The Project Gutenberg EBook of Paternidad, by Andr Theuriet

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Title: Paternidad

Author: Andr Theuriet

Translator: Ramn Poms

Release Date: May 3, 2008 [EBook #25320]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACIN

ANDR THEURIET

PATERNIDAD

TRADUCCIN CASTELLANA

DE

RAMN POMS

BUENOS AIRES

1912

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




PRIMERA PARTE




I


El rpido de Pars a Belfort atraviesa velozmente los arrabales. Aunque
estamos en mayo, la maana sin sol es fra. Un fuerte viento del
Noroeste impulsa grandes nubarrones que se deshacen en lluvia sobre los
campos de trigo, de cebada y de alfalfa que cubren con sus variados
matices las montonas llanuras de la Brie. Las gotas de lluvia pintan
los ms extraos dibujos sobre los cristales de un vagn de primera
clase en que va un solo viajero quien parece preocuparse muy poco del
mal tiempo. Abrigadas las piernas por ancha manta y una gorrilla sobre
los ojos, est absorto en la lectura de unos documentos y en el examen
de unos planos que va sacando de una gran carpeta puesta sobre los
almohadones y en la que puede leerse esta inscripcin: _Bosques de
Val-Clavin._--_Peticin de deslindes._ Al travs de la lluvia poco tiene
de interesante el paisaje; pero, por la tensin de los msculos de su
rostro y por la honda preocupacin del viajero, se adivina que seguira
del mismo modo indiferente a lo de afuera aunque llenara el sol el
espacio todo y fuese el paisaje mucho ms pintoresco.

Es hombre de unos cincuenta aos y, sin embargo, sus movimientos son
ligeros, giles; su vestir, muy cuidado y de una elegancia
irreprochable, le da un aspecto de plena juventud. Sus rasgos son finos
y correctos, en su barba cortada en punta y en sus cabellos castaos se
ven mezclados algunos hilillos blancos; el firme modelado de su boca y
de su nariz aguilea, con las dos arrugas verticales que afirman su
entrecejo, indican en l una fuerte voluntad. Cundo levanta un poco su
gorrilla para limpiar los cristales del vagn empaados por la humedad,
se ven a plena luz sus ojos, hermosamente azules y de mirar dulcsimo,
que corrigen por la expresin un poco dura y fra de todo el rostro.

En la solapa de la negra americana se destaca con fuerza una roseta
roja. Una gran distincin de maneras, junto con sus actitudes reservadas
y una bien estudiada gravedad descubren a un personaje perteneciente al
mundo administrativo, y, aunque el expediente que examina no revelase su
profesin, adivinarase en l a un funcionario que ha escalado elevados
puestos y que est bien penetrado de la importancia de su cargo.

En efecto, Amado Francisco Delaberge, oficial de la Legin de Honor,
como dice el anuario, es inspector general de montes. Salido de la
escuela de Nancy a los veintids aos, ha ascendido rpida y
merecidamente. No slo posee vastsimos conocimientos en materia de
selvicultura, sino que se mostr siempre como un notable administrador.
Lleno de amor por el oficio y dotado de una gran fuerza de trabajo,
rene al espritu de organizacin la habilidad prctica del hombre de
negocios. As, hablan de l sus compaeros como de un futuro director
general. La nica cosa de que se le podra acusar es de una cierta
frialdad de alma--esa impasibilidad egosta del clibe, a quien la vida
ha hecho sufrir poco y que no est dispuesto a comprender los
sufrimientos de los dems.--En Delaberge, este defecto dbese menos a
una natural sequedad de corazn que a las particulares condiciones en
que su infancia y su juventud se desenvolvieron.

Hijo de empleado, desde sus primeros aos ha sido vctima de esa vida
nmada de pjaro silvestre, de esos mltiples cambios de residencia que
hacen pequeos _sin patria_ de los hijos del funcionario pblico.
Llevado de un colegio a otro colegio hasta el da de su entrada en la
Escuela Forestal, puede decirse que no conoci el pueblo en que haba
nacido, y por consiguiente, nada saba de aquellos carios que
lentamente se forman en el corazn del hombre y le unen para siempre a
la provincia en que naci, a la casa en que se hizo hombre, a las
piedras, a los rboles, a los horizontes que cada da sus ojos
contemplaron. Los numerosos y fuertes lazos que van del mundo exterior
al mundo de nuestro espritu son otros tantos agentes creadores de la
sensibilidad. Los primeros colores del nido pintan las primeras
imaginaciones del nio y penetran profundamente y para siempre en su
corazn; esto falt a Delaberge.

Su juventud ha transcurrido en una atmsfera llena de frialdad, en medio
de las preocupaciones de los exmenes y de los ascensos que haba que
conquistar a punta de espada. Ha ignorado aquella pasin que vuelve
tierna el alma hirindola de muerte. A lo sumo, ha tenido en esa poca
de su vida alguna ligera amistad femenina tan rpidamente anudada como
prontamente rota. Separado muy joven an de sus padres, que perdi antes
de haber llegado a los treinta aos, ha podido gustar muy poco de las
alegras de la familia. Sin la menor fortuna, no ha pensado ms que en
hacer rpida y honrosamente su camino. El trabajo ha llenado toda su
vida y el deseo de llegar pronto ha dirigido todas sus facultades hacia
la realizacin de sus ambiciosos proyectos.

Como muchos funcionarios sin fortuna, retrocedi ante lo desconocido del
matrimonio, creyendo que las obligaciones y las responsabilidades de la
vida conyugal son obstculo para las funciones administrativas. Ha
permanecido soltero y se ha absorbido cada vez ms en trabajos que le
han robado por completo los das y aun con frecuencia las noches; ha
llegado el primero a la oficina, ha salido el ltimo, ha comido en el
restaurant o en cualquier mesa oficinesca y no ha entrado en su casa
sino para dormir. As, desde los treinta a los cincuenta aos, se ha
deslizado su metdica y correcta existencia, digna y laboriosa, pero
tambin sin el calorcillo de una dulce intimidad, sin hacer el menor
alto en el ensueo o en la fantasa...

No obstante, hoy que goza ya de un relativo bienestar, que su ambicin
administrativa est ya casi satisfecha, alguna vez vuelve
melanclicamente la vista hacia atrs y con espanto se ha de confesar a
s mismo que su pasado est vaco de recuerdos alentadores y se da
cuenta de su triste aislamiento. Cuando al salir de la casa de un amigo
en que ha odo voces infantiles y risas de juventud, vuelve a su triste
cuarto de soltero, sintese lleno de aoranza por lo pasado y de
inquietud por lo porvenir, pensando en la rapidez con que pasan los
aos, en la poca cada vez ms cercana del retiro, en las prosaicas
miserias y los asquerosos servilismos que turban el ocaso de la vida de
un soltern.

Llegado a la meseta de los cincuenta se parece el hombre a un extraviado
viajero que ha escalado la cima de la montaa por abruptos y pedregosos
senderos y que, una vez llegado arriba, comprende que equivoc por
completo la senda. Entonces, ve el camino verdadero que dulcemente va
subiendo por entre alegres pueblecillos y bosques en que cantan las
fuentes y los pjaros, y por entre prados que las flores de todo color
esmaltan, sin que pueda volver atrs para gozar de aquellos perdidos
encantos...

Cuando siente Delaberge tales aoranzas pregntase si no ha despreciado
estpidamente el todo por la nada, y entonces llena su mente y le
obsesiona la idea del matrimonio. Se mira al espejo, se dice que es
joven todava y murmura como Juan de Lafontaine: Ha pasado ya para m
el tiempo del amor? Pero ni aun durante estas crisis de tristeza le
abandona del todo su habitual egosmo. Piensa menos en amar que en ser
amado. No ve en el matrimonio sino una compaa que alegre su
existencia, un hijo en quien su propio ser reviva. En medio de ese
despertar de la juventud, de esos deseos de romper con su vida montona,
la preocupacin de s mismo es lo que en l predomina. Quiere dar calor
a su corazn, conocer la alegra de lo imprevisto, gozar las emociones
raras y nunca sentidas...

As, acept con verdadera alegra la misin de arreglar amistosamente
con los propietarios y campesinos el interminable asunto de los
deslindes de Val-Clavin...

Un prolongado silbido anuncia la proximidad de una estacin. El tren,
pasado ya Bar-sur-Aube, va a detenerse en Clairvaux. Delaberge levanta
la cabeza, deja sobre el asiento sus papeles y baja el cristal de la
ventanilla para respirar un poco de aire puro.




II


El aspecto del paisaje se ha ido modificando poco a poco. Las montaas
son ms altas y el valle se ha estrechado. Ha cambiado tambin el
aspecto del cielo. Aparece a trechos el azulado espacio y no llueve ya.
Los negros nubarrones huyen rpidos y caen los rayos del sol sobre los
campos, haciendo humear las mojadas praderas y brillar como diamantes
las gotas de lluvia en los manzanos en flor. Por entre el rasgado de
negra nube descbrese un trozo de intenso azul ms all de un pequeo
bosque de lamos cuyas hojas de oro plido parecen temblar bajo la
inesperada luz, mientras sobre unos sombros nubarrones se destaca
triunfante y luminoso el arco iris. En esos intervalos de sol y sombra
corre por encima de la tierra verdeante como una alegra primaveral, del
mismo modo que el viento riza la argentada superficie de un lago. Esta
radiante alegra solar brilla a trechos sobre toda la campia, sobre
los ondulantes campos de cebada y de centeno, sobre los taludes llenos
de rojas amapolas y va comunicndose sucesivamente a los huertos, en que
de nuevo vuelven los insectos de todas clases y colores a zumbar
contentos, y a los grupos de rboles en que los pjaros entonan otra vez
su amoroso trino. Toda esta alegra penetra dulcemente en el cerebro de
Delaberge y le distrae de sus laboriosas meditaciones jurdicas.

Despus de un alto de pocos minutos en Clairvaux, marcha el tren por
entre colinas cubiertas de bosque que dejan ver de vez en cuando las
clarsimas aguas del Aube. El sol ha triunfado decididamente y el cielo
todo es ya de un sedoso azul. Una pacificadora serenidad emana de las
hmedas selvas, de vez en cuando interrumpidas por anchos vallados en
que la mirada se refresca como en un bao de verdor... El inspector
general ha cerrado la carpeta del expediente y la ha metido en su
valija. Despus vuelve a la ventanilla del vagn y apoyndose de codos
en ella respira con avidez el fuerte olor de la tierra refrescada por la
lluvia. Como buen funcionario forestal, su corazn se alegra a la vista
de los rboles. A decir verdad, el bosque ha sido el nico amor
fervoroso de su vida y sintese enternecido al encontrarse de nuevo en
la campia donde pas sus aos juveniles.

Este enternecimiento le recuerda los melanclicos pesares que conturban
su alma hace algn tiempo... Un grupo de rboles bajo los cuales hacen
la siesta los leadores despus de haber comido; un pueblecillo en que
se oye el toque de misa matutina y en que tenues humaredas se deslizan
por encima de las techumbres de teja; una casuca campesina con sus
ventanas abiertas en que flotan cortinillas blancas, puesta la ropa a
secar tendida en la valla y cubriendo la suave colina la via y el
huerto... Todo eso le induce a dulcsimos ensueos de vida rstica.

Pregntase entonces si la existencia de un honrado menestral, entre su
mujer que le quiere y sus hijos que se hacen hombres poco a poco, no
ofrece en realidad una suma de satisfacciones ms verdaderas que
aquellos mentidos placeres parisienses de que tan poco disfruta. El,
Delaberge, encadenado a su oficina, ocupado desde la maana a la noche
en dar vueltas a la rueda administrativa, no permanece extrao a las
cosas del corazn y de la inteligencia cien veces ms que ese
propietario que vive olvidado en su pueblo? Y dentro de diez, de quince
aos todo lo ms, cuando deje de ser una de las ruedas importantes de la
administracin, cul ser la perspectiva de su existencia? Ser aquella
vejez sin apoyo y solitaria de todo funcionario retirado, que languidece
en su ociosidad y no sabe dnde plantar su tienda...

Y de nuevo entonces, como una esfinge atormentadora, surge en su mente
la pregunta de si ha pasado o no la edad en que sin imprudencia puede el
hombre casarse y crear una familia. Esta vez, debido quizs al influjo
de ese alegre sol de mayo, la respuesta se formula en su espritu con
menos vacilaciones, con mayor claridad que nunca.

Ha llevado siempre una existencia sobria, y sabe que existe en l
todava un gran fondo de vigor, una buena reserva de los tesoros
juveniles. No es una ilusin, no se deja engaar por falsas apariencias.
Goza de una salud de hierro, conserva todos sus dientes y sus cabellos;
sus msculos tienen an toda su fuerza, sus articulaciones toda su
agilidad. En el mundo oficial que frecuenta ha observado alguna vez que
las mujeres no desdean su conversacin ni su compaa. Adems, nunca ha
de ser tan loco que se case con una jovencita; mas si por acaso
encontraba una mujer que se acercase a los treinta, agradable y
simptica, nada se haba de oponer a que pensase en el matrimonio. No
tiene ms que cincuenta aos y podra ver an a sus hijos crecer, pasar
de la adolescencia a la juventud y quin sabe? tal vez vivira bastante
tiempo para verles tambin casados...

Tener hijos, un hijo en quien l mismo reviviera, eso dara nuevo
impulso a su vida y una hermosa finalidad a sus energas... Cuando se
examina a fondo, Delaberge llega a confesarse que, en ese cambio de
vida, lo que con mayor fuerza le atrae no son precisamente los encantos
de la compaa conyugal, sino la esperanza y las alegras de la
paternidad.

Mientras va el inspector general abstrado en tan hondas meditaciones,
corre el tren a toda marcha y el aspecto del paisaje cambia otra vez.
Deja la va frrea el valle del Aube, sube raudo una pendiente y
atraviesa luego una llanura pedregosa en que crece raqutico el centeno
y en que de vez en cuando rompen la monotona de la lnea recta pequeos
grupos de rboles desmedrados. Rasga el aire un silbido agudsimo. Corre
ligero el tren por un largo viaducto de tres filas de arcos desde el
cual se ve el ro Suize ondular lo mismo que una culebra, por entre los
prados. Aparecen en el horizonte siluetas de campanarios, de cpulas y
de techumbres de teja, destacndose sobre el oscuro verdor de los
rboles, y el tren detiene poco a poco su marcha.

--Chaumont! Diez minutos y fonda!

Aqu es donde Delaberge ha de bajar. Arregla su equipaje y se asoma a la
portezuela buscando en los andenes al inspector provincial, su antiguo
camarada de Escuela a quien advirti de su llegada y en cuya casa se ha
de hospedar.

All est, en efecto, el inspector buscando tambin a su amigo. Es un
hombre pequeo y gordinfln, metido en estrecha casaca, cubierta la
cabeza con sombrero de anchas alas y con guantes negros. Su vestir,
mitad ceremonioso y mitad descuidado, afirma todava su aspecto
provincial.

Baja Delaberge del vagn y los dos antiguos camaradas se estrechan la
mano.

--Mi querido inspector general--comienza el hombre gordinfln,--estoy
contentsimo de verle otra vez... Ha tenido usted buen viaje?

--Excelente, querido Voinchet... pero cmo es eso, vas a tratarme de
_usted_ ahora, t que eres mi ms antiguo amigo?

--Dios mo--murmura Voinchet,--cre que las conveniencias de la
jerarqua!...

--No bromees... Nada, tienen que ver con nosotros las conveniencias
jerrquicas... Hblame ahora mismo de _t_ o voy a pedir albergue a la
hospedera.

--Te obedezco--contesta el inspector provincial y queda con ello ms a
sus anchas.

Mientras aguardaba al tren, ms de un cuarto de hora estuvo
preguntndose con ansiedad si tuteara a Delaberge, como en otros
tiempos, o si por deferencia a su grado superior le hablara de _usted_.
Ahora ya, libre de aquel peso, se muestra alegre y decidor. Y mientras
se saca del vagn y se carga el equipaje del inspector general contempla
a su camarada y amablemente sonre.

--Sabes que no noto en ti ningn cambio?... Te encuentro hoy tan gil y
tan fuerte como al salir de la Escuela.

--Adulador!--replica Delaberge,--la verdad es que nuestros cabellos
comienzan a blanquear y que llevamos cada uno veintiocho aos ms sobre
la cabeza.

En el fondo, sin embargo, le han halagado no poco las palabras de su
camarada, sobre todo al ver que ste parece mucho ms viejo que l.

Los aos han engordado al inspector provincial y han quitado expresin a
su fisonoma; la somnolencia de la vida de provincia ha apagado la viva
luz de sus ojos; la costumbre de tener que hablar y obrar siempre con
cierta parsimonia ha quitado a su rostro toda expresin.

Rueda ya el coche carretera adelante y habla Voinchet de nuevo.

--Mi mujer nos aguarda para almorzar... Oh!... Un almuerzo sencillo,
despus del cual podrs irte a descansar... Te advierto, querido, que
esta tarde te ser preciso sufrir una pequea molestia... En honor tuyo,
hemos invitado a algunas personas a comer.

--Diablo!--murmura Delaberge visiblemente contrariado.--No esperaba
eso...

--Dispnsame, pero los peridicas han dado la noticia de tu llegada... Y
habramos dejado agraviadas a todas nuestras relaciones si les
hubisemos quitado el placer de estar y de hablar contigo algunas
horas... No tienes idea, amigo mo, de las suspicacias provinciales...
Por otra parte, no seremos muchos... Estarn el presidente del tribunal,
el secretario general de la prefectura, un segundo inspector y su
esposa... y nadie ms.

--Ya son bastantes--dice Delaberge con sonrisa de resignado.

--Ah! se me olvidaba... Estar tambin una amiga de mi mujer, la seora
Linard, la que principalmente hace uso de los bosques de Val-Clavin...
Quizs no te arrepientas de hablar con ella, pues si logras hacerle
entender la razn, este negocio del deslinde ir como sobre ruedas... Es
la ms ardorosa y la ms fuerte adversaria de la Administracin... Ea,
hemos llegado ya!

El carruaje se ha detenido a la entrada de una calle desierta en que
verdea la hierba por entre las piedras. Enfrente de la iglesia de San
Juan se abren los porches de una antigua casona que se levanta entre el
patio y los huertos. Mientras el conductor descarga el equipaje,
Voinchet entra en la casa llamando a un criado. Habiendo quedado solo un
momento, Delaberge contempla la dormida calle sobre la cual las paredes
de la vieja iglesia extienden una sombra de claustro. Y en la fra
austeridad de este sitio solitario, la perspectiva de una comida oficial
con los notables que habitan en esta ciudad muerta le da un escalofro
de hondo malestar.




III


Hacia las seis y media de la tarde, rehecho completamente por una buena
siesta, pens Delaberge que se acercaba el momento de la comida y
procedi a vestirse y arreglarse esmeradamente, no por coquetera, sino
por pura costumbre. Crea que una presencia irreprochable se impone a
los funcionarios que representan a la Administracin pblica.

Anudando su corbata pensaba ya en la molestia de esa comida oficial en
que durante largas horas estara como en representacin ante los
invitados de su amigo y en que el deber profesional le obligara a
conversar con la principal interesada en el asunto de los bosques de
Val-Clavin. A juzgar por la esposa de su amigo, excelente mujer de su
casa, pero cuarentona ms que insignificante, su amiga la seora
Linard, deba ser ya una mujer de edad madura y de trato poco
agradable. Delaberge vease ya discutiendo con una pleiteante campesina
y esta enfadosa perspectiva le pona de mal humor.

Cuando entr en el saln verde y oro, lleno de muebles y adornado con
chucheras de dudoso gusto, casi todos los invitados haban llegado ya, y
le fueron presentados formando una sola fila. El presidente del
tribunal, un hombre pequeito que habla con pretensin florida, recin
afeitado y de piel sonrosada, con unos ojos brillantes y siempre
inquietos; el secretario general de la prefectura, alto, de anchas
espaldas, tieso siempre, como orgulloso de los triunfos que le vala su
voz de bartono; el segundo inspector, moreno, de grandes cejas, con los
bigotes como de cepillo, con los cabellos cortados segn la ordenanza,
presentaba el tipo completo del forestal a la manera antigua, feo como
un jabal y rugoso como un roble.

Y mientras su esposa la inspectora, delgaducha y metida en su vestido
marrn bordado de azabache, conversaba con la seora de Voinchet
hablndole de lo difcil que es hoy procurarse buenos criados, Delaberge
se llevaba al inspector su amigo a un rincn de la sala preguntndole
sobre todos los detalles del asunto que all le haba trado. El
forestal, envanecido de absorber por completo la atencin de su
superior, le iba dando toda clase de noticias tcnicas. Y haca ms de
un cuarto de hora que hablaba, cuando Delaberge, al travs de las
prolijas frases de su subordinado, oy a la seora de Voinchet que
deca:

--Ah! por fin... Ya comenzaba usted a inquietarme... Muy tarde llega,
amiga ma.

A lo que una voz alegre y limpia contestaba as con un ligero acento
provincial:

--Perdneme, he querido, para honrar mejor su casa, estrenar un vestido
nuevo y la modista no me lo ha trado sino hasta ahora mismo... cuando
ya comenzaba a enfadarme.

En aquel mismo instante abrase de par en par la puerta del comedor y un
criado con guantes blancos y casaca negra deca as: La seora est
servida.

--Seor inspector general--dice la seora de Voinchet acercndose a
Delaberge,--el brazo, si usted gusta...

Y ste galantemente lo presentaba ya para que se apoyase en l la
seora, cuando interrumpindose sta con aire consternado se volva
hacia la recin llegada y tomndole una de las manos murmuraba:

--Qu distrada soy!... Es necesario que antes le presente a mi querida
amiga... Camila Linard, propietaria de la Rosalinda, en Val-Clavin...
El seor Delaberge, inspector general de montes.

Aunque ordinariamente dueo de s mismo, Delaberge no supo disimular una
viva expresin de sorpresa. En lugar de la vieja pleiteante que se haba
imaginado, vea ante s a una mujer joven, de unos veintisis aos,
esbelta, fresca, amable, con unos sonrientes ojos oscuros que ya desde
el primer momento le gustaron de un modo infinito. Algo aturdido,
Delaberge salud.

No le habra pasado ciertamente inadvertida su gran sorpresa a la seora
Linard si ella no se hubiese sentido tambin conmovida por una sorpresa
igual. Sus clarsimos ojos contemplaban a Delaberge y pareca reflejarse
en su rostro la sorpresa de quien recuerda vagamente una semejanza o se
pregunta dnde y cundo vio alguna otra vez a la persona que tiene
delante. Todo esto, no obstante, pudo durar tan slo unos segundos. La
seora Linard insinu una amable reverencia; Delaberge tom de nuevo el
brazo de la seora de la casa y entraron todos en el comedor.

En la mesa el inspector general fue, naturalmente, puesto a la derecha
de la seora Voinchet; enfrente sentbase su amigo y a su lado estaba la
seora Linard; de manera que Delaberge tena frente a frente a la
propietaria de Rosalinda y durante aquellos momentos de solemne quietud
que suele reinar en los principios de toda comida pudo examinarla con
sosegado detenimiento.

El famoso vestido nuevo que haba motivado el retraso de Camila Linard
era negro y guarnecido con cintas malva; Delaberge, acostumbrado a los
refinamientos de la elegancia parisiense, hubo de confesarse que la
modista hubiera podido emplear mejor el tiempo. El cuerpo, que era de
satn, no favoreca mucho al talle de la dama, el cual pareca no
obstante bien contorneado. La ropa se arrugaba feamente en los hombros,
y en el cuello pareca querer ahogarla. En suma, la joven apareca muy
mal vestida, pero demostraba preocuparse por ello muy poco. Su buen
humor no se resenta para nada de la fealdad del traje ni ste lograba
contener la expresiva vivacidad de sus movimientos. Con su boca un poco
grande, su barbilla algo gruesa y sus cejas finsimas, no pareca
precisamente bella, pero tena unos hermosos ojos llenos de luz y
viveza, unos abundantes cabellos castaos que le caan graciosamente
sobre las sienes, una gran frescura en toda su persona, un modo
graciossimo de rer, y todo esto junto produca una agradable impresin
de juventud, de espiritualidad, de alegra sana y fuerte que llenaba de
gozo el corazn. Comprendase que era una mujer noblemente expresiva,
llena de una natural espontaneidad.

--La seora Linard est casada?--pregunt en voz baja Delaberge a su
vecina de mesa.

--No, es viuda... Hace ms de dos aos que perdi a su marido... Un
seor no muy digno de ser amado... No tiene hijos y vive sola en
Rosalinda donde est haciendo mucho bien.

Delaberge contempl entonces con mayor complacencia aun a aquella
mujer... La seora Linard estaba discutiendo a media voz con el
inspector provincial, su vecino de mesa, y sin abandonar su aire de
amable alegra le atacaba con maliciosas recriminaciones, ante las
cuales se rebelaba el otro con tonos de malhumor.

--Ah! no es usted muy amable con los pobres--exclamaba ella.

Y en ese momento levant la cabeza y sorprendi la atenta y curiosa
mirada de Delaberge. Lejos de sentirse ofendida por ello, sonri al
encontrar su mirada los ojos de ste y prosigui:

--Vaya, decididamente es mucho mejor dirigirse a Dios que a sus
santos... Que lo diga si no el seor inspector general.

Tomado as como testigo, Delaberge pregunt con su aire gravemente
amable:

--De qu se trata, seora?

--De ese deslinde que la Administracin forestal quiere imponer. Bajo el
pretexto de que es imposible evaluar por separado los derechos de los
usuarios, el seor inspector provincial aqu presente nos ofrece como
compensacin un bosque que est a una legua de Val-Clavin... Y yo
sostengo que esto es inicuo y aun brbaro.

--Palabras muy duras son stas--objet Delaberge riendo.

--Duras, pero exactas... Veamos: yo tengo el derecho de cortar lea en
Val-Clavin y los campesinos de Val-Clavin tienen tambin el derecho de
pastos... Y a cambio de todo esto se nos ofrece un terreno impropio y
muy lejano... Se puede a esto llamar justicia?

--Seora--interrumpi complacientemente el inspector general,--la
felicito a usted, pues trata el asunto como un verdadero jurisconsulto.

--Oh!--dijo a esto el inspector provincial.

--Te advierto que te las habrs con un contrincante fuerte... La seora
Linard est muy aferrada en sus derechos.

--En los mos y en los derechos de los dems tambin, seor
Voinchet--repuso la joven con animada entonacin;--los habitantes de
Val-Clavin, aun ms que yo, merecen ver atendidas sus reclamaciones: son
gente pobre y para conducir su ganado al pastoreo les ser preciso
caminar ms de una legua a campo traviesa, pues no hay va directa que
una el pueblo con la tierra que ahora se les ofrece.

--Ya les indemnizaremos construyndoles un magnfico camino.

--Les indemnizarn ustedes tambin de la prdida de tiempo y de la mala
calidad de los pastos?... Los bosques de Carboneras estn llenos de
pantanos y si usted conociese el pas, seor inspector general...

--Lo conozco perfectamente--repuso Delaberge,--pues en Val-Clavin
comenc mi carrera forestal.

