengua a
manera de una curiosa que se asoma por la ventana. Sus pequeas manos
parecan dos araas de cinco patas, apuradsimas en reconstruir una tela
rota por el viento.


III

Interrumpiose para almorzar, y despus, casi a la fuerza, la oblig la
mam a descansar un buen rato. Qusola llevar de paseo en carruaje; pero
la nia se resisti de tal modo, que tambin la seora se qued en casa.
Y en cuanto pudo, volvi Lita al trabajo, y lo continuaba, aunque con
los intervalos que su mam le impona...

Llevaba ya tejido un buen principio a la hora en que Ramn volva de la
escuela. Dese verle, mostrrselo y hacerlo su confidente esta vez
ms... Por eso pidi ella misma un nuevo descanso para que la llevasen
al patio del servicio. La seora accedi, encantada.

Estallando por hablar, en cuanto estuvo cerca de Ramn, le pregunt, con
inusitada formalidad:

--Tienes honor, Ramn?

Ramn contest, no muy seguro:

--Creo que s, nia...

--Puedes darme tu palabra de honor?

--S, nia, si usted lo manda...

--Dame tu palabra de honor de que no dirs nada a nadie de lo que voy a
decirte!

--Le doy mi palabra de honor, s...

--Pues escucha...

Y Lita cont a su modesto amigo todo lo que haba pasado desde la noche
anterior: la aparicin del hada madrina, su oferta y promesa, cmo haba
puesto ella manos a la obra...

--Ahora tienes que decirme--termin,--cuntos das faltan para los
treinta das?

Ramn, que la escuchara pensativo, ri como un loco a esta pregunta,
respondiendo:

--Para los treinta das faltan... treinta das!

Lita se impacient:

--Tonto! Pregunto en qu da de qu mes se cumplirn los treinta
das... Parece increble que un granduln que multiplica por mil
nmeros en su pizarra no sepa sacar esta cuenta!

--S s, s s--repuso Ramn vivamente.--Hoy estamos a cinco de
junio... junio debe tener treinta das... Ser entonces el cinco de
julio...

--El cinco de julio estar sana?

--Si Dios quiere...

--Pues apunta la fecha para no olvidarla...

Ramn sac una libreta y un lpiz del bolsillo, y apunt la fecha...

Lita le dijo, dando un suspiro de satisfaccin:

--Gracias.--Y aadi:--El cinco de julio? Eh? El cinco de Julio!

--Ya est apuntado... Estese tranquila, nia, que no lo olvidar...
Quiere que le muestre un abanico de papel de colores que le he trado
del mercado? Voy corriendo a buscarlo!...

Disponase Ramn a correr en busca del abanico; pero Lita lo contuvo,
con aire importante:

--Me lo mostrars otro da, Ramn. Ahora estoy muy apurada. Debo
continuar pronto mi trabajo. Llvame pues al otro patio...

Mientras la arrastraban, Lita iba repitindose la mgica fecha, para que
no la olvidase su memoria de pajarito... Todava al despedirse de Ramn
hasta el da siguiente, le recomend otra vez:

--No vayas a perder el apunte!

Ramn se alz de hombros ante tanta insistencia, y se volvi a la cocina
ligeramente disgustado por la poca atencin que mereciera su abanico de
papel de colores...

La mam sufri un desencanto al ver que Lita no quera jugar ms tiempo
con Ramn, y trat en vano de distraerla para que no se fatigase
demasiado...

Al acostarse, Lita hizo que le dejaran junto a la cama su cesta de
trabajo. Pues su mam le haba regalado una lindsima, con flores
artificiales y moos de cinta punz. Y antes de cerrar los ojos, Lita
marc con la ua una seal en la baranda de la cama, para anotar que
haba transcurrido el primer da...

Pero no poda dormirse. Estaba demasiado nerviosa con las agitaciones
del da. Su mam, aunque lo notara, no quiso darle el remedio recetado
por el mdico. Saba que su regazo era el mejor calmante para la hijita
enferma. Por eso coloc muchos almohadones en una chaisse longue, sac
a Lita de la cama, y se acost con ella sobre los almohadones. Puso su
cabeza muy alta para no dormirse, pues si se dorma un movimiento
cualquiera poda quebrar la cintura de la nia invlida y matarla. Lita
recost su cabeza febril en el pecho de su mam, y dejndose cantar
lindas canciones en voz baja, quedose ms profunda y tranquilamente
dormida que si le hubieran propinado todo el frasco del remedio recetado
por el mdico de los anteojos de oro y del reloj que haca tic-tac hasta
en el bolsillo.


IV

Siete das, slo siete das bastaron a Lita para concluir su colcha
blanca! Y no pareca muy desmejorada la nia, no. Al contrario, aunque
un poco enflaquecida, tena mejor color, ms animacin que antes, hasta
su poco de alegra. El mdico y la madre se mostraban ms bien contentos
de su estado. Quien pareca descontento era el padre. Haba comprado a
su hijita un teatro de tteres y otros muchos juguetes ingeniosos, sin
conseguir distraerla de su incesante labor...

Apenas concluida la colcha blanca, pretendi Lita empezar inmediatamente
la celeste... Aqu intervino formalmente el pap. La enfermita necesita
por lo menos un da de descanso, pues que ni el mismo domingo se haba
resignado a descansarlo todo entero. Y con su autoridad de amo, el padre
hizo vestir con trajes de calle a su seora, a Lita y a mis Mary, pidi
el carruaje descubierto para despus de almorzar, se puso guantes
amarillos y una galera muy grande, y sali a dar un paseo con su
familia, aprovechando el hermoso da. Detrs iba Ramn en un fiacre, con
el cochecito de Lita, para cuando se bajasen en el paseo.

Anduvieron por el bosque y por el Jardn Zoolgico. Miss Mary arrastr a
Lita en su cochecito, pranse ante las jaulas de los animales. Lita
adoraba los animales. Y ese da, a pesar de su deseo de reanudar cuanto
antes la labor, tuvo ms gusto que nunca en ver leones, jirafas,
avestruces, serpientes, de cunto Dios cri. Porque pensaba que antes de
que se cumpliese el plazo de los treinta das, ella podra presentar a
su hada madrina las tres colchas. Entonces sanara y caminara sola y
derecha, aunque tuviera un cochecito de marfil tirado por dos grandes
mariposas azules. Visitara el Pas de las Hadas, donde se ven en jaulas
de oro los animales que aqu faltaban: sirenas, unicornios, dragones...

De vuelta en su casa, pregunt a Lita su pap:

--Te has divertido, Lita?

--Mucho, pap.

--Pues pasado maana repetiremos el paseo.

Lita se afligi mucho, porque si cada dos das obligaba a descansar
uno, no acabara a tiempo las dos colchas que le quedaban por hacer. As
fue que rog a su padre, con lgrimas en los ojos y sollozos en la voz:

--No me vuelvas a sacar a pasear hasta que termine la colcha celeste,
pap... S buenito, pap!... Te lo pido por Dios y por la Virgen,
pap!...

Para tranquilizar a la pobre mrtir exaltada y no perjudicar el buen
efecto del paseo, tuvo que prometrselo as su padre...

El da siguiente era el octavo da. En cuanto amaneci, Lita pidi a
miss Mary los tiles y la lana celeste, y se puso a tejer y tejer...
Otra semana ms de trabajo, y qued concluida la colcha celeste... Otra
semana ms, y tambin la colcha rosada!... Ya no le restaba nada que
hacer, sino guardar celosamente su obra, su tesoro!...

Ramn le dijo que estaban a 27 de junio, y que faltaban todava siete
das para la fecha de redencin, el 5 de julio... Cmo pasar todo ese
tiempo para no impacientarse ni aburrirse?... Pues ahora fue la misma
Lita quien invit a su padre a ir todas las tardes a Palermo y al Jardn
Zoolgico, y hasta ms de lo que l poda, por sus quehaceres... Y la
mam se apresur a hacerle el gusto, gozosa de ver al fin a su hija
querida descansada y contenta:

--Cundo llevaremos a los nios pobres tus colchas?--le haba
preguntado un da su mam.

--Ya lo vers, mam, ya lo vers. Por ahora slo quiero que estn bien
guardadas en mi armario, muy bien guardadas!

Se pasaron as los das que faltaban y lleg la noche del 4 de julio,
las ansiadas vsperas. Lita cont las marcas que haba sealado en la
baranda de su cama. Eran treinta justas, y su cuenta coincida con la de
Ramn. Bes a su pap, a su mam, a sus hermanitos y hasta a miss Mary.
Se hizo acostar muy temprano. Rez largamente sus oraciones, pidiendo a
la Virgen y a San Jos que velasen por su madrina... Y se durmi,
mirando las tres colchas, que se haba hecho poner junto a su camita.

Costole mucho dormir. Pero, en cuanto se durmi, se le apareci en su
sueo el hada madrina. Vena como siempre, con su estrella, su varita
mgica, su pelo suelto, su magnfico manto... Sonriendo con ternura a su
ahijada, le dijo:

--Veo que eres buena, Lita. Te agradezco tu labor en nombre de los nios
pobres, a quienes les llevar tus colchas, para que no se mueran de fro
en las noches de invierno.

El paje del hada, que era un gnomo, sali del seno de la tierra, carg
en las espaldas con los tejidos de Lita, y desapareci...

El hada hizo entonces unos garabatos en el aire con su varita mgica,
diciendo a su ahijada:

--Y porque eres buena, te curo ahora para siempre.

Apenas dicho esto, Lita se sinti curada y se sent en la cama,
completamente derecha. Sin darle tiempo ni para decir gracias, su
madrina la tom de la mano...

--Ven conmigo, Lita. Te llevar a dar una vuelta por el Pas de las
Hadas, donde viven Caperucita Roja y Pulgarcillo.

As como estaba, en su blanca camisita de batista, Lita salt del lecho
sola y adelant de la mano de su madrina... Atravesaron la habitacin
sin hacer ruido, en puntitas de pie, luego el dormitorio de la mam, el
cuarto de vestir, una sala... iban directamente a la puerta de calle...

Lita misma abri la puerta que comunicaba la sala con el vestbulo.
Cruzaron el vestbulo y abri tambin la puerta cancel... Llegaron al
zagun... Ya estaban ante la puerta de la calle... Lita hizo un esfuerzo
para abrirla... Era un pestillo muy duro y bien cerrado!... Y sinti de
pronto que le faltaba el apoyo de su madrina y cay sobre el fro umbral
de mrmol...


V

A la maana siguiente, antes de que aclarara del todo, Ramn fue, como
de costumbre, a abrir la puerta de calle a los proveedores de la casa.
Iba tan preocupado con el cuento que le repeta diariamente Lita de su
hada madrina, pensando si se le habra realmente aparecido durante la
noche, que no se fijaba donde pona el pie... Al ir a meter la llave en
la cerradura de la puerta, pis una cosa blanda... se agach a ver lo
que era, y lanz un berrido estridente... Ah estaba Lita, en su
camisita de dormir, que mostraba horriblemente la miseria de su
deformidad! Ah estaba Lita, yerta, blanca, verdosa, helada!

Sin saber lo que haca, loco de dolor, sali corriendo Ramn y entr en
las habitaciones interiores por una puerta que daba al vestbulo y
estaba entreabierta...

--La nia Lita est en la puerta de la calle!...--gritaba.--La nia
Lita est muerta en la puerta de la calle!...

El padre, la madre, miss Mary, los chicos, todos saltaron de la cama y
acudieron... El padre fue quien levant en los brazos el precioso
saquito de huesos... Ramn corri a llamar al mdico... Y el mdico de
los anteojos de oro vino, y dijo que la nia estaba muerta.

--Es una felicidad para ella, la pobrecita--agreg con voz grave.--Y
hasta una liberacin para sus padres. No tena remedio y sufrira
intilmente toda su vida.

Pero los padres no parecan pensar que esa muerte fuera una felicidad y
una liberacin. La seora gritaba desconsolada... El seor estaba fuera
de s... Llegaba a dudar de la muerte de esa frgil y tierna criatura.
Conservando algo como la sombra de una esperanza, explic al mdico
dnde y cmo la encontraran. La nia pareca haberse levantado por s
misma, como si estuviera sana, tal vez sonmbula...

El mdico neg radicalmente semejante hiptesis. La nia no hubiera
podido dar un paso por s misma... Pero, quin la llev hasta all,
mientras miss Mary y los padres dorman?... Pues el chico ese que deca
haberla encontrado muerta! l la haba sacado de la cama para jugar,
dejndola caer despus en la puerta de calle. En la cada, la enfermita
se haba quebrado la columna vertebral... La nia estaba ya fra porque
el chico que la sacara no se atrevi a avisar en el primer momento, por
temor al castigo que le esperaba. Si se le avisara entonces, tal vez la
ciencia la hubiera podido salvar. Esa era la opinin del mdico!

Al orla, creyndola en todo verdadera, el padre interpel a Ramn con
la ira de la desesperacin:

--Cmo has podido hacer eso, miserable?

Ramn sinti que se le helaba la sangre de horror y de vergenza... Su
madre se puso a llorar... Y exaltndose ms y ms en su dolor, repeta
el seor:

--Cmo has podido hacer eso, miserable? Cmo has podido dejar de
llamarnos a tiempo siquiera, canalla, desagradecido?

A Ramn le flaquearon las rodillas, y cay sobre ellas,
desfalleciendo... El padre de Lita crey ver en ese desfallecimiento la
confesin del crimen, pues se le presentaba el caso como un crimen, y
vociferaba a la criada y a su hijo, en el paroxismo de su clera:

--Fuera de aqu!... Que yo no vea ms la cara de ustedes!... Pronto,
fuera, si no quieren que los haga echar por la polica!

Despus de diez aos de servicios fieles, as fueron echados la madre de
Ramn y su hijo, como ladrones, como asesinos... Y nadie dud en ese
momento de las palabras del mdico, a quien el hecho dio tema para
disertar largamente sobre los sentimientos perversos de la canalla.

Cuando Ramn estuvo solo con su madre en la pobrsima fonda donde se
refugiaron, la abraz sollozando... Iba a jurarle que el mdico menta,
pero su madre le contuvo:

--Hijo querido! No necesitas decirme nada, porque yo s que no es
cierto. T no eres insensato ni cobarde para dejar morir a la nia sin
avisar, hijo querido!

Ramn grit:

--Qu malos son en haber credo a ese mdico, qu malos!

--No son malos--rectific dulcemente la madre.--Los hombres no son malos
ni buenos... Unos son ricos y otros son pobres... Eso es todo. Clmate,
hijo mo!

Las crueles emociones de esa trgica maana enfermaron gravemente a
Ramn. Su madre tuvo que llevarlo al hospital, donde pas muchos das
entre la vida y la muerte. En sus noches de fiebre deliraba con la pobre
Lita y su prfida madrina, que no era una hada sino una bruja... A cada
momento crea que esa bruja vena a robarlo a l tambin... Pero su
naturaleza robusta venci la dolencia. A las tres semanas lo llev su
madre consigo a la nueva casa en que se conchabara, ya convaleciente,
amarillo, altote, muy triste, y tan flaco como un espectro...

l no volvi a hablar ms de su amarga experiencia. Pareca olvidado de
Lita y de la injuria mortal que recibiera... Mas una noche dijo
sencillamente a su madre:

--Maana har un mes de la muerte de Lita, mam... Quisiera comprarle
unas flores y llevrselas al cementerio... Iremos los dos antes de ir al
mercado, mam...

En vez de enfadarse, como tema Ramn, su madre se lo prometi, despus
de abrazarlo. Compraron as al da siguiente un hermoso ramo de rosas
blancas en el mercado y lo llevaron al cementerio. El guardin les
indic la tumba de Lita. Ya estaba cubierta de otras flores frescas,
flores finas y raras.

--Mam--pregunt Ramn divagando todava con los pensamientos delirantes
de su enfermedad--quin habr puesto ah esas flores tan temprano?...
No podra ser el hada madrina?...

--No, hijo mo. Esas flores las puso la madre de Lita, que estuvo aqu
antes que nosotros; no lo dudes.

--Cmo lo sabes?

--Porque soy tu madre.

Ramn se arrodill, se persign y dej sus rosas blancas junto a las
otras flores. Hubiera querido quedarse all mucho rato, pues le pareca
estar en la casa de Lita, que era un poco como su casa... Mas su madre
lo apremi a que se despidiera; deban volverse porque era tarde...
Entonces Ramn quiso llevarse, como recuerdo, un flor de la tumba de
Lita...

Ella era tan generosa que me las dara todas si yo se las pidiera--dijo
con los ojos llenos de lgrimas.

Su madre le prohibi que tomara la flor, porque las flores de los
muertos traen desgracia...

--Las flores de Lita--implor todava Ramn,--a m no pueden traerme
desgracia, sino hacerme bueno, porque ella es como mi ngel de la
guardia...

--No importa, hijo mo--concluy su madre.--Las flores de los muertos
son para los muertos.

Oyendo esto, Ramn se arrodill por despedida ante el umbral del
sepulcro, donde dejaba enterrados sus castos sueos de adolescente.
Instintivamente acerc sus labios a un manojo de no-me-olvides que se
destacaba entre las flores de la nia muerta... Y al besarlo crey besar
los ojos de Lita, crey besar por primera y ltima vez los ojos azules
de Lita.




LA AGONA DE CERVANTES


Indigentemente cuidado por manos mercenarias, ms envejecido que viejo,
se mora Cervantes. Buen cristiano, despedase del mundo con la
conciencia limpia, despus de recibir los ltimos auxilios de la
religin. Y, aunque slo agonizante, por muerto habanle dejado en la
srdida guardilla.

No estaba todava muerto, no, si es que l podra morir alguna vez. En
su imaginacin febricitante pululaban sus recuerdos, casi todos de
lgrimas y amargura. Rememoraba envidias, pobrezas, calumnias,
prisiones... Pero, cmo? qu no haba tenido l ninguna dicha en la
vida?... Ah, s! La tuvo, s, la tuvo, cuando en sus horas solitarias
viviera el mundo de su fantasa que describi en sus libros. Felices
horas aquellas en que la fiebre de la concepcin lo levantaba a una
esfera tan superior a las humanas miserias! Bien dijo entonces: Para m
slo naci don Quijote y yo para l... Bien dijo entonces, asimismo,
como alguien le tildara de envidioso: Descrbaseme la envidia, que yo
no la conozco. En cambio, otros, y bien ilustres, la conocan por l...

No estaba todava muerto, no, pues que pensaba... Y sinti que se abra
una puerta y entraban en tropel, como legin de espectros, conocidsimas
figuras...

Vena adelante don Quijote de la Mancha, seguido de su escudero Sancho
Panza; luego el bachiller Sansn Carrasco, el cura, el barbero, Dulcinea
del Toboso, Teresa Panza, Camacho, la duea Rodrguez, los duques... Y
tambin Persiles y Segismunda, Rinconete y Cortadillo, la Gitanilla...
En fin, toda la caterva de los personajes que aparecan en sus obras...

Don Quijote, como jefe de la caterva, acercndose al msero lecho, lanza
en ristre y visera cada, habl primero:

--Este es don Miguel de Cervantes Saavedra, el malandrn que nos creara
y tuviese cautivos en sus libros, como las alimaas enjauladas que
presentan los histriones de la feria, para risa y escarnio del vulgo
soez y malicioso. Este es Cide Hamete Benengeli, el atrevido burlador de
nuestras mejores fazaas y el cuentista charlatn de nuestros amoros y
secretos.--Y encarndose con el moribundo, agreg:--Ha llegado el
momento, oh Cervantes, de que nos rindis cuenta de las burlas e
injurias que tan despiadadamente nos habis inferido, y que he de
vengar, vive Dios! por el valor de mi esforzado brazo, en un hecho como
no vieran los pasados siglos ni vern los venideros...

Sansn Carrasco no pareca menos iracundo:

--Mal hicisteis, don Miguel, en divulgar tanta confidencia amistosa y
reservada que depositamos en el seno de vuestra confianza y
caballerosidad. Mal hicistis, don Miguel, en contar al pblico los
yerros y debilidades de nuestros mejores amigos. Aunque no soy yo el
peor presentado, poco hablasteis de mis muchas letras, y mucho de mis
pocos donaires y bellaqueras. Hubierais de haber sido siquiera ms
imparcial y justo, no abultando lo malo o indiferente y disimulando lo
bueno y lo mejor. Por qu no escribisteis nada de mis glosas a
Aristteles, nada de mis traducciones de Horacio, nada de mis puros
amores con Casilda de Ricarte?...

Quejbase tambin el cura:

--Sana habr sido vuestra intencin, don Miguel, pero, al hablar de m,
bien pudisteis enaltecer mis virtudes y no pasarlas en tan displicente
silencio!

Camacho clamaba:

--Tal fama de rico me distis al describir mis bodas, que no hay en
veinte leguas a la redonda pobre que no me pida... Y si le doy mucho, no
me lo aprecia; si poco, se retira descontento; si nada, me acusa de
tacaera y maldad... Flaco servicio os debo, seor de Cervantes!

Teresa Panza, la mujer de Sancho, vociferaba a su vez:

--Para qu ha cantado vuesa merced tantas aleluyas y gastado tanta
tinta, sin sacarnos al fin y al cabo de nuestra pobreza?... Hubirase
metido vuesa merced con los ricos y los orgullosos, y no con los pobres
y los humildes, que nada le pedimos ni para nada le llamamos!

La mentada doa Dulcinea del Toboso, por su verdadero nombre Aldonza
Lorenzo, gritaba a la par de Teresa Panza, al doliente caballero:

--Qu os hice para que tambin os metierais conmigo, segn se me ha
dicho, en esas historias mentirosas que corren impresas por ah?...
Nada os importa, ni a vos, ni al mundo, que yo huela o no huela a
mbar, que sea soberbia princesa o zafia labradora!...

Maritornes, con los brazos en jarras, era otra furia. A qu perpetuar
el cuento de su extravo de una poca pasada, arrojando la nota de
deshonra sobre una moza que despus poda ser, y ahora lo era
efectivamente, honestsima madre de familia?...

El barbero deca tambin:

--Aqu traigo mi navaja, no para afeitar a vuesa merced, sino para
vengarme de ella por las bromas que ha dado a mi cliente don Alonso
Quijano y a sus parientes y amigos...

La duea Rodrguez clamaba llorosa:

--Yo no soy fantasma, ni visin, ni alma del purgatorio, sino doa
Rodrguez, la duea de honor de mi seora la duquesa, y vengo a
inculparos de vuestra stira contra todas las dueas, encarnadas en
vuestra falsa y mentirosa Duea Dolorida!...

Los mismos duques estaban descontentos, pues que la duquesa deca:

--A gente de nuestra alcurnia y grandeza, mejor fuera dejarla tranquila
cuando no se trata de histricos hechos. Contar nuestras acciones
privadas es dar pbulo a las habladuras de plebeyos y villanos...

Persiles y Segismunda hubieran deseado el discreto velo del silencio
sobre sus antiguos amores...

Rinconete y Cortadillo protestaban por su fama de ladrones. Tan
conocida era esta fama, que todos estaban ahora en guardia contra ellos,
y ya no podan seguir robando a gusto!...

La Gitanilla, hasta la Gitanilla se quejaba de su cervantino renombre,
presumiendo de honrada y pudorosa...

Y as, uno por uno, los personajes fueron exponiendo sus crueles y
destempladas quejas. Llegaron a gritar todos juntos, tan
desaforadamente, que el divino Cervantes se crey expiando algunos
pecadillos en las profundidades del purgatorio...

Slo Sancho guardaba un pensativo silencio, sentado a los pies de la
cama... Quiso decir algo a don Quijote, y no lo pudo, cubierta su
palabra por la infernal algaraba...

De pronto, don Quijote hizo un molinete con la lanza obligando a que
todos se alejaran del lecho, y clam con voz colrica e imperativa:

--Basta ya, chusma cobarde y desenfrenada! Apartaos! No veis que es
un solo hombre al que todos acosis? Dejadlo que combata conmigo solo
en singular batalla, y Dios dir de qu parte estn la razn y la
justicia!... He ah mi guante, Cide Hamete Benengeli, y salgamos a
luchar en campo abierto, si no miente vuestro nombre y corre an sangre
en vuestras venas.

El moribundo hizo un esfuerzo para incorporarse, sin conseguirlo... Y
Sancho, ponindose de pie, increp a Don Quijote:

--No ve vuestra merced que don Miguel es invlido por carecer de un
brazo, y que en este momento se nos muere? Antes le debemos socorro que
insultos y ataques. Lo corts no quita lo valiente, una mano lava la
otra y cada oveja con su pareja...

Viendo que, efectivamente, Cervantes era ya casi un cadver, don Quijote
exclam:

--Tienes razn, que te sobra, Sancho amigo. Oh desgraciado de m!
Cuando al fin alcanz el ms encarnizado de mis enemigos, aqul con
quien contara al mundo mi historia convirtiendo mi valor en hazmerrer
de perversos e ignorantes, aqul cuya pola implacable hace irrisin de
mis nobles pasiones y befa de mis mejores hazaas, he aqu que lo hallo
enfermo, postrado y agonizando, por obra y gracia de los prfidos
encantadores que me persiguen, y que no han querido que vengue de una
vez por todas sus burlas y ultrajes, para eterna gloria de mi nombre.

Despus de un silencio, Sancho repuso, con inacostumbrada melancola:

--Cra cuervos para que te saquen los ojos. El seor don Miguel no es
nuestro enemigo, que es nuestro padre.

Al or esto, Don Quijote qued completamente absorto en s mismo, un
rato largo, muy largo, sin atender a la creciente farndula con que los
dems personajes mortificaban al solitario moribundo... Luego se irgui
y dijo muy recio:

--Cierto. l es nuestro padre. l nos ha dado la posteridad y la gloria,
la verdadera vida!

Y sin ms, arremeti contra la legin de importunos que antes
capitaneara, arrojndolos de la habitacin como a perros, a golpes de
lanza... Cuando salieron todos, cerr la puerta detrs de ellos,
quedando solo con el moribundo y Sancho...

Cervantes, que haciendo un ltimo esfuerzo se haba levantado a echar
tambin a los incmodos visitantes, cay entonces sobre Alonso Quijano
el Bueno... Y mientras Sancho, arrodillado, le cubra las manos de
lgrimas, rindi su alma a Dios en los brazos de don Quijote. En su boca
descolorida acentubase una sonrisa de infinita ternura, como si dijera
a sus dos creaciones ms ilustres:

--Bien saba que habais de venir vosotros, hijos mos, a socorrerme en
la hora de la muerte!




EL JUSTICIERO


Catalina de Aragn, as como suena, nada menos que Catalina de
Aragn se firmaba y se haca llamar Felipa Danou, francesa de
Montmatre. Y con ese nombre histrico, presumiendo de noble y espaola,
se inscriba en los programas de los circos y teatros donde se la
contrataba como domadora de vampiros.

Hay que reconocer que los vampiros eran ms verdaderos que su nombre.
Habalos comprado en Argelia a un cazador marroqu, y se exhiba en
pblico con ellos, en una gran jaula de fieras, pretendiendo haberlos
domesticado y educado...

Sin embargo, los chupadores de sangre estaban muy lejos de poseer la
dcil inteligencia de tantos perros, focas o elefantes sabios. Apenas
si reconocan a Catalina, su cuidadora, cuando los llamaba por sus
pintorescos apodos: Sanguijuela!... Borracho!... Lucifer!... El
xito de la domadora, harto dudoso por cierto, extribaba ms bien en una
danza serpentina que bailaba dentro de la jaula, envuelta en negros
crespones. Mientras torrentes de luz roja y azul le daban matices
fantasmagricos, revoloteaban a su alrededor, electrizados por su voz
aguda y dominante, los enormes murcilagos hambrientos, vidos de
sorberle la sangre bajo su piel pintada y sudorosa.

Pronto se cans el pblico parisiense de Catalina y sus vampiros. Se
haca necesario inventar cuanto antes otra cosa, porque los empresarios
no se arriesgaban ya a contratar un espectculo tan gastado, y ella no
se decida a abandonar su querido Pars...

Mejor dicho, su marido o amigo, el lindo Raguet, era quien no le
permita abandonar a Pars. Este Raguet era un parisiense incurable. No
conceba la vida sino vagando por los bulevares, teatro de sus fciles
conquistas...

