The Project Gutenberg EBook of Adriana Zumarn, by Carlos Alberto Leumann

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Title: Adriana Zumarn

Author: Carlos Alberto Leumann

Release Date: April 12, 2008 [EBook #25054]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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CARLOS ALBERTO LEUMANN

Adriana Zumarn

(NOVELA)

9 EDICIN

BUENOS AIRES

TALLERES GRFICOS "CNEO" CARLOS PELLEGRINI 677

1921

Es propiedad. Queda hecho el depsito que marca la ley.




I


La muerte de su padre permaneca envuelta para Adriana en una penumbra
de lejano misterio. Haba llegado a la sospecha, luego a la certidumbre,
de un suicidio. El episodio se remontaba a los primeros aos de su
infancia. Ella recordaba confusamente el cuadro de la habitacin
mortuoria, el tmulo negro, el Cristo de plata; alguien la haba
levantado en alto, y ella vio entonces, en el atad, una forma larga,
cubierta desde la cabeza hasta los pies con un pao blanco; slo
aparecan las manos, tradas por encima del pao, horriblemente plidas
y tiesas. Pero no le parecieron las manos de su padre. "Por qu le
haban tapado tambin la cara?" pens ms tarde. Pero por nada en el
mundo lo hubiera preguntado a su madre ni a persona alguna. Se lo
impidi una especie de recelo sobrecogido y la misma gravedad dolorosa
del suceso. Ciertas alusiones, odas en conversaciones ntimas, le
hicieron despus relacionar la tragedia con el aislamiento en que
viva--acaso desde entonces--la familia de Aliaga, y fijar su reflexin
sobre la singular circunstancia de que, con la muerte de su padre,
termin toda amistad entre aquella familia y la suya, a pesar de unirlas
algn parentesco.

Y guardaba tambin esta vaga memoria: un da, durante el luto, habiendo
pedido que la llevaran a casa de las Aliaga, donde con frecuencia pasara
el da jugando, su madre la reprendi con una severidad que la dej
consternada.

Despus entr como interna en un colegio religioso, pasaron los aos y
rara vez tuvo de ellas alguna noticia. "Qu divina se ha puesto Laura
Aliaga!"--oy decir a una seora, en voz baja, al terminar una fiesta de
caridad organizada por las damas Vicentinas. Y le dio pesadumbre pensar
que acaso las haba visto, sin reconocerlas. Por otra parte, le infunda
cierto inexplicable temor la idea de relacionarse con ellas nuevamente.

Pero el ao anterior a la poca en que comienza esta historia, las haba
visitado aventurndose a todo y con el pretexto de la antigua amistad,
cuya ruptura aparent sencillamente ignorar.

Fue una emocin que le dej recuerdos imborrables. Durante las dos horas
que la visita dur, la agasajaron con finura, demostrndole cierta
alegra solcita, que contrastaba con la idea trgica de su imaginacin.
Se las haba figurado siempre con una actitud melanclica y en sus caras
tristes una palidez mortal.

Era la de Aliaga una de esas familias porteas que se han retrado
rehuyendo las antiguas amistades y viviendo en una especie de reserva y
de rara indiferencia para todas las cosas que agitan al brillante mundo
social. La casa, interiormente suntuosa, pareca demasiado grande para
las pocas personas que la habitaban. Con las tres hermanas viva un
hermano soltern, Eduardo, y una ta abuela, muy anciana ya; atacada de
parlisis, nunca sala de su habitacin.

Y la casa pareca aun ms grande y ms silenciosa, cuando Eduardo se iba
con alguna de ellas a una estancia lejana, donde solan pasar largas
temporadas.

Adriana se sorprendi de que a ratos la hablaran con un tono de voz
cansada, como midiendo las slabas y con cierta reserva en la dejadez
amable de las palabras. Le llamaron la atencin sus manos largas y
finas, ligeramente deformes y de una blancura extraordinaria. Tambin
recordaba ahora, como si los tuviera presentes ante sus ojos, algunos
objetos del saln; as una mesita de caoba tallada, incrustada en los
bordes con dibujos de ncar, luego dos grandes candelabros de cobre que
figuraban dragones fantsticos, y una jarra de alabastro, sobre la
cornisa de la chimenea, con pomposas flores de terciopelo lila.

Una aprensin invencible la haba imposibilitado para llevar la
conversacin al recuerdo de su padre. Como la irritara su propia falta
de audacia y excitada por la violenta curiosidad, se decidi al fin:

--Ustedes trataron mucho a pap...

Y mir a Zoraida, la mayor, con expresin de tmida simpata. No
parecieron en manera alguna sorprenderse. Zoraida, suspirando, cerr por
algunos segundos sus hermosos ojos de anchas pupilas bajo la masa de
cabellos rubios retorcidos sobre la cabeza esplndida. Le respondieron
sin embargo de un modo evasivo.

--T debes acordarte de cuando l te traa aqu... el seor Zumarn era
muy bueno... Tal vez demasiado bueno.

En seguida, despus de mirarse unas a otras, se fijaron en ella con
cierto embarazo y cambiaron la conversacin.

Sin duda aqulla, la mayor de las hermanas, haba sido para su padre un
ser de adoracin, el motivo amoroso de su muerte; y acaso en una viudez
virginal, se haba ella consagrado a la fidelidad de un cario que a
travs de la muerte perduraba por la comunicacin doliente de sus almas.
Por eso sin duda era ms plida su cara, sus ojeras ms hondas y el oro
mate de su pelo tena una tonalidad ms antigua. Y aquellas sus anchas
pupilas, con cierto brillo febril en su dulzura profunda, no revelaban
tambin la imaginacin apaciguada por una larga contemplacin visionaria
y ajena, desde haca muchos aos, a toda suerte de seducciones
mundanales?

Adriana propuso en su nimo volver a aquella casa y lograr, siquiera
con splicas, la relacin sentimental de la tragedia. Se la diran
llorando, y ella, la hija del hombre adorado, abrazara a aquella
hermana mayor y tambin llorara a su padre desconsoladamente.

Otro episodio se asociaba tambin al recuerdo de su visita a la familia
de Aliaga. Cuando iba a marcharse, una de ellas, acaso para todava
retenerla, se empe en que deba conocer a Julio Lagos.

--Le dejamos arriba, conversando con la abuelita, cuando t viniste.

En seguida encendieron las luces de la sala y le hicieron bajar. Julio
Lagos le pareci un muchacho nada vulgar. Celebr conocerla y alab con
insistencia, casi con inoportunidad, el espritu singular que revelaba
el modo de mirar que Adriana tena.

Pero despus, aun cuando ambos se prometieron amistad, segn el tono de
galantera que la pltica tuvo, no haban vuelto a encontrarse.

Aquel Julio Lagos surga para ella cubierto por la misma atmsfera de
pasin que imaginaba sobre todas las cosas relativas a la familia de
Aliaga. Adems, en los ojos de Julio haba visto, estaba segura, brillar
el amor. En realidad, no se explicaba a s misma por qu haba dejado
pasar un ao sin volver a la casa, cuando tantos motivos de inters la
atraan.

Es verdad que Julio era, acaso, un hombre parecido a todos, sin
capacidad para enamorarla ni comprenderla ntimamente. Acaso vala ms
no haberle vuelto a ver, para conservar, indefinidamente, esta ilusin
de un hombre cuya alma podra acercarse a la suya y avasallarla con su
inteligencia delicada, con su adoracin ardiente y fina. Le amara, as,
de una manera ms ideal, conservando en la memoria la caricia lejana de
su galantera y el aire de sorpresa encantada con que haba reconocido
en ella un espritu singular. Por primera vez el elogio galante de un
hombre haba sido exclusivamente para su alma que nadie conoca. S, era
mejor guardar, de Julio, esta idea pura, despojada de su realidad,
apartada de la vida en que toda cosa ideal se anula.

La realidad era su novio, Ricardo Muoz. Se haban comprometido durante
la ltima temporada en las sierras de Crdoba y ella estaba segura de no
quererle. Pero le suceda algo inexplicable: a veces pensaba en l con
un sentimiento que pareca amor y multitud de apasionadas ideas venan a
encantarla. En esos momentos, dominada por un singular arranque de
ternura, le escriba cartas de enamorada sumisa. Maravillada de s
misma, pensaba que el amor la haba iluminado de pronto. Pero despus,
cuando Muoz llegaba a su presencia, vido y tembloroso de la felicidad
leda, todo el encanto se mudaba en decepcin. Entonces se complaca en
hacerle sufrir y de sus lindos labios slo salan palabras de burla.

--Por qu--le preguntaba Muoz desesperado--por qu no es usted la
Adriana de sus cartas?

Ella, sin responder, sonrea vagamente.

Un da le comunic que sus relaciones quedaban rotas. Fue una escena
penosa. De pie, frente a Muoz, muy seria, le tenda un manojo de
cartas. Se negaba l a recibirlas, pero como Adriana permaneca
implacable, lgrimas de amargura le vinieron a los ojos.

Lejos de conmoverse, la fastidi ms el llanto de Muoz. Puso
rpidamente las cartas al borde de una mesita, camin hacia la puerta de
la sala y aguard que alguien llegase. Muoz, ahogando los sollozos, se
cubra la cara con las manos.

--Ah, qu tontera desagradable!--murmur Adriana; y para que la escena
no se prolongase, llam gritando a su hermana menor:--Raquel! Raquel!
Muoz te quiere hablar!

Sin embargo, dos das despus, por ms que haba tomado la seria
resolucin de no verle ms, le escribi otra carta pidindole perdn.

Uno de los motivos que sin duda influan para decepcionarla de Muoz,
era el apoyo que su madre prestaba a ste. Su madre y una amiga de
Adriana, Charito Gonzlez, queran a toda costa que se formalizara el
compromiso y se casaran en seguida. Esta solucin le pareca a ella la
muerte de todos sus ensueos... Era preferible quedarse en aquella
indecisin, ante aquella perspectiva muy vaga, muy brumosa, donde podra
resplandecer de pronto la luz de su vida. El matrimonio con Muoz la
aterraba. Para evitarlo pedira ayuda a las Aliaga y a Julio...

La tragedia de su padre se juntaba en su pensamiento a otras historias
odas en la reserva de alguna confidencia. Su abuelo, un hombre piadoso
y sensual, se haba dejado matar, sorprendido en la alcoba de su amante,
por faltarle la voluntad de herir con la espada que el marido
caballeresco le arrojara a las manos. Adriana se lo representaba
plegando las rodillas, abatido por el golpe mortal, con los ojos cegados
por la sangre de la herida y murmurando una oracin, puestos los labios
sobre la cruz de la espada.

Cunta melancola insinuaba en su meditacin aquella historia,
ensimismada en el secreto como las cosas de la confesin! Y tambin as
la de su bisabuelo, que suscitara una leyenda de escndalo en su tiempo
y sucumbiera a la tristeza que le haba dejado la muerte de una querida.
Su mujer, que le adoraba con locura y con una suprema bondad le haba
perdonado sus desvos, sobrellev el doble martirio de verle morir y de
escuchar el nombre de la perdida articulado por l inconsolablemente en
las alucinaciones que precedieron su agona. Despus, alterada por la
intensidad de su desdicha, perdido el afecto a los hijos y a todas las
cosas del mundo, cambi poco a poco en misticismo su amor por el muerto
y tuvo visiones extraas de Jess y de la Virgen. La familia haba
logrado que nadie conociera tan singulares circunstancias,
atribuyndolas a locura, y sin sospechar en aquellas visiones su
identidad con los xtasis celestes de las bienaventuradas.

Adriana tocaba como reliquias algunos objetos que le pertenecieran; as
un crucifijo, pendiente de un pesado rosario de oro viejo. Durante
largas horas, ociosa, lo acariciaba entre sus dedos, soando, con los
ojos abismados. Y una sugestin impalpable, profunda, le traa el
vestigio inmaterial de voluptuosos apasionamientos y la palpitacin
remota de aquella pobre alma, visitada por seres anglicos, que vinieran
para ofrecerle una inefable consolacin.

Pero estas todas eran cosas hondamente sumidas en su mundo interior y de
ellas jams tena ocasin de hablar con nadie.




II


Ahora estaba, desde haca un mes, en la estancia de su to Ernesto
Molina. Procuraba distraerse con la lectura; pero los libros, en aquella
campaa despoblada, montona, sobreexcitaban las ansiedades vagas de su
corazn. Y como era imposible vencer el empeo que su madre tena de
quedarse all, ya entrado el otoo, la compaa de sus parientes se le
hizo ms odiosa y pasaba las horas callada, retrada y con una gran
tristeza.

Un parque de eucaliptos rodeaba el espacioso y antiguo casern de la
estancia, hecho al estilo colonial: gran patio con aljibe en el medio y
un techo de tejas recado sobre la galera exterior.

Era el seor Molina un hombre de hbitos seoriles y sencillos. Apegado
al recuerdo del Buenos Aires viejo, aceptaba, sin amarlas, todas las
innovaciones modernas y el espritu de las actuales costumbres. A su
mujer, catlica, sin misticismo, le preocupaban en cambio los avances
escandalosos de la irreligin. Sus dos hijas se parecan a ella por la
expresin casi enojada de los ojos, adquirida en las prcticas asiduas
del culto murmurando oraciones compungidas y contemplando el cliz que
se eleva sobre la casulla recamada en oro del sacerdote que oficia.

Era Adriana, en este ambiente, un contraste original. Ella lea novelas
modernas que figuraban en el ndice, bromeaba sobre cosas sagradas y
siempre discuta para escandalizar; sus actitudes tenan como una
lasitud de encanto prohibido. Pareca desdear compasivamente a sus dos
primas, que se querellaban como chiquillas, entre rezo y rezo, y que
refirindose a ella en casa de extraos, solan repetir censurndola,
con ingenuidad sentenciosa: "Es una rara, una rara".

El seor Molina era la nica de aquellas personas cuya conversacin no
le causaba fastidio, por ms que siempre tocara los mismos asuntos, con
su invariable tono tranquilo, pausado, de viejo patricio, el pulgar de
una mano metido en la abertura del chaleco y la otra apoyada de travs
en la rodilla.

Nunca dejaba de hacerla rer cuando repeta ancdotas de personajes
histricos. Se trataba, con frecuencia, de alguna conversacin sin
importancia que l haba escuchado treinta aos atrs y cuya recordacin
resultaba trivial. Otras veces, en cambio, eran ancdotas llenas de
sabor humano. Pero el seor Molina atribua a todas sus historias el
mismo grado de inters. Por lo comn se interrumpa en mitad de su
relato, despus de advertir: "Pero ahora ustedes van a ver". Y quedaba
como ensimismado, durante algunos segundos.

--Mi abuela,--deca--fue muy amiga de doa Remedios Escalada, la mujer
del general San Martn, una seora distinguidsima, muy buena moza. S,
mi abuela siempre se acordaba de Remedios, de su genio alegre, su cara
redondita, y unos ojazos que al decir de ella no los haba ms lindos.
Pero ahora ustedes van a ver... Nunca se llev muy bien con el general,
que tena un carcter demasiado militar, y quera vivir en su casa a la
espartana. Mi abuela le criticaba mucho. Ustedes no lo han de creer,
pero para ella el general San Martn fue toda la vida un bruto.

Y aada como encantado:

--Figrense ustedes, el Libertador de Amrica, uno de los primeros
generales del mundo. Pero mi abuela, es claro, la pobre no lo apreciaba
sino por su vida en familia.

Tanto el seor Molina como su mujer, como las hijas, le producan la
sensacin de personas que vivan en un mundo de realidades pueriles y
que hasta cierto punto carecan de verdadera alma. No conceba que en
circunstancia alguna pudiera comunicarse con ellos sobre cosas relativas
al corazn. Sin embargo, el seor Molina la trataba con una benevolencia
incondicional, la defenda siempre y le acariciaba la cara con cario de
padre.

--T no la entiendes a tu hija, deca a su hermana conciliadoramente,
cuando sta demostraba su inquietud ante las ideas, las actitudes y el
espritu libre de Adriana.--T y yo nos hemos quedado en la vieja
sociedad; ella es una chica de la sociedad nueva. Ojal mis hijas
tuvieran algo de la tuya. Pero mi mujer, con sus preocupaciones antiguas
las tiene acobardadas y sujetas a una cantidad de tonteras que han
pasado de moda.

La madre de Adriana callaba. El suicidio de su marido haba dejado en
ella una aprensin enfermiza, y cualquier insignificancia relativa a la
conducta de Adriana despertaba en su corazn el recelo y la inquietud.
En vida del seor Zumarn fue una seora de carcter gracioso, amiga de
fiestas y relacionada con todo Buenos Aires. La terrible tragedia la
cambi por completo: cerr su casa, se retrajo, envejeci tempranamente,
y todas las amables cualidades de su espritu desaparecieron con los
restos de una belleza fsica notable. Adriana ignoraba que aquella su
madre, tan aprensiva, tan apocada, tan sin alma, no era sino una sombra
de la antigua mujer.

* * *

Ese da, a la hora de la siesta, se lleg paso a paso por la avenida de
eucaliptos, hmeda y cubierta de hojas secas, a sentarse en el palo
transversal de la tranquera. El sol rea en la llanura, toda verde,
inacabablemente verde, y como cortada en la lejana por el lmite del
cielo azul. Algunos animales, en aquel mar de verdura, aparecan como
manchitas de color ocre o negro.

Mientras su mirada se perda en la inmensidad de la llanura, empez a
recordar, casi con extraeza, las circunstancias en que se haba
comprometido con Muoz.

Vvidamente brillaron en su recuerdo las incidencias de un viaje a la
provincia de Jujuy; el largo tren, arrastrado por la mquina jadeante,
trepaba con fatiga la pendiente, arrojando coronas de humo que se
diluan sobre la transparencia del aire; y todo el paisaje giraba
desplazando lentamente las vastas montaas.

Cuando el tren paraba en las solitarias estaciones del trayecto, ella
bajaba a conversar con las "cholas", descalzas, andrajosas, que le
vendan empanadas, caa de azcar y santitos de barro pintados de rojo.

La impresion, sobre todo, una escena religiosa en la montaa. Por un
camino escarpado, a la oracin, descenda llevada en andas la imagen de
la Virgen, vestida de seda azul y con un disco de oro, oblicuo sobre la
cabellera renegrida, larga como un manto. El monte hunda su pico oscuro
en el cielo lvido. Penumbras indecisas iban cayendo sobre la procesin,
y sta avanzaba al comps de una msica continua, gemebunda; cuando al
cabo de un recodo la pendiente, brusca, se empinaba, los hombres que
llevaban las andas se detenan, para sostener con un brazo la Virgen
oscilante, y entonces sobre la cabellera renegrida el disco de oro
reluca. Larga hilera de gente segua atrs, levantando murmullo de
rezos apagados por el lloriqueo rtmico del violn o la nota opaca y
rotunda del tambor. En esta hilera de cabezas sumisamente agachadas, que
bajaban formando en el flanco de la montaa como una cinta negruzca, de
vez en cuando se iluminaba con el claror del crepsculo una cara que
miraba al cielo con los ojos ensoados.

Y aquella humilde procesin, bajo la media luz del ocaso, en una regin
tan oculta por la serrana abrupta, pareca brotar como tosco misticismo
de la naturaleza misma del paraje, dulce, pacfico, triste.

Comprendi Muoz aquellas emociones? Slo le oy algunos comentarios
demasiado semejantes a reflexiones que ella haba ledo alguna vez. La
fatig en cambio con su apasionamiento celoso y adusto. Por eso ahora
recordaba casi con encono su primer cario por l y sus cartas de amor.
En su imaginacin propensa a exagerar los rasgos chocantes, la cara de
Muoz asom con las cejas ms juntas y ms anchos los labios de gesto
sensual y altivo. Todos sus pensamientos se ennegrecieron. Ideas malas,
apoderndose de su alma, la penetraban de una dolorosa voluptuosidad.
Otras caras aparecan en su memoria, deformadas, grotescas, las caras de
otros que tambin la haban ilusionado algo, pasajeramente.

Volviendo a la casa, por el mismo camino hmedo, bajo los eucaliptos,
se encontr con su madre. Entonces sinti crecer incomprensiblemente su
exasperacin. Era viernes, da de recibo en casa de Charito Gonzlez, su
amiga ms adicta, quien le haba escrito pidindole con el mayor ahnco
que no faltara a la reunin.

--Mam,--dijo con brusquedad,--yo quiero irme hoy.

--Ya te dije que no.

"Ah, le gusta verme morir aqu de tristeza", pens. "Ojal nos ocurra
una desgracia".

Y sinti la necesidad maligna de que una desgracia sobreviniera, en
realidad, atrada por su augurio diablico.

Saltando y cantando sus dos primas salieron a la galera. Acababan de
vestirse y sus trajes claros y sus cabellos rubios brillaban al sol.
Parndose repentinamente ante Adriana, recobraron la habitual expresin
seria y grave; luego, en el tlburi cuyas riendas les entregaba un pen
de la estancia junto al veredn, reflexionaron vagamente en aquella
extraa muchacha con quien jugaran tanto de criaturas, y que ahora, por
ms que hablaran con ella todos los das, les pareca un ser cuyo
espritu oscuro no penetraran jams.

Pero un tren haba parado en el pueblecito inmediato a la estancia;
media hora despus, al chasquido de un ltigo, bajo los eucaliptos, en
el extremo de la avenida, oscil la capota de un break. Eran Raquel y
Fernando. Este traa para su madre malas noticias. Un campo que ellos
posean al norte de la provincia, acababa de incendiarse y haban muerto
casi todos los animales. Fernando, sin bajar del break, refera esto con
cierto aire de indiferencia y hasta con buen humor, mientras Raquel
exclamaba, sacndose el tul de la cara:

--Qu pena para mam!

Adriana vio venir a su madre y corri hacia ella, muy alegre: "Una
desgracia, mam!" Pero al decir esto se sobrecoga por la idea de su
propia perversidad.

--No hay que exagerar las cosas!--le grit Fernando bajando rpidamente
del break.

Raquel mir a su hermana fijamente.

--Oh, qu alma la tuya!

El acento de su voz traduca desazn y resentimiento. Pero no provena
su despecho de aquella inoportuna alegra de Adriana, sino de un motivo
mucho ms grave para ella.

--Hiciste una de las tuyas!--exclam cuando las dos se hallaron solas.
No creas que te reproche nada. Le has coqueteado a Castilla sabiendo que
l me festejaba. No me importara, no tengo celos, te lo juro, pero lo
que has hecho me demuestra que no soy nada para ti, que me desprecias, y
si es as ya no quiero ser tu hermana.

Bajo la frente que asomaba como un tringulo de fina blancura entre los
mechones del cabello lacio, los hermosos ojos verdes de Raquel brillaban
de indignacin. Y en el tono de sus palabras haba un deseo doloroso de
hacerle sentir la maldad de su accin.

Pero Adriana mir a Raquel con una sonrisa dulce y como sorprendida.

--No vale la pena de pelear por un presumido como Castilla.

--Un motivo no puede faltarte para tus acciones odiosas; ya tienes el
vicio de hacerlas.

El sufrimiento interior que la expresin resentida de Raquel haba
suscitado en su espritu, se anul en seguida bajo la violencia de esta
ltima frase. Como su hermana quisiera marcharse, la retuvo.

--Yo no podra sino rerme--le replic--de cualquier muchacho que se
parezca a Castilla. No me engao con esa facilidad tuya, que cada ao
tienes una nueva ilusin y haces una nueva conquista.

--Pues yo prefiero engaarme y no engaar, como tan deslealmente engaas
t a Muoz. En la primera ocasin, te lo juro, le pondr al corriente de
la perversidad tuya; y esto lo har no para vengarme sino porque a Muoz
no lo mereces.

--Pero yo te lo regalo, Raquel! A m no me interesa. Ojal estuviera en
este momento aqu. A m misma me oiras decirle que no le he querido
nunca y que le odio, porque se parece a todos y para m slo ha sido una
decepcin ms...

Se contuvo, siempre cerrando el paso a Raquel, que procuraba rechazarla
abriendo los brazos, mientras se acentuaba el ceo de enojo en su
pequea frente. Luego, como decidindose, prosigui:--Sabes por qu
soy mala? Por desesperacin, por idealismo.

--Seras buena, no seras perversa.

--T no puedes entenderme ves? Yo dara mi vida por un verdadero amor y
por alguien que realmente lo mereciera. Y t, en tanto, no seras capaz
de sacrificarte nunca. Creyndote buena, sin embargo ests sin saberlo
llena de vanidad y de tontera. Ir a las fiestas, buscar al otro da tu
nombre en la lista de seoras y nias que publican los diarios, y que te
vean en un palco del Oden cuando la compaa francesa representa
comedias que no te interesan porque no las entiendes, y desesperarte
cuando alguna amiga viene mejor puesta que t: esa es tu vida, eso te
conforma, a eso se reducen tus ensueos. Cuando los mozos se nos
acercan, algunos con sonrisita galante y atenciones exageradas,
ridculas, otros mirndonos serios, callados, como seguros de
conquistarnos en cuanto abran la boca y se decidan, t en seguida te
encuentras en la gloria y respondes de la mejor manera posible a sus
chistecitos amables y a sus miradas irresistibles. Yo en cambio sufro,
comprendo toda la trivialidad que los mueve, la insignificancia de lo
que sienten. Los muchachos como Castilla slo pueden embobar a las
tontas. Embobarlas y rerse de ellas. Rerse con razn, porque para
llegar a formarse una ilusin sobre esos tilingos...

--Bueno,--le interrumpi Raquel--djame con mis ilusiones y qudate con
las tuyas.

Lgrimas de despecho empaaban sus ojos verdes. Adriana se acerc a ella
vivamente y le tom las manos.

--No te enojes, no hablo as para fastidiarte, sino por un desahogo...

Pero se call, como si la avergonzara demostrarle otra cosa que maldad.
Y echaba de menos, en lo ntimo de s misma, la poca feliz en que,
jugando juntas y viviendo an su padre, sola Raquel correr a su
encuentro para besarla con jbilo, en plena boca, enlazndole el cuello
con sus brazos diminutos. Y su recuerdo reavivaba esta escena iluminada
por la claridad tan lejana de los tiempos desvanecidos.

--No vinieron cartas para m?--pregunt con indiferencia. Raquel, por
toda respuesta, la mir con expresin de cansancio y de disgusto; y se
march despus de arrojar dos cartas sobre una mesita.

Adriana qued pensativa por largo rato, jugando con las cartas. Despus
abri una, que era de Muoz y la ley rpidamente. Se trataba de un
ultimtum. Le recordaba todas las inconsecuencias, todo el engao con
que ella haba logrado hasta entonces hacerle llevar "la cadena de un
amor slo correspondido con ya insufribles perversidades". Haba
resuelto, esta vez definitivamente, y en ello empeaba su palabra,
romper el compromiso si no se avena ella a cambiar de actitud. La carta
terminaba as: "Yo haba cifrado el objeto de mi vida y todas mis
aspiraciones en el amor de usted. Por lo mismo tuvieron mis
sentimientos una sinceridad incontestable. Jams hubiera querido
conquistar su cario por otro medio. Pero tal vez por mi sinceridad
misma la he de perder para siempre. Ayer ped a Charito, como favor de
amistad, que la invitara para el viernes. Si no va usted, Adriana, todo
habr terminado entre nosotros."

"Bah,--pens ella--ya haba decidido ir sin que t me lo exigieras! Y
ahora que Raquel y Fernando estn aqu, mam tampoco podr poner
inconvenientes".

Abri la otra carta, y sta la ley con emocin. Era de Carmen Aliaga,
vena de aquella casa romntica y de aquella gente que haba intervenido
en la misteriosa tragedia de su padre suicida. Carmen era la menor de
ellas. Se manifestaba extraada de que no hubiese vuelto Adriana a
visitarlas despus de una tarde en que las haba "encantado y
sorprendido inolvidablemente".

--Ah, pens Adriana, encantarse conmigo, ellas que viven en un continuo
encantamiento! Y sigui leyendo, vidamente. Carmen le refera que casi
siempre estaban solas, que rehuan toda relacin con mozos, a causa de
cierta mana o preocupacin de Zoraida, toda una historia muy dolorosa,
que ella prometa contarle. Fuera de Julio Lagos, una excepcin,
nicamente reciban a dos o tres parientes y no iban a parte alguna,
como no ser a misa.

Conclua la carta pidindole, encarecidamente, que las visitara sin
falta. Bajo la firma de Carmen, haba esta lnea escrita con caracteres
agudos:

"Yo tambin se lo pido, Adriana".--_Julio Lagos._

Ella dej ambas cartas en la mesita y su mirada pas de una a otra,
vagamente, como si estuviera viendo flotar las imgenes tan
profundamente diversas que cada una de ellas despertaba en su alma.




III


Ricardo Muoz haba terminado sus estudios en la Facultad de Derecho,
dos aos atrs. Era serio y reflexivo por naturaleza. Pero se pleg, sin
embargo, por cierta mala vanidad, a una vida superficial, brillante, en
la compaa de muchachos derrochadores que abandonaban los estudios o no
los concluan nunca. Se acostumbr, as, a considerar la vida con
optimismo irnico, y mientras calculaba hacer carrera ms adelante, en
la magistratura, frecuentaba el Jockey-Club, los cabarets y a las
artistas. En medio de esta vida, que interiormente le avergonzaba, se
conoci con Adriana en la casa de Charito Gonzlez, antigua y leal amiga
suya.

Al principio no fue sino un sentimiento ligero, un suave placer de
galantera y el encanto de or las alusiones de las personas que
frecuentaban la casa. Fue despus una satisfaccin ntima, pronto
voluptuosa inquietud al advertir que, cuando le daban bromas con l,
Adriana ya no rea. Al fin no pudo substraerse a la continua
preocupacin que le produca aquel intercambio de manifestaciones cada
vez ms llenas de halago y de dulzura, aquella penumbra sentimental que
le envolva, le acariciaba y le acompaaba a todas partes, despertando
en su ser un verdadero deseo de adoracin para aquella muchacha
extraordinariamente linda, cuyo amor en ciertos momentos le pareca un
raro sueo. Se hizo tmido; cuando estaba solo con ella, el corazn le
lata con violencia. En el verano la sigui a las sierras de Crdoba y
Adriana, despus de algunas vacilaciones que le sumergieron en terribles
zozobras, le acept como novio, pero con la condicin de mantener el
compromiso secreto, "para que nuestro amor--deca--no pierda el encanto
de la intimidad". El noviazgo la hizo ms reservada, ms indiferente.

Muoz era otro desde entonces. Slo de vez en cuando le vean aparecer
en el club sus amigos habituales; y siempre pensativo, reconcentrado,
responda con una sonrisa forzada a las exclamaciones ruidosas que le
acogan. En una de aquellas ocasiones le fue entregada una esquela.
Delante de todos la abri. Despus de leerla, hizo un gesto hastiado y
la dio a Miguel Castilla, uno de sus amigos.

--Si quieres ir a verla, por m...

Era de una tonadillera conocida. Algunos meses antes la haban
perseguido los dos, como rivales, pero intilmente. Aquella generosa
indiferencia de Muoz sorprendi mucho; le creyeron atacado de
neurastenia o de algo peor y le aconsejaron una temporada de campo.

Y ahora sufra lo indecible. Le haba escrito a la estancia del seor
Molina sin recibir contestacin; entreg una carta, el ultimtum, a
Raquel, suplicndole que la hiciera llegar a manos de Adriana; por fin,
la vspera de ese viernes, Charito Gonzlez le dio la seguridad de que
ella vendra expresamente de la estancia.

Subi Muoz la escalera de la casa con emocin indescriptible. Llegando
al vestbulo, temi aparecer en el saln sin el aplomo necesario. Se
detuvo. "Voy a verla dentro de un instante", se dijo. Temblaba todo
entero. De pronto le tocaron en el hombro, y una voz conocida le
murmur: "Hombre, tena que hablarte a propsito de aquello". Se volvi
con brusquedad, desagradablemente sorprendido: era Miguel Castilla.

--A propsito de qu?

--De la tonadillera; fui a verla.

Muoz respondi con una evasiva, pidindole en seguida, muy serio, que
le dejara solo. El otro le mir perplejo.

--Ests realmente mal, porque venir a buscar soledad a los recibos... no
me explico.

Era Castilla un joven alto, afilado, rosado, ojos muy saltones en la
cara de ngulos finos y cabellos lisos sobre la cabeza redonda. Se alej
de Muoz, despus de echarle una mirada de soslayo; y entr en el gran
saln iluminado, con el mismo desembarazo elegante con que sola
hacerlo en el cabaret o en el club. Tuvo Muoz un gesto de disgusto; la
presencia de Castilla, all, en casa de Charito, le produjo malestar.

Ella no haba llegado todava. Era capaz de no venir, de habrselo
prometido a Charito con la intencin premeditada de faltar. Pero la voz
de Adriana, su lmpida voz de suavidad irresistible, reson abajo, en la
escalera. Iba a tener fuerzas para demostrarse con ella altivo y firme,
de acuerdo con los trminos de la carta enviada por intermedio de
Raquel? Y consider que se perdera definitivamente, en el espritu de
Adriana, si no era capaz de aquella decidida entereza. Ella al entrar le
mir con naturalidad, y murmurando un breve: "Cmo est, Muoz?", cruz
el vestbulo. La vio acercarse, en el saln, a la madre de Charito, una
seora gruesa, entrada en aos, de cara bondadosa y un aire de
distincin sonriente; conversaba animadamente con otras seoras y se
interrumpi slo por un instante para besar a Adriana en las mejillas.
Un grupo de muchachas, acercndose, la acogieron luego con pequeos
gritos, acaricindola y besndola con alegra.

El saln y las luces brillaban para Muoz como algo irreal. Hera sus
nervios el rumor de las conversaciones y de las risas alegres. Las
personas que ms conoca le parecieron nuevas, casi extraas. Se puso a
cavilar. Por qu Adriana no se haba detenido? Por qu su cara no
demostr siquiera placer de verle despus de tres semanas? Casi ni le
haba mirado cuando murmur aquel indiferente: "Cmo est?" No la
senta su novia, por cierto. Decidi acercarse y hablarla. Pero la vio
tan distrada, tan olvidada de l, que un orgullo amargo le sublev.
Quiso entablar conversacin con alguien y se arrepinti de haber
esquivado a Castilla. Charito apareci como un ngel salvador. Se
avergonz de sentir necesidad de apoyarse en la mediacin de Charito.

--He cumplido, verdad?--dijo ella sonrindole; luego, sin otra palabra
y con una graciosa solicitud corri hacia el grupo en que se hallaba
Adriana. Muoz, cada vez ms ntimamente herido en su orgullo, sali del
saln; en la salita contigua slo haba una pareja de novios, tan ajenos
a todo que ni le oyeron entrar. Cuando Adriana apareci, trada por
Charito, perdi en seguida la presencia de nimo y no atin con una
manera de abordar la situacin. Adriana, sonriendo con una expresin
atnita y dulce, le pregunt si estaba enojado con ella. Se turb tanto,
que para no dejarlo advertir qued callado, serio. Adriana se puso
entonces a mirar la pareja de novios, mientras Charito buscaba
intilmente un motivo cordial de conversacin.

--Yo los dejo, dijo al fin,--hasta luego.

Pero Adriana la retuvo. Y dirigindose alternativamente a ella y a
Muoz:

--No quiero quedarme sola con l; he pasado muchos das aburrida, muy
triste, y l ahora, estoy segura, tiene intencin de pelear. No me
comprende, no me puede comprender; por causa suya, por haber exigido que
nos comprometiramos, estoy ms decepcionada que nunca. Me enamor, y
despus dej que la ilusin ma se escapara. Ya s, soy una inconstante.
Y esta noche tengo necesidad de rerme, de olvidarme. De todos modos yo
no creo en las grandes pasiones; estoy convencida de que no quiero ni
querr nunca a nadie. Si usted supiera, Muoz, lo que le dije hoy a
Raquel! Le abr mi alma, le confes eso, que soy una desdichada, que no
puedo querer y que usted tampoco era capaz de quererme.

--No dices lo que sientes!--interrumpi Charito con ingenua energa y
desolada por el giro que tomaba el asunto.

Y Muoz, tras la actitud altiva y seria del semblante, se senta
humillado, abatido, incapaz de afrontarla.

--No sabes, Charito, continu Adriana, cuntas ideas pesimistas han
pasado por mi cabeza, en estos das... Me puse a reflexionar en la
dicha, en la tontera de la vida, en esta ternura que se tiene en el
corazn para no s qu, para nada. Muoz no podra quererme, porque mi
modo de sentir y de ver las cosas es muy distinto al suyo. Y l es
dominante: un da se le puso que yo deba pensar como l, imagnate. Yo
lo hara, t sabes que no tengo vanidad. Pero quieres decirme cmo se
hace para pensar en contra de lo que se cree la verdad? Yo me
sometera, s, tomara todas sus ideas, pero naturalmente con la
condicin de que l pensara primero como yo...

Se interrumpi y mirando a los novios como escandalizada:--Ah, qu
ridculos me parecen esos novios!

Sigui hablando as, con extraa volubilidad, sin pensar en Muoz ni en
las cosas que deca, llevada por el slo deseo de aturdirse. Haba algo
de perverso, indefinible, en el tono de sus palabras, que se contradeca
singularmente con la fina msica de su voz, con la gracia espontnea de
sus gestos y con su cara radiante: era como si dos almas, una maligna y
otra divina, se confundieran en un mismo hechizo. A su lado la elegante
Charito disminua, se apagaba, pareca irremediablemente fea.

Muoz, avasallado, hizo un poderoso esfuerzo sobre s mismo y declar
que ahora slo deseaba el favor de una explicacin con ella.

--Una explicacin?--pregunt Adriana con modo desolado.--Bueno, Muoz,
pero ser con la condicin de que est presente Charito.

--Si usted lo prefiere...

--No, es lo mismo; djanos solos, Charito.

Esta, en el momento de irse, le oprimi la mano fuertemente, como para
pedirle, con esta sea furtiva, que fuese buena para Muoz. Se sentaron
juntos y l comenz, penosamente, a repetirle los reproches de siempre,
sin encontrar palabras oportunas ni decisivas. La senta a su lado
protegida como por un gran resplandor.

--Estoy muy mal esta noche, Muoz,--exclam ella. Apenas puedo poner
atencin en lo que usted me dice. No alcanzo a soportar el espectculo
de esos novios. Estoy segura de que tampoco se quieren. Me gustara or
lo que estn diciendo. Y l habla sin interrupcin, parece que moviera
la boca sin decir nada... Los dos tienen la cara pegada al respaldo del
sof. Ese debe ser el estado comatoso del amor. Ella se imaginar
enamorada, dichosa, creyndole un hombre de talento, una perfeccin.
Para quererse con esa inconsciencia... Oh, en realidad, qu
despreciable, qu tontera es el amor! Dios mo!

Un tropel de muchachas entr en el saloncito, alegremente, seguidas por
un joven muy elegante y fino, que las llamaba por sus nombres con
vocecita amaricada.

--Adriana!--exclam una de ellas,--necesitamos una pareja ms, vengan
los dos.

Ella se levant, y con expresin seria:--Tal vez en el fondo lo quiero
muchsimo, Muoz; escuchar todo lo que quiera decirme, pero ahora no
podra dejar de bailar y divertirme, la tristeza me ahogara. Y sali
envuelta en el torbellino de las muchachas.

Se qued l caviloso, mirando sin ver hacia los dos novios que
continuaban con las caras pegadas al sof, segn la expresin de
Adriana, y ni siquiera haban advertido la repentina y bulliciosa
invasin.

Como luego se asomara al saln grande, vio a Miguel Castilla tomar la
cintura de Adriana para bailar con ella; le pareci una profanacin,
acaso porque nunca le haba visto sino bailar en el cabaret. Sinti
impulsos de separarles y de insultar a Castilla. En el mismo ngulo
bailaba Charito, que diriga a su amiga, de vez en cuando, miradas de
reproche; pero en seguida su cara se iluminaba escuchando a su
compaero, que era el joven de la voz amaricada.

Adriana haba cesado de bailar. Segua Muoz con los ojos su silueta
indefiniblemente lnguida. Su andar era suave. El traje, muy sencillo,
de color lila, ceido sin pliegue a la cintura alta, oprima algo los
senos pequeos. Llevaba puesto el sombrero, cuyas alas anchas,
ajustndose ligeramente bajo el mentn, envolvan toda la cabeza en una
randa de pluma: el rostro fino irradiaba. Distraa los ojos, recogiendo
a veces, bajo las pestaas, una larga expresin extenuada. No cesaba de
sonrer. Y de sus labios, que parecan empequeecerse para ocultar la
palpitacin de un beso, se desprenda una singular y poderosa seduccin.

Un vrtigo atraves el alma de Muoz. La angustia le oprimi, una
angustia extraordinaria, en que se confundan los celos agudos con el
temor sombro de perderla. Por momentos, le naca una suerte de
voluptuosidad y de jbilo que inmediatamente hua: era como si el
exceso de la emocin penosa necesitara el respiro instantneo de un
placer fantstico. En uno de aquellos relmpagos ficticios, le acometi
la tentacin de lanzarse riendo en medio de la sala, bajo la mirada de
todos, para besarla en la blancura fina de la nuca. Semejante impulso
era tan inslito en l que se imagin propenso a un ataque de locura.
Empezaron los acordes de otro vals. Adriana y Castilla entre las parejas
apiadas, buscaban sitio para bailar. Muoz vio de pronto, claramente,
que Castilla acariciaba la mano que Adriana haba apoyado un instante en
su brazo. Ella se haba detenido, como sorprendida, ponindose frente a
su compaero sin dejar de sonrer. Las parejas, girando, le ocultaron la
escena. Sintindose a punto de perder completamente el dominio de s
mismo y de cometer acaso uno de esos actos que ridiculizan
irreparablemente, su amor propio prevaleci. Atraves el vestbulo,
donde se amontonaban los abrigos, sac rpidamente el suyo y sali,
huy, sin haberse despedido de nadie y en un estado de exaltacin
indescriptible.




IV


Las calles del Socorro estaban desiertas. El aire fro, la bocina de
algn automvil, el eco de sus propios pasos en la acera, todo pareca
perseguirle, hablarle de ella, sugerirle visiones monstruosas de
infidelidad y de falsa. Se imaginaba casado y engaado en seguida. A
cada instante le asaltaba la tentacin de volver a casa de Charito.

Por momentos reflexionaba con una gran lucidez. El dolor fecundaba su
espritu; multitud de intuiciones germinaban en su mente, como seres
irnicos que hubiesen permanecido ocultos bajo una capa de ideas pesadas
y groseras. Adriana le pareca una enemiga y l su antagonista, que
luchaba con los ojos ciegos, a discrecin de aquella alma tal vez
maligna bajo la irradiacin de su hechizo. Por primera vez crey
penetrar la significacin de ciertos rasgos de su cara: como aquella
rigidez de la frente, pequea, fina, bajo la suavidad del cabello lacio;
luego, la sonrisa indecisa, y la sombra que pareca flotar en la mirada
de sus ojos dulcemente atnitos: las pupilas anchas, negras, eran
insondables, tenan algo de quimrico.

Muoz caminaba rpidamente, como atrado por el vrtigo de la imagen.
Estaba en la calle Juncal; atraves al atrio solitario y sonoro de la
iglesia. Camin varias cuadras hacia el centro, buscando ruido. Delante
de l iba alguien a quien crey conocer en el modo de andar. Apresur el
paso. Era Julio Lagos.

