The Project Gutenberg EBook of Peas arriba, by Jos Mara de Pereda

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Title: Peas arriba

Author: Jos Mara de Pereda

Release Date: January 2, 2008 [EBook #24127]
[Last updated: February 3, 2019]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Peas arriba

_Jos Mara de Pereda_




Dedicatoria

_A la santa memoria de mi hijo Juan Manuel_

Hacia el ltimo tercio del borrador de este libro, hay una cruz y una
fecha entre dos palabras de una cuartilla. Para la ordinaria curiosidad
de los hombres, no tendran aquellos rojos signos gran importancia; y,
sin embargo, Dios y yo sabemos que en el mezquino espacio que llenan,
cabe el abismo que separa mi presente de mi pasado; Dios sabe tambin a
costa de qu esfuerzos de voluntad se salvaron sus orillas para buscar
en las serenas y apacibles regiones del arte, un refugio ms contra las
tempestades del espritu acongojado; por qu de qu modo se ha terminado
este libro que, quizs, no debi de pasar de aquella triste fecha ni de
aquella roja cruz; por qu, en fin, y para qu declaro yo estas cosas
desde aqu a esa corta, pero noble, falange de cariosos lectores que me
ha acompaado fiel en mi pobre labor de tantos aos, mientras voy
subiendo la agria pendiente de mi Calvario y dicindome, con el poeta
sublime de los grandes infortunios de la vida, cada vez que vacila mi
paso o los alientos me faltan:

    _Dominus dedit; Dominus abstulit._
    _Sicut Domino placuit, ita factum est._

       J. M. DE PEREDA

Diciembre de 1894.




I


Las razones en que mi to fundaba la tenacidad de su empeo eran muy
juiciosas, y me las iba enviando por el correo, escritas con mano torpe,
pluma de ave, tinta rancia, letras gordas y anticuada ortografa, en
papel de barbas comprado en el estanquillo del lugar. Yo no las echaba
en saco roto precisamente; pero el caso, para m, era de meditarse mucho
y, por eso, entre alegar l y meditar y responderle yo, se fue pasando
una buena temporada.

La primera carta en que trat del asunto fue la ms extensa de las ocho
o diez de la serie. Tema colarse en l de sopetn, y me preparaba el
camino para sus fines, tomando las cosas desde muy atrs, y como si nos
tratramos entonces, aunque de lejos, por primera vez.

Mucho le estorbaba la pluma entre los dedos, y bien lo revelaban la
rudeza de los trazos, la desigualdad de las letras y las seales de ms
de un borrn lamido en fresco o extendido con el canto de la mano; pero
con paciencia y buena voluntad se vencan los imposibles.

Tus abuelos paternos--me escriba--, no lograron otros hijos que tu
padre y yo. Yo fui el mayorazgo, y como tal, aqu arraigu desde el
punto y hora en que nac. Tu padre, como ms necesitado, echse al
mundo, y rodando mucho por l, adquiri buenos caudales y una mujer que
no haba oro con qu pagarla. De esta traza me la pint cuando vino a
darme cuenta de sus proyectos matrimoniales, y a tomar posesin, en pura
chanza, de la pobreza que le corresponda por herencia libre de tus
abuelos. Fuese a los pocos das de haber venido, y no he vuelto ni
volver a verle ms en la tierra. Dios le tenga en eterno descanso.

Tambin yo me cas andando los das, y tuve mujer buena, e hijos que el
Seor me iba quitando a medida que me los daba. Con el ltimo de ellos
se llev a su madre. Bendita y alabada sea su divina voluntad, hasta en
aquello con que humanamente nos agobia y atribula! Como an no era yo
propiamente viejo y me senta fuerte, y en estas angosturas y asperezas
del terruo hallaban pasto y solaz abundante las cortas ambiciones de mi
espritu, aprend a arrastrar con valenta la cruz de mis dolores, y
hasta logr olvidarme, tiempo andando, de que la llevaba a cuestas:
vamos, que me hice a la carga, y volv a ser el hombre de buen contentar
y apegado a la tierra madre como la yedra al morio. De tarde en tarde
nos escribamos mi hermano y yo, y de este modo supo l mis venturas y
desventuras, y yo tu nacimiento y el de tu hermana, el casamiento de
sta despus con un americano rico que se la llev a su tierra, la
muerte de tu madre y los rumbos que tomabas con los libros de las aulas,
segn ibas esponjndote y hacindote hombre.

Una vez dio en faltarme carta vuestra ms de lo acostumbrado, que era
bien poco, y la primera que tuve al cabo de los meses fue tuya y para
decirme que tu padre se haba muerto de un tabardillo enconado, o cosa
por este arte. Ausente tu hermana y cargada de familia y de bienes en la
otra banda, quedbaste solo en la de ac, y aticuenta que en el mundo,
aunque con medios de fortuna para bracear a tus anchas en l. Lo mismo
que yo, salvo la comparanza de gentes y lugares. Te brind con ste mo,
desconfiando mucho, en verdad se diga, de que me quisieras el envite,
hecho de todo corazn, porque barruntaba tu modo de vivir y conoca tu
estampa por retratos que me habas ido mandando. Ni el uno ni la otra se
amaaban bien con la pobreza y rustiquez de estos andurriales; me
pareca a m. Y no iba el parecer fuera de camino, porque eso result de
tu respuesta, bien desentraadas sus finezas y cortesas. Desde entonces
fueron peras de a libra las cartas entre nosotros dos. T corriendo la
Ceca y la Meca, y yo firme y agarrado a estos peascales como barda
montuna. Y as hemos ido tirando tan guapamente: t sin acordarte dos
veces al ao del santo de mi nombre, y yo sin apurarme por ello cosa
mayor, porque mientras tuve salud, tuve alegra, y a la luz de ella me
tena por bien acompaado con vivir entre estas gentes y estos riscos y
hasta sus alimaas, que me parecan ya, a fuerza de verlos y palparlos,
carne de mis huesos y sangre de mis propias venas. Pero t eras mozo y
tenas mucho tiempo y mucha tierra por delante; yo viejo y con muy pocas
fantasas en la cabeza, y no sobrado de calor en la masa de la sangre;
los muchos aos hicieron al cabo una de las suyas, y ayer maana, como
quien dice, una pizca de nada, un sorbo de leche ms de los
acostumbrados, el aire de una puerta, el aletazo de un mosquito, me
acald en la cama. Tard en salir de ella, y sal como para entrar en la
sepultura. El roble se bamboleaba como si le faltara la tierra que le
sostena, o se te despegaran de ella las races, o no pudiera con el
peso de su propio ramaje. Ya me dan anseo las cuestas arriba con solo
mirarlas, y la mano que ayer venteaba gustosa el apero o el hacha con
que yo me entretena en la tierra de labor o en la espesura del monte,
hoy me pide el paluco del tullido, como el puntal de sostn el jastial
resquebrajado; y lo que es peor que todo ello, que el nimo va cantando
al son de la osamenta que se descuajaringa y no puede ya con el pellejo.
En suma, hombre: que en un dos por tres, y cuando menos lo esperaba, di
el bajn que haba de dar ms tarde o ms temprano. Es de ley que la
tierra llame a lo que es suyo, y a m no cesa de llamarme unos das
hace. No te dir que tenga miedo, propiamente miedo, a ese vocero que
no calla da ni noche; pero es la verdad que a estas horas quisiera
verme algo ms acompaado de lo que me veo en la soledad en que me
hallo. Soledad digo, porque con estar cada cosa de estos lugares en el
punto en que siempre estuvo, y con ser estas buenas gentes lo que
siempre fueron para m, ahora resulta que tengo codicia de algo que me
llegue ms adentro que todo ello, por lo mismo que lo hay y s por dnde
anda. S, hombre, s: has de saberte que toda la ley que tuve a mis
hijos, y a su madre, y a tu padre, y a los mos, y que por tantos aos
ha estado como dormida en lo ms hondo del corazn, se me ha despertado
de repente, cebando su hambre envejecida en la nica carne de la nuestra
que conoce: en ti, para que lo sepas de una vez. Porque tu hermana, a la
distancia que est de nosotros, es para el caso como si ya no viviera, y
no quiero tener por de la casta nuestra a dos sobrinazos segundos mos,
por parte de mi madre: dos bigardones de mala catadura y peor vivir.
Hace no mucho tiempo bajaron de su pueblo a pedirme algo, a tales
horas y en tales trminos, que tuve que darles el Dios vos ampare con
la escopeta echada a la cara. Primera y nica vez que los he visto.

Pues bueno, y para fin y remate del camino que traigo y ya me cansa:
creo que si t te animaras y me dieras el regalo de tu compaa en esta
casona, el vocear de la tierra me sera ms llevadero. No hay cosa mayor
con qu tentarte entre estos solitarios despeaderos, a ti que ests
avezado a las pompas y regalos de la corte; pero a todo se hacen los
hombres cuando se empean en ello, sin contar con que tambin aqu hay
su sol correspondiente; y aunque es cierto que tarda un poco por la
maana en trasponer los picachos que rodean el lugar, una vez arriba
alumbra y calienta y regocija el nimo como el sol ms majo de
cualquiera parte. Adems, tu destierro no podra durar mucho por razones
que yo me s; y por ltimo y finiquito, con salir de l en cuanto no
pudieras resistirle, estaba el cuento acabado para ti.

tem ms: tengo ciertos planes en el magn, que me dan mucho que hacer.
Qu hombre anda sin ellos en mi caso? No tengo herederos forzosos, y no
deja de haber en casa algo que echar a perder de mi propia pertenencia;
algo que ir a parar Dios sabe adnde, si en mis ltimas y postreras no
topo al alcance de la vista con un ser que me haga un poco de cosquilleo
en las entretelas del corazn.

Por supuesto, que no trato de encender tu codicia con estas indirectas.
A buena parte ira! Pero es bien que todo se estipule y se tenga
presente en horas como las que han empezado a correr para m.

En fin, hombre, anmate a venir por ac; y si no puedes hacerlo por
gusto, hazlo por caridad de Dios.

Menos lo del bajn y sus consecuencias, todo lo que mi to me contaba
en esta carta me lo tena yo bien sabido; y saba tambin, por lo que se
deduca fcilmente de su anterior y escasa correspondencia con nosotros
y lo poco que me haba dicho mi padre, que su hermano Celso era un
hombre campechano, de escasas letras y excelente corazn, agudo de magn
y un tanto marrullero, como buen montas, y ms cuidadoso del cultivo y
prosperidad de sus tierras y ganados, que del fomento de su cario a la
familia que le quedaba; dejadez que a ratos tocaba en una indiferencia
que pareca rayana del absoluto olvido. Menos que de mi to saba yo de
su tierra nativa y de nuestra casa solar, no tanto por culpa de mi poca
curiosidad sobre estos particulares, como por obra de una de las
flaquezas ms salientes de mi padre. Le llamaban ms la atencin los
apellidos que las condiciones personales de los nuestros: as es que
al preguntarle por la vida y milagros de cualquiera de ellos, en lugar
de responder derechamente a la pregunta, se encaramaba en la copa del
rbol genealgico de la familia, y gateando de rama en rama hacia abajo,
no paraba hasta dar, lo que menos, con la pata del Cid, si es que se
conformaba con eso. De sus padres slo pude sacar en limpio, en las
diferentes veces que le ped noticias sobre ellos, que haban sido el
entronque de la casa nica de los Ruiz de Bejos, de Tablanca, con la
de los Gmez de Pomar, la ms ilustre de las de Promisiones. Pocos
caudales, eso s, por parte de estos ltimos principalmente, es decir,
por la de mi abuela paterna, que slo aport al matrimonio unas
gargantillas y unas arracadas de coral, dos relicarios de plata con una
astilla de la Vera-Cruz, y un hueso de Santa Felcitas, respectivamente;
tres mudas de ropa blanca, dos manteleras de hilo casero, una cadena de
oro cordobs, el vestido de gala con que se cas, y otro a medio uso
para todos los das. Por parte de mi abuelo ya fue cosa muy diferente.
Nuestra casa de Tablanca ejerca en todo el valle, por virtud de su
condicin benfica amn de ilustre, cierto seoro indiscutible y
patriarcal, y era el paradero obligado de todas las personas notables
que pasaban por all, incluso los obispos. Solamente en lo que recordaba
mi padre, se haban hospedado dos en ella: el de Santander y el de Len.
Para estos y otros parecidos menesteres haba en arcas y alacenas buena
provisin de sbanas y manteleras superiores, maciza y abundante plata
de mesa y hasta dos colchas de damasco y un crucifijo de marfil y bano.
Nada faltaba all de lo que no deba de faltar en la casa de una familia
como la nuestra. Pero de su situacin, de su forma, de su amplitud, de
sus comodidades, ni una palabra: a lo sumo, que era grande, con solanas,
escudo nobiliario y accesorias. Del terreno en que estaba enclavada y
sus aledaos, de las condiciones y aspecto del paisaje, de su clima, de
sus recursos para la vida algo ms que animal, de las costumbres de sus
habitadores, era ocioso inquirir cosa alguna por informes de aquel buen
seor, que con estar tan pagado de su estirpe y poner en los cuernos de
la luna los blasones de su casa y la tierra en que haba nacido, slo
una vez y muy de prisa volvi a ella despus de haberla abandonado,
aunque por imperio de la necesidad, siendo muchacho todava. Se
remontaba a lo ms alto de cuanto haba odo y ledo sobre aquella
empingorotada regin de la cordillera cantbrica, y era de ver cmo se
las haba, primeramente, con los celtas, nuestros supuestos
progenitores, y se descolgaba enseguida de all para enzarzarse mano a
mano y como quien ventila y justiprecia ordinarios y corrientes asuntos
de familia, con aquellas tribus montaraces, con aquel cntabro feroz que
pas los Alpes y luch con Anbal contra Roma y derrot a Escipin en el
Tesino. Despus hablaba de Augusto y sus legiones, venidos a Cantabria
expresamente para someternos al yugo romano; de que tal era _nuestro_
empuje, tal nuestro valor y tal nuestro apego a la independencia,
que el Csar haba necesitado seis aos para triunfar en un empeo que
le haba parecido obra de pocos das; de los horrores de esta guerra
brbara entre inaccesibles peascales y profundos y sombros barrancos,
donde rugan las aguas tintas en la sangre de los nuestros y de los
aguerridos legionarios. No faltaba lo de las madres que durante la
guerra mataban a sus pequeuelos para no verlos esclavos de los
triunfadores extranjeros, ni lo de la muerte en cruz de tantos mrtires
entonando himnos de libertad entre maldiciones al conquistador, y con
todo esto, un sinnmero de pormenores sobre el tipo y las costumbres de
sus hroes, pormenores que yo hubiera querido sobre la tierra que
habitaron, tal y como era en mis das. Lejos de ello, slo dejaba los
cntabros para mezclar a sus sucesores en la epopeya de Covadonga o en
los los de los Bandos de Castilla; y ya puesto aqu con los
ditirambos a sus nclitos antepasados, recorra con ellos las cinco
partes del mundo, hasta no saber por dnde se andaba, ni yo tampoco.
Porque sobre estas materias tena mi padre una erudicin abundante, pero
un tanto sospechosa, obra de una voracidad que entraba con lo cierto lo
mismo que con lo fantstico, por apego tenaz, aunque meramente
platnico, a las cosas de su tierra.

De esta manera saba yo de ella, al recibir la carta de mi to, poco ms
de lo que se sabe, por conjeturas o por comparacin, de otras semejantes
que se han visto al pasar, y muy de prisa.

Entre tanto, yo haba cumplido ya los treinta y dos aos; haca seis que
era doctor en ambos derechos, aunque sin saber, por desuso de ellas,
para qu servan esas cosas; ms de siete que campaba por mis respetos,
y me daba la gran vida con el caudal que haba heredado de mi padre.
Porque de mi madre no hered un maraved. Fue una granadina muy guapa,
hija de un magistrado de aquella Audiencia territorial. La conoci mi
padre andando por all una temporada, ocupado en negocios de minas, y se
cas con ella de la noche a la maana. El magistrado era viudo y pobre,
y se muri dos aos despus de la boda de su hija.

Debo a Dios, entre otras muchas mercedes, la de un temperamento
singularmente equilibrado de humores, que me ha permitido atravesar por
las ms peligrosas asperezas de la vida, sin dejar entre ellas la menor
tira del pellejo. Muy pocas cosas me han llegado al alma, y rara vez me
he apasionado por la mejor de ellas. Esta ha sido mi mayor fortuna en
medio de la libertad y de la abundancia en que viv, siendo nio mimado
y consentido, mientras fui hijo de familia, y rico y desligado de toda
traba en cuanto qued hurfano de padre y madre y me declar mozo de
casa abierta. En estas condiciones y con un temperamento ms
apasionado, sabe Dios lo que hubiera sido de m y de mi dinero. As y
todo, no acrecent el heredado de mi padre, y hasta le merm en una
buena tajada, porque no todos los tiempos corran iguales para el vil
ochavo; y yo, aunque sin perder de vista lo til que es este ingrediente
para vivir a gusto entre los hombres, no haba nacido para esclavo de l
y tena muy arraigadas aficiones que no eran baratas. Me gustaba viajar,
y viajaba mucho dentro y fuera de Espaa; me gustaba el llamado gran
mundo o alta sociedad, y la frecuentaba en sus salones, en los
teatros, en los paseos y hasta en los balnearios de moda, y en el
deporte; me gustaban las Bellas Artes, aunque consideradas
principalmente como artculo de lujo, y compraba cuadros y esculturas en
las exposiciones; me gustaban ciertos hombres de la poltica y de la
literatura, no por polticos ni por literatos precisamente, sino por la
resonancia de sus nombres y el atractivo de sus conversaciones, y
frecuentaba su trato y los acompaaba en sus crculos y en sus banquetes
y en sus tertulias y francachelas... hasta me gustaban los toreros a
cierta distancia, y a cierta distancia cultivaba la amistad de algunos
de ellos.

Todo esto, y otro tanto ms que de ello se sigue por ley forzosa, al fin
y a la postre resultaba caro y produca hondos desgastes, si no del
pellejo, cuando menos de la sensibilidad moral, aun tratndose de un
mozo como yo, que en ningn cuadro aspir a ser figura de primer
trmino, ni a levantar media pulgada sobre la talla comn de la masa de
espectadores; y esto, no por virtud, sino por exigencias de mi
temperamento.

Es muy de notarse que en la aficin ms acentuada de todas las mas, la
de los viajes, me seduca mucho ms el artificio de los hombres que la
obra de la Naturaleza. Como buen madrileo, amaba a Madrid sobre todas
las cosas de la tierra, y despus de Madrid, a sus similares de Espaa y
del extranjero: las ms grandes y ms alegres capitales del mundo
civilizado. Lo que quedaba entre unas y otras, me tena sin cuidado, y
pasaba sobre ello, para ir adonde fuera, como insensible proyectil que
lleva el paradero determinado desde su punto de origen. Hijo y habitante
de tierra llana, los montes me entristecan y los cielos borrosos me
acoquinaban. Una vez sola haba estado en la capital montaesa,
disfrazando con el deseo de pisar la tierra de mis mayores, como dira
mi padre, la tentacin de veranear en aquel puerto que comenzaba a ser
elegante. Atravesando en ferrocarril la cordillera cantbrica casi por
encima de las fuentes del Ebro, record que por all, no saba si a la
derecha o a la izquierda, deba de andar mi casa solariega, en algn
repliegue de aquellos montes encapuchados de neblinas y ceidos de
negros robledales. Y no tuvo entonces mayor resonancia que sta en mi
corazn el tan cacareado grito de la sangre. Das despus, y desde una
de las alturas que dominan la ciudad, un santanderino, prctico en ello,
me nombraba, sealndolos con el dedo, cada picacho y cada monte de la
grandiosa cordillera que empieza al Oriente en Cabo Quintres y Galizano
(la cola del enorme reptil), y acaba al Occidente metiendo entre las
nubes los Picos de Europa (su cabeza).

Despus, al trazar en el aire con el mismo dedo el curso de cada ro de
los que en ella nacen y por el fondo de sus negras barrancas se
despean, lleg a encararse al Oeste; y marcando tres rayas casi
verticales, me nombr el Saja, el Nansa y el Deva; y all le ataj yo
con el pensamiento, dicindome a m propio: Junto a uno de esos tres
ros (creo que el Nansa), ms arriba o ms abajo, debe de andar el solar
de mis mayores. Y a esto solo se redujo, por segunda vez, el grito de
la sangre que llevaba en las venas. Como decoracin, me enamoraba aquel
rosario de escalonadas montaas que de Este a Oeste por el Sur sirven de
marco grandioso a la admirable baha; pero como tierras habitables!...

Tales eran, pico ms, pico menos, mis antecedentes personales cuando
recib la carta en que mi to Celso me llamaba a su lado, y por tiempo
indefinido, desde lo ms recndito y montaraz de la regin cantbrica;
y, sin embargo, no me caus la embajada impresin tan desagradable como
pudiera presumirse tomando al pie de la letra lo dicho sobre mi modo de
ser y de sentir.

Aparte de lo que me interes el estado fsico y moral de mi to, no
estaba yo tan enamorado de mi sistema de vida, que me espantaran los
riesgos de trastornarle radicalmente por algn tiempo. Sin sentirme
cansado de vivir como viva, porque no caba el cansancio en un andar
tan reposado y, relativamente, metdico como el que haba usado yo hasta
llegar adonde haba llegado por tantos y tan peligrosos caminos,
comenzaba a notar a la sazn cierta languidez de espritu, cierta
inapetencia moral que no estaban reidas seguramente con un parntesis
de reposo, y mucho menos con un cambio de impresiones y de alimentos.
Por este lado, la carta de mi to no poda llegar ms a tiempo de lo que
lleg a mis manos. Lo grave, lo inesperado, lo terrible para m estaba
por otro lado: la calidad de lo que se me peda en ella. Resuelto a
cambiar de vida por algn tiempo, Dios sabe qu derroteros hubiera
adoptado yo; pero es indudable para m que jams habra elegido el que
mi to deseaba y me propona. Llegarme all para hacerle una visita;
pasar por all de largo, siquiera por conocer de vista el solar de mis
abuelos, menos mal; pero establecerme en l; hacer la vida de las fieras
entre riscos y breales; aclimatarme a ella de repente en la estacin
que corra (ms que mediado el otoo), la antesala del invierno, qu
tendra que ver en Tablanca! recin llegado yo de Aguas-Buenas y de
Pars y de medio mundo distinguido, con las maletas atestadas de
novedades, lo mismo en ropas que en libros; reinstalado en mi
confortable casita de soltero... Vamos, era el colmo de lo imposible
soar siquiera en trocar todo eso y de repente por lo que se me ofreca
desde Tablanca.

Pero yo no poda decir a mi to estas cosas que le hubieran lastimado
mucho en la situacin de nimo en que se hallaba; y le entretena
despachando sus apremiantes instancias con evasivas corteses,
pretextando negocios que no tena, y apuntando veremos sin el menor
propsito de cumplirlos.

Ente tanto, la visin, a mi modo, de la casa de Tablanca, con sus montes
y sus fieras y sus gentes y su desolacin inverniza, no se apartaba un
instante de mis ojos, porque las splicas de mi to, cada vez ms vivas,
llegaron a tocarme muy adentro; y por lo que pudiera suceder, senta la
necesidad de poner el caso en tela de juicio, que vale tanto, segn las
reglas de la experiencia, como empezar a transigir.

Lo cierto es que un da, el en que recib la anteltima carta de mi to,
que me comovi muy hondamente, di en el tema de buscar dentro de m el
porqu de ser yo tan poco sensible a los convenidos encantos de la
Naturaleza. Faltaba esa cuerda en mi organismo, o la tena y no la
haba puesto en ocasin de que vibrara? Pues haba que averiguarlo,
porque comenzaba a mortificarme el temor de carecer de ella. Adems, o
es uno hombre, o no lo es; o tiene o no tiene entraas de humanidad,
agallas para ir por donde vayan y hacer lo que hagan otros; o sirve o no
sirve para algo ms til y de mayor jugo y provecho que pisar alfombras
de salones; engordar el rin a fondistas judos, sastres y zapateros de
moda; concurrir a los espectculos; devorar distancias embutidas en
muelles jaulas de ferrocarril, y gastar, en fin, el tiempo y el dinero
en futilidades de mujerzuela presumida y casquivana.

Encarrilado el discurso en este sendero, llegu a sentir un vigor de
espritu, una virilidad desconocida en m; soliviantse mi amor propio
de mozo bien saneado de alma y cuerpo; y aprovechando la fiebre, por
temor de que, si era pasajera, se llevara consigo mi ardimiento al
desaparecer, escrib a mi to dicindole all voy y hasta fijndole la
fecha de mi salida de Madrid. Entre tanto hara yo mis preparativos de
viaje, y me contestara l dndome las necesarias instrucciones para
llegar a su casa desde la ltima estacin del ferrocarril.

Mientras anduve ocupado en hacer abundante provisin de ropas de abrigo,
calzado recio, armas ofensivas y defensivas, libros de Aimard, de
Topffer y de cuantos, incluso Chateaubriand, han escrito cosas amenas a
propsito de montaas, de selvas y de salvajes, lo mismo que si
proyectara una excursin por el centro de un remoto continente
inexplorado, puedo responder de que no me falt la fiebre. Menos
seguridad tuve de ello cuando intent levantar mi casa. Me pareca que
esto equivala a quemar mis naves, o, por lo menos, a darme ya por
consentido en que haba de ser muy larga mi permanencia entre los osos
de Cantabria; y el temor de este riesgo me inclin a dejar esas cosas
como estaban, sobrndome buenos amigos en Madrid que miraran por ellas.
De todas suertes, nada ms fcil que resolver lo contrario desde all,
si as lo pidieran las circunstancias.

En fin, temiendo que por este resquicio de mis flaquezas se me fueran
colando otros aires an ms fros y enervadores, cerr las puertas del
discurso a toda reflexin contraria a lo convenido, y
_Alea jacta est_, me dije, como Csar, resuelto a pasar a todo trance mi
correspondiente Rubicn.




II


Y acomet la empresa en la fecha convenida, un da de los ltimos de
octubre, fro y nebuloso en las alturas de la romana Juliobriga. En la
clsica villa inmediata, trmino de mi jornada primera, y nica posible
en ferrocarril, hice un alto de media hora escasa: lo puramente
indispensable para desentumecer los miembros y confortar el estmago;
porque no haba tiempo que perder, segn dictamen del espolique que me
aguardaba en aquel punto desde la vspera con dos caballejos de la
tierra, espelurciados y chaparretes, uno para conducirme a m y otro
para cargar con mis equipajes.

Puestos en marcha todos, bien corrida ya la media maana, delante el
espolique llevando del ramal la cabalgadura que apenas se vea debajo de
la balumba de mis maletas y envoltorios, sin salir del casco de la villa
atravesamos por un puente viejo el Ebro recin nacido; y a bien corto
trecho de all y despus de bajar un breve recuesto, que era por aquel
lado como el suburbio de la poblacin que dejbamos a la espalda,
vmonos en campo libre, si libre puede llamarse lo que est circuido de
barreras. De las cumbres de las ms elevadas se desprendan jirones de
la niebla que las envolva, y remedaban hmedos vellones puestos a secar
en las puntas de las rocas y sobre la espesura de aquellas seculares y
casi inaccesibles arboledas, con el aire serrano que soplaba sin cesar,
y tan fresco, que me obligaba a levantar hasta las orejas el cuello de
mi recio impermeable.

Siguiendo nuestro camino encarados al Oeste, llevbamos continuamente a
la izquierda, aguas arriba, el cauce del ro, con sus frescas y verdes
orillas y rozagantes bvedas y doseles de mimbreras, alisos y zarzamora,
y topbamos de tarde en cuando con un pueblecillo que, aunque no muy
alegre de color, animaba un poco la monotona del paisaje.

A la vera del ltimo de los de esta serie de ellos, en el centro de un
reducido anfiteatro de cerros pelados en sus cimas, se vean surgir
reborbollando los copiosos manantiales del famoso ro que, despus de
formar breve remanso como para orientarse en el terreno y adquirir
alientos entre los taludes de su propia cuna, escapa de all, a todo
correr, a escondidas de la luz siempre que puede, como todo el que obra
mal, para salir pronto de su tierra nativa, llevar el beneficio de sus
aguas a extraos campos y desconocidas gentes, y pagar al fin de su
desatentado curso el tributo de todo su caudal a quien no se le debe en
buen derecho. Y a fe que, o mis ojos me engaaron mucho, o sera obra
bien fcil y barata atajar al fugitivo a muy poca distancia de sus
fuentes, y en castigo de su deslealtad, despearle monte abajo sin darle
punto de reposo hasta entregarle, macerado y en espumas, a las iras de
su dueo y natural seor, el anchuroso y fiero mar Cantbrico.

Deb pasar demasiado tiempo en meditar sobre stas y otras puerilidades,
y en paladear los recuerdos que despertaba en m la contemplacin de
aquellas cristalinas aguas que tanto han dado que hacer a la Historia y
a la fantasa de los poetas, porque el espolique, salvando todos los
respetos de costumbre en su ruda cortesa, me apunt la conveniencia de
que continuramos andando.

--Da grima--le dije obedecindole--, pensar en la conducta de este
renegado montas.

Tuve que descifrar la metfora para que el espolique me entendiera lo
que yo quera decirle; y en cuanto me hubo entendido, me respondi:

--Djeli, djeli que se vaya en gracia y antes con antes aonde jaz ms
falta que aqu. Pa meter buya y causar malis a lo mejor, rus como sti
nos sobran por la banda de ac.

Explicse a su vez el espolique para que yo le entendiera, y llegu a
convencerme, con ejemplos que me puso de ros montaeses desbordados a
lo mejor sin qu ni para qu, arrollando casas, puentes y molinos en las
alturas, y comindose en los valles las tierras que debieran de regar,
de que bien pudiera ser obra meritoria lo que me haba parecido en el
Ebro falta imperdonable.

Por cierto que no se explicaba mal ni dejaba de tener su lado
interesante mi rudo interlocutor, en quien apenas me haba fijado hasta
entonces. Era un mocetn fornido, ancho y algo cuadrado de hombros;
vesta pantaln azul con media remonta negra, sujeto a la cintura por un
ceidor morado; y sobre la camisa de escaso cuello, un lstico o
chaquetn de bayeta roja. Calzaba abarcas de tres tarugos sobre
escarpines de pao pardo, y por debajo del hongo deformado con que
cubra la abultada cabeza, caan largos mechones de pelo spero y
entrerrubio, casi el color de su cara sanota y agradable, cuyo defecto
nico era la mandbula inferior ms saliente que la otra, como la de
nuestros Prncipes de la casa de Austria. Llevaba en la mano derecha un
palo pinto, y debajo del brazo izquierdo un paraguas azul, muy grande y
con remiendos.

Habame dado noticias sumamente lacnicas de mi to.

--Cmo anda de salud?--le haba preguntado yo en cuanto se me puso
delante y a mis rdenes.

--Tan majamenti--me haba respondido l--. Es de gena veta, y hay
hombri pa largu.

En concreto, slo pude saber que quedaba muy alegre esperando mi
llegada.

Dbame los nombres de pueblos y montaas cuando yo se los peda, sin
cambiar el ritmo airoso de su andadura ni volver por completo la cara
hacia m. Verdad que tampoco le miraba yo derechamente cuando le
preguntaba alguna cosa, porque ms que en l, llevaba puesta la atencin
en los detalles del paisaje y en el arrastrado vientecillo que me iba
poniendo las orejas encarnadas.

Quejndome de ello una vez y mostrando recelos de que lloviera al cabo.

--No hay que temelu--me dijo levantando, tan alto como pudo, el ndice
de su mano derecha, despus de haberle metido en la boca--. El aire es
cierzu, y la niebla espienza a jalar parriba en los picachus.

Cuando intimamos algo ms, supe que se llamaba Chisco, que serva en
casa de mi to muchos aos haca, y que no era natural de aquel pueblo,
sino de otro ms abajo. Me admiraba, y as se lo dije, verle caminar
suelta y desembarazadamente con un calzado tan pesado y tan recio, que
sonaba en las lastras del camino como si las golpearan con un mazo.

--Por ac no se gasta otru en lo ms del au--me respondi saltando con
la agilidad de un bailarn por encima de un jaral que le cortaba la
lnea recta que iba siguiendo--. Y probes de nos con otra cosa ms
blanda en los pies pa trotear por estos suelus!

Desconcertado y pedregoso era a ms no poder el que bamos dejando
atrs, y no le prometa ms placentero la muestra del que tenamos
delante. Por fortuna, el repliegue en que el sendero se arrastraba era
relativamente descubierto y franco, en particular a nuestra izquierda.

--Ser por este orden--pregunt a Chisco--, todo lo que nos falta por
andar?

--Jorria!--contest el espolique haciendo casi una zapateta--. Qu
yanu se lo pide el cuerpu! Si estu es una pura sala!

Buen consuelo para m, que llevaba ya los riones quebrantados de
cabalgar por tantos y tan repetidos altibajos, y comenzaba a sentir en
mi espritu madrileo el peso abrumador de los montes y la nostalgia de
la Puerta del Sol y de las calles adoquinadas!

Andando, andando, siempre arrimado a las estribaciones de la derecha,
fueron enrarecindose los estribos de la izquierda, y dejndose ver, por
los frecuentes y anchos boquerones, llanuras de suelo verde salpicadas
de pueblecillos entre espesas arboledas, unos al socaire de los montes
lejanos, y otros arrimaditos a las orillas de un ro de sosegado curso
que serpeaba por el valle.

--Es ste el Ebro?--pregunt a Chisco sin considerar que dejbamos sus
fuentes muy atrs y sus aguas corriendo en direccin opuesta a la que
llevbamos nosotros.

--El Ebru?--repiti el espolique admirado de mi pregunta--. Echeli un
galgu ya, por el andar que yevaba cuando le alcontremus nacienti. Esti
es el Iger (Hjar), que sal de aqueyus montis de acuy enfrenti. Pero
bien arrepar la cosa, no iba ust muy apartau de lo justu, porque si no
es el Ebru ahora propiamenti, no tarda muchu ratu en alcanzali pa dirse
juntus los dos en una mesma pieza por esus mundos ay; y tan Ebru
resulta ya el unu como el otru.

--Y este valle, cmo se llama?

--Esta parte de l que vamus pisandu, pa el cuasi, Campo de Arriba.

De buena gana hubiera revuelto mi cabalgadura hacia sus risueas
praderas, cruzadas de senderos blandos y tentadores; pero me arrastraba
a la derecha el pcaro deber encarnado en aquel condenado espolique,
siempre cosido a las faldas de los montes, como si de ellos tomara el
vigor y la fortaleza que parecan crecer en l segn iba caminando.

Tambin lleg a interrumpirse la desesperante continuidad de la barrera
de aquel lado, y entonces columbr sobre un cerro, encajonado en el
fondo de un amplio seno de montes, un castillo roquero que, aunque
ruinoso y cargado de yedra, conservaba las principales lneas de su
sencilla y elegante arquitectura.

--Qu castillo es aqul?--pregunt al espolique.

--El de Argesu--respondime; y dicen si es obra de morus.

Para aquellos rudos montaeses, como pude observar ms adelante, toda
construccin de parecida traza es debida a los moros... o a la
francesada.

En stas y otras, volvieron a unirse y apretarse los altos muros de la
barrera; fue estrechndose el valle del otro lado, y cuando qued
convertido en un saco angosto, dimos en una aldehuela que llenaba todo
el fondo de l.

--Aqu se acab lo yanu y andaderu--me dijo Chisco entonces; y como
tampoco hemos de jayar en ms de tres horas otru lugar ni alma vivienti
que nos estorbe el caminu, si algo le pidi el cuerpo pa levantar las
fuerzas, no desaprovechi esta gena proporcin de jacelu.

Nada necesitaba yo ni apeteca; pero estaba Chisco en muy distinto caso.
Autoricle para que se despachara a su gusto, y se satisfizo con medio
pan de centeno y un cuartern de queso ovejuno. Y fortuna fue para l
que no se extendieran a ms sus apetitos, porque hubiera jurado yo que
no haba otra cosa de mayor regalo en aquella desmantelada venta.
Autoricle tambin para que descansara un rato mientras despachaba la
frugal pitanza, y para que ayudara la digestin con algunos tragos de
vino; pero a todo se neg: a lo del reposo, porque con las paradas as
se enfriaban los gonces y se perda el buen caminar, y los buenos
caminantes deban de descansar andando; a lo de la bebida, porque la
ms sana y mejor para l era el agua corriente y fresca de los regatos
que hallaramos a pats en los puertos. Con esto colg de una mueca
el palo pinto, at al correspondiente brazo las riendas de la
cabalgadura, aprision el paraguas en el sobaco; y con el pan y el queso
en una mano y en la otra una navaja abierta, me dio a entender, con un
ademn y una mirada, que estaba apercibido y a mis rdenes.

Nos hallbamos entonces al pie de una altsima sierra que se
desenvolva, a diestro y a siniestro, en interminable anfiteatro.

--Por dnde tomamos ahora--pregunt a Chisco--, y adnde iremos a
salir?

--Vey ust--respondime levantando y extendiendo el brazo y apuntando
con la navaja abierta mientras mascaba los primeros bocados de pan y
queso--; vey ust, enfrenti de nos, ay-rriba, ay-rriba de tou, una
coy (collada) entre dos cuetus... vamos, al acabar de esta primera
sierra?

--S la veo--contest.

--Pos genu: vey ust tamin, por entre los dos cuetus de la coy, otra
lomba (loma) ms alta, que cierra tou el boqueti?

--La veo.

--Pos por ay hemos de pasar.

--Por entre los dos cuetos?

--Por encima de la lomba que va del unu al otru.

--Por encima de aquella ltima?

--Por encima de la mesma.

--Pero, hombre--dije estremecindome--, si sobre aquella loma no se ve
ms que el cielo!

--Pos crea ust--me replic el espolique con gran prosopopeya--, que,
as y con tou, hay mucha tierra que pisar al otru lau.

No quise estimar con la imaginacin las dificultades que podan
aguardarme en aquella empresa que acometa por mi propia y librrima
voluntad; y sin decir otra palabra, me puse en seguimiento del
espolique.

El cual tom a pecho, y a buena cuenta, los agrios callejones que
parecan ser las races con que estaba el monte adherido al valle;
callejones sarpullidos de cantos removidos y descarnados por el
constante fluir de los regatos que por all bajan desde sus cercanos
manantiales.

A estas incmodas sendas, encerradas entre setos bravos y
desconcertadas arboledas, sucedi muy pronto el suelo blando y
enteramente despejado de la sierra.

A veces era tan fino el tapiz de yerba menuda entre brezales rastreros y
apretados, que resbalaban sobre l los caballos con mayor frecuencia que
sobre los pedruscos y lastrales del camino andado por la finde del
valle; pero como haba espacio abundante y desembarazado en todas
direcciones, aprovechaba yo bien estas ventajas para cuartear a mi gusto
la subida e ir ganando la altura por donde mejor me pareciera. Chisco me
preceda trepando sosegadamente por derecho, garantido por sus tarugos
contra los resbalones de que no se libraba el caballo que conduca de
las riendas, cuando pisaba sobre el atusado ramaje de los brezos. Poco a
poco, el bombeo de la sierra, que desde abajo pareca continuo y
uniforme, empez a encoger el radio de su curva hasta quedar la trillada
senda que nos era forzoso seguir como raya de mulo sobre su espinazo, y
a cada lado una profunda hoyada con hermosas braas en sus laderas, y
arroyos cristalinos en el fondo, golosinas que saboreaban a sus anchas
las yeguadas y rebaos que se buscaban la vida por all.

Llevbamos ya ms de una hora de subir y an nos faltaba un buen tramo
para llegar a la cumbre que habamos de trasponer. Pasado el lomo de las
dos hoyadas, empez Chisco a dar seales de tener mucha prisa por llegar
a algn sitio determinado, y al fin result ser un arroyo de aguas
pursimas y transparentes como el cristal, en que bebieron a un mismo
tiempo y en una misma poza, el espolique y su caballo. Not, al
acercarme a ellos, que andaba el mo algo codicioso del mismo regalo, y
no trat de negrsele. Mientras beba con ansia la pobre bestia, qued
yo encarado en opuesta direccin a la que haba llevado subiendo, y con
un panorama a la vista que me dej maravillado.

--Qu valle es ese?--pregunt a Chisco que se limpiaba los hocicos con
la manga de su lstico.

--Pos el vayi por onde hemos pasau--me respondi--; slo que como no
vimus ms que lo de la parte de ac, y esu en racionis...

Era verdaderamente hermosa aquella planicie que se perda de vista hacia
el Sur, circundada de altos montes de graciosas lneas y de calientes
tonos, y adornada de cuantos accesorios pintorescos puede imaginar un
artista aficionado a aquel gnero de cuadros: praderas verdes, manchas
terrosas, esbeltos montculos, cauces retorcidos con orillas de
arbolado, pueblecillos diseminados en todas direcciones, y uno ms
grande que todos ellos, con una alta torre en el medio, como en muestra
de su seoro indisputable sobre la planicie entera. Aunque no fiaba
mucho de mi memoria ni de mi sensibilidad artstica, crea yo que aquel
panorama, con ser montas de pura casta, se diferenciaba mucho de los
que yo haba visto abajo alguna vez: era pariente de ellos, sin duda,
pero no en primer grado. Desde luego no haba, entre todos los valles
que yo conoca de peas al mar, uno tan extenso ni de tanta luz como
aqul; y ya, puesto a comparar, me atrev a hallarle ms semejante, en
sus lneas y en la austeridad de su color, a los valles de Navarra
cuando an verdeguean en el campo sus sembrados. De todas suertes, era
muy bello, y poda considerarse como una gallarda variante de la
hermosura campestre de que tanta fama goza la Montaa, con sobrada
razn.

Por las noticias no muy minuciosas que fue dndome Chisco, supe que
aquel valle era el de los tres Campes: el de Suso, o de Arriba (el
ms cercano a nosotros), el de Enmedio, y el de Yuso, o de Abajo; y el
pueblo grande con la torre en el centro, que se vea en lo ms lejano de
la llanura, Reinosa, la villa en que yo haba dejado el tren y
encontrado a Chisco.

Cuando ste no tuvo ms que decirme, continu su acompasada marcha monte
arriba, y no tard en verle detenido con su caballo, y como encaramados
los dos en el parapeto de una azotea, sobre el perfil de la loma,
destacndose ambas siluetas en una mancha azul del cielo remendado de
nubes cenicientas. Dej yo entonces mis xtasis contemplativos y piqu a
mi dcil y resignada cabalgadura, que arranc trotando a la querencia de
la otra.

Pocos pasos antes de llegar yo al punto en que me aguardaba el
espolique, volvise ste hacia m; y tendiendo el brazo derecho en
direccin opuesta, me dijo con cierta solemnidad que entonaba muy bien
con lo sealado por su mano:

--El Puertu.

Sub lo que me faltaba, pseme junto a Chisco y mir... Tena razn el
espolique: era mucha la tierra que haba que pisar por aquel lado. Pero
qu tierra, divino Dios! A mi izquierda, y en primer trmino, dos
altsimos conos unidos por sus bases, de Norte a Sur, como dos gemelos
de una estirpe de gigantes; enfrente de ellos, a mi derecha, las cumbres
de Palombera dominadas por el Cuerno de Pea Sagra que extenda sus
lomos colosales hacia el Oeste; y all en el fondo, pero muy lejos,
cerrando el espacio abierto entre Pea Sagra y los dos conos, las
enormes Peas de Europa, coronadas ya de nieve, surgiendo desde las
orillas del Cantbrico y elevndose majestuosas entre blanquecinas
veladuras de gasa transparente, hasta tocar las espesas nubes del cielo
con su ondulante y gallarda crestera. Por el lado en que me encontraba
yo, descenda la sierra blandamente hasta la base del primer cono, de la
cual arrancaba hacia la derecha un cerro de acceso fcil, que resultara
montaa desde el fondo de la barranca en que terminaba bruscamente. Lo
que haba entre la loma de este cerro y el espacio limitado por las
Peas de Europa, no era posible descubrirlo, porque lo bajo quedaba
oculto por el cerro, y lo alto me lo tapaba una neblina que andaba
cernindose en jirones, de quebrada en quebrada y de boquete en boquete.
Sin aquel obstculo pertinaz, hubiera visto, al decir del espolique,
maravillas de pueblos y comarcas, y hasta el mar por el boquete de Pea
Sagra. Haca ms imponente el cuadro el contraste de la luz del sol
iluminando gran parte de los altsimos peascos ms prximos y
reluciendo a lo lejos sobre las veladuras de los Picos, con la ttrica
penumbra del fondo de aquel brocal enorme, cuyo lado ms bajo me serva
a m de observatorio.

Ni entonces supe ni sabr jams definir las complejas impresiones que me
produjo la sbita aparicin de aquel espectculo ante mis ojos, en cuyas
retinas conservaba todava estampada la imagen del risueo valle de los
tres Campos. Lo que recuerdo bien es que, sin apartar la vista del
cuadro que tena al alcance de ella, me fui con el pensamiento al otro,
y me abism en la contemplacin del contraste que formaban los dos.

All--me deca--, la llanura abierta, los campos amenos, el sol
radiante, los frutos, las flores, la gloga, el idilio de la vida; aqu,
la bravura salvaje, la lobreguez de los abismos, el silencio mortal de
los pramos, la inclemencia de la soledad; all, el hombre, rey y seor
de la tierra frtil; aqu, siervo infeliz, sabandija miserable de sus
riscos escarpados y de sus moles infecundas. Y me sent invadido de una
profunda tristeza.

Lo que Chisco haba hecho poco antes en el entrellano de la sierra,
repiti en su loma: cuando agot el caudal de sus informes, tir de las
riendas de su rocn y comenz a sumirse con l en las honduras de aquel
pozo.

Yo me resign a seguir su ejemplo, mas no sin despedirme antes con una
mirada cariosa del esplendente panorama de la vega, contemplado
entonces por m desde una altura digna de las guilas.

Hecho el descenso de aquella parte del brocal muy fcilmente, no
tardamos en subir la ladera del cerro que segua a la primera hondonada.
Arrastrbame hacia all la fuerza misteriosa de una curiosidad que tena
mucho de la atraccin de los abismos. Lleg Chisco a la loma antes que
yo, segn costumbre, y aguardme en ella con el brazo extendido ya, como
la otra vez, para mostrarme lo que desde all se vea... Y por Dios
crucificado que no era poco! El pozo de antes se ahondaba por aquel lado
mucho ms, y su suelo, ondulante y caprichoso, se perda en todas
direcciones entre espesas neblinas sobre las cuales alzaban sus cabezas
de granito las montaas del brocal. Toda aquella interminable superficie
pareca un mar de lava cuajado de repente; un mar hasta con sus islotes
y escollos; unos monolitos muy grandes que se destacaban, escuetos y
descarnados, sobre la aridez del suelo entre matojos de escobinos, de
rnica o de regaliz. Abundaban los manchones verdes de las braas de
jugosos pastos, y no era ingrato a la vista el color de otros detalles;
pero lo dems!... Aquellos cantos pelados, tan grandes, tan secos, tan
esparcidos en todas direcciones; aquella inmensa extensin calva, monda,
rapada y desnuda de todo follaje; aquellas nieblas tenaces cerrando
todas las salidas y surgiendo de todas las hoyadas; aquellos riscos
inaccesibles y fantsticos elevndose sobre todo y por todos lados;
aquel cierzo continuo y gemebundo que pareca el espritu funerario de
las grandes necrpolis, llevando consigo los jirones de la niebla como
si fueran sudarios arrancados de las tumbas en los senos entenebrecidos
de las barrancas; aquellos buitres que me sealaba Chisco, revolando en
las alturas; aquel cielo que iba encapotndose poco a poco... todo ello,
que era lo ms, visto a travs de las lentes pesimistas de mis ojos, se
impona al resto, que era, relativamente, muy escaso, y me presentaba
toda la superficie del Puerto bajo un aspecto feroz y repulsivo. Yo no
vea ms que una llanura infinita, plagada de costras y tumores; y los
monolitos solitarios y dispersos, se me antojaban erupciones de verrugas
asquerosas sobre una inmensa piel de leproso.

Contemplando desde la sierra lo que se vea del panorama del Puerto,
habame comparado yo, por la fuerza del contraste, con un msero
gusanejo; pero al hallarme en el observatorio de ms adentro, qu
cambio tan radical y tan sbito de ideas, y cun extraas las
impresiones recibidas!... Creo que fue de espanto, de fro y de
arrepentimiento la primera, y estoy seguro de que fue de melancola la
segunda, como lo estoy tambin de que la siguiente me infundi la
sensacin de lo que tena a la vista, de tal modo y con tal intensidad y
fuerza, que hubiera jurado yo que circulaban por mis venas lquidos
pedernales, y era mi cuerpo una estatua de granito coronada con manojos
de loberas y acebuches.

Dejndome llevar del nico pensamiento racional que sobreviva en mi
cabeza, pregunt a Chisco:

--Dime, hombre, se parece a esto nuestro valle?

--Qui!--me respondi el espolique con el mayor desdn.

--Es ms ancho, eh?... y ms...

--Qui! Ni la met siquiera.

--Demonios!--repliqu--. Pero sern ms bajos los montes...

--Tampoco da en el jitu ahora--me contest el arrastrado con una flema
desesperante--, porque son hasta ms altus; slo que estn ms
tupus... ms arrimaus unus a otrus.

--Pues entonces--exclam hasta con ira--, en qu est la ventaja de tu
valle sobre este puerto, alma de cntaro?

--Pos la ventaja del nuestru vayi est--contestme Chisco dulce y
sonriente--, en que es de suyu ms terreu y ms... vamus, ms... Por
ltimu, ya ver lo que es el nuestru vayi; y si no le paez puntu menos
que la gloria, no s yo lo que sea cosa buena.

Convencido de que cuanto ms ahondara en el informante, ms negros
haban de salirme los informes que buscaba, y deseando perder de vista
cuanto antes aquel cuadro de desolacin, dije al espolique:

--Y ahora por dnde tomamos?

--Tou por derechu--me respondi.

--Pues hala, y a buen andar, si puedes.

--Jorria!--exclam Chisco comenzando a descender la otra ladera con
igual frescura que si no se hubiera movido hasta entonces. Segule yo
sin titubear; y al verme luego en las honduras de aquel inmenso
barranco, me pareci que se quebraba el ltimo vnculo que me ligaba al
mundo que yo conoca.

Estbamos indudablemente, si no en el corazn, en una de las vsceras
ms considerables de la cordillera. Y en otra vscera por el estilo se
escondera mi nuevo hogar!... Santo Dios, en qu empresa me haba
arrojado un momento de sensiblera humanitaria! Por ver de todo, se
poda ver hasta aquella espantosa desolacin; pero habitar all!...

Este modo de discurrir a que me entregu cediendo a la fuerza de mis
inveterados resabios de mal disfrazado egosmo, resucitados en presencia
de aqul, para m, tan nuevo como aflictivo espectculo, lleg a
causarme cierto rubor. Acud con todo el poder de mi memoria y de mi
discurso al recuerdo de lo pactado con mi to y a lo resuelto desde
Madrid; requer de nuevo el alto cuello de mi abrigo, porque la tarde
avanzaba y el cierzo iba hacindose por momentos ms fro y ms
gemebundo, y arrim dos espolazos a la bestia, precisamente en el
instante en que ella daba una huida hacia la derecha, enderezando las
orejitas y mirando recelosa hacia la izquierda: lo mismo exactamente que
haca el caballejo de Chisco; el cual espolique, notndolo y mirando en
la misma direccin que los caballos, me deca con cierto matiz de alarma
en el acento:

--Pique, pique, y tierra atrs!

Y me daba el ejemplo tomando un medio trotecillo delante de su rocn,
que no necesitaba ruegos ni amenazas ni castigos para seguirle. Tampoco
el mo echaba en falta esas cosas para seguirlos a los dos. Chocndome
todo esto, pregunt al espolique la razn de ello.

--Poca cosa--me respondi--, y n de malu, sino que la tarde va de
cada, y nos quedan entoava genas tiras que medir con los pies.

No me satisfizo la respuesta, pero no insist con nuevas preguntas.

Ms de una hora tardamos en atravesar el Puerto, que mide, por aquella
lnea, cerca de dos leguas. Al fin de esta jornada fastidiosa, nueva
sorpresa para m, nuevo espectculo, nuevas ideas y nuevas impresiones.
Un despeadero al frente, otro a la derecha, otro a la izquierda... Por
cul de ellos tomara Chisco...? Por el peor, por el primero, por el
nico que, aunque mala, tena salida visible. Esta salida era la
resultante de algo as como desmoronamiento de una colosal muralla
construida por titanes para escalar nuevamente el cielo. Por uno de los
intersticios de aquella escombrera de montes dislocados, musgosos unos y
a medio revestir de avellanales, rgomas y acebuches otros, alguno de
ellos bien poblado de hayas robustas o de esbeltos mostajos (el rbol
de sabroso y encarnado fruto), con grandes manchas rojizas en la falda,
impresas por los secos helechales, y todos con parte de sus esqueletos
de roca asomando por los desgarrones de sus vestiduras, iba el camino
que conduca al trmino de mi empecatada expedicin. Mas para llegar a
l tenamos que bajar una pendiente que daba vrtigo. Por all se
deslizaba la vereda, de lastras resbaladizas lo ms de ella, en ziszs,
entre jarales y arbustos algunas veces; muchas al descubierto sobre la
barranca, en cuyo fondo, entenebrecido por las malezas de ambas orillas,
refunfuaban las aguas de los regatos vagabundos encauzadas all para ir
a engrosar por caprichosos derroteros el caudal del ro que se despeaba
a nuestra izquierda y al otro lado del Puerto.

A todo esto, la noche se aproximaba; el tinte amarillento del follaje
que se mora, destacando sobre el plomizo obscuro de los montes, daba a
los trminos ms cercanos una lividez cadavrica; y del fondo de los
precipicios donde se pudra la vegetacin que ya haba muerto, suba un
olor acre, un vaho de tanino que me crispaba los nervios.

En presencia de aquel nuevo espectculo y con la llanura del Puerto a la
espalda, ya no era yo la estatua de granito con sangre de lquidos
pedernales: la contemplacin de aquel laberinto de sierras bravas, de
cuetos escarpados y de picachos inaccesibles; de speros y sombros
repliegues, de pavorosas quebradas y de abruptos peascales, transport
sbitamente mis imaginaciones a los entusiasmos arqueolgicos de mi
padre: all me sent contaminado de ellos; all conceb al cntabro de
sus himnos en toda su brbara grandeza, hasta vestido de pieles y
bebiendo sangre de caballo; y aun llegu a verle: le vi, s, resucitado
en carne y hueso, en la carne y en los huesos de mi propio espolique.
Aquel cuerpo fornido e incansable; aquellas guedejas estoposas, aquel
palo pinto, que en su diestra remedaba un venablo; aquel paraguas azul
que, bajo su brazo izquierdo, poda tomarse por un haz de flechas
envenenadas; aquella mandbula saliente; aquel mirar poderoso e
imperturbable; aquella faz montuna y atezada... oh! escarbando un poco
en todo aquello, no haba duda, resultaba el cntabro primitivo.
Comprend entonces su resistencia de seis aos contra las invencibles
legiones de Augusto; y las legiones enteras despedazadas en el fondo de
los desfiladeros, o rodando por las agrias laderas, aplastadas por los
peascos desgajados de las cumbres; el sentimiento exaltado de su
salvaje independencia; la muerte en cruz antes que el yugo del
conquistador... todo, todo lo comprend y todo lo sent, lo mismo que lo
haba comprendido y sentido mi padre, menos que pudiera vivir entre
tales vericuetos y tan esquivas soledades, un hombre de mi educacin, de
mis sentimientos y de mis hbitos.

Con estas fantasas en la cabeza y los ojos cerrados muy a menudo por no
ver los abismos a mis pies, fui bajando la pendiente cmo y por dnde
quiso mi caballejo, a cuya juiciosa firmeza me haba entregado con ciega
fe desde arriba, por encargo del propio Chisco, que me preceda
caminando por el derrumbadero con igual desembarazo que yo por los
pasillos de mi casa.

Metido ya en la grieta como una lagartija, apenas daba el camino,
usgoso y desconcertado, para sentar sus pies, con grandes
precauciones, mi jamelgo. A lo mejor, grandes doseles de granito con
lambrequines de zarzas y escaramujos raspndome la cabeza, mientras que
por el lado derecho me punzaban las espinas de los escajos, y el ms
ligero resbaln de mi cabalgadura poda lanzarme a las simas de la
izquierda. Y mirando hacia arriba en busca de luz, que ya nos faltaba
abajo, montes erizados de crestas blanquecinas, y conos encapuchados de
espesa niebla, y grgolas de tajada roca amenazando desplomarse sobre
nosotros; y a todo esto, el camino estrechando y retorcindose cada vez
ms, subiendo aqu, bajando all, y sin poder yo darme cuenta de si,
desde que habamos descendido del Puerto, bajbamos o subamos en
definitiva.

Oh, condenados admiradores de la Naturaleza en toda su grandiosidad
salvaje!--decame yo, entumecido y quebrantado de alma y de cuerpo.
Aqu os dara yo el pago de vuestras sensibleras de embuste, ponindoos
a pasto de admiracin durante media semana.

Al fin result que bajbamos; y esto lo not cuando me vi en terreno un
poco ms abierto y despejado: una espaciosa rambla que terminaba en una
vadera por la que corran hacia el Nansa, an no visto por m, los
acumulados tributos que le pagaban los montes de aquella vertiente.

Pasada la vadera, volva a subir el terreno, que era un inmenso lastral
como los montes ridos que le servan de fondo, particularmente hacia la
izquierda. Recuerdo que el sonido de las herraduras de los caballejos y
el de los tarugos de Chisco sobre las lastras de la subida, juntamente
con el murmullo de las cristalinas aguas de la vadera, no me
impresionaba en el espritu, sino en el cuerpo: me daba fro. Hasta tal
punto llevaba yo pervertidas las sensaciones por obra del tedio y del
cansancio.

El espolique me sacaba, como siempre, una buena delantera; y cuando
llegu a lo alto, encontrle esperndome, sombrero en mano, en el
vestbulo o asubiadero de un santuario que hay all. Detrs de la reja
que sirve de fondo al vestbulo, vease, no muy claramente, a la luz de
una lamparilla que le alumbraba, porque la del crepsculo poda darse
afuera por extinguida, un altarcito con la imagen de la Virgen llamada
de las Nieves, segn informes de Chisco. Descubrme yo tambin, y sin
obligarme a ello el mandato que le en una mirada del espolique. El
cual, vuelto enseguida hacia el retablo y despus de persignarse con
gran uncin y parsimonia, cruz las manos sobre el palo pinto y comenz
a rezar en voz muy alta por el alma de su padre. La oracin era un
Padrenuestro; y con ser tan usual y corriente entre todo fiel cristiano,
sonaba en mi corazn y en mis odos a cosa nueva en medio de aquel
salvaje escenario, tan cerca de Dios y tan apartado de los ruidos, de
las miserias y hasta del amparo de los hombres. Pero not que Chisco, al
concluir la primera parte de la oracin, se detuvo en seco; lo cual
quera decir que rezara yo lo restante. Por fortuna me coga bastante
pertrechado para salir airoso de compromisos como aqul, y rec lo que
me peda, aunque no tanto por su intencin como por mis necesidades del
momento. Tena racional disculpa mi egosmo en las emociones de la brega
excepcional que traa y en la que me aguardaba entre las tinieblas de la
noche, tan pavorosa en aquellas abruptas soledades.

Pero hubo tiempo y oraciones para todo y para todos; porque tras el rezo
por el alma de su padre, rez por la de su madre, y despus por las de
abuelos, y enseguida por las de todos sus parientes, y luego por las de
cada uno de los mos, y, finalmente, por las necesidades de la
cristiandad entera. Con ello, una _Salve_ a la Virgen de las Nieves y
un Viva Jess sacramentado, santigumonos, cubrmonos, acab de cerrar
la noche y nos dispusimos a continuar la interminable jornada.

Segn Chisco, nos faltaran, para terminarla, tres cuartos de hora; el
camino, por el arte del que habamos andado entre el Puerto y la
vadera; pero siempre bajando hasta la misma puerta de casa, lo cual era
una ventaja, porque se andaba ello solo tan guapamente. Adems, mi
caballo se le saba de memoria, y con dejarme llevar por l, estaba al
cabo del negocio.

--Corriente--dije a Chisco por todo comentario a sus informes, que me
dieron escalofros--; pero de qu se espantaron los caballos en el
Puerto, y por qu me aconsejabas t que picara al mo de firme?

--Y por qu es la pregunta a estas horas, si se pu saber?--pregunt a
su vez el espolique, no poco sorprendido.

--Porque ha vuelto a clavrseme el caso de repente, ahora mismo, en la
memoria, y la ocasin me ha parecido de perlas para que respondas aqu
lo que no quisiste responderme en el Puerto.

--Pos espantronse--dijo Chisco algo roncero todava--; espantronse (y
no hay por qu se niegue ya), espantronse... del osu.

--Del oso!--exclam con los pelos de punta--. Dnde estaba?

--Estaba... como a cincuenta brazas de nos, jechu un reguu, a la vera
de un busquizal. Tomarale ust por un cantu gordu de los muchus que hay
en el Puertu: el que no est avezau a verli de esi arti, confndilos.
Sueli asomar en veces por ay; gstali el oreu a lo mejor, y solese un
pocu, si tien ocasin de eyu. Pero no hay que temeli cosa mayor, porque
del hombri ajuyi siempri como el hombri no se meta con l. Con too y con
esu, genu es teneli a distancia, por un por si acasu... Conque vamos
palanti, si le paez, y no arreceli alcuentrus talis, que por aqu no se
usan, y de nochi mayormenti.

Con el saboreo de aquellas noticias y de estas seguridades, sin un
astro visible en el cielo, la tierra envuelta en la ms cerrada y
tenebrosa de las noches, y empezando a lloviznar, me dej sumir en la
barranca que se abra a corta distancia del santuario, encomendando mi
alma a Dios y mi vida al instinto del cuadrpedo que me conduca.

Y as llegu, sin saber cmo ni por dnde ni a qu hora, al suspirado
fin de mi jornada memorable.




III


Un silbido muy original de Chisco; el latir de un perrazo poco despus;
una luz tenue y errabunda aparecida de pronto; la detencin repentina de
mi caballo, tras el ltimo par de resbalones con las cuatro patas sobre
los lastrales pendos de la vereda; bultos negros en derredor de la
luz y rumor de voces speras y de distintas cuerdas; mi descenso
dificultoso del caballo, al cual pareca adherido mi cuerpo por los
quebrantos de la jornada y los rigores de la intemperie; mi cada sobre
un pecho y entre unos brazos envueltos en tosco ropaje que ola a humo
de cocina, y la sensacin de unas manazas que me golpeaban cariosamente
las costillas, al mismo tiempo que los brazos me opriman contra el
pecho; mi nombre repetido muchas veces, junto a una de mis orejas, por
una boca desportillada; mi entrada despus, y casi a remolque, en un
estragal o vestbulo muy obscuro; mi subida por una escalera algo
esponjosa de peldaos y trmula de zancas; mi ingreso, al remate de
ella, en otro abismo tenebroso; mi trnsito por l llevado de la mano,
como un ciego, por una persona que no cesaba de decirme, entre jadeos
del resuello y fuertes amagos de tos, cosas que creera agradables y
desde luego le saldran del corazn, advirtindome de paso hacia dnde
haba de dirigir los mos, o dnde convena levantar un pie o pisar con
determinadas precauciones, sin dejar por ello de pedir a gritos y con
interjecciones de lo ms crudo, una luz que jams apareca, porque, como
supe despus, toda la servidumbre andaba en el soportal bregando con los
equipajes y las cabalgaduras; de pronto un poco de claridad por la
derecha, y la entrada en otro pramo de fondos negrsimos con una lumbre
en uno de sus testeros; despus, el acomodarme, a instancias muy
repetidas de mi conductor, en el mejor asiento de los que haba
alrededor de la lumbre; y el ponerse l, pujando y tosiendo, a amontonar
los tizones esparcidos, y a recebarlos con dos grandes, resecas y
copudas matas de escajo.

A esto se reducen todos los recuerdos que conservo de mi llegada al
solar de mis mayores. La nocin exacta de cuanto me rodeaba all en
aquellos momentos, y aun la de m propio, no la adquir hasta que al
calor de la fogata descomunal que result del hbil manipuleo de mi to,
se desentumecieron mis ateridos miembros, volvi a circular mi sangre
con su acostumbrada regularidad, y revivieron con ella y se enquiciaron
todos los componentes de la entorpecida mquina de mis ideas.

Dueo y seor ya de ellas y comenzando a orientarme, repar que la
cocina era enorme, y que sus negras paredes relucan como si fueran de
azabache bruido; que la lumbre, cuyos penachos de llamas suban
lamiendo los llares recubiertos de espesos copos de holln, hasta
rebasar de la ancha campana de la chimenea, estaba arrimada a un poyo
con bovedilla, que era la jorna o cenicero, sobre una espaciosa y
embaldosada meseta, en uno de cuyos bordes de empedernida madera, y a
menos de un pie de altura sobre el suelo general, apoyaba yo los mos;
que a mi silln, grande y con brazales derechos, seguan, hasta cerrar
todo el permetro de la meseta, bancos y escabeles de madera desnuda y
muy brillante por el uso, lo mismo que el silln, y que este hogar
ocupaba la cabecera ms abrigada de la cocina. Despus pas la vista por
todos y cada uno de los innumerables e inconexos trastos, enseres y
chirimbolos que haba en aquel recinto, y hasta me interesaron dos
ollones y tres cazuelas de barro, cuyas coberteras temblaban entre
espumarajos al impulso de lo que herva debajo de ellas, arrimados a la
lumbre y calzados con sendos morrillos por detrs; por ltimo, y cuando
ya nada tena que examinar en la cocina y sus accesorios, fij toda mi
atencin en mi to, que andaba a mi vera, o tan frontero a m como se lo
permita la fogata que ambos tenamos delante, buscndome la palabra y
colmndome de atenciones cariosas. Vaya usted a saber de qu capricho
inconsciente, de qu evolucin desacordada, naci aquel procedimiento
tan descorts con lo ms interesante y, desde luego, lo ms estimado y
respetable para m, entre cuanto haba, en aquella ocasin, al alcance
de mis ojos!...

Eran chiquitos y garzos los de mi pariente, y miraban con la vivacidad
de los del raposo, a la sombra de unas cejas grises, muy espesas y
erizadas; la nariz, aguilea; la boca, nunca enteramente cerrada ni
quieta, parlanchina como los ojos, aunque callara; la tez, muy plida y
rugosa; la barbilla, redonda y algo prominente debajo del labio
inferior; las orejas, formidables y muy velludas en las cercanas de los
odos; la cabeza, bastante plana por detrs, y el pelo (descubierto en
el instante de examinarle yo, por haberse quitado don Celso la gorra
casera con que de ordinario se cubra, para pasarse ambas manos por l,
cosa que le gustaba mucho, como puede observarse ms adelante), de la
misma casta y de igual color que el de las cejas, cayendo en recios
mechones sobre la frente, y sin visibles muestras de calva en sus
alturas. El cuerpo era proporcionado a la cabeza, de regular tamao, y
daba seales de recientes y muy considerables mermas de robustez, en los
excesivos sobrantes del chaquetn y de los pantalones pardos con que le
vesta; como las daban de prdidas de vigor y fortaleza, la cerviz algo
humillada y el andar no muy seguro. Calzaba medias azules y zapatillas
de cintos negros y tena echado sobre los hombros un gabanote obscuro,
forrado de tartn de muchos colores. Nada de corbatn ni siquiera de
cuello alto ni planchado.