Como lo fuera con muchas otras, Raguet era un tirano para Catalina.
Siempre insaciable de dinero amenazbala y pegbale brutalmente cuando
ella no se lo proporcionaba. Por eso Catalina, al notar el creciente
descrdito de sus vampiros, se vea obligada a resolver un dilema
insoluble: o contratarse en barracones de tercero y cuarto orden, donde
se pagaba poco a las artistas, y exponerse por consiguiente a las
diarias sobas de Raguet, o bien abandonarlo y marcharse con sus
animalejos en jira por las provincias y el extranjero...

Esto ltimo hacasele imposible. Los golpes y las caricias de Raguet le
eran tan indispensables como el aire. Prefera morir insultndolo
martirizada por sus manos implacables, a obtener lejos de l xitos y
contratas...

Felizmente vino a socorrerla una casualidad propicia. Sucedi que una
norteamericana millonaria y extravagante le ofreci comprarle sus
vampiros... Pidi ella un precio disparatado, justo el que le pidieran
por un joven y gigantesco mono chimpanc que deseaba domesticar... Y la
norteamericana, encaprichada con los vampiros, despus de regatear en
vano, acab por pagarle a Catalina el precio que fijara.

Adquirido el mono, liquid Catalina su ltima contrata, y se retir con
l a una casita de los alrededores de Pars, dispuesta a amansarlo y
ensearlo. Con la idea de las ganancias que pudiera proporcionarle su
adquisicin, Raguet le disculp este alejamiento del centro de la
ciudad. Con frecuencia ira a visitarla, siquiera en las noches que no
contase con ningn otro refugio.

Cnsul, tal era el clsico nombre del mono, prometa los mejores
aplausos y considerable provecho, si llegaba a presentarse amaestrado en
la escena. Era un bello ejemplar de su raza, alto, membrudo, fuerte, de
mirada inteligente y viva, de suave y aterciopelado pelaje. Lo malo era
su humor hosco, impulsivo y variable. En su boca bestial se sucedan
rpidamente salvajes contracciones de clera y perrunas sonrisas. En los
das de spleen morda y quebraba cuanto hallase a su alcance. Muy
prudentemente, Catalina lo tena pues encerrado en una slida jaula de
hierro, al menos hasta que se mostrase ms tranquilo y sociable.

Todos los medios conocidos emple la domadora para domesticar a Cnsul:
el hambre, los golpes, el fuego, la electricidad, los gritos, las
caricias... Pero slo consigui que el antiguo gigante de los bosques,
la conociese, respetase y siguiera. Con los extraos, Cnsul se mantena
siempre en su antigua ferocidad, y tanto, que no se le poda sacar de su
jaula...

Una vez lo intent Catalina, para ensearle a comer en su mesa. Mientras
estaba en _tte--tte_ con ella sola, la leccin no march del todo
mal. El mono obedecale como poda; al equivocarse, le peda perdn con
sus ojos hmedos como los de un enamorado... Mirndola, sola distraerse
y desobedecer sus rdenes. Entonces ella lo reprenda y castigaba
severamente con una varita de metal...

Conforme adelantaba la leccin de comer, y menudeaban las reprimendas y
castigos, Cnsul se pona ms hurao y nervioso, gruendo sordamente con
los dientes apretados. En otros momentos gema y se morda las uas,
conteniendo su furor... Catalina, como se diese cuenta, con su instinto
de mujer, que el mono nunca se atreva a atacarla, continuaba el
amaestramiento impvida y decidida... En un momento en que, despus de
varias equivocaciones del discpulo y de los consiguientes golpes de la
maestra, Cnsul se clavaba las garras en los muslos para desahogar su
furia, entr el sirviente con un plato en las manos... No bien lo vio,
abalanzose el enfurecido animal sobre l como dispuesto a matarlo... Un
grito a tiempo de Catalina lo contuvo, y el criado pudo retirarse bien
librado, a costa de unos pocos rasguos.

A Raguet era a quien profesaba Cnsul su odio ms terrible. Hasta
olfatebalo desde lejos. Pues, en cuanto pisaba la casa, de da o de
noche, aunque para nada se acercase a la habitacin donde se hallaba la
jaula, Cnsul se pona como fuera de s. Grua, daba grandes manotones
al aire, se sacuda contra los barrotes de hierro... Muchas veces, antes
de que Catalina viera a Raguet, conoca su aproximacin por las
demostraciones del mono, quien ni escuchaba entonces sus voces...

--Tiene celos de ti--deca despus a Raguet.

Y Raguet le contestaba, meneando la cabeza y como si l hubiera
contribuido en la compra:

--Me temo que hayamos hecho un mal negocio con el animalucho. Por qu
no lo vendemos?

Catalina saba que venderlo era dejar la suma casi ntegra en las manos
de ese disipado de Raguet; adems, ella no desesperaba de amaestrar a
Cnsul, y hasta le tena algn afecto... Por eso responda:

--Tengamos paciencia. Es muy inteligente. Parece un hombre. No le falta
ms que hablar... Con el tiempo ha de aprenderlo todo. Dejar lejos a
Pichn, el elefante de Nin de Montecristo. Y sabes cunto le pagan a
Nin en el Olimpia?... Mil francos por noche!

Ante el convincente argumento del caso de Nin, Raguet se callaba, no
sin rezongarle antes a Catalina:

--Si es as, debes apurarte en amaestrar a tu Cnsul. Van ya para tres
meses que ests de haragana, sin hacer nada!

Raguet iba para treinta aos, justo su edad, que viva de haragn, sin
hacer nada ms que gastar lo que pidiere o trampeare... No obstante de
saberlo muy bien Catalina, se limitaba a pedirle perdn:

--No te enojes, Raguet! Cada uno hace lo que puede... La gente ya
estaba cansada de los vampiros...

Sin contestar a la domadora domada, Raguet, con un hambre de diez o doce
horas de vagabundeo, replicaba con voz tonante:

--Basta de Cnsul! Dame pronto lo que tengas de comida...

Y Catalina corra a la cocina, de donde volva triunfante a la media
hora, con alguna cazuelilla improvisada. Servale a su hombre, con el
mejor vino que encontraba, y lo miraba mientras l coma disimulando su
apetito con nuevas quejas:

--Esto es una porquera!... Apenas si puede probarse... Es estpido
que no tengas nada mejor, cuando Nin convida con champaa y gallina a
Sansn, el hombre de las pesas falsas y de los msculos postizos!

Catalina lo tranquilizaba entonces, como dicindole con su mirada
cariosa:

--Esprate a que eduque a Cnsul, para convidarte con champaa y
gallina, como Nin a Sansn, el hombre de las pesas falsas y de los
msculos postizos...

Una noche estuvo Raguet ms exigente que de costumbre. Necesitaba en ese
mismo instante trescientos francos...

--De dnde quieres que los saque?...--gema la infeliz Catalina.--Ya no
me quedan diez cntimos de lo ltimo que cobr... Debo un mes de
alquiler... Ayer ped prestados quinientos francos a Blondeau el
empresario, y ese gordo tacao no me quiso prestar ms que ciento
cincuenta... Alhajas no tengo, ni crdito, ni trabajo!... Perdname,
Raguet, ten lstima de m!...

--Mientes!--vocifer Raguet.--Debes tener ms dinero guardado... Con
qu comes, pues?...

--Te juro que no tengo ms, te lo juro por las cenizas de mi madre,
Raguet!... Yo no puedo volverme monedas...

--Dame entonces esos ciento cincuenta francos que te prest el imbcil
de Blondeau...

--No los tengo ya! no los tengo!... He pagado con ellos al panadero,
al mercado, al sirviente, que se fue hoy y me ha dejado sola...

El lindo Raguet, frentico de impaciencia, apostrof a Catalina con sus
peores injurias, y tena un buen repertorio de ellas! Y cuando se cans
de insultarla, le asest feroces bofetones y puntapis, practicando su
mxima favorita: Las mujeres son como las aceitunas. Hay que batirlas
duro para que den aceite, y cuanto ms se las bate, ms aceite dan.
Esta mxima, repetida a los compaeros del vermut ante la mesa del caf,
en el preciso momento de escupir el hueso pelado de una aceituna a dos
varas de distancia, tena siempre un xito loco. Tambin lo tena
aplicada en las nalgas enrojecidas y en las mejillas ensangrentadas de
Catalina de Aragn, la domadora de vampiros...

Como realmente esa noche la pobre mujer no poda proporcionarse dinero,
los golpes fueron ms recios que de costumbre. Y ella gritaba y gema
como si la desollasen viva...

De pronto se sinti en el silencio y en las sombras de la desolada
casita, ruido de hierros y maderas que crujan... unos pasos pesados y
torpes que se acercaban... un formidable golpe contra la puerta...

Raguet y Catalina se miraron plidos de terror; la puerta se abri...
Ante la vacilante luz de la buja vieron un demonio inmenso que se
adelantaba lentamente sobre sus dos patazas, con los ojos fosforescentes
de clera... Era Cnsul, el mono chimpanc. Al apercibir los gritos de
Catalina haba sacudido con tal fuerza la puerta de su jaula, que haba
cedido... Vena a socorrer a su ama!

De un golpe derrib a Raguet... Tom a Catalina en sus brazos...
Lamiole con su lengua rugosa las heridas... Y llevola cargada como una
criatura a su jaula...

Al volver en s, Raguet record que en la casa no haba nadie a quien
pedir auxilio. Tom su sombrero y huy cobardemente, sintiendo siempre
detrs de s los pasos vengadores de Cnsul...

A la maana siguiente, requerida por un vecino que oyera durante la
noche extraos gritos, la polica entr en la casa desierta...
Registrndola, slo hall al mono gigantesco en su jaula, sentado sobre
la paja, arrullando tiernamente en sus brazos a una mujer plida,
muerta, muerta de terror!




PESADILLA DROLTICA

(Impresiones de veinticuatro horas de fiebre)


I

Yo no poda dormir... En vano regularizaba mi respiracin, trataba de
apaciguar mi pensamiento, me oprima el pecho para contener sus latidos,
en vano!... Yo no poda dormir!

El insomnio acab por vencerme y desmoralizarme. Me abandon a l como
un nufrago que pierde las fuerzas en la corriente. No pudiendo ya
contener mi intranquilidad, me revolva en las sbanas, me sentaba,
fumaba, encenda y apagaba la luz... Cuando la encenda, no vislumbraba
ms que sombras... Cuando la apagaba, en la obscuridad ms completa,
vea unos vagos arabescos, como de humo, que se agrandaban y achicaban,
subiendo y bajando en el aire.

En mi cabeza penetr, poco a poco, el clavo ardiendo de una idea fija.
Yo _lo_ saba perfectamente... Y lo que supiera era esto, que me repeta
a cada instante, a cada minuto, a cada segundo:

--Tucker, ese bribn de Tucker tiene la culpa.

Quin era Tucker? Cmo era Tucker? Qu haca? Dnde estaba?... Nada
de eso saba yo; pero saba bien, ah, muy bien! que l solo, que slo
l tena la culpa... La culpa de _qu_? Yo lo ignoraba asimismo.
Comprenda nicamente que _eso_ deba ser Algo Terrible, macabramente
terrible, diablicamente terrible. Sera como una inconmesurable esfera
de barro que deba aplastarnos; sera como si todos, hombres y
espritus, me burlasen y despreciaran; sera, en fin como una cosa que
no cupiese en el mundo ni pudiera decirse en lenguaje humano...

Haba ocurrido ya? Iba a ocurrir ms adelante? Estaba ocurriendo
entonces? Tampoco saba yo eso!... Mas nunca, jams me sent tan
agitado, y con tanta razn agitado! como aquella noche fatal en que me
repeta, arracndome los pelos:

--El malvado de Tucker tiene la culpa!

Consolbame, empero, el vago pensamiento de que _aquello_ no suceda
realmente. Yo saba que estaba soando. Y sin embargo no poda
dormirme!... Quin hubiera dormido con semejante preocupacin? No, no
dorm un instante en toda la noche!

Cuando amaneci, el sirviente me trajo el desayuno. El sirviente!...
Qu vena a buscar a mi habitacin ese espa odioso?... Yo lo maldije y
lo ech con voz de trueno (con una voz muy rara, que no era mi voz):

--Vyase al infierno!

Puso l la bandeja sobre una mesa, y sali disparado, cerrando la
puerta. Al cerrarla dio un chillido, porque se apret la cola.
(Indudablemente tena cola, una larga y peluda cola de mono.)

Dej que el desayuno se enfriara en la taza durante todo el da. Era un
desayuno de hirviente sangre humana, y yo no poda olvidar que la sangre
humana tarda mucho en enfriarse.

Esperando pues que se enfriara el desayuno, me lo pas todo el da en
cama. Felizmente tena caramelos de goma en la mesita de luz, porque
estaba muy resfriado. Tan resfriado que la respiracin se me haba
detenido por completo. Esto me daba, naturalmente, mucha risa. Vivir
sin respirar, como los muertos! Qu cosa ms ridcula!...

Y todo el da me estuve repitiendo:

--El infame de Tucker tiene la culpa! todo el da, hasta que anocheci.

Cuando anocheci, esta idea lleg a hacerse ms dolorosa que nunca.
Comprend que deba ver a Tucker para enrostrarle su infamia... Por eso
me vest y sal a la calle.

Advert en la calle que me haba olvidado de ponerme el saco, aunque
estaba muy bien peinado y llevaba una estrella verdadera prendida en la
corbata. Esta estrella, que era como la cabeza de un clavo, yo la haba
arrancado del cielo con mi propia mano, parndome en puntas de pies y
estirando enormemente el brazo derecho. Tena as el brazo derecho algo
descoyuntado y andaba sin saco por la calle... Pero lo peor era la
estrella que me quemaba el pecho como una brasa!

Afuera de mi casa not una cosa bien tonta. Not que el cielo era un
gran toldo negro. Y el toldo se caa, por haberle quitado yo la estrella
que lo sostuviera, en el cenit. Haba que caminar levantando la tela del
cielo con las manos, como dentro de una carpa de techo muy bajo. Era
esto muy incmodo! Mas sucedi lo que deba suceder. Cado el cielo
sobre las luces de la ciudad, se incendi cmo estopa y vol en
levsimas partculas de ceniza. (No tan levsimas, dir de paso, pues
una que me entr en el ojo derecho era del grandor de una avellana.)

Yo estaba apresuradsimo por ver a Tucker. Tan rpidamente iba, que
caminaba por el aire sin notarlo. La tierra se haba hundido en un
abismo sin fin y yo segua corriendo por el plano vaco que antes fuera
su superficie. No importaba. La cuestin estribaba en ver cuanto antes
al canalla de Tucker.

De pronto sent tierra firme bajo mis pies. Estaba en una ciudad
extranjera, pero habitada por mis conciudadanos. En las calles haba
mucha luz amarillenta y mucha gente que rea, corra, gesticulaba. Todos
estaban tan contentos que bailaban desarticulndose y rearticulndose
como tteres. Yo mismo me daba cuenta de que perda en el camino, ora un
pie, ora un brazo, ora parte del tronco... No me tomaba el trabajo de
recoger estos rganos cuando los vea caerse, y los dejaba detrs de m,
porque iba muy apurado y saba que ellos solos--el pie, el brazo, la
parte del tronco,--volveran a incorporarse a mi persona. Adems, todo
era un sueo. Adems, yo tena el privilegio de la salamandra, de hacer
retoar los muones para recuperar los rganos perdidos.

La gente segua riendo, corriendo, gesticulando... Vi algunos amigos que
me reconocieron y me saludaron con gestos extravagantes, quin sacndome
la lengua, quin escupindome una ranita verde en la cara. No me par a
preguntarles la razn de su loca alegra, porque mi prisa arreciaba como
un cicln.

Mi prisa por arrancarle los ojos a Tucker, el miserable! era tal, que
recorr muchas veces aquella dilatadsima ciudad de punta a punta. (Y
digo dilatadsima sin hiprbole, porque ocupaba muy bien una tercera
parte y ms de la Tierra.)

Por fin!... Por fin descubr en la puerta de una casa de dos pisos una
tablilla de cobre que deca:

        TUCKER

      PROCURADOR

--Aqu vive--me dije inmediatamente.

Y trat de pararme. Pero el impulso que llevaba de tanto correr, me hizo
seguir, por la ley de la inercia, varias leguas ms all de la puerta de
Tucker. As un automvil a toda velocidad no puede detenerse de repente,
aunque el chauffeur descubra en el camino un obispo de mitra y gran
capa pluvial, seguido de una veintena de monaguillos con rojas
sobrepellices.

Despus de desandar lentamente en diez o doce horas las leguas que
rodara sin poder pararme, me volv a encontrar ante la casa de Tucker.
Justo en la puerta me detuve esta vez. Para ello haba vuelto paso a
paso!...

En el tiempo de mi vuelta, la casa haba cambiado bastante. Ahora
pareca una ruina y una cueva. Pero no haba cmo equivocarse por la
chapa de cobre, que siempre deca:

        TUCKER

      PROCURADOR

Di dos o tres aldabonazos, que retumbaron como truenos y fulguraron como
relmpagos...

--Santa Brbara!--me dije, persignndome a modo de vieja gruona.

Y como nadie saliera a recibirme y la puerta estaba abierta, me col
adentro de la casa de Tucker. El rojo fulgor de los relmpagos
producidos por los aldabonazos, en medio de una profunda obscuridad, me
guiaron hacia la escalera. Era una angosta escalera de caracol. Comenc
a subirla, y no terminaba nunca...

--Es realmente curioso--pensaba mientras suba--que una casa tan baja,
de dos pisos, tenga una escalera tan alta... como de diez... de
veinte... de cien pisos...

Y, bien agarrado de un pasamanos de hierro, segu subiendo, subiendo,
subiendo... Para distraerme me puse a contar los escalones... Al pasar
de los quince mil perd la cuenta y me sent un poco mareado... Mas
estaba tan contento que pude llegar hasta el final de aquella nueva
escala de Jacob.

Terminada la escalera interminable, penetr como por escotilln en una
ancha pieza cuadrada. Una pieza cuadrada, muy grande, con los muros, el
techo, el piso, todo de un blancor de ncar. No habla all muebles ni
puertas, ni personas, ni el ms leve objeto, mancha o sombra. Me sent
deslumbrado, pues aunque no se vean lmparas, focos ni bujas, estaba
iluminadsima, estaba enteramente iluminada _a giorno_.

Pasado el primer deslumbramiento, mir mejor y vi que all, en el fondo
de la pieza, me aguardaba Nanela. Aunque jams la viera ni oyese hablar
de ella, yo la reconoc en seguida. Era Nanela. Era una alta y
hermossima mujer plida--la ms alta, ms hermosa y ms plida mujer
del mundo,--toda vestida de blanco, sin joyas, flores ni cintas,
llamada Nanela. Sobre su frente exange brillaba una cabellera tan
negra, que se dira un cuervo incubando all sus ideas.

--Hace ya siete aos que te estoy esperando--me dijo.

Como era mi prometida, yo la abrac, la bes en sus rojos labios, y le
repuse:

--Siete aos!... Pobre Nanela!... Pero t sabes...

--S, yo tambin s--me interrumpi ella--que el prfido de Tucker, mi
to y tutor, tiene la culpa.

--Cmo!--exclam lleno de asombro.--Yo crea que Tucker era tu padre.

Rindose con sus dientes centellantemente blancos, ella me inform:

--Algunas veces es mi padre, otras un extrao, otras mi to y tutor. Eso
depende del estado de nimo.

--Cierto, ciertsimo--le contest, convencido.--Pero tambin es cierto,
ciertsimo--agregu atemorizado--que l est en el fondo de la casa,
mirndonos a travs de las paredes con sus ojos de ahorcado o de
basilisco.

--Huyamos, entonces--me propuso Nanela, echndose apresuradamente una
mantilla de encajes sobre el cuervo de sus cabellos.

--Huyamos.

Y salimos del brazo, bajando juntos una recta y amplia escalera de
mrmol blanco, de la escasa altura que convena a aquella casita de dos
pisos.

--Yo sub por una escalera mucho ms alta, obscura y de caracol--le dije
a mi acompaada.

--Verdad--me asegur Nanela.--Pero cuando se la baja, esa escalera es
como mil veces ms corta, y es cmoda y derecha.

Yo me alc de hombros... Qu tena que ver eso conmigo?...

Recorrimos en silencio, siempre del brazo, unas callejuelas imposibles.
Las casas, aunque rgidas e inmobiles, hacannos al pasar muecas y
gestos, unas veces de paz y amor, otras de odio y clera. Pululaban all
lechuzas, viejas y nimas en pena.

--Has notado, Nanela--pregunt a mi amada--que en esta ciudad siempre
es noche?

--Hay una razn para ello. Sus habitantes son todos noctmbulos.

No s por qu me hizo enormemente gracia, me hizo como cosquillas en el
alma, la idea de que Tucker fuera, al mismo tiempo! procurador y
noctmbulo. Por no afligirla no hice notar esta coincidencia a Nanela...
Quien en cambio dijo:

--Muy obscura est la noche.

Quise entonces contarle que el cielo se haba quemado; pero no
encontraba palabras para contarlo... Cuando las encontr, me haba
olvidado de lo que quera contar. Por eso guard un largo silencio, en
el cual me dijo Nanela, oh querida y dulce Nanela! que, por rara
casualidad, algunas veces amaneca en esa poblacin...

El sol deba estarla escuchando. De otro modo no puede explicarse cmo
amaneci de pronto, en cuanto ella dijera que algunas veces amaneca en
la ciudad.

Todos los habitantes se metieron en sus cuevas y en sus sepulcros al
aparecer la luz indiscreta. Como era la madrugada, la ciudad pareca un
cementerio.

--No bien se abra una iglesia, entramos a casarnos--murmur Nanela.

--Claro.

Fue as que entramos en la iglesia de un convento de franciscanos, donde
oraban muchos caballeros medioevales con la visera calada. A travs de
la penumbra, los acordes del rgano parecan sollozos e imprecaciones.
En el altar mayor deca misa, parndose en puntas de pie, un frailecito
rechoncho, con dientes como de perro o de lobo. En su boca estaba
siempre estereotipada la doble risa de un hombre satisfecho de su mesa y
de s mismo. No era ms alto que mis rodillas. Para alcanzar al santo
tabernculo tena que subirse a un banquillo que le colocaba al efecto
el sacristn. Cuando se subi al banquillo para bendecir a los fieles,
Nanela y yo nos arrojamos a sus pies... Y aprovechamos su bendicin para
casarnos. l nos convid despus con el vino del cliz, un empalagoso
vinillo azucarado. Y nos dio la enhorabuena con la doble sonrisa de sus
dientes de perro y de lobo.

Al salir de la iglesia, me dijo Nanela:

--Haremos un largo viaje de bodas. Tenemos que irnos lejos, muy lejos.
Pues ten por seguro que ese canalla de Tucker nos persigue.

Yo contest:

--Por seguro lo tengo. Quin se atrevera a dudarlo, quin?--Y lanc
hondsimo suspiro, exclamando:--Oh, miserable Tucker! oh Tucker nunca
bastante execrado, vos tenis la culpa, nadie ms que vos!

--Huyamos.

Y humos de nuevo, dando varias veces la vuelta al mundo, como si
arrollramos un hilo inacabable alrededor de un ovillo redondo.


II

Andbamos a pie, en dromedarios, en ferrocarriles, trineos, diligencias,
globos... qu s yo!... Y siempre veloces, ms veloces que el viento.

Recorramos la Siberia, la Espaa, el Sahara, Alaska, Groenlandia,
Siria, Siracusa, Macedonia, Tierra del Fuego, Holanda, Antioqua... Y
mares, bosques, hielos, estepas, montaas, desiertos, pampas...

Tambin atravesbamos tierras sumergidas, Lemuria, Atlntida, Sudlandia,
Cracatoa... Y asimismo ciudades subterrneas, en Nicomedia, en
Babilonia, Pompeya, Herculano.

Veamos hombres rojos como el fuego y negros como la noche, hombres
peludos como monos y cuadrpedos como perros, pigmeos del tamao de una
ua y gigantes ms grandes que montaas... Y faunas y floras
indescriptibles... Y hombres piedras, hombres rboles, hombres lquidos,
hombres gases, hombres luminosos, hombres translcidos y quebradizos
como el cristal...

Veamos pueblos de animales ms inteligentes que hombres y pueblos de
cclopes, centauros, ninfas, stiros... Y los jardines del Paraso
Terrenal, y las cumbres rosceas del Olimpo, y la Ciudad de la Muerte...
La Ciudad de la Muerte! Qu indiscreto mortal dijera una palabra de
ella? Al decirla, por el solo hecho de decirla, matara su alma
inmortal... Y qu mayor suplicio que el suplicio del No-Ser?

El suplicio del No-Ser! Esto me sugiri una idea estrambtica, que
inmediatamente comuniqu a Nanela.

--Esposa ma!--le dije.--No podra ser Tucker el Fantasma del
Remordimiento?

Al orlo, mi mujer se descuajeringaba de risa, dicindome:

--Cmo crees, menguado, que Tucker pueda ser una frase hecha?

--Muchos hombres conozco que son una frase hecha, nada ms que una frase
hecha,--murmur.

Pero no! Tucker no poda ser un remordimiento... Por qu? Yo no saba
por qu, y sin embargo saba que no era un remordimiento!

Y seguimos y seguimos... y yo vi que si seguamos as, pronto bamos a
acabar el hilo que enrollbamos alrededor de la Tierra, que era nada
menos que el hilo de nuestras vidas.

Con harta razn alarmado, supliqu a Nanela que nos detuviramos... Ella
no me escuch, ocupada en cantarme su canto de amor a travs de nuestra
ruta vertiginosa. Y yo la miraba enamorado, tan enamorado que se me
cayeron los ojos...

--Se me han cado los ojos--le dije.--Parmonos a recogerlos.

As le dije, deseoso de detenerla y detenerme, aunque no hubiera
olvidado que yo era una salamandra hombre... No era preciso recoger mis
ojos, pues que ellos retoaran solos!

--Baja los prpados y vuelve a levantarlos--me insinu Nanela.

Hcelo as y me retoaron los ojos... Nanela me los bes, cantndome con
su voz de sirena:

--Cun bellos ojos!... Has ganado en el cambio, esposo mo. Antes eran
pardos y ahora son ms negros y expresivos que los de un arcngel
despus de rebelarse.

--Por bellos que sean, estos ojos deben cerrarse pronto--observ
desalentado--si continuamos nuestro desenfrenado viaje de bodas...

--Nuestra huida--rectific ella.

--Nuestra huida, perfectamente.--Pero los hilos de nuestras vidas se
acaban, se acaban si los seguimos devanando... Y para qu morir tan
jvenes!... Adems, antes de morir, yo quiero conocer a Tucker. T lo
sabes.

--Ests loco?--prorrumpi Nanela.--Quin habla de morirse? Te
equivocas si piensas que todava no nos queda bastante hilo que enrollar
en nuestros viajes alrededor de la madeja de la Tierra. Y es mejor que
no pienses ahora, oh mi dolo! en ver a Tucker. Porque tiene lepra y te
la contagiara si lo vieras.

--Pero cuando que es tu to y tutor no tiene lepra--objet a Nanela.

--No lo niego. Slo tiene lepra cuando es un extrao para m. Cuando es
mi padre, unas veces la tiene y otras no.

Bien saba yo que en aquel momento Tucker no era ni padre ni extrao
para Nanela, antes bien, por el estado de su temperamento, el verdadero
to y tutor. No quise sin embargo contradecirla, porque nunca conviene
contradecir a la mujer amada, cuando ella es una mujer plida y
nerviosa. El tiempo me dara razn. Por entonces seguiramos dando
vueltas alrededor del mundo como mulos vendados alrededor de una noria.

Y cada vez gastbamos ms y ms el hilo de nuestras vidas. Enardecame
esta preocupacin extraordinariamente. Por eso me senta enflaquecer por
minutos. Me palp las manos, los brazos, el rostro, y sent que no me
quedaba carne y ni siquiera pellejo. Era yo un simple esqueleto andante.
Djeselo as a Nanela...

--De qu te asombras y qu te importa?--me replic.--Tampoco yo soy ms
que un esqueleto andante.