Haban sido compaeros de la misma clase, en el Colegio. Muoz le
apreciaba mucho, pero sin tenerle afecto; por el contrario, siempre
haba experimentado contra l una especie de recelo instintivo, una vaga
hostilidad a causa de su reserva. Ms de una vez le haba hecho
confidencias ntimas, sin que Julio le correspondiera nunca de la misma
suerte. Y como quiera que tal indiferencia la tena tambin para los
dems compaeros, le consideraba un espritu fro, incapaz de simpata.
Sin embargo, en cierta ocasin le desconcert su extrao apasionamiento
al discutir en clase con el profesor. Por otra parte, muchas ideas de su
amigo eran para Muoz incomprensibles y a veces absurdas.

Ahora, desde haca tiempo, haban dejado de frecuentarse. Julio,
interrumpiendo sus estudios, viaj por el extranjero, y a su vuelta,
retrado completamente, su vida fue un misterio para Muoz.

Encontrarle ahora, en la soledad de la calle, le alegr; se senta tan
oprimido por la angustia, que necesitaba el desahogo de una confidencia,
y a nadie sino a l hubiese querido encontrar; se hubiera avergonzado
de comunicar su desdichada situacin a cualquiera de sus actuales
amigos.

Volvi Lagos la cabeza, reconoci a su antiguo compaero y le estrech
fuertemente la mano.

--No te imaginas, le dijo Muoz, el alivio que para m significa
encontrarte... Tengo una gran desesperacin... Pero hblame de ti,
primero. Aunque no, ya s que vives con el espritu amurallado. No
importa... Cunto tiempo hace que no nos vemos? De dnde sales a estas
horas?

--De aqu cerca, conoces a la familia de Aliaga?

Bajaban por la calle Florida y llegaron, conversando, a las puertas del
Jockey-Club.

--Entremos,--dijo Muoz. Busquemos una salita donde podamos conversar
enteramente solos. La vida tiene cosas extraas, muy extraas, y uno se
transforma y va dejando atrs los pedazos de su personalidad antigua.
Sabes que aprend a dudar? Ya no me parecen absurdas aquellas ideas
tuyas, porque ya no encuentro nada seguro en la tierra...

Se ri con una risa nerviosa, sin saber por qu, y mir en los ojos a su
amigo. Despus llam; acudi un groom vestido de verde, a quien pidi
que trajera licor. Como si el viejo resentimiento le dominara de nuevo,
no se decidi a empezar su confidencia. Le comunic la terminacin de
sus estudios y su nombramiento para la secretara de un Juzgado.--Sin
embargo, agreg, la magistratura no me entusiasma; en ella entrar por
no defender pleitos. Tal vez renuncie y me vaya lejos... al Egipto, a
la India, a cualquier parte donde pueda arrancarme del todo la
personalidad que tengo, y dejarla aqu, como un estropajo... No, no
deliro... Es una forma de decir para explicarte... Pero cuenta primero
qu has hecho t, en estos cuatro aos. Has estado en Europa, ya lo s.
Supe tambin que habas vuelto, pero que nadie te ve desde entonces; se
cree que has venido con alguna "liaison" y que vives escondido. Siempre
fuiste un misterio, ya en el colegio. Y ahora te lo confesar: en la
Universidad, a pesar de considerarte yo superior a todos mis compaeros,
te tom odio a causa de ese carcter ensimismado tuyo. De pronto
desaparecas, te ibas al campo sin despedirte de nadie, y corran
rumores de aventuras raras. A m se me ocurra que fingas, que tratabas
de hacerte una aureola romntica. No era as?

Julio sonri, sin responder.

La cara muy blanca, su frente descenda ancha y recta, desde la raz de
los cabellos, empujando algo las cejas por encima de las pestaas. Los
ojos miraban con una suavidad retrada, y la fisonoma rara vez se
animaba sino con aquella ligera sonrisa de los labios delgados.

--Ese mismo gesto lo hacas siempre, cuando te interrogaban sobre tales
asuntos,--aadi Muoz.

Pero no tena ahora curiosidad alguna de saber nada acerca de su amigo,
sino simplemente un ansia de desahogar con l su corazn henchido por el
sufrimiento.

--Bah!--dijo Julio respondiendo a la acusacin de Muoz,--yo te juro
que esa actitud ma no era orgullo. Vena, simplemente, de cierto
pesimismo, algo as como sintiendo la inutilidad de confesar nada... Me
pareca que de todos modos lo realmente mo a ninguno de ustedes podra
interesar. O ms bien... me repugnaba mostrar las intimidades de mi
espritu. Ya ves, te hago una verdadera confesin, te hara todas las
que t quisieras.

Con el nimo de crear un ambiente ms cordial y propicio para la
confidencia, procur Muoz halagarle, mientras apuraba copitas de verde
Chartreux, para salir de su abatimiento.

--De lo que no me olvido es de aquel ruidoso examen tuyo en que presida
la mesa el profesor Lpez Aza, que no pudo salir con su gusto de
aplazarte.

--Y me lo tena prometido formalmente.

--Es cierto, prosigui Muoz, y recuerdo su argumento: no poda dejar
pasar a un alumno que tena ideas contrarias a la doctrina que l
expona en su libro de texto.

--Y entonces yo, puesto que tena descontado el aplazo, quise al menos
darme el gusto de hablar con libertad.

Muoz le interrumpi, para demostrarle que recordaba todas las
incidencias del asunto.

--Efectivamente, sin que se pudiera advertir demasiado tu intencin,
pusiste su libro en la picota. Qu bien hablaste! A cada objecin y a
cada pregunta capciosa que te haca, para encerrarte, tu respuesta
tranquila era un mazazo. Al ltimo se puso furioso, con gran contento
del profesor de Derecho Romano, que tena contra l una rivalidad
antigua en el Consejo Acadmico. Y quiso obligarte a reconocer ciertos
principios que l afirmaba incontrovertibles. T le pediste permiso para
citar un texto de no recuerdo qu autor antiguo. Me parece orle
vociferar,--pegando un puetazo en la mesa: "Esa no es la doctrina
moderna!" Le contestaste que a tu juicio los modernos no pueden sentir y
comprender el valor de las leyes con la ciencia de los atenienses o los
romanos, que las vivan, las dominaban y saban por eso apartarse de
ellas sin apartarse de la justicia. El profesor de Derecho Romano te
aprobaba con la cabeza. Pero Lpez Aza se te qued mirando como si
hubieras dicho el mayor de los disparates.

--S, crey tenerme ya entre las garras. Me pregunt muy alegre:
"Apartarse de las leyes sin apartarse de la justicia? Entonces las
leyes en Atenas y en Roma eran injustas!"

--Y t le contestaste que no, porque las leyes, hasta las ms lgicas y
eficaces, son relativas con respecto a la justicia. Te desafi entonces
a que citaras un solo caso en que los romanos se hubieran apartado de
una ley lgica sin apartarse de la justicia. All su derrota fue
completa, porque le replicaste en seguida: "Leyes lgicas y justas
condenaban como un delito el proceder de Cicern en el asunto de
Catilina. Pero l jur que haba salvado a la Repblica y el Senado le
declar, con justicia, Padre de la Patria". El profesor de Derecho
Romano por poco no se levanta para abrazarte.

Despus de recordar ambos otras incidencias de la pasada vida
estudiantil, Julio le invit a contar el motivo de su preocupacin.
Haciendo un esfuerzo para reunir sus ideas, comenz Muoz a referirle su
pasin, pero evitando pronunciar el nombre de Adriana. Julio le escuch
al principio con su habitual modo distrado; alzaba la copa diminuta,
mirando al trasluz el licor. Entonces Muoz se interrumpa:

--Me escuchas, eh? Me escuchas? Y le renaca contra su compaero de
otro tiempo la antigua hostilidad. Pero vindole sonrer y ponerse por
un momento en actitud de gran atencin, sigui hablando, sin preocuparse
ya de l y conformndose con hablar para s mismo. Experimentaba algo
as como la embriaguez de sus recelos y de su angustia. Relataba los
episodios desconcertantes con fidelidad minuciosa, y de vez en cuando se
detena, azotado por la visin repentina de Adriana bailando con el
otro.

De pronto advirti que Julio le miraba con una atencin reconcentrada.
En ese momento refera la extraa conducta de Adriana, sus apasionadas
cartas de amor y la indiferencia burlona con que le reciba luego.--Te
figuras, prosigui con la voz alterada, poniendo una mano sobre el brazo
de Julio,--te figuras la desesperacin que debe provocar semejante
criatura? Una vez, cuando yo no haba perdido enteramente la voluntad,
decid dejar de verla, huir de Buenos Aires. Porque sent que esta
muchacha sera mi perdicin. Compr pasajes para Europa. Pero recib una
carta suya. Me deca, con palabras finas, incomparables, con una
suavidad delicada, y como rendida a m, que al menos le dejara la
dulzura de verme y hablarme por ltima vez. Ah! Por qu me llamaba
as? Fui. Sus ojos estaban hmedos. Haba llorado? No s; al verme se
ri por largo rato. Esto suceda en casa de Charito Gonzlez. T
supondrs que se rea de jbilo por la idea de que yo desista del
viaje. No, se rea como siempre, se burlaba. No dijo una sola palabra
concordante con su carta, no insinu siquiera que haba de quedarme;
slo murmur, distrada, como pensando en otra cosa, que no deba
guardarle rencor; mientras yo estuviera ausente me recordara algo, no
mucho, porque ella era mala y tambin incapaz de un verdadero amor; y
agreg que tal vez sera mejor terminramos para siempre toda clase de
relacin, porque ella con seguridad, tarde o temprano, se enamorara de
otro. Y lo deca con una expresin muy ingenua, haba algo como una
gracia en su maldad, algo imposible de describir; yo tuve un vrtigo y
romp los pasajes echndolos a sus pies. Senta su hermosura envolverme
como una llamarada. Sabes dnde est ella, en este momento?... Si yo
quisiera... Ves cmo tiemblo? Cuando te encontr, vena de all...
vena de verla y conversar con ella... S, esta noche, en casa de
Charito Gonzlez, no hace media hora, tuve el mismo vrtigo, me envolvi
la misma llamarada. Y ahora ya no soy dueo de m, todo lo que me pasa y
todo lo que hago viene como arrastrndome y como aplastndome.

Se cubri Muoz la cabeza con las manos abiertas, los codos sobre la
mesa, y suspir. En el rostro de Julio la mirada tranquila tena una
expresin de piedad para su amigo de otro tiempo.

Mientras as le consideraba en silencio, un precipitado ruido de pasos
se aproxim, por el corredor que llegaba hasta el saloncito, y una voz
impaciente grit: "Pero dnde diablos se ha metido?" Era Castilla.

--Ya, ya,--respondi la voz de un sirviente gallego.

Muoz se levant bruscamente y cerr con violencia la puerta. Afuera
cesaron al instante las risas y la animacin del grupo. Castilla llam,
dulcemente.

--Una palabra, Muoz, nada ms que una palabra!

Y a travs de la puerta le explic que en casa de Charito le haba
buscado para salir juntos, que la tonadillera quera verle a toda costa
y que l se haba comprometido a llevarle.

--Es un caso de gran pasin!--grit uno de los compaeros de Castilla.

--Si no vas te tomar por un marica.

--Y nosotros tambin.

Otro hizo un chiste que provoc carcajadas ruidosas, y como Muoz no
respondiera, comenzaron a dar fuertes golpes en la puerta.

Al fin se alejaron, repitiendo las alusiones chistosas y algunos
comentando seriamente la extraa transformacin que haba operado en
Muoz la neurastenia.

--Charito Gonzlez!... murmur Julio ensimismado. Conoc a una amiga
ntima de Charito Gonzlez... Adriana Zumarn. La trat una sola vez,
pero comprend que es un ser excepcional.

Muoz, incorporndose bruscamente, le mir con una indefinible expresin
de desconfianza; le vio sonrer ligeramente. Se levant alterado, y
comenz a pasearse por el saloncito. Luego llam y pidi su abrigo;
pensaba que Julio, al tanto de toda su historia, responda a sus
confidencias con una crueldad irnica, y esto le lastim.

--T no debes burlarte! Oyes?--grit tomando del sirviente el abrigo y
el sombrero. Y senta crecer oscuramente su hostilidad contra Julio.

Este le mir, muy serio, y le asegur que no tena ningn deseo de
burlarse; por el contrario, comparta su sufrimiento y le compadeca
con sinceridad.

Muoz volvi a sentarse, y despus de un silencio largo, acercndose
mucho a Julio:

--No s adnde me llevar todo esto... Pero te aseguro que ya no soy
dueo de m. Si alguien se interpusiera entre ella y yo... Es horrible,
es algo que me acerca a una brutalidad inferior, a los casos de impulso
ciego, inconsciente, de la gente del pueblo... los crmenes pasionales
que registra todos los das, en los peridicos, la seccin "Polica", el
suceso comn del hombre que se ha enamorado de una criatura de quince
aos, de clase humilde como l, la ha festejado y perseguido con
insistencia desesperada, bestial, contra la oposicin de los padres y la
completa indiferencia de ella; y un da se pone en acecho, como una
fiera; cuando ella sale, para hacer algn mandado, la detiene. En la
crnica suelen mencionar todos estos detalles. La requiere por ltima
vez, le exige una contestacin definitiva; luego, rpidamente, le
dispara un balazo a boca de jarro, o desnuda un cuchillo y se lo hunde
ferozmente en el corazn.

--Y la crnica,--dijo Julio--agrega casi siempre: "El homicida volvi
luego el arma contra s mismo, ocasionndose una herida, de cuyas
resultas falleci minutos despus". Pero como t dices, esa manera de
sentir y entender el amor pertenece a seres en quienes la agitacin del
instinto no se ve dominada por la serenidad del espritu.

--Pues bien,--replic Muoz--te aseguro que yo ahora suelo sentir algo
as, hervir en mi naturaleza y en mi sangre el ansia del crimen pasional
y subir esta ansia, brutalmente, hasta mi corazn. Y sin embargo, yo
desciendo de gente convencional, ceremoniosa, acostumbrada a vivir
disimulando y reprimiendo todo impulso antisocial. Pero ahora, te lo
juro, yo matara, con pual, como un hombre del pueblo!

Julio, saliendo de su tranquilidad, repentinamente, puso una mano sobre
la mueca de Muoz y se la oprimi con un movimiento nervioso:

--Ests seguro, en todo caso--le interrog--de que le tienes verdadero
amor? No, no me mires como si te preguntara algo desatinado. Es que t
no has pensado nunca en esto... Si experimentas una angustia tan brutal,
todo pasar y no te quedarn despus sino las cenizas...

--No te entiendo... no puedo entenderte.

--Si tu pasin arde as, con esa violencia, quemndote la carne y la
sangre, no viene de tu espritu, sino de tu naturaleza agitada,
convulsionada. Te has entregado, ciegamente, a un sentimiento que tal
vez cualquier otra mujer te hubiera inspirado tambin. El amor, el
verdadero amor del hombre, es algo ante todo espiritual; los sentidos
sufren su influencia, a veces de una manera violenta, pero sin avasallar
al espritu nunca.

--Basta, Julio, basta, en estas cosas est dems razonar... Djame
desahogarme... Si ella fuese de esas criaturas inconscientes, pura
irreflexin, pura coquetera, todo lo que hace sera cien veces ms
perdonable. Pero no, es inteligentsima, ms que cualquiera de sus
amigas. No, no es una irreflexiva; por el contrario, parece que siguiera
el hilo de mis ideas y adivinara todo lo que pienso. Ella sabe hasta qu
punto sufro, y no le importa. Cuando considero lo que me ha hecho pasar,
la imagino de una maldad que no se concibe mayor. Y sin embargo, a
veces, su cara distrada tiene una expresin tan buena! La duda de cmo
es ella, realmente, me enloquece tanto como la duda de su amor.




V


--Quieres que te explique lo que pienso?--dijo Julio con cierta
gravedad. Hay una relacin directa entre tu asunto sentimental y algo...
Yo no soy un indiferente, como t acaso supones; al contrario, siento
las cosas de una manera demasiado ntima... En fin, no es esto lo que
interesa ahora... Se trata de esa criatura, es decir, de las criaturas
desconcertantes que uno puede encontrar aqu, en Buenos Aires... Si no
te sientes capaz de afrontarla, has hecho mal en romper tus pasajes... A
propsito, no me has dicho quin es...

Se aviv la expresin de desconfianza en la cara de Muoz.

--No, no importa,--dijo apresuradamente Julio. Y hundindose en el
silln, continu, como abstrado:--Ninguna mujer como la portea, suele
tener el alma tan lejos de su apariencia, tan distrada de sus
actitudes, de las palabras que dice, de su mismo carcter, tan recogida,
por decirlo as, en una oscura vida interior. Es profunda y pasiva como
la mujer oriental, pero sin duda con una espiritualidad
incomparablemente ms fina, con ms inteligencia y ms significativa
intimidad de sentimientos. Todo lo que en la oriental es vago, demasiado
confundido con el instinto, se realiza maravillosamente en nuestras
mujeres, sin salir an de la penumbra. No llega todava su intimidad a
desteirse bajo la luz violenta de la cultura uniformadora... Habrs
notado que las europeas cultas se parecen todas entre s?... Hay, por lo
menos, un cierto tipo de mujeres porteas que no hallars reflejado en
ninguna literatura y que te sugiere cosas indecibles. Acaso algunas
heronas de Dostoiewski y de Tolstoi pudieran considerarse como una
equivalencia. Pero son otra cosa. Si vamos a la mujer de Francia, tan
refinada y que en algunos tipos deliciosos llega a ser exteriormente
perfecta, hay sin embargo, entre todas las heronas de sus grandes
escritores realistas, alguna que te sugestione por s misma, por la
expresin de una fisonoma interior inconfundible? Madame Bovary no
tiene sino una personalidad artificiosa, producto casi material, por
decirlo as, del ambiente, la poca, las mil influencias que Flaubert
analiza con sagacidad prodigiosa y que han absorbido en realidad toda la
espontaneidad de la mujer. Rene Mauperin, de los Goncourt, otro
producto, otra mujer tan deliciosa como generalizada y vulgar. Y esa
Madame Martin de "Le Lys Rouge", ofrecida al mundo como el tipo de la
parisiense exquisita y superior, es acaso otra cosa que un admirable
afinamiento de las cualidades comunes, exteriores, visibles, tradas por
la cultura de las costumbres y la influencia de los libros que ella ha
ledo? Su mundo interior es armonioso, claro, limitado. En cuanto a la
mujer espaola... La de los grandes tiempos msticos ha desaparecido; ha
resucitado aqu, revestida de un esplendor nuevo, transformada, nica,
en este ser extrao, en esta clase sentimental a que pertenece sin duda
la criatura que te ha enloquecido. Y te ha enloquecido porque no la
conoces.

--T sabes quin es!--interrumpi Muoz irritado.

--Ah, seguramente supones--prosigui Julio--que ella es la nica as.
Piensas, adems, que su actitud para contigo obedece a perversidades
incomprensibles. Pero las cualidades y el carcter de estas porteas
desconcertantes, no son, como en la mujer europea, manifestacin natural
del espritu, sino una pura apariencia, un delicado disfraz. Algunas lo
llevan durante toda la vida. Cierto recato mstico y una profunda
pasividad las obliga a ocultarse as. Sus ensueos se diluyen en la
voluptuosidad interior, semejante a la que hizo delirar en otros tiempos
a las santas de Espaa con una inacabable dulzura en los sentidos y en
el alma. La poca moderna, las costumbres cosmopolitas y todo gnero de
sugestiones han conspirado sin duda para apagar el ardiente atavismo.
Algunas generaciones ms y esta mujer habr tal vez desaparecido. Las
Rene Mauperin y las "intelectuales" y las partidarias de Debussy, irn
poco a poco absorbindola, matndola.

--S, Juanita Snchez, otra amiga de Charito, la habrs odo discutir
sobre Debussy.

--Imagnate mientras tanto, continu Julio sin atender la interrupcin
de Muoz, a una de esas muchachas que guardan oculto el secreto de su
alma. La vida le da un esposo al azar; su misma pasividad ha contribuido
para que ella lo acepte sin llamar a juicio sus dulces imaginaciones; es
un hombre a quien cobra luego el afecto natural que le inspiran los
otros miembros de su familia. La va trabajando el hbito, se olvida de
s misma, se resigna inconscientemente a la trivial realidad que el
destino le depara. Sus necesidades espirituales son tan hondas como su
incapacidad para resistir el ambiente que la rodea. Pesa sobre ella el
fatalismo ancestral. Renuncia, sin comprender nada a ciencia cierta, a
la vida del amor que sin embargo seguir murmurando en su corazn; y va
viniendo as el olvido sobre su mundo interior apasionado. Ya el amor
llega a tomar para ella una forma solamente ideal, cosa de la fantasa,
romanticismo, sueo de poetas. Lee todava con delirio a los escritores
ardientes, y en las novelas simpatiza sin vacilar con las heronas
culpables; pero generalmente rehuye la sola suposicin de una relacin
ilcita en la vida misma. Para esta resignada y piadosa criatura, el
pecado es un fantasma sombro que la asusta. Es preciso que concurran
circunstancias singularmente favorables para que de pronto lo arrostre.
Pero entonces tambin acepta la tragedia. Figrate a una de esas jvenes
seoras en la paz de su hogar. La rubia cabeza de un nio se aduerme
sobre su seno; se dira otra Virgen con otro nio Jess. El aire que en
derredor de ella se respira parece impregnado de virtud. Un velo de
religiosa castidad cubre la hermosura lnguida de su cara. Su sencilla
actitud es una oracin. Pero hay sobre los prpados recados tanta
sombra, es tan puro el valo de su rostro, que de pronto experimentas un
sobresalto: es el miedo de profanar con un deseo, acaso principio de una
pasin tan profunda como imposible, la religiosidad del santuario. Y te
apartas, huyes de aquella presencia como el ladrn sacrlego sobrecogido
en la iglesia por la expresin de las imgenes que le miran desde sus
nichos. Y ms tarde piensas: "Si la hubiese conocido cuando ella tena
quince aos, si hubiramos entonces hablado en una familiar confianza,
habra ahora ese recato de matrona sobre sus ojos, esa absoluta
indiferencia para cualquier motivo de conversacin que implicara
siquiera la tmida curiosidad de su secretos ntimos, de los sueos que
halagan sus horas solitarias?"

Muoz escuchaba a Julio con intermitencias; la sugestin de sus palabras
alternaba en su espritu con la angustia punzante de su amor encelado;
se imaginaba a su novia casada con otro, un nio rubio en los brazos y
recatada como la Virgen. Y una risa sarcstica se escap de sus labios.

--Pero las circunstancias, prosigui Julio, te ponen en la ocasin de
verla con frecuencia. Nunca de tus labios se escapa una palabra que
pueda traicionarte. Ella adivina, sin duda, lo que pasa en tu corazn,
aunque sera intil que buscaras en su actitud, en su trato, en sus
palabras, el ms ligero indicio de ese conocimiento. Acaso tampoco tenga
ella la hipocresa de manifestar por su marido un amor que no le tiene.
En cambio, te dir que en su corazn hay una idolatra constante que la
deja llevar con resignacin las penas de la tierra: Dios y la Virgen. Te
regalar una crucecita, una estampa o una medalla, para que las lleves
como una proteccin contra la desdicha y contra la tentacin del pecado.

Pero una noche, por incidencia casual, has quedado solo con ella en el
comedor. Los sirvientes han levantado la mesa, se han marchado. Es noche
de invierno; en la chimenea una llama azul oscila entre los carbones.
Ella conversa con ms locuacidad, de mil asuntos, de la novena prxima,
de un libro por dems liberal o cuyo argumento le parece inverosmil. Su
conversacin es sencilla, demasiado sencilla. Luego te escucha a ti; y
la mirada atenta y buena tiene una pureza absoluta. "Qu significa, te
preguntas, esa inconsciente virtud que protege sus hechizos?" En tu
recuerdo no hay ahora una mujer comparable a ella. La miras como a un
ser sobrenatural. De pronto, durante un minuto de silencio, estalla un
lloro lamentable. Es en la estancia contigua, el nio. Ella corre,
sobrecogida como t. Al poco rato el nio se ha dormido. La madre ha
cubierto a medias con la colcha su carita rosada, te ha llamado para que
le contemples y admires. La casa entera parece desligarse del mundo y
sumergirse en una gran quietud. Te dejas invadir con cierta amarga
voluptuosidad por el romanticismo de la escena, en esta penumbra
prohibida. El reloj da las doce, sus campanadas suenan como atnitas. Es
tiempo de que te marches. Pero t vives como en una atmsfera irreal, tu
razn y tu voluntad ya no cuentan para nada. Repentinamente el deseo
sobresalta tu corazn con una extraordinaria violencia; caminas hacia la
pieza contigua con nimo de huir, pero en seguida te vuelves. Ella, en
ese momento, se inclina sobre la cuna; el claror de la lmpara pone una
lnea de luz en el perfil de su cara y otro en la finura del cuello;
inclinada as, su cuerpo parece ms largo y ms lnguido. Un poder
extrao te mueve hacia ella; tienes al mismo tiempo la sensacin de caer
en un abismo y escuchas como carcajadas lejanas de un espritu maligno,
que quisiera atraerte una irreparable condenacin. Has tomado, sin
comprender cmo, las manos que ella apoyaba en el borde de la cuna.
Sobre sus ojos ves brillar la sorpresa y el terror; pero ella advierte
que tus manos tiemblan oprimiendo las suyas, que tambin te altera la
emocin del terror, que tus ojos se llenan de lgrimas. Nada conmueve
el dulce silencio de la casa. Has querido hablar y un sollozo te ha
cortado la palabra. La idea de profanar el santuario te incita, te
enloquece, y de pronto tomndola en los brazos, la cubres de besos
insensatos. Y ella? La imagen del amor irradia sobre el Pecado, la
virtud cae como un vestido que se descie, y aquellos ojos divinos se
entornan ahora como alucinados por la explosin de una gran claridad!

Julio call.

--No se puede negar que tienes imaginacin, murmur su amigo.

--Imaginacin? No, la realidad es mucho ms interesante y terrible de
lo que podramos imaginar. Conoces a las Aliaga? No, no las habrs
tratado porque no salen nunca. Es una familia predestinada. El padre
muri hace muchos aos; la viuda, joven todava, fue causa del suicidio
de... de una persona cuya muerte pas como causada por un accidente; un
hombre casado; hay una hija suya que es extraordinaria... Este seor y
la viuda de Aliaga eran amigos desde la infancia; creo que haban sido
novios y cuestiones de familia deshicieron el compromiso. Pero desde
poco tiempo despus que el seor Aliaga muri, visit la casa
asiduamente, sin dejar sospechar el sentimiento que le iba dominando y
llevando a la perdicin. Sola ir con su hijita mayor, esa... la que no
te quiero nombrar. Cuando la viuda comprendi la pasin de su antiguo
amigo, le cerr consternada las puertas de la casa. Ese mismo da, l
se dispar un tiro en la boca.

Pero el caso ms espantoso y ms triste ocurri poco despus, con una
prima hermana de la viuda de Aliaga, casada joven, demasiado joven, con
un seor que era entonces poltico conocido y persona muy influyente.
Ella conoca a un muchacho... te acuerdas de Isidro Acosta, aquel
muchacho escritor que estaba en la Facultad cuando nosotros empezbamos
el bachillerato? Se enamor locamente de esta seora, que era algo
pariente suya. Le pidi ella un da, llorando, con las manos puestas
sobre las cabezas de sus dos hijitos, uno de cuatro, otro de tres aos,
que no la buscara ms. Acosta hizo todo lo posible para ahogar su
pasin, viaj por el Paraguay, se fue despus a Europa; pero volvi,
triste, ms enamorado que nunca. Apenas lleg le mand una carta escrita
con sangre; se consagraba a ella decidido a morir. La pobre se asust,
parece que le corresponda en la intimidad de su corazn, aunque saba
ocultarlo y dominarse y haba puesto una lpida sobre sus sentimientos
culpables. Ah! Estas lpidas de olvido! Cuntas mujeres porteas han
atravesado la vida melanclica hasta una noble ancianidad, plegadas por
la virtud a la rutina cotidiana, distradas por el cario a los hijos,
mientras un amor del pasado se ha ido muriendo como una claridad plida
en sus almas! Y no creas que las idealizo... Oh, no...! Te sigo
contando. Pocos das despus de escribirle Acosta esa carta, que ella
no le contest, la encontr inesperadamente en casa de las Aliaga.
Hablaron; l se puso a llorar como un chico, y esa tarde, sintiendo el
vrtigo de una pasin que concluira por vencerla, busc la nica
solucin salvadora. Vivi todava horas de sombra sublimidad. Su
marido, que no la hablaba y ya sospechaba algo, la encontr por la noche
arrodillada junto a la cama en que sus dos hijitos dorman. Al otro da,
despus de empapar sus ropas en aguardiente, se acerc al fuego de una
estufa. Alcanzaron a verla caer alzando los brazos, gritando en medio de
la llamarada. Cuando corrieron para socorrerla, escap despavorida, y
volvi a caer ya carbonizada. Puedes imaginarte horror semejante?
Parece que realiz el acto en un estado de absoluta lucidez. Piensa que
la pobre, por una extrema exaltacin de su virtud, sinti la necesidad
de morir as, abrasada, para purificarse, para consumirse en el fuego
con los vestigios de su pecado.

Julio Lagos se levant; haba referido aquello con la voz alterada y
estaba plido. Muoz le miraba con asombro; tuvo la misma sorpresa que
experimentara, algunos aos antes, cuando en la clase le oyera discutir
apasionadamente con el profesor. Julio se encogi de hombros.

--Te llama la atencin que estas cosas me impresionen as. Ya s que t
me imaginas insensible o algo as como si me faltara humanidad. Y volvi
a hundirse en el silln.--S, continu, son muy extraas las mujeres de
nuestro pas... Fue precisamente en casa de las Aliaga que conoc, hace
algn tiempo, a esa amiga de Charito Gonzlez. Me pareci en seguida que
perteneca al tipo de las mujeres fantsticas.

--Ah!--exclam Muoz, enrojeciendo. La conociste en casa de Charito
Gonzlez? T vas a casa de Charito Gonzlez?

--No; la conoc en casa de las Aliaga.

--Estoy seguro que dijiste... en fin una amiga de Charito Gonzlez? Yo
conozco a todas sus amigas.

--No importa. Esta es la hija del hombre que se mat por la viuda de
Aliaga.

Muoz ignoraba el suicidio del padre de Adriana.

--Entonces no cabe duda, murmur fingindose distrado, toda esa es
gente fantstica. Yo le preguntar a Charito sobre sus amigas. No son mi
tipo, te lo advierto... As, agreg enrojeciendo otra vez, no habr
celos entre nosotros.

Y se ri, con una penosa risa de sarcasmo.

--La conoc en casa de las Aliaga, repiti Julio. No hara nada por
encontrarme con ella, precisamente porque me impresion mucho. Hay
mujeres cuya idea nos subyuga como el destino... nos atraen, pero uno
siente que la voluntad no debe intervenir para nada.

Volv a verla, en un teatro; estaba ella con varias amigas y no me vio.
La observ atentamente. Haba en toda su persona una armona que no
fallaba por ningn detalle, y ese algo indeciso que flucta sobre la
expresin de la cara y en el gesto y en la sonrisa y nos advierte la
presencia de un ser femenino cuyo acercamiento nos lo hara
infinitamente precioso. En el amor, Muoz, hay cierto momento en que se
nos revela el gran misterio... Esto sucede cuando no nos arrastra la
simple pasin, cuando nuestra alma, libre de la embriaguez que turba, se
para, por decirlo as, en el umbral de su propio amor. Has ledo "La
Vita Nuova"? Dante la escribi sobre Beatriz, a la que siempre contempl
desde el umbral de su gran amor idealista, y ella, antes y despus que
muriera, estuvo revelndole los misterios divinos.

--Por lo menos, murmur Muoz sardnicamente, un marido que se hubiese
casado con tu Beatriz no tendra nada que temer.

Y sospechaba que la Beatriz de Julio era Adriana.

Ambos quedaron repentinamente callados, sin poder reanudar la
conversacin. Julio se despidi.

Cuando Muoz qued solo, volvi a embargarle el pensamiento de Adriana y
vio su imagen proyectarse, radiante, en el saln iluminado; junto a ella
dos ojos saltones emergieron, temblorosamente, en una cara afilada,
fina... la cara de Castilla!

Entonces, por cobarda, se esforz para pensar en los primeros tiempos
de su amor, en la dicha de haberla conquistado, de haberse impuesto al
alma que miraba tan misteriosamente por aquellas pupilas circundadas de
ligera sombra. Pero acaso ella no poda amarle, algo inconmensurable y
oscuro haba sin duda entre los dos. De pronto, la obsesin visionaria
se reaviv, acercndose. Adriana adoptaba una expresin condolida, pero
irnica, irritante; los labios del otro sonrieron con la misma
expresin. La silueta lnguida en el traje lila oscilaba suavemente; se
soltaron los largos cabellos sobre la nieve de la espalda y el bello
brazo desnudo se levant, dulcemente; los labios del otro besaron en la
blancura del hombro.

Muoz temblaba, una nube oscureci violentamente las imgenes, se
sacudi, habl en voz alta, para apartar de su alma los vestigios de la
horrible alucinacin. Quiso beber, pero se torcieron sus dedos,
convulsivamente, sobre la copa diminuta, y el delgado cristal se quebr
hirindole en la palma: la mano se agit salpicando sangre.




VI


A no haber Muoz abandonado tan precipitadamente la casa de Charito,
habra comprendido lo infundado de sus celos. Porque cuando Adriana
advirti que Castilla se tomaba tontamente la libertad de acariciarle la
mano, en seguida, dejndole plantado en medio de la sala, busc a Muoz.

Sin embargo, lejos de preocuparla que ste se hubiera marchado, slo
experiment contra l un sentimiento de fastidio. Charito la llam,
consternada. Acababa de advertir, sospechando el motivo, la retirada de
Muoz. Era su amiga de confianza y profesaba por l un sentimiento que
ella no hubiera podido definir: mezcla de cario fraternal, de
instintiva simpata y de admiracin. Le atribua las mejores cualidades
y no dejaba de recordar que haba egresado de la Facultad de Derecho con
las ms altas clasificaciones de su curso. Charito, abandonando por
algunos minutos al joven de la voz amaricada, tom las manos de Adriana
y la mir con expresin sorprendida.

--Por qu te portas as? Es un muchacho que te quiere con lealtad, con
pasin. No es tan fcil encontrar un amor como el suyo, tan verdadero,
tan noble. Conozco muy bien a Muoz y s que no podr soportar por mucho
tiempo esas actitudes tuyas. Ya te vi con Castilla. Por ms que Muoz te
ame, si t le sigues poniendo a prueba de ese modo, un da te dejar.
Con la muerte en el alma pero Muoz te dejar.

Dijo con nfasis "la muerte en el alma" y aguard un explicacin. Pero
Adriana mir a su amiga con cierta dulzura indiferente, de soslayo, y le
prometi que en adelante sera ms buena con Muoz.

Charito Gonzlez no era linda ni fea; sus ojos claros, ms expresivos
hubieran sido hermosos y muy elegante su silueta de ser ella ms alta.
En su modo y en su trato haba esa ambigedad y esa ausencia de carcter
definido que parecan el fondo mismo de su persona. Viva absorbida por
el ambiente social, y para las fiestas de caridad era una secretaria
activsima y no hallaba tiempo de cumplir con todos los compromisos que
se impona. Adriana tena de ella una impresin semejante a la que le
sugeran las personas de la familia de su to Ernesto Molina: que
careca, en cierto modo, de verdadera alma. Pero cultivaba su amistad
comprendiendo que en todo momento podra confiar en los buenos oficios
de su discrecin y de su bondad.

Ahora la diverta el tono afectado con que le reprochaba sus
inconsecuencias con Muoz.

--Me prometes--insista--ser leal, quererle de verdad, prodigar en este
amor tu corazn?

--Te prometo--respondi Adriana imitando su nfasis--no traicionarle
jams, prodigarle mi corazn.

Durante el resto de la velada se aburri como nunca.

Al da siguiente fue a casa de las Aliaga. La acogieron con una alegra
ms abierta y cariosa que la vez anterior y se manifestaron
sorprendidas de que no hubiese vuelto antes. Algunos minutos despus,
continuando una conversacin empezada cuando ella se present, la
pusieron en antecedentes de un ntimo asunto de familia y la consultaron
como si fuese la persona de ms confianza y ms allegada a la casa.
Despus Carmen, la menor, la llev a su cuarto y le mostr, con mucho
misterio, un diario de su vida que haba comenzado a escribir.

--T eres la nica que podr leerlo, le dijo como encantada de su idea.
Ellas ni siquiera saben que lo escribo. La que tiene un diario ya muy
largo es Laura. Algn da que ella se descuide lo robamos y lo leemos
juntas. Como a ella le han pasado muchas ms cosas que a m, y ha tenido
una pasin y estuvo de novia...

Dijo esto con cierto aire de pesar, como envidiosa de Laura.

Carmen tena unos veinte aos, pero por ciertos modos ingenuos y por
algo de frgil que en toda su persona haba, aparentaba diez y seis. El
color de las mejillas y de los labios pareca ms vivo por la blancura
mate de la cara y de las manos. Alguna asimetra de la frente se anegaba
en el esplendor de los grandes ojos grises, que daban la impresin de
ser negros, por la anchura de las pupilas. Esta belleza de los ojos era
un rasgo que tena de comn con sus hermanas, como asimismo la
extraordinaria y continua intensidad de la mirada, llena de alma.

Las Aliaga conocan muchos libros que Adriana haba ledo, se asemejaban
a ella en ideas y modos de ver, deliraban por versos de amor y
comentaban con sutileza las novelas francesas y rusas que les traa
Julio. Parecan, por las conversaciones que solan tener acerca de las
heronas desdichadas, que ellas mismas hubiesen querido de alguna manera
acompaarlas en la peregrinacin de sus desventuras ideales. Haba en
ellas una sensibilidad extrema, y por afortunada despreocupacin, no
haban adquirido esa cultura literaria artificial, buscada, que
generalmente falsea y con frecuencia anula en la mujer el tacto
artstico. Por eso podan amar con naturalidad el estilo de ciertos
autores y preferirlos a otros sin obedecer a sugestin alguna. Un
hermoso libro, a veces una sola pgina escrita con gracia, les daba
ensueo para muchos das.

Adriana senta el contraste profundo de esta casa con el ambiente sin
espritu que haba, por ejemplo, en la de Charito Gonzlez o de su to
Ernesto Molina. Sin embargo, una parte del misterio que en su
imaginacin haba circundado a las Aliaga, se fue aclarando, como los
contornos de una figura que parece fantstica en la penumbra y luego a
la plena luz cobra una realidad ms simple.

Acaso la ms linda era Laura. Una la sensibilidad excesiva a cierta
actitud de calma inalterable. Tena un modo muy particular de distraerse
sbitamente de la conversacin, para quedarse mirando en el vaco; pero
no con la expresin ambigua de todo el mundo, porque bajando la cabeza,
sin bajar la mirada, el negro de las anchas pupilas se confunda con el
negro de las pestaas, y entonces aquella mirada fija adquira una
profundidad llena indefiniblemente de tristeza. Adriana se acercaba a
ella, solcita, y acaricindola y jugando con sus cabellos la
interrogaba bruscamente, como para descubrir por sorpresa el secreto de
sus pensamientos:

--En qu pensabas? Dmelo, por favor!

Pero Laura, respondiendo sin hablar a sus caricias, sonrea con una
dulce tranquilidad.

Se form entre ambas una amistad delicada, estrecha, y sin embargo
llena, en muchos puntos, de reserva. Ni la una ni la otra llegaban a la
confidencia. Y mutuamente se perdonaban y hasta se agradecan esta
reserva. A veces, despus de alguna reflexin hecha al azar sobre la
dificultad de hallar en la vida la felicidad del amor o sobre la
grosera con que lo conceban los hombres, se detenan en el punto mismo
de abrirse el corazn.

Adriana experimentaba, por primera vez, el sentimiento apasionado de la
amistad. Laura la besaba como a una hermana y le enseaba imgenes de
santos bordadas en seda por ella. Sobre la cabecera de su cama colgaba
un crucifijo labrado en marfil. Haba en la habitacin dos cuadros cuyo
asunto era triste. Uno de ellos, titulado "L'Oublie", figuraba dos
amantes que se besaban cerrando los ojos mientras la muerte, un fantasma
vago, invisible para ellos, se acercaba a contemplarles. Y en el otro
cuadro, la pobre amante ya estaba de rodillas sobre la tumba y alzaba la
cara mirando al cielo con sus grandes ojos claros, que por el exceso de
la pena casi no tenan expresin.

Carmen se demostraba celosa de aquella amistad e interrumpa las
plticas de Adriana y Laura protestando:

--Hemos tenido la dicha de encontrar este encanto de amiga y t te la
quieres acaparar como si fuese nicamente tuya. Y comenzaba a charlar
alegremente o traan un cuaderno en que haba copiado versos, algunos en
francs, y stos ella exiga que los leyese Adriana, porque los deca
con una admirable pronunciacin.

Generalmente las Aliaga charlaban con volubilidad, proyectaban viajes,
sin propsito ninguno de realizarlos y se daban bromas con jvenes a
quienes no vean desde largos aos atrs.

Pero aquella superficialidad era ficticia, una delicada apariencia con
la cual revestan, por un raro pudor, la profundidad y la inquietud de
sus almas. Y as como Adriana misma, mientras hablaban y rean con
ligera locuacidad sobre temas con frecuencia pueriles, soaban
interiormente sus cosas ideales; y como ella, tambin, vivan sin dejar
transparentar el mundo de imgenes amorosas y de suaves ideas que las
encantaban en la cotidiana meditacin.

Alguna vez, cuando atardeca, abran los balcones, que daban sobre la
Avenida Quintana. Adriana se abandonaba a la dulzura de quedarse all,
anegada en sus propias ideas y en la vaga contemplacin de esta calle
solitaria, retrada del rumoreo cosmopolita con su elegante edificacin
de cerrados palacetes. Al extremo de la Avenida, el jardn de la
Recoleta iba igualando los tonos oscuros de su arboleda tropical; y por
encima, cerrando la perspectiva en la entrada del cementerio, la iglesia
del Pilar, pequea, simple, con algo de atnito en su distante
apariencia: vieja capilla que la ciudad colonial desaparecida haba
dejado all disimulada en la humildad de su encanto.

Adquira todo esto tanta belleza muriendo la tarde y bajo el oro del
otoo, que se ponan ellas pensativas. Adriana, ansiosa de amor,
imaginaba idilios con Julio.

Entraban luego, cerraban las persianas y encendan las luces. Haba en
la gran sala un ambiente de intimidad y una elegancia sutil: el
decorado, los tapices de tonos oscuros, los muebles severos y el
conjunto de los pequeos objetos de adorno, se caracterizaban por una
singular ausencia de cualquier detalle demasiado llamativo u ostentoso.
Reinaba all, como en toda la casa, una especie de suntuosidad sin lujo,
trada naturalmente a travs del tiempo y sometida al espritu de sus
moradores. Cosas de pocas diversas se avenan entre ellas con una
gracia original. El arte antiguo de los pesados jarrones de cobre
preciosamente trabajado, que figuraban dragones fantsticos sobre la
chimenea de mrmol negro, no pareca contradecirse con el arte ligero de
una lmpara moderna que difunda, suavemente atenuada por el moar de la
pantalla, la luz de la bombilla elctrica oculta en el esbelto pie de
alabastro.

