The Project Gutenberg EBook of El intruso, by Vicente Blasco Ibez

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Title: El intruso

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: January 31, 2008 [EBook #24466]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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VICENTE BLASCO IBEZ

EL INTRUSO

--NOVELA--

22.000

F. Sempere y C., Editores

CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32

VALENCIA

1904




I


Comenzaba  clarear el da cuando despert el doctor Aresti, sintindose
empujado en un hombro. Lo primero que vi fu el rostro de manzana seca,
verdoso y arrugado de Katali, su ama de llaves, y los dos cuernos del
pauelo que llevaba la vieja arrollado  las sienes.

--Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues
que vaya.

Comenz  vestirse el doctor, despus de largos desperezos y una rebusca
lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordndose de
los estantes de la inmediata habitacin, se extendan por su dormitorio
de hombre solo.

Dos mdicos tena  sus rdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel
da estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames
desde la noche anterior, para curar  varios mineros heridos por una
explosin de dinamita.

Katali le ayud  ponerse el recio gabn, y abri la puerta de la calle
mientras el doctor se calaba la boina y requera su _cachaba_, grueso
cayado con contera de lanza, que le acompaaba siempre en sus visitas 
las minas.

--Oye, Katali--dijo al trasponer la puerta.--Sabes quin es el muerto?

--_El Maestrico_ disen. El que enseaba por la noche el abesedario  los
pinches y era novio de esa que llaman _La Charanga_. Cmo est
Gallarta, Seor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasa.

--Lo de siempre--murmur el mdico.--El crimen pasional. A estos
brbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.

Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llam desde la puerta.

--Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San Jos y que le
esperan en Bilbao. No haga  su primo una de las suyas.

Aresti not la entonacin de respeto con que hablaba la vieja de aquel
primo que le haba invitado  comer por ser sus das. En todo el
distrito minero nadie hablaba de l sin subrayar el nombre con una
admiracin casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y
podero, le teman como  una fuerza omnipotente.

El doctor, al salir de Gallarta, se abroch el gabn, estremecindose de
fro. El cielo plomizo y brumoso se confunda con las crestas de los
montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta
descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del
Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirm los
lentes y sigui adelante todava sooliento, con esa pasividad resignada
del mdico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus
zapatos de monte se pegaban al barro; la _cachaba_ iba marcando con su
lanza un agujero  cada paso.

La noche anterior haba cenado Aresti con unos cuantos contratistas de
las minas, lo ms distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban
camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos
camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se
pegaban al mdico acosndolo con toda clase de agasajos. Despertaba en
ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que haba estudiado en el
extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir
entre ellos, en la sociedad primitiva y casi brbara del distrito
minero. Esto les halagaba como si fuese una declaracin de superioridad
en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los _chimbos_ de
Bilbao. Adems, respetaban al doctor con cierta adoracin supersticiosa
porque era primo hermano de Snchez Morueta y ste no ocultaba su gran
cario al mdico...

Snchez Morueta! Cmo quin dice nada! Haca muchos aos que no haba
estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurran los meses sin
que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los ms
ntimos del famoso personaje. Pero ya se poda preguntar por l, lo
mismo al gobernador de Bilbao que al ltimo pinche de Gallarta: nadie se
mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se vean
minas y ms minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos
inclinados, tranvas areos, rebaos de hombres atacando las canteras:
de l, todo de l. Y de l tambin, los altos hornos que ardan da y
noche junto al Nervin, fabricando el acero, y gran parte de los vapores
atracados  los muelles de la ra cargando mineral  descargando hulla,
y muchos ms que paseaban la bandera de la matrcula de Bilbao por todos
los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un
sinnmero de fbricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que
funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se
dejaba ver, pero se senta su presencia en todas partes. Poda hacer 
un hombre rico de la noche  la maana con slo desearlo. Hasta los
seores de Madrid que gobernaban el pas le buscaban y mimaban para que
prestase ayuda al Estado en sus apuros y emprstitos. Y el doctor
Aresti, amado por Snchez Morueta con un afecto doble de padre y de
hermano, se empeaba en vivir fuera de su proteccin, ms all de la
lluvia de oro que pareca caer de su mirada y que haca que los hombres
se agolpasen en torno de l, con la furia brutal de la codicia,
obligndolo  aislarse,  permanecer invisible, para no perecer bajo el
formidable empujn de los adoradores!... La nica merced que el mdico
haba solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la
cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecan
faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama
de prctico de los hospitales de Pars, con la popularidad que le haban
dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fu  aislarse en las
minas, cuando an no tena treinta aos, viviendo en una casita de
Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.

Los contratistas, los capataces, los _qumicos_, toda la gente que
formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba  Aresti, poniendo en
su adoracin algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio 
las riquezas materiales.

--Le gusta vivir con nosotros--decan con orgullo.--Mejor prefiere una
merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que Snchez
Morueta tiene en Las Arenas... Ser primo de Don Jos y pasarse meses
sin verlo!... Pero qu famoso es el doctor!

El msero rebao de los mineros, albergado en los barracones y cantinas,
tena una fe ciega en su ciencia, le miraba como  un brujo capaz de los
mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano.
Pasaban por los caminos de la montaa un sinnmero de lisiados, que, al
conservar la vida despus de horribles catstrofes, proclamaban la
maestra del cirujano.

--Que venga Don Luis!--gema el minero herido por la explosin de un
barreno,  el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la
cantera.

Y al ver con la mirada vidriosa de la agona los lentes del doctor, sus
ojos irnicos bajo unas cejas mefistoflicas y la barba en punta llena
de canas precoces, los infelices sentanse animados por repentina
confianza; no perciban la llegada de la muerte, esperando hasta el
ltimo momento el milagro que haba de salvarles.

Los otros mdicos del distrito eran recibidos por los enfermos con
triste resignacin. Don Luis: slo el doctor Aresti! Y las seoras de
Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se
aburran en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo,
sentan enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, slo por
el gusto de hablar con el doctor, que  ms de su ciencia llevaba con l
algo de la grandeza de Snchez Morueta y de las altas clases de Bilbao
hasta las cuales soaban con llegar algn da. Los maridos no
necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los
asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le
buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagrulicas.
Le llevaban con ellos  las pruebas de bueyes y las apuestas de
barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de
la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.

La noche anterior, Aresti se haba acostado tarde. Ya que haba de comer
en Bilbao invitado por _Don Jos_ (que as era conocido por antonomasia
el poderoso Snchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual
nombre, no queran dejar de obsequiar al doctor. Y hasta ms de media
noche dur la cena en el fondn principal del pueblo: un banquete de
platos populares y substanciosos, tales como los soaban aquellos ricos
improvisados en su poca de hambre: conejos de monte, gallinas en toda
clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile
de viandas vulgares rociadas desde la primera  la ltima con champagne
de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el
distintivo de la riqueza; lo nico que haban podido copiar de las
clases elevadas. Lo queran del ms caro para que constase bien su
opulencia y lo gastaban  cajas, abriendo  golpes las botellas, riendo
como nios cuando el lquido se derramaba por el suelo, mojndose unos 
otros con la espuma, bebindolo en tanques y llenando  veces las
palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que 
los postres nunca dejaba de producir hilaridad.

Aresti sonrea recordando la fiesta de la noche anterior, las
extravagancias infantiles de aquellos rsticos, enriquecidos rpidamente
 imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y
laboriosa que llevaban en el monte.

Sin detenerse en su marcha, el doctor contempl largo rato una colina
roja que se alzaba  un lado del camino. Aquella tumefaccin del paisaje
era obra del hombre. La montaa se haba formado espuerta sobre
espuerta. A su sombra haban nacido Gallarta y la riqueza del distrito.
Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoa, la explotacin ms
famosa de las Encartaciones: toda de mineral _campanil_ y del ms rico.
All haban comenzado su fortuna Snchez Morueta y otros potentados de
Bilbao. Slo quedaba como recuerdo la montaa de escoria. El dinero
estaba en la villa, y en las entraas de la tierra los siervos annimos
que haban dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.

Aresti vi un grupo de gente  un lado del camino. Pasaban corriendo
junto  l chiquillos y mujeres. A veces se detenan para llamar  los
que estaban en los desmontes inmediatos.

--En! Han matado al _Maestrico_! Vamos  verlo!

Y seguan corriendo hacia el gento, en el cual se destacaban los negros
uniformes y las boinas con chapa de una pareja de miones. Algunos
muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atrados por el suceso,
llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos.
Familiarizados con el explosivo, metanse entre los grupos empujando
para abrirse paso y ver al muerto.

En medio del camino estaban inmviles varias carretas con sus bueyes de
raza vasca, pequeos, de patas finas, con una piel de carnero entre los
cuernos adornando el yugo.

Al llegar el doctor se abri el compacto grupo, dejando ver un hombre
tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre
formaban una mscara sobre su rostro. Aresti no tuvo ms que inclinarse
para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.

El juez municipal, un contratista de los que haban cenado con Aresti,
le habl del suceso, lamentando el madrugn que le haba proporcionado.
El pobre _Maestrico_ deba haber muerto casi instantneamente. Tena un
golpe en el corazn, una de aquellas pualadas que slo se vean en las
minas donde vive tanta gente salida del presidio. Adems, le haban
herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Deban ser dos los
que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volva de Bilbao. Para
el juez, el suceso no ofreca dudas. De all ira  prender  los
culpables sin miedo  equivocarse.

Recordaba  Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un
andaluz, de carcter triste y pocas palabras que haba rodado por el
mundo buscndose la vida en Amrica en cien oficios, y trabajando en
todas las minas de Espaa. Por las noches, cuando volva del trabajo,
daba lecciones  los pinches. Viva  pupilo en casa de los padres de
_la Charanga_, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta  la
chavalera de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado
de presidio, un rebelde que iba de una  otra cantera despedido siempre
por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atencin
por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un
arsenal de armas oculto. El _Maestrico_ se haba enamorado de _la
Charanga_ con la pasin reconcentrada y silenciosa de un hombre de
cuarenta aos. Los padres le queran, alabando sus costumbres sobrias,
su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de
bestia alegre, deca que s  todo, continuando sus relaciones con el
matoncillo. Iban  casarse en aquella misma semana. El _Maestrico_ haba
marchado el da anterior  Bilbao para comprar algunos regalos  la
novia y, al regreso, el amante y su padre le haban esperado en el
camino.

Aresti oy unos gemidos  su espalda. Entre el gento, un minero viejo
se llevaba las manos  los ojos.

--Antn... pobre _Maestrico_. Matar  un hombre as! Tan bueno!...
tan trabajador!

Era el padre de _la Charanga_, que lloraba ante el cadver de su pupilo.

El mdico se fij en el abultado abdomen del muerto,  hizo que un min
desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela
blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que suean las muchachas
de las minas como una elegancia suprema. El pobre _Maestrico_ haba ido
 la villa para comprar este regalo  su novia.

Se abri el grupo con cierto rumor de curiosidad, como  la llegada de
un personaje esperado. Era _la Charanga_, con las manos en las fuertes
caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado,
mostrando al sonrer sus dientes agudos de loba impdica.

--Pero es verdad que han matao  _ese_?...

Y fijaba su mirada en el mdico, con la misma expresin de lbrica
generosidad con que muchas veces le haba invitado  seguirla cuando le
encontraba en el campo. Despus contempl el cadver framente, sin
emocin, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompi  rer.

--Redis! Pus ya poda yo anoche esperar mis botas!...

Fu todo lo que se le ocurri ante el cadver del que iba  ser su
marido. Y rompiendo  codazos por entre los hombres que se conmovan al
contacto de sus caderas, sali del grupo, alejndose con soberbia
indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor  ella iba  ir 
presidio.

--La bestia!--dijo el mdico al juez, siguindola con la mirada.--La
hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos
se maten por poseerla... Esto slo se ve aqu.

Y Aresti sonrea con la satisfaccin del naturalista que contempla en
su gabinete un animal extraordinario.

Llegaban de Gallarta nuevos grupos atrados por la noticia del
asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miones en
busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadver,
llevndolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor
emprendi el regreso y, cerca ya de Gallarta, not que un muchacho de
unos catorce aos, un pinche de los que trabajaban en las minas, le
segua, marchando tan pronto  su lado como delante, siempre volviendo
la cara hacia l, mirndole con unos ojos desmesuradamente abiertos,
suplicantes y vidriosos como si fuesen  saltarles las lgrimas.

--Qu se ofrece caballero?--dijo Aresti con su voz alegre que pareca
esparcir la confianza entre los desgraciados.

--Seor dotor--gimi el muchacho.--Mi padre... mi pobre padre.

Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se
ahogaron las palabras en su garganta y rompi  llorar.

Aresti se fij en l. No era del pas: deba ser _maketo_, de los que
llegaban en cuadrillas de Castilla  de Len, empujados por el hambre,
atrados por los jornales de las minas. Un pantaln azul, con piezas
superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus
zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprima una
camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la
maraa de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de
una boina vieja. Ola  juventud descuidada,  ropas mantenidas sobre la
carne meses enteros. Aresti conoca este perfume de las minas; el hedor
de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la
misma envoltura.

--Tu padre... ya te entiendo--dijo bondadosamente.--Y qu le ocurre 
tu padre? Vamos  ver.

El pinche se explic trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga,
en una casa de peones, muy enfermo; se mora. Al amanecer haba querido
levantarse para ir al trabajo como los dems compaeros, pero le arda
la piel, deliraba. El da antes haba llovido y se moj en la cantera.
l, que era su hijo, se haba quedado para cuidarle. Pero cmo,
seor?... Estaba muy malo, mucho. Para que l se hubiera decidido 
perder el jornal del da!...

Y el muchacho repiti lo de la prdida del jornal varias veces, dndole
con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostracin
de la gravedad del enfermo.

Aresti crey consolarle, prometiendo que enviara al mdico que estaba
en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompi  llorar
de nuevo.

--Seor dotor... Usted, slo usted... Se lo pido por lo que quiera ms
en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe ms que todos
juntos. La gente dice que usted hace milagros...

Y apoderndose de una mano del doctor, se la bes repetidas veces sin
saber qu decir, como si estas muestras de veneracin fuesen todo su
lenguaje y con l quisiera convencer al mdico.

--Basta, muchacho--dijo Aresti riendo.--No sigas. Ir  Labarga para que
no me beses ms con tu cara sucia... Buena se va  poner Katali cuando
sepa que subo al monte.

El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habl con menos
dificultad contestando  sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y
haban venido  las minas su padre y l con seis paisanos ms. Haca
tres aos que realizaban este viaje  la entrada del invierno. Ellos
tenan all su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las
mujeres se encargaban de los campos durante el fro y los hombres
emprendan la peregrinacin  Bilbao en busca de los jornales fabulosos,
de once reales  tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el
pas. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y
plantar la del ao prximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era
dura, moran algunos; pero se poda volver  casa con buenos ahorros.

--Yo, seor dotor, gano siete reales: mi padre once  doce. Damos un
real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aqu todo va por
las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral
destroza mucho. Adems, casi todas las semanas llueve en esta tierra y
no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos 
casa  los diez meses con cuarenta  cincuenta duros.

--Pues vais  ser ricos cualquier da--dijo Aresti.

--Quia! no seor!--contest el muchacho cndidamente.--Ricos nunca lo
seremos. Aun si ese dinero fuese para nosotros!...

--Es que lo regalais?...

--Se lo llevan los mandones. Con l pagamos la contribucin.

Aresti camin un buen rato en silencio, admirando una vez ms la
sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada
 las privaciones, sin la ms leve vegetacin de ideas de protesta en su
cerebro estril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de
campamento, encorvados ante la piedra roja, arandola de sol  sol con
un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentacin,
acelerando da por da la ruina de su organismo; y este sacrificio
obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridculo
sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y
pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.

Al entrar en Gallarta, el mdico pas apresuradamente ante su casa,
temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al
monte.

--Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y an he de tomar el tren
para Bilbao.

Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta
empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustndose
 todas sus tortuosidades. Eran mseros edificios construidos con
mineral en la poca que ste no era tan buscado; gruesos paredones
agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y
los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes
aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates
del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los
establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas
ventanas con vidrios empaados servan de escaparates, exhibiendo
zapatos  quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa,
enviados  las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A
causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas
tenan varios peldaos ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran
profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar  ellas. Los
establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La
calle, con sus tiendas estrechas y lbregas y sus casas de poca altura,
haca recordar la tortuosa va de una poblacin rabe. Algunas carretas
permanecan detenidas  las puertas de las tabernas, moviendo los
bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro
gritaban los conductores ante los vasos de vino.

Aresti tena buenas piernas, acostumbrado como estaba  aquel pas
montuoso, y apoyndose en la _cachaba_ segua sin dificultad al pinche
que casi corra por el camino, con direccin  Labarga, uno de los
barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotacin minera. As
como ascendan por el spero camino, era ms fuerte el viento y se
ensanchaba el paisaje. Agrandbanse los montes y se velaban los valles
bajo la bruma de la maana. Por la parte del mar, el Serantes, que
guarda la desembocadura de la ra de Bilbao, recortaba sobre el cielo
plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies
extenda el mar su ancha faja obscura, cortada  trechos por otros
montes ms bajos, metindose en tringulos, tierra adentro, en forma de
ensenadas y ras.

Haca algn tiempo que el doctor no haba subido  pie la cuesta de
Labarga y encontraba cierta novedad al espectculo. Sin dejar de andar,
iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al
pie de Serantes, era San Pedro Abanto; ms all, al lado de una ra,
alzbase la montaa de Somorrostro. Dos nombres famosos que conoca toda
Espaa despus de la guerra civil. Como una resurreccin de aquella
lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas
inmediatas al camino, tembl la tierra con sorda trepidacin y
estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por
el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban  una hora
fija, por la maana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus
cornetas para que se alejase la gente. Ms all de las minas inmediatas
sonaron nuevas detonaciones, y luego otras ms lejanas, estremecindose
toda la cuenca minera con un incesante caoneo como si tronasen bateras
ocultas en todos los repliegues y cspides de los montes.

Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las
Encartaciones, cuando el ejrcito liberal intentaba levantar el sitio de
Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de
la guerra y la destruccin, haban popularizado los nombres de dos
humildes aldeas de Vizcaya. l no haba presenciado los combates; pero
como si los hubiera visto, despus de escuchar su relato tantas veces 
los viejos del pas y  muchos de los contratistas que eran entonces
aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al
cura de su anteiglesia, haban tomado las armas en defensa del Seor y
los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del
llano, haban matado de un certero caonazo  los dos mejores generales
del carlismo. Despus, el mdico miraba el monte de Somorrostro con sus
speras pendientes, aislado, lgubre como una pirmide. An se
encontraban osamentas al cavar en las faldas. All haba sido la gran
carnicera: los batallones del gobierno, la infantera de marina, con la
bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro,
pugnaban por subir  lo ms alto para vencer al enemigo, y ste los
fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fra
anticipacin, y parecindole poco mortfero el fusil, apelaba 
procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las
alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las
minas, y estos carros de la muerte descendan saltando de peasco en
peasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba  cada choque, 
cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los
celtberos brbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas
locas rompan las masas de pantalones rojos  azules que en vano
intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su frreo volteo, hacan
crujir los huesos, deshilachaban los msculos, y, manchadas de sangre,
seguan rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destruccin.

--Imbciles! imbciles--repeta mentalmente el doctor.

Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos
montes y en otros de ms all; en todos los que dorman eternamente en
las entraas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una
simple cuestin de personas, hbilmente explotada en nombre del
sentimiento religioso y de la repulsin que siente el vascongado por
toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.

Contrastando con estos recuerdos de una poca de violencias, rodeaban al
doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el
movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra.
Los tranvas areos para la conduccin del mineral apoyaban sus cables
sobre los robustos postes y deslizndose por ellos, pasaba el rosario de
tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeaderos,
descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los
descargaderos de Ortuella, la va frrea del Triano, que es el
respiradero de las minas.

En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corran sobre los
rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por
caballos, empujadas otras por hombres. Veanse grandes plataformas de
madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehculos
amarrados  una cadena sin fin. La va automtica de una compaa
extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que
parecan seres animados. Los vehculos rodaban en dos filas, en opuestas
direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su
camino en lnea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y
atravesando las alturas por tneles pendientes que los devoraban.

El paisaje apareca trastornado por la mano del hombre. El minero
violaba  la Naturaleza, volcndola, desordenando sus ropajes. Todo
haba cambiado de lugar. Las cumbres haban sido echadas abajo por la
piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban
convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecan desgarradas:
lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el
pavoroso corte del despeadero. Habase cambiado el curso de las aguas;
las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapbanse ahora con
rezumamiento fangoso por las angostas galeras que perforaban las
pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su
carne, mostraban el armazn calcreo, la triste osamenta. Los prados de
otras pocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo
haba desaparecido, como si soplara sobre aquellas montaas un viento de
fuego. Slo quedaba el pedrusco frreo, el terrn rojo, la tierra
codiciada por el hombre, que pareca haber ardido con interna
combustin. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante.
Creca la hierba all donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las
plataformas carcomidas, delatando una explotacin abandonada. En estos
rincones pacan algunos rebaos de ovejas panzudas, de largas lanas,
dando con sus esquilas una nota de calma pastoril  aquel paisaje
desolado que pareca recin surgido de una catstrofe geolgica.

El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de
esos crteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de
sus convulsiones. Pareca imposible que aquella profundidad fuese obra
del hombre en tan pocos aos. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando
el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos.
Los caballos parecan por su tamao escapados de una caja de juguetes.

Aresti, ante este desgarrn de la corteza terrestre que mostraba al aire
sus entraas, recordaba las formas y colores de las piezas anatmicas
reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como
huesos; las fajas de mena rojiza tenan el tono sanguinolento de los
msculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso
de los intestinos.

A un extremo de la gigantesca excavacin la montaa se haba venido
abajo, formando una cascada inmvil de ondas de tierra y enormes
pedruscos. El mdico recordaba la catstrofe ocurrida cuatro aos antes.
La cantera se haba derrumbado, cogiendo en su cada  una cuadrilla de
obreros que trabajaba en su base. Unos haban perecido aplastados
instantneamente: otros haban quedado enterrados en vida, en un
socavn, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La
gente acuda para pegar sus odos con horror  los peascos
desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los
gemidos de los infelices que perecan lentamente en la obscuridad de las
entraas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los das. Centenares
de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver
la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, slo
haban avanzado algunos metros y ya no se oa nada: de la tierra no
sala ningn lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios
cadveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el crneo
aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando
an en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del
socavn en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la
cueva se pudran tras el gigantesco tapn de mineral que los haba
aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocan. Haban
llegado  las minas poco antes y los capataces slo anotaban sus apodos.
Tal vez en algn rincn de Espaa los esperaran an, creyendo que
cuanto ms larga fuese la ausencia mayores seran los ahorros.

Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salan gemidos del
derrumbamiento. Durante unos meses vironse en el camino de Labarga
formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las
casas temblaban los muchachos y las jvenes, oyendo hablar de las pobres
almas en pena de la mina. Pero cierta maana apareci tendido en el
camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo
fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron  salir fantasmas, ni
nadie sinti deseos de adornar la catstrofe con grotescas apariciones.

El recuerdo de los enterrados fu borrndose en la memoria de todos. Las
desgracias, en aquella explotacin cruel que gastaba las vidas de muchos
miles de hombres, superponanse unas  otras con frecuencia, ocultando y
desvaneciendo las anteriores. Un da, las vagonetas, al chocar unas con
otras, aplastaban  un obrero: otro da saltaban de los rieles al bajar
por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo,
que no recelaba la muerte traidora que llegaba  sus espaldas: los
barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen
espigas; llovan pedruscos en mitad de la faena, matando
instantneamente; y por si esto no era bastante, haba que contar con
los navajazos  la salida de la taberna, con las rias en la cantera,
con las disputas en los das de cobro, con la feroz acometividad de
aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual
vivan confundidos los que al salir de los penales de Santoa,
Valladolid  Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las
minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y  nadie se
preguntaba quin era y de dnde vena...

La Muerte rondaba en torno del msero populacho, como un lobo alrededor
del rebao, siempre vigilante, con las uas afuera y los dientes agudos.
Zarpazo aqu, dentellada all, la gran enemiga se mostraba infatigable.
Siempre haba en el hospital ms de una docena de camas ocupadas por
carne enferma que peda entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un
perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega
fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la
misma montaa, llegando apenas  la opulenta Bilbao. El mineral marchaba
ra abajo sin que nadie pensase en lo que haba costado su arranque del
suelo.

Aresti sali de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle nica
de Labarga, dos filas de mseras casuchas puestas sobre los peascos que
bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecan palacios,
comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas,
conocidas en el pas con el nombre de _chabolas_, con tabiques de madera
delgada y techumbre de planchas corrodas. Las puertas estaban en dos
piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera,
y la superior, al abrirse, era la nica ventana que daba  la casa luz y
aire. Las incesantes lluvias haban podrido aquellas habitaciones,
reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella
fuese  convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre
cuerdas los guiapos de color indefinible puestos  secar. Algunas
gallinas flacas y espeluznadas corran por el camino. Los nios
permanecan sentados ante las puertas, graves  inmviles, como si
fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillera de los pueblos del
llano.

Al ver al doctor, salan las mujeres  las puertas de sus tugurios,
sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo
de pronto el miedo  enfermedades que tenan olvidadas.

--Chicas, es don Luis!--se gritaban unas  otras.--Seor doctor, aqu!
Mreme usted este chico!... Entre  ver  mi madre!

Pero Aresti conoca de larga fecha estos recibimientos; el furor que
acometa  todos por estar enfermos apenas le vean, sin ocurrrseles
bajar al hospital ms que en casos de extrema gravedad. Y segua
adelante sonriendo  unas, contestando  otras alegremente, precedido
por el pinche zamorano que volva la cara como si temiese verle
secuestrado por el grupo de comadres.

Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una
casucha que era la peor del barrio. Tena los ojos casi ocultos bajo las
cejas y un gesto de desdn contraa  cada momento su cara negruzca. Al
ver al mdico no se llev la mano  la boina ni abandon su inmovilidad
de fakir, como si estuviera abstrado en la contemplacin de la miseria
que le rodeaba.

--Salud, amigo _Barbas_!--dijo el mdico alegremente, detenindose ante
l.--Qu hay compaero?

--Mucho y malo, don Luis.

--Y esa revolucin cundo la hacemos?...

El _Barbas_ mir un instante  Aresti con ojos ceudos, como si fuese 
insultarle: despus escupi la nicotina de sus labios con un gesto
desdeoso.

--Brlese, don Luis. Usted est acostumbrado  or quejarse de dolor lo
mismo al rico que al pobre,  ver que todos mueren igual; por eso toma 
risa las cosas de los hombres. Al fin no somos ms que animales. Hace
usted bien. Rase... pero el trueno gordo se acerca. Algn da
encontrarn su merecido todos los ladrones... todos! incluso su primo
Snchez Morueta.

--Compaero! y yo?--dijo el doctor.--Qu vas  hacer de m?

--Usted es un guasn que se re de la vida... pero entre burlas y veras
hace bien  los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los
nuestros.

--Gracias, compaero _Barbas_.

Y dando  entender al solitario con un gesto que volvera para hablar
con l, subi los peldaos de una casucha en cuya puerta le esperaba
impaciente el pinche.

Era la _casa de peones_, el miserable albergue de las montaas mineras,
donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado  visitar
aquellos tugurios que olan  rancho agrio,  humo y  perro mojado.
En la entrada de la casa estaba el fogn con algo de loza vieja alineada
en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso,
como si las tablas trasudasen de una pieza  otra la suciedad y la mugre
de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por
los pauelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables
zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las
manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirndose con ojos bizcos
los cuernos del pauelo rojo arrollado  la cabeza. Unos gatos flacos y
espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de
la olla: unos animales lgubres, de mirada feroz, tigres empequeecidos
que parecan alimentarse con el hambre que sobraba  sus amos.

La vieja rompi en lamentaciones al conocer  don Luis. El pobre pen
estaba muy malito:  ver si lo sacaba adelante!... Ella le haba tomado
ley despus de tenerlo varios aos en su casa. Y al lamentarse, haba
tal expresin de fro egosmo en sus ojos, que el doctor la ataj
brutalmente:

--Sobre todo, lo que usted ms siente, ta Gertrudis, es perder un real
diario si muere.

--Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay ms casas de peones.
Mi probe viejo est casi baldao del reuma y gana menos que un pinche
escogiendo mineral en los lavaderos. Y muchas gracias que lo aguantan,
y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... Ay
Seor, despus de trabajar toda la vida! El mdico levant una
cortinilla de percal rojo y desteido que ocultaba un tugurio sin luz,
ocupado por la cama de los viejos. Levant otra, y vi un cuartucho no
mucho ms grande, obstruido completamente por un camastro enorme,
formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En l dorma toda
la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin
separacin alguna, sin ms aire que el que entraba por la puerta y las
grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maz cubran el
tablado: cuatro mantas cosidas unas  otras formaban la cubierta comn
de los ocho, y junto  la pared yacan destripadas y mustias algunas
almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las
cabezas.

Aresti pens con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio.
Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques
arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de
arrastrarlas hasta el depsito de mena y volverlas  su primitivo sitio.
Despus de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao
 tocino, dorman en aquel tabuco, sin quitarse ms que las botas ,
cuando ms, el chaquetn, conservando las ropas impregnadas de sudor 
mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que poda
tocarse con las manos, hacase irrespirable  las pocas horas,
espesndose con el vaho de tantos cuerpos, impregnndose del olor de
suciedad. Los parsitos anidados en los pliegues del camastro, en las
junturas de la madera, en los agujeros del techo, salan de caza con la
excitacin del calor, ensandose al amparo de la obscuridad en los
cuerpos innimes que duermen con el sueo embrutecedor de la fatiga. En
las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte  parte la
casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos
vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los
sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad
fraterniza.

El mdico consideraba que aquellos ocho hombres que dorman en comn
eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las
aventuras de su peregrinacin anual: y su pensamiento iba hacia otras
casas de peones, tan mseras como aquella, donde los hombres acostados
en la misma cama no se haban visto nunca; donde el infeliz muchacho,
recin llegado de su tierra, dorma en contacto con un individuo, con
otro que tambin acababa de llegar  la mina, tal vez recin salido del
presidio  fugitivo por algn crimen. Los cuerpos extraos se juntaban
bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne
sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta
promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jvenes, de inocentes
jayanes recin venidos de su tierra y veteranos de la vida errante,
conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una
forzada abstinencia de la carne, en un pas donde por las condiciones
del trabajo, los hombres son mucho ms numerosos que las mujeres, y la
continua afluencia de presidiarios licenciados traa consigo todas las
criminales aberraciones de la virilidad aislada.

Aresti vi al enfermo en el fondo del camastro, junto  la pared,
respirando jadeante. Estaba acostumbrado  visitar los tabucos de los
mineros: nada le extraaba, y con agilidad de muchacho salt encima del
tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendi una cerilla
y entonces vi en el tabique de la cabecera que en otros tiempos haba
sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando
generales contemporneos, con el ros calado y el pecho cubierto de
bandas y cruces, hroes de la guerra que se haban cubierto de gloria
entregando territorios al enemigo  fusilando en masa  indgenas
indefensos.

El mdico no pudo contener su risa.

--Por qu estarn aqu estos tos?...

Las estampas habran sido pegadas como adorno, sin fijarse en los
personajes;  tal vez seran recuerdos de algn antiguo soldado, cndido
y entusiasta, que creera haber servido  las rdenes de caudillos
inmortales.

El enfermo tena los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel
arda. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la
lluvia de la noche anterior.

--Una pulmona de padre y seor mo--dijo el doctor arrojando la cerilla
y saliendo del camastro otra vez de rodillas.

Afuera, junto al fogn, escribi una receta en una hoja de su cartera,
encargando al pobre pinche, que despus de la visita pareca ms
tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.

Cuando Aresti sali de la barraca, despus de hacer varias
recomendaciones  la vieja, vi que le aguardaba en medio del camino un
contratista de los ms amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el
chaleco brillbale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas
fabricadas con la tela impermeable que serva de forro  las cajas de
dinamita.

--Hola, _Milord_--dijo el mdico.--Qu, hoy no hay oficios divinos en
la capilla de Baracaldo?

--No, don Luis--dijo el contratista con cierta uncin en sus
palabras.--Demasiado sabe usted que en nuestra religin este da no es
de fiesta.

--Y _Milady_, siempre tan hermosa y elegante?

--Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos ms que unos pobres
patanes con un poquito de proteccin.

Despus de esto, el llamado _Milord_ rog al mdico, que ya que estaba
en Labarga, se llegase  la cantina de _Tocino_, el capataz de su
confianza, que llevaba varios das inmvil en la cama por el reuma.
Aresti se resista alegando su viaje  Bilbao.

--Un momento nada ms, don Luis: entrar y salir. Yo tambin tengo prisa
por llegarme  la mina. El pobre _Tocino_ me hace tanta falta cuando no
est all!...

El doctor se dej conducir algunos minutos ms all de Labarga, hasta
una altura donde estaba establecida la tienda de _Tocino_. Por el camino
bromeaba con el contratista sobre su religin. El _Milord_ haba sido
capataz de las minas de una compaa inglesa, logrando interesar al
ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y
no dejar descanso  los peones de sol  sol. La proteccin del jefe lo
elev  contratista, colocndole en el camino de la riqueza, y, no
sabiendo cmo mostrar su gratitud al ingls, haba abrazado el
protestantismo. La despreocupacin religiosa era general en las minas:
slo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y
para ligarse ms ntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis
aos en un colegio de Inglaterra, volviendo de all la muchacha con un
exterior pdico y unas costumbres de _confort_ que regocijaban  toda
Gallarta. Los domingos, _Milord_ y _Milady_ bajaban  Baracaldo,
vestidos con trajes que encargaban  Londres, para confundirse con las
familias de los ingenieros y los mecnicos ingleses empleados en las
minas  en las fundiciones de la ra, que llenaban la nica capilla
evanglica del pas. Aresti, que haba cogido cierto miedo  los
_flirts_ con _Milady_, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y
que conoca ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana
durante la noche, ensalzaba irnicamente al padre lo mucho que su
robusto retoo haba ganado despus de la cepilladura en el extranjero.

--La educacin inglesa!--deca _Milord_ abriendo mucho la boca para
marcar su admiracin.--Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la
chica... Es verdad que acostumbrada  tantas finuras, se aburre aqu
entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi
ambicin, y es casarla con algn seor de la compaa.

--Har usted bien--dijo el mdico con zumbona gravedad, recordando las
ligerezas de la nia al verse libre en las minas, despus de las
pudibundeces del colegio.--Esos seores son aqu los nicos que pueden
cargar con ella.

Llegaron  la cantina de _Tocino_, una casa aislada, de mampostera, con
un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda
la tierra de las Encartaciones y adems el abra de Bilbao, la ra,
Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervin,
parecan formar una sola urbe. En ltimo trmino, entre montaas, se
adivinaba la villa heroica  industriosa: el humo de las fundiciones y
fbricas se confunda con el cielo plomizo. A la entrada de la ra, el
alto puente de Vizcaya marcbase como un arco triunfal de negro encaje.

La cantina ocupaba el piso bajo, amontonndose en ella los ms diversos
objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros
pendientes del techo... All estaban almacenados todos los vveres, por
cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las
canteras. Aresti conoca aquella alimentacin; alubias y patatas con un
poco de tocino. El arroz, slo era buscado cuando la patata resultaba
cara. Adems, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano
entre grandes manojos de cebollas y ajos.

El pan se amontonaba detrs del mostrador, al amparo de los dueos, como
si stos temiesen los hurtos de los parroquianos  una sbita acometida
de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas
por la ranciedad, esparca acre hedor. De las viguetas del techo pendan
bateras de cocina, y en las estanteras se alineaban piezas de tela,
botes de conservas, ferretera, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo
tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que
objetos, parecan sacados de una excavacin despus de un entierro de
siglos.

Tras el mostrador estaba la mujer de _Tocino_ con su hijo, un
adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero
Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban 
los parroquianos desprecindolos, y en su aspecto miserable, algo que le
haca recordar  los judos. La gente del contorno les odiaba. Al menor
intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan
por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenan un aspecto
de miseria y sordidez ms triste que el de la gente de fuera. El doctor
recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros,  los que haba
asistido por curiosidad; los apstrofes  los explotadores de las
cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean
chupndoles la sangre; y se deca con gravedad:

--No; pues  stos les luce poco la tal alimentacin.

A la entrada de la cantina exista una especie de jaula de madera con un
ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueo de la
tienda, envuelto en mantas, quejndose  cada momento, pero sin dejar de
repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos,
que le servan para su complicada contabilidad.

El _Milord_ manifest su extraeza vindole all. l, que le traa nada
menos que al doctor Aresti creyndolo en peligro de muerte!... Mientras
el mdico le examinaba con la indiferencia del que est habituado 
casos ms graves, _Tocino_ prorrumpa en lamentaciones, hacindole coro
su mujer. Estaba enfermo ms de lo que crean: no poda moverse: los
dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y haba que repasar
las cuentas, ya que estaba cerca el da de la paga.

--Vaya, _Tocino_--dijo Aresti;--lo que tienes es poca cosa,
desaparecer con el cambio de tiempo. Quejarse as un hombrachn que
parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que
engordas con lo que robas.

--Pero qu cosas tiene este don Luis!--exclam el _Milord_ mirando  la
tendera, que enseaba sus dientes amarillos para sonrer lo mismo que el
protector de su marido.

--Robar!--mugi _Tocino_.--Robar! Siempre est usted con lo mismo!
Tanto oye usted  los trabajadores, en su mana de mimarlos cuando se
los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aqu 
nadie se roba. Aqu lo nico que se hace es defender lo que es de uno.

Y _Tocino_ se indignaba, olvidando los dolores. l venda sus artculos
al fiado estamos?... se expona  perderlos, y qu cosa ms natural
que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el da del
pago en las minas?... Haba que conocer  los obreros: cada uno de un
pas; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al
fiado, y el da de cobranza, si les era posible hacan lo que ellos
llaman _la curva_; cobraban y se iban  la taberna, rehuyendo el pasar
por la tienda de comestibles. A bien que esto no les vala con _Tocino_
y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. l les
pagaba all mismo su trabajo y all mismo les descontaba lo que llevaban
comido. Aun as haba sus quiebras, pues los que slo trabajaban una
semana, desaparecan despus de haber tomado al fiado ms de lo que
importaban sus jornales.

Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas segua
recriminndolo.

--_Tocino_, t eres un ladrn que vendes  los obreros los artculos
averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar ms caros que en
la villa.

--Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges--grit
el capataz enrojeciendo de indignacin con el recuerdo de lo que decan
los obreros en sus reuniones.

--_Tocino_, t abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen
libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene  tu tienda le
quitas el trabajo en la cantera.

--Los amigos son para ayudarse unos  otros. Qu tiene de particular
que yo slo d trabajo  los que se surten de mi establecimiento?

--T robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja,
descontndole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda 
mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se
hace en todas partes, sino por meses, para que as tenga que vivir 
crdito y se vea obligado  comer lo que queris darle y al precio que
mejor os parece.

--Vaya; ahora me toca  m--dijo riendo el _Milord_.--Pero este don Luis
es peor que los predicadores de blusa que vienen  echar soflamas en el
frontn de Gallarta. Suerte que no le da  usted por hablar en pblico.

--_Milord_:  todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros
rpidamente con el hierro y aun arais algunos cntimos en el jornal y
el estmago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los
capataces. Vais  medias. De da explotis los brazos y de noche los
estmagos. Hacis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de
peones forasteros que vienen  rabiar y  ahorrar durante algunos meses,
pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan ms en
el pas y ya veris la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre
aqu, acabe por conoceros.

El doctor cort la conversacin recordando su viaje  Bilbao, y sali de
la cantina despus de hacer varias recomendaciones para la curacin de
_Tocino_. La mujer y el hijo sonrean servilmente, pero con una
expresin hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del
doctor.

El contratista sigui adelante, hacia su mina, y Aresti descendi 
Labarga pensando en la miseria del rebao humano esparcido por la
montaa. Varias veces haba intentado rebelarse, y los resultados de su
protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en ms de una ocasin,
con sangre, no le haban hecho mejorar gran cosa. nicamente el respeto
 la vida humana era mayor que en los primeros aos de explotacin.
Aresti recordaba su llegada  las minas, cuando se viva en ellas casi
con las armas en la mano, como en Alaska  en los primitivos _placeres_
de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el
vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo  los trabajadores
rebeldes; ya no exista la tarifa de la carne humana, cotizndose las
desgracias veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas. Se
asociaban los trabajadores establecidos en el pas, creaban ncleos de
resistencia, inspiraban cierto temor  los explotadores, logrando con
esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero an faltaba la
cohesin entre ellos,  causa del vaivn de la poblacin minera, de
aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el
invierno y el hambre en las mseras comarcas del interior y se retiraba
al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huan  su
tierra as que se iniciaba una huelga y apareca en las minas la guardia
civil. Haban venido  ganar dinero y evitaban los conflictos pasando
por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses
miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compaeros
establecidos en el pas, pensando con el duro egosmo de la gente rural,
que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos
al fin haban de volver  sus tierras. Los labriegos convertidos en
mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que
imposibilitaba la ascensin de los que vivan en el pas.

La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de
galeras subterrneas, con sus peligros que exigen cierta maestra, el
personal no era fcil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero
en las prdigas Encartaciones el hierro forma montaas enteras: la
explotacin es  cielo abierto; slo se necesita hacer saltar la piedra,
recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el
bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas
 sustituir sin esfuerzo alguno  todo el que abandonaba su puesto
protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigracin,
cortndose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la
poblacin obrera de las Encartaciones, era difcil que el trabajo
conquistase todos sus derechos.

Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobl el paso al
entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no or los
llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.

--Don Luis, un momento...

Era el _Barbas_, que haba abandonado su inmovilidad de fakir para
detener al doctor.

--Qu hay, compaero?

--Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aqu, de lo
que hacen esos ladrones.

Y le mostraba con gesto trgico su casucha. Como Aresti no pareca
comprenderse, el _Barbas_ le mostr la parte superior de su barraca
falta de techumbre.

--Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos
de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian
y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cmo echarme. Hace una
semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la
calle, pero el _Barbas_ firme en su puesto con la compaera. La pobre
vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se
menea de ah. Me han de tener  la vista siempre. Hay para rato si
piensan librarse de m... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor.
Quieren quitarme el suelo as como me han robado el techo. Piensan
excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus
estacas, para ver si as me voy... Pues no me ir! El _Barbas_, en su
sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni
trabajo, ni me voy... Espero, sabe usted?, espero que llegue la gorda;
espero el da en que toda la montaa baje al llano y yo pueda quitarles
el techo y el piso  todos los _chalets_ que se han hecho esos
pintureros, esos piojos resucitados que la echan de seores  costa de
los pobres.

Y el _Barbas_ acompa un buen trecho al doctor, mugiendo sus
maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos ms
inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades
malficas que hacan sentir la fuerza de su poder en la montaa, sin
mostrarse ms que por la mediacin de administradores y capataces, si
explotaban la mina directamente,  de contratistas si crean ms
ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.

Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vi venir hacia l un
hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi
pareca una mulilla. Por la cabalgadura conoci Aresti desde muy lejos 
don Facundo, el cura prroco de Gallarta. Haca diez aos que haba sido
trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de lava, y afirmaba
que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. Paz, mucha
paz; para todos hay vida en el mundo. Y en santa paz viva, siendo gran
amigo de Aresti, y tomando  broma las doctrinas revolucionarias que el
doctor, por aburrimiento, expona  los ricos de Gallarta despus de sus
famosas cenas. Cierta vez que el mdico, cansado de la monotona de su
existencia, se divirti en propagar el budhismo entre los rudos
contratistas y hasta intent algunas ceremonias del culto indostnico, 
estilo de las que haba presenciado en el museo Guimet de Pars, el cura
no manifest indignacin, Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los
sabios: ya se cansar. Para l, la religin verdadera no decreca ni
experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos,
casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.

A misa slo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre
vaca, pero el pas era muy religioso y la prueba estaba en que l no
tena libre un momento, y continuamente vean todos trotar su burra
blanca por los caminos y atajos de la montaa. Aquel curato vala ms
que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de
Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente
marchase  la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su
atad por el vozarrn del cura. Haba das en que acompaaba cinco
entierros en los lugares ms lejanos de la parroquia; asunto de leguas.
Pero l no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura
infatigable, y montado en ella acuda  todas partes. Delante, marchaba
el atad en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban
alaridos y se mesaban el pelo con desesperacin de gitanas, y detrs don
Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido  pie
por el sacristn, al que llamaba su corneta de rdenes, siempre
cantando, pues los parientes ponan reparos  la hora de pagar si
cantaba poco, repitiendo automticamente los versculos del oficio de
difuntos, al mismo tiempo que se daba el comps esgrimiendo sobre su
cabeza la vara de fresno con que arreaba  la cabalgadura.

Un alto en la marcha era lo nico que le haca perder la calma.

--Aprisa, hijos mos--deca  los conductores del cadver--que hoy an
me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.

Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de
acompaar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de
luna clarsima, al retirarse  casa despus de una cena con los
contratistas, en las afueras de Gallarta. Oy un canto lgubre que
rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vi pasar  un hombre,
vacilante sobre sus piernas, que pareca ebrio, llevando  cuestas 
otro, envuelto en una sbana, con un brazo colgante que le golpeaba 
cada paso. Despus, una especie de centauro agrandado por el misterio de
la noche, que mova algo negro como una espada, sin cesar de mugir:

    Qui dormiunt in terr pulvere, evigilabunt...

--Buenas noches, don Luis--dijo el cura al reconocer al doctor.--Con
este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he
dejado para lo ltimo... Despus dir usted que la Iglesia no trabaja!

Y en el silencio de la noche, volvi  reanudar su lgubre cantinela, 
la luz de la luna, camino del cementerio.

Lo nico que le indignaba era que le hablasen de la extensin de la
parroquia y lo difcil de servirla un hombre solo. No, carape!: l
tena fuerzas para servir  Dios hasta que reventase; sobre todo,
tratndose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificacin
parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver  los seores del
obispado despus de dar un tiento doloroso  los ahorros y cuando al fin
haban acabado por colocar  sus rdenes  dos vicarios, dedic  stos
 las _faenas menudas_ del templo, reservndose l los entierros.

Las asombrosas fortunas creadas en las minas haban tentado su codicia.
l tambin tena sus contratas; tambin pactaba arranque de mineral con
los seores de Bilbao  iba sobre la burra de los entierros  echar un
vistazo al trabajo de los peones. Pero  pesar de que sus negocios
marchaban bien y  la hora del champagne, en las cenas de los
contratistas, le haca confesar el mdico que llevaba reunidos ms de
cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera poca
de las minas, cuando l y don Luis eran recin llegados y cada cual
viva  su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborreca
los tranvas areos, los planos inclinados, todos los recientes medios
de conduccin. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado
por bueyes hasta la ra, y haba guardas en los caminos para ordenar el
paso de las carretas que alegraban la montaa con sus chirridos. Slo en
Gallarta existan ms de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba
ms caro y el dinero se reparta entre ms gente. Entonces fu cuando el
cura inaugur su iglesia y al buscar un santo patrn eligi  San
Antonio. An rea el doctor recordando la candidez con que explicaba el
cura esta preferencia.

--No puede ser otro. San Antonio es el patrn de las bestias y aqu en
Gallarta hay tanto buey....

Al reconocer don Facundo al mdico, refren el paso de su cabalgadura.

--A la mina, eh?--pregunt Aresti.

--S seor: acabo de largar mi misita y ahora un rato  ver lo que hacen
aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo
humano. Hay que trabajar, don Luis.

--Pero hoy no es da de fiesta?...

--Ah, grandsimo zumbn! Ya adivino lo que quiere decirme con su
sonrisa. S, da de fiesta es, segn nuestra Madre la Iglesia, y deben
guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cmo los pobres trabajan
en todas las canteras. Yo no voy  privar de un jornal  mis peones,
despus de tantos das de lluvia, en los que no han podido hacer nada.
Adems, tengo mis contratos con el dueo de la mina... Vaya, adis: le
dejo para que se burle de m  sus anchas.

Iba ya  arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.

--Dicen que han matado al _Maestrico_?... Vaya un caso. Era un buen
muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... A la tarde entierro!
Arre burra!

Y se alej con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que haba
cado trabajo.

Cuando el doctor fu  entrar en su casa todava se vi detenido por un
hombre que le esperaba sentado junto  la puerta. La vieja Catalina le
llamaba furiosa desde adentro.

--Qu est fro el desayuno!... Qu no coger usted el tren! Ya le he
dicho  ese condenao que su primo le espera y no est usted para
canciones...

Pero Aresti no la hizo caso y se dej abordar por aquel hombre,
dicindose mentalmente: Qu magnfico animal! Tembl por su mano,
cuando se la agarr el gigantn con una de sus garras de dedos callosos
y gruesos. Bajo la blusa se delataba  cada movimiento una musculatura
de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, haca
recordar  Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que
haba admirado en su niez.

--Vengo  lo del otro da--dijo con alguna torpeza, pero mirando al
mdico en los ojos como dispuesto  pelear, si era preciso defendiendo
sus pretensiones.

--A lo del otro da?... Pues hijo, no me acuerdo. Me buscan tantos!...

Pero de pronto, el doctor pareci recordar, y una sonrisa maliciosa
anim su rostro.

--Ah, s! Ya me acuerdo: vienes  lo del practicante. T eres el marido
de esa... Bien y qu?

--Quiero que usted arregle eso, don Luis--continu el gigantn con
energa;-- lo arregla usted que es tan bueno  doy el gran escndalo.
Ya le dije cmo los pill en mi casa el domingo pasado: tengo testigos.
Los llevar al juzgado, y si l no se pone en razn y hace lo que le
corresponde, ir  un presidio y ella  la galera.

--S, hombre, s--dijo Aresti.--Recuerdo tu asunto. Me gusta verte ms
tranquilo que el otro da. Pero qu voy a hacer yo?

--Arreglarlo, seor dotor: que ese sinvergenza sufra castigo. Va  ser
l de mejor pasta que otros? Al juzgado ir con l.

--Pero pides demasiado, hijo mo. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte
duros: pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en
el hospital!... Si es ms pobre que t!...

--Bueno--dijo el gigantn con aspecto indeciso, rascndose la cabeza por
debajo de la boina.--Pus que sean quince...  que sean doce, ya que
usted se empea. Pero de ah no bajo nada. No me conformo con menos de
doce  dar el escndalo. En usted confo, dotor. Ya le quisiera yo ver
con una perra como la ma: sabra lo que es bueno. Qu he de hacer? Ir
 presidio y que se mueran de hambre mis pequeos? Que paguen, que
paguen, ya que quieren hacer el guapo!

Y se alej, despus de recomendar varias veces al mdico, con tono
suplicante, que no olvidase su asunto.

Aresti, mientras despachaba el desayuno y vesta sus ropas de fiesta,
colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraa psicologa
de una gran parte de las gentes de las minas.

De jvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo
oculto en la faja, dispuestos  disputarse la hembra  pualadas.
Asesinaban al rival como al infeliz _Maestrico_; y despus, de casados,
satisfecho el primer mpetu de su apetito exacerbado por la escasez de
mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas;
olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar ms que en el
dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rpidas y
milagrosos encumbramientos que pareca soplar sobre las minas. Se
exterminaban por una cuestin de jornales  de comestibles, y al
encontrarse frente  frente con el adulterio, torcan el gesto como ante
una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su
desgracia cierto provecho.




II


Ms de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara 
Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la
estacin de El Desierto, experiment ante el magnfico panorama de la
ra la misma impresin de asombro de los aldeanos que slo abandonaban
sus caseros  la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto
importante los llamaba  la villa.

El tren dej atrs los torreones gemelos de los altos hornos de
fundicin--los castillos feudales de Snchez Morueta segn deca el
doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,--y
despus de atravesar un tnel, avanz por la ribera cruzando los
descargaderos de mineral. Eran estos  modo de baluartes que, arrancando
de la montaa, llegaban hasta la ra, elevados algunos metros sobre el
nivel de los campos. Los de las compaas extranjeras eran verdes, con
los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos,
y las pequeas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como
juguetes. Los de las explotaciones del pas eran de un rojo antiptico,
de escombros de mineral, desmoronndose con las lluvias sus pendientes,
revelando el espritu de sus dueos, incapaces de realzar con el ms
leve adorno los instrumentos de explotacin. En la ra, junto  las
gras que funcionaban incesantemente, dorman los vapores, con el casco
invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los
mstiles. Suban de sus entraas los grandes tanques de hierro cargados
de hulla inglesa y, deslizndose por los rails areos, iban  volcar el
negro mineral en las enormes montaas de las fbricas. Corran por las
vas de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar
al punto ms avanzado inclinbanse como si quisieran arrojarse al agua,
soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos
riberas de la ra estaban en continua funcin, vomitando y absorviendo;
entregando el mineral de sus montaas y apoderndose del carbn
extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas
de los buques; los nombres ms exticos  impronunciables lucan en sus
costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguan los
veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.

Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ra
con sus barcos y fbricas: por la ventanilla opuesta, admirbase la paz
de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos,
removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrs y las
piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movan el
baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvan de nuevo
 rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres
lavaban sus guiapos casi tendidas al borde de arroyos de lquido rojo,
como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de
Bilbao: los lavados del mineral enrojecan hasta la corriente del
Nervin. La industria, al enriquecer al pas, corrompa las aguas puras
y cristalinas de la poca pastoril. El doctor recordaba la miseria de
los peones de las minas, que les haca huir de las fuentes de la
montaa, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestin.
Preferan el lquido rojo  impuro de los lavaderos porque, ensuciando
su estmago, haca menos frecuente el hambre.