La mir, y la vi como siempre la viera. Nanela no poda ser sino la
mujer ms hermosa, ms plida y ms alta del mundo. Sin embargo, ella
tampoco conservaba carne y ni siquiera pellejo... Nos quisimos besar y
nuestros dientes chocaron contra los huesos de nuestras calaveras,
produciendo un extrao crac-crac. Si conservramos nuestros nervios, nos
hubiera horrorizado este crac-crac, tan siniestro como el croar de los
sapos en el pantano de un castillo en ruinas... Tambin las rbitas
donde tuvimos las narices aspiraron el nauseabundo hedor de nuestras
podredumbres...

Con todo, lejos de pararnos, tom de la cintura a Nanela, Nanela, la
mujer nica de mi universo!... Ella recost su crneo sobre mi hombro, y
seguimos como Paolo y Francesca en las profundidades del infierno.

--Aspiremos el aire de la montaa--me dijo--para fortalecernos.

Aspiramos, en efecto, mientras marchbamos, un aire lleno del estruendo
de las batallas y de los resplandores del incendio. Muy vivificante
deba ser este aire, pues nos repuso en nuestras antiguas figuras
humanas.

Ya no podamos ms de fatiga. Para mejor, a cada instante se hunda el
piso bajo nuestras plantas... Caamos bruscamente y surgamos de nuevo,
como si nuestro camino fuese cruzado por innumerables zanjas invisibles.
O, ms bien, como si flotramos en un viscoso mar de sombras lquidas
que a cada instante abriera sus abismos para tragarnos y, por nuestro
menor peso, nos hiciese flotar despus de zambullirnos... Y as de
seguido...

Algunas veces continubamos durante aos caminando y caminando sin poder
adelantar un paso. Estbamos estacionarios, y el hilo segua sin embargo
gastando nuestras vidas... Entonces nuestro suplicio era ms
espeluznante si cabe, porque chocaban dentro de nuestros organismos las
espadas de dos principios contrarios, el movimiento y el reposo! la
vida y la muerte!... El choque de esas espadas arrancaba a nuestros
nervios chispas que eran rayos y centellas.

Pens que ya no nos quedaba ms que poqusimo hilo que devanar, y
protest, con la energa de un dios pagano...

--Basta, basta, basta!... No quiero morirme sin haber visto a
Tucker!... Debo verlo ahora mismo!

--Qu! No sabes que ha muerto?--me objet Nanela soltando una
carcajada como un rebuzno.

Mir entonces nuestros trajes de riguroso luto y me di una palmada en la
frente. Una palmada tan sonora como el martillo de un titn al caer
sobre el yunque de una altiplanicie. Furonla repitiendo los ecos
indefinidamente... Cuando ya estaban bastante amortiguados para dejar
or mi voz, lanc un funesto juramento y grit colrico:

--Es verdad!... No me acordaba!... Tucker ha muerto!... Pero quiero
verlo de todos modos, de todos modos quiero verlo!

Deseaba seguir vociferando, y tuve que callarme, pues la mandbula se me
caa sobre el pecho...

Eva (Nanela deba llamarse ahora Eva sin duda alguna), Eva s poda
hablar, y consinti fervorosamente:

--Vamos a verlo. Est en el cementerio.

Y fuimos al cementerio. Destacbase en el prtico, secular cancerbero,
una Esfinge de piedra, una viva y rugiente Esfinge de piedra!... En vez
de proponernos cuestiones insolubles para devorarnos si no las
resolvamos, como a Edipo y a tantos otros mortales, huy a nuestra
vista arrastrando el rabo. Un rabo tan pesado, que haca un surco en la
tierra que se dijera el lecho seco de un torrente.

--Gracias a los dioses que la Esfinge nos abre
paso!--exclam.--Gracias!

Porque desde tiempo inmemorial venanos siguiendo, a cientos, a miles, a
millones, una bandada de hambrientos lobos con ojos de fuego... Por
mucho que corriramos, ellos ganaban cada vez ms y ms terreno... Ya
sentamos sus dientes en nuestros muslos... Y eran tantos, que cubran
la superficie de la Tierra!

Apenas entramos al cementerio, echamos los cerrojos de sus prticos,
para que los famlicos lobos innumerables quedasen al otro lado. Sus
aullidos formaban un trueno infinito.

Tuvimos que echar a vuelo todas las campanas del cementerio, las
colosales campanas de bronce del cementerio, para cubrir el trueno de
sus aullidos. Cubre as a veces la cancerosa llaga de una princesa el
peplo de lino recamado de rubes.

--El descanso, al fin!--prorrumpi mi esposa sollozando.

--El cementerio es el descanso. S, Rosalinda de mi vida.

Porque haba llegado el momento de que Nanela se llamase Rosalinda, yo
la llamaba Rosalinda... Despus la llam, y siempre tan
acertadamente! Isaura, Dioclecia, Xantippa, Agripina, Isabel de Hungra,
Delia, Valentina y Mara de los Dolores.

--Siempre me aciertas el nombre que corresponde al instante en que me
hablas. Eso prueba que me quieres y comprendes!--me dijo.--Pero el caso
es que yo todava no s tu nombre...

--Adivnalo!

Esperaba yo que ella me bautizara de mil modos. No fue as. Slo me
observ, sonriendo con tristeza:

--No puedes engaarme. Para qu voy a darte mil nombres, malos y
buenos, propicios y funestos, alegres y terribles, si t mismo, no
sabiendo cmo te llamas, no podrs advertirme cuando acierte o
desacierte?...

Hice yo un doloroso esfuerzo de memoria... Un largo y doloroso esfuerzo
de memoria... Y no consegua acordarme de mi nombre. Pude decir
entonces:

--Nunca tuve nombre. O, si lo tuve, ya no lo tengo. Lo he perdido. Y,
aunque salamandra para los rganos materiales de mi cuerpo, no s
retoar mi nombre!

Clotilde (as se llamaba ahora Nanela) se ri al escucharme. Y
transformose sucesivamente en una pantera, una garza, una culebra, una
mosca, una corsa...

--Djate de fastidiarme con tus mutaciones--le observ severamente.--Es
intil que pretendas lucirte, porque el ruido de las campanas que
echamos a vuelo me obscurece la vista como una niebla... no olvides que
estamos en el cementerio, y que hemos venido a ver a Tucker!

Y cmo dudar que nos hallbamos en el cementerio?... Y deba de ser un
da de difuntos, porque el cementerio estaba lleno de gente y de flores.
Lo malo es que la gente pareca flores y las flores parecan gente. Pero
yo no par mientes en este pequeo detalle insignificante. Gente o
flores, flores o gente... qu importaban al mundo?

Lejos, bastante lejos, muy lejos, inconmesurablemente lejos, a travs de
flores de cardo que eran cabezas de mercachifles y cabezas de doncellas
que eran rosas y anmonas, en fin, ms all de todo lo que fue y
sera--inconmensurablemente lejos, como he dicho,--vi la misma placa que
antes viera en la casa en que encontr a Nanela (ahora Nanela era
Nanela). Vi la placa de cobre, la insignia mortal de todas mis penas y
desdichas:

        TUCKER

      PROCURADOR

--Aqu est enterrado--nos dijimos en silencio mi mujer y yo.

Yo sent una opresin de agona, un ansia de llorar que era como ansia
de morirme... Y no poda llorar, y no poda morirme!

Por no poder llorar ni morirme me sent sonmbulo. Y di un puntapi con
toda mi fuerza a la puerta del sepulcro, una encantadora capillita
gtica. Aunque era de hierro, la puerta vol en astillas y pavesas.

Adentro del sepulcro haba un atad cerrado con llave. Como yo llevaba
la llave en mi llavero, lo abr y levant la tapa. Las bisagras deban
estar muy enmohecidas, pues al abrirse gimieron y silbaron. Adentro del
atad haba un hombre...

Haba un hombre vivo, enteramente vivo, hasta sano y de buen color. Se
le conoca el oficio en su afeitado rostro de curial y en sus grandes
anteojos azules. Su negra y rada levita estaba arrugada por la incmoda
postura que tuviera en el fretro. Era Tucker. Al reconocerlo me re un
buen rato de la sorpresa... No haba temido que ese hombre fuera ya
putrefacto cadver?... Nanela (de este modo continuaba llamndose ahora
mi mujer, acaso _ab eternam_), Nanela se rea tambin. Rease y aplauda
de todo corazn...

Esperaba yo que Tucker, una vez sentado en el fretro, bostezara y se
desperezase... Pues nada de eso!... Una vez sentado en el fretro, me
dio un abrazo y me bes paternalmente, diciendo:

--Oh mi querido sobrino! Oh mi querido hijo!

Sus labios de carne de vbora, al posarse en mi frente, me dieron tanto
asco y tanta risa, que no me atrev a increpar a Tucker por sus
infamias. Adems, yo no poda recordar sus infamias... Al agarrarlas con
los dedos del recuerdo, ellas se deslizaban bajo mis manos como
anguilas... La misma Nanela, en vez de enfadarse, segua rindose,
rindose... La verdad es que era chusco ver a un hombre vivo metido en
su atad a modo de un saltaperico de elstico resorte en su cajita de
madera!

Quiso Tucker aprovechar la distraccin de nuestra hilaridad para
escaparse del atad e irse. Muy a tiempo nos percatamos de su prfido
intento mi mujer y yo. Y lo tendimos en el cajn, a la fuerza... Y nos
sentamos arriba de la tapa para que no pudiera levantarla...

Nanela grit:

--Sepulturero, sepulturero, aqu hay un muerto que quiere escaparse!...

Yo grit tambin:

--Socorro, que un muerto quiere escaparse, socorro!...

Pero Nanela y yo, como no pesbamos mucho, tenamos miedo de que,
forcejeando con la rodilla, Tucker pudiera abrir la tapa del cajn... Yo
no poda volver a echarle llave, por haber perdido el llavero...

A nuestros gritos acudieron los guardianes y acudi mucha gente
emparentada con los muertos de aquel cementerio. Entre todos claveteamos
slidamente el cajn de Tucker. Uno pudo echarle llave con la llave de
su reloj... (Sera un atad su reloj?... Qu reloj no es un atad de
esperanzas e ilusiones?...)

Despus, Nanela y yo nos persignamos y nos fuimos. Pero la Fatalidad nos
persegua, una Fatalidad indescriptible... Debamos seguir... Y cada
paso era una brazada menos del hilo de nuestras vidas, una brazada
menos!...

Tan corto nos quedaba ya el hilo, que me pareca tener atados mis dos
pies a una soga... Y la Fatalidad tiraba de la soga para atrs!... Ya
no vea sino un mar de luz... Y oa la luz... Y senta mi cabeza llena
de una luz que pesaba como plomo derretido...

Aunque Nanela me exhortara:--Adelante! Adelante!--la Fatalidad tiraba
para atrs del hilo de mi vida, cada vez con ms fuerza... Y yo avanzaba
cada vez con menos fuerza... Tanto me pesaban las piernas que crea
echar races en el ocano de luz que me rodeaba, que me asfixiaba, que
me devoraba como a una gota lquida ms... Dej de sentir mis pies...
mis manos... mis brazos... mi cuerpo... Ya era slo una cabeza flotante
en aquel ocano de luz, una miserable cabeza que se disolva como un
terrn de azcar!... Perd el pensamiento, la vista, el tacto...

Lo ltimo que deb perder eran los tmpanos... Porque todava alcanc a
escuchar la furibunda voz con que clamaba Nanela:

--Tucker, el demonio de Tucker tiene la culpa!




SEGUNDA PARTE--MSCARAS CMICAS




EL MS ZONZO


Por no fijarse en las coqueteras y devaneos de su mujer, el pobre
Marcos Ruiz tena fama de zonzo. Pero ms zonza era ella, Currita, pues
que, siendo en realidad una buena muchacha, haca lo posible para no
parecerlo. Y an ms zonzo que ella era Paco del Val, que malgastaba
miserablemente su tiempo siguindola como su sombra, mientras ella se
rea de l con todo el mundo, incluso con su propio marido.

Apercibido de la triple y creciente zoncera que pesaba como una
fatalidad sobre esas tres vidas, desquiciando y esterilizndolas, Jacobo
Tllez resolvi desfacer el entuerto. Porque Jacobo Tllez estaba muy
vinculado a los esposos Ruiz y a del Val, y era un excelente sugeto,
lleno de justicia y caridad cristiana...

Dirigiose pues a casa de su amigo Marcos, y, hallndolo slo en su
escritorio, le dijo solemnemente:

--Bien sabes, Marcos, la amistad que nos profesamos desde la infancia.
En nombre de esa amistad vengo a prestarte algo que reputo un positivo
servicio... Quiero ponerte en guardia contra cuentos y calumnias que
circulan en sociedad, harto injustamente, respecto de tu mujer...
Currita es toda una seora, lo s; pero no siempre lo parece... Es
preciso que cortes los abusos de su libertad, pues que te pone en
ridculo!

Esa misma tarde, Jacobo se encontr con Paco, y le observ, sin
subterfugios ni prembulos:

--Paquito querido, no hay en ti miga para un don Juan. No te hagas
intiles ilusiones. Es hora ya de que busques una buena nia y te cases,
dejando de correr detrs de Curra. Curra se ha burlado siempre de ti, y
se burlar mientras viva! En todas partes se habla de tu impermeabilidad
y loca obstinacin. Eres el hazmerrer de crculos y clubs... En cambio,
aunque calumniosamente, se supone a otros ms afortunados que t con la
dama de tus pensamientos y desvelos.

A los pocos das, hallndose en _tte--tte_ con Curra, Jacobo se
permiti aconsejarla a ella tambin:

--Curra--le dijo,--usted no ignora que soy el ms respetuoso de sus
amigos. La aprecio a usted y soy ntimo de su marido. Por eso me creo en
el deber de advertirla que corren acerca de usted historietas perversas.
Siendo usted una seora intachable, pienso que poco le costara
evitarlas...

Jacobo hizo una pausa, algo cortado; y Curra, con su voz ms dulce, le
pregunt:

--Cmo?

--Alentado por la blandura de Curra, Jacobo precis sus consejos:

--Tal vez convendra que usted evitara ciertos afeites y tinturas... Sus
trajes son quizs demasiado elegantes... Entre sus amigas hay un grupo
de damas con quienes no debiera juntarse tan a menudo...

Y ese tontuelo de Paco! Sera prudente evitar sus comprometedoras
asiduidades... Disculpe usted mi franqueza, Currita. Ya sabe que slo
hablo por servirla... Y si estoy equivocado, perdneme tambin!

Las advertencias de Jacobo no fueron recibidas como debieran... Marcos
le intim que no deba meterse en lo que no le importaba... Paco lo
mand sencillamente a paseo... Y Curra, esa admirable y bondadosa Curra,
aunque escuchara sus palabras con gracia y simpata, conocedora de sus
admoniciones a su marido y su amigo, insinuoles que Jacobo hablaba de
despecho. l se le haba declarado, ella le haba puesto en su lugar,
pero muy en su lugar!...

--Y cavilando sobre el resultado de sus gestiones, Jacobo pensaba:

--No cabe duda. Ellos son unos zonzos, los tres, pero yo soy el ms
zonzo de todos!




ALMAS Y ROSTROS


Haba una vez una princesa que se llamaba Cristela y estaba siempre
triste. No tiene esto ltimo nada de extrao si se considera que slo en
un cuento modernista puede llamarse Cristela una princesa, y que las
princesas de los cuentos modernistas generalmente estn tristes. Lo que
s era extrao es que Cristela ignoraba la causa de su tristeza...

Mas nunca falta quien nos endilgue las cosas desagradables que nos
ataen. Por esto, una noche se le apareci a Cristela un enano de largas
barbas blancas, uno de esos enanos que trabajan los metales en el seno
de la tierra... Y le dijo:

--Yo s por qu ests triste, Cristela.

Cristela repuso, displicente:

--Muy curioso sera, caballero, que usted supiese ms de lo que yo s de
m misma.

Sin inmutarse, continu el enano:

--Los viejos conocemos a los jvenes mejor que ellos se conocen.--Y
repiti:--Yo, Bob el enano, s por qu ests triste, Cristela...

Cristela se encogi de hombros, como diciendo: Pues si usted lo sabe,
gurdeselo para usted. No le pido yo que me lo diga.

Como si no advirtiera el desvo de la princesa, dijo todava el enano:

--Ests triste, Cristela, porque tienes una mala costumbre...

Mir Cristela al enano de pies a cabeza, con mirada tan despreciativa,
que a no llevar Bob puesta su cota de hierro bajo el mandil de cuero,
hubirale partido en dos mitades como la espada de un gigante. Cmo se
atreva esa rata de las montaas a suponer que ella, Cristela, la
princesa mejor educada de la cristiandad y sus alrededores, tuviera una
mala costumbre?... Verdad que de pequea tuvo algunas, como la de
pellizcarse la nariz, comerse las uas y empujar con el dedo la comida
servida en el plato... Pero todas fueron corregidas por las reprensiones
y castigos que le impusiera la reina, su agusta madre.

A pesar de su silencio, lleno de principesca dignidad, el odioso enano
se explay:

--Tu mala costumbre, Cristela, consiste en no contentarte con mirar el
rostro de la gente, y mirarles tambin el alma. Nunca mayor
imprudencia! El rostro es, generalmente, la mscara del alma. Los
rostros suelen ser agradables o interesantes; las almas son casi todas
desagradables y vulgares. En ellas se lee egosmo, concupiscencia y
vanidad.

Hizo el enano una pausa para que Cristela se sondara a s misma, y
Cristela descubri que el enano tena razn. Estaba ella triste porque
su curiosidad de mirar las almas la haba desengaado de hombres y
cosas.

Y Bob le observ:

--A ti, Cristela, los rostros te sonren como rosas, blancas, amarillas
y encarnadas. Pero las almas son siempre rosales llenos de espinas...
Mira las rosas y no toques los rosales!

Es verdad--pens Cristela.--El rostro es la flor, el alma es la planta.
Flores hermosas como el jacinto, el clavel y la orqudea, provienen de
plantas pequeas y miserables. El arbusto de la rosa es mediocre y
espinado. En cambio, pobres e insignificantes son las flores del laurel,
el roble, la palma, la encina, de todas las plantas ms grandes, fuertes
y nobles.

Penetrada pues de la perspicacia del enano, clavle Cristela sus ojos
azules con sorpresa y hasta con benevolencia. Sus ojos azules parecan
preguntar cmo pudiera curarse su mala costumbre de arrancar las rosas
de los rosales...

--No mires ms las almas, Cristela, sino los rostros!--insisti
Bob.--Los rostros bellos encantan por su belleza; en los feos hay
inteligencia y audacia... Contntate con la mscara, gzate de su mueca
y su pintura; pero no penetres en los sentimientos y las ideas. Tal es
el desinteresado consejo de tu amigo Bob el enano.

Hizo Bob una irnica y profunda reverencia y desapareci, tragado por la
tierra. (Es de advertirse que el aposento de Cristela estaba en el piso
bajo y que el palacio no tena all stanos.)

Reconociendo la utilidad del consejo de Bob, Cristela lo sigui
escrupulosamente. No volvi ya a mirar las almas. No vio las almas feas
tras los rostros hermosos, las almas cnicas tras los rostros severos,
las almas tristes tras los rostros cmicos... Sin pensar en las almas,
deleitbase ahora con los rostros hermosos, se edificaba con los
severos, se diverta con los cmicos, y en todos hallaba su mrito y su
inters. La alegra volvi a su corazn. Y no necesit ms darse
colorete a las mejillas, porque ellas recuperaron su natural carmn.

Al verla por fin tranquila y alegre, el rey su padre le dijo un da:

--Cristela, ya tienes edad de casarte y debes elegir un marido sin
tardanza. Recuerda que eres mi nica hija y que yo soy un anciano.

Cristela se sinti perpleja. Cmo deba elegir marido, slo por el
rostro, o tambin por el alma? Era tan grave esto de decidirse por un
compaero para toda la vida!... Pens entonces que lo mejor fuera
consultar a Bob el enano, puesto que tanto saba. Y le llam con los ms
ntimos deseos de su corazn...

Bob vino y le dijo:

--Qu quieres, Cristela?

Cristela contest:

--Quiero consultarle, buen hombre. Mi padre el rey me manda que elija un
marido. Mirar el rostro o el alma de los candidatos?

El caso deba ser peliagudo, porque Bob se tir de la barba un buen
rato, respondiendo al cabo:

--Para casarse, casarse por amor... El amor entra por los ojos y se
alberga en las almas... Haz lo que te parezca, Cristela.

As contest el malicioso enano. Y desapareci enseguida para no verse
en el apuro de responder ms clara y categricamente.

Cristela daba vueltas y ms vueltas en su imaginacin la sibilina
respuesta del enano, y no la comprenda. El amor entra por los
ojos...--pensaba.--Esto quiere decir que es el rostro lo que enamora.
Pero el amor se alberga en el alma... Puede entonces haber amor si no
se conocen las almas en que ha de albergarse?...

Despus de mucho cavilar, djose Cristela: El rostro es la puerta del
amor, el alma su albergue. Prefiero un palacio con puerta de crcel a
una crcel con puerta de palacio. Mirar, pues, las almas antes que los
rostros.

Vinieron a pedir su mano cientos, millares de prncipes ms o menos
desocupados. Pero ella ley siempre en sus almas jactancias y
ambiciones, llegando a desesperar de que pudiera hallarse un alma
verdaderamente hermosa...

Como rechazara uno por uno los candidatos, su padre insisti:

--En qu piensas, Cristela, que por nadie te decides?...

Y al sentir que el tiempo pasaba en vacilaciones y negativas, concluy
con amenazar a su hija con el cetro, como un viejo mendigo que levanta
el bastn en el medio de la calle para intimidar a los rapaces que le
arrojan cascaras y carozos.

Cristela saba que el rey amenazaba con el cetro slo cuando estaba muy
enojado. Tres veces no ms le vio hacerlo, y las tres en graves
circunstancias. Una, cuando el primer ministro le present una renuncia
insolente; otra, cuando el mariscal en jefe le hizo traicin, y la
tercera, cuando perdi el gran diamante de su corona...

Como l no se quitaba la corona ms que al ponerse el gorro de dormir,
forzosamente habaselo arrancado alguien tomndola de la percha donde
colgaba la ropa... Quin?...-Aunque no lo saba, bastante lo
maldijo!... Cierto que el diamante era falso, por no haberse podido
encontrar uno verdadero de ese tamao, y que l no lo ignoraba,
cierto... Mas despus de usarlo tantos aos como verdadero, por
verdadero lo senta. Su nico consuelo era pensar en el chasco que se
llevara el pcaro ladrn.

Cristela saba, pues, que si su padre la amenazaba pegarle con el cetro
de oro macizo, es porque se hallaba dispuesto, no precisamente a
pegarle, pero s a tomar una resolucin extrema. La resolucin sera
casarla con el primer prncipe que llamara a la puerta del palacio en
una noche de lluvia, pidiendo alojamiento...

Y quin le garantizaba que este prncipe no fuera tuerto o picado de
viruelas?... Haba que evitar resolucin tan inconsulta!... Y para
evitarla, no vea otro medio que dejar de mirar las almas y mirar slo
los rostros... No era al fin y al cabo eso lo que le aconsej el enano
cuando le dijera: mira las rosas y no toques los rosales?...

Resignose as Cristela a no fijarse ms que en el rostro y a elegir el
prncipe ms hermoso que encontrara. Y como muy pronto descubriera que
el prncipe ms hermoso del mundo era el prncipe de Marruecos,
comprometiose con el prncipe de Marruecos sin mirarle el alma.

Y pensaba: Por lo menos el rostro es hermoso. Qu sera de m si ni
siquiera fuera hermoso el rostro?...

Concertado su matrimonio, enamorose perdidamente del prncipe. Su amor
fulguraba y la encegua como el sol. Por eso se forj otra vez
ilusiones, a pesar de su experiencia. Su experiencia, como las gotas de
roco que la aurora vierte en los clices de las flores con su nfora
de ncar, se evapor cuando el sol de su amor lleg al meridiano... Y
esperaba todava que el alma de su novio respondiera a su rostro y fuera
grande como la encina, fuerte como el roble o gloriosa como el laurel...
Sin embargo, aun no se atreva a descubrirla cara a cara...

Pero la pobre princesa haba adquirido desde nia la mala costumbre de
mirar las almas, y las malas costumbres renacen cuando menos se piensa.
Imposible era que hiciera vida comn con su marido sin verle el alma. Y
se la vio, ya al da siguiente de casarse se la vio!...

Horrible desengao!... Si el rostro del prncipe de Marruecos era bello
como la flor de un tulipn, su alma era dbil y pequea como la planta,
y tena por raz una cebolla venenosa.

El alma hermossima de Cristela no poda simpatizar con alma semejante.
Su antiguo amor se troc en verdadera repulsin. La vida matrimonial se
le haca inaguantable... Por eso se separ de su marido y se ech a
llorar sin consuelo...

Felizmente, en la azotea del palacio anidaba una pareja de cigeas.
Eran curiosas, y como tenan las patas muy largas y muy largo el cuello,
parndose en la punta de las patas y estirando el cuello, vean por las
ventanas lo que pasaba adentro del palacio. Vieron as llorar a Cristela
de da y de noche...

Eran tan buenas como curiosas esas cigeas. Compadecindose de la
princesa, resolvieron hacerle un regalo para que se distrajese. Y, ya
que era casada, trajronle de Pars un hijito, en una canasta de mimbre.

Al recibirlo, Cristela olvid su pena dando un grito de alegra. Psose
tan contenta, que tarare la cancin de Mambr se fue a la guerra,
palmoteo y toc las castauelas, bail en un pie, hizo reverencias al
espejo y bes en la frente al viejo rey, que vena incomodado a indagar
la causa de tanto barullo. Al mismo prncipe de Marruecos hubiera
besado en la nariz si en ese momento entrara en su habitacin a ver a su
primognito!

Es que el princesillo era realmente encantador, tan bello de rostro como
de alma. Festejando el raro consorcio de ambas bellezas, Cristela quiso
llamarle el prncipe Unico... Pero con mucha cordura pens luego que
el nombre de Unico se prestara un poco a las chungas de los liberales
y demcratas... Deseosa de librar al nio hasta de la sombra de este
pequeo ridculo, le llam entonces el prncipe Fnix. Y con tal
nombre lo bautiz el gran cardenal arzobispo de palacio, oficiando
ayudado por veintitrs monaguillos.

Protegido por el cario maternal, el prncipe Fnix creci tan
provechosamente, que a los veinte aos era el ms gallardo infante.
Veneraba a sus mayores, amaba al pueblo y saba derecho, astrologa y
alquimia.

Viva an el viejo rey. Estaba tan achacoso que para caminar tena que
apoyarse en su cetro de oro macizo como en una muleta. Su cabeza calva
se le caa sobre el pecho, por el enorme peso de la corona. Y la vejez,
antes haba aguzado que disminuido su celo casamentero... Fue as que
dijo a Cristela:

--Casa cuanto antes a tu hijo, Cristela, si no quieres que se corrompa
en las tentaciones de la corte. Como eres una madre ejemplar, premio yo
tu conducta dndote plena libertad para que lo cases a tu guisa y
criterio.

Aleccionada por su propia vida, Cristela resolvi elegir su nuera por el
alma y no por el rostro. Lo malo es que el prncipe no lo deseaba as.
Con la imprudencia de su juventud, gustaba de las mujeres bonitas, sin
importrsele un comino de las bellezas del alma.

Pero Cristela era mujer enrgica y hbil, si la hubo. Adems era madre,
vale decir, doblemente enrgica y doblemente hbil, y de tal modo se
condujo, que conmin al prncipe a que pidiese por esposa la novena hija
casadera del duque de los Siete Castillos. Llambase Isaura y era una
infanta modesta, harto ms hermosa de alma que de rostro...

El prncipe Fnix haba objetado:

--Tiene pecas.

Cristela le repuso:

--Haz de cuenta que sus pecas son las monedas de oro de su dote.

El prncipe Fnix aadi:

--Su pelo es rojo y su cuerpo parece agobiado...

Mas Cristela le dijo:

--Piensa que si tiene el pelo rojo es porque no sabe teirse y no le
gusta engaar... si su cuerpo se agobia, es porque siente sobre su
espalda las penas de todos los desgraciados... Algrate, hijo mo, de
que sea verdadera y buena!