Indudablemente haba ms vida en el espritu que en la materia de mi
to; pero as y todo, entre sus pronsticos pesimistas y el de Chisco,
ms risueo, a juzgar yo por aquel conjunto de alma y cuerpo, inclinme
ms al dictamen de mi espolique, aunque sin acercarme mucho a l: poda
haber hombre para largo; y aun ms halageo todava se lo puse por
comienzo de nuestra conversacin.

--Ay, hijo de mi alma!--me respondi, sentndose a mi lado y
palmoteando sobre mi espalda con su mano derecha--. Cmo te engaa el
bien querer! Cierto que no soy lo que te pint en mis cartas, sin faltar
a la verdad, porque desde que me diste el s que te peda en ellas,
esponj de pronto medio palmo, por un respingo de la alegra que an me
dura... Qu cosas, hombre! Quin haba de decirme a m, poco tiempo
hace, que el caer o no caer de repente un roble viejo, poda depender
de!... Vamos, que cuanto ms se vive, ms se aprende. Pero adentro de la
viga anda la carcoma; asegrotelo yo que la siento roer sin hora de
descanso. _(Aqu un amago de tos convulsiva.)_ No te lo dije? Pues a la
vista le tienes ya. ste, ste es el ujano pcaro que me acaba!... En
fin, Dios es Dios, y lo que l quiera ha de ser, y lo que debe de ser...
Conque dejemos el punto para tratarlo en su ocasin, y vamos a otros
particulares ms urgentes por ahora.

Con esto empez a descargar sobre m una granizada de observaciones y de
preguntas que casi se empalmaban unas con otras, sin dejarme el menor
espacio para ingerir una respuesta. Si era yo alto, si era bajo; si
resultaba ms o menos parecido a los retratos que conservaba l; si ms
guapo, si ms feo; si sala ms a mi padre que a la andaluza (mi
madre), de la que tambin conservaba retrato; cuntos pedimentos
habra hecho desde que me recib de abogado; si tena novia y si era
maja y rica; qu tal era Pars de Francia; cunto costaba un viaje
desde Madrid all, y qu capitales del mundo haba visitado; a cuntos
reyes conoca de vista, y quizs de trato; qu me haba parecido el
camino desde Reinosa; si traa ganas de cenar; en dnde nos haba
anochecido; por qu usaba toda la barba y no el bigote solo como en el
retrato... Y as; y todo ello entreverado de golpeteos sobre mi espalda,
de gestos indescriptibles y de injurias contra la tos que le amagaba, de
admiraciones estruendosas, de risotadas... y de ajos, porque los
echaba por ristras el buen don Celso y como la cosa ms natural y
corriente.

Yo tena noticia, por mi padre, de lo regocijado y expansivo de su
carcter cuando no le daba por ponerse hecho un erizo y hacer andar a
todos en un pie; pero no cre, vistas sus cartas y su lacia catadura,
que le quedara en el cuerpo tanto acopio de aquellos ingredientes
retozones. Termin la escena porque se movi gente en los pasadizos
inmediatos y entr en la cocina una mujer de cierta edad, gris de pelo y
gris tambin de envolturas de pies a cabeza, y con un farol en la mano,
para decirnos con voz algo hombruna:

--Aqueyu ya est ay.

Y como aqueyu era mi equipaje, y ay mi habitacin.

--Jorria!--exclam mi to volvindose hacia la mujer--. Pues pica a
poner una luz... pero una luz de vela... Entiendes? Porque t--aadi
dirigindose a m--, tendrs que hacer algo en tu cuarto... siquiera
conocerle de vista; a ms de que hacienda, tu amo te vea... y como hay
noche larga por delante, tiempo nos queda de sobra para que vuelvas a la
cocina a darte otro chamuscn, si te le pide el cuerpo... Todava ests
ah, fantasmona de los demonios?

--Es que tamin est ya la luz ay--respondi la mujer que no se haba
movido del vano de la puerta.

--Acabaras de resollar!... Pues entonces, dca el farol y qudate aqu
t a cuidar de estos potingues... Mira, mira cmo se va esa olla!...
Qutale la cobertera en el aire y chala un poco atrs! Y a ver cmo
est la cena en punto para cuando se te pida... Porque t (por m)
querrs cenar temprano, no es verdad?... Digo yo: con lo que has
andado, y en ayunas desde tan lejos... Yo que t, hubiera tomado a buena
cuenta el tente en pie que te ofrec segn llegaste; pero que si
quieres!... porque las gentes finas vivs del aire y sois as... Conque
andando?... Digo, si te parece.

Cogi en esto el farol que le entregaba la mujer gris; y como yo, que ya
estaba de pie, hiciera ademn de seguirle, ech por delante hacia la
puerta y fuime tras l, medio a tientas, en cuanto salimos de la cocina,
porque la desmayada luz del farol apenas se vea en las densas
oscuridades de afuera. Andando as a lo largo de un pasillo, llegamos a
desembocar en otro que se cruzaba con l, y le seguimos hacia la
derecha. Por este lado terminaba en un saln que me pareci ms negro
que los pasillos, porque en sus mbitos desmesurados pareca la luz del
farol la de una pajuela.

--Esta es la salona, o comedor--dijo mi to al entrar en l--. Comedor!
Qu comedor ni qu cuartajo!... Le llamo as porque de eso sirve cuando
se alojan en esta casa personajes finos como t, o algn seor Obispo de
ac o de all, o cuando hay boda en ella y algunos das despus... hasta
que llega la confianza y se arregla uno tan guapamente en la perezosa
de la cocina: en invierno, al amor de la lumbre, y en verano... por la
frescura... Cascajo!, no te ras, porque en la cocina de mi casa se
tirita de fro en agosto en cuanto se dejan de par en par las dos
puertas y la ventana que tiene... Figrate t lo que pasara si
hiciramos otro tanto esta noche, y eso que todava estamos al acabarse
el otoo! Ves una puerta en esa pared de la izquierda? Pues es la de mi
cuarto: ah duerme tu to sesenta aos haz; los restantes, quiero
decirte, los primeros de la vida, me los dorm en esa alcoba de este
lado de la entrada: mucha parte de ellos con tu padre, en una misma
cama, hasta que, por andar a testerazos muy a menudo los dos debajo de
la ropa sobre quin estorbaba a quin... qu pernear el de aquel
arrastrado, hombre! nos separaron, y le echaron a l a dormir solo en un
cuarto de los de atrs... Aqu tienes la mesa, de encina pura, como los
bancos... Bien retallados de espaldar, eh?... como los bordes de la
mesa y las cuatro patas; digo, no, que las patas estn como torneadas en
rosca, igual que los fierros cruzados que tiene por debajo... Tambin
tienen algo de torneo las sillas arrimadas a las paredes. En fin, cosa
rstica todo ello, pero de firmeza y buena calidad, como corresponde a
gentes de nuestro porte. Trabajo le mando al que se empee en buscarle
la fe de bautismo! Zancajo, cmo estar de polillas!... Esta es la
puerta de la sala: vamos, la pieza de respeto. Por eso te la he dado a
ti... Es cortesa de obligacin, sin contar con el cario... Ya lo ves,
frente por frente de mi cuarto. Te enteras? Pues jala para dentro.

Y entramos. All ya se vea ms claro, no solamente por la doble luz del
farol y de la vela, la cual arda en candelero de azfar muy bruido,
sobre una cmoda con columnitas de basas y capiteles de bronce dorado,
sino porque la sala tena cielo raso y no de viguetas al descubierto
como el saln contiguo, y estaba, lo mismo que los muros, muy bien
blanqueado. Arrimados a ellos haba un canap, varias sillas y otros
muebles contemporneos de la cmoda; colgado sobre sta, un _Eccehomo_
entre dos cornucopias de buena talla dorada; sobre el canap, una
Pursima, y enfrente de estos cuadros, otros dos, de santos tambin,
todos ellos al leo y en marcos dorados, pero sumamente deslucidos ya.
La sala tena una gran alcoba, y la puerta de ingreso a ella cortinas
blancas recogidas en pabellones sobre grandes clavos romanos. En el
fondo de la alcoba, una cama de madera de altsimo testero con molduras
doradas y medallones pintados, colcha de damasco rojo y sbanas muy
finas con puntillas y bordados en el embozo de la encimera.

--Vas a dormir--me dijo mi to paseando el farol sobre todos aquellos
lujos--, en la misma cama en que han dormido los Obispos de Santander y
de Len... Eh? qu tal?

--Que es gran honra para m--le contest--. Pero yo dormira ms a gusto
en ella sin la colcha de damasco y las sbanas bordadas, principalmente
sin la colcha.

--Hombre! Pues para qu se quieren las cosas buenas sino para las
ocasiones como la presente?

Me cost algn trabajillo hacer comprender a mi to, que tomaba mi
resistencia a desaire, que se duerme mejor y ms descuidadamente que
entre encajes y damascos, bajo las coberturas sencillas que usamos a
diario los simples mortales.

--Pues nada, hijo--djome al fin--: lo primero, tu gusto, y se es el
que ha de hacerse en esta casa mientras en ella ests... A buena parte
vienes, cuartajo!... Ir fuera la colcha y cuanto te estorbe con ella en
la alcoba. Aqu tienes un felpudo para los pies... Creo que no te vendr
mal al acostarte, porque estos suelos de castao viejo son fros como
ellos solos... eh? Pues esta lacenuca, o como la llamis vosotros
all, a la cabecera de la cama, para poner la luz encima y meter
adentro... ves? el ingrediente ste, no pienso yo que te estorbe... ni
tampoco esta sillona del rincn... ven ac, ven ac a verla... Como
somos mortales y nadie est libre de un apuro, y las noches son tan
largas ahora, y los carrejos tan obscuros y tan fros y no los conoces
t mayormente... En fin, no hay que decirte ms. Pues bueno: aqu tienes
perchas, con su guardapolvo correspondiente, clavadas en la pared... y
en la de enfrente ese armario desocupado, en que puedes meter una tienda
de ropa... Me parece,pispajo! que por mucha que traigas, entre l y la
cmoda y las perchas, con sobras te ha de caber... Para tus rezos,
porque alguno usars, como buen cristiano que eres, al meterte en la
cama y al salir de ella, ah tienes, a la cabecera, a Dios Nuestro Seor
en cruz, y la benditera al lado, con su agua correspondiente, y su
ramuco de laurel bendito, por si quieres rociarla por el cuarto; porque
el demonio no descansa un punto, y se cuela por el ojo de una cerradura.
Aqu el palanganero con todos los avos de limpieza... y todava sobra
campo para otro tanto ms... Y con esto, lo dicho: en tu casa ests. Lo
que te estorbe, fuera con ello; si algo deseas y no lo tienes, pdelo,
que, como lo haya a mano, tuyo ser... Y ahora te dejo en paz y a tus
anchuras. Cuando acabes, avisa, que en la cocina estamos.

Y se fue, zarandeando el farol en una mano y requiriendo con la otra el
abrigo que se le deslizaba de los hombros; pero tosiendo mucho y muy
anheloso de respiracin. Aquel cuerpo caduco y herido de muerte ya, no
poda resistir sin grandes quebrantos y protestas los ajetreos en que le
empeaba la vivacidad del espritu encerrado en l.

Mientras anduve trajinando en aqul mi aposento, pens mucho, y no todo
de color de rosa. La ltima parte de mi viaje, de noche y lloviznando;
los pasillos negros de la casona; la cocina tan grande, tan oscura al
principio, de tan extrao aspecto despus a la luz de la enorme fogata;
el pelaje y las cosas de mi to; la mujer gris aparecida de repente; el
tenebroso pramo del comedor, explorado a la luz mortecina del farolillo
de cuatro cristales empaados por la roa; el silencio de afuera...
peor que el silencio absoluto: un rumor lejano e intermitente, bronco,
algo por el estilo del que puso espanto en el esforzado pecho de Don
Quijote cierta noche en las proximidades de Sierra Morena, y el otro
silencio de la casa en cuanto cesaba de hablar mi to, me haban
impresionado de mala manera. Lo mejor del cuadro era mi habitacin,
amplia, sin llegar a lo enorme, como su colindante y la cocina, blanca y
bien provista de muebles; pero qu fro se senta en ella! Y an no
haba empezado el mes de noviembre! Instintivamente palp el espesor de
las ropas de mi cama; y aunque era muy considerable, retir la colcha de
damasco rojo y puse en su lugar mi pesada manta de viaje en dos
dobleces. Senta los pies helados, y me calc unas zapatillas forradas
de piel; y no me envolv el cuerpo en un abrigo ruso de que iba
provisto, porque estaba resuelto a darme otro chamuscn en la cocina
inmediatamente. En lo que llamaba sala mi to, adems de la puerta que
comunicaba con el comedor, haba otras dos que deban corresponder a
otras tantas fachadas de la casa. Por curiosidad abr el ventanillo o
cuartern de una de las hojas del claro ms prximo a m, y todo lo vi
negro, negrsimo, al travs de un mezquino cristalejo; abr despus la
hoja entera, que daba a un balcn con repisas de piedra, y an me
pareci ms negro que antes lo que de este modo se vea. En cambio, los
rumores que desde adentro se perciban lejanos y con intermitencias,
desde all resultaban continuos, ms acentuados y ms prximos. Deba
producirlos el ro despendose a corta distancia de la casona. A este
murmurio incesante que casi era bramido ya, serva de fastidioso
acompaamiento el golpeteo de la lluvia, vertida en el suelo por las
canales del tejado. Me daba esta msica gran tristeza y cerr la
puerta del balcn ms que de prisa.

Al salir a la salona con el candelero en la mano, me encontr con la
mujer gris ocupada en poner la mesa, a la luz de un veln de tres
mecheros, colgado de un listn de madera, sujeto por una de sus
extremidades a una vigueta del techo. No era antiptica, ciertamente, la
cara de aquella sirviente; y bien mirada, hasta se hallaban en ella
vestigios de haber sido guapa en sus mocedades. Expresbase con un
laconismo que tena ciertos matices clsicos, y responda con agrado a
las preguntas que me arriesgu a hacerla, por hablar de algo y alegrar
un poco el tedioso colorido de mis ideas. As supe que se llamaba Facia;
que desde muy joven serva en casa de mi to y que en ella pensaba
morir, si esa era la voluntad de su amo, a quien quera y respetaba como
a padre y seor, y aun con eso no le pagaba bastante los grandes
beneficios que le deba. l y su seora la haban recogido hurfana y
desamparada, dndola desde entonces buena enseanza y poco trabajo, pan
abundante, y lo que vale ms que eso, cario y sombra. Todo esto me lo
iba declarando como a la descuidada, en periodos cortados y sin mirarme
a la cara, pero reflejando en la suya cierta expresin de dulzura
melanclica que la haca muy interesante, mientras se mova lentamente
de ac para all, poniendo aqu un plato despus de pasarle con un
lienzo blanqusimo, y all un vaso o un tenedor. De este modo, y echando
yo la conversacin hacia ese lado, lleg a decirme que su amo haba
tenido siempre una salud de fierru, hasta que una noche, pocos meses
haca, despus de una semana de resfriado que no le priv de andar por
el mundo, se haba despertado ajuegndose de anseo, con un jirvor de
pecho, un color de cera en la cara, y un mirar de espanto en los ojos
que desaflega. Sali de aquello, pero para no levantar cabeza.
Tristezn y acobardao, ya era otro hombre. La tos le sofocaba de
noche, y se pasaba en vilo la mitad de ellas. Entrle malencona de
las ms negras; y si llego a no acudir yo a su lado, se va como los
sospiros. Con ello y con too, Dios saba hasta dnde llegara el
carro sin atollarse para siempre.

Y la pobre mujer, con los ojos empaados, apenas hallaba voz en su
garganta para decirme esto. A buena puerta haba llamado yo para
curarme de tristezas!

Agravadas las que haba sacado de mi habitacin con el contagio de las
de Facia, apartme de ella con dos frmulas de consuelo, que para m
hubiera querido yo, y fuime en derechura a la cocina.




IV


Estaba all mi to, sentado en el silln de cabecera, y a su izquierda,
en el banco que le segua inmediatamente, un seor Cura muy corpulento,
con balandrn de pao, gorro de terciopelo rado, y entre manos una
cachavona muy recia; frontero a los dos, con la lumbre entre ambos, otro
personaje ms corpulento an que el seor Cura, de cabeza canosa y
gorda, cara cetrina y ojos muy saltones; en el mismo banco, pero a
respetuosa distancia de este sujeto, Chisco secndose el barro de sus
perneras a la lumbre; y junto a ella, y acurrucada en el suelo sin
estorbar a nadie, con una cuchara de palo en la mano derecha, y en la
izquierda el mango de una sartn colocada sobre las trbedes, una
mocetona de ojos azules, hermoso y abundante pelo rubio y cuerpo bien
metido en carnes.

Al aparecer yo en la cocina, ces el recio clamoreo de la empeada
conversacin que me haba parecido disputa desde el pasadizo inmediato,
y todas las personas del grupo se encararon conmigo de repente.
Descubrme yo entonces y avanc algunos pasos hacia la meseta del fogn.

--Hola, hola!--exclam mi to al verme--. Ya vienes en busca de la
gracia de Dios, eh? Me alegro, hombre, me alegro... A ver, toma,
cgele... Bien que t no puedes, porque ests ocupada... T, Chisco,
cgele ese candelero que trae en la mano... Vaya--aadi mirando
alternativamente al Cura y al hombrn del otro banco--, aqu le tenis
ya: ste es mi sobrino Marcelo, el hijo de mi difunto hermano Juan
Antonio. Eh? Qu tal? Qu hay que pedirle en estampa ni en ropaje?...
Mira--me dijo a m--, estos seores vienen a visitarte...

Entonces se enderezaron a una los aludidos, que me parecieron dos
gigantes, particularmente el seglar, que meta la cabeza hasta los
hombros dentro de la campana de la chimenea; pero ni el Cura se quit el
gorro, ni el otro el chambergazo con que tapaba una parte mnima de la
blanqusima grea que se le desbordaba por todo el permetro de la
cabezota. Me dieron sendos apretones de manos, que me hicieron ver las
estrellas; y mientras volvan a sentarse, a mis ruegos, y me sentaba yo
tambin a los de mi to entre l y el seor Cura, continu diciendo el
primero, sealando al segundo:

--El seor don Sabas Peas, prroco de este pueblo desde que cant
misa... ya hace fecha! porque te advierto que no baja una peseta de los
tres duros y medio... Se los llevo bien contados... Buen amigo, buen
cumplidor de sus deberes, eso s, y muy docto en latines de todas
clases... y en poner una bala en el corazn de un oso sin que le tiemble
el pulso... No se le conoce otro vicio.

El Cura solt aqu una carcajada que retumb en el embudo de la
chimenea, y hasta farfull unos latines de breviario que no pude
entender.

Despus dijo mi to refirindose al hombrazo del banco frontero:

--El seor... Hombre--aadi encarndose repentinamente con l--, me
dejas entregar todo tu pasaporte de una vez, para acabar primero y
entendernos mejor? Ya sabes que le tengo bien aprendido en la memoria...

El hombrazo se revolvi en su banco gruendo un poco, y dijo al fin, con
voz cavernosa y resonante:

--En ese que t llamas pasaporte no hay cosa que me agravie, y puede
estamparse siempre a la misma luz del sol: bien lo sabes t. Pero
cuidado con el retintn! porque hay bocas que hasta el mismo Credo de
la misa hacen sonar a lo que no es...

--Esa boca no es la ma, cuidado con ello!

--Digo que hay esas bocas, y no digo ms que eso--replic el hombrazo.

--Santo y corriente; pero yo vuelvo a preguntarte si va o no va, para
conocimiento de mi sobrino, todo tu pasaporte, cuartajo!

--Y yo te respondo que lo que es honra para m, no puede ofenderme. Con
que all te veas, y no hay ms que decir.

--Pues escucha, Marcelillo, que all va el documento: don Pedro Nolasco
de la Castaalera, alcalde que fue de este Real Valle en mil ochocientos
treinta y dos, regidor en mil ochocientos treinta, teniente de alcalde
en mil ochocientos veintisiete, sndico en mil ochocientos veinticinco,
antiguo empleado en el lavadero de lanas de los seores Botifora y
Compaa, extramuros de la ciudad de Valencia... Ordeno y mando.

--Lo ves?--salt aqu el hombrazo, con un vozarrn que aturda. Ya
sacastes la pata!... ya la jicistes!

--En qu?--pregunt mi to, fingiendo extraeza, mientras el Cura rea
a borbotones y lanzaba latines y yo no saba qu pensar de todo
aquello...

--Oiga, usted, caballerito--djome entonces don Pedro Nolasco, algo
tembloroso de voz--: es la pura verdad que yo he sido, y a mucha honra,
todas esas cosas que usted ha odo... pero contra el ordeno y mando
del remate, protesto una vez, y dos veces, y dos millones de ellas.

--Consta en papeles--afirm mi to con gran entereza.

--Y mucho que consta--respondi don Pedro Nolasco--; pero con su cuenta
y razn: en bandos que yo publiqu en su da, cuando las cosas andaban a
paso ms firme que ahora... s, seor; all estaba bien y en su punto;
pero no lo est donde t acabas de ponerlo con la mala intencin que
siempre tuvistes...

--Eso es agraviarme!--exclam mi to sofocado por la tos.

--De que me faltaras t sin motivo me estoy quejando yo!

--Yo no te he faltado!

--Yo aseguro que s!

La cosa estuvo a punto de encresparse de veras por este camino; pero con
la intervencin del Cura y con la ma, conjurse a tiempo la tempestad,
que no era nueva en aquella cocina entre los mismos contrincantes, segn
luego supe; porque los dos eran sulfurosos de genio, y las cosas del don
Pedro Nolasco una continua tentacin para el espritu marrullero de mi
to.

Puestos en paz bien pronto, continu ste:

--Por lo dems, llvame dos aos de fecha, aunque nigalo el arrastrado,
sin pizca de temor de Dios, y tiene ya los cuatro duros bien corridos de
peso. Fue siempre de mucho odre, buen apetito y mejor conducta. As ha
llegado l tan ac, sin un mal retortijn de tripas. Nunca le tom
apego, como el Cura, a la caza mayor... en los breales, se entiende,
porque a la vera de su casa o al amor de la lumbre, se zampa un buey en
dos sentadas, si hay quien se le ofrezca. Por eso y otras cosas, le
llamamos los que bien le queremos, sin que a mal lo tome ni se ofenda,
Marmitn.

--Celso!--rugi aqu don Pedro Nolasco, dando patadas en el borde de la
meseta en que apoyaba los pies, calzados con zapatillas de cintos
negros, lo mismo que el seor Cura y que mi to.

Y entonces me fij yo en que debajo de las zapatillas calzaba medias
alagartadas, verdes, con grandes pintas negras.

--Eso es lo nico que te afea, salvo la cara--djole mi to
serenamente--: el genial... En ese punto eres una jabalina celosa, a lo
mejor de una chanza. Salimos de una chamusquina, y ya te quieres meter
en otra...

--Barjolas!--exclam don Pedro Nolasco santigundose--. Ustedes han
visto otra como ella? Trapaln de los demonios, pues me he metido yo
contigo ni tanto as, desde que se acab lo otro?

Mi to no le hizo caso, y me pregunt a m:

--Le has visto ya bien? Pues con esas cerdas y todo, es el vecino ms
nobln del pueblo y el mejor amigo de sus amigos, y adems es uva de la
nuestra cepa. Lleva el corazn en la mano, y dar la piel cuando no
tenga capa que partir con el pobre. Te lo digo yo, Marmitn de los
demonios, aunque me pegues--aadi encarndose con el gigante--; te lo
digo yo, cuartajo!, yo, que tengo buenas pruebas de ser verdad: y te lo
digo con el alma y vida. Si quieres creerme, me crees, y si no, peor
para ti. No es as, Cura?

--_Est Deus in nobis_--respondi ste moviendo la cabeza de un lado a
otro, como quien afirma algo bueno que es adems indiscutible--. No hay
que darle vueltas, _est Deus in nobis, semper et ubique_. Y si no fuera
as, pobres de nosotros a cada chapucera de las que arma Satans en las
disputas de los hombres.

--Pues bueno--repuso mi to volvindose hacia su amigo que no chistaba
ni se mova, con los ojazos clavados en la lumbre--. Ahora quiero que te
quedes a cenar con nosotros, no por m, que no lo merezco, sino por
honrar a mi sobrino.

--A buen tiempo!--murmur el gigante revolviendo un poco la mirada
hacia don Celso y descargando mucho los celajes de su faz.

--Lo dices porque has cenado ya?--le replic mi to.

--Naturalmente.

--Pues por eso mismo, porque lo presuma, te convido yo. En estmagos
como el tuyo, ceba llama ceba... Y para animarte ms y hacerla redonda y
cabal esta noche, tambin te convido a ti, Cura.

--Eso ya es otra cosa--dijo entonces don Pedro Nolasco, entrando de
frente a la porfa--: si l se queda...

Negbase el Cura a ello de todas veras; pero a fuerza de insistir mi to
y de empearme yo tambin, acept al cabo.

--Lo has odo, Tona?... Pues llvale el cuento a Facia para que ponga
dos platos ms en la mesa, y aade t lo que falte, si es que falta algo
en la cocina.

Tona respondi que sobraba con lo que haba arrimado a la lumbre,
siempre que cada cual comiera como Dios mandaba; y mi to, mientras el
hombrn reciba con carraspeos la condicional que la sirviente haba
echado hacia all con los ojos, dio por rematada la historia y mand que
se tratara de otra ms divertida.

No lo fueron ni tanto siquiera, para mi gusto, las pocas que salieron a
relucir despus, mientras la mocetona rubia, y Facia, la mujer gris, que
entraba y sala a menudo, daban los ltimos toques a los condumios
arrimados al fuego. Por mi parte, y para ir tirando de la conversacin
tuve que suministrar, a instancias del Cura y de don Pedro Nolasco,
cuatro vaguedades sobre esos mundos de Dios, por los que tanto haba
rodado, al decir de los mismos seores; y menos interesado ya que al
principio en lo que all se trataba, y pudiendo llevar mi atencin a
otros trminos del cuadro, observ, entre otras cosas, que Tona y Chisco
no tomaban parte en ello ms que con los ojos y alguna que otra
exclamacin o risotada, y que la tal sirvienta, por su cara y por su
talle, de pies a cabeza, en fin, era lo que se llamaba una buena moza.

--Ya ves--lleg a decirme mi to--, que aqu no se pasa el rato del todo
mal, despus de hecho el hombre a estas cosas tan diferentes de las de
all. Y mejores se pasan todava, como irs viendo, porque esta noche
no hace regla: no es sazn de ello hoy por hoy, en que no aprieta el
fro y est mucha de la maz sin deshojar, y hay que deshojarla, porque
lo primero es lo primero; pero djate que corran das y empiece a
empardecerse el cielo y a rebombar el pozn de Pea Sagra, trastajo!
y vers acudir gente a esta cocina, hasta haber noche de no caber en
estos bancos, cada cual con su avo y con su tema... toda gente montuna,
por de contado: puros jastialones. Hay que armarse a veces de mucho
aguante, eso s, porque en un rebao, zancajo! no todas las bestias son
de una misma condicin; pero las mejores de ste son las ms; y con tal
de no pedir castaas al camueso... Vamos, que te ha de entretener, si es
que te avezas a ello... y Dios lo haga as.

--Pues no ha de jacerlu!--exclam don Pedro Nolasco, asombrado de que
se pusiera en duda lo que l tena por indudable.

--_A custodia matutina usque ad noctem speret Israel in
Domino_--confirm don Sabas--, sin contar con lo que tengo dicho y no me
cansar de repetir: _est Deus in nobis_; y por eso no hay que desesperar
de nada que sea honrado, conveniente al hombre de bien y conforme a la
santa ley de Dios.

Cuando lleg el momento de irnos a cenar, pregunt don Pedro Nolasco muy
sorprendido:

--Pero, cmo?... No cenamos aqu?

--No seor!--respondi mi to empujndonos hacia la puerta.

--Pero por qu?--insisti aqul erguido sobre el fogn.

--Curiosn de los demonios--replic el otro volvindose hacia l desde
la mitad de la cocina--. En primer lugar, a zoquete regalado no debieras
ponerle tachas; y, por ltimo, has de saberte, traga-aldabas del jinojo,
que ni todos los tiempos corren unos, ni todos los hombres son iguales.
Me entiendes ahora?

Esto ocurra en el instante en que Chisco, por mandato de Tona, se
acercaba a la pared que yo haba tenido enfrente, a la cual estaba
adaptado un tablero, soltaba la taravilla que le sujetaba por arriba, le
haca girar sobre el eje que tena en el lado de abajo, y le dejaba en
posicin horizontal sostenido por un tentemozo. Pidiendo informes sobre
el uso de aquel aparato, averig que era la mesa perezosa a quien
haba aludido mi to en el comedor.

--Y para qu la ponen ahora?--preguntle.

--Para cenar los criados en cuanto nosotros nos larguemos de
aqu--respondime.

Me gust el artefacto, que quedaba armado a muy corta distancia del
fogn; tentme la novedad aquella, y desde luego un mi parecer al bien
notorio de don Pedro Nolasco.

--Pues por m--dijo mi to con firme resolucin--, que levanten los
manteles de la otra mesa y los tiendan en sta. Por regalarte el gusto,
mand que se cenara all: ya sabes que el mo es muy diferente. Adems,
para lo que he de cenar yo... Conque si te gusta ms esto...

Convinimos, a mis ruegos, en que por aquella noche quedaran las cosas
como estaban, cenando en adelante en la perezosa y dejando la mesa del
saln para la comida del medioda; bajse de su pedestal don Pedro
Nolasco, y salimos de la cocina los cuatro comensales en ringlera,
siguiendo a Tona que nos alumbraba el camino con el candil que haba
descolgado de la campana de la chimenea.

Y sucedi lo que yo estaba temiendo rato haca, por lo que haba ido
observando alrededor de la lumbre y en los trajines de la repolluda
cocinera; que la cena dispuesta en honor mo era para servir de espanto
ms que de tentacin y de consuelo a un comensal de mis tragaderas,
hecho y avezado a las sabrosas parvidades de la cocina mundana.
Comenzando a contar por los cubiertos y dos cucharones de plata de
anticuada forma, una torta de pan casero, ocho vasos de cristal
verdoso y un botelln muy negro, todo cuanto haba y fue apareciendo
sobre la mesa era macizo y grande y abundante hasta lo increble.
Primeramente, un cangiln de sopas de leche, despus una fuente muy
honda, de un potaje de nabos en ensalada; luego una tortilla de
torreznos, seguida de una asadura picante, y, por ltimo, una compota
descomunal de manzanas, y mucho queso curado de ovejas. Lo nico que
escaseaba all eran la luz y el calor, porque la de las mechas del veln
casi se perda en el negro espacio antes de llegar a la mesa, y el
chamuscn que yo me haba dado en la cocina slo me serva en el comedor
para sentir doblemente la glacial temperatura de aquel pramo.

El Cura, contra lo que yo esperaba de su tamao, coma nada ms que
regularmente, y era limpio y reposado en el comer. Mi to probaba de
todo sin gustarle nada, y yo satisfice mi necesidad, ms que apetito, de
doce horas, casi tanto con la vista de tan copiosos alimentos, como con
las parvidades que de ellos tom... Pero don Pedro Nolasco!... No tena
calo ni medida su estmago de buitre; devoraba hasta con los ojos; y
mucho de lo que no le caba en la boca mientras funcionaba su gaznate,
corrale en regatos por el exterior hasta sumirse bajo la sobarba entre
cuero y camisa, o mezclarse gota a gota con la mugre del chaleco.

Se habl poco en la mesa, y de esto poco la mayor parte fue de mi to
para decir injurias al glotn, que no le contestaba, ni creo que le oa,
y para ponderarme su asombro por lo melindroso que le parec en el
comedor, y muy especialmente por el plan de cena ma, para en
adelante, que le trac. No poda comprender el buen seor que un mozo de
mis aos y con mi salud, no comiera cuanto se le pusiera delante a
cualquier hora del da o de la noche. Abundante y sustancioso era la
divisa del bien comer entre los hombres rumbosos del pelaje de mi to.

Andando en esto y regoldando ya el gigante por no tener su estmago
cosa de ms jugo en que entretenerse, oyse una campanada de rel hacia
lo ms obscuro y remoto de la estancia.

--Las diez y media!--dijo mi to revolvindose en el banco--. Me parece
que ya es hora de que te dejemos en paz. El viaje te habr molido bien
los huesos, y tendrs ganas de tumbarlos en la cama. Por lo dems, no te
creas: entre el laberinto del ganado abajo, y la tertulia de arriba
despus de rezar el Rosario, rara es la noche en que nos acostamos ms
temprano... Ya vers, ya vers, pispajo! cmo sabemos vivir aqu,
aunque montunos y pobres, a uso de pudientes de ciudad... Conque
entendstelo, Marmitn? Pues, jorria! ya que ests jartu, y a su casa
el que la tenga.

Levantmonos todos, dio gracias el Cura, respondmosle cumplida y
devotamente, y se fue con don Pedro Nolasco, no sin haberme hecho volver
a ver las estrellas con los apretones de manos que me dieron por
despedida.

Poco tiempo despus, encerrado yo en mi cuarto, pasebame a lo largo de
l intentando pensar en muchas cosas sin llegar a pensar con fundamento
en nada, no s si porque realmente no quera, o porque no poda pensar
de otra manera. Con esta oscuridad en mi cerebro y el continuo zumbar
del ro en su caada, acab por sentirme amodorrado, y me acost.

Blanca de ropas y limpia como un sol era mi cama; pero qu fra... y
qu dura me pareci!




V


Sin embargo, dorm toda la noche de un solo tirn; pero soando mucho y
sobre muchas cosas a cual ms extravagante. Recuerdo que so con el oso
del Puerto; con desfiladeros y caadas que no tenan fin, y tan angostas
de garganta, que no caba yo por ellas ni aun andando de medio lado.
Obstinado en pasar huyendo de la fiera que me segua balancendose sobre
sus patas de atrs y relamindose el hocico, tanto forzaba la cua de mi
cuerpo, que remova los montes por sus bases y oscilaban all arriba,
muy arriba! las cspides pedregosas, y hasta se desplomaban muchas de
ellas sobre m, pero sin hacerme dao. Tambin so con mi to bailando
en la cocina, junto a la lumbre, unas seguidillas que cantaba la mujer
gris taendo una sartn muy grande; y despus con don Pedro Nolasco, el
cual coma becerros crudos y troncos de abedul y peascos de granito con
bardales, mientras iban comindome a m, fibra a fibra y muy poco a
poco, el Tedio y la Melancola, un matrimonio de lo ms horrible, que
viva en el fondo de un abismo sin salida por ninguna parte.

Quizs por haber sido ste mi ltimo sueo de la noche, fue tan triste
mi despertar por la maana. Porque fue triste de veras! Pero me haba
dormido con la curiosidad recelosa de conocer de vista la tierra en que
voluntariamente acababa de sepultarme; y sintiendo revivir de golpe
aquel vehemente deseo al ver un poco de luz que se filtraba por los
resquicios de las puertas, levantme de prisa, lavme tiritando de fro,
envolvme en el abrigo ms espeso de los varios que tena a mi alcance,
y me asom al mismo balcn a que me haba asomado por la noche.

Ya no llova; pero estaba el mezquino retal de cielo que se vea desde
all levantando mucho la cabeza, cargado de nubarrones que pasaban a
todo correr por encima del pen frontero y desaparecan sobre el tejado
de la casa. Entre nube y nube y cuando se rompa algn empalme de los de
la apretada reata, asomaba un jironcito azul, salpicado de veladuras
anacaradas; algo como esperanza de un poco de sol para ms tarde, si por
ventura regan en aquella salvaje comarca las mismas leyes
meteorolgicas que en el mundo que yo conoca.

Dejando este punto en duda, descend con la mirada y la atencin a lo
que ms me interesaba por el momento: lo que poda verse de la tierra en
todas direcciones desde mi observatorio de piedra mohosa con barandilla
de hierro oxidado. Bien poco era ello, Dios de misericordia!

Delante y casi tocndole con la mano, un pen enorme que se perda de
vista a lo alto, y an continuaba creciendo segn se alejaba cuesta
arriba hacia mi izquierda, al paso que hacia la derecha decreca
lentamente y a medida que se estiraba, cuesta abajo, hasta estrellarse,
convertido en cerro, contra una montaa que le cortaba el paso
extendiendo sus faldas a un lado y a otro. Rozando las del pen y la
del cerro hasta desaparecer hacia la izquierda por el boquete que
quedaba entre el extremo inferior del cerro y la montaa, bajaba el ro
a escape, dando tumbos y haciendo cabriolas y bramando en su cauce
angosto y profundo, cubierto de malezas y de misterios. Inclinado hacia
el ro, entre l y la casa, debajo, enfrente y a la izquierda del
balcn, un suelo viscoso de lastras hmedas con manchones de csped,
musgos, ortigas y bardales. A la derecha y casi a plomo del balcn, el
principio de un corral que segua fachada abajo y daba vuelta en ngulo
recto hacia la otra, lo mismo que el cobertizo que le cercaba por el
lado del ro, y estaba destinado, por las muestras visibles, a cuadras,
leeras y pajares. Por el estorbo de estos tejadillos y de la larga
lnea de fachada de la casona, slo se alcanzaba a ver, por la derecha,
una estrecha faja de terreno cultivado, paralela al ro y perteneciente
al valle que, segn todas las trazas, se extenda hacia aquella parte,
es decir, a la derecha del ro. Y a todo esto, el patio y sus tejados, y
el terreno de afuera, y las zarzas y los helechos y la baranda del
balcn, en fin, cuanto se vea o se palpaba desde mi observatorio,
hmedo, reluciente y goteando.

No habiendo cosa ms risuea en que poner la vista por aquel lado, fuime
a la otra fachada, la que corresponda al claro frontero a mi alcoba.
Por esta puerta sal a un largo balcn o solana, de madera encajonada
entre dos esquinales o mensulones de sillera, llamados tambin
cortafuegos. En el de mi derecha resaltaba el grueso y tallado canto
de un escudo de armas, cuyo frente no poda ver por lo que sobresala el
esquinal de la baranda del balcn. No pudiendo ver tampoco desde all, y
por idntico motivo, el resto de la fachada, supuse, y no sin
fundamento, que la parte de edificio habitada por m formaba un cuerpo
saliente. El balcn caa sobre un huerto del mismo ancho que aquella
fachada de la casa, y muy poco ms de largo, con sus correspondientes
inclinaciones hacia ella y hacia el ro; una docena de frutales en
esqueleto; un cuadro de repollos medio podridos; algunas matas de ruda,
de mejorana y de romero; un rosal vicioso y en barbecho lo dems; un
muro viejo para cercarlo todo; y por encima del muro, surgiendo las
moles de un negro anfiteatro de fragosos montes, que all se andaban en
altura con el pen de la derecha, que formaba parte de l. Y no se vea
otra cosa.

Por la direccin de la luz y otras seales bien fciles de estimar, di
por seguro que aquella fachada de la casa miraba al Sur, y que por el
lastral que bajaba a mi izquierda, es decir, al Este, entre la pared del
huerto y el monte de aquel lado desde un alto desfiladero que se vea
algo lejano, haba venido yo la noche antes. Por este viento nada tena
que observar, pues bien a la vista estaba la montaa que corra paralela
a la casa asombrndola con su mole. Haba, pues, que buscar por el Norte
del solar de mis mayores la perspectiva del valle entero, que le
pareca a Chisco punto menos que la gloria.

Con este propsito me retir de la solana de mi aposento, y sal al
comedor. Estaban abiertos los dos claros de l que daban al exterior de
la casa. Acerqume a uno de ellos, y vi que correspondan ambos a otra
solana muy escondida al socaire de la pared de mi habitacin que,
efectivamente, sobresala mucho de la lnea general de la fachada. Entre
esta pared y otro mensuln mucho menos saliente que ella al extremo
opuesto, corra la solana, a la que daba tambin una puerta del
dormitorio de mi to.

Estaba abierta y me col dentro. No haba all ms que una cama del
mismo estilo que la ma, pero grande, de las llamadas de matrimonio; un
crucifijo y una benditera en la pared del testero, una cmoda, dos
perchas, un palanganero, un silln de vaqueta, dos sillas y un felpudo.
La cama estaba ya hecha, el suelo barrido y todas las cosas en orden,
seal de que mi to haba madrugado ms que yo. Me asom a una ventana
abierta en la pared del Este junto a una alacena, y vi lo que ya me
haba imaginado: el peascal negro, jaspeado de grietas con vegetaciones
silvestres y separado de la casa por un callejn pendiente, de lastras
resbaladizas.

Al volver al comedor por la salona, hallme con mi to que entraba en l
por la puerta de enfrente. Llegaba fatigoso y se apoyaba en un bastn. A
la luz del da parecame su traza muy otra de lo que me haba parecido a
la luz artificial. El blanco y fino cutis de su cara tena un matiz
azulado, y haba en sus ojos y en su boca una muy marcada expresin de
anhelo. Sin embargo, su humor era el de siempre; y si era disimulo de
lo contrario, no se le conoca. Se admir de hallarme levantado tan
temprano. Vena a ver qu era de m; si se me oa revolverme en la cama,
para entrar, en este caso, a abrirme los balcones, si lo deseaba, y si
no, para tener el gusto de darme los buenos das. Le agradec mucho su
cuidado, y despus de abrazarle le pregunt cmo haba pasado la noche y
por qu madrugaba tanto.

--Como siempre, hijo del alma--contestme entre toses y jadeos--. Y no
me las d Dios peores. En buena salud, me levantaba con el alba; desde
que tengo tan mal dormir, madrugo mucho ms que el sol, y con todo y con
ello, me sobra tiempo de cama.

Parecime que el relente fro de las madrugadas no deba de sentarle
bien, y as se lo dije, aconsejndole que se guardara de l.

--Eso ser entre vosotros--me contest con su aire chancero de
costumbre--, avezados a vivir entre cristales; pero entre los montunos
de por ac!... Pobre de tu to Celso el da en que no pueda desayunarse
con una tripada de esa gracia de Dios! Pero, vamos a ver, y t? te has
desayunado ya con algo ms de tu gusto? Porque no falta de ello en casa,
como te dije anoche. Y si no has pensado en eso, en qu trastajo has
pensado?... Mira que como sea falta de franqueza!...

Djele en qu me estaba entreteniendo desde que me haba levantado y lo
que llevaba visto ya, y me replic, agarrndome por un brazo al mismo
tiempo y tirando de m hacia los carrejos interiores:

--Por vida del ocho de copas, hombre!... Pues, mira, en parte me alegro
de que hayas empezado por donde empezaste: as te queda lo mejor para lo
ltimo... Ven ac, ven ac!

Y me llev a remolque hasta la cocina, donde me hall a la mujer gris, a
Tona y a Chisco, sentados a la perezosa y almorzando unas fritangas con
borona. Dironme risueos los buenos das, levntandose muy corteses, y
apenas me dej tiempo mi to para cambiar con ellos algunas palabras;
porque tan pronto como abri una puerta cercana a la mesa y en la misma
pared, comenz a llamarme a su lado.

Obedecindole, sal a un balcn de madera de mucha lnea y muy volado,
la mitad del cual caa sobre el patio de las cuadras, que no pasaba del
centro de aquella fachada, y la otra mitad afuera. De este modo poda
ver el panorama completo y sin estorbos. Formaban la barrera de enfrente
la montaa atravesada delante del cerro de la izquierda, y otra que la
segua hacia mi derecha, bien poblada de vegetacin en su base, de color
pardo muy obscuro en la mitad, de alto abajo, de lo que pudiera llamarse
su tronco; de verde crudsimo en la otra mitad, y con la enorme cabeza
gris, como un crneo despellejado y seco, entornada hacia el hombro
izquierdo, con la blanca osamenta al aire tambin. Me haca el efecto
aquella vasta mancha verde, fina y jugosa, iluminada entonces casi de
frente por un rayo de sol, de un remiendo de terciopelo riqusimo en un
vestido de tosco sayal. Formando ngulo con esta montaa y quedando un
boquete entre las dos, terminaba, coronada de crestas y picachos, la que
descenda por el Este de la casa rozndola el costado con sus bardales.

Dentro de todo este marco, que pareca una contradanza de colosos
encapuchados, se extenda una tierra de labor tijereteada en pedazos, de
pradera y de boronales, los primeros de un verde aterciopelado, y los
segundos con la nota pajiza que les daban los tallos secos, an no
cortados, del maz recin cogido. Entre mi observatorio y esta mies, que
descenda en rampa hacia los montes de enfrente, y muy inclinada al
mismo tiempo hacia el ro, un pedregal erizado de malezas y surcado de
senderos y camberas de comunicacin con el pueblo, cuyas casitas se
vean, hechas un rebao, en lo ms alto de la mies, con la iglesia en
medio, que pareca, y lo era en sustancia, su pastor. En todos aquellos
edificios, con las fachadas muy lavaditas y las puertas y ventanas de
par en par, vea yo otras tantas caras de seres desdichados y
enfermizos, con la boca y los ojos muy abiertos, vidos de aire y de luz
que les iban faltando. Y entre aquellas caras las haba de varias
expresiones, desde el pattico compasible, hasta el cmico y el
grotesco. Daba gana de echar a algunas de ellas una limosna, para
calmarles las angustias del estmago, o un sombrero de desecho para
sustituir la ruinosa chimenea, y a todas un asidero para sostenerse, sin
rodar hasta el monte, en la postura violenta en que yo las vea.

Tan embebido me hallaba en este linaje de visiones, que ni siquiera me
enteraba de los informes que iba dndome mi to sobre cada cosa de las
principales del cuadro. Parecame todo el valle, relativamente a la
altura de su marco, de una pequeez asfixiadora, y considerbame cado
de las nubes en el fondo de un dedal enorme. Qu idea tendra Chisco de
la Gloria celestial, cuando la pona solamente un punto ms arriba que
aquello en la escala de lo hermoso y admirable?

Dios eterno, qu envidia tuve entonces a los pjaros porque volaban!

--Dgame usted, to--preguntle de golpe, y sin reparar en que le
cortaba a lo mejor un entusistico discurso precisamente sobre la
anchura y salubridad del valle--, por dnde se sale de aqu?

--Jacia nde?--me pregunt l a su vez.

--Pues... hacia... hacia fuera, hacia el mundo, vamos--respondle yo
aturullado como un chicuelo imprudente, temeroso de que me descubriera
los pensamientos que me haban arrancado la pregunta.

--Jacia el mundo!--repiti l soltando una carcajada--. Pues me hace
gracia la ocurrencia, pispajo! Estamos aqu en el limbo, o qu?

--He querido decir--repuse celebrando con una risotada contrahecha la
pregunta de mi to--, que cules son las salidas principales...

--Ya, ya: ya te haba calado yo el pensamiento--respondime l, dejando
de pronto el aire jaranero--, sino que como la ocurrencia tuya se
acaldaba bien en una chanza, y yo soy as... Pues te dir: una de las
salidas principales es el camino por donde t has venido anoche, ste de
al lado nuestro.

--Corriente.

--Y la otra es la que se ve all abajo, a la mano izquierda: la misma
salida del ro. No ves un camino que va por encima de l siguiendo toda
la ladera? El puente est aqu a la izquierda, entre aquellos jarales.
Puede que le confundas con ellos por lo viejo que es... Pues por ese
camino se va...

--Hasta dnde?

--Hasta dnde!... Trastajo! hasta la mar, si te conviene.

--Bien; pero por dnde?

--Pues ro abajo, ro abajo... de pueblo en pueblo. Quieres que te los
nombre uno a uno?

--No hay necesidad.

--Hasta que llegas a un camino real. Si quieres seguirle por la derecha,
porque te jale lo mundano, le sigues; y si te contentas con menos, le
cruzas; y no apartndote de la vera del ro, en un dos por tres dars
con los jocicos en la mar... Mira, hombre, aqu donde me ves y con los
aos que tengo, no llegan a cuatro las veces que he estado en Santander.
La primera con tu ta, recin casado con ella. Entonces no haba el
camino real de que te hablo, que es de ayer, y haba que ir a buscarle
ms lejos. bamos a caballo, como siempre se ha ido desde aqu por los
pudientes. Ella, en un silln de terciopelo azul y clavillos
sobredorados, con las galas de novia, a la moda de entonces. Campaba de
veras, porque era guapetona de firme... trastajo, si lo era! No nos
coma la prisa y jicimos noche en la villa de San Vicente, que al otro
da abri puertas y ventanas para vernos salir... Mira, hombre, poco ms
de un mes antes haba salido de Espaa, a tiro limpio, el ltimo ladrn
de los de Pepe Botellas... Cabalmente. Pues bueno: paramos poco en la
ciudad, porque no nos gust aquello. La segunda vez fue a raz de lo del
veintitrs, con un pariente de los de Promisiones, que deseaba, como yo,
ver cmo andaban las cosas del mundo, despus de la taringa que haban
llevado los botarates de la Pitita. Cuartajo, qu cumplida se la
dieron... y qu merecida la tenan los arrastrados! Pues la tercera fue
ayer, como quien dice, no ms que por el gusto de saber por m propio
qu era eso del camino de fierru que acababa de estrenarse... Y para de
contar, despus de enterarte de que no pasan de doce las que he salido
del valle ms all de dos leguas... Y te aseguro que nunca que dorm
fuera de l, jice sueo con arte, y toda comida que no sea la de mi
casa, me ha sabido siempre a condumio sin sustancia; y en no viendo yo
estos picachones encima de la cabeza por donde quiera que ando, me hago
cuenta que no veo cosa de gusto ni de traza, y hasta la mar de la costa
me parece una pozuca, comparada con las anchuras de este valle... De las
casas en ringle no se me hable, trastajo! porque solamente de mentarlas
me falta la respiracin y me ajoga el hipo... La verdad, Marcelo... Cada
uno a lo suyo, y con su cada cual. Y a este respective, has de saberte
que hay en este valle gentes que se caen de viejas sin haber salido de
l ms all de lo que corre de una alent un perro con asma. Y se
morirn tan satisfechas como si murieran de jartura del mundo que t
conoces: igual que ha de pasarme a m en el da de maana. Creme, hijo:
cuanta menos carga de antojos se saque de esta vida, ms andadero se
encuentra el camino de la otra. Hay quien jalla la mina cavando en un
rincn de su huerto, y hay quien no da con ella revolviendo la tierra de
media cristiandad. Ahora, t dirs quin es ms afortunado de los dos y
ms digno de envidiarse... Cascajo! y vamos adelante con la historia,
que como d yo en irme por los atajaderos. Dnde habamos quedado con
ella? Qu ms deseas saber?

--Por de pronto--respondle, maravillado de aqulla su vivacidad de
imaginacin y soltura de pico, que parecan incompatibles con la
dolencia que le acababa--, si se ensancha el paisaje ms all del
boquete por donde se cuela el ro.

--Al contrario--respondime--: en cuanto doblas el recodo, vuelven a
encalabrinarse los picachos a la vera del ro, tan pronto a un lado como
a otro, cuando no a los dos a un tiempo. Anchuras de stas no se
encuentran hasta el camino real: medio da de rodar, agua abajo, en una
caballera de buenos pies; un paseo, como quien dice, y de los cortos...
Enfrente de ese boquete tienes aquel otro de la mano derecha, por donde
se mete una tira que va a acabar en punta all dentro. Le ves? al pie
mismo de la montaa manchada de verde por arriba. Pues por ese callejo
hay otra salida que va trepando por los breales... en fin, hombre,
hazte cuenta que en cada resquebrajo que veas en un monte de stos, hay
un sendero por donde andan estas gentes como por el portal de la
iglesia, y se pasean y toman el aire y recrean la vista los hombres
desocupados y sanos de pecho, como t. Ya vers, trastajo! ya vers lo
que es bueno.

--As lo espero--respond faltando a la verdad de lo que pensaba--. Y
diga usted--aad apuntando al mismo tiempo con el dedo hacia all--,
qu significa aquella mancha verde en que ya me haba fijado yo antes
que usted me la mencionara?

--Oh!--contestme alzando los dos brazos a un tiempo--, eso es la gran
riqueza del lugar, amigo! Eso es el Prao-Concejo de aqu, porque
tambin hay otros pueblos que tienen el suyo correspondiente; pero no
como el nuestro. Quia! Pispajo, ya le quisieran! Es de todos y cada
uno de estos vecinos: un caudal de yerba que se reparte por adra todos
los aos. Ya vers, ya vers qu romera se arma el da de la siega, si
te coge aqu el primer agosto que llegue...

--Pero cmo demonios--pregunt verdaderamente asombrado de lo que me
contaba mi to--, se puede segar en aquel precipicio, ni bajar al valle
lo que en l se siegue, ni mucho menos subir all para segarlo y
recogerlo?

Rise mi to de lo que l llamaba mi inocencia, con tanto como yo saba
del mundo, y prometindome la explicacin de lo que me asombraba para
cuando la pidiera sobre el terreno, no quiso decirme ms.

--Y en finiquito--concluy--, qu te parece de todo lo que has
visto?... porque creo que no falte nada en que no hayas puesto los ojos.

--S, seor--le respond al punto--: falta algo que busco con ellos
desde que me puse a mirar esta maana, y no hallo por ninguna parte.

--Y qu cosa es ella, hombre?

--Pues un palmo de tierra llana.

--Trastajo!--exclam aqu mi to, mirndome con el asombro pintado en
los ojos--, cmo demonios ha de jallarse lo que no hay?

--Que no!--exclam yo a mi vez.

--No, hombre, no--insisti l con la mayor seriedad--. Entend que
conocas el dicho que corre aqu como evangelio.

--Y qu dicho es se?

--Que no hay en todo este valle ms llanura que la sala de don Celso.
Ostelo ahora?--aadi rindose y mirndome a la cara con sus ojillos
de raposo--. Pues atente a ello.

Y volvi a rerse, y me re yo tambin, pero de dientes afuera, con lo
cual, dejando ambos el balcn, volvimos a la cocina, en cuya perezosa se
me antoj desayunarme aquella maana.

En aquel desayuno y en la comida del medioda adquir dos nuevos datos,
que no resultaban de escasa cuenta sumados con los que ya posea: el pan
era de hornadas hechas en la taberna cada media semana, y no haba otra
carne que la de cecina, con excepcin del domingo, en que se mataba una
res en el pueblo. All no se conoca fresco, bueno y a diario, ms que
la leche y sus preparados... precisamente lo que estaba reido con los
gustos de mi paladar y con los jugos de mi estmago.

Pocas noches he pasado en mi vida tan largas, tan tristes y de tan
insoportable desasosiego, como la de aquel da. Porque visto y
reconocido ya en todas sus fases, a lo ancho, a lo largo y a lo
profundo, el terreno en que tena yo que dar la batalla, pero batalla a
muerte, contra los hbitos y refinamientos de mi vida de hombre mundano,
comodn, melindroso y elegante, haba para que las carnes me
temblaran.

Ay! toda aquella mi fortaleza levantada en Madrid al calor de un
entusiasmo irreflexivo y sentimental, se desmoronaba por instantes; y
los fros razonamientos a que yo me haba amparado en horas de sensatez
para defenderme de los asedios de mi to cuando me llamaba a su lado
hasta por caridad de Dios, revivan en mi cabeza con un empuje y un
vigor de colorido que me espantaban. Sucedame entonces lo que al
temerario que por un falso pundonor, por un arranque nervioso y de mal
disfrazada vanidad, desciende al fondo de un precipicio. Ya est abajo,
ya hizo la hombrada, ya demostr con ella que llega hasta donde llegue
el ms intrpido... Corriente. Pero ahora hay que subir. Cmo? Por
dnde?... Y all es ella, Dios piadoso!

Slo de tres maneras poda volver a la luz y a la libertad del mundo: o
por el fin y acabamiento de... (qu barbaridad! hasta el tropezar con
el supuesto sin haberle buscado yo con el deseo, me repugnaba); o por el
restablecimiento del pobre seor, cosa imposible a sus aos y con lo
mortal de la dolencia que padeca; o por meterlo yo todo a barato a lo
mejor, liar el equipaje cuando me diera la gana y volverme a Madrid por
el camino ms corto, lo cual me pareca una canallada que poda costar
la vida al bondadoso octogenario, para quien mi presencia en su casa
pareca ser el pan y el sol que le nutran y le alegraban. Es decir, dos
salidas con la puerta cerrada, Dios saba hasta cundo, y una que no se
me franqueara jams, por repugnancias de mi conciencia. En definitiva,
una eternidad.

Si entre tanto hubiera habido en m alguna inclinacin natural, alguna
aptitud de las que hacen hasta placentera a muchos hombres, sin ser
aldeanos, la vida campestre, menos mal; pero, por desgracia ma, me
faltaban todas en absoluto. Yo no era cazador, ni haba manejado otras
armas que las de adorno en los salones de tiro; ni entenda jota de
ganados, ni de labranzas, ni de arbolados, ni de hortalizas, ni pintaba
ni haca coplas; y por lo tocante a la seora Naturaleza, la de los
montes altivos y los valles melanclicos y los umbros bosques y las
nieblas difanas, y las sinfonas del favonio blando entre el pelado
ramaje, y los rugidos del huracn en las esquivas revueltas de los
hondos callejones, vista de cerca, mejor que madre, me pareca
madrastra, carcelera cruel, por el miedo y escalofro que me daban su
faz adusta, el encierro en que me tena y los entretenimientos con que
me brindaba... Y a todo esto haba que aadir que el invierno con sus
fros, con sus nieblas, con sus aguaceros y con sus nevascas, estaba ya
cernindose encima de los picachos del contorno y de la casona de mi
to... Y aunque, por misericordia de Dios, no pasara yo all ms que l,
sera tan largo, tan largo!... Cuntos libros devorados sin sacarles
pizca de sustancia! cuntos chamuscones en la cocina! cunta
indigestin de bazofia! cuntos paseos en corto! cuntas rendijas del
suelo contadas maquinalmente con los ojos! cuntas rbricas echadas con
el dedo en los empaados cristalejos de mi cuarto!... Virgen de la
Soledad, qu perspectiva!

Y as, por este orden, batallando horas y horas. Cmo hallar una breve,
ni momento de reposo, ni bien mullida la cama, con semejante gusanera
entre los cascos?




VI


Dios, que, como dice el adagio, aprieta, pero no ahoga, permiti que a
aquella triste noche siguiera un da muy risueo, con el cielo barrido
de nubes y un sol que, aunque plido y fro, iluminaba el valle y
decoraba las cumbres de los montes envolvindolas en nimbos de luz
reverberante. Yo recib la primera salutacin del astro vivificador de
la madre tierra como uno de los mayores beneficios que poda otorgarme
el cielo en medio de la oscura soledad en que me vea, y mi to se
apresur a aconsejarme que aprovechara la escampa, que haba de ser de
larga dura por seales que l consideraba infalibles, para hacerme a
las armas y _tomar la tierra_ como era debido y cuanto ms antes. Diome
con el consejo informes y programas que me parecieron excelentes; y como
no tena a mis alcances otros recreos ms tentadores y de mi gusto, opt
por lo que se me propona, y me dispuse en el acto a echarme a la
montaa, que vale tanto all como en el mundo culto y refinado echarse
a la calle, es decir, a la ventura de Dios, a matar el tiempo.

Antes de salir de casa entr en ella el mdico, que iba a saludarme
aprovechando la oportunidad de la visita casi diaria que haca a mi to,
particularmente desde su ltima y grave enfermedad. Era un mozo que
andara con los treinta aos, no muy corpulento, pero de recia
complexin; de pelo y barba cortos, negros y fuertes; de mirada firme,
pero sin dureza; agradable de cara y de voz; muy sobrio de palabras;
limpio, holgado y modesto de traje, y natural de un pueblo de los
ribereos del Nansa. Esto fue todo lo que de l supe en aquella ocasin.
Su visita fue breve, y nos despedimos muy afablemente, quedando yo muy
complacido de aquel hallazgo en Tablanca, ms por lo que se lea en la
cara y en el aire del mediquillo, que por las ponderaciones que de sus
prendas hizo mi to al presentrmelo. Bajamos juntos hasta el portal,
echando l enseguida por la cambera del pueblo y yo por otra
diametralmente opuesta, hacia la montaa.

Acompabame Chisco, por donacin muy recomendada de su amo, con la
misma vestimenta y el propio calzado con que le haba conocido yo en el
paso de la cordillera, y nos acompaaba a los dos un perrazo sabueso;
llamado _Canelo_, de una casta para m singularsima por lo grande, que
iba perpetundose en casa de mi to desde que su padre fue mozo y
cazador. Chisco llevaba una escopetona de pistn con anchas abrazaderas
reforzadas con bramante encerado sobre el largusimo can rooso, un
cuerno para la plvora y una bolsa de badana verde para el perdign y
las postas que iban mezcladas con l. Yo una elegante y fina Lafaucheux
de dos caones, canana correspondiente, cuchillo de monte, borcegues de
ancha y recia suela claveteada, polainas de cuero ingls, y todo el
equipaje, en suma, de un cazador de figurn. Chisco me miraba de reojo y
hasta se sonrea un poquillo, particularmente cuando se fijaba en mi
calzado, y, sobre todo, cada vez que me vea resbalar en la arcilla
blanda o sobre las lastras de los encalabrinados senderos. Al fin lleg
a declararme que para pisar firme no tendra ms remedio que apechugar
con un par de almadreas como las suyas; que lo de mi ropa, poda
pasar, y que, en cuanto al armamento, ya se vera. Vaya si tena
camndulas el mozalln! Por de pronto, ni l ni yo bamos entonces
propiamente de caza, sino de paseo; slo que as como en las tierras
llanas se pasea un hombre con un bastn en la mano o con las dos
desocupadas, all se pertrecha el paseante de armas y de municiones por
lo que pueda acontecer.

Como la excursin me result muy entretenida y tambin muy provechosa,
porque me dio buen apetito y mejor sueo, al da siguiente la repet,
aunque por distinto lado de la montaa, pero sin extender mucho ms que
en la anterior el radio de mis valentas, porque el teatro de mis
experiencias era vastsimo, y el aprendizaje muy duro de pelar.

A los tres o cuatro das de andar en estas pruebas y continuando el
tiempo alegre y primaveral, se uni a nosotros Pito (Agapito) Salces,
Chorcos de mote, hijo de un casero de mi to; buen cazador tambin,
como casi todos los hombres de aquel valle; algo torpe de magn y muy
largo y deslavazado de miembros. Le haba conocido yo en casa una noche,
y me haban cado muy en gracia su catadura y sus cosas; por lo que mi
to, que pescaba en el aire las ocasiones y los medios de agasajarme,
dispuso que desde el da siguiente se agregara a Chisco para acompaarme
en mis correras. Era adems muy amigo de ste, y a los dos les supieron
a gloria el licor de mi frasquete y los cigarros de mi petaca en cuanto
los cataron.

A todo esto, yo no haba estado en el pueblo ms que una sola vez, y sa
muy de pasada y muy temprano, casi de noche todava, yendo a la misa
primera de don Sabas; ni conoca de cerca a otras personas que las que
frecuentaban la cocina de mi to, con el cual no haba hecho nunca
conversacin empeada sobre cosa alguna... ni siquiera sobre Facia, cuyo
aspecto singular y un tanto misterioso me llamaban mucho la atencin,
particularmente desde una noche (la del tercer da de mis excursiones a
la montaa) en que la hall, saliendo yo de mi aposento, como extraviada
en los pasadizos, con el farol en la diestra, la mirada de espanto y el
andar de una sonmbula. Se estremeci al verme de improviso junto a
ella, y me pidi perdn por haberme tomado por... No me dijo por qu ni
por quin; pero rompi a llorar y huy a ocultarse en el cuarto frontero
a la puerta de la escalera, el cual habitaban ella y Tona. En un momento
en que me hall a solas con mi to, antes de recogerme aquella noche, le
habl del suceso. De pronto me pareci algo picado de la curiosidad;
pero enseguida cambi de aspecto, se encogi de hombros y me dijo:

--Est mema la infeliz. Cosas de ella. Siempre es por ese arte.

Tambin se me haba antojado que Chisco miraba a Tona con muy buenos
ojos. De esto no habl a mi to; pero s al mozalln, y por hablar de
algo, subiendo los dos solos una vez al Prao-Concejo.

--Jorria!--me contest trepando delante de m, sin detenerse un punto
ni volver la cara, pero sacudiendo al aire su mano derecha.

No me sac de dudas la respuesta, y le ped otra ms terminante. Dimela
en estos trminos:

--No estaran mal puestus en eya los pensaris de unu... y esu que!...
Pero van los mos jacia muy otra parti. Los de Pitu, pongo el casu, ya
es pleitu difirente.

--Conque Pito... Y ella, tan repolluda y tan guapota, le corresponde?

--Esu es lo que yo no s... ni pu que lo sepa l tampocu.

--Es muy posible... aunque antes has puesto una tacha a esa buena moza.

--Una tacha!... Y cul fue eya?

--No la pintaste muy clara, pero la diste a entender. Despus de
ponderar por cosa buena a la moza, aadiste y eso que... como quien
dice: no es oro todo lo que reluce.

--Lo dira yo, si es casu, por su padre... o por su madre.

--Y qu tienen su padre o su madre que tachar?

--Qu s yo! Historias.

--Conque historias... Y quin es el padre?

--Echeli ust un galgu.

--Anda, morena! Y la madre?

--Ahora s que panoj! Y la tien l en casa!

--Quin, hombre de Dios?

--Ust.

--Yo?

--Ust mesmu... Pa qu demontres quier los ojus de la cara, si no es pa
ver lo que est delanti de eyus?

--Acaba de decirlo con mil demonios que te lleven: quin es la madre de
Tona?

--Pos Facia.

--Facia!--exclam lleno de asombro--. Pero Facia es casada?

--Por lo vistu--me respondi el mozalln con mucha flema.

--Con quin?--volv a preguntarle.

--Esa es la historia--respondime l apuntando al suelo hacia atrs con
el ndice de su diestra, sin volver la cara ni disminuir el paso.

--Pues cuntamela enseguida--le dije yo entonces, sentndome a
horcajadas en el pico de una roca que sobresala a un lado del sendero,
no tanto por or ms a gusto lo que Chisco me relatara, como por
descansar de la fatiga que me iba dando aquel nuestro incesante subir
por la ladera del agrio monte. Habamos ganado el primer tercio de su
altura, y estbamos ya dentro de los trminos de la gran mancha verde
que se vea desde la casona de mis mayores, es decir, del
Prao-Concejo, que desde all me pareca interminable, inmenso, en la
direccin oblicua de la senda que llevbamos. Chisco, cuando not que yo
me haba sentado, se detuvo, volvise hacia m, se sonri a su manera al
verme tan bien acomodado, y, por ltimo, retrocedi lentamente.

--Cuntame eso--le dije en cuanto se detuvo a m lado--; pero con todos
sus pelos y seales.