Avanzaba l tren hacia Bilbao, detenindose en las estaciones de la
orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban
su casero hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ra pasaban
pequeos remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de
cabotaje de las matrculas de la costa, navegando lentamente por miedo 
las revueltas; vapores que rompan las aguas con imperceptible
movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del
bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la
moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar
pdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fbricas, negros,
de espesos vellones, como rebaos de la noche; blancos, ligeramente
dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiracin de un
hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias
minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetase por todo el
paisaje, como una nota caracterstica del panorama bilbano, avanzando
por las quebraduras de la montaa donde estn las vas frreas del
mineral, resbalando por las dos orillas de la ra tras las chimeneas de
los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los
remolcadores y de las mquinas giratorias de sus gras.

Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera
vez.

--Bilbao es grande--se deca con cierto orgullo.--Hay que confesar que
esta gente ha hecho mucho, Lstima que valga tan poco cuando la sacan
de sus negocios!...

Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al
aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de
nuevo. Quedaba atrs, confundindose con otras montaas, el famoso pico
de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche
Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada
del liberalismo, que an viva en todas las memorias agrandado por las
fantsticas proporciones que da la tradicin. Despus apareca entre los
montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que
irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo,
seor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones
triangulares, y  sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su
arboleda montaa arriba, hasta la cumbre coronada por una granja
vaquera. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, haban
levantado los jesutas una imagen de San Jos, con un arco de focos
elctricos. Mientras dorman los buenos padres, el semicrculo luminoso
recordaba  los pueblos de la ra y  la misma Bilbao que all estaba la
orden poderosa y dominadora, pronta siempre  ponerse de pie, no
queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El
doctor hallaba natural que fuese San Jos el escogido para esta
glorificacin; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de
la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para
formar la sociedad del porvenir.

Adivinbase la proximidad de la villa. A un lado surgan entre los
campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas
que eran como las avanzadas de una poblacin desbordada y en continuo
avance. Al otro se cubran las orillas de la ra de almacenes, tinglados
y gras, elevndose el carbn en montaas, sin dejar un espacio de
muelle libre. Las embarcaciones tocbanse unas  otras amarradas  las
enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja hmeda y
fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Vease el
incesante ir y venir de las _cargueras_, mseras mujeres de ropas sucias
y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los
tablones que servan de puente entre los buques y el muelle. Unas
llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbn; otras descargaban los
fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre
que haba de ser consumido en el interior de la pennsula.

Detvose el tren despus de atravesar un tnel, y el doctor, subiendo
una larga escalera, se vi en el sitio ms cntrico de la villa, junto
al puente del Arenal, donde pareca condensarse todo el movimiento de la
poblacin. En aquel pedazo de ribera, robando  las aguas parte de su
curso y hasta aprovechndose del subsuelo, la iniciativa industrial
haba escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de
Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao
nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la Repblica de Abando, con
sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete
pisos, y sus plazas de geomtrica rigidez. Al otro lado del puente, la
Bilbao tradicional; la Bilbao de los _chimbos_, de los hijos del pas
que haban conocido la llegada de gentes del interior, atradas por la
prosperidad de las minas, y que formaban ahora ms de la mitad del
vecindario. All estaban las famosas Siete Calles, ncleo de la antigua
villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y
morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, ergua sus torres
de un gtico ridculo la iglesia de los jesutas, con su residencia
anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geomtrica, los
hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos
fabulosamente por las minas de la noche  la maana.

Aresti pas el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvas y
las carretas, y entr en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga
reflejaba en las aguas del Nervin su arquitectura pretenciosa cargada
de caritides y estatuas; al otro, extenda el paseo sus filas de
pltanos, por entre cuyas copas asomaban los mstiles y chimeneas de los
buques atracados  la orilla. Piaban los pjaros, saltando sobre la
arena de las avenidas, pero sus gritos perdanse entre el bramido de las
locomotoras, el silbido de los tranvas y el mugido de algn vapor que
entraba lentamente ra arriba.

Aresti di un vistazo  la acera llamada el _boulevard_, ocupada siempre
por los curiosos estacionados ante los cafs. Frente al Suizo, se
colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentndose de la
decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban  gritos los
diarios recin llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el
centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla cada sobre
los ojos y la falda agarrada y bien ceida, de modo que al andar se
marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y,
bien proporcionadas. Aresti fijbase en la separacin del hombre y la
mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su
sitio. El hombre  los negocios y la mujer sola  la iglesia   hacer
visitas, como nica diversin. Pas una pareja cogida del brazo.

--Sern forasteros--se dijo el doctor.--Tal vez algn empleado de los
que enva el gobierno. _Maketos_, como dicen mis paisanos.

Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicols, fu
en busca de su primo. El poderoso Snchez Morueta viva en su hotel de
Las Arenas, evitndose as el molesto asedio que parsitos y protegidos
le hacan sufrir en Bilbao. Adems, habituado  las costumbres inglesas,
gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus mltiples
negocios le hacan venir casi todos los das al escritorio que tena en
la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las maanas,  todo correr
de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metindose en el
escritorio como si huyera. Aun as, tena que separar muchas veces con
sus fuertes puos  los que le esperaban en la puerta, para proponerle
negocios disparatados  pedirle dinero. Una vez en su despacho, era
difcil abordarle al travs de los escribientes y criados que guardaban
la escalera. A la salida, Snchez Morueta slo osaba poner el pie en la
calle cuando tena su carruaje cerca y poda escapar, ante la mirada
atnita de los solicitantes que esperaban horas y ms horas. Los
despechados, la turba pedigea que en vano le asediaba y bloqueaba,
llambanle El solitario de Las Arenas, El ogro de la Sendeja, que
era donde tena su escritorio, y hasta afirmaban, faltando  la verdad,
que su carruaje slo tena un asiento, para evitarse de este modo toda
compaa. Transcurran meses enteros sin que penetrasen en su despacho
otras personas que algn corredor de confianza  los principales
empleados del escritorio, que reciban sus rdenes. Con los otros
capitalistas de la poblacin--muchos de ellos compaeros de la juventud,
que haban marchado juntos con l en la primera etapa por el camino de
la fortuna--se comunicaba telefnicamente tutendose, pero en estilo
conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.

Aresti sigui su marcha  lo largo del muelle, mirando los remolinos del
agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para
examinar dos barcos de cabotaje, dos _cachemerines_ de la costa, con los
ttulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por
extraos cargamentos, en los que se confundan los fardos de bacalao con
mesas y silleras embaladas. Ofrecan igual aspecto que los carromatos
de los ordinarios de los pueblos, cargados de los ms diversos objetos.
En uno de los buques, la tripulacin se agrupaba  proa en torno del
hornillo donde herva el caldero del rancho. Los barcos estaban tan
hundidos  causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, vea el
fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de l,
tostados, enjutos, habituados  la lucha mortal con el mar cntabro, le
hacan recordar  su padre, entrevisto en los primeros aos de su vida y
del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.

El doctor, separndose del muelle, pas  la acera de la Sendeja. El
escritorio de su primo estaba en un casern antiguo y seorial, todo de
piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un
gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero
y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su
fortuna  la Iglesia, se negaba  vender el edificio  Snchez Morueta,
dndose la satisfaccin de tener por inquilino  uno de los primeros
ricos de Bilbao.

Aresti no os subir directamente al despacho de su primo, temiendo la
resistencia de algn portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de
los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefiri
entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la
casa, bajo la direccin de un antiguo amigo de la familia, el capitn
Matas Iriondo. Aquella oficina era lo nico accesible del edificio,
donde se poda entrar  la buena de Dios, sin miedo  esperar ni 
porteros inflexibles.

--Est el _Capi_?...--pregunt Aresti  los escribientes que trabajaban
tras un atajadizo de cristales.

--Pasa, _Planeta_, pasa!--grit alguien tras una puerta del fondo del
corredor.

Y Aresti entr, al mismo tiempo que el capitn, el _Capi_ como le
llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia l con los
brazos abiertos.

--Te he conocido con slo orte, Luisillo--dijo Iriondo con su voz
bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y
obligado  hacerse or entre los mugidos del viento y de las olas.--Ay,
_Planeta_!... Te encuentro algo aviejado.

Y haba que or la expresin cariosa que daba el marino al mote de
_Planeta_ aplicado al doctor. Para l, en su habla bilbana, los hombres
se dividan en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de
utilidad y no tenan mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de
nada,  los que llamaba _arlotes_. Y luego venan los _planetas_, gente
simptica y buena, pero sin seriedad ni sentido prctico; los calaveras;
los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas
que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian
el dinero llegando  la vejez sin salir de pobres. Y qu mayor
_planeta_ que aquel mdico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao,
prefera vivir entre los brutos de las minas?

--Ah, _Planeta_!--deca sin soltar  Luis de entre sus brazos.--Lo
menos hace medio ao que no te veo. Y siempre tan loco, verdad? Siempre
coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho.
Apuesto cualquier cosa  que an no has reunido mil duros!...

Y rea, con lstima cariosa, de su querido _Planeta_, al que
consideraba en eterna infancia, como un nio revoltoso que haba que
dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cario.

--_Capi_, pues t tampoco ests muy joven que digamos. Te probaba ms el
mar.

--Tienes razn--dijo Iriondo con melancola.--Si al menos pudiese ir
todos los das al monte con la escopeta,  cazar _chimbos_!... Pero hay
que despachar cinco  seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse
el mundo y todos trabajamos como negros... Adems, nos hacemos viejos,
Luisillo. T olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto,
cuando t an jugabas en Olaveaga en la huerta de tu to.

Aresti admiraba el vigor del capitn. Estaba en los cincuenta aos. Era
bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia 
ensancharse, como si fuera  cuadrrsele el cuerpo. Su cara se haba
recocido, como l deca, en casi todos los puntos de la lnea
ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su
barba, en la que slo apuntaban algunas canas. Tena las crneas de los
ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban
de frente, brillaban con una expresin de bondad. Conoca todas las
picardas del mundo: haba pasado en su juventud por todos los
desrdenes de las gentes de mar, que despus de meses enteros de
aislamiento y privacin sobre las olas, bajan  tierra como lobos. Haba
brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones
diablicas de los negros; se haba rozado con hembras de todos los
colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, despus de
una vida de aventuras, notbase en l la honrada simplicidad de esos
marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos
cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar
 contaminarse con ellas, sacudindolas apenas vuelven al desierto del
ocano.

El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas
veces haba contado el _Capi_ de sobremesa en casa de Snchez Morueta,
con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar
atencin en el entrecejo de la seora que tema  cada instante
extralimitaciones en el relato. No haba mar en el globo en el cual no
hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde
el _cachemerin_ al trasatlntico. De joven haba hecho el cabotaje entre
el archipilago de Luzn y las Molucas. El sultn de all era gran
amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese
entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. Para qu? Con un
tabaco de Manila poda llevrselas l a todas sin permiso de sultanillo.
Haba trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de
California; montaas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a
Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; haca memoria, con
sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con
ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que
los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra,
gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las
costas de frica con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, senta
la nostalgia del azul negruzco e intenso del Ocano, del verde luminoso
y difano del mar de las Antillas, de la larga ondulacin del Pacfico y
las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterrneo le
inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandra y Npoles,
verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. Desde Gibraltar a
Suez--deca--, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en
el mar, y ahora esperan en los puertos.

Su amistad con Snchez Morueta, que databa de la infancia, le haba
proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos
barcos de la casa; y adems, no cargaba un buque extranjero minerales de
su principal que no lo despachase l, acumulando as una pequea
fortuna que le envidiaban sus antiguos compaeros de navegacin. Era
bilbano  la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir
el domingo con la escopeta al hombro  cazar _chimbos_ en los montes,
pajarillos de varias clases, que haban proporcionado un mote  los
hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes
que no tena trabajo,  algn _chacoln_ del camino de Begoa  saborear
el bacalao  la vizcana, rocindolo con el vinillo agrio del pas. Sus
amigos _chacolineros_ pasaban por el despacho para noticiarle
misteriosamente cundo se abra pipa nueva.

--Capitn, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche  un _chacoln_ de
dos aos.

Y el capitn abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre,
pareca un cuarto de marinera, sin ms adornos que una mesa vieja,
algunas sillas, un botijo en un rincn y algunas fotografas de buques
en las paredes. Pareca imposible que all se hablase de negocios que
importaban millones. Un barmetro enorme, dorado y con vistosos adornos,
regalo de Snchez Morueta, era el nico objeto notable y el que ms
estimaba el capitn, pues, por sus hbitos de hombre de mar, siempre se
estaba preocupando del tiempo.

--Tena muchas ganas de verte--dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio
ante la mesa.--Las veces que he pensado en ir  pasar un da en las
minas! All hay caza ahora, verdad? Slo que la gente acomodada parece
que no se dedica  otra cosa. Ay, _Planeta_! Y cmo va  alegrarse Pepe
cuando te vea. Yo hace cuatro das que no le he hablado. Ya sabes su
genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por
ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con l, cuanto
menos se habla, mejor. Su debilidad eres t... t y Fernandito, ese
ingenierete tan simptico que tiene en los altos hornos. Las veces que
Pepe te recuerda! Un da, hablando de t y de tus _planetadas_, le o
decir. Ese chico, ese chico deba estar  mi lado.

--Oye _Capi_; y cmo anda mi prima, la santa doa Cristina? ha metido
ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?

El capitn ces de sonrer y por sus ojos cndidos pas una sombra de
inquietud. No poda disimular su turbacin.

--No s... la veo poco. Debe estar como siempre...

Y aadi con repentina resolucin:

--Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo  mis
barcos, y fuera de ellos nada me importa.

Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la
esposa de Snchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que
helaba las palabras y cohiba el pensamiento. Aresti se levant para
subir al despacho de su primo.

--Por la escalera no--dijo el capitn.--Sube por ah: es la escalerilla
interior y llegars ms pronto. Hasta luego: yo tambin soy de la
cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevar en su carruaje.... Si
ests falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta
las dos no comeremos.

El doctor subi por una escalerilla de madera con cubierta de cristales,
que  travs de un patio interior pona en comunicacin el entresuelo
con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con
mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas
y taquillas de madera rojiza, as como los lomos de cobre de los grandes
libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corran
por las cornisas de una  otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban
relojes elctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fbricas
de la casa, adornaban las paredes.

Aresti, despus de una corta espera, fu introducido en aquel despacho,
del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde
Snchez Morueta fabricaba raudales de oro con slo concentrar su
pensamiento.

--Cmo ests, Luis?...

Lo primero que vi el doctor fu una mano tendida hacia l, una mano
firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de hroe
prehistrico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo  un
cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi
le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conoca la villa entera,
virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia
abajo una luz fra. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las
solapas del traje pareca suavizar los salientes enrgicos de los
pmulos y las fuertes articulaciones de su mandbula robusta y
prominente como la de los animales de presa. Tena cana la barba, gris
el pelo y, sin embargo, pareca envolverle un nimbo de juventud, de
fuerza serena, de energa reposada y tenaz, que se comunicaba  cuantos
le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la
naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin ms auxilio
que las energas del msculo y del pensamiento, y acababan por
posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la
porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia  los
blasones de armas de la provincia, deca hablando de l: Mi primo se ha
escapado del escudo de Vizcaya.

Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento
y la accin en continuo uso.

Conserv un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujndola
con slo un ligero movimiento, y pasada esta efusin extraordinaria en
l, volvise hacia su secretario, que permaneca de pie junto  la mesa
manejando papeles y hojas telegrficas.

--Sintate, Luis--dijo como si le diese una orden--acabo en seguida.

Y le volvi la espalda, olvidndolo, mientras el secretario sonrea
servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias
reverencias. Aresti conoca de muchos aos  aquel hombrecillo que haba
comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza
de Snchez Morueta. El capitn le llamaba el perro de doa Cristina
por la proteccin que le dispensaba la seora y la adhesin absoluta con
que l le corresponda. Aresti desprecibale por las sonrisas con que
saludaba su parentesco con el amo.

Mientras el millonario lea los papeles, cambiando de vez en cuando
alguna palabra con su secretario, el mdico, hundido en un silln,
dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufran una decepcin al entrar
all, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente
Snchez Morueta. La habitacin era sencilla: dos grandes balcones sobre
la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel
imitacin de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio
con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos
se hubiera de dormir. En un rincn, una caja de hierro; en otro una
antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo
arqueolgico del pas, y en las paredes, modelos en relieve de los
principales vapores de la casa y una enorme fotografa del _Goizeko
izarra_ (_Estrella de la maana_), el yate de tres mstiles y doble
chimenea, que permaneca amarrado todo el ao en la baha de Axpe, como
si Snchez Morueta hubiese perdido su aficin  los viajes. Sobre la
chimenea se alineaban en escala de tamaos, fragmentos pulidos de rieles
y piezas de fundicin, muestras flamantes del acero fabricado en los
altos hornos de la casa. Un pequeo estante contena libros ingleses,
anuarios comerciales, catlogos de navegacin, memorias sobre minera y
metalurgia. El nico libro que estaba entre los papeles de la mesa de
trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el
_Yacht Register_ de ms reciente publicacin, como si el millonario
encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento 
los potentados de la tierra que ms dichosos que l, podan vagar por
los mares. El despacho tena el mismo aspecto de sobriedad y robustez de
su dueo. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo
slido y discreto que slo se encuentra en las cmaras de los grandes
buques. Aresti resuma la impresin en pocas palabras; All todo ola 
ingls.... Hasta el traje del amo.

Al concentrar la atencin en su primo, volva  admirar sus manos;
aquellas manos nicas, que parecan dotadas de vida y pensamiento
aparte; que iban instintivamente, entre el montn de papeles, en lnea
recta y sin vacilacin hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como
animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza
propia para vivir por s solas. Aresti las admiraba con cierto respeto
supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se
entregaran vencidos, anonadados. Nada poda resistir  aquellas
hermosas garras de bestia luchadora  inteligente. El movimiento de la
sangre en sus venas de grueso relieve, pareca el latido de un
pensamiento oculto.

Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con slo un movimiento todos
los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande
hombre indicaron al secretario con fra mirada que poda retirarse  la
habitacin inmediata donde tena su despacho: una pieza con grandes
estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de
mineral bajo campanas de vidrio.

--Don Jos, un momento,--dijo el hombrecillo;--me permito recordar 
usted el encargo de doa Cristina, ya que est aqu el seor doctor.

Y como Snchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclin
hacia l, murmurando algunas palabras.

El millonario dud algunos momentos mirando  su primo.

--Es un favor que te pide Cristina--dijo con alguna vacilacin.--Al
saber que venas hoy, me encarg que subieses un momento  Begoa para
ver  don Toms, ese cura viejo que algunas veces nos visita.

Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se
apresur  aadir.

--Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis das y que hay que
tener contentas  las seoras. Mi mujer y mi hija se alegrarn mucho. Es
una visita corta: el pobre, segn parece, est desahuciado de todos.
Qu te cuesta darlas gusto?...

En su mirada y su acento haba tal tono de splica, que Aresti acept
mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso  su
poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el hijo favorito de
la fortuna, como l lo llamaba, tena sus disgustos dentro del hogar.

--Goicochea te acompaar--dijo sealando  su secretario.--Toma abajo
mi carruaje, y, mientras vuelves, terminar mi tarea. Hasta luego, Luis.

Y cogiendo una pluma, comenz  escribir, como si una repentina
preocupacin le hiciese olvidar por completo  su pariente.

Aresti, llevando al lado  Goicochea en el mullido carruaje del
millonario, pas por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando
sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niez.
Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente
teidas. El carruaje comenz  ascender penosamente por la spera cuesta
de Begoa. Terminaba el desfile de casas. Ensanchbase el horizonte,
extendindose entre las montaas los campos verdes, y los robledales de
tono bronceado, interrumpidos  trechos por las blancas manchas de las
caseras. El sol asomaba por primera vez en la maana al travs de un
desgarrn de las nubes, y el humo que se extenda sobre la villa tomaba
una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del
camino levantbanse casas aisladas, ostentando en su puerta el
tradicional _branque_, el ramo verde que indica la buena bebida del
pas. Eran los famosos _chacolines_ con sus rtulos: Se venden
voladores, para que el estruendo fuese completo en das de romera.

Goicochea, que no era hombre silencioso y crea faltar al respeto al
primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares
con cierto entusiasmo.

--Me gusta pasar por aqu, seor doctor, porque recuerdo mi juventud...
los famosos das del sitio. Usted sera muy nio entonces, y ya no se
acordar.

Animado por la mirada interrogante del doctor, sigui hablando:

--Ve usted dnde hemos dejado la crcel? Pues poco ms  menos ah
estaba la lnea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilbamos de cerca,
vindonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los
centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecan
lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.

--Usted sera de _los auxiliares_, como mi primo Pepe,--dijo Aresti;--de
los que defendan la villa.

Goicochea di un respingo en su asiento, pero en seguida recobr su
aspecto plcido y contest con humilde sonrisa:

--Quia, no seor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio
vizcano y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis:
calaveradas. Entonces tena uno la cabeza ligera y an no haban llegado
los ocho hijos que ahora me devoran.

Y como si tuviera inters en que el doctor conociese exactamente sus
creencias, sigui hablando:

--Por supuesto, que ahora me ro de aquellas locuras. Y pensar que en
Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya
no soy carlista, y como yo, la mayora de los que entonces expusimos la
pelleja.

--Pues qu son ustedes?...

--Qu hemos de ser, don Luis? No lo sabe usted?... Nacionalistas;
bizkaitarras; partidarios de que el Seoro de Vizcaya vuelva  ser lo
que fu, con sus fueros benditos y mucha religin, pero mucha. Quines
han trado  este pas la mala peste de la libertad y todas sus
impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los _maketos_: y don Carlos
no es ms que un _maketo_, tan liberal como los que hoy reinan, y adems
tiene los escndalos de su vida impropia de un catlico.... Lo que yo
digo, don Luis. Qudese la Maketania con su gente sin religin y sin
virtud y deje libre  la honrada y noble Bizkaya.... con B alta eh? con
B alta, y con K, pues la gente de Espaa para robarnos en todo, hasta
mete mano en nuestro nombre escribindolo de distinta manera.

Y con el ndice trazaba en el espacio grandes _bes_ para que constase
una vez ms su protesta ortogrfica.

El carruaje rodaba por los altos de Begoa. Dorma el camino en medio de
una paz monacal. A un lado y  otro alzbanse grandes edificios de
reciente construccin. Eran conventos ocupados por frailes de rdenes
antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las seoras
ricas de la villa haba levantado aquellos palacios. All iba  parar
una parte no pequea de las ganancias de las minas. La limosna
cuantiosa, y los legados testamentarios cubran de conventos  iglesias
aquella parte del monte Artagn. El silencio monacal, que pareca
extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que
exhalaba abajo la poblacin, dominada  aquella hora por la fiebre de
los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las
torrecillas de ladrillo rojo, llamando  gentes invisibles: se
entreabra un portn con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil,
blanca y almidonada y un rincn de huerto frondoso. Aresti, influenciado
por este ambiente, pensaba en los msticos retiros de la Flandes
catlica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus
beguinas cubiertas por tocas ntidas, de movibles alas, como mariposas
de nieve.

Goicochea segua hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don
Toms, el cura que iban  visitar; un santo varn que en otros tiempos
confesaba  la de Snchez Morueta y que pronto morira como un justo si
la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje par ante la iglesia
de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la Repblica; la Repblica
de Begoa, que an conservaba esta denominacin de los tiempos forales.

Aresti, guiado por su acompaante, entr en la casa del cura para ver 
ste, inmvil en un silln, desalentado y tembloroso ante la proximidad
de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que haba disputado ms de
una vez en casa de Snchez Morueta, el viejo mostr en sus gestos cierta
esperanza. A ver si poda salvarlo con aquella ciencia que haba
ensalzado tantas veces al discutir con l! No poda dormir, no poda
acostarse; se ahogaba. Aresti conoci  primera vista la gravedad de su
dolencia. Tena enfermo el corazn, el rgano rebelde  todo reparo. Por
ms que intent animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su
astucia aguzada por el miedo, adivin la ineficacia del remedio, entre
aquellos planes de curacin que Aresti le propona por decir algo.

--Lo mismo que los otros!--gimi.--Ay Virgen de Begoa!... Virgen de
Begoaaa!

El acento desesperado con que llamaba  la Virgen, revelaba el egosmo
de la vida, agarrndose  la ltima esperanza, implorando un milagro,
con la ilusin de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas
las leyes de la existencia.

Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea mir al templo y se descubri
como si le pesara volver  la villa sin saludar  la imagen.

--Podamos entrar un momento, no le parece, don Luis? Nos queda tiempo
de sobra. Usted, indudablemente, no habr visto  la Virgen desde que
le coronaron como Seora de Vizcaya? Pues est muy bonita. Entremos y yo
pedir un poco por el desgraciado don Toms.

Aresti se dej conducir. No haba estado all desde que era nio, y le
interesaba ver las grandes reformas que la devocin de los ricos de
abajo haba realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante
las guerras y al que afluan ahora todos los sentimientos del pas
hostiles  la nacionalidad espaola y  sus progresos.

Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas
las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reuna el vecindario,
amparado de la lluvia, para tratar los asuntos pblicos despus de la
misa. Por algo, la mayora de los pueblos vizcanos tomaron el ttulo de
anteiglesias, en poca de fueros.

Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el
altar mayor, dejndose caer de rodillas ante la Virgen con devocin
compungida, Aresti pase por el templo, examinndolo. Los
reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su
atencin. Eran piezas de esa ebanistera parisin del barrio de San
Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para
las seoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compaeros
de oficio adornan un dormitorio  un _budoir_. El gusto artstico del
jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gtico
sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras
pendan, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas
peregrinaciones, y cubran las paredes lpidas conmemorativas en
vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronacin de
la Virgen.

Al mdico le interesaban ms los votos que se extendan por la pared, 
la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cndida y grosera,
representando olas alborotadas, barcos prximos  zozobrar con los palos
rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco
desmantelado, un rayo semejante  una lombriz roja. Provocaban la risa
como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos
el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran
votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones
vizcanas, por haberlas salvado la imagen de Begoa de espantosas
tempestades. Los cuadros ms antiguos y borrosos representaban
bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritndose sobre las
olas, flotando entre estas algn mstil roto: los ms modernos eran
vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta
barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge
siempre ante las catstrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que
siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.

Goicochea haba cesado de rezar y, acercndose al doctor, hablbale al
odo con la satisfaccin del que muestra las bellezas de su propia casa.

--Mrela usted--deca sealando  la imagen.--Qu hermosa es! Y qu
bien le sienta la corona!...

Aresti miraba la imagen, el fetiche bizkaitarra, como deca l en sus
cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea,
como todas las imgenes espaolas que son famosas y hacen milagros. La
cabecita de beb pareca abrumada por una alta corona, inflada como un
globo; hasta sus pies descenda, como un miriaque, el manto cubierto de
toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas
arrojadas  manos llenas por la devocin, como si el brillo pudiese
aumentar la hermosura de la imagen, esparcanse tambin sobre el
pequeuelo que la Virgen mostraba entre sus manos.

--Cuntas joyas eh?--murmuraba con entusiasmo Goicochea.--Esto slo se
ve en este pas. Aqu hay religin y riqueza.

El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebao de las
minas, calculando en cunto habra contribuido su miseria  aquellos
regalos intiles, colocados por la fe y la ostentacin de unos pocos,
sobre un madero tallado.

--Si usted hubiese visto el acto de la coronacin!--continu la voz de
Goicochea con sordina.--An me estremezco de entusiasmo recordndolo.
Fu cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince das de
peregrinacin de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pas por aqu:
peregrinacin de seoras, peregrinacin de criadas de servir,
peregrinacin de obreros; las anteiglesias en masa con sus prrocos al
frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las rdenes, y
de padres jesutas: pero sermones buenos de veras, en vascuence:
diciendo lo que significaba la coronacin de la Virgen como Seora de
Vizcaya. Fjese usted bien.... _Seora!_ Vizcaya slo ha tenido
Seores. Hasta Dios es para nosotros _Jaungoicoa_  sea Seor de
arriba. Eso de reyes y reinas es cosa de los _maketos_. Desde el da de
la coronacin de la Seora, que moralmente hemos arreglado nuestras
cuentas con los que viven del Ebro para all, separndonos para siempre.
La cosa fu conmovedora: como organizada por los principales del
partido.... Pero vmonos, que aqu molestamos hablando.

Goicochea sali del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos
aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.

En el porche de la iglesia continu dando expansin  su entusiasmo.

--Y ha visto usted cuntos milagros? No le enternece eso?...

--S--dijo Aresti con gravedad.--A m me conmueve la piedad de los
hombres de mar que vienen aqu descalzos, trayendo su recuerdo  la
Virgen, por haber estado prximos  naufragar y no haber naufragado.
Gran cosa es la fe. Lo mismo que  ellos, les ocurre casi todos los das
 marineros ingleses, suecos  americanos que son protestantes  no son
nada, y se salvan  pesar de no tener una Virgen de Begoa  quien
recomendarse. Adems, vaya usted  saber los vizcanos que se habrn
ahogado despus de implorar  la Virgen. Esos no han podido venir aqu 
contarlo.

El secretario hizo un movimiento de extraeza, mirando escandalizado al
mdico.

--Don Luis--dijo con acento dulzn.--No empiece usted  soltar de las
suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de
la Virgen, y que sta le castigar.

--No; yo no me burlo de la fe--dijo Aresti.--El hombre es naturalmente
cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera  sus fuerzas; basta
que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me
acuerdo de mister Peterson, un ingeniero ingls empleado en las minas,
un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perda ocasin de
burlarse de la idolatra de los catlicos y de su culto  las imgenes.
Un da, un pen despedido por l del trabajo, le di una pualada de
muerte. Cuando se convenci de que no podamos salvarle, rompi en
lloros y aclamaciones  la Virgen, lo mismo que don Toms. Se agarr 
la misma fe de las mujeres ms ignorantes del pueblo. Llamaba  la
Virgen de Begoa con un vozarrn que se oa desde la calle.

--Y lleg  salvarse?--dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un
milagro.

--No; muri  las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado 
nadie.

Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvi el curso de la
conversacin.

--Qu hermosa vista!--dijo sealando la parte de la villa que se
alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ra y las montaas
de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.--Esto es
el ms hermoso balcn de Vizcaya. Cunto trabajo se abarca desde aqu!
Cunta riqueza!...

Luego, aadi en tono confidencial.

--Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es
imposible volver  nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro
sitio como el ltimo, matara  Vizcaya. Qu sera de los altos hornos,
de tanta fbrica y tanta va frrea?... Por esto hemos abandonado, quien
ms quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir  Dios no se
necesita de poltica. Nosotros somos cada vez ms intransigentes en lo
tocante  la sacrosanta religin; pero pelearse por reyes? Aqu no hay
ms que Vizcaya y su _Seora_ santsima. Pregunte usted si quieren
volver  las andadas,  muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los
he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y
ahora van camino de millonarios. Vea usted  muchos dueos de las minas
que en su juventud cogieron el fusil. _Necuacuam_, ninguno suea
remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera
existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habran llegado las
cosas  mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos
el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos
importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que est por encima
de la Patria y del Rey.

Como Aresti sonrea socarronamente, el hombrecillo pareci intimidarse
ante su gesto.

--A ver: siga usted, seor Goicochea,--dijo el doctor.--Me interesa eso,
pues, al fin, vizcano soy, aunque no tenga el honor de ser
nacionalista. Y cmo vamos  conseguir que Bizkaya (con B alta) se
emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus
_guiris_, sus _ches_ de pantalones rojos, prontos  disparar el fusil
como en otros tiempos.

Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que
haba odo  algunos como Goicochea, designar  los soldados espaoles,
llamados _ches_ en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que
componan la guarnicin durante el sitio.

--Se har sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena
direccin. Poco  poco se hace camino. O nosotros impondremos  Espaa
las sanas costumbres y creencias de los antepasados,  nos aislaremos
como ciertos pueblos de Amrica, que viven felices, gobernados por el
Sagrado Corazn de Jess. All estn los que dirigen y son gente que lo
entiende: all se prepara el porvenir.

Y sealaba en direccin  la ra, como si al travs de las inmediatas
alturas viese con la imaginacin la Universidad de Deusto, santuario,
para l, de la sabidura humana.

--Pues hay para rato, seor Goicochea--dijo el mdico saliendo del
porche en busca del carruaje.

--No dir que no, don Luis. Nuestra redencin es algo difcil por la
continua inmigracin de gentes que traen con ellas las malas costumbres
de Espaa. Lo peorcito de cada casa, que viene aqu  trabajar y  hacer
fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.
Cada vez son ms: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los
apellidos vascongados. Todos son Martnez  Garca, y se habla menos el
vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha
trado la prosperidad. Pero todo se andar. Yo pienso lo que Garca
Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, segn cuentan los padres de
Deusto, fu el estadista ms grande del siglo. Sabe usted lo que dijo
al recibir la pualada que lo mat? Dios no muere nunca.... Pues eso
digo yo. Dios no muere y no morir Vizcaya que, por el amor que siente
hacia su santsima madre, es su hija predilecta.

Ya no dijo ms en todo el camino. Al fin, pareci amoscarse por la
mirada irnica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que
acoga sus palabras. Reconoca en l un digno primo de Snchez Morueta;
pues el secretario,  pesar de su servilismo exterior, senta cierta
repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de
impiedad, viva separado de la religin, pasando meses enteros sin or
una misa. l conoca los hondos disgustos que esta conducta
proporcionaba  la buena doa Cristina, la cual, slo valindose de la
influencia que ejerca su hija sobre el padre, poda conseguir que ste
las acompaase alguna vez  la iglesia. Que hombres los dos! Imposible
pareca que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...

A las dos de la tarde se vi Aresti de nuevo en el coche, camino de Las
Arenas con su primo y el capitn Iriondo. Goicochea, invitado tambin 
la comida de familia, haba salido antes en el tranva.

--T no descansas--deca el mdico  su primo,--todos los das Las
Arenas  Bilbao!

--Todos los das. Cuando edifiqu el hotel, cre que me quedara meses
enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las
maanas voy de un lado  otro, sin saber qu hacer y acabo por mandar
que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en
el jardn, oyendo  Pepita que toca el piano.

--La vida de familia!... T eres feliz--exclam el mdico.

Su primo le mir con ojos interrogantes, como si encontrase en sus
palabras cierta irona.

--S: la vida de familia--dijo.--Es la que ms me gusta. Lstima que en
este Bilbao no pueda uno gozarla  sus anchas, libre de influencias
extraas. T bien lo sabes, Luis.

Y call, mientras el mdico quedaba tambin silencioso y cabizbajo, como
sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje
los hoteles vistosos del Campo del Volantn, donde se albergaba la
aristocracia de la villa; despus las verjas y escalinatas de la
Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ra
sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti vea
ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que haba
admirado por la maana en el tren.

Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su
mutismo, animndose con repentina alegra. Aquella era su patria: all
haban nacido los tres.

Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, haca preguntas  sus
compaeros, recordndoles los incidentes de la juventud.

An vea, como si lo tuviera ante sus ojos, al seor Juan Snchez, el
padre de Snchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador
obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirn los despeg 
todos del bajo fondo social en que haban nacido. No era del pas: haba
llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, establecindose en
Olaveaga como gabarrero, y casndose con una joven del pueblo, que tena
varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y
flores  Bilbao. Fu una vida de trabajo: la mujer  la huerta y l  la
ra, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus _aguaduchos_ 
avenidas que la convertan en torrente y sus revueltas y bajos que
hacan zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y
las gabarras suban hasta la villa los cargamentos de bacalao y de
maderas, necesitando, para esta conduccin, de hombres expertos. Ir de
Bilbao  Portugalete era entonces un viaje que slo osaban emprender los
atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban _carrozas_. La
gndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la nica
embarcacin que surcaba la ra con frecuencia. Los gabarreros,
intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rpidamente, y
Olaveaga era el pueblo ms rico del Nervin. El seor Juan serva  las
casas ms importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jams
haba averiado los gneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos
de la ra  en la vuelta de la Salve; conoca las aguas palmo  palmo, y
siempre que haba que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le
llamaban  l. As fu reuniendo una fortuna para su hijo nico, que
andando el tiempo haba de ser el famoso Snchez Morueta. En aquella
poca, el futuro millonario iba todas las maanas al instituto de
Bilbao,  estudiar Nutica, pues su padre le quera marino, pero de los
de altura, para navegar y comerciar en grande,  travs de todos los
mares, como l lo haca en la ra. El honrado gabarrero, satisfecho de
su suerte, dueo de muchos de los lanchones que surcaban el Nervin,
seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, comparta su cario
entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti,
hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de
hortelanos, se haban unido con hombres de mar; pero la casada con el
gabarrero, tuvo ms suerte que su hermana menor, que se enamor de
Chomn Aresti, un mocetn de la matrcula de Bermeo, que navegaba por el
Cantbrico como patrn de balandros de cabotaje, siempre expuesto 
perecer en un da de galerna. A los ocho aos de casados, ocurri la
catstrofe. Chomn se ahog en un naufragio, y la viuda, llevando en
brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tena seis aos y se miraba
con asombro el negro trajecito, llor desesperadamente por todos los
rincones de la casa de su hermana.

--No te apures, mujer--deca el seor Juan.--Otras estn peor que t,
que tienes  tu hermana y me tienes  m. No morirs de hambre, ya que
segn parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aqu estoy yo,
que rabio, porque la ma slo me ha dado un chico.

Y as era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dndole
hijos, conforme prosperaba la casa. Sentase cohibido al no poder llevar
en sus brazos  aquel mocetn que estudiaba en Bilbao y era tan alto
como l y mucho ms serio. Por esto agarr con un entusiasmo paternal 
su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron  todas horas en la
gabarra  por las orillas de la ra, con el pequeo cogido de la mano,
acaricindolo como si fuese un nuevo hijo.

Aresti no conoci otro padre que el seor Juan, y Snchez Morueta fu
para l un hermano. El mocetn grave, de carcter spero, tuvo para el
pequeo dulzuras y atenciones que sorprendan  la familia.

Cuando el gabarrero iba  Bilbao, llevbase  Luis, dejndolo en las
banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los seores la cuenta
de sus viajes. Por las noches lo dorma sobre sus rodillas, cantndole
los viejos zortzicos de los barqueros del Nervin  relatndole patraas
que el pobre hombre apreciaba como lo ms indiscutible de la sabidura
histrica. Gustbale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo
haban fundado unos pescadores  orillas de la ra, entre las repblicas
de Begoa y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qu
nombre dar  su aglomeracin de chozas. Un da, por divertirse,
arrojaron al Nervin un botijo vaco. _Bil, bil, bil_ cantaba el agua al
penetrar en l y cuando casi lleno se fu  fondo, lanza un sonoro
_bao_. Los pescadores gritaron Bilbao ser su nombre. Y el gabarrero
miraba al pequeo y  las dos mujeres que le escuchaban atnitas,
admirando su sabidura del pasado.

El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que haba
terminado su carrera en compaa de Matas Iriondo, hijo de un vecino,
se embarc en un vapor que haca viajes  Inglaterra. Al poco tiempo, no
satisfecho de la vida del mar  deseoso de mayor medro, se qued en
Londres, entrando como empleado en una casa vizcana.

Su madre muri de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un
surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niez, y que su
marido no poda hacerla abandonar. Haba querido, al irse del mundo,
morir abrazada  aquellas hortalizas que todas las maanas llevaba al
mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El seor Juan se sinti ms
unido  su cuada y su sobrino. El hijo escriba de tarde en tarde: la
ra ofreca cada vez menos alicientes para l.

Comenzaba  despertar la explotacin de las minas y se hablaba de
limpiar el Nervin, convirtindolo en un puerto para que los vapores
llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. Adis las gabarras! Y
descuidando un negocio cuya muerte vea prxima, tranquilo ante el
porvenir, pues posea una fortuna de la que se hablaba con asombro en el
pueblo, no tuvo otra ocupacin que cuidarse de Luisillo y admirar sus
progresos.

--Diablo de rapaz!--deca hablando de l con los viejos camaradas de la
ra.--De dnde habr sacado tanto talento! Nadie hubiera dicho que de
aquel pobre patrn de Bermeo pudiera salir un hijo as!...

Y el gabarrero temblaba de emocin, saltndole las lgrimas, cuando le
hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tena  los
seores del Instituto. Lleg el momento de que Aresti,  los catorce
aos, escogiera una carrera y el viejo consult su voluntad. A ver qu
quera ser? con franqueza! All estaba el to Juan con la bolsa abierta
para costearle la carrera que ms le gustase... aunque quisiera ser Sumo
Pontfice. Marino no: ya haba bastante con uno en la familia. Mdico?
quera ser mdico? Algo ms grande y de mayor brillo haba soado el
gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin vaya por
la medicina! Y como puesto  hacer las cosas haba que hacerlas bien, le
enviara  estudiar  Madrid. No reparaba en gasto ms  menos. Para eso
haba trabajado l, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que,
con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le haban
conocido descalzo y despechugado, remando en la ra, entregaran las
vidas  su sobrino, vindolo llegar como una esperanza y llamndolo 
todas horas seor doctor.

Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurri la gran transformacin de la
familia, el tirn loco de la suerte que sac de la obscuridad  Snchez
Morueta. Su primo se present inesperadamente en Olaveaga. Vena  la
conquista de la Fortuna; saba dnde estaba oculta y llegaba antes que
los dems, aprovechando sus estudios y observaciones en pas extranjero.
El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia
abaratando la fabricacin, haca necesarios los hierros sin fsforo y
ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba  comenzar en aquellas
montaas un perodo de explotacin loca, de rpidas fortunas: el que
primero se apoderase del mineral sera rico como un prncipe. Dinero...
necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo
entendi; pero tena fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad,
aquel pensamiento siempre reconcentrado y en funcin: y le entreg sus
ahorros, vendi las gabarras y hasta la casa nueva que haba construido
imitando  las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.

Entonces comenz la historia del poderoso Snchez Morueta, aquella
transformacin de cuento mgico, atropellndose los negocios fabulosos,
las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para
enriquecer  aquel hombrn que vea llegar los millones sin el ms leve
estremecimiento en su rostro impasible. Se apoder rpidamente de la
montaa. All donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el
llamado _campanil_, que era el ms rico, all pona sus manos de
vencedor, diciendo: Esto es mo. Compraba minas para venderlas al mes
siguiente  los ingleses que llegaban detrs de l. Tena en el abra los
vapores  docenas, cargndolos de aquellos terrones rojos que eran como
oro. Bilbao hablaba de Snchez Morueta con admiracin: sonaba su nombre
 todas horas. Mientras los dems dorman, l haba visto claro; cuando
la gente comenzaba  despertar, ya era l millonario. Tras sus espaldas
de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y
tardos buscadores de la fortuna.

Tu primo est loco--escriba el seor Juan  su sobrino.--Esto es un
escndalo; los millones entran en casa como una inundacin. Ahora habla
de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral
 Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervin,
que fabriquen carriles, puentes enteros, caones, navos de guerra qu
s yo cuntas locuras ms! Creme, Luisillo; esto es demasiado: no puede
durar.

Y hablaba con asombro de su nueva existencia. l y la madre de Luis
vivan con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un
batalln de empleados, sirvientes y parsitos. Una vida de abundancia y
de movimiento que haca pensar melanclicamente  los dos viejos en sus
huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueas, al abrigo de los
montes, con la ra enfrente como un espejo en los das de sol. Adems,
el poderoso prncipe de la industria se haba casado para hacer
dignamente los honores  la fortuna que llegaba. Su mujer era una
_seorita_ de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y
temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que
Snchez Morueta haba tenido en Londres. Su familia de hidalgos viva
estrechamente de las flacas rentas de algunas caseras: nobleza agrcola
que haca remontar sus blasones  los tiempos casi fabulosos de Vizcaya,
 _Jaun Zuria_ el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa
fortuna del hijo del gabarrero, haba accedido  emparentar con l.
Snchez Morueta, casi al da siguiente de la boda, haba continuado su
vida de agitacin, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer,
de una belleza rubia, spera y dura, frunca el entrecejo ante los dos
ancianos que vejetaban tmidamente en la casa, como si fuesen unos
criados distinguidos, y viva sola, repartiendo su tiempo entre las
iglesias y las visitas  las principales familias de Bilbao. La
satisfaccin de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia
de las amigas con su riqueza, eran las nicas dulzuras que encontraba en
el matrimonio.

Despus, cuando Aresti estaba prximo  terminar su carrera, ocurri la
muerte del seor Juan. El viejo se fu del mundo asustado de la fortuna
de su hijo, creyndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala
suerte, repitiendo tenazmente que aquello no poda durar. Al
presentarse Luis en Bilbao vi  su primo en plena gloria, con su
gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible  las desgracias como
 los triunfos. Sus prpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con
que le apret sobre su pecho, fueron las nicas muestras de emocin por
la muerte de su padre.

--Luis--dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,--sigue tu
carrera: despus irs al extranjero. Estudia... no vaciles ante los
gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu
padre.

Y Aresti vivi tres aos en Pars, hizo la vida de estudiante en el
Barrio Latino, fu interno en los hospitales, al lado de los ms
clebres cirujanos, y la fama de sus estudios lleg hasta Bilbao antes
que l regresase. Cuando volvi, su carrera estaba hecha, entrando en su
prestigio lo mismo el xito de sus operaciones que la calidad de
pariente de Snchez Morueta.

Su primo haba realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos
hornos de fundicin junto  la ra, casi todo el mineral de Vizcaya
monopolizado por l, y el dinero acudiendo  sus manos, embriagndolo
con la borrachera de la fortuna.

La madre de Aresti haba muerto mientras l estaba en Pars: haba
languidecido, como su cuado, en aquel ambiente de grandeza que la
asustaba. El joven doctor no tena otra familia que la de su primo y se
instal en su casa. Cristina, que haba tenido una hija y por los
cuidados de la maternidad sala poco de casa, acogi bien al doctor. La
acompaaba tardes enteras hablndola de Pars, la famosa ciudad del
pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo
haba entrevisto en un rpido viaje de bodas. De toda la familia del
marido, Aresti era el nico que lograba despertar en ella cierta
simpata. Adems, Snchez Morueta siempre estaba ausente; slo le vea
por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su
pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretena, se
enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba
consejos acerca de vestidos y joyas, recordando _in mente_ sus tratos
con ciertas amigas de Pars, encargaba para ella peridicos de modas, y
halagaba su vanidad, afirmando que era la seora mejor vestida de
Bilbao.

Cristina slo torca el gesto y pareca enfadarse con el doctor cuando 
ste se le escapaba alguna afirmacin impa,  cuando, sin darse cuenta
de ello, se burlaba de la devocin de las seoras y de los predicadores
que el entusiasmo de todas ellas pona en boga. Eran resabios, segn
Cristina, de su permanencia en un pas de vicios, donde se piensa poco
en Dios. No poda estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesutas,
sin separarse por eso de la religin? Deba sentar la cabeza, y para
esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la
tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones,
se dedic  proponer  Luis todas las jvenes casaderas que conoca,
enumerando sus mritos entre las risas y protestas del doctor.

Un da, le habl con gran decisin. Ninguna le convena como la pequea
de Lizamendi. La mam era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana,
emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas,
aunque mejor se haban visto en otros tiempos; el padre haba gastado
mucho en la guerra, arruinndose por la buena causa, como todas las
familias decentes del pas. Y Cristina daba  entender en su gesto la
diferencia inabordable que an exista para ella, entre la aristocracia
antigua, defensora de la tradicin, y aquella otra recin formada  hija
de la fortuna,  la cual se haba dignado descender.

Aresti se vi asediado por su parienta. La pequea de Lizamendi no le
pareca mal. La mam aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el
doctor encontraba  las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el
saln de su casa. Al fin acab por ceder  los reiterados consejos de su
prima, que parecan apoyados por el silencio y la mirada tranquila de
Snchez Morueta. Si haba de casarse, no era mala _proporcin_ la de
Lizamendi. l haba soado algunas veces con la tranquila existencia de
familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la
profesin, encontrando, al volver  casa una boca sonriente que le
besase, unos brazos que vinieran  sorprenderle con repentina caricia,
mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien vea l que
Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la
mayora de las nias de su clase, con una instruccin de monja, sin ms
horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias  la
iglesia. Pero l despertara aquella alma; l la formara  su imagen y
semejanza. Infeliz doctor!...

Al recordar este perodo de su pasado, Aresti sonrea amargamente,
burlndose de su optimismo. Cambiar l  su mujer! Transformarla!....
l era quien haba estado prximo  anularse,  desaparecer aplastado en
el engranaje lento y montono de esa vida gris de las almas muertas. Se
casaron, y Aresti se traslad  la casa de su mujer. La madre no quera
separarse de la hija; adems, la familia, como ella deca, necesitaba un
hombre para mayor respeto. El joven mdico crey de buena fe que estaba
enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbana, la acompaaba 
todas partes, haca esfuerzos por avivar el cario conyugal, por
fundirse moralmente con aquella mueca que se le haba entregado, y que
una vez cumplidos los deberes conyugales, quera seguir su vida de
visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la
otra hermana eran un perpetuo obstculo, tras el cual se ocultaba la
esposa. Lentamente se vea Aresti empujado  un mundo nuevo que no era
de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia
dispona de l como de un objeto de lujo que la daba cierta distincin.
Si en un convento haba una monja enferma de gravedad, si un padre
jesuta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban 
Luis, con indicaciones que eran rdenes, contentas de poder servir
gratuitamente  los elegidos del Seor. El mdico racionalista se vea
convertido por su familia en un trotaconventos, curando  gentes que
insultaban su ciencia despus de aprovecharla y no perdan ocasin de
darle las gracias echndole en cara su falta de religiosidad. Dnde
estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? Dnde
aquella mujer enamorada y entusiasta que le haba de ayudar con su
dulzura en las speras investigaciones de la ciencia?...

Aresti,  los dos aos de casado, adquiri la conviccin de que su
esposa no le amaba. Es ms: le sirvi de consuelo la certidumbre de que
ella no poda amar  nadie. La iglesia, la confesin con el padre de
moda, un buen vestido para dar envidia  las amigas y el visiteo entre
mujeres, lejos del hombre que no era ms que el macho destinado  los
negocios y  traer dinero  casa; estas eran todas las aspiraciones de
su vida. Adems, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su
mujer extraas influencias que venan de fuera. En su casa,  solas con
Antonieta, presenta la existencia de invisibles fantasmas que le
espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que  cada arranque de
pasin parecan interponerse entre su mujer y l.

--Por qu ests siempre leyendo?--preguntaba  veces la joven.--Ay,
esos libros! Con qu gusto los quemara!

Con frecuencia, echbale en cara su falta de religiosidad; le oa con
sonrisa de lstima, hablar de sus entusiasmos cientficos, pensando en
los fragmentos de sermn que haba escuchado contra aquella ciencia
malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le heran
menos en sus ilusiones. Estaba solo! Ms solo que cuando viva en
Pars, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se
acentuaba entre l y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos
de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias  las
artes, pero que en presencia de los seores recobraban su humilde
condicin, y seguan siendo esclavos.

Al intentar una dbil protesta, se aterraba apreciando la separacin
moral que exista entre l y su mujer.

--Nosotras somos as--deca con altivez.--Cada uno es como se ha
educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.

La madre y la hermana iban ms lejos.

--Nosotras somos las de Lizamendi--le decan con arrogancia.--Y quin
eres t? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ra.

Y con un gesto de soberbia, parecan abrir entre ellas y el mdico un
abismo que nunca haba de llenarse, que le condenaba  eterna separacin
de lo que l consideraba su familia.

Cuntas veces, creyendo acariciar  una mujer, besaba  una estatua
fra que se entregaba  l con rigidez de autmata! Las preocupaciones
religiosas, llegaban hasta su dormitorio. Djame, Luis--deca su
esposa--maana tengo comunin en las Hijas de Mara, y necesito hacer
examen de conciencia. Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extenda
hasta la vida conyugal. Aresti se deca amargamente que su mujer no era
suya, que dispona de ella menos que  medias, compartindola en una
especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas
conoca. A veces, Antonieta, en sus momentos de clera, tena franquezas
que asustaban al doctor. Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la
Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... Ay, Luis!
Cmo te amara si echases  rodar todos esos libros y fueses  la
Iglesia como van las personas decentes!.... Con gran frecuencia notaba
en su despacho la desaparicin de revistas y libros, que tal vez
estaran en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba
sus acciones.

Lo que le haca perder la calma era la insolencia con que la suegra y la
cuada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio
hostil de su mujer.

--Pero quin eres t?--le dijeron un da.--Un pobretn que, aunque
ganas algo, casi ests mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre
en casa del gabarrero nosotras ramos ms ricas que hoy. No sirves para
otra cosa que para tragarte libros impos y repetir sandeces de
filsofos contra Dios y la religin. Si al menos supieras ganar dinero
como tu primo Snchez Morueta!...

Aresti no quiso sufrir ms. Qu haca entre aquella gente? Por ms
tiempo que transcurriera, por ms que se mantuviese en resignada
sumisin nunca llegara  fundirse con su nueva familia.

Entonces fu cuando pidi  su primo que le enviara de mdico  las
minas, y, empaquetando los libros que constituan su nica fortuna,
sali de aquella casa lo mismo que haba entrado. Ay, lo mismo no!
Haba sacrificado su porvenir; haba sufrido dos aos de amargas
humillaciones; ya no poda dignamente unir su destino al de otra mujer
dentro de una sociedad gobernada por las leyes ms que por los efectos.
Adems, dejaba  sus espaldas  las tres seoras de Lizamendi, que, para
justificar la fuga del doctor, hablaban  todos de la grosera de su
carcter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impas.