En una vitrina, grandes abanicos abiertos evocaban modas desaparecidas y
transmitan la sensacin encantada de los aos en que se haban usado:
algunos, enormes, estaban hechos con blanca pluma de garza sobre
varillas de bano; en otros era el plumaje negro y contrastaba
pomposamente con el labrado marfil; y en los menos antiguos, alguna
escena de pastores se pintaba sobre la indecisin de la seda ajada.
Encima de la mesita de caoba cuyos bordes afiligranaba una incrustacin
de ncar, haba un grueso lbum de retratos con el terciopelo de las
tapas ya gastado, como felpa de viejo bargueo. La mayora de los
retratos se haban descolorido; en algunos apenas era posible distinguir
otra cosa que el espectro de la imagen. La fotografa de la primera
pgina era ms reciente y en ella resplandeca, con el fino tipo de las
Aliaga, una maravillosa cara de mujer, la madre de ellas. Ms que su
noble belleza, impresionaba el alma de los ojos, profunda, dulce, y su
expresin singularmente parecida a la de Laura.

Este retrato ejerca sobre Adriana una especie de fascinacin. Sola
largamente contemplarlo. Entonces Zoraida o Carmen, con cierta suave
violencia, se lo quitaban.

--Por qu? les preguntaba sorprendida.

Ellas callaban, mirndose.

Zoraida, que era msica, sola sentarse al piano y ejecutaba con
maestra motivos de Chopin o de Beethoven. A veces lo haca como
jugando, interrumpindose a cada rato por seguir la conversacin de sus
hermanas. Pero con frecuencia, exaltndosele la expresin del semblante,
la idea musical la arrebataba. Entonces las otras enmudecan. Carmen,
arrodillndose junto a Zoraida, la miraba con atencin ingenua, y
despus, hacia las ltimas notas, se oprima el corazn y suspiraba
sonriendo.

Por confidencias de Carmen, supo Adriana muchas cosas relativas a
Zoraida, que la afirmaron en la suposicin de que sta, realmente, haba
sido objeto de la imposible pasin y causa del suicidio de su padre. En
la infancia Zoraida se haba formado un propsito tenaz: ser monja. Al
principio eso fue motivo de broma en la casa y ms cuando ella rompi
sus muecas para demostrar despego por los afectos del mundo. Tuvo
luego, ya desde los catorce aos, festejantes que la adoraron; a todos
les rechaz. Intilmente su padre, que aun viva, resolvi sacarla del
internado, donde seguramente alguna monja le haba inculcado aquella
idea mstica tan singular en una criatura de su edad. Ella declaraba que
su vocacin era el convento adonde tarde o temprano ira para
conformarse a los deseos de Dios que la llamaba. Ms adelante comunic
tal propsito a su director espiritual, que la felicit; tambin hizo
voto de castidad y ya no quiso ocuparse sino de los trabajos que se
impusiera como Hija de Mara. Cuando su padre muri, Zoraida cumpla
diez y siete aos; su decisin se hizo ms ardiente que nunca. Fue
preciso que Eduardo interviniera acerca del confesor. Este un da le
declar seriamente que deba obedecer a su madre. Zoraida, decepcionada,
recurri directamente a la superiora de las Salesas, quien la aconsej
de acuerdo con el sacerdote. Entonces su naturaleza extremosa se
sublev. Jur que abandonara toda tarea religiosa, que no pisara ms
el confesionario y que hasta dejara de ir a misa.

--Y ese juramento--aadi Carmen--lo ha cumplido. Nunca siquiera nos
acompaa a misa los domingos. Qu raro! Ella dice, ahora, que para
comunicarse con Dios no es necesario ir a persignarse en la iglesia
delante de todo el mundo.

--Y tuvo ms festejantes? pregunt Adriana.

--S, varios. Pero los despreci a todos. Cuando muri mam, es claro,
ella era la mayor y tom el cuidado de la casa. Y oye...

Enmudeci repentinamente ante Zoraida que vino a sentarse junto a ellas.

--No sirves para disimular, Camucha. En la cara te adivino que le
hablabas de m--dijo acaricindola.--Indiscreta! Le habrs contado mi
mana de ser monja.

Carmen, muy colorada, no atin a defenderse.

--Pero no se lo creas todo, Adriana. Camucha es demasiado novelera.
Aquello fue ms bien fantasa de chica. Una verdadera vocacin no se me
habra pasado con la muerte de mam, ni con los disgustos que se
juntaron encima.

Y procur convencerla de que aquello haba sido una pura ingenuidad, un
idealismo, por el pensamiento de que fuera de Dios nadie podra
enamorarla nunca. Por otra parte el amor--ella estaba segura--slo
hubiera venido para su perdicin.

Un da conversaron acerca de Julio, y Adriana escuch sin perder
palabra.

Carmen extraaba de que nunca le hubieran conocido ellas ningn amor.

--No hay mujeres para Julio, murmur Laura.

--Sera raro que no tuviera alguna pasin por ah, aadi Zoraida.

Carmen protest con tono de reproche:

--Raro! Y acaso nosotras no nos parecemos a l? Pensar que lo pasamos
aqu tan escondidas y como olvidndonos de vivir! Quieres creer,
Adriana, que Zoraida nos est contagiando su enemistad hacia el mundo?
Como no ha podido entrar de monja quiere hacer de esta casa su
convento. Ya ni por motivos de caridad nos relacionamos con nadie. Das
pasados vinieron a verla varias seoras, para pedirle que formara parte
de una comisin de beneficencia. No lo consiguieron. A m, el ao
pasado, me dejaron una alcanca para la colecta del 2 de Octubre. Has de
creer que no tuve ocasin de pedirle su contribucin a nadie. Y para no
quedar mal nos vimos obligadas a reunir cada da todas las monedas que
haba en la casa, y registrarle los bolsillos a Eduardo, hasta conseguir
poco a poco llenarla. Pero lo ms grave es, para m, que viviendo en
esta forma una no tiene oportunidad de conocer mozos y hallar alguno a
quien querer.

Y Carmen, con un modo ingenuamente lnguido, apoy la mejilla en la
palma de la mano abierta, y bajo la frente algo asimtrica sus hermosos
ojos grises tomaron una expresin vaga; en la sombra de su meditacin,
miraba sonrer una cara que en la realidad no haba visto nunca.

--Por mi parte, suspir Zoraida, todos los das pido a Dios que no me
traiga la ocasin de enamorarme. Laura intervino.

--Siempre tu misma mana!

--Con esas ideas extraas--aadi Carmen--todas debemos hacer lo posible
para quedarnos solteras.

--El amor, para nosotras, slo puede venir como una desgracia, replic
Zoraida. Y la voz le temblaba.

Un da Adriana pregunt por Julio.

--Est aqu! exclam Carmen. Lo dejamos arriba, con abuelita, cuando t
llegaste.

--Le pidi abuelita que tomara el te con ella, agreg Zoraida, y all
est Laura tambin. Te has fijado, Camucha, con qu atencin le escucha
Laura, cuando l habla?... Es una suerte. As, poco a poco, me ir
perdonando...

--No, ella no se olvida de Jos Luis, ella piensa que Jos Luis hubiera
sido el amor de su vida, repuso Carmen. No te puede perdonar.

Adriana, preocupada deliciosamente por la idea de que Julio estaba en la
casa y que lo vera de un momento a otro, no fij su atencin en aquella
frase de Carmen. Puso todos los sentidos en sorprender, sobre la cara de
Julio, cuando bajara, la impresin que le hara volverla a ver.
Sorprendi una expresin de jbilo, y en seguida una contradictoria
mirada de tristeza. Con l bajaba Laura. Esta se adelant y la bes en
los ojos.

--Al fin se han vuelto a encontrar, despus de un ao, murmur.

Se habl de msica y de novelas. Laura, que no dej un instante de
observar a Julio, suspir, volvi a besarla.

--Se me ocurre que ya te quiere, le dijo al odo.

Pero Adriana no poda escucharla. Miraba a Julio con los ojos un poco
atnitos y sonrea con su sonrisa ligera.




VII


Pens que una influencia oculta atraa sobre su vida el amor, aquel
mismo amor que un ao antes haba visto brillar en los ojos de Julio.

Pero ahora este pensamiento no asociaba la dicha y tampoco la antigua
esperanza. Volvi a verle y nada ocurri. Una gran inquietud la invada.
Cuando l hablaba, finga distraerse, le dejaba conversando con Zoraida
y llevndose a Laura al otro extremo del saln, se ponan a hojear el
lbum de los retratos abierto sobre la falda de ambas. Senta, sin saber
por qu, la necesidad de mostrarle indiferencia. Sin embargo, no
adverta en Julio seal alguna de que esta actitud le afectara. "Hoy se
ha marchado--pensaba--sin saber a qu atenerse con respecto a m...
Desgraciadamente, yo estoy en el mismo caso"... Y comenzaba a dudar de
la pasin presentida. O andara l tal vez enamorado de Laura...?

Julio no era el mismo que reapareciera tantas veces en su memoria; su
recuerda haba sin duda trabajado los rasgos de aquella cara, sus
gestos, sus actitudes mismas, prestndoles una indecisin que no tenan,
ahora, aquella frente tan recta desde la raz de los cabellos hasta el
arco de las cejas, y aquellos ojos que solan quedarse mirndola,
durante un rato largo, con naturalidad. Era otra cosa, tambin, su
manera de entrar, decir saludando algunas palabras distradas, y luego,
sentndose con las manos en los bolsillos, quedarse pensativo y como si
estuviese completamente solo. Adriana se preguntaba por qu no haba ya,
entre l y ella, la locuacidad amable de la tarde que se haban
conocido. A veces una frase de Julio pareca, sin embargo, buscar la
intimidad y la confianza; algo invisible la impulsaba entonces, ms que
nunca, a burlar la adivinada intencin. Burlarle aunque tal victoria le
costase la felicidad de su vida. Y no se explicaba a s misma la razn
oscura de este deseo. Porque sufra al pensar que l pudiera sufrir.

A medida que le iba conociendo ms, menos poda substraerse a un
sentimiento de ternura entraable y ms doloroso le era fingir la vaga
despreocupacin.

--Cuando t ests, le deca Carmen, Julio apenas conversa, lo mismo que
t. Ah, si pudieras orle cuando se anima y cuenta el argumento de
alguna comedia o habla de cosas ideales! Con qu atencin nos quedamos
escuchndole y deseando que no termine nunca! Engaa mucho esa frialdad
que t le ves. Es nuestro mejor amigo, nuestro nico amigo, porque a
los muchachos parientes que suelen venir, ni los tenemos en cuenta.
Julio nos entiende tanto! Quieres creer que yo, a l, le confesara lo
que ni a Laura ni a Zoraida podra decirles nunca?

Y estas noticias embargaban completamente la imaginacin de Adriana.

Tambin Laura sola hablarle de Julio, cuando estaban solas, y sus
elogiosas referencias coincidan con la opinin ntima que de l se
haba formado Adriana.

Un da Julio pareci transformarse en un hombre que no era el Julio
habitual. Sentado junto a ella mientras Zoraida, en el piano, ejecutaba
una sonata, interrumpi de pronto la conversacin que sostenan sobre un
tema trivial, para preguntarle, con una voz humilde, si acaso tena
contra l algn motivo de resentimiento.

Adriana le mir con asombro. Aquel dejo humilde y aquella cierta
inoportunidad ingenua de la pregunta, deban quedarle murmurando como
una dulzura en la memoria. Le pareci adivinar instantneamente toda el
alma de Julio.

--Yo resentida con usted?... Oh, no, no!

--Es una pena.

--Una pena que yo no est resentida con usted? Explqueme, Julio.

--Es tan difcil explicar... Ciertas ideas, las ms ntimas, no podran
expresarse sino por un esquema pueril. Por eso la melancola de
conversar con alguien que podra comprender lo que por desgracia no
sabemos explicar: vamos deplorando, al cabo de cada frase, que lo
realmente significativo de la idea se qued en el corazn.

--Pero en fin: usted preferira que yo estuviese disgustada? Por favor,
dgamelo as en esquema.

--S, preferira eso, para poder atribuir su resentimiento a una mala
inteligencia; en cambio, ahora ya conozco que su frialdad slo viene del
ningn deseo de reanudar aquella amistad de algunos minutos, cuando nos
encontramos aqu hace un ao, amistad que slo en la imaginacin ma
pudo seguir persistiendo.

Adriana, para demostrarle que tampoco ella haba puesto nada en olvido,
le repiti algunas palabras que dijera Julio en aquella ocasin. Y se
maravillaba de su propia sinceridad.

--Sabe usted, agreg, que me dej sorprendida la seguridad suya cuando
se puso a imaginar el elogio de mi alma?

Y le pareci advertir de nuevo, como entonces, que brillaba el amor en
la mirada de Julio. Pero ambos callaron, suspensos de la msica de
Zoraida, que se hallaba en uno de sus momentos de exaltacin.

El motivo de Beethoven jugaba con cierta gracia infantil, sus frases
lricas parecan caminar sobre el teclado, frescas, ligeras, y
acariciaban el odo sin despertar inquietud. Despus las notas se
precipitaban, lmpidas, luminosas, con algo de ansiedad, y en el aire
se iba formando una idea musical, pura, serena y como desasida de su
mismo origen sonoro. Las lmpidas notas, sbitamente contenidas,
tornaban en dulce murmullo. Ahora el motivo era un alma, con la
palpitacin del ritmo pugnaba por subir, vacilante, a las regiones
inefables. Se agitaba su vuelo en las alturas, como una alondra. Y por
momentos, en la poderosa dilatacin del sonido radiante, pareca a punto
de alcanzar el jbilo de una maravillosa revelacin.

Pero luego las notas decaan, las bellas frases se enlazaban ms
lnguidas, la imagen de la dicha mora en un radio de sombra, y ya slo
poda orse la tierna resignacin del amor vencido ante la irremediable
lejana de su ideal ultraterreno.

De pronto, en medio de su tristeza, el mismo motivo musical se
reavivaba, con la gracia de un hermoso nio que despierta olvidado de la
causa que acababa de adormirle llorando; y volva a su encanto de las
primeras notas, giles, ligeras, para luego agitar de nuevo en el ritmo
sus alas de esperanza. Y otra vez el alma de la idea lrica ascenda
cantando, como una alondra.

Cuando termin la sonata, ambos quedaron un rato en silencio, oprimidos
por ese inexplicable deseo que la msica infunde, de una dicha excesiva,
superior a la condicin humana. Ella ech sobre Julio una rpida mirada;
estaba un poco plido y tena los ojos hmedos, absortos en ella; sus
palabras, al reanudar la conversacin, tomaron el dejo humilde.

En esto apareci Laura. Al verles hizo un vago gesto, como si hubiese
querido retroceder. Pero Adriana se levant, fue hacia ella,
rpidamente, y le oprimi las manos tanto que Laura contuvo un grito.
Entonces, con actitud de azoramiento y de lstima, bes una y otra vez
aquellas manos, sin alzar los ojos. Daba las espaldas a Julio y segua
sintiendo sus palabras humildes penetrarle en el alma como una larga
caricia.




VIII


En esa misma semana tan llena de emociones, volvi a la estancia de su
to para buscar a su madre, que decidi instalarse definitivamente en la
ciudad. Fue por la maana y pas el da con sus parientes. La notaron
cambiada, muy abstrada. No tuvo "rarezas", no contradijo a nadie y rez
con su ta en el oratorio.

Sus dos primas la observaban, mirndose luego con cierto aire de
asombro, como si esta nueva manera de ser tuviese tambin su punto
censurable. A Fernando, que de all a poco deba emprender un viaje a
Europa, le habl en tono afectuoso, pidindole no dejara de escribir con
frecuencia, y ayud a su madre, muy solcita, en el arreglo del
equipaje. Su to relataba ancdotas sobre un poltico de gran actuacin
fallecido el da anterior.

--Yo lo trat mucho--deca--y pocas personas he conocido tan finas y tan
amables. Ya pocos hombres quedan como esos, en el pas. Era tan atento
que le pasaban cosas curiosas. Ahora ustedes van a ver, les voy a
contar. (Hizo su larga pausa de costumbre, el dedo pulgar de una mano en
la abertura del chaleco, la otra mano apoyada de travs en la rodilla).
Un da, l entonces era ministro, estaba yo en su despacho, con otros
amigos, cuando entr, despus de anunciarse, un jovencito provinciano,
muy tmido, con una carta de recomendacin. El ministro le tom la
carta, la ley, le prometi un empleo. Despus, por halagarle, se puso a
conversar un rato con l. "Yo era muy amigo de su pap--le dijo--persona
muy distinguida, por cierto, y cuando muri hube de hablar en su
entierro". Esto no era verdad, lo deca de puro amable. El jovencito,
naturalmente, se sorprendi. "Seor, mi padre no muri aqu, sino en
Montevideo", "Ah, tiene usted razn,--contest el ministro--en
Montevideo, s, lo recuerdo muy bien, por eso no habl".

Adriana finga atender las crnicas de su to. Pero sus pensamientos
volaban a casa de las Aliaga. Predominaba en ella la inquietud, su
anhelo se perda en presentimientos confusos, su espritu se
transformaba en un sentido ideal. Con Julio, este muchacho que ella
haba tratado apenas, no hubiese empleado nunca sus fciles y comunes
recursos de seduccin y le aterraba la sola idea de que l pudiera
interpretar como coquetera alguna actitud suya.

Al caer la tarde, un break las llev a la estacin del pueblecito
cercano a la estancia. Las primas se despidieron. Adriana, distrada,
se dej besar en las mejillas.

Cuando hubo arrancado el tren, corri la ventanilla, para evitar el aire
fro, y al travs del cristal, que se humedeca con su aliento, se puso
a mirar el paisaje. La inacabable llanura verde comenzaba a cubrirse con
un ligero esplendor de oro. Hileras de lamos surgan y se precipitaban
al paso del tren. Se destea el cielo como un inmenso lavado de
acuarela, dejando abajo, en su lmite con la tierra, una cinta de vapor
azul. El sol, descendiendo, ofusc los ojos de Adriana con sus largas
flechas amarillas, que se volcaban brillando a cada ondulacin de la
campia. A trechos giraba lentamente, muy distante, la azotea roja de un
chalet; y su ventana, bajo el tringulo de tejas, fulguraba como una
planchuela de oro. El sol se dilat; era una gran ascua redonda que
perforaba la cinta de bruma azul. Un gajo de arbusto seco, sobre la
llanura, cruz por el disco como un arabesco de tinta. Arriba en la
inmensidad lvida, una pequea nube, un encaje de luz rosada y pura, se
irisaba como una maravillosa concha de ncar.

Del alma de Adriana huan los pensamientos mezquinos y sus ojos se
abismaron en la tristeza del firmamento plido. Las cosas pasadas en
aquellos das surgieron como fantasmas que bailaban precipitadamente en
el sitio donde haba desaparecido el sol. Su definitivo rompimiento con
Muoz, las Aliaga, Julio Lagos, y aquel inesperado dilogo interrumpido
por Laura...

Quiso arrancarse a esta gran inquietud del presente y penetrar en el
recuerdo de los aos de su infancia. Pero la sinti lejos,
inconmensurablemente lejos. Pareca escapar como una crislida
convertida en mariposa inmaterial, que volara por un mundo
irremisiblemente perdido para su corazn. Contempl su propia silueta
infantil diseada como una figura de relieve cubierta de polvo en su
recuerdo. Y vio tambin a Raquel, de seis aos, otra figura, otro
relieve cubierto de polvo; Raquel vestida de negro, con dos hilos de
lgrimas en las mejillas rojas. Adriana le pegaba por una rivalidad
pueril. Estaban solas en el patio de la casa y junto a la habitacin
donde el padre muriera algunos meses antes. Raquel, agachada bajo los
golpes de Adriana, abra un medalln que llevaba al cuello con el
retrato de su padre y exclamaba sollozando: "Para que pap vea lo que t
haces". Despus, sobrecogida, se echaba a correr, seguida de Adriana y
cubrindose la cabeza con las manecitas abiertas. Pero Adriana ya no
corra para pegarle, sino enloquecida de sbita piedad. Y llegando las
dos a un corredor oscuro, se abrazaron con mpetu, consternadas hasta el
llanto por aquella penosa evocacin de la sombra paterna. Entrecerrando
los ojos, apoy la frente contra el fro cristal de la ventanilla. Y
entonces, en aquella profunda lontananza, las dos criaturas se
desenlazaron y la miraron a ella con los ojos llorosos, fijamente.
Inclinndose juntas, se secaron las lgrimas con el ruedo del vestidito
negro. Y volvieron a mirarla, ms adustas, Raquel con sus claros ojos
verdes, Adriana con sus ojos negros, con sus ojos negros y asombrados.
Asombrados por qu? Una amargura indecible pas por el alma de Adriana.
La visin se borr.

Y quiso recordar otros aos aun ms lejanos. Sin duda tuvo entonces un
geniecito encantador y alegre; esto se lo deca un retrato suyo en que
apareca una chiquilla regordeta, graciossima, que inclinando la cabeza
con malicia, adelantaba un piececito y esconda las manos tras la
espalda.

Haba tambin una primera luz de amor en su infancia indecisa: Roberto,
muchacho paliducho que jugara con ella y que por juego fue su amante
infantil. A los once aos entr ella en el internado religioso y no le
vio ms. Porque a poco l mora en las sierras de Crdoba. Su imagen,
despus, se le present siempre circundada de fra penumbra, entre los
pliegues de un sudario, mirndola con sus ojos inteligentes, tristes,
velados de sombra mortal. Adriana, para avivar la sugestin de este
recuerdo, sola leer aquel poema francs en que un amante muerto sale
melanclicamente de la tumba, llama a la habitacin de su amada y
murmurndole palabras de lgubre ternura, la lleva consigo al
cementerio.

Y ahora, con aquella meditacin de crepsculo, junto a su madre
silenciosa y recogida tambin en sus recuerdos, se puso a musitar el
primer verso del poema:

    "Pourquoi pleures-tu petite Christine?"

Imagin ser ella misma, en la media noche de invierno, la herona del
poema, y repeta sus tristes y tiernas palabras:

    "Mon fianc dort sous la noire terre,
    Dans la froide tombe il rve de nous.
    Laissez-moi pleurer, ma peine est amre,
    Laissez-moi gmir et veiller, ma mre,
            Les pleurs me sont doux".

Y al recordar los versos que seguan, la escena descripta se destac
vivamente en la penumbra de su ensueo:

    "La mre repose et Christine pleure,
    Immobile auprs de l'tre noirci.
    Au long tintement de la douzime heure,
    Un doigt lger frappe  l'humble demeure:
            Qui donc vient ici?"

Y afuera la voz del amado:

    "Tire le verrou, Christine, ouvre vite:
    C'est ton jeune ami, c'est ton fianc.
    Un suaire troit  peine m'abrite;
    J'ai quitt pour toi, ma chre petite,
            Mon tombeau glac."

Adriana sinti suspirando y con una secreta exaltacin de jbilo que dos
lgrimas le ardan bajo los prpados:

    "Oh mon fianc, souffres-tu, dit elle,
    Quand le vent d'hiver gmit dans le bois,
    Quand la froide pluie aux tombeaux ruisselle?
    Pauvre ami couch dans l'ombre ternelle,
            Entends-tu ma voix?"

Su jbilo se hizo ardiente como un delirio. Y en las estrofas finales
del poema, todo su corazn acompaaba el arranque de fidelidad
apasionada que hace exclamar a la joven, cuando su amado intenta volver
solitario a la tumba:

    "Non! je t'ai donn ma foi virginale,
    Pour me suivre aussi, ne mourrais tu pas?
    Non! je veux dormir ma nuit nuptiale,
    Blanche,  tes cts, sous la lune ple,
            Morte entre tes bras!

En aquel momento su madre empez a hablar para hacerle reproches, en una
letana lamentable. Estaba inmvil, con las manos entrelazadas y los
ojos aflijidos y fijos. La luz del crepsculo esfumaba su cara y su pelo
en una tonalidad rojiza. Adriana la escuchaba como entre sueos; y
perdida en la remota nostalgia se repeta las palabras dolientes del
poema. Y no era ya su novio infantil, sino Julio Lagos el amante que en
su visin interior bajaba con ella al sepulcro, besndola sobre los
ojos; y entre la masa negra de los cipreses, hua el sudario del otro.

De pronto, en una brusca cada a la realidad, la sacudi el traqueteo y
el ruido ms fuerte del tren. Un "rpido" pas por la va paralela
disparando un silbato estridente; y la mancha momentnea de los coches
oscil en la penumbra del paisaje rayndolo confusamente. Ahora era un
paisaje sombro, todas las cosas exaltaban sus formas como una
fantasmagora. Techos y rboles sobrenadaban en la indecisin de la
llanura. Una lucecilla, muy lejos, se encendi temblando como insecto de
oro. La ciudad ya prxima comenz a surgir. Su visin se dilat. Bvedas
y torrecillas paralelas crecan, parecan moverse, lentamente, hacia el
vuelo jadeante del tren. Algunas casuchas del suburbio, como emboscadas
junto a la va, asomaban rpidamente, y cada una, al pasar, pareca
volcarse en la penumbra. El tren corra a la altura de los tejados
ceidos contra el paso a nivel. Talleres aun humeantes y ranchos de
pobrero se diseminaban confusamente, y todo formaba una perspectiva
srdida y ruin. Sobre aquel montn fugitivo de cosas informes y de vida
precaria, todo miserablemente pegado a la tierra, flotaba como una
armona la magnificencia triste del ocaso, derramando sombra y paz.

El tren penetr vertiginosamente en el arrabal, haciendo temblar el
viaducto. De pronto su marcha detuvo la precipitacin jadeante:
atravesaba el Riachuelo. Adriana qued estupefacta. Haba cruzado el
puente en pleno da, sobre aguas verdosas salpicadas de desperdicios,
entre sucias embarcaciones atracadas a los malecones rotos. Ahora le
pareci pasar por sobre una enorme sierpe de prpura deslumbrante, que
bajo el crepsculo se prolongaba, entre dos orillas de negrura
fantstica, y sorba en el horizonte la luz de sangre.

Por encima del arrabal apareca an, ms all del casero confuso que el
tren dejaba atrs, la llanura de sombra violcea; y una iglesia lejana
se dise como una miniatura gtica estampada en el cielo plido;
Adriana crey or algunos toques de la campana, llegando hasta ella en
una vibracin imperceptible, moribunda, y sin embargo penetrante en su
msica como una dulcsima queja. Involuntariamente junt las manos. Un
gran deseo de purificacin la domin; y en este generoso arranque que
suba desde lo ms ntimo de su alma, como un mar de ternura, reconoci
una semejanza con la irradiacin suntuosa y triste que derramaba el
cielo sobre las deformidades viles de la tierra, reflejando la visin de
aquella luminosa sierpe de prpura que haba pasado como un prodigio
bajo sus ojos atnitos.

La humilde iglesia lejana, flotando en la sombra violcea, pareca hacer
a su alma una sea inmvil. Adriana hubiese querido volar hacia ella,
arrodillarse en la penumbra ms vaga de su nave pequea y llorar a
solas, indefinidamente, bajo las luces encendidas en los cirios.




IX


Subieron a la habitacin de la abuelita, en seguida de comer. La anciana
hizo seas a Adriana de acercarse y sus dedos largos y viejos le
acariciaron los cabellos. Haba una extrema suavidad en su modo y en
toda su persona; la tranquilidad profunda del rostro traa el vago
resplandor de una belleza apagada por el tiempo.

Ya no sala de la habitacin, a causa de la parlisis, y por lo comn se
absorba completamente en la reminiscencia de las cosas pasadas; para
ella se reduca a sus nietas todo el plido presente.

Eran de otra poca los muebles que la acompaaban, la suntuosa y maciza
cmoda de manijas talladas, los sillones altos como sitiales; de otra
poca los grandes marcos de un oro ya sin brillo: en las telas
agrietadas, los rasgos expresivos de las caras haban comenzado a
borrarse, y la sonrisa de estas caras, alguna llena de hermosa juventud
bajo lo anticuado del atavo, pareca velada de pesadumbre, como por la
conciencia larga de la muerte.

La anciana le pregunt por su madre y sus hermanas, y luego, evocando
poco a poco sucesos que se referan a la familia de Adriana:

--Yo lo apreciaba mucho a tu bisabuelo, tu bisabuelo por la rama de tu
madre; me festej en un tiempo.

La expresin de sus ojos, bajo la frente placidsima, se aneg en el
recuerdo. Y refiri el caso con sencillez casi infantil, repitiendo las
frases que le haban murmurado, ms de medio siglo antes, en una fina
declaracin de amor, que su memoria resucitaba con la imaginacin del
saln lejano, las figuras ceremoniosas del minu, su propia linda imagen
de muchacha vista de soslayo en los altos espejos, y ya indecisos, como
en una sombra, los gestos galantes de sus amigos desaparecidos.

Las Aliaga oan sus palabras con una suerte de avidez febril. Rara vez
ocurra que as se pusiera a contar historias de su tiempo; la vejez
avanzada haba atenuado mucho su sensibilidad, le haba comunicado una
especie de indiferencia para todas las cosas, y tambin para s misma,
porque hablaba de morirse sin que tal idea despertase en ella zozobra
alguna. Pero esa noche, los recuerdos la iban como galvanizando.

--Y yo no s por qu tu bisabuelo no me gustaba para marido. Entonces l
se cas con Josefina Chaves, la abuela de tu mam; era tambin muy
bonita y nada celosa; ella misma nos daba bromas, a su marido y a m,
cuando se acordaba de aquellos festejos. S, y l se quedaba callado.
Saba disimular muy bien.

Y el rostro de la anciana sonrea con expresin de dichosa ingenuidad
senil.

--Tomaron una casa muy linda,--continu--en la calle de la Piedad, junto
a la iglesia. Viven ustedes siempre all?

--Oh, no seora! Nos mudamos. Yo apenas me acuerdo.

--La echaron abajo hace tiempo, abuelita--dijo Zoraida. Ahora viven en
la calle Cerrito, a pocas cuadras de aqu.

Adriana vio como en sueos aquella casa antigua, el patio con sus
baldosas blancas y negras, la grande y tupida magnolia, en cuya cima
asomaban, medio tapadas por las hojas, enormes rosas blancas. Y record
tambin las hermosas diamelas, su aroma embriagante cuando todas las
plantas del patio florecan y sus hinchados ptalos, prximos a
marchitarse, tomaban un color avinado...

--Tambin la casa en que vivamos nosotras la han echado abajo, explic
Zoraida.

--Es posible?

Pero el rostro de la anciana volvi a iluminarse:

--Una vez tu bisabuelo, como siguiendo la broma, me regal un ramo de
diamelas. Josefina se rea, pero no creo que le gustara mucho. Ah, qu
ricas diamelas!

Y pareca aspirar de nuevo la fragancia y contemplar la escena remota en
una milagrosa reaparicin.

Luego cont, una tras otra, largas historias de las cuales ella o sus
amigas haban sido las heronas; y tambin tragedias ocultas, como el
suicidio de una sobrina de Juan Manuel de Rozas, muchacha suave y
sentimental, que no pudo sobrevivir a un desengao de amor.

Record el caso triste que diera origen a la capilla de Santa Felicitas
y todo un profundo pasado pareca asomarse desde la regin del olvido,
varias generaciones cuyos individuos se haban ido extinguiendo, con las
ideas, los sentimientos y las costumbres sencillas de una poca muerta;
salones radiantes, grandes espejos de consolas doradas, furtivos
mensajes de amor jams develados, msica de serenatas despertando la
calle en el patriarcal silencio del barrio dormido. Ya no haba un
vestigio de aquella poca, la anciana sobreviva en un presente ruidoso,
cuyos ecos sin inters para ella solan llegarle, sin embargo, por la
conversacin voluble de sus nietas modernas.

Cuando la abuela se hubo recogido, y ellas bajaron nuevamente, aquellas
historias continuaban flotando como un romntico hlito antiguo sobre
las cabezas de Adriana y las Aliaga.

Reunidas en el comedor, tenan las manos lnguidamente cadas sobre la
carpeta de terciopelo rojo, menos Carmen, que con las suyas se cubra la
cara para seguir ms abstrada en la imaginacin de las escenas que
haba evocado la anciana.

--Qu mal hace abuelita, dijo Zoraida, de hablar as delante de esta
chica! Tiene ya la cabecita llena de novelas.

--Bah!--respondi Carmen--todas nosotras somos lo mismo, aunque no
queramos confesarlo... Vivimos de soar en el amor.

Y la actitud seria y el tono reflexivo de sus palabras, contrastaba con
la apariencia de criatura de quince aos que ella tena.

--Lstima--dijo Zoraida--que Julio no haya odo las historias de
abuelita, l que slo se interesa por las cosas ideales.

Adriana sonri vagamente, para que no sospecharan el tumulto de su alma.
Era posible que slo al or pronunciar su nombre se conmoviera as?

Carmen interrumpi a Zoraida.

--Que slo se interesa Julio por las cosas ideales? T no puedes
saberlo; ya tendr l sus cosas materiales tambin, y en el amor, sobre
todo. Porque todos los hombres...

Enrojeci vivamente y mir a Zoraida confusa y sonriendo. As con mucha
frecuencia le ocurra, por su misma ingenuidad, que se le escapaban
reflexiones indignas, segn le deca Zoraida, en una chica de su edad.
Pero prosigui:

--S, Julio debe tener sus asuntos; pero es tan reservado, tan raro, que
nadie puede sacarle nada. La festej un tiempo a Elisa Jimnez.

Esta era una muchacha muy bonita, emparentada con las Aliaga, aunque
casi no tenan con ella relacin de amistad.

--Elisa Jimnez? No es muchacha para enamorar a Julio--repuso Laura
casi en voz baja y como distrada.

--O entonces alguna seora casada--sugiri Carmen, mirando de nuevo con
aquella expresin sonriente y confusa a su hermana mayor.

--Camucha!--le grit sta.

--Tal vez--continu Carmen--est enamorado de alguna de nosotras... Un
mozo no viene tan seguido a una casa si no tiene inters... Despus yo
he notado...

Pronunci con ligera irona estas palabras y se detuvo un instante,
mirando a Laura con malicia.

Como Adriana advirti que Laura iba a intervenir, acaso para desviar la
conversacin, le tom rpidamente las manos: "yeme, yeme,--murmur--te
preguntar una cosa". Pero no tena idea de preguntarle nada y slo, s,
el propsito de impedir que se interrumpieran las revelaciones de
Carmen.

--Porque cuando habla con Laura tiene un modito de mirarla...

--Cuando habla contigo tambin--replic Laura--Julio siempre mira as.

--Saben de quin se ha de enamorar entonces?--pregunt Carmen como
maravillada.--De Adriana! Estoy segura, no s por qu.

Pero lo dijo con el mismo ligero tono de irona y como por dar a su
amiga una broma amable.

Ya tarde lleg Julio y le contaron las amorosas reminiscencias de la
abuela. En el rostro de todas, hasta de Zoraida, haba una animacin
inusitada. Julio escuchaba y casi no tomaba parte en la conversacin.
Miraba siempre a la que hablaba, pero su actitud se pareca a la de
alguien que estuviera completamente solo.

Aquella velada termin con un episodio extrao, que dej en el espritu
de Adriana un ancho rastro de pena.




X


Se haban puesto a discutir con animacin si la abuelita no habra
interiormente correspondido al bisabuelo de Adriana.

--S--opinaba Carmen--pero ha guardado el secreto, jams lo ha confesado
a nadie, ni a nosotras mismas lo dira nunca. Fue tal vez el nico amor
verdadero de su vida y un recuerdo que se llevar ella a la tumba.

--S, tal vez!--murmur Laura como atribuyendo una significacin
extraordinaria a la idea de Carmen.

--Bah!--intervino Zoraida--abuelita es demasiado sencilla para eso.
Diles, Adriana, que no hagan fantasas de una cosa tan comn. T qu
piensas sobre eso?

--Que posiblemente mi bisabuelo s la quiso y se cas con otra
guardndose la tristeza de no ser comprendido.

Era para ella una emocin deliciosa orse consultar sobre la remota
pasin de aquel antepasado.

--De todos modos--volvi a sugerir Carmen--el amor en los tiempos de
abuelita tena algo de ms romntico, de que s yo... Era posible
entregarse completamente a la ilusin divina...

--Hoy tambin--murmur Laura a media voz.

--Oh! En primer lugar, un caso como el tuyo es raro--replic Carmen
aturdidamente, sin sospechar el efecto terrible que iban a producir sus
palabras. T lo has querido de veras a Jos Luis, es cierto, pero bien
desdichada fuiste, Laura; y es que en estos tiempos, hija...

Enmudeci repentinamente, azorada y comprendiendo que haba cometido una
torpeza irreparable.

--Camucha!--grit Zoraida como si hubiera experimentado un dolor
punzante.

Todos miraron a Laura. Se haba levantado con los ojos fijos en Carmen y
algo indecible en la expresin. Adriana la vio palidecer y buscar un
arrimo.

--Pero qu dijo Carmen?--pregunt Julio, yo no alcanc a or, no
alcanc a or.

Laura se sonri, le mir, se confundi ms, y como nadie hablara,
exclam con desesperacin:

--Dios mo! Ahora supondrn que me impresiona el recuerdo de Jos
Luis!

Dej caer los brazos. Julio, en medio de la afliccin de todos, tom un
frasco con agua de colonia que pidi a Zoraida y empapando completamente
su pauelo quiso aplicarlo a las sienes de Laura. Pero sta lo rechaz,
sonrindole de nuevo, y pidi que la acompaaran a su habitacin. La
llev Zoraida. Esta volvi al poco rato y reprendi a Carmen.

--Como lo dijiste as, delante de todos, ella crey que era una burla.

--No--replic Carmen--fue por la impresin que le hace siempre acordarse
de Jos Luis.

--Ella dijo que no, se desesper de pensar que poda alguien
interpretarlo as.

--Prueba de que ha sido por eso, o porque t estabas presente, y como
tuviste la culpa de que se rompiese el compromiso... como ella siempre
piensa que t has deshecho su felicidad...

Los ojos de Zoraida se llenaron de lgrimas.

--Perdname Zoraida, todos sabemos que procediste con la intencin de
salvarla y nunca me atrevera a reprocharte nada. Pero slo quiero
explicarte... Estoy segura de que todava lo quiere a Jos Luis. Dicen
que pronto pedir l una licencia y vendr... Si eso sucede, Zoraida,
tenemos que hacer lo posible, por lo menos, para que vuelvan a verse...

Adriana ignoraba todava las circunstancias de aquel antiguo noviazgo de
su amiga. Sin embargo, le pareci que tanto Zoraida como Carmen se
equivocaban. Y antes de que otra sospecha se esclareciera en su espritu
completamente, fue a la habitacin de Laura. La hall despierta, muy
tranquila en apariencia; le acarici con ternura las manos y las
mejillas, y sentndose a la cabecera de la cama, ya no quiso volver al
comedor en el resto de la velada. Experiment por ella un sentimiento
nuevo, mezcla de afecto profundo y lstima indecible. Su solicitud haca
sonrer dulcemente a Laura.

--Por qu no vas al comedor?--murmur.--Yo voy a dormirme ya.

--No, no tienes sueo y yo no podra conversar all pensando que te
quedas tan apenada.

--Ha sido todo casual, Adriana... El recuerdo de ese muchacho no me
impresiona mucho. Sabes una cosa?... Nunca me preguntes nada sobre
eso... porque... no me lo preguntes tampoco... Movi la cabeza
procurando sonrer.--De todos modos,--continu--no podra ser sincera
sobre esto. Te quiero tanto, Adriana! Nunca he tenido una amiga como
t. Y siempre te querr, siempre... Hasta puedo decirte que eres mi
nica amiga. Hay cosas extraas; ni t ni yo seramos capaces de
confiarnos nuestras cosas ntimas, y sin embargo s que t me
comprenderas. Qu inteligente y qu buena eres!

--Buena?--Y una gran emocin agitaba el alma de Adriana y le impeda
responder a tales demostraciones de cario. En verdad ella tambin crea
sentir que Laura era su nica amiga.

En ese momento la imagen de Julio pas por su espritu, primero en la
actitud inmvil con que escuchara, las manos en los bolsillos, como si
estuviera solo, la conversacin sobre la abuela, y luego su cara de
ingenuidad y de dolor, mientras empapaba su pauelo en agua de colonia.
Cmo lo ador, en ese instante! De pronto, levantndose, Adriana se
inclin sobre su amiga en un arranque de piedad, y la cubri de besos
hablndola al odo.

--Un solo favor te pido, Laurita querida... y ya nunca te preguntar
nada... Todava lo quieres a Jos Luis?

Y tena un temor desesperado de que ella le respondiera que no.

Pero Laura apart rpidamente la mirada, sonri con su dulzura habitual,
y abrazando la almohada, acomod en ella su cara dolorida. Adriana ya no
pudo interrogarla. A poco se qued dormida. La pantalla verde, muy cada
sobre la lmpara, en el velador, pona grandes penumbras en el resto de
la habitacin. Detrs de Adriana estaba Carmen, que haba entrado
silenciosamente.

--Te voy a contar todo--dijo en voz baja y con el ndice sobre los
labios, como si quisiera atenuar el sonido de su propia voz. Ah! Laura
me matara si llegara a saber...

Y una vez cerciorada de que se haba realmente dormido, empez:

--Es una historia triste. Sabes por qu apenas habla con Zoraida? No ha
podido olvidar... Ella tena catorce aos y se enamor de Jos Luis
Aguirre, que ahora es agregado o secretario en una Legacin. Se queran
muchsimo, pero de tanto como se queran llegaron a imaginar para ellos
un amor ideal, algo que no tuviese nada que ver con las dichas vulgares.
Les lastimaba cualquier cosa que rompiese el encanto que vivan. Eran
dos criaturas sin experiencia, demasiado sensibles... como yo. Todo,
seguramente, hubiera ido bien. La culpa fue de Zoraida. Ellos pretendan
verse a solas, en secreto... Pero slo por idealismo sabes? por exceso
de idealismo, sin malicia ninguna, eso te lo puedo jurar. Si yo creo que
Jos Luis nunca lleg ni a besarla. Con mirarla, nada ms, pareca que
no caba en s de felicidad. Yo llevaba las cartas que se escriban.
Qu cartas ms divinas, Adriana! No comprenda yo que pudiese Laura
expresarse tan bien. Y no creas que usaba trminos literarios, ni frases
de libro; todo se reduca a confesarle sencillamente lo que senta, lo
imposible que sera olvidarlo nunca, sucediera lo que sucediera; y esto
lo escriba con una confianza tan pura, y con tal modo, que ningn
hombre, en el caso de Jos Luis, hubiera podido dejar de enamorarse,
aunque Laura fuese una muchacha fea en vez de ser, como es, la ms linda
de nosotras tres. Yo entonces tena doce aos apenas y sin embargo la
impresin de esas cartas no se me borrar nunca. Los dos me contagiaron
la pasin que sentan, me hicieron comprender lo que era el amor.

--Y te enamoraste de alguien, tambin?

Carmen suspir, con una sonrisa de pena y casi de reproche para Adriana.

--No, no encontr de quin. Quise enamorarme y me ilusion bastante con
un muchacho... ni te quiero decir su nombre, porque es un
insignificante, me parece, aunque muy buen mozo. Romp con l cuando
quiso que nos comprometiramos. Ese da medit mucho, y al fin saqu la
conclusin de que no era l bastante inteligente para que no hubiera el
peligro de que despus me decepcionara... Pero vers lo que sucedi con
Laura y Jos Luis. Se entendieron para pasar una temporada en la
estancia de un to nuestro; tambin l era amigo de nuestro to y el ao
anterior haba ya estado en la misma estancia. Pero Zoraida, que desde
la muerte de mam vino a ser como una madre nuestra, (abuelita ya estaba
como ahora y Eduardo no se ocupaba de nosotras), Zoraida quiso ir con
Laura, para vigilarla. Y era precisamente lo que la desesperaba a Laura,
esa continua vigilancia, y que no pudieran los dos decirse una palabra
sin que ella en seguida les pidiese cuenta. Pobre Zoraida! Tampoco lo
hizo por maldad, sino por temor de qu s yo. T lo has visto, ahora
tiene un miedo mortal por m... aunque tal vez con ms razn, porque yo
si llego a enamorarme pierdo la cabeza... Dime, Adriana, no puede
ocurrir que un amor muy grande en apariencia resulte pura imaginacin?