Para infundirle buenos nimos le di un trago de los de mi frasquete, que
era la mejor golosina para l, y un cigarro de los mayores de mi petaca.
Bebi y palade el confortante licor, relamindose de gusto, y ech
despus una yesca, mientras yo contemplaba a vista de pjaro el
vallecito de Tablanca, con sus casitas trepando mies arriba detrs de la
de mi to, sola y encaramada en lo alto, como si se hubiera detenido
all para animarlas con la voz y algunas cuchufletas de don Celso; y,
por ltimo, recostndose contra el terreno y estribando con las abarcas
en las asperezas del camino, me refiri lo siguiente, que yo traduzco,
poco ms que en sustancia, al lenguaje vulgar, con verdadero
sentimiento, porque no me es posible, por falta de memoria y de
costumbre, reproducir al pie de la letra aquel pintoresco lenguaje, cuyo
sabor local exceda con mucho, en inters, al asunto relatado.

Facia era, en efecto, una hurfana desvalida cuando la recogieron mis
tos en su casa. Educse y creci en ella; lleg a ser una gran moza,
porque tena de quin heredarlo, lo mismo que el ser honrada y discreta;
y por buena moza, y por honrada, y por discreta, y hasta por muy
agradecida, pasaba, y con razn, en el pueblo, cuando se present en l,
como llovido de las nubes, cierto galn, un baratijero que asombr a
Tablanca, no slo por las maravillas, jams vistas all, de la tienda
que plant en un ferial del valle, sino por el encanto de su pico, por
la majura de su cara y por el rumbo de su porte. Como moscas acudan a
su tenducho reluciente los pobres papanatas de la feria, y como moscas
caan en la miel de sus ponderaciones y lisonjas, dejando en el cebo
engaador hasta el ltimo maraved de los ahorrados para fines bien
distintos. Para las mujeres, sobre todo, tena el charlatn un anzuelo
irresistible; y para las buenas mozas, en particular, un aquel que las
atolondraba. Tan bien le fue al indino en aquel empeo, que acabada la
feria traslad el tenducho al pueblo y le abri en un cobertizo que
improvis junto a la iglesia. A creerle por su palabra, l no era
traficante por necesidad, sino por lujo. Le gustaba correr el mundo y
ver de todo, y para lograrlo a su antojo, como era rico por su casa y le
sobraba el dinero, le corra de aquella manera, comprando alhajas a
todo coste en las grandes ciudades de la tierra, para cedrselas a los
pobres hombres y a las buenas mozas de los lugarejos por un pedazo de
pan. As daba l perlas finsimas de Oriente al precio de los garbanzos
de Castilla; pualitos de Damasco y relojes de oro, ms baratos que las
navajas de Albacete y las coberteras de hojalata. Como haba visto
muchas tierras y estudiado muchos libros, saba un poco de todo cuanto
haba que saber, y daba remedios, y aun los venda, al desbarate, por
supuesto, para toda casta de enfermedades... y de contratiempos, porque,
en su opinin, nada exista verdaderamente incurable, sabiendo buscar a
las cosas su motivo, como lo saba l, por haber estudiado muchos libros
y haber corrido muchas tierras. Aquella segunda campaa de baratijero
fue una barredera en el lugar. Ni una mota dej el pcaro en Tablanca.
Particularmente Facia, que era de suyo sencillota y noble, se
despilfarr. Gast en gargantillas de todos colores, en sortijas,
espejucos y alfilerones de todas hechuras, un dineral: todo lo ahorrado
de sus soldadas y algo ms que pidi a cuenta, afrontando valerosa las
indignidades con que la apostrofaba su amo. Porque resultaba que
aquellos antojos insaciables y aquel atrevimiento inconcebible en la,
poco antes, tan modesta, comedida y respetuosa muchacha, dimanaban de un
qu s yo de mal aqul, a modo de maleficio, y que la jalaba, la
jalaba contra su gusto hacia las baratijas de la tienda, y muy
particularmente hacia los donaires del baratijero. Como ste le haba
notado la inclinacin y era ella (sin ofender) la mejor moza entre las
muchsimas y muy buenas que haba en el lugar, apret el pcaro las
lisonjas y los chicoleos, y hasta la rond la casa por las noches y la
cant unas coplas finas al son de una guitarra que propiamente
hablaba entre sus manos. En fin, que la inocente borrega lleg a
prendarse en tales trminos del hechicero galn, que solamente le qued
una pizca de juicio, lo puramente indispensable para responderle en uno
de sus asedios ms obstinados, que en siendo como Dios mandaba y por
delante de la Iglesia y para vivir en Tablanca a la vera de su amo,
cuando lo tuviera por conveniente.

Contuvo el hombre sus mpetus con la respuesta; meditla durante algunos
das; resolvi al cabo que s; corrise la noticia por el pueblo;
envidiaron a Facia su loca fortuna todas las mozas de l; lleg el caso
a odos de don Celso; toc el cielo con las manos; puso a la infeliz
enamorada de loca y de sin vergenza que no haba por dnde cogerla;
jur y perjur que el baratijero era un bribn de siete suelas; que no
haba ms que mirarle a la cara para convencerse de ello; que sabe Dios
dnde sera nacido, de dnde vendra y por dnde habra andado hasta
entonces, y que por la cruz de Jesucristo considerara esto y lo otro y
lo de ms all... Como si callara. El hechizo estaba tragado, y Facia no
cejaba un punto en su empeo. Bien persuadido entonces su amo de que no
haba razonamiento capaz de convencerla, ni medida rigurosa, como la de
plantarla en la calle, que no empeorara el destino de la infeliz, entre
verla perdida o desgraciada, opt por lo menos malo al cabo de los das:
arregl un casucho que tena medio abandonado al extremo inferior del
valle; agregle tierras y ganado; hizo, en fin, cuanto puede hacer un
padre por un hijo en casos tales, y dijo a Facia despus de haberse
negado a recibir al novio y a verle al alcance de su voz:

--Csate cuando te d la gana, y meteos ah para que, siquiera,
siquiera, cuando las pesadumbres te maten, tengas cama propia en que
morir despus de haber pedido a Dios perdn de tus ingratitudes y
locuras.

A los pocos das de casado, y con gran pompa, el baratijero, ya era otro
hombre distinto de lo que fue en el lugar antes de casarse: hasta la
cara pareca diferente, sobre todo cuando hablaba con su mujer lo poco
que hablaba; miraba bajo y mal, y pareca que le estorbaba hasta su
sombra. Al mes de esto, como no saba trabajar la tierra ni manejar el
ganado, y de aquellas riquezas que tena por su casa, segn dijo de
soltero, no se vea un maraved para levantar las cargas de su nuevo
estado, cogi lo que le quedaba de su tenducho y se fue a correr ferias
y mercados con ello. Volvi a los dos meses, muerto de hambre, mal
encarado y peor vestido. Hzose temible para su mujer, a quien golpeaba
con el ms leve pretexto, y sospechoso a todo el vecindario, que no
estaba hecho a ver en aquel honrado suelo holgazanes y renegados de
semejante catadura.

A los diez meses de casados, tuvo Facia una nia; y sin llegar a
cumplirse el ao, su marido, que haba desaparecido del pueblo una
semana antes, volvi a casa de noche, roto y desgreado; dio dos
bofetones a su mujer porque le pregunt cariosamente cmo le haba ido,
por dnde haba andado y a qu vena; y mientras la amenazaba con
abrirla en canal si contaba a nadie que no le haba visto el pelo desde
la semana anterior, hizo apresuradamente un lo con las baratijas que le
quedaban en casa y con otras, al parecer, semejantes que fue sacando de
los anchos bolsillos de su ropa, y sin despedirse de Facia desapareci
de la casa y del pueblo, perdindose en la oscuridad de los montes...
hasta hoy.

A los dos das de esto, lleg al pueblo una pareja de la guardia civil y
una requisitoria del juez del partido preguntando por l. Se trataba del
robo de una iglesia y de unas pualadas al pobre sacristn que intent
impedirle... Dos pjaros de la cuadrilla haban cado ya en el garlito,
y se buscaba al tercero, al capitn de ella, al famoso baratijero casado
en Tablanca... y en otras tres o cuatro parroquias ms de Espaa y sus
Indias, segn resultaba de sus antecedentes procesales.

Con este golpe se espant el vecindario, se llev don Celso las manos a
la cabeza, y envejeci de repente quince aos la pobre Facia.

Del pcaro fugitivo slo volvi a saberse que anduvo por las repblicas
de Amrica, recin escapado de Espaa, y se le daba por muerto muchos
aos haca o arrastrando una cadena.

A poco de verse abandonada, triste y arrepentida la desventurada Facia,
recogila otra vez don Celso por caridad de Dios; y por caridad de Dios
tambin no la dijo una palabra desde entonces que se refiera de cerca ni
de lejos a su locura ni a su desgracia; y a su lado fue creciendo la
nia Tona, ignorando los verdaderos motivos de las tristezas y amarguras
de su madre, y viviendo en la creencia de que su padre haba sido un
hombre de bien que, como otros muchos, se haba marchado a la otra
banda para mejorar la fortuna, y que all haba muerto sin conseguirlo,
al cabo de los aos.

Tal es la sustancia de lo que me refiri Chisco. Con ello slo poda
explicarse el arrechucho aquel de Facia, y poda tambin no explicarse:
de todas suertes, el caso, aun despus de conocida la historia de la
mujer gris, que no dejaba de ser interesante, no era para meterme en
escrupulosas indagaciones; y no me met.




VII


Con dos guas tan complacientes y tan expertos como los mos, pronto
conoc las principales sendas, caadas y desfiladeros, la fauna y la
flora de los montes ms cercanos del contorno; perd el miedo que me
infundan los asomos u orillas descubiertas de los precipicios, siendo
de advertir que all no hay camino chico ni grande que no sea un asomo
continuado, y adquir la soltura y la fortaleza de que mis piernas
carecan al principio para soportarme lo mismo en las cuestas arriba que
en las cuestas abajo; es decir, siempre que andaba, porque es la pura
verdad el dicho corriente en el lugar, de que en aquella fragosa comarca
no hay otra llanura que la sala de don Celso. No sub a grandes alturas,
porque no me tentaban mucho los espectculos de esa casta, ni tampoco
hicieron mis rudos guas grandes esfuerzos para animarme a vencer las
inclinaciones de mi complexin relativamente perezosa; pero no dej por
eso de satisfacer mi escasa curiosidad en la contemplacin de
hermossimos panoramas. Por ltimo, conoc tambin los principales
puertos de invierno y de verano, a los cuales envan sus ganados los
valles circunvecinos, y admir la lozana de aquellas braas (majadas)
de apretada y fina yerba, verdaderas calvas en medio de grandes y
tupidos bosques de poderosa vegetacin. Cada una de estas calvas tiene,
en los puertos de verano, una choza, y en los otros un invernal: la
choza para albergue de las personas que pastorean el ganado, y el
invernal, edificio amplio y slido, de cal y canto, para establo y pajar
de una buena cabaa de reses. Por lo comn, cada invernal corresponde a
los ganados de ocho o diez condueos de las hazas o partes de la braa
contigua. Algunos de esos invernales estaban ya ocupados. De noche come
el ganado prendido en la pesebrera, de la ceba del pajar, segada en
las hazas en agosto; de da pasta al aire libre, mientras el tiempo lo
consiente, al cuidado de sus dueos, que despus de dejarlo recogido al
anochecer, bajan a dormir al pueblo; al revs que en verano, durante el
cual duermen amontonados en la choza, quedando la cabaa acurriada, es
decir, reunida en la majada circundante. Las yeguadas hacen vida ms
independiente y libre, y las hallbamos, en estado semisalvaje, donde
menos lo pensbamos.

Pito era muy bruto, y aconteci ms de una vez ir yo muy descuidado y
sentir a mi espalda un estampido feroz que me haca dar dos vueltas en
el aire. Era la espingarda del gaznpiro: un escopetn ms viejo y
remendado que el de Chisto, que haba hecho una de las suyas. Pito no se
cansaba en avisar a nadie ni en tomar la ms leve precaucin cuando una
pieza se le pona a tiro, es decir, en cuanto l la atisbaba, lo mismo
en los aires que entre los matorros, que atravesando la sierra
escampada, porque para un arma de las dimensiones de la suya y con la
metralla de que la atascaba, no haba lejos ni cercas: se la echaba a la
cara, y por encima de un hombro mo o entre las piernas de Chisco, segn
lo peda la situacin de las cosas y de las personas, sin cansarse en
decir all va eso, puuunnn! Aquello pareca el fin del mundo: los
montes retemblaban, y quedaba la pieza, no slo muerta, sino hecha
trizas, porque l no perda golpe, ni la pieza un solo grano de la
metralla del escopetn.

Y la pieza era una liebre, una zorra, un gato monts, un esquilo
(ardilla), un faisn o una alimaa de regular cuanta, pues es muy de
notarse que de ese y otros linajes parecidos son los animales con que se
topa uno yendo de paseo, aun por los sitios ms inmediatos al pueblo,
como se topa en cualquier otra parte del mundo, que no sea aqulla, con
el gato domstico, el perro carioso o las aves de corral.

Chisco se conduca de muy distinto modo que su camarada: todo lo haca
sin alterar en lo ms mnimo aquella su placidez de continente. Si se me
pona una pieza a tiro, con una mano me detena suavemente, con la otra
me la sealaba, y con un gesto expresivo o con media palabra me daba a
entender que me la ceda. Si yo erraba el golpe, como suceda casi
siempre, l me le enmendaba, si no se le haba anticipado la espingarda
de Chorcos desde donde menos podamos esperarlo; y notaba yo, en el
primer caso, cierta complacencia maliciosa en la mirada que me diriga,
mientras pataleaba la vctima en el suelo o descenda de los aires dando
tumbos, como si quisiera decirme: Vey ust cmo no val un pitu esa
escopeta, con ser tan maja como es? Pero Chisco se engaaba
grandemente, porque el arma era inmejorable, y las municiones muy dignas
de ella. Lo que fallaba era el cazador, que siendo tan diestro como yo
lo era en el tiro al blanco, no saba por dnde se andaba cuando haba
que tirar a la carrera o al vuelo. El caso es que lleg a mortificarme
esta torpeza; y contribuyeron mucho a ello, ms que las miradas dulzonas
de Chisco, las risotadas brutales con que solemnizaba Chorcos cada
enmienda que haca su espingardn rooso a los fracasos de mi escopeta.
Y tan adentro me llegaron las mortificaciones, que poniendo mis cinco
sentidos en el negocio aquel, consegu pronto, ya que no la destreza de
mis acompaantes, portarme de tal manera, que no fueran enmendables
por ninguno de ellos los tiros que yo desaprovechara. Con esto cesaron
las sonrisas del uno y las risotadas del otro, y sent yo descargado el
nimo de un gran peso; porque as vienen hilvanadas las flaquezas de la
vida, y jams se ha dicho verdad como la del pedante don Hermgenes: No
hay poco ni mucho en absoluto.

Dos veces nos acompa en estas expediciones, mixtas de exploracin y de
caza, el cura don Sabas; pero sin ms arma que el cachiporro pinto que
le serva de bastn. Hallaba l algo como mengua en gastar la plvora en
aquellas salvas de puro recreo, y llamaba animalitos de Dios a cuantos
haba en la escala de magnitudes, desde el jabal o el corzo para abajo.
Pero cunto saba de toda la escala entera y verdadera, y de aquellos
montes y de otros tales, y con qu respeto le oan los dos mozos que,
como cazadores, tanto se crecan a mi lado, y con qu gusto le oa y le
contemplaba yo a ese propsito... y otros muchos, para los que no tenan
ojos ni odos las rudas entendederas de Chisco y su camarada!

Porque es lo cierto que aquel hombrazo tan soso de palabra y tan pobre
de recursos en la tertulia de mi to; algo ms agradable y suelto
oficiando en la iglesia, donde hablaba desde el altar mayor bastante al
caso y a la medida del entendimiento de sus rsticos feligreses, en las
alturas de la montaa no se pareca a s propio. Lo de menos era en l,
con ser mucho, el inters que saba dar en pocas y pintorescas frases a
las noticias que yo le peda, por no satisfacerme las que me
suministraban Chisco y su compaero, acerca de las grandes alimaas, sus
guaridas en aquellos montes y la manera de cazarlas; los lances de apuro
en que se haba visto l y cuanto con esto se relacionaba de cerca y de
lejos; sus descripciones de travesas hechas por tal o cual puerto
durante una desatada cellerisca sus riesgos de muerte en medio de
estos ventisqueros, unas veces por culpa suya y apego a la propia vida,
y las ms de ellas por amor a la del prjimo: lo dems era, para m, su
manera de caer sobre la montaa, como estatua de maestro en su propio
y adecuado pedestal; aqul su modo de saborear la naturaleza que le
circundaba, hinchindose de ella por el olfato, por la vista y hasta por
todos los poros de su cuerpo; lo que, despus de este hartazgo, iba
leyndome en alta voz a medida que pasaba sus ojos por las pginas de
aquel inmenso libro tan cerrado y en griego para m; la facilidad con
que hallaba, dentro de la ruda sencillez de su lengua, la palabra justa,
el toque pintoresco, la nota exacta que necesitaba el cuadro para ser
bien observado y bien sentido; el papel que desempeaban en esta labor
de verdadero artista su pintado cachiporro, acentuando en el aire y al
extremo del brazo extendido, el vigor de las palabras; el plegado del
humilde balandrn, movido blandamente por el soplo continuo del aire de
las alturas; la cabeza erguida, los ojos chispeantes, el chambergo
derribado sobre el cogote, la correccin y gallarda, en fin, de todas
las lneas de aquella escultura viviente... Oh! diranle al pobre Cura
en el llano de la tierra, en el valle abierto, en la ciudad, una mitra;
la tiara pontificia en la capital del mundo cristiano, y le daran con
ellas la muerte: para respirar a su gusto, para vivir a sus anchas, para
conocer a Dios, para sentirle en toda su inmensidad, para adorarle y
para servirle como don Sabas le serva y le adoraba, necesitaba el
continuo espectculo de aquellos altares grandiosos, de aquella
naturaleza virgen, abrupta y solitaria, con sus cspides desvanecidas
tan a menudo en las nieblas que se confundan con el cielo.

Nada de esto, que tan hermoso era y tan a la vista estaba, saban leer
ni estimar los dos mozones que tan profundo respeto tenan a don Sabas
solamente por ser cura de su parroquia y hombre de indiscutible
competencia en cuanto se les alcanzaba a ellos.

Mi temperamento, en la escala de lo sensible, ni siquiera llegaba al
grado de los innumerables que para sentir el natural necesitan verle
reproducido y hermoseado en el lienzo por la fantasa del pintor y los
recursos de la paleta; y, sin embargo, yo lea algo que jams haba
ledo en la Naturaleza cada vez que la contemplaba a la luz de las
impresiones transmitidas por don Sabas encaramado en las cimas de los
montes. Y era muy de agradecerse y hasta de admirarse por m este
milagro del pobre cura de Tablanca; milagro que nunca haban logrado
hacer conmigo ni los cuadros, ni los libros, ni los discursos.

En la ltima ocasin de aqullas, volviendo a casa los dos, yo rendido y
descuajaringado, y l tan fresco y tan brioso como si no hubiera salido
del lugar, djome que todo lo visto por m hasta entonces era como no
ver nada y que haba que ver algo de lo que me tena prometido.

--Lo que usted quiera y cuando usted quiera--respond yo temblando, por
el compromiso que adquira con aquel hombre para quien eran cosa de
juego excursiones que a m me descoyuntaban.

--Pues queda de mi cuenta el caso--me replic--; y no hay ms que
hablar.




VIII


Mis visitas de exploracin minuciosa al pueblo las hice solo y por mi
propia cuenta, dejndome aparecer en l como a la descuidada, para
sorprenderle mejor en sus intimidades. Al conocer de vista a su
vecindario en la misa del domingo anterior, ya me haba llamado la
atencin muy vivamente cierta uniformidad montona de corte, digmoslo
as, y hasta de indumentaria. Todos los mozos usaban el lstico
encarnado, y verde todos los viejos, y todas las mujeres llevaban la
manta o chal de parecido color y cruzado de igual modo sobre el pecho
y los riones; en todas y en todos abundaban el tipo rubio y la lnea
curva, no sin gracia, con tendencia al cuadrado hacia los hombros; todos
y todas andaban, hablaban y se movan con la misma parsimonia, y en
todas las caras, viejas y juveniles, se notaba la misma expresin de
bondad con cierto matiz de sobresalto, como si la continua visin de las
grandes moles a cuya sombra viven aquellas gentes, las tuviera
amedrentadas y suspensas. Pues no tuve que rectificar un pice de estas
impresiones, recibidas de un simple vistazo al conjunto del vecindario
aqul, cuando trat de estudiarle en detalle y ms a fondo; al
contrario, resultme que a la monotona de su manera de ser y de vestir,
bien confirmada de cerca, hubo que agregar otra monotona no menos
saliente por cierto: la de sus habitaciones. Todas las casas de
Tablanca, con excepciones contadsimas, me parecieron construidas por un
mismo plano: la planta baja, destinada a cuadras del ganado lanar y
cabro; en el piso, la habitacin de la familia, y la cocina sin ms
techo que el tejado, y en lo alto el desvn, limitado por un tablero
vertical sobre el borde correspondiente a la cocina, formando con las
tres paredes restantes lo que pudiera llamarse caja de humos. Afuera,
una accesoria para cuadra y pajar del ganado vacuno, y pegado a ella o a
la casa, un huerto muy reducido.

De igual modo que en la cocina de mi to se hablaba en todo el lugar por
chicos y grandes, viejos y mozos. Como nota caracterstica de aquel
lenguaje, las haches como jotas y las oes finales como es; verbigracia:
jermosu y jormigueru por hermoso y hormiguero. Pero tan acompasada y
tan meldica es la cadencia que dan a la frase, que no resultan las
asperezas de la palabra desagradables al odo: al contrario; y tienen
expresiones y modismos de un sabor tan sealadamente clsico, que con
ello y el sonsonete rtmico de que las acompaan, oyendo una
conversacin entre aquellos montaeses, se me vena a la memoria la
msica de nuestros viejos romanceros.

Es tambin muy de notarse que ninguna de estas singularidades en el modo
de ser y de expresarse, sufre visible alteracin por el cambio de
lugares o de costumbres. Es all muy corriente la de emigrar durante el
verano los hombres mozos a provincias tan lejanas como las de Aragn,
para ejercer el oficio de serradores de madera, o las de Castilla, con
aperos de labor o con castaas, para cambiarlos por trigo o por dinero.
Yo habl con hombres de estos, recin llegados al valle tras de muchos
meses de ausencia de l, y no hall la menor diferencia que los
distinguiera en el vestir ni el hablar, ni en la manera de conducirse en
todo, de sus otros convecinos; ni tampoco he hallado despus,
buscndolas de intento, muy notorias seales de que les interese, fuera
de sus hogares, ms que el asunto que los saca de ellos, como si slo
tuvieran ojos y corazn para ver y sentir el terruo nativo.

La raza es de lo ms sano y hermoso que he conocido en Espaa, y yo creo
que son partes principalsimas de ello la continua gimnasia del monte,
la abundancia de la leche y la honradez de las costumbres pblicas y
domsticas. Supe con asombro que no haba en el lugar ms que una
taberna, y sa de la propiedad del Ayuntamiento, que venda el vino casi
con receta y para que cada consumidor lo bebiera en su casa; de donde
resultaba, por la fuerza de la costumbre, que era muy mal mirado el
hombre que mostraba instintos taberneros, y mucho peor el que se
dejaba arrastrar de ellos, aunque fuera pocas veces. No me asombr tanto
la noticia de que all escaseaba mucho el dinero, por ser un linaje de
escasez muy comn en todas partes; pero me pareci muy de notarse la de
que, en cambio, eran moneda corriente los frutos de la tierra, como en
los pueblos primitivos; y as sucede que hay servicios muy importantes
que se pagan con media docena de panojas o con un maquilero de castaas.
Lo que tampoco hay en aquel valle son patatas; pero, en cambio, se
cosechan abundantes en el de Promisiones, el valle de mi abuela paterna
y aguas arriba del Nansa, donde no se da el maz, que es la principal
cosecha de Tablanca, por lo cual estos dos valles, separados entre s
por cuatro horas de camino a buen andar, estn en frecuente trato para
cambiar aquellos importantes frutos de la tierra.

Casi todos los hombres de Tablanca son abarqueros, algunos de los
cuales, sin dejar de ser labradores, hacen una industria de aquel
oficio. stos acampan, durante el verano, en el monte, en cuadrillas de
ocho a diez; cortan la madera, preparan en basto las abarcas a pares, y
as las bajan al pueblo, donde, despus de bien curadas, van
concluyndolas poco a poco. En esta tarea hall ocupados a algunos de
ellos; y me embelesaba vindolos manejar la azuela de angosto y largo
peto cortante, o sacar con la legra rizadas virutas de lo ms hondo e
intrincado de la almadrea, o pintar, las ya afinadas, a punta de
navaja sobre la ptina artificial del calostro secado al fuego. Otros
son ms carpinteros, y acopian tambin y preparan en el monte madera
para rodales y caas (prtigas) de carro, o aperos de labranza que
luego afinan y rematan abajo.

Otra singularidad de aquellas gentes sepultadas entre montes de los ms
elevados de la cordillera: llaman la Montaa a la tierra llana, a los
valles de la costa, y montaeses a sus habitantes.

Una de las primeras personas con quienes me puse al habla en aquella
ocasin, fue un hombre que result muy original. Le hall recogiendo
cantos del suelo y cerrando con ellos el boquete de un morio que se
haba desmoronado por all. Trabajaba con gran parsimonia, y pujaba
mucho, sin quitar la pipa de su boca, a cada esfuerzo que haca, porque
ya era viejo. Me salud muy risueo al verme a su lado, y hasta me llam
por mi nombre, seor don Marcelo.

Bastaba mi cualidad de seor y de forastero para merecer aquellos
homenajes de una persona de Tablanca, donde son todos la misma cortesa;
pero yo era adems sobrino carnal de don Celso, hijo del difunto don
Juan Antonio, sangre de los Ruiz de Bejos, de la enjundia nobiliaria de
Tablanca, de la casona de all arriba..., vamos, de los Faraones de
all; algo indiscutible, prestigioso y respetable _per se_ y como de
derecho divino; pero no a la manera autoritaria y desptica de las
tradiciones feudales, sino a la patriarcal y llanota de los tiempos
bblicos.

No me extra, pues, ni deba extraarme, vistas las cosas por este
lado, el carioso acogimiento que me dispens el hombre del morio.

Estaba amaandu aqueyu porque le daba en cara verlo en abertal. No
eran hacienda suya, como poda comprender yo, ni aquella tierra ni
aquel cercado; pero haba visto un da removido el primer canto de los
de en medio; despus otros dos de los apareaos con l, y luego otros
de los arrimaus a eyus, y por ltimo, se haba dicho, a las primeras
celleriscas que vengan, o a la primera res que jocique una miaja pa
lamberse estus verdinis, se esborrega el moriu por aqu. Y as haba
sucedido. Tres das estuvo el boquete abierto sin que lo viera el dueo
de la finca; otros cuatro pedricndole l sin fruto para que le echara
arriba antes que se picaran las bestias a aquel portillo y acabaran con
la pobreza del cercado... hasta que pasando el moriu semanas enteras
en aquel estado bichornosu, se haba resuelto l a cerrar el boquete.
Porque era de ese aquel, y no lo poda remediar. No en todas las
ocasiones llegaba a tanto el inters que se tomaba por lo ajeno; pero
siempre le daban en cara y le metan en grandes cuidados los descuidos
de los dems. Ya saba l cundo haba llegado yo a Tablanca y la vida
que haba hecho desde entonces. Le gustaba mucho verme apegado a la
tierra y a la casa de mis abuelos. Chisco era buen compaero para andar
por donde yo andaba con l; tambin Pito Salces, pero no tan amaau
como el otro pa el autu de rozasi con seores finus. Si Chisco fuera
de Tablanca como era de Robaco, no habra nada que pedirle. As y con
todo, fiel, honrado y trabajador como era y sirviendo donde serva,
ningn padre de aquel lugar deba, en josticia de ley, cerrarle la
puerta de su casa. Pues haba quien, si no la cerraba propiamente,
tampoco se la abra de buena voluntad. Temas de los hombres. La moza era
maja, y algunos bienes tena que heredar en su da; pero no se
encontraba al regolver de cada calleju un hombre de bien, que era un
caudal de por s mesmo. Bien lo conoca ella, y por eso miraba a
Chisco con buenos ojos; pero era muy otro el mirar de su padre, y l se
entendera. La madre iba por caminos diferentes que su marido, y se
arrimaba ms a los de la hija... En suma y finiquito, ya lo arreglara
don Celso, si la cosa era conveniente para todos. Pero qu amejao a
mi padre resultaba yo! Le haba conocido l poco ms que de mozucu,
porque el seor don Juan Antonio le llevara, si viviera, al pie de diez
aos. Se haba marchado del lugar sin tener pelo de barba todava;
despus volvi, jechu un mozalln arroganti; pero entrar por aqu y
salir por ay, como el otru que diz. Le jalaban muchu jacia lo mundanu
los dinerales que haba apaau por esas tierras de Dios, y la mujer que
le aguardaba para casarse con l. Haba vuelto a quedarse solo el
mayoralgu que nunca quiso raer de Tablanca. Aunque no era mujeriegu de
por suyu, la soledad y otras penas le haban obligado a casarse
tambin. Bien casado, eso s, por vida del Pen de Bejo! con lo
mejor de Carnica, de la casa de los Pinares: doa Cndida Snchez del
Pinar. Le pareca que estaba vindola, tan arrogantona y tan... y luego
con su blandura de entraa... Pero Dios no haba querido que las cosas
pasaran de all; y hoy un hijo y maana otro, le haba llevado los tres
que haba ido teniendo, y por ltimo a ella, que vala un Potos de oro
puro, y con ella, la luz y la alegra de la casona, que fenecera
maana u el otru con el pobre don Celso, que ya haba estado a punto
de morir. Y en feneciendo este ltimo Ruiz de Bejos, y en cerrndose la
casona o pasando a dueos desconocidos, qu sera de Tablanca ni qu
vivir el suyo, sin aquel arrimo, tan viejo en el valle como el mismo ro
que le atravesaba? Por eso se alegraba l tanto de mi venida. Bien poda
ser permisin de Dios. Porque si yo tomara apego a aquella tierra, qu
mejor dueo para la casona, ni ms pomposo seor para el valle entero,
cuando don Celso faltara? Ah, cunto se alegrara l de que yo fuera
animndome! Por lo pronto, all le tena para servirme en lo que
quisiera mandarle... Nardo Cucn, el Tarumbo, si lo quera ms llano y
conocido, porque as le llamaban de mote, no saba por qu, pero era la
pura verdad que no le ofenda... En fin, ya estaba cerrado el boquete...

Entonces fue cuando el Tarumbo se incorpor del todo, aunque algo
encorvado de riones todava y bastante esparrancado, y se encar
conmigo. Su charla haba durado tanto como su labor, y yo no haba hecho
ms que mirarle y orle. Se quit la pipa de la boca despus de
restregarse ambas manos contra el pantaln; golpela boca abajo sobre la
ua del pulgar de la izquierda, y me ense en una sonrisa toda la caja
desportillada de sus dientes. Era un vejete de rostro plcido y greas
muy canas, algo atiplado de voz y muy duro de bisagras; es decir,
torpe de todos sus movimientos. Para un hombre tan cuidadoso como l de
la hacienda de los dems, no me pareci muy bien cuidada la propia que
tena a la vista. Dgolo por el desalio y desaseo de toda su persona,
que eran muy considerables... As y todo, resultaba interesante y muy
simptico el vejete.

Habl con l un buen rato todava, porque me entretena mucho su
conversacin pintoresca, y acab por preguntarle por la casa del mdico.

--Vela ah--me respondi dando media vuelta hacia la derecha, y
apuntando con la mano hacia un edificio algo ms aseorado que los del
tipo corriente en el pueblo--. De dos zancajs est en ella.

--Y la de don Pedro Nolasco?--preguntle despus.

--Vela a esta otra manu--respondime apuntando con la suya al lado
opuesto--. Por encima del tejau de esa primera que tien frutales en el
gertu, asoma el aleru vencu y el jastialn detraseru de eya, con su
balconaje de fierru.

En esto vena hacia nosotros de la parte alta del lugar, cuyas casas,
como las de todos los lugares montaeses, no guardan orden ni concierto
entre s, una moza de buena estampa, con un caldern de cobre muy
bruido sobre la cabeza, y un cntaro de barro en cada mano. El Tarumbo,
despus de conocerla, me gui un ojo, la volvi la espalda y me dijo
mientras cargaba de tabaco su pipa:

--Esa es Tanasia.

--Y quin es Tanasia?--le pregunt yo.

--La hija mayor del Toperu--respondime.

--Y quin es el Toperu?--volv a preguntarle.

--Pos es el padre de Tanasia... Vamos, de la mozona que corteja Chiscu.

--Aj!--exclam mirndola con mucha atencin, porque precisamente
pasaba entonces por delante de nosotros.

La mozona, que debi presumir algo de lo que tratbamos el Tarumbo y yo,
se puso muy colorada y se sonri, bajando los ojos al darnos los buenos
das. Alab de corazn el buen gusto de Chisco, y no me expliqu bien el
del Topero.

--Pues qu demonios quiere para su hija?--pregunt al Tarumbo.

--A un tal Pepazus--me respondi ste--. Un mozalln como un cajigu, que
remueve dos hazas de una cav, come por cuatru cavones, y descurre menos
que este moriu que tenemus delante. Dcese que tien el Toperu esta
mana: no es porque yo sea capaz de juralu, que como ust, seor don
Marcelu, pu cavilar, a m ya qu me va ni qu me vien en estas
cantimploras?

Ponindome en marcha hacia la casa del mdico, a quien deseaba pagar su
visita aquel da, despedme del Tarumbo; pero ste, atajndome a la
mitad de la despedida, djome que pay iba l tambin, porque
cabalmente estaban las dos casas, la suya y la del mdico, frente por
frente, y ech a andar a mi lado. Pasamos una calleja con muchos
bardales, y al desembocar en una plazoleta de suelo verde y contorneada
en su mayor parte de morios con yedras y sacos, dijo mi acompaante,
apuntando hacia la izquierda y al fondo de un saco que se formaba all
por dos cercados, uno de busquizal (zarzal espeso) y otro de pared
medio derruida entre malezas:

--Esta es la mi casa.

Y volvindose al lado opuesto, aadi, mientras apuntaba hacia otra que
cerraba la plazoleta por all:

--Y sta es la del micu.

La casa del Tarumbo arrimaba por un costado al muro ruinoso, y all se
andaba con l en achaques y quebrantos y con los atalajes de su dueo.
Con estos pensamientos en la cabeza, mir al Tarumbo sin decirle nada;
pero debi de lermelos l en la cara que le puse, porque me dijo
enseguida:

--No se espanti de eyu, porque es de nesecid. Quedamos yo y la mujer,
que no sal ya de la cama; los hijus, entre casaus y ausentis, lo mesmu
que si no los tuviera; y a m no me alcanza el tiempu pa n con el
quehacer que me dan los cuidaos ajenus... Porque, crame ust, seor don
Marcelu, lo que pas con el moriu que me ha vistu ust levantar, pasa
aqu con las mil y quinientas a ca hora del da y de la nochi; y si no
juera por el Tarumbu, crame ust don Marcelu, crame ust y no lo tomi
a emponderancia: si no juera por el Tarumbu, la met del vecindariu de
Tablanca andara por estus callejonis devor por la jambre y en cuerus
vivus.

Guardme bien de ponrselo en duda siquiera; me desped de l muy
afable, y me dirig a la casa del mdico, que estaba a dos pasos.




IX


Desde que le haba conocido, poco ms que de vista, en casa de mi to,
senta yo gran deseo de echar un prrafo a mi gusto con el mdico de
Tablanca; porque se me antojaba que en aquel mozo haba ms cantera de
la que se halla en el tipo usual y corriente de los hombres de su edad y
circunstancias. Y result la cantera a los primeros desbroces; a flor de
tierra, como quien dice.

Como me haba visto acercarme a su casa, sali a recibirme hasta el
portal con una ropilla casera, poco ms que de verano, a pesar de la
frescura invernal del ambiente que corra; pero con buenos abrigos de
carne blanca y rolliza que le asomaba en ronchas por los puos recogidos
de su camisa de dormir y por encima del leve cuello de la americana.
Condjome escalera arriba por una de pocos tramos; despus, por un
pasadizo corto, y, por ltimo, me introdujo en una salita con solana y
gabinete, la cual, por los muebles y los libros que contena, supuse
desde luego que le servira de despacho. Sentmonos frente a frente en
cmodos, aunque no ricos ni elegantes sillones, con una mesita entre los
dos, cargada de papelejos, una plegadera, cajas de fsforos llenas y
desocupadas, cenicero con colillas, una petaca de suela y una bolsa
abierta de ciruga; y hubo primeramente las vaguedades acostumbradas en
toda visita; despus fumamos, sin dejar de hablar del tiempo, por lo
inusitado de su relativa templanza, ni del juicio que iba formando yo de
aquella tierra, para m desconocida hasta entonces; luego tocamos el
punto de las condiciones higinicas del valle; y por este resquicio
sali a relucir la quebrantada salud de mi to Celso, sobre la cual
tena yo muchos deseos de hablar con el mediquillo aqul.

Es ms difcil de lo que parece mostrar ingenio, discrecin, tino y,
sobre todo, arte en las trivialidades y pequeeces que son el tema
obligado a los comienzos de esas visitas de cumplido que todos
hacemos, que hace todo el mundo. Es ms fcil ganar una batalla campal
que entrar a tiempo y bien entonado en esas insustanciales sinfonas de
la comedia que va a representarse despus. Yo tengo el valor de
declarar, por lo que a m concierne, que casi siempre que me veo en esos
trances, entro a destiempo y desafinado, y que cuanto ms me empeo en
enmendar las pifias, peor lo pongo. Pero vlgame el consuelo de que
llevo vistas mayores torpezas que las mas y hasta enormes
inconveniencias y sandeces donde menos eran de esperarse por la calidad
refinada de los actores. Pues bien: precisamente en ese mismo peligroso
trance fue donde empec yo a vislumbrar la cantera de aquel mozo,
despechugado y casi en ropas menores, mediquillo simple de una aldehuela
sepultada entre montes, en presencia de un elegante de Madrid, harto de
correr el mundo de los ricos desocupados; y no seguramente por lo que me
dijo ni por lo que hizo, sino por todo lo contrario: por lo que se call
y por lo que no quiso hacer, o mejor todava, por lo bien que supo
callarse y estarse quieto, y escoger lo que me dijo y el modo de
decirlo. Todo el mundo tiene afn de ser un poco agudo, un poco gracioso
y hasta un poco travieso delante de las gentes, y de ah las necedades y
las inconveniencias; y casi a nadie se le ocurre ser sincero, con lo
cual, buena educacin y una pizca de sentido comn, hay la garanta de
no quedar mal all ni en ninguna parte, que no es garanta floja en
los tiempos esencialmente comunicativos que alcanzamos. Pues cabalmente
la sinceridad, y en su ms alto grado, acompaada de un buen
entendimiento, fue lo primero que yo ech de ver en el mediquillo de
Tablanca.

Hablando de la enfermedad de mi to, me dijo que era mortal de
necesidad. Consista... (y aqu se detuvo risueo como para pedirme
perdn por las palabrotas que iba a soltar) en una dilatacin
cardiaca... un estado asistlico...

--En castellano corriente--aadi con un gesto y un ademn muy naturales
y expresivos--, es la mquina vieja cuyo organismo empieza a
descomponerse. Se entorpeci la rueda del corazn como pudo entorpecerse
otra de las principales. Por alguna de ellas haba de empezar la
inevitable ruina. Cundo se consumar sta, cundo se parar la mquina,
no es posible calcularlo a fecha fija ni por m ni por los que sepan de
esas cosas ms que yo: lo mismo puede pararse dentro de seis meses que
en este instante. Lo indudable es que hay mquina para muy poco tiempo.

Aunque de ello estaba yo bien persuadido, la confirmacin de mis
sospechas por labios tan autorizados me produjo un efecto muy penoso.
Aparte de los vnculos de sangre que me unan a don Celso, haba en l
prendas personales que le hacan muy pegajoso al cario de los que le
trataban.

Hablando de su enfermedad, se trat de otras anlogas y de otras muchas
que, sin parecerse a ellas, tenan, sin embargo, el mismo funesto
desenlace: la muerte del enfermo; y ya en este camino, fuimos a parar al
consabido desaliento de los doctos en el arte de curar en cuanto
cotejan y comparan los recursos de su ciencia con las mseras
condiciones fsicas del hombre; slo que el mozo aqul, al convenir
conmigo en la ineficacia de la medicina en la mayor parte de los casos
de apuro, no se llev las manos a la cabeza, ni reneg de la incapacidad
humana, ni mostr esperanza alguna de que ya iran arreglando poco a
poco esas dificultades los hroes y los mrtires de la ciencia: al
contrario, sin negar que estudiando mucho poda averiguarse algo ms de
lo que se saba en la materia, dio los fracasos actuales, y aun los
venideros, por cosa necesaria y con los cuales ya contaba l al empezar
sus estudios; es decir, que no le not la menor chispa de entusiasmo por
su profesin, ni el menor sntoma de desencanto al tocar en la prctica
de ella sus deficientes recursos. Declarme honrada y lealmente que as
era la verdad; y con esto y un poco de astucia ma, fuimos entrando paso
a paso en el terreno a que yo deseaba conducirle, o mejor dicho, fui
sabiendo de l todo lo que necesitaba para acabar de conocerle por
dentro.

Era nativo de Robaco (igual que Chisco), y su padre, don Servando
Celis, un seor por el arte de mi to Celso, haba deseado que se
hiciera mdico, porque ya tena otro hijo, el mayor, estudiando Leyes en
Valladolid. A l, que estudiaba tercero del bachillerato en Santander,
lo mismo le daba. No senta aversin ni apego a ninguna carrera
literaria o cientfica: todos sus cinco sentidos los tena puestos en el
terruo natal. Esto no se lo deca a nadie; pero lo senta, y muy hondo.
Por este lado hasta se haba alegrado de la eleccin de carrera hecha
por su padre, porque la de mdico era quizs la nica compatible con sus
aspiraciones y tendencias. Adems, podan engaarle en esto las
ilusiones de muchachos; y de todas suertes, su padre tena mucha razn
en sacarle de all para darle una ocupacin que, cuando menos, haba de
ilustrarle el entendimiento y ponerle en contacto con el mundo. En esta
prueba, forzosamente haba de manifestarse y triunfar su verdadera
vocacin. Y se someti a ella hasta gustoso, no contando por tal la de
su campaa de humanista en Santander, porque a aquella edad y encerrado
en un colegio no se forma nadie cabal idea de esas cosas tan delicadas y
complejas. Hecha la prueba durante siete aos de estudios en Madrid,
result lo que l esperaba: el triunfo definitivo de sus primeras
inclinaciones.

--Est usted seguro--le dije siguiendo mi sistema de interrupciones y
preguntas, para obtener ms de lo que espontneamente me ofreca su
agradable laconismo--, de haber puesto de su parte todo el esfuerzo que
requera la empresa?

--Segursimo!--me respondi sin vacilar; y aadi sonrindose: Puedo
jurarle a usted que en ese linaje de estudios aprovech bien el tiempo.

--Pues me parece muy extrao el resultado--repliqu--, juzgando de sus
sentimientos por los mos.

--Por qu?--me interrog muy serio.

--Porque no es eso lo usual y corriente entre mozos de las condiciones
personales de usted; porque con ellas y en Madrid y en roce continuo con
el mundo y sus golosinas, lo natural es que se las vaya tomando el
gusto.

--No he dicho yo que me desagradaran--se apresur a replicarme el
mdico--. Lo que hay es que esas golosinas, sin desagradarme, no me
satisfacan, no me llenaban, y me dejaban siempre despierto el apetito
de otra cosa ms del gusto de mi paladar.

--Y cul era esa cosa, si puede saberse?

--Lo de ac, la tierra nativa.

--Pero qu demonios puede usted hallar en ella de apetecible hasta ese
punto!--exclam entonces, verdaderamente asombrado.

--Lo que no hay en lo otro--me respondi al instante.

--Pues no lo entiendo--conclu.

--Ni es fcil--me dijo muy sosegadamente--, desde el punto de vista de
usted, tan diferente del mo.

--Diferente--aad--, segn y conforme; pues, al cabo, se trata de un
hombre que ha visto el mundo algo ms que por un agujero, y de aqu mi
asombro precisamente.

Me mir entonces el mediquillo con cierta insistencia recelosa, cambi
dos veces de postura en el silln, sonrise un poco y me dijo al fin:

--Tachara usted a un hombre, de los llamados cultos, porque hiciera
coplas... de las buenas, se entiende, o pintara cuadros magistrales,
copiados de la Naturaleza?

--No por cierto--respond.

--Pues aqu, donde usted me ve--aadi acentuando la sonrisa, que ya
picaba en maliciosa--, me atrevo a creerme algo poeta y un poco
artista... a mi modo, por supuesto.

--Enhorabuena--repliqu--; y sin adularle, no hay en la noticia el menor
motivo para que yo me maraville; pero en qu se opone ella a lo que yo
digo?

--Supngame usted--prosigui el mdico, sin dejar de sonrer, pero ms
animoso y atrevido que antes--, supngame usted con el delirio del ms
grande de los poetas y con la fiebre del ms admirable de los pintores;
pero suponga tambin (y en ello no supondr ms que lo cierto) que no s
hacer una mala copla ni coger los pinceles en la mano; suponga usted
igualmente que, aunque me enamoran las buenas poesas y los hermosos
cuadros, no satisfacen por completo las necesidades de esa especie que
padezco yo, y suponga, por ltimo, que en este valle mnimo, y en los
montes que le circundan de cerca y de lejos, cuya visin continua le
abruma y le entristece a usted, y en el conjunto de todo ello, con la
luz que lo envuelve, esplndida a ratos, mortecina a veces, ttrica muy
a menudo, dulce y soledosa siempre, y con los ruidos de su lenguaje,
desde el fiero de la tempestad hasta el rumoroso de las brisas de mayo,
y su fragancia exquisita nunca igualada por los artificios orientales,
encuentro yo cada da, cada hora, cada momento, el himno sublime, el
poema, el cuadro, la armona insuperables, que no se han escrito, ni
pintado, ni compuesto, ni soado todava por los hombres, porque no
alcanza ni alcanzar jams a tanto la pequeez del ingenio humano: el
arte supremo, en una palabra... No halla usted en esta razn, poco ms
que esbozada, algo que justifique estas inclinaciones mas que tan
inexplicables le parecen?

--Algo hay, en efecto--respond--; pero no lo bastante, a mi entender--y
aad, dejndome llevar demasiado de mis instintos un tanto prosaicos--:
porque todo ello es, al cabo, mera poesa.

--Ya le he dicho a usted--me replic, como si se excusara en broma de
una grave falta--, que tengo la debilidad de creerme algo poeta, aunque
meramente pasivo; pero es lo cierto que eso, tan mal expresado por m, y
sea ello lo que fuere, es, algo ms razonado y en escala mucho mayor, lo
mismo que yo senta de muchachuelo en mi lugar; lo que echaba de menos
en Madrid, y lo que parece necesitar mi espritu aldeano para vivir a su
gusto. Concdame usted para mi pecado--aadi con ademanes de la ms
esmerada cortesa--, siquiera la tolerancia que no negar a los hombres
cultos de las ciudades, apasionados de los buenos cuadros y de los
buenos libros.

--Aun as, y usted perdone mi insistencia--observ con un tesn que no
era todo sinceridad ni del mejor gusto--, no me sale la cuenta que usted
se echa a s propio. Esos hombres de la ciudad no viven constantemente
entre sus libros y sus cuadros.

--Tampoco yo entre los mos--replic el mdico enseguida.

--Esos hombres--continu yo, aparentando no enterarme de su rplica por
el gusto de enredarle en otras nuevas acabaran por hastiarse de sus
cuadros y de sus libros y por tomarlos en aborrecimiento si no llevaran
a menudo su atencin a otras ocupaciones y a otros lugares muy
distintos... Pero esta monotona de aqu!...

--Monotona!--repiti el mozo enardecindose un poquillo--. Y yo que
la encuentro solamente en las tierras llanas y en sus grandes
poblaciones! Madrid, Sevilla, Barcelona... Pars, la capital que usted
quiera, pasa de ser una jaula ms o menos grande, mejor o peor
fabricada, en la cual viven los hombres amontonados, sin espacio en qu
moverse ni aire puro que respirar?... Ocupaciones!... La ocupacin del
negocio, la ocupacin del caf, la ocupacin del paseo, la ocupacin de
la calle, la ocupacin del Casino, o del teatro, o de la Bolsa...! Yo no
digo que algunas de estas ocupaciones y otras muchas de los mundanos no
sean tiles y necesarias para los fines de la vida, de lo que se llama
vida de los pueblos y de las naciones; pero niego que, con excepciones
muy contadas, sea cmodo, vario y entretenido nada de ello para la vida
espiritual en naturalezas como la ma y otras muchas... incluso la de
usted--aadi, volviendo a sonrerse, si tuviera yo la fortuna de
hacerle percibir la infinita variedad de encantos y de aspectos que se
encierra y se contiene en esto que, a las primeras ojeadas de un
profano, slo parece un hacinamiento enorme de peascos y bardales.

Sigui a este desahogo un himno entusistico, hermosa y altamente
entonado, a la madre Naturaleza, di por visto, y de muy buena gana, lo
que l deseaba que yo viera; y ms por hundir otro poco mi sonda en sus
adentros que con intencin de arrancarle sus ilusiones, djele al cabo:

--Pase, pues, lo de la amenidad, lo de la hermosura y hasta la
sublimidad y la elocuencia de este escenario que le encanta y maravilla;
pero y los actores que le acompaan a usted en la gloga perenne de su
vivir? Qu me dice usted de ellos... del hombre... vamos, de los
hombres?

--Qu tienen esos hombres que tachar?--preguntme a su vez el mdico.

--Que son rsticos, que estn ineducados.

--Como deben de ser y como deben de estar--me replic inmediatamente--,
para el destino que tienen en el cuadro. Lo absurdo y lo indisculpable
fuera en m, que no pido ni puedo pedir en estas soledades agrestes las
peras del Teatro Real, ni los salones del gran mundo, ni los trenes
lujosos de la Castellana, exigir a estos pobres campesinos la elocuencia
de nuestros grandes tribunos, las habilidades de nuestros polticos y el
saber de nuestros doctores y acadmicos.

--Santo y bueno--dije yo entonces creyendo poner una pica en Flandes--,
para la vida contemplativa, para la de pura delectacin esttica; pero
no se trata de eso, amigo mo, sino de la realidad prosaica de la vida
social y, digmoslo as, de todos los das. Estos hombres tienen las
miseriucas y las roas propias y peculiares de su baja condicin y,
adems, por su ignorancia no pueden entenderse con usted.

Aqu fue donde el mdico se enardeci casi de veras, como si hasta
entonces no hubiera tomado el asunto verdaderamente por lo serio.

Comenz por decirme que donde quiera que haba hombres, cultos o
incultos, haba debilidades, roas y grandes flaquezas; pero que, roa
por roa, flaqueza por flaqueza y debilidad por debilidad, prefera la
de los aldeanos, que muy a menudo le hacan rer, a la de los hombres
ilustrados, cuyas causas y cuyos fines, por su abominable naturaleza y
sus alcances, casi siempre le ponan a punto de llorar. En cuanto a no
poder entenderse con los vecinos de Tablanca, era otro error mo y de
otros muchos hombres cultos, empeados en tomar ciertas cosas al revs.
Por qu ha de ser el hombre de los campos el que se eleve hasta el
hombre de la ciudad, y no el hombre de la ciudad el que descienda con su
entendimiento, ms luminoso, hasta el hombre de los campos para
entenderse los dos? Hgase este trueque, y se ver cmo resulta la
inteligencia mutua que se da como imposible por los que no saben
buscarla. Y no haya temor de que las dos naturalezas se compenetren y de
las roas de la una se contamine la otra; porque la comunicacin no ha
de ser continua ni para todo, y al hombre culto, por lo mismo que es ms
inteligente, le sobran medios para no rebasar de los lmites de la
prudencia y hacer que cada uno de los dos guarde el puesto que le
corresponde. Y en este equilibrio, que no deja de ofrecer dificultades,
cunto se aprende a veces del hombre rudo de los montes, por el hombre
culto de las ciudades, y cunto halla ste que ver y que admirar all
donde los ojos avezados a los relumbrones llamativos del mundo
civilizado, slo distinguen sombras, monotona, soledades y tristezas!

Como, al llegar aqu, me pareciera el mdico dispuesto a callarse, por
su natural modesto y reservado, y a m me fuera gustando mucho su
palabra, tan fcil como sobria, preguntle, antes que el hornillo de su
entusiasmo comenzara a entibiarse, qu cosas eran aquellas que podan
verse y admirarse por el hombre culto en sus relativas intimidades con
el aldeano.

Y entonces se enfrasc el simptico mediquillo de Tablanca en otra
teora, que no me vendi por nueva en el fondo.

Segn l, los tiempos de hoy no eran peores que otros tiempos de los
cuales han dicho siempre los respectivos moralistas, que fueron los
tiempos ms malos de todos los habidos hasta ellos: antes al contrario,
le parecan los actuales, en lo bueno, hasta mejores que los pasados. En
lo malo, y no por la cantidad, sino por la calidad de ello, estaba el
punto litigioso. En su concepto, la maldad de ahora alcanzaba mayor
hondura que las de antes en el cuerpo social: le haba invadido el
corazn y la cabeza; sta se atreva ya a todo y con todo, y aqul no se
conmova por nada, gastada su sensibilidad con el roce de tantos y tan
continuos sucesos, porque en ninguna poca del mundo han acontecido
tantos y tan extraordinarios en tan breve tiempo como ahora. De aquellos
atrevimientos y de esta insensibilidad, haba de venir, estaba ya
llegando, la parlisis absoluta en la vida espiritual de los hombres. La
fe en lo divino y el sentimiento de lo reputado siempre por lo ms noble
en lo humano, iban relegndose al montn de las cosas intiles, cuando
no perjudiciales; apenas se conceban los grandes hroes de otras
pocas, cuanto ms los sentimientos que los haban exaltado desde la
masa comn de los annimos, hasta las pginas ms esplendentes de la
Historia. No era posible ya, ni siquiera de buen gusto, sentir
entusiasmo por nada, ni de lo de tejas arriba ni de lo de tejas abajo.
La verdadera agona del espritu social. De eso adolecan los tiempos
actuales, y por ah vena la muerte del cuerpo colectivo. Le corroa la
gangrena por los grandes centros de su organismo atiborrado: por la
ciudad, por el taller, por la Academia, por la poltica, por la Bolsa...
por donde ms caudal representa el torrente circulatorio de las
insaciables ambiciones del hombre culto. Pero, por misericordia de Dios,
le quedaban sanas todava las extremidades, algunas de ellas por lo
menos, y slo con la sangre rica de estos miembros poda, con mucho
tiempo y gran paciencia, purificarse y reconstituirse la parte
corrompida de los centros.

--Pues estos miembros sanos--aadi el mdico con viril entereza--, son
las aldehuelas montaraces como sta. Y digo montaraces, porque si vamos
a meter el escalpelo en las ms despejadas de horizontes y ms abiertas
al comercio de las ideas y al tufillo de la industria, sabe Dios lo que
hallaramos en sus fibras... Le parece a usted poco--preguntme en
conclusin--, este verdadero tesoro entre otros semejantes bien fciles
de distinguir, para ser admirado por un hombre culto capaz de
entusiasmarse con algo todava? Y no es trabajo bien honroso y muy
entretenido el que procuran la conservacin y hasta el fomento de esto
que yo me he atrevido a llamar tesoro, a riesgo de que usted se ra de
l y de mis candorosos idealismos?

Algo ms dignas de respeto eran las teoras del noble mozo, aunque slo
las estimara por el fervor y el honrado convencimiento con que me las
expona, y as se lo declar; pero aadindole que apreciara yo mejor
la fuerza de sus razones vindole luchar contra mis dudas en terreno ms
trillado por la realidad de las cosas: al cabo era yo, en ms o en
menos, de los gangrenados por el virus de la ciudad, y gustaba de ver
los asuntos por su lado prctico.

Comprendiendo rpidamente lo que intentaba decirle con tantos
circunloquios y metforas, quizs por otro resabio de mi mundana
cortesa, comenz por admirarse, a su modo, de que le fuera con
semejante reparo un miembro de la familia de los Ruiz de Bejos. Cmo
poda ignorar yo, con determinados ejemplos a la vista, lo mucho que
quedaba que hacer en los pueblos rurales a los hombres de luces y de
buena voluntad?

--La gran obra--continu--de la casona de Tablanca, desde tiempo
inmemorial, ha sido la unificacin de miras y de voluntades de todos
para el bien comn. La casa y el pueblo han llegado a formar un solo
cuerpo, sano, robusto y vigoroso, cuya cabeza es el seor de aqulla.
Todos son para l, y l es para todos, como la cosa ms natural y
necesaria. Prescindir de la casona, equivale a decapitar el cuerpo; y
as resulta que no se toman por favores los muchos y constantes
servicios que se prestan entre la una y los otros, sino por actos
funcionales de todo el organismo. Yo creo que es muy de admirarse esta
singularidad que debiera haber saltado ya a los ojos de usted, y que
seguramente no habr visto ms que en algn libraco pasado de moda, pero
como pintura infiel de imaginacin, convencional y oa. Con esta gran
obra de defensa contra las oleadas maleantes que llegan hasta aqu en
pocas determinadas desde los absorbentes centros polticos y
administrativos del Estado, si viera usted qu sonido tienen en las
concavidades de este recndito lugarejo los cnticos de las sirenas de
all; las pomposas vociferaciones de los charlatanes y traficantes
polticos, esos Dulcamaras embaucadores, encomiando especficos que han
fabricado ellos mismos, tomando la salud del pueblo por disfraz de sus
codicias personales! Si viera usted cmo disuenan esos cnticos y
voceros entre el acordado son de estas costumbres casi patriarcales!
Por eso no se conocen aqu ciertas plagas, relativamente modernas, de
los pueblos campestres, ni han entrado jams los merodeadores polticos
a explotar la ignorancia y la buena fe de estos pobres hombres... Pero
desdichados de ellos el da en que les falte la fuerza de cohesin,
hidalga y noble, que les da la casona de los Ruiz de Bejos!... Todo
esto, como puede presumirse, da bastante que hacer a cada rueda
inteligente de cuantas componen la mquina cuyo eje fundamental es hoy
en este lugar el bien ganado prestigio de don Celso. Pues bien: trabajar
de este modo donde ya exista la mquina, y donde no, trabajar para
construirla, es algo de lo mucho que tienen que hacer en los pueblos
rurales los hombres cultos de buena voluntad. Y crea usted que no faltan
en la Montaa (porque no todos sus habitadores son de tan sana madera
como los de Tablanca) hasta mrtires de este heroico trabajo. Quiz
tenga usted ocasin de conocer de cerca a alguno de ellos.

Lo cierto era que si el simptico mediquillo no estaba en lo justo en
cuanto afirmaba, deba de estarlo; y que causndome cierto rubor hasta
las tentaciones de contradecirle en asertos tan honrados y tan hermosos,
dime desde luego, si no por convencido, por puesto en camino de
convencerme muy pronto.

Hablamos algo ms todava, aunque sin tomar los asuntos tan a pecho como
antes; y acabando por donde deba haber empezado, averigu que el mdico
se llamaba Manuel; que le llamaban Neluco desde que tena uso de
razn, lo mismo all que en su pueblo nativo; que no le quedaba en ste,
muerto su padre pocos aos haca, ms familia que una hermana, casada
con un propietario de las inmediaciones; que si no era mdico de su
propio lugar, consista en que al recibir el ttulo de Licenciado en
Madrid, estaba vacante la plaza del titular de Tablanca, la cual
pretendi y le dieron, no siendo fcil hallar otra ms de su gusto que
aqulla, a no ser la de Robaco, que estaba entonces y continuaba
estando ocupada, y, por ltimo, que tena veintinueve aos y que haba
empezado a los veinticuatro a ejercer la profesin en Tablanca, donde se
hallaba como en su propio lugar, y tan apegado a sus enfermos como el
pastor a su rebao.

Vi que me quedaba una hora, antes de la acostumbrada de comer en casa de
mi to, y quise aprovecharla para pagar la visita a don Pedro Nolasco.
Djeselo al mdico como razn de mi despedida, y se mostr muy dispuesto
a acompaarme si aceptaba yo la molestia de esperarle unos instantes.
Acept, no la molestia, sino el favor que me haca en ello; entr l de
un salto en el gabinete, y antes de cinco minutos apareci en la sala
bien calzado y no mal vestido, o, mejor dicho, acabando de vestirse con
graciosa desenvoltura. Cogi un chambergo que estaba sobre una silla, un
cachiporro del rincn inmediato, y me dijo, mientras yo me sacuda las
perneras del pantaln despus de enderezarme:

--Cuando usted guste.

Ofrecime enseguida su casa, aunque era de alquiler, como la vieja que
le serva de patrona por recomendacin muy encarecida de su hermana a
quien haba zagaleado en Robaco; agradecle la oferta como era mi deber
en buena cortesa, y salimos juntos, sin los cumplidos corrientes entre
espaoles finos, y que tan molestos suelen ser en pasadizos de la
angostura de aqullos.




X


Al volver a ver la casa del Tarumbo, record las cosas de ste y habl
de ellas al mdico.

--Yo no s--me dijo--, si es un hombre feliz o un desdichado, pasndose
la vida, como se la pasa, desvivindose por los negocios ajenos y
abandonando los propios. Desde luego es su mana de lo ms original que
he conocido. No siempre la extrema hasta el punto que usted ha visto
hoy; pero le falta muy poco. Llevar los calzones rotos y predicar al
vecino para que le cosan las roturas de los suyos antes que vayan a ms,
es de todos los das. Tiene la mujer tullida, y la deja desamparada muy
a menudo por asistir a un enfermo extrao... y por cierto que es un
enfermero admirable. ltimamente anda muy apurado con el desplome que
dice haber visto en el morio delantero de la casa del pedneo, y tiene
la suya seis meses hace un boquern abierto en el jastial del Poniente.
Por estas cosas del Tarumbo, cuando su mujer estaba sana le golpeaba
casi a diario, y hoy que no puede hacer lo mismo, le dice a cada
instante los mayores improperios, los cuales sufre l con igual
resignacin que los golpes de otras veces; porque, en medio de todo, es
un bendito, y por eso no sabe uno si compadecerle o si rerse de sus
manas.

Pasando junto a la casita del Cura, inmediata a la iglesia, le llam
desde abajo para saludarle, pues como nos habamos visto y hablado ya
varias veces, me sobraba franqueza con l para decirle que estaba ms
obligado por las leyes de la cortesa a la visita de don Pedro Nolasco
que a la suya, no quedndome tiempo aquella maana para dejar pagadas
las dos; pero en lugar del Cura respondi a mis voces su ama, una vieja
muy acartonada y envuelta cuanto de ella asom por una ventana
correspondiente a la cocina, en tocas y paolones. Djome que don Sabas
haba salido de casa despus de desayunarse en cuanto haba dicho misa,
y que probablemente estara en la casona. Dejla memorias para l, que
fueron recibidas por la intermediaria con un resguardo a mi favor de
lo ms fervoroso y pintoresco que se puede imaginar, y continuamos el
mdico y yo andando hacia la casa de don Pedro Nolasco, pero hablando
mucho de don Sabas Pea, una de las ruedas ms importantes de la
consabida mquina, al decir de Neluco Celis.

Tambin l notaba la diferencia que haba entre el don Sabas de los
altos montes y el don Sabas del valle y de la cocina de don Celso; pero
as y todo, en el hombre de abajo haba mucho ms de lo que yo crea,
por no haber tenido an ocasin de conocerle mejor. No hallara jams en
l al apstol de gran elocuencia y mucho saber; pero s al hombre de
buen sentido y grandes virtudes, consistiendo la mayor de ellas en
ignorar que las posea. Teniendo en cuenta lo limitado que es el crculo
de ideas entre las gentes rsticas, y que todo cuanto se siembre fuera
de l es simiente perdida, un prroco como don Sabas era cuanto poda y
deba apetecerse para una parroquia como la de Tablanca.

Hablando de estas cosas, me falt tiempo para pedir a Neluco algunas
noticias sobre el octogenario Marmitn, antes de llegar a su portalada,
cuyas dovelas, removidas y desportilladas ya por la accin de las
intemperies y de las yedras y jaramagos que las invadan por todas sus
junturas, me recordaban un poco la mandbula superior de su dueo cuando
yo so que le haba visto devorar troncos y peascales. Por el estilo
de la portalada me pareci lo que se vea de la casa desde el corral:
muy vieja y muy castigada por el rigor de los temporales y la incuria de
sus amos. Tena tambin su correspondiente solana que corra de esquina
a esquina entre dos mensulones de sillera, y por debajo de ella
entramos en el soportal, donde un perrazo pinto que se despertaba sobre
una pila de hojarasca, me ense todos los dientes y contuvo un ladrido,
y acaso algo ms, por respeto a mi acompaante, que deba serle ms
conocido que yo.

Sacudi Neluco dos cachiporrazos sobre la claveteada puerta del
estragal; y sin esperar a que le contestaran arriba, entramos en l y
comenzamos a subir la escalera. A la puerta en que sta terminaba,
nuevos cachiporrazos del mdico. Enseguida levant ste el pestillo, y
nos colamos dentro: un crucero de pasadizos por el arte del de la casona
de mi to Celso. All dio el mdico dos golpes en el suelo con el
regatn del cachiporro, y aparecieron simultneamente y como evocados
por un conjuro, en una puerta de la derecha, la figura descomunal de don
Pedro Nolasco, y en otra de la izquierda, la de una jovencita, algo
desaliada de ropa y de peinado, pero limpia como los oros, fresca y
rozagante como una rosita de abril...

--Ay, que es Neluco!--exclam con un timbre de voz que pareca nota de
un salterio, y con su carita de angelote de Rubens, inundada de
alegra--. Toma!--aadi enseguida viniendo hacia nosotros y mirndome
un tantico ruborizada, como si tratara de enmendar su descortesa
conmigo--. Y viene con otro seor muy cabayeru! Vaya, ser yo
tochona!... Pues si es el sobrino de don Celso!... Vile yo en misa el
domingo! Hija, qu torpe de m!... Y cmo est ust? Mire, seor don
Marcelo, ha de perdonarme si me jaya de este arte, porque he estado
amasando en la cocina con la mi madre y las mozas pa la jorn de esta
noche, y ahora mismu iba a ponerme un poco ms cristiana...

Tal era la vehemencia de su afabilidad, que no me ofreci el ms ligero
intersticio para colarme con una respuesta a su saludo o una
satisfaccin galante a sus excusas. Pero qu donosa estaba y qu linda,
con su revoltijo de cabellos castaos sombrendole la cara juvenil,
tersa y sonrosada, hablando por sus ojos azules, de largas pestaas,
tanto como por su boquita de labios rojos sobre los dientes ms blancos
y apretados que yo he visto en mi vida, mientras se afanaba por cubrir
con las antes recogidas mangas de su vestido, y debajo de los flecos y
sobrantes del espeso chal con que se envolva el gracioso busto, sus
rollizos brazos, salpicados an por leves costras, lo mismo que las
manos pequeuelas y rechonchas, de la masa de pan de trigo que
acababan de sobar!