Despus de esta fuga, la esposa de Snchez Morueta, casi rompi toda
relacin con el doctor. Hablaba indignada de l  su marido. Dejar as
 la pobre Antonieta, que era un ngel, un modelo de virtud y devocin
como todas las mujeres de la familia!... Fu preciso que Snchez
Morueta, con su grave autoridad que no admita rplicas, manifestase su
propsito de seguir recibiendo  Aresti en su casa, para que la esposa
se contuviera ante el doctor. Pero termin entre los dos la antigua
amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar  Bilbao,
sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.

Cuando Snchez Morueta abandon la villa para habitar su hotel de Las
Arenas, Aresti fu  verle con ms frecuencia. Le interesaba su sobrina
Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en
estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, corts en
apariencia, pero implacablemente hostil de la seora, que as como
avanzaba en edad, adquira fama en Bilbao por sus entusiasmos
religiosos. La maternidad y los aos, la hacan retirarse de la
ostentacin elegante, abdicar de la supremaca que ejerca en las
tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irnicamente
la gran cristiana, y era la primera en todas las juntas de las
asociaciones religiosas y pas fundaciones, sembrando  manos llenas,
en cofradas y conventos, el dinero de Snchez Morueta.

Aresti, al llegar  este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su
primo, sentado junto  l en el carruaje. Ay! Aquel tampoco era
dichoso. La suerte le esperaba todos los das  la puerta de su casa,
para acompaarlo por el mundo, pero no le segua hasta el interior de su
hogar. No se vea obligado  romper como l con la familia, porque el
dinero le daba una superioridad irresistible, ponindolo  cubierto de
humillaciones; porque con un puado de su riqueza, esparcida sin
regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba
obligado  hacer vida comn. Pero se senta solo: se notaba la amargura
del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegra
momentnea que experimentaba al ver  su primo, el nico que lograba
ablandar su carcter hurao, excitando sus confidencias.

El carruaje haba dejado atrs la drsena de Axpe, llena de vapores que
esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dorman en las
aguas muertas. Era el hospital de los barcos, segn palabras de Iriondo.
En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de
Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para
resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cmaras. El
millonario lanz al pasar una mirada melanclica sobre su yate enorme y
gallardo, una mirada en la que vi Aresti la nostalgia de la vida del
mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias
y preocupaciones terrestres.

Se aproximaban  Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte
con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos
hornos de Snchez Morueta elevaban sus torreones de fundicin, sus
numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los
extensos cobertizos notbase el hormigueo de varios miles de obreros.
Llegaban arrollados por el viento los estrpitos de la industria, el
martilleo poderoso, los resoplidos de las mquinas, el mugido de los
convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su
chorro de chispas y escorias.

Aresti admiraba esta grandeza industrial. Todo era obra de su primo!

--Qu hermoso!--exclam dando con el codo al millonario y mostrndole
sus fundiciones.--Y pensar que de pequeo has correteado entre los
chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. Hay alguien ms
feliz que t?...

Snchez Morueta mir un instante  su primo, con inquietud, como si
temiera que se burlase. Despus aadi con voz lenta:

--S, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A
m me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve....
Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.




III


Fu una comida ntima la que di Snchez Morueta por ser sus das. No
estaban en el comedor otras seoras que la esposa del millonario y su
hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitn
Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero
director de los altos hornos,  parientes de la familia como el doctor
Aresti y Fermn Urquiola.

Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de
la seora, aunque Snchez Morueta no mostraba por l gran simpata. Era
un antiguo discpulo de Deusto, que, despus de abandonar la
Universidad, segua  las rdenes de los Padres de la Compaa lo mismo
que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba
 s misma distinguida, admirbale por su fuerza muscular y el
entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era
el organizador y el hombre de accin de todas las asociaciones piadosas.
Su ideal consista en tener  los _liberalitos_ en un puo y no dejar
que las gentes de la Maketania se apoderasen del pas. Pasaba en Bilbao
por ser uno de los jvenes ms elegantes, pero cuando llegaban luchas
electorales, se le vea con la boina sobre los ojos, empuando un enorme
garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La
rizosa y poblada barba, la nariz aguilea y pesada y sus ojos negros de
bohemio, dbanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las
haca recordar la cara adorada de su dolo.

--Se le parece al seor!...--murmuraban.--Tiene toda la cara de don
Carlos.

Y  Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la ms
leve ofensa, le satisfaca que los partidarios, por exceso de
entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoros del
fugitivo rey de las montaas. Su familia, arruinada por la guerra,
apenas si le haba dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se
ayudaba buscando la proteccin de las familias ms linajudas de Bilbao,
que vean en l un acabado ejemplar de la juventud sana educada en
Deusto. Alborotaba en las luchas polticas, llevando  ellas la misma
violencia de su partido cuando se bata en los montes. Por las noches
mezclbase en los escndalos de ciertas casas del barrio de San
Francisco, donde ejerca alguna superioridad sobre las infelices
mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda
sobre su nacimiento que le converta casi en un prncipe. Los amigos
tenan fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegan, sonriendo
benvolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida:
ya le casaran ventajosamente y sera un modelo de caballeros cristinos.

Snchez Morueta le vea en su casa con disgusto, pero no osaba
manifestarlo claramente por consideracin  doa Cristina, que pareca
orgullosa de su sobrino.

--Este animal viene indudablemente por Pepita--deca Aresti,  quien
interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egosmo y brutalidad.

Y se fijaba en su sobrina, la cual,  pesar de las insinuaciones de la
madre, mostraba ms inclinacin por Sanabre, el ingeniero de los altos
hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecan
intimidarla. Gustaba la joven de saber por l todo cuanto pudiera
molestar  sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que
proyectaban los padres de la Compaa para entretener y conservar bajo
su dominio  una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos
temas, la joven se alejaba de l y permaneca silenciosa, como
abroquelada por la instintiva repulsin que pareca inspirarle el famoso
discpulo de Deusto.

Aresti vea en su sobrina la nia rica de las familias de su tierra;
educada primero por las monjas y dirigida despus por el confesor hasta
en los hechos ms pequeos de su existencia; con la voluntad adormecida,
y considerando como un pecado, el ms leve intento de iniciativa
propia.

El doctor reconoca que no era gran cosa como mujer: la alegra de la
juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de
muchacha sana en la que todos los encantos femeniles estn an
recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma
definitiva. A travs de su belleza en agraz, adivinbase el esqueleto
fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus
brazos delicados, haba mucho de Snchez Morueta. Era la primera
evolucin de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el
bienestar, guardando an los signos de su origen.

Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recin
creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo
y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la
envidia ajena. La hija de Snchez Morueta era tan admirada como su
padre, cuando iba  Bilbao  or misa en la iglesia de los jesutas 
asista por las tardes  las conferencias de las Hijas de Mara. Los
jvenes salidos de Deusto hablaban con fruicin de ella y de los
millones del padre. Qu magnfico bocado! Y cada uno acariciaba la
posibilidad de que le tocase la lotera del matrimonio, en un pas donde
casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios
vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de
algn padre jesuta.

La comida deslizbase placenteramente. Todos sentan la dulzura del
bienestar, la satisfaccin de la vida, en aquel comedor, al que daban,
el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresin de
suntuosidad discreta y seorial. Las grandes piezas del servicio lucan
su brillo mate de plata vieja y slida, trabajada  martillo. Por las
vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento,
las verdes copas de los rboles del jardn. La mesa era servida por
criadas jvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y
rojas como melocotones, daban una impresin de perfume primaveral
semejante al de las flores que adornaban la mesa.

Aresti estaba sentado al lado de su prima. Haca mucho tiempo que no la
haba visto tan amable. Ni la ms leve alusin  las de Lizamendi; ni
una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradeca la visita que
por la maana haba hecho  Begoa. El doctor, examinndola, encontraba
en ella algo de monacal,  pesar de que en honor al da se haba
cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero haba en l
cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual
recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella
los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de
la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.

--Esta se entrega--pensaba Aresti.--Huele  incienso como las otras.

El mdico atraa las miradas y las preguntas de todos los convidados.
Era un original que despertaba inters, viviendo como un solitario en la
montaa, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con
cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos  Aresti
como si fuese un viajero de vuelta de una exploracin por pases
salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se
presentaban ante muchos de ellos como un pas lejano, que serva para
enriquecer  los potentados de la villa, pero al cual slo se asomaban
alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de
trabajo rudo y aquellas _chabolas_, donde dorman amontonados los
hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias
con tocino, sentan la voluptuosidad del egosmo. El comedor les pareca
ms hermoso, y sonrean al desfile de manjares,  las _angulas_ del
pas, enrolladas como lombrices en la tartera de plata,  los platos
extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Snchez Morueta y  la
fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tena delante, y
en las cuales iban cayendo los vinos ms diversos, desde el _Tokay_ y el
_Chablis_ del principio de la comida, hasta el _Cordn Rouge_ y el
_Pomery_, que serviran al final.

Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el
caf  en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud
piadosa y elegante que le tena por capitn. l no era enemigo del
pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre
escriba encclica sobre encclica en favor de los obreros. Pero el
pueblo era para l, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con
el cura y el seor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen
 l las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas
costumbres, sin ms diversin que bailar el _aurrescu_ los domingos y la
_espata danza_ en las fiestas del patrn, ni otros vicios que empinar un
poco el codo en las romeras. Aquella gente viva feliz en su estado,
sin soar en _repartos_ ni en revoluciones; antes bien, dispuesta  dar
su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen  l del
populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las
provincias, _maketos_ llegados en invasin, trayendo con ellos lo peor
de Espaa, contaminando con sus vicios la pureza del pas; siempre
descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los
ricos y comparando su miseria con el bienestar de los dems, como si
hasta en el cielo no existiesen categoras y clases.

Y ante la mirada acariciadora de su ta, que admiraba sus ardorosas
palabras, continu el fuerte discpulo de Deusto:

--Los mos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y dems
zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi
todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansa bajar un
da  Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos  tiros.

Aresti volvise hacia su primo, que coma silencioso, lanzando alguna
que otra mirada al sobrino de su mujer.

--Qu te parece, Pepe, cmo piensan estos jvenes?

Y encarndose con Urquiola, le dijo con una timidez irnica, dando 
entender su deseo de rehuir discusiones con l.

--Pues esa pillera venida de... Espaa; ese rebao _maketo_ y pecador,
es el que trabaja y da prosperidad  Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo
en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral qu sera de esta
tierra? Los buenos, los del pas, no hacemos ms que vigilar su trabajo
y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aqu antes que ellos
llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados 
Amrica para mantener  los blancos. Vienen empujados por la miseria, y
ya que no podemos agradecer su sacrifico con el ltigo, les pagamos con
malas palabras.

Urquiola encabritbase ante las palabras desdeosas del doctor.
Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneracin: la prueba
era que no ahorraban, que no hacan el menor esfuerzo por salir de su
estado.

--El ahorro!--exclam Aresti.--Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos
cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma
clase que les explotan en el alimento y en la casa!...

--Eso no--intervino Snchez Morueta, con autoridad.--Ya sabes, Luis, que
no estoy conforme con tus ideas. El obrero espaol es vctima de la
imprevisin. En otros pases es distinto: el trabajador se forma un
pequeo capital para la vejez...

--Bah! En otros pases ocurre lo que aqu. Y lo que hace que el obrero
moderno sea rebelde y se entregue  la lucha de clase, es la conviccin
de que, por ms que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldr de su
miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de
trabajo rudimentario, de industria domstica, an poda soar con
hacerse patrono; poda con sus ahorros adquirir los tiles necesarios y
convertir su casa en un pequeo taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que
ayune un obrero tuyo, amasando cntimo sobre cntimo, llegar  ser
accionista de tus fundiciones? podr adquirir un pedazo de las minas,
con todo el material necesario para la explotacin?

--Eso est bien--arguy Urquiola con acento triunfante.--Este doctor
dice  veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos
tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que
volver  la poca en que no haba progreso y los hombres vivan
tranquilos.

Snchez Morueta mir al joven con unos ojos que alarmaron  doa
Cristina, hacindola temer por su sobrino.

--Eso es una majadera--dijo con calmosa gravedad.--Eso slo puede
decirse  la salida de Deusto. Suprimir el progreso porque trae algunas
complicaciones!...

Y aquel hombre siempre silencioso, habl lentamente, pero con gran
energa. Era un admirador religioso del capital. Aresti conoca su
entusiasmo fro y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los
descubrimientos industriales, haba revolucionado el mundo. El
millonario era  modo de un poeta del capital, y sacudiendo su
ensimismamiento, rompi en un himno  aquella fuerza casi sagrada,
puesta en manos de contadsimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que
era un auxiliar indispensable, sufra crisis y miserias, pero por esto
haba que renegar del progreso, legtimo hijo del capitalismo
industrial? La gran revolucin moderna era obra de la religin del
dinero, en la cual figuraba Snchez Morueta como el ms ferviente
devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, haba multiplicado
los productos, y disminuido su valor, ponindolos as al alcance de la
mayora, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba
de comodidades que no haban conocido los ricos de otros tiempos. El
capital al servicio de la industria haba civilizado territorios
salvajes, haba destruido fronteras histricas, estableciendo mercados
en todo el globo: l era quien surcaba las tierras vrgenes con los
rails de los ferrocarriles, quien remova los mares para tender los
cables telegrficos, quien pona en comunicacin los productos de uno y
otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las
grandes hambres que haban hecho rugir  la humanidad en otros siglos.
Los poderes histricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los
reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de
guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes
ejrcitos, tenan que mendigar en sus apuros  los capitalistas ocultos
en sus escritorios. Detrs de los imperios victoriosos estaban ocultos
los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo 
la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran repblica de los
capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, duea de
la suerte del mundo. Y lo que ms entusiasmaba  Snchez Morueta, en
esta secta oculta de universal podero, era que slo  la capacidad le
estaba reservado entrar en ella. La jerarqua industrial no era como las
dominaciones sacerdotales  guerreras del pasado, en las que se figuraba
sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de
capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo,
aprovechando los residuos de su desgracia, vena  iniciarse en la
poderosa secta. Dnde encontrar una institucin tan grande y poderosa y
 la par tan _democrtica_ y modesta? Y haba locos que pedan la
muerte  la modificacin de una fuerza que haba transformado la
Tierra?...

Aresti protest. l reconoca las grandezas del rgimen capitalista, las
ventajas sociales que haba reportado  la humanidad con el auxilio del
trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios.
Pero el trabajo vea recompensados igualmente sus esfuerzos? No se
encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse 
principios del siglo XIX la gran revolucin industrial?

--Eso es un error, Luis--dijo el millonario.--El trabajo est mejor que
nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el
inters del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones
obreras el tipo de los jornales.

--Bah!--dijo el doctor con gesto de desprecio.--El aumento de unos
reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada
sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal
equilibrio, aumentndose el precio de los productos, y el trabajador,
con ms dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios
de postura, creyendo engaar con ellos  la enfermedad. Al trabajador de
nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en
esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el
sitio que le corresponde, ser dueo de lo que produce.

Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor.
Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el nico que
sonrea con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella
cuestin.

Doa Cristina, temiendo que la polmica acabase por turbar la placidez
de la comida, intervino, preguntando  Aresti por sus amigos de
Gallarta. Pepita apoy  su madre. La gustaba conocer las
excentricidades de aquellos contratistas que no saban en qu emplear su
riqueza. Rea con alegra de nia educada aristocrticamente, al
enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la vspera,
que, no hacan ms que seguirlas huellas de su padre.

Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave irona, describi los
banquetes pantagrulicos de las minas, con sus lluvias de _Cordn
Rouge_. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos
originales aquellos ricos, que an guardaban la boina y los zapatones
del obrero. Bajaban  la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes
de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo ms extravagante y
chilln, todo lo que en almacenes y tiendas no saban  quin colocar;
muebles complicados y bizarros que se cubran de polvo de mineral, sin
que sus dueos osasen acercarse  ellos, por miedo  deslucirlos. Cada
vez que el doctor, despus de una visita, quera lavarse las manos,
quedaba asombrado ante las toallas con ms colores que el iris, y las
pastillas de jabn en forma de tigre  de lagarto que parecan
fabricadas para reyezuelos del frica. Todos se extasiaban ante el
asombro del mdico, aceptndolo como una admiracin muda. Algunos, como
recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual
si fuese un tesoro. Realizaban la ilusin acariciada tantas veces en su
poca de pobreza. Prubelo, doctor: es de lo ms selecto de la Rioja: 
tantos duros la arroba. Otros se cubran de brillantes las manos y el
pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si
fuesen animalillos delicados y frgiles que al menor roce se podan
desvanecer. No osaban rascarse porque, segn ellos, el pelo rayaba y
desluca las joyas.

Y en su vida montona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin
otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un
nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educacin de los hijos. Los
enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen  los
seores de la villa. Los padres los queran ingenieros, como los
ingleses que venan  explotar las minas: las madres los soaban
elegantes, y de cuerpo delicado, como los seoritos que hacan la parada
en la acera del _boulevard_ del Arenal. Unos enviaban sus hijos 
Francia; otros  Suiza; el vecino de ms all, guiado por el deseo de
excitar la envidia del compaero, empaquetaba su descendiente para
Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvan de all
revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, hacindose admirar
por los trajes, y asombrando  sus madres con la costumbre del _tub_,
del bao diario, del duchazo  cada momento, lo que escandalizaba  unas
gentes que en su juventud dorman vestidas. Pero los instintos
hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoos de la montaa:
resucitaba en ellos el gusto  la antigua vida y poco  poco abandonaban
los trajes exticos, agarraban la escopeta y volvan, como sus padres, 
las comilonas,  la caza y hablar de ganancias de miles de duros,
acordndose de su educacin extranjera como de un sueo.

La apuesta era la pasin ms vehemente, el placer ms vivo de los ricos
encerrados en la montaa. Las pruebas de bueyes y los desafos de
barrenadores hacan que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto 
la fuerza, la adoracin  la brutalidad, con todos los encantos del
juego de azar. Tenan en las minas mozos hbiles en el manejo del
barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero 
un pelotari famoso. En Gallarta haba un jayn, vencedor en todas las
apuestas, que los contratistas llevaban  sus cenas, cuidndolo como si
fuese una mujer amada, tentndole los msculos para apreciar si su vigor
decreca, engordndolo  todas horas con champagne y fiambres, con igual
mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos  las
gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipzcoa, llevando en
triunfo  su barrenador favorito, para que luchase con los ms fuertes
de otras comarcas. Ofreciendo los billetes  puados, seguan durante
horas enteras el jadear de su dolo, atacando con el hierro la piedra,
hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando
victoria ms por el orgullo de la clase que por las ganancias de la
apuesta.

Todo les serva para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba 
manos llenas. Se valan para sus porfas lo mismo de la voracidad de los
perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes
habanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que an haca rer
al doctor. Tratbase de saber quin sera capaz de tragarse ms sopas de
leche, si los galgos enjutos  insaciables de uno de los contratistas 
los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estmago
sin fondo, que nunca crean llegado el momento de levantarse de la mesa.
Toda la gente desocupada del distrito acudi  presenciar el
espectculo. Se depositaban  puados los billetes de Banco, como si
fuesen retazos de papel sin ningn valor; unos por los perros, otros por
los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y
el rebao miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto,
ante las rojas trincheras.

--Las sopas de leche se servan en cubos--continu Aresti.--Los galgos,
en un momento, zs, zs!, se las tragaban sin pestaear; lo mismo que
si le echasen cartas  un buzn. Los jayanes coman lentamente, sin
mostrar prisa. As estuvieron varias horas....

--Y quin gan?--preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la
estpida apuesta.

--Quin haba de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo
despus con su filosofa de palurdo: Estaba seguro de mis muchachos: el
animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere ms, y el hombre,
como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente. Y no
se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y  los pocos
das, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompa
cantando hasta el cementerio.

A pesar de este final triste, los convidados de Snchez Morueta rean,
encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.

Era bien entrada la tarde cuando termin la comida. El capitn Iriondo
despus de brindar por su principal y amigo se despidi, alegando que
tena  la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fu con
l para dar el ltimo vistazo al escritorio. Las seoras pasaron  una
habitacin inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.

Esperaban  algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, haran msica.
Los dos jvenes rogaron  Pepita que cantase alguna cancin vascongada
de las antiguas, tan melanclicas y dulces, distintas completamente del
ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron  llegar hasta el
comedor las escalas y arpegios del piano.

Snchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestin,
mordiendo un magnfico cigarro, habl  Aresti de bajar al jardn. La
tarde se haba serenado y quera gozar de los ltimos rayos de sol en
las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el
jardn. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ra, el ruido
de los tranvas al otro lado de las planchas de hierro que cubran las
verjas.

El millonario mostraba su satisfaccin al verse solo con el mdico, el
nico amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cario le ech
sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el da,
que estaba  sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete
con gentes ante las cuales se mostraba abstrado y silencioso. El cario
 su Luis,  quien vea de tarde en tarde, y la placidez de una buena
digestin, inclinbanle  las confidencias; y miraba  Aresti con ojos
bondadosos  interrogantes, como si slo esperase una indicacin suya
para romper  hablar.

--Vamos, desembucha--dijo el mdico alegremente.--Ya s que soy tu
confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisin de
palabras para m. Qu te pasa? Aqu tienes el mdico de tu alma, como
dira uno de esos curas, amigos de tu mujer.

Snchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurra de
extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: slo tena un momento
alegre cuando se encontraba con l. Cuntas veces senta el impulso de
coger el tren  ir  buscarle en las minas! Pero tena tantas
ocupaciones! Senta tanto miedo  presentarse en aquel feudo de la
montaa, donde todos le pedan algo!... Slo en Bilbao, condenado  la
servidumbre de la riqueza,  vigilar y ordenar la llegada de aquel
chorro de dinero que se meta por sus puertas sin desviar su curso, se
aburra, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada
espera, que es el ms triste de los fastidios.

Haba amado y haba sufrido como todos los que batallan por un ideal.
Saba lo que era forcejear  zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y
fecundarla con ardorosa violacin. _Haba llegado_ como los polticos
clebres  los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,
conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos,
aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre
tenan la ilusin puesta en el maana; pensaban con inquietud en la
combinacin poltica del da siguiente, en la obra artstica, que les
bulla en la imaginacin, temblando, con el vago temor de la torpeza, al
ir  darla forma. Pero l... l, todo lo tena hecho: las ambiciones de
su vida se haban realizado, cristalizndose para siempre. Haba querido
ser dueo de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dndole un
rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y
perenne. Para qu quera ms? Estableca nuevas fabricaciones, y, al
poco tiempo marchaban por s solas con una exactitud desesperante.
Construa barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catstrofe
la monotona de su existencia. La desgracia era impotente para l;
estaba abroquelado y aunque ella corriese  estrecharle entre sus
brazos, la caricia mortal sera un roce insignificante.

Si sus barcos se perdan, estaban asegurados; si las huelgas cerraban
momentneamente sus fbricas, no por esto sufrira su capital grandes
mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, l tena otras y otras en
distintos puntos de Espaa, que aguardaban la explotacin. Era el
prisionero de su buena suerte: se mova entre rejas de oro, en un
aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde
revolotean libres los pjaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba
el mar, y tena casi  la puerta de su casa un palacio flotante, el
yate, cuya fotografa publicaban los peridicos ilustrados para envidia
de los infelices: pero apenas emprenda un viaje, tena que volver
llamado por sus negocios. Adems, l era un hombre de familia; se
aburra en la soledad del ocano  en los puertos ruidosos, haciendo
vida de clibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija
no conoca mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas
estancias en Londres, volva presurosa  su pas, donde era la primera,
guardando una instintiva aversin  las grandes ciudades de gente huraa
y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.

El millonario era el esclavo de su propia obra. Haba levantado con
brazos de titn, en torno de l, la alta torre de su fortuna, y ahora se
debata encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y
descansar.

No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguira
viniendo  l, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la
fortuna quera volverle la espalda, sera ya tarde para hacerle sufrir
la amargura de su infidelidad. Era tan rico, haba llegado tan alto, que
estaba  cubierto de toda inquietud. Por un instante haba credo
encontrar remedio  su aburrimiento, entregndose  la borrachera de la
construccin; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas
de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los
cuentos de hadas. Pero aquello tambin haba pasado; encontraba pueril
levantar colmenas y ms colmenas para gentes que no conoca; fabricar
avisperos en que se cobijaran otros tan tristes como l, pero animados
siquiera por el amargo placer de envidiarle.

--Me aburro, Luis--deca el millonario.--Siento una tristeza sin
esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, ms terrible
que todas, pues pocos hombres la conocen.

Y mirando en torno de l, abarcaba en sus ojos el magnfico edificio y
las avenidas del jardn, con sus altas arboledas, sus arriates en los
que comenzaban  asomar las primeras flores, y all en el fondo, el
invernadero, cuyos cristales, baados por el sol poniente, relucan como
placas de oro.

Aresti pensaba en la gente msera y doliente de las minas. Ay, si
aquellos hombres que engaaban su estmago con agua sucia, no teniendo
bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Snchez Morueta
lamentarse en medio de la opulencia de su vida!

--Entonces,--dijo el doctor--eres infeliz porque nada te falta, porque
posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.

El millonario movi melanclicamente la cabeza. S; posea todo lo que
da la felicidad aparentemente; por esto  nadie comunicaba su tristeza,
para que no le creyesen loco. nicamente  su primo, que conoca por sus
estudios las rarezas de la vida, se atreva  hablarle.

Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar despus de aquella
marcha ruidosa por la vida, en la cual haba hecho, en pocos aos, el
mismo camino que otras familias de potentados slo recorren despus de
varias generaciones. Haba conquistado la riqueza, pero era semejante 
uno de aquellos forasteros infelices que, al volver  su pas,
satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa
destruida y la familia ausente.

Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le
relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al or su
lamento contra la soledad moral en que viva, le seal con expresin de
protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los
sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. Y aquello?

Snchez Morueta levant los hombros con expresin de indiferencia.

--Lo que llaman mi palacio--murmur--no es para m ms que una casa de
huspedes. Vivo mejor que en la msera pensin de Londres, donde pas mi
juventud de empleado; eso es todo.

--Y tu mujer? Y Cristina?

--Mi mujer!--dijo el millonario con amargura:--yo no tengo mujer: slo
tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida
material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el husped
que trae dinero  casa y al que se le corresponde con un poco de
respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cmo
vivimos. T, en tu pobreza, no has sido ms afortunado que yo con mis
millones. T lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos odo hablar
de alguien que se llama Amor, pero por aqu no ha pasado nunca.

Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor
alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su
hermano. Se haba unido con Cristina en los albores de su fortuna. La
amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus
amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se
haba casado por unir una gloria ms  sus satisfacciones de triunfador;
porque le halagaba emparentar con los que haban sido sus amos en
Londres, y aquella seorita, de una aristocracia tradicional y rancia
completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor haba
indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los
continuos viajes, no le permitan con su mujer ms que pasajeras y
rpidas intimidades. Pero para l no exista otra mujer en el mundo, y
era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atradas por
su opulencia. S: l reconoca ahora que haba amado  Cristina con una
pasin, en que se mezclaba el deseo  la mujer y el respeto instintivo
del hijo del gabarrero  la seorita que haba tenido entre sus
ascendientes, casi fabulosos,  los seores de Vizcaya. Ahora se daba
exacta cuenta de su amor, que en aquella poca no hallaba tiempo ni
ocasin para exteriorizarse en la intimidad de la vida domstica. Ah!
cuando descansase--se deca entonces--cuando viera asegurada su
fortuna, qu feliz sera con aquella mujer, digna compaera de su
opulencia, que pareca reinar sobre la gente ms encopetada de
Bilbao!... Pero lleg el ansiado descanso, y al buscar  su mujer, en
vano se esforz por encontrarla. Tena ante l una buena madre, una
excelente duea de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy
interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa
administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con
la misma minuciosidad que cuando viva en el arruinado casern de
Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido
para restaurar una capilla que fuese ms suntuosa que la costeada por
alguna de las seoras que se codeaban con ella, en las Hijas de Mara 
en el saln de visitas de los padres de la Compaa.

Snchez Morueta, resucitado  la juventud despus de su triunfo en los
negocios, sufra un desencanto cada vez que se aproximaba  su mujer con
delicadezas  arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como
si este cario extremado la ofendiera, colocndola al nivel de las
vendedoras de amor. Para ella, la pasin matrimonial no haba de ir ms
all de la intimidad, fra y casi mecnica, de sus primeros tiempos de
vida comn. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin
dar escndalo, procreando hijos para servir  Dios y que no se perdiera
la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas
era un pecado repugnante, propio de gentes sin religin. Tratar un
marido  su mujer con _melifluidades_ de esas que slo se ven en los
amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del
pecado. La esposa cristiana haba de ser casta en el pensamiento; cuidar
de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir
el hogar. Ms all slo iban las mujeres perdidas. Y Snchez Morueta
tropezaba con una estatua impasible, estrellndose en todos sus intentos
por darla vida.

Nada malo poda decir ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que
aunque quisiera faltar  sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne
y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jams recordaba el
millonario haber notado en su compaera un momento de abandono, un
arrebato de pasin. Cuando l se doblegaba bajo el estremecimiento de la
carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si
estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no
turbaban su voluntad.

Snchez Morueta lleg  pensar si Cristina amara  otro, si al casarse
con l por inters, habra dejado en su pasado alguna ilusin que an la
persegua. Pero despus de examinar sus predilecciones  intimidades en
la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desech sus sospechas.
Ella slo quera  su esposo, si es que aquello era querer. En su
cario, no haba fuerzas para ms. Y convencido de que nunca haba de
triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fu alejndose, sin que la
esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayud con no oculta
satisfaccin  este divorcio. Transcurri el tiempo y al abandonar el
lujo de sus primeros aos de matrimonio, para tomar sitio entre las
madres de severa respetabilidad, comenz  seguir dentro de su casa
ciertas prcticas austeras y casi conventuales. Cuntas veces Snchez
Morueta se haba visto rechazado con ira, porque era Cuaresma  estaba
ella en vsperas de una comunin aparatosa!...

Al establecerse definitivamente la separacin, al alejarse l para
siempre, la mujer pareci agradecrselo con sus miradas, con una mayor
dulzura en el trato. Era, sin duda, ms feliz, libre de la asiduidad
ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una
servidumbre cruel de su sexo.

--Es muy honrada, muy virtuosa--dijo con amargura el millonario,--Pero,
para m, como s no existiera. Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la
vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.

Llegaba hasta el jardn la vocecita de la hija de Snchez Morueta,
cantando al piano el _Goizeko izarra_, la invocacin melanclica  la
estrella de la maana. La tristeza potica de las montaas vascas
esparcase por el jardn ingls, dorado por el ltimo llamear del sol de
la tarde.

--Y esa?--pregunt el mdico.--No tienes  tu hija?...

El potentado se expres con apasionamiento. Amaba  su hija: era carne
de su carne: el nico recuerdo de la pasin que haba sentido por su
esposa. El cario  Pepita era lo que mantena las apariencias de paz de
su casa: lo nico que le ayudaba  sobrellevar la tristeza domstica.
Era como un puente que mantena la comunicacin entre l y su esposa.
Por ella continuaba Snchez Morueta su existencia febril de hombre de
negocios. Tena la obligacin de defender lo que la perteneca por su
nacimiento. Su porvenir le causaba  veces gran inquietud. Poda casarla
con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no
entrase para nada el amor. Pero no era esto perpetuar en la hija la
infelicidad del padre? Observaba  Pepita, y se entristeca, adivinando
en ella una reproduccin de su madre. Quera casarla por amor, con un
hombre al que se sintiera inclinada, pero no vea en ella la menor seal
de apasionamiento. Se casara, sin ardor y sin protesta, con el que le
indicaran sus padres, para continuar con ms libertad la vida inspida
de ostentaciones y de devocin elegante. Ella, como las otras jvenes de
su clase, vea en la unin con el hombre un medio de independencia, sin
que el corazn llegara  interesarse. Ira  administrar otro hogar,
como su madre diriga el suyo:  cuidar  un marido que trajese dinero 
casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su
saln. De su padre slo tena algo en lo fsico: la educacin y el alma
eran de su madre. Si Snchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba
frente  su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguira  l.

--La amo--deca el millonario,--la amo  pesar de todo. Pepita me quiere
 su manera; es cariosa conmigo, me mima y me adora, especialmente
cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero tambin junto  ella
me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que
pertenezcamos  distinta raza. No s explicarme, Luis: tal vez estoy
loco; pero jams siento con ellas, que son mi familia, esta confianza,
este dulce abandono que t me inspiras. Y es que t eres de mi sangre;
el nico pariente verdadero.

Aresti segua moviendo la cabeza, como quien oye una cancin harto
conocida. No le extraaba la situacin de Snchez Morueta: era la de
muchos poderosos de aquella tierra. Vivan rodeados de todos los goces
del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios
eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se
perdiera. Marido y mujer vivan en aislamiento moral: l buscando
consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella
dedicndose  la devocin.

Snchez Morueta interrumpi estas consideraciones de su primo, como si
ansiase decirle toda la verdad. As era l tambin: necesitaba amor y
amaba. Ya que la alegra de la vida no entraba en su casa, la haba
buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfaccin del
sexo: era una pasin que endulzaba el ocaso de su madurez y le haca
soar y sentir  los cincuenta aos, con una intensidad que le
retrogradaba  la juventud. Y con arrobamientos de adolescente,
recrendose en el relato, record toda la novela de su amor.

Haba comenzado por una aventura vulgarsima: un encuentro en Biarritz
con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida
en Francia, pero hija de judos: una mujer que en plena juventud haba
corrido medio mundo y conoca casi todos los idiomas europeos. Las
relaciones haban ido estrechndose. Apenas se separaba de ella jurando
no volver  verla, avergonzado de su vileza y acordndose de su hija con
remordimiento, senta la necesidad de buscarla de nuevo, se propona 
s mismo un negocio que haca necesaria su presencia en Pars,  en
Madrid, all donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante
de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada
del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los
tablados de los _music-hall_. Qu tena aquella mujer que le
trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el
sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como
una rfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las
preocupaciones y los escrpulos. Snchez Morueta, al considerarse
culpable, se senta ms hombre. El remordimiento era una manifestacin
de vida que le sacaba del letargo de su existencia.

Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad
montona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil
le salan al encuentro en la mesa de su despacho, entre la
correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que
estremeca su carne y pareca traerle una rfaga cargada de taponazos de
champagne y msica chillona de caf concierto. La expansin, dulcemente
truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de _petit coco  mon
gros cheri_, hacale sonrer juvenilmente bajo su barba venerable. Era
una pasin que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi
en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia,
sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias
felinas de una bayadera asitica.

Haba acabado por arrancar  Judith de su vida de aventuras, por
instalarla definitivamente en Madrid, como una seora tranquila que vive
de sus rentas. Pens por un momento traerla  Bilbao, pero haba
desistido de ello, no por miedo  la familia, sino por temor  la villa
hipcrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y
costureras, que cerraba los ojos  sonrea bondadosa ante el capricho
del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condicin de pobres, pero
se escandalizaba y enfureca ante la _cocotte_, la hembra que pusiera
en sus sonrisas algo de distincin, y rodeara de una sombra de amor las
necesidades de la carne. Otros ms valientes que l haban intentado
aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y
todo el vecindario se amotin contra las extranjeras. Hasta haban
cortado las caeras del agua y la luz de sus casas, para obligarlas 
levantar el campo.

El millonario iba con frecuencia  Madrid por dos  tres das,
pretextando juntas de accionistas  gestiones cerca del gobierno. Todos
le encontraban rejuvenecido; vean en l algo nuevo  inexplicable, que
animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que pareca dar
ms soltura  su cuerpo de hombre de lucha, y le haca cuidar con mayor
esmero del adorno de su persona.

--T mismo--deca al mdico,--te has extraado de este cambio muchas
veces. Es el amor, Luis. Nada como l alegra  los hombres.

Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con
entusiasmo, queriendo convencer  su primo de que su madurez no haca
mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de
placeres. Estaba seguro de que le quera. No era que l pudiese inspirar
una gran pasin: pero cansada de la antigua vida, se haba refugiado en
sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por
mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No haba ms que ver cmo le
sonrea, cmo salan  su encuentro los brazos blancos y suaves cuando
se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid.
Aquella era su verdadera casa: all pasaba los mejores das, y  no ser
por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, all ira 
terminar su existencia.

Adems, un suceso inesperado los haba unido ms estrechamente: haba
afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco aos de duracin. Slo 
un hombre como su primo poda hacerle tal confidencia... Tena un hijo!
Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se
apresur  aadir:

--T eres el nico que lo sabe: un hijo... mo! bien mo! Un nio de
tres aos que empieza  hablar, y al verme me llama: El pap de
Bilbao! El amor me da lo que tantas veces dese en mi casa sin
conseguirlo. Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que
soy su padre, pero pienso en l, espero que crezca y ya vendr  mi
lado! ya har por l cuanto pueda, que ser mucho!

Y hablaba enternecido de aquel hogar oculta, de la familia improvisada
que era para l la verdadera. Judith, engordando en su bienestar
tranquilo; aburguesndose hasta hacer olvidar  la antigua _divette_
aventurera, Snchez Morueta la quera mejor as: la crea ms suya. Y
entre los dos, aquel pequeuelo de una asombrosa precocidad. El
millonario se enorgulleca vindolo tan hermoso, con una belleza
afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningn rasgo de l.

--Un verdadero hijo del amor--deca el hombretn con sonrisa
placentera.--No hay en el pequeo nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni
esta cara de gigantn. Rubio como el oro, y tan blanco! tan delicado!
tan poquita cosa! Parece un beb de porcelana.

Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de
indignar  las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los ms
hermosos: tenan algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en
los retoos engendrados por las parejas legales, que procrean por deber
y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y montono,
en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla
casera.

Snchez Morueta call como fatigado por su confesin. En uno de sus
paseos haban llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente,
sonando  sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de
la tertulia de doa Cristina.

--Y pensar que poda haber encontrado en mi casa la felicidad que busco
fuera, ocultndome como un malhechor!--exclam el millonario, como si el
recuerdo de su familia despertase en l cierto remordimiento.--Pero no
creas, Luis, que estoy arrepentido--aadi con resolucin.--Yo tengo
derecho  ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero
d algo, Luis. Qu opinas de todo esto?

Aresti encogi los hombros. De aquellos amores no quera hablar. Si
proporcionaban  su primo cierta felicidad, haca bien en continuarlos.
La vida es triste y la pericia del hombre est en alegrarla, en iluminar
con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era
que aquella mujer le amase segn l deca: pero aunque el amor no
existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que l se creyese
amado. En el mundo se vive de la ilusin y la mentira, y la mayor
desgracia es abrir los ojos.

--Me quiere, Luis, me quiere--interrumpi el millonario
apresuradamente.--Por qu haba de fingir? Si hubiera sabido quin era
yo cuando la conoc, an podra dudar. Pero en nuestros primeros tiempos
de amor me crea un hombre de corta fortuna. Tard mucho  saber que era
yo Snchez Morueta.

El doctor asombrbase ante la firme conviccin de su primo. Celebraba su
optimismo: as, su dicha no correra peligro. l no se mezclaba en el
asunto. A ser feliz ya que tena fuerza de voluntad y medios sociales
para crearse una segunda familia, que vivira en el foso, mientras
arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su
riqueza. A Aresti slo le interesaban los infortunios domsticos de su
primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que  l, les
ocurra  otros. Era el eterno obstculo con que tropezaban todos los
que en aquella tierra queran encontrar en la esposa algo ms que una
compaera y administradora. Unos haban de buscar la alegra de su
existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobarda 
egosmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, ms resueltos y
valerosos--l, por ejemplo,--rompan abiertamente, no queriendo vivir
encadenados  un alma muerta y volvan  su existencia de solteros, con
la amargura de no poder buscar pblicamente una nueva compaera.

Aresti no censuraba  las mujeres de su pas. Eran como eran, un poco
por la frialdad de la raza nada propensa  apasionarse por lo que no
tenga un fin inmediato y prctico, y muchsimo ms por defecto de
educacin, porque los mismos hombres las haban acostumbrado al
aislamiento,  la separacin de sexos,  asociarse las mujeres con las
mujeres, no viendo en el hombre ms que una mquina de fabricar dinero 
hijos. Qu haba hecho al casarse Snchez Morueta? Lo que todos los
poderosos de su pas. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer
gran caso de la voluntad de los contrayentes: despus, el viaje
aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando
el marido volver cuanto antes  reanudar sus negocios. Y el mismo da de
la vuelta  Bilbao, l, al escritorio,  ganar dinero,  al club, para
vivir entre hombres solos, dejando  la mujer entregada para siempre 
las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin ms
diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de
las compaeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.

No conocan la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los
aristcratas de otros pases. Los padres de la Compaa, para asegurar
su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del
demonio, propias de otras tierras que no haban gozado la gran dicha de
heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros
funcionaban con los palcos vacos, sin que  ellos asomara una mujer:
las fiestas del verano eran el nico esparcimiento anual para todas
ellas. Faltas de diversin, ansiosas de reunirse, de or msica, de algo
que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su
teatro, pasando el da en el templo del Corazn de Jess, all donde la
arquitectura afeminada y ridcula, cargada de oro y bermelln, el
armonium, las voces hermafroditas y las bombillas elctricas, parecan
acariciarlas con un halago que tena tanto de mundanal como de mstico.

Aresti sonrea amargamente. Ay: estaba bien discurrido aquel asedio,
para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta
la dominacin del esposo! De ellos era principalmente la culpa, Qu
haban de hacer unos seres dbiles, faltos de direccin, arrastrados
por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veanse
obligadas  una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo slo
al hombre en el preciso momento del deseo; y el hbil jesuta se
presentaba como un remedio  su tristeza, entretena su fastidio con una
devocin dulzona y afeminada, era el eunuco guardin, el verdadero amo,
dirigiendo  su antojo al tropel de odaliscas cristianas. As llegaba
desde la sombra  apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales
se movan, sin conocer el impulso de sus acciones.

Algunos an se mostraban satisfechos y agradecidos  los sacerdotes,
porque proporcionaban dulce entretenimiento  sus esposas, dejndolos en
mayor libertad para sus negocios y placeres.... Imbciles! El doctor se
indignaba ante aquella intrusin, que haba acabado por cambiar  las
mujeres de su pas, matndolas el alma, convirtindolas en autmatas que
aborrecan como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban
al hogar las exigencias de una dominacin acaparadora.

--T mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa--dijo el
doctor,--qu has hecho para evitarlo?...

Snchez Morueta hizo un gesto de extraeza. l? qu poda evitar l?
Poda acaso cambiar el carcter de su esposa?...

--T has dejado, como los otros--continu el doctor,--que tu mujer
buscase un remedio  su soledad, entregndose  la devocin. Y te
extraas de que Cristina haya ido separndose de t! Es un caso de
adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se
comprende lo que  m me ocurri: yo no soy rico, y en este pas de
negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Adems, junto 
los prejuicios de la que fu mi compaera, estaban como refuerzo los de
su madre y su hermana. Pero t, que tienes la autoridad de la fortuna,
cmo has dejado que fuesen apoderndose de una mujer  la que amabas,
separndola de t? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto
que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus
propias barbas han cortejado  tu mujer y te la han robado. S alguna
vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.

El millonario sonri con desdn.

--Bah! Los jesutas! Ya sali tu tema!... Efectivamente, son gente
antiptica; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me
bat en el ltimo sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan
de habas; yo tomara el fusil otra vez, si volviesen los carlistas.
Pero aun crees t, Luis, en esa leyenda de los jesutas tenebrosos,
cometiendo los mismos crmenes que ellos atribuyen  los masones?...

Y Snchez Morueta miraba con ojos compasivos  su primo, sin dejar de
sonrer.

--No sigas, Pepe--dijo el doctor.--Adivino lo que piensas. Soy un cursi.
Conozco la frase: es un magnfico pararrayos para desviar el odio que
instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal
de los jesutas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo
intelectual, lo moderno, es creer  ojos cerrados en cualquier patn
astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las
horas en el confesionario enterndose de vidas ajenas y adorando al
Corazn de Jess, que coloca por encima de Dios.

--Yo no digo tanto!--exclam el millonario.--Yo no creo en ellos, y
hasta me ro de sus cosas. Pero reconocers conmigo que eso del odio al
jesuta es algo anticuado. Slo aquellos progresistas cndidos y
heroicos de otros tiempos, podan ver la mano del jesuta en todas
partes y creer en sus venenos y puales.

--Yo no creo en su tenebroso podero ni en sus venganzas. En esta tierra
nadie se atreve como yo  hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me
ocurre. As que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa
que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden
contra m. Aislados nada valen: pero hay que temerles all donde les
ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. Cmo te explicar
lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo,
llegan  producir una epidemia. Si encuentran un ser dbil preparado
para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto 
repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse
de nada por s mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de
que no lo buscarn. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos
y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece,
dicindoles: Dominadnos, haced de nosotros lo que queris, y dadnos en
cambio el cielo.

Aresti no crea, como los enemigos de la Compaa en otros tiempos, en
la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabidura de sus individuos
era una leyenda. Haba entre ellos (que eran miles) algunos que se
distinguan en las ciencias y en las artes, nada ms que como
apreciables medianas. Llevando siglos de existencia, disponiendo de
riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no haban
enriquecido  la humanidad con un slo descubrimiento de importancia. Su
talento consista en presentar al vulgo las medianas como genios de
fama universal y colocar  la mayora restante en sitios donde no se
evidenciase su vulgaridad.

El mdico se rea igualmente de su poder. Slo alcanzaba  los que caan
ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicacin con ellos,
poda burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea,
temibles nicamente para los que viven  su sombra.

Aresti reconoca, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia
era mayor que nunca. Cuando Loyola haba fundado su Compaa, las dems
rdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la ms moderna se haba
apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Adems, los frailes,
despojados de sus riquezas de otros siglos, tenan ahora que copiar los
procedimientos de los jesutas, que tanto les repugnaban en pasadas
pocas. Tenan que marchar  la zaga de ellos, imitndolos para hacer
dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto
voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compaa, haba hecho
indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta poda
afirmarse que el ejrcito monstico de igo de Loyola haba salvado al
pontificado en el trance, terrible para l, de la revolucin luterana.
Era la antigua fbula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en
accin. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y
vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete
se negaba  descender, condenndolo  eterna servidumbre. La compaa
haba salvado al Papa, pero esclavizndolo para siempre. El cristianismo
haba muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el
catolicismo ya no era ms que una palabra: la verdadera religin era el
jesuitismo. El Papa que bendice segua en el Vaticano; pero el Papa que
decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el
_Jesu_ de Roma.

--Esto  m en nada me interesa--acab diciendo Aresti.--Yo vivo fuera
del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.

Su primo hizo un gesto de asentimiento. A l tampoco. l no hablaba con
la audacia del doctor, pero viva de hecho fuera de las prcticas
religiosas; no le preocupaban.

--A t, s--dijo Aresti con energa.--A t deben preocuparte. Crees que
vives fuera de esa influencia, porque no vas  misa, ni te tratas con
curas; pero todo llegar, t irs, y hasta es posible que te arrodilles
ante algn confesonario de la iglesia de los jesutas. Ests en el
crculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de
la familia; ya te agarrarn. Apenas si es mal bocado el millonario
Snchez Morueta!

El aludido sonri. Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reiran
oyndoles hablar de tales gentes. All las despreciaban, si es que
alguna vez hacan memoria de ellas.

--Pero es que Londres es Bilbao?--grit exasperado el doctor.--Acaso
Inglaterra es Espaa? Ya s yo que se ren de ellos en todas las
naciones modernas y poderosas: nicamente Francia se rasca de vez en
cuando para echrselos lejos. Pero vivimos en Espaa, una nacin que no
concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos,
puede aplicarse  los Estados. Contra los fuertes se estrellan y
perecen, pero de los dbiles, predispuestos al contagio, se apoderan
como una enfermedad. Eso de cursi podr aplicarse al que suee con el
jesuta temible, en Londres  en Berln: pero aqu vaya con la
_cursilera_! y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...

--S; aqu dominan mucho--dijo el millonario con gravedad.--Yo s que 
otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de
capitales ajenos, los han elevado  los han hundido, envindoles 
retirndoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen...
pero es all donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque t
creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios;
han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no
necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme dao. Aqu no
entrarn por ms que se empeen. Ya lo sabe Cristina: es lo nico que me
impulsara  romper con ella,  separarme, sin miedo  lo que dijese la
gente. T que sonres y hasta parece que te burlas: has visto aqu
alguna vez una sotana? tienes noticia de que vengan  visitarnos esos
seores de la Residencia?

--No: no vienen--dijo Aresti sin abandonar su gesto irnico.--Y para
que haban de venir? Hace tiempo que estn dentro: no necesitan de tu
permiso. A quin haban de buscar en tu casa? A tu mujer y  tu hija?
Ya les ahorras esa molestia envindolas t mismo  donde ellos las
aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la
familia....

--Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces
mi carcter. He dicho que no entran y no entrarn. Sera un buen golpe
para ellos apoderarse de Snchez Morueta; pero pierden el tiempo.

Aresti estaba pensativo y pareca no orle.

--El otro da--dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria--le
un drama en francs y me acord de t. Era _La Intrusa_ de Mterlinck,
Conoces eso?...

El millonario movi la cabeza: l no tena tiempo para la literatura.

--La _Intrusa_--continu el mdico,--es la Muerte, que entra en las
casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.

Y Aresti relat la escena lgubre de la familia reunida en torno de la
mesa, en la penumbra, ms all del crculo de luz de una pantalla verde.
En la alcoba cercana est una enferma, con el sopor de la gravedad:
fuera de la casa,  lo lejos, se oye afilar una guadaa, rayando el
cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en
el jardn. Se asoman y no ven  nadie. Los cisnes graznan asustados,
ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces
despiertan en el tazn de la fuente, ocultndose temblorosos: las flores
caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de
inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve  nadie. Ya suenan pasos en
la escalinata: la puerta se abre,  pesar de que no sopla el viento.
Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia
cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible,
con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y
despus, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se
adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante
la lmpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la
enferma y vuelve  caer sin que nadie haya entrado. Un gemido!... La
enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama
atravesando todos los obstculos; la _Intrusa_, para la que no hay
puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta
presencia.

Y Aresti, despus de relatar la obra de Mterlinck, miraba silencioso 
su primo, que pareca no comprenderle.

--En tu casa ocurre lo mismo--dijo tras larga pausa.--Crees que ese
enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse  tu
mesa y ocupar un silln en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que
lleg hasta tu misma alcoba. T te lamentabas de ello hace poco. Todos
los das vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando
regresan de la Iglesia de los jesutas  de sus juntas de Hijas de
Mara. No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No
percibes su roce? El ltimo de tus criados lo ve y t ests ciego. Te
mira  todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario
que tienes y ese seorito pariente de Cristina, que busca unirse  t,
pensando en tus millones ms que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu
hija. Ellas te agarrarn cuando te sientas dbil; aprovecharn un
instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso.
Te crees libre de l y ronda  todas horas en torno tuyo.

Snchez Morueta rea ruidosamente.

--Ests loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te
ha trastornado el seso. A qu tanto fantasma, y dramas,  intrusos... y
demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad  mi
familia, para que se entregue  las prcticas religiosas y se entretenga
con esa devocin bonita, inventada por los jesutas. Qu he de hacer
yo, si eso las divierte! Quieres acaso que me Imponga como un tirano de
comedia, y diga: Se acab el trato con los Padres, aqu no hay ms misa
que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel? Eso no
lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez ms que t.

Hablaba con una firmeza britnica de su respeto  la libertad. l no
quera violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus
creencias y que le dejaran  l con las suyas. Libertad para todos. Y
recordaba su educacin en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo
britnico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una
misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.

Aresti pareci irritado por la calma serena con que su primo hablaba de
la libertad.

--Yo tambin creo lo mismo--exclam;--pero en un pas como ese de que
hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la
persecucin por delitos de conciencia. Adems, hay all creencias
diversas, y unas  otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una
especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende
dominar al Estado y dirigir las familias. Pero hablar de libertad
absoluta en este pas, que es famoso en el mundo por la Inquisicin y
por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro
siglos de tirana clerical. La unidad catlica no est consignada en las
leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres.
Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han
de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. Y vienes t con
esa pachorra inglesa hablndome de libertad y de respeto  todas las
creencias!... Eso puede ser en otros pases; podr ser aqu, cuando
exista esa Espaa nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un
siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse  salir por
completo de las entraas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy
un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi
pas, no como me lo ensean los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero
ser un inquisidor al revs, me entiendes?, un hombre que suea con la
violencia, con el hierro y con el fuego, como nico remedio para limpiar
 su tierra de la miseria del pasado.

Y Aresti, siempre irnico y zumbn, se exaltaba hablando. Lata en sus
palabras el odio  la influencia oculta que haba truncado su vida,
hirindolo en sus afectos de hombre pacfico, impidindole constituir
una familia. l amaba la libertad; pero era la libertad para el
mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia
los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder,
abrazndose  instituciones que estaban muertas desde haca siglos.
Adems, por qu conceder las ventajas de la libertad  los que haban
empleado antao su inmenso podero combatindola, arrumbando escombros
sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso rbol, queran ser
los primeros en gozar de su sombra? No: l no reconoca derecho para
existir  unas creencias que eran la negacin de la vida; no poda
conceder la libertad  los tradicionales enemigos de esa misma libertad.