--Ah! de veras?...--exclam la seora Linard;--en tal caso...

Dirigi en torno suyo la mirada y vio que el presidente y la inspectora
se esforzaban por disimular sus bostezos y se ech a rer exclamando:

--Perdnenme! ya me olvidaba de que esta discusin no interesa nada a
los invitados del seor Voinchet; dejmoslo por ahora, mas conste que no
me doy por vencida.

La conversacin se hizo general con gran sentimiento de Delaberge. La
vivacidad con que la seora Linard defenda sus derechos haba
despertado su inters. La originalidad evidentsima de aquella mujer
contrastaba extraordinariamente con la falta de carcter de la mayora
de los invitados.

En el calor de la discusin tomaba su rostro expresiones encantadoras.
Nada haba en ella rudo o fingido; nada tampoco de aquella prudencia
timorata que da tan montona insignificancia a las mujeres de provincia.
Sentase en ella estallar la sinceridad, la generosidad de su noble
corazn. La seora Linard gustaba a Delaberge por cualidades que eran
opuestas a las suyas. Ese hombre reservado, discreto y reflexivo por
temperamento, sentase interesado por aquella mujer de un carcter tan
abierto y tan noblemente alegre...

Y cuando se levantaron de la mesa y volvieron los invitados al saln, se
las arregl de manera que pudiese encontrarse cerca de la joven.




IV


Precisamente se diriga ella hacia Delaberge llevando en una mano la
cafetera y en otra una taza que le ofreci. Cuando hubo servido a todos,
volvi a sentarse en el canap, no lejos de Delaberge, quien, de pie
todava, acababa de beberse su taza.

--Seor inspector--le dijo ella,--estara usted muchsimo mejor si
tomase asiento.

Y diciendo esto se hizo un poco a un lado para dejarle sitio en el mismo
canap. El inspector general no deseaba sino obedecer a invitacin tan
amable; pero, no sabiendo qu hacer de la taza que tena, en la mano,
hizo ademn de ir a dejarla sobre una mesilla. La seora Linard se
levant corriendo, le tom la taza de las manos y fue a darla a un
criado que pasaba entonces con una bandeja. Tan graciosa amabilidad, tan
previsora deferencia, trastornaron profundamente a Delaberge. Aunque
poco inclinado a la fatuidad, se imagin que la joven se esforzaba para
serle agradable y sinti como un cosquilleo de satisfaccin, sin pensar
que un hombre de cincuenta aos le parece casi un viejo a una mujer que
tiene veintisis. Pero Delaberge, como la mayora de los hombres, no se
vea envejecer.

Razonaba como un hombre convencido de que puede inspirar todava
amorosos sentimientos; no quera confesarse a s mismo que las
amabilidades de la seora Linard podan sencillamente proceder de la
espontaneidad de un alma, por naturaleza afectuosa e inclinada a
mostrarse amable precisamente porque la diferencia de edad haba de
quitar todo pretexto a una interpretacin maliciosa.

Sin embargo, mientras la joven con su vivacidad de siempre, volva a
sentarse cerca de l, se despert en el inspector general una vaga
desconfianza; se dijo que tal vez iba a ser juguete de la malicia
femenina, pensando que la seora Linard haba credo ganar as su nimo
en favor de la causa de los usuarios de Val-Clavin y vencer su natural
rigor administrativo.

Se recost descuidadamente en uno de los brazos del canap y, por encima
de su abanico que agitaba lentamente, se qued contemplando a Delaberge
con la sonrisa en los labios. Este, ya receloso y colocado en actitud
defensiva, estudiaba detenidamente el rostro de su vecina.

Pronto sintise tranquilizado por completo. No, en esos lmpidos ojos,
en esa pursima frente, en esos labios francamente amables, no poda
haber la menor huella de engao o duplicidad. En el fondo de esos
clarsimos ojos no se descubra la menor de aquellas turbadoras y
fugitivas fulguraciones que son indicio de mentira. Ni en la frente, ni
en la boca se descubran aquellas desagradables arrugas que son
revelacin de un alma falsa o llena de complicados sentimientos.
Decididamente, la seora Linard no tena nada de una Dalila.

Cerr bruscamente el abanico, se inclin un poco hacia Delaberge y dijo:

--De manera que ha vivido usted en Val-Clavin?

--S, seora; viv dos aos.

--Hace mucho tiempo?

--Oh! s, mucho... Quizs no haba usted nacido todava. Pero recuerdo
el pas como si fuese ayer mismo. Veo perfectamente en mi imaginacin el
camino que lleva a Rosalinda, por el cual daba mi paseo cotidiano. Se
penetraba en la hacienda por una calle plantada de fresnos, muy
pequeines entonces.

--Los fresnos han crecido y dan hoy una magnfica sombra.

--Entonces--prosigui Delaberge--viva en Rosalinda un hombre muy
original llamado Le Maroise. Tena costumbres muy singulares, se pasaba
el santo da en un cuarto con las ventanas cerradas y no sala sino
despus de anochecido, en una vieja berlina que guiaba un cochero tan
extravagante como su dueo...

--Ese hombre original era mi to!--interrumpi ella riendo.

--Ah!... Perdneme...

--No se ha de excusar--replic.--Era realmente un hombre extrao y poco
me costara confesar a usted que lleg a serme odioso... Viva an
cuando me cas; me hizo su heredera a condicin de que mi marido y yo
viviramos con l... No es posible imaginar cmo nos hizo insoportable
la vida. Finalmente se muri el pobre hombre, y no he de decir que le
llor muy poco... A punto estuvo de hacerme odiar Rosalinda.

--Vive usted en ella todo el ao?

--Cmo no? Apenas si voy dos o tres veces a Dijn o a Chaumont y slo
por asuntos de intereses. A los seis o siete das que estoy en la ciudad
ya no tengo ms que un deseo, el de volver a mi casa lo antes posible.

--A su edad no le parece esta soledad demasiado austera? No se aburre
usted jams?

--Muy raramente... En primer lugar, ha de saber usted que tengo un
temperamento de verdadera campesina. Apenas comienza la primavera, vivo
constantemente al aire libre... Me tienen sobradamente ocupada mis
gallinas, mis flores, mis rboles; cuido yo misma la corta de mis
bosques y le aseguro a usted que no s apenas qu cosa sea el aburrirse.

--Y en invierno?

--En invierno enciendo un hermossimo fuego y me instalo cerca de la
chimenea con un buen libro en la mano... Hay en Rosalinda una biblioteca
muy bien nutrida y la cual yo aumento todava procurando estar al
corriente de cuanto se publica... Soy una endiablada lectora... Cuando
tengo un libro interesante, y al alcance de la mano un buen puado de
almendras, me paso horas deliciossimas junto al fuego.

Mientras hablaban ellos aparte, el inspector provincial organizaba una
mesa de _whist_ y habindose negado Delaberge y la seora Linard a
tomar parte en el juego, sentronse en torno de la mesa la
subinspectora, el presidente, el secretario y el propio seor Voinchet.
La esposa de ste y el subinspector se quedaron contemplando el juego y
aguardando el momento en que alguno de los dos pudiese tomar parte en
l; de suerte que la viuda y su interlocutor, gracias a la preocupacin
de los jugadores de _whist_, se quedaron en el canap tan aislados como
pudieran estarlo en el fondo de un bosque.

Esa conversacin mantenida en la penumbra, les iba acercando
familiarmente y revesta de una mayor confianza y de una ms completa
intimidad su dilogo. La seora Linard no pareca en lo ms mnimo
cohibida por la gravedad de su interlocutor y aun se extraaba de
encontrarse hablando tan llanamente con ese parisiense a quien desde tan
pocas horas antes conoca. En cuanto a Delaberge sentase a la vez
sorprendido y encantado de la visible simpata de que le daba testimonio
aquella mujer. La escuchaba con placer y sentase refrescada el alma por
la gracia natural del buen sentido y la noble alegra de su vecina.

Olvidaba su acento provincial, su vestido tan mal hecho y aun los
rasgos irregulares de su fisonoma, pues posea en cambio la joven una
cultura de espritu, un juicio claro y sereno y sobre todo una facultad
de entusiasmo que no se encuentra frecuentemente ni aun en Pars. A
propsito de sus lecturas se expresaba con una independencia, un sentido
crtico y una vivacidad que encantaban de veras a ese parisiense,
acostumbrado a las reticencias prudentes, a las admiraciones convenidas
y a las opiniones superficiales del mundo oficinesco en que viva.

Al cabo de una hora de conversacin, estaba ya encantado de la seora
Linard y se felicitaba de tan dichosa velada. Observ con placer que
durante su entretenido y largo coloquio la propietaria de Rosalinda no
haba hecho la menor alusin al asunto de los deslindes y le agradeci
tan delicada reserva. Sentase secretamente halagado de no deber sino a
s mismo la graciosa predileccin de la viuda; se acusaba de sus
injustas sospechas y, como para indemnizarla de ellas, esforzbase en
mostrarse a su vez expansivo, amable, casi galante.

De pronto e interrumpindose en medio de una animada discusin, la
seora Linard sac del pecho un pequeo reloj y consultndolo exclam:

--Las once ya!... Habame olvidado de que duermo hoy en casa de unos
amigos y que molesto a tan excelentes personas obligndoles a
aguardarme...

Se puso en pie y tendiendo su mano a Delaberge continu:

--Buenas noches, seor, y hasta otro da, pues ir usted pronto a
Val-Clavin... Vuelvo maana a Rosalinda y aunque seamos enemigos,
administrativamente hablando, espero recibir su visita durante su
estancia en aquellos bosques.

Se inclin en rpida reverencia ante Delaberge, corri a besar a la
seora Voinchet, salud a todos y, lo mismo que la Cenicienta al dar la
media noche, sali casi corriendo del saln, sin permitir que nadie la
acompaase.




V


Francisco Delaberge se despert con una sensacin de confusa alegra,
segn sucede cuando por la maana se conserva an la impresin de un
hermoso sueo desvanecido; despus, disipadas ya las ltimas brumas del
ensueo, se percat de que su vaga alegra era causada por el recuerdo
de su conversacin con la seora Linard; pero al propio tiempo record
que aquel mismo da haba de regresar la joven viuda a Rosalinda y su
alegra se desvaneci al pensar en su prolongada residencia en Chaumont.
La pequea ciudad le pareci ms fra y ms triste que la vspera. La
sombra que la iglesia de San Juan lanzaba sobre el hmedo patio de la
casa de Voinchet pareca extenderse y penetrar hasta el fondo del alma
del inspector general... Esto le hizo tomar la resolucin de adelantar
todo lo posible su partida.

Apenas estuvo vestido y arreglado, comenz el examen del expediente y
recogi todas las notas que crey precisas, en cuyo trabajo emple toda
la maana; despus, acabado el almuerzo y a pesar de las instancias de
su amigo Voinchet, tom el rpido y descendi en Langres; all busc un
coche de alquiler.

Hay, lo menos, seis leguas de Langres a ese puebluco poco menos que
escondido entre los bosques. Despus de haber rodado un buen trecho por
la carretera de Dijn, el carruaje tom a la derecha y emprendi el
camino vecinal que corre a travs de una extensa llanura pedregosa, de
una triste desnudez.

La luz de la tarde, velada por finsimas nubecillas, suavizaba los
contornos de la llanura verdeante y de los bosques que el lejano
horizonte pintaba de gris. El velado azul del cielo y la difusa claridad
que llenaba los espacios se armonizaban muy bien con los flotantes
pensamientos de Delaberge. Para decirlo, en verdad ms eran aquello
ensueos que pensamientos. Fatigado por su trabajo de la maana, mecido
por el rodar del carruaje, se abandonaba a una soolienta contemplacin
en que las imgenes percibidas despertaban en su espritu vagos
recuerdos. La silueta de los lejanos bosques, le haca pensar en el
asunto de los deslindes y de pronto se deca, no sin una secreta
satisfaccin, que entre los usuarios de Val-Clavin estaba una cierta
viuda, de serenos y lmpidos ojos, de cabellos castaos que le caan en
graciosos rizos sobre las sienes, en compaa de la cual haba pasado
una agradabilsima velada.

De un campo de centeno levantse en rpido vuelo una alondra y se perdi
en las nubes, mientras su alegre canto recordaba a Francisco la voz de
pursimo timbre de la seora Linard; entonces, en medio de su ensueo,
la idea de ver a la joven en Rosalinda, filtr dulcemente en su alma una
emocin profunda, tan suave como la tenue claridad que la muselina de
las nubes tamizaba.

Al llegar al pie de la colina de Piedrafontana, salt del carruaje el
conductor, pues la rampa que se haba de subir era larga y muy rpida;
el caballo caminaba al paso y con mucho esfuerzo. Para aligerarle un
poco ms y tambin para sacudir su somnolencia, Delaberge imit al
conductor y, con paso todava ligero y la cabeza un poco inclinada,
comenz a andar a lo largo de un camino que bordeaban toda clase de
flores silvestres.

Detrs de l, haca el cochero restallar con fuerza su ltigo y all en
el fondo del valle se oa el pausado martilleo de un herrador; durante
los intervalos de silencio se perciba, como sones de pfanos
invisibles, el canto de las alondras. Poco a poco todos estos rsticos
rumores fueron despertando en el alma del inspector general el recuerdo
de cosas desde largo tiempo adormecidas.

Y se vio a s mismo subiendo esta misma rampa, cuando slo contaba
veinticuatro aos, en una tarde de otoo muy semejante a sa. Iba
entonces, pobre de dinero y rico de esperanzas, a tomar posesin de su
puesto de guarda general de los bosques de Val-Clavin.

Ms ligero de piernas, pero menos filsofo que hoy, contemplaba a la
sazn con ojos inquietos la ruda soledad de las llanuras de Langres y no
se tranquilizaba un poco sino al penetrar en los pintorescos y
agradables bosques que rodean el pueblecillo.

Delaberge recordaba muy bien la sensacin de aislamiento que haba
sentido al llegar una tarde a ese pequeo pueblo de trescientas casas,
situado en la confluencia de dos riachuelos, cuya unin da nacimiento al
Aube. Al caer en ese pas tan extremadamente rstico, sin transicin
ninguna y al salir de la Escuela de Nancy, se encontr en l al
principio desorientado y triste. El invierno era all muy duro y toda
distraccin imposible. La sociedad se compona de dos o tres empleados,
de algunos propietarios campesinos, todos ellos casados y poco
dispuestos a recibir en su casa al forastero. Muy tristemente vivi all
durante los sombros das de diciembre y de enero. Durante esos dos
mortales meses cubra siempre la tierra una espesa capa de nieve y era
imposible salir. El trabajo no era mucho y su ociosidad casi completa le
haca an ms insoportables los das. No se atreva a leer de nuevo los
pocos libros que se haba trado consigo y que se saba ya de memoria.
Sucedanse las horas tan largas y tan vacas, le era la soledad tan
odiosa, que lleg a apoderarse de su nimo un profundo mal humor, una
extraordinaria melancola.

Se albergaba en la hospedera del _Sol de Oro_. Era frecuentada esa casa
por trajinantes y mercaderes de lea, resonando en ella, desde la maana
a la noche, los ms discordantes rumores. Coma solo o en compaa de su
hospedero, el seor Princetot, un hombre de rostro sonrosado, de mirada
llena de malicia y cuya conversacin giraba invariablemente sobre los
vinos que almacenaba en su bodega, para revenderlos luego lo ms caro
posible a los pequeos comerciantes de la montaa. En esa gris y
tristsima sinfona del fastidio, daba la hospedera una nota nica de
color y de alegra.

Miguelina Princetot iba entonces hacia sus veintiocho aos. De buena
estatura, bien tallada, de sedosa piel y con unos melanclicos ojos
grises, tena muy amables maneras y la sonrisa, de sus labios carnosos
formaba en sus mejillas aquellos atrayentes hoyuelos que el pueblo llama
nidos de amor. Inteligente y de percepcin pronta, haca lo que quera
del gordo Princetot, quien por completo entregado a su comercio de
vinos, le dejaba gobernar la hospedera a su gusto, cosa que haca ella
a las mil maravillas. Siempre limpia, atractiva y adems excelente
cocinera saba contentar a los clientes. Gracias a ella, los notables de
aquellos contornos iban con frecuencia al _Sol de Oro_. Alguien deca
que llevaba su coquetera, su amabilidad demasiado lejos y que, no era
tan fiel esposa como diligente mujer de su casa; como quiera que fuese,
es lo cierto que tan maliciosos dichos no llegaron nunca a quebrantar la
confianza del seor Princetot.

En los comienzos, teniendo an como quien dice en los ojos las
elegancias de las modistillas y de las seoras de Nancy, no concedi
Francisco mucha atencin a las gracias campesinas de su hostelera. Pero,
en una soledad como la de Val-Clavin, una mujer joven, junto a la cual
se vive maana y tarde, acaba por ejercer una atraccin lenta y segura.
Despus de haber visto a la mujer aqulla con indiferencia, gradualmente
fue descubriendo Delaberge en ella encantos que antes no haba
sospechado y, gracias al aislamiento en que viva, fue parecindole cada
vez ms deseable. Con frecuencia, cuando el forestal coma solo, despus
de quitados los manteles, la seora Miguelina se quedaba un rato
conversando con su husped. Poco ganoso de volver a su cuarto triste y
fro, el joven prestaba gustosamente odos a la charla de su hostelera y
sus ojos se detenan con verdadera complacencia en la blanqusima nuca
que adornaban unos ricillos de su cabello, o bien en la flexibilidad de
su cintura... A veces se quedaban ambos silenciosos; la mirada lnguida
de Miguelina se encontraba con los azules ojos del guarda general; ste,
de ordinario fro y reservado, se expansionaba, se atreva a alguna
insinuacin galante, y entonces, con su intuicin femenina, la hostelera
del _Sol de Oro_ adivinaba, por ciertas inflexiones de su voz llenas de
emocin, que su husped se iba haciendo cada da menos insensible a sus
encantos.

Mientras, tanto iba pasando el invierno, reverdeca la primavera en los
bosques y bajo su influencia una familiaridad cada vez mayor fue
establecindose entre Delaberge y la seora Princetot.

Un domingo por la tarde haba subido Miguelina al cuarto del forestal y
all, asomada a la ventana, se esforzaba por alcanzar las ramas de un
florido tilo que suba por la fachada de la casa. Llevaba aquel da su
vestido ms elegante y los movimientos forzados que haca descubran
toda la esbeltez de la figura, la graciosa flexibilidad del talle, la
exquisita morbidez de sus pechos y de sus caderas. De pie a su lado,
Delaberge le ayudaba lo mejor que poda. En un momento dado, como ella
se inclinase demasiado hacia afuera, el guarda general se atrevi a
asirla por la cintura como temiendo que se pudiese caer. La seora
Princetot se volvi riendo con aquella risa llena de sensualidad que
formaba tan graciosos hoyuelos en sus mejillas y su boca vino a
encontrarse tan cerca de los labios de Delaberge, que ste no supo
resistir la tentacin... La bes ardorosamente; rodaron al suelo las
flores que ella haba tomado y Miguelina cay, sin darse cuenta, en los
brazos de su husped.

A partir de aquel da la seora Princetot fue la amante del guarda
general, y ste ya no se fastidi como antes en Val-Clavin. El seor
Princetot se ausentaba con frecuencia para ir a hacer sus compras de
vinos o para venderlos a sus clientes de la montaa, de lo que los
amantes se aprovechaban.

Figurbanse que su estrecha y amorosa intimidad escapaba a la atencin y
a la maledicencia de las gentes del pueblo; pero no saban que los
amores mejor escondidos exhalan un sutilsimo perfume, que los descubre
siempre. El secreto de su amor se evapor insensiblemente por las calles
de Val-Clavin y las lenguas de las comadres hicieron lo dems.
Unicamente Princetot continu ignorndolo todo.

Dur esta aventura diez y ocho meses, y comenzaba ya a sentir las
proximidades de la saciedad cuando recibi un da la notificacin de un
cambio de residencia. Al conocer la triste nueva, la seora Miguelina se
deshizo en lgrimas. Mas era preciso que obedeciese Delaberge al mandato
administrativo; la hostelera no se haba engaado nunca a s misma y
pensaba que algn da la haba de abandonar y, aunque suspirando
hondamente, al fin se resign.

Una semana despus el guarda general se march a Pars, no sin sentir en
el fondo de su espritu como una vaga liberacin.

Prometieron escribirse: ni uno ni otro cumplieron su promesa y un
silencio absoluto cay entre ellos. Delaberge, que no haba puesto en
aquella mujer sino los sentidos, fue olvidndola poco a poco, suponiendo
que la seora Miguelina se consolara rpidamente y pondra a otro en su
puesto. Y muy pronto sus amoros campesinos se le aparecieron como una
de esas estrellas fugaces que nacen en un cielo de agosto, lo atraviesan
y se apagan...

Las preocupaciones del oficio y del ascenso apagaron pronto en l hasta
el menor recuerdo de aquella aventura juvenil. Aos y ms aos pasaron,
llevndose como un torrente sus deseos y sus energas hacia riberas que
no eran precisamente las de la ternura.

Si alguna vez recordaba los episodios de sus principios en Val-Clavin no
era sino para rerse desdeosamente de ellos como hace el hombre maduro
con las locuras de la juventud. Y he aqu que los azares administrativos
le volvan a este pueblo perdido en el fondo de los bosques; he aqu
que los detalles, el aire ambiente, la fisonoma del camino tantas veces
hecho en otros tiempos, evocaban en su espritu la imagen de la seora
Miguelina, que l crea enterrada bajo el ms absoluto olvido...

Pero la muerte tan slo puede producir el verdadero y total olvido.
Mientras andamos por los caminos de la vida, podemos hallarnos otra vez
frente a frente con las personas y las cosas que habamos para siempre
borrado de nuestra memoria.

En Pars, apenas si alguna que otra vez pens en la posibilidad de
encontrarse de nuevo con su antigua amante; mas ahora, al aproximarse al
pueblo en que la haba conocido, Delaberge sinti nacer en su espritu
una vaga inquietud.

Sinti alarmarse la prudencia del funcionario, temiendo, en el caso de
que la seora Princetot viviese todava en Val-Clavin, verse expuesto a
familiaridades comprometedoras para su carcter oficial. En verdad,
decase que veintisis aos pueden producir, aun tratndose de un
pueblecillo, grandes y radicalsimos cambios. Entre las gentes que le
conocieron en otro tiempo, muchos sin duda habran desaparecido. Los
hombres maduros de entonces seran ahora ancianos y habran tomado su
puesto los jovenzuelos de otros das, preocupndose muy poco por lo
pasado. La misma seora Princetot tendra ya cincuenta y cuatro aos, y
es natural que la edad la hubiese hecho ms discreta. Y aun podra
suceder que ya no estuviese en el pueblo.

Ya bastante rico Princetot, vendi tal vez su hospedera y probablemente
ni el recuerdo exista ya del famoso _Sol de Oro_...

Por lo dems, fcil sera adquirir noticias sobre este punto preguntando
al cochero. Este, que llevaba con frecuencia viajeros de una parte a
otra, conocera con seguridad los sucesos del pas...

Precisamente haban llegado a lo ms alto de la loma y comenzaban a
descender hacia el verdeante valle. Subiendo de nuevo al carruaje,
Delaberge pregunt al cochero:

--Conoce usted Val-Clavin?

--Ciertamente, seor; en verano llevo a ese pueblo gran nmero de
viajeros y tambin en tiempos de caza.

--Cul es la mejor hospedera?

--La mejor?... No hay ms que una que sea buena de verdad: el _Sol de
Oro_... Las dems no son sino malas tabernas.

--Se est bien en la casa?

--Ya lo creo, y se come en ella divinamente... Las gentes de Langres van
all con frecuencia a pasar un da de campo... El _Sol de Oro_ no es
precisamente de ayer; hace ya ms de treinta aos que da muy buenos
cuartos al _Prncipe_ y a su esposa.

--Qu Prncipe?--exclam Delaberge algo desorientado.

El cochero echse a rer.

--Quiero decir el seor Princetot, pardiez... Es un apodo que le dan,
tan rico es y tan poderoso... Le llaman el _Prncipe_ y a su mujer la
_Princesa_... Yo le aseguro a usted que son gente rica... La mitad del
trmino es suyo. Princetot ha agregado a su casa una destilera, en la
que gana el dinero que quiere, y no es poco decir... Sin embargo,
continan en su hospedera como si tuviesen necesidad de ella, Qu
quiere usted? La costumbre...




VI


Delaberge se puso profundamente taciturno. Mientras rodaba el carruaje
por entre dos hileras de rboles, alguna vez interrumpidas por las
tierras cultivadas de una granja, iba pensando, no sin inquietud, en su
encuentro inevitable con la seora Princetot. Cmo le recibira y qu
se diran? Bah! Uno y otro haban cambiado mucho en veintisis aos y
tal vez ni siquiera le reconocera. S, pero luego sera preciso decir
los nombres y la calidad, con lo cual quedaba destruido el incgnito.
Adems, su reserva podra parecer extraa al bueno de Princetot.

A despecho de su experiencia y de su despierto espritu, el inspector
general estaba hecho del mismo barro que el resto de los hombres. No se
extraaba de que l hubiese podido olvidar a ciertas personas, pero no
comprenda que los dems le hubiesen podido olvidar a l.

Mientras iba pensando en todo eso, el caballo, sintiendo ya prximo el
pesebre, trotaba ms ligero que nunca; se iba acortando la distancia y
desde una pequea altura comenzaron ya a verse las casas de Val-Clavin,
reunidas como un puado de huevos en el fondo de un nido. Por entre los
prados brillaban a trechos las aguas del ro y el gallo del puntiagudo
campanario reluca, herido por los rayos del sol poniente... Y pronto
penetr el carruaje en el pueblo, que se haba modificado muy poco. A
uno y otro lado del viejo puente, los juncos del estanque temblaban como
en otro tiempo al impulso de la brisa vespertina. Con el mismo
fresqusimo rumor caan las aguas del riachuelo en la presa del molino,
y los tilos centenarios del paseo se destacaban por encima de las
techumbres de las casas que aparecan inundadas por tenues y azuladas
humaredas. A la rojiza claridad del crepsculo, se levantaba ante los
ojos de Delaberge la sombra de los antiguos das, y las figuras de aquel
lejansimo pasado aparecan mas lmpidas y con mayor relieve al
destacarse sobre un cielo que iluminaba el sol poniente del recuerdo.

Con un pequeo latir en el corazn, pensaba Delaberge en la vieja
hospedera con su umbral, al que se suba por cinco escalones y con su
muestra de hierro enmohecido, en los ojos lnguidamente soadores de la
seora Miguelina y en la figura rabelesiana y llena de malicia de su
esposo...

De pronto se par el carruaje ante una casa toda recin enjalbegada y en
la que apenas pudo Francisco reconocer la antigua hospedera, pues haba
sido renovada por completo. La antigua muestra haba desaparecido
tambin y en cambio lease en la fachada en hermosas letras maysculas:

    HOTEL DEL SOL DE ORO

Ms lejos, hacia la esquina de la calle, se vean las paredes de piedra
de talla y la techumbre de tejas de la nueva destilera que haba
construido Princetot... All estaba ste precisamente apoyando sus
anchsimas espaldas en la misma puerta... Encendido el rostro, enorme el
vientre, vestido de pao ordinario, medio cerrados los ojos que la
grasa invada, y sin moverse, examinaba con su flema de siempre al nuevo
husped que llegaba de Langres.