De pronto son hacia la puerta frontera, tapiada casi con la mole de don
Pedro Nolasco, algo como el estruendo de un caonazo, que me deca:

--Adelante, cabayeritos!

Y por obedecer a don Pedro que nos llamaba, apartmonos de la linda
panadera que nos empujaba con los ojos hacia l mientras se despeda de
nosotros hasta luego; pero de tal modo, que con ello y con algo ms
que yo haba credo notar antes, y un poco de malicia que nunca falta en
los pensamientos de los hombres en determinados casos, como aqul, no
pude menos de exclamar en mis adentros:

--Si sern estos los anteojos con que mira Neluco estos lugares que tan
hermosos le parecen?

Visto de cerca don Pedro Nolasco y a la luz del da, me pareci mucho
ms grande y ms feo que en la cocina de mi to, a la luz de la fogata y
del candil: mejor que de un ser racional, la piel de su cara, por su
aspereza y por su color agrisado, pareca de coloso paquidermo; sus ojos
reventones, resultaban verdes con ramajos encarnados; la cabeza
descomunal, apenas le caba entre los hombros hercleos, y todo su
conjunto, con lo grasiento del vestido que le envolva, se destacaba
brutalmente sobre las blanqusimas paredes del saln en que fuimos
recibidos; saln viejo, eso s, con suelo y viguetera de castao casi
negro, como los muebles que contena; pero limpio todo y sobado hasta
relucir, con algunas chucheras sobre la cmoda y en las paredes, que
denunciaban la pulcritud y las delicadezas de una mujer como la que
acababa de despedirse de nosotros en el crucero de los pasadizos. De la
cual supe en el acto que era nieta de don Pedro Nolasco y que se llamaba
Lita (Margarita). Su madre, la hija menor de las que haba tenido el
gigante, era viuda de un jndalo rico, que se muri a los dos aos de
casado. Esto me lo cont a caonazos y muy poco a poco el ochentn de la
Castaalera, que con ser tan grande y tan feo, no era desagradable: a mi
ver, por el fondo noblote y honrado que se descubra a travs de los
poros de su corteza silvestre.

Al acabarse estas salvas del vozarrn de don Pedro Nolasco, entr en
escena su hija, la viuda del jndalo, una mujer como de cuarenta aos,
sana y frescachona todava, ms corpulenta que Lita, pero muy parecida a
ella en el color y en el corte de la cara, y, sobre todo, en la
afabilidad expansiva. Me dio mil excusas por no haber venido antes a
conocerme y a saludarme, fundndolas en las mismas razones que su hija;
y sin hacer caso de los cumplidos con que yo la responda, ech sobre m
todo el cuestionario de rbrica, a que tan acostumbrado estaba en aquel
pueblo: si me gustaba la tierra aqulla; que cmo haba tardado tanto en
ir a conocerla y tomarla buena ley, porque era mucha la falta que yo
haca all en murindose mi to; que mejor sera Pars de Francia desde
luego, pero que ella (la viuda) no cambiara a Tablanca por nada de este
mundo, aunque jams haba pasado, hacia abajo, de San Vicente, y hacia
arriba, de Reinosa; si por los retratos que haba visto en la casona,
era yo ms parecido a mi padre que a mi madre; que por dnde andaba mi
hermana y qu saba de ella... hasta que en stas y otra tales, o pisar
menudito y fuerte en el carrejo inmediato, y apareci en el saln,
llenndole de frescura y regocijo, Lita recin peinada, sin el paoln
de antes y con una chaqueta en su lugar, que aunque no se ajustaba al
cuerpo, pona bien a las claras la elegancia y la riqueza de sus curvas.
Con dos deditos ms de altura, crea yo que no habra la menor tacha que
poner, como estampa hechicera, a la nieta de don Pedro Nolasco. Pero de
dnde sacaba aquel diablejo, que no haba conocido ms mundo que el
contenido en las riberas de la mitad del Nansa, es decir, una rendijilla
de pocas leguas entre dos taludes montaosos, aquellas delicadezas de
tocado y de vestido, y aquellas travesuras y zalameras que tanto la
separaban del tipo comn de las mozonas del valle, que, de seguro,
haban corrido tanto mundo como ella?

Sentse entre su madre y Neluco y casi enfrente de m. Yo no la quitaba
ojo, y puedo jurar que me registr con los suyos, parleros y
escrutadores, desde los pies hasta la cabeza, mientras me acosaba a
preguntas por el estilo de las que an no haba cesado de hacerme la
jndala viuda. Me daba gusto orla y mirarla. Pocas veces haba visto yo
en mujer alguna concierto ms cabal y ms donoso entre la palabra y el
gesto, entre la idea y el movimiento expresivo. Hasta las puntas de los
pies, calzados en menudas zapatillas de abrigo y que apenas alcanzaban
al suelo, cantaban, a su modo, en aquella msica que pareca un gorjeo.
En dos ocasiones haban intentado la madre y la hija ir a visitarme;
pero como yo nunca paraba en casa... Porque esa visita la crean ellas
muy puesta en razn: sin contar con lo que peda la buena crianza,
ramos parientes; vaya si lo ramos! Por los Ruiz de Bejos un poco, y
por los Castaaleras, ms de otro tanto. En demostracin de ello, fue
sacando entronques la viuda; y cuando ya comenzaba yo a enterarme, por
su labor, del parentesco, meti en ella nuevos hilos don Pedro Nolasco,
y toda la madeja se me hizo una maraa; pero me guard muy bien de
declararlo as: antes al contrario, me di por convencido y hasta me
felicit de ello.

--Como que resultamos primos--concluy la viuda--, aunque un poco
lejanos; pero no tanto, si bien se mira, que pudiramos casarnos los dos
sin dispensa...

Y se ech a rer con toda su alma.

--Hija de Dios!--exclam entonces la rapazuela con un estirn de faldas
hacia la rodilla, mientras se llevaba hasta la boquita risuea la otra
mano a medio cerrar--. Y yo que estuve a pique de tutele, cuando
ahora, por la cuenta, me sale to!

Podra no ser todo esto rigurosamente correcto; pero a m me resultaba
muy entretenido. Enseguida, vuelta a repetirme la hija lo que ya me
haba dicho, y tambin la madre, y tambin el Cura y don Pedro Nolasco y
cuantas personas haban hecho en Tablanca conversacin conmigo: que
aqueyu no era Madrid; que se me vendran los montes encima, y que
avezado a tratar con seorones mundanos, y puede que con marqueses y con
prncipes, los aldeanos de Tablanca haban de parecerme jabatus, pero
que si miraba bien por las dos caras uno y otro... ay, y cmo se
alegraran ellas y todos los all presentes y los vecinos del valle de
punta a cabo, y hasta las estrellitas del cielo, de que viera yo las
cosas como podan y deban de verse! Porque el pobre don Celso estaba ya
para poco, y en acabndose l... En fin, lo de costumbre... Por aqu se
col don Pedro Nolasco con un himno caoneado a la madre Naturaleza, y
un juicio comparativo sobre la paz de la aldea y los laberintos de la
ciudad. Porque haba de saber yo que tambin l haba corrido el mundo
en sus mocedaes... Le llam entonces a Madrid un pariente que tena por
all, y como se vea robusto y fuerte, acudi a la llamada. Cogironle
en la corte tiempos azarosos y de peligro por las agonas de la
francesada; y habindole salido en Valencia una colocacin que pareci
a su to muy de aprovecharse, aceptla de buena gana. Estaba ella en las
afueras de la ciudad, y en un lavadero de lanas de los seores Botifora
y Compaa, los mismos que rezaban en el bando que me haba relatado de
memoria el zumbn de su pariente Celso. Si en Madrid no se haba
jallau, por la secura y el anchor del territoriu en Valencia se
jall menos, con un sol que le ajogaba en verano y un hablar de
gentes que no pareca de cristianos. Soaba da y noche con las praderas
y las montaas de su tierra; y antes de enfermarse de un cordial que
le matara, volvise a ella ms que de paso, a los dos aos no cumplidos
de haberla dejado por tentaciones del enemigo malo. Hallse en Tablanca
como rey en sus palacios, y se haba guardado muy bien, desde entonces
hasta la fecha, de sacar una pata medio jeme fuera de su trmino
municipal... Ochenta y cuatro aos contaba a la sazn, sin saber lo que
era un mal dolor de tripas. Haba tenido dos mujeres, diez hijos y
veintids nietos. Una gran parte de ellos andaba aos haca por el otro
mundo; rodaba por ste, y no muy lejos, la mayor de los vivos, y a la
vista tena yo lo nico que le quedaba en Tablanca: poco, pero bueno,
eso s, para recreo de su vejez. Haba qu comer en su casa, y salud y
buen apetito para comerlo. En recta justicia, qu ms haba de pedirle
a Dios, si no era la merced de una buena muerte?

Con esto y poco ms se acab la visita, durante la cual no despleg los
labios Neluco, ni mir a Lita con la intencin que yo esperaba, ni Lita
le mir a l ms que cuando le diriga la palabra con una llaneza que
tena ms de fraternal que de otra cosa. Recomendronme mucho los tres
de casa que no me olvidara del camino de ella, y hasta me convidaron a
comer, un da de mi agrado, juntamente con Neluco, para que no pesara
sobre m solo la penitencia.

Todo esto me pareci bien y muy en su lugar; pero por qu una aldeanuca
como la nieta del Marmitn tena aquellos aires y aquellas travesuras de
seorita de ciudad? Por qu se tuteaba con Neluco y haba entre los dos
una intimidad tan sospechosa?

Me atrev a hablar de ambos particulares al mediquillo apenas salimos
del casern de don Pedro Nolasco. Por cierto que hubiera jurado yo que
en el apretn de manos y en la mirada con que despidi Lita a Neluco en
la penumbra del pasadizo, en el cual iba el mdico el ltimo de todos,
haba mucho del picante de mis sospechas.

Sobre el primer punto, me dijo Neluco que Lita, nacida y criada en
Tablanca, no haba tenido ms escuelas que la del maestro del lugar y la
de su propia madre, ni haba corrido ms tierras que las comprendidas en
tres o cuatro leguas a la redonda. Ocho das en casa de unos parientes
de ac por celebrarse durante ellos la romera del pueblo; una quincena
con los de Robaco por una causa parecida, y muy poco ms por este arte.
El resto era obra del instinto y de la fuerza de visin que tienen las
mujeres tan perspicaces y tan guapas como Lita, para taladrar montaas
con los ojos, ver hasta lo invisible al otro lado, y saber guardar su
puesto donde quiera que habitan, por aislado y obscuro que el lugar sea.

El otro punto an era ms fcil de explicar. Tablanca y Robaco eran dos
pueblos que se trataban mucho; y las familias de Lita y de Neluco, muy
amigas desde tiempo inmemorial: hasta haba algo de parentesco entre
ellas. Lita haba pasado, de nia y de moza, buenas temporadas en casa
de los Celis; y Neluco, mientras vivi en Robaco, a cada instante se
llegaba a Tablanca y casi siempre coma y se hospedaba en casa de don
Pedro Nolasco. Se explicaba, en efecto, de este modo y muy
sencillamente, el tuteo y la familiaridad entre el mdico y la nieta del
Marmitn; pero lejos de oponerse, no ayudaba esto a lo otro que yo
sospechaba? Apunt, como en chanza, unas indagaciones en este sentido.
Igual que si hubiera dado con los nudillos en una pea del monte. Hasta
dud si Neluco se haba enterado de ellas. Lo cierto es que si no eran
fundadas mis sospechas, deban de serlo.




XI


Cuando menos lo esperaba, me dijo el Cura al despedirse de m en el
estragal de la casona, cerca ya de la hora de comer:

--Maana, si Dios quiere, y a caballo los dos. Yo ira mejor a pie, como
suelo, y como ir Chisco para acompaarnos y cuidar de las bestias en
ocasiones que se presentarn; pero usted es madera de otro robledal ms
flojo, y hay que tenerlo todo presente. Antes de romper el da, por
supuesto.

Entendle y respond, haciendo de tripas corazn:

--A caballo, y antes de romper el da.

--Pues que se entere Chisco de ello, y _suficit_.

Con esto y una risotada se apart de m, y ech cambera abajo en demanda
de su puchera.

Con los sueos que yo coga tras de las fatigas que me daba por los
montes del contorno, le cost a Chisco Dios y ayuda despertarme al
da... qu digo da! a lo ms espeso y tenebroso de la noche siguiente.
Tona, despus de vestirme yo tiritando de fro y sin conciencia cabal de
lo que haca, me sirvi un canjiln de caf que acab de espabilarme; y
cuando baj al portal, vislumbr, a la opaca luz de un farol que tena
Chisco en la mano, la negra silueta de don Sabas, a caballo en su
jaquita rucia, que no me era desconocida, as como el espelurciado
jamelgo que casi me meti el espolique entre las piernas para abreviarme
la operacin de montar en l.

Rompimos los tres la marcha por el mismo camino que haba trado yo la
noche de mi llegada a Tablanca, tan a oscuras como entonces, aunque
mejor acompaado y menos dolorido de riones. Por respeto a m, pues a
mis dos acompaantes igual les daba el da que las tinieblas para
caminar a pie seguro por aquellas escabrosidades, conservaba Chisco, que
nos preceda, el farol encendido en la mano; pero hubiera jurado yo que
ms que la luz del farol del espolique, me alumbraban las chispas que
sacaban de los pedernales del suelo las herraduras del tordillo de don
Sabas; el cual don Sabas haca los imposibles por entretenerme y hasta
divertirme durante el paso de aquella negra, spera e interminable
senda; pero ay! sin conseguir su noble y generoso empeo. Porque en
aquellas bajuras y envuelto en tan espesa oscuridad, don Sabas era
todava el Cura soso de la cocina de mi to, y todas sus observaciones
en romance y todos sus salmos en latn, le resultaban a destiempo y
fuera de toda oportunidad.

Anda que te anda, resbalando aqu, y all pujando y suspirando mi
cabalgadura, al cabo de una hora empezaron a dibujarse los perfiles de
los montes sobre el cielo confusamente iluminado por la tenue claridad
del crepsculo. En la garganta por donde caminbamos era de noche
todava para nosotros; y, en rigor de verdad, no nos amaneci hasta que
coronamos el repecho escabroso y llegamos al santuario de la Virgen que
me era bien conocido. El Cura, que pareca tener esa condicin de los
pjaros del monte, a medida que se elevaba y vea surgir la luz por
encima de las barreras tenebrosas del horizonte, se volva ms locuaz y
empezaba a soltar poco a poco las ocultas armonas de sus cnticos; no
muchos, pero agradables, y, sobre todo, al caso. A los primeros fulgores
del crepsculo, alab a Dios en una salutacin fervorosa, y aunque no de
su caletre, bien sentida en su corazn. Un poco ms arriba, en lo que
pudiera, sin mucho agravio de la verdad, denominarse llano, y antes de
llegar a la ermita, todava en la penumbra que nos hara invisibles a no
muy larga distancia, atrac su rocn al mo; y detenindole por las
riendas que casi me arranc de las manos, despus de detener el suyo, me
dijo apuntando con su diestra ociosa a un altsimo y lejano picacho, en
cuya cspide se estrellaba el primer rayo de sol que penetraba en
aquellas montaraces regiones.

--Mira, hombre!--acostumbraba a tutearme o a hablarme en impersonal en
cuanto nos elevbamos un poco sobre el nivel de Tablanca--. Mira,
Marcelo! No juraras que aquello que resplandece y flamea all arriba,
all arriba, en aquel picacho, es la ltima de las luminarias con que el
mundo festeja a su Creador mientras el sol anda apagado por los abismos
de la noche? Cosa buena! Cosa grande! _Laudate Dominum omnes gentes...
Magnificentia opus ejus, manet in aeternum_.

Al llegar al santuario nos descubrimos y rez don Sabas en alta voz, y
en voz alta le contestarnos nosotros lo que nos corresponda. El rezo
fue breve, y en latn la mitad de l. Despus se acerc Chisco al
enverjado, y por entre dos de sus barrotes meti el farol, que ya no
necesitbamos, y le dej en el suelo muy arrimado a la paredilla, para
recogerle a la vuelta; mas no sin santiguarse antes de meter la mano y
despus de sacarla, ni sin contemplar la imagen con una veneracin que
tena algo de recelosa, como si la pidiera, a la vez que seguridad para
la prenda que dejaba all depositada, perdn por lo que pudiera haber de
irreverente en su atrevimiento.

Pasada la vadera, no tomamos, como esperaba yo, el camino que conduce
directamente al Puerto, sino otro por el estilo a la derecha; y montes y
colladas van, tajos y barrancas vienen; aqu siguiendo la cuenca del
ro, all perdindola de vista, y siempre subiendo o bajando de risco en
risco, de pueblo en pueblo, vi a lo lejos el principal del valle de
Promisiones en que radicaba el solar de mi abuela paterna, y llegamos,
al cabo de dos horas de caminata, a un ancho desfiladero entre dos
montaas que parecan, por su grandeza, no caber en el mundo.

Por ser la ms accesible para m por entonces, segn dictamen de don
Sabas, comenzamos a faldear la de la izquierda; y sube que te sube,
dimos al fin en un entrellano donde ya escaseaba la vegetacin y se me
iba haciendo insoportable la brisa matinal por su frescura. All se ape
don Sabas, y me orden que hiciera yo lo mismo. Hcelo y de muy buena
gana, porque me senta entumecido sobre la dura silla de mi rocn, amn
de que me conceptuaba ms seguro a pie que a caballo en aquella cornisa,
sobre el rpido declive de la montaa.

--Lo que falta, hay que subirlo a pie--me dijo el Cura--, porque no es
camino de caballos, sino de hombres y, todo lo ms, de cabras. Con que
nimo y arriba!

Y sin esperar mi respuesta, comenz a trepar con pies y manos entre
peas y raigones. Cmo envidi yo a Chisco que se quedaba en la
explanadita de abajo con las cabalgaduras! Don Sabas tena la prctica
de aquellas ascensiones, y adems la pasin de las alturas; pero yo, que
careca de ambas cosas, para qu me aventuraba en la subida de tan
tremebundos despeaderos?

Al fin llegamos arriba, yo por milagro de Dios, siguiendo gateo a gateo
los de don Sabas; pero muerto de cansancio y empapado en sudor.

--Reposa unos momentos--me dijo el Cura all--; pero con los ojos
cerrados, y cuidado con abrirlos hasta que yo lo mande!

Ms por necesidad que por obediencia, cumpl al pie de la letra el
mandato de don Sabas. Estuve un largo rato tumbado en el suelo, boca
arriba y con ambas manos sobre los ojos, porque slo as encontraba el
absoluto descanso que me era indispensable entonces. Senta fuertes
latidos en el corazn que repercutan en las sienes, y al vivo comps de
este golpeteo funcionaban mis pulmones.

Cuando el uno y los otros volvieron a su ritmo sosegado y normal, llam
a don Sabas y me puse a sus rdenes. Estaba muy cerca de m, encaramado
en una pea en la actitud de costumbre y empezando a embriagarse por los
ojos, y no sin motivo ciertamente.

--Arrmate un poco ac--me dijo desde su pedestal calizo con manchones
de musgo y poco ms alto que yo--. Arrmate, contempla... y psmate,
Marcelo!

Habamos subido por el Oeste de la montaa, que es el lado por donde las
hay mayores que ella, y el panorama con que me brindaba el Cura se vea
por las otras vertientes; es decir, que era cosa nueva para m y recin
aparecida ante mis ojos. Particularmente hacia el Este y hacia el Norte,
pareca no tener lmites a mi vista, poco avezada a estimar espectculos
de la magnitud de aqul; y era de una originalidad tan sorprendente y
extraa, que no acertaba a darme cuenta cabal ni de su naturaleza ni de
su argumento. Por el Sur se dominaba el hermoso valle de Campo, ya en
otra ocasin visto y admirado por m; en la misma direccin y ms lejos,
los tonos pardos de la tierra castellana; ms cerca, el Puerto de marras
con sus monolitos descarnados y su soledad desconsoladora. Al Oeste y
asombrndolo todo con sus moles, Pea Sagra y los Picos de Europa
separados por el Deva, cuya profunda y maravillosa garganta se
distingua fcilmente en muchos de sus caprichosos escarceos entre los
peascos inaccesibles y fantsticos de una y otra ribera; y ms all del
Deva, en sus valles bajos, segn iba informndome don Sabas, con el
laconismo y el modo con que seala el maestro de escuela con una caa en
un cartel las slabas a sus educandos, una buena parte de la provincia
de Asturias.

Pero lo verdaderamente admirable y maravilloso de aquel inmenso panorama
era cuanto abarcaban los ojos por el Norte y por el Este. En lo ms
lejano de l, pero muy lejano, y como si fuera el comienzo de lo
infinito, una faja azul recortando el horizonte: aquella faja era el
mar, el mar Cantbrico; hacia su ltimo tercio, por la derecha y unida a
l como una rama al tronco de que se nutre, otra mancha menos azul, algo
blanquecina, que se internaba en la tierra y formaba en ella como un
lago: la baha de Santander. Pero es el caso (y aqu estaba la verdadera
originalidad del cuadro, lo que ms me desorientaba en l y me
sorprenda) que la faja azul se presentaba a mis ojos mucho ms elevada
que el perfil de la costa, y que con ella se fundan otras mucho ms
blancas que iban extendindose y prolongndose hacia nosotros, quedando
entre la mayor parte de ellas islotes de las ms extraas formas; picos
y hasta cordilleras que parecan surgir de una repentina inundacin.

A todo esto, el sol, hirindolo con sus rayos, sacaba de las superficies
de aquellos golfos, ras y ensenadas, haces de chispas, como si vertiera
su luz sobre llanuras empedradas de diamantes.

--Es la niebla baja de los valles, me advirti el cura; y fue
sealndolos y nombrndolos todos uno a uno.

Ya me lo haba imaginado yo; pero aun as, no poda ni deseaba deshacer
aquella ilusin de ptica que me presentaba el panorama como un
fantstico archipilago cuyas islas venan creciendo en rigurosa
gradacin desde las ms bajas sierras, primer peldao de la enorme
escalera que comenzaba en la costa y terminaba, detrs de nosotros, en
el mismo cielo cuya bveda pareca descansar por aquel lado sobre los
picos de Bulnes y Peavieja.

--Segn vaya subiendo el sol--me deca don Sabas desde su plinto
calcreo--, y arreciando el remusgo all abajo, ir la niebla
esparcindose y dejndose ver lo que est tapado ahora... Pues tambin
es cosa de verse desde aqu la salida del sol!... Y algn da hemos de
verlo, si Dios quiere... y mejor desde ms arriba... desde all...

Y me apuntaba, vuelto un poco a la derecha, hacia una loma altsima en
que, segn me advirti tambin, convergan tres cordilleras.

Entre tanto, yo no poda apartar los ojos del archipilago en el cual me
iba forjando la fantasa todo cuanto puede concebirse en materia de
lneas y de formas: el templo ojival, el castillo roquero, la pirmide
egipcia, el coloso tebano, el paquidermo gigante... No haba antojo que
no satisficiera la imaginacin a todo su gusto en aquellas sorprendentes
lejanas.

La prediccin de don Sabas no tard en cumplirse. Poco a poco fueron las
nieblas encrespndose y difundindose, y con ello alterndose y
modificndose los contornos de los islotes, muchos de los cuales
llegaron a desaparecer bajo la ficticia inundacin. Despus, para que la
ilusin fuera ms completa, vi las negras manchas de sus moles
sumergidas, transparentadas en el fondo hasta que, enrarecida ms y ms
la niebla, fue desgarrndose y elevndose en retazos que, despus de
mecerse indecisos en el aire, iban acumulndose en las faldas de los ms
altos montes de la cordillera.

Roto, despedazado y recogido as el velo que me haba ocultado la
realidad del panorama, se destac limpia y bien determinada la lnea de
la costa sobre la faja azul de la mar, y aparecieron las notas difusas
de cada paisaje en el ambiente de las lejanas y en los valles ms
cercanos: las manchas verdosas de las praderas, los puntos blancos de
sus barriadas, los toques negros de las arboledas, el azul carminoso de
los montes, las lneas plateadas de los caminos reales, las tiras
relucientes de los ros culebreando por el llano a sus desembocaduras,
las sombras cuencas de sus cauces entre los repliegues de la montaa...
Todos estos detalles, y otros y otros mil, ordenados y compuestos con
arte sobrehumano en medio de un derroche de luz, tenan por complemento
de su grandiosidad y hermosura el silencio imponente y la augusta
soledad de las salvajes alturas de mi observatorio.

Jams haba visto yo porcin tan grande de mundo a mis pies, ni me haba
hallado tan cerca de su Creador, ni la contemplacin de su obra me haba
causado tan hondas y placenteras impresiones. Atribualas al nuevo punto
de vista, y no sin racional y juicioso fundamento. Hasta entonces slo
haba observado yo la Naturaleza a la sombra de sus moles, en las
angosturas de sus desfiladeros, entre el vaho de sus caadas y en la
penumbra de sus bosques; todo lo cual pesaba, hasta el extremo de
anonadarle, sobre mi espritu formado entre la refinada molicie de las
grandes capitales, en cuyas maravillas se ve ms el ingenio y la mano de
los hombres que la omnipotencia de Dios; pero en aquel caso poda yo
saborear el espectculo en ms vastas proporciones, en plena luz y sin
estorbos; y sin dejar por eso de conceptuarme gusano por la fuerza del
contraste de mi pequeez con aquellas magnitudes, lo era, al cabo, de las
alturas del espacio y no de los suelos cenagosos de la tierra. Hasta
entonces haba necesitado el contagio de los fervores de don Sabas para
leer algo en el gran libro de la Naturaleza, y en aquella ocasin le
lea yo solo, de corrido y muy a gusto.

Y leyndole embelesado, llegu a sumirme en un cmulo de reflexiones
que, empalmndose por un extremo en la montona insulsez de toda mi vida
mundana y embebindose enseguida en el espectculo en que se recreaban
mis ojos, se remontaban despus sobre las cumbres altsimas que
limitaban el horizonte a mi espalda, y an seguan elevndose a travs
del ter pursimo por donde suben las plegarias de los desdichados y los
suspiros de las almas anhelosas del Sumo Bien.

Volviendo, al fin, los ojos hacia don Sabas, de quien me haba olvidado
un buen rato, porque el mismo tiempo haca que no se cuidaba l de m,
le hall, por las trazas, leyendo el gran libro en la misma pgina que
yo. Estaba en pleno hartazgo de Naturaleza, segn declaraban sus ojos
resplandecientes, su boca entreabierta y como vida de aire serrano, y
aquella su especial inquietud de msculos y hasta de ropa.

--Se ha visto todo bien?--me pregunt volviendo en s de repente.

--A todo mi sabor--le respond.

--Pues hacerse cuenta de que ya se ha visto algo de las grandes obras de
Dios que tenemos por ac.

--Grande es, en efecto, y hermoso y admirable este
espectculo!--repliqu.

--Grande?--repiti el Cura; y volvi a contemplarle en todas
direcciones con los brazos extendidos, como si quisiera darme de aquel
modo la medida de su magnitud.

Despus se descubri la cabeza, cuyos cabellos grises flotaron en el
aire; elev al cielo la mirada y la mano con sombrero y todo, y exclam
con voz solemne y varonil que vibraba con extrao son en el silencio
imponente de aquellas alturas majestuosas:

--_Excelsus super omnes gentes, Dominus, et super coelos... gloria
ejus_.

Sera por el estado excepcional de mi espritu o por obra de un agente
externo cualquiera; pero es lo cierto que a m me pareci que aquella
nota final estampada en el cuadro por el Cura de Tablanca, rayaba en lo
sublime.




XII


Faltbame conocer, entre lo que no deba de serme desconocido en aquella
vasta y montaraz comarca, la salida del valle por la cuenca del ro
hasta su desembocadura, con lo cual habra completado yo la travesa del
espinazo de la cordillera cantbrica por una de sus vrtebras ms
considerables; y como cabalmente en aquellos das estaba yo en vena de
exploraciones y correteos, aunque, bien lo sabe Dios, ms que por ansias
de la curiosidad, por miedo a la inaccin enervadora enfrente del
temible enemigo, cabalgu una maana muy temprano en el peludo jamelgo
que tan sesudamente me haban trado y llevado por las escabrosidades
ms peligrosas de la montaa, y, de propio y deliberado intento, solo y
sin otro gua que el instinto y la larga experiencia del honrado
cuadrpedo, ms unos informes que me haban suministrado de palabra la
noche antes en la tertulia de mi to; atraves el ruinoso puente que une
las dos orillas del Nansa a corto trecho de la casona, y emprend la
marcha siguiendo la bien trillada senda que culebrea por la ladera del
cerro, acompandome el continuo rumor de las invisibles aguas corriendo
en el fondo del sombro cauce a muchas varas bajo mis pies.

Dudaba yo que, despus de lo que llevaba visto en la alta montaa,
hubiera en la cuenca del ro, desde Tablanca hacia abajo, cosa que
pudiera cautivar mi atencin; y as sucedi, en efecto: sin dejar de ser
spera, angosta y montaraz en su parte ms elevada, careca de la
grandeza imponente de los desfiladeros de arriba. Los pueblos,
amontonados, en sendas rinconadas de la garganta, iban sucedindose a mi
paso con la regularidad de las estaciones de un ferrocarril. Uno de
ellos, ms soleado que cuantos haba dejado atrs, apareci de repente a
mi vista en un vallecito, al pie de una ladera rapidsima, por la cual
descenda mi jamelgo paso a paso entre un laberinto admirable de viejos
y copudos robles que parecan puestos all para mantener las tierras del
monte adheridas a su esqueleto: tan agria era la cuesta.

Llegado al valle felizmente, aunque un poco dolorido de cintura yo, por
el continuo esfuerzo hecho con ella para conservar el cuerpo en la
vertical, sobre la lnea del caballo, paralela al suelo, supe que el
pueblo columbrado por m durante la bajada por los claros de la espesa
columnata de troncos, era Robaco. Acordme entonces de Neluco y de
Chisco, y supuse que la casa del primero sera una grande, de cuatro
aguas, que no distaba mucho del camino; y supuse bien, segn respuesta
que dio a una pregunta que le hice, un muchachuco ms guapo que limpio
de cara y de vestido, que jugaba, con otros de pelaje an ms humilde,
en una brauca prxima a la portalada. Responder a mi pregunta, dejar el
juego y lanzarse a abrir el postigo, mientras los otros chicuelos,
suspensos y algo cortados, me contemplaban con los ojos muy abiertos,
fue todo uno; y no bien hubo asomado la cabecita al corral, cuando ya
comenz a gritar all:

--Madre!... madreee! Aqu est un seor que viene a casa!

Y por si esto era poco, descorri desde adentro la falleba de los
portones, y los abri de par en par a fin de que pasara yo sin apearme.
Con este estruendo y aquel vocero, antes que acabara de sorprenderme de
la ocurrencia, ya estaba en el encachado soportal y enfrente de m, una
mujer de mediana edad, buenas carnes y sano color, y con el modesto
atavo casero que ordinariamente usan a diario las matronas pudientes de
aquella comarca. Con esto, y con hallar bastante parecido en su cara con
la de Neluco, no dud que aquella mujer era su hermana. Me ape de un
brinco; y sin cuidarme del caballo, comenc, mientras andaba hacia ella
con el sombrero en la mano, a deshacerme en excusas, a explicarla el
suceso... Yo tena muchsimo gusto en ponerme a sus pies, en conocerla
personalmente, en ofrecerla mis respetos; pero esto lo hubiera hecho...
pensaba hacerlo, a otra hora menos intempestiva... a mi vuelta por la
tarde... la culpa era de aquel diablillo que, sin darme tiempo para
explicarme, se haba apresurado a llamarla...

A todo esto, ella me miraba de hito en hito; hasta que, sin llegar yo a
decirla cuanto pensaba decir, ba toda su faz noblota y rozagante en
una sonrisa que pudiera llamarse inmensa, si se midieran las sonrisas
como las superficies; arranc hacia m con ambas manos tendidas, y
exclam cortndome el descosido discurso de repente:

--Virgen la mi Madre! Ust es el sobrino de don Celso.

Declar que s lo era, y continu ella, sin soltar mi mano de entre las
suyas:

--Saba yo por Neluco que andaba ust por ay; y por eso, y por el aire,
y por algo que ha dicho... y por estas corazons que a lo mejor tiene
uno... Hija, lo que me alegro!... Vaya, vaya!... Y cmo est el pobre
don Celso?... Mal, creo yo, lo que nos ha dicho Neluco... Porque Neluco
es tan carioso y tan... vamos, tan apegao a los suyos, que hora que
tenga sobrante en su obligacin, ctale en Robaco... Pero qu hacemos
aqu plantificados en el portal? Suba, suba, seor don Marcelo, y
descansar como debe, y le pondr de almorzar... Cmo que no! Aqu
todos somos unos. Ust no lo sabe? No se lo ha dicho Neluco? La casona
de don Celso y la nuestra casa... vaya!... de padres a hijos viene la
estimacin y la buena ley y hasta el parentesco, si un poco se escarba
en la sangre...

No me valieron excusas, por ms que ponder lo largo de la jornada que
tena que hacer antes de la noche, y lo apurado que andaba de tiempo
para ella.

--Tendrle de sobra--me deca la jovial matrona guindome ya hacia la
escalera--, para ese trabajo y otro tanto ms, si sabe aprovecharse de
l; y no creo yo que es perder hora la que se gasta en confortar el
cuerpo a la mit del camino... Vaya con ella! Y lo peor del cuento es
que est l ausente y no vendr hasta la hora de comer, ms que
menos... Anda en el invernal amaando un morio que se quebrant el otro
mes; y como en teniendo obra entre manos no acierta a perderla de
vista... Pues no lo sentir poco cuando lo sepa!... Hija, qu
casualid! Bien que ya le ver cuando pase ust de vuelta esta tarde...
Aunque mejor fuera que se quedara a comer con nosotros y dejara la
caminata para otra ocasin... Vaya que es antojo el de llegar hasta el
camino real!... Dos veces en toda mi vida he puesto yo los pies en l...
Mire si soy correntona... Vaya, vaya!...

Hablando por este arte mientras suba la escalera y la segua yo paso a
paso, ms que en lo imposible de atajarla en su pintoresca charla,
pensaba en el parecido que hallaba entre ella y la madre de Lita, no
solamente por el carcter, sino por el estilo, sin saber yo entonces,
como lo supe andando el tiempo y conociendo nuevas gentes, que en
aquella forma y con aquellos aires campechanos y llanotes, se desborda
siempre el espritu generoso y hospitalario de las damas de aquella
agreste regin montaesa.

Ya en lo alto de la escalera, que no era larga, entramos en el crucero
de siempre, porque todas las casas pudientes de aquellas alturas, y aun
las equivalentes de los valles bajos que he conocido despus, parecen
hechas por un mismo plano; slo que en la de Robaco hall una novedad
que llam muy agradablemente mi atencin, y fue la de tener las paredes
de todos los pasadizos literalmente cubiertas, de techo a suelo, con
ristras de panojas, que, por estar abiertos puertas y balcones e
inundada de sol toda la casa, resplandecan como tapices orientales
bordados de oro y perlas.

Ni aun admirarlo me dej la buena hermana de Neluco, porque teniendo en
cuenta lo apresurado que yo andaba, entre conducirme a la sala y llamar
a gritos a una sirvienta y sacar, en tanto, cosas de una alacena y otras
cosas de un armario, y poner las primeras en manos de la mozona (que no
lleg tan pronto como ella quera) con una buena sarta de advertencias y
de encargos a media voz, y las segundas sobre una mesa que haba en la
sala, arrimada a una pared, y andar de ac para all sin dejarme nunca
enteramente solo ni falto de su conversacin, ms de cerca o ms de
lejos, no hallaba yo momento de pensar con sosiego en punto alguno en
que fijara la atencin. Al fin se detuvo y se calm la ventolera
aqulla; y recogiendo lo que antes haba puesto sobre la mesa y
colocndolo interinamente en las sillas inmediatas, levant el ala que
aqulla tena libre y plegada, y no las dos, por no necesitarse para m
solo tanto espacio, segn tuvo la bondad de advertirme; tendi sobre el
tablero resultante un blanqusimo mantel; puso sobre ste una botella de
vino, un cubierto de plata maciza y de anticuada forma, dos vasos de
cristal, tres platos amontonados, una torta de pan, tibio todava, segn
me dijo la complaciente seora, porque no haca an dos horas que haba
salido del horno del corral; un queso duro, de ovejas, y cosa de medio
maquilero de nueces y avellanas.

Entre tanto, no cesaba de hablarme, y me haca muchas preguntas sin
esperar en cada una de ellas a recibir mi respuesta, por entero, a la
anterior. Me pregunt, ante todo, por su pariente don Pedro Nolasco y
por su hija Mari Pepa, de la misma edad que ella, amiga ntima desde la
niez, casi su hermana, porque como hermanas se queran... Pues y Lita,
Lituca? Era un serafn aquello, ms que mujer. Qu guapa, qu aguda,
qu hacendosa! Si ella fuera hombre y mozo soltero, ya saba con quin
casarse, como Lita le quisiera. Y no su hermano Neluco!... Cuntas
veces se lo haba dicho! Para qu quieres la enjundia, hombre? Qu ms
puedes apetecer?... Si apareis como de molde... Ah, pan fro de
satanincas!... Tochu, ms que tochu! Cuando Lita iba a Robaco, era la
alegra de la casa: ni canario en jaula de oro poda compararse con
ella.

En stas y otras comenz a darme en la nariz un olor muy agradable de
fritangas, y con l entr en la sala un rapaz como de seis aos, con la
jeta muy pringosa y la ropilla estropeada; despus otro de igual pelaje,
pero de menos edad; enseguida otro menor que los dos; luego una
muchachuela rubia, de ojos saltones, muy enjuta de canillas y larga de
brazos; tras ella, otra rapaza morena, carrilluda, de ojos negros y
gruesas pantorrillas, la cual traa de la mano a un chiquitn muy
risueo que se tambaleaba al andar con sus patucas estevadas; y, por
ltimo, lleg el muchacho que con su descomedida diligencia haba sido
la causa de cuanto estaba sucediendo all. Toda aquella prole, aparecida
uno a uno, a paso lento y con mirar receloso, se fue colocando en
semicrculo, muy apretado, enfrente de m; y como no saban qu decirme,
por ms que yo les preguntaba muchas tonteras, y su madre me los iba
nombrando por orden de edades, a la vez que los rea, y no con gran
coraje, por un descorts atrevimiento, cada cual entretena el tiempo y
conllevaba el mal rato como mejor poda: quin pellizcndose las
narices, quin rascndose la cabeza y quin alguna parte de su cuerpo
ms baja y ms trasera. Pero no parece--me deca su madre en tanto--,
que gobierna Satans a estos arrastrados? Pngalos ust de pies a cabeza
como un sol de mayo en cuanto se tiran de la cama todos los das, para
verlos como ust los ve a la media hora... y si no hay escuela como hoy,
por ser jueves, cosa es de no poder mirarlos ni aguantarlos. Seor y
Padre celeste, qu criaturas!... Pero estn ellas en buena salud, que es
lo que importa, y lo dems ya se ir arreglando con el tiempo. No es
verdad?... Vaya, ahora venga ac y arrmese a la mesa... y perdone la
miseriuca por la buena voluntad conque se la ofrezco a falta de cosa
mejor.

Esto lo dijo al ver entrar a la criada con una gran fuente entre manos,
conteniendo dos pares de huevos estrellados y una enormidad de lomo y de
jamn frito, con su correspondiente cerco de patatas.

Hubo las porfas que eran de esperarse sobre lo poco con que me
satisfaca yo, y lo mucho que ella me ofreca con generosa obstinacin,
pensando que lo dejaba por cortedad. Al fin transigimos tomando yo
algo ms de lo que necesitaba, y repartiendo el resto hasta lo que ella
me ofreca, entre los siete rapaces que devoraban con los ojos el
suculento agasajo humeando sobre la mesa.

Tambin vino a colacin all lo que ya empezaba yo a echar de menos en
boca de la hermana de Neluco; la tesis a que tan acostumbrado me tenan
las buenas gentes de aquellos valles: si me iba gustando la tierra de
mis mayores; la diferencia que hallara entre aquellas soledades y las
grandezas y diversiones a que estara avezado en Madrid... y, por
ltimo, la lstima que sera que no tomara al valle la buena ley que l
se mereca; porque, muerto don Celso, que por muerto haba que darle ya,
Tablanca se quedaba sin padre y sin sombra de amparo. Y si supiera yo
bien lo que vala esa sombra en aquel pueblo, y lo que venan valiendo
otras como ella desde tiempos muy remotos! Para saberlo as, era preciso
ver lo que pasaba en otros lugares que no la tenan, como pasaba ya
tambin en Robaco, desgraciadamente. All no haba unin ni paz entre
unos y otros, por culpa de cuatro mangoneadores amparados por otros
tantos cabayerus de ay fuera, que no se acordaban del pueblo ms que
en las ocasiones de necesitar las espaldas de aquellos pobres melenos
para encaramarse en el puesto que les convena, y pipiar a gusto las
uvas del racimo. Esto no pasaba en Tablanca, donde no se senta una
mosca, ni tenan entrada aquellos personajes ms que con su cuenta y
razn. Daba gusto aquella hermandad de unos con otros, y aquel
ayuntamiento sin deudas, y aquel vecindario sin hambre y bien vestido.
Pues toda esta ventura acabara con don Celso, si yo no me animaba a
recoger los frenos que l soltara de sus manos al pasar a vida mejor.

Lo singular de esta tesis, tan manoseada por unos y otros, era para m
la solemnidad y la hondura del sentimiento con que me la exponan en
todas partes. La misma hermana de Neluco, tan jocosa y tan chancera en
sus descosidos discursos, se formaliz hasta conmoverse al exponrmela.
Y ste era el lado por donde ms me llamaba la atencin aquel tema, que
iba, por lo dems, degenerando en mana.

Con el asentimiento y las diplomticas promesas que la costumbre me
haba obligado a adoptar en casos tales, di por rematado el punto; y con
el pretexto de la prisa que tena, terminados el almuerzo y la visita,
no sin saber antes, por la inagotable bondad de aquella incomparable
mujer, que su hermano mayor, abogado de bastante nota, estaba casado en
Valladolid, y que por eso y por ser Neluco demasiado mozo y andar
todava de la Ceca a la Meca, se haba quedado ella en las particiones
con la casa paterna; pero como si fuera de todos los hermanos, porque el
abogado bajaba a Robaco casi todos los veranos, y Neluco cada da que
le era posible.

Gozaba ella que era una bendicin de Dios cuando estaban todos reunidos,
chicos y grandes; y cuanto ms apretados, mejor. Y apretados lo estaban
en aquellas ocasiones a menudo, porque aunque la casa era grande, como
tenan mucho laberinto de labranzas y ganados... Virgen Madre, cmo le
gustaban esos trajines a su marido! Pues con gustarle tanto, de seguro
no le gustaban ms que a ella...

Y bien se revelaban estos gustos en toda la casa, particularmente de
escalera abajo. En el portal, desde donde se vean las puertas abiertas
de los establos, un horno con su tejadillo protector, un pozo con el
correspondiente lavadero, grandes pilas de lea y un carro de bueyes
bajo un cobertizo, ola a heno, se oan los golpes y los cencerrillos y
esquilas del ganado preso en las pesebreras, y brujuleaba de soslayo y
como a la descuidada, un copioso avero alrededor de un garrote, en
cuyo fondo roa mi caballo, desembridado y amarrado al poste con una
soga por el pescuezo, los ltimos granos del pienso de maz con que le
haba agasajado el sobrino mayor de Neluco, mientras su madre me
agasajaba a m en la sala de arriba con huevos y con jamn. Esto se supo
por declaracin del chicuelo mismo, al preguntarle yo, muy complacido,
por el autor de la ocurrencia. Alentado por el buen xito de ella,
salise del montn de sus hermanos, que en tropel haban bajado con su
madre detrs de m, y en un dos por tres embrid el rocn despus de
arrojar al avero las mezquinas sobras del pienso; sac la mansa bestia
al corral, y la plant all, en debida forma, para que montara yo.
Abrevi la despedida cuanto pude, condensando mis expresiones de cordial
agradecimiento hasta la avaricia, por temor a los lujos verbosos de la
hermana de Neluco, que en lo ms nimio hallaban causa para desbordarse;
cabalgu de prisa deslizando en la mano del chicuelo que me tena el
estribo una moneda de plata sin que lo viera su madre, ddiva que le
llen de asombro y de zozobra hasta enrojecerle la cara y dejarle
tambalendose, por lo que le cost mucho trabajo abrirme la portalada; y
en cuanto la vi de par en par, pagu con una sonrisa y una sombrerada
los ltimos ofrecimientos de la inagotable matrona; sal a la brauca de
afuera oyendo las despedidas de adentro hasta la tarde; piqu sin
compasin al jamelgo, y tom el camino ro abajo como si me persiguieran
lobos de rabia.

Creo, sin estar muy seguro de ello por no haber fijado la atencin con
gran empeo en el cuadro, que por all comienza el verdadero ensanche de
la cuenca, y el ro a descansar un poco de las fatigas de su rpido
descenso, tendindose a la larga en buenos trechos casi llanos y bien
iluminados por el sol. Lo que s recuerdo bien es que con la libertad
que les dan estas relativas anchuras, el ro y el camino (a la izquierda
ya ste de aqul) se separan uno de otro con alguna frecuencia, aunque
sin llegar a perderse de vista por completo. Al fin y al cabo, ninguna
obligacin tienen de andar juntos por todas partes; y sin duda por eso,
el camino, sin trabas ni impedimentos, como el ro, que le obliguen a
descender continuamente y por determinado canal, a lo mejor se echaba
por un atajo cuesta arriba, gozndose despus en saludar desde la loma
del cerro pedregoso a su arrastrado compaero, que sudaba la gota gorda
para abrirse paso en los profundos de un vallecito angosto, entre
alisales, guijarros y mimbreras.

Donde se juntan otra vez los dos camaradas es hacia el final de su
viaje, por estrecharse la cuenca nuevamente, pero sin crecer gran cosa
los taludes; y ya no vuelve el ro a gozar de otra llanada que la de su
sepultura, festoneada a lo largo en su margen terrestre por un camino
real que ni el Nansa ni yo vimos hasta que nos hallamos yo encima de l,
y el ro estrellndose contra los estribos del puente que une las dos
orillas.

All le di mi afectuosa despedida, mientras ahogaban con un abrazo sus
murmullos (que durante nuestra jornada de seis horas no haban cesado un
momento) las traidoras aguas salobres que le esperaban inmviles y
cristalinas, como un espejo en que se miran las nubes del firmamento,
tendidas al sol en una vasta llanura salpicada de islotes tapizados de
verdes y olorosas junqueras. Esta pintoresca ra est separada del mar
por una barrera muy alta: un monte negro y pedregoso, rajado de alto
abajo, quedando as un boquete muy angosto donde se cuelan las aguas y
los barcos, y se ve el Cantbrico, mirando desde adentro, como un pedazo
de cielo a travs de las rejas de una crcel.

Todo aquel panorama me pareci muy bello por sus lneas, por su luz y
por su color, mas a pesar de ello, ocup mi atencin breves instantes,
porque se haban largado mis ideas por muy distintos derroteros. Fue el
caso que no bien me vi sobre el camino real, se despertaron sbitamente
mis mal dormidas inclinaciones mundanas; y escapndoseme la mirada y los
pensamientos a lo largo del blanqusimo arrecife que corra paralelo a
la costa y desapareca en la curva de un altozano, empec a considerar.

--Por ah se va a la vida y a la libertad de las planicies soleadas, al
bullicio de las ciudades, a las damas elegantes y a los hombres bien
vestidos, a la conversacin culta y amena, a los salones alfombrados, al
libro, al teatro, al peridico, al Casino, al Ateneo... mientras que
por aqu!...

Y volv los ojos al sendero de la montaa, y le vi trepar entre los
pedruscos y los escajos bravos de una sierra calva; y distingu detrs
de ella, la loma de otra sierra ms alta, y por encima de sta, otra y
sobre su cumbre la de un monte que las asombraba a todas; y as
sucesivamente, hasta perderse las ltimas desvanecidas en un ambiente
brumoso y ttrico que no me dejaba percibir con claridad los dos
peldaos de aquella escalera disforme, entre los cuales se esconda la
sepultura en que, por un mal entendido sentimiento filantrpico, haba
resuelto yo enterrarme vivo.

Sent de pronto alzarse dentro de m una protesta de mi librrimo
albedro, y con ella la nostalgia de la ciudad; pero con una fuerza tan
nueva y tan irresistible, que, sin saber, cmo, me vi encarado otra vez
al camino real y posedo de un vehementsimo deseo, de la tentacin
pueril y desatentada... de escaparme por all.

Pas todo esto, como vrtigo que era de mi exaltada imaginacin, en
pocos momentos; pero no sin dejarme huellas mortificantes en el
espritu.

Al otro lado del puente haba unas casas de muy alegre aspecto:
parecime de parador el de una de ellas, y all me fui. Parador era, en
efecto, y taberna bastante bien surtida. Mand dar un pienso a mi
cabalgadura y ped unas frioleras para m, ms que por satisfacer una
necesidad que no senta, por comprar el derecho de descansar un poco a
la sombra y en un banco, bajo techado, ya que no era posible hacerlo al
aire libre recreando los ojos en la contemplacin del mar, que con estar
tan cerca de all, no se vea ms que por el negro boquern de la ra.

Era ya bien corrida la una de la tarde cuando volv a cabalgar. Repas
el puente, y sin dirigir la vista al camino real que dejaba a mi
izquierda, comenc a desandar aguas arriba lo que haba andado por la
maana aguas abajo. Al llegar a Robaco, vi que me esperaba en la
brauca contigua a la portalada de marras, toda la familia de la casona
aqulla, con el padre en primer trmino. Bien sabe Dios que hice voto
solemne en mis adentros de no echar all pie a tierra, como no me
desmontaran a tiros. Era el cuado de Neluco un hombre bastante gordo y
no muy alto, moreno y atezado de rostro, con anchas patillas grises,
pelo recio y poca frente. No hablaba tanto como su mujer, pero no era
menos afectuoso y hospitalario que ella. Con la disculpa (y era la pura
verdad) de que llevaba las horas muy medidas, habl poco y me ingeni
mucho para que no hubiera modo de enredar la conversacin que me
amenazaba a cada instante por el lado de la mujer de aquel buen hombre.
Estrechle, al fin, por segunda vez la velluda mano, con los
ofrecimientos y las cortesas de costumbre, y con un adis a todos los
presentes, cort los cumplidos con que me despedan, y me largu.

Resuelto a que no me cogiera la noche cerrada en el camino, saqu al
pobre animal que me conduca, los ijares y hasta las asaduras a
espolazos. Por un milagro de Dios lleg vivo a casa. Pero lleg al fin,
y no tan tarde como iba yo temindome a medida que le vea perdiendo
fuerzas y tambalendose por el spero camino.

Por lo que a m toca, llegu en la misma situacin de nimo que un
estudiantillo novel a la crcel de su colegio, despus de haber pasado
largas vacaciones con su familia: jurndome a m propio no volver a
salir de Tablanca solo y por aquel camino, para no caer nuevamente en la
mala tentacin de escaparme.




XIII


Hablando unos das despus con Neluco de esta excursin, me dijo cuando
vino al caso:

--Pues ahora necesita usted hacer otra, aguas arriba.

Respondle que ya la haba hecho con el Cura en una ocasin bastante
reciente y de muy placentero recuerdo para m. Replicme que con don
Sabas slo haba visto yo lo que le convena a l que viera para los
fines que llevaba, y yo necesitaba ver algo ms, y aun estaba obligado a
ello: por ejemplo, Promisiones.

--Atraves todo el valle--respond--, y conservo perfectamente su
aspecto general en la memoria.

--No es bastante--me replic el mdico--. En ese valle hay un pueblo,
que es el principal...

--Le vi tambin...

--De lejos.

--De lejos y de cerca tiene muy poco que ver.

--Exacto--dijo Neluco--; pero en ese lugarejo hay una casa solariega...
la de los Gmez de Pomar, sangre de rancio abolengo que corre tambin
por las venas de usted.

--Hombre--interrumpi aqu mi to que estaba presente, mientras Neluco
se sonrea como si se burlara de las mismas ponderaciones que iba
hacindome, que veas a Promisiones, bien est; que conozcas de vista la
casona de los Gmez de Pomar, pase tambin; pero que lo que queda all
de esa sangre vieja valga la pena de meter su jocico en aquel estragal
un cabayeru como t... pispaju! eso s que lo niego a pies juntos.

--Pero si all no queda gota de esa sangre, don Celso!--replic Neluco.

--Mira a quin se lo cuenta!--respondi mi to--. Pero de all es la
que queda... Dios sabe si en presidio.

--Yo me refera a la casa solamente...

--Que ni siquiera es de ellos ya... porque los sinvergenzas
desaforaos, la dieron por un pellejo de vino en cuanto falt el
baldragazas que los engendr en una osa montuna. Cascajo! mala centella
los parta en dos por los riones.

--Y al fin y al postre, qu viene a importarle ya esa cada a don
Marcelo? Le toca tan poco del parentesco!...

--Di que nada, cuartajo! si te paez. Los hijos de un sobrino carnal de
mi madre!...

--Pues digo!... ni un galgo le alcanza ya... De todas maneras, si usted
no quiere...

--Yo?... A buena parte vas con el reparo!... Vaya que me gusta!...
No, no, lo que es por m...

--Adems, no se trata de eso slo, que debe verse de pasada...

--Jacia nde?

--Hacia otra parte... a otro sitio a que yo quiero llevarle... porque
esa expedicin ha de hacerla don Marcelo conmigo. Necesitaremos dos
das.

--Larga va a ser, trastajo!

--No mucho; pero como debemos hacer noche all...

--Pues si pensabas guardar el secreto del parador, no me des ms seas
de l, porque ya le he conocido...

--Es posible... Y como ahora hay en Tablanca peste de salud para muchos
das, si don Marcelo est conforme y usted nos da su permiso...

--Yo?... pispajo! Lo que yo quiero es que mi sobrino se explaye y
entretenga a su gusto, para que no coja duda a la tierra de su padre...
Eso bien lo sabe l... y tambin lo sabes t... Conque, si en ello vos
va diversin, bien hecho ser, y antes con antes, por si el tiempo se
cansa de ser bueno. Ojal pudiera yo ir con vosotros, aunque no fuera
ms que por dar un abrazo a ese buen amigo! Pero ni salir a misa,
cuartajo!...

--Ya saldr usted, don Celso...

--S, con los pies pa-lante el mejor da...

Al subsiguiente de esta conversacin emprend la caminata con Neluco,
los dos solos y a caballo: yo en el de siempre, bien repuesto ya de sus
ltimas fatigas, y l en otro rocinejo por el estilo, que era de su
propiedad y tena la costumbre, como caballo de mdico, de pararse
delante de todas las viviendas que hallaba al paso.

Tambin madrugamos aquel da, y no poco, y tambin nos amaneci cerca
del santuario prximo a la vadera, y tambin salud a la Virgen,
siguiendo el ejemplo que me dio Neluco, rezndola una _Salve_ en latn.
Es mucha la devocin que la tienen los tablanqueses y todos los
habitantes de los pueblos comarcanos; y su fiesta, en el mes de agosto,
de las ms concurridas y celebradas de todas las de aquella regin. La
imagen tiene una leyenda que no me haban referido ni Chisco ni don
Sabas, y conoc por Neluco mientras volvamos a ponernos en marcha,
descendiendo hacia la vadera. En tiempos muy remotos quisieron los
tablanqueses sustituir con otra nueva y de mejor ver aquella misma
Virgen que les pareca muy antigua, tanto que no se conoca su origen
en memoria de hombre. Acordada la sustitucin, adquirieron la imagen
que deseaban y la colocaron en el altarcillo despus de retirar de l la
antigua, a la cual enterraron con gran solemnidad, no sabiendo qu hacer
de ella ni cmo honrarla mejor. Pero cul no sera la admiracin de
aquellos piadosos montaeses al ver al da siguiente en el altar la
imagen enterrada la vspera, y vaca su sepultura, sin hallar rastro ni
huella por ninguna parte del mundo de la imagen nueva. Con este milagro
patente se hizo ms extensa y fervorosa la devocin a la Virgen
resucitada, y en este grado, o muy poco menos, se ha conservado hasta la
fecha.

Repitiendo el camino andado por m en compaa de don Sabas, me pareci
haber tardado menos que con l en llegar a Promisiones; ventaja que fue
debida indudablemente a lo que me entretena Neluco con noticias muy
curiosas sobre cada palmo de terreno que pisbamos y le eran tan
conocidos como los rincones de su casa. No los conoca menos el Cura,
seguramente; pero aunque all se andaban los dos en el modo de sentir y
de saborear la tierra madre, eran ms numerosos los registros del
mdico, y ms varia, por consiguiente, la msica de su conversacin.

Ya en el valle, tomamos derechamente hacia el pueblo que haba dado
origen a la porfa entre mi to y Neluco. El tal pueblo, de disperso y
pobre casero, ostentaba sobre el montculo ms elevado de los varios
que forman su escabroso trmino, un edificio cercano a la iglesia, que
no abultaba ms que l, como si hubiera querido lucir sin estorbos y
para que fueran bien vistas de todos, propios y extraos, las nicas
grandezas que posee. El edificio era del buen estilo rico montas; de
sillera de grano la fachada del Sur y una parte de la del Este, lo
preciso para encuadrar en ella un balcn de plpito con balaustrada de
hierro; el resto, mampostera slida con muy pocos claros de ventana. En
la fachada principal, gran solana corrida de esquinal a esquinal, y
encima de ella y del balcn del Este, sendos y ostentosos escudos de
piedra de mucho relieve y rica talla; sobre todo ello, la ptina
musgosa, la herrumbre y la polilla de los aos y de la incuria, y
grandes aleros de artesonado podrido con los canecillos derrengados.
Aquella casa era la solariega de los Gmez de Pomar; y bien sabe Dios la
tristeza conque la vi en estado tan deplorable, ms que por simpata de
parentesco, por impulso natural de hombre honrado y de buen gusto.
Habitbala un labrador, y de ello eran evidentes seales los montones de
estircol, la carreta y los aperos que se vean en la corralada y en el
soportal, y el heno que asomaba por los agujeros de una de las
desvencijadas puertas de la solana, entre los elegantes cercos de
sillera. Sali de ella un buen hombre que nos vio mirarla por todas
partes; y como result que conoca a Neluco, nos brind muy corts a que
pasramos a descansar, si tenamos gusto en ello. El mdico me pidi
mi parecer con la mirada, y con un ademn le di yo la negativa. Me
acordaba de algunos dichos de mi to, particularmente el de haber sido
vendida por un pellejo de vino, y la lstima de antes se fue trocando
en ira.

Continuando nuestro viaje, me dio Neluco algunos informes que yo le
ped, vivamente interesado en conocerlos despus de lo que haba visto
en el pueblo, en el cual no nos detuvimos ms de media hora.

La familia de los Gmez de Pomar nunca haba sido tan rica de
propiedades y de dinero como pagada de su alcurnia, achaque muy comn en
la Montaa. La bambolla de un hidalguete de aquella casta, que volvi de
Mxico a principios del siglo pasado, labr sobre los cimientos del
solar antiguo la casa que acabamos de ver, con la mayor parte del dinero
que traa. Con el resto y las haciendas que le pertenecan en el valle y
en las inmediaciones, se empe en sostener el lustre de su familia,
elevndola de golpe a una altura en que jams haban vivido sus fidalgos
antecesores. Logr su intento vanidoso, pero no sin muy considerables
mermas y quebrantos en su caudal. Al heredarle su sucesor, hered
tambin una buena carga de censos y de hipotecas; y como en su no larga
vida no pudo verse aliviado del peso de esta cruz, recibila tambin
sobre sus espaldas el que vino detrs de l; pero como le pesaba mucho,
antes que morir agobiado por ella, prefiri quitrsela de encima a todo
trance. Y se la quit, a expensas de lo ms jugoso de su caudal. As
salv lo restante, que empezaba a ser enredado poco a poco en las mallas
inextricables del prstamo usurario. Era cuerdo el hombre, y ajust las
necesidades de su casa a la medida de lo que posea libremente para
sostenerlas. No trabaj las tierras con sus manos, pero pag el trabajo
de otros para vivir l de sus productos; y en su casa y en las
accesorias de ella, donde siempre haba reinado el silencio enervante de
la holganza y de los grandes fastidios de la vanidad infanzona,
comenzaron a orse y a respirarse los ruidos de la actividad campesina,
el cencerro del ganado y la fragancia vivificante y regeneradora de los
frutos sazonados de la tierra. Mi abuela paterna alcanz aquellos
tiempos, los ms venturosos de la familia de los Gmez de Pomar. Su
padre era un seor a la manera de mi to Celso: campechano y sin
retricas, sencillo hasta la rudeza, y noble y sano de corazn. No tuvo
ms que dos hijos: mi abuela y el mayorazgo. ste result menos enrgico
y laborioso que su padre; se cas con una medio seora campurriana, y
tuvieron un hijo solo, y se de pocas creces, enfermo y sin alientos
para nada. Aqu empez a flaquear la firmeza de la hasta entonces
enhiesta mediana de la casa, mucho por la natural dejadez del padre,
algo por no pecar de hacendosa la madre, y el resto por falta de
estmulo en los dos para enmendarse en presencia de la ingnita apata y
mortal endeblez del hijo. El cual dio en la gracia de espigar un poco,
precisamente cuando deba de haberse muerto, segn los clculos de sus
padres, fundados principalmente en los reiterados dictmenes de todos
los mdicos y curanderos de cuatro leguas a la redonda. Con esto y con
morirse aqullos mucho antes de lo que crean, el hurfano recibi el
caudal hereditario cuando menos lo pensaba, y con bastantes goteras,
casi tantas como las que tena la casa solariega, en la que no gastaron
un maraved en toda su vida los ltimos seores de ella. En ese
particular, lo propio hizo el hijo, atento solo, en los primeros aos de
su orfandad, al trabajo de reconstituirse, dndose todo el regalo que
era compatible con su hacienda, aunque comiendo ya de la olla grande.
Como no sala de casa y se haba propuesto arreglarse un completo plan
de vida dentro de ella, se cas con la criada, una lebaniega cerril,
siempre vestida de sayal y con bocio. Tuvo de ella dos hijos como dos
oseznos de Andara, de cuya educacin no se cuid cosa maldita: lejos de
ello, les dio continuamente el mal ejemplo de su desgobierno, y muy a
menudo el de las escandalosas reyertas matrimoniales provocadas por la
lebaniega incivil, que era la estampa de la suciedad y el colmo del
despilfarro. Al fin se murieron los dos, ella de una pulmona doble y l
de un derrame seroso, aunque fue voz corrida en el lugar que haba
acabado de una borrachera de aguardiente. Todo poda ser, porque es cosa
demostrada que muy a menudo haca mritos para ello. Los hijos, que eran
unos perdidos a los diez y seis aos, cuando entraron por la ley en
libre posesin de lo heredado, ya deban ms de las tres cuartas partes
de ello. Eran borrachos, corretones y pendencieros, y daban ms que
hacer a la justicia en seis meses que todo el partido judicial en un
ao. Lo ltimo que les qued fueron la casa solar y unos cercados
contiguos a ella; y como se lo tenan hipotecado a un tabernero del
valle, a cuyas expensas coman y beban ltimamente, y al vencer el
plazo de la deuda no tuvieron con qu redimirla, el tabernero se qued
con lo hipotecado, echlos de casa tan pronto como pudo, y meti en ella
a un inquilino cargado de familia, pero que pagaba bien y cultivaba
mejor las tierras que le dio tambin en renta. Al hombre aqul acababa
de conocerle yo en la casa misma.

--Y los otros?--pregunt a Neluco en cuanto dio fin a su relato--. Qu
ha sido de ellos?

--De quines?--preguntme l a su vez.

--De los dueos de la casa--respond--; mejor dicho de los ex-dueos, de
los dos perdularios que se la vendieron al tabernero por un pellejo de
vino.

--Pues de esos ilustres vstagos de los Gmez de Pomar no s nada cierto
a la hora presente. Cuando se vieron en la calle, sin hogar, oficio ni
beneficio, desaparecieron de aqu, y se supo que andaban por Andaluca
buscndose el modo de vivir como el diablo les daba a entender. Al cabo
de los aos, volvi uno solo, no a su pueblo, sino a ese otro que est
encalabrinado en aquella cspide de enfrente, y al cual pienso que
llegaremos en poco ms de una hora. All, con el prestigio que le daba
su apellido y la fanfarria que desenvolvi delante de la hija de un
hombre de bien que tena algunas haciendas, consigui que ste se la
cediera en matrimonio. Establecironse en casa aparte, y al poco tiempo
de ello apareci su hermano en el lugar, pobre y mal vestido. Acogile
el matrimonio, como era natural. Por entonces los conoc yo siendo
estudiante todava, durante las vacaciones de verano, en la romera de
la Virgen de las Nieves. Me parecieron de muy mala catadura,
particularmente el mayor, en cuyo semblante de torva y recelosa mirada,
lo mismo que en el resto de su persona, se vean las huellas y el
estrago de todas sus malandanzas. El otro, el menor, que era el casado,
tena una palidez amarillenta, y unos ojillos de raposo, y una mueca de
sonrisa, y un andar de sierpe venenosa, que estaban pidiendo el banco de
cruja de una galera, y el corbacho de un cmitre desalmado. Decan los
que reparaban en ellos por conocerlos bien, que los vigilaba mucho la
Guardia civil; sera o no verdad; pero era indudable que ellos huan de
la pareja que andaba en la romera, como el diablo de la cruz. Por
aquellas calendas hicieron una visita a su to de usted, don Celso; pero
tena ste entonces ms bros y ms agallas que hoy, y respondi a su
taimada exposicin de necesidades en tales trminos y en tal actitud,
que no insistieron en su peticin, ni han vuelto a parecer por Tablanca.
Poco despus se largaron otra vez por esos mundos a buscarse la vida,
con gran contentamiento de todo el lugar, y hasta de la pobre mujer de
uno de ellos. A principios de este otoo o en Tablanca que haba vuelto
el casado y que por aqu andaba tan sinvergenza y haragn como siempre;
pero yo no le he visto, ni a nadie he odo hablar de l.

Con estas interesantes biografas y los comentarios subsiguientes,
entretuvimos el camino, sinuoso y endemoniado, dejando por nuestra
derecha la cuenca del ro que distaba ya muy poco de sus fuentes.