--Puede suceder, Carmen.

--Sabes la idea que muchas veces me da miedo? Llegar a casarme y
despus darme cuenta que no le tengo ningn amor a mi marido. Una podra
resignarse, es cierto, resignarse a sufrir. Pero piensa por un momento
que estando casada una se enamorara de otro. Qu situacin horrible!
Bueno, Laura le suplicaba que en ltimo caso la acompaara yo, los
vigilara yo. Fue intil, Zoraida le repeta que nuestra familia era muy
desgraciada en el amor y que ella no tena edad para enamorarse as. Al
fin Laura se resign a todas las condiciones, pero comprendiendo que
iban a sobrevenir disgustos y que l se sentira lastimado por la
desconfianza de Zoraida. A la estancia fui yo tambin, naturalmente.
Aquello se convirti en un desastre... La estancia tiene un parque y hay
una avenida de sauces altsimos, que llega hasta un riacho, como a media
legua de la casa; es un sitio precioso, sobre todo en las noches claras.
La luna sale, parece algo as como un plato de oro, enredado entre las
ramas de los sauces; despus sube, se pone arriba del rbol, tocando
todava las ltimas hojas, y en la corriente del riacho se forma una
claridad como si cayera oro en la corriente. T comprenders qu divino
era aquello con la serenidad de la noche, para dos enamorados como
ellos. Se haban prometido pasear juntos en alguna noche as; pero
Zoraida lo impidi siempre y hasta hizo frases irnicas, delante de los
tos, sobre el romanticismo de los chicos que todava no saben pizca de
amor. Laura le segua suplicando y le juraba, por la memoria de nuestra
madre, que l era bueno, que ni por la imaginacin se le ocurra una
mala idea. Era cierto; yo los espi durante una hora entera que
estuvieron solos. Hablaron sin parar, ella ms que Jos Luis. Y slo
cuando iban a separarse, cuando supusieron que podra advertirse la
ausencia de los dos, se tuvieron durante un rato de la mano, mirndose
sin hablar, con una adoracin! Y a m me extra muchsimo, hasta me
choc, que ni siquiera se besaran. Pero ahora comprendo, era una pasin
completamente pura. Ya se besaban demasiado con los ojos. Qu piensas
t, Adriana? Un amor puramente ideal que no tenga algo por lo menos de
humano, ser el ms verdadero?

--Despus te dir, no te interrumpas,--repuso Adriana.

--Bueno: Zoraida les molestaba siempre y vinieron escenas incmodas.
Despus... t sabes cmo suceden esas cosas. Jos Luis se resinti y
ella, extremosa como es, quiso a toda costa dejar la estancia y escribi
a Eduardo pidindole que fuera a buscarla. Ya ellos mismos no pudieron
entenderse como antes; adems, se terminaban las vacaciones y como ella
estafa todava en la Santa Unin, pas un ao; l se fue a Europa y todo
concluy as... Oh, es seguro! La felicidad de Laura la deshizo
Zoraida!

Carmen suspir. Haba hablado rpidamente, espiando con recelo la
hermosa cabeza dormida de Laura. La luz de la lmpara, a travs de la
pantalla muy cada, envolva con su reflejo verde el rostro y los brazos
que se enlazaban desnudos a la almohada.

--Pobre Laura!--concluy Carmen. Aunque tal vez ahora, cuando vuelva
Jos Luis, todo podr remediarse.

Adriana, conmovida, a punto de llorar, contemplaba a Laura. "Ninguna
clase de felicidad sera demasiado para ella", pens con una tierna
piedad.

--Y Julio?--pregunt de pronto. Carmen tuvo un gesto de curiosidad,
dudando sobre la intencin de la pregunta.--Hace tiempo que es amigo de
ustedes?

--Unos tres aos.

Al cabo de otro silencio, Adriana se acerc ms a Carmen y le tom una
mano. Acaso para arrancar su pensamiento a una obsesin penosa, se
decidi a interrogarla sobre un tema que en otra ocasin no hubiera
podido tocar sin sobrecogerse.

--Quiero que me digas una cosa, aunque te extrae mi pregunta. Es sobre
pap...

Entonces vio en Carmen aquella actitud de embarazo que haba advertido,
en las tres, el ao anterior, al hacer alusin a su padre. Durante un
minuto quedaron ambas calladas. Al fin Adriana insisti.

--Zoraida se impresion mucho? Ella saba la pasin de pap?...

Carmen fij en ella una expresin de sorpresa.

--Zoraida? Por Dios!

Adriana se confundi:

--Te quera preguntar...

--Si no fue por Zoraida! Fue por mam... T no sabas? Le hizo mam
comprender que era una locura, un pecado... Pero despus... despus...
cuando supo el suicidio de tu pap, ella muri a los pocos meses...
Pobrecita mam! Pobrecita mam!

--Por favor, Carmen, no les digas que te he preguntado.

--Cmo te imaginas!

Y nunca ms hablaron de ello.

Aquella noche, antes de acostarse, Adriana apag la luz en su habitacin
y se dirigi a la sala. No tena sueo; por el contrario, senta como
una exaltacin de todo su ser, y una ansiedad confusa, un desorden en
todas sus ideas; reaparecan en su espritu las historias de amor
evocadas por la abuelita de las Aliaga, luego la escena extraa en el
comedor, la tragedia de Laura, la expresin de dolor en la cara de
Julio; en seguida afluyeron tambin las imgenes de sus antepasados
atormentados de pasin, y su abuela mstica y sus xtasis
incomprendidos; todo desfilaba con una agitacin de pesadilla y la
rodeaba como de una atmsfera sugestionante. Andando a tientas por la
oscuridad de la sala, abri los postigos de la ventana; la luna puso en
la alfombra dos cuadrados de luz. Algunos objetos emergieron, indecisos,
y las caras de los retratos parecan manchas lvidas, suspensas en medio
del marco dorado. Tena todo algo de fantstico; se infunda en ella un
ansia de cosas irreales. Se sent en el radio de la claridad lunar. El
silencio le llenaba los odos con un gran eco vago. De pronto, pasmada,
vio brillar en el aire un crucifijo; encima, una blancura fue tomando
forma de dos manos juntas; asom la palidez de una frente, la cara de
la abuela mstica! Era su estatura extraamente alta y traa un largo
vestido difano. De sus manos juntas colgaba oscilando el crucifijo. Su
cuerpo, como sostenido por alguna presencia sobrenatural, se fue
arrodillando, muy lentamente, y sus ropas blancas se arrollaban en el
suelo. La cara, tan blanca como la ropa, se puso en xtasis.

Adriana retrocedi, no pudo gritar. El fantasma vacilaba, se aneg poco
a poco su cuerpo en la penumbra, la blancura del rostro empez a
diluirse y al fin se extingui tambin la apariencia de las manos
juntas. Pero todava por un minuto oscil el crucifijo, suspenso en el
claror de la luna.

Al da siguiente, recordando esta visin, dud si la haba soado. En
cualquier caso era un signo de la ansiedad que se haba apoderado de su
alma ante la inminencia del gran amor.




XI


"He prometido a Muoz una entrevista contigo. A tu casa no puede ni
quiere ir, despus de las incomprensibles actitudes tuyas. Adems, creo
que pretende, con todo derecho, saber si en realidad ests dispuesta a
cumplir o no con tu palabra. Si la entrevista se realizara esta tarde,
sera oportuno vinieras lo ms temprano posible. As en seguida le hablo
por telfono a Muoz. No creas que me haya dado l la misin de
convencerte en su favor, porque ni siquiera sabe que te reprocho tu
inconsecuencia; slo me emplea en este caso, como sincersima amiga suya
que soy, para obtener una entrevista naturalmente
definitiva.--_Charito_".

Adriana ley esta esquela y fue temprano, segn los deseos de Charito.
Pero en seguida le pidi que no llamara a Muoz. Se senta poco
dispuesta para resolver tan grave asunto:

--T comprendes que yo empezara por hablar alocadamente, como la otra
vez, y toda reconciliacin sera ya imposible, porque se trata, segn
creo, de una entrevista "naturalmente definitiva"...

--Decir--exclam Charito--que las muchachas inteligentes y lindas como
t estn destinadas generalmente a casarse con hombres de espritu
vulgar! Y t tambin habas de perderte as, por tontera, por falta de
reflexin! Yo estoy segura de que a Muoz lo quieres en el fondo; no
podras dejar de quererlo.

--Ah, en el fondo...!--repuso Adriana distrada.

Estaba lejos de la conversacin y de la misma Charito. Para qu haba
venido? Embargada por las influencias que la rodeaban asiduamente en
casa de las Aliaga y viviendo como envuelta por una atmsfera de pasin
y de encantamiento, la compaa de su "leal amiga" era algo que careca
de significacin. Ms que nunca tuvo la sensacin de que Charito, como
la familia de su to Ernesto Molina y como su madre misma, no tenan
conciencia de los grandes misterios... Y que tampoco la tenan las
innumerables personas absorbidas por la vanidad de la vida mundana,
devoradas por ella, agitadas como muecos en la constante preocupacin
de figurar.

La conversacin de Charito reflejaba toda aquella inconsistencia.

--Y qu haces?--prosegua.--En ninguna parte se te ve ahora. Las
maanas de Palermo nunca estuvieron tan bien como este ao. Podran
verse all todos los das; no queda un solo banco desocupado y en las
avenidas y junto a los lagos desfilan los carruajes apretados, sin poder
pasar, todos llenos de chicas que se saludan bajo las sombrillas de
claros colores.

Adriana no pudo dejar de sonrer, comprendiendo que Charito, a quien no
faltaban sus pretensiones literarias, buscaba las palabras escuchndose
hablar.

En esto lleg Luca Moreno, una amiga de ambas; vena acompaada de su
profesora, Mlle. Ivonne, que le serva al mismo tiempo como dama de
compaa. Luca era, para Adriana, un ser mucho ms interesante que
Charito. Muchacha de unos diez y nueve aos, elegantsima, alegre de
carcter, llena de gracia espontnea, una continua sonrisa le jugaba en
los labios y en los ojos negros. Y estos ojos tenan una suerte de
malicia recatada, como si ella estuviese siempre, a pesar suyo, con la
imaginacin vagando en atrevidas y dulces ideas. Adriana se diverta,
sobre todo, cuando peleaba con la profesora. Esta no poda comprender,
en las muchachas del pas, "la falta de lgica y la conducta
atolondrada".

--Usted, le replicaba Luca, sin enfadarse nunca, est para ensearme
idiomas y no para aconsejarme. Ya demasiado tengo con los consejos de
pap, que tampoco me sirven para nada.

Adriana, fingiendo pensar como Mlle. Ivonne, la reprenda imitando la
pronunciacin extranjera, y con el mismo tono de severidad.

La seorita Ivonne se empeaba en inculcar a Luca nociones de
literatura y de arte. Esa tarde quiso a toda costa que antes del paseo
visitaran el Museo de Bellas Artes. Ella haba accedido, pero con la
condicin de buscar a Charito, para pasarlo menos aburrido.

Cuando media hora despus entraban en la sala de calcos, Adriana crey
soar: de pie, con la atencin reconcentrada en una escultura griega,
estaba Julio.

--Qu notable casualidad, Charito querida! murmur involuntariamente.

Pero en seguida sonri, ocultando el sobresalto de su corazn. Y como
Luca se adelantara precisamente hacia Julio, la llam, suplicndole
viniera a sentarse con ellas en un escao; poda de all observarle a
sus anchas. Qu sorpresa tendra l cuando saliese de su contemplacin!

--No digas nada, susurr al odo de Charito; pero a ese que all ves, lo
quiero y lo querr toda mi vida.

La mir Charito con aire extraordinariamente sorprendido, como si su
amiga la humillara con esta inesperada confesin. Y mientras Luca
Moreno rehusaba sentarse, alejndose hacia la sala vecina, con la
seorita Ivonne:

--Julio Lagos? No te har caso, s que es amigo de Muoz, amigo
ntimo.

En ese momento Julio se volvi y sus ojos se encontraron con los de
Adriana. Pareci mirarla sin verla. Iluminndosele la cara, la salud.
Adriana sonri a Charito, a manera de una sea para hacerle comprender a
l que poda acercarse. Lo present a su amiga, quien le record que
haban sido ya presentados, algunos meses antes.

Luca se acerc tambin, con la sonrisa que le jugaba en los labios y en
los ojos. Conoca a Julio de vista y por odas. Tom en seguida una
actitud confiada y, enlazando la cintura de Charito, se apoy en ella
con dejadez familiar, lnguida. Pareca advertirle que reconoca en l a
una persona de su misma clase sentimental; hizo que recayera la
conversacin sobre un tema galante. Su mirada acariciaba a Julio. Pero
observando de pronto que entre ste y Adriana haba "algo", puso una
graciosa cara de susto y su gesto pareca pedir a Adriana, buenamente,
que la disculpara de una torpeza involuntaria. Para hacerse perdonar del
todo, quiso que la seorita Ivonne y Charito les dejaran conversar
aparte.

Pero Adriana retuvo a la seorita Ivonne, fue con ella a ver la
escultura que haba contemplado Julio y ley la inscripcin: "Psych".

--Mrela bien, Adriana,--dijo l acercndose. Es una figura de absoluta
perfeccin material; las lneas de la cabeza y del rostro parecen
sometidas a esa nocin del arquetipo que inspir a los griegos la
ciencia y la armona. Y su realidad artstica, material, se desvanece,
se pierde bajo una idea superior, como si la perfeccin visible fuese un
simple apoyo para atraer la presencia de la espiritualidad misma.

--Eso est todo en la expresin, verdad?--pregunt ella procurando
interpretar el pensamiento de Julio.

--S, eso "se siente" en la expresin de las lneas y en la actitud, que
revelan el rostro invisible, ntimo... Los griegos realizaron sin
violencia tales prodigios por una extrema sutilizacin de las facultades
artsticas y un divino equilibrio de la conciencia. En la poca moderna
los escultores procuran tambin revelar espritus y smbolos, pero slo
logran hacerlo recurriendo a la deformidad, artificialmente, y as sus
obras son casi siempre una caricatura. Nuestra poca es incapaz de
alzarse hasta la religiosa sabidura helnica. Intilmente algunos
grandes espritus han procurado ensearla. Sus lecciones son voces
solitarias, vagamente odas. En cambio han nacido y prosperado, para
interpretarla, teoras monstruosas. Se cree que los griegos adoraban
"sobre todo" la materialidad y la forma. Pero stas eran, evidentemente,
simple medio para comunicarse con lo sobrenatural, belleza plstica
intermediaria para ascender al arquetipo mstico. Hasta se ha
establecido una oposicin imaginaria, absurda, entre el pretendido
materialismo antiguo y los artistas cristianos del Renacimiento; y stos
se arrodillaron, sin embargo, ante el divino arte pagano, y los ms
grandes aspiraron, de la nocin helnica, la divina placidez que haba
de irradiar en sus Vrgenes y en sus ngeles de amor; pero abrumados por
la oscuridad de los siglos anteriores, hicieron el milagro sin llegar
nunca a la suprema delicadeza que es el triunfo del arte antiguo y que
lo pone en armona con el movimiento de las esferas. El culto de una
belleza absoluta y nica, irradiando ms all de las apariencias, y en
cierto modo ms all de los dioses, infundi en los artistas de Atenas
la clarovidencia sobrenatural. Hoy fermenta el resabio de las barbaries
oscuras en una violacin innoble y pedantesca de las leyes eternas, las
leyes que hicieron coincidir las lneas expresivas con el alma, as en
esa suave Psych.

--C'est peut tre juste, c'est peut tre juste, dijo Mlle. Ivonne,
procurando acordar las reflexiones de Julio con las enseanzas de la
Universit des Annales que ella frecuentara en su pas.

Luca Moreno se haba acercado con Charito y escuchaba a Julio sin dejar
de sonrer. Examin la Psych con cierta curiosidad respetuosa,
procurando descubrir en ella todo aquello que Julio le atribua.

--No miremos, Luca; nuestros ojos son demasiado modernos--dijo Charito
irnica, advirtiendo el encanto con que Adriana haba odo al rival de
su amigo Muoz.

Pero Adriana no pensaba. Se senta feliz, indeciblemente feliz, y
experimentaba como nunca, desde que conociera a Julio, la sensacin de
ser "otra". No tena deseo de intervenir en la conversacin y besaba, de
vez en cuando, la mano de Charito. Las estatuas, en la tranquilidad de
la sala, le parecan reposar.

Flotaba sobre ella una influencia serena y pura.

Y Julio tambin era otro. Ya no tena aquella vaga tristeza en el
semblante distrado, y su modo, sus palabras, eran dulzura y galantera,
no solamente para con ella, sino tambin cuando se diriga a Charito, a
Luca o a la institutriz. Esta, considerando que tena ante s a un
interlocutor inteligente, quiso aprovecharlo. Se refiri a la alta
educacin que reciban las nias en los liceos de Pars y critic lo
decorativo y superficial de la enseanza en los colegios de Buenos
Aires.

--Et mme le Sacr Coeur ici, et mme le Sacr Coeur, m'a t-on dit.

Despus se empe en comunicarle sus opiniones sobre el modernismo en el
arte. Julio condescenda. Entonces, entusiasmada, pas del modernismo a
otros temas, requiriendo a cada paso la opinin de Julio con la misma
pregunta:

--Ce n'est pas vraie, monsieur? Ce n'est pas vraie?

Y de vez en cuando se refera a Luca, pero hablando en espaol para
hacer notar el concepto inferior en que la tena:

--Oh! si usted supiera el trabajo que ella me da, para interesarla en
los estudios serios. Y ella es inteligente, seor, pero aqu las nias
no tienen aficin, porque estn muy mal educadas. Ellas no tienen base,
seor, no tienen base.

Sin embargo, la severidad de sus opiniones no rea con cierta bondadosa
transigencia en asuntos sentimentales. Y as, como Luca le hiciera
comprender el mutuo inters que tenan Adriana y Julio, desapareci
instantneamente todo su enfado. Con el pretexto de examinar otras obras
llam con modo muy ostensible a Luca y a Charito.

--Y el seor Lagos, agreg, puede acabar de explicar a la seorita
Adriana la escultura griega.

Ambos entraron en una de esas salitas que estn a trasmano.

Haba all una luz atenuada, tranquilidad ms ntima y slo tres o
cuatro cuadros de gran tamao. Inquietud, dicha sobresaltada se
apoderaron de Adriana. Una suavidad, que recubra poco a poco los
objetos prximos, los aislaba del mundo como con un velo. Colgaba frente
a ellos una maja de ojos provocativos y boca manchada de rojo violento,
como las flores del mantn, pero se aneg tambin en la misma irrealidad
fantstica.

No poda hacer Adriana mucho caso de lo que Julio le hablaba, porque se
senta demasiado embargada por la idea de estar conversando los dos sin
testigos, en aquel delicioso rincn de soledad. Y Julio mismo, al fin,
le pareci revestido con el velo de la suavidad acariciante. Sus
palabras no se apartaban de los asuntos sobre los cuales haban
conversado otras veces, en casa de las Aliaga. Pero su voz tena de
nuevo el dejo humilde, insinuante, que tan singularmente la haba
sorprendido algunos das antes. Y toda su persona pareca rendirse a
ella. Para ocultar su emocin, Adriana contemplaba fijamente el cuadro
de la maja provocativa.

Cuando oyeron a Luca que peleaba en voz alta a la institutriz, adrede
para advertirles, Adriana se levant.

--Vienen ya?--pregunt l con un tono de ingenuidad desolada.

--S, adis,--repuso ella abandonndole la mano. Sin saber por qu se
despeda as antes de que llegaran las otras; y le mir, no ya con la
gracia de sus ojos un poco atnitos, sino con una sbita expresin
seria, dulcemente seria.

Y la atmsfera de pasin que ella respiraba en casa de las Aliaga, la
abuela reaparecida en el claror de la luna, la dolorosa idea de su padre
suicida por amor, todo segua atrayendo sobre ella una impalpable
influencia.




XII


Una especie de ingenuidad pura, algo como deseo sobrenatural, se
infunda en Adriana por la idea de que su corazn se apasionaba. Esto le
pareca una extraa vuelta de su alma a la primera poca del internado
conventual, entre los once y los trece aos, poca breve que surga como
lejana blancura en sus recuerdos.

Su idea de Jess, en aquel tiempo, se mezcl con delirios inocentes,
asociada a la muerte de su padre y a multitud de reflexiones que
llenaran de dulzura su corazn de jovencita. Porque el misticismo es una
flor que se alimenta por una parte con savia de la tierra y por la otra
con roco del cielo.

Durante las horas de estudio peda permiso para pasearse a solas por el
claustro. La vieja arcada colonial circundaba todo el jardn. En la
fachada blanca de los arcos se abran grietas revestidas de musgo;
interiormente la bveda, muy baja, comunicaba una impresin de sepulcro.

En el centro del jardn, la estatua de la Virgen se alzaba solitaria,
bajo una corona de follaje que le formaban cuatro grandes magnolias, tan
antiguas como el convento mismo; enredaderas de jazmn del Pas,
trepando al pedestal de la imagen, le tendan floreciendo una alfombra
de nieve. La Virgen, los pies ocultos en esta blancura, tena la cara
inclinada y su manto de mrmol le anegaba la frente y los ojos en
sombra.

Al caer la tarde se respiraba all, por las magnolias y los jazmines, un
aroma embriagante. Por encima de los arcos claustrales, sobresala el
techo de la capilla con sus acanaladas tejas negruzcas; y el
campanario--la cpula redonda esmaltada de azul,--pareca asomarse con
indiferencia al desconcierto vulgar del mundo. Al silencio del jardn
los ruidos de la calle llegaban como venidos de una regin extranjera,
lejana. El convento dorma aislado en una tranquilidad de misterio,
donde sin duda reinara perpetuamente aquella Virgen de piedra. Y a la
oracin, bajo el cielo lvido, un nima pareca suspirar en cada
vibracin de la campana, que el eco prolongaba, temblorosamente, a lo
largo del claustro.

Una felicidad hubiera sido entonces, para Adriana, contemplar a las
monjas en la media luz del crepsculo formando hilera detrs de los
arcos, con los labios rezando el rosario entre las manos juntas y los
ojos perdidos en la visin vaga del esposo celeste. Las haba imaginado
as, suspensas en una inmaterialidad donde la vida palpitaba tan slo
como dbil vestigio, y les haba supuesto asimismo en la cara una
dulzura plcida y en el alma la serenidad que tena el dolor de la
Virgen.

Pero pronto se decepcion. Slo pudo conocer a las semi enclaustradas y
hasta las de carcter ms suave vivan sin transfigurarse por la piedad
y sin que nunca iluminase sus caras el deseo sobrenatural.

En una esquina del claustro haba un Cristo crucificado, dentro de un
nicho practicado en el espesor del muro. Era de tamao pequeo; con la
cabeza echada hacia atrs, abra la boca en un estertor de agona cruel.
Se pensaba, al verlo, que retena un lamento entre los labios inmviles.

La visin de este Jesusito agonizante, contemplado silenciosamente
durante horas enteras, sola por la noche frecuentarla bajando del nicho
y caminando sobre las baldosas fras del corredor solitario. Adriana
entonces, arrebujndose, llena de una conmiseracin desolada, se dorma
llorando por l con amargura indecible.

Una noche, al recogerse las internas en el gran dormitorio comn, se
not su ausencia. La buscaron intilmente en la capilla, en la oscuridad
del jardn, en la sala de estudio, hasta que fue descubierta en el
ngulo del claustro, parada sobre una silla. Tena un brazo apoyado
encima del Cristo y cerrando los ojos besaba la dolorosa boca
entreabierta. Las monjas se acostumbraron, despus, a verla inmvil, al
pie del nicho, a veces con las manos juntas y como atnita. Si entonces
alguien vena a hablarla, responda ella con una dulzura extraada,
volviendo en seguida la mirada hacia la imagen, como si hubiesen
interrumpido entre ella y el Cristo una vaga comunicacin.

Lleg a enamorarse tanto de Jess, que la aterraba de piedad el motivo
que los Evangelios atribuyen a su muerte. Entonces, movida por el deseo
ingenuo de arrancarse a la horrible complicidad que tocaba a ella,
redimida tambin por la sangre divina, juntaba las manos suplicando: "Te
pido una sola cosa, Jess de mi alma: no me dejes entrar al cielo cuando
muera". Y en su lenguaje infantil procuraba explicarle que prefera
permanecer en la impureza del pecado y consagrarse a los espantos del
infierno, antes que aprovechar con tanto egosmo, para conquistar la
gloria, sus sufrimientos de Redentor.

Le pareca inexplicable que todo el mundo pasara por aquel rincn del
claustro sin advertir el gran dolor de Jess. Un da, sin poder
contenerse, llam a una monja que era su maestra, se oprimi a ella y le
seal el Cristo. La monja se persign devotamente.

--Fjese, hermana, insisti ella con ansiedad, Jess parece que grita.

--Hijita, s; es por nosotros que pecamos tanto. Y se alej con la
indiferencia habitual en todas.

Aquella noche Adriana so que las monjas se hallaban reunidas en un
confuso saln, iluminado con grandes araas, y bailaban formando
cuadrillas al comps de una msica sorda y lenta, pero que estallaba de
repente en sonidos agudos y torbellinos de estruendo. Entonces las
monjas giraban vertiginosamente y las araas se sacudan echando sobre
ellas los cirios. Luego, bruscamente, la msica paraba y cada monja
quedaba tiesa, en actitud grotesca. Todas ellas llevaban hbito
descotado y rean como locas; pero al mirarse los brazos desnudos
enrojecan tanto, que de los prpados hinchados les brotaban gruesas
gotas de sangre. Una legin de diablillos, azules y rojos, caracoleaban
por el aire como chispas de fuego.

En medio del saln, expuesto a una burla general, vio al pequeo Cristo
que se cubra la cara con las manos y a escondidas le haca seas de
splica. Las monjas, para no tropezar con l mientras bailaban, se
recogan el hbito y le saltaban por encima. Pero Adriana no poda
protegerle; la hermana cocinera la tena abrazada, empeada en darle el
pecho. Adriana apart la boca con horror, se despert sin respiro,
baada en sudor, paralizada por la angustia.

Desde entonces todas aquellas delicadezas de su alma empezaron a sufrir
un proceso de desvanecimiento, todas sus ternuras se fueron apagando
como los colores de una olvidada pintura bajo la capa de polvo que la
cubre.

A poco cambi su modo de ser y dej de frecuentar el sitio que sus
xtasis asiduos haban como impregnado de una atmsfera mstica. Cuando
la interrogaban, pona una cara adusta, y golpeando el suelo con el pie,
se quedaba mirando en el vaco. La hermana superiora vena, inquieta, y
le preguntaba, acaricindola con dulzura:--Qu tiene, Adrianita? Ya no
le reza al Seor?

--No, no, porque ha dejado que me compre el diablo.

Y no daba otra explicacin: la haba comprado el diablo y ella estaba
perdida para el cielo.

Ms tarde su carcter se hizo irnico.

--Ustedes son peladas?--preguntaba riendo a las hermanas.

Y las amenazaba con arrancarles la toca.

Un da sugiri a dos compaeras la curiosidad de saber si efectivamente
eran las monjas peladas. En el vasto dormitorio comn, separaba las
camas de las colegialas un cortinado que les haca como estrechas
celdillas. Una monja, la hermana Casilda, velaba pasendose por medio
del saln, hasta despus de acostadas y dormidas todas. Luego se recoga
en una celdilla propia, ms grande que las dems y cerrada por un
cortinado ms espeso. Adriana convenci a sus compaeras que poda
espiarse a la hermana Casilda; seguramente no dormira con la toca
puesta. En la noche convenida, cuando ces de orse el ruido leve de sus
pasos vigilantes, las tres muchachas se juntaron en medio del saln.
Temblaban de miedo. Se acercaron cautelosamente a la celdilla grande,
cuchicheando. Un hilo amarillento rayaba la juntura del cortinaje; pero
la hermana Casilda dorma toda la noche con luz.

--Por qu no vas a ver?--dijo Adriana a una de sus compaeras.

--Tengo miedo...

--Bah! ir yo.

Adriana se aproxim a la celdilla, fingi entreabrir la cortina, y
volvi con una expresin maravillada.

--Cmo est?--le preguntaron.

--Pelada!

Las dos se aproximaron a su vez, caminando de puntillas; el ruedo de sus
camisones se estremeca sobre los pies desnudos. Ambas, vidamente,
abrieron la cortina.

--Jess!--grit la voz espantada de la hermana Casilda, que no se haba
desvestido an.

Cuando acudieron a la cama de Adriana, denunciada por sus compaeras, la
vieron que dorma; una suave sonrisa flotaba en sus labios, como si su
alma, soando, hubiese volado a la regin de sus xtasis.

Insensiblemente se fue adhiriendo a su espritu la maldad viciosa,
hostil a la antigua pureza de su corazn. Y sufra sin embargo lo
indecible al sentirse ya incapaz de ser buena, incapaz de resistir la
influencia maligna, aquella influencia que ya, durante su infancia, la
haba aterrado alguna vez: as cuando Raquel, empaados por el llanto
los hermosos ojos verdes, se defenda de sus golpes despiadados
cubrindose la cabeza con las manecitas abiertas.

Los castigos que la superiora decidi imponerle, al fin, le hicieron
conocer otro mal sentimiento: el rencor.

Pero a veces el pequeo Cristo volva a bajar de su nicho, caminaba
sobre las baldosas del corredor solitario, apareca en la celdilla de
Adriana, como un mudo reproche, y la miraba fijamente.




XIII


Ese da Charito la acogi con un aire de mal humor que nunca tena, como
de persona agraviada por motivos demasiado penosos para decirlos. Pero
intilmente aguard de Adriana una pregunta que le diera pie para
replicar con frases ya meditadas. Su amiga se conformaba con sonrer o
mirarla de soslayo, distrada, porque aquel mutismo de Charito, sin
preocuparla, le permita abandonarse a la encantada dulzura de sus
propios pensamientos.

Al fin Charito no pudo contenerse:

--Ves lo que gano por ser contigo demasiado buena? Le han trado el
cuento a mam de que yo me doy cita con muchachos en el Museo. Te
imaginas? Todo un lo por causa tuya. Y si te dijera...

Se detuvo con un gesto de fingida exasperacin, como si se guardara las
palabras ms duras.

Adriana segua mirndola, distrada.

--Tan luego t, Charito,--dijo con acento amistoso--t tan seria, tan
incapaz de una incorreccin, darte cita con varios muchachos. No
comprendes que nadie podr creerlo?

--Lo creen y lo repetir todo el mundo.

--Todava de m, que era una coqueta... que soy una coqueta... yeme: no
te fastidies, nada te cuesta decir que todos esos muchachos tenan la
cita conmigo.

--Puedes estar segura que yo no cargar con la culpa.

--Ah! pero t misma, concluy Adriana acaricindola, has acabado por
convencerte de que fue una cita, y una cita con varios. En todo caso los
varios ramos nosotras y el pobre Julio era la sinvergenza.

A Charito no la enfadaba tanto el chisme como el hecho de que Adriana
esquivaba la entrevista con Muoz y en cambio la haba obligado a
hacerse amiga de Julio, a quien detestaba. En realidad, Adriana ejerca
sobre ella un gran dominio que nadie hubiera sospechado al verlas
juntas, segn Charito la censuraba y le impona consejos que eran
siempre escuchados, aunque nunca seguidos. Adriana, por el contrario,
obtena de ella, sin parecerlo, todo lo que quera.

--Voy a proponerte algo, le dijo, para poner a prueba tu amistad. Como
Julio a casa no va, ni quisiera yo que fuese, t me hars un gran favor.

--Pero no has conseguido acaso verte con l aqu, en casa? Quieres una
prueba mayor?

--No te enojes, Charito querida, y escchame... Tambin lo veo en casa
de las Aliaga y es all donde empec a quererlo, t lo sabes. Sin
embargo, yo sospecho que sin haberte tratado con ellas les tienes
antipata a las Aliaga, y tal vez esa bondad tuya ha sido un clculo
para alejarme de ellas...

--Yo no calculo nunca, Adriana, soy demasiado leal.

--Lo s, lo s... pero entonces yo s he calculado, te lo confieso.
Sera difcil explicarte... Yo misma no comprendo con claridad porqu
ahora voy con inquietud a esa casa. Y si supieras qu cario les tengo!
A Laura la adoro. No s lo que dara por verla dichosa... Laura Aliaga
es mi mejor amiga.

--Ah, tu mejor amiga!

--Exceptundote a ti, naturalmente... Pues bien, con todo esto, prefiero
verlo en tu casa.

--En fin, qu nueva prueba pretendes de mi amistad?

--yeme bien: quisiera verlo a Julio, de vez en cuando, con tu ayuda,
por la noche...

--Por la noche? Y dnde quieres verlo de noche?

--En el teatro, Charito. Ha empezado la temporada de pera y t sabes
que voy, en las noches del primer turno, con Raquel y Fernando. Julio va
a la platea para verme, pero naturalmente apenas hay oportunidad de
hablar. Adems, puedo encontrarme con Muoz y esto sera desagradable.
Yo pienso ceder mi butaca a Fernando para que l invite a otro amigo, o
puedo drtela a ti...

--Pero si yo estoy muy bien en el palco nuestro!

--Para que t la regales, Charito. No me interrumpas. Ya vers que te
pido un pequeo sacrificio... Como de todos modos no coincide el turno
tuyo y el mo, quisiera que t, alguna vez, me acompaaras a la cazuela.

--Pero con qu objeto? Qu haremos las dos en la cazuela?

--Para hablar ms libremente con Julio.

--Ests loca! A la cazuela no pueden ir los hombres!

--Si me interrumpes a cada rato ser imposible explicarte. En el piso de
la cazuela hay una confitera, y a esta confitera pueden entrar los
hombres.

--Ah, y t quisieras...!

--Djame concluir, Charito. Iramos juntas t, Luca Moreno y yo. Julio
se acercara como un amigo comn...

--Basta, eso de m no lo conseguirs nunca.

--Atindeme, Charito.

--Es intil, no insistas. Puedes entenderte con Luca; tambin a ella le
gustan las aventuras, y hasta se ha hecho amiga de un grupo de chicas
que a m no me gustan nada, por cierto.

Adriana no respondi y se qued mirndola con la anterior actitud
distrada. Despus, suspirando con resignacin:

--Tendr que pedirle este servicio a Zoraida Aliaga...

Charito contuvo un gesto de contrariedad. Y la idea calculada de impedir
que su amiga recurriera a la amistad de Zoraida, al fin la hizo ceder.
Por otra parte, quera seguir vigilndola. Pensaba que tarde o temprano
aquel entusiasmo por Julio acabara y sera llegado entonces el caso de
devolverla al amor de Muoz.

Sin embargo, su enojo no se haba calmado.

--Y por qu no te visita en tu casa? Puesto que Muoz tambin te
visitaba!

--Precisamente por eso y porque Julio, en realidad, no es mi "novio".
Hay entre nosotros algo demasiado fuera de los sentimientos comunes para
que pueda presentarse en casa y sustituir en su papel a Muoz. El
presente que vivimos es conforme a mi corazn.

--Pronto te desilusionars, porque te enamoras con la misma facilidad de
Luca,--le replic Charito.

Pudieron verse as con ms frecuencia. Algunas noches, por favor
especial de su amiga y ruegos insistentes de Luca Moreno, hallaban
ocasin de conversar, despus del primer acto, durante todo el resto de
la funcin, en la confitera de la cazuela. Entonces se quedaban casi
completamente solos. Los mozos, junto al mostrador, contaban dinero y
hablaban en voz alta. Del vasto teatro les llegaba el eco prolongado de
un canto, seguido de aplausos que moran en un sbito silencio. Y estos
intermitentes rumores de la invisible multitud que palpitaba tan cerca
de ellos, contribuan a darles la sensacin de hallarse circundados por
una suave y amorosa quietud. Adriana escuchaba a Julio con abandono. Le
pareca que slo un tenue velo de dulzura separaba sus almas.

Luego, terminada la funcin, aparecan Charito y Luca. Se despedan de
Julio en un rellano de la escalera, para que Raquel y Fernando, que las
esperaban abajo, no descubrieran el secreto de aquella singular decisin
de preferir la cazuela a la brillante sala iluminada.

Al da siguiente, si la maana era templada, iban al paseo de Palermo.
La seorita Ivonne les acompaaba tambin, empeada en proteger el amor
de Adriana. Experimentaba un placer de reflejo, porque aquella pasin
dichosa le haca recordar un idilio suyo, cuando ella en Pars era una
linda estudiante del Liceo.

Adriana sola preguntarse, sin embargo, si la apasionada humildad de
Julio corresponda ntegramente a un sentimiento real, y si no habra
exageracin, acaso vaga irona en sus palabras tan rendidas, tan
espontneas y semejantes, a veces, a la confesin que pudiera hacer un
nio. Qu no hubiera dado, en tales momentos, para penetrar siquiera
por un instante el alma de Julio! Cierto pesimismo se insinuaba a veces
en su corazn, tanto ms penoso cuanto mayor era su jbilo cuando
pensaba que l la quera.

A veces intentaba decirle con sinceridad lo que senta. Cuando su
expresin titubeaba, las palabras de l venan al encuentro de su idea y
le daban forma, hasta en sus ms velados contornos; era como si ya
conociera Julio toda la intimidad de su alma. Ella recordaba entonces,
por amorosa comparacin, el amanecer de invierno en el internado
religioso. Se levantaban todas las colegialas para la misa del alba, y
en el templo, a oscuras todava, tres o cuatro cirios echaban un
amarillento resplandor, que reluca en el reborde de algn candelabro o
temblaba sobre la cara llorosa de la Virgen. Cuando la luz de la maana
comenzaba luego a esparcir un color avinado, las figuras de las
vidrieras msticas eran vagos fantasmas disendose apenas y por querer
tomar colores en la sombra. Ella se recoga, embargada por la emocin
religiosa, y quedaba por largo rato apoyada la frente sobre las manos
juntas. Cuando levantaba de nuevo los ojos, las altas vidrieras se
haban iluminado, y sus imgenes de esmalte resplandecan, con las
tnicas azules y rojas y las bellas caras en xtasis, circundadas por el
oro de las aureolas.

As le esclarecan las palabras de Julio sus ideas ntimas, y plidas
figuras dormidas se incorporaban como atnitas en la penumbra de su
espritu.

Y sinti un gran deseo de ella tambin encantarlo. Cierta maravillosa
inspiracin, a veces, mova sus actitudes y dictaba sus palabras; le
pareca convertirse en un ser ms perfecto, ms ideal, difundir de s
misma una gracia nueva, plegarse su persona completamente al secreto
ensueo de Julio; y tena la sensacin de revestirse, para l, con un
pasajero pero incontrastable hechizo de milagro. Tambin en tales
momentos, cuando se senta con la posesin de esta fuerza seductora,
radiante, qu no hubiera dado por penetrar el alma de Julio, a fin de
conocer cmo lo iba ella enamorando!

* * *

Eran ya las dos de la madrugada. Sola en su dormitorio contiguo al de
Raquel, sin desvestirse, sentada al borde de la cama y la luz velada con
la pantalla, Adriana dejaba que su imaginacin se sumergiese
completamente en la delicia de los momentos extraos pasados con Julio.
El presente era por cierto, como se lo haba dicho a Charito, conforme a
su corazn.

Le pareca vivir en una transparente y maravillosa eternidad.

Y ahora Raquel dorma, la pobre Raquel que no olvidaba, ciertamente, la
perversidad de Adriana, y que no haba vuelto a hablarla desde la
ocasin del penoso dilogo en casa de su to.

Ahuyentando esta idea penosa, sigui divagando; algunas frases de Julio
que tornaban murmurando a sus odos, le hacan el efecto de una pura y
permanente adoracin.

Qu diferencia con las emociones experimentadas cuando comenz su
relacin con Muoz! Record un da en que ste le bes la mano con beso
tembloroso, ardiente, de hombre enamorado que quiere imponerse por la
audacia, y slo despert en ella un sentimiento hostil y ofendido...
Llegara jams a ofenderse, en cambio, cuando Julio le besara la mano
con su modo distradamente humilde? Adriana sinti algo semejante a la
sensacin de irrealidad que le sobrevino algunas veces, en la paz
conventual, cuando se pona de rodillas ante el Jesusito del claustro.

Le pareci, de pronto, que se transportaba en cuerpo y alma a una regin
ideal. Pens en el milagro de la Asuncin. "Estoy loca"? se dijo con un
sobresalto dulcsimo. Y era tanta la ligereza, la volubilidad de su
divagacin, que le pareci subir oscilando, suavemente, como la Virgen,
bajo una claridad de gloria.

La trajo a la realidad, de pronto, un gemido de Raquel. Acudi
corriendo, sobrecogida por una compasin inenarrable. Encendi la luz.
Raquel, que sola tener pesadillas penosas, lloraba ahogada por la
angustia; pero cuando Adriana se abraz a ella y consigui despertarla,
por largo rato no pudo substraerse al terror de su sueo. La agitaban
ligeros sollozos, y los hermosos ojos empaados por el llanto, miraban
sin comprender. Adriana le acariciaba los cabellos, y murmurando
palabras de cario, procuraba apaciguarla.

Repentinamente cesaron los gemidos de Raquel: vuelta a la conciencia de
las cosas, su mirada continu fija en Adriana, con la misma extraeza,
con el mismo estupor. Porque a medida que se sustraa a la influencia de
la pesadilla, iba apoderndose de ella una sorpresa profunda ante la
dolorida solicitud de su hermana. Le pareca otra. No acertaba a
explicarse aquella compasin que le transformaba tan singularmente la
cara, ni aquella mansa ternura de toda su actitud, ni aquellas
desconocidas caricias.

Pens, por un momento, que haba salido del sueo terrible para entrar
en otro, muy plcido, pero igualmente irreal.

Adriana, en tanto, entendiendo todo lo que decan, a travs de las
lgrimas, los ojos asombrados de Raquel, record las veces que se haba
complacido en humillarla. El remordimiento, un remordimiento ntimo,
amargo, le llen el corazn. Su antigua maldad le pareci
incomprensible. Y lo que ms dao le haca era la persistencia muda de
aquella mirada de los ojos verdes en la carita cubierta por el
desordenado cabello. Era evidente que su pobre hermana no conceba en
ella la bondad.

Entonces, movida por un impulso ardiente, tom entre sus manos la cabeza
de Raquel. Una ternura inmensa la avasall, hasta quitarle el respiro. Y
se puso a sollozar, hablando, con la voz entrecortada.

--Perdname, Raquelita, perdname. Ya s que no tengo ni el derecho de
pedirte perdn. Cuando deb hacerlo, te insult. S, he sido contigo
demasiado mala. Ya no lo soy. He perdido todo mi orgullo odioso. No, no
me mires con ese modo asombrado. Si supieras todo lo que sufro y todo lo
que he sufrido en estos das, pensando en mi maldad para contigo. Pero
ya no volver a cometer bajezas, Raquelita... Escchame... te acuerdas
cuando... muri pap... y cuando yo te pegu... cuando...

No pudo continuar, se ahogaba.

Y las dos, abrazadas estrechamente, se pusieron a llorar,
comprendindose, reconcilindose, abandonadas al imperio de una de esas
emociones que son como revelacin repentina de una verdad generosa, y
derraman su blsamo de dulzura sobre las inquietudes y los sinsabores de
la vida.