Mientras el viajero saltaba del coche, el seor Princetot se decidi a
llamar a su criado, ordenndole que se hiciese cargo del equipaje.
Delaberge haba resuelto por ltimo marchar valientemente hacia las
soluciones ms breves. Subi ligero los cinco escalones, entr con el
dueo de la casa en la cocina en que relucan innmeras cacerolas de
cobre y fue el primero en hablar.

--Buenas tardes, seor Princetot... Ya veo que no me reconoce usted.

El _Prncipe_ medio cerr de nuevo sus pequeos ojos, se pas la mano
por sus cabellos ya enteramente blancos, se rasc la oreja y dijo
descubriendo su gran perplejidad:

--A fe ma, seor, que no tengo el placer...

--Soy, no obstante, uno de sus antiguos huspedes... El seor Delaberge.

Una mujer en quien antes no haba reparado y que estaba ocupada en el
fondo de la cocina se volvi bruscamente, y slo por la visible emocin
que demostr la dama adivin el inspector general que tena enfrente a
Miguelina... Respiraba penosamente, bajaba los ojos, retorca con gesto
maquinal las puntas del pauelo que tena en la mano y acab por saludar
sin despegar los labios.

Ay! no se pareca mucho a la seductora Miguelina de otros tiempos...
Haba engordado, haba perdido su rostro toda expresin, sus tocas le
caan sobre la frente y escondan sus cabellos ya bien canosos. Su
vestido de oscuro color, de rectos pliegues, sus ojos medio cerrados, su
cara de cera, la expresin reservada y dulzona de su fisonoma, le daban
todo el aspecto de una beatucha.

--Seor Delaberge!--murmur con mayor sorpresa que alegra.

Despus aadi, mordindose los labios y sin levantar los ojos:

--No pensbamos verle a usted de nuevo en Val-Clavin.

--El seor Delaberge?--preguntaba de nuevo el _Prncipe_.--Aguarde...
Ahora caigo... Estaba usted aqu, como guarda general en la poca en
que reconstruan la iglesia?... Dispense que no le haya reconocido
antes, pero ha pasado desde entonces por esta casa tantsima gente...

Mientras hablaba iba examinando al recin llegado y al ver que luca una
hermosa roseta en la solapa y sospechando que se las haba ahora con un
parroquiano de consideracin, se mostr ya menos indiferente.

--Ah!--continu diciendo,--el caso es que todos hemos envejecido un
poco y veinticinco o veintisis aos cambian endiabladamente las
fisonomas... Y he aqu que le tenemos de nuevo entre nosotros...
Miguelina, habr que dar al seor la sala roja.

Delaberge algo desconcertado por tan vulgar acogida y an ms por la
comprobacin de tan mortificante olvido, declar que no estaba por la
sala roja y que prefera el cuarto que haba ocupado en otros tiempos y
cuya ventana daba al jardn.

--Su antigua habitacin?--replic el hostelero.--Ah! s, pero, vea
usted... El caso es que no la tenemos libre... La hicimos restaurar por
completo y la ocupa ahora nuestro hijo... Simn, que regres hace dos
aos de la Escuela de Cluny con todos sus ttulos.

--Tienen ustedes un hijo?--pregunt el inspector general con alguna
sorpresa.

--En realidad no poda usted saberlo... Nuestro Simn no haba nacido
entonces todava... Se ha hecho aguardar un poco, pero de todas maneras
ha sido en nuestra casa el bienvenido, no es verdad, seora Princetot?

La seora Miguelina pareca disgustada por la charla de su marido; su
plcido rostro de mujer devota tomaba una expresin de vivo descontento
y sus labios se plegaban con gesto nervioso. Hizo notar que el seor
Delaberge tendra necesidad de descanso y que era intil fatigarle
hablndole de un muchacho a quien no conoca.

--Pero--replic obstinadamente Princetot,--el seor podr conocerle si
se queda algunos das en Val-Clavin, y Simn es muchacho que lo vale...
Por desgracia volver tarde esta noche, pues ha ido al monte para una
cuestin de peritaje... Algunas personas del pueblo han recorrido a sus
luces para un asunto de deslindes y como es muy despierto y conoce a
fondo el rgimen de montes, se le ha encargado la defensa de los
derechos del pueblo...

--S, s, un asunto de que en mal hora se ha encargado--interrumpi la
seora Princetot.

Ms perspicaz que el _Prncipe_ su esposo, ella haba ya sospechado que
Delaberge vena sin duda por esta misma cuestin de deslindes y temi
que su marido hablase demasiado.

--Qu sabes t de estas cosas?--replic Princetot guiando con gesto
de misterio sus ojos.--Simn tiene mucho talento y es ya bastante
crecido para andar solo.

--En fin--exclam suspirando la seora Miguelina,--es de desear que de
todo ese enredo no saque ms disgustos que provecho.

Despus, para cortar en seco esta conversacin, pregunt al viajero si
comera en la mesa comn.

--No--contest Delaberge;--tengan la bondad de servirme en mi cuarto y
hganme el favor de avisar mi llegada al guarda general... Necesito
hablar con l esta misma noche.

Algunos minutos despus estaba ya instalado en la sala roja, reservada
de ordinario a los huspedes de importancia. En este cuarto haba una
gran cama muy bien puesta y tena dos ventanas, una que daba a la calle
y la otra al jardn, el cual iba subiendo en suavsimo declive hacia los
bosques.

Apenas haba tenido tiempo Delaberge de quitarse el polvo del camino y
de arreglarse un poco, cuando llamaron discretamente en la puerta de su
cuarto y no sin una pequea emocin contest Delaberge que se poda
entrar. Crey ver aparecer a la seora Miguelina, deseosa, sin duda, de
poder hablar a solas con l, pero muy pronto sali de su engao. Entr
en la habitacin una joven delgada y de vivos movimientos, la cual traa
platos, botellas y manteles y comenz a poner la mesa, despus de lo
cual se retir para volver a poco con la humeante sopera.

Al hacerse servir en su cuarto el inspector general haba credo que
podra de este modo tener con la seora Miguelina una amistosa
explicacin que valiese por todas. Mas era evidente que la seora
Miguelina no pensaba provocar una semejante explicacin retrospectiva.
Era eso indiferencia o bien que, desde un principio, deseaba hacer
comprender a su husped la necesidad de evitar toda alusin al pasado?

--Como quiera ella--se dijo Delaberge--y aun tal vez vale ms que sea
as.

No obstante, en su fuero interno, senta Delaberge una especie de
desencanto. Mientras a lo largo del camino se hunda su imaginacin en
el recuerdo del pasado y reviva los tiempos de Val-Clavin, no crea que
se le hubiese tan completamente olvidado, ni esperaba que se le tratase
como a un extrao... Esto le puso profundamente melanclico y con gesto
displicente se sent ante su mesa solitaria.

Cuando estaba ya en los postres le anunciaron al guarda general: un
muchacho lleno de obsequiosidad y balbuciente, que se confunda en
salutaciones y no osaba sentarse, tanto le intimidaba la presencia del
inspector general. Hizo Delaberge intiles esfuerzos para ponerle a
tono, acabando por darle brevemente sus instrucciones e indicndole la
hora en que se encontraran para ir juntos al monte; luego sali con l
de la hospedera y una vez solo se qued paseando unos momentos por las
riberas del Aube.

La noche era oscura, pero en el cielo relucan millares de estrellas y
cantaban los ruiseores en las alamedas prximas... Era la misma msica
que en otros tiempos acompa sus dos de amor con la seora Miguelina.
Senta surgir en su espritu el sentimentalismo; pero, por desdicha
suya, al notar que le molestaba un poco la frescura del ro, comprendi
que no viva ya en aquella dichosa edad en que se suea con las
estrellas. Volvi sobre sus pasos y deshizo el camino andado.

Al regresar a la hospedera haban ya desaparecido el seor Princetot y
su esposa. En la cocina no haba sino una criada, que encendi una buja
y le acompa hasta su habitacin, dndole despus las buenas noches. Al
cerrar Delaberge las ventanas del cuarto, pens que Rosalinda estaba
muy cerca y que al da siguiente, si quera, podra indemnizarse de su
desencanto de aquella tarde haciendo una visita a la seora Linard.
Esta idea volvi la serenidad a su espritu. Se desnud y
filosficamente se meti en la cama.




VII


Delaberge era la puntualidad misma. A la hora convenida y en compaa
del guarda general y de otros funcionarios subalternos, estaba ya
examinando los campos de Carboneras que el inspector de Chaumont
propona afectar al servicio de los usuarios de Val-Clavin.

A fines de mayo es cuando los bosques de las montaas de Langres se
muestran en toda su gloria y el tiempo convida como nunca al paseo. Un
suave vientecillo haba secado los caminos; el cielo, de un azul
pursimo, sonrea, por encima del renaciente follaje; bordaban toda
clase de flores las mrgenes de los caminos y los pajarillos cantaban
por doquier. Delaberge, cuyas funciones sedentarias le haban recluido
en Pars tanto tiempo y que no conoca ya ms verdores que los de las
carpetas de la oficina, gozaba de esta fiesta primaveral en pleno bosque
como se goza de un antiguo amigo otra vez hallado. Respiraba con
verdadera delicia el penetrante perfume que despedan los cerezos en
flor y poco a poco su mal humor y su melancola de la noche antes se
fueron disipando...

Por la maana, en la hora del desayuno pudo comprobar que la seora
Miguelina procuraba prudentemente substraerse a sus miradas cada vez que
entraba en la cocina. Esta reserva de su antigua amante, que al
principio le molest, le pareca ya entonces el mejor _modus vivendi_
que se pudiese desear. Esto dejaba ms clara su situacin y el contento
experimentado le dispona para mejor saborear las alegras de su regreso
a los bosques. Senta un placer casi infantil, al reconocer los caminos
que haba recorrido en otros tiempos. Dotado de una excelente memoria
local se envaneca sorprendiendo al guarda, al indicarle por adelantado
la naturaleza del terreno y la direccin de las capas terrosas. Y a cada
momento exclamaba con grandes explosiones de alegra:

--Todo est igual!... Nada ha cambiado y, sin embargo, hace ya
veintisis aos.

A medida que iba penetrando en los bosques, parecale que cada uno de
los pasos que daba le quitaba de encima un ao y que su juventud
reverdeca lo mismo que el follaje de las hayas. Desapareca y no tena
ningn valor todo aquel largo intervalo de un cuarto de siglo. Mucho
mejor que otro medio cualquiera, posee el bosque esta maravillosa virtud
del rejuvenecimiento. Menos que en parte alguna se marcan en l las
metamorfosis que el paso del tiempo produce. Vemos siempre en el bosque
los mismos rboles, las mismas floraciones, los mismos cantos de las
tiernas avecillas y esto nos da la ilusin de un alto de ensueo, de una
suspensin en el vuelo rpido de los das.

Durante su paseo al travs de los bosques de Carboneras, Delaberge pudo
fcilmente comprobar la exactitud de las observaciones hechas por la
seora Linard. Las tierras que se quera ahora dar a los usuarios de
Val-Clavin, no estaban unidas al pueblo sino por antiguos caminos todos
ellos en muy mal estado y que a trechos desaparecan del todo. Varios
manantiales subterrneos humedecan el suelo esponjoso y las aguas, no
encontrando la necesaria pendiente, se estancaban formando anchos
pantanos en que crecan toda clase de plantas muy hermosas, pero
impropias para el pastoreo.

La vegetacin en general se resenta de la mala calidad del suelo, los
herbajes eran cortos y pobres y de trecho en trecho se vean algunos
viejos robles de tronco rugoso y cubierto de liquen, mostrando en parte
sus ramas desnudas de todo follaje. Era evidente que, tal vez por un
exceso de celo, la Administracin local intentaba desembarazarse de unas
malas tierras con dao evidente para los usuarios de Val-Clavin. El
inspector general vise obligado a confesar que las proposiciones de su
amigo Voinchet eran inicuas y abusivas.

Como era natural, nada de esto dej entender a sus subordinados; pero
despus de haber tomado sus notas, dirigi la exploracin hacia unas
tierras que ocupaban la vertiente opuesta del valle y pertenecan a los
bosques de Montegrande.

All, por el contrario, el suelo era duro y fresco al mismo tiempo y
adems riqusimo en humus. Las hayas y los robles crecan fuertes y
sanos, elevando al espacio su frondoso ramaje. El herbaje era excelente
y variadsimo, llenando el aire con sus aromas. Adems un hermoso camino
forestal segua toda la cresta de la colina y descenda luego suavemente
hacia Val-Clavin. En realidad la designacin de esas tierras haba de
satisfacer por completo a las mayores exigencias de los usuarios, sin
perjudicar en nada al Tesoro, y Delaberge se dijo a s mismo que por
ese lado haba de ser fcil encontrar una frmula de transaccin.

Ciertamente que en todo eso no le guiaba, sino el deseo de conciliar el
derecho ms estricto, con la justicia; sin embargo, no pudo dejar de
pensar que, si aceptaba esta proposicin la Administracin central,
habra de sentir l un gran placer en comunicarlo as a la seora
Linard. Esta reflexin despert en su espritu el agradable recuerdo de
la viuda y de la invitacin que le hizo al despedirse.

Precisamente entonces entraban en una especie de ancho barranco, al otro
extremo del cual apareca el cono puntiagudo de una torrecilla.

--No es Rosalinda aquello?--pregunt Delaberge.

--S, seor inspector general; este camino nos conduce a ella
directamente.

Esta brusca aparicin de Rosalinda en el preciso instante en que pensaba
en su duea, fue para Delaberge dulcemente sugestiva, tanto que le
indujo a modificar sus primeros planes. Al salir por la maana de _Sol
de Oro_ no pensaba hacer aquel mismo da su visita a la seora Linard.
Haba decidido dejar pasar algunos das, temiendo que pareciese de mal
gusto una prisa excesiva. Pero la proximidad de Rosalinda obr en su
alma como un imn y modific por completo sus resoluciones.

Lanz una rpida mirada sobre todo su vestido: su calzado, en verdad,
apareca lleno de polvo, pero ni su americana ni su pantaln haban
sufrido gran cosa de su paseo a travs de los bosques y su total
apariencia era suficientemente correcta. Record, adems, que la seora
Linard no conceda sino muy mediana importancia a las cuestiones de
forma y esto acab de decidirle.

En el sitio donde el camino forestal que bajaba a Val-Clavin cruzbase
con el barranco que iban siguiendo, Delaberge despidi a sus
acompaantes y se dirigi solo hacia Rosalinda; al cuarto de hora sali
del bosque y vio ante sus ojos el parque y los jardines que rodeaban la
casa.

Aunque en el pas se le daba todava el nombre de _castillo_, Rosalinda
no era ms que una cmoda casa burguesa, construida a fines del siglo
XVIII y flanqueada por dos torrecillas con techo de pizarra que le daban
un vago aspecto seorial. El parque se extenda a una y otra parte del
Aubette, cuyas verdosas aguas rodeaban luego la casa y alimentaban las
albercas construidas al pie mismo de las terrazas. La avenida de
fresnos cuyo recuerdo tan bien haba conservado Delaberge, conduca a
una verja de hierro y despus se continuaba ms all del puente de
piedra echado sobre el riachuelo.

Desde la vertiente en que se haba detenido, el inspector general vea
claramente la fachada principal de la casa tapizada de madreselvas y
rosales; vea tambin los caminillos del jardn trazados al estilo
francs y ms all del parque y de las paredes de cierre, en el espacio
que el bosque dejaba todava libre, se vean extensos campos de hierba,
de centeno, de alfalfa que la brisa mova como las olas del mar y el sol
iluminaba esplendorosamente; ms lejos comenzaban de nuevo los bosques
que iban subiendo dulcemente y coronaban con su verdor esa pacfica y
riente soledad.

La casa con sus ventanas abiertas, los jardines con sus vivsimos
colores, los campos ondulantes, todo apareca como envuelto en una
atmsfera de paz y de supremo bienestar. El conjunto tena un aspecto
alegre y hospitalario que anim a Delaberge a persistir en sus
intenciones. Le pareci descubrir en todo ello el reflejo de la
personalidad atrayente y cordial de la propietaria.

Algunos minutos despus llegaba el inspector general a la verja de
hierro, llamaba en ella y preguntaba por la seora Linard, atravesando
luego los caminillos, guiado por la jardinera que le dej a la entrada
de la casa donde esperaba una elegante camarera, la cual le introdujo en
un saln de la planta baja.

--Ah! seor, cunto le agradezco que haya cumplido su promesa!

Y al decir esto avanzaba hacia el inspector general y le tenda
gentilmente la mano la propia seora Linard, que vesta una vaporosa
falda de muselina y un cuerpo de lo mismo en forma de blusa que le daban
una suprema elegancia.

Inclinndose Delaberge contest lo mejor que supo al apretn de aquella
pequea mano un poco tostada por el sol y despus se excus de lo
descuidado de su traje.

--Una excursin por el bosque me ha llevado a dos pasos de Rosalinda y
no me habra perdonado jams estar tan cerca de usted y no entrar
siquiera a saludarla...

Al acabar sus cumplidos vio Delaberge en el fondo del saln a un
visitante que se haba levantado al entrar l y que se dispona a
despedirse.

Era un joven de mediana estatura, de aspecto rsticamente elegante y de
una evidente robustez. Muy moreno, con una barba castaa ligeramente
rizada, pareca un poco azorado por la aparicin del forastero; pero
este movimiento de timidez no le quitaba nada de su natural prestancia.
De pie junto a un silln, con el sombrero en la mano, aguardaba
seriamente que el recin llegado hubiese dejado de hablar para
despedirse de la duea de la casa. En los primeros momentos, su
fisonoma seria y meditabunda le haca parecer de mayor edad de la que
tena realmente; pero, cuando se le examinaba con ms atencin, se
descubra en sus ojos, de un azul intenso, un brillo de juventud y de
pasin que se contradeca con la precoz madurez de sus rasgos. En el
momento en que Delaberge se volvi hacia l, acercse el joven a la
seora y dijo con cierta brusquedad:

--Hasta otra vez, seora; he de subir todava a los bosques de
Carboneras.

--Pero volver usted por aqu?--exclam la seora Linard.--Es que
necesito todava de usted...

Y volvindose seguidamente hacia Delaberge prosigui la dama:

--Puesto que ha venido usted a Rosalinda, permtame que le convide a
comer, sin ceremonias... Ya sabe usted que en el campo se hacen las
visitas en la mesa... Adems tendr usted compaa para volver a
Val-Clavin, pues quiero que me prometa el seor Simn que al regresar de
los bosques ha de venir aqu a comer con nosotros... Buena es sta!--se
interrumpi a s misma riendo.--Soy tan aturdida que olvid la
presentacin... El seor Princetot... el seor Delaberge, inspector
general de montes.

Los dos hombres se saludaron ceremoniosamente. Delaberge, despierta su
curiosidad por el nombre de Princetot, examin atentamente al joven que
acababan de presentarle; pero ste se diriga ya hacia la puerta
mientras la viuda acompandole le repeta:

--Convenido, cuento con usted... A las siete en punto nos sentaremos a
la mesa.

Cuando hubo salido, Delaberge pregunt:

--Este seor Princetot sera acaso el hijo de mi hospedero del _Sol de
Oro_?

--S... Le extraa a usted?... No ha salido a su padre, por fortuna...
Es un corazn excelente y un espritu distinguido. Adora el pueblo en
que naci y, aunque sus padres son muy ricos, no ha querido convertirse
en un seor... Despus de haber hecho excelentes estudios agrarios, ha
vuelto a su casa, y en materia forestal no dudo que puede dar quince y
raya al guarda general de Val-Clavin.

Delaberge se ech a rer.

--Apuesto, seora Linard, que es l quien le aconseja en este asunto
de los deslindes!

--Lo ha adivinado usted... Cuando hace dos aos regres Simn de la
Escuela de Cluny, ofreci a los usuarios del pueblo defender
gratuitamente sus intereses y todos le dimos plenos poderes... Y as es
como entr en relaciones con l. El joven me interesa, y si mi situacin
no me obligase a una gran reserva, tendra un gran placer en recibirle
con mayor frecuencia; pero l mismo prtase con gran discrecin y no
viene nunca aqu sino para hablar de negocios... Estoy encantada, seor
inspector, de que haya sido usted bastante amable para aceptar mi
invitacin: esto me ha permitido invitar a Simn tambin.

Delaberge en su interior decase que hubiera preferido comer a solas con
la viuda. Esta, con su vivacidad de siempre, abri una de las ventanas y
mostrando a su husped los jardines le dijo as:

--No piense usted escapar a las molestias de una visita completa, pues
me siento siempre propietaria... Antes, sin embargo, ser preciso que me
dispense por algunos minutos....

Toc el timbre, dio rpidas instrucciones a sus criadas, cubri su
cabeza con un gran sombrero de paja y volvi en seguida a reunrsele,
dicindole:

--No es verdad que Rosalinda se ha embellecido mucho desde que usted no
la haba visto? En tiempos de mi difunto to estaba esto muy mal; las
aguas del riachuelo inundaban las partes bajas, los rboles crecan como
y donde les daba la gana... Yo he puesto un poco de orden en todo eso y
he convertido la finca en lo que usted va a ver.




VIII


Alegre y vivaracha acompaaba a su husped a travs de los jardines,
ensendole sus colecciones de flores de todas clases, explicndole cmo
haba secado las tierras y canalizado las aguas del ro que ahora
serpenteaba entre orillas plantadas de iris y de caaverales. El
escuchaba encantado su graciosa charla y admiraba su espritu a la vez
prctico y lleno de imaginacin. Durante la prolongada visita a parques
y jardines, pasaba ella sin transicin ninguna de un asunto a otro con
la gracia exquisita de una mariposa que vuela o se detiene en alguna
flor segn su propia fantasa. Ora disertaba sabiamente sobre la
aclimatacin del pino; ora se permita ligeras alusiones al asunto de
los deslindes; y despus, hacindose ms comunicativa, contaba
ingenuamente su propia historia y la de su primer marido, sus luchas
para la transformacin de Rosalinda y sus proyectos de futuros
embellecimientos. Halagado Delaberge por la confianza que le mostraba,
la encontraba cada vez ms encantadora. De pronto se par ella
exclamando:

--Estoy cierta, seor, de que mi charla le molesta un poco!

--Se engaa usted, seora--repuso Delaberge con viva entonacin.--Todo
lo que me cuenta me interesa muchsimo... Hablndome de usted y de sus
ocupaciones, inicindome en su retirada existencia, me da usted una
prueba de confianza de que estoy encantado...

Y en efecto, estaba el inspector general bastante ms encantado de lo
que l mismo crea.

Ese carcter tan lleno de alegra y de franqueza, ese corazn de mujer
joven que se abra con tan buena fe, esos lmpidos ojos que sonrean tan
confiados, esa ntima conversacin en medio de unos jardines llenos de
flores, con el acompaamiento del cantar de los pjaros y el arrullo de
las palomas, todo junto iba desvaneciendo los sentidos del inspector
general como poda haber hecho un vino dulce y generoso, vino que,
cuando se ha llegado a los cincuenta, se sube con tanta mayor facilidad
a la cabeza por cuanto no se est ya acostumbrado. Para ese funcionario
que tantsimo tiempo haba vivido en medio de sus expedientes
administrativos, haban de ser mucho ms peligrosas que para otro
cualquiera, esas confidencias femeninas murmuradas con voz clarsima e
iluminadas por la vivacidad de dos ojos llenos de alegra y de juventud.

--S--prosigui diciendo con tono de profunda gravedad.--Aunque nos
conocemos tan slo desde hace pocos das, veo que me habla usted como a
un antiguo amigo y le estoy por ello profundamente agradecido.

Una llamarada de rubor colore las mejillas de la seora Linard.

--Dios mo--dijo,--quizs soy demasiado expansiva!... Es mi defecto...
Pero desde que cambiamos las primeras palabras en casa de la seora
Voinchet, me sent inclinada a una sincera confianza con usted. A ver si
me explica usted por qu motivo ciertas personas nos atraen y nos hacen
comunicativos... A primera vista, parece usted un hombre grave y
reservado, y sin embargo, yo que soy una verdadera salvaje, me sent en
seguida bien a su lado. Haba en sus ojos algo que me tranquilizaba y me
alentaba a hablar. Yo me dije: He aqu un hombre recto, leal, serio;
puedo, sin temor ninguno, confiarme a l...

--Casi tanto como al seor Simn Princetot--interrumpi riendo
Delaberge.

--Se re usted?... Pues bien, el seor Simn se le parece a usted en lo
moral, y tambin un poco en lo fsico... No lo ha reparado usted?

--No le he visto bastante para poderlo observar...

Recorran entonces las grandes avenidas del parque y como el camino no
era ya tan llano como antes crey deber suyo ofrecer cortsmente su
brazo a la seora Linard; sta lo acept sin cumplidos y as siguieron
paseando hasta que la campana les avis la hora de la comida; volvieron
hacia la terraza y all encontraron a Simn Princetot aguardndoles.

Al ver a la joven, apoyada en el brazo de Delaberge que iba atento y
sonriente, Simn pareci sentir una impresin desagradable. Se oscureci
su rostro y con una gran frialdad salud de nuevo al inspector general.
Pasaron todos al comedor y se sentaron a la mesa.

Comenz la comida en medio de un fro malestar. Los dos hombres se
observaban sin dirigirse la palabra y eran vanos los esfuerzos que haca
la seora Linard para animar la conversacin, pues ella deseaba
sinceramente servir como de enlace entre sus dos invitados. As,
procuraba llevar al joven Simn a terrenos que le eran familiares. Hizo
grandes elogios de su amor por las cosas del campo, le pregunt sobre
sus estudios de selvicultura, de sus proyectos para el porvenir... El
joven contestaba con sencillez y sobriamente. Cuando hablaba de economa
agraria o forestal, demostraba conocer muy a fondo el asunto. Alguna vez
en la conversacin, le ocurri tocar, aunque solamente de soslayo,
ciertas cuestiones cientficas o sociales, y su manera de tratarlas
descubra en l una cultura muy extensa y slida. Aun contradicindole y
presentndole objeciones embarazosas, quedaba Delaberge sorprendido por
la claridad y la precisin de todas sus rplicas: la seora Linard no
haba exagerado. Corazn lleno de caluroso entusiasmo, firmeza de
juicio, noble generosidad, todo eso se adivinaba oyndole hablar. Y era
realmente extraordinario en un joven que haba nacido y se haba educado
en una hospedera de pueblo.

Mientras hablaba y desarrollaba sus ideas, con frecuencia opuestas a las
del inspector general, ste estudiaba la fisonoma de su adversario y en
vano buscaba en ella semejanzas con el matrimonio Princetot. En
realidad, el joven no haba salido a su padre ni aun a su madre. No
tena en los ojos ni la somnolencia maliciosa del _Prncipe_, ni tampoco
la indolente languidez de su madre. Solamente sus cabellos castaos,
espesos y ligeramente rizados, recordaban un poco la opulenta cabellera
de la seora Miguelina. El tono de su voz era algo brusco y spero,
aspereza de manzana silvestre que no se dulcificaba un poco sino cuando
contestaba a las preguntas de la seora Linard. Con ella tomaba
sbitamente su voz entonaciones afables, casi tiernas.