Al fin, llegamos al pueblo, encaramado all arriba como un nido de
guilas, y me gui Neluco a la nica hospedera que haba en l: un
casucho de mala muerte con un cuarto en el soportal, y en el cuarto un
tosco mostrador y su correspondiente estantera con media docena de
botellones y frascos de varios colores, algunos paquetes de cigarros y
de cajas de cerillas, y media docena de vasos de otros tantos calibres;
arrimado a la pared y sostenido por tres estacas sin labrar un tabln en
bruto, de castao abarquillado; delante y como a la mitad de este banco,
una mesa de igual materia y del mismo estilo que l; sobre la mesa, un
jarro y dos vasos medio desocupados de vino tinto, y, por ltimo,
sentados en el banco y con la mesa delante, dos hombres en los cuales ni
el mdico ni yo nos fijamos gran cosa por de pronto. Despus, y mientras
hablbamos con el tabernero, Neluco, que los tena enfrente, me dio con
el codo y me advirti con la mirada que reparara en ellos. Hcelo con
atencin y vi que los dos tenan muy distinto pelaje del acostumbrado y
corriente entre los aldeanos de aquellas comarcas: ofrecan todo el
aspecto de los vagabundos famlicos de las ciudades; ambos llevaban la
barba gris a medio crecer, y el ropaje obscuro y mugriento, con muy
pocas seales de camisa. En el uno cre ver, o ms bien recordar, rasgos
de la pintura que me haba hecho Neluco del Gmez de Pomar casado en
aquel mismo pueblo. Las seas del otro no coincidan en nada con las que
yo conoca del hermano soltero. Era todava ms innoble su cara que la
de ste y ms repulsivo el conjunto de su persona: tena un chirlo en la
nariz, que se la divida casi por mitad, y un ojo medio borrado.

Se les conoci muy pronto que no les agradaba la insistencia con que los
mirbamos Neluco y yo; y fuera por esto o porque ya nada tenan que
hacer all, apuraron el contenido de los correspondientes vasos, y se
largaron hacindonos un ligero ademn de saludo, pero sin decir palabra.

Entonces dej bruscamente Neluco la materia que trataba con el ventero,
reducida a saber qu podra servirnos para tomar un tente en pie, y
comenz a preguntarle por la casta de los dos parroquianos que acababan
de salir. Result, en cuanto al uno, lo que yo me presuma y Neluco daba
por indiscutible: que era el Gmez de Pomar casado all; el otro haba
venido con l en los principios de octubre, y juntos vivan y de la
misma olla coman desde entonces, como grandes y antiguos amigos que
eran, a expensas y a despecho de la pobre mujer que a duras penas tena
lo ms indispensable para que no se murieran de hambre los frutos de su
desventurado matrimonio. Su marido faltaba pocas veces del lugar, y no
pasaba ninguna noche fuera de l; las ausencias del amigo, sin ser
muchas, eran ms largas: solan durar dos o tres das. Preguntado el
primero por su mujer..., y tambin por el alcalde, acerca de la
procedencia, oficio, ocupaciones y planes del segundo, responda que era
un caballero perteneciente a una de las principales familias de Madrid,
arruinado con los negocios de la Bolsa; haba estudiado de joven para
ingeniero de minas, y pasaba por muy entendido en ellas. Saba, por
informes adquiridos all con otros inteligentes, que haba una
riqusima, de oro puro, en cierto sitio entre Tablanca y Promisiones; y
en busca de ella andaba cada vez que sala del lugar, mejor dicho, la
haba encontrado al primer tanteo, porque eran infalibles las seas que
traa: los otros viajes que iba haciendo eran para estudiar bien los
filones y la manera de explotarlos. En cuanto acabara ese estudio que le
robaba hasta el sueo, se volvera a Madrid para dar cuenta de todo a
los capitalistas que haban de emprender las labores bajo su direccin,
asignndosele a l, para remunerar su trabajo, la mitad de las
ganancias.

A pesar de estos rumbosos informes, la Guardia civil le haba pedido los
papeles, igual que al ltimo perdulario; pero como los llevaba en regla
y no se meta con nadie, ni nadie se quejaba de l y le fiaba el vecino
del lugar con quien viva, no pasaban las cosas a ms que a vigilarle de
lejos, lo mismo que a su fiador, mientras en el pueblo se cerraban las
casas al anochecer y no se dejaban, de puertas afuera, ni las gallinas
en sus albergaderos provisionales. En cuanto al Pomar ausente, slo se
saba de l, por referencias de su hermano, que andaba bien de salud y
que no tardara en llegar, porque habra en la mina de oro empleos de
mucho lucro para los dos.

Morrocotudos consanguneos me haba encontrado yo en aquellas alturas
de Cantabria! Tena razn Neluco: merecan ser conocidos de cerca por m
el solar y los solariegos. Por este lado, no me iba dando el viaje
motivos para renegar de l.

Tomando el tente en pie que nos sirvi el tabernero con excelente
voluntad y poqusima limpieza, y reanimados los bros de las
cabalgaduras con no s qu brozas nutritivas que se hallaron en el pajar
de la taberna y en el granero de un vecino, volvimos a montar Neluco y
yo para seguir nuestro camino, del que nos faltaba todava lo ms largo
y lo peor, segn el mdico me dijo al cabalgar.

Dejado el pueblo atrs y comenzando ya a descender la cambera por la
otra vertiente del monte, nos hallamos tope a tope con los dos
comensales de marras, que estaban tomando el sol arrimados de espaldas a
un vallado y apurando unas colillas. Entonces se trocaron los papeles en
lo tocante a miradas: con ser mucha la curiosidad con que los miramos
nosotros, fueron mucho mayores la fijeza y la intensidad de las miradas
de ellos, sobre todo las dirigidas a m, y especialmente la de mi
consanguneo. Ni siquiera nos honraron con el ademn corts con el cual
se despidieron en la taberna. Verdad es tambin que la cara que les
pusimos nosotros no era para engendrar respuestas de cortesa. Al
cruzarme con ellos llev instintivamente la diestra a la cintura, donde
tena, debajo de la espesa cazadora, un revlver de seis tiros, y bien
sabe Dios que no por recelo de los hombres. Neluco, que tambin le
llevaba, pero en una de las pistoleras de su silla, se sonri al
observar el movimiento y conocer mis intenciones, y me dijo:

--No irn tan all las cosas, est usted seguro de ello. Necesitan vivir
bien con la justicia hasta llegar a sus fines, si es que tienen alguno
malo entre cejas; y si le tienen, no es de asaltar en despoblado al
primer transente que se les ponga a tiro. Sin embargo, no estn de ms
las precauciones como las nuestras, aunque hayan sido tomadas contra las
alimaas del monte, sin acordarnos de las vilezas de cierta casta de
hombres desconocida en estos honrados valles. De todas maneras, prometo
resarcirle a usted esta tarde y esta noche, pero muy cumplidamente, con
impresiones ms gratas, de los amargores que le va causando a usted en
su paladar de hombre honrado nuestra jornada hasta aqu.

Pedle a Dios que as fuera, y continuamos bajando y departiendo al
acompasado gatear de nuestras firmes cabalgaduras.




XIV


Por dnde me iba conduciendo el empecatado mediquillo de Tablanca, me
sera imposible decirlo ni aun con el plano del terreno a la vista.
Alguna vez cre hallarme en un pedazo de senda recorrida das atrs en
compaa de don Sabas; pero sin darme tiempo para salir de dudas, dejaba
mi conductor aquel camino trillado y echaba por donde menos era de
esperarse. Su caballo era una cabra, y l una ventolera que le
arrastraba por lo ms inverosmil de lo penoso y atrevido. Para aquel
diablico centauro, todo atajo era andadero, lo mismo por los jarales de
las faldas que por los riscos de las cumbres. El caso era rodear poco y
llegar cuanto antes, segn l deca, mientras dejaba yo en cuarentena la
sinceridad de su afirmacin, que bien pudiera ser encubridora de antojos
irresistibles de un montas tan castizo como Neluco. Porque es lo
cierto que no subamos a una altura ni bajbamos a una hondonada sin que
el mdico hiciera ardorosos panegricos de lo que se vea desde arriba o
desde abajo. Para m, quebrantado e insensible de alma y cuerpo, todo
era ya igual y de un mismo color; y hasta del vrtigo de los grandes
asomos estaba curado con la frecuencia de verlos aquel da; y cuidado
que los hubo tan tremendos y de senda tan angosta, retorcida y ladeada,
que el mismo Neluco se ape para pasarlos... tapndose la cara con el
sombrero por el lado del abismo. De bajadas pendias, no se diga:
aquello fue despearse ms que bajar.

Cuando menos lo esperaba, me encontr en el Puerto, que me pareci menos
interesante que la primera vez, porque le vea a la inversa de entonces,
con la lnea insulsa de la sierra baja por gran parte de su fondo, en
lugar de las grandiosas montaas que en esta segunda visita iban
quedando a mi espalda. Tambin flotaban sobre l las nieblas, como en el
monte por donde habamos subido, y tambin lo deplor Neluco, porque me
impedan gozar del espectculo admirable, que tanto me haba ponderado
Chisco a su modo. Pero qu poda faltarme de ver en punto a panoramas,
despus de los que haba visto con el Cura desde muy cerca de all?
Referle, mientras nos internbamos en aquel escabroso desierto, lo del
oso hecho un reguu encontrado all la otra vez, segn afirmacin de
mi espolique. No le sorprendi el caso, porque tena noticia de otros
semejantes. Sin embargo de lo cual, me aadi, en aquel mismo puerto
pastaban en los primeros meses del verano, y sin riesgo alguno por lo
comn, muchas cabaas de ganado, hasta de los valles de la marina, y aun
me ense algunas chozas de vaqueros, recientemente abandonadas y que
muy pronto desapareceran bajo la nieve. Tampoco me pareci tan larga
como la primera vez la travesa, ni tan fatigosa la contemplacin
continua de su aridez, lo cual pudo consistir en que hice la entrada por
distinta puerta que la salida de entonces, o en el hbito adquirido ya
por m de andar entre montaas, y muy principalmente en lo agradable de
la compaa de Neluco.

Al fin traspusimos la cumbre de la sierra que limita el Puerto hacia el
Sur, y volv a contemplar la verde y extensa planicie del valle de los
tres Campes. Con aquel espectculo revivi mi espritu adormilado, y
comenc a respirar con avidez el aire de la hermosa vega, como si me
hubiera faltado hasta entonces el necesario para la vida; caso que no
admir a Neluco por lo raro cuando se le declar, porque, por una ley
fisiolgica, del peso ideal de las grandes moles que agobia a los
espritus avezados a las llanuras abiertas y despejadas, participa el
organismo fsico tambin. Bajando sin cesar nuestras cabalgaduras, que
ya no podan con el rabo, por los senderos que yo haba conocido al
subir, a media bajada se sali de ellos Neluco y tom por otro hacia la
derecha. A poco rato de andar en l, descubrimos en el extremo del valle
ms arrimado a aquella estribacin de la sierra y debajo de nosotros,
una gran torre seorial con un grupo de edificios agregados a ella, a
corta distancia de un pueblecillo agrupado en una frondosa rinconada del
monte.

Sealando al pueblo y luego a la torre y sus accesorias, y deteniendo al
mismo tiempo su caballo, me dijo Neluco:

--Aquel lugarejo es Provedao, y aqu est el fin de nuestra jornada de
hoy.

Despus tendi la vista por el esplendente panorama del valle, y fue
dndome sobre l todas las noticias que me haba dado Chisco, y otras
muchas ms. Convino conmigo en que sin dejar de ser montas todo el
conjunto del paisaje, tena impreso ya en sus lneas y en sus tonos el
influjo de sus vecindades castellanas, y continuamos bajando.

Cuando acabamos de bajar al valle, yo no me satisfaca con esparcir la
vista sobre l, ni con aspirar la fragancia de sus praderas
aterciopeladas: me hubiera revolcado en ellas de buena gana como una
bestia; y como una bestia envidiaba a las que andaban libres y paciendo
por all. Consult con Neluco esta bestial ocurrencia, y la celebramos
los dos con grandes risotadas; pero as y todo, no faltaron un par de
razones, fisiolgicas tambin, apuntadas por el mdico y discutidas por
ambos, para explicar el antojo muy racionalmente.

Resistindose todava Neluco a ampliar los escasos informes que me haba
dado por el camino sobre la persona a quien bamos a visitar, anduvimos
por lo llano un corto trecho, y llegamos, no a la torre, sino a la
trasera de un cuerpo del edificio que se una a ella por el muro de una
portalada. Entre esta fachada del edificio y nosotros se interpona otro
muro ms bajo que la amparaba en toda su longitud, y por encima de este
muro se vea un carro de bueyes arrimado al edificio y paralelo a l; en
el carro haba una carga de heno verde, segn mi modo de ver, y segn
el ms autorizado de Neluco, de retoo seco; y sobre la carga, un
hombre de alta estatura que lanzaba con impetuoso bro grandes
horconadas de ella a un boquern de la pared, donde las recoga otra
persona y las conduca ms adentro. Nada de particular tena todo esto;
pero s lo tuvo, y mucho para m, lo que sucedi enseguida; y fue que,
vuelto de repente hacia nosotros el hombre que descargaba el carro, y
mientras nos miraba frunciendo mucho los ojos, apoyndose gallardamente
en el horcn clavado por sus puntas en el heno, observ que Neluco se
descubra delante de l y le saludaba con el nombre del caballero a
quien bamos a visitar. Descubrme entonces yo tambin, lleno de
extraeza, y nos apeamos los dos, casi al mismo tiempo que el
descargador del heno saltaba del carro abajo, muy diligente y airoso,
por la rabera.

Representaba cincuenta aos, bien corridos; tena buen color, la cabeza
muy poblada de pelo alborotado y recio, la cara pequea y enjuta, y an
pareca ms chica de lo que era, por lo espeso de la barba que le
ocupaba la mitad; la barba y el pelo, empezando a encanecer; la frente
ancha, y destacado el entrecejo; la nariz curva, y la mirada de sus
ojuelos verdes, firme y escrutadora; cara, en fin, cervantesca y un
tanto aquijotada. Daba grandes pasos con sus largas piernas al
dirigirse a nosotros que le salimos al encuentro, y balanceaba el
cuerpo, nervudo y cenceo y algo inclinado hacia adelante, al comps de
las zancadas; vesta un traje modesto de pao obscuro, fuerte y barato,
y calzaba abarcas de tarugos.

Conoci al mediquillo de Tablanca y le abraz muy regocijado y carioso;
a m me salud con la cortesa y los ademanes de un gran seor, de los
exquisitamente educados; porque los hay de ellos sin pizca de educacin.
Cuando supo quin era yo, por boca de Neluco, estrech con efusin mi
mano entre las suyas, que me parecieron, por lo fuertes y aun por la
aspereza de sus palmas, mejor que de carne y hueso, del roble secular de
aquellos erguidos montes.

Con voz de escaso timbre y algo desafinada, como la de todos los sordos,
pues lo era l y ms que en grado de teniente, me dijo:

--No le pido a usted perdn por los hbitos y ocupaciones en que me
encuentra, porque si tuviera a mengua emplearme tan a menudo como me
empleo en estas rudas labores, no me empleara. No me dan ellas todo el
pan que me nutre el cuerpo, pero me ayudan a conservarle; y como a la
par que convenientes, me son muy agradables y las tengo por honrosas, a
qu acusarme de ellas como de un pecado contra los timbres de mi linaje?

Al saber despus que bamos con propsito de pasar all la noche,
volvise rpidamente hacia Neluco y le dijo con afable sonrisa:

--Pues de ese modo, y ya que conoces bien la casa, encrgate t de hacer
los honores de ella a este caballero, mientras yo doy aqu abajo algunas
disposiciones que son necesarias para quedar enteramente a la de
ustedes. Entren, pues; suban, pidan y tomen cuanto apetezcan de lo que
haya.

Con esto me empuj suavemente hacia la torre; cogi enseguida los dos
jamelgos por los bridones, y los arrastr materialmente hacia la
portilla por donde haba salido del cercado, mientras llamaba con toda
su voz al sirviente que deba encargarse de ellos.

Guime Neluco y segule yo: estaba abierta la portalada, embutida entre
la torre y un extremo de los edificios que forman dos lados de la
espaciosa corralada en que entramos, cerrndola por el otro lado un muro
que une otra esquina de la torre con la fachada frontera de la escuadra
de edificios. Estos eran tres, aunque en una sola pieza y de una misma
altura, y de distinta poca cada uno de ellos; pero todos ms modernos
que la torre, particularmente el principal. No era esta casa tan
ostentosa como la de los Pomares de Promisiones; pero s tan bien
nacida, y desde luego ms rancia de linaje. Buena huerta y grandes
cercados en las inmediaciones de la corralada. Lo ms notable de todo
ello fue para m la torre, de la que daban dos fachadas al corral, en
una de las cuales, y no en su centro, estaba la puerta de ingreso a
ella, baja y angosta y reforzada con enormes clavos y grandes barrotes
de hierro mohoso. Tena cuatro pisos y terminaba en un gracioso parapeto
con grgolas de piedra para desage del tejadillo apuntado. Parecime
una construccin de venerable antigedad, y no me equivoqu en el
supuesto.

Despus de dar un vistazo general a todos aquellos caractersticos
accesorios, cuadras y gallineros inclusive, de la mansin del caballero
a quien bamos a visitar, y siempre bajo la direccin de Neluco, segule
yo estragal adentro y escalera arriba, y as llegamos a la pieza que
poda llamarse estrado o saln de recibir, amplia, con luces a un gran
balcn de hierro, de viguetera descubierta y suelo de recias tablas de
castao. Colgaban de las paredes algunos retratos viejos, de familia,
por orden de antigedad, desde la cota de malla hasta la peluca y las
chorreras; dos grandes cornucopias de talla dorada, semejantes a las que
haba en mi habitacin de la casona de Tablanca, y un San Jernimo
penitente, muy estropeado. Los muebles no guardaban estilo ni orden ni
concierto, y en cada uno de ellos y en el conjunto de lo que contena
todo el saln, y en el saln mismo, se echaba muy de menos la huella de
la hbil mano de la seora de su casa, que faltaba en aqulla por no
haberla necesitado an su dueo para arrojar la cruz de su soledad, que
no deba pesarle mucho. De seguro que no hubiera consentido esa seora
rimeros de libracos viejos y apolillados sobre el sof de damasco rojo,
ni un banco de roble tallado entre dos sillas de _reps_ verde, ni dos
pedruscos clticos y una escombrera de cascotes romanos encima del banco
de roble y de la consola de nogal, no obstante ser los unos y los otros
buena presa del solariego en sus incesantes exploraciones arqueolgicas
en aquellas comarcas y sus aledaos; ni una escopeta detrs de la puerta
del balcn, ni una colodra colgada de un retrato. Tambin hubiera
hallado la seora ausente mucho que ordenar, o siquiera que despolvorear
y aun que barrer, en la pieza inmediata, que era el despacho o cuarto de
estudio del seor. Porque vlgame el de los cielos! Cmo estaba
tambin de libros fuera de sus estantes, y de resmas de peridicos, y de
fajos de papeles, y de montones de revistas, y de huesos fsiles, y de
candilejas y escudillas romanas, y de bronces herrumbrosos, y de
ejemplares de panojas de muchas castas, en las sillas, por los suelos,
en la mesa de escribir y creo que hasta en el aire!

Andando en estas investigaciones, se nos present una mujer ms que
cincuentona, limpia y afable, a preguntarnos qu queramos tomar
mientras llegaba la hora de la cena, que en aquella casa era la de las
ocho; porque barruntaba que debamos de venir desfallecidos... Dmosle
las gracias, asegurndola que de ningn alimento necesitbamos hasta la
hora de cenar, y volvi a dejarnos solos.

Todava se negaba Neluco a suministrarme las noticias que yo le peda
sobre el modo de ser de aquel caballero de tan extraas y llamativas
prendas, porque prefera que fuera l mismo dndoseme a conocer... y
despus hablaramos. Por de pronto, leyendo los rtulos de algunos
libros de los estantes, sac el mdico uno de ellos y le puso en mis
manos.

--Esta es obra suya--me dijo al mismo tiempo--, recientemente impresa
por la Real Academia Espaola despus de haberla premiado en pblico
certamen.

Titulbase: _Ensayo histrico, etimolgico y filolgico sobre los
apellidos castellanos desde el siglo X hasta nuestra edad_.

--Y esta otra--aadi Neluco, mientras yo lea el ndice de la primera,
mostrndome el rtulo de otro libro--: _Noticia histrica de las
behetras, primitivas libertades Castellanas..._ Este libro es un
asombro de erudicin y de ingenio, y es muy de admirar por el
montaesismo que respira, y el tradicionalismo cientfico y
patriarcalmente democrtico en que est inspirado. Demustrase en l,
entre otras cosas, por las leyes del Concejo, la antigua y suma
importancia de la ganadera en la Montaa. Y sta ms, _Los Eddas_,
traduccin del poema de este nombre, algo como la _Iliada_ de los
suecos: es empresa de los albores literarios de nuestro amigo. Despus,
en cada peridico y en cada revista de los que andan desparramados por
aqu, hay algn trabajo de erudicin o de crtica, y todos ellos
enderezados al bien y a la mayor gloria de la provincia, que la tiene
muy sealada en contarle a l entre sus hijos, y particularmente de la
comarca en que naci, vive y desea morir... Ve usted?... _Los
Garcilasos_... admirable serie biogrfica de esta dinasta de guerreros
y de poetas de entronque montas... Veamos qu rollo es ste... tire
usted hacia all, porque no va a caber en la mesa... Un plano hecho y
firmado por l, y bien recientemente. Ya tena yo alguna noticia de este
trabajo estupendo. _Proyecto de encauce y riegos del Hjar desde Riao a
Reinosa..._ Parece la obra de un consumado ingeniero... Pues de seguro
tiene este cartapacio lleno de apuntes de trabajos en preparacin. No
lo dije?... _La parte de los navegantes montaeses en el descubrimiento
de Amrica... Biografa del clebre poeta dramtico D. Pedro Caldern de
la Barca... Juan de la Cosa..._

--Me consta que tiene dos novelas y una leyenda indita porque he visto
los manuscritos, histricas y montaesas tambin... De su estilo
gallardo, brioso, castellano limpio, neto como la sangre que corre por
sus venas; de su modo de ver y de sentir la tierra madre y de cantar su
hermosura, ya se ir usted enterando cuando le admire en sus escritos...
Pero canario! permtame usted que le diga con esta franqueza que debe
de haber entre hombres formales como nosotros, que no tiene usted perdn
de Dios al obligarme a m a que le entere de estas cosas que debieran
serle muy conocidas, siquiera por lo que tiene de montaesa su sangre,
ya que no (aunque esto debiera bastar) por ser toda ella espaola.

Tena razn Neluco, y as se lo confes con la mayor frescura. Ah, pues
si l hubiera sabido hasta dnde llegaba mi ignorancia en esos
particulares!... que toda mi erudicin bibliogrfica espaola caba
holgadamente en un papel de cigarro! Fuera de los escritores de Madrid,
no conoca uno solo, ni de nombre. Por fortuna, no insisti Neluco en el
tema; que si insiste, canto de plano. Y a qu negarlo, si era la pura
verdad y yo, hasta entonces, no me haba avergonzado de ella?

En stas y otras, como ya anocheca y andbamos casi a tientas entre los
papelotes del despacho, volvimos al saln, precisamente al mismo tiempo
que entraba en l el seor de la casa, con un quinqu encendido en la
mano. Nos pidi perdn por la tardanza despus de darnos las buenas
noches, y continu andando hacia su despacho en cuya mesa puso el
quinqu. Retrocedimos tras l nosotros... y nueva sorpresa para m! El
rstico descargador de yerba haba sustituido los burdos ropajes del
oficio con una levita cerrada y todos los accesorios correspondientes a
esa prenda de sempiterna distincin, incluso el alio, muy esmerado, de
la barba y del cabello. Ms que un seor de aldea con resabios de
labriego, me pareci entonces aquel singular campurriano un personaje de
corte, un ministro, o cosa as, que se dispona a dar audiencia. Tan
bien le sentaba la levita, y tan aseorados eran sus modales.

Como al andar enfrascado en estas reflexiones le mirara yo de arriba
abajo con mal disimulada curiosidad, notla l y me dijo sonrindose:

--No crea usted, amigo mo, que me he vestido estos atalajes seoriles
para que se vea que los tengo. No llegan a tanto mis flaquezas de
infanzn sin privilegios. Neluco lo sabe bien. Pero me gusta dar a cada
cual lo que merece, y no tengo todava bastante franqueza con usted, que
es caballero y hombre de mundo, para recibirle en mi casa, por primera
vez, vestido de carretero. Va, pues, con usted, como ha ido antes con
otros, este ceremonial; y no me lo agradezca, porque es deuda de
homenaje que le rindo muy gustoso.

La verdad es que no hall en mi repertorio de frases hechas y aceptadas
en labuena sociedad para cumplir en lances tales, un par de ellas
que entonaran debidamente con aquel modelo de hidalga cortesa, y que me
despach de mala manera con cuatro vulgaridades ramplonas, mal
hilvanadas y entre dientes. Enseguida empez lo que pudiera llamarse, en
estilo parlamentario, la sesin.

Recin llegado por primera vez a la Montaa, oriundo de ella y vstago
de una familia conocidsima del seor aqul, evidente era que haba de
ser yo la materia prima de la conversacin que se entablara all. Y eso
sucedi. Respondiendo a sus discretas preguntas, fui entregndole, con
el pasaporte, toda mi hoja de servicios y merecimientos, que, en Dios y
en mi nima lo juro, nunca me parecieron menos ni ms dignos de ser
desconocidos; y eso que slo declar los ms indispensables. Algo saqu
en limpio, sin embargo, y de mi gusto, de la ingrata tarea, y fue el
conocer, a mi vez, algunos antecedentes de la vida y milagros de mi
respetable husped; entre otros, que despus de terminada su carrera de
abogado, haba sido, durante algunos aos, periodista en Madrid a la
manera de entonces, tan diferente de la de ahora, discutiendo y
exponiendo mucho y batallando poco; gallardas de torneo ms que guerra
implacable de pasiones; y que haba vivido largo tiempo en varias
provincias de Espaa, unas veces por gusto y otras desempeando, cargos
pblicos importantes.

Tras stas y otras anlogas materias, vinimos al caso concreto de mi
llegada a la Montaa y sus motivos.

Ah, qu atinado, qu elocuente y qu hondo estuvo en este particular
aquel caballero! Qu bien conoca a mi to, qu magistralmente me le
pintaba, y cun sinceramente deploraba su estado de salud despus de
haber odo de boca de Neluco su irrevocable sentencia de muerte!

--No sabe Tablanca lo que pierde en l--nos dijo--, ni lo sabrn los
valles circunvecinos, que tan poco se pagan hoy de su raro ejemplo y de
su obra admirable.

Pues sobre esta obra, qu cosas me dijo tambin! En su concepto, slo
podan estimarla los hombres esforzados que se pasaban la vida
consagrados al mismo generoso empeo sin lograr fruto alguno. No tenan
todos los terrenos los mismos elementos de fertilidad? Haba
diferencias de consideracin entre semillas que parecan idnticas?
Dependan los frutos de la manera de sembrar?

l no saba a qu atenerse en vista de lo que le iba enseando la propia
observacin en muchos ejemplos que haba estudiado muy de cerca. A veces
vea un mal comn y relativamente nuevo, que le pareca la causa mediata
de que se estrellaran en el fracaso los ms heroicos y desinteresados
intentos; pero por qu no se haban estrellado los de don Celso en el
mismo escollo? Es verdad que don Celso haba recibido de algunos
antepasados suyos bien dispuesto y preparado el campo para su labor
benfica; pero tambin se haba dado este caso en otras partes, y, sin
embargo, el mal nuevo haba logrado triunfar en ellas. Perteneca don
Celso a una casta de hombres, muy contados, que poseen, como un don de
Dios, el instinto de ver el lado prctico de todas las cosas, y la
virtud de imponerse, sin aparatos retricos ni artificios teatrales, a
las muchedumbres ms indciles, y de arrastrarlas hasta los ltimos
extremos de lo heroico. De esta madera haban sido los grandes guerreros
y los ciudadanos ms insignes. Estara el mrito de su cosecha en ste
su modo de sembrar? De todas maneras, la obra de mi to deba de vivir
eternamente, como la de otros muchos bienhechores de su ndole generosa.

Y por aqu vino, por sus pasos contados, lo que estaba yo viendo venir
rato haca.

--Es usted joven--lleg a decirme--, hecho y amoldado a la vida muelle y
regalona de las grandes ciudades, y extrao enteramente, menos por su
sangre, a este mundo en pequeo que rebulle y se agita entre los
repliegues sombros de estas comarcas grandiosas. Qu
lstima--aadi--, que todo esto junto sea un obstculo, aunque no
invencible, para que la labor de don Celso en Tablanca tenga en usted un
apasionado continuador! Porque si usted no lo es, quin va a serlo ya?

Eludiendo una respuesta categrica a esta insinuacin tan terminante,
despachme con un quin sabe? medio en broma, y esta pregunta que
deba de alejar ms de su tema al caballero:

--Y en estas comarcas, cmo andan esas cosas?

--Oh!--me respondi en el acto, con un ademn que vala tanto como
decir no hablemos de eso--. Por ac quisiera yo ver a don Celso...
aunque vaya usted a saber!... Lo que puedo afirmarle es que yo, con la
pluma, con la palabra, con el ejemplo, de da, de noche, no he cesado de
cumplir con mi deber: a eso he vuelto aqu, a eso consagro todo mi
tiempo, en eso gasto mi salud y mi corto caudal... todo menos mi
perseverancia, que es indestructible... pero como si sembrara en una
pea; porque el mal nuevo arraig muy hondamente aqu, o yo no me doy
buen arte para extirparle.

Seguidamente, y como para orientarme a su gusto en el terreno de que se
trataba, comenz a hablarme, como si lo fuera leyendo en un libro (tales
eran la abundancia, la claridad y el mtodo de lo que me expona), de la
organizacin patriarcal de aquellos pueblos desde las primeras
Hermandades que se formaron en el siglo XI simultneamente con las
Cruzadas, desenvolviendo a mis ojos el cuadro vastsimo de la historia
desde entonces ac, en rasgos tan breves como vigorosos y expresivos, y
enlazando con los hechos ms culminantes de ella y ms gloriosos, los de
aquella humilde raza de obscuros montaeses. Oh! yo, que slo los
conoca vagamente por los ditirambos pomposos de mi padre en sus
exaltaciones solariegas, cunto aprend aquella noche, y con qu gusto,
acerca de las interesantes vicisitudes por que ha pasado aquel esquivo
rincn del mundo, aquella regin cantbrica tan ignorada de extraos y
aun de propios! Entonces comprend lo que valan los libros y las
investigaciones arqueolgicas de aquel hombre, destinados a reivindicar
para su patria chica las glorias que se le negaban en la grande,
sacndolas del polvo de los archivos y debajo de las costras de la
tierra.

Llegados por caminos tan placenteros al prosaico terreno del da
presente y a tratar de nuestro punto de partida, del llamado por l mal
nuevo en aqullas y otras comarcas rurales, djonos, interrumpiendo lo
que yo haba comenzado a exponer y como salvedad que conceptuaba
necesaria:

--Debo advertir a ustedes que, aunque lo parezco en ocasiones, no soy,
ni a cien leguas, un apasionado ciego de todo lo pasado. Creo, porque a
la vista est, que las cosas se van modificando a medida que corre el
tiempo, y lo del refrn castellano que a otros tiempos, otras
costumbres y otras leyes; pero quiero, sin dejar por eso de ser hombre
del da, antes al contrario, por lo mismo que lo soy, que esas
modificaciones de las costumbres y de las leyes se deriven por su propio
peso, digmoslo as, de la naturaleza de las cosas mismas; que las leyes
se acomoden al modo de ser de los pueblos, no los pueblos a las leyes de
otra parte porque en ella den buenos frutos. No todos los terrenos son
iguales para recibir una buena semilla, como ya decamos antes
circunscribindonos a la pequeez de estas comarcas agrestes; quiero, en
fin, que lo que se ha promulgado por bueno y en la aplicacin ha
resultado malo, se modifique siquiera, para evitar nuevos desastres. Y
con esta salvedad, contino diciendo que en la imposibilidad de que
males de tan hondas races se extirpen con el trabajo aislado de los
hombres de buena voluntad, yo le dira al Estado desde aqu: Tmate, en
el concepto que ms te plazca, lo que en buena y estricta justicia te
debemos de nuestra pobreza para levantar las cargas comunes de la
patria; pero djanos lo dems para hacer de ello lo que mejor nos
parezca; djanos nuestros bienes comunales, nuestras sabias ordenanzas,
nuestros tradicionales y libres concejos; en fin (y dicindolo a la moda
del da), nuestra autonoma municipal, y Cristo con todos. Si de esta
manera no se logra el fin que yo busco y ha logrado don Celso en su
valle, le andaramos muy cerca. Pero cmo ha de drsenos eso si ha de
vivir el desastrado sistema que nos rige y del cual reniegan ya sus ms
fervorosos admiradores? O mejor dicho, cmo han de vivir sin el amparo
de l, tal como est, los hombres que hoy se usan y nos gobiernan? Cmo
han de ser amos y seores de vidas y caudales si no tienen en sus manos
todos los hilos por los cuales se conduce hasta los ms escondidos
rincones de la nacin la voluntad, la amenaza y el zarpazo de la
verdadera tirana, mil veces peor que la muerte?... Y punto y aparte,
porque si contino por donde voy, pierdo los estribos.

Neluco y yo, que le habamos odo embelesados, le aplaudimos de muy
buena gana, sobre todo Neluco, que era un cantabrazo como una loma; y
como la sesin haba sido larga y entr la mujer de antes a prevenirnos
que estaba la cena dispuesta y a preguntar a su amo si la serva porque
haban dado ya las ocho en el rel de all atrs, decidimos al punto
afirmativamente Neluco y yo, por corts delegacin de aqul; apoderse
de la luz la sirvienta; sali del despacho delante de nosotros, y la
seguimos los tres al comedor, que era otro saln bastante destartalado y
muy fro, situado al Norte de la casa.




XV


La cena no fue muy variada, pero abundante y sabrosa. All todo
participaba del carcter sano y austero del seor de la torre. Carne y
leche en dos o tres formas, y algn fruto de la tierra. Poco ms o
menos, como en casa de mi to. Pero la amenidad que le faltaba a la cena
por su propia sencillez, la hallbamos Neluco y yo bien cumplida en la
palabra de nuestro noble anfitrin. Aquel hombre era un pozo lleno,
rebosando de saber, y en cuanto desplegaba los labios saltaban los
chorros de ello. Tena el suelo patrio embebido en la masa de la sangre,
y por donde quiera que andaba con sus imaginaciones y sus discursos, iba
a parar a l, y de l hablaba hasta con la lengua extraa de los poetas
o de los historiadores o de los gegrafos de la antigedad que le haban
trado a cuento en sus estrofas o en sus libros inmortales. Y en esta
tarea empeado, tena a veces inesperadas y sbitas salidas de su
carril, aunque no del campo de sus disertaciones, verdaderamente
geniales. Haba demostrado, verbigracia, en un hermoso perodo, cmo la
regin montaesa del Norte de Espaa fue poblada por los griegos antes
que por los fenicios, con textos de Mela y de Strabn, segn los cuales
estos historiadores hallaron costumbres griegas en la Cantabria
independiente hasta el tiempo de Augusto, aadiendo una larga lista de
otras que an se conservan hoy en aquellos valles, como el cantar de
bodas, traduccin, y quizs msica, de los epitalamios griegos, y las
lamentaciones por los difuntos, y salt de pronto con la declaracin
terminante de que la famosa Jota que no solamente se canta en Aragn y
Valencia, sino en Navarra y ms arriba, hasta el nacimiento del Ebro en
aquel valle de Campo, era ms espaola que africana (nunca haba
soado yo que pudiera existir esa duda!). Y enseguida vinieron las
probanzas originalsimas.

--Adems--recuerdo que aadi--, conservamos en la Montaa el baile
guerrero de hombres solos, semejante al zorcico vascongado y a la danza
prima de Asturias, hijos todos de los bailes celtas y celtibricos con
que en las noches de luna llena se celebraba a un solo Dios vagamente
conocido.

Yo no s si todo esto era creble al pie de la letra y fundamento slido
para su tesis; pero desde luego era simptico como chispazo escapado del
martilleo sobre la principal, harto ms seria y demostrable.

Salieron a plaza tambin mis excursiones y entretenimientos desde que
haba llegado de Madrid. Djele por dnde haba andado y la cumbre ms
alta a que haba subido en compaa de don Sabas.

--Bien elegido estuvo el observatorio--me respondi--, aunque los
conozco mejores todava, como los conocer don Sabas, si bien no tan a
la mano como se, que es lo suficiente para admirar la Naturaleza en uno
de sus aspectos ms esplendentes un novicio en esas cosas. Desde ese
observatorio--prosigui entusiasmndose--, tendra usted a la espalda
las rocas siempre nevadas en que vive a sus anchas la gamuza; ms abajo
el verde obscuro de los robledales junto al claro de las hayas... en
fin, el oasis lebaniense donde la vid y el olivo vegetan como en
Andaluca, como en Rioja y Aragn, cuyas cumbres pudo divisar por el
otro lado siguiendo la ondulante marcha del Ebro. Mirando al Norte,
columbrara nuestro mar, nuestro Cantbrico tremebundo; y al Medioda,
la inmensa planicie de Castilla la Vieja. Hermosa ctedra para una
leccin de Historia Montaesa!... Aunque lejos, se distingue tambin la
roca tajada que permite cerrar con una portilla el puerto de Aliba y el
despeadero en que vino a concluir la oleada mahometana rechazada en
Covadonga; al Este, despus de Reinosa y de la pantanosa llanura de la
Vilga, una montaa bruscamente cortada como por la mano de un titn,
dejando aislada una puntiaguda cumbre: aqul es el Cuerno de Bezana, y
a su mismo pie hay otras dos maravillas naturales: la cueva de
Sotos-Cueva, cuyo fin nadie ha tocado, porque probablemente acaba en
maravilla mayor: un lago subterrneo donde se sumen las aguas de todo
aquel valle. All hubo otra batalla como la de Covadonga y en aquel
mismo siglo, aunque no fue tan celebrada porque fueron vencedores los
moros cordobeses. Al pie de otra sierra que se desprende hacia el Sur y
vuelve al Este encadenando al Ebro, est Braosera, y poco ms abajo
Aguilar de Campo, la manida de osos y el nido de guilas, principio de
otro raudal de hombres no menos fieros, que despus de asolar, al mando
de Alfonso I, los campos gticos fueron repoblndolos lentamente de
castellanos. En fin, para acabar pronto este bosquejo del gran cuadro
que slo puede apreciarse desde aquel punto de vista, si quiso usted
recrear la suya en la contemplacin de otra belleza ms que las
naturales, tambin la hallara debida a las manos del hombre: vera
cruzar su espritu de fuego tajando el cerro donde estuvo Juliobriga,
horadando montaas como el rayo; y siguiendo con la vista su penacho de
humo que ondula y desaparece entre los valles, divisara en la playa el
fin de su viaje, Santander. Todava mis ojos cuentan uno por uno sus
palacios y casas principales, y descollando sobre todas, la de Dios, la
Catedral. Pues con ser muchas y grandes estas maravillas que usted vio,
aun pueden verse ms y mayores. Buena ocasin de ello tiene usted ahora,
porque el observatorio est menos lejos de aqu que de Tablanca, y yo me
brindo con mucho gusto a servirle a usted de gua.

Agradec en el alma la invitacin; pero me excus de aceptarla,
fundndome en la promesa hecha a mi to de volver a su casa al da
siguiente, y en los deberes profesionales de mi acompaante, que le
obligaban a no alejarse por mucho tiempo de su partido. En rigor de
verdad, me senta yo muy poco tentado de lo que se me ofreca, porque no
estaba mi cuerpo, hecho alhea, para macerado de nuevo sin otro
estimulante ms enrgico que el de ver un panorama algo ms extenso que
el que ya haba visto.

--Como, usted guste--me respondi el obsequioso caballero--, y lo que
ms grato y cmodo le sea.

Hablando del camino que habamos llevado hasta all desde Tablanca, no
poda omitirse lo de la casa de los Gmez de Pomar, ni lo del encuentro
con uno de ellos en el pueblo de ms arriba. A todo este relato prest
grandsima atencin nuestro husped, pero sin decir una palabra durante
ni despus de l.

Todas sus impresiones estallaron en un gesto y un ademn en que se
transparentaban, centelleando, la repugnancia y la conmiseracin.

La sobremesa haba durado cerca de dos horas, como nos lo hizo notar el
caballero juzgando que desearamos descansar; y como sta era la verdad,
aunque estbamos muy bien entretenidos a su lado, diose por terminada la
conversacin, condjonos a nuestros respectivos dormitorios y encerrme
yo en el mo, contemplando la cama, de anticuada forma, pero limpia y
bien mullida, como la tentacin ms seductora de cuantas haba sentido
desde mi salida de Tablanca al amanecer de aquel da.

Ca en el lecho como un tronco derribado, dudoso, en el crepsculo de mi
somnolencia, entre si me derribaban los quebrantos de mi fatigosa
jornada de todo el da, o el peso de la balumba de cosas que me haba
ingerido en el cerebro adormilado la inagotable erudicin del solariego.
Celtberos, Agripa, legionarios, Augusto, cntabros, godos, mahometanos,
Guadalete, Covadonga, Don Pelayo, las Cruzadas, Sotos-Cueva, panoramas
esplendentes, campos sangrientos de batallas, rocas escarpadas, negros y
rugientes abismos, el Cantbrico, las danzas guerreras a la luz de la
luna, los lamentos por los difuntos... todo esto se mova a la vez y
rechispeaba en las oscuridades de mi cabeza; y al desacordado son de sus
estrpitos y al peso de sus feroces sacudidas, me dorm. Pero sigui la
danza de las visiones dndome tema para los delirios de mi sueo.
Aquello pareca el fin del mundo: legiones enteras de romanos
despendose por las laderas de los montes; masas de huestes africanas
hinchiendo los desfiladeros de Covadonga y ahogndose en la propia
sangre que corra por el fondo tenebroso de todas las barrancas;
despus, huyendo despavorida de la persecucin de los fieros montaeses,
otra masa, la de los sobrevivientes mahometanos, trepando Picos arriba
entre los aullidos de la tempestad, para ir a despearse a la vertiente
opuesta y bajar convertida en rimeros de cadveres con las enrojecidas
aguas del Deva, hasta desaparecer entre el fiero oleaje del embravecido
mar Cantbrico, que tambin ayudaba a los cristianos contra los moros.
guilas y buitres cernindose sobre aquellas carniceras espantosas;
picachos desgajndose por s propios para consumar la obra exterminadora
de los valientes mesnaderos de los seores godos de Cantabria; cuevas
sin fin, oscuras, de enormes antros, fros y viscosos, repletos de moros
y romanos descuartizados y hediondos; bosques inextricables en que se
perdan la senda y la respiracin; rocas tajadas sobre abismos
insondables; gemidos de agona entre gritos desaforados de libertad;
valles risueos inundados de luz; danzas, cnticos y juegos en sus
praderas rozagantes, y paz y abundancia en sus hogares rsticos;
despus, la nube negra cargada de rayos y pedriscos, pasando sobre ello
empujada por el soplo de los hombres malos, arrasndolo todo, haciendo
estriles los campos fecundos y trocando en odios y en guerras
implacables y continuas, el amor y la paz que antes reinaban entre sus
habitadores. Y a todo esto, en los campos de batalla, en los
desfiladeros, en las escarpadas laderas, en todas partes donde haba
moros, o romanos, o gentes enemigas de la fe cristiana o de las patrias
libertades, o del comn sosiego o de los fueros de la justicia, se vea,
veloz como la centella, fiero como el len, un hombre largo y enjuto,
cabalgando en un rocn de escasa talla, sin casco ni armadura, con la
cabeza descubierta y baada en luz, el pelo revuelto y las barbas
erizadas, entrando por lo ms espeso de la refriega, enristrada la
lanza.. qu digo lanza! un horcn de dos puntas, y con ellas
desbaratando enemigos y lanzndolos al aire, como paja con el bieldo;
volando despus, mejor que saltando, sobre los abismos, entre los
bosques, y peleando incansable e invencible hasta con las nubes cargadas
de rayos y pedriscos y con los hombres malos que las empujaban contra la
santa libertad de los pueblos y los fueros sagrados de la justicia. Y
aquel hombre incansable e invencible, cosa extraa!... era el solariego
en cuya casa estaba yo pasando la noche.

Toda ella me dur la pesadilla, sin un instante de reposo; y puedo
afirmarlo, porque al despertarme con la fuerza de la emocin que me
produjo la ltima horconada del caballero, dirigida contra uno de los
hombres malos que empujaban la nube negra, y result ser una persona de
Madrid a quien yo conoca mucho de vista y de fama, observ que entraba
la luz por el cuartern de la ventana de mi dormitorio que haba quedado
a medio cerrar al acostarme. Salt entonces de la cama para acabar de
despabilarme y de sosegar con ello el agitado espritu, y me asom al
cuartern entreabierto. Otra sorpresa! En el cercado inmediato estaba
el solariego con el traje basto y las abarcas de tarugos, segando a ms
y mejor un retoo que pareca terciopelo salpicado de brillantes; y
detrs de l iba otro segador que por ms que menudeaba las cambadas
en la faja de prado que le corresponda, no lograba picarle las
almadreas. Con tal empuje y tal soltura tiraba el dalle el solariego.
Por los lombos que haba tumbados ya y la hora que marcaba mi rel,
poco ms de las siete de la maana, supuse que haba comenzado la faena
a punto de amanecer.

En esto llam a la puerta de mi cuarto Neluco que iba a despertarme,
porque era largo el camino que nos aguardaba y debamos de aprovechar de
la maana todo lo posible para andarle. Entr, y mientras yo me aviaba,
le refer minuciosamente lo del sueo, despus de haberle enseado desde
el cuartern al solariego en la pradera. Le interes el relato de mi
pesadilla; pero no le sorprendi lo ms mnimo ver al caballero segando
y tan de maana, porque le tena bien conocido y saba que madrugaba ms
que el sol.

Una hora despus nos desayunbamos en el comedor en compaa del
solariego, no tan elegante como por la noche pero pulcro y aseado y
mucho mejor vestido que cuando segaba. Acordse all que fuera nuestra
salida a media maana, a ms tardar; y para aprovechar bien el escaso
tiempo que tenamos disponible hasta entonces, se abrevi la sobremesa y
nos llev el obsequioso husped, acompaado de Neluco, a una solana que
dominaba bien el valle, sobre el que me dio nuevos y curiosos informes,
concluyendo por aconsejarme que no hiciera caso de los hidrlogos que
sostienen que los manantiales del Ebro son filtraciones del Hjar,
porque l mismo haba estimado los niveles de ambos ros, y resultaba
mucho ms alto el del primero que el del segundo, sin contar con que las
aguas de uno y otro son de diferente color.

Despus me habl de la torre que se vea muy bien desde all, y lo que
sobre ella me dijo, por convenir en todo o en gran parte a otras muchas
semejantes de la Montaa, merece los honores de no ser olvidado. El
edificio est deshabitado desde el siglo XV, y ruinoso, por
consiguiente, en particular por dentro, razn por la que me le explic
el solariego desde afuera y del siguiente modo, palabra ms o menos:

--La disposicin que tienen sus pisos (el bajo, bodega y saladero de
carnes; el principal, que parece fue saln de recibo y banquetes, y los
dos ltimos que se comunican por medio de trampas al fin de cada
escalera) demuestra que ni de los domsticos se fiaban los amos. En el
ltimo piso se hallan ventanas ms altas y adornadas, con asientos de
piedra a los lados, que serviran a las castellanas y sus hijas o
criadas para ocuparse en labores de su sexo. Repare usted que no tiene
almenas, sino un parapeto o prolongacin de la pared, a mayor altura que
el tejado, cuyas aguas salen al exterior por grgolas de piedra. Y si
este parapeto serva para ofender a los que intentaran socavar los
cimientos de la torre, la disposicin de su ferrada puerta, como usted
ve, no al medio, sino a un costado de esta fachada de Occidente, hace
creer que se flanqueaba la entrada por medio de un balcn saliente, de
piedra con matacanes o saeteras, situado en el centro y a la altura del
primer piso, donde ahora se ve esa ventana cuadrada, mal acomodada al
arco de salida que interiormente se conserva, y no hay en los otros dos
frentes, provistos de ventanas ojivas o treboladas, mientras el del
Norte slo tiene las saeteras o aspilleras de todos... Vea usted sobre
la puerta un pequeo escudo: acaso es el nico que se conserva de los
primitivos que se usaron, porque no tiene cimera o celada; y en la orla
de dos ros, toscamente diseados, se ven armas y trofeos militares, an
ms confusos, que algunos han tomado por letras desconocidas, y a otros
se les antojaron cabezas de serpientes, cuando eran ellos los que no
conocan las catapultas, escorpiones y bodoques usados como mquinas
ofensivas antes de la invencin de la plvora, ni la caldera y pendn,
insignia de los ricos-hombres o caudillos de mesnada. Estas seales y la
certidumbre de que en Espaa no se figuraron armas de linaje hasta fines
del siglo XII, y muy poco despus se introdujo la arquitectura ojival
que se nota en la puerta y ventanaje de la torre, me hace fijar su
construccin a principios del siglo XIII, tal vez por el mismo seor
cuyo castillo roquero de poco ms abajo de aqu, fue derribado en pena
de alguna rebelin de las que sola promover por aquel tiempo la casa de
Lara, extendida en muchas ramas por este valle y los inmediatos, y
reprimida con mano fuerte por el Rey D. Fernando, como su nieta Isabel
la Catlica extingui los bandos de Castilla en que esta torre y otras
se hicieron notar. Tambin es de advertir, como resto de la
independencia y tenacidad cntabras, que en estos edificios a ella
agregados, donde se notan detalles del siglo XV junto a obras del XVI y
siguientes hasta del actual, no hay ningn otro escudo que el de la
torre, ya descrito, si bien dos puertas interiores de esta casa que hizo
el Alcaide de Argeso, cuyo castillo le choc a usted tanto ayer, segn
me han dicho, entonces condenado a muerte y salvado por la influencia de
su pariente el Duque del Infantado, tienen escudos lisos, no s si para
ser labrados all, aunque esto se hara mejor antes de ponerlos en su
sitio, o por haber sido picados en pena de las Comunidades, que
siguieron y acaudillaron en este pas el seor de esta casa y el de la
de Hoyos, hermano de Juan Bravo, el descabezado en Villalar... Y se
acab la historia, porque desde entonces, amigo mo, las casas de
mayorazgo y parientes mayores de la Montaa, no tuvieron poder ms que
para pleitos, o para poner una pica en Flandes, un aventurero en
Amrica, o un voluntario como el manco insigne de Lepanto, mientras los
Grandes se disputaban, por las antecmaras o retretes de Palacio, los
virreinatos y encomiendas, o las llaves de su servidumbre. Pero ms
comnmente vivieron los seores montaeses retirados en sus casonas y
mayorazgos, prefiriendo ser los primeros de su aldea, a cualquier puesto
de la corte, aunque sus segundones se hicieran por su cabeza o por sus
puos, obispos y generales, o trajeran de Amrica con qu adquirir
ttulos y mujeres, de quienes, a la vuelta de pocas generaciones, se
pudiera decir lo que de los dineros del sacristn.

Dicho todo esto, como quien no dice nada ni se paga mucho ni poco del
valor de lo que dice, y que a Neluco y a m nos haba cautivado bastante
ms que los pedruscos mohosos de la torre, cuya importancia histrica y
arqueolgica no desconocamos, se encogi de hombros el solariego
volviendo la espalda al edificio, y enlazndonos a los dos por la
cintura con sus brazos, nos arrastr hacia el interior de la casa,
dicindonos al propio tiempo:

--Ahora, enseguidita, a prepararse para la marcha, puesto que se empean
ustedes en volverse hoy, porque los das son ya muy cortos y no hay
tiempo que perder.

Andando as, habl al solariego de sus obras, declarndole honradamente
que no las haba ledo.

--No me extraa ni me duele--me contest--, porque otros hay con ms
obligacin que usted de conocerlas, y ni siquiera saben que estn
escritas, ni que sea yo capaz de escribir libros. Andan as las cosas, y
ya se irn arreglando de otro modo, si Dios quiere. Entre tanto, yo
tendr muy regalado gusto en ofrecrselas ahora mismo, sin comprometerle
por ello a que las lea. No pago yo con impuestos tan gravosos el favor y
la honra que me dispensan personas tan bien nacidas como usted,
hospedndose en mi casa.

Mostrme, como pude y supe, agradecido a la fineza; llegamos al
despacho; diome l los libros, con la honrosa autntica de su
dedicatoria autgrafa; previno el mozo las cabalgaduras en el corral;
bajamos a l los que estbamos arriba; hubo abajo las despedidas, las
congratulaciones, las protestas y los apretones de manos que fcilmente
se imaginan; montarnos, al fin, Neluco y yo; volvimos a despedirnos
desde las alturas de nuestros respectivos jamelgos; respondinos el
caballero con reverencias y con palabras que ya no oamos bien;
descubrmonos, por ltimo, mientras revolvamos los caballejos hacia la
portalada, que estaba abierta de par en par; picamos recio; salimos, y a
buen andar, me puse al costado de Neluco, que, como es de presumir,
diriga la caminata.

Pero yo no me fij siquiera en la direccin que tombamos, porque me
senta repleto del seor de aquella torre, por su saber, por su bondad,
por su talento y por sus cosas tan singulares y tan nuevas para m, y
no tena otro deseo que el de verme a solas con Neluco para acosarle a
preguntas y saber ms y ms de todo aquello. Como si adivinara mis
deseos el mediquillo de Tablanca, en cuanto me tuvo a su lado sac a
plaza el asunto de este modo:

--Ayer le promet a usted, por la maana, indemnizarle con creces por la
noche de los penosos ratos que le proporcion con el conocimiento de su
pariente Gmez de Pomar. He cumplido mi promesa?

--Oh!--le respond--, y con mayores creces de las que usted pudo
esperar... Pero dgame usted, Neluco--aad arrimndome ms a l--, este
hombre, por sus prendas excepcionales de carcter y de saber, gozar de
un gran prestigio y merecer el respeto de todos, no solamente en su
valle, sino en la provincia entera.

Sonrise Neluco amargamente, y me replic:

--Prestigio... respeto, dice usted? Pues srvale de gobierno que ese
hombre no est en un correccional, por un milagro de Dios.

Quedme estupefacto. Observlo el mdico y me dijo echndose a rer:

--No vaya usted a creer que se trata de otro pjaro por el estilo del
hidalguete de Promisiones.

--Me parece que con las seas que empezaba usted a darme...

--Efectivamente; pero con ellas y todo (porque no las tacho ni corrijo),
ya ver usted cmo no hay motivo para que se le desvanezcan las
ilusiones que se ha forjado. Ese hombre es todo lo que usted ha visto y
mucho ms que vera si continuara tratndole y observndole de cerca.
Vera usted entonces que su corazn es tan grande como su inteligencia;
que es todo l espritu de caridad sin lmites e inagotable, como el
Ocano; que en actos de ella arriesga cien veces la vida, porque
abundan, desgraciadamente, las ocasiones de hacerlo durante las
inclemencias invernales en estos desamparados desfiladeros; que,
habiendo corrido el mundo y teniendo en l deudos encumbrados y
valedores poderosos, ha preferido a lo ms solicitado por las vulgares
ambiciones, las estrecheces y oscuridades de su valle nativo, cuya
prosperidad es su mana; que, adems de la religin divina de su fe
cristiana, inquebrantable, tiene la terrena del honor y de la Ley
justiciera e incorruptible; que es tal la integridad de su conciencia,
que si un da llegara a reconocerse delincuente y no hubiera juez que
persiguiera su delito, l se declarara juez y hasta carcelero de s
propio; que tiene la pasin de los dbiles y de los menesterosos y de
los perseguidos, el ansia inextinguible del saber y el delirio por las
glorias de su patria; que los desafueros contra el bien comn le exaltan
y embravecen... y, por ltimo, que es el hombre que usted adivin en su
pesadilla de anoche, gastndose la vida y el patrimonio en lidiar
valerosamente, sin punto de sosiego, contra todo linaje de infieles. Con
tales condiciones de carcter, este hombre hubiera sido en los siglos
medios caballero andante o cruzado; pero le toc nacer en estos tiempos
descoloridos y prosaicos, y sus arremetidas andantescas le resultan muy
a menudo quijotadas, hasta por los descalabros... Porque este sol
tiene manchas tambin (y no lo sera si no las tuviera); y aunque estas
manchas, bien observadas, no vienen a ser otra cosa que extremadas
exaltaciones de sus grandes virtudes, al cabo son manchas, y por el lado
de las manchas solamente, le estima y justiprecia el vulgo, rey y
soberano que no entiende pizca de claro-obscuros. Y como hoy todo es
vulgo, leyes inclusive, deduzca usted por consecuencia hasta el
correccional de que le habl antes.

--No puedo deducir esto tan fcilmente como usted cree--respond a
Neluco, porque no estaba yo conforme en que las cosas anduvieran tan mal
como l las pintaba.

--Pues lo explicar mejor con un ejemplo--replic Neluco--. Figrese
usted que, segn declaran las leyes fundamentales del Estado, todo
ciudadano tiene la facultad de evitar la comisin de un delito, siempre
que pueda, y presuponga enseguida que nuestro hombre toma el precepto
legal al pie de la letra, y trata de cumplirle en la primera ocasin que
se le va a las manos. Ya est evitado el delito, con todas las
consecuencias naturales de una resistencia obstinada, y muy natural
tambin, de parte del delincuente. Pero lzase ste en queja del
atropello, y comienzan los trmites reglamentarios, y viene la ley con
sus distingos y sutilezas casusticas, y hete a nuestro hombre pagando
los vidrios rotos y quizs a las puertas de la crcel, como un salteador
de caminos. Y hay casos de ello.

--Por qu?

--Pues unas veces, porque esa es la Ley, que parece hecha de intento
para amparar delincuentes; y otras muchas, porque hacia ese lado la
empujan... aquellas nubes negras que tambin vio usted anoche en su
pesadilla.

--No lo creo, y usted perdone.

--Dichoso usted!

--Pero qu razn hay, puestos a creer en esas nubes, para que no
favorezcan a nuestro amigo y sea condenado el otro?

--La razn del mal nuevo, que tambin nos mencion l anoche.

--Ser as; pero no lo entiendo.

--Pues sigamos con el ejemplo imaginado, y supongamos que el delincuente
victorioso es un arbitrista de nota, hombre de veta soez y peor entraa,
logrero y trapisondista, pero bien redondeado de caudales. Suponiendo
esto, bien puede suponerse que este hombre es caudillo de un apretado
escuadrn de sumisos mesnaderos, que entran en las batallas que hoy se
usan como un rebao de borregos; o que tiene arte diablico para manejar
los cubiletes y trampantojos de esa farsa, a su completo gusto; o que si
no tiene nada de ello, sabe buscarlo por cualquier camino, y que sabe,
adems, el valor que esas habilidades representan en el derecho
flamante, y la manera de negociarlas. Pues lo menos con que se pagan hoy
esos merecimientos, es una patente de corso con la que entran a saco en
cuanto abarca su extensa jurisdiccin, el corsario o sus protegidos,
hasta en los alczares de la Ley. Este es el mal nuevo a que aluda
nuestro amigo, que por pasarse de honrado, ya no tiene mesnadas con que
servir bajo el pendn de los modernos seores, esos que mandan en las
nubes negras que son sus delegados omnipotentes y hacen mangas y
capirotes, en propio beneficio, de las leyes sin vigor y del esquilmado
suelo de la patria. Le dije a usted en una ocasin, hablando de lo que
hoy tenan que hacer los hombres cultos y de buena voluntad en los
pueblos rurales para conseguir en ellos lo que don Celso y sus
antecesores en el suyo, que no en todas partes se lograba el mismo
fruto; que hasta haba mrtires de ese heroico trabajo, y que quizs
tuviera usted ocasin de conocer a alguno de ellos. Pues ya le ha
conocido usted en el seor de la torre de Provedao. Ese hombre insigne,
con todo su saber, con todas sus virtudes, con todos sus timbres de
ilustre linaje, con todos sus sacrificios enderezados al bien y a la
gloria del suelo en que ha nacido y de la patria entera, es un mrtir de
su trabajo de Ssifo incansable.

No tena yo, descuidado madrileo, juicio formado sobre esos males
nuevos y esas nubes negras, a pesar de haber soado con la mitad de ello
la noche antes como en profeca de lo que haba de pintarme Neluco al
da siguiente; pero recordando vaguedades y lugares comunes que a
propsito de tan delicada materia haba ledo muchas veces maquinalmente
en los peridicos u odo sin atencin en conversaciones de caf, y
unindolo todo a lo dicho por Neluco y a lo que, durante un buen rato,
continu dicindome todava, y, sobre todo, por la complacencia que yo
senta en engrandecer ms y ms la idea que me haba formado del
caballero de la torre, acept de buena gana todos los pareceres del
mdico, y as fuimos entreteniendo la subida de la sierra, primera parte
de nuestra larga jornada. Para hacrmela an ms placentera, refiri
Neluco algunos rasgos de aquel hombre singular, y entre ellos el
siguiente, que le pintaba de pies a cabeza.

En cierta ocasin se le ocurri a un convecino suyo, que ya no era mozo,
ir a mirar un poco por el ganado que tena en el invernal, distante de
Provedao una jornada de medio da, a un buen andar por los altos
montes, cara al Este. El da era de diciembre. Estaba el cielo gris;
afeitaba el cierzo de puro fro, y aquella misma noche cay una nevada
de dos palmos. Nevando desde el amanecer y helando desde que anocheca,
pas ms de media semana, y no volva a Provedao el hombre que haba
ido al invernal, ni se conoca su paradero. Entrase del suceso el seor
de la torre, que no haba salido de casa en ese mismo tiempo por no
hacer falta fuera de ella; lnzase de un brinco al corral; toma el
camino del pueblo, volando, ms que pisando, sobre la espesa capa de
nieve que le tapiza y emblanquece, como al lugar como al valle entero y
como a todos los montes circunvecinos; llega, golpea con su garrote las
puertas, cerradas por miedo a la glacial intemperie; brense al fin una
a una; pregunta, indaga, averigua, estremcese, indgnase, amonesta,
increpa, amenaza donde no halla las voluntades a su gusto; y, por
ltimo, endereza a garrotazos las ms torcidas, hasta conseguir lo que
va buscando: media docena de hombres que le acompaen al invernal en que
debe hallarse, bloqueado por la nieve, si no muerto de hambre o devorado
por los lobos, su infeliz convecino, que, contando volver a la maana
siguiente, no haba llevado otras provisiones de boca que un pan de
cuatro libras; hace buen acopio de ellas; exhorta a los seis que le
rodean poco resueltos; anmanse y se enardecen al cabo, porque son
buenos y caritativos en el fondo; emprenden la marcha los siete monte
arriba, monte arriba; y anda, anda, anda, cuando llegan a trasponer las
cumbres de Palombera, sienten dolorido el pecho, como si el aire que
aspiran llevara consigo millones de puntas aceradas, y una torpeza y un
quebranto en las rodillas, cual si fueran losas de plomo los barajones
que arrastran sus pies; confrtanse un poco con un trago de aguardiente
que beben a la riola; y anda, anda sin cesar, a veces se ven envueltos
en remolinos de nieve cernida, desmenuzada y sutil, que les impide hasta
la respiracin y que, por fortuna, pasan como una nubecilla ms de las
que se ciernen y vagan errabundas sobre la montaa; el mismo seor de la
torre, de complexin de hierro y que camina siempre delante, nota que le
va faltando su indomable fortaleza; que los miembros se le entumecen,
que no puede modular una slaba con sus labios contrados por la
frialdad, que estn yertas, insensibles sus manos amoratadas; empieza a
temer algo serio, y no por l, seguramente, y salta, brinca, se frota,
se golpea, grita y alla como un salvaje... todo menos vacilar y
detenerse, ni dejar un instante en reposo un msculo ni una fibra de su
cuerpo; y luego canta y se chancea mientras anda, para alentar y dar
ejemplo a los que van a sus rdenes y le siguen en el silencio absoluto,
aterrador, de aquellas alturas solitarias e inclementes. Al fin quiere
Dios que columbren el invernal, que les queden fuerzas bastantes para
llegar a l, que lleguen vivos y que encuentren adentro lo que van
buscando. El hombre est all, pero a punto de morir de hambre y de fro
y de desconsuelo. Mientras unos le confortan un poco con bebidas y con
palabras, otros encienden una fogata que le vuelve el calor, que tambin
les faltaba a todos. Tras de la bebida espirituosa, el seor de la torre
va alimentando con prudencia al hambriento y aterido, que devora, ms
que come, cuanto le ponen delante de la boca. Ya hay hombre; pero
alelado, taciturno y entristecido. Es preciso curar tambin aquella
tristeza; y manda que le cuenten algo entretenido los que sepan cuentos
o romances. Nadie de los seis sabe una palabra de esas cosas; pero el
seor de Provedao sabe de memoria libracos enteros, y enjareta en voz
alta y resonante medio poema del _Mio Cid_. Como si callara. El hombre
no chista, ni siquiera presta atencin. Hay que hacer ms, y manda que
se cante al uso de la tierra; pero nadie est en voz para ello, y canta
l a grito pelado tonadas del valle nativo, y hasta el prefacio de la
misa del da del Corpus, la ms solemne y regorjeada del ao. En esta
prueba, ya mira el hombre al cantor y muestra algn deleite en orle.
Pues hay que echar el resto: a bailar todo el mundo!... Y como nadie se
mueve, baila l como un desesperado a lo alto y a lo bajo, y despus la
jota aragonesa, y, por ltimo, un zapateado que arranca al entontecido
una exclamacin de asombro y una risotada de alegra, y al caballero, ya
descuajaringado y jadeante, estas palabras que parecen, por el tono, una
maldicin: acabaras, hijo de una cabra!

Todos ya en buen amor y compaa descansan, se calientan, hablan,
comen; se acaba el da, duermen, amanece el siguiente, claro, sereno y
radiante de sol, y se vuelven los ocho a Provedao por encima de la
nieve congelada, como si nada hubiera sucedido. Todo esto, narrado por
Neluco minuciosamente, tena que or.

Pasados el puerto y los desfiladeros inmediatos, y rezada en la ermita
del otro lado de la vadera la _Salve_ de costumbre, logr ver a la luz
del sol de media tarde, el resto del camino hasta Tablanca, por el que
siempre haba pasado de noche; el cual no me pareci tan profundo ni tan
peligroso como yo le haba imaginado entre tinieblas. Llegamos al fin, y
despus de saber a la puerta de mi casa, por Chisco, que no haba
novedad arriba, despedmonos el mdico y yo hasta luego, y continu l
andando hacia la suya.




XVI


No haba que pensar ya en nuevas excursiones por la montaa: con la
ltima se haban agotado mis fuerzas y colmado la medida de mi poco
exigente curiosidad. El cuerpo y el alma me pedan reposo durante
algunos das; y despus... Pero habra despus cosa nueva en que
distraer mis ocios interminables? Volvera a encontrar inters en lo
visto y gozado ya? Y en caso afirmativo, me permitiran esos lujos los
invernizos temporales que, por milagro de Dios, no se haban
desencadenado an sobre Tablanca y sus contornos? Por de pronto, la vida
que haba hecho durante aquellas dos semanas, muy corridas, de plcida y
bien soleada temperatura, no haba dejado de darme frutos muy dignos de
estimacin. Con mis correras incesantes, si no logr hacerme a la
tierra tan pronto y tan completamente como esperaba mi to y lo deseaba
yo, cuando menos mataba el tiempo de da y hallaba por la noche temas
abundantes para amenizar un poco la tertulia de la cocinona y las
conversaciones de la mesa de mi to; coma con excelente apetito, y los
condumios de la mujer gris y de su repolluda hija me saban a gloria;
sentame animoso y fuerte, y me dorma como una marmota en cuanto tenda
el cuerpo sobre la cama; descuidaba mucho la lectura de los peridicos
que reciba de Madrid, y al escribir a mis amigos, ya no iban mis cartas
empapadas en el tinte melanclico de los primeros das; bame pareciendo
ms llevadera la visin incesante de los peascos en mi derredor, y la
miserable cortedad de los horizontes no me asfixiaba; en fin, que si no
me haba hecho a todo, conceba ya la posibilidad de ello.

