The Project Gutenberg EBook of El Mar, by Jules Michelet

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Title: El Mar

Author: Jules Michelet

Release Date: August 12, 2008 [EBook #26284]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACION

J. MICHELET

EL MAR

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACION--Buenos Aires.

[Nota del transcriptor: la ortografa del original no ha sido
actualizada.]





INDICE


LIBRO PRIMERO.--OJEADA A LOS MARES

Caps.

I.--El mar desde la playa

II.--Playas, arenales y costas bravas

III.--Continuacin.--Playas, arenales y costas bravas

IV.--Crculo de las aguas, crculo de fuego.--Ros del mar

V.--El pulso del mar

VI.--Las tempestades

VII.--La tempestad del mes de octubre de 1859

VIII.--Los faros


LIBRO SEGUNDO.--GNESIS DEL MAR

I.--Fecundidad

II.--El mar de leche

III.--El tomo

IV.--Flor de sangre

V.--Los fabricantes de mundos

VI.--Hija de los mares

VII.--El picapedrero

VIII.--Conchas, ncar, perla

IX.--El ladrn de los mares (pulpo, etc.)

X.--Crustceos.--La guerra y la intriga

XI.--Los peces

XII.--La ballena

XIII.--Las sirenas


LIBRO TERCERO.--CONQUISTA DEL MAR

I.--El arpn

II.--Descubrimiento de los tres Ocanos

III.--La ley de las tempestades

IV.--Los mares polares

V.--Guerra  las razas marinas

VI.--El derecho del mar


LIBRO CUARTO.--RENACIMIENTO POR EL MAR

I.--Origen de los baos de mar

II.--Eleccin de playa

III.--La habitacin

IV.--Primera aspiracin del mar

V.--Baos.--La belleza renace

VI.--Renacimiento del alma y de la fraternidad

VII.--Vita nuova de las naciones

NOTAS




LIBRO PRIMERO

OJEADA A LOS MARES




I

El mar desde la playa.


Un intrpido marino holands, vigoroso y fro observador, cuyos das se
deslizan en el inmenso Ocano, confiesa con franqueza que la primera
impresin que se recibe al contemplarlo, es de miedo. Para todo ser
terrestre es el agua el elemento no respirable, el elemento de la
asfixia. Barrera fatal, eterna, que separa irremediablemente ambos
mundos. No nos sorprende, pues, que la gran masa de agua denominada mar,
desconocida y tenebrosa en su profundo espesor, se haya aparecido
siempre formidable  la humana imaginacin.

Los orientales slo ven en ella la amarga sima, la noche del abismo. En
todos los idiomas antiguos, desde la India hasta la Irlanda, el nombre
de mar es sinnimo de desierto, noche.

Qu triste es ver, al caer de la tarde, el sol, alegra del mundo y
padre de todo lo criado, ir desapareciendo, eclipsarse entre las ondas!
Es el cotidiano duelo del Universo, particularmente del Oeste. En vano
es que todos los das presenciemos el mismo espectculo; siempre ejerce
en nosotros igual influjo, idntico efecto melanclico.

Si nos sumimos en el mar  cierta profundidad, no tardamos en vernos
privados de luz: se penetra en un crepsculo do slo persiste un color,
el rojo siniestro; y aun al poco rato este color desaparece y sobreviene
la negra noche. Qu obscuridad tan absoluta, exceptuando tal vez
algunos accidentes de horrorosa fosforescencia! Aquella masa, inmensa en
extensin, enormemente profunda, que se extiende por la mayor parte del
orbe, parece un mundo de tinieblas. He aqu lo que sobresalt, lo que
intimid  los primeros hombres. Suponan que se acaba la vida donde
falta la luz, y que,  excepcin de las primeras capas, todo el espesor
insondable, el fondo (dado caso que tenga fondo el abismo), era una
negra soledad, nada ms que rida arena y guijarros, y algunas osamentas
y despojos, es decir, el sinnmero de bienes perdidos de que el avaro
elemento se apodera sin devolver ni la ms pequea partcula de ellos,
escondindolos cuidadosamente en el palacio destinado  guardar los
tesoros de los naufragios.

La transparencia del mar ciertamente que no contribuye  infundirnos
nimo. No puede compararse, ni con mucho,  la tranquilizadora linfa de
los manantiales y de las fuentes. Aqulla es opaca y ruda: sacude con
fuerza. El que se aventura en ella, sintese levantado impetuosamente.
Cierto que presta auxilio al nadador, empero se seorea de l:
encuntrase ste cual dbil nio mecido por poderosa mano que fcilmente
puede reducirlo  la nada.

Una vez desamarrada la barquilla, quin sabe dnde puede llevarla una
rfaga de viento, la irresistible corriente? As fu cmo nuestros
pescadores del Norte, contra su voluntad, descubrieron la Amrica polar
trayendo de all las espantosas visiones de la fnebre Groenlandia. Cada
pas tiene sus narraciones, sus cuentos sobre el mar. Hornero, las Mil
y una noches, han transmitido buen nmero de esas tradiciones
horrorosas, los escollos y las tempestades, las calmas no menos
peligrosas en que el navegante muere devorado de sed en medio del
lquido elemento, los comedores de carne humana, los monstruos, el
leviatn, el kraken y la gran serpiente de los mares, etc. El nombre
dado al desierto, pas del miedo, hubiera podido aplicarse al gran
desierto martimo. Los ms atrevidos navegantes, fenicios y
cartagineses, los rabes conquistadores que intentaron conglobar el
Universo, atrados por las relaciones de la tierra del oro y de las
Hesprides, pasan el Mediterrneo, lnzanse  travs del Grande Ocano;
mas, pronto se detienen: el lmite sombro, cubierto eternamente de
nubes, que se encuentra antes de llegar al Ecuador, les impone respeto.
Suspenden su marcha, diciendo: Este es el _mar Tenebroso_. Y ponen las
proas de sus naves en direccin  su pas.

Sera cometer una impiedad el violar ese santuario. Desdichado de
aquel que se vea hostigado por tan sacrlega curiosidad! En las
postreras islas apareci un coloso, un rostro amenazador gritando: No
pasis ms all.

* * *

Estos temores, un tanto infantiles, del mundo antiguo, son idnticos 
las emociones del novato, de la persona sencilla que, procedente de
tierra adentro, divisa el mar por vez primera. Puede decirse que todo
ser que experimenta esa sorpresa, siente la misma impresin. Los
animales se turban visiblemente  su vista. Hasta durante el reflujo,
cuando lnguida y benigna se desliza el agua muellemente por la orilla,
el caballo no est sereno: tiembla, y  menudo no quiere vadear el
tranquilo elemento. El perro retrocede y ladra, injuriando  su manera
la onda que le causa miedo, y nunca se reconcilia con el dudoso elemento
que ms bien le parece hostil. Cuenta un viajero que los perros del
Kamtschatka, acostumbrados  dicho espectculo, se sobrecogen  irritan
lo mismo:  manadas, por millares, en el transcurso de la noche, ladran
 las mugientes olas y rivalizan en furor con el embravecido Ocano del
Norte.

* * *

La introduccin natural, el vestbulo del Ocano para prepararse 
conocerlo como es debido, es la melanclica corriente de los ros del
Noroeste, los dilatados arenales del Medioda  las landas de la
Bretaa. Cualquiera que por una de estas tres vas se dirija al mar,
quedar muy sorprendido de la regin intermedia que lo anuncia. A lo
largo de esos ros divsase una ola infinita de juncos, de salcedas, de
plantas diversas, las cuales, por los grados de las aguas que con ellas
se mezclan convirtindose paulatinamente en salobres, acaban por hacerse
plantas marinas. En las landas, presntase antes del mar otro mar de
hierbas duras y de corto tallo, helechos y matorrales. Una  dos leguas
distante de l empezaris  ver rboles raquticos, pobres, ceudos, que
indican  su modo por medio de posturas, iba  decir con sus gestos
originales, la proximidad del gran tirano y la opresin de su soplo. Si
no estuvieran arraigados  la tierra, indudablemente abandonaran  toda
prisa aquel sitio: yacen semicados, de espaldas al enemigo comn, cual
si se dispusieran  partir, derrotados, desgreados. Se doblan, se
encorvan hasta el suelo, y, no encontrando nada mejor que hacer, fijos
en aquel sitio, turcense al viento de las tempestades. En otros sitios,
el tronco disminuye y extiende indefinidamente sus ramas en sentido
horizontal. En la playa, donde las disueltas conchas levantan un polvo
muy fino, el rbol vese invadido, tragado por l. Cirranse sus poros,
le falta aire respirable; sintese ahogado, empero conserva su forma y
queda rbol de piedra, espectro de rbol, sombra lgubre sin fuerzas
para desaparecer, cautiva en la muerte misma.

Mucho antes de vislumbrarse el mar, se oye y se adivina el temible
elemento. Primero un rumor lejano, sordo y uniforme. Poco  poco cesan
todos los ruidos dominados por aqul. No tarda en notarse la solemne
alternativa, la vuelta invariable de la misma nota, fuerte y profunda,
que corre ms y ms, y brama. Es menos regular que la oscilacin del
pndulo que nos seala las horas de nuestra existencia: empero aqu el
balancn no tiene la monotona de las cosas mecnicas; se siente, crese
sentir la vibrante entonacin de la vida. En efecto; al subir la marea,
cuando la ola se empina sobre la ola, inmensa, elctrica, jntase al
tempestuoso mugido de las aguas la estrepitosa algazara de las conchas y
de los mil seres diversos que consigo arrastra. Llega el reflujo; un
zumbido indica que con las arenas se lleva el mar todo ese mundo de
fieles tribus, y las recoge en su seno.

Cuntos tonos no tiene  ms de los descritos! Por poco que est
conmovido, sus ayes y hondos suspiros contrastan con el silencio de la
montona playa. Parece como que se abstrae para oir las amenazas del que
ayer le halagaba con acariciadora ola. Qu va  decirle dentro de
poco? No quiero preverlo siquiera. No intento hablar ahora de los
espantosos conciertos que tal vez prepara, de sus dos con las rocas, de
los alaridos y sordos truenos que produce en el fondo de las cavernas,
ni de la sorprendente gritera en que se jurara oir: Socorro!... No;
escogeremos uno de sus das graves, en que usa de su fuerza sin
violencia.

* * *

No debe sorprendernos si el nio y el ignorante vense siempre embargados
por un estupor admirativo y ms temerosos que alegres ante esa esfinge.
Nosotros mismos, bajo muchos conceptos, la consideramos an como un
enigma.

Cul es su extensin real? Mayor que la de la tierra: he aqu lo que es
dado afirmar con ms exactitud. Sobre la superficie del globo el agua es
lo general, la tierra una excepcin. Y su proporcin relativa? El agua
constituye las cuatro quintas partes, esto es lo ms probable; otros han
asegurado que las dos terceras  las tres cuartas partes. Problema
difcil de resolver. La tierra se ensancha y decrece; su accin no cesa:
una porcin baja, otra sube. Ciertas comarcas polares descubiertas y
anotadas por el navegante, han desaparecido al pasar otra vez ste por
el mismo sitio. Por otro lado frmanse y se levantan innumerables islas,
bancos inmensos de madrporas y corales, turbando la geografa.

La profundidad de los mares es ms desconocida an que su extensin.
Apenas han sido hechos los primeros sondajes, pocos en nmero 
inciertos.

Las insignificantes libertades, dado nuestro atrevimiento, que nos
tomamos  la superficie del indomable elemento, nuestra audacia en
correr sobre ese profundo desconocido, poco valen y en nada pueden
menguar el legtimo orgullo del mar. En realidad ste permanece oculto,
impenetrable  nuestras miradas. Adivnase y sbese hasta cierto punto
que un mundo prodigioso de vida, de combate y de amor, de producciones
variadsimas pulula all; empero apenas hemos penetrado en l, nos
apresuramos  abandonar ese extrao elemento; y si nosotros necesitamos
del mar, en cambio el mar no nos necesita  nosotros para nada. Puede
pasar muy bien sin el hombre. A la Naturaleza parece no le importa gran
cosa ese testigo: Dios es el nico que se encuentra all como en su
casa.

El elemento que llamamos flido, movible, caprichoso, en realidad no
cambia: es la regularidad misma. Lo que continuamente cambia es el
hombre. Su cuerpo (cuyas cuatro quintas partes son agua, segn
Berzelius) maana se evaporar. Esa efmera aparicin, en presencia de
los grandes poderes inmutables de la Naturaleza, hace muy bien en vivir
de ensueos. Por muy justa que sea la idea que tiene de la inmortalidad
del alma, no por eso se aflige menos el hombre ante el espectculo de
esas muertes frecuentes, de las crisis que  cada momento quiebran la
vida. El mar parece hacer gala de ese triunfo. Cada vez que  l nos
acercamos, parece decirnos desde el fondo de su inmutabilidad: Maana
t dejars de ser, y yo soy eterno. Tus huesos reposarn bajo la tierra,
disolvernse al transcurso de los siglos, y yo existir an, majestuoso,
indiferente, equilibrada la grande vida que me armoniza  la vida de los
mundos lejanos.

Contraste humillante que se revela con dureza y como irrisoriamente para
nosotros, sobre todo en las playas bravas, donde el mar arranca  los
derrumbaderos guijarros que vuelve  lanzarles, que vuelve  traer dos
veces al da, arrastrndolos con siniestro estrpito cual si fuesen
cadenas  metralla. Toda imaginacin juvenil ve en esto el smbolo de la
guerra, un combate, y empieza por acobardarse. Luego, notando que aquel
furor tiene lmites  se detiene, el nio, tranquilizado ya, detesta ms
bien que teme la cosa salvaje al parecer enemistada con l. A su vez
arroja guijarros al gran enemigo mugiente.

En julio de 1831 me entretuve en observar ese duelo en el puerto del
Havre. Un nio que llevaba  mi lado, al verse frente  frente con el
mar sinti enardecerse su nimo juvenil  indignse de aquel desafo. El
mar devolvi estocada por estocada. Lucha desigual que mova  risa,
entre la mano delicada de la frgil criatura y la espantosa fuerza que
tampoco se curaba de la debilidad del contrario. Mas, la risa
desapareca de los labios al pensar en lo efmera de la existencia del
ser amado, y en su impotencia  presencia de la infatigable eternidad
que nos arrebata. Tal fu una de mis primeras miradas hacia el mar.
Tales mis ensueos empaados por el exacto augurio que me inspiraba ese
combate entre el mar que veo cuando quiero, y el nio que para siempre
ha desaparecido de mi vista.




II

Playas, arenales y costas bravas.


Por doquiera puede verse el Ocano; siempre se presentar imponente y
temible. As se ostenta alrededor de los cabos que miran en todas
direcciones; as, y en ocasiones ms terrible, en los sitios vastos,
pero circunscriptos, en que el marco de las orillas le molesta y le
indigna, donde penetra violentamente acompaado de corrientes rpidas
que  menudo chocan contra los escollos. No se percibe el infinito,
empero se siente, se oye, se le adivina as, siendo ms profunda la
impresin que con ello causa.

Esto me sucedi en Granville, playa tumultuosa de gran oleaje y mucho
viento donde termina la Normanda y comienza la Bretaa. La belleza
lujuriosa y agradable,  veces vulgar, de la linda campia normanda,
desaparece, y por Granville, por el peligroso Saint-Michel-en-Grve, se
pasa de un mundo  otro. Granville es de raza normanda, pero bretn en
su fisonoma. Opone fieramente su roca al asalto terrorfico de las
olas, que traen unas veces del Norte los discordantes furores de las
corrientes de la Mancha, y otras vienen del Oeste engrosndose en su
vertiginosa carrera de mil leguas, azotando con toda la fuerza acumulada
del Atlntico.

Me era querido aquel pueblecillo original y un poco triste que vive de
la grande pesca rodeada de peligros. La familia sabe que obtiene el
sustento de las casualidades de esa lotera, de la vida, de la muerte
del hombre. Esto presta una seriedad armnica al carcter severo de
dicha costa en todas las cosas. Con frecuencia disfrut all la
melancola de la noche, ya me paseara por los obscuros arenales, ya
desde lo alto de la poblacin que corona la roca me entretuviera viendo
esconderse el rey de los astros detrs del horizonte un tanto nebuloso.
Su enorme mapamundi, rayado fuertemente y con frecuencia de negro y
rojo, se abismaba sin detenerse  producir en el cielo los caprichos,
los paisajes de luz con que en otras partes suele alegrar la vista. En
agosto ya haba entrado el otoo: no exista el crepsculo. Apenas
desaparecido el sol, refrescaba la brisa, corran las olas rpidas,
verdes y sombras. Casi no se vea otra cosa que algunas sombras
femeninas envueltas en sus capas negras forradas de blanco. Los
carneros retardados en los pobres pastos de la explanada, que se eleva
ochenta  cien pies sobre la playa, entristecan el espacio con sus
balidos.

La parte alta del pueblo, asaz reducida, tiene la cara que mira al Norte
edificada  pico en el borde del abismo, negra, fra, azotada
eternamente por el viento, de frente al Grande Ocano. All slo se ven
mseras viviendas. Fu conducido al hogar de un buen hombre que se
ganaba el sustento fabricando cuadros de conchas: habiendo subido por
una semiescala hasta un cuartito obscuro, apercib, encuadrado en la
estrecha ventana, aquel panorama trgico, panorama que me sorprendi
tanto como en Suiza la vista del ventisquero de Grindelwald tomada
asimismo desde una ventana.

El ventisquero me represent un monstruo enorme de hielos puntiagudos
que avanzaban  mi encuentro; ese mar de Granville, un ejrcito de olas
enemigas que concurran acordes al asalto.

Mi husped no era viejo, pero s achacoso, enfermo. A pesar de que
estbamos en agosto tena cerrada la ventana. Inspeccionando sus obras y
charlando, not que su cabeza no estaba muy firme: la haba desarreglado
un asunto de familia. Su hermano pereciera en aquella playa que
contemplbamos los dos, en una aventura cruel. El mar se le presentaba
siniestro, le pareca que alimentaba cierta inquina contra l. Durante
el invierno complacase en flagelar su ventana con copos de nieve 
vientos helados, siendo causa de que no pudiese pegar los ojos. En las
interminables noches invernales azotaba sin tregua ni descanso la roca
do estaba asentada su vivienda; en verano ofrecale huracanes
inconmensurables, relmpagos de un mundo al otro. Mucho peor era durante
el flujo: suba  la altura de sesenta pies, y su furiosa espuma,
elevndose ms todava, se estrellaba impertrrita contra su ventana. Y
no estaba el buen hombre seguro de que el mar se contentara con eso; su
odio poda inducirle  jugarle alguna mala treta. Empero careca de
medios para procurarse un albergue mejor; tal vez vease clavado all
por una especie de poder magntico, no osando enemistarse del todo con
la terrible hada,  la que profesaba cierto respeto. La citaba pocas
veces, y cuando lo haca sola designarla sin nombrarla, as como el
islands en alta mar no se atreve  citar el Orca, temeroso de que le
oiga y se presente. Todava me parece estar viendo su palidez cuando,
fijos los ojos en la arena de la playa, me deca: Esto me da miedo.

Estaba loco? No; hablaba muy razonablemente. Parecime un ser
distinguido  interesante. Era un hombre nervioso, con una organizacin
delicada, demasiado delicada para recibir tales impresiones.

El mar produce muchos locos. Livingstone trajo del Africa un hombre
inteligente, valeroso, que haca frente  los leones; pero nunca haba
visto el mar. Al embarcarse por primera vez y experimentar la doble
sorpresa del temible elemento y de todas las artes desconocidas, su
cerebro no pudo resistir tanta emocin. Empez  delirar, y  pesar de
la vigilancia que con l se tuvo, logr escapar, arrojndose ciegamente
en brazos de las ondas que tanto le aterrorizaban y no obstante le
atraan.

Por otro lado, el mar encaria de tal manera  los hombres que por largo
tiempo se confan  su merced,  los que viven con l familiarizados,
que no les es dado abandonarle jams. He visto en un puertecito algunos
viejos pilotos que, demasiado dbiles, resignaban sus funciones; empero
no lograban resignarse con su nuevo estado, y arrastrando una vida
miserable, acababan por perder el seso.

* * *

En lo ms alto de Saint-Michel hay una plataforma llamada de los
_Locos_. En mi vida he visto sitio ms adecuado para producir la locura
que esa mansin vertiginosa. Figuraos rodeados de una dilatada planicie
como de blanca ceniza, siempre solitaria, arena equvoca cuya falsa
suavidad constituye el lazo ms peligroso. Es y no es la tierra, es y no
es el mar, ni tampoco es dulce el agua, aunque por debajo los arroyuelos
trabajen el suelo incesantemente. Raras veces, y slo por cortos
instantes, una embarcacin se aventurara en aquellos sitios. Y si uno
pasa cuando refluye el agua, corre riesgo de ser tragado: hablo con
fundamento de causa, pues falt poco para que me aconteciera un
accidente. Un ligero vehculo en que me encontraba, desapareci en dos
minutos, caballo y todo, y yo escap milagrosamente. Hasta  pie me
hunda  cada paso que daba, sintiendo bajo mis plantas un horroroso
embate, cual si el abismo me acariciara, me invitara  atrajera,
agarrndome por debajo. Sin embargo, logr encaramarme en la roca,
llegar  la gigantesca abada, claustro, fortaleza y crcel, de una
sublimidad atroz, digna en verdad del paisaje. No es este lugar 
propsito para la descripcin de aquel monumento. Yrguese sobre una
gran mole de granito, y se empina y vuelve  empinarse indefinidamente,
cual una Babel titnicamente amontonada, roca sobre roca, siglo tras
siglo, empero constantemente calabozo sobre calabozo. Abajo, el _in
pace_ de los frailes; ms arriba, la jaula de hierro levantada por Luis
XI; subiendo siempre, la de Luis XIV;  mayor elevacin, la crcel
actual. Todo esto envuelto en un torbellino, una brisa, una confusin
eterna. Es el sepulcro sin la calma.

Tiene culpa el mar de la perfidia de esa playa? No por cierto. El mar
llega all, como por doquiera, bullicioso y robusto, pero lealmente. La
culpa la tiene la tierra, cuya disimulada inmovilidad, parece siempre
inocente, mientras filtra por debajo la playa las aguas de los
riachuelos, mezcla dulce y blanquizca que no permite consolidar el
terreno. El primer culpable es el hombre, por su ignorancia y su
negligencia. En los interminables siglos brbaros, mientras suea con la
leyenda y funda la gran peregrinacin del arcngel vencedor del diablo,
ste se apoder de aquella llanura desamparada. El mar est muy inocente
de todo: en vez de hacer dao, trae por el contrario en sus amenazadoras
ondas un tesoro de sal fecunda, mejor que el limo del Nilo, que
enriquece los campos y constituye la encantadora belleza de los antiguos
pantanos de Dol, convertidos hoy en jardines. Es una madre un poco
exaltada de genio, pero madre al fin. Rica en pescado, amontona sobre
Cancale, que est enfrente, y sobre otros bancos, millones y ms
millones de ostras, y sus conchas desmenuzadas producen la rica vida que
se trueca en pastos y frutos, al par que cubre de flores las praderas.

Preciso es penetrarse de la verdadera inteligencia del mar, no dejarse
arrastrar por la falsa idea que puede darnos el pas inmediato, ni por
las terribles ilusiones que nos producira la sencilla grandeza de sus
fenmenos, ni por los furores aparentes que con frecuencia se convierten
en beneficios.




III

Continuacin.--Playas, arenales y costas bravas.


Las playas, los arenales y las costas bravas muestran el mar bajo tres
aspectos y siempre tilmente. Explican, traducen, ponen en connivencia
con nosotros esa gran potencia, salvaje  primera vista, mas divina en
el fondo, y por lo tanto amiga.

La ventaja que tienen las costas bravas es, que al pie de aquellos
elevados muros, mejor que en parte alguna, puede apreciarse la marea, la
respiracin, el pulso (digmoslo as) del mar. Insensible en el
Mediterrneo, es notable en el Ocano. El Ocano respira al igual que
yo, concuerda con mi movimiento interno, con el de arriba, obligndome 
contar incesantemente con l,  computar los das, las horas,  mirar al
cielo. Me recuerda lo que soy y que vivo rodeado de gentes.

Si me asiento sobre una costa rasgada, por ejemplo la de Antifer, veo un
espectculo inmenso. El mar, que hace un momento pareca muerto, acaba
de espeluzarse. Ha temblado. Primer indicio del gran movimiento. La
marea ha rebasado Cherburgo y Barfleur, dado vuelta violentamente  la
punta del faro; sus aguas divididas siguen el Cavaldos, se elevan en el
Havre, viniendo hacia m, en Etretat, Fcamp y Dieppe, para sumirse en
el canal,  pesar de las corrientes del Norte. Tcame, pues, ponerme en
guardia y observar con atencin la hora de su llegada. Su elevacin,
indiferente casi en los mganos  colinas de arena que es fcil
remontar, impone y llama la atencin al pie de las costas rasgadas. Ese
dilatado muro de treinta leguas no tiene muchas escaleras: sus estrechas
aberturas que constituyen nuestros puertezuelos, estn bastante
distantes la una de la otra.

Curioso es en extremo observar en baja mar las hiladas sobrepuestas
donde se lee la historia del globo en gigantescos registros, do los
siglos acumulados ofrecen completamente abierto el libro del tiempo.
Cada ao se traga una pgina. Es un mundo que se derrumba, que el mar
muerde constantemente por debajo, y las lluvias, los hielos, atacan con
ms fuerza por arriba. La onda disuelve la parte caliza, se lleva, trae,
arrastra incesantemente el slex que convierte en guijarrillos redondos.
Tan rudo trabajo hace de esa costa, riqusima por el lado que mira  la
tierra, un verdadero desierto martimo. Pocas, muy pocas plantas marinas
se libran de la trituracin eterna del guijarrillo magullado una y otra
vez. Los moluscos y las conchas la temen, y hasta los peces se mantienen
apartados. Gran contraste de una campia apacible y tan humanizada y un
mar en extremo inhospitalario.

Este, slo se ve desde arriba. Por bajo, la triste necesidad de moverse
sobre un terreno ruinoso, rodadero, cubierto de guijarros cual balas,
hace intransitable la angosta playa, convirtiendo el ms corto paseo en
un violento ejercicio gimnstico. Preciso es vivir en las alturas donde
las esplndidas quintas, las magnficas arboledas, los fructferos
campos, los jardines, se adelantan hasta la orilla de la gran muralla,
contemplando con satisfaccin la majestuosa calle de la Mancha cubierta
de barquichuelos y de buques de gran porte, dividida por las dos playas
y los dos grandes imperios del orbe.

* * *

La tierra! el mar! Qu ms puede desearse? Ambos tienen aqu su
encanto. No obstante, todo aquel que es aficionado al mar por lo que
vale en s, esto es, su amigo, su amante, ir ms bien  buscarlo en
sitio no tan variado. Para entrar en relaciones continuadas con l, las
grandes playas arenosas (si la arena no es demasiado blanda) son mucho
ms cmodas, permitiendo paseos interminables. All se suea despierto;
all puede entregarse el hombre  efusiones misteriosas del corazn.
Nunca he tenido motivo de quejarme de esas vastas y libres arenas donde
otros se fastidiaban; no me encuentro solo en aquel sitio. Voy, vengo, y
siempre tengo junto  m el gran compaero. Si no est muy conmovido, de
mal humor, me aventuro  interrogarle, y se digna contestarme. Cuntas
cosas nos hemos comunicado durante los tranquilos meses en que la
muchedumbre se ausenta  las ilimitadas playas de Scheveningen y de
Ostende, de Royan y de Saint-Georges! Entonces se establece cierta
intimidad merced  las prolongadas conversaciones tenidas  solas.
Requirese cierto tacto para comprender el gran idioma de los mares.

Uno encuentra triste el Ocano cuando, desde las torres de Amsterdam, el
Zuiderze se aparece terroso y con ondas plomizas: cuando, desde los
mganos de Scheveningen, divsanse desplomarse sus aguas, dispuestas 
cada momento  salvar el dique. En cuanto  m, encuentro interesante
este combate; dicha tierra me atrae, por imponente que sea: es el
esfuerzo, la creacin, el invento del hombre. Y tambin me agrada el
mar, por los tesoros de la vida fecunda que encierra su seno. Es una de
las partes ms pobladas del Universo. Llega la noche de San Juan, da en
que se abre la pesca, y veis surgir de las profundidades la ascensin de
otro mar, el mar de los arenques. La llanura indefinida de las aguas no
ser bastante grande para contener aquel diluvio viviente, una de las
revelaciones ms triunfales de la fecundidad sin lmites de la
Naturaleza. He aqu lo que anticipadamente percibo en ese mar, y en los
cuadros do el genio ha sealado su profundo carcter. La sombra
_Estacada_ de Ruysdael es el cuadro que siempre ha llamado ms mi
atencin de todos los del Louvre. Por qu? En las rojizas tintas de
aquellas aguas electrizadas no siento ni por un momento el fro del mar
del Norte, sino la fermentacin, el oleaje de la vida.

* * *

Con todo, si se me preguntara qu costa del Ocano produce mayor
impresin, contestara: la de Bretaa, particularmente junto  los
agrestes  la par que sublimes promontorios de granito que terminan el
mundo antiguo, en aquella atrevida punta que desafa las tempestades y
domina el Atlntico. En parte alguna he sentido mejor las nobles y
elevadas tristezas que constituyen las mejores impresiones del mar. Esto
requiere una explicacin.

Hay tristeza y tristeza--la del sexo dbil, la del fuerte,--la de las
almas demasiado sensibles que lloran sus propios males, y la de los
corazones desinteresados que siempre estn contentos con su suerte y
bendicen continuamente  la Naturaleza, empero sienten los males de sus
semejantes, y sacan de la tristeza misma fuerzas para obrar  crear.
Con qu frecuencia nuestros males necesitan remojar su alma en ese
estado que podemos nombrar melancola heroica!

Al visitar aquel pas treinta aos ha, no me daba cuenta del gran
atractivo que para m tena. En el fondo, el atractivo es su grande
armona. Por otro lado, y sin que uno se lo explique, sintese
discordancia entre el suelo y el habitante. La magnfica raza normanda,
en los cantones en que se ha mantenido pura  donde ha conservado el
color rojo, el extrao rojo de la Escandinavia, no tiene la menor
relacin con la tierra que ocupa por acaso. En la Bretaa, por el
contrario, sobre el suelo geolgico ms antiguo del globo, sobre el
granito y el slex, se pasea la raza primitiva, un pueblo tambin de
granito. Raza ruda, nobilsima, con la finura del guijarro. Todo lo que
progresa la Normanda, decae la Bretaa. Imaginativa y dotada de
talento, le agrada lo absurdo, lo imposible, las causas perdidas. Empero
si pierde en tantas cosas, le queda una, la ms rara, el carcter.

Si uno quiere desviarse un tanto del anglicismo inspido y de la
vulgaridad con pretensiones de positivismo, en fin, de las tontas
alegras tan tristes, que vaya  posarse sobre las rocas de la baha de
Douarnenez, en el promontorio de Penmark; , si la brisa sopla con
demasiada violencia, que se embarque en las islas bajas del Morbihan: el
mar arrastra hacia ellas una tibia onda que ni siquiera se siente. La
Bretaa, donde es apacible, esto de veras. En sus archipilagos
creerais encontraros mecidos por la ola de la muerte; empero donde se
ostenta con fuerza, es sublime.

En 1831 sent sus tristezas, las cuales forman parte de la historia de
mi vida. Entonces no conoca el verdadero carcter del mar. En los ms
solitarios ancones, entre sus rocas ms agrestes es donde se ostenta
verdaderamente risueo, quiero decir, vivo y retozn y lleno de vida.
Veis cubiertas sus rocas con una  modo de capa de escabrosidades
grises; mas aquello son seres animados, todo un mundo asentado all, que
queda en seco durante el reflujo, se cierra y esconde, volviendo  abrir
sus ventanillas cuando el bueno del mar, su alimentador, le trae de
nuevo el sustento. All trabaja tambin en masa ese apreciable pueblo de
pequeos picapedreros, los esquinos, observados y tan exactamente
descritos por M. Caillaud. Toda esa muchedumbre juzga exactamente al
revs de nosotros. La bella Normanda les espanta; detesta y tiemblan 
la vista de los rudos guijarros de las costas bravas, que los
trituraran con la mayor facilidad. No menos temor les causan los
ruinosos calizos de la Saintonge, disgustndoles fijarse sobre lo que
est destinado  desmoronarse el da de maana. Al contrario, les gusta
sentir bajo sus plantas el inmutable suelo de las rocas bretonas.

Tomemos ejemplo de ellos para no creer en las apariencias, sino slo en
lo verdadero. Las ms encantadoras riberas de la Flora seductora son
aquellas en que se aleja la vida martima. Su riqueza consiste en
fsiles: curiosos para el gelogo, instryenle por medio de los huesos
de los muertos. El spero granito, muy al contrario, ve bajo sus pies el
mar con sus innumerables peces; encima otra vida, la poblacin
interesante, modesta, de los industriosos moluscos, pequeos obreros
cuya laboriosa existencia constituye el serio encanto, la moralidad del
mar.

Reina silencio profundo. Ese pueblo infinito es mudo, nada me dice. Su
vida es del uno para el otro, sin relacin con la ma, y para m vale la
muerte. Soledad! (exclama un corazn femenino). Grande y triste
soledad!... No estoy tranquila...

Mal hecho. Aqu todos son amigos. Esos pequeos seres no se comunican
con el hombre, pero trabajan para l. Pnense de acuerdo con su sublime
padre, el Ocano, que habla por ellos. Hcense oir por medio de su
rgano atronador.

Entre la tierra silenciosa y las mudas tribus del mar, entblase aqu
el dilogo grandilocuente, rudo y grave, simptico, la armnica
concordancia del grande Yo consigo mismo, ese precioso debate que es
todo Amor.




IV

Crculo de las aguas, crculo de fuego. Ros del mar.


Apenas ech la tierra una mirada sobre s misma, cuando se compar y
prefiri al cielo. La joven geologa luchando contra su hermana mayor la
astronoma, reina orgullosa de las ciencias, lanz un grito titnico.
Nuestras montaas, dijo, no han sido lanzadas _ la ventura, como las
estrellas en el firmamento_, sino que forman sistemas do se encuentran
los elementos de una ordenacin general, _no ofreciendo de ello ningn
vestigio las constelaciones celestes_. Frase tan atrevida y apasionada
escapse de los labios de un hombre cuya modestia iguala  su saber, M.
Elas de Beaumont.

Es indudable que an no se ha desembrollado el orden (probablemente muy
grande) que reina en la confusin aparente de la Va Lctea; empero la
ordenacin ms visible de la superficie del Globo, resultado de las
insondables revoluciones de su interior, conserva, y conservar para la
ciencia ms ingeniosa, sombras y misterios.

Las formas de la gran montaa emergida de las aguas que con propiedad
llamamos tierra, ofrecen varias disposiciones asaz simtricas, sin poder
ser conducidas an  lo que parecera un sistema leal. Esas porciones
secas y elevadas aparecen ms  menos visibles, segn las descubre el
agua. El mar, como lmite, traza en realidad la forma de los
continentes. Toda geografa conviene comenzarla por el mar.

Aadid un hecho culminante, revelado de pocos aos ac. Mientras la
tierra nos ofrece tales  cuales rasgos que parecen discordantes
(ejemplo, _el Nuevo Mundo extendindose de Norte  Sur y el antiguo de
Este  Oeste_), el mar, por el contrario, presenta notable armona,
exacta correspondencia entre ambos hemisferios. En la parte flida que
se ha tenido siempre por tan caprichosa, es donde existe la regularidad.
Lo que nuestro globo tiene de ms ordenado, de ms simtrico, es al
parecer lo ms libre, el juego de la circulacin. La osamenta y las
vrtebras del grande animal presentan las singularidades de que an no
podemos darnos exacta cuenta. Mas, su movimiento vital que produce las
corrientes del mar, que convierte de salada en dulce el agua, no
tardando en trocarse en vapor para volver al agua salada, ese admirable
mecanismo es tan perfecto como el de la circulacin sangunea en los
animales ms nobles. Nada hay que se asemeje tanto  la transformacin
continuada de nuestra sangre, venosa y arterial.

* * *

El aspecto del globo es al parecer, mucho ms comprensible, si se
clasifican las regiones, no por cordilleras, sino por _cuencas
martimas_.

El sur de Espaa parcese ms  Marruecos que  Navarra; la Provenza 
la Argelia ms que al Delfinado; la Senegambia  las regiones del
Amazonas ms que al mar Rojo; y el Amazonas tiene ms analoga con las
hmedas regiones del Africa que con sus vecinas del dorso, Chile, el
Per, etc.

La simetra del Atlntico es an ms notable en las corrientes
submarinas, en los vientos y brisas de la superficie. Su accin ayuda
poderosamente  crear esas analogas y  formar lo que puede apellidarse
la fraternidad de las playas.

El principio de unidad geogrfica, el elemento clasificador, ser
buscado ms cada da en la _cuenca martima_, donde las aguas, los
vientos, mensajeros fieles, crean la relacin, la asimilacin de las
opuestas orillas. Pedirse ms raramente esa idea de unidad geogrfica 
las montaas, cuyas dos vertientes,  menudo en contradiccin, nos
ofrecen bajo una misma latitud floras y pueblos completamente distintos;
aqu el invariable esto,  dos pasos el eterno invierno, segn las
situaciones. Raras veces da la montaa la unidad de la comarca, pero s
suele dar su dualidad, su divorcio y sus discordancias.

Esta opinin no es ma, sino de Bory de Saint-Vincent. Los recientes
descubrimientos de Maury y las leyes que ha establecido la confirman de
mil maneras.

* * *

En el inmenso valle del mar, bajo la doble montaa de ambos continentes,
propiamente hablando no existen ms que dos cuencas.

1. La cuenca del Atlntico.

2. La gran cuenca del mar Indico y Pacfico.

No puede darse el nombre de cuenca al crculo indeterminado del enorme
Ocano Austral, que ni tiene lmite ni playa, que slo hacia el Norte
rodea el mar de la India, el mar de Coral y el Pacfico.

El Ocano Austral por s solo, es mayor que todos los mares juntos, pues
cubre casi la mitad de la superficie del globo. Segn toda apariencia,
su profundidad corre parejas con su extensin. Mientras los recientes
sondeos del Atlntico indican 10  12.000 pies, Ross y Denham hallaron
en el Ocano Austral 14.000, 27.000 y hasta 46.000 pies. Aadid  todo
esto la masa de hielos antrticos, infinitamente ms dilatados que
nuestros hielos boreales. No se apartar uno mucho de la verdad, si,
simplificando, dice: El hemisferio Austral es el mundo de las aguas, y
el Boreal el de la tierra.

* * *

Todo el que parte de Europa para atravesar el Atlntico, habiendo salido
sin contratiempo de nuestros puertos, cerrados con harta frecuencia por
el viento Oeste, despus de haber franqueado la zona variable de
nuestros mares inconstantes, no tarda en penetrar en la del buen tiempo,
 la eterna serenidad que los vientos de Noroeste, los suaves vientos
alisios, dan al mar y la tierra. Todo sonre: no hay motivo para
inquietarse. Mas, al avanzar hacia la Lnea, cesa la brisa vivificadora
y el aire se vuelve sofocante. Se penetra en la zona de las calmas que
dominan bajo el Ecuador y separan inmutablemente los alisios de nuestro
hemisferio Boreal de los alisios del hemisferio Sur. El cielo est
cubierto de pesadas nubes;  cada momento llueve  mares. El corazn se
entristece, nos quejamos; mas, sin ese sombro cortinaje, podran
resistir nuestras cabezas los ardores solares del Atlntico? Sin el
diluvio de agua que asalta la otra cara del globo, el mar Indico y el
mar de Coral, sera posible resistir la fermentacin producida por los
crteres de sus encanecidos volcanes? Esa negra masa de nubes, antes
terror, barrera de los navegantes, esa noche sbita que se extiende
sobre las aguas, es precisamente la salvacin, la facilidad protectora
que suaviza nuestro viaje, y nos conduce como por la mano  disfrutar
del esplndido sol, del claro cielo del Sur, de la dulzura de los
vientos regulares.

Naturalmente el calor de la Lnea eleva el agua en vapores, formando esa
sombra faja.

El observador que desde otro planeta contemplara el nuestro, vera
cernerse sobre l un anillo de nubes con corta diferencia como
observamos nosotros el de Saturno. Y si tratara de indagar su uso,
podra contestrsele: Es el regulador que, absorbiendo y devolviendo 
su vez, equilibra la evaporacin, la precipitacin de las aguas,
distribuye las lluvias y el roco, modifica el calor de cada comarca,
canjea los vapores de ambos mundos, pide prestado al mundo Austral los
materiales para formar los riachuelos y grandes corrientes de agua de
nuestro mundo Boreal. Solidaridad maravillosa. La Amrica del Sur con
sus imponentes selvas, por medio de su respiracin condensada en nubes,
empapa fraternalmente las flores y los frutos de Europa. El aire que nos
renueva es el tributo que un centenar de islas del Asia, que la poderosa
flora de Java  de Ceiln exhal y confi al gran mensajero de las nubes
que da vueltas con la tierra y le vierte la vida.

* * *

Colocaos (hablo en espritu) sobre una de las islas volcnicas que en
tanto nmero ofrece el mar Pacfico y mirad hacia el Sur. Detrs de la
Nueva Holanda veris el Ocano Austral sitiar con una onda circular las
dos puntas extremas del antiguo y nuevo continentes. Nada de tierra en
el mundo antrtico,  de islitas,  de pretendidas tierras polares que
tan pronto son indicadas por los descubridores como han desaparecido, no
siendo tal vez ms que hielos. Aguas sin fin, siempre aguas.

Del mismo observatorio do os he colocado, en contraste con el crculo de
las aguas antrticas podis ver hacia el Este, hacia el hemisferio
Artico, lo que Ritter llama el crculo de fuego. Para hablar con ms
propiedad, es un anillo suelto, una cadena floja que forman los
volcanes, primeramente en las cordilleras, luego en las alturas del
Asia, y por ltimo en esos innumerables grupos de islas baslticas que
hormiguean por todo el Ocano Oriental. Los primeros volcanes, los de
Amrica, ofrecen en una longitud de mil leguas, una sucesin de sesenta
faros gigantescos, cuyas continuadas erupciones dominan la costa abrupta
y las lejanas aguas. Los otros, desde la Nueva Zelandia hasta el norte
de las Filipinas, cuentan ochenta que arden y un gran nmero apagados.
Si fijamos la vista hacia el Norte (desde el Japn hasta Kamtschatka),
cincuenta relucientes crteres alumbran hasta de las islas Aleutianas, y
los sombros mares Articos (Leopoldo de Buch, Ritter, Humboldt). Total,
trescientos volcanes en actividad que dominan circularmente el mundo
oriental.

En la otra cara del globo, nuestro Ocano Atlntico ofreca anlogo
aspecto antes de las revoluciones que apagaron la mayor parte de los
volcanes de Europa, aniquilando por otra parte el continente de la
Atlntida. Humboldt opina que esa gran ruina, atestiguada con tal fuerza
por la tradicin, realmente se verific. Por mi parte, atrvome  aadir
que la existencia de dicho continente era lgica en la simetra general
del Universo, para que esa cara del globo fuera armnica  la otra. All
se levantaban, al lado del volcn de Tenerife, que nos ha quedado, y de
nuestros apagados volcanes de la Auvernia, el Rhin, Herefort, etc., los
que debieron minar la existencia de la Atlntida. Todos juntos
constituan la parte opuesta de los volcanes de las Antillas y dems
crteres americanos.

* * *

De esos volcanes encendidos  extintos, de la India y de las Antillas,
del mar de Cuba, del de Java, se desprenden dos enormes ros de agua
caliente, que corren  calentar el Norte, y podramos llamar las dos
aortas del globo. Ambos estn provistos,  bien de lado  por debajo, de
contracorrientes que, procedentes del Norte, traen el agua fra,
compensando la efusin de agua caliente y constituyendo el equilibrio. A
las dos corrientes clidas, que son saladsimas, administran las
corrientes fras una masa de agua ms dulce, que vuelve al Ecuador, al
gran fogn elctrico destinado  calentarla,  salarla.

Esos ros de agua caliente, angostos al principio, como de veinte leguas
de ancho, y que por largo espacio conservan su vigor y poderosa
identidad, poco  poco se cortan, entbianse, empero se dilatan y se
ensanchan hasta mil leguas. Maury estima que el que parte de las
Antillas  impele el Norte hacia nosotros, traslada y modifica la cuarta
parte de las aguas del Atlntico.

Esos grandes rasgos de la vida de los mares, observados recientemente,
eran, no obstante, tan visibles como los continentes mismos. Nuestra
poderosa arteria Atlntica y su hermana la arteria Indica bastante se
daban  conocer en el color. Por ambos lados se vislumbra un torrente
azul, muy azul, que corre sobre las verdes aguas, color de ndigo tan
sombro, que los japoneses nombran al suyo: _ro negro_.

Vese perfectamente brotar el nuestro, entre Cuba y la Florida: sale
hirviendo de su caldera, el golfo de Mjico. Corre clido, salado, muy
visible entre sus dos verdes murallas. Brlase del Ocano; ste lo
encajona, lo comprime, mas no puede traspasarlo. Ignoro por qu densidad
intrnseca, por qu atraccin molecular, sus azuladas aguas se mantienen
unidas, tan unidas, que antes que confundirse con el agua azul, se
acumulan, forman un muro, una bveda, con su pendiente  derecha 
izquierda, y cualquier objeto que all se eche lo repele y se desliza,
pues es ms alto que el Ocano.

Rpido  impetuoso, primero corre al Norte, siguiendo los Estados
Unidos; mas, al llegar  la punta del gran banco de Terranova, su brazo
derecho dirgese al Este y el izquierdo se subordina, cual corriente
submarina, yendo  consolar el polo y  crear el mar tibio (entindase
no helado), que se acaba de descubrir. En cuanto al brazo derecho,
desparramado por una inmensa latitud, cuando dbil, cansado, llega 
Europa, encuntrase con la Irlanda y la Inglaterra que vuelven  dividir
las aguas ya separadas en Terranova. Desfalleciente, perdido en el mar,
entibia, no obstante, un poco la Noruega, y halla medio todava de
llevar  las costas de la Islandia las maderas de Amrica, sin las
cuales morira esa pobre isla nevada bajo su volcn.

* * *

Los dos hermanos, el Indico y el Americano, se asemejan en que, salidos
de la Lnea, del horno elctrico del globo, arrastran prodigiosas
potencias de creacin, de agitacin. Por un lado parecen la matriz
profunda de un mundo de seres vivientes, su suave y apacible cuna; por
otra constituyen el centro y vehculo de las tempestades: los vientos,
las trombas viajan  la superficie. Tanta dulzura, tanto furor, acaso
no es un contrasentido? No: esto prueba nicamente que el furor slo
turba la parte de afuera, las capas externas, poco profundas. De lo
interno nada se sabe. Las ms dbiles criaturas, los tomos conchferos,
las medusas microscpicas, seres flidos que una nada disuelve,
aprovechndose de la corriente, navegan pacficamente bajo la tempestad.

Muy pocos llegan hasta nosotros: detinense en Terranova, donde la fra
corriente del polo los ataca, los aprisiona, los mata. Terranova no es
ms que el osario de esos viajeros heridos por el fro. Los ms tenues,
aunque muertos, quedan flotando, mas acaban por llover cual nevazn en
el fondo del Ocano, constituyendo esos bancos de conchas microscpicas
que, de Irlanda hasta Amrica, constituyen aquel fondo.

Maury llama  los dos ros de agua caliente, el Indico y el Americano,
_las dos vas lcteas del mar_.

* * *

Semejantes en calor, color y direccin, describiendo precisamente una
misma curva, no tienen, sin embargo, el mismo destino. El Americano
comienza por penetrar en un mar bravo abierto al Norte, el Atlntico,
que suelta y manda contra l el flotante ejrcito de hielos polares,
donde gasta su calor. Al contrario, la corriente Indica, circulando
primeramente por las islas, llega  un mar cerrado y ms preservado del
Norte, mantenindose por mucho tiempo el mismo, clido, elctrico y
creador, y trazando sobre el globo un enorme reguero de vida.

Su centro es el apogeo de la energa terrestre en tesoros vegetales, en
monstruos, en especias, en peces. De las corrientes secundarias que se
desprenden de l y van al Sur, resulta todava otro mundo, el del mar
de Coral. All, en un espacio _grande como los cuatro continentes_--dice
Maury,--los plipos fabrican concienzudamente los millares de islas,
bancos y arrecifes que cortan poco  poco ese mar; escollos, hoy da,
peligrosos y maldecidos del navegante, pero que remontando, unindose 
la larga, constituirn un continente, y quin sabe? despus de un
cataclismo, el refugio del linaje humano.




V

El pulso del mar.


Nuestra tierra no es solitaria, segn hace notar Juan Reynaud en el
precioso artculo de la _Enciclopedia_. La complicadsima curva que
describe expresa las fuerzas, las influencias diversas que sobre ella
obran, atestiguando sus relaciones y comunicacin con el gran pueblo de
los cielos.

Sus relaciones jerrquicas son particularmente visibles con su jefe, el
sol, y con la luna, que, como su servidora, tiene por esto ms podero
sobre ella. As como las flores de la tierra miran al sol, mralo la
misma tierra que las sostiene, y aspira hacia l. En aquello que tiene
de ms movible, su masa flida se levanta  indica que siente su
atraccin. Desbrdase y sube (como puede) y, fija su mirada hacia los
astros amigos, dos veces al da hincha su seno, dedicndoles  lo menos
un suspiro.

* * *

Acaso no siente la atraccin de los otros globos? Sus mareas slo
estn regidas por la luna y el sol? Todos los sabios as lo decan, esto
es lo que crean todos los marinos. Se estaba atenido  los
incompletsimos resultados de La Place. De ah errores terribles que se
trocaban en naufragios. Con respecto  los peligrosos escollos de
Saint-Malo haba una equivocacin de dieciocho pies. Slo en 1839 fu
cuando Chazallon, que estuvo  punto de perecer  consecuencia de tales
errores, comenz  descubrir y calcular las ondulaciones secundarias,
pero de gran consideracin, que modifican la marea general bajo
influencias diversas. No cabe duda, que astros menos dominantes que el
sol y la luna influyen asimismo en el vaivn de las aguas terrestres.

Empero, bajo qu ley? Chazallon lo dice: La ondulacin de la marea en
un puerto _sigue la ley de las cuerdas vibrantes_. Sentencia grave y de
gran alcance, que nos da  entender que las relaciones de los astros
entre s, son las relaciones matemticas de la msica celestial, segn
afirmara la antigedad.

La tierra, por medio de su gran marea y de las mareas parciales, habla 
los planetas sus hermanos. Contestan stos? Debemos pensar que s. Con
sus elementos flidos deben asimismo levantarse, sensibles al esfuerzo
de la tierra. La atraccin mutua, la tendencia de cada astro  sacudir
su egosmo, debe crear  travs de los cielos dilogos sublimes. Por
desdicha, los humanos odos slo perciben una mnima parte de este
coloquio.

* * *

Otro punto debemos considerar. El mar no afloja precisamente en el
momento del paso del astro influyente: no tiene oficiosidad de una
obediencia servil. Necesita tiempo para sentir y seguir la sacudida; es
preciso que llame en su auxilio las aguas perezosas, que venza su fuerza
de inercia, que atraiga, que arrastre las ms lejanas. La rotacin de
la tierra, tan terriblemente rpida, muda de continuo los puntos
sometidos  la atraccin. Aadid que el ejrcito de las olas, en su
movimiento simultneo, tiene que sufrir todas las contrariedades de los
obstculos naturales, islas, cabos, estrechos, direcciones tan variadas
de las orillas, y los obstculos no menos resistentes de los vientos y
corrientes, las rivalidades de los ros de la tierra, que, bajando de
los montes, arrastrados por sus rpidas pendientes, segn los
derretimientos de nieve y cien accidentes imprevistos, atravisanse unos
 otros y cambian el movimiento regular, iniciando luchas terribles. El
Ocano se mantiene firme. Las fuerzas de que hacen alarde los ros ms
caudalosos, no bastan  intimidarle. Las aguas que hacia l se empujan
no las rechaza: recgelas, las hace rodar cual montaas hasta Run y
Burdeos, con tal violencia, que dirase intenta lanzarlas al otro lado
de las montaas verdaderas.

Tan diversos obstculos crean  las mareas irregularidades aparentes que
embargan y conmueven el nimo. Nada ms sorprendente que la
contradiccin de horas que ofrecen en dos puertos muy inmediatos. Una
marea del Havre, por ejemplo, vale por dos de Dieppe (Chazallon, Baude,
etc.) Qu gloria para el humano linaje haber sometido al clculo
fenmenos tan complejos!

* * *

Empero bajo ese movimiento externo, el mar oculta otros internos, los de
las corrientes que le atraviesan  tal  cual profundidad. Sobrepuestas
 diferentes alturas,  vertindose lateralmente en opuestas
direcciones, corrientes clidas, contracorrientes fras, ejecutan entre
s la circulacin del mar, el cambio de las aguas dulces y saladas, la
_pulsacin_ alternativa que es su resultado. Lo clido _bate_ de la
Lnea al polo, lo fro del polo al Ecuador.

Hay exactitud en comparar estrictamente esas corrientes, como se ha
hecho  veces, corrientes asaz distintas y no muy mezcladas,  los
vasos, venas y arterias de los animales superiores? Rigurosamente
hablando, no. Empero tienen cierta semejanza con la circulacin menos
determinada que los naturalistas han descubierto recientemente en
algunos seres inferiores, moluscos y anlidos. Suplida esa circulacin
_lagunar_ prepara la _vascular_, la sangre se desparrama en corrientes
antes de formarse canales determinados.

As es el mar: parcese  un gran animal detenido en ese primer grado de
organizacin.

* * *

Quin revel las corrientes, esas fluctuaciones regulares del abismo al
cual jams descendemos? Quin nos ense la geografa de las aguas
tenebrosas? Los que viven en ellas  flotan en su superficie,  saber:
los animales y los vegetales.

Vamos  ver cmo la ballena, cmo los tomos conchferos
(_foraminferos_), cmo las maderas de las selvas americanas,
transportadas hasta la Islandia, han concurrido  revelar el ro de
aguas calientes que de las Antillas se encamina  Europa, y la
contracorriente fra que se le une en Terranova, pasando al lado  por
debajo, y convirtiendo sus hielos en espesa niebla.

Una nube roja de animlculos, trasladada por un vendaval del Orinoco 
Francia, ha dado la explicacin de la gran corriente area del Suroeste
que refresca nuestra Europa con las lluvias de las cordilleras.

Sin el continuado cambio de las aguas que se efecta por medio de las
corrientes en las profundidades del mar, en muchos sitios cubrirase de
sales y de detritus. Sucedera como en el mar Muerto, que, careciendo de
desage y de movimiento, ve sus orillas cubiertas de sal y sus plantas
incrustadas de cristalizaciones. Slo con navegar por sus aguas los
vientos trucanse en abrasadores, ridos, acarreando el hambre y la
muerte.

Tantas observaciones dispersas sobre las corrientes del aire, de las
aguas, las estaciones, los vientos, las tempestades, quedaban como una
tradicin en la memoria de los pescadores y los marineros, perdindose
las ms de las veces, bajando  la tumba con ellos.

La gua del navegante, la meteorologa descentralizada, pareca vana, y
acab por ser negada. El ilustre M. Biot pidila estrecha cuenta de lo
poco que hasta entonces haba adelantado. No obstante, en ambas playas,
europea y americana, hombres perseverantes fundaban esa negada ciencia
sobre la base de la observacin.

El ltimo y ms clebre de todos, el norteamericano Maury, emprendi
valerosamente lo que hubiera hecho retroceder  cualquier Gobierno, el
examen y clasificacin de innumerables _cuadernos de bitcora_, de esos
informes documentos,  menudo truncados, que llevan los capitanes. Tales
extractos, redactados, en tablas donde resaltan los hechos concordantes,
dieron por resultado algunas reglas y generalidades. Un congreso de
marinos, reunido en Bruselas, resolvi que las observaciones,  partir
de aquel momento anotadas cuidadosamente, seran centralizadas en un
mismo depsito, el Observatorio de Wshington.

Noble homenaje de la Europa  la joven Amrica, al pacienzudo 
ingenioso Maury, sabio poeta de los mares que ha resumido sus leyes, y
hecho un servicio mayor todava, pues por el impulso del corazn y el
amor  la Naturaleza, al mismo tiempo que por lo positivo de sus
resultados, logr transportar el Universo. Sus cartas y la primera obra
que escribi, cuya tirada fu de ciento cincuenta mil ejemplares, se
regalan liberalmente por los Estados Unidos  los marineros de todas las
naciones del orbe. Muchos hombres eminentes, as en Francia como en
Holanda, Jansen, Tricaut, Julien, Margoll, Zurcher y otros, hanse
convertido en intrpretes, en elocuentes misioneros de aquel apstol de
los mares.

Por qu la Amrica se nos ha adelantado en este caso? La Amrica
representa el deseo. Es joven y se muere por estar en relaciones con el
resto del globo. Sobre su esplndido continente y en medio de tantos
Estados, crese, sin embargo, solitaria. Tan alejada de su madre la
Europa, tiene su mirada fija hacia este centro de la civilizacin, como
la tierra hacia el sol, y todo lo que la acerca  esta gran luminaria
hcela palpitar. Puede juzgarse de ello por la embriaguez, por los
conmovedores festejos  que se entregaron en aquella tierra con ocasin
de inaugurarse el telgrafo submarino que enlaza ambas playas,
prometiendo el dilogo y la rplica en algunos minutos, de suerte que
los dos mundos no tengan ms que un solo pensamiento.

* * *

Maury ha demostrado con verdadero genio la armona del aire y del agua.
A tal Ocano martimo tal Ocano areo. Sus movimientos alternados, el
trueque de sus elementos son enteramente anlogos. El distribuye el
calor por el orbe, produce las sequas  la humedad. Esta la toma de los
mares, del infinito del Ocano central, sobre todo en los trpicos, en
los grandes hervideros de la caldera universal. Convirtese en seco, al
contrario, cuando pasa por los tostados desiertos, los grandes
continentes, los ventisqueros (verdaderos polos intermedios del globo),
que le chupan hasta su ltima gota. El calentamiento del Ecuador y el
enfriamiento del polo, alternando la densidad y sutileza de los vapores,
le hacen viajar en forma de corrientes y contracorrientes horizontales,
que se cambian. Bajo la Lnea, el calor que aligera los vapores y los
hace subir, crea corrientes de abajo arriba. Antes de distribuirse se
ciernen sobre ese sombro receptculo que (lo hemos dicho) forma
alrededor del globo como un anillo de nubes.

He aqu, pues, otras pulsaciones martimas y areas independientemente
del pulso de la marea. Este era externo, impreso por otros astros al
nuestro; mas el pulso de las corrientes diversas es intrnseco  la
tierra, constituye su propia vida.

* * *

En el libro de Maury, el rasgo de ingenio, en mi opinin, es haber
dicho: El agente ms aparente de la circulacin martima, el calor, no
sera bastante. Hay otro no menos importante  ms que aqul: la sal.

Esta abunda de tal suerte en el mar, que si toda la que contiene se
aglomerara en Amrica, la cubrira por entero formando una montaa de
4,500 pies de altura.

La salobridad del mar, sin variar gran cosa, sin embargo, aumenta 
disminuye segn las localidades, las corrientes, la proximidad del
Ecuador  de los polos. Desalado  saladsimo, por esta misma causa
ofrcese el mar pesado  ligero, ms  menos movible. Esa mezcla
continua, con sus variaciones, hace correr el agua con ms  menos
rapidez, es decir, _produce corrientes_--corrientes _horizontales_ en el
seno del mar--y corrientes _verticales_ del mar de las aguas al mar
areo.

* * *

El francs M. Lartigue ha puesto en evidencia ingeniosamente varios
lunares  inexactitudes que presenta la geografa de Maury. (_Anales
martimos_). Empero el autor americano, precavido en esto, no trata de
ocultar lo que piensa respecto  lo incompleto de su ciencia, declarando
que en ciertos puntos no le ha sido dado valerse ms que de hiptesis.
Otras veces parece que titubea, presntase soador, inquieto. Su libro,
escrito lealmente y de buena fe, deja vislumbrar fcilmente el combate
interior  que se entregan dos espritus: el _literalismo bblico_, que
hace del mar una cosa, creada por Dios de una sola vez, una mquina que
se mueve al impulso de su mano,--y el sentimiento moderno, la _simpata
de la Naturaleza_, para quien el mar es un ser animado, una fuerza vital
y casi persona, donde el alma amante del Universo crea de continuo.

Curioso es ver al autor del libro en cuestin, aproximarse
paulatinamente hacia este ltimo punto de vista por una pendiente
invencible. Mientras le es posible, explica los efectos mecnica,
fsicamente (por el peso, calor, densidad, etc.). Mas, esto no basta. En
ciertos casos aade tal  cual atraccin molecular  accin magntica.
Tampoco es bastante esto. Entonces recurre francamente  las leyes
fisiolgicas que gobiernan la vida, dando al mar pulso, arterias y
hasta corazn. Esto por mera frmula de lenguaje,  obra as por
emplear un smil? No por cierto. Tiene (y ah est el genio del autor),
tiene en s un sentimiento imperioso, invencible de la personalidad del
mar.

Este es el secreto de su poder, esto es lo que arrebat  los hombres de
ciencia. Antes de l, el mar slo constitua una cosa  los ojos del
sinnmero de marinos que se deslizaban por sus aguas; gracias  Maury,
hoy se le considera persona: todos le reconocen por un exaltado y
formidable amigo  quien adoran y quisieran domar.

El norteamericano est enamoradsimo del mar. Sin embargo,  cada
momento se contiene y se para, temiendo traspasar el lmite que se ha
propuesto. Al igual que Swammerdam, Bonnet y tantos otros sabios
ilustres de sentimientos religiosos, teme que, explicando demasiado la
Naturaleza, se perjudique  Dios. Timidez no muy razonable. Cuanto ms
en evidencia se pone la vida, ms se demuestra el poder de la grande
Alma, adorable unidad de los seres por la que se engendran y crean.
Dnde estara el peligro si se encontraba que el mar, en su aspiracin
constante  la existencia orgnica, es la forma ms enrgica del eterno
Deseo que en un principio evoco el globo en que vivirnos y se reproduce
constantemente en l?

Ese mar salado como la sangre, que tiene circulacin, pulso y corazn
(as llama Maury al Ecuador) donde renueva sus dos sangres; un ser que
posee todo esto, es seguro que sea una cosa, un elemento inorgnico?

He aqu un gran reloj, una gran mquina  vapor que imita exactamente el
movimiento de las fuerzas vitales. Es esto un juego de la Naturaleza?
O bien debemos creer que existe en esas masas una mezcla de
animalidad?

Un hecho enorme, que establece, si bien secundariamente y slo de
perfil, es que lo infinito que se sustenta del mar, los miles de
millones de seres que hace y deshace incesantemente, absorben la leche
de la vida, la espuma mezclada con sus aguas, quitndoles sus diversas
sales que los constituyen  ellos y  sus conchas, etc., etc. Por este
medio truecan el agua en desalada y ms ligera, si bien movible y
corriente. En los poderosos laboratorios de organizacin animal, tales
como el del mar de las Indias y el del mar de Coral, esa fuerza, menos
visible en otros sitios, se aparece como es: inmensa.

