Project Gutenberg's Tristn o el pesimismo, by Armando Palacio Valds

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Title: Tristn o el pesimismo

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: September 19, 2008 [EBook #26655]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO XV

TRISTN

O EL PESIMISMO

NOVELA DE COSTUMBRES

MADRID

LIBRERA DE VICTORIANO SUREZ

Preciados, nmero 48.

1922

Imp. Helnica. Pasaje de la Alhambra, 3. Madrid.




NDICE


I.--El dueo de la finca

II.--Felices esposos

III.--Quieto, Fidel!

IV.--Una Visita y otras visitas

V.--Lo que dicen las abejas

VI.--La familia de Tristn

VII.--Sus amigos

VIII.--Un buen da que concluye mal

IX.--Un tropezn de Gustavo Nez y otro de su amigo Tristn

X.--Una noche de novios

XI.--El estreno de una obra de carcter

XII.--La novena sinfona

XIII.--Vida literaria

XIV.--Un descubrimiento del paisano Barragn

XV.--El paisano Barragn comercia con los espritus y luego con los cuerpos

XVI.--Corazn, arriba!

XVII.--La boda de Araceli

XVIII.--La flecha del desterrado

XIX.--Fieros desengaos de Tristn

XX.--Consecuencias de unos celos

XXI.--La maldicin

XXII.--Hacia otro mundo




I

EL DUEO DE LA FINCA


Un bando prodigiosamente grande de palomas vino a posarse sobre el
tejado de la casa. Este qued blanco como si una copiosa nevada hubiese
cado sobre l. Las palomas todas, sin fallar una, eran blancas. En la
pared enjalbegada de la casa, encima del amplio corredor con rejas de
madera se abra un ventanillo que daba acceso al palomar. Las palomas ni
por un instante soaron con acercarse a l; ninguna intent siquiera
ponerse sobre la tabla que, a guisa de recibimiento, tena delante. El
da era demasiado esplndido para meterse en casa; un da tibio y claro
de primavera en Castilla.

Por el ventanillo del palomar, con toda precaucin y cuidado, asom el
rostro un hombre; un rostro atezado, varonil, de bigote gris. Gir sus
ojos recelosos, inspeccion minuciosamente los contornos y se retir en
seguida; volvi a asomarse y otra vez se retir, como si espiase la
llegada de un ladrn.

El ladrn lleg, en efecto. Dio un brinco y se plant sobre la baranda
del corredor; ascendi luego fcilmente por el grueso sarmiento de la
parra que se enlazaba retorcindose a las columnas de madera que
sostenan el tejadillo, encaramose sobre ste y echando una mirada
recelosa en torno y otra de vido anhelo a la ventana del palomar, sac
la lengua y se relami repetidas veces con repugnante ausencia de
sentido moral. Luego, no sin cierto estremecimiento nervioso que corri
por todo su cuerpo, se prepar a dar el gran salto. Grande era, en
efecto; enorme. Slo un bandido avezado a correras peligrosas tuviera
la audacia de intentarlo. Despus de algunas vacilaciones lanzose al
espacio, logr tocar con las uas la tabla, y presto se encaram sobre
ella. Y sin prdida de tiempo se introdujo en el palomar. Desdichado!
La traicin le acechaba. Apenas puso all la planta, un pesado garrote
con furia manejado le hizo pagar cara su osada. El criminal comenz a
arrastrarse por el suelo dando mayidos bien lastimeros. Su feroz agresor
le contempl estupefacto con ojos extraviados, los brazos cados y
respirando anhelante. Quiso acercarse a su vctima, pero sta hua
arrastrndose por el sucio aposento donde estaban colocados, como en
anaquelera de tienda, los nidos de los pichones.

--Vlgate Dios! Le he roto una pata--exclam con voz temblorosa el
hombre.

Era un caballero alto, fornido, de unos cuarenta aos de edad, la tez
morena, los ojos negros, los cabellos crespos y comenzando a blanquear;
fisonoma abierta y simptica. Vesta traje de casa, chaqueta obscura y
gorra de cazador.

--Bis, bis...! menino...! pobrecito, pobrecito!

El gato permiti al fin que se le acercase y le dirigi una mirada
triste y medrosa.

--Vaya por Dios! vaya por Dios!--murmur el caballero con acento que
distaba mucho de sonar como el grito de triunfo del vencedor satisfecho.

Le pas la mano suavemente por el lomo y quiso reconocerle la herida;
pero el pobre animal lanzaba mayidos cada vez ms dolorosos.

--Qu diablo! qu diablo!--profiri en el colmo del disgusto.

De pronto, como si le hubiese ocurrido una idea feliz, se irgui de
nuevo y abandonando al estropeado gato en el suelo sali del aposento,
bajando un poco la cabeza para no chocar con el dintel de la puertecilla
que le daba acceso. No tard muchos minutos en presentarse otra vez con
un canasto en las manos guarnecido en el fondo por un cojn de lana.
Tom al gato con infinitas precauciones y lo deposit sobre l. Luego,
sacando del bolsillo un paquete de vendas, se puso a liarle la pierna
rota con la delicadeza de un cirujano. El gato le dejaba hacer como si
entendiese que de aquello dependa su salud. Cuando estuvo hecha la
operacin cogi de nuevo el cesto, transformado ya en camilla de
hospital, y a paso lento y prevenido lo sac de all, baj la escalera y
lo deposit en una de las estancias del nico piso alto que tena la
casa.

Era sta una mansin de hidalgo o labrador acomodado. Los pisos de
ladrillo rojo, las paredes enjalbegadas, los techos con las vigas al
descubierto. Los muebles eran viejos, macizos, lustrosos; en las alcobas
camas enormes de madera sin pabelln; en las paredes colgados grandes
cuadros al leo renegridos y confusos.

Reynoso, que as se nombraba el inventor de la emboscada descrita,
contempl largo rato a su vctima que a su vez le miraba con expresin
indefinible de temor, reconvencin y tristeza dejando escapar dbiles
mayidos. El agresor responda a estos mayidos con otros obscuros sonidos
guturales que expresaban remordimiento. Al fin, no pudiendo resistir ms
tiempo la vista de aquella tragedia dolorosa, gir sobre los talones y
sali de la estancia. Recorri algunas otras desiertas en busca de su
bastn de boj hasta que, recordando que lo haba dejado en el palomar,
hizo un gesto de pesar y no atrevindose a empuar otra vez el fatal
instrumento descendi a la planta baja, tambin desierta, y sali a la
calle.

Delante se abra un anchuroso patio recientemente empedrado, cercado por
elevada verja de hierro. Nadie pensara que aquel magnfico patio
perteneca a la hidalga pero humilde morada de donde sala nuestro
caballero. Y en realidad no era as. Aquella casita de paredes blancas y
balcones de madera estaba all solamente como un recuerdo de familia. A
su lado, apartado treinta o cuarenta pasos, se alzaba un moderno y
suntuoso hotel que bien pudiera denominarse palacio. Gran escalinata de
mrmol, montera de pizarra a lo Luis XIV, lunas enormes de cristal en
los balcones, todo el arreo, en fin, de que ahora hacen gala los hombres
opulentos cuando fabrican una mansin para su regalo. Las cuadras y las
cocheras, tambin suntuosas, cerraban el patio por la izquierda.

As que las palomas del tejado le divisaron en medio del patio abrieron
las alas repentinamente y vinieron a posarse sobre l transformndole en
informe estatua de nieve. Reynoso no recibi aquella acostumbrada
caricia con la benevolencia de otras veces. El peso de su culpa le haca
atrabiliario.

--Quitad, quitad! Fuera!

Y abriendo los brazos como aspas de molino y sacudiendo puntapis a un
lado y a otro las rechaz groseramente.

Herida la susceptibilidad de las cndidas palomas por aquel inslito
recibimiento, se escaparon nuevamente al tejado. Algunas ms zalameras
que persistieron en querer picotearle la cabeza, fueron llamadas a la
dignidad por sus compaeras y no tardaron tambin en remontar el vuelo.

Reynoso se acerc a las cocheras y dirigindose a un mozo que limpiaba
un carruaje:

--Dile a Pedro que enganche antes de las diez para ir a buscar a la
estacin al seorito Tristn.

Sac luego su cronmetro. Eran las ocho. Dej las cocheras y abriendo la
gran puerta enrejada se introdujo en el parque. Bello, esmeradamente
cuidado, pero no de grandes dimensiones. En el centro haba una
plazoleta rodeada de caas de la India y dentro una glorieta con
enredadera de madreselva y pasionaria. En el fondo y en uno de los
ngulos, adosada al alto muro que lo cercaba, estaba la casita del
jardinero. Reynoso, sin pasar delante de ella como tena por costumbre,
quiso abrir la puerta de madera que comunicaba con el bosque, pero antes
de hacerlo lo divisaron los chicos del jardinero que volaron hacia l
dando chillidos penetrantes. Qued un instante inmvil y una sonrisa de
alegra ilumin su semblante enfoscado. Las palomas haban tenido menos
suerte.

--Qu queris?--pregunt fingindose serio.

--Un beso... un beso--respondieron los chicos, una nia y un nio de
seis y cinco aos respectivamente.

--Nada ms?

La nia, avergonzada, hizo signos negativos con la cabeza. Reynoso se
inclin para besarla. Mas he aqu que cuando lo estaba haciendo, el nio
le introdujo suavemente la mano en el bolsillo.

--Qu haces, pcaro?--exclam el caballero alzndose bruscamente y
mirndole con afectada severidad.

El chico, aterrado, se dio a la fuga. La nia rea: sus carcajadas
sonaban frescas y cristalinas como el gorjeo de los pjaros.

--A se! a se...! Al ladrn!--gritaba Reynoso.

Luego, sacando del bolsillo un caramelo, se lo dio a la nia diciendo:

--T, que eres buena, toma. A ese tunante nada.

Pero el chico, advertido, comenz a volver sobre sus pasos gimoteando:

--A m! a m tambin!

--T ya lo has robado.

--No! no!

Y mova la cabeza a un lado y a otro hasta querer descoyuntrsela, y
enseaba las palmas de sus manecitas untadas de tierra.

--Bien. Pero lvate esa cara y esas manos, gorrino!

El chico, sin vacilar, se fue corriendo al pequeo estanque de una
fuente de mrmol y comenz a echarse agua a la cara. En vez de quitarse
la tierra, la esparci de tal modo por sus rosadas mejillas que daba
horror. Reynoso no pudo menos de soltar la carcajada. El nio comenz a
llorar perdidamente. Entonces su hermanita se brind con maternal
solicitud a lavarle. Le llev al estanque, le restreg la cara
hacindole pasar sucesivamente del negro al gris, luego al blanco,
despus al rojo subido, tan rojo que el nio chillaba como un condenado
y estuvo a punto de renunciar de una vez y para siempre a aquel caramelo
tan dolorosamente comprado.

Reynoso estaba enajenado. Su faz resplandeca como la de un justo,
aunque distaba mucho de serlo, como acabamos de ver. Despus que se
hart de besar a los chicos sali del parque en una felicsima
disposicin de nimo, prueba irrecusable de que un ftil suceso basta
no pocas veces para acallar los ms atroces remordimientos de nuestra
alma.

El bosque contiguo al parque era delicioso: una espesura casi
impenetrable formada de robles, olmos y fresnos que haba dado nombre a
la finca. Esta era conocida con el nombre de _El Sotillo_ y estaba
situada en las inmediaciones de Escorial de Abajo: toda ella, desde la
casa, en suave declive hasta la caada, por donde corra un arroyo.
Despus ascenda de nuevo el terreno. Reynoso atraves el bosque por un
lindo y retorcido camino enarenado que l mismo haba hecho construir.
Al cabo de algn tiempo de marcha el bosque dejaba de ser espesura
sombra, impenetrable, y se transformaba en monte ralo de olmos y
encinas por cuyos grandes claros pastaban algunas vacas negras y bravas
con sus chotillos al lado. El pastor le sali al encuentro. Llevose la
mano a su sombrerote de fieltro y le inform con rostro alegre de que
aquella misma madrugada una de las vacas haba parido. El propietario se
acerc con satisfaccin tambin a la vaca que lama al tierno chotillo,
echado debajo de ella, dejando escapar dbiles mugidos de amor y de
orgullo. Despus emprendi de nuevo su paseo. Segn caminaba, el monte
se haca cada vez ms ralo y ms bajo: las robustas encinas se
transformaban en chaparros. La naturaleza rocosa del terreno, oculta en
el parque y en el bosque, se mostraba ya al descubierto. Las piedras
asomaban por todas partes. Algunas veces veaselas desprendidas y
yacentes en enormes bloques unas sobre otras en perenne equilibrio. En
la tierra que haba entre ellas, ardiente y feraz, crecan innumerables
especies de flores silvestres de formas caprichosas, de aroma
penetrante.

Reynoso arranc a puados el tomillo, lo aspir con voluptuosidad y se
lo guard en los bolsillos.

--Rico olor el de la mejorana, verdad, mi seor?--dijo una voz a su
espalda.

--No es mejorana, Leandro, es salsero. No ves sus florecitas?

--Verdad es. Muy rico tambin, muy majo; pero me gusta ms la mejorana.

Leandro se haba acercado. Era el anciano pastor encargado de los
grandes rebaos de ovejas que Reynoso posea, el personaje ms
considerable de aquellos campos, grave, prudente, sentencioso. En pos de
l otros tres zagalones que le ayudaban, y ms tarde el pastor de las
vacas que acuda como siempre al seuelo del cigarro. Porque Reynoso
gustaba de pararse en compaa de sus servidores y fumar con ellos un
cigarro.

--Hasta ahora no hemos disfrutado de una maana tan templada como esta.
Mirad los trigos qu verdes an. El cierzo y la escarcha no les ha
dejado crecer; pero unos cuantos das como este bastarn para hacerles
ganar lo perdido. No s por qu sospecho que este ao vamos a tener una
abundante trilla.

As dijo el propietario pasando su petaca en torno. Los pastores, con
sus grandes sombreros de fieltro y sus medios calzones de cuero,
formaban crculo. Tomaron gravemente un cigarrillo, lo pusieron en el
rincn de la boca y cada cual sac sus avos: yesca de trapo quemado,
eslabn y pedernal. Bastara con que uno encendiese; pero se hubiesen
juzgado desairados si no se mostrase claramente que eran poseedores de
todos los medios conducentes a producir el fuego. Chocaron los eslabones
contra los pedernales, saltaron las chispas, ardi la yesca y ms tarde
los cigarros, todo en medio de un silencio solemne como el caso
requera. Se dieron algunos ansiosos chupetones, y uno de los zagalones
con inclinaciones ms sealadas a la retrica dej al cabo escapar esta
declaracin inesperada:

--Me paece a m, me paece a m que si el tiempo no tuerce el hocico, en
cosa de ocho das levantarn los trigos un par de palmos ms... Es un
decir, mayormente.

El auditorio guard silencio, dando tiempo para que estas notables
palabras penetrasen lenta y profundamente en su espritu. El to Leandro
las rebati al fin severamente.

--Cuando se habla una cosa, Celipe, es porque se sabe. Sabes t, por un
si acaso, que han de levantar los trigos dos palmos?

--Es un decir, to Leandro.

--Bien, pero se sabe o no se sabe?

Nadie chist. La lgica inflexible del to Leandro pesaba como una losa
sobre todos los cerebros, particularmente sobre el del zagaln que tanto
se haba aventurado en su discurso. Pero haciendo al cabo terribles
esfuerzos para levantar el enorme peso que le agobiaba, logr al fin
proferir, dando a su fisonoma una impresin de increble astucia:

--Me paece a m, to Leandro... Yo he visto...

--T no has visto na--replic el viejo pastor con un gesto de supremo
desdn.

Nuevo y profundo silencio. Aquel osado caro que haba querido elevarse
con alas de cera, vino al suelo para no levantarse ya. La sabidura del
to Leandro cay sobre l y le dej sepultado por siempre. La paz y el
silencio debidos a los que han desaparecido le acompaaron piadosamente.
Se dieron algunos chupetones funerarios para honrar su memoria.

Mas he aqu que al pastor de las vacas se le ocurre resucitarlo de entre
los muertos.

--To Leandro, yo no dir mayormente dos palmos... pero que han de
crecer eh! eh...! que han de crecer eh! eh!

Y se puso a rer brbaramente, abriendo una boca de oreja a oreja sin
que nadie le secundase.

El to Leandro dio un profundo y amenazador chupetn al cigarro, y se
dispona a disparar una de sus granadas formidables para reducir al
silencio a aquel zngano, cuando no muy lejos de all sonaron dos tiros.

--Cmo?--exclam Reynoso levantando sbito la cabeza--. Un cazador
furtivo?

--Qui!--replic un zagal--. Es la seorita Clara. Bien tempranito pas
por aqu con los perros.

El rostro del amo se seren, dilatndose con una sonrisa de
complacencia.

--Qu chica! Qu chica!

Todos los rostros se volvieron hacia el sitio en que haban sonado los
disparos, expresando cordial alegra.

--Y para cundo es la boda, mi amo?--se atrevi a preguntar uno.

--All para octubre--respondi amablemente el caballero.

El to Leandro extendi la mano solemnemente y habl de esta manera:

--Que Dios, nuestro Seor, esparza a puados la felicidad sobre esa
buena seorita. La hemos visto nacer, la hemos visto crecer y volverse
ms hermosa que una azucena. Ms de uno y ms de dos entre nosotros la
han llevado en los brazos. No levantaba una vara del suelo y ya le
gustaba montar a caballo como ahora. Una tarde la bestia se le espant y
se meti ala adentro por una charca. La madre (que en gloria est)
gritaba. Slo yo, que estaba cerca, la o; me planto en dos saltos a la
orilla, me echo al agua, y cuando ya andaba cerca de llegarme al cuello,
pude alcanzar el caballo y sujetarlo. Salimos chorreando y la nia me
abraz y me bes. Podis creerme--aadi volvindose a sus compaeros--,
ms estim yo aquel beso que si me hubieran puesto una onza de oro en la
palma de la mano.

--Est visto, hombre!--Pues bueno fuera!--Ni que decir tiene!

As aplauden todos las nobles palabras del viejo pastor.

--Lo nico que siento--prosigui ste--es que nuestro amo se nos vaya de
esta finca donde tanto dinero tiene enterrado cuando se concluya el
palacio que est fabricando, segn creo, all en el camino de la Fuente
Castellana de Madrid.

--Me paece a m, to Leandro--dijo el imprudente Felipe--, que nuestro
amo no se va de buena gana, porque aqu bien se regala... Pero como la
seora es tan amiga del lujo...

--Qu dices?--exclam Reynoso levantando vivamente la cabeza y
encarndose con el zagaln.

Este se puso plido y balbuci miserablemente:

--Es lo que tengo odo por ah...

--A quin se lo has odo?--pregunt el caballero afectando calma, pero
con el rostro contrado.

--Calla, zngano, calla! Si eres ms cerrado que un cerrojo! No te da
vergenza, grandsimo zote?

Todos le recriminan duramente. Reynoso un poco dulcificado le dijo:

--Ni a ti ni a nadie puedo consentir que pronuncie una palabra que
redunde en desprestigio de la seora. Hasta ahora no ha hecho ms que
vivir con arreglo a su clase; pero aunque gastase todo el lujo que puede
ostentarse en Madrid, todo sera poco para lo que ella merece...
Entindelo t y los que te lo hayan dicho.

--Bien puede usted perdonarlo, mi amo--manifest el to Leandro--,
porque este mozo no es ms que una caballera salvo el alma que es de
Dios y no de l...! Es que cavilo que si tarda un cuarto de hora ms en
nacer, nace ya con la albarda puesta... En fin, seor, que es una
grandsima bestia... No hay ms que verlo.

Como nadie, ni el mismo interesado, tuvieron por conveniente oponer el
menor reparo a los extremos de este sensato discurso, todo l qued
aprobado por unanimidad. Nuestro caballero se seren por completo.
Despidiose afectuosamente y camin de nuevo la vuelta de su casa sin
volver la cabeza atrs. Si la hubiese vuelto habra visto con cunta
solicitud los pastores seguan inculcando en el nimo de su compaero
Felipe la idea enteramente pantestica de su identidad esencial con la
familia de los quidos.




II

FELICES ESPOSOS


Reynoso hizo una visita a su vctima y le mand proveer de agua y
alimento. Luego subi lentamente la gran escalinata de mrmol y se
introdujo en el hotel. Pas a las habitaciones de su esposa que se
hallaban en el piso principal.

--Quin es la que est durmiendo todava? Quin es...? quin?

--Nadie... nadie... nadie!--respondi una voz femenina de timbre claro
y armonioso.

--No es Elena?

--No, no es Elena!

Y al mismo tiempo hizo irrupcin en el gabinete una hermosa joven y le
ech los brazos al cuello.

Era la esposa del propietario, rubia, con ojos negros; posea un cutis
nacarado. Su talle esbelto lo ocultaba un esplndido _salto de cama_.

--Para qu necesito yo salir al campo de madrugada, si el campo viene a
mi cuarto...? Hueles a mejorana... hueles a romero... hueles a malva
rosa--deca colgada a su cuello como una nia mimosa.

Era una nia por la frescura de su rostro y por la viveza de sus
movimientos, aunque ya tena cumplidos veintids aos.

--Te equivocas; hoy no puedo oler ms que a tomillo--respondi Reynoso
sacando el puado que traa en el bolsillo.

--Milagro sera!--exclam la joven soltando a rer y apoderndose de
aquella yerba y restregando con ella la cara de su marido--. Para qu
has atravesado la mar? Para qu has estado tantos aos trabajando y
metiendo en la hucha dinero? Hubieras sido tan feliz aqu comiendo
ensaladas de pimientos, corriendo tras las ovejitas, plantando
rboles... y metiendo puados de tomillo en los bolsillos.

--Bien puedes decirlo!--repuso Reynoso con franca sonrisa--. El cielo
me destinaba para pobre. No me agradan los alimentos de los ricos, no me
agradan los colchones de pluma, no me agradan los muebles suntuosos. Una
camita blanca sin cortinas, unas sillas de rejilla, una mesa de pino, y
leche y judas a pasto... he aqu mi felicidad!

--Pero entonces, gran perverso--replic la joven esposa con voz de mimo
y atusndole el bigote con la punta de los dedos--, no podras regalar a
tu Elena un aderezo tan hermoso como le has regalado el da de su santo,
no podras llevarla en coche, no podras vestirla con trajes elegantes,
no podras traerle pastelitos de casa de Lhardy, ni bombones de la
Mahonesa.

--Ni sobreasada de Mallorca.

--Oh, Dios mo, cmo me gusta a m la sobreasada...! Hoy mismo la como,
aunque me haga dao... T te tienes la culpa por haberla mentado... Y
por fin, y por fin! quin le hubiera dado a Elena un hotelito en la
Castellana, con un _budoir_ tan lindo que no hay otro en todo Madrid,
con su _serre_, con su cuarto de bao...? Mira, vamos a hablar un poco
de la casa de Madrid. Voy a desayunarme aqu mismo.

Puso el dedo en el timbre, acudi un criado y no tardaron en servirle
caf con leche y picatostes en un primoroso juego de plata. Se sent
delante de una mesilla volante mientras su marido se dej caer en un
divn de raso azul bordado en blanco.

Y hablaron largamente de la casa de Madrid an no terminada. Reynoso
daba pormenores del decorado, consultaba el asunto del mobiliario. Su
mujer le peda una cosa, y despus otra y despus otra para su
saloncito, para su cuarto de bao mientras engulla lindamente.

--Elena, Elena! Que no vas a tener apetito a la hora de almorzar.

--Ya vers que s. Djame ser feliz.

--Eres feliz de verdad?

--Muchsimo... No puedo serlo ms.--Y al decir esto extendi la mano a
su esposo que la bes repetidas veces.

--Y t lo eres tambin?--dijo levantndose de la silla y viniendo a
sentarse a su lado.

--Yo?--exclam Reynoso pasndole el brazo por detrs de la cintura--.
Yo estoy gozando de un cielo anticipado! Dios no tiene ya nada que
darme cuando me muera.

--Pues yo te digo... te digo... que eres un grandsimo embustero (y le
tiraba de las guas del bigote, que era al parecer su ocupacin ms
apremiante). Porque me han dicho... me han dicho... que no te vas de
buena gana a vivir a Madrid.

--Pues te han engaado.

--No sers t el que me engaas...? Mira, Germn, voy a pedirte un
favor y es que me hables con toda franqueza. S que por condescendencia,
por lo bueno que eres y por lo mucho que me quieres, seras capaz de
fingir que vas contento a Madrid aunque te disguste. Me parece gran
locura ese disimulo. Ya sabes que me hallo bien, que soy feliz en todas
partes estando a tu lado, y que si me agrada ir a Madrid, he vivido
hasta ahora bien contenta en el Sotillo. En realidad, ms que por m voy
a Madrid por proporcionarte a ti una sociedad ms escogida. Yo estoy
acostumbrada a la vida de pueblo... como que no he salido de l...!
Pero t, aunque goces en el campo, has viajado mucho y no puedes menos
de sentir el aburrimiento de esta soledad... Hblame, pues, francamente.
Vas con gusto a Madrid? Pues Elena va con gusto a Madrid. Prefieres
quedarte en el Sotillo? Pues Elena se queda tan ricamente en el Sotillo.

Reynoso la mir prolongadamente con ojos escrutadores.

--Est bien, hija ma; ya que quieres a todo trance que te hable con
franqueza, y ya que veo que no tienes ese empeo en vivir en Madrid que
yo imaginaba, te lo confesar... No dejo el Sotillo con placer. Aqu he
nacido y me he criado y aqu y en todas partes donde he vivido la
soledad ha sido mi fiel compaera. Aunque tengo un carcter sociable,
segn dicen, la Providencia ha querido tenerme alejado de los hombres
acaso porque no sea capaz de hacerles mucho bien... Pero quin habla de
soledad estando cerca de ti, Elena ma? Qu sociedad en este mundo
podr proporcionarme goce alguno no estando t presente? Y si t ests
presente qu falta me hacen los dems? Ninguna conversacin vale lo que
tu silencio, ninguna msica lo que tu voz, ningn rumor ms suave ni ms
grato que el de tus menudos pies sobre la alfombra, ningn espectculo
ms delicioso que el de tu cabellera rubia cuando la dejas caer sobre la
espalda... No busco, no quiero, no necesito ms en este mundo!

Y al pronunciar estas palabras la estrechaba contra su pecho.

Estaba en verdad bien enamorado aquel caballero. Feliz el hombre que,
como l, no ha tenido ms amor que el de su esposa!

Don Germn Reynoso era hijo de un agente de Bolsa. Cuando slo contaba
seis o siete aos, su padre, por virtud de algunas operaciones
desgraciadas, qued arruinado. El matrimonio se vio necesitado a
abandonar la casa lujosa de Madrid y a refugiarse en el Sotillo, finca
que perteneca a la esposa por herencia de sus padres. Donde antes
solan pasar solamente algunos das de primavera, en uno de los cuales
haba nacido Germn, tuvieron que residir forzosamente todo el ao. Con
los escasos productos de ella, pues no era entonces lo que ahora es, y
con un cortsimo caudal que haban salvado, vivi aquel matrimonio
algunos aos en la soledad bastante ms feliz que lo haba sido entre
los negocios y los esplendores de la corte. Germn segua sus cursos del
bachillerato en el colegio del Monasterio; su padre le destinaba a los
negocios, pero el chico no mostraba aficin a la carrera de comercio:
todo su amor y entusiasmo era por la msica. Con las nociones que haba
adquirido en Escorial tocaba ya medianamente el piano. Tantas
disposiciones mostraba, tanto le instaron los amigos y su misma esposa,
que tena sobrados motivos para odiar los negocios, que al fin consinti
el viejo Reynoso en enviar a su hijo a Madrid para estudiar en el
Conservatorio. Resida en casa de unos amigos y vena al Sotillo los
sbados por la tarde para marchar el lunes por la maana. Tena ya
catorce aos y llevaba dos de carrera con brillantes notas cuando
falleci su padre. Su pobre madre tuvo la debilidad de casarse antes de
cumplir los dos aos de viudez con un sujeto de carcter bondadoso, pero
dominado por el vicio del juego, y despus de casado tambin por la
embriaguez. Aquello fue un desastre. Germn, desesperado, viendo a su
madre desgraciada y previendo una ruina inminente, pues su padrastro
estaba ya terminando con su caudal y no tardara en comenzar con el de
su esposa, decidi emigrar a Amrica, abandonando sus esperanzas de ser
un artista de fama.

En Guatemala un hermano de su padre beneficiaba algunas fincas,
dedicndose principalmente al cultivo del caf. All se fue Germn
cuando no contaba an diez y ocho aos. Cuntas horas transcurridas en
la soledad y en el silencio! Nadie con quien hablar y rer a la edad
precisamente en que ms lo exige el hombre si Dios le ha dotado de un
temperamento abierto y sociable. Su to era de carcter adusto y los
trabajadores tan rudos que no era posible conversar con ellos de nada
placentero. La vida se deslizaba igual, montona, soolienta. Pero al
fin se acostumbr a ella. El campo, donde permaneca casi todo el da,
vigoriz su cuerpo y comunic a su espritu un equilibrio que le
preserv para siempre del tedio. Al principio no dispona de ms
instrumento musical que un violn, y con l se entretena por las
noches; mas andando el tiempo logr traer hasta aquel desierto un piano,
y fue feliz. Horas dulces, horas dichosas aquellas en que, despus de
una jornada laboriosa, regresaba a su casa y se pona delante del piano
para interpretar una sonata de Beethoven o un concierto de Chopin.

Su to regres a Espaa poco despus, retirndose de los negocios y
dejndole en arriendo dos fincas. La suerte favoreci al joven Reynoso.
Las cosechas de caf, que ltimamente haban sido bien limitadas,
principiaron a ser abundantes, copiossimas. En pocos aos Germn logr
hacerse dueo de las dos fincas comprndoselas a su to; tom en
arrendamiento otra magnfica y al cabo se hizo tambin dueo de ella.
Viaj por la Amrica del Sur y por los Estados Unidos. A los treinta y
cinco aos Germn era un hombre rico, mucho ms rico de lo que se le
supona en Escorial, aunque se le supona bastante.

En el transcurso de este tiempo su padrastro haba muerto: el nio que
el matrimonio haba tenido y que Germn conoca, tambin: slo viva una
nia, nacida despus que l se marchara a Amrica. La finca del Sotillo
estaba hipotecada y corra riesgo de pasar a manos de acreedores. Germn
envi bastante dinero para rescatarla y mantuvo a su madre y a su
hermana con holgura. Cuando, atendiendo a las reiteradas splicas de
aqulla, pensaba en realizar su hacienda, recibi la triste noticia de
su fallecimiento. Inmediatamente se puso en camino para Espaa, a fin de
encargarse de aquella hermanita de trece aos que quedaba abandonada.

Al llegar la sac de casa de unos parientes donde provisionalmente se
albergaba y la trajo de nuevo al Sotillo, tom un aya francesa para
ella, tom criados, compr coche y caballos, hizo algunos reparos en la
casa y la mont con boato. No pasaba, sin embargo, mucho tiempo en
Escorial. Tan pronto haca una excursin a Pars, tan pronto a Londres,
tan pronto a Berln y Roma; todas rpidas, porque no quera dejar a su
hermanita sola mucho tiempo. En los das que pasaba en el Sotillo sola
subir alguna que otra tarde al Escorial y all conoci a Elena.

Elena era hurfana de un farmacutico. Su madre, que saba de farmacopea
casi tanto como l, regent la botica algn tiempo despus de viuda con
anuencia del vecindario. Pero vino una denuncia del subdelegado; se vio
obligada a traer un regente con ttulo; y como el producto de la botica
no era bastante para pagar este sueldo y mantenerse, la enajen al fin a
uno de sus cuados que tena un hijo en Madrid estudiando la carrera de
farmacia. Con el dinero que le dieron puso una tiendecilla heterognea,
bisutera, mercera, cacharrera, debajo de los arcos. Las ganancias
fueron muy exiguas. Elena y su madre vivan bien estrechamente a la
llegada de Reynoso al Escorial.

Cuando aqul entr por casualidad un da en la tienda fue reconocido por
doa Dmasa. Se haban conocido de nios. Saludronse afectuosamente, y
el indiano comenz a tutear a la madre y por de contado a la hija, que
contaba entonces diez y siete aos. Siempre que suba al Escorial daba
su vueltecita por la tienda de doa Dmasa y all se estaba charlando un
rato. Estas visitas, al principio raras, se fueron haciendo ms
frecuentes y prolongadas. La hermosura esplndida de Elena comenz a
impresionarle. Y a medida que le impresionaba le haca ms tmido.
Cuando la nia estaba sola en la tienda mostrbase embarazado,
silencioso. Y, sin embargo, era evidente que buscaba las ocasiones en
que estuviese sola. A ninguna mujer se le hubiera escapado esta tctica,
pero mucho menos a Elena que era traviesa y picaresca y se gozaba en
verle apurado. La timidez de un hombre tan maduro halag mucho su
vanidad y la riqueza que se le supona tambin. Principi a coquetear
con l de lo lindo. Pero cuanto ms segura y aun atrevida se mostraba
ella, ms tmido apareca l. Esta timidez y el sufrimiento que le
acarreaba llegaron a tal punto que le retuvieron de subir al pueblo y
visitarla. Sus visitas comenzaron a ser ms raras y cuando las haca se
ingeniaba para quitarles el objetivo que tenan. O pasaba al Escorial
para un negocio en el Ayuntamiento, o vena acompaando a un amigo para
ensearle el Monasterio, o haba subido para buscar un operario... Estos
pretextos, aunque bien saba que eran falsos, irritaban, sin embargo, a
Elena y la iban interesando en la aventura. Haba juzgado al principio
que era cosa de pocos das que aquel hombre se le declarase, y cuanto
ms tiempo transcurra ms lejos vea esta declaracin. Por otra parte,
sus conocidos la embromaban y ya se hablaba en el pueblo no poco de
aquellas supuestas relaciones amorosas.

La noticia de que Reynoso se iba otra vez a Amrica cay como una bomba
en la pequea tienda de doa Dmasa. El mismo la comunic con afectada
indiferencia; tena muchos negocios pendientes; necesitaba liquidar; no
saba el tiempo que permanecera por all. Elena recibi la nueva sin
pestaear, pero el corazn le dio un vuelco. No saba si amaba a Reynoso
aunque estaba segura de que pensaba en l todo el da. Aquel golpe le
revel su amor. S, s, estaba enamorada de l, no porque fuese rico
como se deca en el pueblo, sino por su figura arrogante, por su
caballerosidad, por su bondad, por su esplendidez, por todo, por todo,
hasta por aquellas hebras de plata que asomaban en sus cabellos y en su
bigote.

Despus que l parti estuvo algunos das enferma y aunque mucho trabaj
sobre s misma para vencer la tristeza, no pudo conseguir que dejase de
ser observada y comentada. Pero transcurrieron los meses y se fue
olvidando su abortada aventura. Ella misma viva ya tranquila sin pensar
ms en el indiano cuando una tarde le entreg el cartero una carta de
Guatemala. Era de Reynoso; se informaba de su salud, de la de su madre y
amigos de la casa, le hablaba en tono jocoso de su viaje, de su vida en
aquellas soledades; por ltimo, antes de despedirse le deca que haba
llegado a sus odos por medio de un paisano recin desembarcado que se
casaba. Le daba la enhorabuena y lo mismo a su mam y le deseaba toda
suerte de felicidades.

Elena tuvo una inspiracin. Tom la pluma para contestarle; adopt el
mismo tono amical y jocoso; le dio cuenta de su vida y de las noticias
ms culminantes en el pueblo. Pero al concluir estamp con increble
audacia las siguientes palabras: En cuanto a la noticia de mi boda es
absolutamente falsa. Yo no me caso ni me casar jams con nadie si no es
con usted.

La contestacin a esta carta fue un cablegrama que deca: Salgo en el
primer correo. Prepara todo para nuestro matrimonio.

He aqu cmo aquella linda y picaresca nia logr, invirtiendo los
papeles, alcanzar la meta de sus afanes. Con el amor vino la opulencia
que no suele ser su compaera. Los recin casados se instalaron en el
Sotillo. Elena y Clara, que ya eran amigas, lo fueron en seguida
muchsimo ms y aunque la una tena catorce aos y la otra diez y ocho
se trataron como si no mediase tal diferencia, a lo cual ayud la
disparidad de sus caracteres; la una era ms nia, la otra ms mujer de
lo que reclamaban sus respectivas edades.

Los dioses no se fatigaron en cuatro aos de verter sobre aquella casa
toda suerte de mercedes. Slo se reservaron una. El matrimonio no tuvo
hijos. Elena se mostraba por esta privacin inquieta y dolorida algunas
veces; otras lo echaba a broma y abrazaba y besaba con entusiasmo una
perrita que su marido le haba regalado, diciendo que aquella era su
hija y que muy pronto la casara para darse el gusto de tener nietos a
los veinte aos. Don Germn an lo senta ms que ella, pero lo
disimulaba mejor. Entregose con afn a la mejora de su finca: logr
comprar otra contigua de enorme extensin y la aadi a la suya. Esta
nueva finca, que haba sido residencia antiguamente de una comunidad de
frailes, se compona de monte y tierras laborables, y contena adems
dos grandes charcas donde se criaban sabrosas tencas y se cazaban las
aves emigrantes que all se reposaban. Aunque no necesitaba ms que su
antigua casa, porque estaba acostumbrado a una vida sencilla, Elena le
excit a construir el magnfico hotel que se ha visto. Con tristeza dej
el pequeo pero dulce hogar que alberg su niez, para habitar la nueva
y suntuosa morada. Pero conserv aqul con el mismo esmero con que se
guarda una joya de sus padres; y nunca dej de ir a dormir la siesta a
la cama en que naci y en que sus padres durmieron la primera noche de
novios.

Elena recibi la confesin de su esposo con sorpresa y secreto despecho
que se esforz en disimular.

--Me alegro, me alegro en el alma de que hayas sido franco--exclam con
afectacin--. Qu dolor sera para m si al cabo hubiera descubierto
que te ibas a Madrid slo por complacerme! Te vera de mal humor, te
vera hurao y silencioso, y la pobre Elena tan inocente, sin saber que
ella era la causa.

--Hurao, Elena! Silencioso!

--S, hurao, incivil... inaguantable.

--Pero cundo me has visto...?

--Si no te he visto te vera... Ea, hablemos de otra cosa pues que sta
ya est resuelta.

Hablaron de otra cosa, pero la joven no poda disimular su decepcin.
Saltaba de un asunto a otro con nerviosa volubilidad, se placa en
llevar la contraria; por ltimo, cay en un silencio obstinado,
fingiendo hallarse absorta en la franja de la tapicera que estaba
bordando. Su marido la observaba con disimulo y en sus ojos brillaba una
chispa maliciosa.

--Vaya, vaya--dijo frotndose las manos--. Cunto me alegro de que nos
hayamos entendido! Yo sin atreverme a decirte que no tena ninguna gana
de ir a Madrid, y t sacrificndote por proporcionarme una sociedad ms
escogida.

Elena levant los ojos y dirigi una rpida mirada recelosa a su marido.
Este miraba fijamente al reloj de estilo Imperio que haba sobre la
chimenea.

--No s cundo me he de convencer--prosigui--de que tu temperamento se
acomoda admirablemente a todas las circunstancias y que tu felicidad no
se cifra en vivir en un sitio o en otro, sino en el sosiego y la
comodidad de tu casa.

Nueva mirada y ms recelosa por parte de Elena. Reynoso segua en
contemplacin exttica del reloj.

--Y no era yo solo: haba mucha gente (sin sentido comn, por supuesto)
que supona que estabas encaprichada con vivir en Madrid. Yo les dira
ahora: no conocen ustedes a mi mujer...! no la conocen!

Elena, cada vez ms desconfiada, volvi a levantar los ojos. Esta vez
chocaron con los de su marido. Este no pudo aguantar ms y solt una
estrepitosa carcajada. Elena se levant airada, y presa de un furor
infantil se arroj sobre l y comenz a apretarle el cuello con sus
preciosas, delicadas manos, a tirarle de las orejas y del bigote.

--Toma! por cazurro...! por malo! por gan!

Reynoso no poda defenderse; se lo impeda la risa.

--Pues s, quiero ir a Madrid! quiero ir a Madrid! Qu hay...? Y t
te dars por muy satisfecho con que te admita en mi hotelito y no te
deje aqu para siempre entre las vacas y las ovejas...

Al fin, cansada de golpearle, se dej caer a su lado en el divn.
Reynoso, acometido de un acceso de tos, estuvo algn tiempo sin hablar.

--Pero es de veras que quieres ir a Madrid?

--Mira, Germn, no empecemos, o...

Y se levant otra vez para echarle las manos al cuello.

Reynoso cogi al vuelo aquellas lindas manecitas y trat de llevarlas a
los labios.

--No! no!

--Qu quiere decir no?

--No quiero que me beses... no quiero... Eres un gan... Te pasas la
vida haciendo burla de m...

Y se defenda furiosamente. Al cabo se dej caer de nuevo en el divn,
se llev las manos al rostro y se puso a llorar.

--Hija ma, no llores!--exclam Reynoso conmovido.

--S, lloro! lloro...!, y llorar hasta que se me pongan los ojos
malos--deca sollozando con dolor cmico--. Porque eres muy malo...
Porque te complaces en hacerme rabiar... Si no quieres ir a Madrid, por
qu no lo dices de una vez...? Y no que te pasas la vida
atormentndome...

--Atormentndote, Elena!

--S, s, atormentndome.

--Mira, prefiero que me arranques el bigote a que me digas eso.

--Oh, no por Dios! Qu feo estaras sin bigote!--exclam separando sus
manos de los ojos, donde brill una sonrisa maliciosa detrs de las
lgrimas.

Reynoso aprovech aquel furtivo rayo de sol para consolarla. Pero no fue
obra de un instante. Elena estaba muy ofendida, mucho! Era preciso que
el detractor cantase la palinodia, hiciese una completa retractacin de
sus errores.

--Confiesa que tienes ms ganas que yo de ir a Madrid.

--Lo confieso a la faz del mundo.

--Porque te aburres aqu.

--Porque me aburro soberanamente.

--Y porque necesitas un poco de expansin con tus amigos.

--Y porque necesito mucha expansin.

--Bromitas todava, socarrn?--exclam la mujercita tirndole de la
nariz.

En aquel momento se oy el ruido de un coche en el patio.

--Ya est ah Tristn... Sal t a recibirlo... Voy a peinarme y vestirme
en un periquete. Adis, gan... Toma, por malo! (Y le dio una
bofetada.) Toma, por bueno! (Y le dio un sonoro beso en la mejilla...)
Rosario! Rosario! Venga usted a peinarme.




III

QUIETO, FIDEL!


El joven que descenda del carruaje en el momento en que don Germn
pona el pie en la escalinata era alto, delgado, de agradable rostro
ornado por unos ojos de suave mirar inteligente y por un pequeo y
sedoso bigote negro. Se saludaron alegremente con un cordial apretn de
manos.

--No entremos en casa--dijo Reynoso--. Clara anda por ah cazando y
Elena se est vistiendo. Vamos a la glorieta a descansar y tomaremos una
copa de vermut o de cerveza, lo que t quieras.

Se introdujeron en el parque, penetraron en la glorieta de pasionaria y
madreselva y se acomodaron en dos butacas rsticas de paja delante de
una gran mesa de mrmol. No tardaron en servirles los aperitivos pedidos
por el amo.

--Cmo has dejado a tus tos?

--Sin novedad: mi ta casi loca y mi to demasiado cuerdo--respondi el
joven riendo.

--Oh, es un matrimonio que me encanta!--replic don Germn tambin
riendo--. Son dos elementos qumicos que se neutralizan y forman un
compuesto admirablemente slido.

--Y tan slido! Como que mi to es de mampostera.

--No, hombre, no; tu to es un hombre de una razn muy clara. No sabr
escribir, como t, libros y comedias ni tendr gran ilustracin, pero
discurre con acierto, juzga con justicia y sabe lo necesario para
conducirse en la esfera en que Dios le ha colocado. Desgraciadamente los
que como l y yo hemos pasado nuestra vida dedicados al comercio no
pudimos disponer de mucho tiempo para ilustrarnos...

--Oh, no se compare usted con l!

--Por qu no? Que yo he conservado alguna mayor relacin con el mundo
espiritual gracias a la msica eso significa poco. Ambos, como vosotros
decs, somos mercachifles.

--Usted ha ledo mucho.

--Algunos libros que llegaban a mis manos all en las soledades del
campo. Lectura dispersa, heterognea que entretiene el hambre
intelectual sin nutrir el cerebro... Por lo dems, si tu to carece de
las cualidades de hombre de estudio, las de hombre de accin las posee
largamente. Yo le he visto no hace mucho tiempo en circunstancias bien
crticas dar pruebas relevantes de ello. Acababa de estallar la guerra
con los Estados Unidos. El pnico se haba apoderado de los hombres de
negocios: por la Bolsa, por todos los crculos financieros soplaba un
viento helado de muerte; los ms audaces huan; los ms valientes se
apresuraban a poner en salvo su dinero; a las puertas del Banco de
Espaa se acumulaba la muchedumbre para cambiar por plata los billetes.
En aquel da memorable he visto a tu to en la Bolsa hecho un hroe, la
actitud tranquila, los ojos brillantes, la voz sonora, lanzando con
arrojo todo su capital a la especulacin. Compro! compro! compro!
gritaba. Y su voz sonaba alegre, confiada, en medio del terror y la
desesperacin. No sabes el aliento que infundi y cunto levant el
nimo de todos en aquellos instantes aciagos. No contento con esto hizo
poner en los balcones de su casa un cartel que deca: _Se cambian los
billetes del Banco de Espaa con prima._ Y esto lo llev a cabo sin ser
consejero del Banco ni tener sino una parte pequea de su capital en
acciones.

--S, ya s que hizo esa locura.

--Locura sublime! Locura de un mercachifle que acaso no realizara un
poeta... Si t lo eres, Tristn, si t puedes tranquilamente entregarte
a la contemplacin de la belleza y verter en las cuartillas tus ideas y
tus sueos, lo debes a que tu padre hizo el sacrificio de sus ideas y de
sus sueos para labrarte un capital... l tambin era un poeta, l
tambin tena talento... Pero naciste t y comprendiendo que su lira no
poda darte de comer la arroj lejos de s y se puso a trabajar...
Agradece al _diario_, al _mayor_, al _copiador_, a esos prosaicos libros
en blanco que t desprecias el que puedas recrearte ahora con otros ms
amenos. Feliz el que en su juventud no necesita luchar por la
existencia y puede gozar libremente de su propio corazn y de los
tesoros de poesa que la Providencia ha depositado en l!

--Vamos, no me sermonee usted ms, don Germn. Lo que he dicho de mi to
es una broma. Ya sabe usted demasiado que le estimo.

--Seras un ingrato si otra cosa hicieras. Tu padre no dej mucho ms de
cincuenta mil duros y tu to acaba de entregarte ochenta mil.

Tristn Aldama era hijo de un periodista que abandon muy joven su
profesin para dedicarse a asuntos comerciales. Cuando slo contaba
cinco aos falleci su madre y an no tena doce cuando qued tambin
hurfano de padre. Este tena una hermana casada con don Ramn Escudero
y a este encomend por testamento la tutela de su hijo. Escudero haba
sido cuando joven, primero criado, luego cobrador y ms tarde
dependiente y hombre de confianza del padre de Reynoso. Cuando ste hizo
quiebra, gracias a la reputacin de honrado, activo e inteligente que
haba adquirido entre los hombres de negocios se abri pronto camino en
la Bolsa, mont una casa de banca y logr adquirir un capital
considerable. Claro est que as que don Germn regres a Espaa, la
primera persona que visit en Madrid fue al antiguo y fiel dependiente
que tantas veces le haba llevado de nio al colegio. En su casa fue
donde Tristn y Clara se conocieron y entablaron las relaciones amorosas
que estaban a punto de consolidarse tan felizmente con la bendicin
nupcial.

--Cmo van las obras del cuarto?--pregunt Reynoso.

--As, as... Madrid no es una capital; es un lugarn. En cuanto
tratamos de introducir en la vida algo elegante o cmodo, algo parecido
a lo que en otras naciones es ya de uso corriente, tropezamos con
nuestros operarios desmaados, rutinarios, zafios...

Los futuros esposos haban elegido para vivir un piso en la calle del
Arenal y lo estaban arreglando. Tanto Escudero como Reynoso posean
magnficas casas en Madrid y ambos les haban ofrecido habitacin en
cualquiera de ellas; pero Tristn haba rehusado la oferta de su to y
Clara la de su hermano. Este, resarcindola de la parte que la
corresponda en el Sotillo, la haba dotado generosamente con medio
milln de pesetas.

Hablaron del piso alquilado y de los preparativos matrimoniales. Tristn
se mostraba sobrio de palabras y ensimismado.

--Qu es eso...? Parece que ests de mal humor.

--Nada tengo distinto de otros das. En general no encuentro en la vida
grandes motivos para estar muy contento.

--As hablan solamente los que son demasiado felices en este mundo.

--Lo cree usted?--pregunt distraidamente el joven.

--Sin duda; y tu ejemplo me lo confirma. Eres un hombre mimado por la
fortuna. Naciste rico, inteligente, dotado de buena figura, y aunque
perdiste temprano a tus padres hallaste en tus tos un afecto parecido y
una vigilancia igual. Los xitos universitarios comenzaron a halagar
desde nio tu amor propio, siguieron despus los del Ateneo, escribiste
un libro y lograste llamar sobre ti la atencin pblica; presentas un
drama en el teatro y te lo aceptan.

--Me lo aceptan... pero no lo representan... Mire usted, don Germn,
como todo el mundo, usted juzga por las apariencias. Se adivina que ha
habido un esfuerzo cuando se ve un resultado; pero aquellos otros que no
han logrado cuajarse en el espacio, tomar cuerpo y gozar de la luz,
aquellos que viven y mueren en la sombra miserables y desgraciados,
aquellos el mundo los ignora y no se le echan en cuenta al hombre
feliz.

--Porque no deben echrsele. Las aspiraciones del hombre son infinitas y
quisiera beber la eternidad de un trago. Pero son todas ellas
legtimas? Todas deben realizarse? Mete la mano en tu seno y vers que
muchos de tus deseos no podran satisfacerse sino a expensas de la
satisfaccin de tus semejantes... Y todos tenemos que vivir, qu
diablo!

--Es que si tenemos que partir la felicidad con todos tocamos a muy
poco.

--Sera mucho si la felicidad de los dems fuera la nuestra; si
supisemos salir de nosotros mismos.

Tristn solt una carcajada. Don Germn se puso un poco colorado.

--Comprendo bien que en estos asuntos no estoy en disposicin de medirme
con los que como t los estudian y los discuten a diario...

--No es eso, don Germn... Me ro porque toda la vida estoy oyendo esa
misma frase sin haber logrado saber lo que significa. No s por qu
puerta o balcn podemos salir fuera de nosotros mismos... Es decir, he
averiguado que haciendo un agujero en la sien con la bala de un revlver
se sale inmediatamente fuera de s..., pero es para no volver a entrar.

--Repito que carezco de conocimientos y de medios de expresin para
explicarte esa frase ni ninguna otra por ese estilo. Pero si no puedo
explicarla siento su verdad en el fondo del alma y me basta... Pero
volvamos a ti. Por un don gracioso de Dios t eres de los pocos que aun
encerrados en s mismos encuentran la dicha. Despus de todos los
elementos de felicidad de que hemos hablado te enamoras; la mujer que es
objeto de tu amor te corresponde; vas a casarte y al satisfacer los
ardientes deseos de tu corazn, te encuentras con que el ngel de tus
sueos no viene a ti con las manos vacas...

Esta frase caus una mordedura en el amor propio de Tristn. Disimul,
sin embargo, lo ech a risa y sigui la pltica en tono jocoso.

Pocos minutos despus saltaban ladrando en la glorieta dos perros de
caza y detrs de ellos una gallarda joven de tez morena, cabellos negros
ensortijados que apretaba una gorrilla rusa de piel, pecho exuberante,
amplias caderas ceidas por una falda corta de color gris, calzada con
botas altas y llevando colgada del hombro una primorosa carabina.
Recordaba por su arrogancia la estatua de Diana cazadora que se admira
en el Museo del Louvre; pero esta arrogancia estaba templada por unos
grandes ojos negros de suave y afectuosa expresin. Era a la vez Diana y
Clorinda la herona del poema del Tasso.

Los ojos de los futuros esposos se encontraron y brillaron con alegra.
A Tristn se le disip repentinamente su mal humor.

--Tus perros, linda cazadora, han descubierto este par de piezas...
Tira, tira sobre ellas!--exclam don Germn riendo.

--Fuego!--respondi la joven acercndose a l y dndole un beso en la
mejilla.

--Dispara el segundo. Mira que la otra pieza se escapa.

Clara se ruboriz.

--Aunque se escape volver de nuevo al tiro como las palomas torcaces.

Y alarg al mismo tiempo su mano a Tristn que la estrech tiernamente.

--Ya estoy encaonado, y por lejos que me vaya el tiro de Clara me
alcanzar.

--Oh, si supieseis qu lejos he disparado a uno de estos nades!--y
mostraba los dos que traa colgados al cinto--. Una verdadera casualidad
que haya cado... Del lado de all de la charca grande Fidel levant los
dos. Pan! Tiro al primero y cae a la orilla. Pero el otro...! El otro
estaba ya en lo alto en medio de la charca. Disparo sin esperanza alguna
y con gran sorpresa le veo caer al agua. All vierais a Fidel echarse
al agua y nadar como un pez mientras este otro animalito, la Dora, a
quien tena sujeta por el cuello, aullaba y se estremeca de afn por
seguirle!

La joven se animaba narrando los incidentes de la cacera. Tristn la
miraba embelesado, admirando en lo ntimo de su ser la juventud, el
vigor y la hermosura de su prometida.

--Pero ests segura de que has alcanzado con los perdigones a ese
nade?

--Cmo no, puesto que ha cado?

--Es que yo no creo una palabra de la eficacia de tu puntera. Ese nade
como el otro y como todos los dems que has cazado mueren de orgullo de
verse tiroteados por ti.

--Sera mucha galantera!--replic la joven ruborizndose de nuevo.

Don Germn quiso dejarlos solos algunos momentos y sali de la glorieta
con el pretexto de dar orden para que pintasen las canoas de las
charcas. Llam a los perros para que le acompaasen. Los animales
salieron gozosos en su compaa, pero viendo que Clara se quedaba
vacilaron unos instantes, ladraron a Reynoso como recriminndole por
ponerles en aquella disyuntiva y al fin se decidieron a volverse a la
glorieta, echndose a los pies de su ama.

--Te lo digo con todas las veras de mi alma, Clarita; yo quisiera morir
de un tiro de tu mano como han muerto esos patos.

--No te acerques tanto. A m me gusta tirar de largo--dijo la joven
riendo.

Tristn se sent frente a ella delante de la mesa de mrmol.

--Lo que me sorprende es que tengas tanta aficin a la caza: porque
cuidado que es aburrido eso de cazar! Yo no sal ms que tres o cuatro
veces en mi vida y pens que mora de tedio.

--Aburrido!--exclam Clara en el colmo de la sorpresa.

--Aburridsimo! Levantarse de madrugada cuando ms a gusto se encuentra
uno entre sbanas, echarse al monte, sufrir los rigores del sol y a
veces los de las nubes, caminar todo el da con la lengua fuera, caerse,
pincharse, ensuciarse, y de vez en cuando tropezar con uno de esos
animalitos que se encuentran en todas las polleras y restauranes de
Madrid.

--Calla, calla, Tristn; ests diciendo disparates. T no sabes lo que
es sentir la brisa matinal en las mejillas porque te has acostumbrado
al aire viciado de la cervecera y del crculo; no gozas con el sol
porque vives la mayor parte de la vida con luz artificial; te repugna el
caminar porque has estado demasiado tiempo tendido en las butacas...
Pero yo soy otra cosa... yo he nacido en el campo; el sol me conoce y
las nubes tambin y las piedras y los abrojos... Para m es un gran
disgusto que t no seas cazador.

--De veras...? Pues no tengas cuidado, hermosa ma, que por tu amor soy
capaz, no dir de cazar patos y conejos, sino hasta tigres y leones...
An ms: soy capaz, si t lo exiges, hasta de pescar con caa.

--No tanto!--exclam la joven riendo--. Bastar con que alguna vez me
acompaes. Te prometo no llevarte lejos.

--Qu hermosa eres, Clara! Si no fueses el emblema de la belleza seras
el de la salud y de la fuerza. Dice Gustavo Nez que si me dieses una
bofetada me haras polvo... y voy creyendo que tiene razn.

--Pues cundo me ha visto tu amigo Gustavo Nez?

--Das pasados cuando bamos de compras con Elena.

--Debe de ser muy burln ese amigo.

--Es el hombre ms gracioso que conozco.

Y acto continuo se puso a hacer el elogio caluroso de aquel su amigo
Gustavo, un pintor eminente que haca ya algunos aos haba obtenido
primera medalla en la Exposicin, un hombre de mundo, elegante, fino,
culto y con unas salidas! Todo el mundo las celebraba en Madrid.
Sofocado por la risa nuestro joven narr algunas de ellas.

Clara escuchaba con fingida atencin. En realidad estaba distrada.
Aquellos chistes de caf, aquella maledicencia que se revelaba en ellos
no poda producir efecto en una naturaleza sencilla y recta como la
suya. As que cuando Tristn dio tregua a su panegrico desvi la
conversacin a otro sitio. Le pregunt por las obras del cuarto, por una
joya que haba encargado a Holanda, por los muebles que les estaban
construyendo.

La conversacin languideci al cabo. Tristn comenz a mostrarse
preocupado, a emplear un estilo ms conciso, que poco a poco se
convirti en displicente. Clara lo observ, pero como ya estaba
acostumbrada a estos cambios repentinos de humor, que rara vez
persistan largo tiempo, no hizo en ello mucho alto. Sin embargo, se
trataba de asuntos que ataan a su prximo enlace y el acento de su
novio sonaba por momentos ms displicente.

--Qu te pasa?--pregunt al fin desazonada--. Hace un momento eras ms
suave y ms blando que una piel de liebre y ahora pinchas por todas
partes como los cardos del monte.

Tristn hizo un gesto de indiferencia y permaneci silencioso.

--He dicho algo que pudiera molestarte?

El mismo silencio.

--O hablas o me marcho--dijo con energa haciendo ademn de levantarse.

Tristn clav en ella sus ojos con expresin colrica.

--Me ests probando de esa forma--dijo con acritud--que mis recelos no
son infundados. Desde hace algn tiempo parece que todo el mundo pone
empeo en hacerme comprender que debo estar no slo satisfecho sino muy
agradecido a que se me conceda tu mano. Es decir, quieren a toda costa
persuadirme de que soy un qudam que ha buscado su negocio y lo ha
hallado al fin...

--Qu palabras son esas, Tristn, tan feas... tan indignas de ti?

--S, que soy por lo visto un buscavidas--insisti el joven con ms
violencia--y que si me caso contigo no lo hago tanto por amor como por
tu dote... Hace un momento tu mismo hermano me deca que debo estar
satisfecho porque t no vienes a m con las manos vacas... Qu quiere
decir eso? O no quiere decir nada o es una grosera...

--Eso no es cierto--profiri la joven con acento vibrante de
indignacin--, no puede ser ms que un mal sueo de los muchos que t
tienes... Y si Germn hubiera pronunciado esas palabras lo habra hecho
burlando y sin intencin de causarte la ms pequea ofensa, porque mi
hermano es el hombre ms bueno y ms delicado de la tierra.

--No soy un nufrago, hija ma--sigui diciendo con sonrisa amarga y
como si no hubiese odo la interrupcin de su prometida--, no soy un
nufrago que corriendo un temporal deshecho viene a refugiarse en tu
puerto para abrigarse dentro de l. Yo he navegado siempre con las velas
desplegadas en un mar de aceite, iluminado por el sol radiante, empujado
por la brisa y acompaado de las musas y las gracias. Estoy acostumbrado
a vencer; he hallado en la vida todas las puertas abiertas y todos los
corazones tambin. Cuando me acerqu a ti y te ofrec el mo no repar
si estabas dorada o plateada: te vi buena, inocente, hermosa y me bast
para quererte y me sigue bastando.

--Tiene eso algo que ver con la ofensa que has inferido a mi hermano?

--Primero me la ha inferido l a m. Estoy fatigado... estoy harto de
recoger alusiones ms o menos embozadas a tu fortuna presente y futura.
Esto hiere mi amor propio y no estoy dispuesto a sacrificarlo por ningn
matrimonio, ni contigo ni con nadie.

--Quieres decir que no me estimas lo bastante para sufrir por m
ninguna molestia?

--Esa clase de molestias no.

--Entonces tu amor es ms ligero que esa niebla que cae sobre las
charcas y que barre un pequeo soplo de viento.

--Ligero o pesado, mi amor es como yo, y yo soy como la naturaleza me ha
hecho. El gozo de unirme a ti no es bastante poderoso para cambiar mi
condicin...

--No necesitas hablar ms... Basta...! Leo en tu corazn bien
claramente que buscas un pretexto para romper nuestra unin. No te
esfuerces tanto, porque si no ests satisfecho y no esperas ser feliz,
yo te devuelvo tu palabra.

--En tu actitud altiva advierto que ests infiltrada de la misma idea de
que estn llenos al parecer tus parientes y tus amigos. Me devuelves mi
palabra? Pues yo la recojo. Mi dignidad se subleva ante esa idea.

Tristn profiri estas palabras exasperado como si realmente acabaran de
dar a su dignidad un golpe de pronstico reservado. La joven se puso
plida y llevndose la mano al corazn se alz del asiento para salir de
la glorieta.

Tristn haba sido su primero y su nico amor. Cuando se conocieron ella
tena trece aos y l veintiuno. La impresin que en su naturaleza
infantil produjo aquel joven guapo, elegante y de cuya inteligencia toda
la familia se haca lenguas no se borr jams. Par l muy poco la
atencin en ella, embriagado por sus triunfos en la ctedra y en la
sociedad; la trat con la proteccin amable que concede un grande hombre
a un nio. Pero don Germn hizo su segundo viaje a Amrica, transcurri
ms de un ao sin verla y cuando al cabo se encontraron Clara se haba
transformado en mujer. Nuestro joven la mir entonces con ms atencin y
bajando de su pedestal acadmico la trat con menos condescendencia. Se
vieron a menudo, unas veces en casa de Escudero, otras en el Sotillo,
adonde ste sola ir con su familia algunos das. En cada una de estas
entrevistas el sabio atenesta perda un poco de su majestad. Esta ruina
lleg a tal punto que hay quien asegura haberle visto pegando
calcografas en los cristales en compaa de aquella nia grande y, lo
que es ms absurdo, ella dando a la cuerda sujeta a un rbol por el otro
cabo y l con las mejillas inflamadas y los cabellos pegados a la frente
saltando y gritando tocino! tocino! Realmente hay cosas que la
imaginacin no puede representarse. Preferimos creer que sta es una de
tantas calumnias a las que han estado siempre expuestos los hombres
serios y cientficos. De todos modos cierto es, porque hay personas que
lo certifican, entre ellas mademoiselle Amelie, el aya de Clara, que un
da porque le gan dos partidas de _tennis_ ella le llam antiptico, le
dijo que no le quera y se fue muy desabrida y que l entonces desahog
su pecho en el de la citada _mademoiselle_ y llor a hilo como un buey.
Pero aun aqu la historia llega a nosotros tan envuelta y obscurecida
por la leyenda que es casi imposible discernir lo que hay en ella de
verdad y de error. La misma _mademoiselle_ no pudo equivocarse? Quin
sabe si Tristn sac el pauelo para sonarse y a ella se le antoj que
era para secarse las lgrimas?

Reynoso vio con buenos ojos aquellos amores. Era hombre a quien el
talento y los libros inspiraban un respeto idoltrico. La familia de
Tristn apeteca unin tan ventajosa por todos conceptos. Todo march
viento en popa, aunque durante ms tiempo de lo que los novios hubieran
deseado. Reynoso se opuso resueltamente a que su hermana se casase antes
de tener diez y ocho aos. Iba a cumplirlos y su dicha a colmarse.
Porque realmente amaba profundamente a aquel hombre a pesar de su humor
sombro y fantstico, o tal vez por esto mismo. La armona de los
contrarios no pudo jams mostrarse de un modo ms cabal que en aquella
gentil pareja.

Clara iba a salir de la glorieta con el corazn mortalmente herido, pues
en las muchas reyertas que haban tenido nunca haban llegado a palabras
tan agrias, cuando entraba Elena en su busca. Al verla de aquella forma,
descompuesta y plida y observar la actitud airada de Tristn, hizo alto
sorprendida.

--Qu es eso, habis reido...? Qu feo, qu feo en vsperas de boda!

Pero Clara en aquel momento se abraz a ella y estall en sollozos. La
estupefaccin de su cuada lleg a los ltimos lmites.

--Cmo! Qu significa esto...? Qu le ha hecho usted a mi hermana,
caballero...? Dgalo usted ahora mismo! Ahora mismo o me pierdo y le
tiro a usted del bigote!

Esta feroz decisin que expresaba muy bien la nativa incompatibilidad de
sus preciosas manos con los bigotes masculinos abati por completo el
nimo ya muy alterado de Tristn.

--Hgame usted el favor de no poner esos ojos de besugo a medio
asfixiar. Lo oye usted? A m no me gustan los besugos ni crudos ni
guisados... Hable usted...! Hable usted en seguida...!

--Acaso...--profiri el joven balbuciendo.

Elena llev a su cuada hasta la butaca de paja, la hizo sentarse en
ella y cubri su rostro de besos. Despus vino a plantarse delante de
Tristn que continuaba sentado.

--Acaso qu...? vamos a ver.

--Acaso haya dicho a Clara algunas palabras mortificantes...

--Y con qu derecho dice usted a Clara palabras mortificantes?

--Con ninguno.

--Ah, con ninguno! Entonces conviene usted en que es un hombre
atrevido, intratable, digno de que le vierta toda la cerveza de esta
botella por el cuello abajo?

--Convengo.

--Confiesa usted, adems, que es un novio fastidioso, antiptico,
pesado, insufrible?

--Lo confieso.

--Promete usted enmendarse y no decir en adelante a Clara ms que
palabras suaves y cariosas?

--Lo prometo.

--Est bien. Ahora pida usted perdn de su fechora que no conozco ni
quiero conocer.

--Clarita--dijo Tristn mirando a su prometida que continuaba tapndose
los ojos con la mano--, perdname lo que te he dicho. Te juro que te
adoro, que te quiero con toda mi alma...

--Cmo? Cmo...? Qu modo de pedir perdn es ese...? Hgame usted el
favor de hacerlo como se debe.

Y la esposa de Reynoso sealaba enrgicamente el suelo con su ndice.
Las mejillas de Tristn se tieron de carmn.

--Bueno: se pone usted colorado? Mejor, as se demuestra que le queda
todava un poco de vergenza... Saque usted el pauelo y pngalo debajo
que se va a manchar los pantalones en la arena.

Tristn se arrodill delante de su novia sonriente y ruborizado.

--Bsele usted la mano... Digo no... No se la des, Clara, no la merece.

El perro que estaba echado a los pies de la joven al verse molestado
gru.

--Murdele, Fidel...! Muerde a ese antiptico, muerde a ese soso...!
a ese! a ese!

El animal, as azuzado, comenz a gruir de un modo amenazador y estaba
a punto de arrojarse sobre el soso. Clara levant la cabeza riendo al
travs de sus lgrimas.

--Quieto, Fidel!




IV

UNA VISITA Y OTRAS VISITAS


Apenas se haba llevado a feliz trmino la reconciliacin de los novios
oyronse en el parque altas y alegres voces y carcajadas.

--Cmo? Estn ah Visita y Cirilo?--exclam Elena con el semblante
iluminado de alegra.

Y acto continuo sali corriendo de la glorieta. Clara y Tristn la
siguieron. Los dos huspedes venan acompaados de don Germn
conversando y riendo. El marido, que arrastraba mucho el pie izquierdo y
pareca tambin imposibilitado del brazo correspondiente, se apoyaba en
el de su esposa. Esta era alta, rubia, corpulenta y sus ojos abiertos,
inmviles, mostraban que estaba ciega. Ninguno de los dos pasara de
treinta aos.

--Pero qu sorpresa!--dijo Elena besando con efusin a la ciega y
estrechando la mano sana del paraltico.

--Sorpresa la nuestra, querida...! Llegamos a la estacin, nos apeamos
del tren y ni un alma que nos d los buenos das. Pues seor, qu
hacemos...? La carta sin duda no ha llegado a sus manos, nos dijimos.
Ni un coche siquiera por all! Era necesario pasaros un recado y
esperar ms de una hora. En esto ve Cirilo un carro de bueyes que haba
venido a traer madera. Eh, buen hombre! Quiere usted llevarnos al
Sotillo?--Por all tengo que pasar; _amntense_ ustedes.

--En un carro de bueyes!--exclam Elena.

Tristn se excus de no haberles visto aunque haba venido en el mismo
tren. Salt del coche precipitadamente, sali con la misma velocidad de
la estacin y mont en el landau que le aguardaba fuera.

--En nada nos ha perjudicado usted. Hemos hecho el viaje ms divertido
que os podis imaginar. El carretero tendi una manta y yo me acost
sobre ella. Este iba en pie mirando el paisaje y contndome todo lo que
miraba. Los bueyes resoplando, el buen hombre cantando todo el camino y
nosotros riendo. Qu sacudidas! Qu traqueteo! Una de las veces ste
no pudo sujetarse y cay sobre m y sin querer me dio un beso...

--Sera muy bien queriendo; Cirilo es pcaro--dijo Elena.

--No, no; sin querer! Qu risa, hija ma, qu risa...! El carretero
pens que nos haba pasado algo y vino asustado, pero al vernos rer de
tan buena gana solt tambin la carcajada como un tonto... All le
levantamos como pudimos. El buen hombre dijo que si quera poda
amarrarle para que no se cayese. Este acept en seguida y se dej
amarrar como un santo. Yo me desternillaba de risa...

--Ha sido un viaje delicioso--corrobor Cirilo con toda su alma.

Tristn disimuladamente sacuda la cabeza mirando a Clara con expresin
de burla y sorpresa; pero aqulla, gozando con la risa de Visita, no le
haca caso. Era en efecto la risa de la ciega tan fresca, tan
comunicativa que no se la poda or sin sentirse tentado de ella.