Dgalo, si no, el ejemplo de la tertulia: al principio me era
insoportable; y cada tertuliano, nuevo para m, que se presentaba en
ella, me pareca ms zafio y ms insulso que los anteriores; no hallaba
chiste en sus humorismos expresados en un lenguaje mutilado y
convencional, ni motivo, por lo tanto, para algunas risotadas
vergonzantes que hasta llegaban a incomodarme, como si me ofendieran;
hastibame la simplicidad de los asuntos que ms les interesaban a
ellos, y sin poderlo remediar acordbame del resobado lamento del poeta
latino desterrado en el Ponto: el brbaro pareca yo, que a nadie
entenda ni de nadie era entendido all. Intentaba buscar en mis libros
y peridicos, en la soledad de mi habitacin, el remedio contra estos
aburrimientos de la cocina; pero el temor de que lo tradujera mi to en
seal de menosprecio de sus rudos tertulianos, me contena. Vindome
forzado a alimentar el espritu de todo ello, llegu poco a poco a
paladearlo sin repugnancia, y muy pronto acab por encontrarlo agradable
a falta de cosa mejor. Lo mismo me haba pasado con los condumios de
Facia. Aprend el valor castellano de los modismos locales con que se
alimentaban y entretejan las conversaciones de la tertulia, y el roce
obligado y continuo con ellas me dio el conocimiento que me faltaba de
las materias conversables. Y ya estaba hecho el milagro; porque sabido
y de sentido comn es que no hay cosa que nos interese mientras la
desconozcamos; y como corolario de este axioma, que, por mnima que ella
sea, nos resulta interesante en cuanto la conocemos. Valga el ejemplo de
un amigo mo tocado de la pasin de hacer palillos de dientes, slo
porque domina el _arte_ con rara habilidad.

Ello fue que en la primera semana ya meta yo mi cuchara en las
conversaciones y porfiaba en serio con aquellos rsticos sobre temas de
su alcance que empezaba yo a penetrar; que iba distinguiendo los
caracteres, las triquiuelas y zunas de cada uno, y que me senta muy
halagado por los elogios de todos ellos a mis proezas de excursionista y
de cazador. Mi to se baaba en agua rosada con estas cosas, porque las
tomaba por seales de mi rpida aclimatacin; y yo me complaca en ver
con qu escaso esfuerzo de mi parte le proporcionaba uno de los pocos
goces a que poda aspirar ya el pobre viejo. Despus, mis visitas al
pueblo, el caso de Facia relatado por Chisco, la adquisicin de la
amistad del mdico y lo que con todo ello se fue enlazando naturalmente,
dieron nuevo empuje a esta buena tendencia ma y me infundieron mayor
apego a las cosas y vicisitudes de aquellas sencillas gentes. Vea con
gusto aumentarse de da en da la tertulia y estudiaba la catadura y el
carcter de cada tertuliano nuevo para m, con el mismo inters que si
se tratara de un recin llegado a los salones de la Medinaceli; y si,
por ejemplo, me deca mi to a la oreja cuando se presentaba uno en la
cocina por primera vez en la temporada: se tiene la gracia de Dios
para contar cuentos, sentame tocado de igual curiosidad que si en una
fiesta aristocrtica me dijeran: se que acaba de llegar es el orador
que ha derribado esta tarde en las Cortes al Gobierno o el autor del
libro H del drama Z. Tena razn Neluco cuando me afirmaba que el
hombre de inteligencia cultivada lleva en s propio los recursos
necesarios para vivir a gusto en todas partes, con tal de que no trueque
los cabos de la polea ni se empee en subir lo que est abajo, en lugar
de bajar lo que est arriba, hasta conseguir el nivel de ideas apetecido
para un fin determinado.

Lejos de corregir el juicio que haba formado yo del temperamento de los
tablanqueses al verlos pasar, como quien dice, en el porche de la
iglesia o en las callejas del pueblo, me afirm ms y ms en l cuando
los trat de cerca en la cocina de mi to y logr estudiarlos en pleno
ejercicio de todos sus componentes fsicos e intelectuales; porque all
y slo all era donde exponan y ventilaban los asuntos ms importantes
de su vida, al calorcillo de las fogatas de la cocinona y bajo la
presidencia de don Celso, que siempre daba en el clavo de lo mejor y ms
conveniente, lo mismo con una cuchufleta que con un dictamen formal.
Eran, sin excepcin de uno solo, parsimoniosos en extremo y de blanda
condicin; y en sus tiroteos de broma, a los que son muy aficionados,
despilfarraban las metforas, llenas de colorido local, griegas para m
al principio, y muy donosas despus que supe traducirlas a mi lengua.
bame pareciendo la de ellos, entre tanto, ms dulce y cadenciosa de
ritmo cuanto ms la oa sonar.

El cura don Sabas concurra muy a menudo y tan soso como la primera vez;
pero a m ya no me lo pareca despus que le haba visto tan elocuente
sobre los riscos de la montaa: consagrbale por eso cierta veneracin,
independiente de la que le deba por su investidura y por sus virtudes,
y se me antoja que no lo desconoca l ni le desagradaba. Como que se
haba jactado ms de una vez delante de m, de que con esas ataduras
haba de amarrarme l a la tierra de mis mayores, y para siempre jams,
_per saecula saeculorum_: as, hasta en latn, haba recalcado la
jactancia. Don Pedro Nolasco slo dos o tres veces haba vuelto a la
tertulia; y eso por ser yo quien era, porque se arreglaba ya muy mal,
a los aos que tena, con las asperezas de los callejos en la oscuridad
de la noche, aunque llevaba linterna. Neluco frecuent ms la cocina al
principio que al fin de aquella temporada, y yo creo que lo hizo con el
fin caritativo de abreviarme el periodo de aclimatacin, porque le
notaba yo muy diligente en echar hacia m los temas de las
conversaciones, en traducirme las metforas y en ayudar a mi to en su
incesante tarea de avivar fuegos de la tertulia aguijoneando a los
concurrentes ms activos.

All conoc al Topero, el padre de Tanasia, y a Pepazos, el novio
preferido a Chisco por el Topero para su hija, al decir del Tarumbo, que
tambin se descolgaba a menudo por la cocinona. El Topero era un hombre
de mediana edad, cuadradote de espaldas y algo rojo de greas, poco
hablador y muy hbil en la labor que llevaba a la tertulia (era raro el
tertuliano que iba sin ella): pintar abarcas con la punta de su
navaja. Despachaba tres o cuatro pares cada noche, por lo que tena buen
repuesto de ellas en preparacin en casa de mi to, como le tenan otros
de cebillas, de colodras y hasta de banillas (tiras finas de
avellano) para hacer maconas (cestos grandes), porque aqulla pareca,
por esa y otras seales, la casa de todos..., hasta para establecer en
ella su oficina, cuatro veces cada ao, el cobrador ambulante de
contribuciones.

Pepazos era un Alcides capaz de echarse sobre sus hombros fornidos el
mismo pen de Bejos a poco que se le hurgara el amor propio;
coloradote, mofletudo, con las cejas unidas y muy peludas sobre unos
ojazos de buey. Ese pula y remataba zapitas, que con ser la que menos
capaz de dos azumbres de leche, no se vea sobre sus muslos bombeados y
entre sus manos grandonas. Trabajaba muy de prisa, pujaba mucho en sus
arremetidas a contraveta y en los cambios de postura; y fuera de su
labor, nunca estaba atento a nada ms que lo poco que se le ocurra al
Topero, y eso para celebrrselo con una risotada que jams vena al
caso. Yo sola mirar entonces a Chisco que siempre andaba en el ltimo
rincn de la tertulia; pero el condenado de l, o no haba cado en la
malicia, o se haca el desentendido. No pudiendo acomodarme a las
injustas preferencias del Topero, complacame algunas veces en
ponderarle, trayendo el asunto por los cabellos, las valentas de Chisco
y sus prendas de mozo casadero, de las que, a mi modo de ver, deban de
estar codiciosas las mejores mozas de Tablanca. Vlgame Dios, qu pujar
entonces el de Pepazos, qu sudar el de sus carrillos, qu revolcones
los suyos sobre el banco, qu bailar entre sus manos aceleradas el de la
zapita, mientras el Topero meta por la almadrea la cara envuelta en
humaredas de la pipa de rabo corto que nunca retiraba de su boca! En
estos casos ya se clareaba Chisco un poco ms, y le notaba yo el gozo
con que saboreaba los atragantos de su rival, y hasta me pagaba el
favor en una mirada dulzona, con su poco de guiada. Y eso que estaba yo
convencido de que llevaba la carga de sus amores con la misma acompasada
parsimonia que las llevaba todas y me acompaaba a m por los vericuetos
y hondonadas de los montes. Pero hay siempre en el corazn del hombre
ms honrado una fibra de perversidad mal dominada que le procura un goce
en la mortificacin de su vecino, con un pretexto de caridad mal
entendida; y yo creo que una fibra de esa mala casta era la que me
impela tan a menudo a mortificar al pobre Pepazos y al Topero, ms bien
que el propsito de favorecer a Chisco, que quizs no lo necesitaba o no
lo echaba de menos.

El Tarumbo no llevaba nunca labor propia; pero, en cambio, estaba
siempre pendiente de la que hacan los dems. Cuando el Topero terminaba
un par de abarcas, le traa otro del montn de las que tena preparadas,
y lo mismo haca con las zapitas de Pepazos y con las banillas o las
colodras o las cebillas de los que las necesitaban. Hablaba hasta por
los codos, y siempre eran las desdichas ajenas las que le arrancaban los
mayores lamentos.

A Pito Salces se le hallaba indefectiblemente a los alcances del roce
con Tona en sus manipuleos de cocinera diligente: hacia el rabo de la
sartn, por ejemplo, y en los linderos del camino ms trillado entre el
fogn y la alacena del aceite y las especias. Se le sentan los mpetus
de su amor corrindole hasta por los brazos inconmensurables, como el
agua de lluvia por las mangas de un tejado; reviraba los ojos hacia
Tona, y se devanaba a s propio, como en un ovillo, cuando la jampuda
moza se acurrucaba delante de l o le tocaba al pasar hacia la alacena.
No hubiera sido bien visto de don Celso que la requiriera all de
amores, suponiendo que la hubiera tolerado ella, y se consolaba con
aquellas internas expansiones, tan poco disimuladas.

La pobre Facia, desde lo de aquella noche, apenas se dejaba ver en la
cocina durante la tertulia, y ni all ni fuera de all saba hacer cosa
con arte; ella que era antes un brazo de mar para el gobierno de la
casa! Con excepcin de Chisco que era de ella; de Chorcos que iba por
Tona, y de Pepazos que quera dar en el corazn de Tanasia por la tabla
de su padre, bastante ms codicioso que la hija, todos los tertulianos
de la cocinona eran hombres muy maduros: los mozos preferan las
tertulias de mujeres, o jilas (hilas), de las que haba dos o tres en
el pueblo. A una de ellas concurra a menudo la hija del Topero, con su
correspondiente rueca bien cargada de lino, bajo el roquero pinto con
lazos y lentejuelas, y si Pepazos no se dejaba ver en aquella tertulia
con igual frecuencia que Tanasia, bien saba Dios que consista en lo
vergonzoso que l era delante de la mozona y con testigos que ya estaban
en el ajo de sus deseos; pero iba alguna que otra vez para dar aquel
regalo a sus ojazos mortecinos, y esas noches eran las nicas que
faltaba de la cocina de la casona.

Reflexionando yo muchas veces sobre lo que ms me llamaba la atencin en
ella, que no eran seguramente stas y otras pintorescas trivialidades de
determinados concurrentes, sino aquella familiaridad cariosa, aquella
rara, profunda, ntima trabazn afectiva entre todos ellos y mi to,
recordaba la comparacin que de este caso original me haba hecho Neluco
en la primera conversacin que con l tuve, y no me pareca
rigurosamente exacta: ms que un organismo de miembros subordinados al
imperio de la cabeza, me pareca una familia con todas las comunes
variedades de aptitudes y temperamentos, unida por el amor
desinteresado, tan propio y natural entre todos sus miembros, y
gobernada por la experiencia, la abnegacin y la sabidura del padre.
Persuadido de esto, tena por imposible la sustitucin de un hombre como
don Celso con otro como yo para llenar el vaco que l dejara con su
muerte en el vecindario de Tablanca. Entre l y mi to haba una
completa y absoluta compenetracin de ideas, de sentimientos y de
propsitos, que no poda haber tratndose de m, enteramente extrao a
la tierra y sus costumbres, por nacimiento, por educacin y por hbitos
adquiridos en otro mundo tan distinto de aqul. Cmo no se le ocurra
esto a Neluco, ya que tan disculpable era en la inexperiencia de otras
muchas personas el que no se les alcanzara? Y sin embargo, das andando,
me sali con la misma copla nada menos que el docto y experimentado
seor de la torre de Provedao. Se equivocaran todos ellos, rsticos y
civilizados, al coincidir tan exactamente como coincidan en una misma
idea? Tratara yo de curarme en sana salud, sin darme cuenta de ello,
cuando me consideraba en lo cierto creyendo todo lo contrario de lo que
ellos crean? Por fortuna no me preocupaba el punto dudoso, porque no
haba racionales motivos de que llegara a quitarme el sueo. Ni las
pretensiones de los que bien me queran all, ni la abnegacin
caritativa de mi parte, deban pasar de ciertos lmites.

De todas maneras, tampoco el hallazgo de aquella patriarcal y mnima
repblica en lo ms escondido de una comarca salvaje, considerada por m
en los primeros instantes como un destierro inclemente, era para
despreciado. En fin, que no hubiera sido justo en quejarme de mi suerte
al siguiente da de mi larga expedicin acompaado de Neluco, hecho el
recuento minucioso de los frutos que me haban dado aquellas dos largas
semanas de correras y exploraciones.

De este recuento trat de separar algunas partidas principales, a ttulo
de reservas, para las eventualidades del invierno, que no poda tardar
mucho en dejarse caer sobre Tablanca, y empec a contar por los dedos:
Chisco, su camarada Pito Salces, Tanasia y su padre el Topero, el
Tarumbo, Neluco Celis, don Pedro Nolasco, su hija Mari Pepa y su nieta
Lituca, el prroco don Sabas Peas, Facia, la mujer gris; Tona, su hija;
mi to Celso y el escenario de Tablanca. Todo esto all, al alcance de
la mano; y fuera de all, la familia de Neluco en Robaco; en
Promisiones, el hidalguete mi consanguneo, y ms all, dominndolo todo
y alzndose sobre todo como un faro de poderosa luz, la figura
escultural del caballero de la torre de Provedao.

Despus de hecha esta segregacin, proced al anlisis de las partes de
ella que ms inters podan ofrecerme desde el punto de vista en que yo
me colocaba: Chisco, un tanto flemtico, con puntas de socarrn y
marrullero, aspirando a casarse con Tanasia, guapa moza de verdad, en
competencia con Pepazos, preferido del Topero, porque tena algunos
bienes que le faltaban a Chisco, y no me constaba de toda certidumbre si
de Tanasia tambin, a pesar de lo arlote y simpln que era Pepazos. Todo
el inters de este juego dependa del calor con que le tomara Chisco.
Pito Salces era un brasero que se consuma por Tona: eso saltaba a la
vista; y como tambin era medio pieza domstica en la casona de mi to,
amn de noblote de alma y muy arrimado al trabajo, a poco que Tona
hiciera por s, el resultado no era dudoso. Facia. Esta s que me daba
que pensar cuanto ms reparaba en ella! Al espanto de aquella noche,
recin llegado yo a Tablanca, haban sucedido otros dos por el estilo;
pero como hua de m en cuanto me acercaba a ella con propsitos de
interrogarla sobre tan extrao particular, despus de pedirme con las
manos juntas y por el amor de Dios que no le dijera a mi to una palabra
de lo que estaba notando, limitbame, por complacerla, a observarla
desde lejos y a no perderla de vista mientras me fuera posible. Qu
diablos poda haber all? Eran fantasmas, alucinaciones histricas de
la pobre mujer tan castigada por la desgracia a lo mejor de su vida, o
estaba bajo el peso insoportable de alguna nueva desdicha? Neluco Celis:
continuaba parecindome lo mismo que me pareci cuando le habl por vez
primera: discreto, simptico, de clarsima inteligencia y noble corazn,
y un arca cerrada para guardar lo que a m se me antojaba que deba
estar al alcance de mi vista: verbigracia, su inclinacin amorosa a la
nieta de don Pedro Nolasco. Porque yo no poda concebir que Lita y
Neluco no se amaran, como no lo conceba tampoco la matrona locuaz de
Robaco, ni lo concebira nadie que tuviera entraas de humanidad y
vislumbres de buen gusto, y reparara un poco en aquella parejita,
nica, que pareca puesta por Dios en aquel rinconcito de la tierra
para eso slo, para amarse y para unirse. Lita y su madre haban estado
dos veces en mi casa despus que yo estuve en la suya. Una de ellas,
segn me declararon, para pagarme la visita y saludar, de paso, a mi
to; y la otra, por mi to solamente, cuya salud les interesaba mucho;
adems de que, como no poda salir de casa, iban a hacerle un rato de
compaa, como siempre que lo permitan el tiempo y sus ocupaciones.
Todo esto me lo afirmaba Lituca descubriendo las esmaltadas filas de sus
blanqusimos dientes, en su lenguaje vehemente, retozn y admirativo, a
la puerta del estragal y mientras sacaba sus pies, calzados con menudas
zapatillas de abrigo sobre medias de color, de un par de almadreas que
parecan dos cscaras de nuez. En aquella visita, lo mismo que en la
anterior, yo, terco y emperrado en mi tema, le ech cincuenta veces al
campo de la conversacin disfrazado de mil modos, con el piadoso fin de
observar qu cara le pona Lita... y nada: ni un gesto, ni un punto
arrebolado en las mejillas, ni la ms insignificante seal en la nieta
de don Pedro Nolasco de que haba odo su corazn las llamadas que yo le
haca con el nombre de Neluco y los elogios de sus mritos: hablaba de
l con el descuido y la serenidad con que poda hablar de su madre o de
su abuelo. Lo cual me impacientaba a m, como si fuera asunto de mi
propia pertenencia, y en ms de una ocasin me acometieron serias
tentaciones de preguntarla derechamente y sin ambages ni rodeos: se
quieren o no se quieren ustedes? Ama usted o no ama a Neluco?. Pero
seor, por qu tena yo tanto empeo en que se amaran? O mejor dicho,
por qu le tena tan grande en que quedara enseguida aquel punto bien
esclarecido y deslindado?

Despus, mi to Celso, el alma y el centro de todo cuanto le rodeaba,
con su energa indomable, sus cuchufletas singularsimas, su atencin
siempre fija en el modo de hacerme, ya que no divertida, llevadera la
vida en su casa, y los cuidados a que me obligaban el parentesco y la
gratitud para velar por l con especial esmero durante el tiempo de las
humedades y de los grandes fros, en el cual, segn dictamen del mdico,
corra su vida los mayores peligros, por la ndole de la enfermedad que
padeca.

Y por ltimo, su tertulia y mis libros, mis peridicos y mi
correspondencia. Lo restante de ambos montones, algo de ello por su
insignificancia, y otro poco por lejano, slo poda considerarse como
personajes decorativos y accesorios escnicos.

Cierto que con todas estas reservas de tan escasa importancia en
relacin con las necesidades de mi espritu, se poda llegar hasta lo
pico, consideradas como elementos de creacin en la fantasa de un
novelista ingenioso; pero tomadas en lo que eran y valan, como casos y
cosas de la vida real y prosaica en un medio tan remoto, tan obscuro y
tan aislado como aqul, qu haba de prometerme yo de ellas para en
adelante? Qu auxiliares contra mi enemigo temible poda esperar de
aquel lado? Qu poda venir de all de lo que ms necesario me era?

--Quin sabe!--me dije en conclusin de mis cavilaciones--. Por puntos
ms obscuros ha amanecido otras veces; si est de Dios que ha de venir
algo, ello vendr. Todo es cuestin de paciencia y de saber conformarse.
Conque un poco de filosofa, y a esperar lo que viniere.




XVII


Y comenz a venir sin tardar mucho; pero ay! lo que vino fue,
primeramente, una niebla gris que baj de los montes, envolvi todo el
pueblo y se col hasta en los hogares; tras de aquella niebla vino un
gallego fro con otra niebla parda que fue mezclndose con la primera,
tiznndola de su color y hacindola ms hmeda y pegajosa; lleg tambin
un ruido sordo y continuo, como lejano caoneo, que a m me pareca de
la mar batiendo furibunda hacia el Norte los peascos de la costa; pero
segn dictamen de la gente de mi casa, era el rebombe del pozn de
Pea Sagra, un lago o pozo muy grande, que se da por existente, aunque
no s de nadie que le haya visto, en las entraas de aquel coloso de la
cordillera; y sin cesar este ruido bronco, dejronse or en el espacio y
sobre el valle unos como quejidos siniestros y antipticos, que eran,
segn informes de Chisco, el graznar de los butres (buitres) y las
grullas, que pasaban cararriba; seal sta, como la del rebombar del
pozo y la de las nieblas bajas con el gallego detrs, de que se nos
echaba encima una invernada de las gordas.

Y se cumplieron las profecas: las nieblas se convirtieron en negras
nubes henchidas de aguaceros, que el viento, embravecido poco a poco,
estrellaba, con mugidos tremebundos, contra casas, ribazos y bardales,
cerrndose boquetes y horizontes por donde quiera que se miraba;
sintieron los ms ardientes de sangre los primeros estremecimientos de
fro, y nos declaramos todos en la casona seria y formalmente bloqueados
por el invierno.

Las primeras consecuencias de este bloqueo fueron en ella, como era
fcil de presumirse, la reduccin de la tertulia a media docena escasa
de valientes, entre ellos Pito Salces, a quien no atajaban en los
impulsos de la querencia que le atraa, ni los ms fieros vendavales, y
(lo que fue para m harto ms desagradable y no esperado tan pronto) una
crisis de mal gnero en el estado de mi to. Como por encargo del mdico
se le vedaba hasta el asomar las narices al cuartern abierto de una
ventana, se consuma de impaciencia en los pramos entenebrecidos de su
crcel; y cuando llegaba la noche y, despus de rezar el Rosario en la
cocina, vea entrar en ella dispersos, acobardados, ateridos de fro y
calados de agua a unos pocos tertulianos de los de aquella apretada
falange de las primeras noches, y notaba la causa de la desercin de los
dems en el furioso batir de las celliscas contra puertas y ventanas y
en el can de la chimenea, quedbase pensativo y mustio, con la cerviz
humillada y la vista fija en el flamear de la lumbre, cuyo calor buscaba
por instinto. Y as un da y otro y otro, sin que la dureza de su fibra
alcanzara a disfrazar siquiera los desalientos de su espritu, lleg a
un grado tal de abatimiento, que me alarm, porque en un estado moral
como el suyo, cualquier aletazo de su enfermedad era muy temible.

Hablando con l una maana de aquellos das tan crudos, y solos los dos
en la cocina, que era su ordinario paradero entonces, yo animndole como
poda y l conociendo la endeble calidad de mis estimulantes, acab por
decirme:

--No te canses, Marcelo: este ujano que me roe es ms fuerte que t y yo
juntos, por grandes que sean tus cuidados y por dura que haya sido mi
correa. Mira, hombre: todava no jaz un ao que me tena yo por tan duro
de caer como las hayas de esos montes. Trastajo con la vanid de la
guapeza humana! A lo mejor del pensar que solamente un rayo de la
volunt de Dios poda acaldarme en el suelo, un soplo que no apagara
una luz, me puso a las puertas de la muerte cuando menos lo esperaba y
ms descuidado dorma. Desde entonces ac, pispajo!, yo que nunca me
espant de nada ni me encog por cosa alguna, miro y remito con
desconfianza hasta el suelo en que pongo los pies, porque siempre y a
todas horas y en todas partes estoy temiendo el ltimo golpe que falta
para que el roble acabe de caer. Esta es la verdad, cascajo!, y hasta
creo que te apunt algo de ella en alguna de las cartas que te escrib.
Pero entonces eran los das ms largos y las noches ms cortas;
alumbraba el sol a la tierra y calentaba la sangre de los viejos, y,
sobre todo, volva de su viaje muy temprano; madrugaba mucho para
espantar las ideas tristes de las cabezas en que apenas entra la caridad
del sueo por la noche. Por eso me jallaste tan campante a la venida y
me has visto ir tirando as hasta ayer, como quien dice... hasta que
vino lo que yo haba visto venir otras veces sin apurarme por ello, y no
s si te diga que con gusto... con gusto, trastajo! porque cuando hay
buena salud, la tierra no tiene salsa si nos est cantando siempre una
misma solfa... y sin cambiar de ropajes... Digo que fui tirando tal cul
hasta que lleg la primer cellerisca, sta que todava est pasando,
mientras llega, por las seales, otra ms dura de pelar que ella; y se
apag el sol de da, y se cerraron puertas y ventanas, y empez a faltar
de noche la gente de la cocina, y a no haber fin para las horas de la
cama ni punto de sosiego para el mal pensar de la cabeza. Yo nunca haba
visto pasar por ella las negruras que ahora pasan. Hasta estos das y
desde que tengo uso de razn, siempre el inters de los dems jizo que
me olvidara de m propio; pues ahora ya te quiero un cuento,
pispajo!... y esto es lo que me descuajaringa: no tengo ojos ms que
para ver cmo va la carcoma rejundiendo y ajondando en este tronco
podrido que se cae por s mesmo de da en da, de hora en hora. Paez que
el viento, al rebombar en el can de la chimenea, me dice algo que
nunca haba odo yo antes; pero algo muy temeroso y muy triste... vamos,
que ajuyera de ello de buena gana, si el temporal de afuera no me
cerrara todos los caminos de escape, y el fro no me encadenara los
remos y no me cortara la poca respiracin que me queda en el gaznate...
Otra cosa nunca vista: te puedo jurar que no me asusta la muerte porque
soy viejo y cristiano y s que ha de venir sin tardar mucho y que me
toca esperarla confiado en la misericordia de Dios, como la espero; y
con ello y con todo, me espanta la enfermedad que me va quitando la
vida. Cmo se explica este potaje? Qu te parece a ti que ser esto,
Marcelo?

Faltbanme a m los sofismas cientficos con que Neluco, por ejemplo,
hubiera podido aclarar aparentemente aquellas complejas oscuridades que
me consultaba mi pobre to, y despach la consulta con cuatro vaguedades
muy recalcadas y encarecidas sobre el influjo que ejercen en la mquina
de los pensamientos los largos insomnios, la soledad de la noche, los
fros estacionales...

--Bien podrn tener algo de culpa esos ingredientes--me replic mi to
con muy escasas seales de creerlo--; pero a veces se me figura a m que
hay tambin otros motivos de por medio... y harto ser, trastajo!, que
no venga de esa banda toda la podredumbre. Mira, hombre... (porque
puesto en tela de juicio el punto, debe ventilarse en regla; y yo le he
visto por muchas caras en tantas y tantas noches de no pensar en otra
cosa): si a m me viviera no ms que uno solo de los hijos que Dios me
fue dando, la muerte de su padre no sera propiamente muerte; porque en
casos como ste, y bien lo sabes t, la vida de los que se van retoa en
los que se quedan para algo ms que llorarlos y rezar por ellos: es un
eslabn trabado en otro eslabn... vamos, una cadena que nunca se rompe
ni se acaba. Pero tal como han resultado aqu las cosas y puesto yo a
considerar que estoy a dos dedos de morirme... ay, Marcelo, qu
pinturas se me ponen delante de los ojos! Con las ltimas boqueadas, la
cadena rota para siempre, el hogar sin lumbre, los establos vacos, la
casa en silencio y (lo que es peor, si no metisteis la llave entre las
cuatro tablas que fueron a pudrirse con mis huesos al campo santo) en
manos de hombres que no vern en ella ms que el ochavo rooso con que
pagarn el derecho de maltratarla. Pues chate a pensar despus en todas
estas gentes que viven de su calor, porque son todos ellos, lo mismo que
fueron sus padres y debieran serlo sus hijos, como sangre de la nuestra
sangre y carne del nuestro propio cuerpo, mirndola de reojo al
principio para acabar por no acordarse de ella y por irse desparramando,
como pollucos sin la madre, robados al fin, uno a uno por el milano que
no duerme... Ay, trastajo! Esto es muy doloroso, hasta para soado en
pesadilla... Qu no ser, hijo mo, visto y palpado en la misma
realidad? Creme, Marcelo: importa mucho ms que la vida de tu to, lo
que ha de irse con ella al otro mundo, si Dios no lo remedia... No te
parece a ti que pudiera ser sta la consistidura de las cosas raras
que me quitan el sueo y tanto me acobardan ltimamente?

Conociendo como conoca yo la entereza de carcter y los sentimientos de
mi to, evidente era que andaba en lo cierto en aquella suposicin, y
que por cierto lo tena l aunque aparentaba lo contrario; pero yo no
poda declarrselo as, porque declarndolo, o me manifestaba a sus ojos
descariado e inclemente, o aceptaba un compromiso que no poda aceptar,
porque era otro muy distinto del suyo mi modo de ver aquellas cosas. Me
hubiera sido fcil engaarle aventurando una promesa que quizs andaba
l buscando desde la primera carta que me escribi; pero me repugnaba
esa mentira dicha a un hombre tan honrado y tan sagaz como aqul,
exponindome, adems, a que no me la creyera. Por eso adopt un
temperamento anodino que ni alcanz a levantar sus abatidos nimos, ni
siquiera a disfrazarle los aprietos en que me puso con su pregunta.

--Todo ello--repuso el buen seor, tratando de hacer un pinito de
chchara que no le sala bien--, es decir por decir. Marcelo, y ya que
echamos la conversacin hacia ese lado... Pues tendra que ver,
pispajo!, que diera yo ahora en la gracia de agobiarte con pesadumbres
nuevas, cuando ms falta te hace algo alegre con que espantar las
negruras de este temporal que se nos ha echado encima! Mira, hombre,
crasme o no me creas: las nicas agallas que me quedan... vamos, lo
nico para que me siento animoso a la hora presente, es para ayudar a
que no se te amurrien a ti tambin las alegraderas. Ostelo? Pues
bueno. Algo ms y de ms importancia que tengo que decirte, ya te lo
dir en su hora y lugar correspondientes, y sin tardar mucho. Dicho
debiera estar ya y por si acaso, das hace; pero... basta de
conversacin, y no te espante la amenaza, que aunque el punto es
pariente cercano del tratado aqu, no tiene la cara tan fea. Si las
tuvieran iguales los dos me librara yo mucho de darte a conocer la que
no has visto todava.

Entr en la cocina Tona, algo tocada tambin de la murria inverniza, a
trajinar en el fogn donde hablbamos mi to y yo al calorcillo de la
lumbre, y ya no pude preguntarle lo que tena a la punta de la lengua,
como exploracin siquiera alrededor de la casta de aquel nuevo punto
que me haba puesto en gran curiosidad.

Pero ms que curioso por aclararle, qued preocupado y triste con la
pintura hecha por don Celso del estado de su espritu. Para llegar a
tales extremos de franqueza un hombre de su temple, cul no sera el
peso de su tribulacin? Y cul la magnitud de mi disgusto y de mi pena
al considerar que yo posea el remedio de la ms grande de las suyas, y,
sin embargo, me resista a ofrecrsele? Era honrada esta conducta ma?
Estaba obligado yo a aceptar compromisos imposibles de cumplir? Estaba
bien demostrada esta imposibilidad? Caba, en la duda, el recurso de
prometer, a reserva de cumplir hasta donde se pudiera?...

Puesta la cuestin en estos ltimos trminos ya me pareci ms racional
y soportable; y si hubiramos continuado los dos solos en la cocina, es
posible que all mismo hubiera intentado yo introducir por este
resquicio el primer sostn para sus desfallecimientos.

Pero Tona llevaba tarea para rato (como que se andaba en las
proximidades del medioda), y por si era poco este estorbo, entr Facia
a dirigir la faena. Cosa extraa! La mujer gris era el nico ser de los
que habitbamos la casona, en quien no haba estampado alguna roncha el
azote del temporal reinante. Hasta el mismo Chisco andaba un tanto
espelurciado y encogido por establos y corraladas, y entraba en la
cocina algunas veces con el humor avinagrado; al revs que Facia, la
cual, desde que se haban desencadenado las primeras celleriscas,
pareca otra. Cuanto ms azotaban los granizos los paredones de la casa,
y ms runflaban los vendavales en el can de la chimenea, ms alegre
se le pona la cara y ms diligente se volva para el trabajo.

Vindola tan boyante y en tan ventajosas disposiciones, trab
conversacin con ella aquel mismo da, al llevarme no s qu cachivaches
a mi cuarto.

--Parece--la dije para empezar--, que marchan bien los asuntos, eh?

Entendime la pregunta; y despus de sobrecogerse un poco con ella, me
respondi sin titubear:

--As me los conserve Dios muchu tiempu.

--Me alegro en el alma--la dije entonces--; porque por no verla a usted
con los espantos de estos das...

--Ni me los miente, seor, por obra de carid!--me replic volviendo a
compungirse--. Paez que los males, como si oyeran, se ponen de pie en
cuanto se les menta en boca...

--De todas suertes, resulta que los negocios de usted andan al revs del
tiempo.

--Por qu lo diz, cristianu?

--Porque a la vez que l se embravece y se emperra, ellos van mejorando.

--Siempre lo que Dios jaz est bien jechu... Ah, si esto durara
muchu!...

--El temporal?

--Y lo otru.

--Cul es lo otro?

--Lo que reza con lo que ust quiere saber.

--Y sin llegar a conseguirlo, por ms seas... Vamos a ver, Facia: ahora
que est usted un poco ms tranquila, por qu no me lo cuenta? Por qu
est llevando usted sola tan pesada carga?... porque yo creo que ni
siquiera Tona tiene la menor noticia de ella...

--Hija de mi alma!... La lengua me partiera en dos con los mesmus
dientes mius si la viera en tentaciones de parlselu... igual que al
probe seor y mi amu! Santa Virgen de las Nieves!... Y, por carid de
Dios, no me pregunte ms de esu por ahora... ni nunca jams, seor don
Marcelu; que yo, por la cuenta que me trae, buscar el amparu de ust
cuando la carga me rinda y las angustias me ajueguen... porque la peste
ha de golver, y sin mucha tardanza, seor don Marcelu. Ay, desdichada
de m!... Y el amu... y Tona!... Santa Virgen la mi Madre!

Psose lvida de repente, se le pintaron en la cara las angustias de
otros das, y llev hasta ella sus manos cruzadas y convulsas. Me movi
a compasin la pobre mujer, y sent remordimientos de haber sido yo el
causante de aquella crisis amarga. Tom con empeo el trabajo de
calmarla, y lo consegu; pero con la ayuda de una zurriascada feroz
que se estrell de repente contra las puertas del balcn. Cuando esto
ocurra, se enjugaba Facia los ojos y responda malamente a mis ltimas
observaciones. Al or el estrpito de afuera, suspendi hasta las
lgrimas y se lanz a uno de los cuarterones abiertos, y all se estuvo
mirando, con la avidez de un sediento, aquella mar de lluvia cernida,
revuelta y zarandeada en el espacio por la furia del vendaval.

--Oh!--exclam al fin, retirndose de su observatorio con la cara
radiante de alegra y andando presurosa hacia la puerta de salida--, por
misericordia de Dios, hay pa ratu.

No era bien singular y extrao todo aquello?

Entre tanto, yo no cesaba de meditar sobre el grave tema, y punto de
suma trascendencia para m, surgido aquella misma maana de la
conversacin que tuve con mi to; y cuanto ms vueltas le daba en mi
cabeza, ms obligado me crea, hasta por obra de caridad, a ofrecerle lo
nico que honradamente le poda ofrecer yo. Si con este ofrecimiento se
curaba de sus angustias mortales, qu mayor satisfaccin para m? Si
andando el tiempo resultaba que no llegaban mis fuerzas tan all como
mis buenos propsitos, qu culpa tendra yo de ello?

No vacil ms: busqu a mi to, le hall en su cuarto cerca de un
brasero, hojeando unos papeles, tosiendo mucho y movindose mal debajo
de la espesa ropa que le abrumaba, a la ttrica luz de la media tarde y
al ruido ingrato de las celliscas y de los truenos que no cesaban
afuera.




XVIII


Me anunci preguntndole desde la puerta si poda hablar con l cuatro
palabras sin molestarle.

Volvi hacia m la cara con la viveza ratonil que le era propia, y me
contest, enderezando cuanto pudo el cuerpecillo descarnado:

--Mira, hombre, qu casualidad!... Apuradamente estaba yo pensando en
ir enseguida a preguntarte lo mismo para cumplirte despus la promesa
que te hice esta maana por remate de nuestra conversacin.

--Pues a cumplir otra promesa--aad--, que no pude hacerle a usted
entonces por falta de oportunidad, pero que qued hecha en mis adentros,
vengo yo ahora.

--Ya ests sentndote y hablando--me dijo a esto, arrojando sobre la
cmoda los papeles que hojeaba, sentndose despus en una silla junto a
la caja del brasero e indicndome que hiciera yo lo propio en otra que
estaba enfrente de ella.

--En lo de sentarme--le dije, hacindolo--, le obedezco a usted desde
luego; pero en lo de hablar... no tanto.

--Esta es buena, trastajo! Por qu, hombre?

--Porque quiero darle a usted la preferencia, como debo, en lo que
mutuamente tenemos que decirnos, segn parece.

--Vaya, vaya, djate de cumplimientos, y empecemos por el caso tuyo, que
para el mo siempre hay lugar. Conque qu es lo que se te ocurre, hijo
mo?

--Pues lo que se me ocurre--dije yo comenzando a tocar las dificultades
de acometer de frente un asunto de tan delicada naturaleza como aqul,
cuyo punto de partida era nada menos que la muerte de mi venerable
interlocutor--, se me ocurre, mi querido to, algo que se relaciona con
otro algo que le o a usted esta maana y me produjo muy honda y muy
amarga impresin...

--A ver, a ver--interrumpi el pobre hombre acercando ms su silla a la
ma, mientras se pintaba en sus ojuelos chispeantes la curiosidad que le
devoraba.

--No crea usted que se trata de una cosa del otro jueves--aad
sonrindome.

--Sea del otro jueves o del otro sbado, venga esa cosa por derecho y
sin envoltorios, hombre!--me respondi con un bro inconcebible en su
extenuacin cadavrica.

--Corriente--le dije yo, no sabiendo cmo armonizar mis escrpulos con
sus impaciencias--; pero despus de declarar, para la debida
inteligencia, que yo tomo el caso en el punto mismo en que usted le puso
y le dej esta maana.

--Declarado y entendido... Adelante ahora!

--Me dijo usted entonces, metido en la injustificada aprensin de que
iba a morirse pronto... y Dios no lo confirme.

--sa es cuenta de l y ma... Adelante, Marcelo!

--Me dijo usted, repito, confesndome adems que esa... aprensin...

--Aprensin, eh?

--Que esa... cavilacin, si lo prefiere as, era la que le estaba
matando; que a usted no le espantaba la muerte, sino el morirse, el
cesar de vivir, el irse del mundo para siempre, porque hace mucha falta
en l y no deja quien le reemplace en su labor de toda la vida. No es
sta, to, la sustancia de lo que usted me declar?

--Justa y cabal, Marcelo; justa y cabal...

--Y por eso, por esa pena tan grande, por ese modo tan triste de ver las
cosas, iba usted perdiendo la tranquilidad y el sueo... y hasta la
vida...

--Ni ms ni menos, pingajo!... hasta la vida!

--Una alucinacin como otra cualquiera; pero, en fin, as lo ve usted, y
esto basta para su martirio que, en definitiva, es real y verdadero.
Pues bien: si usted tuviera un hijo que le sucediera en sus
inclinaciones, en sus propsitos y en sus obras, no hubiera cabido en
usted ese temor a la muerte, ni esa... aprensin de morirse... Creo que
es esto lo que tambin me dijo usted esta maana, o me lo dio a
entender, por lo menos.

--No, no: lo dije; y si no result bien claro, fue porque no supe
decirlo.

--Corriente; pero sucede que no existe ese hijo, y que tampoco me dijo
usted si la falta de l puede sustituirse con... algo.

--Con qu, Marcelo? Con qu?

Y aqu el bendito de Dios ergua su cabeza, alargando el pescuezo
descamado y rugoso y devorndome con los ojos anhelantes.

La emocin es contagiosa, y no logr darle, sin descubrir algo de la
ma, esta breve respuesta:

--Verbigracia, con un deudo de su mismo apellido de usted...

Se revolvi convulso entonces en la silla, comenz a resobarse una
contra otra las manos trmulas, aviv las llamas de sus ojos que no
apartaba de los mos, y me dijo ansiosamente despus de haber acudido en
vano dos veces a los registros de su voz:

--Venga el nombre de ese deudo... si es que le conoces t. Por lo que a
m toca, no conozco ms que uno.

--Pues si le conoce usted...--apunt yo, prefiriendo, por un sentimiento
harto fcil de estimar, que la insinuacin partiera de l.

--Y qu adelanto yo con conocerle?--exclam aqu mi to, detenido
probablemente por el mismo reparo que yo.

Dndolo por cierto y con entera resolucin de llegar cuanto antes al fin
que me propona, le aad:

--Con franqueza, to: aunque nada me ha dicho usted nunca de ello,
muchos sntomas bien claros me han hecho creer que, en su opinin, no
caera mal en esta casa, maana u otro da, ese pariente a quien ambos
nos referimos.

--Cascajo... pues yo lo creo!... Como santo en su peana!

--Y por qu no me lo ha dicho usted derechamente?

--Pues, hijo del alma, y franqueza por claridad, porque no me gustan
santos a la fuerza; y para serlo de buena voluntad y de la clase que se
necesitan aqu, no vea yo la mejor madera en ese pariente mo. Lo
quieres ms neto?

Iba, entre tanto, difundindose por toda su faz, lvida y acartonada,
una expresin de intensa alegra; pero con tal rapidez, que no pareca
sino que le daban impulso los mismos vendavales que zumbaban entre los
peascos y jarales del contorno. Y cuando le dije terminantemente lo que
pensaba decirle, se incorpor con la agilidad de un muchacho, me mir
con unos ojos en que se pintaba la exaltacin de su espritu resucitado,
y exclam:

--T, Marcelo!... Nada menos que t... el hijo de mi hermano Juan
Antonio!... Un Ruiz de Bejos de pura casta, sano y garrido como un
trinquete!... Pero lo has pensado... lo has medido bien, hijo mo? No
hay en tu arranque algo... vamos, algo de carid que te ciegue? Sabes
bien todo lo que pesa esa carga en un hombre de tu ropaje? Ser posible
que Dios misericordioso lo haya sido conmigo tambin en esto que le he
pedido tan de veras?

--Vamos a cuentas sobre ello, querido to--le dije levantndome yo
tambin segn iba creciendo su exaltacin, y tomando sus manos entre las
mas--. Vamos a cuentas, y a cuentas claras: el simple deseo de usted,
declarado con franqueza, me hubiera bastado, desde que estoy en
Tablanca, para brindarme, sin esfuerzos ni violencias, a lo que me he
brindado hoy, en el supuesto aventurado de que yo le sobreviva a
usted...

--Djate de supuestos, hijo, y dalo por cosa hecha... y para muy pronto:
yo s a qu atenerme sobre eso mejor que t.

--Dmoslo, por un momento, como usted quiere y para entendernos mejor; y
digo que me comprometo, en ese triste y desgraciado caso que Dios aleje
de nosotros tan all como yo deseo, a poner de mi parte cuanto quepa en
las fuerzas de mi decidida voluntad, para proseguir la obra benfica de
usted aqu, y desde luego, le empeo mi palabra de que la cadena, por de
pronto, no ha de romperse por el eslabn que yo represento en ella...
Despus, slo Dios puede saber lo que suceder; Porque...

--Punto ah, Marcelo!... porque ya me concedes hasta ms de lo que yo
me hubiera atrevido a pedirte... Y Dios te lo pague en la medida de lo
que yo lo aprecio!

Enseguida me abraz muy conmovido; abracle yo a l tambin al mismo
tiempo, y no muy sereno que digamos, y abrazados estuvimos lo bastante
para que yo percibiera el acelerado comps de su respiracin.

Al desprenderse de m, clav la vista durante un buen rato en el
crucifijo que estaba colgado sobre el testero de su cama. Se haba
descubierto la cabeza para eso, y yo, por respeto a lo que deba de
estarse tratando en aquella escena sin palabras, me descubr tambin.

En cuanto descendi con la atencin a las cosas del bajo mundo, me dijo
con voz entera y mucha tranquilidad:

--Vamos ahora a tratar del asunto mo.

Pseme gustoso a sus rdenes; rogme que le ayudara un poco all y sali
del cuarto: llegse al mo; meti la cabeza dentro de l; hizo lo propio
en la alcoba del saln intermedio, y tranc luego la puerta de ste.
Vuelto a su punto de partida, desde donde le observaba yo lleno de
extraeza, cerr tambin con llave la puerta, y me dijo placentero y
sonriente, pero ahogndose de cansancio:

--Te asombrarn un poco estos husmeos de lebrel, eh?

Respondle que s, y aadi:

--Pues todos son necesarios, con lo curiosas que son las gentes, cuando
el caso lo requiere como ahora. Por lo pronto, repara bien lo que yo
vaya jaciendo, y ten la caridad de ayudarme cuando te lo pida.

Dicho lo cual, se dirigi a la alacena que estaba cerca de la ventana y
en la misma pared, y la abri con una de las llaves encadenadas en un
llavero que sac, pujando mucho, de un bolsillo interior de su chaleco.

La alacena era de poco fondo, y no tena ms que una balda a la mitad de
su altura. Sobre la balda y debajo de ella haba como una docena de
legajos, arranciados los ms de ellos y atados con bramante deshilado y
medio destorcido.

--Son copias de escrituras--me dijo mi to--, cuentas viejas de
particiones de bienes, y otros papelotes de familia... Vete ponindolo
todo encima de esa cmoda, porque yo no tengo ya resuello ni para
levantar los brazos solos... Por vida de los demonios... del
pispajo!...

Hice lo que me mandaba, y fue sacando de la alacena, adems de los
legajos, tres pares de candelabros de plata, varios cubiertos y una
bandeja del mismo metal, y un rimero de porqueras, entre ellas ms de
seis libras de polvos de salvadera envueltos en un papel de estraza, y
una jarra blanca como de media azumbre, con un paluco adentro. El
interior de la jarra y el paluco estaban cubiertos de una costra
negruzca muy removida y cuarteada. Pregunt a mi to con una mirada para
qu serva aquello, y me respondi:

--Eso es para hacer tinta... digo, era; porque ya con la ltima hecha el
ao que pas, ha de sobrarme. La haca con agallas y caparrosa, y la
revolva dentro de la jarra con ese paluco, que es de higar, porque de
otra madera no sirve: saca la tinta mal color.

Despus de desocupada la alacena, me mand mi to que sacara la balda
tirando hacia m. Saqu la balda, que era pesada y de castao, como todo
el interior de la alacena. Quedaban sobre el fondo de ella, en sentido
vertical y uno en cada ngulo, dos anchos listones, que parecan estar
all para sostener los extremos de los otros dos horizontales y ms
estrechos, sobre los cuales descansaba la balda; pero era otro muy
diferente su destino: estaban sueltos y servan para ocultar unos
pasadores de hierro con que se sujetaba a los tableros laterales el del
fondo. Sacado ste al fin, despus de quitado el estorbo de los cuatro
listones, y vencida la dificultad, no pequea, de correr los pasadores
oxidados, apareci un bulto negro en las entraas de la pared.

--Jala de eso pa-c, arrastrndolo--me dijo mi to sealndome el bulto
con la mano por encima de mis hombros medio embutidos en la alacena.

Embutlos todava ms para hacer lo que me ordenaba mi to; llegu con
las manos al bulto, que tena cuatro caras, duras y fras, como que eran
de hierro; dobl los dedos sobre las aristas del fondo, y tir hacia
m--, pero no me bast el primer tirn, porque era muy pesada la caja, y
tuve necesidad de repetirle con mayor fuerza para arrastrarla hasta la
boca de la alacena, donde la dej por encargo de mi to.

--Ahora--me orden--, dale media vuelta, de modo que quede hacia
nosotros la cara de atrs.

Hcelo as, y apareci en ella la cerradura, que a la simple vista no
tena nada de particular. La caja medira poco ms de un pie de ancha,
por cosa de pie y medio de alta.

--Corriente--dijo mi to entonces--. Pues ahora djame ponerme donde t
ests; pero repara bien lo que me veas hacer para enterarte mejor de lo
que te vaya explicando.

Entonces eligi otra de las llaves de su llavero, y, con mano algo
temblorosa, la dirigi a un punto determinado de la cerradura de la
caja.

Todos estos procedimientos y detalles iban poniendo mi curiosidad y mi
extraeza en un grado de tensin extraordinario. El aspecto de la
habitacin, tan austero que rayaba en lo pobre; su puerta y las
inmediatas, cerradas con llave; aquel hombre extenuado, envuelto en un
ropaje burdo y desaliado, sobre el que destacaban la cara lvida, de
ojos hundidos y relucientes, y las manos cadavricas; aquella alacena de
fondos negros, y en otro fondo de ella, ms negro an, una caja de
hierro oculta por una trampa ms o menos ingeniosa; una luz ttrica
iluminando la estancia, y fuera de ella los bramidos del huracn, me
estaban pareciendo en conjunto un pasaje de melodrama, en el cual
desempeaba yo un papel de galn joven, protegido del desalmado usurero,
por uno de esos incomprensibles antojos del corazn humano.

--Esta caja--me deca mi to mientras me revelaba prcticamente el
secreto de su cerradura, bien fcil de aprender, despus de explicado--,
la discurri y la jizo un jerreru de aqu, muy amaante y de mucha idea,
y se la regal a mi padre; y para ella se abri, tiempo andando, esta
alacena en este morio, que no baja de cuatro pies de macizo. No hay
memoria de intento de robo en esta casa; pero ya que haba caja con
secreto y algo que guardar en ella...

Tan pronto como qued abierta, y a la vista una buena parte de lo que
guardaba, se volvi mi to hacia m y me dijo, como si estuviera leyendo
los pensamientos que bullan en mi cabeza:

--Lo que menos te has figurado t, al ver lo que est pasando aqu rato
hace, que tu to es un avariento dejado de la mano de Dios, y que trata
de deslumbrarte los ojos con los frutos de sus rapias. La verdad,
Marcelo: yo me lo figurara, puesto en tu caso.

Me sonre sin decir una palabra, y continu mi to:

--Pero as y con todo, por esta vez fallan las seales. Esto que aqu
ves, es, en suma y finiquito, el ahorro de tu to Celso... y la puchera
de los pobres de Tablanca. Estas alhajas sueltas son las que han ido
llegando a mis manos, como llegaron otras semejantes a las de tu padre,
por herencia de nuestros mayores, menos unas pocas, estas arracadas de
oro, y estas gargantillas de coral, y este relicario de plata con
piedras finas, que le regal yo a mi pobre mujer cuando nos casamos, y
tuvo empeo en legrmelos a su muerte. Estos cartuchos largos y cortos,
gordos y flacos, son de monedas de oro todos ellos. No s lo que
componen en conjunto, porque nunca he querido cansarme en averiguarlo.
Lo que s es que las mermas de ello dependen de las necesidades que haya
fuera de mi casa. A m y a cuantos en ella vivimos, nos sobra con lo que
nos da la tierra cada ao, y eso que nos tratamos bien y a qu quieres,
boca. Las fuentes que lo han ido manando, no estn, como puedes
comprender, en las pobres tierrucas y en los ganados de Tablanca: otras
hay muy lejos de aqu, y viejas en la familia, de mejores manantiales.
De todas ellas tendrs noticias, cuando las necesites, en papeles que
estn en esos legajos y hasta encima de la cmoda... velos ah, porque
un rato hace andaba yo con ellos entre manos. Lo que importa que sepas
sin tardanza, por lo que pueda tronar, es que haba en este joriaco lo
que ya tienes a la vista y no est inventariado en ninguna parte; y que
todo ello, alhajas y monedas, es de tu sola pertenencia desde este mismo
momento.

Sorprendido con la ocurrencia, intent hacer muy formales reparos a mi
to. No me consinti decir una sola palabra.

--Es asunto mo--me dijo, tapndome la boca con una mano, fra como
piedra sepulcral--, y resuelvo sobre l lo que me da la gana. Adems,
estoy entrando en vena de hablar, y necesito hablar yo solo y sin que
nadie me corte la palabra... trastajo!, hasta para sacar los atrasos de
estos das de murrias negras. Lo peor es por vida del pispajo! que me
va faltando el resuello... Deja que descanse un poco.

Sentse en una silla apurado de respiracin, ms lvido que antes de
cara, y trasudando. Aconsejle que no volviera a hablar de aquel asunto
ni de ningn otro, porque necesitaba reposo y tranquilidad; pero no me
tom en cuenta el consejo. A poco rato, aunque sin moverse de la silla,
continu as:

--Conviene que te advierta, para que lo tengas entendido, que no trato
de corresponder con esta miseria al gran favor que me ofreciste poco
hace. La prueba de ello, si no te basta mi palabra, la hallars en mi
testamento, hecho a las puertas de la muerte, cuando el primer ataque de
esta perra enfermedad... Te repito que me dejes hablar a m solo hasta
que se acabe todo lo que quiero decirte. Otro da hablars t, y pata...
Volviendo al caso, digo que de todo esto que ya es tuyo desde ahora, han
salido muchos de los que estas gentes creen milagros mos; porque otras
tantas veces he tenido que hacerme de rogar un poco, con la excusa del
no poder; pues de blandearme a las primeras dejndoles descubrir el
manantial, pobre de l y pobre de m, hijo del alma! porque, en
finiquito, estos hombres, aunque buenos en lo principal, son rudos y de
los que se rigen ms por la boca que por el entendimiento... Tampoco te
digo esto de la fuente para obligarte con ello a cosa alguna, sino
porque es la verdad, y no sobra el que la conozcas... como conozco yo
que cada uno tiene su modo de matar pulgas, y que t tendrs el tuyo
particular, por consiguiente, y sabrs hacer de tu capa un sayo, o dos,
o los que se te antojen... o ninguno, si mejor te parece. Pero (y vaya
el ejemplo para ver el asunto por las dos caras) por si te allanaras
aqu algn da a seguir los mismos gustos que he tenido yo en lo tocante
a este vecindario, no te he de ocultar que ha de costarte bastante
trabajo al principio, y algunos disgustos despus. Para ayudarte a
orillar las primeras dificultades, te recomiendo al Cura, que sabe tan
bien como yo, y hasta mucho mejor que yo, de qu pie cojea cada uno de
sus feligreses. Tambin te puede servir de ayuda, y buena, Neluco Celis,
el mdico; que aunque mozo, tiene una voluntad de perlas para estas
cosas, gran ojo y mayor entendimiento. Te advierto tambin que el Cura
es el nico hombre, fuera de nosotros dos, que sabe lo que se guarda en
esta pared. Cre conveniente declarrselo cuando no contaba contigo,
porque no se lo comieran algn da los ratones, o fuera a parar, andando
el tiempo, a manos que no lo merecen; porque no tengo herederos forzosos
ni otros parientes pobres que esos dos bandoleros de que me hablaste el
otro da, y no son merecedores ms que de un grillete, que no les
faltar, si viven... Djame que se me pase este golpe de tos, y que tome
otro respiro. Ay, trastajo, qu miseriuca somos a lo mejor!

Esta vez fue ms largo el parntesis de mi to, porque fue mayor la
fatiga provocada por la tos. En cuanto se repuso un poco, continu
diciendo:

--Pues bueno, y a lo que te iba: ya ests al tanto de las cosas y tienes
en marcha tu plan: aqu empiezan las alegras de la buena entraa, pero
tambin las desazones gordas, si no te armas mucho de paciencia, pero
mucho, pispajo! Porque vuelvo a decirte que estos hombres, como caers
t prontamente en ello, no todos son santos. Pero cinco dedos tenemos en
cada mano, y no hay dos que resulten iguales: lo mismo pasa entre los
hijos de familia; y pasando as en una familia de pocos y de una sangre
sola, qu no pasar en una familia de muchos, como sta en que hay
hijos de tantas y tan diferentes madres? Topars, de vez en cuando,
hasta con desagradecidos, y vers que ste es el tropiezo que ms duele
y el que ms obliga a cerrar los ojos para seguir adelante con el deber
que uno tiene con Dios y con sus buenas intenciones; y obrando as,
hasta llegars a mirar a esos desdichados como a hijos que ms necesitan
por sus flaquezas, de amor y de la vigilancia del padre. De todas
suertes, la prosperidad y el agradecimiento de los buenos te consolarn
de la ingratitud de los que no lo son tanto; porque malos, propiamente,
yo no los conozco aqu: la verdad sea dicha. Llevada de este modo la
tarea, acabars por tomarla mucha ley; pero gurdate bien de darla nunca
por asegurada, por firme que la creas por todas partes, porque torres
ms altas y de esa misma hechura se han venido al suelo de la noche a la
maana. Tan seguros como yo a estos hombres, tena a los de Coteruco mi
gran amigo don Romn de la Llosa, y ya te he contado cmo y por qu,
dos aos hace, en cuanto vinieron estas polticas nuevas que hoy nos
gobiernan, en un abrir y cerrar de ojos se le fueron de las manos, y de
hombres agradecidos y cariosos, se convirtieron en fieras enemigas
suyas, hasta el punto de verse obligado el caballero, ms por dolor de
lo que vea que por miedo que lo tuviera, a mudar su residencia a
Santander con toda su familia. Y por all se anda a las fechas, sin
apartar los ojos de su pueblo, aunque con el consuelo, ltimamente, de
ver cmo van echndole de menos all y suspirando por l los mismos que
le vilipendiaron, segn van volviendo las heces al fondo de la cuba,
revuelta por manos viles.

Lo que te probar, por otra parte, hijo mo, que la semilla buena no
puede dar nunca malos frutos, y que a la corta o a la larga, y despus
de haber sembrado as, lo bueno siempre triunfa y sale a flote por
encima de todo. Con esto no te canso ms por ahora, y vamos a dejar, si
te paez, todos estos cachivaches como estaban.

Procedimos a ello, es decir, proced yo, porque mi pobre to no estaba
para moverse de la silla, y a duras penas logr sacar de la argolla la
llave de la arqueta despus de cerrada y abierta por m varias veces
bajo su direccin, para que no se me olvidara el secreto de la
cerradura, y mientras iba yo colocando cada cosa en su sitio y trancaba
la alacena, cuya llave quiso separar tambin del llavero, y separ yo al
fin, a sus instancias, por no tener l fuerzas ni paciencia para
hacerlo.

Enseguida me entreg las dos llaves, sin consentirme la menor palabra en
contra de su decisin irrevocable.

--Pero, alma de Dios--me dijo por ltimo razonamiento--, no te has
enterado de que son intiles ya en mi llavero? No has visto que ni para
mover las tablucas desclavadas de la alacena me quedan fuerzas ya?
Cmo, sin dar cuarto al pregonero, he de componerme para llegar con las
manos a lo que hay dentro de la caja? No lo consideras? Pues si (lo que
no es de esperar) necesitara yo algo de ello en lo que me queda de vida,
por no alcanzar lo corriente que anda ms a la mano en los cajones de
esa cmoda, con pedrtelo a ti estaba el punto resuelto. Conque basta de
esta conversacin, y a otra cosa... Quiero tambin que te lleves a tu
cuarto estos papeles que estaba yo hojeando cuando entrastes aqu, para
que te vayas enterando de ellos si no tienes cosa ms divertida en qu
entretenerte.

Hizo apresurada y torpemente con todos los que estaban desparramados
sobre la cmoda, un revoltijo lastimoso, y me los entreg as. Mientras
yo los plegaba y ordenaba un poco mejor, le expona excusas y reparos
que resultaban intiles: no quera orme. Cuando acab mi fcil y breve
tarea, me dijo:

--Ahora vulvete, hijo mo, a tus quehaceres y a orear un poco la cabeza
por la casa; y vete en la confianza de que si con lo tratado aqu entre
los dos no me has quitado la enfermedad de encima, me has dado fuerzas y
nimo que ya no tena para llevarla sin pena ni miedo hasta la misma
sepultura; y esto, en mi modo de ver, vale ms que una buena salud.

Despus me abraz, y todava me dijo antes de moverme yo hacia la puerta
de salida, volvindose l hacia la solana:

--Mira, hombre; hasta la ira de Dios parece que se ha calmado tambin:
ya no llueve tanto ni truena ni rebomba el viento como antes.

Y era la pura verdad: la misma luz de la estancia, a pesar de irse
acabando la tarde, era menos triste que cuando yo haba entrado en ella.




XIX


Al cerrar la noche de aquel da slo quedaban del temporal unos rumores
lejanos e intermitentes, a manera de jadeo de su cansancio despus de
una brega feroz y continua durante semana y media. Con este motivo fue
la tertulia algo ms animada que las anteriores ltimas, y hasta el
patriarca presidente de ella pareca otro por lo parlanchn que estuvo y
lo espabilado de humor. Bien conoca yo la causa del milagro. Como
conoca la de que Facia, al revs de todos los dems, anduviera tan
alicada y ttrica las pocas veces que se dej ver en la cocina. Le
faltaban a la pobre aquellos estampidos de la borrasca en la boca de la
chimenea, que arrojaban sobre los recogidos llares costras de holln tan
grandes como la palma de la mano; aquel redoblar de los granizos en las
puertas y en las ventanas de la casona; aquel chorreo incesante de los
goteriales del tejado, y aquel fluir de los aguaceros por patios y
corraladas, en regatos espumosos que se despeaban despus por los
declives de afuera buscando el ro que ya no caba en su cauce. Mirbala
yo compasivo algunas veces, y respondame ella con una mirada
melanclica, que pareca significar: Ya est la bonanza ah; ve usted
qu desgraciada soy? Y esto era lo que ms me preocupaba aquella noche,
cuando tanto y de cuenta propia tena en qu emplear la imaginacin
despus de lo ocurrido dos horas antes en el aposento de mi to. No
tiene cosas bien inexplicables la pcara condicin humana? Pero luego se
cambiaron las tornas y las pagu todas juntas, como decirse suele,
porque apenas pegu los ojos en toda la noche, y eso que me haba metido
en la cama bastante descuidado por haber visto a mi to en la suya
durmiendo con la tranquilidad de un mozo. Entonces s que vi con los
pormenores ms nimios, y con toda su luz y su cortejo de premisas,
deducciones y comentarios la escena de aquella tarde! No pude averiguar
si en definitiva, el pensar tanto y tanto en ella me resultaba grato o
me mortificaba: matices haba para todo en el cuadro y en los
pensamientos. Lo cierto fue que, desazonado y nervioso con la batalla de
mis preocupaciones a oscuras, encend la luz, y que no bien la hube
encendido, me acord de los papeles que mi to me haba dado en su
cuarto al despedirnos, y haba guardado yo despus en un cajn de la
cmoda.

--Buen recurso--me dije--, para sobrellevar estas largas horas de
insomnio.

Levantme enseguida, cog los papeles y me volv a la cama, dispuesto a
enterarme de ellos. Los principales eran tres: el testamento de mi to,
un inventario de sus propiedades valoradas en venta y renta, y una
memoria dedicada a m, de letra suya, con los renglones muy torcidos y
bastante emborronada: estaba firmada con fecha posterior a la del
testamento, y muy poco anterior a la de la primera carta que me haba
escrito despus de enfermar.

Empec por el testamento, que era largo y minucioso. Despus de las
mandas piadosas y benficas, que eran muchas, entre ellas una muy
importante relativa a la escuela municipal, haca muy buenos legados a
sus sirvientes, en particular a Facia, a la cual dejaba en propiedad,
amn de su correspondiente legado en dinero, la casera, con tierras y
ganados, en que haba vivido recin casada con el bribn que la enga;
perdonaba todas las deudas a sus convecinos de Tablanca, y las rentas
del ao en que falleciera a los llevadores de sus haciendas, cabaas y
rebaos. Dejaba a mi hermana una finca de dos que posea en la provincia
de Len; y del remanente de su caudal, despus de hechas stas y otras
menos importantes deducciones, me nombraba a m heredero, por ser el
nico varn de la lnea directa de los Ruiz de Bejos.

Puestas las cosas aqu, y sin gran sorpresa ma despus de lo tratado
por la tarde mano a mano con el testador, entr en muy vivos deseos de
conocer el valor aproximado del caudal hereditario. Al fin y al cabo,
qu demonio!, era yo tambin de carne flaca como los dems hombres.
Segn yo lo esperaba, por antecedentes que tena adquiridos de mi padre,
todo el caudal de mi to, para un hombre de su modo de vivir, era muy
considerable; pero para un Ruiz de Bejos de mis usos y costumbres, ya
era cosa muy diferente: mejor dicho, aquel caudal, disfrutado en
Tablanca como le disfrutaba mi to, era una verdadera riqueza; viviendo
como yo viva en Madrid, sin ser manirroto ni mucho menos, me le hubiera
comido en pocos aos. As y todo (a qu negar lo que no desagrada
porque es inherente a la humana contextura?), me sent muy satisfecho
con la herencia, la cual llegara a hacerme el primer hacendado de
Tablanca. A quin le desagrada ser el primero en cualquier parte del
mundo habitado y habitable, por oscura y mnima que ella sea? Valga por
compensacin de esta flaqueza, la mortificacin que senta con los
temores de que no fuera tan desinteresada como yo crea la gratitud
cariosa con que responda mi corazn a las larguezas y distinciones de
mi to.

Su memoria, redactada con el espontneo y agradable desalio que le era
propio, se reduca a exponerme, a grandes rasgos, el armazn de su obra
benfica, llamada por l su deber; los frutos principales de ella; lo
que le costaba aproximadamente cada ao en dinero, porque en paciencia,
no tena calo ni medida, y una relacin de las familias de Tablanca ms
merecedoras, por sus especiales condiciones y virtudes, del amparo y la
estimacin de la casona. Todo aquello me lo declaraba para mi gobierno
solamente. El nico encargo que me haca, y muy encarecido, era el de
procurar que no se desmembrara durante mi vida el patrimonio de los Ruiz
de Bejos que pasaba a mis manos ntegro y tal como l le haba recibido
de las de su padre y ste de las del suyo, ni al heredarme mis hijos, si
llegaba a tenerlos; y si no, que pasara a los de mi hermana con igual
recomendacin para los mismos fines, siempre que fueran compatibles con
las leyes. Por de pronto y para lo de puertas adentro que me dejara
guiar por las indicaciones del prroco don Sabas Pea; y si no viva
ste ya, de la persona que me buscara por su mandato. l no poda
explicarse con mayor claridad all, porque los papeles son cosas
livianas que se lleva el aire fcilmente, y vaya usted a saber en qu
manos van a dar a lo mejor. Despus me nombraba las personas encargadas
de administrarle las fincas que radicaban fuera del valle y de la
provincia, y conclua advirtindome que, como ya se declaraba en el
testamento, a la hora en que escriba aquellos renglones no deba nada a
nadie, como no fuera su alma a Dios, en cuya misericordia confiaba y a
quien peda que hiciera el milagro de que yo sintiera alguna vez el
deseo de dejar los huesos en el campo santo de Tablanca, despus de
haber vivido muchos aos en la casona de los Ruiz de Bejos.