Cada uno de esos imperceptibles--dice Maury,--cambia el equilibrio del
Ocano; todos le armonizan y son sus compensadores.--Con esto est
dicho todo? Acaso no seran esos motores esenciales los que han creado
las grandes corrientes y puesto en movimiento la mquina? Quin sabe si
ese _circulus_ vital de la animalidad marina no es la rueda motora de
todo el _circulus_ fsico; si el mar animalizado no da la oscilacin
eterna al mar animalizable, por organizar an, si bien slo aguarda la
ocasin de serlo fermentando de vida cercana?




VI

Las tempestades.


El mar experimenta de vez en cuando conmociones que parecen tener por
objeto asegurar las pocas de sus trabajos. Tales fenmenos pueden
considerarse como los espasmos del mar. (Maury).

El ilustre autor se refiere especialmente  los bruscos movimientos que
al parecer proceden de debajo, y que en los mares asiticos equivalen 
verdaderas tempestades. Diversas son las causas que les seala: 1. El
encuentro violento de dos mareas, de dos corrientes; 2. La sbita
superabundancia de aguas pluviales en la superficie; 3. La ruptura y
rpido derretimiento de los hielos, etc. Otros aaden la hiptesis de
los movimientos elctricos, las conmociones volcnicas, que pueden
sobrevenir en el fondo.

Es, con todo, verosmil que el fondo y la gran masa acutica sean asaz
pacficos; de lo contrario, el mar no sera apto para llenar su gran
funcin de madre y nodriza de los seres. Maury le llama, no recuerdo
dnde, un gran _criadero_. Un mundo de seres delicados, ms frgiles que
los de la tierra, son mecidos, amamantados con sus aguas. Esto da una
idea muy apacible de su interior, y mueve  creer que no son frecuentes
en l las agitaciones violentas.

* * *

Por naturaleza el mar suele ser puntual, estando sometido  grandes
movimientos uniformes, peridicos. Las tempestades son pasajeras
violencias que le promueven los vientos, las fuerzas elctricas 
ciertas crisis violentas de evaporacin. Estos accidentes se verifican
en la superficie, no revelando de ningn modo la verdadera, la
misteriosa personalidad del mar.

Juzgar de un temperamento humano por algunos excesos de fiebre, sera
una insensatez. Y con ms razn seralo juzgar el mar por sus
movimientos momentneos, externos, que, al parecer, slo afectan  capas
de algunos centenares de pies.

Donde el mar es profundo, su vida est equilibrada, perfectamente
contrapesada, tranquila y fecunda, enteramente entregada  sus
reproducciones. No siente los pequeos accidentes que slo ocurren
arriba. Las grandes legiones de sus hijos que viven ( pesar de cuanto
se ha dicho) en el fondo de su tranquila noche y no suben ms que una
vez al ao,  lo sumo, hacia la luz y las tempestades, deben adorar  su
gran nodriza como la verdadera armona.

* * *

Sea como fuere, esos accidentes interesan en alto grado  la vida del
hombre para que no ponga el mayor cuidado en observarlos. No es esto muy
fcil, pues no sabe conservar su serenidad de nimo. Las ms serias
descripciones slo nos dan rasgos vagos y generales, y muy poco de lo
que constituye la parte original de cada tempestad, de lo que la
individualiza como resultante imprevisto de mil circunstancias obscuras,
imposibles de desembrollar. El observador colocado en sitio seguro y que
contempla desde la playa, ve indudablemente ms claro, puesto que nada
tiene que temer por su persona. Empero, puede juzgar del conjunto lo
mismo que aquel que se encuentra en el centro del torbellino y goza por
todos lados del sublime panorama?

Los profanos en el arte de navegar debemos  los marinos la atencin de
escuchar con gran benevolencia los hechos que relatan, como actores y
vctimas que han sido. Me ha disgustado siempre la ligereza escptica
con que los sabios de bufete suelen acoger lo que los marinos nos dicen,
por ejemplo, de la altura de las olas. Brlanse de los navegantes que
las hacen ascender  cien pies. Algunos ingenieros han credo poder
medir una tempestad, y de sus clculos resulta que el agua no se eleva 
ms de veinte pies. Un excelente observador nos afirma, muy al
contrario, haber visto sin ningn gnero de duda, desde la playa y en
lugar seguro, montones de olas ms altas que las torres de Nuestra
Seora de Pars y hasta que el mismo Montmartre.

Es evidente que se trata de cosas distintas: de ah la contradiccin. Si
se refiriesen  lo que forma como el campo de la tempestad, su lecho
inferior, si se quiere hablar de las largas filas de olas que ruedan
alineadas guardando cierta regularidad en su furor, la opinin de los
ingenieros no puede ser ms exacta. Con sus crestas redondas y los
valles alternados que presentan una y otra vez, revientan  lo sumo  la
altura de veinte  veinticinco pies. Pero las olas que se entrechocan y
no ruedan juntas se elevan mucho ms: al topar adquieren una prodigiosa
fuerza de ascensin, se lanzan, y caen con una pesadez increble, capaz
de maltratar, de hundir, de hacer trizas la embarcacin. Nada tan pesado
como el agua de mar. A esas olas en lucha,  esas espantosas montaas de
agua se refieren los marinos, fenmenos cuya verdadera grandeza no es
dado al hombre calcular.

Cierto da, no tempestuoso, sino un poco conmovido, en el cual
preludiaba el Ocano por medio de agrestes alegras, me encontraba
tranquilamente sentado sobre un bello promontorio de unos ochenta pies.
Entretename en ver el mar, en una lnea de un cuarto de legua,
asaltando mi roca, redondear la verde melena de su dilatada onda y
empujarla como  la carrera. Azotaba con fuerza, haciendo retemblar el
promontorio: tena el trueno bajo mis plantas. Mas, esa regularidad se
desminti de repente. Ignoro qu ola del Oeste vino de travs  herir
traidoramente mi gran ola que con la mayor regularidad llegaba del
Medioda. En medio de ese conflicto, de improviso dej de ver el sol;
mi elevado promontorio fu invadido, no por un vapor erizado de espuma,
sino por una enorme ola negra que, cayendo pesadamente sobre m, me
empap de pies  cabeza. All hubiera querido ver  los seores
acadmicos  ingenieros que miden con tanta precisin los combates del
Ocano.

* * *

Nadie debe, sentado en su bufete, poner en cuarentena con tal ligereza
la veracidad de tanto hombre intrpido, encallecido por el trabajo y
resignado, que ve con demasiada frecuencia la muerte  su lado para
tener la pueril vanidad de exagerar sus peligros. Tampoco hay que
comparar las tranquilas narraciones de los navegantes de profesin que
corren las grandes vas trazadas, con las descripciones,  veces
conmovedoras, de los audaces descubridores que las visitaron por vez
primera, que sealaron, describieron los arrecifes, los escollos,
atentos por ver de cerca y estudiar el peligro, al paso que el marino
vulgar, el rutinario, trata de evitarlo. Los Cook, los Perron, los
d'Urville y otros descubridores, corrieron peligros reales en las aguas,
entonces apenas frecuentadas, del mar de Coral, de la Australia, etc.,
obligados  afrontar de cerca bancos que cambian incesantemente de
sitio, corrientes contrariadas que se cruzan y producen horrorosas
luchas interiores en los pasos estrechos.

Sin tempestad, y slo con el balance, soplando el viento directamente
por la popa, una ola de travs produce tan fuerte sacudida, que la
campana del buque toca por s sola, y si durase el balance con sus
falsos movimientos, la embarcacin sufrira averas y aun se ira 
pique.

En los coros del banco de las Agujas--aade d'Urville,--las olas
llegaban  la altura de ochenta y hasta cien pies. Nunca haba visto el
mar tan enfurecido. Afortunadamente que esas olas slo esparcan sobre
nosotros el lquido de sus crestas,  si no, la corbeta habra sido
tragada... En tan terrible combate qued inmvil, no sabiendo  quin
obedecer. Los marineros que permanecan sobre cubierta,  cada momento
quedaban anegados. Espantoso caos que dur cuatro horas y de noche...
un siglo, lo bastante para hacer criar al pelo canas!...--As son las
tempestades australes; tan terribles, que hasta en tierra los naturales
que las presienten se llenan de pavor y se esconden en sus cavernas.

* * *

Por ms interesantes y exactas que sean esas descripciones, no me siento
con nimo para copiarlas. Ni mucho menos me atrevo  imaginar  arreglar
lo que no han visto mis ojos. Slo referir sucintamente las tempestades
que he presenciado: siquiera en stas interpret,  lo menos as lo
creo, los distintos caracteres que distinguen el Ocano del
Mediterrneo.

En los seis meses que pas  dos leguas de Gnova,  orillas del mar ms
pintoresco del Universo y el ms abrigado, en Nervi, slo disfrut de
una pequea tempestad de corta duracin; mas, en tan poco tiempo,
_rabi_ con inusitada furia. No pudiendo contemplarla  mis anchas desde
la ventana de mi vivienda, la abandon y por callejuelas tortuosas entre
altos _palazzi_, aventurme  dirigirme, no  la playa (sta no existe),
sino  una cornisa, de negras rocas volcnicas que orillan el mar,
angosto sendero, el cual en ciertos puntos no tiene tres pies de
anchura, y que, unas veces subiendo, bajando otras, desplomndose 
menudo sobre el mar, le domina  la altura de treinta y hasta cuarenta
y sesenta pies. La vista no poda fijarse  gran distancia. Continuados
torbellinos obstruan la visin. Poco se vislumbraba, y ese poco tena
sus lmites y era espantoso. La aspereza, los ngulos frgiles de esa
costa de guijarros, sus puntas y sus picos, sus entradas sbitas y
abruptas, imponan  la tempestad saltos, botes, esfuerzos increbles,
torturas infernales. Rechinaba de blanca espuma, pareciendo responder
con una sonrisa execrable  la ferocidad de las lavas que
desapiadadamente la rompan. Oanse ruidos insensatos, absurdos; nada de
seguido, sino truenos discordantes, silbidos tan speros como los de las
mquinas de vapor, al extremo de tener uno que taparse los odos.
Aturdido de un espectculo que entorpeca los sentidos, trat de
recobrarme: apoyndome en un muro que se internaba y no hubiera
consentido que la furiosa me arrastrara, comprend mejor aquella
algaraba. Aspera y corta era la onda, y la dureza del combate se deba
 lo extrao de aquella costa, tan abruptamente cortada,  sus ngulos
crueles que apuntaban  la tempestad, desgarraban la ola. La cornisa por
debajo,  uno y otro costado, hundala en sus profundidades atronadoras.

Los ojos quedaban heridos al igual del odo por el contraste diablico
de esa nieve deslumbradora azotando las negrsimas lavas.

En fin, en aquel momento comprend que ms culpa tena la tierra que el
mar en lo terrible del cuadro que acabo de pintar. Lo contrario sucede
en el Ocano.




VII

La tempestad del mes de octubre de 1859.


La tempestad que he observado mejor es la que hizo estragos en el Oeste,
el 24 y 25 de octubre de 1859, que se renov con ms furor y con
imponente grandiosidad el viernes 28 del mismo mes, durando el 29, el 30
y el 31, implacable, infatigable, seis das con sus noches,  excepcin
de un corto intervalo. Innumerables fueron las embarcaciones perdidas en
nuestras costas occidentales. Antes y despus, se experimentaron muy
graves perturbaciones baromtricas; los alambres del telgrafo quedaron
rotos  inservibles, interrumpidas las comunicaciones. Algunos aos
clidos haban precedido  esa tempestad, y despus de ella hubo una
gran variedad de tiempo, ya fro ya lluvioso. Y el presente ao de 1860,
hasta el da en que escribo estas lneas, est entregado  la obstinada
anegada de los vientos Oeste y Sur, que parece quieren traer sobre
nosotros todas las lluvias del Atlntico y del grande Ocano Austral.

Contemplaba esta tempestad de un sitio grato y apacible, cuya dulzura no
daba el ms pequeo indicio de lo que iba  acontecer. Hablo del
puertecito de Saint-Georges, junto  Royan, en la desembocadura del
Gironde. All haban transcurrido cinco meses de mi existencia en
completa calma, sumido en la meditacin, interrogando mi corazn, y
buscando responder al asunto que trat en 1859, asunto tan delicado, tan
grave. El sitio, el libro, se mezclan agradablemente  mis recuerdos.
Me habra sido posible escribirlo en otra parte? Lo ignoro. Lo que
puedo afirmar es que el perfume agreste del pas, su severa suavidad,
los olores de vivificante amargura que constituyen el encanto de sus
matorrales, la flora de las landas, la de los mganos, mucho han
contribuido  dar animacin al libro en cuestin, prestndole su sabor,
que nunca desaparecer.

Los moradores estn en su sitio en medio de aquella naturaleza. No son
vulgares ni groseros. El campesino es grave, de rectas costumbres. Los
marineros son todos pilotos, pequea tribu protestante librada del furor
de las persecuciones religiosas. All existe la honradez primitiva (son
desconocidos todava en ese pas los cerrojos); nada de ostentacin.
Obsrvase una modestia no acostumbrada entre los hombres de mar, la
discrecin y el tino que no siempre se encuentran en las clases ms
elevadas de la sociedad. Bien visto y apreciado de todos, tuve, sin
embargo, el reposo y tranquilidad requeridos para trabajar  mis anchas.
Esto hizo que me interesara ms y ms por aquellos hombres y sus
peligros. Sin hablarles, todos los das les acompaaba con mis votos en
su oficio de hroes. El estado del tiempo me inquietaba, y con
frecuencia me preguntaba al contemplar el paso peligroso, si el mar,
durante largo tiempo terso y tranquilo, no se trocara de repente en
montuoso y cruel.

Aquel sitio peligroso nada tiene de triste. Cada maana desde mi ventana
vea enfrente las blancas lonas, ligeramente tintas por la aurora, de un
sinnmero de barcos mercantes que aguardaban la brisa favorable para
partir. All, el Gironde no tiene menos de tres leguas de ancho: tan
solemne como los grandes ros americanos, ostenta, sin embargo, la
animacin de Burdeos. Royan es un pueblecito de recreo adonde acuden
gentes de toda la Gascua. Su baha y la de Saint-Georges disfrutan del
espectculo gratuito que dan los marsuinos al entregarse alegremente 
la caza de los baistas en pleno ro, zambullndose y dando saltos fuera
del agua hasta la altura de cinco  seis pies. Parece como que saben
perfectamente que en aquel pas nadie se libra  la pesca; que en el
sitio de combate, donde lo que preocupa al marinero es la direccin y
salvamento de su embarcacin, nadie hace caso de lo que puede valer el
aceite de un marsuino.

Aadid  esa alegra de las aguas la preciosa  incomparable armona de
ambas riberas. Los pinges viedos del Medoc se ostentan enfrente de las
mieses de la Saintonge, de su variada agricultura. El cielo no tiene la
belleza fija, y  veces montona, del Mediterrneo. El de ese pas es
muy variable. Aguas saladas y dulces se elevan de las nubes irseas,
proyectando, sobre el espejo de donde proceden, extraos colores,
verde-claro, rosado y violeta. Creaciones fantsticas, que pasan como
una exhalacin para ser despus ms deplorada su prdida, adornan la
puerta del Ocano en forma de monumentos originales, atrevidas arcadas,
puentes sublimes y  veces arcos triunfales.

Las dos playas semicirculares de Royan y de Saint-Georges, con su fina
arena, constituyen para los pies delicados el ms suave paseo, que se
prolonga sin cansancio por el sendero de pinos que alegran la duna con
su verdor. Los magnficos promontorios que separan esas playas y las
landas del interior, envan, aun  lo lejos, salutferas emanaciones. La
que domina las dunas es un tanto medical, emanacin suave de las
siemprevivas, donde parecen concentrarse todos los rayos solares y el
calor de las arenas. En las landas florecen las plantas amargas, con un
encanto penetrante que desentumece el cerebro y revive el corazn. All
se ostentan el tomillo y el srpol, la mejorana amorosa, y la salvia
bendecida de nuestros padres por sus grandes virtudes. La menta que sabe
 pimienta y, sobre todo, la clavellina silvestre, exhalan los finos
perfumes de las especias de Oriente.

Parecame que, en medio de aquellas landas, el canto de las aves tena
ms armona que en parte alguna. Nunca he visto una calandria como la
que se pos en el mes de julio sobre el promontorio de Vallire. Animada
del espritu de las flores, suba por el espacio, reflejando sobre su
plumaje los rayos del sol poniente bajo el Ocano. Su voz que vena de
tan alto (tal vez se encontraba  mil pies de tierra),  pesar de su
potencia conservaba toda su modestia y dulzura. Al nido, al humilde
surco,  los pequeuelos que la contemplaban diriga visiblemente su
canto agreste y sublime: hubirase dicho que con su armona se haca la
intrprete del esplndido sol, de la gloria do se cerna, sin orgullo, y
que animaba  sus pequeuelos dicindoles: Subid, hijitos mos!

De todo esto, canto y perfumes, brisa suave y mar dulcificado por el
agua del plcido ro, frmase una armona infinitamente agradable,
aunque sin grande ostentacin. La luna parecame luminosa sin despedir
gran claridad, las estrellas muy visibles, pero poco brillantes. Un
clima agradabilsimo, completamente humanizado, y que sera voluptuoso 
no estar saturado de un no s qu que da lugar  la reflexin, aleja de
la mente los ensueos y nos vuelve  la realidad.

* * *

Cmo es esto? Acaso se debe  las arenas movedizas,  las veleidosas
dunas,  los calizos poco firmes y cubiertos de fsiles, que os
advierten la movilidad universal? Es el recuerdo silencioso, pero no
borrado, de las persecuciones protestantes? La causa de aquel interior
agreste dbese ms que  otra cosa  la solemnidad que reviste el pas,
 los continuados naufragios,  la proximidad de un mar terrible cual
ninguno.

Un gran misterio se verifica en aquel sitio solemne, un tratado, un
enlace, empero enlace mucho ms importante que cualquiera himeneo real.
Enlace, es verdad, de conveniencia entre esposos poco adecuados. La dama
de las aguas del Suroeste, doblemente engrosada por el Tarn y el
Dordogne, empujada por sus violentos hermanos los torrentes de los
Pirineos, viene  ofrecerse (entindase que hablamos de la amable y
soberana Gironde)  su gigantesco esposo el viejo Ocano. Empero en
ningn sitio ste es ms spero, ms avinagrado. La triste barrera de
lodos del Charante, y luego la dilatada faja de arenas que le detienen
por espacio de cincuenta leguas, pnenle malhumorado. Cuando no
desencadena su clera sobre Bayona y San Juan de Luz, azota la pobre
Gironde. No se desliza, como el Sena, abrigado por varias costas, sino
que va en lnea recta al ilimitado Ocano. Las ms de las veces ste le
rechaza, y entonces retrocede y se desparrama  derecha  izquierda,
escondindose por los pantanos de la Saintonge y hasta bajo los viedos
del Medoc, comunicando  sus vinos las cualidades de sobriedad y
enfriamiento que constituyen el espritu de sus aguas.

Ahora, figuraos el atrevimiento del hombre, que llega al punto de
lanzarse entre los esposos en el fragor de la lucha, para ir, montado en
una frgil barquilla, afrontando los golpes que se prodigan, en busca de
la tmida embarcacin detenida en la embocadura y no atreviendo 
aventurarse. Ah est el peligro que corre la vida de mis pilotos, vida
modesta, pero tan gloriosa cuando se encuentre un Homero que cante su
Odisea.

Comprndese fcilmente que el viejo soberano de los naufragios, el
antiguo atesorador de tantos bienes sumergidos, no sabe agradecer ni
poco ni mucho  los indiscretos que se presentan  disputarle su presa.
Si en ocasiones les deja obrar, suele tambin con frecuencia, malicioso
y cazurro como es, herirlos, vengarse, ms contento de ahogar  un
piloto que de engullirse las embarcaciones.

Con todo, tiempo haca que no se citaba ningn accidente martimo. El
muy clido verano de 1859 no ofreci otro siniestro en aquellos parajes
que una barca destrozada en el mes de junio. Mas cierta agitacin
inexplicable haca prever alguna desdicha. Llegaron septiembre y
octubre. La turbamulta de visitantes que slo pide sonrisas al mar,
habase eclipsado. En cuanto  m, all me estaba, clavado  causa de mi
obra no terminada,  la par que por el singular atractivo que tienen
esas estaciones intermedias.

Observbase la veleidad y rareza de vientos que pocas veces se ofrece:
ejemplo, una brisa abrasadora del Este, una rfaga huracanada procedente
constantemente de la parte serena. En ocasiones, las noches eran
calurosas (y ms en septiembre que en agosto), sin poder nadie pegar los
ojos; agitadas, nerviosas; el pulso lata aceleradamente, estaba
conmovido sin causa aparente, el temperamento hacase desigual.

Un da que nos encontrbamos sentados en las _pinadas_, azotadas por el
viento, aunque un tanto abrigadas por la luna, omos una voz juvenil,
extraordinariamente clara y penetrante, de un timbre muy acerado. No
obstante, era la voz de una casi nia, de perfil austero. Acertaba 
pasar con su madre y cantaba con toda la fuerza de sus pulmones el
refrn de una antigua cancin. Suplicmosla que se sentara y cantase
toda la cancin.

Aquel poemita rstico expresaba  maravilla el doble espritu de la
comarca. La Saintonge es un pas agrcola, amante del hogar domstico.
Carece del nimo aventurero de los vascos. Pero,  pesar de sus gustos
sedentarios, se convierte en martima lanzndose al acaso. Por qu? Con
harta claridad lo explica la leyenda.

La preciosa hija de un rey que se entretena en lavar su ropa, imitando
en esto  la Nausicaa de la _Odisea_, deja que las aguas del mar le
roben su sortija: el hijo de la costa se lanza al agua para recobrarla y
se ahoga. Llora la joven y queda convertida en el romero de la playa,
tan amargo y doloroso  la vez.

Esa balada de los naufragios, cantada en tan crtico momento y en medio
de un bosque gimiendo por la inminencia de la tempestad, me conmovi,
encantme, empero vino  fortificar el presentimiento que me corroa el
alma.

* * *

Poda estar seguro cada vez que iba  Royan, que la tempestad me
sorprendera en el camino,  pesar de que el viaje slo es de algunas
horas. Desencadenbase sobre m al llegar  los viedos de
Saint-Georges, y  la landa del promontorio que trepaba primero, y
aumentaba su fuerza en la gran playa circular de Royan que yo segua. A
pesar de estar en el mes de octubre, la landa conservaba sus perfumes
agrestes, que  cada instante me parecan ms penetrantes. En la
apacible playa, el viento, tibio y dulce, me azotaba el rostro, y con no
menos dulzura  pesar de lo sospechoso de sus caricias, el mar lama mis
pies. Ni el uno ni el otro me engaaban, estando bien persuadido de la
escena que preparaban.

Como preludio y despus de veladas agradables, estallaban  mitad de la
noche espantosos ventarrones. Esto aconteci varias veces, en particular
el 26: la noche de ese da empec  temer que se preparaban grandes
desastres. Nuestros marinos se haban ausentado. En las dilatadas
fluctuaciones de la crisis equinoccial se espera un poco; y, si las
cosas se prolongan, el deber y el oficio discurren; se hace caso omiso
de todo, y uno se arriesga, salga lo que salga. Tuve, pues, el
presentimiento de una desgracia, y dije para m: Alguien perece.

Y era la pura verdad.

Una embarcacin de prctico, que  pesar de lo embravecido del mar haba
salido para librar del peligro del paso  un buque mercante, perdi uno
de sus hombres, y aun la embarcacin estuvo  punto de zozobrar. El
desgraciado dejaba tres hijos y su mujer embarazada. Y lo ms sensible
del caso era que aquel hombre excelente, alentando en su pecho un amor
generoso de que se dan muchos ejemplos entre los marinos, haba tomado
por compaera  una joven intil para el trabajo, pues accidentalmente
perdi varias falanges de los dedos. Situacin horrible la de esta
mujer invlida, en cinta y viuda!

Hzose una colecta, y yo llev  Royan mi pequeo bolo. Encontr un
piloto que me habl de aquel suceso con sincero dolor. Este es nuestro
oficio, caballero: cuando el mar ruge con toda su fuerza, entonces
estamos obligados  salir. El comisario de la marina, en cuyas manos
estn los registros de los vivos y de los muertos, y que conoce mejor
que nadie la suerte de esas familias, me pareci hallarse tambin muy
triste  inquieto. Todos veamos perfectamente que la cosa apenas
comenzaba.

Dirigme  la playa, y en aquel trayecto asaz largo tuve ocasin de
observar, de estudiar en una zona de nubes que,  mi entender, poda
extenderse en todas direcciones cosa de ocho  diez leguas. A mi
izquierda vislumbrbase la Saintonge, cuyas orillas segua, en
espectacin, triste  insensible;  mi derecha el Medoc, del que me
separaba el ro, ofreca una calma sombra; y detrs de m, viniendo del
Oeste, del Ocano, se elevaba un mundo de negras nubes; aunque, de
frente, una fuerte brisa terrestre de Burdeos pareca querer detenerlas.
Esa brisa bajaba por el Gironde, y hubiera podido esperarse que el
poderoso ro, merced  tan protectora  impetuosa corriente, hara
retroceder la lgubre cortina que levantaba el Ocano.

En medio de mi incertidumbre miraba hacia atrs y consultaba  Cordouan,
el cual parecime sobre su escollo, de una palidez fantstica. Su torre
asemejbase  un espectro que exclamara: Desdicha! desdicha!

* * *

Despus de calcular mejor la situacin, vi perfectamente bien que el
viento terrestre no slo sera vencido, sino que era el auxiliar de su
enemigo. Aquel viento soplaba muy bajo sobre el Gironde, hundiendo,
derribando todos los obstculos inferiores, y despejando por debajo la
va los elevados y sombros nubarrones que procedan del Ocano: les
formaba, como un rail deslizador, sobre el cual el camino era mucho ms
fcil. En poco tiempo, todo termin por la parte de tierra; ces la
brisa, disolvindose en tintas grises, reinando sin obstculo desde
aquel momento los vientos superiores.

Al llegar yo  los viedos de Vallire, cerca de Saint-Georges, gran
nmero de personas estaban en los campos, terminando  toda prisa sus
faenas, pues crean no poder trabajar en muchos das. Comenzaban  caer
las primeras gotas, mas, al poco rato, todo el mundo tuvo que recogerse
 sus casas.

Haba presenciado muchas tempestades, ledo mil descripciones de ellas,
y por lo tanto no crea tener motivo para asombrarme. Empero nada haca
prever el efecto que sta me caus, tanto por su duracin como por su
sostenida violencia y su implacable uniformidad. Cuando hay su ms  su
menos, un momento de reposo  un _crescendo_, en fin, alguna variacin,
el alma y los sentidos encuentran un no s qu, que calma, que distrae,
que responde  la imperiosa necesidad de la variedad. Mas, en la
presente ocasin, fueron cinco das con sus noches, sin tregua, sin
aumentar ni disminuir, siempre la misma furia y sin la menor variedad en
lo horrible del cuadro. No hubo truenos, ni combates entre las nubes, ni
el mar se desgarr. De improviso, una gran tinta cenicienta cerr el
horizonte por todos lados; nos vimos envueltos en aquel fnebre sudario,
sin quedar por eso completamente  obscuras, y descubriendo un mar
aplomado y blanquizco, aborrecible y desolador por su monotona furiosa,
sin entonar ms que una nota. Pareca el alarido de un gran caldero que
hierve: no hay poesa terrorfica capaz de parangonarse con aquella
prosa. Continuamente, continuamente el mismo tono: _Oh! oh! oh!_ 
_uh! uh! uh!_

Como habitbamos en la misma playa, ramos ms que espectadores de la
escena: constituamos una parte de ella. En ciertos momentos, llegaba el
mar hasta veinte pasos de nuestra habitacin, no dando un solo golpe sin
que temblara la casa. Nuestras ventanas tenan que soportar (por
fortuna no completamente de frente) el inmenso viento del Suroeste que
traa un torrente, digo mal, un diluvio, el Ocano convertido en lluvia.
Desde el primer da tuvimos precipitadamente, y no sin gran trabajo, que
cerrar las ventanas y encender luz para poder distinguir los objetos en
pleno da: en las habitaciones que daban al campo, el estruendo y la
conmocin eran tan notables como en las dems. Yo persist en trabajar,
pues tena curiosidad de saber si aquella fuerza salvaje lograra
oprimir, poner trabas al libre albedro, y consegu no obstante mantener
mi pensamiento en actividad, dueo de s mismo. Escriba y me observaba.
A la larga, slo la fatiga y la falta de sueo consiguieron trastornar
una de mis potencias, creo que la ms delicada del escritor, el sentido
rtmico. Mis frases se deslizaban inarmnicas, siendo sta la primera
cuerda de mi instrumento que se encontr rota.

El gran mugido no tena otra variante que las voces, extraas,
fantsticas, del viento desencadenado sobre nosotros. La casa que
habitbamos le estorbaba, siendo para l un blanco que asaltaba de mil
maneras. Unas veces, era el golpear brusco del amo que llama  la
puerta; sacudidas como de una mano de hierro que quisiese arrancar el
marco; otras, agudos quejidos por la chimenea, lamentos por no poder
penetrar, amenazas porque no abramos la puerta, en fin, cleras,
horrorosas tentativas para arrancar el techo. Y sin embargo, esos ruidos
eran ahogados por el grande _oh! oh!_ Tal era la inmensidad, el
poder, lo espantoso de esto! El viento nos pareca secundario, si bien
lograba hacer penetrar la lluvia. Nuestra casa (iba  decir nuestra
embarcacin) haca agua: el granero, traspasado en varios puntos,
derramaba el lquido elemento  raudales.

Ocurri algo ms grave: el huracn en su furia, y por un esfuerzo
desesperado, logr arrancar el gozne de una de las ventanas, que desde
entonces, aunque cerrada, temblaba, bambolebase, se agitaba, y hubo
necesidad de afirmarla atndola fuertemente por sus hierros al que
estaba ms slido. Para esto fu preciso abrir la ventana: en el momento
que lo hice, aunque abrigado por ella, sentme como envuelto en un
torbellino, medio ensordecido por la horrible fuerza de un ruido
parecido  un caonazo,  varios caonazos que sin interrupcin hubiesen
disparado en mis odos. Por los resquicios de la ventana observ una
cosa que daba la medida de esas fuerzas incalculables, y era que las
olas, cruzndose y rompindose unas con otras, con frecuencia no podan
caer: por debajo la rfaga las levantaba cual ligera pluma,
desparramando por el campo aquellas pesadas moles. Qu hubiera
acontecido si desapareciendo la ventana, el viento embarcara, en nuestra
casa aquellas imponentes olas que sostena y empujaba con la rigidez de
una tromba, y conduca  travs de los campos, terribles y al aire?...

Tenamos la extraa suerte de poder naufragar en tierra firme: nuestra
casa, tan cercana al mar, estaba expuesta  ver desaparecer su techo, 
tal vez todo un piso. Esto inquietaba no slo  nosotros, sino  todos
los habitantes del lugar, como nos lo confesaron, aconsejndonos la
abandonsemos. Empero nosotros suponamos que tan larga tormenta tendra
fin, y contestbamos siempre: _Maana_.

Las noticias que se reciban por la va terrestre eran desastrosas: slo
hablaban de naufragios. El 30 de octubre, un buque procedente de los
mares del Sur pereci  nuestra vista, en el paso, ahogndose cuantos lo
tripulaban (una treintena de hombres). Despus de haber evitado las
rocas, los escollos, haba llegado frente  una playecita de menuda
arena, donde acostumbraban baarse las mujeres. Pues bien: en aquella
playa, levantado por el torbellino, indudablemente  grande altura, cay
con horrorosa pesadez y fu aporreado, derrengado, dislocado, quedando
en aquel sitio como un cadver. Qu se hicieron sus tripulantes? No se
encontr la menor traza de ellos, creyndose que tal vez todos haban
sido barridos de sobre cubierta.

Tan trgico suceso daba  suponer que hubiesen ocurrido otros muchos
idnticos; de suerte que el pensamiento no soaba ms que desventuras. Y
el mar, entretanto, pareca no estar harto todava. Todos estbamos
saciados; l no. Yo vea  nuestros pilotos aventurarse detrs de una
muralla que les cubra por el Suroeste, observar con inquietud, mover la
cabeza. Por fortuna para los pobres, ninguna embarcacin se atrevi 
penetrar, y por lo tanto no fueron requeridos sus servicios. De lo
contrario all estaban, prontos  jugar sus vidas.

Por mi parte tambin contemplaba insaciablemente aquel mar que me
causaba odio. No encontrndome realmente en peligro, mi fastidio y
desconsuelo eran mayores. Cuan feo era el mar! Qu horrible su
aspecto! Nada recordaba en aquel momento los vanos cuadros de los
poetas; nicamente que, por un extrao contraste, cuanto ms cunda mi
desaliento, tanto ms animado l se presentaba. Todas aquellas olas
electrizadas por tan furioso movimiento hallbanse grandemente
estimuladas y en posesin como de un alma fantstica. En el furor
general, cada cual desempeaba un papel distinto; y en la total
uniformidad (cosa verdadera aunque contradictoria), notbase un
diablico hormigueo. Acaso era esto visin de mis ojos y de mi fatigado
cerebro,  la pura verdad? Las olas me hacan el efecto de un espantoso
_mob_, de un horrible populacho; no hombres, sino perros ladrando, de
miles y miles de dogos rabiosos,  ms bien, dementes... Qu estoy
diciendo? Perros? Dogos? no era esto, no; sino execrables 
innominadas apariciones, bestias sin ojos ni orejas, sin otro rgano que
sus espumantes bocazas.

Monstruos! Qu queris? No estis an embriagados con los naufragios
de que tenemos noticia  cada momento? Qu ms peds?--Tu muerte y la
muerte universal, la supresin de la tierra y la vuelta del caos.




VIII

Los faros.


Impetuosa es la Mancha con su estrecho do se sumerge el flujo del Ocano
del Norte; spero es el mar bretn con los violentos remolinos de sus
cortaduras baslticas; mas, el golfo de Gascua, desde Cordouan 
Biarritz, es un mar de contradicciones, un enigma de combates. En
direccin al Medioda se vuelve de repente extraordinariamente profundo,
un abismo donde el agua se cuela. Un ingenioso naturalista lo compara 
un gigantesco embudo que absorbiese bruscamente. La ola, escapndose de
all bajo espantosa presin, se eleva  alturas de que no hay otro
ejemplo en nuestros mares.

La marejada del Noroeste es el motor de la mquina, y si es un tanto ms
Norte empuja hacia el fondo del golfo, va  aplastar San Juan de Luz.
Ms Oeste, hace regolfar el Gironde y encasqueta sus horribles olas al
infortunado Cordouan.

No se conoce bastante  ese respetable personaje,  ese mrtir de los
mares; y creo que de todos los faros de Europa es el ms viejo. Uno solo
puede disputarle su antigedad, la clebre linterna de Gnova; mas la
diferencia es grande. Esta, que corona un fuerte, asentada
tranquilamente sobre una roca excelente y muy slida, puede reirse de
las tormentas. Cordouan se encuentra sobre un escollo rodeado
continuamente de agua. En verdad que fu mucha audacia edificar sobre la
misma onda, qu digo? sobre la violenta onda, en medio del eterno
combate de un ro y un mar semejantes.

Estos, le prodigan  cada momento  sendos latigazos  pesados bofetones
que truenan sobre l como un caonazo. Aquello es un eterno asalto. El
mismo Gironde, empujado por las brisas terrestres, por los torrentes de
los Pirineos, combate por momentos  ese portero del paso, como si fuera
responsable de los obstculos que le opone el Ocano.

Y, sin embargo, ese faro es la nica luz que resplandece en aquel mar:
todo el que se desve de Cordouan empujado por el viento Norte, corre
peligro; tambin es fcil se aparte de Arcachn. Ese mar es tan terrible
como tenebroso; de noche, no se divisa una sola seal que gue al
navegante, ni hay un solo punto de abrigo.

Durante los seis meses que permanec en aquellas playas, mi
contemplacin ordinaria, mejor dir, mi sociedad habitual, era Cordouan.
Perfectamente comprenda que su posicin de guardin de los mares, de
vigilante constante del estrecho, constituan aquella mole en una
especie de personaje. De pie sobre el vasto horizonte de Poniente, se
ofreca  mis ojos bajo cien aspectos distintos. A veces, en una zona de
gloria triunfaba el sol; en otras ocasiones, plido y apenas visible,
flotaba entre la niebla presagiando desdichas; y al tender su negro
manto la noche, cuando apareca bruscamente su luz roja y lanzaba sus
miradas de fuego, pareca un inspector celoso que vigilaba las aguas,
penetrado  inquieto de su responsabilidad. No importa lo que en el mar
sucediese, l siempre era el culpado: alumbrando la tormenta, sola
arrancar alguna vctima de sus brazos, y no obstante l tena la culpa
de la furia de los elementos. As es cmo la ignorancia acostumbra 
tratar al genio, acusndole de los males que descubre. Me acuso en este
sitio de haberle tratado yo mismo con injusticia. Si no se encenda  la
hora acostumbrada, si sobrevena el mal tiempo, le acusaba, le
reprenda. Ah! Cordouan! Cordouan! No puedes traernos, blanco
fantasma, ms que huracanes?

* * *

Y, sin embargo, creo que debimos  l, en la tempestad de octubre, la
salvacin de nuestros treinta hombres. La embarcacin se hizo trizas,
mas se salvaron los que la tripulaban.

Gran cosa es ver do se naufraga, irse  pique en plena luz, con
conocimiento del sitio, de las circunstancias y de los recursos de que
se puede echar mano. Dios todopoderoso! Si es nuestro destino
perecer, que  lo menos perezcamos de da!

Cuando la embarcacin, arrastrada desde alta mar por el furioso oleaje,
lleg de noche cerca de las costas, haba mil probabilidades contra una
de no entrar en Gironde. A la derecha, la luminosa punta de Grave le
adverta que evitase el Medoc;  la izquierda, el pequeo faro de
Saint-Palais le mostraba la peligrosa roca de la Grand'Caute del lado de
la Saintonge. Entre esos fuegos blancos y fijos, se destacaba sobre el
escollo central la claridad rojiza de Cordouan que, cada minuto, indica
el paso.

Por un esfuerzo desesperado logr pasar la embarcacin, pero fu todo.
El viento, las olas, la corriente, la asaltaron en Saint-Palais: la
benfica trinidad de los tres fuegos reflejaba en aquel sitio. Los
treinta vieron do estaban, que iban  encallar en la arena y que tal vez
podran salvar sus vidas si abandonaban  tiempo el frgil leo. Puesto
en prctica su pensamiento, confironse  la tormenta, al furor del
viento; y, efectivamente, los trat ste como  esas olas que arrastra
hacia la tierra sin permitirlas retroceder. Topndose unos con otros,
magullados, fueron arrojados no s dnde, pero es lo cierto que salieron
del peligro con vida.

* * *

Quin es capaz de contar el nmero de hombres y de barcos que salvan
los faros? Vista la luz en esas horribles noches de confusin en que los
ms animosos se turban, no slo indica el camino, sino que presta valor,
impidiendo al nimo extraviarse. Es un gran apoyo moral decirse en el
trance supremo: Persiste! un esfuerzo ms!... Si el viento y el mar
son tus contrarios, no ests solo, la Humanidad vela por ti.

Los antiguos, que seguan las costas y las tenan  la vista
incesantemente, necesitaban ms que nosotros alumbrarlas. Dcese que los
etruscos fueron los que empezaron  entretener los fuegos nocturnos
sobre las piedras sagradas. El faro era un altar, un templo; una
columna, una torre. Los celtas tambin fabricaron, existiendo todava
importantes _dolmens_ precisamente en los puntos favorables de donde
pueden divisarse mejor los fuegos. El Imperio Romano haba iluminado,
de promontorio en promontorio, todo el Mediterrneo.

El gran terror de los piratas del Norte, la vida temblorosa de la
sombra Edad Media, apagan todo eso, cuidndose de auxiliar los
desembarcos. El mar hase convertido en objeto de terror: todo barco es
un enemigo, y si se estrella, una presa. El pillaje del nufrago
constituye una de las rentas del seor: es el noble _derecho de
fractura_. Conocido es el Conde de Len enriquecido por su escollo,
piedra preciosa--deca,--ms que cuantas causan la admiracin del vulgo
en las coronas de los reyes.

En los tiempos modernos, si bien inocentemente, los pescadores han
causado no pocos naufragios encendiendo hogueras en la playa que se
vean desde el mar; y aun los mismos faros han ocasionado alguna
catstrofe cuando se han confundido entre s. Una luz tomada por otra
inmediata,  veces di motivo  terribles equivocaciones.

Despus de sus grandes guerras, la Francia tom la iniciativa del nuevo
arte de luces y de su aplicacin en beneficio del gnero humano. Armada
con el rayo de Fresnel (una lmpara de la potencia de cuatro mil y que
se distingue  doce leguas de distancia), erigi una cintura de esas
poderosas llamas que entrecruzan sus luces y se penetran unas  otras.
As desaparecieron las tinieblas de la faz de nuestros mares.

Para el marino que se gua por las constelaciones, este invento fu como
un nuevo cielo que se le ofreci, creando  la vez los planetas,
estrellas fijas y satlites, y dando  esos astros de invencin, los
matices y caracteres diversos de los de arriba. Asimismo vari el color,
la duracin, la intensidad de su centelleo. A los unos, di la luz
tranquila que basta para las noches serenas;  los otros, una luz
movible giratoria, una mirada de fuego que atraviesa los cuatro lados
del horizonte: stos, como los misteriosos animales que alumbran el mar,
tienen la viviente palpitacin de una llama que relumbra y palidece, que
brota y muere. En las sombras noches de tormenta, se conmueven, parecen
tomar parte en las convulsiones del Ocano, y, sin sorprenderse,
devuelven fuego por fuego  los resplandores celestes.

* * *

Es preciso recordar que en aquella poca (1826), y hasta 1830, todo el
mar estaba en tinieblas. Contados eran los faros en Europa; en Africa
slo exista el del Cabo; en Asia haba tres: los de Bombay, Calcuta y
Madrs, y ni uno solo en el espacio inmenso de la Amrica del Sur. Desde
entonces ac, todas las naciones han seguido imitando  la Francia. Poco
 poco se hace la luz.

Quisiera llevar  cabo con el lector en una sola noche, y sin movernos
de este sitio, la circunnavegacin de nuestro Ocano, entre Dunkerque y
Biarritz, y la revista de los grandes faros. Empero sera esto tarea muy
larga.

Calais hace seales hospitalarias  la Inglaterra,  la muchedumbre que
pasa por aquel pas, con sus cuatro faros de colores diversos, que deben
verse desde el mismo Douvres. El magnfico golfo del Sena, entre la Hve
y Barfleur, alumbrado por faros amigos, abre el Havre  la Amrica,
recibindola directamente en el hogar, en el corazn de la Francia.

El mismo Sena se adelanta hacia el mar para recoger las embarcaciones,
iluminando con gran esmero todas las puntas de la Bretaa. En la
vanguardia de Brest, en Saint-Mattbieu, en Penmark, en la isla de Sen,
se ostentan luces distintas que resplandecen por minutos y aun por
segundos, gritando al navegante: Atencin! Observa esa roca... Huye de
ese escollo... Vira hacia aqu... Perfectamente!... ya ests en el
puerto.

* * *

Notad que todas esas torres levantadas en sitios peligrosos, edificadas
 menudo sobre las rompientes y en medio de las tempestades, establecan
al arte el problema de la absoluta solidez. Muchos faros se levantan 
alturas inmensas. La tan decantada arquitectura de la Edad Media no se
aventuraba  edificar tan alto si no daba al edificio apoyos exteriores,
contrafuertes, botareles, y hacia la cima de las torres ya no se fiaba
de la piedra, sino que recurra al auxilio no muy artstico de los
grapones de hierro que enlazaban entre s las piedras, como puede verse
todava en la aguja de la catedral de Strasburgo. Nuestros arquitectos
desprecian tales medios. El faro de los Haux, construido ltimamente
por M. Reynaud sobre el peligroso escollo de las Espadas de Trguier,
tiene la sencillez sublime de una gigantesca planta marina. Poco se cura
de los contrafuertes: hunde en la roca viva sus cimientos tallados al
cincel, y sobre una base de sesenta pies de anchura, se yergue su
columna de veinticuatro pies de dimetro. Sus anchas piedras de granito
estn embutidas la una en la otra; adems, en la parte inferior, las
hiladas se encuentran unidas por medio de dados (tambin de granito) que
penetran  la vez en otras piedras superpuestas. Toda la obra est tan
bien ajustada que el cimiento fu cosa superflua. De abajo arriba,
mordiendo cada piedra  su inmediata, segn se ha dicho, el faro
constituye una sola mole, ms compacta que la roca sobre que se
asienta. La ola no sabe qu lado atacar: azota, rabia, pero resbala.
Todo lo que consigue ganar con sus prolongados truenos es que el faro
oscile y se incline un tanto. Empero no hay que alarmarse por esto; la
misma ondulacin presentan las ms antiguas y slidas torres.

* * *

As, pues, en lugar de los tristes bastiones que antiguamente amenazaban
al mar, como los que todava he visto en la costa de Berbera, la
civilizacin moderna edifica las torres de la paz, de la hospitalidad
benvola. Preciosos y nobles monumentos,  veces sublimes  los ojos del
arte y que siempre conmueven el nimo. Sus luces de colores distintos,
donde se representan el oro, la plata de las estrellas, ofrecen el
seguro firmamento que una providencia humana ha organizado sobre la
tierra. Cuando estn velados todos los astros, es dado al marino
contemplar stos y recobrar el perdido nimo, reconociendo en ellos su
estrella, la estrella de la Fraternidad universal.

* * *

Cunto agrada sentarse junto  uno de esos faros, bajo esas luces
amigas, verdadero hogar de la vida martima! El ms moderno de entre
ellos es ya venerable por las preciosas vidas que ha salvado. Su vista
produce ms de un recuerdo; rodalo la tradicin y es objeto de sabrosas
leyendas, pero leyendas verdad. Dos generaciones bastan para que un faro
tome carta de antigedad y se convierta en sagrada su memoria.
Frecuentemente dir la madre  la joven: Este salv  tu abuelo, y sin
l no hubieras venido al mundo.

Cuntas visitas le hace la intranquila esposa que aguarda la vuelta de
su marido! Al anochecer, y tambin  media noche, la hallaris all
sentada, aguardando y pidiendo que la bienhechora luz que brilla en lo
alto traiga al ausente, lo conduzca  puerto con seguridad.

Con justicia, los antiguos honraban el altar de los dioses salvadores
del hombre en sus piedras sagradas. Para el corazn atribulado que
tiembla y espera, los tiempos no han variado, y en medio de la
obscuridad de la noche, la que llora y ruega ve en el faro el altar y el
mismo Dios.




LIBRO SEGUNDO

GNESIS DEL MAR




I

Fecundidad.


La velada de San Juan (del 24 al 25 de junio), cinco minutos despus de
haber dado la media noche brese la gran pesca del arenque en los mares
del Norte. Luces fosforescentes ondulan  bailan sobre las ondas; son
los _relmpagos_ del arenque, la seal consagrada que parte de todas
las embarcaciones. Acaba de subir un mundo de seres vivientes de las
profundidades  la superficie, siguiendo el atractivo del calor, del
deseo y de la luz. La que produce la luna plida y suave, agrada  la
gente tmida, siendo el fanal que al parecer les alienta para su gran
festn amoroso. Y van subiendo, subiendo todos juntos, sin que uno solo
se quede atrs. La sociabilidad es la ley de esa raza; siempre se
presentan en masa. Reunidos viven envueltos en las tenebrosas
profundidades; juntos acuden en la primavera  participar de la alegra
universal,  ver la luz del da,  gozar y morir. Apretados,
comprimidos, jams se encuentran bastante cerca los unos de los otros,
navegando en bancos compactos. Es lo mismo (decan los flamencos), que
si nuestras dunas comenzaran  bogar. Entre Escocia, Holanda y Noruega
parece que ha surgido una inmensa isla y que un continente est pronto 
emerger. Destcase un brazo al Este que se mete por el Sund, obstruyendo
la entrada del Bltico. En ciertos pasos estrechos, el remo no puede
abrirse paso; el mar constituye una masa slida. Millones y ms
millones, quin sera osado  contar el nmero de esas legiones? Dcese
que en una ocasin, cerca del Havre, hall un pescador en sus redes
ochocientos mil arenques, y en un puerto de Escocia se pescaron once mil
barriles en una sola noche.

Surgen como un elemento ciego y fatal, sin que los desanime la
destruccin. Hombres y peces son sus contrarios; nada les inquieta y
bogan sin cesar. Esto no debe sorprendernos, puesto que mientras navegan
se aman, y cuanto ms mueren, ms producen y se multiplican sin detener
su marcha. Las columnas compactas, profundas, en la electricidad comn,
flotan entregadas nicamente  la grande obra de la procreacin. El todo
va impulsado por las olas y por la ola elctrica. Escoged entre la masa
al acaso y encontraris los fecundos, otros que lo fueron, y otros
deseosos de serlo. En medio de ese mundo que desconoce la unin fija, el
placer es una aventura, el amor un viaje. Sobre la ruta que recorren
siembran torrentes de fecundidad.

A dos  tres brazas de profundidad desaparece el agua bajo la increble
abundancia del flujo materno do nadan las huevas del arenque. Cuando el
sol empieza  extender sus dorados rayos sobre la tierra, es curioso
ver, hasta donde alcanza la vista, por espacio de muchas leguas, el mar
blanco del germen de los machos.

Macizas, grasientas y viscosas ondas, donde la vida fermenta en la
levadura de la vida. Por centenares de leguas, en longitud y latitud,
parece aquello un volcn de leche, y de leche fecunda que ha hecho
erupcin y ahogado al mar.

* * *

Lleno de vida  la superficie, el mar verase obstruido si esa increble
potencia de produccin no fuese violentamente combatida por la spera
liga de todas las destrucciones. Basta reflexionar que cada arenque
lleva en s cuarenta, cincuenta, hasta setenta mil huevas. Si la muerte
violenta no acuda  remediarlo, multiplicndose por trmino medio cada
arenque en cincuenta mil, y cada uno de stos en otros tantos, en
algunas generaciones lograran llenar, solidificar el Ocano, 
putrificarlo, suprimiendo todas las castas y convirtiendo en desierto al
Universo. La vida reclama aqu imperiosamente la asistencia, el
indispensable auxilio de su hermana la muerte. Ambas se combaten y
entregan  una lucha inmensa que es armona y la salvacin del gnero
humano.

En la gran cacera universal contra la raza maldita, los ojeadores, los
encargados de impedir que la masa se disperse, los que la empujan hacia
la playa, son los gigantes del mar. Las ballenas y cetceos no desdean
semejante presa; persguenla, se introducen en los bancos; con sus
bocazas absorben por toneladas el enjambre infinito que sin disminuir
por eso huye en direccin de las costas. All se opera otro gnero de
destruccin mayor todava. Primero, los pequeos entre los pequeos, los
pececillos microscpicos se tragan la freza y huevas del arenque,
hartndose de germen, comindose el futuro; en cuanto al present, es
decir, el arenque acabado de nacer, ha producido la Naturaleza un gnero
glotn que, con sus ojos separados, ve y come mejor, gnero todo
estmago, la golosa tribu de los _gades_ (pescadilla, abadejo, etc.). La
pescadilla se llena, se harta de arenques y engorda; otro tanto sucede
con el abadejo. De manera que el peligro de los mares, el exceso de
fecundidad vuelve  presentarse ms terrible an. El abadejo! Este s
que es ms fecundo que el arenque: llega  tener nueve millones de
huevas! Un abadejo de cincuenta libras tiene catorce de huevas, la
tercera parte de su peso! Aadid que  esos animalitos, de tan temible
maternidad, la poca del celo les dura nueve meses en el ao. El bacalao
llegara  poner en peligro al Universo. A ellos, pues! Lancemos buques
al mar, equipemos flotas. Slo Inglaterra enva  su exterminio veinte 
treinta mil marineros. Y cuntos enva la Amrica, y la Francia, y la
Holanda, y el mundo entero? El abadejo por s solo ha creado colonias,
fundado factoras y ciudades. Su preparacin es un arte, y ese arte
posee una lengua, idioma tcnico usitado entre los pescadores de
bacalao.

Empero, qu puede hacer el hombre? La Naturaleza sabe que nuestros
pequeos esfuerzos, nuestras flotas y nuestras pesqueras, nada seran
para su objeto, que el bacalao vencera al hombre. As, pues, no se fa
de l, sino que llama en su auxilio  fuerzas de muerte mucho ms
enrgicas. Desde el fondo de los ros llega al mar uno de los ms
activos, de los ms resueltos comedores: el esturin. Encaminndose 
los ros para procrear, sale de all enflaquecido y spero, y posedo de
un apetito inmenso, introdcese nuevamente en el mar para regalarse.
Qu dicha para aquel hambriento encontrar el gordo abadejo que se ha
asimilado las legiones de arenques! All se concentra toda la substancia
y puede morder  su sabor. Este valiente comedor de bacalao, aunque no
tan fecundo, tiene sin embargo, un milln quinientas mil huevas. Un
esturin de mil cuatrocientas libras, encierra cien libras de germen, 
cuatrocientas cincuenta de huevas. El peligro no cesa. Amenazado ha el
arenque con su fecundidad terrible; otro tanto sucede con el bacalao, y
el esturin amenaza todava.

Preciso es que la Naturaleza invente un supremo devorador, comedor
admirable y productor pobre, de digestin inmensa y avaro de generacin.
Monstruo benfico y terrible que siega esa plaga invencible de
fecundidad renaciente con un gran esfuerzo de absorcin, que se lo traga
todo indistintamente: muertos, vivos, qu digo? cuanto encuentra  su
paso. _El magnfico comedor_ de la Naturaleza, comedor privilegiado: el
tiburn.

Mas, tan terribles destructores estn vencidos de antemano:  pesar de
su furia devoradora, producen muy poco. Hase visto que el esturin no es
tan fecundo como el bacalao, y el tiburn es estril comparado con los
dems habitantes del lquido elemento. No se vierte como ellos en
torrentes por los mares: vivparo, elabora en su seno el tiburoncito, su
heredero feudal, que nace terrible y armado de punta en blanco.

* * *

Puede el mar en sus fecundas tenebrosidades sonreirse de los
destructores que l mismo produce, bien seguro de procrear cada vez ms.
Su riqueza principal desafa los furores de esos seres tragones, siendo
inaccesible  su rapacidad. Me refiero al mundo inmenso de tomos
vivientes, de animales microscpicos, verdadero abismo de vida que
fermenta en su seno.

Hase dicho que la falta de luz solar exclua la vida, y no obstante, en
lo ms profundo del mar viven innumerables enjambres de estrellas
marinas. Las olas estn pobladas de infusorios y de gusanos
microscpicos  infinidad de moluscos arrastran sobre ellas sus conchas.
Cangrejos bronceados, radiantes anmonas, nevadas porcelanas, dorados
ciclstomos, onduladas volutas, todo vive y se mueve. All pululan los
animlculos luminosos que, atrados momentneamente  la superficie,
aparecen formando regueros, serpientes de fuego  resplandecientes
guirnaldas. En su transparente espesor debe estar alumbrado el mar ac y
acull con tales resplandores; las mismas aguas tienen cierto brillo,
una semi-luz que se nota sobre los peces, as vivos como muertos.
Aquello es su propia luz, su propio fanal, su cielo, su luna y sus
estrellas.

A todo el mundo es dado observar en las salinas la fecundidad del mar.
Las aguas concentradas constituyen depsitos violceos que no son otra
cosa que infusorios. Cuentan todos los navegantes que en tal  cual
dilatado viaje no han atravesado ms que aguas vivientes. Freycinet vi
sesenta millones de metros cuadrados cubiertos de un rojo escarlata que
no es otra cosa que un animal-planta, tan diminuto, que en un solo metro
cuadrado viven cuarenta millones de ellos. En el golfo de Bengala, en
1854, el capitn Kingman, naveg por espacio de treinta millas sobre una
enorme capa blanca que daba al mar el aspecto de una llanura cubierta de
nieve. No se vea una sola nube; el cielo estaba aplomado formando
contraste con la brillantez del mar. Vista de cerca esa agua blanca era
una gelatina, y observada al lente una masa de animlculos que al
moverse producan singulares efectos luminosos.

Cuenta Pern, que durante veinte leguas naveg  travs de una especie
de polvo gris, lo que, visto al microscopio, result ser una capa de
huevas de especie desconocida que, sobre un espacio inmenso, cubra y no
dejaba ver el agua.

En las desamparadas costas de la Groenlandia, donde el hombre se figura
que va  expirar la Naturaleza, el mar est pobladsimo. Se navega en
una longitud de doscientas millas por quince de latitud, sobre aguas
negruzcas, cuyo color deben  cierta medusa microscpica. En cada pie
cbico de aquellas aguas viven ms de ciento diez mil de dichos
animalillos. (Schleiden).

Esas aguas nutritivas estn densas de todo gnero de tomos crasos,
apropiados  la muelle naturaleza de los peces, que perezosamente abren
la boca y aspiran, sustentados como un embrin en el seno de la madre
comn. Sabe el pez lo que se traga? Apenas. El alimento microscpico es
como una especie de leche que se le ofrece sin solicitarlo. La gran
fatalidad del mundo, el hambre, slo existe en la tierra; en el mar est
evitada, se desconoce. Ningn esfuerzo de movimiento; nadie se cura de
buscar la comida. La vida debe flotar como un sueo. En qu emplear
sus fuerzas el ser? En nada puede gastarlas, y las reserva para el amor.

* * *

La obra real, el trabajo del gran mundo de los mares es: amar y
multiplicarse. El amor llena su noche fecunda; smese en las
profundidades, pareciendo mucho ms rico todava entre los infinitamente
pequeos. Mas, cul es, en realidad, el tomo? Cuando creis estar en
posesin del ms pequeo, el indivisible, observis que tambin ama y
divide su existencia para producir otro ser. En el grado ms bajo de la
vida, donde falta todo otro organismo, encontraris completas las formas
genricas.

Tal es el mar. Al parecer es la gran hembra del globo, cuyo infatigable
deseo, concepcin permanente y alumbramiento son eternos.




II

El mar de leche.


El agua de mar, hasta la ms pura, tomada mar adentro y lejos de toda
mezcla, es ligeramente blanquizca y un poco viscosa. Si se la detiene
entre los dedos, _hace hebra_ y resbala con lentitud. Los anlisis
qumicos no explican ese carcter: existe en ella una substancia
orgnica que slo se analiza destruyndola, quitndole su especialidad,
y hacindola volver violentamente al nmero de los elementos generales.

Las plantas, los animales marinos, estn revestidos de esa substancia,
cuya mucosidad, consolidada  su alrededor, produce el efecto de
gelatina, unas veces inmvil y otras temblorosa. Plantas y animales
aparecen  travs como bajo una capa difana, y nada contribuye tanto 
las ilusiones fantsticas que nos produce el mundo de los mares. Sus
reflejos son singulares y  menudo extraamente irseos, por ejemplo,
sobre las escamas de los peces y sobre los moluscos, que al parecer
reciben por ese medio toda la ostentacin de sus nacaradas conchas.

Es lo que ms llama la atencin del nio que por primera vez ve un
pescado. A m me sucedi esto siendo muy pequeo, aunque recuerdo como
ahora la impresin que me produjo. Aquel ser brillante, resbaladizo, con
sus plateadas escamas, me caus sorpresa y entusiasmo difciles de
explicar. Trat de agarrarlo, pero esto fu tan difcil para m, como
retener el agua en mis manos. Parecime idntico al elemento do nadaba,
y me imagin confusamente que no era otra cosa que agua, agua animal,
organizada.

Ms tarde, ya hombre, no fu menor mi sorpresa al ver en una playa
cierto animal luminoso. A travs de su cuerpo transparente, divisaba los
morrillos y la arena. Incoloro como el cristal, un poco consistente,
temblando al tocarlo, apareciseme como  los antiguos y como al clebre
Reaumur, que llamaba sencillamente  esos seres agua _gelatinificada_.

Y la impresin es ms fuerte todava cuando se encuentran en estado de
formacin primitiva las cintas color blanco amarillento que muellemente
bosqueja el mar y constituyen las ovas, las laminarias que, trocando su
color en pardusco, alcanzarn la solidez de las pieles. Mas, cuando
tiernas, al estado viscoso, elsticas, tienen  manera de la
consistencia de una ola solidificada, tanto ms fuerte cuanto ms blanda
es.

Lo que se sabe actualmente de la complicada generacin y organizacin de
los seres inferiores, vegetales  animales, nos veda la explicacin dada
por los antiguos y por Reaumur. Pero todo esto no nos impide repetir la
pregunta que fu el primero en hacer Bory de Saint-Vincent: Qu es el
_mucus_ del mar? La viscosidad que presenta el agua en general? No es
acaso el elemento universal de la vida?

* * *

Preocupado con tales ideas, encaminme en busca de un qumico ilustre,
espritu positivista y slido, novador tan prudente como atrevido, y sin
prembulos establec _ex abrupto_ mi pregunta: Caballero, qu es, 
vuestro entender, ese elemento viscoso, blanquizco, que ofrece el agua
del mar?

--La vida.

Luego volviendo  tocar el asunto para corroborar esta frase demasiado
sencilla y absoluta, aadi: Quiero decir una materia semiorganizada y
ya perfectamente organizable. En ciertas aguas, no es ms que una
densidad de infusorios, en otras lo que va  serlo, lo que puede
trocarse en ello. Por otra parte semejante estudio no se ha emprendido
an, pues  nadie ha preocupado seriamente. (17 de mayo de 1860).

Al salir de su casa fu  la de un gran fisilogo cuyas opiniones en la
materia no son menos valiosas  mis ojos. Le cuestion sobre lo mismo, y
su respuesta fu larga y bellsima. Hela aqu en extracto: Tan
ignorante se est de la constitucin del agua como de la sangre. Lo que
con ms claridad se entrev relativamente al _mucus_ del agua del mar,
es que,  la vez, es el fin y el principio. Resulta de los innumerables
residuos de la muerte que los cedera  la vida? Indudablemente que s,
es una ley natural; mas, de hecho, en ese mundo martimo de rpida
absorcin, la mayor parte de los seres son absorbidos vivos; no se
arrastran en estado cadavrico como acontece en la tierra, donde son ms
lentas las destrucciones. El mar es elemento pursimo; la guerra y la
muerte provenlo y nada dejan en l de repugnante.

Empero la vida, sin llegar  su disolucin suprema, muda sin cesar,
trasuda de s cuanto no la hace falta. Entre nosotros, animales
terrestres, la epidermis pierde incesantemente. Esas mudas,  que es
dado llamar la muerte cotidiana y parcial, llenan el mundo de los
mares, de una riqueza gelatinosa de que en el acto se aprovecha la vida
naciente, encontrando en suspensin la superabundancia oleosa de esa
trasudacin comn, las partculas todava animadas, los lquidos
vivientes que no han tenido tiempo de perecer. Todo eso no vuelve  caer
en estado inorgnico, sino que entra rpidamente en los nuevos
organismos. De todas las hiptesis, sta es la ms verosmil; si se
rechaza, nos engolfamos en dificultades inmensas.