XIV


Charito hablaba con su madre y Luca Moreno sobre una rifa de caridad,
proyectada y organizada por ella para contribuir a las obras de un
pabelln en el asilo taller de Nueva Pompeya.

Adriana y Julio alcanzaban a or, con intermitencias, la animada charla.

De pronto Charito enmudeci. Momentos despus apareca ante ellos,
confusa, mirndolos, sin acertar a explicarse; procur sonrer y se
sent en una silla, casi al borde. Pero en seguida hizo un ademn de
sobresalto y se levant, indecisa. Haba en toda su persona esa
nerviosidad contenida y esos modos inopinados de quien procura hacerse
comprender por alguien, con el temor de que otros, presentes, puedan
advertirlo. Pero Adriana apenas volvi hacia ella sus ojos distrados.

--Voy, mam, voy! exclam Charito con un gesto de desesperacin, para
llamar la atencin de Adriana.

Esta repentinamente adivin. Oy la voz de Muoz, mir a Julio
consternada y se levant oprimida por un sentimiento de vergenza y
desazn. Jams haba hablado con Julio de Muoz. Tuvo tentacin de
despedirse y escapar por el vestbulo. Pero la llamaron. Entr temblando
al saln.

--Aqu la tiene usted, dijo con su habitual tono distinguido y amable la
seora Gonzlez, dirigindose a Muoz.

Adriana, lentamente, fue a tenderle la mano, pero en seguida murmur,
ajustndose el sombrero con nervioso apuro:

--Qu tarde es! Ya no podra quedarme un rato ms. La hora se me pas,
mam me espera... Muoz, tenemos que hablar, ya s; le avisar a Charito
para encontrarnos una tarde aqu. Adis, adis.

Julio, retenido un minuto por Luca, la vio salir como huyendo.

Tanto haba conturbado a Muoz la aparicin momentnea de Adriana y tan
lejos estaba de suponer que Julio frecuentaba la casa de Charito, que no
le reconoci en el primer momento.

La seora Gonzlez celebr que ambos jvenes fueran amigos y luego
deplor que Adriana, por la hora, hubiese tenido que marcharse.

--Lo malo ha sido que a usted se le ocurriese venir tan tarde, aadi
dirigindose a Muoz--y esto le sucede por andar tan perdido de aqu,
donde se le aprecia y se le quiere tanto.

Luca la tom aparte para que pudieran hablar Julio y Muoz, pero
dirigiendo hacia ellos, de vez en cuando, una graciosa mirada de
curiosidad.

--T la conocas, entonces?

--Te lo dije aquella vez, repuso Julio.

--No lo recordaba.

--Te dije que la conoc en casa de las Aliaga.

--Cre que bromeabas, que te queras burlar de m. No me lo dijiste muy
claro, en todo caso. En fin, ella le coquetea a todo el mundo. Y dime,
dejando este ridculo asunto mo, has vuelto a encontrarte con aquella
muchacha que tambin conociste en casa de las Aliaga? De quin se
trata, al fin? Has vuelto a encontrarte con ella?

--S, he vuelto a encontrarme con ella.

--Dnde?

--All, en esa misma casa, volv a verla muchas veces, respondi Julio
con dulzura.

--Y ya te habrs enamorado? Recuerdo, sin embargo, que te proponas no
hacer nada para volverla a ver.

--Nada hice. Pero la quiero, ahora, mucho ms que a mi vida misma.

--Y si ella te dejara?

--Nada hara para retenerla.

--Y eso cmo se explica?

--Pero si dejara de verla, lo mismo me dara morir. Ya no habr nunca
otra mujer en mi corazn.

--Pero no dices quien es. No, no importa... De modo que tu "flirt" con
Adriana no tiene mayor importancia. S, ya comprendo, cosa de poco
momento. Es ella, sin duda, la que te ha obligado a festejarla. La has
encontrado aqu, por casualidad. El mismo caso de Castilla. Y volviendo
a la desgracia ma... Viste cmo apenas me tendi la mano? Es cierto
que me dirigi una de esas miradas que siempre tiene para enloquecerme a
su gusto. Apuesto la vida a que tambin a ti te ha mirado alguna vez
as... y a Castilla... Te apuesto la vida.

Una vena azul se dibuj en las sienes de Julio y la serenidad de su
semblante desapareci por algunos segundos.

--Aceptas la apuesta? insisti Muoz. Yo voy a que del mismo modo
anglico puede mirarte a ti, a Castilla y a todo el mundo. S, no tiene
importancia alguna ese modo de mirar. No hagas caso, es indecible su
maldad; hay en ella un demonio disfrazado, un demonio que a veces parece
divino, pero que no lo es. Volviendo al corazn mismo de nuestro asunto,
debo decirte que no me habl ella nunca de las Aliaga, de esa familia
que t idealizas. Adriana no las conoce, eso debe ser broma tuya. Y
hace tiempo que vienes aqu, a esta casa?

--He venido dos o tres veces, a lo sumo.

--Ah! Ya estoy dudando de la misma Charito. Dos o tres veces... Para
qu te invitan? Hubiese preferido que vinieras desde hace aos... porque
entonces estara seguro de que la conoces en su maldad ntegra, y que ya
la desprecias ahora. Yo soy el nico que debe sufrir la condenacin de
quererla a pesar de todo... Es una muchacha digna de que se la maldiga.

Sigui un silencio largo. Muoz, despus de titubear visiblemente,
durante algunos segundos, le exigi, en forma muy categrica, su opinin
sobre Adriana. Y luego que Julio expres, tranquilamente, una idea
opuesta a la suya, se irrit sobremanera. Discutieron. Julio termin
pidindole disculpa de no poder compartir una sola de las apreciaciones
hechas por su amigo.

--Qu quieres! Cabalmente me parece Adriana el tipo de esas muy
exquisitas mujeres porteas que nadie conoce, finamente disfrazadas de
superficialidad, pero mucho ms sutiles que las mujeres de otros pases.
Hasta la maldad resulta en ellas una pura apariencia, un velo necesario
para ocultar la preciosa alma incomprendida. Sin embargo esta alma
asoma, como a pesar suyo, en cierto hechizo discreto... No confiesas t
mismo que Adriana suele hacerte la impresin de un demonio divino?
Piensa un poco...

--En fin--le interrumpi Muoz--qu me aconsejas?

Hizo esta pregunta clavndole una fra mirada. Julio tuvo un gesto vago
y se levant.

--Nada te aconsejo. Pero yo, si en ella no sintiera algo acorde con la
pasin ma, creo que desistira.

--No, no quieras decirme nada. Desprecio tu consejo... La que no dejar
entrar a otra mujer en tu corazn es Adriana!

--S, no he de negrtelo.

--Bueno, todo esto carece de importancia. T y Castilla y todo el mundo
estn en la misma situacin. Contigo har lo que hizo conmigo. Te repito
que es una mala muchacha, y si hoy encuentro a Castilla le dar un
abrazo, de todo corazn. Y t sers tambin un cobarde y un desdichado.
Ya te ha mareado. El diablo debiera llevrsela.

Se quedaron callados, Julio quiso despedirse. Luca, acercndose, le
retuvo, mientras parecan sus ojos preguntar a uno y a otro: "Y cmo
han arreglado el asunto estos dos rivales?" Brillaba con tanta evidencia
la curiosidad amable en sus lindos ojos, que Charito, impaciente, la
abord con un tema trivial, el primero que se le ocurri.

Julio, como distrado por una preocupacin, volvi a despedirse.

--Es una lstima, le dijo Luca en voz baja, para no ser oda de Muoz;
ahora que no est Adriana para acapararlo como hace siempre, ahora que
una podra hablar con usted, se va tan en seguida.

Pocos minutos despus, acompandole con Charito hasta la escalera del
vestbulo, su mano enguantada, mientras l descenda, le salud por
encima de la barandilla.

--Adis, Lagos... es una suerte que se haya usted enamorado de
Adriana... y yo de otro. Porque si no sera usted capaz de gustarme... Y
rea deliciosamente, en tanto que Charito, tapndole la boca para que
no prosiguiera, la reprenda en voz baja.

--Te pareces a Adriana; en esto son las dos igualitas.

Cuando ambas volvan al saln, Luca confes encantada:

--Yo me rea, sabes, pero ms por disimular, porque te juro, dejando las
bromas, que Julio me gusta.

Ni la escuchaba Charito. Afligida, preocupada, comprenda que cambiar
los sentimientos de Adriana era ya extraordinariamente difcil. Al mismo
tiempo aumentaba en su corazn la animadversin contra Julio. Y
acercndose vivamente a Muoz:

--Quiero hablarle con sinceridad, exclam, a usted, a mi mejor amigo,
para quien jams tendra una doblez. Es o no verdad que soy su amiga
ms buena y ms leal?

--S, ya lo s, Charito, respondi Muoz haciendo un esfuerzo para
sobreponerse a la indiferencia que le abrumaba.

--Y bueno, prosigui ella con tono conmovido--yo nunca he comprendido
esa pasin suya por Adriana.

--Pero, Charito, si ella es monsima! intervino Luca.

--T no sabes lo que hablas. No es una muchacha que merezca tanto!
Aparte de su cara bonita todo en ella es coquetera y apariencia.

--Al contrario, Charito, Adriana es un encanto en todo sentido.

--Ah! No vaya usted a suponer, Muoz, que quiero hablarle mal de
Adriana; es una amiga de la infancia, y no le niego, por ejemplo, mucha
inteligencia natural, y un espritu cultivado. Pero tiene defectos
fatales. Yo no creo que ella pueda ser garanta de felicidad para un
hombre noble como usted. No es mujer para el hogar. Cuando una muchacha
tiene ciertas ideas, cierto instinto de libertad y... vamos, el modo de
ser y la volubilidad de sentimientos que usted le conoce tan bien como
yo... No nos engaemos, Muoz; ella es coqueta por temperamento, incapaz
de constancia, llena de caprichos y con una imaginacin enteramente
fantstica.

--Ya, la familia fantstica, dijo Muoz, sin que Charito, llevada por el
calor de sus palabras, advirtiese la interrupcin.

--No, Muoz, yo no comprendo que se pueda querer as, ciegamente, y
sobre todo no veo afinidad ninguna entre ella y usted. Son dos espritus
no slo distintos sino casi opuestos, que no podran comprenderse nunca.
Usted se engaa, se engaa. Todo lo que hay en usted de recto, de bueno,
lo tiene ella de inconsciente, de voluble... o de qu s yo... Porque le
repito que no quiero hablarle mal de ella.

--Pero no haces otra cosa, Charito! exclam Luca.

--No! No hablo mal de ella, digo lo que es, sin censurarla. Yo tampoco
soy una santa.

--Entonces no exageres as. Si nos pusiramos a comparar qu diras de
m?

--Es muy distinto. No hay maldad en las cosas tuyas y en ella s.

--Tampoco en Adriana. Una engaa como la pueden engaar a una. Las
palabras de amor se aceptan sin calcular, sin exigir demasiado ni
reclamar apasionamientos, y sin saber, muchas veces, si a una la quieren
o si una quiere. Hay un claroscuro del sentimiento que t no conoces, y
donde pueden ocultarse el jbilo y las lgrimas. Porque en todo este
juego, los ratos felices y las horas desdichadas se compensan; y
sabiendo jugar, hasta la misma pena suele dejar en la memoria una
dulzura...

El continuo velo de malicia haba cado de su cara y hablaba con una
seriedad graciossima. Iba a seguir, pero advirtiendo de pronto que
Charito y Muoz tenan los ojos fijos en ella, escuchndola, se ruboriz
como una criatura; y echndose a rer, volvi a recatarse bajo su amable
expresin habitual.

--Ya les estaba dando toda una conferencia sobre el amor, pero fue por
Adriana, por disculparla y por disculparme yo tambin. Creo que Charito
es con ella demasiado severa... Fuera de Muoz, (agreg para halagar a
ste), a nadie hace caso, estoy segura, porque su "flirt" con Castilla
no tuvo importancia. Y Julio parece un simple amigo.

--Ah, sin importancia, su "flirt" con Castilla! Yo no quera
mencionarlo a Castilla, pero en realidad cuando se piensa que l
festejaba a Raquel y que Adriana no tuvo escrpulos para hacerse
festejar por l...

--No creo, Charito.

--Porque no la conoces.

--Al contrario. Y la imagino hasta mejor que yo, ms idealista y que
todo lo hace por exceso de idealismo...

--No sabes lo que dices, Luca. Adriana es muy farsante, y yo le hablo
as a Muoz por la primera vez, para despertarlo, porque sufre de una
alucinacin. Ah, si l supiera cmo se desvanecen despus todas las
apariencias con que la mujer sabe cubrirse, para interesar a los
hombres, para desconcertarlos, y para hacer que poco a poco se engaen
completamente! Y esto lo he pensado, Muoz, no solamente ahora, sino
hasta cuando ella se mora por usted.

--Nunca me pareci que se mora por m, repuso Muoz. Al contrario,
Charito, ni cuando deca quererme.

--Porque ella todo lo calcula! Y en su afn de rarezas, hasta suele
disimular su cario, ese cario que ella empieza a sentir por
cualquiera, pero que se le va con la misma facilidad. Hace poco tiempo
usted era el nico que realmente haba sabido, segn ella, despertarle
amor. Es cierto que lo mismo le o decir en ocasin de otro festejo...

Ahora Charito inventaba, atribua a su amiga palabras que no le haba
odo nunca, o transformaba las cosas en el sentido que mejor convena a
su demostracin. Sus escrpulos desaparecan por la idea de consultar el
inters de Muoz.

--Yo creo, concluy, que usted mismo se ha fomentado esta pasin. Porque
ni siquiera la comprendera si usted se hubiese dejado seducir y
alucinar por la simple belleza fsica.

Muoz mir a Charito atentamente.

--Y ella est enamorada de Julio, ahora?

--No lo creo, no puede Adriana enamorarse, no es capaz de enamorarse.

l insisti.

--Pero le demuestra algo, al menos?

--Ah, seguramente! No se concibe que ella converse con un mozo sin
coquetearle.

Una expresin de sufrimiento alter las facciones de Muoz.

--Cmo debe quererla, el pobre! murmur Luca al odo de Charito. Y
dirigindose a l:--Adriana puede volver a quererlo, y en todo caso, de
no quererlo Adriana, no ha de faltarle otra. Cualquiera que usted
festeje lo querr... Nadie podra ser feliz si tomara las cosas como
usted las toma y si no pudiera, en ocasiones, cambiar de cario, cuando
no hay otro remedio. Sea razonable, Muoz.

Hubiera sido difcil decir si era ternura o simple piedad lo que
temblaba en la caricia de su actitud insinuante, dulce. Acaso se haba
ya desvanecido su repentina veleidad por Julio, ante este muchacho
abatido por desdicha de amor, y que pareca necesitar tanto de un fino
consuelo.

--Y no hay otro remedio, efectivamente,--murmur l sumido ahora en una
vaguedad de inconsciencia.--Pero no me resigno. Qu puedo hacer, Luca?
Qu puedo hacer?

Luca, sin contestar en seguida, le sugiri con naturalidad:

--Y... quirame a m...




XV


Sigui atormentando a Muoz el ansia de volverla a ver. Todo lo dems
eran ideas y sentimientos que se desvanecan sobre una gran sensacin de
vaco. Record que haba empezado la temporada de pera y que
posiblemente estara Adriana esa noche en el teatro.

Se visti apresuradamente. Haba bajado a la calle, cuando advirti el
olvido de los guantes y el pauelo. Despus, cuando entr en la platea,
tuvo conciencia tarda de que dos minutos antes, frente a la ancha
escalera iluminada, se haba cruzado distrado con un grupo de seoras y
que una de ellas le haba mirado sonriendo, para saludarle. "Bah, no
tiene importancia", se dijo.

Terminaba el primer acto de "La Walkiria", cay el teln, y ya
encendidas las luces de la sala, busc el sitio en que deba estar
Adriana. Pero apenas crey distinguirla, el exceso de la emocin le hizo
apartar la vista, y se puso a pasearla por todo el teatro, por las mil
caras rosadas, los blancos hombros desnudos y los peinados esplndidos
cuajados de pedrera. Sobre el rumoreo de las conversaciones, vibraba
alguna fina risa femenina y l volva los ojos para reconocer a la que
haba redo. A la sola idea de que Adriana estaba all, tan cerca de l,
un desfallecimiento corra por todo su ser. El aire de la sala, tibio,
sensual, y el deslumbramiento de las luces, contribuan para enervarle.

Pero al fin se acerc resueltamente al grupo donde haba credo verla.
No era ella, sino Raquel, y la acompaaban Fernando y una amiga a quien
l conoca poco. Despus de vacilar un segundo, confuso, frente a ellos,
salud y sigui andando. En ese momento vio a Castilla venir en
direccin contraria a la suya. Para rehuirle volvi la cara.

Pero no le vio Castilla. Cruzaba la platea con su elegante desembarazo
de costumbre, dominando la sala. Salud a Raquel con cierta afectacin
digna y luego, de la misma manera, a varias muchachas reunidas en un
palco, quienes le contestaron graciosamente, agitando hacia l las manos
enguantadas. Una, muy bonita, le llam con un signo, pero l fingi no
advertirlo, y fue a colocarse en el mismo sitio que haba dejado Muoz,
apoyndose tambin en la barandilla de la orquesta.

Muoz se arrepinti de no haberse detenido para preguntar a Raquel por
Adriana. Vio a Fernando levantarse. Las dos muchachas quedaron solas. A
pesar de comprender que su indecisin no dejaba de ser algo ridcula,
se lleg hasta ellas. Ambas, muy serias, le tendieron apenas la mano.

--Adriana no est?

Raquel mir a su compaera y respondi enrojeciendo:

--Creo que no... esta noche le fue imposible venir.

Su rubor provena no slo de mentir, sabiendo que Adriana estaba en la
cazuela, sino tambin a causa de sus hombros y brazos desnudos; aquel
ao vena por primera vez a la platea del Coln y no poda sacarse la
preocupacin de que todo el teatro poda verla tan escotada. Ni se
atreva a mirar a Muoz. Este crey que la grave carita enrojecida de
Raquel era un reproche a la inoportunidad de pararse a conversar con
ellas, y se retir en seguida.

Al llegar al segundo entreacto iba a marcharse, descorazonado, cuando
saliendo de la platea se dio de manos a boca con Castilla. Este le abri
los brazos con alegra, sin dejarle ir.

--Tengo que darte una explicacin, le dijo, y pedirte otra. Yo no estaba
en antecedentes de nada, sabes? Lo supe ayer, por casualidad. Pero
vamos, no tomes las cosas por el lado heroico.

Se interrumpi un instante, porque mientras hablaba buscaba atraer la
atencin de una nia que le haba mirado de soslayo, desde un palco
prximo, llamativamente vestida de verde y con un gran "aigrette" blanco
en la cabeza.--Es decir, continu, no pude imaginarme que daras
importancia a la cosa. T comprendes que Adriana...

--S, ya s, otro da hablaremos, le interrumpi Muoz, herido no tanto
por el tema que abordaba Castilla, sino por orle pronunciar el nombre
de Adriana. Experiment una impresin casi tan desagradable como en casa
de Charito cuando le vio cortejarla y tan atrevidamente acariciarle la
mano. Un odio fsico le sublev.

--Qu cara has puesto, Muoz! Si te ofend te pido me disculpes... Pero
no negars que ella es coqueta. Sera una lstima, realmente, que te
dejaras envolver por Adriana. Indudablemente es un lindo tipo de mujer,
pero no pierdas la cabeza. A propsito, la vi en la primera funcin de
la temporada; desde entonces no ha vuelto a venir.

Muoz, a punto de contestarle despectivamente, se retuvo al or la
noticia; y por la sola posibilidad de que aquella charla de Castilla
pudiera revelarle cualquier circunstancia referente a ella, le sigui
escuchando.

--A m, en realidad, no me gustan las muchachas como Adriana, prosigui
Castilla.

Con todos sus desdeosos alardes, deba quedarle un resquemor, porque
acompa dicha frase con un brusco movimiento de hombros y cierto gesto
que le contraa los labios y daba a su rostro una expresin
desagradable. Habitualmente perda as la elegancia de la actitud y la
distincin del rostro en cuanto le dominaba un estado de pasin; la
verdadera mezquindad de su ser se trasluca.

Pero habindose vuelto hacia el palco prximo, encontr puestos en l
los ojos de la nia: su rostro se dulcific instantneamente, a tiempo
que se rehaca toda la elegancia de su apostura. Al notar que ahora
Muoz le escuchaba con atencin, prosigui su charla.

--Lo que es al casamiento no ira uno con Adriana ni a can, esto lo
convendrs conmigo. Aunque en realidad, hoy por hoy, con la libertad que
se deja a nuestras nias y con tanta perversin como hay en las
costumbres, las peores suelen ser esas que ms apariencia tienen de
ingenuas y de buenas. Oye: hoy no podemos estar seguros ni de la virtud
de nuestras hermanas. Es deplorable lo que pasa en lo referente al nuevo
criterio moral de la sociedad portea... No te extrae orme filosofar
acerca de los vicios sociales. Muchos me tienen por un tarambana, ya s,
pero precisamente si tengo veintiocho aos y no he concluido todava la
Facultad, es porque me atrae y me interesa, ms que los libros, ms que
los Cdigos, la vida misma. Lo que yo veo, lo que yo aprendo en la
observacin del mundo! Tal vez un da escriba algo... No creas, tengo
pensado un estudio sobre la evolucin de la sociedad argentina; ser un
golpe de maza. Sabes lo que me propongo demostrar? Que si no se pone
remedio al avance de los vicios y a la inmoralidad que estn creciendo,
la sociedad argentina se va al hoyo. Al hoyo! Si hay nias que ya
tienen "garonnire"!

Nuevamente asom a su cara una expresin violenta y desagradable.

--La sociedad se ir al hoyo, murmur Muoz, cuando todo el mundo
proceda con tu falta de escrpulos y con tu falta de honor.

Castilla le mir sorprendido, como quien recibe de improviso una injuria
completamente inmotivada.

--Hijo, repuso, la inmoralidad ma nada tiene que ver con la inmoralidad
social. Y pasando a cosas menos serias, no sabes que la tonadillera se
ha casado? T fuiste muy tonto.

Empezaba la orquesta el preludio del tercer acto y apagaron las luces.
Castilla mir una vez ms, con atrevimiento, a la nia del palco. Pero
como Muoz se retiraba, sin saludarle, le retuvo en el pasillo.

--Oye, t sabes que con todos mis defectos una cualidad no me falta: la
franqueza. Yo quisiera darte un consejo bien sincero sobre Adriana. No
lo tomes a mal ni supongas que pueda guardarle rencor... Al contrario,
me ha hecho pasar buenos momentos, me ha mirado con ojos dulces... en
fin, yo no podra quejarme...

--No puedes quejarte?--dijo Muoz, los ojos llameantes y un impulso de
echarle las manos al cuello. Senta que Castilla estaba groseramente
mintiendo.

--Pero precisamente, continu Castilla titubeando sobre lo que iba a
decir,--precisamente no pretendo que abandones el campo, de ningn modo.
Ya te dije que Adriana me parece un soberbio tipo de mujer. Ha de ser
una nia de aventuras, como hay tantas ahora, en nuestra sociedad. Mi
consejo tiende slo a prevenirte contra la posibilidad de que pudieras
meterte de tal modo en este lo...

No pudo proseguir, porque Muoz, en voz baja, descompuesta por la rabia
contenida, le interrumpi:

--yeme! Ella ser lo que quieras, pero t has de empezar a decir
vilezas sobre Adriana, me oyes?... cuando te hayas hecho digno, como un
perro...

Quiso agregar algn insulto atroz, pero la misma sobreexcitacin le
impidi proferir otra palabra. Su amigo, ms admirado que ofendido, le
mir alejarse y rehusar al salir, con un gesto violento, la contrasea
que un empleado intent entregarle.

Encogindose de hombros, Castilla entr en la sala. Pas junto al palco
de la nia del traje verde, caminando lentamente; luego de pasar se
volvi hacia ella y la mir atentamente, con una imperceptible sonrisa.




XVI


Pasaban los das sin que Charito le diera noticia alguna. La
desesperacin le hubiese consumido, pero le alimentaba el ensueo.
Adriana se le apareca con todos los esplendores que sus largos deseos
le atribuan: a veces le miraba, de pronto, con inusitada expresin de
cario, lnguida, como en la realidad no le haba mirado nunca, los ojos
hmedos, el beso en los labios, tendidas hacia l sus manos llenas de
vagas caricias. La imagen misma era ya una caricia, y se le acercaba,
dulcemente; senta en la cara el calor de su cara, la misteriosa
blancura de un seno pequeo emerga, en la sombra... Y Muoz se
aterraba, tena la sensacin de cometer en su pensamiento una
profanacin. Pero al mismo tiempo todos los desdenes, todas las
humillaciones pasadas, le parecan insignificantes ante la idea de la
felicidad prohibida, que imaginaba oculta en aquel soado esplendor de
los bellos hechizos.

No haba muerto del todo su esperanza. Aguardaba la entrevista.

Volvi a pedir una licencia en la secretara del Juzgado, una licencia
ms larga que la anterior, para poder abandonarse completamente a la
melancola de su preocupacin. En los domingos, por la maana, estaba
seguro de encontrarla. Ella iba a la iglesia del Socorro, siempre a la
misma misa de las once, vestida con sencillez. Muoz se disimulaba en la
nave izquierda, y aguardaba con el corazn palpitante. Aguardndola, su
imagen empezaba a representrsele, trada por el deseo, en tanto que la
iglesia, su bveda, los altares llenos de cirios, oscilaban para sus
ojos como un confuso sueo. Al fin Adriana misma apareca, mojaba los
dedos en la pila del agua bendita, se persignaba; su semblante no perda
la dulce naturalidad de la expresin. Su andar era suave, su silueta
pasaba entre la silenciosa concurrencia arrodillada. Muoz aspiraba
largamente la impresin que reciba en el alma; y era como un
desvanecimiento de su ser, una blandura para todos sus sentidos.
Adriana, sin apartar su mirada del altar, por medio de la nave pasaba, y
el fino perfil de la cara se iba ocultando, a los ojos de Muoz, bajo el
ala del sombrero de fieltro. Su silueta se anegaba en la ligera penumbra
del templo; llegando cerca del coro se hincaba de rodillas, pona los
brazos juntos en el asiento delantero y abra el libro de oraciones.
Muoz, aproximndose, no perda un detalle. Contemplndola as, en la
media luz, bajo el grave silencio, durante una larga hora y sin que ella
ni nadie lo advirtiesen, le pareca en cierto modo poseerla. Era suya
cada una de sus actitudes y de sus gestos, era suya la humildad llena de
gracia con que rezaba, era suya la cara que se apoyaba sobre las manos
juntas, cuando el sacerdote levantaba el cliz y todo el mundo caa de
rodillas.

La atmsfera de la iglesia, con el olor del incienso y el cuchicheo
inquieto de las oraciones, penetraba sutilmente los sentidos de Muoz y
se confunda con la vaguedad de su sentimiento. Su pena de amor pareca
comunicarse con la inmovilidad de los fieles, con la tristeza mstica de
los santos inmviles, con el sbito tintineo de la campanilla ritual, y
suba por el humo del incienso, que anublando en el altar la figura de
la Virgen, la dejaba reaparecer luego al resplandor escaso de los
cirios.

Cuando un domingo, por primera vez, Adriana no acudi, un sufrimiento
casi fsico le traspas. Durante toda la misa, que le pareci
prolongarse extraordinariamente, lo pas arrodillado, junto a la
pilastra donde se pona siempre, bajo el plpito. El tintineo de la
campanilla le hizo dao. La misa termin, algunas seoras se pararon,
persignndose; en seguida, con un sofocado rumoreo, todo el elegante
gento se levant tambin, y lentamente, formando hilera, comenz a
salir. Los bancos quedaron vacos. Apagados los cirios, una penumbra en
el silencio fue amortiguando el brillo de los altares, y las estatuas
vestidas de los santos se anegaban de sombra en sus nichos.

Durante algunos minutos, apoyado en la pilastra, Muoz aguard todava,
con la esperanza pueril de que Adriana por un milagro apareciera. Porque
se haba acostumbrado a esa secreta hora de voluptuosa alucinacin, como
se habita el fumador de opio a la caricia fantstica que se le desliza
en los sentidos con el veneno de la droga.

Al fin se decidi a marcharse. Sus pasos resonaron en el templo vaco.
Afuera, el sol de medioda iluminaba el espacioso atrio y la fachada de
los edificios vecinos. Todava formaban corrillos los mozos que acuden
para ver salir de misa a las muchachas. Uno de ellos, vindole pasar, le
palme amigablemente. Muoz, abrumado, ni siquiera le mir.

Ese da experiment contra ella un rencor profundo, como si Adriana
hubiese faltado al compromiso de una cita. Record todas sus pasadas
inconsecuencias, la perversidad con que le haba retenido, en los
primeros tiempos, la inexplicable ternura de las cartas que le escriba
para luego mostrarse ante l fra, implacablemente fra; record tambin
la escena con Castilla y la extraa presencia de Julio en casa de
Charito.

Sin embargo, aunque sus reflexiones le llevaban a considerarla
lgicamente un ser lleno de falsa y de crueldad, tena bien luego la
sensacin de padecer un error profundo. Le asaltaba el pensamiento de
que su rencor era vil. Y entonces la imagen de Adriana, transfigurada,
resplandeca para l desde una portentosa lejana.




XVII


Avisada un da por Carmen de que Jos Luis Aguirre, llegado de Europa,
les haba hecho una visita, Adriana fue a casa de las Aliaga con la gran
ansiedad de saber si reanudara Laura con l su antigua relacin.
Ardientemente lo deseaba. Su actitud, cuando se anunci la vuelta de
Jos Luis, permita abrigar pocas esperanzas. Sin embargo, poda
suponerse que la tenacidad de su silencio no significara una real
indiferencia para el bello pasado romntico, sino que persistiendo
secretamente en ella la memoria del idilio interrumpido, la frialdad
fuera ms bien pura apariencia y reproche tcito a Zoraida.

Tambin sta aspiraba, evidentemente, a que se produjese entre ambos la
reconciliacin; haba dejado de ver en aquel amor una desdicha fatal. Y
Adriana, recordando con piedad la dolorosa relacin que le hiciera
Carmen dos meses atrs, se representaba de nuevo a la pobre Laura
dormida, su cabeza reposando en el blanco almohadn y guardando, bajo
el velo del sueo, la tristeza que le haba dejado la inoportuna alusin
de Carmen.

"Qu extraa es la mana de Zoraida!--pensaba Adriana. Por qu suponer
que el amor ha de traer por fuerza la infelicidad? Ser sugestin que le
dej la muerte de pap... Y ahora por qu consiente? Por qu nos
estimul, la vez pasada, para que le diramos bromas con Jos Luis?"

Y mientras discurra de esta suerte para s, aumentaba su deseo ansioso
de que se reconstruyera el idilio y se casaran.

Con la primera que se encontr fue con la misma Laura. Haba adelgazado
en pocos das. Vesta un batn azul, ceido con cinturn de seda negra,
y en tan descuidado arreglo, sin embargo, una gracia suave la envolva.

Adriana qued helada. No eran aquellas, por cierto, las apariencias de
quien ha recobrado una dicha perdida. Pero se sobrepuso a la impresin
penosa y fingi no advertir el aspecto desmejorado de su amiga.

--Laurita, s que Jos Luis ha estado aqu...

Pero ella la bes y llam a sus hermanas. Era evidente que le dola
tocar este asunto. Iban todas a subir a la habitacin de la abuelita,
cuando son el timbre de calle y se anunci Jos Luis.

--Y piensas recibirle as?--dijo Carmen mirando a Laura de arriba
abajo, sorprendida de su desalio.

Ella le respondi con un ligero gesto de fastidio.

--Pero t, Adriana, mientras ellas suben con l, vendrs a conversar
conmigo. Luego subiremos tambin, si quieres, aunque no s qu inters
podras tener en conocerle, ahora...

Se sentaron juntas tomndose las manos, mientras oan la voz juvenil y
expansiva del visitante resonar en el vestbulo.

--Estoy delgada, verdad? Es un principio de anemia.

--Y no te cuidas?

--Ellas y Eduardo quieren llevarme a la estancia. Pero no me decido a
ir. Me morira, te lo juro... Debe parecerte muy rara la indiferencia
ma para con Jos Luis. T sabes toda la historia; no necesito
preguntarte si te la ha contado Camucha. Capaz la creo de habrsela
contado tambin a Julio.

--Oh, no! No lo pienses, Laura.

--Es lo mismo... Quera decirte que l me hace ahora la impresin de un
simple extrao, precisamente la impresin que yo haba imaginado, cuando
dijeron que volva de Europa.

--No te habrs sugestionado, entonces, con esa imaginacin? El amor se
relaciona tanto con nuestras ideas, con nuestras fantasas...

--S, cuando no hay una sensibilidad ms o menos afinada, o exagerada,
que no engaa, y lleva en cambio a la fatalidad de la pasin real,
profunda. T, como yo, estamos destinadas a una excesiva dicha o a un
sufrimiento mortal. Por eso te quiero tanto, Adriana, como a una
hermana, suceda lo que suceda. Nos parecemos por el modo de sentir, por
la necesidad ntima del ideal, por la imposibilidad de ser felices a
medias...

Pronunci con enternecimiento estas palabras y se levant, como asustada
de su propia sinceridad y de lo que todava pudiera salir de sus labios.

Adriana qued muda, alterado todo su ser por una emocin sin nombre.

En esto se oy la voz de Carmen llamndola; sus gritos bajaban
atravesando el vestbulo y llenando toda la casa con la contagiosa
alegra mundana que haba trado Jos Luis.

--Subamos, lo conocers, es un muchacho muy bien. S, eso, un muchacho
muy bien. Entretiene, divierte, es oportuno y muy agradable.

Al entrar en la habitacin de la abuelita, su cara tom cierto aire de
indiferencia que nunca tena. Tendi la mano a Jos Luis y como estaba
Adriana junto a ella, se lo present.

Era un joven alto, vestido acaso con elegancia demasiado cuidada, segn
el juego perfecto que hacan la ancha corbata azul oscuro, la camisa
finamente rayada de azul claro, el rosado rostro lleno de salud y los
vivos ojos grises. La mirada de estos ojos era franca y tena cierta
protectora bondad cuando rea. Toda su persona demostraba cortesana y
dicha de vivir.

"Y este muchacho, pensaba Adriana, este muchacho tan elegantn y tan
absolutamente seguro de s mismo escriba las cartas divinas que dice
Camucha? Es posible concebirle protagonista de la novela de amor
interrumpida por Zoraida?"

Ech involuntariamente una ojeada a Laura, y en el fondo de su dulce y
noble mirada, ley en seguida: "Comprendes, ahora, que no podra volver
a quererle?"

Jos Luis, que haba interrumpido--intrigado por aquel mudo
lenguaje--una relacin sobre costumbres tpicas en el sur de Espaa, la
reanud al momento. Su charla era chispeante, llena de comparaciones
pintorescas y de reflexiones chistosas que intercalaba con evidente
propsito de matizar ms brillantemente su relacin. Pero se adverta
que algn episodio de efecto lo contaba ya de memoria. Se diriga
particularmente a la abuelita, quien le escuchaba aprobndole con su
gesto plcido de anciana. Carmen celebraba con alegre exageracin los
pasajes graciosos, y Zoraida, mucho ms comunicativa que de ordinario,
le interrogaba y tomaba parte activa en la conversacin.

La presencia de Jos Luis haba alterado el ambiente de la casa. Eran
otras ahora las caras de Zoraida y de Carmen. Y era otra, tambin, la
misma abuelita. Los viejos muebles coloniales que la acompaaban desde
otros tiempos, parecan escuchar tambin, con un poco de asombro, la
alegre charla, en aquella habitacin impregnada de reminiscencias aosas
y como poblada de vagos fantasmas.

Y galvanizada por la alegra de Jos Luis, la abuelita empez a referir,
con abundancia de detalles familiares, episodios sumidos en el largo
pasado, y cuyos protagonistas, evocados as, parecan comparecer ante
ella, adoptando un singular aire de personas resucitadas y sorprendidas
de salir a la claridad del mundo. Seres que ya slo en el recuerdo de
esta anciana continuaban perdurando y que se desvaneceran para siempre
cuando ella bajara a la tumba.

Y era un curioso contraste, despus de la chispeante y sonora
conversacin de Jos Luis, el modo apacible, lento, con que la abuelita
contaba las cosas de su tiempo.

Las Aliaga la escucharon con aquella misma atencin recogida que Adriana
haba observado ya en ocasiones pasadas. Laura, sin embargo, atenda con
menos avidez que las otras, como si algo en su interior atrajera con
tenaz persistencia la preocupacin ms cara de su ser.

Hablaba la anciana, con muchos pormenores, de un festejante, Emilio
Medrano, cuyos hijos, ya viejos, ni se acordaran de ella; un festejante
que, muy rendido a ella durante algn tiempo, ces repentinamente en su
empeo galante.

--Nunca supe yo por qu se retir. Hoy estuve toda la maana pensando si
no seran intrigas de una amiga, una compaera que tuve en el colegio de
las Salesas. Porque me pareci que tambin ella estaba enamorada de
Medrano.

A Jos Luis no le interesaban gran cosa los relatos de la anciana. Se
adverta su atencin distrada y la extraeza que le causaba la evidente
despreocupacin de su novia de la adolescencia. "Tenemos que hablar" le
decan de vez en cuando sus ojos, mientras con su aire cortesano finga
no perder palabra de la abuelita, que pronto call para sumergirse en la
cavilacin de las causas que haban motivado el retiro de Medrano.

Jos Luis reanud su charla. Se refiri a las veces que tuvo ocasin de
departir con el rey de Espaa, quien "era una monada" por su sencillez y
por la franqueza de su carcter. Y no dej de mencionar, como cosa
incidental, su amistad con tales o cuales personajes "cubiertos delante
del rey", y la gracia de una duquesita a quien haba tratado varias
veces en Palacio.

--Y sin embargo, afirm con enrgica sinceridad, cranlo ustedes o no lo
crean, yo dara con gusto todos estos aos intensos y todas las
perspectivas de mi carrera diplomtica, por volver a vivir el encanto de
mis quince aos, entre mis relaciones de aqu, donde los recuerdos me
han dejado no s qu perfume de sentimientos inolvidables.

Volvieron a encontrarse la mirada de Laura, llena de manso desvo, y la
entristecida de Adriana. Movida sta por impulso ms fuerte que su
voluntad y experimentando al mismo tiempo una sensacin rara y
penossima, se acerc a Laura, le habl al odo y la sac fuera de la
habitacin.

--Seras capaz, Laurita,--comenz con la voz ligera como un soplo,
cuando estuvieron solas,--seras capaz de explicarme sinceramente algo
que quiero preguntarte?

--S, siempre soy contigo sincera.

--Por qu te preocup, aquella vez, que Camucha pudiera haber contado a
Julio tu asunto con Jos Luis?

Laura ni pareci siquiera advertir el tono demudado con que la haba
Adriana interrogado.

--Preocuparme? Te habr dicho distrada que eso me preocupaba. En
realidad no puedo habrtelo dicho. O habr sido por decir hasta qu
punto Camucha es indiscreta. Son historias tristes que no deben salir de
una misma.

--Cmo me despistas!

--Pero por qu?

Adriana la mir en los ojos profundamente. Nada pudo leer.

--Entonces, en tu vida no sucede, "ahora", algo extraordinario?

--Desde aquello que hubo con Jos Luis, no, puedes estar segura. Tengo
una indiferencia!

Adriana con ardiente alegra acarici a Laura, contemplndola.

--Ah, qu alivio! Sabes lo que se me haba ocurrido, la sospecha que
haba empezado a atormentarme?

--No, Adriana, no puedo imaginarlo.

--Ni siquiera imaginarlo? Oh! cmo he podido crearme un motivo de
tormento que no existe! Pens que podras haberte enamorado de... de
Julio.

--De Julio?

--S, de Julio.

--Qu idea! Un amigo tan leal, tan bueno, que con nosotras congenia
tanto, se dira casi un hermano nuestro. Y t sabes que viene aqu hace
aos. Cmo se te ocurre que Camucha no me hubiera dado bromas con l,
alguna vez?

Y Laura llam a gritos:--Camucha! Camucha! Pero que no venga Zoraida,
ni nadie, sino Camucha!

Y alegremente declar a su hermana que Adriana tena celos.

--Adriana celosa? Celosa de quin?

--De m, de m.

--Oh, Adriana!, exclam Carmen tomndole los brazos como pasmada de
asombro. En media hora te has enamorado de Jos Luis?

--Tonta!--exclam Laura, cada vez ms animada y con un modo que en ella
no era natural,--Adriana no podra enamorarse nunca de un muchacho como
Jos Luis, tan pura espuma como l es. Pero empez a sospechar, s, a
sospechar en serio, muy en serio, que yo me estaba enamorando de Julio.
Y se haba puesto celosa! Qu alma ms buena, ms delicada! Tal vez
estara dispuesta, por un arranque de bondad absurda, a dejarme el campo
libre. Ojal la hubieras visto hace un rato, despus que me sac de all
con tanto misterio, cuando me pregunt confidencialmente si yo lo
quera a Julio. Se puso blanca como un papel.

Call repentinamente y en seguida empez a rer, a rer de veras.

--Cmo ests colorada!--observ Camucha.

--Mejor, as ya no tendrn pretexto para llevarme a la estancia.

Se aplic el dorso de la mano a una y otra mejilla y volvi a rer.
Pareca realmente divertida con los celos de Adriana.

Aunque todas aquellas manifestaciones eran raras en su carcter de
ordinario sereno y dulce, Adriana no pudo advertir, por el momento, nada
de anormal. No caba en s de jbilo. Miraba desvanecerse una
preocupacin, un ligero fantasma que haba flotado fugitivo, impreciso y
como ponindose siempre a sus espaldas, para no ser visto...




XVIII


--Sabe, Muoz, quin vendr? Adriana. Qu coincidencia! En este
momento iba a mandarle avisar a usted. Al fin se realizar la gran
entrevista. Pero lo peor--y se lo digo con el corazn en la mano--sera
para usted reanudar... Qu miedo tengo de que ella le haga una escena
romntica para no cortar del todo con usted! Es una muchacha que goza
con hacer sufrir. Luca! Luca! No quiere or que la llamo. Supo que
usted vena y ya no concluye de arreglarse. Por qu no la festeja,
Muoz? Es linda y buena. Festjela, por lo menos durante algn tiempo.
Ella sabe hacer olvidar.

--Est usted segura, Charito, de que Adriana vendr?

--Qu obsesin con Adriana! S vendr. Pero escuche. Quiere que le d
un consejo? Cuando llegue Adriana, usted dedquese a Luca. Debe venir
tambin un mozo que ha empezado a festejarme, a m; y entonces, si yo me
pongo a conversar con l y usted con Luca, Adriana no tendr ms
remedio que "planchar".

Todo lo iba hablando Charito sin advertir que Muoz se haba puesto
plido a las primeras palabras. Le costaba creer que Adriana vendra. Se
la represent avanzando entre los fieles arrodillados, alzada hacia el
altar su cara ligeramente atnita, bajo el ancho sombrero.

Haba ella adquirido para su pensamiento un prestigio inasequible.

--Pero Muoz, Muoz, aqu est Luca!--exclam Charito,--saldela!

Se levant sorprendido, confuso, ante la joven que le miraba con su
gesto de amable curiosidad.

En ese momento apareci Adriana.

Cuando vio a Muoz se entristeci, le tendi la mano casi con timidez.
Sus ojos expresaban dulzura y seriedad.