Encarndose con Snchez Morueta, preguntbale qu hara si supiera que
en su escritorio existan hombres que deseaban el naufragio de sus
barcos, el incendio de sus fbricas, el agotamiento de sus minas, la
desaparicin total de todo lo que era la existencia de su casa. No los
expulsara, indignado? Pues esto deseaba l para los enemigos de la
vida, para los que maldecan como pecados las ms gratas dulzuras de la
existencia; para los que adoraban la castidad antiptica de la virgen
sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza
contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacan la
apologa de la vagancia y la miseria convirtindolas en el estado
perfecto; y tenan el hambre como signo de santidad y apartaban  las
gentes de las felicidades positivas de la tierra, hacindolas dirigir
las miradas  un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como
obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las
miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en
cambio, con el sello de la execracin las nicas alegras que estn  su
alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamndola valle de
lgrimas. No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues  darles gusto y
que dejaran el sitio libre  los pecadores,  los malvados que aman este
mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que
ms all no existe otro mejor.

Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillndole los ojos con fuego
homicida.

--Eres un inquisidor--dijo su primo soriendo.--Parece mentira que un
hombre _moderno_ como t se exprese de tal modo.

Aresti no quiso protestar. No le infunda repugnancia el mote de su
primo. Inquisidor? sea. Toda la Espaa, ansiosa de algo nuevo, senta
lo mismo que l, slo que no llegaba  razonar sus impulsos. En otros
pueblos ms adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe  la
Razn, se haba verificado dulcemente, en medio del respeto y la
libertad. La Reforma, con su espritu de crtica y libre examen, haba
servido de puente. Pero en esta tierra haba que dar un salto violento,
pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes,
an en pie y poderosas,  la vida moderna. El trnsito haba de ser rudo
y brutal. Era un ensueo querer guiar al pueblo mansamente, pasito 
paso: haba que correr, que saltar, derribando lo que an quedase por
delante. Haba que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa
sobre este pueblo: su educacin intolerante que databa de ayer. En unos
cuantos aos de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se
podan extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo espaol
lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cmo el ms leve atentado que
turbaba la paz pblica, hasta las clases ms elevadas y cultas, pedan
la suspensin del derecho y la intervencin de la fuerza. Los ricos
aplaudan  la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los
procedimientos salvajes de la Inquisicin; los pobres admiraban al
fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba
de dinamita; los gobiernos, ante el ms insignificante motn, abominaban
de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los
catlicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para
demostrar que estaban limpios de todo origen judo  mahometano. Quin
podra jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile  de
familiar del Santo Oficio?

Y el doctor, que haba asistido  muchas reuniones populares, recordaba
la gradacin de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudan
con un entusiasmo algo forzado, por costumbre ms que por espontneo
impulso, los ataques al rgimen poltico. Los reyes estaban lejos, y la
gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que an no
se haba extinguido, pero que deba desaparecer fatalmente, ms pronto 
ms tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestin social como
algo positivo relacionado con su bienestar; pero por ms esfuerzos que
hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociologa
revolucionaria, la gente slo vea la ventaja de aumentar en unos
cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba
del jesuta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se pona
instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con
el fulgor diablico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el
trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puos amenazadores,
buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, seor de Espaa. Las
huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias:
las manifestaciones populares silbaban  insultaban  toda sotana que
cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos
tenan por final la quema de algn convento.

--Y es que el pueblo--continu Aresti--adivina por instinto cul es el
enemigo ms prximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se
junta para algo que no dirija contra l sus iras.

El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconoca que en
apariencia ningn odio ni temor deban sentir las masas contra la
Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban  misa, ni se confesaban;
vivan separados del cura, desprecindolo. Por qu, pues, haban de
temerle? Los jesutas y los frailes slo visitaban las casas de los
ricos y no podan esperar los pobres que se introdujeran en sus
miserables tugurios. Por qu, pues, odiarlos? Era que la masa, por
instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta  toda tentativa de
avance. Estancando la vida del pas, cortaban el paso  los de abajo.
Ellos eran los que les haban tenido en la ignorancia durante siglos,
hacindoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la
limosna, inculcndoles un respeto supersticioso para el potentado,
obligndoles  creer que deben aceptarse como dones celestes las
miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que
slo consegua ventajas en fuerza de rebeldas y revoluciones, se
vengaba del engao de varios siglos persiguiendo  los impostores.

Adems, exista un impulso de fuerza tradicional. Da las entraas de la
historia patria se desprenda un hlito de santo salvajismo. El brasero
inquisitorial arda durante siglos; el cielo azul obscurecase con nubes
de holln humano; reyes, magnates y populacho haban asistido entre
sermones y cnticos  las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que
provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban
venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo nico delito fu
comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que
despus ha explicado la ciencia, nias inocentes que seguan con la
inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.

--Espaa es un pas de olvido--deca el doctor.--An se estremecen en
Francia recordando la matanza de San Bartolom, que dur veinticuatro
horas. Y aqu es cursi decir que hubo Inquisicin! Hasta cerebros
poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revs se han
encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fu
una institucin digna de elogios; como quien dice un jueguecito para
divertir al pueblo. En otros pases levantan estatuas  los vctimas de
la intolerancia religiosa. Aqu la Iglesia omnipotente los ha matado por
segunda vez, creando el vaco en la historia. De tantos miles de
mrtires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.

Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado,
Aresti, que viva en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de
sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba  ser la ejecutora
de una revancha histrica. Slo en el pueblo perduraba el recuerdo de
aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido framente en
nombre de Dios al travs de los siglos; de aquellos sacrificios humanos
que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus
divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad,
como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentbase ahora, al menor
motn, quemar los edificios que servan de albergue  los representantes
del pasado odioso; algn da los incendiaran de veras con todo su
contenido humano. Esto parecera brutal, pero era lgico en un pas
donde todava no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de
Europa. Aqu an no se haban presentado. El hombre sera el habitante
de la Espaa nueva; pero antes tenan que evolucionar mucho los actuales
pobladores del pas, dignos descendientes del inquisidor, educados por
l en el desprecio  la vida humana, en la facilidad de inmolarla como
holocausto  las creencias. De qu se quejaban los que maana seran
vctimas, si ellos haban envenenado el alma de un pueblo, formndolo
durante siglos  su imagen y semejanza?...

El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su
cuerpo, forman la concha, el caparazn que les sirve de vestido y
defensa. El espaol no tena otro jugo que el de la intolerancia, el de
la violencia. As le haban formado y as era. En otros tiempos, el
caparazn era negro; ahora sera rojo; pero siempre la misma envoltura:
l estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el
inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegara el hombre, limpio
de todo deseo de venganza, sin miedo  enemigos tradicionales, fraternal
y dulce, que levantara el edificio moderno sobre el solar limpio de
escombros.

--Ests loco!--exclam Snchez Morueta riendo.--Por eso te ponen esa
fama de hombre que tiene _cosas_. Si te tomase en serio, habra para
sentir horror por lo que dices.

Aresti se encogi de hombros.

--Pero ven ac, mediquillo chiflado--continu el millonario.--Reconozco
que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como t dices. Ya sabes que
yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han
puesto  nuestro pas. Pero  qu la violencia? Para acabar con ellos
no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los grmenes que se
encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es
tal vez darles ms fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... Mucha
libertad, mucho progreso, y ya vers como las costumbres de la
civilizacin les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen
salirse de l!

--Ahora me toca  m rer!--exclam el doctor.

Y rea mirando  su primo con ojos compasivos, mientras contestaba  sus
razonamientos.... Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de
la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominacin,
la incultura del pas, la servidumbre de la mujer encadenada  ellos por
el sentimentalismo de la ignorancia! Cuando contaban con el apoyo del
rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento,
compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!...
Mientras aquellos enemigos existieran, seran estriles todos los
esfuerzos para reanimar el pas. Slo ellos se aprovechaban de las
ventajas del progreso nacional. Eran los perros ms fuertes y giles, y
se zampaban los mendrugos que la civilizacin arrojaba al paso, por
encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastn espaol soaba en
medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parsitos.

Haba que fijarse en el trabajo de los padres de la Compaa, que eran
los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del
ejrcito religioso, el nico que tena el secreto de sus marchas y
evoluciones y ocupaba las tiendas de distincin. Se engrandeca
Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues all ellos.
Adquira Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y
sobre las techumbres de las bodegas alzbase dominadora la iglesia del
jesuta. Descubra Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el
ignaciano  pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la
fbrica de autmatas y la tienda donde se vende la salvacin eterna. No
haba una mancha de prosperidad y riqueza en el msero mapa de Espaa,
que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior,
condenadas  hambre perpetua y  un cultivo africano, no conocan su
existencia. La Espaa msera quedaba para los curas montaraces y
famlicos, para los merodeadores despreciables del ejrcito de la Fe.
Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta
del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: exista la
riqueza.

La fbrica nueva, la mina descubierta, los campos recin roturados, la
codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en
provecho suyo y vena lentamente  sus manos. Aresti se indignaba ante
la suerte de su pas, tierra de maldicin, tierra condenada, que haba
de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, 
si se abra  las caricias de la civilizacin era en provecho de los
dominadores acampados sobre ella.

Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantena
ante l en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la
Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los catlicos
de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que
posean la verdad absoluta. Dios se haba tomado la molestia de
hablarles para transmitrsela, y sentan eternamente la necesidad de
imponerla  los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando  los
espritus rebeldes que se resistan  recibir el beneficio. Poda
vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la
razn, pues la razn no se considera infalible y est pronta 
rectificarse. Pero cmo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con
unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones
indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se
indignaban ferozmente viendo desodo  Dios, que habla por su boca. Sus
crmenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponan el deber de
combatirlos. Podan respetarse sus creencias, pero vigilndolos como
locos peligrosos, tenindolos en perpetuo estado de debilidad para que
no intentaran imponerse por la violencia.

--El respeto  la libertad!--continu el doctor dirigindose  su
primo.--Oyndote, me pareces igual  un filntropo loco, que en una
coleccin de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.

Y Aresti, en su exaltacin, mimaba la escena, al mismo tiempo que la
describa de viva voz. El filntropo ideal compadeca  la bestia, Con
qu derecho la tenan entre hierros? La fiera haba nacido para ser
libre: tena derecho  la vida de las selvas, sin obstculo alguno, como
en su primera edad, Goza de tu libertad, pobre pantera, deca
abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su
agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatindole de
una zarpada, desgarrndole el pecho con los colmillos.

--Suelta  la pantera de nuestra historia--gritaba el mdico;--djala en
libertad, despus que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella
unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y
ya vers cmo corresponde  tu candidez de liberal  la antigua.

--Y qu quieres?--pregunt Snchez Morueta.--Matarla? Crees que eso
es posible, de un golpe?

--As deba ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.

Qued en silencio Aresti largo rato, y luego aadi con conviccin:

--Matar la fiera sera lo mejor. Pero de no ser as, hay que conservarla
entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uas,
arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan
convertido la pantera en un perro manso y dbil, entonces, puerta
abierta! libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en
ella, bastar un puntapi para volverla al orden.




IV


El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Snchez Morueta,
ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construccin, con las
paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se
alzaban entre aqul y la ra.

Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administracin, con la
pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de
mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparca por toda Espaa
en forma de rieles, lingotes y mquinas, y de los jornales de un
ejrcito de obreros ennegrecidos y tostados junto  los hornos. Arriba,
en lo ms alto, estaban los _tcnicos_, el cerebro que diriga aquel
establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.

Esta parte de la casa era la nica que los trabajadores vean sin odio.
Los das de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las
ventanas del primer piso, como si fuesen  asomar  ellas los
administradores que regateaban el precio de su faena, cercenndolo con
multas y descuentos por tardanzas  descuidos en el trabajo. Si miraban
ms arriba era con el respeto que  la gente sencilla inspira el
estudio.

Aquellos seores que pasaban el da inclinados ante los tableros de
dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada  alineando
nmeros y letras para sus clculos, eran mirados como seres superiores.
El rebao obrero sentase en contacto ms ntimo con aquellos hombres
que se limitaban  dirigirles en su trabajo, que con los otros de la
administracin que les entregaban el dinero.

Bajaban  ciertas horas del da  los talleres, para dar sus rdenes 
los contramaestres, y volvan  encerrarse en su estudio misterioso, sin
que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era
Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conoca 
todos los trabajadores, llamndolos por sus nombres. Cuando ellos vean
 don Fernando en los talleres, les pareca el trabajo menos pesado y
procuraban que su tarea fuese ms rpida, como si el ingeniero hubiese
de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven pareca tener
alrededor de su persona el ambiente de simpata y atraccin de los
grandes caudillos, de los apstoles que arrastran las masas. Haba
nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenan
quejas que formular iban  l, aun sabiendo que su influencia no
alcanzaba  la administracin, y despus de escuchar sus consejos se
retiraban ms tranquilos, como si hubieran conseguido algo.

La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa
espontnea, reflejo de un carcter recto, transparente y sin dobleces,
cautivaban  unos hombres habituados  la voz imperiosa de los
contramaestres y  las respuestas altivas de los escribientes de la
direccin.

Viva como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja
cuyo marido haba muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje
serva para mantener  la viuda. En torno de l haba fabricado el
afecto de los humildes una aureola de bondad.

Una gran parte de su sueldo la enviaba  su madre y sus hermanas, que
residan en la ciudad de Levante donde l haba nacido. La pobre seora
haba intentado vivir cerca de l, pero tema al clima de Bilbao. Muchos
obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado
en bandos, de anticuada distincin, que paseaba en los das serenos por
cerca de la ra, apoyada en sus dos hijas, quejndose de las lluvias
frecuentes de aquel pas, de la atmsfera cargada de carbn y polvo de
hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en
los naranjales caldeados por un viento ardoroso.

Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el inters que
mostraba por ellos. Aquel seorito era de los suyos. Sin el menor
esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar  algn
trabajador que por enfermedades de la familia se vea en trance apurado.
El elogio que hacan de l era siempre el mismo: No tiene nada suyo.
Adems, le queran, por verle siempre en guerra con los seores de la
administracin, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas
trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para
colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compaeros suyos de
las cofradas de Bilbao, piadosos seores que se preocupaban ms de los
pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valindose de ciertos
espionajes de taller, los tenan sometidos  continua vigilancia,
clasificndolos segn sus creencias.

Un da el ingeniero haba tenido un choque con la administracin, al ver
despedido del trabajo, por ftiles pretextos,  un obrero antiguo. Todos
los compaeros recordaban que un mes antes su camarada haba enterrado
civilmente, con gran escndalo de las devotas del pueblo,  un hijo
suyo, y acusaban  los _culebrones_ de la direccin de una ruin
venganza. Los ms exaltados gritaban en son de amenaza. Es que despus
de matarse trabajando, iban  imponerles  cambio del jornal lo que
deban pensar? Tendran que ir con una vela en las procesiones, como
ciertos hipcritas que halagaban de este modo  los amos, para
procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusin en les oficinas y
acab por presentarse  Snchez Morueta. El millonario, abstrado en
sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fbricas, y se indign
contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se
aprovechaban de las facultades que l les daba, para imponer sus
creencias. l no quera  su sombra ms que trabajo. El obrero volvi 
ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeci al
ingeniero esta victoria.

Si Snchez Morueta gozaba de algn afecto entre los miles de hombres que
le vean pasar como un fantasma por el edificio de la direccin, era un
reflejo del cario que todos sentan por Sanabre. Aquella gente
adivinaba la simpata que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don
Fernando estuviese al lado del millonario, no haba que temer que
entrase en los altos hornos el espritu de purificacin santurrona que
reinaba en otras fbricas. l defenda los intereses de su principal,
procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres
todos quedaban en libertad. No ocurra lo que en las fbricas y las
minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos
peridicos  la asistencia  un mitin, para ser despedido con ridculos
pretextos. Qu le pedira al amo aquel don Fernando tan bueno y
simptico que no se lo concediese?

Y as era: Snchez Morueta senta por Sanabre un afecto casi paternal.
Encontraba en l algo de aquel hijo, que en vano haba esperado en los
primeros tiempos de su matrimonio. Haca ocho aos que se haba
presentado una maana en su escritorio con una carta de recomendacin de
un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero
industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener  su
madre y sus hermanas que subsistan de una msera pensin del Estado. Su
padre haba sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres
de guerra: la espada pasaba de generacin en generacin, como
instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero  l no
le gustaba la profesin de soldado: se pareca  su madre. Y Snchez
Morueta, examinando al muchacho, reconoca que efectivamente haba en l
muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos
finas, la piel lustrosa, de un moreno plido, los ojos grandes y dulces,
tal vez en demasa para un hombre, y una dentadura igual y ntida, sin
esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote,
ensortijado con cierta arrogancia, era la nica herencia fsica de sus
belicosos antecesores.

El millonario sinti simpata por el joven desde el primer instante. Tal
vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la
delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energas, su viveza de
carcter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo Parece un tenor--se
dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariado con su
idea, no oa pera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los
cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba  su
joven ingeniero.

Sanabre no tard en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre
de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas
veces, antes de hablar, sala al encuentro de su pensamiento, lo
adivinaba, cumpliendo las rdenes que el millonario an no haba
formulado. Adems, el ingeniero tena sus ideas propias, y las
comunicaba con una discrecin tan suave, que el principal acababa por
creerlas suyas.

Cuando Snchez Morueta le tom bajo su proteccin acababa de fundar los
altos hornos. Sanabre entr en el despacho de los ingenieros como un
simple agregado, trabajando  las rdenes de un ingls, que haba
construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde,
pues pasada esta hora, el _whisky_, bebido en abundancia durante el da,
le impulsaba  las mayores extravagancias. Cuando el ingls volvi  su
pas, Snchez Morueta mir con sonrisa paternal  su ingenierillo.
Muchacho, te atreveras t con todo eso?... Vaya si se atrevi! El
millonario reconoca que desde que Sanabre estaba al frente de los altos
hornos marchaba la explotacin con ms regularidad, siendo menos
frecuentes los conflictos entre la administracin y el ejrcito obrero.
Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la
complicada mquina, acuda  remediar la aspereza con su dulzura y sus
buenas palabras. A no ser por l, hubieran surgido varias veces en los
talleres la protesta y la huelga.

Los de la administracin--por exceso de celo y por antipata instintiva
hacia la masa jornalera, que viva sin acordarse de la religin,
hablando  todas horas de sus derechos,--inventaban  cada paso nuevas
reglamentaciones para cercenar algunos cntimos de los jornales 
aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea
hablaban de la necesidad de velar por los intereses de la casa, y al
mismo tiempo, de meter en un puo  aquella gentuza, cada vez ms
exigente y respondona. Pero Sanabre estaba all y serva de
intermediario y pacificador. Qu le importaban  un potentado como
Snchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa
entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.

El millonario aceptaba silenciosamente la opinin de su ingeniero, y
renaca la paz, mientras los _jesuitones de la Direccin_ (as los
designaban en los talleres), sonrean hipcritamente  Sanabre,
agradecindole las derrotas con felina amabilidad.

Muchos obreros haban notado cierta transformacin en la persona y las
costumbres del ingeniero director. Vesta con ms esmero, y los que
estaban habituados  verle en los talleres con boina y zapatos de suela
de camo, sin preocuparse del polvo del carbn ni de las chispas del
acero, se inquietaban ahora cariosamente por los trajes nuevos y los
sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo
descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los
cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban
la atencin de las mujeres que trabajaban en el carbn, pobres seres
enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenan algo que
pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.

--Chicas: nos lo han cambiado!--se decan;--ya no es don Fernando:
parece un seoritingo de los del Arenal. Quin ser la novia?...

Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina
transformacin.

Algunas noches le vean los obreros salir en un coche para Portugalete:
de all pasaba por el puente colgante  Las Arenas. De alguna de estas
excursiones volva con una flor en la solapa, conservndola varios das,
hasta que se secaba. Los trabajadores que tenan ms confianza con l,
sonrean al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este
adorno de la solapa, mientras pasaba revista  los talleres.

--Cundo es la boda, don Fernando?--le preguntaban.

Y l contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como
si desease comunicar algo de su felicidad  cuantos le rodeaban. La
visin de un jardn, y de una mujer, marchaban ante l por los negros y
ruidosos talleres, embellecindolo todo como un rayo de sol.

Una tarde de verano, escriba Sanabre en su despacho, junto  una
ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ra, con dos vapores, un
trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla
opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un nio,
y de bigote erizado, trabajaba cerca de l, y en la habitacin inmediata
los delineantes dibujaban sobre los tableros, detenindose algunas veces
para pedir aclaraciones.

Sanabre pareca inquieto; miraba de vez en cuando  sus subordinados con
ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba
en l, volva  escribir, no en los papeles de marca grande que usaba
para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero
pareca acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de
artista.

Ms de dos pginas haba llenado, cuando alguien di con el bastn
fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovi  todo el
personal, habituado  la calma casi monstica de aquella oficina.

--A ver, dnde est ese ingenierete?...

Lo primero que vi Sanabre al levantar la cabeza fu el brillo de unos
lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandon su silln confuso 
indeciso, dudando entre salir al encuentro de aqul  ocultar la carta.

Los empleados, que le conocan vagamente como pariente del principal,
volvieron  enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todava
atolondrado por la inesperada visita, le ofreca una silla junto  la
ventana.

El doctor explicaba su presencia all. Haba bajado de Gallarta, llamado
por la mujer de un antiguo contratista que ahora viva en el Desierto.
Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas seoras, aunque se
trasladasen  Bilbao  fueran  vivir al otro extremo del mundo, no
queran otro mdico que el doctor Aresti, obligndolo  ir de un lado 
otro como un comisionista de la salud. Maldito carcter que no le
permita negarse  nada! Y mientras vena la hora de coger el ltimo
tren de las minas, se haba dicho: Vamos  echar un prrafo con el
ingenierito y de paso ver el gran feudo industrial de mi primo....

Acariciando con amistosas palmadas  Sanabre, le deca con tono
malicioso:

--Desde el da del santo de Pepe que no te haba visto. Cuntas cosas
han pasado desde entonces eh?... Parece que todo va bien.

Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que ste le tratase con igual
confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto,  pesar de su
carcter comunicativo. Los escudriadores ojos de Aresti, habituados al
examen rpido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos  aquella carta
que Sanabre pretenda ocultar.

--Eso no ser ningn trabajo de ingeniera--dijo en voz baja y con
sonrisa burlona.--Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... Vaya
un modo de velar por los intereses de mi primo, seor ingeniero! Y de
seguro que en esos cajones hay algo ms que planos y estudios. Cartitas
de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografa:
tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, seor ingeniero. Eso
es _muy propio_ de la seriedad de una oficina como esta.

Y rea viendo la confusin de Fernando, el cual instintivamente volva
la mirada hacia los cajones de un _secretaire_ inmediato, desconcertado
por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temi Sanabre que
sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de all
cuanto antes, y se puso de pie invitando  Aresti  seguirle. De veras
que no haba visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las
mejores: haba cuela de mineral. Y sali de la oficina seguido por el
doctor.

Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por vas
frreas y cubierta de polvo de carbn, el mdico detuvo  su gua, como
si le interesase ms hablar con l, que contemplar la riqueza industrial
de su primo.

--Vamos  ver, Fernandito--dijo cogindolo por un botn de la
americana.--Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu
gente: cmo van esos amores?...

Sanabre se ruboriz, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le
desconcertaba la mirada del doctor, fija en l con la tenacidad
insolente de los miopes.

--Pero ingeniero del demonio! No niegues. Si lo s todo!... Vaya por
descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo
el _Capi_ cuando vino  cazar _chimbos_  la montaa. Ya sabes que l es
hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en
casa de Pepe. Conque dime, cundo piensas ser mi sobrino?

Sanabre se entreg: con aquel hombre no valan disimulos. Adems, el
doctor le haba inspirado una gran confianza y senta el anhelo de todo
enamorado por comunicar su felicidad. A quin mejor que al bondadoso
Aresti, que adems apareca ante sus ojos engrandecido por su parentesco
con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirti en una
verbosidad atropellada. Quera contar de un golpe toda la historia de
sus amores: se extraaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo
que l y le escuchase con gesto irnico, que daba  su cara una
expresin de Mefistfeles bondadoso.

Ay, qu tarde aqulla, en la que Pepita, paseando por su jardn de Las
Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le haba
contestado afirmativamente! Era la nica vez que Sanabre crea haber
estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los rboles, de
aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como
avergonzados, al pronunciar el mgico monoslabo. Lo cierto era que al
anochecer sali del hotel de Las Arenas tambalendose, y eso que durante
la comida no os beber ms que agua, por el respeto que le infunda
Snchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya haba vaciado sus bolsillos,
derramando un puado de pesetas entre la chiquillera que miraba con
cierto asombro  un seorito, con el sombrero echado atrs, andando 
grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un
lado  otro del vagn, con una nerviosidad que inspiraba cierta
inquietud  los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos
musicales que tenan algo de tierno y amoroso, todos los dos en que el
tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasin  la tiple. Qu
noche, doctor!... Despus se haba serenado; su felicidad adquiri
cierto sosiego, pero aun as, cada da le traa nuevas y profundas
emociones. Llegaba  Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Snchez
Morueta, como si ste fuese  presentarse iracundo  imponente,
sealndole con gesto mudo la puerta. Tenan que librarse de la
vigilancia de doa Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita
con la que le entregaba Pepita en un rincn del hotel,  en una revuelta
del jardn: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la _aa_
de su novia, la ama seca que, despus de criar  la nia, se haba
quedado  su lado disputando su influencia, primero  la institutriz, y
ahora  las doncellas y dems servidumbre femenina de la casa.

Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de
Pepita; cmo las lea y relea; cuntas veces en mitad de su visita 
los talleres, acometa su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha
de que tal prrafo envolva cierta frialdad, y volaba de nuevo  su
despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la
letra amada, como un jeroglfico que ocultaba su felicidad. l no haba
credo nunca que pudiera amarse tan intensamente. Haba conocido 
Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardn,
bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al ms leve descuido
gritaba como un loro arisco: Miss!... Quin le hubiera dicho
entonces que se haba de enamorar de aquella chiquilla? Porque l
estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor!

Y Aresti, sonrea con cierta compasin ante las cosas ftiles que
constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las
inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una
sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia
vulgar.

--Es esta tu primera novia, verdad?--dijo Aresti.--Ya se conoce: todos
hemos pasado por eso. Es el sarampin de la juventud. Un signo de fuerza
y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo,
sigue.

La nica tristeza de Sanabre era la consideracin de la gran desigualdad
de fortuna entre l y su novia. Qu dira su principal cuando se
enterase? Le creera un aventurero que intentaba apoderarse de su
inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era
para muchos la nica carrera un buen matrimonio, qu pensaran de un
ingeniero pobre que pona los ojos nada menos que en la hija de Snchez
Morueta?...

Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. No
creera l tambin que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la
riqueza? Esta duda le entristeca. l amaba  Pepita... porque s.
Quin sabe por qu se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de
Bilbao, huraa y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres
vivan separados, era Pepita la nica joven con la que haba tenido
algn trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce
otros obstculos que los de la naturaleza, le haba sorprendido,
inflamando sus treinta aos, la edad de las grandes pasiones. Ay! Cmo
deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse  l, le agradeciera
no slo su amor sino su trabajo! Qu! no le crea el doctor?...

--Te creo, muchacho--dijo Aresti--Claro es que no te sabr mal ser yerno
de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aqu las hojuelas
son tu amor. T eres de otra raza; t vienes de abajo, del Sur, de un
pas de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar
menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto  la mujer...
tanto! que  veces se la da de pualadas para tirarse luego del pelo
ante su cadver. Sois unos animales ms vehementes, ms complicados 
interesantes que los de aqu. Tengo la certeza de que si esto sigue, an
te vern alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando
serenatas ante la ventana de mi sobrina.

Aresti, por no molestar al ingeniero, cambi de tono y le habl con
gravedad. Poda prepararse  sufrir disgustos. Aquello no saba l cmo
poda acabar; lo ms probable era que terminase de mal modo.

--Lo s--dijo Sanabre con tristeza.--Temo al principal cuando se entere.
Se indignar, sin que le falte razn para ello.

--Mi primo es el menos temible. No tiene opinin formada sobre el
porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que t, que
eres un trabajador, contines su obra. Hay que esperar siempre algo
bueno de su carcter.... Otros son los que debes temer!

Y hablaban de su prima, la antipticamente virtuosa como l la
llamaba: aquella Cristina que se crea postergada por haberse unido 
Snchez Morueta  pesar de que ste le trajo la fortuna. Qu iba 
decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un
empleado de su casa? Ella slo apreciaba dos cualidades, como las nicas
respetables en el mundo: una gran fortuna  un nombre histrico,
relacionado con las glorias del pas vasco y de la religin....

--Adems, ingeniero de Dios--continu el doctor:--tienes que luchar con
Fermn Urquiola, que tambin parece que anda tras de la chica, no s si
por impulso propio  empujado por la madre.

Aqu se irgui Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido.
A ese no le tena miedo. Estaba seguro de que inspiraba  Pepita una
aversin irresistible: bastaba ver con qu despego le trataba. Aquellas
nias criadas junto  las faldas de sus madres, conocan todo lo que
pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en
asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre ms all
de las rejas. Pepita conoca la vida de aquel seorito, mezcla de matn
clerical y de calavera rstico, que pasaba las noches en las casas del
barrio de San Francisco y haba sido conducido varias veces al juzgado
por borracheras tumultuosas. No,  ese no poda quererlo Pepita: lo
despreciaba  pesar de que la persegua en las visitas, extremando con
ella su cortesa empalagosa copiada de los padres de la Compaa. Se
retiraba de l con cierta impresin de asco: como si la pudiera manchar
con impuros contagios,  los que ella, en su inocencia, daba formas
monstruosas.

--Y de mi sobrina ests muy seguro?--pregunt el doctor framente, con
forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven.

Sanabre senta la ciega conviccin de todo amante. S: estaba seguro de
que le amaba: Por qu le haba de engaar, halagando sus ilusiones? El
ingeniero no comprenda la pregunta del doctor.

--Es que sois de diversa raza--continu Aresti--Tal vez me engae, pero
qu quieres!; desde aqu, sin haber ledo vuestras cartas, sin haberos
escuchado, apostara algo  que, de los dos, t eres el que quieres ms
y mejor.

Sanabre qued silencioso un momento. Pareca asombrado, como si de
repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que vea
algo nuevo. Acudan de golpe  su memoria hechos olvidados, palabras en
las que no haba puesto atencin, mil insignificancias que parecan
removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba ste en lo cierto.
Pepita no pareca tomar el amor con el mismo apasionamiento que l. Era
un incidente que alegraba su vida dndole nuevos deseos, pero sin llegar
 turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de engaarse con
dulces ilusiones, el egosmo varonil, inclinado siempre  creer en una
predileccin en favor suyo, se sublevaron en Fernando.

--No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.

Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y
cuadernos de clculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa,
en las que Pepita juraba quererlo ms que  su vida y terminaba
invariablemente tuya hasta la muerte. Para Sanabre, estos juramentos
eran ms solemnes  inconmovibles que las sentencias de un tribunal.

--Pues si ella te quiere--dijo el doctor--adelante, muchacho! y  ver
cundo te llamo sobrino.

Sintiendo cierta conmiseracin por su optimismo, intent animarle,
disminuyendo los obstculos ante los cuales se aterraba Fernando. Al
padre,  pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no haba que
tenerle gran miedo. Era cuestin de que el descubrimiento le pillase de
buen talante. An pasara tiempo antes de que se enterase, preocupado
como estaba por los nuevos negocios que le obligaban  trasladarse 
Madrid todos los meses. Adems: l saba lo que era el amor (vaya si lo
saba!) y no era hombre que de buenas  primeras se indignase contra un
joven, porque no haba sabido resistirse  las inclinaciones de su
corazn. Quedaban otros enemigos, y adems la malicia de la gente, que
creera clculo lo que era amor.... Pero qu demonio! un ingeniero no
era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje,
desde haca aos, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas
 en el primer captulo un protagonista joven, noble, arrogante, que
slo abra la boca para decir cosas hermosas y _profundas_, ya se saba,
era un ingeniero.

--Lo malo--aadi Aresti, recobrado su tono irnico--es que en este
Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en
otros pases como un primer galn del porvenir; pero aqu, hijo mo!,
el hroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de
Deusto.

Y antes de que Sanabre volviera  hablar de su amor, el mdico aadi,
cogindole de un brazo:

--Vaya; ensame todo eso. Piensa que an tengo que ir  Gallarta.

Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de
residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una
complicada telaraa de vas frreas. Sanabre enumeraba todos los medios
de comunicacin que convertan el establecimiento en una red complicada,
con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de va.
Tenan un ferrocarril directo  las minas; otro para las mercancas, que
empalmaba con la vecina estacin; vas para los embarcaderos, vas para
comunicar unos talleres con otros: total, muchos kilmetros de rieles
que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos
puntos, al encontrarse las vas, se tendan unas sobre terraplenes y
otras pasaban por debajo, al travs de pequeos tneles. El espacio
estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los telfonos, y los
cables de los tranvas areos. Entre esta red de acero alzbanse
numerosos postes, con sus faros elctricos semejantes  lunas apagadas.
Los guardas paseaban por las vas con la carabina pendiente del hombro y
el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas  las orillas
de la ra por donde se colaban los merodeadores en busca de la
_chatarra_, acero viejo, piezas de mquinas desmontadas  rollos de
alambre, que vendan en los baratillos de Bilbao. La ra--segn deca el
capitn Iriondo--era peor que una carretera antigua. As que cerraba la
noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llevndose todo
lo que estaba suelto en barcas y edificios.

El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que
aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicacin.
Aquello era obra suya y proporcionaba  la casa, sin nuevos gastos, una
fuerza de ms de dos mil caballos. Despus venan los hornos para hacer
el cok, que extraan del carbn, el alquitrn y el amonaco.

Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa
estaba atracado  la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que
slo se le vean la chimenea y los mstiles. En aqulla destacbanse
pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Snchez Morueta.
La gra del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el
agua. El tanque, que contena una tonelada de combustible, sala de las
entraas del barco, se remontaba hasta la punta del puente areo y,
deslizndose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar
su contenido en una de las varias montaas de hulla que se interponan
entre aquella parte del establecimiento y la ra. Otro vapor con bandera
inglesa, estaba inmvil, un poco ms all, hundido hasta la lnea de
flotacin, esperando su turno para descargar.

--Consumimos mil toneladas diarias--deca el ingeniero con
orgullo.--Necesitamos ms de un barco cada veinticuatro horas.

Despus, ense al doctor el triturador del carbn, donde trabajaban las
mujeres entre una nube de polvillo que las cubra la cara, dndolas un
aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos,
en medio de su mscara negra.

Los grandes talleres, para la reparacin de las maquinarias de la casa y
construccin de mquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la
curiosidad del doctor.

--Conozco esto--dijo Aresti.--Lo he visto muchas veces fuera de aqu. Lo
que  m me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra
industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y sealaba los
altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que
suba hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor
de volcn envolvi  los dos hombres al aproximarse  los altos hornos.
Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una
regularidad geomtrica por pequeas zanjas que servan de moldes al
mineral en fusin. Por este cuadriculado del suelo corra el hierro
lquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra
arda, obligando al doctor  mover continuamente los pies. Los gruesos
muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel.
El ingeniero, habituado  esta temperatura, describa con gran calma la
funcin de los altos hornos.

Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil
quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en
los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entraas,
formbase el metal que descenda por su peso hasta salir por la base de
las torres. Da y noche ardan los altos hornos: el enfriamiento era su
muerte. Calentarlos y ponerlos en disposicin de funcionar, costaba una
fortuna. Si se apagaban haba que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto
de medio milln.

Un descuido en el trabajo, una huelga, poda costar la existencia 
aquellos gigantes de la industria, que slo vivan ardiendo y tragando
combustible  todas horas. Cuando surga una huelga en la montaa y los
ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, haba que echarles
carbn lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra,
con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la
industria, y podan inutilizarse al menor descuido.

Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el mdico, asombrado
por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecan servir de
pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoracin de
las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los dolos
gneos que cocan dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las
vctimas humanas.

--Ahora van  sangrar--dijo Sanabre, sealando  un obrero viejo que
hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra
refractaria.

Se abri un pequeo agujero en la base de una de las torres y apareci
un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que
heran la vista. Se fu agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de
sangre de toro, corri por la tierra con un chisporroteo ruidoso.

--Eso es el hierro?--pregunt Aresti.

--No: es escoria. El hierro vendr despus.

El mdico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa.
Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se
enrojecan los ojos; pareca que las pestaas iban  consumirse,
secbase la piel sintindose en cada poro una aguja ardiente, y los pies
movanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.

Aresti admiraba  los trabajadores, que estaban all como en su casa,
habituados  una temperatura asfixiante, movindose como salamandras
entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el
incendio hubiese absorbido sus msculos, dejndoles el esqueleto y la
piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo
cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor
les haca exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en
partculas de ardiente araazo. Algunos mostraban las cicatrices de
horrorosas quemaduras.

Sanabre seal la boca del horno. Iba  comenzar la colada. No era una
estrella lo que se abra en la tierra refractaria: era una gran hostia
de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que
abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descenda por la canal,
esparcindose en espesa ondulacin en las cuadrculas del suelo. Aresti
crey morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto
con la atmsfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas
en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que
revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos
verdosos que zumbaban un instante, desvanecindose para dejar paso 
otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa
intenso al salir del horno con ruidosas grgaras; rodaba por las canales
con la torpeza del barro, enrojecindose como sangre coagulada, y al
quedar inmvil en los moldes, se cubra de un polvo blanco, la escarcha
del enfriamiento.

El mdico no poda seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.

--Vmonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.

Aun vieron como, cambiando de direccin la canal del horno, arrojaba su
chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el
caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente 
transformarse en acero. Silb la locomotora, pequea como un juguete,
sali  toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos,
arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el lquido
rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.

Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tom la mano del ingeniero.

--Guame, Virgilio!--dijo riendo.--Yo voy como el poeta de los
infiernos: cuida de que no nos quememos.

Y avanzaba por la plataforma inmediata  los altos hornos, saltando los
arroyos de metal en ebullicin. Cada vez que pasaba por encima de una de
las zanjas, una bocanada de fuego suba por sus piernas hasta la cruz de
los pantalones.

--Por fin!... Aqu se respira--dijo el doctor al descender de la meseta
donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.

Pas un buen rato limpindose el sudor y hacindose aire con el pauelo.

--Parece mentira, Fernandito--dijo con su acento zumbn--que viviendo
aqu tengas nimo para pensar en amores. Yo soara con un botijo
grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la
nieve.

--Pues an nos queda por ver otro infierno: slo que este es ms
_pintoresco_.

Y el ingeniero gui al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran
enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios
abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de
voltearlas cuando lo exigan las operaciones de la carga, llegaban hasta
ellas por unas pasarelas de acero.

Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran
descubrimiento industrial que haba abaratado el acero, enriqueciendo 
Bilbao al mismo tiempo, pues exiga minerales sin fsforo, como los de
las montaas vizcanas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los
hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento ms lento y ms
caro; pero ahora todo el metal para vas frreas, que era el de ms
salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describa,
con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor,
que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de l por
una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio
y el manganeso: as se formaba el acero. No era de clase tan superior
como el Siemens, por ejemplo, pero serva perfectamente para los rieles
de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.

Aresti apenas le oa, aturdido como estaba por la grandeza del
espectculo. Era un rugido inmenso que conmova la techumbre del taller,
y haca temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca
del convertidor,  impulsos de la corriente de aire comprimido que vena
del vecino edificio, donde estaban las grandes mquinas inyectadoras. El
metal en ebullicin arrojaba por la boca superior de la campana un
torbellino de chispas, un ramillete de fuego. Pero qu chispas! qu
fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti
recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los
altos hornos.

Soplaba la campana su ensordecedor rugido y suba recto por el espacio
un surtidor que se abra en lo alto como una palmera roja, esparciendo
plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino,
descendiendo despus para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en
cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su
chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surga el
chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos
los colores del iris. Fuera del taller an era de da. El sol, en el
ocaso, iluminaba el suelo, ms all de los cobertizos; pero los ojos,
deslumbrados por este resplandor de incendio, lo vean todo negro, como
si hubiese llegado la noche.

El acero lquido caa en moldes de forma cnica. Una gra mova los
moldes, voltendolos cuando el acero se solidificaba; y apareca el
lingote cnico, en forma de pan de azcar, de un blanco rosa, como si
fuese de hielo con una luz interior, esparcindose las cenizas de su
enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en
un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los
hornos de laminacin, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como
si fuese un dolo arrastrado por sus fieles.

Aresti ya no senta el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original
belleza del espectculo. All quera ver l  ciertas gentes que slo
aspiraban la poesa en el polvo de lo antiguo, negando toda sensacin
artstica  los descubrimientos modernos. Ningn poeta haba dado una
impresin de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento
industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un
juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar
el Vesubio. Qu volcn ms hermoso que aqul? Los hombres, al amparo de
la ciencia, hacan poesa sin saberlo; la poesa viril, la de las
fuerzas de la naturaleza.

Y as segua el doctor, desbordando su admiracin en entusisticas
palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que
manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller,
pareci volverle  la realidad. Saltaban en torno de ellos las molculas
del acero gneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies
cubiertos de trapos, y tenan que sacudirlos con frecuencia para
librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al
rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El ms ligero roce con
aquellos infernales panes de azcar, converta instantneamente la carne
en humo, dejando el hueso al descubierto. Podan matar  un hombre con
su contacto, sin dejar en el ambiente ms que un leve hedor de
chamusquina, un poco de vapor: despus, nada.... Y los conos diablicos
atraan con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si
gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro,
evaporndola.

Aresti pas al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el
calor. Haba perdido el instinto de la conservacin en aquel mundo de
incendios y de fuerzas ensordecedoras. Senta caprichos de nio, una
tendencia  acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con
su blancura sonrosada, que podan comerse su mano con slo el roce.

Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al
salir de ellos caan en el tren de laminar, una serie de cilindros que
los torturaban, los aplastaban, adelgazndolos en infinita prolongacin.
Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban
los lingotes por entre los cilindros, que se movan lentamente. La masa
de acero enrojecida, pasaba arrastrndose junto  sus pies, como una
bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua
de muerte, pero en el momento en que iba  tocarles, un hbil golpe de
las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde sala por el
extremo opuesto, para volver  entrar, siempre cambiando de forma.
Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal
rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surga
por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada:
y en sucesivos pases adelgazbase, se estiraba con ruidosos quejidos,
como protestando de la dolorosa dislocacin, hasta que, por fin, no era
ms que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.

El mdico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba  los obreros negros
y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el
ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover
pesadsimas masas en una atmsfera que apenas permita la respiracin.
Aresti comprenda ahora la injusticia con que haba censurado muchas
veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que hara
l, de verse condenado por la fatalidad social  aquella labor que
embotaba los sentidos y pareca evaporar el cerebro en un ambiente de
fuego. Una sed eterna, semejante  la de los condenados, martirizaba 
aquellos infelices. Qu otro placer al salir de all, que la paz y la
sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegra
momentnea, engaando al hombre con ficticias fuerzas para seguir
aquella vida de salamandra!...

El mdico pas de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire
libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos
veanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos,
interminables cintas de acero. All estaba la fabricacin del alambre.
El ingeniero hablaba de lo _curiosa_ que era esta manipulacin, pero
Aresti no quiso seguirle.

--Ya he visto bastante--dijo con acento de cansancio.--Esto es un gran
espectculo... para el invierno.

All,  cielo raso, oyendo de lejos el estrpito de las mquinas, viendo
cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban
los dos de la frescura del crepsculo.

--Es una vida dura--dijo el doctor, que segua pensando en los obreros
del fuego.--Me dirn que este trabajo horrible es una consecuencia de
los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la
civilizacin. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este
modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro
para pensar.... Y aun se extraan algunos de que esta pobre gente no se
muestre contenta, y crea que el mundo est mal arreglado y no es un
modelo de dulzura!

Sanabre aprobaba las palabras del doctor. l, poda apreciar  todas
horas la dureza de aquel trabajo, senta una conmiseracin infinita por
los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. l era _algo
socialista_; pero slo con el doctor Aresti se atreva  hacer tal
confesin.

--Lo ms amargo de la miseria de estas gentes--dijo el mdico--no
consiste slo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el
pan. Est en el ambiente desmoralizador que les rodea.

Y Aresti describa el sufrimiento psicolgico que haba sorprendido en
todo ejrcito obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las
fbricas. Los peones de las canteras vivan como bestias, pero acaso
coman y dorman mejor los labriegos del interior de Espaa? Para
muchos, la vida de las minas hasta constitua un mejoramiento de su
bienestar, comparada con la existencia msera de bestias desamparadas
que llevaban en sus terruos los aos de sequa y mala cosecha. En las
fbricas eran los jornales superiores  los del resto de la pennsula y
no se sufran los grandes paros  que se vea obligada la industria
pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en
las fbricas todo el que trabajaba senta un sordo rencor, una ira
reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si  todas horas
fuesen vctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el
malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que
acababa de pasar por all,  la vista de todos, tocando  algunos y
volviendo la espalda  los dems.

El explotador de la mina haba sido jornalero al lado de muchos que
ahora eran sus peones; al dueo de la fbrica lo haban conocido los
trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las
haban visto formarse los mismos que sufran su servidumbre. El bracero
que en su pas miraba con tradicional respeto  los que eran dueos de
la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolva aqu con audacia
revolucionaria contra el compaero enriquecido. El obrero industrial,
habituado  sufrir en otras partes la tirana de las sociedades
annimas, monstruos acfalos de la industria, irritbase  cada momento
contra el gran patrono de reciente formacin.

Todos haban presenciado el despertar de la riqueza; haban tomado parte
en l; era cosa suya; y ms que la miseria, les atormentaba el
sufrimiento moral de la desigualdad, la decepcin de haber vivido en
medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el
malestar de todas las aglomeraciones humanas de formacin reciente; de
las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la
comparacin eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y
caprichosa que empuja  los otros; la conviccin del fracaso, ms viva y
dolorosa, ante las rpidas elevaciones presenciadas todos los das, la
tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace
soar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia
adelante que da el afortunado.

El ingeniero reconoca la certeza de las observaciones del doctor. La
situacin de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y
los aumentos de jornal, era de un efecto momentneo. l crea, como
Aresti, que aquel malestar slo tena un arreglo; cambiar la
organizacin del mundo y proclamar la Justicia Social como nica
religin y nica ley, suprimiendo la caridad que no es ms que una
hipocresa que coloca la mscara de la dulzura sobre las crueldades del
presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo,
reconoca tambin aquel otro especialsimo descubierto por el doctor; el
de los despechados, que vean enriquecerse  sus compaeros de miseria,
ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.

Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la
penumbra del crepsculo,  travs de las lneas frreas, subiendo y
bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.

--Lo que me irrita--dijo el doctor--en todas estas grandes fortunas que
se forman de la noche  la maana, es su ineficacia, su infecundidad
para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza
individual, pero, qu demonio! hay que reconocer que en otros pases
hace algn bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo,
esos tos que atraen el dinero  sus manos, con una buena suerte
escandalosa  indecente, y que mueren dejando centenares de millones,
tienen, al menos, la discrecin de hacerse perdonar con obras tiles. El
uno funda una universidad, el otro un museo, el de ms all una
biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipacin y
perfeccionamiento de aquellos  quienes explotaron durante su vida. Pero
aqu el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezn de perpetuar
su nombre, construye un convento  funda una capilla. Si se preocupa del
porvenir es para que en lo futuro contine la imbecilidad del
presente.... Ya sabes cmo defino yo al rico de esta tierra, con gran
escndalo del vulgo, que me cree loco. Un seor que pasa su vida
haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero 
su mujer... y que su mujer se lo d al jesuta.... An quedan algunos
potentados como mi primo que se defienden: pero, creme: si aqu no
viene una revolucin, esto ser otro Paraguay: aqu todos trabajamos,
sin saberlo, para el jesuta.

Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de
nuevo contra su tierra.

--Adems, me indignaba la tristeza de este pas. Cuando Bilbao era una
villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se
diverta mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos
se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades
mineras, con su aglomeracin de gentes diversas y sus fortunas
improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros
internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los
bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe....
Por aqu ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua
Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos seores
vestidos de negro del tiempo de los Austrias.

El ingeniero, escuchndole, vea el cuadro de la villa, aburrida sobre
el montn de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una
prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el
de la posesin; adornando sus casas con un lujo que nadie haba de
admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrpulos religiosos se
oponan  las fiestas de sociedad.

Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por
Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y
al volver  Bilbao, seguan su vida de escrpulos y nimiedades. Si
alguna vez se reunan en un saln las grandes familias, quedaban las
jvenes  un lado y los muchachos  otro, mirndose de lejos, como si la
alegra expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una
monstruosidad. Tal vez en este aislamiento hurao, _guardador de la
inocencia_, les ocurra lo que  ciertos escritores de la Iglesia que,
atenaceados por la castidad, describan placeres inauditos, aberraciones
monstruosas que nunca haban existido, abriendo con esto nuevos
horizontes  la desmoralizacin.

De qu le serva  la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con
entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ra bordeada
de fbricas y doks, que parece un trozo del Tmesis; sus altos palacios
blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena  todas horas el
puente del Arenal. Magnfica jaula! Pero los pjaros mudos, con la
cabeza cada, tristes.

--Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien
cuidado. Falta la alegra, falta el alma de un pueblo libre, que cuando
termina el trabajo quiere entregarse  la vida. Muy bonitas esas calles
nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de
ciudad: deban circular por sus aceras unas cuantas docenas de
_cocottes_ elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte
educasen  esa juventud habituada  la vida unisexual de Deusto y de la
cofrada de San Luis.

El ingeniero protest, con el rubor del enamorado que vive en plena
idealidad.

--Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.

Aresti pareci irritarse. Lo que l proclamaba era la vida, la juventud,
el amor, tal como los conceba. Respetaba la virtud, pero no consideraba
necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Adems, porque
la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de
las calles, resultaba acaso la villa una poblacin de costumbres
virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su
curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede,
esparcindose en arroyos fangosos. l conoca su Bilbao. Los jvenes,
emborrachndose para matar el fastidio, agarrndose en bailes pblicos
con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma ms bestial, sin
el ms leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos
al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite,
sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo ms
que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa 
estilo catlico, floreca el vicio bajo las formas ms antipticas.

Aresti, en sus visitas de mdico, haba conocido los barrios altos de la
villa, el albergue de las servidoras de la prostitucin. Todas eran
pequeas, flacas, de rostro aniado, con el raquitismo de la miseria.
Las haba de treinta y cinco aos, que se presentaban con la falda
corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la
infancia. Era el gnero ms solicitado. El instinto reprimido, al no
encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su
aberracin el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la
vida en aquel pas la descoyuntaban formndola  su gusto, haciendo un
crimen del instinto del sexo, obligndolo  refugiarse en inmundos
rincones. Los ricos que podan proporcionarse las dulzuras amorosas con
su ms seductora decoracin, entraban al amparo de la noche, ocultndose
como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros,
ms audaces, asediaban  la costurerilla de la familia y comenzaban con
ella una novela de amor, inspida y vulgar, conservndola en la casa de
los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento  cambio de la
proteccin del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La
cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el
padre pobre que transige con la prostitucin de la hija, porque ayuda 
ir viviendo y se oculta en la propia casa.

Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones
de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada
en su pas. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no haba ms seres
vivos que los pjaros negros que lo cubran con sus alas. Slo en las
ltimas capas sociales exista algo de alegra, all donde llegaban
amortiguadas  no llegaban las influencias de la religin.

El doctor nicamente haba sentido el roce de la vida, algn domingo por
la tarde, en los chacolines de las afueras  en la explanada de la
Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas
callejeras, los bailes vascongados y de la montaa de Santander.

Los dems estaban muertos por el fastidio  corrompidos por la opresin.
Conoca jvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de
traje todos los das. Otros iban en automvil por las calles, sin rumbo
determinado, parndose ante una casa para subir de nuevo en el vehculo
y seguir la marcha, como s huyesen del fastidio que iba tras ellos.

Y para eso serva la riqueza? Y sta era la alegra de un pueblo
opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y
ennegreca con el tedio, creyendo en otra vida problemtica, bajo el
testimonio de ciertos hombres que tampoco la haban visto?...

El doctor termin enrgicamente sus protestas, viendo prximo el momento
de tomar el tren.

--Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando
sonre y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con
el alma muerta, es tan virtuosa, tan virtuosa! que, creme, hijo
mo!... tanta virtud me da asco.




V


Doa Cristina daba el ltimo toque  sus cabellos rubios, que ya
comenzaban  encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo
segua en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mrmol de una
chimenea.

Eran las tres de la tarde, y  las cuatro tena que asistir en Bilbao 
una junta de seoras catlicas, de la que era presidenta, en el Colegio
del Sagrado Corazn.

Pepita no la acompaaba. Deca estar enferma; se quejaba de dolores de
cabeza, senta un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doa
Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del _aa_ Nicanora.

Snchez Morueta estaba en Madrid desde haca una semana, muy atareado
por los nuevos negocios que todos los meses hacan necesaria su
presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias.
No era que el millonario se opusiese  los gustos de su mujer 
interviniera en su vida; pero se senta mejor cuando estaba sola, sin
ver aquellos ojos fros, que no transparentaban el ms leve reproche, y
que  ella se le antojaba que la seguan en todos sus movimientos, como
una protesta muda.