Como los dems papeles, aunque relacionados con el caudal de mi to, no
me ofrecan gran inters, renunci a su detenida lectura por entonces, y
consagr el tiempo que tena bien de sobra a espaciar la imaginacin, a
ojos cerrados, por el campo variadsimo de los sucesos de aquel da. As
me cogi el sueo muy cerca del amanecer. Cuando despert, entraba la
luz en mi gabinete por el cuartern que siempre dejaba entreabierto en
la puerta de la solana. Me pareci que la luz era ms alegre que la que
me haba saludado en idnticos casos durante la ltima quincena, o que
estara el sol ya muy arriba, lo cual no sera extrao por lo tarde que
me haba dormido por la noche. Mir el rel que tena a la cabecera de
la cama, y vi que eran poco ms de las ocho. A pesar de la falta que me
haca dormir un buen rato ms, levantme y abr todo el cuartern. El
poco cielo que vea desde all, estaba raso y azul como un pao de seda,
y el sol baaba ya todos los picachos del Oeste. Relucan las peas y
los troncos y los bardales y los suelos por todas partes, eso s, y se
senta un fro hmedo y pegajoso que llegaba hasta los huesos; pero
estaba risuea y en calma la Naturaleza, y esto levantaba mucho los
nimos.

Pensando ms que en estas cosas en mi to, a quien anhelaba saludar como
todos los das al levantarme (especialmente desde que andaba tan
alicado, y me haba recomendado mucho el mdico la mayor vigilancia
sobre l), y barajando con este sentimiento los recuerdos que se iban
despertando en mi memoria, despach en el aire mis operaciones de
tocador.

Y vamos a ver--decame a mi propio en cuanto me hall dispuesto a salir
del cuarto--, qu cara pongo a mi to despus de lo que ha pasado esta
noche? En qu temple de nimo, en qu estilo he de expresarle lo que
procede? Y cul es lo que procede? Porque l debe dar por hecho que
a estas horas estoy enterado de todo; y en casos tales, un grado menos
de lo justo en la expresin de lo que se siente, desnaturaliza la
seriedad de un papel y hasta pone en ridculo al actor.

Afortunadamente se anticip l mismo a sacarme del atolladero. Sin
responder a la salutacin que le hice en la cocina, adonde haba ido el
infeliz desde la cama, me dijo, porque estbamos solos en aquel momento:

--Como ya habrs ledo los papeles que te entregu ayer tarde, por lo
menos el principal de todos, quiero, y as te lo mando, que no me hables
una palabra ahora ni despus ni nunca, de esos particulares ni de ningn
otro que sea pariente de ellos. Hazte la cuenta de que no ha pasado nada
entre nosotros de dos semanas ac, y atente a ello si deseas darme
gusto. Entendstelo? Pues en la creencia de que s, te digo ahora,
respondiendo a tu pregunta de antes, que he pasado una noche de las
buenas, de las buenas, trastajo! He dormido ms de cuatro horas, y no
he tosido veinte veces.

Por este camino tan cmodo sal del compromiso que tanto me apuraba, y
bien sabe Dios cunto me alegr de ello. Sobre que las resoluciones de
mi to haban de ser irrevocables!... Pero qu malo estaba el pobre, no
obstante la extraordinaria mejora de su espritu! Cmo se iban
conociendo de da en da, en su cuerpo aniquilado, las zarpadas de la
muerte!

Hacia las once de la maana aparecieron en la casona don Pedro Nolasco y
toda su familia, es decir, su hija y su nieta, y fueron recibidos en mi
habitacin, donde tambin haba brasero y nos hallbamos mi to y yo con
Neluco que haba ido a hacerle su visita diaria. Lita llevaba la cabeza
envuelta en una esponjada toquilla de color azul celeste, que realzaba
la frescura de su linda cara sonrosadita por la crudeza del aire
serrano, y todo el cuerpo gentil arrebujado en un chal de lana gris, de
mucho abrigo. Segn entraba y hablaba en su estilo regocijado y
pintoresco, iba destocndose la cabeza y desenvolviendo el airoso cuerpo
con sus giles manos medio cubiertas por mitones rojos de estambre.
Mirndola a ella y mirando al sol que inundaba el valle, tras unos das
tan negros y tan tempestuosos como los recin pasados, yo no s por qu
llegu a ver en la nieta de don Pedro Nolasco, algo as como la paloma
que volva al arca anunciando que haba cesado ya la ira de Dios y que
toda la Naturaleza surga de los abismos de tinieblas purificada de las
culpas e iniquidades de los hombres. Don Pedro Nolasco haca temblar las
paredes con el estruendo de sus ponderaciones de lo recio y de lo crudo
del temporal. No recordaba otro como l de muchos aos atrs. Haba
estado como sin sangre en aquellos das, y no hubo durante ellos lumbre
que alcanzara a meterle en calor. Y bien se conocan, sin que l los
ponderara, los chamuscones que se haba dado, porque apestaba desde
lejos a humo de cocina, y tena la piel como los chorizos curados y
hasta con holln. Mari Pepa no vea motivos para tantas ponderaciones:
aquel temporal haba sido como otros muchos que haban pasado y que
pasaran. Lo nico de l que la mortific verdaderamente, fue el
privarla, y privar a todos los de su casa, de ir a hacer un rato de
compaa a don Celso y ver cmo andaba de salud. Y a eso iban entonces,
aprovechando el primer sol que se vea despus de una quincena de
aguaceros y celleriscas, y sobre todo ello se habl mucho en muy poco
tiempo, quitndose unos a otros la palabra, mientras Lita, corriendo su
silla hacia la ma que estaba alejada del brasero, me contaba, casi al
odo, lo alarmados que estuvieron todos en su casa con las noticias que
Neluco les iba dando de mi to, al pasar por all de vuelta de sus
visitas, y el trabajo que le haba costado a ella disimular la pena que
acababa de sentir al encararse de pronto con don Celso. Qu mortaln
le vea, Virgen y Madre de Dios! Y tras esto, me acos a preguntas: si
coma, si descansaba, si conoca su estado, si me daba mucho que hacer,
si podan ellos hacer algo en alivio nuestro; porque ya se saba que
casa sin mujeres, andaba como Dios quera en los apuros graves. Buena
era Facia, buena era Tona; pero... al cabo, al cabo. Vaya, que no era lo
mismo. Su madre era una gran enfermera, y ella tena buena voluntad; y
cuando llegara el caso, si desgraciadamente llegaba, que no anduviramos
con miramientos que no pegaban bien entre vecinos amigos y hasta
parientes.

Como a lo ms de esto tuve que responder, y la conversacin continuaba
enredndose en el otro grupo con la inagotable verbosidad de Mari Pepa,
y hasta se march Neluco de la visita, porque tena que hacer otras dos
antes de comer, y, sobre todo, porque estaba yo muy a gusto al lado de
aquella criatura tan atractiva, lo tratado entre los dos se fue
enredando tambin poco a poco, hasta extraviarse al fin por derroteros
que ninguna comunicacin directa tena ya con el punto de partida.

Todas las mujeres que yo llevaba tratadas en el mundo, con ms o menos
intimidad, como formadas en un mismo plantel y educadas con unos mismos
fines, salvas muy importantes diferencias plsticas, de esas que tocan
ms al cuerpo que al espritu del observador, me haban dado en
definitiva una suma de semejanzas morales que lleg a parecerse a la
monotona, segn mi manera particular de ver esas cosas; y de aqu, es
decir, de esa condicin ma, de la desgracia o de la fortuna de no haber
sido formada mi naturaleza del mismo barro que la de otros hombres
llamados impresionables la falta de verdadera curiosidad y, por
consiguiente, de hondo inters hacia aquellas mujeres, a pesar de haber
vivido con ellas en continuo trato. Pero el caso de Lita era tan
diferente de los otros casos! Por de pronto, yo encontraba a su lado una
complacencia, una delectacin muy extraa y enteramente nueva para m.
Buscando una comparacin para este sentimiento, venanseme a las mientes
ejemplos muy raros: verbigracia, los lienzos recin lavados y secos, el
heno de las praderas con su fragancia a salud y el agua de las fuentes
rsticas con su pureza transparente. Aspirando la una, podan pasarse
las horas muertas contando las pedrezuelas relucientes del fondo de la
otra. Placer bien primitivo y candoroso ciertamente! Pero era un
placer, al cabo, para quien no haba hallado otro equivalente entre los
refinados artificios del mundo; y por eso sin duda, le daba ya tan alto
precio en aquellas bravas soledades.

Ello fue que la tentacin de contar las pedrezuelas de la fuente me
entr aquel da con doblada fuerza que en otras ocasiones, y que no
pudiendo resistirla, me lanc a la empresa, tomando por pretexto el
temporal pasado, nuestras forzadas encerronas por su culpa, y los que
nos esperaban a las puertas del lugar. Porque yo me preguntaba, viendo,
admirado, aquella criatura de tan equilibrado organismo: pero, seor,
de qu se alimentan esta alma tan regocijada y satisfecha, y esa
cabecita luminosa que irradia los pensamientos sin el estorbo de una
sola nube, en el mismo campo en que yo, hombre atiborrado de lecturas y
de recuerdos, no hallo con qu levantar un poco el espritu en cuanto se
nubla la luz del sol? Qu cantidad de ideas puede haber en ese cerebro,
de qu calidad sern y cmo las ha adquirido? No llegaba yo con mis
preocupaciones de hombre mundano hasta el extremo de creer que no
pudiera llevarse con resignacin la vida desconociendo totalmente la
magia del gran escenario de mis preferencias, porque tena en contra de
este absurdo el ejemplo de Mari Pepa y el de su amiga de Robaco, que
eran el colmo de la felicidad dentro de ese mismo desconocimiento
absoluto, sin contar las rudas y sedentarias labradoras que no saban lo
que era una pesadumbre. Pero Lita era mucho ms que esto, y mucho ms
que su madre y que la hermana de Neluco, con no haber visto mayor
cantidad del mundo, ni bebido las ideas en mejores fuentes que ellas.
Tena unas afinaciones, unas delicadezas de sentido y un alcance de
vista en las honduras de las cosas, aunque tratadas medio en chanza y a
la ligera, que solamente las conceba yo en las inteligencias muy
cultivadas.

El caso fue, repito, que di principio a la investigacin, movido de una
curiosidad muy grande; pero teniendo buen cuidado por acomodarme en lo
posible a las naturales condiciones del terreno, de allanarme yo mismo
al nivel de lo ms sencillo y rudimentario: casi, casi, me introduje en
su conciencia por las puertas aprendidas en la infancia en el catecismo
del Padre Astete. Sitios por donde haba andado, ocupaciones que haba
tenido. En sustancia, de eso vinimos a tratar en los comienzos de mi
labor. De lo primero no supe ms que lo que ya saba por Neluco Celis:
un mundo de cuatro leguas, escasas, a la redonda de Tablanca; dos o tres
familias del pelaje de la suya, esparcidas por l; dos ferias cada
primavera, si el invierno no haba sido muy largo, y tres o cuatro
romeras en el transcurso de cada verano. Deseaba ver algo ms que eso?
Psh!... por desear propiamente, no. Ahora, alegrarse de tener ocasin
de conocerlo un poco, puede que s, porque a nadie le amarga un dulce;
pero de todas suertes, a ella se le figuraba que no haba de encontrarse
a gusto entre tanto y tan pomposo revoltijo. Una amiga suya, de ms
all del Puerto, la mandaba algunas veces un peridico de modas que ella
reciba cada semana: por los dibujos y las explicaciones de ese papel,
estaba al tanto de cmo se vestan las seoras para ir a las grandes
fiestas y al paseo. Virgen la mi madre, cunto dinero deban de
gastar en esas galas y diversiones, y qu mal la sentaran a ella tantos
lujos, avezada a las pobrezas de una aldeca monts y qu avergonzada se
vera en aquellos festivales tan resplandecientes, debajo de unos
perifollos que no sabra manejar!... Quita, quita! Bien se est San
Pedro en Roma. Algo ms que las estampas de aquellas seoras, la
entretenan en el papel unos dibujos de labores que se hacan fcilmente
y sin costar mucho dinero. De sas haba ido llenando la casa. Tambin
haba aprendido en el mismo papel a cortarse los vestidos y chaquetas.
Qu mejores entretenimientos para pasar horas sobrantes? Porque cuando
no tena labor para s propia o para los de su casa, se la daban bien
abundante la mitad de las mozas de Tablanca. Como ella no saba
negarse, y las otras pobres no conocan otro refugio cuando se trataba
de las galas domingueras!... Pero qu curiosn era yo, Virgen de las
Nieves! Si querra burlarme de ella? Por qu la preguntaba esas
cosas, ni qu podan importarme a m, que tanto haba visto por el mundo
y conocera a tantas damas de las lujosas del papel? Ya contaba yo con
esta salida de los carriles del asunto, lugar comn de toda clase de
interlocutoras en dilogos por el estilo: pura modestia. Cmo no haba
de interesarme a m, ms que todo lo que llevaba visto de lo que hay y
se ve en todas partes, aquel hallazgo tan lindo y tan nuevo, donde menos
se poda esperar? No eran adulaciones ni cortesanas de madrileo
estas palabras: poda jurrselo, y esperaba ser credo sin que ella me
pusiera en un extremo tan desfavorable para mi formalidad. En esa
confianza, lejos de enmendarme, reincida en el supuesto pecado, y a la
prueba si no. Lecturas. Cules eran las que ms la gustaban? Qu
libros haba ledo?... Libros ella!... Si yo me refera a los que se
usaban ahora. No pasaban de tres: dos que le haba prestado la amiga del
papel de modas, y otro que haba trado su padre de Andaluca. Los de la
amiga trataban de amoros muy tiernos que la pusieron algo triste,
porque le daba lstima de los pobres enamorados: en los dos libros se
vean y se deseaban las parejas de novios para salirse con la suya. El
libro de su padre tena estampas, y era una historia de bandoleros que
robaban y mataban y eran al mismo tiempo muy blandos y muy nobles de
corazn. Eso no lo poda entender ella bien... Pues estos libros y los
de casa eran los nicos que haba ledo en toda su vida. Y cules eran
los de casa? Pues uno muy grande y muy antiguo de _Cartas_ de Santa
Teresa, que ya se le saba de memoria; el _Ao Cristiano_, que lea en
alta voz su madre todas las noches por el captulo del santo
correspondiente al da; la _Gua de pecadores_, que su abuelo lea del
mismo modo de vez en cuando, y de tal arte, que la llenaba de espanto y
no la dejaba dormir con sosiego despus, en media semana; y, por ltimo,
_Don Quijote de la Mancha_. ste le lea ella sola para s, aunque
salteando algo la lectura, porque muchas cosas que haba all no eran
para gustadas de pronto por una mujer tan ruda como ella. Sobre la
calidad de las personas de su trato, ya me haba dicho lo principal; el
resto, a la vista lo tena.... Pero, Seor de los cielos--volva a
decirme--, ni aunque estuviera obligada a confesarme con ust!

Y de este gnero eran todas las pedrezuelas que fui contando y
estudiando en el fondo de aquella fuente cristalina y tentadora. Yo
comprenda que con ello solo pudiera Lita conformarse y vivir alegre sin
desear otra cosa mejor (mejor segn mi criterio), y que con una
travesura natural y una inteligencia tan clara como las suyas, se
pudiera llegar hasta el disimulo de muy apremiantes deseos; pero aquel
arte delicado con que manejaba la escasez de sus recursos exteriores,
dnde le haba aprendido? Cmo podan concebirse tantos y tan variados
registros en una mquina tan simple? Este era el caso extrao para m.

Pero qu majadero soy!--me dije de pronto, al sentir el paso de un
recuerdo por mi memoria--, qu ms escuela ni qu ms libros necesita
que Neluco?

Sent tambin remordimientos de conciencia, como si estuviera poniendo
mis manos en el tesoro de un amigo, y me apresur a dar un tajo a la
conversacin, llevando enseguida los restos de ella hacia la otra que ya
estaba en la agona por falta de materia o por sobra de cansancio entre
los interlocutores.

Marchronse poco despus los visitantes, dejando a mi to muy fatigado
con la conversacin en que haba tomado, por rebeldas de su
temperamento, ms parte de la que debiera, y yo llev mi cortesa en
aquella ocasin al extremo de acompaar a la familia de don Pedro
Nolasco hasta el pedregal en que empieza a descender la cambera hacia el
pueblo. Qu graciosamente pisaba Lita con sus primorosas almadreas, y
con qu donaire se recoga los pliegues airosos de su vestido, que
apenas dejaban ver dos dedos de media blanca sobre el ancho y peludo
ribete de las zapatillas!

Por la noche me dijo Chisco asaltndome en el pasadizo que segua yo
para ir a la cocina, de la cual sala l:

--No tena ust ganas de probarse un pocu en algu de caza mayor?

Respondle que s, temblando sin saber por qu, y aadi:

--Pos a la manu tien la proporcin de eyu.

--Explcate--le dije algo nervioso, sin duda por el exceso de mi
curiosidad.

--Se ha vistu el osu.

--En dnde?

--Encima del mesmu rejoyn del Salgueru: a hora y media de aqu.

--Bien; pero... de paso.

--Qui! no, seor: encuevndose.

--Conque... encuevndose... Y quin le ha visto?

--Chorcus, esta maana, viniendo del invernal de Picachus.

--Est bien seguro de haberle visto?

--Como yo de que estoy vindole a ust ahora mesmu; y el oju suyu no
falla pa esas visualis, ni el golfatu tampoco, porque lu tien de sagesu
finu.

--Corriente... y qu pensis hacer?

--Pos salir los dos de madrug a dale los genos das.

--Solos?

--Y pa qu ms? No ser la primer vez... Pero como ust me tena
alvertiu de tiempus atrs que si se presentara una proporcin de esas,
la aprovechara con gustu...

--Tienes razn, y has hecho muy bien en avisarme... Vaya si te lo
agradezco!... hasta por la reserva con que lo haces, sin duda para que
no se entere mi to. No es verdad?

--Muchu que lo es... como que por eso iba a buscali a ust a su mesma
sala, cuando le he alcontrau en el caminu... pa que no se enteri el amu
que est en la cocina!... Porque el recau no me lo dio Pitu hasta jaz un
cuartu de hora.

--Perfectamente... Pues la palabra es palabra; y si la salud de mi to
lo permite, ir con vosotros con muchsimo gusto, ya lo creo! Pero
entendmonos: cunto durar esa expedicin?... porque yo no puedo
dejarle mucho tiempo solo.

--Ni yo tampoco faltar de casa ms de lo regular. Aunque pa la amaanza
del ganau, ya deju quien jaga mis vecis... Ust cuenti por seguru que,
enterus o en peazus, estamus de gelta pa la hora de comer.

--Qu cosas tienes, hombre!... Conque enteros o en pedazos, como si
fuera tan arriesgado el lance!

--No es de bodas propiamenti; pero claru est que el dichu fue slu por
decir. Tocanti a lo dems, si tien ust el menor... vamus... el menor
recelu por la bestia, que no deja de imponer un pocu la primera vez... y
tamin las siguientis, no venga, que compromisu de eyu no hay firmau.

Me toc en lo vivo la salvedad del mozn, que no estaba fuera de lo
prudente ni dejaba de venir al caso, y me la ech de terne,
preguntndole con bro bastante forzado:

--Qu armas hay que llevar?

--Pos la escopeta con cartuchu de bala, y gen acopiu de eyus; el
cochilln de monti por si es casu...

--Crees que podr hacer falta, eh?

--A m me ha prestau gen serviciu ms de una vez... y llvisi tamin
esi cachorriyu de muchus tirus, que no s cmo le yaman ustis.

--El revlver?

--Esi mesmu.

--Y nada ms?

--Y gen oju y mejor pulsu.

--Pero, hombre... me parece a m que para una bestia sola, siendo tres
los cazadores, no se necesita tanto arsenal...

--Si estuviera sola propiamenti, con el primer tiru le bastaba, si era
mu; pero como est encuev, vaya ust a saber!... Hay que mirar las
cosas.

--En resumen, canario! vosotros vais con alguna confianza?

--Y si no la yevramus, no juramus.

--Pues maana, cuando sea hora de emprender la marcha, entras en mi
cuarto; y si estoy dormido, me despiertas. Te prometo que si no tiene
novedad mi to, ir con vosotros; pero si desgraciadamente la tuviera...
ya ves t... Conque hasta maana.

Yo no s qu cara pondra Chisco oyndome hablar as, porque en el
pasadizo donde estbamos conversando a media voz, no se vea la mano
delante. No s ms, sino que carraspe un poquito y que, sin aadir una
sola palabra a las mas, ech a andar hacia la escalera, mientras yo me
diriga a la cocina donde se oan ya los parleteos de los primeros
tertulianos.




XX


Virgen santa, qu noche pas! Antes de acostarme le haba dicho a mi
to que si l se encontraba bien y no me necesitaba para alguna cosa,
pensaba madrugar y subir a la montaa con Chisco para estirar un poco
las piernas y quemar algunos cartuchos, si haba ocasin de ello.

El pobre hombre, que se recreaba en hacerme agradable o, por lo menos,
llevadera la carga de mi destierro, aplaudi con toda su alma mi
propsito, cundo hubiera dado yo algo bueno porque me le quitara de la
cabeza con un par de razones transmisibles decentemente a Chisco por
m! No lo poda remediar: el compromiso adquirido con l para el da
siguiente, me inquietaba mucho; y al verme solo en mi aposento despus
de dejar en el suyo a mi to, cuya condescendencia a mis declarados
propsitos me haba parecido algo como firma de juez al pie de una
sentencia de muerte, me inquiet mucho ms; y cuando metido ya en la
cama, despus de preparado el arsenal que me haba recomendado Chisco
para la batalla, me qued a oscuras, la inquietud anduvo rayando con la
fiebre. Y yo creo que el caso no era para menos. Dgasele a un hombre de
las ciudades, hecho a todas las molicies de una vida regalona: vas a
vrtelas mano a mano con una bestia de las ms feroces y temibles, en el
fondo de una caverna del monte, expuesto a que la fiera no est sola y
necesites defenderte de otra o de otras del mismo linaje; y a ver qu
carnes se le ponen a ese sujeto, por templado que sea. Cierto que Chisco
y su camarada haban de llevar la mayor parte en el empeo brutal, y que
ya no eran nuevos para ellos esos lances terribles; pero al cabo eran
dos rudos montaeses con ms corazn que entendimiento, sobre todo Pito
Salces, que no tena sentido comn; y vistas las cosas por este lado,
haba mucho y muy grave que temer, racionalmente pensando.

Pues en cuanto me qued dormido, qu sueos! Manadas de osos por todas
partes, y osos de todos tamaos y colores; y por remate de estas
visiones, una caverna tremebunda llena de ellos: tres de los ms lanudos
y graves, sentados en una pea del fondo; los dems, en apretada masa,
ocupando todo el mbito hasta la boca de entrada, menos un espacio muy
reducido entre la primera fila de la masa y los tres animalotes de la
pea. En este espacio estaba yo, que era el reo en aquella especie de
juicio oral, y an quedaba junto a la pea y casi enfrente de m el
hueco suficiente para otro oso descomunal que se entretena en afilar
las uas en un canto gordo del suelo, mientras se pasaba la lengua por
los hocicos y me miraba con ojos sanguinolentos balanceando la cabeza.
Aquel oso era el verdugo de all, que esperaba a que los jueces dieran
el berrido que me condenaba a muerte, para zamparse una buena racin de
mis pedazos y arrojar los restantes a la muchedumbre que ya se haba
comido a Chisco y a Pito Salces, con escopetas y todo. Bien empleado les
estaba, por andarse en guapezas temerarias con aquellos animales que no
se haban metido con nosotros.

Intentando estaba el ltimo esfuerzo sobrehumano para hacerme entender
de aquel fiero tribunal, cuando me arrancaron de las garras del sueo
unas cuantas sacudidas de Chisco que acababa de entrar en mi cuarto.
Pues con verme as libre de tan angustiosa pesadilla, an hall cierta
semejanza entre mi despertar y el del reo en capilla por la llegada del
verdugo para vestirle la hopa.

Amaneca ya, y, por las trazas, un da de los ms esplendorosos y
templados que podan concebirse en aquella estacin y en aquel pueblo.
Por esta puerta no haba escape, y me vest con la resolucin de un
hroe; pero no me ech encima el armamento sin saber antes cmo haba
pasado la noche mi to, que de seguro estaba ya despierto, si no
levantado, segn su costumbre de madrugar tanto como el sol mientras le
quedaran fuerzas bastantes para arrojar sus huesos de la cama. Me dirig
en el acto a su habitacin, por las rendijas de cuya puerta se vea luz.
Llam, y en seguida o su voz que me mandaba entrar. Que Dios me
perdone si en algn rinconcillo de los ms obscuros y remotos de mi
corazn, se ocultaba un germen siquiera de inconsciente deseo de hallar
en la salud del pobre hombre algn ligero trastorno que justificara en
m una resolucin terminante de no salir de casa por entonces!

Tan ricamente haba pasado la noche y tan animado le hall acabando de
rezar sus oraciones acostumbradas, que me cost mucho trabajo reducirle
a que no me acompaara hasta el portal. En vista de ello, despedme
hasta el medioda, y me volv a mi cuarto donde me aguardaba Chisco... y
el caf caliente, con tostadas, que por encargo del mozn me haba
preparado Tona... En fin, que media hora despus estbamos Chisco y yo,
armados hasta los dientes, en el portal, donde Pito Salces, con su
espingarda al hombro y una perruca faldera al lado, entretena sus
impaciencias oliscando a Tona en sus trajines de arriba.

Solt Chisco el _Canelo_ que ya lata en su perrera, olindose lo que se
estaba fraguando entre nosotros, y me mostr su regocijo, al verse
libre, ponindome las manos sobre el pecho... y a riesgo de perder el
equilibrio con la fuerza de sus cariosas demostraciones.

Andando ya monte arriba, me declar Chisco, en respuesta a una
insinuacin ma, que no haban querido, l y Chorcos, enterar a nadie
ms que a m del hallazgo del oso, porque tal como se presentaba el
lance, era cosa curriente y a can posau... y cuantos menos bultos,
ms claridad. No era yo de su parecer, y crea que, cuando menos, la
compaa, por ejemplo, de don Sabas, nos hubiera venido de perlas. Que
no y que no, y que ellos saban muy bien lo que se pensaban. No dije una
palabra ms sobre el caso.

Tampoco tena duda para mis acompaantes que el animalote aqul deba
haberse dado, durante el temporal, la gran vida en su refugio, porque
harto lo parlaban el esqueleto fresco y casi mondo de una yegua, visto
por Pepazos en una rejoy de las cercanas de la cueva, y una
becerruca extraviada de la cabaa, al ir al abrevadero desde el invernal
de Escajales, que no haba vuelto a aparecer. Era, por ms seas, de
Maquileros, un vecino del Tarumbo. De manera que se trataba de un oso
cebado en carne fresca y a qu quieres, boca. Excelente ocasin la de
nuestra visita para afinar el apetito de su merced!

Enlazado naturalmente con esta conversacin, vino el plan de ataque a la
fiera en su misma guarida despus de cerciorados nosotros de que estaba
en ella. La cosa no poda ser ms fcil, tal como la ponan los dos
cazadores que conocan a palmos la cueva y sus inmediaciones. Tambin se
discurri sobre la eventualidad de que su merced hubiera salido de paseo
o en busca de provisiones al llegar nosotros a su casa, en la cual
habra seales infalibles de su modo de vivir y de la mayor o menor
frecuencia con que la abandonaba. Pero si haba familia en el domicilio,
como era tambin de creerse, seran muy contados los ratos que faltara
de l la madre... u el padre. De modo que resultaban posibles contra
nosotros tres, en aquel desatinado empeo, dos osos, sin contar la
prole, que poda ser abundante y talludita. Por supuesto que me guardaba
muy bien de apuntar estas observaciones que se me iban ocurriendo a
medida que hablaban los dos mozallones: tena empeado mi amor propio en
aquella empresa, y no quera que se interpretaran mis razones de sentido
comn, por seales de encogimiento.

Despus vinieron los consejos y las instrucciones para m, que jams me
haba visto en otra. Me parecan muy bien, slo que todos ellos se
fundaban en una misma base: la serenidad y el buen pulso. Como si estas
pequeeces se llevaran, en lances tan peliagudos, en el morral de las
provisiones o en el cinto de la cartuchera! Acordbame yo entonces, de
algo semejante que haba visto en una piececita francesa muy graciosa.
Cierto mercader de pieles se presenta en una aldehuela del Pirineo con
un buen acopio de ellas, adquirido en Argel: por esto, y por llevar los
fardos y las maletas determinadas iniciales, y por algo que l dice
sobre el clima africano y las caceras en aquellas selvas, tmanle los
sencillos aldeanos, que eran muy aficionados a la caza, por un famoso
matador de leones. Djase correr l que lo ha notado, porque le tiene
cuenta la equivocacin para sus fines mercantiles, y comienza el asedio
de preguntas de aquellos admiradores entusiastas del pernclito francs.
Pero, vamos a ver--llegan a preguntarle--, cmo puede un hombre
ponerse cara a cara con un len y atreverse a soltarle un tiro? A lo
que responde muy sosegadamente el peletero: De la manera ms sencilla.
No se han visto ustedes alguna vez cara a cara con una liebre? Pues
imagnense, en cuanto estn delante del len, que el len es una
liebre... y no hay ms. Efectivamente--replica el menos optimista de
los preguntantes, rascndose la cabeza--; slo que me parece un poco
difcil hacer esas suposiciones delante del len.

La montaa, desde que yo no andaba por ella, haba cambiado mucho de
aspecto: los robledales que dej bastante bien vestidos todava, aunque
con el ropaje mustio y amarillento, se hallaban completamente desnudos,
y lo mismo les pasaba a las hayas y a los arbustos de hoja mudable. El
suelo estaba deslavado; la yerba de las braas, tendida y atusada como
el pelo de una cabeza recin sacada del agua, y era cada hondonada un
torrente. Segn bamos ganando altura, encontrbamos ms a menudo
grandes placas o tresechones de granizo congelado en las laderas
sombras, y desde los picos de Europa hasta los de Sejos, todas las
cumbres que se alcanzaban a ver estaban cubiertas de nieve, en la que
centelleaba el sol al herirla de frente con sus rayos.

As era el aire ambiente, fro y cortante como una navaja de afeitar.
Pues con todo ello y con lo penoso que era de andar el camino que
llevbamos, por lo resbaladizo del suelo y la multitud de obstculos que
nos oponan los desbordados arroyos, no me iba pareciendo largo. Puede
que consistiera esto en las pocas ganas que yo tena de llegar al fin de
nuestro viaje; porque desde luego no consista en lo divertido de mi
conversacin con los dos mozones ni en los extremos de regocijo a que se
entregaba Chorcos a cada instante, como si fuera a sus propias bodas.
Tal era su irracional inquietud, que andaba dos o tres veces el camino,
igual que los perros que iban con nosotros. Intentando pararle los pies
un poco, pero muy principalmente lanzar la conversacin a otro terreno
ms agradable, solt entre ambos el tema de sus amoros con las
respectivas mozonas. Pito acudi a mi llamada como un mastn a la mano
que le ofrece medio pernil. Chisco, que caminaba a mi lado sin perder el
comps de sus aplomados movimientos, apenas dej descubrir en una mirada
sosona y descolorida, que se haba enterado de la alusin. Chorcos me
declar sin ambages que estaba amerluzan del too por la criada de mi
to; la tena en las telucas de los ojos y meta de patas en el
corazn. Vamos, puches!, que si no se sala con la suya, no saba lo
que sera de l. Ella, hasta la presente, no le haba dicho que no...
ni tampoco que s; verdad que l, por su parte, no haba sido todo lo
claro que deba de ser... Puches, lo que le encoga el respeto en
cuanto se vea a la vera de ella! Pero la madre... y don Celso... y la
cara que la mesma Tona le pona a lo mejor... y pu que por verle tan
acobardao!... De toas suertes, puches!, Tona era Tona, y l acabara
por salirse con la suya, o por ajuegarse de hipu amorosu, pero no con el
udo del pasapn...

Era lo mismo, _plus minusve_, que ya me haba dicho otras dos veces
andando conmigo por los montes. De manera que en aquellas fechas no
haba adelantado su negocio un solo paso.

Tampoco el de Chisco, segn ste me confes muy sereno, y eso que le
tena algo ms adelantado que Pito Salces el suyo. Tanasia haba llegado
a decirle claramente que por su parte, s, y de aqu no intentaba pasar
el de Robaco, porque saba que el Topero le rechazaba por no ser de
Tablanca y por ser pobre, dos cosas que l no poda remediar. Acordme
yo entonces de que la segunda tena remedio en el testamento de mi to,
y le dije:

--Es verdad que la primera es irremediable; pero la segunda por qu ha
de serlo, Chisco? A lo mejor amanece por lo ms obscuro... o si no suben
los muladares, bjanse los adarves, y all salen los unos con los otros
en altura.

--Psh--me contest encogindose de hombros--, y, por ltimo, que se
queden las cosas como estn. A m no me ajondan tantu como a Pitu esus
malis en la entraa. No val Tanasia menos que Tona; pero tan rog, tan
rog, se van quitando pocu a pocu las ganas de eya... y tamin, esu de
que le pongan a unu en puja y en remati con un jastial como Pepazus...
vamus, que jaz mal estmagu... Y, en finiquitu, el gey sueltu bien se
lambe, y pu que sean permisin de Dios esos trompiezus, pa librarme en
el da de maana de otrus que me descalabraran pa toos los das de mi
vida... Dende que tuvi dientis pa royeli, estoy ganandu el pan en casa
ajena, y no me ha idu mal as. A qu apurase un hombre por cambiar de
suerti cuando no sabi lo que han de dali por lo que deja?

Con estas filosofas de Chisco y las intemperancias de Pito Salces,
acabamos de subir una ladera de suelo escurridizo, y nos vimos al
comienzo de una ancha sierra que descenda en suaves ondulaciones hacia
nuestra izquierda. Atajbala por all el frontispicio pedregoso de un
alto monte que la dominaba en toda su longitud, y estaba separado de
ella por una barranca. Sobre sta se alzaba, y como al medio de aquel
perfil de la sierra, un pen blanquecino que pareca la capucha, vista
por detrs, de un manto de titanes, pardo obscuro, extendido all para
secarse a los rayos del sol que iluminaba toda la vasta superficie.

A la derecha del pen comenzaba una mancha verdinegra, como de monte
bajo, que desapareca pronto en las sombras de la barranca; y a la
izquierda, un pedregal de poco relieve entretejido de malezas.

Apuntando al pen me dijo Pito Salces en cuanto nos vimos en la sierra,
porque Chisco ya lo saba por serle bien conocido el escenario:

--Ay est la cueva aonde vamus.

Me temblaron las carnes. Y luego aadi apuntando al perfil ms elevado
de la sierra, hacia nuestra derecha y refirindose al oso:

--Bajandu de ay y como dende la met del caminu hasta onde nos jayamus
nusotrus, lu vi ayer. Sala de aqueyus carrascalis y se jue por delanti
del peascu onde est la boca de la cueva; y no pas al lau de ac, ni
se golvi por el otru, porque yo no apart el oju de ay mientras anduve
a gen pasu el caminu, ni en la media hora larga que aqu mesmu estuvi
parau.

Chisco, sin decir una palabra, at el _Canelo_ con un cordel que llevaba
liado a la cintura, y mand a Chorcos que hiciera otro tanto con la
perruca, antojndoseme a m que haba ledo en la actitud sobresaltada
de aquellos nobles animales, la confirmacin de los supuestos de Pito,
al cual advirti, con la amenaza de amarrarle a l tambin si no tomaba
en serio la advertencia, que no hiciera cosa alguna sin que se la
mandaran hacer.

Con todos aquellos preparativos y mandatos, y muy singularmente con lo
raso y desamparado de la extensin que haba entre el peasco y
nosotros, acab de amilanarme. No era una barbaridad asaltar a pecho
descubierto la guarida de una fiera? Se lo dije a Chisco y me respondi,
muy secamente, que no, aadindome que lo importante era que no le
faltara a nadie la serenidad: en tenindola, todo lo dems corra de
cuenta de l.

La alusin no poda ser ms directa a m, porque Pito, de tan bruto como
era, pecaba precisamente por el extremo contrario. Entendla, dolime,
hice de tripas corazn, y dije al de Robaco:

--Por donde vaya otro hombre, ir yo: tenlo entendido as.

--Pos con eyu basta--replicme--, y pechu al agua cuantu antis.

Se hizo una breve inspeccin de armas y municiones. De las primeras no
llevaban los dos montaeses ms que las escopetonas y unos cuchillos
enormes, cuyas empuaduras, de asta de ciervo, asomaban por encima de
los ceidores de sus cinturas. Los cartuchos con bala, toscamente
preparados la noche antes por ellos mismos, los llevaban sueltos en los
bolsillos del lstico, y los pistones a granel en las faltriqueras del
pantaln: todo seguro y a la mano, como ellos decan. Yo les sacaba de
ventaja el revlver y un can en la escopeta.

--Nunca dispari los dos a un tiempu--me recomend Chisco--, y guardi el
segundu pa si convien repetir en mejor sitiu, sin quitar el arma de la
cara.

Fuera por haberme echado la cuenta del perdido, o porque hubiera
realmente causa racional para ello, es lo cierto que llegu a tener gran
confianza en la imperturbable serenidad de Chisco, y que no fui el
ltimo en romper a andar hacia la pea cuando ste dio la orden en estas
palabras solemnes, despus de santiguarse:

--A la mano de Dios!

Bajbamos los tres en ala y a buen andar, con los perros atados muy en
corto, porque a medida que nos acercbamos al peasco, costaba mucho
trabajo contenerlos, y mucho mayor acallar sus latidos. Era plan
acordado ya atacar a la fiera en su guarida, entrando por el lado
izquierdo de la boca, y no convena que los perros se nos anticiparan,
por razones, que se haban discutido tambin.

Cerca, muy cerca ya del peasco, el _Canelo_ arrastraba materialmente a
Chisco, que tiraba de l con todas sus fuerzas en sentido contrario, y
ni amordazndole con una mano poda hacerle callar. La perruca faldera
lata y vociferaba tambin, a su modo, y zarandeaba el cordel que la
sujetaba a la manaza de Pito; pero temblaba mucho... aunque no tanto
como yo. Era indudable que la fiera estaba en su guarida Nos habra
odo ya? Saldra a recibimos a la puerta? Pero, a todo esto, dnde
estaba la puerta?

Al hacerme yo esta pregunta mentalmente, fue cuando Chisco se adelant a
Pito y a m; y con encargo de que me colocara el ltimo de los tres,
comenz a andar con mucha cautela y muy arrimado al peasco, lo poco que
nos faltaba de camino hasta la orilla de la quebrada. _Canelo_ iba
delante de l, loco de inquietud, olfateando en el suelo y en el aire,
batindose los ijares con el rabo y con medio palmo de lengua fuera de
la boca cuando no lata. Chorcos no estaba menos sobreexcitado que el
sabueso, y segua a Chisco pisndole casi los tarugos traseros de sus
abarcas. Canelo desapareci pronto al otro lado de la pea, y Chisco,
despus de detenerse unos instantes a observar desde la esquina, hzonos
seas de que podamos seguirle, y desapareci tambin. Entonces al
avanzar nosotros, fue cuando pude yo darme la respuesta a la pregunta
que me haba hecho poco antes: dnde estaba la boca de la caverna?

Dios eterno, qu cmulo de barbaridades las de aquel da! Pues la boca
estaba en un tajo de la pea, casi a pico, sobre el barranco. De modo
que vena a ser la cueva como la buhardilla de una casa muy alta, muy
alta!, a la cual buhardilla hubiera que entrar por la ventana, andando
por la cornisa de la fachada correspondiente. Salvo que la cornisa de la
pea tendra como cinco pies de anchura y un festn de jaramagos por
afuera que velaba un poco la visin aterradora del abismo, la
comparacin es exactsima.

Por aquella cornisa, que corra hasta perderse en el carrascal del otro
lado de la cueva, vi pasar a Chisco y a su perro, a Pito Salces detrs
de su perruca faldera, y cmo iban desapareciendo, uno a uno, en el
antro tenebroso los hombres y los animales, despus de muy leves
precauciones del mozn de Robaco.

No ofreca grandes dificultades a mi paso aquel camino cuya longitud no
excedera de quince o veinte varas; pero la consideracin racionalsima
de lo que bamos a hacer despus de recorrerle, sin otra retirada que el
abismo en el caso muy posible de salir escapados de la cueva, si no
quedbamos hechos jigote all dentro, clav mis pies en el suelo a los
primeros pasos que di sobre l. Vi todo lo brutalmente temerario que
haba en nuestra empresa desatinada, y form serio propsito de volverme
atrs. Pero Chisco y Pito Salces se haban sumido ya en la caverna; y
aunque temerarios y muy brutos los dos, no era honrado ni decente
dejarlos sin su ayuda un hombre que acababa de prometerles ir tan all
como fuera otro.

Duraron muy pocos instantes estas vacilaciones mas; y cerrando los ojos
de la inteligencia a todo razonamiento de sentido comn, es decir,
bajndome al nivel de aquellos dos brbaros, avanc resuelto por la
cornisa y llegu a la boca de la cueva, dentro de la cual latan
desesperadamente los dos perros, y me hall a Chisco y a su camarada
disponiendo el plan de ataque. La cueva, como ya saba yo por
referencias de los dos mozos que la conocan muy bien, tena dos senos:
el primero, a la entrada, era espacioso y no muy alto de bveda, con el
suelo bastante ms bajo que el umbral de la puerta, muy escabroso y en
declive muy pronunciado hacia el muro del fondo, en el cual se vea la
boca del otro seno o gabinete de aquel saln de recibir. Ola all a
stano y a musgo y a perrera... y a hombres escabechados. No tena ya
duda para Chisco que era la seora, es decir, la osa, lo que rezongaba
en el fondo del antro invisible, respondiendo al latir desesperado de
los perros; y la seora con su prole, porque sin este cuidado amoroso,
ya hubiera salido al estrado para hacernos los honores de la casa. En
este convencimiento, se trat en breves palabras, casi por seas, porque
no haba instante que perder, de si sera ms conveniente soltar la
perruca que el sabueso; y acordado lo primero, el brbaro de Pito, sin
or otras razones, se fue hasta la boca del antro en el cual meti la
cabeza al mismo tiempo que a la perruca. sta haba desaparecido, algo
vacilante e indecisa, hacia la derecha; y no s cul fue primero, si el
desaparecer la perruca all dentro, o el orse dos chillidos angustiosos
y un bramido tremebundo, o el retroceder Pito cuatro pasos del boquern,
exclamando hacia nosotros (yo creo que con regocijo), pero con el arma
preparada:

--Cristo Dios!... Vos digo que aqueyus no son ojus: son dos brasales!

Comprendi Chisco al punto de qu se trataba; solt el sabueso y me
mand a m que me quedara donde estaba (es decir, como al primer tercio
de la cueva, muy cerca del muro de la derecha), pero con el arma lista,
aunque sin disparar antes que ellos dos, y avanz l hasta colocarse en
la misma lnea de Chorcos, de manera que sus tiros se cruzaran en ngulo
bastante abierto en el centro del boquern del fondo.

Como toda la prudencia y la reflexin que poda esperarse de aquellos
dos rudos montaeses haba que buscarla en Chisco, yo no apartaba mis
ojos de l, y no poda menos de admirarme al observar que ni en aquel
trance de prueba se alteraba la perfecta regularidad de su continente:
su mirada era firme, serena y fra, como de ordinario; su color el mismo
de siempre, y no haba un msculo ni una seal en todo su cuerpo que
delatara en su corazn un latido ms de los normales; al revs de Pito
Salces, que no caba en su ropa, no por miedo seguramente, sino por el
deleite brutal que para l tenan aquellos lances.

Tomando yo por gua de mi anhelante curiosidad la mirada de Chisco, y
sin dejar de or los ladridos de _Canelo_ apenas metido ste en la
covacha, pronto le vi retroceder, pero dando cara al enemigo con las
cuatro patas muy abiertas, la cabeza levantada y casi tocando el suelo
con el vientre. Lo que le obligaba a caminar as no era difcil de
adivinar: tras l vena la fiera gruendo y rezongando; y al asomar al
boquern, no me impidi el fro nervioso que corri por todo mi cuerpo,
estimar la exactitud con que Pito haba calificado el lucir de los ojos
de aquel animalazo: realmente centelleaban entre los mechones lanudos de
sus cuencas, como las ascuas en la oscuridad. La presencia nuestra le
contuvo unos instantes en el umbral de la caverna; pero rehacindose
enseguida, avanz dos pasos, menospreciando las protestas de _Canelo_, y
se incorpor sobre sus patas traseras, dando al mismo tiempo un berrido
y alzando las manos hasta cerca del hocico, como si exclamara:

--Pero estos hombres que se atreven a tanto, son mucho ms brutos que
yo!

Al ver que se incorporaba la fiera, dijo a Pito Salces Chisco:

--T al oju; yo al corazn... Ests? Pues... a una!

Sonaron dos estampidos; bati la bestia el aire con los brazos que an
no haba tenido tiempo de bajar; abri la boca descomunal, lanzando otro
bramido ms tremendo que el primero; dio un par de vueltas sobre las
patas, como cuando bailan en las plazas los esclavos de su especie, y
cay redonda en mitad de la cueva con la cabeza hacia m. Corr yo
entonces a rematarla con otro tiro de mi escopeta; pero me detuvo
Chisco, dicindome mientras cargaba apresurado la suya igual que haca
Pito por su parte:

--Guarde esas balas por lo que puede suceder de prontu. Pa lo que ust
desea jacer, con el cachorriyu sobra.

No me halagaba mucho aquel papel de cachetero que se me conceda y casi
por caridad; pero con el deseo de poner algo de mi parte en aquella
empresa feroz tan pronta y felizmente rematada, aceptle de buen grado,
y hasta sent muy grande complacencia en ver que con un baln de mi
revlver encajado en el odo de la osa, la haba producido yo las
ltimas convulsiones de la muerte. Y algo era algo, y otra vez sera
ms.

Pito silbaba y pataleaba de gusto en derredor de la fiera mientras
cargaban su espingarda. Chisco no se daba todava por satisfecho, a
juzgar por lo receloso de sus aires.

Qu quedaba all por hacer? Lo que hizo Chorcos enseguida con su
irreflexin de siempre; llamar a _Canelo_ y meterse con l en la cueva
desalojada por la osa. Puches! haba que acabar igualmente con las
cras... y saber lo que haba sido de la perruca, que ni sala ni
agullaba... Bueno estaba de entender el caso; pero haba que verlo,
puches!

Por mucha prisa que se dio Chisco en seguir a su camarada para
acompaarle, no habiendo podido contenerle con razonamientos, cuando
lleg al boquern ya volva Pito con la perruca faldera abierta en canal
en una mano, en la otra un osezno como un botijo, y la escopeta debajo
del brazo. Dijo que quedaban otros dos como l, y se volvi a buscarlos,
despus de arrojar el que traa contra un lastrn del suelo, y de
entregar a Chisco lo que quedaba de la perruca para que viramos, l y
yo, si aquello tena compostura por algn lado. Puches, cmo le afliga
aquella desgracia!

La caverna tena muy poco fondo: se vea bastante en ella con la luz que
reciba por la boca, y por eso se hacan muy fcilmente todas aquellas
maniobras de Pito. El cual reapareci al instante con las otras dos
cras de la osa, asegurando que no quedaban ms que huesos mondos en la
cama.

Por el aire andaban an los dos oseznos arrojados por Pito desde la
embocadura de la covacha, cuando Canelo sali disparado como una flecha
y latiendo hacia la entrada de la cueva grande. Yo, que estaba muy cerca
de ella, mir a Chisco y le en sus ojos algo como la confirmacin de un
recelo que l hubiera tenido. Observar esto y amenguarse la luz de la
cueva como si hubieran corrido una cortina delante de su boca, por el
lado del carrascal, fue todo uno.

--El machu!--exclam Chisco entonces.

Pero yo, que estaba ms cerca que l de la fiera y mereciendo los
honores de su mirada rencorosa como si a m solo quisiera pedir cuentas
de los horrores cometidos all con su familia, sin hacer caso de
consejos ni de mandatos, apunt por encima de _Canelo_, que defenda
valerosamente la entrada y a riesgo de matarle, dispar un can de mi
escopeta. La herida, que fue en el pecho, lejos de contenerle, le
enfureci ms; y dando un espantoso rugido, arranc hacia m
atropellando a _Canelo_, que en vano haba hecho presa en una de sus
orejas. Faltndome terreno en que desenvolver el recurso de la escopeta,
di dos saltos atrs empuando el cuchillo; pero ciego ya de pavor y
perdida completamente la serenidad. Desde el fondo de la cueva sali
otro tiro entonces: el de la espingarda de Pito. Hiri tambin al oso,
pero slo le detuvo un momento: lo bastante para que el mozn de Robaco
le hundiera la hoja de su cuchillo por debajo del brazo izquierdo, hasta
la empuadura. Fue el golpe de gracia, porque con l se desplom la
fiera patas arriba, yendo a caer su cabeza sobre el pescuezo de la osa,
donde le arranqu, con otro tiro de mi revlver, el ltimo aliento de
vida que le quedaba.

A pesar de ello, los dos mozones volvan a cargar sus escopetas. Para
qu, Seor? Era posible que quedaran en toda la cordillera ni en todo
el mundo sublunar, ms osos que los que all yacan a nuestros pies,
entre chicos y grandes, vivos y muertos? Despus nos miramos los tres
cazadores, como si tcitamente hubiramos convenido en que era imposible
cometer mayores barbaridades que las que acabbamos de cometer, y que
solamente por un milagro de Dios habamos quedado vivos para contarlas.
Esta escena muda, que fue brevsima, acab por echar Pito el sombrero al
aire, es decir, por estrellarle contra la bveda erizada de puntas
calcreas; Chisco hizo lo propio, y yo no quise ser menos que los dos.
Luego nos dimos las manos, y juro a Dios que al estrechar la de Chisco
entre las mas, lati mi corazn a impulsos del ms vivo agradecimiento.
Qu hubiera sido de m sin su empuje sereno y valeroso?

_Canelo_, a todo esto, cuando no se lama los araazos, poco profundos,
que le rayaban la piel en muchas partes, jadeaba y grua, con el hocico
descansando sobre sus brazos juntos y tendidos hacia adelante, pero con
los ojos clavados en los oseznos que rebullan entre las asperezas del
suelo y charcos de sangre, como gusanos muy gordos. No contaban, por las
trazas, ms de una semana de nacidos. Cogilos uno a uno Chisco por el
pellejo del cerviguillo, y los fue arrojando a la barranca por encima de
la cornisa desde el fondo de la cueva. Iba a hacer lo mismo con la
perruca, despus de asegurar a Pito que aqueyu no tena costura ni
remedio posible, porque haba quedado vaca por aentru, como a la
vista estaba; pero Pito quiso dar mejor destino que el de los oseznos al
cadver del pobre animalejo, tan inicuamente sacrificado, y propuso que
le enterrramos en la sierra; y a ello asentimos de buena gana Chisco y
yo. Puches, cmo amargaba a Pito aquella pesadumbre el placer de la
victoria!

Y como nada quedaba que hacer all por entonces para nosotros, salimos
de la caverna y aspir, con ansias de cautivo de mazmorra, el aire libre
de las tierras soleadas. Sepultamos la perruca en un hoyo abierto a
punta de cuchillo a la sombra de un matojo de la sierra; y, sin movernos
de all, apuramos ms de la mitad del contenido de mi frasquete. Despus
se sacaron algunas provisiones de boca que llevaba Chisco por encargo
mo en un morral; dimos a _Canelo_ una buena parte de ellas, y el resto
nos le fuimos comiendo, andando a buen andar, a fin de llegar a Tablanca
al medioda, conforme se lo tena yo ofrecido a mi to Celso.

Y llegamos, antes an de lo esperado; y todas las gentes que nos
encontraban al acercamos al pueblo, presuman, por el aire que
llevbamos, que habamos hecho alguna muy gorda; pero cuando les
contbamos la verdad, no la crean. Tan bestialmente gorda la
consideraban, con muchsima razn!

Se la refer a mi to, aunque ocultndole detalles que pudieran
impresionarle demasiado; pero como al fin era montuno el buen seor,
perdonme la temeridad por lo grande del suceso, y tuve al ltimo que
contrsela con todos sus pormenores. Se entusiasm de verdad. Puestas ya
las cosas tan arriba, invit, con su permiso, a Pito Salces a que
comiera aquel da con su camarada. Vio el mozn, como yo lo esperaba, el
cielo abierto, porque comer con Chisco era comer con Tona. Puches, qu
doble panzada se dio! Yo, que asist al final de la comida, aad con
gustosa aquiescencia de mi to, al surpls con que ya se haba
obsequiado a los comensales, en honor del nuevo, una botella del ms
rancio tostadillo lebaniego que se guardaba en la bodega de la casona.
Brind con los dos mozones, y cant alabanzas hiperblicas a la bravura
de Pito, para que Tona las oyera bien; con lo cual y el tostadillo, se
puso el alabado que arda; y all mismo pidi por mujer a la hija de
Facia, que no haca ms que llorar; as fue que Tona, colorada como un
pimiento por lo uno y angustiada por lo otro, llam a Pito jastialn
desvergonzau; y no alcanz mejor respuesta la fogosa demanda del
rendido pretendiente. Pero como l deca despus: lo importanti pa el
casu no era lo que eya pudiera contestame, sino lo que haba de cantala,
y al cabo la cant yo; y esu, puches!, ay lo tien.

Como en la tertulia no se habl aquella noche de otra cosa que del lance
de la cueva, al salir al da siguiente, antes que el sol, Pito Salces y
Chisco con dos carros en busca de los dos osos muertos, sin necesidad de
invitaciones los acompaaba medio escuadrn de gente moza; con cuyo
auxilio pronto se vencieron las muchas dificultades que hubo para
sacarlos de la cueva. Andando de vuelta, fueron los acompaantes
adornando las carretas y los bueyes con ramajos de la montaa, y as
desfil la alegre comparsa por delante de la casona y para que viera mi
to los gloriosos trofeos de nuestra bestial hazaa; y as baj al
pueblo, donde hubo cnticos y bailoteo por largo, con la salsa a mis
expensas por especial encargo mo. Obsequironme al otro da con las
pieles, y regal yo a Chisco y a Pito Salces sendos centenes isabelinos,
con lo que pensaron enloquecer de alegra.

As acab aquella memorable y descomunal aventura, que debi de haber
acabado conmigo tan pronto como la acomet.




XXI


Si nos descuidamos un poco, en el monte se queda el sangriento botn de
nuestra batalla, porque apenas despellejadas las fieras en el lugar, el
sol, como si nada tuviera que hacer ya despus de haber alumbrado tantas
barbaridades, se envolvi la cara en crespones cenicientos que fueron
dilatndose por la bveda celeste, al impulso de un remusguillo que dio
en soplar a media tarde. Arreci mucho el fro y comenzaron a pasar por
delante de los cristalejos de mi gabinete unos copitos blancos que
danzaban en el aire, como si se resistieran a mancharse con las
inmundicias de la tierra. Por si me quedaba alguna duda sobre la
naturaleza de aquellos sntomas que me supieron a rejalgar entr Facia
muy diligente y hasta risuea, con la disculpa de llevarse mi brasero,
que ya estara murindose, para rescoldarle un poco, y me dijo,
mientras se acurrucaba para cogerle por las dos asas:

--Est nevandu, y va a haber temporal de eyu.

--Y usted--la respond con ganas de meterle la cabeza en el rescoldo--,
tan alegre como unas pascuas por eso mismo. Pero qu casta de criatura
es usted?

--Seor--replic ahogndose de repente con un sollozo--, lo nico que
s es que soy una mujer muy desdich!

Sali llorando, y yo me qued con remordimientos de haber despertado en
ella aquel dolor con la sequedad de mi pregunta. Despus acab de
amurriarme, viendo desde un cuartern de la solana cmo iban espesando
los copos y desapareciendo todos los montes entre las espesas veladuras
que bajaban del cielo. Otro temporal en perspectiva y otra encerrona
como la pasada!

Cuando volvi Facia con el brasero chisporroteando, entr mi to detrs
de ella. Iba a hablar conmigo de la nevada que estaba encima. Le
apenaba, primeramente, por m, que volvera a hallar eternas las horas,
Dios saba por cunto tiempo, entre los paredones de la casa; porque las
nevadas que venan de repente como aqulla, y a traicin, lo mismo
podan ser pasajeras que durables; y en segundo lugar, para qu haba
de ocultrmelo? el mucho fro le calaba ms jondo de lo que l pensaba
con los buenos nimos que tena para resistirle... Pero el hueso, el
pcaro hueso envejecido como el suyo, era tierra pura, tierra pura y
mala que se reblandeca y desborregaba en cuanto le faltaban las
lumbraducas de sol!. Otra cosa: todos los aos se sacaba la nieve en
los puertos su correspondiente racin de carne viva; y siempre que vio
nevar por primera vez en cada invierno, se pregunt a s mismo: a qu
infeliz le tocar este ao la suerte? Porque nunca falt, de una banda o
de la otra quien, por descuido, por desgracia o por necesidad, se viera
cogido y sepultado en la montaa por una cellerisca de nieve; y eso que
no se le regateaban los socorros, sin miedo a los ejemplos de muchos que
all se haban quedado con los socorridos, envueltos en una misma
mortaja. Siempre le apenaron a l estas reflexiones, hechas sobre
recuerdos de desgracias que le dolieron en lo ms vivo; pero ahora,
cuartajo!, desde que soy lo que soy y he visto caer el primer trapo de
nieve!... N, hombre, n, chocheces de viejo apolillao hasta los
tutanos... Pues mira que te vengo con buenas coplas para una ocasin
como sta!... Has visto hombre ms simple que tu to Celso? Pispajo
con la rocin de los demonios!.

La triste verdad era que, a pesar de los alientos que haba cobrado mi
to, los temporales crudos le mataban, y que los quebrantos de su cuerpo
se le reflejaban en el espritu por ms que se empeaba en disimularlo.
Mientras me hablaba as y yo le responda dando vueltas por el gabinete,
se pegaba al brasero como la zarza vieja a la grieta del peasco, y no
dejaba en paz a la badila parecindole poco el calor que le daban las
ascuas en reposo. Cada vez que llegaba yo a la puerta de la solana,
miraba maquinalmente por uno de sus cuarterones, y vea cmo iban
espesando los copos y se amontonaban los que el aire depositaba sobre la
baranda del balcn, hasta que en una de mis vueltas not que se formaban
grandes remolinos sobre el huerto; que los copos crecan de volumen, y,
por ltimo, que empezaba a trapear con tal pujanza, que en un instante
emblanqueci la poca tierra que se vea desde all, y se apagaron los
mortecinos destellos de la luz del sol que llevaban dos horas de luchar
intilmente con la espesura del nublado.

--Pura tiniebla--o decir a mi to desde el brasero--, y a poco ms de
media tarde. Lo siento por ti, Marcelo... y mira, llama a esas
condenadas mujeres para que te traigan una luz y te sea menos triste la
soledad...

Y en esto golpeaba el suelo desesperadamente con su cachava, hacindome
creer que las tinieblas le entristecan a l ms que a m. Haba sobre
la cmoda una buja en su palmatoria, y me apresur a encenderla con una
cerilla de mi fosforera.

--Hombre--continu dicindome, mientras miraba de hito en hito cmo
prenda la llama del fsforo en el plido enteco y congelado de la
vela--, yo que t, aprovechara estas carceladas para leer tantos
libracos como trajiste contigo, y responder a tantas cartas como
recibes... Porque de m no tienes que cuidarte para nada; para nada,
trastajo! En arrimndome a la lumbrona de la cocina, ya tengo todo lo
que necesito... Y si no, con verlo basta.

Con lo que se levant de la silla y rompi a andar el bendito de Dios,
sin darme apenas tiempo para alumbrarle con la vela en lo ms obscuro de
los pasadizos.

Leer! escribir! No saba el pobre seor que cuando un hombre da en
hallar tedioso el curso de las horas, no puede dedicarse a nada que le
distraiga, porque necesita todo el tiempo para aburrirse, por mandato de
una ley de la pcara condicin humana.

Aquella noche no vino un alma a la tertulia, y la cara menos triste que
hubo en la cocina fue la de Facia, la incomprensible y misteriosa mujer
gris. Mi to y yo, como lo solamos hacer a menudo, cenamos en la
perezosa: l su correspondiente racin de leche, alimento nico que le
haba prescrito Neluco ltimamente, por convenir tanto a su invencible
inapetencia como a la ndole de su enfermedad, y yo los ordinarios
condumios de Tona y de su madre, a los que se haba ido haciendo mi
estmago agradecido.

Como la noche era tan larga y yo saba bien lo interminable que le
pareca a mi pobre to la parte de ella que se destina por las gentes
que tienen buena salud al reposo en la cama, procur que nos acostramos
lo ms tarde posible, despus de haber cenado los tres sirvientes y
recogdose la vasija, y vuelto todos a arrimarse a la lumbre, y probado
yo, con poca fortuna, sacar a Tona de la esclavitud de una modorra que
la tena en continuo cabeceo, y a Chisco de su impasibilidad sospechosa.
Pero mi to, que todo lo observaba, dio pronto la voz de vmonos, y se
levant de su silln, ms agradecido que satisfecho de aquel tan notorio
como intil sacrificio que todos estbamos haciendo por l.

Antes de acostarme sal un momento a la solana para ver cmo quedaba la
noche. Continuaba nevando, y todo lo vi negro por el cielo y blanco por
la tierra, sin que turbaran la serenidad de aquel cuadro melanclico
otros rumores que los del ro, muy encrespado con los tributos de las
pasadas celliscas y el que estaba recogiendo de la nieve que se deshaca
a su contacto con l.

Me despert muy temprano al otro da, y por satisfacer una curiosidad en
que haba mucho de pueril, me asom al balcn, bien arropado. Haba
cesado de nevar, pero estaba el cielo encapotado, de color de panza de
burra. Yo haba visto nevadas en Madrid y en Pars y en San
Petersburgo,... muchas nevadas, pero siempre en terreno llano y entre
calles: es decir, una alfombra de lienzo algo sucio sobre la va
pblica, y mantas de vellones blancos tendidas en los tejados de
enfrente; nevadas, en fin, de teatro, sin la ms remota semejanza con lo
que estaba viendo desde la solana de mi to. Pareca que las montaas
del contorno haban triplicado su altura, y la unidad de color de todas
ellas con la redondez de formas que les daba la acumulacin de la nieve
sobre sus naturales y bruscas asperezas, cambiaba a mis ojos todos los
trminos y todas las lneas del panorama que tan conocido me era. No
hallaba en el nuevo un solo detalle con que orientarme para reconstruir
el que se haba borrado en pocas horas. Arboledas, senderos, caadas,
todo haba desaparecido, o debajo de la nieve, o por los engaos de la
luz sin claro-obscuro; cielo, montes, valles... todo era lo mismo, a
modo de descomunal cantera de sal refinada o de cal viva, en cuyo fondo
estuviera yo. Ni un ave en el espacio, ni un ser viviente en el suelo en
cuanto abarcaba la vista, y el rumor continuo, igual, montono, del
invisible ro, como si fuera el estertor de la naturaleza, que se mora
tiritando, anmica y abotargada por la frialdad.

Me volv pronto al gabinete, muy mal impresionado, y hall en el
relativo calor de la alcoba un momentneo remedio al fro glacial que en
la solana haba penetrado como una saeta en mi cuerpo y en mi espritu.

Lavotendome estaba an para buscar por este medio una reaccin
consoladora, cuando entr Facia de puntillas por creerme todava
durmiendo, con el brasero que haba sacado del gabinete por la noche,
segn costumbre, antes de acostarme yo. Vindome levantado, me dijo que
se alegraba, porque tena que darme una noticia, y no buena. Pens que
se trataba de mi to, y me alarm.

--No es del amu, gracias a Dios--me dijo respondiendo a una pregunta que
la hice, que ha pasau bastante bien la noche, y ya est calentndose en
la cocina.. Es del probe Pepazos.

Preguntla qu le haba ocurrido a Pepazos, y me contest que no haba
vuelto a casa desde que haba salido de ella la tarde anterior.

--Pero por qu camino tom al salir?--volv a preguntar.

--Por el de los puertus--me respondi la ttrica mujer muy apenada.

Me estremec recordando lo que me haba dicho mi to sobre los tributos
que cobran cada ao las nieves en las montaas. Entrando en ms
explicaciones, supe que Pepazos, en cuanto vio caer los primeros copos
de nieve, sali en busca de unas yeguas de su casa, que antes del
medioda andaban pastando en una hoyada a menos de una hora del pueblo,
monte arriba. Las haba visto l mismo. Tienen las yeguas libres la
extraa condicin de huir de las nevadas hacia las cumbres, al revs que
todos los animales domsticos. Dcese que lo hacen por aversin
instintiva al cautiverio. Ser o no ser as; pero es un hecho constante
aquella singular costumbre. Por tenerlo Pepazos bien sabido, sali en
busca de sus yeguas cuyo paradero conoca. Suponase que los cerriles
animales, presumiendo la que su amo trataba de jugarles, huiran hacia
las alturas. Otro que Pepazos, al ver esto y pensando en la nevada que
se vena encima, porque bien claras estaban las seales de ella, habra
dejado que el diablo se llevara las yeguas y vultose al pueblo por de
pronto; pero era, tras de poco avisado, muy terco, nada aprensivo y
confiado con exceso en su robustez de encina, y se las apostara a los
veloces animales como si todos fueran unos; y as, corriendo tras ellos
de caada en caada y de loma en loma, a lo mejor, se vera entre la
oscuridad de la noche y con los caminos borrados por la nieve. De modo
que si no haba tenido la fortuna, como tambin se crea, de caer en
algn invernal, covachona o cosa as, era hombre muerto a aquellas
horas, porque deba de haber en los montes ms cercanos cosa de una vara
de nieve. Era mucho lo que haba trapeado desde la cada de la noche!

No me pareci mal razonado este triste pronstico, y pregunt si se
pensaba hacer algo en vista de l; a lo que me respondi Facia que ya
estaba hecho cuanto poda hacerse. Al romper el alba haban salido del
lugar, no todos los hombres que se brindaron a ello, porque hubieran
sido demasiados, sino los que se escogieron por ms a propsito por su
robustez y por su experiencia: cosa de una docena de ellos en junto.
Pidindola nombres de aquellos valientes y caritativos convecinos,
citme el primero a don Sabas, que no faltaba nunca a esas llamadas, por
considerarse necesario como cualquier otro para atender al negocio de la
vida del socorrido, y nico en su parroquia para el negocio del alma, si
llegaba a tiempo y desgraciadamente no alcanzaba ya para otra cosa;
despus me nombr al mdico, que no caba en su casa en cuanto saba que
estaba algn convecino en la apurada situacin de Pepazos; luego a
Chisco, uno de los hombres ms arrojados, ms fuertes y ms entendidos
para aquella casta de faenas; y despus de nombrarme a otras personas
que no me eran tan estimadas, por haberlas tratado menos, cerr la
cuenta con Pito Salces, mozo capaz de los imposibles, siempre que
hubiera a su lado quien le impidiera hacer una barbaridad; y tres perros
de buena nariz, uno de ellos _Canelo_.