* * *

Las opiniones que acaban de exponerse, debidas  los hombres de ideas
ms avanzadas y ms serios del da, no son inconciliables con las que
profesaba har cosa de treinta aos, Geoffroy Saint-Hilaire, sobre el
_mucus_ general, de donde parece que la Naturaleza extrae toda su vida.
Es--dice aquel sabio,--la sustancia animalizable, el primer grado de
los cuerpos orgnicos. No hay seres, animales  vegetales, que no la
absorban  la produzcan en la primera poca de la vida, por dbiles que
sean, aumentando su abundancia ms bien en razn de su debilidad.

Esta ltima frase abre un conocimiento profundo sobre la vida del mar.
La mayor parte de sus hijos parecen fetos en estado gelatinoso, que
absorben y producen la materia mucosa, colmando las aguas, dndolas la
fecunda dulzura de una matriz infinita, donde sin cesar se presentan
nuevos recin nacidos, nadando cual en un lago de leche tibia.

* * *

Asistamos  la obra divina; tomemos una gota de agua de mar. All
veremos cmo comienza la primitiva creacin. Dios no opera hoy de un
modo y maana de otro. Mi gota de agua, no cabe duda, con sus
transformaciones me va  contar la historia del Universo. Esperemos, y 
observar.

Quin es capaz de prever, de adivinar la historia de esa gota de agua?
Planta-animal, animal-planta, cul debe salir primero?

Dicha gota ser el infusorio, la _mnade_ primitiva que agitando y
vibrando no tarda en convertirse en _vibrador_; el que, de escaln en
escaln, plipo, coral  perla, llegar, tal vez, en el transcurso de
diez mil aos  la dignidad de insecto?

Lo que surgir de esa gota es acaso el hilo vegetal, el tenue y sedoso
plumin que nadie creera un ser, y no obstante es el primer cabello de
una joven diosa, cabello sensible, amoroso, llamado con tanta propiedad
_cabello de Venus_?

Lo que os estoy contando no pertenece al dominio de la fbula, no: es
historia natural lisa y pura. Ese cabello de dos clases (vegetal y
animal) en el que se condensa la gota de agua, puede titularse el
primognito de la vida.

* * *

Mirad al fondo de un manantial: primero nada veis, y luego observis
algunas gotas un poco turbias. Con un buen anteojo, lo turbio se
convierte en una nubcilla, gelatinosa  coposa? Vista al microscopio
el copo se vuelve mltiple, como un grupo de filamentos, de caballitos.
Se les considera mil veces ms delgados que el ms delgado cabello
femenino. He aqu la primera y tmida tentativa de la vida que quisiera
organizarse. Esas confervas, como se les llama, se encuentran
incesantemente en el agua dulce y en la salada cuando est inmvil,
empezando por ellas la doble serie de plantas originarias del mar y de
las que adquirieron carta de naturaleza en la tierra cuando sta
emergi. Fuera del agua crase la numerossima familia de los hongos, y
dentro de las confervas, algas y otras plantas anlogas.

Es el elemento primitivo, indispensable, de la vida, encontrndosele
donde parece imposible que pueda medrar. En las sombras aguas marciales
cargadas y sobrecargadas de hierro, en las muy clidas aguas termales,
encontraris ese ligero _mucus_ y esas criaturillas que se asemejan 
gotas apenas desarrolladas, pero que oscilan y se mueven. No importa
cmo se las clasifique, ni que Candolle las honre con el nombre de
animales, y que Dujardin las relegue al ltimo rango de los vegetales.
No tienen ms misin que vivir, que empezar por su modesta existencia la
dilatada serie de seres que slo ellos pueden producir. Esos
pequeuelos, vivos  muertos, les sustentan con su propio ser,
administrndoles desde abajo la gelatina de vida que sacan
incesantemente del agua materna.

* * *

No hay verosimilitud en indicar como muestra de la creacin primitiva
fsiles  piedras diluvianas de animales  vegetales complicados:
animales (los trilobitos) que ya poseen sentidos superiores, por
ejemplo, ojos; vegetales gigantescos de poderosa organizacin. Es muy
probable que seres mucho ms sencillos precedieron y prepararon
aqullos, mas su muelle consistencia no ha dejado ningn vestigio. Cmo
habran podido resistir la accin de los tiempos tan dbiles seres,
cuando las ms duras conchas son trituradas  disueltas? En el mar del
Sur se han visto peces de acerados dientes ramoneando el coral, lo mismo
que un carnero ramonea la hierba. Los blandos esbozos de la vida, las
gelatinas animadas, aunque slidas apenas, se han fundido millones de
veces antes de que la Naturaleza pudiese fabricar su robusto trilobito,
su indestructible helecho.

Restituyamos  esos pequeuelos (confervas, algas microscpicas, seres
flotantes entre dos reinos, tomos indecisos que se truecan por momentos
de vegetal en animal y de ste en aqul), restituymosles su derecho de
primogenitura que, segn parece, les corresponde.

Sobre ellos, y  su costa, comienza  elevarse la inmensa, la
maravillosa flora de los mares.

Y no me es dado en este punto ocultar la tierna simpata que por ella
siento. Por tres motivos la bendigo.

Pequeas  grandes, esas plantas tienen tres caracteres simpticos:

Primero su inocencia. Ni una sola produce la muerte. El mar no encierra
ningn veneno vegetal. En las plantas marinas todo es salud y
salubridad, bendicin, de la vida.

Esas inocentes slo quieren alimentar la animalidad. Algunas (por
ejemplo las laminarias), son dulces como el azcar; otras, tienen un
amargor saludable (como el precioso ceramio purpreo y violceo, llamado
musgo de Crcega). Todas concentran un muclago nutritivo, especialmente
varios fucos, el ceramio de las salanganas cuyos nidos se comen en la
China, la capilaria, esa providencia, de los pechos cansados. En todos
los casos en que hoy da se prescribe el yodo, antiguamente se daban en
Inglaterra confituras de fuco.

El tercer carcter que llama la atencin en aquella vegetacin, es su
amor inmenso. Dan ganas de creer que es el gnero ms amoroso que existe
al ver sus extraas metamorfosis de himeneo. El amor es el esfuerzo de
la vida para ser ms all de su ser y poder ms que su potencia.
Obsrvase esto en las luciolas y otros animalillos que se exaltan hasta
producir llamas, y asimismo en las plantas tales como las conjugadas y
las algas, que en el momento sagrado salen de su vida vegetal usurpando
un rango superior y esforzndose por trocarse en animales.

* * *

Dnde empezaron tales maravillas? Dnde se verificaron los primeros
esbozos de la animalidad? Cul debi ser el teatro primitivo de la
organizacin?

Antiguamente, esto di margen  grandes controversias: empero hoy da
ntase cierto acuerdo sobre dicho asunto entre el mundo de los sabios
europeos.

Podra contestar valindome de infinidad de libros aceptados,
autorizados, mas, prefiero entresacar la respuesta de una Memoria
premiada recientemente por la Academia de Ciencias de Pars y por lo
tanto apoyada en su gran autoridad.

Encuntranse seres vivientes en las aguas  una temperatura de ochenta 
noventa grados de calor: y cuando el globo enfriado baj  esa
temperatura, entonces se hizo posible la vida. El agua haba absorbido
en parte el elemento de muerte, el gas cido carbnico. Se pudo
respirar.

Al principio, los mares se asemejaron  esas porciones del Ocano
Pacfico cuya profundidad es escasa y que estn sembradas de islotes
bajos; estos islotes son antiguos volcanes, crteres extintos. Los
viajeros slo los distinguen merced  los picos que salen de las aguas y
 los trabajos practicados por los plipos. Empero el fondo entre esos
volcanes debe ser tambin volcnico, y durante los ensayos de la
creacin primitiva sera un receptculo de vida.

Por largo tiempo la tradicin popular consider  los volcanes como
_guardadores_ de los tesoros subterrneos y que de vez en cuando
desparraman el oro escondido en sus entraas. Falsa poesa con sus
puntas de verdad. Las regiones volcnicas encierran en s los tesoros
del globo, y poderosas virtudes de fecundidad. Ellas fueron las que
dotaron  la tierra estril, pues debi brotar la vida del polvo de sus
lavas, de sus cenizas siempre calientes.

Conocida es la riqueza de los bordes del Vesubio, de los valles del Etna
en las dilatadas races que empuja hacia el mar; conocido es tambin el
paraso que forma bajo el Himalaya el precioso circo volcnico del valle
de Cachemira, y otro tanto sucede  cada paso en las islas del mar del
Sur.

En circunstancias las menos favorables, la vecindad de los volcanes y
las clidas corrientes que les son anejas continan la vida animal en
los sitios ms desolados. Bajo la horrible devastacin del polo
antrtico, no lejos del volcn Erebus, James Ross encontr corales vivos
 mil brazas bajo el mar helado.

* * *

En la primitiva edad del mundo los numerosos volcanes de que est
sembrado tenan una accin submarina mucho ms poderosa que ahora. Sus
fisuras, sus valles intermedios, permitieron al _mucus_ martimo
acumularse por capas, electrizarse de las corrientes. Sin duda que all
se asi la gelatina, fijse, se afirm, inquietse y ferment con toda
su vigorosa potencia.

La levadura fu el atractivo de la substancia en provecho propio.
Elementos creadores nativamente disueltos en el mar, formaron
combinaciones, matrimonios iba  decir, apareciendo vidas elementales
para evaporarse y morir. Otras, enriquecidas con sus despojos, duraron;
seres preparatorios, lentos y pacientes creadores que, desde aquel
momento, comenzaron bajo el agua la obra eterna de fabricacin y la
prosiguen  nuestra vista.

El mar, que  todos los sustentaba, distribua  cada cual lo que mejor
le convena. Descomponindolo cada uno  su manera, en provecho propio,
los unos (plipos, madrporas, conchas) absorbieron el calizo; otros
(los infusorios del trpoli, las colas de caballo rugosas, etc.)
concentraron el slice. Sus despojos, sus construcciones, revistieron la
sombra desnudez de las rocas vrgenes, hijas del fuego, que arrancaran
del ncleo planetario lanzndolas ardientes y estriles.

Cuarzo, basaltos y prfidos, guijarros semi-petrificados, todo recibi
de esas criaturillas una corteza menos inhumana, elementos suaves y
fecundos que extraan de la leche materna (llamo leche al _mucus_
martimo), que elaboraban y depositaban, haciendo habitable la tierra.
En esos medios ms favorables pudo realizarse el mejoramiento, la
ascensin de las especies primitivas.

Estos trabajos debieron practicarse primitivamente en las islas
volcnicas, en el fondo de sus archipilagos, en esos meandros sinuosos,
esos apacibles laberintos donde las olas slo penetran discretamente;
tibias cunas para los recin nacidos.

Mas, la flor escogida florece con plenitud en las profundas hondonadas
de los golfos ndicos. Aqu, el mar fu un gran artista, pues di  la
tierra las adoradas y benditas formas donde se complace en crear el
amor. Por medio de sus asiduas caricias, redondeando la playa, dile los
contornos maternos, la ternura visible del seno de la mujer (iba 
decir), lo que tanto place al nio, abrigo, calor y descanso.




III

El tomo.


Cierto da, un pescador me regal el fondo de su red, es decir, tres
seres casi moribundos, un esquino, una estrella de mar y otra estrella,
un lindo ofiuro, que todava se agitaba y no tard en perder sus brazos
delicados. Pselos en agua de mar, y los descuid por espacio de dos
das, ocupado en otras tareas. Cuando me acord de ellos, slo hall
tres cadveres. Aquello estaba desconocido: habase renovado la escena.

Una pelcula espesa y gelatinosa se haba formado  la superficie. Tom
un tomo de ella en la punta de una aguja, y el tomo, visto al
microscopio, me ofreci lo siguiente:

Un torbellino de animales, cortos y slidos, rechonchos, ardientes
(_clpodos_), que se movan de ac para all, ebrios de vida,
arrebatados de haber nacido (permtaseme la expresin), celebrando su
natalicio con una extraa bacanal.

En segunda fila hormigueaban unas culebrillas muy diminutas  anguilas
microscpicas que ms bien vibraban que nadaban para ir hacia adelante
(se las nombra _vibradores_).

Fatigada de tanto movimiento, la vista, sin embargo, no tard en notar
que en aquella escena no todo se mova. Haba vibradores tiesos an que
no vibraban: habalos entrelazados, agrupados en racimos, en enjambres,
que no se haban desprendido y aparentaban aguardar el momento de la
libertad.

Entre aquella fermentacin viva de seres inmviles an, se arrojaba,
_rabiaba_, talaba, la desordenada tralla de los grandes rechonchos (los
_clpodos_), que pareca hacer pasto de ellos, regalarse, engordar y
vivir all  sus anchas.

Observaris que ese espectculo tena por teatro la arena de un tomo
recogido en la punta de una aguja. Qu de escenas parecidas hubiese
ofrecido el Ocano gelatinoso que con tanta prontitud se form sobre el
fango! El tiempo haba sido aprovechado maravillosamente. Los moribundos
 muertos, al escaprseles la vida haban creado todo un mundo. En
cambio de tres animales perdidos, ahora era dueo de millones de ellos,
y stos tan jvenes y vivaces, animados de movimientos tan violentos,
tan absorbentes, rabiosos por vivir!

* * *

Ese mundo infinito, de tal suerte mezclado al nuestro, que por doquiera
nos rodea y est siempre con nosotros, era casi desconocido hasta hace
poco. Swammerdam y otros, que anteriormente lo haban entrevisto, fueron
detenidos en sus primeros pasos. Mucho ms tarde, en 1830, el mgico
Ehrenberg lo evoc, lo revel y clasific, estudiando la forma de esos
invisibles, su organismo, sus costumbres, y vilos absorber, digerir,
navegar, cazar, combatir. Su generacin le pareci obscura. Cules son
sus amores? Acaso aman? En seres tan elementales hace el gasto la
Naturaleza de una generacin complicada? O bien nacen espontneamente
como tal  cual moho vegetal? El vulgo dice: como los hongos.

Cuestin rida que hace sonreir y menear la cabeza  ms de un sabio.
Se est tan seguro de tener entre manos el misterio del mundo, de haber
fijado invariablemente las leyes de la vida! A la Naturaleza toca
obedecer. Cuando, hace cien aos, se hizo observar  Reaumur que la
hembra del gusano de seda poda producir sin auxilio del macho, lo neg,
contestando: La nada, nada produce. El hecho, constantemente negado y
probado de continuo, acaba de serlo fijamente y queda admitido, no tan
slo para el gusano de seda, sino para la abeja y para cierta mariposa,
y aun para otros animales.

* * *

En todo tiempo y en cualquiera nacin, lo mismo entre las personas
ilustradas que entre el vulgo de las gentes, se deca: La muerte da la
vida. Suponase en particular que la vida de los imperceptibles surga
inmediatamente de los despojos que le lega la muerte. El mismo Harvey,
que fu el primero en formular la ley de generacin, no se atrevi 
desmentir tan arraigada creencia. Al decir: Todo procede del huevo,
aadi: _ de los disueltos elementos de la vida precedente_.

Esta es precisamente la teora que acaba de renacer con tal resplandor,
merced  los experimentos de M. Pouchet, quien establece que de los
despojos de infusorios y otros seres se crea la escarcha fecunda, la
membrana prolfica, de la que nacen, no nuevos seres, sino los
grmenes, los vulos de donde podrn nacer despus.

Estamos en la poca de los milagros, es preciso convenir en ello; mas,
ste no tiene nada de sorprendente.

En otro tiempo habranse redo  las barbas del que hubiera pretendido
que animales indciles  las leyes establecidas, se permitan respirar
por la patita. Los bellos trabajos de Milne Edwards han derramado luz
sobre este asunto. Dcese que asimismo Cuvier y Blainville haban notado
que otros seres que carecen de rganos regulares de circulacin, los
suplan por medio de los intestinos; mas, esos grandes naturalistas
encontraron tan enorme el caso, que no se atrevieron  divulgarlo. Hoy
ha pasado al dominio de cosa juzgada por el mismo Milne Edwards, M. de
Quatrefages, etc.

* * *

Sea cual fuere la opinin que se tenga formada de su nacimiento, lo
cierto es que despus de nacidos nuestros tomos ofrecen un mundo
infinito y admirablemente variado. Todas las formas de vida estn
representadas en ellos honrosamente. Dado caso que se conozcan entre s,
opinarn que componen una armona completa  la que muy poco hay que
envidiar.

Y no son especies dispersas, creadas aparte: constituyen visiblemente un
reino donde los gneros diversos han organizado una gran divisin del
trabajo vital. Tienen seres colectivos como nuestros plipos y nuestros
corales, pegados an, sufriendo las sujeciones de una vida comn; tienen
tambin pequeos moluscos que ya se visten con lindas conchas; tienen
peces giles y bullidores insectos, arrogantes crustceos, miniatura de
los futuros cangrejos, como ellos armados hasta los dientes, aguerridos
tomos que se dedican  la caza de los tomos inofensivos.

Todo esto en medio de una riqueza enorme y excesiva que humilla la
pobreza del mundo visible. Sin hablar de los rizpodos que con sus
capitas han ayudado  la constitucin de los Apeninos, sobrealzado las
cordilleras; slo los foraminferos, esa numerosa tribu de tomos
conchferos, cuenta hasta dos mil especies (Carlos d'Orbigny). Los hay
contemporneos de todas las edades de la tierra, presentndose siempre 
diversas profundidades en las treinta crisis que ha experimentado el
universo mundo, variando un tanto las formas, pero persistiendo como
gnero, y quedando cual testimonios idnticos de la vida del planeta. Al
presente, la fra corriente del polo austral, que la punta de Amrica
divide entre sus dos grandes playas, enva imparcialmente cuarenta
especies hacia la Plata y otras cuarenta, hacia Chile. Empero, la, gran
manufactura que los crea y organiza parece ser el clido ro del mar que
se desprende de las Antillas. Las corrientes del Norte los matan,
arrastrndolos muertos el gran torrente paterno con direccin 
Terranova y  nuestro Ocano, cuyo fondo constituyen.

* * *

Cuando el ilustre padre de los tomos (es decir, su padrino), Ehrenberg,
los bautiz, los patrocin, introducindolos en la ciencia, fu acusado
de debilidad hacia ellos, y se dijo que daba demasiada importancia 
esos pequeuelos. Ehrenberg los encontraba complicados, de una
organizacin muy elevada, llegando  tal punto su liberalidad hacia los
mismos, que les concedi ciento veinte estmagos  cada uno. El mundo
visible se sulfur, y, por una reaccin violenta, Dujardin los redujo 
la ltima expresin de sencillez. Segn l, esos pretendidos rganos
slo lo son en la apariencia. No pudiendo negar, sin embargo, su fuerza
de absorcin, les concede el don de improvisar  cada momento, estmagos
al caso, y del grandor de las partculas que quieren tragarse. Esta
opinin no ha logrado cautivar  M. Pouchet, quien se inclina por la de
Ehrenberg.

* * *

Lo incontestable y admirable en ellos es el vigor de sus movimientos.
Varios tienen todas las apariencias de una individualidad precoz, no
permaneciendo mucho tiempo avasallados  la vida comunista y polpera do
se arrastran sus superiores inmediatos, los verdaderos plipos. Muchos
de esos invisibles, de un salto se convierten en individuos, es decir,
en seres capaces de ir y correr de ac para all solos,  su capricho,
libres ciudadanos del mundo que slo depende de ellos en lo tocante  la
direccin de sus movimientos.

Cuanto puede imaginarse de locomociones diversas, de modos de andar en
el mundo superior, es igualado, sobrepujado de antemano por los
infusorios. El impetuoso torbellino de un astro poderoso, de un sol que
arrastra como  sus planetas cuantos seres dbiles encuentra en su
carrera, el curso ms irregular del cometa cabelludo que atraviesa  que
dispersa mundos vagos  su paso, la graciosa ondulacin de la esbelta
culebra que sigue el agua  nada en tierra, la barca oscilante que sabe
virar  tiempo, decaer del rumbo para ir ms lejos, en fin, el rastreo
lento y circunspecto de nuestros tardgrados, que se apoyan, se agarran
 cualquier cosa, todos esos diversos aires se observan entre los
imperceptibles. Mas con qu maravillosa sencillez de medios! Los hay
que no siendo ms que un hilo, para avanzar se disparan como un
tirabuzn elstico; otros se valen de su ondulante cola  de sus
pequeas cejas vibrantes  guisa de remo y gobernalle; las preciosas
vorticelas, cual jarrn de flores, se agarran juntas sobre una isla
(plantecica  cangrejito), y luego se aislan descolgando su delicado
pednculo.

* * *

Lo que an llama ms la atencin que los rganos de movimiento, es lo
que podramos nombrar las expresiones, las actitudes, los signos
originales del humor y del carcter. Hay seres apticos, otros muy
activos y fantsticos, otros agitados por la guerra, otros diligentes
sin causa aparente y posedos de una vana agitacin. En ocasiones, 
travs de una masa de gentes tranquilas y pacficas, un atolondrado,
sordo y ciego, lo echa todo  rodar.

Prodigiosa comedia! Parece como que estn ensayando entre ellos el
drama que representar nuestro mundo, el noble y serio mundo de los
grandes animales visibles.

A la cabeza de los infusorios coloquemos con cierto respeto los
majestuosos gigantes, los dos jefes de orden, el alto tipo del
movimiento y el de la fuerza (lenta, pero temible) armada.

Tomad un poco de musgo de un tejado cualquiera, dejadlo algunos das en
agua, y observad despus con un microscopio. Un poderoso animal, el
elefante, la ballena de los infusorios, muvese con un vigor y un garbo
de vida que no siempre tienen semejantes colosos. Respetmoslo. Es el
rey de los tomos, el rotfero, as nombrado porque en ambos lados de la
cabeza lleva dos ruedas, rganos de locomocin que lo asimilaran al
barco de vapor,  tal vez armas de caza que lo ayudan  apoderarse de
los ms dbiles.

Todos huyen, cejan ante l, y uno solo resiste, no temiendo nada,
confiado en sus armas. Es ste un monstruo, empero provisto de sentidos
superiores, el cual tiene dos ojazos de prpura. Poco movible y
verdadero tardgrado, en cambio ve y est armado, pues ostenta en sus
slidas patas uas muy pronunciadas, que le sirven para asirse en caso
de necesidad y sin duda tambin para pelear.

* * *

Poderoso preludio de la Naturaleza que, en esa economa de sustancia y
de materia, con nada comienza  crear tan majestuosamente! Sublime
abertura! Estos (qu importa su tamao?) tienen una potencia colosal de
absorcin y de movimiento, que estarn muy lejos de poseer los enormes
seres clasificados mucho ms alto en la serie animal.

La ostra pegada en su roca, la limaza que se arrastra sobre su abdomen,
son para el rotfero lo que yo sera al lado de los Alpes, de las
cordilleras; seres tan desproporcionados que no pueden medirse con la
vista, y apenas por el clculo y la imaginacin.

Sin embargo, qu se han hecho entre esas montaas animales la presteza
y el ardor de vida que desplegaba el rotfero? Qu cada la nuestra al
ascender la escala!... Mis tomos estaban llenos de vida, se movan
vertiginosamente, y esas bestias gigantescas estn atacadas de
parlisis.

Qu sera si el rotfero pudiera concebir al ser colectivo donde
dormita un infinito, por ejemplo, la magnfica, la colosal esponja
estrellada que vemos en el Museo de Pars? Esta, por su magnitud, est 
igual nivel del rotfero que el hombre con el globo terrqueo, de nueve
mil leguas de ruedo. Y sin embargo, estoy convencidsimo que, lejos de
verse humillado por la comparacin, el tomo rebosara de orgullo
exclamando: Soy grande.

* * *

Ah!, rotfero!, rotfero! No conviene menospreciar nada.

Conozco muy bien tus ventajas y tu superioridad; mas, sabemos acaso si
esa vida de cautiverio que te mueve  risa no es un progreso? Tu
descompasada y vertiginosa libertad, es, por ventura, el trmino de las
cosas? Para tomar su punto de partida hacia ms elevados destinos, la
Naturaleza prefiere experimentar un encanto inmovible, penetrando en el
obscuro sepulcro de ese triste comunismo en que cada elemento desempea
un papel insignificante, y ensea  dominar la inquietud individual, 
concentrar la substancia en beneficio de las vidas superiores.

Dormita all por algn tiempo, como la _Linda de la selva durmiente_;
empero, sueo  cautiverio, sortilegio  lo que fuere, semejante estado
no es la muerte. La spera materia de la esponja vive rellena de slice:
sin moverse, sin respirar, sin rganos de circulacin, sin ningn
aparato de los sentidos, vive. Cmo se sabe eso?

La esponja pare dos veces al ao; tiene sus peculiares amoros y con ms
exuberancia que otros seres. En da dado unas esferillas se desprenden
de la madre esponja, armadas de dbiles nadaderas que las procuran
algunos instantes de animacin y de libertad. Una vez fijas,
convirtense en esponjitas delicadas, que irn aumentando paulatinamente
en tamao.

As, pues, en medio de la carencia aparente de sentidos y de organismo,
envuelto todo en misterioso enigma, en el dintel dudoso de la vida, la
generacin la revela y nos descubre el preludio del mundo visible cuya
escala vamos  recorrer. Slo se divisa la nada, y en esa nada ya
aparece la maternidad. Lo mismo que entre los dioses de Egipto (Isis y
Osiris) que engendran antes de nacer, aqu el Amor nace antes del ser.




IV

Flor de sangre.


En el eje del globo, en medio de las clidas aguas de la Lnea y en su
fondo volcnico, el mar superabunda de vida hasta el punto de no poder,
 lo que parece, equilibrar sus creaciones; y sobrepujando  la vida
vegetal, de buenas  primeras, sus alumbramientos producen la vida
animada.

Mas, esos animales se atavan con un extrao lujo botnico, con libreas
esplndidas de una flora excntrica y lujuriosa. Divisis hasta donde
alcanza la vista flores, plantas y arbustos;  lo menos, tales os
parecen por sus formas y colores. Y esas plantas se mueven, los arbustos
son irritables, las flores tiemblan con naciente sensibilidad, do va 
posarse la voluntad.

Oscilacin encantadora, gracioso equvoco! Al lmite de los dos reinos
y bajo esas flotantes apariencias tan fantsticas, el espritu da
testimonio de sus primeros albores. Es el alba, la aurora matutina. Con
sus resplandecientes colores, sus ncares y esmaltes, seala el sueo
nocturno y la idea del da que aparece.

Idea! Nos atreveremos  pronunciar esta palabra? No: es un sueo,
sueo no ms, pero que poco  poco se esclarece como los ensueos
matutinos.

* * *

Al norte de Africa,  ms all del Cabo, el vegetal que reinaba como
soberano en la zona templada ve surgir  su lado rivales animados que
tambin vegetan, florecen, le igualan y no tardan en sobrepujarle.

El grande encantamiento comienza, va en aumento siempre y adelantando
hacia el Ecuador.

Arbustos extraos, elegantes, las gorgonas, las isis, extienden su rico
abanico; el coral adquiere su color rojo bajo las olas.

Al lado de las brillantes praderas irisadas de todos colores comienzan
las plantas-piedra, las madrporas, cuyas ramas (diremos sus manos y
sus dedos?) florecen en helados copos rosados, parecidos  los de los
melocotones y manzanos. Por espacio de setecientas leguas antes de
llegar al Ecuador y por otras setecientas del lado de all contina la
mgica ilusin.

Hay seres inciertos, como por ejemplo las coralinas, que los tres reinos
se disputan. En s encierran algo de animal, algo de mineral, y
ltimamente acaban de ser clasificadas en la nomenclatura de los
vegetales. Tal vez sea el punto real en que la vida obscuramente
despierte del sueo de piedra, sin desprenderse an de su rudo punto de
partida, como para advertirnos,  nosotros tan soberbios y que miramos
desde tan alto, la fraternidad ternaria, el derecho que el obscuro
mineral tiene  subir y animarse, y la aspiracin profunda que existe en
el seno de la Naturaleza.

* * *

Nuestras praderas, nuestros bosques--dice Darwin,--parecen desiertos y
vacos si se comparan con los del mar. Y en efecto,  cuantos han
recorrido los transparentes mares de las Indias, les ha llamado la
atencin la fantasmagora que ofrece su fondo, siendo sorprendente en
primer trmino por el extrao cambio que se opera en las plantas y los
animales en sus insignias naturales, en su apariencia. Las plantas
blandas y gelatinosas, con rganos redondos que no parecen ni tallos ni
hojas, afectando gordura, la dulzura de las curvas animales, dirase que
quieren engaar al que las mira y hacerse pasar por seres del reino
animal, mientras que los animales verdaderos parece como que se ingenian
para ser plantas y asemejarse  los vegetales, pues imitan todos los
caracteres del otro reino. Unos tienen la solidez, la casi eternidad del
rbol; otros se descogen y luego se marchitan, como las flores. As,
pues, la anmona marina se abre cual plida margarita rosada,  como
ster granate adornado con ojos de azur; mas desde el momento que se ha
desprendido un hilito de su corola,  sea una nueva anmona, veisla
disolverse y desaparecer.

Mucho ms variable an el proteo de las aguas, el alcin, toma todo
gnero de formas y de colores, haciendo el papel de planta, de fruta;
despligase en forma de abanico, se convierte en seto lleno de
matorrales  en graciosa cestita. Mas, todo sto es fugitivo, efmero,
de vida tan tmida que desaparece al menor movimiento, y nada queda: en
un instante ha vuelto todo al seno de la madre comn. Hallaris la
sensitiva en una de esas formas ligeras; la cornularia, al tacto se
repliega sobre s misma, cierra su seno como la flor sensible al fresco
nocturno.

Cuando os asomis al borde de los arrecifes, de los bancos de corales,
observis el fondo del tapiz bajo el agua, verde de astreas y de
tubporas, fungias amoldadas en bolas de nieve, meandrinas historiadas
en su laberintito y cuyos valles y colinas estn indicados con los
colores ms vivos. Los carifilos ( claveles) de terciopelo verde
matizado de naranjo al extremo de su ramo calizo, pescan los alimentos
meneando suavemente en el agua sus preciosas estambrillas de oro.

Encima de ese mundo de abajo, como para resguardarlo del sol, ondulando
cual sauces y bejucos,  balancendose como palmeras, las majestuosas
gorgonas de varios pies de alto, constituyen un bosque con los rboles
enanos del isis. De uno  otro rbol, la plumaria enreda su espiral muy
parecida  las tijeretas de las vias y los hace corresponder entre s
por medio de sus finos y ligeros ramajes, matizados de brillantes
reflejos.

Este espectculo encanta, turba la imaginacin: es un vrtigo y como un
sueo. El hada de las aguas aade  esos colores un prisma de tintas
fugitivas, una movilidad sorprendente, una inconstancia caprichosa, la
vacilacin, la duda.

He visto bien? No, no es eso... era un ser  un rellejo?... Sin
embargo, seres son, pues veo un mundo real que se aloja all y se
divierte. Los moluscos viven confiados, arrastrando su nacarada concha;
los cangrejos tampoco desconfan, y corren y cazan. Peces extraos,
ventrudos y rechonchos, vestidos de oro y de cien colores distintos,
estn paseando su pereza. Anlidos color de prpura y violceos,
serpentean y se agitan al lado de la delicada estrella (el ofiuro), que
bajo el influjo de los rayos solares, alarga, encoge, arrolla y
desarrolla sus elegantes brazos.

En medio de esa fantasmagora y con ms gravedad, la madrpora
arborescente ostenta sus no tan subidos colores. Su belleza consiste en
la forma.

Y la belleza de ese mundo est en el conjunto, en el noble aspecto de la
ciudad comn: el individuo es modesto, mas la repblica impone. Aqu
tiene la fortaleza del loe y el cactus; ms all es la cabeza del
ciervo, su esplndido atalaje;  mayor distancia la extensin de las
vigorosas ramas de un cedro que, despus de tender horizontalmente sus
brazos, se dispone  empinarse ms y ms.

Esas formas, despojadas ahora de millares de flores vivas que las
animaban, las cubran, tienen tal vez en su estado severo mayor
atractivo para el nimo. Por lo que  m toca, me complazco en
contemplar los rboles en invierno, cuando sus elegantes ramas desnudas
del lujo abrumador de las hojas, nos dicen lo que son por s solos,
revelando delicadamente su escondida personalidad. Otro tanto sucede con
las madrporas. En su desnudez presente, convertidas de pinturas en
esculturas, ms abstradas, digmoslo as, parece que intentan
revelarnos el secreto de esos pueblecillos cuyo ornamento constituyen.
Varias de ellas, dirase que nos hablan por medio de extraos
caracteres: tienen enlaces, roleos complicados que visiblemente indican
algo. Hay alguno que pueda interpretarlos? Con qu palabras los
traduciramos  nuestro idioma?

Presintese perfectamente que hoy an existe una idea all dentro. Uno
no puede desprenderse fcilmente de aquel sitio; y por ms que se
abandone, all se vuelve. Deletrase, se cree comprender; luego se os
escapa ese rayo de luz y os golpeis la frente.

Los enjambres de abejas, con su fra geometra, no son, ni con mucho,
tan significativos. Estas constituyen un producto de la vida; mas,
aquello es la misma vida. La piedra no fu simplemente base y abrigo de
dicho pueblo, sino un pueblo anterior, la generacin primitiva que,
suprimida paulatinamente por los jvenes de encima ha tomado tal
consistencia. Luego, todo el pasado movimiento, el tinte de la ciudad
primitiva, estn all visibles y sorprendentes, con una verdad
flagrante, cual vivo detalle de Herculanum  Pompeya. Empero aqu todo
se ha fabricado sin violencia ni la ms pequea catstrofe, por un
progreso natural; la ms serena paz reina en dicho sitio, que tiene un
singular atractivo de dulzura.

El escultor admirara las formas de un arte maravilloso que en un mismo
asunto ha sabido producir infinitas variantes, las cuales bastaran para
cambiar y renovar todas nuestras artes de adorno.

Pero otra cosa hay que considerar  ms de la forma. Las ricas
arborescencias donde se descoge la actividad de esas tribus laboriosas,
los ingeniosos laberintos que parecen buscar un hilo, ese profundo juego
simblico de vida vegetal y de toda vida, es el esfuerzo de una idea, de
la libertad cautiva, sus tmidos tanteos hacia la prometida luz,
relmpago encantador del alma joven comprometida en la vida comn; pero
que, suavemente, sin violencia, con gracia, se emancipaba de ella.

Poseo dos de estos arbolillos, de especie anloga, y sin embargo
distinta. No hay vegetal que pueda comparrseles. Tiene el uno
inmaculada blancura, como el alabastro sin brillo, y en su amorosa
riqueza cada rama ostenta capullos, botones, florecitas, y jams dice:
Basta. El otro, no tan blanco pero ms tupido, en cada rama encierra un
mundo. Ambos son agradabilsimos por su semejanza y desemejanza, su
inocencia, su fraternidad. Oh! quin podr revelarme el misterio del
alma infantil y encantadora que fabric ese juguete de hadas! Vsela
circular an esa alma libre y cautiva  la vez, mas con cautiverio
amoroso, y que suea con la libertad sin quererla por entero.

* * *

Hasta ahora las artes no han sabido apoderarse de esas maravillas que
tanto las hubieran auxiliado. La magnfica estatua de la Naturaleza que
se eleva  la puerta del Jardn de Plantas, de Pars, debiera estar
rodeada de tales atributos. Aquella estatua haba de figurar con el
cortejo triunfal que nunca la abandona, era preciso realzar con todos
sus dones el majestuoso trono do se sienta. Sus primeros seres, las
madrporas, dichosos de enterrarse en el suelo hubieran suministrado los
fundamentos, por medio de sus alabastrinos ramajes, sus meandros y sus
estrellas. Encima sus ondulosas hermanas, con sus cuerpos y sedosos
cabellos habran constituido un blando lecho viviente para abrazar
cariosamente  la divina Madre en medio de sus ensueos de eterno
alumbramiento.

La pintura no ha sido ms hbil que la escultura en la utilizacin de
este asunto, puesto que pinta las flores animadas semejantes  las
flores terrestres, cuando sus colores son extraordinariamente distintos.
Los grabados al plomo que poseemos dan muy pobre idea de la cosa. Por
ms que se diga, sus tintas chabacanas, plidas, no retratan ni con
mucho la suavidad, la dulzura, la emocin de las flores del mar. Si se
emplearan los esmaltes, lo cual ensay Palissy, el asunto saldra rudo y
glacial: admirables en la reproduccin de los reptiles, de las escamas
de pescado, son demasiado lustrosos para imitar esas suaves y tiernas
criaturas que hasta de cutis carecen. Los pulmoncitos exteriores que
presentan los anlidos, los delgados filamentos nebulosos que lanzan al
viento ciertos plipos, los mviles y sencillos cabellos que ondulan
sobre la medusa son objetos no slo delicados sino conmovedores. Ofrecen
todos los matices, son finos y vagos, pero clidos: es como un hlito
perceptible, y nuestros ojos atnitos ven en ellos el color del arco
iris. Para aquellos seres es algo muy serio, su propia sangre, su tenue
vida traducida en tintas, en reflejos, en resplandores cambiantes, que
se animan  palidecen, aspiran, espiran... Tened cuidado. No ahoguis la
almita flotante, muda, y que,  pesar de todo, os revela un mundo,
demostrndoos su ntimo misterio en sus palpitantes colores.

* * *

Los colores poco sobreviven, pues la mayor parte se disuelven y
desaparecen. Aun las mismas madrporas slo dejan su base, que dirase
inorgnica, siendo no obstante la vida condensada, solidificada.

Las mujeres, que tienen ese sentido mucho ms delicado que nosotros, no
se han engaado, presintiendo aunque confusamente que uno de dichos
rboles, el coral, era una cosa viva. De ah la predileccin que
demuestran por l. Y aunque la ciencia sostenga primero que slo es una
piedra, luego un arbusto, el sexo bello ve en el coral algo ms.

Seora, por qu prefiere usted  todas las piedras preciosas ese rbol
de un encarnado dudoso?--Caballero, dice  mi cara. El rub hace
palidecer; ste, mate y no tan vivo, hace resaltar mejor la blancura.

Y la seora tiene razn. Los dos objetos son parientes. En el coral, lo
mismo que en los labios y mejillas de la dama, el hierro da el color
(Vogel); encarnado el uno y el otro rosado.

Pero seora, esas piedras brillantes son de una finura
incomparable.--Ciertamente, mas el coral es suave; tiene la suavidad
del cutis  la par que su color. A los dos minutos de llevarlo, parceme
mi misma carne, mi propio ser.

Seora, hay encarnados ms bonitos.--Doctor, no me prive usted de ste,
pues le quiero. Por qu? Lo ignoro... Oh, s! hay un motivo para
quererlo (y es ste tan bueno como otro cualquiera); dicho motivo es su
nombre oriental y verdadero: llmasele Flor de sangre.




V

Los fabricantes de mundos.


Nuestro Museo de Historia Natural, en su harto reducido recinto, es un
palacio de hadas, residiendo all, al parecer, el genio de las
metamorfosis de Lamarck y de Geoffroy. En la sombra sala del piso bajo,
las silenciosas madrporas fundan el mundo, ms vivo por momentos, que
se eleva encima de ellas. Ms arriba, habiendo el pueblo de los mares
alcanzado su completa energa de organizacin en los animales
superiores, prepara las existencias terrestres. En la cspide estn los
mamferos, sobre los cuales la tribu divina de los pjaros despliega sus
alas y parece que todava canta.

La muchedumbre no hace caso de los primeros, pasando rpidamente por
delante de esos primognitos del globo, su habitacin es fra, hmeda:
los curiosos dirigen sus pasos hacia la luz, hacia el punto do brillan
tantos objetos. Ncar, alas de mariposa, plumas de aves, esto es lo que
la encanta. Yo, que me detengo ms tiempo abajo, heme hallado con
frecuencia solo en la pequea y obscura galera.

Me agrada esa cripta de la iglesia grande: all presiento mejor el alma
sagrada, el espritu presente de nuestros maestros, su enorme, su
sublime esfuerzo,  la par que la audacia inmortal de los viajeros
salidos de aquel sitio. Doquiera que estn sus huesos, ellos se ostentan
en el Museo reproducidos en valiosos tesoros, tesoros que pagaron con la
vida.

El otro da (1. de octubre) me detuve ms de lo regular en aquel sitio,
entretenindome  leer, no sin trabajo, los rtulos de algunas
madrporas. Una de ellas, colocada junto  la puerta, llevaba el nombre
de _Lamarck_.

Mi sangre toda afluy al corazn, sintiendo como un impulso de religioso
respeto.

Gran nombre y ya viejo! Es lo mismo que si en las tumbas de Saint-Denis
se leyera el nombre de Clodoveo. La gloria de sus sucesores, su imperio,
sus discusiones, han obscurecido, hecho retroceder  aqul que se
adelant  lo menos de un siglo  su poca. Fu Lamarck, ese ciego
Homero del Museo, el que por el instinto del genio cre, organiz, di
nombre  lo que todava estaba envuelto en la obscuridad: la clase de
los _Invertebrados_.

Una clase? esto es, un mundo, el abismo de la vida blanda y
semiorganizada  la que an falta la vrtebra, la centralizacin
huesosa, el sostn esencial de la personalidad. Interesan tanto ms esos
seres, cuanto que visiblemente por ellos empieza la vida. Humildes
tribus, descuidadas hasta entonces! Reaumur coloc los cocodrilos entre
los insectos; el ilustre conde de Buffon no se dign siquiera indagar
los nombres de aquel populacho nfimo, dejndolos fuera del Versalles
olmpico que elev  la Naturaleza. Y tuvieron que aguardar  Lamarck
para ser clasificados esos grandes pueblos obscuros, confusos; esos
desterrados de la ciencia, que, sin embargo, lo llenan todo y todo lo
han preparado. Precisamente se haba prohibido la entrada  los
primognitos. Era fcil tarea contar  los admitidos; y si se hubiese
tenido que juzgar por el nmero, dijrase que lo excluido, lo olvidado,
dejaba  la calle  la Naturaleza misma.

* * *

El genio de las metamorfosis, acababa de ser emancipado por la botnica
y por la qumica. Fu un atrevimiento, pero fecundo en resultados, el
desviar  Lamarck de la botnica, donde haba pasado lo mejor de su vida
 imponerle la obligacin de ocuparse de los animales. Aquel genio
ardiente y acostumbrado  obrar milagros para la transformacin de las
plantas, lleno de fe en la unidad de la vida, sac  los animales y al
animal grande (el globo) del estado de petrificacin en que se hallaban,
restableciendo, de forma en forma la circulacin del espritu.
Semiciego,  tientas, toc intrpidamente mil cosas  que los ms
perspicaces no osaban an acercarse. Siquiera l obraba instigado por el
ardor de la ciencia. Geoffroy, Cuvier y Blainville los encontraron
calientes y con vida. Todo est vivo--deca aqul,-- lo estuvo. Todo
es vida, presente  pasado. Grande esfuerzo revolucionario contra la
materia inerte, que conducira hasta suprimir lo inorgnico. Nada
estara completamente muerto. Lo que ha vivido puede dormir y conservar
la vida latente, una aptitud para revivir. Quin est verdaderamente
muerto? Nadie.

Esta teora ha dado un empuje extraordinario  las velas con que marcha
nuestro siglo: atrevida  no, ella nos ha llevado adonde nunca
hubiramos estado. Nos hemos puesto en demanda, preguntando  todas las
cosas, ya de historia  de historia natural: Quin eres?--Soy la
vida.--La muerte ha ido de vencida bajo la mirada de las ciencias: el
espritu siempre adelanta y hcela retroceder.

* * *

Entre esos resucitados, lo primero que veo son mis madrporas. Hasta
entonces, la piedra muerta y el calizo grosero tuvieron el inters de la
vida. Cuando Lamarck los junt, explicando su constitucin en el Museo,
acababa de sorprendrseles en el misterio de su actividad, ocupados en
sus inmensas creaciones, habindonos enseado cmo se fabrica un mundo.
Se empez  sospechar que, si la tierra produce el animal, ste tambin
produce la tierra, desempeando ambos  dos la obra de la Creacin.

La animalidad existe por doquiera: todo lo llena, todo lo puebla. Sus
restos  huellas se encuentran hasta en minerales, tales como el mrmol
estatuario y el alabastro, que han pasado por el crisol de los fuegos
ms destructores. A cada paso que damos en el conocimiento de lo actual,
descubrimos un pasado enorme de vida animal. El da en que fu dado  la
ptica divisar el infusorio, visele fabricar montaas y empedrar el
Ocano. El duro slice del Trpoli, es una masa de animlculos, la
esponja un slice animado. Nuestros calizos son todo animales. Pars
est edificado con infusorios; una parte de Alemania, descansa sobre un
mar de coral, hoy da amortajado. Infusorios, corales, testceos, todo
es cal, creta, pues, sin cesar, la extraen del mar. Mas, los peces que
devoran el coral, lo expelen en forma de creta, restituyendo sta  las
aguas de donde ha salido el mar. As el mar de Coral, en su obra de
alumbramiento, de agitaciones, de movimientos, en sus construcciones
incesantemente aumentadas  desaparecidas, fabricadas, arruinadas, es
una fbrica inmensa de calizo, que va alternando entre sus dos vidas:
vida _diligente_ hoy, vida _disponible_ que obrar maana.

* * *

Forster ha visto, visto perfectamente (lo cual se ha negado sin razn)
que esas islas circulares son crteres de volcanes, levantados por los
plipos. En la hiptesis contraria, no es posible explicar la identidad
de forma, constituyendo siempre un anillo de unos cien pasos de
dimetro, asaz bajo, azotado exteriormente por las olas, si bien el
interior forma una concha tranquila. Algunas plantas de tres  cuatro
gneros distintos, constituyen una corona de verdura, de trecho en
trecho en la parte de adentro. El agua es de un verde magnfico; el
anillo est formado de arena blanca (residuos de corales disueltos),
contrastando con el azul subido del Ocano. Bajo las aguas amargas,
estn trabajando nuestros obreros, segn sus especies  sus caracteres:
los ms atrevidos en las rompientes, en las apacibles costas la gente
tmida.

He aqu un mundo poco variado. Esperad. Los vientos, las corrientes,
trabajan para enriquecerle. Bastar una fuerte borrasca para que las
islas inmediatas hagan su fortuna: sta es una de las ms esplndidas
funciones de la tempestad. Cuanto ms imponente, furiosa y turbulenta se
presenta arrastrndolo todo, ms fecunda es. Pasa una tromba sobre una
isla; el torrente que produce, cargado de limo, de despojos, de plantas
muertas  vivas,  veces de bosques enteros arrancados de cuajo, plaga
negra, cenagosa, traspasa el mar, y empujado luego por las olas aqu y
all, distribuye esos presentes entre las islas cercanas.

Un gran mensajero de vida y de los ms transportables es la slida nuez
de coco, la cual no slo viaja, sino que, arrojada sobre los arrecifes,
basta que encuentre un poco de arena blanca para medrar en sitios donde
perecera otra planta cualquiera. El agua salobre no le amedrenta, se
sirve de ella como del agua dulce, y crece tambin. Germina, se hace
grande, convirtese en rbol, en un robusto cocotero. Donde hay un rbol
no tarda en haber agua dulce, y despojos, y por lo tanto tierra; esto
convida  otros rboles, y al poco tiempo vese levantar su copa 
algunas palmeras. De los vapores que esos rboles detienen se forma un
arroyuelo que, manando del centro de la isla, mantiene en la blanca
cintura un hoyo que respetan los plipos, habitantes de las aguas
amargas.

Concese actualmente la rapidez extrema de su trabajo. En el puerto de
Ro Janeiro, despus de cuarenta das de parada, desaparecan ya los
botes bajo los tubulares que de ellos se haban apoderado; un estrecho
inmediato  Australia contaba antes veintisis islotes, y  la fecha hay
ciento cincuenta bien establecidos, anunciando el Almirantazgo ingls
que son en mayor nmero y que dentro de veinte aos en toda su longitud
de cuarenta leguas ser impracticable.

El arrecife oriental de la Australia tiene trescientas sesenta leguas
(ciento veintisiete sin interrupcin), y el de la Nueva Caledona ciento
cuarenta y cinco leguas. Grupos de islas en el mar Pacfico cuentan
cuatrocientas leguas de largo por ciento cincuenta de ancho. Slo la
cordillera de las Maldivas tiene cerca de quinientas millas de
longitud. Aadid  todo esto los bancos de la Isla de Francia y los
bajos del Mar Rojo, que se elevan continuamente.

Timor y sus cercanas ofrecen un mundo completamente animal: all slo
se pisan cosas vivas. Las rocas ofrecen formas tan extraas y tan ricos
colores, que la vista se encanta, se deslumbra. Contemplis  aquellos
seres por espacio de muchas leguas en medio del agua del mar, que no
tiene profundidad (tal vez un pie), fabricando muy tranquilamente,
empero sin cejar en su oficio de creadores.

El primer observador inteligente fu Forster, compaero de Cook, que los
vi empeados en su obra. Cogilos infraganti en su gran conspiracin
para levantar _piano piano_ islas  millares, cordilleras de islas, y
ms tarde todo un continente.

Y esto ocurra  su vista como en los primeros das de la Creacin. De
las profundidades submarinas, el fuego central hace brotar una cpula,
un cono, que entreabrindose, con su lava, constituye por algn tiempo
un crter circular. Mas, la fuerza volcnica se agota. Ese crter tibio
vese coronado de hielo animado, animal y polpero que, arrojando
constantemente de s un _mucus_, va elevando ese crculo hasta la baja
mar, no ms arriba, pues ms altos estaran en seco; ni tampoco ms
abajo, porque necesitan luz. Y si no tienen rgano especial de la
visualidad, la luz les penetra. El poderoso sol de los trpicos, que
atraviesa de parte  parte su pequeo ser transparente, tiene, al
parecer, sobre ellos la atraccin de un invencible magnetismo. Cuando
baja el mar y quedan al aire libre, permanecen abiertos como estaban y
beben la luz.

* * *

Dumont d'Urville, que con tanta frecuencia sola visitar sus islotes,
dice: Es un singular suplicio el ver de cerca la tranquilidad que reina
en esa concha interior, y debajo el agua, poco profunda, bancos
avanzados donde se pavonean los corales con toda seguridad cuando nos
rodea por todas partes la tempestad. Aquel mundo agradable es un
escollo; tocadlo y os estrellis. El transparente mar os muestra un
abismo  pico de cien brazas. No confiis en el ncora; no hay cable que
con el frotamiento no se use, acabando por romperse. La ansiedad es
extrema en las noches interminables en que la marejada austral os empuja
hacia esas cortantes cuchillas.

* * *

Y, sin embargo, los inocentes fabricadores de escollos tienen una
respuesta para las acusaciones que se les dirigen. Dicen: Concedednos
el tiempo requerido. Esos bordes, dulcificados paulatinamente, harnse
hospitalarios: dejadnos obrar. Los bancos, enlazados con los inmediatos
bancos, perdern sus terribles remolinos. Estamos fabricando un mundo
nuevo por si llega el caso de que el vuestro fenezca. Tal vez algn da
nos bendeciris si acontece un cataclismo; si, como afirma no sabemos
quin, el mar se derrama de uno al otro polo cada diez mil aos. Os
daris por muy contentos de encontrar estas islas australes que os
servirn de punto de refugio.

Preciso es confesarlo--aaden;--aunque por desgracia se perdiesen en
esto sitio algunas embarcaciones, nuestra obra es til, buena y
grandiosa. Nuestro improvisado mundo podra mostrarse con cierto
orgullo: sin mencionar sus esplndidos colores, que dejan muy atrs
cuanto existe en la tierra, sin hablar de los crculos graciosos, de
las curvas de nos placemos, tantos y tantos problemas obscuros que os
detienen, entre nosotros parecen haber sido resueltos. La distribucin
del trabajo, una encantadora variedad, en medio de una gran regularidad,
un orden geomtrico que, no obstante, obstenta toda la gracia de una
libertad naciente, encontrarase todo esto entre los hombres?

Nuestro incesante trabajo para aligerar el agua de sus sales crea las
magnficas corrientes que constituyen la vida, la salud. Nosotros somos
los espritus del mar, y le damos movimiento.

Verdad es que no se nos muestra ingrato, pues nos sustenta con
oportunidad, y con igual exactitud nos acaricia la clida luz, nos
engalana con sus ricos colores. Somos los mimados del Altsimo, sus
obreros favoritos, que nos ha sealado la tarea de bosquejar sus mundos.
Todos los segundones de ese globo que se presentan aqu, tienen
necesidad de nosotros. Nuestro amigo el cocotero, ese gigante que
inaugura la vida terrestre encima de nuestra isla, slo prospera merced
al polvo que le prestamos. En el fondo, la vida vegetal es un legado, un
don, una limosna de nuestras liberalidades. Rica por nosotros,
alimentar la creacin superior.

Mas, para qu sirven los otros animales? Somos un mundo completo,
armnico, y que es suficiente. El crculo de la Creacin podra cerrarse
con nosotros. Escoginos Dios para coronar su isla; sobre su antiguo
volcn de fuego ha creado un volcn de vida, mejor todava, el
descogimiento de ese paraso viviente. Ha obtenido lo que se propuso y
ahora descansa.

Todava no, todava no. Una creacin debe subir por encima de la
vuestra, cosa que vosotros no temis. Y ese rival no es la tempestad,
pues la desafiis; ni el agua dulce, ya que estis fabricando junto 
ella; ni tampoco es la tierra que paulatinamente ha ido invadiendo y
cubriendo vuestras construcciones. Esta nueva potencia, dnde est? En
vosotros mismos. El plipo no se resigna  quedarse plipo: existe en
vuestra repblica tal  cual ser inquieto que afirma que la perfeccin
de esa vida vegetativa no es vida, soando otra mejor: irse y navegar
solo, ver lo desconocido, el dilatado mundo, crearse, exponindose 
naufragar, algo que va  despuntar en l y permanece obscuro entre
vosotros:

El alma.




VI

Hija de los mares.


Los primeros meses del ao 1858 deslizronse para m en el agradable
pueblecillo de Hyres que mira de lejos al mar,  las islas y  la
pennsula que presta abrigo  su costa. A tal distancia, el mar atrae
ms poderosamente tal vez que si uno estuviese  bordo. Los senderos que
 l conducen convidan  recorrerlos, ya se dirija uno al lado de las
huertas por los setos de jazmines y mirtos, ya, subiendo un tanto, se
atraviesen los olivares y un bosquecillo sembrado de laurel y de pinos.
Sin embargo, los rboles no impiden que de vez en cuando se distingan
algunos rayos del mar. Ha sido llamado este sitio, y no sin razn, Costa
Bella. Pasebame por l en los mejores das de un invierno muy suave,
soliendo encontrar al paso una enferma interesantsima, joven princesa
extranjera venida de quinientas leguas de distancia, para prolongar
algunos das su desfalleciente vida. Aquella corta existencia se haba
deslizado triste y combatida por el infortunio; y apenas vislumbraba la
felicidad, se iba extinguiendo por momentos. La pobre se arrastraba
apoyada tiernamente en otro ser que viva de su vida y no contaba
sobrevivirla. Si los votos y las oraciones bastasen  prolongar la vida,
aquella joven no hubiese muerto; tena en su apoyo los de cuantos la
conocan, particularmente de los pobres. Empero la primavera lleg y con
ella el fin de sus das. Cierta maana de abril en que todo renaca,
vimos pasear an las dos sombras por aquel bosque plido, como un Elseo
de Virgilio.

Llegu al golfo embargado el nimo con tan tristes pensamientos. Entre
las speras rocas, las lagunas que dejaba el mar conservaban ciertos
animalillos demasiado lentos para seguirle. Veanse asimismo algunas
conchas encogidas y macilentas por haber quedado en seco: en medio de
ellas, sin cscara, sin abrigo, explayada, yaca la umbrela viviente
llamada con harta impropiedad _medusa_. Por qu haber dado tan
horroroso nombre  un ser tan encantador? Nunca haba fijado mi atencin
en aquellos nufragos que con frecuencia se encuentran en la playa. La 
que me refiero era pequea, del tamao de mi mano, pero bella en extremo
y de matices suaves y ligeros; su color blanco palo con un tinte
difano lila que formaba una corona. La brisa la haba volteado: su
coronilla de cabellos lilas flotaba por encima, y la delicada umbrela
(es decir su propio cuerpo), encontrndose debajo, se rozaba con la
roca. Muy magullada la pobre, herida, tena arrancada parte de su fina
cabellera, esto es, lo que constituye sus rganos de respiracin, de
absorcin y aun de procreacin. Y aquella masa informe reciba de plano
los rayos del sol provenzal, spero al despertar, y ms spero en
aquellos momentos  causa de la aridez del _mistral_ que no cesaba de
soplar. Doble suplicio que desgarraba  la transparente criatura.
Viviendo en una zona acariciada por el contacto del mar, la desdichada
umbrela no se reviste de una epidermis resistente, como nosotros,
animales terrestres; de suerte que recibe los golpes en lo vivo.

Cerca de su enjuta laguna haba otras lagunas repletas y que se
comunicaban con el mar: la salvacin estaba  dos pasos. Mas, para ella
que slo se mueve con el auxilio de sus ondulantes cabellos, esos dos
pasos eran una barrera infranqueable. Expuesta  los rayos de aquel sol
abrasador, era de creer que no tardara en quedar disuelta, absorbida,
evaporada.

Nada ms efmero, ms fugitivo que esas hijas de los mares. Las hay ms
flidas, por ejemplo, la tenue faja azur nombrada _cinturn de Venus_,
la cual apenas salida del agua se evapora y desaparece. Un poco ms
consistente la medusa, es ms dura en el morir.

Estaba la ma muerta  moribunda? Custame mucho trabajo creer en la
muerte; as, pues, sostuve que estaba viva. De todos modos poco costaba
sacarla de aquel suplicio y echarla  la laguna del lado. Si he de ser
franco, dir que experimentaba cierta repugnancia en tocarla. La
deliciosa criatura con su inocencia visible y el iris de sus suaves
colores asemejbase  un copo de nieve tiritante, resbaladizo y que se
escurre. Desechando, pues, toda repugnancia, deslic la mano por debajo
y levant cuidadosamente el cuerpo inmvil, del que cay la cabellera,
tomando la posicin natural que conserva cuando nada. En esta postura la
coloqu en la charca inmediata, donde se sumergi sin dar el ms pequeo
indicio de vida.

Hecho esto, comenc  pasear orillas del mar, mas, transcurridos diez
minutos, fu  ver mi medusa, la cual ondulaba  merced del viento,
movase y volva  ponerse  flote. Con una gracia peculiar, sus
cabellos, que la servan de nadaderas, alejbanla suavemente de la roca.
Verdad es que no adelantaba mucho en su camino, pero adelantaba, y al
poco rato vila bastante lejos.

* * *

Sin duda no hubiera tardado mucho en zozobrar por segunda vez, pues no
es posible navegar con medios ms dbiles y de una manera ms peligrosa
que lo hacen esos seres. Mucho temen la playa, donde hay tantos objetos
duros que las hieren, y en pleno mar  cada momento el viento las
voltea. En este caso, como sus cabellos-nadaderas permanecen encima,
flotan  la ventura, presa de los peces y con gran contento de las aves
marinas que se divierten arrancndolas de su elemento.

Durante toda una estacin pasada  orillas del Gironde, vealas,
empujadas fatalmente por el canalizo, ser arrojadas  la costa 
centenares, y secarse all mseramente. Estas eran grandes, blancas, muy
lindas al llegar, como araas de cristal con ricas girndulas, y en las
que los rayos del sol producan tan variados matices que brillaban cual
si fuesen pedreras. Ay! qu diferencia al cabo de dos das!
Afortunadamente que la arena se hunda y las enterraba.

Las pobres, sirven de pasto  todo el mundo, mientras que para s
propias no tienen otro alimento que la vida poco orgnica, vaga an, los
tomos flotantes del mar. Ellas los entorpecen, los eterizan, por
decirlo as, y los chupan sin hacerles sufrir. Carecen de dientes: no
estn armadas, ni tienen ninguna defensa. Slo algunas especies (y no
todas, dice Forbes), pueden, cuando se les ataca, secretar un licor
algo picante, como la ortiga. Sensacin tan dbil, por otro lado, que no
tuvo reparo Dicquemare en recibirlo en un ojo, sin que le produjese
malos resultados.

* * *

He aqu una criatura apenas garantida, que vive al acaso; y eso que es
superior. Tiene sentidos, y  juzgar por sus contracciones, una
susceptibilidad notable de sufrimiento. No se puede, cual acontece con
el plipo, dividirla impunemente: en este caso el plipo se dobla, mas
ella muere. Gelatinosa como aqul, parece un embrin, pero el embrin
salido demasiado aprisa del seno del mar comn, extrado de la base
slida, de la asociacin que constituy la seguridad del plipo, y
lanzado  la ventura.

* * *

Por qu ha emprendido la marcha? Imprudente! Cmo sin vela, remo ni
timn, se aventur  dejar el puerto? Cul es su punto de partida?

En 1750 Ellis vi surgir una medusita sobre un plipo, y en nuestros
das, varios observadores han visto y por lo tanto la cuestin est
juzgada, que es una forma de plipo, salida de la asociacin. La medusa,
hablando llanamente, es un plipo emancipado.

A qu sorprendernos? dice perfectamente el discreto M. Forbes, que ha
dedicado tantas vigilias  su estudio. Esto es slo un indicio de que 
tal grado el animal sigue an la ley vegetal. Del rbol, ser colectivo,
sale el individuo, el fruto que se desprende, cuyo fruto formar otro
rbol. Un peral es como una especie de plipo vegetal, en que la pera
(individuo libre) puede darnos otro peral.

Lo mismo (prosigue Forbes) que el tallo de una planta que iba  cubrirse
de hojas se detiene en su desarrollo, se contrae, convirtese en rgano
amoroso, esto es, en flor, el polpero, contrayendo algunos de sus
plipos, transformando sus estmagos contrados, hace la placenta, los
huevos de donde sale su flor movible, la tierna y graciosa medusa.
(_Ann. of the Nat. hist., t. 14, 387_)

* * *

Hubirase podido adivinarlo al ver su gracia indecisa, esa debilidad
desarmada que nada teme, que se embarca sin instrumentos nuticos,
demasiado confiarla en su propia existencia: es el primero y conmovedor
rayo de luz del alma nueva, salido, indefenso, de las seguridades de la
vida comn, probando tener vida propia, obrar y sufrir por su
cuenta--blando bosquejo de la Naturaleza libre,--embrin de la libertad.

Ser uno mismo, ser por s solo un mundito completo, gran tentacin para
todos! Seduccin universal! Bonita locura que constituye el esfuerzo y
el progreso todo del mundo! Mas, en sus primeros ensayos qu
injustificada parece! Dirase que la medusa ha sido creada para
zozobrar.

Cargada por encima, mal afirmada por debajo, est construida al revs de
la fisala, su parienta. Esta, slo mantiene fuera del agua un glbulo,
una vejiga insumergible, dejando arrastrar por el fondo sus prolongados
tentculos, extremadamente largos (veinte  ms pies), que la afirman,
barren el mar, entorpeciendo  los peces con sus golpes, de los que hace
presa. gil  indolente, hinchando su globo nacarado y matizado de azul
y prpura, arroja por medio de sus dilatados cabellos de un azur
siniestro, cierto veneno sutil que abate cuanto toca.