Pepita presenciaba desde un rincn el tocado de su madre. No se la
escapaba el gran cambio que sta haba sufrido. Los trajes elegantes de
otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que
nuevos encargos  Pars y Madrid vinieran  sustituirlos. Se preocupaba
algunas veces de las galas de su hija; quera verla elegante, y la
aconsejaba mirando los peridicos de modas, con la misma bondad con que
una persona mayor discute con un nio sobre juegos. Iba siempre vestida
de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas
interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba  rebasar
los lmites de la higiene. Revelbase en ella el desprecio  la carne,
de los devotos fervientes; el abandono fsico, la suciedad cantada como
mrito celestial en la vida de muchos santos.

Deseaba mortificar su carne, y su hija la vea en la mesa repeler los
mejores platos, los que en otros tiempos eran ms de su gusto, afirmando
que ahora le repugnaban. De su dormitorio haban ido desapareciendo poco
 poco todos los muebles que significaban ostentacin  comodidad. En el
resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y slido, mientras en su
cuarto slo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que haba hecho
bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba
casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines
representando  Jess y  Mara, abrindose el pecho para ofrecer sus
corazones inflamados.

Muchos das las criadas encontraban la cama intacta. La seora--segn
ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina--dorma en el suelo 
no dorma. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso
 las pilas del lavadero, tenan salpicaduras de sangre. Una doncella
haba recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturn de esparto,
un cilicio de los ms sencillos que fabricaban ciertas monjitas de
Begoa.

Todos en la casa adivinaban las mortificaciones  que someta su cuerpo
la seora, y sin embargo, la vean sonriente, con una dulzura melosa en
la voz y en el gesto, elevando los ojos  la menor contrariedad y
exclamando: Todo sea por Dios. En ciertos momentos se dejaba arrastrar
por su carcter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que
exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegbase
dentro del caparazn de su bondad y con los ojos peda perdn por su
arrebato.

El marido no pareca advertir el abandono fsico y la transformacin
moral de su esposa. Haca aos que no pisaba el suelo de su cuarto.
Cuando hablaba con ella volva la vista  la miraba con ojos vagos y sin
pensamiento, que parecan no verla. Ni una protesta, ni una pregunta,
como si en el fondo le complaciese esta transformacin que le apartaba
de ella, haciendo imposible todo retroceso.

Pepita segua, con una expresin de lstima en los ojos, el tocado
rpido de su madre, que se peinaba  ciegas sin el menor rasgo de
coquetera.

--Mam, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.

Doa Cristina movi la cabeza.

--No, hija, nada de sombreros. Eso pas. Cada cosa  su edad. Ya soy
vieja y no est bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para
bien de la religin.

--Pero si es una capota muy _seria_, muy _religiosa_?

--La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y
antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.

Y aquella mujer todava hermosa, con el encanto sabroso de la madurez,
que ensanchaba sus formas, aterciopelndolas, pareca complacerse con
dolorosa coquetera en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la
mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las
ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como
si estuviera en perpetua oracin.

Doa Cristina iba  salir.

--Mam, ya sabes mi encargo--dijo Pepita.

--No lo olvido--contest la madre con sonrisa bondadosa.--No deba
hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede
mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tirar por t del hilito,
para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.

Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compaeras
cuando no queran asistir  las reuniones de las Hijas de Mara. En el
saln del colegio haba un gran cuadro con los nombres de las
congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una
pequea bola de marfil. Al entrar las seoras tiraban cada una de su
cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se
encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engaando  las
monjas, que, terminada la reunin, examinaban la lista con una
curiosidad meticulosa.

Pepita, pensando en el cuadro, vea el saln de reuniones de las Hijas
de Mara con su lujo monstico y el mapa de la Orden, que era el
principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que
figuraban Europa y Amrica, marcndose con pequeos corazones inflamados
las poblaciones donde el jusuitismo femenil tena establecidos sus
colegios. El Atlntico, de un azul de confitera, haba sido rebautizado
con un nuevo ttulo: _Ocano de Bondad_. Y nadie poda adivinar el
sentido de esta bondad, atribuida al Atlntico por la monja autora del
mapa.

Doa Cristina sali apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la
esperaba el automvil, una mquina soberbia que haba costado  Snchez
Morueta cincuenta mil francos en Pars y de la que apenas haca uso,
habituado como estaba al carruaje de sus primeros aos de opulencia, el
cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le haca pensar en sus
negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El
automvil era para las seoras. Pepita aprecibalo en mucho porque era
un motivo de envidia para las amigas; doa Cristina consideraba como un
homenaje  la Fe, el llegar en l  las puertas de la iglesia de los
jesutas. Era el _dernier cri_ de la devocin; daba  entender, segn
ella, que el progreso no est reido con el dogma.

Doa Cristina di al _chauffeur_ la orden de llegar pronto  Bilbao y el
vehculo sali  toda velocidad por entre los tranvas y carruajes que
llevaban la gente  Las Arenas. La seora de Snchez Morueta pensaba en
la importancia de la reunin. Iban  tratar la conveniencia de una nueva
romera  Begoa, tan ruidosa como la de la coronacin de la Virgen, y
no saban si hacerla en el mismo ao  dejarla para el siguiente.
Convena organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el pas vascongado
amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cnticos al
monte Artagn, como protesta contra las gentes de las minas y las
fbricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los
_maketos_ de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra,
gentes que hablaban de Repblica y de anticlericalismo y llamaban en sus
mitins _fetiche_ y _nido de ratas_  la milagrosa imagen de la patrona
de Vizcaya.

A la reunin de las seoras haban de asistir como directores 
inspiradores el Padre Paul, un jesuta batallador, que estaba de moda
en el plpito y el confesonario, y Fermn Urquiola, que era su hombre de
accin, mi brazo derecho, segn deca aquel tribuno de la Compaa.

Doa Cristina admiraba  su sobrino viendo el afecto con que le trataban
los Padres, cmo le hacan partcipe de sus proyectos en bien de la
religiosidad del pas. Era casi una pasin lo que senta por Urquiola.
Cuando la visitaba, vea en l al representante de aquellos sacerdotes
tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermn
era una prolongacin de la Compaa que llegaba hasta ella. Senta una
amarga decepcin de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia
del saln de visitas. Quera saber cmo era Deusto por dentro, aquel
templo de la sabidura envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus
visitas al hotel, cada vez ms frecuentes, la deleitaba hablndola
largas horas de los lugares que ella no poda ver por oponerse las
reglas de la Compaa  las visitas femeniles.

Entretenala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre,
enumerando sus mritos: uno haba viajado por pases salvajes; otro
saba seis idiomas; el de ms all tocaba el violn como un ngel y
todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad,
dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y
los zapatos que limpiaban los fmulos, y vestindose al romper el da,
para emprender su santa obra!... Vivan con cierto desahogo, pero por
ninguna parte se vean las riquezas de que hablaban los impos. Y todos
humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso
que los haba entre ellos que haban sido grandes en el mundo! Por eso
los Padres de la Compaa tenan algo de prncipes arrepentidos, ocultos
bajo la sotana de la obediencia.

La Universidad de Deusto an interesaba ms  doa Cristina. Cmo
lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado
al ir y volver  su casa; no poder correr por la montaa de su parque, y
ver de cerca el San Jos, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de
luces elctricas! La sabidura de los buenos Padres se revelaba en todos
los detalles del establecimiento. All estudiaban los hijos de las
principales familias de Espaa. La nobleza rancia y los ricos de sanos
principios, recluan  sus vstagos en la santa escuela. All no corran
el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores
revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se serva despus de
bien pasada por el tamiz de Santo Toms y otros grandes sabios de la
Iglesia, nicos depositarios de la verdad.

El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los
alumnos en cuatro secciones que vivan aisladas, evitndose con este
acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones slo
se contemplaban de lejos en contadas fiestas del ao  al verificarse
algn acto literario en el gran saln, que pareca un teatro con su
patio y sus galeras. En el techo pintado al fresco, veanse las figuras
de San Ignacio y los Padres ms famosos de la Compaa, todos entre
nubes, revoloteando camino del cielo.

Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de
los alumnos, y en las galeras los estudiantes de las cuatro estaciones
que, al verse frente  frente, se examinaban con curiosidad, como
vecinos de una misma casa, que slo se tropiezan de tarde en tarde. Iban
los ms puestos de _smoking_, muy elegantes, como hijos de buenas
familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucan las
sortijas. Da una galera  otra se miraban con gemelos, lo mismo que en
el teatro, enterndose unos de otros. Aquel pequeito, guapo, es de
Salamanca y muy rico... Ese moreno simptico es andaluz. Y despus de
mirarse largamente, se saludaban con la mano... Angelitos!

Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de _punta_,
ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que haba de hacer
las objeciones, oponiendo reparos  las santas doctrinas, era preparado
con anticipacin. Llevaba aprendidas unas cuantas tonteras, que
representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebata y
pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la
impiedad de la falsa ciencia moderna.

Un ao, Urquiola, siendo estudiante del ltimo curso, se haba cubierto
de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga
deliberacin. Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron
los atentados de su familia contra la Compaa de Jess?... Urquiola
sostuvo la afirmacin, demostrando que la guillotina haba sido un medio
indirecto de Dios para castigar  los reyes que osaron expulsar de sus
dominios  los jesutas. Muerte  infierno para los que se atrevan 
perseguir  los verdaderos representantes de Jess!... Su contradictor
mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tmidas,
preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no
pudieron continuarse los ejercicios, pues no falt quien indicase  los
Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la
bondad de los que les haban abierto de nuevo las puertas de Espaa.

En las Pascuas de Navidad, el saln de actos se converta en un teatro.
Hasta en esto admiraba doa Cristina el talento y la virtud de los
Padres. Si todos los teatros fuesen como aqul, podran asistir sin
miedo las madres cristianas! La msica era de las zarzuelillas y
revistas en boga: pero en la letra est el pecado, y las palabras eran
de ciertos Padres aficionados  la versificacin. La mujer estaba
excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas
cantan la falda de percal planch, moviendo las caderas, un alumno
cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta
pareca sonrer el sombro San Ignacio que volaba en el techo. _La
viejecita_ se titulaba _El viejecito_: todas las obras perdan su ttulo
femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertanse en dos
primitos, compaeros de colegio, que, agarrados de la mano jurbanse
quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros...
Serafines del cielo!

Doa Cristina conmovase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba
que su sobrino se haba educado en aquella Universidad. As era tan
caballero, tan cristiano, y dedicaba sus msculos de atleta  la buena
causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada
por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompa
el pas.

La esposa del millonario se sublevaba cuando oa hablar de las
calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas
con repentina bondad. Descarros de la juventud y malos ejemplos de los
muchachos que no haban sido educados en Deusto! Pero su fondo era
bueno y aquello pasara. Urquiola estaba reservado para altos destinos,
ahora que se mezclaba en las luchas polticas. Tena buenos directores y
quin sabe si llegara  ser diputado, repitiendo la palabra de Dios,
all en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino
se bastaban para volver  Bilbao al buen camino, siempre que no les
faltase el consejo de los sabios Padres.

Y la esposa de Snchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corra
en su automvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.

Pepita, desde una ventana de su cuarto, sigui un momento la marcha del
vehculo y al verle desaparecer, esparci su mirada por el paisaje, con
la vaguedad melanclica de los que se sienten enamorados y perciben en
todo lo que les rodea una nueva vida.

Nunca le haba parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de
verano. Estaba habituada  verlo desde su infancia, y, sin embargo,
ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.

Las gentes que pasaban al borde de la ra, por la carretera de Las
Arenas, le parecan ms simpticas que las de otros das. Eran familias
de Bilbao que bajaban del tranva para ir  la orilla del mar. Un grupo
de obreros pasaba, camino del _chacoln_, por entre un bosquecillo de
pinos. Cantaban  gritos, excitados por la proximidad del mar, el
_Boga, boga, marinero_ de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado
sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la haca llorar. La
ra brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como
los fragmentos de un espejo. Ms all del puente de Vizcaya, cuya
plataforma iba y vena pendiente de su manojo de cables, transportando
carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren
de Portugalete, extendase el abra como un desgarrn del cielo, moviendo
sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la lnea del
horizonte contra la muralla del rompeolas, coronndola de una nube de
espuma que corra de un lado  otro como el humear de una locomotora
invisible.

Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre
la ra, un pedazo de Londres baado por un sol meridional; todo aquel
pueblo de cobertizos fabriles  innumerables chimeneas sobre el que
pesaba el podero de Snchez Morueta y que esparca en el espacio sus
torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.

Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrbase en el fondo, con un
escalonamiento de montaas. La joven conoca los nombres de todas
aquellas cumbres. Las haba visto durante muchos aos todos los das, al
saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno
sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus
barrancos y oquedades, destacndose sobre la inmensidad azul. Las ms
prximas, que pareca iban  tocarse con la mano, eran Luchana y el
pico de Banderas. Despus sobresalan sobre ellas,  una enorme
distancia, en pleno rin de Vizcaya, los gigantes del pas, el Maara
y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de
nieve, la Pea de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se
desarrollaban los cuentos ms tenebrosos de la imaginacin vasca. Pepita
recordaba sus terrores de la niez, cuando su _aa_, para imponerla
silencio, la amenazaba con llamar  la _Dama de Amboto_, especie de hada
malfica, hija de un _Jaun_, de un caudillo legendario, que viva como
encantada en lo alto del peasco y nicamente sala de su cueva para
quemar las mieses, matar nios y perseguir  los pobres aldeanos con
toda clase de maleficios.

La joven permaneci mucho tiempo abstrada en la contemplacin del
paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si
pretendiera reconocer  alguien de los que pasaban la ra. Crey por un
momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un
pauelo que le saludaba con cierta discrecin como temeroso de atraerse
la curiosidad de la gente. Despus ya no vi nada y creyendo en un
engao del deseo sigui contemplando el paisaje, con mirada vaga,
sumindose poco  poco en una dulce somnolencia.

La joven despert al sentir en su espalda la mano del _aa_.

--_se_ est ah--dijo con tono misterioso.--Habr que bajar al jardn.

A la melancola sucedi en la joven la inquietud, el temor. Haba venido
preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y
al llegar el momento temblaba como si fuese  realizar un delito. La
_aa_ rea ante los temores de la seorita,  la que trataba con la
misma familiaridad que cuando era nia. Inocente! Qu mal poda haber
en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardn y bajo la
mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba
tranquilizarse: el respeto y el miedo  su mam la dominaban. Esperaba
que de un momento  otro apareciese la severa figura de doa Cristina
tras un arriate del jardn.

Solamente haba accedido  la entrevista despus de los infinitos ruegos
de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez  solas
con su novia, teniendo que contentarse con las rpidas palabras
cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe  con las cartas que
llevaba y traa la _aa_ complaciente.

Pepita quera que se encontrasen en el jardn,  la vista de la
servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero
dentro de la casa.

Cuando la joven se vi bajo los rboles, Fernando atravesaba ya la
verja, hacindose de nuevas ante el portero, al saber que la seora no
estaba en casa. Vena  visitarla y  enterarse de paso de cundo
regresara don Jos de su viaje; pero ya que la seorita estaba en el
jardn, pasara  saludarla.

Los dos jvenes quedaron indecisos, con la emocin de la timidez, al
verse frente  frente.

--Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.--Deciros algo:
hablad sin miedo. Aqu estoy yo para avisar si algo ocurre.

Y poco  poco fu quedndose rezagada, dejando que los novios anduviesen
lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha
pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cmo empezar.

De vez en cuando se miraban sonriendo. l la acariciaba con los ojos,
poniendo en su gesto toda la pasin, que se revolva inquieta, no
encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardn, la
calma de aquella tarde de verano pareca adormecer el pensamiento de los
dos, dando una vida extraordinaria  sus sentidos. Crean percibir
considerablemente agrandados los movimientos del corazn, los latidos de
la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco  poco
envolvales la alegra de la naturaleza, cmplice de las dulzuras del
amor; el canturreo del agua desgranndose en el tazn de una fuente, el
crujido de los troncos al estallar sus cortezas  impulsos de la savia,
el lento murmullo de las hojas movindose solemnemente en el espacio
caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un
chisporroteo de oro.

Fernando fu el que habl primero, comenzando como todos los amantes con
la expresin de la felicidad que senta al verse por fin junto  la
mujer amada. Cmo haba deseado aquel momento!... Recordaba las horas
de muda contemplacin, all en su despacho de los altos hornos, con la
vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase
misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.

--Mira, nena--deca el ingeniero subiendo de tono en su
apasionamiento.--Tu voz, tu divina voz es lo que ms me conmueve. Yo
creo que te quise siempre; desde que te conoc, siendo an muy nia. Te
amaba sin darme cuenta de ello; pero el da en que v claro, en que supe
que te quera, fu escuchando una de esas canciones vascongadas, tan
dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.

Fernando se haba dado cuenta de su amor oyndola cantar el _Goizeko
izarra_, la invocacin  la estrella de la maana. l no entenda la
letra, pero la msica, ah la msica! haba penetrado en l hasta lo ms
hondo, como un araazo que despert su alma. Despus haba hecho que le
tradujesen la letra.

--Ya la s--continu el joven--la conozco y creo en ella: siento su
infinita ternura, La estrella de la maana, sin mancha alguna brilla en
el horizonte: pero  tu lado, querida ma, palidece y casi no se ve...
Eso es lo que yo pienso, mi vida.

Y con el nfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del
amanecer, resultando que la amante venca  la estrella en hermosura y
esplendor.

Pepita, tranquilizada ya, rea ante el entusiasmo hiperblico de su
novio. Qu exagerado! Qu... romntico! Pero era verdad que le
causaba tanta impresin su voz?... Y se extraaba de buena fe, de que
una cancin pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por
distraerse: parecale una locura tomar en serio lo que se dice con
acompaamiento de msica: todo eran falsedades dulces, inventadas por
los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso s, pero al fin
mentiras.

Por la memoria de Fernando pas, como una rfaga de viento helado, una
frase que varias veces haba odo al doctor. Aquella raza aparte, senta
una aficin loca por la msica: cantaba en todos los momentos de su
vida, y sus cantos tenan la tristeza melanclica del paisaje; pero la
emocin era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perda
en el aire.

--No, nena--dijo el amante.--Es tu alma entera lo que pones, sin
saberlo, en tu voz. T eres para m la estrella de la cancin; pero no
te dir como al final de ella: Adis para siempre, adis. Si yo te
perdiese despus de ser amado, no s qu sera de m. D que me quieres,
Pepita, d que me amas.

La joven, con cierto pudor, resistase  decir de viva voz lo que tantas
veces haba escrito en sus cartas.

--No lo sabes?--respondi evasivamente.--No te lo he dicho muchas
veces?

--Pero, reptelo, quiero orlo de tus labios. D que me amas.

Y Pepita, mirndole por primera vez en los ojos, dijo con cierta
gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:

--S, te quiero: te amo, Fernando.

Oh aquella mirada!... Fu para el ingeniero lo mejor de la entrevista,
y la recogi en su memoria, esforzndose por conservarla con toda su
luz, para que le acompaase en las largas horas que pasaba all en la
fundicin entregado  la vida de los recuerdos.

Sanabre se convenca de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz,
valan ms que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho.
Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al orle hablar de
canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza,
mostrbase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal
abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez:
el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y
energa, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera;
ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladn membrudo,
creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los
sueos de las vrgenes.

--S, te quiero--repeta Pepita.--Por m no temas, no seas nio, nunca
me dirs adis.

--Beb, dulce beb!--exclamaba con entusiasmo el ingeniero.--Cunto te
amo! Qu feliz soy!...

Y el _aa_ Nicanora, que los segua  corta distancia, oyendo muchas de
sus palabras, sonri con cierta lstima. Todos los novios eran lo mismo;
iguales los aldeanos que los seoritos; alguna diferencia en las
palabras, y nada ms. Slo saban decirse tonteras, poniendo en sus
voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo
que se dijeran. Ah la juventud!... Y segua sonriendo con indulgencia
de veterano ante el entusiasmo de los dos jvenes.

Fernando, ms tranquilo despus de las palabras de su novia, hablaba del
por venir. Trabajara; quin sabe hasta dnde puede llegar un hombre!
Desde que estaba enamorado, sentase con nuevas fuerzas para el trabajo.
Bullan en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de
realizarse, daran nuevas ganancias  Snchez Morueta.

Pero el recuerdo de su jefe abati las ilusiones del ingeniero.

--Que dir tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis
cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueo muchas veces...
Y tu madre? Qu miedo la tengo!... Somos muy felices amndonos, pero
el porvenir nos guarda muchos dolores. Si todos en tu familia fuesen
como el doctor!...

Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que segua sus
amores.

--S, mi to es muy bueno--dijo Pepita hablando del doctor como de un
pariente lejano, del que slo se acordaba la familia de tarde en
tarde.--Lstima que tenga esas ideas! Es un _planeta_ muy simptico,
pero mam cree que est loco.

Lo incierto de su porvenir, llev de nuevo  los dos jvenes  hablar de
sus amores.

Fernando senta miedo. Los padres de ella proyectaran casarla con el
vstago de alguna familia millonaria; tal vez con un seorito de escasa
fortuna, que pudiera ofrecerla viejos ttulos de nobleza. En todos
pensaran antes que en l, que no era ms que un servidor intelectual de
la familia. La perdera amndola tanto!... La diferencia de fortuna,
la maldita ley de clases, les cerrara el camino, separndolos!...

--Tonto, pero si yo slo te quiero  t!--deca la joven sonriendo.

Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de
agradecimiento, intent coger las manos de su amada. sta las retir
detrs del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.

--Quieto, eh?--dijo pasando sin transicin de la dulzura  la altivez,
con una voz que no pareca la misma, ofendida, como si el joven
intentase una monstruosidad.

De nuevo pas por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus
paradojas atrevidas que le valan la fama de loco. Este es un pas sin
corazn, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el
novio.

Sanabre qued largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco
movimiento de la joven. Pepita pareca arrepentida de la viveza de su
protesta, pero callaba, aguardando  que fuese l quien reanudase la
conversacin.

--Tal vez quiera tu madre que Fermn Urquiola sea tu marido--dijo el
ingeniero tristemente.

La joven aprovech la ocasin para recobrar su voz tierna de enamorada.

--Con ese, nunca, nunca!

Y habl de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias
de buen mozo, cortejando  un tiempo  varias seoritas de la villa y
escogiendo entre ellas, con la frialdad del clculo, la que mejor le
conviniera por su fortuna. Adems, conoca su vida. Las jvenes, en las
tertulias, hablaban de l  hurtadillas, como de un don Juan que atraa
 las tontas con el malfico encanto de sus calaveradas. Todas saban
que tena una mujer, all en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con
la que viva maritalmente. Hasta haba odo decir que tenan hijos.

--Oh! Con ese nunca, nunca!--repeta con gestos de repugnancia.

Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente
 ella, en la apreciacin de los mritos de aquel pariente tan querido
por doa Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algn
defecto moral de su novio, pregunt  ste con dulzura:

--Dime, Fernando. T tienes religin? Es verdad que piensas como mi
to?... Dime que no, Fernando; dime que no.

El ingeniero mir  su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes,
de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre
record un momento  Fausto en el jardn de Margarita. Otra muchacha
inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germnica, le
preguntaba  l en un jardn cul era su religin. Sinti impulsos de
romper en un himno  sus creencias humanas, como el fantstico doctor.
Pero el miedo al ridculo le contuvo; su instinto le avis el riesgo de
alarmar  un alma soolienta.

--S, vida ma, tengo religin--dijo evasivamente.--Creo que el hombre
debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.

Pepita pareci no comprenderle y habl de su madre. Si le haca aquella
pregunta era porque doa Cristina, que se acordaba pocas veces de
Fernando, no viendo en l ms que un dependiente, haba dicho un da que
era igual  su primo el doctor.

--Si supieras cunto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese
verdad! No quise decrtelo en las cartas; pero deseaba que nos visemos
para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo deca
yo; si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso s, un
poquito romntico, como todos los que no son de esta tierra; pero es
imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi to.

Y aproximndose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que
contrastaba con la huraa repulsin de poco antes, aadi:

--Ya que crees en Dios, por qu no vas, como los muchachos de Bilbao, 
confesarte con los Padres? Por qu no te veo nunca en la Residencia?...

Sanabre se encogi de hombros, no sabiendo qu decir, mientras Pepita
segua hablando. l indudablemente ira  misa todos los domingos en la
iglesia ms prxima  los altos hornos, verdad? Y en sus ojos se lea
por anticipado la afirmacin  la pregunta, como si no pudiera
ocurrrsele la sospecha de que el joven pasase sin or misa los das
festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de
la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella--no saba
explicarlo bien--crea que en aquel templo tan bonito y tan cmodo se
hallaba ms cerca. Adems, la religin era all ms distinguida: slo se
vean personas decentes.

--Tengo mucho que hacer--dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.--Yo
pertenezco  mis deberes. El trabajo tambin es una religin.

La joven sigui hablando, inspirada ahora por el egosmo del amor. Nada
perdera aproximndose  los Padres, intentando hacerse simptico 
ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los dems,
trabajando por su felicidad. Para ellos no existan obstculos: todo lo
hacan llano con su sabidura. Haba que seguirlos con los ojos
cerrados. Si ellos quisieran ayudarles! ay; entonces s que no
tendran que temer nada!...

--Fernandito--deca con voz acariciadora.--Ve por all; hazte simptico:
tengo la certeza de que mam te mirara mejor si algn Padre la hablase
de t... Y yo sera tan dichosa!...

--Veremos, veremos--murmur indeciso el ingeniero.

Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le propona su
novia. Experimentaba la cobarda del amor, y cerraba los ojos. l, que
era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir  la mujer amada por
qu haba de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del
xito?...

--Te quiero--dijo con entusiasmo.--No hay nada que me detenga para
llegar hasta t. Buscar  esos Padres, ir  la Residencia, ser
_luis_: todo lo que t me digas. Pero y si  pesar de esto tu familia
no me admite? Y si tu madre quiere casarte con otro?...

Sanabre abordaba por fin la gran cuestin que su inquietud amorosa
traa preparada; lo que ms le haba hecho desear aquella entrevista.

Pepita baj los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar  su novio
como si temiera que este leyese en su pensamiento.

--D, mi vida--segua preguntando el ingeniero.--Y si se oponen 
nuestro amor?... Si nos separan que hars t?

La joven eludi la respuesta, diciendo con ternura:

--Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.

--Lo s, y mi alma se llena de alegra al escucharte. Pero hablemos
seriamente: dejemos los romanticismos, como t dices. Yo soy pobre y t
eres inmensamente rica. Seras capaz de cambiar tu vida de opulencia
por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te
amara mucho... mucho?

Pepita no pareci conmoverse ante el cambio de vida que la proponan, ni
sinti miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.

--T trabajars, Fernando: t sers rico.

Y lo deca con su conviccin de muchacha feliz que no crea en la
posibilidad de la miseria; como si sta estuviera reservada  gentes de
otra raza y no pudiese llegar  ella ni  ninguno de los que la
rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacan ser la
primera en todas partes, le pareca un absurdo del que era innecesario
hablar.

--Y si tus padres te ordenan que me olvides? Y si nos separan?...
Sers capaz de resistirte  su voluntad? Les desobedecers para ser mi
mujer?...

Se agrandaron los ojos de Pepita con expresin de asombro, como si
escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no
previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los lmites de lo
humano.

--Te quiero, Fernando: yo no te olvidar nunca.

Y no dijo ms. Su novio la acosaba con preguntas. Quera conocer su
valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir
la extensin de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eluda
tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: Te quiero, te
amo. A qu hablar de lo que an estaba por venir? Ya pensaran los dos
lo que deba hacerse cuando llegase el momento.

Quedaron en un silencio doloroso. Ella pareca ofendida de que se le
quisiera obligar  violentas resoluciones: l pensaba de nuevo en el
doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le haba hablado el
burln Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de
razas distintas; sentan las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero
adivinaba algo de ridculo en su situacin, como si realizndose las
irnicas fantasas del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata
ante el hotel del millonario.

An pasearon mucho tiempo los dos amantes. Detenanse para contemplar
una flor rara, seguan con atencin infantil los saltitos de los
pjaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su
apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y vean por
primera vez el jardn con todas sus bellezas, como si hasta entonces
hubiese permanecido oculto entre nubes.

Sanabre deseaba irse. Comenzaba  caer la tarde y poda presentarse doa
Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de
angustia que le esperaban all en los altos hornos, si se retiraba
llevando sobre el alma el peso de su decepcin.

--Cuando menos, dime que me querrs siempre!--dijo cogiendo una mano de
Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.--Dime que,
ocurra lo que ocurra, no me olvidars!

--S; te quiero: no podr olvidarte nunca.

Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma
tolerancia con que se entrega un objeto precioso al nio enfurruado,
para consolarle. El ingeniero quera olvidar y acariciaba con
arrobamiento aquella mano que recordaba, al travs de su figura, la
potente garra de Snchez Morueta.

La intervencin del _aa_ interrumpi su embriaguez amorosa. El portero
acababa de abrir la verja y el automvil de la casa, tras un retroceso
para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del
jardn.

Corrieron los jvenes, seguidos por el _aa_, hacia la entrada del
hotel, para salir al encuentro de doa Cristina.

Al descender sta del automvil y ver  Pepita con el ingeniero, mir
severamente al _aa_. Pero la mujerona le contest con otra mirada
arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigedad no
admitir repulsas. Aquel seorito haba venido de visita y se haba
paseado con Pepita por el jardn, siempre bajo su vigilancia: qu mal
haba en ello?...

Sanabre no pudo ocultar su turbacin al saludar  la seora de su jefe.
Haba venido para saber cundo regresara don Jos de su viaje.

Doa Cristina le contest duramente. Poda haberse ahorrado la molestia
de la visita, preguntando por telfono.

--Es que, adems, deseaba ver  ustedes--dijo Sanabre.

--Muchas gracias--contest con altivez la seora.--Agradezco su
atencin. Entra usted?...

Y con los ojos le daba  entender que poda retirarse.

La joven vi como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Despus
subi  su cuarto, esperando de un momento  otro la temible aparicin
de su madre encolerizada.

No subi. Pepita crey or  lo lejos su voz temblona de ira y la del
_aa_ que le contestaba con no menos acritud.

Por la noche, al reunirse en el comedor, doa Cristina mir  su hija
con insistencia, pero sus palabras fueron breves.

--Que sea la ltima vez--dijo--que recibas visitas, ni dentro de casa...
ni en el jardn. Tambin es casualidad, venir ese... individuo, la misma
tarde en que te quedas sola, diciendo que ests enferma.

Y sus ojos parecan penetrar en la joven, como si quisieran escudriar
el alma; pero Pepita permaneci impasible, con ese sereno disimulo que
no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.




VI


El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatndose la
proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que
apagaba el ltimo parpadeo de las estrellas.

Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros
trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal,
con la comida envuelta en un pauelo, los obreros que tenan su trabajo
en las orillas de la ra. El Nervin mostrbase entre la bruma de su
profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de
barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagbanse en
la parte alta de la ra las luces de los _anguleros_, que durante la
noche iluminaban el cauce como una procesin de invisibles penitentes.
Las aves marinas, atradas por el resplandor rojizo de la iluminacin de
la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendan sus alas hacia el
mar, siguiendo la tortuosa calle de la ra hasta la inmensa plaza del
Abra.

Comenzaban  abrirse los establecimientos de la gente pobre; abaceras,
tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando  los fieles  misa
y como atradas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con
aspecto mixto de bruja y duea, y ese tufo de ropa antigua, semejante al
olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban  las
campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes
de los barcos y los gritos de las _cargueras_ que rean por
preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivn de los buques 
tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.

Por las calles comenzaban  rodar los carros de la _sarama_ recogiendo
el estircol: las vendedoras de _fotes_ llamaban  las puertas
repartiendo los panecillos del desayuno.

Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del
mercado de San Antn, y las aldeanas que se detenan  descansar por un
momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras
de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al or el _taf-taf_ de un
automvil. El vehculo pas veloz por la gran plaza, desapareciendo,
ensanche adelante, al otro lado del puente.

Las que eran de la villa, conocieron  la esposa y la hija de Snchez
Morueta, sentadas tras el _chauffeur_ de ancha gorra y aspecto
extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las
cubran los ojos.

Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun
madrugaba ms que ellas. Iran  la iglesia de la Residencia 
confesarse con los padres jesutas. All iba todo el seoro.

El automvil aceler su marcha por las amplias calles del ensanche,
desiertas  aquellas horas, y par con violenta rapidez entre los
carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazn,
una obra prodigiosa de confitera arquitectnica, en la que el blanco de
las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.

Doa Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un
cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfaccin que si
penetrase en un saln elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una
dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvacin
del alma.

Reconoca una vez ms el talento de los buenos Padres al admirar la
decoracin del templo. Era _gtico_, pero no tena la crudeza blanca, la
sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival s
converta en polcroma: el oro y el bermelln chorreaban por los nervios
de los pilares, y los arcos apuntados: las bvedas, eran azules con
estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan _bonita_,
slo podan imaginarla los Padres de la Compaa.

Y la de Snchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre
que haba de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su
comparacin del hermoso templo con el forro interior de uno de esos
bales que usan las criadas, matizados de chillones colorines. Decir
tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado
para comodidad y suave placer de los fieles! El rgano desgarrador y
tempestuoso haba sido reemplazado por el armnium; en vez de los santos
negruzcos y horripilantes de la antigua devocin espaola veanse
imgenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual
corresponde  un culto de personas decentes; las lmparas de luz
elctrica, en gran profusin, sustituan  los cirios humosos que con su
olor de cera daban mareos  las seoras.

Doa Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes
arrodilladas  los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba
muy concurrido el templo. Pero la de Snchez Morueta reconoca la
influencia de la estacin en la clase de pblico. Las seoras eran menos
que en el invierno. La _gente baja_, menestrales acomodadas, y viejas
beatas de medios de vida problemticos, se aprovechaban del veraneo de
las seoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus
santos sacerdotes.

Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que ms
gente tena formada ante sus rejillas. Tardara mucho en llegarles el
turno para la confesin.

Al reconocer  las dos seoras, hubo un movimiento de respeto y
curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y
con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofrecindolas
su puesto en la fila. Doa Cristina hizo un signo de aprobacin con la
cabeza y abriendo su portamonedas di una peseta  cada una de ellas.

Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos
concurrido. Realmente  ellas les agradaba poco el Padre Paul  pesar
de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando  travs de la
rejilla perciba el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa
con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebao.

La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con slo dos
penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando
las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con
calma.

Doa Cristina experimentaba la emocin de la doncella que tiente la
proximidad del hombre amado.

El Padre Paul era un varn famoso. La buena seora admiraba su energa,
su fuerza de voluntad, viendo en l algo de San Ignacio, que haba sido
militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre
de guerra. No haba ms qu leer los papeles liberales, enterarse de los
escndalos que haban provocado, hasta en Madrid, las palabras y los
actos del Padre Paul, para convencerse de que nadie trabajaba como l
por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes
que slo hablaban de piedad y perdn para los enemigos, y de la dulzura
de Jess. Era el jabal de la Iglesia, que al verse en terreno
favorable, en aquella tierra donde creca frondoso el bosque de la fe y
de la sumisin ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos  todos
lados. A los enemigos de la religin, palo, deca con fiera
arrogancia, que enardeca  su laico auxiliar Fermn Urquiola.

No perdonaba medio para propagar sus belicosos propsitos. Sus sermones
en las grandes romeras, en las fiestas de la Asociacin de la Vela
Nocturna y otras corporaciones que le tenan por director, eran arengas
de caudillo, hablando de matar  morir como los paladines de las
Cruzadas, por el sagrado Corazn de Jess. Su celebro folleto A las
seoras catlicas, publicado en vsperas de unas elecciones, haba dado
que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.

Era un hombre de lucha que iba recto  su fin, atropellando las
doctrinas religiosas para defender la religin. En su folleto tronaba
contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la
caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo deban dedicarlo 
las elecciones,  comprar votos,  corromper la voluntad de la gente,
para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella
institucin del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeo
al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.

Doa Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que
fu victorioso caudillo el Padre Paul. Las seoras, amenazando con no
comprar en los establecimientos cuyos dueos votasen al candidato
liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que
enloqueca  la gente y la haca terminar sus disputas  palos y tiros;
las damas ricas, deslizndose en los tugurios de los miserables,
arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas
electorales. Y enfrente de este gran ejrcito manejado por el Padre
Paul, un candidato de una buena fe paradisaca, que haca discursos
sobre la regeneracin material de la nacin y la poltica hidrulica,
pidiendo canales y pantanos, como si  un pas cual Vizcaya, en el que
llueve todo el ao, pudiera interesarle lo que slo importaba  los
_maketos_, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de frica.
Hasta haba comulgado solemnemente la vspera de la eleccin, en una
iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carcter
antirreligioso. Infeliz! como si estas habilidades valiesen con la
Iglesia que es maestra en ellas! cmo si no supiesen los buenos que
quien no est  sus rdenes en cuerpo y alma, est contra ella!...

En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las
gentes religiosas, y que esparca en torno del enrgico jesuta un
prestigio de caudillo invencible, haba roto doa Cristina los ltimos
restos de la intimidad puramente amistosa que an exista entra ella y
su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Snchez Morueta,
recordndole que haba peleado durante el sitio, y el millonario entreg
mil pesetas para la eleccin. El mismo da doa Cristina, con la amplia
libertad de que gozaba en el manejo del dinero, di dos mil duros al
Padre Paul. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cay sobre Snchez
Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doa Cristina tembl en
el primer momento ante el silencio de su esposo. Le pareca escuchar la
risa irnica del doctor Aresti, all en las minas. Tema la explosin
ruidosa del gigante que se vea ridiculizado por una mujer, que no era
para l ms que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los
das y sigui callando, como si pasada la primera impresin de clera,
slo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera
turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su
casa.

Doa Cristina tambin haba perdido su primitiva inquietud al
transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente
ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia
conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paul vala
por todos los terrores que le haba hecho sufrir el gesto hosco de su
marido. El jesuta la compar en una reunin de seoras con las mujeres
fuertes de la Biblia y con un sinnmero de santas, todas princesas 
consejeras de reyes. Con seoras tan valerosas, pronto volver el
reinado de Jess sobre la tierra. Urquiola era otro panegirista que en
las reuniones de jvenes catlicos ensalzaba, entre risas, la gran treta
que su ta haba jugado  aquel marido gigantn con cara de vinagre.

Despus del ruidoso triunfo, la piadosa seora entraba en aquella
iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compaerismo de la
victoria y su tan comentado sacrificio, la unan  los buenos Padres
como si fuese de su familia.

El confesor, despus de despachar  varias penitentas, sac la cabeza
por delante del sagrado cajn, lanzando una rpida mirada  la fila de
seoras, mientras musitaba algunas oraciones.

--Me ha conocido--pens doa Cristina con orgullo--No tardar en
despedir  la que est delante.

Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla all en verano. La
afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el
servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, slo de
tarde en tarde haca sus visitas al templo de la Residencia. De seguro
que el buen Padre pensaba: Algo extraordinario le ocurre  mi hija de
confesin. Y as era efectivamente.

No peligraba la salud de su alma ni traa ningn grave pecado que la
abrumase con su peso. Pero el jesuta quera que se le dijera todo,
absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas,
nico medio de que stas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una
confesin extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.

Primeramente, quera hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho
de su esposo.

Snchez Morueta haba llegado el da anterior, despus de una
permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio:
millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales
haba de tratar nuevos negocios. Esto, segn l daba  entender en sus
escasas palabras. Pero doa Cristina dudaba ya de todo desde que dos
das antes de que regresase el millonario, haba encontrado revolviendo
los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de mbar y
con la firma de una mujer, una tal Judith, que deba ser una pagana, una
pecadora,  juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no haba
entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantsticos y
adems estaba en francs. Pero las pocas palabras que haba podido
adivinar, y ms que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender
desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor
desenfado. Qu asco! Toda la castidad de doa Cristina, su horror  la
carne vil, se revolvi al contacto de aquel papel. No quiso verlo ms y
lo abandon en el mismo sitio donde lo haba encontrado. Saba lo
necesario: su marido tena una amante: tal vez por esto pasaba tanto
tiempo fuera de Bilbao...

En el primer momento, doa Cristina experiment una sensacin
desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo.
Sinti por Snchez Morueta un inters ms grande que en los primeros
tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la
infidelidad. Tal vez iba  conocer el amor  impulsos de la clera. Pero
aquello slo dur un instante: su alma, que pareca despertar 
incorporarse, volvise del otro lado y continu su sueo.

Si Pepe tena una querida  ella qu? Mejor: su indiferencia encontraba
una justificacin. Vivira ms segura en su castidad: se sentira ms
fuerte, pudiendo echar algo en cara  aquel hombre que pareca dominarla
con su silencio. Era lo que  ella le faltaba. Doa Cristina se haba
irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel
hombre que viva tranquilo, sin acordarse de la religin, cerrando su
casa  los ministros de Dios.

De aquella carta pecadora le haba quedado el principio impreso en la
memoria: _Mon gros loup cheri_. Qu querra decir esto? Y adivinando
algo horrible y grotesco  la par, como los diablos panzudos pintados
en ciertas estampas, sonrea en medio de su repugnancia, pensando en la
figura algo ridcula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando
 una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorndolos.

Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quera
comunicrselo al Padre Paul, y que ste la ayudara con sus consejos.
Adems, tena que hablarle de la nia, rogando que la diese un buen
repasn. Estaba en la edad de los caprichos y las _tonteras_, y ella,
despus de la tarde en que la haba sorprendido en el jardn con el
ingenierillo, senta cierta intranquilidad. Hasta haba efectuado un
registro minucioso en el cuarto de la nia, presintiendo cartitas
escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada haba
encontrado; pero le daba el corazn que algo exista. Tal vez lo
guardaba oculto la _aa_ Nicanora, complaciente siempre con la seorita.

Haba terminado su confesin la seora arrodillada delante de ella, y
doa Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del
lado opuesto. Se abri por fin el ventanillo y Pepita vi por encima de
los hombros de su madre una sombra que murmuraba:

--Hola Cristina! hija ma! A qu obedece esta visita tan
extraordinaria?...

Pepita no oy ms: su madre peg la cabeza  la rejilla, ahogndose las
palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.

La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil
la incrustacin de los tacones de sus botas, lea en su devocionario
automticamente, mientras pensaba lo que dira al confesor.

Estaba junto  su mam y llegaban hasta ella algunas de sus palabras
como un lejano susurro.

Pepita comprendi que su madre hablaba de una carta que deba
interesarla mucho,  juzgar por las veces que la nombr. La joven psose
 temblar pensando en las que tena ocultas, como una prueba de delito,
all en su hotel de Las Arenas. Pero doa Cristina levant la voz un
poco ms, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso
y Pepita la oy decir con gran dificultad, vacilando  cada slaba
_Mon... gros... loup... cheri..._

No: aquello no iba con ella... Pero por qu deca su madre tales cosas?
Qu lobo era aquel, en francs, que su madre llevaba tan trabajosamente
hasta los odos del buen Padre? Y Pepita se morda los labios para no
rer, sin saber ciertamente por qu le regocijaba esta frase que no
haba encontrado nunca en sus libros cuando la enseaban francs.

Luego ces de or. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la
rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta
Pepita como el balbucear de un pequeuelo: a... a... a. Deba reir
 la madre  juzgar por lo encogida que sta se mostraba, con la cabeza
entre los hombros, como si la abrumase el interminable regao del
confesor.

La voz de doa Cristina volvi de nuevo al odo de su hija:

--Es verdad Padre: yo tengo la culpa. Pero es una esclavitud tan
dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocacin me
llamaba  otra parte. Pero la juventud se engaa siempre y era yo
entonces tan nia!...

Call, y de nuevo volvi  susurrar como un aleteo el a... a... a
siempre con tono de reproche durante muchos minutos.

--Cree usted Padre--volvi  murmurar la seora--que no he hecho yo
nada por atraerle al buen camino? El da mejor de mi vida sera aquel en
que le viese al lado de los buenos, ayudando  Dios con los bienes que
le ha dado, aconsejndose de personas sabias y virtuosas como ustedes...
Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado
respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los
hombres.

Volvi  sonar el a... a... a... ms imperioso, como si diese una
orden, y doa Cristina achicbase ante la reja, obediente  su director,
pero anonadada por el sacrificio que la impona.

--Lo har, Padre, lo har. Si supiera usted el asco que eso me produce!
Tan tranquila que yo viva!... Pero obedecer, ya que no hay otro
remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son
sacrificios que impone Dios para la conservacin del mundo: exigencias
de la vil materia... Obedecer, Padre, pero cunto me cuesta! qu
repugnancia, Dios mo!...

El a... a... a tom una expresin interrogante.

--S, Padre, s: ser otra. Volver como en otros tiempos,  preocuparme
de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este
sacrificio. Copiar las seducciones mundanas para servir  Dios.

El murmullo del confesor son largamente, como si diese consejos. De vez
en cuando, le interrumpa doa Cristina con sus afirmaciones de
penitenta sumisa.

--As lo har, Padre.

--_a... a... a?_

--Ya he olvidado esas cosas, pero procurar acordarme de mis tiempos de
vanidad.

--_a... a... a?_

--Quiere usted que sea hoy mismo? Despus de haber recibido al
Seor?... Bien: porque usted lo dice. Ser un nuevo sacrificio.

Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doa Cristina volvi la
cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su
confesin; y al ver tan prxima  Pepita, fijos en el devocionario sus
ojos cndidos, se peg ms  la rejilla. La joven ya no oy ms que un
lejano susurro, sin distinguir una palabra.

Al terminar la confesin, la madre fu  arrodillarse en el centro del
templo y Pepita ocup su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor
despach rpidamente  la penitenta del lado opuesto, y volvi  abrir
el ventanillo.

--Hola, buena pieza. Eres t?--dijo cariosamente  Pepita.--Ya has
hecho el acto de contricin? Pues  ver esos pecadillos,  hacer la
colada del alma, que aqu est el Padre Paul para absolver  las nias
que son buenas y sumisas.

Y mientras la joven iba soltando con automtica regularidad los pecados
de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia,
deseos de humillar  las amigas, desobediencias  su madre, miraba 
travs de la rejilla al famoso jesuta, su cara sin una arruga, la nariz
aguilea, aquella sonrisa dulce que pareca acariciar, pero que  ella
le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que
extraa las verdades por hondas que se ocultasen.

--Bien, y qu ms?--dijo el jesuta cuando ella se detuvo dando por
terminada la enumeracin de sus pecados.

--Nada ms, Padre. No recuerdo otros pecados.

--Rebusca bien en tu conciencia, hijita. Nada de nuevo ha ocurrido en
tu vida desde la ltima vez que nos vimos? Pinsalo. Mira que con el
Padre Paul no valen engaos: que hasta m llega un pajarito que me
cuenta todo lo que hacen las nias embusteras, y que yo s cundo me
dicen la verdad y cundo me mienten.

Pepita comenzaba  sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y
maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, segn afirmaba
su madre. Con l de nada servan los tapujos. Y su inquietud convirtise
en miedo cuando vi que el sacerdote cesaba de sonrer y la hablaba con
los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmova desde el plpito
 la distinguida muchedumbre de sus fieles.

--Oye, hija ma. Una vez rase una princesa ms bonita que t, y ms
rica, pues sus padres eran reyes...

Y describa  la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes,
sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.

--Un da, en un sarao de la corte, cuando ms llamaba la atencin por su
hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los
cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa
asomaba, y volva  ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una
horrible serpiente... Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un
pecado que la princesa haba querido ocultar  su confesor y que tomaba
la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.

Y el Padre Paul, con su voz trmula de predicador horrorizado, haca
estremecer  la joven. El final de la historia no era ms
tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazn  la
princesa, y la desdichada descenda con el peso de su pecado  los
infiernos.

--Vamos, hija ma--dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su
sonrisa despus de la historia horripilante.--T eres ms buena que la
princesa: t no querrs perder tu alma ocultando las faltas al confesor.
Aqu tienes al Padre Paul que es un buenazo con las nias que no
mienten, pero que tiene una correa para castigar  las que son malas y
rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo
para t, como si lo fuera... T tienes un novio!

--No, Padre--dijo Pepita con voz trmula, intentando todava
defenderse.--Es un amigo... Un amigo, pues!... que lo distingo de los
dems... que le tengo cierta simpata...

--Vaya por el amigo!--exclam bondadosamente el confesor.--Y este amigo
te escribe cartitas y t las contestas  hurtadillas de mam. No digas
que no: no mientas... Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas
y en que os habis visto y hablado en el jardn de Las Arenas. Si es
intil negar! Si yo todo lo s por el pajarito!...

Y el jesuta insista complacido en aquella oez del pajarito, como si
fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.

La joven acab por confesarlo todo y el Padre Paul tom entonces un
tono solemne:

--Pues, hija ma; tengo que decirte que has cometido un grave pecado,
pero  tiempo ests de arrepentirte y purificarte de l. Lo has hecho,
indudablemente, sin saber lo que hacas, porque t eres buena y espero
que el arrepentimiento te volver  la gracia de Dios. T sabes lo
grave que resulta tu falta? Una mueca como t, una mocosa que debe
vivir agarrada  las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que
es el mundo, querer arreglarse por s misma el porvenir, y engaar 
mam, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si ste puede
ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los
rodean! Vamos que merecas una zurra, como las chicuelas malcriadas que
hacen alguna diablura.

Y su mano blanca se mova tras la rejilla con burlona expresin de
amenaza.

--T, que eres aficionada  lecturas como todas las jovencitas del da,
pdele  tu madre un libro titulado _La entrada en el mundo._ Si ella
no lo tiene, te lo dar tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de
memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por
otros Padres no menos sabios de la Compaa. Se la regalamos  los
muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad
de Deusto y es una gua completa de lo que debe pensar y hacer en el
mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no
necesita ms para ser un modelo de caballeros catlicos y excelentes
padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los captulos que se
titulan _La eleccin de estado_ y _Antes que te cases_... y vers lo
que le corresponde hacer  la juventud cristiana para conservar pura su
alma y no ofender  Dios. Para la eleccin de estado hay que meditar
mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santsima Virgen,
tal como lo dispone en sus Ejercicios Espirituales el bienaventurado y
glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe
escogerse despus de la oracin, de la meditacin, del examen atento; y
especialmente, fjate bien en esto, criatura!, despus del consejo
maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y
sobre todo, de vuestro director espiritual. As lo dice el libro.

Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si ste fuese
el personaje ms importante entre todos los citados.

--Qu es el director espiritual?--continu.--El librito lo dice
claramente: Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija
vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres
se oponen  vuestro casamiento, creed que ser por vuestro bien. Si os
queda alguna duda sometedla  la censura prudente de vuestros
confesores, y si stos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen
 medida de vuestros deseos es porque saldrn conforme  la voluntad de
Dios que es lo que ms os interesa. Eso del amor, no es ms que
_galantera_ mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del
pecado, que nunca puede dominar  una alma cristiana. Ah tienes,
chiquita, todo un compendio de sabidura que siguen los jvenes al salir
de nuestras aulas, y son felices. Y esto, que respetan y acatan
muchachos con ms barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de
nuestra Universidad, lo atropellas t, mueca ignorante? Te atreves 
buscar marido por tu propia cuenta y  tener amoros, cuando hombres que
ostentan ttulos acadmicos no osan poner los ojos en una mujer sin
venir aqu antes  decirme: Padre Paul, he pensado en Fulana  en
Zutana: me conviene? y se van tan satisfechos de los consejos del
Padre, siguindolos fielmente?... Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce
que en tu casa falta una buena direccin  pesar de que mam es casi una
santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese
mdico loco de las minas que ha hecho infeliz  su pobre mujer, y que
entran all gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del
siglo.

La joven sentase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su
pecado. El confesor continu con una sonrisa dulce:

--Y ese seor ingeniero que te ha trastornado el seso, ser poco ms 
menos como tu to el mdico.

--Ay, no, Padre!--se apresur  decir Pepita aprovechando la ocasin
para defender  su novio.--es muy buen catlico: me lo dijo el otro da
cuando hablamos en el jardn.

--Hum, hum!--tosi el jesuta--Dnde ha estudiado? En alguna de esas
escuelas donde slo ensean lo que llaman ciencia y que no es ms que
puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. Catlico y no lo
conozco?... Catlico joven y no viene por aqu?...

--Me prometi que vendra, Padre. Dijo que se confesara aqu; que se
inscribira en los _Luises_, que hara todo lo que yo le mandase. Crea
usted, Padre, que no es malo.

--Je, je!--ri maliciosamente el confesor.--No est mal la resolucin.
Pero nosotros, esas conversiones de ltima hora con vistas al
matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados.
El Padre Paul es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engaarlo
un boquirrubio de esos  la moderna. Queremos en nuestro jardn rboles
que hayamos plantado nosotros, guindolos desde que son tiernos... Y t,
hija ma, con qu calor defiendes  ese hombre! Veo que el peligro era
ms grave de lo que crea. Si persistes en esa mala pasin, contra la
voluntad de tus padres y de tu director espiritual, ests en pecado y no
podr darte la absolucin. Entiendes?...

Tembl la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.

--Pero t eres buena--continu el jesuta cambiando de tono--y t
obedecers. Maana me envas todas las cartas que tengas de ese hombre:
un paquetito  nombre mo y que lo entreguen al portero de la
Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras
 ese individuo. Muy seor mo: por no disgustar  mis padres...  por
consejo de mi director espiritual... en fin, t lo escribirs bien: las
mujeres, tenis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle
saber, de un modo que no deje lugar  dudas, que todo acab, que ya no
te acuerdas de l, que lo pasado fu una falta de la que te muestras
arrepentida... Estamos?

Pepita movi la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que
adivinase el confesor si esta emocin era por la pena del rompimiento 
por el miedo que le inspiraba su pecado.