Aquel matrimonio tena un parentesco lejano con don Germn. Cirilo era
hijo de un primo en tercero o cuarto grado de su padre; ella de un
modesto empleado en Hacienda. Cuando Reynoso lleg de Amrica, Cirilo
trabajaba con corto sueldo en una casa de banca y estaba ya en
relaciones amorosas con su actual esposa; ambos perfectamente sanos. Era
un joven activo, inteligente, de una honradez a prueba. Don Germn, que
advirti en seguida estas cualidades, le protegi con toda decisin; le
nombr su administrador y su agente, y logr que Escudero hiciese lo
mismo. Vindose ya en posicin desahogada pens en casarse; pero en
aquella misma sazn su prometida comenz a padecer de la vista y en
poco tiempo qued ciega por atrofia del nervio ptico, enfermedad
incurable. Cunto llor aquella buena y hermosa joven! Desesperada por
tan terrible desgracia, y todava ms pensando en que Cirilo suspendera
definitivamente el matrimonio, estuvo a punto de suicidarse. Pero aqul
se condujo en tal ocasin como un hombre de alma grande y generosa; no
slo no suspendi la boda, sino que la precipit cuanto pudo. Tal
proceder impresion fuertemente el corazn de la pobre ciega; si antes
amaba entraablemente a su novio, desde entonces su amor se convirti en
adoracin. Efectuose el matrimonio, casi por la misma poca que el de
don Germn con Elena. No se pasaron muchos das sin que una nueva
desgracia cayese sobre ellos y les pusiese a prueba. En el mismo saln
de la Bolsa sufri Cirilo un ataque de hemiplejia, le trajeron a casa
accidentado y aunque recobr prontamente el conocimiento, se not que
haba quedado herido del brazo y pierna izquierdos. Mejor bastante
luego gracias a ciertos baos, pero en el brazo apenas tena movimiento
y la pierna la arrastraba penosamente. Visita fue para l entonces su
providencia como l lo haba sido antes para ella. No slo le ayudaba en
los menesteres de la vida, sino que apoyado en su brazo poda ir a todas
partes. Sigui desempeando a conciencia sus tareas habituales sin que
desapareciera tampoco toda su dicha, como se ha visto.

Don Germn rea tambin hasta sofocarse. Cuando se hubo sosegado un poco
puso la mano en el hombro de Tristn.

--T has venido con ms comodidad, pero ellos se han divertido ms que
t.

--No es muy seguro que hubiera gozado fuertemente cayendo, aunque fuese
sobre tan grato lecho, y amarrado despus a un poste--repuso aqul con
sonrisa irnica.

--Porque t no sabes lo que es divertirse, ni acaso lo sepas en tu
vida--replic el caballero.

Y sin aguardar respuesta ech a andar en direccin de la casa.

--Ea!, a almorzar, que ya me parece que va llegando la hora.

En alegre charla se dirigieron todos hacia la escalinata y entraron en
el suntuoso comedor, situado en la planta baja del edificio. Contigua a
l haba una _serre_ donde crecan plantas tropicales y en medio de
ellas una fuente rstica formando cascada. Colgadas con disimulo entre
el follaje haba algunas jaulas con ruiseores, canarios y un sinsonte
que Reynoso haba logrado aclimatar despus de haber fracasado con otros
dos.

Clara subi a cambiar de traje y mientras tanto los invitados bebieron
aperitivos, escuchando a la ciega que no cesaba de charlar y rer
contando como si lo hubiese visto todo lo que pasaba en Madrid, las
obras dramticas que haban tenido xito, las bodas aristocrticas, las
peras, los conciertos, hasta las sesiones borrascosas del Congreso.

--No sabis? El jueves estuve a or a Prez en el Congreso y ayer a
Marconi en _Hugonotes_. Qu discurso, queridos, qu discurso! Se meti
a todos los diputados en el bolsillo. Y el decir que haba a mi lado
una seora que sostena que Lpez habla mejor! No s cmo me contuve.
Pero ste me toc con el codo y me dijo al odo que era prima de una
cuada de Lpez y me reprim. Al parentesco hay que perdonrselo todo...
El otro, qu dulzura!, qu bro al mismo tiempo!, qu modo de filar
las notas!

--Pero filan tambin las notas en el Congreso?--pregunt Elena con
asombro.

--Qu ests diciendo ah, criatura? Hablo de Marconi.

--Perdona, hija: pens que te referas a Prez, de quien estabas
hablando.

--Y el sainete de Ruiz que se estren en Lara! Delicioso, delicioso.
Tiene unos chistes que es para morirse de risa. Hay uno sobre todo, el
que hizo ms efecto... Est por ah Clarita? No ha venido todava...?
Pues entonces os lo dir...

Y baj un poco la voz y lo cont. Elena solt la carcajada. Reynoso se
content con sonrer. Pero Tristn dej escapar un bufido despreciativo
y acto continuo se puso a disertar sobre la decadencia del arte
dramtico: los autores unos ganapanes que miraban slo a las ganancias
repitiendo hasta la saciedad los mismos chistes y las mismas
situaciones, los msicos unos plagiarios que sin pudor fusilaban a los
maestros franceses y alemanes, los cmicos unos payasos amanerados
insufribles...

Cirilo le ataj suavemente hacindole observar que del arte sublime son
pocos en la tierra los que pueden gozar, que es necesario otro ms
asequible a los pequeos. Pero Tristn, que no sufra la contradiccin,
se lanz an con ms violencia contra el teatro moderno. La discusin
iniciada con prudencia fue adquiriendo un temple sobrado caluroso. Elena
la cort resueltamente.

--Ea!, dejemos las disputas. Hasta ahora no he odo ninguna en que se
convenciese nadie... Qu me cuentas, Visita, qu me cuentas de Rosarito
Abella?

--Muchas, muchsimas cosas te voy a contar. En primer lugar te dir que
se ha pintado de rubia... Est, segn dicen, para darle un tiro. Pero su
marido cree que tiene en casa a la Venus de Milo, a la de Mdicis y a la
bella Otero, todo en una pieza, y cuando sale de casa sella los balcones
con papel de goma para saber si se ha asomado...

En aquel momento entraba Clara con traje distinto. Don Germn dijo por
lo bajo sonriendo:

--Veris a Clarita. En cuanto se entere de que se est haciendo burla de
una persona se escapar sin decir palabra.

Y as sucedi en efecto. La joven se sent al lado de Tristn, puso el
odo a lo que se hablaba. Visita y Elena, siguiendo la broma, forzaron
la nota alegre a costa de aquel infeliz matrimonio. Clara se movi en la
silla con visible inquietud y al cabo de un momento se levant para
salir. Los circunstantes estallaron en una carcajada. La joven volvi la
cabeza con asombro y viendo todos los ojos posados sobre ella con
expresin maliciosa se ruboriz.

Poco tiempo despus se sentaban a la mesa. Era sta suntuosa, refinada,
provista de todas las adquisiciones gastronmicas. Pero don Germn era
enemigo de ellas; las dejaba a su esposa y a los convidados; l se
mantena de verduras, judas, huevos y tal cual trozo de carne asada.
Aquella alimentacin primitiva serva para embromarle y armar algazara.
Sobre todo lo que despertaba siempre ms risa era verle comer a puados
el maz cocido, costumbre adquirida en Amrica.

--Yo no necesito viajar por las tierras vrgenes--deca Elena--.
Teniendo al lado a mi marido que huele a todas las yerbas del campo y
vindole comer patatas asadas y forraje me creo transportada a las
pampas.

--All te quisiera ver yo!--exclamaba Reynoso con su clara risa de
hombre feliz--. Entonces sabras lo que es comer.

--Pues qu es lo que estoy haciendo?

--Pillando una indigestin. Sois unos locos de remate. Pasis la vida
envenenndoos con la qumica de los cocineros.

--Para ti fuera del maz todo es qumica.

--S; me harto de maz, me harto de judas, pero maana no imploro como
t los auxilios de la magnesia. Los granos de maz se van solitos al
estmago sin temor de que les den escolta las pastillas de Vichy.

Los comensales rean. Elena concluy por impacientarse y dar puntapis a
su marido por debajo de la mesa.

Pero otra desazn ms grave la aguardaba. Fue a beber el burdeos y
estaba fro. La consternacin se pint en su rostro.

--Cmo no ha templado usted el vino, Inocencio?

--Dispense la seora, pero se lo he encargado a la Dolores y haba
quedado en hacerlo--respondi confuso el criado.

--A ver, llamar a la Dolores.

Se present la Dolores.

--Por qu no ha templado usted el vino como se lo ha encargado
Inocencio?

--Dispense la seora, pero en aquel momento estaba poniendo las flores
en la mesa y se lo encargu a Manuel que pasaba por aqu. Pens que lo
haba hecho.

--Llamen a Manuel.

--No llames ya a nadie--manifest Reynoso--. Nada sacars en limpio.

--Pero es bien triste...!--exclam su esposa en el colmo de la
contrariedad.

--Tristsimo!--respondi l haciendo esfuerzos para no rer--. Pero es
mejor resignarse, porque no conseguirs ms que disgustarte y que te
haga dao la comida.

Elena sigui a medias el consejo. No propuso la comparecencia de nuevos
delincuentes, pero hizo repetidas veces la grave declaracin de que eran
todos, todos! unos necios y unos antipticos.

Pasada aquella nube sombra, volvi el regocijo a la mesa. Visita coma
con apetito, pero no le imposibilitaba de charlar y rer
prodigiosamente. Su marido la ayudaba lindamente en todo ello. Tristn,
despus de la reconciliacin con su novia, haba llegado hasta ponerse
de buen humor; charlaba y narraba ancdotas y aun se autorizaba algunos
donaires, aunque esto ltimo siempre por cuenta de su amigo Nez, el
hombre ms gracioso de Espaa, ya se sabe.

--No charles tanto, Tristn--le deca Reynoso--, no ests acostumbrado a
ello y te va a hacer dao.

--Verdad. El hablar demasiado nos perjudica. Pero tambin el tabaco es
perjudicial. Sin embargo, afirma Nez que el que no fuma y dice alguna
vez tonteras, se priva de dos grandes placeres en la vida.

Haba tambin sus entremeses de murmuracin, aunque suave y piadosa. As
y todo, esto molestaba a Clara que, no pudiendo levantarse, se permita
algunas tmidas observaciones en favor del ausente.

--Que hable el abogado de pobres. Dejadle que hable!--deca su hermano
riendo.

Y ella entonces enrojeca y callaba.

--Ese seor de la Pea no es malo, porque no puede serlo--manifestaba
Tristn con asombro de todos.

--Cmo que no puede? Todos los seres en la tierra pueden hacer el mal.
Hasta una pulga te muerde si le da la gana--responda don Germn.

--Cranme ustedes, muchos de los hombres que en el mundo pasan por
buenos, si no hacen dao es porque les falta tiempo. Y eso le pasa a
Pea. Est tan ocupado en su importantsima persona que no le queda un
momento libre para hacer algo malo.

--Qu atrocidad!--exclamaron riendo algunos.

--Vamos, vamos, Tristn!--expres por lo bajo Clara pellizcndole
suavemente el brazo.

--Adems Pea es muy gordo--prosegua l sin hacer caso de la cariosa
advertencia--y dice con razn Gustavo Nez que los hombres gordos no
son capaces de bondad ni de maldad. Slo los delgados son realmente
buenos o malos.

Reynoso principi cmicamente a palparse y a palpar a Cirilo.

--T y yo somos delgados o gordos, querido?

--Pero qu chistossimo es ese amigo de usted!--exclam Elena con una
entonacin irnica que hiri a Tristn.

--No hay nadie que deje de reconocerlo--respondi friamente.

--Tampoco yo lo dudo, pero es lstima que ese talento no lo emplee en la
pintura, de la cual hace ya tiempo al parecer que anda divorciado.

--Nez ha obtenido la primera medalla y su cuadro est colgado en el
Museo.

--Lo s, pero desde entonces dicen los inteligentes que no ha producido
nada que valga la pena, que se limita a pintar cuadritos de _budoir_,
donde vive mucho ms tiempo que en el estudio.

--Ese es el rumor de la envidia. Hay muchos en Madrid a quienes duelen
sus triunfos: los hay tambin a quienes escuecen los latigazos que sabe
propinarles.

--Es envidia tambin el decir que ya no vive de los pinceles, sino a
costa de las mujeres?

--S; lo es...! Y adems una calumnia!--repuso el joven prximo a
enfurecerse.

--Me sorprende, Elena, que t te hagas eco de rumores tan feos--salt
Clara con una viveza bastante rara en su naturaleza--. Pienso que ningn
dao te ha hecho Nez para que le trates de ese modo.

Elena solt una carcajada.

--Anda! No aguardas a que el cura te eche la bendicin para defender a
los amigos de tu futuro?

Don Germn intervino con palabras conciliadoras. Aunque los hombres que
gozan de notoriedad viven sometidos a la crtica y por lo mismo lo que
contra ellos se dice tiene escaso valor, en este caso haba que tener
presente que se trataba de un amigo ntimo de Tristn. Por qu
molestarle hacindole or murmuraciones y crticas de las cuales jams
se ven libres los hombres de gran valer?

Tristn se calm, y Elena, con su natural ligereza, pas inmediatamente
a otra conversacin.

--Pero qu lindsimo _budoir_ el tuyo, Elena, qu coquetn, qu
elegante!--le deca Visita aludiendo al del hotel que estaba terminando
en Madrid.

--Te gusta?

--Muchsimo. Qu guirnaldas talladas! qu rico mosaico el del
pavimento! qu pinturas tan finas las del techo!

La ciega hablaba como si no lo fuera y as haca siempre. Los comensales
se miraban unos a otros sonriendo con una mezcla de alegra y de
compasin. Elena, entusiasmada con el elogio, no pareca fijarse y le
haca preguntas y consultaba detalles.--Qu te parece, pondr sobre la
chimenea un reloj imperio o una estatua? Pondr la luz en el techo o en
los rincones? Pocos muebles, verdad? Es ya cursi eso de amontonar
trastos...

--Supongo que encargar usted para su _budoir_ algn cuadrito a
Nez--dijo Tristn con sonrisa maliciosa.

--Vamos, no sea usted rencoroso ni impertinente!--replic Elena dndole
con la servilleta suavemente en la cara.

Y la charla prosigui viva y alegre. La bella esposa del anfitrin no se
cansaba de decir y hacer travesuras, de tal modo que el regocijo no
decaa un instante. Mas ay! aquella nube sombra, temerosa, que haba
cruzado sobre la mesa no mucho antes, el viento de la fatalidad la
empuj de nuevo hacia ella. El helado que sirvieron al terminar la
comida era de avellana. A Elena no le gustaba el helado de avellana.
Repetidas veces lo haba dicho en alta voz. El cocinero estaba harto de
saberlo. Por qu, pues, lo mandaba a la mesa? Indudablemente por
molestarla, por inferirle una ofensa.

Esta pattica consideracin la enterneci de tal modo que estuvieron a
punto de saltrsele las lgrimas. Pero Reynoso, secundado noblemente por
todos los dems, declar con voz conmovida (aunque hacindoles guios
disimuladamente) que no era posible achacar al cocinero tamaa perfidia
indigna de la naturaleza humana, y que solamente por haber bebido
demasiado o por un trastorno inconcebible de sus facultades mentales
pudo haber olvidado hasta aquel punto sus deberes. De todos modos l
cuidara severamente de recordrselos.

Con estas graves palabras y con ciertos bah! y oh! muy expresivos y
cariosos de los comensales la joven seora se dio por satisfecha y para
demostrarlo se desquit de aquella inesperada privacin atacando de un
modo alarmante a las yemas de coco. Pasaron a la _serre_ a tomar el
caf, donde les sorprendi poco despus la llegada del marquesito del
Lago.




V

LO QUE DICEN LAS ABEJAS


Slo por su juventud, pues no contara ms de veinte aos, mereca el
marquesito este diminutivo que todo el mundo le aplicaba. Por lo dems
era un muchacho corpulento, rubio como el oro y con una expresin
infantil en el rostro que contrastaba con la apariencia atltica de su
musculatura. Los modales correspondan a aquella expresin: pareca un
nio grande. Entr diciendo en alta voz que a l no le engaaba nadie,
que all haba habido una huelguecita y que l deseaba beber una copa de
champagne a la salud de la reunin. Todas las manos quisieron llamar
para que se le sirviese y en todos los rostros brill una sonrisa
benvola. Aquel chico inspiraba general simpata por su franqueza y
bondad tanto como por el sello de inocencia que se lea en su rostro. Al
nico a quien no haba cado en gracia era a Tristn, quien sola decir,
alzando los hombros con desdn, que era un imbcil. En efecto, la
inteligencia del joven marqus no era muy despierta y slo posea los
escassimos conocimientos que le haba introducido casi a la fuerza un
abate francs que le sirviera de ayo hasta haca poco tiempo. Pero se le
perdonaba de buen grado esta limitacin en gracia de su sencillez y
natural afectuoso.

As que bebi la copa de champagne se puso a narrar incidentes de caza.
Era su recreo y su ocupacin sempiterna. O cazando o hablando de caza.
Por este lado simpatizaba mucho con Clara y en esta simpata acaso se
halle la oculta razn de la antipata de Tristn. Estaba bien persuadido
ste del amor apasionado que le profesaba su prometida; comprenda que
ni por su edad ni por las circunstancias de su carcter e inteligencia
era capaz de despertar una violenta pasin en ninguna mujer, pero as y
todo estaba celoso de l. En cuanto se le ofreca ocasin ya estaba
dedicndole alguna palabrita amarga.

Perteneca el joven marqus a la colonia veraniega del Escorial. Su
madre, la marquesa viuda, posea un bonito hotel en la parte alta del
pueblo y sola venir con su hijo temprano y marchar tarde porque a ste,
supuestas sus aficiones, le placa extremadamente la estancia all. Y su
madre le seguira no slo a este real sitio, sino a otro infernal si
fuera preciso. Pocas veces se haba visto una pasin ms viva, ms
frentica que la que esta seora senta por su hijo. Para ella segua
siendo el mismo nio que arrullaba en la cuna, consolndose de la muerte
repentina de su esposo. Decase burlando entre los veraneantes que
segua acostndole calentndole previamente la cama y hacindole repetir
su oracin al santo ngel de la guarda. No sera cierto, pero poco le
faltaba. La noble marquesa se consolaba con este hijo no slo de la
prdida de su esposo, sino tambin de los sinsabores que le
proporcionaba una hija que tambin tena. Era sta mucho mayor que
Fernando, casi le doblaba la edad pues no andaba ya muy lejana de los
cuarenta: se haba casado con el conde de Pearrubia y estaba haca
algunos aos separada de su marido por motivos poco honrosos para ella.
Viva sola en Madrid. Sus aficiones a la sociedad y aun a la galantera,
segn murmuraban, no encajaban en la austera y piadosa mansin de su
madre. Alguna vez vena al Escorial, pero slo por pocos das, y casi
siempre para recabar de la marquesa algn dinero con que hacer sus
correras por San Sebastin y Biarritz. La grave seora no la mentaba
nunca y lloraba en secreto la posicin equvoca en que se haba colocado
para mal de su alma y menoscabo de la familia.

Desde la _serre_ pasaron al saln. Se trat de que don Germn les
hiciese or al piano alguna sonata o concierto, pero no lo consiguieron.
Aunque dominaba este instrumento como un maestro era muy difcil, por no
decir imposible, hacerle tocar delante de gente. Sea modestia o temor de
profanar el misterioso encanto que las obras musicales le producan, es
lo cierto que slo le placa tocar a solas. Elena lo saba bien y por
eso hizo seas de que no le molestasen ms con sus instancias.

Fue Visita quien se sent delante del piano. Ella no saba nada de
Chopin ni de Haendel, pero conoca todos los valses y polcas que corran
por Madrid.

--A ver, nios, a bailar. Voy a tocaros el vals de los _Pajeles_.
Marqus, d usted una vuelta con Clara porque ya s que Tristn no
baila.

El marquesito sin aguardar ms tom de la mano a la joven, la sac al
medio y comenzaron a girar acompasadamente por el amplio saln. Tristn
sinti de pronto vivo despecho. La invitacin de la ciega le irrit
sobremanera porque llova sobre mojado. Haba credo observar desde
haca algn tiempo que el matrimonio de los invlidos guardaba grandes
deferencias y una simpata por extremo afectuosa hacia el marquesito. Y
de ello dedujo que no veran con malos ojos que se rompiesen sus
relaciones con Clara y que sta las anudase con aqul. De esto a pensar
que trabajaban secretamente para ello no haba ms que un paso y con su
habitual impetuosidad Tristn lo dio inmediatamente. Claro! Los ttulos
nobiliarios ejercen siempre fascinacin sobre los plebeyos. Era
necesario vivir prevenido. Lo estara.

Cuando se hubieron cansado de valses y mazurcas, salieron al patio.
Reynoso les mostr de nuevo con orgullo no slo su maravillosa coleccin
de palomas blancas, sino otra porcin de aves y bichos que tena
enjaulados, un guila, una ardilla, un jabal, etctera. Admiraron la
paciencia y la maestra con que haba sabido domesticar a algunos de
ellos.

--Este es un prodigio para entenderse con toda clase de
bichos--manifest Elena--. Figuraos que ha llegado a domesticar un bando
de gorriones... Os sorprende...? Pues es como lo os. Un da entraron
en nuestra habitacin por casualidad. Germn cierra los balcones y no
s qu hace con ellos. Al da siguiente vuelven, y lo mismo. En fin,
llegaron a dormir en nuestro gabinete encima de las lmparas. Por la
maana al despertarnos, Germn les gritaba: Chiquitines! Y los pjaros
venan volando hasta nuestra cama y se coman el alpiste y los caamones
que tenan preparados en la mesa de noche.

Celebrose con risa esta aptitud singular del amo de la casa. Tristn,
pensativo y con acento concentrado, dio la explicacin metafsica del
fenmeno.

--Hay hombres cuya alma se halla tan prxima a la de la madre naturaleza
que apenas parece desprendida de ella. Por eso hablan y entienden el
lenguaje de todos los seres vivientes, penetran fcilmente en los limbos
obscuros de la animalidad y viven all adentro como en su propia morada.

--Gracias, querido!--exclam Reynoso ponindole una mano sobre el
hombro--. En pocas y filosficas palabras me has llamado un animalito de
Dios.

--Oh, don Germn, no lo tome usted as!--respondi Tristn turbado.

--Tampoco t debes tomar as mis palabras y ponerte colorado--replic
riendo el indiano--. De todos modos convendrs en que soy un animal
inofensivo... Vaya por los que son dainos!

Entraron en el parque y se diseminaron por l. Tristn y Clara se
apartaron del grupo; Reynoso se fue a dar algunas rdenes al jardinero.
Elena con Visita, Cirilo y el marquesito entraron en el cenador. Pero al
poco rato Elena vino a buscar a Clara para hablarle de un gran lavadero
cubierto que su marido proyectaba hacer fuera del jardn; invitaron a
Tristn a venir con ellas para ver el sitio, pero se excus pretextando
que tena ms deseos de sentarse que de andar. En realidad estaba
preocupado, no poda vencer sus recelos y quera cerciorarse, saber si
sus sospechas eran fundadas, qu significaba aquella amistad sbita,
aquella ternura que la ciega y el manco mostraban hacia el marquesito
del Lago.

Clara y Elena salieron por la puerta de madera del jardn y, sin
internarse en el bosque, siguiendo el muro llegaron hasta uno de los
ngulos, examinaron el paraje en que se iba a erigir el lavadero y
dieron su opinin acerca de l. Pero Elena pronto se distrajo echando
miradas codiciosas a una mata de nsperos que creca un poco ms lejos.

--Mira, Clarita, agurdame un instante...

--Elena! Elena! Te van a hacer dao. Hace poco que has comido--repuso
la joven riendo.

--Dos nada ms...! Nada ms... No se lo dirs a Germn, verdad...? Me
muero por los nsperos...

Y a paso menudo y ligero, un poco temblorosa como quien va a cometer un
hurto corri hacia la mata. Mas al llegar a ella y cuando ya se dispona
a comer del fruto prohibido surgi de entre los rboles un hombre, qu
diremos un hombre? Un monstruo!

Gastaba zamarra negra, sombrero ancho de fieltro. Las barbas le llegaban
hasta el vientre. El color de su rostro era moreno aceitunado, la nariz
ancha, los ojos atravesados y todo el conjunto espantable.

Elena al ver al bandido dio un grito penetrante y extendiendo las manos
exclam:

--Oh por Dios! Por Dios no me secuestre usted...! Ya le daremos todo
el dinero que quiera... Djeme ir a casa... Le traer todas mis joyas...
Djeme usted por Dios.

Clara al or el grito de su cuada haba corrido hacia el sitio y al
encontrarse con el bandido se encar intrpidamente con l.

--Cmo...? Qu es eso...? Qu hace usted aqu?

El secuestrador trat de acercarse sonriendo de un modo horrible.

--No se acerque usted o le tiro una piedra a la cabeza!--dijo la
heroica joven haciendo ademn de bajarse a cogerla.

Elena vindose libre se dio a correr hacia casa, dejando a su infeliz
cuada en las garras del monstruo.

--Germn! Germn!--iba gritando--. Germn, un secuestrador!

Y Reynoso, que por encima del muro haba odo el grito, sala ya por la
puerta del jardn y vena corriendo hacia ella.

--Un secuestrador! Un secuestrador!--segua gritando cada vez ms
sofocada Elena.

Don Germn dirigi la vista al sitio que su esposa haba dejado y vio a
su hermana hablando tranquilamente con el bandido, aunque a respetable
distancia uno de otro. Acercose velozmente a ellos y cuando ya estuvo
prximo exclam con sorpresa:

--Si es el paisano Barragn...! Pero Barragn t por aqu...?

Y sin vacilar se acerc a l y ambos quedaron abrazados.

Elena en el colmo de la desesperacin le gritaba:

--Germn, no le abraces! por la Virgen no le abraces...! Mira que va
a echarte un lazo al cuello...!

--Pero, mujer, si es el paisano Barragn! No ves que es el paisano
Barragn...? Ven ac, Barragn, ven a saludar a mi mujer.

--No, no!--grit Elena dando un salto atrs y disponindose a correr.

Cost trabajo convencerla de que el paisano Barragn no era un
secuestrador y an no pudo llegar a convencerse por completo. La verdad
es que jams bandido ni criminal alguno tuvo un aspecto ms aterrador.

--Pero hombre, sigues todava con la mana de dejarte esas barbas
disparatadas?--manifest Reynoso, un poco amostazado por el susto que
haba recibido su esposa. Sin duda crea que la traza terrorfica de su
amigo dependa exclusivamente de la barba. Era un error. No dependa de
la barba, ni de la nariz, ni de los ojos, ni de los cabellos, sino de la
aciaga combinacin que la naturaleza prfidamente se propuso hacer con
todos estos elementos. Cuntos disgustos le haba costado!

Los ojos de Barragn quisieron sonrer y sonrieron en efecto, como si un
buldog se hallase dotado de esta facultad.

--Crees t que la barba...?

--S, hombre, s. Qutatela.

--Pero si me la quit hace dos aos y al da siguiente me llevaron a la
crcel en Veracruz!

Don Germn solt a rer y le abraz de nuevo. Elena le tir de la manga
dicindole por lo bajo:

--Basta, Germn, basta!

En efecto, el paisano Barragn, segn explicaba ms tarde Reynoso a sus
amigos, nunca haba logrado quitarse de encima aquella gran traza de
ladrn, aunque lo intent repetidas veces. Por consejo de sus amigos
empez en cierta ocasin a vestirse de levita y sombrero de copa; pero
con esta indumentaria estaba tan horrible, tan patibulario que los
mismos amigos le aconsejaron que se volviese a la chaqueta y al sombrero
de fieltro. Haba nacido en Escorial (por eso le llamaba siempre
paisano), pero le haba conocido en Guatemala, donde tambin se empleaba
en el comercio del caf, con el cual logr juntar un pequeo capital.
Poco antes de regresar Reynoso a Espaa se haba trasladado de Guatemala
a Mxico, y no supo ya ms de l sino que all se haba casado.

A los gritos haban acudido tambin el jardinero y su mujer y un pen de
los que trabajaban por all cerca. Todos emprendieron juntos el camino
de la casa satisfechos de que no hubiera acaecido nada malo. Pero
Barragn toc en el hombro a Reynoso y le dijo:

--Dispnsame un instante que vaya a recoger el caballo.

--El caballo!--exclam su amigo en el colmo de la sorpresa--. Pero has
venido a caballo?

--S, he venido desde Madrid... Ya te explicar... Seguid andando, que
yo os alcanzo en seguida, porque est amarrado ah cerca.

Siguieron, en efecto, a paso lento el camino que cea el muro. Reynoso
aprovech la ocasin para darles brevemente noticias de su amigo.

--Por lo dems--termin diciendo--Barragn es de los hombres ms
honrados que he conocido. Un poco agarrado en cuanto al dinero, pero
decente, pacfico, conciliador, incapaz de hacer dao a nadie... En fin,
un cordero.

--Un lobo!--murmur Elena al odo de Clara volviendo al mismo tiempo la
cabeza atrs con susto.

Barragn llegaba ya con el caballo del diestro. Reynoso orden al pen
que all vena que lo llevase a la cuadra, y emparejndose despus con
su amigo marcharon un poco delante. Este le inform, mientras llegaban a
la puerta del parque y lo atravesaban, de los ltimos sucesos de su
vida. Se haba casado, en efecto, en Mxico con una viuda que ya tena
dos hijos bien crecidos, casi hombres. (Claro--deca para sus adentros
Reynoso--una joven no se atrevera contigo!) Al poco tiempo empezaron
las disensiones en el seno de la familia. La madre tena muy mimados a
sus chicos y les dejaba gastar cuanto queran. Como no tena mucho
dinero que darles, se empeaba en que l subvencionase a sus vicios.

--Naturalmente, yo...

--Ya, ya; no me digas ms.

Pues bien, el asunto se haba ido poniendo tan serio, las pretensiones
de los mocitos crecieron a tal punto, que ya le injuriaban y le
amenazaban cuando no soltaba los cuartos. Por fin, uno de ellos le
dispar un tiro...

--Qu dices?--exclam don Germn.

--Ni ms ni menos...! Es posible que fuera por asustarme nada ms,
porque la bala qued incrustada en el techo... pero de todos modos...

--Ya lo creo que de todos modos!

--En fin, decid escaparme. Realic a la callandita casi todo mi dinero
y lo envi en letras a Europa. Despus una maana les dej plantados,
tom el vapor y anduve viajando algunos meses por Inglaterra y Alemania
para despistarlos, porque sospecho que me seguirn los pasos. Por fin,
vine a Madrid, y all estoy desde hace quince das. Tena grandes deseos
de verte, pero, francamente, el Escorial es un sitio peligroso para m
porque han de suponer que he venido a recalar a esta tierra.

--Pero hombre, parece mentira que con ese aspecto tremendn y esas
barbas tengas miedo de tus hijastros!

--Es que no los conoces, Germn. Mis hijastros son dos gauchos, dos
leopardos!

--Pero t pareces un tigre!--repuso riendo Reynoso.

Mientras esto suceda en las afueras del parque, dentro de l Tristn
llevaba a cabo un gravsimo descubrimiento. Hostigado por los recelos
que Cirilo y Visita le infundan y ardiendo en deseos de cerciorarse de
la intriga que contra l se tramaba, no dud en faltar a la delicadeza
espindolos. Saba que el matrimonio se hallaba en el cenador con el
marquesito, y hacia all se dirigi sin hacer ruido. Metindose en el
macizo de las caas que lo circundaban, observ en qu situacin se
hallaban colocados y se aproxim buscndoles la espalda. Las primeras
palabras que oy le dejaron yerto.

--Pero si ya est arreglado!--exclamaba el marquesito.

--Lo que est arreglado se desarregla y lo que est hecho se
deshace--responda Visita.

Una ola de sangre subi al rostro de Tristn. Estuvo a punto de caer.
Quiso avanzar ms para escuchar la conversacin que se le escapaba por
haber bajado la voz los interlocutores, pero uno de los perros que all
estaban lo olfate y se puso a ladrar. Entonces no tuvo ms remedio que
descubrirse, fingir que llegaba en aquel momento haciendo de tripas
corazn, sonrer y dirigir palabras amables a aquellos traidores. Ellos
le recibieron con la ms perfecta tranquilidad fingiendo pasmosamente
que tenan gusto en verle por all y preguntndole por Clara. Imposible
llevar a grado ms alto la hipocresa. Qu abismo de maldad es el
corazn humano!

No haca mucho rato que estaban all sentados cuando lleg la caravana
que conduca en triunfo al paisano Barragn. El marquesito y Cirilo, al
verle, se pusieron en pie y sus ojos no pudieron menos de expresar la
sorpresa y la inquietud. El mismo Tristn, a pesar de hallarse bajo el
peso de un desengao doloroso, mir con estupor a aquel extrao
personaje. Reynoso lo present con palabras afectuosas y cordiales,
desvaneciendo la primera desagradable impresin. Se narr en medio de
algazara la terrible aventura de Elena y el valor desplegado por Clara
en aquellas crticas circunstancias. Tristn, cuyo corazn estaba
henchido de amargura, tom la palabra para dejar caer una gota de hiel.

--Nada tiene de extrao el susto de Elena. Los peligros de toda clase
hormiguean en el mundo y nos vemos acechados constantemente por un
enjambre de enemigos que espan nuestros pasos para caer de improviso
sobre nosotros al menor descuido. No slo la naturaleza es nuestra
enemiga y se halla dispuesta siempre a trituramos sin compasin, sino
que los riesgos ms tristes, por ser los ms insidiosos, nos llegan de
nuestros semejantes, de aquellos que juzgamos nuestros amigos, nuestros
hermanos. De tal suerte que el msero ser humano vive en el mundo como
el pjaro en el bosque, afinando la vista y el odo para huir ante la
sombra ms fugaz y al menor ruido. El egosmo es la esencia del mundo,
es su mismo sostn y jams podremos guardarnos bastante los hombres los
unos de los otros. El hombre es el lobo del hombre, ha dicho con razn
Hobbes.

Elena se inclin al odo de Clara para decirle muy bajo:

--No te he dicho yo que era un lobo? Mira qu pronto le ha conocido
Tristn!

Clara llev el pauelo a la boca para no soltar la carcajada.

--No tanto, Tristn, no tanto--replic Reynoso--. Existe mucho egosmo
en el mundo, pero existe tambin mucho amor. Los hombres amamos ms de
lo que pensamos. T mismo, que acabas de afirmar que el egosmo es la
esencia del mundo, no hace mucho tiempo que viendo salir de un portal a
una pobre mujer con los vestidos ardiendo, envuelta por las llamas, te
quitaste el abrigo, te arrojaste sobre ella, la envolviste y, quemndote
las manos, con peligro de tu vida, lograste salvarla de una muerte
horrorosa... Lo que hay es que el amor no levanta tanto estrpito como
el egosmo. En nuestras almas suele entrar cubierto de harapos como un
mendigo, se sienta en el rincn ms obscuro y all espera silencioso a
que le arrojemos algunos mendrugos de nuestra mesa. Ay del mortal que
le niegue esos mendrugos! Ms le valiera no haber nacido, dice Jess en
su Evangelio.

--Ms nos valiera a todos no haber nacido. La raz inconsciente de
nuestro ser proclama la identidad, es cierto, y yo, por un movimiento
irreflexivo, me lanc en socorro de aquella mujer; pero ay! en cuanto
reflexionamos se desvanece la ilusin y los hombres quedamos unos
enfrente de los otros como seres radicalmente distintos, como
adversarios que se disputan encarnizadamente el tiempo y el espacio.
Nuestras ms caras ilusiones, el amor conyugal, el amor filial son
imgenes de oro bullidoras, como dice Espronceda, que brillan mientras
la luz del sol las hiere, pero as que sta empieza a faltarles se
vuelven fantasmas repugnantes, hijos legtimos del prfido destino, como
aquella hermosa doncella que el moro Ferragut, en el poema del obispo
Valbuena, tena entre sus brazos y al caerse la vela vio transformada a
la luz de la luna en una flaca vieja con el rostro lleno de verrugas...

Qued un momento pensativo con los ojos melanclicamente puestos en el
vaco y luego aadi bajando ms la voz:

--Hace algn tiempo fui a visitar a un amigo cuyo padre se haba muerto.
Estaba sumido en la desesperacin: el llanto baaba sus mejillas. Y no
le faltaba motivo. Era un padre bondadoso, justo, un perfecto caballero,
de rara modestia a pesar de ser ttulo de Castilla y poseer cuantiosas
riquezas... A los ocho das volv por all. Encontr a mi amigo tan
afanoso y preocupado dictando rdenes, conferenciando con sus
administradores, escuchando las peticiones de una nube de parsitos, que
no tuvimos tiempo a dedicar un recuerdo a aquel noble varn que desde
haca pocos das descansaba en la cripta. Vindole tan activo, tan
solicito, tan posedo de su papel de amo, me acometi un deseo punzante,
que con dificultad logr reprimir, de preguntarle: Vamos a cuentas,
amigo mo: yo no dudo que amases entraablemente a tu padre; pero si por
un movimiento librrimo y absolutamente secreto de tu voluntad pudieses
resucitarle para entregarle de nuevo ese ttulo y esa gran fortuna que
ahora posees, lo haras? No mientas! lo haras...? Despus de esto
le he tropezado muchas veces en sociedad, saludado, acatado por todo el
mundo. Y siempre la misma pregunta indiscretsima retoz en mis labios,
la misma curiosidad oprimi mi corazn.

--Pero eso que ests diciendo es horrible!--profiri Clara con mpetu.

--Horrible!--repitieron a un tiempo Elena y Visita.

Tristn se dio cuenta instantneamente de su indiscrecin al hablar en
tal forma delante de su prometida y de Elena (en cuanto a Visita se
alegraba) y dijo echndolo a broma:

--No tomen ustedes en serio estas metafsicas. Son curiosidades malsanas
que nos acuden cuando no tenemos otra cosa ms seria en que pensar.

Pero Reynoso no se dej engaar por la rectificacin.

--Nadie ha dudado jams, y la misma religin cristiana nos lo repite a
cada momento, que en el fondo de nuestra alma viven instintos
depravados, se agitan apetitos bestiales, dormita, en una palabra, la
fiera. Pero la experiencia me ha enseado que es ms fcil adormecerla
con el humo de la lisonja que con los gritos del miedo. Mostrando
confianza a nuestros hermanos solemos hacerlos mejores: recelando de
ellos, jams... Recuerdo que hace bastantes aos tuve necesidad en
Guatemala de ir desde mi finca a la capital para cobrar unas letras. Me
acompaaba un criado de confianza que lo haba sido tambin de mi to.
Cuando regresbamos observ en aquel hombre extraas seales que me
infundieron sospechas: se mostraba taciturno, preocupado; examinaba con
atencin mis armas; diriga miradas penetrantes en torno suyo; apenas
coma. Recel, en suma, que aquel hombre proyectaba robarme, tal vez
asesinarme. Llegamos al anochecer a una miserable estancia, donde nos
albergamos. Antes de acostarnos le llam aparte y le dije
confidencialmente: Pepe, el estanciero y la gente que aqu tiene no me
inspiran confianza. Toma mi revlver y mi estoque y hazme el favor de
vigilarlos mientras yo duermo tres o cuatro horas. Luego despirtame y
yo te velar a ti otras tres o cuatro. No pueden ustedes figurarse cmo
cambi la fisonoma de aquel hombre en un instante. En sus ojos volvi
a brillar de repente la alegra y la serenidad. Pierda usted cuidado,
mi amo--respondi con voz clara y gozosa--; antes que le tocasen a usted
el pelo de la ropa ya haba yo despachado tres o cuatro al otro barrio.
Me acost en la ntima persuasin de que deca verdad. Y, en efecto, me
dej dormir toda la noche, velando mi sueo con la solicitud de un
padre... Siempre he imaginado que todos los hombres tienen en el fondo
de su alma un gato, Tristn, un gato de bondad y de nobleza. Hay que
buscrselo, hay que buscrselo!

--Se busca el gato y se halla el ratn--respondi aqul alzando los
hombros.

Mientras Tristn y Reynoso departan de esta suerte, el paisano
Barragn, sorprendido y asustado de aquellas filosofas, miraba a uno y
otro interlocutor, haciendo rodar sus ojos feroces, encarnizados, de un
modo tan odioso que Elena, al tropezar con ellos, sinti un escalofro
correr por todo su cuerpo.

--Vaya, vamos a dar una vuelta por el jardn--dijo levantndose para
huir aquella visin siniestra.

Pasearon un rato por el parque. Reynoso les dijo de pronto:

--Os he mostrado casi todos mis bichos, pero an nos falta algo digno de
verse, aunque sea bien modesto. Venid conmigo.

Les hizo salir por la puerta del jardn y, dando la vuelta por l, los
llev hasta un paraje donde adosadas a la pared sobre tableros haba
hasta veinte o ms colmenas de corcho.

--Ni un paso ms--les dijo--porque es peligroso. Dejadme a m solo.

Se adelant l efectivamente y cuando hubo llegado salieron de pronto
los enjambres y le cubrieron todo, cabeza, rostro, manos, como si de
repente hubiera quedado negro. Un grito de susto sali de todas las
bocas.

--No hay cuidado!--exclam don Germn en voz alta--. No se muevan
ustedes.

Dio algunas vueltas en esta forma y luego, pasando por delante de las
colmenas y detenindose en cada una, las abejas fueron levantando el
vuelo y metindose cada cual en su casa.

--Ya lo ven ustedes como no haba miedo--dijo viniendo hacia ellos
completamente limpio--. Ni una sola me ha picado; no han hecho las
pobrecitas ms que darme la bienvenida.

--Pero cmo ha logrado usted...?--dijo el marquesito.

--De un modo muy sencillo. Empec aproximndome con cautela, cada da un
poco ms.

--Sin careta?

--Sin careta ni guantes. Me fui acercando poco a poco. Dos o tres veces
me pic alguna, pero lo sufr con resignacin. No les haca ningn dao
y al cabo logr convencerlas de que nada deban temer de m. Desde
entonces me dejan acercarme todos los das, y no slo eso, sino que me
saludan del modo afectuoso que acaban ustedes de ver... No piensas,
querido Tristn--aadi dirigindose alegremente a ste--, que el mismo
procedimiento es el que debemos emplear con los hombres? Persuadmosles
de que no queremos perjudicarles, de que no deseamos siquiera
utilizarlos en nuestro provecho, y entonces nuestras relaciones con
ellos sern dulces y cordiales.

--Todo eso est muy bien--repuso Tristn en el mismo tono jocoso--, pero
usted las utiliza seguramente en su provecho quitndoles la miel y la
cera.

--Tienes mucha razn, amigo mo!--exclam Reynoso riendo--. En este
caso soy un traidor... Pero ellas me perdonan porque las dejo lo
bastante para alimentarse y las estimulo a trabajar. De otro modo se
aburriran...

--No se apure usted, don Germn. Los traidores saltan en todas
partes--replic Tristn dirigiendo una mirada penetrante a Cirilo y
Visita.




VI

LA FAMILIA DE TRISTN


Por no regresar con ellos a Madrid prefiri quedarse a comer en la casa
y partir en el tren que deba pasar a las nueve de la noche. En cuanto a
Barragn, fue instado para que pernoctara all, pero no acept. A la
hora de obscurecer mont de nuevo a caballo y la emprendi hacia
Villalba, donde pensaba dormir. Reynoso qued haciendo comentarios
alegres.

--Es un hombre original mi amigo Barragn, no es cierto? Aadan ustedes
a esa traza de salteador, que Dios o el diablo le han dado, la mana que
siempre ha tenido de caminar de noche y por veredas apartadas, de hacer
los viajes a caballo, de pernoctar en las ventas y comer en las
tabernas, y comprendern la serie de aventuras cmicas unas y
desagradables otras que le han sucedido. En ms de una ocasin le
llamaron aparte para proponerle _un negocio_, esto es, desvalijar o
asesinar a alguno.

--Y ests seguro de que no ha mojado nunca en alguno de esos
negocios?--pregunt Elena con acento dubitativo.

--Mujer, qu ests diciendo!--exclam su marido soltando a rer.

Elena sacudi la cabeza reservndose su opinin.

Ya bien cerrada la noche se enganch el coche y Tristn fue transportado
a la estacin.

Al entrar en uno de los departamentos de primera no haba all ms que
dos seoras, una joven y otra vieja, que parecan madre e hija. Tristn
se arrellan cmodamente en un rincn frente a ellas. Cuando son la
campana y el tren iba a ponerse en marcha subi al coche un seor de
rostro apopltico y aspecto rural.

--Caballero, se es mi sitio--dijo encarndose un poco rudamente con
Tristn.

Este, cuya susceptibilidad siempre viva se hallaba ahora exacerbada,
respondi con calma afectada e impertinente:

--En este momento es el mo.

--Es cierto que no he dejado en l seal ninguna porque cre que no
subira nadie, pero estas seoras son testigos de que he venido
ocupndolo desde Valladolid.

Las seoras corroboraron el aserto con un murmullo y una inclinacin de
cabeza.

--La opinin de estas seoras es muy respetable, pero no me parece
suficiente para darle a usted el derecho de reclamar el sitio del modo
perentorio que lo ha hecho.

--Qu modo perentorio ni qu calabazas!--exclam el buen seor
perdiendo la paciencia.

Tristn, que ya la tena perdida de antemano, replic en el mismo tono.
La disputa se fue haciendo cada vez ms agria. Por ltimo Tristn
ponindose un poco plido y mirndole fijamente a los ojos profiri
resueltamente:

--Hgame usted el favor de sentarse y no molestar ms!

El caballero tambin se puso plido y le dirigi una larga mirada
centellante. Hubo un instante en que pareci que iba a arrojarse sobre
l; pero haciendo un supremo esfuerzo sobre s mismo alz los hombros
con desdn, dej escapar un bufido expresando el mismo sentimiento y fue
a sentarse en el rincn opuesto. Tristn permaneci en el suyo y
afectando indiferencia cerr los ojos como si se dispusiera a dormir.
Bien comprenda que las seoras le estaban mirando y no con gran
benevolencia.

Al cabo de un rato, como en realidad no poda ni tena deseo de
conciliar el sueo, se alz del asiento y se asom a la ventanilla. La
noche era clara y tibia; la vasta llanura erizada de lomas se extenda
debajo de un cielo tachonado de estrellas. Aspir algunos minutos con
placer el fresco y cuando se dispona nuevamente a sentarse una rfaga
de viento le llev el sombrero.

Las dos seoras levantaron la cabeza al or la interjeccin que solt,
pero no dieron muestras de pesar ninguno por el accidente. Tristn se
puso a maldecir en voz baja y con rabiosa clera de su mala suerte, pues
no traa gorra y le era preciso llegar hasta su casa con la cabeza
desnuda. El caballero de la reyerta le mir con expresin de
indiferencia y luego, levantndose y tomando de la red una sombrerera,
se la present abierta dicindole:

--Vea usted si ese sombrero le sirve.

--Muchas gracias--respondi avergonzado--. En cuanto llegue me meto en
un coche...

--Los coches estn fuera del edificio. Pruebe usted a ver si le
sirve--insisti con acento rudo y franco el caballero.

Tristn sac el sombrero y en efecto le estaba bastante bien.

--Pero yo no puedo... No tengo el honor de conocer a usted.

--Lo enva usted maana al hotel de Pars. Aqu tiene usted mi tarjeta.

Tristn dio las gracias repetidas veces sin poder disimular su embarazo.
Estaba realmente abochornado por su intemperancia pasada. El caballero
se volvi a su rincn y de nuevo rein el silencio. Tristn crea notar
que las dos seoras le miraban con desprecio y acaso no le faltaba
razn.

Poco despus el generoso caballero se asom tambin a la ventanilla. Al
cabo de algn tiempo dio un grito y Tristn le vio sin sombrero.

--Qu! tambin a usted?--dijo sin poder disimular su satisfaccin.

Pero el caballero present su sombrero diciendo con sorna:

--No; yo he sido ms listo que usted y he podido atraparlo en el aire.

Las seoras, que se hicieron cargo de la broma, soltaron la carcajada y
aun exageraron un poco su risa. Tristn tambin hizo un esfuerzo
desesperado para rer, pero estaba irritadsimo y no volvi a pronunciar
palabra hasta llegar a Madrid. En la estacin el caballero se despidi
muy atento: las seoras ni le miraron siquiera.

La casa de su to Escudero, con quien viva, estaba situada en la calle
de Alcal y era grande y lujosa. Ocupaba aqul todo el piso principal,
tena destinado el bajo a oficinas y los dems alquilados. El criado les
dijo que los seores se hallaban en el teatro y Tristn se retir a su
habitacin sin esperarlos.

Pas la noche intranquilo, agitado por tristes presentimientos. Ninguna
cosa en el mundo puede tener solucin feliz y aquel matrimonio que l
haba acariciado durante algunos aos, aquel sueo de amor acompaado de
los ricos presentes de la fortuna estaba a punto de disiparse tambin
como todo. La prfida voluntad que rige el universo nos hace ver la
felicidad a algunos pasos de distancia sin permitirnos jams llegar a
ella. Ya le pareca haber entrado en una de las ratoneras que el genio
de la especie tiene armadas siempre para los mortales. Sin embargo, no
era todava bastante filsofo para dejarse estrangular como un msero
ratn sin tratar de romper la malla. Estaba resuelto a luchar aunque
persuadido ay! de que en la lucha sera vencido.

Apenas pudo trabajar aquella maana. Los libros que sucesivamente iba
poniendo delante de los ojos no le interesaban: las cuartillas
permanecan en blanco a pesar de sus esfuerzos desesperados para
llenarlas. Cuando se aproximaba la hora del almuerzo se encamin a las
habitaciones de sus tos con nimo de hablar con ellos acerca del asunto
que le preocupaba. Don Ramn Escudero estaba ya en el comedor sentado en
una butaca y echando frecuentes ojeadas al reloj, que no se daba tanta
prisa a caminar como l quisiera. Era un hombre grueso con el pelo
blanco, las mejillas rasuradas, la fisonoma plcida. Su esposa, que
entraba tambin en el comedor cuando Tristn, formaba con l raro
contraste; delgada, ojos inquietos, rostro afilado, movimientos
espasmdicos.

--Han llegado los nios, Eugenia?--pregunt Escudero--. Buenos das,
Tristn. Qu tal de excursin? Han quedado todos buenos?

La seora respondi que los nios acababan de llegar. Tristn dio cuenta
sumaria tambin de la salud de sus amigos del Escorial. Despus, sin
prembulo alguno, antes que llegaran los nios y su prima Araceli,
delante de la cual por nada hubiera entrado en tales confidencias,
abord el asunto que le preocupaba y celebr consulta con sus tos.
Narr todo lo que haba sucedido en el Sotillo en tono dramtico y con
reticencias adecuadas para infundir las sospechas que atormentaban su
espritu. Escudero escuch el relato sin pestaear. Doa Eugenia
bastante distrada.

--Todo eso--manifest aqul con acento perfectamente tranquilo, como si
se tratase de un asunto insignificante y balad--no es prueba suficiente
para acusar a Cirilo de que trabaje para deshacer tu matrimonio... Pero
aunque trabajase, qu? Yo estoy seguro completamente de Germn. No lo
ests t de Clara...? Pues entonces...! Ella tiene cien mil pesos. T
tienes ochenta mil... Pero t eres licenciado en Filosofa... Total
iguales... Vaya, vamos a almorzar.

Don Ramn Escudero posea el triste privilegio de descomponer el sistema
nervioso de su sobrino Tristn por sosegado que estuviese (que no sola
estarlo). Este don natural no fall tampoco en la ocasin presente.
Nuestro joven se encresp terriblemente y como no se atreva con su to,
a quien de buena gana hubiera llamado imbcil, la emprendi contra
Cirilo y su esposa a quienes cubri de dicterios. Don Ramn estaba ya
acostumbrado a estas cleras insensatas y no haca caso alguno de ellas
por haberle persuadido, no se sabe quin, de que era achaque comn de
todos los jvenes que estudiaban filosofa y letras. Las presenciaba
impasible y hasta con cierto respeto como seal de su alta vocacin,
pues inclinaba su cabeza delante de las ciencias filosficas y nada en
el mundo le causaba tanta admiracin como or a un hombre hablar una
hora seguida sin lograr comprender una palabra. Sin embargo, como era
la hora del almuerzo y poda hacer dao a su sobrino, trat de calmarle.
Se alz de la butaca y acercndose a l le dijo al odo:

--Pierde cuidado, querido, que como resulte cierto eso que sospechas, yo
me encargar de poner un buen castigo a Cirilo... Le reduzco el tanto
por ciento de la administracin al cuatro... Ya ves, le doy el
cinco...! Me parece que no le quedarn ms ganas de meterse donde no le
llaman...

Y miraba a su sobrino con tal semblante triunfal y satisfecho, que ste
temi perder la razn y darle un golpe con el puo cerrado sobre las
narices. Para evitar semejante catstrofe, determin sentarse a la mesa.
Don Ramn quiso hacer lo mismo, pero su esposa le detuvo con un grito:

--No, Ramn...! Hazme el favor de desinfectarte las manos.

--Pero, mujer, si no he tocado nada infectado!

--S; has estado en la oficina y todos esos empleados suelen tener
microbios.

--Mis empleados no tienen microbios!--replic Escudero saliendo por el
honor de su dependencia.

--Todo el mundo los tiene. En esa botella hay una solucin de sublimado.

Doa Eugenia hablaba con tal autoridad y firmeza que pareca no admitir
la posibilidad de una rplica. Su esposo, sin intentarla siquiera, se
dirigi al pequeo gabinete de _toillette_ que estaba contiguo al
comedor y de buen o mal grado llev a cabo la operacin higinica.

En aquel instante llegaba su hija Araceli. Era sta una joven de veinte
aos de tipo distinguido, o lo que es igual, un manojito de huesos con
ojos interesantes. Ninguna otra cosa de inters ofreca su persona, pero
resultaba agradable si no bella. Tristn la haba encontrado tal en otro
tiempo cuando la nia comenz a hacerse mujer, y esto ayudado de la
fortuna cuantiosa que su to posea acaso le hubiera decidido a fijar en
ella sus miras matrimoniales. Por su prximo parentesco, por habitar
bajo el mismo techo, y por la alta estimacin que merced a su aplicacin
y talento haba logrado Tristn inspirar a sus tos, parecan
destinados el uno para el otro. Pero la nia haba mostrado desde su ms
tierna edad una vocacin decidida y fervorosa por el estado de marquesa,
y sus padres, como es natural, no quisieron echar sobre su conciencia el
peso de contrarirsela. Apenas saba coger la aguja y ya se entretena,
con inocencia angelical, en bordar una corona ms o menos torcida en el
peto de sus delantales o sobre su almohadilla de costura. En el colegio
no admita conversacin sino con las hijas o por lo menos sobrinas de
algn ttulo del reino, y cuando los jvenes comenzaron a seguirla, su
primera mirada no era al bigote, sino a los gemelos de la camisa por ver
si descubra grabada en ellos la corona de sus ensueos. Se puede
asegurar que sin este precioso smbolo de nobleza y podero, aunque
fuese bordado en caamazo, la vida le pareca un rido desierto de
horror y tristeza. As, pues, ni los triunfos universitarios ni la
simptica figura de su primo lograron hacer la ms pequea mella en
aquel tierno corazn, inflamado de amor por la aristocracia. Tristn,
despechado, la guard toda su vida oculta ojeriza. Ella, por su parte le
corresponda con un desdn tan efectivo, tan manifiesto, que era capaz
de encender la ira del hombre ms paciente.

Antes de sentarse a la mesa llegaron los nios, un chico de nueve aos y
otra nia de seis. Como era domingo, despus de misa la doncella los
haba llevado en coche al Retiro: all se haban apeado, haban corrido
por prescripcin facultativa media hora (ni un minuto ms ni un minuto
menos) y los haban restituido a casa en perfecto estado de
conservacin. El criado comenz a servir el almuerzo y la doncella se
coloc detrs de los nios para su cuidado. Araceli no haba podido
lograr de sus padres que comiesen en mesa aparte segn las pragmticas
de la buena sociedad.

La distinguida joven estaba de humor jovial aquella maana. Haba ido a
misa de once a San Jos con mademoiselle (la cual tambin se sentaba a
la mesa) y le haba ocurrido una aventura... vern ustedes qu aventura.

--Pues seor, o misa cerca del altar de la Virgen del Carmen, y al
salir de la iglesia siento que me tocan en el hombro. Quin me toca? me
pregunto. Vuelvo la cabeza y me veo a la vizcondesa de Mazorca. Pero
vizcondesa! es usted? Me informo de la salud del vizconde y de los
nios y de buenas a primeras me dice con mucha gracia: Araceli, por ser
da sealado le regalo este bolsillito. Miro el bolsillo y veo que es
el mo, que haba dejado olvidado sobre la silla. La vizcondesa haba
estado arrodillada cerca de m sin que la viese y advirtiendo cuando me
levant que dejaba el bolsillo se apresur a recogerlo. Lo que pudimos
rer...! Al salir, en las escaleras de la iglesia tropezamos al marqus
de Cabezn de la Sal, ntimo amigo del vizconde, y nos propuso dar una
vuelta por la calle de Alcal. Despus quiso que entrsemos en el
reservado del Suizo, pero yo tena mucha prisa porque pap no retrasa
por nada un minuto la hora del almuerzo y all los dej a la puerta.

Realmente aquella tierna escena era a propsito para regocijar a todo el
mundo, pero si se ha de confesar lisamente la verdad a nadie regocij
ms que a la gentil narradora. Su pap rumiaba tranquila y
filosficamente como un buey; su mam, como siempre, se hallaba
distrada, inquieta, en espera a cada instante de una desgracia; y en
cuanto a Tristn es imposible que nadie pudiese mostrar en su rostro un
gesto de displicencia y de tedio ms sealado.

La doncella aprovech una pausa para dar a su seora noticia de un
encuentro agradable que haban tenido en el Retiro.

--No sabe la seora a quin vimos en el paseo? Pues estbamos ya para
venirnos cuando veo cruzar una mujer de mantn... Aquella mujer parece
Aurora, digo para m... Y as fue como lo pens: la misma Aurora que
haba venido a Madrid a comprar zapatitos para los nios y se marchaba a
su casa.

Aurora era una joven que haba sido segunda doncella durante algunos
aos en casa de Escudero, se haba casado con un tipgrafo y viva en el
Puente de Vallecas.

--Ay, seora, qu cambiada est! No la conocera si la viese. Qu
delgada, qu descuidada, qu sucia! Vergenza me dio siquiera que
hubiera besado a los nios...

Doa Eugenia dej escapar un grito doloroso y se puso en pie de repente.
Escudero, asustado del susto de su esposa, solt el tenedor que cay en
el plato con estrpito; los nios chillaron, la doncella se puso plida.

--Cmo!--profiri la seora con voz alterada--. No sabe usted que le
tengo prohibido que nadie bese a los nios...? Y les besa una mujer que
vive en uno de esos barrios sucios, llenos de miseria, y habita en una
casa que ser seguramente un foco de infeccin...! Ahora mismo a
desinfectar a estos nios! Ahora mismo, sin prdida de tiempo!

--Pero, mujer--se atrevi a apuntar Escudero, recogiendo el tenedor y
volviendo a engullir tranquilamente--, no es tan seguro que la casa de
Aurora sea un foco de infeccin, porque ella tambin tiene nios y es de
suponer que los besar...

Doa Eugenia no escuchaba nada.

--Que los contagie ella si quiere...! Yo no quiero contagio...! yo no
quiero que se mate a mis nios!

Y diciendo y haciendo los agarr con mano crispada del brazo, y
bajndolos de la silla los arrastr hasta el lavabo del gabinete
contiguo, y quieras que no les meti la cabeza en una disolucin de
sublimado y les restreg los labios y las mejillas casi hasta hacerles
brotar la sangre. Los nios protestaban con altos gritos de aquel
lavatorio intempestivo y cruel. La consternacin se pintaba en el rostro
de los espectadores, exceptuando el de Escudero que reaccionaba
admirablemente ante los continuos sobresaltos que su espasmdica esposa
le proporcionaba.

Todo qued en calma al fin, pero la doncella delincuente se march
llorando y vino otra a sustituirla. Sin embargo, al cabo de pocos
minutos se present de nuevo con una carta urgente para el seor. Se
puso ste con calma los anteojos, la ley atentamente y luego sacudi la
cabeza con tristeza.

--Pobre Manuel!

Un antiguo agente de negocios, compaero suyo, haba quedado arruinado
tiempo haca; vena viviendo en la mayor miseria y por fin le
notificaba que el casero le haba puesto los muebles en la calle y le
peda por el amor de Dios que le diese veinte duros.

--No faltaba ms...! Ya lo creo que se los dar!--exclam don Ramn,
que era hombre caritativo, echando mano a la cartera.

Pero de pronto se detuvo, qued un instante suspenso y por fin,
levantndose, fue a su despacho. Mir su libro de gastos y vio que el
da anterior haba quedado agotada la consignacin mensual de limosnas.
As que volvi diciendo con cara compungida:

--Dile que no puede ser... Lo siento mucho... pero no puede ser.

--Pero, pap!--exclam Araceli.

--No puede ser, hija... no puede ser...--repuso con impaciencia.

Escudero haca cuantiosas limosnas, tena destinada para ello una
partida crecida de su presupuesto mensual, pero era un hombre tan formal
y tan exacto que, una vez agotada sta, por nada ni por nadie hara un
adelanto sobre el presupuesto del mes siguiente. Fue necesario
conformarse. Sin embargo, Tristn sac disimuladamente del bolsillo un
billete y haciendo sea a la doncella, se lo dio por debajo de la mesa.

Araceli segua de humor placentero. La potica aventura con la
vizcondesa haba exaltado sus sentimientos de grandeza. Mecida con
deleite sobre las nubes irisadas del cielo aristocrtico, no daba paz a
la lengua. Las costumbres excntricas pero respetables de la marquesa de
C.***, ta de su amiguita Enriqueta, la belleza de la condesa de B.***,
los trajes de la duquesa H.***, los escndalos del barn de S.***, un
verdadero loco, pero tan fino! tan distinguido! Siempre se acordara
de aquella tarde en que se sinti indispuesta en las carreras y el mismo
barn fue por una taza de te y se la sirvi por su propia mano.

La misma sobrexcitacin herldica le impuls a dirigirse a su primo en
tono jovial.

--Y qu tal, qu tal el marquesito del Lago? Dicen que es un cazador de
primera fuerza.

Tristn se encogi de hombros con desdn.

--No s si es de primera o de ltima, pero no le o hablar nunca de otra
cosa.

--Me ha dicho Visita que es un chico muy simptico.

Una pedrada en la cara no le hubiera hecho peor efecto a nuestro joven
que aquella frase. Obscureciose su rostro y dijo con acento de
concentrado desprecio:

--El marquesito del Lago es un imbcil!

--Para ti todos son imbciles--repuso picada la prima--. No asistiendo
al Ateneo y no citando a los filsofos alemanes... ya se sabe, un
imbcil.

--Lo digo y puedo probarlo. Ni aun sabiendo de antemano lo que iban a
preguntarle en el examen y preparndole su ayo toda una noche, fue
posible que aprobase el derecho romano.

--Y para qu necesita saber derecho romano si es marqus?--replic con
audacia irritante la joven.

La disputa prosigui con acritud por ambas partes, sobre todo por la de
Tristn. Sin embargo, Escudero hizo callar a su hija, porque despus de
lo que Tristn haba revelado era disculpable su clera.




VII

SUS AMIGOS


Al entrar de nuevo Tristn en su cuarto despus del almuerzo, encontr
all a su amigo Garca.

--Hola! ests t aqu? No me han dicho nada--dijo en un tono entre
carioso y displicente.

Claro que no le haban dicho nada, ni haba para qu. Garca, en opinin
de los criados de la casa, no representaba nada porque traa el
_chaquet_ rado, los pantalones deshilachados, el sombrero con grasa y
las barbas terriblemente aborrascadas. Y sin embargo, Garca era el
amigo ms ntimo que tena el seorito Tristn, su condiscpulo y un
catedrtico en ciernes.

Su amistad databa de la Universidad. Un da en que a Tristn le toc la
conferencia, la pronunci con tal galanura que el profesor, sorprendido
agradablemente, manifest que se felicitaba de haber hallado al fin un
discpulo de tan claro entendimiento y de palabra tan fcil. Al salir de
clase un muchacho feo, peludo y desaseado, con quien nunca haba cruzado
la palabra, le abraz y le felicit con entusiasmo. Era Garca. Desde
entonces no tuvo Tristn otro amigo ms leal, ms carioso, ms
abnegado. Al comps de los progresos que nuestro joven haca tanto en la
Universidad como en el Ateneo y la prensa, creca en proporcin
geomtrica la admiracin de Garca. Cuando Tristn public sus primeros
artculos y poesas en una revista, juzgole de golpe un gran hombre, y
de esta opinin ya no le ape nadie en toda la vida. Al ponerse a la
venta el ao anterior su volumen de poesas titulado _Engaos y
Desengaos_, Garca le crey en el pinculo de la gloria y l a su lado
para compartirla. Recorra las calles con el tomo en la mano, entraba en
las libreras y se enteraba de cuntos ejemplares se haban vendido, iba
a los cafs y lea en alta voz algunos versos dejando estupefactos a los
parroquianos, y en todas partes voceando y gesticulando dilataba la fama
del poeta. Tristn agradeca aquella devocin; pero no lo bastante; hay
que decirlo sin ambages. As es nuestra pecadora naturaleza.

Como vena de la mesa malhumorado no hizo ms que saludarle,
encerrndose despus en un silencio sombro y poco corts. Pero Garca
estaba habituado a estos silencios y respetaba el carcter caprichoso y
a ratos poco comunicativo de su amigo. Encendi ste un cigarro, le
ofreci otro y se puso a pasear de una esquina a otra del despacho
exactamente como si estuviera solo. Garca tena un libro en la mano,
aparentaba leerlo, pero cuando Tristn volva la espalda levantaba los
ojos hacia l y le miraba con mezcla de inquietud y respeto. Al fin,
sonriendo con humildad, se atrevi a decir:

--No sabes, Tristn? Hoy he tenido una agarrada en el _Colegio
Platnico_.

Tristn sin interrumpir su paseo dej escapar por la nariz un sonido que
indicaba que le haba odo.

--S, una agarrada con el director y por tu causa.

--Por mi causa?--expres de mala gana el joven dignndose apenas volver
la cabeza.

--S; no s quin le fue con el soplo de que yo en la clase de Retrica
citaba tus composiciones y se las haca aprender de memoria a los nios
y me llam y me dijo muy hosco:--Amigo Garca, tengo entendido que se
permite usted en clase hablar de los versos de un amiguito de usted y
ponerlos nada menos que al lado de los grandes modelos literarios. Sepa
usted que eso no es tolerable y debiera usted considerar que el afecto y
la amistad por apasionada que sea no dan derecho a mixtificar (es una
palabreja que emplea a troche y moche), a mixtificar la tierna
inteligencia de sus discpulos.--Seor director--le contest--,
cuando yo me autorizo el citar con elogio una composicin cualquiera es
porque estoy persuadido de que lo merece sin que la amistad ni otro
motivo cualquiera tenga parte en ello.--Acaso se figura usted que su
amigo (que no pasa de ser un principiante) puede colocarse a la altura
de los grandes poetas que hemos tenido y que tenemos en Espaa?--me
pregunta cada vez ms encrespado.--No seor, no me lo figuro, sino que
estoy convencido de ello--le replico.--Vamos, Garca, djese usted de
badajadas y no sea ganso! S; creo que me llam ganso. Yo debiera
responderle: El ganso y el avestruz y el cerncalo es usted que dirige
un colegio en Espaa sin saber castellano... Pero ya ves, amigo Tristn,
necesito los quince duros mensuales que me da...

En efecto, Garca viva sosteniendo tambin a su anciana madre con los
quince duros que le daban en el Colegio Platnico, veinte del colegio
_Greco-latino_ y algunas lecciones particulares. En total cincuenta o
sesenta duros al mes. Haba hecho ya tres oposiciones a ctedras de
Retrica y Potica ocupando segundo y tercer lugar en las ternas y
estaba resuelto a oponerse a todas las que vacaran hasta apoderarse de
una.

--T siempre haciendo tonteras, Garca!--exclam Tristn con acento
donde se transparentaba la complacencia con que las observaba.

Y como se pusiera repentinamente de mejor humor propuso a su amigo el
salir a tomar caf. Lo tomaron en la _Cervecera Inglesa_ y desde all
bajaron a _Recoletos_ dando un paseo y siguiendo por la _Castellana_
hasta el final. All Tristn quiso entrar un momento en el tiro de
pistola. Era un aficionado ardoroso de este ejercicio, en parte porque
conociendo su carcter tema a cada instante verse obligado a acudir al
terreno del honor; en parte tambin porque haba mostrado desde el
principio excepcionales disposiciones para l. Frecuentaba asimismo las
salas de armas, pero aqu sus xitos haban sido muy inferiores.
Penetraron, pues, en el recinto del tiro y fue recibido por los tres o
cuatro parroquianos que all haba con muestras de respeto como una
lumbrera del arte. Tristn dio claras pruebas de que mereca este honor
metiendo ocho balas seguidas a voz de mando en un pequeo crculo del
tamao de un duro. Es imposible imaginarse el rendimiento, la veneracin
con que el mozo que cargaba las pistolas se las iba presentando despus
de cada tiro. Un sacerdote ofreciendo la mirra y el incienso en el altar
no adoptara una actitud ms humilde y contemplativa. En cuanto a
Garca, aunque era un hombre enteramente retrico de los pies a la
cabeza, miraba a su amigo desde el divn donde se haba sentado con ojos
alegres y triunfantes y los volva a los parroquianos con ganas de
decirles: Ven ustedes qu ojo tiene para meter la bala en el blanco?
Pues es tan certero para medir los _sficos adnicos_.

Salieron por fin de all y regresaron al centro por el mismo paseo.
Estaba ste, como domingo, muy concurrido, pero aunque Garca iba
bastante mal trajeado y contrastaba con la elegancia perfilada que
ostentaba siempre su amigo, ste no se avergonzaba poco ni mucho de
llevarle a su lado: una buena cualidad que hay que reconocerle. Garca
la agradeca con todo el calor de su alma. No haban andado mucho cuando
tropezaron con el gran poeta don Luis de Rojas, el amigo carioso y el
maestro venerado de Tristn. Era un viejecito pulcro, de facciones
correctas y ojos vivos que gastaba perilla y bigote enteramente blancos
ya y el cabello cortado en media melena como tributo pagado a su
gloriosa juventud romntica. Traa un nietecito de la mano que Tristn
bes y agasaj mientras Garca se apart respetuosamente algunos pasos.
Maestro y discpulo departieron con afecto unos momentos, y en la forma
cordial con que Rojas le abord poda observarse que Tristn era su
predilecto. As lo haba declarado en efecto el maestro francamente en
el prlogo que puso al volumen de poesas titulado _Engaos y
Desengaos_, publicado por nuestro joven el ao anterior. Merced a este
prlogo, el libro haba logrado una resonancia que no alcanzan de
ordinario las producciones de los poetas noveles.

--Adis, Aldama--concluy dicindole y apretndole al mismo tiempo la
mano--; que no falte usted el viernes. Hace dos o tres semanas que no
le vemos.

Rojas reciba a sus amigos los viernes por la noche en su casa. Era una
tertulia casi exclusivamente de literatos donde predominaban los
jvenes.

Tristn, que le admiraba de corazn y estaba muy pagado de su
predileccin afectuosa, comenz luego que se hubo emparejado con Garca
a cantar sus alabanzas.