Aunque menos temibles, tampoco perecen los velelos, los cuales tienen la
forma de almada. Su pequeo organismo es algo slido; y saben navegar,
voltear al viento su vela oblicua. Las porpitas, que parecen una flor,
una margarita, tienen en su favor la ligereza, flotando an despus de
muertas. Otro tanto sucede con innumerables seres fantsticos y casi
areos, guirnaldas con campanillas de oro  guirnaldas de botones de
rosa (fisforo, estefanomia, etc.), cinturones azurados de Venus. Todos
estos seres andan y sobrenadan invenciblemente, no temiendo ms que  la
tierra; englfanse bogando en el Grande Ocano, y por enmaraado que
est, all encuentran su salvacin. Las porpitas y los velelos tienen
tan poco temor al Ocano que, pudiendo sobrenadar siempre que les
plazca, hacen esfuerzos para hundirse, y cuando se desencadena la
borrasca, escndense en las profundidades del mar.

No acontece lo mismo con la pobre medusa, que ha de resguardarse de la
playa al mismo tiempo que de la tempestad. Podra hacerse pesada 
voluntad y bajar, mas, le est prohibido el abismo; slo vive  la
superficie, en plena luz, rodeada de peligros. Ve, oye, y tiene muy
delicado el tacto, demasiado delicado por desdicha suya. No le es dado
guiarse por s misma: sus ms tenues rganos la sobrecargan y con
facilidad hcenla perder el equilibrio.

As, pues, nos dan tentaciones de creer que se arrepiente de un ensayo
de libertad tan peligroso y que echa de menos el estado inferior, la
seguridad de la vida comn. El polpero produjo la medusa, y sta hace
el polpero volviendo  la asociacin. Mas esa vida vegetativa es tan
engorrosa, que  la siguiente generacin vuelve  emanciparse y lnzase
otra vez al acaso de su intil navegacin. Extraa alternativa, en la
que flota eternamente. Movible, suea con el reposo; inerte, se desvive
por moverse.

* * *

Estas metamorfosis tan originales, que subsecuentemente elevan y rebajan
al ser indeciso, hacindolo alternar entre dos vidas tan distintas, es,
con toda verosimilitud, condicin de las especies inferiores, de las
medusas que todava no han podido penetrar en la carrera irrevocable de
la emancipacin. Por lo que toca  los dems, fcil sera creer que sus
deliciosas variedades marcan progresos interiores de vida, grados de
desarrollo, los juegos, las gracias y las sonrisas de la nueva libertad.
Esta, admirable artista, sobre el sencillo tema de disco  umbrela que
flota, cual tenue araa de cristal que relumbra  los rayos del sol, ha
formado una creacin infinita de lindas variantes, un diluvio de
pequeas maravillas.

Todas estas preciosidades, unas tras otras, flotando sobre el verde
espejo, adornadas de colores alegres y suaves, con una coquetera
infantil que slo ellas poseen, han preocupado  los hombres
cientficos, que para darles un nombre tuvieron que recurrir  las
reinas de la Historia y  las diosas de la Mitologa. Esta es la
ondulante Berenice cuya rica cabellera al arrastrarse por las ondas
constituye otra onda; aqulla la pequea Oritia, esposa de Eolo, que, al
soplo de su compaero, pasea su urna blanca y pura, incierta, apenas
afirmada por el delicado enredo de sus cabellos, que con frecuencia
enlaza por debajo; ms all, Dionea, la llorona, parece una copa de
alabastro que deja desbordar, en hilos cristalinos, esplndidas
lgrimas. De esta suerte he visto en Suiza esparcirse cascadas fatigadas
y perezosas, que, habiendo dado muchos rodeos, parecan rendidas de
sueo, de languidez.

* * *

En el grandioso cuadro de luminarias que despliega el mar en las noches
borrascosas, la medusa desempea un papel aparte. Sumida como tantos
otros seres en el fsforo elctrico de que estn penetrados todos, lo
devuelve  su modo con una gracia personal.

Cun sombra es la noche en el mar si no lo alumbra ese fsforo! Qu
vastas y temibles esas tinieblas! En tierra la sombra no es tan obscura;
se reconoce uno  la variedad de los objetos que toca  cuyas formas se
presienten y que aparecen como una seal. Mas, la dilatada noche
martima, una negrura infinita! Nada, siempre nada!... Mil peligros
posibles, desconocidos!

Se presiente todo esto si se vive en la playa, junto al mar, y ocasiona
no poca alegra cuando, cargado el aire de electricidad, se descubre 
lo lejos una tenue cinta de fuego. Qu significa aquello? Lo hemos
visto en nuestra propia casa al contemplar algunos peces muertos, por
ejemplo los arenques. Empero vivos en grandes masas, y en las enormes
estelas viscosas que dejan tras de s, an es ms luminoso. Ese brillo
no es de ningn modo privilegio de la muerte. Acaso ser efecto del
calor? No, existe en los dos polos, en los mares Antrticos y en los de
la Siberia as como en nuestros mares y en todos.

Es la electricidad comn que despiden en tiempo borracoso esas aguas
semi-vivientes, inocente y pacfico rayo de que son conductores
inocentes todos los seres marinos. Lo aspiran y espiran, restituyndolo
con largueza al morir. El mar lo da y vuelve  tomarlo. A lo largo de
las costas y de los estrechos, los estregones y remolinos le hacen
circular poderosamente. Cada ser toma una parte, ms  menos grande,
segn su naturaleza. Aqu, inmensas superficies de pacficos infusorios
forman una especie de mar lcteo, de suave y blanca luz, que, animndose
por momentos, se vuelve de un color azufrado encendido; all, conos de
luces van haciendo piruetas sobre s mismos  rodando en forma de balas
rojas. Prodcese un gran disco de fuego (pirosoma), que, empezando por
el color opalino, vulvese verde un instante, luego se irrita,
trocndose en rojo y naranjado para terminar en azur. Tales metamorfosis
tienen cierta regularidad que indicara una funcin natural, la
contraccin y dilatacin de un ser que atiza el fuego.

Sin embargo, serpientes inflamadas agtanse en el horizonte en una
grande extensin (en ocasiones veinticinco  treinta leguas). Los
bforos y las salpas, seres transparentes que atraviesan el mar y el
fsforo, dan ese espectculo serpentiforme. Sorprendente asociacin que
origina tan desenfrenadas danzas, y luego se separa. Una vez separados,
sus miembros libres producen otros pequeuelos asimismo libres, que  su
turno engendrarn repblicas danzantes, las cuales renovarn en el mar
aquella bacanal de fuego.

Grandes masas ms pacficas pasean sobre las ondas innumerables luces.
Los velelos iluminan al llegar la noche sus barquillas; las beroes se
ostentan triunfantes como llamas; empero ninguna luz tan esplndida como
la de nuestras medusas. Es slo puro efecto fsico, como el que hace
serpentear las salpas inyectadas de fuego? Es un acto de aspiracin,
como hacen presumir otros seres? O es nicamente capricho, como entre
tantas criaturillas que se divierten con las chispas de una vana 
inconstante alegra? No, las nobles y deliciosas medusas (tales como la
Ocenica coronada y la encantadora Dionea), parecen expresar graves
ideas. Debajo de ellas sus luminosos cabellos, semejantes  una sombra
lmpara de noche, lanzan misteriosos rayos de esmeralda y otros colores
que, relumbrando  palideciendo, revelan un sentimiento y cierto
misterio inexplicable. Dirase el espritu del abismo meditando sus
secretos; el alma que llega  la que algn da debe vivir. O acaso
debemos ver en ello el melanclico ensueo de un destino imposible que
nunca ha de alcanzar el trmino apetecido? O el llamamiento  la dicha
de amor, nico consuelo que en este mundo nos queda?

Sabido es que, en la tierra, ese fuego es para nuestras luciolas la
seal, la declaracin de la amante que se da  conocer, indica su morada
y se traiciona  s misma. Tiene igual sentido entre las medusas? Se
ignora. Lo positivo es que vierten juntas su llama y su vida. La savia
fecunda y virtud gensica de ellas, estn contenidas en esto, y  cada
destello se escapa y disminuye.

Si se desea el cruel entretenimiento de redoblar ese cuento de hadas, no
hay ms que exponerlas al calor. Entonces se exasperan, centellean y se
vuelven tan hermosas, tan hermosas... que todo concluye. Llama, amor y
vida acaban de evaporarse, todo desaparece  un tiempo.




VII

El picapedrero.


Cuando el bueno del doctor Livingstone penetr por entre las mseras
tribus del Africa que, trabajosamente, se defienden de los traficantes
en carne humana y de los leones, como las mujeres le viesen armado de
todas las artes protectoras de la Europa, invocndole, no sin justicia,
como una providencia amiga, decanle esta conmovedora frase:
Procuradnos el sueo!

Esta es la splica que todo ser vivo, cada uno en su lengua, dirige  la
madre Naturaleza. Del primero al ltimo desean y suean con la
seguridad; y esto no ofrece ningn gnero de duda al ver los ingeniosos
esfuerzos que todos hacen por obtenerla. Dichos esfuerzos han creado las
artes, no habiendo inventado ni una sola el hombre sin apercibirse de
que los animales habanla inventado antes que l, inspirados por el
instinto, tan grande y notable, que poseen de salvacin.

Sufren, estn atemorizados y quieren vivir. No es dado creer que los
seres poco avanzados, embrionarios, sean casi sensibles: muy al
contrario. En todo embrin, lo primero bosquejado es el sistema
nervioso, es decir, la capacidad de percepcin y de sufrimiento. El
dolor es el aguijn por medio del cual se estimula poco  poco la
previsin, empujando, forzando al ser  ingeniarse. El placer tambin
sirve para el caso, y notislo ya en los que se supondran ms fros.
Precisamente hase observado en el caracol la sensacin que experimenta,
despus de penosas investigaciones de amor, al encontrarse con el objeto
amado. Macho y hembra, con una gracia conmovedora, ondulando sus
pescuezos de cisne, se prodigan mutuas caricias. Y quin afirma esto?
El severo, el muy verdico Blainville. (_Moll., p. 181_).

Mas, ay! cun ampliamente se prodiga el dolor! Quin no ha visto con
tristeza los lentos y penosos esfuerzos del molusco sin concha que se
arrastra sobre el estmago? Chocante, pero fiel imagen del feto que una
cruel casualidad hubiese arrancado del vientre de la madre y arrojado
por los suelos indefenso y desnudo. La triste bestiezuela condensa su
piel tanto como puede, dulcifica las asperezas y da suavidad al camino
que recorre. No importa. Es preciso que experimente uno tras otro todos
los obstculos, los choques, las puntas aceradas de los guijarros;
convengo en que est endurecida, resignada, mas, con todo,  su
contacto, se retuerce, se contrae, dando seales de una gran
sensibilidad.

A pesar de todo, la grande Alma de armona, que es la unidad del mundo,
ama; ama, y por la alternativa de placer y dolor cultiva todos los seres
y les obliga  subir.

Empero para subir, para pasar  un grado superior, preciso es que hayan
apurado cuantas pruebas, ms  menos penosas, contiene el inferior,
todos los estimulantes de inventiva y arte de instinto. Y aun es preciso
que hayan exagerado su genio y hayan hallado el exceso que, por
contraste, hace sentir la necesidad de un gnero opuesto. As se
constituye el progreso por una como oscilacin entre las cualidades
contrarias que, sucesivamente, se desprenden y se encarnan en la vida.

Traduzcamos esas cosas divinas al lenguaje humano, familiar, indigno de
su grandeza, mas por el cual sern conocidas:

Habindose complacido la Naturaleza por mucho tiempo en hacer y deshacer
la medusa, en variar hasta lo infinito ese tema gracioso de la libertad
naciente, cierta maana, golpendose la frente, se dijo: He hecho una
cabeza. Esto es delicioso, mas olvid asegurar la vida de la pobre
criatura, y tan slo podr subsistir por lo infinito de su nmero, por
el exceso de su fecundidad. Ahora me hace falta un ser ms prudente y
resguardado. Si es preciso, que sea tmido; empero, sobre todo (lo
quiero), que viva!

Desde el momento que aparecieron esos tmidos, se echaron en brazos de
la prudencia hasta un lmite desconocido; huyeron de la luz del da,
encerrronse. Para librarse de los contactos duros, secos, cortantes de
la piedra, emplearon el sistema universal, la muda, secretando de su
muda gelatinosa un envoltorio, un tubo que va dilatndose  la par que
se dilata su carrera. Msero expediente que mantiene  esos menores (los
taretos) alejados de la luz y del aire libre, causndoles un dispendio
enorme de sustancia. Cada paso que dan les cuesta lo que no es decible,
el gasto entero de una casa. Un ser que de tal suerte se arruina para
vivir, slo puede vegetar, y es incapaz de progreso.

No es mucho mejor el recurso de amortajarse un momento, esconderse en la
arena durante la baja mar, remontando cuando se presenta el flujo. Es lo
que practican los solenos. Vida variable, incierta, fugitiva dos veces
al da y de constante inquietud.

Entre seres mucho ms inferiores haba empezado  despuntar cierta cosa,
obscura todava, y que  la larga deba cambiar la faz del Universo. Las
simples estrellas marinas, en sus cinco rayos tenan cierto
sustentculo, algo como una armazn de piezas articuladas, algunas
espinas por afuera, chupaderas que adelantan y retroceden  voluntad. Un
animal asaz modesto, aunque tmido y serio, hase aprovechado, al parecer
de tan grosero bosquejo. Opino que ha hablado de esta suerte  la
Naturaleza:

Nac sin ambicin: no pido, pues, los brillantes dones de los seores
moluscos; no fabricar ni ncar ni perla; no quiero colores vivos, lujo
que atraera sobre m las miradas de los dems. Menos deseo la gracia de
vuestras casquivanas medusas, ni el ondulante encanto de sus cabellos
inflamados que atraen, las crean enemigos y las ayudan  naufragar. Oh
madre! slo deseo una cosa, ser... ser uno, y sin apndices externos y
comprometedores--ser rechoncho, fuerte en m mismo, redondo, pues es la
forma ms  propsito para podernos librar de las garras de los
dems,--el ser, en fin, centralizado.

Apenas poseo el instinto de los viajes. De la plea  la baja mar,
bastante hacemos con ir rodando. Pegado estrictamente en mi roca,
resolver all el problema que vuestro futuro favorito, el hombre, debe
buscar en vano, el problema de la seguridad: _excluir estrictamente el
enemigo, al paso que recibimos al amigo_, sobre todo el agua, el aire y
la luz. No ignoro que esto me costar no poco trabajo, un esfuerzo
constante; cubierto de espinas movibles, me har temer. Erizado, solo
como un misntropo, llamarseme el _esquino_.

Cuan superior  los plipos es ese discreto animal, los cuales pegados
en su propia piedra que forman de pura secrecin, sin trabajo real,
carecen, no obstante, de seguridad! Y cun superior parece  sus mismos
superiores, esto es,  tantos y tantos moluscos cuyos sentidos son ms
variados, empero carecen de la fija unidad de su bosquejo vertebral, de
su perseverante trabajo, y de las ingeniosas herramientas que dicho
trabajo ha inventado!

Lo maravilloso es que, siendo  la vez l mismo, la pobre bola rodadera
que se supone una castaa espinosa, _es uno y es mltiple; es fijo y es
movible_; constando de dos mil cuatrocientas piezas que se desmontan 
voluntad.

Veamos cmo se cre.

Erase un angosto ancn del mar de Bretaa. No tena all un blando lecho
de plipos y de algas como los esquinos del mar de las Indias, que estn
dispensados de industria. Encontrbase frente  frente del peligro, de
las dificultades, como el Ulises de la Odisea, el cual, arrojado, trado
por el oleaje, prueba de agarrarse  las rocas con sus uas
ensangrentadas. Cada flujo y reflujo era para el pequeo Ulises sinnimo
de una gran borrasca; mas, su fuerza de voluntad, su poderoso deseo le
hizo besar de tal suerte la roca, que ese continuado beso cre una
ventosa, la cual hizo el vaco y lo uni  la roca misma.

La cosa no par aqu: de sus espinas que escarbaban y queran agarrarse,
se subdividi una, convirtindose en triple pinza, verdadera ncora de
salvacin que secundara  la ventosa si sta se aplicaba mal  una
superficie poco lisa.

Cuando hubo pellizcado, aspirado poderosamente su roca, sintise
afirmado, comprendiendo ms y ms cada vez, que era ventajossimo para
l si, de convexa que aqulla era, llegaba  trocarla en cncava,
fabricando  su medida un agujerito, hacindose un nido, pues la
juventud pasa y nos abandonan las fuerzas. Qu dulzura si algn da el
jubilado esquino poda desprenderse un tanto del esfuerzo de aquella
ncora que prosigue da y noche!

As pues, empez  cavar: sta es su existencia. Fabricado de piezas
sueltas, obra por medio de cinco espinas que, empujando siempre  un
tiempo, se soldaron y constituyeron un pico admirable para horadar.

Este pico, con cinco dientes del ms precioso esmalte, est sostenido
por una armazn delicada, aunque muy slida, formada de cuarenta piezas,
las cuales se deslizan por una especie de vaina, salen, penetran; en
fin, su mecanismo es perfecto. Por medio de esa elasticidad evitan los
choques violentos; ms an, repranse si sobreviene algn accidente.

Ese hroe del trabajo, raras veces esculpe en la piedra comn que
desprecia, sino en la roca, en el granito; y cuanto ms dura y
resistente es la roca, ms firme se halla. Por otra parte, quin le
apura? El tiempo le sobra, es dueo de los siglos. Si maana fenece,
despus de usar su vida y su herramienta, otro ocupa su lugar, y
prosigue la obra comenzada. Esos solitarios se comunican muy poco en
vida, empero existe la fraternidad para ellos por la muerte, y el joven
que sobreviene y encuentra la obra medio acabada, goza de las fatigas de
su antecesor bendiciendo su memoria.

No creis que se trate de golpear y slo golpear. Su trabajo es un arte.
Cuando ha atacado suficientemente el cimiento que une la roca y
excavndola bien, muerde sus asperezas como con unas tenacillas, y
desarraiga el slex. Obra de mucha paciencia, que implica dilatadas
huelgas para que el agua obre tambin en los sitios descarnados.
Entonces, de la primera capa puede pasarse  la segunda, y por medio de
procedimientos lentos y seguros, terminar la tarea.

En esa vida uniforme hay, sin embargo, las mismas crisis que en la del
obrero. El mar huye de ciertas playas; en el verano, tal  cual roca se
caldea de un modo insoportable. Es preciso, pues, tener dos casas, una
de esto y otra de invierno.

Grande acontecimiento semejante mudanza para ser sin pies y que ostenta
pas por doquiera. M. Caillaud halo observado y admirado en tales
momentos. Las dbiles y movibles varillas que juegan, se adelantan y
retroceden, no son insensibles, aunque garantice hasta cierto punto la
secrecin  su derredor de una cantidad de blanda gelatina que, sin
duda, constituye un colchn. Por fin, es preciso; se lanza, se afirma
sobre sus pas, como sobre otras tantas muletas, rueda su tonel de
Digenes y, como puede, llega  puerto.

Encerrado all de nuevo y en su cscara erizada, en el pequeo nido que
casi siempre encuentra empezado, concntrase en s mismo, en su regocijo
solitario de seguridad benfica. Que ronden mil enemigos por afuera, que
las olas truenen  mujan, todo esto le sirve de recreo. Si tiembla la
roca  los embates del mar, sabe perfectamente que nada tiene que temer,
que la que causa aquel ruido es su bondadosa nodriza. Encuntrase
mecido, le vence el sueo y dcela: _Buenas noches_.




VIII

Conchas, ncar, perla.


El esquino ha asentado el lmite del genio defensivo. Su coraza,  si se
quiere, su fortaleza de piezas movibles, retrctiles y reparables en
caso de accidente, esa fortaleza, aplicada y anclada invenciblemente 
la roca, y ms an  la roca socavada que forma como un muro, de suerte
que el enemigo no encuentre punto vulnerable para volar la ciudadela, es
un sistema completo imposible de sobrepujar. No hay concha que pueda
comparrsele, y mucho menos las obras de la humana industria.

Es el esquino la _ltima palabra_ de los seres circulares y radiantes:
l representa su triunfo, su ms completo desarrollo. Pocas variantes
tiene el crculo; es la forma absoluta. En el globo del esquino, tan
sencillo  la par que complicado, alcanza una perfeccin que termina el
primer mundo.

La belleza del mundo que sigue ser la armona de las formas dobles, su
equilibrio, la gracia de su oscilacin. De los moluscos al hombre, todo
ser est formado de dos mitades asociadas. En cada animal se encuentra
(mejor que la unidad) la _unin_.

La obra maestra del esquino fu ms all del objeto propuesto: el
milagro de la defensa haba hecho un prisionero; no tan slo se encerr,
sino que se amortaj, abrise una sepultura. Su perfeccin de
aislamiento habalo secuestrado, pero aparte, privado de toda relacin
que inicia el progreso.

Para que el progreso se haga por ascenso regular, preciso es descender
mucho, hasta el embrin elemental, que al principio no tendr ms
movimiento que el de los elementos. El nuevo ser es el siervo del
planeta, hasta el punto de que dentro de su huevo da vueltas como la
tierra, describiendo su doble rueda, su rotacin sobre s mismo y su
rotacin general.

Y aun emancipado del huevo, creciendo, hacindose adulto, permanecer
embrin; es su nombre, _muelle  molusco_. Representar en vago bosquejo
el progreso de las vidas superiores: ser su feto, la larva  ninfa,
como la del insecto, en el cual, encogidos  invisibles, se encuentran,
sin embargo, los rganos del ser alado en que se ha de metamorfosear.

* * *

Estoy temblando por un ser tan dbil. El plipo, aunque tan blando como
l, no obstante arriesgaba menos. Teniendo la misma vida en todas sus
partes, la herida, la mutilacin, no le mataban: viva y aun parece
olvidaba la porcin destruida. La vulnerabilidad del molusco
centralizado es otra cosa. Qu puerta se abre  la muerte!

El incierto movimiento propio de la medusa y que en ocasiones
casualmente poda ser su salvacin, apenas lo tiene el molusco,  lo
menos al principio. Lo nico que se le concede es poder con su muda, con
la gelatina que trasuda, constituirse dos muros que reemplazan la coraza
del esquino y la roca donde se pega. El molusco tiene la ventaja de
sacar de s propio su defensa. Dos valvas forman una casa; casa ligera
y frgil: los que flotan la llevan transparente. A aqullos que quieren
pegarse el _mucus_ hilante, pegajizo, proporciona un cable de anclaje
que se nombra su biso, el cual se forma, precisamente, como la seda, de
un elemento gelatinoso al principio. La gigantesca tridaena (acetre de
los templos) se amarra tan fuertemente por medio de ese cable, que
engaa  las madrporas, quienes la toman por una isla, edifican encima,
envulvenla y acaban por asfixiarla.

Vida pasiva, vida inmvil, no alterndola ms suceso que la visita
peridica del sol y de la luz, ni tiene otra accin que absorber lo que
llega y secretar la gelatina que fabric la casa y paulatinamente
construir el resto. La atraccin de la luz siempre en un mismo sentido
centraliza la vista: he aqu el ojo. La secrecin, fija en un esfuerzo
siempre uniforme, hace un apndice, un rgano que ha poco era el cable,
y ms tarde convirtese en pie, masa informe, inarticulada, que puede
presentarse  todos los usos. Son las nadaderas de los que flotan, el
punzn de los que se esconden y quieren hundirse en la arena, por ltimo
el pie de los trepadores, un pie contrctil poco  poco, que les permite
arrastrarse. Algunos, se aventurarn  blandirlo como un arco para
saltar torpemente.

Pobre rebao, muy expuesto, perseguido por todas las tribus, flagelado
por las olas y molido por las rocas. Los que no consiguen fabricarse una
casa buscan por frgil cabaa un lecho vivo, pidiendo abrigo  los
plipos, perdindose entre la blandura de los alciones flotantes. La
avcula productora de la perla busca algn reposo en la copa de las
esponjas; la frgil ostra pena slo se aventura entre la hierba
cenagosa; el folado anida en la piedra, vuelve  empezar las artes del
esquino, mas en qu grado tan inferior! En vez del admirable cincel que
envidiara el ms hbil picapedrero, slo posee una escofinita, y para
abrir una morada  su frgil concha gasta esta misma concha.

Con muy raras excepciones, el molusco es el ser tmido que sabe sirve de
pasto  todo el mundo. El conoce tan bien que se le acecha, que no se
atreve  salir de su morada, y muere all temeroso de la muerte: la
voluta, la porcelana, arrastran lentamente sus lindas habitaciones,
escondindolas cuanto pueden; el casco slo posee para mover su palacio
un piecico chinesco, de suerte que casi renuncia  andar.

Tal vida tal habitacin. En ningn otro gnero encuntrase identidad
entre el habitante y su nido; mas siendo aqu extrado de su substancia,
el edificio es la continuacin de su manto de carne, cuyas formas y
tintas adapta. Debajo del edificio, el arquitecto es por s propio la
piedra viva.

Arte asaz sencillo para los sedentarios. La ostra inerte, que el mar se
cuidar de sustentar, slo desea una buena caja para carne, que se
entreabra un poco cuando el anacoreta necesita comer, la cual cierra
bruscamente si teme ser  su vez pasto de algn vido vecino.

El asunto es ms complicado para el molusco viajante, que dice para s:
Tengo un pie, un rgano para andar; por lo tanto andar debo. Mas, no
puede abandonar su preciada casita y recogerse en ella  voluntad,
sindole de absoluta necesidad cuando anda. Entonces se ver atacado.
Preciso es, pues, que abrigue  lo menos la parte ms delicada de su
ser, el rbol por donde respira y que extrae la vida por medio de sus
raicitas, sustentndolo y reparando sus fuerzas. La cabeza no tiene
tanta importancia, muchos la pierden impunemente; mas, si las visceras
no estuviesen protegidas de continuo por su escudo natural, si fuesen
heridas, el molusco morira.

De modo que, prudente, acorazado, trata de prolongar su existencia
cuanto puede. Terminado su trabajo diurno, estar seguro de noche en un
sitio abierto por todos lados? Los indiscretos no fijarn en l su
mirada escudriadora? Quin sabe! Tal vez hinquen el diente en sus
carnes... El ermitao reflexiona y emplea toda su industria para que as
no suceda; mas, slo puede valerse de su pie, til para todo. De ese
pie, con el que intenta cerrar la entrada de su casa, se despliega  lo
largo un apndice resistente que hace las veces de puerta. Colcalo en
la abertura y helo ah encerrado dentro de su morada.

Con todo, la dificultad permanente, la contradiccin que se observa en
su naturaleza es, que al paso que debe quedar resguardado necesita estar
en relacin con el mundo exterior, pues no puede aislarse como el
esquino. Sus educadores, el aire y la luz, son los nicos capaces de dar
consistencia  un cuerpo tan blando, ayudarle en la formacin de los
rganos; empero necesita adquirir sentidos, el odo, el olor, gua para
el ciego, la vista, y, sobre todo, necesita respirar.

Grande  imperiossima funcin! Nadie se acuerda de ella cuando se
practica con facilidad; mas, si se detiene un instante, qu terrible
desorden! Si nuestro pulmn se infarta, si la laringe se embaraza tan
slo en el transcurso de una noche, la agitacin, las angustias son
extremas, no pueden soportarse, soliendo acontecer que, sin cuidarnos
del peligro  que nos exponemos, mandamos abrir todas las ventanas de
nuestra casa. Nadie ignora que en las personas asmticas es tan grande
ese tormento, que no pudiendo valerse del rgano natural, se crean un
medio suplementario de respiracin.--Aire!, aire!,  la muerte!

La Naturaleza as hostigada es terriblemente inventora; por lo tanto, no
debe sorprendernos si aquellos pobres encarcelados, ahogndose bajo el
techo de su casita han hallado mil aparejos, mil gneros de vlvulas que
les alivian un tanto. Los unos respiran por unas laminillas que corren
alrededor de su pie, otros por una especie de peine: los hay que por un
disco, un broquel; otros por hilitos prolongados. Algunos poseen al
costado lindos penachos  sobre el lomo un gracioso arbolillo que se
mueve, adelanta, retrocede, respira.

Tan sensibles rganos y que tanto esmero ponen en no ser heridos,
afectan formas encantadoras; dirase que quieren agradar, enternecer, y
piden perdn. En su inocencia desempean todos los papeles de la
Naturaleza y toman mil variadas formas y colores. Esos pequeos hijos
del mar, los moluscos, festjanlo eternamente y son su adorno merced 
su gracia infantil y  su riqueza de matices. En medio de su austeridad,
el terrible elemento no puede menos de sonreirse al contemplar sus
gracias naturales.

Adems, la vida tmida est llena de melancola. No es dado creer que no
sufra la hermosa entre las hermosas, el hada de los mares (halitido),
con su severa reclusin. Posee el pie para arrastrarse, mas, no se
atreve. Quin te lo impide?--Tengo miedo... el cangrejo me acecha; si
me entreabro, se cuela en mi morada. Un mundo de peces voraces flota
sobre mi cabeza; el hombre, mi cruel admirador, me da el castigo  que
me ha hecho acreedora mi belleza. Perseguida en los mares de la India,
hasta en las aguas del polo, he sentado mis reales en California, y se
me exporta  toneladas.

No atrevindose  salir la infortunada, ha encontrado un medio sutil
para que llegue hasta ella el aire y el agua. Fabrica en su casa
pequesimas ventanas que conducen  sus pulmoncitos. No obstante, el
hambre oblgala  aventurarse: al anochecer se encarama un poco por la
vecindad y pasta alguna planta, su nico sustento.

* * *

Observaremos como de paso que esas maravillosas conchas, no slo el
halitodo, sino tambin la _viuda_ (blanca y negra), _boca de oro_
(ncar dorado), son pobres herbvoras muy sobrias en el comer.--Viva
refutacin de los que en el da creen ser la belleza hija de la muerte,
de la sangre, del asesinato, de una brutal acumulacin de sustancia.

Esas conchas necesitan muy poca cosa para vivir. Su principal alimento
consiste en la luz que beben, que las penetra y con la que colorean 
irisan el interior de su vivienda, escondiendo asimismo el amor
solitario en aquella mansin. Todas son dobles: en cada una de ellas hay
amada y amante. As como los palacios orientales slo presentan en el
exterior muros descarnados, disimulando sus maravillas internas, aqu lo
de afuera es rudo y el interior deslumbra. El himeneo se produce al
resplandor de un pequeo mar de ncar que, multiplicando sus espejos, da
 la habitacin, cerrada y todo, el encanto de un crepsculo hechicero y
misterioso.

Gran consuelo es poseer, si no el sol,  lo menos una luna propia, un
paraso de suaves matices, que, cambiando siempre sin cambiar, da  esa
vida inmvil la poca variedad que necesitan todos los seres.

Los nios empleados en las minas piden  los curiosos que las visitan,
no vveres ni dinero, sino algo con que producir la luz. Otro tanto
acontece con esos nios, nuestros alitidos. Diariamente, aunque ciegos,
sienten venir la luz, brense con avidez, recbenla, contmplanla con
su cuerpo transparente, y cuando ha desaparecido, la conservan y la
cobijan con su amoroso pensamiento. La aguardan, la acechan,
constituyendo esa espera una de sus ms inefables delicias. Quin es
capaz de dudar que  su vuelta no sientan como nosotros el arrobamiento
del despertar, y con ms fuerza, distrados como estamos por la vida,
tan mltiple y variada?

Para aquellos seres, la eternidad transcurre en sentir y adivinar, en
soar y echar de menos al gran amante: el Sol. Sin verlo como nosotros,
no dejan de notar que ese calor, esa gloria luminosa les viene de
afuera, de un gran centro poderoso y suave. Y los pobres aman ese otro
Yo, ese gran Yo que les acaricia, les ilumina de gozo, inndales de
vida. No cabe duda que si pudieran se ostentaran  la luz de sus rayos.
Siquiera, pegados  su mansin, como brahman meditando  la puerta de la
pagoda, ofrcenle silenciosamente... qu? la felicidad que da, y ese
suave movimiento hacia l.--Flor primera del culto instintivo. Amar y
orar es pronunciar la palabrita que un santo preferira  cualquiera
otra oracin, el Oh! con que se contenta el cielo. Cuando el indio
pronnciale al despuntar la aurora, sabe que ese mundo inocente, ncar,
perlas, humildes conchas, hace coro con l desde el fondo de los mares.

* * *

Comprendo perfectamente que en presencia de la perla, el alma ignorante
y encantadora de la mujer, suee y se conmueva sin saber por qu. Dicha
perla no es ni persona ni cosa: hay en ella todo un mundo de conjeturas.

Qu blancura tan admirable! (candor quise decir); virginal? No: mucho
mejor que eso. Las vrgenes y las nias, por dulces que sean, tienen
poco ms  menos lo que podemos llamar el _verdor de la juventud_,
mientras que el candor de nuestra perla asemjase ms bien al de la
inocente desposada, tan pura, aunque sumisa al amor.

No tiene la menor ambicin de brillar, suavizando, y apagando casi sus
matices. A primera vista no se observa ms que un blanco mate, y slo al
contemplarla de nuevo se empieza  descubrir su iris misterioso, y, como
se dice, _su oriente_.

Dnde vivi? Preguntdselo al profundo Ocano. De qu vivi? Que
responda el Sol. Vivi de luz y de amor de la luz, cual si hubiese sido
un espritu puro.

Gran misterio! Mas, ella misma bastante lo da  comprender. Presintese
que tan caro ser ha vivido largo tiempo inmvil, resignado, en la
quietud que hace _esperar_, _esperando_, y nada hace ni quiere sino lo
que apetece el ser amado.

El hijo del mar haba puesto toda su dicha en la concha, sta en el
ncar, el ncar en su perla, que no es otra cosa que el mismo ncar
concentrado.

Empero esa concentracin slo se alcanza (dcese) por medio de una
herida, de un sufrimiento permanente, de un dolor cuasi eterno, que
atrae, absorbe todo el ser, aniquila su vida vulgar en esa poesa
divina.

* * *

He odo decir que las verdaderas damas de Oriente y del Norte, mucho ms
delicadas que las palurdas cubiertas de riquezas, evitaban el contacto
abrasador del diamante, no permitiendo que tocara su fino cutis ms que
la suave perla.

Realmente, el brillo del diamante perjudica al resplandor del amor. Un
collar, dos brazaletes de perlas, es la armona de una mujer,[1] el
verdadero adorno femenino, que en vez de divertir, conmueve, enternece 
la ternura. Ello dice: Amemos! Silencio!

La perla parece enamorada de la mujer y sta de aqulla. Las citadas
damas del Norte, cuando se las han puesto una vez ya no las abandonan,
llevndolas da y noche escondidas bajo sus ropas. En ocasiones
solemnes,  travs de las ricas pieles forradas de raso blanco, se
transparenta la joya afortunada, el inseparable collar.

Es como la tnica de seda que la odalisca viste interiormente y  la que
tiene tanto apego, no dejndola hasta que est usada, rota y
completamente fuera de combate, sabiendo como sabe que es un talismn,
el aguijn infatigable del amor.

Otro tanto acontece con la perla: como la seda, se impregna de lo ms
ntimo y bebe la vida. Una fuerza desconocida transmtese  ella, la
virtud de la amada. Cuando ha reposado tantas noches sobre su seno,
respirando su calor; cuando ha adquirido el aroma de su piel y los
blondos tintes que hacen delirar el corazn, la joya ya no es joya, sino
una parte integrante de la persona que no debe contemplarla con ojos
indiferentes. Slo un ser tiene derecho  conocerla y sorprender 
travs de aquel collar los misterios de la mujer querida.




IX

El ladrn de los mares (pulpo, etc.)


Las medusas y los moluscos han sido, por lo general, inocentes
criaturas, podramos decir muchachos, y yo he vivido con ellos en un
mundo apacible. Hasta ahora hemos visto pocos carnvoros. Aun aqullos
obligados  vivir as, slo destruan para sus imprescindibles
necesidades, y la mayor parte vivan  expensas de la vida apenas
comenzada, de tomos, de jalea animal, inorgnica. Por lo tanto no se
conoca el dolor; no haba crueldad ni clera en ellos. Sus almitas tan
suaves, no dejaban de tener un rayo, la aspiracin hacia la luz, hacia
la que nos llegaba del cielo y hacia la del amor, revelada en llama
cambiante que de noche es el encanto de los mares.

Ahora tengo necesidad de penetrar en un mundo mucho ms sombro: la
guerra, el asesinato. Debo confesar que, desde el principio, desde la
aparicin de la vida, apareci la muerte violenta, depuracin rpida,
til purificacin, pero cruel, de cuanto languideca, se arrastraba 
hubiera languidecido, de la creacin lenta y dbil, cuya fecundidad
habra llenado el globo.

En los terrenos ms antiguos se encuentran dos animales homicidas, el
_Tragn_ y el _Chupador_. El primero se nos revela por medio de la
huella del trilobito, especie que se ha perdido, destructor extinto de
los seres extintos tambin. El segundo subsiste en un resto horroroso,
un pico casi de dos pies de longitud que fu el del gran chupador, sepia
 pulpo (Dujardin). A juzgar por el pico, si el monstruo guardaba
proporcin con l, debi tener un tronco enorme, brazos-chupones
espantosos, tal vez de veinte  treinta pies de largo, como una
prodigiosa araa.

Cosa trgica! Esos seres de la muerte son los primeros que se hallan en
el centro de la tierra. Indicara esto que la muerte haya podido
preceder  la vida? No, mas los animales blandos que alimentaron 
aqullos se han evaporado sin dejar traza ni huella alguna.

Los comedores y los comidos eran, acaso, dos naciones de origen
distinto? Lo contrario es lo ms probable. Del molusco, forma indecisa,
materia apta an para todo, la fuerza superabundante del joven, su rica
pltora, prodigando la alimentacin, debi en un principio, desprender
dos formas contrarias en la apariencia, pero que llevaban un mismo fin.
Hinch, sopl desmesuradamente el molusco en un globo, en una vejiga
absorbente, que, hinchado ms y ms y cada vez ms hambriento (aunque
sin dientes al principio), chup. Por otro lado, la misma fuerza,
desarrollando el molusco en miembros articulados, que cada uno de ellos
fabric su concha, endureciendo ese ser encostrado, le di consistencia,
sobre todo en las pinzas y en las mandbulas, para morder y triturar los
objetos ms duros.

En este captulo slo hablaremos del primero.

El chupador del mundo blando, gelatinoso, lo es l mismo. Haciendo la
guerra  los moluscos, mantinese tambin molusco, es decir,
constantemente embrionario y ofrece el extrao aspecto, ridculo y
caricaturesco, s no fuera terrible, del embrin que va  la guerra de
un feto cruel, furioso, blando, transparente pero delicado y cuyo soplo
es mortal. No slo pelea por su alimento, sino porque tiene necesidad de
destruir: una vez saciado, y harto hasta reventar, todava destruye.
Aunque carece de armadura defensiva, no por eso es menos inquieto bajo
su resoplido amenazador; su seguridad consiste en atacar. Todo ser se
convierte para l en enemigo, lanzndole al acaso sus largos brazos,
mejor dicho, sus ltigos armados de ventosas. Arrjale tambin antes de
entablar la lucha, sus efluvios paralizadores, entorpecedores, un
magnetismo que hace innecesario el combate.

Su fuerza es doble. Al poder mecnico de sus brazos-ventosas que
enlazan, inmovilizan, aadid la fuerza mgica de ese rayo misterioso;
aadid un odo muy fino y el ojo avizor. Miedo cerval se apodera de
nosotros al pensar en l.

Qu eran esos monstruos de corteza elstica y que tanto daba de s
cuando la riqueza desbordante del mundo primitivo, donde no deban
cuidarse de buscar nada, sumidos como estaban siempre en un mar vivo de
alimentos, los hinchaban indefinidamente? De entonces ac han decrecido.
Sin embargo, Rang atestigua haber visto uno del tamao de un tonel, y
Pern encontr otro de iguales dimensiones en el mar del Sur, que
rodaba, roncaba, entre el oleaje con grande estrpito. Sus brazos, de
seis  siete pies de longitud, se desplegaban en todas direcciones,
simulando una furiosa pantomima de horribles serpientes.

Atenindonos  esos relatos de hombres dignos de crdito, me parece que
no ha debido rechazarse con irrisin el de Dionisio de Monforte, que
atestigua haber visto un enorme pulpo azotar con sus ltigos elctricos,
estrujar, asfixiar  un dogo  pesar de los mordscos con que ste se
defenda, de sus esfuerzos, de sus aullidos de dolor.

El pulpo, mquina terrible, puede, lo mismo que la de vapor, cargarse,
sobrecargarse de fuerza, adquiriendo entonces una potencia incalculable
de elasticidad, un arranque impetuoso, hasta el punto de lanzarse sobre
un buque (d'Orbigny, artculo _Cphal_). Con esto queda explicada la
maravilla que vali el dictado de embusteros  los antiguos navegantes.
Segn stos, habanse encontrado con un pulpo gigantesco que,
arrojndose sobre el combs, abraz con sus prodigiosos brazos los
mstiles y el cordaje,  hiciera presa de la embarcacin devorando 
cuantos la tripulaban, si stos no hubiesen cercenado aquellos miembros
 hachazos. Mutilado, volvi  caer al mar.

No falt entre ellos quien le viera brazos de sesenta pies de largo.
Otros sostenan haber divisado en los mares del Norte una isla movible
de media legua de ruedo, que sera un pulpo, el espantoso kraken, el
monstruo de los monstruos, capaz de envolver y tragarse una ballena de
cien pies de longitud.

Esos monstruos, caso que hayan existido, habran puesto en peligro  la
Naturaleza misma, chupndose el globo. Empero, por una parte, las aves
gigantes (tal vez el _epiornis_) pudieron hacerles la guerra, y por otra
la tierra, mejor regulada, debi debilitar, deshinchar la horrenda
quimera reduciendo al gigante comestible, disminuyendo la alimentacin.

A Dios gracias, los pulpos de nuestros das no son tan temibles. Sus
elegantes especies, tales como el argonauta, gracioso nadador en su
ondulada concha, el calamar, buen navegante, la linda sepia de ojos de
azur, se pasean por el Ocano y slo atacan  los seres ms pequeos.

En ellos se transparenta una idea, una sombra del futuro aparato
vertebral (el hueso de sepia que se concede  los pjaros),
resplandeciendo su piel con vistosos colores que cambian  cada momento.
Pudiera llamrseles con propiedad los camaleones del mar. La sepia tiene
el exquisito perfume, el mbar gris, que slo se encuentra en la ballena
como residuo de las innumerables sepias que absorbe. Los marsuinos hacen
tambin gran carnicera entre ellas. Las sepias son sociables y van 
bandadas, y en el mes de mayo dirgense todas  la playa para depositar
unos racimos que constituyen sus huevas: all las aguardan los
marsuinos, que se regalan con aquel manjar. Estos seores son tan
delicados que slo se comen la cabeza, sus ocho brazos, trozo tierno y
de fcil digestin, rechazando lo ms duro del animal, la parte trasera.
Toda la playa (como por ejemplo en Royan) vese cubierta de esas
miserables sepias as mutiladas. Los marsuinos celebran su festn dando
saltos descompasados, primero para intimidarlas y luego para cazarlas:
por fin, terminada la comida, entrganse  saludables ejercicios
gimnsticos.

La sepia,  pesar del aire singular que le da su pico, no deja de
excitar cierto inters. Todos los matices del ms variado arco-iris se
suceden y desaparecen sobre su transparente piel, segn los juegos de la
luz y el movimiento de la respiracin. Moribunda, os mira todava con su
ojo azur, descubriendo las postreras emociones de la vida por medio de
fugitivos resplandores que suben del fondo  la superficie, apareciendo
momentneamente para desaparecer en seguida.

* * *

La decadencia general de esta clase, que tan enorme importancia tuvo en
las primitivas edades, es menos notable entre los navegantes (sepias,
etc.), y ms visible en el pulpo propiamente llamado, triste habitador
de nuestras costas. Este no cuenta para navegar con la firmeza de la
sepia, edificada sobre un hueso interno; tampoco tiene como el
argonauta, un exterior resistente, una concha que preserve los rganos
ms vulnerables, careciendo asimismo de la especie de vela que secunda
la navegacin y dispensa de remar. Barbota un poco por la orilla, , 
lo sumo, puede comparrsele al barco costeo que sigue la tierra. Su
inferioridad le da hbitos de prfida astucia, de emboscada, de tmida
audacia, si vale expresarse as. Hcese el disimulado, se mantiene
quieto en las hendeduras de las rocas. Cuando ha pasado la presa, al
instante le lanza su latigazo. Los dbiles quiera momentneamente,
tenido miedo  pasmdogarras. El hombre, al sentirse golpeado de esta
suerte mientras nada, no puede atemorizarse de luchar con tan
despreciable enemigo:  pesar de su repugnancia, preciso es que lo
agarre y (cosa muy fcil) lo vuelva del revs como un guante. Entonces
se rinde y perece.

Nos sentimos contrariados, irritados de haber, siquiera momentneamente,
tenido miedo  pasmdonos ante ser tan balad.--Hcese preciso decir 
ese guerrero que llega soplando, roncando, echando pestes: Valiente de
mentirijillas, nada encierras dentro de ti: eres ms bien mscara que
ser: sin base, sin fijeza de la personalidad hasta el presente slo
posees el orgullo. T roncas, mquina de vapor, t roncas y slo eres
una bolsa y al revs, un cuero blando y fofo, vejiga agujereada, globo
desgarrado, y maana una cosa sin nombre, un poco de agua de mar
disipada.




X

Crustceos.--La guerra y la intriga.


Si, despus de haber contemplado nuestra rica coleccin de armaduras de
la Edad Media y aquellas pesadas moles de hierro con que se tapujaban
nuestros caballeros, nos encaminamos al Museo de Historia Natural para
ver las armaduras de los crustceos, nos causa lstima el arte del
hombre. Las primeras son un carnaval de disfraces ridculos, que
estorbaban y mortificaban, sirviendo slo para ahogar  los guerreros y
hacerlos inofensivos; al paso que las otras, sobre todo, las armas de
los terribles decpodos, son de tal suerte horrorosas que, si tuvieran
la altura del hombre, nadie podra mirarlas sin desvo: los ms
valientes se sentiran turbados, magnetizados de terror.

All se ostentan en traje de batalla, bajo aquel temible arsenal
ofensivo y defensivo, que llevan con tanta ligereza, slidas pinzas,
lanzas aceradas, mandbulas capaces de partir el hierro, corazas
erizadas de dardos, que basta que os abracen para causaros mil heridas.
Es de agradecer  la Naturaleza que los ha creado de ese tamao, pues 
ser ms grandes, quin hubiera podido luchar con ellos? Ninguna arma de
fuego traspasara su cuerpo. A su presencia, huira el elefante, el
tigre se encaramara  los rboles, y el rinoceronte,  pesar de lo
consistente de su piel, no estara en salvo.

Presintese que el agente interior, el motor de esta mquina,
centralizado en su forma (casi siempre circular), slo por aquello us
de enorme fuerza. La esbelta elegancia del hombre, su forma
longitudinal, dividida en tres partes con cuatro grandes apndices,
divergentes, alejados del centro, lo convierten, por ms que se diga, en
un ser muy dbil. En aquellas armaduras de caballeros los grandes brazos
telegrficos, las pesadas piernas colgantes, causan la triste impresin
de un ser descentralizado, impotente y vacilante, que un ligero choque
bastaba  derribar. En el crustceo, por el contrario, los apndices
estn tan cercanos y unidos  la masa rechoncha, tupida, que el ms
pequeo golpe que asesta lleva el empuje de todo el cuerpo. Cuando el
animal pincha, muerde  destroza, hcelo con todo su ser, que aun al
extremo de su arma conserva completa energa vital.

Tiene dos cerebros (la cabeza y el tronco); empero para tupirse, para
obtener tan terrible centralizacin, el animal ha tomado su partido,
esto es, pasarse de cuello metiendo su cabeza en el abdomen.
Simplificacin maravillosa. Esa cabeza une los ojos, los palpos, las
pinzas y las mandbulas. Desde el momento que su ojo penetrante ha
divisado, los palpos palpan, las pinzas aprietan, las quijadas rompen, y
en seguida, sin intermediario, el estmago, que en s encierra una
mquina para triturar, desmenuza y disuelve. En un momento todo ha
concluido, la presa desaparece y es digerida.

En ser semejante todo es superior.

Ven los ojos por delante y por detrs. Convexos, externos,  facetas,
son aptos para abarcar una gran parte del horizonte.

Los palpos  antenas, rganos de ensayo, de prevencin, de triple
experimento, tienen el tacto en sus extremidades, y en la base el odo y
el olfato. Ventaja inmensa de que estamos privados nosotros. Qu
sucedera si la mano humana oliera, oyese? Cuan rpida y simultnea
sera nuestra observacin! Dispersa entre tres sentidos que trabajan
separadamente, la impresin, con frecuencia, es inexacta  se desvanece.

De los diez pies que tiene el decpodo, seis son manos, tenazas, y
adems, por su extremidad, rganos de respiracin. El guerrero se zafa
aqu por un expediente revolucionario del problema que tanto ha
embarazado al pobre molusco. Respirar  pesar de la concha. A lo que
contesta: Respirar por el pie, por la mano. El punto dbil por do
pudiera ser habido, lo coloco en el arma de guerra. Que vengan, pues, 
atacarme por ah!

* * *

El no teme otro enemigo que las borrascas y las rocas. Pocos son los que
viajan en alta mar y pocos en el fondo: casi siempre se mantienen en la
orilla acechando alguna presa. A menudo, mientras estn aguardando que
bostece la ostra para almorzrsela, el mar se hincha, apodrase de
ellos, se los lleva rodando. En este momento el peligro est en su
armadura: slida, sin elasticidad, recibe todos los golpes en seco,
rudamente. Sus puntas aplstanse en las asperosidades de las rocas,
estrllanse, se rompen, saliendo mutiladas de aquel combate.
Afortunadamente, al igual del esquino pueden repararse, substituir el
miembro roto con otro miembro suplementario. Y  tal punto confan en
esto, que cuando se les aprisiona rmpense un miembro voluntariamente
para adquirir la libertad.

Parece que la Naturaleza favorece de un modo especial  tan tiles
servidores. Contra su infinito fecundo, posee en los crustceos un
infinito de absorcin. Vense en todas partes, en todas las costas, tan
variados como el mar. Sus buitres groenlandios, sus gaviotas, comparten
con los crustceos la funcin esencial de agentes de la salubridad. Si
encalla un animal grande, al instante el ave por encima y el cangrejo
por debajo y en el interior, trabajan para que desaparezca.

El cangrejo nfimo y saltn que tomaramos por un insecto (talitro)
ocupa las playas arenosas, habitando debajo. Cuando un naufragio arroja
cantidad de medusas  otros cuerpos, veris ondular la arena, moverse,
cubrindose en seguida de nubes de esos sepultureros bailadores, que
hormigueando, dando brincos, limpian alegremente la playa, esforzndose
para dejarlo todo barrido entre dos mareas.

Grandes, robustos, astutos hasta lo sumo, los cangrejos  gmbaros
constituyen un pueblo de combate, siendo tal su instinto guerrero, que
hasta saben valerse del ruido para atemorizar  sus enemigos. En actitud
amenazadora encamnanse al combate, levantadas sus tenazas y haciendo
resonar sus pinzas. Y con todo, no dejan de ser circunspectos ante
fuerzas superiores. Vealos yo durante la baja mar de lo alto de una
roca, y  pesar de encontrarme muy elevado, al observar que los miraba,
la asamblea emprenda su retirada, corriendo de travs los guerreros y
metindose en un instante cada cual en su garita. Ellos no son ningunos
Aquiles sino ms bien Anbales. Slo atacan cuando se sienten fuertes,
devorando  vivos y muertos. El hombre herido no debe fiarse de
aquellos roedores. Cuntase que en una isla desierta se comieron 
varios de los marineros que llevaba Drake, los cuales se vieron
asaltados, vencidos por sus bullidoras legiones.

Ningn ser viviente puede vencerlos con armas iguales. El pulpo
gigantesco que ahoga al ms pequeo crustceo, peligra dejar sus
tentculos entre las garras del cangrejo, y el pez ms glotn titubea
antes de engullirse un ser tan espinoso.

Desde que crece el crustceo es el tirano, la pesadilla de los dos
elementos. Su inabordable armadura encuntrase dispuesta para todo
ataque. Multiplicaranse hasta lo increble, destruiran el equilibrio
de los seres, si no fuese su propia armadura su estorbo y su peligro.
Fija y dura, no prestndose  las alternativas de la vida, es para el
cangrejo una crcel.

Para abrirse al travs de aquel muro el paso de la respiracin, tuvo que
colocar la puerta en un miembro casual que pierde con frecuencia: la
pata. Y para dar lugar al crecimiento,  la extensin progresiva de sus
rganos interiores, necesita (cosa peligrossima) que la coraza,
reblandecida por momentos y fofa, no sea ms que piel; y slo admite
este cambio desnudndose, pelndose, rechazando una porcin de la misma.
Muda completa. Los ojos, las branquias, que desempean las funciones de
los pulmones, la sufren como el resto.

Es un espectculo bien curioso el que ofrece el cangrejo voltendose,
agitndose, atormentndose para arrancarse su mismo ser: la operacin es
tan violenta que,  veces, se le rompen sus patas, quedando sin fuerzas,
dbil, muelle.

En dos  tres das, reaparece el calizo y constituye la coraza de la
piel. El cangrejo no sale librado  tan poca costa de su metamorfosis,
sino que necesita mucho tiempo para recobrar su cscara; y hasta este
momento sirve para el pobre de ralea  los seres ms dbiles. En este
punto la justicia y la igualdad muestrnse inexorables. Las vctimas
tienen el desquite. El fuerte sufre la ley de los dbiles, cae  su
nivel, como especie, en la alternativa de la muerte.

Si slo murisemos una vez aqu abajo, no habra tanta tristeza. Empero
todo ser que vive debe morir un poco diariamente, es decir, mudar,
sufrir la muertecita parcial que renueva y da vida. De ah un estado de
debilidad  la par que de melancola que nos cuesta confesar. Mas qu
hacer? El pjaro que muda su pluma cada estacin, est triste, y ms
triste an la pobre culebra al cambiar de piel. El ser racional muda
tambin la piel y todos sus tejidos cada mes, cada da,  cada instante,
perdiendo un poco de s mismo incesantemente, con suavidad. No est
abatido, sino algo debilitado, en un momento vago y de ensueo en que
palidece la llama vital para reaparecer ms lcida.

Cunto ms terrible es esto entre los seres do todo debe cambiar  la
vez, desencuadernarse el armazn, descartarse, arrancarse la inflexible
envoltura! Encuntrase cansado, rendido, desfalleciente, ausente de s
mismo,  merced del primero que se presenta.

Hay crustceos de agua dulce condenados  morir de esta suerte veinte
veces en el transcurso de dos meses; otros (los crustceos chupones)
sucumben  tanta fatiga, no pueden rehacerse, sino que se deforman y
pierden el movimiento, dando, digmoslo as, su dimisin de seres
cazadores y buscando cobardemente una vida holgazana y parsita, un
vergonzoso abrigo en las visceras de los grandes animales que,  su
pesar, los sustentan, se extenan en su provecho, ventean y trabajan
para ellos.

* * *

El insecto, en su crislida, parece olvidarse de s mismo, ignorarse,
permanecer extrao  los sufrimientos; dirase ms bien que disfruta de
esa muerte relativa, como un nio de teta en la templada cuna. Empero el
crustceo durante la muda se ve, tiene conciencia de s: sbese
precipitado repentinamente de la vida ms enrgica  una deplorable
impotencia. Parece atolondrado, perdido. Lo nico que sabe hacer es
instalarse debajo una piedra y aguardar tembloroso. No habiendo
encontrado jams enemigo serio ni obstculo alguno, dispensado de toda
industria por la superioridad de sus armas terribles, el da que stas
le faltan no le queda ningn recurso. Tal vez podra protegerle la
asociacin si la muda no fuese comn  todos y no estuvieran sus
compaeros desarmados como l,  incapaces de auxiliar  los enfermos,
pues tambin lo estn ellos. Dcese, sin embargo, que hay ciertas
especies en que el macho quiere proteger  la hembra, la sigue, y si es
aprisionada, no hay ms remedio que aprisionar  los dos.

* * *

Esa terrible servidumbre de la muda, la spera vigilancia del hombre
(que de da en da adquiere ms imperio sobre las playas), y,
finalmente, la desaparicin de especies antiguas que les procuraban
abundante alimento, han debido producir cierta decadencia entre ellos.
El pulpo, que no sirve para nada, ni se pesca ni se come, ha disminuido
bastante en tamao y en nmero. Cunto ms, pues, el crustceo, cuya
carne es tan suculenta y que agrada  toda la Naturaleza!

Dirase que lo saben. Los ms dbiles entre ellos inventan, no diremos
artes para resguardarse, pero s pequeas maas groseras, ingenindose 
intrigando. Esta ltima palabra les es aplicable, pues hacen el efecto
de unos intrigantes, de gentes desclasificadas que, sin oficio conocido,
viven de expedientes, de recursos poco dignos. Facttums bastardos, ni
carne ni pescado, acomdanse un poco de todo, de los muertos, de los
moribundos, de los vivos, y en ocasiones hasta de los animales
terrestres. El oxistomo fabrcase una careta, una visera y vuela entre
tinieblas. El birgo, llegada la noche, abandona el mar, merodea, se
encarama hasta en los cocoteros, y come frutas si no encuentra cosa
mejor. Las dromias se disfrazan con el traje de un cuerpo extrao. El
Bernardo-Ermitao, que nunca ve dura su cscara, imagina, para mejor
resguardar la parte blanda, convertirse en falso molusco; al objeto
apodrase de una concha que le venga bien; devora  su dueo, y se
acomoda en la casa robada, arrastrndola consigo. De noche, con este
disfraz, va  caza de vveres: yesele y se reconoce al peregrino al
ruido que mueve con su concha, pues slo consigue arrastrarla cojeando y
dando tropiezos.

Otros, en fin, ms honrados, descorazonados del movimiento y de sus
luchas con el mar, prefieren la tierra, no tan aguerrida y agitada. En
invierno (y tambin en las otras estaciones) la habitan casi siempre y
fabrican madrigueras. Tal vez cambiaran por completo y se trocaran en
insectos si no les fuese tan caro el mar, como patria de sus amores. As
como una vez al ao las doce tribus de Israel encaminbanse  Jerusaln
para celebrar la fiesta de los Tabernculos, vese en algunas playas 
esos fieles hijos del mar que se dirigen en grupos de poblacin, 
rendirle sus homenajes,  confiar sus tiernos huevos  la grande y buena
nodriza, encomendando sus pequeuelos  aqulla que meci sus
antepasados.




XI

Los peces.


El libre elemento, el mar, debe tarde  temprano crearnos un ser  su
semejanza, un ser eminentemente libre, escurridizo, onduloso, flido,
que se deslice  imagen de las ondas, pero en quien la movilidad
maravillosa proceda de un milagro interior, todava ms grande, de una
organizacin central, fina y slida, muy elstica, no parecida  la de
ninguno de los seres conocidos hasta el da.

El molusco que se arrastra sobre su abdomen fu el pobre siervo de la
gleba. El pulpo, con todo su orgullo, su hinchazn, su ronquido, mal
nadador y andarn nulo, no deja de ser por eso el siervo de la
casualidad: sin su potencia de embotamiento no hubiese podido vivir. El
blico crustceo, sucesivamente tan grande y tan pequeo, ya terror, ya
irrisin de los dems, sufre las muertes alternativas en que hace el
papel de esclavo, de presa y aun de juguete de los ms dbiles.

Enormes y terribles servidumbres. Cmo librarnos de ellas?

* * *

La libertad est en la fuerza. Desde el origen, buscando la vida, aunque
 tientas,  la fuerza, pareca soar confusamente con la futura
creacin de un eje central que hara del ser uno, decuplicando el vigor
del movimiento. As lo presintieron los radiosos y los moluscos, y
bosquejaron algunos ensayos. Empero traalos harto distrados el
abrumador problema de la defensa exterior. La corteza, siempre la
corteza: he aqu lo que preocupaba grandemente  esos pobres seres. En
dicho gnero fabricaron obras maestras: bola espinosa del esquino,
concha abierta y cerrada  la vez del halitido, en fin, la armadura del
crustceo compuesta de piezas articuladas, perfeccin de la defensa, y
terriblemente ofensiva. Qu ms se quiere? Hay algo que aadir? Parece
que no.

Que no? Mucho que s. Necestase un ser que todo lo fe al movimiento,
un ser audaz que desprecie  todos los mencionados como enclenques 
tardgrados, que considere la corteza como cosa subordinada y concentre
la fuerza en s.

El crustceo rodebase de una especie de esqueleto exterior. El pez
hceselo en el centro, en su ntimo interior, sobre el eje donde los
nervios, los msculos, todos los rganos, en fin, se reunirn.

Invencin fantstica, al parecer, y contraria al buen sentido: colocar
lo duro, lo slido, precisamente en el sitio que tan bien resguarda la
carne. El hueso, tan til al exterior, instalado en un punto donde de
poco  nada servir su dureza.

Reirase el crustceo cuando vi por primera vez un ser blando, grande,
rechoncho (los peces del mar de las Indias) que, ensayndose, se
deslizaba, corra, sin cscara, armadura ni defensa; teniendo
concentrada interiormente toda su fuerza, protegido tan slo por su
fluidez viscosa, por el exuberante _mucus_ que le rodea, y poco  poco
se transforma en escamas elsticas. Blanda coraza que se presta y se
pliega, cediendo sin ceder del todo.

* * *

Fu una revolucin anloga  la de Gustavo Adolfo cuando aliger  sus
soldados de las pesadas armaduras de hierro, cubriendo el pecho con una
coraza de slido cuero de camello, aunque poco pesado y suave.

Revolucin atrevida, pero prudente. No estando nuestro pez cautivo en su
armadura como el cangrejo, vese libre al mismo tiempo de la condicin
cruel  que estaba sujeta dicha armadura, la _muda_, del peligro, la
debilidad, el esfuerzo, el desperdicio enorme de fuerza que hay en
aquellos momentos. El pez muda poco y con lentitud, lo mismo que el
hombre y los grandes animales, economizando, amontonando la vida,
crendose el tesoro de un poderoso sistema nervioso dotado de
innumerables alambres elctricos que resuenan en la espina y el cerebro.
Aunque carezca de hueso  sea ste muy blando, si el pez tiene an la
apariencia embrionaria, no por eso est desposedo de su grande armona
merced  su rica madeja de hilos nerviosos.

No tiene el pez las debilidades elegantes del reptil y del insecto, tan
esbeltos que puede cortrseles como un hilo por ciertas partes de su
cuerpo. Est segmentado como ellos, mas esos segmentos los tiene debajo,
perfectamente ocultos y resguardados, valindose de los mismos para
contraerse, sin exponerse cual el reptil y el insecto  ser dividido
fcilmente.