No se alegr mucho el prncipe Fnix. Slo acept la infanta Isaura para
no entristecer a su madre... Y el Papa mismo vino de Roma expresamente
para casarlos, cabalgando sobre su caballo blanco y coronado con su
tiara. Segualo un cortejo de rojas sotanas cardenalicias y violetas
capas episcopales, tan largo y compacto como un ro que baja de las
cumbres.

La princesita Isaura quera tanto a su esposo, que cuando lo miraba se
quedaba mirndolo como un mirasol que se aduerme mirando el sol. No
tena otro pensamiento que servirlo. En su bastidor le bord unas
zapatillas con sus iniciales de perlas y rubes. Tambin le bord una
relojera para el da de su santo, pero no le puso iniciales para que no
se confundiese con las zapatillas...

Cada noche que el prncipe colgaba su reloj en la relojera y cada maana
que se pona las zapatillas para ir al cuarto de bao, no poda menos de
recordar conmovido el cario de su mujer. Y lleg a idolatrarla. Fue muy
feliz. Fue tambin un buen rey, porque tuvo la suerte de que muriera
pronto su abuelo y le dejase el trono. Y Dios bendijo la unin de los
reyes Fnix e Isaura, colmndoles de hijos y prometindoles una vida tan
larga que, si no han muerto han de vivir todava.

Observando la felicidad de sus hijos Cristela lleg a ser una viejita
muy pulcra, que hilaba para sus nietos de la maana a la noche en una
rueca de plata.

Mientras hilaba invent un aforismo que hara ensear en todas las
escuelas del reino. Deca as: El amor que entra por los ojos, se
escapa por los ojos, porque, los ojos son dos ventanas que estn siempre
abiertas. El amor que se refugia en el alma, en el alma queda, porque el
alma es una torre cerrada.

Y al inventar el aforismo, record a Bob el enano. Con ser un sabio, l
la haba engaado miserablemente, favoreciendo su desgraciado casamiento
con el prncipe de Marruecos.

Como si la oyera, apareci una ltima vez Bob y le dijo:

--De qu te quejas, Cristela?... Ningn mortal puede ser del todo
feliz, y t has pagado, con la desgracia de tu juventud, la felicidad de
tu vejez. Debes estar contenta. Aunque tu experiencia no te aprovechara
a t, ha aprovechado a tu hijo, a quien quieres ms que a t misma... Y
no puedes reprocharme que te aconsejara mal por malicia o mala voluntad!
Te aconsej como pude y como supe. Si me equivoqu, merezco tu perdn.

Cristela par la rueca, suspir, y repuso, con ms tristeza que
amargura:

--Para qu te sirve entonces tu sabidura, Bob? Linda cosa es ser
sabio!

Bob se sonri, tirose de la larga barba blanca, como acostumbraba, y
dijo:

--Ser sabio... es tener el derecho de equivocarse.




LA TIRANA DEL BRIDGE


Siempre que tuve noticia de un suicidio, lament que su autor no nos
expusiera en pblico testamento, para ejemplo de sus semejantes, las
causas de su funesta determinacin de quitarse la vida... Y he aqu que
yo mismo me siento prximo a eliminarme del mundo! Por qu no indicar
entonces, a los muchos hombres que dejo detrs de m, el escollo contra
el cual chocara mi barca y puede chocar la de ellos? Oidme pues, oh mis
amigos, mis conciudadanos, mis prjimos, y creedme cuanto me oigis, y
meditadlo! Creedlo, porque con un pie en la tumba, no podr deciros ms
que la verdad; meditadlo, porque tengo, ay! la amarga experiencia de
quien viera fracasar todas sus ilusiones y esperanzas.

El caso es que la Muerte se me ha presentado con un disfraz amable. Me
avergenzo de confesarlo; pero el caso es que la Muerte vino a buscarme
y me tent en la forma... cmo decirlo?... de un juego de naipes, el
bridge! Supondris que fui un jugador desgraciado, que perd mi fortuna,
mi crdito, lo que tena y lo que no tena, y que me resuelvo a
suicidarme por no sobrevivir a la deshonra de mi bancarrota... Nada de
eso! Mi historia carecera entonces de toda originalidad y pudiera
contarse en dos palabras... El bridge no es un juego peligroso, como el
pocker y el baccarat, y, adems, desde ya os adelanto que he sido ms
bien un jugador afortunado... Y aun os declaro que no soy jugador por
temperamento, y, si mucho me apuris, que hasta detesto el juego! No es
el amor y la prctica del bridge la causa de mi desgracia, antes bien
mi antigua ignorancia y mi odio actual!

Era yo administrador de una de las mejores cabaas del pas. Despus
de pasar en ella, para acreditar mis servicios ante mis tos los
propietarios del establecimiento, una larga temporada, vine el ao
pasado a Buenos Aires, a presentar los mejores productos de mi industria
en la Exposicin Rural. Obtuve varios premios, y el xito me decidi a
tomarme un mes de vacaciones en la capital, distrayndome como
corresponda a mi juventud y a la buena posicin social de mi familia.

Ya el da que llegu de la estancia, me pregunt mi cuada si saba
jugar al bridge... Como yo le dijera que no, me dio un consejo:

--Debes aprenderlo cuanto antes... Ahora todo el mundo lo juega... No te
lo enseo yo porque es demasiado difcil y soy todava bastante
chambona. Pero como se juega en todas las casas de nuestros parientes,
no te faltarn oportunidades de aprenderlo.

Al da siguiente asist a una comida del llamado gran mundo. Haba
muchos caballeros de frac y damas elegantemente vestidas de baile. Como
en la mesa no se habl ms que de noticias sociales que yo ignoraba, y
de bridge, tuve que guardar un desairado silencio. En cuanto acabaron de
comer, todos pasaron al saln a jugar al juego de que hablaban. Me
invitaron y tuve que rehusar, por ignorarlo...

--Cmo! V. no sabe jugar al bridge?--exclam la duea de la casa,
mirndome de pies a cabeza con su impertinente... Y luego aadi, ante
sus invitados:--Este seor no sabe jugar al bridge!

Su exclamacin, dicha del modo ms despreciativo, produjo consternacin
y casi espanto. Todos me rodearon, mirndome asombrados, como a un
animal extrao o un criminal terrible. La distinguida duea de casa
lleg a disculparse con excelente mmica, mirando a su marido, como si
le dijera: Y estos son los amigos que traes a tu hogar?...

Me disculp balbuciendo dbiles excusas sobre mi rusticidad. Y todos se
sentaron a jugar, sin hacer ms caso de m... Err solitario como una
nima en pena, de un lado a otro, de mesa en mesa, sin saber dnde
ocultar mi ignorancia y mi vergenza. Hubiera deseado que me tragara la
tierra, porque la empresa de interrumpir a aquellos fanticos para
despedirme era harto difcil. Y tanto, que al fin sal huido como un
ladrn...

De vuelta en casa, hall sobre mi mesa de luz la amable esquela de un
estanciero ingls que me invitaba a otra comida, para la prxima semana.
Al pie de la tarjeta deca: Se jugar al bridge. Qu prcticos son
estos ingleses! Cunto mal rato y cunto aburrimiento se me evitaban
con este sencillo agregado: Se jugar al bridge! Naturalmente, me
excus... por cualquier motivo, pues ya no me atreva a confesar que
ignoraba el jueguito de moda...

Fui al club, a encontrarme con mis amigos. Y, salvo en el comedor, no
pude cambiar dos palabras con ninguno; todos estaban siempre jugando al
bridge...

Y estar jugando al bridge era como estar en la luna. Su majestad el
Bridge resultaba el ms absorbente de los dspotas. Vi que sus
jugadores, cuando tenan las cartas en la mano--es decir, en todas las
horas que les dejaban libres sus ocupaciones ms apremiantes,--eran
ciegos, sordos y mudos para el mundo... Mis parientes en sus casas, mis
relaciones en sus tertulias, mis amigos en el club, todos parecan
olvidarme por completo, para entregarse a su ocupacin favorita.
Entonces comprend la paciencia de Job y compadec a los leprosos
abandonados en islas solitarias.

Slo mi amigo Joaqun Villalba interrumpi alguna partida para decirme,
como oportuna advertencia:

--No salude usted nunca a los que juegan al bridge, Alberto, porque no
lo ven... Ni les hable, porque no lo oyen... Y hasta es bueno que ni los
mire, porque si no tienen suerte, pueden pensar que usted les trae
desgracia, y no hay peor reputacin que la del jettatore!

--Jettatore! Yo, jettatore! Pues no faltaba ms!--exclam
amoscado, agregando:--Pero, qu placer pueden encontrar esos...
ingenuos, en pasarse la vida cavilando y cavilando sobre los naipes, ya
que, segn dicen, ese juego no da nunca gran provecho al bolsillo?

--Qu placer?--me replic Villalba mirndome con ms lstima que
ira.--No sabe usted que al bridge es un juego intelectual, casi
cientfico, propio de estadistas y filsofos? O, mejor dicho, que no es
un juego, ni un placer...

--Y qu es, entonces?--pregunt en el colmo del pasmo.

Dndome la espalda, Villalba me repuso, con la solemnidad de un nefito:

--El bridge es una religin.

Este ltimo argumento me pareci tan contundente, que dejando mis
antiguas preocupaciones contra las cartas, resolv profesar esa nueva
religin de ases y damas. Pero yo nunca haba tocado una baraja
francesa. Detestbalas de todo corazn. No conoca ms juegos que el
burro y la cara sucia. Con tan pobres conocimientos y tan escasa
aficin, ped a unos parientes que me lo ensearan, siquiera por el buen
nombre de la familia...

Dironme dos o tres explicaciones sobre triunfos y sin triunfos,
arrastres y descartes, bazas y honores, tricks y schelems,
en fin, sobre mil cosas extraas, para m tan difciles como si me
expusieran, en japons, teoremas de mecnica celeste...

Llegu a acobardarme. Pero mi amigo y compaero de club Joaqun
Villalba, me estimul de nuevo, dndome preciosos datos.

--Es un juego griego--me dijo.--Tiene la sutileza propia de ese pueblo
genial y decadente. Se presta a admirables combinaciones. En toda Europa
no juega hoy otra cosa la gente que se aprecia y respeta. Y es tal el
entusiasmo que despierta, que no slo se juega en los salones, clubs y
casinos, sino tambin en los trenes, los tranvas, los antepalcos de los
teatros durante las representaciones, las antesalas de los dentistas...

--Y en los despachos de los ministros? Y en las sacristas de las
catedrales?...--pregunt, por preguntar cualquier cosa.

Mi interlocutor prosigui como si no me oyera:

--El rey Eduardo VII tom un maestro para aprenderlo, y lo ha puesto de
moda. En Inglaterra, en Francia, en Blgica, en Turqua y en Holanda, se
han abierto ctedras de la asignatura.

Fue esto ltimo para m como un rayo de luz. No podra yo tambin
asistir a una ctedra de bridge, o tomar, por lo menos, un profesor
particular, como Eduardo VII, rey del Reino Unido y emperador de las
Indias? Acaso deba considerarme yo algo ms importante y solemne que
un emperador de las Indias?...

Como adivinando mi pensamiento, Villalba me observ:

--Puede usted buscar quien se lo ensee... Porque debe usted saber que
un caballero que no sabe jugar al bridge, no es un caballero!

Era demasiado! No, por Cristo, aunque pasara lo de jettatore, yo no
poda dejar pasar lo de no ser caballero!... As fue que en el mismo da
puse, con mi nombre y mi direccin, un aviso en dos importantes diarios:

Se necesita un profesor de bridge. Es intil presentarse si no se posee
especial competencia, demostrada en algn diploma tcnico o
universitario. No estarn dems otras recomendaciones.

Nada me gustaron los dos o tres pretendidos profesores que al da
siguiente se presentaran en casa. No traan diplomas, ni
recomendaciones. Ms que austeros sacerdotes de la religin del bridge,
ms que aristocrticos sbditos de su majestad el Bridge, parecironme
aventureros y caballeros de industria. Por eso los despach...

Muy desalentado, confes mi fracaso en el club. All se me recomend
que, antes que profesores, me procurase los muchos y profundos tratados
de la materia... E inmediatamente escrib a mi librero:

No me mande usted las obras de Shakespeare y de Balzac que le ped me
enviara a la estancia. Mndeme en cambio, a casa, maana mismo si es
posible, todos los libros de bridge que encuentre, en cualquier idioma.
El pedido es urgentsimo.

A las veinticuatro horas recib un cargamento de libros. Eran todos
tratados y manuales de bridge: cinco en ingls (de los cuales alguno
contaba 537 pginas en octavo), seis en francs, uno en holands, dos en
alemn y hasta uno en espaol. Importaban una factura de 253.10$ moneda
nacional, que pagu sin murmurar, y llenaban dos estantes de mi
biblioteca. Desalojaron a Dickens y a Cervantes, que, por falta de
espacio, tuve que desterrar en el stano.

Me apechugu a mis libros con la avidez del nufrago que se ase a una
tabla de salvacin. Le concienzudamente los mejores, entre ellos uno
que tena un prlogo de Alfred Capus. El aplaudido dramaturgo francs
recomendaba el bridge en entusiastas prrafos. Era este juego un
antdoto contra el spleen. Era la mejor imagen de la vida. Era el
astro propicio de los nacimientos, la piedra filosofal que buscaran en
vano los alquimistas, la panacea de todos los males, y muchas y
muchsimas otras cosas ms, no menos buenas y brillantes...

Compr tambin varios juegos de naipes, y me ensay con ellos,
representando partidas tipos y resolviendo casos prcticos, como si
jugara al solitario. Tanto estudi y aprend que, despus de una
semana de preocuparme exclusivamente del bridge, llegu a conocer su
mecanismo. Eureka! Ya nadie me supondra importuno jettatore, ya
nadie dudara de mi caballerosidad!

Con la agradable idea de jugarlo me dirig temprano al club, a las dos
de la tarde, para atisbar la primera partida e iniciarme cuanto antes.
Iba tan satisfecho como el adolescente que estrena su primer reloj de
oro, o, ms bien, como el alfrez que se pone, en da de parada, su
primer traje de gala. Oh da inolvidable! A las tres me sent a jugar,
baratito, a diez centavos el punto... A las cuatro haba perdido
ciento diez pesos... A las cinco, ciento ochenta... A las seis, cerca de
trescientos... A las ocho pasamos al comedor. Yo perda quinientos y
pico, pero senta una satisfaccin interior que vala miles de miles!

Despus de comer reanudamos la partida, que fue prolongndose y
prolongndose hasta las diez de la maana del da siguiente... Yo quera
seguir jugando an; pero mis compaeros se rehusaron porque se caan de
sueo, y me prometieron el desquite para cuando lo pidiese... Porque yo
perda... Cunto? Ya ni me acuerdo; slo s que llevaba mis bolsillos
llenos de cheques en blanco, por prevencin para responder en caso de
apuro. Y no me vinieron mal los cheques!... Adems, nadie me apuraba.
Mis partners eran mis amigos y conocan mi honestidad. El dinero
ganado no les produca el menor gusto por s mismo, sino por el triunfo
que representaba. As al menos lo crea yo, y ellos tambin crean...

La chapetonada del aprendizaje me cost, en una semana, un par de miles
de pesos. Pero pronto aprend a jugar discretamente, equilibrando
prdidas y ganancias. Como Dios protege a los inocentes, tuve suerte y
llegu luego hasta ganar algunas veces. Y como la suerte viene por
rachas, no slo en el juego fui feliz, sino tambin en los negocios y el
amor.

Los toros y ovejas de la cabaa se vendieron a excelentes precios, y
mis tos, los dueos del establecimiento, aumentaron en premio el tanto
por ciento de mis ganancias. Y si me fue bien con mis toros, mis ovejas
y mis tos, mejor me fue con mi novia.

Mi novia, es decir, mi pretendida, era una nia encantadora llamada
Clarita. Conmovida por mis miradas incendiarias, me ofreci su casa, y
su madre me invit a comer. Mi nave iba viento en popa...

Durante la comida dije a la nia muchas ternezas. Ella me agradeca,
ruborizbase y bajaba los ojos... Yo era el ms contento de los hombres
sentados ante una mesa donde se sirve una mala comida (porque la comida
era mala, lo dir de paso).

Despus de comer--y aqu principia el cambio de mi fortuna!--pregunt a
mis futuros suegros si les gustaba el bridge... Esperaba yo me
contestaran que deliraban por l, como personas _comme il faut_... Pues
en vez de eso, el dueo de casa se rasc la nariz, preguntando
extraado:

--El bridge?... Es un juego de billar?...

Sentime en el colmo de la indignacin. De dnde podra salir esta
gente, que no saba lo que era el bridge? Cre que ante mis plantas se
abra un abismo... No, yo no poda aliarme con una familia tan...
cualquier cosa! Yo no poda quedar un instante ms en una casa tan
cursi! Por eso, sin contestar al anfitrin si era o no el bridge un
juego de billar, me desped bruscamente...

Sal de la sala tan fastidiado que no permit que nadie me acompaara.
En el hall, mientras me pona el gabn, o que los dueos de casa se
consultaban, estupefactos...

--Se ir porque tiene siempre la costumbre de jugar al billar despus de
comer--deca la seora.

--Tal vez--contestaba el seor.--Pero ms bien parece que le ha hecho
mal la comida... Se ha indispuesto repentinamente. Deberamos haberle
ofrecido unas gotas de ludano.

No articul palabra Clarita; pero sus ojos negros cuajados de lgrimas
me dijeron muchas cosas en una ltima mirada. Con el dardo de esta
mirada clavado en el pecho, me volv a Venado-Tuerto, a la estancia,
donde me requeran urgentes trabajos. No sin llevarme una biblioteca de
bridge, tres docenas de juegos de naipes y una gruesa de anotadores.

Ense el bridge al mayordomo y a su mujer, culto matrimonio de
ingleses, al mdico del pueblo, a varios vecinos estancieros y a otras
muchas personas. Supe inculcar a todos el entusiasmo de mi amigo
Villalba, repitindoles cuanto le oyera respecto de Eduardo VII y dems.
El bridge lleg a ser el juego predilecto del mundo fashionable de
Venado-Tuerto. Casi todas las semanas tena que encargar barajas
francesas a Buenos-Aires el pulpero de la estacin, pues menudeaban los
pedidos.

Pas as un ao ms, ocupado en la interesante faena de la cra y
distrayendo mis ocios en el carteo del bridge... Lleg a gustarme este
juego? No tengo ahora el menor reparo en declarar que siempre me
aburri soberanamente. Pero entonces yo no me lo quera confesar ni a m
mismo. En cambio, el mayordomo me confesaba cada da su creciente
aficin... No es esto de extraarse, porque el bridge, en razn de mis
frecuentes distracciones, le produca un bonito sobresueldo.

Pronto lleg la poca de una nueva exposicin rural, y me vine a
Buenos-Aires, con tan notables ejemplares lanares y bovinos, que cre
seguro esta vez sacar los primeros premios. Olvidaba que haba ms de un
centenar de criadores no menos seguros que yo...

Mas esto no nos interesa. Lo que s interesa a mi caso es lo que me
ocurri en el club! Pues me ocurri que, en cuanto instal mis animales
en la Exposicin Rural, fui all a reanudar mis partidas de bridge del
ao anterior. Me encontr con Joaqun Villalba, mi amigo, el infatigable
clubman, a quien se lo propuse...

--Qu dice usted?--exclam fuera de s.--Jugar al bridge! Estar
usted todava enfermo de bridgemana? Pues est usted fresco de
noticias, querido Alberto!

--Cmo?--pregunt sin comprender.

--Ya nadie juega al bridge, mi amigo, nadie, nadie... salvo los
rastaqures, los cursis, los guarangos. Slo por esnobismo pueden
hoy jugarlo dandies provincianos y trasnochados. Estara bien jugar
para divertirse... Y se ha demostrado matemticamente que el noventa y
cinco por ciento de los que jugaban al bridge se aburran. Es un juego
rutinario y mecnico. De dnde sale usted que no lo sabe?

Yo repuse ingenuamente:

--Vengo de Venado-Tuerto.

--Ah, comprendo!--agreg Villalba.--En Venado-Tuerto lo jugar hasta
el cura!

--Cierto...

Mi amigo lanz una franca carcajada, dicindome:

--Y nos viene usted con la moda de Venado-Tuerto!

Nada repliqu, ms confuso que fastidiado...

--Si no quiere usted que le demos patente de cursilera, no vuelva a
invitar a nadie a jugar al bridge por favor! ni al mus, ni a la brisca,
ni a la escoba...

--Y a qu juegan ustedes?

--Al truco. Ese es hoy _le mot d'ordre_. El truco!

--Eduardo VII juega tambin al truco?

--Eduardo VII? No s. Pero el prncipe de Gales se muere por l. Lo
aprendi de Alfonso XIII, y a Alfonso se lo ense Vias, el conocido
diplomtico argentino... Es una moda que hemos sacado los argentinos.
Algo habamos de dar a la civilizacin. Y como el cake-walk es yanqui,
el poncho general en la Amrica espaola y el mate paraguayo...

--Viva el truco!--exclam con colrica alegra.--El rey ha muerto,
viva el rey!

--S, mi querido amigo. El bridge ha muerto, viva el truco!

Tena razn, mil veces razn tena mi amigo Villalba. Bien pronto lo
comprend. Y desde entonces resolv vengarme de todo lo que haba jugado
al bridge por hbito y con placer harto mediocre o negativo. Lstima
que me vengu demasiado bien!...

Pues sucedi que me encontr de nuevo con Clarita, y que su mam volvi
a invitarme a comer. Fui lleno de jbilo. En la casa me hall con otro
invitado, evidentemente tambin pretendiente de Clarita.

La comida transcurri sin novedad. Me di fcilmente cuenta de que yo era
el preferido de la nia. Mi rival estaba como de reserva, por si yo no
me decida...

Despus de comer pasamos al saln donde quin lo creera? los dueos de
casa hicieron el elogio del bridge y se empearon en que lo jugramos.
Me negu, con impaciencia. Creyendo que mi negativa fuera para no
aburrirlos, insistieron, y tanto insistieron, que no me qued ms
remedio que escaparme... Pues esa misma noche, interpretando mal mi
huida, Clarita se comprometi con mi rival, que, como todos los rivales,
me pareca un tonto de capirote.

Comprendiendo tarde, al perderla! cunto amaba a Clarita, me volv
desesperado a la estancia. En cuanto llegu, el mayordomo, reforzado con
la mayordoma, me instaron a jugar al delicioso jueguito... Loco de
rabia, les contest del peor modo... El mayordomo se irrit a su vez...
Los dos gritamos desaforadamente... La mayordoma se ech a llorar y me
dijo que yo no era un gentleman... En fin, se arm tal camorra, que
tuve que echar del establecimiento ignominiosamente al matrimonio
ingls.

El matrimonio ingls fue a quejarse a mis tos los propietarios. Mis
tos se enojaron conmigo y repusieron al mayordomo, cuyos servicios de
veterinario eran todava ms indispensables que mis cuentas de
administrador general. Re con mis tos. Me retir de la estancia,
perd mi puesto, y me encontr en la calle, con una mano atrs y otra
adelante!

No quiero seguir narrndoos mis desdichas, oh lectores! porque temo
conmoveros demasiado. En pocas palabras os dir que, por ese maldito
bridge, perd mi novia, mi posicin y hasta mi nombre. La desgracia es
como una bola de nieve. Ha cado sobre m y me ha aplastado como a vil
gusano. Hoy soy un pobre nufrago sin rumbo ni salvacin posible. Por
eso he resuelto acabar con mi vida... Y si cuento mis desdichas en este
testamento pblico, es para que l sirva de ejemplo y de escarmiento a
mis amigos, mis conciudadanos, mis prjimos.




MONSIEUR JACCOTOT


Monsieur Jaccotot, el viejo maestro de francs, llam ante el pizarrn a
Perico Sosa, un rubiecito flacuchn, el menor y el ms travieso de su
clase de muchachones adolescentes, para dictarle ejemplos de la
formacin del femenino en substantivos masculinos o terminados en e,
como _ngre_, _ngresse_...

Perteneca aquella clase a un malhadado colegio criollo, cuya disciplina
era menos que dudosa y cuyos estudiantes eran ms que personajes. Cada
vez que monsieur Jaccotot iniciaba alguna explicacin, alzaba la voz
algn impertinente. Espritu sencillo, monsieur Jaccotot sola reprender
entonces a sus alumnos, exclamando:

--En cuanto abro la boca, un imbcil habla.

Su declaracin provoc esta vez ms una grande hilaridad en el espritu
tanto menos sencillo de la clase. Slo Manuel Peralta no se ri,
absorbido por la lectura de algo que disimulaba dentro de su pupitre. Al
notar la distraccin del muchacho, el maestro pens que estara leyendo
alguna novela, y por temor de encontrarse con un nuevo libro obsceno y
vergonzoso, no se lo pidi, limitndose a observarle que no se vena a
la clase a leer novelas...

--No estoy leyendo novelas,--replic Manuel Peralta, con su desagradable
voz de pollo que comienza recin a cacarear.

Notando intrigado en su tono y su gesto irnica impudencia, monsieur
Jaccotot le pregunt:

--Qu lee usted, pues?

Peralta se levant arrogantemente y entreg al profesor un cuaderno,
dicindole:

--Esto.

En la clase se hizo un gran silencio de curiosidad y expectativa...

Monsieur Jaccotot tom el cuaderno y lo abri en su primera pgina. Ley
all la siguiente cartula, escrita con perfilada letra gtica: Vida de
monsieur Jaccotot (novela de malas costumbres) por M. V.; ilustrada por
el autor; segunda edicin, aumentada y cuidadosamente corregida; luego
vease un escudo burlescamente dibujado, y, como pie de imprenta, el
nombre del colegio y la fecha...

--Quin ha hecho esto?--pregunt el profesor con voz sorda, esperando
el silencio con que tantas otras veces se acogiera una pregunta
semejante...

Pero ahora, la travesura tena su editor responsable. Marcelo Valds, el
mejor estudiante de la clase, el preferido de monsieur Jaccotot, se puso
de pie y dijo, tartamudeando:

--Yo he sido, monsieur Jaccotot... No crea hacer nada malo... Le pido
que me disculpe...

Al ver a su discpulo rojo de vergenza y orle hablar en un tono de
humilde arrepentimiento, perfectamente nuevo y desconocido en aquella
clase, que l llamaba de indios rebeldes, monsieur Jaccotot sinti
intensa sorpresa... Qu inslito caso se le presentaba?... Dispsose
pues, a leer el manuscrito y dio rpidamente vuelta la pgina de la
cartula. Encontrose en la segunda con una tosca e irrecognoscible
imagen, que sin duda le representaba, pues abajo tena la siguiente
leyenda: Retrato de monsieur Jaccotot, por el autor. Al verse tan mal
representado, el profesor no pudo menos de rerse, y pas a la siguiente
hoja... La clase segua en su silencio de curiosidad y expectativa...

Ley monsieur Jaccotot los epgrafes de Captulo primero, Tribulaciones
de un marido en Francia, y se enrojeci hasta la calva... En efecto, l
haba sido un marido desgraciado en Francia. Por eso haba tenido que
abandonar all su posicin universitaria; por eso, absolutamente incapaz
para los negocios, vease obligado a ensear aqu en un colegio
particular...

Cmo podan sospecharse en la clase sus pasadas tribulaciones
domsticas?... Ah, s!... Ya lo recordaba!... Habindole visto un
domingo el alumno Mario Aguilar de paseo con su hija, djole
zumbonamente el lunes, cuando iba a dictar su curso:

--Lo felicitamos, monsieur Jaccotot!... Ya lo vimos ayer paseando con
una linda rubia...

El maestro contest, con un dejo de orgullo, que no pas inadvertido a
las maliciosas orejas de los muchachos:

--Era mi hija Silvia...

--Cmo, monsieur Jaccotot?...--pregunt todava Aguilar, con no fingida
sorpresa.--Nosotros nada sabamos de que usted fuera viudo...

Monsieur Jaccotot mene la cabeza en forma de negacin...

--Ni podamos creerle casado, puesto que no usa anillo de
compromiso...--continu Aguilar.