--Tonta! tontita!--dijo para tranquilizarla.--Si todo esto es por tu
bien!... Quin es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay
tantos, un trabajador de levita, qu necesita de protectores como tu
padre para ganar la comida. Mire usted que estara bien, ver  la hija
de Snchez Morueta casada con un ganapn, de esos que creen ser los
hombres ms tiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan
nmeros! Eso de las princesas casndose con pastores, slo se ve en las
comedias. An es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece 
tus padres,  mam sobre todo, pues las mujeres saben ms de estas
cosas. Confa en el Padre Paul, que es tu amigo, tu segundo padre, y
entre todos ya vers cmo te elegimos un hombre que te har feliz y aun
elevar ms tu rango en el mundo.

Call un momento el jesuta, como si preparase un avance decisivo.

--Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de
nuestra Universidad!... Una joven como t--continu--merece unirse con
una gran fortuna  un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad
de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. Pues  casarse con
un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de
Estado, y se cubra de gloria sirviendo  Dios y  su pas! Eso no es
difcil encontrarlo. Ah tienes, por ejemplo,  tu primo Urquiola.

Pepita hizo un mohn de protesta. No: ese no.

--Por qu no, chiquilla? Tienes algo que decir de l? Es uno de los
alumnos de _punta_ que han salido de nuestra Universidad. Con una docena
como l, Bilbao sera nuestro por completo, y esta poblacin aparecera
como otra Covadonga, desde la cual emprenderamos la reconquista de
Espaa encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de
Dios... Comprendo por qu tuerces el gesto: chismes y enredos de
tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atraccin en el
pobre Urquiola, slo saben hablar de l. Ya las arreglar yo  esas
maldicientes!... Y sabes por qu se ocupan tanto de Fermn? Porque ste
no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente
inclinado hacia t, con el amor honesto y respetuoso de un joven
cristiano. Las que te hablan contra l, es porque te tienen envidia.

Despus de este hbil halago  la vanidad de la joven, continu con una
expresin de bondad y tolerancia:

--Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fu nuestro padre San
Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar,
y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y
de gustar  las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente
despus de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para
que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que
entonces se llamaban _botas polidas_... Urquiola es joven, y rebosa en
l la energa, el exceso de expansin y de fuerza que ha puesto al
servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de
pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas
cambian segn los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo,
lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa,
rodeado de su familia,  la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado
que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermn; un soldado,
un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas,
porque las necesidades de la campaa le obligan  vivir fuera de su
mundo... Pero ya vers cmo cambia, cmo sienta la cabeza el da que
tenga  su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. Sabes por qu
le miran con tanto agrado tus amigas? Porque estn seguras de su
porvenir. Fermn ser diputado en las primeras elecciones, figurar en
Madrid, y quien sabe  lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte
de esta nacin, que seguramente se cambiar, de no olvidarnos Dios!...

Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobacin  protesta ante
los palabras del jesuta, y ste se detuvo, creyendo haber avanzado
demasiado. Por aquel da bien estaba con lo dicho.

--No creas que tengo un inters especial en que sea Urquiola quien haga
feliz tu vida. Tal vez tu mam lo defienda con ms tenacidad que yo,
pues de su sangre es y conoce sus mritos. Por m, si no es ese, que sea
otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria
y de la religin, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas
como todas las doncellas catlicas y decentes, sin disgustar  tus paps
y desobedecer  tu director. T eres de una familia cristiana y debes
seguir sus costumbres. Mrate en el espejo de tus padres: se unieron con
el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la
fortuna les sonre, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo
tan hermoso como t, que eres buena y no querrs amargar los ltimos
aos de su vida.

Y el confesor hablaba gravemente, sin el ms leve mohn, de la felicidad
conyugal de los Snchez Morueta.

--Basta por hoy. He dicho  tu madre que vengis por aqu con ms
frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo
tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho
cuidado con ella. Quedamos en que me enviars esas cartas, para que
nunca puedas volver  leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?

--S, Padre.

--Escribirs hoy mismo  ese seor dando por terminadas para siempre
las locuras?

--S, Padre.

--Muy bien: vamos  la absolucin.

Y musitando sus latines, el Padre Paul bendijo  la joven al travs de
la rejilla: despus sac la mano por el frente del confesonario para que
se la besase. Mientras abra el ventanillo opuesto preparando una
sonrisa como saludo  la nueva penitenta, Pepita fu  arrodillarse al
lado de su madre.

Comulgaron tras una breve espera, despus de rezar su penitencia y
salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza  las amigas
que an estaban arrodilladas ante los confesonarios.

El automvil emprendi el regreso  Las Arenas siguiendo la ribera de la
ra que pareca irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.

Doa Cristina sonrea al paisaje, encontrndolo ms hermoso que otros
das.

--Pero no has notado, Pepita, qu alegra da el recibir al Seor? D
que hemos empleado bien la maana.

Al entrar en el hotel se entristeci el rostro de la seora, como si se
aproximase un peligro que quera olvidar.

Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pas horas
enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente,
rompiendo pliegos sin que llegasen  satisfacerle las cartas que
escriba. Por fin entreg un sobre cerrado  la _aa_ Nicanora,
rogndola que aquella misma tarde fuese  los altos hornos para
entregarlo  don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina
fueron intiles. La nia estaba de mal humor y no quera contestar.

Doa Cristina permaneci invisible hasta la hora de la comida. Llam
varias veces  su doncella que iba de un lado  otro, llevando dobladas
sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la
servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese
algo extraordinario. Doa Cristina revolva su olvidado guardarropa.

Al bajar Pepita al comedor, enfurruada y triste por su esfuerzo
epistolar, no pudo contener la admiracin, viendo  su madre.

--Pero, mam! Qu guapa ests! Qu elegante te has puesto!...

Guapa... s que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la
doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con
llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. Pero... elegante?...
Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y
polvorientos; una pieza magnfica que haba llegado  Bilbao desde un
taller de la _rue de la Paix_ cuatro aos antes, cuando ella volva ya
la espalda  las vanidades del mundo.

Haba engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente
estirada, pareca prxima  estallar  impulso de los ocultos y
comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como
un malln sobre las caderas.

--Qu, te parezco bien?--dijo la madre, pavonendose como una nia ante
la admiracin de su hija, que haba conocido aquella moda y al verla
resucitar inesperadamente, senta la extraeza que causa una
resurreccin histrica.

Al moverse doa Cristina sonaba el subversivo _fru fru_ de sus finas
ropas interiores y se esparcan en el ambiente los perfumes que se haba
prodigado con cierta indiscrecin.

Snchez Morueta que lea un peridico sin notar la presencia de su
mujer, acab por levantar la cabeza.

--Qu te parezco, Pepe?--dijo ella con una sonrisa que contrastaba con
el temblor de su voz.

El millonario desliz una rpida ojeada sobre su incitante esplendor de
fruto maduro.

--No ests mal--y fij de nuevo sus ojos en el peridico.

--Ahora voy  volver  la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que
llegue la vejez. Nuestra hija va  tener en m una rival. Qu dices 
esto, Pepe?...

--Hars bien:--y sigui leyendo, sin saber lo que lea, con el
pensamiento lejos, muy lejos.

La comida fu triste. El millonario haba llegado de su ltimo viaje con
un gesto melanclico, que desapareca de pronto, dando lugar  extraas
nerviosidades.

l, que pasaba siempre por el hotel como un sonmbulo, sin reparar en
los detalles de la vida domstica ni dirigir la palabra  la
servidumbre, vena regaando desde el da anterior con todos los de la
casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puos como si fuese 
golpear  todos.

Pepita tambin estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en
el comedor y haca preguntas  su padre sobre la vida de Biarritz,
queriendo que le describiera alguna _toilette_ de las muchas que habra
visto en aquella sociedad elegante.

Snchez Morueta se esforzaba por contestar  gusto de su hija. Era la
nica persona ante la cual se abata su mal humor. Hablaba con la cabeza
baja, evitando mirar  su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos
se haban encontrado con los de Cristina, fijos en l con una expresin
desconocida. Esta caricia muda que tena algo de splica, le causaba
por su novedad cierta molestia.

Despus de comer, el millonario se entr en su despacho.

Cristina dej pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la
hicieron saber que Pepita estaba en el saln, se dirigi con paso
resuelto en busca de su marido.

Tembl al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se
acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas nias medrosas que
iban en busca del ogro.

Al entrar en el despacho vi el gesto de asombro de Snchez Morueta, que
crea en la llamada de un criado: not el movimiento instintivo de sus
manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos
colores que relea con gesto hosco.

Aquellas cartas ella las conoca. Por una asociacin de recuerdos,
volvi  su memoria el _Mon gros loup cheri_, y sin saber por qu,
sinti una tentacin infantil de rer ante el gigantn de aspecto
imponente; de arrojarse  su cuello, repitiendo, como Dios le diera 
entender, aquella frase de _cocotte_, que deba encerrar algn misterio
mgico para apoderarse de los hombres.

--Qu quieres? qu ocurre?--pregunt el marido con extraeza.

Querer?... Bien se lo decan aquellos ojos agrandados por el lpiz de
tocador, en los que el instinto femenil pona el fuego que no lograba
dar la pasin: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se
aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.

Al estar junto  l, no supo qu decir ni cmo empezar y apelando al
recurso de la accin, abarc en sus brazos de blancas carnosidades, los
hombros del temido ogro.

--Pepe... Pepe!--murmur con voz tenue, como un gemido dulce.

Y su boca se abri paso entre las barbas patriarcales, con besos
ardorosos.

El grande hombre vacil un momento, atolondrado por la onda de carne
femenil que caa sobre l, por el perfume incitante que le envolva, por
los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los
dientes de lctea blancura.

Pero fu la debilidad de un instante, que pas como una rfaga. Su mano
poderosa apart  la mujer, y sta se sinti perdida, ante aquellos ojos
fros que parecan no verla, como si su atencin, su pensamiento, su
alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.

Despus, la voz del marido son en el silencio de la habitacin,
lacnica, triste y montona:

--Es tarde, Cristina, es tarde.




VII


Estaba el seor Goicochea  media maana, trabajando en su despacho
contiguo al de Snchez Morueta, cuando se incorpor en el asiento con
sorpresa, viendo entrar  su principal.

Tres das antes haba salido para Biarritz, manifestando  su secretario
que tardara unas dos semanas en regresar, y se presentaba
inesperadamente, con una cara que daba miedo. Qu negocio se le habra
torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne
gravedad?...

Su voz sonaba trmula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes
aparecan descompuestos, y lo que ms asustaba al secretario, era que
hablaba mucho, que haba perdido su concisin caracterstica y vacilaba
envolviendo en palabras y ms palabras sus tardos pensamientos.

--A ver, Goicochea; que lleven  casa el equipaje que est abajo. Avise
usted por telfono que luego ir.... No, diga usted que no voy, que no
me esperen  comer. Ir  la noche. Pero, qu hace usted ah parado,
mirndome como un bobo?... Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A
ver, que suba el _Capi_! Llame usted  don Matas. En seguida;
listo!...

Goicochea sali del despacho temblando, al pensar en el da que le
esperaba. Conoca el carcter de su gigante: pocas rachas, pero buenas,
como l deca. Slo muy de tarde en tarde, le haba visto perder la
serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus
arrebatos.

Cuando subi el capitn Iriondo, encontr  Snchez Morueta paseando
casi  saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos
atrs y la cabeza baja. Tard algn tiempo en ver  Iriondo, que no
pasaba de la puerta.

--Pepe, qu tienes?--dijo el marino con el acento afectuoso de un
antiguo camarada.

--Nada: cosas mas, no te ocupes de m.... Vas  llamar al telfono de
las minas y que busquen  mi primo Luis, que le digan que venga en
seguida.

--Pero, hombre, no ser tan pronto como quieres. Gallarta est lejos: l
tiene sus ocupaciones...

--He dicho que venga en seguida!--grit el millonario.--Dile que le
necesito al momento; que estoy enfermo, que voy  morir... cualquier
cosa. Que venga pronto!... Y Luis vendr, porque me quiere de veras: es
mi nico amigo.

--Est bien--gru el capitn.--Los dems somos unos perros.

Y encogindose de hombros sali del despacho. Snchez Morueta sigui su
paseo  grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir
contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.

De pronto se detuvo en la puerta de la habitacin contigua, mirando con
ojos feroces al secretario, que se haba escurrido hasta su mesa para
continuar el trabajo. El pobre hombre tembl al verse enfrente de su
irritado principal.

--Seor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse
inmediatamente. Necesito estar solo; vyase a tomar el sol, adonde le d
la gana.... al capacho! pero mrchese en seguida.

Miraba al secretario de tal modo, que ste crey que iba a recibir algn
golpe s tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, sali
apresuradamente.

Las oficinas parecan desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante
sus papeles, temblando al or tras de los cortinajes aquella voz
furiosa, que matizaba sus rdenes con interjecciones y juramentos
verdaderamente extraos en tan grave personaje.

En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un
enfermo. Snchez Morueta, despus de una hora de incesantes paseos, se
dej caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando
antes un botn elctrico.

Entr un ordenanza con aire azorado.

--Treme un caf.... pero bien fuerte.

Cuando lleg el caf, Snchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de
los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para l,
con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisicin era motivo
de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa  en los
negocios de minas.

Transcurri otra hora, sin que el millonario diese seales de
existencia. El timbre son de nuevo en el silencio del escritorio y
corri el criado al despacho.

--Trae otro caf.

Snchez Morueta fumaba el tercer cigarro,  juzgar por las dos colillas
arrojadas  sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como
un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los haba encontrado
al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se haca irrespirable, sin
que l se diese cuenta de ello.

Mucho despus de medio da, cuando los empleados se deslizaron sin ruido
para ir  comer  sus casas, volvi  trotar el criado hacia el
despacho, atrado por el timbre.

--Dile al capitn que suba--dijo el millonario.

--Don Matas no est, seor--contest el criado.

Por primera vez se le ocurri  Snchez Morueta mirar el gran reloj de
la chimenea. Cmo haba pasado el tiempo! Y ms por la fuerza de la
costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que  aquella hora todos
hacan lo mismo.

--Ve  donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que  t se
te ocurra. Sobre todo, un buen caf: no lo olvides.

Cuando volvi el criado con una gran bandeja llena de platos y
coberteras brillantes, la atmsfera del despacho era ms densa. El
millonario segua fumando, inmvil en su silln, con la vista vaga y
como perdida en un punto lejano, muy lejano.

Apenas toc los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebi un
poco de vino, prob la fruta y se abalanz por fin al caf, como si ste
fuese su nico alimento. Despus hizo sea al criado para que se llevase
los platos casi intactos.

--Mira, hijo mo--dijo con dulzura inesperada.--Llvate todo eso;
cmetelo y que de salud te sirva.

Al quedarse solo encendi otro cigarro, adoptando en su silln aquella
inmovilidad en la que pareca soar con los ojos abiertos.

Snchez Morueta no supo ciertamente si lleg  dormirse. Era un sopor
dulce que no le haca perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta
actitud, el tiempo transcurra para l inadvertido, y senta el
bienestar del que en nada piensa.

Cuando,  la cada de la tarde, entr el doctor Aresti en el despacho,
el millonario se reanim, volviendo de un golpe  la vida.

--Esto es un horno!--grit el mdico,--Aqu no se puede respirar; qu
humareda; parece un incendio!

Y se fu  los balcones, abrindolos para que se disolviera la nube de
tabaco en que se envolva su primo.

--Qu pasa?--dijo Aresti cuando pudo respirar con algn desahogo.--Qu
te ocurre, Pepe? Ests enfermo? A ver esa cara...

Y despus de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro.
Efectivamente; algo malo le ocurra. Pareca aviejado de un golpe en ms
de diez aos: los pmulos salientes, los ojos hundidos, con una
expresin de tristeza y desaliento. Adems revelaba una gran fatiga
fsica, como si no hubiese dormido en algunas noches.

--Vamos  ver; qu tienes? Cuenta, hijo, cuenta.

Snchez Morueta sinti el mismo dolor que si de pronto se abriesen en l
ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos
dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.

--Ay, Luis!--suspir el gigante con un acento casi infantil, cogiendo,
las manos de su primo.--Mi vida termin. Han matado todas mis
ilusiones... Se fueron!... se fueron!

Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la
pequeez del doctor con su corpachn.

--Energa, Pepe! Qu es esto, que te desplomas como una seorita
desvanecida? Firmes, vive Cristo! Slo te falta echarte  llorar como
los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos
por qu crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.

El millonario fu  hablar, y Aresti le interrumpi de nuevo:

--Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero,
aguarda ah fuera. Lo he encontrado en la estacin del Desierto, y al
saber que habas llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te
esperaba con impaciencia.

Snchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algn asunto
urgente de la fundicin. Qu le importaban  l los altos hornos, y las
minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala
suerte. Para lo que serva la riqueza!... Y revolva sus ojos furiosos
por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del podero
industrial, hacindolo responsable de su desgracia.

En aquel momento aborreca al muchacho que esperaba en las oficinas. La
juventud! la inspida y antiptica juventud! Aquel ingenierillo no
tena otros medios de vida que los que l le diese: ni riqueza, ni
poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos aos, por su cara de
madamita con bigote, no le ocurriera lo que  l con todos sus millones.
Cristo! Para qu serva, pues, el dinero?

Aresti se impacientaba.

--Bueno, hombre: deja en paz  ese chico, y si no quieres verle en
seguida, que aguarde. Pero cuntame, Pepe qu te pasa?

--Judith!...--gimi el millonario.--Ya sabes quin digo...

Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su
tristeza.

--S, Judith--dijo Aresti animndolo para que hablase.--Aquella
francesa,  juda,  lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo...
la madre de aquel nio tan hermoso... el _hijo del amor_. Estoy
enterado. Y qu ha hecho la tal Judith? Alguna perrada? La has
sorprendido con alguien? Ha huido y no sabes dnde est? Habla, hombre:
cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas,
nada me coger de sorpresa.

Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo
que su primo iba  contarle; seguro de que aquella novela de amor,
desarrollada en el ocaso de la madurez, haba de tener un desenlace
triste.

Snchez Morueta comenz  hablar con lentitud, como si le doliese, con
profundo desgarrn, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer
dolor, se animaba, se enardeca, embriagndose en la amargura de su
desgracia.

Haba conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos
meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios
de su carcter. No lo haba notado Aresti?

De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito
de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.

Varias cartas annimas le haban avisado las infidelidades de Judith.
Alguna buena alma que conoca su dicha y deseaba turbarla: tal vez una
antigua compaera de la _divette_, envidiosa de su bienestar. Y el
grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tena miles
de brazos  sus rdenes y flotas en el mar como un prncipe de la
moderna realeza, haba descendido durante algunos meses  una vida de
espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las
denuncias.

--Ay, el amor, Luis!--exclamaba.--Cun pequeos nos hace! Cmo nos
envilece cuando llega tarde,  una edad en que queremos, sin la certeza
de que nos quieran!... Ahora me avergenzo, pensando en las cosas  que
he tenido que descender. Y si no fuese ms que esto!...

Al llegar el verano, Judith haba ido, como de costumbre,  una casita
que el millonario le haba comprado en Biarritz. As la tena ms cerca
de Bilbao. All se haba convencido de que no le engaaban los
misteriosos avisos.

Hablbanle stos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un
_monsieur Jules_, joven, hermoso y elegante, de problemtica vida; un
aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de _croupier_ en
los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba  las
estaciones elegantes de los Pirineos. Judith pareca conocerle mucho
tiempo. Era ms joven que ella, y con el furor de una hembra que se da
cuenta de su prximo ocaso, se agarraba  aquel profesional de la
hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las
aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de
acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.

Snchez Morueta, despus de la lectura de los annimos, recordaba haber
odo su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando
de l como de un amigo antiguo. Saba, adems, que el aventurero haba
pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todava caliente,
apenas emprenda el regreso  Bilbao. Ahora se daba cuenta de las
peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afn de riquezas, de
asegurar su posicin, como ella deca, con una voracidad creciente,
como si la guiase un oculto consejero.

El millonario no lamentaba su generosidad. Qu poda importarle este
chorreo de riqueza que no marcaba la ms leve desnivelacin en su
fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfureca hacindole
abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridculo de
su situacin. l, Snchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que 
tantos causaba miedo, convertido en ese tipo grotesco del anciano
verde, engaado y _pagano_, eterno personaje de todos los cuentos y las
comedias parisienses! l haba sido _le vieux_ del que se re la pareja
joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de
Banco. Dios de Dios! Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo 
la familia y  las malditas conveniencias sociales, haba salido de la
triste aventura sin matar  ninguno de los dos!...

--Pero, hombre, sintate!--deca el doctor asustado al verle ir y venir
por el despacho como un loco.--No golpees los muebles. Ya s que de un
puetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho
muy bien. Acaso eres t el primero, ni sers el ltimo, de quien se
burle una pjara de esas? Sigue contando... sigue.

Tard el millonario algn tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el
relato pas de un salto  la escena final de su novela amorosa,  la
ltima entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de
Biarritz donde haba pasado los mejores veranos de su vida.

Snchez Morueta haba llegado sin avisarla, sorprendiendo al _monsieur
Jules_ casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no haba sido
completa. No le haba visto: slo haba adivinado su presencia en el
desorden de la habitacin, en los detalles que revelaban una fuga
rpida, mientras la doncella de Judith le entretena ante la puerta
cerrada.

Despus, la escena haba sido horrible entre l y su amante. Ay, la
mala hembra! Qu franqueza tan cruel la suya! Qu deseo de acabar de
una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la
situacin! Poda haber seguido engandole; negar una vez ms;
mantenerlo en la dulce ceguera que le adormeca, sin fuerzas para buscar
la verdad. Vivimos de mentiras: slo el engao es dulce, deca ella en
las horas de abandono, cuando en brazos de Snchez Morueta recordaba su
pasado de aventuras. Pero ahora ya no quera mentir; estaba enamorada de
su _Jules_, enamorada frentica, con celos de fiera al ver que se lo
disputaban otras ms jvenes; y para atrarselo para siempre,
legalizando su situacin, no vacilaba en atropellar al amante rico, en
destrozarle el alma con su cnica franqueza.

Ay, cmo adoraba  aquel bergante, slo porque era joven y guapo! Con
qu insolencia haba proclamado su pasin!... El millonario revolvase
con furia al recordar la escena. Vea los ojos de ella, de una
provocacin insolente, unos ojos de loba en celo y an crea or sus
desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le
regocijaba en los primeros tiempos de su amor.

--S, _mon vieux_. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se _badina pas_. Si
t me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser
amigo del pobre _Jules_. Y si no, la puerta est abierta. Ser lo mejor.
_Voil._

La cnica proposicin haba hecho rugir al gigante, levantando sus
zarpas con furor homicida. Pero ella la maldita! tena la tenacidad
glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser
asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de
desafo.

--S, pgame; eso es muy espaol. Mtame, como matan en tu tierra  las
mujeres, cuando no quieren amar. Anda, _don Jos_; ya estamos en el
final de _Carmen_. Dnde guardas la navaja?...

l haba sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se di cuenta de
su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los
peligros de la existencia errante. Y llor como un miserable, suplic
vilmente para que no lo abandonase. Hasta crea recordar que se haba
arrodillado, agarrndose  sus piernas, sintiendo la desesperacin de
perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume pareca despedirse de
l al travs de la batista que la cubra.

Snchez Morueta, hablaba  su primo con la cabeza baja, como un
criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y nicamente cerrando
los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su
conciencia.

Haba sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las
lgrimas con que haba mojado durante toda la noche el cuello insensible
de aquella mujer.

Ella se haba apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada
del pobre patriarca, y con la conmiseracin maternal que siente toda
mujer por un hombre que llora, lo haba tomado en sus brazos, apoyndole
la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acaricindole las barbas
encanecidas.

La gratitud y la lstima la hacan ser bondadosa, con palabras de triste
consuelo. Ah, _gros coco_! Haba que tomar la vida tal como se
presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empearse en pedir
imposibles. Cada uno se enamoraba  su hora. l la quera, siendo casi
un viejo: por qu se extraaba de que ella, siendo joven, tuviese
tambin su momento de debilidad, enamorndose de aquel _Jules_ que
posea para las mujeres un encanto malsano y dominador?

Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual
trabajaba  su modo, sin acordarse del corazn, para asegurar su
porvenir. Pero despus, con el bienestar llegaba la dulce tontera del
amor. Esto haba hecho l, pasando la juventud absorbido en la caza de
la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la poca en que
otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurra  ella al ver asegurado
su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso.
Por qu no haba de conocer su verdadero amor con sus penas y alegras
despus de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... Ah
_mon vieux_! Haba que tomar la vida con serenidad filosfica. A cada
cual su turno.

Despus intentaba consolarle hablando del pasado. No deba desesperarse
el enorme _beb_ que se adormeca llorando sobre su hombro. Poda
afirmar que haba sido amado ms que muchos otros. Primeramente, le
haba querido con una simpata plida y pasiva, porque era bueno con
ella, porque la haba sacado de su antigua vida de artista errante,
dndola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira.
Despus le haba admirado, con una admiracin rayana en el amor, al
apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que haca nacer
nuevas industrias, el poder mgico, que esclavizaba el dinero, la
inteligencia que haca danzar los millones, sin que ninguno se saliera
de lnea. Ella adoraba  los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no
presentarse el otro, con algo que no poda explicar. Tal vez era el
encanto de la corrupcin y de la juventud, que la enardeca, hacindola
cometer locuras; pero aun as confesaba que no poda compararse aquel
hombre con _su viejo_ tan bueno y tan generoso... Por qu no haba de
aceptar el obstculo como lo hacan otros? An podan ser felices: los
tres viviran en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que
posea una fortuna, gracias  l: era buena muchacha y hara lo
necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario
contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.--Yo solo,
yo solo. Judith se indignaba. _Grosse bte, va!_ Lo que l peda era
imposible. Ella no poda separarse del que amaba, y tampoco quera
mentir: ella tena corazn.

El doctor interrumpi  su primo, que se complaca con doloroso deleite
en detallar los recuerdos de aquella noche.

--Pero, y el nio? Y el _hijo del amor_?--pregunt con cierta irona.

Snchez Morueta mir al mdico con unos ojos que pedan piedad.
Recordaba el entusiasmo con que haba hablado  Aresti del pequen:
renacan en su memoria las palabras al describir su belleza delicada:
un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.

--No te burles, Luis, es una crueldad. T lo adivinaste, sin duda,
cuando te habl de l. Tambin esta ilusin ha desaparecido. No queda
nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida.
Se lo ha llevado todo... todo.

Y recordaba, cmo por segunda vez sinti el instinto homicida al ver la
sonrisa burlona con que acogi ella el recuerdo del pequeuelo. Ah, la
cruel! Con qu sencillez le haba arrebatado la ltima ilusin,
dicindole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la
de aquel tunante que llenaba su pensamiento! Qu tirn tan doloroso en
su alma!... Esta vez, Judith,  pesar de su insolencia, haba sentido
miedo ante el gesto desesperado de _su viejo_. Pero ay! aquella mujer
de carcter doble  inexplicable era invencible. De sus crueldades,
haca un mrito. Manteniendo en el millonario la ilusin de la
paternidad, poda seguir explotndolo. As se lo haba aconsejado su
amante. Pero ella era una buena muchacha y no quera mentir cuando
llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretenda que su antiguo
protector le agradeciese la cruel confesin. No: el nio no era su hijo.
Y lo repeta satisfecha, como si de este modo afirmase ms sus derechos
sobre el hombre amado, colocando el pequeuelo como un compromiso eterno
entre ella y el _amante de corazn_.

Snchez Morueta sali de aquella casa con el alma rendida por los
crueles descubrimientos. Ni amor, ni hijo! Slo la conviccin del
fracaso; la tristeza de haber credo en una dicha que l mismo se
forjaba engandose, y un profundo desgarrn en su dignidad, el araazo
del ridculo en que haba vivido durante varios aos, que l crea los
mejores de su existencia.

Vag todo el da por Biarritz como un sonmbulo. Por la noche, el deseo
amoroso fu ms fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de  dnde se
diriga, se vi de pronto llamando  la puerta de Judith.

Fu en vano. Ella tema, sin duda, la repeticin de otra noche como la
anterior: senta miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad
de un amor desesperado. Nadie le respondi. Judith haba huido con su
amante y el pequeuelo. Adis, para siempre. La ilusin de varios aos
desaparecera sin dejar rastro.

--Ms vale as--dijo el doctor.

--S: mejor es que haya huido.

Snchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobarda de la segunda
noche. Se tena miedo  s mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo 
Judith, hubiese pasado por todo, se habra sometido  una situacin
envilecedora,  cambio de conservar algo de la antigua ilusin, una
sombra de felicidad  la que agarrarse.

Se hizo un largo silencio. El millonario, despus de terminado el
relato, se hundi en el silln, anonadado, sin fuerzas, como si al echar
fuera de s el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre l, de un
golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el
desfallecimiento del hambre.

--Y ahora, qu piensas hacer?--pregunt Aresti.

--Y t me lo preguntas?--dijo con desaliento el millonario.--Qu s
yo! No puedo pensar. Dmelo t, que sabes ms de la vida. Desde anoche
que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aqu
y llamarte. T eres lo nico que me resta...

Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras ste se encoga de
hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar  su primo.

--Me siento mal, Luis--dijo quejumbrosamente Snchez Morueta.--Yo me
conozco. Este disgusto no quedar aqu: sentir sus consecuencias ms
adelante... Qu voy  hacer? Qu me aconsejas? Por tu vida, dmelo!

Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego
que no osase moverse  implorase un gua.

--Qu quieres que te aconseje?--dijo el mdico.--Lo que yo te puedo
decir, te lo dira cualquiera. Piensas buscar  esa mujer?...

El millonario hizo un gesto negativo. No, para qu? Aquello haba
terminado. No poda olvidarla; eso nunca: le dola la decepcin, pero el
mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan
fcilmente iba  librarse de su recuerdo. Sufra en silencio, intentando
curarse: sera un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo
del ridculo en que haba vivido bastara para darle fuerza. Pero, ay!
cmo le aterraba la soledad de aquella existencia que an le quedaba
por delante! Qu miedo le causaba la monotona de una vida sin
ilusiones!

--Vaya, Pepe: no hay que ser nio--dijo el doctor con autoridad.--Ni
ests solo, ni te hallas tan falto de afectos. No deseas mi consejo?
Pues ah lo tienes. Vuelve los ojos  tu casa: procura unirte  tu
familia. Invntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste
al lado de una desconocida. Imagnate que tu mujer te adora, y aunque no
sea cierto, esa mentira resultar menos dolorosa que la otra, pues no
conocers la infidelidad, ni los celos.

El millonario movi tristemente la cabeza. La familia! Su mujer!
Tambin esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.

Entre l y Cristina se haban agrandado las distancias; no poda esperar
una reconciliacin. l, en su enardecimiento amoroso, no haba negado
los hechos la tarde en que su esposa le sorprendi en su despacho. Y con
la falta de escrpulos del dolor, relataba  Aresti su escena con
Cristina, la frialdad con que haba acogido sus caricias, y despus, la
explicacin tempestuosa entre los dos: ella echndole en cara su
infidelidad: l aceptndola con altivez, como una consecuencia de la
separacin moral en que vivan.

El doctor le escuchaba pensativo.

--Cristina fu en busca tuya?--pregunt con cierto asombro.--Pues
vuelve  ella y la encontrars. No te asustes por lo ocurrido entre
vosotros. O te busc porque en ella ha despertado un repentino afecto
por t (y permite que te diga que esto es extraordinario)  porque
alguien se lo ha mandado. De un modo  otro, vuelve: ella te aceptar.

Snchez Morueta le miraba con incertidumbre.

--Vuelve, hombre--continu el doctor:--es la nica solucin que puedo
ofrecerte. Ya s que esto no es gran cosa para t, con esa necesidad de
amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre ser un remedio para
llenar ese vaco de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro
de tu piel encontrara otros medios para emplear mi actividad,
fabricndome ilusiones. Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...

El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogindolo con un
gesto desdeoso. Dedicar su vida  los de abajo: ser una especie de
santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en
emancipar moralmente  los parias del trabajo, proporcionndoles el pan
de la instruccin! Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como
aquellos ricachones de que hablaba el mdico!... Bah! Y qu placer
poda proporcionarle esto?... Su egosmo profundo de hombre de presa,
sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se rea del
doctor. En el mundo slo tena importancia lo que se relacionase con l.
A ver cmo no reventaban todas las gentes por cuya triste situacin se
preocupaba su primo! Si l era infeliz con toda su fortuna, por qu
haban de ser dichosas semejantes garrapatas?...

Otra vez volvi  hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la
tarde;  lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo
acordarse  Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas,
ms de una hora.

--Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa,
que viene  despedirse de t. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando
de esto todo el camino. Ha tardado algunos das  decidirse, pero ahora
esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestrtelo.

--Se va!... Y por qu?...

--Qu s yo! Cosas de muchachos. Creer que ya no puede vivir aqu. Tal
vez sufra como t el mal de amores. En l no resulta extrao: es cosa
de la juventud.

Snchez Morueta no pregunt ms. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo
que no quera conocer. Al mismo tiempo le causaba alegra la posibilidad
de que el joven sufriera como l. Era un consuelo egosta y feroz ver
que  todos llegaba la desgracia, sin reparar en aos ni en
gallardas... Por esto accedi al ruego de su primo, haciendo llamar al
ingeniero. A ver, que pasase aquel compaero de desgracia!...

Fernando no quiso sentarse; tena prisa por volver  los altos hornos
despus del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el ltimo
momento.

Vena para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan
pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista
baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los
ojos.

Snchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara
juvenil. Oh! A este tambin le haba mordido la mala bestia; llevaba la
seal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.

De pronto, sinti por l la fraternidad dolorosa de los penados, unidos
eternamente por la misma cadena.

--Te vas, hijo mo!... Es algn disgusto all en la fundicin?...
Acaso quieres ganar ms?... Si es por dinero, habla.

El ingeniero contest con gestos negativos. Ni disgusto ni ambicin de
dinero. Era que se haba cansado de vivir all; senta la nostalgia de
ver pases nuevos: le arrastraba la movilidad de carcter de los de su
tierra. Ira  Asturias   Catalua; tal vez se embarcase para Amrica;
an no se haba buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusin de
llevar con l  su madre  un clima que fuese mejor. Por esto slo se
marchaba.

El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisin de las palabras
del joven, se convenci de que ste menta.

Sanabre sigui hablando. No olvidaba la bondad con que le haba
distinguido su jefe: senta alejarse de su lado, pero estaba resuelto 
la separacin y tardara en irse lo que tardase en encargarse de los
altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, all estara  sus rdenes.

--Te vas, hijo mo!--exclam el millonario con repentino
enternecimiento.--Ya sabes que te he querido casi como un hijo. All
donde ests, si necesitas algo de m, habla; si quieres volver, vuelve.
No nos despidamos ahora. Ir  verte: vendrs ...

El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le
interrumpi. Cuando quisiera algo de l, mientras estuviese en la
fundicin, poda darle sus rdenes por telfono. Ya se veran, si
Snchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por
all, pasara l por el escritorio antes de marcharse. Snchez Morueta
nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de
Las Arenas.

--Adis, hijo mo... Hasta la vista.

Y estrech con efusin la mano del joven.

Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por
tantas emociones, se dej caer en el silln.

--Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el
vaco alrededor de m... Y ahora, al volver  mi hogar, la frialdad de
la casa de huspedes, la ausencia del cario.

--No, Pepe--dijo al doctor.--Tengo la certeza de que ahora encontrars
all lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.

--Y t? Me abandonars tambin t?...

--Yo nunca--dijo Aresti.--Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y
lo que t necesitas, no est  mi alcance el drtelo. La alegra de tu
vida slo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no s an
es  qu precio vas  pagarla.




VIII


El grande hombre estaba enfermo. Haba transcurrido cerca de un mes sin
que Aresti fuese  verle, pues no quera despertar con su presencia los
recuerdos del millonario.

De vez en cuando, llegaban  l vagas noticias del estado de Snchez
Morueta por los contratistas de las minas. Don Jos no iba al
escritorio; don Jos estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era
caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quera abarcar demasiado y los
negocios minaban su salud.

--Es la crisis que l tema--pens el mdico.--Pero cuando no me llama
sus razones tendr... Debe haber cambiado mucho aquella casa.

Y segua en Gallarta, con el propsito de no visitar  su primo hasta
que ste le llamase.

Un da, en Bilbao, se encontr en el Arenal con el capitn Iriondo. El
marino se extraaba de que Aresti no hubiese visitado  su primo.

--No es que yo crea que va  morir--dijo el capitn--pero muchacho, anda
muy malucho. No s qu mala mosca le ha picado de algn tiempo  esta
parte. No come, est tristn, pasa el da sentado, dejndose cuidar por
su mujer y su hija como si fuese un nio. En fin, que no es ni sombra de
lo que fu. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doa Cristina
parece otra; nunca la he visto tan alegre.

Y describa  la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud,
yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera
considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta
elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la
daban el aspecto de una beata.

Cuidaba y mimaba  su marido con gran cario y l la segua en sus idas
y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura
del agradecimiento.

En fin, querido _planeta_--continu el capitn--que parecen unos novios.
No s qu diablos habrn andado en esto, pero los dos son otros,
completamente.

Aresti sonrea.

--Entonces--pregunt--la casa de mi primo ser un nido de amor?

--Hombre, yo te dir--repuso el capitn con cierta vacilacin.--Me gusta
que estn as, tan amartelados, pero no me place todo lo que all veo.
Por ejemplo, tienes  todas horas metido en el hotel al fantasmn de
Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doa
Cristina no hace nada sin consultrselo. Adems, te acuerdas de
Nicanora, el _aa_? Pues la han enviado  su pueblo con todo lo
necesario para comprarse unos terruos y un par de vacas. Me han dicho
que la ech doa Cristina, despus de una escena algo fuerte... Pepita
parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero
la mam los aproxima, y ya vers como esto acaba en boda. Ese cachorro
de Deusto tal vez sea mi jefe. Cristo! Y para esto me expuse  que me
rompieran la cabeza cuando al sitio!...

--Y Pepe qu dice?...

--Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y  todo lo que ordena
su mujer contesta que s con la cabeza. Por dentro tal vez pensar otras
cosas, pero no se atreve  contradecir  su Cristina,  darla un
disgusto, metiendo en cintura  ese atrevidillo... Yo creo que debas ir
 verle.

--Yo?... No me ha llamado. Adems, no me tienta ese cuadro de familia:
all no hago yo falta.

--S, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta
por t. No te llama... qu s yo por qu? Tal vez por no contrariar 
su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta
de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el _Capi_ es muy franco.
All no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola
ha metido en la casa  un mdico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa
en t. Ve  verlo y le dars un alegrn. Valiente cosa te importa la
mala cara que pueda hacerte tu parienta!...

Aresti pareci encabritarse oyendo esto. Conque tenan  su primo en
una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban  otro
mdico como si l hubiese muerto?... Pues all se iba al instante.
Senta curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al
mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondran aquellas
gentes ante su presencia inesperada. Caera en Las Arenas como una
bomba. Je, je, je! Y riendo se despidi del capitn, para subir en el
tranva.

Cuando  media tarde entr en el hotel de Snchez Morueta, encontr en
un saln  su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.

Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oy un rumor de
voces, hablando con apresuramiento, y despus un ruido de pasos y de
faldas en fuga.

--No quiero verle!--grit una voz sofocada que el mdico crey
reconocer.

Al entrar en la habitacin not algo que denunciaba aquella fuga
misteriosa. El gesto con que le recibi su prima, le di  entender lo
inoportuno de su llegada.

El doctor pens que las que haban huido para evitarse su presencia eran
las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su
mujer.

La entrevista fu glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el
menor esfuerzo por disimular la antipata que le inspiraba el mdico.
Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeosa. A qu se presentaba
all? Quin le haba llamado? Doa Cristina se senta ahora duea
absoluta del suelo que pisaba. Ella  un lado con los suyos, y el mdico
 otro. Era un extrao odioso: la sangre de nada vala cuando las almas
se separaban para siempre.

Pero el doctor despreci esta hostilidad. Hablaba como si no se diera
cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto
asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un
aparecido.

Aresti quiso ver  Morueta, y doa Cristina mir con inquietud  una
puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase  pasarla.

--No s si podrs verle--dijo con los labios apretados.--Est delicado:
no gusta de recibir visitas.

--Bah! Los mdicos entramos donde hay enfermos...

Y sin esperar el permiso de la seora, psose de pie y se dirigi  la
puerta que comunicaba el saln con el despacho del millonario.

Al levantarse el tapiz, Snchez Morueta di un grito de alegra,
reconociendo  su primo.

--Luis! Luisito!...

Y le tendi las manos sin abandonar el silln. Aresti le abraz.
Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Haba adelgazado
mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tena hundidos, y en su
rostro enjuto se marcaban los pmulos con agudas aristas, pareciendo la
nariz ms grande y pesada.

Estaba leyendo un pequeo libro, y pasado el primer momento de expansin
se apresur  ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que
Aresti leyera la cubierta del volumen.

Doa Cristina sigui al mdico, quedando de pie cerca de los dos
hombres, con ceo imponente, vigilando sus expansiones fraternales.

Aresti se haca explicar todos los sntomas de la enfermedad. Conoca
aquello: no era ms que un trastorno moral que se reflejaba en el
organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.

--Un trastorno moral! Eso es--dijo la seora con voz spera.--Siempre
que hablases con tanta verdad. Pepe viva demasiado... agitado. Por
fortuna, est en buenas manos y curar. La calma y la dulzura ya sabe l
cmo se adquieren.

Y  continuacin, para cortar la entrevista, record  su marido la
conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.

--Pero, si es Luis!--dijo el gigantn sin atreverse  mirar  su
esposa.--Si con este tengo el mayor gusto en hablar! Si deseaba mucho
que viniese!... Ya ves, es el ltimo que queda de mi familia. Somos como
hermanos.

Y su acento humilde pareca excusarse de este cario, pedir perdn  la
esposa por un afecto superior  su voluntad. Se notaba en l la
abdicacin del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta
y teme  cada momento que le recuerde su pasado.

Apareci Pepita en la puerta haciendo seas misteriosas  su madre y
sta la sigui fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de
Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y queran despedirse de
las seoras.

Al quedar solos los dos hombres, el medic se aproximo  su primo. Les
dejaran solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera
situacin del millonario. Cmo viva en su casa? Era feliz?...

Snchez Morueta slo supo hablar de su mujer.

--Es un ngel... un verdadero ngel. Debas ver cmo me cuida, de qu
cario me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es ms que
deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro
hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que
descansa despus de una marcha forzada; no me atrevo  moverme.

Pero,  pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la
fragilidad de aquella paz que le envolva, y temiese romperla con el ms
leve movimiento.

--Y _aquello_?--pregunt misteriosamente el doctor.--Se olvid ya por
completo?...

El hombrn palideci como si despertase junto  un peligro  hizo un
movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las
palabras de su primo. No deba recordarle _aquello_: le causaba
vergenza y repugnancia.

Ya no pudieron hablar ms. Entr doa Cristina, pero esta vez seguida de
su hija y Urquiola. Despus de despedir  las amigas, se trasladaban al
despacho para sentarse en torno de Snchez Morueta, interponindose
entre l y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos
primos.

Deba ser esta irrupcin obra de doa Cristina, dispuesta  hacer
comprender rudamente al mdico su deseo de cerrarle para siempre las
puertas de la casa. Aresti vea los ojos de los tres, fijos en l, como
si le dijeran: Qu haces aqu? Vete: t no eres de los nuestros.

El millonario acoga con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban
 l, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba  su primo con
satisfaccin. Cmo le queran! eh? Cmo sentan la necesidad de no
dejarlo solo, resarcindole de la antigua frialdad! Oh, la familia!...

Hasta  Urquiola alcanzaba su gratitud. No poda permanecer indiferente
con aquel muchachn que le llamaba to  boca llena, extendiendo  l su
lejano parentesco con la seora. Adems le protega en sus deseos de
enfermo. Cuando doa Cristina, atendiendo las indicaciones del mdico,
le ocultaba los cigarros, Urquiola buscbalos, y, echando  broma la
prohibicin, obsequiaba al to.

Aresti sonrea ante la solicitud de aclito respetuoso con que mimaba 
Snchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que
le ofreca una cerilla, apenas se apagaba entre sus dbiles dedos el
cigarro con que le haba alegrado poco antes.

Doa Cristina miraba al joven, que pareca indeciso, no sabiendo cmo
iniciar la realizacin de algo que haba prometido. Al fijarse Urquiola
en el libro que asomaba  un bolsillo del millonario, habl del mrito
de la obra.

--Le gusta  usted, to? Verdad que es muy _profunda_? Pues el segundo
tomo todava es mejor.

Y antes de que el to pudiera contestar, Urquiola se dirigi  Aresti,
como si slo por l hubiese hablado del libro. Era una de las obras ms
notables que se haban publicado en el siglo: las _Respuestas  las
objeciones ms comunes contra la religin_ del Padre Segundo Franco, un
jesuta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por
tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa
ciencia, que no es ms que soberbia, sus embustes contra la Inquisicin
y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como
crmenes. Al que lo lea no le quedaba otro remedio que convertirse.
Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus pginas,
con esa fuerza de razonamiento que slo poseen los Padres de la
Compaa. El que an estaba en el error era porque no conoca el libro.

--Usted deba leerlo, doctor--dijo con impertinencia el abogado de
Deusto.

Aresti conoca la obra. Recordaba haber hojeado, cuando viva en casa de
las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se
probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier
vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irrit:

--Joven--dijo con gravedad desdeosa,--hace muchos aos que leo lo que
mejor me parece, sin necesidad de consejero.

Snchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su
primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.

Pasaron en silencio un largo rato. Doa Cristina y su sobrino seguan
mirndose. Parecan dispuestos  hostilizar al doctor,  exasperarle,
buscando un rompimiento para que no volviese ms a la casa. La seora
animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusin con el
mdico.

Urquiola habl de la gran peregrinacin  la Virgen de Begoa, que
preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de
Septiembre. Mucho haba costado de organizar, pero sera una fiesta tan
hermosa como la de la Coronacin; un alarde de la Vizcaya religiosa y
honrada que quera ser libre y volver  sus antiguos tiempos de
grandeza.

Aresti se haba impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus
enemigos; pero senta agitarse su carcter batallador y rebelde ante el
abogado, cuyas palabras le irritaban.

--Y qu tiempos fueron esos?--pregunt irnicamente.

Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella
oratoria ruidosa que tantos xitos le haba valido en los ejercicios
literarios de Deusto, acometi impetuosamente. Pareca imposible que un
vizcano hiciese tal pregunta! Qu tiempos haban de ser? Los del
Seoro; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los
_Jaunes_ prudentes y valerosos; cuando la mala peste del _maketismo_ no
haba an invadido la santa tierra del rbol de Guernica; cuando los
vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacan morder el polvo 
los espaoles, del mismo modo que siglos despus, en nuestra poca, sus
descendientes haban derrotado  los _guiris_ y los _ches_ de pantalones
rojos que enviaba Espaa para acabar con los ltimos restos de sus
libertades.

Aresti sonri con desprecio. Ya haban salido Padura y las otras dos
batallas contra los castellanos! Dichoso pas aquel, tan falto de
historia que tena que inventarla, dando la importancia de glorias
nacionales  tres miserables combates de horda, all en los tiempos de
Mari-Castaa; tres contiendas  peazos, golpes de cachiporra y de
hacha, un poco mayores nada ms que cualquier ria de romera.

--No: Vizcaya no tiene apenas historia--continu el doctor,--y por esto
posee la energa de los pueblos jvenes. Su grandeza empieza ahora; slo
que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y est
en la ra, en el puerto, en las ruinas y las fbricas, en los buques que
pasean por todos los mares la bandera de su matrcula, en el esfuerzo
colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para
explotarla. Los vizcanos que en otros tiempos iban en sus barquitos 
la pesca de la ballena, valen ms, para m, que todos esos hroes
cabelludos y zafios que en Padura gritaban _sabelian, sabelian sarrtu!_
avisndose que deban herir con sus chuzos  los espaoles en el
vientre. Este es un pas que no ha dado en los tiempos pasados ms que
obispos y marinos. Ahora despuntan los nicos hombres notables que puede
producir esta raza con sus especiales condiciones. Ve usted ah  mi
primo que no suea con la gloria histrica, ni se preocupa de lo que
pensarn de l en el porvenir? Pues es el verdadero hroe, el paladn
moderno. Ha hecho l ms por la gloria de Vizcaya con sus empresas
industriales, que todos aquellos _Jaunes_, sucios, barbudos y llenos de
costras.

Urquiola call, desconcertado ante este elogio  su querido to,
temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado 
la gloria de su nombre. Pero doa Cristina vino en su auxilio para que
la discusin no quedase ahogada.

--No te esfuerces, Fermn. Al doctor le importan poco las santas
tradiciones de Vizcaya. Lo que  l le molesta es ver  todo un pueblo
rendir homenaje  nuestra santa Patrona, en la que l no cree.

Aresti se encogi de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas
fiestas: eran para l espectculos curiosos, en los que estudiaba el
afn por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que
experimentan la debilidad y la ignorancia. l daba su verdadero valor 
la manifestacin del prximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella
lo de menos. La gran masa inconsciente subira al monte Artagn, con el
deseo egosta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la
direccin la llevaran los que soaban con la independencia vasca, y los
jesutas, que insistan en sus alardes, temiendo la propaganda social de
las minas y el espritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.

Al or mentar  los jesutas, Urquiola di un respingo en su asiento.
Ahora se senta en terreno fuerte: era como si atacasen  su familia. Y
mir  las dos mujeres, como invitndolas  que presenciasen el gran
vapuleo que iba  dar al impo... Qu tena que decir de los jesutas?
Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por
dirigir  las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San
Ignacio, haban contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la
revolucin religiosa, prestando  los pueblos latinos la gran merced de
evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que
mantenan en toda su pureza el catolicismo. Y sabios?... l mismo
conoca en Deusto  un Padre que hablaba cinco idiomas...

Aresti le interrumpi:

--Yo conozco empleados de hoteles que poseen ms lenguas y sin embargo,
el mundo ingrato no ensalza su sabidura.

Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese 
caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. l estaba all como
apstol: quera aplastar al impo, de cuya ciencia hablaban con respeto
muchos tontos. Y continu su apologa del jesuitismo, hablando de su
fundacin, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya
conoca l todas las calumnias lanzadas contra la orden. Mentiras de la
masonera, que temblaba de clera y miedo ante los hijos de San Ignacio!
Se hablaba de la rapacidad de los jesutas, de su codicia, de su afn
por atesorar dinero. Embustes de los impos y de ciertas rdenes
religiosas, rodas por la envidia, que no reparaban que al herir  los
ignacianos socavaban el ms fuerte cimiento del catolicismo. A ver!
dnde estaban esos tesoros? Quin los haba visto?... Y aunque los
tuvieran, qu? Como deca muy bien un Padre de la Compaa en uno de
sus libros, el mundo nada perda con que fuesen ricos, pues dedicaban
su dinero  la instruccin levantando Colegios y Universidades. Tambin
les echaban en cara el que slo buscasen el trato con los ricos y los
poderosos, educando nicamente  los jvenes de nacimiento distinguido.
Y qu se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impos;
hasta en el cielo hay jerarquas y los Padres se dedicaban al cultivo de
los de arriba, de los que por su nacimiento  su fortuna estaban
destinados  ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no
podan evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo.
Agarrndose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando 
los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenan el espritu
religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los
magistrados, los militares, afirmando el porvenir ms slidamente que si
buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto  dejarse
engaar por absurdas propagandas...

Ah, el populacho! Con qu asco hablaba Urquiola de la masa sin
voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida
ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebao, que en los
conflictos de la miseria se revolva contra los sacerdotes y
especialmente contra los jesutas. Si surga una huelga, apedreaban los
conventos de la Orden; si al ir en manifestacin por la calle vean  un
cura, lo silbaban y lo perseguan; en sus mitins, cuando queran
insultar  uno de sus opresores, le llamaban jesuta. Qu dao podan
hacer los Padres  toda aquella gente que peda aumento de jornal 
menos horas de trabajo? No tenan minas ni fbricas, no eran dueos de
empresas industriales, no explotaban al trabajador, por qu, pues, iban
contra ellos? No era natural que dejasen en paz  los sacerdotes y se
lanzaran nicamente contra los ricos? A qu mezclar la religin en las
cuestiones del trabajo?...

Y el abogado miraba  Aresti con superioridad, seguro de haberle
aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que,
por defender  sus maestros, atacaba  Snchez Morueta.

El doctor sentase irritado por el aire de triunfador que tomaba el
joven ante las dos mujeres, las cuales parecan admiradas de sus
palabras. Arroj de su nimo todo escrpulo de prudencia, sinti el
deseo de escandalizar  su devota prima, de exponer sus ideas sin
consideracin alguna, cerrndose para siempre las puertas de aquella
casa. Le queran echar, pero l se ira antes!... Y habl con una
calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su
pensamiento.

A l no le extraaba que el ejrcito de la miseria, en sus protestas y
rebeldas, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos,  pesar de que
stos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los
directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma  la clase
superior; la moldeaban  su gusto. Los tiros de los desesperados, no
iban, pues, mal dirigidos. Parecan en el primer momento caprichosos y
locos, errando  la ventura, pero en realidad heran al verdadero
enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de
la desesperacin dnde estaba la causa de sus males. La sociedad tena
por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos poda ser
oportuna, pero que haba fracasado al contacto de la vida moderna.