--Qu poeta, amigo mo! Qu fantasa! Qu vena fcil, armoniosa,
fresca! Jams se han escrito en espaol ni imagino que en idioma alguno
unos versos ms melodiosos. Hasta en sus ltimas composiciones, cuando
ya no es ms que un pobre viejo caduco, asoma en todas partes la garra
del len. Mira que _La barca a pique_ es hermosa de veras...! Hermosa,
hermosa!

Y al paso que caminaban se puso a recitar con un poco de nfasis las
octavas de aquella famosa composicin del ms famoso poeta espaol.
Garca aprobaba con el gesto y con algunas palabras sueltas la belleza
de la cancin. Grandioso en verdad! Muy pattico! Qu pompa! Qu
ornato...!

Cuando Tristn termin, caminaron algn tiempo en silencio. De pronto
Garca se detiene y exclama en tono resuelto:

--Sabes lo que te digo, Tristn...? _La barca a pique_ es una pieza de
relevante mrito. La pompa es magnfica, muy pattica y de mucho
artificio... pero yo no cambiara por ella tu _Golpe de viento_...

Tristn se puso rojo, no sabemos si de vergenza o de placer; acaso de
ambas cosas a un tiempo.

--Hombre, por Dios, no desbarres!

--Yo no te dir que tenga tanto estro y tanto nmero. Rojas es nico
para el nmero en Espaa... Pero prefiero la tuya porque tiene ms
variedad de tropos...

--Por Dios, Garca!

--Lo dicho... Tiene ms riqueza de tropos. De eso no hay quien me
apee... Adems, te lo dir francamente--aadi parndose y ahuecando la
voz--, no transijo, no puedo transigir con la metonimia que Rojas emplea
en el quinto verso de la segunda octava. Es ms que atrevida,
disparatada. Eso de las estrellas sus rayos esgrimiendo podr haber
crticos que lo aprueben, no te lo niego, pero mi conciencia literaria
me impide en este punto emitir un dictamen favorable.

Tristn sigui protestando. Garca manifest con creciente energa:

--Te lo digo y te lo repito. Me juzgara indigno del ttulo de
licenciado en Filosofa y Letras y de inculcar en la inteligencia de mis
discpulos las primeras nociones de la Potica si no sostuviese que tu
composicin ostenta mayor variedad de tropos que la de Rojas.

Qu iba a hacer Tristn en vista de esta decisin inquebrantable? Se
resign como es natural.

Y paso entre paso llegaron hasta el saln del Prado y subieron por la
calle del mismo nombre hasta el Ateneo. All se despidieron. Garca no
era socio, no ciertamente por falta de ganas, sino de recursos
pecuniarios.

Columpindose en una mecedora con un peridico en las manos hall
Tristn a su amigo Nez en una de las salitas de conversacin de aquel
centro docente. Era hombre de treinta y cuatro a treinta y seis aos: de
ms edad por lo tanto que nuestro joven; rubio, con ojos de color
indefinible tirando a verde, penetrantes y maliciosos; la barba rala y
partida por el medio. Vesta con la elegancia un poco fantstica y
afectada que alguna vez usan los artistas para apartarse de la
vulgaridad burguesa. Saludronse con frialdad de buen tono que mostraba
al mismo tiempo confianza y Nez sigui leyendo.

--Cuidado que se pone cursi el paseo de la Castellana los domingos...!
Es decir, se pone ms porque lo est siempre. Esas nias que van
rezumndose con los paps detrs de ellas; esos jvenes que marchan
ciendo la orilla de los coches vuelta hacia ellos la cabeza y
quitndose el sombrero cada cuatro pasos, sin conocer a nadie, slo para
que las damas pedestres los admiren y veneren; esos aristcratas que
pasean en carruaje y se miran y se remiran sin cesar como si no se
conociesen, aunque se estn mirando desde que nacieron y se seguirn
mirando hasta la hora de la muerte... Dime, no causa grima a
cualquiera?

Nez dej escapar un murmullo de aprobacin sin levantar la cabeza,
pero mir con el rabillo del ojo a su amigo y una chispa de malicia
atraves por sus ojos.

--Dudo que exista en el mundo--prosigui Tristn--una ciudad ms
aburrida, ms prosaica y cominera que la capital de Espaa. Aqu la
gente se vuelve para mirarse por la espalda como si todos fuesen seres
raros o admirables; delante de cada ciego que toca la guitarra hay una
muchedumbre apiada; las seoras pasan la vida averiguando lo que comen
sus vecinas y los caballeros cunto ganan sus amigos; la juventud se
ocupa en descifrar las charadas o en contestar a las preguntas que
proponen los periodiquitos ilustrados: cul es el mejor literato?
cul es el torero ms bruto?, etc. Y contestan siempre los que no han
ledo un libro ni han asistido a una corrida. Los viejos piropean a las
jvenes y las siguen y hablan de poltica y no saben una palabra de la
profesin que han ejercido toda la vida. Los generales discuten la
separacin de la Iglesia y del Estado y los obispos se preguntan si
estamos preparados para una guerra con el extranjero. Y en las calles y
en los paseos, en los teatros y en las iglesias, se observa en las
fisonomas la misma vulgaridad, el signo indeleble de cursilera y de
ignorancia que caracteriza a nuestros amables convecinos...

Al tiempo de pronunciar estas palabras, como estuviese jugando con el
bastn, se le cay al suelo con estrpito.

Dej escapar una interjeccin de impaciencia, lo recogi y se qued unos
instantes pensativo.

--Por qu se habrn de caer las cosas, vamos a ver?--exclam al cabo
como si hablase consigo mismo--.Por qu no haban de quedarse donde se
las colocase? Esta ley de la gravedad que nos encadena al suelo, que nos
pone grillos al nacer como si furamos presidiarios, no es una ley
estpida? Y luego nos hablan de inteligencia en la naturaleza!
Menguada inteligencia que corre parejas con su bondad!

Nez solt una carcajada.

--Amigo Pramo, hoy vienes ms pramo que nunca te he visto. Me ro yo
de las estepas de la Siberia y de los ventisqueros del monte de San
Bernardo!

Era una de las bromitas que se autorizaba con Tristn el ponerle este
sobrenombre a causa de sus ideas sombras. A menudo, cuando tena que
enviarle una carta por el correo interior o por medio de mensajero,
escriba en el sobre: Seor don Tristn Aldama del Pramo, o bien
aada al apellido y Fernndez Yermo o Desierto Arenoso. Tristn
toleraba estas bromas porque respetaba y admiraba a su amigo. Nez,
como ya se ha dicho, le llevaba ocho o diez aos de edad, gozaba de un
nombre ilustre como pintor, frecuentaba la alta sociedad y era temido y
agasajado por su mordacidad. Estas circunstancias hacan que Tristn se
sintiese halagado por aquella amistad que, aunque nacida haca dos aos
nada ms, haba adquirido gran intimidad, hasta llegar a tutearse. Por
su parte Nez hizo de Tristn su amigo porque le hall inteligente y
figurando entre los jvenes de ms porvenir en la literatura, porque
vesta con elegancia y perteneca a una familia opulenta. La vida de
ambos no era igual, sin embargo. La de Nez, ms disipada; frecuentaba
ms el Casino que el Ateneo, tena queridas y gastaba mucho dinero, sin
que se supiese de dnde proceda, pues haca aos que pintaba poco.

Tristn sonri, avergonzado de aquellas extemporneas lamentaciones.

--Y qu tal lo has pasado ayer en el Escorial? Apenas hay necesidad de
preguntarlo, porque en medio de ese pramo, el Sotillo viene a ser un
jardincito abrigado y delicioso... Y a propsito, cundo me llevas al
Sotillo?

Haca ya algn tiempo que Nez le vena instando para que le llevase a
ver la posesin de su futuro cuado, de la cual se hacan lenguas en
Madrid. Tristn, prometiendo hacerlo, dilataba la presentacin por
cierto vago recelo que en momento ni ocasin alguna poda desechar de
si. Por esto y an ms porque el nombre del _Sotillo_ le trajo de nuevo
a la imaginacin la intriga indigna tramada contra l, su semblante
volvi a obscurecerse. Nez no repar o no quiso reparar en ello y le
apret con su desenfado habitual para que le sealase da. Tristn al
cabo se vio obligado a fijar uno de la prxima semana en que por
celebrarse el aniversario del matrimonio de sus futuros cuados haba
all otros invitados.

--Y qu tal? Esa linda joven del Escorial est conforme con tu cuado?

--Qu quieres decir?--repuso con gravedad Tristn.

--Si est conforme con l en las cosas temporales y en las espirituales.

El joven se sinti herido por aquella desvergonzada pregunta y replic
secamente:

--No hay otro matrimonio ms feliz sobre la tierra.

--Me alegro... me alegro que no discutan... Ella es una hermosa mujer,
un ejemplar admirable de nereida... Quisiera hacer su retrato desnuda,
saliendo del agua...

Pero viendo que Tristn se pona cada vez ms hosco cambi de
conversacin.

--Sabes t? Hace poco, cuando vena hacia aqu, tropec en la carrera
de San Jernimo a tu amigo Morel. Me para y me pregunta, mientras se
dibuja en sus labios una sonrisa de lstima: Ha ledo usted el libro
de Snchez Abelln...? Qu extravagancia! Qu majadera! Imposible
llegar ms all en el arte de disparatar. Es la obra de un idiota o de
un loco. Y las carcajadas fluan de su boca y tena que apoyarse en la
pared para no caer de risa. Sigo caminando y unos cuantos pasos ms
all, al dar vuelta a la calle del Prncipe, encuentro al mismo Snchez
Abelln. Nos saludamos, cambiamos algunas palabras, y de buenas a
primeras, sonriendo mefistoflicamente, me pregunta: Ha ledo usted
los ltimos artculos de Morel en _El Noticiero_...? Prodigioso...!
Enorme...! Lalos usted si quiere pasar un buen rato... Indudablemente
ese hombre es un loco o un idiota. Los dos haban empleado iguales
calificativos. No tiene gracia?

--Para m no tiene ninguna--dijo Tristn malhumorado.

Nez le mir un momento con curiosidad burlona y repuso tranquilamente:

--Consiste en que ese molino que tienes en el cerebro no tritura ms que
cosas negras. Pero el mo muele rico trigo candeal y produce harina
blanca superior... Vamos a ver, no es una satisfaccin observar cmo
esos dos hombres se han conocido perfectamente? No es puro y legtimo
el deseo de que la luz penetre en los espritus?

En el curso de la conversacin haba cruzado por delante de ellos un
chico imberbe a quien Nez salud inclinndose muy reverente y
quitndose el sombrero. A Tristn le sorprendi un poco aquel saludo
aunque no dijo nada. Pero ahora, como cruzara otro jovenzuelo de diez y
ocho a veinte aos y Nez volviese a inclinarse y saludar con la misma
reverencia, no pudo ocultar su sorpresa.

--Dime, Gustavo, por qu saludas tan respetuosamente a esos chiquillos?

--Te lo explicar en pocas palabras--repuso Nez tranquilamente--. El
primero que ha cruzado por aqu hace un rato es secretario tercero de la
seccin de Ciencias morales y polticas y ha presentado una Memoria
acerca de la _Cuestin social_, que se discutir el ao prximo. Este de
ahora ha publicado ya tres artculos en _El Defensor de los
Ayuntamientos_ sobre _El individuo y el Estado_. Ahora bien, estos
jvenes que discuten la cuestin social y escriben sobre las relaciones
del individuo y el Estado son indudablemente los futuros gobernadores,
los consejeros de Estado, los directores generales, los ministros. Estos
jvenes, no te quepa duda, sern nuestros amos por aquello de que joven
socilogo en puerta, cacique a la vuelta. Hay que tenerlos satisfechos,
hay que ganarse su amistad.

--Pero, hombre, a ti, que eres un artista, qu te importa la amistad de
los polticos?

--Anda! Imaginas que se puede ser en Espaa un mediano colorista sin
tener algn amigo ministro?

Tristn sonri levemente, qued unos instantes pensativo y al cabo le
pregunt:

--Y nosotros los poetas tambin necesitamos la amistad de los
ministros?

--No, vosotros necesitis pertenecer a uno de los dos Cuerpos
colegisladores--respondi gravemente el pintor.

--Vamos, Gustavo, hoy traes la guasa verde!

--No es broma, querido, es la pura verdad. T escribes un tomo de versos
y pones en la cubierta: Poesas, por Tristn Aldama. Eso no dice nada;
el pblico no sabe a qu atenerse, porque lo ignora todo de ti. Pero
estampa debajo del ttulo, verbi y gratia: por Tristn Aldama,
_diputado por Puertocarnero_ o _senador vitalicio_, y ya el pblico
tiene motivos para conocerte y la crtica para guardarte
consideraciones. Tus versos no son advenedizos; demuestran que tienen
algn arraigo en el pas.

--Vaya, vaya, Gustavo!--exclam riendo Aldama.

--Que s, querido, que s! El pblico necesita siempre una garanta...

Un joven de agradable rostro y correctamente vestido iba a pasar por la
salita, pero viendo a nuestros amigos se volvi recelosamente para no
cruzar por delante de ellos.

--Eh! eh...! amigo Valleumbroso, no se nos escape usted.

El joven dio la vuelta y qued en pie frente a ellos.

--Atraque usted, querido--dijo Nez--. Bien se conoce que quiere usted
sustraerse a las felicitaciones de los amigos. Los grandes espritus
desdean el aplauso de la muchedumbre.

--Yo...! Qu motivo hay para felicitarme?--exclam el joven sonriendo,
hacindose de nuevas y rebosando de orgullo.

--Casi nada! Aunque por mi profesin, y aun ms por mi holgazanera, no
pueda estar muy al tanto de las novedades literarias, la trompeta de la
fama ha trado a mis odos la noticia de que ha publicado usted un
volumen de poesas muy notable, que esos _Pelillos a la mar_ son
deliciosos y que se venden como pan bendito.

Las mejillas del poeta enrojecieron sbitamente y repuso en tono
desabrido:

--Mi libro no se titula _Pelillos a la mar_.

--No, hombre, se titula _Ptalos al aire_--se apresur a decir Tristn.

--Ah...! perdone usted, amigo Valleumbroso. No s cmo se me meti en
la cabeza... Es que suena algo parecido... Bien se conoce que soy
profano en asuntos literarios. En fin, de todos modos me consta que es
precioso el libro.

--Muchas gracias--dijo el poeta secamente.

--Todava no hace muchos minutos que preguntndole al amigo Aldama
acerca de las ltimas publicaciones, me deca: Lo nico que puede
leerse entre lo recientemente publicado son los _Pelillos_... (usted
perdone)... los _Ptalos_ de Valleumbroso. Yo le respond: En cuanto
salgamos de aqu paso por la librera y los compro.

--Muchas gracias: no se moleste usted: yo se los enviar.

--No acepto el regalo. En Espaa son tan pocos los libros que se
publican dignos de comprarse, que el presupuesto del ms aficionado a
las letras no padece mucha alteracin aunque se proponga ser
despilfarrador. Lo nico que me atrevo a esperar de su amabilidad es que
me firme el ejemplar.

--Lo har con mucho gusto.

El joven poeta estaba sobre brasas. El carcter de Nez le inspiraba un
vivo recelo. As que no fue posible retenerle all ms tiempo a pesar de
los esfuerzos que aqul hizo para ello. Mientras se alejaba a paso
rpido todava le gritaba:

--Mil enhorabuenas. En cuanto lea el libro ya hablaremos de esos Peli...
de esos Ptalos. Que agote usted la edicin pronto.

Cuando Tristn reprochaba a su amigo que se sirviese de l para burlarse
de un compaero, se present en la sala un hombre alto, enjuto, plido,
con los bigotes largos y cados como los de los chinos y unos ojos
saltones, resplandecientes, que sonrean al vaco. Vesta levita negra,
larga, amplia, flotante y no muy limpia. Ms que levita pareca una
basquia. Sobre la cabeza grande y despeinada llevaba un sombrero de
copa bastante viejo y tambin despeinado que no la tapaba sino a medias.

--Viva mil aos el ilustre Pareja--exclam Nez--, el sabio
enciclopdico, que es honra del Ateneo y gloria de su patria!

El hombre de la basquia se acerc a paso lento y reposado y su faz
acadmica se dilat con una sonrisa de plcida condescendencia.

--El amigo Nez--dijo quitndose el sombrero, que sin duda le
molestaba, y acomodndose en una mecedora--siempre tan galante, tan
lisonjero.

Nez, volvindose haca Tristn y como hablndole en tono confidencial,
le dijo:

--Cuando uno de estos hombres tan profundamente observadores se acerca a
m, no puedo menos de sentirme inquieto, cohibido. Parece que est uno
delante de una mquina fotogrfica y teme verse reproducido en mala
postura.

--Hasta ahora me parece que no tiene usted motivo para pensar que le
haya _enfocado_.

--Pero lo temo. Esa mquina que usted lleva en el cerebro no se cansa
jams de impresionar. Hace pocos das entr en el caf de Levante y le
vi a usted en un rincn comindose una racin de riones salteados.
Ves aquel seor que est en la mesa de la esquina?--le dije al amigo
que conmigo vena--. Qu piensas que est haciendo?--Comiendo
riones--me contest--. Pues no seor, est observando, observando
siempre; para l no hay riones que valgan.

--No tanto, amigo Nez, no tanto. Bien se sealan en usted a la par que
los estigmas sintomticos de la idiosincrasia artstica los caracteres
tnicos de la naturaleza andaluza.

--No soy andaluz, seor Pareja; soy extremeo.

--Mucho mejor. Raza de conquistadores!

--Pero yo, aunque le parezca una gran inmodestia, estoy persuadido de
que soy el hombre ms notable de mi raza. Cuando tena veinte aos,
conquist a mi patrona que tena cincuenta. No creo que Hernn Corts
ni Pizarro, ni Alvarado ni Garca de Paredes...

--Nada, nada, se le concede a usted la primaca!--exclam el sabio
soltando una carcajada vibrante y majestuosa.

--Lo que me admira principalmente en este seor--prosigui Nez
volvindose de nuevo hacia Tristn--no es tanto su talento de observador
como la profunda irona que comunica a todo lo que sale de su pluma y de
sus labios.

--La irona, querido Nez, es la flor que brota siempre del
conocimiento adecuado de las cosas y muestra la imposibilidad de reducir
el conocimiento intuitivo al conocimiento abstracto--expres Pareja
dejando caer las palabras una a una como perlas destinadas a enriquecer
la tierra.

--Pero de todos los grandes irnicos que hoy florecen en Espaa, estoy
convencido de que es usted el que ofrece mayor solidez.

--Quiere usted decir con eso que los dems suenan a hueco?--pregunt el
sabio con fina sonrisa maliciosa.

--Cabalmente y que el hombre verdaderamente macizo que conozco es usted.
Una cosa para m incomprensible, seor Pareja, es cmo ha llegado usted
a profundizar materias tan diversas, la filosofa, las ciencias
naturales, la historia, la poltica, la msica...

--Cuestin de mtodo, querido Nez; adecuada distribucin del tiempo;
se es el secreto. Horas destinadas a la observacin; horas destinadas a
la especulacin; horas destinadas a la prctica, sin que jams ni por
ningn motivo se compenetren. Si en las horas destinadas a la
especulacin hacemos una observacin, todo est perdido.

Hablaba Pareja con tal acento de suficiencia, recalcaba de tal modo las
slabas, sonrea, diriga a Nez y Tristn miradas tan amables y
condescendientes que resisten a toda descripcin. Imposible manifestar
con ms claridad la ntima satisfaccin de s mismo de que se hallaba
posedo.

--Ayer tarde--prosigui--estuve en Alcal a visitar el penal. Curioso!
curiooooso! curio-s-si-mo! No pueden ustedes formarse idea del
nmero de notas que he tomado. Habl con muchos penados, me enter de
infinidad de historias, verdaderos casos clnicos, y por ltimo,
distribu entre ellos, con permiso del director, algunos ejemplares de
mi folleto _El delincuente ante la ciencia_.

--Nada me parece ms a propsito para infundirles algn consuelo--dijo
Nez--. Realmente en los momentos de tristeza y desesperacin, si algo
puede llevar el sosiego al alma ulcerada del delincuente, es la
consideracin de que se encuentra delante de la ciencia y de que sta le
contempla.

--As es, amigo Nez, as es. Usted sabe poner los puntos sobre las
es.

--Alguna vez se me olvidan.

--Nada, nada, pone usted los puntos sobre las es!

Y al decir esto se balanceaba sobre la mecedora y echaba sus piernas
didcticas al alto con tal alegra que ningn emperador la sinti mayor
al poner una placa sobre el pecho de alguno de sus generales
victoriosos.

--Creo que se alegrar usted de saber--expres despus en tono ms
placentero si cabe--que desde hace algunos das vengo haciendo estudios
tambin en los barrios bajos de Madrid. Qu cosas he visto! Qu cosas
he odo! Curioso! Curioooso! Curio-s-si-mo!

--Supongo que all no habr usted repartido el folleto de _El
delincuente ante la ciencia_.

--No, hombre, no!--exclam riendo y aadi luego con tico humorismo--.
Porque si bien me figuro que se encontrarn all igualmente bastantes
delincuentes, stos no son _in actu_, sino _in potentia_. Dejando, pues,
aquellos folletos para mejor ocasin, he distribuido algunos otros sobre
_El sentimiento religioso como un desequilibrio en la nutricin_.

--Bien hecho. Me parece lo ms urgente para las clases trabajadoras
restablecer el equilibrio en la nutricin. La creencia en Dios y en la
inmortalidad del alma en resumidas cuentas no sirve ms que para turbar
la digestin.

--Es as, querido Nez, es as. Usted sabe poner los puntos sobre las
es.

Tristn se llev la mano a la boca para reprimir un bostezo. As que se
presentaba este sntoma de aburrimiento, la enfermedad se declaraba en
l con tal violencia que no se pasaron tres minutos sin que se alzase
bruscamente de la mecedora y les dijese adis.

Cuando Gustavo montaba sobre uno de estos asnos no se hartaba nunca de
hacerle correr. Pero entre todos los asnos antiguos y modernos ninguno
estuvo ms satisfecho de su naturaleza asnal que el ilustre Pareja.




VIII

UN BUEN DA QUE CONCLUYE MAL


Cirilo qued sorprendido cuando oy tocar suavemente en la puerta de su
despacho. Conoca perfectamente la mano que daba aquellos golpecitos.

--Pero ya!--exclam--. Adelante, adelante!

Visita se present peinada y vestida como para salir. La sorpresa de su
esposo fue mucho mayor. Ordinariamente l se levantaba muy temprano como
hombre de negocios que era, y apoyndose en su bastn iba hasta su
despacho y all trabajaba hasta las nueve, hora en que vena a desayunar
al dormitorio con su mujer, que an permaneca en la cama. Luego la
ayudaba a vestirse sin llamar a la doncella y tornaba al escritorio.

Visita rea a carcajadas adivinando, sin verlo, el rostro asustado de su
marido. Avanz lentamente llevando extendidas las manos y acercndose le
tom la cabeza y le bes repetidas veces.

--Pero, hija ma, si no son ms que las ocho!--dijo l, que como hombre
de vida metdica y escrupulosamente regularizada an no volva de su
asombro--. Cmo ests ya peinada y vestida?

--Porque hoy nos desayunamos antes, iremos a misa antes... y despus...,
despus Dios dir.

--Pero necesito concluir de extender estos recibos.

--Pues no se concluyen.

--Entonces no es que Dios dir; es que dices t--repuso l en tono
jocoso.

--Eso es, digo yo... y mando que te vengas conmigo ahora mismo a
desayunar.

As se hizo. Arreglose despus prontamente y salieron de casa poco antes
de las nueve para or misa en la Encarnacin. Habitaba nuestro
matrimonio un cuartito bajo en la plaza de Oriente, amueblado con
elegancia y provisto de todas las comodidades compatibles con su
fortuna, que desde haca algn tiempo iba prosperando lindamente. Cirilo
trabajaba firme. Adems de la administracin de Reynoso y Escudero tena
alguna otra y se ocupaba en negocios como agente privado. Menos a la
Bolsa, a todas partes se haca acompaar por su esposa que estaba ya
enterada de bonos, pagars, cheques, talones y resguardos como un
consumado zurupeto. Visita le ayudaba a subir y bajar las escaleras del
Banco y los coches de punto, le llevaba los rollos de valores, le tena
por el bastn mientras firmaba documentos o contaba billetes y le echaba
la goma a la cartera. Y que no haca ella estas cosas con poco gozo! La
cuitada se juzgaba tan intil que cuando poda prestar algn servicio su
corazn se inundaba de alegra.

Al salir de la iglesia le dijo resueltamente:

--Hoy, quieras que no, tienes que dejarte guiar por una ciega. Hazme el
favor de buscar un coche.

Se fueron al primer puesto y en el trayecto Cirilo no dej de
preguntarle adnde pensaba conducirle.

--Ya lo sabrs.

Hasta que subieron al vehculo y Visita dijo triunfalmente a la
Bombilla no logr averiguarlo.

Ya estn en la Bombilla. All se apean un momento, entran en un
caf-restaurant y encargan el almuerzo para las doce: vuelven a montar y
siguen paseando por la Moncloa, dejan el coche cerca de la fuente de las
Damas y suben lentamente por un montecillo cubierto de pinos hasta
colocarse en un alto y deleitoso paraje tapizado de csped desde donde
se divisa el nico paisaje digno que tiene la capital de Espaa. A la
izquierda el ro oculto entre el follaje de la Casa de Campo; delante el
Guadarrama con su crestera recortada que se destaca puramente con el
azul del cielo; a la derecha la Dehesa de la Villa, el camino de
Amaniel, los campos verdes de la Moncloa.

Cirilo dej escapar un suspiro de satisfaccin y contempl arrobado el
esplndido panorama que tena delante murmurando Qu hermoso! Qu
hermoso! A su lado Visita tambin pareca aspirar su belleza grave y
solemne, si no por los ojos por la boca y por la nariz que se abran
para dejar paso a la fresca brisa de la sierra.

--Verdad que es muy hermoso?--dijo apretndose contra su marido--. T
apenas has visto esto, pero yo lo conozco perfectamente porque de
soltera vena con mi padre a merendar a este sitio todos los domingos.
Algunas veces vena la criada con nosotros, traamos el almuerzo y
pasbamos aqu todo el da. Puedo decirte cmo es el paisaje lo mismo
que si lo estuviera viendo... Es decir, lo estoy viendo, lo estoy
viendo de veras! Mira aqu debajo la Puerta de Hierro, las encinas del
Pardo que se extiende hasta las faldas del Guadarrama. El Guadarrama!
Qu hermosas montaas de color violeta...! Y el cielo, el cielo azul
encima, profundo, inmenso, convidando a volar por l.

A Cirilo se le apret el corazn. Aquella alegra de su pobre esposa,
ciega en lo mejor de la vida, le remova las entraas como si quisieran
arrancrselas. No pudo contestar; hubo una larga pausa. De repente
Visita aproxim su rostro al suyo y le bes en los ojos.

--Ya saba que estabas llorando...! No llores, tonto... Si soy feliz,
enteramente feliz! Qu importa que no pueda ver esas montaas? Ya las
he visto y acaso en mi imaginacin las finja ahora ms hermosas an de
lo que son. Adems, Dios me permite estar al lado de ellas, sentir su
aliento embalsamado y fresco... y tenerte a ti al mismo tiempo. Peor,
mil veces peor sera que las viese y no pudiera tener tu mano en la ma
como la tengo ahora.

Cirilo le pas el brazo por detrs de la cintura y la apret tiernamente
contra s.

--Ea!--dijo ella dejndose caer en el csped--. Basta de paisajes y de
enternecimientos. Yo soy la ciega ms dichosa que existe a la hora
presente en Madrid, y t el cojito ms guapo, ms simptico, ms bueno y
ms feliz... Verdad que s...? Di que s!

Cirilo se sent con algn trabajo a su lado. Ella sac de su ridculo un
libro y se lo dio diciendo:

--Ahora tendrs la amabilidad de leerme un poquito, estoy segura de
ello. He trado esta novela porque es de tu autor favorito y quiero que
el da de hoy te diviertas mucho, mucho... porque si t no te diviertes
mucho, mucho, yo estoy decidida a aburrirme.

Cirilo cogi el libro riendo y se puso a leer. La lectura siempre tena
atractivo para ellos porque eran aficionados a la buena literatura y
devotsimos de los mejores autores; pero ahora al aire libre, en tan
potico paraje y con la excitacin placentera que el paseo dado y la
perspectiva que el suculento almuerzo les produca, era sin duda
doblemente grata. A menudo Visita le interrumpa para hacer comentarios,
unas veces deplorando la maldad de algn personaje o alegrndose de que
la herona fuese tan simptica, otras veces vaticinando alguno de los
sucesos o peripecias de que la narracin les iba a dar cuenta. Rean a
carcajadas en alguna pgina y a la siguiente sin saber cmo se
enternecan y hacan pucheritos, porque aquel autor gozaba el privilegio
de subyugarlos y arrastrarlos al sentimiento que bien quera. Cuando
Visita not que su marido comenzaba a fatigarse le hizo cerrar el libro
y lo guard de nuevo en su bolsita. Se aproximaba ya la hora del
almuerzo y se disponan a levantar el vuelo de aquel delicioso sitio
cuando Visita percibi un leve ruido a su espalda.

--Quin anda ah?--pregunt a Cirilo.

--Una pobre mujer--respondi ste.

--Qu hace?

--Me parece que anda recogiendo plantas.

En efecto, con una rada navajita aquella mujer iba cortando cardillos y
guardndolos en una falda. Cuando se aproxim a ellos les dio los buenos
das. Visita inmediatamente trab conversacin con ella y se enter de
su tarea. Los guardas le dejaban cortar cardillos: los que en algunas
horas poda recoger los llevaba a la maana siguiente a la plaza.
Visita le pregunt cunto solan valerle.

--Un da con otro treinta cntimos.

--Treinta cntimos!--exclam asombrada.

--Ay, seorita! y esos das me doy por satisfecha porque al fin podemos
comer pan en casa... Pero la seorita... (dijo un poco acortada
fijndose en los ojos inmviles de Visita).

--S, la seora tiene la desgracia de estar ciega--respondi Cirilo
tristemente.

Hubo una pausa y al cabo la mujer profiri con acento desesperado:

--Ciega quisiera estar yo para no ver lo que veo en mi casa!--Y al
mismo tiempo prorrumpi en amargo llanto--. Hace pocos meses que sal
del hospital, donde me han cortado un pecho... Con el otro solamente
alimento a mi nio..., es decir, pudiera alimentarlo si tuviese qu
comer... Pero no lo tengo! Mi marido es cochero, pero est enfermo de
reumatismo sin poderse apenas mover y le han despedido de la casa...
Ahora que est un poco mejor, no encuentra trabajo... Sin la caridad de
los vecinos, que son casi tan pobres como nosotros, ya hubiramos muerto
de hambre hace tiempo... Algunas veces me dan pan y otras veces un poco
de sopa... Pero la casa ay la casa! Ya debemos cinco meses y de un da
a otro nos pondrn los pocos trastos que tenemos en la calle... Dios
mo, Dios mo, qu va a ser de nosotros!

--Vaya por Dios! Infeliz mujer!--exclam Visita por lo bajo.

Cirilo sac una moneda del bolsillo y se la entreg.

--Qu le has dado?--le pregunt su esposa al odo.

--Una peseta.

--Dale ms.

Sac un duro y se lo dio.

--Qu le has dado?

--Un duro.

--Dale ms. Nosotros no tenemos hijos. Dios nos ha protegido hasta ahora
y nos seguir protegiendo.

Cirilo ech mano a la cartera y le entreg un billete de cincuenta
pesetas. La mujer, sorprendida y roja de emocin y de alegra, no
encontraba palabras para dar las gracias. Se deshaca en fervorosas
bendiciones.

--Dios se lo pague, seorita, Dios se lo pague! Bendita sea la hora en
que su madre la ha parido! Bendita la leche que ha mamado...!

--Pase maana por nuestra casa. Ahora le dar una tarjeta mi
marido--dijo Visita--. Tenemos amigos que estn en mejor posicin que
nosotros y acaso puedan colocar a su esposo.

Iban ya lejos y todava les segua la voz de la pobre mujer que gritaba
sin cesar:

--Dios les bendiga, seoritos! Que nunca pase la desgracia por su
casa...! Que Dios la proteja, seorita, que Dios la proteja y ya que no
ve la tierra le haga ver el cielo!

--Ya lo estoy viendo--murmur Visita mientras dos lgrimas resbalaban
por sus mejillas.

El coche les esperaba abajo. Montaron de nuevo en l y se trasladaron a
la Bombilla. Antes de entrar en el gabinete que les tenan reservado
dieron orden para que sirviesen tambin de almorzar al cochero. Pasaron
despus, y en un comedorcito agradable con vistas al ro hicieron los
honores al almuerzo, cuyos platos haban de antemano elegido. El paseo,
el aire puro les haba despertado el apetito. Visita bebi un poco ms
de lo ordinario y se qued traspuesta algunos instantes en un sof,
mientras su marido lea el peridico que haba enviado a comprar.

--Ea, ahora con la msica a otra parte!--exclam al cabo la ciega
levantndose y sacudiendo la pereza.

--A qu parte?--pregunt Cirilo riendo.

--Adonde la proporcionan mejor en Madrid; al circo del Prncipe Alfonso.

Y as se verific rpidamente. Oyeron el concierto que en las tardes
dominicales de primavera all se celebraba y ya de noche se restituyeron
a su casa, no sin haber dado antes una vuelta por la confitera para
comprar los postres de la comida.

--Buen da...! Superior, hija, superior!--exclamaba Cirilo despus de
comer, reclinado cmodamente en una butaca y saboreando una taza de caf
al par que chupaba un fragante tabaco de la caja que el da antes le
haba regalado Reynoso.

--Te has divertido? Has estado a gusto con tu mujercita?--le responda
Visita, que tambin tomaba caf sentada a su lado en una sillita baja.

--Con mi mujercita estara yo a gusto aunque viviese en una zahurda
comiendo berzas y pan negro.

Y al mismo tiempo se inclin para besar sus cabellos. Hubo una larga
pausa en que ambos parecan paladear su dicha enternecidos.

--Sabes lo que estoy pensando?--profiri ella al cabo buscando a
tientas su mano y apretndola tiernamente--. Pues pienso que si yo no
fuese ciega no te querra tanto como te quiero... y me parece que t
tampoco me querras a m de este modo. Por tanto que no seramos tan
felices.

--Quiz sea como piensas--repuso l inclinndose otra vez para
besarla--. Pero dara la vida por que recobrases la vista.

--Y estoy pensando tambin que el invierno prximo lo vamos a pasar an
mejor que este, porque tendremos en Madrid a don Germn y a Elena, y ms
cerca an de nosotros a Clara y Tristn... Ya ves, vienen a vivir a
cuatro pasos de aqu, en la calle del Arenal. Todas las noches al teatro
es montono y adems costoso: algunas iremos a su casa, o vendrn ellos
a la nuestra. Qu gusto, verdad? Qu tertulitas ntimas, agradables,
vamos a tener aqu los cuatro!

En aquel instante son el timbre de la puerta y la doncella se present
anunciando al seorito Tristn. Este apareci detrs de ella. La faz de
Cirilo y la de Visita se iluminaron con una sonrisa de alegra. La de
aqul se apag, sin embargo, al observar el rostro serio y contrado del
joven.

--Buenas noches.

Al or el saludo, la sonrisa de Visita tambin se apag: su fino odo de
ciega haba notado algo extrao en el timbre de la voz.

Despus de preguntarse por la salud y de unas cuantas frases
superficiales, Tristn abord con premura, pero en tono afectadamente
sosegado, la magna cuestin que all le conduca.

--El objeto que me trae a estas horas (aparte del placer que siempre
tengo en verles y en departir con ustedes) es un poco raro, un poco
molesto... acaso tambin un poco ridculo... Pero en fin, en este mundo
no es todo corriente y agradable por desgracia: alguna vez hay que tocar
tambin en lo molesto y en lo ridculo, y a m me llega el turno a la
hora presente. Deseara obtener de su amabilidad me dijese si en el
tiempo que llevamos de relacin amistosa he incurrido en su desagrado
por alguna accin o por alguna omisin que les haya molestado, si han
observado ustedes en m algo que no estuviese de acuerdo con una franca
y leal amistad, o bien si inadvertidamente creen ustedes que les
ocasion algn perjuicio.

Cirilo y Visita permanecieron mudos, estupefactos ante aquel extrao
discurso.

--Deseo saber--repiti al cabo de un instante, recalcando ms las
palabras--, si en el curso que hasta ahora ha seguido nuestra amistad
tienen ustedes algn motivo de queja contra m.

--Me parece ociosa la pregunta, Tristn--manifest Cirilo
recobrndose--. Demasiado sabe usted que nunca nos ha dado motivos para
otra cosa que para estimarle en lo mucho que vale y considerarle como
uno de nuestros buenos y cariosos amigos.

--Tampoco les he ocasionado perjuicio alguno de un modo indirecto, esto
es, sin darme cuenta de ello?

--Absolutamente ninguno que yo sepa.

--Est bien... Entonces por qu conspiran ustedes contra m y me hacen
la guerra?

--Conspirar contra usted...? Hacerle la guerra?

--S. Por qu me hieren en la sombra y trabajan cautelosamente a fin de
desbaratar mi prximo matrimonio?

--Qu est usted diciendo?

--Comprendo perfectamente--profiri Tristn sin querer hacerse cargo del
asombro de Cirilo--que el afecto que les liga a sus parientes los
seores de Reynoso (por ms que el parentesco sea lejano) les haga ver
el matrimonio de Clara poco ventajoso y apetecer para ella otro de ms
relieve. Comprendo igualmente que mi persona les inspire una secreta
antipata... que les haste, que les cargue. Eso pasa no pocas veces con
aquellas personas que las circunstancias nos imponen la obligacin de
tratar... Lo que no puedo comprender es que hayan aguardado a ltima
hora para hacer a Clara el favor de proporcionarle un enlace ms ilustre
o para mostrarme a m su hostilidad... Bien es cierto--aadi con amarga
irona--que _lo que est arreglado se desarregla y lo que est hecho se
deshace_.

--Permtame usted que le diga, amigo Tristn, que no entiendo lo que
usted quiere decir ni aun el paso que usted acaba de dar visitndonos en
esta forma brusca y desusada... es decir, s veo que est usted irritado
y que juzga que nosotros le hemos hecho algn agravio en lo que se
refiere a su prximo matrimonio, pero por ms que discurro no s dnde
est ese agravio. Lo mismo Visita que yo nos hallamos tan contentos y
nos parece tan bien esa boda que precisamente en este momento hablbamos
de ella con alegra y nos felicitbamos de que...

--Bien, bien, dejemos eso!--exclam Tristn con aspereza. Aquellas
palabras le parecan el colmo de la hipocresa y de la impudencia.--No
necesito decir a usted que la alegra o la tristeza de ustedes en lo que
a mi boda se refiere, aunque en s mismas tengan mucha importancia, para
m la tienen secundaria. Puedo casarme o permanecer soltero y vivir bien
o mal y ser feliz o desgraciado sin que en ninguna de estas cosas
influya de un modo decisivo la alegra o la tristeza de ustedes... Pero
si no influyen sus sentimientos pueden influir las acciones. Todos
estamos expuestos en la vida a tristes desengaos, a las asechanzas de
nuestros enemigos... y a la traicin de nuestros amigos.

--Vea usted lo que est diciendo, seor Aldama!--profiri Cirilo
perdiendo la paciencia e incorporndose en la butaca--. Considere usted
que con esas reticencias me est usted ofendiendo y que yo no le he
dado motivo alguno para ello.

--Lo que est arreglado se desarregla y lo que est hecho se
deshace--repiti Tristn sonriendo sarcsticamente--. Hasta ahora nada
le he dicho ofensivo... No ha sido ms que la queja de quien se siente
herido. Pero no respondo de que ms tarde no pueda decirle algo que le
moleste de veras.

--Pues entonces cortemos inmediatamente esta conversacin!--exclam
Cirilo apoyndose con mano crispada sobre la mesa para levantarse--.
Considero a usted un hombre de honor y s que se arrepentira de haber
ofendido a quien carece de medios para pedirla reparacin de la ofensa.

Visita se haba puesto en pie tambin vivamente y Tristn hizo lo mismo.

--Tampoco es noble ampararse de su debilidad para dar rienda suelta a
rencores injustificados y hacer dao a quien nunca se lo ha hecho a
usted.

--Repito que no se me ha pasado por la imaginacin jams ocasionar a
usted dao alguno y que slo un chisme de algn malintencionado pudo
hacrselo creer y ponerle tan obcecado.

--Obcecado! obcecado!--exclam Tristn con voz enronquecida ya por la
ira--. No hay chismes, no hay malintencionados. Yo no puedo creer que
tengan mala intencin ni pretendan engaarme mis propios odos. A la
postre todo se descubre. Para quien no procede con lealtad el mundo es
transparente. A hacrselo ver es a lo nico a que he venido a aqu, o lo
que es igual a decirles a ustedes que ya no me engaan y que desprecio
como merecen sus falsos testimonios de amistad... Ahora queden ustedes
con Dios. Me han declarado la guerra... Est bien, lucharemos.
Lucharemos s; ustedes en la sombra; yo cara a cara y a la luz del da.
Buenas noches.

Y tomando el sombrero que tena sobre una silla se lo encasquet
violentamente y sali como un huracn de la estancia.

Visita, cuyo estupor le haba impedido pronunciar una palabra en esta
breve escena, se dej caer de nuevo en la silla y rompi a llorar.

--Dios mo, un da tan feliz como habamos pasado!

Cirilo se pas la mano por la frente y respondi con amargura:

--Ya ves, querida, que ningn da puede llamarse feliz hasta que suenan
las doce de la noche.




IX

UN TROPEZN DE GUSTAVO NEZ Y OTRO DE SU AMIGO TRISTN


Al da siguiente recibi Tristn una carta de Cirilo. En trminos dignos
le haca presente que si su enojo proceda de ciertas palabras que con
insistencia haba repetido en la conversacin habida la noche anterior,
_lo que est arreglado se desarregla y lo que est hecho se deshace_,
Visita recordaba en efecto haberlas pronunciado hablando con el marqus
del Lago. Estas palabras se referan al proyecto que tena la marquesa
de abandonar a Madrid para irse a vivir con su hijo a sus posesiones de
Extremadura. El citado marqus del Lago poda dar testimonio de ello si
fuese interrogado.

Tristn ya estaba arrepentido de su violencia. Aunque la carta no
disipase enteramente sus dudas, le hizo pensar que pudiera haber
incurrido en un error. Por otra parte comprenda el dao que tal
precipitacin poda ocasionarle en el nimo de la familia Reynoso.
Respondi a Cirilo dndole excusas y rogndole guardase reserva de lo
ocurrido.

Lleg el da del aniversario del matrimonio de los Reynoso, que siempre
se celebraba con alegra. Slo el segundo ao dej de hacerse por estar
reciente el fallecimiento de doa Dmasa, madre de Elena. Tristn
cumpli su compromiso llevando al Sotillo a su amigo Nez, previamente
anunciado haca tiempo. Clara lo recibi con toda la expansin de que
era capaz su carcter circunspecto. Se trataba de un amigo ntimo del
elegido de su corazn y se esforz en mostrarse locuaz y afectuosa.
Elena, en cambio, prevenida contra l, lo acogi con toda la gravedad de
que era susceptible su temperamento infantil y bullicioso. De suerte que
equilibrndose por el esfuerzo ambas naturalezas vinieron a producir
resultados anlogos. Mas no se pas mucho tiempo sin que la distinta
condicin de ambas recobrase sus derechos. La charla viva, irnica,
chispeante de Nez empez a causar secreta alegra a la gentil seora
de Reynoso; su rostro serio comenz a iluminarse y no tard su linda
boca en estallar en carcajadas ruidosas celebrando los donaires casi
siempre maliciosos del pintor. En cambio en el dulce y grave semblante
de Clara no tard en sealarse la inquietud y el tedio que tanta charla
frvola, tanta frase picante le producan.

Reynoso haba hecho colocar la mesa para almorzar en una isleta que
haba en el centro de una de las dos charcas que en la gran finca
adquirida por l y agregada al Sotillo existan. Era la ms pequea y
estaba casi siempre vaca, y crecan en ella bosquetes de juncos y
cantaban las ranas. Los frailes, a quienes la mansin perteneciera en la
antigedad, haban hecho construir para su recreo sobre esta isleta un
gran cenador formado de columnas de granito a modo de templete griego.
Estaban las columnas en pie, pero el techo haba desaparecido. Don
Germn, que tena instinto artstico, no quiso restaurar ninguna de las
ruinas que la pesadumbre del tiempo haba causado en las construcciones
de los frailes y todos los hombres de gusto se lo aplaudan. Los restos
de la abada, de la iglesia, de los cenadores y los muros estaban
cubiertos de maleza y exhalaban la dulce melancola de las cosas
pasadas. Para llegar a la isleta del cenador haba un puente de piedra
de fbrica suntuosa como todas las dems antiguas construcciones, pero
igualmente deteriorado; el piso, formado por grandes bloques de granito,
alguno de los cuales se haba desprendido. En torno de la derruida
columnata crecan algunas acacias y todo lo dems invadido por la yerba
y la maleza.

Formaba extrao contraste la gran mesa adornada al gusto moderno, la
vajilla resplandeciente, los criados de frac, con la tristeza y
desolacin de aquellas ruinas. Nez lo encontr original en alto grado
y felicit calurosamente a Elena por ms que no haba partido de sta la
idea. Sentronse a la mesa a ms de la familia, de Tristn y Nez,
Cirilo y Visita, el marquesito del Lago, su hermana la condesa de
Pearrubia que se hallaba pasando unos das en el Escorial con su madre,
Escudero y su hija Araceli, Narciso Luna, muy popular en el mundo
elegante y disipado de Madrid, amigo ntimo de la condesa de Pearrubia,
Gonzalito Ruiz Daz, primognito de los duques del Real-Saludo que
pertenecan tambin a la colonia veraniega del Escorial y habitaban en
un suntuoso hotel de su propiedad, dos hermanas de ste amigas de Clara
y de la edad de ella aproximadamente, el farmacutico Vilches, primo
hermano de Elena, con su seora, el paisano Barragn y otros pocos
invitados ms hasta el nmero de treinta.

El gasto de la conversacin hicironlo Tristn, Gustavo Nez, la
condesa de Pearrubia y Narciso Luna. Los tres ltimos se conocan y se
trataban ntimamente, y Gustavo y Narciso se tuteaban como socios
asiduos de la Pea. Aqul era ingenioso y culto como ya sabemos; ste un
hombre vulgar que supla a menudo el ingenio con la desvergenza.
Imposible saber los aos que tena: lo mismo poda ser un joven de
treinta aos envejecido que un anciano de sesenta remozado: el rostro
bastante arrugado, pero ninguna cana en la barba ni en los cabellos, de
suerte que a primera vista haca el efecto de llevarlos teidos; la voz
tomada y el aspecto crapuloso.

--Hace un sin fin de tiempo que no veo ningn cuadro de usted,
Nez--dijo la condesa de Pearrubia dirigindose al laureado pintor.

--Oh cielos! Tambin usted, condesa?--exclam aqul con aspaviento
cmico de susto.

--Qu quiere usted decir?--replic sonriente la dama.

--Quiero decir que me pareci usted una persona segura tratndose de
ese gnero de terribles inquisiciones... Pero veo que no lo es usted...
La pregunta que acaba de hacerme es mi sombra negra, es mi castigo. No
voy a ninguna parte que no resuene en mis odos... Salgo de casa por la
maana, doy unos cuantos pasos y me encuentro con un seor mi conocido
que me estrecha la mano efusivamente. Al cabo de un instante se echa un
poco hacia atrs y exclama con acento rudo y campechano:--Hombre, hace
muchsimo tiempo que no veo ningn cuadro de usted!--El ao pasado pint
uno para la Exposicin de Bellas Artes--contesto.--Y desde el ao
pasado no ha pintado usted ningn otro?--No, seor.--Pero lo estar
usted pintando.--Tampoco... La fisonoma de aquel seor, mi conocido, se
contrae; sus ojos adquieren una expresin severa que me infunde tristeza
y pavor.--Y entonces qu se hace usted?--No s qu responder, vacilo y
tiemblo.

La condesa solt una carcajada, dejando ver el oro de algunos de sus
dientes empastados.

--Me arrepiento y pido perdn humildemente. Tiene usted razn; no hay
nada ms estpido que fiscalizar el trabajo de los artistas. Alegrmonos
del resultado de sus esfuerzos cuando nos lo ofrecen y no les persigamos
con nuestras prisas.

La de Pearrubia frisaba ya, como sabemos, en los cuarenta. Fisonoma
bastante ajada, aunque no desprovista de belleza; pintado el rostro y
teidos de rubio los cabellos.

--El predominio de las ideas utilitarias en nuestra sociedad--dijo
Tristn--, la fiebre de progreso, el inters social sustituido a la
felicidad individual tiende a convertir el hombre en mquina. Una vez
determinada su funcin en virtud de la divisin del trabajo se le exige
un esfuerzo sin tregua. El industrial debe ocuparse noche y da en la
fabricacin de sus productos, el militar no debe perder de vista jams
la espada, el abogado no debe pasar un da sin pronunciar su discurso,
el minero all en su pozo arrancar noche y da el metal del seno de la
tierra y el poeta en su gabinete compondr desde que Dios amanezca odas,
elegas y epitalamios.

--Pero amigo Tristn--repuso la condesa--, he odo decir que el que
trabaja es el nico hombre feliz.

--Cierto; eso es lo que se dice. En la imposibilidad de emanciparse del
trabajo los hombres han convenido de algn tiempo a esta parte en que no
es una pena, como se dice en la Biblia, sino un goce. Y razonan del modo
siguiente: Si no trabajsemos nos aburriramos. Luego el trabajo no es
una maldicin, sino una bendicin. La conclusin no es legtima, como a
primera vista se observa. Lo nico que se puede afirmar es que el
aburrimiento significa para nosotros una pena mayor que la del trabajo.

--Pues yo no me aburro jams sino cuando estoy acatarrado y el mdico me
obliga a sudar en la cama--dijo Narciso Luna: y la frase fue celebrada
por su amiga la de Pearrubia.

--Llmese usted un hombre excepcional--dijo Tristn dirigindole una
mirada de desdn--, porque la vida, para la casi totalidad de los
humanos, oscila siempre entre la pena y el aburrimiento. Cuando no nos
domina el tedio nos hallamos en plena catstrofe.

--Con tu permiso, querido Tristn--manifest Nez--, para m el mundo
es una comedia muy interesante. El nico defecto que la encuentro es que
decae un poco al final... del espectador.

--Para entonces tambin hay ciertos recursos--apunt Narciso Luna
dirigiendo una mirada amorosa a la condesa.--Mientras uno es joven una
mujer de veinticinco aos le hace feliz. Cuando lleguemos a viejos acaso
una botella de Jerez de igual edad nos haga el mismo efecto.

--Pero oye t--dijo una de las chicas del Real-Saludo al odo de su
hermana--, Narciso Luna es joven?

--Naturalmente--respondi la otra--. No has odo que Marcela Pearrubia
tiene veinticinco aos?

A las dos les acometi una risa tan loca que los ojos de todos se
volvieron hacia ellas. La de Pearrubia, que sospech que ella era la
causa, les clav una larga y fra mirada. Pero las chicas no podan
reprimirse... no podan...! vamos, que no podan!

--Pues yo, con tu permiso tambin, querido Gustavo--manifest Tristn
adoptando el mismo tono jocoso--, no pienso que la vida sea una comedia
interesante. Me parece que es o una tragedia espeluznante o un sainete
no siempre gracioso. En el primer caso debemos retirarnos temprano del
teatro. Las emociones fuertes turban la digestin. En el segundo debemos
esforzarnos por rer... siquiera para no perder el dinero de la
localidad.

--Y nuestro anfitrin, el hombre cuya unin feliz celebramos hoy, qu
piensa de la vida?--dijo la de Pearrubia dirigindose a Reynoso.

--Como he tenido que luchar con ella casi desde nio la respeto y la
honro como hacen los viejos combatientes. En general slo hablan mal de
la vida aquellos a quienes se les muestra amiga desde los comienzos de
su carrera. Ser que los hombres nacemos todos con un hueco destinado a
los disgustos y que cuando se vacia no sosegamos hasta que logramos otra
vez llenarlo? No lo s, pero estoy persuadido de que apenas hay ningn
hombre a quien Dios no haya proporcionado en algn momento de su vida
los medios necesarios para una existencia segura y tranquila, pero son
muy pocos los que saben aprovecharlos. Nos entregan los vientos
encerrados en un odre como el rey Eolo a Ulises: pudiramos caminar por
la vida sin fuertes tropiezos y llegar a la muerte sin graves desazones;
pero nuestro egosmo, nuestra imprudencia o nuestra curiosidad nos
excita a desatar el odre. Entonces los vientos se precipitan fuera y nos
arrastran al travs de mil desgracias y conflictos.

Tristn se crey aludido por estas palabras, y ponindose serio, dijo
con seguridad impertinente:

--Todos los hombres de espritu elevado llevan dentro de s un gran
fondo de melancola. Las circunstancias hacen que este fondo se
manifieste de un modo o de otro. Cuando el hombre tropieza con serios
obstculos, la envidia, la calumnia, la hipocresa o la miseria, se
ostenta de un modo violento y trgico unas veces, otras de suave
resignacin o de amarga irona. Cuando por un conjunto de circunstancias
felices no tropieza en su vida con obstculos serios este fondo no se
produce y de ah que se crea que no existe. Es un error. Existe siempre,
porque esta melancola es la medula misma de la existencia.

--En buen hora que sean melanclicos los hombres de espritu
elevado--dijo Reynoso--y que la alegra sea patrimonio de los que no
alcanzamos ciertas alturas. Pero creo que tenemos derecho a pedirles que
no turben con su hipocondra nuestra vulgar existencia, que no nos agen
la fiesta.

Aunque pronunciadas estas palabras en tono jocoso, Elena, que conoca
bien a su marido, descubri en la inflexin de la voz un poco de clera.
En efecto, don Germn estaba enterado de la escena de Tristn con su
amigo y pariente Cirilo. Visita se la haba contado _en secreto_ a Elena
y sta tambin _en secreto_ a l. Con tal motivo nuestro caballero
empez a sentirse inquieto por la suerte de su hermana. Si no fuera por
el amor entraable, frentico, que sta profesaba a su prometido quiz
hubiera pensado en desbaratar su unin. Elena se apresur a cortar la
conversacin.

--Ea, basta de filosofas!--exclam con acento mimoso--. Yo soy la
obsequiada en este da y nadie se ocupa de m para nada. Si no fuese por
Nez, creo que me hubiera muerto ya de hambre y de sed.

El pintor, que como nuevo husped se sentaba en el puesto de honor a su
derecha, la envolvi efectivamente en una red de atenciones delicadas.
No tard en pasar a las galanteras. Antes de terminarse el almuerzo le
estaba haciendo la corte descaradamente. Pero con todo eso atenda a la
pltica y no perda la ocasin de mostrarse ingenioso, incisivo y
dominar a los dems por su donaire. Abandonada la filosofa, se haba
entrado en el terreno de las personalidades. Se trajo a cuento los
defectos, las manas y ridiculeces de las personas conocidas de la alta
sociedad. Nez supo excitar la risa a su costa de tal manera unas
veces, otras meter el bistur tan adentro en las carnes de los
desgraciados ausentes, que aparecan sus pobres entraas palpitantes a
la vista de los regocijados comensales.

Clara estaba horrorizada de aquella murmuracin insolente, de tanta hiel
y tanta injuria. Hubo un instante en que no pudo ms y encarndose
repentinamente con el pintor le dijo sonriendo, pero en tono resuelto:

--Seor Nez, hace ya bastante tiempo que se est usted cebando en los
defectos de los otros, de los que estn ausentes. Acaso los que estamos
aqu no tenemos ninguno? Por qu no los saca usted a relucir y los
castiga con la gracia que le caracteriza? Eso estara mejor hecho.

Nez qued suspenso y acortado ante aquel exabrupto, pero reponindose
instantneamente replic:

--Porque eso, seorita, sera una insolencia.

--Y el burlarse de los que estn ausentes qu es?--replic Clara.

--Lo que usted quiera. Me entrego a las severas pero bellas manos de
usted y slo le pido que no me haga demasiado dao--dijo Nez con
galantera un poco irnica.

Tristn, que se hallaba sentado al lado de su prometida, la reprendi
por lo bajo aquella descortesa con un amigo suyo que por primera vez
vena a la casa; pero ella, tan dcil generalmente a sus observaciones y
hasta a sus reprensiones, esta vez se mantuvo firme. De todos modos, la
pldora hizo su efecto: cortose la murmuracin y se habl de asuntos ms
inocentes.

A los postres llegaron algunas otras personas del Escorial y de la
colonia de Madrid, entre stas los duques del Real-Saludo y la marquesa
viuda del Lago. Era sta una anciana de elevada estatura, los cabellos
enteramente blancos, la faz dolorida y los ojos imponentes, que slo
adquiran una expresin dulce cuando se posaban sobre su nio (que as
llamaba siempre al joven marqus).

A este nio obeso, a este botn de oro (como tambin sola llamarle su
mam) le estaba moviendo terrible guerra otro nio tambin rubio y
hermoso, el dios Cupido, por mediacin de los preciosos ojos de la hija
de Escudero. Haba acudido sta a la fiesta con su padre. Doa Eugenia
no haba podido venir por hallarse un poco indispuesta. No tendra nada
de extrao que esto fuese una disculpa y que el motivo real estuviera en
su invencible temor al contagio, porque nunca le haban satisfecho las
aptitudes antispticas de los seores de Reynoso. Las aspiraciones
herldicas de Araceli hallaron inmediatamente digno objetivo en la
persona del joven marqus. Araceli le diriga las miradas ms
incendiarias y explosivas de su variado repertorio, le adulaba, le
mimaba, le aturda con el ruido de su charla insinuante, haca, en suma,
esfuerzos prodigiosos por acapararle y hacerle suyo con exclusin del
resto de la sociedad. Pero el joven marqus no entenda lo que aquello
significaba, se aburra, y ms de una vez se le escap para preguntar a
Narciso Luna si no pensaba ir este ao a lava a cazar codornices y si
stas eran tan gordas como las de Castilla, o bien se acercaba a Clara
para decirle que dentro de algunos das esperaba de Londres la carabina
que tena encargada y que era una maravilla, al decir del amigo que all
se la haba comprado. Y en cada una de estas escapatorias se espaciaba
ms de la cuenta, y Araceli no poda reprimir su impaciencia y daba con
el piececito en el suelo y clavaba miradas iracundas en los
interlocutores, y al fin se vea necesitada a acercarse ella tambin y,
como los toreros, echarle de nuevo el _capote_ y sacarle del sitio con
una _larga_ que no siempre daba resultados.

Las ltimas escapatorias ms que a ella molestaban an a Tristn. No
poda ver al marquesito hablar con su novia sin sentirse acometido de un
furor ciego, irracional. Irracional, s, porque no exista motivo alguno
para temer ni para sospechar que aquel nio pensase en sustituirle.
Exista en el fondo, no hay que dudarlo, un acuerdo entre las
naturalezas de ambos. Aquellos dos cuerpos vigorosos, aquellas dos almas
quietas, inocentes, deban comprenderse: esto lo adverta Tristn: de
ah sus recelos, transformados presto en negras visiones por su
imaginacin inquieta.

Tomado el caf la sociedad juvenil se derram por la finca. Los viejos y
las personas serias permanecieron sentados en torno de la mesa. Cerca de
la pequea charca estaba la gran charca que se comunicaba con ella.
Mereca el nombre de laguna, si no de lago, pues no medira menos de un
kilmetro de largo por medio de ancho. Estaba circundada por pequeas
lomas cubiertas de jara y maleza, donde se albergaban las aves
acuticas, emigradoras, que al cruzar de Norte a Sur o de Sur a Norte
descendan all para reposarse y para ser tiroteadas por la gentil
hermana de Reynoso. Haba comprado ste dos esquifes para surcarla y
pescar cuando le acomodase. A ellos se lanzaron los jvenes con alegra
y hubo risas y choques y sustos, y si no hubo ms que un remojn (el de
un seorito indgena que trat de lucirse a la salud de una de las nias
del Real-Saludo y cay al agua) fue porque Dios no quiso.

Mas al poco rato surgi entre la bulliciosa juventud el proyecto de
trasladarse al pueblo, hacer una excursin en borrico por los jardines
de la Herrera, salvar la pequea sierra que los separa de Zarzalejo y
regresar desde este punto en el tren de las siete y media. No es posible
afirmar de un modo terminante de quin parti tan salvadora idea, aunque
no es aventurado el pensar que brot en el cerebro malicioso de algn
joven madrileo de los que gustan pescar, no en laguna tranquila, sino
en ro revuelto. Porque este gnero de excursiones es venero inagotable
de riqueza para los mocitos aprovechados. Pero es indudable que fue
acogida con entusiasmo y llevada a la prctica con energa y celeridad
pocas veces vistas. Enviose aviso al pueblo para que all les esperase
una razonable cantidad de borriquitos, y en los coches de la casa y en
los que haban trado las personas que ltimamente haban acudido se
traslad no mucho despus la dorada juventud a la gran plaza que hay
delante del Monasterio, punto inicial de la correra.

Elena quiso quedarse con las personas serias, pero su marido, que
conoca y adoraba su naturaleza infantil, la inst para que formase
parte de los excursionistas. Al mismo tiempo dio orden para que los
criados llevasen algunas vituallas para merendar. A todo atenda la
previsin eficaz y la cortesa llana y tranquila de aquel hombre
respetable. Clara, entusiasta de los ejercicios fsicos y muy
especialmente de la equitacin, insinu a Tristn la idea de hacer el
viaje a caballo. Acept aqul, porque haba aprendido este arte aunque
no lo practicaba mucho. Se puso ella un lindo traje de amazona y mont
en su caballo favorito, una jaca viva y revoltosa de miembros finos y
ojo ardiente. Oh, qu gozoso espectculo ver a aquella apuesta joven
brincar sobre ella, revolverla, agitarla, lanzarla, contenerla, ponerla
furiosa y calmarla a su talante!

--Lo dicho, Tristn!--le grit Nez desde el _landau_ abierto en que
iba--. No rias nunca con Clara, porque preveo tu desaparicin del
nmero de los cuerpos slidos.

La joven sonri dirigiendo una suave mirada amorosa a su prometido. Su
fisonoma, tan dulce, tan humilde, tan plcida, formaba contraste
singular con la figura arrogante y poderosa que el cielo la haba
asignado.

Delante del Monasterio se les reunieron otros jvenes de ambos sexos que
quisieron compartir con ellos los goces del paseo. Dejaron el pueblo y
entraron en los famosos y reales jardines, riendo, zumbando, chillando
como un bando de pjaros grandes que puso en suspensin y miedo a los
otros chicos que cantaban entre la fronda de los rboles. Pero el ave
guiadora, la abeja reina de aquel bando o enjambre era la esposa de
Reynoso. Cunto ri, cunto chill, cuntas travesuras hizo aquella
linda criatura! Gustavo Nez no se apartaba de ella, sirvindola de
espolique y fiel escudero, porque caminaba a pie como la mayora de los
hombres, mientras las damas iban sentadas sobre los clsicos
borriquitos. Con audacia creciente el pintor cambiaba con ella palabras
y bromas no siempre respetuosas; la galanteaba y la requebraba
abiertamente, aunque disfrazando su insolencia con la burlona
excentricidad de que haca gala. Elena, como un nio en asueto, marchaba
tan alegre, tan aturdida con la algazara, con sus propios gritos y
graciosas salidas, que no se daba cuenta apenas del galanteo de que era
objeto. Considerbalo como una de tantas bromas a propsito para
aumentar el regocijo de aquel viaje.

La hija de Escudero, persuadida al cabo de que al marquesito del Lago se
le paseaba el alma por el cuerpo y que no era ms que un hermoso pedazo
de carne, enderez sus tiros al primognito de los duques del
Real-Saludo, Gonzalito. Este no era un pedazo de carne, sino ms bien de
hueso. Unos decan que se hallaba en segundo grado de tisis, otros que
en tercero, y haba tambin quien sostena que slo se hallaba en
primero. De todos modos, nadie dejaba de asignarle alguno de estos
grados confortables. Era un ser apacible y transparente o por lo menos
traslcido, como si estuviera fabricado de porcelana de Sevres, que
viva, sonrea y tosa. Araceli procur acercar su borriquito al que l
montaba y no tard en trabar animada conversacin, todo lo animada que
permita la extrema languidez de tan interesante joven. Como la mayor
parte de los seres dbiles era Gonzalito Ruiz Daz muy sensible al calor
y al fro, lo mismo en lo fsico que en lo moral. Una atencin afectuosa
le impresionaba y le conmova; un pequeo desaire le martirizaba. Por
eso acogi con gratitud las muestras de carioso inters que Araceli
empez a darle.

--Gonzalo, tenga usted cuidado con esa ramita que le va a dar en la
cara. No vaya usted tan a la orilla que ese animal puede resbalar y caer
en la cuneta. Ve usted qu aire se ha levantado? Por qu no alza usted
el cuello de la americana?

En poco tiempo la hija de Escudero gan la confianza del primognito del
Real-Saludo. No se pas mucho ms sin que hiciese su conquista.

Al llegar a la falda de las colinas que separan los jardines reales de
Zarzalejo y la va frrea hay una fuente en paraje apacible y deleitoso.
All ech pie a tierra la caravana y se dispuso a descansar un rato y
luego a restaurarse con el contenido de las fiambreras. La juventud se
disemin por los alrededores, que eran amensimos, principalmente
siguiendo el cauce del arroyo que surta la fuente, todo sombreado de
sauces y olmos.

Clara se prendi su larga falda de amazona y se intern con Tristn por
los bosquetes recogiendo florecitas silvestres y charlando de su casa y
de sus proyectos. No tard en seguirles y unirse a ellos el marquesito
del Lago. Este pobre chico pareca estar dotado del don de la
importunidad, al menos en lo tocante a sus relaciones con los novios. A
Tristn le supo malsimamente aquella reunin y apenas pudo disimular su
disgusto. Clara, que se daba cuenta de ello, tampoco pudo menos de
turbarse y ponerse un poco encarnada. Siguieron el paseo hablando poco y
detenindose a cortar las florecillas ms vistosas para hacer un
_bouquet_. El marquesito se entusiasm en la busca y corra de un lado a
otro, saltando las zanjas y los arroyos, trepaba por las escarpas y se
pinchaba en los setos, fatigndose por traer alguna florecita rara y
vistosa.

--No se moleste ms, Nann, ya tengo bastantes--dijo Clara.

Nann era el diminutivo de Fernando, con que nombraban cariosamente al
joven marqus la familia y los amigos ntimos. Este diminutivo en los
labios de su prometida haca dao a Tristn. Haba estado muchas veces a
punto de decrselo; pero slo ahora a impulsos del desabrimiento que
experimentaba se arroj a hacerlo.

--Por qu le llamas Nann?--le dijo con aspereza en voz baja.--Llmale
marqus o Fernando, pues que no es tu pariente ni tu amigo ntimo.

Clara le mir con asombro unos instantes y luego se encogi de hombros.

El marquesito vino gozoso a traerle una linda flor de un azul muy vivo.

--Esta s que es hermosa! Hasta ahora no he hallado otra mejor.

Clara tom la flor, pero en cuanto el marquesito volvi la espalda para
ir en busca de otras, Tristn se apoder de ella y la dej caer al
suelo. Vino poco despus Nann con una nueva y la entreg a Clara con
igual alegra, pero Tristn volvi a apoderarse de ella y, hacindose el
distrado, la arroj otra vez al suelo. Cuando al cabo de algunos
instantes lleg por tercera vez el marqus con una nueva ofrenda, no
pudo menos de advertir que sus lindas flores azules no estaban en las
manos de Clara. Entonces, sin darse cuenta cabal de lo que aquello
significaba, pero entendiendo vagamente, qued un instante suspenso con
sus grandes ojos azules muy abiertos. Y ya no volvi a coger ms flores.

Mientras tanto la condesa de Pearrubia, sentada cerca de la fuente,
haca las delicias de los excursionistas recitando con alta declamacin
_La siesta_, de Zorrilla. Desde nia haba adquirido fama de decir muy
bien los versos. En los salones suele haber seoras que cantan, y se las
aplaude; las hay que tocan el arpa, y a stas tambin se las aplaude,
aunque no tanto; otras, por fin, bailan sevillanas, y stas son, en
realidad, las que ms entusiasmo inspiran y consiguen arrastrar los
corazones masculinos. Marcela Pearrubia no perteneca a ninguna de las
tres categoras. Su esfera de dominacin no sala del noble recinto de
la poesa. Sus aristocrticas amigas saban que nada lograba halagarla
ms que pedirle el recitado de alguna composicin romntica y se lo
pedan por darle gusto, aunque ellas no lo sintiesen muy vivo. Cmo
arraigaran tales aficiones romnticas en una mujer que arrastraba una
vida prosaica con ribetes de escandalosa, entre aprietos y trampas, en
relacin constante con las prenderas y las casas de prstamos, es lo que
cuesta trabajo explicar. Pero suelen ofrecerse en el mundo estos
singulares contrastes: basta recordar que durante la revolucin
francesa, cuando funcionaba la guillotina sin descanso, se representaban
en los teatros de Pars los ms suaves y tiernos idilios. De todos
modos, si la condesa de Pearrubia tuviese una voz mejor timbrada y no
la ahuecase, si declamase con menos nfasis y le quitasen el acento
extremeo, no hay que dudar que sera una notable recitadora de versos.

Elena haba comenzado a impacientarse por el galanteo asiduo de Gustavo
Nez. Durante la merienda y en ocasin en que el pintor estaba sentado
a sus pies sirvindole con rendido alarde haba sorprendido entre las
dos nias del Real-Saludo una mirada muy maliciosa seguida de una risa
ms maliciosa an. Quedose seria y mal impresionada y levantndose
bruscamente se reuni a otras personas. Poco despus le acometieron
deseos de espaciarse por el campo y sin ser notada se apart de los
excursionistas y se introdujo por el bosque adelante. Aunque la tarde
era calurosa, entre la espesura de aquella selva umbra se gozaba un
fresco delicioso. La naturaleza ejerci presto su influencia sedante. No
tard en recobrar aqulla su inagotable alegra que tanto realzaba el
brillo divino de sus ojos.

Unos cabellos ms dorados, unos dientes ms menudos, unos ojos ms
picarescos, un talle ms esbelto, unos pies mejor torneados no se haban
presentado jams en aquellos parajes solitarios. El bosque se estremeci
de jbilo, las flores se dieron prisa a exhalar de una vez sus aromas
ms delicados, los pjaros agitados por tan celeste aparicin se
deshacan en trinos y gorjeos sin perderla de vista, los rboles
inclinaban paternalmente su cabeza venerable en seal de aprobacin.