Y para concluir la conversacin, monsieur Jaccotot dijo, con la
imprudencia del mal humor:

--Soy casado y mi mujer se qued en Francia. Yo vivo aqu con mi nica
hija, Silvia... Les interesa esto mucho a ustedes?...

Nadie contest nada; pero, desde ese da, toda la clase pensaba que
monsieur Jaccotot haba sido desgraciado con su mujer, abandonndola en
Francia por su conducta escandalosa...

Marcelo Valds, dejndose llevar por su brillante imaginacin de
novelista, haba zurcido y fraguado luego toda su novela de malas
costumbres, alrededor de las tres personalidades de monsieur Jaccotot,
su mujer y su hija. La triloga era completa: _Monsieur_, _Madame et
Bb_! Con verdadero ingenio, su ensayo no careca de gracia y
humorismo. Tanto xito obtuvo, que Abrahm Busch le cambi el manuscrito
por un noveln de Dumas, que le costara dos pesos. E hizo luego un
pinge negocio, alquilndolo por diez centavos a cuanto lector se
suscribiera. La obra de Valds haba sido as leda, y algunas veces
hasta releda, no slo por toda la clase, por todo el colegio!

En el primer captulo dbanse detalles histricamente exactos, como la
fecha del nacimiento y la ciudad provinciana donde fuera la residencia
de monsieur Jaccotot. Ambos datos le haban sido preguntados, fingiendo
un hipcrita inters de simpata... Cierto era tambin que se cas haca
ms o menos unos veinte aos. La poca del casamiento fue inducida por
la edad de la hija, a quien Aguilar--el feliz mortal que tuvo la suerte
de verla--calculaba diecisiete aos...

A pesar de la exactitud de estos datos, a rengln seguido, el novelista
supona que ya al tiempo de su enlace monsieur Jaccotot fuera tan viejo
como ahora, calvo, canoso y de anteojos de oro. No concibindolo sino
como lo conocieron, probablemente toda la clase supona que monsieur
Jaccotot fuese viejo, calvo, canoso y de anteojos de oro desde el mismo
instante del nacimiento. Qu descabellada fantasa pudiera suponer que
monsieur Jaccotot, el maestro francs, hubiese sido alguna vez joven, y
menos an nio?...

Aparte de este y otros _lapsus_, la intriga del casamiento del viejo
Jaccotot y su joven esposa no estaba mal presentada... Lo malo es que
esta joven esposa, que no gustaba de su civil marido, gustaba en cambio
apasionadamente de los uniformes militares... Haba una guarnicin en la
ciudad, y madame Jaccotot, nueva mesalina, tuvo sus amoros con todos
los oficiales del regimiento de la guarnicin, y luego, con una buena
mitad de las clases, cabos y sargentos... Los oficiales eran 72 y las
clases 205!

Al fin, cansada de tanta mudanza, ancl sus afectos en el coronel, un
guapo mozo, y tuvo una hija... Silvia, la nia de monsieur Jaccotot,
era esta hija del coronel, o, mejor dicho, del regimiento! _La fille du
regiment_!...

Devorando la lectura, al terminar ese primer captulo, el maestro de
francs se senta plido y desfalleciente; sus ojos se humedecan,
gruesas gotas de fro sudor le chorreaban por las sienes... La historia
del regimiento y del coronel era falsa, falssima; pero entre l y su
mujer hubo de por medio cierto abogadillo de Pars... Y su mujer, la
hembra ms histrica y perversa, lleg a vengarse de sus justas
imprecaciones de marido burlado, insinundole mefistoflicamente una
duda sobre la legitimidad de Silvia... Como tantas otras veces, la
realidad era pues ms cruel e inverosmil que la novela!

No obstante la prfida insinuacin de su mujer, monsieur Jaccotot se
compadeci de aquella criatura... Qu culpa tena la pobrecilla?... La
trajo a Amrica, mientras la mala madre rodaba por esos mundos, y la
educ como si fuera de su sangre... Sentase orgulloso y ambala como si
fuera de su sangre... No era esa Silvia la nica sonrisa que l
recogiera de la vida?...

Terminado el primer captulo, conocidas las Tribulaciones de un marido
en Francia, pas inmediatamente el maestro a leer con ansiosa rapidez
el captulo segundo y ltimo. Digno pendant del otro, titulbase...
Tribulaciones de un padre en la Argentina...

Inicibase con una bastante buena descripcin de Silvia... No tuvo mal
ojo Aguilar, ni fue parco en transmitir sus impresiones al cuentista! La
nia se presentaba tal cual era: la silueta fina y esbelta, los
movimientos vivos, la nariz ata y maliciosa, los cabellos de un rubio
rojizo, carnosos labios, ojos claros, velados por negras pestaas... en
fin, una francesilla picante y moderna...

Descripta Silvia, la infantil imaginacin de Valds se desbocaba en
aventuras absurdas... _La jeune fille_ era la coqueta ms desfachatada,
peor que su madre!... Hacase festejar por todo el mundo... Y a sus
plantas desfilaban, requebrndola sin xito, los maestros ms ridculos
y menos queridos del colegio, incluso el de religin, el padre
Martnez... Hasta haba una figura titulada El padre Martnez ante la
bella Silvia, en la cual se vea al sacerdote, acentuados los rasgos
sensuales e hipcritas de su carona afeitada, presentando de rodillas a
la esquiva joven, en ambas manos, el flamgero corazn que suele verse
en los detestables cromos de las estampas religiosas...

Esta figura, bien que tan mala en la ejecucin como en la idea, y a
pesar de la evidente inferioridad del Valds dibujante al Valds autor,
constitua el verdadero clou de la obra. Tantas veces se populariza
una buena obra por un defecto, un agregado o un mal detalle!...

Mientras lea aquel tejido de inocentes perversidades, monsieur Jaccotot
sintiose tocado en la secreta llaga de su corazn. Cul sera el
porvenir de esa Silvia idolatrada? Heredara la naturaleza galante de
su madre, as como su fisonoma y su gesto?... Y por el rostro del viejo
maestro corrieron dos lgrimas silenciosas...

Con amargusima dulzura, pregunt entonces a su discpulo favorito,
tutendolo por vez primera:

--Es posible que t hayas escrito esto?...

Marcelo Valds tena tanto corazn como inteligencia, y amaba a aquel
buen viejo, que tan duramente ganaba su pan cotidiano. En varias
ocasiones evit descomunales bochinches, haciendo notar a sus compaeros
que iban a perder con un cambio de profesor de francs... Por eso le
repuso, siempre rojo y tartamudeando:

--Yo no he tenido intencin ninguna... Escrib por escribir... Le pido
perdn, todos le pedimos perdn, monsieur Jaccotot!...

Y Marcelo Valds deca la verdad al disculparse. Haba escrito por su
temperamento de novelista, como canta el ruiseor en el bosque, o croa
la rana en el pantano. No pens que su canto pudiera despertar los celos
del cuervo. No pens que su croar interrumpiese el sueo del sapo. Su
novela, aunque informe y embrionaria, era, como todas las novelas, una
lcida mezcla de detalles verdaderos y situaciones imaginarias, de
pequeas dosis de una realidad supuesta y exagerado desarrollo de una
inventiva calenturienta.

En lo que no deca verdad Marcelo Valds era en el arrepentimiento de la
clase. Y tan es as que, como quedara monsieur Jaccotot con la
meditabunda mirada fija en el espacio y las dos lgrimas silenciosas
deslizndose por las mejillas exanges, Manuel Peralta sac el pauelo
para imitarlo, y comenz la pantomima de un llanto inconsolable. Menos
el novelista, que guardaba huraa actitud, el curso ntegro, divertido
por la situacin, imit en masa al payaso, convirtindose en un cortejo
de plaideras. De cuando en cuando, alguno retorca el pauelo, como si
estuviese empapado en lgrimas, para exprimirlo a la usanza de las
lavanderas al tender la ropa al sol...

Perico Sosa, el rubiecillo travieso y flacuchn que quedara olvidado
ante la pizarra, donde antes escribiera los ejemplos _ngre_,
_ngresse_, tuvo entonces una ocurrencia diablica, como todas las
suyas... Dibuj con la tiza un busto de hombre con una gigantesca
cornamenta de ciervo, escribindole debajo: Monsieur Jaccotot, maestro
de francs... Y estornud bien fuerte para llamar la atencin de la
clase, borrando luego la figura a fin de no ser descubierto...

La gracia de Perico Sosa hizo cambiar el burlesco llanto en homrica
carcajada... Despus, cada cual se puso a divertirse por su cuenta...
Quienes jugaban a las damas en improvisados dameros, quienes conversaban
fumando, quienes discutan, quienes tiraban bolillas de papel... Y, en
tanto, monsieur Jaccotot segua como una estatua, con la vista fija en
el aire, acaso contemplando dolorosamente el pasado, el presente, el
porvenir...

Indignado contra sus compaeros, Marcelo Valds se puso otra vez de pie
y les apostrof con la clera de un loco:

--Sois unos cobardes y unos canallas!... Al primero que diga una
palabra a monsieur Jaccotot, le rompo las muelas!...

Como Marcelo Valds era, no slo el primero, sino tambin el mayor y el
ms fuerte, se hizo una pausa... Felizmente, son en ese momento la
campana anunciando la terminacin de la clase...

Al or la campana, monsieur Jaccotot pareci sacudirse y despertar de un
sueo... Dej sobre la mesa el cuaderno... Sac el pauelo del bolsillo
faldero del jaquet, passelo por la cara, guardolo de nuevo, y sali sin
decir palabra... Era la primera vez, en sus doce aos de enseanza en el
colegio, que se olvidaba de marcar la leccin para la clase siguiente,
antes de irse...

Los muchachos lo siguieron, y entonces pas una cosa extraordinaria, una
cosa realmente extraordinaria... Vironle alejarse por los corredores
con la punta del pauelo blanco asomando indiscretamente por el bolsillo
de los faldones del jaquet... Aquel trapo cmico haca pensar que se
hubiese subido apresurado los pantalones en algn gabinete higinico,
dejando fuera una punta de las faldas de la camisa... El trapo blanco se
mova conforme caminaba, como una cola sainetesca... Y nadie, ni Perico
Sosa, nadie se ri!




EL CANTO DEL CISNE


I

Tan notables fueron los primeros exmenes de derecho rendidos por
Juanillo Simpln, que l, su padre, su madre, su ta, su abuelita y su
padrino, todos de comn acuerdo y sin la menor discrepancia, resolvieron
que era un futuro hombre de genio.

Juanillo Simpln saba--quin no lo sabe?--que cada futuro hombre de
genio demuestra desde chiquito sus geniales aptitudes, y que el mejor
modo de demostrarlas es escribir modernsima prosa potica y no menos
moderna poesa prosaica. Pues opt por la prosa potica, decidido a
componer un cuento-poema tan nuevo y hermoso, que ni l mismo deba
entenderlo. Busc en voluminosos diccionarios las palabras ms raras y
altisonantes, sud tinta por todos sus poros, y al cabo de diez das de
rudo trabajo puso punto final a su obra, titulndola La princesa
Belisa.

Con el precioso manuscrito en el bolsillo, sali a consultar a su amigo
Juan del Laurel. Juan del Laurel, estudiante de derecho nominalmente y
por accidente, era de profesin un joven de talento. Bastaba mirarlo
para comprenderlo as, pues llevaba los signos de su profesin en su
indumentaria y sus modales...

El joven de talento era por entonces--ms altas acciones lo
esperaban!--poeta decadente y modernista. Usaba larga melena, posea dos
estirados ojos semimonglicos, y en la calle marchaba con lentitud y
majestad, mirando al pblico desde las alturas del Parnaso. Siempre
llevaba una caa de la India con puo de oro y marfil, como lleva San
Jos en los altares su vara de azucenas, entre el pulgar y el ndice de
la mano derecha, levantada a la altura del codo. Lea a Mallarm y a
Mterlinck, despreciaba a Zola y a Daudet, y haba publicado en la
Revista Azul un poema, La Superfetacin del Hierofante, que le
conquist inmortal renombre entre los cuatro o cinco afiliados de la
Esttica Nueva, sociedad literaria de elogio mutuo. Su gesto era
siempre artstico y exaltado. Hasta cuando deca a su sirviente gallego:
Animal, esta maana no me has lustrado los botines!, pareca decir
ms bien: Oidme, emperatriz! La muerte y no el deshonor. Aunque herido
en mis dos alas, guila ser siempre, nunca gusano... Era pues del
Laurel un verdadero poeta decadente y modernista, pero muy poeta, muy
decadente, muy modernista!

Escuch sin pestaear la lectura que con montona y quejumbrosa voz le
endilgara su amigo Simpln. Y, despus de orla, mene doctoralmente la
cabeza a uno y otro lado, diciendo:

--Como ensayo, no est mal tu cuento-poema, Juanillo. Carece de lugares
comunes, y esto demuestra tu buen gusto. Pero tu prosa no est del todo
escrita, y slo queda lo que est escrito. Para leerlo en la Esttica
Nueva y publicarlo en la Revista Azul, lo debes trabajar ms, mucho
ms, nunca es bastante!

Estaba presente un tercero, Aristarco Lpez, inseparable amigo de del
Laurel, tambin estudiante de derecho _in nomine_ y _per accidens_;
pero, en cuerpo y alma, todo un cronista sportivo de un diario
popular. Compadecido del escaso xito de Simpln, diole sus consejos:

--Mira, Juanillo, tu cuento es obscuro y distinguido. Tiene sin duda el
mrito de palabrotas terribles. Apenas he comprendido yo el cinco por
ciento de las que usas. Pero le faltan ingredientes modernistas,
sensaciones modernistas, en lo que diramos su argumento, si es que lo
tiene y puede tenerlo. Nos hablas de una princesa bella y sin embargo
desgraciada..... Eso es ya un ingrediente, mas no basta, no basta.
Necesita cuatro o cinco ms. Toma un lpiz y apunta los que te voy a
dictar. Son los ms socorridos y me los s de memoria.

Tom un lpiz Juanillo, y psose a apuntar dcilmente en su cartera
cuanto le dictaba Aristarco...

--Primero--djole ste,--pon una theora de vrgenes que arrastran sus
tnicas de lino a la sombra del laurel-rosa, cada una con un lirio en la
mano. (Fjate que la palabra theora es con h, y significa un desfile
de dos en dos. No vayas a ponerla sin h, como si se tratara de la
teora de Savigny sobre la posesin!)

Segundo, un lago verdinegro donde nadan amorosamente dos cisnes, a la
luz del plenilunio. (No vayas a llamar al cisne amante de Leda, porque
la mitologa est muy gastada; es siempre un lugar comn.)

Tercero, un albatros que vuela serenamente sobre la tormenta del
Ocano. (Esto es siempre de hermoso efecto, por el contraste entre la
serenidad del ave y el movimiento de las olas.)

Cuarto, un cementerio gtico abandonado hasta por las nimas en pena;
un campo de asfodelos, y tambin de iris blancos y lises rojos que
crecen en idlica Harmona. (No te olvides de escribir Harmona, con
H, y mayscula. En general, donde quiera que puedas colocar una h y una
mayscula, colcalas, como en Harmona, Theora, Helena,
Martha... Nada ms fashionable!)

Apuntadas estas preciosas indicaciones, Juanillo se qued mirando a
Aristarco, como preguntndole el modo de usarlas. Hara una simple
ensalada rusa con los ingredientes?...

Comprendi Aristarco su muda interrogacin, y le repuso:

--Te he dado las piedras para componer el mosaico. Componlo como
quieras.

Y cuando Juanillo se despeda, dando las gracias a sus amigos y
consejeros, todava Aristarco le agreg algunas indicaciones ms:

--Si quieres estar siempre despampanante, nunca llames a las cosas por
sus nombres... En las metforas y paralelos, compara siempre lo claro,
material y conocido, como una tormenta, con lo obscuro, espiritual y
desconocido, como el estado de alma de un poeta despus de haber
degollado a su anciana madre...

Simpln se retir tan contento con estas advertencias en la mollera y en
el bolsillo, como si le hubieran entregado las llaves del templo de la
gloria. Iba resuelto a aplicarlas en asidua y metdica labor. Pero qu
difcil sera embutir tan heterogneos ingredientes en el pellejo de
un cuento-poema!...

Sin desalentarse, trabaj, trabaj, trabaj... Y, despus de veintin
das de esfuerzo y de gastar treinta y cinco bloques de papel en
borradores, tena su cuento-poema concluido, muy concluido, y tan
concluido, que ya no se le poda cambiar ni media coma.

Lleg a del Laurel y a Aristarco, siempre reunidos en casa del primero,
la interesante y breve composicin. En ella toda una trouvaille para
dar lgica cabida a los elementos que indicara Aristarco...
Traducindola al pobre lenguaje de mortales, resultaba una historia
conmovedora...

La princesa Belisa era bella y sentase sin embargo desgraciada, porque
su padre el rey haba resuelto casarla con el prncipe Lejano. La noche
antes de embarcarse para las remotas tierras de este prncipe, daba ella
una vuelta por el parque, a la sombra de un bosque de laureles-rosas,
acompaada de sus damas de honor. Estas formaban una theora,
arrastrando de dos en dos sus tnicas de lino, con un lirio en la mano.
El lirio simbolizaba la inocencia y el sacrificio de la princesa.
Pasaron as junto a un lago verdinegro, donde bogaban amorosamente dos
cisnes, bajo la luz del plenilunio...

Al otro da, la princesa Belisa se embarc con sus damas en un esquife
de marfil con velas de prpura. Pero en la mitad de la travesa estall
una tormenta que levantaba olas como montaas y cordilleras. Sobre ese
ocano de abismos imperaba, volando serenamente, un gigantesco albatros.
Lo cual no impidi que el buque naufragase... El mar arroj ms tarde
los cuerpos de las vrgenes a la playa. Recogironlos varios
pescadores, que al ver rostros tan hermosos, infelices! se enamoraron
de las muertas. Llevronlas a un cementerio gtico abandonado en un
campo de asfodelos, y las enterraron. Sobre sus tumbas crecieron
espontneamente, como en almacigo, iris blancos y lises rojos.
Inexplicable caso, porque estas dos especies vegetales nunca, ni antes
ni despus, pertenecieron a la flora silvestre de la comarca!...

Terminada la lectura, Aristarco se agarraba el vientre, como para no
reventar de risa...

--Bien, muchacho, bien!--exclam.--Cuando llegas a tan ingeniosa
combinacin de disparates, estoy por creer que tienes talento, a pesar
de tus buenas notas en los exmenes.

Despus de reprender a Aristarco por su frivolidad, del Laurel dijo a
Simpln:

--No le hagas caso, Juanillo. Tu cuento-poema no carece de mrito por
cierto... Pero tiene tambin sus defectos. El principal es contener
demasiado argumento. Hay pltora de argumento. No necesitas hablar de
tantas cosas, ni narrarlas sucesivamente como en los cuentos para nios.
Busca la sensacin, ante todo la sensacin! Y la sensacin potica es
producto de musicales combinaciones de palabras y no de lgica sucesin
de ideas, Msica, msica, mucha msica! Y despus luz, oh la luz! T
has de alcanzar todo eso, s, t llegars. Ya esta composicin marca un
progreso sobre la primera, la tercera ser mejor que la segunda, la
cuarta que la tercera, la quinta que la cuarta, la sexta que la quinta,
y as de seguido... hasta que llegues a la obra maestra.

Juanillo no saba qu pensar ni qu decir, porque si en la progresin
aritmtica la obra-maestra slo deba llegar en la composicin nmero
3527, por ejemplo, ms le vala renunciar a la literatura!

Muy oportunamente intervino Aristarco:

--Tiene razn del Laurel, la sensacin es lo primero. Pues para
describir bien la sensacin (no eches esto en saco roto, Juanillo), es
conveniente haberla experimentado antes. Trata de ver lo que vas a
describir, y slo despus podrs describirlo con relieve y sinceridad.

--No te desanimes, Juanillo--agreg del Laurel.--Recuerda que Flaubert
rompi a Maupassant ms de 125 manuscritos, antes de darle su aprobacin
al primero que publicara. Corrigiendo una y mil veces su estilo, deca:
La prosa nunca est concluida.

Esto ya era un consuelo. 125 manuscritos rpidos pueden hacerse en un
ao. No haba, pues, que remontarse hasta la alarmante suma de 3527 que
al principio imaginara!

Juanillo se despidi ms calmado, oyendo desde la puerta las ltimas
observaciones de Aristarco y de del Laurel.

--No te olvides; experimenta primero la sensacin,--repeta el uno.

--Msica, msica, mucha msica! Y despus luz, oh, la luz!--repeta el
otro.

Otra vez qued perplejo Juanillo. Lo de experimentar antes la
sensacin le pareca un buen consejo. Mas, dnde hallar en la
democrtica ciudad de Buenos Aires una princesa plida y triste, para
estudiarla? Dnde el albatros volando sobre embravecidas olas? Dnde
el gtico cementerio y el campo de asfodelos, iris blancos y los lises
rojos?... Slo cisnes en un lago verdinegro, eso si poda observar a
gusto, en la estancia de su padrino, por ejemplo... Eureka!
Experimentara los cisnes y despus escribira sobre ellos,
exclusivamente sobre ellos, su cuento-poema. No le haba dicho del
Laurel que, al fin y al cabo, al mismo tiempo no se necesitaban todos
los ingredientes preconizados por Aristarco? Para una composicin
nica, bastaban y hasta sobraban los cisnes!


II

Dijo por esto en su casa que tena que irse a la estancia de su padrino,
en Pehuaj, a hacer importantes estudios. Asintieron inmediatamente a
ello su padre, su madre, su ta y su abuelita, y su padrino le dio una
carta para don Jos, el mayordomo, ordenando que pusiese a sus rdenes
cuanto necesitase y pidiese.

En la estancia de Pehuaj, Juanillo se pas das enteros observando las
dos parejas de domsticos cisnes que poblaban, con varios gansos, un
diminuto estanque bordeado de llorones sauces. Como siempre les llevaba
migas de pan en el bolsillo, los cisnes, y hasta los gansos, llegaron a
conocerlo y a seguirlo.

All, a la sombra de los rboles, en las horas muertas de la meditacin,
record la hermosa leyenda del canto del cisne. El cisne, esa ave
armoniosa y blanca, siempre en la mudez del misterio, canta slo al
morir, una cancin de celeste belleza... Esta leyenda le sugiri a
Juanillo un interesante argumento para su cuento-poema. Poda presentar
al cisne como la imagen del Poeta, que cantando rinde su alma al
infinito. Cierto que los poetas escriben generalmente sus mejores
composiciones en la juventud, y que muchas veces mueren viejos, con la
lira destemplada o enmudecida... Pero, qu le importaba eso a Juanillo
si el smbolo era bello?

Resolvindose a escribir su cuento bajo el epgrafe de El Canto del
Cisne, pens que sera conveniente experimentar la muerte de un cisne
verdadero, pues l nunca vio morir ninguno. Bien saba, naturalmente,
que los cisnes no cantan al morir; pero pensaba, con mucha razn, que
toda leyenda responde a sus causas... El cisne, aunque no cantase, poda
tener su agona especial, su estertor, sus actitudes plsticas... Todo
ello, visto y analizado personalmente, iba a sugerirle interesantes
ideas poticas. Adems, su sentimiento al ver morir tan nobles animales,
no era ya una sensacin digna de cantarse en primorosa prosa?

Pidi pues prestada al mayordomo su escopeta, encaminose al estanque, y,
con el corazn sangrando, a una vara de distancia, pam! asesin el
primer cisne que saliera a recibirlo, esperando la consabida migaja de
pan... Intil sacrificio! El humo de la plvora y la emocin del primer
disparo le impidieron observar la muerte instantnea de la vctima...

Apunt de nuevo, pam! y cay otra vctima... Acercose a mirarla, y
ella result un ganso viejo!... Otro tiro, pam!... Esta vez cay un
cisne, que, como conservaba vida, fue a morirse en la maleza, escapando
as a la mirada del cazador... Otro tiro, pam!... Un nuevo cisne
muerto, muerto como una gallina, sin un graznido, sin un ronquido
siquiera... Deba ser un cisne hembra! Y como convena observar ms
bien el sexo generalmente cantor de las aves, otro tiro, pam! y
fulmin el ltimo cisne, un cisne macho, sin duda, pero cuya muerte no
lo ilustr ms que las otras... Ya no le quedaba ningn otro por matar!

A los disparos acudi gente: el mayordomo, su mujer, sus nueve hijos, el
capataz, la cocinera, varios peones... Todos contemplaban consternados
los cinco cadveres inocentes...

--Pero, don Juan!--exclam el mayordomo sin poderse contener.--Ha
matado usted todos los cisnes!...

--Y un ganso viejo--apunt la cocinera.

--No sabe usted que la seora vive mirndose en ellos?--continu
quejumbrosamente el mayordomo.--Qu le vamos a decir cuando venga? Y
cisnes domsticos no hay en venta en Pehuaj ni en ninguna parte por
aqu! Estos fueron trados de Buenos-Aires con gran trabajo... Pero,
para qu los ha muerto, si no soy curioso, don Juan? para qu?...

Juanillo guard prudente silencio. Cmo iba a explicar a aquella
ignorante y pobre gente la intencin esttica que tuviera? cmo?...

Terminadas las lamentaciones del mayordomo, la mayordoma comenz las
suyas:

--Dios mo! matar esos cisnes tan lindos que eran como los hijos de la
seora!... Y qu nos dir la seora? Y qu le diremos a la seora?...

--Si los cisnes no se comen, don Juan, no se comen--agreg el
mayordomo.--En el campo hubiera encontrado usted caza cuanta quisiera:
patos, martinetas, perdices...

Para Juanillo, que estaba como anonadado por su obra, esta ltima
observacin fue un rayo de luz...

--Dice usted que no se comen los cisnes, don Jos?--pregunt
triunfalmente.--Pues s que se comen, y muy ricos que son! Para qu
los hubiera matado sino para comerlos?

En la estupefaccin general, observ la voz agria de la mayordoma:

--Usted dir los pichones de ganso; pero los cisnes, los cisnes...

--No digo los pichones de ganso, digo los cisnes, seora!--afirm
Juanillo dignamente.

--En todo caso--observ la mayordoma,--no necesitaba usted haber muerto
a todos los cisnes; con uno le bastaba, porque son bien grandes...

--Claro...

--Claro...

--Claro...--fueron repitiendo en coro, uno por uno, los nueve vstagos
del mayordomo...

--Pues no!--concluy fieramente Juanillo.--Me gustan mucho y quiero
comrmelos todos, esta misma noche. Ha odo? Todos!...

La cocinera, una criolla vieja, clam, santigundose espeluznada:

--Avemara pursima!

--Avemara!...

--Avemara!...

--Avemara!...--exclamaron otra vez, uno por uno, los hijos del
mayordomo.

Y, temiendo que Juanillo fuera el ogro de los cuentos y los devorase
tambin a ellos, escondironse los menores detrs de los mayores.
Formaron as una larga hilera, como cuando jugaban al Martn Pescador...

Cortando la escena de temores y aspavientos, Juanillo orden
terminantemente:

--Esta noche quiero que me sirvan, muy bien asados, los cuatro cisnes y
el ganso! Comprenden? No admitir disculpas!

Y se retir majestuosamente, ante un pblico boquiabierto y
aterrorizado...

En la vida montona de aquellas pampas la tremenda noticia circul bien
pronto. El ahijado del patrn se comera esa noche, como quien se bebe
un vaso de agua, cuatro cisnes y un ganso viejo! Haba que ir a verlo
comer, esa era la palabra de orden en la estancia y sus alrededores.

Llegada la hora, el infeliz Juanillo fue a sentarse, como de costumbre,
solo ante la mesa de los amos. En las ventanas y puertas del comedor
pululaban en enjambre cabezas vidas de curiosidad... Los chicos
lloraban porque los grandes no les dejaban ver... Las mujeres empujaban
y codeaban a la par de los hombres...

Juanillo despleg la servilleta con toda tranquilidad; estaba solamente
un poco plido. Y la cocinera sirvi la sopa, como siempre... Mientras
Juanillo tomaba unas pocas cucharadas, los curiosos se comunicaban sus
impresiones:

--Quin lo dira, al verlo tan flacuchn!...