Con una mezcla de envidia y de inconsciente inters, contemplaba
Delaberge a ese joven robusto, bien tallado, de mirada profunda y
franca, de maneras simples y correctas, y pensaba aun sin quererlo: He
aqu un muchacho del que me gustara ser padre. Despus, dejndose
llevar por la pendiente de sus ensueos matrimoniales, aada para s:
Todava puedo tener hijos, no he de perder la esperanza; no falta sino
la mujer, y yo s de una, no lejos de aqu, con la que me casara de
buena gana...

Y sus ojos se dirigan con mayor complacencia cada vez hacia la seora
Linard. Decase que la viuda tena ya sus veintisiete aos, que una a
un espritu encantador, un corazn honrado, rectitud de juicio y gran
sensibilidad; que sera a la vez una excelente ama de casa y una
compaera ciertamente deseable. Y como si continuase en voz alta esta
conversacin interior, se inclinaba con ternura hacia su vecina, le
prodigaba toda clase de finas atenciones y la haca objeto de sus ms
exquisitas galanteras, cuya forma algo anticuada descubra que no
haban servido mucho desde los tiempos de su juventud.

En su deseo de cumplimentar a la viuda, no vea que sus galantes
cumplimientos ponan luces de disgusto en los ojos de Simn y que
ensombrecan su buen humor.

Levantronse de la mesa y pasaron a la terraza, en el momento en que el
sol desapareca tras los bosques de Montegrande. La seora Linard se
hizo traer una cafetera rasa y prepar por si misma el caf. Cuando
ofreci el azcar al inspector general, ste le dio las gracias,
diciendo que tomaba el caf sin azcar.

--Es raro!--exclam aturdidamente la viuda.--Lo mismo que el seor
Simn...

Esta semejanza de gustos con un joven que, durante toda la comida le
haba demostrado ms hostilidad que simpata, dej fro e indiferente a
Delaberge, que senta contra Simn cierto rencor por su actitud llena de
desconfianzas. Hablaron todava un buen rato en la terraza, donde, en
medio de un suave crepsculo, esparcan las madreselvas su penetrante
perfume; despus, ya casi completamente oscurecido y cuando comenz a
mostrarse la luna por encima de los bosques, levantse Delaberge para
despedirse y Simn Princetot hizo lo mismo.

--Buenas noches, seores!--dijo la seora Linard.--Juntos harn
ustedes el camino... Seor Delaberge, puesto que se queda todava una
semana en Val-Clavin, espero que no olvidar usted el camino de
Rosalinda...

Ya fuera de la verja, los dos caminaron un buen trecho bajo la bveda de
los fresnos, sin dirigirse una palabra. El mismo malestar que haba
helado los comienzos de la comida, pareca ponerles nuevamente
taciturnos. Siendo ambos por temperamento nada comunicativos, amenazaba
eternizarse esa frialdad, cuando Delaberge, molestado por su mismo
silencio, se decidi a romperlo, diciendo:

--Seor Princetot, ya s que es usted el adversario de la Administracin
a la que yo represento; pero, pues me hospedo en casa de su padre y
acabamos de comer el pan sobre unos mismos manteles, no veo el motivo
para que nos tratemos personalmente como enemigos. Por mi parte, tenga
usted la seguridad de que yo llevar al cumplimiento de mi misin el ms
conciliador espritu, y si me parecen bien fundadas sus reclamaciones...

--Lo estn, seor--interrumpi Simn, sin abandonar su
frialdad;--solamente las personas extraas al pas y a sus
necesidades...

--He de advertirle que no soy tan extrao al pas como usted parece
creer... He vivido aqu mucho antes de que viniese usted al mundo...
Qu edad tiene usted?

--Voy a cumplir veinticinco aos.

--Pues yo tena apenas veinticuatro cuando era guarda general en
Val-Clavin... No hay un rincn en todos estos bosques que yo no haya
visitado y cuya naturaleza desconozca.

--En tal caso, seor, si es usted justo cambiar el proyecto de la
Administracin... Lo que la Administracin propone es inadmisible;
perjudica nuestros intereses y nos arruina.

--Los intereses del pueblo son respetables, pero nuestros bosques tienen
tambin derecho a algn miramiento... Tenemos la misin de conservarlos
y si usted fuese como yo un viejo forestal...

--Sin ser forestal de profesin--exclam animndose el joven--se puede
tener amor a los bosques! Ustedes los aman por el dinero que dan al
Tesoro; nosotros los amamos por ellos mismos.

--Ama usted los rboles?--pregunt Delaberge un poco ms afable.

--S, los amo!...--replic el joven con viva entonacin.--Los amo como
a buenos amigos con quienes ha crecido uno, como amo a mi pas cuya
hermosura ellos son. Sepa usted que nac casi en los bosques y que desde
muy nio he vivido en medio de ellos... Un rbol hermoso, vea usted,
como ste...

Y al decir esto corri hacia una de las hayas que bordeaban el camino y
prosigui, rodeando casi con uno de sus brazos el robusto y argentado
tronco:

--Un rbol sano y hermoso es para m como una persona, como un hermano y
hasta a veces me entran ganas de besarle...

Encantado Delaberge por ese rapto de entusiasmo, que brot de pronto
como una fuente de agua viva, contemplaba con emocin a ese esbelto
muchacho de veinticinco aos, cuyos ojos brillaban a la luz de la luna.
La haya y l parecan, efectivamente, de una misma esencia. Uno y otro
descubran una fuerza y una juventud iguales; uno y otro, robustos y
llenos de energa, se lanzaban con mpetu a la vida.

--Vaya--dijo sonriendo Delaberge,--he aqu al menos un punto acerca del
cual nos hemos de entender muy fcilmente... En el terreno jurdico
podremos combatirnos, siempre con armas corteses; pero hasta entonces
firmemos una tregua,... Quiere usted?

Tendi su mano al joven; ste tuvo un momento de sorpresa o de
vacilacin; luego tendi la suya y Delaberge la estrech con ademn
amistoso. Despus continuaron su camino hablando tranquilamente de la
repoblacin de los montes y no se separaron sino en la misma cocina del
_Sol de Oro_, donde una criada les estaba aguardando medio dormida.

       *       *       *       *       *

Subi Delaberge a su habitacin, pero los incidentes de aquella tarde le
tenan un poco excitado y no se senta con ganas de dormir. Abri la
ventana que daba al jardn.

Hacia el otro extremo de la fachada vio una luz en una ventana y
record que era aqulla su habitacin, ahora ocupada por Simn
Princetot. Poco despus vio al joven asomarse a la ventana y apoyado de
codos en ella, soar tal vez, como l haba hecho en das lejanos,
enfrente de los campos dormidos. Sin poder apartar sus ojos de esa vaga
silueta, el inspector general se dej dulcemente deslizar hacia las
mayores profundidades del recuerdo, y escuchando los nocturnos rumores
de los campos y de los bosques fue perdiendo poco a poco la nocin de
los das y de los aos...

El murmullo de las aguas ribereas, el canto melanclico de las ranas,
el lejano rodar de un carruaje, todos esos rumores resonaban
misteriosamente en el espacio y le mecan con una msica semejante a la
msica de otros tiempos.

Y lentamente alucinado, acab por parecerle que se vea a s mismo
cuando tena veinticinco aos, apoyados los codos en la misma ventana,
en pleno florecimiento de su robusta juventud.




IX


Pas Delaberge la maana siguiente redactando un informe en que expona
a la Administracin Central el resultado de su visita a los bosques de
Carboneras y despus de hacer valer sus propias apreciaciones sobre el
cambio de terrenos propuesto por la Administracin Provincial,
demostraba la necesidad de tener en cuenta las legtimas objeciones de
los usuarios, formulaba un contraproyecto con planos a la vista y
solicitaba una pronta resolucin, a fin de que en la prxima reunin de
los representantes de la comarca pudiese ya indicar las bases de un
arreglo.

Trabajaba con entusiasmo, bajo la fresca impresin de los incidentes de
la vspera. A pesar suyo, ejercan sobre sus determinaciones una
sutilsima influencia la sonriente imagen de la seora Linard y la
simptica persona del joven Simn. Su razonamiento era firme y caluroso;
sus conclusiones tenan una elocuencia que no suele encontrarse en los
informes administrativos y que en Delaberge no era tampoco habitual.

Por las abiertas ventanas penetraban en la habitacin roja la clara
alegra de la maana, la sonoridad despertadora de los mil rumores del
campo, y su vivacidad fue ganando poco a poco el corazn y el espritu
de Francisco Delaberge. Cuando haba llegado ya a las ltimas lneas de
su informe, distrajeron su atencin una serie de rumores y voces que oy
junto a la misma entrada de la hospedera. Enfrente de la casa piafaba y
pateaba un caballo, mientras una voz robusta de hombre intentaba calmar
sus impaciencias con interjecciones acariciadoras: So... So... Quieto,
_Brunete_!.... Luego esta misma voz exclamaba: Vamos, pap, date
prisa, vamos a llegar tarde...

Delaberge se asom a la ventana y vio ante el portal una _charrette_
inglesa tirada por un pequeo caballo bayo, de vivos movimientos, junto
al cual estaba el joven Simn. En aquel momento sali de la casa el
_Prncipe_, lenta y majestuosamente, acompaado de la seora Miguelina.

El hospedero del _Sol de Oro_, recin afeitado, se haba puesto una
ancha blusa encima del traje y cubra su cabeza con un sombrero de
anchas alas. Pesadamente subi en la _charrette_ se le reuni en seguida
su hijo Simn con las riendas en la mano. Y entretanto que la seora
Princetot les haca las ms prolijas recomendaciones, sonrea el
_Prncipe_, guiaba sus ojos llenos de malicia y con su gordinflona mano
acariciaba suavemente el hombro de Simn y le daba cariosos golpecitos,
mientras le contemplaba lleno de una profunda beatitud.

--Est tranquila la madre, no le pasar nada a su hijito...--deca el
_Prncipe_ a su mujer.--Y ya sabes, si no volvemos hasta la noche, no
por eso te preocupes nada.

Al mismo tiempo el muchacho enviaba a la seora Miguelina un tierno beso
y le deca:

--Hasta la noche, mam, yo te respondo de pap.

Con la punta del ltigo acarici el cuello del caballo y el animal tom
inmediatamente el trote en la direccin de Recey.

La seora Miguelina, puesta una mano sobre los ojos les sigui con la
mirada hasta que hubieron vuelto la prxima esquina y luego entr sola
en la casa.

Esa gente es feliz y se aman unos a otros--pensaba Delaberge, que lo
haba visto todo desde la ventana.--Ese Princetot, tan positivo, tan
metido en lo material, quiere tiernamente a ese nico hijo de que est
tan orgulloso. Miguelina, a pesar de su aparente indiferencia de
mojigata, devora con los ojos a su hijo, y ste siente por uno y otra un
afecto que le encubre y disimula todos sus defectos. Con mirada de
profundo reconocimiento pagaba a su padre sus groseras caricias, y para
tranquilizar a su madre saba poner en sus palabras y en su voz
inflexiones tiernamente acariciadoras... Decididamente, este Simn no es
slo un muchacho de clara inteligencia, sino que tiene tambin el
corazn en su sitio...

El inspector general se maravillaba adems de que ese muchacho, tan
superior en aspiraciones y en cultura a su propia familia, no
manifestaba ese estpido respeto social que hace que ciertos hijos de
burgueses rpidamente enriquecidos se avergencen de las ridiculeces de
sus padres. Por el contrario, con sus delicadas atenciones y con su
buen humor esforzbase en allanar el abismo que de ellos le separaba, y
as vivan los tres sin tropiezos y en la ms completa armona.
Necesario era que hubiese en la vida de familia virtudes y gracias
particulares para unir de tal manera seres tan desemejantes en educacin
y en gustos. La Escritura haba dicho con razn: _Voe soli!_ El clibe
ignora o comprende muy difcilmente esa fusin de las almas, esa
expansin de los corazones del padre hacia el hijo; esos sacrificios,
esas tiernas solicitudes, que dan precio y verdadero inters a la
existencia de los humanos...

Meditando sobre todo eso, Delaberge volvi a su mesa de trabajo, reley
su informe, examin de nuevo las notas puestas en los planos y doblando
cuidadosamente todos esos papeles, los meti en un sobre.

Quiso llevar l mismo el pliego a correos, y luego, cuando ya lo hubo
dejado en manos de la receptora, regres despacio a la hospedera. Al
llegar al corredor del primer piso oy ruido en su cuarto cuya puerta
haba quedado sin cerrar. Intrigado por ello la empuj bruscamente y vio
a la seora Miguelina ocupada en arreglar los muebles de la habitacin.
Haba credo, sin duda, que tardara en volver algunas horas y,
aprovechando la ocasin, haba querido atender a la limpieza y arreglo
de aquella magnfica sala roja. La sbita aparicin de Delaberge le
caus tal sorpresa, que dej caer el plumero que tena en la mano y se
puso intensamente plida.

--No se moleste por m, seora Princetot--dijo Delaberge mientras
cerraba tras de s la puerta.

Ese encuentro, que l no haba buscado, le embarazaba un poco; pero
luego pens que, despus de todo, el encuentro habra de ser inevitable
y que si era entre ellos necesaria una explicacin siempre haba de ser
preferible aprovechar la ausencia del _Prncipe_ y de su hijo.

--Dispense, seor Delaberge--repuso la hostelera, con voz no muy
segura.--Cre que estaba usted en el bosque, de otro modo no me hubiera
atrevido...

Delaberge vio su palidez, sus labios crispados, su espanto. Segua
murmurando la pobre palabras ininteligibles y se apoyaba para no caer en
el repecho de la chimenea, sin atreverse a levantar los ojos. Sinti
Delaberge una profunda lstima...

--No tiene usted necesidad de excusa alguna, seora--dijo entonces con
entonacin ms amable.--Por el contrario, grande ha sido mi
satisfaccin al encontrarla aqu, pues, desde mi llegada, apenas si he
podido verla un momento... Precisamente tena mucho inters en
felicitarla por su excelente hijo, con quien tuve el gusto de trabar
conocimiento ayer...

--Ah!... Le ha visto usted?--murmur muy dbilmente Miguelina.

Y un temor ansioso alter ms todava la expresin de su rostro, como si
el encuentro de aquellos dos hombres hubiese sido para ella una
desgracia, o como si viese en ello el presagio de una inminente
catstrofe. Separ sus manos, que tena cruzadas sobre el pecho y con
gesto desmayado cayeron pesadamente sus brazos a lo largo del cuerpo...

Su exclamacin llena de un inexplicado temor y su desmayada actitud
extraaron mucho al inspector general. Manifestbase en su rostro y en
toda su persona aquel desaliento, aquella profunda consternacin que
experimenta aquel que ve de pronto, paralizados por la desgracia, sus
ms nobles esfuerzos. Delaberge no poda comprender cmo y por qu el
solo anuncio de su entrevista con Simn haba asustado de tal modo a
aquella mujer. Supuso que la seora Princetot se alarmaba sin duda a
causa de la enemiga que su hijo manifestaba a la Administracin
forestal y temiendo que esto le haba de causar algn disgusto. Para
tranquilizarla aadi:

--S, pas ayer con su hijo algunas agradables horas en Rosalinda...

Un doloroso suspiro se escap de los labios de Miguelina y esto aument
todava la sorpresa de su interlocutor. Se detuvo un momento, y despus
prosigui:

--Regresamos juntos a Val-Clavin y, durante el camino, pude convencerme
de que la seora Linard no me haba exagerado las brillantes cualidades
de Simn. Es un muchacho de espritu recto y de corazn noble. Aunque
adversario de la Administracin forestal, espero que seremos buenos
amigos... Estoy contentsimo de haberle conocido.

Estas palabras, lejos de tranquilizar a la seora Princetot, parecieron
aumentar todava su espanto; haba de nuevo juntado sus manos y se las
retorca nerviosamente. Al mismo tiempo, vio Delaberge que las lgrimas
humedecan los ojos de la hostelera.

--Qu tiene usted?--continu.--Dirase que mis palabras le causan
pena... Sentira con toda el alma que involuntariamente...

Se acerc un poco ms a la hostelera y con su voz ms afectuosa murmur
dulcemente:

--Vamos, Miguelina, por qu no tiene usted confianza en m?... Yo no
soy ciertamente un extrao... Recuerde que en otros tiempos...

Quiso tomarle amistosamente las manos y ella le rechaz con el gesto
indignado de una mujer arrepentida a quien se tratase de inducir a nueva
tentacin.

--Calle usted!--murmur suplicante.--Me da vergenza or hablar de
aquellos tiempos.

--Por qu?--replic Delaberge, extraado de una tan extremosa
castidad.--En nuestra edad, seora, ya no hay peligro alguno... Y
adems, si cometimos en otros tiempos el error de ser demasiado jvenes,
fue aquello un pecado del que ya no queda hoy el menor rastro.

Miguelina se cubra la cara con ambas manos y de buena gana se hubiera
tapado los odos.

--Calle usted!--repeta.--Por qu habr vuelto, Dios mo?

--Nunca imagin--dijo Delaberge impaciente--que mi presencia le haba de
causar tan gran disgusto... Supongo que no me habr de creer usted capaz
de la menor indiscrecin... Tranquilcese, pues, que todo se qued y se
quedar entre nosotros.

Miguelina se dej caer en una silla, gimiendo con voz doliente:

--Eso no impedir a las malas gentes charlar de nuevo al verle en mi
casa.

Y hacindola el dolor ms expansiva, comenz toda una serie de hondas
lamentaciones: ciertamente, no haba ella dudado ni un punto de la
honradez del seor Delaberge; pero eso no haba de impedir que su
llegada al _Sol de Oro_ despertase la malignidad de los envidiosos que
hablaban mal del _Prncipe_ slo porque haba hecho fortuna. Iban a
remover y a remozar antiguas historias. Y ella, sin embargo, haba ya
llorado mucho para lavar con sus lgrimas sus pecados... Haba ido
muchsimo a la iglesia y quemado innmeros cirios y cumplido las ms
duras penitencias... Crea que el secreto de sus faltas quedaba
enterrado en el confesionario del cura prroco... Poco a poco las malas
lenguas se haban cansado y acabado por dejarla tranquila... Comenzaba
ya a respirar, viva feliz entre el _Prncipe_ y su hijo, creyendo que
todo haba acabado, cuando vuelve Delaberge y cae en su casa como un
rayo... Oh, s, un rayo verdadero!... Cuando le vio entrar en la
cocina se le agolp toda la sangre en el corazn y estuvo a punto de
caer redonda en tierra... Despus ya no haba podido conciliar el sueo,
viviendo en una continua angustia y parecindole que estaba suspendida
sobre su casa la amenaza de una gran desdicha.




X


Delaberge escuchaba con disgusto toda esa letana de lamentaciones.
Comparta muy medianamente el dolor de esa mujer a quien, ms que el
remordimiento, atormentaba el decir de las gentes. Crea adems
desproporcionados sus terrores por la falta cometida. Veintisis aos
haban pasado por encima de sus pecadillos de la juventud. La seora
Princetot, que se haba refugiado en las sombras del templo, haba de
creerse por completo absuelta... La falta pasada haba ya prescrito. El
seor Princetot, que no haba sospechado nada cuando la infidelidad era
patente, sera menos accesible an a las sospechas hoy, en que la
hostelera del _Sol de Oro_ edificaba con su religiosidad a los fieles
todos. Por eso parecieron al inspector general verdaderamente pueriles
las lamentaciones de la seora Princetot.

De todas maneras esta escena de lgrimas se iba haciendo penosa. El
continuado sollozo mova con violencia el desbordante pecho de la
hostelera y sus carnosos labios agitbanse convulsivamente.

Como haba sido la causa de esa tempestad, se crey Delaberge en el
deber de calmarla.

--Seora--dijo,--se da usted una pena inmensa por simples quimeras...
Clmese... Fe en mi buena amistad y en mi delicadeza. Me portar de
manera que no haya de verse turbada su tranquilidad... Le prometo
abreviar todo lo posible mi estancia en Val-Clavin.

Miguelina por la primera vez levant hasta l sus ojos humedecidos, a
los que haban las lgrimas devuelto algo de su antigua luminosidad y de
su sensual languidez.

--S!--exclam juntando las manos.--Mrchese... mrchese lo antes que
pueda, yo se lo ruego!...

Admirse Delaberge al ver con qu egosta ingenuidad, aquella mujer, que
en otros das estuvo tiernamente desfallecida en sus brazos, le
despeda ahora para siempre, como tardndole el momento de verse
desembarazada de la presencia de su antiguo amante.

--Mi marcha--replic Delaberge con cierta irona--depender en mucho de
las disposiciones que tome su hijo de usted en ese asunto de los
deslindes.

--Ah!--gimi la hostelera, frunciendo las cejas y moviendo la
cabeza.--Por qu se habr metido en ese malhadado asunto? De l nos
viene todo el mal, y seguramente no hemos llegado al fin todava.

--Tenga paciencia. Todo se arreglar. Ver al seor Simn, y si es
razonable...

La seora Miguelina le interrumpi precipitadamente:

--No, no le vea usted otra vez. Ya es demasiado que se encontraran
ayer!...

Delaberge se le qued mirando lleno de sorpresa, preguntndose si no
estara loca aquella mujer.

--No la entiendo... Qu quiere usted decir?

--Nada, nada...

Se vio entonces que haca grandes esfuerzos para recobrar su
impasibilidad de figura de cera y prosigui:

--Deje usted que hable con Simn; ser mejor para m y para usted...
Promtame que se marchar usted apenas quede arreglado este asunto.

--Se lo prometo.

--Gracias, seor Delaberge.

Y se levant con el aire contrito de una mujer que sale del
confesionario. Pero, como antes de salir lanz una furtiva mirada al
espejo, vio que tena enrojecidos los ojos y que desarregladas sus tocas
dejaban al descubierto sus cabellos grises. Y reflexionando
prudentemente entonces que era peligroso dejar que notasen los dems las
huellas de su emocin, dirigise hacia el lavabo y con una toalla
humedecida se lav los ojos, se arregl los vestidos y rehizo toda su
figura de antes.

La manera de poner otra vez en orden sus cabellos, de lavarse los ojos y
de arreglarse las ropas, record de pronto a Delaberge los tiempos
lejanos de sus citas amorosas en que usaba de las mismas minuciosas
precauciones al abandonar sus brazos. Esta sbita resurreccin del
pasado, evocada por la repeticin de gestos familiares, conmovi ms
hondamente al inspector general que todas las lamentaciones de su
hostelera. Olvid a la cincuentona con tocas de beata y crey que tena
ante s a aquella dulce y cariosa Miguelina que por la noche se
deslizaba en su cuarto como una gatita, llena de voluptuosidades... Al
fin y al cabo, en toda su laboriosa carrera de funcionario, el amor de
esa mujer haba sido el nico rayo de sol de su juventud, la nica copa
de placer que haban gustado sus labios.

Se enterneci su corazn, y, obedeciendo a un inconsciente impulso de su
sensibilidad, atrajo hacia s a Miguelina y quiso besarla como para
darle un testimonio de su agradecida ternura. Mas ella se resisti, le
rechaz casi con ira y sali de la habitacin precipitadamente.

Mortificado, inquieto, disgustado, resolvi Delaberge salir a tomar un
poco el aire a fin de sacudir tan penosa impresin. Abandon a su vez el
cuarto y la hospedera y comenz a remontar el curso del Aubette,
siguiendo una estrecha garganta por donde corre el riachuelo bajo una
bveda de verde follaje, antes de arrojar sus aguas en el estanque de
Val-Clavin.

El lugar era solitario, cubierto de sauces, de abedules y de alisos, que
haban crecido rpidamente en aqullas tierras de aluvin. Por encima de
las aguas casi invisibles del riachuelo, entrelazaban su tupido ramaje
las clemtides y madreselvas silvestres y se haca tan espeso en aquel
sitio el bosque de hayas y otros rboles, que reinaba all una oscuridad
verdaderamente crepuscular.

Tambin en aquel paraje, por donde haba paseado Delaberge tanto en sus
aos juveniles, dej el tiempo con evidencia impresas las huellas de su
paso. Lo que eran tiernos retoos entonces se haban hecho rboles
altsimos. Ramas muertas que la borrasca haba roto, grandes piedras que
las heladas haban hecho desprenderse de las montaas, todo ello
obstrua el sendero y pareca imagen de la escasa duracin que tienen
las cosas de este mundo... En esa garganta tenebrosa, llena de sordos
rumores, sinti de nuevo el inspector general aquella misma sensacin de
malestar, aquella inquietud, que le haban apretado el corazn al
rechazarle la seora Miguelina.

A medida que iba recordando los detalles de su entrevista, le parecan
ms extraas an las palabras y la actitud de la hostelera.

Por qu tanta prisa en verle marchar? Admitiendo que su presencia
pudiese despertar en algunos espritus malvolos las malicias de otros
tiempos, la seora Princetot era mujer bastante experimentada para no
haber tomado sus precauciones y preparado sus medios de defensa. Por
otra parte, el bueno de Princetot, que por tanto tiempo haba estado
sordo, no lo iba a estar ahora menos...

De pronto un rayo de luz atraves el cerebro de Francisco. Seguramente
no al _Prncipe_ tan slo deseaba Miguelina hacer ignorar sus faltas de
la juventud... Sbitamente surgi la simptica figura de Simn ante los
ojos del inspector general. Sin duda, la seora Princetot deseaba que su
hijo ignorase su culpable conducta de otros tiempos, y por l se
alarmaba principalmente.

Cmo Delaberge no haba pensado antes en esto? Y se sinti invadido por
una tierna lstima al pensar en que semejante revelacin sera sin duda
una terrible pualada para aquel joven de corazn tan noble y tan lleno
de filial amor... Por la primera vez comprendi cmo pesan ms tarde
sobre nuestros destinos aquellas antiguas faltas que creamos leves y
sin ninguna trascendencia. Esos amoros que tan ligeramente tratamos en
los tiempos de nuestra juventud, dejan esparcidas simientes que, una vez
llegada la edad madura, pueden dar nacimiento a plantas atormentadoras y
mortferas.

Tembl Delaberge al presentir en la sombra el vuelo de esa misteriosa
Nmesis que acerca a nuestros labios la copa que nosotros mismos, con
nuestras acciones, envenenamos.

Tuvo entonces conciencia de que esa ley fatal del Talin iba tambin a
cumplirse para l. El asunto de los deslindes llevndole de nuevo a
Val-Clavin, que l crea no ver jams; la hospedera del _Sol de Oro_,
en que se encontraba de nuevo frente a frente con sus antiguos huspedes
y en donde su llegada despertaba las adormecidas maledicencias de otros
das; su encuentro con el hijo de su antigua amante, con ese Simn cuya
tranquilidad de espritu se expona a turbar para siempre, no eran
otros tantos signos precursores de alguna terrible desgracia?