Elena marchaba sonriendo a las flores, a los rboles, a los pjaros,
sonrindose a s misma que era ms bella que todas estas cosas. Ahora se
detena un instante, recoga del suelo una florecita, la tocaba, la
examinaba atentamente, la llevaba a la boca (oh venturosa florecita!),
ahora corra sobre el csped saltando como una cervatilla, ahora se
quedaba repentinamente inmvil con el odo atento a la cancin de un
pjaro que all en lo alto de una rama al columbrarla y cerciorarse de
que se haba parado a escucharle, convulso, enfervorizado, agotaba todo
el repertorio de sus arpegios y florituras en su honor. Pero he aqu que
al salir de uno de estos xtasis idlicos y ponerse de nuevo en marcha
acierta a ver delante de s... Qu? Qu es lo que haba visto? Por
qu se pone plida como la cera y deja escapar de su garganta un grito?
Nada menos que la figura odiosa, espantable, brbara del paisano
Barragn. En cualquier paraje de la tierra el rostro de este hombre era
muy apto para producir una impresin de espanto. En medio de un bosque
solitario no hay para qu encarecer lo que hara. Elena no haba podido
acostumbrarse a mirarle y cuando necesitaba dirigirle la palabra lo
haca bajando los ojos o volviendo la cabeza. Todas las seguridades que
su marido se complaca en darle acerca del carcter pacfico de aquel
hombre se desvanecan en cuanto le miraba a la cara. Estaba ntimamente
convencida de que un da u otro concluira por asesinar a Germn o
secuestrarla a ella.

Este hombre terrible quin lo dira! se hallaba completamente abstrado
recogiendo florecitas del suelo. Al or el grito de Elena levant la
cabeza y en sus labios sinuosos y amoratados se dibuj una sonrisa
feroz.

--Conque tambin se viene usted por aqu, Elenita? Y no tiene usted
miedo a las fieras?

La esposa de Reynoso qued inmvil, petrificada, sin poder responder una
palabra. Hizo esfuerzos por sonrer, pero result una mueca.

--Oh! Aqu en estos bosques no hay peligro ninguno--prosigui
Barragn--. Pero si usted caminase por algunos de Amrica ya podra
usted ir con ms cuidadito. A lo mejor salta el tigre o se tropieza con
los bandidos...

Barragn al proferir estas palabras dio un paso hacia Elena. Esta se
puso ms plida an y sin saber lo que deca con voz alterada exclam:

--Haga usted el favor!

--Qu? La he asustado con mis palabras, verdad?--dijo sonriendo de
nuevo ms pavorosamente, sin presumir el pobre hombre que no eran sus
palabras sino su rostro lo que la asustaba--. Aqu no hay peligro
ninguno. Ni en estos sitios se cran fieras ni hay temor de bandidos.
Est muy bien guardadito esto.

Y dio otro paso hacia ella. Elena volvi a exclamar con acento ms
afligido:

--Haga usted el favor!

Y volviendo repentinamente la cabeza se puso a gritar desesperadamente:

--Tristn! Clara! Tristn! Nann!

El buen Barragn qued asustado de aquel susto y acercndose ms exclam
con dulzura:

--No tenga usted miedo, Elenita! Si estoy aqu yo! Adems, esto est
muy bien guardado.

--Clara! Tristn! Nann!

--Pero, Elenita, si estoy aqu yo!

Felizmente para Barragn, no tanto para Elena, se present all Gustavo
Nez que la haba seguido los pasos. Recobr aqulla la calma y
disimulando la causa de su turbacin para no herir al amigo de su
marido, cont que haba visto un bicho negro y largo, as como una
serpiente. Barragn y Nez se pusieron a buscar, pero, es natural, no
dieron con l.

Cuando de nuevo se unieron a los excursionistas, Elena, arrastrada por
su humor alegre y travieso, hizo a Nez la confianza de decirle la
verdad. El pintor se desternillaba de risa y no dej de hacer
comentarios muy sabrosos, consiguiendo con ello ponerla de buen humor.
En realidad, Barragn haba logrado interesarle mucho desde que le
viera. Deca que si pintase su retrato y lo presentara en la Exposicin
sera el xito ms grande de la temporada.

Pero se llegaba la hora de emprender nuevamente la marcha. Era necesario
salvar aquellas colinas cubiertas de rboles, luego una pequea sierra y
llegar a Zarzalejo antes de las siete y media. Todo fue ruido, jbilo y
algazara antes que las damas se acomodasen en sus borriquitos. Los
jvenes se apresuraron a ayudarlas; pero lo hicieron con tal ardor que
no lograban ms que asustarlas y ponerlas nerviosas. Hubo en tan
memorable ocasin un verdadero derroche de rubor, de gritos, de risas
maliciosas y de frases ms o menos felices.

Gustavo Nez, en su calidad de escudero de la seora de Reynoso, hizo
lo posible por llenar a conciencia su cometido. Pero cuando la bella
dama se hallaba ya sentada en su cabalgadura, tuvo el insolente la
audacia increble de pellizcarla una pierna. Elena, arrebatada de
clera, le dio un puntapi en el rostro con tal mpetu que el pintor
vacil y estuvo a punto de caer. Se llev la mano a la cara y se le
declar una violenta hemorragia por la nariz.

--Qu es eso? qu es eso?--dijeron varios acudiendo en su auxilio.

--Nada, que al bajarme el borriquito de la seora alz la cabeza y me
dio un golpe en la nariz--tuvo la habilidad de decir.

Despus fue a lavarse al arroyo y mientras los dems mostraban su
disgusto con frases de compasin, l las haca jocosas.

--No dirn ustedes ahora que en esta ocasin no ha llegado la sangre al
ro, porque ha llegado... o por lo menos al arroyo.

Mientras tanto Elena, con la hermosa frente fruncida y un poco plida,
le miraba an con ojos centelleantes de ira. Gracias a que los dems
estaban vueltos al pintor, no se observ su actitud que hubiera hecho
sospechar la verdad.

A pesar de todo, Nez, siempre audaz, quiso de nuevo acercarse a ella,
pero se vio inmediatamente defraudado, porque la dama no volvi a
separarse un instante de la condesa de Pearrubia, con quien trab
conversacin animada. Esta le haba propuesto tutearse: entre jvenes no
hay nada ms grato ni que inspire ms confianza.

Por espacio de media hora caminaron entre rboles con todas las
molestias y todos los goces que esto produce. Al cabo salieron al
descubierto atravesando una sierra pelada. Algunos rebaos de cabras
pastaban la poca yerba que creca en las hendiduras de las peas.
Hicieron un alto, y algunos bebieron leche que los pastores ordearon a
su vista. Poco despus llegaron a lo ms encumbrado, dando vista a
Zarzalejo. Desde aquel sitio elevado se divisaba la gran llanura
ondulante que se extiende delante del Escorial. Monte bajo, mieses,
rocas peladas, todo formaba un conjunto armnico debajo del hermoso sol
radiante que descenda ya majestuosamente escoltado de nubes rojas. Y en
medio de aquella llanura la gran charca del Sotillo pareca una pequea
mancha de plata.

La bajada fue rpida. Llegaron a la estacin de Zarzalejo poco antes de
la hora sealada, pero an el sol no se haba puesto porque estbamos en
los das ms largos del ao. Clara y Tristn sintieron deseo de
proseguir el viaje a caballo y ganar el Sotillo al travs de las trochas
que surcan las llanuras. Estaban seguros de llegar all antes que Elena.
Consultaron con sta el caso, y teniendo en cuenta lo prximo que se
hallaba su matrimonio, la joven seora no tuvo inconveniente en darles
permiso para hacerlo.

Lleg el tren. Un minuto de parada. Dejaron las cabalgaduras en poder de
los mozos y se abalanzaron a los coches, produciendo disturbios y
curiosidad en los viajeros que no contaban con la novedad de aquella
numerosa caravana.

Gustavo Nez, cada vez ms terco e insolente, quiso sentarse al lado de
Elena, pero no logr ms que experimentar un claro y doloroso desaire.
La joven se alz instantneamente de su asiento.

--A ver, Gonzalito, djeme usted ese sitio; quiero estar al lado de
Araceli.

El pintor se mordi los labios de coraje. Cuando pocos minutos despus
llegaron al Escorial estaban all esperndolos Reynoso y casi todos los
invitados que haban asistido a la fiesta. Los que habitaban en el
pueblo se apearon del tren; los que vivan en Madrid se quedaron en l,
unindose a ellos los que como Cirilo y Visita no haban participado de
la excursin. Despedidas, besos, plcemes, risas, gritos y promesas.
Silba la mquina. Adis, adis!

Elena se agarr fuerte y afectadamente al brazo de su marido en cuanto
se baj del tren y no volvi a soltarlo. Gustavo Nez asomado a la
ventanilla les vio alejarse en esta forma para montar en el landau que
les aguardaba. En los ojos expresivos del pintor se pintaban al mismo
tiempo diversos sentimientos; la clera, el deseo, la amenaza, la burla.

Mientras tanto Clara y Tristn caminaban en amor y compaa la vuelta del
Sotillo a campo traviesa. Dejando los caballos al paso conversaban
animadamente. A solas con su amada, Tristn recuper la tranquilidad que
la presencia del marquesito del Lago turbaba y se dej arrastrar
dulcemente a una alegra que muy contadas veces haba disfrutado.

--Quieres que pongamos los caballos al trote?--dijo Clara que vea con
cierta inquietud acercarse rpidamente el sol a la tierra.

--Para qu? Tiempo tendremos a galopar un poco cuando el sol se
ponga--dijo l.

Y paseando sus ojos con admiracin y arrobo por la campia exclam con
acento recogido:

--Qu hermoso! Qu hermoso est esto! Qu deliciosa naturaleza!

Atravesaban en aquel instante por un extenso sembrado. Los trigos
comenzaban a amarillear. Soplaba sobre ellos la brisa fresca del Norte
que pasaba estremecindolos con leve, fugaz escalofro, inclinndolos
suavemente bajo la llama del sol. Parecan un mar ondulante con
transparencias verdes del cual parta vago rumor de sederas que se
despliegan. Y entre estas olas verdes hera los ojos el brillo
sangriento de alguna amapola o la nota delicada de los azules
chupamieles. Las figuras de algunos labriegos que atravesaban las
trochas se destacaban con admirable pureza. Por entre los trigos corra
un perro de caza del cual se divisaba solamente su cola, agitada con
movimiento vertiginoso; alguna vez apareca su cabecita de color canela.
El sol moribundo, con resplandores rojizos, esparca sus rayos oblicuos
por las eras. El Guadarrama sin relieve alguno pareca una larga mancha
violcea pintada con difumino sobre un fondo lechoso. Un pastor a lo
lejos clavaba las estacas del redil. Se escuchaban los golpes
amortiguados por la distancia. All en lo alto del cielo un pjaro se
cerna batiendo las alas con celeridad unas veces, otras permaneciendo
inmvil con ellas extendidas.

--Cunto me alegro de haber venido por estos sitios! Me encuentro tan
bien!

Clara le miraba con ojos brillantes de satisfaccin.

Dejaron los sembrados y empezaron a caminar por las praderas cortadas
aqu y all por grupos de rboles, esmaltadas de florecitas blancas,
amarillas, rojas. Por entre estos macizos de florecitas silvestres
asomaba de vez en cuando el lomo turgente de una roca enorme, como un
gigante que durmiese oculto entre ellas.

Se aproximaba el crepsculo. La tierra exhalaba con calma su aliento
perfumado preparndose a dormir. Del cielo bajaba un silencio grave,
solemne, que slo interrumpa la sonoridad de sus pasos, el leve
resoplido de los caballos. Los cascos de stos al pisar las yerbas
aromticas, la mejorana, el hinojo, la yerbabuena, el romero, alzaban
vapores penetrantes que les embriagaban producindoles un vrtigo feliz.

--No quieres que corramos un poco, Tristn?

--No, djame gozar de esta hora dichosa. La naturaleza aqu no tiene ms
que algunos momentos en ciertos das del ao, pero estos momentos son
tan dulces, son tan esplndidos, que dudo haya nada sobre el planeta que
los supere. Mira ese cielo que aqu parece un rub y all una amatista
transparentes, mira esa llanura tan caprichosamente manchada con todos
los matices del verde y del gualdo, mira la masa informe de esa sierra
envuelta en neblina azulada. No respiras esa oleada de perfumes
penetrantes que oprime las sienes, que corre hacia el corazn anegndolo
en una languidez de felicidad inefable...? Escucha. All a lo lejos
suena el canto del cuco. No tardar en comenzar el ruiseor.

Clara sonrea vindole feliz. Pocas veces le haba odo aplaudir con tal
entusiasmo ni aun a la misma naturaleza.

Al llegar cerca del Sotillo el terreno descenda formando una caada por
donde saltaba el torrente que surta de aguas las charcas de aquella
finca. Antes de salvarlo por un puentecillo de madera, Tristn propuso
apearse y descansar un poco. Clara se resisti dbilmente; era ya tarde;
deseaba llegar a casa antes que regresasen de la estacin sus hermanos.
Pero cedi al fin por complacerle.

--Un ratito nada ms, verdad? Cinco minutos echando por largo.

El agua bajaba brincando entre rocas manchadas de musgo. El lecho rocoso
era demasiado grande para tan pequeo arroyo; pero en los meses de
invierno cuando vena rugiente, amenazador, no bastaba a encauzarlo. Sus
orillas en fuerte declive estaban tapizadas de tan menudo csped que
parecan una colcha de terciopelo verde. Sombrebalo por entrambos lados
un macizo de mimbreras y sauces, bardagueras y chopos.

All se sentaron dejando los caballos amarrados. Tristn se mostraba por
momentos ms tranquilo, ms feliz y ms tierno.

--No s lo que me pasa, Clara ma--murmuraba reclinado a sus pies y
contemplndola con embeleso--, pero me hallo distinto de lo que hace
unos momentos era, distinto de lo que he sido toda la vida. Me siento
inquieto, pero es una inquietud deliciosa, muy lejana de esa otra
dolorosa y amarga que tantas veces me acomete; es una inquietud que
corre por mis venas como un blsamo, que me oprime el corazn dulcemente
y me hace dichoso. Estos rboles, este csped, estas flores, este sol
tienen la culpa... Pero sobre todo son tus ojos, Clara, son tus ojos tan
brillantes, tan nobles, tan serenos los que me arrancan de las tristezas
de la tierra para trasportarme al cielo.

--Ests contento de ser mo dentro de poco?--pregunt ella inclinando
suavemente su cabeza.

--Tanto, que el tiempo que falta quisiera pasarlo dormido.

--Yo no; yo quiero estar despierta y sentir los pasos del tiempo. Quiero
ver mi equipo, tocarlo, guardarlo, quiero ver mi blanco traje de novia,
quiero pensar en mis zapatos, en mis camisas, en mis gorros, quiero
sacar de su estuche las joyas, quiero recibir los regalos que me enven
las amigas. Vosotros los hombres no sabis lo que pasa por nuestro
corazn en este tiempo.

--Quisiera dormirme, s, quisiera despertar en tus brazos y que
infundieses de una vez en mi alma ese sosiego adorable que se escapa de
tu rostro, que hicieses correr por mis venas esa frescura virginal en
que se baa tu pura naturaleza, que soplases en mi corazn el aliento de
tu caridad inagotable. Aborrezco a los hombres y quisiera amarlos,
quisiera amarlos como me amo a m mismo cuando t me miras, Clara de mi
alma. Aqu dentro hay algo bueno, algo santo, pero el sagrario en que se
encierra no est guardado por ngeles, sino por diablos.

--No temas, Tristn--profiri la joven sorprendida y enternecida por
aquellas palabras--, no temas; yo no soy un ngel, pero sabr guardar y
respetar los sentimientos nobles de tu corazn. Esos diablos no podrn
nada contra la fuerza de mis manos.

Tristn tom una de ellas entre las suyas, una bella mano fra, tersa,
maciza, de virgen amazona y la llev con pasin a los labios.

--Vamos, vamos!--exclam la joven haciendo ademn de alzarse--. Se va a
caer la noche en un instante.

--Espera, djame sentir el beso de adis de ese sol que se est
hundiendo.

El astro rey ocultaba ya la mitad de su disco en la llanura y enviaba
uno a uno sus rayos de prpura con sonrisa melanclica, colgndolos
suavemente a las ramas de los rboles.

--Lo ves? Ya el sol se ha ido. Vmonos, vmonos!

--Espera un instante; djame escuchar la serenata de ese ruiseor que
canta encima de nosotros. Si yo tuviese su voz y su inspiracin, hermosa
ma, tambin pasara la noche cantndote al odo el himno del amor.

--No aqu--dijo ella riendo y ponindose en pie--, porque aqu no te
escuchara.

--Un instante, un instante nada ms! Gocemos el encanto de esta hora
fugitiva, retengmosla por los cabellos, dejemos que nos acaricie
blandamente. Quin sabe si en pos de esta tan dulce vendrn otras
ttricas! Permite que la retenga un minuto ms por su manto azul y
flotante...

Y al decir esto, sujetaba la falda de su prometida.

--Arriba, Tristn, arriba!--replic ella riendo.

--Pues aydame.

La joven le entreg sus manos. Mientras se apoyaba en ellas para
alzarse, qu iba a hacer Tristn sino besarlas con transporte? En
efecto, fue lo que hizo.

Montaron de nuevo, pusieron los caballos al galope para salvar los tres
kilmetros que an restaban antes de llegar a casa.

Frescas por el corto descanso y mecidas por la dulce ilusin de alcanzar
presto el pesebre, corran las jacas sobre el campo con creciente bro
sin ayuda de espuelas. Ellos, con el corazn henchido an por la
suavidad que aquellos instantes felices haban dejado en l, sonrean
vagamente, aspiraban con deleite el aliento embalsamado del crepsculo.
Guardaban silencio, pero este silencio les deca mil cosas tiernas y
placenteras que sus labios no seran capaces de pronunciar.

Clara dio un grito. El caballo de Tristn haba metido su casco en la
madriguera de un conejo, y cay de cabeza arrastrando al jinete,
envolvindolo.

--Tristn, Tristn!--grit la joven arrojndose a tierra.

Pero Tristn no resollaba, haba perdido el conocimiento y yaca debajo
de la cabalgadura abrumado bajo el peso de ella.

Clara corri a l y con un supremo esfuerzo logr arrancarlo de aquella
situacin. El caballo no quera moverse; deba de estar herido.

--Socorro! socorro!--grit desesperadamente.

Pero nadie haba entonces por los contornos y slo el campo y los
pjaros oyeron sus gritos.

--Dios mo!--murmur echando una mirada en torno.

Mir despus a Tristn que pareca dormido, y no advirti en su rostro
seales de sangre; palp sus brazos y sus piernas, pero no pudo
cerciorarse si se haba fracturado algn hueso; puso el odo a sus
labios y not que respiraba.

Era necesario echarle agua a la cara para hacerle volver en si, pero el
agua estaba lejos. Ira corriendo hacia casa hasta encontrar a alguna
persona que le socorriese? Apenas brot esta idea en su mente aturdida
la desech con horror. No, no poda dejar a su prometido solo y privado
de sentido en medio del campo.

Sin embargo, al cabo de un instante, Tristn pareci volver en s y dej
escapar un dbil gemido.

--Tristn, Tristn, cmo te sientes? Tienes dolores?--le grit
sofocada por la emocin.

El joven se llev la mano a un hombro.

--No te asustes... slo aqu siento algn dolor--murmur con aliento
casi imperceptible.

--Quieres que nos quedemos esperando que alguien pase?

Tristn hizo un signo negativo con la cabeza.

--Voy a casa a buscar socorro? Puedes quedar aqu?

Hizo un signo afirmativo.

Entonces la intrpida joven salt con increble energa sobre su jaca y
la puso a un galope furioso. El animal, como si comprendiese lo que su
ama exiga de l, devor en cortos minutos la distancia.

Cuando lleg al Sotillo su hermano sala ya a su encuentro. El valeroso
esfuerzo de la joven se disip a su vista. Cay en sus brazos sollozando
y slo pudo decir:

--Corred, corred! Tristn est herido ms ac del puente de madera.




X

UNA NOCHE DE NOVIOS


Por fortuna la conmocin cerebral que Tristn padeci fue pasajera. Pero
se vio que tena el brazo derecho dislocado por la articulacin del
hombro. Los mdicos del pueblo que fueron llamados por telfono vinieron
prontamente y le hicieron la reduccin no sin agudos dolores. El enfermo
qued tranquilo, durmi y amaneci sin fiebre al da siguiente.
Escudero, que avisado por telgrafo lleg en el primer tren de la
maana, vindole en estado satisfactorio quiso llevrselo a Madrid.
Reynoso se opuso enrgicamente. Tristn ya perteneca a su familia de
derecho; iba a ser su hermano prximamente y no saldra de casa sino
enteramente curado.

No hay para qu encarecer el esmero afectuoso con que fue atendido y
mimado en los pocos das que permaneci postrado. Todos queran hacerle
compaa, todos queran agasajarle envolvindole en una atmsfera tibia
de vigilancia y amor. En cuanto a Clara se puede decir que no viva ms
que para l.

Una tarde en que por haberse ausentado momentneamente Elena quedaron
solos los novios, Tristn aprovech aquellos instantes para repetir a su
amada la admiracin y la gratitud de que estaba posedo. Despus,
quedando pensativo, dijo melanclicamente:

--Era yo tan feliz en aquel momento, Clara! Jams haba visto el cielo
tan difano ni el campo tan hermoso, jams percib tan grato el aroma de
las flores ni o ms suave las notas del ruiseor, jams sent mi
cuerpo tan vigoroso y mi espritu ms lcido. Pero ay! el hombre es
siempre un nio que persigue mariposas al borde de un abismo. La
naturaleza se re de nuestro amor y nuestra admiracin; es una madre
loca que estrangula a su hijo cuando ste la besa.

--Desecha esas ideas lgubres, Tristn. No vuelvas tanto los ojos hacia
atrs. Ya que Dios ha permitido que salvaras de este peligro en que
fcilmente pudiste perecer o quedar lisiado para siempre, es que
consiente en hacerte feliz.

Tristn tom la mano de su prometida, la apret tiernamente y dijo
sonriendo:

--La edad de oro, querida ma, se ha vuelto al cielo.

--Pero tu felicidad no se ha deshecho; slo se ha interrumpido un
instante... si es que me quieres como aseguras. Dentro de pocos das
estars sano... Yo te quiero mucho ms que antes porque al verte caer
comprend de una vez hasta dnde habas entrado en mi corazn... Y mi
hermano--aadi bajando los ojos y ruborizndose--quiere adelantar la
fecha de nuestro matrimonio.

Los ojos de Tristn brillaron con alegra.

--Cmo...? Es de veras?

--Eso me ha dicho ayer--respondi Clara dulcemente.

En efecto, Reynoso pens que estando ya Tristn alojado en su propia
casa razones de delicadeza le aconsejaban no demorar la boda hasta
octubre y realizarla en cuanto fuera posible. Todos en la casa
aplaudieron esta determinacin, y Elena fue la primera en celebrarla con
gritos de jbilo.

--A ver si se le quitan de una vez esos malditos celos!--le dijo al
odo a su cuada.

Tristn los senta cada da ms rabiosos del marquesito del Lago. Este
chico, sin darse cuenta de ello, haca lo posible por mantenerlos vivos;
se juntaba a Clara en cuanto tena ocasin y no saba luego apartarse de
ella. Era seguro que no hablaba ms que de caza y lo que con ella se
relacionase, pero el obcecado Tristn hallaba en estas conversaciones un
sentido misterioso. Cuando el marquesito, por ejemplo, peda noticias a
Clara de las garzas, se imaginaba que el amor sala volando de sus
palabras como salen estos graciosos animales de entre los juncos. No
solamente, pues, por el cario profundo que aqulla le inspiraba sino
por verse libre de estos celos crueles que le mordan las entraas
experiment viva satisfaccin al saber la noticia.

Apresurronse los preparativos de boda. En cuanto pudo levantarse se fue
a Madrid, pero all reciba todos los das la visita de Clara y Elena y
las acompaaba a las tiendas para comprar lo que an faltaba y para
apremiar a las modistas, joyeros y maestras de confecciones. l por su
parte vigilaba los ltimos trabajos realizados en el piso de la calle
del Arenal. A ltima hora se les junt un da Gustavo Nez y entr con
ellos en el Suizo a tomar un helado. La acogida que Elena le hizo fue
desconcertante; pero el pintor tena la cara dura, no se dio por
enterado y tan bien se las arregl con su charla graciosa, insinuante,
que al cabo logr hacerla sonrer. No tard en tomar parte en la
conversacin y mostrarse como siempre locuaz, traviesa y un poco
aturdida. A los pocos das volvieron a encontrarse y Elena mostr desde
luego que haba olvidado su atroz insolencia. Gustavo, arrepentido de
ella, se presentaba respetuoso, amable, cordial, huyendo de toda
galantera. Pero esto slo era en la apariencia; su propsito firme y
oculto era bloquear la plaza con todas las reglas del arte, hacer su
corte con juicio y cautela. Tanta emple que cuando las damas se
despedan para montar en coche y trasladarse a casa se abstena de
estrechar su mano y slo se la daba a Tristn. Con ste y otros rasgos
de delicadeza logr presto volver a la gracia y a la confianza de la
gentil seora de Reynoso.

Lleg por fin el da sealado, uno de los ltimos de julio que amaneci
como los antecedentes claro, sofocante, abrasador. La familia de
Escudero haba ido la noche anterior a dormir en casa de Reynoso.
Tristn se traslad por la maana acompaado de Gustavo Nez y el
paisano Barragn.

Gran parte de la colonia veraniega y mucha tambin del vecindario quiso
presenciar la ceremonia nupcial. Con este motivo rodaron los coches y
hubo no poca confusin a las puertas del templo, que estaba adornado
suntuosamente para el acto. La novia se present plida y sonriente con
su traje blanco y su corona de azahar, debajo de la cual saltaban
juguetones los rizos de sus cabellos negros. Hubo mucha admiracin para
ella, pero tambin qued algo para Tristn, cuya figura elegante
despert en los corazones femeninos una ola de incondicional aprobacin.
Hermosa pareja! Gentil pareja! Bendijo la unin un personaje
eclesistico de Madrid auditor del Tribunal de la Rota; hubo misa,
rgano y orquesta.

Terminada la ceremonia y la misa Tristn se acerc a su amigo Nez en
la misma iglesia y le dijo:

--Sabes, Gustavo, que esa epstola de San Pablo que nos acaban de leer
me parece un poco grosera?

Nez solt una carcajada discreta y exclam ponindole la mano sobre el
hombro:

--Pero hombre, hasta con San Pablo te has de meter? Eres delicioso,
Tristn!

Los novios regresaron con los padrinos en un coche. La comitiva se fue
acomodando en otros, y a Nez y Barragn les toc venir juntos en una
berlina. No era empresa llana y de gusto meterse solo en un coche con
hombre de tan endiablado rostro como el paisano. Alguno haba en la
comitiva que hubiera preferido viajar con un lobo. Pero Nez no senta
aprensin alguna: al contrario, haba simpatizado mucho con l y le
estudiaba atentamente, lo mismo en lo fsico que en lo moral. Pero ahora
hablaron poco en los comienzos. Barragn estaba preocupado y l tambin,
aunque por muy diferente causa. La del primero era divina: la del
segundo demasiado humana.

En efecto, el paisano Barragn se sinti acometido en el templo por un
tropel de ideas metafsicas. Desde nio, en que se fuera a Amrica, no
haba entrado en una iglesia ms que el da en que se cas con la viuda,
haca ya bastantes aos. En aquella sazn los afanes matrimoniales no
permitieron el paso a los pensamientos ultramundanos que ahora soplaban
lgubremente por su cerebro vaco. Sumergido toda su vida en el golfo
de los intereses materiales, trabajando, comerciando, lucrndose y no
tratando ms que con hombres que hacan lo mismo, no se le present
nunca a la imaginacin la idea de Dios, del alma y de la otra vida.
Ahora, viejo ya, sereno, desocupado, se filtraron de rondn cuando menos
poda esperarse en su espritu financiero. Las luces, las vestiduras de
los sacerdotes y sobre todo el rgano tuvieron de ello la culpa.

Al cabo de unos minutos de silencio dijo el paisano con voz sorda:

--Estaba pensando en la iglesia, seor Nez, estaba pensando en que
este asunto de la religin es cosa curiosa.

--Le parece a usted?--respondi Nez completamente distrado.

--Mucho. Sera interesante saber si despus de esta vida hay otra, como
dicen... Pero, en realidad, debo confesarle a usted que aquellos
vestidos dorados de los curas, aquel doblarse y levantarse, aquellas
vueltas en redondo y aquel ir y venir de una punta a otra del altar
estar muy bien, pero no me parece serio.

--Pues yo no lo encuentro nada risueo--afirm el pintor con el mismo
ensimismamiento.

--Pero vamos a ver, seor Nez, piensa usted que haya infierno?

--Realmente no he podido hasta ahora formar clara idea de l, porque si
los condenados cuecen all a fuego lento, como aseguran, no comprendo
cmo al poco tiempo no se convierten en papilla y si se asan no se
transforman en carbn... Pero, en cuanto al cielo, lo concibo
admirablemente. Es un sitio encantado, con buenos restauranes, donde se
almuerza siempre con ostras y champagne y donde los ngeles camareros no
le presentan a uno la cuenta ni quieren recibir propina.

El paisano sonri, pero ponindose pronto serio exclam como si se
hablase a s mismo:

--Si Dios no existe, quin hizo el mundo?

--Acaso se haya hecho por s mismo como el ans escarchado--replic
Nez asomando la cabeza por la ventanilla para ver si divisaba el
coche que conduca a Elena.

Hubo algunos minutos de silencio durante los cuales el cerebro de
Barragn daba terribles vueltas en el pilago de lo insondable. Al cabo
murmur sordamente:

--De todos modos es curioso, muy curioso! Yo dara cinco mil duros por
saber si hay Dios o no hay Dios.

--Por mucho menos dinero se lo diran a usted en Alemania, donde hay
personas dedicadas a averiguar esas cosas. Y hasta me figuro que si
llevase una carta del embajador le haran a usted una rebaja de un
veinticinco por ciento.

El carruaje se detuvo al fin delante del hotel cerca de otros que haban
descargado. Elena estaba asomada ya a uno de los balcones presenciando
la llegada de la comitiva.

--Con quin ha venido usted, Nez?--le pregunt desde arriba.

--No sea usted indiscreta, Elena, no me obligue usted a ruborizarme!

--Bueno, si usted no me lo dice pronto lo averiguar--replic ella un
poco intrigada.

--No hay secreto ninguno, Elenita: ha venido conmigo--dijo--Barragn.

Elena sacudi la cabeza riendo a carcajadas.

En el amplio comedor se haban colocado dos mesas a las cuales se
sentaron ms de cincuenta invitados. A los postres se desbord un ro de
champagne y otro ro an ms caudaloso de brindis en prosa y verso. Los
desdichados novios quedaron por ms de una hora sumergidos entre ellos.
No falt al cabo una mano caritativa que los sac de aquel abismo. Los
comensales se levantaron y se distribuyeron por los salones.

Reynoso se acerc a su cuado, le pas un brazo por la cintura y le
llev al hueco de un balcn.

--Dentro de un rato--le dijo--, cuando yo te haga sea, podis bajar. El
coche estar a la puerta enganchado. Montis en l y os vais sin que
nadie se entere... Y ahora, Tristn--aadi ponindole una mano sobre el
hombro--, slo me resta que decirte una cosa. Te entrego a mi hermana,
mejor dicho, te entrego a una hija adorada, pues eso ha sido para mi
siempre la que hoy es tu esposa. Mi cario y mi vigilancia han protegido
sin descansar jams su inocencia. No llevas una dama elegante,
distinguida, espiritual para brillar en los salones, pero s una esposa
noble y tierna que te acompaar fielmente en la carrera de la vida, que
compartir tus penas y tus alegras. La elevacin de tu espritu suplir
lo que haya de limitado en el suyo. Y si alguna vez te impacienta esta
limitacin, si una sombra de malestar se interpone entre vosotros,
considera que es una pobre hurfana que ya no tiene a nadie ms que a ti
en el mundo: ten compasin de ella, s generoso como un padre y Dios te
lo pagar.

Tristn se sinti enternecido por aquellas palabras y dijo con efusin:

--Responder a esa confianza con todo el amor de que es susceptible mi
corazn. Velar sobre Clara como si fuese un tesoro que me fuese
encomendado, un tesoro de inocencia, de ternura y de nobleza que estoy
muy lejos de merecer.

--Gracias, Tristn, gracias--repuso don Germn a su vez conmovido y
apretndole la mano fuertemente--. Ya somos hermanos, y puesto que el
parentesco ha borrado la diferencia de edad llammonos de t en
adelante.

--Como t quieras--dijo Tristn devolvindole con creces su apretn--.
No olvidar jams tu generoso proceder y que te debo la felicidad.

Se separaron. Aquella breve escena dej en el corazn de Tristn una
alegra suave, ntima que se adverta en su mirada. Mas era el sino de
este joven que jams pudiera perdurar en l la calma. En cuanto se
mezcl a los invitados advirti un grupo de seoritas que rodeaban al
marquesito del Lago y con l parecan divertirse. Este muchacho, de
excelente natural, dcil, modesto y respetuoso siempre, tena el defecto
de beber ms de lo conveniente en todos los banquetes y festejos a que
asista. Se le haba metido sin duda en la cabeza que era de rigor en
tales casos. Y en cuanto tena en el cuerpo algn vino de ms perda
aqul su natural reservado y se transformaba en un charlatn insufrible.
Unas cuantas jvenes se complacan en burlarse de l hacindole soltar
un chorro de simplezas.

En cuanto el marquesito divis a Tristn desde el centro del grupo en
que se hallaba apart a las damas bruscamente y se vino hacia l
diciendo en voz alta:

--Aqu llega el novio! Aqu est el hombre feliz...! Djeme usted
darle un abrazo (y le abraz en efecto)... Me parece, amigo Aldama, que
en este momento no le abrazo a usted solamente sino al matrimonio
completo.

Aquella salida hizo rer a las damas. A Tristn le caus malsimo
efecto.

--Usted es un sabio, amigo Aldama, y si yo hubiera adivinado que
estudiando bien el latn y las matemticas llegara a casarme con una
mujer tan guapa como la suya no hubiera sido tan zngano, me hubiera
aplicado ms.

--An est usted a tiempo--manifest Tristn.

--Para casarme con su mujer?

Las damas rieron a carcajadas.

--Hombre, no!--replic Tristn haciendo esfuerzos por rer tambin--.
Eso ya no puede ser mientras yo est vivo, pero aplicndose, y aun sin
aplicarse, hallar usted una mujer ms guapa.

--Usted me permitir que le diga una cosa, amigo Aldama... Verdad que
me lo permitir...? Pues bien, su novia es muy guapa, es guapsima...,
yo no he encontrado nunca otra ms guapa. He dicho algo? Eh, eh? He
dicho algo...?

El marquesito con la faz congestionada y los ojos un poco extraviados
haca guios maliciosos y meta su cara por la de Tristn.

--Usted me permitir que le diga otra cosa, verdad que me lo
permitir...? S, s, me lo permite usted... Pues bien, amigo Aldama,
usted es muy sabio, tiene mucho talento, pero qu falta le hace a ella
el talento? No le parece a usted?

--Yo no tengo talento, es usted demasiado amable--profiri Tristn
visiblemente molesto ya.

--S, s; lo tiene usted..., pero don Tristn, es usted demasiado
tristn para ella... Esa nia mereca un marido ms alegre..., as como
yo, por ejemplo...

Tristn se puso plido repentinamente. Las seoras, aunque no podan
adivinar todo el efecto que tales palabras deban producir en el novio,
comprendieron que aquel chico se estaba volviendo asaz insolente. Se
apresuraron, pues, a cortar la conversacin llevndolo consigo a otra
parte. Tristn los mir alejarse inmvil con la frente fruncida y los
ojos cargados de clera.

Mientras tanto Clara, vestida con un sencillo traje de viaje, haca ya
para l los ltimos preparativos. Una de las doncellas se acerc a ella
y le dijo:

--Ah abajo est el to Leandro con los pastores y los guardas que piden
por favor que les permitan despedirse de la seorita.

--Ya lo creo que ir!--respondi Clara apresurndose a bajar a la gran
cocina del stano.

All estaban en efecto los pastores y dos guardas jurados con sus
sombrerotes de fieltro en la mano. El to Leandro, el hombre ms grave y
sentencioso de toda la comarca, estaba al frente de ellos y habl de
esta manera:

--Perdone nuestra ama a estos probes que la hayan incomodao. Hacasenos
muy cuesta arriba no verla antes que se nos fuese para siempre a los
Madriles y ms entova no decirle nuestros sentires. La seorita se va y
nos deja... Pues hati cuenta que pa nosotros cay la noche encima y que
no amanece ms. Verdad, amigos...? Vosotros bien sabis que cuando all
por detrs de los chaparros y las matas sonaban los tiros que disparaba
la seorita, cuando oamos su voz llamando a los perros, al que ms y al
que menos de nosotros le bailaba el corazn dentro del pecho como si
quisiera salir a su encuentro. Y cuando la veamos aparecer entre los
rboles ms galana y ms fresca que una azucena de mayo, no hubo nunca
un lucero en el cielo que nos pareciese ms hermoso. No la veremos ya
con su carabina maja corriendo por el monte y por las eras, pero dende
aqu en adelante las piedras que ella haya pisao, las fuentes en que
haya bebi, las sombras en que haca alto para descansar sern para
nosotros sagradas como si all hubiese puesto sus pies benditos la mesma
Virgen del Carmen.

Clara escucha ruborizada estas nobles palabras y murmura:

--Gracias, gracias, to Leandro... Gracias todos. Jams les olvidar y
espero que pronto nos hemos de ver.

Y volvindose a un criado aadi:

--Ve al comedor y bjame champagne y cigarros. Quiero que ustedes beban
una copa y fumen un cigarro a mi salud y a la de mi marido.

Estas ltimas palabras las pronunci con un acento de orgullo y ternura
a la vez que mostraban bien clara la alegra que rebosaba de su inocente
corazn.

Vino el champagne y los cigarros, se destap una botella y luego otra, y
la misma desposada lo escanci y lo sirvi a sus servidores. El to
Leandro, con una copa del vino chispeante en la mano, tom de nuevo la
palabra.

--No se hizo este regalo, nuestra ama, pa la boca de los probes. Ni
sabemos gustarlo, ni sabemos estimarlo. Pero ya no nos moriremos sin
probar cmo sabe el vino de los ricos. Y cuando alguna vez oigamos esos
tiros tan alegres que suenan en el caf y dentro de las casas, podremos
decir: Gracias a nuestra ama hemos sentido tambin dentro del cuerpo
esa descarga. Bendita sea la mano que sabe dar cosas tan buenas y que
no arrepara a quin las da. Amigos, bebamos a la salud de nuestra
seorita; pidamos a Dios que el esposo nuestro amo la haga tan feliz
como merece, que si lo hace, tan estimado ser entre nosotros como el
arcngel San Rafael.

Estas graves palabras determinaron una explosin en la cocina, donde se
haban congregado tambin criados y criadas y mozos de labranza. Con las
mejillas encendidas y los ojos brillantes de entusiasmo todos la colman
de bendiciones, todos piden al cielo dicha interminable para la
caritativa seorita. Las mujeres ms atrevidas se abalanzan a ella y le
besan las manos, los hombres agitan sus sombreros y de sus gargantas
salen hurras y vivas que estremecen gozosamente el recinto.

Clara, conmovida hasta saltrsele las lgrimas, de todos se despide,
sube por la escalerilla y todava desde lo alto les enva con su hermosa
mano un beso de despedida.

Sin embargo, arriba ya estaban buscndola su hermano y Tristn. El coche
enganchado esperaba a la puerta. Don Germn les dice al odo algunas
palabras y les ordena que cada uno por su lado se dirijan a la puerta
sin llamar la atencin de los convidados. As lo hacen, pero cuando ya
han subido al carruaje, alguien les hace traicin; los invitados se
enteran, se lanzan a los balcones y les hacen una delirante ovacin.

El coche era un faetn tirado por seis mulas rojas que haban sido
adquiridas por don Germn en diversas ferias de Espaa. No poco trabajo
y dinero le haba costado juntarlas tan iguales. Pero ahora este
soberbio tiro causaba la admiracin de los transentes, cuando enjaezado
a la calesera con madroos verdes entraba por las calles de Madrid. Los
novios haban resuelto ir en coche para evitarse la curiosidad de la
gente en la estacin: adems, la hora de los trenes no les pareci
conveniente.

Las seis mulas de tostado lomo corran arrastrando a la pareja feliz
hacia su nido. Los gritos de jbilo de los invitados y la rapidez de la
marcha los embriag por unos instantes: permanecan mudos sin saber qu
decirse. Pero Tristn volvi los ojos hacia su esposa y le clav una
larga mirada de amor apasionado y tierno. Ella baj la suya. El joven le
tom una de sus manos, la llev a los labios y en voz queda comenz a
cantarle al odo el himno del amor acompaado de los chasquidos del
ltigo y del tintineo de los cascabeles. Era Tristn elocuente, posea
una imaginacin viva. Clara con los ojos cerrados y una leve sonrisa
divina esparcida por su rostro no se hartaba de orle.

Cuando llegaron a Madrid anocheca. Las calles rebosaban de gente: las
luces de los faroles comenzaban a encenderse y despedan una claridad
blanca azulada al chocar con la del crepsculo. La gran ciudad abrasada
por el calor del da se preparaba con gozo a refrescarse. La
muchedumbre discurra por las aceras. Ya no se vean aquellos rostros
rojos y fruncidos que pasan rpidos en el centro del da buscando
sombra. Ahora se dilataban gozosos, sonrientes, contemplando los
escaparates bajo la luz blanca y fantstica de los arcos voltaicos. El
coche de los novios haca volverse a todos y le seguan con la vista
curiosos y admirados hasta que se perda a lo lejos.

A los balcones de su piso de la calle del Arenal estaban ya asomados
desde haca ms de dos horas los criados, la cocinera, las dos doncellas
y el criado. En cuanto divisaron el coche se apresuraron a bajar al
portal y los recibieron humildes, agasajadores.

Tristn y Clara, tmidos y embarazados, recorrieron las habitaciones de
la casa, pequeas comparadas con las del suntuoso hotel que acababan de
dejar, pero amuebladas con refinado gusto y coquetera. Clara lo
hallara todo precioso aunque fuese mucho peor. Pero la cocinera arda
en deseos de mostrarles hasta dnde llegaban los primores de su arte.
Antes que se hubiesen reposado convenientemente fueron invitados a comer
y los jvenes aceptaron no como seores de la casa, sino como huspedes,
dejndose dirigir por los criados. La comida fue alegrsima. Tristn
esperaba que el criado volviese la espalda llevndose los platos para
robar algunos besos a su mujercita. Cuando terminaron y hubieron tomado
el caf con algn espacio, Tristn propuso salir a tomar el fresco y dar
una vuelta por casa de sus tos y ver a los nios, pues aqullos con
Araceli no vendran del Sotillo hasta la maana siguiente. La primera
doncella se opuso: los seoritos haban madrugado; luego el viaje no
tena ms remedio que haberles fatigado; deban acostarse temprano. Qu
iban a hacer sino someterse? Pero en aquel instante son el timbre de la
puerta. Un joven que traa un bulto debajo del brazo quera verles. Era
Garca, el peludo Garca, que dejando su bulto sobre una silla corri a
abrazar a Tristn y a dar la mano a Clara. No pudo conseguir aqul que
fuese a su boda y no insisti mucho en la invitacin por delicadeza,
comprendiendo que el motivo de rehusar era el no poseer traje adecuado.
No haba podido venir antes porque tena una leccin en aquella misma
hora y tuvo luego que ir a casa por aquel encarguito. El encarguito, que
se apresur a destapar, era nada menos que un barmetro con caja de
madera barnizada, que ofreca a su amigo como regalo de boda. Lo haba
comprado en un bazar, le haba costado seis duros y haba estado dos
meses privndose de caf para ello. Tristn no pudo reprimir una sonrisa
de lstima y le pregunt que por qu se haba molestado. Pero Clara con
la intuicin de las esposas amantes que adivinan a primera vista cules
son los amigos verdaderos y los falsos de sus maridos encontr el regalo
precioso y no se hartaba de alabarlo. Mostrose con Garca amable y
cordial, de tal modo que el pobre opositor a ctedras al poco rato
hubiera andado de cabeza por ella.

Arrimaron las butacas al balcn abierto y fumaron un cigarro. Garca,
que estaba haciendo oposiciones a una ctedra de Retrica en Pontevedra,
les enter del curso de ellas a conciencia, con toda exactitud. No le
qued en el cuerpo un solo pormenor. --Alvarez, que es muy largo, muy
sutil me dice:--Cree el seor Garca que Cervantes escribi con pureza
el idioma castellano?--Yo que le vi venir en seguida le respondo:
Distingamos: Qu entiende el seor Alvarez por escribir con pureza un
idioma? Es acaso aceptar en absoluto como un esclavo todos sus giros y
locuciones? Pues en ese caso Cervantes no fue un escritor castizo de su
tiempo porque pululan en su obra inmortal los italianismos...

Y el pobre chico sin dar paz a la lengua les encajaba las objeciones de
sus contrarios y sus respuestas victoriosas y el efecto que ellas haban
producido en el tribunal. Valera se haba rascado la cabeza con seales
de alegra y Caete le haba dirigido una sonrisa de aprobacin.

Del aspecto terico pas despus al prctico y narr con prolijidad
todas las intrigas, todas las arteras de que se valan sus contrarios
para arrancarle la ctedra. Particularmente Alvarez, el infecto Alvarez
no reparaba en valerse de los medios ms reprobados, ms odiosos. A un
miembro del tribunal carlista muy exaltado le haba dicho que era
republicano y que no oa misa los domingos. A Caete le fue con la
embajada de que se rea de sus crticas en el caf. En fin una serie de
canalladas que levantan el estmago.

Y en efecto, Garca al narrarlas se pona plido y pareca estar atacado
de nuseas. Tristn le escuchaba distrado, pensando en sus cosas; Clara
con toda atencin, aprobando con el gesto, dejando escapar frases de
conmiseracin y sacudiendo la cabeza indignada contra sus enemigos,
sobre todo contra Alvarez, el infecto Alvarez. ltimamente Garca ya no
hablaba ms que para ella y no se diriga a Tristn. Entre aquellos dos
seres buenos se haba establecido una corriente de tierna simpata.

Pero la noche avanzaba. Tristn empez a dar muestras de impaciencia,
bostezando, levantndose y ponindose de bruces sobre el balcn. Garca
entendi al fin y se dispuso a marcharse. Tom el sombrero, volvi a
abrazar efusivamente a Tristn, apret con el mismo cario la mano de
Clara y sali. Tristn le acompa hasta la puerta. Al llegar a ella
Garca le dijo misteriosamente:

--Espero que marchar bien, sabes? Pero si se descompone no tienes ms
que avisarme, que yo lo llevar para que lo arreglen.

--Bien, hombre, gracias--respondi Tristn sin poder reprimir una
sonrisa.

Luego, cuando torn al comedor, entr diciendo:

--Pero qu pesadsimo es este pobre Garca!

--Por qu?--pregunt Clara--. Yo le encuentro un chico muy bueno.

--Bueno s; pero no tiene las piernas ligeras.

Estuvieron algunos momentos an asomados al balcn. Al cabo se retiraron
a su dormitorio. Haban sonado las doce. Tristn estaba jovial,
carioso, prodigando a su esposa mil respetuosas atenciones. Pero de
pronto, mirando un primoroso vaso de agua que haba sobre la mesa de
noche, se qued serio. Aquel servicio de cristal era regalo de la
marquesa viuda del Lago. Una arruga se dibuj en su frente plida que
fue poco a poco hacindose ms honda. Al volver los ojos hacia l Clara
qued sorprendida.

--Qu tienes?--le pregunt con afectuoso inters.

--Nada--respondi secamente.

Transcurrieron algunos instantes de silencio. Tristn habl al fin con
voz sorda:

--Un destino fatal parece descender de lo alto para interponerse
constantemente entre la felicidad y yo. Su mano fra me sacude con
rudeza para despertarme de todo sueo dichoso, de toda dulce ilusin.
Ese vaso me recuerda que hace pocas horas tambin se hallaba mi espritu
nadando en una atmsfera de paz y de dicha como hace un instante, y que
una voz para mi antiptica, odiosa, la voz del marquesito...

--Todava el marquesito!--interrumpi Clara vivamente.

--S, todava. Y si l no hubiera sido, la fatalidad se encargara de
buscar otro instrumento animado o inanimado para recordarme que este
mundo es dolor, siempre dolor... Unos ojos que me miran agresivos,
impudentes, una faz congestionada por el alcohol, una lengua estropajosa
que me suelta algunas insolencias rayanas en la injuria. Y eso he tenido
que sufrirlo en el momento mismo en que todas las potencias del cielo y
de la tierra parecan haberse reunido para hacerme dichoso.

--Pero si ese nio estaba ebrio como dices, qu podan importarte sus
tonteras?

--En la embriaguez como en los sueos manifestamos lo que somos, lo que
guarda el fondo de nuestra alma y que no confesamos a los dems ni a
nosotros mismos. Ese nio est enamorado de ti y a m me odia; es
lgico. Ignoro si ha dado algn paso para obtener tu amor y desbaratar
nuestra unin, aunque lo presumo. Pero eso no es lo principal. Lo
capital en este asunto, lo verdaderamente importante para m es el saber
si t has alentado directa o indirectamente ese amor.

--Acaso no te lo he repetido infinitas veces? Estoy persuadida de que
ese amor del marquesito no existe ms que en tu imaginacin: nadie lo ha
echado de ver en la casa ms que t. Pero aunque as fuese, ni yo he
escuchado de su boca jams sino frases insignificantes, ni le he tratado
ms que como un amigo.

Tristn guard silencio. Se haba sentado sobre el borde de la cama y
con la mirada fija en el suelo permaneci algunos minutos inmvil,
abstrado. Clara le contemplaba con expresin ansiosa que por momentos
se iba haciendo ms dolorida.

--Es raro! es raro!--murmur al cabo como si se hablase a s mismo.

--El qu es raro, Tristn?--profiri ella con voz angustiada que
pareca haber pasado entre sollozos.

--Es raro que no habindole dado t ningn aliento haya osado ese chico
soltar palabras tan atrevidas.

--Es que dudas de lo que acabo de decirte? Esas dudas cuando ramos
novios tenan poco valor, no engendraban ms que rias pasajeras que
segn me aseguraban eran la salsa de las relaciones amorosas, aunque yo
jams quise creerlo. Pero ahora no somos libres y la sombra de cualquier
sospecha que se interponga entre nosotros puede ocasionar nuestra
desgracia. Considralo, Tristn, medita que ya no puedes hablarme de
ciertas cosas sin ofenderme gravemente.

--Quisiera creerte, Clara. T no sabes lo que me hace sufrir la duda de
que no seas toda ma en cuerpo y alma, de que permanezca escondida en el
fondo de tu corazn una pequea inclinacin, una leve simpata germen de
amor hacia otro hombre. Pero no puedo! La duda se me ofrece siempre
como un fantasma delante de los ojos. No puedo apartarla de mi
presencia. Me agarra cuando menos lo pienso y se introduce dentro de mi
ser, se filtra en mis venas como un veneno sutil y me inflama...

Clara le mir fijamente con ojos donde adems de la tristeza se pintaba
la clera y murmur sacudiendo la cabeza:

--Est bien! est bien!

--Qu quieres decir?--profiri l mirndola a su vez a la cara--. Te
est pesando de haberte casado conmigo, verdad...? S, s... no lo
niegues...! Lo estoy leyendo en tus ojos.

--No, no me pesa el haberme casado contigo, pero s el que me des a
entender que no puedo hacerte feliz.

Hubo algunos instantes de silencio. Al cabo Tristn comenz a decir
lentamente mirando al suelo:

--Una tarde estbamos tu hermano y yo hablando en su despacho. T te
fuiste al balcn y apoyaste tus codos en el antepecho. Poco despus
entr ese chico y apenas nos hubo saludado fue a reunirse contigo. Y
comenzasteis a hablar en voz baja y a reros mientras yo tena la vista
clavada sobre vosotros. Y como si mis ojos os penetrasen por la espalda
uno y otro volvisteis la cabeza para mirarme y un poco de rubor subi a
tus mejillas. Por qu te ruborizabas?

--Tristn, qu ests diciendo?--grit ella con voz desesperada.

--Otra noche--prosigui el joven sin hacer caso de aquel grito
doloroso--estbamos en el teatro de la Comedia en un palco contiguo al
de proscenio. Yo charlaba contigo y nunca haba estado ms alegre y ms
enamorado que aquella noche. Frente a nosotros haba un espejo. Cuando
una vez se me ocurre levantar los ojos hacia l, veo all pintada la
imagen del marquesito, que detrs de nosotros, en otro palco, te estaba
contemplando a su sabor. T lo habas visto y no me decas nada...

--Tristn!--torn a exclamar la joven con acento an ms desesperado.

Y llevndose las manos al rostro profiri estallando en sollozos:

--Dios mo, qu me est pasando? Esto no es verdad, esto es una
horrible pesadilla!

Tristn la mir un instante confuso y arrepentido. Pero alzndose
bruscamente comenz a pasear con agitacin por la estancia mientras
deca gesticulando nerviosamente:

--Y yo qu culpa tengo...? Quisiera, aun a costa de mi sangre,
arrancarme de la imaginacin estas escenas, pero ellas no quieren huir.
Si por algunos momentos se eclipsan es para aparecer nuevamente ms
vivas, ms crueles.

Clara se haba dejado caer sobre la almohada y sollozaba con el rostro
metido en ella. l tambin se sent al cabo y acometido de una tristeza
profunda, infinita, contagiado por las lgrimas de su esposa, comenz
igualmente a llorar. Pronto se alz otra vez; volvi a su paseo agitado,
volvi a su monlogo amargo y exaltado; pero de nuevo vino a sentarse al
lado de su esposa abatido y sollozante.

Las primeras claridades de la aurora les sorprendieron todava llorando
sentados sobre el borde de la cama.




XI

EL ESTRENO DE UNA OBRA DE CARCTER


Algunos das despus salieron de Madrid. Viajaron por Suiza y por
Alemania; en el mes de octubre visitaron a Inglaterra. A Madrid
regresaron bien entrado ya noviembre. El viaje ejerci influencia
saludable en el temperamento de Tristn, serenando sus ideas y
amortiguando sus celos. Mostrose en el transcurso de aquellos meses con
su joven esposa lo que era realmente, galante, sensible, extremadamente
afectuoso. Hasta pudo pagarle en Suiza aquel auxilio solcito que le
prestara cuando cay del caballo. Tambin la intrpida Clara resbal en
una de sus excursiones alpestres, desapareciendo de la vista de Tristn,
quien se lanz por la escarpada pendiente en su auxilio y rod por ella
sin lograr prestrselo. Felizmente ambos quedaron detenidos en una mata
de arbustos y se salvaron de una muerte cierta. Clara fue quien primero
se alz. Rojos de emocin, con lgrimas en los ojos se abrazaron
estrechamente y se besaron en medio de la soledad de aquellas montaas
que una vez al menos se mostraron piadosas. Clara era dichosa. Sin
embargo, el recuerdo fatal de su primera noche de novia le asaltaba
alguna vez estremecindola; fue una visin siniestra que la persigui
toda la vida.

Cuando llegaron a Madrid, sus hermanos an no se haban instalado en el
nuevo hotel de la Castellana: los ltimos retoques haban llevado ms
tiempo de lo que pensaban. Furonse a pasar unos das con ellos al
Escorial para dar satisfaccin al cario fraternal de Clara y algo
tambin a su aficin a la caza. Era el tiempo propicio: das claros y
frescos: la gentil cazadora los empleaba corriendo por el monte a tiros
con las perdices y conejos.

--Corre, corre, hija ma--le deca don Germn vindola llegar sudorosa y
jadeante a casa--. Aprovchate de que el _pobrecito_ an pesa poco.

Clara sonrea ruborizada. Su estado interesante ya era conocido en la
casa y empezaba a ser visible para los de fuera.

Tristn tambin corra los montes, si no con la carabina al hombro, al
menos con un libro en la mano. Placase en tenderse en el fondo de las
caadas a la sombra de los sauces y pasar all largas horas saboreando a
ratos las pginas de algn escritor admirado, a ratos escuchando los
gorjeos de los pjaros, el manso ruido del viento en los rboles y el
rumor cristalino de las aguas corrientes. Se hallaba en un perodo de
gran actividad intelectual: la placidez y amenidad del sitio, la paz del
hogar, la tranquilidad de sus nervios invitbanle al trabajo. Hasta tuvo
la dicha de no tropezar a su vuelta con el marquesito del Lago que
inconscientemente tan malos ratos le haba hecho pasar: la marquesa
viuda haba decidido al fin trasladar su residencia a sus posesiones de
Extremadura huyendo de los escndalos de su hija y de los peligros que
amenazaban a su hijo. Muchos y vastos proyectos de libros y dramas
germinaban en la mente del joven autor de _Engaos y Desengaos_.
Escriba poco, sin embargo, aunque meditaba mucho. Alguna vez se
acordaba de su drama entregado al teatro Espaol haca ms de un ao y
entonces se pona de mal humor. Estvanez, el famoso dramaturgo, el que
empuaba a la sazn el cetro del teatro, lo haba tomado bajo su
proteccin, le haba prometido hacerlo representar, pero hasta la hora
presente ninguna noticia tena del xito de sus gestiones. Era demasiado
orgulloso nuestro joven para pedir estas noticias ni menos convertirse
en pretendiente. Don Germn le haba hablado ms de una vez del asunto
desde que llegaron, pero no daba su brazo a torcer y esquivaba la
conversacin por temor de que se le fuera la lengua.

Al fin se le fue cierto da estando de sobremesa. Haban comido con
ellos Cirilo y Visita y el farmacutico Vilches con su esposa, primos de
Elena. Visita inocentemente le pregunt cundo se representaba su drama.
Tristn secamente respondi:

--Nunca.

Estupefaccin en todos los comensales. Viendo el efecto que haba
causado aadi al cabo de un momento:

--Nunca mientras Estvanez ejerza en el Espaol el supremo mangoneo, sea
el cancerbero que la Empresa tiene a la puerta.

--Pero no fue Estvanez quien lo ha presentado y el que prometi
hacerlo poner en escena?--pregunt el primo Vilches.

--Precisamente por eso--replic con displicente laconismo.

Hubo unos instantes de silencio. Tristn comenz a hablar en voz baja y
afectando mucha calma. En realidad, haba padecido una equivocacin
lamentable depositando su confianza en Estvanez, porque ste jams
haba dejado pasar ninguna obra apreciable. No quera decir que la suya
lo fuese, mas si algn amigo se lo haba dado a entender o si l mismo
haba encontrado en ella algo que le hiciera dudar de su fracaso, tena
por seguro que estorbara su representacin. Todos se asombraron de tal
ruindad y la deploraron: algunos le propusieron que retirase su
manuscrito del Espaol y lo llevase a otro teatro. Slo don Germn se
atrevi a protestar aunque tmidamente de aquel juicio precipitado.

--T ests mejor enterado que yo de las miserias de la vida literaria,
Tristn, pero se me hace muy duro pensar que una persona que se halla en
el pinculo de la gloria y que espontneamente te ha brindado proteccin
te traicione tan pronto y con tal vileza.

--Pues las cosas duras son las que se deben pensar en este
mundo--respondi Tristn alzando los hombros con desdn.

No se habl ms del asunto. Al cabo de un rato se levantaron de la mesa
y fueron al parque. Algunas horas despus, hallndose reunidos en el
gran cenador de vuelta del paseo, lleg un criado con un telegrama para
Reynoso. Leylo ste y una sonrisa mitad maliciosa, mitad placentera, se
esparci por su rostro.

--Toma, Tristn; el contenido es para ti--dijo alargando el papel a su
cuado.

El telegrama deca textualmente:

Ignoro si Aldama regres de su viaje. Hgale saber que ensayos de su
drama comenzarn semana prxima.--_Estvanez._

Las mejillas de Tristn se tieron levemente de rojo. Don Germn solt
una carcajada. Los dems, cuando se enteraron del asunto, tambin
rieron. Elena se aprovech lindamente para embromar a su concuado y
ponerle de veras amoscado.

Comenzaron en efecto los ensayos del drama o ms bien alta comedia segn
el tecnicismo teatral. Tristn se traslad a Madrid con su esposa y
comenz a asistir a ellos. No los dirigi porque la Empresa tena
contratado para ello un viejo acadmico irascible que llamaba a los
autores badulaques cuando osaban hacer sobre la representacin de su
obra la ms tmida advertencia. Qu saban los autores del _arte_? Qu
saban los cmicos del _arte_? Qu saba el pblico ni los periodistas
del _arte_? Del _arte_ nadie saba nada ms que l: pronunciaba la
palabra ahuecando la voz y paseando su mirada fulgurante por los
circunstantes como si temiese cualquier profanacin y estuviese
apercibido a reprimirla de un modo sangriento.

El amigo Garca goz el privilegio de asistir a estos ensayos y hacer
sobre ellos profundas y sabias disquisiciones, aunque siempre
confidenciales, esto es, cuando se pona al habla con Tristn. De otra
suerte, senta por el anciano acadmico un medroso respeto. Desde que
comenzaron los ensayos todas las facultades psquicas de Garca se
concentraron en este magno acontecimiento. No vivi ni respir ms que
para la obra de Tristn. Hasta puede decirse que no se aliment
siquiera. Su madre se hallaba profundamente contristada vindole
engullir los garbanzos del cocido como un perro de caza y renunciar
generosamente a los cuatro higos pasos que indefectiblemente le pona
para postre.

--Pero, hijo, no masticas!

--Cmo he de masticar, mam, si a la una y media comienza el ensayo de
la _obra_?

Garca pronunciaba esta palabra con el mismo aliento sonoro y la uncin
con que el director del Espaol deca _el arte_. Y al teatro se iba y
vagaba como una sombra espectral del escenario a las butacas y desde
aqu a las galeras meditando el efecto que haran tales versos odos
desde lo alto y desde lo bajo, cmo resultaran los apstrofes y los
apartes. Pero hay que decir que aquellos malditos cmicos le llenaban de
indignacin y excitaban su bilis de un modo alarmante. No tomaban en
serio el ensayo de la _obra_. El primer actor declamaba con las manos en
los bolsillos y dando paseos de un cabo a otro del escenario. La primera
dama se estaba arrellanada en una butaca y no cesaba de chupar bombones.
El barba no se desembozaba de su capa bajo el especioso pretexto de que
se hallaba acatarrado, y el galn joven se pasaba la mayor parte del
tiempo diciendo recaditos al odo a la dama joven, riendo despus de lo
que haba dicho y volviendo a rer de lo que la joven le responda. Era
cosa para hacer perder la paciencia a un santo. Por fortuna estos
excesos se fueron corrigiendo segn avanzaron los ensayos; el primer
actor sac al fin las manos de los bolsillos; la primera dama ces de
engullir bombones y se alz de la butaca; el barba deshizo el embozo de
la capa. Slo el galn joven persisti cnicamente en hablar al odo a
la dama joven y en provocar su risa y en rer l mismo de haberla
provocado. Este galn joven era un ser perfectamente ligero y
superficial, indigno de desempear un papel en la _obra_. No saba
pronunciar, ni distingua los sonidos, ni separaba las palabras, ni
sostena los finales. Adems su tono era siempre familiar cuando en
algunos casos precisaba emplear el sostenido, por ejemplo en la bella
hipotiposis del segundo acto, cuando narraba un interesante incidente
de caza. No saba accionar. Sus movimientos eran desproporcionados. No
mantena el cuerpo recto, ni las rodillas derechas, ni el pie izquierdo
un poco trecho delante del otro, ni los hombros quietos, ni los brazos
algo separados del cuerpo. Adems (y esto era lo ms grave) cuando
bajaba el brazo, en vez de dejar caer primero la mano y que las dems
partes siguiesen por su orden, en vez de presentar los dedos doblados
con suavidad y conservar entre ellos la gradacin natural, extenda
siempre el brazo precipitadamente y con rigidez y mantena los dedos de
la mano tiesos y abiertos. Naturalmente estas y otras infamias iban
nutriendo en el corazn de Garca un odio feroz. Al principio este odio
se exterioriz por una serie de fruncimientos de cejas, de sonrisas
sarcsticas y de bufidos desdeosos en cuanto aquel impostor entraba en
parlamento. Despus comenz Garca a hacer crculos en tomo de l como
un ave de presa alrededor de su vctima y a expresar en voz bien
perceptible su descontento, haciendo ademn de dirigir la palabra a
Tristn. Por ltimo en uno de los ltimos das le abord resueltamente y
con sonrisa contrada y voz alterada le dijo:

--Me parece, seor mo, que est usted equivocado respecto al modo de
representar esta obra. La est usted representando como si fuese una
obra de _enredo_ y esta es una obra de _carcter_.

El galn joven le mir estupefacto. Aquel ser menudo, velloso, de
ojillos vivos y hundidos, con su sombrero grasiento y su capa rada
haba excitado ya la curiosidad de los actores. Le contempl unos
instantes en silencio, y despus sin dignarse responder le volvi la
espalda. Pero no dej de comunicar al momento el lance con la dama
joven. Garca pudo cerciorarse de ello por la risa y la algazara que
armaron y por las miradas insolentes y burlonas con que desde entonces
le regalaron.

Lleg por fin el da del estreno. Desde veinticuatro horas antes el
estado de agitacin de Garca superaba a todo lo imaginable. Atacado de
una especie de epilepsia ambulatoria corra de su casa a la de Tristn,
de aqu al teatro, despus al colegio _Platnico_ a prevenir al
mayordomo, al inspector y a uno de los pasantes, hombres de toda su
confianza, que estuviesen preparados para _todo_, en seguida al
_Greco-Latino_ a hacer lo mismo, ms tarde a buscar al marido de su
lavandera para entregarle una entrada de paraso, luego al caf de
Madrid para ver a Farias, su camarero favorito, quien le haba
prometido tres o cuatro hombres de buenas manos callosas que sonaban
como tablas, luego a visitar a un dependiente de la Dalia Azul que haba
conocido una tarde de merienda en los Viveros. Entre todos estos amigos
y conocidos haba repartido treinta o cuarenta entradas de galera y
paraso que Tristn le haba entregado para el caso. Pero Garca no se
haba limitado a repartirlas, sino que como un general experto recorra
a menudo las lneas, daba instrucciones, infunda alientos y exaltaba la
imaginacin de aquellos honrados alabarderos, hacindoles pensar que del
choque adecuado de sus manos una contra otra dependa el porvenir de la
literatura espaola.

Pero he aqu que cuando vena rendido y jadeante de una de estas
revistas se le acerca en la Carrera de San Jernimo un amigo y le dice
al odo:

--Garca, te prevengo que la obra de tu amigo ser estrepitosamente
silbada. Yo s de una casa de la calle de Toledo donde se han reunido
esta tarde hasta veinticuatro reventadores y esa ha sido la consigna.
Adems, en la calle de la Escalinata creo que ha habido ayer otra
reunin por el estilo.

Or esto Garca y perder la razn fue todo uno. Y en su locura furiosa
comenz a desbarrar de un modo lamentable. Lo mejor que se le ocurri
para contrarrestar la obra tenebrosa de aquella vil canalla fue ir a
visitar al inspector de polica del distrito y prevenirle de tales focos
de conspiracin. El inspector escuch su denuncia con indiferencia y
slo respondi con un bien, bien; ya veremos: no hay que preocuparse de
eso que dej descorazonado a nuestro profesor.

--Es que, seor inspector, si esa canalla se obstina en armar bronca no
respondo de lo que pueda suceder en el teatro.

--Pierda usted cuidado; yo respondo de ellos... y de usted
tambin--replic el inspector con sorna.

Media hora antes de abrirse el teatro la noche del estreno ya estaba
Garca rondndolo provisto de un enorme garrote.

--Vaya un cdigo que lleva usted, amigo!--le dijo un revendedor de los
que estaban a la puerta.

--Todo puede hacer falta--murmur Garca con feroz expresin.

Poco a poco fueron llegando los del zaguanete, los leales, el mayordomo
y el pasante del colegio Platnico, dos alumnos espigados del
Greco-Latino y el lavandero, la guardia negra del camarero Farias,
etc., etc., todos provistos asimismo de iguales razones contundentes que
su digno jefe.

Tristn no quiso ir al teatro a primera hora: se reservaba conocer el
xito del primer acto para salir de casa. Clara le acompaaba, resuelta
a no participar de las emociones del estreno. Si la obra tena buen
xito ya la vera al da siguiente. En cambio Elena y la condesa de
Pearrubia, que eran ya ntimas amigas, se acomodaron en dos butacas a
primera hora. Aqulla no quiso asistir desde un palco por no hacerse
demasiado visible, cosa harto enojosa, si la obra no lograba buen xito.
Reynoso se qued tambin con Tristn en casa, dispuesto a trasladarse al
teatro en cuanto se viese el cariz que presentaba el asunto.

El primer acto produjo agradable efecto en el pblico, aunque no se le
tributaron aplausos muy ruidosos. Apenas se baj el teln Garca corri
como un cohete a participar a su amigo la fausta nueva. Este la recibi
con aparente frialdad, aunque vivamente satisfecho en el fondo. Garca
se volvi inmediatamente al teatro, acompaado solamente de don Germn,
pues Tristn, hacindose un poco el displicente, manifest que no ira
hasta que se supiese el xito del segundo, clave de la obra.

El xito del segundo fue brillante. El pblico complacido, tanto por la
feliz disposicin de las escenas como por aquella esplndida
versificacin donde se adverta al discpulo predilecto del gran Rojas,
llam al autor repetidas veces. Garca desde el paraso tambin le
llamaba con voz estentrea a sabiendas de que no poda presentarse.
Esta vez no quiso salir del teatro: era imposible abandonar la batalla.
Envi un emisario a su amigo con estas palabras trazadas con lpiz:
xito indescriptible. Ven inmediatamente. Una vez cumplido su deber,
se crey en el caso de recorrer el teatro de arriba abajo para felicitar
a sus valerosas huestes y recibir de ellas la misma enhorabuena. La faz
de Garca brillaba pura y radiante como una aurora de primavera. Cuando
suba al paraso, cuando entraba en las galeras, cuando bajaba al
vestbulo crea sentir todas las miradas posarse sobre l, crea
escuchar a su paso rumores lisonjeros: Ese es Garca, el amigo ntimo
del autor, son como hermanos! Y el glorioso opositor a ctedras se
balanceaba lleno de importancia aunque haciendo esfuerzos por aparecer
modesto y sereno en medio del triunfo.

Pero he aqu que al entrar una de las veces en el vestbulo escucha
voces acaloradas de dos personas que disputaban con sobrada viveza. Eran
dos caballeros, uno de edad madura, el otro joven. En torno de ellos
haba un grupo numeroso que escuchaba la discusin. Versaba sta sobre
los mritos de la obra. El viejo la atacaba: el joven la defenda.
Garca sinti el estremecimiento del soldado que va a entrar en fuego.
El caballero maduro no comprenda por qu se aplauda aquella obra.
Ningn efecto teatral que tuviese novedad, ningn carcter con verdadero
relieve; nada ms que versos sonoros, es decir, hojarasca.