--Y la sopa no estaba en el programa!...

--Ya tendra preparada una droga para evitar la indigestin!...

Termin Juanillo la sopa como si tal cosa. Y la cocinera, seguida de
muchos ayudantes, fue depositando en la mesa las cinco enormes fuentes
con sus correspondientes voltiles. Para acompaarlas, trajo tambin
tres no menos enormes palanganas llenas de ensaladas de lechuga y
escarola, que alcanzaran para una comida de cien cubiertos.
Inmediatamente cundi por el comedor el olor ftido de la carne de
cisne... Los curiosos se llevaron los pauelos a las narices, al menos,
aquellos que tenan pauelos... Juanillo ensay cortar un aln con el
trinchante, intilmente: la negra carne pareca madera... El capataz se
adelant entonces ofrecindole su facn, que, recin afilado, cortaba
como navaja de afeitar... Con l, a costa de penosos esfuerzos,
consigui Juanillo servirse una racin que apenas caba en el plato...

Anhelantes, todas las bocas exclamaron:

--Ah!...

Tom Juanillo un vaso de vino para darse coraje, y medio mareado ya por
la fetidez de aquella carne horrible, se puso de pie y grit a la
concurrencia:

--Qu les importa a ustedes que yo coma o no coma? Mndense mudar
ahora mismo, si no quieren que los eche como perros!

Estaba terrible, con el cabello revuelto, los ojos salindose de sus
rbitas y el facn en la mano... Los chicos, las mujeres y hasta los
hombres lanzaron un grito de terror y huyeron despavoridos... Cul no
seran la clera y la fuerza de un hombre que tena su apetito? Quedando
solo en el comedor, Juanillo cerr hermticamente las puertas, las
ventanas y los postigos... Lo que as oculto hizo para hacer
desaparecer, como si la hubiera comido, tanta carne nauseabunda, mejor
es no contarlo, para no meternos en cosas sucias, ni entrar en gabinetes
reservados.

...Su hazaa, que se dio por hecha, extendi pronto su nombre de ogro en
veinte y treinta leguas a la redonda. El empresario del crco de lona
de Pehuaj so con contratar al ogro de los cisnes, en reemplazo de
la mujer que come vidrio, espadas y fuego, pues el pblico ya estaba
cansado de esta mujer. Lo contuvo la posicin social de Juanillo, y la
consideracin de la dificultad que haba en proporcionarle todas las
noches tanta alimaa para que la comiera en pblico. Las piezas, una vez
comidas, no podan repetirse, como ocurra con el vidrio, las espadas y
hasta el fuego de la mujer tragona...

Rodeado de esta alta fama culinaria, mal que bien, Juanillo escribi su
Canto del Cisne. Volviose con l a la capital y se lo ley con su
quejumbrosa voz a del Laurel y su inseparable Aristarco Lpez...

--Mejor, mejor, va mejor, muchacho--afirm del Laurel.--Pero todava ni
suees en publicarlo. No est escrito, no.

El juicio de Aristarco fue ms severo:

--Ya que eres bueno y confiado, quiero hablarte con franqueza,
Juanillo--dijo a Simpln.--Tu cuento-poema se define en una sola
palabra: es un mamarracho. Djate de simplezas; reconoce que no tienes
talento, como tenemos yo y del Laurel; y ocpate de derecho y poltica,
en los cuales no se necesita tanta inteligencia, o es, por lo menos, ms
fcil simularla. Considera tu Canto del Cisne como el verdadero canto
del cisne de tus ambiciones literarias!

Juanillo mir a del Laurel, ansioso de que contradijera a Aristarco;
pero del Laurel estaba en ese momento bastante ocupado en acariciarse la
melena... Desalentado, con la muerte en el alma, Juanillo se retir
entonces a su casa. Por el camino compr seis cajas de fsforos,
resuelto a desler el veneno en algn vinillo dulce, para que no
resultase el mortal brebaje demasiado feo...




EL CAPITN PREZ


I

A modo de fiera en un redil, la desgracia se haba encarnizado con la
familia de Itualde. Primero perdi en especulaciones toda la fortuna el
padre y jefe, don Adolfo. Poco despus muri, dejando en la calle a su
viuda, doa Laura, y sus cuatro hijos: Adolfo, Ignacio, Laurita y Rosa,
la pequea, a quien llamaban Coca.

Doa Laura, que amaba a su esposo, lo llor inconsolable. Y ms todava,
si cabe, sinti su antigua fortuna, perdida precisamente entonces,
cuando su hija mayor iba a ser una seorita. Cay en profundo
abatimiento y languideci un ao ms, al cabo del cual fue a reunirse
con su esposo, en el sepulcro de la familia.

Adolfo, que fuera educado en la abundancia y la holgazanera, tom sobre
s las deudas de su padre, psose a trabajar empeosamente, y cas con
una nia modesta y bella... Pero estaba escrito que el destino probara
la paciencia de aquella familia. Al nacer el que sera primognito de
Adolfo, muri la madre y muri el chico...

La desgracia no viene sola--pensaba Adolfo.--Qu nos esperar despus
de estos nuevos golpes? O habr terminado ya la racha negra?...

Pues la racha negra no haba terminado, y otro golpe le esperaba
todava: fracas en sus negocios y se enferm del pecho...

Dejndose vencer del desaliento, pronto hubiera muerto tambin Adolfo,
sin la enrgica y generosa decisin de su hermana Laura. Haban recetado
al enfermo campo y descanso o trabajo metdico y moderado.
Importndosele poco su vida, ya sin halagos, pens l descuidar los
consejos mdicos... Pero Laura no lo permiti. Facilit la liquidacin
de su casa en la ciudad. Solicit y obtuvo para su hermano el destino de
gerente de una pequea sucursal del Banco de la Nacin, en el Tandil,
interesante pueblo de la provincia de Buenos-Aires. Y fuese con l y con
Coca a establecerse en el pueblo.

Adolfo haba protestado.

--Yo no puedo permitir, Laura, que t vayas a soterrarte, en plena
juventud, en un pueblo de campo. Qudate ms bien en casa de cualquiera
de nuestros tos, como te lo pidieron, y djame a mi solo...

Laura replic:

--De ningn modo. No te cuidaras, a pesar de que todava ests a
tiempo... Iremos a cuidarte con Coca. Te haremos all un confortable
hogar... Para nosotras no ser sacrificio alguno, porque llevaremos un
largo luto antes de podernos distraer y divertir. Y en ninguna parte se
lleva mejor el luto que en el campo.

Accedi Adolfo, y fue a instalarse con sus dos hermanas en una modesta
casa-quinta del pueblo donde deba desempear su nuevo cargo. Ignacio
no los acompaaba porque, siendo alfrez, viva en el cuartel su vida
militar.

Hizo Laura prodigios con el poco dinero que llevaran y con el escaso
sueldo de su hermano. Poco a poco, comprando un mes un mueble y otro mes
otro, amuebl toda la casa. La hizo pintar, empapelar, decorar. Llen
las habitaciones de tiestos, moos, grabados ingleses, mecedoras,
almohadones, lmparas con delicados _abat-jours_... Hizo arreglar el
jardn, improvis una huerta, cuid un corral de aves domsticas... Y
todo esto, agregado a su biblioteca, su subscripcin a varias revistas,
y a sus habilidades caseras, hicieron de la casita un verdadero oasis en
el desierto de Tandil.

Adolfo olvid all su perdida mujer, que no fuera, por cierto, un
dechado de diligencia... De carcter tranquilo, acostumbrose pronto a la
sosegada vida de un burcrata de aldea. Puso todo su empeo en el
servicio del banco y encontr all una distraccin y un rumbo. Lleg as
otra vez a comprender el _bonheur de vivre_ y a amar la vida. En
consecuencia, su sangre tuvo vigor bastante para cicatrizar las
incipientes llagas de sus pulmones, y se sinti fortalecido y casi
curado.

En aquella montona existencia campestre de la familia de Itualde,
tambin corra el tiempo. Y Laura cumpli los treinta aos, Coca los
veinte. Como la sociedad mejor del Tandil era rstica y cuentista, la
haban evitado en su vida discreta y retirada. Teman, y con razn, que
su superioridad chocase demasiado en aquel medio y que la maledicencia
tomase pronto el desquite...

Por ahora, las morochas del pueblo se contentaban con llamarlas esas
orgullosas de Itualde. Y haba que ver con cunto menosprecio las
calificaban de orgullosas, sabiendo que no eran ricas!... Poco les
importaba a ellas este menosprecio, con tal de que las habladuras no
pasaran a mayores...

Constituan la nica verdadera diversin de las dos muchachas hurfanas
las cortas temporadas que pasaban en Buenos-Aires, en las casas de sus
parientes. Pero nunca quisieron, especialmente Laura, prolongar esas
ausencias, por no dejar largo tiempo solo a Adolfo.

Laura no era bonita. Con su alma deliciosamente tierna y femenina, sus
formas parecan demasiado rgidas y sus maneras demasiado decididas. En
cambio, Coca, que no posea un temperamento tan femeninamente abnegado,
se haba hecho una mujer elegante, flexible, de agraciados modales y
hermosa fisonoma. Era la _beauty_ del Tandil. Tena no menos de quince
admiradores silenciosos, que iban todos los domingos y fiestas de
guardar a lanzarle sus incendiarias miradas en el atrio de la iglesia,
cuando sala de misa de nueve. No tenan ms remedio que admirarla de
lejos, pues ella esquivaba toda ocasin de tratarlos. Sin embargo, no
falt quien la acusara de coqueta...

De vuelta de una de estas idas a misa, las recibi una vez su hermano
con una noticia importante. Haba llegado al Tandil, a organizar una
estancia inmediata al pueblo, que acababa de comprar, un antiguo amigo
suyo, don Mariano Vzquez, soltero y de buena familia, excelente persona
que iban a tratar con frecuencia...

--Le he invitado a comer para esta noche--dijo a Laura.--Y es todo un
novio el que te anuncio!--agreg bromeando.

Laura se haba puesto escptica en materia de novios. Pensaba que no se
casara, ella que naciera madre, por sus sentimientos, de todo ser que
necesitase su auxilio o proteccin.

Como no frecuentaba la sociedad, no conoca las rivalidades femeninas y
su carcter de soltera de treinta aos no pareca agriado... Por eso no
hubo el ms leve sarcasmo en su clara y bien timbrada voz cuando
contest a Adolfo:

--Mil gracias. Pero si tu don Mariano es un candidato a novio... lo ser
a novio de Coca.

Coca pregunt entonces:

--Qu edad tiene?

Adolfo repuso:

--No s bien... Creo que cuarenta aos.

--Cuarenta aos!--exclam Coca.--Pues se lo dejo a Laura.

Arreglando la casa para recibir la visita anunciada, Laura y Coca
conversaban y se divertan a costa del candidato todava desconocido...

--Es preciso que usemos de todas nuestras armas--deca rindose
Coca,--para vencerlo y que quede en casa, contigo, y si t no quieres o
no puedes, aunque sea conmigo... Dime, Laura, y qu hars t para
conquistar a ese don Mariano?

--Yo?--contestaba distrada y complacientemente la hermana mayor.--Lo
que t quieras. Le pondr ojitos tiernos... le dir palabras dulces...

--Qu mala idea! Cmo se ve que no conoces a los hombres!

--Y t, los conoces acaso?...

--Por lo menos s que deben ser tratados enrgicamente para que se les
venza y domine... Con ojitos tiernos, con palabras dulces, poco ha de
hacerse!...

Laura mir sorprendida a su hermana, dicindole irnicamente:

--Habr que tratarlos a rebencazos...

Encogiose de hombros Coca y rectific:

--Tonta! No quiero decir eso, y bien lo sabes... Quiero decir que para
enamorar a los hombres no es conveniente ser buena y franca. Hay que ser
coqueta y mentirosa.

--Segn con qu hombres...

--Con todos! Todos son iguales!

--Pues no te aconsejo que ensayes el sistema...

--Con ese Mariano Vzquez?...

--Con se.

--Y por qu no con se?...

--Por lo que yo me s...

Y Laura dijo lo que se saba, habindolo odo contar en casa de su ta
Viviana. Don Mariano Vzquez tuvo en sus mocedades una novia, a quien
idolatraba... Pero ella, la muy picara, rompi un buen da el compromiso
para casarse con su primo, un calavera de siete suelas... Don Mariano
deba ser pues un hombre melanclico y escarmentado...

--Sea como sea--afirm esa locuela de Coca--es un hombre, y hay que
emplear con l los recursos que sirven para con todos...

--De dnde t tan enterada?...

--Es que tengo dos orejas que oyen bien y dos ojos que no ven mal.

--Tu cabeza es la que piensa mal, tu cabeza de chorlito...

Coca se pic y repuso prontamente:

--Hagamos entonces una apuesta. Pongamos en prctica los dos sistemas,
el tuyo y el mo, a ver cul da mejor resultado con Vzquez. T hars la
nia buena y yo har la nia mala... La que le trastorne primero el seso
se casar con l y... como es muy rico... dotar a su hermanita, si se
queda soltera. Trato hecho!... Nada de echarse atrs!...

Como no poda enfadarse, Laura se ri de la malicia de su hermana... Y
su hermana, tomando esta risa por su aceptacin de la apuesta, exclam
triunfante:

--Aceptas!... Pues ya vers!... Pero tendrs que ayudarme en todo...
Yo fingir novios y coqueteras, y t vas a desmentirme!... En cambio
yo no me cansar de hacerte rclame, insinuando tus condiciones de
hacendosa y casera... Estamos?... Pues ya vers!...

Y para que Laura no se arrepintiese del pacto tcitamente consentido,
Coca se lo estuvo recordando constantemente... T hars esto... Yo har
lo otro... T te pondrs bonita, pero con tu traje azul de ama de llaves
y hasta con un delantalcito muy mono... Yo me emperejilar con todas mis
galas: me pondr flores y polvos; aun me pintara un lunarcillo en la
cara si Adolfo no fuera a notarlo...

Sugestionndose por su propia charla, Coca se hizo, mientras hablaba, el
cuidadoso alio de una prometida para su primera entrevista con el
novio. Laura tampoco se descuid, no viendo gran peligro en las
chanceras intenciones de Coca... Y as fue que todava estaban riendo y
proyectando, cuando son, a las siete en punto, un breve campanillazo.
Era don Mariano Vzquez que llamaba a la puerta de calle.


II

Don Mariano, un cuarentn bien parecido y mejor conservado, se present
como amable hombre de mundo. Manifestose alegre y decidor. Si tuvo una
novia inconstante en otro tiempo, esa novia pareca ya harto olvidada.

Dio durante la comida alguna broma a Adolfo, con una elegante seorita
que haba visto en la ventana de una casa vecina. Adolfo protest
ingenuamente; l no volvera a casarse...

--Se encuentra usted demasiado bien as--dijo Vzquez--con unas hermanas
como las que usted tiene... Feliz de usted!... Pero esta felicidad no
puede durarle toda la vida... Ellas se casarn alguna vez...

--Oh no!...--interrumpi Coca.

--Y por qu no se casa usted?--pregunt Adolfo a su amigo.

--En cuanto a m--contest Vzquez, con un vago dejo de tristeza--debo
decir que siento no haberme casado... Sobre todo cuando visito un
home tan alegre y carioso como ste!

--Pero aun est usted a tiempo de casarse, seor Vzquez!--interrumpi
otra vez Coca, como distradamente y como arrepintindose luego de su
distraccin...

Vzquez no se dio por entendido, y sigui hablando, ahora de temas
indiferentes. Describi su establecimiento, exponiendo sus planes y
proyectos con juvenil animacin. Termin insinuando su deseo de que lo
honrasen pronto con su visita de buenos vecinos de campo...

--Aunque mi hospitalidad y mi mesa de soltern--aadi--no sern tan
confortables como las de esta casa...

Coca hizo un gesto como diciendo que no les importaba la casa y la mesa,
sino el dueo de casa y amigo... Mientras ste, saboreando el postre, un
dulce de fresas, exclamaba sinceramente:

--En mi vida com nada ms delicado!

--Es obra de Laura--observ Coca, faltando impudentemente a la verdad,
porque ella era la autora del dulce.--Esta Laurita tiene unas manos de
oro para la cocina... Yo la envidio; pero prefiero pasear o leer a
perder mi tiempo en esas labores caseras. Y mir a su hermana mayor para
que no la fuera a desmentir. Cada cual deba desempear hasta el fin el
papel que se impusieran!

* * *

Y desempeando su papel, por seguir la broma, Laura ofreci ms dulce a
Vzquez... Luego le convid con un licor de su cosecha... y dej que
admirara su habilidad--esta vez verdadera--en el arreglo de la casa...

A su vez, Coca no olvid un momento de hacerse la coquetuela, melindrosa
y casquivana. Dijo que la msica le atacaba los nervios, que detestaba
el campo, que su ideal era el _dolce far niente_, y cien necedades
ms...

Vzquez le pregunt si tena novio, y ella se puso muy colorada al
contestar dbilmente que no, como si dijera: Los tengo a montones.

--Supongo que todava hay jvenes de buen gusto en el mundo--dijo
galantemente Vzquez.

Con femenina impertinencia, Coca le repuso:

--Los jvenes de buen gusto no me han de querer a m, pobre y rstica
campesina...

Despus de comer, Coca ofreci bombones al estanciero, en su rica caja
de porcelana de Saxe, resto de los antiguos lujos de la casa.

--Hermosa bombonera!--observ Vzquez, admirndola.

--Un recuerdo del corso de las flores, en la ltima temporada que
pasamos en Buenos-Aires...--aclar Coca, afectando cortedad.

--Regalo de quin?...

--Oh, no suponga usted nada!... De un buen amigo y compaero de armas
de mi hermano Ignacio... el capitn Prez...

Y as solt, aprovechando la ausencia de su hermano Adolfo, que se haba
levantado a traer cigarros, el primer nombre que se le vino a la
cabeza... Dijo Prez como podra haber dicho Fernndez, Rodrguez
o Martnez. Lo importante era inventarse un novio, ya que no lo tena
verdadero, para despertar celos en Vzquez... Los hombres deban sentir
los celos antes del amor!...

Laura mir con asombro a su hermana, y no se atrevi a aclarar el punto,
dejando correr la invencin del capitn Prez, el pretendiente
fantasma...

Despidiose Vzquez y volvi al cabo de tres o cuatro das. Sus visitas
menudearon desde entonces. Vena a jugar al ajedrez con Adolfo. Se hizo
ntimo de la casa...

En presencia de Coca, nunca se olvidaba de mentar al capitn Prez, con
cualquier pretexto...

Una vez, Adolfo pregunt:

--Quin es ese capitn Prez?

Levemente turbada, sin mirarle, Coca le repuso:

--Un amigo de Ignacio... Creemos que ahora est con l en el campamento
de Mendoza, pues era de su mismo batalln...

Viniendo en auxilio de su hermana, Laura agreg:

--Lo conocimos y tratamos mucho en casa de ta Viviana, a donde iba casi
diariamente.

Es extrao que no hablaran antes de tal capitn Prez, pens un
momento Adolfo, sin dar al militar mayor importancia...

Por el contrario, Vzquez pareca darle importancia... Y nunca se
olvidaba de colocar a su respecto alguna palabrita, que Coca escuchaba
simulando una displicencia afectada...

El personaje imaginario lleg as a ser familiar en la casa. La misma
Laura, que afirmaba haberlo conocido y tratado en casa de la ta
Viviana, se prestaba a una broma que pareca inocente... El capitn
Prez era simptico, buen mozo, alegre, en fin, posea numerosas
condiciones que la buena voluntad pudiera suponer en cualquier sujeto
militar joven... Tena un brillante porvenir... Se haba batido una vez
en duelo... Y el capitn Prez esto... y el capitn Prez aquello...

Estando una tarde Vzquez de visita, recibieron del campamento de
Mendoza la fotografa de los oficiales del cuerpo, que les enviaba
Ignacio, ltimamente ascendido a teniente primero. Laura lo busc en el
grupo y se lo indic a don Mariano... Y Coca, anticipndose a un deseo
de ste, seal con su dedito rosado un oficial cualquiera, diciendo,
con agradable sorpresa:

--Y aqu est el capitn Prez...

--Cul? cul?--preguntaron a un tiempo Adolfo y don Mariano, no
pudiendo precisar la indicacin de Coca.

Coca, imperturbable, seal:

--El tercero a la izquierda de Ignacio... Ese que tiene la mano puesta
en la cintura.

El que tena la mano puesta en la cintura era uno de tantos, sin seas
particulares, de bigote y de uniforme como los dems...

--Est bastante parecido--observ Laura, dando un pellizco en el brazo a
su traviesa hermanita.

--Regular...--contest sta.--Es ms buen mozo.

Con ms sorna que irona, intervino Vzquez:

--Pues en el retrato parece un negro...

--Un negro! un negro!--exclam Coca indignada.--Si es ms blanco que
usted!...

--Es que la fotografa es bastante mala--observ Adolfo, con su
acostumbrada buena fe.

Los originales son sin duda mejores que el retrato--agreg Vzquez.--No
es verdad, Rosa?

Slo despus de un rato, Coca se dio por entendida:

--Me habla usted a m, Vzquez?... Llmeme Coca entonces, como todo
el mundo, por favor!... Yo no sabra a quin habra hablado usted, si
me llama Rosa... Coca me llaman todos mis amigos... Y creo que
tengo bien el derecho de pensar que usted es uno de ellos, y de los
mejores!

Don Mariano asinti, inclinndose con galantera y sonrojndose
levemente:

--Mil gracias por considerarme un amigo, aunque un poco paternal...
Pues Coca llamar mientras viva a la ms bonita nia que he conocido!

Al orle, Coca le amenaz graciosamente con su abanico chinesco...

--Si es usted un amigo tan paternal, principie por no hacerme
cumplimientos ni adularme. Los piropos son un veneno para las nias
frvolas y coquetas como yo!

Y mir a Vzquez con la ms tierna de sus miradas y le sonri con la ms
mona de sus sonrisas, como dicindole: Pero no importa que las lisonjas
sean un veneno. Yo soy golosa de ese veneno como un ratoncillo... Sobre
todo cuando viene de persona tan simptica como t!

Era demasiado para don Mariano!... Con qu gusto se cambiara por
aquel afortunado capitn Prez!... Y pensar que tan odioso militarejo
pudiese llegar de un momento a otro a destruir el pequeo e inocente
placer de su amistad con la deliciosa criatura, como un asno que arranca
con los dientes, al pasar por un jardn, una florida mata de claveles!


III

Mientras don Mariano se desvelaba recordando las gracias y donaires de
Coca, Coca conversaba largamente con Laura sobre don Mariano. Las dos
hermanas dorman en la misma habitacin desde que muriera su madre. Y,
una vez apagadas las luces, antes de dormirse, aprovechaban ese momento
de silencio e intimidad para hacerse sus inocentes confidencias y
comunicarse sus temores y esperanzas.

--T no has cumplido bien con nuestro pacto--deca Coca a Laura.--En vez
de tomar la pose de nia buena y hacer gala de tus caseros talentos,
te achicas y enmudeces cuando viene Vzquez... Te limitas a sonrerte de
mis manejos, y en el fondo los execras, hallndome indigna de ti...

--Indigna de m!...

--No me vas a decir que apruebas mi proceder, porque yo s que por
dentro me lo desapruebas... Pero no podrs ya pensar que no sea
excelente mi sistema de hacer la nia mal criada!... A don Mariano se le
cae la baba cuando me mira...

Despus de un momento, con voz ligeramente sorda, Laura repuso:

--Si resultas vencedora no es por tu sistema, como dices, sino porque
eres ms joven y ms bonita que yo...

--Ms joven y ms bonita que t!--interrumpi fogosamente Coca.--Si t
eres la ms buena, la ms inteligente y la ms linda de todas las
mujeres del mundo! Ese tontuelo de don Mariano no ha de tener ojos ni
seso cuando no te elige a ti, que pareces mandada hacer para l!... Los
dos sois generosos y tranquilos, los dos aficionados a la lectura y a la
msica, los dos de una edad correspondiente!...

Dejando pasar otra pausa, y con voz todava ms apagada, dijo Laura:

--Pues ya lo ves, l te ha elegido... y me ha desairado.

--Ni te ha desairado, ni me ha elegido... Soy yo quien no le ha dado
tregua un momento... Y si alcanzara el triunfo, t tendras un poco la
culpa de mi triunfo... Por qu no has aplicado t tambin tu sistema de
conquistarlo, como convinimos?... Es necesario no dejarse andar. Aydate
y Dios te ayudar..... Pues yo quiero que te ayudes, hermanita! Y para
empezar, maana hars algn postre exquisito, que mandaremos a
Vzquez...

Con ms energa de la que al caso correspondiera, protest Laura:

--No faltaba ms!... Puedes estar segura de que no har semejante
cosa!

--Entonces, yo lo har por ti. Fabricar algo bueno y se lo enviar en
tu nombre... El inconveniente es que no s si contar maana con los
elementos indispensables. En todo caso, se me ocurre prepararle unas
empanadas de vigilia, de esas especiales que yo s amasar...

--Por Dios, Coca!--exclam alarmada Laura.--No vayas a mandar
empanadas de vigilia! Mira que hemos pasado la Cuaresma!

--Empanadas de vigilia o cualquier otra cosa! Maana mismo las tendr
Vzquez en tu nombre!.....--afirm Coca con decisin.

Dese luego las buenas noches a su hermana para cortar toda rplica,
diose vuelta hacia el lado de la pared, y qued pronto dormida como un
pajarito. Entretanto, escuchando su fcil y rtmica respiracin, Laura
se revolva insomne entre las sbanas. Agitbanla pensamientos tan
vagos y tristes, que no acertaba ni hubiera querido confesrselos a s
misma...

A la maana siguiente Coca se puso muy temprano a la obra. Sin atender a
las protestas de su hermana, que amaneca con dolor de cabeza, amas y
coci unos delicados pastelitos criollos. Y, escondindose de Laura,
mandselos en su nombre a don Mariano, para que los probase, ya que
haba sido tan amable de elogiar en dos o tres ocasiones sus habilidades
de repostera.

En la misma tarde pas don Mariano por la casa de sus amigos a agradecer
la atencin.

--Eran deliciosos sus pastelitos. Se notaban en ellos las manos de una
hada benfica--dijo a Laura.

Sin atreverse a aceptar un agradecimiento que no mereciera, Laura
pareca turbada... Adolfo, que estaba presente, contest entonces por
ella:

--No son obra de Laura, Vzquez, sino de Coca...

--Laura fue quien los hizo y los mand--afirm sta osadamente.

--No me explico entonces cmo es a ti, Coca, a quien se los he visto
amasar esta maana, cuando pasaba por el jardn!--exclam Adolfo sin la
menor malicia.

Hzose un silencio embarazoso... Observando que tambin se sonrojaba
Coca, don Mariano pens: Parece que la chica es la de los pasteles...
Es muy extrao que me los mandara con el nombre de su hermana... Y,
aunque quisiera desecharla, desarrollbase en su espritu una idea bien
halagadora para su vanidad de cuarentn. Coca debera sentir hacia l
viva y juvenil simpata... Por qu, sino por eso, le enviara su pequeo
obsequio? Por qu, sino por eso, ocultaba su nombre bajo el de su
hermana, ruborizndose luego de su ingenuo subterfugio?...

Y en la memoria de Vzquez fueron precisndose una serie de pequeos
detalles, que bien pudieran considerarse sntomas de la simpata de
Coca... El agrado con que siempre le recibiera, el rubor que sola
enrojecerle las mejillas cuando le hablaba, las cariosas miradas que
ms de una vez sorprendi en sus ojos claros y lmpidos... El obstculo
era ese maldito capitn Prez! Evidentemente, algo haba pasado entre
ella y l... De otro modo no se explicaban las frecuentes alusiones y
chanzas que acerca del oficial provocaba la misma Coca, sin duda por
tenerlo siempre presente!...

Preocupado con estos pensamientos sali Vzquez de la casa de Itualde, y
tan preocupado, que tropez en la calle con un transente...

--Vamos, don Mariano--lo interpel ste--que me atropella usted!...
Anda usted distrado... Las malas lenguas dicen que est usted
enamorado, y casi me siento en disposicin de creerlo...