Sinti Delaberge rebelarse contra todo ello su lealtad generosa. Era
necesario a toda costa impedir que el castigo, si castigo haba, pudiese
caer tambin sobre una cabeza inocente. No era justo que Simn pagase
las faltas cometidas por su madre y por un extrao, en momentos de
debilidad que no haban dejado huella ninguna... No era Delaberge un
gran filsofo. Durante toda su carrera administrativa, la naturaleza de
sus ocupaciones le haban inclinado a interesarse por los fenmenos
exteriores y se haba estudiado muy poco a s mismo. Nunca fue muy
aficionado a escrutar a fondo su conciencia y a pesar y sopesar con
rigor sus escrpulos. Sin embargo, el estado de ansiosa angustia en que
se senta despus de su entrevista con la seora Princetot le
predispona a penetrar algo ms en esa oscura regin del alma en que se
esconden y permanecen en profunda quietud nuestros ms secretos
pensamientos.

Mas, apenas agitamos un poco tan misteriosas profundidades, nos extraa
ver cmo surge de ellas todo un extrao mundo de insospechadas
aprensiones, de confusos remordimientos y de dudas jams presentidas. A
medida que el inspector general iba descendiendo en s mismo, una sbita
luz iluminaba los ms tenebrosos repliegues de su alma y entrevea la
posibilidad de ciertas hiptesis, a las cuales nunca hasta entonces
haba concedido la menor atencin.

Haba comenzado por parecerle inicuo que Simn hubiese de sufrir las
consecuencias de una falta cometida por un extrao, de un pecado que no
haba dejado huella ninguna; y ahora su conciencia, hacindose ms
timorata y ms escrupulosa, formulaba nuevas y cada vez ms turbadoras
preguntas:--Un extrao?... Huella ninguna?... Estaba bien seguro?...

Tembl de pies a cabeza y le falt la respiracin como si hubiese
recibido un golpe formidable. Despus, sacudiendo con fuerza la cabeza
para arrojar la idea que acababa de producirle tan violenta emocin,
prosigui, vacilante, su marcha. No, ello no era posible... Lo hubiera
sabido... Miguelina, despus de su separacin, no le hubiera dejado
ignorar una cosa semejante...

Por un momento, pareci que estas reflexiones le tranquilizaban, pero en
seguida volvi su corazn a latir con fuerza y su mente a
trabajar.--Cmo explicar la extraa actitud de la seora Princetot?...
Sus frases llenas de ambigedad y sus terrores... Por qu le haba
prohibido que viese de nuevo a Simn? Por qu haba exclamado con el
espanto reflejado en sus ojos: Ya es demasiado que se encontraran
ayer!...

A medida que avanzaba Delaberge en su camino, el bosque hacase ms
espeso, el barranco se estrechaba, interceptaban cada vez ms la senda
toda clase de plantas trepadoras y tupidos herbajes... Y en la apagada
luz de ese desfiladero le pareca al inspector general que, como un
nuevo Edipo, caminaba fatalmente hacia alguna esfinge, llenos los labios
de amenazadores enigmas...





SEGUNDA PARTE




I


Al poner Francisco Delaberge la palabra urgente en su informe dirigido
a la Administracin esperaba recibir una pronta respuesta. Los das que
se pasaron aguardando la decisin ministerial parecironle tanto ms
largos por cuanto viva muy solitario en la hospedera del _Sol de Oro_.
La seora Miguelina se haba hecho invisible de nuevo y pareca poner
cada vez ms empeo en esconderse. El mismo Simn Princetot, hacia el
cual sentase atrado y con quien le hubiera gustado conversar, no
manifestaba grandes deseos de continuar las relaciones empezadas en
Rosalinda. Tambin se esconda. El inspector general no quera acusarle
a l de reserva tan extremada; sospechaba ms bien que la seora
Princetot haba procurado alejar de l a su hijo y quitarle as todo
pretexto de nuevas entrevistas. Estas ofensivas y misteriosas
precauciones mantenan en el espritu de Delaberge la enervante
inquietud que tanto le haca sufrir desde su conversacin con Miguelina.

Para distraerse de tan hondas preocupaciones y quizs tambin con la
esperanza de encontrar a Simn Princetot en Rosalinda, resolvi
Francisco hacer una nueva visita a la seora Linard.

La perspectiva de pasar una hora o dos en compaa de la encantadora
viuda le alegraba suavemente el corazn. Cierto que se hubiera mentido a
s mismo si se hubiese querido convencer de que senta hacia Camila una
de esas tardas pasiones que atormentan a veces con tan dura crueldad a
los hombres que han doblado el cabo de la cincuentena. No, no era eso;
pero, cuando volva a sus pensamientos matrimoniales, cuando se forjaba
en su imaginacin una vida nueva en que haba de verse convertido en
padre de familia, vea siempre el franco y amable rostro de la seora
Linard asomarse en alguna de las ventanas de sus castillos en el aire.
Mientras caminaba hacia Rosalinda, se entretuvo en edificar una vez ms
ese quimrico refugio en que soaba abrigar su edad madura.

Seguramente--pensaba,--enamorarse a mi edad se presta un poco al
ridculo, pero no hay duda que la seora Linard realizara
cumplidamente mis ideales. Con su gracia, con su natural
encantadoramente expansivo, alegrara los aos que me falta vivir; no
tiene ni la frivolidad, ni la empalagosa coquetera de las seoras que
trato en Pars; sera una mujer de su casa, activa y alegre, una esposa
que me hara honor y que, no habiendo tenido antes hijos, amara a los
que pudiesen nacer de nuestro matrimonio... S, pero, suponiendo que
aceptase unir su existencia a la ma, no sera demasiado joven para mis
cincuenta aos?...

Ocupado el pensamiento en tales cavilaciones, un poquitn egostas,
atraves Delaberge la avenida de los fresnos y lleg a la misma terraza,
donde encontr a la seora Linard formando un magnfico ramo con las
flores de su jardn.

--Ya lo ve usted, seora--dijo saludndola,--cmo abuso de la libertad
que me dio y vengo a pasar unos momentos en su compaa a ttulo
nicamente de vecino.

Camila Linard le recibi con amable sonrisa y le tendi su morena
manecita, cuya fina epidermis haban ligeramente rasgado las espinas de
los rosales; y dijo la viuda:

--Estoy encantada de su visita y le pido solamente permiso para acabar
este ramo... No tardar mucho, pero es faena que no puedo aplazar... He
visto que necesitaban ser cambiadas las flores que tengo en los jarrones
del saln... Hay dos cosas que no puedo sufrir: las cintas descoloridas
y las flores mustias.

--Puedo ayudarle?

--Ciertamente. Tome esas tijeras y tenga la bondad de cortar las flores
que yo vaya designando.

Delaberge se puso alegremente al trabajo. A medida que ella le iba
nombrando las flores las cortaba l dcilmente, alguna vez se equivocaba
y la viuda le rea... De pie en medio de los caminillos del jardn, al
viento los cabellos, relucientes los ojos en la sombra de su sombrero de
paja, la seora Linard, apretando contra el pecho el ramo ya voluminoso
de sus flores, le iba dando sus indicaciones con voz lmpida y musical.

--Sobre todo, crteme largos los tallos... Deme esos narcisos... No, no,
esas flores, sas no lo son... Aquellas otras, blancas con el corazn
anaranjado... Cmo no conoce usted el narciso de los poetas?... No
parece usted muy fuerte en la botnica de jardn, seor forestal.

Y ambos se rean. Delaberge se complaca en esa labor florida que
comparta con la amable mujer. Sentase rejuvenecido por el contacto de
los fresqusimos ptalos de tantas y tantas flores, de todos colores y
formas, subindosele a la cabeza los primaverales perfumes de las rosas,
de los junquillos y de los iris... Cada vez que aada una flor al
brazado de la viuda, era para l una delicia rozar apenas los dedos de
Camila por entre las hojas llenas de humedad.

--Basta--dijo ella al cabo de algunos minutos.--Ya tenemos bastantes
flores. Ahora slo falta ponerlas en los jarrones.

Y con Delaberge se encamin hacia un emparrado, bajo el cual haba
algunas sillas de junco y una mesa; encima de sta lucan sus brillantes
colores dos pequeos jarrones llenos de agua.

Entonces comenz el delicadsimo trabajo de arreglar los ramos.
Francisco presentaba una a una las flores a la seora Linard, quien las
iba disponiendo artsticamente en los jarrones, combinando los matices y
variando de sitio las flores segn su forma y su tamao. Poco a poco
los iris violados, las blancas madreselvas y los miosotis iban surgiendo
gentilmente de entre una corona formada de rosas y de narcisos.

Por debajo del emparrado se vea una parte de la terraza, bordeada de
naranjos y un trozo de la fachada con sus ventanas abiertas, animado
todo por el susurro de innumerables insectos, borrachos de sol.

Delaberge, muellemente enternecido, y sintindose expansivo, aun a pesar
suyo, se atrevi a hacer una tmida insinuacin:

--Esta Rosalinda es un paraso!... Pero un paraso en que se viva
constantemente en compaa de s mismo, puede a la larga hacerse
montono... No ha pensado usted nunca en animar un poco esta soledad?

La seora Linard fij sus lmpidos ojos en su interlocutor. Dej caer
de sus manos la rosa cuyas espinas iba quitando y, apoyndose de codos
en la mesa, se qued pensativa un momento. Se entreabrieron sus labios,
como a punto de hacer una confidencia, mas en seguida cerrronse otra
vez.

Hubo un corto silencio y volviendo a su labor de ir colocando con arte
las flores en los jarrones, habl Camila de este modo:

--Sin duda cree usted, seor Delaberge, que es demasiado absoluto mi
aislamiento... Dios mo, tambin yo, algunas veces, lo creo as!... Y
me pregunto si no hara mucho mejor modificando un poco mi existencia,
aunque es sta una pendiente hacia la cual no me agrada guiar mis
ensueos... Y no obstante...

Hizo la seora Linard un gracioso mohn y se call.

Los dos jarrones estaban ya listos. La viuda se levant, sacudise las
verdes hojitas que se le haban quedado adheridas en la falda y tomando
uno de los jarros suplic a Delaberge que tomase el otro, dicindolo
sonriente:

--Contino abusando... Pero es usted tan amable que no temo ser
indiscreta.

--Tiene usted razn, seora--replic galantemente Delaberge;--trteme
como un amigo... Siento nicamente que se limiten mis servicios a tan
poca cosa... Quisiera poder pagar mucho mejor mi deuda de reconocimiento
hacia usted, tan hospitalaria, tan benvolamente amable con un pobre
desterrado como yo. Si alguna vez le parece su casa un poco solitaria,
es sta al menos una soledad deliciosa, mientras que la hospedera del
_Sol de Oro_ no es ms que un fastidioso desierto.

Haban entrado ya en el saln.

--Entonces--repuso la seora Linard, tomando de sus manos el
jarrn--cuando se sienta demasiado triste all abajo, vngase aqu unos
momentos.

--Me permite usted que vuelva?... Entonces, mrchome enteramente feliz.

Crey conveniente no prolongar ms su visita y se dispuso a despedirse.

--Hasta bien pronto!--le dijo ella tendindole con amable vivacidad su
mano.--Hasta maana, si quiere usted. S, venga usted maana: tal vez...
tal vez tenga un consejo que pedirle.

Y sali Delaberge de la casa, animado por la esperanza de una tan
prxima visita y tambin por la perspectiva de esa misteriosa
confidencia que la viuda quera hacerle.




II


Al da siguiente de aquel en que Delaberge haba ayudado a la seora
Linard al arreglo de sus jarrones, Simn Princetot, terminado el
almuerzo, atraves la cocina del _Sol de Oro_ y se dirigi hacia la
escalera que conduca a la habitacin roja. Haba ya puesto el pie sobre
el primer escaln cuando la seora Miguelina que le segua con mirada
ansiosa, le pregunt:

--Dnde vas?

--Al cuarto del seor Delaberge. Maana se rene en la alcalda el
sindicato formado por los usuarios y antes de convenir con ellos la
forma en que habremos de proceder, deseara ver al inspector general...
Ya comprendes... No estara de ms hacerle hablar y saber cules son
sus intenciones...

Miguelina sacudi de un lado a otro la cabeza y levant los hombros
diciendo:

--Trabajo intil, el inspector ha salido apenas ha acabado el
almuerzo... Ah! no para un momento en su cuarto! Ayer se pas la tarde
en casa de la seora Linard y pienso que hoy ha vuelto all, pues le he
visto que tomaba el camino de Rosalinda...

Mientras ella hablaba base oscureciendo la fisonoma de Simn, lo que
no se escap a las miradas de la seora Miguelina. Haca tiempo que
haba ledo ya en el fondo del corazn de su hijo y adivin fcilmente
que lo que a ste le disgustaba no era la ausencia del inspector
general, sino la noticia de sus reiteradas visitas a Rosalinda.

Entonces se le ocurri que el medio mejor para impedir que Francisco y
Simn llegasen a ms ntimas amistades era separar a aquellos dos
hombres por medio de los celos, sirvindose de la seora Linard como de
un seguro elemento de discordia. En el fondo tema la influencia que
pudiera ejercer en su hijo la propietaria de Rosalinda. Saba que Simn
habase encargado del asunto de los deslindes slo para complacer a la
seora Linard y vea con terror el desarrollo de una pasin, que, segn
ella, no poda tener para su hijo sino crueles desengaos. Djose que
excitando los celos de Simn poda lograr dos cosas de una vez: hacerle
olvidar su engaoso amor y alejarlo para siempre de Delaberge.

Se aproxim al joven, le puso una mano en el hombro y murmur con acento
de maternal compasin:

--Pobre hijo mo, te das mucho trabajo por nada y aun creo que te has
metido en un mal negocio!...

--No soy de tu parecer, mam; la causa que defiendo es justa y adems no
puedo abandonar ahora a las honradas gentes que me han confiado sus
intereses.

--No quieras engaarme ni engaarte a ti mismo... Tengo fina la mirada y
veo claras las cosas... Si has tomado con tanto empeo este asunto, no
ha sido por los hermosos ojos de los usuarios de Val-Clavin, sino por
los de la seora Linard.

--Mam--interrumpi Simn ruborizndose un poco,--calla, te lo ruego...
Por qu dices eso?...

--Digo lo que pienso, lo que es verdad... Ests enamorado de la seora
Linard y te imaginas que va a recompensar tu trabajo consintiendo en
llamarse la seora Princetot...

--No!--exclam el joven.--Nunca he pensado cosa tan absurda!

--Tanto mejor si me engao, hijo mo, pues yo te aseguro que, de haberlo
esperado, t te habras de arrepentir temprano o tarde... Ms que ella
vales, no hay que dudarlo; pero esas seoras se creen hechas de otra
pasta que nosotros. Quieren casarse con gentes de su mundo propio y
mientras te engaa con palabras dulces y alegres sonrisas, la seora
Linard se deja hacer la corte por el inspector general.

--Vaya, mam!--dijo Simn.--Qu sabes t de eso!

--Lo s muy bien--afirm la seora Miguelina;--si salta a los ojos!...
Hace una semana que est aqu y le ha hecho ya tres visitas a la
propietaria de Rosalinda. Parece que se haban visto ya en Chaumont y el
asunto de estos deslindes no ha sido ms que un pretexto para explicar
su estancia en Val-Clavin... Ese forestal entretiene a todos con
palabras y vagas promesas a fin de poder estar ms tiempo cerca de la
viuda y acabar su conquista... En la reunin de maana trata t de
ponerle entre la espada y la pared pidindole una contestacin
categrica y ya vers cmo yo tengo razn...

Simn inclin la cabeza, se mordi los labios y frunci duramente las
cejas. Miguelina comprendi que comenzaba a dudar y adivin al mismo
tiempo, por la contraccin dolorosa de su rostro, que sufra el muchacho
cruelmente. Entonces le atrajo hacia s, le tom la cabeza entre las
manos y le bes con profunda ternura en la frente...

--Pobre hijo mo!--agreg.--Duleme el mal que te hago, pero yo no
quiero que se burle nadie de ti... Reflexiona sobre todo esto y, creme,
no te dejes engaar ni por las coqueteras de la seora Linard, ni por
los halagos del seor Delaberge...

Simn se desprendi de los brazos de su madre y se alej rpidamente.
Tena necesidad de encontrarse a solas y de pensar mucho en las celosas
aprensiones que las palabras de su madre haban despertado en su
espritu.

Al salir de su casa dirigise hacia los bosques de Carboneras:
Ciertamente, con su intuicin femenina, Miguelina Princetot haba
adivinado lo que pasaba en el corazn de su hijo; pero le atribua al
mismo tiempo miras ambiciosas que l no haba tenido jams. Amaba, en
realidad, a la seora Linard, pero la amaba con amor cndido y
apasionado, aunque nunca se haba hecho la ilusin de que su ternura se
pudiese ver correspondida. No ignoraba que una barrera casi
infranqueable le separaba de la viuda. Y aunque amaba sin esperanza y
sin la ilusin de verse a su vez amado, no por eso haba de ser menos
accesible a los celos. Recordaba la impresin de hondo disgusto que
haba dejado en su alma la primera visita que hizo Delaberge a
Rosalinda... Por encima de los rboles del bosque, distingua entonces
las puntiagudas torrecillas de la casa de la seora Linard y decase
que, sin duda, en aquel mismo momento se encontraba el inspector general
conversando con la joven y aprovechando la ocasin para llevar a buen
trmino sus propsitos matrimoniales... A esta idea, un acceso de ira le
hizo subir la sangre a la cabeza mientras una angustia terrible le
oprima el corazn. No pudo resistir ms... Aunque hubiese de ser
horrendo el sufrir, quera de una vez acabar con sus mortales
inquietudes y conocer toda la realidad de sus angustiosas sospechas.
Abandon las alturas del bosque y caminando por entre los herbajes se
dirigi hacia la cerca del parque.




III


Mientras la seora Princetot hablaba con su hijo y arrojaba en su pecho
la mala semilla de los celos, el inspector general, conmovido lo mismo
que un muchacho que acude a su cita primera, segua a buen paso el
camino de Rosalinda.

Se haba vestido con ms cuidado que de costumbre y su andar era ms
firme que otras veces... Vivamos en plena lozana juvenil o hayamos ya
madurado como una fruta de otoo, siempre que se trata del eterno
femenino nos sentimos prisioneros de las mismas ilusiones, nos
enloquecen las mismas dulces fantasas.

Caminando aprisa, Delaberge encontraba mayor frescor en la verdura de
los prados, un sabor mucho ms dulce en el aire que respiraba. Los
argentinos sones de las campanas del pueblo, volando por encima de los
bosques, le mecan alegremente, mientras iba saboreando con fruicin
los recuerdos de su anterior visita.

Oh, esas campanas de los pueblos, modestas como los viejos campanarios
que las sustentan, de sonido ligero y lmpido como la atmsfera de los
bosques en que vibra, cristalino y cantante como los riachuelos encima
de los cuales se para un momento, inmenso es el encanto que desparraman
por los solitarios campos... meciendo con pacficos ensueos el espritu
de quienes lo escuchan!... Sea joven o viejo, est triste o alegre,
aquel hasta cuyos odos llega el dulcsimo son se siente conmovido en lo
ms hondo y le parece elevarse por encima de las miserias terrenales...
Despiertan en el corazn no se sabe qu de un gran frescor matinal y
cndido: es el acompaamiento amistoso de nuestros ensueos, de nuestros
deseos, de nuestras aoranzas... intensificndolas todava. El encanto
de su msica despierta en nosotros, con sus colores de alba pursima,
los ms caros recuerdos de nuestra juventud...

Regocijado interiormente por el clarsimo son de las campanas, Francisco
se representaba con mayor fuerza en su imaginacin a la seora Linard
sentada bajo el emparrado, con su vivacidad de gestos y su prestancia,
con su amable sonrisa, con sus relucientes y oscuros ojos y con su
gracia un poco silvestre. Recordaba sus menores palabras y se las
repeta complacientemente, como nos gusta oler de vez en cuando la rosa
que hemos arrancado al paso.

Cuando le vio aparecer en el encuadramiento de las cortinas del saln,
Camila Linard dej precipitadamente el bordado en que trabajaba;
brillaron sus ojos y una rpida oleada de rubor colore sus mejillas.

--Bienvenido, seor Delaberge!--dijo.--Ha sido usted muy amable
cumpliendo tan puntualmente su promesa... Grande es mi contento...

Y le tendi la mano, que el inspector general bes con caballeresca
galantera.

--No haba de olvidar lo prometido--repuso Delaberge reteniendo un
momento los dedos de la joven entre los suyos.--De qu se trata, seora
ma?

Ruborizse ella otro poco, retir la mano y la puso suavemente sobre el
brazo del caballero al tiempo que murmuraba, mostrndole una de las
ventanas.

--Venga usted, hablaremos con ms libertad en el jardn...

Y a travs de las avenidas asoleadas le condujo hasta el centro del
parque. Haba all, en medio de una encrucijada en forma de estrella, un
pabelln rstico, adornado su exterior por multitud de plantas
trepadoras. El interior estaba decorado con sencillez y eran sus muebles
de una elegante rusticidad. Por los ventanales del pabelln cuya luz
tamizaban las plantas que a medias los cubran, distinguanse hasta
perderse de vista las verdeantes avenidas del parque. En el centro del
pabelln haba una mesa y sobre la mesa estaban preparados algunos
refrescos.

--Instalmonos aqu--dijo Camila acercndose a la mesa.--Aqu estaremos
bien y, como creo que ha de tener usted mucho calor, voy a prepararle un
jarabe de frambuesas.

Aquella hospitalaria acogida, la discreta intimidad de aquel pabelln
que el ramaje cado de las hayas cubra de verdor, el rostro franco y
ligeramente encendido de la joven viuda sentada, enfrente de l, todo
eso llenaba a Delaberge de un sutil desvanecimiento y hacale perder
poco a poco el sentido de la realidad.

Con la ingenua presuncin de un hombre que no tiene una experiencia
grande de las cosas de amor, interpretaba segn su propio deseo el
comportamiento de la seora Linard, y vagas reminiscencias de novelas
ledas en su juventud le hacan creer en una tierna y delicada
premeditacin por parte de la joven viuda. El aislado pabelln y las
precauciones tomadas para sustraerse a toda clase de indiscretas
miradas, daban a aquella cita un aspecto galante que de una manera
deliciosa conturbaba su corazn de viejo soltero.

Al dejar el vaso sobre la mesa, volvi Delaberge hacia la seora Linard
su mirada tiernamente interrogativa.

--Usted se preguntar, sin duda--comenz ella,--qu es lo que yo puedo
tener que decirle a usted... Pues bien, vamos a ello... Es un poco
delicado y quizs se extrae de la facilidad con que hago mis
confidencias a una persona a quien he visto por la primera vez hace
apenas diez das... En primer lugar, usted no es para m un
desconocido... Su amigo el seor Voinchet me ha hablado con el ms
caluroso elogio de su lealtad y de su claro juicio. Adems, piense que
vivo sola aqu, sin parientes prximos, sin ms relaciones que las que
puedo tener con honrados campesinos o con agentes de negocios. No es muy
frecuente encontrarme con un hombre como usted, de su carcter y de su
autoridad, por todo lo cual habr de perdonarme la libertad que acabo de
tomarme para pedirle consejo... Finalmente--prosigui con expresin
todava ms afectuosa,--creo ya haberle dicho que desde los primeros
momentos me inspir usted una gran confianza. Cuando me son simpticas
las personas, siento en m un _algo_ que no me engaa nunca y me impulsa
hacia ellas...

Esta especie de confesin murmurada en la quietud de aquel sitio, donde
el roce de los movientes verdores contra los cristales de las ventanas
revelaban tan slo la existencia del mundo exterior, aument todava la
emocin y las esperanzas de Francisco. Estrech la mano de la seora
Linard y declarse profundamente agradecido por la confianza que se
dignaba mostrarle.

--Le agradezco--aadi Delaberge--que me trate como amigo; aunque es de
reciente fecha nuestro conocimiento, le puedo asegurar, seora, que
habr de serle enteramente leal. Siento por usted la ms tierna
estimacin y el ardiente deseo de serle til.

--En tal caso, voy a poner ahora mismo su indulgencia a prueba...

Se detuvo un momento, bebi un poco de agua de frambuesas para darse
algn aplomo y despus prosigui:

--He pensado muchsimo en una frase que se le escap a usted ayer con
respecto a mi vida solitaria... Su observacin vino precisamente en
apoyo de ciertas reflexiones que yo vengo hacindome alguna que otra vez
desde hace lo menos un ao... S, aunque pongo en mi vida alguna
actividad, me pesa mi aislamiento con frecuencia... Pienso que tengo
veintisis aos y que no es ciertamente una edad para entregarse por
completo al retiro. Tengo salud excelente, un humor ms bien alegre que
melanclico, no me siento con vocacin para una viudez perpetua y me
pregunto algunas veces si no obrara muy santamente casndome de
nuevo...

--Tiene usted razn--afirm Delaberge animndose;--la soledad no es
buena para nadie, pero es peor todava para una mujer joven, para un
alma expansiva y encantadora como la suya... No aguarde para hacerlo la
edad de las vacilaciones y de las aoranzas...

--Sin duda--replic ella sonriendo;--pero, aunque estoy todava lejos de
la treintena, pienso que la edad de las vacilaciones ha llegado ya... Un
primer matrimonio medianamente feliz despierta una precoz desconfianza;
es como un vuelco de carruaje, que nos hace cobardes para siempre. Mi
difunto marido, el seor Linard, era un hombre honrado, pero un
compaero poco agradable; dbil y a la vez duro de corazn, enfermizo y
prematuramente viejo, me tena encerrada sin quererlo en una atmsfera
llena de melancolas y de fastidio. Necesit toda mi juventud, toda la
fuerza que haba en m para conservar, despus de cinco aos de
semejante rgimen, mi buen humor y mi excelente salud. Me cas con l
casi sin conocerle, y no quisiera caer de nuevo en el propio error si
alguna vez me decido a casarme. Deseara que ahora guiasen mi eleccin
menos las puras conveniencias que una inclinacin sinceramente
sentida... He aqu por qu, antes de dar a mis ensueos actuales una
forma de realidad, he querido or el parecer de un hombre serio... Usted
vive en Pars, seor Delaberge, usted tiene experiencia del mundo y
podr, por tanto, aconsejarme bien.

--Ay, seora!--replic suspirando--yo soy un clibe que ha hecho
siempre vida muy retirada, puedo decir que he pasado toda mi existencia
en las oficinas. Sin embargo, conozco algo a los hombres y puedo
ayudarle a ver con claridad a travs de sus vacilaciones... Ante
todo--agreg sonriendo discretamente,--cul sera su ideal? Lo ha
entrevisto ya usted en sus ensueos?

--Alguna vez--contest ella bajando los ojos.--En primer lugar, detesto
a los caracteres ligeros, a las gentes frvolas y ociosas; me gustara,
pues, si yo llegase a tomar un segundo marido, que fuese hombre de un
espritu bien cultivado y que se ocupase tilmente en algo; me gustara
que fuese a la vez tierno y fuerte, reservado y digno...

Delaberge estaba encantado; sin adularse mucho, tena plena conciencia
de poder cumplir el programa de la joven, y una alegre claridad
iluminaba su rostro.