Lo mismo que el crustceo, prefiere el pez la fuerza  la belleza, y
para conseguirlo ha suprimido el pescuezo. Cabeza y tronco no
constituyen ms que una masa. Principio admirable de fuerza, que hace
que para cortar el agua, elemento tan divisible, tenga que azotarla con
mucha violencia, y si le place, mil veces ms de lo necesario. Entonces
convirtese en un dardo, una flecha, en la rapidez del rayo.

El hueso interior, que apareci nico  informe en la sepia, aqu es un
gran sistema _uno, pero muy mltiple_--uno por la fuerza de
unidad,--mltiple por la elasticidad, por apropiarse  los msculos que,
contrados, dilatados sucesivamente, forman el movimiento. Maravilla,
verdadera maravilla esa estructura del pez, tan compacta (vista desde
afuera), y tan contrctil por dentro, esa carena de esbeltas y
flexibilsimas costillas (en el arenque, en el sbalo, etc.), donde
estn unidos los msculos motores que empujan con choque alternativo.
As, pues, por afuera slo expone remos auxiliares, cortas nadaderas que
poco arriesgan, las cuales, consistentes, punzantes y viscosas, hieren,
eluden, se escapan. Cun superior es esto al pulpo   la medusa, que
ofrecen  todo el mundo blandos tentculos de carne, apetitoso bocado
para el hambre devoradora de los crustceos y de los marsuinos!

En suma, ese verdadero hijo del agua, tan movible como su madre, se
desliza  travs por su _mucus_, divide con su cabeza, hiere con sus
msculos (contrados sobre sus vrtebras, sobre sus esbeltas costillas
ondulosas), y, finalmente, con sus slidas nadaderas corta, rema y
dirige.

Bastara la ms nfima de esas potencias: l las reune todas, tipo
absoluto del movimiento.

Hasta el pjaro es menos movible, supuesto que necesita posarse, y de
noche est tranquilo. El pez nunca para: dormido y todo, flota.

Movible hasta tal punto, es al propio tiempo robusto y vivaz en el ms
alto grado. Por doquiera que hay agua, seguros estamos de encontrarlo:
es el ser universal del globo. En los ms elevados lagos de las
cordilleras y de las montaas asiticas, donde est tan rarificado el
aire, donde cesa la vida de todos los seres, all slo el pez se obstina
en vivir rodeado de soledad. En efecto, encuntrase el gubio (pez
colorado),  quien cabe la gloria de ver tendida  sus plantas toda la
tierra. Del mismo modo en las grandes profundidades, bajo un peso
espantoso, habitan los arenques, los abadejos. Forbes, que dividi el
mar en diez capas  pisos superpuestos, halllas habitadas todas, y en
la ltima, al parecer tan sombra, encontr un pez provisto de unos ojos
admirables, que, por lo tanto, ve y tiene bastante luz en un sitio que
nosotros nos imaginamos rodeado de tinieblas.

Vaya otra libertad de los peces. Un buen nmero de especies (salmones,
sbalos, anguilas, esturiones, etc.), soportan lo mismo el agua dulce
que la del mar, alternan, y regularmente pasan de la una  la otra.
Varias familias de peces cuentan especies marinas y especies fluviales
(ejemplo, las rayas, los barbos).

Con todo, tal grado de calor, tal alimento, tal hbito, parecen
fijarlos, acorralarlos en tan libre elemento. Los mares clidos son como
una muralla para las especies polares, que los encuentran inabordables:
al contrario, los de los mares clidos son detenidos por las fras
corrientes del Cabo de Buena Esperanza. Slo se conocen dos  tres
especies de peces cosmopolitas, y contadsimos son los que frecuentan la
alta mar. La mayor parte son litorales y no se placen ms que en ciertas
costas. Los peces de los Estados Unidos pertenecen  otras especies que
los que habitan en Europa. Aadid ciertas especialidades de gusto que
aunque no los encadenan del todo, los retienen. La raya chapucea en el
fango y el lenguado en los fondos arenosos, el coto se encarama sobre
los bajo-fondos, la morena se place encima de las rocas, y la prtiga
sobre los arenales, la ballesta en el agua poco profunda sobre un lecho
de madrporas. La escorpena unas veces nada y otras vuela; perseguida
por los otros peces se lanza, sostinese en el aire, y si le dan caza
las aves, se zambulle en seguida en el mar.

* * *

El proverbio popular: Feliz como el pez en el agua, expresa una
verdad. Durante la calma, un globo de aire ms  menos cargado y que le
permite graduar su peso, le hace navegar  su sabor suspendido entre dos
aguas. Se adelanta tranquilo, mecido, acariciado por la onda, y mientras
camina, duerme si quiere. Hllase  la vez ceido y aislado por la
sustancia untuosa que hace su piel y sus escamas escurridizas 
impermeables. Su temperatura es poco variable, casi siempre la misma, ni
muy fra ni muy caliente. Qu terrible diferencia entre una vida tan
cmoda y la que nos es dado gozar  nosotros, habitantes de la tierra! A
cada paso que damos encontramos alguna aspereza, algn obstculo. La
ruda tierra nos pone piedras al paso, nos fatiga, nos aniquila,
obligndonos  subir,  bajar y  volver  subir sus cuestas. El aire
cambia segn las estaciones, y  veces con harta crueldad. El agua, la
fra lluvia cae despiadadamente das y noches enteros, penetra nuestro
cuerpo, nos constipa, en ocasiones hiela nuestros cabellos y nos asedia
calenturientos con las agudas puntas de sus cristales.

La felicidad del pez, su muy afortunada plenitud de vida se expresan
bajo los trpicos por el lujo de sus colores, y en el Norte se traduce
por el vigor de sus movimientos. En la Oceana y el mar de las Indias
juguetean, erran y vagamundean, bajo las formas ms originales y los ms
fantsticos atavos; teniendo sus alegres pasatiempos entre los corales,
sobre las flores vivas. Nuestros peces de los mares fros y templados
son los grandes veleros, los remeros poderosos, los verdaderos
navegantes: sus formas prolongadas y esbeltas convirtenles en flechas
por su rapidez, pudiendo dar lecciones al mejor constructor de buques.
Los hay que tienen hasta diez nadaderas, las cuales, remos  velas 
voluntad, pueden mantenerse abiertas   medio plegar. La cola,
notabilsimo timn, es tambin el remo principal. La de los mejores
nadadores es ahorquillada; toda la espina termina en ella y, contrayendo
sus msculos, hace avanzar al pez.

La raya tiene dos nadaderas inmensas, dos grandes alas para azotar las
olas; su cola, larga, flexible y desligada, es una arma para golpear, un
ltigo para hender y dividir la densidad de la ola. Delgada y desviando
tan poca cantidad de agua, enfilando en sentido oblicuo, vese por lo
tanto fcilmente mecida y le sobra la vejiga que sostiene  los peces
densos. As que, todos poseen aparatos apropiados  su centro. El
lenguado es ovalado, plano,  fin de que pueda deslizarse entre la
arena; la anguila, para poder revolcarse en el cieno, toma formas
serpentinas y se convierte en larga cinta; las balderayas, que suelen
vivir agarradas  las rocas, tienen nadaderas-manos que las asemejan ms
 la rana que al pez.

* * *

La vista es el sentido del pjaro, el olfato el del pez. El halcn
lanzado en el espacio lo abarca con una sola mirada y divisa la casi
invisible caza; as la raya desde las profundidades del Ocano, al olor
de una presa tentadora sube diligente en su busca. En ese mundo
semi-obscuro, mundo de luces dudosas y engaadoras, sus habitantes
fanse en el olfato y en ocasiones al tacto. Los que, como el esturin,
excavan el fango, tienen un tacto exquisito. El tiburn, la raya, el
abadejo (con sus ojazos separados) ven mal, mas huelen y sienten: es tan
sensible el olfato en la raya que tiene un velo exprofeso para taparlo 
voluntad y anular su potencia, que indudablemente la importunara y
atacara el cerebro.

A tal potencia media de caza aadid unos dientes admirables, acerados, 
veces en forma de sierra, multiplicados en algunos de ellos en varias
hileras, al extremo de solar la boca, el paladar y la garganta, y hasta
la lengua est armada con ellos. Esos dientes, delicados y frgiles,
tienen otros detrs dispuestos  reemplazarlos si llegan  romperse.

Lo hemos dicho al comenzar este libro segundo: el mar ha tenido que
producir esos seres terribles, esos destructores omnmodos, para
combatir y curar por s mismo el extrao mal que le trabaja, su exceso
de fecundidad. La Muerte, cirujano caritativo, por medio de una sangra
perseverante, de abundancia inmensa, le alivia de esa pltora que le
hubiese aburrido. El espantoso torrente de generacin que all se
produce, el diluvio del arenque, los miles y millones de huevos del
abadejo, tantas y tan horrendas mquinas de multiplicacin que,
decuplicando, centuplicando, llenaran los ocanos, ahogaran la
Naturaleza, encuentran una barrera en el rpido devoramiento de la
mquina de muerte, el nadador armado, el pez.

Bello espectculo, grande, conmovedor. El combate universal de la Muerte
y del Amor no parece nada sobre la tierra cuando se le parangona con el
que existe en el fondo de los mares. All, inconcebible en su grandeza,
horroriza por su furia, empero contemplndolo ms despacio vsele muy
armnico y de sorprendente equilibrio. Este furor es necesario. Ese
cambio de la substancia, tan rpido ( hasta el punto de deslumbrar!),
esa prodigalidad de la muerte, es la salvacin.

Nada de tristeza; una alegra salvaje reina al parecer en todo aquello.
De la vida del mar, spera mezcla de las dos fuerzas que parecen
destruirse entre s, brota una salud maravillosa, una pureza
incomparable, una belleza terrible y sublime  la par: ella triunfa lo
mismo de vivos que de muertos. Sin gran predileccin ni por los unos ni
por los otros, les presta y vuelve  tomarles la electricidad, la luz,
extrayendo ese fuego de chispas y ese infinito de plidos resplandores
que, hasta bajo las noches polares, constituye su magia siniestra.

La melancola del mar, en su indolencia no tiene por tarea multiplicar
la muerte, sino que, impotente, tiende  conciliar el progreso con el
exceso de movimiento.

Es cien y mil veces ms rico que la tierra, ms rpidamente fecundo.
Edifica y fabrica. La extensin que toma la tierra (hmoslo visto en los
corales), dbela al mar, y slo al mar, no siendo ste otra cosa que el
globo en su obra de construccin, en su ms activa concepcin. Su nico
obstculo consiste en esa rapidez, y su inferioridad parece ser la
dificultad que tiene (l tan rico en generacin) para la organizacin
del Amor.

Casanos tristeza al recordar que los miles de millones de seres que
habitan el mar slo poseen el amor vago, elemental, impersonal. Esos
pueblos que, cada uno  su turno, suben y van en peregrinacin hacia la
dicha y la luz, dan  raudales lo ms sustancioso de ellos mismos, su
propia vida, el desconocido azar. Aman, y sin embargo nunca conocern al
ser amado do se encarnara su ensueo, su deseo. Paren sin serles dada la
felicidad de renacer que se encuentra en su posteridad.

Pocos, muy pocos, de los ms vivaces, de los ms aguerridos, de los ms
crueles, procrean  semejanza nuestra. Esos monstruos tan temibles (el
tiburn y su hembra), tienen necesidad de juntarse. Hales impuesto la
Naturaleza el peligro de darse un abrazo; abrazo terrible y sospechoso.
Acostumbrados  devorar,  engullirse  lo ciego cuanto alcanzan
(animales, madera, piedras, no importa lo que sea), en aquella ocasin,
cosa admirable! moderan sus apetitos. Por sabrosas que puedan ser sus
carnes  sus propios ojos, hncanse sus sierras y sus mortferos
colmillos. La intrpida hembra djase agarrar, acogotar, por los
terribles arpeos que el macho le lanza; y, en efecto, sale impune de la
lucha. Ella es la que absorbe al compaero y lo arrastra consigo.
Confundidos en una sola masa, los furiosos monstruos van dando tumbos
semanas enteras, no pudiendo,  pesar del hambre que les devora,
resignarse al divorcio, ni desprenderse el uno del otro, y hasta en
plena borrasca, vseles invencibles, invariables en su salvaje abrazo.

Pretndese que aun separados prosiguen sus amoros, y que el fiel
tiburn, enamorado de su compaera, la sigue hasta que pare, ama  su
presunto heredero, nico fruto de aquel enlace, y jams, jams se lo
come, sino que le acompaa siempre y vigila sus pasos, y, caso de
peligro, este padre excelente se lo traga y le da abrigo en su
anchurosa boca, pero no lo digiere.

* * *

Si la vida de los mares tiene algn ensueo, un ahinco, un deseo
confuso, es el de la fijeza. El medio violento, tirnico, del tiburn,
sus acerados asideros, ese arpeo sobre la hembra, la furia de su unin,
dan idea de un amor de endemoniados. En efecto, quin sabe si en otras
especies, ms tmidas y aptas para la vida de familia, quin sabe si esa
impotencia de unin, esa fluctuacin interminable de un viaje eterno sin
objeto, no es causa de tristeza? Esos hijos de los mares enamranse de
la tierra: muchos entre ellos remontan los ros, aceptan la insipidez
del agua dulce, tan pobre y poco nutritiva, para confiarle, lejos de las
tempestades, la esperanza de su posteridad. Cuando no, se acercan  las
orillas del mar, buscando algn sinuoso ancn, y utilizando su
industria, con un poco de arena, de limo, de hierba, tratan de fabricar
pequeos nidos. Esfuerzo conmovedor. Ellos carecen de los instrumentos
del insecto, maravilla de la industria animal, y estn ms desprovistos
que el pjaro. Slo  fuerza de perseverancia, careciendo como carecen
de manos, de patas y de pico, y nicamente con su pobre cuerpo, llegan 
reunir un montn de hierba, y pasando y repasando por medio, logran
darle cierta cohesin (vase  Coste sobre los espinosos). Empero
cuntos obstculos tienen que vencer! La hembra, ciega y glotona, turba
la obra, amenaza los huevos; el macho no los deja, defindelos, ms
madre que la madre misma.

Tal instinto encuntrase en varias especies, particularmente entre los
ms humildes (el gobio), pececillo ni bello ni sabroso; tan despreciado,
que nadie se digna pescarlo,  si se agarra es rechazado. Y con todo,
ese nfimo entre los nfimos es un tierno y laborioso padre de familia:
tan pequeo, tan dbil, tan desheredado, es ingenioso arquitecto, el
obrero del nido, y con sola su voluntad, su ternura, consigue fabricar
la protectora cuna.

Lstima grande, sin embargo, que tal esfuerzo de nimo no obtenga mejor
recompensa, que aquel ser se vea detenido en ese primer fervor del arte
por la fatalidad de su naturaleza. Al contemplarlo, se apodera de
nosotros nuevo ensueo, presintiendo que ese mundo acutico no se basta
 s mismo.

* * *

Poderosa madre que empezaste la vida y no puedes terminarla; permite que
tu hija, la Tierra, contine la obra comenzada. Ya lo ves: en tu mismo
seno y en el momento sagrado, tus hijos suean con la Tierra y su
fijeza; abrdanla, la rinden homenaje.

A ti te toca volver  empezar la serie de los nuevos seres por un
prodigio inesperado, por un bosquejo grandioso de la clida vida
amorosa, de sangre, de leche, de ternura, que tendr su desarrollo en
las razas terrestres.




XII

La ballena.


El pescador,  quien ha sorprendido la noche en medio del mar del
Norte, ve una isla, un escollo, como la espalda de una montaa, que se
cierne, enorme, sobre las olas. All echa el ancla, y la isla comienza
 andar y le arrastra. El escollo se ha convertido en Leviatn.
(Milton).

Error muy natural, que enga al experto Dumont d'Urville. Vea de lejos
una rompiente y alrededor remolinos, y mientras avanzaba, unas manchas
blancas indicaban al parecer una roca. En derredor de ese banco la
golondrina y el ave de las tempestades (el petral), se divertan,
recrebanse y daban vueltas. La roca sobrenadaba, venerable de
antigedad, ostentando una capa gris de cornulas, de conchas y
madrporas. Pero la masa se mueve. Dos enormes chorros de agua, que
parten de su frente, revelan  la ballena desperezada.

* * *

El habitante de otro planeta que descendiese al nuestro en globo, y de
gran altura observase la superficie del orbe, queriendo saber si est
poblado, pensara: Los nicos seres que me es dado descubrir desde mi
observatorio son de un tamao bastante regular: ciento  doscientos pies
de largo y sus brazos slo tienen veinticuatro, pero en cambio su
soberbia cola (treinta pies) se gallardea con majestad real por el mar,
le azota, se seorea de l. Merced  su cola esos seres avanzan con una
rapidez, una comodidad majestuosa, reconocindose perfectamente en ellos
 los soberanos del planeta.

Y aadira: Lstima que la parte slida de ese globo est desierta, 
slo contenga animalillos insignificantes para poder divisarse.
Unicamente el mar est habitado, y por una raza buena y apacible. La
familia vese muy honrada all: la madre amamanta con ternura, y  pesar
de la cortedad de sus brazos, sin embargo, durante la borrasca, logra
con ellos amparar  su hijuelo.

* * *

Las ballenas no tienen inconveniente en viajar juntas. Antes se las vea
navegando dos  dos,  veces en grandes familias de diez  doce, por los
mares solitarios. Nada tan esplndido como esas grandes masas,
iluminadas en ocasiones por su fosforescencia, lanzando columnas de agua
de treinta  cuarenta pies, que en los mares polares despedan humo. Se
acercaban pacficas, curiosas, al buque, mirndolo como  un hermano de
nueva especie: agradbalas, festejaban al recin venido. Jugueteando se
erguan y volvan  caer al agua, produciendo un poco estrpito y
formando una hirviente sima. Su familiaridad llegaba al punto de tocar
la embarcacin, las pequeas lanchas. Confianza imprudente, que tan
cara les costara! En menos de un siglo la grande especie de la ballena
ha desaparecido casi.

Sus hbitos, su organismo son idnticos  los de nuestros herbvoros.
Como los rumiantes, poseen una sucesin de estmagos donde se elaboran
los alimentos; dientes, apenas los necesitan y no tienen. Pacen
fcilmente las vivas praderas del mar, quiero decir, los gigantescos
fucos, suaves y gelatinosos, las capas de infusorios, los bancos de
tomos imperceptibles. No hay necesidad de cazar para la adquisicin de
tales alimentos. No teniendo ocasin de combatir, hselas dispensado de
armarse de las horrorosas quijadas y sierras, esos instrumentos de
muerte y de tortura que el tiburn y tantos otros animales dbiles
adquirieron  fuerza de consumar asesinatos. A nadie persiguen.
(Boitard). El alimento ms bien acude  su alcance, trado por el
oleaje. Inocentes y pacficas, se engullen un mundo organizado apenas y
que muere antes de haber vivido, pasando dormido  ese crisol de la
universal mudanza.

No existe la menor relacin entre esa apacible raza de mamferos que, lo
mismo que nosotros, tienen la sangre roja y leche, y los monstruos de la
edad precedente, horribles abortos del primitivo fango. Mucho ms
modernas las ballenas, encontraron un agua purificada, el mar libre y el
globo tranquilo.

Este haba soado su antiguo sueo discordante de los lagartos-peces,
los dragones alados, el pavoroso reino de los reptiles: sala de la
niebla siniestra para penetrar en la amable aurora de las concepciones
armnicas. Nuestros carnvoros aun no haban nacido. Hubo un momento
fugaz (tal vez unos cien mil aos) de gran dulzura  inocencia, en que
aparecieron sobre la tierra los seres excelentes (didelfos, etc.), tan
encariados con su familia, que la llevan encima y dentro de s mismos,
y, si es preciso, hcenla penetrar en su seno. En el agua aparecieron
los gigantes pacficos.

La leche del mar, su aceite, superabundaba; su clida grasa,
animalizada, fermentaba con inaudito podero, quera vivir. Hinchse,
pues, tom forma orgnica en esos colosos, nios mimados de la
Naturaleza, dotndolos de fuerza incomparable y de lo que vale ms
todava, de preciosa y ardiente sangre roja. Y la ballena fu hecha.

Esta es la verdadera flor del mundo. Toda la creacin de sangre plida,
egosta, lnguida, vegetativa relativamente, parece que no tiene alma
cuando se la compara con la vida generosa que hierve en esa prpura y
enciende la clera y el amor. La fuerza del mundo superior, su encanto,
su belleza, es la sangre. Por ella empieza una juventud toda reciente en
la Naturaleza, por ella una llama de deseo, el amor, y el amor de
familia, de raza que, propagado por el hombre, producir el divino
remate de la vida, la Piedad.

Pero con ese don magnfico aumenta infinitamente la sensibilidad
nerviosa, y uno es mucho ms vulnerable, mucho ms capaz de gozar y de
sufrir. Como la ballena no tiene el sentido del cazador, ni el olfato,
ni los rganos de la audicin muy desarrollados, aprovecha el tacto para
todo. La gordura, que la preserva del fro, no la libra, sin embargo, de
ningn choque. Su piel, preciosamente organizada con seis tejidos
distintos, tiembla y vibra al menor contacto. Las tiernas papilas que
tiene son instrumentos de tacto delicado. Y todo est animado,
vivificado por un rico caudal de sangre roja, que, aun teniendo en
cuenta la diferencia de tamao, sobrepuja infinitamente en abundancia 
la de los mamferos terrestres. Herida la ballena, inunda el mar con su
sangre, enrojecindolo gran trecho. Nosotros la derramamos  gotas,
mientras que ella prodgala  torrentes.

La hembra lleva en su vientre el fruto de sus amores nueve meses. Su
leche agradable, un poco azucarada, tiene la tibia pastosidad de la
leche de mujer. Mas, como debe cortar constantemente la ola, si tuviera
las mamas colocadas sobre el pecho, expondra al pequeuelo  chocar
constantemente; por lo tanto estn un poco ms bajas, en sitio ms
apacible, en el vientre de do sali. Al chicuelo le sirven de abrigo,
aprovechndose de la ola ya abierta.

La forma del vaso, inherente  su gnero de vida, aprieta la cintura de
la madre privndola de la admirable cintura de la mujer, ese milagro
adorable de una vida sentada, fija y armnica, en que todo se vuelve
ternura. La ballena,  sea la gran mujer de los mares,  pesar de su
ternura vese compelida  hacer depender todos sus actos de su lucha con
las olas. Por otra parte, el organismo es idntico bajo esa extraa
careta: igual forma, la misma sensibilidad. Pez encima, mujer debajo.

Es la ballena animal extremadamente tmido. Basta en ocasiones un pjaro
para espantarla y hacerla zambullir con tanta precipitacin, que se
lastima en el fondo del mar.

Sometido el amor entre ellas  condiciones difciles, requiere un lugar
do reine profunda paz. As como el noble elefante teme las miradas
profanas, la ballena slo se encuentra bien en los sitios solitarios.
Sus reuniones son hacia los polos, en los desiertos ancones de la
Groenlandia, en medio de la bruma del estrecho de Behring, 
indudablemente tambin en el tibio mar descubierto junto al mismo polo.
Se volver  encontrar ese mar? No hay otro paso para llegar  l que 
travs de los pavorosos desfiladeros que abre el hielo, cierra y cambia
todos los inviernos, como si quisiese impedir nuevas visitas importunas.
Por lo que toca  las ballenas, crese que pasan por debajo los hielos,
del uno al otro mar, por la va tenebrosa. Viaje temerario. Forzadas 
respirar cada quince minutos, aunque tenga hecha provisin de aire que
baste para algunos momentos ms, se exponen grandemente bajo aquella
enorme costra que tiene apenas algunos respiraderos. Si no los hallan 
tiempo, es tan slida y compacta dicha costra, que no hay fuerza capaz
ni cabezada que pueda romperla. All pueden ahogarse con la misma
facilidad que Leandro en el Helesponto. Pero como las ballenas no
conocen la historia de ese Leandro, englfanse atrevidamente en su
empresa y pasan.

La soledad de aquellos parajes es grande; teatro singular de muerte y de
silencio para esa fiesta de ardiente vida. Un oso blanco, alguna foca,
un zorro azul, testigos respetuosos, prudentes, tal vez observan 
cierta distancia. Las araas y girndulas, los espejos fantsticos, no
faltan. Cristales azulados, picos, garzotas de deslumbrante hielo,
nieves vrgenes, son los mudos testigos que rodean el espectculo y le
contemplan.

Lo que hace conmovedor y grave el himeneo, es que para ello se requiere
la expresa voluntad, ya que la ballena carece del arma tirnica del
tiburn, de los arpones que se enseorean del ms dbil. Al contrario,
sus resbaladizos forros las separan, aljanlas la una de la otra. Se
desvan  su pesar y desprndense por aquel obstculo desesperante. En
medio de un acorde tan grande, dirase que macho y hembra se combaten.
Hay balleneros que pretenden haber disfrutado de este espectculo nico.
Los dos amantes, en sus ardientes transportes, se encaraman por momentos
cual las dos torres de Nuestra Seora de Pars, y con sus cortos brazos
y en medio de suspiros tratan de abrazarse. Empero su enorme mole les
priva de mantenerse as largo rato, y caen otra vez al agua con grande
estrpito... El oso y el hombre huan despavoridos al orlos suspirar.

* * *

La solucin de este drama es desconocida, pues las que se le han dado
parecen absurdas. En lo que no cabe duda es, que para todo (el amor, el
amamantamiento y aun para su propia defensa), la infortunada ballena
sufre la doble servidumbre de su peso y de la dificultad que tiene para
respirar, puesto que slo respira fuera del agua y si no sale al aire
libre queda asfixiada. Es, pues, un animal terrestre, pertenece acaso
 la tierra? Ciertamente que no. Si, por algn accidente, se para en
alguna playa, el enorme peso de sus carnes, de su grasa, la aniquila;
sus rganos se rinden y queda asimismo asfixiada.

En el nico elemento respirable para ella, la asfixia la mata lo mismo
que en el agua no respirable do vive.

Abreviemos razones. De la creacin grandiosa del mamfero gigante ha
salido un ser imposible, primer retoo potico de la fuerza creadora,
que al principio tuvo fija la vista en lo sublime y luego por grados
pas  lo posible,  lo duradero. El admirable animal tenalo todo:
tamao y fuerza, sangre caliente, sabrosa leche, bondad; lo nico que le
faltaba era la manera de vivir. Haba sido formado sin tener en cuenta
las proporciones generales de ese globo ni la imperiosa ley de la
pesadez de los cuerpos. No le vali haberse fabricado por debajo una
osamenta enorme: sus gigantescas costillas no son bastante consistentes
para mantener suficientemente libre y abierto el pecho. Desde el momento
que se desprende de su enemiga el agua, encuntrase con otra enemiga, la
tierra, y su pesado pulmn le aplasta.

Sus magnficos orificios auriculares, la esplndida columna de agua que
lanza  treinta pies de altura, son indicios, testimonios de una
organizacin infantil y brbara. Arrojndola al firmamento por un tan
poderoso esfuerzo, el _soplador soplado_ (ste es el nombre verdadero
del gnero) parece decir: Oh, Naturaleza! por qu me has criado
siervo?

* * *

Su vida fu un problema, y no pareca que el esplndido bosquejo (pero
frustrado) pudiera durar. El tan difcil amor furtivo, el
amamantamiento en medio de las borrascas, entre la asfixia y el
naufragio, los dos grandes actos de la vida convertidos casi en un
imposible, hacindose por medio de un esfuerzo y por voluntad heroicos:
qu condiciones de existencia!

La madre no tiene nunca ms que un pequeuelo, y es mucho. Ella y l son
importunados por tres cosas: el trabajo de la natacin, el
amamantamiento y la fatal necesidad de subir. La educacin es un
verdadero combate. Azotado, arrollado por el Ocano, el pequeuelo mama
como al vuelo, cuando la madre puede tenderse de lado, deber que
practica admirablemente, pues sabe que si aqul tuviese que hacer el ms
pequeo esfuerzo para amamantarse, dejara las mamas. En ese acto en que
la mujer se mantiene pasiva, dejando obrar  la criatura, la ballena,
por el contrario, es activa. Aprovechando el momento, por medio de un
poderoso mbolo le lanza un tonel de leche.

El macho no suele abandonarla, y grande es su embarazo cuando el
pescador feroz ataca al ballenato. Se clava el arpn  ste para que
sigan los grandes, y, en efecto, hacen esfuerzos increbles para salvar
 su hijo, para llevrselo, subiendo y exponindose  ser heridos para
traerlo  la superficie y hacerle respirar. Y lo defienden muerto y
todo. Pudiendo zambullirse y escapar, permanecen sobre el agua
desafiando el peligro para seguir el cuerpo flotante del ballenato.

* * *

Entre las ballenas son comunes los naufragios, por dos motivos. No
pueden como el pez, mantenerse durante las borrascas en las capas
inferiores y tranquilas; y luego no quieren separarse, siguiendo los
fuertes el destino del dbil. Se ahogan, pues, en familia.

En diciembre de 1723 zozobraron ocho hembras en la desembocadura del
Elba, y cerca de sus cadveres se encontraron sus ocho machos. Otro
tanto aconteci en marzo de 1784 en Audierne (Bretaa). Primero se
presentaron despavoridos en la costa buen nmero de peces y de
marsuinos; luego, oyronse extraos, espantosos mugidos: era una crecida
familia de ballenas que la tempestad empujaba, y que luchaban, geman y
se resistan  morir. Tambin en esta ocasin los machos perecieron al
lado de sus hembras. En gran nmero, preadas y sin defensa contra el
implacable azote, unos y otras fueron lanzados  la costa y destruidos
por el porrazo.

Dos de las hembras parieron en la playa, lanzando gritos desgarradores,
ni ms ni menos que nuestras mujeres, y con sus lamentos parecan querer
indicar que se preocupaban de la suerte que cabra  sus hijuelos.




XIII

Las sirenas.


Acabo de abordar; heme aqu en tierra. Basta ya de naufragios: yo
quisiera razas durables. El cetceo desaparecer. Resumamos nuestras
concepciones, y de esa poesa gigantesca de los recin nacidos, de las
mamas, la leche y la sangre caliente, conservmoslo todo menos el
gigante.

Conservemos, sobre todo, la afabilidad, el amor y la ternura de la
familia. Esos dones divinos debemos guardarlos cuidadosamente en las
razas ms humildes, pero buenas, en que los dos elementos mancomunan su
espritu.

Ya presentimos las bendiciones de la tierra: al abandonar la vida del
pez, varias cosas de absoluta imposibilidad para l fcilmente se
armonizarn.

As que, la ballena, madre cariosa, conoci el abrazo y estrech  su
hijuelo, mas no sobre sus mamas: sus brazos estaban muy arriba, y las
mamas en ese navo viviente deban estar en la parte posterior, entre
los seres nuevos que nadan, pero que al mismo tiempo se encaraman  la
tierra (morsa, lamantn, foca, etc.), las mamas, para que no se
arrastren y topen, suben hasta el pecho. De suerte que se nos presenta
como una sombra de la mujer, forma y actitud graciosa que, de lejos,
ilusiona.

Vista de cerca, si exceptuamos la blancura, el encanto, es exactamente
la mama femenina, ese globo que, hinchado de amor y de la dulce
necesidad de amamantar, reproduce con sus movimientos todos los suspiros
del corazn que late debajo, reclamando  la criatura para sostenerla,
alimentarla y darla descanso. Todo esto fu negado  la madre que nada;
aquel bien es para lo que se posa. La fijeza de la familia, la ternura,
que de da en da va echando hondas races (ms diremos, la Sociedad),
esas grandes cosas comienzan desde que el nio duerme en el seno de la
madre.

* * *

Mas, cmo se obr la metamorfosis del cetceo al anfibio? Vamos  ver
si acertamos  explicarlo.

Su parentesco es evidente. No pocos anfibios arrastran todava, por
desgracia suya, la pesada cola de la ballena, y sta ( lo menos una de
sus especies) ha escondido en su cola el bosquejo y el comienzo evidente
de los dos pies traseros que tendrn los anfibios de un grado superior.

En los mares sembrados de islas, cortadas por lenguas de tierra  cada
paso, los cetceos, detenidos continuamente en su carrera, tuvieron que
modificar sus hbitos. Sus contracciones menos rpidas, su vida cautiva,
disminuy su grandor, reducindolo de la ballena al elefante. Entonces
apareci el elefante de mar. Conservando el recuerdo de las preciosas
defensas con que se armaron ciertos cetceos en su grande vida martima,
nos muestra an muy slidos dientes delanteros, si bien poco temibles:
ni los dientes de la masticacin estn en l bien definidos, sea como
herbvoros  como carnvoros, pues se prestan mal  cualquiera de los
dos regmenes y deben operar con lentitud.

Dos cosas aligeraban  la ballena: su masa aceitosa que la haca flotar
sobre el agua y la poderosa cola cuyo choque alternativo, golpeando por
ambos lados, empujbala hacia avante. Mas todo eso aniquila al anfibio
que barbota en la profundidad de las aguas y se encarama por las rocas
cual pesado caracol. El gil pez, rese de un pez que no puede cazarlo,
no sindole dado apresar ms que los moluscos, tan pesados como l. Poco
 poco, acostmbrase  comer los abundantes y gelatinosos fucos, que
sustentan y engordan sin dar el vigor del alimento animal.

As, puede verse en el Mar Rojo, en el de las islas Malayas y las de
Australia, arrastrarse, fijarse all el raro coloso llamado dugongo, que
domina el agua con su pecho y sus mamas. Nmbrasele  veces dugongo de
los tabernculos, inerte dolo que impone, mas apenas sabe defenderse,
y pronto desaparecer entrando en el dominio de la fbula, en el nmero
de esas leyendas reales de las que nos remos atolondradamente.

Quin produjo ese gran cambio, quin cri ese cetceo terrestre, el
dugongo y la morsa, hermana suya? La suavidad de la tierra, en extremo
pacfica antes de aparecer el hombre en ella--el atractivo de alimentos
vegetales que no se escabullen como la presa marina,--sin duda que
tambin el amor, tan difcil para la ballena y tan fcil en la sosegada
vida del anfibio.

El amor deja de ser fuga y azar. Ya no es la hembra ese fiero gigante,
que era preciso seguir al otro cabo del mundo: sta se mantiene sumisa,
sobre las algas ondulosas, para obedecer  su seor, convirtiendo su
existencia en apacible y voluptuosa. Aqu, apenas se conoce el misterio.
Los anfibios viven buenamente de panza al sol, y siendo muy numerosas
las hembras, se reunen y constituyen un serrallo para sus machos. De la
poesa salvaje hemos venido  parar  los hbitos vulgares,  si se
quiere, patriarcales, de los harto fciles placeres. El gran patriarca,
respetable por su enorme cabeza, sus bigotes y sus armas defensivas,
reina entre Agar y Sara, Rebeca y La, que ama con ternura lo mismo que
 sus hijuelos, los cuales constituyen un pequeo rebao. En su vida,
inmvil, la gran fuerza de ese ser sanguneo, emplase por completo en
las ternezas familiares; abraza  los suyos con tierno amor, con
orgullo, con clera. Es valiente y est pronto  morir en su defensa.
Pero ay! poco le valen sus fuerzas ni su furor: su masa enorme le
entrega al enemigo. Avergnzase, se arrastra, quiere pelear y no puede,
aborto gigantesco, frustrado entre dos mundos, pobre Caliban
desarmado!

* * *

La pesadez, fatal  la ballena, esto todava ms para los seres que nos
ocupan. Reduzcamos an el tamao, aligeremos su gordura, ablandemos la
espina, y sobre todo, suprimamos esa cola,  ms bien, dividamos la
horquilla en dos apndices carnosos que sern de mayor utilidad. El
nuevo ser (foca), ms gil, buen nadador, pescador excelente, viviendo
del mar, pero celebrando en tierra sus festines amorosos (la tierra es
el pequeo paraso de las focas), emplear su vida en el esfuerzo de
volver  ella continuamente y llegar  la roca donde le convidan  estar
su mujer y sus hijos, y donde les provee de pescado. Con la caza en el
hocico, careciendo de las armas defensivas que ayudaban  trepar  la
morsa, pone sus cuatro miembros arriba y abajo, agarrndose  los fucos,
dilatando, dividiendo cada uno de ellos segn puede, de suerte, que,
ramificado  la larga, muestra cinco dedos.

Lo magnfico que tiene la foca, lo que conmueve al ver su cabeza
redonda, es la capacidad del cerebro. Ningn otro ser, exceptuando el
hombre, lo tiene tan desarrollado (Boitard). La impresin que uno siente
es fuerte, mucho ms que la que produce el mono, cuyas muecas nos son
antipticas. Nunca olvidar las focas del Jardn Zoolgico de Amsterdam,
delicioso museo, tan rico y bien organizado, y uno de los sitios ms
encantadores que existen en el mundo. Era el da 12 de julio, y acababa
de caer una lluvia huracanada: el aire era pesado; dos focas procuraban
refrescarse en el fondo del agua, nadando y dando saltos. Al reposarse,
fijaron en m, inteligentes y simpticas, sus suaves ojos
aterciopelados. La mirada era un poco triste: tanto  ellas como  m,
nos faltaba el idioma intermedio para comprendernos. Cuando uno las
mira, no puede despegar los ojos de ellas; siente que ha ya aquella
barrera eterna entre alma y alma.

La tierra es su patria adorada  del corazn: en ella nacen, all tienen
sus amores; heridas,  la tierra van  morir. A la tierra conducen sus
hembras preadas, las acuestan sobre las algas y las sustentan con
pescado. Las focas son tmidas, excelentes vecinas y mutuamente se
defienden; slo que en la poca del celo, se apodera de ellas una
especie de delirio y se baten. Cada macho es dueo de tres  cuatro
compaeras, que instala en tierra sobre una roca musgosa suficientemente
grande. Aqul es su dominio, no permitiendo que nadie lo usurpe y
haciendo respetar su derecho de ocupacin. Las hembras son ms tmidas
que los machos y estn indefensas. Si se las daa, no saben ms que
llorar y agitarse dolorosamente lanzando miradas de desesperacin.

Llevan nueve meses en sus entraas el fruto de sus amores, y amamantan 
su hijuelo otros cinco  seis, ensendole  nadar,  pescar,  elegir
los alimentos ms suculentos; y tendralo ms tiempo  su lado si el
marido no se volviera celoso: ste le expulsa, temeroso de que la harto
dbil madre no le d en l un rival.

* * *

Educacin tan corta, ha limitado sin duda los progresos que hubiese
podido hacer la foca. La maternidad slo es completa entre los
lamantinos, tribu excelente en que los padres no tienen nimo para
despedir al hijo. La madre lo conserva  su lado durante largo tiempo.
Nuevamente preada, y aun cuando amamanta un segundo hijo, vsela llevar
consigo al primognito, joven macho que el padre no maltrata, que
tambin estima y deja  la madre.

Esa ternura extrema, particular  los lamantinos, hase manifestado en la
organizacin por un progreso fsico. En la foca, nadador famoso, y en el
elefante marino, tan pesado, el brazo es una nadadera, estando apretado
y ligado al cuerpo, y no puede desprenderse. Mas el lamantn hembra,
tmida mujer anfibia, _mama di l'eau_, como dicen los negritos de las
colonias francesas, produce el milagro: todo se desliga, por un esfuerzo
constante. La Naturaleza se ingenia con la idea que la atormenta de
acariciar al pequeuelo, abrazarlo y acercrselo  los pechos. Ceden los
ligamentos, se dilatan, desprendiendo el antebrazo, y de ese brazo surge
un plipo aplanado.--Esta es la mano.

De manera que el lamantn goza de tan suprema dicha: con su mano abraza
al hijuelo para estrecharlo contra su pecho, y, agarrndolo, colcalo
sobre su corazn.

He aqu dos grandes cosas que podan llevar muy lejos  esos anfibios:

En ellos ya existe la mano, el rgano de la industria, el instrumento
esencial para el trabajo venidero. Que se ablande y auxilie  los
dientes, como entre los castores, y empezar el arte; primeramente el
arte de abrigar  la familia.

Por otro lado, hcese posible la educacin. El hijuelo colocado sobre el
corazn de la madre, emppase lentamente en su vida, permaneciendo mucho
tiempo  su lado y en la edad  propsito para aprender; todo esto es
debido  la bondad del padre que no rechaza al inocente rival. Y ah
est el progreso.

* * *

Si hemos de dar crdito  ciertas tradiciones, el progreso no qued
limitado  esto. Desarrollados los anfibios, asemejados  la humana
forma, habranse trocado en semihombres, en hombres de mar, tritones 
sirenas. Slo que, al revs de las melodiosas sirenas de la fbula,
stos hubieron permanecido mudos, impotentes para constituirse un
lenguaje, para entenderse con el hombre y moverle  compasin. Talas
razas han desaparecido, dcese, del mismo modo que vemos desaparecer al
infortunado castor que si bien no puede hablar, llora.

Hase dicho con harta ligereza que aquellas extraas figuras no eran otra
cosa que focas. Mas, cabe engao en ello? Todas las especies de focas
que existen son conocidas desde mucho tiempo atrs. En el siglo VII, en
vida de San Columbano, ya se pescaba y se coma su carne.

Los hombres y mujeres de mar de que se hace referencia en el siglo XVI,
fueron vistos no slo rpidamente en medio del lquido elemento, sino
que se les trajo  tierra, se les pase por ella, y vivieron en grandes
centros de poblacin tales como Amberes y Amsterdam, en los palacios de
Carlos V y Felipe II, y por lo tanto estuvieron bajo las miradas de
Vesale y de los primeros sabios de aquella poca. Se hace mencin de una
mujer marina que vivi luengos aos en hbito religioso en un convento
donde  todos era dado verla. No hablaba, pero s se entretena en hilar
y en otros quehaceres. Con todo, el agua la atraa y empleaba toda su
inteligencia para volver  su querido elemento.

Dirse: Si realmente han existido esos seres, por qu fueron tan raros?
Ay! La respuesta nos viene  la mano. Eran raros porque se acostumbraba
 matarlos.

Tenase por pecado dejarles la vida, pues estaban clasificados entre
los _monstruos_. As se expresan las antiguas narraciones.

Todo cuanto se alejaba de las formas conocidas de la animalidad, y
cuanto por el contrario se aproximaba  las del hombre, era reputado
_monstruo_ y se le daba pasaporte para el otro mundo. La madre, asaz
desgraciada para dar  luz un hijo disforme, no poda librarlo:
ahogbasele entre los colchones de la cama, suponindose ser hijo del
diablo, una invencin de su malicia para ultrajar  la Creacin y
calumniar  Dios. Por otra parte,  esos sirenos, demasiado anlogos con
el hombre, tenaselos con ms razn por una ilusin diablica, y tal era
la abominacin que causaban en la Edad Media, que su aparicin
sealbase cual un espantoso prodigio que Dios, en su justa clera,
permite para aterrorizar al pecado. Apenas nadie se atreva  citarlos,
apresurndose  hacerlos desaparecer. El siglo XVI, ms atrevido,
crealos todava diablos disfrazados de hombre, indignos de ser
tocados ms que con el arpn. Cada da se hacan ms raros, cuando 
algunos descredos pasles por la imaginacin especular con ellos
conservndolos y ensendolos.

Nos ha quedado siquiera algn resto, alguna osamenta de ellos?
Sabrmoslo cuando los museos de Europa comiencen  exponer todos sus
inmensos depsitos. Falta espacio, no lo ignoro, y nunca habr bastante,
si para ello se requieren palacios. Empero el ms sencillo abrigo, un
vasto cobertizo (y nada costoso), permitira poner  la vista de todo el
mundo objetos tan slidos como los de que aqu se trata. Hasta ahora
slo nos ha sido dado contemplar algunas muestras y ciertas piezas
escogidas.

Aadamos que la exposicin de los anfibios henchidos de paja, para ser
verdadera debe presentar esos _monstruos_ tan idnticos al hombre, de
lado y en las posturas en que la ilusin sea ms completa. Concededles
esa honra, que bien merecida la tienen. Que la madre Foca  la madre
Lamantina se ofrezca  mi vista sobre su roca cual sirena, en el
primitivo uso de la mano y de las mamas, con su pequeuelo sobre su
seno.

* * *

Es decir que esos seres hubieran podido ascender hasta nosotros? Acaso
fueron los autores los ascendientes del hombre? As lo supuso Mallet.
Por lo que  m toca, no lo creo verosmil.

No cabe duda que en el mar tuvo principio todo lo creado, empero no es
de los animales marinos superiores que sali la serie paralela en las
formas terrestres cuyo remate es el hombre. Estaban ya demasiado
fijados, eran harto especiales para dar el blando bosquejo de una
naturaleza tan distinta; pues haban llevado muy lejos, agotado casi la
fecundidad de sus gneros. En tal caso, los primognitos perecen; y slo
muy abajo, entre los obscuros segundones de alguna clase pariente, surge
la nueva serie que ascender ms arriba. (Vanse las notas al final del
tomo.)

El hombre fu, no su hijo, sino su hermano, un hermano cruelmente
enemigo suyo.

* * *

Helo aqu, el fuerte entre los fuertes, el ingenioso, el activo, el
cruel rey del mundo. Mi libro se ilumina; mas, en cambio, qu va 
ensearnos? Cuntas cosas tristes he de traer  los resplandores de esa
luz!

Ese creador, ese dios tirano, ha tenido el talento de fabricar una
segunda Naturaleza en la Naturaleza misma. Y qu hizo de la otra, la
primitiva, madre y nodriza  la vez? Con los dientes que le diera,
mordi su seno.

Tantos y tantos animales que vivan tranquilamente, se humanizaban y
bosquejaban las artes; hoy da azorados, embrutecidos, hanse convertido
en bestias. Los monos, reyes de Ceiln, cuya discrecin tanta celebridad
adquiriera en la India, son ahora unos salvajes horrorosos, ni ms ni
menos; el brahma de la Creacin, el elefante, perseguido, esclavizado,
queda reducido  una bestia de carga.

Los ms libres entre los seres, en otro tiempo alegra del mar, las
tiernas focas y las inofensivas ballenas, pacfico orgullo del Ocano,
huyeron  los mares polares, al temible mundo de los hielos. Empero no
todos pueden sobrellevar tan ruda existencia, y no transcurrirn muchos
aos sin que desaparezcan por completo.

Una raza desgraciada, la de los campesinos polacos, ha visto brotar de
su corazn el sentido, la inteligencia del desterrado mudo, refugiado en
los lagos de la Lituania, habiendo pasado  ser proverbial entre ellos
que la persona que hace llorar al castor nunca ser afortunada.

El artista ha quedado relegado al rango de una bestia tmida que ni sabe
ni puede nada. Los que habitan todava la Amrica, retrocediendo y
huyendo siempre, no tienen nimo para ninguna empresa. No ha mucho que
un viajero encontr uno de esos animalillos que, tierra adentro, muy
adentro, hacia los altos lagos, emprenda de nuevo, si bien con timidez,
su oficio, quera fabricar el hogar de la familia, cortaba madera. Al
divisar al hombre dej escapar la madera, y ni siquiera tuvo nimo para
huir: slo supo llorar.




LIBRO TERCERO

CONQUISTA DEL MAR




I

El arpn.


Al marinero que llega  la vista de Groenlandia, ningn placer le causa
aquella tierra, dice cndidamente John Ross. No lo dudo. Figuraos una
costa de hierro, de aspecto asolador, donde el negro granito escarpado
no protege ni siquiera  la nieve; y despus, slo se ven hielos. La
vegetacin es all desconocida. Aquella tierra ingrata, que nos oculta
el polo, parece un pas de muerte y de hambre.

En el muy corto intervalo de tiempo que el agua no est helada, la vida
sera posible en aquellos parajes, pero el hielo dura nueve meses en el
ao. Y durante este tiempo, qu hacer?; y los alimentos, dnde
hallarlos? No hay que pensar en buscar. La noche dura varios meses, y en
ocasiones es tal su obscuridad, que Kane, rodeado de sus perros, slo
los divisaba merced  la humedad del aliento. En tan dilatadas, muy
dilatadas tinieblas, sobre esa tierra desolada, estril, vestida de
hielos impenetrables, erran, no obstante, dos solitarios que se obstinan
en vivir all, en medio de los horrores de un mundo imposible. Es uno de
ellos el oso pescador, desabrido, vagabundo bajo su valiosa piel y su
gordura, que le permite ayunar  intervalos. El otro, de aspecto
singular,  cierta distancia parece un pez sentado sobre su cola, pez
mal conformado y desmaado, con largas nadaderas colgantes. Este
semi-pez es el hombre. Ambos se ventean y se buscan: los dos estn
hambrientos. Con todo, el oso  veces huye, rehusa el combate, creyendo
 su contrario ms feroz y ms hambriento que l.

El hombre con hambre es terrible. Sin otra arma que una espina de pez,
persigue al enorme animal; empero hubiera perecido cien veces  no tener
otro alimento que ese compaero terrible. El poder vivir le cost un
crimen. No produciendo nada la tierra, busc hacia el mar, y como ste
estaba cerrado, no tuvo ms remedio que sacrificar  su amiga la foca;
en ella encontraba concentrada la grasa del mar, el aceite, sin el cual
murirase de fro antes que de hambre.

El groenlands no suea ms que en ir  habitar la luna al trmino de su
carrera, donde hallar lea  discrecin, fuego, en fin, la luz del
hogar. En nuestro planeta, el aceite la reemplaza, pues bebindolo
copiosamente calienta su cuerpo.

Gran contraste entre el hombre y los anfibios soolientos, que aun en
dicho clima saben vivir sin padecer mucho. Bastante lo indican los
tiernos ojos de la foca. Nodriza del mar, de continuo est en relacin
con l, y sabe aprovechar todas las ocasiones para aprovisionarse.
Aunque generalmente se la cree muy pesada, se encarama con maa sobre un
tmpano de hielo y hcese conducir de un lado  otro. El agua cubierta
de moluscos, de tomos animados, alimenta superabundantemente  los
peces, que  su vez sirven de pasto  las focas, las cuales, bien
repletas, duermen sobre su roca muy tranquilas, y con sueo tan pesado,
que nada es capaz de interrumpir.

La vida del hombre es enteramente distinta. Parece colocado all contra
la voluntad de Dios, maldito, y todo conspira contra l. En las
fotografas que tenemos de los esquimales, lese su destino terrible en
la fijeza de la mirada, en sus ojos ceudos y negros como la noche.
Parecen como petrificados por una visin, por el habitual espectculo de
un infinito lgubre.

Aquella naturaleza de terror eterno ha ocultado con una mscara de
bronce su elevada inteligencia, rpida, no obstante, y con mil
expedientes en medio de una existencia de peligros imprevistos.

* * *

Qu hacer? Su familia estaba hambrienta y sus hijos lloraban: su mujer
embarazada tiritaba encima de la nieve. El viento del polo azotbales
continuamente con un diluvio de escarcha, con ese torbellino de agudas
flechas que punzan y penetran, embrutecen, haciendo perder la voz y los
sentidos. Cerrado el mar, no haba que pensar en la pesca; pero quedaba
la foca. Y cuntos peces no encierra una foca! Qu riqueza de aceite
acumulado! El pobre animal estaba all, dormido, indefenso; y aun
despierto, no procura huir; al contrario, consiente que se le acerquen,
que le toquen. Al igual del lamantn, para que huya es preciso
apalearle; y los que se pescan jvenes, por ms que los rechacis de 
bordo, siempre seguirn al buque. La misma facilidad debi turbar al
hombre, hacerle titubear, combatir la tentacin; pero el fro pudo ms
que su voluntad y cometi un asesinato. Desde aquel momento era rico y
pudo vivir.

La carne de foca aliment  aquellos hambrientos; el aceite, absorbido 
raudales, calent sus ateridos cuerpos. Los huesos empleronse en
sinnmero de usos domsticos; con las fibras se fabricaron cuerdas y
redes, y la piel sirvi para cubrir las carnes casi heladas de la mujer
esquimal. Su marido usa el mismo traje, con una pequea diferencia en el
corte. Aqulla lo adorna, adems, con un cintillo de cuero colocado en
el borde, para agradar  su compaero y para que la quiera. Pero lo ms
til de todo fu que, maosamente, fabricaron con pieles cosidas  la
ligera,  la par que resistente, mquina donde se aventura aquel hombre
intrpido y  la que ha dado el nombre de barca.

Vehculo ms que mezquino, largo, delgado y que tan poco pesa, est
hermticamente cerrado, menos un agujero do se mete el remero, apretando
el cuero  su cintura. El que lo ve, apostara cualquier cosa que tan
frgil barquilla va  zozobrar... No hay cuidado. Vuela como una flecha
sobre las olas, desaparece, vuelve  aparecer entre los fuertes
remolinos producidos por los hielos y en medio de aquellas flotantes
montaas.

Hombre y barquilla no son ms que una pieza, un pez artificial. Empero,
cun inferior es  los verdaderos peces! Carece del aparejo, de la
vejiga natatoria que sostiene al verdadero, hacindole  voluntad ligero
 pesado. No tiene en su cuerpo el aceite que, ms ligero que el agua,
se obstina en sobrenadar y subir  la superficie. Y, sobre todo, carece
de lo que da al verdadero pez vigor en sus movimientos, la viva
contraccin de la espina para golpear fuertemente con la cola: lo nico
que puede imitar el hombre, aunque muy imperfectamente, son las
nadaderas. Sus remos no apretados al cuerpo, sino movidos  distancia
por un prolongado brazo, son harto blandos, comparados con los del otro,
y pronto se cansan. Quin repara todo esto? La terrible energa del
hombre, y bajo esa invariable mscara, su viva razn, que cual relmpago
resuelve, inventa y halla, minuto tras minuto, un remedio  los peligros
de esa flotante piel que slo le resguarda de la muerte.

A menudo queda obstruido el paso, encontrndose el esquimal ante una
barrera de hierro. Entonces, trucanse los papeles. La barca conduca al
hombre, y ahora es ste el que conduce la barca; crgala sobre sus
hombros, atraviesa los crujientes hielos y pnelo  flote ms lejos. En
ocasiones, salen  su encuentro montaas flotantes que no ofrecen otro
paso que largos corredores que se abren y cierran repentinamente; all
puede desaparecer el esquimal con su frgil esquife, quedar enterrado en
vida; por momentos, dos de aquellas azuladas montaas tal vez se
aproximarn aplastando  l y  su vehculo, hasta dejarlos del espesor
de un cabello. Tal suerte cupo  un barco de gran porte; dividido por el
medio, los dos pedazos fueron destrozados, aplanados.

* * *

Afirman los esquimales contemporneos nuestros, que sus padres pescaron
la ballena. Menos mseros en aquel tiempo, no era tan fro su pas:
ingenibanse mejor, y probablemente conocan el hierro. Tal vez lo
recibiran de Noruega  de Islandia. Las ballenas abundaron siempre en
los mares de la Groenlandia. Grande objeto de concupiscencia para
aquellos  quienes es el aceite artculo de primera necesidad. El pez
dalo gota  gota, la foca  raudales y la ballena  mares.

Un hombre mal equipado, peor armado y mugiendo el mar bajo sus pies,
entre tinieblas, en medio de los hielos, fu el primero que intent
tamaa hazaa, y solo, enteramente solo, plant cara al coloso de los
mares.

El fu quien tuvo tal confianza en su fuerza y en su nimo, en el vigor
de su brazo, en la aspereza del golpe, en la pesadez del arpn: l quien
crey poder atravesar la piel y la muralla de grasa, la dura carne del
animal.

El quien supuso que  su terrible despertar, y  pesar de la tempestad
que promueve el herido con sus saltos y sus coletazos, no lo arrastrara
consigo al fondo de los mares. Audacia inaudita! Aada un cable  su
arpn para perseguir su presa, despreciaba la horrorosa sacudida, sin
reflexionar que el atemorizado animal poda zambullirse bruscamente y
darle un mal rato.

Otro peligro tiene esa pesca, y es que en vez de la ballena, puede
encontrarse uno con su mortal enemigo, el terror de los mares, el
cachalote. No es enorme ste, pues slo mide de sesenta  ochenta pies;
su cabeza tiene de veinte  veinticinco, una tercera parte de la
dimensin total. En tal caso, ay del pescador! El es el que  su vez se
convierte en pescado, siendo presa del monstruo. El cachalote est
armado de cuarenta y ocho dientes colosales y de horribles quijadas
capaces de tragrselo todo, hombre y embarcacin. Parece ebrio de
sangre. Su ciega rabia aterroriza  todos los cetceos que, al
divisarlo, huyen mugiendo, varan en la playa  veces, se esconden entre
la arena  el fango. Lo temen muerto y todo, no osando acercarse  su
cadver. La especie ms salvaje del cachalote es el orea  fisetera de
los antiguos, tan temido de los islandeses que ni aun se atrevan 
pronunciar su nombre cuando navegaban, creyendo que tal vez los oyera y
acudiera  su presencia; al paso que estaban persuadidos que una especie
de ballena (la jubarta) los estimaba y protega, provocando al monstruo
para que pudieran ponerse en salvo.

* * *

No falta quien diga que los primeros hombres que afrontaron tamaa
aventura necesitbase estuvieran muy excitados y que fuesen
_excntricos_ y _cabezas destornilladas_. Pretndese, adems, que los
primitivos pescadores de esos monstruos no fueron los discretos hombres
del Norte, sino nuestros vascos, hroes del desvaro. Andarines
terribles, cazadores del Monte Perdido y desenfrenados pescadores,
recorran en barquichuelos su caprichoso mar, el golfo  sumidero de
Gascua, dedicndose  la pesca del atn. Notaron aquellos intrpidos
navegantes que las ballenas retozaban, y comenzaron  perseguirlas, lo
mismo que se encarnizan detrs de la gamuza en los barrancos, los
abismos y los ms espantosos resbaladeros. A esa pieza de caza (la
ballena) muy tentadora por su tamao y por las vicisitudes que causa el
perseguirla, hicironla guerra  muerte doquiera que la encontrasen; y
sin notarlo, empujbanla hacia el polo.

All el pobre coloso crey poder vivir tranquilo, no suponiendo que los
hombres fuesen tan locos que lo persiguieran hasta en aquellas apartadas
regiones. La pobre ballena dorma muy sosegada, cuando nuestros
atolondrados hroes se acercaron  ella cautelosamente.

Apretando su cinturn colorado, el ms fornido, el ms gil saltaba de
su barquichuelo, y ya encima de aquella mole inmensa, sin preocuparse
del riesgo que pudiese correr su vida, lanzando un han! prolongado,
hunda el arpn en las carnes del confiado monstruo.




II

Descubrimiento de los tres Ocanos.


Quin abri  los hombres la navegacin de alto bordo? Quin revel
los mares, marc las zonas y las rutas? Finalmente, quin descubri el
globo? La ballena y el ballenero.

Y todo esto mucho antes de que vinieran al mundo Coln y los buscadores
de oro, para quienes fu el lauro, hallando otra vez con no poca
algazara lo que descubrieran anteriormente los pescadores.

La travesa del Ocano, cosa tan celebrada en el siglo XV, habase
llevado  cabo  menudo por el estrecho paso de Islandia  Groenlandia,
y aun mar adentro, pues los vascos llegaban hasta Terranova. La travesa
era lo de menos para gentes que iban  buscar al otro extremo del mundo
ese supremo peligro: la lucha con la ballena. Dirigirse  los mares del
Norte, combatir cuerpo  cuerpo con la montaa viviente, en medio de la
obscuridad de la noche, y, lo que es ms an, exponindose  naufragar
con ella; los que esto practicaban tenan el alma asaz bien templada
para mirar con indiferencia los peligros anejos  una larga navegacin.

Guerra noble, grande escuela de valientes. Aquella pesca no era como
ahora una fcil carnicera emprendida prudentemente  lo lejos por medio
de una mquina: herase al monstruo con la mano, arriesgbase la vida 
cada paso. Verdad es que era escasa la matanza de ballenas, pero el
hombre ejercitbase en la marinera, en actos de paciencia, de
sagacidad, de intrepidez. Los balleneros traan de sus excursiones menor
cantidad de aceite y mayor dosis de gloria.

Cada nacin demostraba en aquella lucha su genio peculiar. Reconocase 
los pescadores en el modo de portarse. Hay mil formas de valenta, y sus
variedades graduadas eran como una escala heroica. En el Norte los
escandinavos, las razas rojas (desde Noruega  Flandes), con su furor
sanguneo; en el Medioda, la intrepidez vasca y la locura lcida que
tan bien supo guiarse alrededor del mundo; en el centro, la firmeza
bretona, muda y paciente, pero de una excentricidad sublime en el
momento del peligro; finalmente, la discrecin normanda, armada de la
asociacin y de la mayor previsin, valor calculado, desafindolo todo,
se entiende cuando est segura del xito. Tal era la belleza del hombre
en esa manifestacin soberana.

* * *

Mucho tenemos que agradecer  la ballena: sin ella, los pescadores no se
habran movido de las costas, pues apenas hay pez que no sea ribereo.
Ella los emancip, llevndolos  todas partes. Arrastrados, fascinados
por el monstruo, se engolfaron en el Ocano y, de etapa en etapa, detrs
de l siempre, encontrronse haber pasado del uno al otro mundo.

Entonces, los hielos no eran tan compactos, y aseguran haber llegado al
polo (esto es, distaban de l siete leguas). La Groenlandia no les
sedujo: ellos no iban en busca de tierras, sino del mar y de los parajes
frecuentados por la ballena. Todo el Ocano la sirve de refugio,
pasendose por l, especialmente en alta mar. Cada especie da la
preferencia  cierta latitud,  una zona de aguas ms  menos fra. He
aqu lo que traz las grandes divisiones del Atlntico. La muchedumbre
de ballenas inferiores que tienen una nadadera sobre el lomo
(ballenpteros) se encuentran en los puntos ms clidos y fros (la
Lnea y los mares polares).

En la gran regin intermedia, el feroz cachalote se inclina al Sur,
devastando las aguas tibias. La ballena franca, al contrario, las teme,
mejor dicho, las tema (es tan rara al presente!). Sustentada ante todo
de moluscos y de otras existencias elementales, bscalas en las aguas
templadas, un poco al Norte. Jams se la vea surcar las clidas
corrientes del Medioda, lo cual di margen  que se observara la
corriente, y trajo el descubrimiento esencial de _la verdadera ruta de
Amrica  Europa_. De Europa  Amrica, uno es llevado por los vientos
alisios.

Si la ballena franca abomina las aguas calientes y no puede pasar el
Ecuador, tampoco le ser dado dar la vuelta  la Amrica. Cmo es,
pues, que una ballena herida en este lado del Atlntico es vista  veces
en el otro, entre la Amrica y el Asia? _Porque existe un paso al
Norte._ Segundo descubrimiento. Vivo resplandor esparcido tocante  la
forma del globo y la geografa de los mares.

Por grados la ballena hanos conducido  todas partes. Muy rara al
presente, nos obliga  revolver los dos polos, el ltimo rincn del
Pacfico en el estrecho de Behring, y el infinito de las aguas
antrticas. Existe una regin inmensa que ninguna embarcacin, ni de
guerra ni mercante, ha atravesado todava, algunos grados ms all de
las puntas de Amrica y de Africa. Nadie la huella sino los balleneros.