Garca crey escuchar una voz misteriosa en sus odos que le gritaba:
Arrncale la vida! Bebe toda su sangre! Se abri paso al travs de
la muralla de carne que le separaba de aquel ser abyecto y encarndose
con l le dijo temblando de clera:

--Slo por un desconocimiento absoluto de los principios que informan el
arte dramtico se puede hacer una crtica tan ligera, tan superficial y
tan injusta como la que usted est haciendo de la obra que se
representa.

El caballero, posedo de viva indignacin ante aquel grosero exabrupto
le mir de los pies a la cabeza en silencio y al cabo dijo dando a su
voz una increble inflexin de desprecio:

--Y usted quin es?

--Yo soy quien soy--respondi Garca plagiando al Supremo Hacedor--. Por
supuesto--aadi con nfasis--el autor de la obra se halla a demasiada
altura para que puedan alcanzarle las crticas de los pasillos y las
habladuras de los ignorantes.

El caballero refractario se puso plido y mirando a Garca fijamente a
los ojos le pregunt:

--Es usted el autor de la obra?

--No, seor, soy su amigo.

--Pues lo mismo usted que el autor son dos solemnsimos mamarrachos.

Garca solt el garrote, cuya arma no poda jugar en aquella ocasin a
causa de la estrechez del recinto, y se arroj al cuello del crtico no
diremos como un tigre, pero s como el animal que ms se le parece. Gran
confusin en el vestbulo. Intervinieron los circunstantes, intervino
despus un agente de orden pblico, pero no fue posible que Garca
soltara su presa y sali colgando de ella a la calle empujados por el
agente y otros guardias que acudieron a secundarle. Poco despus era
conducido ignominiosamente a la Prevencin. En vano suplic que se le
dejase en el teatro hasta el final de la representacin prometiendo
constituirse inmediatamente preso. Los guardias fueron insensibles.
Garca hubo de pasar por el trance fiero de no ver el estreno de la
_obra_.

Mientras tanto Reynoso y Elena, Escudero, doa Eugenia y Araceli, todos
los parientes en suma del afortunado autor reciban alegrsimos las
enhorabuenas de los amigos y conocidos. Elena haba tenido en el
entreacto la visita de algunos, entre ellos de Gustavo Nez, quien slo
permaneci a su lado algunos instantes grave y ceremonioso. Se despidi
para ir al escenario a ver a Tristn y si no estaba para ir a buscarle a
su casa. Mientras Elena hablaba con uno de sus amigos acercose por
detrs a saludar a su compaera la condesa un caballero de mediana edad
y elegante porte, se estuvo un rato departiendo con ella y se despidi
al cabo amable, sonriente, reteniendo algn tiempo en su mano la de
Marcela.

--Quin es ese caballero?--le pregunt Elena.

--No te lo he presentado porque estabas muy distrada... Es el conde de
Pearrubia.

--Tu marido?--exclam Elena dando un salto en la butaca.

--l mismo... Te sorprende?--aadi sonriendo--. Siempre se ha
manifestado muy fino conmigo. En cualquier parte adonde voy, sea al
teatro o a las carreras, nunca deja de hacerme su visita y de enviarme
flores o bombones. Es un perfecto caballero aunque no tiene pizca de
vergenza.

Elena se hallaba aturdida. Haca lo posible por encontrar aquello
natural, pero en sus ojos se pintaba tal sorpresa que la condesa rea a
carcajadas.

--Y si nos encontramos en cualquier reunin o baile me hace su mijita de
corte y baila conmigo un rigodn... Esto no impide que nos aborrezcamos
cordialmente, sabes? Pero la correccin ante todo, hija... Lo
ves?--aadi volviendo la cabeza--. El consabido ramito.

En efecto, la florista se estaba abriendo paso por la fila posterior de
butacas para entregar un ramo de flores a cada una.

Escudero rebosaba de contento y su digna esposa igualmente. Pero Araceli
se mostraba en absoluto indiferente al triunfo de su primo. Su corazn
virginal no lata ya sino con los recuerdos feudales, y Gonzalito Ruiz
Daz era el encargado de refrescrselos. All lo tena a su lado en
todos los entreactos. No poda bajar la vista a sus gemelos ornados de
una corona ducal sin sentirse agitada por un estremecimiento de placer,
de anhelo y de veneracin al mismo tiempo. Acaso el feudalismo se
hallara mejor representado si Gonzalito estuviese ms provisto de
carnes, pero Araceli no pareca echarlas de menos y se deca a s misma
con razn que en esta poca slo los plebeyos engordan. La interesante
joven tena, sin embargo, una espina en el corazn. El duque del
Real-Saludo no la quera por nuera. Era un caballero tan almidonado y
tan tieso que a serlo de igual modo el noble fundador de su estirpe
fuera imposible que hiciese al rey aquel saludo que le vali el ducado.
Naturalmente mientras este seor no se ablandase un poco con la humedad
no haba que pensar en boda, porque Gonzalito tena ms miedo a su padre
que al mar embravecido. La hija de Escudero sufra mucho con esta
repulsa, pero la encontraba justificada y aun por ella profesaba hacia
el duque un respeto sin lmites. La duquesa, en cambio, se le haba
mostrado propicia. La saludaba desde su coche en el Retiro con extrema
amabilidad, la convid a su palco del Real dos o tres veces y le envi
un precioso regalo el da de su cumpleaos. No era extrao, pues, que
tuviese esperanzas de que a la postre lograse reducir a su marido.
Gonzalito procuraba alimentrselas, pero en el fondo dudaba mucho de
ello, porque su claro pap era ms tozudo que un caballero de la Tabla
Redonda.

Vencida la indiferencia del pblico, o por mejor decir enardecido ya por
el aplauso, el tercer acto fue un gran triunfo para el autor. Llamadas a
escena, palmoteo ruidoso, bravos y otras seales de complacencia.
Tristn, rojo de emocin, avanzaba por la escena entre los actores
recibiendo los aplausos y haciendo profundas cortesas... Despus en el
saloncillo una nube de amigos que brotan siempre al calor de los
aplausos como se cuenta que nacen los sapos con la lluvia de verano. El
autor se sinti abrazado y tuteado por una porcin de sujetos con
quienes jams en la vida haba cambiado un saludo. El gran dramaturgo
Estvanez reciba casi tantos plcemes como Tristn por haber
descubierto a aquel muchacho y ponerle en el camino de la celebridad.
Realmente el viejo se senta contento y se mostraba orgulloso de haberle
adivinado.

Cuando ya se haba sosegado un poco el entusiasmo y Aldama departa
entre un crculo de amigos distribuidos por los divanes, apareci en el
saloncillo la figura prolongada del ilustre Pareja, el sabio atenesta,
con su levitn flotante y el deslucido sombrero de copa en el cogote.
Avanz majestuosamente hasta el autor y estrechando su mano con fuerza
exclam:

--Bravo, joven, bravo! Le doy a usted mi cordial enhorabuena. Ha
demostrado usted mucho talento. Creo que no es posible hacer ms sin la
ayuda de la cultura cientfica que entre ustedes los literatos (me
perdonar usted que se lo diga) es por lo general bien deficiente.

A Tristn no le supo bien aquella enhorabuena, pero la acept
disimulando.

Pareja se volvi hacia los circunstantes sonriente, benvolo, dichoso de
sentirse tan sabio.

--No es posible hacer ms, lo repito. Mi amigo Aldama es uno de los
literatos que pudiramos llamar simplistas; pero en la estrecha esfera
en que se mueve, pocos, poqusimos le aventajarn. Yo apetezco, sin
embargo, un arte ms alto. No es verdad, seores, que es una tristeza
el observar cun pobre es la cultura de nuestras escuelas en elementos
cientficos? Los literatos ignorantes, los que juzgan que basta escribir
una novela agradable o un drama interesante sin preocuparse de los
grandes intereses sociales y de los problemas cientficos, son los que
an dominan. De ah procede ese arte frvolo, inconsistente, sin
enjundia que durante tantos siglos nos ha inmovilizado y con el cual es
preciso acabar. Un arte en el cual el concepto no tiene valor qu
significa? Una obra literaria sin anlisis cientfico qu es? Hace
falta una nueva direccin. Si mis ocupaciones me lo permiten, seores,
no ser difcil que me entretenga algn da en escribir una novela y un
drama. Y entonces les dir a los literatos: Ah tenis la nueva
frmula; ah tenis la frmula de la novela y del drama modernos.
Recogedla si queris: sacad de ella el partido que os fuere posible. Yo
os la dejo y me retiro a mis queridos trabajos cientficos sin intentar
por ms tiempo invadir vuestros dominios.

Este discurso, pronunciado de un solo aliento, produjo efecto gratsimo
en la reunin a juzgar por la disposicin a la alegra que se manifest
inmediatamente en todos los rostros. Uno de aquellos jvenes se levant
del asiento y estrech la mano del sabio con veneracin dicindole:

--Seor Pareja, me hara usted el ms desgraciado de los hombres si no
influyese para que me reservaran una butaca el da del estreno de su
drama.

Otro le fue acompaando hasta la puerta hacindole presente que pensaba
dedicarse a la poesa lrica y consultndole al propio tiempo si deba
comenzar por el estudio de la Biologa o el de la Patologa interna.

Cuando ya haba terminado el sainete y se dispona el autor a retirarse
con sus amigos, el inspector de polica vino a decirle que haba hecho
detener por sospechoso a un hombre de mal aspecto que se hallaba en el
paraso y que deca conocerle.

--Mal aspecto?--pregunt Tristn.

--Malsimo.

--Unas barbas muy largas? Cara de asesino?

--S, seor, s--se apresur a decir el inspector.

--Sultenlo ustedes: es un santo.

El funcionario qued estupefacto, y aunque nunca quiso convenir en la
santidad del paisano Barragn (pues no era otro el detenido) al fin se
decidi a soltarlo.

En aquel instante entraba en el saloncillo Reynoso con Garca. Este,
para no turbar a su amigo Aldama, haba escrito desde la delegacin una
esquelita a aqul hacindole saber lo que le ocurra. Don Germn se
apresur a ir all y afianzarle. Llegaba el buen Garca feliz,
resplandeciente. En cuanto divis a Tristn se precipit hacia l y cay
en sus brazos llorando de alegra:

--Hemos triunfado! Ya s que has salido siete veces a escena... Si yo
hubiera estado en el teatro me dejo cortar las manos si no sales
catorce.

--Pero es de veras que has estado preso?

--Ya lo creo, por haber querido explicar el argumento a un to que no
comprenda por qu gustaba tu obra. Me parece que a estas horas ya lo ha
visto claro.

Tristn le abraz riendo.

Una porcin de amigos de ltima hora acompaaron al autor hasta su casa
en unin de Reynoso y de Garca. Este hubiera querido organizar una
procesin nocturna con hachas de viento como las que sola improvisar la
empresa en los triunfos de Estvanez, pero el percance de la detencin
haba hecho abortar su idea.

Tristn durmi mal aquella noche. La embriaguez de la gloria como la del
vino enciende la sangre y agita los nervios. Por la maana se hizo traer
los peridicos y se regal con su lectura. En general se mostraban no
slo benvolos, sino lisonjeros con la produccin del poeta novel. A
Tristn no le pareca, sin embargo, bastante todo aquello: recordaba las
revistas dedicadas a los estrenos de Estvanez, las comparaba con las de
su obra y stas se le antojaban bien fras. Pero al tomar en manos _El
Universal_ y leer la revista del famoso crtico _Leporello_ la ira le
hizo empalidecer. Era un artculo desdeoso, irnico, todo l
traspirando amargura y malevolencia. Un furor ciego le acometi.
Borrronse de repente de su imaginacin los aplausos de la noche
anterior, los elogios del resto de la prensa; borrronse tambin todas
las prosperidades que disfrutaba en este mundo, y en un instante se
juzg el hombre ms desgraciado de la tierra. Cuando don Germn y su
amigo Gustavo Nez entraron en su cuarto por la maana le hallaron
paseando de un lado a otro con el peridico en la mano y rechinando los
dientes.

--Claro, esto ya me lo presuma yo! Cmo es posible que Estvanez
viera con buenos ojos mi triunfo? Y abrazndome ayer el hipcrita! el
canalla!

--Pero qu tiene que ver Estvanez con ese artculo de _El
Universal_?--pregunt con asombro Reynoso.

--Pero, no sabes, inocente--profiri Tristn sonriendo
sarcsticamente--, que _Leporello_ est casado con una parienta de
Estvanez y que no ve ms que por sus ojos ni piensa ms que por su
cerebro?

A don Germn no le pareci aquello una prueba irrefutable de que el gran
dramaturgo fuese el inspirador del artculo, pero no quiso llevarle la
contraria abiertamente observando el estado de agitacin en que se
hallaba.

--Pero en ese caso por qu ha tomado tal inters por tu obra y por qu
la ha hecho representar?

--Sabes por qu?--respondi Tristn apretndole la mano y con una
expresin de infinita perspicacia--. Porque estaba persuadido de que mi
obra hara fiasco. As lo crean los cmicos todos y stos no se
atreven a respirar si Estvanez no se lo permite.

Reynoso guard silencio.

Gustavo Nez se sent en una butaca, encendi un cigarro y cruzando las
piernas dijo con su habitual displicencia:

--Cuando era nio mi madre acostumbraba a leerme el _Ao cristiano_
antes de dormirme. Pues bien, recuerdo la historia de un santo que por
espacio de muchos aos se hizo pasar por idiota, sufriendo con admirable
paciencia para ganar el cielo toda clase de burlas y de escarnios tanto
de los hombres como de los nios. Despus de haber vivido un poco
encuentro igualmente admirable el procedimiento para ganar la tierra. Si
quieres, amigo, lograr algn resultado en las letras es menester que
comiences por fingirte tonto y que lleves el convencimiento a todos de
que lo eres. La empresa no es fcil porque los literatos son suspicaces
y bien despiertos, y no se les engaa de buenas a primeras. Toda clase
de obstculos se te enredarn en las piernas y no podrs dar un paso.
Pero si persistes y logras convencerles y te ponen el marchamo de
mediana incurable, entonces vers cun desembarazado caminas; las
selvas enmaraadas se abrirn para dejarte paso, las montaas se
abatirn, los ros quedarn en seco y entre nubes de incienso
proseguirs tu marcha gloriosa arrullado por los hosanna! de la
crtica.

Tristn, sin hacer caso de estas palabras, sigui paseando agitado y
colrico. Don Germn sonri y replic suavemente:

--Todo eso, amigo Nez, me parece ms gracioso que exacto. Jams ha
existido unanimidad de pareceres en este mundo. Mucho menos puede
haberla en las obras literarias en que se trata de lo feo y lo bonito.
Pero eso no impide que aqu como en todas partes prevalezca al cabo lo
que debe prevalecer y perezca lo que debe perecer. Yo he vivido siempre
bien alejado del mundo de las artes y las letras, pero tengo el
presentimiento de que en la literatura los enemigos contribuyen ms a
formar las reputaciones que los amigos. Unas veces con un silencio
injustificado y receloso, otras con un ataque intempestivo como el que
ahora ha experimentado Tristn, sealan al pblico el sitio donde est
lo bueno. En las aldeas de Francia he visto que para descubrir las
trufas sueltan los cerdos al campo. En el sitio donde las hay se
detienen y comienzan a hozar estos animales. Entonces acuden a
separarlos, se cava la tierra y se recoge el fruto. As los envidiosos
delatan el paraje donde existen las trufas literarias; all acude el
pblico, los separa y se las come. Perdone usted lo feo de la
comparacin en gracia de su exactitud...

Nez no quiso conceder la exactitud del smil y se desbord
inmediatamente en un torrente de paradojas e ingeniosidades, todas bien
amargas y resquemantes. Don Germn le respondi con su habitual
sencillez y se entabl una discusin prolongada. Tristn se puso en
seguida de la parte del pintor y le super si no en gracia en amargura y
exaltacin. Al fin Reynoso la cort jocosamente advirtiendo que les
esperaba el almuerzo. Nez se despidi.

Durante el almuerzo Tristn se mostr tan taciturno que Clara,
sorprendida y dolorosamente impresionada, no apartaba de l los ojos.
Reynoso y Elena se dirigan miradas furtivas, sonriendo unas veces,
otras sacudiendo la cabeza con seales de enfado. Particularmente Elena
se iba poniendo nerviosa con el silencio descorts y embarazoso de su
cuado. En poco estuvo que no le interpelase bruscamente y slo
atendiendo a las seas de su marido logr contenerse. Pero no pudo menos
de murmurar una de las veces:

--Parece mentira que un hombre tan majadero haya escrito una obra tan
bonita!

Tristn alz la cabeza y pregunt distrado:

--Qu decas?

--Que est admirable esta salsa.

Don Germn sonri y Tristn baj de nuevo la cabeza persistiendo en su
silencio desconsiderado.

En cuanto termin el almuerzo se encerr en su despacho. All vino a
llamar no mucho tiempo despus Garca, que traa igualmente un nmero de
_El Universal_ en la mano. En cuanto entr apret la de Tristn
fuertemente y dej escapar estas fatdicas palabras:

--Hay que aplastar a la vbora!

Tristn se estremeci. Garca se dej caer en una butaca y paseando sus
ojos relampagueantes por la estancia como si esperase descubrir oculto
en algn rincn al odioso reptil se ech mano al bolsillo interior del
_chaquette_, sac un manojo de cuartillas, dej caer hacia atrs la capa
y se puso a leer con voz hueca. Era una respuesta aplastante, en efecto,
a la crtica de _Leporello_ nutrida de sana doctrina retrica y adornada
con todos los recursos que proporciona al discurso la ortografa
espaola; signos de admiracin, interrogantes, puntos suspensivos,
parntesis, etc., etc. Tristn, muy caviloso, apenas le escuchaba.

Pero vyase a _Leporello_ con las diferencias entre el estilo adornado
y el vehemente y pattico! Qu sabe el crtico zorrocloco de
humanidades? De stas no sabe ms que lo que a la suya se refiere, y
como sta no ve mucho ms all de sus narices... de ah que... tente
pluma! Cmo es posible que un hombre de tan corta vista logre entender
que el fin moral de la tragedia es purgar nuestras pasiones por medio de
la compasin y del terror, mientras que el de la comedia es corregir
nuestros vicios por medio del ridculo? Pero no hablemos de ridculo, no
mentemos la soga en casa del ahorcado. Si el escritor insigne a quien
_Leporello_ moteja...

--Por Dios, Garca!--exclam Tristn avergonzado.

--Djame! Yo s lo que escribo--exclam Garca con la misma voz
vibrante, campanuda, con que lea su artculo.

Si el escritor insigne a quien...

--Pero Garca, eso es demasiado! No comprendes?...

El retrico extendi su mano para atajarle y sin hacerle caso volvi a
repetir con ms nfasis:

Si el escritor insigne a quien _Leporello_ moteja pudiera descender a
responderle; si la pluma brillante que ha trazado los prodigiosos versos
de _Magdalena_ pudiera mancharse una sola vez, etc.

Garca, trmulo y gritando como un energmeno, concluy al cabo la
lectura del artculo. Una mirada feliz, triunfante brill en sus ojillos
negros, debajo de sus pobladas pestaas, como una linterna dentro de un
bosque. Envolvi las cuartillas lentamente, las meti en el bolsillo y
acercando la boca al odo de Tristn y haciendo una serie prodigiosa de
muecas pronunci estas palabras memorables:

--Este artculo saldr en el correo de esta noche, y pasado maana o a
todo ms el sbado se publicar en _El Clamor_ de Alicante. El sbado,
pues, ya podrs caminar por la calle con la cabeza bien levantada.




XII

LA NOVENA SINFONA


En un billetito perfumado, muy perfumado, y las armas de la noble casa
de Pearrubia estampadas en lacre de color rosa, invitaba la condesa a
comer a su entraable amiga Elena.

Cherie: Ya que tu seor marido te ha dejado hoy por aquellos bichos tan
feos que guarda en el _Sotillo_, ven a alegrar unos instantes esta
humilde casita comiendo conmigo esta noche. A las ocho. T puedes venir
cuando se te antoje que para eso eres el ama. Adieu, ma petitte poupe
de biscuit. Muchos besos, muchos, muchos...

MARCELA.

El matrimonio Reynoso se hallaba instalado desde el 1. de enero en su
magnfico hotel de la Castellana. Corran los ltimos das de febrero.
Don Germn, que haba aceptado con semblante risueo por no disgustar a
Elena el traslado de domicilio, se aburra mortalmente en la corte. Slo
la pera y algunos conciertos le indemnizaban de aquellas horribles
horas de paseo con los coches en fila viendo cruzar a su lado una ristra
de rostros contrados y de cuellos almidonados. Luego otra vez a verlos
en el teatro, en las soires, despus de haberlos visto por la maana en
la acera de la calle de Alcal y por la tarde en algn _five o'clock_,
en la exposicin de pinturas, en las carreras, en dondequiera que
repicasen. Cualquiera dira, pensaba Reynoso, al observarlos tan
presurosos, tan sedientos de verse a todas horas, que estos seores se
aman entraablemente. Y, sin embargo, el da que uno de ellos se
presenta con un nuevo tren tirado por un tronco de raza sera asesinado
gozosamente por sus ms ntimos amigos.

Casi todas las semanas se escapaba el indiano algunas horas o un da
entero a su finca. Hasta entonces no haba dormido nunca all, pero como
necesitase hacer una larga excursin al monte, determin quedarse
aquella noche y regresar al da siguiente.

A las ocho en punto se detena la berlina de Elena delante de una casa
de la calle de Serrano donde viva la de Pearrubia. Ocupaba esta dama
un modesto entresuelo sin lujo ni ostentacin; la escalera estrecha, los
muebles pocos y sencillos, la servidumbre reducida a una cocinera y una
doncella. El nico lujo que se autorizaba era un exceso de luz y de
perfumes. Los vecinos de los otros cuartos al subir la escalera y cruzar
por delante de su puerta advertan por el montante una viva,
esplendorosa iluminacin y sentan en la nariz un penetrante aroma de
violeta. No necesitaban ms para penetrarse de la clara estirpe de la
inquilina.

Cuando Elena lleg no estaba Marcela y an se pas un buen rato sin que
apareciese. Al cabo hizo su entrada en compaa de Narciso Luna, de
Gustavo Nez y de otra dama que llamaba Enriqueta. Venan de una
_matine_ en casa de la de Somorrostro, donde deca que se haban
encontrado casualmente. Marcela haba invitado a comer a Gustavo. Todo
pareca muy claro. Sin embargo, Elena sinti un leve estremecimiento
olfateando la trampa. Aquella dama a quien no conoca se llamaba
Enriqueta Atienza, hermana del marqus de Raigoso, de treinta y ocho a
cuarenta aos de edad, casada con un banquero, rubia y separada de su
marido.

Pasaron inmediatamente al comedor. El criado de Narciso Luna serva la
comida. Este viva en un cuartito de la calle de Recoletos, haciendo sus
comidas en el Club. Un criado arreglaba su habitacin, limpiaba su ropa
y le ayudaba a vestirse. Muchas veces se vesta en el mismo Club,
hacindose traer el frac y la camisa. La de Pearrubia utilizaba al
muchacho para sus recados y aun para servir la mesa cuando tena
invitados.

--No; ah no, Elena... Sintate aqu.

Y despus que la tuvo acomodada la condesa sent a su lado a Gustavo
Nez.

Elena no pudo menos de sentir un poco de malestar mezclado de miedo.
Esta mala impresin se disip al cabo en el curso de la comida. La
alegre conversacin y el vino hicieron efecto en su cerebro voltil.
Todos la colmaban de atenciones y de mimos. Elena que era propensa a
ellos, como una nia de pocos aos, pronto se hall en su centro dejando
pasar al travs de sus ojos y su boca aquella infantil, inagotable
alegra que formaba su principal encanto.

Antes que hubiesen terminado de comer lleg el vizconde de las Llanas,
el cual, por ciertos signos indubitables, pronto hizo comprender a Elena
que era el amante de Enriqueta Atienza. Un noble de traza innoble, joven
an pero bien estropeado; el pelo lacio, las mejillas hundidas, la nariz
amoratada, la voz aguardentosa, los ojos levemente torcidos y aviesos. A
Elena le produjo malsimo efecto aquel aristcrata que tena todo el
aspecto de un caballero de industria. Adems hablaba con un cinismo
repugnante bien lejano del culto e ingenioso de Nez.

La conversacin era animada aunque reducida casi toda a la narracin y
comentario de las intrigas amorosas que se anudaban y se desanudaban en
el crculo de sus conocimientos. Pepita Z*** haba entrado al fin en
relaciones con el marqus de G***. Cunto tiempo le haba estado
despreciando! Como que esperaba que el duque de A*** se rindiese a sus
encantos. Convencida al fin de que el duque no se hallaba dispuesto a
morder aquella manzana pasada, cay arrepentida en los brazos del
marqus. Blanquita H*** estaba pasando las grandes ducas por Manolo L***
y ste sin hacerle caso.

--Y por qu no la quiere Manolo?--pregunt Nez--. Blanquita es una
preciosa criatura.

--Porque est enamorado de su mujer segn dicen--respondi Enriqueta
Atienza.

--Qu mal gusto!--exclam la condesa--. Gorda como una barrica de
aceite y bizca por aadidura... Pero Manolo no se haba casado con ella
por el dinero?

--Todo el mundo pensaba eso y l mismo no se ocultaba para decirlo.
Ahora al cabo de seis aos resulta que se pone loco perdido por ella y
tiene unos celos atroces de Marquina.

--Vlgate Dios! Despus de tanto tiempo como llevan de relaciones! Me
parece que Marquina entr en amores con ella antes de ser ministro,
verdad?

--Ya lo creo; ni soaba con serlo. Pues a pesar de eso Manolo est
furioso, persigue a su mujer y la vigila. El da menos pensado va a dar
un escndalo provocando a Marquina.

--Muy mal hecho--profiri la condesa.

--Muy mal hecho--repiti Gustavo Nez.

--Muy mal hecho--corroboraron el vizconde de las Llanas y Narciso Luna.

--Unos amores tan largos es cosa que debe respetarse--manifest
Enriqueta con profunda conviccin.

Los dems expresaron tambin su aprobacin ponindose muy serios.
Pareca que aquel adulterio era cosa sagrada e intangible.

A los postres lleg Rosita Len, una mujercilla que slo tena de joven
la figura grcil, elegante y vivaracha. El rostro bastante ajado y con
pronunciadas ojeras. Rubia tambin y separada de su marido.

--Es una observacin que vengo haciendo desde largo tiempo--dijo Gustavo
Nez echndose atrs en la silla y limpindose la boca para beber--.
Todas las seoras que no estn de acuerdo con sus maridos se pintan el
pelo de rubio. Parece as como la primera seal ostensible de su
independencia, una declaracin enrgica y valerosa de que estn hartas
del yugo matrimonial y que no se hallan dispuestas a soportarlo por ms
tiempo.

--Eso no es exacto--repuso la condesa un poco picada--. Aqu tiene usted
a Elena que es rubia y sin embargo se halla bien conforme con su
marido.

Nez no dio su brazo a torcer y replic inclinndose correctamente:

--Cuando se tiene un marido tan amable y tan simptico como Elena, no
sorprende esa conformidad.

El vizconde de las Llanas y Enriqueta levantaron hacia l los ojos con
curiosidad no exenta de malicia.

--Eso de la conformidad--manifest Rosita Len aceptando una copa de
champagne que le tenda la condesa--es cosa complicada. Se puede estar
de acuerdo desde ciertos puntos de vista y sin embargo no estarlo desde
otros.

El vizconde solt una estrepitosa carcajada.

--Y cul es el punto de vista desde donde su marido no es aceptable, se
puede saber?--pregunt groseramente.

--Se puede saber cundo dejar usted de ser un sinvergenza?--Luego
aadi bajando la voz:--Yo estimo mucho, muchsimo a mi marido, pero...
francamente no le quiero, por qu no he de decirlo?

--l en cambio la quiere a usted muchsimo, pero no la estima--dijo
sonriendo Nez.

--Por dnde le ha venido a usted esa noticia?--replic la de Len
vivamente y con seales de clera. Era sino del pintor despertarla
fcilmente; pero como hombre bien educado y cauto saba restaar
prontamente las heridas.

--Por lo que a m me sucede. Yo cuando quiero mucho a una mujer deseara
estrujarla.

Rosa no pudo menos de rer.

--Est visto, Marcela, que te complaces en recibir en tu casa a los
hombres ms desvergonzados de Madrid.

Mas el pintor tena la atencin puesta en otro punto y tema que aquel
libre chisporroteo ahuyentase la caza que persegua. Ponindose serio y
con ademanes de hombre sensato y convencido principi a decir
lentamente:

--En este asunto de la fidelidad conyugal pienso que casi todos nos
equivocamos. As que vemos a una mujer casada corriendo una aventura, lo
primero que decimos es: Esa mujer no est conforme con su marido, si
es que no aseguramos: Esa mujer aborrece a su marido. Si meditsemos
con calma y observsemos con cuidado comprenderamos que es injusta la
sospecha. Estoy absolutamente persuadido de que la mayora de las
mujeres que faltan a sus maridos no lo hacen porque dejen de hallarse
conformes con ellos ni menos porque los aborrezcan...

--Entonces por qu les faltan?--pregunt Narciso Luna riendo.

--Por la tendencia invencible que todos los seres sentimos hacia la
variedad, a lo menos como seres corporales. Sera muy bello que fusemos
espritus puros. Entonces acaso existiera en los matrimonios fidelidad,
aunque lo dudo, porque la inclinacin al cambio reside igualmente en el
fondo de nuestra naturaleza espiritual. Pero cmo ni por qu
contrarrestar los impulsos vitales con que la naturaleza nos advierte
que por encima de nuestros mezquinos intereses estn los suyos, que esas
convenciones que llamamos sagradas son cosas para ella absolutamente
despreciables? Toda mujer percibe instintivamente que la promiscuidad no
es un crimen natural como el robo o el asesinato, sino artificial
inventado por el egosmo de los hombres. Si no falta a su marido ser
porque teme a las consecuencias, no porque le aterre el pecado.

--Choque usted, Nez: eso mismo he pensado yo siempre!--exclam
Enriqueta Atienza alargando su copa que Gustavo se apresur a tocar con
la suya.

--Una mujer puede amar mucho a su marido--prosigui el pintor--, pero
llega un momento en que sin darse ella misma cuenta, por un impulso vivo
pero fugaz de su naturaleza se entrega a otro hombre. Quin no tiene en
el mundo caprichos? Quin no siente estos impulsos inconscientes de su
naturaleza? Qu tiene que partir con ellos nuestra alma ni nuestras
verdaderas y profundas afecciones? El mundo injusto y cruel como siempre
condena a aquella pobre mujer, la persigue y la maldice.

--Sin embargo--apunt la condesa que presuma de dialctica sutil--, la
responsabilidad que el mundo exige a la mujer no se funda precisamente
en la conciencia o inconsciencia de su capricho, sino en las
consecuencias que consigo arrastra. Hay maridos tranquilos, que tienen
la piel dura... que no son muy aprensivos...

--Vamos, maridos sin vergenza--exclam Rosa Len.

Los comensales rieron y la condesa tambin.

--A esta clase de maridos no se les hace ningn dao. Pero hay otros
susceptibles, de una sensibilidad exquisita y a stos una falta que en
s misma tiene tan poco valor puede herirles de muerte.

--Si les hiere de muerte es porque padecen una aberracin--replic el
pintor--. No son espritus sanos, bien equilibrados. Pero en fin, no se
trata de eso. A la mujer corresponde evitar disgustos a su marido por
medio de una gran prudencia, del ms profundo secreto. Basta con eso,
porque repito y sostengo que no hay tal crimen. Si lo hubiese sera
igual para los dos cnyuges, y bien saben ustedes que las faltas del
marido, cuando no son excesivamente escandalosas, ni atentan al
matrimonio ni extinguen por lo general el amor de la esposa.

Elena escuchaba con intensa atencin. Las palabras del pintor le
sorprendan y aunque no les diese completo asentimiento, no pudo menos
de hallarlas razonables.

Nez con astucia cambi en seguida la conversacin. Las seoras dieron
permiso para encender los cigarros y, con asombro de Elena, la condesa
acept un cigarrito de tabaco turco que Narciso le ofreci.

--Y dnde anda ahora Menelao, amigo Gustavo?--pregunt con sonrisa
insolente el vizconde de las Llanas.

Nez se turb levemente y ech una rpida mirada de reojo a Elena.
Luego se puso serio y murmur de mal humor:

--No lo s.

--Viaja lejos de Esparta?

El pintor visiblemente molesto se content con alzar los hombros,
dirigiendo en seguida la palabra a la condesa. El vizconde hizo un guio
a Narciso Luna y dej escapar una risita maligna.

Se levantaron de la mesa. El caf se les sirvi en el gabinete de la
condesa. Esta se fue a la sala antes de terminar, abri el piano y
comenz a teclear suavemente: luego llam a Elena, la hizo sentar a su
lado en un divn y comenz a charlar perdindose en un mar de graciosas
y menudas confidencias que an alegraron ms a Elena con estarlo ya
mucho a causa del champagne. Cuando se hallaban ms distradas vino a
interrumpirlas Gustavo Nez.

--Usted siempre tan importuno!--exclam la condesa.

--Perdn! Me daba el corazn que se estaban ustedes contando
secretos... y los secretos de las seoras me fascinan. Dios no ha hecho
ni puede hacer otra cosa ms interesante. Me retiro--aadi dando un
paso hacia la puerta--, pero conste que lo hago con todo el dolor de mi
alma.

--Acrquese usted, granuja, arrime usted una silla y venga usted a pedir
perdn a Elena de haberla escandalizado hace un momento.

Elena nada haba hablado a la condesa de las opiniones de Nez.

--Siento mucho que no le parezcan bien y si hubiera sabido su
disconformidad me guardara de emitirlas.

--Debiera usted suponerlo, malvado, porque Elena adora a su marido.

--Volvemos a lo mismo, condesa. Las mujeres que adoran a sus maridos me
encantan. Y si cometen alguna falta (de lo cual nadie est libre en el
mundo) yo las perdono de buen grado porque tienen corazn.

Elena solt una carcajada.

--Sabe usted decir las cosas de un modo, Nez, que cualquiera pensara
que habla usted en serio.

--Tan absurdas encuentra usted mis ideas?

Efectivamente Elena las hallaba completamente disparatadas y as lo
manifest sin rodeos. Se inici una discusin viva pero amical entre el
pintor y la dama. La condesa les dej enfrascados en ella y fue a
reunirse con sus amigos en el gabinete. Nez se mostr paradjico y
chispeante como siempre, pero ms delicado, ms insinuante que nunca.
Elena no pudo menos de rer muchas veces admirando su gracia y
habilidad. Gustavo tuvo espacio y ocasin para decir todo, todo lo que
bulla en su mente desde haca algunos meses sin que la dama encontrase
motivo para enojarse. El tiempo transcurra, la charla fue hacindose
cada vez ms ntima. Elena, un poco aturdida, se iba dejando arrastrar a
las confidencias. Como se vea aplaudida y mimada por aquel hombre, le
mostraba su interior inocente, pero voluble y caprichoso. Nez
comprendi que el vicio no arraigara jams en su temperamento infantil
pero poda caer por la ligereza increble de su espritu.

Al cabo se alz sofocada del divn. Cuando entr en el gabinete deba de
tener el rostro encendido. Todos la miraron con insistencia y crey
notar en sus ojos cierta curiosidad burlona. Vio que a hurtadillas el
vizconde de las Llanas apretaba la mano del pintor como si le diese la
enhorabuena. Bruscamente se despidi.

--Tan pronto!--exclam la condesa.

En vano la suplicaron que se quedara otro ratito. Resueltamente se iba.
Se senta sofocada, con un deseo irresistible de salir de aquella casa.
Baj la escalera precipitadamente, mont en el coche y se dej caer en
un rincn. Pero all su agitacin fue en aumento, tena toda la sangre
acumulada en las mejillas; latan sus sienes, temblaban sus manos,
sonaban en sus odos aquellos requiebros delicados en la superficie, en
el fondo desvergonzados. Lentamente se despoj del guante de la mano
izquierda que acababa de ponerse. En aquella mano haban estampado un
beso haca un instante y ella, en vez de castigar la insolencia, se
haba limitado a levantarse del asiento roja como una amapola. Cmo
haba perdido la fuerza para rebelarse? Esta idea dolorosa trazaba una
arruga profunda en su frente. Su imaginacin volaba, volaba hacia el
Escorial. Qu feliz haba sido all siempre! Por qu haba tomado
tanto empeo en venir a Madrid? Esta ciudad empezaba a causarle miedo.
Jams en su vida se haba hallado tan humillada y tan inquieta. Cuando
llegaron a la puerta del hotel y el lacayo vino a abrir la portezuela,
sin hacer movimiento alguno para salir le pregunt:

--El tiro de mulas est aqu o en el Sotillo?

--Est aqu, seora.

--Quitad ste y enganchadlo.

--Est bien, seora--replic el lacayo sorprendido.

Y como permaneciese de pie con la portezuela abierta esperando que la
seora bajase, sta le dijo con alguna impaciencia:

--Cierra, yo no salgo del coche.

La sorpresa del lacayo fue mucho mayor. Habl en voz baja con el
cochero, baj ste del pescante, tom otra vez la orden de la seora y
se dispuso a cumplimentarla. Un buen cuarto de hora se tard en cambiar
los tiros de la berlina, porque el de mulas no estaba enjaezado. El
cochero propuso cambiar el coche por una carretela de camino, pero Elena
se neg a ello. Era poco ms de las once.

--Al Sotillo--dijo con firmeza al lacayo cuando todo estuvo a punto. Ni
ste ni el cochero sintieron esta vez sorpresa porque ya se lo haban
tragado--. Vivo! vivo!--Apenas salieron por la puerta de San Vicente
emprendieron el galope. La noche era obscura; el cielo estaba
aborrascado; grandes nubes negras, informes, monstruosas corran por l
dejando por intervalos descubierto algn rincn de azul obscuro. La
tierra se extenda negra, amenazadora como el cielo. En poco ms de tres
horas alcanzaron el Sotillo, que dorma el sueo profundo y tranquilo
del labriego. Ladraron los perros furiosos, pero al or la voz del
cochero se amansaron repentinamente. Elena subi a las habitaciones de
su marido. Este al sentir el ruido del coche y los ladridos de los
perros se haba vestido apresuradamente. Cuando la vio aparecer qued
estupefacto. Qu ocurra? Cmo a tales horas...?

--Nada--replic ella turbada--. He sentido mucho miedo y no pude
resistir.

Don Germn tuvo una sonrisa cariosa para aquel capricho infantil. Ya
estaba acostumbrado a ellos.

--Vendrs muerta de fro, hija ma!--dijo acaricindole el rostro,
palpando su espalda.

--No, he venido muy bien abrigada.

Reynoso mand encender las chimeneas del dormitorio y del saloncito
contiguo que ya estaban apagadas; luego despidi a los criados y se
encerr con su esposa.

--Pero qu es eso? qu es eso?--dijo paternalmente tomndole una mano
y arrastrndola suavemente hacia un divn. Elena le ech los brazos al
cuello y rompi a llorar. Don Germn asustado, confuso la inst para que
se explicase. Qu haba pasado? Haba tenido algn disgusto con los
criados? Le haban dado algn susto? Elena callaba, llorando cada vez
con ms sentimiento. Al cabo profiri entre sollozos:

--No s lo que tengo... nada me ha pasado... pero he sentido miedo de
pronto... un miedo tan horrible...! Pens que no te volvera a ver
ms...

Reynoso sonri aplicando sobre sus mejillas algunos besos prolongados.

--Es que ests nerviosa, hija ma.

--S, muy nerviosa.

--Voy a llamar para que te traigan una taza de tila con azahar.

Elena se opuso resueltamente. Se encontraba bien; no necesitaba otra
cosa que tranquilidad y sentirle cerca de s. Y se estrechaba contra l
y le apretaba la mano y de vez en cuando la llevaba a sus labios.
Reynoso a su vez la apretaba tiernamente contra su pecho y le acariciaba
la cabeza rozando con los labios sus cabellos dorados.

Al cabo de un largo silencio, Elena levant sus ojos mojados de lgrimas
y sonriente y confusa balbuci con mimo:

--Si me hicieses un favor, Germn!

--Cuanto t quieras, alma ma!

--Es que acaso te moleste...

--Si me molesta, mejor: as tendr algn mrito.

--Quisiera que tocases la novena sinfona de Beethoven, esa obra que
tanto me gusta... Yo pienso que me tranquilizara ms que la tila y el
azahar.

--Pero eso no es molestia, hija ma! Es un placer--replic riendo el
caballero.

Y abrazndola de nuevo y estampando un beso en su frente se alz del
asiento, se acerc al piano y lo abri.

Elena comenz a escuchar con tal inmovilidad y silencio que pareca la
estatua simblica de la atencin. Aquel ser pueril, de natural tan
ligero y aturdido hallaba repentinamente en el fondo de su alma una
seriedad increble. Las frases graves, solemnes de la inmortal sinfona
le revelaban el acuerdo misterioso de las cosas entre s y el de su
propio corazn con el universo. Su espritu se baaba en lo infinito y
perciba como uno de los ms escogidos de la tierra la eterna, profunda
armona que reside en el centro de la vida inmortal. No lloraba: sus
grandes ojos abiertos parecan absorber oleadas de luz. De vez en cuando
los cerraba con un gesto aprobador. As es; as es el mundo; as es la
vida! Reynoso que haba advertido vagamente el efecto que aquella obra
produca siempre en su esposa la tocaba ahora con singular maestra, con
un sentimiento arrobado y una uncin que hasta entonces jams haba
sentido.

Cuando termin y se alz del asiento, Elena vino hacia l, se colg de
su cuello y dej caer la cabeza sobre su pecho sin decir palabra. As
estuvieron unos instantes. Suavemente Reynoso la condujo al divn y la
sent sobre sus rodillas. Y ahora estaba contenta? S, s, Elena estaba
muy contenta; todo se le haba pasado. Y volviendo repentinamente a su
acostumbrada alegra comenz a charlar con animada volubilidad. Qu
susto le haba dado! verdad? Vaya una cara chistosa que haba puesto
cuando la vio aparecer! Ni que fuera la estatua del Comendador! l se
defenda; se haba asustado, es cierto, pero inmediatamente haba
sentido una extraordinaria alegra.

--Mentira! T te dijiste: Vaya unas horas oportunas que tiene mi
mujercita para visitarme. Y echaste de menos en seguida tu hermoso
sueo interrumpido.

--Qu idea! Al contrario; por ver estos ojos divinos, por acariciar
estos cabellos de oro, por besar estas manos de nieve y de rosa velara
yo toda la vida.

--No seas embustero. Confiesa que dormas a pierna suelta y muy a gusto
lejos de tu pobrecita Elena.

--Que dorma, s, lo confieso; pero niego que durmiera a gusto. Mientras
el sueo no me rindi tu imagen no se apart de mi pensamiento.

Elena alegre con estas palabras como un pajarito en el rbol aparentaba
no creerle, le tiraba del bigote, le daba suaves bofetadas en las
mejillas, le tapaba la boca, el frasco de las mentiras como ella
deca. Pero l, aunque enajenado por aquella lluvia de caricias,
concluy por mostrarse inquieto. Tal vez su ruidosa alegra dependiera
del mal estado de sus nervios, fuese una continuacin de la crisis. As
que con timidez le insinu la idea de acostarse. Elena protest
inmediatamente. Se hallaba admirablemente: no senta ningn sueo.

--Pero, hija ma, es imposible que despus del sacudimiento nervioso que
has tenido, despus del viaje tan molesto en carruaje, no te sientas
fatigada. No sera mejor que fueses a la cama?

Hizo nuevas protestas de que no estaba fatigada, de que no tena sueo.
Quien lo tena era l, el grandsimo cazurro, que con el achaque de que
ella se reposase senta unas ganas atroces de meterse otra vez entre
sbanas y roncar como un gan. Don Germn rea asegurando que slo
tema por la salud de ella.

--Pero cuntas mentiras me has dicho hoy, Virgen del Carmen! No te
remuerde la conciencia de engaar de ese modo a una infeliz mujer?

Y de nuevo volvi a su charla voluble, incoherente, hablando del adorno
de la casa, que era su tema favorito, saltando por intervalos al teatro,
a las tertulias que haba asistido, a las amigas, para volver de nuevo a
la casa, a sus eternos proyectos de reforma, echar abajo el tabique del
comedor, levantar en el jardn sobre columnas una _serre_ que comunicase
con l, cambiar la decoracin del despacho de su marido que era muy
vulgar por un mobiliario estilo americano que haba visto en la calle de
Alcal. Porque Elena se meta a reformar hasta las habitaciones
particulares de su marido y ste la dejaba hacer, feliz de verla tan
divertida.

Poco a poco, no obstante, aquel chorro de palabras se fue haciendo menos
copioso. Su marido se lo hizo notar. Tendra sueo por ventura? Elena
se mostr indignadsima ante aquella superchera y para castigarla le
dio unos cuantos pellizcos y le tir del bigote con refinada crueldad.
Pero entonces, por qu comenzaba a apoyar la cabeza en su pecho? Por
qu no se mantena derecha?

--Porque hablo mejor as, antiptico. No comprendes que tengo la boca
ms cerca de tu odo?

Sin embargo cada vez hablaba menos. ltimamente se quej de que su
marido no deca nada. Por qu no hablaba? Todo lo haba de decir ella?
Reynoso por complacerla se puso a contarle lo que haba hecho durante el
da, su excursin a la sierra. Elena escuchaba cediendo cada vez ms al
letargo que la invada. Su marido sonri. Ella advirti su sonrisa.

--De qu te res socarrn? Te figuras que tengo sueo?

No, no tena sueo: y para demostrarlo abra desmesuradamente sus
hermosos ojos negros.--Habla, habla que te escucho!

Don Germn sigui hablando maquinalmente, sin preocuparse de lo que
deca. Al cabo aquellos ojos brillantes quedaron inmviles unos
instantes y de pronto se cerraron. Elena se durmi como un nio en los
brazos de su marido.




XIII

VIDA LITERARIA


El estreno feliz de su drama fue una verdadera desgracia para Tristn.
Los reparos que algunos crticos pusieron a la obra, particularmente los
del famoso _Leporello_, le hirieron como graves injurias. Adems,
esperando fundadamente que permaneciese mucho tiempo en el cartel, la
empresa, atendidas ciertas circunstancias de renovacin de abono, la
retir despus de la quince representacin. Fue un golpe mortal para su
amor propio. Desde luego sospech que la mano de Estvanez, del traidor
Estvanez haba intervenido en este asunto. As que vio que comenzaban
los ensayos de un drama de ste ya no le cupo duda alguna. Un odio
frentico prendi en su corazn. Para desahogarlo un poco comenz a
asistir a las tertulias literarias de los cafs y cerveceras, con
predileccin a una que se reuna por las noches en un rincn del caf de
Fornos. All, sobre aquellas dos mesas de mrmol pegadas, se haca
diariamente la diseccin en vivo de los escritores de ms nota.
Naturalmente Estvanez, en su calidad de astro de primera magnitud, era
quien ms a menudo ofreca sus carnes palpitantes al estudio de aquellos
jvenes anatmicos. Tristn gozaba voluptuosidades desconocidas metiendo
en ellas el bistur de su lengua. Sus aptitudes quirrgicas se
desenvolvieron prodigiosamente con el ejercicio. l, que haba sido
hasta entonces hombre de estudio, en pocos meses se hizo un maldiciente
de caf. Pasaba aqu horas y horas no slo sin preocuparse de sus
libros sino, lo que era peor, sin preocuparse mucho de su joven esposa.
Esta, que cada vez se encontraba ms pesada a causa de su embarazo,
sala poco de casa. La acompaaban Elena y Visita; reciba tambin las
frecuentes visitas de doa Eugenia y Araceli, pero su seor marido no
haca mucho polvo en casa.

El caso es que Tristn, pasando la vida en el caf y en los saloncillos
de los teatros, juzgaba de buena fe por una increble aberracin de su
espritu que llevaba la existencia ms adecuada para un literato.
Ocupado incesantemente en triturar las obras de los dems, aguzaba, es
cierto, su sentido crtico, pero se le iba embotando la inspiracin
creadora. As que cuando se pona delante de la mesa de trabajo le
costaba insuperable emborronar algunas cuartillas. Y cuando al da
siguiente las lea parecanle tan desabridas que sola dar casi siempre
con ellas en el cesto de los papeles rotos. Herva no obstante su
cerebro en proyectos, senta cada da ms vivo el deseo de la gloria,
pero cada da se hallaba tambin ms incapaz de cualquier esfuerzo tenaz
y serio para conquistarla. Por otra parte, una vez alcanzada prevea los
sinsabores que consigo arrastra, sentase dbil para sufrir las
objeciones de la crtica como ya lo haba experimentado, comprenda que
en cuanto se levantase un poco tendra contra s a todos sus camaradas
de caf y de saloncillo y se senta intimidado. Vease yacente y desnudo
sobre aquellas dos mesas pegadas del caf de Fornos. Cun torvas
brillaban las cuchillas y los bistures! Ya los crea sentir en sus
entraas. Y de hecho estaba bien seguro de que la amistad con los
jvenes anatmicos no aplacara, sino que exacerbara su fiereza.
Indudablemente era ms dulce buscar las articulaciones de los otros. Ya
no frecuentaba tanto a Gustavo Nez porque a ste le agradaban ms los
apartes con las damas que las reuniones con los hombres aunque fuesen
literatos. Sin embargo, alguna vez paseaban o coman juntos. El pintor
no haba dejado de visitar la casa de los recin casados aunque estaba
seguro de que no era santo de la devocin de la seora. Y en estas
conversaciones sola embromar lindamente a Tristn con sus nuevos
amigos reprochndole el tiempo que perda. Tristn se defenda alegando
que el trato con la gente de la misma profesin era de absoluta
necesidad para sostenerse y confortarse.

--No lo pienses, querido Pramo, no lo pienses. La unin hace la fuerza
en todas partes menos en el arte. En el arte el aislamiento es el que
hace la fuerza.

Nuestro joven se daba alguna vez cuenta de sta y otras verdades que
Nez le soltaba a quema ropa. En ciertos momentos vea lo estril de
aquellas crticas y lo triste de estar acechando y comentando el trabajo
de los otros descuidando el suyo. Por otra parte, tanto en el caf como
en los saloncillos de los teatros, haba tenido ya ms de un rozamiento,
alguna disputa agria que no haba terminado en el campo del honor por
milagro. Acaso no fuera milagro, sino el temor que inspiraba la misma
violencia de Tristn y su extraordinaria habilidad en la pistola, ya
conocida de algunos. Pero por ms que despreciase en el fondo del alma
aquellas resquemantes tertulias y se propusiera ms de una vez huirlas,
no le era posible. Despus de almorzar, los pies le arrastraban quieras
que no al caf de Fornos y despus de comer hacia el saloncillo del
Espaol o de la Comedia. Para ello a menudo necesitaba despertar a su
joven esposa, que despus de las comidas gozaba en sentarse sobre sus
rodillas y quedar un momento traspuesta con la cabeza apoyada en su
hombro. Crueldad estpida de la cual no se daba bien cuenta. La pobre
Clara senta el corazn apretado cuando su marido por ir a gozar la
compaa de sus amigos la obligaba a levantarse de aquel asiento donde
el amor la clavaba. Si supiera que aquellos amigos por quienes la
abandonaba le aborrecan cordialmente como se aborrecan entre s y
estaban siempre aparejados para inferirle todo el mal que pudieran!

Una de las pocas, casi la nica admiracin que ya le quedaba a Tristn
en literatura era la de Rojas, su maestro y protector. No asista con
puntualidad a sus tertulias nocturnas de los viernes, pero iba de vez en
cuando. Y cuando tropezaba en la calle al clebre poeta, nunca dejaba
de departir con l algunos instantes y sola acompaarle hasta el paraje
adonde se diriga. Adems se complaca en defenderle en todas partes y a
boca llena le apellidaba el primer poeta espaol de su siglo. Un da fue
invitado para la velada que en honor suyo deba celebrarse al da
siguiente en el saln paraninfo de la Universidad. Como admirador, como
discpulo y amigo ntimo, ocup un puesto en primera fila, entre los
alabarderos como l mismo deca riendo a su maestro. Ley ste con su
reconocida maestra, admirada en toda Espaa, lo mejor de su repertorio,
_La oda a Gravina_, _La barca a pique_, _La cita_, _El cndor_ y sobre
todo las _leyendas_, las incomparables _leyendas_. El pblico
electrizado no se hartaba de aplaudir y pedir ms. Mas he aqu que a
Tristn le acomete repentinamente un grande, un inmenso tedio. Toda
aquella poesa qu era en el fondo? Palabritas sonoras enlazadas unas a
otras para halagar el odo. Qu pensamiento, qu emocin se agitaba
debajo de esa brillante cascada? Cierto que las descripciones eran
felices, pero el don de la poesa consiste solamente en describir los
objetos exteriores? El espritu humano no se alimenta de descripciones,
sino de ideas y sentimientos. Todo le pareci pueril, primitivo en
aquella poesa. En una poca de duda, de tristes desengaos como la
nuestra se le debe exigir al poeta que remueva nuestra alma con las
ideas ms caras y tentadoras, que eche alguna vez la sonda en los
grandes misterios que a todos nos fascinan...

Acometiole tedio y tristeza. Miraba a aquel hombrecillo ya caduco con
sus largas melenas grises que haba pasado cincuenta aos describiendo
los ojos de las odaliscas y el galope de los caballos, los rugidos de la
mar, el vuelo de las mariposas. Y _esto_ es un gran poeta?--se
preguntaba con un bufido desdeoso. En un punto pas de la admiracin al
desprecio. Le pareci que caa la venda de sus ojos y se ri de s mismo
que por mucho tiempo haba adorado a aquel idolillo de marfil. Cuando
instado por el pblico Rojas se puso de nuevo a leer _La danza de las
ondinas_ no pudo resistir ms; se alz del asiento y sali a la calle.

Aburrido y encolerizado baj hasta la Puerta del Sol y entr en un caf
a tomar chocolate. Poco despus entr Gustavo Nez con otros amigos,
pero los dej unos instantes y vino a sentarse a su mesa. Bajo la
impresin del cambio brusco de ideas, cuando se haban cruzado algunas
palabras indiferentes, Tristn desahog con el pintor aquel nuevo
desprecio que senta. Pocas cosas en este mundo le quedaban ya por
despreciar. Nez haca tiempo que las despreciaba todas. Escuchole
sorprendido y risueo. En sus ojos verdosos chispeaba una alegra
burlona observando con qu furor Tristn acometa toda la obra literaria
de Rojas. En verdad que no le dej hueso sano. Como si se hallase bajo
el resquemor de un agravio personal se mostr tan excesivo en sus
crticas, tan descompuesto y exasperado que produca un efecto cmico.
Nez solt la carcajada.

--Anda con l, hijo! Chpale la sangre! Arrstrale por las melenas!

Tristn se sinti un poco avergonzado.

--No te imagines que stos son solamente desahogos de caf. Antes de
muchos das pienso publicar un estudio sobre Rojas y se sabr lo que
ahora pienso de su poesa anodina.

--No hars bien--dijo framente Nez.

--Por qu?

--Porque siendo hasta ahora su amigo y admirador se supondr, como es
natural, que habis reido.

--No dir una palabra en desdoro de su persona; al contrario, le tratar
con el mayor miramiento. Pero en cuanto a su obra...!

--Eso es peor, porque entonces se achacar tu ataque a los celos del
oficio.

Tristn levant la cabeza con orgullo.

--Jams he sentido la envidia.

Nez alz los hombros con indiferencia, se qued unos instantes
silencioso y pensativo, y al cabo ponindose en pie para irse repuso en
voz baja:

--La envidia...! La envidia, querido Tristn, es un sentimiento tan
constante en el corazn del hombre que aun los juicios ms exactos, ms
imparciales acerca de nuestros contemporneos cuando no les son
absolutamente favorables se atribuyen a envidia.

Le dio la mano y se despidi.

No hizo caso de la juiciosa advertencia. Pocos das despus apareca en
_El Independiente_ el primer artculo de la serie de tres que dedicaba
al estudio de la obra potica de Rojas. Aunque hizo lo posible por
moderarse y de buena fe pens haberlo logrado, el estudio result un
ataque violento que dej estupefacto al mundo literario. Como lo haba
previsto Nez, levant polvareda y produjo indignacin. Aun los mismos
enemigos de Rojas censuraron con acritud la conducta de Tristn. Al cabo
se trataba de un anciano cubierto de laureles. Nadie menos que l, su
protegido y discpulo, tena derecho a escribir semejantes artculos.
Tales censuras que llegaron pronto a sus odos y que no tard tampoco en
ver estampadas en la prensa le mortificaron enormemente, le pusieron de
un humor endiablado.

No necesitaba de este pequeo tropiezo para vivir malhumorado. La vida
para l era un continuo tropiezo. Donde los dems vean el camino raso y
cmodo, l encontraba una carrera de obstculos. El descuido de un
criado, la informalidad de un amigo, la prdida de cualquier objeto, una
visita pesada, el fro, la lluvia, el sol, todo serva para obscurecerle
y era pretexto para un torrente de amargas reflexiones sobre el
universo, la vida, el destino del hombre, etc., que dejaban atnita a
Clara. Esta padeca bastante del humor ttrico de su marido. Sin
embargo, el misterio adorable que en su ser se efectuaba y el fausto
acontecimiento que esperaba con impaciencia mantenanla en un estado de
embelesamiento y de xtasis del cual no era fcil sacarla.

Un disgusto producido por el temperamento receloso y suspicaz de su
marido vino no obstante a arrancarla de l y desazonarla por algunas
horas. Haba encargado Tristn a un agente privado llamado Samper la
venta de ciertos efectos y la compra de otros. Este agente haba sido en
otro tiempo dependiente de su to y entonces haba hecho amistad con l.
Era hombre afectuoso, trabajador y exacto en el cumplimiento de sus
deberes. Por esto y por la buena amistad que con l mantena sola
encargarle de sus pequeos negocios, cobro de intereses, permutas de
efectos, etc., con preferencia a otros dems posicin y categora. El
asunto de que ahora se trataba era de alguna entidad, ventilndose una
cantidad de treinta mil pesetas aproximadamente. Por la maana le haba
entregado Tristn los ttulos con el objeto de negociarlos en la Bolsa
por la tarde, y quedaron en verse aquella misma noche en el caf a
primera hora para que le diese cuenta de la operacin. Tristn acudi
puntual, pero Samper no pareci por all. Aguardole media hora, una
hora, hora y media. Nada. Entonces acometiole de pronto la sospecha de
que se hubiese fugado con el dinero. Apenas nacida esta sospecha se fue
enseoreando rpidamente de su espritu. Samper no era rico y treinta
mil pesetas pudieran haberle seducido. Aguard todava algn tiempo y al
cabo se lanz a la calle dirigindose a paso largo hacia la casa de
huspedes en que aqul habitaba. En efecto, Samper haba salido aquella
misma noche de Madrid para Santander. Haba llegado turbado a casa
diciendo que tena a su padre muriendo, meti apresuradamente alguna
ropa en la maleta y haba partido. Tristn qued sofocado de
indignacin. Comprendi que todo aquello no era ms que una comedia. Sin
prdida de tiempo se dirigi al Gobierno civil, habl con el secretario
que era su amigo y logr que se pusieran telegramas para que se le
detuviese en el camino.

Al da siguiente supo que se le haba detenido en Palencia y que
regresaba aquella noche conducido por la guardia civil. Pero antes que
llegase recibi el paquete de los nuevos ttulos comprados que le
enviaba un banquero amigo de Samper a quien ste los haba dejado con
tal objeto. Tristn qued estupefacto y aterrado de su precipitacin. No
se atrevi a ir a la estacin a esperarle, pero envi a Garca para que
le diese toda clase de excusas y escribi al mismo tiempo al secretario
del Gobierno hacindole saber lo que haba pasado y lamentndose mucho
de ello. Garca lleg de la estacin plido y tembloroso. La escena que
all se haba desarrollado fue violenta en extremo. Samper, ms
desesperado an por el retraso del viaje que por la vergenza sufrida,
se haba desbordado en palabras de indignacin. Los presentes
compartanla con l y censuraban acremente a Tristn, a quien Garca no
osaba apenas defender. El desgraciado agente, sin ir a su casa, tom
otra vez el tren.

Pocos das despus un hombre enlutado se present en casa de Tristn.
Era Samper. Haba salido aqul y el agente iba a retirarse cuando vio en
el corredor la figura de Clara que se asomaba para ver quin era la
visita.

--Slo vena, seora--le grit desde la puerta--, a dar las gracias a su
marido por el buen concepto que le merezco...

--Ha sido una equivocacin segn creo--respondi Clara toda turbada.

--Yo tambin me he equivocado, seora, porque pens que los sabios como
su marido seran los hombres ms prudentes y los ms delicados.

--Perdone usted... l ha tenido un disgusto bien grande...

--Siento muchsimo habrselo proporcionado--replic Samper con sonrisa
sarcstica--. No deje usted de decrselo de mi parte y de darle las
gracias igualmente por haber impedido que abrazase por ltima vez a mi
padre y le cerrase los ojos...

Aqu la voz se le anud en la garganta al pobre hombre y rompi a
sollozar. Clara, llorando tambin, acudi a consolarle y despus que
parti se sinti indispuesta.




XIV

UN DESCUBRIMIENTO DEL PAISANO BARRAGN


Elena haba logrado tener sus martes. Desde las cuatro reciba en su
lindo _boudoir_ a los amigos y amigas de ms intimidad. Se charlaba, se
rea, se tomaba te, se coman bastantes emparedados y se decan no pocas
tonteras. Hecho lo cual entre siete y ocho de la tarde marchaba
dignamente la elegante sociedad a prepararse con recogimiento para los
emparedados y las tonteras de los mircoles de otra no menos amable
seora. La institucin de estos martes, por venerable que fuese, no
haba encontrado eco simptico en el corazn de Reynoso. No se opuso a
su ereccin porque jams contrariaba los gustos de su esposa, pero se
reservaba el derecho de no contribuir a su esplendor. Pocas veces se le
vea en aquel crculo, y cuando se dejaba ver slo era por cortos
momentos. Formbanlo, en su mayora, las familias de la colonia
veraniega del Escorial que Elena haba tenido ocasin de tratar, pero
tambin acudan otros elegantsimos miembros de la alta sociedad
madrilea que no reparaban en sacrificar para ello algunas horas de su
precioso tiempo.

Aquel da rebosaba de distincin y de elegancia el gabinete y el
saloncito contiguo de la bella esposa de Reynoso. Una duquesa, tres
condesas, una marquesa y dos vizcondesas; adems las de Domnguez y las
de Mnguez, emparentadas con lo ms elevado e inaccesible de la
aristocracia espaola. Araceli estaba en sus glorias. Empezaba a
perdonar a Elena su obscura estirpe en gracia de los muchos ttulos que
ya acudan a sus martes. Adems all celebraba largas e interesantes
conferencias con el primognito del duque del Real-Saludo y Elena
protega sus amores y la duquesa los toleraba. La razn de esto ltimo
consista en que sus principios impedan a la duquesa el estar de
acuerdo con su marido en ningn asunto de este mundo. Erigido en sistema
tan saludable precepto, es preciso confesar que desde su juventud fue un
modelo de consecuencia. El duque por su parte lo fue igualmente toda la
vida de noble terquedad. El matrimonio de Araceli no adelantaba pues un
paso, pero sus amores iban a galope. Por la maana en el balcn, por la
tarde en la Castellana o el Retiro, por la noche en el teatro o en los
saraos los enamorados no se perdan apenas de vista y aun puede decirse
de odo. Pero donde ms se placan por la libertad y confianza que
gozaban era en casa de Reynoso.

Hablaba pues animadamente Araceli con Gonzalito en un rincn; hablaba en
otro con no menor animacin el chico de Domnguez con una de las chicas
de Mnguez; y distribuidas por la estancia en butaquitas y sillas
volantes charlaban las seoras con zumbido de cigarras a la hora de la
siesta. Clara, por instinto, se haba acercado a otra joven seora
tambin encinta y comunicaba con ella sabias y profundas observaciones
acerca del arte de fajar los infantes. Elena, la condesa de Pearrubia y
otra seora se decan ardorosamente los ltimos secretos de la moda.
Tristn bostezaba con la mayor elegancia hojeando un lbum de retratos.
Pero haba all una mam, la seora de Goyeneche, cuya hija alta,
huesuda, era una notabilidad en el piano. Como es natural se la inst,
se la suplic con vehemencia para que hiciese feliz por algunos cortos
instantes a la reunin. La joven se resista con palabras humildes como
todas las notabilidades: Oh, felices! Si yo no hago ms que
cencerrear un poquito...! Tendrn ustedes que taparse los odos. Y
otras frases por el estilo acompaadas de un poquito de rubor que
impresionaba gratamente a los tertulios y les obligaba a redoblar sus
esfuerzos. No obstante, la mam ni aun en broma poda or que su hija
cencerreaba y deca en voz baja que Mr. Lamotte, su profesor, haba
declarado ms de una vez que jams haba tenido una discpula tan
aprovechada.

Al fin se logr que la nia se acercase haciendo contorsiones hasta el
piano.

--Qu toco, mam?--pregunt dulcemente encarndose con la autora de sus
das.

--Toca _Les premieres feuilles du printemps_--respondi la mam con una
pronunciacin que hubiera hecho dar un salto a cualquier parisin.

--No s si me acordar... Hace tanto tiempo que no toco esa pieza!

Mentira! Aquella misma maana la haba tocado dos veces con el
profesor. La mam guard el secreto.

Se puso al cabo a teclear. Los tertulios escucharon dos o tres minutos
con atencin: luego cada cual anud la conversacin interrumpida con su
vecino. De tal suerte que a los cinco minutos nadie escuchaba a la
notable joven ms que su entusiasta mam. Esta, con los ojos fijos en el
suelo, las mejillas encendidas, el espritu recogido, estaba pendiente
de los dedos de su nia como si entre ellos se estuviese ventilando la
salvacin del gnero humano. De vez en cuando Elena suspenda la
conversacin un instante y exclamaba en voz alta:

--Qu hermoso! Qu delicadeza de ejecucin! Es una preciosidad!

Los dems volvan tambin la cabeza y murmuraban: --Precioso!
precioso!

Inmediatamente todos anudaban su cuchicheo interesante, empezando por la
seora de la casa: --El sombrero malva, el vestido malva, la sombrilla
malva, el forro del coche malva...

La pianista animada por los elogios pona el alma y la vida en la
interpretacin de _Les premieres feuilles du printemps_. Pero las nuevas
hojitas primaverales brotaban en medio de una espantosa soledad. Slo la
seora de Goyeneche apreciaba sus matices delicados y su frescura
virginal.

La pieza termin. Transcurrieron unos momentos sin que la reunin
distrada se diese cuenta de ello. En cuanto se comprendi estallaron
los bravos; todo el mundo felicitaba con elogios hiperblicos a la
artista que confusa y ruborizada se agitaba en contorsiones humildes,
mientras su mam embargada por la emocin estaba a punto de romper a
llorar.

Algunos minutos despus, abrumada quiz por el peso de su gloria y
sintiendo generosamente el deseo de compartirla, la pianista pregunt
por qu el seor Aldama no lea alguna de sus hermosas poesas que tanto
renombre le haban dado. Como se trataba de un hermano de los amos de la
casa los dems tambin lo preguntaron. Tristn, que no era aficionado a
esta clase de lecturas domsticas, rehus bruscamente la invitacin. Sin
embargo, la condesa de Pearrubia con un gesto melodramtico le pidi
permiso para recitar ella misma una de sus mejores composiciones, _El
golpe de viento_, que saba de memoria. Tristn se lo otorg con
galantera. La condesa obtuvo un triunfo ruidossimo. Hubo necesidad de
repetir. Entonces el poeta animado por el tufillo de gloria que le
entraba por la nariz se aventur a sacar de la cartera una poesa que
haba terminado el da anterior, aunque adivinase que no era muy a
propsito para ser leda en una reunin mundana.

En efecto, la poesa se titulaba _Mi cadver_. Era una visin fnebre de
lo que sera su cuerpo despus de la muerte. El poeta describa
prolijamente todas las fases de su descomposicin cadavrica con verdad
y relieve admirables. Cmo estarn mis ojos?--se preguntaba. Sus ojos
quedaran opacos, vidriosos y poco a poco se iran poblando de gusanos
que concluiran presto con ellos dejando negras, vacas las rbitas.
Cmo quedara su cabeza? La masa de sus cabellos se ira desprendiendo
de ella cayendo al cabo en el fondo del atad como un montn de
barreduras, la piel se huira dejando al descubierto blanca como la
porcelana la tapa del cerebro. Cmo quedaran sus manos? Ah! sus
pobres dedos, aquellos dedos que tantas veces haban acariciado las
sortijas de tus cabellos de bano, que oprimieron las rosas de tus
mejillas y humildes y temblorosos buscaban los tuyos en la obscuridad,
serviran durante algunos das de festn a una legin de gusanos y
seran pronto objeto de horror aun para ti misma, hermosa, si los
vieses...

La tertulia de Elena qued estupefacta y aterrada. La composicin estaba
escrita con talento y esto mismo la haca an ms aterradora. Muchos se
despidieron inmediatamente; otros quedaron haciendo comentarios en voz
baja, poco halageos para el poeta. Elena, cuyo miedo infantil a la
muerte era proverbial en la familia, se sinti indispuesta a los pocos
momentos. Fue necesario que le diesen algunas cucharadas de azahar y le
hicieran oler el frasco de sales. Al cabo con gesto de indignacin dijo
a su cuada:

--Me alegro, hija, de no hallarme en tu caso, porque si lo estuviera
abortara seguramente.

Cul sera el asombro y el susto que recibi cuando a las dos de la
madrugada vinieron a decirle que Clara estaba con los dolores de parto.
Vistiose apresuradamente diciendo para sus adentros: Estaba previsto!
Cmo no haba de suceder esto despus de haber escuchado aquella poesa
de los gusanos!

Reynoso y ella se trasladaron lo ms pronto que les fue posible a la
calle del Arenal, pero ya llegaron tarde. Clara acababa de dar a luz un
hermoso nio. Elena apenas poda creerlo; tan persuadida estaba de que
su cuada tendra un aborto. Inmediatamente se apoder del infante, y
despus de arreglado convenientemente se lo llev a su padre que
arrellanado en una butaca del despacho estaba comiendo melanclicamente
unas rajas de jamn en dulce. La emocin le haba producido hambre.

--Aqu est el botn de rosa...! Aqu est el tesoro...! Este es el
rey Salomn! Este es el emperador de la China!