--Muy bien!--dijo.--Esto en cuanto a lo moral... Pasemos ahora a las
cualidades fsicas... Deseara usted que el marido ideal fuese muy
joven?

--Sin creerlo en absoluto necesario--repuso ella,--parceme, sin
embargo, que la juventud no estara de ms... La juventud es la que hace
resaltar las cualidades morales y las hace fecundas. Recuerdo dos versos
de Vctor Hugo que me impresionaron hondamente cuando los le y que se
pueden aplicar muy bien al caso:

_Yo creo que la ancianidad penetra por los ojos y que envejecemos antes
si vivimos con gente vieja..._

Es mi parecer que solamente cuando no existe una gran diferencia de edad
entre la mujer y el marido es posible la mutua estimacin y
benevolencia.

--Cree usted?--murmur Delaberge.

Los rasgos de su rostro se alargaron y la luz que iluminaba sus azules
ojos desapareci de pronto, como apagada por un soplo trgico.

--Le parece a usted que soy exigente?--pregunt ella al notar ese
cambio de fisonoma.

--Tiene usted derecho a serlo!--repuso melanclicamente.

--Entindame usted bien; no doy importancia ninguna a lo que llaman
figura brillante...

Levant sus hermosos ojos hacia los verdes ramajes que se movan ms
all de los ventanales, como si buscase en el ancho espacio la imagen
del marido soado y continu con la mirada fija en los lejanos
horizontes:

--No deseo ni un buen mozo, ni un hombre de mundo... Yo deseara que
fuese joven mi marido, pero que su juventud estuviese hecha de
entusiasmo, de ardor, de ternura... Que no tuviese nada de frivolidad,
ni de las elegancias superficiales de los jvenes de hoy. Me causan
horror los hombres desocupados... Yo deseara que el marido de mi
eleccin tuviese el espritu lleno de nobles ambiciones, que tuviese
sencillo el corazn y amase como yo el campo y sus grandes
espectculos... Que fuese orgulloso, que no debiese su posicin ni a un
ttulo de nobleza ni al dinero, que la hubiese conquistado por sus
propios mritos. Yo entonces le amara por s mismo, por su espritu,
por su fuerza de carcter, por su alma entusiasta escondida bajo
apariencias de frialdad y aun de rudeza...

Abra ella su corazn con ingenua espontaneidad, pareca que soaba en
voz alta y, al escucharla visiblemente desencantado, adivinaba Delaberge
que ese marido descrito con tanta precisin era menos imaginario de lo
que la joven pretenda; en ciertos rasgos caractersticos, vease
claramente que ese ideal se pareca muchsimo a un joven que uno y otro
conocan... a Simn Princetot.

No caba duda de que la viuda senta una secreta inclinacin por el hijo
de Miguelina... Cmo no lo haba l adivinado ya desde el primer da,
l que se preciaba de tan buen observador?... Cierto que su egosta
vanidad y su estpida preocupacin de representar tan bien su papel de
enamorado le haban puesto una venda en los ojos. Se necesitaba ser
fatuo para imaginarse que a su edad haba de producir la menor impresin
sobre la joven... La seora Linard con su ingenua franqueza, acababa de
darle una dursima leccin de modestia.

Le vio ella hondamente preocupado y se atrevi a decir:

--Estoy segura de que me juzga usted en extremo extravagante.

--No, seora ma; cuanto acaba usted de decir es muy justo y muy sensato
y le aseguro que su manera de pensar lo hace todava ms simptica a mis
ojos.

--Entonces, es usted de parecer que, si encontrara un da el ideal que
acabo de esbozarle, podra tomarlo por marido sin hacer lo que se dice
una tontera?

--Sin duda ninguna.

Exhal Delaberge en un suspiro su ltima ilusin y se levant.

--Es necesario que la deje; hablando, nos hemos olvidado de que se iba
haciendo tarde.

--Es verdad--dijo ella;--el sol camina ya hacia el ocaso.

--Adis, seora.

--Adis?--exclam ella.--Es que se marcha usted de veras?

--No... No marchar de Val-Clavin sino despus de haber recibido la
respuesta del ministerio... Esperaba poderla comunicar maana a los
usuarios, que han de reunirse en la alcalda; sin embargo, esta reunin
en nada modificar mis proposiciones y pienso que de aqu a muy poco
podr comunicarlo a usted el satisfactorio arreglo del asunto.

--Entonces no diga usted esa triste palabra adis, pues hemos de
vernos todava.

--Ciertamente, no marchar sin despedirme de usted y sin estrechar su
mano.

Hablaba Delaberge con voz contristada y se dispona a salir.

Lo not Camila Linard y vio el aire de tristeza que oscureca su
rostro. Temi haberle involuntariamente herido al hablar de la vejez con
excesivo desdn y, para destruir el efecto de su aturdimiento, redobl
todava su natural amabilidad.

--Si quiere--dijo Camila,--daremos un paseo por el parque y le
acompaar hasta una puertecilla que da al campo y que no alargar mucho
su camino... Deme usted el brazo.

Delaberge obedeci y suavemente apoyada en l, trat la seora Linard,
a fuerza de amabilidades y de exquisitas atenciones, hacerle olvidar las
palabras poco meditadas que hubiesen podido molestarle. Caminaron un
buen trecho por una de las avenidas del parque, ya baada por una media
oscuridad, mientras los rayos del sol poniente doraban las altas copas
de los rboles y mora la tarde en medio de los armoniosos cantos de los
pjaros.

Ese acariciador contacto de un brazo femenino, esas delicadas atenciones
que tanto se asemejaban a la ternura y se parecan a la indulgencia con
que se trata de consolar a un nio, acrecieron todava en Delaberge su
interno sufrir: No soy para ella nada--pensaba;--me acaricia lo mismo
que se hace con un anciano...

Llegaron junto a una puertecilla, que la yedra medio obstrua y que la
seora Linard pudo abrir apenas. Le acompa todava algunos pasos
fuera del parque y despus tendi al inspector general la mano.

--No tiene ms que seguir este camino... Hasta muy pronto... Y
perdneme que haya abusado de su paciencia.

Por toda respuesta, se inclin hacia la pequea mano que le tendan y la
roz suavemente con sus labios. La joven corri hacia la puertecilla del
parque y antes de atravesar sus umbrales se volvi hacia Delaberge y le
sonri gentilmente. En seguida desapareci.

Profundamente conmovido, se dispona Francisco a seguir el camino que la
joven le haba indicado, el cual en aquel sitio cruzaba un pequeo
bosque de sauces y de abedules, cuando despert su atencin un ligero
rumor de hojarasca y vio al mismo tiempo, confusamente, por entre los
rboles la figura de un hombre joven que hua del bosquecillo y se
alejaba a travs de un campo de centeno. Hubirase dicho que,
avergonzado de haber sido visto en aquel sitio, trataba de escapar y de
esconderse tras las altas espigas a fin de no ser reconocido.

El inspector general se detuvo un momento contemplando la figura de
aquel hombre que cada vez se iba haciendo menos distinta.

--Es singular!--dijo Delaberge casi en voz alta.--Tiene este fugitivo
una gran semejanza con Simn Princetot.




IV


Preocupado por este incidente, sigui Delaberge muy pensativo el sendero
indicado, separado del parque solamente por un seto vivo y un arroyuelo,
por el que discurran las aguas derivadas del Aubette. Por el otro lado
suban hacia los bosques los anchurosos campos, plantados de centenos y
de alfalfas, que mostraban solamente aqu y all algunos claros, tierras
pantanosas en que crecan tristsimas plantas acuticas. Toda la extensa
llanura se iba adormeciendo, como mecida por el montono canto de los
grillos. Solamente, en medio de ese rumoreo adormecedor, lanzaban de vez
en cuando al aire sus agudos chillidos algunos pequeos mochuelos que
volaban de rama en rama e iban a posarse finalmente en las medio
desnudas de un viejsimo roble. Los salvajes gritos de los mochuelos, el
murmullo intermitente de las aguas y el vespertino canto de los
insectos, aadan todava mayor tristeza a la impresin de soledad que
oprima el corazn de Francisco.

Desde que las confidencias de la seora Linard haban derribado sus
castillos en el aire sentase dolorosamente desencantado. El hondo
malestar que le haca sufrir antes de su visita a Rosalinda, y que sus
quimricas esperanzas haban por un momento disipado, de nuevo
apoderbase de su espritu, ahora que ya la seora Camila, sin saberlo
ella, haba disipado sus caros ensueos. Esta mortificante decepcin se
le apareca como un anillo ms de la cadena de hechos dolorosos que iban
sucedindose desde su llegada a Val-Clavin.

Una fresca brisa que bajaba de las alturas inclinaba muellemente los
sembrados y mova con levsimo rumor las copas de los rboles. Se
hubiera dicho que era el alma de los bosques exhalando en suspiros de
inquietud la melancola que pone en ellos la cada de la tarde. La
infinita tristeza del crepsculo en aquel sitio tan lleno de soledad,
penetraba hasta lo ms ntimo en el espritu del inspector general y una
honda amargura le suba a los labios: Demasiado tarde!--pensaba.--Es
demasiado tarde!... No se recomienza la vida cuando se quiere!...

Caminando lentamente lleg por fin a los lmites del bosque y desde lo
alto del camino que segua pudo ya distinguir las casas del pueblo como
veladas sus techumbres por una azulada humareda. Poco a poco iban
apagndose los rumores de los campos. De vez en cuando pasaban por su
lado rudos leadores que regresaban a su casa y cuyo pesado caminar se
iba extinguiendo a lo lejos.

Muy cerca del estanque, un lavadero mostraba a los cielos sus aguas de
un azul de turquesa, rodeadas por una valla hecha de juncos y de
herbajes. Arrodillada sobre una piedra ancha y lisa una campesina estaba
lavando, inclinada la cabeza y al parecer dndose gran prisa para acabar
cuanto antes su faena... Al rumor de los pasos de Delaberge, levant
curiosamente la cabeza y suspendi el trabajo para mirar de hito en hito
al paseante. Este no se haba fijado y continuaba su camino pensativo,
cuando la lavandera, con voz chillona le interpel atrevidamente:

--Buenas tardes, seor Delaberge, pasa usted muy distrado...

Extraado, se detuvo un punto y fij sus ojos en aquella mujer que
saba su nombre y cuyo rostro no despertaba en l ningn recuerdo.

Delgada, ms bien esculida y mal vestida, pareca pasar bastante de los
cincuenta. Sus cabellos mal peinados caan en grises mechones sobre su
arrugado cuello; su rostro de cabra vieja, en que lucan dos brillantes
ojos, tenan una expresin de maligna desvergenza.

--No me reconoce usted?--insisti.--La verdad es que ha pasado agua por
debajo del puente, desde los tiempos aquellos en que lavaba yo su
ropa... Soy la Fleurota.

Entonces la record: esta Celia Fleurota lavaba en otros tiempos la ropa
de los huspedes del _Sol de Oro_. No era ya por aquel entonces muy
joven, pero fresca todava, limpia siempre, de gestos vivos y sin fro
en los ojos. Sus maneras provocativas, sus alegres palabras y sus
encendidas miradas, trastornaban a los hombres. Tena la reputacin de
ser un tanto ligera y el inspector general recordaba que durante dos o
tres meses haba dado muchsimas vueltas en torno de l, encaprichada y
dispuesta sin duda a concederle el beneficio de sus gracias. Ya
enamorado de la seora Miguelina, haba permanecido fro a tales
avances y desdeado esta conquista demasiado fcil.

En el estado de espritu en que sentase aquella tarde, el encuentro de
esa mujer habra de serle poco agradable; sin embargo, no quiso humillar
a la Fleurota y le respondi precipitadamente:

--En efecto, me acuerdo muy bien... Cmo le va, Celia?

--Ya lo ve usted, trabajando como un negro para los dems y teniendo
miseria sobrada.

--Sigue usted lavando?

--De algn modo se ha de ganar el pan... Pero es un endiablado oficio;
estoy medio muerta de reumatismo... No ha tenido una buena suerte... No
todos nacen con estrella, como el _Prncipe_ y su mujer... Estos han
hecho ya lo suyo y pueden ahora cruzarse de brazos.

--Ha conservado usted al menos la clientela del _Sol de Oro_?

--Ah! no... Hace ya mucho tiempo que el _Sol de Oro_ no luce para m...
Se han hecho demasiado orgullosos... Adems, es necesario saber que mi
rostro disgustaba a la seora Miguelina: recordbale cosas que ella
desea tener olvidadas. Ahora confiesa todas las semanas y comulga todos
los domingos, y por eso no gusta de ver a las gentes que la han conocido
en tiempos en que, ms que ir a misa, agradbale acudir a una cita.

Poco deseoso Delaberge de sostener una conversacin que comenzaba de
este modo, hizo ademn de proseguir su camino, cuando la Fleurota,
ponindose en pie, aadi sonriendo con malicia.

Ciertamente que ha tenido gran suerte el _Prncipe_... Comenz sin nada
y hoy apenas sabe el dinero que posee; no tena hijos y le cay uno del
cielo cuando menos se lo figuraba... Lo conoce usted al hijo de la
seora Miguelina?

--S--replic brevemente.--Es un excelente muchacho.

Abri la lavandera su desdentada boca y rise desvergonzadamente;
despus fij sus maliciosos ojos en el rostro del inspector general y
exclam:

--Pardiez!... Tiene a quien parecerse... Tambin usted, seor
Delaberge, tambin usted era un excelente muchacho en la poca en que
naci ese nio...

Delaberge se estremeci. Esta maligna insinuacin de la Fleurota acababa
de despertar en su espritu una inquietud mal adormecida. Esta mujer,
contempornea de Miguelina, a la que haba tratado sin duda con
familiaridad, recibi tal vez algn da ntimas confidencias de la
hostelera del _Sol de Oro_. Era mujer muy despierta y deba saber muchas
cosas. Aunque experimentando cierta repugnancia a dirigirle determinadas
preguntas, Delaberge sentase mortificado por una imperiosa curiosidad.
A la prisa que antes haba sentido para alejarse, sucedi un ansioso
deseo de esclarecer las sospechas que desde haca algunos das se
agitaban en su cerebro. Volvi hacia su interlocutora, cuya delgada
silueta se recortaba sobre el rojizo cielo de poniente, y murmur:

--Qu quiere usted decir?

--No se haga usted el ignorante, ya me entiende usted... Cuando vino
Simn al mundo, fue para todos una gran sorpresa y ms que nadie se
sorprendi el _Prncipe_... Usted, usted solamente estaba en el
verdadero secreto...

--Yo no estaba en nada, y usted debera guardar mejor su mala lengua...
No le da vergenza manchar de ese modo la reputacin de las gentes y
lanzar tan a la ligera acusaciones que luego le sera imposible probar?

--Que a m me sera imposible probar?... Sepa usted que me encontraba
en la hospedera el da en que Miguelina se dio cuenta de su verdadero
estado... Precisamente el _Prncipe_ estaba de viaje haca ya dos
meses... Ah! no estaba ella muy alegre entonces, yo se lo aseguro!...
Pero como fue siempre una endiablada mujer, supo engaar tan bien a su
marido, que ste nunca sospech nada... Lleg por fin el nio, fue
recibido como el Mesas y el _Prncipe_ no se percat siquiera de que el
pequeuelo se le pareca a usted como una gota de agua a otra gota.

--Est usted loca!

--No estoy loca... Mrele usted bien. Querra usted desconocerlo y le
sera imposible... Es necesario todo el aplomo de la seora Miguelina
para atreverse a afirmar que el muchacho tiene algo de los Princetot. Y
hace mal en afirmarlo de tal manera, pues, como dice el proverbio: La
gallina que canta es la que huevos pone. Por aquellos tiempos no haba
ms que una gallina en _Sol de Oro_... Haba tambin un gallo joven que
cantaba con voz clarsima y ese gallo, seor Delaberge, usted le conoce
mucho mejor que yo...

--Cllese!... La desgracia la ha vuelto a usted mala, pobre mujer!...

--S, ya lo s, los ricos tienen siempre razn... Cuando abren la boca
se les cree por su sola palabra; pero cuando una pobretona como yo
quiere decir la verdad, se le cierra el pico diciendo que es una
mentirosa... La miseria es la miseria, no hay remedio...

Francisco sac de su bolsillo una moneda de oro y la dej caer
precipitadamente en la mano de la Fleurota.

--Tenga esto, para usted, pero guarde su lengua... Buenas tardes.

Y reanud apresuradamente su camino mientras la lavandera de pie al
borde del agua mova maliciosamente la cabeza apretando la moneda en su
descarnada mano. No haba dado veinte pasos cuando Delaberge se volvi
todava para mirarla...

La Fleurota haba ya cargado sobre el hombro el cubo lleno de ropa y
permaneca inmvil en medio del camino, en actitud de vieja Parca
meditabunda. Pensaba sin duda en que acababa de dar un buen tijeretazo
en carne viva, pues as lo demostraba la limosna que el inspector
general tan generosamente le acababa de hacer.

En efecto, el golpe haba estado bien dirigido. La chillona voz de Celia
acababa de reavivar cruelmente las sospechas de Delaberge. Las palabras
de esa mujer iluminaban la oscuridad en que se movan sus temores
imprecisos y sus inquietos presentimientos.

A favor de esa sbita claridad iba ahora coordinando Delaberge los
pequeos detalles en que antes no se haba atrevido a detener
siquiera... Simn tena ya veinticinco aos y se cumplan ahora
veintisis desde que Delaberge y Miguelina se vieron por la ltima vez.
Era esto, en efecto, una concordancia muy significativa. Por otra parte,
esta primera presuncin vena corroborada por la semejanza que le haban
hecho notar la Fleurota y aun la misma seora Linard, y de la cual
tambin se haba l vagamente percatado. Simn tena, como l, azules
los ojos, castaos los cabellos y la fisonoma seria y reservada.
Despus de la comida en Rosalinda, al encontrarse de nuevo en la
hospedera del _Sol de Oro_, no haba por un momento sentido la ilusin
de verse a s mismo apoyado de codos en la ventana de su antiguo cuarto?

No explicaba tambin esta singular semejanza la espontnea simpata de
la seora Linard, apenas se vieron en casa de su amigo el inspector? Al
encontrar en la fisonoma de un extrao un reflejo de la personalidad
del hombre a quien ella amaba, comprndese que aquella mujer demostrase
a Delaberge la amistosa confianza que la vanidad le haba hecho atribuir
a sus mritos propios.

Los hechos ms insignificantes le sugeran ahora nuevos motivos de
conviccin. Recordaba curiosas similitudes de gusto, la paridad de
ciertas entonaciones, de ciertos gestos; comentaba tambin la conducta
extraa, el espanto y las angustias de la seora Miguelina, y se
extraaba ahora de no haber sentido antes ms viva inquietud. Para que
todas estas coincidencias no le hubiesen advertido desde un principio,
para no haber tenido antes un ntimo presentimiento de esa posible
paternidad, era necesario haber estado ciego o muy preocupado.
Preocupado, efectivamente, estuvo por sus quimeras matrimoniales, por la
egosta infatuacin que le haba hecho creer en la posibilidad de
casarse con la propietaria de Rosalinda. Pero todo haba ya finido y la
misma viuda acababa de desengaarle entonces. Ahora, en que la espesa
venda le haba ya cado de los ojos; ahora en que ya no corra peligro
de extraviarse su natural perspicacia, una clarsima luz iluminaba la
situacin: El hijo de Miguelina poda ser tambin su hijo.




V


Un sentimiento de orgullosa alegra, llen de pronto el corazn de
Delaberge: Este apuesto muchacho, robusto y hermoso como un roble
joven; este Simn de alma noble y de voluntad enrgica era
verdaderamente su hijo... Despus toda su alegra se disip al solo
pensamiento de que este hijo suyo llevaba el nombre de otro y sera
siempre un extrao para su padre natural. Era el hostelero Princetot
quien, habindole alimentado, educado y sostenido en la vida, poda slo
enorgullecerse de su paternidad legal; y a ese hombre era a quien Simn
amaba como si fuese su padre...

Entonces, bajo una forma nueva volvi la duda a penetrar en el espritu
de Francisco: Despus de todo, pensaba, qu sabemos? Cuando se penetra
en esos misterios de la filiacin, no es nunca posible tener una
absoluta certeza. El adulterio tiene de fatal que deja siempre
cernindose una sombra sobre el verdadero origen del nio... No se puede
saber nunca si es el marido o el amante quien tiene realmente derecho a
la paternidad. Verdad es que Delaberge poda invocar esa singularsima
semejanza que haba notado; pero sbese tambin que, durante el oscuro
trabajo de la concepcin, el absorbente recuerdo del amante ejerce
algunas veces sobre la mujer una misteriosa influencia y hace parecerse
a este ltimo al hijo que naci en realidad del marido... El inspector
general se haca todas estas reflexiones, pero su conciencia segua
hondamente conturbada. La duda le cansaba ya; quera escapar de una vez
a la incertidumbre que le mataba. Solamente Miguelina poda iluminar su
entendimiento y a pesar de la perspectiva de una escena penosa, decidi
tener con ella una explicacin decisiva.

Apret el paso hacia el _Sol de Oro_ y viendo en la cocina a una de las
criadas, le pregunt prudentemente si el _Prncipe_ estaba en casa.

--No, seor--le contestaron;--el patrn est en la ciudad; su hijo ha
salido tambin para encontrarse con l y regresar juntos, de modo que no
habrn vuelto antes de las diez.

--Y la seora Princetot?

--La seora est en la iglesia, pero no puede ya tardar.

En efecto, acababa de hablar la criada cuando apareci la seora
Miguelina en el umbral llevando en una mano su libro de rezos y tocada
con una austera capota negra. A la vista de Delaberge un dbil rubor
colore su rostro siempre mate, y como si presintiese las intenciones de
Francisco alej a la criada dndole un recado para una vecina; despus
sus inquietos ojos dirigieron al inspector general una interrogativa
mirada.

--Podemos estar solos un momento?--dijo Delaberge con voz
grave.--Necesito hablarle.

--Pero...--objet ella buscando una escapatoria.

--Es necesario!--insisti Francisco con mayor energa.

Haba en su acento algo tan imperativo que ya no resisti ms.

--Venga usted--murmur con sorda resignacin.

Y Delaberge la sigui por un corredor que llevaba a las habitaciones
particulares de la familia y le hizo entrar en una pieza que serva al
mismo tiempo de despacho y de comedor; con trmula mano encendi una
buja que ilumin vagamente las paredes, adornadas con estampas
religiosas, con dos medianos retratos del _Prncipe_ y de su mujer y con
los diplomas de Simn, magnficamente encuadrados. Se quit luego el
sombrero, y por la primera vez pudo Francisco verla con la cabeza
descubierta, mostrando su espesa cabellera gris ligeramente rizada.

--Hable usted!--dijo ella sentndose, pues la angustia la haca temblar
como una hoja en el rbol y apenas podan sus piernas sostenerla.

--Miguelina--comenz diciendo Delaberge,--perdneme que vuelva sobre tan
doloroso asunto, pero un inters mayor lo exige as... No eran vanos sus
temores; mi vuelta a Val-Clavin ha despertado la maledicencia y hace un
momento me he encontrado en el camino con una mujer a quien usted conoce
muy bien, la Fleurota.

Miguelina tembl, se contrajo todo su rostro y exclam con voz llena de
profunda alarma:

--Dios mo!... Qu ha pasado?...

--La Fleurota me ha recordado maliciosamente los tiempos antiguos; tiene
una lengua de vbora, pero ella sabe indudablemente muchas cosas y no es
probable que me haya querido engaar... Pretende que Simn es hijo mo
y no de...

Miguelina le interrumpi con gran violencia:

--Calle usted!... No diga estas cosas, pues no son sino viles mentiras.

--Usted solamente puede darme la certidumbre y yo le suplico que sea
franca. Cul es la fecha exacta del nacimiento de Simn?

--No s... No lo recuerdo bien--balbuce la hostelera visiblemente
turbada.

Adivin Delaberge en la expresin de su rostro que aquella mujer
preparaba una mentira con el objeto de desvirtuar sus presunciones y
replic severamente:

--Contsteme sin vacilaciones... Reflexione que puedo saber la verdad
consultando el registro civil... En qu poca naci?

Comprendi ella que toda mentira haba de ser intil y contest
resignadamente.

--En 1859... El veinticinco de julio.

Delaberge permaneci un momento pensativo... Se haba marchado de
Val-Clavin a fines de octubre de 1858 y por aquellos tiempos
encontrbase el _Prncipe_ ausente.

--Precise bien sus recuerdos--murmur ya convencido Delaberge--y vea
cmo tengo razn para...

--Qu prueba esto?--repuso ella con irritacin grande.--Se puede nunca
saber si...?

--Existen otras presunciones. Simn se me parece y usted lo ve mucho
mejor que nadie, pues ha hecho todo lo posible para evitar que nos
visemos... Tema usted que esta semejanza, pues no es imaginaria, me
saltase a los ojos y confirmase mis sospechas... Simn nada tiene de
aqul cuyo nombre lleva, mientras que todos sus rasgos recuerdan los
mos cuando yo tena su edad... Otras personas lo han observado
igualmente y me lo han hecho ver... Yo le suplico, seora, que me diga
toda la verdad.

Escondido el rostro entre sus manos, la seora Princetot mova
negativamente la cabeza y se limitaba a repetir con obstinacin.

--Ay, Dios mo!... Dios mo!... Por qu... por qu?...

Se defenda an, pero mucho ms dbilmente.

--Por qu?--replic Delaberge.--Porque tengo el derecho de saberlo,
porque sus principios religiosos le obligan a decirme toda la verdad, y,
finalmente, porque, si usted se empea, recurrir a otros medios para
esclarecer mis dudas...

Esta amenaza, lanzada casi sin querer, destruy las ltimas
resistencias de la seora Princetot. Apart sus manos, dejando ver su
rostro convulso por el dolor y fij en Francisco sus ojos llenos de
miedo.

--No lo haga usted!--exclam y despus prosigui con voz muy
apagada:--Pues bien, s... Simn es hijo suyo... Cuando volvi Princetot
despus de una ausencia de dos meses, yo estaba ya casi segura de mi
embarazo, y hasta me alegraba de ello, tan hundida en el pecado viva
entonces, de tal modo me haba usted conturbado el espritu; estaba
contenta adems de que mi hijo fuese tambin hijo de usted... El amor me
haba endurecido la conciencia, y sin escrpulo ninguno procur engaar
a mi marido. Quise escribrselo a usted, pero luego, temiendo alguna
posible indiscrecin prefer callarme... Vino al mundo el nio; era
hermoso y fuerte, fue recibido con alegra inmensa y yo le he amado
locamente... Tambin Princetot estaba loco por l... Pero cuando comenz
a crecer y su semejanza con usted se me hizo cada vez ms visible, un
gran temor se apoder de mi alma. Pens en lo que poda suceder si
llegaba mi marido a concebir ciertas dudas, y comenc a arrepentirme de
haber engaado a ese hombre para m tan bueno... En aquellos momentos
descendi sobre m la gracia del cielo y mis ojos se abrieron a la luz;
tuve horror de mi conducta y he tratado de hacerla olvidar, humillndome
ante Dios y confesando mis pecados... He cumplido las ms duras
penitencias que se me han impuesto, y nada eran si las comparaba con la
angustia que me oprima el corazn a la sola idea de que mi marido
llegase un da a descubrir mi crimen... Cuando crea acabado mi
suplicio, perdonada mi falta, asegurada por completo mi tranquilidad,
surge usted de nuevo en mi camino... Al verle comprend que mi verdadero
sufrir comenzaba ahora y ya ve cmo no me he engaado... Dios mo, Dios
mo! Ser preciso que...? En fin, le he dicho la verdad, toda la
verdad, seor Delaberge, y pues la sabe usted ya, yo se lo ruego juntas
las manos, sea usted bueno y honrado: haga como si nada supiese y
djenos...