* * *

A haberse querido, los grandes descubrimientos del siglo XV se
verificaran mucho antes. Bastaba ponerse en contacto con los vagabundos
del mar, los vascos, los islandeses  noruegos, y nuestros normandos.
Mas, por motivos distintos, se desconfiaba de ellos. Los portugueses
slo admitan en su servicio  hombres de su nacin y de sus escuelas
que ellos mismos formaran; teman  nuestros normandos,  quienes
expulsaban y desposean de la costa de Africa. Por otro lado, los Reyes
de Castilla tuvieron siempre por gentes sospechosas  sus sbditos los
vascos, quienes merced  sus privilegios constituan una especie de
repblica, y adems pasaban por hombres peligrosos, indomables. Esto fu
causa de que se malograra ms de una empresa de las ideadas por aquellos
Prncipes. Bastar citar una sola, la de la armada Invencible. Haba al
servicio de Felipe II dos ancianos almirantes vascongados, pero el
soberano espaol quiso dar el mando de la Invencible  un castellano.
Sucedi lo que haban predicho los dos marinos vascos: la escuadra se
fu  pique.

* * *

Una enfermedad terrible acababa de estallar en el siglo XV: el hambre,
la sed del oro, la necesidad absoluta de poseer este metal. Pueblos y
reyes, todos deliraban por obtenerlo. Ya no era posible equilibrar los
gastos con los ingresos. Moneda falsa  de baja ley, crueles pleitos y
guerras atroces, todo se ensayaba, mas el oro no vena. Los alquimistas
prometan hacerlo, pronto, muy pronto, pero era preciso esperar. El
fisco, cual furioso len hambriento, devoraba judos, devoraba moros, y
de tan rico manjar no quedaban ni los huesos.

Otro tanto aconteca con el pueblo. Flaco y rodo hasta los tutanos,
peda un milagro que hiciera llover oro.

Todo el mundo ha ledo la magnfica historia de Sindbad (_Mil y una
noches_), y se recordar cmo empieza, historia eterna que todos los
das se renueva. El pobre obrero Hindbad, las espaldas cargadas de lea,
oye desde la calle la msica y algazara que hay en el palacio del rico
viajero Sindbad, y haciendo comparaciones asltale el demonio de la
envidia; pero Sindbad le cuenta cunto ha sufrido para obtener aquel oro
que tanto le deslumbra. Hindbad queda asustado de la narracin. El
efecto que produce el cuento es exagerar los peligros y al propio tiempo
los beneficios de la gran lotera de los viajes, desanimando de paso el
trabajo sedentario.

La leyenda que en el siglo XV tena trastornadas las cabezas de grandes
y pequeos, de pobres y ricos, era una reminiscencia de la fbula de las
Hesprides, un _Eldorado_, tierra del oro, colocada en las Indias y que
se sospechaba ser el paraso terrenal, subsistente en este mundo de
pesares. Slo faltaba encontrarlo. Nadie se cuidaba de buscarlo al
Norte, y he aqu por qu se hizo tan poco caso del descubrimiento de
Terranova y de la Groenlandia. Al Medioda, por el contrario, habase
encontrado (en Africa) cierta cantidad de oro en polvo. No se necesitaba
ms para cobrar nimo.

Los soadores y los eruditos de un siglo pedantesco amontonaban y
comentaban los textos; y el descubrimiento, harto fcil en s, se
dificultaba  fuerza de lecturas, de reflexiones, de quimricas utopas.
Era  no era el paraso esa tierra del oro? Estaba situada en los
antpodas? Existan acaso dichos antpodas?... Al oir eso los doctores,
los hombres de sotana, reprendan  los sabios, recordndoles que sobre
el particular la doctrina de la Iglesia era formal, habiendo sido
condenada expresamente la hereja de los antpodas.

Grave dificultad! Nadie se atreva  pasar adelante.

Por qu la Amrica, conocida ya, era tan difcil de descubrir? Porque
se quera y se tema  la vez encontrarla.

* * *

El sabio librero italiano, Coln, saba bien lo que se haca. Haba
estado en Islandia recogiendo las tradiciones; y, por otra parte, los
vascos le comunicaban cuanto saban de Terranova. Un gallego haba hecho
aquel viaje y habitado la tierra, y Coln asocise con pilotos
establecidos en Andaluca, los Pinzones, que se cree eran de la familia
de los Pinon de Dieppe.

Este ltimo punto no deja de ser verosmil. Nuestros normandos y los
vascos, sbditos de Castilla, estaban en ntimas relaciones. Estos son
los nombrados _castellanos_ que  las rdenes del normando Bethencourt
emprendieron la clebre expedicin de las Canarias (Navarrete). Nuestros
reyes concedieron privilegios  los _castellanos_ establecidos en
Honfleur y Dieppe, mientras que los dieppenses posean factoras en
Sevilla. No puede afirmarse que un diepps haya descubierto la Amrica
cuatro aos antes que Coln; empero poca duda cabe que los Pinzones de
Andaluca eran armadores normandos.[2]

Ni vascos ni normandos habran logrado hacerse autorizar por el reino de
Castilla. Fu menester un italiano hbil y elocuente, un genovs
obstinado que prosigui la empresa quince aos consecutivos, que supo
aprovechar la hora propicia y descartar todos los escrpulos. La ocasin
oportuna fu cuando la guerra de conquista contra los moros costaba tan
cara  Castilla, cuando de todas partes oase el clamoreo de: _oro!
oro!_ Fu cuando la Espaa victoriosa deliraba por su gran cruzada y
estableca el tribunal de la Inquisicin. El italiano se agarr  esta
palanca, convirtindose en ms devoto que los devotos. Obr por la
Iglesia misma: representse  Isabel como un caso de conciencia el dejar
tantas naciones paganas envueltas en las sombras de la muerte; fula
demostrado con toda claridad que descubrir el pas del oro equivala al
exterminio del turco y  la reconquista de Jerusaln.

Sabido es que de las tres carabelas que formaron la expedicin, dos
fueron suministradas por los Pinzones que las comandaban. Ellos tomaron
la delantera. Verdad que uno se enga; mas los otros dos, Francisco
Pinzn y su joven hermano Vicente, piloto del barco _Nia_, indicaron 
Coln que deba seguirles al Suroeste (12 de octubre de 1492). El
italiano, que se encaminaba en derechura al Oeste, hubiese encontrado
en toda su fuerza la clida corriente que de las Antillas se dirige 
Europa, y mucho le habra costado salvar aquel lquido muro, pereciendo
 navegando con tal lentitud que su tripulacin se revoltara. Los
Pinzones, por el contrario, poseyendo tal vez algunas tradiciones sobre
aquel viaje, navegaron como si conociesen dicha corriente, no
afrontndola  su salida, sino que, declinando al Sur, pasaron sin
trabajo y abordaron en el mismo punto donde los vientos alisios
empujaban las aguas del Africa hacia la Amrica, en los lmites de
Hait.

Esto est corroborado por el diario mismo de Coln, que confiesa con
franqueza que los Pinzones le guiaban.

Quin fu el primero que divis la Amrica? Un marinero de la
tripulacin de los Pinzones, si hemos de dar crdito  la investigacin
hecha por orden del Rey en 1513.

Segn esto, era de presumir que una buena parte de las ganancias y de la
gloria correspondera  los Pinzones. Armse un pleito, y el Rey se
decidi en favor de Coln. Por qu? Porque (con toda verosimilitud) los
Pinzones eran normandos, y Espaa prefiri reconocer el derecho de un
genovs sin estabilidad y sin patria al de los franceses, de la gran
nacin rival, de los sbditos de Luis XII y de Francisco I, que algn
da hubieran podido transferir ese derecho  sus soberanos. Uno de los
Pinzones muri de pesar.

Fuera de esto, quin haba sabido levantar el grande obstculo de la
repugnancia religiosa, empleando toda su elocuencia, su destreza y
perseverancia para decidir los nimos en favor de la expedicin? Coln y
slo Coln. El era el nico creador de la empresa y fu asimismo su
heroico ejecutor. As, pues, merece la gloria que le ha dado la
posteridad.

* * *

Opino, como M. Julio de Blosseville (corazn noble, buen juez de los
grandes hechos), opino que lo nico difcil que hubo en esos
descubrimientos fu el dar la vuelta al mundo, la empresa de Magallanes
y de su piloto Sebastin de Elcano.

El acto ms brillante, el ms fcil, haba sido la travesa del
Atlntico, al impulso de los vientos alisios, el encuentro de la
Amrica, descubierta de tiempo atrs al Norte.

Los portugueses llevaron  cabo una empresa menos extraordinaria que
sta, empleando un siglo en el descubrimiento de la costa occidental de
Africa. Nuestros normandos, en poco tiempo haban encontrado la mitad de
ella. A pesar de cuanto se ha dicho de la escuela de Lisboa y de la
loable perseverancia del prncipe Enrique su fundador, el veneciano
Cadamosto da testimonio en su relacin de la escasa habilidad de los
pilotos portugueses. Cuando tuvieron entre ellos uno verdaderamente
intrpido y hombre de genio, Bartolom Daz, que dobl el Cabo,
reemplazronlo con Gama, gran seor de la casa real y afamado guerrero.
Preocupbanse ms los portugueses de las conquistas y de los tesoros que
con ellas pudiesen ganar que de los descubrimientos propiamente dichos.
Gama fu un modelo de valientes, empero tom harto al pie de la letra
las rdenes que llevaba de no sufrir  nadie en los mismos mares que l
recorra. Habiendo pasado brbaramente  cuchillo una nave cargada de
peregrinos que vena de la Meca, levantse un clamor general contra los
de su nacin y aument en todo el Oriente el horror que inspiraba el
nombre cristiano, cerrndose con tal acto ms y ms las puertas del
Asia.

* * *

Es cierto que Magallanes haba visto el mar Pacfico sealado en un
globo por el alemn Behaim? No, ese globo no lo conoce nadie. Habra
visto en casa de su amo, el Rey de Portugal, algn mapa que lo indicara?
As se ha dicho, pero nadie lo ha probado. Ms probable es que los
aventureros que haca cosa de veinte aos recorran el continente
americano, hubieran visto, pero visto con sus propios ojos, el mar
Pacfico. Ese rumor que circulaba acordbase muy bien con la idea que
daba el clculo de tal contrapeso, necesario al hemisferio que habitamos
y al equilibrio del globo.

No hay existencia ms azarosa que la de Magallanes. Constityenla
combates, viajes  lejanas tierras, hudas y litigios, naufragios,
asesinato frustrado, y finalmente, prdida de la vida en manos de los
salvajes. Btese en Africa; btese en las Indias; se casa entre los
malayos, tan bravos y feroces, y l mismo parece haber sido uno de
tantos.

Durante su larga permanencia en Asia recoge todos los informes, prepara
su grande expedicin, su tentativa de encaminarse por la Amrica  las
islas de las especias, las Molucas. Comprndolas en la misma fuente,
naturalmente que seran ms baratas que sacndolas como hasta entonces
del occidente de la India. De manera que en su origen la empresa fu
completamente mercantil... (Vase  Navarrete, F. Denis, Charton). Una
baja sobre la pimienta fu la inspiracin primitiva del viaje ms
heroico que se ha hecho en nuestro planeta.

Por aquellos tiempos, el espritu cortesano, la intriga, tenanlo
dominado todo en Portugal. Agraviado Magallanes, pas  Espaa, y el
magnnimo Carlos V le di cinco naves, si bien no os fiarse enteramente
de un trnsfuga portugus, y por lo tanto impsole un socio castellano.
Magallanes parti entre dos peligros: la malevolencia castellana y la
venganza de sus compatricios, que queran asesinarle. La tripulacin no
tard en amotinarse, desplegando nuestro hroe con tal motivo un
terrible herosmo, indomable, brbaro. Hizo poner grillos  su
compaero, proclamndose jefe nico, al paso que los recalcitrantes eran
apualeados, degollados, desollados vivos.--Y en medio de todo eso son
la voz de naufragio! y se perdieron algunos barcos.--Nadie quera
seguirle, cuando los navegantes contemplaron atemorizados el aspecto
aterrador de la punta de Amrica, la desolada Tierra del Fuego, y el
fnebre cabo Forward. Esa comarca, arrancada del Continente por
violentas convulsiones, por la furiosa ebullicin de mil volcanes,
asemjase  una tormenta de granito. Hinchada, resquebrajada por un
enfriamiento repentino, su aspecto es horroroso. Vense no ms que agudos
picos, campanarios excntricos, espantosas y negras mamilas, dientes
atroces de tres puntas, y toda esa masa de lava, de basalto, de
fundiciones de fuego, est coronada de lgubre nieve.

Las tripulaciones estaban aburridsimas, pero Magallanes dijo:
_Adelante!_ y busc, di vueltas, desenmarase en medio de cien islas,
penetr en un mar sin lmites, aquel da _pacfico_, cuya denominacin
ha conservado.

El intrpido navegante encontr su tumba en las Filipinas. Haba perdido
cuatro buques, y el nico que quedaba la _Victoria_, slo tena trece
hombres, pero contbase entre ellos el gran piloto, el intrpido 
invulnerable vasco Sebastin de Elcano, que regres solo de su
expedicin (1521), habiendo sido el primer mortal que diera la vuelta al
mundo.

Ninguna empresa haba ms grande que aqulla. Desde ese da, el globo
estaba seguro de su esfericidad. La maravilla fsica del agua tendida
uniformemente sobre una bola  la que se adhiere sin desviarse, ese
milagro, acababa de ser demostrado. Por fin era conocido el mar
Pacfico, el grande y misterioso laboratorio donde, lejos de nuestras
miradas, la Naturaleza trabaja profundamente la vida, elaborndonos
nuevos mundos, nuevos continentes.

Revelacin de gran alcance, no slo material, sino tambin moralmente,
que centuplicaba la audacia del hombre y le lanzaba  otro viaje sobre
el libre Ocano de las ciencias, al esfuerzo (temerario, fecundo) de dar
la vuelta  lo infinito.




III

La ley de las tempestades.


De ayer slo data la construccin de buques  propsito para la
navegacin austral, siendo la oleada tan fuerte y dilatada en aquellos
mares, que forma verdaderas montaas. Qu pensar de esos primitivos
navegantes, los Daz y los Magallanes, que se aventuraron  surcarlos
metidos en las pesadas y diminutas cscaras de aquellos tiempos?

En particular, para los mares polares, tanto rticos como antrticos,
requirense buques exprofeso. Valor necesitaban los que, cual Cabot,
Brentz y Willoughby, montados en barquichuelos informes, remontando el
torrente de hielos, afrontaron el Spitzberg, abrieron la Groenlandia por
su fnebre entrada, el cabo _Adis_, introducindose hasta aquel rincn
donde aun en nuestros das han ido  estrellarse doscientos barcos
balleneros.

El lado sublime en esos hroes de otros tiempos, es su misma ignorancia,
su ciega intrepidez, su resolucin desesperada. No conocan el mar,
teniendo que desafiar espantosos fenmenos cuya causa ni siquiera
sospechaban: la misma ignorancia respecto  las cosas del cielo. Su
nico norte era la brjula. No haba que hablarles de ninguno de esos
instrumentos fsicos que nos guan y nos dan frmulas las ms exactas,
pues iban con los ojos cerrados y envueltos entre tinieblas. Estaban
como aterrorizados, confisanlo sin rebozo, empero no haba nadie capaz
de desaferrarlos de sus ideas. Las borrascas martimas, los torbellinos
de la atmsfera, los trgicos dilogos de los dos Ocanos, las tormentas
magnticas llamadas auroras boreales, toda esa fantasmagora parecales
la Naturaleza furiosamente turbada  irritada, la lucha de Satans.

* * *

Durante tres siglos, los progresos fueron lentos. Cook y Pern son un
ejemplo de lo difcil, peligrosa  incierta que era la navegacin aun en
tiempos tan inmediatos  los nuestros.

Al valeroso Cook, hombre de imaginacin muy viva, caus impresin aquel
espectculo y dice en su diario: Es tan grande el peligro, que me
atrevo  decir que nadie intentar ir ms lejos que yo.

Y slo despus que los viajes se hicieron ms regulares, se traspasaron
los lmites marcados por l.

Un gran siglo, siglo Titn, el diecinueve, ha logrado observar framente
esos objetos. Es el primero que osara mirar frente  frente la
tempestad, anotar su furia, escribir, digmoslo as, bajo su dictado.
Sus presagios, sus caracteres, sus resultados, todo hase registrado.
Luego vino la explicacin y vulgarizacin, surgiendo un sistema  que se
aplic un ttulo atrevido y que en otro tiempo hubirase tenido por una
impiedad: _La ley de las tempestades_.

De suerte que lo que se creyera un capricho haba de llegar 
convertirse en ley. Esos hechos terribles, tomando ciertas formas
regulares, perderan en gran parte su potencia de desvaro. Tranquilo y
fuerte el hombre, en medio del peligro imaginarase si acaso no pueden
oponrsele medios de defensa regulares tambin. En una palabra, si la
tempestad llegase  constituir una _ciencia_, no podra crearse un
_arte_ de salvacin? Un arte para evitar los huracanes, y aun
_aprovecharse_ de ellos?

* * *

Esa ciencia no pudo iniciarse mientras se estuvo aferrado  las ideas
antiguas que atribuan las borrascas al capricho de los vientos. Una
observacin atenta dej probado que los vientos carecen de caprichos,
que son el accidente,  veces el agente de la borrasca, y sta, por lo
general, un _fenmeno elctrico_ que  menudo se pasa de ellos.

El hermano del convencionalista Romme (principal autor del calendario)
sent las primeras bases. Haban notado los ingleses que, en las
borrascas de la India navegaban largo tiempo sin adelantar un paso,
encontrndose despus de ellas en el mismo sitio donde les haban
cogido. Romme reuni todas las observaciones, demostrando que otro tanto
suceda durante las tempestades de la China, del Africa y del mar de las
Antillas, y fu el primero en notar que los ventarrones rectilneos son
ms raros, que generalmente toda borrasca tiene el _carcter circular_,
que es un torbellino.

La tempestad arremolinada de los Estados Unidos en 1815, la de 1821
(este ao hubo una gran erupcin del Hecla), en que los vientos soplaban
de todos los puntos hacia el centro, despertaron la atencin de la
Amrica y de la Europa. Brande en Alemania, al mismo tiempo que Redfield
en Nueva York siguieron las huellas de Romme, estableciendo la ley
siguiente: que en general era la tempestad un _torbellino progresivo que
avanza dando vueltas sobre s mismo_...

En 1838, el ingeniero ingls Reid, que de orden superior pas  la
Barbada despus de la clebre tormenta que caus mil quinientas
vctimas, determin el doble movimiento de rotacin. Empero su gran
descubrimiento consiste en haber observado, formulado: _Que en nuestro
hemisferio boreal la tempestad va de derecha  izquierda_, es decir,
parte del Este, va al Norte, da la vuelta al Oeste y al Sur, para volver
al Este. _En el hemisferio austral la tempestad va de izquierda 
derecha._

Observacin de grandsima utilidad prctica que gua en adelante la
maniobra.

De suerte que Reid estuvo muy exacto dando  su libro el pomposo ttulo:
_De la ley de las tempestades_.

* * *

Era la ley de su _movimiento_, no la explicacin de su causa: no
indicaba con esto lo que las produce y lo que son en s.

Luego, reaparece la Francia. Peltier (_Causas de las trombas_, 1840)
estableci por medio de innumerables hechos y con sus ingeniosos
experimentos, que las trombas de tierra y de mar _son fenmenos
elctricos_, en que los vientos slo desempean un papel secundario.
Hace cien aos que Beccaria haba sospechado lo mismo. Empero estaba
reservado  Peltier penetrar el asunto reproducindolo, hacer trombas en
miniatura y tempestades de entretenimiento.

Las trombas elctricas nacen desde luego cerca de los volcanes, en los
respiraderos del mundo subterrneo, siendo ms comunes en los mares
asiticos que en los nuestros.

El Atlntico, abierto en ambas extremidades y recorrido  lo largo por
los vientos, est menos sujeto  trombas, pero en cambio se sienten en
l con ms frecuencia los ventarrones rectilneos. Con todo, Piddington
cita un sinnmero de circulares habidos en ese mar.

Durante los aos 1840  1850 hicironse en Calcuta y Nueva York las
inmensas compilaciones de Piddington y de Maury. Este ltimo ha
adquirido un nombre muy ilustre gracias  sus mapas, sus _Direcciones_ y
su _Geografa del mar_, evangelio de la Marina en nuestros tiempos.
Piddington, menos artista, pero tan sabio como el norteamericano, en su
_Gua del marino_, enciclopedia de las tempestades, da los resultados de
una ilimitada experiencia, los medios minuciosos de calcular la
proximidad  distancia del _ciclone_  torbellino, de fijar su rapidez,
de apreciar la curva que describen los vientos, la naturaleza de las
distintas olas. Este sabio ha corroborado los juicios de Peltier,
adoptado la causa elctrica, y refutado las explicaciones que se
buscaban en los vientos tomando el efecto por la causa.

* * *

El antiguo arte de los augurios, la ciencia de los vaticinios, que no
deben despreciarse, vuelve  ponerse sobre el tapete en ese libro
excelente.

La puesta del sol no debe mirarse con indiferencia: si es rojo, si las
olas del mar reflejan un color de sangre, el otro Ocano (la atmsfera),
nos prepara una borrasca. Un anillo alrededor del astro diurno, un
resplandor rojizo en medio de un crculo plido, estrellas cambiantes y
que parecen que caen, son indicios de un trabajo amenazador en la regin
superior.

Peor seal es cuando veis,  travs de una atmsfera nada limpia, correr
cual flechas, nubecillas de un color purpurino obscuro; si masas
compactas empiezan  figurar extraos edificios, arco-iris destrozados,
puentes ruinosos y otros mil caprichos. Entonces estad seguros de que el
drama ya ha dado principio arriba. La calma es completa, mas, en el
horizonte, aparecen plidos relmpagos;  pesar del silencio que reina,
yese por momentos un ruido sordo que parece se detiene. El mar se
estrella contra la playa gimiendo y suspirando, y  veces, de su fondo,
se escapa un sordo rumor... Prestad atencin  esto: _es la llamada del
mar_. (Locucin inglesa).

Esto basta para poner en guardia al pjaro. Si no est distante de la
costa vsele (cuervo marino, goelandio  gaviota) regresar  la tierra
con la mayor rapidez posible, guarecindose en alguna roca. En alta mar,
cualquiera embarcacin les sirve de isla y de punto de descanso. Dan
vueltas en derredor, y  veces solicitan la hospitalidad con la mayor
franqueza, posndose momentneamente sobre los mstiles. No tardaris
en divisar el sombro petral, ave de vuelo siniestro, el cual tan
hbilmente sabe poner en peligro la embarcacin, colocndose entre sta
y el huracn.

Alegraos si truena; la descarga elctrica hcese arriba. Tanto de ganado
 la tempestad. Observacin remota y confirmada cientficamente por
Peltier y por la experiencia de Piddington y de tantos otros.

Si la electricidad acumulada arriba, baja silenciosa, si no llueve, la
descarga harse abajo, creando corrientes circulares. Por lo tanto habr
tromba y huracn.

* * *

A veces la tromba os coge en la rada. En 1698, hallndose el capitn
Langford en el puerto, y bien anclado, vi llegar la tromba y al momento
se hizo  la vela, ponindose bajo el amparo del mar. Las otras naves se
quedaron creyendo obrar ms prudentemente y fueron destrozadas.

En Madrs y en la Barbada hcense seales para avisar  los buques
fondeados. En el Canad, el telgrafo elctrico, mucho ms rpido que la
electricidad celeste, hace circular de puerto en puerto el aviso de la
tempestad que se prepara  recorrerlos todos.

El gran consejero para el marino que se encuentra en alta mar, es el
barmetro. Su perfecta sensibilidad revela los grados exactos del peso
con que le oprime la tempestad. Mudo al principio, dirase que duerme;
mas, ha recibido un tenue golpe, golpe de batuta que seala el preludio:
hele aqu inquieto. Contesta, vibra, oscila; se repliega, baja. La
atmsfera elstica, bajo los cargados vapores, pesa; y luego,
repentinamente, rebota y sube. El barmetro tiene su borrasca peculiar.
Plidos resplandores se desprenden, en ocasiones, del mercurio, llenando
el tubo (Pern hizo esta observacin en la isla de Mauricio). En las
rfagas parece como que respira. El barmetro de agua, en sus
fluctuaciones (dicen Daniel y Barlow), tena el aliento, el resoplido de
un animal salvaje.

Y el _ciclone_ avanza, en ocasiones, desembozadamente, engalanndose en
su vasta densidad con todas sus luces elctricas. Hay momentos en que se
anuncia por medio de chorros, de bolas de fuego. En el gran huracn
acaecido en las Antillas en el ao 1772, en que el mar subi setenta
pies, en medio de la obscuridad de la noche, los cerros de la costa
vironse alumbrados por globos inflamados.

Su aproximacin es ms  menos rpida. En el Ocano Indico, sembrado de
islas y de todo gnero de obstculos, con frecuencia la tromba slo
recorre dos millas por hora, al paso que en la clida corriente
procedente de las Antillas, su velocidad es de cuarenta y tres millas.
Su fuerza de traslacin sera incalculable  no tener una oscilacin
debida  los vientos de adentro y de afuera.

Lenta  rpida, su fuerza es siempre la misma. Bast un instante y una
sola ola, en 1789, para destrozar todas las embarcaciones abrigadas en
el puerto de Coringa y lanzarlas  los llanos; la segunda ola inund la
poblacin, y  la tercera, todos los edificios quedaron convertidos en
un montn de ruinas, pereciendo veinte mil personas. En 1822, al
contrario, en las bocas del Bengala, vise  la tromba durante
veinticuatro horas, aspirar el aire y subir el agua otro tanto,
tragndose cincuenta mil seres humanos.

Ahora, el aspecto cambia. Nos encontramos en Africa. All, llmase
tornado  la tempestad. Estando la atmsfera calmosa y despejada, se
siente cierta opresin en el pecho. Una mancha negra aparece en el
cielo, semejante al ala de un buitre: dicha ala se desparrama, se
ensancha desmesuradamente: luego, desaparece todo, todo da vueltas. Es
asunto de quince minutos. La tierra queda devastada, el mar trastornado;
de la embarcacin, ni trazas. La Naturaleza no vuelve  recordar lo que
por ella ha pasado.

Hacia Sumatra y el reino de Bengala, veris al anochecer   media noche
(nunca por la maana), formarse un arco en el firmamento. De repente se
ensancha, y de aquella negra arcada se desprenden plidas y tristes
exhalaciones. Infeliz del que tenga que sobrellevar la primera ventada
que de all parte! Tal vez perezca.

Empero la forma ordinaria que reviste la tempestad es la de un embudo.
Un marino que se dej engaar, dice: Vime como en la sima de un enorme
crter de volcn;  nuestro alrededor nada ms que tinieblas, arriba un
rayo de luz. Es lo que se llama en trminos tcnicos: _el ojo de la
tempestad_.

Una vez metido en la empresa, no es posible volverse atrs; no podis
desasiros. Salvajes mugidos, aullidos plaideros, estertor y gritos de
ahogado, crujidos y lamentos de la pobre nave, que vuelve  revivir como
cuando estaba en su bosque y se queja antes de exhalar el ltimo
suspiro, todo ese horroroso concierto no impide oir el cordaje que se
complace en imitar los agudos silbidos de las serpientes. De improviso,
silencio completo... Es que pasa furiosamente la masa de la tromba, cual
rayo asolador, ensordecindoos, privndoos casi de la vista... Y al
reponeros, observis que ha roto en mil pedazos los mstiles, sin que lo
hayis visto ni odo.

Sucede,  veces, que los tripulantes conservan una reliquia largo
tiempo, pues se les debilita la vista y vulvenseles negras las uas
(Seymour). Entonces se recuerda con horror que en el acto de pasar la
tromba,  la par que chupaba el agua, chupbase la embarcacin, quera
bebrsela, la mantena suspendida en el aire y fuera del agua,
abandonndola luego para que se sumiera en los profundos abismos.

Al verla hartarse  hincharse de esta manera, absorbiendo olas y barcos,
hanla comparado los chinos  una mujer horrorosa, la madre Tifn que,
cernindose en el aire y eligiendo sus vctimas, concibe, se llena y
queda preada, preada de hijos de la muerte, los _torbellinos de
hierro_ (Keu Woo).

En China hnsela levantado templos y altares, se la hacen ofrendas, y
dirgensela oraciones con nimo de humanizarla.

* * *

Sin embargo, el intrpido Piddington no la adora: muy al contrario,
habla de ella sin contemplaciones, apellidndola corsario demasiado
robusto, pcaro pirata que abusa de sus fuerzas y que nadie debe
encapricharse en combatir, sino que ha de huirse de su presencia, sin
sentirse deshonrado por esto.

Enemigo tan prfido os tiende  veces un lazo. Valindose de un _viento
favorable_, os invita  proseguir vuestra ruta, y entonces se apresura 
ceiros con sus robustos brazos. No hagis caso de ese _viento
favorable_ y volvedle la espalda, si es posible. Navegad cuan distantes
podis de tan peligroso compaero. No boguis en conserva, pues espiar
el momento para encadenaros, comprometeros en su vertiginosa danza,
engulliros.

Por mi parte, mucho me complacera en no echar en olvido los paternales
consejos que da ese hombre excelente. Seran intiles, si los
adversarios, la tromba y el barco, se encontrasen encerrados en un
reducido espacio sin salida; pero raras veces sucede as. Casi siempre
ese remolino de aire y de agua es inmenso, abraza un crculo de diez,
veinte, treinta leguas, lo cual da  la embarcacin probabilidades de
observar y mantenerse  una respetable distancia. Lo que importa, ante
todo, es saber _dnde es central_ la tromba, dnde est su foco de
atraccin, y luego, conocer su continente y el grado de rapidez con que
os persigue.

Mucho ha ganado el marino con poder navegar auxiliado de esas dos
antorchas. Por un lado Maury le ensea las leyes generales del aire y
del mar, el arte de escoger y seguir las corrientes; dirgele por rutas
calculadas, que son  modo de las calles del Ocano. Por otro,
Piddington, en un pequeo volumen resume y pone al alcance de su mano la
experiencia de las tempestades, lo que es preciso hacer para
resguardarse de ellas y en ocasiones para que le sirvan de auxiliares.

Esto explica y justifica el precioso dicho de un holands, el capitn
Jansen: La primera impresin que causa el mar es el sentimiento del
abismo, del infinito, de nuestra insignificancia. A bordo del buque ms
poderoso, uno no deja de reconocer ni por un momento el peligro que le
rodea; mas, cuando los ojos del espritu han sondeado el espacio y la
profundidad de los mares, desaparece el peligro para el hombre. Elvase
y comprende. Guiado por la astronoma, al tanto de las vas lquidas,
dirigido por las cartas de navegar de Maury, traza su ruta por el mar
con toda _seguridad_.

Sencillo y sublime lenguaje. No quiere decirse con esto que se hayan
acabado las tempestades; empero lo que s ha terminado es la ignorancia,
la turbacin y el vrtigo que producen la obscuridad del peligro, y lo
peor de todo peligro, el lado fantstico.--A lo menos, si se perece
sbese el por qu. Hay ahora grande, muy grande _seguridad_ de conservar
el espritu lcido, el alma esclarecida, resignada  los efectos que
puedan sobrevenir de las grandes leyes divinas del mundo que, al precio
de algunos naufragios, constituyen el equilibrio y la salvacin.




IV

Los mares polares.


Lo que ms tienta al hombre, es lo intil y lo imposible. De todas las
empresas martimas, aquella en que ms ha perseverado, es el
descubrimiento de un paso al norte de la Amrica para irse en derechura
de Europa  Asia. Las ms vulgares leyes del buen sentido hubieran
debido indicar anticipadamente que  existir dicho paso, en tan fra
latitud, en una zona cubierta de hielos, de nada servira, puesto que
ningn ser humano querra aventurarse en l.

Observad que aquella regin no tiene el aplanamiento de las costas
siberianas, que se recorren en trineo, sino que es una montaa de mil
leguas de extensin horriblemente accidentada, con profundas cortaduras,
mares que se deshielan momentneamente para helarse de nuevo, corredores
de hielo que mudan de postura todos los aos, se abren y se cierran 
nuestro paso. Dicho paso acbalo de descubrir un hombre que, habiendo
ido muy adelante, no poda retroceder, y avanzando siempre lo ha
franqueado (1853). De suerte que ya sabemos  qu atenernos. He ah,
pues, que han dejado de trabajar las imaginaciones acaloradas, y nadie
tiene ganas de seguir sus huellas.

Al decir lo _intil_, referame al objeto propuesto, esto es, crear una
ruta comercial.--Empero prosiguiendo esa idea loca se han descubierto
muchas cosas bastante cuerdas, de gran utilidad para la ciencia, la
geografa, la meteorologa y para el estudio del magnetismo terrestre.

* * *

Qu se intentaba desde un principio? Abrirse un camino corto al pas
del oro,  las Indias orientales. Inglaterra y otros Estados, celosos de
la Espaa y de Portugal, pensaban sorprenderlos de esta manera en el
mismo corazn de su lejano imperio, en el santuario de la riqueza.
Habiendo en tiempo de Isabel, encontrado  credo encontrar algunos
buscadores de oro unas cuantas partculas de este metal en la
Groenlandia, explotaron la antigua leyenda del Norte, el _tesoro
escondido bajo el polo_, las grandes cantidades de oro amontonadas y
guardadas por los gnomos, etc., y se exaltaron las imaginaciones.
Alentada por tan lisonjera esperanza, hzose  la vela para aquellas
regiones una flota de diecisis buques de alto bordo, llevando en
calidad de voluntarios  los hijos de las ms nobles familias de
Inglaterra. Todos se disputaban el privilegio de partir para ese
_Eldorado_ polar, y los expedicionarios slo encontraron la muerte, el
hambre, murallas de hielo.

Pero  nadie descorazon tal desastre. Por espacio de ms de tres siglos
con una perseverancia que sorprende, los exploradores no cejaron. La
lista de los mrtires de la codicia es grande. El primero de ellos,
Cabot, debi su salvacin  habrsele sublevado su tripulacin,
impidindole pasar adelante; Brentz muere de fro, y Willoughby, de
hambre. Cortereal pereci con todo lo que llevaba. Los compaeros de
Hudson le abandonan en medio del mar en un barquichuelo sin vveres ni
velamen, y no se sabe lo que fu de el. Behring, al descubrir el
estrecho que separa la Amrica del Asia, perece de cansancio, de fro,
de miseria, en una isla desierta. En nuestros das el intrpido Franklin
queda perdido en medio de los hielos; el encuentro de su cadver nos ha
descubierto que _reducidos al ltimo extremo_, l y los suyos, tuvieron
que apelar al ms atroz de los recursos:   comerse los unos  los
otros!

* * *

Cuanto puede desanimar  los hombres hllase acumulado desde que el
navegante comienza  penetrar en las regiones del Norte. Mucho antes de
ver el crculo polar, una fra niebla pesa sobre el mar, os resfra, os
cubre de escarcha. Los cordajes se atiesan: inmovilzanse las velas; la
cubierta pnese resbaladiza con el agua-nieve; la maniobra se hace
difcil. Apenas se distinguen en tan solemne momento los temibles
escollos movibles. En la punta del mstil, metido en su camaranchn
cubierto de escarcha, el vigilante (verdadera estalactica viviente)
seala de cuando en cuando la proximidad de un nuevo enemigo, de un
blanco fantasma gigantesco, que muchas veces sobresale del agua dos 
trescientos pies.

Empero esa lgubre procesin que indica el mundo de los hielos, ese
combate para evitarlos, dan ms bien nimo para avanzar que para
retroceder. Hay en lo desconocido del polo cierto atractivo de horror
sublime, de sufrimiento heroico. Cuantos han estado en el Norte, aun los
que no intentaron atravesar el paso, despus de contemplar el Spitzberg
la impresin no se les borra tan fcilmente de la memoria. Aquella masa
de picos, de cordilleras, de precipicios, muro de cristal de cuatro mil
quinientos pies en longitud, es como una aparicin en medio del mar
sombro. Sus ventisqueros, formados de nieves mates, reflejan vivos
resplandores verdes, azules, purpurinos; vindose ceidos de una
deslumbradora diadema de chispeantes piedrecitas.

Por espacio de muchos meses la aurora boreal aparece todas las noches
alumbrando aquel cuadro con los ms siniestros resplandores. Vastos y
horrorosos incendios que cubren todo el horizonte, erupcin de rayos
magnficos; Etna fantstico, que inunda de lava ilusoria la escena de
invierno sin fin.

Todo es prisma en una atmsfera de partculas heladas en que el aire se
ha convertido en espejos y cristalitos. De ah sorprendentes escenas de
espejismo. Varios objetos vistos  la inversa, momentneamente aparecen
cabeza abajo. Las capas de aire que producen esos efectos estn en
continua revolucin: lo que adquiere ms ligereza sube  su vez y cambia
el panorama; la ms pequea variacin de temperatura hace descender,
subir, inclinar el espejo; la imagen confndese con el objeto, luego se
separa de l, se disipa; otra imagen formada ocupa su puesto, y aparece
otra detrs plida, debilitada, que vuelve  ser derribada.

Tal es el mundo ilusorio. Si sois aficionados  soar, si soando
despiertos os complacis en seguir la movible improvisacin y el
jugueteo de las nubes, id al Norte; all veris el espectculo real y
no menos fugitivo en la flota de los hielos movibles. En el camino que
debe seguirse para llegar hasta ellos, presentan ese espectculo,
imitando todos los gneros de arquitectura conocidos. Estis viendo el
griego clsico: prticos y columnatas. Luego, aparecen obeliscos
egipcios, agujas que se lanzan al firmamento, sostenidas por otras
agujas cadas. Ms all se distinguen montaas, Ossa sobre Pelion, la
ciudad de los Gigantes que, regularizada, os ofrece murallas ciclpeas,
tablas y dolmens drudicos. Debajo brense sombras grutas. Mas, todo
caduco; todo, al soplo del viento, ondula y se derriba. No agrada aquel
espectculo, porque nada hay firme. A cada momento, en ese mundo al
revs, vese burlada la ley de la gravedad: el dbil, el ligero,
sostienen al fuerte; parece aquello un arte diablico, un gigantesco
juego de nios que amenaza y puede aniquilar.

Acontece  veces un incidente terrible:  travs de la gran armada que,
majestuosa, lentamente, baja del Norte, llega con brusquedad del Sur un
gigante de base profunda, que, hundindose seis  siete pies bajo el
mar, vese empujado con gran furia por las corrientes submarinas. Este lo
separa  lo derriba todo; aborda, llega hasta la llanura de hielos, pero
por eso no se siente embarazado. El banco hzose pedazos en un minuto
en una extensin de algunas millas. Cruji, atron, como si hubiesen
sido disparados cien caonazos; pareca aquello un terremoto. La montaa
vino  nuestro encuentro, y el mar vise cubierto, entre ella y
nosotros, de sus despojos. Ibamos  perecer, mas aquella masa
desapareci arrastrada rpidamente en direccin Noroeste. (Duncan,
1826).

En 1818, despus de la guerra europea, reemprendise esa guerra contra
la Naturaleza, la investigacin del gran paso, inicindose con un grave
y extrao acontecimiento. El intrpido capitn John Ross, mandado con
dos buques  la baha de Baffin, fu vctima de las fantasmagoras de
ese mundo misterioso. Habiendo visto una tierra que slo exista en su
imaginacin, sostuvo que no se poda pasar ms adelante. A su regreso
fu objeto de las mayores censuras, dicindosele que no haba osado
aventurarse; y hasta se le impidi tomar el desquite y que rehabilitara
su honor perdido. Un comerciante de licores de Londres propsose
adelantar al Imperio britnico, y, al efecto, di cien mil francos 
Ross, con los cuales arm otra expedicin y volvi al polo, resuelto 
pasar   morir. Ninguna de estas dos cosas pudo lograr! Empero se
estuvo no s cuntos inviernos, ignorado, olvidado en medio de tan
terribles soledades. Algunos balleneros que encontraron aquella especie
de salvaje lo trasladaron  su pas, preguntndole antes si, por
casualidad, haba visto al _difunto capitn John Ross_.

Su teniente Parry, que tena la seguridad de poder pasar, hizo al efecto
cuatro esfuerzos desesperados, unas veces por la baha de Baffin y el
Oeste, y otras por el Spitzberg y el Norte. Parry lleg  descubrir
algo, avanzando atrevidamente en un trineo-barca, que unas veces flotaba
y otras recorra los hielos. Pero stos invariables en su camino del
Sur, le llevaban siempre hacia atrs, de suerte que tampoco logr
franquear el paso.

El ao 1832 un joven valeroso, de nacin francs y llamado Julio de
Blosseville, quiso que la gloria de ese paso perteneciera  la Francia,
y, al efecto, puso  disposicin de la empresa su vida y sus caudales,
pereciendo en la demanda. Su primera dificultad fu obtener un buque 
gusto suyo: disele el _Lilloise_, que empez  hacer agua el mismo da
de su partida. (Vase el informe de su hermano). Blosseville repar la
embarcacin de su propio peculio, empleando en ello ocho mil pesos, y en
tan peligroso vehculo acometi la empresa de abordar la Costa de
Hierro, la Groenlandia oriental. Todo indica que ni siquiera lleg 
verla, pues jams se ha tenido noticia de aquella expedicin.

Las de los ingleses eran otra cosa: hacanse los preparativos con gran
prudencia, aunque el resultado fuese idntico. En 1845 el malogrado
Franklin se perdi entre los hielos. Por espacio de doce aos se le
busc, demostrando en ello Inglaterra una obstinacin muy honrosa. Todos
ayudaron en esta empresa, que cost la vida  americanos,  franceses y
 sbditos de otras naciones. Los picos, los cabos de la regin
desolada, al lado del nombre de Franklin ostentan el de nuestro Bellot y
tantos otros que abandonaron el dulce regalo de la vida normal para
salvar la de un ingls. Por su lado John Ross habase ofrecido  dirigir
 los nuestros en busca de Blosseville, organizando por s mismo la
expedicin. La sombra Groenlandia se engalana con tales recuerdos, que
el desierto deja de serlo cuando se leen esculpidos en l esos nombres,
mudo testimonio de la fraternidad universal.

Lady Franklin ha demostrado una fe admirable. Nunca lleg  imaginarse
viuda; incesantemente solicit el equipo de nuevas expediciones. Esta
seora juraba y perjuraba que su esposo no haba muerto, y defendi tan
bien su causa, que al cabo de siete aos de haberse perdido reciba el
ttulo de contralmirante. Tena razn lady Franklin; su marido viva. En
1850 vironle los esquimales (dicen ellos) en compaa de unos sesenta
hombres: luego, slo fueron treinta, privados de andar y de cazar y
alimentndose con la carne de los que moran. Si se hubiese credo 
lady Franklin, el gran explorador ingls no pereciera en medio de los
hielos. Deca la seora (y el sentido comn lo indicaba tambin) que
deba buscrsele al Sur: que un hombre, en la situacin desesperada de
su marido, no sera tan loco de agravarla encaminndose hacia el Norte.
El Almirantazgo, al cual probablemente inquietaba menos la suerte de
Franklin que el famoso paso, indicaba siempre  sus expedicionarios el
camino del Norte. Desesperada la pobre seora acab por emprender ella
misma lo que se le rehusaba con tal tenacidad, y equipando con gran
desembolso un buque, emprendi el camino del Sur. Mas, era tarde: lo
nico que se encontr del clebre Franklin, fueron sus huesos.

* * *

Mientras tanto, llevbanse  cabo algunos viajes ms largos al par que
ms afortunados hacia el polo antrtico. Aqu, nada de esa mezcla de
tierra, mar, hielos y deshielos tempestuosos que constituyen la faz
horrible de la Groenlandia; sino un gran mar sin lmites, con oleaje
fuerte y violento. Ostntase en esa regin un inmenso ventisquero mucho
ms extenso que el nuestro, y poca tierra. La porcin de sta que se ha
visto  credo ver deja en la duda si sern playas variables, una simple
faja de hielos continuos y acumulados. Todo cambia all al comps de los
inviernos. Morel en 1820, Wedell en 1824 y Ballerry quince aos despus,
encontraron una sesgadura, penetraron en un mar libre que otros muchos
no han podido hallar despus.

El francs Kerguelen y el ingls James Ross lograron resultados
positivos, encontrando tierras verdaderas.

El primero descubri en 1771 la gran isla Kerguelen, llamada
_Desolation_ por los ingleses. De doscientas leguas de extensin, tiene
fondeaderos excelentes, y,  pesar del clima, una vida animal bastante
rica en focas y aves, con las que puede aprovisionarse cualquiera
embarcacin. Este descubrimiento glorioso, que Luis XVI al subir al
trono recompens con un grado, caus la prdida de Kerguelen,  quien se
atribuyeron varios crmenes; ensandose contra l la furiosa rivalidad
de los oficiales nobles, sus mulos declararon en contra suya. Desde el
fondo de un calabozo de seis pies en cuadro firm Kerguelen la narracin
de su descubrimiento (1782).

En 1838 Francia, Inglaterra y Amrica hicieron tres expediciones en
inters de las ciencias. El ilustre Duperrey haba abierto el camino de
las observaciones magnticas, que se deseaba continuar bajo el mismo
polo. Los ingleses confiaron esta misin  una expedicin al mando del
ya citado James Ross. Fu aquella expedicin modelo, donde todo estuvo
calculado, escogido, previsto. James regres  su pas _sin perder un
slo hombre ni haber tenido un enfermo siquiera_.

El americano Wilkes y el francs Dumont d'Urville no iban tan bien
provistos, de suerte que tuvieron que soportar mil peligros y las
enfermedades los diezmaron. Ms afortunado James, dando la vuelta al
crculo antrtico, penetr en medio de los hielos y hall una tierra
real. El mismo confiesa con notable modestia, que el xito de su empresa
fu debido nicamente al modo admirable con que haban sido preparados
los dos barcos que llevaba, el _Erebus_ y el _Terror_, con mquinas de
gran potencia, sierras para cortar el hielo, proa  propsito, lintel de
hierro, que les permiti navegar  travs de la costa rechinante,
encontrando al otro lado un mar libre, lleno de focas, aves y ballenas.
Un volcn de doce mil pies de elevacin, tan grande como el Etna,
despeda llamas. Nada de vegetacin, ningn punto de reposo: slo se
ofreci  su vista una escarpada masa de granito donde ni la nieve se
sostiene. No hay duda que aquello es la tierra. El Etna del polo, al que
se di el nombre de _Erebus_, all queda con su columna de fuego para
dar testimonio de este aserto.

As, pues, un nmero terrestre centraliza los hielos antrticos (1841).

* * *

En cuanto  nuestro polo rtico, los meses de abril y mayo de 1853 son
para l una fecha notable.

En abril encontrse el paso que durante trescientos aos se buscara,
hecho que fu debido  un afortunado exceso de desesperacin.

El capitn Maclure haba penetrado por el estrecho de Behring, y
encerrado en medio de los hielos, hambriento, imposibilitado de volverse
atrs al cabo de dos aos, aventurose  avanzar. Slo lleg  andar
cuarenta millas, mas encontr en el mar del Este algunos buques
ingleses. Su atrevimiento le salv, consumndose de esta suerte el gran
descubrimiento.

Casi en el mismo momento (mayo de 1853), sala una expedicin de
Nueva-York para el extremo Norte. Un marino que todava no contaba
treinta aos y ya haba recorrido toda la tierra conocida, Elseo Kent
Kane, acababa de proclamar una idea atrevida, pero magnfica, que haba
exaltado vivamente la ambicin americana. As como Wilkes prometiera
descubrir un mundo, Kane se comprometa  encontrar un mar, un mar libre
bajo el polo. Mientras los rutinarios ingleses exploraban de Este 
Oeste, Kane se propona remontar en derechura al Norte y tomar posesin
de aquella concha inexplorada. Su proyecto llam la atencin general.
Un armador neoyorkino, Mr. Grinell, di generosamente dos embarcaciones,
auxiliando la empresa las sociedades cientficas y el pblico todo. Las
seoras trabajaban con sus propias manos en los preparativos, animadas
de religioso celo. Elegidas las tripulaciones, que las formaron
voluntarios, juraron tres cosas: obediencia ciega, abstinencia de
licores y de todo lenguaje profano. El mal xito que tuvo la primera
expedicin no logr desanimar  Mr. Grinell ni al pblico
norteamericano; organizse otra con los socorros prestados por ciertas
sociedades de Londres que tenan en mira,  la propagacin bblica, 
una postrera investigacin respecto al malogrado Franklin.

Pocos viajes hay ms interesantes que ste, y se explica  maravilla el
ascendiente que el joven Kane haba ejercido sobre todos. A cada paso
estaba indicada su fuerza de voluntad, su vivacidad brillante y su
maravillosa potencia de _avance!_ El lo sabe todo, est seguro de lo
que emprende, es ardiente en sus cosas, pero positivo. Presintese que
no flaquear, ni le arredrarn los obstculos, sino que ir lejos, tan
lejos como puede irse. Es curiosa la lucha entre ese carcter y la
desapiadada lentitud de la Naturaleza del Norte, murallas de obstculos
terribles. Apenas ha abandonado el puerto de partida cuando le acosan
los fros, vindose precisado  invernar por espacio de seis meses entre
hielos. Y en plena primavera marca el termmetro en aquellas latitudes
setenta grados bajo cero! A la aproximacin del segundo invierno (da
28 de agosto), encuntrase poco menos que abandonado, pues de diecisiete
hombres no le quedan ms que ocho. Empero,  medida que disminuyen sus
hombres y sus recursos, ms severo y duro en las fatigas se muestra,
queriendo--dice,--hacerse respetar mejor. Sus buenos amigos, los
esquimales, que le procuran provisiones de boca, y de los que se ve
obligado  aceptar algunos objetos de poca monta (p. 440 de su
narracin), se han apropiado tres vasijas de cobre suyas, y Kane, en
represalias, se apodera de dos de sus mujeres. Castigo excesivo,
salvaje. No era prudente traerlas entre los ocho marineros que le quedan
y en los cuales la disciplina comenzaba  relajarse: adems, aquellas
pobres criaturas eran casadas. Sivu, mujer de Metek, y Aningna,
consorte de Marsinga, estuvieron llorando por espacio de cinco das. A
Kane aparenta divertirle esto, y hace asomar la risa  nuestros labios
cuando nos lo cuenta: Lloraban--dice,--y entonaban todo gnero de
lamentos, mas, no perdan el apetito. Los maridos, los padres de los
rehenes, devuelven los objetos sustrados y toman la cosa buenamente,
cual hombres inteligentes que no tienen para oponer  los revlvers
norte-americanos otras armas que huesos de pescados. As, pues, se
pliegan  todo, prometen amistad, alianza; pero, al cabo de algunos
das, huyen, desaparecen, Qu sentimientos les animan respecto  los
exploradores? No es difcil adivinarlo. En su camino irn diciendo  las
tribus errantes cunto hay que desconfiar del hombre blanco. De esta
manera se cierran las puertas del mundo.

Lo que sigue es bien lgubre. Las fatigas hcense tan crueles, que unos
mueren, los otros quieren volverse  su pas. Kane se mantiene firme; ha
ofrecido un mar, y preciso es que lo encuentre. Conspiraciones,
deserciones, actos de traicin, vienen  hacer ms horrible la
existencia de aquellos desgraciados. Durante el tercer invierno, falto
de vveres y de combustible, habra perecido si otros esquimales no lo
alimentaran con su pesca; en cambio Kane cazaba para ellos. Mientras
tanto, algunos de sus hombres enviados  explorar, tienen la buena
suerte de descubrir el mar que as le preocupa. A su regreso cuenta
haber visto una gran sbana de agua, libre de hielos, y alrededor aves,
que al parecer hallaban abrigo en ese clima no tan rudo.

Era cuanto se necesitaba para hacer cobrar aliento al clebre navegante.
Salvado Kane por los esquimales, que no haban sabido abusar de la
fuerza que les daba el nmero, ni de la miseria extrema en que vean
sumidos  los exploradores, djales su embarcacin en medio de los
hielos.

Dbil, extenuado, consigue por medio de un viaje, que dur ochenta y dos
das, volver al Sur, empero all encuentra la muerte. Este joven
intrpido, que se acerc al polo ms que ningn otro mortal, al morir
gan la corona con que adornaron su tumba las sociedades cientficas de
Francia: el primer premio de geografa.

En su relato, que encierra hechos tan terribles, hay uno conmovedor, el
cual da la medida de los sufrimientos inauditos anejos  tal viaje:
hablamos de la muerte de sus perros. Llevbalos de Terranova magnficos,
y perros esquimales;  todos ellos tenalos por mejores compaeros que
al hombre. En sus dilatadas estaciones, cuando las noches se prolongaban
meses y meses, los canes vigilaban alrededor de la nave. Al pasearse
Kane por entre horrorosas tinieblas, guibalo el tibio aliento de
aquellas fieles bestias, que calentaba sus manos. Primero, enfermaron
los de Terranova, lo cual atribua Kane  la falta de luz: si se les
pona ante los ojos una linterna encendida se aliviaban: mas, poco 
poco fu consumindolos extraa melancola y se volvieron locos. Los
perros esquimales siguieron sus huellas, y hasta su perra _Flora_, la
ms discreta, la que reflexionaba mejor, comenz  delirar como sus
compaeros y sucumbi. En toda la spera relacin de sus aventuras no
hay un solo pasaje, si no me engao, exceptuando ste, en que su corazn
se sienta conmovido.




V

Guerra  las razas marinas.


Recapitulando lo que antecede y la historia de todos los viajes,
experimntanse dos encontrados sentimientos:

1. Admiracin por la audacia y el ingenio con que el hombre ha hecho la
conquista de los mares, subyugando su planeta.

2. Sorpresa al ver su inhabilidad en cuanto se refiere al hombre mismo:
al notar que, para la conquista de las cosas, no ha sabido emplear las
personas; que por doquiera el navegante hase presentado cual enemigo,
aniquilando los pueblos nuevos, los cuales bien llevados, hubieran
llegado  ser, cada uno en su reducida esfera, un elemento especial para
valorarla.

Ya tenemos al hombre en presencia del globo que acaba de descubrir;
veisle cual msico novicio ante un rgano de grandes dimensiones, del
que apenas hace brotar algunas notas. Salido de la Edad Media, reino de
la teologa y la filosofa, encuntrase poco menos que salvaje; del
sagrado instrumento slo ha sabido romper las teclas.

Hase visto que los buscadores de oro comenzaron no queriendo ms que
oro, oro y siempre oro, y destruyendo al hombre. Coln,  pesar de ser
el mejor de todos ellos, en su _Diario_ nos indica lo que acabamos de
manifestar con una candidez terrible que, anticipadamente, entristece el
nimo pensando en lo que harn sus sucesores. Desde el momento en que
pone la planta en Hait: Dnde est el oro? Quin tiene oro? son sus
primeras palabras. Los naturales se sonrean, estaban como atontados de
esa hambre de oro, y prometanle buscarlo, deshacindose en el acto de
sus sortijas para satisfacer cuanto antes apetito tan apremiante.

El almirante nos ha dejado un retrato conmovedor de aquella raza
infortunada, de su belleza, su bondad, su ilimitada confianza. Y con
todo, el genovs ha de satisfacer su avaricia, sus rudos hbitos. Las
guerras turcas, los atroces galeones y sus forzados, las ventas de seres
humanos, era la vida comn de aquellos tiempos. El espectculo de ese
mundo tan joven  indefenso, aquellos pobres cuerpos de nios, de
inocentes y lindas mujeres sin abrigo, todo esto slo le inspira una
idea mercantil, triste es decirlo, la idea de trocarlos en esclavos.

Sin embargo, no quiere Coln que sean arrebatados de sus hogares,
puesto que son propiedad del Rey y de la Reina. Empero de sus labios
se escapan estas palabras, harto significativas: Son seres tmidos y
nacidos para obedecer; harn cuantos trabajos se les manden. Bastan tres
de los nuestros para poner en dispersin  mil de los suyos. Si Vuestras
Altezas me ordenan trarselos  avasallarlos aqu, nadie se opondr:
para ello son suficientes cincuenta hombres. (14 octubre y 16
diciembre).

No tardar en llegar de Europa la sentencia general de ese pueblo.
Ellos son los siervos del oro, los que tienen obligacin de buscarlo,
estando sometidos todos  trabajar por la fuerza. El mismo Coln nos
hace saber que doce aos ms tarde haban desaparecido las siete octavas
partes de la poblacin, y Herrera aade, que al cabo de veinticinco aos
quedaba reducida de un milln  catorce mil almas.

* * *

La continuacin, todo el mundo la sabe. El minero y el plantador
exterminaron un mundo, repoblndolo incesantemente  costa de la sangre
negra. Y qu ha sucedido? Que slo el negro vivi y vive en las tierras
bajas y clidas, fecundsimas. La Amrica est destinada  ser su
patrimonio exclusivo, ya que la Europa obr precisamente al revs de lo
que pensara.

Su impotencia colonial descuella por todas partes. El aventurero francs
llegaba sin familia  aquellos pases, con sus vicios, confundindose
con la masa salvaje, en vez de civilizarla; el ingls, exceptuando dos
pases templados adonde se dirigi en masa y con sus familias, tampoco
se fija al otro lado de los mares, y dentro de un siglo la India no
guardar memoria de que haya vivido en ella. El misionero protestante,
el catlico, tuvieron alguna influencia? Convirtieron _un solo_
salvaje al cristianismo? _Ninguno_, decame Burnouf, tan bien enterado
de estos asuntos. Hay entre ellos y nosotros treinta siglos, treinta
religiones. Si se quiere forzar su inteligencia, sucede la que Mr. de
Humboldt observ en los pueblos americanos llamados todava _las
Misiones_: habiendo perdido la savia indgena sin tomar nada nuestro, el
cuerpo vivo pero muerto el espritu, estriles, inutilizados para
siempre, son toda su vida nios grandes, embrutecidos, idiotas.

Las excursiones de nuestros sabios, que tanto honran  la generacin
presente, el contacto de la Europa civilizada que va  todas partes, en
qu han aprovechado  los salvajes? No s verlo. Mientras las razas
heroicas de la Amrica del Norte perecen de hambre y de miseria, las
razas perezosas y afables de la Oceana se consumen, con gran vergenza
de nuestros navegantes que all, al extremo del mundo, arrojan la careta
de la decencia, no contenindose ms. Poblacin cariosa y dbil, en la
que not Bougainville el exceso del abandono, y entre la cual los
mercaderes apstoles de la Inglaterra ganan dinero pero no almas, se
extingue mseramente devorada por nuestros mismos vicios y nuestras
enfermedades.

La dilatada costa de la Siberia estuvo habitada en otro tiempo. Bajo
aquel dursimo clima vivan tribus nmadas, cazando los animales de
preciosa piel, que les procuraban sustento y abrigo. La prfida y maosa
poltica obligles  establecerse   convertirse en agricultores en un
pas donde no es posible el cultivo. As es como la muerte se ceba en
ellos, y en particular sobre los varones. Por otra parte el comercio,
insaciable, imprevisor, no respetando  los animales en la poca del
celo, halos exterminado tambin. Hoy reina el silencio, el ms completo
silencio en una costa que se extiende por espacio de mil leguas. No
importa que silbe el viento, que se hiele el mar, ni que la aurora
boreal transfigure la interminable noche: al presente la Naturaleza no
tiene otro testigo que ella misma en aquellas antes bulliciosas
regiones.

El primer cuidado que se hubiera debido tener en los viajes rticos de
la Groenlandia, era entablar relaciones amistosas con los esquimales,
dulcificar su trabajosa existencia, adoptar  sus hijos educndolos si
no todos, parte de ellos en Europa, formar colonias en aquellos
apartados climas, escuelas de descubridores. Tanto en las obras de John
Ross como en todas las que se refieren al mismo asunto vese que estn
los esquimales dotados de inteligencia y muy aprisa se asimilan las
artes de Europa. Hubiranse efectuado enlaces entre sus hijas y nuestros
marinos, naciendo de esas uniones una poblacin mixta duea por derecho
propio de aquel continente Norte. Este era el medio verdadero de
encontrar sin dificultades, de regularizar el paso tan deseado. Bastaban
para ello treinta aos: hanse empleado trescientos, y al fin y al cabo
nada se ha conseguido, pues atemorizando  esos pobres salvajes que van
al Norte y mueren, habis excluido de all definitivamente al _hombre
de la regin_ y el genio de la comarca! Qu importa haber visto ese
desierto, si lo hacis inhabitable  inabordable para siempre?

* * *

Fcil es pensar, que si el hombre ha tratado con tanta rudeza  su
semejante, no habr sido ms clemente ni mejor para con los animales.
Cebse furiosamente en las especies ms tmidas, convirtindolas en
salvajes y agrestes.

Todas las relaciones antiguas estn contestes en asegurar que, al vernos
por primera vez, slo demostraban confianza en nosotros y una curiosidad
simptica. Los viajeros pasaban por entre las pacficas familias de los
lamantinos y de las focas, que se dejaban tocar. Los pinginos y los
mancos seguan  los navegantes, aprovechndose de sus comestibles, y,
llegada la noche, guarecanse bajo las ropas de los marineros.

Nuestros padres estaban credos, y no sin cierto grado de verosimilitud,
que los animales sienten como nosotros. Los flamencos atraan el sbalo
con el ruido de las campanillas. (Valenc., 20,327). Cuando se taa
algn instrumento en las embarcaciones, presentbase en seguida la
ballena (Nol, 223), siendo la jubarta[3] la que ms se complaca con la
sociedad del hombre, puesto que jugueteaba y brincaba alrededor del
barco.

* * *

Lo mejor de los animales, y que se ha llegado  destruir casi del todo 
fuerza de persecuciones, era el _matrimonio_. Aislados, fugitivos, ahora
sus amoros son pasajeros, vindose compelidos  guardar un msero
celibato, de cada da ms estril.

El _matrimonio_, fijo, real, es la vida de la Naturaleza que se
encuentra en casi todas las cosas. El matrimonio, amor nico, fiel hasta
la muerte, existe entre el corzo, entre la urraca, entre la paloma,
entre el inseparable (especie de lindo papagayo), entre el intrpido
camique, etc. Respecto  las dems aves, dura  lo menos hasta que los
pequeuelos estn en estado de manejarse por s mismos: entonces la
familia vese precisada  separarse necesitando extender el radio donde
se procura su sustento.

La liebre en medio de su vida agitada y el murcilago que vive envuelto
en tinieblas, son tiernsimos para su familia; y hasta los crustceos,
los pulpos, se quieren y se auxilian: cuando se pesca la hembra, el
macho se precipita sobre ella y djase agarrar.

Y cunto ms conocidos son el amor, la familia, la unin  matrimonio,
en la verdadera acepcin de estas palabras, entre los tiernos anfibios!
Su paso tardo, su vida sedentaria, favorecen la unin fija. La morsa
(elefante marino), ese animal enorme y de tan extraa facha, es
intrpido en amor: el marido se sacrifica hasta la muerte por su mujer,
y sta por el hijo. Mas, lo que no tiene ejemplo, lo que no se ve en
ninguna otra parte, ni aun entre los animales de la escala superior, es
que el pequeuelo, en salvo y escondido por la madre, al verla combatir
en defensa suya, acude  defenderla  su vez, y noble corazn! se
ensaa contra su enemigo y muere por la que le diera el ser.

Steller vi entre una familia de otarios (anfibios tambin) una escena
casera absolutamente humana:

Una hembra habase dejado robar su cachorro; furioso el marido, le
pegaba, y la pobre se encaramaba, besbale, lloraba  lgrima viva, _al
extremo de tener inundado el pecho con el llanto que verta_.