Levant Vzquez la cabeza. Viendo que era el juez de paz quien le
hablaba, se apresur a disculparse y a preguntarle, con voz cortante,
casi con fastidio:

--No veo cmo pueden las malas lenguas decir que yo est enamorado,
seor juez... De quin?...

--No podra ser sino de alguna de las seoritas de Itualde, puesto que
ellas son las nicas personas que le interesan a usted en Tandil...

--Visito a Adolfo; siempre fui su amigo... No veo nada de particular en
ello... Y, por otra parte, las seoritas de Itualde son dos: Con las
dos no he de casarme!...

--Al principio--explic el juez de paz--se crey que usted pretenda a
la mayor, a Laura. Despus hemos sabido que es a la Coca...

--Cmo han podido saber tal cosa?

--Muy fcilmente... Observndolo a usted las pocas veces que se ha
encontrado con ellas en pblico, al salir de la iglesia o en la plaza...
Entonces se ha visto que usted hablaba ms con la menorcita que con la
mayor, y la gente ha notado lo que pasaba...

--Qu importa a la gente lo que pasaba... si es que algo pasaba?

--Es que en estos pueblos de campo no hay ms distraccin que ocuparse
de lo que hacen los dems...

Vzquez rectific:

--Y de lo que no hacen... Bonita ocupacin!--Y aadi, cambiando de
tono:--Pues spase usted que Coca tiene un novio, o festejante...

--Cmo!--replic incrdulo el juez de paz.--Si no se ve con nadie en
Tandil!

--Podra tener el novio ausente... Y le dir a usted que presumo lo
tenga... Para ms datos, puedo asegurarle que l le ha regalado una
preciosa bombonera de Saxe... Aun duda usted?... Para que no dude ms
le agregar que, segn creo, es militar...

Viendo que todava vacilaba el juez de paz, Vzquez no pudo contenerse,
y dijo:

--Se llama el capitn Prez.

Apenas enunciado este nombre, arrepintiose de enunciarlo don Mariano...
Pero se arrepinti tarde... Se desminti, y no le creyeron... No le
quedaba ms recurso que pedir encarecidamente silencio y reserva al juez
de paz... Hacalo as cuando el juez le interrumpi despidindose:

--Vaya tranquilo, don Mariano, que no lo dir a nadie... Por quin me
toma usted?... Detesto los cuentos e intrigas como al propio demonio!

No habra andado veinte pasos el juez de paz despus de despedirse de
don Mariano, cuando tropez con el mdico. Y no habra hablado veinte
palabras, cuando ya le dio la noticia, muy confidencial y secretamente,
de que la menor de las de Itualde, la _beauty_ del Tandil, tena un
novio en Buenos-Aires, el capitn Prez... No se saba eso con certeza;
pero haba muchos datos para presumirlo. Cmo explicar de otro modo su
desvo para con la juventud dorada del pueblo?...

El mdico cont la noticia esa misma tarde, pidiendo reserva, en la
tertulia del boticario... De la tertulia del boticario pas ella al Club
Social, donde fue la novedad del da...

Esa noche era jueves, y haba concierto popular y paseo en la plaza
principal del pueblo. Todo Tandil estaba all. La novedad del da,
saliendo del Club Social, cay como una bomba entre la selecta y
numerosa concurrencia. Los admiradores y cortejantes de Coca recibieron
general rechifla...

Entre ellos sobresalan dos periodistas: Publio Esperoni, secretario de
redaccin de _La Maana_, y Jacinto Luque, cronista de _El Correo de las
Nias_.

Publio Esperoni recibi la noticia sin pestaear, con ostensible
incredulidad, tirndose los negros mostachos...

Jacinto Luque, poeta barbilampio y melenudo, tal vez por contradecir a
su execrado rival, dijo que la noticia era cierta... l la saba desde
algn tiempo atrs... No haba querido publicarla para que otros
persistieran en el desairado papel de pretendientes...

--Qu maldad!--exclam Lolita Sartori.

Y Filomena Lorenzana pregunt:

--Qu tal persona es ese capitn Prez?

Dndose aires de hombre de mundo, Jacinto repuso:

--Excelente sujeto!... No lo he tratado mucho; pero lo encontr a
menudo durante mis permanencias en la capital federal. Frecuenta la
mejor sociedad bonaerense!

--Claro!--interrumpi sarcsticamente Publio.--Si frecuenta la mejor
sociedad bonaerense, tiene que haberse encontrado a menudo con Luque en
los salones elegantes!

Riose Lolita Sartori de la impertinencia de Publio, y Jacinto comprendi
que se burlaban de l... Dudaban de que hubiera conocido al capitn
Prez... Para vencer esa incredulidad, hombre de rpida y fogosa
imaginacin, _ipso facto_ invent l y cont cmo le conociera, oh, de
un modo bastante chusco!... Estaba l en un baile, conversando con la
joven y distinguida duea de casa, sentados ambos en el comedor... Como
hablaba al odo de su compaera, tena agachada la cabeza...

--Las cosas que le estara diciendo el muy pcaro!--interrumpi Lolita.

Jacinto prosigui impvido su historieta. Tena agachada la cabeza, de
modo que el cuello de la camisa se le separaba un poco del pescuezo, en
la parte de atrs, dejando algo como una rendija... Pues por esa
rendija sinti de pronto que se le colaba un lquido helado y le corra
a lo largo de la espina dorsal!... Dio vuelta la cabeza dispuesto a
castigar severamente al bromista, encontrndose con un apuesto capitn
que tena en la mano una botella de champaa frapp... Era el capitn
Prez!... El lo increp duramente pidindole su tarjeta para mandarle al
siguiente da sus padrinos...

Otra vez Lolita, esa pizpireta incorregible, tan movediza como la
Piedra movediza de su pueblo, dijo burlonamente:

--As me gustan los hombres, altivos y valientes!

--Ver usted--termin Jacinto.--No hubo tal duelo... El capitn Prez,
que es un cumplido caballero a quien conoce toda la sociedad bonaerense,
me dio sus explicaciones. Estaba sirvindose champaa y le empujaron el
codo... Deba, pues, disculparlo!... Y como lo corts no quita a lo
valiente, lo disculp!... Tena l acaso la culpa de que le empujaran
el codo?


IV

Habiendo afirmado Jacinto Luque la suma distincin del capitn Prez,
todos los dandies del Tandil, declararon conocerlo, siquiera de vista.
El presunto novio de la beldad local lleg as a tener cierto renombre
en el pueblo. Los innumerables pretendientes de Coca excusaban su
derrota adornando al vencedor de excepcionales cualidades. Por lo menos,
era buen mozo y rico...

La prueba de su riqueza era el esplndido regalo que enviara ltimamente
a su novia... La bombonera que mencion don Mariano Vzquez se haba
convertido, para aquellas imaginaciones meridionales, en un cofre
artstico lleno de piedras preciosas; perlas, diamantes, rubes,
zafiros... Quin poda hacer semejantes obsequios en el Tandil?...
Esas mujeres! Bien las conocera Mefistfeles cuando aconsej a Fausto
que regalara aquellas magnficas joyas a la pequea y modesta Margarita!

No pudiendo guardar secreto por ms tiempo, Jacinto Luque public en _El
Correo de las Nias_, la siguiente noticia:

     Aunque temamos pecar de indiscretos, nuestros buenos deseos de
     informar al amable pblico tandilense que nos favorece, impdenos
     guardar silencio ms tiempo sobre una novedad sensacional. Se trata
     de un noviazgo ltimamente concertado entre una de las ms
     distinguidas seoritas de esta localidad y un conocido caballero
     bonaerense. He ah sus respectivas siluetas:

     _Ella._--Tiene la belleza de una hur del sptimo cielo de Mahoma y
     la gracia de una andaluza. Es joven como una maana y fresca como
     la flor cuyo nombre lleva y que suele reputarse la reina de las
     flores. Ms que por este nombre, concesela por un gracioso
     diminutivo, que consta de cuatro letras, principia por la tercera
     del alfabeto y rima con boca y con tapioca.

     _l._--Es oficial del ejrcito argentino. Aunque joven, ostenta ya
     los galones de capitn, y pronto ser sargento mayor, y luego
     teniente coronel. Tiene aire marcial, no es alto ni bajo, usa
     bigote. Goza de verdadero prestigio entre los compaeros y
     superiores que han sabido avalorar sus excelentes prendas. Su
     apellido, de cinco letras, es uno de los ms comunes y
     generalizados en gente de origen espaol. Termina con la ltima
     letra del alfabeto y principia con la misma que prcer y
     pueblo. Feliz coincidencia, que bien podemos reputar como
     augurio de que alguna vez ser un Prcer del Pueblo!

Tan precisos eran los datos y tan claras las seas, que ningn lector ni
lectora de _El Correo de las Nias_ dud un instante de quines fueran
los silueteados. Hasta las modistas y los almaceneros del Tandil
saban perfectamente que el suelto se refera a Coca Itualde y el
capitn Prez.

Por si alguno dudaba todava, _La Maana_, el diario de Publio Esperoni,
confirm la noticia, esta vez con nombres y apellidos. El suelto, breve
y displicente, limitbase a decir que el capitn Prez haba pedido la
mano de la seorita Rosa Itualde. El casamiento iba a verificarse a fin
de ao y el matrimonio fijara su residencia en la capital federal...
Nada ms deca _La Maana_!

Cul no sera el asombro de Laura y Coca cuando, sin preparacin previa
a causa de su vida retirada, leyeron las noticias de _El Correo de las
Nias_ y _La Maana_!

--Ser ste el Prez que yo he inventado?--preguntaba Coca, entre
divertida y fastidiada.

--Vaya una gracia con el Prez que inventaste!--respondi Laura.

--S, pero lo invent en familia,--agregaba Coca,--para nosotras y no
para que estos indiscretos de los peridicos la creyeran y repitieran...
Slo Vzquez puede haberla contado!... Francamente, yo lo crea ms
discreto!... Ya me las pagar!

--Deja tranquilo a Vzquez, que l no tiene la culpa. La culpa es tuya y
nada ms que tuya, que estabas continuamente insistiendo con la bromita
de tu Prez... Alguna vez iba a divulgarse la noticia, si t, la
interesada, parecas hacer para ello lo posible!... Queras que Vzquez
te guardara eternamente el secreto?... Adems, todava no sabemos si ha
sido l... Y debemos presumir que en ningn caso l ha dado la noticia
a esos papeluchos, y menos en esa forma asertiva y categrica!

--Es para morirse de risa... esto de que me casen con un personaje de
mi propia invencin!

--No es slo para rerse, Coca. Tambin hay que desmentir la noticia,
pues que te perjudica...

--Pero si el novio es un fantasma imaginario...

--No importa. La gente te creer comprometida... Hay que desmentir hoy
mismo!...

--Descubriendo que no existe semejante capitn Prez?... Por favor,
Laura!...

--No hay necesidad de decir eso. Daremos por cierta la existencia de tu
capitn, y slo negaremos tu compromiso. Deja que yo hable con Adolfo,
para que l pida una rectificacin en _La Maana_. Y pierde cuidado...
No descubrir tu mentirilla, para no avergonzarte, como lo merecas,
por faltar a la verdad!

Coca dio un beso a Laura para desenojarla y agradecerle su intervencin.
Laura habl con Adolfo. Y Adolfo se aperson a Publio Esperoni,
pidiendo rectificara la noticia.

Recibiole Publio cortsmente y se lo prometi. Mas su rectificacin no
fue un verdadero desmentido. Como _La Maana_ se pretenda infalible,
limitose a decir que la noticia anunciada del prximo enlace de la
seorita Rosa Itualde y el capitn Prez era todava prematura. Hacase
esta rectificacin a pedido de su hermano, el distinguido caballero don
Adolfo Itualde, gerente de la sucursal del Banco de la Nacin.

Nadie crey el desmentido. El capitn Prez sigui siendo, para todo el
Tandil, el pretendiente predilecto de Coca, su novio o su futuro
novio...

El mismo don Mariano, presumiendo toda la culpa de su indiscrecin,
dej de ir unos das a la casa de Itualde... Cuando fue, despus de
enviar cmo heraldo un gran canasto de la ms hermosa fruta de su
estancia, encontr a sus amigos como de costumbre... Slo Coca le hizo
sus recriminaciones. De quin sino de l poda haber partido la
mentirosa noticia?

Vzquez estaba tan cortado y confundido ante la nia, como un reo
homicida ante su juez. Se disculp en cuanto pudo. Haban exagerado y
tergiversado sus palabras, dichas al descuido... l haba credo
simplemente, por las continuas bromas, que el capitn fuera uno de
tantos festejantes...

Coca lo neg:

--Nada de festejante!... Un amigo, nada ms que un amigo cualquiera...
Ni siquiera un amigo ntimo y preferido como usted, al que antes
considerbamos poco menos que de la familia...

El dardo dio justo en el blanco. Conque el capitn Prez no era ms
que un amigo--pensaba Vzquez,--y yo soy un amigo mucho ms querido que
l!... La antigua idea del especial afecto que haba despertado en
Coca, retornaba pues a su espritu... Y por qu no podra ser
cierta?... Pasiones ms extraordinarias se vean a cada momento!

Sin apurarse, poco a poco, se insinuara l en el nimo de la agraciada
nia. Para escapar a las indiscretas miradas de los tandilenses, el
mismo capitn Prez le servira de pantalla...


V

Porque, mientras don Mariano continuaba callado y pacientemente su obra
de ganarse la voluntad de Coca, corran en el pueblo innumerables
ancdotas e historietas acerca del oficial. Los amigos de las de Itualde
lo defendan y ensalzaban, le atacaban los enemigos...

Entre esos enemigos, sintindose desairado por la esquiva beldad, el ms
temible era Publio Esperoni. Publio Esperoni poda bien considerarse un
mal sujeto. Haca gala de serlo, haca profesin de serlo... Sin Dios y
sin patria, atacaba con implacable irona de anarquista lo que
desdeosamente llamaba los prejuicios sociales, es decir, Dios y la
patria! Su acerada pluma, guiada por su espritu venenoso, abra heridas
y levantaba ampollas en la epidermis de los pacficos e inofensivos
burgueses del Tandil.

Odiando sinceramente a su afortunado rival el capitn Prez, esperaba
ansioso la oportunidad del desquite. Pronto se le present esta
oportunidad. Los grandes diarios populares de Buenos-Aires dieron cuenta
al pblico, en sus ltimos nmeros, de un presunto escndalo en el
ejrcito nacional. Habase levantado un sumario contra varios oficiales,
a quienes se acusaba nada menos que de traicin a la Repblica... Sus
nombres permanecan an reservados...

Pues _La Maana_ del Tandil insinu vagamente alguno de esos nombres.
Public un extenso artculo titulado Los traidores a la patria,
comentando y abultando la noticia de los peridicos bonaerenses... Y al
final agregaba que, segn datos enviados por sus bien informados
corresponsales de la capital federal, ellos conocan los nombres de los
oficiales indignos, tan severa y justamente acusados... Aunque no se
pudiera todava afirmar con seguridad, parece que entre ellos figuraba
el capitn P. Era sin embargo de desearse que slo por un error judicial
y militar se incluyese en la ignominiosa lista el nombre de este
oficial, amigo de una de las ms respetables familias de la localidad.

El capitn P. no poda ser sino el capitn Prez... Y todo el Tandil
se conmovi con la noticia. Sera verdad?... Qu haran ahora los
Itualde?... Pero nadie se conmovi ms que Jacinto Luque, el joven poeta
barbilampio y melenudo, redactor de _El Correo de las Nias_. Con su
viva inteligencia y su conocimiento del periodismo local pronto sospech
que se trataba de una insidia de Esperoni. Confirmole esta idea el hecho
de no hallar, en los peridicos de Buenos-Aires, ni la ms remota
referencia a ningn capitn Prez...

Profundamente indignado contra el redactor de _La Maana_, que tantas
veces le ridiculizara y burlase, public en su peridico un suelto
terrible destinado a desmentir la atroz imputacin. Se titulaba El
honor y la calumnia y se subtitulaba Un Dreyfus argentino.

Es realmente lamentable--deca--que un diario que se precia de serio,
_La Maana_, publique tan prfidas y calumniosas insinuaciones como la
que aparece en el nmero de hoy... No tenemos por qu ocultarlo: la
insidiosa inicial del capitn P., se refiere al capitn Prez... Ms
valiese haberlo nombrado!... Nosotros conocemos a este distinguido
militar, con cuya amistad altamente nos honramos... Le sabemos
pundonoroso y honesto... La noticia de que est mezclado en la traicin
ltimamente descubierta es falsa, absolutamente falsa. Lo garantizamos
bajo nuestra fe de periodistas y de ciudadanos...

_La Maana_ contest este suelto. Deca que en su poder obraban
documentos sensacionales que publicara ms adelante... Por entonces se
limitaba a asegurar que el capitn Prez (ya que el colega lo nombraba)
estaba acusado... _La Maana_ deseaba de todo corazn que fuese inocente
y se le absolviese... Hasta lo esperaba... Pero haba sus
comprometedoras presunciones y sus slidos comprobandos, que ya
conoceran a su tiempo los lectores...

Al leer estas prfidas lneas, se extremeci Jacinto con justa clera.
Vibrante como una arpa agitada por los esquelticos dedos del huracn,
su alma estall en protestas e imprecaciones. Public as _El Correo de
las Nias_ un nuevo suelto poniendo en su lugar a la pluma viperina que
arrojaba diariamente su ponzoa, desde las columnas de _La Maana_,
sobre todo lo ms santo y respetable: el honor, la libertad, la
religin, la familia, la patria...

El asunto Prez degeneraba en una cuestin personal entre los dos
periodistas. Pues Publio contest la ltima tirada de Jacinto llamndolo
afeminado esteta... El afeminado esteta le mand sus padrinos, y el
de la pluma viperina nombr los suyos...

Cuatro largos das pasbanse ya los padrinos discutiendo sin descanso en
el Club Social las condiciones del duelo... Los representantes de
Jacinto pretendan que Jacinto era el ofendido, los de Publio que lo era
Publio. Ambos se arrogaban pues el derecho de la eleccin de armas...
Para Luque, el arma deba ser el nobilsimo acero de la espada; para
Esperoni, buen tirador de pistola, la pistola... Aun aceptando la
pistola los de Jacinto, los de Publio exigan condiciones imposibles: a
diez pasos de distancia y tirar indefinidamente hasta que uno de los
adversarios quedase tendido en el campo del honor...

El Tandil presentaba entretanto el animado aspecto de una ciudad griega
durante las guerras del Peloponeso. La poblacin entera se agitaba y
hablaba en todos los sitios, pblicos y privados...

Un grupo de seoras de la sociedad de beneficencia llamada de las Damas
del Divino Rostro, compuesto de la presidenta primera, la
vice-presidenta tercera y la secretaria segunda, fue a ver al comisario.
Se solicitaba la intervencin de la polica para impedir un encuentro
sangriento entre los dos distinguidos caballeros... Y el comisario
prometi hacer cuanto pudiera para evitarlo.

No tuvo necesidad de hacer mucho, porque los mismos padrinos lo
evitaron. Llegaron por fin a ponerse de acuerdo hacindose recprocas
concesiones. Publio no haba afirmado nada deshonroso respecto del
capitn Prez; se limitaba a dar una noticia, tal cual le fuera
comunicada de la capital federal, y hasta ponindola en duda... Por
consiguiente, Jacinto retiraba sus calificaciones de pluma viperina y
de prfida calumnia... No dejando ya en pie lo de la pluma viperina
y la prfida calumnia, quedaba en nada lo de afeminado esteta... Y
as de seguido, hasta resultar, naturalmente, que nadie tuvo jams la
intencin de ofender a nadie y que los dos duelistas eran unos perfectos
caballeros. En constancia de ello firmaban las actas los cuatro padrinos
de un tenor.

Publicadas las actas al siguiente da en _La Maana_ y en _El Correo de
las Nias_, ocupaban tres largas columnas, las tres primeras y de
preferencia... Con ello, aument, si cabe, la popularidad del capitn
Prez en el pueblo del Tandil...

La pacfica solucin del lance personal dejaba sin embargo en blanco
el problema de la culpabilidad del capitn Prez. Era traidor? No era
traidor?... Tal era el dilema que corra en todas las bocas.

Unos se declaraban por la culpabilidad del capitn Prez, otros por su
inocencia. Y las discusiones violentas y sutiles arreciaban como en las
grandes crisis polticas. Es que en el fondo del asunto haba una
verdadera cuestin poltica. Los conservadores y moderados se declaraban
perecistas, antiperecistas los radicales y liberales. Del temperamento y
de las ideas dependa pues el estar o en contra o en favor del acusado,
por su condena o por su absolucin.

Cuando dos tandilenses se encontraban en la calle, en el club, en los
negocios, en cualquier parte, la pregunta de rigor era sta:

--Y qu piensa usted de la Cuestin?

El interrogado contestaba, si era perecista, que se trataba de una
perversa intriga; si antiperecista, que el ejrcito nacional deba
depurarse de sus malos elementos...

Naturalmente, no siempre coincidan las ideas de los interlocutores. Y
al chocarse las opiniones contrarias, se iniciaban interminables
contiendas. Los contendientes barajaban en sus largas peroratas y
mariscalendas las fundamentales ideas de honor, patria, verdad,
progreso, etc., etc. Estas ideas eran en gran parte tomadas de la prensa
local. Porque aun despus del lance de honor, _El Correo de las Nias_
y _La Maana_ siguieron tratando el asunto Prez, si bien evitaban
incurrir de nuevo en ingratas cuestiones personales y de campanario.

Ms de una vez se temi que las discusiones degenerasen en disputas, las
disputas en peleas, las peleas en batallas... Algunos bofetones y
botellazos volaron en la estacin ferroviaria y en el Club Social...
Tambin hubo sus trifulcas en la escuela. Marciano Esperoni, un sobrino
de Publio, se permita vociferar contra el capitn Prez, al cual
prodigaba los eptetos ms injuriosos y hasta obcenos... Al orle,
Atanasio Luque, el hermano menor de Jacinto, replicole como se
mereca... Y sin respeto al maestro, que estaba presente, los dos
alumnos, despus de insultarse a gusto, se vinieron a las manos... Los
antiperecistas (futuros radicales) tomaron inmediatamente la parte del
pequeo Esperoni, los perecistas (futuros conservadores) la de Luque...
Y tal fue la batahola, que tuvo que venir la polica a aplacarla! Los
pisos, los bancos, los mapas, los pizarrones, todo qued para siempre
salpicado de sangre arrancada de las narices a feroces soplamocos.

Alarmado por la exaltacin general de los nimos, el comisario pidi a
la provincia se reforzara la polica con nuevo personal...

El cura, desde el plpito, fulmin a los antiperecistas, declamando
contra la calumnia y la difamacin. Menester era cortar, una por todas,
las siete cabezas de esa hidra feroz, para salvar el honor de la patria
y la santidad de la iglesia!

Tambin las bellas artes contribuyeron a la terrible lucha de ideas que
tena por teatro el pueblo del Tandil. En un semanario cmico popular,
el _Pica-pica_, de furiosas ideas radicales y por ende netamente
antiperecista, aparecieron una serie de caricaturas del Gran Capitn
(ya se poda llamar a Prez como a Gonzalo de Crdova). Representbasele
en ellas de puerco, de serpiente, de clown, y hasta de mascarita, es
decir, ponindose por careta la noble imagen de Dreyfus!...

El maestro Thigi, director de la nica banda de msica que haba en el
pueblo, era compositor y perecista. Por eso compuso una marcha militar
titulada La marcha del capitn Prez, que, en los conciertos populares
de los jueves, arrancaba los aplausos de una mitad del pblico y la
rechifla de la otra... Dos o tres anarquistas llegaron a interrumpir la
preciosa msica, que tena sus pujos de wagneriana, con retumbantes
rebuznos, para los cuales posean particular habilidad. El maestro
Thigi mand entonces al del bombo que cubriera los rebuznos, en
cualquier momento que se oyeran, con estruendosos golpes. Pero los
rebuznos eran ms fuertes que el bombo, y echaban a perder los mejores
efectos de la pieza... Para acallarlos tuvo que intervenir el comisario,
con amenazas y juramentos...

El comisario deseaba permanecer neutral. Se deca slo partidario del
orden y del derecho. Mas nadie ignoraba que, en el fondo de su sensible
corazn de patriota (un comisario tiene corazn como los dems hombres),
inclinbase hacia la causa del capitn Prez; conceptubala como la
Causa de la Justicia y de la Patria. Esta tendencia oficial contena un
tanto los avances y rabiosos desmanes de antimilitaristas y anarquistas.
La paz reinaba en Varsovia... Felizmente para el Tandil!


VI

Intimidados por la tormenta de las pasiones populares y deseosos de
evitarla, Adolfo Itualde y sus hermanas refugironse en su casa-quinta.
Hasta all llegaban, sin embargo, los ecos de la lucha, y de modo harto
expresivo!...

Los partidarios de Prez enviaban su adhesin a la familia que suponan
lo representara en el pueblo, en forma de felicitaciones para Coca, por
su compromiso. El compromiso era el pretexto de hacer presente su
simpata. Nadie se daba, pues, por enterado de la rectificacin de _La
Maana_... Y haba que aguantar aquel chubasco de inoportunsimas
enhorabuenas!

Los contrarios, gente enemiga de la burguesa, gente grosera y sin
delicadeza, mandaban, en cambio, a los tres miembros de la familia,
terribles annimos difamatorios contra el supuesto novio... Y los
annimos eran ms copiosos y categricos que las felicitaciones...

El cartero dejaba en la casa de Itualde, por trmino medio, desde haca
dos semanas, una felicitacin diaria y tres annimos. Laura era ya tan
ducha en conocerlos, que por el sobre distingua la una de los otros.
Los sobres limpios y firmemente escritos eran de felicitaciones; los
sobres sucios, ordinarios y con letra desfigurada o de imprenta, de
annimos difamatorios... Para mayor brevedad, todo se rompa o iba al
canasto.

Adolfo tomaba las cosas con visible y creciente mal humor. Y Coca no
poda salir de su sorpresa. Ella era la que inventara aquella piedra de
toque de los sentimientos locales, aquel capitn fantstico, aquel
pleito interminable!... Llegaba hasta dudar de s misma. Supona que no
haba inventado ms que... la verdad!

--La verdad en este caso--le deca su hermana--es que la gentuza de este
pueblo es ingenua y envidiosa... Se ha agarrado de este pretexto como
pudiera hacerlo de cualquier otro, para desbordar su maldad y su
tontera. Nada ms odioso que los pueblos chicos!...

Y la hermana mayor tena que hacer grandes esfuerzos para tranquilizar a
la pequea. Porque Coca, llena de temor y de amargura, tomaba ahora su
asunto por el lado trgico. Antojbansele burlas las felicitaciones y
personales insultos los annimos. Lloraba en secreto y se quejaba sin
cesar. Tema ser una gran culpable. La mentirilla de inventarse para su
particular uso un capitn Prez se le presentaba ahora como un verdadero
crimen. Y as como una ave se resguarda en el caliente nido cuando
estalla la tormenta, ella no tena otro refugio que la inagotable
ternura de su hermana.

Adolfo y Laura propusieron a Coca un viaje a Buenos-Aires, para escapar
del infierno de las habladuras tandilenses, de los artculos y de los
duelos, de las felicitaciones y los annimos. Con gran sorpresa de
Adolfo, Coca se neg enrgicamente a este viaje, ella siempre la ms
deseosa de distraerse y divertirse en casa de sus tos... Dijo que ello
significara una huida cobarde, que era mejor afrontar la situacin, que
no vala la pena...

Adolfo insisti, rebatiendo tan dbiles argumentos... Y se hubiera
llevado a la nia a Buenos-Aires, malgrado, buen grado, a no apoyarla
Laura en su negativa...

Es que los ojos maternales de Laura haban comprendido esa negativa.
Coca quera quedarse en el Tandil porque le interesaba Vzquez. Eso era
todo!

All en su fuero interno, durante largas noches de insomnio y hasta de
vergonzantes lgrimas, cunto haba meditado Laura sobre Coca... y don
Mariano! El hecho era que don Mariano no se haba fijado en ella, sino
en su hermanita, y que sta crea ahora corresponderle...