Le suplicaba con efusin en que se senta vibrar un poco de la ternura
de otros tiempos. Bajo sus abundantes cabellos grises, algo ms sereno
el rostro, sus humedecidos ojos tomaban una expresin hondamente
dolorosa y parecan reflejar toda su antigua belleza.

--S--iba repitiendo la pobre mujer.--Mrchese usted y olvdenos...
Djenos tranquilos a los tres en este rincn. A usted, que goza de una
posicin elevada, que vive en Pars en medio de las diversiones y del
ruido, nada le ha de importar la existencia de pobres gentes como
nosotros. Nada tampoco le han de interesar nuestros asuntos ni los de mi
hijo.

--Pero es mi hijo tambin!--exclam Delaberge con acento lleno de
emocin y que vibrante sala de lo ms hondo de su alma.--Le he visto y
estoy orgulloso de l... Comprenda usted que yo deseo probarle mi amor,
contribuir de algn modo a su felicidad y a su porvenir...

--Nada puede usted hacer por l--interrumpi la seora Miguelina--Todo
lo que usted intentase sera en desventaja suya. Piense que si l
llegaba a sospechar los verdaderos motivos de su inters, si llegaba a
sentir un da la menor duda, significara esto el fin de nuestra
tranquilidad, la vergenza y la desesperacin de su vida toda... Ah!
por eso yo le suplicaba a usted que no le viese de nuevo... Tembl a la
idea de que poda el muchacho percatarse de esa desdichada semejanza y
esto llevarle al descubrimiento de lo que no ha de saber jams... Es
necesario, entindalo usted bien, que siempre sea para usted un
extrao... Es el castigo de nuestro pecado y es justo que tenga usted
tambin su parte... Lo mejor que puede usted hacer es callar... y
marcharse.

Miguelina se levant y se apart a un lado para dejarle libre el paso al
tiempo que murmuraba en voz muy baja:

--Buenas noches, seor Delaberge... Si en verdad siente usted alguna
afeccin por l... y por m... mrchese, olvdenos!...

Sinti Delaberge tan claramente la implacable lgica que encerraba esta
ltima splica, que baj humildemente la cabeza y sali de la habitacin
sin decir una sola palabra.




VI


Como haba dicho Simn a su madre, el da siguiente era el sealado para
la reunin del sindicato que se haba constituido para resistir mejor a
las pretensiones de la Administracin forestal; se compona de algunos
consejeros comunales, de varios propietarios de los pueblos vecinos y de
Simn Princetot, que ms especialmente representaba a la seora Linard.

Ya la mayora de ellos se haban ido reuniendo ante la alcalda en la
pequea plaza de los Abades, cuando lleg Delaberge. Como es fcil
adivinar, haba dormido muy mal aquella noche y su plido rostro
conservaba las huellas de sus pasadas conmociones. Con la lucidez de
espritu que suele producirse al despertar, se le apareci la situacin
ms cruel todava. Cuando se arrepenta de no haberse creado una
familia, cuando pensaba precisamente en el matrimonio, vena a
ofrecerle el destino esa irnica sorpresa... Mientras l arrastraba por
el mundo su soledad y sus nostlgicos ensueos de paternidad, all en un
rincn de un pueblo medio perdido entre los bosques, haba un muchacho
robusto e inteligente que le deba a l la vida. Y cuando hubiera podido
amar a ese muchacho, cuando se hubiera sentido orgulloso de confesarlo
por hijo suyo, vease condenado a olvidarle, a comprimir en lo ms
secreto de su corazn los fuertes impulsos de su ternura. Lo mejor que
poda hacer en favor de este hijo suyo era marcharse y no verle nunca
ms... Haba de ahogar en germen ese amor que hubiera sido para l un
verdadero consuelo.

Ha sido muchas veces desmentida la voz de la sangre y es necesario
convenir en que, en determinadas condiciones permanece muda en absoluto.
D'Alembert poda con razn decir que su verdadera madre era la mujer del
vidriero que le recogi y no la seora de Tencin, que le haba
abandonado. Es probable que Simn hubiera experimentado un sentimiento
parecido con respecto al _Prncipe_ si se le hubiese revelado su
verdadero origen. Pero, en el caso de Delaberge, el instinto paternal
bruscamente despertado en su corazn, hablaba un lenguaje muy
diferente. A la vista de ese hijo suyo que tanto se le pareca y que le
haba sido tan simptico desde los primeros momentos, senta como una
especie de admirado amor y se deca a s mismo que no podra consolarse
jams de haberle tan pronto perdido.

Avanz lentamente hacia la alcalda, buscando a Simn Princetot entre
los campesinos all reunidos y sintindose hondamente disgustado al no
verle. Todos aquellos hombres que discutan libremente y en voz alta, se
callaron en seco al acercarse el inspector general. Apartronse para
dejarle pasar y apenas si le saludaron, contentndose con observarle de
reojo.

Embarazado con acogida tan llena de desconfianza, Delaberge se dirigi
rpidamente hacia la puerta del edificio en el momento preciso en que
daba las diez el reloj. En aquel mismo instante apareci Simn en la
plazuela caminando con paso firme y decidido, grave el continente,
amable el rostro y brillante la mirada.

Los grupos se estrecharon en torno de l y todas las manos se tendieron
afectuosamente hacia la suya. El mismo Delaberge, deteniendo de nuevo el
paso, se pregunt si no ira tambin a hablarle... Simn le haba visto
ya, sus miradas se cruzaron y el impulso generoso del inspector general
se vio cortado por la mirada hostil que el joven le haba dirigido.

Cambiaron un fro saludo y en seguida se dirigieron separadamente hacia
la alcalda: Simn en medio de todos sus amigos y tenindose que
contentar Francisco con la compaa del alcalde que acababa de separarse
de los dems para recibir oficialmente al representante de la
Administracin pblica.

En la sala de la alcalda, desnuda y de paredes blanqueadas, sentado a
la derecha del alcalde el inspector general presenci la entrada de los
individuos del sindicato. Fueron llegando en fila, llevando unos la
blusa nueva que les caa en pliegues rgidos sobre el pantaln de lana,
y luciendo otros sus trajes del domingo ya pasados de moda. Sentados en
semicrculo en torno de la ancha mesa, frotbanse maquinalmente sus
rugosas manos y avanzando su cuello tostado por el sol y por el aire,
dirigan sus curiosas y circunspectas miradas hacia aquel elevado
funcionario que la Administracin les enviaba de Pars. Simn entr el
ltimo y fue a sentarse en el centro casi enfrente de Delaberge, quien,
al ser invitado a ello por el alcalde, se levant para dar a conocer el
objeto de su misin.

Independientemente de la emocin que le causaba la presencia del hijo de
Miguelina, el hecho de no haber recibido a tiempo la respuesta del
ministerio le dejaba en situacin desairada, pues no poda ofrecer al
sindicato la equitativa solucin que l haba imaginado y esto le quit
una parte de su natural elocuencia. No poda entonces hacer otra cosa
que escuchar las quejas de los usuarios sin poder proponerles en el acto
una transaccin satisfactoria. Se limit, pues, a leer la comunicacin
que le daba plenos poderes para someter el litigio a nuevo examen y
estudiar las bases de un arreglo. Hecho esto, declar que se senta
animado de los mejores sentimientos de conciliacin y muy deseoso de
encontrar, de acuerdo con el sindicato, una solucin que, sin lesionar
los derechos del Estado, diese satisfaccin a los intereses del
municipio y de los particulares.

Sus palabras fueron escuchadas en medio de un glacial silencio y en
seguida volvironse todas las miradas hacia Simn Princetot, que se
preparaba ya a replicar.

El joven, sin mostrarse en lo ms mnimo conturbado, habl con
entonacin firme y seca, diciendo:

--Muy corta ser nuestra respuesta. Como acaba de decirnos, el seor
inspector general tena la misin de visitar los bosques de Val-Clavin y
examinar el emplazamiento de las nuevas tierras de pastoreo. Si, segn
era su deber, ha procedido detenidamente a esa visita, se habr podido
dar fcilmente cuenta de la naturaleza y del valor de las tierras que
ahora se nos ofrecen. Sabe, por consiguiente, tan bien como nosotros,
que los bosques de Carboneras son insuficientes en cuanto a lea e
impropios en cuanto al pastoreo, privados de caminos de comunicacin, y
que nos es, por tanto, imposible consentir en lo que sera para nosotros
un odioso engao. Pido, pues, al mandatario de la Administracin pblica
que nos diga francamente si aprueba la solucin injusta que al conflicto
han dado los forestales de Chaumont...

Mientras Simn hablaba, el inspector general tena fijas en l sus
miradas con una atencin llena de ternura.

Ahora es cuando se daba cuenta ms exacta de esa semejanza que tanto
haba sorprendido a la seora Linard. Esa semejanza no saltaba a los
ojos, como haba maliciosamente pretendido la Fleurota; para descubrirla
era necesario estudiar muy de cerca y en la intimidad los modos de ser y
de expresarse del joven Princetot. Consista no tanto en la paridad de
los rasgos fisonmicos como en la analoga de las inflexiones de voz y
del ademn sobrio y enrgico; consista principalmente en un idntico
temblor de los prpados y de los labios bajo el golpe de una irritacin
sbita. Descubrase tambin en ciertos pequeos detalles que solamente
Francisco poda apreciar; as, por ejemplo, Simn llevaba vestidos
oscuros, mostraba en toda su persona un exquisito cuidado, sin aquel
rebuscamiento empero que suele gustar a los jvenes, sin un solo color
vistoso, sin una sola joya. Siempre haba sentido Delaberge predileccin
por los colores oscuros, la misma repugnancia por las joyas demasiado
vistosas, y con la ms profunda emocin iba comprobando esa semejanza de
gustos, esas singulares afinidades... De tal modo estaba absorbido en su
ansioso examen que no se dio cuenta al principio de la acerba entonacin
y de las agresivas intenciones que Simn pona en su rplica.

Solamente los murmullos de aprobacin con que fueron acogidas las
palabras del joven le sacaron de su ensueo y entonces comprendi que se
le atacaba de frente.

--Seores--objet con suave tono,--comprendo muy bien su impaciencia,
pero las formalidades administrativas van menos de prisa que sus
deseos. Hecha est mi opinin en este asunto y expresada la tengo en mi
informe dirigido al ministro. Sin embargo, el deber profesional me
obliga a guardar silencio hasta haber recibido de Pars una respuesta.
No puede tardar, y apenas la reciba me apresurar a ponerla en su
conocimiento.

--Demasiado conocemos esos medios dilatorios--interrumpi Simn;--hace
ya dos aos que se nos quiere engaar con promesas y aplazamientos. Nada
le cuesta a usted la paciencia, seor inspector general, pues cobra su
sueldo del mismo modo. Bastante ms cara es para nosotros, pues nos
perjudican mucho esas lentitudes administrativas. Mientras usted nos
adormece con buenas palabras, quedan desconocidos nuestros derechos,
nuestros intereses sufren y disminuyen nuestros recursos. No podemos por
ms tiempo aguardar a que resuelvan el asunto esos agentes forestales
que nos mandan de Pars y que no hacen sino engaarnos...

Bien clara haba de ver con esto Delaberge la animosidad de su
contrincante. Las duras e irritantes palabras de Simn tenan un
carcter de violencia que no consienten las discusiones puramente
jurdicas. Por encima de la administracin pblica, rectamente se
dirigan contra el inspector general. No era un adversario lo que ste
tena enfrente, sino un enemigo.

No comprenda Delaberge el motivo de ese inesperado ataque; y era mayor
an su dolor al verse objeto de una hostilidad semejante por parte de
aquel joven que era hijo suyo y a quien de buena gana y con la ms
profunda terneza hubiera estrechado contra su corazn. Se haba ya
resignado a separarse de l como de un extrao; pero dejarle por todo
recuerdo ese odio inexplicable, constitua para l una amargura suprema
que le haca sufrir hondamente.

--No es sta la opinin de todos los aqu reunidos?--continuaba Simn
volvindose hacia los campesinos, que abran inmensamente los ojos y le
escuchaban admirados.--No es tiempo ya de que pasemos de las palabras a
los actos?... Puesto que la Administracin quiere ser con nosotros
equitativa, no nos queda ms que dirigirnos a los tribunales... Que
todos aquellos que sean de mi parecer levanten la mano.

Y como movidos por una misma descarga elctrica, todos aquellos hombres
levantaron sus nudosas manos con amenazadora energa.

--Muy bien!--exclam triunfante y, dirigindose luego hacia Delaberge,
con mirada retadora le dijo:--Seor, nada ms tenemos que decirle en
estos momentos... En el trmino de veinticuatro horas, recibir usted
nuestra respuesta por mano del procurador.

Levantse y se dirigi hacia la puerta seguido del grupo de los
usuarios. El mismo alcalde se bati en retirada y dej slo al inspector
general. Sorprendido y con el corazn lleno de amargura, se qued
Francisco un momento solo en la sala desnuda y vaca, escuchando el
pesado andar y las risotadas de los campesinos que bajaban
atropelladamente la escalera y percibiendo en medio de aquel ruido esas
palabras dichas con burlona voz: Muy bien! Maltrecho y sin palabra,
le ha dejado Simn a ese orgulloso parisiense!




VII


Movido por el despecho y tambin por el vehemente deseo de conocer la
causa de tan incomprensible enemiga, Delaberge abandon a su vez la
sala. Desde los umbrales de la alcalda vio a Simn Princetot
despidindose de sus amigos y atravesando lentamente la plazuela. El
inspector general apret el paso y le alcanz ya bajo los tilos del
paseo. Caminaba el joven con las manos en los bolsillos e inclinada
meditativamente la cabeza. A solas ya, se iba disipando poco a poco su
satisfaccin por el triunfo obtenido. El calor y las irritaciones de
haca poco iban dejando lugar a una reflexin ms justa y mesurada. Se
acusaba Simn de haber mezclado su rencor personal en una cuestin de
negocios, comprometiendo quizs los mismos intereses que se le haban
confiado... Nada realmente haba ganado obrando como un nio que golpea
la piedra que le ha hecho caer. Su clera en nada poda cambiar los
hechos desgraciados que la haban motivado. Despus, lo mismo que antes,
continuaban siendo sus desilusiones iguales. Lo que la vspera haba
observado, oculto tras los abedules prximos a la puertecilla del
parque, no dejaba de ser una realidad desoladora... La seora Linard no
se preocupaba de l y reservaba para su rival todas sus amables
atenciones... Sentase el corazn lleno de amargores al recordar lo que
haba visto la tarde anterior en Rosalinda: vea la puertecilla abrirse
bruscamente, aparecer en ella amable la hermosa viuda y tender a
Delaberge su mano en la que ste dejaba galantemente un beso...

Mientras senta irritarse ms sus celos y sangraba dolorosamente su
corazn a tan odioso recuerdo, oy muy cerca los precipitados pasos y la
voz de aquel mismo hombre a quien de tal modo aborreca.

-Seor--murmur Delaberge,--tenga la bondad de concederme un momento.

Volvise Simn y una llamarada de odio brill en sus ojos; supo, sin
embargo, contenerse. Silenciosamente, se dirigi hacia una calle
transversal mucho ms solitaria.

--Qu me quiere usted?--pregunt cruzando los brazos.

--Me ha parecido que en la alcalda se ha dejado usted llevar de
impulsos apasionados ms bien que prudentes... Crame usted, espere an
dos das antes de tomar una resolucin extrema... No le hablo ahora como
adversario, sino como amigo.

--Usted no es mi amigo--replic con dureza el joven.

--Deseo serlo de todo corazn y me sorprende su hostilidad. Sin embargo,
no creo haberle dado motivo para que me trate como enemigo, desde la
tarde en que juntos volvimos de Rosalinda.

Esta alusin a Rosalinda, lejos de calmar al hijo de Miguelina, pareci
aumentar todava su irritacin.

--Detesto el disimulo!--exclam.--Me prometi usted aquel da obrar
lealmente y con justicia respecto a los usuarios, y me ha engaado
usted...

--No me acuse a la ligera!--repuso Francisco con una mansedumbre que no
impresion a su interlocutor.--Le repito que he escrito ya al ministro y
no tiene usted derecho a condenarme sin saber en qu sentido lo hice...
Por qu motivo no me concede usted su confianza y me niega los das de
plazo que le pido?

--Por qu?--replic Simn, dejndose llevar por el ardor juvenil que no
poda ya contener.--Porque he adivinado sus intenciones, porque s lo
que se propone con su perpetua dilacin... Esto le permite prolongar su
estancia aqu y multiplicar sus visitas a Rosalinda!

Delaberge le mir con honda estupefaccin y de nuevo se sinti dolorido
por la enemiga que brillaba en sus ojos.

--Me extraa--dijo con acento de reproche--que mezcle usted a la seora
Linard en nuestra discusin.

--Ah!--murmur sarcsticamente el joven Princetot.--Esto le
extraa?... Aunque sabe usted disimular muy bien, le desagrada conocer
que ha visto alguien su juego y ha descubierto el motivo de sus
equvocas asiduidades.

--Mis asiduidades nada tienen de misterioso--repuso el inspector
general, levantando con indiferencia los hombros,--y no tengo razn
ninguna para esconderme cuando voy a Rosalinda.

--Pero se esconde usted para salir!

--Que yo?...

--S, usted... Ayer tarde sali usted del parque por una puertecilla...
Atrvase a negarlo!

--Ahora comprendo...

Estas ltimas indicaciones recordaron a Delaberge el incidente que otros
hechos ms graves le haban hecho olvidar; record la huida de aquel
hombre desconocido a travs de los campos y que de tal modo se pareca a
Simn.

Fue como un rayo de luz que ilumin la situacin e hizo ms inteligible
para Delaberge la extraa conducta del joven Princetot... El pobre
muchacho amaba a la seora Linard. Con la viva intuicin de los
enamorados, adivin los propsitos matrimoniales de un recin llegado
que le pareca sospechoso y el demonio de los celos mordi en su
corazn. Ya mal dispuesto contra ese intruso, haba vigilado sus visitas
a Rosalinda, le haba sorprendido saliendo de la finca por una puerta de
la que no se servan mucho sus propietarios y esto encendi en su alma
la violenta enemistad que acababa de estallar furiosa en la reunin de
la alcalda.

Un sentimiento de honda pena, una lstima dolorida llen todo el
espritu de Delaberge... No le faltaba ms que ser el rival de su
propio hijo! Lo que en l haba de sensibilidad generosa, adormecida
por una larga prctica del egosmo y por la costumbre de no vivir sino
para s, despertse sbitamente en su corazn. Tuvo clara conciencia de
sus responsabilidades y de la situacin casi trgica en que se
encontraba... Sinti que una profunda emocin le oprima el pecho y le
humedeca los ojos.

--De manera--murmur con insegura voz--que era usted quien me espiaba...

--S, yo mismo!--afirm Simn lanzando sobre su interlocutor una mirada
de clera y de reto.

Hubo un momento de silencio; despus puso Delaberge su mano sobre el
hombro del joven y repuso:

--Hijo mo--y sinti como una amarga dulzura en los labios al pronunciar
estas palabras,--la pasin le ha cegado... Sus sospechas no se fundan
sino en simples apariencias, pero desde el momento que esas apariencias
han podido engaarle a usted y hacerle sufrir, es seguro que habr
cometido yo alguna falta... Me apena profundamente que mi irreflexiva
conducta haya podido inducirle a error.

Simn pareci desconcertado por la humildad de esa confesin y contempl
a su interlocutor menos hostilmente, a pesar de lo cual persista an
en sus ojos y en la, contraccin de sus labios un resto de desconfianza.

--Le aseguro a usted--continu Francisco--que siento por la persona de
que hablamos, una muy afectuosa estimacin, pero que no pienso ni en
hacerle la corte, ni en casarme con ella... Ya ve usted que le hablo con
toda franqueza; tenga usted conmigo un poco de confianza y contsteme:
est usted enamorado?

Simn se turb y el rubor colore sus mejillas... el rubor de un joven
seriamente enamorado y que se escandaliza al ver descubierto el tmido
amor que guardaba religiosamente escondido.

--Por qu tal suposicin?--balbuce inseguro.

--Porque--replic Delaberge,--sera sin esto imperdonable el espionaje a
que se ha entregado... Solamente la pasin puede excusarle... Usted ama
a la seora Linard.

Confuso, baj el joven la cabeza y replic hoscamente:

--Con qu derecho me interroga usted?

--Con el derecho que usted me ha dado tratndome como rival a quien se
detesta... Su antipata no puede explicarse sino por la ceguera de los
celos, y por esta misma razn le repito que est usted enamorado de la
seora Linard.

--Se burla usted de m?--murmur Simn esquivando la mirada de
Delaberge.

--No, hablo con toda mi seriedad... En su edad es un sentimiento natural
y no tiene por qu avergonzarse.

--Solamente yo soy el dueo de mis pensamientos... No he de dar a nadie
cuenta de ellos.

--Ni siquiera a la seora Linard?

--A ella menos que a nadie... Si lo que usted supone fuese cierto, yo le
juro que nunca lo sabra ella... No permitir yo que pueda sospechar
jams una locura semejante!

--Una locura?... A qu llama usted una locura?

--Llamo locura a amar un imposible... No somos ella y yo de un mundo
mismo...

Francisco sonrise melanclicamente y habl as:

--Estas consideraciones no suelen pesar mucho sobre el corazn de una
mujer que ama, y no hay motivo para que Camila no le ame a usted. Es
usted su igual por el espritu y por la educacin; es ella demasiado
inteligente para no haber apreciado sus mritos... Sea usted menos
modesto y no desespere de nada... De todas maneras, despus de lo que
acabo de decirle, ya ve usted que no he de hacerle yo la menor sombra.
No me tenga por enemigo, y adems le ruego que aguarde un poco para
tomar una resolucin extrema en el asunto de los deslindes... Maana,
pasado maana lo ms tarde, podr sin duda comunicarle algo que le
demostrar la injusticia de sus sospechas... Adis...

Y como si de pronto hubiese temido que le traicionase la emocin,
alejse bruscamente del hijo de Miguelina.




VIII


Algunas horas despus Delaberge se internaba en el bosque y se diriga
muy pensativo hacia Rosalinda.

No tenan sus pensamientos ni la ligereza de las blancas nubecillas que
corran por encima de los rboles, ni tampoco la alegra de las flores,
cuyas notas de color vivsimo salpicaban la hierba, sino que eran muy
graves y trascendentales.

S--iba dicindose,--Miguelina se engaa: algo hay que puedo yo hacer
por ese muchacho que es mo y de quien la fatalidad para siempre me
separa... Puedo darle la felicidad con que suea y que desespera
alcanzar. Ama a la seora Linard, y ella sintese tambin inclinada a
amarle. Solamente que, por orgullo, teme el muchacho descubrir su
ternura, y ella tambin, demasiado respetuosa con ciertas exigencias
sociales, duda en dejarse llevar por sus propias inclinaciones. Pues
bien, yo puedo servir de lazo de unin entre estos dos corazones que se
desean y no se atreven a confesarlo. Dignos son el uno del otro y como
hechos para saborear esa felicidad rarsima: el amor en el matrimonio.
Esta felicidad yo se la habr dado y al menos tendr una accin buena en
mi existencia intil. Me consolar en mi soledad pensando que ellos son
felices y, aunque delgadsimo, esto ser un lazo de unin entre mi hijo
y yo.

Esta idea le alegr un poco el corazn, y meditando en todo ello
perdase su mirada en las lejanas del bosque... Una apagada y verdosa
claridad reinaba en aquel fresqusimo lugar. Los diminutos ptalos que
envuelven los botones de las hayas antes de su completa madurez, se
desprendan de las ramillas y caan al suelo como finsima lluvia,
produciendo un rumoreo apenas perceptible, mientras un rayo de sol los
haca a veces brillar como si fuesen polvillo de oro.

Durante toda mi existencia--pensaba Francisco--han ido cayendo en el
pasado todos mis das, lo mismo que esos ptalos secos, sin que un solo
acto generoso los haya iluminado un instante. Ya no ser ahora as, ya
tendr un rayo de sol en mi pobre vida.

Del mismo modo que el verdor le refrescaba los ojos, la idea de que iba
a trabajar por la felicidad de Simn, de que ya no viva nicamente para
s, le refrescaba el alma. Esto le daba valor para hablar a la seora
Linard de esos delicados asuntos de sentimiento, tan peligrosos cuando
se ha estado a punto de amar a la mujer con quien se trata de ellos.

Mucho se esforzaba en olvidarla, pero no poda disimularse que an
senta una tierna inclinacin hacia esa mujer, cuyo sabroso encanto y
cuyo espritu lleno de alegres ternuras haban por un momento hecho
latir su corazn de cincuentenario. En el aire perfumado de los bosques
la riente imagen de la seora Linard se le apareca con mayores
atractivos an; vea sus ojos lmpidos, su frente pura y la morbidez de
sus mejillas aterciopeladas, la gracia de sus labios... Se apoderaba de
l una profunda melancola al pensar que todas esas delicias, que todas
esas suavidades de la intimidad femenina no se haban hecho para l. Un
hmedo soplo, que de vez en cuando mova las hojas de los rboles y
pareca subir de las profundidades del bosque iba murmurando en sus
mismos odos: No ser para ti!...

De pronto, la presencia de un roble joven y robusto, que elevaba a los
cielos su tronco recto y liso, le recordaba a su hijo Simn y le haca
avergonzarse de su vuelta al egosmo.

Seamos fuertes--se deca entonces,--si no te costase esto un
sacrificio, dnde estara el mrito del acto que vas a cumplir?

Arrojaba de s con energa esas aoranzas y luchaba valientemente con
esos enternecimientos retrospectivos. Quera presentarse ante la seora
Linard, dueo por completo de s mismo, a fin de hacer ms persuasivas
sus palabras y arrancarle la confesin de su amor por el joven
Princetot. Apresur el paso como si la rapidez de la marcha hubiese
tenido la virtud de avivar sus ardores y de espolear su voluntad.
Algunos minutos despus llamaba en la verja de Rosalinda y con un ligero
latir en el corazn y una palidez angustiosa en el rostro penetr en el
saln donde se encontraba la seora Linard.

--Ah!--exclam sta al verle,--en la cara le conozco que viene usted
para despedirse...

Y al decir estas palabras una sbita tristeza apag la alegre sonrisa de
sus labios y de sus ojos.

--No s cmo expresarle--continu diciendo la joven--hasta qu punto me
entristece la idea de su marcha.