Las ballenas, que carecen de la vida fija de esos anfibios, van, sin
embargo, de dos en dos en sus errantes paseos  travs del Ocano.
Duhamel y Lacpde dicen que, en 1723, dos de estas ballenas que estaban
heridas no se separaron nunca, y cuando estuvo muerta la una, la otra se
abalanz sobre su cuerpo lanzando horrorosos mugidos.

Si hay en el Universo un ser cuya sangre debiera economizarse, es la
ballena franca, tesoro admirable, donde la Naturaleza ha amontonado
tantas riquezas. Ser, adems, inofensivo, que  nadie persigue ni vive
de especies que sustentan al hombre. Exceptuando su temible cola, carece
de armas defensivas. Y no obstante, cuntos enemigos tiene! Todos se
atreven con ella; innumerables especies se acomodan en su lomo y viven 
sus expensas, llegando su descaro hasta el punto de roer su lengua. El
narval, armado de traidoras defensas, las hunde en sus carnes; los
delfines saltan y la muerden, y el tiburn, al vuelo, de un golpe de
sierra le arranca un sangriento jirn.

Otros dos seres, ciegos y feroces, ensanse con el fruto de sus
entraas, haciendo una guerra cobarde  las hembras preadas; hablamos
del cachalote y del hombre. El primero, con su horrible cabeza, que
constituye la tercera parte del cuerpo, todo dientes (tiene cuarenta y
ocho), todo quijadas, murdela en el vientre, devora el hijo dentro de
su mismo cuerpo, y luego, sin apiadarse de sus acerbos dolores, trgase
 la madre. El hombre la hace sufrir ms tiempo, pues la sangra, y golpe
tras golpe hirela brbaramente. Dura en la muerte, en su dilatada
agona la pobre tiembla, hace desesperados esfuerzos y se queja
lastimeramente. Muerta y todo, su cola se mueve, no siendo prudente en
aquellos momentos acercarse  ella. Los pobres brazos de la
desventurada, antes calientes por el fuego del amor, vibran an; parece
que no ha dejado de existir y que est buscando  su cachorro.

* * *

No es posible figurarse lo que fu esa guerra hace cien  doscientos
aos, cuando abundaban las ballenas, navegando por familias; cuando las
tribus anfibias cubran todas las costas. Llevbanse  cabo carniceras
inmensas, derrambase la sangre en abundancia, como no se haba visto ni
en las ms grandes batallas. En un solo da llegaban  matarse quince 
veinte ballenas y mil quinientos elefantes marinos! Es decir, que se
mataba por el placer de matar; pues de qu aprovecharan todos esos
despojos de coloso, uno solo de los cuales da tanta cantidad de aceite y
de sangre? Qu se intentaba con diluvio tan sangriento? Enrojecer la
tierra? Ensuciar el mar?

Querase el pasatiempo de los tiranos, de los verdugos; herir,
destrozar, gozar de su fuerza y de su furor, saborear el dolor, la
muerte. Con frecuencia divertanse en martirizar, encolerizar, hacer
morir lentamente  animales demasiado tardos  apacibles para
defenderse. Pern vi un marinero que se encarnizaba en una foca hembra,
la cual lloraba como una mujer, gema: cada vez que el animal abra su
ensangrentada boca, el brbaro golpebala con un grueso remo y le rompa
los dientes.

Dice Dumont d'Urville que en las Nuevas Shetlands del Sur, los ingleses
y los americanos exterminaron las focas en el transcurso de cuatro aos.
En su ciego furor, degollaban  los recin nacidos y mataban las hembras
preadas. A menudo, slo las matan para utilizar la piel, desperdiciando
enormes cantidades de aceite.

* * *

Tales carniceras son una escuela detestable de ferocidad que deprava
indignamente al hombre, estallando los ms abominables instintos en
medio de esa embriaguez de carniceros. Vergenza para la humana
naturaleza! Entonces vese en todos (aun entre las personas ms
delicadas), vese surgir algo de inesperado, de horrible. Un pueblo
apreciable, en la costa ms encantadora que se conoce, practica una
extraa fiesta: renense all quinientos  seiscientos atunes para
quitarles la vida  todos en un mismo da. En un vasto recinto de
barcas, la larga red, la almadraba dividida en varios compartimientos,
levantada por cabrestantes, hcelos llegar pausadamente y meter en el
_cuarto de la muerte_. A su alrededor hay en acecho doscientos hombres
de rostro bronceado, provistos de arpones y ganchos. De veinte leguas 
la redonda llega el mundo elegante, mujeres bonitas y sus adoradores,
quienes se colocan  la orilla del mar y lo ms cerca posible para
mejor ver la matanza, formando un crculo encantador. Dada la seal, el
pescador hiere. Aquellos peces, que parecen hombres, saltan, punzados,
atravesados, abiertas las carnes, tiendo el agua con su sangre por
momentos. Su dolorosa agitacin, el furor de que estn posedos sus
verdugos, el mar que ya no es mar, sino un no s qu espumoso que vive y
humea, todo esto produce el vrtigo. Los que han venido slo por mirar
obran, patalean, gritan, y encuentran que la carnicera es demasiado
lenta. Finalmente, circunscriben el espacio. La hormigueante masa de
heridos, muertos, moribundos, se concentra en un solo punto: saltos
convulsivos, golpes furiosos: el agua chorrea, y el roco enrojecido...

Y esta escena ha hecho subir de punto la embriaguez. Hasta la mujer
delira y se olvida de su sexo, vese poseda del frenes que asalta  los
dems espectadores. Cuando todo ha terminado, la ms bella mitad del
gnero humano lanza un suspiro rendida de fatiga, mas no satisfecha, y
exclama al abandonar aquel sitio: Cmo!, y para esto hemos venido?




VI

El derecho del mar.


Un gran escritor popular que da  cuanto pone la mano un carcter de
sencillez luminosa y sorprendente, Eugenio Nol, ha dicho: Puede
convertirse el Ocano en fbrica inmensa de vveres, en laboratorio de
subsistencias ms productivo que la misma tierra; fertilizarlo todo,
mares, ros, riachuelos, estanques. Hasta el presente slo se ha
cultivado la tierra; y he aqu que se ofrece el arte de cultivar las
aguas... Odlo bien, pueblos! (_Piscicultura_).

Ms productivo que la tierra? Cmo es esto? M. Baude lo explica
perfectamente en un importante trabajo sobre la pesca que ha dado  luz.
Es el pez, entre todos los seres, el ms susceptible de propagarse
ayudado por una pequea cantidad de alimento, bastando muy poco, casi
nada para sustentarlo. Refiere Rondelet que una carpa que guard metida
por espacio de tres aos dentro de una botella de agua sin darle de
comer, aument, sin embargo, su tamao al extremo que no hubiera podido
salir de la botella. En los dos meses que el salmn estaciona en el agua
dulce, se abstiene casi del todo de alimento y, sin embargo, no perece;
su permanencia en las aguas salobres dale por trmino medio
(acrecentamiento prodigioso!) seis libras de carne. Esto es muy
distinto del lento y costoso progreso de nuestros animales terrestres.
Si se amontonara lo que come para engordar un buey,  siquiera un
puerco, sorprenderanos el ver la montaa de alimentos que necesita para
conseguirlo.

De manera que el pueblo en donde la cuestin de subsistencias hase
presentado ms amenazadora, los chinos, tan prolfico, tan numeroso, con
sus trescientos millones de habitantes, tuvo que valerse directamente de
esa gran potencia de generacin, la ms rica manufactura de vida
nutritiva. En toda la extensin de sus grandes ros, muchedumbres
prodigiosas han buscado en el agua un alimento ms regular que el del
cultivo de las plantas. El agricultor est de continuo con el alma en un
tris: un ventarrn, una helada, el ms pequeo accidente les deja sin
nada y produce el hambre en su familia; mientras que, al contrario, la
cosecha viviente que crece en el fondo de esos ros sustenta
invariablemente el sinnmero de familias que los surcan con sus barcas,
las cuales, seguras de obtener su provisin cotidiana de pescado, saben
al mismo tiempo ser aqul un manantial inagotable.

En el ro central del Imperio, hcese en el mes de mayo un comercio
inmenso de freza de pescado, comprada por traficantes, quienes la
revenden por todo el pas  cuantos quieren depositar en sus viveros
domsticos el elemento de fecundacin. As todos tienen su reserva, que
sustentan sencillamente con los restos de la comida del hogar.

Los romanos obraron de la misma manera, habiendo llevado el arte de la
aclimatacin al extremo de hacer abrir en el agua dulce las huevas de
los peces de mar.

La fecundacin artificial descubierta el siglo pasado en Alemania por
Jacobi, y practicada en el presente en Inglaterra con el ms fructuoso
resultado, fu reinventada entre nosotros hacia el ao 1840 por un
pescador de la Bresse, Remy, y desde entonces hase popularizado as en
Francia como en toda Europa.

En manos de nuestros sabios, Coste, Pouchet, etc., esta prctica se ha
convertido en ciencia, llegando  descubrirse, entre otras cosas, las
relaciones regulares del mar y del agua dulce; esto es, los hbitos de
algunos peces de mar que pasan  nuestros ros en ciertas estaciones del
ao. La anguila, no importa cul sea su cuna, desde el momento en que ha
adquirido el grueso de un alfiler, apresrase  remontar el Sena, en
tanto nmero, que forma  lo largo del ro una capa blanca. Tal tesoro
que, bien cuidado, producira millares de millones de peces del peso
cada uno de algunas libras, vese devastado indignamente, vendindose 
vil precio y  cubetas esos grmenes tan preciosos. No es menos fiel el
salmn, regresando invariablemente del mar al ro do naciera. Aquellos
que han sido marcados se presentan nuevamente sin faltar  la lista casi
uno solo, siendo tan grande su amor hacia el ro natal, que si ven
cortado el paso por alguna barrera, aunque sta sea una cascada,
lnzanse por encima de ella haciendo esfuerzos sobrehumanos para
saltarla.

* * *

El mar, que di comienzo  la vida sobre nuestro globo, sera todava su
benfica nodriza si el hombre supiese respetar siquiera el orden que
all reina y se abstuviese de perturbarle.

No debemos olvidar que tiene vida propia y sagrada, sus funciones
enteramente independientes para la salvacin del planeta: l contribuye
poderosamente  crear la armona, al mismo tiempo que asegura su
conservacin y la salubridad. Y todo esto efectubase tal vez por
millones de siglos, antes de que el hombre naciera. La Naturaleza
pasbase  maravilla de l y de su sabidura. Sus antepasados, hijos del
mar, llenaban perfectamente entre s la circulacin de substancia, las
metamorfosis, las sucesiones de vida, que son el movimiento rpido de
purificacin constante. Qu puede el hombre con respecto  ese
movimiento, continuado  tal distancia de l, en ese mundo obscuro y
profundo? Poco para el bien, ms para el mal. La destruccin de tal
especie puede ser un sensible atentado contra el orden, la armona de
todas las cosas. Que haga una siega razonable de las que pululan
superabundantemente: est muy bien que viva  expensas de los
individuos; mas, que conserve las especies. En cada una de ellas debe
respetar el papel que desempean reunidas, el de funcionarios de la
Naturaleza.

Hemos atravesado ya dos edades de barbarie.

En la primera, diremos como Homero: El mar estril. Es surcado
nicamente para buscar al otro lado tesoros fabulosos  grandemente
exagerados.

En la segunda, notse que la riqueza del mar consiste sobre todo en l
mismo, y quisimos arrancrsela, pero de una manera ciega, brutal,
violenta.

Al odio  la Naturaleza que tuvo la Edad Media hase aadido la aspereza
mercantil, industrial, armada de mquinas terribles, que matan desde
lejos, sin peligro,  montones. A cada nuevo progreso en las artes,
nuevo progreso de barbarie feroz, progreso de exterminio.

Ejemplo: el arpn lanzado por una mquina rpida cual el rayo. Nuevo
ejemplo: la draga, red destructora, usada desde el ao 1700, red que
arrastra inmensa y pesada, y siega hasta la esperanza, habiendo barrido
el fondo del Ocano. Nos estaba prohibido; empero llegaba el extranjero
y _dragaba_  nuestra vista. (Vase Tifaigne). Algunas especies huyeron
de la Mancha, trasladndose al Gironde; otras dejaron de existir para
siempre. Lo mismo va  suceder con un pez excelente, magnfico, el
escombro, que es perseguido brbaramente en toda estacin. (Valenc.,
_Diction._ X, 352). La prodigiosa generacin del abadejo no por esto lo
pone  salvo de extinguirse, puesto que va en disminucin aun en los
mismos bancos de Terranova. Tal vez se destierra voluntariamente en
medio de soledades desconocidas.

* * *

Preciso es que las grandes naciones se entiendan para substituir
condicin tan salvaje con otra ms humanitaria y civilizada, de suerte
que el hombre reflexione mejor y deje de desperdiciar sus bienes, y de
perjudicarse  s mismo. Necestase que Francia, Inglaterra y los
Estados Unidos, propongan  las dems naciones y las decidan 
promulgar, todas juntas, un _Derecho del mar_.

Los vetustos reglamentos especiales de las pescas ribereas no son
adaptables para la navegacin moderna. Requirese un cdigo comn de las
naciones, aplicable  todos los mares, un cdigo que regularice no tan
slo las relaciones del hombre con el hombre, sino las del hombre con
los animales.

Lo que se debe  s mismo y lo que debe  ellos es: no hacer por ms
tiempo de la pesca una caza ciega, brbara, en la cual se mata ms de lo
que puede aprovecharse, inmolando sin provecho el pescador  los
pequeuelos que, dentro de un ao, habranlo alimentado esplndidamente;
y ahorrando la vida  uno habrase dispensado de dar muerte  una
infinidad.

Lo que el hombre se debe  s mismo y debe  ellos, es no prodigar sin
motivo la muerte y el dolor.

Los holandeses y los ingleses tienen la precaucin de matar
inmediatamente el arenque; los franceses, ms negligentes lo tiran en el
barco amontonndolo y dejando que muera asfixiado. Esta prolongada
agona lo malea, qutale gran parte de su sabor, de la dureza de su
carne; vese macerado de dolor, acontcele lo que se observa entre las
bestias que mueren de alguna enfermedad. En cuanto al abadejo, nuestros
pescadores lo cortan en el acto de agarrarlo: el que se enreda durante
la noche en las redes, cuyos esfuerzos y agona desesperada se prolongan
por varias horas, no valen nada en comparacin del cortado en el acto
(excelentes observaciones de M. Baude).

En tierra estn reglamentadas las estaciones de caza, y lo mismo debe
hacerse con la pesca, teniendo en consideracin el tiempo en que cada
especie se reproduce.

Debe ser economizada, como la corta de las maderas, dejando  la
produccin el tiempo de repararse.

Los cachorros y las hembras preadas han de ser respetadas, sobre todo
en las especies que no abundan mucho y entre los seres superiores no tan
prolficos,--cetceos y anfibios.

Nos vemos obligados  matar: nuestros dientes, nuestro estmago,
demuestran que fatalmente necesitamos inmolar. Preciso es, pues,
compensar esto multiplicando la vida.

En tierra, creamos, defendemos los rebaos, hacemos multiplicar muchos
seres que no naceran, seran menos fecundos  pereceran jvenes,
devorados por las bestias feroces. Es una especie de derecho que sobre
ellos tenemos.

En el agua hay an ms vidas tiernas anuladas: defendindolas,
propagndolas, hacindolas muy numerosas, nos creamos un derecho de
vivir sobre lo inconmensurable. La generacin es susceptible de
direccin como un elemento aumentado indefinidamente. El hombre, sobre
todo en aquel mundo, se aparece como el gran mgico, el promotor
poderoso del amor y la fecundidad. Es el adversario de la muerte, pues
si bien se aprovecha de ella, la parte que se adjudica nada es en
comparacin de los torrentes de vida que puede crear  voluntad.

Tocante  las preciosas especies prximas  desaparecer, la ballena ms
que ninguna, el animal ms grande, la vida ms rica de toda la Creacin,
debe dejrselas en paz,  lo menos durante medio siglo. As podr
reparar sus desastres. No sintindose perseguida, regresar  su clima
natural, la zona templada, encontrando all su inocente vida de
apacentar la viviente pradera, los pequeos seres elementales. Vuelta 
sus antiguos hbitos y  sus propios alimentos, reflorecer, recobrar
otra vez sus gigantescas proporciones, y volveremos  ver ballenas de
dos y trescientos pies de largo. Que sus pasados lares do tena sus
amoros sean sagrados. Esto ayudar no poco  hacerla nuevamente
fecunda. En otros tiempos placase en las bahas de California. Por qu
no dejarla en ellas? As no se encaminara en busca de los atroces
hielos polares, de las mseras guaridas donde locamente se la persigue,
impidindola juntarse y procrear.

* * *

Paz para la ballena franca! Paz para el dugongo, la morsa, el
lamantn, especies preciosas que no tardaran en desaparecer! Necesitan
muchos aos de paz, cual la que tan discretamente hase ordenado en Suiza
para el revezo, precioso animal que haba sido batido y destruido casi:
creasele perdido, mas no tard en presentarse de nuevo.

Para todos, as anfibios como peces, requirese una poca de reposo; una
_Tregua de Dios_.

El mejor modo de multiplicarlos es ahorrar su sangre en la poca de su
reproduccin, en la hora que la Naturaleza desempea en ellos su obra de
maternidad.

Parece como que los pobres adivinan que son sagrados en aquellos
momentos, pues pierden su timidez, mustranse  la luz del da,
acrcanse  la playa: dirase que se creen con derecho  ser protegidos.

Estn entonces en el apogeo de su belleza, de su fuerza. Sus brillantes
libreas, su fosforescencia, indican el supremo resplandor de la vida. En
todas aquellas especies cuyo exceso de fecundidad no es amenazante,
deben respetarse con religiosidad esos momentos. Que mueran despus, no
importa. Si hay que matarlos, matadlos! mas, primero, dejadles vivir.

Toda vida inocente tiene derecho  disfrutar momentnea dicha, cuando el
individuo, por inferior que sea la escala en que la Naturaleza le haya
colocado, rompe el estrecho lmite de su Yo individual, quiere una
perpetuacin de s mismo, y en medio de su obscuro deseo penetra en el
infinito do debe perpetuarse.

Que el hombre coopere  su deseo; que auxilie  la Naturaleza, y
recibir las bendiciones de todos los seres, desde los que pueblan los
abismos hasta los que se remontan al firmamento. Dios le mirar
compasivo si se constituye con El en promotor de la vida, de la
felicidad; si distribuye  todos la parte que, aun  los ms pequeos,
corresponde aqu abajo.




LIBRO CUARTO

RENACIMIENTO POR EL MAR




I

Origen de los baos de mar.


El mar, tan maltratado por el hombre en esa guerra inhumana, ha pagado
el dao recibido con generosidad y benevolencia. Cuando la tierra, su
bien amada, la ruda tierra le consuma, agotbale, l, ese mar temible,
maldito, la acoga sin odio, alojbala en su seno, devolvale la savia y
la vida.

Acaso no es del mar que surgi la vida primitiva? El mar posee para
ella todos los elementos en una maravillosa plenitud. Por qu, cuando
nos sentimos desfallecidos, no ir  rehacernos al desbordado manantial
que nos invita  beber?

El es bueno y generoso para todos, empero ms benfico, al parecer, ms
simptico para las criaturas menos distantes de la vida natural, para la
inocente niez que sufre los pecados de sus padres, para las mujeres,
vctimas sociales, cuyas principales faltas son debidas  su facultad
de amar, y que, menos culpables que nosotros, llevan, no obstante, sobre
s la parte ms grande del peso de la vida. Teniendo cierto parentesco
con ellas el mar, complcese en realzarlas, dando fuerza  su debilidad,
disipando sus penas del espritu, rehacindolas y devolvindolas su
belleza, y, jvenes, prestndoles su eterna frescura. Venus que sali de
en medio de sus ondas, renace del mar todos los das--no la Venus
enervada, la llorosa, la melanclica,--sino la Venus verdadera,
victoriosa, con su poder triunfal de fecundidad, de deseo.

* * *

Cmo efectuarse la reconciliacin entre esa gran fuerza, saludable pero
spera, salvaje, y nuestra gran debilidad?  Qu enlace poda haber
entre dos partidos  tal punto desproporcionados? Cuestin inmensa era
sta: fu preciso para resolverla un arte, una iniciacin. Para
comprenderlos debe conocerse el tiempo y la ocasin en que ese arte
comenz  revelarse.

Entre dos edades de fuerza, la fuerza del Renacimiento y la de la
Revolucin, hubo una poca de postracin, cuando graves signos acusaron
una enervacin moral y fsica. El mundo antiguo que desapareca y el
nuevo que tardaba en presentarse, dejaron entre ellos un intermedio de
uno  dos siglos. Concebidas del vaco, nacieron generaciones dbiles y
enfermizas; al paso que las diezmaba el exceso de goces y el exceso de
miseria. Francia, arruinada tres veces de uno  otro extremo en el
espacio de un siglo, lanz las ltimas boqueadas en una orga de
enfermos: la Regencia. Inglaterra, que, sin embargo, se engrandeca en
aquellos momentos  costa de nuestras ruinas, estaba al parecer tan
enferma como su vecina: la idea puritana habase ido debilitando y no
acuda otra  reemplazarla. Aplastada en el reinado de Carlos II,
atraves despus el fangoso pantano de Walpole. En medio de la pblica
postracin, salieron  relucir los instintos de la baja plebe: el
precioso libro titulado _Robinsn_ deja entrever la aparicin inminente
del alcoholismo. Otro libro (terrible), en el cual la medicina se
prevala de todas las amenazas bblicas, denunci el sombro suicidio de
depravacin egosta que rechazaba el matrimonio.

Ideas desordenadas, malos hbitos, vida de holgazanera y nociva  la
salud, todo esto se traduca fsicamente por la relajacin de los
tejidos, la postracin mrbida de las carnes, las escrfulas, etc. Las
mejores encarnaciones ocultaban los males ms repugnantes. Ana de
Austria, cuyas carnes eran citadas como un modelo de frescura, mora de
una lcera; la Princesa de Subiza, una rubia deslumbradora, se derriti,
si vale decirlo as, cayendo sus carnes  jirones.

Un gran seor ingls, harto curioso, el Duque de Newcastle, pregunta
cierto da al doctor Russell por qu se altera la raza y va degenerando;
por qu aquellos lirios y rosas se cubren de escrfulas.

Muy raro es que una raza empezada  gastar se rehaga; no obstante, en la
raza inglesa obrse este milagro. Recobr (durante setenta  ochenta
aos) una fuerza extraordinaria y una actividad extrema; debiendo su
renovacin, primeramente  sus grandes negocios (nada hay tan sano como
el movimiento), y al mismo tiempo, preciso es confesarlo, al cambio de
sus hbitos. Los ingleses adoptaron alimentos distintos, distinta
educacin, distinta medicina; todos quisieron ser robustos para obrar,
comerciar, ganar dinero.

No se requiri mucho ingenio para esto; las grandes ideas de dicha
renovacin posealas la Inglaterra, y slo se necesitaba aplicarlas. El
moravo Comenius, adelantndose un siglo  Rousseau, haba dicho:
Acordaos de la Naturaleza como en otros tiempos y adoptad su sistema
para la educacin. Y dijo el sajn Offmann: Acordaos de la Naturaleza,
adoptando su sistema para la medicina.

Hoffmann haba llegado  tiempo, en la poca de la Regencia, despus de
la orga de los placeres y de la orga de los medicamentos con que se
agravaba  la primera. Aquel sabio dijo: Hud de los mdicos: sed
sobrios y no bebis ms que agua. Fu una reforma moral. As, pues,
vimos  Priessnitz (1830), despus de las bacanales de la Restauracin,
imponer  la alta aristocracia de Europa la ms ruda penitencia,
alimentarla con el pan de los campesinos, tener en pleno invierno  las
ms delicadas seoras bajo las cascadas de agua de nieve, en medio de
los pinares del Norte, en un infierno de fro que, por reaccin,
trucase en uno de fuego. Tan violento es en el hombre el amor  la
vida, tan fuerte el temor que le causa la muerte, su devocin por la
Naturaleza, cuando espera de ella una moratoria.

Y despus de todo, por qu no sera el agua la salvacin del hombre?
Segn Berzelius, no somos ms que agua (las cuatro quintas partes de
nuestro cuerpo), y el da de maana convertirmonos en agua. En la mayor
parte de las plantas encuntrase en iguales proporciones que en el
cuerpo humano. Y asimismo cubre el agua salada las cuatro quintas partes
del globo. Es el agua para el elemento rido una constante hidroterapia
que le cura de su sequedad; ella apaga su sed, le da el sustento,
hincha sus frutos, sus mieses. Extraa y prodigiosa hada! Con poco, lo
produce todo; con poco, todo lo destruye: basalto, granito y prfido.
Ella es la gran fuerza si bien la ms elstica, que se presta  las
transiciones de la universal metamorfosis. Ella envuelve, penetra,
traslada, transforma la Naturaleza.

En qu desierto horroroso, en qu selva sombra no vamos  buscar las
aguas que brotan del centro de la tierra! Qu culto ms supersticioso
no profesamos hacia esos temibles manantiales que nos traen las
escondidas virtudes y los espritus del globo! He visto fanticos que no
tenan ms Dios que Carlsbad, esa milagrosa reunin de las aguas ms
contradictorias. He visto devotos de Barges; y yo mismo tuve el nimo
turbado ante los hirvientes fangos do hormiguea el agua sulfurosa de
Acqui, obrando por s misma con extraas pulsaciones que slo se notan
entre los seres animados.

Las termas es cuestin de vida  muerte; su accin es decisiva. Cuntos
enfermos se hubiesen consumido lentamente y merced  ellas han pasado
con rapidez  la otra vida! A menudo esas poderosas aguas devuelven la
salud momentneamente al paciente, haciendo un temible llamamiento  las
pasiones causa del mal. Entonces stas vuelven  presentarse violentas,
 grandes borbotones, como los hirvientes manantiales que las
despiertan. Humaredas, vapores sulfurosos, aire embriagador de la
comarca, todo esto asemjase al aura que hinchaba, turbaba  la Sibila y
la forzaba  hablar. Es una erupcin de nuestro cuerpo que hace salir
afuera lo que ms empeo se hubiera tenido en ocultar. Nada hay oculto
en aquellas _Babeles_ donde bajo el pretexto de la salud, se vive fuera
de las leyes de este mundo, adoptando las libertades del otro.
Semimuertos y semimuertas vseles en las mesas del juego, plidos y
macilentos, engolfarse en placeres desenfrenados, de los que con
frecuencia no despiertan.

* * *

El soplo del mar es otra cosa, puesto que por s solo purifica.

Esa pureza procede tambin del aire, y especialmente del cambio rpido
que se hace del uno al otro, de la mutua transformacin de los dos
ocanos. Nada de reposo; en ningn sitio languidece la vida ni dormita.
El mar la hace, deshcela y la rehace. A cada momento pasa, salvaje y
vivaz, por el crisol de la muerte. El aire aun ms violento, azotado una
y otra vez por el viento, arrastrado por los torbellinos, concentrado
para estallar en trombas elctricas, est continuamente en revolucin.

Vivir en la tierra, es el reposo; en el mar, una lucha eterna, pero
lucha vivificadora para el que puede soportarla.

* * *

Los hombres de la Edad Media tenan en gran aversin y aborrecimiento al
mar, reino del Prncipe de los vientos. As nombraban al diablo. Al
noble siglo XVII disgustbale vivir entre la ruda marinera. El castillo
de aspecto montono, con un tosco jardn, estaba casi siempre situado
lejos, lo ms lejos posible del mar, en algn sitio sin aire, privado de
vista, rodeado de hmedas arboledas. Asimismo, el casero ingls,
perdido entre la sombra de copudos rboles y entre la pesada niebla,
reflejaba con frecuencia su silueta en el fango de algn insalubre
pantano. Lo que hoy llama la atencin en Inglaterra, sus numerosas
quintas martimas, la aficin  vivir  orillas del mar, los baos hasta
en lo ms crudo del invierno, todo esto es cosa moderna, premeditada y
deseada.

Las poblaciones de las costas que sustenta el mar, eran ms simpticas
para el ingls. Su instinto presagibale en ellas una gran potencia de
vida, teniendo en primer trmino, en su favor, su virtud purgativa.
Aquellos habitantes no haban dejado de observar que esa purgacin
ayudaba  neutralizar los males de la poca, las escrfulas y las llagas
que son su consecuencia; al paso que su amargor parecales un excelente
antdoto contra las lombrices que atormentan  los nios. Tambin coman
sin ningn escrpulo las algas y ciertos plipos (_Haleyonia_),
adivinando el yodo que contienen y su potencia constrictiva para sanar y
consolidar los tejidos. Esas recetas populares llegaron  noticia y
fueron recogidas por Russell, abrindole el camino y ayudndole
grandemente  contestar  la grave pregunta que le diriga el Duque de
Newcastle. De su respuesta, hizo un libro importante y curioso titulado:
_Tabe glandulari, seu de usu aqu marin_, 1750.

En l se encuentra la siguiente ingeniosa sentencia: No se trata de
curar, sino de rehacer y crear.

Russell se propone un milagro, pero un milagro hacedero: fabricar
carnes, crear tejidos. De suerte que trabaja preferentemente sobre la
criatura, que, aunque comprometida desde el vientre de su madre, todava
puede ser rehecha.

Era el momento en que Bakewell acababa de inventar la carne. Las bestias
que hasta entonces puede decirse slo sirvieran para producir leche,
iban  dar en lo sucesivo ms generoso alimento. El inspido rgimen
lcteo, deba ser abandonado por aquellos que se lanzaban en accin cada
da ms.

Por su lado Russell, con gran oportunidad, invent el mar por medio de
su librito, quiero decir, le puso en boga.

El todo se resume en cuatro palabras; mas, esas palabras, son  la vez
un sistema mdico y de educacin: 1. Dbese beber el agua del mar,
baarse en l y comer cuanto produce que tenga concentrada su virtud:
2. Los nios no deben ir muy abrigados, y tenerlos siempre en contacto
con el aire.--Aire, agua, y nada ms.

El ltimo consejo es bien atrevido. Mantener  la criatura casi desnuda,
bajo un clima hmedo y variable, era resignarse anticipadamente al
sacrificio de los dbiles. Sobrevivieron los fuertes, y perpetuada la
raza slo por stos, rehzose ms y mejor. Aadid  esto, que los
negocios, el movimiento, la navegacin, arrancando al nio de las
escuelas y emancipndolo temprano, lo libr de la educacin sedentaria y
de la vida de estropeado, que reserv la Inglaterra nicamente para los
hijos de sus lores, para los nobles educandos de Oxford y de Cambridge.

* * *

En su libro ingenioso, en que brilla el instinto popular, Russell estaba
muy distante de adivinar que dentro de un siglo todas las ciencias se
mancomunaran para darle la razn, y que, revelando cada una de ellas
alguna nueva faz del asunto, descubrirase en el mar un tratado completo
de la teraputica.

Los ms preciosos elementos de la animalidad terrestre se encuentran
superabundantemente en el mar, enteros  invariables, salubres, vivos,
en depsito para rehacer la vida.

As que, la ciencia pudo decir  todos: Acudid, pueblos, acudid,
agobiados trabajadores, acudid, jvenes mujeres de fuerzas agotadas,
criaturas castigadas con los vicios de vuestros padres; acrcate,
macilenta humanidad, y dme francamente,  presencia del mar, lo que
necesitas para reanimarte. Ese principio reparador, sea cual fuere, el
mar lo posee.

La base universal de vida, el _mucus_ embrionario, la viviente gelatina
animal de donde naci y renace el hombre, donde tom y toma sin cesar la
jugosa consistencia de su ser, ese tesoro, encirralo el mar hasta tal
punto que es su propia vida. Con l fabrica, satura sus vegetales, sus
animales, prodigndoselo ampliamente. Su generosidad hace burla  la
mezquindad de la tierra. Ya que dan con tanta abundancia, sabed si
quiera recoger sus dones. Su riqueza alimenticia va  amamantaros por
torrentes.

Ms--dicen aqullos;--precisamente carecemos nosotros de lo que
constituye el sostn y como la armazn del hombre. Nuestra osamenta se
dobla, se encorva, se comprime, gracias al harto dbil alimento que slo
sirve para engaar el hambre. Se pone blanda, vacila. Perfectamente: el
calizo que les falta abunda de tal suerte en el mar, que cubre todas sus
conchas y madrporas constructoras, hasta formar continentes. Sus peces,
la hacen viajar por bancos y por flotas inmensas, tan inmensas, que
desparramado por las costas ese rico alimento, sirve de abono.

Y usted, joven enfermiza que, sin nimo para quejarse, se encamina hacia
el sepulcro (quin no lo ve?) derritindose, yndose  pique por sus
propios pasos; ah tiene usted (en el mar) la triple potencia tnica,
la saludable tonicidad que afirma todo tejido viviente. Tinela
diseminada en sus aguas yodadas  la superficie; se la encuentra en su
varech, que, sin cesar, se impregna de ella; la hay animalizada, en su
ms fecunda tribu, los _gades_ (abadejos, etc.). El abadejo y sus
millones de huevas bastaran por s solos para yodar toda la tierra.

Le hace  usted falta calor? El mar lo tiene, y el ms perfecto de
todos, ese calor insensible que despiden los cuerpos crasos, latente,
pero tan poderoso, que si no era repartido, balanceado, equilibrado,
derretira todos los hielos, convirtiendo el polo en Ecuador.

La preciosa sangre roja, la sangre caliente, es el triunfo del mar. Por
ella ha animado y armado incomparable fuerza  sus gigantes, tan por
encima de toda creacin terrestre. Y si fabric ese elemento, bien
puede, en obsequio suyo, fabricarlo nuevamente, hacer adquirir  usted
un tinte rosado, reanimarla, pobre flor marchita, descolorida. Ella
rebosa, sobreabunda de lo que tanta falta hace  usted. En los hijos del
mar la sangre misma es otro mar, que, al primer impulso corre y humea,
purpureando  gran distancia el Ocano.

He aqu revelado el misterio. Todos los principios que en ti estn
unidos, esa gran persona impersonal los ha dividido. Ella posee tus
huesos, tu sangre, tu savia y tu calor representado cada uno de esos
elementos por tal  cual de sus hijos.

Y ella tiene lo que  ti te falta, la demasiada plenitud y el exceso de
fuerza. Su aliento produce no s qu alegra, actividad, espritu
creador, lo que podramos llamar herosmo fsico. Y  pesar de su
violencia, la gran generadora no derrama por esto en menor grado la
agreste alegra, la jovialidad viva y fecunda, la llama de amor salvaje
que palpita en su seno.




II

Eleccin de playa.


La tierra es su mdico; cada clima un remedio. La medicina ser ms y
ms cada da una emigracin.

Pero, emigracin previsora. Obrarse para el porvenir; no se permanecer
inerte, cobijando males incurables, sino que se les prevendr por medio
de la educacin, la higiene y en especial los viajes--no rpidos y
disparatados, perjudiciales, como los que se hacen ahora, sino
hbilmente calculados, para aprovecharse de los auxilios, de las
poderosas vivificaciones que por todas partes tiene en conserva la
Naturaleza.

La fuente de la juventud del porvenir encontrarse en estas dos cosas:
_la ciencia de la emigracin y el arte de aclimatarse_. Hasta el
presente, el hombre es un cautivo como la ostra sobre su roca. Si emigra
algunos pasos ms all de su zona templada, slo encuentra la muerte. No
ser libre y hombre en toda la acepcin de la palabra, hasta que ese
arte especial lo constituya en verdadero habitante de su planeta.

Corto nmero de enfermedades se curan en circunstancias y lugares donde
han nacido y adquirido su desarrollo, dependiendo de ciertos hbitos que
aquellos sitios perpetan y hacen invencibles. No hay reforma (fsica 
moral) para aquel que se mantiene obstinadamente en su pecado original.

La medicina, iluminada por todas las ciencias auxiliares, lograr darnos
mtodos, direcciones para conducirnos con prudencia  esa nueva ruta.
Importa sobre todo, ahorrar las transiciones. Se puede acaso, sin
prepararse, sin modificar algn tanto la costumbre, el rgimen de vida,
trasladarse de un clima central (Pars, Lyon, Dijon, Strasburgo)  un
clima martimo? Es dado, sin haber respirado por mucho tiempo los aires
de la costa, empezar  tomar baos de mar? Pudese, sin poseer algn
hbito de prudente hidroterapia, comenzando en el interior, ir 
desafiar al aire libre, la constriccin nerviosa, la horripilacin de
una agua fra que lleva uno encima  su regreso y  menudo en medio de
un fuerte vendaval? Estas cuestiones previas, llamarn ms y ms cada
da la atencin de los iniciados en la ciencia de curar.

La extrema rapidez de los viajes por ferrocarril es cosa antimedical.
Ir, como se hace, en veinte horas de Pars al Mediterrneo, atravesando
un clima tan diverso cada sesenta minutos, es el colmo de la imprudencia
para una persona nerviosa. Llega sta ebria  Marsella; agitadsima,
poseda del vrtigo.--Cuando _madame_ de Sevign empleaba un mes en ir
de la Bretaa  la Provenza, salvaba paso  paso y por grados, la
violenta oposicin de estos dos climas, pasando insensiblemente de la
zona martima del Oeste  la del Este, en el clima exclusivamente
terrestre de la Borgoa. Luego, caminando con paso lento por las alturas
del Rdano en el Delfinado, afrontaba con menos trabajo la regin de los
fuertes vientos, Valence y Avion. Finalmente, descansando en Aix
(Provenza interior), lejos del Rdano y de las costas, acostumbraba su
pecho y su respiracin al clima provenzal: y entonces, slo entonces,
aproximbase al mar.

* * *

Francia tiene la admirable ventaja de verse baada por los dos mares. De
ah la facilidad de alternar segn las estaciones, los temperamentos,
los grados de la enfermedad, entre la tonicidad salada del Mediterrneo
y la tonicidad ms hmeda, ms suave (salvas las tempestades), que nos
ofrece el Ocano.

En cada uno de estos dos mares hay una escala graduada de estaciones,
ms  menos blandas, ms  menos fortificantes. Es muy interesante
observar esa doble gama, y  menudo el seguirla, yendo del tono ms
dbil al ms fuerte.

La del Ocano, que parte de las aguas fuertes y fortificantes,
venteadas, agitadas, de la Mancha, se dulcifica en extremo al Medioda
de la Bretaa, humanizndose todava ms en Gironde, y es muy apacible
en la cerrada concha de Arcachn.

La del Mediterrneo, circular casi, tiene su nota ms elevada en el seco
y penetrante clima de la Provenza y de Gnova; dulcifcase hacia Pisa;
se equilibra en Sicilia, mientras que en Argel obtiene un grado notable
de fijeza. De retorno, gran suavidad en Valencia y Mallorca, y en los
puertezuelos del Roselln, tan bien abrigados por el Norte.

* * *

Dos caracteres hacen agradable el Mediterrneo sobre todas las cosas: su
plan tan armnico y la vivacidad, la transparencia de la atmsfera y de
la luz. Es aqul un mar azul muy amargo, saladsimo; perdiendo por la
evaporacin tres veces ms de agua que la que le traen los ros. Slo
sera sal y convertirase en tan acre como el Mar Muerto, si corrientes
inferiores, tales como la de Gibraltar, no lo templaran incesantemente
por medio de las aguas del Ocano.

Cuanto he visto de sus playas era magnfico, mas un tanto spero. Nada
vulgar. La traza de los fuegos subterrneos que se descubre por todos
lados, sus sombras rocas plutonianas, jams fatigan, cual sucede con
las interminables dunas de arena  los sedimentos acuosos de las costas
bravas. Y si los famosos naranjales parecen un tanto montonos, en
cambio los abrigados recodos do domina la vegetacin africana, loes y
cactos, los campos de setos exquisitos sembrados de mirto y de jazmn,
por ltimo, las odorferas landas agrestemente perfumadas, causan
vuestra admiracin. Verdad es que las ms de las veces se ciernen sobre
vuestra cabeza calvas y estriles montaas: sus largos pies, sus vastas
races que van continuando hasta el mar, refljanse en el fondo de las
aguas. Parecame que mi barquilla--dice un viajero,--nadaba entre dos
atmsferas, como si estuviese impelida por el aire arriba y abajo. Y
prosigue describiendo el mundo variado de plantas y de animales que
contemplaba bajo ese cristal en las costas de Sicilia. Menos afortunado
yo que l, pasendome por el mar de Gnova sobre un agua tan
transparente como la descrita, slo vea el desierto. Las enjutas rocas
volcnicas de la playa, de mrmol negro  color blanco todava ms
lgubre, me representaban en el fondo del brillante espejo monumentos
naturales, especie de sarcfagos antiguos, iglesias en ruinas. A veces
figurbame distinguir ciertas reproducciones de las catedrales de
Florencia  de Pisa; otras, crea ver silenciosas esfinges  monstruos
innominados, acaso ballenas? elefantes? lo ignoro: quimeras de mi
fantasa, s, y sueos extraos. Nada de realidades.

Ese mar, tal como es, con sus climas poderosos, templa admirablemente al
hombre, dndole la fuerza seca, la ms resistente, y formando las razas
ms slidas. Nuestros hrcules del Norte son tal vez ms fuertes, empero
indudablemente no tan robustos ni aclimatables como el marino provenzal,
el cataln, el de Gnova, el de Calabria, el de Grecia. Estos, curtidos
y bronceados, pasan, al estado de metal: rico color que de ningn modo
es un accidente de la epidermis, sino una inhibicin profunda de sol y
de vida. Un discreto mdico, amigo mo, mandaba  sus clientes
descoloridos de Pars, de Lyon,  aquellas costas  tomar baos de sol,
y l mismo lo desafiaba hora tras hora sobre una roca, no resguardando
ms que la cabeza; lo restante de su cuerpo adquira un bello matiz
africano.

Los enfermos de veras diriganse  Sicilia, Argel, Madera y las
Canarias; empero la regeneracin de los dbiles, de los fatigados, de
los descoloridos habitantes urbanos, se efectuar tal vez mejor en los
climas ms desiguales. Debe esperarse en primer trmino de los pases
que han dado al Universo los ms altos ejemplos de energa--el acero del
gnero humano, la Grecia,--y la raza de slex, fina, ejercitada,
indestructible, de los Coln y los Doria, los Massena y los Garibaldi.

* * *

Nuestros puertos del extremo Norte, Dunkerque, Boulogne, Dieppe,
azotados por los vientos y corrientes de la Mancha, son tambin una
fbrica de hombres que los hace y rehace. Aquel gran soplo y aquel gran
mar, en su eterno combate, basta para resucitar  los muertos: y en
efecto, all se operan renacimientos inesperados. El que no tiene lesin
grave se recobra en un instante. Toda la mquina humana funciona con
fuerza de buen  mal grado; digiere, respira. La Naturaleza es exigente
y sabe el medio de hacerla andar. Los robustos vegetales que forman una
sbana de verdura bajo el influjo de los ms fuertes ventarrones
marinos, nos hacen asomar la vergenza al rostro cuando los comparamos
con nuestra languidez. Cada puertezuelo normando es un agujero de la
costa brava por el que se introduce el infatigable Noroeste (el
_Norouais_ en buen normando), silbando y hacindonos revivir. Por
supuesto, que no sopla con tanta violencia  la embocadura del Sena, 
la sombra de los bosques de manzanos de Honfleur y de Trouville. Al
partir el manso ro, se desliza suavemente  la izquierda, trayendo el
influjo de su carcter agradable y pacfico.

Hase descrito en otro sitio de esta obra el mar vehemente, con terrible
frecuencia, de Granville, Saint-Malo, Cancale. Aquella es la mejor
escuela para la gente joven. All est el reto del mar al hombre, la
lucha en que los fuertes convirtense en fortsimos. La grande gimnasia
naval ha de verificarse en esos parajes entre normandos y bretones.

* * *

Si, por el contrario, se tratara de una existencia gastada, frgil, de
un nio dbil y enfermizo,  de una mujer agotada en las luchas del
amor, buscaramos un sitio ms suave para abrigar ese tesoro. Una playa
enteramente tranquila con el agua no tan fra, sin engolfarnos mucho al
Medioda, son cualidades de las islitas y pennsulas del Morbihan: todos
aquellos islotes forman un laberinto ms intrincado que aquel en que un
rey ocult  su Rosmunda. Confe, pues, usted la suya  ese mar
discreto. Nadie lo sabr, exceptuando las vetustas piedras drudicas
que, con algunos pescadores, constituyen los nicos habitantes de sitio
tan agreste y bonancible.--Pero--pregunta nuestra dama,--de qu se
vive all?--Sobre todo, de pesca, seora.--Y de qu ms?--- De pesca.
No dista mucho Saint-Gildas, la abada adonde, segn dicen los bretones,
fu Elosa para reunirse con su Abelardo. Poco les bast para vivir 
los clebres amantes: adoptaron el sobrio y solitario rgimen de
Robinsn, comida de viernes. En direccin del Medioda se encuentran
algunos lugares ms civilizados, agradables y deliciosos, tales como
Pornic, Royan y Saint-Georges, Arcachn, etc.

Ya he mentado en otra ocasin Saint-Georges, la dulce playa de los
olores amargos. Arcachn es asimismo muy apacible en medio de sus
_pinadas_ resinosas cuyos perfumes vivifican. Sin la mundana invasin de
la populosa y rica Burdeos, sin la muchedumbre que afluye y se atropella
en ciertas pocas, mucho nos agradara ocultar all nuestros adorados
enfermos, los tiernos y delicados objetos para quienes tememos el
bullicio mundanal. Mientras estuvo ese sitio encerrado en su concha
interior, ofreca el contraste de un mar tranquilo y profundo, absoluto,
 dos pasos de un mar terrible. Ms all del faro, el furioso golfo de
Gascua; dentro, el agua soolienta y la languidez de una ola muda, que
no causa ms estrpito que el que producir puede un piececito sobre la
elstica almohada del alga marina con que se afirma una capa de arena
muy reblandecida.

En un clima intermedio que no es ni Norte, ni Medioda, ni Bretaa, ni
Vende, he visto y vuelto  ver con alegra el precioso y grave abrigo
de Pornic, sus excelentes marinos, sus agraciadas muchachas,
encantadoras bajo sus gorras puntiagudas. Es un lugarcillo de reposo,
que teniendo enfrente la dilatada isla (pennsula ms bien) de
Noirmutiers, llgale el mar oblicuamente, de una manera indirecta y con
mesura, y apenas ha entrado, se humaniza, hilando por medio de su rizada
onda lino, al parecer,  muer. En aquella concha de algunas leguas de
extensin, ha fabricado el mar otras pequeas, ancones angostos de suave
pendiente para las mujeres,  baeras para los nios. Esas lindas playas
enarenadas, separadas entre s, ocultas  las miradas indiscretas por
rocas respetables, tienen sus pequeos misterios para divertir  los que
en ellas se baan. Vese alguna vida marina, pero mucho ms pobre que en
otro tiempo: el abrigo es intil, y tambin perjudicial. El mundo de las
aguas no recibe en esa concha harto tranquila, rica alimentacin; por lo
tanto, la abandona. Dicho mar se enajena de da en da el gran oleaje
del Ocano, hacindose sordo  sus gritos, que slo se oyen muy
debilitados. Semi-silencio que tiene gran encanto. En ningn otro punto
he hallado con ms dulzura la libertad de soar despierto, ni el encanto
de los mares moribundos.




III

La habitacin.


Permtase  un ignorante que, sin embargo, ha adquirido cierta
experiencia  costa suya, dar algunos consejos sobre los puntos que no
citan los libros, y que hasta el presente han preocupado muy poco  los
hombres de la facultad mdica. Para que esos consejos no sean tan
difusos, los doy  una persona enferma que me pide informes. Es un ser
ficticio? No. La persona  quien me dirijo, hela realmente encontrado, y
ms de una vez, en el transcurso de mi vida.

He aqu  una seora joven, debilitada, enferma  muy cercana  estarlo,
y un nio ms dbil todava que la madre. El invierno se ha pasado as,
as; la primavera con ms dificultad. Sin embargo, no hay lesin grave.
Debilidad, anemia; esto es todo: slo dificultad para vivir. Se les
prescribe pasar el verano  orillas del mar.

Gasto exorbitante para una persona de medianos recursos y poco
acomodada. Penoso viaje para una ama de casa. Ruda separacin, sobre
todo, tratndose de dos esposos que se quieren. Entrase en
negociaciones: se deseara dulcificar la sentencia. No ser bastante
un mes? Empero el muy entendido doctor insiste. Cree que una estancia
demasiado corta hace ms dao que bien. La impresin brusca, violenta,
de los baos, sin preparativo de ninguna clase, es ms bien propia para
trastornar la salud, aun la ms robusta. Las personas razonables, al
llegar al puerto de mar, lo primero que deben hacer es aclimatarse,
respirar: el mes de junio es excelente para el caso--julio y agosto para
tomar los baos;--septiembre, y  veces octubre, procuran el descanso de
los fuertes calores, dulcifican la excitacin producida por la acritud
salina, consolidan los resultados, y aun con sus frescos ventarrones
acostumbran  los fros invernales.

Pocos hombres hay libres durante todo el verano: y mucho ser si el
marido puede pasar junto  su cara mitad uno  dos meses--agosto y
septiembre, por ejemplo.--Por poco dispuesto que se encuentre 
sacrificarla los intereses secundarios, en bien de su misma esposa debe
quedarse en casa. Hay en la restringida existencia del hombre laborioso
cadenas que no puede romper sin gran detrimento de la familia. As,
pues, la seora ha de partir sola. Ya los tenemos divorciados.

Partir sola? Nunca lo ha estado. Ms tranquila ira si marchaba en
compaa de una familia de amigos ricos, que parte sin faltar uno,
marido, mujer, nios, criados.--Si me atreviera  dar mi opinin, dira:
Que parta sola.

La partida en compaa, divertida y agradable al principio, suele tener
consecuencias bien distintas. Hay incmodos, pendencias, y los que
partieron amigos vuelven enemigos,  (y esto es peor an) demasiado
amigos. La ociosidad de los baos produce con harta frecuencia
resultados imprevistos que hay que lamentar toda la vida. El ms pequeo
de los inconvenientes que puede resultar (y yo no lo encuentro
pequeo), es que gentes que, separadas, habran sentido mejor el influjo
del mar, trayendo muy buena impresin de su viaje, si han de vivir
juntas proseguirn el sistema de vida de las grandes ciudades
(frivolidad, vulgaridad, falsa alegra, etc.) Cuando uno est solo, se
ocupa en algo, medita; en tertulia, se charla, se murmura. Esos amigos
ricos y gentes de mundo arrastrarn la joven seora  sus diversiones;
de suerte que se sentir agitada y llevar una vida ms intranquila y
antimedical que en Pars. Su misin es enteramente distinta. Reflexione
usted lo que la digo, seora; tenga nimo y sea prudente. Rodeada de
soledad, sin ms distracciones que las que le procure su hijo, vida
inocente, infantil si usted quiere, pero pura, noble, potica, slo
haciendo este gnero de vida recobrar las fuerzas y la salud perdidas.
La justicia delicada y tierna que la hace  usted temer los placeres,
mientras otra persona que ha quedado en casa trabaja para la familia, le
ser tenida en cuenta, no lo dude. El mar la estimar ms si no quiere
otro amigo que l mientras est  su lado; y en dicho sitio de reposo la
prodigar su tesoro de vida, de juventud. El nio crecer como un
precioso rbol y usted florecer en la gracia, volviendo  su hogar
joven, adorada.

* * *

Resgnase y parte. La estacin es indicada y hasta conocida. Se aprecia
por el anlisis qumico el valor real de las aguas. Empero hay un
sinnmero de circunstancias locales, que no pueden adivinarse  gran
distancia, y raras veces las conoce el mdico. El hombre de las grandes
ciudades, tan ocupado siempre, no tiene ocasin ni tiempo para estudiar
aquellas localidades.

De las ms importantes han sido publicadas guas que no carecen de
mrito. Por ellas se sabe el gran nmero de enfermedades que pueden
curarse en la estacin recomendada. Mas, pocas, poqusimas, dicen nada
sobre lo ms esencial que all se va  buscar, la originalidad del
sitio; no atrevindose  declarar abiertamente lo malo y lo bueno, el
lugar que dicho sitio ocupa en la escala de las estaciones. El libro es
un elogio general, tan general, que muy poco instruye.

Cul es la situacin exacta? Si examinamos el plano, veremos que la
costa hace una ligera inflexin al Medioda. Pero esto no ensea nada.
Podr suceder que tal  cual curva del terreno coloque la habitacin que
usted ocupe bajo una influencia demasiado fra; que, por ejemplo, un
torrente desembocando en la costa, un valle oculto, prfido, la traiga
el viento del Norte,  que, merced  un repliegue del terreno, el viento
del Oeste se engolfe y la ahogue con su soplo.

Hay pantanos en las cercanas? La respuesta es fcil: diciendo s, casi
siempre se acertar. Mas la diferencia es grande si stos son salados,
renovados, saneados por el mar,  pantanos adormecidos de agua dulce
que, despus de las sequas, producen emanaciones febrosas.

Es puro el mar  mezclado? Y en qu proporcin? Gran misterio que uno
no se atreve  esclarecer. Pero para las personas nerviosas, para los
novatos que empiezan la serie de baos de mar, los ms suaves son los
mejores. Un mar un poco mezclado, el aire no muy salado ni acre, una
playa risuea que ofrezca las perspectivas del campo, son las mejores
circunstancias.

Un punto grave y capital es la eleccin de vivienda. Quin va 
dirigir  usted? Nadie. Preciso es ver, observar por s mismo. Muy poca
luz se saca de los que han visitado la comarca, aunque hayan vivido en
ella, pues la elogian  critican, no segn su verdadero mrito, sino
conforme  lo que se divirtieron   las amistades contradas. La
recomendarn  algn amigo que la recibir con los brazos abiertos, y al
cabo de algunos das palpa usted los inconvenientes. Ve que vive en la
casa menos cmoda, y  veces malsana y peligrosa. No importa, est usted
ligada; ofendera  la persona que la recomend y  la amable, excelente
y hospitalaria familia que la ha recibido bajo su techo.

Bueno; no me ligar. Mas al llegar, si encuentro un mdico honrado,
querido, suplicarle me gue.--Honrado! No basta esto; debera ser
tambin intrpido, heroico, para poder hablar con franqueza sobre punto
tan capital. Se pondra mal con todos los habitantes del lugar; sera
hombre al agua. Todo el mundo le rechazara, vindose precisado  vivir
como una fiera, y podra darse por muy contento si alguna noche no
encontraba quien le jugara una mala pasada.

* * *

Detesto las construcciones ligeras hasta lo absurdo que levanta la
especulacin para climas tan variables. Como uno llega en la poca de
los grandes calores, acptase sin titubear tal vivac: pero con
frecuencia se prolonga la estancia durante septiembre y aun todo el
octubre, expuestos  la furia de los vientos y las lluvias.

Los propietarios del pas que gozan de buena salud, constryense para
ellos buenas y slidas casas, perfectamente resguardadas. Y para
nosotros, pobres enfermos, edifican albergues de tablas, absurdos
_chalets_ (no rellenados de musgo cual los de Suiza, sino abiertos y con
las junturas despegadas). Esto s que se llama burlarse del prjimo.

En esas quintas, de apariencia lujosa, si bien miserables en el fondo,
nada ha sido previsto. Salones, piezas de aparato con vistas al mar,
pero nada de interior agradable; nada de esas dulces comodidades de que
tanto necesita la mujer. La pobre no sabe do guarecerse, viviendo all
como en una semitempestad continua, sufriendo  cada momento bruscas
transiciones de temperatura.

Por otro lado, la slida casa del pescador, y aun del hombre de la clase
media, suele ser baja y hmeda, incmoda, inconveniente para ciertas
disposiciones. Muchas veces no slo carece de doble y grueso techo, sino
que tiene un sencillo envigado por donde penetra y sube  las
habitaciones superiores el aire fro de los bajos. De ah los
constipados y reumatismos, las gastritis y cien otras enfermedades.

Cualquiera de aquellas dos habitaciones que escoja usted, seora, sabe
lo que deseo contenga ante todas cosas? Rase cuanto quiera, no importa.
Lo que deseo contenga es,  pesar de hallarnos en el mes de junio, una
buena chimenea  prueba de viento. En nuestra hermosa Francia con su
fro Noroeste, y lluvioso Suroeste, que en el ao que corre ha reinado
nueve meses, es preciso poder encender fuego en todo tiempo. En medio de
una velada hmeda, cuando su hijo de usted se presenta tiritando y no
puede entrar en calor antes de acostarse, debe encenderse un buen fuego.

Dos cosas hay que han de estar previstas anticipadamente en toda
habitacin: el fuego y el agua--agua potable, cosa bastante rara junto
al mar.--Caso de que no pueda beberse, trate usted de suplirla con
cerveza  otra bebida de las usadas en el pas.

Cunto dara por poder levantar con la palabra la quinta del porvenir
tal como se presenta en mi nimo! No me refiero  la casa fastuosa, al
palacio que quisieran los ricos erigir orillas del mar: hablo de la
modesta casa de las fortunas medianas. Es un arte que est por crear
todava, y todos parecen ignorarlo. Los ensayos hechos hasta ahora son
copia de tipos en contradiccin con nuestros climas y la vida de las
costas. Esos kioscos, accidentados de ligeros adornos, son  propsito
para lugares abrigados, pero en los nuestros dan miedo: parece que el
viento va  llevrselos. Los _chalets_ que, en Suiza, ostentan grandes
cobertizos para resguardarse de las nieves y encerrar el heno, tienen el
grave inconveniente de quitar mucha luz. El sol (en nuestros mares del
Norte) no debe ser desterrado, sino acogido con gran cuidado. Y en
cuanto  las imitaciones de capillas, de iglesias gticas tan incmodas
para vivienda, dejemos  un lado esas monadas ridculas.

Orillas del mar, el primer problema es una gran solidez, firmeza,
espesor de las paredes  prueba de los temblores y conmociones que se
sienten cuando uno est metido en una frgil vivienda, fundamentos, en
fin, que inspiren confianza; de suerte que en medio de la ms horrorosa
tempestad tenga la mujer tmida la seguridad de que no hay peligro para
ella ni para cuanto la rodea, y pueda dibujarse en su rostro la sonrisa
y esa felicidad del contraste que hace exclamar: Qu bien se est
aqu!

El segundo punto es que la pared de la casa que mira  la tierra est
tan bien abrigada, que haga olvidar el mar, y que al lado de aquel
continuo torbellino puedan los moradores encontrar el descanso.

Para responder  esas dos necesidades, preferira la forma que da menos
asidero al viento, la semicircular  de media luna, cuya parte convexa
procurarame por el lado del mar un panorama variado, viniendo el sol 
dar la vuelta de una  otra ventana y recibindolo  todas horas.

La concavidad de ese semicrculo, el interior, estara protegido por los
picos de la media luna, para que abrazara el lindo parterre del ama de
casa. A partir de ese parterre, la inclinacin progresiva del suelo
permitira formar un jardn de alguna extensin, resguardado de los
vientos marinos. Con frecuencia basta un repliegue del terreno para
neutralizar su influencia.

Flora aborrece el mar, dcennos. Lo que aborrece es la negligencia del
hombre. Desde aqu estoy viendo Etretat, y ante un mar muy enfurecido,
en lo ms elevado de la costa brava, expuesta  la furia de los vientos,
una granja con un vergel y rboles admirables. Qu precauciones han
tomado sus dueos? Un sencillo terrapln de cinco pies de alto, dejando
crecer encima todo gnero de vegetacin fortuita, un zarzal. Detrs de
ese terrapln ha brotado una hilera de olmos bastante robustos que
dieron abrigo  los dems. Asimismo hubiese podido tomar ejemplo de
otras localidades de Bretaa. Quin ignora la gran cantidad de frutas y
de legumbres que produce Roscoff, las cuales llegan  venderse  vil
precio hasta en la misma Normanda?

Volviendo  nuestro edificio, lo quiero no muy alto. Bajos y un piso
para los dormitorios. Nada de granero arriba, sino alguna pieza baja 
desvn que aisle el primer piso del techo.

Luego, la casa pequea. En cambio, que sea slida, con dos hileras de
cuartos, una habitacin mirando al mar y otra  la tierra.

Los bajos, de cara  la tierra, deberan estar abrigados un tanto por el
primer piso que sobresaldra slo unos cuatro  cinco pies: esto
constituira en esa media luna interior una especie de galera para
abrigarse durante el mal tiempo. Los cuartos bajos servirn de comedor,
otra piececita, si se quiere, para la biblioteca (viajes, historia
natural) y otra para baos. No se habla aqu de una verdadera biblioteca
ni una lujosa sala de baos. Lo ms esencial, muy sencillo, cmodo, y es
todo.

Me gustara, en los momentos en que la playa es inabordable para los
pechos delicados, me gustara, digo, ver al ama de casa, sentada y bien
abrigada, leyendo, trabajando en el _parterre_. Debera estar rodeada de
alguna cosa que recordare la vida, flores, pajarera, una conchita llena
de agua de mar donde podra llevar todos los das sus descubrimientos,
las pequeas curiosidades que la proporcionaran los pescadores.

Por lo tocante  la pajarera, preferira fuese la pajarera libre que he
aconsejado en uno de mis libros, aqulla en que los pjaros vienen 
buscar un albergue para pasar la noche y un poco de alimento. Se cierra
al anochecer para preservarlos de los mochuelos, y se abre de maanita.
Los pjaros no faltan  hora fija. Y aun creo que si aqulla fuese
grande y se colocara en medio el rbol que les es comn, fcilmente
haran en l sus cras, bajo su proteccin, seora, confindola  usted
sus pequeuelos.

Existencia seria, encantadora. Qu soledad tan agradable en este
intermedio de la vida, mientras dura esa rpida viudez! La situacin es
enteramente nueva: nada de trfago casero, nada de negocios. Con el
hijo al lado, la soledad de la madre es ms grande que si estuviese
separada de l. Si no tuviese consigo aquel compaerito, ofrecerasele
otra compaa, los ensueos, engolfndola en la vida de las vanas
visiones. Empero ese inocente guardin, el nio, lo impide: l la
entretiene, la hace charlar. Recuerda el hogar domstico. Junto  su
hijo no se borra de su memoria el sentimiento de que es preciso
trabajar, y recuerda que en otro punto hay alguien que trabaja para
ellos y cuenta tambin las horas que transcurren.

Floreced, pura, agradable flor. Hoy ms rejuvenecida que nunca, se
encontrar usted como cuando era nia libre, y con bien dulce libertad,
bajo la salvaguardia de su hijo.




IV

Primera aspiracin del mar.


Es dar un paso muy grande y brusco el que abandona  Pars en tan bello
momento dirigindose  la desierta playa; Pars, resplandeciente
entonces con sus magnficos jardines y sus floridos castaos. Junio se
deslizara de un modo encantador en la costa si se encontraban dos
personas solas, antes de invadirla la muchedumbre. Mas, cuando uno llega
solo, la conversacin con el mar y la noble sociedad de aquel gran
solitario no dejan de producir cierta tristeza.