Detrs de Elena venan doa Eugenia y Visita, a quienes se haba enviado
aviso, y algunas criadas. Tristn tom a su hijo en las manos y
clavndole una larga mirada de infinita compasin exclam:

--Desdichada criatura condenada a la vida! El Destino me ha elegido a
m como instrumento para drtela. Si as no fuese te pedira perdn por
ello. Qu preferible sera para ti que permanecieras eternamente en los
limbos de la nada! Dentro de pocos das abrirs los ojos, el teln se
alzar y la escena del mundo quedar al descubierto. Sorprendido y
ansioso esperars con impaciencia las bellas, las dulces, las alegres
aventuras como yo las he esperado, como las espera todo el mundo. Pronto
sabrs a tu costa que en este planeta alumbrado por el sol no hay ms
que dolor, trabajo, pesares y miseria.

--Quita all, majadero!--exclam Elena furiosa arrancndole el nio--.
Vaya un modo gracioso que tienes de saludar a tu hijo! No haca falta
ya sino que le leyeses la _Oda de los gusanos_ de esta tarde!

Los dems mostraron tambin en su rostro el mal efecto que les causaba
aquel exabrupto.

--Tienes razn, Elena--repuso el joven engullendo un pedazo de jamn y
aplicando a sus labios la copa de Jerez--. Hay cosas que deben
reservarse. Al enamorado no se le puede decir que la novia es fea aunque
lo sea. Despus de todo tampoco hace falta. La miseria de este mundo es
tan visible que ni aun el que voluntariamente cierra los ojos deja de
percibirla, porque si no la ve la siente.

--Y si hubiera muchos antipticos como t este mundo sera sin duda ms
desgraciado--replic Elena saliendo bruscamente de la estancia con el
nio.

Contra lo que poda presumirse, supuesto el recibimiento que le haba
hecho, Tristn se mostr desde el principio como padre atento y
vigilante hasta caer en lo ridculo. As que su hijo tuvo a bien
presentarse en este mundo de horror y tristeza, se crey en el deber de
hacrselo ms llevadero. El medio ms adecuado para ello pens que sera
comprar los libros recientes que trataban de la higiene y educacin de
los nios. Da y noche se entreg a su lectura con verdadero furor. En
pocos das adquiri una suma increble de conocimientos que puso en
conmocin a todos los criados de la casa. El modo de lactarlo, el modo
de vestirlo, el modo de baarlo, todos los agentes internos y externos a
los cuales pudiera estar expuesto el infante cayeron inmediatamente
bajo la crtica inflexible de su enorme sabidura. Clara, que como buena
y robusta madre criaba a su hijo, estaba sorprendida, pero acataba los
fallos de su marido porque los crea fundados en las prescripciones de
los sabios. Lo peor del caso era que cosa rara! stos no solan estar
conformes en sus mtodos. Un libro afirmaba que a los nios no se les
debe poner ms que vestidos holgados; otro deca que esto es
expuestsimo a las desviaciones de la columna vertebral. Un sabio
aconsejaba que desde los primeros meses se les calzara con zapatos de
suela; otro tronaba contra esta horrible costumbre y vaticinaba
resultados tristsimos si se les aprisionaba los pies. El uno
preconizaba el uso del agua fra en los baos; el otro se revolva
contra este procedimiento y afirmaba con datos estadsticos que el agua
fra aumentaba la mortalidad un treinta y cuatro por ciento, mientras el
uso del agua caliente la rebajaba hasta un veintitrs.

El resultado de esto era que nadie saba a qu atenerse en la casa y
todo el mundo andaba de cabeza. Se le estaba baando unos das en agua
fra; de pronto vena la orden de que se usase el agua caliente. Se le
estaba fajando con una docena de vueltas; cuando menos poda pensarse
quedaba proscrita la faja. Mamaba el infante cada dos horas; pues bien,
un da cambiaba radicalmente el sistema y se le dejaba mamar en cuanto
llorase. Todo a merced del ltimo libro o revista que cayese en las
manos del amo de la casa.

Todava no era esto lo que causaba ms desazn en la familia. Tristn
ley un artculo en que se descubran los abusos infames que las criadas
cometan algunas veces con los nios ms tiernos, unas veces
atormentndoles, otras acaricindoles demasiado. Inmediatamente se puso
a sospechar de cuantos tomaban al nio en las manos, a ejercer una
vigilancia incesante sobre la servidumbre. En cuanto una muchacha coga
el nio, ya estaba su pap con los ojos clavados en ella; la segua a
todas partes, le prohiba tocarle si no fuese por encima de la ropa.
Procuraba tambin ocultarse y hacerles pensar que estaban solas,
espindolas por el quicio de las puertas o presentndose de golpe
cuando menos lo esperaban. Al principio las domsticas no podan
comprender qu significaban aquellos desusados pasos y lo tomaban como
una de sus muchas extravagancias; pero as que lo supieron se mostraron
tan ofendidas que resolvieron marcharse. Slo por los ruegos de Clara, a
quien adoraban, consintieron en quedarse.

Haca ya dos meses que haba nacido el nio y corran los ltimos das
del mes de junio. Una noche, antes de ponerse a comer, cuando an estaba
Tristn en su despacho, entr una doncella a anunciarle que preguntaba
por l aquel caballero que los seoritos llamaban paisano...

--Ah! s, Barragn... Pase usted, Barragn, pase usted--aadi en voz
alta y dando algunos pasos hacia la puerta.

--No; si no ha entrado an, seorito--respondi la criada confusa.

--Cmo que no ha entrado? Le ha dejado usted en la escalera?

Efectivamente le haba dejado en la escalera y con la puerta cerrada.
Cuantas seguridades se haban dado a la servidumbre de que Barragn era
una buena persona y no un malhechor fueron insuficientes a disipar sus
recelos. En el fondo las criadas estaban convencidas de que un da u
otro aquel sujeto jugara una mala partida a sus seoritos.

--Psele inmediatamente y no vuelva usted a hacer eso.

Un instante despus apareca en el despacho el rostro espantable del
paisano Barragn. Lo primero que hizo antes de saludar fue cerrar
cuidadosamente la puerta. Luego, dirigiendo miradas torvas en derredor y
entregndose a una serie de muecas a cual ms odiosa y espeluznante,
avanz cautelosamente hacia Tristn y le puso una mano sobre el hombro.
A pesar de la absoluta conviccin que ste tena de su honradez no pudo
menos de retroceder un paso, dando seales de susto.

--Usted me perdonar, Tristanito, que le moleste un momento. Tengo que
hablarle de algunas cosillas serias.

Barragn era el hombre de los diminutivos.

--Estoy a sus rdenes, amigo Barragn--respondi Tristn completamente
asegurado...--Pero sintese usted.

Barragn se sent y a su lado Tristn. Aqul volvi a pasear una mirada
salvaje por la estancia y sonriendo ferozmente pregunt con la mayor
finura:

--Cmo est usted, Tristanito? Bien, eh? Y Clarita? y el nio? Me
alegro, me alegro muchsimo.

Una vez enterado de la salud de todos pens Tristn que el paisano
pasara a explicarle el asunto serio que all le traa. Pero no fue as.
Lo nico que hizo fue mirarle durante largo rato fijamente como si
tratase de inquirir si efectivamente se hallaba bien de salud o es que
le ocultaba alguna secreta dolencia.

--Conque bien, Tristanito? bien de verdad, eh?

Tristn un poco impaciente le asegur que nada le dola. Pero disipadas
estas dudas parece que renacieron ms vivas las referentes a la salud de
Clara. Hubo necesidad de asegurarle igualmente que la joven madre jams
se haba sentido ms vigorosa. Y el nio? Cmo segua el pobrecito?
Inmediatamente el paisano se puso a disertar sobre el tiempo y a hacer
comparaciones geogrficas entre Espaa y Guatemala, y dando un salto
despus lleg hasta Mjico y habl de los gauchos y de las vacas
salvajes y de las diligencias donde los viajeros iban pertrechados de
todas armas y de los asaltos de los bandidos, etc. En fin, despus de un
largo rato de vagar por aquellos lejanos pases se levant de la silla y
se dispuso a marcharse. No quera estorbar; sin duda iran a comer...
Tristn asombrado tambin se levant del asiento y le acompa hasta la
puerta del despacho, pero una vez all no pudo menos de decirle:

--Se ha olvidado usted de que tena que hablarme de cierto asunto?

Barragn se puso un poco plido, y como si le hubiesen aplicado en los
riones una fuerte corriente elctrica, agitado y convulso comenz a dar
vueltas por la estancia mientras Tristn le contemplaba presa de la
mayor estupefaccin. Al cabo parndose delante de l le dijo:

--Sintese usted, Tristanito, sintese usted... Voy a hablarle... pero
me permitir que no me siente... No puedo; me encuentro alterado,
completamente alterado.

--Quiere usted una taza de tila?--pregunt Tristn sonriendo
interiormente de ofrecer tila a aquel monstruo.

--No, seor, muchas gracias; slo le pido que me permita estar de pie y
dar algunos paseos...

--Pasee usted cuanto quiera, amigo Barragn--repuso Tristn mirndole
con curiosidad.

Pero con gran sorpresa suya en vez de hacer uso de esta facultad el
paisano se dej caer como un plomo sobre el divn, sac el pauelo y se
lo llev a la frente empapada de sudor.

--Es tan triste! Es tan triste!--murmur con abatimiento.

--Ha tenido usted algn disgusto, verdad? Oh! la vida es una cadena
que no se compone de otros eslabones--dijo Tristn con filosfica
conmiseracin que ocultaba una positiva indiferencia.

--S; un disgusto bien grande... Pero an siento ms el que va usted a
tener.

Tristn dio un salto en la butaca a pesar de su metafsica resignacin.

--Cmo? Cmo? Qu es ello? Qu disgusto voy a tener?

--Es una desgracia, es una verdadera desgracia!--murmur con ms
abatimiento an Barragn.

--Qu desgracia es esa? Qu ha pasado?--profiri el joven en el colmo
de la impaciencia.

Barragn, que pareca ms inclinado a las vagas lamentaciones que a las
confidencias, repiti cada vez con acento ms desolado:

--Qu tristeza! Qu tristeza!

--Pero vamos a ver... hable usted!--profiri el joven exasperado
sacudindole por el hombro.

--Clmese usted, Tristanito! Le aconsejo a usted que tenga calma en
estas circunstancias.

No hay consejo menos calmante que el de la calma. Tristn, ya fuera de
s, comenz a patear con furor, soltando al mismo tiempo una serie de
interjecciones bien enrgicas.

--Quiere usted hablar o no? Maldita sea mi suerte!

--All voy... Ya sabe usted, Tristanito, que a m no me gusta pasearme
por las calles y que muchos das monto a caballo y me salgo por las
afueras.

--S, s, ya lo s. Adelante!

--Y que suelo comer donde me pilla... a lo mejor en cualquier taberna...
Creo que con eso no ofendo a nadie y que usted no me despreciar,
verdad, seor Aldama?

--Ni ms ni menos. Adelante!

--Pues haba ido esta tarde hasta Vallecas y a la vuelta entr en una
taberna del camino, y como tena hambre, mand que me frieran unos
huevitos y me guisasen un pisto. Es admirable cmo guisa los pistos la
ta Bibiana del Puente de Vallecas. No deje usted de probarlo si algn
da llega hasta all...

--Lo probar...! Adelante!

--Pues como le digo, estaba comiendo, no en la taberna precisamente,
sino en una piececita contigua donde suelen servir a los parroquianos
que quieren estar solos. Esta habitacin tiene una ventanilla al camino,
y por ella vi que se detena un coche de punto frente a la taberna y que
bajaba de l ese pintor amiguito de usted...

--Nez?

--S, seor. Entr en la taberna y le vi que peda un vaso de agua para
una seora que quedaba en el coche. La chica de la ta Bibiana quiso
salir para servrselo, pero no lo consinti y l mismo fue a llevrselo.
Yo haba notado al travs de los visillos que la seora procuraba
ocultarse retirndose hacia el fondo del carruaje y esto despert un
poquito mi curiosidad. As que con disimulo alc un si es no es el
visillo, apliqu el ojo, y cuando la seora se inclin para tomar el
vaso de agua qued asustado viendo que era Elenita.

--Cmo? Qu est usted diciendo? Mi cuada Elena?

--La misma, Tristanito, la misma.

--No puede ser!

--Le digo que la he visto tan bien como le estoy viendo a usted ahora.

--Y no pudo usted haberse equivocado? Que fuese una mujer parecida?

--Le repito que estoy bien seguro de ello. Ya se har usted cargo del
disgustillo que habr tenido. Con decirle que no pude probar otro bocado
est dicho todo. All se qued el pisto de la ta Bibiana sin que lo
tocase. Yo quiero a Germn como si fuese mi hermano y le digo a usted en
conciencia, Tristanito, que hubiera preferido perder cuatro mil pesetas
a saber lo que he sabido. Me vine a casa y no pude parar en ella. Hace
dos horas que ando dando vueltas por las calles y tantas cosas he
pensado que tengo la cabeza como un volcn...

No haba ms que mirarle para cerciorarse de la verdad. Sus ojos
sanguinolentos semejaban lava encendida: la boca un negro, espantoso
crter.

Tristn qued unos momentos pensativo y luego ponindole una mano sobre
el hombro le pregunt:

--Ha dicho usted una palabra de esto a alguien?

--La primera persona con quien hablo desde el suceso es usted.

--Pues bien, le invito, le exijo por el inters de toda la familia que
guarde usted absoluto silencio sobre lo que ha visto... o cree haber
visto.

--Lo guardar, Tristanito, lo guardar.

--Ya pensaremos lo que se ha de hacer. Pero entre tanto, le repito,
silencio, mucho silencio!

Luego se puso a dar paseos por la estancia sin decir palabra, como si
Barragn no estuviese all. Este comprendi que estorbaba y se despidi,
anunciando otra vez, ms que con palabras por medio de signos
desesperados, que si haba hombre en el mundo que semejase un sepulcro
ese hombre era l, el paisano Barragn.

Cuando qued solo Tristn sigui paseando absorto en profunda
meditacin. Y pensando, pensando, result que a los pocos minutos
adquiri el convencimiento de que Barragn haba visto visiones. No
tena nada de extrao. Como era hombre tan poco acostumbrado a vivir
entre damas ni aun entre personas civilizadas, bastaba cualquier
semejanza de rostro o de _toilette_ para que el infeliz se confundiese.
Ni en el carcter de Elena ni menos en el de Nez entraba semejante
ruindad. Adems, caso de que fuesen amantes no era verosmil que
cometiesen la imprudencia de exhibirse paseando en coche por las
cercanas de Madrid. El pobre Barragn...!

Y bien tranquilo, con la sonrisa en los labios se dirigi al comedor,
donde ya le esperaba Clara. No pudo resistir a la tentacin y dio cuenta
a sta de la conversacin que acababa de tener con el paisano en tono de
broma y haciendo comentarios humorsticos como quien est bien seguro de
lo disparatado del asunto. Clara se puso plida, luego roja como una
brasa, y renunci a comer por el momento dando seales de profundo
abatimiento. Tristn se manifest sorprendido de aquella emocin y se
esforz en calmarla adoptando cada vez un continente ms tranquilo.
Llovieron sobre la atribulada joven multitud de reflexiones, unas
serias, otras jocosas. No saba que Barragn era un hombre primitivo y
selvtico para quien todas las seoras eran una misma seora como para
los nios su pap todos los caballeros que encuentran en la calle? Esto
en cuanto a la explicacin material del suceso. En cuanto a la moral no
haba motivo alguno para dudar de la fidelidad de Elena, cuyo carcter
inocente y afectuoso ella poda conocer mejor que nadie. Y por parte de
Nez bien poda estar segura de que era incapaz de faltar a las leyes
de la caballerosidad. Gustavo tena un temperamento burln, le gustaba
pasar por escptico y original, pero en el fondo era el honor y la
rectitud personificados.

Clara levant hacia l una mirada donde se lea el asombro. Y realmente
era asombroso que aquel hombre que de todo el mundo recelaba slo en
Nez tena completa confianza.

Por lo dems l era ya hermano de Germn y le interesaba tanto su honor
como a ella misma. Era ofenderle el suponer que si aquella especie de
Barragn tuviera asomo de fundamento no le ofendera gravemente y no se
arrojara inmediatamente a poner remedio. Esta ltima observacin
impresion un poco a Clara, si no la tranquiliz por completo.

Tristn se levant de la mesa, encendi un cigarro puro, jug un momento
con el nio y sali a la calle en la misma actitud que todas las noches.
Sin embargo, en el fondo de su alma aunque no quisiera confesarlo haba
una leve preocupacin, algo que le escoca. Este escozor fue el que le
oblig a encaminar sus pasos al Ateneo en vez del caf de Fornos. Un
clebre crtico de arte estaba dando en aquel centro unas conferencias
acerca del pintor Velzquez. Le tocaba la segunda aquella noche, y
aunque l no haba asistido a la primera porque desde haca algn tiempo
le interesaban ms los donaires y murmuraciones del caf que las
disquisiciones estticas, saba perfectamente que Nez no dejara de
estar all y a todo trance quera verle. En efecto, a los pocos pasos
que dio por el espacioso corredor donde se amontonaban los socios en
espera del aviso de la conferencia vio a su amigo en el centro de un
grupo de artistas, sorprendindoles y hacindoles rer como siempre con
sus paradojas. Tristn se dirigi a este grupo, terci en la
conversacin y en cuanto le fue posible se arregl para sacar a Gustavo
de all y llevarle hacia un rincn donde haba dos mecedoras. Ambos se
sentaron uno frente a otro. Hablaron unos instantes de asuntos
indiferentes. De pronto Tristn afectando una risita irnica:

--A que no sabes, Gustavo, dnde te han visto hoy?

--Seguramente en ningn sitio donde no haya estado--repuso el pintor con
su habitual displicencia.

--Has estado en una taberna del Puente de Vallecas?--replic Tristn
sin abandonar la sonrisa, pero mirndole con atencin intensa a la cara.

Ni un pliegue de sta se descompuso, ni el ms ligero cambio en su
color, ni una rfaga de sorpresa por los ojos. Slo en las manos hubo un
leve temblor que no lleg a percibir Tristn.

--Has estado t?

-No; Barragn es el que ha estado y pretende haberte visto nada menos
que servir un vaso de agua a mi cuada Elena que habas dejado en el
coche.

Nada, ni un imperceptible signo de confusin o de sorpresa. La ms
completa, la ms absoluta tranquilidad. Hubo una pausa. Nez dio un
prolongado chupetn al cigarro, sacudi la ceniza con el dedo meique.

--Barragn ha visto o ha olido a tu cuada?--pregunt al cabo con
afectada indiferencia.

--Dice haberla visto cuando se inclin para tomar el vaso--replic
Tristn sin perderle de vista.

--Oh! entonces no hay cuidado. El sentido infalible en los hombres como
Barragn es el olfato... Al menos eso dicen todos los viajeros y
naturalistas.

--Desde luego he pensado que ha sido una equivocacin muy explicable en
quien no ha frecuentado toda su vida ms sociedad que la de los
gauchos...

Despus de estas palabras Tristn pens que su amigo iba a manifestar de
una vez si haba estado o no en la taberna y en caso afirmativo dar una
explicacin. Pero no fue as. Nez adopt un continente ms glacial an
que de costumbre y empez a columpiarse suavemente chupando el cigarro
por intervalos y mirando al techo. Aunque no creyese ni ms ni menos en
la aventura, a Tristn le irrit un poco tanta displicencia. Fingiendo,
sin embargo, alegre desembarazo le dijo al cabo ponindole una mano
sobre la rodilla:

--Vamos a ver, quin era la incgnita, Gustavo?

--Qu te importa?

--Una duquesa?

--Lo es a ratos solamente--repuso el pintor sin poder reprimir la risa.

--No necesito ms! La Trini!--exclam Tristn riendo tambin; luego
aadi bajando la voz--: Efectivamente... rubia con ojos negros... no es
extraa la equivocacin.

--No digas sandeces, Tristn! Si tu cuada te oyese te arrancara los
ojos. Confundir una madonna de Rafael, una estatua de Praxteles con
esa moza de cntaro! Y a propsito, te pega mucho Clara?

--Todava no!--exclam el poeta riendo.

--Efectivamente an no te he visto con la cara hinchada... Pero no te
descuides!

Todava charlaron unos momentos embromndose mutuamente cuando se oy el
grito del conserje--: Conferencia del seor Jimnez... Conferencia del
seor Jimnez.

--Vamos a or a Jimnez--dijo Nez alzndose de la mecedora.

Sin embargo, Tristn todava senta un vago malestar en su espritu. Al
tiempo de avanzar hacia la ctedra cogidos del brazo dijo a su amigo,
mitad en serio mitad en broma:

--Conste, querido, que la equivocacin de ese bruto me ha dejado
completamente fro. Te he considerado siempre como una buena persona y
tengo absoluta confianza en tu fidelidad.

--Haces mal--repuso Nez gravemente--. Yo soy un hombre lleno de
virtudes como todo el mundo sabe, pero el da en que tu cuada me haga
una sea estoy dispuesto a arrojarlas todas por la ventana.

Tristn ri de buen grado y las ltimas sombras de duda se disiparon.

Cuando termin la conferencia y salieron a los corredores el pintor se
junt a sus amigos dejando a Tristn sin ceremonia. Este vag todava un
rato de grupo en grupo escuchando comentarios. Tena ganas de irse, pero
haba visto en un corro cerca de la puerta a su antiguo maestro y ex
amigo Rojas. Desde la publicacin de los artculos haba evitado
cuidadosamente el tropezar con l y por no pasar cerca se estuvo quieto.
En el amplio corredor iluminado resonaban cada vez ms altas las voces
de los socios. Haba risas, violentas discusiones, ensayos vergonzantes
de discursos. En un grupo se discuta el pantesmo, en otro la necesidad
de rebajar el presupuesto de marina; ms all se narraba una aventura
escandalosa, mientras cerca comentaban unos seores la ltima encclica
de Su Santidad.

--Curioso! curioso! curio-s-si-mo!

En el centro de un grupo tronaba y relampagueaba el ilustre Pareja.

--Porque yo en mis modestsimos estudios he aprendido... Reconozco en
usted, amigo Valleumbroso, la psicosis epileptoides del genio...

--Muchas gracias--deca el mosquito lrico ruborizndose--. Me favorece
usted demasiado...

--Nada, nada: es justicia seca. Esa instabilidad en sus estudios, esa
originalidad excesiva en el absurdo, ese agotamiento de que usted se
queja a menudo son los estigmas reconocidos del genio...

--Muchas gracias, muchas gracias--balbuceaba el mosquito.

--Pero el seor Valleumbroso no padece convulsiones, y segn me han
dicho, los genios...--apunt tmidamente uno de los admiradores que
rodeaban a Pareja.

Este sonri de un modo tan suficiente que tal sonrisa bastara por si
sola para reducir a ceniza cualquier argumento por poderoso que fuese.
Hay que imaginar cmo quedara cuando el ilustre Pareja manifest
agitando su brazo derecho y haciendo imprimir a las faldas de su levita
un principio de movimiento rotativo:

--Porque la forma clnica aplicable al seor Valleumbroso no es la de
los caracteres bien conocidos de convulsibilidad, prdida de conciencia,
etc. Pero, amigo Rodrguez, hay otra--hay otra!--. Esta forma, ms o
menos larvada, ms o menos esfumada, escapa a la investigacin de los
espritus superficiales, pero no a los temperamentos reflexivos.
Estamos, amigo Rodrguez? Estamos?

El pobre Rodrguez se encogi, se encogi hasta quedar convertido en un
trapo.

--Hay en Valleumbroso--prosigui el sabio con voz resonante--una
preocupacin de la personalidad propia, que es uno de los caracteres
tpicos de la forma clnica genial. No es verdad, amigo
Valleumbroso?--aadi ponindole con proteccin una mano sobre el
hombro--no es verdad que vive usted excesivamente preocupado de s
mismo?

El autor de los _Ptalos al aire_ comenz a tragar saliva como si algo
le estorbase en la garganta. Era duro afirmar su vanidad; pero como de
no hacerlo se le escapaba uno de los caracteres tpicos del genio
concluy por estar conforme con que jams pensaba en otra cosa ms que
en s mismo. Y ruborizndose an ms de lo que estaba aadi en voz
baja dirigindose a Rodrguez:

--Cuando nio me ha dicho mi mam que he padecido convulsiones.

--Lo ven ustedes!--exclam Pareja en alta voz.

Y henchido de entusiasmo dio una vuelta en redondo y su levita flot
como las alas de una mariposa.

--Sera acaso por la alfereca--murmur el recalcitrante Rodrguez.

--Qu alfereca, seor mo, ni qu calabazas!--grit el ilustre
Pareja--. Eso no es ms que un efecto de la ley binomial, segn la cual
ningn fenmeno se produce aislado. Esas convulsiones infantiles eran la
voz de la naturaleza que anunciaba ya la aparicin de un genio. Yo tengo
la seguridad de que cuando Valleumbroso compone sus poesas el acceso
creador se manifiesta siempre en l instantneo, inconsciente y con
intermitencias. Verdad, amigo Valleumbroso? verdad que padece usted
intermitencias?

--Oh, muchsimas!

--No era posible otra cosa. La ciencia slo consiste en descubrir las
leyes eternas de la naturaleza. Cesaron las convulsiones, pero vino como
compensacin fatal, como equivalente psquico la creacin genial. O lo
que es igual, Valleumbroso ya no es un convulsivo, pero sigue siendo un
epilptico en el momento que siente el estro creador. Si usted me lo
permitiese, querido Valleumbroso, yo quisiera una vez estar a su lado en
el instante de componer para hacer sobre usted algunas experiencias
cientficas.

--Cuando usted guste--replic el mosquito, rojo de placer.

--Tengo la seguridad de encontrar la insensibilidad dolorfica en mayor
o menor grado y la irregularidad del pulso engendrada por el impulso
convulsivo de las arterias...

Tristn que se haba parado un instante a escuchar, sinti un
estremecimiento de ira. Y rechinando los dientes murmur: Imbciles!

Se alej de aquel interesante grupo dispuesto a salir a la calle aunque
tuviese que pasar por delante de Rojas. Felizmente ste ya no estaba
all. Sali, pues, confiado del corredor, pero al pasar por el vestbulo
sala el anciano poeta del guardarropa donde acababa de ponerse el
abrigo. Se encontraron de frente. Tristn tuvo un instante de
vacilacin. Al cabo baj los ojos y trat de ganar la puerta sin
saludar. Rojas no le dej:

--Buenas noches, Aldama. Por qu no quiere usted saludarme? Teme usted
los reproches de su vctima?

--Mi vctima!--exclam el joven visiblemente confuso--. Oh no, don
Luis! Yo no hago vctimas de tal categora!

--Djeme sorprenderme, amigo mo, al saber que conservo an alguna
categora. Yo pensaba que despus de sus artculos ya no quedaban del
poeta Rojas ni los huesos, que estaba no slo enterrado, sino
putrefacto.

La sonrisa con que el anciano vate acompa estas palabras hiri a
Tristn como un latigazo.

--Carezco del poder de enterrar a nadie porque no soy
sepulturero--repuso en tono algo desabrido--. Me he limitado siempre a
expresar con toda franqueza mi opinin sin cuidarme de saber a quin
exalt o a quin deprimi esa opinin, ya que no versa jams sobre
asuntos que ataen a la honra.

--Est usted seguro de que siempre ha expresado con franqueza su
opinin?

--El dudarlo es una ofensa.

--Tambin cuando afirmaba usted que yo era el primer poeta espaol no
slo de los tiempos modernos, sino tambin de los antiguos?

--Entonces lo crea.

--Usted lo crea: yo no. En cambio yo pensaba que era posible ganar el
corazn de un joven dedicndole un cario apasionado, alentando y
protegiendo sus esperanzas; crea que el afecto desinteresado de los
viejos deba engendrar el respeto y consideracin de los jvenes. Eso no
lo crea usted.

--La cualidad que ms he estimado siempre en los hombres y por tanto en
m mismo es la sinceridad. Si usted imagina que pudiera enajenar tesoro
de tal vala a cambio de favores literarios, vive usted en un error. Me
considero no slo con el derecho, sino tambin con el deber de decir
claramente lo que siento acerca del arte y de los artistas.

Rojas sonri, guard silencio unos instantes y al cabo dijo:

--A un general se le confa la direccin de una campaa. Este general
combina su plan estratgico y el enemigo le derrota. Una casa de
comercio entrega poderes a un empleado para la gerencia de sus negocios
y la casa experimenta graves prdidas. El general y el gerente son
hombres muy sinceros, no hay que dudarlo, pero ni la nacin ni la
sociedad depositarn ya en ellos jams su confianza. No teme usted,
amigo Aldama, que el pblico haga con usted lo mismo?

--Eso no es cuenta de usted, don Luis, ni debe preocuparle--replic
Tristn con mal disimulada irritacin--. Si el pblico no acepta mis
juicios, yo sufrir las consecuencias de su desvo.

--Est usted bien pagado, hijo mo, de sus juicios.

--Cada uno lo est de sus propias obras por poco que valgan.

--Las hay que lo merecen y las hay tambin que merecen ser despreciadas
por su mismo autor.

--Comprendo, don Luis, que usted se halle bien ufano de las suyas, pero
por qu no quiere usted dejar a los dems la ilusin de que no escriben
cosas despreciables?

--He sido el primero en apreciar y elogiar las suyas, pero no puedo
hacer el mismo caso de una obra realmente literaria escrita con la
frescura de una imaginacin juvenil que de un ataque injustificado y
violento inspirado por la musa del tedio y fraguado por la de la
hipocondra.

--Ese juicio tan severo no estar inspirado ahora por la del despecho?

El anciano vate le mir fijamente a los ojos durante unos momentos;
luego alzando los hombros replic suavemente:

--Me encuentro en una edad, seor Aldama, en que las rosas y los
laureles que la benevolencia del pblico acumul sobre mis sienes
quieren escaparse de ellas temiendo la obscuridad de la tumba. El
barquero fatal me hace ya seas: las potencias celestes me invitan a
desprenderme de todo humano cuidado. He llegado al fin de mi carrera y
puede usted creerme que los aplausos de los hombres no me embriagan,
porque apetezco ya los de los ngeles. Si aqullos me alegrasen podra
morir tranquilo, porque no est en el poder de usted ni en el de ningn
critico el arrebatrmelos. El pueblo olvida fcilmente a los ricos, a
los guerreros, a los hombres de Estado, pero recuerda siempre con amor
al artista que una vez le proporcion algunos instantes de alegra
espiritual. Aunque todos los crticos de Espaa se armasen hoy para
arrancarme de la cabeza la corona y de los hombros la prpura, maana al
salir a la calle las miradas de los hombres me saludaran como a un rey.
Perdneme usted este rasgo de orgullo pstumo. Hoy ya no lo siento, y
porque no lo siento puedo decirle, amigo Aldama, que por encima de la
gloria literaria, por encima de toda gloria humana, hay algo que los
hombres deben respetar, y cuando no lo respetan dejan de ser hombres.
Quede usted con Dios.




XV

EL PAISANO BARRAGN COMERCIA CON LOS ESPRITUS Y LUEGO CON LOS CUERPOS


Hay Dios o no hay Dios? Si lo hay dnde est? Si no lo hay quin hizo
este mundo? Morimos para siempre o resucitamos despus en otra vida?
Por qu nacemos? por qu morimos? Qu es el cielo? qu es el
infierno? Tales eran las graves cuestiones metafsicas que se agitaban
incesantemente en el cerebro tenebroso del paisano Barragn. La misa
nupcial de Clara y Tristn habalas despertado y desde entonces nuestro
indiano ni haba podido darles solucin (cosa rara!), ni haba logrado
sosegar. Se puede decir que apenas viva ya para otra cosa que para
pensar en ellas, salvo el cortar puntualmente el cupn de sus ttulos y
comer algn guisado en el Puente de Vallecas o en los Cuatro Caminos.
Doa Mnica, la patrona que le tena alojado por la mdica cantidad de
tres pesetas cincuenta cntimos diarios en un cuarto de la calle de las
Hileras, le aconsejaba prudentemente que no hiciese caso y comiese,
pero l no poda seguir este consejo prosaico al menos en su primera
parte. En lo que a la nutricin se refera acaso lo siguiera ms
decididamente si doa Mnica al cabo de sus aos hubiera adquirido la
costumbre de poner los garbanzos ms blandos.

--Es terrible, es terrible pensar--deca Barragn engullndolos con la
dificultad que debe suponerse--, es terrible pensar, doa Mnica, que
cuando nos muramos quede tanto de nosotros como de las mulas del
tranva, aunque sea mala comparacin.

--Y si usted se entristece por qu piensa en ello? Lo mejor es pensar
siempre en cosas alegres, en los teatros, en los toros, en las sesiones
del Congreso... Ay!, yo me muero por las sesiones del Congreso. Es cosa
que enamora ver a aquellos seores que hablan tan bien y sin
equivocarse. Unas veces se enfadan y echan fuego por los ojos como si
les hubiesen quitado la cartera, otras lo toman a broma y hacen
desternillarse de risa a todo el mundo. Sobre todo cuando se llevan la
mano al corazn y mueven la cabeza a un lado y a otro y les tiembla la
voz, le digo a usted seor de Barragn que es cosa de comrselos. En
vida de mi difunto no perda una sesin, porque era primo hermano del
portero mayor; pero ahora ya ve usted... las cosas han cambiado, y los
parientes gracias que le saluden a uno en la calle. Vaya usted, vaya
usted, seor de Barragn, porque le digo a usted que si all no se cura
la ictericia en ninguna parte se la curar usted.

--Seora, yo no padezco de ictericia ni me duele nada--repuso gravemente
Barragn--. Lo nico que tengo es que quisiera saber... vamos, quisiera
saber si hay algo o no hay nada...

--Para usted hay bastante. No es usted un hombre rico? Pues para qu
quiere lo que tiene? Coma, beba, triunfe y rase de la muerte.

El semblante de Barragn se obscureci. Cualquier alusin a su dinero le
crispaba como si temiese que inmediatamente le pidiesen algo.

--Por dnde sabe usted que yo soy rico?

La fealdad de su rostro era tal cuando formul esta pregunta, que doa
Mnica no pudo menos de apartar los ojos con horror. Sin embargo, saba
a qu atenerse sobre su carcter y le apreciaba tanto que tena
confianza bastante para no barrerle el cuarto hasta las cuatro de la
tarde y llevarle el chocolate quemado dos o tres veces por semana.
Buena diferencia con Freire el husped de la sala! Este que era un
hombrecillo, flaco, rasurado, de aspecto tmido e inofensivo, empleado
en el Tribunal de Cuentas, guardaba bajo capa de cordero un corazn de
lobo. Jams se vio un nombre ms exigente para las patatas fritas y el
chocolate. Doa Mnica temblaba en su presencia como la hoja de un
rbol. Como ocupaba la mejor habitacin de la casa y pagaba cinco
pesetas, se crea con derecho a mantenerse constantemente en una actitud
rgida. No slo doa Mnica y la domstica, sino tambin los otros
huspedes sentan el peso de su autoridad inflexible. Ser aventurado
el suponer que Freire en el fondo del alma despreciaba a sus compaeros?
Por el momento no tena otro que Barragn, porque don Matas, el
capelln castrense que ocupaba el gabinete, se haba marchado con el
regimiento a Valladolid. Sobre Barragn, pues, solamente caan los
desdenes y vejmenes del empleado del Tribunal de Cuentas. En la mesa le
llevaba la contraria constantemente. No poda nuestro indiano emitir un
concepto cualquiera, por sensato que fuese, sin que Freire dejase
escapar una risita maligna o se llevase el dedo a la frente como si
quisiera indicar que el paisano Barragn careca de sustancia gris en la
masa enceflica. Le hablaba siempre en tono protector o despreciativo,
apenas contestaba a su saludo cuando le daba los buenos das por la
maana y se rea en presencia de doa Mnica y la criada de sus luengas
barbas. Aqu estaba el toque probablemente de su furiosa antipata. Las
barbas de Barragn crispaban al tirano y ms de una vez haba amenazado
con ir a cortrselas por la noche mientras durmiese. Adems tena la fea
costumbre de servirse primero siempre y servirse lo mejor. No pocas
veces le qued slo al paisano la salsa y algunas patatas del escaso
guisado de carne que doa Mnica les ofreca. Barragn era hombre sobrio
y no se enfadaba demasiado por estas impertinencias. Sola vengarse de
ellas en el queso, con harto sentimiento de aquella seora.

Pero cuanto ms comedido se mostraba el indiano, tanto ms insolente se
iba haciendo el empleado del Tribunal de Cuentas. Sobre todo desde que
Barragn se autoriz de sobremesa el dudar de la capacidad financiera de
Juan Bautista Trpita que haba sido el protector del empleado en su
juventud la rabia de ste ya no tuvo lmites. Y cierto da en uno de sus
accesos colricos motivado porque Barragn se haba atrevido a leer _El
Imparcial_ antes que la criada se lo llevase a l plante repentinamente
la cuestin de confianza.

--Est visto, doa Mnica, est visto: Barragn y yo no podemos vivir
bajo un mismo techo. Uno de los dos tiene que salir de esta casa. Elija
usted.

Doa Mnica, sorprendida y confusa, no supo qu responder.

--Vamos, decdase usted, seora. O uno u otro!

La patrona vacil unos instantes, dirigi una mirada compasiva a
Barragn que inmvil, con el tenedor suspendido sobre el plato miraba
estupefacto al empleado, y profiri con trabajo:

--Pues bien, seor de Freire, si he de decirle la verdad... prefiero que
se quede el seor de Barragn.

Lo mismo ste que doa Mnica esperaban una terrible explosin de
clera. Nada de eso acaeci. Freire, con la mayor alegra pintada en el
rostro, mir unos instantes al indiano en silencio y luego echndose
hacia atrs en la silla exclam:

--Qu le ha hecho usted, amigo Barragn, qu le ha hecho usted a doa
Mnica para que as le quiera?

Naturalmente, la digna seora sintiose herida por esta pregunta grosera
y as lo hizo entender inmediatamente dirigiendo a Freire las miradas
ms furiosas y despreciativas de su repertorio. En cuanto a Barragn
pareca no comprender nada de todo aquello. Desde entonces la alegra de
Freire fue en aumento cada vez que se sentaba a la mesa con Barragn. En
cuanto apareca por all doa Mnica se pona a hacer guios a aqul con
tan poco disimulo, acompandolos de una tosecilla tan falsa y burlona,
que la buena seora enrojeca de indignacin, y tanto lleg a irritarse
que, aun perdiendo las cinco pesetas cada da, pens en arrojar a aquel
insolente de su casa.

Los pensamientos de Barragn eran ms altos, como ya sabemos. Estas
minucias domsticas no lograban detener el torrente de sus meditaciones
ultramundanas. En el recinto domstico no daba cuenta de ellas a nadie,
porque doa Mnica no pareca interesarse, y en cuanto a Freire, una vez
que le comunic tmidamente algunas de sus lucubraciones filosficas
hizo indigna chacota de ellas y le pregunt si pensaba solicitar la
ctedra de metafsica de la Universidad Central que estaba vacante. Pero
en cuanto pona el pie en la calle se placa extremadamente en
comunicarlas y consultarlas con cuantas personas se le acercasen. No
slo con sus amigos, sino tambin con sus conocimientos eventuales, con
los comerciantes a quienes compraba algo, con los acomodadores de los
teatros, con el camarero que le serva en el caf, en todas partes
dejaba escapar el flujo de sus dudas crueles, esperando siempre que
alguno le pusiese en camino de descifrar el terrible misterio. Haba un
zapatero en la calle de Carretas atormentado tambin de la necesidad
metafsica con quien echaba largos prrafos. Este honrado industrial
haba ledo la Biblia y el tratado de la Razn de don Pedro Mata, un
tomo de la historia de Espaa de Lafuente y varios folletos de Buckner,
_Qu somos? Adnde vamos?_ etc. Era hombre ingenioso, afluente,
profundo. Barragn le admiraba. Sin embargo, la mayor parte de las veces
no lograba penetrar el recndito sentido de sus razonamientos, quiz
porque como nefito no estaba al tanto del tecnicismo filosfico usado
en las escuelas.

Por esta razn su confidente ms asiduo no era el zapatero, sino un
guarda del Retiro. Este le instrua como un maestro de la escuela
peripattica paseando bajo las amplias avenidas de olmos. Era un
espritu prudente, metdico, frtil en recursos para explicar el origen
y el fin de las cosas, y proceda casi siempre en sus disquisiciones por
medio de smiles que extraa del reino vegetal y alguna rara vez tambin
del animal. Sentase inclinado a creer en la metempsicosis y era capaz
de fumarse en media hora una cajetilla de treinta y cinco si Barragn se
la hubiera dado, que no se la daba. Sin embargo, cada leccin poda
costarle bien de tres a cuatro cigarrillos.

Por fin Barragn cay en el espiritismo. El camarero del caf le
descubri que su amo era poseedor de una mesa giratoria por medio de la
cual consultaba con los espritus cuanto quera. Bast esto para que el
paisano ardiese en deseos de conferenciar con el cafetero y asistir a
alguna de aquellas sesiones maravillosas. Realizse este deseo y desde
entonces qued absolutamente convencido de que haba resuelto el gran
problema de la vida futura. Busc en el barrio de Chamber un carpintero
que por poco precio le fabric otra mesa giratoria semejante a la del
cafetero, y as que la tuvo en su poder ya no dej en paz a ninguno de
sus amigos difuntos. Generalmente era en las altas horas de la noche
cuando stos se vean obligados a venir a conferenciar con l; pero
tambin durante el da sola molestarles, como si no tuvieran en el otro
mundo otra ocupacin ms perentoria.

Despus de tomar caf y pasear un rato entre calles buscando fresco, se
restituy cierta noche el paisano a su casa resuelto a tener una
conferencia importante con Fernndez, un sargento que se haba muerto en
sus brazos haca algunos aos en Mjico. Deseaba enterarse de algunos
detalles referentes a la familia que all haba dejado, y nadie mejor
que l poda drselos s, como era de suponer, vagaba su espritu an
por aquella repblica...

--Fernndez... Fernndez...! Ests aqu?

La mesa gir y seal las dos letras de la palabra _s_.

Una vez enterado de que el sargento se haba decidido a atravesar el
Atlntico, Barragn procedi con toda solemnidad a hacerle una multitud
de preguntas referentes a su esposa: Estaba buena? Poda vivir con lo
que le haba dejado? Cmo iban sus negocios? Explotaba la finca por su
cuenta o la haba arrendado? Le guardaba rencor por haber roto el yugo
matrimonial?

Fernndez responda a estas preguntas con muchas vacilaciones, con
incongruencia tambin. Barragn necesitaba formularlas repetidas veces,
instarle con vehemencia, amenazarle, forzar de mil maneras la
interpretacin de las palabras que la aguja iba componiendo. Al fin la
palabra sala bien o mal construida y Barragn poda adivinar que los
negocios no marchaban bien, que su esposa estaba muy triste pero que no
le guardaba rencor.

Era de ver al paisano en aquel momento agitado, convulso, hablando muy
quedo pero con singular vehemencia en la expresin, unas veces
imperativa, otras suave, acariciadora, otras terrible y amenazante.
Algunas gotas de sudor le rodaban por la frente; sus luengas barbas
negras y speras barran como una escoba la mesa cuando bajaba hacia
ella la cabeza para invitar dulcemente a Fernndez a que se explicase
mejor; sus ojos encarnizados rodaban por las rbitas con inquietud y
ansiedad.

Al fin se decidi a preguntar:

--Y mis hijastros?

--Muerte--dijo la mesa.

Barragn dio un salto en la silla y pregunt otra vez con voz temblorosa
y la garganta seca:

--Han muerto?

--S--respondi la aguja.

--Los dos?

--S.

Ya sabemos que Barragn a pesar de sus ojos, de sus narices y sus
barbas, todo ello excepcional y temeroso, guardaba dentro del pecho un
corazn excelentsimo. Sin embargo no pudo evitar al saber la
desaparicin de sus enemigos que corriese por su cuerpo un
estremecimiento placentero.

--De qu han muerto?--pregunt con el rostro inflamado y acercndolo
hasta casi besar a la mesa.

--Hinchazn--respondi la aguja.

--Se le hinch algo, verdad?--insisti Barragn cada vez ms dulce y
ms insinuante con Fernndez--. Sera el vientre quiz?

--El vientre--dijo Fernndez.

--Y el otro?

--Cada--seal la aguja.

--Cada de caballo, verdad?

--Si.

--Ya lo creo que sera!--exclam levantando la cabeza con expresin
triunfal--. Federiquito era un temerario que montaba los caballos
salvajes en pelo. Cuntas veces le he dicho a su madre que a ese chico
le matara un caballo!

Arrepentido de su inevitable alegra, el paisano sacudi la cabeza a
guisa de oracin fnebre, se ech hacia atrs en la silla, sac la
petaca y se dispuso a fumar un cigarro a la memoria de aquellos
malogrados jvenes.

Fumndolo estaba y envolvindose en nubes de humo y en otras an ms
espesas de cavilaciones trascendentales cuando llamaron suavemente con
los nudillos y se oy la voz de doa Mnica:

--Est usted visible, seor de Barragn?

Este se apresur a encerrar la mesa giratoria en el armario.

--Adelante, doa Mnica.

Apareci la buena seora.

--Pues aqu preguntan por usted unos caballeros.

--Qu caballeros?--replic vivamente Barragn, acometido de
inexplicable inquietud.

--No se alborote, padre, somos nosotros--pronunci una voz juvenil y
melosa con dejo americano.

Al or esta voz fue precisamente cuando se alborot el paisano. Dio un
salto como si le hubieran pinchado y avanz dos pasos hacia la puerta
con los brazos extendidos como si fuera a cerrarla violentamente. Pero
ya los visitantes se haban colado dentro pasando por delante de doa
Mnica.

--Buenas noches, padre... Cmo sigue, padre?--dijo uno tomndole la
mano con ademn respetuoso. El otro vino a hacer lo mismo.

Eran dos jovenzuelos exiguos y morenos, de cabellos negros ensortijados
que gastaban un cuello de camisa tan descotado que casi se les vea el
pecho. Ambos sonrean haciendo muecas y contorsiones como monos
amaestrados. Barragn se haba puesto muy plido y les miraba con ojos
de extravo sin responder a sus repetidas salutaciones. Doa Mnica
estupefacta les miraba a unos y a otros olfateando un misterio y no se
decida a salir de la habitacin. Al cabo, como los dos extranjeros se
volviesen hacia ella mostrando sorpresa de verla an all, no tuvo ms
remedio que abandonar el gabinete. Pero, cmo abandonar el agujero de
la cerradura? Qu era aquello? Por qu estos jvenes le llamaban
padre? Barragn jams le haba dicho que tuviera hijos. Sera por
desgracia un sacerdote renegado que se hubiera dejado crecer las barbas?
El ademn de uno de los chicos le pareci a la buena seora que era de
besarle la mano. De esto a darlo por hecho no tard tres segundos. Por
otra parte la mana de hablar siempre de cosas del otro mundo, no era
tambin indicio de su profesin? Tendra gracia que hubiera alojado en
su casa a un cura apstata! Qu dira don Matas el capelln castrense?
Qu dira Freire?

Los chicos volvieron a enterarse con creciente inters de la salud de
Barragn.

--Cmo se encuentra, padre? No ha habido novedad, ya lo vemos. Est
gordo, seor; est usted muy lcido... Pero sintese, padre, sintese...
No queremos que se moleste.

Barragn se dej caer en la silla que ocupaba y los dos leopardos
(porque eran ellos como ya se habr supuesto) se acomodaron en otras
frente a l sin perderle de vista.

--No ves qu gordo y qu florido est el padre?--dijo Federiquito
dirigindose a su hermano.

--Est brillante como un espejo. Parece que le han dado barniz de
muequilla--respondi Fabricianito (que as se llamaba el otro).

--Yo creo que el sol de Amrica le echaba a perder el cutis.

--Los mosquitos le hacan ms dao todava.

Barragn permaneca silencioso con el fiero semblante contrado,
mostrando bien lo poco grata que le era aquella visita. Los chicos no
parecan advertirlo y siguieron piropendole todava tirndose uno al
otro la pelota en el tono ms suave y meloso que puede imaginarse.

--Bien se conoce que se da buena vida el padre, no te parece,
Fabriciano?

--Y cmo no, compadre? Yo hara lo mismo si tuviese tanta plata como l
en el bolsillo.

Al or esto Barragn se encresp como si le hubiesen hecho una ofensa
mortal.

--Yo no tengo ni plata ni oro, estamos? Y si es que habis hecho un
viaje tan largo para enteraros de ello pudisteis haberlo excusado.

--Se habr gastado ya el padre toda la plata que ha trado de all,
Fabriciano?

--No lo pienses, compadre. Si era un montn tan alto que tocaba en el
techo! Estoy seguro de que no le ha desmochado todava el pico.

--Qu queris decir con eso? Que yo he trado algo de all que no
fuera mo?--pregunt Barragn con dignidad.

--Las cuentas estaban muy embrolladas, padre, y sin quererlo se ha
podido traer lo que no le perteneca. Verdad, Fabriciano, que slo
venimos a deshacer ese enredo?

--Y que lo digas! Ten confianza en que el padre no nos dejar marchar
sin llenarnos bien los bolsillos.

--Si vosotros no lo sabis, vuestra madre sabe que todo lo que haba en
la casa me perteneca. Cuando me cas con ella la finca en que vivs
estaba hipotecada. Yo la he desempeado con mi dinero y al marcharme se
la he dejado sin reclamar un centavo. Ya os he hecho, pues, bastante
regalo.

--Pero oye, Fabriciano, la finca no ha producido nada en los diez aos
que el padre la ha explotado?

--Que si ha producido, compadre? Una mina de oro! El oro en pepitas,
nio! Lo menos le han quedado al padre despus de mantener la casa
cincuenta mil pesos.

--Pero es tanto, Fabriciano? Entonces veinticinco mil pesos son de la
madre.

--Y que lo digas, amigo! No vayas a figurarte que nos dar menos el
padre.

--Que yo os voy a dar veinticinco mil pesos!--exclam Barragn
trmulo--. Ya quisiera tener para m esa cantidad. Sabis lo que os
digo? Que me dejis en paz y os vayis por donde habis venido, porque
aqu no estamos en Mjico.

--No se ponga tan bravo, seor--respondi con calma amenazadora
Federiquito--. Afloje el bolsillo un poco y ya ver qu pronto
embarcamos.

--Os he dicho que estis equivocados. No slo no me he llevado nada de
vuestra madre, sino que la he dejado los quince mil pesos de la
hipoteca. Si habis venido con intencin de correr algunas huelgas a mi
costa, podis esperar sentados, porque no veris un cuarto.

--Es de veras eso, seor?

--Y tan de veras!

--Ya lo oyes, Fabriciano. El padre no quiere entregar lo que es nuestro.
Qu debemos hacer nosotros?

--Pues sacarle las tripas al aire a ese pendejo--respondi Fabricianito
con la misma calma y acento meloso que si ordenara servirle una
limonada.

--Toma el fierrito, nio.

Fabricianito no se hizo esperar y ech mano al cuchillo. Federiquito
hizo otro tanto. Barragn, dando un salto, grit: Socorro! y se
abalanz a la puerta; pero viendo que sus enemigos le cerraban el paso
retrocedi velozmente, se dej caer sobre la puerta vidriera de la
alcoba, que se abri con rotura de algunos cristales, y pudo ganar la de
escape que comunicaba con el corredor.

--Socorro, que me asesinan!

Los dos leopardos, viendo que su presa se les escapaba, en vez de
seguirle hicieron irrupcin por la puerta del gabinete para cortarle la
retirada, pero all tropezaron con doa Mnica que haba estado
escuchando y que ya gritaba desesperadamente tambin:

--Socorro! Asesinos!

Gracias a este encuentro, que les hizo vacilar algunos instantes,
Barragn pudo abrir la puerta de la escalera y precipitarse por ella.
Sus hijastros le siguieron al instante con los cuchillos abiertos y
gritndole:

--Suelta la plata, ladrn!

Pero una vez en la calle el paisano les llevaba gran ventaja porque
conoca ya bien las de Madrid y pudo muy presto ocultarse a su vista,
mientras ellos no tardaron en ser detenidos por los guardias de orden
pblico.

Barragn despus de esquivarse lleg a la calle del Arenal y corri
derecho a la casa de Tristn, subi en cuatro saltos la escalera y
apret el timbre de la puerta hasta que vinieron a abrirle. Aquel
repique prolongado y angustioso a las once de la noche sobresalt a
Tristn que viva siempre bajo el temor de una desgracia inmediata.
Sali precipitadamente del comedor donde se hallaba con Clara y su nio.
Al ver a Barragn su faz se obscureci y dirigindose a l con paso un
poco teatral y apretndole la mueca le dijo al odo en voz baja pero
con vehemencia trgica:

--Los he visto ya!

--Los ha visto usted?--pregunt Barragn abriendo los ojos hasta querer
salrsele de las rbitas.

--S, hoy mismo he visto a los traidores!

--Vengo huyendo de ellos. No falt nada para que me asesinasen.

Toc la vez a Tristn de abrir los ojos desmesuradamente.

--Asesinarle a usted! Pero cmo...? Qu est usted ah diciendo?

--S, en mi misma casa abrieron los cuchillos para m... Si no escapo a
tiempo all me degellan sin remisin.

--Pero est usted loco, amigo Barragn? De quin habla usted?

--De esos granujas! De mis hijastros.

--Yo me refera a Gustavo Nez y a mi cuada Elena--replic Tristn
friamente.




XVI

CORAZN, ARRIBA!


Elena se mostraba reacia aquel verano para ir al Escorial. Con el
pretexto de esperar la terminacin de unos muebles que haba encargado
para su saln iba retrasando das y das el traslado definitivo, por ms
que sola pasar all uno que otro. Reynoso ya no poda ms. Su amor y su
prudencia le retenan de tomar la iniciativa, pero empezaba a mostrar en
su semblante la impaciencia que le dominaba. Elena lo comprendi y le
propuso que se fuese antes que ella, aguardndola all los pocos das
que faltaban ya para que el ebanista y el tapicero dejasen terminada la
reforma del saln. Acept gustoso contando que solamente una semana
tardara su esposa en juntarse con l. Transcurri la semana, corran ya
los ltimos das del mes de julio y Elena no daba aviso de su partida.
Pensaba ya don Germn en volverse a Madrid y renunciar a sus placeres
campestres cuando recibi un telegrama urgente de Tristn concebido en
los siguientes trminos: Vente en el primer tren. Urge mucho tu
presencia aqu.

Justamente acababa de almorzar; eran las doce y media y el primer tren
para Madrid sala a la una. Mand enganchar a toda prisa y se traslad a
la estacin. El telegrama le haba trastornado. No saba lo que pensar,
pero senta una zozobra inmensa. Lo primero que le haba venido al
pensamiento era que Elena estuviese enferma, le hubiese ocurrido
cualquier accidente. Sin embargo, no pareca natural que le avisasen en
aquella forma enigmtica. Luego pens en Clara, en el nio. Tampoco
imaginaba que era forma adecuada de darle la noticia. Al fin, presa de
la mayor congoja, lleg a Madrid. Cuando puso el pie en el andn y vio a
Tristn acompaado de Escudero y de Barragn le dio un salto terrible el
corazn. Se dirigi corriendo hacia ellos.

--Qu pasa? Elena est enferma...? Clara?

--Las dos estn buenas--respondi Tristn gravemente--. Vamos a tomar el
coche y all te hablaremos del asunto que me ha obligado a
telegrafiarte.

Estas palabras causaron un fro singular en el corazn de Reynoso.
Vagamente adivin una desgracia mayor que la enfermedad, mayor que la
muerte misma, y qued paralizado sin osar decir otra palabra. Sigui
dcilmente a sus amigos, cuyas caras largas, contristadas, eran an ms
inquietantes que las palabras de Tristn. Fuera de la estacin les
esperaba el landau de Escudero.

--A la Moncloa--dijo Tristn al lacayo.

La mayor estupefaccin se pint en los ojos de Reynoso, pero guard
silencio. Prontamente el coche dej las cercanas de la estacin del
Norte y se intern en el largo y umbroso paseo de la Moncloa, que se
hallaba en aquella hora completamente solitario. Tristn, con los ojos
bajos y voz levemente enronquecida, principi al cabo a hablar.

--He vacilado mucho, muchsimo, antes de darte el susto que te he dado y
hacerte pasar por una prueba bien triste... Hubiera querido, aun a costa
del sacrificio ms grande, ahorrrtela. Conozco tu corazn confiado,
noble, afectuoso y s perfectamente la herida profunda que ha de abrir
en l un desengao... Pero... yo no puedo olvidar que eres mi hermano,
que mi mujer lleva tu nombre y que tengo el sagrado deber de velar por
que este nombre no sea arrastrado por el suelo... Yo no quiero--aadi
exaltndose--que este nombre, que ha de llevar tambin mi hijo, sirva de
burla y escarnio a la gente. Antes que eso suceda estoy resuelto a hacer
justicia por mi propia mano...

Reynoso horriblemente plido le contemplaba atnito, sin pestaear.

--Antes de dar este paso he consultado con tus amigos ms fieles, con
los que te quieren como un hermano y ellos han visto como yo que era de
todo punto necesario esta operacin dolorosa. Ten valor, pues...
Preprate a saber que se ha hecho befa de tus sentimientos ms ntimos,
que se ha olvidado infamemente tu nobleza y tu generosidad, que se ha
pisoteado tu corazn y tu nombre... Elena...

Un grito spero y extrao, mezcla de rugido y de lamento, sali de la
garganta de Reynoso.

--La prueba! la prueba!

Tristn, Escudero, Barragn quedaron aterrados viendo la palidez
cadavrica de aquel hombre, su mirada centellante de fiera acorralada.

--La prueba! la prueba!--repiti apretando el brazo de su cuado.

--Dentro de pocos momentos la tendrs.

Reynoso pase una mirada anhelante por el rostro de sus amigos, y viendo
que los dos bajaban la cabeza confirmando las palabras de Tristn, se
llev ambas manos crispadas a los cabellos mesndoselos con furor. Fue
un acceso de loca desesperacin. Gritos, sollozos, interjecciones,
movimientos convulsivos. Sus amigos turbados y confusos hacan vanos
esfuerzos por calmarle. No dur mucho tiempo, sin embargo, aquel ataque.
Dej al cabo caer la cabeza contra el rincn, se tap con una mano los
ojos y extendiendo la otra hacia Tristn dijo con voz dbil:

--Habla. Quiero saberlo todo.

--Todo est dicho ya--repuso Tristn visiblemente afectado--. Para qu
necesitas ms palabras? Ahora mismo te llevaremos a un sitio donde
puedes quedar bien persuadido... Manuel!--aadi sacando la cabeza por
la ventanilla--da la vuelta y llvanos a la calle de Atocha. Para
delante de la iglesia de San Sebastin. Vivo!

Obedeci el cochero, entraron en la ciudad y llegaron al punto designado
en pocos minutos. Se apearon all y dieron orden de que el carruaje les
esperase. Dejaron la calle de Atocha y se internaron por una de sus
travesas laterales. Tristn marchaba delante con Escudero, detrs
Barragn con Reynoso. Este no haba despegado los labios, pero pocos
momentos despus de caminar los acerc al odo del paisano.

--Quin es?

--Nez--murmur Barragn apretando al mismo tiempo con afectuosa
ternura la mano de su amigo.

Tristn y Escudero se detuvieron delante de una taberna, abrieron la
puerta e invitaron a los otros a entrar con ellos. Reynoso se dejaba
conducir dcilmente. Tristn, que pareca haber estado ya all algunas
veces, hizo ademn de sentarse a una mesa prxima al escaparate. Tena
ste doble cierre de cristales y a su travs se vea perfectamente la
calle que era estrecha. Enfrente haba una casa de reciente construccin
que haca contraste con las del resto de la calle, casi todas viejas.

--Ah dentro estn!--dijo en voz baja apuntando hacia ella.

Reynoso levant los ojos y volvi a bajarlos rpidamente. Barragn pidi
unos vasos de vino. El chico de la taberna los sirvi prontamente
mirando al mismo tiempo con temor y curiosidad las barbas inslitas y el
rostro espantable del paisano. Nadie ms que l llev a los labios el
vaso. Aguardaron all largo rato. Reynoso con los ojos en la mesa y la
mano en la mejilla permaneca en una actitud de indiferencia
desesperada. Barragn, Escudero y Tristn hablaban en voz baja espiados
por la tabernera y el chico que mostraban en su rostro inquietud.
Aquella conferencia misteriosa de cuatro seores en su tienda y sobre
todo la traza de bandido que uno tena les intrigaba. Quiz se les
pasara por la mente que estaban fraguando un crimen.

Al cabo de una hora, lo menos, Tristn, que no cesaba de echar ojeadas
impacientes a la casa de enfrente, exclam:

--Ya salen!

Reynoso levant la cabeza y su faz se puso lvida viendo salir del
portal a su esposa en compaa de Nez. Dieron unos cuantos pasos
precipitadamente por la calle y se metieron en un coche de punto que un
poco ms all les esperaba. El rostro de Elena en aquel instante pareca
turbado y plido, y sus ojos miraban con espanto a todos lados. Esta fue
la impresin que les produjo. Reynoso quiso levantarse de la silla al
verla, pero cay de golpe otra vez en ella y meti la cabeza entre las
manos. Tristn se llev la suya al bolsillo y dejando asomar la culata
de un revlver profiri con reconcentrada ira:

--Mtalos! Mata a esos traidores!

Reynoso no se movi. Se oy el ruido del coche que se alejaba. Nadie
habl una palabra en algunos minutos. Al fin Escudero puso una mano
sobre el hombro de aqul y dijo con voz conmovida:

--Germn! amigo mo! valor!

Y por el rostro de aquel hombre, que no pareca sensible ms que a los
cheques y talones, rodaban dos gruesas lgrimas. Reynoso se alz y
tambalendose como un beodo sali de la taberna seguido de sus amigos.
Cuando estuvieron en la calle se volvi hacia su cuado y apretndole la
mano dijo:

--Tienes razn, Tristn, la vida es un asco!

Guardaron todos silencio y caminaron hacia el sitio en que haban dejado
el coche. Don Germn manifest su resolucin de volverse al Escorial.
Todos ellos se brindaron a acompaarle, particularmente Tristn, pero
opuso una enrgica negativa a sus instancias. Tampoco acept el coche de
Escudero que hablaba de aadir otros dos caballos a los que llevaban.
Nada, slo peda que le dejasen en la estacin. Sala un tren a las
siete y slo faltaba una hora. Acataron su voluntad aunque de mala gana.

--Os suplico que os volvis a vuestras casas y me dejis ya--les dijo
cuando hubieron llegado. Y llamando aparte a Tristn:--Cuida mucho de
Clara. Conozco su corazn y s que este golpe puede hacerle mucho dao.
Os espero dentro de cuatro o cinco das. Hasta entonces dejadme solo.

Tristn le mir con asombro.

--Pero qu piensas hacer?

--Nada.

--No quieres castigar a ese miserable?

--No.

--Entonces voy yo a provocarle.

--Nada. No hagas nada, Tristn. En este mundo todo es nada, nada, nada!

Y dicindoles adis con la mano y hacindoles al mismo tiempo sea de
que no le siguiesen, se meti en la estacin unindose a la multitud que
en aquella hora la llenaba.

--Nada! nada! nada!--murmuraba reclinado en el fondo de un coche
mientras la locomotora le arrastraba velozmente al travs de los campos
adustos, melanclicos que cercan a Madrid. El humo se esparca delante
del paisaje ocultndolo por momentos. El sol mora a lo lejos entre
resplandores carmeses. Una dulce serenidad se desprenda del cielo
plido. Reynoso dej el rincn y puso su rostro enardecido al golpe
violento de la brisa que se iba haciendo ms fresca segn se aproximaban
a la sierra. Con los ojos atnitos senta ms que vea el raudo cruzar
de los objetos por delante. Todo hua, todo se escapaba causndole una
extraa impresin de desquiciamiento universal. El mundo se deshaca, se
evaporaba, rodaba vertiginosamente a los abismos de la nada.

--Todo es nada! nada! nada!--repeta sin cesar con voz ronca.

Cuando el tren se detuvo en la estacin de Escorial, sali del coche sin
darse cuenta de ello y emprendi como un autmata el camino del Sotillo.
Estaba anocheciendo. En el cielo brillante e inmvil centelleaban
algunas estrellas. A su espalda la mole de la sierra se ocultaba entre
cendales de un violeta profundo. Delante el inmenso horizonte de los
campos pareca cerrarse fundindose todo en un tenue vapor gris.

Alcanz su casa y penetr en ella sin ruido, casi furtivamente como si
fuera un intruso. Uno de los criados se asombr de verle al cruzar un
pasillo y se excus de no haber prevenido a los dems. Don Germn
orden que todos permaneciesen tranquilos. Se encerr en su despacho,
sac legajos y papeles y estuvo trabajando largo rato. Llamaron a su
puerta humildemente y una domstica pregunt si el seor bajaba a cenar.
Respondi que le subiesen a la habitacin contigua caldo y algunos
fiambres y sigui trabajando. Al cabo se alz del silln y pas al
saloncito contiguo donde ya le haban preparado la mesa. Orden en
seguida que todos se acostasen y volvi a su trabajo que an dur mucho
tiempo. Cuando termin eran las altas horas de la noche. Descans unos
instantes y escribi una carta de pocas palabras que deposit sobre la
mesa en sitio visible. Luego sac de uno de los cajones un revlver, lo
examin con detenimiento, lo carg con nuevas cpsulas, lo coloc sobre
la mesa y ech de nuevo la llave al cajn. Abri la puerta del saln,
abri la de la habitacin contigua, que era el dormitorio matrimonial,
encendi un cigarro y se puso a pasear a lo largo de la cruja con
aparente calma.

All en el fondo entre las camas de los esposos penda un crucifijo. En
uno de los paseos los ojos de don Germn tropezaron con l. Qued
inmvil, clavado al suelo, los ojos fijos en aquella imagen sangrienta.
Cunto tiempo estuvo as? Una hora? Un minuto? Jams pudo l mismo
saberlo. Al fin dej escapar un suspiro, se tap el rostro con las manos
y cay de rodillas sollozando.

Cuando se puso en pie haba recobrado el sosiego, todo el sosiego del
alma. Su resolucin estaba tomada. Se dirigi con paso firme a su
despacho, guard de nuevo el revlver y se puso a escribir algunas
cartas. Una larga para Tristn, otra para Cirilo. La ltima para su
mujer.

Elena: Perdona que por ltima vez me dirija a ti. Es de absoluta
necesidad para tu futura existencia. Cuando recibas sta me hallar
lejos y jams volver a importunarte con mi presencia. Te dejo toda mi
fortuna: slo me llevo lo necesario para vivir. Gasta todas las rentas
que te entregar Cirilo. Es el ltimo favor que te pido y tambin que
disculpes mi ausencia. Puedes decir que estoy en Amrica, donde tena
comprometidos algunos intereses. Nada ms. Que Dios te proteja y que a
m no me abandone.

Cerr la carta y lo mismo que las otras la guard en el bolsillo para
enviarlas al correo en la oportuna ocasin. Hizo despus pedazos la que
haba dirigido al juez y sac otro cigarro y de nuevo se puso a pasear,
esta vez no con calma aparente sino bien verdadera. Por fin abri el
balcn y sali a una pequea terraza, recostndose de bruces sobre el
antepecho de mrmol. La noche era caliente y poblada de estrellas. El
paisaje severo, erizado, dorma bajo su dosel alargando la sombra
inmensa de sus collados. Reynoso abra los ojos sin ver, tenda los
odos sin or, no viendo ni oyendo ms que los latidos de su corazn
desgarrado. Este corazn lata y hablaba. Qu importa todo? Qu vale
cuanto existe en el mundo? Riqueza y miseria, grandezas y humillaciones,
desgracia o ventura todo cambia, todo se hunde al fin en los abismos de
la noche eterna... Tambin se hundir el amor? Nada quedar de esta
emocin incomprensible que parece transformarnos por momentos,
arrebatarnos de la tierra a otras esferas ms altas? Don Germn
contempl el cielo, largo rato, escrutando con avidez sus abismos
azulados, sus millones de luminarias maravillosas. Al fin los baj de
nuevo murmurando: No; el amor no se hundir porque el amor es Dios!
Pase despus su mirada por el campo. All, hacia el oriente, en los
confines del horizonte un tenue reflejo del firmamento sealaba el sitio
donde se asentaba Madrid. Apart los ojos con horror. Del cielo viene el
rayo que nos abate, del mar viene la ola que nos traga, del campo la
dentellada de la fiera o la pualada del bandido. Pero de all...! ah,
de all viene el dao que no puede explicarse, la agona sin muerte, el
dolor increble!

Permaneci algn tiempo perdido enteramente en una meditacin profunda.
Era un torrente de pensamientos graves, de sensaciones confusas que
atravesaba su cerebro y su corazn. Apenas guardaba la conciencia de que
fuesen suyos. Una ola de olvido le envolva poco a poco; una voz bien
alta suba invitndole a mirar hacia arriba y a despreciar lo de abajo.
Despus haciendo un esfuerzo alz sus codos de la baranda, contempl
todava con distraccin el horizonte obscuro, sac del bolsillo su
llavero, del llavero un lpiz y escribi tres palabras sobre el mrmol.
Entr en sus habitaciones, se dirigi a su armario y tomando de all la
ropa y los objetos ms indispensables los empaquet en una maleta.
Cuando la tuvo hecha baj cautelosamente hasta la puerta del jardn y
sali de casa. Atraves el parque, atraves el bosque y en pocos minutos
se encontr a campo raso. Emprendi por los senderos el camino de
Zarzalejo para montar all en el primer tren que le alejase de Madrid.
Cuando hubo caminado algn tiempo se detuvo y volvi los ojos hacia su
casa. All quedaba, silencioso, tranquilo, el que haba sido su paraso
en la tierra. Jams, jams volvera a entrar en l. Cunta felicidad
deshecha en un instante! Tom la maleta que haba dejado caer al suelo y
emprendi de nuevo la carrera. Los sollozos le rompan el pecho, las
lgrimas le cegaban. As marchaba aquel hombre al travs de la noche
desierta en busca de Dios.




XVII

LA BODA DE ARACELI


Araceli, la nia espiritual y aristocrtica de los seores de Escudero,
tocaba a la meta de sus ambiciones herldicas. Iba a ser duquesa. Poco
despus de la catstrofe sobrevenida a don Germn y de su viaje
misterioso, se le ocurri al duque del Real Saludo el morirse de una
apopleja fulminante. Cuando recibi la noticia Araceli sinti que las
piernas le flaqueaban; todo su cuerpecito distinguido se estremeci con
un escalofro de ansiedad y de gozo. Supo disimular, sin embargo, puso
la cara larga, se visti de negro y dio el psame a la familia y la
acompa muchos ratos en aquellos das de tristeza. Haba que verla en
tales momentos, entrar y salir en las habitaciones, recibir recados,
pronunciar rdenes y darse aire de pariente. Sus esperanzas no quedaron
fallidas. La duquesa viuda no pens que un sepulcro abierto la exima de
permanecer fiel a sus principios de contradiccin domstica, y otorg el
consentimiento a su hijo, realizando as contra el duque un acto de
oposicin de ultratumba. Se dej transcurrir por respeto un plazo de
seis meses. Comenzaron al fin los preparativos de la boda. Sin embargo,
hubo en ciertos instantes temor de que sta zozobrase al tratarse la
cuestin de intereses. La duquesa slo pona a disposicin de su hijo
una renta de treinta mil pesetas, que era lo que le corresponda por
herencia de su padre. Escudero, hombre exactsimo, metdico, ordenado,
manifest que en ese caso l dara a su hija otro tanto. Pero estas
cantidades no bastaban para que el joven matrimonio viviese con arreglo
a su rango. Se trabaj con empeo para que el suegro aumentase la renta;
hubo en la casa reyertas, desmayos, lgrimas en abundancia. Don Ramn
consinti al fin en doblar la cantidad, pero a condicin de que tal
excedente se dedujese en su da de los gananciales atribuidos a su
esposa en el caso de que falleciese antes que l.