Luca camin rpidamente hacia ella.

--Qu bonita ests!--exclam contemplndola con admiracin.

En seguida, para dejarla con Muoz, le hizo un signo de inteligencia,
agrandando los ojos y sonriendo; le dio la espalda y fue a tomarle las
manos a Charito. Su graciosa actitud hablaba: "Qu podr pasar? Lstima
no poder or lo que stos van a decirse".

Murmurando en seguida algo en secreto a Charito, pero dejando notar a
propsito que inventaba un pretexto la llev al saloncito contiguo.

Adriana se sent. Muoz, mudo, casi no la vea. La impresin de hallarse
de nuevo con ella, le infiltraba una extraa insensibilidad.

Sin atreverse a mirarla en los ojos, se puso a observar atentamente la
gargantilla de perlas en el tringulo de blancura que dejaba el breve
escote.

--No quiere ahora hablar conmigo, Muoz?

Hizo ella esta pregunta en un tono ligero, casi de queja.

Cuando quiso l responder, sinti, aterrado, la inutilidad de todo lo
que podra decir, de todo lo que haba cavilado muchas veces en la
espera larga de una explicacin definitiva. Iban a subir palabras a sus
labios y su voluntad las rechazaban con desesperacin. Suspir, y
cerrando los puos se hincaba las uas en las palmas.

--Oh, Ricardo!--exclam ella acentuando aquel inusitado tono de queja.

Experiment Muoz un halago indecible. Slo una vez, en otro tiempo, le
haba llamado por su nombre. Se dej avasallar por una idea insensata:
todo lo que haba sucedido y todo lo que pudiera suceder an, no sera
obstculo para el advenimiento, tarde o temprano, de la misteriosa
felicidad.

Entonces, repentinamente, las palabras le nacieron abundantes, como agua
que se desborda. Se apuraba febrilmente, y slo tena verdadera
conciencia de cada frase, cuando la haba ya pronunciado. Ella le
escuch inmvil, con los ojos bajos y las manos juntas humildemente
sobre la falda. Y aquella actitud inusitada exaltaba ms a Muoz.

La habl del comienzo de su amor, evoc la pasin ardiente nacida bajo
los paisajes de la sierra, las grandes melancolas de la decepcin, la
inconsecuencia con que ella haba destruido su ilusin de una dicha
perfecta, y luego las dudas, la continuada angustia, y las bellas cartas
de amor que ms tarde se complaca ella en desmentir con una frialdad
cruel, acaso por el simple deseo de hacerle mal.

Estos reproches no eran amargos como otras veces, sino resignados,
sumisos, y contenan una suprema splica. El ltimo vestigio de su
orgullo haba muerto, y la elocuencia le vena de la sinceridad de su
espritu fecundado por el sufrimiento. Le cont que iba siempre a la
iglesia, los domingos, para contemplarla furtivamente durante la misa, y
le explic cmo, imaginndola suya, y soando con lo que no sera
realidad nunca, haba atravesado aquellas largas semanas de pena. Y
ahora no le exiga nada, no le recordaba promesa alguna y slo peda que
le dejara el alivio de poder algunas veces hablarla.

Call, cubrindose los ojos, y esper la respuesta de Adriana. El calor
de sus propias palabras haba trado a su nimo una serenidad
desconocida.

--Yo lo escucho, Muoz,--dijo ella--y comprendo que si usted me hubiese
hablado as en otro tiempo, no habran pasado muchas cosas... No me
parecera un desatino, al menos, esta pasin suya... Usted no es el de
antes... S, un desatino. Usted no sabe, yo tambin he cambiado... A
todos nos arrastra en el mundo una influencia, un no s qu, somos
pobres criaturas, crame...

Y Adriana no poda proseguir.

--Por favor!--exclam Muoz--Una palabra sencilla, clara, sincera...

Su espritu haca un doloroso esfuerzo para entender la nueva actitud de
Adriana.

--Ah, si supiera con qu lealtad quiero hablarle!--repuso ella.--Y es
que procuro explicarle, para que usted no interprete mal.

Si no concibo ahora su pasin, si me parece un desatino, es porque yo me
enga y pienso que usted se ha engaado tambin. Yo tengo la culpa, ya
s. Como le escriba esas cartas y como despus me mostraba tan
insensible y tan rara, usted mismo se aviv una pasin que tal vez no
hubiera nacido nunca o se hubiera apagado pronto si yo me hubiese
mostrado ms sencilla, ms vulgar, como realmente lo soy. No concibo
tampoco que usted pueda quererme; se ha enamorado de una ficcin, de un
fantasma. Yo en m misma soy tan sencilla... hasta soy buena sabe?
Usted se ha enamorado de mi maldad y por eso debe ahora olvidarme. Por
que ahora... no s si decrselo... pero ya Charito... no, nada. No me
creer si le digo que por usted sufro, sufro mucho.

Muoz alzo la cabeza y la mir.

--Que sufre por m?

Todas aquellas palabras de Adriana le impresionaban de un modo inaudito.
Tenan algo desconocido, ardiente, y Muoz senta la proximidad de una
explicacin realmente definitiva.

--Que usted sufre por m?

Y esta idea de que ella por l sufra, se agrand en su imaginacin
desmesuradamente, llenndole por un instante de jbilo insensato. Crea
soar.

--S, Muoz, continu ella vacilante y como si realizara un gran
esfuerzo para decidirse a pronunciar cada frase. Sufro mucho, dara no
s qu si pudiera borrar las perversidades que tuve con usted. Dios
mo! Si siempre hubiese sido leal... Porque yo, ahora, quiero a otro.

Se detuvo bruscamente, desolada, arrepentida de aquella confesin a que
la haba arrastrado un ardiente deseo de sinceridad. Muoz palideci de
nuevo, la mirada llena de espanto.

Hubo un silencio largo.

--Usted quiere a otro?...--pronunci l con voz lenta.

Ella hizo ahora un signo negativo, pero ninguna palabra sali de sus
labios. En el silencio llegaban frases sueltas de la conversacin de
Charito y Luca, en el saloncito contiguo.

--S, usted quiere a otro, a Julio.

--Esccheme...

--S, a Julio, ya lo s, lo siento.

--Esccheme, repiti ella con modo afectuoso, casi tierno,--yo no
merezco su cario... Yo, Muoz...

--Ah, esta ser la escenita romntica, interrumpi l con una sonrisa de
sarcasmo.

--Yo no puedo querer, ah est toda la complicacin, todo lo
indescifrable. No busque otra causa. No es verdad que yo quiera a
otro...

--No es verdad que quiere a Julio!

--No, no, continu ella cada vez ms agitada. Si le dije que quiero a
otro ha sido... no s, porque soy mala y necesito mentir a cada paso.
Durante toda mi vida mentir. Soy una coqueta vulgar. Engaar, para m,
ha venido a ser algo as como una necesidad. No guarde sobre m ninguna
ilusin. Habr tantas que puedan quererlo! Yo soy mala, he nacido y
ser siempre mala. La coquetera es algo ms fuerte que mi voluntad. Tal
vez Charito le haya dicho ya que soy incapaz de hacer feliz a un hombre.

Se detuvo un momento, presa de una alteracin cada vez ms visible, y
llam gritando a Charito. Esta y Luca acudieron asustadas.--Dime,
Charito, no es cierto que soy mala? Te parece que soy capaz de un amor
realmente puro, te parece que soy capaz de constancia? S sincera,
Charito, no te quedes callada. Confiesa que yo no podra hacer la dicha
de un hombre inteligente y bueno como Muoz. Confisalo, por favor. No
quieres decirlo, pero te pones colorada. S, ya s que por lealtad
amistosa le has ocultado esto que t no puedes dejar de pensar. Pero es
preciso decir la verdad alguna vez. La verdad es santa. Si yo a Muoz no
lo quiero es porque soy mala, perdida para todo cario verdadero. Hay
tantas mejores que yo! Luca misma, s, Luca. A m djeme, no piense
ms en m, abandneme. No soy digna de que nadie, no, nadie, ponga su
cario en m.

Y deca todo esto con un ardiente deseo de que l se desilusionara y
dejara de sufrir.

Muoz la miraba atnito. Apenas entenda aquellas frases precipitadas y
llenas de emocin. Resonaban extraamente en sus odos y le aterraba en
ellas un sentido oculto, impenetrable.

Al mismo tiempo atenda a la expresin y a la actitud de Adriana. Y
Luca y Charito tambin la contemplaban suspensas. No quedaba en su cara
vestigio de la antigua gracia inquietante. Una hermosura nueva la
revesta, maravillosamente, y bajo las sombras de sus pestaas brillaba
la piedad.

De pronto, con el gesto de una criatura a quien reprenden, se cubri con
los brazos la cara y sali, precipitadamente. Charito se sent al lado
de Muoz, descorazonada.

Un minuto despus, en el penoso silencio, se oyeron gemidos ahogados que
venan del saloncito contiguo. Era Adriana que sollozaba.




XIX


Iba a inaugurarse la nueva seccin del Asilo de Nueva Pompeya. Charito
pidi a Julio que asistiera a la ceremonia y procurase llevar tambin
algunos amigos. No era lamentable que los jvenes inteligentes
demostraran, en su mayora, ese despego ahora tan general para las cosas
del culto y hasta el mal gusto, a veces, de hacer ironas con la
religin? Esto se lo peda, pues, con un especial inters.

Adriana escuchaba.

--Comienza por avisarle,--intervino Luca Moreno,--que tambin Adriana
ir.

--No, a m me ve todos los das, pero debe ir por la religin y por el
encanto de Nueva Pompeya. Su iglesia se ve desde el tren como una
miniatura. Qu alegra, Julio! Si usted supiera lo que me trae a la
memoria!

Y evocaba la tarde en que llegara a la ciudad murmurando los versos
melanclicos de "Christine" y la iglesia de Nueva Pompeya flot suspensa
en la lejana de la sombra violcea.

--Y nos pondremos de rodillas, Luca, en esa iglesia. Lo he soado.

Pregunt a Julio si haba estado alguna vez en Nueva Pompeya.

--S, el ao pasado. Despus de una semana de lluvias, el Riachuelo se
haba desbordado. Vi la inundacin. Aquello es un arrabal de gentes muy
pobres, que viven en ranchos o en casitas hechas casi todas con planchas
de cinc y pintadas de verde y de rojo. Estas desaparecan bajo la
llanura de agua; slo asomaban algunos techos, que se iban poco a poco
achicando. Por una calle ms alta, que ya se haba inundado tambin,
navegaba una canoa, larga y chata; traa hombres y mujeres casi
desnudos, salvados por marineros de la Prefectura. Iban echados sobre
fardos de ropa y miraban mudos la llanura de agua que se perda hacia la
campaa del sur. Aquella escena, en un silencio mortal, haca la
impresin del diluvio bblico.

--Y la iglesia?--pregunt Adriana.

--La iglesia, edificada en esa calle algo ms alta, pareca por
contraste una construccin enorme, una catedral. Y se tena la impresin
de que sobrenadaba, como un milagro. El agua corra ya por el pavimento
del atrio, muy mansa, y lama las paredes laterales. Algunos centmetros
ms y la creciente invadira el interior de la iglesia. Estaba abierta
de par en par, sala el olor del incienso quemado en la misa que
oficiaban para conjurar el desastre. Pas por delante la embarcacin
larga y chata; sus tripulantes vieron por un segundo el fondo de la
iglesia, y brillar y desaparecer el altar cuajado de cirios.

La llanura de agua copiaba invertida la fachada del templo. Sobre la
gran quietud vibr la campana en lo alto. Pareca una queja. El sonido
se expandi, muy dulcemente, y cada vibracin, resbalando del
campanario, iba a besar la superficie del agua tranquila.

--Es como si lo estuviera viendo!--exclam Luca.

Adriana, despus de escuchar algo que Charito le dijo en voz baja, se
acerc a Julio:

--Nosotras iremos maana a Nueva Pompeya para la primera misa.

--Como a las siete, entonces?

--S, pero naturalmente usted no ir tan temprano.

l prometi ir para la misma hora, aunque difcilmente encontrara
amigos que le acompaaran. Charito, condescendiendo, se conform. Haba
concluido por abandonar la causa de Muoz, porque tena poco
temperamento para sus afectos y para sus odios.

Adriana y Julio vivan ahora en una dicha excesiva y en esa zona de
adoracin anormal que embellece a los amantes y los hace caros a la
muerte. Y no era la muerte, sin embargo, lo que se aproximaba a ellos en
la invisible trama de los acontecimientos.

Tambin Raquel, al da siguiente, quiso ir con Adriana y Luca a Nueva
Pompeya. Cuando llegaron amaneca. Vieron la iglesia alzarse por encima
del chato casero; un dbil reflejo dorado, que no era todava sol, toc
la cruz, y envolva poco a poco el campanario; luego fue descendiendo
por los ladrillos del muro, y pronto el templo entero y todo el arrabal
se baaban en la ligera claridad de oro.

Bajo el cielo que tomaba una tersura de esmalte, las miserables casuchas
de cinc pintado parecan despertar al nuevo da con una indiferencia
triste.

Aquella madrugada haba helado, y chicos desarrapados, descalzos, se
divertan saltando sobre la escarcha y contemplndose luego los pies
horriblemente enrojecidos. El pobrero se iba amontonando frente a la
iglesia.

En el atrio charlaban grupos de mujeres con nios de pecho raquticos,
que gritaban de fro, sin inquietar por eso a sus madres. Un automvil
de librea, llegando como exhalacin, paraba sin ruido frente a la
iglesia. Damas abrigadas con pieles que les ocultaban el rosado rostro,
bajaban difundiendo un aire de elegancia y de riqueza. Pasaban por en
medio del pobrero. Algunas distribuan al pasar, con una sonrisa
compasiva, todas las monedas que hallaban en sus pequeas bolsas,
monedas que caan sobre aquella miseria como gotas al mar. Uno de los
arrapiezos corri a un almacn y volvi saltando de alegra; traa en la
boca un cigarrillo y aspiraba el humo con fruicin. De vez en cuando,
una elegante muchacha se detena en mitad del atrio para acariciar la
carita sucia de un pequeuelo y preguntar su edad a la madre; sus
compaeras la llamaban riendo y en cuanto llegaban al dintel de la
iglesia todas tomaban una expresin seria y recogida.

Adriana no quiso entrar en seguida. Le haca una muy extraa impresin
aquella escena, le pareci que nunca haba comprendido el contraste de
la opulencia y la miseria. Le chocaba la satisfaccin ftil que se
reflejaba en el rostro de las que haban vaciado su bolsa de monedas,
para hacer caridad. "Sin duda, pens, esto no me hubiera impresionado
antes". Durante toda la misa, continu pensando en el sufrimiento de la
pobreza, en el drama srdido que sin duda era la vida de aquella gente,
aunque la terrible inundacin del Riachuelo no les anegara la escueta
vivienda. Ms tarde, despus de la misa, en la sala donde se cumpla la
ceremonia solemne de la inauguracin, Adriana no pudo poner atencin a
nada; oy por intervalos el cuchicheo de las personas que tena cerca de
s, el discurso de circunstancias que ley una seora, en el estrado,
junto al arzobispo, y todo aquello le produjo un efecto indefinible,
algo as como sucede a quien despierto apenas no alcanza todava a
comunicarse con la realidad. Y tal estado de su espritu no cambi
cuando la gran concurrencia apiada sali de la sala, haciendo
bulliciosos comentarios que la aturdan, y demostrando un contento que
resplandeca por igual en todas las caras. Se encontr con amigas. Tuvo
que mezclarse a sus conversaciones, responder a las preguntas y a las
alusiones gentiles; algunas le daban bromas con Muoz, otras con Julio.
Ella responda al azar, equivocndose en las palabras, y hasta salud
dos veces a un seor que le present Charito. Tena la sensacin de que
todas las gentes vivan ciegas en el mundo, asediadas por multitud de
preocupaciones triviales que las absorban y les quitaban el sentimiento
de una realidad ms profunda.

Iba cesando el rumoreo mundano. Las damas de la Comisin, despus de
conversar un rato con el arzobispo, salieron acompandole. Slo
quedaban dos o tres grupos de personas. Uno de stos lo formaban
Adriana, Luca y Julio. Charito, secretaria de la Comisin, se haba
reunido a departir todava con las damas y el arzobispo, despus de
prevenir a sus compaeras que no deban irse sin ella.

Adriana mir a Julio. La avasall un deseo ardiente de compartir con l
todo lo que se agitaba en su alma.

Pronto Luca los dej solos junto a la iglesia cuyo atrio haba quedado
desierto.

--Esccheme, Julio--comenz ella--hasta ahora nunca he alcanzado a
decirle lo que significa usted para m...

--No importa, Adriana. Las palabras hubieran tal vez empobrecido la
claridad que de usted me llega. A veces me imagino en el caso de no
verla nunca ms, y siento que continuara querindola lo mismo, siempre.
Aunque... si a usted la pierdo, Adrianita, vivir sin vivir.

--Ya lo s, ya lo s, pero esccheme, tal vez pueda expresarme... Si
ahora soy buena, lo debo a usted; seguramente es la ma una bondad
transitoria, que sin usted morira. Lo veo tan rendido a m, tan
humilde, tan bueno, cuando podra tenerme completamente dominada,
subyugada, y jugar conmigo como con una pobre criatura sumisa! No s: a
veces pienso que si yo pierdo toda clase de orgullo y de maldad es
porque usted no quiere usar del imperio que tiene sobre m. Y debe ser
esta delicadeza suya la fuerza que ms me domina. No, no se podra
querer ms, Julio, no existe dicha comparable a esta ma. A veces tengo
miedo, se me ocurre que algo ha de sobrevenir para daarnos, para
deshacer toda esta trama de ilusin. Cuando estoy sola, en casa, siento
impulsos de correr a buscarlo y sentirme suya y rechazar ese algo que
podra quitarnos la dicha que quiero. Y ahora, Julio, agurdeme aqu con
ellas. No me diga una palabra, djeme, voy a entrar en la iglesia. Voy a
rezar ahora que todo el mundo se ha ido. No, no me diga una palabra, no
podra resistir, ahora, una palabra suya.

Y corri, muy alterada, hacia el interior del templo.

Un hombre de cabeza crespa y rojiza, vestido con traje de pana, andaba
apagando los cirios en el silencio de la pequea nave. Adriana busc un
rincn de penumbra y se recogi bajo una Virgen en cuya cara pintada
groseramente haban figurado lgrimas de cristal. El hombre vino,
caminando sin ruido; con su largo palo apag, por encima de Adriana, los
dos cirios que alumbraban el pobre altar. Ella se aneg en una vaguedad
dulce y profunda. Murmuraban en su alma las sensaciones de aquellos
das, y la asalt el escrpulo de que se juntaban a la uncin de su
espritu vestigios profanos. Cerr entonces los ojos, apoy la frente en
los pies de la imagen.

Algo, poco a poco, la enajenaba, algo que ya no era sensacin ni
sentimiento, sus ideas se perdan hacia un fondo de claridad interior,
infinita; un vago canto la transport. Y la iba abandonando toda nocin
del mundo, en esta irradiacin y en este vago canto; su propio ser se
desvaneca...

Algunos minutos despus abri los ojos y se mir las manos llenas de
lgrimas que no haba sentido correr. Le pareci que haba dormido un
sueo de siglos y que en la profundidad de este sueo haba
experimentado un jbilo sin lmites, intraducible por acentos de la
tierra.

Atraves de nuevo la pequea nave. Casi no senta el suelo bajo los
pies. El hombre de cabeza crespa aguardaba a que ella saliera para
cerrar las puertas del templo.




XX


--Puedes leerla tambin, ya no quiero tener ningn secreto para ti. Has
vuelto a ser mi hermana querida.

Adriana, diciendo esto, retuvo a Raquel y leyeron juntas una carta que
le haban trado de Muoz. Le anunciaba su intencin de irse al campo,
por una temporada muy larga. "Hgame saber, conclua, si podr recibirme
en su casa. Es una splica; en caso de no obtener contestacin ir a
casa de Charito, de todos modos, esta noche, por si usted resuelve
hacerme la caridad de atender algunas ltimas palabras mas".

--Pobre muchacho!--suspir Raquel.--Pero t no debes ir, porque sera
alentarlo.

--No, no ir; no podra ir.

Y Adriana, entristecida, se cubri la cara con las manos. Pero luego,
tomando la carta se puso a romperla, lentamente, en pedacitos que echaba
al suelo, uno por uno. Y su lstima se desvaneca en la sensacin de su
dicha.

Recordando que no haban convenido con Julio dnde se veran esa tarde,
decidi ir a casa de las Aliaga. Acaso Julio estaba all. Por otra
parte, la anemia de Laura le haba dejado una penosa preocupacin. La
recibi Carmen con aire muy alegre; pero esquivando su mirada pareca
reprimir con trabajo las ganas de rer.

--Jos Luis, dijo al fin, viene ahora casi todos los das, sabes?

La alegra ilumin tambin la cara de Adriana. Carmen comenz entonces a
rer con todas sus ganas.

--Se ha reconciliado con Laura?

--No, por qu se te ocurre eso?

--Si dices que viene ahora todos los das...

--Pero Laura no es la nica que puede inspirar amor... Imagnate: ahora
me festeja a m!

--Te festeja a ti!

--S; Laura ya no le interesa... Pero por qu te pones triste?

--Oh, no, no! Y Adriana le tom las manos, procurando tambin rer.

--Los muchachos como Jos Luis--prosigui Carmen--sirven para distraerle
a una la pena del gran amor que nos hace falta. Es muy posible que venga
hoy.

Hablando as la llev a su cuarto. Se mir en un espejo, atentamente, y
con la punta del peine hizo caer sobre la blancura mate de su frente una
ligera mecha del fino cabello dorado. Se puso despus un poco de rojo
en las mejillas y humedeci sus labios con agua de rosa.

--Ves como estoy as ms linda? No creas que tengo costumbre de
pintarme; solamente me pinto cuando estoy demasiado plida, como hoy,
por una razn esttica. No hago ms que igualarme, igualar mi cara a la
que tengo los dems das. Volviendo a Jos Luis, yo no pienso hacerle
caso. Pero me hace mucha gracia orle decir aquellas mismas cosas que en
otro tiempo eran para Laura. No ha cambiado de vocabulario. Tiene todo
un catlogo de galanteras preciosas. Pero vers. Ayer nos habamos
quedado solos. Empezaron las palabras dulces. De repente le
interrumpo:--No, no quiero que me diga "eso". Se qued l
asombrado.--Por qu, Carmencita?--Porque "eso", textualmente, ya se lo
escribi usted a Laura en una carta hace aos. Se puso todo colorado. Un
poco de caso le estoy haciendo, claro est. Pero no creas que Laura se
ha resentido. Al contrario, me estimula. Sabes que ahora tampoco la
comprendo a Laura? Algo raro debe pasarle. Creo que a Jos Luis le tiene
desprecio. Y est delgadsima, la pobre. Hoy llamamos al doctor Castro
Fernndez. Nos dijo que la anemia se agrava y que conviene llevarla al
campo, en cuanto empiece la primavera.

Adriana sinti que el corazn se le oprima.

--Ah, cmo has podido rerte as!--murmur casi sin voz.

Carmen tambin se entristeci. Pero pronto, animndose de nuevo:--Laura
y Zoraida estn ahora arriba con abuelita. Vamos nosotras al cuarto de
Laura. La vi escribiendo hoy por ms de una hora, en su diario. Puede
ser que hallemos la llave del armario... Comprendes?

Subieron. El diario estaba all, sobre la mesita escritorio; Laura haba
olvidado guardarlo.

--Qu casualidad divina!--exclam Carmen; y en seguida, vidamente, se
dispuso a leerlo. Adriana se sent junto a ella, pero sus manos
temblaban. En las hojas de aquel ancho cuaderno de satinadas tapas
negras, presenta una dolorosa revelacin.

En tanto Laura, recordando vagamente que haba dejado el diario en la
mesita, bajaba la escalera del vestbulo. Pero se par, indecisa, como
retenida por una preocupacin. Los hermosos ojos se quedaron mirando el
vaco, con aquel su modo de juntar la negrura de las pupilas con la
negrura de las pestaas. En su cara se haban afilado las lneas de la
nariz, las sienes acusaban finamente el rasgo de las venas azules.
Pareca una cara tallada en marfil.

Abajo el pesado pndulo del reloj llenaba la amplitud del vestbulo con
un ruidito inquieto, triste.

Laura sigui bajando. Pero cuando ya se diriga a su habitacin, donde
hubiera sorprendido a las lectoras de su diario, oy sonar el timbre de
la puerta de calle. Entr Julio.

No cambi la mirada de Laura.

--Quiere subir ya? Algo enferma est hoy abuelita. Por qu tantos das
sin venir?

Y su voz, arrastrando ligeramente las slabas, tena un dejo resignado,
manso.

Se sentaron.

--Usted tambin est enferma--murmur Julio. Y mientras la iba
observando, el sufrimiento de Laura se comunicaba a su semblante.

--Hoy Adriana no est, dijo ella. Hace das que tampoco viene... Ojal
llegara...

--Por qu, Laura?

--Se querrn ya tanto, usted y ella!

Era la primera vez que Laura, hablando con Julio, aluda a esta
pasin.--Tal vez a usted le sorprenda orme hablar as... o ms bien...
debe haberle llamado la atencin de que nicamente yo no le diese nunca
una broma con Adriana. Confiese que le ha sorprendido.

--Me hizo pensar, ms bien...

--Lo inquiet? Qu tontera! Yo esperaba, para darles bromas, y para
ayudarlos, que se enamoraran los dos completamente. Antes de resolverme,
en un asunto tan grave, quera comprobar que se trataba realmente de un
gran amor.

--Esperaba usted eso... Y en caso...

--S, eso, convencerme de que haba sobrevenido, para ustedes dos, la
pasin ideal; que usted le dara efectivamente esa dicha que slo se
realiza para una muchacha entre miles que la hemos soado y la estamos
soando con el mismo deseo, con la misma ternura... En fin, usted
penetra en las almas con tanta fineza... Yo s porqu se queda callado.
Me hace gracia. En sus ojos lo estoy leyendo todo, Julio. Hasta la pena
de seguir mirndome, para no traicionarse. Soy una perversa, le estoy
sugiriendo cantidad de cosas que naturalmente le hacen sufrir. Es que me
aburra tanto, hoy, y esta idea de que me llevarn al campo, por la
anemia... Y como me aburra, me propuse hacer una experiencia; pero todo
es broma... Ahora, seriamente: antes usted era para m un amigo mejor,
ms franco, ms bueno; los dos conversbamos con frecuencia, y llegu a
verlo como mi amigo nico, un amigo insustituible, casi como un
refugio... Ya ve, sta s que es una gran confesin.

--Y he dejado de ser su amigo?

--Por lo menos ya no es el mismo. Yo me explico muy bien su adoracin
por Adriana, y yo a ella la quiero tambin, con toda mi alma. Y en mi
cario de amiga hay adems un mrito que no tiene la adoracin suya...
Un mrito que usted ha de ignorar siempre...

--Ahora, Laura, usted me habla con ese modo de intimidad que me gustaba
tanto... en las raras veces que usted me la conceda... Pero por la pena
de verla tan delgada y con esa carita de enferma, no puedo hacerme toda
la ilusin de que la amistad antigua contina.

--Es por otra cosa que no puede hacerse la ilusin. Pero no importa, me
parece divino que hablemos encerrados los dos en la reminiscencia de
esa intimidad antigua.

Un brillo de febril alegra anim en un relmpago los ojos de Laura.

--Acaso ya no somos los mismos?

--Yo s, Julio.

--No hablemos con enigmas. Usted cree, Laura, que mi amor por Adriana...

--Su amor por Adriana? Ah! Usted anda despistado. Est imaginando
cosas que no tienen ningn fundamento. Nada hay de lo que usted
sospecha. As, es intil que me hable con ese modito de lstima.

--Pero qu sospech yo? Le pido, le suplico que me hable con sencillez.

--No puedo hablarle con sencillez.

--Yo sospech?...

--La sencillez sera el silencio, y por demasiado tiempo he hablado en
esa forma. Tambin tiene su atractivo hablar complicadamente. Porque
todo cansa, Julio, hasta la poesa del silencio. Cmo le gusto ms?
Silenciosa o habladora? Crame que estoy azorada y que me desconozco.
No me so nunca semejante conversacin. No haga caso, Julio. Hablo as
por la alegra de volver a conversar con usted.

--Y sin embargo desea, me lo ha dicho, que llegue Adriana.

--Y usted tambin, Julio! Usted ms que yo... Si llega, no la dejaremos
subir. Nos quedaremos aqu, los tres, conversando sinceramente, hasta
confesar la intimidad ms ntima de nuestros corazones. Le propongo una
cosa que ser muy original: repetirle a ella hasta la ltima palabra de
nuestro dilogo, y despus decir todo lo que pensamos y todo lo que
sospechamos. Ser divino. Y entonces ya ver usted que sospech mal...
Si "eso" fuera cierto, se imagina que yo se lo hubiera dejado adivinar
nunca?

--Adivinar que usted pudiera quererme?

Laura, sorprendida por la inesperada pregunta, baj los ojos y se puso a
rer; sus mejillas se haban coloreado.

--"Eso" sera un secreto mo que no podra sospechar usted nunca,
suponiendo que fuese cierto.

--Y no es cierto?

--Claro que no, Julio.

Y Laura, excitada, embelleca extraordinariamente. Sus ojos arrojaban un
brillo cada vez ms febril.

--Laura! llam Zoraida desde arriba.

--Qu quieres, Zoraida?--pregunt ella con tono de jbilo.

--Con quin ests?

--Con Julio. Ya iremos.

Luego, subiendo la escalera, su rostro recobr la calma, y dijo a Julio
en voz baja:--Ya ve usted que no hay motivos para sufrir, ni usted ni
yo. Ha sido una suerte que Zoraida llamase... He pasado unos das de
pena muy ntima, tanto que tal vez hubiese concluido por desahogarme,
por decirle toda la verdad... Que lo quiero como a un hermano... o
todava ms que a un hermano.

Ya llegaban. Se par:--Por eso voy a pedirle una cosa, un favor...
escuche, no entremos todava. No dejen pasar tanto tiempo sin venir,
usted y Adriana. Y cuando se casen... no nos olviden tampoco, vengan
siempre, vengan, por favor. Promtalo que vendrn, por lo menos en los
primeros meses...

Y Julio, mudo, la contemplaba con un asombro triste.




XXI


Carmen apoy las manos sobre las pginas abiertas del diario de Laura,
para impedir que Adriana leyera ante todo, como pretenda, algo de las
pginas ltimas.

--Por favor, Carmen, slo tres lneas, para sacarme la curiosidad de lo
que ha pensado ahora, sobre la vuelta de Jos Luis...

De pronto se arrepinti de haber venido ese da.

--Tengo miedo, murmur, ella podra aparecer, sorprendernos... Oye, creo
que ha entrado alguien; estn hablando.

Se levantaron, pero Carmen oprimiendo contra su pecho el diario abierto.
Alcanzaron a escuchar la voz de Laura y Julio que conversaban muy cerca,
en el vestbulo.

--Ya irn a la pieza de abuelita.

--Quin sabe... dejemos esto. Es una mala accin.

Aguardaron algunos minutos hasta que les oyeron subir llamados por
Zoraida.

--Dejemos esto, suplic Adriana casi trmula.

--Entonces he de leerlo sola. Debe ser todo una novela.

--Lee, Carmen.

Empezaron:

* * *

"Septiembre 22 de 19...

"Hace varios das conoc a Jos Luis Aguirre. Presiento, no s por qu,
una pasin. Dios quiera que sea la nica de mi vida y no se cumpla ese
mal augurio de Zoraida. Dice ella que para nosotras slo puede haber
amores desdichados. Lo repite tanto que ha llegado a darme un poco de
susto. Adems, all est el recuerdo de mamita. No importa; si Jos Luis
llega a quererme, yo le corresponder. Qu suave y qu raro es el
comienzo del primer amor! Siento que pronto me dominar la delicia de
adorarlo..."

--Por favor, Camucha--interrumpi Adriana--no leamos ms, yo s por qu
te lo digo. Dejemos esto.

--No, ests loca. Y te has puesto plida! No tengas miedo, tonta.
Despus subimos. La miramos con cara de muy inocentes y nunca llegar a
sospechar nada. Oye; yo la mirar as, bien en los ojos; se me conoce
algo?

Y sigui leyendo:

"...me dominar la delicia de adorarlo. Ta lo ha invitado a pasar una
temporada en la estancia, para el verano. El ao pasado estuve all. Me
distraje leyendo _Ivanhoe_ y _Romeo y Julieta_ y pensando en lo que
poda guardar para m el porvenir. Qu idea absurda la de Zoraida! La
vida es amor, nada ms que amor".

"Ayer he cumplido quince aos".

* * *

Carmen levant los ojos pensativa: Yo pronto cumplir veintiuno y el
gran amor no viene...

--Lee, por favor.

En las pginas que seguan, Laura contaba larga y minuciosamente su amor
con Jos Luis. Lo ms conmovedor eran las interpretaciones que ella
haca respecto de cualquier frase que le escuchaba; siempre Laura les
prestaba una significacin que no tenan, por embellecerlas y dejar que
recayera sobre l un mrito ms alto.

Carmen se interrumpa, para comentar cada cosa del manuscrito. Pero
Adriana la apuraba con impaciencia, angustiada; ya no hubiera podido
arrancarse a la ansiedad con que devoraba los secretos de Laura. El
diario, despus de referir las dolorosas consecuencias que tuvo la
intervencin de Zoraida, apareca con una pgina en blanco.

Luego se reanudaba, segn la fecha, siete aos ms tarde.

* * *

"5 de junio de 19...

"Podra asegurarse que la intervencin de Zoraida ha sido realmente un
mal para m? Jos Luis no brilla en mi recuerdo con el prestigio de
antes. Volvera a quererle, si las circunstancias lo trajeran otra vez
aqu? No lo creo. Aquello ha muerto para siempre. Ms todava: muchas
veces cuando releo las dos cartas suyas que no quise devolverle, y
cuando ahora pienso en su cario y en las cosas que deca, me cuesta
trabajo concebir cmo l pudo llegar a trastornarme tanto. Hay alguna
espontaneidad, alguna frase sentida entre otras muchas vulgares y de mal
gusto, tontamente literarias..."

* * *

--Oh! Y a m que me parecan divinas!--exclam Carmen. Estara yo
enamorada, tambin?

--Cllate, Camucha, no tenemos tiempo de conversar ahora. Hagamos los
comentarios despus.

Continuaron leyendo:

"S, acaso debo ms bien agradecerle a Zoraida lo que hizo entonces.
Acaso... No puedo saberlo todava. El porvenir vuelve a espantarme".

* * *

Seguan muchas pginas referentes a un perodo de indecisin,
reflexiones escritas sin la sospecha siquiera de que otros ojos que los
suyos pudieran leerlas nunca; el alma de Laura asomaba por ellas con
toda su gracia interior, como una vestal que descubriera sus hechizos a
la luna. Adriana las lea con encanto, sus ojos y sus labios sonrean.
Pero pronto le volvi la inquietud. Laura contaba sus impresiones de
Julio.

* * *

"12 de noviembre.

"Julio se qued anoche hasta muy tarde. Retradas como vivimos, su
compaa nos resulta inapreciable. Es un amigo leal. En realidad, no
creo que puedan encontrarse fcilmente muchachos as. Lo digo pensando
en los mismos parientes nuestros, aunque slo de tarde en tarde nos
tratamos con alguno, y por los amigos que suele traer Eduardo. Hay en
ellos no s qu de superficial o de incomprensivo. Cmo dir? Aunque
sean inteligentes, carecen como quiera que sea de suficiente tacto
espiritual".

* * *

"22 de noviembre.

"Eduardo tiene de Julio la ms alta opinin. Todava ms alta es la
opinin ma. Qu interesante y qu bueno es! Me hace mucha gracia
cuando la pelea a Camucha, por broma. Pero ella es viva y le contesta
con habilidad.

"Hoy, cuando l vino, se haba puesto en una postura romntica, el codo
en la rodilla y la cara apoyada en el dorso de la mano. Julio la compar
con "El Pensador" de Rodin. Ella se qued callada.

--"Una pena de amor?

--"Peor que eso, Julio. Me ha pedido Lorenzo en matrimonio, y Zoraida no
sabe qu contestar.

--"Lorenzo... Lorenzo...--Julio quera recordar. Haba odo ese nombre
varias veces en la casa.

--"Dile quin es, Laura, para que l nos aconseje.

"Le dije quin era, un viejecito algo opa, que fue pen en la estancia
nuestra.

"Y Camucha, sin cambiar de postura, le explic muy seria:

--"Figrese, Julio; cuando Zoraida era criatura la llev en los brazos,
y ahora quiere llevarme a m al registro civil.

"En realidad, yo creo que si en vez de Lorenzo la pidiera Julio...
Quin sabe! Es capaz de estar un poquito enamorada. Por eso pelean".

* * *

Carmen suspendi la lectura para protestar vivamente.

--Qu desatino! No lo creas, Adriana, no lo creas. En todo caso a ella,
tal vez, en aquel tiempo, le gustaba Julio.

Adriana suspir y la oblig a continuar, volviendo otra hoja del
manuscrito. En su cara haba cada vez ms ansiedad, ms angustia. Pero
el manuscrito se interrumpa nuevamente, para reanudarse tres meses ms
tarde.

* * *

"4 de marzo de 19...

"Cunto tiempo sin escribir en mi diario! Estoy desganada, triste. Algo
raro pasa en m. Ni quiero pensarlo. Pensar es inquietarse, sufrir".

* * *

"5 de marzo.

"Qu cosas lindas ha dicho Julio esta tarde, as, al azar de la
conversacin! Y no acostumbra, como suelen hacerlo otros hombres
inteligentes, abordar asuntos difciles para demostrar que viven en un
mundo de ideas superiores. Al contrario, nunca le he odo hasta ahora
hablar sino de temas que nosotras comprendemos. Ese tacto que tiene su
alma es lo que en l ms me gusta. Hoy, por ejemplo, nos habl de un
autor ruso, Nicols Gogol. Nos ha hecho vivir durante media hora en un
mundo de cosas primitivas y al mismo tiempo misteriosas, de seres raros,
de sentimientos toscos y grandes. Y l, generalmente tan sereno, tan
despreocupado, se apasion. Este muchacho no podra enamorarse de una
manera vulgar. Camucha estuvo graciossima. A toda costa quera que
Julio continuara hablando.--Ms, ms!, le deca; y quera seriamente
obligarle a seguir".

* * *

--Me acuerdo muy bien, dijo Carmen, interrumpiendo de nuevo la lectura.
Y como yo as le peda que siguiera hablando, nos cont un cuento jocoso
de ese mismo autor, titulado "La Nariz", sobre un panadero que un da se
despierta, se mira al espejo y observa muy asustado que ha perdido la
nariz. Y entonces, la mujer del panadero...

--Oh, Camucha, despus me lo contars! Ahora sigamos, que ella puede
venir de un momento a otro.

--S, despus te contar, te morirs de risa.

* * *

"9 de marzo.

"Por qu conmigo no bromea nunca? Al contrario, me habla con seriedad.
No deja de preocuparme esa curiosa diferencia que establece entre
Camucha y yo. A Zoraida, en cambio, la trata... cmo dir? con una
especie de trmino medio: ni le da bromas ni la habla con esa carita tan
seria...

"S, porqu viene tan seguido a casa? Por alguna de nosotras? Camucha,
a la menor sospecha se entusiasmara en seguida".

--Y ella?--salt Carmen. Te crees que ella no estuvo tal vez enamorada
de Julio? Cmo se explicara, si no, esa manera de apuntar tan
minuciosamente todo lo que a l se refiere?

Adriana no la mir, no habl. La mano le temblaba sobre el manuscrito
abierto. Iba surgiendo, desgraciadamente, la revelacin temida, aquello
que fuera slo indecisa sospecha, ligero fantasma rechazado siempre,
pero que no haba cesado de rondar invisible, a sus espaldas. Su alma se
llen de desesperacin. Y cmo era posible que Carmen no comprendiera
todava?

* * *

"16 de marzo.

"Largo rato estuve hoy hablando con Julio, slos. Me comprende bien.
Qu clase de sentimiento es este que se va formando entre nosotros?
Una muy delicada amistad, tal vez... Su voz parece que tuviera un
alma".

* * *

"25 de marzo.

"Se dira que Julio Lagos no es feliz. Idealista, demasiado idealista.
Se queda encantado cuando yo le cuento alguna intimidad ma. Alguna
intimidad disfrazada, naturalmente. Le dejo ver un chiquito de mi alma,
alguna rareza ma, y despus me asusto de que l pueda adivinarme toda".

* * *

"28 de marzo.

"Hemos jugado anoche a la lotera por moneditas, con Julio y varios
muchachos que tambin estuvieron. Pero Julio y Eduardo nos dejaron
temprano. Claro, la lotera resulta un juego tan tonto, y tenan tan
poca gracia los chistes que haca uno de los muchachos. Y comenz por el
chiste ms desagradable: sentarse al lado mo, cuando Zoraida le haba
ya indicado ese asiento a Julio".

* * *

"21 de abril.

"Hace dos semanas que Julio no viene. Por qu? Es cierto que antes
estaba a lo mejor meses enteros sin venir. Sin embargo, ahora lo
extrao, lo extrao mucho".

* * *

"22 de abril.

"Hoy nos visit Adriana Zumarn. Estuvo una vez el ao pasado y entonces
fue una gran sorpresa para nosotras. Yo me pregunto si ella sabr o no
lo que pas con su pap.

"Ser una gran amiga. Sin embargo, su visita me ha dejado triste".

* * *

"30 de abril.

"Anoche Julio nos ley, a Carmen y a m, _Ligeia_ de Edgardo Poe. Cmo
siente y hace sentir las cosas realmente divinas!

"Seguramente Julio no se enamorar nunca, si no encuentra en el mundo un
ser as, sobrenatural, como Legeia. Afortunadamente, no hay Ligeias..."

* * *

"3 de mayo.

"Hoy volvi a visitarnos Adriana Zumarn. La llev a mi cuarto, le
mostr mis libros, le prest uno. Estuvimos conversando mucho. No podra
soar, como amiga, nada mejor. Tambin a Zoraida y a Carmen les gusta
mucho. Abuelita nos ha reprochado que no se la hubisemos llevado, para
verla. Ella conoci mucho a los bisabuelos de Adriana".

* * *

"12 de mayo.

"Ya somos con Adriana las ms ntimas amigas. Qu admirable su
espritu, su modo! Nos queremos entraablemente. Hay en ella una
sensibilidad finsima. Todos los elogios seran pocos para ella".

* * *

"13 de mayo.

"Decididamente Julio nos ha olvidado. Dir a Camucha que le escriba?

* * *

"14 de mayo.

"Finalmente Julio ha vuelto. Lo hemos cargado de reproches, sobre todo
Camucha. Zoraida tuvo que reprenderla por una broma bastante atrevida
que le dio. Y ella lo hace de inocente, porque no se da cuenta de lo que
significan ciertas cosas. No contenta con eso se puso a contar un sueo
rarsimo, lleno de disparates tan atrevidos, que Zoraida y yo nos
pusimos coloradas. Y Julio, cmo se rea!

"Al fin no dio ninguna explicacin del por qu haba faltado tantos
das. Alguna aventura, con seguridad.

"Zoraida lo ha invitado para maana a comer".

* * *

"15 de mayo.

"Mientras oamos la msica de Zoraida, en el piano, Julio me ha mirado
mucho. Yo me finga absorta en la msica. Como una puede ver sin
necesidad de mirar, not que l no cambiaba de expresin, me miraba y
sin embargo pareca distrado de m.