El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de
modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el
cristiano no da importancia  una sociedad por la que pasa
transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su
verdadera vida est ms all de la muerte. Veinte siglos lleva de
experiencia la moral cristiana y ha dado de s todo lo que tiene dentro.
Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la
tierra, dejndola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los
oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida
que nadie ha visto, encontrarn satisfaccin  sus dolores. Su nica
frmula clara es la de la fraternidad universal; ama  tu prjimo como
 t mismo, y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte,
declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que
nicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la
tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el
ser diablico al que hay que perseguir y exterminar.

Urquiola y doa Cristina se miraban escandalizados.

--Y la caridad?--grit el abogado. Y la sublime caridad de la moral
cristiana?

--La caridad!--contest el mdico sonriendo con sarcasmo.--Es el medio
de sostener la pobreza, de fomentarla, hacindola eterna. Los
desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el
buscarla mientras pueden, viendo en ella una institucin degradante, que
perpeta su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral
cristiana.

Recordaba la maldicin de Jess  los ricos, su promesa de que les sera
ms difcil entrar en los cielos que un camello por el agujero de una
aguja. Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo  Jess, reclamaban
el peligro de ser ricos: todos se exponan sin miedo alguno  las llamas
del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin
excepcin, deseaban ejercer la caridad, tomndolo todo para s, y no
dando ms que aquello que juzgaban innecesario  que no podan guardar.
La caridad no influa para nada en el progreso de los humanos: antes
bien, era un obstculo. No suprima la esclavitud, no trocaba las formas
de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la divisin de
los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se
equivocaban al odiar una religin que exige al miserable que se resigne
con su suerte y no reclama de los ricos ms que una caridad de la que
ellos son los nicos jueces, pudiendo graduarla conforme  su egosmo.
Los desesperados vean que, as como amenguaba la fe abajo, era arriba,
entre los ricos, donde la religin encontraba sus defensores,  pesar de
que su Dios los haba maldecido.

Los privilegiados empleaban la religin como un escudo. Nada de esperar
en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y haba que
ir  la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo poda ser
feliz en su miseria con la esperanza del paraso despus de la muerte;
dulce ilusin, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia
le quieren arrebatar...

As se expresaban los que tenan inters en que continuase en la tierra
todo lo mismo,  la sombra protectora de las creencias. Cmo no haban
de indignarse los infelices contra una religin que les cerraba el
camino de la justicia y el bienestar aqu abajo, para no darles ms que
la quimrica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden
sobornar con ddivas  los sacerdotes?

El cristianismo haba engaado al pobre, mantenindolo en su triste
estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el
carcelero espiritual que sostena durante veinte siglos el extremo de su
cadena. Ya que haba llegado el instante de la revuelta sus y  l!...
Era el enemigo secular; los dems haban crecido  su amparo... El odio
 toda religin era instintivo all donde las masas obreras despertaban.
Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie
de funcionario invisible de la burguesa, al que retribuan los ricos
sus buenos servicios, levantndole viviendas, derramando el dinero 
manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...

Doa Cristina abanicbase furiosamente las mejillas enrojecidas. Qu
horrores iba soltando aquella voz suave  irnica que pareca
acariciarla con profundos araazos?... Ahora se arrepenta de haber
provocado al impo y haca seas  Urquiola para que no le contestase.
Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de all empujado
por la sorda y desdeosa hostilidad de todos. Pero el discpulo de
Deusto tema aparecer vencido  los ojos de Pepita,  interrumpa al
doctor con exclamaciones burlonas  con gestos escandalizados. Est
loco: este hombre est loco. Aprovechando una pausa de Aresti, _coloc_
la objecin que tena preparada. Criticar era fcil. Pero ya que el
doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, deba decir cul
era la suya.

Aresti sonri, mirando con lstima al joven. Era posible que no lo
entendiese: aquellas cosas no las enseaban en Deusto. Adems, una moral
con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche  la maana como un
sermn de los padres de la Compaa. Bastante haba hecho el
pensamiento moderno en menos de un siglo; y an estaba en la primera
etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun as, su moral, una moral
para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo
de los humanos, tena forma.

--Yo--dijo Aresti con sencillez--adoro la Justicia Social como fin y
creo en la Ciencia como medio.

Urquiola rompi  rer con una carcajada insolente. La ciencia! La
moderna ciencia de los revolucionarios y los impos! Ya saba l lo que
era aquello. Y la defina con arreglo al libro de un Padre famoso de la
Compaa. Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo _no_
donde el catecismo dice _s_ y _s_ donde dice _no_, se tiene hecha y
derecha toda la pretendida ciencia moderna. Urquiola se pavoneaba con
esta definicin que converta el catecismo en centro de todos los
pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los
grandes hombres de la historia. Doa Cristina, creyendo que esta
definicin tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.

Pero el abogado no se fij en esta admiracin, enardecido por la
proximidad de su triunfo. All quera l al doctor, Conque la ciencia
poda servir de medio  instrumento  la moral?... En Deusto, aunque
Aresti no lo creyera, tambin les enseaban algo de la ciencia moderna.
Levantaban nada ms que una punta del velo que ocultaba este cmulo de
impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas.
l conoca un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero
materialismo, incompatible con todo ideal,  instrumento de toda
desmoralizacin.

El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba
al alma: nada del Dios omnipotente que haba formado el mundo: nada de
existencia espiritual despus de perecer la materia. Esta vida slo
tena por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de
podredumbre: polvo: nada. Como no exista otra vida, no existan
castigos y todos podan hacer lo que mejor placiera  sus instintos, sin
miedo  la clera de Dios. La bestia libre y sin sancin alguna! Ya que
no haba que temer  los castigos, para qu renunciar  la satisfaccin
de los apetitos? Por qu imponerse privaciones respetando  los
semejantes?... A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que
contenan sus pasiones por la esperanza del cielo  el miedo al
infierno! Los fuertes deben aplastar  los dbiles: los dbiles deben
apelar  la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie
hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigir cuentas cuando volvamos
 confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el
crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea
posible, sin escrpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.

--Es esta su moral, doctor--preguntaba irnicamente el abogado.--No es
esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...

Las dos mujeres mostraban su admiracin por Urquiola con miradas de
lstima al mdico. Hasta Snchez Morueta, que permaneca con la cabeza
baja, como molestado por una polmica cuya intencin adivinaba, levant
los ojos fijndolos con cierta extraeza en el abogado. Aquel muchacho
no se expresaba mal. Ya no le crea tan necio, y pensaba si su mujer
tendra razn al elogiar sus cualidades.

Aresti acogi la sarcstica descripcin de aquella sociedad sin Dios,
con rostro impasible. Si la religin era un freno para los apetitos y
las violencias por qu la criminalidad era ms frecuente en los pueblos
atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? Cmo era
que los mayores crmenes de la historia haban coincidido con los
perodos en que el entusiasmo religioso era ms ardiente?

El mdico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de
moralidad y el crimen slo son resultados de la incultura  de una
regresin parcial del cerebro. Adems, de dnde sacaba Urquiola que
porque no existiese una sancin divina para la moral, porque el hombre
no sintiera el temor  los castigos eternos, se haba de entregar  la
violencia atropellando  sus semejantes? El hombre de mentalidad
desarrollada, saba que aunque condenado por la naturaleza 
desaparecer, no por esto desaparecera la humanidad de la que forma
parte. Slo el ser inculto y brutal, con el egosmo de la ignorancia
poda incurrir en tales crmenes. Slo podan pensar as los pobres de
inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los
que no ven en el mundo nada ms all de su propia individualidad
egosta; los que slo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la
vida eterna, y s hacen algn bien es con la idea de que giran una letra
sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.

Quedaban an muchos seres de una mentalidad limitada, semejante  la de
los hombres primitivos, que slo se preocupaban de sus personas ,
cuando ms, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si
su individualidad fuese el centro del universo, no interesndole ms que
lo que ve y lo que toca. Esos, en su egosmo, tienen tal concepto de la
importancia de su persona, que necesitan que sta se perpete despus de
la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos
inventados por las religiones.

El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la
humanidad tanto  ms que de la de su individuo. Sabe que es un
componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga 
su especie, est seguro de que su pensamiento vivir an despus de
haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus
sentidos. Tiene la inteligencia ms desarrollada que los rganos
animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no
duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la
necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena accin.
En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste
(deseo egosta que ningn beneficio proporciona  los dems), desea
sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando  sta la parte
de bienestar  felicidad  que puede contribuir con el trabajo de su
vida. Qu moral ms generosa?... El ensueo individual y egosta de un
cielo falso  intil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal
colectivo, que est de acuerdo con su razn y le procura las ms altas
satisfacciones morales.

--Hacer el bien  los semejantes--continu Aresti--sin esperanza de
recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impos modernos, los
hombres del _materialismo_, es ser ms idealista que el devoto que
compra su parte de paraso con oraciones que no remedian ningn mal de
la tierra.

El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las
religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se
desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. Cmo poner al mismo
nivel al egosta crdulo que con unos cuantos sacrificios y
mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegra en el cielo, y
al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni
en el agradecimiento de divinos fantasmas, nicamente por la alegra de
socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos
los que tripulan el barco errante de la Tierra!... As haban procedido
siempre los grandes mrtires y los genios. Era la moral de los hroes de
la humanidad: en otros siglos se haba mostrado aislada, pero ahora iba
generalizndose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmacin de
la conciencia colectiva.

Doa Cristina y su hija miraban con extraeza al doctor sin hacer el
menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello
eran _filosofas alemanas_, monsergas confusas que haban inventado los
impos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en
Dios y seguir lo que la Iglesia ensea. Ay, si estuviera presente el
Padre Paul, que tan soberanas palizas soltaba desde el plpito  los
_filsofos_!...

Urquiola ocult con una sonrisa de superioridad desdeosa la turbacin y
desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello
no le haban hablado en Deusto ni una palabra, y colrico por lo que
consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos
electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de
Snchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestin
personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral
cristiana, hubiese atizado unos cuantos puetazos al impo, luciendo
ante las seoras sus energas de apstol.

Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no poda callarse. El sofisma
religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin ms consuelo que la
esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las
inteligencias modernas. La moral no consista, como la proclamaba el
cristianismo, en achicarse, en recogerse en s mismo, en amputar los
naturales instintos, en hacerse pequeo para pasar por el camino
estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en
amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egosmo de un
individuo, sino la comunin con las aspiraciones colectivas de la
humanidad. El hombre moderno no deba perder el tiempo preguntndose
sobre el origen del mal  si la naturaleza est corrompida por el
pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastbale
saber que la naturaleza, buena  mala, se modifica  transforma por el
trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo
y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como nico gua el
esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.

El hombre estaba condenado  hacerlo todo por s mismo, sin la esperanza
de fantsticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser
hombre era glorioso y duro. Slo poda contar con un apoyo: la Ciencia.
El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolucin
incesante de las sociedades, modificaban la concepcin de la vida y de
sus fines. El hombre moderno, valindose de la crtica, tena una idea
justa de los lmites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de
humildad. No pretenda conocer lo absoluto ni el origen de las cosas.
Pero es que las religiones las conocan tampoco? Eran racionales las
explicaciones de los que crean en una Providencia amparadora de la
injusticia, y en un plan de creacin ideado por unos hebreos nmadas 
ignorantes?

En cambio, el hombre conoca mejor, gracias  la ciencia, el mundo que
le rodeaba. Si no saba la causa primera de muchos fenmenos, haba
descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser
siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la
tena  sus rdenes, hacindola trabajar para su comodidad y sustento.
Ante l se abatan obstculos que parecan eternos: la mecnica
aprovechaba las fuerzas naturales; modificbase la faz de la Tierra:
suprimase el espacio al acortar las distancias, y el planeta pareca
empequeecerse, hacindose cada vez ms confortable, como una habitacin
dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus
necesidades.

El hombre ya no quera fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios,
el fantasma bondadoso  terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco
poda tolerar la moral cristiana, basada en la resignacin y en la
abstencin. Esta moral no era ms que un arte de mutilar la vida bajo el
pretexto de guardar sus formas ms altas,  sea las espirituales.

--Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera--deca el
mdico con entusiasmo.--Nuestra moral es simple y valiente: se resigna 
la compaa de los hombres, sabiendo que no existen los ngeles, y los
acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto
y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y
hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No
mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la
realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que
salva el alma, empua los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha,
suda en su eterna batalla con el sueo por transformarlo y embellecerlo,
pensando que las fatigas del presente sern buenas obras para la
humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son,
como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de ncar, cruzadas
sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan  Dios.

Snchez Morueta contemplaba con admiracin  su primo. Ah; su Luis!
Que hombre!... Su pensamiento tmido y fluctuante sentase arrastrado
por las palabras del mdico. Le entusiasmaba aquella apologa de la
actividad universal. l era un sacerdote privilegiado y feliz del
trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban
contra l, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfaca que
la ensalzasen.

La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su
sobrino, el cual no poda asir muchas de las ideas del doctor. Con su
instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversacin,
queriendo auxiliar  Urquiola.

--No entiendo esa moral--dijo  Aresti con voz ruda.--Nada me importa:
esa queda para... sabios como t. Nosotros, los brutos, nos contentamos
con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz  la
humanidad, por qu no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...

Y hablaba con sorda clera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba
al visitarla, recordando el pasado. Se vea en una situacin difcil, ni
soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultndolo casi, para
que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separacin. Y
doa Cristina se indignaba al decir esto. Qu haba de ser ella! Tan
buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ngel...

--A eso conduce vuestra moral--aadi con dureza.--A hacer infeliz  una
pobre criatura, buena como una santa.

Aresti call. Pareca atolondrado por la injusticia del ataque. l,
convertido en verdugo de un ngel! Y aquel ngel era su mujer, y
Cristina le echaba en cara su crimen despus de haber visto la aspereza
humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefiri acoger en
silencio el ataque, sin ms protesta que un encogimiento de hombros.

Pero la de Snchez Morueta no quera verle as. Una voz lanzada, senta
un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento
ruidoso y que no volviese.

--Ya que no crees en nada de la religin--dijo tras una larga pausa, con
una sonrisa dulce que daba miedo,--tampoco creers en Jess... Qu es
para t nuestro divino redentor?

Con qu alegra habl Aresti, lentamente, con voz suave  incisiva,
como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos
ojos azules que le miraban con desprecio!...

--Jess?... Fu un gran poeta de la poesa moral. Yo amo su recuerdo
con la ternura de la compasin, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su
sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicndolas y
practicndolas al revs. Su asesinato fu una conspiracin de las
autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos
que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.

Doa Cristina psose de pie con nervioso impulso. Haba escuchado las
explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta
calma,  pesar de que adivinaba ataques al cielo y  Dios. Pero esto de
ahora iba contra Jess; y la indignaba, ms an que si hubiesen negado
su existencia, aquello de llamarle poeta. El hijo de Dios un poeta!
Para una millonaria era este el ms refinado de los insultos.

--Has odo, Pepe?--grit mirando  su esposo.--Y t consientes estas
atrocidades en tu casa?

Los ojos tmidos de Snchez Morueta iban de su mujer  su primo, como
asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.

--Me voy--sigui gritando doa Cristina al ver la indecisin de su
esposo.--No quiero escuchar ms  este hombre.

Y dirigindose  Pepita, aadi:

--Nia, vmonos. Bastantes atrocidades has odo. Dale gracias  tu
padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.

Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levant, dudando un
momento entre seguirlas  acometer al doctor. Aquel era el momento de
presentarse como un paladn de la fe, de hacer la cuestin personal en
nombre de Jess y que se tragara el mdico  puetazos aquello de
poeta, que no le indignaba  l menos que  doa Cristina. Pero le
inspiraba gran respeto la presencia del millonario, tema disgustar _al
to_ y acab por marcharse en busca de las seoras.

Quedaron largo rato Aresti y Snchez Morueta, con la cabeza baja, como
anonadados por el incidente. El doctor fu el primero en romper el
silencio.

--Pepe, adis--dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo
una mano  su primo.--Yo no te pregunto como tu mujer y t consientes
eso? Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.

--No te vayas as!--exclam el millonario con ansiedad.--De seguro que
ests enfadado; adivino que no vas  volver. No rias conmigo: Cristina
es as, y qu voy yo  hacerla? T mismo lo has dicho. La familia... la
paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y 
las mujeres hay que respetrselas. La verdad es que t tambin has
estado fuertecito...

--Adis, Pepe--volvi  repetir el mdico, abandonando aquella manaza
que ahora caa dbil y sin voluntad.--Que seas muy feliz.

--Pero nos veremos, eh? Vendrs  verme al escritorio?... Esto pasar:
ya sabes que otras veces tambin habis regaado...

--Adis, adis.

Y el doctor Aresti, sin escuchar  su primo, que le segua formulando
excusas, sali de all, con la conviccin de que dejaba muerto  sus
espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco
fraternal y perda lo ltimo que le restaba de su familia.




IX


A mediados de Agosto se inici una agitacin de protesta entre los
obreros de las minas.

Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor
Aresti, hablaban de los sntomas de rebelin en las aldeas de la cuenca
minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas,
afirmando que los capataces eran los verdaderos dueos, y que el obrero
que no se surta de vveres en ellas era despedido del trabajo. En
Pucheta, que era donde vivan los ms levantiscos, haban ido 
navajazos un da de paga, por negarse dos trabajadores  satisfacer su
deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un
gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistiran todos los
mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su
peticin en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la
msica los domingos, hablaran los amigos del pueblo, aquellos obreros
de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban  la
propaganda de las doctrinas socialistas y  la organizacin de las
fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebelda, los
representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayora
taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de
las teoras revolucionarias.

El _Milord_, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de
los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en
la faja, y  los que no se atrevan  maltratar los peones por miedo 
sus venganzas de gato, le infundan mucho miedo. Ellos eran la
vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo  los hombres
con sus audacias, hacindolos ir ms all de lo que se proponan.
Algunas veces haban osado apedrear de lejos  la guardia civil, cuando
en vsperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la
montaa. Ahora, el _Milord_ hablaba con terror de frecuentes robos de
dinamita en los depsitos de las canteras. Los cartuchos deban
ocultarlos los pinches en previsin de lo que ocurriera. Buena se iba 
armar!...

Al atrevimiento de los muchachos haba que aadir la clera estrepitosa
de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de
los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda
circulacin de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ra,
y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques
inactivos esperando una carga que no llegara nunca.

--Esto se pone feo, don Luis--suspiraba el admirador de
Inglaterra.--Esto va  ser la muerte de las minas.

Para darse cuenta de lo crtico de la situacin, bastaba ver que los
peones gallegos tomaban el tren y se iban  su pas. Aquellos hombres
eran capaces de rebelarse por su inters personal, pero apenas
presentan protestas colectivas, escapaban asustados hacia su pas. Las
huelgas les olan  poltica,  algo peligroso en que no deban
mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los
compaeros, deslizbanse prudentemente hacia su tierra, con el propsito
de volver cuando todo pasase, aprovechndose entonces de las ventajas
que los otros pudieran conseguir.

--Pero, malditos!--exclamaba el doctor, oyendo al _Milord_ y  otros
contratistas.--No es justo lo que piden? Qu menos pueden reclamar que
el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...

Los contratistas torcan el gesto, excusndose en la inercia de las
costumbres. Eran los seores de la villa, los mineros ricos, las
empresas extranjeras, los que deban dar el ejemplo. Ellos  lo antiguo
se atenan. Adems, el miedo  la huelga no causaba gran impresin en el
fondo de su nimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco
perderan; el mineral no iba  desaparecer en las canteras; aguardara 
que fuesen  arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro.
Tenan para vivir, y se rendiran antes que ellos los que necesitaban
el jornal para no morirse de hambre.

El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor
del rebao rebelde. No haba religin, cada vez se entibiaba ms la fe,
y as andaba todo de perdido. La propaganda diablica de los obreros de
Bilbao haba llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaa.

--Ya mueren aqu las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen
perros--exclamaba indignado.--Cada vez hay menos entierros. Ya van al
cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de
badulaques que se pirran por molestar  la Iglesia asistiendo  eso que
llaman actos civiles. Seores... entierros civiles en las
Encartaciones! Quin poda figurarse que veramos esto?...

Y el cura insista en lo de los entierros, como si de todos los actos de
hostilidad  indiferencia para la religin, fuese este el ms
escandaloso y que ms profundamente hera su pudor de sacerdote.

A pesar de la agitacin obrera, los amigos de Aresti sentanse atrados
por otro asunto, del que hablaban con gran inters en sus francachelas
nocturnas.

Exista pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos
los notables de Gallarta. El _Chiquito de Cirvana_, el barrenador
famoso, haba recibido una especie de reto de un desconocido de
Guipzcoa, para que midiese sus fuerzas con l. El encuentro deba
verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de
all hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no
fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentndose en Azpeitia
al lado de su barrenador.

Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. Vaya si iran! Y
menuda paliza les aguardaba  los guipuzcoanos pretenciosos! Atreverse
con el _Chiquito de Cirvana_, que era la gloria ms grande de las
Encartaciones! Miles de duros apostaran ellos contra las pesetas que
pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipzcoa, que vivan del miserable
cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los
detalles de la apuesta, con arreglo  lo convenido por cartas y hasta
por mensajeros, con los lejanos enemigos. El prximo domingo sera la
lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el nmero de perforaciones
que los dos barrenadores haran en la piedra y la duracin de la
apuesta.

Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar ms que
en este desafo de destreza y vigor. Era la apuesta ms famosa de
cuantas haban concertado aquellos hombres, en su afn de arriesgar al
dinero que con tanta facilidad llegaba  sus manos.

En esta lucha se interesaba el espritu de clase y el patriotismo.
Vizcanos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra
aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las
canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos
artistas.

Al aproximarse el da de la lucha, mostraban los contratistas los fajos
de billetes de Banco, con los que haban de anonadar  los _pobres
cuitados_ de Guipzcoa. El _Chiquito de Cirvana_ era vigilado y mimado
como si fuese una tiple hermosa. No iba  las minas, y acompaaba por
las noches  los contratistas, preocupndose todos ellos de lo que coma
y beba.

--Cmo va ese valor?--le preguntaban tentndole los brazos duros y
elsticos, que parecan de acero, pasndole las manos por el pecho con
una suavidad casi femenil, golpendole el trax y complacindose en su
resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el _Chiquito_ se dejaba
agasajar con sonrisa de dolo, irguiendo su pequeo cuerpo de msculos
recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle
el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.

Ganara, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa
victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacan beber champagne, mucho
_Cordn Rouge_, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su
superioridad sobre aquel rival que slo conocera la dulzona _sangarda_
de sus montaas.

Los contratistas obligaron al doctor Aresti  que les acompaase 
Azpeitia. Ellos no gozaran la victoria por completo de no presenciarla
su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos
admiradores rudos y entusiastas, no poda separarse de ellos, acab por
ser de la partida. En fuerza de orles hablar de la apuesta senta
inters por ella.

Era el nico que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia deba conocer
el trabajo del _Chiquito_. Los de Gallarta, en cambio, no saban quin
era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba
el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su
barrenador.

Aquello pareca una encerrona: haba que ser prudentes. Pero los amigos
del doctor le contestaban con risas. Dejarse vencer el _Chiquito_?... Y
como prueba de su confianza, enseaban de nuevo los fajos de billetes.
Ms de cincuenta mil duros iban  apostar entre todos, si es que los de
Azpeitia tenan redaos para hacerles cara. Haba que correrles,
echndoles el dinero  las narices; as aprenderan  no ir otra vez con
retos  los bilbanos de las minas.

La partida, el domingo al amanecer, fu casi una espedicin triunfal. El
_Chiquito_ haba salido el da antes con varios de sus admiradores para
estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron
despus con el doctor eran los ms respetables, y llevaban con ellos el
convoy de la expedicin, enormes cestos de fiambres encargados  los
mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de
cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsin.
Slo en Bilbao se saba comer: lo dems era tierra de salvajes, pas de
pobreza donde mora uno de hambre  de asco, aunque fuese persona de las
que _tienen cartera_.

Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Haba
comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de
caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las
calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas
mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si
fuesen de una raza distinta,  los arrogantes mineros, que se llamaban 
gritos y se abran paso reclamando el auxilio del alguacil, nica
autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin ms arma que
un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada  los cultivos de
escaso rendimiento de la montaa, admiraba los ternos nuevos y lustrosos
de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro
sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de
uas chatas, abrumados por enormes sortijas.

Eran los forasteros, los ricachos que llegaban  la fiesta llevando una
verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba
con fijarse en las miradas que lanzaban  las gentes y las casas, con
altivez de magnates que descienden  mezclarse en una diversin
campestre. Y entre aquellas mseras gentes estaban los que haban osado
desafiarles?... _Pobres cuitados!_

Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos  los balcones de
la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en
primera lnea, junto  la cuerda que marcaba un gran rectngulo limpio
de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los
juegos. All se hacan las apuestas de ltima hora entre los empujones
de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenan
delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujn
formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba
que se levantase en alto el mimbre alguacilesco  que se movieran las
boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al
momento se iniciase un retroceso, quedando inmvil el gento.

Aresti, desde un balcn, vea cuatro masas obscuras de boinas,
encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros
arrastraban penosamente unas piedras ms grandes que las muelas de un
molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrs de ellos la tierra
profundamente aplastada.

La alegra de los ejercicios fsicos, el enardecimiento ruidoso de las
fiestas de la tuerza, agitaba al gento. Tiraban los bueyes penosamente,
como si fuese  estallar la testuz bajo el yugo, esforzndose entre los
gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por
sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirn, avanzaba
algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se
hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza  las
abrumadas bestias.

Era una diversin de raza primitiva, de pueblo en la infancia que an no
ha llegado  la vida del pensamiento y admira la fuerza como la ms
gloriosa manifestacin del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan
con el trabajo fsico, haca del vigor un culto, converta en diversin
los alardes de resistencia de los ms fuertes, admiraba como hroes 
los grandes partidores de lea   los expertos barrenadores, y para dar
carcter de fiesta  todos los esfuerzos del msculo en el diario
trabajo, asociaba  sus juegos al buey, manso y sufrido compaero de la
miseria campestre.

El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo,
recordaba las fiestas griegas, embellecidas al travs de los siglos por
el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos,
de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos
Olmpicos.

--S; se parecen--pensaba Aresti.--Pero como se asemejan el ave de
corral y el guila, porque las dos se cubren de plumas.

Cansado del montono espectculo que ofrecan los bueyes, tirando entre
el clamoreo del gento que no se fatigaba del largo plantn, el doctor
se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.

Vea Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincn del territorio
vasco, que slo de lejos rozaba la va frrea, y en el cual parecan
haberse refugiado el espritu y las tradiciones de la raza. Aquella
tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle,
estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de casern-palacio
tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de
aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunan los
comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra,
cuando haba que elegir un nuevo General de la Orden, pareca proyectar
su sombra sobre el valle y las montaas, formando los pobladores  su
imagen.

Aresti vea en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de
San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que
se consideraban como signos caractersticos de una personalidad famosa,
resultaban comunes  toda una raza.

El mdico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenan
las formas ms pronunciadas que las hembras vizcanas, con algo de
voluptuoso y mrbido que haca recordar el ttulo de Andaluca vasca,
que muchos daban  Guipzcoa; pero en su mirada haba una expresin
varonil y enrgica que haca pensar en las fanticas heronas de la
Vende. El odio al _guiri_, al espaol de pantalones rojos llegado de
las ms lejanas provincias para expulsar al rey legtimo, pasaba como
una herencia de generacin en generacin. Todos los hombres de edad
madura que ocupaban la plaza haban vestido, seguramente, el capote de
los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montaas, con
su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.

Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fbricas de armas, liberal y
poco religiosa, estaba prxima, y, sin embargo, pareca al otro extremo
del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen
infranqueables.

Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del
Corazn de Jess. Era el nico signo exterior de religiosidad: ni
alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos
donde flaquea la devocin y la verdad divina tropieza con enemigos. En
todo el valle pareca sobrevivir el espritu religioso, tranquilo y
confiado, de la Edad Media, la poca que menos se preocup de la fe, por
lo mismo que an no haban levantado la cabeza la duda y la impiedad.
Mostrarse el espritu de rebelin en una tierra que haba pisado el
bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que slo el
suponerlo hubiera hecho rer a aquella gente taciturna, orgullosa de
haber dado al mundo un santo de fama universal.

Pasado medio da, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparram
el gento por la poblacin. Lo ms interesante de la fiesta, las luchas
de los _aizkoralaris_  partidores de lea y la apuesta de los
barrenadores, quedaba para la tarde.

Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando  los
del pas con los taponazos del champagne y la exhibicin de las carteras
repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado
desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atradas por la
fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti haba salido a la calle
huyendo de la atmsfera posada del casino, cargada de gritos y nubes de
tabaco. Vea llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas
por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta,
guindola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con
la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre
como un fusil.

Cerca de la plaza, vi el mdico que la gente se detena ante una
taberna, formando compacto grupo y mirando  lo alto. En un balcn
cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina pareca tocar el
alero. En la calle se haba hecho espontneamente un gran silencio, y el
viejo, inmvil y grave, segua su canturria con cierta seriedad
sacerdotal. Cuando termin su ltima estrofa en vascuence, con una
entonacin aguda, todo el concurso prorrumpi en risotadas, que
contrastaban con la gravedad del cantor. Pero an no se haba extinguido
la carcajada del pblico, cuando son una nueva voz ms aguda y
estridente desde el balcn de otra taberna, y Aresti vi  un jayn que
cantaba como si contestase al viejo, mientras ste le escuchaba sin
pestaear, preparando mentalmente la contrarrplica.

El doctor conoca  aquellas gentes. Eran los _versolaris_, los
trovadores uscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesa
floreca en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos
campesinos que no saban leer, pero que mostraban cierto ingenio y una
gran facilidad de improvisacin. Sus versos slo tenan de tales las
rimas, con una completa ausencia de sentimiento potico. Lo que la
muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satrico, lo grotesco del
chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de
viva voz, un _versolari_ iniciaba el tema, seguro de que al momento
surgira la contestacin de sus rivales; y as, prolongndose el
razonamiento de unos  otros, agarrando cada cual el hilo de la
interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacan pasar al
pblico embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenan de sus
versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de
fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las
grandes ciudades.

Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo nio que rea las gracias
de los _versolaris_ y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de
producir la ms leve impresin en un hombre de la ciudad. En esta sana
alegra encontraba el mdico la gravedad del hombre del campo, su alma
sobria  la que basta la ms insignificante broma para alegrarse. Eran
espritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento
divertanse con cualquier cosa. Saban que los _versolaris_ eran
graciosos por tradicin y esto bastaba para que todos rieran aun antes
de comprender sus palabras.

El doctor observaba una vez ms el carcter de la poesa entre los
hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los
versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la
tristeza de la partida y la alegra del retorno, celos y desesperacin,
 se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la
belleza de los campos,  la majestuosa serenidad que desciende del
cielo. Viviendo en la eterna monotona de las bellezas naturales, no ven
en ellas nada de extraordinario, sintiendo con ms intensidad los
sucesos que tocan de cerca  sus personas. Tal vez son ciegos para la
hermosura de la tierra, condenados  luchar con ella eternamente, 
vencerla y violarla para sacar de sus entraas el sustento.

Ms de una hora llevaban los _versolaris_ lanzndose razonamientos de
balcn  balcn. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre
volva sus cabezas  un lado   otro, segn el sitio de donde parta la
voz. Todos los trovadores reciban como popular homenaje las carcajadas
del pblico, pero el que pareca triunfar era un viejo desdentado y de
cara maliciosa, sacristn de una anteiglesia de Vizcaya que tena gran
renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algn
admirador sala al balcn ofreciendo el jarro  su poeta, y ste,
despus de largo trago, acometa con nueva fuerza sus canturrias.

A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corri
 ella la gente, oyendo el silbido del _chistu_, que haca locas
escalas, acompaado por el montono baqueteo del tamboril. Los
_versolaris_ se ocultaron. Iba  comenzar la parte ms interesante de la
fiesta.

Los mineros bilbanos, rojos y sudorosos en su digestin de ogros,
fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores
sitios desafiando  todos con sus retos. A ver! quin quera apostar?
No haba que tener miedo por cantidad ms  menos: _haba cartera_ de
sobra para todos. Y exhiban ante la mirada atnita de los caseros,
habituados  la vida sobria y humilde de la montaa, aquellas riquezas
en fajos de papel mugriento. Los ms acomodados del pas se acercaban 
ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que pareca implorar
perdn.

La fiesta comenz por la lucha de los _aizkoralaris_. Haban colocado en
el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados
en la tierra, para que no rodasen. Son de nuevo el _chistu_ y el
_dambolin_, y salieron los partidores de lea, llevando al hombro sus
hachas relucientes. Arrojaron  un lado las boinas y alpargatas, y
subindose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.

Un rugido que equivala  un aplauso, acogi sus primeros golpes. Los
mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de
toros de Bilbao. Protegan con su benevolencia  aquellos partidores de
lea, como gente humilde que en nada poda interesarles. En las minas de
Bilbao no se partan troncos: poda, pues, concederse algn mrito como
leadores  aquellos rsticos.

Las hachas suban y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas
marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un
golpe ms fuerte, ms certero, extendase por la plaza un rumor de
aprobacin. El inmenso pblico adivinaba la marcha de los cortes sin
necesidad de verlos. Habituados todos  hacer lea en el monte, conocan
los diversos ruidos de las hachas como si stas hablasen. Saban, por el
crujido de la madera, lo que faltaba  cada tronco para partirse. Alguno
de los _aizkoralaris_ iba delante de los otros; les avanzaba por
momentos; su corte se aproximaba rpidamente al fin: hasta que de
pronto, un crujido especial, que no poda confundirse, hizo estremecer
el gento hasta los ltimos lmites de la plaza. Acababa de partirse un
tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinndose sobre la punta de
los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quin
era el vencedor.

Salieron los leadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda,
confundindose con el gento que comentaba los incidentes de la lucha, y
otra vez son el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes
arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el
momento emocionante, la hora del suceso que haba atrado  Azpeitia
tanta gente. Iba  comenzar la lucha de los barrenadores.

La muchedumbre callaba como los grandes pblicos de las plazas de toros,
cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero haca sonar sus
instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso
adelante, y casi rompi la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron
al espacio libre.

Todos queran ver  los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su
mirada por encima de los hombros que tenan delante.

El barrenador guipuzcoano era un mocetn mofletudo, de ojos abobados,
ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El
_Chiquito de Cirvana_ se pavoneaba con la palanca al hombro,
presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari clebre en
la cancha, mirando  las mujeres que ocupaban los balcones.

--Ol, mi nio!--gritaban los mineros. _En el Chiquito!..._ Ahora se
va  ver lo bueno de las minas. Aqu _hay cartera_ para l!

Y mezclando los gritos del pas con los que haban aprendido en las
plazas de toros, arrojaban ms all de la cuerda sus boinas y sus
carteras, pero llamando en seguida  los chicuelos para que las
recogiesen. El _Chiquito_ sonrea bajo la ovacin tumultuosa de sus
protectores, viendo al mismo tiempo una seal de su triunfo en el gesto
taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de
todos los del pas, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se
despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre
las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que deban
perforar. El trabajo durara dos horas: el que antes lo terminase 
llegase ms adelante sera el vencedor.

Colocronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las
piernas juntas y los talones tocndose. Entre los pies desnudos que
formaban un ngulo, suba y bajaba la barra de acero abriendo el
orificio. La ms leve desviacin, poda herirles, destrozarles un pie,
con aquel hierro movido por herclea fuerza. Pero no haba que temer:
sus brazos mostraban la regularidad de una mquina.

Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos.
Eran los padrinos que les asistan en la lucha. Se inclinaban y
levantaban al mismo tiempo que ellos, doblndose al comps de los
movimientos del perforador, sirviendo de pndulo que regulaba el vaivn
del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compaero con sus gritos:
rugan _haup! haup!_ al doblarse por la cintura, sealando cada golpe
con esta exclamacin. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con
los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban ms an
que el barrenador.

Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza.
Dieron la seal los directores de la apuesta y en la plaza estall una
aclamacin semejante  la que acoge la partida de los caballos en una
carrera. Despus se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el
_haup! haup!_ de los acompaantes con una regularidad mecnica,
interrumpidos algunas veces por el _brrr!_ de los barrenadores, que al
respirar jadeantes, parecan escupir su clera sobre la piedra enemiga.

Aresti sinti deseos de rer, viendo cmo se doblaban aquellos monigotes
humanos que seguan con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes,
fatigndose en un trabajo intil, para transmitirles su energa.

Transcurrieron algunos minutos. El _Chiquito_ trabajaba ms aprisa que
su rival. Suba y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la
vea. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo
movimiento; sus acompaantes no podan seguirle. Detvose un instante y
cambi de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que
pasaba  la segunda perforacin, dando por terminado el primer agujero.
Y su contrincante an estaba en el mismo sitio!...

--Ol, _Chiquito_!--gritaron agitando sus manos cargadas de
pedrera.--_Haup!... haup!_

Y en discordante coro juntaban sus voces  las de los dos vizcanos que
servan de auxiliares  su barrenador.

La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotona de todos
los espectculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate,
entretena el aburrimiento de la espera comparando  los dos
contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del
nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del msculo. El
hombre-caballo frente al hombre-buey. El _Chiquito de Cirvana_,
vehemente en su trabajo, dejaba atrs al enemigo con slo el primer
arranque: el otro segua su marcha sin darse cuenta de lo que le
rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase  los que
mugan junto  su odo _haup! haup!_ l era quien reglamentaba los
movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por
ellos como lo haca su contrincante.

En cambio, el _Chiquito_ detenase algunas veces, lanzaba en torno una
mirada satisfecha, se escupa en las manos, y agarrando de nuevo el
perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente an no se haba
detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando
la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.

Pas una hora sin que ningn incidente alterase la marcha de la lucha.
El guipuzcoano abra sus perforaciones, pasando de una  otra sin
levantar la vista. El _Chiquito_ le llevaba an un agujero de ventaja
como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su
alegra insultante. An admitan apuestas! Ofrecan un duro por cada
peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban
su asombro cuando vean aceptadas sus proposiciones por las gentes del
pas. Qu zonzos! Y cmo iban  perder el dinero!...

La segunda hora de la lucha se desarroll en silencio. La gente pareca
anonadada por la monotona del espectculo. La espera interminable
embotaba los sentidos, dificultando toda emocin. Por esto no hubo
gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenz 
iniciarse la ventaja del barrenador lento  incansable, sobre el
_Chiquito_ que haca temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.

Aresti presenta este suceso desde mucho antes. El _Chiquito_ se detena
 descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresin de
triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habanse sucedido al lado
de l varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el
relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompaaban tenan que
gritar _haup, haup, haup!_ con ms lentitud, esforzndose en vano por
animarle y enardecerle, tirando de l con la palabra como si fuese una
bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el ltigo, sin poder
salir de su paso.

El mdico senta angustia examinando  los dos contendientes, con la
cara plida, sudorosos, las piernas inmviles y como petrificadas, el
busto en incesante vaivn, los brazos hinchados por el esfuerzo; y
recordaba  otros que haban cado en aquellas apuestas brutales,
muertos como por un rayo, heridos en el corazn por el exceso de
actividad.

Los mineros miraban al barrenador rstico, y despus cambiaban entre s
ojeadas de asombro. Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecan
como si de golpe se alterase su digestin, ponindose de pie dentro de
su estmago, todas las buenas cosas tradas de Bilbao y rociadas con
_Cordn Rouge_. Presentan la posibilidad de la derrota: parecan olerla
en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus
enemigos.

Algunos ms enrgicos se revolvan contra la posibilidad del fracaso.
Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!...
Renaca su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces
con detalles de ruindad sus alardes de ostentacin. Haban apostado ms
de ochenta mil duros,  iban  dejarlos entre las uas llenas de tierra
de aquella gente? Cristo! Cmo se reiran de los mineros!...

Los ms furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse  los
acompaantes del _Chiquito_, se colocaban  ambos lados quitndose las
chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivn,  pesar de su
corpulencia; mugan _haup, haup!_ con toda la fuerza de sus pulmones,
como si con sus gritos pudieran hacer entrar ms adentro la palanca del
barrenador.

El _Chiquito_ cobraba nuevas fuerzas al ver junto  l  sus
protectores, y parta en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado
por nerviosa energa: pero el cansancio de los msculos tornaba 
imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran
cosa.

--Arrea, ladrn!--mugan sus ricos padrinos--Fuerza... porrones! Me
caso con tu madre!...

Y de este modo iban intercalando en el continuo _haup, haup!_ toda
clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que
hacan encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para
caer de nuevo en el desaliento.

Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El _Chiquito_ estaba en
la mitad de un agujero y an le faltaba abrir otro. Su contendiente
haba comenzado el ltimo sin apresurarse y sin descansar, lanzando en
torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con
el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.

Los mineros ansiaban una catstrofe, un temblor del suelo, algo que les
permitiese huir de all, sin encontrarse con los ojos de aquellas
gentes. El silencio con que acogan su victoria molestbales ms an que
los gritos irnicos de algunos forasteros, que parodiaban la
fanfarronera de los bilbanos, ofreciendo un duro por un real, en favor
del guipuzcoano.

Termin la lucha sin la explosin de entusiasmo que esperaba Aresti. El
gento se abalanz sobre el vencedor que miraba en torno de l con ojos
de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna
prxima.

Busc el doctor  sus compaeros y no vi  ninguno. Haban desaparecido
como evaporados por la derrota. Fuse en busca de ellos y encontr 
muchos en la puerta del casino subiendo  los coches, con el deseo de
huir de all cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En
el desorden de la fuga parecan marchar  tientas, sin fijarse en l.

Dentro del casino encontr al _Chiquito_ tendido en una banqueta,
envuelto en una manta, sudoroso y plido, con el aspecto de un nio
posedo de terror. Frente  l, an lanzaban sus ltimas maldiciones
algunos de las minas.

--Qu dice usted de esto, doctor?--preguntaron  Aresti con
desesperacin.

Y el mdico sonri, levantando los hombros. Era de esperar: haban
civilizado demasiado  su dolo: lo haban hecho conocer el champagne,
le haban arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro
de su clase, recin salido de la cantera, forzosamente haba de ser el
vencido.

Todos ellos sentan la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena
gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la
banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le haban
atiborrado  todas horas.

--Oyes, ladrn, lo que dice el doctor? Tu aficin al champagne.
Estaras borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil
duros, te enteras, sinvergenza? Ms de ochenta mil duros hemos perdido
por tu culpa.... Por all no vuelvas: te mataremos  patadas si apareces
en las minas.

Cada cual se alejaba, despus de desahogar su clera, con la
precipitacin loca de la fuga, sin preocuparse de los compaeros, sin
acordarse de invitar al doctor, con el egosmo de la derrota que borra
toda amistad.

El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompi  llorar.

--Don Luis! Don Luis!...

Y su voz tena el mismo acento de splica infantil que los lamentos de
los mineros cuando vean aproximarse el doctor  las camas del
hospital.

Todo lo haba perdido en un instante. Adis comilonas y agasajos, el
trato con los ricos, todo lo que le haca ser mirado con envidia por sus
antiguos compaeros cuando se dignaba subir  las canteras acompaando 
los contratistas! Era un hroe, un dolo y volva de pronto  ser un
trabajador.... Menos an, pues no encontrara un puesto en las minas. Si
volva all seran capaces de matarlo: le aterraban como un
remordimiento las grandes cantidades que haba hecho perder  los
seores.

--Me ir--gema.--Cmo se burlarn ahora de m!... Me embarcar en el
primer barco que salga para Amrica.

Un grupo de gente del pueblo le interrumpi. Venan para llevarse al
_Chiquito_: queran agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No
deba entristecerse: ya haban visto todos que era un gran barrenador.
Otra vez ganara l. Adems, la cuestin haba sido con aquellos seores
tan fanfarrones: l no era ms que un _mandado_. Su contrincante le
esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.

Y se lo llevaron, rodendolo respetuosamente, como un testimonio de su
gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.

Aresti volvi  la plaza. Comenzaba  obscurecer; la gente se haba
esparcido por las calles inmediatas, agolpndose  las puertas de las
tabernas. Los _versolaris_, cada vez ms ebrios, espoleados por el gran
suceso, improvisaban  rienda suelta, cantando el triunfo de los de la
tierra, con alusiones  los ricos de las minas, que provocaban el
regocijo de los aldeanos.

Iban alejndose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos
de campesinos beban el ltimo trago con los del pueblo, antes de
emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa
lucha durante la velada en la casera.

En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se
haba reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un
_aurresku_, la gran danza vasca que tena algo de rito primitivo. Un
gil bailarn que era el conductor del _aurresku_ lo iniciaba con el
paso solemne de la invitacin. Echaba la boina en tierra, y despus de
pedir la venia al alcalde que presida el acto, se diriga con una serie
de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad,  invitar
en el corro  la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No haba
ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posicin
social, se negase  este honor. Aresti haba visto  seoras de la
rancia nobleza admitiendo el _aurresku_ con campesinos y marineros. Era
una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer
apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos.
Ella no haca ms que completar el cuadro, mientras l, al son de las
interminables escalas del pito, pareca hablar con los pies, con la
mmica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y
alardes inauditos de agilidad gimnstica, que recordaban  Aresti las
danzas de ciertas tribus vistas por l en el Jardn de Aclimatacin de
Pars.

El pblico elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero
hablaba  sus amigos en vascuence  espaldas del doctor. Aquel
_aurresku_ no le llamaba la atencin; l los haba visto danzados por
reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto _aurresku_
bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado
para nadie, por ser la danza vascongada la ms honesta del mundo.

Aresti, al cerrar la noche, busc refugio en un fondn que serva de
alojamiento  muchos que iban al santuario de Loyola. l senta tambin
el deseo de visitar en la maana siguiente aquel convento, como una
curiosidad que le resarcira de su viaje. Despus estaba seguro de
encontrar en el tren de Bilbao  muchos de sus compaeros que habran
ido  pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del
lugar de la derrota.

El doctor pas la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas
de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedera
era como una antesala del convento.

A las seis de la maana sali del pueblo, siguiendo el camino recto que
atravesaba con geomtrica rigidez el valle de Loyola. Haba cado
durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y
limpiando de polvo los caminos. Las altas montaas estaban encaperuzadas
de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguos del
vapor, la nota blanca de los caseros y las manchas cobrizas de los
robledales. Los rebaos se esparcan por las faldas marcndose sobre el
verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos
vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.

Aresti lleg al monasterio  las siete. Su aspecto monumental y
aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio
de los campos. Los gorriones perseguanse en la doble escalinata de la
iglesia, y revolando de ciprs en ciprs, iban  posarse sobre la
estatua de mrmol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da
acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos
tneles de hojarasca, ofrecan su fresca sombra de tonos verdosos.

El doctor contempl con cierta admiracin el edificio enorme y
aplastante. No poda negrsele carcter propio. Los jesutas tenan un
arte suyo; el de la ostentacin y la carencia de gusto. No haba obra
arquitectnica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si
quisieran ser conocidos de lejos.

La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda
de piedra. Las columnas sostenan un frontn adornado con un escudo de
armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pinculos
rematados por esferas. Detrs escalaba el espacio la cpula del templo,
de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pinculos y bolas,
lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.

A ambos lados de la iglesia, extendanse las dos alas del monasterio, de
rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificacin,
enormes, sin ningn signo religioso. El monasterio, desprovisto de la
cpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.

A un lado extenda su corriente el ro Urola, pasando bajo un puente
metlico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto
lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban  hacer
ejercicios espirituales y no podan pernoctar en el monasterio.

Aresti entr en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de
mrmoles de vivos colores.Ah, el templo risueo y bonito! Los altares
eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mrmoles de
color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de
fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentase el deseo
de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba  los ojos una
sensacin de dulzura. Las imgenes eran sonrientes, charoladas y
bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitera. Los
segmentos de la cpula estaban ocupados por grandes escudos de las
naciones donde la Orden ignaciana haba adquirido ms arraigo; las
_provincias_ de la Compaa, como ella las llamaba en su ensueo de
dominacin universal.

El doctor abandon la iglesia despus de haber distrado con su
presencia  algunas seoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas
ante el altar mayor. Deban ser huspedas del hotel, devotas de
distincin, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa
del santo.

En el atrio, un mendigo se le aproxim, con esa solicitud de todos los
parsitos que viven  la sombra de un monumento frecuentado por
viajeros. De una barraca, situada junto  la escalinata, en la que se
vendan fotografas y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas
para ofrecerse igualmente. El seor deseaba ver la casa de San
Ignacio?...

Se indign el mendigo ante esta concurrencia. Largo de all! No tenan
bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y l fu
quien gui al mdico, por un ancho corredor que conduca  un patio
descubierto. All estaba la portera. Tir de una cadena, son una
campana oculta, se abri un ventanillio, y el mendigo, despus de hablar
por l, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas
cuantas piezas de cobre.

--Ahora mismo saldr el hermano.

Pas el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el
agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la
antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, haba abarcado
en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejndolo
dentro de su recinto, pegado  la nueva edificacin.

La pequea casa, que an pareca ms mezquina al ser tragada por el
monasterio, resultaba lo ms hermoso de toda aquella balumba de
albailera pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba
el perodo de transicin del siglo XV: la diversidad de gustos
superpuestos de aquella Espaa catlica que an tena moros en su
territorio. El cuerpo inferior, el ms grande y fuerte, era de grandes
bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y stas pequeas y
profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir  cubierto de
sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con
ladrillos rojos, marcndose sus dos pisos con dos fajas de dibujo rabe,
y en los cuatro ngulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes,
que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la
sombra alarma, el perpetuo miedo  los bandos que desgarraban el pas
vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia,
copiada de los rabes; la alegra en la construccin, de un pueblo
artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soar en
ellas  la cada de la tarde, despus de haber ledo un libro de
caballeras.

Aresti crey encontrar en este edificio algo de la dualidad de carcter
del caballero igo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al
cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva,
el alegre coronamiento, el castillete morisco se haba convertido en
humo, se haba derrumbado, quedando nicamente en pie la base ptrea,
sombra, con su tono lgubre de crcel y fortaleza al mismo tiempo.

Se abri la portera y sali el hermano.

--Santos y buenos das!--dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al
mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rpida mirada
al visitante.

Era un joven que llamaba la atencin por la delgadez del cuello que
haca ms enorme su crneo, y por la forma de sus orejas abiertas como
abanicos, como si quisieran despegarse. Detrs de ellas la piel floreca
con un sinnmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras
rezumando, con una frescura que atraa  las moscas.

Era el hermano encargado de ensear la casa del santo. Por debajo de las
sotanas asomaban unas zapatillas de pao, con las que andaba sin el
menor ruido: un calzado de espionaje que le permita, como  los dems
servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin
turbar el aislamiento de los Padres.

Atraves el patio hablando  Aresti de las suelas de su calzado, que
eran de pao y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificacin
ms. Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido
interiormente en capilla. All hacan las seoras sus ejercicios no
pudiendo entrar en el monasterio.

Subieron la escalera, adornada con imgenes en cada rellano, y entraron
en la antigua cmara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la
atencin del visitante era la escasa elevacin del techo. Poda tocarse
con la mano, pareca que iba  aplastar con la pesadez de su grueso
artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos
encuadramientos.

El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las
telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas:
testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas  la
Compaa. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrs de un
vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras
de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta lea un libro, vestido
con gregescos y capotillo de vueltas de velludo como un galn del
teatro clsico. Una batera oculta de luces elctricas iluminaba esta
exhibicin de feria.

El hermano no poda ocultar su admiracin cada vez que explicaba el
significado de esta parte del altar, no obstante los aos que llevaba
ensendola  los forasteros. Aquella figura de cera era de don igo
de Loyola, cuando an no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la
Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo
en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fu el
punto de partida de su conversin.

Con voz de _cicerone_ convencido, el hermano explicaba  Aresti la
historia del santo.

--Dios le llam  su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvid de
todo,  pesar de que era un caballero muy galn y mundano Porque nuestro
santo padre San Ignacio era militar, sabe usted?... militar.

Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiracin y respeto.
El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia,
los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden haba
sido soldado, sonrea con cierta malicia, como si pensase en los
devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales
alguna habra tocado al santo, cuando an no pensaba en serlo. Le
llenaba de orgullo la nobleza y el carcter caballeresco de la juventud
del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenan entre sus
iniciadores ms que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las
ltimas capas sociales.

Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera,
tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombro, en el vasco de
carcter complicado, que llen el mundo con su nombre, siendo cada
perodo de su vida una contradiccin violenta. Primero, el soldado
presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer
bello, y perder la rudeza propia de su pas. Despus, al convencerse de
que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la
raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces
le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo
tiempo, se convierte en matn de la Virgen, queriendo dar de pualadas 
un morisco que blasfema de ella, y poco despus se deja apedrear por los
chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas
extravagancias, remedo de las de San Francisco de Ass. Pero la dulzura
potica del solitario de la Umbra, su santidad soadora, no cabe en el
carcter positivo y prctico de un vasco. Ya que se dedica  Dios, ha de
ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe
servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea
renacen en l. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana
necesita un fuerte auxilio, y lleva  la religin la disciplina del
campamento, fundando, no una Orden, sino una Compaa, organizando un
ejrcito negro que ofrece  los Papas, formando los soldados en el molde
de su frrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio,
con la rigidez de los autmatas, con esa insensibilidad que hace
invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte
de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillera, toma aires de
vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre
los prncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y
muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentneamente al
catolicismo conservndole los pueblos latinos.

Aresti admiraba  igo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza,
incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando
instintivamente el poder y la riqueza de la santidad asctica, por la
que haban pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la
penitencia, comidos de parsitos, sin otra fortuna que la soga ceida 
los riones.

Haba sido un admirable comerciante de la religin: un talento prctico
surgido  tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra,
ordenando sus negocios, dndoles nuevo rumbo y fundando su Compaa,
aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban
por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas,
para la mayor gloria de su Dios.