Corran ya los das precedentes de la boda. Se haban cambiado los
regalos y Araceli haba recibido de la sociedad elegante y de la que no
lo era un bazar completo de bisutera. Los peridicos publicaron largas
columnas con la lista de los objetos como si se tratase de una
liquidacin. Seores de L***: neceser de viaje en piel de Rusia
guarnecido de plata.--Seor de C***: juego de tocador en cristal de
Bohemia.--Marqueses de H***: bandeja de plata repujada.--Duquesa de
N***: cajita de oro esmaltada, etc., etc. Araceli exhiba estos
chirimbolos a las visitas con singular complacencia. Slo faltaba sobre
ellos un cartoncito con el precio para que semejase por completo un
almacn de saldos. Pero lo que mostraba con mayor deleite la hija de los
seores de Escudero era su equipo, un soberbio _trousseau_ confeccionado
en Pars, donde sobre cada pieza se ostentaba una corona ducal, pequea
o grande, bordada en blanco o en color. Haba coronas hasta sobre los
paos de la cocina.

Algunas amigas ntimas se reunan la vspera del da sealado para el
enlace en el gabinete de la prometida. Se la felicitaba, se la
acariciaba, se la besaba, se le decan mil ternezas. Haba sinceridad en
unas, haba falsedad en otras, que en el mundo el bien y el mal no se
encuentran jams solos. Aquella juventud se entregaba a la alegra y
retozaba acordndose de los tiempos en que hacan lo mismo en el jardn
de las Ursulinas.

--No te dars tono de seora casada con nosotras, verdad, Araceli?

--Ni de duquesa tampoco?

--Oh, madame la duchesse!

Y una de las amiguitas se inclinaba delante de la novia con reverencia
cmica que despertaba las carcajadas de las otras. Araceli, lisonjeada,
sonrea con benevolencia.

--No tardars en tomar la almohada?

--Quin piensa en eso todava!--respondi Araceli que haba pensado ya
infinitas veces.

--Es una ceremonia imponente, muy imponente--manifest con gravedad y
poniendo los ojos en blanco una jovencita rubia que segua las huellas
de Araceli--. Cuando la tom mi prima la marquesa de la Suave-Conquista
vino antes a ensayarse con mam, que ha sido camarista de la reina
Isabel. Hay que esperar en un saln; vendr a buscarte la madrina y
otras damas, se te anunciar y al entrar hars tres reverencias... una
as... otra as... y por ltimo otra as.

La jovencita rubia, puesta en pie y en medio del corro, haca las
genuflexiones con tal uncin, delicadeza y primor, que pareca que en su
vida haba hecho otra cosa. Sin embargo, Araceli irgui su cabecita con
altanera indiferencia.

--Ya s, ya s todo eso, querida.

--A ver, que la tome aqu ahora mismo ante nosotras!--exclam la
amiguita de humor jocoso que la haba saludado en francs--. Yo soy la
reina! Dejad que me siente ah en lo ms alto. Margarita, echa ese cojn
en el suelo. Esa es la almohada. Carmen, t sers la madrina. A ti,
Beatriz, te nombro mi camarista mayor. No rerse, que stas son cosas
serias, verdad Mim? (dirigindose a la jovencita rubia). Vamos,
llevadme a esa chica fuera. La llamar cuando me d la _real_ gana.
Vosotras aqu en semicrculo hacindome la corte...

La traviesa nia empujando a unas, arrastrando a otras, cambiando sillas
y cerrando puertas improvis presto un saln de corte. Se represent la
escena con no poca algazara. Araceli vino del gabinete de su mam donde
la tuvieron recluida largo rato, hizo sus reverencias casi tan bien como
la rubita Mim (prueba de que ya las haba ensayado a solas) y se sent
sobre el cojn naciendo tantos remilgos que la reina incomodada le tir
otro a la cabeza.

--Pero, duquesa, cmo tiene usted valor de presentarse sin
diadema?--exclam S. M. en el colmo de la estupefaccin.

--Ah! La diadema, es verdad!--exclamaron a su vez todas las damas de
la corte.

--Pngase usted la diadema inmediatamente--prorrumpi con energa la
augusta persona.

Araceli se disculp diciendo que estaba guardada en la caja de hierro de
su pap, pero no le valieron excusas. Fue necesario que bajase al
escritorio de Escudero y que ste sacase de la caja la preciada joya
regalo del novio. Enteradas por este paso algunas criadas de la
ceremonia que iba a realizarse, no dejaron de acudir para ver si
perciban algo espiando por las cerraduras y los quicios de las puertas.
El acto se efectu de nuevo con mucha mayor solemnidad a causa de la
diadema y tambin del ensayo previo que se haba hecho. Terminado, S. M.
se dign felicitar con las palabras ms amables a la gentil duquesa del
Real Saludo, y dio su mano a besar y una bofetada en la mejilla a todas
sus damas.

Araceli durmi muy poco aquella noche. En cuanto se levant comenz a
hacer sus preparativos de tocado, aunque la ceremonia nupcial no haba
de celebrarse hasta la tarde en su propia casa. Se hizo venir para que
la peinase a Mr. Gaston, famoso peluquero de la corte, y acudieron a
adornarla dos oficialas de Mme. Verlet, la gran modista. No se perdon
gasto alguno para que la ceremonia se celebrase con inusitada pompa y
suntuosidad. Escudero puso a disposicin de su esposa y de su hija una
cantidad respetable, la carg en sus libros y no volvi a ocuparse del
asunto. Pero he aqu que su esposa, no poco confusa porque le conoca
bien, vino a anunciarle que faltaban mil doscientas pesetas para pagar
las flores de la quinta del Pilar, y su hija Araceli, menos confusa pero
tambin un poco asustada, le manifest que an restaba por abonar al
joyero una pequea cantidad. Escudero mont en clera, una clera ciega.
Cmo! Qu formalidad era aqulla? No saban que ya estaba agotado el
presupuesto de los gastos de boda, que no se poda andar en los libros,
que l era un hombre de negocios, un hombre de orden? Doa Eugenia
vindole tan irritado determin pagar con sus ahorros aquella suma y
dejar en paz los libros de su esposo. Doa Eugenia era una mujer
econmica, pero haba adquirido un vicio considerable, el del papel.
Cada da ms enemiga de los microbios y resuelta a darles guerra
crudsima mientras le quedase un soplo de vida, desde haca algn tiempo
ni daba la mano a nadie sino enguantada ni tocaba objeto alguno si no
era interponiendo entre los bacilus y sus dedos un papel. Lo compraba
por resmas en un almacn de la calle de las Infantas. El dueo de este
almacn sola decir burlando que la seora de Escudero le consuma tanto
como una imprenta.

Otro de los asuntos que dio origen a algunos disturbios domsticos que
hubieran degenerado en graves conflagraciones si uno de los bandos no
hubiese operado una prudente retirada, fue el de las invitaciones.
Escudero, que a causa del citado desequilibrio en el presupuesto de boda
se hallaba en un estado alarmante de disgusto y de profunda decepcin,
exigi que se invitase a la ceremonia a sus amigos y compaeros de
tresillo en el Crculo Mercantil, Buceta, Trompeta y Rubau. Esta
monstruosa exigencia llev la desolacin al espritu refinado de su
hija. En vano doa Eugenia agotaba para convencerla toda clase de
razonamientos y representaciones. Araceli, en el colmo de la
desesperacin, torcindose las manos, exclamaba:

--Pero mam de mi alma! qu dir la duquesa de Colmenar de la Oreja,
qu dir el marqus de Cabezn de la Sal al verse junto a un hombre que
se llama Trompeta?

Todava el hado adverso reservaba una prueba ms cruel al temperamento
primo y elevado de la prometida. Escudero, enardecido con su victoria,
despus de haber impuesto a Buceta y a Trompeta, llev su audacia hasta
proponer a Barragn. El paisano se haba hecho su amigo ntimo, le haba
confiado la gestin de sus intereses y por ltimo haba tenido el rasgo
feliz de ofrecer a la novia no un regalo como cualquier hombre vulgar,
sino un billete de quinientas pesetas para que ella comprase el objeto
que ms le gustase. Este procedimiento generoso y prctico a la vez le
haba elevado considerablemente en el concepto de Escudero. La
consternacin ms profunda se pint en el semblante de su hija al tener
conocimiento de la fatal decisin. No valieron splicas ni lgrimas ni
se logr nada con la intervencin oficiosa de algunos amigos diputados
para ello. Don Ramn permaneci inflexible. O Barragn era invitado o l
mismo dejara de asistir a la ceremonia. Se trag, pues, a Barragn, un
trago bien amargo! Araceli, pateando de clera en su gabinete, se
prometa tomar en lo futuro una digna venganza. En cuanto estuviese
casada ni uno solo de aquellos hombres ordinarios pondra los pies en
la casa ducal! Por su parte Escudero, temiendo haber llevado demasiado
lejos sus exigencias, suplic a Barragn en trminos sentidos que si
era posible se recortase un poco las barbas. Cedi ste, bien
convencido sin embargo en su interior de que no se lograra con ello
borrar la odiosa traza de bandido con que, implacable, la naturaleza le
haba dotado. Pero como hombre dcil y de buena pasta, no slo cedi a
recortarse un si es no es la barba, sino que se visti una flamante
levita, se puso botas de charol, pantaln bombacho, sombrero de copa y
en la corbata un alfiler con una enorme esmeralda falsa. Estaba
horrible! patibulario! Los invitados al pasar junto a l no podan
menos de sentir un escalofro. Uno de los amigos del novio le llam
Rebolledo, aludiendo al bandido de la zarzuela _Los diamantes de la
corona_, y la palabra hizo fortuna entre la juventud maleante.

La ceremonia deba de celebrarse a las cinco de la tarde. Los novios
partiran en el sud-express poco despus. A las tres, la multitud de los
convidados invada los fastuosos salones de la casa de Escudero, en la
calle de Alcal. Tristn estaba all. Era uno de los testigos designados
por la novia. Andaba solo, huyendo de juntarse a nadie segn su
costumbre. El sensible lance acaecido a su cuado y en el cual haba l
tomado parte no haba contribuido a mejorar su genio difcil y sombro.
El matrimonio de su prima, a la cual nunca haba profesado mucha estima,
le inspiraba un poco de risa, un poco de lstima y otro poco de
desprecio. Casarse, por ser duquesa, con un espectro!

Efectivamente Gonzalito Ruiz Daz lo era. Al principio de sus relaciones
con la nia de Escudero pareci animarse un tanto su naturaleza, pero a
medida que transcurra el tiempo se fue debilitando nuevamente hasta
inspirar miedo. Se deca en la familia que la oposicin tenaz de su
padre era la causa de tal decaimiento. Sin embargo, despus del
fallecimiento del duque nada mejor de aspecto. Entonces se achac a los
amores. En cuanto satisficiese, unindose a Araceli, los vivos anhelos
de su corazn engordara hasta ponerse como una bola. Esta era la
profeca que haba encontrado ms eco en la familia de Escudero y de
todos sus allegados.

Cuando se present en el saln ataviado con el uniforme de maestrante de
Granada, su faz lvida, el crculo azulado que rodeaba sus ojos, la
fatiga que se lea en todos sus rasgos no pudo menos de sorprender a los
circunstantes que empezaron a hablarse al odo. Es el uniforme--decan
algunos--lo que le da ese aspecto de muerto desenterrado. Qu
uniforme! Es la emocin. Ha sido siempre un chico tan sensible! El
pobre Gonzalito se senta en efecto bien fatigado, bien conmovido, bien
amarrado dentro de su vistoso uniforme. Todos los amigos se apresuraron
a rodearle vertiendo en su odo palabras de felicitacin. Unos lo
tomaban por lo serio, le hablaban de su preclaro nombre que pronto iba a
encontrar quien lo perpetuase, otros echaban el santo sacramento a
broma.--nimo, Gonzalo! Para sostenerte en este trance fiero aqu
tienes a los amigos. No tiembles a la vista del patbulo! Y sealaban
al altarcito erigido all en el fondo del saln contiguo y que se vea
por la puerta entreabierta.

Al fin lleg monseor Isbert que deba bendecir la unin de los jvenes.
Era un prelado domstico de S. S., hombre de mundo, jovial, diplomtico,
tolerante. Por estas razones gozaba de gran crdito en la alta sociedad
madrilea y haba casado ya un nmero considerable de sus miembros.
Seoras y caballeros le rodearon al instante y gozaron de su
conversacin culta y jocosa. Cuando se hubo cansado monseor sac el
reloj.

--Ya se acercan las cinco--manifest dirigindose con graciosa sonrisa a
Araceli--. Perdone usted, seorita, que le recuerde el dulce y solemne
momento que se aproxima en que cumpliendo los mandatos divinos entregar
usted su libertad al elegido de su corazn.

Araceli baj los ojos ruborizada.

--Dnde est el novio?--pregunt despus monseor con su voz clara y
pastosa de orador.

--Eso es, dnde est el novio?--preguntaron algunos dirigiendo miradas
en torno.

--Dnde est Gonzalo? donde est Gonzalo?--repitieron otros.

Al fin se le hall en un gabinete solitario sentado, con la cabeza entre
las manos.

--Qu es eso?--se apresuraron a preguntarle su madre, su novia y las
personas que se le acercaron corriendo--. Qu te pasa? Te sientes
indispuesto?

--S, me siento mal.

Y al levantar la cabeza dej ver un rostro tan plido que su madre dio
un paso atrs, aterrada.

--S, me siento mal, muy mal!

Apenas haba pronunciado estas palabras una ola de sangre se escap de
su boca. Gritaron las mujeres, se conmovieron los hombres, acudieron los
criados. Todos estn tan asustados que no saben ms que gritar:

--Un mdico...! una jofaina...! un vaso de agua!

El vmito fue terrible. Pensaron que se quedaba en l. Cuando ces le
transportaron a una cama en las habitaciones que haba ocupado Tristn
de soltero. El doctor Ustariz, que se hallaba como invitado entre los
presentes, le prodig sus cuidados. Sin embargo, pocos minutos despus
le repiti el vmito. El doctor se apresur a hacer salir del cuarto a
todo el mundo, haciendo sea a monseor Isbert para que se acercase. El
sacerdote le dio la absolucin de sus pecados sin orlos, porque el
pobre Gonzalito no volvi a pronunciar otra palabra.




XVIII

LA FLECHA DEL DESTERRADO


La masa de follaje del Sotillo se tea de amarillo. Con una ojeada
perezosa y distrada Elena abrazaba el bosque y el vasto horizonte,
fijndola con insistencia en sus confines azulados. Aquel noviembre
vena seco, pero fro ya. El aire era transparente, la sierra tomaba un
color de violeta obscuro, la llanura se tea de gris; por el ambiente
corran las fras claridades, el aliento fresco que denunciaba la
proximidad del invierno.

--No hace ms que cuatro das que la seorita ha llegado y ya parece
otra--dijo la doncella que se hallaba a sus pies arrodillada cambindole
el calzado.

--S, el Escorial me ha probado siempre bien--repuso la seora sin
apartar su mirada distrada del horizonte.

--Por qu no viene ms a menudo?--se atrevi a preguntar la mimada
doncellita.

Elena no contest.

Al cabo de un rato apart los ojos del paisaje y los volvi al armario
de espejo que tena delante. Se mir prolongadamente en la luna y
murmur como si hablase consigo misma:

--De todos modos me encuentro bien cambiada, bien decada, bien fea!

--Cmo fea?

La doncellita protest con todas sus fuerzas de aquella monstruosa
asercin. Jams haba estado tan hermosa la seorita.

--Parece mentira--prosigui sta--que una fiebrecilla gstrica me haya
arruinado tanto.

--Quince das en el campo y se pondr la seorita tan gorda que habr
que enviar todos los trajes a la modista.

--Ms, ms...! Me convendra tal vez pasar todo el invierno aqu.

La doncellita se puso seria. El invierno! Alegre humor echara su
novio el encargado de la tienda de ultramarinos de la calle de Olzaga
si tardase ms de quince das en volver a Madrid! As que trat por
todos los medios que estaban a su alcance (que no eran muchos) de
disuadir a la seorita. Esta pareca no escucharla. Sus ojos volvieron a
perderse al travs del balcn abierto en las lejanas del horizonte
inmenso. En vano toc los recursos que en otras ocasiones haban surtido
efecto para distraerla, los vestidos, los sombreros, las reformas de la
casa, los coches. Elena permaneca absorta, ensimismada, sin dignarse
siquiera volver la cabeza. Viendo sus esfuerzos defraudados, la
doncellita adopt el acuerdo de salirse de la estancia sin hacer ruido.

El Sotillo le causaba ahora una impresin extraa, mezcla de dolor y de
alegra, de agitacin y de sosiego. Desde el da fatal, haca ya ms de
un ao, en que su esposo huyera para siempre, no haba puesto los pies
all. Pero desde haca ya tiempo soaba con l. Su espritu se volva
hacia aquel paraje ansiando la frescura de sus rboles, el rumor de sus
aguas, la paz de su ambiente. La paz, la paz! Esto era lo que
necesitaba su cuerpo gastado, su corazn deshecho. La carta de su marido
le haba producido el efecto de un rayo. Cay de bruces sobre el suelo
privada de conocimiento. Cuando la alzaron y la transportaron a la cama
se le declar una violenta fiebre que la tuvo postrada muchos das y
amenaz su vida. Durante su enfermedad ni Clara ni Tristn ni Visita
parecieron por su casa. Slo Marcela Pearrubia la vel como una hermana
cariosa. Cuando entr en convalecencia supo por ella que Tristn haba
provocado secretamente a Nez y que ste haba rehusado el duelo
alegando que no era l quien tena derecho a exigirle una reparacin.
Entonces Tristn le haba abofeteado. No otra cosa buscaba el pintor
para tener la eleccin de armas, pues aunque no era cobarde, ninguna
gracia le haca servir de blanco a la certera puntera de su amigo. Se
batieron a espada y Tristn sali herido ligeramente en el brazo
derecho. Despus se vio rodeada por aquellas amigas de ltima hora,
Marcela Pearrubia, Enriqueta Atienza, Rosita Len y sus respectivos
amantes que la asistan y la mimaban con asiduidad conmovedora.

Pero en cuanto pudo salir a la calle fue a casa de Visita resuelta a
enterarse adnde haba ido su marido y correr a pedirle perdn. En ver a
Clara y Tristn no soaba siquiera. La recibi Cirilo con ceremoniosa
cortesa hablndole de dinero, presentndole cuentas y libros,
anuncindole que al da siguiente le enviara los intereses vencidos de
las acciones del Banco. Visita no se present. Se hallaba un poco
indispuesta, al decir de su esposo. Sali de aquella casa con el corazn
tan apretado que en cuanto mont en el coche estall en sollozos. No se
haba atrevido siquiera a pronunciar el nombre de su marido. Cuando
lleg a su casa escribi una larga carta a Tristn. Este no le contest.
Entonces la pobre mujer, rechazada y despreciada por todos los deudos y
amigos de Reynoso, aislada y avergonzada se dej marchar por la suave
pendiente que delante se le ofreca. Recibi por fin a Nez, que
diariamente le enviaba billetes inflamados; intim con las amigas que se
desvivan por distraerla y entr a formar parte de aquella sociedad
divertida y galante. Fue una rebelin, una necesidad de su naturaleza,
que de otro modo hubiera sucumbido.

Y para ms aturdirse, para olvidar la pena que le roa el alma fue ms
all de lo que la prudencia aconsejara a una mujer en su caso. Lanzose
a una vida de placeres ruidosos; teatros, paseos, partidas de tresillo,
tiendas, modistas, cenas a ltima hora con sus flamantes amigas y
_adlteres_. Estas no la dejaban ni de noche ni de da. Gustavo Nez la
mantena en perpetua risa con sus bromas picantes y excntricas. El
lindo hotel de la Castellana se convirti en centro bullicioso de
placer. Elena se entregaba a l ms que con pasin con verdadera rabia.
No quera quedarse sola un instante, y para evitarlo intentaba nuevos
pretextos y correras, derrochaba a manos llenas las rentas cuantiosas
que Cirilo le entregaba cada trimestre. Naturalmente, no haba mujer ms
mimada, ms agasajada de sus amigos. Todo el mundo estaba pendiente de
su sonrisa, de sus gestos, de su apetito y no se escatimaban los medios
de divertirla y aun aturdirla.

As transcurri un ao. Al cabo, aquella vida, ms que agitada, febril,
agot sus nervios. Acometiole un decaimiento fsico y moral que en vano
trataron de combatir los que a la continua la rodeaban. El primero que
sinti los efectos de este desmayo fue Nez. Hasta entonces Elena haba
sido con l, si no extremadamente afectuosa, a lo menos complaciente,
risuea, generosa, una querida agradable en suma y que le realzaba en la
sociedad que frecuentaban. A ltima hora empez a mostrarse fra,
exigente, caprichosa y sobre todo a sentir una extraa melancola que la
tena horas enteras taciturna, sin poder arrancarle ni una sonrisa ni
una palabra. Elena empez a meditar. Aquella cabecita ligera, evaporada,
principi a darse cuenta vagamente del carcter de la gente que la
rodeaba, sobre todo del carcter de su amante. Este haba principiado
por mostrar con ella un desinters desdeoso, susceptible, que aun
hacindola sufrir un poco no dejaba de lisonjearla en el fondo. Hasta
tal punto pareca celoso el pintor de su dignidad que no poda hacerle
el ms corto obsequio sin que al da siguiente se viera regalada con
otro de ms precio. Sin embargo, con el tiempo fue cambiando este modo
de ser, se dej mimar y regalar sin protesta, coma casi a diario en
casa de ella y acept por fin que Elena abonase los gastos de un viaje
que hicieron por Francia y Alemania. Dur cerca de dos meses, se gast
por largo, y la galantera de Nez sufri en el curso de l bastante
menoscabo. La vida ntima, marital, descubri a los ojos de Elena los
puntos negros de aquel temperamento tan jovial y simptico en sociedad.
Dominante unas veces hasta la brutalidad, otras incisivo y cruel y casi
siempre egosta, haca recordar a Elena la paciente dulzura de su
marido, aquella galantera nunca desmentida, aquella proteccin paternal
que tanto calor daba a su corazn. Elena no era mujer de pasiones
ardientes; posea un temperamento infantil; la gran necesidad de su vida
era la de ser mimada. Defraudada en este impulso de su naturaleza y no
sabiendo fingir, pronto empez a mostrar a Nez un claro desvo. Cuando
haban llegado de Alemania, a fines de octubre, estaba harta ya de aquel
hombre.

Si no rompi con l abiertamente fue por miedo no tanto hacia l como
hacia la camarilla que le rodeaba. Sentale apoyado por todas sus amigas
y crea la inocente de buena fe que si le despeda stas se despediran
tambin y volvera a quedarse sola. Buena gana tenan de hacerlo!
Aquellas amiguitas la utilizaban lindamente. Coman bien en su casa,
asistan al teatro en su palco, iban a paseo en sus coches y adems de
vez en cuando le tomaban algn dinero prestado. La condesa de Pearrubia
se lo haba pedido dos veces, una seis mil pesetas y otra diez mil para
un negocio seguro segn deca. De todos modos Elena no volvi a ver su
dinero. ltimamente al regresar de Alemania Marcela vino a proponerle
que comprase acciones de una mina de plata que su amigo comn el
vizconde de las Llanas posea en Albacete. Se trataba solamente de un
desembolso de veinte mil pesetas que antes de un ao se convertiran en
cuarenta mil. Elena no las tena en aquel momento, pero no las hubiera
entregado aunque las tuviese. Haba entrado ya la desconfianza en su
espritu. Esta desconfianza se hizo ms viva cuando observ el mal humor
que mostr Nez al conocer su negativa. No pudo menos de sospechar,
viendo su gesto de contrariedad, que Marcela y l estaban en
connivencia. Tal sospecha, que el recuerdo de otros incidentes
autorizaba, convirti su desvo en desprecio. Pocos das despus se vio
precisada a guardar cama; la fatiga del viaje y las comidas de hotel
haban estropeado su estmago. Mientras estuvo enferma medit mucho: la
fiebre exaltaba su imaginacin, exacerbaba su aburrimiento, haca
crecer los agravios que crea haber recibido de su amante. Cuando se
levant del lecho estaba decidida a romper sus relaciones con l. Se
hallaba harta de aquel sinapismo. Se quedara sola, trasladara su
residencia al extranjero, entrara en un convento, tomara otro amante,
todo, todo menos continuar unida a aquel pomito de cido ntrico! Sin
decirle una palabra ni avisar tampoco a ninguna de sus amigas, en cuanto
se sinti con fuerzas para ello se traslad un da al Sotillo. Desde
aqu haba escrito a Nez una carta anuncindole que estaba resuelta a
cortar el lazo amoroso que los una. No queriendo decirle el motivo real
que a ello le impulsaba y no siendo extremadamente hbil en el gnero
epistolar, se perda en una serie lamentable de frases sin sentido,
reticencias y exclamaciones intiles. Cuando ley la carta antes de
enviarla comprendi que no estaba bien, que todo aquello era ridculo.
Sin embargo no quiso escribir otra. Alz los hombros con desdn y
exclam sonriendo maliciosamente:--Bien est! Que lo tome como
quiera.

En el Sotillo sinti los nicos momentos de sosiego que haba disfrutado
desde haca quince meses. Una dulce melancola penetraba en su alma al
contacto de aquellos sitios donde tan feliz haba sido. Le pareca que
su dicha no haba muerto, que an estaba all guardada esperndola.
Vagamente soaba con ver surgir del parque la gran figura atltica de su
marido y escuchar su risa sonora. No era posible, no, que todo aquello
hubiera muerto para siempre. Recorra la casa, se tenda sobre el silln
de lectura de su marido, escrutaba el parque, daba de comer a las
palomas y esperaba. Una esperanza irracional pero no por eso menos
poderosa se haba apoderado de su alma en aquellos cuatro das; senta
la impresin del que se halla soando una siniestra pesadilla y guarda
la conciencia de que lo es y no tardar en despertar. No haba subido al
pueblo, nadie haba venido a visitarla ni aun sus mismos parientes,
acaso porque no supieran que estaba all. Sin embargo, aquella
excitacin placentera que acude siempre en toda convalecencia como una
resurreccin de la vida comenzaba a ceder. El cuervo de la soledad y el
desconsuelo comenzaba a batir ya las alas negras sobre su frente.
Aquella pequea y tersa frente de estatua griega senta su sombra y se
obscureca.

Elena dej escapar un suspiro, apart sus ojos extticos del horizonte y
se alz del asiento. Mir el reloj de la chimenea: eran las once. Tom
el quitasol y baj al parque. Hasta entonces no haba salido de l,
satisfecha de recorrerlo en todos sentidos, de tocar sus flores, de
acariciar sus rboles y sentarse largas horas en el gran cenador leyendo
una novela. Ahora le haba entrado curiosidad de verlo todo, un deseo
vivo de espaciarse por el campo imitando a su cuada Clara. De buena
gana hubiera tomado una carabina como ella. Entr en el bosque y lo
atraves con pie ligero: la sombra espesa an de su follaje la sofocaba.
Cuando los rboles se enrarecieron dejando paso a los rayos del sol se
detuvo un instante y respir a plenos pulmones con la sonrisa en los
ojos. Y ya ms libre y tranquila sigui caminando lentamente entre las
encinas y chaparros hasta tocar en los bordes de la laguna. Una lancha
estaba amarrada a la orilla: salt sobre ella con alegra y no habiendo
remos se balance un rato gozando la grata impresin de hallarse a
flote. Lstima de remos! Si los tuviera se habra lanzado al medio
segura de no haber olvidado an su manejo. Con pesar volvi a saltar a
tierra. Un poco ms all vio la columnata del vetusto cenador derruido,
atraves el puente brincando sobre los agujeros que haban dejado las
piedras desprendidas y se sent entre la maleza de los espinos y acacias
que lo envolvan. Se acord del ltimo banquete que all se haba
celebrado. Qu feliz, qu inocente era entonces! Cun poco poda
presumir lo que le aguardaba! La frente arrugada, los ojos serios,
volvi a pasar el puente y march por el monte a paso ms vivo. Los
rboles se hicieron cada vez ms raros y ms bajos, la maleza obstrua
los senderos. En algunos sitios libres crecan el tomillo y el romero.
Acometida de un fuerte enternecimiento al recuerdo de su marido arranc
algunos puados y se los llev a la nariz con los ojos mojados de
lgrimas. Pero all ms lejos una columnita de humo blanco se elevaba
hacia el cielo. Sin darse cuenta march hacia ella, pero cerca ya se
detuvo vacilante. En torno de una hoguera donde ardan hojas y ramas
secas se hallaban de pie y fumando algunos pastores y mozos de labranza.
Quiso volverse acometida de una vergenza inexplicable, pero ya la
haban divisado y el to Leandro vena hacia ella con el sombrerete en
la mano.

--Buenos das tenga nuestra ama, buenos das! Ningn pjaro hay aqu
ms alegre cuando sale el sol que nosotros lo estamos vindola por sus
posesiones, mi seora.

--Gracias, gracias. Todos estn buenos, verdad?--profiri Elena con
extraa timidez y deseos de volverse.

--La salud es la riqueza del pobre. Viene el agua, viene la escarcha,
calienta el sol hasta quemarnos, pero todo eso no nos quita de dormir a
pierna suelta y comer lo que hay con apetito.

--Pues lo dems vale bien poco--murmur Elena con un suspiro.

--Ya tenamos viento de que haba llegado la seora y que haba estado
un poco enferma...

--S, s... he estado enferma, pero ya estoy bien--respondi con un poco
de impaciencia.

Los pastores y los mozos se haban ido acercando lentamente, todos con
sus sombreros en la mano, avergonzados y confusos con una estpida
sonrisa estereotipada en el rostro. Elena estaba ms confusa que ellos.

--Y los rebaos han crecido?--pregunt haciendo un esfuerzo por
recobrar su aplomo.

No, los rebaos no haban crecido. El ganado lanar estaba de baja. Una
enfermedad maligna haba entrado por las ovejas y se haba llevado
muchas. En cambio las vacas tenan unos terneros muy lucidos. El pastor
de las vacas trat de llevar a la seora para que los viese, pero sta
manifest que no tena tiempo: por la tarde o al da siguiente los
vera.

--A que no sabis por qu viene la seora en este tiempo?--pregunt con
increble finura y sonriendo con una boca que le llegaba de oreja a
oreja el zagaln Felipe.

Nadie respondi. El to Leandro dirigi hacia l los ojos con inquietud.

--Pues a recoger la bellota--profiri rotundamente despus de haberse
gozado en tenerlos unos instantes suspensos.

--Celipe, Celipe, no seas burro!--exclam el to Leandro con acento
severo.

--Anda!--replic Felipe encrespndose--. Pues poco que se recreaba el
amo el da de San Eugenio vindonos cargar con los costales llenos y
emborrachndonos dimpus! Bien seguro que all por las Amricas no se
reir tanto ese da como aqu se rea.

Las mejillas de Elena enrojecieron al or mentar a su marido. El to
Leandro, que algo saba a qu atenerse sobre el viaje de don Germn,
clav una mirada iracunda sobre el brbaro zagal y se le vieron
intenciones claras de arrojarse sobre aquel piazo animal.

De esta confusin vino a sacar a Elena una voz que son a su espalda.

--Estoy convencido de que hubiera podido ser un gran explorador de
tierras vrgenes. He llegado hasta aqu perfectamente sin planos y sin
brjula.

La sangre de Elena se agolp a su corazn dejando las mejillas plidas.

--Verdad que ni Marco Polo ni Magallanes lo hubieran hecho mejor que
yo?--dijo Nez avanzando hacia ella con la mano extendida. Su rostro
plido de barba partida sonrea con la acostumbrada expresin irnica.
Elena no pudo reprimir un gesto de disgusto, pero recobrndose sbito le
tendi la mano con un esbozo de sonrisa.

--Ya, ya! Hay que darle a usted una condecoracin por su audacia.

--La fortuna nos ayuda siempre a los audaces--replic el pintor
recogiendo la intencin que pareca desprenderse de las palabras de
Elena. Y echando una mirada en torno:--Pero sta es una escena de la
antigedad griega! Penlope sale de su palacio, recorre sus dominios en
la rocosa Itaca, encuentra a Eumeo y sus zagales celosos guardadores de
sus manadas de puercos, y departe con ellos.

--Escena que usted ha venido a interrumpir con su figura y sus aires
modernistas--dijo Elena sonriendo, pero con voz ligeramente cambiada.

--La hospitalidad es la nica virtud que resplandece en los poemas
griegos. Soy un pobre viajero que cansado y hambriento viene pidiendo
una tarima donde descansar y pan para satisfacer su apetito.

--Vamos en busca de la tarima--manifest Elena secamente y echando a
andar con una resolucin que sorprendi a Nez. Este, antes de
seguirla, se volvi hacia los pastores:

--Salud, amigos! Seguid cuidando fielmente de los puercos de vuestro
seor.

--Aqu no ha habido puercos, caballero, hasta el da de hoy--respondi
el to Leandro gravemente.

Nez le clav una mirada insolente y escrutadora. El viejo pastor la
sostuvo sin pestaear. El pintor se emparej con la dama exclamando con
risita irnica:

--Parece que Eumeo sigue aborreciendo como antes a los pretendientes!

Elena no dijo nada y sigui caminando con paso vivo hacia la casa. Una
clera sorda ruga dentro de su pecho y tena miedo de dejarla estallar
donde pudieran verla. Es decir que aquel hombre no slo no haba hecho
caso de la resuelta despedida que le daba en su carta, sino que llevaba
su osada hasta presentarse en el Sotillo. En el Sotillo, donde despus
de la marcha de su marido no haba puesto ella misma los pies por temor
de cometer una profanacin! Elena tena un corazn tierno, inocente,
pero un carcter impetuossimo que los mimos de su marido y de la gente
que la rodeaba desde haca algunos aos no haban atenuado. Estaba
acostumbrada a que sus caprichos fuesen ley. Mientras el pintor se
mostr sumiso y carioso obtuvo de ella cuanto quiso; mas as que por la
confianza dej su actitud rendida y mostr su verdadero carcter fro y
egosta, instantneamente naci en ella una violenta rebelin. Nez se
haba equivocado de medio a medio con ella. Pens dominarla a fuerza de
sarcasmos y lo que stos produjeron fue un incendio de ira muy difcil
de apagar.

--Penlope era la ms amable de las mujeres, al decir de Homero, y saba
encontrar para todos una palabra corts y una sonrisa graciosa. Es que
con el tiempo se ha convertido en una viejecita huraa y gruona?

Elena guard silencio. Nez sigui bromeando unos instantes; pero
viendo que no lograba arrancarle una palabra, despechado, concluy por
imitarla y dejarse conducir hasta la casa. Al llegar a ella Elena subi
a sus habitaciones. Nez la sigui.

--No has recibido mi carta?--le pregunt rudamente as que puso el pie
en su saloncito.

--Las malas noticias llegan siempre--respondi Nez.

--Entonces, qu vienes a hacer aqu?

--A buscar una explicacin. Tu cartita tiene ms clara la letra que el
espritu. No te ofenders si te digo que nunca sers la mula de madama
de Sevign.

--Ah! No la has entendido? Pues entonces hay que convenir en que
estaba demasiado bien dorada la pldora. No necesitabas tanto.

--Ser porque yo no entienda tanto de pldoras como t.

Elena se puso roja. Aquella alusin a su nacimiento la hiri en lo ms
vivo. Hizo un esfuerzo para reprimirse y dijo con calma:

--Nuestras relaciones, Gustavo, no pueden ni deben continuar. El lazo
que nos une, como t comprenders, nada tiene de sagrado y poco importa
romperle un da u otro si al cabo se ha de romper. T has sentido un
capricho: yo tambin. Solamente que a nosotras las mujeres estos
caprichos nos salen siempre ms caros. Me parece que es bastante.
Despidmonos como buenos amigos.

--Es que ya no te gusto?--pregunt el pintor cnicamente clavndole sus
ojos verdosos chispeantes de malicia.

Elena le mir fijamente sin turbarse y alzando los hombros profiri con
displicencia:

--Tienes demasiado talento para m.

Nez guard silencio unos instantes, sac un cigarro, lo encendi y
arrellanndose con toda comodidad en una butaca dijo:

--Siempre he sospechado que el talento me haba de perder. Es realmente
un exceso, lo comprendo, pero bien sabe Dios que no pocas veces me he
prosternado dicindole: Seor, no hay que exagerar. Por qu me has
dotado de tantas facultades y has dejado desmantelados a muchos
ministros, profesores y acadmicos a quienes hacen ms falta que a mi?
No seas injusta, Elena. Compadcete de m. Piensas que es una ganga el
tener talento en Espaa?

Elena no estaba para bromas. Escuch con indiferencia lo que su amante
le deca y sin responderle abri el balcn y sali a la terraza. Nez
la sigui. Ambos se reclinaron sobre el antepecho y guardaron silencio
unos momentos. Entonces Nez, a quien su tctica habitual no vala, se
puso serio, habl de su amor, de los felices instantes que juntos haban
pasado en sus viajes, le hizo ver que aquella fatiga moral que pareca
sentir era engendrada por la fatiga fsica. En cuanto se repusiera del
todo volvera a ella la alegra, que era su estado natural, el tesoro de
ms vala con que la naturaleza la haba dotado. Un poco de debilidad,
un pequeo desequilibrio nervioso nos hace ver el mundo como un pozo;
pero descansamos, nos fortalecemos y el mundo vuelve a ser el mismo, un
venero de goces para quien posee hermosura, dinero y un carcter jovial
y feliz como ella...

Era ya tarde. El alma de Elena, conmovida, llena de melancola por la
influencia de aquellos sitios, donde se haba deslizado su infancia,
donde haba gozado despus unos aos de felicidad inefable, no poda
responder al llamamiento brutal de la pasin. La irona, la malignidad,
el ingenio de su amante, que al principio la haban cautivado, ahora le
causaban aversin y hasta desprecio. Sin abrir la boca haca signos
negativos con la cabeza, mirando fijamente al horizonte azulado. En
vano Nez derroch su ingenio para convencerla, en vano apel despus
a las splicas ardientes, a los dictados cariosos. Nada, nada, el mismo
inflexible signo negativo responda constantemente a sus argumentos y a
sus quejas.

Al bajar los ojos una de las veces Elena crey ver algunas palabras
escritas sobre el mrmol del antepecho. Baj un poco ms la cabeza y las
ley. Sbitamente acudi la sangre a su rostro, ponindose roja como una
brasa; inmediatamente plida. Se irgui con extrao mpetu y mirando al
pintor con ojos extraviados le dijo:

--Tenga usted la bondad de salir por un momento. Me siento mal.

Nez la mir sorprendido: su actitud y sobre todo aquel tratamiento
ceremonioso que nunca haba usado si no es en pblico desde que se
hallaban en relaciones le dejaron estupefacto. Y como no se moviera,
Elena exclam con impaciencia:

--Me siento mal! me siento mal...! Haga usted el favor...

Seal imperiosamente a la puerta.

--Qu te ocurre? Quieres que llame? Quieres que vaya a avisar al
mdico?

--Salga usted... salga usted!

Nez obedeci al fin. Sin consideracin alguna en cuanto traspas la
puerta, Elena dio vuelta a la llave. Luego vino en dos saltos al
antepecho y volvi a leer las tres palabras que su marido haba escrito
con lpiz la noche aciaga en que se apart de aquellos lugares para
siempre. Estas palabras decan: _Acurdate de m_. Elena cay de
rodillas.

--S, s, Germn de mi alma, esposo mo, me acuerdo de ti, y me
acordar mientras me quede un soplo de vida! Dios mo, Dios mo!, qu
es lo que he hecho?

Y la infeliz apretaba sus labios contra el fro mrmol y regaba la
inscripcin con sus lgrimas.




XIX

FIEROS DESENGAOS DE TRISTN


Tristn se haba ido despus de almorzar al caf segn costumbre. Clara
en el comedor jugaba con su nio y ste con el perro. El nio haba
envejecido terriblemente desde la ltima vez que tuvimos el gusto de
verle, que fue, si la memoria no nos es infiel, en el da feliz de su
nacimiento. Podra tener ya unos diez y seis meses, mal contados. El
perro era mucho ms provecto. Aquel Fidel, feroz corredor de conejos y
de nades, haca ya largo tiempo que estaba jubilado. Su ama al casarse
le haba trado del Sotillo concedindole un honroso descanso, al cual
ya tena derecho por sus dilatados servicios. La vida regalona y
sedentaria le hizo echar un poco de tripa como esos militares a quienes
el ministro premia concedindoles una plaza en el ministerio o en el
Consejo Supremo y al cabo de dos aos no pueden meterse el uniforme,
porque les estallan las costuras y les saltan los botones. Si le
hablaban de las perdices y los conejos haca un mohn de disgusto y
mova el rabo con impaciencia como si tratase de pasar a otro asunto.
Las perdices y los nades eran para l cuentos del tiempo viejo,
calaveradas de la juventud; que le dejasen de romanticismos y le
hablasen de las buenas siestas al pie de la chimenea y de los buenos
platos de cocido con desperdicios.

Pues a pesar de la diferencia de edad Fidel y Paquito (que ste era el
nombre del infante) parecan amigos ntimos y se llevaban bastante bien.
La experiencia del uno haca contrapeso a la natural irreflexin y
fogosidad del otro. Algo deba de sufrir con ello el veterano sabueso.
Cuando Paquito se pona guasn lo era de todas veras: le tiraba
brbaramente de las orejas, le tapaba el hocico y hasta llegaba en
ocasiones oh sutil refinamiento de crueldad! a meterle los dedos por
los ojos. Pero Fidel saba zafarse de estas vejaciones y cuando adverta
que su camarada mostraba tendencias a ponerse _pelma_ se largaba pian
piano moviendo el rabo haca la cocina dejndole en la ms espantosa
soledad. En cambio se aproximaba demasiado cuando Paquito tena entre
manos y boca algn pedacito de pastel o una galleta. Entonces, si el
amiguito se haca el remoln y no se apresuraba a compartir con l la
golosina, arrimaba el hocico y, no se la arrancaba violentamente, que
esto no cuadraba a su educacin ni a su carcter diplomtico, pero con
sutileza increble se insinuaba, se insinuaba; principiaba por lamer
tmidamente el pastel y conclua por abrir con extrema delicadeza la
mano del nio y engullrselo. Hecho lo cual, siempre prudente y
previsor, se eclipsaba. Paquito, vindose estafado, pona el grito en el
cielo.--Quin ha sido, rico? Quin te ha llevado el
pastelito?--exclamaba su niera.--Ha sido el Fidel? Vamos a pegarle con
el ltigo. Dnde estaba ya el Fidel! En un buen rato no se le vea por
ninguna parte.

Clara jugaba con su nio tenindole en brazos, mientras ste sujetaba
con sus tiernas manecitas las orejas del Fidel. Eran los grandes
placeres de la gentil hermana de Reynoso, casi puede decirse los nicos.
Desde el grave disgusto que aqul haba sufrido y su marcha repentina,
apenas haba vuelto al teatro por temor de encontrarse con Elena; no
asista a ninguna tertulia, ni haba tomado en manos la escopeta para
cazar. El verano lo haban pasado en Santander. Adems, a pesar de las
instancias de Tristn, que no vea ya la necesidad, persista en
amamantar a su hijo y se empeaba en hacerlo hasta que cumpliese los
veinte meses. Esto la sujetaba mucho a la casa, pero nada le costaba.
Senta tal voluptuosidad penetrante teniendo a su hijo colgado a sus
pechos, mirndola con ojos graves, acaricindole la cara con su manecita
mientras saciaba vidamente el apetito, que no cambiara aquellos
momentos por todos los goces de la tierra. Por ventura se refugiara la
joven esposa en el amor maternal con tanto mpetu para consolarse de
algunas decepciones conyugales? No es fcil decirlo. Segua tan
enamorada de su marido como el primer da de casada; pero Tristn no
haba respondido a sus anhelos de dicha y amor. No es que se mostrase
con ella despegado; al contrario, ordinariamente ms que marido era un
amante fogoso y rendido, pero las desigualdades y suspicacias de su
genio la hacan sufrir bastante. No haba instante seguro con l. En
medio de una expansin placentera, cuando fluan de la boca de ambos
alegres carcajadas, de pronto apareca una arruga en su frente, quedaba
repentinamente grave, luego sombro y comenzaba a pensar y hablar de las
desgracias que en pos de tales alegras le poda aportar el Destino. Si
se muriese aquel nio! Si Clara se quedase ciega como Visita! Si l se
arruinase y quedasen en la miseria sujetos a pedir limosna! Si
cualquiera de los dos enfermase y se viese obligado a permanecer en la
cama paraltico como tal o cual persona de su conocimiento! La vida
nunca trae consigo ms que sorpresas desagradables. La vida es
esencialmente instabilidad y dolor. Cmo es posible pensar en la
alegra y la paz aqu donde nada permanece, donde todo est sujeto a un
cambio irresistible? Y se lanzaba inmediatamente al anlisis y a la
exposicin de los dolores del mundo dejando a la pobre Clara con el
corazn apretado y ganas de llorar. La pobre mujer estaba harta ya de
las verdades santas del budhismo, de la verdad santa sobre el dolor. El
nacimiento es dolor, la vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la
muerte es dolor, la unin con lo que no se ama es dolor, la separacin
de lo que se ama es dolor, etc.

Pero Tristn--le deca ella cuando ya no poda ms--, el temor de las
desgracias multiplica nuestro sufrimiento. Yo creo que ese temor nos
hace padecer an ms que la misma desgracia cuando llega. En la vida hay
muchos disgustos, es cierto, pero entre unos y otros Dios nos concede
algn respiro y si lo aprovechsemos para ser felices, para vivir
alegres, acaso las calamidades nos hallaran ms fuertes y pudiramos
soportarlas mejor y sabramos cuando llega la ocasin mostrarnos
valerosos como mi hermano, que no ha sido ante su desgracia ni un
cobarde ni una fiera.

Clara estaba orgullosa de su hermano. Este orgullo inspiraba celos a
Tristn, que se senta humillado. Aunque tena la consideracin de no
contradecir estas expansiones del cario fraternal guardaba, cuando
estallaban, un silencio desdeoso, y este silencio hera a su vez a
Clara.

Se hallaba, pues, sta jugando con su nio como se ha dicho cuando
apareci el criado anuncindole que haba a la puerta un caballero que
deseaba visitar a los seores.

--No le has dicho que el seorito ha salido?

--S seora, pero me ha dicho que estando la seora es igual.

--No te ha dado su tarjeta?

--No seora.

Clara vacil un instante, pero al cabo dijo alzando los hombros:

--Est bien; psalo al saln.

Y entregando su hijo a la niera fuese a ver quin era el visitante.
Cuando puso el pie en el saln una ola de rubor subi a sus mejillas. En
medio de l, grande, colosal, ms colosal an que antes, se hallaba el
marquesito del Lago. Este se puso tambin fuertemente colorado al verla.
Se saludaron afectuosamente, pero ambos extremadamente embarazados.
Clara pensaba en los celos tan infundados, tan pueriles que Tristn
senta de aquel chico. El marquesito no poda menos de recordar la
escena del da de la boda, cuando un poco ebrio haba soltado algunas
palabras inconvenientes delante de un corro de seoras. Sin embargo, no
tardaron en recobrar su aplomo. Nann era el mismo nio grande, un poco
ms grande, un poco ms moreno. Su mam le haba tenido cerrado aquellos
dos aos en una finca enorme, solitaria, de la provincia de Badajoz, sin
salir ms que una que otra vez a la capital en tiempo de ferias o
cuando algn negocio lo requera. Pero al fin le haba dejado venir a
Madrid para asistir al matrimonio de un primo hermano suyo y aqu estaba
desde haca cuatro das.

--No se habr usted aburrido mucho, sin embargo, porque me han dicho que
por all hay caza abundante.

Oh, Dios mo! Caza? Cuanta se quera y de todas clases, mayor y menor.
Inmediatamente el marquesito, puesto ya en el disparadero, se lanz a
una serie interminable de descripciones cinegticas, de aventuras
maravillosas, de lucha espantable con los jabales. En todo cazador por
honrado que sea dormita siempre un embustero. Cuando despierta cuesta
trabajo dormirle. Clara lo saba, pero as y todo se hallaba arrobada
escuchndole. La boca se le haca agua viendo desfilar por delante de su
vista aquellas legiones de perdices, aquellos ejrcitos innumerables de
conejos, aquellos venados corredores y jabales feroces. Ay! ella no
haba tenido el gusto de tirar a un jabal. Cunto apeteca encontrarse
frente a uno!

--S? Pues no tiene usted ms que venirse a pasar unos das con
nosotros y yo le har matar una docena de ellos. Poco gusto que le
dara a mam verles a ustedes por all!

--Pero, Nann, no sabe usted que tengo un nio y que le estoy
criando?--exclam ella riendo.

--Y eso qu importa? Se lleva al nio y la servidumbre que ustedes
necesiten. Tenemos casa para alojar dos familias numerosas... Y dnde
est ese nio? Quiero verle--aadi con su franqueza y aturdimiento
habituales.

Clara hizo traer a su hijo. El marquesito le alz entre sus manos de
gigante y le zarande un rato con no poca alegra del infante, que
soltaba carcajadas y se agarraba a sus orejas con igual confianza que a
las de Fidel. Entre aquellos dos nios el uno grande y el otro chico
naci sbitamente una tierna simpata. Cuando la niera quiso tomarle de
nuevo en brazos Paquito se resisti fuertemente, persistiendo en
agarrarse al cuello del marqus, que entusiasmado con tal preferencia
no cesaba de acariciarle y divertirle con todo el repertorio de sus
payasadas.

--Este nio tiene que ser un gran cazador. Mire usted qu manos, Clara!
Ver usted... es capaz de alzar una silla en peso.

Y le haca coger con sus manecitas una silla y le alzaba con ella sin
que el chico la soltase.

--No lo deca yo? Bastaba ver estas muecas. Tan fuerte como su mam!
En cuanto pueda coger una escopeta me lo llevo a la dehesa. Ya ver
usted qu buena cuenta da de las perdices.

--No, no, me lo va usted a fatigar demasiado!--respondi riendo la
mam, entusiasmada por la perspectiva de ver a su hijo hecho un hombre y
en traje de cazador.

--Qu se ha de cansar! Le montaremos a caballo. Adems all no se
necesita andar mucho para hallar las perdices. Desde el balcn de mi
cuarto las veo muchas maanas.

--Oh, qu gusto! Qu bien estara yo all!

--Si viviera usted all, mientras el nio echaba un sueecito poda
disparar media docena de tiros y traerse en el morral otras tantas
perdices.

El marquesito segua fantaseando, pero esto le haca gozar. Clara
tambin hallaba deleite en aquellas exageraciones convenidas ya entre
cazadores. As se estuvo un largo rato de visita, alternando las
narraciones cinegticas con los juegos de Paquito que a cada instante
hallaba ms de su gusto el nuevo camarada que le haba salido. Al cabo
se despidi con no poco pesar del chiquillo, a quien dej llorando.
Clara tambin haba pasado un rato agradable. Haca ya tiempo que nadie
le hablaba de caza y sinti renacer dentro de s aquella antigua aficin
que la dominaba. Pero cuando el criado cerr la puerta, cuando oy al
marquesito gritar an desde la escalera: Muchos recuerdos a Tristn:
dgale usted que ya le ver uno de estos das, entonces naci
repentinamente en su alma una inquietud. Cmo tomara su marido aquella
visita? Dados sus celos rabiosos por aquel chico que tantos disgustos
le haban costado, no poda menos de producirle un efecto desagradable.
Entonces le pes fuertemente de haberlo recibido. Pas toda la tarde
preocupada. A medida que el tiempo transcurra y se acercaba la hora en
que Tristn sola regresar a casa su inquietud fue en aumento. No era
una mujer nerviosa y fantstica, pero conoca ya bastante bien y a sus
expensas el temperamento de su marido, para quien los granos de arena
eran montaas y los cfiros violentos huracanes. Recordaba con terror su
triste noche de novios y temblaba ante la idea de que se repitiesen
aquellas escenas de desesperacin y de lgrimas. Felizmente, haca ya
tiempo que Tristn no se mostraba celoso sino por fugaces intervalos. Si
en la calle, en los tranvas o en los teatros la miraba demasiado algn
hombre sola disgustarse y aun enfurecerse, pero todo aquello pasaba
pronto con la ocasin que lo produca. Su vida retirada, el poco o
ningn trato que ltimamente tenan y sobre todo el carcter de Clara
serio, tranquilo, sin asomo de coquetera haban concluido por
infundirle sosiego sobre este asunto. Adems, otros celos eran los que
desde haca tiempo embargaban su espritu, los celos del oficio. Cada
da se sumerga ms y ms en esa llamada vida literaria que consiste en
maldecir de sus compaeros y vivir constantemente preocupado de lo que
hacen. Las rivalidades, las intrigas, las minucias y ruindades de esta
vida mantenan su espritu en un estado de tensin dolorosa y en sus
quebrantos y decepciones hallaba siempre la confirmacin de sus teoras
filosficas.--Oh, la vida!--exclamaba cuando algn crtico no
encontraba bonitos sus versos.--Oh, la vida!--cuando vea aplaudir la
obra (estpida por supuesto) de uno de sus amigos.

Cuando lleg a casa vena de un humor extremadamente sombro. Clara, que
iba a comunicarle la visita que haba tenido, se sinti tan cohibida,
tan paralizada al ver su rostro contrado que no se atrevi a hacerlo.

--Qu te pasa? qu es lo que tienes?

Tristn se encogi de hombros sin responder, dio unos cuantos paseos por
la estancia y al cabo como si hablara consigo mismo, ms que
dirigindose a su mujer:

--Nada, que jams, jams! puede uno convencerse de todas veras de que
los desengaos y sinsabores particulares de cada uno no son una
excepcin, y que la tristeza es la ley general de la vida.

Luego sigui paseando sin pararse a hacer una caricia a su hijo.

Efectivamente, Tristn haba sufrido aquella tarde uno de los mayores
desengaos de su vida, y eso que sta, a lo que l deca, no haba sido
otra cosa que una serie interminable de ellos. Su fraternal, su abnegado
amigo Garca era un traidor como todos los dems. Lo haba averiguado
del modo siguiente: Iba paseando por una de las avenidas solitarias del
Retiro cuando acert a ver delante de s y por la espalda dos figuras
que le parecieron conocidas. Se acerc un poco ms y se cercior de que
una de ellas era la del gran dramaturgo y su enemigo mortal Estvanez.
Por qu era su enemigo mortal Estvanez? Tristn lo demostraba por
medio de una serie de razonamientos que no a todos convencan. Sin
embargo, l cada da pareca ms persuadido y cada da le dedicaba mayor
odio. Es ms, supona que despus de haber inspirado el artculo de
_Leporello_ en _El Universal_ que tanto le haba herido, despus de
haber influido para que retirasen prematuramente su drama del cartel,
todava se empleaba villanamente en perseguirle y desacreditarle. No
haba insinuacin en los artculos literarios de los peridicos que
pudiera perjudicarle en que no viese la mano de Estvanez, no llegaba a
sus odos ninguna frase mortificante de la cual no le atribuyese la
paternidad.

Acercose un poco ms y vio con sorpresa y horror que la persona que le
acompaaba era ni ms ni menos que su amigo Garca. Sinti un fro
extrao en el corazn, el fro que nos causan las grandes decepciones de
la vida. Disimuladamente, ocultndose detrs de los setos y de los
rboles los sigui largo rato. Observ que se hablaban con franqueza y
animacin, que Garca se mostraba con el clebre literato lleno de
deferencia y que ste a su vez le pagaba otorgndole una confianza
afectuosa. Acercose todava por ver si poda escuchar algo de su
conversacin; percibi algunas palabras sueltas, pues hablaban en voz
alta, y al cabo de unos instantes crey or distintamente la siguiente
frase en boca de Garca: El pobre Tristn, aunque se cree un gran
poeta, no pasa de ser una mediana. Esta frase jams fue pronunciada
por el buen Garca, ni era posible, pero Tristn la oy claramente. Es
un fenmeno de autosugestin que casi todos hemos podido comprobar
alguna vez. Cuando nos hallamos temerosos o profundamente convencidos de
que se ha de decir una cosa, llevamos mucho adelantado para orla aunque
no se diga.

Una rabia insensata le mordi en las entraas. De buena gana les hubiera
tocado en la espalda para decirles: Aqu estoy yo! y estuvo a punto
de hacerlo, pero se contuvo. Dio la vuelta con presteza y se puso a
marchar agitadamente por los caminos ms solitarios del parque, presa de
una violenta clera.

--Miserable...! traidor...! granuja...! Despus de lo que yo he
hecho por l!

Iba murmurando por intervalos estas y otras frases por el estilo.
Recordaba los favores que haba hecho a Garca sin pensar, por supuesto,
en los que ste le haba hecho a l. Al cabo de algn tiempo de dar
vueltas y ms vueltas sin saber por dnde andaba, con el cerebro
encendido y el cuerpo convulso, al atravesar por uno de los parajes ms
recnditos del parque oy detrs de un seto la voz y la risa de persona
conocida. Asom la cabeza por encima del follaje y pudo ver a sus amigos
Cirilo y Visita sentados en un banco. El paraltico lea por un libro;
la ciega escuchaba y a menudo interrumpan la lectura para rer y
comentar con admiracin los pasajes que ms les agradaban. Aquella
simple y tranquila felicidad hiri a Tristn como una bofetada en tal
momento. Los contempl con ojos cargados de desdn y de clera y al fin
se alej murmurando:--Qu par de imbciles!

--Pero qu te ha ocurrido?--volvi a preguntarle su mujer.

--Nada, hija ma, que hoy se me ha cado la venda de los ojos. El
amiguito Garca, ese desdichado a quien slo por compasin admita en mi
casa, me estaba arrancando esta tarde la piel de lo lindo con mi otro
amigo Estvanez.

Hay que advertir que Tristn senta particular predileccin por esta
metfora de la venda y que sola emplearla con bastante frecuencia. En
cuanto cualquier persona de su conocimiento no satisfaca todas sus
pretensiones y hasta sus caprichos, era sabido, le caa la venda de los
ojos.

--No puede ser--respondi resueltamente Clara con el instinto seguro que
tienen las mujeres para juzgar el carcter de los amigos de sus maridos.

--Cmo no ha de ser, si yo mismo le he odo?

Clara qued un instante suspensa, pero volvi a decir con mayor
resolucin:

--No puede ser. Garca es absolutamente incapaz de cometer contigo una
villana.

--Qu sabes t de lo que son capaces o incapaces los seres
humanos!--replic alzando los hombros con desdn--. Lo ha dicho con
profunda sabidura el maestro alemn, el maestro clarividente: slo
cuando llegamos a cierta edad comprendemos en qu cueva de bandidos
hemos cado.

--Garca no slo te quiere entraablemente, sino que te admira como a
ningn otro hombre.

--De la admiracin a la envidia no hay ms que un paso. Yo he cado en
el error de tratar con excesiva familiaridad a un hombre tan vulgar como
Garca. Estas naturalezas se sublevan al aspecto de otra naturaleza
opuesta. Disimularn su envidia durante algn tiempo, el tiempo que les
convenga, pero en la primera ocasin favorable la mostrarn. Si se ha
hecho amigo de Estvanez, mi amistad le importa ya poco y se vengar del
tiempo que ha perdido adulndome.

--Oh, qu atrocidad! Tristn, no pienses eso.

En vano con la elocuencia que le dictaba su recto corazn trat de
disuadirle y desvanecer aquellas negras sospechas. Agarrado con
irresistible presin como siempre a sus ideas, su marido no quiso
escucharla, oponiendo a todas sus razones una actitud altiva y
desdeosa.

Comi poco y estuvo sombro y silencioso mientras dur la cena. Cuando
haban llegado a los postres son el timbre de la puerta. El criado fue
a abrir y entr despus sin decir nada.

--Quin llamaba?

--El seorito Garca--respondi con indiferencia--. No quiso pasar: dijo
que se iba al despacho.

Tristn se alz de la silla. Clara tambin se levant y sujetndole con
mano trmula por una manga le dijo:

--No vayas all, Tristn. Djame ir a m... Le dir que ests
indispuesto, que te duele la cabeza y no puedes hablar con nadie.

--Suelta, suelta!--respondi l haciendo un movimiento brusco y
zafndose de su mano.

Y con paso vivo se dirigi al despacho, dejando a Clara acongojada.

Garca lea ya atentamente por un libro a la luz del quinqu.

--Hola, amigo!--profiri Tristn con una voz tan extraa que Garca
levant la cabeza sorprendido.

--Cmo estamos, amigo?--sigui con la misma inflexin de voz y
acercndose a la mesa.

--Bien, y t?--respondi Garca mirndole cada vez con mayor sorpresa.

--Yo...? Divinamente!

Y se sent frente a l y le clav una larga mirada insistente y dura.

--Desde que hago una vida ms higinica--aadi--me encuentro
perfectamente. Ya no paso las tardes en el caf, como antes; ahora me
dedico a dar paseos entre los rboles, buscando atmsfera ms pura. Hoy
he paseado por el Retiro... y mira t lo que son las cosas,
amigo!--prosigui con acento irnico--, tambin debajo de los rboles se
suelen encontrar cosas impuras.

Garca se puso levemente colorado. Tristn mirndole an con mayor
fijeza continu:

--Su verdura no slo tiene la propiedad de descomponer el cido
carbnico del aire, sino tambin de corromper los ms puros
sentimientos y de poner al descubierto el fondo de los corazones. Es un
experimento que pienso comunicar a la Academia de Ciencias y que como
todos los grandes inventos se debe a la casualidad...

--Basta, Tristn! Si te has ofendido porque haya paseado con
Estvanez...

--Ofenderme...? No, querido, no; el espectculo de la miseria humana no
ofende; entristece solamente.

--Tristn, qu ests diciendo? Repara que ahora me ofendes t. Yo no he
buscado la amistad de Estvanez. l me ha hablado en el saloncillo del
Espaol, y sabiendo que estaba haciendo oposiciones a una ctedra se
brind espontneamente a recomendarme a dos de los miembros del
tribunal. Queras que me mostrase ingrato con l?

--Yo no quiero nada--respondi con sequedad desdeosa Tristn.

--Adems, ahora que le trato puedo decrtelo, ests en un error
suponiendo que es tu enemigo: las pocas veces que ha hablado de ti
conmigo lo ha hecho en trminos muy lisonjeros. Te considera como el
joven ms brillante de la nueva generacin literaria y se lamenta de que
sin motivo alguno hayas dejado de saludarle.

--Ah, sin motivo!--exclam Aldama con acento sarcstico--. Los hombres
perversos nunca encuentran motivo para que se les odie. Y en el fondo
tienen razn. Qu culpa tienen ellos de haber nacido perversos? A ti te
consta mejor que a nadie la serie de ruindades que ese hombre ha hecho
conmigo.

--A m slo me consta porque t me lo has dicho.

--S te consta, y si no lo confiesas es porque eres un traidor como
l!--exclam con furiosa exaltacin.

--Tristn!--dijo Garca levantndose.

--Un traidor peor que l, porque l no me debe nada y t si!--grit an
con mayor exaltacin agarrndose con manos crispadas a la mesa para
alzarse.

--Me ests insultando sin motivo y en tu propia casa--profiri el pobre
joven plido ya como la cera.

--Un traidor es quien sin tener en cuenta la amistad fraternal que le
liga a otro hombre va a desacreditarle y a murmurar de l con sus
enemigos.

--Eso es falso!

--No es falso, no, porque son testigos de ello mis propios odos.

--Pues mienten tus propios odos!--exclam con valerosa indignacin
Garca.

Tristn, muy plido tambin, qued unos instantes silencioso y al cabo
dijo haciendo visibles esfuerzos para hablar con calma:

--Es intil que hablemos ms. Todas las cosas tienen un trmino triste
en este mundo y la amistad es de las que primero se marchitan. Yo he
cometido la locura de estrechar demasiado mis relaciones contigo sin
tener en cuenta que todo lo que se aprieta demasiado acaba por romperse.
Ha llegado el momento en que la cuerda estalle, pero conste que se ha
roto por tu lado, no por el mo. Alejmonos, Garca, alejmonos para
siempre el uno del otro y comencemos en el mundo otros ensayos que
tendrn idntico resultado.

--Nada se ha roto por mi lado, Tristn. Esa es una de tantas visiones
negras como has tenido en tu vida, sobre todo de poco tiempo a esta
parte. Mi amistad por ti es tan firme, tan verdadera, que nadie ms que
t en el mundo ha podido dudar de ella.

--La amistad verdadera entre los hombres es algo que pertenece a la
fbula. Si yo lo hubiera tenido bien presente no tomara el grave
disgusto que me ha causado tu proceder. Debiera analizarla como un
mineralogista examina una piedra; hubiera visto que aunque sincera en la
apariencia descansaba sobre motivos secretamente egostas, y viviendo
as prevenido la traicin me hubiera dejado tranquilo.

--Quin habla de traicin? Miente! miente quien lo diga!--volvi a
exclamar con la misma indignacin Garca.

--Basta, repito. Mi resolucin est tomada. T y yo hemos concluido para
siempre.

Al pronunciar estas palabras dio unos pasos hacia la puerta mirando
fijamente a su amigo. Este tambin le mir estupefacto hacindose cargo
por aquel ademn que le arrojaba de su casa. Hubo un instante en que
ambos permanecieron inmviles mirndose a los ojos. Al fin Garca se
dirigi con paso precipitado a la puerta. Antes de traspasarla se volvi
y con los ojos llenos de lgrimas le dijo:

--Que no te tome Dios en cuenta, Tristn, la injusticia que ests
cometiendo!




XX

CONSECUENCIAS DE UNOS CELOS


Tristn slo entr en el comedor para despedirse de su mujer y besar a
su hijo. Vindole plido y trmulo Clara no quiso darle la noticia de la
visita, aquella visita que tanto le pesaba ya sobre el alma. Ella
tambin se hallaba bien turbada por la escena que acababa de adivinar,
ms que de percibir. Su espritu, siempre recto, se rebelaba contra el
proceder brutal de su marido. Si le hubiera visto menos alterado se lo
habra expresado con toda franqueza porque era una valerosa mujer y toda
injusticia sublevaba su sangre. Aplaz, pues, tambin esta explicacin
para el da siguiente y procur distraer como siempre sus inquietudes
con las gracias de su hijo, mientras Tristn caminaba la vuelta
acostumbrada del caf. La tertulia literaria, cuando lleg, arda ya en
disputas y bromas. Pronto se dej vencer por el influjo de aquella
ruidosa alegra y se disiparon las sombras que obscurecan su frente.
Olvid su disgusto. Pero cuando ms enfrascado se hallaba en la algazara
apareci en la puerta la figura siniestra del paisano Barragn con su
eterna zamarra negra, su enorme sombrero y sus barbas hasta el medio del
pecho. Los ojos de todos los tertulios se volvieron con sorpresa hacia
l y hubo un instante de silencio.

--Hola! qu vendr a hacer aqu este _pjaro_?--dijo uno.

--Soberbia figura para mi drama! Estoy por ir a preguntarle si se
quiere contratar--dijo otro.

--A que no te acercas a l!

Mientras tanto Barragn avanzaba por el medio del caf echando miradas
sanguinarias a todos los rincones como si buscase a alguno para
arrojarse sobre l y degollarlo. Al fin divis al desgraciado que
buscaba. Era un sujeto de faz bermeja. En los labios sinuosos del
paisano se dibuj una sonrisa feroz y se dirigi hacia el sitio que
ocupaba. Pero al pasar cerca de la mesa de los literatos percibi a
Tristn y exclam sonriente y espantoso:

--Adis, Tristanito! Hace ya una temporadita que no nos hemos visto.
Cmo va esa salud? Por Clarita y el chiquitn no le pregunto porque s
que estn buenos. Nann me lo ha dicho esta tarde.

--Qu Nann?--pregunt Aldama por cuyos ojos pas una nube.

--Qu Nann ha de ser? El marquesito del Lago. Me ha dicho que los ha
visto en su casa y que haba sentido mucho no encontrarle a usted.

La impresin que Tristn sinti con estas palabras fue tan violenta, que
un golpe en la cabeza no le hubiera dejado ms aturdido y paralizado.
Slo pudo exclamar con forzada y estpida sonrisa:--Ah!

--Bueno--sigui Barragn viendo que Tristn no deca ms--. He venido a
buscar a aquel amigo que me ha citado aqu y voy a hablar un rato con
l. Es maestro cortador de _La Confianza_, esa gran sastrera de la
calle Mayor; un hombre instruidsimo, Tristanito, un verdadero filsofo.
Conoce la historia de Espaa al dedillo. Le dice a usted todos los reyes
godos de memoria sin faltar uno, es que sin faltar uno, Tristanito,
cralo usted! En Calatayud, que es su pueblo, ha publicado unos
artculos contra el celibato eclesistico que levantaron roncha en el
clero. Ahora est escribiendo un folleto contra Moiss, una verdadera
hermosura!

En aquel momento el sujeto en cuestin acercaba su nariz escarlata a una
copa de cognac, haciendo concebir la sospecha de que su rencor contra el
caudillo de los israelitas quiz naciese por no haber logrado entrar en
la tierra de Canaan y disfrutar de sus famosos viedos.

Mientras dur esta breve conversacin los amigos de Tristn se burlaban
de lo lindo, aunque en voz baja, del paisano. Guardias,
socorro!--exclamaba uno--. Tome usted la cartera. No me haga usted
dao por Dios!--deca otro llevando la mano al bolsillo--. Pues habla
en diminutivo con mucha dulzura.--Ser un bandido generoso como Diego
Corrientes.--Mirad qu plido se ha quedado Aldama.

En efecto, Tristn se haba quedado tan descompuesto que apenas poda
articular una palabra. Sin embargo, hizo un esfuerzo heroico sobre si
mismo y sonri balbuciendo que aquel amigo de tan fea catadura era una
persona honrada e inofensiva.--Ya, ya, bien inofensivo te d
Dios!--Pues t buen susto has llevado. Ests ms yerto que Hamlet viendo
el espectro de su padre. Hizo cuanto le fue posible por mostrarse
tranquilo; pero a los pocos instantes, con no poca sorpresa de los
tertulios, se levant bruscamente y sin despedirse se dirigi con paso
rpido al sitio que ocupaba Barragn.