Al principio, pareciole absurdo a Laura el casamiento de Coca y el
estanciero. Ella deba intervenir y oponerse, teniendo en cuenta las
distintas edades y contrarios caracteres... Pero esta oposicin, no
obedecera al inconfesable sentimiento de un inters personal? No era
que a ella misma le gustaba para s ese don Mariano, tan caballero y
bondadoso?... Y en el alma de la joven librose silenciosamente una
verdadera batalla de afectos y razones. De esta batalla result que,
ponindose en guardia contra su propia persona, Laura tom la decisin
de no oponerse al casamiento de Coca... El candidato era bueno; nada
tena que objetarle.

Fue as que una noche, en la intimidad de la alcoba, cuando estaban ya
acostadas, hizo Coca a su hermana la esperada confidencia. Vzquez la
pretenda, ella lo aceptaba...

Despus de orla en un largo silencio, Laura, disimulando lo trmulo de
su voz, respondi pausadamente:

--Slo buenas condiciones le conozco a Vzquez... Pienso que sers feliz
con l, si le quieres... Lo que me temo, y estoy en el deber de no
ocultrtelo, es que no le quieras suficientemente... No debes casarte
sino enamorada, completamente enamorada!... Todava eres demasiado nia
e impresionable. Medita bien antes de dar un paso definitivo. No te
dejes llevar de un rpido impulso, que despus ya no habr remedio...
Hago, pues, mis objeciones contra ti y no contra l...

Al escuchar esta respuesta, tuvo Coca por primera vez en su vida la
impresin de que Laura, esa buena y cariosa Laura, pudiera ser algo
como una persona distinta e independiente de ella; un ser con ideas y
sentimientos personales diferentes de las ideas y sentimientos de la
hermana a la cual pareca siempre identificarse... Pero, con el egosmo
de la inocencia, pronto desech esta vaga y obscura intuicin, sin
buscarle causa, para festejar alegremente el consentimiento de Laura, a
quien no dej dormir en toda la noche con la chchara de sus
proyectos...

Como dieran las tres de la maana, Laura indic a su hermana que
durmiese, con esta ltima advertencia:

--Vzquez te har su declaracin uno de estos das... Lo nico que te
pido es que no lo aceptes inmediatamente. De todos modos no se
descorazonar, porque est bien decidido... Dale una contestacin
ambigua y espera por lo menos un mes para consentir en el s, que es
para toda la vida... Dile, por ejemplo, que tomars un tiempo antes de
contestar, porque no ests todava bien segura de quererlo...

Aunque las ltimas palabras se ahogaron en la garganta de Laura, Coca
las atrap al vuelo, respondiendo prontamente:

--Ests loca?... Eso sera echar agua al fuego!... Aplazar la
contestacin un mes como me pides; pero con otro pretexto... Le dir que
todava no estoy segura de que me quiera.

Con esto termin la conversacin, tomando cada una postura para
dormirse...

Despus de un larga pausa, todava dijo Coca:

--Un mes es demasiado, Laura... Esperar slo quince das, que ya es
bastante.

Laura no contest. Hizo como si estuviera absorta en sus oraciones, o
acaso durmiendo ya.

No se dej esperar la declaracin de don Mariano. Con la gravedad del
caso, dijo a Coca su amor y su deseo de hacerla su esposa... Como lo
conviniera con su hermana, Coca le contest, muy conmovida, que aun no
se conocan bien, ni estaba segura de su cario. Aplazaba, pues, su
contestacin para cuando ambos adquiriesen mejor ese conocimiento y ella
tuviera esa seguridad... Pero con su mirada hmeda, agregaba bien claro:
Esto es _pour la galerie_... Ten un poco de paciencia, Vzquez, que no
te har esperar mucho. De mi afecto, bien segura estoy!

Al poco tiempo, don Mariano apremi a su pretendida:

--Debe contestarme usted pronto, Coca... Esto se va haciendo
inaguantable!... Hace ya dos semanas que usted me tiene en la duda y la
incertidumbre...

Muy formal, respondi Coca:

--Dos semanas?... Espere siquiera a que se cumplan... Apenas han pasado
doce das desde que usted me habl. He contado muy bien, doce das!

Vzquez no pudo menos de rerse...

--Entonces me quedan an tres das de espera para cumplir las dos
semanas... Cunta cosa puede suceder en tres largos das!

Y as fue. En el breve plazo de los tres das, mejor dicho, esa misma
tarde, sucedi una cosa extraordinaria...

Como era de rigor, haba resuelto Coca consultar su probable compromiso
con Adolfo, el jefe natural de la familia...

Aunque en el primer momento Adolfo no recibiese bien la noticia,
pensndolo mejor, aprob el proyectado enlace. No tena ningn tilde
serio que oponer a don Mariano. Lo encontraba excelente, aunque tal vez
demasiado maduro para la novia... Y, coincidiendo con lo que antes
observara Laura a Coca, observole l tambin:

--Mi nico temor es que t te engaes a ti misma y que no ests del todo
enamorada... El ms grave de los errores que puede cometer en la vida
una persona honesta, es casarse sin amor. Y a tu edad y con tus
encantos, Coca, ese error sera imperdonable!

Por toda respuesta, Coca abraz y bes a su hermano, con sus naturales
mimos y zalameras...

De pronto cruz una idea por la cabeza de Adolfo...

--Y tu capitn Prez?--dijo.--Ests segura de no haberle tenido nunca
una simpata ms viva que a Vzquez?

Ante tal pregunta solt Coca la ms sonora y franca de sus carcajadas...

--El capitn Prez!... Conque t tambin te lo tragaste?...--Y refiri
en seguida la historia de esa invencin, explicando que no se haba
atrevido a contar la verdad a su hermano, por temor de que reprobara su
mentira...

Adolfo revel la sorpresa ms profunda... Medit, se ri, estornud,
rascose la frente y, como haba ojeado a Renan y ledo a France, dijo al
cabo:

--En mi vida vi nada ms curioso!... Si lo que no inventan estas
mujeres nadie podra inventarlo!... Con que lo del capitancito era un
truc para que Vzquez se decidiese?...

--Pero no se lo vayas a contar--implor Coca.--Me morira de vergenza
si me creyese una embustera...

--Pierde cuidado... Vzquez es ahora lo de menos... Lo asombroso es que
hayas agitado de ese modo con tu fantstico personaje a todo el
pblico!... El caso es interesantsimo ejemplo de cmo nacen los mitos;
de cmo la inofensiva creacin de una chica retirada y tranquila puede
dar origen a slidas creencias y hasta a pasiones polticas... Si no
salgo de mi asombro!

--Hubo un momento--dijo Coca en tono confidencial y aun
supersticioso,--en que yo, yo misma! llegu a creer en el capitn
Prez... Si no es por Laura, me convenzo de que hay espectros,
transmigracin de almas, espiritismo, telepata, magia, todo lo que se
quiera!

--El hecho es que si un historiador concienzudo revisara ms adelante
los documentos y archivos del Tandil, encontrarase con una misteriosa
personalidad en el tal Prez... Y no le faltaran datos para investigar
su vida y carcter! Los diarios locales le daran entonces pormenores...
Encontrara que lo ha mencionado el comisario, al pedir refuerzo de la
polica local... En los archivos escolares habr posiblemente algn
parte del maestro explicando la batahola aquella que armaron sus
discpulos con motivo del famoso capitn... Hasta se poda reconstruir
su retrato fsico con las caricaturas del semanario cmico...

--Y con la fotografa que yo os mostr, a ti y a Vzquez--termin
triunfalmente Coca.

--Cuntas convicciones, cuntas historias, reposarn sobre bases no
menos falaces!... Porque para los futuros historiadores har plena fe la
documentacin del periodismo y de los archivos tandilenses. Quin
dudara de la tan probada existencia y hechos no menos comprobados del
capitn Prez?...

Hubiera seguido Adolfo disertando sobre el tema, a no interrumpirlo el
sirviente, con una carta que acababa de traer el correo...

Fastidiado por la interrupcin y por el temor de recibir una nueva
impertinencia o tontera de la gente del pueblo, pregunt a Laura, que
entraba detrs de la carta:

--Adivina qu ser... Una felicitacin o un annimo?

--Esta maana ya recibi Coca una felicitacin--repuso
imperturbablemente Laura.--Ahora debe ser un annimo.

Tom Adolfo la carta, alegrose al reconocer la letra del sobre, y,
rasgndolo con rpida mano, exclam:

--Es una carta de Ignacio!

--Tiempo era de que escribiese--dijo Laura.--Veinte o ms das hace que
no nos daba noticias suyas.

--Cuando ha pasado tanto tiempo sin escribir--observ Adolfo,--ha de ser
porque est para tomarse unas vacaciones y venirnos a ver... Ser una
felicidad que podamos festejar con l el compromiso de Coca! Y veremos
lo que diga--aadi chanceando,--porque yo no me atrevo a aprobarlo sin
consultar...

Estaba escrito que Adolfo Itualde ira aquella maana de sorpresa en
sorpresa... Ley las primeras lneas de la carta, las volvi a leer, las
reley de nuevo, restregndose los ojos con la mano como si no viera
bien, frunci el ceo y prorrumpi en un:

--No puede ser!... No puedo ser!...

Como electrizadas de curiosidad y de alarma, Laura y Coca preguntaron a
un tiempo:

--Qu?...

En la fisonoma de Adolfo se pintaban el pasmo, la duda, el susto, la
risa... mientras deca incoherentemente:

--O es una broma de Ignacio... O Coca me ha engaado... O es una
superlativa coincidencia...

Laura y Coca preguntaban de nuevo:

-Qu?... Cul?...

--Que se nos viene Ignacio con un amigo y compaero... Pide que le
preparen el cuarto de huspedes, porque el amigo parar tres o cuatro
das con nosotros, aprovechando la temporada de caza... Pero esto no
puede creerse!...

Con franca impaciencia interrog Laura:

--Y con quin se nos viene Ignacio al fin?

Adolfo mir a Coca... mir a Laura... mir la carta... mir al jardn...
y repuso, cmicamente trgico:

--Con el capitn Prez!


VII

No quedaba la menor duda. En la carta leda varias veces sucesivamente y
en voz alta por los tres hermanos hasta aprenderse el prrafo de
memoria, Ignacio deca bien claro: Se nos conceden unas cortas
vacaciones que aprovechar yendo a visitarlos al Tandil. Llevar conmigo
a un camarada, el capitn Prez, con quien me liga estrecha amistad.
Prez se muere por la caza y sabemos que por all hay perdices.
Preprenle una habitacin. Es un buen muchacho, de constante buen humor.
Contamos con que el amigo estanciero de quien ustedes tanto me hablan en
sus cartas, el seor Vzquez, nos permita cazar en su campo... Pasado
maana a la noche tomamos el tren. No nos detendremos en Buenos-Aires;
al da siguiente de que ustedes reciban esta carta, nos recibirn a
nosotros en cuerpo y alma.

Anonadada, repeta Coca:

--En cuerpo y alma!... Quin lo creyera?... En cuerpo y alma!...

Laura explic el caso como una mera casualidad. Habra tantos Prez en
el ejrcito!...

Coca pidi, ahora con ms razn, que no se le dijera una palabra a
Vzquez. Ella se arreglara con l, sin descubrir an su broma...

Y Adolfo, encarando la cuestin por el lado prctico, opin que convena
evitar el encuentro de Coca y el capitn. Pero, cmo?... Coca no poda
huir a Buenos-Aires el da que llegaba al Tandil su hermano, despus de
ao y medio de ausencia... A Ignacio no poda envirsele telegrama
alguno, para que aplazase la invitacin a Prez, pues que ya venan los
dos en viaje... Alojar a Prez en la casa era impropio, despus de lo
sucedido... Mandarle al psimo hotel del pueblo era cruel... Qu
problema de ms difcil solucin!... Observ Coca que recordaba el de
aquel pobre hombre que tena que transportar al otro lado del ro una
cabra, una col y un lobo, sin que la cabra se comiera la col, ni el lobo
la cabra. Contaba para ello con un pequeo bote dentro del cual slo
caba cada vez una de las tres cosas. Y no poda dejar, en ninguna de
las dos orillas, ni al lobo con la cabra, ni a la cabra con la col...

Despus de mucho discutir, los tres hermanos convinieron en arreglarle a
la visita una pieza en el hotel, e invitarlo diariamente a almorzar y a
comer. Coca lo evitara, explicndose con don Mariano...

Don Mariano supo en el da la terrible noticia. El capitn Prez estaba
_ad portas_!... Sin perder un momento, requiri una contestacin
categrica de Coca... Y Coca, que no quera otra cosa, le jur que jams
haba amado al capitn Prez...

Vzquez le pregunt an:

--Est usted segura, Coca, de no haberlo querido... y de que nunca
hubiese llegado a quererlo?...

Si estara segura!... Por eso repuso, mirando hondamente al estanciero:

--Llegar a quererlo?... Creo que antes me hubiera enamorado de un
ttere o de un rbol... Puede usted creerme!

Haba que creerla... Feliz don Mariano!... Conque el capitn Prez era
como un ttere o un rbol?... Oh don Mariano, mil veces feliz!

Habiendo tomado tan favorable giro la pltica, el pretendiente inst y
apremi a su pretendida para que de una vez lo aceptase como novio...
Coca se hizo de rogar bastante... Discuti todava... Poda estar
segura del amor de Vzquez?... Eran tan inconstantes los hombres!... Y
razonando as, entretuvo un buen rato al estanciero, como una gatita
blanca que juega con un ovillo de seda roja...

Agotada la paciencia de Vzquez, l la amenaz con irse y no volver ms
si no lo aceptaba o rechazaba definitivamente esa tarde... No era l un
adolescente para prolongar mucho tiempo esa femenina poltica del tira
y afloja!

Como Coca lo saba firme y decidido, temi que ejecutase demasiado
pronto su amenaza, y le dio el s, el ansiado s!... Ya eran
novios!

Despus de proclamar oficialmente en la casa el noviazgo y recibir los
parabienes de estilo, Vzquez tom una discreta y delicada resolucin...
Resolvi irse esa noche a Buenos-Aires, por una semana, para evitar su
encuentro con el capitn Prez. A su vuelta, despachado el capitn,
arreglarase el casamiento para fin de ao.


VIII

Todo el Tandil se conmovi con el memorabilsimo acontecimiento de la
llegada del capitn Prez. No se le hizo una gran recepcin pblica,
porque, no habindose previamente anunciado, su arribo fue imprevisto...
Ya les quedaba tiempo a los tandilenses para las manifestaciones!

Ignacio, en cuanto lleg con su amigo, tuvo una larga y reservada
conferencia con su familia. Sali de ella un tanto amostazado y
vacilante... Sin embargo, quiso desde el primer momento hablar claro con
el capitn Prez, a quien llev a la fonda...

--Mira, hermanito--le dijo,--me disculpars que te instale en el hotel;
pero hay sus razones, aunque no s cmo decirlas...

--Incomodo en tu casa?

--Nada de eso!... Al contrario!... Pero es el caso de que eres muy
conocido y se ha hablado mucho de ti en el Tandil...

Estupefacto, Prez exclam:

--En el Tandil se ha hablado de m!...

--Pero si yo jams he estado en el Tandil, ni conozco aqu a nadie, ni
nadie me conoce!... Y qu ha podido decirse contra mi modesta
persona?... Qu dicen en tu casa?...

--Qu dicen en mi casa?... Yo mismo no lo s!... No he podido entender
claramente lo que pensaban mis hermanos, hablando todos al mismo
tiempo... Parece que creen que t eres un mito...

--Terriblemente indignado, exclam Prez, despus de un breve juramento
de cuartel:

--Yo un mito!... Un mito yo!... Y quin se atreve a decirlo,
quin?...

Procurando explicarse y calmar a su amigo, intervino Ignacio:

--Vamos!... Quiero decir que en casa crean que t eras un personaje
imaginario, una pura invencin, una mentira, un fantasma...

--Yo un personaje imaginario... una pura invencin... una mentira... un
fantasma!... Estn locos en tu casa?... Y por quin me tomaban?...

Despus de un silencio, Ignacio replic:

--Yo no los he entendido bien, te repito... No te enojes, que no vale la
pena... Mejor es que por ahora no me hables ms del asunto, que ya lo
comprenders... Mi hermano Adolfo ha hecho lo posible para servirte, y
me pide que le disculpes la mediana instalacin del hotel... Te invita
para esta tarde... Siempre comers en casa... Y aprovecharemos hoy bien
el tiempo, porque en los alrededores abundan perdices y palomas del
monte... Vuelvo a casa y dentro de media hora vengo a buscarte. Hasta
luego!

Fastidiado por el extrao recibimiento en el hotel y las misteriosas
palabras de Ignacio, el capitn Prez sinti deseos de plantar a su
invitante y volverse a Buenos-Aires; pero se contuvo, resolvindose a
aceptar la invitacin a comer... Y no se contuvo por consideraciones a
su camarada, ni por el atractivo de la caza, y ni siquiera para
descubrir el misterio de la extraa historia de su personalidad en el
Tandil... En el Tandil se qued porque le atraa la casa de Itualde...
Porque all haba entrevisto a una criatura encantadora, probablemente
la hermana menor de Ignacio, y rabiaba por conocerla...

Conocerla luego y sentirse impresionado fue todo uno, por ms que ella
se mostrase silenciosa, esquiva y casi descorts... Haca dos aos que
el pobre capitn, solo y sin familia, no vea ms que las indias y las
gauchas del campamento!

Por su parte, Coca hizo, al tratarlo, el ms amargo de los
descubrimientos... Descubri que su sincero cario a Vzquez no era
verdaderamente amor... Cmo pudo descubrir tal cosa? He ah un punto
negro que ella no pudo resolver por ms que, nerviosa y desvelada,
pensara en l la noche entera! Y esta vez no se atrevi a consultar con
Laura, que dorma el sueo de los justos...

A la maana del siguiente da, dedicado a descansar del viaje, recibi
Prez la tarjeta de un tal Jacinto Luque, redactor de _El Correo de las
Nias_. E hizo entrar al visitante...

En un lenguaje elevado y potico, Jacinto desbord sus protestas de
amistad y simpata... El distinguido capitn haba sido calumniado en el
Tandil... Como amigo, Jacinto haba tomado su defensa... Hasta hubo de
batirse con un colega de _La Maana_... Felizmente ya todo estaba
aclarado... Y le daba su enhorabuena por su casamiento con Coca...
Absorto mientras el poeta periodista hablaba, decase para s Prez: O
este majadero est loco, o yo estoy loco... Lo de su casamiento con
Coca fue lo que de pronto le sac de su mutismo...

--Con quin dice usted que me caso?--pregunt prontamente.

--Cmo?--dijo sonriendo Jacinto.--Querra usted negarlo?... Si aqu
los diarios ya dieron la noticia, y se le esperaba a usted...

Rabiando de impaciencia:

--Me dir usted quin es esa Coca?--vocifer el capitn.

Jacinto repuso mansamente:

--Coca Itualde, la hermana menor de la familia, la ms deliciosa
criatura del Tandil... Es intil que usted lo niegue!... Si todo el
Tandil lo sabe!

Extraas y confusas ideas vibraban en el alma de Prez. De dnde
habrn sacado los tandilenses todo este intrngulis?--preguntbase.--Me
amar la nia sin que yo lo sepa ni la conozca?... Aunque yo no la
conozca, bien pudiera ella haberme conocido de vista y de nombre, cuando
estuve en Buenos Aires!... No sera la nica!... Y qu felicidad
poseer esa belleza, para m, para m solo!

Atusndose gallardamente los mostachos, hizo hablar a Jacinto como
adivinando sus deseos... Y poco a poco fue sabiendo todo lo que poda
saber, aunque se lo explicaba a su modo...

Por curiosidad revis algunos nmeros atrasados de _El Correo de las
Nias_ y _La Maana_, que traa su visitante en el bolsillo. Advirti
que sus seas particulares eran perfectamente conocidas en el pueblo;
slo se equivocaban en creerlo rico, no siendo l, ay! ms que una rata
de cuartel... Pero, qu le importaba ser pobre si era querido y tena
un glorioso porvenir?... Y, quin poda haber revelado sus seas sino
la fiel memoria, el expansivo amor de una mujer que lo quera, y tal
vez sin esperanza?... Todos conocan ese amor en el Tandil! Poda,
pues, parafrasear y aplicarse el antiguo adagio madrileo:

    Todo el Tandil lo saba,
    Todo el Tandil, menos l!

Ahora se comprenda la singular reserva de Coca en la primera visita que
l hiciera en casa de Itualde; comprenda por qu no le hablara, por qu
pareca huirle... Pobrecita!... Iba a ser ella la mejor pieza de su
cacera en el Tandil, ella, la blanca palomita del monte!

Y si el primer da de conocer a Prez, Coca, la blanca palomita del
monte, hizo a su vez un primero y amargo descubrimiento, el segundo da
hizo un segundo y no menos amargo... Habiendo descubierto ya que no
amaba a Vzquez como novio, descubri que poda muy bien amar as a
Prez... Y al tercer da descubri que ya lo amaba!

Aquello fue un recproco _coup de foudre_... Prez le declar su
pasin... Coca no pudo aceptarlo; le dijo que esperase y se ech a
llorar... Y llor sin cansarse en brazos de Laura, que muy solcita la
consolaba... No hubiera acaso hallado fin aquel llanto, si no se
presentara pronto don Mariano...

Vena remozado, por lo menos diez aos, con un elegante trajecito a
cuadros y los bigotes retorcidos... Recibiole solemnemente Laura,
encerrose con l, y le habl, muy nerviosa, incoherente casi, presa de
la ms honda simpata, como contrita y avergonzada...

Coca era una chicuela... Haba que perdonarle!... Ella crey estar
enamorada de Vzquez, y ahora resulta que no lo estaba!... Tena que
confesrselo, aunque siempre dispuesta a cumplir su compromiso, si l lo
exiga... Don Mariano no deba por eso juzgar mal a las mujeres... Era
ello una desgracia, una desgracia irreparable, ocurrida a l, tan luego
a l, el ms digno y generoso de los hombres!... Pero poda distraerse,
olvidar, paseando y viajando... Ya se casara ms tarde, puesto que su
temperamento era el de un hombre de hogar, y como lo mereca por sus
mritos y condiciones!...

Plido, inmvil, escuchaba don Mariano aquel desborde de palabras, hasta
que Laura, no pudiendo contener ms la emocin, call y dej correr
silenciosamente sus lgrimas... Era evidente que sufra, que sufra una
verdadera tortura de femenina compasin, y hasta de arrepentimiento,
pues que se acusara de tener ella un poco la culpa de lo que pasaba, por
no haber intervenido a tiempo como debiera, siendo hermana mayor y mejor
conocedora de la vida... Y en su actitud dramtica, la ternura y la
bondad nimbaban la figura de la joven con una resplandeciente aureola de
belleza.

En su fuero interno, don Mariano record, por lgica asociacin de
ideas, cmo fuera despachado por aquella primera novia que tuvo all en
sus mocedades. Ella lo llam por telfono para decirle que no volviese
ms a su casa, sin una palabra, sin una mirada que atenuase tan brutal
resolucin!... Cunta mayor nobleza y sentimiento haba en la pena de
esta pobre muchacha soltera, casi solterona ya, que ahora le hablaba en
nombre de su hermana menor!

Sin asomo de irona, con voz viril aunque trmula, don Mariano trat de
consolar a la que hubo de ser su cuada... Los papeles se invertan!...

--No llore Laura...--le rog.--Yo le agradezco su amistad y su
benevolencia... No me olvidar en la vida de lo que acaba de decirme...
Es usted muy buena!...--Y para demostrar mejor su agradecimiento,
tomole la mano y se la bes respetuosamente.

Al ver la digna y caballerosa reserva de don Mariano, Laura,
sobreponindose a su exaltacin y sonriendo a travs de su llanto:

--Slo me queda rogarle que nos considere siempre sus
amigos...--dijo.--Comprendo que usted dejar de visitarnos por un
tiempo; pero, si no se va a Buenos-Aires, tendr usted que aguantar
nuestra presencia... Pues con Adolfo iremos a verlo frecuentemente a la
estancia, para que no est all solo como un monje, con sus
pensamientos... siempre que usted no nos cierre la puerta...

Vzquez repuso, con enternecida gratitud:

--Es esto muy amable de su parte, Laura... Espero que cumpla su
promesa... Y crea que ser para m un gran placer recibir en mi casa a
mis queridos amigos Adolfo y Laura Itualde!

Y con un movimiento impremeditado, en cierto modo inconsciente, Vzquez
sac del bolsillo el pequeo estuche del primer regalo que traa a
Coca... Se encontr un tanto perplejo y embarazado con la cajita en la
mano... Y de pronto, dijo, pronunciando en tono suplicante una rpida
ocurrencia del momento:

--Tengo que pedirle un servicio, un gran servicio, Laura...

Laura hizo un expresivo ademn, como contestando que su mayor felicidad
sera poder cumplir el servicio a pedirse...

--He trado un obsequio para su seorita hermana... Le ruego que me lo
acepte usted como recuerdo...

Temiendo que el obsequio fuese una joya de alto precio, Laura balbuci:

--Pero yo no puedo recibir de usted ese obsequio... Sera incorrecto...

--Recbalo usted, como me lo ha prometido, y gurdelo como un recuerdo,
aunque no quiera usarlo...

Y, diciendo esto, don Mariano se despidi.

Cuando, despus de contar a Coca su conversacin con Vzquez, salvo lo
del obsequio, estuvo Laura sola en su aposento, abri el estuche...
Adentro haba una valiosa sortija de dos magnficas piedras, un
brillante y un rub.

Vamos!--se dijo Laura.--La guardar como en depsito, para devolverla
ms adelante... Y ocult la alhaja en el fondo de un cajn, junto a
algunas otras joyas que recibiera de su madre.

A los pocos das, el capitn Prez pidi a Coca en matrimonio... Y
Laura, yendo con su hermano a visitar a Vzquez, le cont toda la
historia, rogndole no fuera a suponer un manejo torpe y desleal de
parte de Coca...

Al despedirse, don Mariano pidi a Laura un nuevo servicio... Que le
aceptara tambin las obras de Lamartine; habalas encargado cuando
estuvo en Buenos-Aires, y le llegaban ahora, muy bien encuadernadas...
Qu iba a hacer l con esos libros de _jeunes filles_ en la
estancia?... Y Laura tuvo que aceptar este otro obsequio, antes
destinado a Coca, y que don Mariano le enviara ahora a su casa...
Casualmente se encontraba ella en esos momentos sin lectura.

Al recibir Laura los libros, de la estancia, en una artstica caja de
caoba, Coca no pudo menos de curiosearlos... Y descubri en la portada
del primer tomo, leyndola en voz alta, la siguiente dedicatoria del
obsequiante: Para mi mejor sino mi nico amigo, la seorita Laura
Itualde.

Ruborizose Laura hasta la raz de los cabellos al or semejante frase...
Y Coca, siempre espontnea y sincera, le dijo en voz baja:

--Creo que t vas a ganar la apuesta... Te casars con Vzquez... Me
alegro y te felicito... Si la coquetera y la mentira triunfan a veces,
tambin triunfan otras veces la buena fe y la bondad... Lo reconozco.

Quiso hacerle callar Laura... Pero ella prosigui, despus de una pausa:

--Pues si ganas la apuesta, cumplirs lo prometido... Acurdate!... La
que casara con Vzquez deba dotar a su hermana... Prez no tiene con
qu casarse... T y Vzquez, ya casados, para que tambin me case yo, me
regalarn una casita en Buenos-Aires... Adolfo me la amueblar... Y
todos seremos muy felices!... Acurdate!...

...En efecto, en la prxima visita de Adolfo y Laura a la estancia de
Vzquez, dijo Vzquez a Laura:

--Tengo todava un servicio que pedirle...

Laura guard silencio...

--Tengo que pedirle me acepte un nuevo regalo que he recibido de
Buenos-Aires...

Laura hizo un ademn significando que, si era un objeto de valor, estaba
ya decidida a no aceptarlo...

Comprendindola, el estanciero manifest, con un rpido ademn, que no
se trataba ya de nada valioso... Y dijo, simplemente:

--Es un anillo de compromiso.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Thespis, by Carlos-Octavio Bunge

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK THESPIS ***

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1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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