El hermano sac al mdico de su ensimismamiento, ensendole la parte
superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazn del santo.
Era lo nico que all conservaban del fundador. El cuerpo, como saba
todo el mundo, estaba depositado en el _Jesu_ de Roma.

--S: lo conozco. Lo he visto--dijo Aresti.

Sin saber por qu, sinti la necesidad de deslumbrar con un embuste al
simple lego, el cual pareca convencido de que la humanidad entera se
interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase
dnde estaba el cuerpo de San Ignacio.

--Ah! El seor ha estado en Roma!--exclam el hermano mirndolo con
cierta admiracin, como si de repente creciese ante sus ojos.

--S--dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le
admirase aquel pobre hombre.--Estuve cuando la ltima peregrinacin.

El hermano modific sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para l uno
de tantos viajeros de los que llegaban atrados por la curiosidad;
muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de pases que
despreciaban  la Compaa. Era uno de la familia, casi poda
considerarse como de la casa; y el hermano mostr empeo en enserselo
todo minuciosamente, desbordndose en palabras, con la locuacidad del
que pasa mucho tiempo condenado al silencio.

Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinndose para ceder
el paso  aquel seor tan simptico. Era una pequea habitacin, sin
otro adorno que un retablo.

--Aqu estaba enfermo nuestro santo fundador,--dijo con voz meliflua--y
aqu fu su conversin. Pidi  la familia un libro de caballeras para
entretenerse, pero como Dios tena puestos sus ojos en l, hizo que
nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa.
Entonces ley una historia de la Virgen  inmediatamente sintise tocado
por la gracia y decidi dedicarse  la vida santa, renunciando al mundo.

Despus, el lego busc en la pared, sealando una grieta que la cruzaba.

--Mire usted esto, caballero. Por fuera an se ve mejor; llega hasta el
suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo.
En el mismo momento que el santo decidi dedicarse  Dios, tembl el
suelo y se estremeci toda la casa, quedando esta abertura como
recuerdo. Era el demonio que acoga de este modo la resolucin del
santo.

--Sera de rabia--dijo Aresti con gravedad imperturbable.

--De rabia y de miedo--contest el hermano con modestia.--Tal vez el
maligno tembl, adivinando que el santo iba  fundar nuestra Orden.

Pasaron  otra habitacin en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez
que el lego vease ante el altar, caa de rodillas, causando la
admiracin del mdico, por el gesto con que rezaba su corta oracin. El
cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el
cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que
quisiera tocar el cielo.

--En esta habitacin--dijo el lego--naci nuestro santo fundador. Aqu
tuvo tambin el hermano Garrido su revelacin portentosa. Usted habr
odo hablar de ella....

Pero viendo que el seor permaneca impasible, dijo con cierta
impaciencia:

--Pero usted s que sabr quin era el hermano Garrido.

--Oh! mucho--dijo Aresti, que oa por primera vez este nombre.

--Ya esperaba yo--continu el lego--que un seor como usted conocera al
hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el
tiempo preciso.

Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad
universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus
glorias. En aquel mismo cuarto, estando en xtasis el hermano Garrido,
se le haba presentado la Virgen anuncindole con veintids meses de
anticipacin, el asalto de los conventos y la degollacin de los
frailes, en los primeros aos del reinado de Isabel II.

--Entonces--dijo Aresti--los padres de la Compaa, avisados con tiempo
no seran vctimas de las turbas.

--A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid--contest el
lego.--El hermano Garrido era modesto, y se call la revelacin, no
hacindola pblica hasta despus que lleg aqu la noticia de los
asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto ser algn
da un santo ms de nuestra Orden.

Haba terminado la visita  la casa de San Ignacio. De un momento  otro
llegaran las seoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el
hermano senta cierta pena por separarse tan pronto de aquel seor
devoto que le escuchaba sin pestaear como si le admirase.

--Quiere usted ver el monasterio?--le pregunt.

Esta invitacin no la haca  todos los visitantes: pero con l era
distinto; l haba ido  Roma en peregrinacin y haba visto el cuerpo
de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galera
cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas
del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jvenes
que trabajaban de carpinteros y albailes; mocetones de la montaa que
deseaban emanciparse del terruo, prestando sus brazos  la Compaa
para el trabajo reposado y lento de las casas de religin; libres ya de
la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvacin
eterna, slo con obedecer ciegamente  los superiores.

--Quiere usted subir  la biblioteca?--pregunt el hermano.--Tiene poco
que ver: todo en ella es antiguo.

--Lo antiguo era lo mejor--dijo Aresti con gravedad.

--Usted est en lo cierto. Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente
como usted! No como la gente de ahora que slo lee novelas y libros
malos contra la religin.

La biblioteca estaba en el ltimo piso; una gran sala, por cuyas
ventanas entraba  raudales la luz del sol, vindose desde ellas los
montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de
la estantera contenan diversas ediciones de clsicos griegos y
latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores
teolgicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en
favor y defensa de la Compaa de Jess. Aresti lea con curiosidad los
nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y  los cuales
atribua el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en
aquella biblioteca: ola  sepultura.

Descendieron  los claustros. El mdico tema encontrarse con algn
Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero  aquella hora
los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros nicamente
pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizndose sin
ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio
varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de
mrmol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.

Aresti, solicitado por el lego, entr en una celda de las que servan de
alojamiento  los seglares durante los diez das que duraban los
ejercicios.

--Pobrecito--deca el hermano ensendola,--pero decentito y limpio.
Aqu vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta
ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras
curiosean su alma.

El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones.
Junto  la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro
se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.

Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor
artstico, pero de cierto inters histrico. Eran los Padres ms famosos
de la Compaa por las aventuras y peligros de su existencia; los
propagandistas del jesuitismo que se haban esparcido por la tierra en
la primera expansin de la Orden recin fundada, ocultando su carcter y
sus fines, amoldndose  los gustos y costumbres de los pases donde se
establecieron. Los haba con grandes barbas, recios capotes, altas botas
y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por
el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en pases de hielo.
Otros vestan la bota floreada de la aristocracia china: haban sido
mandarines, llegando  aconsejar  individuos de la dinasta Celeste. Y
adems de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras,
figuraban los mrtires, los que haban perecido bajo las flechas de los
trtaros  los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes
imperios catalpticos  insensibles, haba tentado  aquellos
propagandistas de la autoridad y de la vida automtica y sumisa.

Aresti vi todo el resto del monasterio: el refectorio, con su plpito
para la lectura; la capilla, en la que hacan los hombres sus ejercicios
espirituales, colocando los Padres  la puerta una bandeja para que los
jvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones  la Virgen; la
cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos
slidos que correspondan  los individuos en cada comida: el saln
acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo
nico, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba
prohibido, era mal visto por los superiores.

--Queda la huerta. Quiere usted verla?--dijo el hermano con el deseo de
prolongar algunos minutos ms el trato con aquel seor que le escuchaba
con tanta atencin.

Salieron  una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo
haba una pequea granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el
hermano con tierna admiracin. Los pjaros turbaban el silencio
monstico de aquellos campos, revoloteando en torno de los rboles
frutales.

Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguan
ellos. Era la nica persona que paseaba por la huerta.

Aresti lo vi de espaldas y aceler el paso como s le acometiese de
pronto una duda y quisiera salir de ella.

--Es un seor muy rico, muy rico!--dijo el hermano, adivinando su
curiosidad.--Est haciendo los ejercicios seis das. Creo que es de
Bilbao y que le llaman...

Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvi oyendo
el ruido de los pasos.

--Pepe!...--grit el doctor.

La sorpresa no le permiti decir ms al reconocer  Snchez Morueta.

--Luis!... Primo!...--exclam ste no menos sorprendido.

Pero, pasada la primera impresin, hizo un movimiento de molestia
semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.

El hermano,  impulsos de su meliflua cortesa, sigui andando para
detenerse  alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo
respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los
Padres, permitindole fumar en su cuarto y bajar  la huerta  todas
horas, con otros privilegios no menos importantes que slo se concedan
 muy contadas personas. El visitante que l acompaaba tambin adquira
una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente
con el personaje.

Los dos hombres quedaron mirndose en silencio largo rato.

--T aqu?...

Y Aresti encerraba en esta exclamacin toda la fuerza de su asombro.

Snchez Morueta sonri de un modo que su primo no haba visto nunca en
l. Era una expresin de resignada modestia, de decaimiento de la
voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de
extraordinario desde la ltima vez que se haban visto.

Cristina y la nia le acompaaban en los ejercicios. Muchas familias de
lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las seoras en el
hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba all seis
das y le faltaban cuatro.

--Y ests bien? Te gusta esta vida?

--S--contest el millonario con sencillez.--Me sienta perfectamente: no
tienes ms que mirarme.

Snchez Morueta pareca repuesto de su crisis. Nada quedaba en l del
enfermo que haba visto Aresti en su ltima visita  Las Arenas. Su
mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguneo de sus
primeros tiempos de luchador haba vuelto  animar su rostro.

El mdico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida
en aquella casa: todas con arreglo  la distribucin del tiempo marcada
por el director de sus ejercicios. Se levantaba  las cinco y media de
la maana;  las seis bajaba  la capilla, leyendo durante media hora
aquel libro que le acompaaba siempre: despus meditaba una hora, oa
misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez  paseando por la
tranquila huerta que los buenos padres ponan  su disposicin. Meditaba
de nuevo hasta medioda en su celda, recibiendo la visita de su
director, rezaba el Va Crucis en los claustros, coma  la una
descansando de nuevo hasta las cuatro, y  esta hora bajaba  la capilla
para escuchar las plticas con los otros compaeros de ejercicios. A las
siete era la estacin al Santsimo Sacramento, despus el Rosario, los
dolores y gozos de San Jos y el examen de conciencia de todo lo hecho
durante el da:  las nueve la cena y  las diez se acostaba.

l, que en el mundo poda dar rdenes  miles de seres, gozaba la
extraa dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era
superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el
refectorio, le parecan de una voluptuosidad extraa despus de tantos
aos de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los
primeros das haban sido duros para l, pero ahora paladeaba la dulzura
de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad,
empequeecindose, pensando  todas horas en la muerte para convencerse
de la humana insignificancia.

El mundo al que haba de volver le pareca lejano, muy lejano. Aquel
Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus
agitaciones de lucro, con sus fiebres de egosmo, de las que no llegaba
nada, absolutamente nada,  aquel tranquilo rincn.

--Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfaccin que adivino en mi
mujer y mi hija, me llena de alegra. Tengo la certeza de que al salir
de aqu nos querremos ms; que constituiremos una verdadera familia
cristiana, como dice....

Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba.
Pero se arrepinti de su duda como de un pecado, y aadi con energa,
queriendo imponer su conviccin:

--Los jesutas no son malos como yo crea torpemente. Debes salir de tu
error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. Ay, si t los
tratases!

Despus habl de Urquiola, que les haba acompaado  los ejercicios,
pero haba tenido que salir el da antes para Bilbao, llamado por el
Padre Paul; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones
cerebrales, y sin ambicin, que tanto contrastaba con su existencia de
Bilbao.

--Creo, Luis, que si no tuviese  mi mujer y mi hija, aqu me quedara
para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es:
penas y maldiciones.

Aresti le escuchaba silencioso, mirndolo fijamente, sin pestaear, como
en presencia de un enfermo; de un caso interesante.

--Y qu es eso que llevas ah?--dijo de pronto, agarrando el libro que
su primo conservaba cerrado en una mano.

Le bast una ojeada para conocer el pequeo volumen encuadernado en
pasta, con una impresin gruesa y vulgar de libro devoto. Era los
_Ejercicios espirituales de San Ignacio_, explicados por el Padre
Claret, el famoso arzobispo de Trajanpolis, que tanto haba influido
sobre los ltimos aos del reinado de Isabel II.

Aresti conoca el libro. Muchas veces lo haba encontrado sobre su mesa
cuando viva con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad,
hablando de las dos banderas: la una de Cristo Seor Nuestro, sumo
capitn; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza
humana. San Ignacio y el Padre Claret llegaban  la elocuencia ms
conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de
maldicin era tan intenso, que una sola centella reduca  polvo una
piedra de molino; si caa sobre un globo de bronce lo derreta al punto,
como si fuese de cera, y si en un lago reducido  hielo, lo haca hervir
en un instante. Los condenados sentan este fuego en el cerebro, los
dientes, lengua, garganta, hgado, pulmn, entraas, vientre, corazn,
venas, nervios, huesos, mdula de stos, sangre y hasta en las potencias
del alma, y despus de la horripilante enumeracin, San Ignacio
preguntaba al alma del pecador con quin deseaba irse, si con Dios  con
el Demonio. Ah, msero Luzbel; ridculo pazguato que ofreca con torpe
malicia las cortas felicidades de la tierra  cambio de una eternidad de
tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las
almas despus de los santos ejercicios.

Snchez Morueta hablaba de stos. Los primeros das estaban dedicados 
meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Despus se
meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la
misericordia de Dios.

--Pero t crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan
vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?

La firme mirada de Aresti turb  su primo.

--Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me
callo por no molestar  mi director. Pero todo esto me causa cierto
bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve  la
tranquilidad de la niez. Creo algunas veces que aun me mecen
susurrndome cuentos al odo.

El mdico sonrea, y Snchez Morueta se apresur  aadir:

--Pero me siento ms feliz, ms tranquilo que antes. Adems, en estas
meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni t ni
nadie podis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y
no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada anso, y no
encuentro ante m nada que conquistar, la tengo mucho miedo.

Y el terror  lo desconocido,  la muerte inevitable,  la eterna
sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto
desesperado.

Aresti recordaba la pgina de la Muerte en el libro de San Ignacio, una
pgina de brutal realismo, que haca temblar  los hombres y llorar de
horror  las mujeres. Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso
 idolatrado, ya muerto: ya est sepultado, ya cay.... Luego, se le
acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y
complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza  manar;
tambin se acercan los ratones, taladran sus vestidos  mortaja; se
enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan  comer la
lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido.
Mientras tanto, la putrefaccin se va aumentando: ya se ve pulular una
grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de
la cara y de todo el cuerpo: ya se concluy la comida: ya los gusanos
mueren de hambre, dejando all unos huesos negruzcos y descarnados, que
con el tiempo se calcinarn y convertirn en polvo. Acurdate, hombre,
que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues
eres hombre de humo  tierra.

--Lee esto! lee esto!--deca el millonario abriendo el libro por
aquella misma pgina que tena sealada, como si fuese su obsesin.--La
Muerte!--murmuraba luego.--Se habla de ella muchas veces, pero sin
pensar en lo que realmente es, sin pararse  mirarla de cerca.... Qu
horrible! Luchar toda la vida para dar gusto  la carne, para preparar
el pasto del gusano....

Despus, en voz baja, dijo al doctor:

--Debe existir algo despus de la muerte. No s ciertamente si ser lo
que aqu dicen  lo que digan en otra parte. Pero qu pierdo yo con
creer  ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y
bueno es, por si hay algo ms all, ir preparado  todo, sin miedo 
engaos.

Aresti sonri con lstima, ante aquel espritu comercial, que examinaba
la vida futura con el mismo egosmo que si apreciase las probabilidades
de un negocio.

Ahora s que le deca adis para siempre. Su primo estaba bien agarrado,
por el egosmo y el miedo  la muerte, las dos flaquezas de los felices.

--Debas quedarte aqu, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente
simptica. Qu perderas con ello? Aunque no creyeses en todo, podas
callarte y ser feliz. Qu sacas de tanto estudio? Ests seguro de que
todo lo que t crees es verdad? Y si despus de morir te encontrases
con la inmensa equivocacin de que hay algo?...

El doctor le estrech la mano con frialdad, convencido de que se
separaban para siempre, de que en adelante se miraran con extraeza,
como si fuesen otros hombres.

Y Aresti sali de la huerta, precedido por el hermano, que ahora
callaba y pareca tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese
escuchado de lejos parte de la conversacin.

Antes de salir, an se volvi para ver  su primo, que le segua con los
ojos y pareca decirle:

--La Muerte, Luis!... Piensa en la Muerte!




X


A las diez de la maana lleg el doctor Aresti  Bilbao un domingo del
mes de Septiembre.

El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas
y las riberas de la ra. Todos mostraban prisa por llegar  la plaza de
Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los
patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los
cuales venan amenazando con una huelga haca dos meses. La reunin
popular era el _ultimtum_ que lanzaban los trabajadores.

Los primeros trenes de la maana haban trasladado  Bilbao mayores
cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de
la villa.

No todos iban al mitin. Descendan tambin de los vagones aldeanos con
gruesos garrotes, escoltando  los curas de su anteiglesia. Estos grupos
rurales llegaban para la gran romera que subira por la tarde al
santuario de Begoa.

El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesutas y
los bizkaitarras, se encontraban en el mismo da. Un ambiente belicoso,
que excitaba los nervios, haciendo ms duras las palabras y ms
insolentes las miradas, pareca pesar sobre la villa.

En el camino haba apreciado Aresti el estado de los espritus. El vagn
estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban  la
romera. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban
nerviosamente sus _cachabas_, oyendo las burlas de la gente de las
fbricas.

Callaban porque en aquella va, invadida por la moderna industria, eran
menos las gentes del campo. Ay, si aquello hubiese sido en la lnea de
Durango, por donde descendan los rebaos de la fe para la fiesta de la
tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes  la cabeza!...

Al bajar del tren el doctor Aresti, oy que alguien le llamaba.

Era el capitn Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones
de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto 
l, husmeaba sus manos.

--Buscas la bronca, eh?...--dijo al mdico.--T vienes porque te gustan
estas cosas, y yo me voy por no verlas.

Se marchaba  cazar _chimbos_  cualquier parte: le interesaba huir de
Bilbao, no ver lo que seguramente ocurrira.

--El aire huele  plvora, querido _Planeta_: van  llover palos. Al
venir  la estacin me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la
que conoc durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos
los que creen que esto marcha mal, se estn reuniendo en la plaza de
Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las
iglesias y se ensean los revlvers en los rincones de las sacristas.
El Padre Paul predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el
zascandil de Urquiola anda arengando  la juventud salida de Deusto,
para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre
dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en
ver estas cosas.

Aresti le escuchaba con inters. Haba hecho el viaje atrado por la
posibilidad de un choque. Deseaba ver cmo los obreros de la montaa, y
los industrialillos de la villa se atrevan por primera vez con el
jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo
que se deslizaba en sus entraas, despus que lo haba derrotado por dos
veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubra con la boina
blanca.

--En esto llevas razn, Luis--dijo el capitn enardecindose.--Si me
voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba
al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta
para huir. Porra! De qu nos ha servido tanto comer pan de habas y
carne de caballo  los que disparbamos el fusil en las trincheras, si
aquellos  quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los
amos? Cmo est hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin
tropezar con un cura. Los que hace aos bombardearon la villa y hoy
daran cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como
seores. Han bajado en manadas para ver  la Virgen, con el revlver en
el bolsillo, y miran  todos con insolencia, como deseando que llegue
pronto el momento de matar perros liberales.

El capitn mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se
mezclase en la lucha. Tena miedo  su entusiasmo: poda sin darse
cuenta liarse  golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le
irritaba.

--Yo no soy ms que un empleado, Luis: un dependiente de Snchez
Morueta. Y figrate lo que hara doa Cristina si me viese mezclado en
el jaleo; lo que dira el mismo Pepe, que tan cambiado est!... Bastante
hago con defenderme y quedar  un lado, pues por su gusto ira esta
tarde camino de Begoa.

El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el mdico y el marino
hablasen de la gran transformacin de Snchez Morueta. Muy poco haba
sabido de l Aresti, despus de su encuentro en el monasterio de Loyola.

--Es otro hombre--dijo Iriondo con tristeza.--Aquella casa ya no es la
misma.

Y evitaba dar ms detalles, con la prudencia del subordinado fiel que
teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.

--Qu porra! T eres de la familia y debes saberlo todo. Adems, eres
mi amigo y quieres  Pepe. Ay, _planeta_! Aquello ya no es casa, es un
convento, y cualquier da, el que fu nuestro grande hombre acabar por
traernos el Padre Paul al escritorio, para que dirija  los empleados.
No se separa de l un instante.

Y describa con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban;
todos estaban sobre l: la esposa, la hija, hasta aquel nio
inaguantable de Urquiola, que le deca con la mayor insolencia: To, no
haga usted eso, to haga usted lo otro. Por el momento, Snchez
Morueta slo era el to: pero no acabara el ao sin que el abogadillo
le llamase pap. Se casaba con Pepita y todos parecan satisfechos de
tal matrimonio: la nia, la madre y el Padre Paul. El millonario
callaba, como si estando contentos los dems no necesitasen consultar
sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba rdenes
imperativamente  los empleados. Hasta con el capitn se atreva; con el
viejo amigo de Pepe,  quien siempre hablaba ste con fraternal
atencin. Porra! A la vejez, despus de una vida de noble 
independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes
se retirara, abandonando  Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el
Pepe que l conoci.

--Cmo nos lo han cambiado, Luis. Querrs creer que un da en el
escritorio, al volver de Loyola, me cont con el mayor entusiasmo que
haba hecho una confesin general, un recuento de todos los pecados de
su existencia y me afirmaba que despus de esto se senta con mayor
salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado cada como esta. La
mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. No
sabes la ltima hazaa de ese pilln?... No la sabrs: todo Bilbao habla
de ella, pero  las minas no llegan estas cosas.

Y relat  Aresti un suceso digno de la seccin de tribunales de un
peridico. Urquiola haba dado un abortivo  aquella infeliz que viva
en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una
esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda
del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paul
le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba
concertado con la primera fortuna de Bilbao, y  viva fuerza haba
provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de
la vecindad, haban hecho intervenir en el asunto al juzgado. Un
escndalo, pero nada ms! En aquella poblacin todo se doblegaba  la
influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.

--Y Pepe--continu el capitn,--sin enterarse de nada; y si algo sabe,
como si no lo supiera. Basta que doa Cristina afirme que todo es
mentira para que l lo crea: basta que el Padre Paul le diga que
Urquiola ser un grande hombre para que l escuche impasible sus
necedades y bravatas de cabecilla. Ay, Luis! Qu dominacin tan rpida
y absoluta la de esa gente!...

Iriondo describa su influencia extendindose  todo lo que estaba bajo
la direccin de Snchez Morueta,  las fbricas, las fundiciones y hasta
los barcos. Sin respeto  su cargo de inspector de navegacin de la
casa, le hacan despedir  marinos viejos que llevaban muchos aos al
servicio de Snchez Morueta, y admitir  otros jvenes que, apenas
tomaban posesin de su camarote, pegaban frente  la litera una imagen
del Corazn de Jess. l no osaba protestar ante el gesto autoritario
del amo, y el miedo  los que, ocultos tras l, regulaban sus palabras y
acciones.

La semana anterior le haban dado orden de despedir  todos los obreros
que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias 
se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impas. Cristo!
l,  sus aos, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana;
obligndole aquellos seores  que ensease catecismo y buenas palabras
 los cargadores del Nervin!...

--Pues, y en los altos hornos?--exclam despus el capitn,--All va 
haber cualquier da una huelga, seguida de la degollina de todos los
beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se
fu Sanabre, aquel chico tan simptico, la fundicin es un infierno.
Pepe tendr cualquier da una sublevacin ruidosa, y  los huelguistas
no les faltar motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los
que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van  la
calle, y los talleres se llenan poco  poco de hipcritas, que trabajan
como saben  quieren, pero que son respetados porque van  misa y se
inscriben en las sociedades de obreros catlicos.

El decaimiento moral de Snchez Morueta, la abdicacin de su voluntad,
irritaban al marino.

--Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesin general es como el
traje nuevo de un nio: no se atreve  hacer nada, por miedo 
mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante
 un fraile. No sabe hablar ms que de la muerte; de lo que
encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por
arriba y por abajo, y el muy camastrn tiene mejor color y est ms
fuerte que nunca. Si yo me atreviera con l como t, le dira: Qu
porra: ya s que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras
la muerte no llega, vivamos cada cual  su gusto, sin hacer la santsima
 los dems, que es lo nico en que gozan los que piensan  todas horas
en su alma.

Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitn se
despidi de Aresti.

--Esta tarde, en la romera, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez
vaya en ella Pepe con su escapulario.

Aresti di salida  su asombro con un juramento. Quin! Pepe sera
capaz de exhibirse en aquella farsa?...

Iriondo no tena la certeza de ello pero lo presenta. Era un suceso que
llevaba preocupada  toda la familia durante la semana. La esposa quera
verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los
devotos. Qu triunfo para la religin! l, despus de volver  la buena
senda, no poda negar  Dios el prestigio que dara  la santa causa
esta adhesin pblica de un hombre de su fortuna y su poder. El
millonario se resista, adivinando lo ridculo de esta humillacin;
defendase agarrado  un harapo de su antiguo carcter. Pero todos caan
sobre l, martilleando la dbil corteza de su voluntad reblandecida. La
madre y la hija se lo suplicaban. Las dara tanto placer con ello!...
El Padre Paul hablaba con desprecio de los cobardes que slo aman 
Dios en su casa y temen manifestarlo pblicamente, y el matoncillo
Urquiola haca burla de los que no se atrevan  salir  la calle por
miedo  los impos.

--Ir, estoy seguro--dijo el capitn con tristeza.--Lo arrastrarn, la
familia de un lado, y de otro el miedo  parecer cobarde. Adis, Luis,
y ten prudencia! Mira que hay cerrazn en el horizonte y la borrasca de
esta tarde va  ser de cuidado.

El doctor subi la larga escalinata de la estacin, y al salir al puente
del Arenal vi muchos balcones colgados con trapos de colores 
inscripciones en loor de la Virgen de Begoa. En las Siete Calles, lo
ms tpico y tradicional de la poblacin, las casas empavesadas ofrecan
el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre
banderas el mismo rtulo en honor de la _Seora de Vizcaya_. Las gentes
mirbanse con aire hostil; la poblacin, dividida en dos bandos, pareca
estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa
contemplaban con simpata  con odio  los grupos de campesinos y de
obreros, segn eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al
vecino, y todos decan lo mismo en sus conversaciones.

--A la tarde!... Oh,  la tarde!...

Aresti, despus de errar ms de una hora por la villa, se encontr al
atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que
le salud con un gruido, llevndose con cierta violencia la mano  la
boina.

--Ya sabe usted, doctor, que usted es el nico burgus que yo saludo.

Era el _Barbas_, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas
de vagancia encogido en el suelo, inmvil, como un profeta de horrores,
escupiendo amenazas  insultos sobre los ricos del pas. Haca tiempo
que haban demolido su barraca, despus de socavar el suelo. La vieja
compaera haba muerto de miseria y l vagaba por las minas, durmiendo 
la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta
limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de l, miraba
con ojos feroces  los obreros.

--Bestias!--les gritaba como si cometiesen un crimen.--Tenis la
dinamita en vuestras manos y la empleis en eso!...

El doctor contest  su saludo alegremente.

--Compaero! T aqu?...

Haba llegado por la maana en un tren lleno de obreros. Por supuesto,
sin billete; los compaeros queran pagrselo, pero l haba protestado,
ocultndose para viajar sin que los burgueses le explotasen.

--Y el mitin?--pregunt Aresti.--No vas al mitin?

El _Barbas_ hizo un mohn de desprecio. l no perda el tiempo en
bobadas. Se saba de memoria todo lo que all podan decir. Necedades y
cobardas. Pedir ms jornal  que lo pagasen de este modo  del otro;
reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que
trabaja. Como si esto sirviese de algo! Eran unos _cataplasmeros_. Y en
esta palabra envolva todo su desprecio  los que buscaban con reformas
paulatinas y con una organizacin fuerte y disciplinada el mejoramiento
del obrero.

--Cataplasmeros, doctor--gritaba.--Nada ms que cataplasmeros. Este es
un pas acostumbrado  la disciplina y  la autoridad: por eso el pobre
que en otro tiempo fu carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas
organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco
 poco. Pero ya se cansarn de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero
y entonces seguirn al _Barbas_ y  otros como l, y en veinticuatro
horas se arreglar todo  acabar todo. El pobre pide justicia y la
justicia ni se solicita  pedazos ni se regatea: se toma como se puede,
aunque acabe el mundo.

Despus explic por qu haba hecho el viaje. nicamente le atraa lo
que pudiera ocurrir por la tarde. Quera convencerse de que los pobres
se atrevan por fin con los ricos: deseaba ver cmo corran todos los
enemigos por l odiados, sin que les valiese la proteccin de los dolos
celestiales  los que levantaban palacios, mientras l vagaba por el
monte como un perro sin abrigo.

La esperanza del choque y de la lucha le estremeca de placer. Husmeaba
el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha
oliendo la plvora.

--Bronca!... Ya se ha armado!--exclam con alegra, mirando al otro
lado del puente.

Por la avenida del ensanche corra  todo galope un grupo de jinetes de
la guardia civil. En ltimo trmino, vease una gran masa de gente, una
mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.

Era el pblico que sala del mitin y se detena ante los balcones de las
mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la _Seora de
Vizcaya_. La gente silbaba: comenzaban  volar las piedras por encima
de la negra masa: caan con estrpito las vidrieras rotas.

Aresti se vi solo. El _Barbas_ corra hacia el gento, dando gritos de
entusiasmo. Duro, duro! No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el
doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre,
lentamente, avanzaba su pesado oleaje con direccin al Arenal. La
caballera, impotente para contenerla, se limitaba  ir con ella,
creyendo evitar as mayores desmanes.

Pas la manifestacin el puente, extendindose por el Arenal y las
calles inmediatas. Eran obreros en su mayora y jvenes de la poblacin
cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos
aclamaban  la Revolucin social; otros daban vivas  la Repblica;
algunos gritaban viva Espaa! ante las inscripciones en vascuence,
viendo en estas loas  la _Seora de Vizcaya_ un hipcrita insulto  la
integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella
Bilbao dominada por la Compaa de Jess y formada  su imagen.

El grito de abajo los jesutas! era contestado por un rugido unnime de
la masa. En las calles inmediatas al Arenal caan  pedradas los
cristales. Algunos chicuelos suban por las fachadas con agilidad de
monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoa, dejndolas
caer sobre el gento, que las haca pedazos.

Una noticia circul como un relmpago por la gran masa detenida en el
Arenal. Estaban prendiendo fuego  la iglesia de los jesutas. Una parte
de la manifestacin, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo,
rocindolo con petrleo. Ya ardan las puertas.

La guardia civil corri all  todo galope, abandonando la
manifestacin. Aresti senta un entusiasmo casi igual al del _Barbas_.
Ya arda el odiado cubil! Bilbao despertaba!...

Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas slo haban sido
chamuscadas: la presencia de la autoridad haba disuelto el grupo
incendiario, extinguiendo el fuego.

Era ya ms de medioda. Los grupos se aclaraban: todos se iban  comer.
Aquello slo haba sido el prlogo de lo que ocurrira despus.

--A la tarde, aqu--se decan unos  otros al alejarse.

Aresti entr en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba
tambin de lo que ocurrira por la tarde. A las tres estaban citados los
de la peregrinacin en el Arenal. Llegaran en varias procesiones desde
las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San
Nicols. El plan haba sido preparado con el propsito de llamar la
atencin, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia,
desafiando  los enemigos.

Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decan que el
gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que
desistieran de ella. El Padre Paul se negaba rotundamente, invocando
hipcritamente la libertad. Su aclito Urquiola hablaba de la batalla de
la tarde con aires de caudillo.

Algunos mostrbanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse
la romera. Al fin, era un suceso que _amenizaba_ la vida montona y
gris de la poblacin. Aresti no dudaba de que se verificase. Conoca 
los organizadores, y su propsito de excitar  la impiedad naciente,
para darla la batalla y afirmar as su dominacin que crean en peligro.

En una mesa cercana disputaban dos seores.

--Me he fijado bien en la manifestacin--gritaba uno de ellos.--Todos
eran Prez y Martnez, todos _maketos_  hijos de _maketos_, mala gente,
de la que ha invadido nuestro pas. No iba ni uno que tuviera los cuatro
apellidos vascongados.

Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhiban como una
prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.

--Pues, yo los tengo--gritaba su interlocutor con acometividad,--y digo
que deseo que esta tarde les rompan el alma  los de la romera, y
ojal arrastren  todos los jesutas!

La divisin que perturbaba  la villa, mostrbase, tambin en el
restaurant, impulsando  unos parroquianos contra otros faltando poco
para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.

A las dos volvi Aresti al Arenal. Formbanse de nuevo los grupos cerca
del puente, mirando con hostilidad  los aldeanos que pasaban camino de
las parroquias. Circulaban por el gento las ms contradictorias
noticias. Ya no se verificaba la romera: oponase  ella el gobernador,
al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban
despreciativamente el cnsul de Espaa. Despus corra de boca en boca
la certidumbre de que iba  celebrarse la fiesta. Se estaban formando
las comitivas en cada parroquia: pronto llegaran al Arenal para
reunirse todas en San Nicols.

Y la gran plaza ennegrecase de gento inquieto. Una masa de cabezas
cubra las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba
desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba
instintivamente la gente: un vaco que pareca destinarse al choque de
unos y otros.

Aresti se sinti de pronto arrastrado por un violento empelln de la
muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estall
una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones
interrumpidas por tiros.

Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivn tempestuoso los
estandartes de la primera procesin. El mdico, sin saber cmo, en uno
de los empujones de la multitud, se vi en mitad del Arenal, cerca del
desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los
hombres, empuando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario
de la Virgen de Begoa; las mujeres escoltaban  los curas, mirando  la
muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanticas. Cesaron los
disparos al entrar la procesin en la plaza. Entonaban los romeros un
himno en vascuence  la Seora de Vizcaya, y de los grupos sala, como
respuesta, _La Marsellesa_  _La Internacional_.

Agrupronse los devotos ante la portada de San Nicols, y la muchedumbre
avanz lentamente hacia ellos. Estrechbase el espacio entre unos y
otros, los palos levantbanse amenazantes, los insultos alternaban con
los cnticos. De repente, el gento se hizo atrs, volviendo sus mil
cabezas. Una nueva procesin llegaba por el puente. Se haba reunido en
la Residencia de los jesutas: era lo ms brillante del ejrcito devoto
que iba  subir  Begoa; el _seorio_ de Bilbao, en el que figuraban
las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los
alumnos de Deusto. Los Padres de la Compaa ms famosos, presidan las
asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad
creciente del pueblo.

Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se
viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los
bolsillos, marcndose en la tela el rgido contorno de las armas de
fuego. Las seoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas
por la actitud hostil del gento, como damas altivas que no temen al
mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio  toda aquella
balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas
familias queran darles.

Estall un trueno de gritos, insultos  imprecaciones. Aresti vi pasar
 Urquiola con el revlver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de
Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder
realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores slo intentaron en las
montaas inmediatas, durante los dos famosos sitios.

--Viva Vizcaya! Viva la religin y Nuestra Seora de Begoa! Mueran
los liberales!

Algunos discpulos de la Universidad jesutica, parecindoles estas
aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas  la Unidad Catlica, y los
aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que
aquello significaba, pero adivinando que deba ser algo contra los
impos de la odiada Bilbao.

Aresti vi pasar  la mujer y la hija de Snchez Morueta. Despus  las
de Lizamendi en un grupo de seoras, con la falda ceida y el andar
arrogante. Miraban  todos lados como si buscasen  alguien entre el
gento hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron
satisfechas de no haberse equivocado. Tambin estaba all!... El mal
hombre estaba donde le corresponda. El mdico vi la mirada de
resignacin y de lstima que su mujer diriga al ciego, como si
pidiese, con lamentos de vctima, perdn para su alma perdida. Luego vi
destacarse de un grupo de sotanas  su enorme primo, que marchaba con la
cabeza descubierta, brillando la condecoracin de la Virgen entre la
celosa de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil
desconocida por Aresti.

El mdico no pudo ver ms. Crey de pronto que se abra el suelo de la
plaza y que huan todos, chocando unos contra otros con el terror de la
fuga. Algunos palos rompironse en pedazos; sonaban las espaldas al
recibir los golpes con un ruido de cofres vacos; caan muchos con la
cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huan, y
comenzaron  sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros
de los revlvers.

Corran las seoras  refugiarse en San Nicols, y los curiosos de las
aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los
cafs, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.

En un momento se form un gran vaco en la plaza, quedando sembrado el
suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban,
manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por
los grupos hacia las farmacias ms prximas. Mientras tanto, continuaba
el combate entre los ms resueltos de una y otra parte.

De la portada de San Nicols salan descargas cerradas, disparos de
revlvers baratos comprados el da antes por los organizadores de la
romera, balazos sin direccin, que iban  perderse en la arena del
paseo  se incrustaban en los rboles. La mayora de los obreros
carecan de armas y se batan con los puos  con palos, profiriendo en
la exaltacin de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoa y sus
devotos. La batalla se haba fraccionado: pelebase en grupos sueltos 
individualmente. Los mismos compaeros no se reconocan, y muchas veces
se golpeaban, creyendo herir  un enemigo.

Aresti permaneca inmvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las
balas que  corta distancia de l levantaban las cortezas de los
troncos. Sentase empujado de un lado  otro por los empellones de los
combatientes, vindolo todo al travs de una niebla gris, como si el sol
se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le
hacan tropezar, y de los que salan gemidos dolorosos.

En este crepsculo del atolondramiento crey ver  un cura enorme que se
recoga el manteo con una mano y con la otra disparaba su revlver sobre
un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.

--T acabars!--deca blandiendo una faca y desvindose de un salto
cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntndole.

Y cuando el cilindro del arma rod sin que saliera ya ninguna
detonacin, el obrero, con una risa feroz, se abalanz sobre el cura,
abrazndolo, cayendo con l al suelo, hundindole en la espalda el arma
con tanto mpetu, que la hoja quebrse en dos pedazos.

Aresti crey que se haba desplomado un rbol sobre sus hombros. Fu un
golpe que le sac de su aturdimiento, hacindole rugir de ira: un
garrotazo en la espalda, que acab con toda su bondad irnica de
espritu superior, despertando en l  la fiera. Levant su bastn y
comenz  dar golpes delante de l, sin mirar  quin alcanzaba, sin
acordarse de que poda ser un amigo, con el ansia de hacer dao, con la
embriaguez de la sangre.

De pronto se sinti detenido en su avance por una espalda que caa
contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y dbil, con el
raquitismo que da el trabajo cuando es superior  las fuerzas de la
edad. Vacil como si estuviera ebrio, llevndose las manos  la cara
ensangrentada, y al intentar erguirse, un puo enorme volvi  caer
sobre l hacindolo rodar por tierra.

Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del cado, levant el
bastn al ver que se alzaba contra l de nuevo aquel puo que resonaba
sordamente golpeando como una maza. Pero el mdico qued con el brazo en
alto al reconocer al hombre que le acometa.

--T!... t!...--grit con una voz que pareca desgarrarle la
garganta.

Tena ante l  Snchez Morueta, con el puo levantado, las barbas en
desorden, y en los ojos una expresin feroz: el deseo de exterminar  la
canalla impa que insultaba  las personas decentes y haba hecho
refugiarse  las seoras en la iglesia.

Al reconocer  Aresti, baj el brazo y la cabeza como avergonzado. En el
mismo instante, algo blando y tibio choc en una de sus mejillas
escurrindose por los hilos de su barba. Su Luis, su hermano, le haba
escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de
herirle, ya que las manos se negaban  ello por el antiguo respeto; era
el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido
y feliz,  aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara
ensangrentada.

El millonario mir  su primo con ojos mansos y sin expresin, unos ojos
bovinos que parecan pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la
mano por la barba borrando el escupitajo del odio.

Fu  hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como
unas alas fnebres tiraba de l. Era el Padre Paul.

--Don Jos. Vmonos de aqu. A Begoa! A Begoa!

Y le arrastr con paternal solicitud, como si el millonario fuese el
primer estandarte de la romera.

Aresti qued inmvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho
bien estaba, ya que no tena remedio. Los empellones de la gente que
hua le sacaron de su abstraccin. Los jinetes de la guardia civil
corran al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se
agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerbase en las aceras,
dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban
algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.

Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San
Nicols. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban 
tiros.

La muchedumbre sin armas, herida  mansalva desde aquella altura, ruga
impotente, y en un arranque de desesperacin, intent arrojarse al
asalto del templo, pero tropez con un obstculo que acababa de
interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que
brillaban caones de fusil y correajes lustrosos.

Dos compaas de infantera haban entrado en la plaza  paso
gimnstico, colocndose en batalla ante la iglesia. Eran los _guiris_,
los _ches_, la Espaa en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su
pantaln rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la
resurreccin de la antigua Vasconia. Los soldaditos, plidos, con la
boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los
tiros de revlver, daban frente  la gran masa que protestaba contra la
romera.

Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente
hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y
hacer fuego apuntando  la iglesia. Aquellos curas armados y
vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los seoritos
con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban
en ellos  los que en otro tiempo haban asesinado en las montaas  sus
hermanos, y que aun ahora deseaban volver  la lucha de emboscadas. El
deber, con su peso frreo  irresistible, mantena inmvil  la doble
fila de hombres azules y rojos.

Un oficial vacil un instante y entregando su sable  un soldado, se
llev una mano  un hombro. Acababa de recibir un balazo; le haban
herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se
contrajo con tristeza dolorosa, ms que por la herida, por la amargura
de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaa
frente  frente con el eterno enemigo, sino  la puerta de una iglesia,
 manos tal vez de un sacristn, de uno de aquellos efebos catlicos
que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando  la
religin y la Virgen.

La guardia civil empujaba  los romeros fuera de la plaza. Salan en
bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y
emprendan la ascensin  Begoa escoltados por los jinetes.

La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oa cmo se
alejaban las cofradas por las calles empinadas que daban acceso al
santuario.

--Viva la Virgen!--gritaban con el enardecimiento de una lucha en la
que haban llevado la mejor parte.

--A Begoa! A Begoa!--aullaba Urquiola agitando el revlver al frente
de un grupo.

Y las aclamaciones  la Virgen, interrumpanlas con frecuentes
descargas. Sin cesar en sus cnticos, hacan fuego sobre todos los que
al borde de la cuesta contestaban  sus aclamaciones con gritos de
protesta.

Poco  poco fu quedando desierto el atrio de San Nicols. Un muerto
yaca en la acera, custodiado por dos guardias. Ms all, los grupos
rodeaban  varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento 
lo largo de las paredes esquivando el gento. Estaban heridos  iban 
sus casas  curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas
declaraciones.

Aresti pas ms de una hora de botica en botica y de caf en caf,
solicitado y arrastrado por muchos que le conocan, llamado all donde
guardaban un herido, esforzndose por curar de primera intencin, con
los medios que tena  su alcance,  todos los infelices que en brazos
de la muchedumbre iban despus hacia el hospital.

Atendi indistintamente  unos y otros,  los que llevaban en el pecho
el escapulario de la Virgen y  los que en el paroxismo del dolor
crean encontrar un alivio dando vivas  la Libertad y la Repblica. La
carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las
aceras y los pavimentos de los cafs, le causaban inmensa tristeza,
hacindole pensar con lstima en la eterna infancia de los hombres:
Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que
estaba all en lo alto, entre luces y flores, mientras existan en el
mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban
para desaparecer el esfuerzo comn y fraternal de todos los humanos!

Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoa, la
carcoma, ms sabia que ellos, seguira mordiendo las entraas de madera
del sonriente fetiche: tal vez  aquellas horas algn ratn roa las
patas del dolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrera.

El mdico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de
aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respir
satisfecho cuando ya no le presentaron ms heridos.

Pase entonces por la orilla de la ra, pensando en el encuentro con su
primo, que seguramente sera el ltimo. La injuria  Snchez Morueta le
morda el pensamiento: aquel salivazo pareca haber cado sobre su alma.
Ay, el intruso! El maldito intruso! Cmo haba penetrado entre ellos,
matando todo afecto, anulando con el poder fro de la muerte todo un
pasado de cario fraternal!... No haban reido cuerpo  cuerpo como
los hermanos en las guerras civiles: pero se haban herido en el alma,
separndose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acab la familia:
Aresti estaba solo en el mundo.

Varios grupos de muchachos corran vociferando por las riberas del
Nervin. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la seal de la cruz.
Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos despus de
la lucha en el Arenal, se haban esparcido por las Siete Calles,
escalando las hornacinas que cobijaban las imgenes de los patronos de
aquella Bilbao tradicional.

Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados despus hasta la
ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quera vengar en
aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por
otros de msculos y hueso. Al agua los santos! Y caan de cabeza en la
ra las vrgenes y los bienaventurados, flotando despus de la inmersin
con la ligera porosidad de la madera vieja.

La muchedumbre segua lentamente por las riberas el tardo descenso de
las imgenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudan viendo el
cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mrtires,
insultaban  los impos, amenazndoles con las manos crispadas.

Una imagen de la Virgen de Begoa, arrancada de su hornacina, era la que
ms llamaba la atencin. Ella tena la culpa de todo!... Y la silbaban
 insultaban mientras la imagen descenda tendida de espaldas, mostrando
 flor de agua su vientre dorado y su carita de mueca sagrada. Un
gabarrero, cruzando la ra en su barcaza, avanz hacia la imagen como si
quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la
piedad del marinero: iba  salvar  la Virgen.

Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, ces de manejar el remo, y,
levantndolo en alto, despus de mirar  ambas orillas, di con l un
golpe tremendo  la Virgen, que desapareci en un remolino de agua para
no flotar ms. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en
aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. Hasta sobre
las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...

Frente  un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con
movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoci al
_Barbas_.

--Lo de hoy no vale nada--gritaba.--No me parece mal que les metan mano
 los que por tanto tiempo han tenido engaada  la gente, pero despus
de esto hay que ajustar la cuenta  los que la roban. Hoy ha sido la
batalla de los santirulicos: maana ser la del pan. Ya bajarn del
monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los
ladrones de aqu: ya reclamarn su parte. Y nada de peticiones ordenadas
ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. Fuera los cataplasmeros! A
cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, dinamita... roo!
dinamita!

Aresti se alej para que no le viese aquel energmeno, que pareca
enardecido por la sangre de la reciente lucha.

Sus palabras evocaban en el pensamiento del mdico las minas, con su
poblacin miserable, roda por las necesidades materiales y la
desesperacin de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos
picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del pen y el
trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba  la villa opulenta y
feliz. Despus del choque provocado por el fanatismo dominador, vendra
la huelga de los infelices, la reclamacin imperiosa de la miseria.

Un ejrcito enemigo se ocultaba tras aquellas montaas que cerraban el
horizonte: una horda hambrienta que algn da caera sobre la poblacin
como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba
amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendran los
enemigos ante las defensas exteriores; se esparciran por las calles y
bloquearan  la riqueza en sus magnficas viviendas. La guerra en
nombre del pasado se repetira en defensa del porvenir; los nuevos
sitiadores llevaran la miseria como bandera, y como grito de combate el
derecho  la vida.

Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza
origen de tantos males. Para qu servan los tesoros de las minas? Se
haba embellecido exteriormente la poblacin, tomando el aspecto de una
capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ra por las
chimeneas de fbricas y buques; pero la vida era ms triste que antes.
Con la riqueza haban llegado los hombres negros, que se hacan los amos
de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus
manos en los bienes materiales.

Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de
tristeza levantaran el vuelo hacia otros pases. El suelo sera ms
pobre, pero renacera en l como planta de consuelo la alegra de la
vida.

La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que an no conoca
el valor del hierro, era ms feliz, con la paz de un trabajo lento y
ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna,
con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza
disparatada y rpida que apenas si dejaba en el pas rastros
beneficiosos de su paso, perdindose en las obscuras tragaderas del
intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse
al lado de los favoritos de la suerte, ofrecindoles el cielo  cambio
de una participacin en el botn.

El saqueo de la Naturaleza, la amputacin de sus entraas de hierro,
haba servido nicamente para la felicidad de unos cuantos y para qu el
parsito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de
todo. Deba terminar aquel carnaval de la Fortuna, que slo serva para
dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar  la miseria,
con el alarde de una concentracin loca de la riqueza, que avivaba los
odios sociales!...

Las minas se empobrecan. Los optimistas las daban vida para veinte
aos: los ms crdulos llegaban hasta treinta. Pero despus vendra el
agotamiento, la nada; la montaa pelada, con su esqueleto calcreo al
descubierto, sin guardar el ms leve harapo del manto que la haba
cubierto durante siglos, ms rico que el de muchos dominadores de la
tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos,
 los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se
aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el
hierro que haban respetado los mtodos antiguos. En Gallarta se
derribaban casas enteras, construidas algunos aos antes, para
aprovechar el mineral de su paredes. Se viva de los residuos de la
poca de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se
aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras
esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Seran intiles
todas las extratagemas de aprovechamiento; slo encontraran la tierra
pobre y estril, sin la menor partcula de hierro, y entonces vendra el
slvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta  la pobreza, la
fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engaaba su hambre
trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su
vida: el aislamiento de los poderosos, encerrndose en el arca de su
riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.

La Fortuna habra pasado un momento por aquella tierra, como por otros
pases, sin dejar ms que ligeras huellas. Bilbao ofrecera el aspecto
de las ciudades histricas de Italia, que fueron grandes, llenando el
mundo con el podero de su comercio, y hoy son melanclicos cementerios
de un pasado glorioso. Quedaran en pie los palacios del ensanche, la
ra prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo
el mundo: pero los palacios estaran desiertos, el abra, con sus
contados barcos, tendra la triste grandeza de una jaula inmensa sin
pjaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, seran
ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen
an ms trgica la soledad de las metrpolis muertas.

Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueos de tanta
riqueza, no haban querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de
la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus
complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados  las fciles y
seguras ganancias de un pas donde slo hay que arrancar los pedruscos
del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su
puerto, la existencia de sus fbricas, todo estaba sometido  la tierra
roja arrancada de la montaa. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire
de sus pulmones, y al faltar de repente, caera la villa ostentosa con
repentina muerte, desaparecera, como el decorado de una comedia de
magia, aquella riqueza creada de la noche  la maana, que era para la
masa infeliz una opulencia insultante.

Tal vez algn da los pasos de los raros transeuntes despertasen el
mismo eco fnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero
al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Poda ser que el mar
enemigo cegase la ra con una barra de arena, y que slo de tarde en
tarde remontase su corriente algn barco mercante.

Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvera  ser
la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre
y pacfica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del
remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus
calles el ejrcito de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los
que llegaban  exhibir como una acusacin muda sus harapos y su cara de
hambre ante los palacios de los ricos.

Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharan tras sus pasos aquellos
hombres negros que la seguan como merodeadores, que slo se mostraban
hablando del cielo all donde se amontonaban los beneficios de la
tierra. No vacilaran en abandonar una tierra exhausta, olvidndola
como tenan olvidados  los pases pobres, donde nunca se mostraban,
como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.

Aresti, al pensar que la ruina de su pas sera la seal para que los
invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto
antes: sonrea pensando en el agotamiento de las minas como en una
catstrofe providencial y salvadora.

Llevaba ms de dos horas paseando por la orilla de la ra. Comenzaba el
agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol
ocultbase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos segua la
lenta flotacin del ltimo santo, arrojndole piedras para que no se
detuviera en las revueltas de la corriente.

Despus de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del
crepsculo de verano, pareca envolver suavemente el espritu de Aresti,
elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo
de tierra donde haba de morir. Era un atad, en el que dormitaba,
rodeado de seres egostas que se defendan del vecino  intentaban
aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen
inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin lmites.

Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que an
tena por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados
sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas
hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como
una estrella perdida en la noche.

El sol se haba ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por
el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del ltimo santo.

Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el ltimo crepsculo de las
religiones. Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos
dolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las
leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante
el negro secreto de la muerte!

El doctor contemplaba la fuga del dolo sobre las aguas, y, como atrado
por l, lo segua  lo largo de la ribera.

Soaba en el da glorioso de la humana redencin: cuando desapareciesen
los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hablan mantenido  los
hombres durante siglos en la esclavitud, cantndoles la cancin de la
humildad y la repugnancia  la vida, arrullndolos en su eterna niez,
con la apologa de la resignacin cobarde ante las injusticias
terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...

No: aquellos dolos haban engaado  la humanidad demasiado tiempo y
deban morir. Sus das an seran largos, pero estaban contados. Los
hombres comenzaban  maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos
hostiles con la sublime rebelda del sacrilegio. Eran los alcahuetes de
la injusticia. Bajaran de sus altares como haban descendido los dioses
del paganismo cuando les lleg su hora, siendo ms hermosos que ellos.
Quedaran en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr
siquiera, en su fealdad, la admiracin que inspira la armoniosa
desnudez: se confundiran con los fetiches grotescos de los pueblos
primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras
sus aspiraciones y anhelos, adorara en el infinito de su idealismo las
dos nicas divinidades de la nueva religin: la Ciencia y la Justicia
Social.

FIN

Playa de la Malvarrosa (Valencia).

Abril-Junio de 1904.

       *       *       *       *       *


DEL MISMO AUTOR

NOVELAS

=Arroz y tartana.= _Una peseta._

=Flor de Mayo.= _Una peseta._

=La Barraca.= _3'50 pesetas._

=Entre naranjos.= _3 pesetas._

=Caas y barro.= _3 pesetas._

=Snnica la cortesana.= 3 pesetas.

=La Catedral.= 3 pesetas.

CUENTOS

=Cuentos valencianos.= _Una peseta._

=La Condenada.= _Una peseta._

VIAJES

=Pars= (_agotada_).

=En el pas del Arte= (_Tres meses en Italia_). 1'50 ptas.





End of the Project Gutenberg EBook of El intruso, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO ***

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
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increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
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particular state visit http://pglaf.org

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against accepting unsolicited donations from donors in such states who
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