En las primeras visitas que hacemos  la playa, la impresin que nos
causa es poco favorable: la hallamos montona, agreste, rida. La
inusitada grandeza del espectculo nos hace sentir, por contraste,
nuestra debilidad y pequeez: el corazn se oprime. El pecho delicado
que respiraba dentro de una mala habitacin y se encuentra
repentinamente en el anchuroso cuarto del Universo, expuesto al sol y el
viento, sintese oprimido. El nio juega, va, viene, corre. La enferma
se sienta,  inmvil, comienza  temblar  impulsos de aquel aire fro,
y acude  su memoria la templada atmsfera del abandonado nido. Sin
embargo, el hijo se divierte y esto la consuela un tanto.

Todo cambiar, seora. Fortalzcase usted. La impresin ser bien
distinta cuando, conociendo mejor el mar, lo vea tan poblado. La penosa
constriccin que usted siente en el pecho desaparecer por el hbito:
debe acostumbrarse  ese aire fresco, pero salado y acre, que lo menos
que hace es refrescar. Hay que habituarse  l con lentitud, no querer
aspirarlo expresamente. Poco  poco, sin apercibirse de ello, en los
abrigados repliegues del terreno, jugando con su hijo, respirar usted
libremente y sus pulmones se ensancharn. Empero, al principio, no
permanezcan mucho tiempo en la playa, antes bien dirija sus pasos al
interior de la comarca.

La tierra, su amiga habitual, la llama  usted. Los pinares rivalizan
con el mar en emanaciones saludables: las que le son propias, resinosas,
son tonificantes como las que despide el mar, y carecen de acritud.
Ellas penetran nuestro ser, se introducen por todos los poros, modifican
la sangre, la salubrifican perfumndonos con un aroma sutil. En las
landas, detrs de los pinos, los simples y las hierbas un poco fuertes
que huella usted, la prodigan su fragancia, no sosa y embriagadora como
la que despide la peligrosa rosa, sino agradablemente amarga. Sintese
usted en medio  imtelos, abrigndose en ese suave repliegue que forma
el terreno. No se dira que nos encontramos  cien leguas del mar?
Aspire usted esos puros espritus, alma de estas flores silvestres, sus
hermanas en pureza. Cjalas usted, si le place, seora: no desean otra
cosa las pobres. Son un poco agrestes, no hay duda; mas, tienen tal
suavidad! En su virginal perfume se encierra el raro misterio de calmar
y consolidar. No tema colocarlas sobre su regazo, al lado del corazn.

* * *

Debemos hacer notar que esas abrigadas landas son ardientsimas 
ciertas horas del da, puesto que absorben, concentran los rayos
solares. La mujer dbil se agostara; y la joven, rica de vida, se
inflamara, hervira, sentira fiebres temibles. Su cabeza se perdera
por los sorprendentes y peligrosos efectos de espejismo que llegara 
ver. Para pasearse por aquellos sitios han de elegirse los das
nublados, hmedos y apacibles,  bien levantarse temprano,  la hora del
fresco matutino; cuando el tomillo conserva an un poco de roco, cuando
el gil conejo corre errante por los campos dando saltos y tumbos.

Pero ya es hora de que volvamos  nuestro Ocano. Durante la resaca,
pone de manifiesto y ofrece en cierto modo la rica vida que sustenta.
Seguirle hemos paso  paso, avanzando sobre la hmeda arena, que todava
no se hunde mucho bajo nuestras plantas. Nada tema usted. A lo sumo, la
mansa ola vendr  baar sus pies. Si observa bien, ver que esa arena
no carece de vida, puesto que aqu y all agtanse buen nmero de
rezagados sorprendidos por el reflujo. Algunas playas esconden ciertos
pececillos, y en la embocadura de los ros se agita la anguila debajo
produciendo pequeos terremotos. El cangrejo, muy encarnizado en sus
festines as como en la lucha, ha querido, si bien un poco tarde,
alcanzar el mar. Al correr, deja en la superficie un extrao mosaico,
las torcidas lneas de su marcha oblicua, y donde terminan las lneas
veislo encogido que aguarda la pleamar. El solen (mango de cuchillo) se
ha zambullido, empero su retirada vese traicionada por el embudo que se
reserva para respirar. La Venus esto por un fuco pegado  su concha que
sale  la superficie y revela su albergue. Las ondulaciones del terreno
os indican las galeras de los anlidos guerreros; su arsenal es una
maravilla, y el iris (visto al microscopio) es admirable por sus
cambiantes colores.

El espectculo ms sublime se efecta durante la gran marea. El Ocano
retrocede tanto ms en el reflujo cuanta mayor fu su elevacin durante
el flujo, dejando entonces  descubierto espacios inmensos,
desconocidos. El misterioso fondo del mar, producto de tantos ensueos,
se aparece; y all, sorprendentes, llenas de movimiento, de vida, en el
secreto de sus hogares, vense sorprendidas tribus que se crean muy
abrigadas y que nunca, casi nunca vieran el sol ni mucho menos haban
estado expuestas  la indiscreta mirada del hombre.

Tranquilzate, pueblo tmido. Te estn contemplando los ojos curiosos,
pero compasivos, de una mujer: no es la mano del pescador, no. Qu
quiere aqulla? Slo veros, saludaros y que os contemple su hijo,
dejndoos disfrutar de vuestro elemento natural, y desendoos salud y
prosperidades.

A veces no hay necesidad de errar  mucha distancia: todo lo encontramos
en un mismo sitio. Divirtese el Ocano fabricando en el hueco de una
roca ocanos en miniatura que no por ser pequeos dejan de estar
completos; esto es, un mundo de algunos pies en cuadro. Uno se sienta y
contempla. Cuanto ms miramos ms existencias descubrimos, primero
imperceptibles y que luego se destacan. No nos moveramos de aquel
sitio, si el amo, el imperioso soberano de la playa no nos expulsara por
medio del flujo.

Al da siguiente, uno se encamina al mismo punto. Es aquello la escuela,
el museo, el insaciable divertimiento para el hijo y la madre. All el
ojo avizor de la mujer  la par que su tierno corazn, adivinan cuanto
pasa sin escaprseles el menor detalle. La maternidad indcale cmo se
va creando la vida, formndose. Queris saber ahora por qu su instinto
le revela tan rpidamente la Creacin, por qu penetra con paso llano
(como entrara Pedro por su casa) en el misterio de la Naturaleza?
Porque la mujer es la misma Naturaleza.

En el fondo del agua untuosa vense pequeas algas, pequeas s, pero
sustanciosas y nutritivas, y otras plantas liliputienses de finos y
apreciados dibujos: pradera paciente para alimentar sus ganados, los
moluscos, que ramonean por encima. Lepadas y bocinas, rombos, almejas
violadas, telinas rosadas  color lila, gente tranquila toda, esperarn.
Mejor resguardados los balanos merced  su ciudad fortificada, cierran
sus cudruples ventanales. Maana les veris todava en aquel sitio.
Acaso en medio de su inercia no suean con el movimiento? No tienen
una idea confusa y el amor de lo desconocido? Ignoran que algn ser
benfico se aparecer en ciertos momentos  refrescarles y
alimentarles?... Oh, no! piensan en todo esto, y aguardan. Viudas
dichas conchas del gran esposo, el Ocano, saben que volver en
direccin  la tierra para acariciarlas. Y anticipadamente miran hacia
l, y las que tienen casas fijas cuidan muy bien de que la puerta est
en aquella direccin y pronta  abrirse. Si se muestra un tanto violento
su regenerador, mejor que mejor, as las mece ms cariosamente.

V, hijo mo, cmo al acercarnos, esos inmviles se han quedado solos;
otros ms activos huyeron al oir nuestros pasos, pero ya se
tranquilizan. El bullicioso langostino irisa el agua con sus palpos
delgados, encargndose de producir las olas y la tempestad  medida de
un tal Ocano. La araa del mar, lenta  insegura, lbrase por su tmida
audacia; sube hacia la luz,  la tibia superficie. Un personaje
prudente, agazapado en el fondo del fuco, bajo las violadas
coralinas--el cangrejo,--avanza curioso, y despus de lanzar una mirada
furtiva, se zambulle en su selva.

Pero qu veo?, qu es esto?: una concha enorme, inmvil hasta este
momento, recobra la vida, prueba  andar... Oh! esto no es natural.
Vaya un fraude ms grosero! El intruso se vende, gracias  los
singulares tumbos que da... Quin queris que deje de conoceros,
preciosa mscara, sir Bernardo el Ermitao, taimado cangrejo que
tratabais de haceros pasar por un inocente molusco? Los peces que
cargis sobre vuestra conciencia os perturban y agitan demasiado.

Orillas de nuestro Ocano, extraas  esos movimientos, las flores
animadas despliegan sus corolas. Junto  la pesada anmona se ostentan y
reflejan  los rayos del sol deliciosas hechiceras (los anlidos). De un
tortuoso tubo surge un disco, una umbrela blanca  color lila y  veces
color carne. Un tanto ladeada ha desprendido de s misma cierto objeto
que no tiene igual en el mundo vegetal: no hay ninguna que se asemeje 
su hermana, siendo inimitables por la delicadeza de su aterciopelado
matiz.

He aqu una sin parasol, que deja flotar al viento una nube de tenues
hilitos, coposos, teidos apenas de un gris plateado. Cinco hilitos se
desprenden ms largos que los otros y de color de cereza; ondulan,
andanse y se desanudan, y enlazndose  los cabellos de plata, producen
en el agua encantador efecto. Esto nada dice  nuestros sentidos
groseros; pero habla muy alto para aquella que vive una existencia
nerviosa, para el sutil ingenio de la mujer enferma  quien cualquier
cosa electriza. A sus rojos y lnguidos colores, paulatinamente se
reconoce, siente el soplo vital que se enciende, brilla y vuelve 
apagarse. Visin tiernsima! Y otra vez fija su mirada en aquel
delicioso ocano en miniatura, y entonces penetra mejor la Naturaleza,
madre fecunda, pero tan severa, que parece encontrar un spero gozo en
devorarse  s misma.

Nuestra herona permaneci sumida en xtasis, oprimido el corazn por
aquella idea. La mujer no sera mujer, es decir, el encanto del
Universo, si no posea ese don precioso: _La ternura que no la deja
hasta el sepulcro, la piedad y sus lgrimas, ms valiosas que las ms
ricas perlas de los mares._

La que nos ha dado tema para este captulo y algunos otros, no lloraba;
pero estaba tan prxima  hacerlo! El nio lo vi, y estando dotado,
como todos los nios, de una penetracin muy rpida, no despeg los
labios, de suerte que el regreso al hogar fu silencioso.

Era el primer da en que aquella mujer, para dar gusto  su hijo,
comenz  deletrear con el alma el idioma de la Naturaleza; y de
improviso habale dirigido aquel idioma palabras tan misteriosamente
conmovedoras que penetraron al fondo de su corazn.

Declinaba la tarde: el ave marina rezagada aguzaba sus remos, ansiosa de
llegar  tierra y  su nido. Subiendo por la costa tajada y por el ya
obscuro jardn, dejse oir un primer chillido siniestro, estridente, de
ave nocturna. Pero la pajarera de refugio estaba perfectamente cerrada,
durmiendo los pajaritos la cabeza bajo el ala. No obstante, quiso
asegurarse por s misma la seora y vi que no haba peligro. Entonces,
escapse un suspiro de lo hondo de su pecho y abraz fuertemente  su
hijo.




V

Baos.--La belleza renace.


Si, como afirman algunos mdicos franceses, los baos de mar slo tienen
una accin mecnica, y no dan  la sangre ningn principio nuevo,
_siendo simplemente una rama de la hidroterapia_, preciso es confesar
que de todas las formas de la hidroterapia, sta es la ms ruda, la ms
aventurada. Desde el momento en que esa agua, tan rica de vida, no hace
ms efecto que el agua clara, es una locura practicar tales
experimentos al aire libre, expuestos  los azares del viento, del sol
y de otros mil accidentes.

Cualquiera, al ver salir del agua  la pobre criatura que toma los
primeros baos, plida, descarnada, atemorizada, con un temblor mortal,
presiente lo rudo que ha de ser tal ensayo y el peligro que corren
ciertas constituciones. Estad persuadidos que nadie ir  afrontar tan
terrible suplicio si puede suplirlo en su propia casa y sin riesgo por
medio de una suave y prudente hidroterapia.

Aadid que la impresin, como si no fuera bastante fuerte, se agrava
para la mujer nerviosa con la presencia de la muchedumbre. Es una
exhibicin cruel ante un mundo crtico, ante las rivales encantadas de
encontrarla fea una vez siquiera, ante hombres poco circunspectos que de
todo hacen burla, observando, gemelos en mano, las tristes peripecias de
tocado de una pobre mujer humillada.

Para soportar todo esto, preciso es que la enferma tenga una fe, pero
una gran fe en el mar, que crea que no hay otro remedio que pueda
curarla, que quiera  toda costa _empaparse_ de las virtudes de sus
aguas.

Por qu no?--dicen los alemanes.--Si la primera impresin del bao os
_contrae_ y cierra vuestros poros, despus se abren por medio de la
reaccin de calor que se sigue; la piel se dilata y se hace muy
susceptible de _absorber_ la vida del mar.

Estas dos operaciones, son obra casi siempre de cinco  seis minutos. Un
bao ms largo suele perjudicar.

Por otra parte, no debe llegarse  la violenta emocin de los baos
fros, sino despus de prepararse con el uso de baos tibios que
facilitan la absorcin. Nuestra piel, formada enteramente de boquitas, y
que  su modo absorbe y digiere como el estmago, necesita
acostumbrarse  tan fuerte alimento,  beber el _mucus_ del mar, esa
leche salada que constituye su vida, con la que hace y rehace los seres.
En la sucesin graduada de los baos calientes, tibios y casi fros, la
piel tomar ese hbito, esa necesidad: experimentando sed, beber ms y
ms todos los das.

Durante la ruda ceremonia de los primeros baos fros debe evitarse al
menos la odiosa indiscrecin de las muchedumbres. Que se verifique en
sitio seguro, sin ms testigo que el indispensable, una persona adicta
para auxiliar en caso de necesidad, vigilar, sostener, dar friegas con
paos de lana bien calientes, propinar un ligero cordial de un lquido
templado en el que se pondrn algunas gotas de enrgico elxir.

Pero--se me objetar,--el peligro es menor cuando uno se baa  la
vista de todo el mundo. Ya pasaron los tiempos de Virginia que, en un
trance extremo, prefiri ahogarse mejor que tomar un bao.--Error.
Somos ahora mucho ms nerviosos que nunca, y la impresin  que me
refiero es tan viva  irritante (hablo para ciertas personas), que puede
producir efectos mortales, por ejemplo un aneurisma, un ataque
apopltico.

* * *

Estimo el brazo popular, mas aborrezco las muchedumbres, y sobre todo,
las bulliciosas muchedumbres de vividores, que entristecen las orillas
del mar con sus risotadas, sus modas, sus ridiculeces. Cmo! No hay
bastante espacio tierra adentro, que habis de venir aqu  hacer la
guerra  los pobres enfermos, vulgarizar toda la majestad del mar, la
salvaje y la verdadera grandeza?

La maldita casualidad me llev un da del Havre  Honfleur,  bordo de
una embarcacin que rebosaba de esos imbciles. A pesar de lo corto de
la travesa, como los seoritos se fastidiaban, organizaron un sarao.
Ignoro cul de ellos (algn maestro de baile?) llevaba un pequeo
violn en la faltriquera y comenz  tocar contradanzas  presencia del
Ocano. Verdad es que no se oan los acordes de su instrumento, pues, la
profunda voz del mar, que solemne, formidable, bramaba  nuestro
alrededor, ahogaba aquellos dbiles sonidos.

Concibo muy bien la tristeza que se apodera de la seora que en el mes
de julio, ve turbada la soledad de su retiro por ese enjambre de
presumidos, descredos, confidentas, curiosas, etc. Desde aquel momento
cesa la libertad. La ms tranquila y apartada mansin pierde su calma
nocturna con la algazara que promueven todos aquellos seres, en cafs y
casinos. De da, bandadas de petimetres de guante amarillo y bota de
charol, hormigueaban en la playa. Han visto  alguna persona que estaba
sola. Sola? Por qu lo est? Y empiezan los cuchicheos. Acrcanse y
tratan de entablar conversacin por medio del nio, al cual regalan
algunas conchas. En una palabra, la seora, sin saber qu hacer,
importunada, permanece en casa  slo sale de maanita. Entonces, todo
son comentarios malvolos, llegando  odos de la madre una que otra
frase. Esto no deja de inquietarla. Aquellos importunos,  quienes trata
de desviar de su lado, son  veces gentes de influjo que podran
perjudicar  su esposo.

En ninguna parte trabaja tanto la imaginacin como en los baos de mar.
Las noches de julio y agosto, ardientes, y que se prestan poco al sueo,
suelen pasarse agitadas, pensando en esas quimeras. Si la seora se
levanta tarde, esto ocasiona ms molestia que de costumbre, pues en tal
caso, el bao, en vez de refrescar, aade la irritacin salina al calor
canicular. De manera que no ha recobrado la fuerza de la juventud, sino
el hervidero. Dbil todava y en estado nervioso, vese turbada al propio
tiempo por esa tempestad interior.

Interior, pero no oculta. El mar, el impertrrito mar, trae y descubre 
la piel aquella agitacin que no quisiera descubrirse  nadie,
vendindola por medio de granitos, de ligeras eflorescencias. Todas esas
miserias humanas, ms comunes en los nios, y que sus madres toman por
signo de salud, las afligen y humillan cuando son ellas quienes las
sufren, temiendo verse privadas del cario de sus compaeros. Cun poco
conocen al hombre! Las pobres ignoran que el gran atractivo, el ms vivo
aguijn del amor, son los percances de la vida y no la belleza.

Pero y si me encontrara fea! Esto dice cada maanita al mirarse en el
espejo. La esposa teme,  la par que la desea, la llegada de su bien
amado: con todo, encuntrase muy sola, tiene miedo sin saber por qu, en
medio de tanta gente. No se atreve  alejarse,  pasear  cierta
distancia. Su agitacin crece por momentos. Apodrase la fiebre de todo
su ser, mtese en cama... Al cabo de veinticuatro horas encuntrase el
esposo  su lado.

--Quin le ha avisado? Ella no. Una manecita, con caracteres muy
gruesos, ha escrito lo que sigue: Querido pap: venid cuanto antes.
Mam est en cama. El otro da la o decir: Si le tuviese  mi lado!

Helo aqu: ya est buena. Hombre feliz! Feliz de verla restablecida,
feliz de ser necesario, feliz de encontrarla tan bella. Verdad es que el
sol ha tostado su cutis, pero qu joven est! Qu vida respira su
mirada encantadora! Qu dulce reflejo de salud en sus sedosos y
magnficos cabellos que ondulan al viento!

* * *

Es fbula lo que se acaba de leer? Ese sbito renacimiento de vida, de
belleza, de ternura, esa deliciosa aventura de encontrar  su mujer
convertida en una joven querida llena de emocin, y tan dichosa de verse
al lado de su compaero, ese milagro es ficcin acaso? No, sino el
agradable espectculo que se ve muy  menudo. Y si es raro entre los
ricos, frecuentemente acontece  las familias laboriosas y esclavas de
sus deberes. Sus forzosas separaciones son penosas; las escapatorias que
permiten reunirse tienen un encanto que el arte no puede ocultar, ni los
esposos se avergenzan de demostrar su felicidad.

Conocida como es la tirantez prodigiosa de la vida moderna para los
hombres del trabajo (es decir, para todo el mundo, excepcin hecha de
algunos ociosos), causan gran satisfaccin estas alegres escenas, en que
la familia reunida da expansin, por un momento,  los impulsos de su
corazn. Los que lo tienen gastado, dirn que esto es propio de
gentecilla, que es muy prosaico. Poco importa la forma, cuando el fondo
es tan conmovedor. El negociante cuidadoso que de vencimiento en
vencimiento ha logrado salvar la nave do guarda el porvenir de la
familia, la vctima administrativa, el empleado que gasta su salud con
la injusticia y tirana de las oficinas, todos esos cautivos han roto
sus cadenas, y en tan fugaz descanso, su adorada y tierna familia
quisiera resacirles de los trabajos pasados,  fuerza de solicitudes.
Gran talento demuestran para ello as la madre como el hijo. Con su
alegra, sus caricias y las distracciones que procura el mar, apodranse
del nimo fatigado, despertando en l otras ideas. Este triunfo les
corresponde de derecho: llvanlo  todas partes,  ver su playa,  que
contemple su mar, disfrutando con la admiracin que producen estos
objetos al recin venido. Si se les oye, todo aquello es _suyo_. Hanse
posesionado del Ocano en que se baaron y se complacen en ofrecrselo.

La esposa vuelve  presentarse amable, benvola, ante la muchedumbre que
hasta hace pocos momentos tanto la inquietaba. Encuntrase tan bien 
su lado; tan en su centro! Sintese ms que segura, muy valiente: est
familiarizada con el mar, con las olas, y afirma que va  nadar: quiere
domar el mar. Ambicin un tanto elevada. Primero vese postergada por su
hijo, algo ms listo y atrevido que su madre. Creyndose sostenida,
nada; en otro caso tiene miedo y se va al fondo.

Ahora se resarcir  fuerza de baos, pues hase enamorado del mar, lo
adora. Y la verdad es que el mar no comprende las pasiones  medias. No
s qu embriaguez elctrica se encierra en l, que quisiramos absorber
cuanto contiene.




VI

Renacimiento del alma y de la fraternidad.


Tres formas de la Naturaleza dilatan y engrandecen nuestra alma, scanla
de quicio y la hacen bogar en el infinito.

El variable Ocano de la atmsfera, con su festn de luces, sus vapores
y su claroscuro, su movible fantasmagora de creaciones caprichosas, con
tanta rapidez disipadas.

El Ocano fijo de la tierra, su ondulacin que seguimos de lo alto de
las grandes montaas, los levantamientos, testimonio de su antigua
movilidad, la sublimidad de sus cimas, de sus nieves eternas.

Por ltimo, el Ocano de las aguas, no tan movible como el primero y
menos fijo que el segundo, dcil  los movimientos celestes en su
balance regular.

Estas tres cosas forman la gama con que habla  nuestra alma el
infinito. Con todo, notemos su diferencia:

Es tan mvil la primera, que apenas la observamos; engaa, embauca,
divierte; disipa y esparce nuestras ideas. En ciertos momentos trucanse
en esperanza inmensa, creyendo vernos transportados al infinito, estar
en presencia de Dios... No, no, todo huye; el alma se entristece, est
turbada y empieza  dudar. Por qu haberme hecho entrever ese sublime
ensueo de luz? No puedo desecharlo de mi mente, mientras  mi alrededor
slo veo tinieblas.

El Ocano fijo de las montaas no huye as de nuestras miradas. Al
contrario:  cada paso nos detiene, imponindonos muy ruda pero
salutfera gimnasia. Compramos su contemplacin con la ms violenta
accin. Sin embargo, la opacidad de la tierra as como la transparencia
de la atmsfera, suelen engaarnos y extraviarnos. Quin ignora que
Ramond estuvo buscando intilmente por espacio de diez aos el Monte
Perdido, el cual, aunque se ve, nadie ha podido llegar hasta su cspide?

Grande, muy grande es la diferencia entre los dos elementos: la tierra
es muda mientras que el Ocano habla. El Ocano es voz que habla  los
lejanos astros, contesta  su movimiento en su idioma grave y solemne.
Habla  la tierra,  la playa, con pattico acento; dialoga con sus
ecos: plaidero unas veces, amenazador otras, ruge  suspira. Y  quien
se dirige, sobre todo, es al hombre. Siendo el crisol fecundo donde
empieza y contina la Creacin en todo su auge, posee la viva elocuencia
de sta: es la vida hablando  la vida. Los seres que por miles de
millones nacen en su seno, son sus palabras: el mar de leche que los
produce, la fecunda gelatina marina, aun, antes de organizarse, blanca,
espumosa como es, habla tambin. Y todo junto es lo que llamamos la gran
voz del Ocano.

Qu es lo que dice? _Dice la vida_, la metamorfosis eterna; dice la
existencia flida. Avergenza  las ambiciones petrificadas de la vida
terrestre.

Qu ms dice? _Inmortalidad._ En el ltimo tramo de la Naturaleza
existe una fuerza indomable de vida. Cul no ser en el ms alto, en el
alma!

Y qu otra cosa dice? _Solidaridad._ Aceptemos el rpido cambio que, en
el individuo, existe entre sus diversos elementos; aceptemos la ley
superior que enlaza los miembros vivos de un mismo cuerpo: humanidad. Y,
sobre esto, la ley suprema que nos hace cooperar, crear, con la grande
alma, asociados (en nuestra medida)  la amorosa armona del Universo,
solidarios en la vida del Creador.

* * *

Por medio de sus sonidos que se creen confusos, articula muy claramente
el mar sus suaves palabras. Mas, el hombre no oye fcilmente al llegar 
la playa, ensordecido como est por los ruidos vulgares, aburrido,
reventado, despoetizado. El sentido de la alta vida ha disminuido hasta
en el mejor de todos, estando prevenido contra ella. Quin tendr
asidero sobre l? La Naturaleza? Todava no. Suavizado por la familia,
por la inocencia del nio, por la ternura de la mujer, el hombre se
interesa primero en las cosas de la humanidad: vese entonces que las
almas tienen su sexo y sienten muy diversamente. Ella, ella enterncese
ms con el mar, con la poesa del infinito; en cambio, el esposo fjase
en el hombre de mar, en los peligros que corre, en el drama de todos los
das, en el flotante destino de su familia. Aunque la mujer se conmueva
ante las desdichas individuales, sin embargo, no presta tan serio
inters  las clases. El hombre laborioso, al llegar  la costa, fija
predilectamente su atencin en la vida de los seres del trabajo,
pescadores, marinos, en esa existencia ruda, llena de contingencias,
muy peligrosa y con poco lucro.

Lo estoy viendo mientras se arregla su mujer y visten al nio, pasearse
por la playa. Es una maana fra, y como ha llovido copiosamente toda la
noche, una tras otra van regresando las barcas: todo est empapado,
yerto; las ropas de aquellas gentes chorrean. Los tiernos nios tambin
han pasado la noche en el mar. Qu traen? Poca cosa. Sin embargo, se ha
salvado la vida. Durante el gran ventarrn, las olas invadan la dbil
embarcacin; la muerte ha mostrado su lvida faz. Magnfica ocasin para
el hombre que tanto se lamentaba el da anterior, que puede meditar y
decir: Mi suerte es ms suave.

Al anochecer, cuando los dorados rayos del sol desaparecen de sobre la
tierra y vuelven bastante siniestro el aspecto del mar unas nubes
cobrizas que recorren el espacio, aquellos hombres abandonan de nuevo la
playa internndose mar adentro. Tendremos mal tiempo?--les pregunta el
forastero.--Seor, hay que vivir. Y parten acompaados de sus hijos.
Sus mujeres, gravemente serias, les siguen con la vista, y ms de una
pronuncia en voz baja alguna oracin. Quin no ruega en tales casos? El
mismo extrao hace votos por aquellos seres, diciendo: Mala ser la
noche: sus deudos quisieran verlos ya de vuelta.

As es como el mar ensancha el corazn, enterneciendo aun  los seres
ms rudos. Hgase lo que se quiera, siente uno hervir la sangre en sus
venas. Ah! Motivo hay para ello! El infortunio en todas sus formas
rebosa entre esas gentes intrpidas, inteligentes, honradas, que son sin
ningn gnero de duda las mejores de nuestro suelo. He vivido largo
tiempo en la costa: en ella son comunes las virtudes heroicas que en el
interior se tienen por una rareza. Y lo ms curioso es que no se conoce
el orgullo. En Francia todo el orgullo est concentrado en la vida
militar: fuera de eso, los mayores peligros no se tienen en cuenta;
crese cosa muy sencilla afrontarlos todos los das sin jactarse de lo
que se hace. Jams he visto hombres ms modestos (iba  escribir
tmidos) que nuestros pilotos de Gironde, los cuales desafan
intrpidamente y sin cesar el gran combate de Cordouan, partiendo de
Royan, de Saint-Georges. All, como en Granville (y por todos lados),
slo las mujeres hablaban, vociferaban, cuidbanse de todo, negociaban.
Los bravos marinos, al poner el pie en tierra, no despegaban los labios,
mantenindose tan pacficos como eran bulliciosas y magnficas sus
esposas, y ejerciendo la autoridad paternal sobre sus hijos. El marido
segua al pie de la letra la sentencia del poeta romano: Afortunado de
no ser nada en mi casa.

Sus caras mitades, asaz interesadas con el forastero y en todos los
trnsitos de la vida ordinaria, en las grandes ocasiones, preciso es
confesarlo, demostraban un corazn de rey, magnnimo y generoso. Las de
Saint-Georges suministraban cuantos trapos posean para las hilas de los
heridos de Solferino. Habindose estrellado cerca de la costa de Etretat
tres ingleses, en un sitio inaccesible, todo el pueblo acudi  su
socorro, y mientras peligraron sus vidas la ansiedad fu general; as
hombres como mujeres dieron muestras de una violenta sensibilidad.
Salvados, recibiseles con aclamaciones y lgrimas de gozo, y fueron
albergados, provistos de ropas, colmados de regalos y de pruebas de
simpata (abril de 1859).

Bien por el pueblo francs! Y, sin embargo, qu vida tan triste y dura
no pasa! En el rgimen de las _clases_ (tan til por otra parte y que
nos da tanta fuerza), debe abandonar  cada momento las ventajas del
comercio por la marina del Estado, cada da ms severa. Hace cuarenta
aos se practicaba la maniobra cantando; hoy es muda. (Jal, _Arch._, II,
522). De la marina mercante han desaparecido las grandes pescas. Las
primas de la ballena slo aprovechaban  los armadores. (Boitard,
_Dicc._, art. _Cetceos_, _Ballena_). El abadejo no es tan abundante, va
desapareciendo el escombro y el arenque se aleja. Un libro de pocas
pginas, pero preciossimo (_Histoire de Rose Duchemin par elle-mme_)
hace un cuadro conmovedor de ese infortunio. El ingenioso Alfonso Karr,
que escribi la historia recin salida de los labios de aquella mujer,
tuvo el exquisito tacto de no cambiar ni una sola palabra de su
narracin.

Etretat no es precisamente lo que llamamos un puerto. Asaz bajo, al
nivel del mar, defindelo nicamente de l una montaa de morrillos,
barrera cuyo ingeniero es la tempestad, la cual va amontonando
continuamente nuevas capas de guijarros. Nada de abrigo. Por lo tanto,
hay necesidad, segn la antigua y ruda costumbre celta, de subir todas
las barcas que llegan al malecn por medio de una cuerda que se enrolla
 un cabrestante. Este, que consta de cuatro barras, tiene que ser
movido con harta pena por la familia del pescador, su mujer, sus hijas y
sus amigos, pues los muchachos estn en el mar. Comprndese lo
dificultosa que es esta operacin. Al subir la pesada barca choca de
morrillo en morrillo, de obstculo en obstculo, salvndolos  saltos,
cada uno de los cuales y cada sacudida resuena en los pechos de aquellas
mujeres, y no es emplear una figura el decir que tan dura ascensin se
practica  costa de sus carnes magulladas, de su delicado seno, de su
propio corazn.

La primera vez que presenci esta escena qudeme triste, herido en el
alma, y tuve impulsos de agarrar una de las barras del cabrestante y
ayudar  aquellas gentes. Esto las hubiese extraado; no s qu falsa
vergenza me detuvo. Pero, cada da, tomaba parte en la operacin,  lo
menos con mis votos. Colocbame  su lado y las contemplaba. Esas
jvenes y deliciosas muchachas (rara es la bonita, pero son todas
encantadoras) no llevaban el corto jubn colorado, prenda del antiguo
traje de las costas, sino vestidos largos; la mayor parte estaban
refinadas en raza y en ingenio, y habalas bastante delicadas, teniendo
algo de la seorita. Encorvadas por el peso de aquel trabajo tan rudo
(filial y, no obstante, elevado), no carecan de gracia ni de fiereza:
su tierno corazn, en medio de tan penoso esfuerzo no dejaba escapar una
queja ni un suspiro por do pudiese acusrselas de debilidad.

Aquel maleconcito de morrillos, diminuto como es, tiene, con todo,
demasiado espacio. Vi en l algunas barcas abandonadas, intiles. Hoy
da la pesca hase vuelto estril, pues el pescado huye. Etretat
languidece, perece, junto  Dieppe macilento. Cada da ve cortados sus
recursos sin que le quede ms que el de los baos: lo espera todo de los
baistas, del azar de las habitaciones que, unas veces alquiladas, otras
vacas, un da producen y el otro empobrecen. Esa mezcla con Pars, el
Pars mundano, por caros que ste pague sus goces, es una plaga para el
pas.

Nuestros pueblos normandos, descubridores de la Amrica, que desde el
siglo XIV conquistaron la costa de Africa, cada da van cobrando ms
aversin al mar. Muchos de ellos dan la espalda  la costa y fijan sus
miradas al interior. El descendiente de aquel que en otro tiempo lanz
el arpn, se resigna  las faenas mujeriles, hcese un macilento
algodonero de Montville  de Bolbec.

A la ciencia,  la ley, tocan detener tamaa decadencia. La primera,
por medio de su hbil direccin, si se sigue con firmeza, crear la
economa del mar y reconstituir la pesca, escuela de la marina; la
segunda, no estando tan exclusivamente influida del inters de la
tierra, conservar en la marina  la flor de la nacin, mundo aparte, en
ninguna manera comparable  las grandes masas de que sacamos nuestros
soldados para el ejrcito terrestre, y que ser el verdadero soldado en
circunstancias que cortaran el nudo gordiano del orbe.

Estos eran mis ensueos hallndome en el pequeo malecn de Etretat
durante el sombro verano de 1860, mientras la lluvia caa  torrentes y
chirriaba el duro cabrestante, y la cuerda gema y suba lentamente la
nave.

La del siglo tambin se arrastra y sube con pena. Hay lentitud,
cansancio, como en 1730. Bueno fuera empujarla y empuar el barrote.
Empero muchos y muchos pierden el tiempo miserablemente, jugando como
los nios  conchas,  morrillos.

Cuntase que Escipin, el vencedor de Cartago, y Terencio, cautivo
escapado del naufragio de un mundo, recogan conchas en la playa, amigos
excelentes en la indiferencia y abandono del pasado. Ocupados de aquella
suerte disfrutaban la dicha de olvidar, de borrar los aos transcurridos
volviendo  la edad de la niez. Roma ingrata, Cartago destruida, sus
patrias respectivas, poco, muy poco pesaban  su conciencia, no dejando
ninguna traza en su corazn, como no la deja el rizo de la onda.

Nosotros no pensamos as: no queremos ser nios, ni tampoco olvidar,
sino que con perseverante ardor deseamos auxiliar la penosa maniobra de
ese gran siglo fatigado. Queremos hacer remontar la barca, empujando con
mano fuerte el cabrestante del porvenir.




VII

Vita nuova de las naciones.


Mientras estoy terminando el presente libro (diciembre de 1860), la
resucitada Italia, la gloriosa madre de todos, me enva un magnfico
aguinaldo. Acabo de recibir una novela, un folleto de Florencia.

Este pas suele mandarnos grandes novelas: en 1300, la de Dante; en
1500, la de Amerigo; en 1600, Galileo. Cul es, pues, ahora la que
viene de Florencia?

Oh! Aparentemente muy insignificante; pero quin sabe? Inmensa por los
resultados. Es un discurso de pocas pginas, un opsculo mdico. No
atrae por su ttulo; ms bien es repulsivo. Y no obstante, hay all un
germen de consecuencia incalculable, destinado tal vez  revolucionar el
mundo.

Frente de la portada veo el retrato de dos nios, muerto el uno y
expirante el otro en un hospital de Florencia. El autor del libro es el
mdico, quien (caso raro) cobr tal cario  sus enfermos, pobres
muchachos desconocidos, que ha querido narrar sus dolores y pesares.

El primero (tendra siete  ocho aos), de rostro bien perfilado y
noblemente austero, en el que lleva impresa la huella de un gran destino
malogrado, ostenta una flor sobre su almohada, que su madre, demasiado
pobre para darle otra cosa, le trajo al visitarlo: la pobre criatura
conservaba con tanto esmero y tan religiosamente las flores, regalo de
la autora de sus das, que despus de muerto le han dejado una por
compaera.

El otro, ms pequeo, y respirando ternura todo l gracias  su corta
edad (cuatro  cinco aos), visiblemente est  las puertas de la
muerte, notando sus ojos en el ltimo ensueo. Estas criaturas se haban
manifestado mutua simpata. A pesar de no poder hablar, les agradaba
verse, mirarse, y el compasivo mdico habalos mandado colocar frente el
uno del otro. En el grabado los ha acercado cual estaban al morir.

Escena es sta verdaderamente italiana: en otra parte se tendra buen
cuidado de mostrarse dbil y tierno, pues habra el temor de ponerse en
ridculo. En Italia no es as: el doctor escribe ante el pblico como si
estuviese solo; explyase sin reserva con una superabundancia, una
sensibilidad femenina, que hace asomar la sonrisa  los labios y llorar
al mismo tiempo. Preciso es confesar, sin embargo, que el idioma
contribuye en gran manera  este resultado, idioma delicioso, propio de
mujeres y nios, tan tierno y con todo brillante, y bello hasta para
expresar el dolor. Es una lluvia de lgrimas y de flores.

Luego, el doctor se detiene y se sincera. Si ha hablado as, no es sin
motivo. Aquellos nios no hubieran muerto _si se hubiese podido
mandarlos  baarse al mar_. Conclusin: debera establecerse en la
costa un hospital de nios.

Esto se llama ser hbil: el doctor ha sabido tocar las fibras del
corazn. La observacin no pasar desapercibida: los hombres comienzan
 reflexionar y se conmueven; las mujeres lloran; rogando, queriendo,
exigiendo. Y como no es posible negrselas nada, sin aguardar la
iniciativa oficial una sociedad libre funda en el acto los _Baos para
nios_ en Viareggio.

Conocido es el lindo camino; el encantador semicrculo que forma el
Mediterrneo despus de haber abandonado la aspereza de Gnova, dejado
atrs la magnfica rada de la Spezzia y que se engolfa uno bajo los
virgilianos olivares de la Toscana. A mitad del camino de Liorna, una
costa conquistada al mar ofrece el solitario puertecito que consagra en
adelante la encantadora fundacin.

Florencia tom la iniciativa de la caridad sobre la Europa, creando
hospicios antes de la Era 1000. En 1287, cuando la divina Beatriz
inspir al Dante, fundaba su padre el de Santa Mara Nuova. Lutero, en
su excursin, poco favorable  Italia, no puede menos de admirar sus
hospitales y las lindas seoras italianas que, sin curarse de la gloria,
asistan en ellos  los enfermos.

* * *

La nueva fundacin servir de modelo  Europa, y esto debmoslo  los
nios. La vida arrastrada que llevamos, esa vida de horribles trabajos y
de excesos todava ms mortferos, sobre ellos viene  recaer.

No es dado ocultar la profunda alteracin de que estn visiblemente
atacadas nuestras razas del Occidente. Las causas de esto son muchas: la
ms notable de todas, es lo inmenso, la rapidez siempre creciente de
nuestro trabajo. El hombre casi siempre vese forzado, subyugado por el
oficio; y aun aquellos  quienes no sojuzgan sus quehaceres, se libran
raras veces de la furia general. No s qu ardor para ir ms y ms
aprisa se ha apoderado de nuestro temperamento, del humor, de la acritud
de nuestra sangre. Comparados al actual, todos los siglos fueron
perezosos, estriles. Nuestros resultados son inmensos. De nuestro
cerebro se derrama infinito raudal de ciencias, artes, inventos, ideas,
producciones con que inundamos el globo, el presente, y hasta el
porvenir. Mas,  qu precio hacemos esto? Al precio de una efusin
espantosa de fuerza, de un despilfarro cerebral que enerva ms y ms la
actual generacin. Son prodigiosas nuestras obras y nuestros hijos
enclenques.

Notad que ese gran esfuerzo, esa excesiva produccin, es obra de un
corto nmero. La Amrica da poco, el Asia nada. Y, aun en la misma
Europa, todo es producto de algunos millones de hombres del extremo
Occidente. Los dems, al ver cmo se gastan aqullos, piensan poder
reemplazarlos algn da. Ignorantes! Creis acaso que tal  cual ruso
 emigrante de los Estados Unidos del Oeste ser maana un artista, un
maquinista de Inglaterra  un ptico de Pars? Esto slo lo hemos
alcanzado merced al refinamiento y educacin de los siglos. Existe en
nosotros una dilatada tradicin. Qu suceder si llegamos  fenecer? No
han nacido an los que deben reemplazarnos.

Ese trabajo exterminador, ese suicidio de fecundidad, si nos place
aceptarlo en inters del gnero humano, en conciencia no podemos querer
perder por causa suya nuestros hijos y enterrarlos con nosotros. Y, sin
embargo, es lo que sucede. Nacen dispuestos para el caso, pues tienen
inoculadas nuestras artes en la sangre, y tambin nuestro cansancio.
Dotados de maravillosa precocidad, saben, pueden, haran. Pero nada
hacen, puesto que se mueren.

La infancia del hombre, as como la de las plantas y de todo lo criado,
necesita descanso, aire, libertad suave. Aqu, todo es lo contrario, lo
mismo nuestros mritos que nuestros vicios. Todo parece combinarse para
asfixiar  la adolescencia. Estimamos nuestros hijos? S, no hay duda;
y  pesar de eso los asesinamos. Una sociedad tan agitada, tan violenta
como la nuestra, es (no importa si lo sabe  lo ignora), una verdadera
guerra que se hace  la infancia.

Hay momentos, sobre todo en su desarrollo, crisis en que ella pende de
un hilo. La vida parece titubear y preguntarse: Durar mucho? En
aquellos instantes decisivos, nuestro contacto, la estancia en las
ciudades y la vida de las muchedumbres es la muerte para aquellas
criaturas vacilantes. O lo que es peor, convirtese en principio de una
dilatada carrera de enfermedades. Un msero ser cae, se levanta, vuelve
 caer, y las tres cuartas partes de su existencia tendrn que
deslizarse al cuidado de la caridad pblica.

Es preciso acabar de una vez con semejante estado de cosas. Hay que
prever. Dbese sacar  la criatura de ese centro funesto, quitrsela al
hombre, darla  la Naturaleza, hacerle aspirar la vida envuelta por el
hlito del mar. El nio enfermo sanara; desarrollarase el expsito.
Robustecido, gil, ms de uno y ms de dos se dedicaran  la Marina; y
en vez de un dbil obrero, de un parroquiano del hospital, tendra el
Estado un robusto y atrevido marino.

Por otro lado, por qu ha de dejarse todo  la iniciativa del Estado?
Florencia nos ha demostrado que un corazn real vale tanto como la
realeza. La mujer es reina; de consiguiente,  ella toca mandar.

Si yo fuese una seora joven y bella, s muy bien lo que hara. Vivira
rodeada de magnificencia, de lujo, y algn da, en uno de esos momentos
en que el amor atestigua, protesta, jura, siente la necesidad de dar,
dira  un galn: Os cojo la palabra. Empero no creis halagarme con
los presentes acostumbrados. Detesto vuestros preciosos cachemires
fabricados en la India con dibujos de Londres; poco me importan los
diamantes, pues cercano est el da en que irn tirados por la calle. M.
Berthelot, que rehace la Naturaleza por partida doble, y tantas cosas
vivas crea, con mayor facilidad que todo esto prodigarnos los
diamantes.

Me gusta lo slido. Quiero, pues, una buena casa en la costa algo
abrigada y que la d el sol, para alojar en ella cuarenta  cincuenta
nios. No se necesita gran mobiliario. Una vez establecidas all las
criaturas, su subsistencia est asegurada. No habr una sola seora de
cuantas acuden  los baos de mar que no auxilie mi empresa de todo
corazn. Si las Beatrices de Florencia han fundado asilos parecidos,
por qu hemos de ser menos las de Francia? Acaso nos ganan en belleza
y son nuestros galanes menos enamorados?

Si el mar me ha embellecido, como oigo deciros  todas horas, debisle
un recuerdo  su playa. Y, si me amis, supongo que os sentiris dichoso
de ir  medias conmigo, empezando juntos una cosa, creando mancomunados
ese pequeo mundo de nios al lado de la gran nodriza. Que conserve una
prenda duradera de ternura y de amor pursimo! Que d testimonio, por
medio de una obra viva, que ante el infinito estuvimos unidos con una
idea santa!

* * *

Bastara que empezara una mujer esa obra para que otra, madre comn (la
Francia), la continuara.

Ninguna institucin ms til; ningn sacrificio mejor empleado. Y no se
requerira gran cosa, bastando con trasladar  la playa algunos
establecimientos del interior; y habindolos que acarrean enormes gastos
sin ningn beneficio, sera conveniente convertirlos en fbrica para
enfermos que, de otra suerte tendrn que mendigar, mientras vivan,
nuevos socorros.

Los romanos no saban escatimar nada por lo que toca  la salud pblica
y  la vida de los ciudadanos. Cuando se ve su munificencia, las obras
emprendidas para traer aguas saludables aun  las poblaciones
secundarias, sus prodigiosos acueductos, sus Pont-du-Gard, etc., sus
inmensas termas, donde el pueblo tena derecho  baarse gratis ( lo
sumo por un bolo), reconcese su alta sabidura. Tambin tenan
piscinas de agua de mar para nadar. Y lo que hicieron ellos para una
plebe ociosa  improductiva, titubearemos en hacerlo nosotros cuando se
trata de salvar la raza de criaturas sin segundo que constituyen el
progreso del orbe?

No me refiero aqu slo  los nios, sino  todo el mundo. Cada ciudad
tiene hoy en su seno otra ciudad siempre repleta (el hospital), en la
que entra y sale continuamente el desfallecido obrero. Esto ocasiona un
gasto enorme; y quin lo paga? Los otros obreros que en ltimo
resultado son los llamados  sufragar las cargas de la cosa pblica. El
obrero muere joven, dejando por obligacin  sus compaeros mantener 
su familia. Mucho ms conveniente y econmico sera, pues, preservar que
curar. Ms debe hacerse por el sano prximo  caer enfermo, agotadas ya
sus fuerzas, que por el enfermo. Diez das de reposo  orillas del mar
le reharan, dndole robustez y fuerzas para el trabajo. El viaje, el
sencillsimo abrigo de tan corta temporada veraniega, una mesa pblica 
bajo precio costaran muchsimo menos que una larga estancia en el
hospital. Y el hombre se salvara, as como la familia y los hijos:
prdida  menudo irreparable, pues, lo he dicho y lo repito, cada uno de
esos hombres es la tarda produccin de una prolongada tradicin de
industria; siendo en s una obra artstica, de arte humano, tan poco
conocido, donde la humanidad va elevndose, formndose, como potencia de
creacin.

Qu placer tan grande sera para m ver  esa flor de la tierra,  esa
muchedumbre de pueblo inventor, creador y fabricante que suda y se gasta
para el mundo, recobrar inmediatamente sus fuerzas en la gran piscina
del Creador! Toda la humanidad se aprovechara de ello, ya que florece
con la labor enorme de la clase obrera. A sta debe sus goces, su
elegancia, todas sus luces; y prospera con sus utilidades, y vive de su
mdula y de su sangre. Por lo tanto, el dar  esos seres la renovacin
de la naturaleza, un poco de aire, el mar, un da de descanso, sera
justicia y nada ms que justicia, un beneficio para todo el gnero
humano,  quien son tan necesarias y que maana,  causa de su muerte,
encontrarse en la orfandad.

Compadeceos de vosotros mismos, pobres hombres de Occidente; pensad
seriamente en ayudaros, en contribuir  la comn salvacin. La tierra os
pide que vivis, ofrecindoos lo mejor que posee, el mar, para
rehabilitaros. Ella se perdera si llegase  perderos, pues sois su
genio, su alma inventora. Vive nuestra propia vida, y al moriros la
arrastraris  la muerte.

FIN

       *       *       *       *       *


NOTAS


El gran animal la Tierra, cuyo corazn es imn, posee en su superficie
un ser dudoso, elctrico y fosforescente, ms sensible que l mismo, 
infinitamente ms fecundo.

Este ser, llamado Mar, es, acaso, un parsito del gran animal? No. El
mar no tiene una personalidad distinta y hostil: fecundiza, vivifica la
Tierra con sus vapores; parece ser la misma Tierra en lo que tiene de
ms productivo, por otro nombre, su rgano principal de fecundidad.

Dirseme: ensueos alemanes. Quiero decir esto que todo ello son
ensueos? Ms de un hombre de gran talento, sin ir tan lejos, parece
admitir para la Tierra y el Mar una especie de personalidad obscura.
Riter y Lyell han dicho: La Tierra se atormenta  s misma. Sera
impotente para organizarse? Cmo suponer que la fuerza creadora que
existe en todo ser del globo haya sido rehusada al globo mismo?

Mas, cmo obra el globo? De qu manera crece al presente? Por medio
del Mar y de la vida marina.

La solucin de tan elevadas cuestiones supondra un estudio profundo de
fisiologa, que aun est por hacer. No obstante, desde hace veinte
aos, las cosas gravitan de este lado.

1. Se ha estudiado la parte irregular, exterior, de los movimientos del
mar, y buscado la _ley de las tempestades_.

2. Hanse profundizado los movimientos propios del mar, _sus
corrientes_, el juego de sus arterias y de sus venas, lanzando las
primeras el agua salada del Ecuador  los polos, y las segundas trenla
desalada del polo al Ecuador.

3. La tercera cuestin, la ms interna, que esclarecer sin duda la
moderna qumica, es la de la naturaleza propia del _mucus_ marino, esa
liga gelatinosa que por doquiera ofrece el agua de mar, siendo al
parecer un lquido con vida.

Hasta hace poco desconocase el _fondo_ del mar, y ahora se sabe algo
gracias  la sonda de Brooke y especialmente  los sondajes del cable
trasatlntico.

_Est poblado_ en sus profundidades? Negbase el hecho: Forbes y James
Ross encontraron vida por todas partes.

Antes de estos magnficos descubrimientos, que no datan de veinte aos,
nadie era osado  escribir el libro del Mar. El primer ensayo fu el de
M. Hartwig.

En cuanto  m, lejos estaba de pensar en tamaa empresa, cuando, en
1845, mientras preparaba los materiales para mi libro, _El Pueblo_,
comenc en Normanda el estudio de la poblacin de las costas. En los
ltimos quince aos ese asunto vasto y difcil fu ensanchndose  mis
ojos y me ha acompaado de playa en playa.

El libro primero, _Ojeada  los mares_, es, como indica su ttulo, un
paseo previo. Todas las materias importantes sern pasadas en revista en
los libros siguientes.

Hago excepcin de dos de stas, las _Mareas_ y los _Faros_. Aqu, mi
principal gua ha sido M. Chazallon,  sea su importante _Anuario_, que
hoy da forma veintiocho volmenes. El primero apareci en 1839. Si se
diese una corona cvica  todo el que salva la vida  un ser humano,
cuntas no hubiera recibido el autor del _Anuario_! Hasta su aparicin,
los errores sobre las mareas eran enormes; y merced  un trabajo
inmenso, M. Chazallon ha rectificado las observaciones para unos
quinientos puertos desde el Adour hasta el Elba.--Los ms exactos
informes sobre los faros encuntranse en su _Anuario_. Reunid  ste la
exposicin clara y agradable que M. de Quatrefages (_Recuerdos_) ha
hecho del sistema de alumbrado de Fresnel y Arago. El admirable invento
de los faros  eclipse se debe  Descroirilles y  Lemoine, ambos hijos
de Dieppe (V. M. Ferey.).

Para los distintos nombres del mar (cap. I, p. 7), vase Ad. Pictec,
_Orgenes indo-europeos_.--Respecto del agua, Introduccin del _Anuario
de las aguas de Francia_ (por Deville); Aim, _Anales de qumica_, II,
V, XII, XIII, XV; Morren, _ibidem_, I, y Acad. de Bruselas, XIV,
etc.--Tocante  la salobridad del mar, Chapmann, citado por Tricaut _An.
de hidrografa_, XIII, 1857, y Thomassy _Boletn de la Sociedad
geogrfica_, 4 junio 1860.

Pgina 18. _S. Michel-en-Grve._ No me hice cargo como es debido de esta
playa y de los asuntos  ella anejos sino despus de haber ledo en la
_Revue des Deux Mondes_ los magnficos artculos de M. Baude, tan
instructivos, llenos de detalles, y de ideas elevadas. En otro sitio me
he ocupado de sus excelentes conocimientos sobre la pesca.

Al hablar de la Bretaa (cap. III, p. 23), hubiera debido encomiar el
libro de Cambry, al que debo mis primeras impresiones sobre aquel pas.
Ha de leerse la edicin que Souvestre ha enriquecido (y doblado su
valor, no hay que dudarlo) con notas y comentarios excelentes que
hicieron prever desde aquel momento _Los ltimos Bretones_, del mismo
autor. En varias novelitas, de una exactitud admirable, nos ha dado
Souvestre los mejores cuadros que se poseen de nuestras costas del
Oeste, especialmente tocante al Finisterre y  las comarcas inmediatas
al Loire. Gran satisfaccin hubiera tenido en citar algn pasaje de
escritor tan galano  inolvidable amigo; empero hice el propsito de no
hacer ninguna cita literaria en mi obrita.

La notable frase de Elas de Beaumont (cap IV, p. 26) se encuentra  la
cabeza de un artculo que constituye un gran libro, su artculo
_Terrenos_, en el Diccionario de M. d'Orbigny.

CAP. VII, p. 51. Lo que digo de Royan y Saint-Georges, encontrarse ms
elegantemente expresado en los eruditos libros de Pelletan, _Nacimiento
de una poblacin_ y el _Pastor del Desierto_. Sbese que ese pastor es
el abuelo de Pelletan, el ministro Jarousseau, admirable y heroico para
salvar  sus enemigos. La casita que aun existe es un templo de la
humanidad.

NOTAS DEL LIBRO SEGUNDO. _Gnesis del mar._--CAP.
I.--_Fecundidad._--Sobre el arenque, vanse el annimo holands
traducido por De Resto, tomo I; Nol de la Morinire, en sus excelentes
obras, impresas  inditas: Valenciennes, Peces; etc.

CAP. II. _Mar de leche._--Bory de Saint-Vincent. _Dic. clsico_,
artculos _Mar y Materia_; Zimmermann, _el Mundo antes de la creacin
del hombre_. Este precioso libro popular corre en manos de todos.--En la
pg. 87 sigo la obra de M. Bronn, premiada por la Academia de
Ciencias.--Sobre la innocuidad de las plantas del mar, vase la Botnica
de Pouchet, libro de primer orden. Para las plantas metamorfoseadas en
animales, Vaucher, _Confervas_, 1803; Decaisne y Thuret, _Anales de las
ciencias naturales_, 1845, tomos III, XIV, XVI y _Cmputos de la
Academia_, 1853, tomo XXXVI; artculos de Montagne, Dic.
d'Orbigny.--Sobre los volcanes, vanse Humboldt, _Cosmos_, parte IV, y
Ritter, traduccin de Elseo Reclus, _Revista germnica_, 30 noviembre
1859.

CAP. III. _El Atomo._--He citado en el texto los maestros, Ehrenberg,
Dujardin, Pouchet (_Heterogenia_). A la larga, vencer la generacin
espontnea.

CAPS, IV, V, VI, etc. Para remontarme en todo este libro  la vida
superior, he tomado por hilo conductor la hiptesis de la metamorfosis,
sin intentar construir seriamente una _cadena de seres_. La idea de
metamorfosis ascendente es natural al nimo, sindonos impuesta en algn
modo por la fatalidad. El mismo Cuvier confiesa (fin de su introduccin
 los Peces), que si esta teora carece de valor histrico,  lo menos
es lgica.--Sobre la _esponja_, vanse Pablo Gervais. Dic. d'Orbigny,
V, 325; Grant. en Chenu, 307, etc.--Sobre los _plipos_, _corales_,
_madrporas_ (captulos IV y V), adems de Forster, Pern, Darwin,
consltense asimismo Quoy y Gaimard; Lamouroux, Plipos flexibles; Milne
Edwards, Plipos y ascidias de la Mancha, etc. Vase tambin sobre el
calizo las dos geologas de Lyell.

CAP. VI. _Medusas_, _fisalios_, etc.--Lanse Ehrenberg, Lesson,
Dujardin, etc. Forbes demuestra por medio de las analogas vegetales que
esas metamorfosis animales son un fenmeno muy sencillo; _Anales de
Historia natural_ (en ingls), diciembre de 1844. Vanse asimismo sus
excelentes disertaciones: _Medus_, en 4., 1848.

CAP. VII. _El Esquino._--Vanse en primer trmino las curiosas
disertaciones donde M. Caillaud ha consignado su descubrimiento.

CAP. VIII. _Conchas_, _ncar_, _perla_ (_Moluscos_).--La obra capital es
la _Malacologa de Blainville_. Sobre la perla, Moebius de Hamburgo,
_Revista germnica_, 31 julio 1858. He consultado con gran provecho en
esta materia  nuestro clebre platero M. Froment Deurice. Si he hablado
de la perla como adorno especial de la mujer, es por haberse descubierto
la manera de fabricarlas artificialmente. No me cabe duda que dentro de
poco, no habr mujer, por pobre que sea, que no pueda comprarlas.

CAP. IX. _El Pulpo._--Cuvier, Blainville, Dujardin, _Anales de las
ciencias naturales_, primera serie, tomo V, p. 214, y segunda serie
tomos III, XIV, y XVIII; Robn y Second, Locomocin de los cefalpodos,
_Revista de zoologa_, 1849, p. 333.

CAP. X. _Crustceos._--Adems de la grande obra capital y clsica de M.
Milne Edwards, he consultado  d'Orbigny y  diversos viajeros. Vase el
precioso Atlas de Dumont d'Urville.

CAP. XI. _Peces._--La Introduccin de Cubier, Valenciennes, artculo
_Peces_ (Dic. d'Orbigny), que constituye un libro completo, lleno de
erudicin y excelente. Sobre la anatoma vase la clebre disertacin de
Geoffroy. Lo que refer sobre los nidos de los peces, lo debo  los
seores Coste y Gerbe.

CAPS. XII y XIII. _Ballenas_, _anfibios_, _sirenas._--Lacpde es muy
elocuente  instructivo en esta parte. Nada mejor que los artculos de
Boitard (Dic. d'Orbigny).

NOTAS DEL LIBRO TERCERO. _Conquistas del mar._--Todo este libro ha
brotado de mi pluma gracias  la lectura de los viajeros, desde la
primitiva historia de Dieppe (Vitet, Estancelin), hasta los
descubrimientos ms recientes. Vanse sobre todo, Kerguelen, John Ross,
Parry, Weddell, Dumont d'Urville, James Ross y Kane; Biot, _Gaceta de
los Sabios_, y el juicioso  la par que luminoso compendio que de sus
viajes ha publicado M. Laugel en la _Revue des Deux Mondes_.--Sobre la
pesca, adems del gran trabajo de Duhamel, vase Tiphaigne, _Historia
econmica de los mares occidentales de Francia_, 1760.

CAP. III. _Ley de las tempestades._--Aadid  los libros citados en el
texto el excelente resumen de M. F. Julien (Corrientes, etc.), y el
curioso sistema de M. Adhmar, sobre una mutacin del mar que
sobrevendra cada diez mil aos.

NOTAS DEL LIBRO CUARTO. _Renacimiento por el mar._--Desde 1725, Marsigli
parece haber sospechado la presencia del yodo. En 1730 publicse una
obra de autor annimo, _Comes domesticus_, en la que se recomiendan los
baos del mar.

La bibliografa del mar no tendra fin. Todas las bibliotecas me han
procurado datos. Complzcome en citar entre otros libros excelentes, los
_Manuales y Guas_ de los seores Guadet, Roccas, Cochet, Erns, etc.
Helos encontrado rarsimos (por ejemplo Russell) en la Escuela de
Medicina; muchos especiales, en lengua extranjera, en el Depsito de la
Marina (tales como el _Mediterrneo_, de Smith, 1854). Nunca me cansar
de elogiar las atenciones que me prodigaron tanto el director coco el
bibliotecario, quien me seal varias veces obras poco conocidas.

Sobre la degeneracin de las razas, vanse Morel (1857); Magnus Huss,
Alcoholismus (1852), etc.

A mi ilustro amigo Montanelli y  los preciosos artculos de M.
dall'Ongaro debo el tener noticia del folleto del doctor Barrellay
(_Ospizi marini_).

Mi sabio amigo el doctor Lortet, de Lyon, al acusarme recibo de un
ejemplar de la primera edicin de mi libro, me escribe: En los nios
lnguidos y descoloridos he obtenido buenos resultados por medio de una
exposicin prolongada  la luz (luz viva, excitante), Convendra una
playa mediterrnea, donde el nio pudiera vivir desnudo, sin otra cosa
abrigada que la cabeza, y unos calzoncillos, y que rodara por el mar y
sobre la clida arena. Junto  la orilla un sotechado, una especie de
invernadero que, con ventanas para cerrarse los das fros, recibiese el
sol por todos costados.

P. S. Acabo de saber con alegra que la administracin parisiense de la
Asistencia pblica ocpase en este momento en crear un establecimiento
de la clase antedicha. Same permitido, pues, explanar mis splicas.

La primera es, que no se centralice  los nios en un mismo sitio; que
no se haga un Versalles, una fundacin ostentosa, sino varios pequeos
establecimientos en estaciones distintas, donde puedan repartirse los
jvenes enfermos segn sus diversas enfermedades y temperamentos.

Mi segunda splica se reduce  que esa instalacin, para ser duradera,
aproveche al Estado en vez de serle onerosa; que los nios expsitos que
en ella se asilaran, los convalecientes vlidos, los enfermos
restablecidos, sean ocupados, segn los lugares, en los trabajos menos
penosos de los puertos y de la navegacin, en los oficios que de ellos
dependen, tomando los hbitos y el gusto  la vida del mar. Cuando
mseras poblaciones, asaz pobladas de pescadores y marineros, apartan
los ojos del mar, hcense industriales, necesario es reemplazar  los
desertores. Dbense criar hombres nuevos, que no hayan odo discutir en
la choza paterna el provecho y ventajas de la vida prudente, abrigada
del interior.

Preciso es que la adopcin de la Francia cree un pueblo de marinos que,
adicto anticipadamente  su heroico oficio, lo profiera  otro
cualquiera; y el cual, desde los primeros aos, mecido por el Mar, no
ame ms que  esa gran nodriza, y no sepa diferenciarla ni aun de la
misma Patria.

NOTAS:

[1] Vase la nota al final del tomo.

[2] Recientemente hemos ledo que en una traduccin del Hoel-Schein de
C. F. Neumann, se da como positivo el descubrimiento de la Amrica por
unos monjes benedictinos en el siglo V,  sea unos mil aos antes de la
gran empresa de Coln. Para nosotros es innegable que toda la gloria de
tan portentoso hecho recae sobre el ilustre genovs y los magnnimos
monarcas espaoles que ayudaron  su realizacin. Cuanto se diga en
contrario no se funda en nada slido, son meras hiptesis.--(_N. del
T._)

[3] Especie de ballenato  ballena desdentada.--(_N. del T._)

FIN DE LAS NOTAS





End of the Project Gutenberg EBook of El Mar, by Jules Michelet

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     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
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     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
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     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

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     and discontinue all use of and all access to other copies of
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1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
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both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
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works, and the medium on which they may be stored, may contain
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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