"Tengo siempre un miedo mortal de decir alguna cosa que le desilusione o
que no corresponda a la idea pura que debe haberse formado de m. Que no
le soy indiferente, es seguro. Pero procura descubrirme, tal vez le
intrigo algo. Quisiera confiarme a l, contarle cosas de mi alma... Pero
no puedo. A veces sufro cuando nos quedamos solos.

"El gran problema a resolverse es este: si el final desdichado de mi
amor con Jos Luis ha sobrevenido para darme la ocasin de una felicidad
ms grande, ms verdadera, la nica, la indecible felicidad que sueo, o
al contrario, para hacer que caiga sobre m una desdicha todava ms
irreparable y ms triste".

* * *

Ambas levantaron los ojos del manuscrito y se miraron con desolacin.
Adriana sinti que el corazn se le desgarraba.

Le pareci que el fantasma temido tomaba formas y se sentaba frente a
ella, familiarmente, con una sonrisa de curiosidad irnica bajo la
sombra capucha.

Siguieron leyendo.

* * *

"20 de mayo.

"Yo le demuestro ahora una gran indiferencia. Me aterra la idea de que
l adivina las preocupaciones mas. Me aterra, tambin, que yo pueda
enamorarme intilmente. No debo ser el ideal de Julio. No existe su
ideal.

"Cualquier galantera suya me halaga de un modo indecible. No puedo
creer que mi cario por l est condenado a vivir ocultamente, para m
sola".

* * *

"22 de mayo.

"Esta tarde, con gran espontaneidad, me habl de su vida, de su
infancia, de lo que ha buscado intilmente cuando cort sus estudios y
viaj por Europa. Para realizar grandes cosas slo le ha faltado un amor
que le diera alas. Es un idealista imposible. Sus confesiones me
impresionaron, claro est, porque yo tambin soy una idealista
imposible. Tuve que bajar los ojos y luego fingirme distrada, para que
l no pudiese advertir la exaltacin que me producan sus palabras. Mi
actitud le ha sugerido seguramente una idea errnea. Me dio cierta
lstima cuando not que la incomprensin ma le haca sufrir. Es curioso
lo que sucede entre nosotros. Yo lo desconcierto sin querer. Es que yo
misma tampoco s qu pensar con respecto de m. No responde a coquetera
ni menos a clculo mi modo de ser. Pero existe en el interior mo una
muy curiosa inconstancia: de pronto me posee un deseo ardiente de que
nuestra amistad se convierta en amor, y al rato rechazo como absurdo
semejante anhelo y prefiero prolongar indefinidamente esta situacin
ambigua, para que l pueda seguir aadiendo a los encantos que tengo los
hechizos que me faltan. Cmo debo haber embellecido en su imaginacin!
Si sobreviniera la intimidad sentimental con l, tendra que despedirme,
a la larga, de las mejores prendas con que l me adorna; en cambio, como
no s hablar, las prendas que realmente poseo quedaran invisibles, de
todos modos. No podr nunca, por ejemplo, describirle un ngel que se
posesiona de m cuando en l pienso..."

* * *

"27 de mayo.

"Ya nada puedo esperar y acepto lo que disponga Dios. Vino Adriana, y
Camucha nos hizo bajar a Julio y a m; se miraron con curiosidad, ella y
l; pude notar en los dos, el deseo de hablarse, de tratarse
ntimamente".

* * *

"4 de junio.

"Hoy he pasado dos horas con Adriana, conversando sin interrupcin, de
mil asuntos y de Julio. Con qu naturalidad habl de Julio! Ella ni
nadie hubiera podido sospechar que se trataba de mi pasin. Le dije que
era nuestro mejor amigo, nuestro nico amigo de verdad, lo puse por las
nubes. No s por qu lo hice. Mientras hablaba, comprenda muy bien que
mis palabras le aumentaban el prestigio. En m existe una necesidad muy
inexplicable de atarme a ella. La acaricio y la beso con una especie de
sinceridad dolorosa".

* * *

"5 de junio.

"El pensamiento de que Adriana y Julio pueden enamorarse, ha hecho
avivar mi pasin. Ahora, s, es una verdadera pasin. Lo veo de continuo
en mi pensamiento, lo siento en mi alma y me cantan en los odos las
palabras que lleg a decirme. Estoy arrepentida de no haber precipitado
las cosas entonces; para entrar en su alma con ms prestigio, hice
demasiado misterio y conclu por sugerirle, acaso, la idea de que se
estaba l engaando y de que yo careca de capacidad para el gran cario
soado. Cuando l buscaba la intimidad ma, cuando con tanta reserva y
tanta habilidad procuraba vencer mi resistencia tonta, yo, en vez de
sonrer enigmticamente deb abrirle mi corazn. Qu jbilo hubiera l
tenido, con qu abandono nos hubiramos puesto a querernos!"

* * *

"6 de junio.

"No est todo perdido. Qu mal hice de ponrselo yo misma por los ojos!
En adelante ya no le hablar ms de Julio. Realmente no tengo motivos
para pensar que mi felicidad se ha desvanecido. Han vuelto a encontrarse
hoy. Ni en l ni en ella he notado nada de particular. Hasta se han
hablado con cierta indiferencia. Seguramente el otro da yo he visto
visiones. Ella hoy se fue temprano. El saludo que se hicieron slo
demostraba afecto amistoso. Claro est que si cometo la torpeza de
pintrselo como un hroe, ella no podr menos que enamorarse.

"Decididamente mi opinin es esta: con el recuerdo de la ocasin en que
se hablaron con tanta galantera, el ao pasado, los dos se haban
llenado la imaginacin y deseaban volverse a ver; se vieron y la pasin
no se produjo. Yo deseo infinitamente que as sea. La esperanza de mi
vida volvera a brillar.

"Sin embargo, si esa indiferencia no fuera sino fingida, en los dos...

"Nada hay peor que esta clase de incertidumbres. Para distraerme, para
arrancarme un poco la preocupacin, acompa a Camucha al taller de
repujado que tiene una profesora francesa. Son muchas las seoras y las
nias que aprenden ese trabajo. Camucha est en la tarea muy seria de un
bargueo. Quin sabe cundo lo terminar, porque no permite que nadie la
ayude. Ella se lo piensa regalar a abuelita, y la verdad que el bargueo
hara juego con el armario y con la cmoda. Yo desde el lunes tambin
comenzar a ir".

* * *

"11 de junio.

"Hoy Adriana trajo violetas, que Zoraida puso encima del piano. Nos
quedamos conversando, todos. En cierto momento Julio se levant, y
pasando junto al piano, se detuvo a mirar las flores. Fingiendo que
aspiraba el perfume, las toc con los labios. Lo hizo tal vez
distrado".

* * *

"12 de junio.

"Tengo un gran desgano para todo; no he querido ir al taller de
repujado. Me sorprenderan a cada rato dejando el punzn para ponerme a
pensar. Cuando tomo un libro, obligndome a m misma a leer, ocurre que
al poco rato ni s lo que estoy leyendo. Comenc una novela que, segn
dice Zoraida, es interesantsima. No he podido pasar del segundo
captulo. Han dejado de interesarme, ahora, los dramas puramente
imaginados y la hermosura del estilo me entristece, no s porqu.

"No puedo quitarme la visin de Julio cuando toc con los labios, como
distrado, las violetas de Adriana.

"Hasta los dramas reales han dejado de interesarme. Hoy Camucha entr
corriendo para contarnos cmo acaba de romperse el compromiso de una
prima nuestra que iba a casarse el mes que viene. Una cuestin de
intrigas, complicadsima, y ella que amenaza con envenenarse. Una hora
estuvo Camucha contando los detalles. Yo la oa sin escucharla. Entonces
sucedi algo cmico. A propsito de lo que contaba reclam mi
opinin.--A ti te parece, dime?--S, Camucha, le contest al azar.
Todos pusieron una cara de sorpresa.--Entonces t lo defiendes, a ese
pillo? Yo haba aprobado, sin vacilacin, inconscientemente, la actitud
del novio indigno".

* * *

"13 de junio.

"Anoche casi me desmay. Se trata de algo tan penoso y desagradable que
no puedo arrancarme a la impresin. He dado al hecho mayor trascendencia
de la que tiene, porque en realidad puede importarme algo, ahora, que
Julio sepa o no sepa mi asunto con Jos Luis? Acaso abrigo todava
esperanzas? Estbamos en el comedor conversando, cuando a Camucha se le
ocurri hablar de mi antigua pasin por Jos Luis. Yo sent como si me
dieran un golpe en el pecho y no pude dejar de mirar a Julio. Not muy
bien en su cara una pequea sorpresa y tambin se me ocurri que la
noticia le produca algo as como un desencanto. Me habr puesto
demasiado alto, me habr figurado inasequible cuando pareca festejarme?
Todo esto se junta en mi alma con reflexiones oscuras y me sera difcil
escribirlo. Pero no me cabe duda de que l, al notar cmo yo me
conturbaba, fingi no or la frase de Camucha. Para qu fingi? Sabe
que yo lo quiero? Lo adivin en ese momento al pensar, lgicamente, que
yo le haba ocultado esa pasin? No puedo salir de las conjeturas".

* * *

"14 de junio.

"Por qu se habrn conocido? Tal vez ella hubiera sido feliz con otro.
Yo, en cambio, sin l estoy perdida. Lo que me mata es una duda egosta.
Tengo el deseo, la esperanza ltima, de que no lleguen a un amor
duradero. Me pongo a pensar, a meditar horas y horas sobre qu clase de
sentimiento puede haber entre ellos. Dicen que una pasin violenta pasa
pronto; en tal caso, ojal se quieran con la pasin ms ardiente, hasta
la locura, ojal lleguen a los minutos de la dicha ms grande, a la
embriaguez de la dicha, ojal sean felices como jams podra serlo
nadie. Mi alma, mi corazn, los bendecir. Y despus, despus... que el
uno al otro se dejen para siempre. Yo entonces lo llamar, yo misma lo
llamar; y si ha quedado triste, mi consuelo ser como una dulzura
tibia, tomar para l una delicadeza de lirio, y ser tan ntegramente
suya que nada podr nunca ms separarnos!"

* * *

"30 de junio.

"Por qu vienen ahora con tan poca frecuencia? Estoy segura de que se
ven en otra parte. Se me ocurre que ella ha sospechado.

"Y yo conservo por Adriana, cosa curiosa, una simpata ntima, mientras
comprendo que toda la desdicha me viene de ella. Ya ni yo misma me
entiendo. Hubiera preferido mil otras rivales. Es muy extrao que no la
pueda odiar ni tampoco dejar de quererla mucho. Si ella supiera el amor
mo por Julio, estoy segura que tampoco me perdera el cario. Al
contrario y yo le dara una lstima!

"Es una verdadera pena que se hayan conocido".

* * *

"18 de julio.

"Si mis hermanas comprendieran lo que me hacen sufrir con sus alusiones
a Jos Luis! Parece que llegar pronto. Yo lo espero con indiferencia.
Estoy segura que no sentir ninguna emocin al volverlo a ver. Me
mostrar con l tan amable como ellas; si es posible, ms. Se
sorprender mucho de no ver en m sino la sonrisa amistosa. Pensar que
finjo, que me han hecho coqueta. Le parecer as ms interesante.

"He tenido un susto, nunca en mi vida he tenido un susto igual. Esta
tarde, en vez de guardar mi diario en el cajoncito del escritorio como
hago siempre, lo dej bajo el almohadn para seguir despus escribiendo.
Pero vino Adriana, y ms tarde Julio. Camucha, no s para qu, los trajo
a mi cuarto. Despus se sent en la cama y empez a jugar con el
almohadn. De repente me acord que all estaba mi diario. Camucha es
irreflexiva, no tiene conciencia de la gravedad de ciertas cosas. Corr
en seguida, saqu a Camucha de mi cama y me sent apoyando la mano en el
almohadn. Todos me miraron sin saber lo que me estaba pasando. Para no
parecerle a Julio una "tocada", saqu el diario y fui a guardarlo en el
cajoncito.

"Pero Carmen se viene detrs mo a las calladas, me lo arrebata, sale
corriendo y desde el vestbulo se pone a llamar a gritos: "Julio!
Julio! El diario de Laura! Venga!" Yo me precipito, pero todos salen
tambin detrs mo, y Julio, Zoraida y yo la acorralamos a Camucha
contra la baranda de la escalera para quitrselo. Ella se defiende y
quiere entregrselo a Julio. Yo la abrazo a Carmen para hacrselo
soltar, pero con la agitacin y con el miedo, me faltan las fuerzas.
Llamo a Juana, la sirvienta, en mi auxilio. Todos gritamos. Por encima
de mi cabeza Carmen levanta el brazo, tira el diario y Julio lo caza en
el aire.

"Sucedi todo en un abrir y cerrar de ojos. Yo me qued fra, mirando en
las manos de Julio estas pginas que contienen, desnudas, tantas cosas
ntimas y ardientes que a l se refieren.

"No s si tuvo Julio la intencin de abrirlo. No s si lo hubiera hecho.
Pero yo deb poner tal cara, con el susto, que dej de rer y me lo
entreg. Me habr traicionado? Habr l adivinado?

"Tampoco Adriana se rea".

* * *

"3 de julio.

"Hace ya quince das que no viene. Qu tristeza! Estoy adelgazando
mucho. Dicen que es anemia.

"Esta maana me qued un buen rato delante del espejo, mirndome en los
ojos, fijamente. No podra escribir lo que sent. Me pareci leer, en el
fondo de mis ojos, mi destino. Les ped una expresin de esperanza, y
slo vi negrura. Ahora he perdido hasta la dulzura de la resignacin".

* * *

"19 de julio.

"Me ha visto otro mdico. Estuvo examinndome durante una hora. Creo que
se sorprendi, como el doctor Castro Fernndez, de no encontrar
vestigios de tuberculosis. Dice que tengo pulmones de roble. Qu
exageracin! Pero tambin recomend que me llevaran a la estancia o
sino a Mendoza, por el clima.

"Yo creo que me agravo tanto porque no me desahogo, porque no digo a
nadie la pena que me mata. Claro que si los mdicos supieran esto no
andaran tan despistados. Castro Fernndez pregunt, es cierto, si no
haba pasado disgustos, pero yo lo mir riendo, a todos los mir riendo.
Y al mdico se le fue en seguida la sospecha".

* * *

"22 de julio.

"Camucha me seal en el diario la noticia de que Jos Luis ha llegado
de Europa hoy. Gran indiferencia ma que a Camucha sorprendi muchsimo.
Dice que hago "pose".

"Seguramente Jos Luis nos visitar".

* * *

"24 de julio.

"Adivin: hoy nos visit Jos Luis y anuncia para pasado maana otra
visita.

"Lo recibieron Camucha y Zoraida. Yo demor bastante para salir. Habr
credo que era por arreglarme. Segn dice Camucha, l no poda disimular
su impaciencia. Despus, como estaba invitado a una comida en la
Legacin de Espaa, no hemos tenido tiempo de conversar mucho. Se mostr
inquieto por mi palidez, nos aconsej un viaje a Europa.

"Me ha sucedido con Jos Luis lo que yo prev, lo que yo saba. Un poco
de curiosidad por ver cmo haba cambiado su cara y para explicarme el
motivo de haberme enamorado tanto, en aquel tiempo. Ahora tengo casi la
impresin de que no fue pasin ma".

* * *

"Agosto 5 (11 p. m.).

"Como el mdico ha ordenado que me acueste temprano, ellas ahora todas
las noches, para obligarme a obedecer, se privan de hacer sobremesa y de
quedarse, como antes, levantadas hasta tarde. Se han puesto en cama y
toda la casa est a oscuras, menos aqu, en mi cuarto. Con tal que no se
despierten. Qu raro me parece estar as, sola completamente, a esta
hora, mientras todo el mundo duerme! Es como si esto fuera la soledad de
mi vida misma. Pero en medio de este silencio, tengo en m como una gran
dulzura. Estoy libre de las angustias que me dominaban. Es como si no
sintiera mi desdicha. Todo me parece ms ligero y ms claro.

"Adriana, hace ya dos semanas que no te vemos. Julio, algo ms constante
que t, no mucho ms, vino ayer. Es cierto que apenas estuvo durante
media hora. Pareca triste, pero bajo esa capa de tristeza cre adivinar
la plenitud de la dicha. No te guardo rencor ninguno, Adriana. Al
contrario. Nadie sospecha la pasin que con tanto cuidado procuro
ocultar, esta pasin que no me conocen Camucha ni Zoraida; y si, por
desgracia, la sospecha influye para que dejes pasar tantos das sin
venir, quiero hacer a toda costa que ella desaparezca de tu espritu.
Dir a Camucha que te escriba y cuando ests aqu hallar la manera de
persuadirte. Te dar bromas con l y reir mucho, mucho; as me saldr
un poco de color en la cara. No quiero que mi desdicha sea una sombra en
la felicidad tuya. Oigo ruido. Zoraida que se ha levantado."

* * *

"1 a. m.

"Me acost delante de Zoraida, luego me finj dormida. Ella misma apag
la luz, despus de besarme en la frente. Me bes y se fue suspirando.
Qu buena es, qu ntima lstima me tiene!

"Adriana, mi nico desahogo es escribirte aqu, en estas pginas que
nadie ha de leer nunca. Pero se me ocurre que te escribo a otro mundo,
donde un da, dentro de mucho tiempo, podrs leerlas sin que pueda
hacerte dao su amargura. Si supieras lo que a pesar de todo hay para
ti en mi corazn! Y si supieras la extraa alegra con que pienso a
veces que voy a morir, idealizada por el sacrificio, perdonando a todos
y bendiciendo tu gran amor a Julio! Pas varios das mortales, es
cierto, en que no hubo delante de mis ojos ni la sombra de la esperanza.
Pero ahora ya no la tengo en Julio, ahora es otra clase de esperanza,
muy distinta, aunque muy inexplicable. Inquietud ya no siento. Es algo
as como si tuviera jbilo de morirme y dejarlos a ustedes felices. Yo
quiero que se acuerden de la pobre Laura, pero sin sospechar nunca por
qu se puso anmica y por qu muri..."

Adriana y Carmen no pudieron seguir. Las lgrimas les anegaban los ojos
y caan sobre las pginas del manuscrito. Las dos se pusieron a
sollozar. Oyeron un ruido de pasos ligeros que se acercaban. Apareci
Laura. Hizo un ligero gesto de susto, al ver el cuaderno en las manos de
Carmen; luego se llev las manos a la cabeza como atontada por un golpe.

Adriana levantndose, camin hacia ella, acerc su cara dolorida a la
cara plida de Laura y la abraz con desatinada vehemencia, sacudida por
los sollozos.

Parecan querer fundirse la una en la otra, para formar o un mismo amor
o una misma desolacin.

En tanto Zoraida y Julio, dejando a la abuelita, haban bajado tambin y
conversaban con tranquilidad en el vestbulo. De pronto oyeron los
sollozos de Adriana; iban a levantarse, sorprendidos, cuando ella cruz
corriendo, con el pauelo en los ojos y desapareci como una sombra por
la escalera, sin or a Zoraida que asomndose por encima de la
barandilla la llamaba desesperada, a gritos.




XXII


Precisamente a esa hora del anochecer sala Muoz de la casa de Julio.
Le haba esperado durante dos horas, a pesar de afirmarle el sirviente
que no volvera antes de la una. Le hubiera esperado dos horas ms, por
la sensacin de oscuro alivio que le produjo estarse all, solo, y
sentado al escritorio y entre las cosas de un hombre a quien odiaba
ahora con toda su alma. Pero no se qued ms tiempo por cierto temor:
haba sacado de su marquito de plata un retrato de Adriana y despus de
romperlo se haba metido los fragmentos en el bolsillo. Era indudable
que el sirviente, al entrar, podra advertir la desaparicin; le hubiera
preocupado mucho menos la idea de que pudiese advertirlo Julio.

Nada le haca ms dao, en aquellos momentos, que el recuerdo cercano de
la Adriana transfigurada por misteriosa luz de bondad, y no poda
soportar la suposicin de que la bondad le hubiese nacido con el amor a
Julio. A ste le exigira, y tal era el propsito de su fracasada
visita, un esclarecimiento definitivo para sus tristes dudas. Lo malo
estaba en que haba escrito a ella suplicndole, para esa misma noche,
la ltima entrevista en casa de Charito, contando con ir en seguida que
Julio le pusiera al corriente de toda la verdad. Pero le tranquiliz la
amarga evidencia de que Adriana no ira a casa de Charito. "Cmo pudo
ocurrrseme, pens, que ella me tendr en cuenta ahora, justamente ahora
que todas sus preocupaciones van hacia Lagos? Se habrn citado, con
seguridad, en alguna parte, en casa de las muchachas fantsticas, por
ejemplo. Tal vez han pasado toda la tarde all. Y he sido tan torpe para
no adivinarlo. Y habrn quedado a comer, los dos, para luego seguir
conversando; por eso me ha dicho el sirviente que no volvera antes de
la una".

Y Muoz experimentaba una nueva y muy extraa sensacin de desahogo
revolvindose en el corazn, mediante tales conjeturas, el pual
atravesado de los celos.

Pero no haba andado veinte pasos por la acera, cuando vio llegar a
Julio en un carruaje. Chist al cochero, subi y se sent al lado de su
rival. Por la emocin misma no advirti la falta de respuesta que haba
seguido a su breve saludo. Ambos bajaron del carruaje sin haber
conversado una palabra.

--Debas echar a tu sirviente--dijo Muoz al fin;--me asegur que no
volveras hasta la madrugada.

Luego le detuvo en el vestbulo, por la idea del retrato desaparecido,
cuyos fragmentos apretaba nerviosamente en el bolsillo. Entonces, como
Julio, sin atenderle, se dejara caer en un silln, le mir: haba
cerrado los ojos, palidsimo, y apoyaba la cara de perfil en el
respaldo; una de sus manos colgaba inerte.

Se sorprendi Muoz extraordinariamente. En seguida una alegra
frentica le agit. Adriana, sin duda, haba hecho una de las suyas, se
haba burlado de Julio. La sospecha se le hizo certidumbre; record que
tambin l haba regresado una vez a su casa as, abrumado, aplastado
por uno de aquellos fros desaires con que ella acostumbraba a
contradecir la hechicera de su dulzura. No era, pues, la nica vctima.

Experimentaba, pensando esto, un alivio para todos sus celos. Adriana,
como una divinidad, prodigaba a capricho su favor y su desdn sobre los
infortunados que alzaban hacia ella los ojos. Y Julio tambin se
humillara, Julio tambin buscara avergonzado la mediacin de Charito,
y acaso en la maana de los domingos, para la misa de las once, se
deslizara como l, furtivamente, en la iglesia del Socorro, por el
miserable consuelo de contemplarla arrodillada en la penumbra.

Y como si Julio le hubiese efectivamente confesado la innegable causa de
su abatimiento:

--Yo te lo advert muy sinceramente aquella vez, en casa de Charito.
Adriana es una muchacha perversa, diablica. Lo declaran sus amigas
mismas: Charito, por ejemplo. Ella goza en hacer sufrir, su
voluptuosidad es esa. Pero t, en vez de hacerme caso, tomaste su
defensa, te pusiste a idealizarla!... Se detuvo, sintiendo que la
inflexin floja de su voz trasluca la satisfaccin vengativa que le
suba de las entraas.

Luego le entr cierta lstima y sentndose en un brazo del silln,
sacudi a Julio. Le vio abrir los ojos y fijarlos en l cansadamente.

--Pero qu ha pasado, al fin?--le pregunt.

--Nada. Estoy muy bien.

Y los prpados volvieron a recaerle sobre los ojos. La alegra de Muoz
desapareci, sustituida por una idea espantosa.

--Adriana ha muerto!

Julio movi negativamente la cabeza, y su mano, alzndose como la de un
enfermo, tom la de Muoz.

--No puedo explicarte nada. No hay nada que explicar. Vengo de all. Si
quieres hacerme un gran bien, ahora, djame solo. La parte de la tierra,
tal vez, te corresponda a ti.

Muoz no pudo sacarle ms una palabra. Y se retir intrigado por aquella
ltima frase. En la calle tir los fragmentos del retrato de Adriana.
Pero al punto, desandando el trecho andado, volvi a recogerlos.

* * *

Durante largo rato todava qued Julio abatido por la gravedad de la
imprevista catstrofe. Francisco, su sirviente, se haba acercado varias
veces, de puntillas, sin valor para llamarle.

Julio al fin se levant, ech sobre Francisco una mirada vaga y entrando
al escritorio lo alumbr. Vio el marco vaco y comprendi que Muoz
haba robado el retrato. No atribuy a esto mayor importancia. Apenas si
poda comenzar a recoger sus energas para considerar el doloroso suceso
que haba cado como un rayo sobre la plenitud de su dicha. Todo aun
eran imgenes que rpidamente pasaban y volvan a pasar en su
cavilacin: as la silueta de Adriana huyendo con el pauelo sobre los
ojos, intilmente llamada por los alarmados gritos de Zoraida, o la cara
consternada de Carmen cuando les refiri lo sucedido con la lectura del
diario.

Arrancndose a la impresin que pesaba sobre l como un manto de plomo,
pudo ponerse, poco a poco, al anlisis de la situacin, a ese extrao
anlisis que suele desprenderse del espritu formando como un espritu
nuevo, framente lcido y despojado de todo lo que al otro apasiona y
conturba. Asoci las circunstancias del caso, y meditando sobre cada uno
de sus aspectos, contempl las cosas como si se tratara de un drama
ajeno. Qu sucedera ahora? Qu actitud tomara Adriana ante l y con
relacin a la pobre Laura? Y cul sera su propia actitud?

Se formul por orden estas preguntas, para derivar consecuencias
lgicas. Pronto empezaron a brillar las terribles respuestas. Era
evidente, desde luego, que su amor por Adriana haba cambiado de sentido
y de realidad. El viento de la triste tragedia se llevaba consigo la
atmsfera de ensueo que les envolviera durante aquellos ltimos meses.
Desvanecido el encanto, tanto Adriana como l rehuiran seguramente la
ocasin de encontrarse y la posibilidad de cualquier mezquina
transigencia, y esto a causa de la tendencia anglica que haban tomado
sus sentimientos en las alturas ideales. Ms valdra, sin duda, que
ningn azar volviese a juntarlos nunca: a la desesperacin de no poder
mirarse ya con los mismos ojos ni sentirse con la misma alma, era
preferible la larga pesadumbre de una separacin definitiva. El
idealismo ardiente que los haba unido, alzaba ahora entre ellos una
muralla de desolacin.

A ratos, como vencido por esta hostil certidumbre, el espritu de
anlisis flaqueaba, y Julio recaa en la contemplacin interior de su
tristeza, Cmo haba cambiado todo, repentinamente! Su vida la hubiese
dado sin vacilar a cambio de que retrocedieran los acontecimientos y a
ocultas del sombro presente le fuera concedida una hora del hechizo
muerto: una hora revivir con Adriana la tranquilidad de las
conversaciones que traan, a lo ntimo de sus almas, los jbilos alados!

Tuvo la sensacin indecible de que en aquella tarde haban pasado aos y
aos. Y ni siquiera poda reconstruir el cercano recuerdo. La cara de
Adriana se le representaba cubierta por el dolor. Julio cansaba su
imaginacin sin lograr que aquellos ojos tomaran para l la dulzura
conocida.

Hasta la voz de Adriana se modulaba en su memoria con una inflexin
distinta: aquella voz que ms de una vez escuchara desatendiendo adrede
el sentido de lo que ella hablaba, para slo percibir el secreto de la
idea en el rumor musical de las palabras.

Y Laura? Era fcil imaginar la consternacin de su alma exquisitamente
susceptible. En otro tiempo y otras circunstancias, el conocimiento de
aquella pasin tan celosamente oculta, hubiera sido para l motivo de
insensata delicia. Ahora era causa de afliccin, con un algo de
reminiscente melancola. Se le representaron los das en que ella le
intimidaba con sus desvos vagos, cuando en las frases de Julio mora la
indecisa ternura como flor que al punto de brotar se hiela. Haba
concluido por ver, en el excesivo afecto amistoso que le demostrara
ella, la manera de un fino agradecimiento, para compensarle de no poder
corresponder al adivinado deseo de adoracin. Despus, ya en pleno
idilio con Adriana, sola preguntarse, intrigado an, si alguna llama de
amor no habra flotado invisible para l, entre aquellos desvos, que
tan mansamente contradecan la atencin demasiado seria y dulce con que
otras veces le escuchaba.

Meditando de esta suerte, le entraba gran lstima y piedad para Laura,
para Adriana y para s mismo.

Procur adivinar el probable porvenir de Adriana. Sin duda ningn otro
amor nacera nunca en su corazn. Pero la vida y el ambiente recobraran
sobre ella sus derechos. Revestida entonces de una engaosa
superficialidad, se recogera en esa penumbra ntima que suele ser, para
las mujeres semejantes a ella y a las Aliaga, el ignorado refugio de los
ensueos, el mundo interior que nadie sospecha.

Mucho antes de conocerla, ya su anhelo de ideal, apartndole de los
afectos comunes, haba tomado un camino casi mstico hacia la adoracin
de aquel cierto tipo porteo cuya originalidad le asombrara y sedujera
como una fina revelacin. Y haba amado un poco a todas las mujeres que
de l traan algn inconfundible signo, en el valo suave, en la sombra
de una mirada serena, en la gracia de una actitud o en la ligera armona
del andar.

Record la noche en que se explayara acerca de este tema, en una salita
del Jockey Club, con Ricardo Muoz.

S, era indudable que Adriana aceptara a la larga, divina resignada, la
realidad del mundo, casndose, al azar, con un hombre que no llegara a
conocerla nunca.

Y la vio alzarse ahora como una bella imagen, iluminada por el
sacrificio y despojada de toda materialidad.

Julio entraba, poco a poco, en una tranquilidad semejante a la que
suelen experimentar algunos, a la hora de la muerte, cuando los sentidos
ya slo subsisten para dar, al espritu lcido, una ltima y original
visin de la vida que dulcemente les abandona.

Pero de sbito la miseria humana le domin, como una alimaa que le
hubiera saltado a los hombros. Pens con desagrado en la visita de
Muoz. Acaso le haba atrado a su casa un mal instinto, como atrae al
buitre el olor de la presa? Mir con gesto sombro el marquito de plata
vaco, y ahora el robo del retrato le irrit. Intilmente procuraba
rehacer en la memoria la frase que se le haba ocurrido en el momento de
irse Muoz. Y sinti que se le meta en el alma la flaqueza de los
celos. Ya no pudo pensar en ella como en una Beatriz inmaterial; sus
pensamientos se quedaban abajo. Y vio lucir en el aire, reflejados desde
el fondo de su espritu, los ojos turbios de la Angustia.




XXIII


Muoz entr en casa de Charito sin esperanzas de encontrarse con
Adriana, pero s con la idea de que su amiga pudiese darle noticias de
cmo andaban sus relaciones con Julio. Probablemente estara al tanto de
la ruptura, o del suceso que haba motivado aquel estado de mortal
lasitud en que haba visto a Lagos.

Pero Charito le recibi con una mirada compasiva, buena, y comenz a
repetirle sus consejos de otras veces, procurando decepcionarle de
Adriana.

Muoz, intrigado, pens por un momento que Julio se haba fingido tan
abatido para evitar una explicacin, o por alguna rara delicadeza de
rival afortunado.

--Lo que menos necesito es eso, su cortesa!--exclam en voz alta.

--La cortesa de quin?--le pregunt Charito.

--No haga caso, esta noche han de perdonarme cualquier desvaro. Es un
mal momento de mi vida.

En el saln estaba Luca Moreno, sentada al piano, fastidiada porque no
poda sacar una pieza de memoria.

Muoz fue a sentarse a su lado. Empez a divagar extraamente, bajo la
influencia de su obsesin.

--Haga msica triste, Luca. Por ejemplo, la marcha fnebre de Chopin, o
de Sigfrido. Las amigas que vengan podran vestirse de Walkirias. Qu
terrible sera Adriana transformada en una Walkiria! Yo, haciendo el
papel de Sigfrido, me meter en el atad. Ella, si quiere, puede venir
montada en un caballo con alas, en un gran caballo negro, con largas
crines negras, las alas negras, castigando con manos negras el aire del
cielo.

--Pero Muoz, Muoz!--grit Charito alarmada.

Se retuvo y mir a las dos muchachas como asombrado de sus propias
palabras o como si una fuerza ajena se las hiciera pronunciar.

--Todo esto son fantasas--explic--para distraerlas a ustedes. Cuando
uno ha perdido la dignidad de sus actitudes, no debe servir ms que para
quitar el aburrimiento a sus amigas.

Ambas procuraron calmarle. Se ri con risa inexpresiva, y apoy la
cabeza en el brazo de un sof.

--Es que sufro tanto, tanto!

Luca fue a sentarse a su lado. Se senta enternecida y llena de piedad.
Charito, desesperada, frente a ella, murmuraba frases de condenacin
contra Adriana.

Durante un buen rato, Luca se qued contemplando a Muoz. Extendi
luego la mano sobre su cabeza abatida y se puso a acariciarle, muy
suavemente, como se acaricia a una criatura que llora. Le roz con los
dedos la frente, los prpados cerrados, pareca a punto de acercarle los
labios. Pero haca todo con actitud tan espontnea, tan natural, que
Charito no se sorprendi.

Y el sentimiento de Luca no era slo de lstima. Una secreta delicia,
una sensacin ntima de encanto la envolvan por la idea de que ella,
una nia, prodigaba a un muchacho aquellas caricias, sin malicia alguna
y con el puro propsito de consolarle.

En esto reson el timbre de la puerta de calle.

--Quin podr venir a esta hora?--dijo Charito sorprendida. Son las
once pasadas! Su sorpresa aument ms todava cuando apareci la
visitante: era Adriana.

Luca, que no haba cesado de acariciar la cabeza de Muoz, se levant
enrojeciendo, mientras l clavaba la mirada, fijamente, en la figura de
Adriana.

Esta demostraba una extraordinaria agitacin. Procuraba sonrer.

--Ya ve, Muoz, que no lo olvidan!--exclam Luca. Pero advirti
entonces en Adriana la palidez y un ligero temblor de los labios. Y
comprendiendo que algo grave ocurra, tom a Charito aparte.

Ella se sent al lado de Muoz, quien se haba incorporado y la miraba
con expresin de curiosidad. Ambos quedaron por un rato en silencio.

--He recibido su carta y he venido.

--Gracias, Adriana. Yo debo agradecerle este acto de bondad.

Ambos callaron. Adriana volvi la cabeza, como buscando una tabla de
salvacin. Pero Luca y Charito hablaban en voz alta, al otro extremo
del saln. Ech ella una mirada de odio a Muoz. La desolacin de su
semblante revelaba una violenta lucha interior. Iba a levantarse,
pareca a punto de llorar. Pero en seguida, con un aire de gran
resolucin, acercndose ms a Muoz, le habl en voz baja, insinuante,
una voz que no pareca la suya.

--igame... Todo lo anterior, lo que ha sucedido en estos ltimos meses,
ha sido farsa, pura coquetera de mi parte, por ver si usted de veras me
quera. Tal vez lo hice inconscientemente. Usted sabe, las mujeres somos
tan raras... A lo mejor no nos conocemos nosotras mismas. No conseguimos
saber si queremos o si no queremos. Para saberlo, hacemos experiencias
con nosotras mismas. Ah! Son experiencias que suelen costarnos caras.
Pero Dios debiera perdonarnos tanta perversidad. Porque... mire, fingir
es una defensa contra la posibilidad de engaarnos. Fingimos
indiferencia, fingimos que andamos enamorndonos de otro... Y yo le
explicar, para que todo se aclare. No, no me interrumpa, aguarde un
poco, por favor. Los otros das, cuando llor, usted hubiera debido
adivinar que comenc llorando como fingimiento, para concluir llorando
por la idea de que no poda dejar de hacerle sufrir... Me dominaba el
espritu de la perversidad. Es espantoso cuando una se siente as
poseda por esa maldad extraa... No fui yo, fue mi maldad la que le ha
simulado indiferencia, la que ha buscado el amor de Castilla, la que le
ha hecho sufrir. Perdneme, Muoz, a usted lo quise siempre y ya es
tiempo de que nos comprendamos. Se lo exijo... se lo pido.

Muoz la mir con asombro. Despus, levantndose, llam con voz muy
alterada a Charito y a Luca.

--No podran ustedes imaginarse lo que ella acaba de decirme. Con
seguridad se trata de una nueva farsa, parecida a la farsa de las
cartas... parecida...

Se interrumpi de golpe y las mir, ruborizndose y como arrepentido de
haber provocado una situacin incmoda.

--Tenga ms calma, Muoz, dijo Adriana con dulzura. Sintese aqu, al
lado mo. Y ustedes perdnenle. Ha sufrido tanto por mi culpa!

--Pero qu lo es este, Adriana? interrog Charito con aire de sorpresa
y de reproche.

--Ya lo sabrs, cuestin de algunos minutos. Todo se aclarar. Ya lo
sabrs tambin t, Luca, aunque sospecho que tambin te estabas
enamorando un poco de Muoz... Qu le decas, con tanto mimo, cuando yo
entre? No, no quiero saberlo. Te lo perdono y ahora te pido por favor
que no digas nada, que no nos interrumpas. T tambin, Charito. Venga
aqu, Muoz, venga.

Volvi l a sentarse. Las manos le temblaban. Sus facciones tenan una
expresin de pasmo. Nunca la haba sentido ms lejos de su alma, ni ms
inasequible. Su instinto perciba una misteriosa falsedad en aquella
sumisa actitud de Adriana.

--Si usted me hubiese escuchado hasta el fin, prosigui ella, nos
habramos ahorrado esta interrupcin tan desagradable. Djelas conversar
all, mientras no solucionemos el asunto. Me es horriblemente penoso
tener que emplear tantos argumentos. iga... para no gastar palabras
intiles y sobre todo para no hacerle afirmaciones que usted puede poner
en duda, no he de repetirle que lo quiero... pero en cambio le propongo
algo que ser una prueba decisiva de mi sinceridad.

--Adriana, deje primero que le haga una ltima splica. Si no fuese
verdad lo que me dice ahora, si esas palabras, que me parece or
soando, fuesen como aquellas cartas que usted desmenta siempre,
despus de escribirlas... o si no est segura de hablarme con
sinceridad, como lo asegura, yo le pido, yo la conjuro... No, un golpe
ms yo no podra soportarlo.

--Por eso, para que usted pierda toda mala sospecha, para que no quede
la posibilidad de un engao y todo se aclare por s solo, voy a
proponerle, si acaso usted no ha empezado a despreciarme, que nos
casemos... No es el antiguo compromiso que yo exiga lo mantuviramos
secreto; la prueba que quiero darle es inmediata, ya mismo, en estos
das. Pdame maana a mam... Aunque es intil, ya le he dicho yo a mam
que nos casaremos en seguida si usted no hubiera desistido. Disponga de
m. Le suplicara que nos casramos cuanto antes. Soy suya, enteramente
suya. Iremos los dos, usted y yo, a la gran felicidad, a esa gran
felicidad que so, que so tanto en estos das, y rezando delante de
la Virgen, en la iglesia de Nueva Pompeya...

Dijo con exaltacin las ltimas frases, palideciendo. Muoz la
contemplaba sin poder hacerse a la idea de que sus angustias concluan y
de que Adriana sera suya.

--Adriana! Adriana!

Ella se qued como exttica, cay de rodillas, pero casi dando la
espalda a Muoz. Alz la mirada, junt las manos en actitud de
apasionado arrebato; le caan lgrimas de los ojos fijos. Mientras
pronunciaba las palabras decisivas que le apartaban de Julio para
siempre, en medio de la sombra de su congoja una especie de jbilo le
naca, como una luz, y le baaba el semblante. Muoz, maravillado,
creyendo soar, tom entre las suyas aquellas dos manos juntas.

--Adriana! Puedo creer a mis ojos? Puedo pensar que esta alegra es
alegra de su ternura por m?

--S, Muoz. A usted lo he querido siempre, lo he querido siempre.

Pero ella ya no estaba en sus palabras, y ni siquiera senta el contacto
de las manos de Muoz.




XXIV


La madre de Adriana llam con urgencia a Ernesto Molina para pedirle
consejo. Por ms que siempre consider a Muoz un marido ideal para su
hija, le alarmaba grandemente la repentina decisin de casarse con l
despus de haberle burlado por otro. Inform a su hermano,
minuciosamente, acerca de las circunstancias que ella conoca.

--T podras interrogarla--aadi--contigo fue siempre ms "dada".
Cuando Raquel o yo procuramos hacerla hablar, ella suplica que la
dejemos, que las cosas marcharn as mucho mejor, y para bien de todos.
En fin, yo nunca he tenido de sus asuntos ms noticias de las que
hubiera podido recibir un extrao. T comprenders, hace tiempo he
perdido sobre ella mi autoridad de madre. Por cierto, en estos ltimos
meses cambi mucho; se hizo muy buena y muy compaera con Raquel. Antes
casi no se hablaban. No s si ahora Raquel me oculta algo. Eso de volver
a comprometerse as, de un da para otro, y pretender que ha de casarse
ya mismo, podra significar un simple capricho. Yo no pasara tanto
cuidado si Raquel no anduviese preocupada ella tambin. "T no
intervengas para nada--me ha dicho hoy--si algo grave le sucede, no
sers t la que pueda remediarlo". Y as las dos me dejan con las manos
atadas.

--Y por el mismo Muoz, hija, nada has podido averiguar?

--Pero si l sabe menos que yo, ni est en estado de preocuparse. Ayer
me tom aparte, me dijo que era el hombre ms feliz de la tierra y
Adriana su Dios. Parece que no poda resignarse a que ella le dejara.
Anda todo el da en la calle, arreglando las cosas, comprando muebles.
Ha tomado casa en Belgrano, sobre la barranca; me llev a verla, es un
chalet precioso. Adriana, en cambio, no fija su atencin en nada. Ayer
haban salido los dos con Raquel y con Charito Gonzlez y a la media
hora volvieron. Adriana se senta mareada, les pidi que la dejaran sola
y se ocuparan ellos de todo. Despus tom un libro, estuvo dos o tres
horas con el libro abierto en la falda sin volver una hoja. En fin qu
piensas t?

Ernesto Molina mene la cabeza.

--Esta muchacha se casa por lstima.

Pero la viuda de Zumarn no pensaba lo mismo.

--Cuando ella le dej, no te puedes imaginar su indiferencia: le ha
visto humillarse, llorar, y como si tal cosa. Muoz no la preocupaba un
chiquito.

--Y ahora se casa con l?... Algn despecho, entonces.

--Eso sera ms posible, ves? Pero entonces sabe Dios lo que puede
suceder.

La insinuacin de su hermano abri del todo la vieja herida de su
corazn, y con voz que temblaba refiri cmo Adriana se vea con Julio
Lagos, no saba ella desde cuando, en casa de las Aliaga.

--Y Adriana visita a las Aliaga?

--S, yo he venido a saberlo no hace mucho.

--Pero tu hija conoce aquello?...

--Tampoco podra decrtelo. T comprenders que hacerle una revelacin
semejante... Ah! Lo que ms me asusta es pensar que de esa casa podra
venir otra vez, para m, alguna gran desgracia.

--Son gente algo rara, como lo fue tu marido, y los abuelos de tu
marido. Todos han tenido fama de raros.

--Y anda Adriana con ese mismo aire de misterio que tena Zumarn antes
de matarse por la viuda de Aliaga.

--No seas supersticiosa, hija.

--Es que t no sabes, ella ha salido a su padre.