Mientras hablaba, sus clarsimos ojos se ensombrecan y cubranse de una
sutil humedad, por lo que Delaberge comprendi que eran absolutamente
sinceras sus palabras.

--S--repuso Francisco tambin profundamente conmovido;--vengo a
despedirme de usted; probablemente marchar maana.

--Tan pronto!... Me han dicho, sin embargo, esta maana que de su
conferencia con los usuarios no ha resultado nada bueno... Habremos de
renunciar a toda esperanza de arreglo?

--Eso no; lo que hay es que les ha faltado a los usuarios un poco de
paciencia... No he recibido todava la respuesta del ministro; pero,
entre nosotros, puedo decirle que estoy casi seguro de que habr de ser
satisfactoria.

--Gracias por el inters que nos demuestra... Mas es para m un dolor
que usted se marche... Me haba acostumbrado ya a sus buenas visitas, y
no puedo imaginarme que sea sta la ltima... Sintese aqu, muy
cerquita...

Hablaba con tono tan afectuoso, filial casi, que fue dando a Francisco
mayor aplomo para abordar la delicadsima cuestin de que quera
hablarle. Se sent a su lado y le dijo as, esforzndose por sonrer:

--Antes de separarnos, seora ma, sera bueno quizs que reanudsemos
nuestra conversacin de ayer... Temo no haber correspondido como deba a
la confianza de que me dio usted tan gran testimonio... Al ver mi prisa
por marcharme, seguramente me acus usted de indiferencia. No hay nada
de eso. He pensado mucho, por el contrario, en todo lo que usted me dijo
y he tomado en ello un verdadero inters.

--Ser cierto?... Me alegro mucho, pues ya me senta avergonzada de no
haberle hablado sino de m y casi me arrepenta de haber estado
contndole tan minuciosamente las quimeras que rebullen en mi loca
cabeza.

--Es que no son en realidad sino quimeras?

Camila Linard se ruboriz y abri inmensamente sus hermosos ojos.
Delaberge prosigui:

--En ese retrato que hizo usted del marido soado, pienso que no es
imaginario todo... Puede que haya en alguna parte un ser real en quien
usted pensase... inconscientemente, cuando me iba enumerando las
cualidades de su ideal.

--No... no, yo se lo aseguro; yo no s...

--Pues bien, esta ltima noche, he pensado tanto en todo esto que he
acabado por leer muy claramente en el fondo de su corazn.

--Vaya!...--murmur la dama afectando tomarlo a broma.--En ese caso,
sera usted mucho ms hbil que yo misma... Y qu es lo que ha ledo
usted en mi corazn?

--Probar de explicrselo... Se ha encontrado usted con alguien hacia el
cual se siente secretamente atrada y al que cree enteramente digno...
Si no escuchase ms que su propio gusto, ira usted espontneamente
hacia l... Pero ese joven... porque es joven--aadi con un poco de
tristeza,--aunque es su igual por la inteligencia y por el corazn, no
pertenece a la misma clase social que usted, y se siente detenida por
escrpulos convencionales; teme usted que sus amigos, que las personas
de su propia sociedad condenen la eleccin y condenen el suyo como un
matrimonio desigual...




IX


Mientras Delaberge hablaba, la seora Linard haba vuelto un poco su
rostro y con una de sus lindas manos hurgaba nerviosamente en las flores
de un jarrn que tena a su alcance.

Arranc por fin una ramilla de madreselva y la fue desmenuzando poco a
poco entre sus rosados dedos.

--Sea usted franca y dgame si he ledo bien en su corazn.

--Creo... que s--murmur la viuda sin mirarle.

--Y ahora, desea usted que le diga el nombre de ese joven?

--No--murmur levantando hacia l sus hmedos ojos; despus aadi
aturdidamente, con una vivacidad en que se descubra a la vez su
contento y su angustia:--Usted le ha visto... _El_ es quien le ha
hablado de m...

--No, _l_ tiene demasiado orgullo para confiarse as a un extrao.

--Entonces...--exclam impetuosamente la seora Linard.--Cmo ha
podido adivinar usted?...

--Seguramente conoce usted--dijo sonriendo Delaberge,--aquel dicho de su
pas: Los enamorados llevan sobre s una planta cuyo perfume embalsama
los caminos por donde pasan. Cuando mi primera visita, este perfume
embalsamaba Rosalinda entera, y al regresar a Val-Clavin, acompaado del
seor Princetot, adivin que llevaba consigo la planta y que floreca
por usted.

El rubor cubra las mejillas de la seora Linard, sus labios sonrean y
brillaban sus ojos con luces del alba, pero no poda articular ni una
palabra. Por nica respuesta, con gentil movimiento de gratitud tendi
sus dos manos a Delaberge, quien las guard un momento entre las suyas.

--No--prosigui diciendo.--Simn Princetot no me ha hecho confidencia
alguna... Mis palabras no tienen otro motivo que el vivsimo y simptico
inters que siento por usted, seora ma... Volvamos ahora a sus
escrpulos. En realidad, si duda usted y vacila en seguir su propia
inclinacin, no es sino por el temor de lo que han de decir las
gentes...

Camila convino en ello con toda franqueza. Aunque viva muy
independiente, no dejaba de tener parientes y amigos de rancio pensar,
que sin duda se escandalizaran. En provincias, todava les parecen a
muchas gentes infranqueables las barreras que separan a las distintas
clases de la sociedad; los perjuicios y las prevenciones persisten con
mayor fuerza que en Pars; se conocen unos a otros demasiado para no ser
esclavos del qu dirn. El da en que sus relaciones supiesen su
matrimonio con el hijo de un hostelero, quedara descalificada y se
hara el vaco en su derredor... Su primera educacin y la influencia
del medio haban hecho al propio Delaberge muy formalista; tena el
culto de lo respetable y el espritu de la jerarqua, y por eso
comprenda tan bien los escrpulos de la seora Linard. En otra
ocasin, tal vez los hubiera an exagerado. Pero cuando se juzga en
causa propia, se es menos rgido y muchas veces un deseo nos hace
cambiar los ms ntimos sentimientos.

El vivo inters que el inspector general senta ahora por Simn le
llevaba a transigir con sus antiguos principios y sin mucho miramiento
peg fuego a sus naves.

--Seguramente--dijo,--en las cuestiones de pura conveniencia hemos de
tener en cuenta la opinin pblica. Pero cuando se trata de unir para
siempre la propia vida con la vida de otro, no se ha de escuchar sino la
voz del corazn. Por otra parte, examinndolo bien, tal vez no estn del
todo justificadas las desaprobaciones que usted teme... Simn es un
hombre superior, es muy querido y aun popular en todo el pas, y si un
da le tienta la poltica, no hay duda que puede abrirse camino hasta
llegar al Parlamento. Si quiere utilizar sus excelentes cualidades en la
Administracin pblica, yo le prometo ayudarle con todas mis fuerzas. En
todo caso, parceme que tiene suficiente voluntad y los mritos
necesarios para llegar muy alto. Aada usted a todo esto, que sus padres
son ricos y que adoran a su hijo. Si un da creen que su actual
profesin es un obstculo para su matrimonio, crea usted que no
vacilarn en vender la hospedera y en vivir como burgueses, de sus
rentas... Y entonces nada quedar ya de las suspicacias y prevenciones
de sus amigos. La gente pone pronto buena cara a todo aquel que triunfa,
y yo le aseguro a usted que Simn triunfar. As, pues, no le preocupe
la opinin de los dems: deje a un lado todo prejuicio, siga sus propias
inclinaciones y ame usted a quien le ama.

--Gracias, seor Delaberge--respondi ella, premindole sus consejos con
una mirada llena de ternura;--tiene usted razn completa, y no escuchar
sino la voz de mi corazn.

--Sea en buena hora... Es probable que venga Simn maana o pasado para
darle cuenta de la resolucin recada en el asunto de los deslindes...
Recuerde usted bien que es noblemente orgulloso y muy reservado. Aydele
usted a hacerle ms expansivo... Es usted mujer, y estoy seguro de que
sabr arrancarle su secreto... Y ahora, seora ma--aadi
levantndose,--voy a despedirme de usted... para mucho tiempo.

--Todava no!... Antes que se marche quiero que visite por ltima vez
los jardines de Rosalinda.

Le llev hacia la terraza y cruzaron las anchas avenidas del jardn
donde las flores ponan toques de encendido color y donde las
madreselvas llenaban el aire con su penetrante perfume.

Como el primer da, se apoy Camila suavemente en su brazo y le hizo
admirar de una en una, sus plantas y sus flores. Visitaron el rstico
emparrado bajo el cual haban hecho sus ramos un da y desde el que se
disfrutaba de tan maravillosas perspectivas; siguieron un trecho por
las orillas del riachuelo sobre cuyas tranquilas aguas inclinaban los
sauces sus ramajes; no se detuvieron sino en la glorieta donde tuvo
Delaberge la primera revelacin del amor de Camila por el hijo de la
seora Miguelina....

Este paseo iba recordando a Francisco sus desvanecidos ensueos de
ternura y toda sus ilusiones muertas... Tena para l la melancola de
los crepsculos de otoo, y tambin el tibio perfume de un ramo de
violetas medio mustias.

Cuando volvan por la avenida principal, donde florecan sus hermosos
rosales, la seora Linard arranc una rosa de prpura y la ofreci a
Delaberge con una mirada llena del ms profundo reconocimiento:

--Deje que haga florecer sus manos... Por el camino aspirar usted el
perfume de esta rosa y l le recordar mejor a su pequea amiga de
Rosalinda... Gracias, seor Delaberge, gracias... Ha sido usted muy
bueno para m... Bueno como un padre.

--S, como un padre!--murmur Francisco, pensando, lleno de dolor, en
que estas palabras encerraban la ms cruel de las ironas.

Atrajo hacia s a la seora Linard, bes en silencio su frente
pursima, y parti...

Lentamente hizo de nuevo el camino que haba hecho una tarde en compaa
de Simn. Vio el hermoso y robusto rbol que el joven con tan profunda
pasin haba estrechado entre sus brazos, y a su vez, impulsado por una
infantil supersticin, quiso abrazarlo tambin...

Al pasar cerca de los lavaderos en que la Fleurota le haba tan
brutalmente revelado su triste paternidad, apret el paso y volvi hacia
otra parte los ojos... Lleg con esto cerca del pueblo y se detuvo un
momento junto al estanque inmvil en cuyas aguas el sol del ocaso pona
irisados reflejos; dorma taciturna el agua en medio de los espesos
caaverales que el viento agitaba suavemente, meciendo con aires de
compasin sus blancos penachos. Un coro de ranas elevbase de vez en
cuando de entre los tallos verdeantes y rectos y despus sbitamente se
apagaba, dejando percibir en toda su intensidad el silencio de los
campos. Habr llegado ya la respuesta del ministro?--pensaba
Delaberge.--Si llega esta tarde, todo habr concluido... y maana
marchar.




X


La cocina del _Sol de Oro_ tena su habitual aspecto de todos los das.
Perezosamente apoyado en los umbrales de la puerta, el _Prncipe_
silbaba aguardando la hora de comer. El fuego era ms vivo que nunca y
la seora Princetot, preocupada con sus cacerolas, ni siquiera levant
los ojos al entrar Delaberge. La delgadsima criada, sentada ante la
mesa, preparaba displicentemente una ensalada.

--No ha trado nada el cartero?--pregunt el inspector general.

--S que ha trado, seor Delaberge--respondi el _Prncipe_ que, al
fin, se decidi a abandonar los umbrales de la puerta.--Hay un telegrama
para usted.

Con tardo paso, se dirigi hacia una pequea vitrina, fijada en la pared
y en la cual se guardaban las cartas que llegaban dirigidas a los
viajeros. Abrila y entreg a su husped un pequeo pliego.

A pesar de su aparente indiferencia, lo mismo el hostelero que su mujer
sentanse vivamente intrigados por ese telegrama encerrado en el sobre
amarillo en que se ponen los despachos oficiales. Sospechaban que ese
pliego contena la respuesta ministerial y haca ya ms de una hora que
aguardaban impacientes el regreso de Delaberge.

Mientras ste, despus de haber roto el sobre, se acercaba a la puerta
para leer mejor el telegrama, el _Prncipe_, guiando sus ojuelos llenos
de malicia, observaba disimuladamente el rostro del lector y trataba de
descubrir en l si la noticia que el papel contena iba a ejercer una
buena o mala influencia sobre el importante asunto que tanto interesaba
al pueblo. Por su parte, la seora Miguelina, olvidando un momento sus
cacerolas, diriga su furtiva mirada en la direccin de su antiguo
amante y pensaba con honda angustia: Se marchar, al fin?

El telegrama oficial deca de este modo:

_Director general de montes a inspector general, en
Val-Clavin.--Proposiciones aprobadas por el ministro. Nuevas
instrucciones en este sentido se mandan al inspector provincial de
Chaumont._

Pleg Delaberge tranquilamente el telegrama y se lo meti en el
bolsillo. Su rostro expresaba una visible satisfaccin.

--Seora Princetot--dijo,--marchar maana por la maana y le
agradecer, lo mismo que al seor Princetot, que me preparen esta misma
noche la cuenta...

Aqu se detuvo un momento como para ganar un poco de aplomo y despus
continu dirigindose a sus dos huspedes, aunque ms particularmente a
Miguelina:

--Mi comisin ha terminado y no es probable que se me presente nueva
ocasin de volver a Val-Clavin. De manera que mi despedida de esta noche
es definitiva... Les agradezco mucho todas sus atenciones y voy a
pedirles un ltimo favor... En vez de volver a Langres, deseara
regresar a Pars por Is-sur-Tille y Dijn. No tendra su hijo la bondad
de conducirme en carruaje maana por la maana hasta la estacin de
Very?

--Nada ms fcil--se apresur a contestar el _Prncipe_;--la estacin no
dista ms que una media hora y Simn le acompaar sin duda
gustossimo.

El rostro de la seora Princetot se ensombreci y a pesar de su gran
fuerza de disimulo no logr encubrir su viva inquietud.

--No podras ir tu mismo, Princetot?--objet Miguelina.--Simn est
siempre tan atareado...

--No, hija, es demasiado temprano para m--repuso el _Prncipe_ que
gustaba de levantarse tarde.--Simn salta de la cama apenas clarea el
alba y, adems, eso no le emplear ms all de una hora.

--Me agradara eso tanto ms--insisti Delaberge--por cuanto he de
hablar con l de ese asunto de los bosques...--Se volvi hacia Miguelina
y con voz en que vibraba una sentida splica aadi:--Tranquilcese,
seora Princetot, no molestar mucho tiempo a su hijo... No me niegue
el placer de hacer el camino en su compaa durante los ltimos momentos
que he de pasar en Val-Clavin!...

La mirada de Miguelina se encontr con la mirada de Francisco y tal vez
ley en ella una solemne promesa de discrecin, tal vez comprendi que
la palabra tranquilcese encerraba el compromiso tcito de ser hasta
el fin un extrao para Simn, o tal vez se sinti simplemente conmovida
en lo ms hondo por la humilde splica del hombre a quien en otro tiempo
haba prodigado sus amorosas caricias. No insisti ya en sus objeciones
y, despus de hacer un ademn de aquiescencia, se volvi silenciosa a
sus cacerolas...

       *       *       *       *       *

Al da siguiente, a las nueve de la maana, _Brunete_, el pequeo
caballo bayo, piafaba impaciente ante la puerta del _Sol de Oro_. Se
haban colocado ya las maletas en la parte trasera de la _charrette_
inglesa, en la que Delaberge tom asiento al lado de Simn. Despus de
algunas palabras de vulgar despedida y de una significativa mirada en
que puso la seora Miguelina una splica de silencio, tom el caballo el
trote por el camino del estanque.

El cielo estaba cubierto y una ligera neblina humedeca el rostro y las
manos. Delaberge se volvi y al travs de la bruma envolvi en una
ltima mirada las casas grises del pueblo, el estanque en que los
caaverales temblaban, el repliegue del valle en que Rosalinda se
esconda y lanz un profundsimo suspiro. Haban llegado a la rampa de
Very y, como la cuesta era muy ruda, Simn baj para aligerar un poco al
caballo, precisamente cuando el inspector general meditaba sobre la
manera de abordar la cuestin tratada el da anterior en Rosalinda.

Francisco se qued solo en el carruaje atormentado por sus tristes
pensamientos, pues haba tambin neblina en su corazn.

Contemplaba vagamente los bosques, por encima de los cuales flotaban
jirones de bruma y entre cuyos rboles los pjaros lanzaban aquel grito
lastimero que anuncia los das lluviosos. En cada uno de los rboles del
camino le pareca ver desfilar una a una sus ilusiones de otros tiempos.
Reconoca al pasar cada uno de los sitios por donde haba paseado con
sus agitaciones de joven ambicioso, edificando sus ensueos de fortuna y
de ascenso en su carrera. En aquellos tiempos se senta lleno de
confianza en s mismo, se lanzaba por los caminos del porvenir con la
intrpida audacia de un aventurero que marcha a la conquista del becerro
de oro. El destino se haba mostrado con l por dems complaciente, pues
obtuvo el triunfo mucho antes de lo que esperaba. Nunca, mientras era
humilde guarda general y atravesaba solo los bosques de Val-Clavin,
nunca se haba atrevido a imaginar que llegara a lo ms alto de la
escala administrativa.

Y sin embargo, a pesar de sus inesperadas victorias, a pesar de haber
visto satisfechas sus ambiciones, qu le haban dado en realidad esos
veintisis aos devorados uno a uno, consumidos en la fiebre de una
labor cotidiana?... Un poco de humo y un puado de fras cenizas: nada
fecundo, nada que pusiese un poco de calor en su corazn, nada slido en
suma... La nica obra hermosa y til que podra poner en su activo, era
ese apuesto y robusto muchacho que caminaba delante de l, orgulloso de
sus veinticinco aos y levantando en su imaginacin de enamorado
castillos en el aire.

Ironas de la existencia!... Sus trabajos administrativos, sus vigilias
pasadas en el estudio, sus sabias elucubraciones jurdicas, toda esa
actividad oficinesca que constitua su nica gloria, haba sido, en fin
de cuentas, tan estril como la zizaa. La nica creacin de que poda
envanecerse era debida al azar de unos amoros de pueblo, al
inconsciente olvido de una hora de placer... Y este hijo, obra suya,
carne de su carne, prolongacin de su propia personalidad, no poda ni
tan slo pblicamente reconocerlo; caminaba a su lado y no le poda
decir: T eres hijo mo; no poda hablar con l sino de cosas sin
ningn inters...

Haban llegado arriba de la cuesta, y de un ligero brinco el joven
Princetot tom de nuevo su sitio en el carruaje; cosquille con su
ltigo el cuello del caballo y recomenz ste su trote ligero.

Delaberge pensaba con una profunda tristeza que ya no le quedaban por
pasar sino algunos instantes al lado de Simn, y que cada una de las
vueltas que daban las ruedas del carruaje apresuraban el momento de la
despedida... Hubiera querido hablarle ntimamente, no dejarle sino
despus de haberle demostrado con toda discrecin sus efusivas ternuras.

--Llegaremos a la estacin un poquito antes que el tren?--pregunt al
joven.

--No se lo puedo decir con exactitud, pues no llevo reloj--repuso
Simn;--pero no tema usted perderlo... De aqu a diez minutos
divisaremos ya la estacin.

--En ese caso--dijo suspirando Delaberge,--apenas si me queda tiempo
para hablarle de algo que le interesa mucho... Por fin, recib anoche la
respuesta de la Administracin central. El ministro aprueba las
conclusiones de mi informe y he aqu en resumen lo que yo tengo
propuesto: El proyecto de dar a los usuarios el bosque de Carboneras
queda abandonado; en cambio, se les concede una superficie igual que se
tomar en la parte ms excelente de los bosques de Montegrande, bosques
que la carretera de Val-Clavin atraviesa. En este sentido se han dado ya
las necesarias instrucciones al inspector de Chaumont. Le parece a
usted bien?

--No podamos desear ms ni mejor!--exclam Simn.--Es muy equitativo,
y todos los usuarios aceptarn con alegra sus proposiciones.

--He aqu el telegrama oficial--prosigui Francisco sacndolo de uno de
sus bolsillos.--Nadie lo conoce todava y he querido que fuese usted el
primero... Le suplico ahora que sea usted mismo quien lleve la noticia a
la seora Linard... Espero que no ha de serle molesto el cumplimiento
de este encargo--aadi con una triste sonrisa--y aun dir que no me
faltan razones para creer que la joven le agradecer saber de sus labios
la grata noticia.

--Ir a Rosalinda esta misma tarde--exclam Simn mientras coloreaba el
rubor su rostro.

Delaberge se aproximaba suavemente al hijo de Miguelina... Deseaba
sentir el roce de su persona, esperando que este contacto haba de
recalentar un poco su corazn; despus le dijo con voz en que vibraba no
se saba qu de paternal:

--Cuando est en Rosalinda, acurdese de que los tmidos no triunfan
jams y pues ama usted a la seora Linard, no tema abrirle francamente
el corazn... No se detenga a la mitad del camino... Por otra parte,
quin ni qu podra hacerle dudar?... Es usted digno de ella por la
educacin, por el espritu y por el carcter... Y en el caso de que,
para antes de casarse, desease haberse hecho una situacin que
satisficiese su amor propio haciendo valer su personalidad, escrbame...
Yo puedo procurarle un puesto honroso en alguno de los servicios que
dependen del ministerio de Agricultura... Ya ve cmo era usted muy
injusto conmigo al considerarme como un obstculo para sus ms caros
deseos; por el contrario, yo no pido sino encontrar los medios para
apresurar su realizacin...

A medida que hablaba, contemplaba Simn con una mezcla de confusin y de
extraeza a ese desconocido que, lo mismo que las hadas de los cuentos
infantiles, vena a ejercer una tan benfica influencia en los destinos
de su vida... Sentase profundamente conmovido por la cordial
simplicidad con que ese funcionario le daba tan sabios consejos y le
ofreca su valiosa ayuda. Movido a la vez por un sentimiento de
vergenza y de gratitud, balbuceaba encendido el rostro:

--Seor, yo... yo bien quisiera darle las gracias como se merece... mas
no encuentro palabras. Sintome confundido y avergonzado de mis
estpidas desconfianzas... Cmo podra yo demostrarle mi agradecimiento
y merecer su perdn?...

--Nada ms que guardndome un pequeo recuerdo en su alma...--murmur
Delaberge.

Hubiera querido decir ms y expresar con mayor viveza la ternura que
suba de su corazn a sus labios, en este supremo momento de la
despedida. Comprenda, empero, la fatal necesidad que le condenaba a
reprimir un sentimiento que hubiera parecido sospechoso al hijo de
Miguelina. Haba prometido no ser para l ms que un extrao y el mismo
inters del joven exiga el religioso cumplimiento de esta promesa. Una
terrible angustia le oprima el corazn... Antes de separarse de l para
siempre, hubiera deseado dejar a este muchacho que era hijo suyo un
recuerdo material de su afecto, algo que obligase a Simn a pensar en
l alguna vez siquiera... Sbitamente se acord de que poco antes,
cuando le pregunt si llegaran a tiempo, haba dicho el joven que no
tena reloj, y se le ocurri la idea de ofrecerle el suyo. Pero, aunque
la cosa era insignificante, podra parecer un tanto extraa y ni an
quizs lograra hacrselo aceptar...

Pensando en ello, comenz lentamente a quitarse la cadena que llevaba
pendiente del chaleco y con nerviosidad la haca saltar entre sus dedos.
Luego, afectando un aire indiferente y alegre, que amargamente
contrastaba con la desoladora tristeza que esconda en su corazn, habl
as:

--Para que piense usted en m alguna que otra vez se me ha ocurrido una
idea... Me ha dicho usted hace poco que no llevaba reloj; deje que le
ofrezca el mo... Nada tiene de precioso, pero es muy bueno... Cuando le
pregunte usted la hora, se acordar de un viejo soltern que usted tom
ingenuamente por un rival y que, por el contrario, senta por usted una
afectuossima amistad...

Sac de su bolsillo el reloj y lo desliz prestamente en las manos del
muchacho, quien, confuso por tan inesperado presente, permaneca
aturdido y no saba qu decir; en sus ojos azules y grandemente abiertos
se lea a la vez su inquietud, su enternecimiento y tambin el temor de
herir el amor propio de ese hombre extrao que acababa de darle tan
reales pruebas del ms profundo afecto: Es un original--pensaba
Simn,--pero tiene todo el aspecto de un hombre honrado... No hay que
darle pena rechazando lo que de tan buena gana ofrece...

Y mientras le daba con palabras confusas las gracias, llegaba el
carruaje ante la pequea estacin casi perdida en medio de los bosques.
Ambos saltaron a tierra y en aquel mismo instante la campana anunci la
llegada del tren, resonando dolorosamente sus metlicas vibraciones en
el corazn del inspector general. Apenas hubo tomado su billete y
facturado su equipaje, se oy en el fondo del bosque el silbido del tren
que llegaba.

Aunque no era posible distinguirle todava al travs de la densa niebla,
se adivinaba que iba acercndose rpidamente, por las sordas
trepidaciones que conmovan el suelo... El temblor asustadizo de las
hojas y de las ramas que el tren mova a su paso, llenaba el bosque de
un misterioso murmullo.. Pronto apareci la poderosa mquina como
surgiendo sbitamente de la niebla, la fila serpenteante de los vagones
se dibuj en negro sobre los hmedos verdores y, con gemidos casi
humanos, se detuvo el tren en seco ante la humildsima estacin.

El joven Princetot haba acompaado a Delaberge hasta los mismos
andenes... Francisco le envolvi en aquel supremo momento en una
afectuossima mirada y nunca le pareci tan evidente su semejanza con el
hijo de Miguelina...

--Valor, y buena suerte!--le dijo con voz que se esforzaba en hacer
serena.--Cuando est en Rosalinda, no olvide usted ni una sola de mis
recomendaciones... Y ahora, hijo mo, como no sabemos si hemos de vernos
otra vez, venga a m...

Tom a Simn entre sus brazos, le apret con fuerza contra su pecho, y
tuvo este abrazo tan comunicativos ardores, que el joven se sinti
conmovido a su vez y bes a Francisco tantas cuantas veces le iba ste
besando tambin...

Mientras quedaba Simn un tanto sorprendido de la emocin profunda que
acababa de experimentar, subi Delaberge al vagn e inmediatamente
cerraron la portezuela.

--Adis!...--dijo todava asomando su plido rostro por la ventanilla
del coche.

       *       *       *       *       *

Y parti el tren entre nubes de vapor cuyos blancos jirones se rasgaban
al travs de la valla que cerraba la va... Destrozado el corazn,
hmedos los ojos, Delaberge continuaba con la mirada fija hacia la
estacin que se iba haciendo ms pequea cada vez... y en vano sus ojos
queran atravesar el espessimo velo de la niebla que deformaba todas
las cosas y pareca querer aislarle del mundo exterior. Por fin,
desesperado y vencido, se dej caer sobre el asiento... Viajaba tambin
solo esta vez, y un profundo sollozo se anud en su garganta a la idea
de que, de hoy ms, solo tambin viajara por los tristes caminos de la
existencia.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Paternidad, by Andr Theuriet

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PATERNIDAD ***

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