--Amigo Barragn--le dijo en el tono ms indiferente que pudo--, sabe
usted en qu hotel para el marqus del Lago?

--No est en ningn hotel. Vive, segn me ha dicho, en casa de su primo
el marqus de Henares... Un hermano de ste creo que se casa ahora con
la hija de Roda...

--Ya. Y dnde vive el marqus de Henares?

--Eso s que no puedo decirle, Tristanito. Maana puede usted
averiguarlo en el Congreso, porque es diputado.

Sin dirigir siquiera una mirada a la mesa donde se hallaban sus amigos
sali apresuradamente del caf. Una vez en la calle, qued un instante
inmvil. La cabeza le arda y el corazn le palpitaba fuertemente. Al
cabo emprendi a paso largo el camino de su casa. Se acerc a la
portera donde los porteros formaban tertulia en torno de una mesa con
algunos amigos. Llam con los dedos en los cristales.

--Diga usted, Juan, esta tarde ha venido algn caballero a verme?

El portero vacil un momento sin acordarse, pero su mujer respondi en
voz alta:

--S, hombre, no te acuerdas de un seorito joven que pregunt por los
seores de Aldama?

--Ah! s, un seorito alto, grueso, de pelo rubio. Le dije que no
estaba el seorito. Me contest que era igual y subi...

--Bien; se ya s quin es porque ha entrado en casa--respondi para
disimular--. No ha venido ningn otro a preguntar por m?

--Me parece que no seor.

Inmediatamente se traslad a una librera de la Carrera de San Jernimo
que an estaba abierta, pidi la _Gua de Madrid_ y se enter dnde
viva el marqus de Henares. Era en una calle del barrio de Argelles.
Tom un coche en la Puerta del Sol y dio las seas. Pocos minutos
despus se bajaba delante del hotel que ocupaba el marqus. Pregunt al
portero. El seor y la seora haban salido haca ya una hora con su
primo el marqus del Lago y una seorita.

--No sabe usted dnde han ido?

--No, seor..., pero aguarde usted un momento.

Tom la bocina del tubo acstico y llam.

--Mara Luisa, sabes dnde han ido los seores esta noche?

El portero escuch lo que le respondan y colgando la boquilla dijo:

--Los seores tenan tomado un palco en el teatro de Apolo. All deben
de estar.

Tristn subi de nuevo al coche dando estas seas. Cuando cruzaba por la
Puerta del Sol sonaban en el reloj del ministerio de la Gobernacin las
diez. Se ape delante del teatro y despidi el coche, y usando de su
privilegio de autor entr sin detenerse en la taquilla. Haba comenzado
ya el acto segundo. Se acerc a la puerta central de las butacas, la
entreabri y ech una rpida mirada a los palcos. En seguida le vio.
Haba dos seoras en primer trmino y l con otro caballero detrs de
ellas. Se cercior bien del nmero del palco y subi hasta colocarse
detrs de la puertecita, y por un movimiento irreflexivo llam con los
nudillos de los dedos sobre ella. El mismo marquesito se levant para
abrir. Su semblante se dilat con una franca y cordial sonrisa.

--Amigo Aldama, usted por aqu! Pase usted. Cuntos deseos...!

Pero la frase expir en sus labios. La sonrisa que contraa el rostro de
Tristn era tan extraa y su rostro se hallaba tan descompuesto, que el
marquesito qued paralizado.

--Tendra usted la amabilidad de escucharme dos palabras?

--Con mucho gusto... Pero no quiere usted pasar?

--No seor, gracias.

--Es tan urgente el asunto?

--Lo es.

Nann qued un instante suspenso.

--Bien, bien--dijo al cabo--. Ser como usted guste. Y dirigindose a
sus primos aadi:--Soy con vosotros al instante. Necesito hablar unas
palabras con este amigo.

Sali y cerr la puerta del palco.

--Estoy a su disposicin--dijo ya con semblante grave para acomodarse al
de Tristn.

Este ech a andar hacia la escalera y Nann le sigui al vestbulo que
se hallaba solitario. Slo los encargados de recibir los billetes de
entrada charlaban a la puerta.

--Acabo de saber que ha estado usted en mi casa.

--Efectivamente, esta tarde he tenido el gusto de ver a Clara...

--Y no hubiera usted hecho mejor en haberse privado de ese gusto?--dijo
Tristn, a quien la frase del marqus calent an ms la sangre.

Nann le mir estupefacto.

--No comprendo...

--Quiero decir que visitar a las seoras jvenes en ausencia de sus
maridos no siempre es oportuno. Generalmente esta confianza se la
autorizan los amigos de mucha intimidad... Y francamente, por ahora no
puedo contarle a usted entre ellos.

El marquesito, cada vez ms sorprendido, balbuce:

--No pens que eso tena nada de particular... Con Clara y con su
hermano siempre hemos mantenido relaciones muy ntimas.

--Pero conmigo muy superficiales... y yo soy ahora el amo de la casa y
quien puede autorizar o desautorizar las visitas de mi mujer.

Nann avergonzado y queriendo sacudir el embarazo que senta replic:

--Y para una tontera como sta me hace usted salir del palco? Hombre,
no mereca la pena!

--Permtame usted que le diga--profiri Tristn con reconcentrada
ira--que jams he concedido ni pienso conceder a nadie el derecho de
calificar de tonteras mis actos. Y si alguien es bastante atrevido para
tomarse esa libertad se expone a sufrir las consecuencias.

--Pero qu motivo hay para enfadarse de ese modo?--exclam el
marquesito--. Que a usted no le gusta que vaya a su casa, ni quiere ser
mi amigo... Bueno; para eso no tena usted necesidad de venir con esos
humos a llamarme estando con seoras. Bastaba con haberme enviado una
carta.

--Si a usted le parece que vengo con humos debe tener presente que donde
sale humo es que hay fuego. Ni para enfadarme ni para desenfadarme le
pido a usted permiso... Por lo dems, me acomoda mejor hacerle a usted
esa advertencia de palabra. No quiero que usted ponga los pies en mi
casa. Se ha enterado usted?

El marquesito alz los hombros con desdn.

--Lo mismo usted que su casa me tienen sin cuidado.

--Y a m menos que mis palabras le desagraden--respondi Tristn
dirigindole una mirada provocativa.

El marquesito le mir a su vez en silencio unos momentos y volviendo al
cabo la espalda con un gesto desdeoso murmur:

--Razn tienen en decir que est usted loco.

--Ms razn tienen en decir que es usted un imbcil.

Nann se volvi rojo, exasperado, y avanzando hasta acercar su cara a la
de Aldama exclam con furor:

--Qu deca usted?

Tristn, sin retroceder poco ni mucho, respondi con igual fiereza:

--Lo que todo el mundo sabe: que es usted un imbcil.

El marquesito alz la mano y Aldama rod por el suelo. Los dependientes
de la puerta y un caballero que cruzaba a la sazn y se haba detenido
al or la disputa acudieron a levantarle. Mientras esta operacin se
realizaba Nann plido y con los ojos extraviados pareca decidido a
repetir la suerte. Tristn por su parte, una vez en pie, tambin quiso
arrojarse sobre l. Ambas cosas fueron impedidas por los porteros y el
caballero que les auxiliaba.

--Djenme ustedes!--exclamaba Tristn--. No ven ustedes que me ha
abofeteado?

Nann guardaba silencio. Al fin volvi de nuevo la espalda y con
tranquilo paso se dirigi a la escalera para subir al palco. Tristn,
sujeto por las manos de los dependientes, le grit:

--Pronto tendr usted noticias mas!

El marquesito sigui caminando con desdeosa indiferencia.

Tristn corri al caf. Tena la mejilla roja y un poco inflamada.
Cuando se acerc a la tertulia de sus amigos, stos le acogieron con las
alegres chanzas de siempre, pero al verle tan descompuesto y al observar
que se diriga a un joven capitn, nico militar de la reunin, y a otro
amigo que tena fama de tirador de armas y duelista, entendieron de lo
que se trataba y se callaron con respeto. Tristn llev a otra mesa a
sus dos amigos y conferenci con ellos brevemente.

--Tengo, sin ninguna clase de duda, la eleccin de armas, porque he sido
abofeteado delante de varias personas. Elegid la pistola en las
condiciones ms graves que podis.

Los amigos se dirigieron al Teatro de Apolo. El marquesito, que ya haba
contado a su primo el de Henares la aventura y esperaba la visita,
eligi por padrinos por indicacin de ste a Gonzlez de la Riva, un
hombre poltico muy conocido que se hallaba a la sazn en el teatro, y a
un joven teniente de artillera. Como el teatro no era sitio a propsito
para ventilar aquel asunto, se dirigieron los cuatro al Crculo de la
Pea y conferenciaron en un saloncito completamente solos. Gonzlez de
la Riva, acostumbrado a las transacciones de la poltica y a los
cabildeos del saln de conferencias del Congreso, quiso desde luego
arreglar pacficamente el asunto y emple para ello aquella facundia
persuasiva que todo el mundo le reconoca. Sus frases aliadas, todas
sus habilidades parlamentarias se estrellaron contra la resuelta y
arrogante decisin de los padrinos de Aldama.

--No queremos acta, porque el acta que propusiramos no la aceptara
ningn hombre de honor, y no tenemos intencin de ofender al marqus del
Lago.

Luego, al tratar de las armas, hubo tambin su poquito de discusin. Se
reconoca el derecho de Aldama a elegir, pero los padrinos del marqus,
sobre todo Gonzlez de la Riva, expresaron su deseo de quitar gravedad
al duelo. Con igual firmeza los de Aldama rechazaron este deseo e
impusieron sus condiciones. Dos disparos simultneos a treinta pasos:
inmediatamente otros dos a veinte avanzando cinco cada uno. Cuando
salan del saloncito despus de haberlas convenido llegaba Narciso Luna,
aquel joven-viejo o viejo-joven amante de la condesa de Pearrubia.
Haba tenido noticia de lo que se trataba y vena desde el billar
jadeante, trmulo, como si se tratase realmente del desafo de un
hermano. Se dirigi con voz alterada a los padrinos dicindoles que
aquel lance no poda efectuarse, que era necesario arreglarlo y que l
estaba dispuesto a hacer cuanto fuese necesario para ello dejando el
honor de ambos a salvo. Los padrinos del marqus (con el cual ni su
misma hermana la condesa de Pearrubia se trataba ya) hicieron
comprender cortsmente a aquel cuado _sui generis_ que no deba
mezclarse para nada en el asunto que les estaba confiado. Los de Aldama
ni siquiera se dignaron contestarle pasando fros y arrogantes por
delante de l. Cuando se hallaban ya a alguna distancia uno de ellos
dej escapar en voz bastante alta una frase sangrienta que Narciso Luna
no oy o no quiso recoger.

Tristn les esperaba en el caf impaciente. En cuanto llegaron y le
dieron cuenta de las condiciones convenidas qued repentinamente
tranquilo y satisfecho. Se puso a charlar y bromear con sus amigos con
una alegra y serenidad que stos admiraron. Poco despus se despidi no
sin haber convenido con sus testigos la hora y el sitio en que deban
verse. Para evitar sospechas en las familias se concert el lance por la
tarde en una finca situada en Legans. El marquesito deba salir del
Veloz-Club con sus amigos a las dos en punto y Tristn de la Pea a la
misma hora con los suyos. Cuando se vio en la calle y solo, una arruga
profunda se marc en su frente: desapareci sbitamente la alegra, un
poco forzada, que a ltima hora haba mostrado. Un problema negro,
pavoroso se alz delante de l. Clara. Por qu haba recibido la visita
del marquesito? Por qu se la haba ocultado? Mucho menos que esto
necesitaba su espritu caviloso para lanzarse a todas las sospechas, a
las hiptesis ms graves. El corazn comenz a palpitarle fuertemente,
las sienes le latan como si su cabeza fuese a estallar: emprendi la
carrera hacia su casa. Cuando lleg, Clara an estaba vestida
esperndole aunque era ya ms tarde que de costumbre. Al ver la
descomposicin de su rostro, al sentir sobre s la mirada fulgurante de
su marido comprendi que ste tena conocimiento de la visita del
marqus. La escena que se desarroll fue violentsima: gritos, lgrimas,
recriminaciones, protestas. Sin embargo, la verdad vibraba tan elocuente
en la voz de la joven esposa, resplandeca en sus ojos tan nobles, tan
sinceros que Tristn no pudo menos de rendirse en el fondo de su corazn
a la evidencia. La visita haba sido inevitable porque el criado no dijo
el nombre del marqus, se haba hecho en presencia de la niera y slo
por el temor de aumentar su desazn haba aplazado darle conocimiento
hasta verle ms tranquilo. Tristn se rindi en el fondo a estas
verdades, pero no en la apariencia. Cuando despus de un rato de
silencio Clara fue a darle un beso la rechaz y levantndose bruscamente
se fue a dormir a otro cuarto dejndola baada en lgrimas.

Clara era inocente, as lo comprendi; mas por una de esas misteriosas
depravaciones que experimenta el espritu de los hombres preocupados
por una idea fija, aferrados tenazmente a una abstraccin, casi se
senta molesto de que lo fuese. Quisiera poder gritar con furor ah!
la vida! y maldecir como siempre de la creacin. Sufrir, morir, tal es
el destino del hombre. Todo amor, aun el ms tierno, aun el ms santo,
no es ms que el instinto sexual disfrazado. El matrimonio es un lazo
que la naturaleza nos tiende, etc.; todos los pensamientos en fin de que
estaba atiborrado su cerebro y que buscaban el ms mnimo pretexto para
exhalarse. Aquello de haber encontrado un ser tan noble, tan puro, tan
exento de egosmo como su esposa constitua para l una verdadera
decepcin. Pero ya que por este lado no poda refocilarse en sus ideas
negras, desesperadas, hall manera adecuada de darles satisfaccin
pensando en el marquesito. No le caba duda que aquel majadero insista
en pretender a su mujer, que la visita a solas haba sido calculada, y
aun llegaban sus sospechas a imaginar que haba estado espiando su
salida para entrar, sabindole ausente. Por esto, por la profunda
antipata que desde luego le inspiraba y sobre todo por la afrenta que
de l acababa de recibir, su sangre herva de odio y ansias de vengarse.
Su habilidad suprema en el manejo de la pistola le pona en condiciones
de saciar este deseo, pero al mismo tiempo despertaba en su conciencia
ciertos leves escrpulos que procuraba sofocar por medio de reflexiones
ms o menos fundadas. Nann es un gran cazador--se deca--. Conoce
admirablemente el manejo de la carabina. Por qu no ha de tirar tambin
la pistola?

A la maana siguiente hizo la vida de siempre. Despus de desayunar en
compaa de su esposa, estuvo leyendo o trabajando en su despacho. Con
aqulla, aunque todava serio, se mostr dulce y afectuoso. Clara,
sorprendida, fue tan dichosa, que antes de encerrarse le bes con
transporte y luego llor de felicidad a solas. Las vagas sospechas de
que Tristn pudiese provocar al marqus se disiparon. Almorzaron con
tranquilidad, y despus de haber pasado un rato jugando con el nio
mientras fumaba un cigarro, tom el sombrero y sali como de costumbre.
Se hallaba perfectamente tranquilo. Sin embargo, cuando Clara, que
sala siempre a despedirle, cerr la puerta, cuando baj los primeros
escalones, un pensamiento lgubre atraves su cerebro: Si ese chico me
matase! Qued un instante inmvil y tuvo intenciones de volverse y
besar a su hijo y a su esposa con ms efusin de lo que lo haba hecho.
Pero se arrepinti inmediatamente comprendiendo el efecto que esto
causara a Clara. Se traslad a pie hasta la Pea.

Ya le esperaban all sus testigos. Con ellos iba un amigo mdico.
Subieron al carruaje al sonar las dos y cuando montaban vieron que
arrancaba tambin del _Veloz_ otro carruaje donde deba de ir el
marqus. Mientras dur el trayecto tanto l como sus amigos afectaron
alegra. El mdico, que era aragons, les fue contando una serie de
chascarrillos baturros y el capitn, nacido en Mlaga, correspondi con
buen golpe de _timos_ andaluces. Al llegar a la posesin la gran puerta
enrejada de hierro estaba abierta y un criado al pie de ella
esperndoles. Les dijo que los otros seores ya estaban dentro. Hechos
los saludos de rbrica los testigos conferenciaron brevemente. Luego uno
despus de otro hicieron entrar a sus apadrinados en la casa y escribir
sobre una mesa de comedor una carta dirigida al juez, la consabida carta
del suicida. Salieron de nuevo todos, caminaron largo trecho por la
posesin hasta salir de ella y buscar un sitio retirado detrs de sus
tapias. El dueo de la finca se haba negado a que el duelo se realizase
dentro aunque les facilit todos los medios para que no tuviesen
necesidad de hacerlo.

Se cargaron las pistolas, se eligi terreno, se midi, se sortearon los
sitios. Por fin se le puso a cada uno una pistola en la mano. Mientras
duraron todas estas operaciones Tristn estaba ms que grave, ceudo. El
marquesito sonrea. Cuando le entregaron la pistola y le invitaron a
ponerse en guardia todava se dibuj una sonrisa en sus labios, pero
aquella sonrisa expresaba una mezcla de sorpresa y confusin. En
realidad Nann se senta sorprendido y avergonzado de hallarse en una
situacin que dado su carcter pacfico y bondadoso ni remotamente pudo
prever.

--Prevenidos!--grit uno de los testigos. Y dio tres palmadas...

Los dos tiros sonaron casi simultneamente sin hacer blanco. Tristn no
pudo reprimir un imperceptible gesto de sorpresa. Ya contaba con que las
pistolas no estaran montadas al pelo, pero no sospech que estuvieran
tan duras, y _dio gatillazo_ como dicen los tiradores. Se cargaron
nuevamente, tom cada uno la suya y el mismo testigo grit:

--Avanzar!

Pero antes de hacerlo Gonzlez de la Riva se acerc velozmente a la
lnea de los combatientes y dijo con su voz recia de orador tribunicio:

--Seores: Sean cuales fueren los motivos que a este penoso trance han
conducido a los caballeros que tenemos la honra de apadrinar ya no puede
ofrecer la menor duda que el honor de ambos ha quedado plenamente
satisfecho, limpio de toda mcula, puro y difano como un da
esplendoroso de sol. El valor, la serenidad, la perfecta hidalgua de
que han dado gallarda muestra lo atestiguan mejor que pueden hacerlo mis
humildes palabras. Intil y temerario y contrario a todas las leyes de
humanidad sera que prosiguiesen dando iguales pruebas. Nada aadira ya
a su acabada caballerosidad, quitando mucho a su prudencia y a sus
sentimientos humanitarios. Ah seores! el hombre no es una fiera de los
bosques a quien enardece en vez de calmar la sangre de su enemigo y
lucha con l hasta destrozarlo y no queda satisfecha hasta que le
arranca sus entraas palpitantes. El sol de la inteligencia resplandece
en nuestro cerebro, el rayo del amor penetra en nuestro corazn. Somos
hombres, estamos sellados por la naturaleza como reyes de la creacin y
nuestros actos deben responder a esta sagrada rbrica. Queris por una
triste y mentida susceptibilidad arrancaros de la cabeza la corona
insignia de vuestra majestad, despojaros del manto de prpura que seala
vuestra grandeza? Queris que habiendo nacido hombres envidiemos la
condicin de las fieras? Lejos de mi nimo el suponerlo. Yo s que
vuestro corazn es demasiado noble para albergar los instintos
sanguinarios de la bestia feroz, yo s que este mismo corazn os dice en
este mismo momento que habindoos portado como valientes es hora de
mostraros generosos... Basta ya, seores! basta ya! Dad la
satisfaccin a vuestros amigos de depositar en el suelo esas armas y
estrecharos la mano como lo que sois, como hombres de honor, como claros
y perfectos caballeros.

Hablaba acompandose con la accin desenvuelta y elegante del orador
encanecido en las lides parlamentarias, ahuecando la voz y hacindola
temblar por momentos lo mismo que cuando trataba de hacer pasar un
proyecto de ley que la mayora se obstinaba en rechazar.

Cuando termin, Tristn, que le escuchaba sin pestaear, volvi la
cabeza con desdeosa indiferencia y avanz los cinco pasos que le haban
sealado. Nann hizo lo mismo. El testigo volvi a dar las palmadas
convenidas. Los dos tiros partieron. Entonces se vio al marquesito
soltar la pistola, llevarse ambas manos al pecho, sonrer de un modo
doloroso y dando media vuelta desplomarse de bruces sobre la tierra con
un ruido sordo que hel la sangre de los circunstantes.

Los dos mdicos se precipitaron a su socorro. Desgraciadamente se
cercioraron en seguida de que estaba muerto. Con una intensa emocin
pintada en los semblantes cambironse algunas palabras y Tristn,
acompaado de sus amigos, entr apresuradamente en la finca y volvi a
salir por la puerta enrejada, subiendo al coche que les aguardaba.




XXI

LA MALDICIN


Poco antes de la hora de comer Clara recibi una carta suya
previnindole que no le esperase, que coma con unos amigos y no
volvera a casa hasta la hora de costumbre. No le sorprendi porque
alguna vez lo haba hecho, aunque muy rara. Pero s qued admirada de
que hallndose an en el comedor se presentase Escudero. Despus de los
saludos y de algunas palabras indiferentes, el to de Tristn le
manifest, con emocin mal disimulada, que su sobrino haba tenido un
lance de honor aquella tarde y que haba herido a su adversario. Para
evitarse molestias y para sustraerse a la curiosidad de sus amigos haba
resuelto dormir aquella noche en casa de sus tos, adonde poda ir ella
tambin si gustaba.

Clara qued yerta y pregunt sabiendo ya de antemano la respuesta:

--Con quin fue el lance?

--Con el marqus del Lago.

Se puso plida y permaneci un instante pensativa.

--No le ha herido, le ha matado, verdad?

Don Ramn baj la cabeza sin contestar.

Ambos quedaron silenciosos. Al cabo Clara, alzando la frente, dijo con
resolucin:

--Vamos all. Voy a ponerme otra ropa y a prevenir a la niera.

Lo que pasaba por el corazn de la joven esposa en aquel momento no es
fcil definir. No se le ocultaba que el lance haba sido provocado por
Tristn a causa de sus ridculos celos, y aunque amaba ciegamente a su
marido su conciencia no poda menos de sublevarse contra tal barbarie,
contra una injusticia tan notoria. Aquel desenlace trgico la llenaba de
confusin y de terror. Qu hombre era ste que por una estpida
aprensin llegaba a dar muerte a un chico inocente? La entrevista con
Tristn en casa de Escudero se resinti de tal confusin de ideas, de
este choque de sentimientos tan diversos. Hubo instantes de emocin
intensa, de demostraciones de cario frentico; pero los hubo tambin de
visible y extraa frialdad. Tristn, turbado por las emociones de la
tarde, aturdido por las consecuencias fatales que sus celos haban
ocasionado, no pudo advertir la singularidad de la conducta de su
esposa. Pasaron all la noche. Clara no quiso acostarse y se estuvo
hasta las primeras horas de la madrugada con su ta Eugenia, que dorma
poco y viva cada vez ms miserable bajo un constante terror de todas
las calamidades posibles e imaginables; unas veces de los grandes
agentes fsicos, el aire, el fuego, el agua, otras de los organismos
microscpicos, bacilos, microbios, etc. Escudero haba aconsejado a su
sobrino que saliese unos das de Madrid. Aquel desafo seguramente iba a
levantar mucho ruido, los peridicos hablaran, las autoridades acaso
hicieran averiguaciones: nada ms oportuno que mantenerse alejado hasta
que la marejada se calmase. Por la maana salieron, pues, los esposos en
el gran familiar de su to, acompaados solamente de la niera y la
cocinera, para una finca que aqul posea en los lmites de la provincia
de Toledo. All permanecieron aproximadamente quince das. Durante este
tiempo, la influencia del campo, la vida ms ntima y sobre todo la
necesidad de acallar el grito de su conciencia, hicieron a Tristn ms
carioso y atento con su esposa. Apartado de la vida de caf y de
crculo y de las rivalidades de la vida literaria, el lazo del amor
conyugal se estrech. Clara por su parte haca esfuerzos extraordinarios
por apartar de su imaginacin aquel desafo fatal. Alguna vez, sentada
al lado de su marido al pie de una fuente o caminando emparejada con l
por el monte, llevando ambos colgada del hombro la escopeta, se sinti
feliz. Hubiera permanecido all toda la vida.

Cuando volvieron a Madrid la casa se le cay encima. Adis ilusiones de
paz y de amor, adis aire puro, adis gratas correras, adis sueo
tranquilo. Otra vez a la soledad de su casa, a las tristes alternativas
de un humor suspicaz y sombro. En la tarde del mismo da en que
regresaron se hallaban los esposos en el despacho de Tristn. Clara
sentada en un divn tena al nio en sus brazos mientras aqul a su lado
se esforzaba en hacer rer al pequeuelo retozando con l. El criado se
present.

--Una seora pregunta por los seoritos.

--Quin es? Ha dado su nombre?

--No, seor. Ha dicho que es de confianza y quiere darles una sorpresa.

Tristn qued un momento vacilante. Clara se puso repentinamente seria
como si un presentimiento triste atravesase su corazn.

--Bien; haz que pase.

El criado se retir y a los pocos instantes apareci en la puerta la
marquesa viuda del Lago. Clara sinti que toda la sangre de sus venas
flua al corazn. Tristn se alz del asiento como movido por un
resorte. La marquesa, alta, delgada, vestida con un manto negro hasta
los pies, pareca un fantasma.

--No me esperaban ustedes, verdad?--dijo con voz enronquecida, extraa,
que jams le haban odo--. Sin embargo, yo les aguardaba a ustedes
desde hace muchos das; les aguardaba con impaciencia. Los vecinos de la
calle pueden dar testimonio de ello. Ellos me habrn visto pasear da y
noche bajo el sol y bajo la lluvia sin perder de vista los balcones de
esta casa que con ansia deseaba ver abiertos. All ha dormido, me deca
mirando hacia ac, all ha dormido tranquilo mucho tiempo, pero no
dormir ms el asesino de mi hijo...

--Seora! qu est usted diciendo?--profiri Tristn con mpetu dando
un paso adelante.

--No dormir ms, no!--prosigui la marquesa sin hacer caso de la
interrupcin--. Yo me encargar de envenenar su sueo, de tener abiertos
sus ojos hasta que apunte la aurora. No quiero que para l haya ya
aurora ni luz, quiero que se agite entre las sbanas como entre
envolturas de llamas, que le persiga el fantasma del inocente que ha
sacrificado, que mil demonios le taladren sin cesar el corazn...

--Vea usted lo que dice!--grit Tristn rojo de clera--. Si hago
llamar para que escuchen estas palabras dar usted cuenta de ellas ante
la justicia.

--Llame usted a sus criados, llame usted a los vecinos, llame usted a
todo el mundo para que se enteren de que ha provocado usted a un
desgraciado joven para matarle no como hacen los caballeros, con riesgo
igual de su vida, sino como los traidores y cobardes, buscando la
ventaja para hurtar el cuerpo. Lo mismo usted que los amigos que le han
apadrinado saban que mi hijo marchaba como un cordero al sacrificio,
porque su infernal habilidad en el arma que haba elegido le daba sobre
l una superioridad indudable.

--Quera usted que habiendo sido abofeteado le diese a elegir el arma
que ms le conviniese?--replic Aldama con ms humildad.

--Pero quin ha ido a provocarlo? Quin fue a sacarle de su palco para
injuriarlo? Quin es el que framente concierta las condiciones de un
desafo en que sin remedio haba de perecer un pobre joven, casi un
nio? nicamente el que no tiene ni nobleza, ni valor, ni sentimientos
honrados en el corazn... Ah, mi pobre hijo! hijo de mis entraas!
Cmo has cado en el lazo que te tendieron los traidores...! No estaba
aqu tu desgraciada madre para prevenirte, la madre que te ha tenido
colgado de sus pechos, la que besaba los rizos dorados de tu pelo al
acostarte y volva a besarlos cuando te despertabas. Ya no existes,
pobre hijo mo... Una bala traidora ha agujereado tu pecho, y cuando
empezabas a vivir, cuando todo el mundo te sonrea y tu madre viva
pendiente de tu sonrisa, t tan noble, tan hermoso, tan valiente, ya no
eres ms que ceniza... Dios que ests en los cielos, por qu me dejas
vivir sin mi Nann...?

La voz de la marquesa sollozaba al pronunciar estas palabras. Tristn,
presa de honda emocin, no supo ms que balbucir:

--Seora, para m ha sido tambin una desgracia irreparable...

--Miente usted!--exclam revolvindose furiosa con los ojos
llameantes--. Es usted incapaz de sentir lo que ha hecho, porque en
usted no hay ms que envidia y vanidad.

--En el estado en que usted se halla sus palabras no tienen valor
alguno. Cralo usted o no lo crea, su dolor de madre conmueve hasta lo
profundo de mi alma, y dara con gusto en este momento mi vida por
devolverle la de su hijo...

--No me hable usted con dulzura! No quiero de usted la compasin.
Prefiero el odio. Ya que odiaba usted a mi hijo, dieme tambin a m.
Mteme usted como le ha matado a l. Acaso fuera el nico bien que usted
puede hacer en este mundo... Oh, mi Nann! oh, hijo de mi corazn...!
Venganza del cielo, no caers sobre la cabeza de su verdugo? S, s...
caer... Dios es justo. Jams vivir tranquilo el que ha matado a un
ngel...! Maldicin, maldicin sobre l!

La marquesa avanz un paso todava. Sus ojos brillaban como ascuas
debajo de sus cabellos blancos; todo su cuerpo temblaba de odio y de
clera como el de una fatal eumnida.

--Maldito sea usted y quien le ha engendrado! Maldita sea la hora en
que ha nacido! Permita Dios que su esposa vea siempre esas manos
teidas de sangre! Maldita sea ella tambin! Maldita la leche que ese
nio est mamando...! Malditos seis todos, malditos, malditos,
malditos...!

Clara cay sobre la alfombra con el nio entre los brazos. Tristn
acudi a socorrerlos. Cuando volvi la cabeza, la marquesa haba ya
desaparecido.

Al recobrar el conocimiento y despus de haberle prodigado los cuidados
necesarios se hizo venir al mdico. Este, teniendo en cuenta el estado
de la madre y el tiempo que ya contaba el nio, orden que se le
destetase. Se dispuso, pues, que durmiese en un cuarto separado con la
niera. Clara pas el resto de la tarde llorando. Tristn sali un
momento despus de comer y quiso distraerse en el caf, pero no pudo
lograrlo. Se hallaba tan melanclico, tan abatido que muy presto se
restituy a su casa. Clara se dispona a acostarse, pero no en la alcoba
del gabinete donde dorma el matrimonio, sino en otra habitacin
alejada. Al presentarse Tristn y mostrar en los ojos su sorpresa le
dijo balbuciendo:

--Dispnsame, Tristn, me encuentro muy dbil, me duele mucho la cabeza
y temo que me molesten all los ruidos de la maana... Ya ves, est tan
prxima a la puerta... Aqu hay ms silencio...

--Est bien--dijo Tristn fingiendo creer la disculpa--. No te levantes
maana. Yo encargar a todos que no hagan ruido.

Hablaron unos momentos de cosas indiferentes, procurando ocultarse su
emocin y el abatimiento que los dominaba. Pero cuando Tristn al
despedirse quiso darla un beso, Clara se ech hacia atrs con un
movimiento de terror gritando: No!--Despus se puso roja y baj los
ojos. Tristn la mir largamente en silencio. Luego girando sobre los
talones sali de la estancia. Por la maana saliendo de su despacho se
encontr en el corredor con ella. Estaba plida. Se acerc a l y cay
en sus brazos. Tristn la estrech contra su pecho. Lloraron en silencio
largo rato. Ambos sentan que su felicidad estaba rota, que algo
siniestro se cerna sobre ellos y que no les dejara hasta secar el amor
en su corazn.

Clara luch denodadamente en los das sucesivos contra sus negros
presentimientos, contra sus terrores, contra la sangrienta visin que
las palabras de la marquesa haban dejado en su mente. Se mostr con su
marido cariosa y solcita hasta el exceso, procurando envolverle en una
red de atenciones. Este cuidado alejaba de ella otros pensamientos, pero
era demasiado exagerado para que no se advirtiese el esfuerzo. Tristn
lo adivinaba y se senta ms herido en su orgullo que en su amor.
Hubiera podido, hubiera debido dar explicaciones, rebatir la terrible
acusacin de la marquesa; los ojos de Clara se las demandaban con
insistencia; pero la innata y fiera altivez de su naturaleza le cerraba
los labios. Suponer que l era capaz de dejarse abofetear con el objeto
de tener facultad para elegir armas era una injuria que su esposa no
tena derecho siquiera a imaginar. Este silencio fue fatal para ambos.
Clara al cabo de algn tiempo sinti desfallecer su fe. Cuando un alma
pura pierde la fe, la desesperacin se apodera de ella. Amaba a su
marido porque crea en l, porque crea tanto en la nobleza de su
corazn como en su talento. Al filtrarse la duda en su mente todo lo vio
negro, todo lo vio horrible y le acometieron deseos de huir o de morir.
Se fatig de aquellas calurosas expresiones de amor que no encontraban
la debida correspondencia. Tristn cada da ms fro, ms serio, ms
encerrado en s mismo, detena sus caricias y congelaba sus expansiones.
El malestar fue creciendo y el alejamiento de los esposos hacindose ms
ostensible. Y caso estrao! este alejamiento, provocado principalmente
por su actitud, hiri a Tristn tan cruelmente que le volvi loco de
ira. Era fro y altivo; comenz a mostrarse grosero. Su carcter,
inclinado al despotismo, se agri todava ms, particularmente con los
criados. Con Clara un cierto respeto, que an no haba perdido, le
detuvo durante algn tiempo. Pero tambin lleg a perderlo. Por
cualquier negligencia promova en la casa un fuerte disturbio, se
exasperaba, gritaba como un loco. Nadie le entenda, nadie le daba
gusto. Habiendo sorprendido una sonrisa de inteligencia entre el criado
y la doncella le bast esto para imaginar que en la casa se conspiraba
contra l, que todos estaban de acuerdo para vejarle y Clara la primera.
Entonces comenz para sta una vida bien miserable. Tristn apenas le
hablaba: algunas veces se sentaban a la mesa y se levantaban sin haber
despegado los labios. Slo se diriga a ella alguna vez cuando
necesitaba desahogar su mal humor para reprenderla speramente, para
injuriarla tambin en ocasiones. La joven contestaba a estas violencias
con lgrimas y sollozos. Lleg un momento, sin embargo, en que su
corazn herido, deshecho, ya no pudo ms. Se secaron las lgrimas
repentinamente y un da en que su marido enloquecido se desbordaba en
palabras ultrajantes le clav una mirada larga, fra, despreciativa que
le dej paralizado. Mi mujer me odia, se dijo estremecido. Y desde
entonces aquella idea no se apart de su mente. Se puso a observarla con
ansiedad queriendo sorprender en sus ojos, en sus ademanes aquel odio
que l mismo haba trabajado por despertar. No era verdad, sin embargo.
Clara no le odiaba, le despreciaba. Armada de este desdn como de una
coraza que la naturaleza piadosa colocara en su corazn escuchaba los
insultos de su marido sin pestaear y segua ejecutando lo que tena
entre manos con la misma calma que si oyese el ruido de la mar.

Tristn comenz a padecer del estmago. Sus digestiones se hicieron
penosas, contribuyendo esto a exacerbar an ms su mal humor. No
resignndose a pensar que fuese una enfermedad enviada por la naturaleza
espontneamente, se puso a imaginar que tena la culpa la cocinera, que
los alimentos eran de mala calidad, que se los servan unas veces
crudos, otras salados o picantes, etc. Por reflejo, Clara tena la culpa
de todo. Se despidi a la cocinera; vino otra y pas lo mismo. A veces
se marchaba a comer al restaurant, y entonces llegaba triunfante a casa
y deca en alta voz que aquel da se senta admirablemente aunque no
fuese verdad. Un da le pregunt a un amigo mdico en el caf:

--Dime, es verdad que existen venenos lentos?

--Cualquier sustancia nociva es un veneno lento si se administra a la
continua--le respondi.

Aquel da estuvo doblemente preocupado y caviloso. Desde entonces
comenz a observar con intensa atencin los movimientos de su esposa, a
reconocer a hurtadillas todos los cacharros que haba en el aparador, a
dirigir rpidas y penetrantes miradas a aqulla cada vez que gustaba los
alimentos. Cierta noche, despus de comer, no sintindose con ganas de
salir, se acomod en una butaca y pidi que le hiciesen te. Al or los
pasos del criado que se lo traa, Clara que estaba bordando debajo de
la lmpara, se alz precipitadamente de la silla, reconoci la azucarera
donde sospechaba que ya no quedaba azcar, y viendo confirmada su
presuncin, corri al encuentro del criado y le hizo volver a la cocina.
Mand sacar azcar de la despensa, le ech los tres terrones que su
marido necesitaba siempre, y ella misma vino a servrselo. Mientras
tanto Tristn, que haba seguido la maniobra de su esposa con vivo
recelo, esperaba anhelante acometido de una terrible inquietud que se
revelaba en su respiracin y en sus ojos. Tom con mano temblorosa la
taza que le presentaban, y despus de vacilar un instante, se decidi a
llevarla a los labios. Fuese aprensin o que en realidad el te estuviese
mal hecho, lo cierto es que percibi un extrao y desagradable sabor.
Dej caer la taza al suelo, y sujetando a su esposa por la mueca con
fuerza le pregunt furiosamente:

--Qu has echado en este te?

--Cmo...? Qu dices?--respondi Clara aterrada al ver los ojos de su
marido, pero sin comprender todava.

--Te pregunto qu es lo que me has echado en el te!--grit con ms
furor sacudindole el brazo y soltndolo despus con un movimiento de
repulsa que la hizo tambalearse.

Clara comprendi al fin y llevndose las manos a los ojos exclam con
espanto:

--Dios mo, qu horror!

Despus como si fuese acometida sbitamente por un rapto de locura se
puso a gritar a la niera:

--Juana! Juana...! El nio! Dnde est el nio? Traerme el nio...!

--Qu haces? Qu quieres?--pregunt a su vez sorprendido Aldama.

--El nio! El nio!--segua gritando Clara sin hacer caso.

Corri a su habitacin, se ech un abrigo encima de los hombros y
tomando al nio que le presentaba ya Juana se dirigi a la puerta de la
calle. Tristn le intercept el paso.

--Adnde vas?

--Adonde no te vea--replic resueltamente la joven.

Entonces en el cerebro de Aldama brill un rayo de luz; tuvo por un
instante la visin clara de su injusticia, de su increble necedad, y
cay de rodillas.

--Clara, perdn! No te vayas!

--Aparta, aparta, miserable! Ya he sufrido bastante. Mi corazn no
puede ms!

Y como Tristn tratase de retenerla, le dio con su brazo vigoroso un
empujn que le hizo caer de espaldas.

Cuando se levant, su esposa bajaban ya la escalera con el nio y Juana
detrs de ella.

Se puso en pie. La vergenza y la clera ardan al mismo tiempo en su
pecho. Escuch unos instantes, hasta que el ruido de los pasos dej de
percibirse, y cerr la puerta, que haba quedado abierta. Luego se
dirigi al saln, encendi las luces y comenz a pasearse de una esquina
a otra con las manos en los bolsillos. Un fro cortante como una espada
entraba en su corazn. Vease solo, y con profundo estupor se daba
cuenta de que todo haba concluido para l. Se hallaba en la situacin
de un jugador que acaba de arriesgar su fortuna a una carta y la pierde.
Al cabo de un rato llamaron con suavidad en la puerta de la estancia.

--Adelante!--dijo parndose.

Entr la doncella, cuya adoracin por Clara era conocida.

--Seorito--manifest con resolucin--, habindose ido la seorita yo no
puedo quedar en esta casa. Si tuviese la bondad de darme la cuenta...

--Ahora mismo--replic Tristn cuya frente se frunci terriblemente.

Fue al despacho, le pag y se vino de nuevo al saln. Pero a los pocos
instantes se present el criado balbuciente, ruborizado. l tambin
quera irse, no porque estuviese descontento del seorito, pero era
novio de la doncella... pensaba casarse en abril... Lucila se lo haba
exigido...

--Basta--dijo Aldama secamente.

Y sin pronunciar otra palabra fue al despacho y le entreg su cuenta.
Sinti despus el ruido que hacan al arrastrar sus bales, oy abrirse
la puerta, oy la voz de unos hombres que deban de ser los mozos de
cuerda, y luego se cerr la puerta y todo qued en silencio. Pero
inmediatamente se present la cocinera. Era una mujer de ms de cuarenta
aos y de tan fea catadura que inspiraba risa.

--Aunque hace poco tiempo que estoy en la casa ya cog ley al seorito,
porque es simptico y amable... y tiene ngel... vamos porque s,
porque me gusta! Pero ya el seorito puede comprender que una joven sola
en una casa con un caballero no parece bien... La gente es muy mala y se
agarra a cualquier cosa para hacer dao... Necesito mirar por mi honra.

Tristn la contempl fijamente con curiosidad burlona. Le dio por
completo la razn. Nada, nada, los jvenes de distinto sexo no estaban
bien solos bajo un mismo techo. Le pag y la pudorosa domstica se
despidi hecha una jalea diciendo que al da siguiente vendra a buscar
el bal.

Entonces Tristn qued solo en la casa. Una tristeza inmensa, infinita,
pesaba sobre su alma. Senta deseos de sollozar. Acaso esto hubiera
aliviado su corazn, pero el orgullo dominaba sus lgrimas, las obligaba
a volverse atrs cuando queran salir.

Largo rato pase por la estancia sin detenerse, con el rostro plido,
los ojos secos y febriles, la frente dolorosamente fruncida. A la puerta
oy los leves aullidos del perro que quera entrar. Fue a abrirle. El
Fidel comenz a recorrer el saln con la cola agitada, oliendo en todas
partes: luego sali como un torbellino, recorriendo los pasillos,
entrando en las habitaciones, buscando, olfateando. Entr de nuevo, mir
a Tristn, dejando escapar quejidos lastimeros, se fue a la puerta de la
calle, volvi y repiti varias veces esta maniobra. El pobre animal
buscaba a su ama.

Una sonrisa amarga se dibuj en los labios de Aldama.

--T tambin quieres irte? Anda, anda, marcha cuando quieras!

Se dirigi a la puerta y la abri. El perro se precipit raudo por la
escalera. Tristn volvi al saln y entonces, s, qued enteramente
solo.




XXII

HACIA OTRO MUNDO


Cuando Elena qued sola, despus que Nez hubo marchado, se dirigi al
saln donde se hallaba un magnfico retrato de su marido pintado por
Pradilla.

--Lo hecho ya no tiene remedio, Germn... Pero sabr pagar con la vida
lo que he hecho!--dijo en voz alta hablando con la efigie como con un
ser vivo.

Una resolucin sombra, inquebrantable, anim sus ojos desde entonces.
Despus que le sirvieron el almuerzo, que apenas toc, vistiose
apresuradamente y dio orden de que engancharan la berlina y que la
condujesen a la estacin. Una vez all despidi el coche y subi a pie
por la carretera hasta el pueblo. Se fue dando rodeos para no ser vista
hasta la farmacia de su primo, cuyas costumbres conoca. Despus de
comer sola pasar ste un par de horas en el casino jugando al domin.
Sin embargo, cruz rpidamente por delante de la botica para
cerciorarse.

--Don Manuel, no est?--pregunt al dependiente, un chico de quince a
diez y seis aos.

--No, seora; hasta las cuatro no suele venir.

Elena hizo un gesto de contrariedad y manifest que no poda aguardar
tanto tiempo. Necesitaba encargarle con urgencia una medicina que ya le
haba preparado otras veces. El chico insinu que estaba en el casino,
que subira para que la muchacha fuese a avisarle. Elena se opuso. Como
la distancia era corta, le suplic que l mismo fuese y mientras tanto
ella quedara al cuidado de la botica. El muchacho, que no poda tener
desconfianza viendo una seora elegantemente vestida, sali corriendo a
evacuar el recado. Inmediatamente Elena, que haba pasado los primeros
aos de su vida en aquella farmacia y la conoca tan bien como su primo,
se dirigi con presteza a la trastienda, abri la _cordialera_, busc el
tarro del _curare_ y sacando del pecho un frasquito que llevaba ech en
l unos pedazos de este veneno. Despus lo guard de nuevo y se sent a
esperar tranquilamente a su primo. No tard en llegar.

--Elena! Pero eres t?

El primo Vilches la salud con efusin un poco embarazada. La conducta
de Elena haba disgustado a toda la familia. Desde haca ya tiempo el
farmacutico, que iba con frecuencia a Madrid, no haba puesto los pies
en su casa. Elena, tambin confusa, le explic que haba llegado haca
pocos das para reponerse de una ligera fiebre que haba padecido y le
suplic que le preparase una pocin calmante para dormir que en otro
tiempo, cuando viva en el Escorial, le haba probado muy bien. Vilches
se apresur a complacerla. Mientras dur la confeccin charlaron.
Vilches tena nios y se habl de ellos y de otros asuntos, pero se
abstuvo de preguntar por Reynoso y lo mismo de invitarla a subir a ver a
su esposa. Esto ltimo hiri profundamente a Elena, que al despedirse
apenas se atrevi a decir: Recuerdos a Rosa.

Aquella misma tarde regres a Madrid. Al da siguiente a la hora en que
Cirilo sala de casa para la Bolsa se fue a la plaza de Oriente y dio
orden al cochero de que se detuviese en las proximidades. Desde el coche
estuvo vigilando hasta que vio asomar al paraltico apoyado en su
bastn. El portero sali a llamar un coche de punto y le ayud a subir a
l. Elena baj del suyo, entr en la casa y llam en la puerta de Visita
al tiempo que cruzaba por el pasillo una persona, la cual, as que son
el timbre, tir del pestillo y abri. Elena se encontr frente a frente
con su cuada Clara. La estupefaccin de ambas fue inmensa. Elena pens
que all mismo iba a morir. Clara muy plida y con el entrecejo
fruncido le pregunt al cabo secamente:

--Qu deseaba usted?

Pero Elena sin responder clav en ella una mirada de angustia y de dolor
tan intensos que traspas el corazn de su cuada. Dio sta un paso
hacia ella y tomndola por la mano y cerrando despus la puerta le dijo
gravemente:

--Ven conmigo.

Y as la llev hasta la habitacin que ocupaba y la oblig a sentarse en
una butaca. Elena estaba ms muerta que viva: hizo algunos esfuerzos
para hablar, pero la voz no sala de su garganta. Clara, que estaba en
pie frente a ella, le dijo observndolo:

--No hables todava. Voy a mandar que te hagan una taza de tila.

Elena se apoder de una de sus manos y la bes. Clara la retir
velozmente.

--No necesito nada, Clara, no necesito ms que verte y que me mires con
un poco de compasin. Ya s que no la merezco, pero hay momentos en que
una gota de compasin puede detener a la muerte, puede salvar un alma
del infierno... Yo te lo pido, Clara, yo te lo imploro por la memoria de
tu madre.

Clara se acerc ms a ella, volvi a entregarle su mano, que Elena bes
repetidas veces con transporte, y le dijo con dulzura:

--Sosigate y habla sin desconfianza. No temas que ninguna palabra
ofensiva ni aun dura salga de mis labios. A qu has venido hasta aqu?
Sabas que yo estaba?

--No; vena a suplicar a Visita que me dijese dnde se halla mi... dnde
se halla tu hermano.

Clara guard silencio y qued unos instantes pensativa, mientras que su
cuada permaneca sentada con la cabeza inclinada al suelo y el pauelo
en los ojos.

--Ni Visita ni yo podemos decrtelo. Estamos obligadas, si no por
juramento, al menos con promesa sagrada a guardar el secreto de su
retiro. Ya comprenders que el revelrtelo sera hacerle traicin,
aadir un clavo ms a su cruz.

--Lo comprendo, Clara, lo comprendo!--replic la pobre mujer
sollozando--pero si supieras...! si supieras...! Demasiado entiendo
que por la ley de Dios no merezco ser su esposa y por la de los hombres
no debo serlo ya... Slo quera llegar hasta l y decirle perdname,
Germn! y morir a sus pies...

Clara la mir largamente con infinita tristeza y murmur:

--Desgraciada Elena!

--Mucho ms de lo que puedas figurarte! Mira mi semblante, Clara, mira
mi cuerpo deshecho; acurdate de aquella Elena que jugaba y corra
contigo en el Sotillo cuya alegra decais que era comunicativa,
acurdate de aquella mujercita mimosa de quien tanto os burlabais que os
haca rabiar y os haca rer a un mismo tiempo. Mrala ahora bien rota,
bien hundida en el fango! Acurdate tambin, Clara ma, de lo que la has
querido. Cmo es posible que me odies a m que te quiero tanto, a m
que te miro y te he mirado siempre como un ngel bajado del cielo?

--Yo no te odio, Elena... pero amo a mi hermano como hermano y como
padre.

--Tienes razn. Despreciadme, maldecidme. Hice traicin al mejor de los
hombres. No merezco pisar la tierra que vosotros pisis... Adis,
Clara--aadi levantndose--. No tengo ms que un medio de pagaros la
ofensa que os he hecho... Rogad a Dios por m!

Y dio precipitadamente algunos pasos hacia la puerta. Clara corri a
ella y la detuvo por la mano.

--Adnde vas, criatura?

La arrastr de nuevo hasta la butaca y volvi a sentarla. Luego
permaneci frente a ella inmvil como una estatua, sumida en profunda
meditacin. Elena, sin levantar los ojos, senta sin embargo su mirada,
adivinaba los contrarios pensamientos que luchaban en su mente y su
corazn lata dentro del pecho hasta dejarse or.

--Est bien--dijo al cabo la hermana de Reynoso con voz grave--. Mi
conciencia me dice que por encima de todas las consideraciones y de
todas las promesas est la ley de la caridad. Yo no puedo consentir que
realices lo que me has dejado adivinar. Sabrs dnde est tu marido.

Elena dio un salto y se arroj sobre ella estrechndola, estrujndola
mejor dicho contra su pecho como si quisiera asfixiarla, cubrindola al
mismo tiempo el rostro de sonoros besos. Luego se dej caer de rodillas
e intent besarle los pies, pero Clara la alz entre sus brazos
vigorosos y la sent a la fuerza de nuevo. Despus cogiendo una silla
vino a sentarse a su lado, y tomndole una mano le dijo con voz que
temblaba ligeramente:

--No eres t sola desgraciada, Elena. Yo tambin lo soy.

--T?--exclam aqulla alzando la cabeza y mirndola con estupor.

--S, hace dos das que me encuentro en esta casa porque me he visto
obligada a huir de mi marido.

Y le narr con sencillez y concisin su vida desdichada en los ltimos
tiempos y el suceso increble que haba dado origen a la separacin.
Elena volvi a besarla con transporte y alzando los ojos al cielo
exclam:

--Oh, Dios! Los malos merecemos ser desgraciados, pero los buenos por
qu tambin lo son?

Ambas guardaron silencio.

--Le amas todava?--preguntole dulcemente al odo.

--No--respondi Clara secamente--. Ese hombre ha ido arrancando una a
una las races que tena en mi corazn. El ltimo tirn le ha separado
por completo.

--Entonces, huye.

--S, hoy mismo pienso marchar a reunirme con mi hermano. Maana irs
t. Yo preparar su nimo para recibirte.

Elena guard silencio y una arruga dolorosa surc su frentecita de
estatua.

--Perdona, Clara--dijo al fin tmidamente--. Si debiese mi perdn a tus
splicas nunca podra creer en l y mi existencia sera un continuo
tormento.

--Tienes razn--respondi aqulla quedando un momento perpleja--. Marcha
t esta tarde. Maana saldr yo.

Despus le dio cuenta del sitio donde se hallaba su hermano. Don Germn
Reynoso habitaba en aquel momento una aldea de Guipzcoa llamada
Anzuola, prxima a Zumrraga. Saliendo aquella misma noche, por la
maana temprano llegara a este punto y de all podra trasladarse a
Anzuola rpidamente. Era necesario preguntar por don Ricardo Vzquez, su
segundo nombre de pila y su segundo apellido, pues as se haca llamar
desde que haba salido de Madrid. Cuando hubieron convenido el asunto
del viaje, Clara sali un instante a prevenir a Visita de lo que
ocurra. No tard en presentarse de nuevo con sta. La ciega ech los
brazos al cuello a Elena y la bes con la misma efusin que antes.
Despus, en las horas que siguieron hasta la de la partida, se mostr
tan jovial, tan charlatana, que en ms de una ocasin logr que la
frente de Elena se desarrugase y una sonrisa contrajese sus labios. En
fin, hasta les cant los _couplets_ de los _Pajaritos fritos_ y toc el
_tango_ de las _Cacerolas_. Pero Elena no poda dominar un sentimiento
de vergenza que se lea claramente en sus ojos. Particularmente cuando
se present Cirilo su confusin fue tan grande que Clara, advirtindola,
se apresur a sacarla de la estancia y llevarla a su gabinete y all la
dej entretenida con el nio.

Se pas recado al hotel de la Castellana para que enviasen el coche con
el equipaje y, despus que hubieron comido, las tres mujeres se
dirigieron a la estacin. Al despedirse de Cirilo le dijo Elena:

--Hazme el favor de pagar a los criados y cerrar la casa.

--Cerrar la casa?--exclam aqul.

--S--replic Elena rompiendo a llorar--. Yo no volver ya ms, suceda
lo que suceda.

Y se apresur a montar en el coche. En el trayecto a la estacin Visita
la besaba cariosamente y le deca al odo:

--nimo, Elena! El corazn me dice que volvers a ser feliz.

En el momento de partir el tren Clara se abraz a ella.

--Que Dios te proteja! Hasta pasado maana.

--Hasta nunca, quiz!--murmur Elena sepultndose en su berlina.

Se detuvo en Zumrraga toda la maana, pues el tren no parta para
Anzuola hasta las tres de la tarde. Pas aquellas horas en el
abatimiento y la indecisin. Cuando lleg el momento, sin embargo, sali
como un autmata de la fonda y subi al tren que en pocos minutos la
traslad al fin de su viaje. La estacin de Anzuola se halla bastante
alta en la falda de la montaa. Para bajar al pueblo hay un hermoso
camino, y Elena lo salv con paso rpido. Es un lindo pueblecito situado
en el fondo de un valle, rodeado por todas partes de verdes montaas y
de rboles. Cuando lleg a las primeras casas, se encontraba tan
fatigada que se detuvo un instante para reposar. La primera tienda que
vio abierta era un estanquillo. Entr resueltamente, y dirigindose a
una mujer que cosa detrs del mostrador le pregunt:

--Conoce usted a don Ricardo Vzquez?

La mujer levant la cabeza con sorpresa.

--Oh seora! Aqu todos conocen, s, todos conocen bien a ese seor.

--Dnde vive?

La mujer se levant de la silla, vino a la puerta y extendiendo el
brazo:

--No ve usted aquella casa donde hay un establecimiento de comestibles,
de donde sale aquel hombre ahora mismo? Pues all es donde l est de
husped... Pero si usted quiere verle no tardar en pasar por
aqu--aadi volviendo a su sitio--. Todas estas tardes va a ensayar a
los nios a la iglesia para la fiesta de la Virgen.

--Ah!

--S; mi chico, que tambin canta, se ha ido ya hace un rato y estar
jugando con los otros delante de la iglesia. Don Ricardo ha sido quien
le ense la msica como a todos los dems.

--Es maestro de msica?

--Oh, no seora!--exclam la estanquera con un poco de enfado--. Don
Ricardo es un gran caballero. Si ensea la msica a los nios es por
favor, por caridad como otras muchas caridades que hace. Tambin ha
formado aqu eso que llaman _orfen_. El pueblo ha cambiado mucho desde
que vino ese seor. Antes los hombres pasaban la noche en la taberna
malgastando su jornal y hablando cosas feas. Ahora se van despus de
cenar al local de las Escuelas y all se estn cantando como unos
benditos toda la noche. Cuando los ve cansados don Ricardo les da un
cigarro, les entretiene un rato charlando y ya los tiene usted tan
contentos. Oh, seora, qu bien cantan ya! Parece que est uno en el
cielo oyndoles. Si usted se queda aqu, para el da de la Virgen los
oir porque han de cantar por la tarde en la plaza.

Elena dijo que s que se quedara, pero temiendo que pasase por all su
marido y que la estanquera le llamase se despidi de sta. Iba hacia la
iglesia para ver el ensayo y hablar a don Ricardo cuando terminase. La
buena mujer le indic el camino que haba de seguir.

Delante del templo jugaba un enjambre de nios y nias con ruidosa
algazara. Elena fue a sentarse algo ms lejos en un banco de piedra,
procurando que un rbol la ocultase. Antes de un cuarto de hora de
espera vio llegar a su marido. El corazn le dio un terrible vuelco. Su
estatura elevada, su cuerpo fornido y la boina que le cubra la cabeza
le daban un aspecto completamente vasco. Elena observ con sorpresa que
no haba envejecido poco ni mucho; ni una cana ms; la misma o mayor
frescura en la tez; igual marcha decidida y ligera. Qu diferencia con
ella, tan flaca, tan estropeada! En cuanto los chicos le divisaron
corrieron a rodearle como un bando de gorriones alborotadores. Don
Germn se sent a descansar en uno de los bancos de piedra, charlando,
riendo con ellos. Sus carcajadas llegaban alegres, sonoras, como en otro
tiempo a los odos de Elena, pero ahora sin saber por qu ay! le
partan el corazn. Una zagalita de trece a catorce aos de puro perfil
virginal y el moo de la cabeza apretado por un paolito azul al estilo
del pas se acerc a Reynoso y apoy el brazo en su hombro con
encantadora familiaridad. Elena sinti la mordedura de los celos y le
clav una mirada fulgurante capaz de reducirla a ceniza.

--Vamos, vamos, hijos, que ya se hace tarde--dijo el caballero
levantndose y entrando en la iglesia.

Poco despus los sigui Elena, pero ya no vio a nadie. Slo oa sus
voces all en el coro. Pase una mirada de angustia por el mbito del
templo y, divisando en un altar una imagen de la Virgen, dio algunos
pasos y se prostern delante de ella y or con fervor.

--Estamos ya?--dijo Reynoso en voz alta.

Inmediatamente se dej or en el rgano el preludio de Bach que suele
servir de acompaamiento al _Ave Mara_ de Gounod. Y el coro de nios
enton este canto admirable de amor y de dolor, de angustia y esperanza
al mismo tiempo.

--Suave, hijos mos! Dulcemente... como un murmullo!--se oa decir a
Reynoso.

El obscuro recinto del templo se estremeci. Una ola de armona celeste
llen instantneamente todo su mbito llegando hasta los ms tenebrosos
rincones. Elena se sinti enajenada. Se acord de los das puros de su
infancia, se acord de aquellas oraciones fervorosas que diriga a la
Virgen antes de acostarse y volvi a murmurarlas con los labios
trmulos. Oh! por qu no haba muerto entonces? Pero morir ahora, con
el alma ennegrecida, despus de haber engaado vilmente al ser que ms
la haba querido en este mundo! No, no, por Dios!

--Fuerte, fuerte, hijos mos! Echad vuestra alma por la boca!

Morir ahora con la maldicin de Dios y la de su marido! Quin ira a
poner una flor sobre su tumba? Quin no mirara con horror la tumba de
una prfida mujer, de una suicida?

--Mara! Mara!--clamaba el coro anglico haciendo vibrar el aire con
aquel grito anhelante.

--Madre, madre, slvame...! Madre, escchame!--sollozaba Elena con la
frente apoyada en el altar de la Virgen, mientras apretaba con mano
crispada el pomo fatal que guardaba en el pecho.

El templo qued otra vez en silencio. Cuando Elena volvi de su xtasis
observ que el pelotn de nios sala por la puerta rodeando como antes
a su marido. Tambin ella sali, pero no poda andar; los pies le
pesaban como si fuesen de plomo. Dejose caer sobre uno de los bancos del
prtico y all aguard un rato. Estaba ya obscureciendo. Levantose al
fin y con paso vacilante se dirigi por la nica calle del pueblo hasta
la casa que le haban designado. La tienda estaba iluminada por una
menguada lmpara de petrleo. Una mujer de media edad, gruesa, de
fisonoma simptica, vestida de negro y ataviada la cabeza con el
caracterstico pauelo de seda, escriba en un libro viejo de comercio
sobre el mostrador.

--Don Ricardo Vzquez?

La mujer alz la frente y clav en Elena una larga mirada escrutadora.

--Aqu vive, si seora--respondi con esa gravedad peculiar de la raza
vasca.

--Deseara verle.

La mujer volvi a mirar con insistencia desconcertante a la viajera y
despus de una pausa dijo:

--Bueno... ir a prevenirle... A quin debo anunciar?

--No anuncie usted a nadie: quiero darle una sorpresa.

Entonces el semblante de la tendera reflej la sorpresa, la duda y la
alegra al mismo tiempo.

--Sera usted por ventura, seorita, su hermana, la hermana de quien
tantas veces nos habla?

Elena vacil un instante, pero respondi al fin:

--S; yo soy.

--Oh seorita!--exclam la buena mujer viniendo hacia ella con el
rostro iluminado de placer--. Cunto se va a alegrar! No sabe usted lo
que la quiere. Siempre la tiene en los labios y yo creo que la tiene a
usted ms guardada todava en el corazn... Si es usted tan buenaza como
l, todos daremos gracias a Dios de verla por aqu. En el pueblo no hay
nadie que no le quiera ya, porque es un caballero de lo mejor, llano,
caritativo, amigo de los pobres... Al principio de venir, como no se le
conoca, corrieron algunas voces sobre si era esto o lo otro...
habladuras de gente necia, sabe usted, seorita? Pero el seor vicario
nos dijo que cuidado con hablar una palabra de este seor porque era un
santo...

--S que lo es!--murmur Elena con voz temblorosa.

--Se le puede tener por la mitad del dinero que a otro. Nunca se queja,
a nadie causa molestia: a veces por no llamar l mismo viene abajo a
buscar a la cocina lo que le hace falta. En fin, no se le siente en la
casa y por lo mismo todos andamos de coronilla para servirle.

--Estar triste, verdad...? Ha tenido algunas prdidas de fortuna...

--Triste? En los diez meses que lleva en esta casa todava no le hemos
visto un da triste. Cuando no est arriba tocando el piano, est aqu
jugando con los nios. No se conoce, no, seorita, que haya tenido
prdidas.

Elena sinti que flaqueaba su valor.

--Con permiso de usted voy a subir... Dnde est la escalera?

La buena mujer la condujo hasta el primer peldao de una escalerita
estrecha y obscura. Subi casi a tientas por ella. Cuando ya estaba a la
mitad llegaron a sus odos los acordes solemnes, penetrantes, de la
_novena sinfona_. Se agarr con ambas manos a la barandilla para no
caer. Al fin hizo un esfuerzo supremo y subi los ltimos peldaos.
Entr en una salita modestsimamente amueblada. El piano sonaba ms all
en un gabinete cuya puerta estaba entreabierta. Atraves la sala y mir
por la rendija. Su marido tocaba vuelto de espaldas a la puerta. Elena
permaneci inmvil algunos instantes y sintiendo que sus piernas
flaqueaban y que iba a caer, apret convulsivamente el frasco que
llevaba y se aventur a decir:

--Germn!

Pero la voz no sali apenas de su garganta. Reynoso no la oy. Entonces
atacada de sbita energa abri de par en par la puerta y volvi a decir
reciamente:

--Germn!

Reynoso dio un salto en su taburete y qued en pie frente a ella. Una
intensa palidez cubri su rostro; pero inmediatamente brill en l la
cordial, la amable sonrisa de siempre y dio algunos pasos hacia ella
con las manos extendidas.

--Bien venida seas, Elena, bien venida, bien venida!

La esposa infiel dio un grito y desplomndose cay a sus pies sin
sentido. Aquel recibimiento inesperado la hiri como un rayo. Don Germn
se apresur a levantarla, la coloc sobre un sof y con una toalla
mojada roci sus sienes. Luego le hizo oler un frasco de esencia. Elena
tard poco en abrir los ojos. Se apoder de las manos de su marido y
exclam con voz apenas perceptible:

--Jams, jams le he querido...! Jams, jams he dejado de quererte a
ti...! Un capricho infame...

--Calla, Elena! En ti no caben los caprichos infames porque ests
amasada con la pasta de los ngeles... Sintieron que tu corazn era
inexpugnable y atacaron tu cerebro, que es ms dbil, pobre Elena...

--Gracias... bendito seas... bendito seas por toda la eternidad...! Me
perdonas?

--Si no te hubiera perdonado, hace ya mucho tiempo que estara muerto.
Cmo es posible vivir con un odio en el corazn?

--Ya no quiero, ya no pido ms!--exclam la infeliz mujer
incorporndose y secndose los ojos--. Djame marchar. Ahora ya puedo
morir tranquila en cualquier rincn del mundo. Djame marchar. Mi
presencia te deshonra.

Al decir esto se puso en pie, pero Reynoso la retuvo por una mano y la
oblig a sentarse.

--No, no marchars. Una mano invisible y todopoderosa te ha trado de
nuevo a mis brazos. Acepto ese don como los acepto todos. Hoy era feliz;
maana lo ser tambin porque nadie, nadie en este mundo puede hacerme
ya desgraciado! Nunca te ha dejado mi corazn, Elena. Mi mente te ha
hecho vivir siempre conmigo tal como eres realmente en el fondo del
alma, como seras tambin en la apariencia si no te hubieran arrastrado
en un momento de desmayo las fuerzas infernales y misteriosas que an
palpitan en los obscuros rincones de nuestra naturaleza... Escucha:
All, lejos, muy lejos, en el fondo de Amrica, detrs de los Andes,
conozco un valle tibio y risueo como un nido de amor. Un cielo siempre
azul se extiende sobre l. El soplo de la brisa que llega del mar
inclina la copa de los rboles y levanta un rumor ms grato que ninguna
msica humana; los pjaros cantan; las flores exhalan de sus clices
perfumes embriagadores; el espritu de Dios flota sobre el ambiente. En
aquel valle la planta soberbia del hombre an no ha dejado mucha huella.
All correremos a refugiar nuestra dicha, lejos de este mundo que se
llama cristiano y cubre de ignominia al que perdona. All viviremos el
uno para el otro. Si no quieres ser mi esposa sers mi hija, sers mi
hermana...

--Tu esposa hasta la muerte y ms all de la muerte!--exclam Elena
echndole los brazos al cuello anegada en llanto.

--All comenzaremos de nuevo la vida. Alzaremos una casita blanca con
ventanas verdes. Vivirs rodeada de flores y yo de pjaros. Por la
maana te llevar hasta la playa y revolvers sus arenas y recogers
preciosas conchas. Nos sentaremos sobre una roca y contemplaremos
silenciosos aquellas olas azules que llegarn de lejos a mirarse en tus
ojos y a besar tus pies. Al pie de una fuente clara tu cabeza reposar
por las tardes sobre mi hombro, y el aire de la montaa, cargado de
aromas, jugar otra vez con esos bucles de oro...

--Calla, calla...! Es demasiada felicidad. Yo me ahogo!

--An quedan para ti das de sol en la vida, Elena ma. Para m nunca ha
dejado de lucir, porque lo llevo en el corazn. Huyamos, huyamos hacia
la dicha.

--S, s, huyamos!--exclam Elena apretando sus labios con frenes
contra los de su esposo.

Pero repentinamente qued inmvil con los ojos extticos.

--Y Clara que llega maana?

--Clara?--pregunt Reynoso en el colmo de la sorpresa.

Entonces su esposa le dio cuenta de la desgracia que sobre aqulla
pesaba y de la firme resolucin que haba manifestado de alejarse para
siempre de su marido. Reynoso nada saba de sus disgustos domsticos,
porque jams le hablaba de ellos en sus cartas. Slo tena conocimiento
de la muerte desastrosa del marquesito del Lago. Quedose pensativo y una
lgrima silenciosa rod por sus tostadas mejillas.

--Pobre Clara!--murmur--. Mereca ser feliz. Un destino fatal encaden
su vida a la de ese desdichado, vctima de su temperamento, vctima
tambin de su egosmo y de su orgullo... Est bien--aadi al cabo
serenndose--. Maana llega Clara, pasado saldremos todos para el Havre
y dentro de tres das navegaremos en alta mar respirando el aire de la
libertad y de la dicha. Dios, al devolverme una esposa y una hermana, me
da tambin un nio a quien amar, un nio que ser hijo de los tres y que
endulzar nuestras horas con sus juegos y su risa. An pueden lucir para
Clara tambin das de sol si sabe resignarse... la ms alta sabidura
que podemos alcanzar los mortales sobre la tierra.

--Los tres te deberemos nuestra felicidad. Donde t respiras, la
atmsfera se llena de nobles y puros sentimientos. Eres, esposo mo, la
imagen de Dios sobre la tierra, todo bondad, todo misericordia.

Guardaron ambos silencio y se miraron largamente a los ojos paladeando
la dicha intensa de los primeros das de su matrimonio. Despus de una
pausa prolongada Elena sac el frasco de veneno que llevaba en el pecho
y sonriendo ruborizada:

--Mira--le dijo--. Si me hubieras arrojado de aqu, cuando salieses
encontraras detrs de esa puerta un cadver.

--Eso nunca!--exclam Reynoso apoderndose vivamente del pomo y
arrojndolo al suelo--. Me he suicidado yo cuando vi el cielo
desplomarse sobre m? El cielo se desplom sobre m, es cierto, pero yo
me abrac a l y... ya lo ves, me he salvado.

FIN

* * *




OBRAS DE PALACIO VALDS

4 PESETAS TOMO


EL SEORITO OCTAVIO, un tomo.

MARTA Y MARA, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al sueco, al
ruso y al tcheque.

EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducido al francs y al tcheque.

AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francs, al
ingls, al alemn, al holands, al sueco y al tcheque. Edicin espaola
con notas y vocabulario en ingls.

JOS, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn, al holands,
al sueco, al tcheque y al portugus. Edicin espaola con notas en
ingls para el estudio del espaol en Inglaterra y E. U. A.

RIVERITA, un tomo. Traducida al francs.

MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al ingls.

EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al holands.

LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al
holands, al ruso, al sueco y al italiano.

LA ESPUMA, un tomo. Traducida al ingls.

LA FE, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al alemn.

EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

LOS MAJOS DE CDIZ, un tomo. Traducida al francs y al holands.

LA ALEGRA DEL CAPITN RIBOT, un tomo. Traducida al francs, al ingls,
al sueco y al holands. Edicin espaola con notas y vocabulario en ingls.

LA ALDEA PERDIDA, un tomo.

TRISTN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al ingls.

SEMBLANZAS LITERARIAS _(Los oradores del Ateneo, Los novelistas
espaoles, Nuevo viaje al Parnaso),_ un tomo.

PAPELES DEL DOCTOR ANGLICO, un tomo. Traducidos al alemn.

AOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGLICO, un tomo.

LA NOVELA DE UN NOVELISTA. Un tomo, 5 pesetas.





End of Project Gutenberg's Tristn o el pesimismo, by Armando Palacio Valds

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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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