--Nunca me pareci, a la verdad, sino una chica muy inteligente, muy
discreta...

--Porque contigo siempre se ha hecho la nia mimada... Te repito que ha
salido a su padre en todo. Extremosa, llena de fantasas, inquieta,
siempre soando locuras.

Asomaron a sus ojos lgrimas de recelo presente y lgrimas que le haca
derramar la visin lejana de la tragedia: el cadver de Zumarn tendido
en el suelo, el revlver en la mano y un redondel de sangre formando
como una aureola a la cara lvida.

El seor Molina se qued perplejo. Era incapaz de afrontar situaciones
reidas con el carcter de los hechos comunes y con su criterio
rectilneo de viejo patricio. La herencia del antiguo convencionalismo
espaol haba encuadrado sus ideas en frmulas precisas, limitadas, que
no permitan la intervencin de sentimientos ajenos a la naturaleza de
los suyos. El suicidio de su cuado lo confundi, muy sencillamente, con
los actos incomprensibles de la locura, actos que deba tapar el
silencio. Uno de sus principios era precisamente la conveniencia de
evitar el escndalo, y hasta las alusiones a cualquier suceso que no
estuviera en el orden.

Ahora, para el caso de Adriana, su extraeza y su perplejidad eran
producidas por la precipitacin con que iba a realizarse el matrimonio.
No hallaba, en su experiencia, un hecho anlogo que pudiera servirle
como elemento de juicio.

--Dnde est Adriana?--pregunt.

--De un momento a otro la vers, est por salir con Raquel, para la
confesin.

Ambas, en efecto, aparecieron. Adriana, sin hablar, abraz y bes a su
to. Pareca mucho ms tranquila que Raquel, cuyos ingenuos ojos verdes
tenan algo de doloroso y de adusto bajo el tringulo de blancura que
dejaban sobre su frente los cabellos lacios.

Como Adriana, un momento despus, quisiera marcharse, el seor Molina la
retuvo.

--Si no tiene apuro, hijita, venga para ac. Ya sabe que siempre la he
querido como si fuese ma. Qu anda ocultando en esa cabecita?

Ella le ech una rpida ojeada. Hizo visiblemente un gran esfuerzo sobre
s misma, y dijo riendo:

--Dale la carta, Raquel, que llevbamos para poner en el primer buzn.
Era para usted, brala.

Pero se senta algo de penoso en la tranquilidad de su actitud, en su
sonrisa misma y hasta en el descuido con que se haba puesto el sombrero
de fieltro.

En la carta le peda, con mucho mimo, que accediera a servirle de
padrino.

Pero como l comenzara de nuevo a interrogarla, Adriana le mir seria y
cariosamente:

--To, estos asuntos no tienen explicacin.

Baj los ojos, nerviosamente se ajust el sombrero, tom a Raquel por la
cintura y ambas salieron.

--Viste? Contigo tambin ha cambiado.

El seor Molina, inquieto, asombrado, se puso a cavilar en silencio.
Aquella sobrina que tanto quera y tanto haba regalado desde
pequeuela, surga ahora para l, repentinamente, como un mundo cerrado.
Pero tampoco hubieran podido esclarecerle el misterio las ms francas
confidencias. En su espritu no haba, decididamente, puntos de apoyo
para apreciar las razones ntimas que movan los actos de Adriana.

--Debemos dejarla hacer--declar al fin--ella sabe de sus cosas mucho
ms que nosotros.

* * *

No quiso Adriana ver a su confesor ordinario, en la iglesia del Socorro.
Prefiri un desconocido; acudi a la capilla de las Victorias. Vino un
sacerdote viejo, algo encorvado, con cejas canosas, espesas, sobre unos
ojos muy pequeos que brillaban inexpresivamente en las rbitas
hundidas. Se meti, sin mirarla, en el confesionario, y comenz a
formular preguntas, rpidamente, sin atender casi a las respuestas que
reciba. Raquel, mientras tanto, haba ido a hincarse, descorazonada,
cerca del altar.

Adriana tena prisa de concluir cuanto antes. Generalmente, cuando iba a
confesarse, la dominaba una impresin de misterio, y cierto receloso
pudor le impeda referir nada relacionado con los secretos ntimos de su
conciencia o con los pecados que ms la inquietaban. Ahora, en cambio,
le pareca cumplir con una obligacin pueril, superflua. Senta una
especie de fra hostilidad en las caras de las imgenes y en el brillo
de las cruces doradas. Sin hacer mayor memoria de pecados, respondi
brevemente a cada pregunta que oa musitar al sacerdote.

Iba a levantarse, cuando sin saber por qu murmur:

--Padre, me olvidaba decirle que me caso por casarme.

El sacerdote requiri una explicacin. Pero Adriana, arrepentida, repuso
con indiferencia:

--S, por casarme, como se casa casi todo el mundo, padre.

El sacerdote la absolvi.

Ella llam a Raquel. Regresaron a pie, cortando por la plaza Libertad
para seguir por la calle Cerrito. Pero a mitad del camino Adriana quiso
doblar hacia la izquierda, una cuadra, para cruzar la Avenida Quintana.
Y all en el fondo del paseo arbolado, vio asomarse la iglesia del
Pilar, aquella iglesia pequea, que ms de una vez, bajo el oro del
otoo en las hermosas tardes, ella contemplara desde la casa de las
Aliaga imaginando idilios con Julio. Cmo se haban alejado de pronto,
hacia una irrealidad extraa, aquellos tiempos! Ahora le pareca otra,
la iglesia del Pilar. A la distancia, en la fuerte claridad del da
sereno, su apariencia atnita, simple, tena para ella algo de hostil,
como algunos minutos antes, en el templo de las Victorias, las caras de
las imgenes y las cruces doradas. Adriana apresur el paso, con una
amargura sin nombre. No hablaron una palabra en el camino. Pero estaba
Raquel decidida a saberlo todo y calculaba el momento ms propicio para
interrogar a su hermana. Haba notado que todo lo haca como en una
especie de alucinacin, y comprenda que marchaba al casamiento con la
muerte en el alma. Era preciso disuadirla a toda costa, salvarla.

Esquivando al seor Molina, entraron ambas en el dormitorio de Adriana.
Tambin sta senta ahora la necesidad de un desahogo y sus palabras se
anticiparon al deseo de Raquel. Arroj sobre la cama, con un gesto de
desolacin, la piel y el sombrero, y empez a contarle, minuciosamente,
lo que haba ocurrido tres das antes en casa de las Aliaga. Cuando
refiri cmo ella y Carmen fueron sorprendidas por Laura en la lectura
del triste diario, a Raquel se le anublaron los ojos y por largo rato
qued muda, sin acertar con la manera de encarar la situacin. Al fin,
en voz baja, mirndola atentamente y como si procurase arrancarla de un
mal sueo:

--Pero de cualquier modo, tu casamiento es un absurdo. Qu obligacin
es esta de casarte con Muoz?

--Oh, repuso Adriana, t no relacionas las cosas, no sabes, no te pones
en mi caso!

--Y casarte as, con este apuro, a la carrera, como si te persiguiera
la muerte!

--La muerte ma no, pero s la muerte de Laura. De casarme con Julio,
Laura se morira.

--Cmo exageras!

--T no la conoces, supones que se trata de una novelera. Al contrario,
hay en ella una sinceridad absoluta para consigo misma, y en todas sus
cosas tiene la reserva y la discrecin ms delicadas. Pero llena de alma
como es, lo cifr todo en el amor y el amor no ha tenido piedad para con
ella.

--En cualquier caso, Adriana, casndote con Muoz no remediars nada.

--Oh, s!

--Julio te quiere a ti, te quiere locamente. Cmo puedes imaginar,
entonces, que se casar con Laura?

--En realidad, no se trata de que se case con Laura.

--Pero entonces cada vez te comprendo menos!

Y Raquel, acalorndose, procur convencerla de que si ella se casaba con
Muoz y Laura se quedaba sin embargo sin el amor de Julio, su sacrificio
sera un desatino intil.

Adriana, sin responder, hizo un gesto de cansancio. Sus ojos anegados de
tristeza parecan explicarle todo lo que no poda decir con palabras.

Pero Raquel insisti, y volviendo a su tono persuasivo, suave, le pidi
que al menos postergara el casamiento hasta una semana ms.

--Que no sea este lunes que viene, sino el otro.

--El otro lunes?

--S, no te pido ms.

--T quieres ganar tiempo. Postergarlo hasta una semana...

--Te lo suplico.

--No, si el casamiento se postergara tres das, nada ms que tres das,
tal vez ya no me casara, estoy segura. yeme... Precisamente, una de
las ideas que me aterran es la de no tener valor para ir hasta el fin.

--Ah, de modo que quieres t misma atarte las manos?

--Ya no me casara; y por el contrario, me dara horror el pensar que me
caso con un hombre sin quererlo.

--Pues entonces, yo se lo dir todo a mam, y a to, para que no te
permitan cometer esta locura.

--No lo hars.

--Te juro que lo har.

--Raquel, si llego a sospechar, por cualquier palabra de mam, que le
has contado algo, har una locura peor. Oh, no me, conoces.

--Por mi vida, por la vida de mamita...

--No, no me supliques nada.

--Casarte con Muoz querindolo a Julio tanto!...

--Adorndolo, como no podras formarte una idea. Por eso, si no me
casara con otro, para poner cuanto antes una barrera delante de m,
sera capaz de correr a casa de Julio y suplicarle que nos marchramos
de aqu, lejos, a cualquier parte, a un sitio donde no pudiera
perseguirnos el fantasma de la pobrecita Laura. Comprendes, ahora,
porqu debo casarme con Muoz?

--Ojal venga Julio mismo a salvarte!

--Nada sabe, Raquel. Ya he tomado mis precauciones. Lo sabr cuando
todo haya concluido para los dos. Y entonces, si la vida de Laura
dependiera de su cario... Ah, no! Tampoco puedo sufrir la idea de que
Julio se casar con Laura. Qu gran tristeza, Raquel! Sin m, Julio la
hubiera querido. S, eso est escrito en su diario. Yo intervine, en
realidad, para destruir esa dicha cuando naca. Ojal llegue a casarse
con l, ms adelante!

Y Adriana se puso a referirle las conversaciones que con Julio haba
tenido, y procur explicarle la clase de felicidad que concibieran
juntos. Sus frases se exaltaron, sus ojos despidieron un fulgor
ardiente.

Experimentaba, hablando as, el alivio ilusorio de revivir
imaginariamente el breve pasado radiante. Y de su cara hua el dolor
dejando una pasajera expresin de dicha sin lmites.

--yeme,--prosigui--no llores, no me impidas ver la verdad. En m no se
casar con Muoz el alma, sino simplemente la mujer. Sufrir mucho menos
si es que puedo darme cuenta ms clara de mis actos. T debes ayudarme.
Si no me casara con Muoz, tendra que morir. Y Julio tambin tendra
que morir! Comprendes, Raquel? Porque ya nada podra detenernos, yo
sera suya, sera suya sin casarme, esto lo s, lo siento, y despus los
dos moriramos sin remedio, para purificarnos y para escapar al
pensamiento de Laura.

Raquel, anonadada, palpando en la actitud de Adriana algo
inquebrantable, ya no respondi una palabra.

Sin embargo, no dej de espiarla, para encontrar acaso la oportunidad de
una ltima tentativa. Sorprendi en ella indicios de pnico. Ms de una
vez pudo observarla que se arrodillaba, creyndose sola, y que
oprimiendo contra el pecho un crucifijo, pareca pedir una inspiracin
al cielo. Era evidente que se senta aterrada por la proximidad del da
fatal.

En la misma maana fijada para el acto civil (al da siguiente se
realizara la ceremonia religiosa), Raquel tuvo la idea de escribir a
Julio. "Cmo es posible--pens--que slo ahora, tal vez demasiado
tarde, se me haya ocurrido llamarle?" No vacil. Si Julio acuda, su
presencia inesperada desarmara en seguida la voluntad de Adriana, aun
en aquellos momentos, cuando apenas faltaban horas para que llegaran los
testigos. Su alma ingenua ya no pudo dudar que Adriana estaba salvada.
nicamente se asust por la posibilidad de que Julio no llegara a
tiempo. Pens hablarle por telfono; pero desisti, temiendo que Adriana
la sorprendiera. Llam furtivamente a Lola, la sirvienta.

--Oye, t llevars una carta al seor Lagos, pero que nadie te sienta
salir. Tomars un auto, aqu tienes dinero; que dentro de cinco minutos
tenga l esta carta.

Traz nerviosamente algunos renglones, suplicando a Julio, en nombre de
Adriana, que viniese sin demora. Puso el papel en un sobre y escribi
la direccin. Pero cuando Lola iba a salir, entr Adriana. Adivinndolo
todo, le quit la carta.

Tuvo un ligero gesto de vacilacin. Cerr los ojos, suspirando. Por un
segundo se abandon, desfallecida, a esta imaginacin de Julio que
sobrevena para salvarla de Muoz. Y ambos huan de la pobre Laura. Pero
luego estruj el papel con impaciencia y sonri con angustia.

Raquel se retorca las manos, consternada.

--Djala ir!

--Si supieras, Raquelita, qu intil sera tambin esta carta.

--A Muoz no podrs quererlo nunca.

--Nunca, ya lo s--respondi ella,--y si alguna vez, dentro de cinco,
dentro de diez aos, t notaras que algo parecido al amor me ata a mi
marido, si te dieras cuenta que el hbito me ha trabajado hasta
inspirarme por l algn sentimiento real, no pongas entonces en duda que
la Adriana de ahora ya no existe y ha dejado en su lugar una criatura
puro instinto, una criatura muy vil y muy despreciable.

--Djala ir!--grit Raquel abrazndola y procurando recobrar la carta.

Pero dos golpes sonaron a la puerta de la habitacin. Apareci sonriendo
Charito, vestida de claro; una rica piel blanca envolva, bajo el
sombrero negro, su rostro ligeramente acalorado.

Tom con efusin las manos de Adriana.

--Anduvimos hasta esta hora con Muoz y con mam, haciendo compras para
ti.

Y Charito se puso a charlar, loca de contento, encantada por haber
llevado a buen trmino una obra que significaba, segn ella, la
felicidad de sus dos mejores amigos.

Raquel sinti que con Charito haba entrado, ataviada de alegres
apariencias, para posesionarse de Adriana, la inevitable realidad.




XXV


Poco antes de medioda lleg, acompaado por otro empleado, el jefe de
la correspondiente oficina del Registro Civil. Era un seor gordo,
tieso, de cabello y bigotes grises, y cuya apostura digna pareca
afirmar la importancia de la ceremonia que iba a realizarse. Al entrar
en la sala hizo una gran reverencia. Su empleado, un joven moreno,
pobremente vestido, tena por el contrario el semblante aptico;
adelantndose como aburrido, puso el libro sobre la mesa dispuesta en
mitad de la sala y busc, sin apuro, el folio en que deba formularse el
contrato matrimonial. Una sirvienta corri a llamar a los novios.

Raquel se cubri la cara con las manos y comenz a sollozar. Su madre,
que lloraba en silencio, la reconvino en voz baja, casi suplicante.
Entonces se alz la voz grave del seor Molina.

--Est dems llorar ahora, dijo lacnicamente.

Haba venido con sus hijas. Como la noche antes oyeran dialogar a su
padre sobre la desgracia del inesperado casamiento, ms que nunca les
haca Adriana la impresin de una rara. Tenan la vaga idea de que ahora
expiaba las consecuencias de sus fantasas absurdas. Y se miraban con un
gesto de aprensin, casi asustadas.

Adriana entr con Charito y con Muoz. Traa el traje sencillo con que
sola ir a la iglesia, para la misa de las once. No era su aspecto el de
una novia, y por su actitud natural, casi distrada, en medio de las
caras solemnes, pareca moverse en otra atmsfera. Difunda una gracia
singular. Sus primas se ruborizaron, humilladas por su belleza y su
serenidad. Charito fue hacia ellas, y en voz baja, cuchicheando:--Han
visto? Se cumple hoy lo que yo siempre anunci. Adriana nunca quiso a
otro. Las rarezas, las maldades, eran todas fingidas. La ven ahora, con
ese aire de indiferencia? Yo les aseguro que no cabe en s de felicidad.

De pronto, cuando el jefe del Registro llenaba las primeras
formalidades, Raquel dej de sollozar. Dijo algunas palabras
ininteligibles y se dirigi impetuosamente hacia Adriana. Estaba
resuelta a interrumpir el acto. Todo el mundo la miraba con sorpresa,
sin adivinar su propsito. Los mechones del pelo lacio se le haban
pegado, con las lgrimas, sobre las sienes; la tristeza y la indignacin
se pintaban juntas en su semblante enrojecido.

Pudo al fin hablar.

--Y t, con esta tranquilidad, vas a casarte?

Adriana comprendi al punto su intencin. Entonces la mir con fijeza;
despus, besndola, la empuj suavemente hacia su madre. Como si hubiese
ledo alguna trgica amenaza en el fondo de aquellos ojos que no
cambiaron de expresin para los dems asistentes, Raquel retrocedi,
ahogando un grito.

--Qu nervios tiene esa chica!--dijo alguien en voz baja.

Adriana se acerc a la mesa y escribi su nombre al pie del acta, con la
naturalidad de quien pone su firma al terminar una carta. Muoz, en
cambio, tom la pluma temblando, y no pudo ocultar su emocin en aquel
instante que ataba para siempre a la suya la misteriosa existencia de
Adriana.

Ella, terminada la ceremonia, llen de licor varias copitas y sirvi
ante todo a los empleados del Registro. El jefe, luego de agradecer y de
pronunciar algunas respetuosas frases de circunstancias, hizo la misma
reverencia que al entrar, y ambos se retiraron.

Despus, por largo rato, nadie habl. Raquel segua sollozando, y
Charito la contemplaba intrigada, sin comprender.

Adriana estaba pensativa. La triunfante tranquilidad de su rostro haba
desaparecido. Empez a or en su interior, repetida como un estribillo,
la dulce frase murmurada por Julio, pocos das antes, junto a la iglesia
de Nueva Pompeya: "Si a usted la pierdo, vivir sin vivir". Pero esta
frase no llegaba todava a conmoverla. Porque la gravedad misma de los
sucesos, haba en cierto modo anulado su sensibilidad, tal como ocurre
cuando atraviesa por el organismo vivo una corriente elctrica que por
demasiado intensa los nervios no la sienten pasar.

En el almuerzo, apenas comi. En seguida suplic que la dejaran sola,
declarando que no haba dormido en toda la noche anterior y necesitaba
descansar. Insisti, sobre todo, en que se marchara Muoz. El seor
Molina dispuso que nadie la contrariara. Ahora miraba a su sobrina con
otros ojos, intimidado por ella y por el enigma de su actitud.

Adriana se ech vestida en la cama y durmi durante varias horas. Cuando
quisieron despertarla no se movi. Pareca el suyo un sueo de muerte.
Sin embargo, tena las mejillas acaloradas y junto a la raz de los
cabellos brillaban pequeas gotas de sudor. La dejaron dormir hasta el
anochecer. Pero vinieron algunas de las pocas personas a quienes se
haba comunicado el casamiento. Contra las splicas de Raquel, su madre
logr, al fin, despertarla. Ella, con un ademn de desesperacin, sin
abrir los ojos, pidi que la dejaran. Escondi la cara en los
almohadones y volvi a dormirse en seguida.

So.

En la iglesia de las Victorias, iluminada con millares de cirios, ella
sala por el medio de la nave, vestida de blanco. Su esposo era Julio,
que le murmuraba al odo palabras ininteligibles. Llegaron a la calle.
Vetas de sombra temblaban sobre los transentes, pero ninguno de stos
se par para ver salir el cortejo; corran y se esfumaban como
fantasmas. En la plaza Libertad, los troncos de los rboles haban
crecido desmesuradamente, las ramas formaban como una selva que se
sumerga en un cielo borroso.

Subi con Julio al nico carruaje que aguardaba frente a la iglesia. Vio
al cochero levantarse en el pescante y castigar con todas sus fuerzas a
los caballos, sin que stos aceleraran su marcha ni se oyera tampoco el
chasquido del ltigo.

Procuraba Adriana, vanamente, recordar las circunstancias en que sin
duda desistiera de casarse con Muoz. Tampoco pudo recordar las personas
que haban asistido a la ceremonia; slo tena presente la cara del
cura, muy viejo y con cejas canosas sobre los ojos pequeos que
brillaban inexpresivamente en las rbitas hundidas. Se pareca al
sacerdote que la confesara das antes. Despus de echarles la bendicin
se haba inclinado sobre ella cuchichendole maliciosamente al odo:
"Con este no te casas por casarte".

El carruaje par. Descendieron. Instantneamente se vio con l en la
sala nupcial. Haba un gran lecho, muy ancho y muy bajo; brillaba
indecisamente el moar de los almohadones.

Y la idea de que Julio era al fin su esposo querido y que se hallaban
juntos en aquella tibia intimidad, irradi en su espritu como una
gloria, sin rastro alguno de impureza.

Pero not, sorprendida, que el traje de novia se le haba desceido por
los hombros y se deslizaba sobre sus brazos desnudos.

Entonces cerr los ojos con un ligero espanto, a tiempo que la envolva
la sensacin de una dicha excesiva. Ardindole el rubor en las mejillas,
fue a sentarse en un silln, de espaldas al lecho. Julio se arrodill y
comenz a sacarle, delicadamente, los zapatos blancos. Ella sinti que
su ser se dilua en una vaguedad semejante a la que haba experimentado
en algunos momentos extticos, as junto a la Virgen en la iglesia de
Nueva Pompeya, y le pareci que morir no sera sino prolongar por toda
una eternidad la delicia de aquellos momentos. Una eternidad para las
manos que le quitaban con tan suave modo los zapatos blancos! Julio se
incorpor y la mir con sonrisa extasiada; y como si hubiese entendido
sus mudos y apasionados deseos, le tom la cabeza en una caricia, y se
puso a murmurarle palabras ligeras, humildes, que llegaron como una
adoracin a sus odos. Despus la bes en los ojos y en los labios.
Adriana se oprimi contra l, con un deseo dulce de morir.

* * *

De pronto advirti con inquietud que Julio ya no estaba con ella. Al
mismo tiempo se abra la puerta de la alcoba; asom una cara plida, que
se puso a mirarla con triste asombro. Reconoci a Laura y dio un grito.
Pero Laura, precipitndose, se abraz a ella. Todo el decorado de la
alcoba nupcial desapareci en un remolino, y la figura de Laura fue
sustituida por Raquel, que era quien la abrazaba y procuraba calmarla.

Entonces, despertando del todo, se le represent la escena de su
casamiento civil con Muoz.

--Me cas ya?--pregunt, con la instintiva esperanza de que no se
hubiese realizado todava la ceremonia. Pero entrando en la plena
conciencia de la realidad, comprendi lo absurdo de su pregunta.

* * *

Al da siguiente, en medio de la agitacin que trajeron los preparativos
del acto religioso, ya no le fue posible apartar su pensamiento de la
terrible obsesin. Muoz ahora se le antojaba un extrao, un hombre a
quien no hubiese tratado nunca. Su galantera solcita la hera como una
ofensa, la idea de que era su marido se le hizo insoportable.

Iba la ceremonia a celebrarse, segn sus deseos, en la casa misma. No
hubiera tenido valor para casarse con Muoz en una iglesia.

El seor Molina recorra, muy caviloso, las habitaciones de la casa, y
al pasar junto a su sobrina, sin atreverse a consolarla, echaba sobre
ella una mirada penetrante.

--Qu desgracia! Qu desgracia!--murmuraba hablando consigo mismo,
pero con el propsito de que ella, oyndole, comprendiera que no le
engaaba su apacible indiferencia exterior.

Adriana, sintindose a punto de abrazar llorando a su to, furtivamente
se retir a su cuarto, sin advertir que Muoz la segua. Cuando de
pronto se vio sola con l, tuvo, azorada, la tentacin de huir.
Dominndose, fingi que haba entrado a su habitacin para buscar algo
en la mesita de luz. Pero l, acercndose, le enlaz la cintura.
Adriana, plida de susto, se defendi.

--No! No, Muoz!--exclam sin atinar con lo que deca.--Si no ha
venido el cura todava!

Y llam gritando a Raquel.

Muoz retrocedi asombrado, inquieto. La sinti, como en otros tiempos,
protegida por un gran resplandor.

--Vuelve a despreciarme, ahora?

Ella ensay una explicacin. Y dirigindose a Raquel que acuda:--Te
llam... para que le digas que no debe sorprenderse de algunas rarezas
mas.

--S, venga, Muoz, dejmosla.... Ella es algo enferma, usted no sabe?

Y le miraba seria, enrojecidos por las lgrimas sus ojos verdes.

Muoz obedeci. Pero su espritu se haba turbado y le asalt la antigua
sospecha de que Adriana jams podra quererle. Por primera vez, despus
de la inesperada confesin de amor en casa de Charito, le intrig el
apuro singular con que se haban llevado las cosas. Record el motivo
aducido por ella: demostrarle la sinceridad absoluta de sus palabras,
quitarle toda sospecha de una nueva falsedad. Sin embargo, esta tierna
precipitacin no se avena, por cierto, con su actitud subsiguiente, tan
llena de silenciosas reticencias, ni menos con la enigmtica aprensin
con que haba rehuido su caricia. Eran desigualdades de su carcter,
simples rarezas, como ella deca? Se sorprendi de no haber puesto la
atencin, hasta entonces, en la manera casi hostil con que le trataba
Raquel. La felicidad sin duda le haba trado una especie de
inconsciencia, y ms con el trajn de arreglar la casa en un par de
das. Ahora le resultaba curiosa, por ejemplo, la tenacidad con que ella
haba rehusado el viaje de bodas a Montevideo.

Comprendi que el golpe de la dicha imprevista le haba desquiciado y
sumergido en una suerte de sonambulismo. Pero ahora se restregaba los
ojos, al fin. Qu significaba aquel aspecto caviloso con que el seor
Molina se paseaba, desde haca dos horas, por las habitaciones de la
casa, sin hablar con nadie y hasta esquivando francamente toda
conversacin? Por qu no relataba, con su flema de costumbre, ancdotas
histricas? Aquella misma maana Muoz le haba abordado,
expansivamente, para consultarle sobre diversas compras propuestas por
Charito.--S, s, todo eso me parece muy bien, respondi el seor
Molina, sin tomarse el tiempo indispensable para considerar la pregunta.
Luego, sacando su reloj:--Hasta luego, amigo, tengo por ah un asuntito.

Mientras tanto el cura no tardara en llegar para consagrar la unin, y
esa misma tarde ira l con Adriana, con "su mujer", a un chalet rodeado
de viejos rboles, en las barrancas de Belgrano... No lo habra
soado? Era realmente "su mujer" esta criatura que le desdeara y le
humillara tanto y a quien durante los ltimos meses no pudiera
contemplar sino furtivamente, como un ladrn, en la penumbra de la
iglesia del Socorro? Era esta la misma Adriana que tantas veces
resplandeciera para l, transfigurada, en la indecisin de una
portentosa lejana?

En tanto que su imaginacin sobreexcitada la miraba regresar as al
antiguo hechizo inquietante, no se pregunt una vez siquiera si era un
bien o un mal su casamiento con ella. Por el contrario, perdido en las
presentes conjeturas, experimentaba la inconfesable satisfaccin de que
este matrimonio era ya, de todos modos, un hecho consumado. Los largos
deseos atados a su amor, las humillaciones devoradas en silencio, haban
concluido por anular su dignidad de otro tiempo y por corromperle hasta
en las races de su ser. Ahora el corazn le lata con violencia agitado
por esta sola idea: "el cura no tardar en venir, Adriana ser de todos
modos ma". Y ya no quiso pensar en otra cosa.

Pero sobrevino un episodio extraordinario que impidi la realizacin del
acto religioso.




XXVI


Apenas Adriana qued sola, despus de rechazar a Muoz, entr en su
cuarto Lola, para anunciarle con mucho misterio que abajo, en la puerta
de calle, estaba la sirvienta de las Aliaga.

Ella palideci.

--Est sola?

--S, ha venido en un carruaje. Dice que trae un mensaje de la nia
Laura.

Entonces, con el mismo mpetu desordenado que pusiera das antes para
resolver el casamiento con Muoz, decidi ahora correr a casa de las
Aliaga. Qu pasara a la pobre Laura? Acaso su anemia se haba
agravado...

--Oye, orden a Lola, dame el saco de piel, dame el sombrero gris,
pronto, y no digas nada, t no me has visto salir, t no sabes nada de
m.

Dos minutos despus, subiendo al carruaje, interrog ansiosamente a la
sirvienta de las Aliaga.

Esta la inform. Laura estaba en cama, muy enferma, y los mdicos no
lograban ponerse de acuerdo en las consultas; sin embargo, la fiebre,
desde el da anterior, sin que nadie lo esperase, haba cedido.

--Y ahora, nia,--agreg--quiere verla a usted, le ha entrado una
desesperacin por verla, le dijeron que usted se casa, pero ella porfa
que no puede ser.

Por un momento, Adriana imagin la confusin que se producira en su
casa cuando llegara el cura y la buscaran intilmente. Pero esto le
pareci de una importancia irrisoria; en su espritu ya no haba sino el
anhelo de ver a Laura.

Cuando subi la escalera que una semana antes haba bajado llorando,
tuvo que detenerse en el rellano y oprimirse con las dos manos el
corazn. Al cruzar el vestbulo y entrar en el corredor que conduca a
la habitacin de Laura, la atmsfera de aquella casa en que haba nacido
su gran amor tan sbitamente perdido para siempre, y donde ahora acaso
estaba muriendo su dulce rival querida, la envolvi como en una realidad
ardiente. Le pareca de cierto modo revivir.

La habitacin de Laura estaba ah, a pocos pasos.

Haba en toda la casa un silencio de muerte. Sacndose el anillo de
Muoz, sin saber por qu, se volvi a la sirvienta y le pidi en voz
baja que lo guardara.

Parndose en el umbral, suspensa, lo primero que vio fue la cara de
Laura hundida en el blanco almohadn. Sentado a la cabecera de la cama,
Julio tena una mano de la enferma entre las suyas. Una arruga vertical
en la frente y las comisuras contradas de sus labios, revelaban
insomnios y noches en vela. Contemplaba a Laura adormecida.

Carmen, en medio de la habitacin, preparaba un remedio mirando la copa
al trasluz. Tambin era otra, Carmen: pareca ms crecida, ms mujer; la
afliccin persistente le haba borrado del semblante la expresin
infantil.

Adriana tuvo la sensacin viva de todo lo que se haba llorado en la
casa durante la espantosa semana transcurrida. Y se sinti oprimida,
avasallada por aquel dolor comn. Volvi Carmen hacia ella, muy
dulcemente, los ojos enrojecidos bajo la hinchazn de los prpados.

--Qu bien has hecho en venir!--dijo con la voz abatida y al mismo
tiempo tierna, sin interrumpir la preparacin del remedio.

Al or hablar, Laura se incorpor, retir vivamente su mano de las manos
de Julio y tendi los brazos a su amiga. Adriana se precipit, la bes
una y otra vez, y pareca no tener caricias bastantes para aquella pobre
cara devastada por la pasin y por el sufrimiento.

Laura sonrea.

--Qu miedo tuve de que no vinieras! Estoy muy enferma, sabes? Me
agrav ms porque nos dijeron que te casabas con otro, con Muoz. Es un
cuento, claro est; pero pensar que se te pudiera ocurrir un desatino
as, me afligi como no puedes darte idea. T has de casarte con Julio,
todo eso que leste en mi diario ya no tiene importancia. Te voy a
explicar...

Carmen la interrumpi, para hacerle tomar la medicina ya preparada.

--Y no hables tanto, ahora; volver a subirte la fiebre.

En esto baj Zoraida para pedir a Julio que hiciera compaa a la
abuelita. Era preciso tranquilizarla de cualquier modo; ya resultaban
intiles los esfuerzos que ella y Eduardo hacan para darle a entender
que no tena gravedad el estado de Laura. A toda costa quera que la
bajaran en una camilla.

Pero Laura se opuso a que saliese Julio y suplic, por el contrario, que
la dejaran con l y con Adriana, pues entre los tres deban resolver un
asunto aparentemente difcil pero muy sencillo en realidad. Era
necesario aclarar toda mala inteligencia.

Zoraida y Carmen obedecieron, sabiendo que lo peor sera contrariarle
aquel ansioso deseo que ella abrigaba desde el da anterior.

Adriana, que no haba mirado a Julio una sla vez, declar a Laura que
su casamiento no era un chisme, que se haban ya unido civilmente y que
era sta, por otra parte, la nica solucin que convena.

Laura se incorpor, la mir con un gesto de sorpresa; una sombra de
fastidio pas sobre su cara adelgazada por la enfermedad y que pareca,
ms que nunca, tallada en fino marfil. Luego sonri con incredulidad.

--T quieres engaarme. Piensas que esta mentira podr contribuir a
curar mi anemia. Todo lo contrario! Si tu matrimonio de pacotilla fuera
cierto, eso no hara sino empeorarme. Precisamente te llam para impedir
que te comprometieras con Muoz.

Fue intil que Adriana insistiera en convencerla. Laura, cada vez ms
incrdula, segua burlndose.

--Y quin es Muoz? Tiene algo de comn contigo, al menos? Hacerle a
Julio la afrenta de casarte con otro! Tu propsito lo adivino, pero no
tiene ninguna razn de ser, porque Julio no es para m sino un amigo,
como t. yeme: en un tiempo tuve celos, s, te lo confieso. Ya lo
habrs ledo en mi diario... Y a propsito, qu picarda la tuya y la
de Camucha, ir a leer el diario de mi vida!

--Perdname, Laura. Pero eso ha servido para que yo supiera a tiempo la
verdad.

--Para mal tuyo y mo.

--No, porque todo ahora se arreglar. T te casars con Julio; demasiado
sufriste en estos meses, la felicidad final debe ser tuya.

Ambas rivalizaban, as, en el deseo de sacrificarse, y no parecan
reparar en la presencia de Julio. Despus Laura alternativamente los
mir.

--Ustedes, prosigui, son ahora para m dos amigos, los quiero con un
mismo cario. Mi pasin, te lo juro, Adriana, ha terminado. Tus ruegos
de que me case con Julio son as absurdos. Ah! Pero por favor,
pnganse los dos del mismo lado, me cansa mucho tener que dar vuelta la
cabeza a cada rato.

Julio se levant, la cara tranquila baada en lgrimas, y obedeci.

--Y llora!--exclam Laura conmovida. Es la primera vez que lo veo
llorar. T lo has hecho llorar con tu cuento del matrimonio.

Adormecida por aquella mansa charla, Adriana se puso a pensar que junto
a ella, anegado en la misma pena, estaba el hombre elegido por su
corazn. Brillaron en su espritu los maravillosos recuerdos. Se vio con
l en la salita apartada del Museo, bajo el cuadro de la maja
provocativa, y despus de la intimidad de las citas que de tan mala gana
les proporcionara Charito. Se represent tambin las graciosas actitudes
de Luca Moreno, con sus grandes ojos llenos de fina sensualidad y de
malicia; y luego vio la ruidosa escena en que Carmen escapara al
vestbulo y arrojara a las manos de Julio el diario de Laura. Y esto y
todo un tropel de imgenes pasaban ahora como a trasmano de su vida;
porque al renunciar a su dicha, haba renunciado tambin al deseo de la
vida y del mundo. El casamiento con Muoz era eso, un acto de
renunciamiento. En verdad no se arrepentira nunca de su decisin. Pero
su alma se llenaba de amargura por la idea de que aquella separacin
hubiese ocurrido con tan spera presteza, sin el consuelo de una
despedida.

Y a l, qu pensamientos le llenaban ahora el alma? Adriana se hubiese
acercado a enjugarle el silencioso llanto con largos besos de ternura,
para unir esta tristeza de su amor ya imposible a la piedad inmensa que
le inspiraba su amiga enferma.

Ya se entraba la tarde, una de esas tardes templadas, casi tibias en
mitad del invierno, que suelen suceder a una semana de fro intenso.
Comenzaba a oscurecer. A travs de los cristales y sus cortinas blancas,
entraba con el crepsculo una luz tan azulada, que el aire de la
habitacin y las caras se revestan de su azul.

--Y ahora--dijo Laura despus de un silencio--les pedir un favor, muy
en serio. Quiero que delante de m, ahora que todo est explicado, y
para que no haya entre nosotros ninguna cosa ambigua, se den los dos un
abrazo de reconciliacin.

Ambos quedaron inmviles. Pero Laura insisti, suplic, y al fin tendi
hacia Julio su mano, voluntariosamente. Entonces l obedeci. Sinti
Adriana repentinamente que el mundo y la misma Laura se desvanecan ante
la realidad de Julio que acercaba a la suya la cara querida, como en el
vivo sueo de la vspera. El exceso de la emocin la hizo palidecer, y
oprimirse como un pjaro aterido. Le tom l la cabeza entre las manos y
la bes. Pensaron ambos que ya no volveran a verse nunca. Entonces se
abrazaron con abandono, y ella apoyando la mejilla en la cara de Julio,
slo senta un deseo dulce de morir.

En ese momento acudieron precipitadamente Zoraida y Carmen.

--Ha venido un hombre, no sabemos quin es!

El desconocido visitante estaba en el vestbulo. La sirvienta, que no
haba podido detenerle, trajo la tarjeta. Leyeron el nombre: "Ricardo
Muoz".

Se le oa pasear en el vestbulo.

--Ha sospechado que ests aqu, dijo Zoraida, pero es de todos modos un
atrevimiento. Y dirigindose a la sirvienta:--Dile que no estamos para
nadie, que hay enfermos.

Adriana se hinc de rodillas y escondi el semblante entre las ropas de
la cama.

--Ahora lo sabremos todo!--dijo Laura con resolucin.

Y contrariando la actitud de su hermana, llam gritando tan alto como
pudo con sus dbiles fuerzas:

--Muoz! Seor Muoz!

--Ests loca!--exclam Zoraida azorada. No podemos dejar que entre
aqu!

Pero ella sigui llamndole.

--Entre, Muoz!

Apareci, su cara se ilumin tambin con la indecisa claridad azul.
Traa el cabello revuelto y miraba con extravo a las muchachas
fantsticas. No cambi su expresin a la vista de Adriana, ni pareci
sorprenderle la presencia de Julio.

Laura le salud gentilmente y con un gesto le indic que se acercara.
Pero l, rgido en el umbral de la puerta, pareca querer pronunciar una
frase, sin conseguirlo. Laura le observaba ahora con una curiosidad
infantil.

--Podra la sirvienta--dijo Muoz al fin--acompaarla a su casa?

--Por qu, seor?--le pregunt Laura.--Usted no sabe que Adriana
quiere a Julio?

--Cllate, Laura, por piedad, interrumpi Zoraida, no sabes lo que
dices.

--No, djame hablar, l comprender, necesito explicarle.

--Te subir la fiebre!

--Zoraida, djame hablar, te lo pido.

--Te subir la fiebre!

--Al contrario, Zoraida; si no permites que hable, la desesperacin me
matar. Aqu hay un verdadero contrasentido. Considere un momento, seor
Muoz, que Adriana slo se casara con usted por la compasin que yo le
inspiro y es capaz, para llegar a este fin, de haberle fingido que lo
quiere.

Laura hablaba exaltada hasta la pureza de una sinceridad difana,
mientras Muoz, adusto, con los ojos bajos, apretndose las manos,
pareca aguardar, impaciente, que ella concluyera.--Y no se conmueve!
continu Laura. Los hubiera visto un momento antes de que usted llegara.
Con qu pasin dolorosa se besaron, obligados por m!

Sacudido por estas ltimas palabras, Muoz se adelant, sin responder a
Laura, y toc el hombro de Adriana. Pero su gesto autoritario no
corresponda al verdadero estado de su espritu. Temblaba de inquietud,
y la noticia que tan bruscamente le daba Laura, el beso a Julio, slo
alcanz a herirle la imaginacin.

Su amor propio haba muerto, estaba dispuesto a pasar por todo para
conseguir que Adriana le siguiera. A ser necesario, se habra humillado
hasta arrastrarse a sus pies o hasta suplicar al mismo Julio que
intercediera para convencerla. Porque la deseaba.

Pero ella obedeci, ajustndose el sombrero para marcharse.

--Cmo!--exclam Laura sorprendida. Usted pretende imponerse? No!
Djela! Perverso! Pcaro!

Adriana acall sus palabras con una caricia, y luego hizo a la sirvienta
sea de seguirla. Y sali, despus de besar, rpidamente, a Zoraida y a
Carmen. Sus pasos y sus sollozos resonaron en la escalera del vestbulo.

Muoz, saludando, se retir tambin.

Laura haba enmudecido, dndose cuenta de que los dos eran ya,
efectivamente, marido y mujer.

* * *

A travs de los cristales entraba todava el resplandor de la luz azul,
pero ya muy velado por la indecisin que ponan las tinieblas. Julio
estaba otra vez a la cabecera de la cama, y tena una mano de la enferma
entre las suyas. El rumor de la ciudad llegaba en el silencio como la
resignacin de una lejana queja. Y la cara de Laura, sobre la blancura
de los almohadones, pareca diluirse cada vez ms en la penumbra azul.




EPILOGO


Se llev a cabo, tres das despus, la ceremonia del casamiento
religioso. Adriana dej que su madre y su to dispusieran todo lo que a
la situacin convena. Hubo que buscar a otro sacerdote, porque se neg
rotundamente a consagrar la unin el que la primera vez viniera en
balde. Muoz ni siquiera pidi cuenta a su mujer de la huida a casa de
las Aliaga. Y comprendi, ahora, aquellas palabras de Julio que tanto le
haban intrigado: "La parte de la tierra ha de corresponderte a ti".

Laura, trasladada a la estancia, comenz a mejorar, excitada por el sol
y el aire spero del campo. Pero tuvo una recada y muri. Acaso no vino
a sostener sus dbiles fuerzas una suficiente voluntad de vivir.

Las Aliaga volvieron a la ciudad y al cabo de un ao Carmen acept a
Jos Luis Aguirre, aun cuando la persona de ste no coincida con su
secreto ideal... Pero al fin, menos apasionada que la pobre Laura, ms
resignada a la realidad del mundo y enseada, adems, por la verdad que
parecan realmente encerrar los extraos temores y presentimientos de
Zoraida, haba cesado de cifrar esperanzas en el peligroso amor. Fingi
por eso la comn alegra de las novias y se cas. Como luego, poco a
poco, su imaginacin ces de volar a las nubes, y por otra parte Jos
Luis, aunque siempre presumido, era un marido excelente, concluy por
hallar en el mundo la relativa felicidad.

Adriana y Julio no volvieron a encontrarse. Viaj l por Europa y al fin
se estableci en Espaa.

Un da Eduardo recibi de l una larga carta y se la ley a Zoraida. Con
relacin a su amor con Adriana y a la muerte de Laura slo contena
estas palabras: "No te asombre mi silencio sobre las tristes cosas
pasadas. El alma humana tiene una capacidad limitada: durante aquellos
das apur todo mi poder de amar, de gozar y de sufrir. No me quedan ms
que sombras de sentimientos".

En el chalet rodeado de viejos rboles, sobre las hermosas barrancas de
Belgrano, Adriana vive desde hace aos retrada, encerrada, y contra
todos los ruegos de Muoz rehusa cualquier ocasin de mostrarse en
sociedad. Ha esquivado relacionarse con las gentes que habitan los
chalets vecinos. Como Julio, slo tiene sombras de sentimientos.

El matrimonio equivale para ella a la paz de un retiro conventual.

FIN





End of Project Gutenberg's Adriana Zumarn, by Carlos Alberto Leumann

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ADRIANA ZUMARN ***

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