Me pareci aquella empresa harto ms alta que la ma de la antevspera,
no slo por la calidad del enemigo, sino por la grandeza de los fines, y
ped a la mujer gris algunos informes sobre la manera de llevarlo a
cabo. Iban los expedicionarios provistos, ante todo, de barajones,
unas tablas con tres agujeros cada una, en los cuales se meten los
tarugos de las abarcas. No haba nada como ello para andar sobre la
nieve sin que se hundieran los pies ni se formaran pellas entre los
tarugos. Llevaban tambin palas, azadas, cuerdas y otros tiles para
abrirse paso donde no le hubiera descubierto, o mandar algn auxilio
desde arriba adonde no pudiera bajar un hombre por sus pies; no se les
olvidara el aguardiente ni algo de alimento slido, ni de ropa seca si
la haba a mano... ni un poco de botiqun, puesto que iba el mdico;
porque haba que pensar en todo. De esta manera emprenderan la marcha
hasta la joy adonde haba ido Pepazos a recoger las yeguas, y despus
tomaran el rumbo que ms acercado creyeran al que pudo tomar l,
corriendo detrs de los fugitivos animales. Por de pronto, ya haba la
casi seguridad de que el camino le haban llevado uno y otros cuesta
arriba. Con estas precauciones y la buena voluntad de todos, se poda
esperar algo... aunque no mucho, si Dios no tomaba el caso de su cuenta.
De todas suertes, no caba hacer cosa mayor que la que se haba hecho,
en la pequeez de las fuerzas humanas.

Me advirti tambin Facia que mi to no saba una palabra del suceso, y
yo la recomend mucho la necesidad de que no llegara a conocerle,
inventando una disculpa cualquiera para explicarle la ausencia de Chisco
si la notara. Y en eso quedamos.

Cuando la mujer gris me dej solo en mi cuarto, me empe obcecadamente
en considerar por su lado ms negro la generosa empresa acometida por
aquellos abnegados tablanqueses, y volv a asomarme al balcn. No nevaba
entonces, pero se me oprimi el espritu al ver el aspecto ceudo y
amenazador que presentaba el cielo; y, sin embargo, sent cierta
mortificacin del amor propio por no haberse contado conmigo para formar
parte de aquella denodada legin, como si no hubiera sido yo un
verdadero y continuo estorbo en ella! Pero si no la acompa
materialmente, no la apart un instante de mi memoria; y por eso, al
asomarme a los cristales de mis observatorios (y lo eran todos los
claros de la casa), cada copo solitario e indeciso que pasaba al alcance
de mis ojos, me inquietaba mucho por creerle mensajero de otros mil y
mil millones de ellos. Afortunadamente estaba el aire en calma, lo cual
hubiera hecho menos temible en el monte un recrudecimiento del temporal.

As continuaron las cosas hasta muy cerca del medioda. A esa hora
aparecieron por el Noroeste unos celajes negros, sucios, tormentosos;
vi, casi al mismo tiempo, que las arboledas y puntas salientes de los
montes que cercaban el valle por el lado opuesto, como por la fuerza de
un estremecimiento instantneo se desnudaban de sus envolturas de nieve,
las cuales caan en cataratas, levantando al caer blanqusimas
polvaredas que arrastraba el aire embravecido ya; y a muy poco rato, que
de la nube ms baja y ms lejana y ms negra, se desprenda una masa en
forma de cono invertido, y que su cspide se una con la de otro que
ascenda de la tierra. Fundidos as los dos conos, formaron una
gigantesca columna, la cual, girando al mismo tiempo vertiginosamente
sobre su eje, vino avanzando hacia el valle y lleg a l y le atraves a
lo ancho, tocando casi el suelo con su base y elevando el capitel enorme
por encima de los ms altos picachos del Este. Acompabala un siniestro
rebramar, y una luz ttrica que apenas me dej ver el estrago de su
choque contra el obstculo inconmovible de los montes, sobre los cuales
se deshizo en negros y deshilados jirones. Qu sera de los infelices
errantes por sus cumbres y laderas?...

Bajo el peso terrorfico de esta idea, pas una hora, durante la cual
volvi a reinar la calma en la Naturaleza; pero no lleg al valle
ninguna noticia de los infelices expedicionarios.

Me llamaron a comer, sentme a la mesa y no com, ni siquiera supe
disimular bien las inquietudes que eran la causa de ello delante de mi
to que no me quitaba ojo; invent para tranquilizarle una mentira
sandia y mal zurcida, y al fin me levant de la perezosa, dejando al
pobre seor persuadido de que mi resignacin estaba a punto de agotarse
en presencia de aquel negro temporal. Prefer que creyera esto a
descubrirle la verdad; le dej reposando lo que l llamaba su comida, y
me volv a mi ronda, de claro en claro, por todos los ventanillos de la
casa. Continuaba encalmado el viento y nevaba muy poco; pero Chisco no
asomaba por ninguna parte, ni una noticia de las que yo esperaba con un
ansia que tocaba en lo febril.

Lleg la media tarde, sombra, oscura, ttrica y como preada de
horrores para cuantos la contemplaran con ojos como los de mis recelos.

Ni nevaba ni ventaba ya, ni se oa una voz, ni una pisada ni un golpe,
ni a la casona ni al pueblo se encaminaba alma nacida por ninguna senda
de las visibles. Todo era silencio y lobreguez y amenazas de una noche
tremenda para el infeliz que anduviera vivo y errante entre las
inclemencias de la montaa. Mis inquietudes no caban ya dentro de m,
ni yo dentro de la casona. Me calc y me abrigu convenientemente; baj
al portal con muchas precauciones para que no lo notara mi to, y
emprend resueltamente el camino del pueblo, borrado en absoluto por la
nieve. Me cost el descenso del pedregal ms de cuatro costaladas; pero
llegu vivo y pronto. No aspiraba yo a otra cosa. A qu puerta llamar?
A la primera. Llam. Iguales temores all que los mos, y ni una noticia
ms; es decir, ninguna noticia. Internme en el lugar y llam a otra
puerta, que result ser la del Topero. Buena fuente para los informes
que yo iba buscando. Hallbase la familia vagando por la casa y por el
portal, sin hablar una palabra y tropezando unos con otros, asomndose a
los esquinales, mirando por aqu y escuchando hacia all, y volvindose
adentro y tornando a salir. Tena los ojos Tanasia como puos, de tanto
llorar; y en cuanto me vio a m se llev el delantal a ellos; y tal fue
su desconsuelo, que pareca echar el alma en cada sollozo. Por lo dems,
estaba muy guapa. Temindome lo peor, la pregunt por qu lloraba, y me
respondi, entre jipidos y lagrimones, que si me parecan pocos los
motivos.

--Ya pu ver--me dijo el Topero viniendo en su amparo--, con la
cellerisca negra de jaz pocas horas, y lo que est en el monti sin
sabese de eyu...

Me acord de Pepazos; pero tambin de Chisco. Por cul de los dos
llorara Tanasia? No pudiendo preguntrselo (aunque hubiera sido ociosa
la pregunta), trat de consolarla. No lo consegu de pronto, porque era
mucha tempestad para calmarla en un solo conjuro; pero a los dos o tres
que la hice, no quedaron de ella ms que la hinchazn de los ojos y
algn que otro suspiro mal devorado en el pecho. Utilizando el influjo
que indudablemente haba alcanzado yo en esta prueba sobre el nimo de
Tanasia, sent como esperanzas de arrancarla el secreto de su corazn a
poco que me empeara en ello; pero estaba el mo vivamente interesado en
otro asunto muy diferente, y me pareci el empeo hasta una profanacin.
Qu importaban ya las preferencias amorosas de la hija del Topero,
cuando Chisco y Pepazos, con todos los que haban subido a la montaa
con el primero en busca del segundo, podan no ser ms, a aquellas
horas, que un montn de rgidos cadveres mal envueltos en la mortaja de
la nieve? Arrastrronse hacia este lado todos mis anhelos, y acos a
preguntas ociosas a todos y a cada uno de los de la casa. Lo nico que
saqu en limpio y de nuevo fue la noticia de que tan pronto como pas la
tromba de medioda, haba salido otra expedicin de valientes; pero no
ms que contra eyus, contra los que faltaban; es decir, a su
encuentro, o ver si los columbraban desde cierta distancia. No se poda
hacer otra cosa, ignorndose, como se ignoraba, su rumbo y su paradero
en una tarde tan corta, tan amenazante y con el temor de una noche como
la que se barruntaba. Lo cierto es que haba motivos sobrados para
estremecerse y temblar, como me estremeca y temblaba yo pensando en don
Sabas, en Neluco, en Chisco, en Pito Salces... Dios piadoso, qu sera
de ellos y de cuantos los haban acompaado en su denonada empresa!

Y pens tambin en la nieta de don Pedro Nolasco y en el mismo
octogenario Marmitn, y en su hija, si eran sabedores de lo que ocurra.
Pero cmo ignorarse en aquella casa lo que era tan sabido y tan llorado
en todas las del lugar? Y en esta situacin, quin se acercaba, sin un
consuelo racional, a aquella familia, sobre todo a Lita, que deba de
hallarse tocando el cielo con las manos, y no de ira, sino de espanto,
de consternacin, al pedir a Dios por la vida de todos, y
particularmente por la de Neluco? Por eso no me acerqu yo, al cabo de
los tres cuartos de hora bien corridos que pas en casa del Topero
luchando con la duda.

As lleg el crepsculo, torvo, silencioso, amenazante, como ladrn
asesino que aguarda las tinieblas de la noche para consumar el crimen
forjado en su cerebro. Cuantos clculos hacamos para engaarnos unos a
otros, resultaban increbles en presencia de la realidad de tantas horas
transcurridas sin saber nada de los ausentes, y, sobre todo, de aquella
noche espantable que se vena encima de Tablanca y que, si llegaba antes
que ellos, poda considerarse ya como su losa funeraria. Yo sostena que
no, contra todas mis convicciones, porque era muy duro rendirse sin
protesta en tan apurada situacin de espritu, y no alentar un poco el
de aquellas honradas gentes, harto ms competentes que yo en el punto
que ventilbamos.

--Pase--llegu a decirles--, que Pepazos, que est all desde anoche,
solo, desprevenido... Pero los otros!... bien pertrechados de medios de
defensa, con vveres abundantes... En fin, que de stos casi respondo
yo.

Observ que le gustaba el razonamiento a Tanasia, aun en la hiptesis de
dar por difunto a Pepazos, y esto me anim a distinguir y encarecer las
valentas de Chisco entre las de todos los valientes que le acompaaban,
lo cual fue menos del agrado del Topero que del de su hija, seal bien
evidente de que el Tarumbo no estaba mal informado acerca de este
delicado particular. Pero no di al descubrimiento la importancia que le
hubiera dado en otra ocasin, porque las impaciencias nos consuman, y
notaba que, como si all no hubiera ms nimos que los mos, a medida
que se los infunda a Tanasia y a su familia, iba quedndome yo sin
ellos. Pensaba al propio tiempo que cambiando de lugar cambiaran de
cara los sucesos, con noticias que podan salirme al paso cuando menos
lo creyera; pensaba tambin en mi pobre to, a quien haba dejado solo y
entristecido por mis mal traducidas preocupaciones; y pensaba, por
ltimo, en la tenebrosa noche que estaba ya llegando, y en los peligros
de que me cogiera en el camino, aunque no muy largo, de mi casa.

Sal, pues, de la del Topero, salpicndome el vestido los copos de nieve
que empezaban a caer; y apretando bien el paso y aprovechando la
escassima luz que quedaba del da para mirar en todas direcciones
buscando con los ojos lo que no encontraba por ninguna parte, llegu
pronto a la casona, en la cual hall a mi to muy apurado por mi
ausencia, que le expliqu como mejor pude, y a la mujer gris que me
devoraba con los ojos pidindome noticias que esperaba yo obtener de
ella. Ni haba vuelto Chisco, ni por all haba pasado alma viviente que
diera cuenta de l ni de los otros. Y a todo esto, mi to echndole ya
en falta y Facia y Tona y yo vindonos negros para ocultarle la verdad
de lo que ocurra, y la nieve espesando, y avanzando las tinieblas de la
noche... Dios eterno, qu anhelacin la ma! Cuando se cerraran los
portones de la casa, y Chisco no estuviera dentro de ella, y aquel
infeliz seor lo supiera, y tuviramos que enterarle de la verdad...
qu pualada para l!

Y acab la noche, al fin, de envolver la casona y el valle y las
montaas en la ms densa e impenetrable oscuridad; se cerraron los
portones, se aviv la fogata de la cocina, se arrim a ella mi to en el
sitio de costumbre, pero inquieto y alarmado tambin, porque nos vea
alarmados e inquietos a todos los que vagbamos como sombras, ms que
andbamos como personas, en su derredor... y nada, ni una voz afuera,
ni un golpe, ni un silbido!... El silencio, la soledad, el fro de los
sepulcros, la muerte por todas partes! Jams me haba parecido la
majestad de Dios tan imponente, ni le haba rezado con ms fervor que
entonces, mientras andaba yo de puerta en puerta mirando y escuchando,
sin ver ni or ms que la insondable negrura de la noche, el incesante
bramar del Nansa, que, ms que ruido, pareca la respiracin del
silencio y los latidos descompensados de mi corazn.

As pas una hora que me pareci un siglo; y ya iba yo a preparar a mi
to (que languideca por momentos sin atreverse a preguntarnos una
palabra) para la terrible noticia con un discurso muy mal hilvanado,
cuando quiso Dios que se oyeran dos recios golpes en el portn que da a
la calleja. Aquello era, cuando menos, una tregua en la espantosa agona
que estbamos sufriendo todos dentro de aquellos ennegrecidos muros.
Pero si el que llamaba no era Chisco o quien nos trajera noticias suyas
y de los dems ausentes, no haba para matarle, fuera quien fuera?

Yo mismo cog el farol que estaba encendido desde mucho antes por un
lujo de precauciones tomadas a falta de cosa mejor y ms tranquilizadora
en que ocuparme, y baj de tres en tres los peldaos de la escalera;
llegu al portn al mismo tiempo que se repetan en l los garrotazos, y
con mano torpe y acelerada solt el barrote que le aseguraba por dentro,
destranqu y abr. Dos bultos aguardaban afuera. Levant el farol para
reconocerlos antes de dejarlos entrar, y conoc Dios misericordioso! a
Neluco y a Chisco... Tambin _Canelo_ estaba all, acurrucado. Entraron,
me abalanc a ellos y los abrac casi llorando de alegra. Pero en qu
estado se hallaban! Chisco, macilento, desalentado, con la cabeza
vendada y un brazo en cabestrillo. Neluco, despeado y lacio; y los dos
empapados en agua de pies a cabeza, yertos, amoratados de fro...
Invadironme de nuevo los sobresaltos y las inquietudes, y les pregunt
con un miedo horrible a las respuestas:

--Y don Sabas?

--Bueno--me respondi Neluco con voz empaada.

--Y Pito Salces?

--Tambin.

--Y Pepazos?

--Por el amor de Dios!--interrumpi el mdico empujndome hacia el
fondo del estragal--. Ropa seca y un poco de lumbre para m, y una cama
para ste, antes de todo; y calentndonos hablaremos despus.

--Es que est mi to en la cocina--repliqu temiendo que no pudiera
decirse delante de l todo lo que Neluco tuviera que contar.

--No importa--respondi impaciente y andando, llevndose por delante a
Chisco que pareca insensible a cuanto le rodeaba.

Cerr Facia el portn, y subimos todos.




XXII


El relato que hizo Neluco al amor de la lumbre y vestido ya con ropas
mas, fue lacnico, expresivo y pintoresco en sumo grado; y bien puede
asegurarse que aun sin estas excepcionales condiciones, no le hubiera
faltado la hondsima atencin con que le omos mi to, sus dos criadas y
yo.

Segn el mdico, la quedada de Pepazos en el monte haba corrido por el
lugar hacia las diez de la noche, con la rapidez de un reguero de
plvora inflamada, y con la misma brevedad se examin el suceso, fue
estimada su importancia y se acord y dispuso el nico socorro que poda
prestrsele y se le prestara tan pronto como Dios mandara a la tierra
una chispa de luz con que guiarse para emprender el camino un poco menos
que a tientas. As se hizo al alborear el nuevo da. Los nombres de los
expedicionarios eran los mismos que me haba dado Facia pocas horas
despus de haber salido de Tablanca la expedicin. A Chisco, que no
estuvo presente en las juntas, se le dio por conforme, y se le avis
con las debidas precauciones para no alarmar a su amo.

Se conoca el punto de partida de Pepazos detrs de sus yeguas, y cierta
querencia que stas y otras del lugar tenan a determinados sitios de
los altos; y una vez colocados los exploradores sobre aquel terreno, ni
siquiera pusieron en duda la direccin que haban tomado las unas
huyendo y el otro persiguindolas para atajarlas. Por un palmo de
nieve ms o menos, no dejaba Pepazos de volver a su casa, por alejado
que estuviese de ella y por muy negra que fuera la noche; y el no haber
vuelto era seal de que cuando cay en la cuenta de que estaba nevando
de firme y pens en volverse, el espesor de la nieve no bajaba ya de
media vara, lo cual no poda haber ocurrido, segn dictamen de los que
haban visto el aire de nevar aquella noche, antes de las ocho y media
o las nueve. Sumando las horas transcurridas desde el comienzo de la
empresa de Pepazos hasta entonces; midiendo el andar que llevara monte
arriba, y deduciendo de ello los ziszs que hara, probablemente, en sus
varias intentonas de ataje por las laderas, sala la cuenta justa: si
Pepazos no estaba en el invernal de Pearroja, estaba en la Cuevona
del Pedregaln de Escajeras, o se le haba zampado el lobo, lo cual no
era verosmil habiendo cerca del mozalln bestias de tan sabrosa carne
como las que l iba persiguiendo. Ni el hambre ni el fro eran capaces
de acabar en una noche sola con una vida tan dura de roer como la de
Pepazos. Nadie lo dud, y la caravana emprendi la subida de los montes
sin atender otra cosa que a pisar en firme y ganar tiempo. Por
misericordia de Dios, el da, aunque pardo, se presentaba relativamente
sereno, y apenas chispeaba la nieve por entonces.

Tres horas dur la subida ms agria, y otra el paso de la primera loma a
lo largo de ella. De estas cuatro horas, la segunda y la tercera fueron
de prueba, porque hubo en ellas de todo lo malo que abunda en el monte
durante las nevadas del calibre de aqulla: aires que entumecen,
torbellinos que ahogan, nieblas que desorientan y extravan, sendas
borradas, suelos traidores, caminos franqueados con las palas o
adivinados por los ms expertos; cadas inesperadas, cmicas muchas y de
riesgos mortales algunas de ellas; sustos frecuentes y fatigas
incesantes... La hora que dur el paso de la hoyada entre la primera y
la segunda loma, fue ms llevadera. Al fin de esta hoyada, es decir, a
los comienzos de la loma segunda, est el Pedregaln, con la boca
abierta a muy poca altura del suelo y encarada a la ruta que llevaban
los expedicionarios. Se columbr muy pronto la mancha gris del pedregal
sobre el fondo blanqusimo y esponjado de la nieve; diez minutos despus
se dibuj perfectamente la boca de la cueva, y desde un poco ms
adelante, algo que no estaba enteramente quieto dentro de sus mandbulas
abiertas y desencajadas; cincuenta pasos ms, y hasta los menos sutiles
de vista conocieron en lo que pareca mendrugo de aquel gaznate
descomunal y olfateaban ya los perros de la caravana, a Pepazos en
cuerpo y alma. All estaba el pedazo de bruto lo mismo que un dolo
japons acurrucado en su hornacina, con los brazos en jarras, los
mofletes muy colorados, la boca de oreja a oreja y los ojos muy
risueos, viendo llegar a sus convecinos, tan tranquilo y descuidado
como si los hubiera citado l para que acudieran a aquel sitio y a la
hora en que llegaban. Correspondiente a esta actitud irracional, fue el
saludo que le dirigieron los recin llegados, que no podan ya con los
barajones ni con los propios cuerpos: una tempestad de injurias y de
motes, y hasta de ladridos de los perros.

--Por qu no te golvistes a tiempu, animal, ms que animal?--preguntle
uno.

A lo que respondi Pepazos al instante:

--Porque me haba empeau en atajar las yeguas; y como la nievi me
serva pa columbralas bien dimpus que cerr la noche... jala, jala,
jala, parriba detrs de eyas; torna aqu y ataja acuy...

--Y dnde estn esas bestias a la presente?--le pregunt el Cura.

--Sbelu Dios--contest Pepazos entristecido con la pregunta--. Al
ayegar yo a esa joy, tresponierum eyas la otra cumbri como si las
yevaran los demontris... y chilas un galgu... Apretaba la ventisca,
espesaba la nievi, haba muchu que andar hasta Tablanca, tena cerca
esta cuevona, y aqu me acald tan guapamenti.

--Y habrs sido capaz de dormir?--le interpel el mdico.

--Como que no tena otra cosa que jacer...--respondi el mozalln
admirado de la pregunta.

--Sin acordarte maldita la cosa--insisti Neluco--, del susto que dabas
a tu familia y a todo el pueblo...

Se encogi de hombros el interpelado, como si entonces cayera en ello
por primera vez. Al notarlo, dijo don Sabas descomponindose un poco:

--Y si todos hubiramos sido tan cerncalos como t, qu hubiera sido
de ti, si no hoy, maana, cuando el hambre y el fro te acometieran?

Otro encogimiento de hombros por respuesta, como si tampoco hubiera
cruzado seal de semejante idea por el meollo de Pepazos.

En fin, que no haba atadero en aquel hombre... ni mucho tiempo que
perder; por lo que se metieron los de afuera en la cuevona, obra bien
fcil, porque le llegaba ya la nieve a media vara de la boca;
descansaron y comieron todos, poniendo a raya la voracidad de Pepazos,
sin lo cual no hubieran alcanzado las provisiones para l solo; y como
el cielo iba ennegrecindose por mala parte, despus de un ligero reposo
salieron todos de la cueva apercibidos para la marcha, y la emprendieron
a buen andar montada abajo.

Al principio todo fue bien, y hasta abundaron las zumbas, las indirectas
y las ironas enderezadas a Pepazos, que no se enteraba de la mayor
parte de ellas por natural torpeza de su magn. Pito Salces se desat en
barbaridades contra l, y, sobre todo, contra el Topero, que le abra la
puerta, mientras se la cerraba a un hombre tan avispado como uno que l
(Chorcos) conoca igual que a s mesmo, y que, aunque otra cosa se
dijera por ciertas lenguas, era el que plantaba el jito en el corazn de
Tanasia. Esto, dicho entre cabriolas, manoteos y risotadas, delante de
toda aquella gente, y sin respeto alguno a la autoridad del seor Cura,
dej desconcertado y mohno a Pepazos, y a Chisco del color de la nieve,
y no de fro, sino de santa indignacin que puso a Chorcos en grave
riesgo de bajar rodando una ladera penda que asomaba a diez varas de
ellos.

Pero pas la gresca, como pasaban a cada instante ciertas rachas de
cierzo que flagelaban las caras con manojos (tales parecan) de la nieve
seca que llevaba consigo.

Lo que no pasaba era aquella negrura que se vea sobre el horizonte
frontero: lejos de pasar, iba avanzando y extendindose en todas
direcciones; y cuanto ms avanzaba y se extenda, ms de ella quedaba
a la otra parte; vamos, como la jumera de un calero muy grande que
acabara de encenderse detrs de los montes lejanos. Y esto era lo que no
perdan de vista don Sabas y los que, aunque no tanto como l, eran muy
entendidos en aquella casta de nublados; y por esto husmeaba el Cura el
paisaje con avidez, y cortaba las apuntadas conversaciones con mandatos
secos de avivar la marcha. Hasta los perros encogan el rabo y se ponan
a la vera y al andar de la gente, sobre todo cuando se oy bramar el
cierzo entre los pelados robledales y en las gargantas de la cordillera,
y se enturbi de repente la luz, como si fuera a anochecer enseguida, y
se vio desprenderse de lo ms negro y ms lejano de las nubes aquel
pingajo siniestro que haba visto yo desde mi casa, y unirse luego con
el otro pingajo que ascenda de la tierra, y comenzar, fundidos ya en
una pieza los dos, a dar vueltas como un huso entre los dedos de una
jiladora y andar, andar, andar hacia ellos, los peregrinos del monte,
como si lo empujara el bramar que se oa detrs de ellos, si no era ello
mismo lo que bramaba, repleto de iras y de ansias de exterminio, muertes
y desolaciones.

Don Sabas mir entonces a Neluco con ojos de alarma; Neluco al Cura;
Chisco y Pito Salces a los dos; y todos se miraron unos a otros, y todos
se detuvieron de repente como si obedecieran al impulso de un mismo
resorte. _Canelo_ y sus congneres se detuvieron tambin y se arrimaron
al grupo, mirando a todas las caras y exhalando entrecortados aullidos
quejumbrosos.

--Aquello--dijo Sabas apuntando a la tromba--, ha de pasar por aqu sin
tardar mucho... Y en qu sitio nos coge!

Estaban a la sazn en el centro de una altura, casi una meseta,
desamparada por todas partes y dominada hacia la izquierda por un
picacho, entre el cual y la sierra se abra la boca de una barranca
profundsima. Cerca de la barranca y en el lado de la sierra, haba un
robledal bastante espeso y de recios troncos. Escaso refugio era aqul y
peligroso en sumo grado para defenderse de un enemigo tan formidable
como el que se les iba encima a paso de gigante; pero como no tenan
otro mejor a sus alcances, a l acudieron sin tardanza. Eligi cada cual
su tronco, en la seguridad de que lo mismo poda servirle de amparo que
de verdugo; y all se estuvieron, encomendndose a Dios y respondiendo a
las preces que en voz resonante le diriga don Sabas, pidindole por la
vida de todos, aunque fuera al precio de la suya propia.

Lo tan temido y esperado no tard en llegar, negro, espeso, rugiente,
furibundo, como si toda la mar con sus olas embravecidas, y sus
huracanes y sus bramidos, y su empuje irresistible, hubiera salido de su
lveo incomensurable para pasar por all. Temblaron hasta los ms
valientes (y lo eran mucho todos los de aquella denodada legin), y
ninguno de ellos supo darse cuenta cabal del principio ni del fin del
paso de aquel tan rpido como espantoso huracn. Y que solamente les
haba alcanzado uno de los jirones de la tromba, desgarrada en su primer
choque contra las moles de la cordillera!

Hubo en el robledal ramas desgajadas y troncos removidos, y apareci
desfigurado el suelo, barrido de nieve donde antes hubo mucha, y enormes
cmulos de ella donde haba escaseado ms. Esto fue lo primero que se
meti por los ojos de los infelices, tan pronto como los abrieron para
buscarse con la vista unos a otros. Nadie estaba en el sitio que haba
ocupado antes de la tormenta, y Pepazos yaca sepultado de medio abajo
en una pila de nieve, fuera del robledal y a muy pocos pasos de la
barranca... Pero faltaba uno! faltaba Chisco! y no responda a las
voces con que se le llamaba, ni se le vea por ninguna parte... Dnde
buscarle? Qu sitio haba ocupado en el robledal? Quin estuvo cerca
de l? Quin le haba visto al reventar la cellerisca negra?

En aquel mismo instante sac Pepazos sus zancas de la nieve y rompi a
hablar. l se haba salido del robledal por creerse ms seguro afuera al
sentir en la cara los primeros latigazos de la nube. Observlo Chisco,
que estaba a su lado, y le llam para que se volviera al robledal antes
con antes, si no quera salir volando por encima de la barranca o caer
en ella sepultado, que tanto daba: Pepazos que no, y Chisco que s,
chase sobre el otro para meterle adentro por buenas o por malas;
revienta en esto la cellerisca, y no volvi Pepazos a or ni a ver ni a
sentir cosa alguna de este mundo hasta lo que estaba viendo y oyendo a
la presente.

Pito Salces, que no quitaba ojo a Pepazos ni perda una sola palabra de
las que iba diciendo el mozalln, en cuanto ste ces de hablar se
plant de un salt en la orilla de la barranca, y all se puso a
husmear, con la avidez de un perro de buena nariz, en todas direcciones
y hasta en las negras profundidades del abismo. El dolor, la
consternacin de aquellas generosas y honradas gentes, no son para
pintados. Se corra de ac para all; olfateaba desesperadamente
_Canelo_ (a los otros dos canes los haba barrido el huracn); se
llamaba a Chisco en todos los imaginables tonos de la angustia humana, y
se removan los montones de nieve con la pala, con la azada, con los
pies, con las uas... y nada!

En esto se oye un grito de Pito Salces, y estas palabras que volvieron
la vida a todos:

--Aqu est, puches! o yo no tengo ojos en la cara.

Hallbase el bueno de Pito esparrancado en el borde mismo de la quebrada
y mirando ansiosamente hacia abajo. All, en el estrecho lomo de la
nica pea que avanzaba sobre el abismo y se arraigaba en la orilla, a
cosa de treinta pies ms abajo de donde afirmaban los suyos para mirar
Pito y los que haban acudido a su llamada, se vea un cuerpo humano
medio cubierto por la nieve. Indudablemente era el de Chisco, por las
seales de su vestido y de su tamao; pero quedara algo de vida en
aquel ser que pareca inanimado? Pito sostena que s, porque se atreva
a jurar que haba pescado cierta movicin de brazo en l. De todas
maneras, haba que sacarle de all. Cmo? Por dnde? Y aqu las ansias
y la desesperacin, porque el socorro era dificultoso y el tiempo
apremiaba inexorable. El corte de la montaa por aquel lado era casi
vertical, a pico sobre el barranco, y slo haba un ligero tramo, de
talud muy enlomado, precisamente a plomo de la pea con la cual se una
por su base. Entre la pea y la base del talud haba un espacio de
algunas varas. En aquel espacio, muy arrimado a la pea y con bien
marcada inclinacin hacia el abismo, estaba lo que se pareca a Chisco
boca abajo e inmvil; parecer que confirmaba _Canelo_ desde arriba
latiendo desaforadamente y buscando una senda por donde lanzarse en
ayuda de su dueo. Por razones de suma prudencia, mand Neluco que se
sujetara al perro en el acto y se le tuviera lejos del sitio en que se
hallaban don Sabas, Pito Salces y l, discurriendo sobre el problema de
la bajada. sta no era imposible, ni mucho menos, para aquellos
arriesgados y duchos montaeses con los recursos auxiliares que tenan a
su disposicin; pero en aquellos instantes ofreca un peligro tremendo,
no para el que bajara, sino para el que se hallaba abajo ya, indefenso e
inerte. El talud estaba cubierto, hasta la arista de arriba, de una capa
de nieve que no medira menos de vara y media de espesor, y deba de
medir mucho ms tal vez el doble, la que haba en la explanada de abajo,
en uno de cuyos lados yaca Chisco sin dar seales de vida, por ms que
siguiera jurando Chorcos que s las daba. Remover la nieve de arriba,
siquiera fuese ligeramente (y de aqu la precaucin de Neluco tomada con
_Canelo_), equivala a producir un corrimiento de ella, que, ganando
peso y velocidad de palmo en palmo, llegara a la pea como un alud de
bastante empuje para arrastrar a Chisco a los profundos de la barranca.
Esto, que estaba en la mente de todos, era lo que los tena febriles y
consternados. Todos estaban dispuestos a bajar, pero a nadie le era
permitido. Pito Salces, que no caba dentro de s mismo y andaba leguas
por segundo en los tres palmos de suelo que ocupaban sus pies, se dio de
pronto un puetazo en la frente. Puches! ya tena la idea.

--Estn las cuerdas listas?--pregunt.

Respondironle que s.

--Alcanzar ca una de eyas hasta abaju?

Se le respondi que con sobras de otro tanto. Pidi luego una pala.
Examin la cuerda, midindola braza a braza; la dej despus enroscada
en el suelo cerca del borde del barranco; puso la pala sobre la rosca, y
volvi a asomarse al precipicio. Enseguida pregunt a los ms cercanos
de los que le miraban a l silenciosos y llenos de curiosidad:

--Habr siquiera, siquiera, dos varas de nieve en la yanauca de ay
baju?

--Y ms que ms--se le respondi.

Quitse los barajones en un periquete; los arroj a un lado, enderezse
y dijo:

--Los rayos, puches!, son pa cuando truena, y las oraciones, seor don
Sabas, pa cuando se nesecitan como ahora mesmu.

Bes la mano al Cura; arrimse otra vez a la orilla de la barranca; dijo
a los que le contemplaban atnitos, por ignorar los planes que le movan
a hacer aquellas cosas tan raras, que tuvieran listas la pala y la
cuerda para cuando las pidiera l; mir un instante hacia abajo,
santiguse rpidamente, invoc a Jess crucificado... y all va eso!
Se lanz al abismo entre el asombro y el espanto de todos. Hay que
advertir que desde que se not la falta de Chisco hasta aquella sublime
barbaridad, no pasaron diez minutos. Tan de prisa se andaba, se
discurra y se obraba all!

Los que vieron caer a Pito Salces (que fueron todos los que de la
caravana quedaban arriba, _Canelo_ inclusive) derecho, rgido como un
huso, y haciendo de los brazos alas y balancn para gobernarse en los
aires, no lograron averiguar cul fue primero, si el hundirse en la
nieve hasta la cruz de los calzones, o el echar las dos manos sobre el
cuerpo inmvil de su amigo, haciendo presa en l. Enseguida tir del
cuerpo con todas sus fuerzas, logr arrastrarle a su terreno y le dej
sobre la nieve en lugar ms seguro y boca arriba. Todos conocieron a
Chisco en cuanto le vieron as; pero horror de los horrores! en el
sitio en que haba estado apoyada su cabeza quedaba un manchn de sangre
que se distingua perfectamente sobre la blancura deslumbradora de la
nieve. Casi al mismo tiempo que se haca este triste descubrimiento,
gritaba Pito desde abajo volviendo la mirada hacia los de arriba:

--Hay hombre, puches, y hasta con su resueyu correspondienti!

--Arriba con l sin tardanza!--grit Neluco entonces desde lo alto.

--Hay que barrer primero el camino!--contest Chorcos desde abajo--.
chenme una pala antes con antes, porque ya tengo la idea, puches!, y
vaigan jiciendu por arriba lo que a m me vean jacer por ac abaju... en
cuanto yo avise.

Cay la pala enseguida, perfectamente a plomo y en el sitio mismo que
Chorcos sealaba con la mano; apoderse de ella, y comenz a expalar
nieve a diestro y a siniestro, arrojndola por encima de los bordes de
aquella area y minscula pennsula unida al continente de la montaa
por un istmo que no tena tres varas de anchura. En dos minutos qued el
istmo despejado y abierta una senda en el campizo que tapizaba por all
los raigones del peasco, hasta el montn de nieve sobre el cual yaca
Chisco. Enseguida se arrim el intrpido muchacho a la base del talud, y
all, como si se hallara en el huerto de su casa, sin inquietarse lo ms
mnimo por la visin de los abismos horrendos que se abran a media vara
de cada uno de sus pies, psose a expalar la nieve del talud, a un lado
y a otro, mandando al propio tiempo que se hiciera arriba lo mismo, en
cuanto alcanzaran las palas. Sin base ya la nieve del talud y removida
por lo alto, empez a escurrirse hasta el istmo, donde se parta en dos
cascadas que desaparecan en el barranco. Despejado y limpio el talud en
breves momentos y desembarazado, por consiguiente, de los peligros que
se teman antes, echse abajo la cuerda que pidi Chorcos; at como
deba y l saba hacerlo, a su amigo por los sobacos, y tirando con
tiento los de arriba y ayudando l con cario desde abajo, qued Chisco,
que no poda hacer nada por s, arrimado al talud.

--Arriba ahora con l!--voce Pito Salces, y a pulsu, porque si no yeva
un brazu cascau, ha de faltali pocu.

Lleg Chisco felizmente a lo alto, volvi a descender la cuerda, atse
con ella Chorcos, subironle; y sin detenerse nadie a ponderarle la
hazaa, ni ocurrrsele a l que lo que acababa de hacer mereciera tal
nombre, corrieron todos a rodear a Chisco, de quien ya se haba
apoderado el mdico en el robledal, asistido de don Sabas
principalmente. La herida de la cabeza result insignificante, y lo del
brazo ni siquiera llegaba a dislocacin del hombro. Lo peor era la
sangre perdida que le debilitaba mucho, y lo que pudiera haber de
conmocin cerebral, aunque era buen sntoma lo dcil que iba mostrndose
todo el organismo a los remedios que Neluco le aplicaba. A los tres
cuartos de hora se sentaba el enfermo por su propio esfuerzo y por su
libre voluntad; otro cuarto de hora despus, peda minuciosas noticias
de todo lo que le haba pasado; a la hora y media, coma con gran
apetito y beba cuando le daban; y sin cumplirse las dos horas, ensayaba
sus bros de caminante pataleando sobre la nieve y rogando al Cura y a
Neluco que se rompiera la marcha cuanto antes.

Caminando ya, deca don Sabas al mdico:

--Y se dir que ya no se hacen milagros! Haber en el paredn liso de la
barranca una sola pea saliente; ir a dar Chisco a esa pea arrastrado
por la cellerisca; tener la pea un colchn de ms de dos varas de
nieve, y envolverle a l la cellerisca en cobertores de ms de otro
tanto, para que la cada fuera blanda. No son milagros stos? Y, por
ltimo, no es el mayor de todos la ocurrencia de Pito? Porque de qu
hubieran servido los otros sin esa barbaridad?

Como haba que acomodarse al andar de Chisco, que no era su andar
ordinario, la bajada a Tablanca dur bastante ms de lo calculado a la
salida de la Cuevona del Pedregaln de Escajeras; y como, as y
todo, el mozn de Robaco no era de hierro, lleg a cansarse mucho y a
no sentirse bien a medida que avanzaba la noche y el fro arreciaba.

Hubo temores de que no pudiera llegar a Tablanca por sus pies, y se
buscaron atajos para llegar cuanto antes. Cmo llegaron, al fin, Neluco
y el enfermo, ya lo habamos visto nosotros. Se calent la cama de
Chisco, se le despoj de sus ropas hmedas, se le dieron unas fricciones
de aguardiente; y en la cama segua reposando al referir Neluco en la
cocina estos sucesos que ms de una vez empaaron los ojos de Facia, e
hicieron estremecerse de pavor y de entusiasmo a su hija Tona, mientras
a mi to le temblaba la barbilla y le chispeaban los ojuelos clavados en
los del narrador. En cuanto a m, con admirar tanto como admir la
atrocidad heroica de Pito Salces, y con sentir tan hondamente como sent
el percance tremendo del pobre Chisco, an me resultaba poco todo ello
en comparacin del cuadro de horrores que yo haba estado forjndome en
la cabeza durante el da y una buena parte de la noche.

Terminado el relato, con minuciosos comentarios de los oyentes, y
reanimado ya Neluco con el calor de la lumbrona, diose una vuelta por la
alcoba de Chisco; vio y vimos todos que dorma profundamente un sueo
tranquilo y reparador sin seal de calentura; dionos instrucciones para
lo que pudiera acontecer hasta que volviera l a la maana siguiente;
pidi el farol que ya le tena Facia preparado; despidise y se fue a su
casa, donde estara su ama de gobierno llorando por l y hasta
encomendndole a Dios. Expliqu yo luego a mi to, con la razn de estos
sucesos, mi conducta de todo el da; pareci tranquilizarse con ello;
nos arrimamos poco despus a la perezosa; cen yo con un apetito como no
haba sentido otro en mi vida, y una hora despus nos retirbamos a
dormir.

A dormir!... Buenas andaban para ello las horas de aquel da y de
aquella noche memorables!

Habame yo metido en la cama con la cabeza atiborrada de sucesos
extraordinarios y el corazn henchido de impresiones; vea la tempestad
rugiendo entre las montaas, desgajando peascos y desarraigando troncos
seculares, y a una docena de hombres, sencilla y naturalmente generosos,
envueltos entre remolinos de nieve y de granizo, rodando por los suelos,
como la hojarasca muerta de los rboles; vea a Chisco moribundo en el
lomo de una roca, sobre el fondo negro de un abismo espantoso; vea las
ansias desesperadas de sus compaeros de fatigas, que no hallaban la
manera de sacarle de all, y vea, por ltimo, al noblote Pito Salces
volando por los aires y jugndose la vida en aquel arranque brutalmente
sublime, por el intento solo de salvar la de su amigo, que de seguro
hubiera hecho una barbaridad idntica por l; consideraba yo todo lo que
representaban y valan a la luz del buen sentido estas cosas, y la
simple acometida de la excursin a la montaa en un da como aqul, por
puro y santo espritu de caridad, como el hecho ms natural y sencillo,
sin la menor protesta, sin la ms leve duda y sin idea siquiera de la
ms remota esperanza de lucro ni de aplauso; y, sin poderlo remediar, me
acordaba de lo que haba ledo y odo tantas veces en mi mundo; del
clamoreo resonante que sola moverse en tertulias, casinos y papeles, y
de los honores y cintajos que se pedan y se otorgaban para premiar una
hazaa que no vala dos cominos en buena venta; pensaba tambin en mi
pobre to, a quien las dudas primero, y despus el conocimiento de la
realidad con todos sus pormenores, haban afectado muy profundamente, y
en que le haba dejado yo a la puerta de su dormitorio mucho ms abatido
y macilento que de costumbre, ms fatigoso y ms perseguido por la tos;
en fin, hasta pens en lo que, en buena justicia, habran ganado Chisco
en la estimacin de Tanasia, de quien no era digno un animalote como
Pepazos, y Pito Salces en la de Tona, que no habra echado en saco roto
las heroicas atrocidades del mozalln que tan de veras la quera.

Hasta bien pasada la media noche no empezaron los amagos del sueo a
confundirme y amontonarme estos pensamientos y aquellas imgenes en la
cabeza; y entonces fue, precisamente, cuando o unos golpes dados en el
suelo del cuarto de mi to. Sola l llamar as con un palo que le
ponan arrimado a la cabecera de la cama. Pero en los golpes de aquella
noche haba algo que los distingua de los golpes de otras veces, odos
por m sin alarma. Poda ser esto verdad, o producto de una alucinacin
ma; pero yo, en la duda, me atuve a lo primero y me levant de un
salto, encend la buja, me vest en el aire y acud a la llamada. Y
result lo que yo me tema. Hall al pobre seor incorporado en la cama,
de color de lirio, con la mirada de angustia, la boca entreabierta, la
respiracin anhelosa y difcil, y un estertor en el pecho que pareca el
de la muerte. Recitaba, slaba a slaba, salmos del _Miserere_... y yo
no supe qu hacer ni qu decirle en los primeros momentos: me impona
aquel cuadro que nunca haba visto, y senta al mismo tiempo mucha
compasin. Contando con ataques de aquella especie, haba en casa varios
medicamentos y nos haba dado Neluco algunas instrucciones para combatir
el apuro en los primeros instantes mientras se le avisaba a l; pero yo
no acertaba a hacer ni a disponer cosa con cosa. Tan aturdido me vea!

Llegaron a esto las dos criadas, que tambin haban odo los golpes, y,
por ver a su amo desde la puerta, me dijo Facia al odo:

--Lo mesmu que la otra vez!

Volvise Tona volando hacia la cocina a cumplir un mandato de su madre,
y se qued sta conmigo en el cuarto del enfermo.

ter, maniluvios, sinapismos... qu s yo cuntos recursos se pusieron
en juego all! A todo se prestaba el angustiado seor, menos a que se
avisara a Neluco ni a don Sabas, porque despus de la brega que haban
tenido desde el alba, necesitaban el descanso tanto como l. Y cuidado
con que se enterara el pobre Chisco de lo que estaba pasando! porque era
capaz de levantarse con riesgo de ponerse peor; y Chisco y el Cura y
Neluco y yo y Facia y todos y cada uno de los que dorman o descansaban
a aquellas horas o andaban sanos y buenos por la casa, hacan falta en
el mundo; todos menos l, que vindose en aquel trance se vea en lo
suyo propio y en lo que era natural.

Todo esto nos lo iba diciendo poco a poco, mientras clavaba en nosotros
su vista cristalizada y anhelosa y hunda sus manos cadavricas en una
palangana llena de agua muy caliente, aprovechando el alivio que iban
producindole ste y otros remedios heroicos que le aplicbamos sin
cesar.

--Adems--nos dijo--, esto no es la muerte todava; lo conozco yo bien;
y si creyera otra cosa, ya estara aqu el Cura por mi orden, por la
cuenta que me tiene.

--Cascajo!... Pero es otro aviso de ella... vamos, el segundo toque; al
tercero, la misa... y no miento, la misa de cuerpo presente; el cuerpo
de tu to, Marcelo, de tu amo, Facia, que ya est de sobra en esta casa
y en el mundo... Bendita sea la voluntad de Dios por siempre jams,
amn!

Despus se puso a rezar por lo bajo; y a medida que se le calmaban las
angustias iba cerrando los ojos, hasta que acab por quedarse dormido; y
as dormitando y despertando a cada instante, pas mucho tiempo. Hacia
la madrugada desapareci por completo el ataque, y durmi el enfermo
tranquilamente y de un tirn, cerca de dos horas. Pero qu ganas haba
tenido yo durante la noche de avisar a Neluco, y qu ansiedad la ma por
que amaneciera!

Cuando amaneci, al fin, tiritaba yo de fro... y de tristeza, sentado a
la cabecera de la cama de mi to, despus de haber visto desde la solana
de mi cuarto que no se presentaba el nuevo da ms risueo que el
anterior, y de enviar recado a Neluco para que anticipara la visita
cuanto le fuera posible.




XXIII


En cuanto mi to se hall libre del ataque al despertar del sueo,
relativamente tranquilo, que yo le haba velado desde el amanecer, y vio
el cuarto alumbrado por la luz del da, aunque parda y melanclica,
olvidse de las mortales angustias que haba sufrido pocas horas antes,
y no tuvo ni declar otro deseo que el de saltar de la cama para hacer
la vida de costumbre. Dios y ayuda nos cost reducirle a que siquiera
nos escuchara las razones que tenamos para oponernos a su irreflexivo y
peligroso empeo. Neluco, que ya se hallaba presente y bien enterado de
todo lo ocurrido durante la noche, tuvo que enfadarse de veras y hasta
faltarle un poquillo al respeto. Si no por las buenas, por las malas
tendra que quedarse aquel da en la cama, y el siguiente, y el otro, y
todo el tiempo que durase el temporal de nieve. Haba que evitar a todo
trance los enfriamientos... Despus, ya se vera. A lo cual respondi
don Celso, echando lumbre por los ojillos de raposo y apretando los
puos de coraje:

--Para ti estaba! para ti y para todos los de tu arrastrado oficio,
mediqun trapacero del cascajo! Por quin me tomas? De qu madera te
has pensado que soy yo? Me levantar... o no me levantar, conforme y
segn me vea de agallas; pero no porque se le antoje as o asao a ningn
enterrador de vivos... porque enterrar en vida es cuartajo! tener en la
cama das y das a un hombre como yo, sin calentura ni dolores.

Al cabo se entreg, ms que por convencimiento, por falta de fuerzas
para salirse con la suya; pero volvi la cara hacia la pared
refunfuando protestas e improperios como un chiquillo contrariado.

Despachado este asunto y mientras bamos a ver a Chisco, deca yo al
mdico que acaso tuviera razn mi to en su porfa con nosotros. Era
tan extraordinaria su naturaleza!

--No hay naturaleza que valga--me respondi Neluco--, a cierta edad de
la vida y con determinadas enfermedades.

--Pero tan grave es sta que padece mi to?--le pregunt.

--Ya le he respondido a usted en otra ocasin a esa pregunta.

--Efectivamente.

--Pues atngase usted a ello, y srvale de gobierno para su mejor
inteligencia, que de cada cien enfermos de esta clase, aun siendo mozos,
se mueren... ciento y uno; conque figrese usted si habr que andar con
cuidado, siquiera para detener la muerte de don Celso unos cuantos das.
Lo que aqu se necesita ahora para disciplinarle un poco, es organizar
la asistencia modificando al propio tiempo la vida de este hogar. Usted
no puede acomodarse a ciertas faenas, impropias de sus hbitos y hasta
de su naturaleza; Facia es la estampa de la melancola, y su hija Tona
incapaz de suplir con la ms cariosa de las solicitudes, la habilidad y
el pulimento que le faltan. Adems, ni la madre ni la hija pueden, por
su condicin de sirvientes, imponerse a los caprichos impetuosos de su
amo, que, por otra parte, se las sabe ya de memoria, lo mismo que a
usted. Ms que con caldos y con drogas, hay que atender a este enfermo
con entretenimientos que le distraigan y alegren y le obliguen a ser
dcil, hasta por la cortesa. En fin, que he pensado en Mari Pepa. Mari
Pepa vendr aqu de enfermera con mil amores, y viniendo ella, vendr
Lita tambin; y con el pretexto de acompaar a don Celso, se pasarn a
su lado todo el da y harn de este casern una pajarera. A usted qu
le parece?

De perlas me pareci, y as se lo declar a Neluco. Qued l en
convertir el plan en cosa hecha, y llegamos en esto a la alcoba de
Chisco.

El cual no estaba ya en ella ni en sus inmediaciones. Preguntando por l
a Tona, supimos que andaba, buen rato haca, arreglando el ganado.
Bajamos a las cuadras y all dimos con l. Algo le dola el brazo
todava jancia el hombral; pero como era el izquierdo, se manejaba
bien para sus quehaceres. Tena buena apetencia, se jallaba firme de
los otros remos, y por eso se haba levantado como todos los das. Ya
saba lo de su amo, y le llevaban los diantris al considerar que
mientras el pobre seor pasaba las de Can, l estuviera durmiendo a
pierna suelta toda la noche, y por culpa de blanduras y arreparus que
se haban tenido malamenti con un hombre de su correa. Pulsle el
mdico y le reconoci el brazo y la herida de la cabeza; diole por sano
y bueno si se obligaba a observar ciertos cuidados que le prescribi;
despidise de m hasta ms tarde, y se fue. Antes de salir me dijo muy
quedo:

--Creo que hice muy mal anoche en referir ciertas cosas delante de su
to de usted, con lo impresionado que ya estaba el pobre seor.

Sospech lo mismo, volvme al lado del enfermo y me sent a la cabecera
de su cama. Le hall ms humano que antes, sin duda porque tambin
estaba ms abatido. Como no le tentaba el deseo de hablar, ni era
conveniente provocrsele, segn encargo muy encarecido de Neluco, dime a
meditar yo por no tener otra cosa en qu ocuparme all. Era indudable
que yo haba llegado a querer de veras a mi to: a la vista estaba lo
que me dola la gravedad de su estado y el peligro en que se hallaba de
quedrsenos entre las manos a la hora menos pensada; y, sin embargo, la
perspectiva de aquella serie de das de cama, impuesta por el mdico al
enfermo, con la sujecin a que me obligaba esta medida, en el menguado y
ttrico recinto de aquella alcoba, y la tenaz y espesa nevada que tena
el cielo en tinieblas, la tierra sin suelo en que pisar y encarcelados a
sus habitadores, me preocupaba y me dola a qu negarlo! mucho ms. El
corazn humano adolece con frecuencia de estos achaques, no por maldad
propiamente, sino por falta de educacin de los sentimientos, por desuso
de los ms delicados de ellos, por resabios del egosmo adquiridos en la
libertad de una vida sin trabas ni linderos. Explicbame yo aquella
debilidad, que me pareca hasta pecado grave, con estas reflexiones, y
con ellas me consolaba, aunque no tanto como con la esperanza de que se
realizaran los planes de Neluco y vinieran Lita y su madre, sobre todo
Lita, a aliviarme del peso de la cruz, renovando el aire y los sonidos y
las caras y hasta la luz de aquellos mbitos entristecidos, mudos,
negros y montonos. Pero se prestaran a venir Mari Pepa y su hija, no
obstante sus buenos y caritativos deseos? No les arredraran los
obstculos de la nieve y del fro, de aquel fro como no le haba
sentido yo ni en Rusia quizs, por no haber en Tablanca otro recurso que
el de la cocina y un mal brasero para combatirle? Mal conoca yo los
alientos de las seoras tablanquesas! A media maana entraban por la
puerta del saln de la casona la hija y la nieta de don Pedro Nolasco,
poco despus de haberlas odo yo gorjear y llenar el pasadizo de voces
argentinas y armoniosas. Tambin las haba adivinado mi to.

--Jess!... la cellerisca!--haba exclamado, al orlas, en un tono que
revelaba ms alegra que pesar.

Sal a su encuentro y las recib sin disimular una pizca el alegrn que
con su visita me daban. Los ojos y la nariz era lo nico que se vea de
sus personas: todo lo dems era un conglomerado de faldas, chaquetas,
toquillas y mantones de lana espesa y dulce. Preguntando y exclamando,
ora en voz baja (cuando no era conveniente que lo oyera mi to), ora
casi a gritos (por convenir que lo oyera), iban deslindose la cabeza y
descubriendo la cara, hasta que apareci la de Lita (me fij poco en la
otra) como luna de enero entre nubes grises, o ms propiamente, como una
manzanita de agosto arrebujada en las hojas de su ramo: as estaba de
coloradita, de tersa y de apretada la redondez de sus carnes por all.

Como venan bien informadas e instruidas por Neluco, poco o nada
hablamos del papel que les corresponda en la comedia que bamos a
representar delante del enfermo. Don Pedro Nolasco no haba podido
acompaarlas; mejor dicho, no se lo haban permitido ellas, por temor a
una cada que hubiera sido mortal en un hombrazo de sus aos... porque
estaban los caminos Virgen Mara, la nuestra Madre! que daban miedo. Se
eslociaban los pies en la nieve como anguilas en la mano. Solamente en
la subida del pedregal se haba cado ella (Lituca) dos veces, y sobre
una misma rodilla, que deba de estar hecha una compasin. No lo haba
visto todava, pero poda jurarse por lo que la resquemaba, aunque no
la impeda los movimientos, gracias a Dios. Por lo dems, ya saban
ellas que al enfermo no le convena la charla, aunque la pidiera: de vez
en cuando, alguna chunga, como si el mal fuera de broma; a tiempo y con
amor, las medicinas y el alimento; y que perdonramos la franqueza si se
daban por convidadas a comer, porque ellas, con el pretexto de la
nevada, pensaban quedarse hasta la noche sin que don Celso maliciara la
verdad del motivo. Venan provistas de labor para hacer ms entretenidas
las horas sobrantes alrededor del brasero.

Mi to las recibi con cuatro cuchufletas y algunos lamentos. Aunque
vivo todava, se daba por muerto ya. Protestaron ellas contra el
supuesto, asegurndole que lo que le haba encamado entonces era la
frialdad de la nevada, y puede que tambin algo del sentir que le diera
el conocimiento de lo ocurrido en el monte el da antes.

--No lo niego--respondi a ello mi to--, y por lo mismo no tiene vuelta
de hoja lo que vos acabo de decir; porque qu puede esperarse ya de un
hombre de mi veta cuando se deja acaldar, como yo estoy acaldado, por
chapuceras como esas?

Era la pura verdad; pero, as y todo, insistieron las bonsimas mujeres
en negarla, aunque no con los bros necesarios para lograr sus
caritativos fines, porque eran cariosas en extremo y se sentan
impuestas y conmovidas ante aquella extenuacin y aquella lividez
cadavricas del pobre don Celso, que ni por afn de mantener sus
derechos desconocidos por la tirana profesional de Neluco, se acordaba
ya de levantarse.

Dejronle al fin en el sosiego que necesitaba; instalmonos en el saln
contiguo; lleg la mujer gris con el brasero encogollado de ascuas
resplandecientes; psole en la caja que estaba all, y nos sentamos
alrededor de ella, sin perder de vista al enfermo, Mari Pepa, su hija y
yo. Mari Pepa sac de un bolsillo muy grande de su delantal los avos de
hacer media; Lita (no supe de qu repliegue de sus complicadas
envolturas) los de hacer puntilla, y ambas comenzaron a trabajar en sus
respectivas labores y a hablar al mismo tiempo, pero ms con los ojos y
por seas que con la boca, en lo que tuviera relacin con el estado de
mi to. De lo de ayer, se habl mucho ms, y tambin con cierto
cuidado para que no fuera odo desde la alcoba lo que poda
impresionarle nuevamente. Y fue un milagro de Dios que no nos oyera lo
ms de ello, porque con el obstinado empeo que yo tena en que haba de
haber algo entre Lita y el mdico, estuve verdaderamente pesado y
machacn en ciertos pasajes del dilogo; particularmente durante las
escapadas de Mari Pepa a la alcoba, porque haba tosido mi to o se
crea que haba llamado... o para ver si necesitaba alguna cosa, sin que
tosiera ni llamara. En casa de don Pedro Nolasco se haba sabido todo,
poco antes de pasar la nube que los haba aterrado. Haban vivido en
la misma angustia que yo hasta muy entrada la noche. Yo refer a Lita
las dudas que haba tenido en casa del Topero; y aqu fue donde mi
tenacidad ray en impertinencia. Lo conoc en una mirada de extraeza
con que respondi mi linda interlocutora a una indirecta ma en que se
clareaban demasiado mis intenciones. Me impuso aquella serenidad que me
pareci protesta contra un mal entendido derecho de preguntar ciertas
cosas por muy evidentes que fueran.

En esto lleg don Sabas, quejndose desde el pasadizo de los miramientos
que se le haban guardado en nuestra casa aquella noche. Quin nos
haba dicho que por un viaje ms o menos a la montaa, no quedara l con
agallas suficientes para cumplir con su deber a cualquier hora que se
llamara a su puerta? Y si la cosa hubiera apretado un poco ms de lo que
apret, qu hubiera sido del cristiano en peligro de muerte? De quin
hubiera sido la responsabilidad? Qu se hubiera dicho de l y qu de
todos nosotros?... Y aunque la cosa no apretara, para cundo son los
buenos amigos?

--Pues, mira--aadi arrimado ya a la cama de don Celso--, lo que es
sta no te la perdono.

--Bah, bah!--refunfu el aludido revolvindose un poco--, no me rompas
la cabeza. T puedes jacer lo que te acomode, que yo bien s lo que me
hice.

--Jinojo!--replic don Sabas--, es que el miramiento se fue tal, que
si no topo ahora mesmo con Neluco, se pasa el santo da sin que yo me
entere de lo que a ti te pas anoche.

Intervine yo, desenoj al Cura, quedse con mi to a solas y continuamos
los dems alrededor del brasero, como antes, charla que charla, sobre
lo de anoche sobre lo de ayer y hasta sobre cierta promesa hecha por
m a mis interlocutoras el da en que las haba conocido, de comer en su
casa alguna vez; promesa que todava estaba sin cumplir, por culpa bien
notoria de la agitada vida que llevaba monte arriba y monte abajo,
cuando no de los fieros temporales que me tenan bloqueado en la casona.
Al medioda volvi Neluco, que no hall en el enfermo nada de particular
ni de nuevo, ni quiso acceder al ruego que le hice de quedarse a comer
con nosotros; ruego que, por su parte, me haba desairado ya el Cura.
Marchronse los dos juntos, despus de prescribirnos el primero el plan
de asistencia para la tarde, y de conjurarnos el segundo a que por
ningn motivo ni miramiento humano dejramos de avisarle a la menor
novedad; volvieron Lita y su madre a la alcoba del enfermo para
ponderarle la mejora que notaban en l (y bien sabe Dios cunto mentan
a sabiendas en sus ponderaciones), y a darle Mari Pepa unos sorbos de
leche mientras su hija le arreglaba las ropas de la cama y entraba la
mujer gris en el saln a poner la mesa en las cercanas del brasero, y a
poco rato nos sentamos a comer.

Comiendo y hablando, tuve yo que decir, porque me lo preguntaron mis
locuaces comensales, qu cosas se coman por los pudientes, y a qu
horas, en esos mundos de Dios. De todo se admiraban aquellas
sencillsimas mujeres; y yo, al notarlo, me complaca en apurar la nota,
y as llegu a ponderarles el exquisito sabor de las ancas de rana y de
los nidos de golondrina, entre otras distinguidas y elegantes porqueras
alimenticias que cit. Y era de ver entonces la cara que pona Mari Pepa
y los gestos de asco que haca Lituca mirando a su madre y volviendo a
mirarme a m, como si dudara de la verdad de lo que yo refera.

--Puro vicio, hija, puro vicio--deca al cabo Mari-Pepa--; puro vicio de
la jartura en que viven esas gentonas, de cuanto Dios cri.

Como estaba tan enlazado lo uno con lo otro, tirando del modo de comer
sali el modo de vivir y el modo de viajar. Nuevas admiraciones y nuevos
asombros. Tambin extrem bastante la tesis aqu, y hasta sospecho que
ment un poco, aunque dentro de lo verosmil y perdonable. Lo de
acostarse cerca del amanecer y levantarse despus del medioda para no
salir de casa hasta el anochecer, les maravill tanto como la sopa de
nidos de golondrina y las frituras de ancas de rana.

--Mara la mi Madre!--exclam Lita al enterarse de ello--, pues si esas
gentes no ven nunca jams el sol, qu diantres pueden ver que las
alegre y las engorde? Yo creo que eso es vivir contra ley.

--Vicio, hija, vicio--insista Mari Pepa--; vicio de no saber qu
jacerse en una vida tan regalona.

Preguntme Lita si yo tambin tena por all esas malas costumbres;
respondla que s, y me dijo, por todo comentario, con una ingenuidad y
una llaneza verdaderamente infantiles:

--Pues buen picaronazo estar ust... Verd, madre?

Celebr yo el dicho con una risotada no menos ingenua, dando enseguida
las gracias por el piropo, casi al mismo tiempo que responda Mari Pepa
a la pregunta:

--Quin sabe, hija del alma, quin sabe? Quien se jaz a comer niales
de golondrina sin reventar de duda, bien puede jacerse a vivir de ese
modo sin ofender a Dios ni quebrantar la salud.

Con esta salvedad de su madre se puso Lita muy colorada, y quiso
enmendar lo que pudo haberme parecido impertinencia suya; y yo, sin
dejarla concluir, la allan el camino de sus deseos ofrecindola por
aadidura una declaracin, no desprovista de sinceridad, de mis grandes
desencantos.

--No le pasara tal ahora--me objet Mari Pepa--, si se hubiera casado a
tiempo, para vivir como Dios manda. A qu diantres quieren el saber y
los posibles cuando se ven solitarios de familia y mozones de casa
abierta?... Pues mire, don Marcelo: dicen que para estas casas, por muy
cerradas que estn, siempre tiene el diablo una llave.

--Podr tenerla--repliqu yo muy formal--; pero en la ma no ha entrado
nunca.

--Jorria, trapacern de satanincas!

Solt despus la carcajada, y la solt Lita al mismo tiempo. Ayudlas yo
con otra, por la gracia que me hacan las dos; y enseguida comenzaron
los picadillos y tiroteos que no podan faltar all, entre los tres.
Porque estas quisicosas son ingnitas en la mujer de todas castas y
latitudes; y puestas todas ellas en una misma situacin, todas, salvo
las diferencias de lugar y de estilo, vienen a escarbar en el mismo
terreno y con los propios fines. Siempre las iniciativas y la fuerza del
atrevimiento, las marrulleras y el tesn, en la madre; la estudiada
reserva, la mal disimulada curiosidad, el elocuente silencio, el mirar
de soslayo, la pinchada sutil, en la hija. As llegaron las dos a dar
por hecho que no habra tenido yo menos de cincuenta novias, ni bajaran
de tres las que quedaban en Madrid llorando mis ausencias y tal vez mis
ingratitudes. Pero si en el fondo no era nueva la escena para m,
ranlo, hasta embelesarme, aquellos pintorescos matices de lengua;
aquella dialctica a la buena de Dios, sin andamiajes retricos ni
artificios convencionales; aquellas malicias sanotas que brotaban del
regocijado palabreo, espontneas, frescas, airosas y transcendiendo a
la tierra como las rosas del huerto entre la virginal y esplndida
hojarasca del cercado que las protege. Por eso sent en el alma que se
acabara aquel originalsimo discreteo. Y se acab por acudir Mari Pepa
a mi to que tosa y se quejaba, mientras Lituca, a la vez que escuchaba
los quejidos y las toses, me mandaba callar poniendo un dedn muy mono
sobre la boca, y llegaba Facia a recoger los mendrugos y levantar los
manteles de la mesa.




XXIV


Pas pronto lo de mi to, y pasaron dos horas ms sin otro suceso digno
de notarse en la casona y fuera de ella, que unas rachas de vendaval
hmedo que ennegrecieron un poco la nevada, cosa que nos llen a todos
de complacencia, menos a la mujer gris, por ser el fenmeno seal de
prximo desnieve. Cerca del anochecer, cuando Mari Pepa y su hija
recogan las respectivas labores y se sacudan las hilachas agarradas a
los vestidos y aperciban las nubes y los mantones, dicindole de paso
a mi to muchas cuchufletas por animarle, y goteaban las canales del
tejado la nieve derretida por la lluvia que iba espesando, vino el
mdico otra vez. Examin al enfermo, y nada de particular ni de
alarmante hall en l que hiciera temer una noche como la pasada; pero
tampoco se atrevi a prometrnosla ms tranquila, porque todo caba en
una enfermedad de tan mala casta en un doliente tan aniquilado e
indefenso como mi to. Esto me lo dijo aparte despus de darme, delante
de Facia y de Mari Pepa, el plan de campaa hasta el da siguiente, sin
perjuicio de volver l a ltima hora, por lo que pudiera ocurrir. La
madre de Lita insisti mucho en quedarse a velar; pero yo no lo
consent, porque tampoco lo hubiera consentido el enfermo ni le hubiera
sentado bien la mera sospecha de tratarse de ello, con lo receloso y
aprensivo que se pona a medida que las tinieblas iban invadindole la
alcoba. Se acord que velara Facia, que no se acostara Chisco y que
durmiera yo como las liebres; y con ello se marcharon Lita y su madre
con Neluco, despidindose ellas hasta maana y l hasta luego; se
fueron quedando a oscuras aquellos destartalados y fros mbitos de la
casona; creci con las tinieblas el silencio, y pas un buen rato,
mientras la mujer gris aderezaba el veln, sin que yo viera otra cosa en
derredor mo que las mortecinas ascuas agonizando entre las cenizas del
brasero, ni oyera otros rumores que los de la trabajosa labor del
respirar de mi to en el fondo de la alcoba, y los del acompasado y
montono fluir de las canales sobre el encharcado goterial.

Cuando hubo luz en la alcoba, me acerqu a la cama del enfermo y le
habl para desentristecerle un poco y animarle. Trabajo perdido. Me
agradeca mucho la intencin; pero l solo saba todo lo mal que se
encontraba y lo imposible que era salir de aquel atolladero sin un
milagro de Dios. Me supona agobiado por la carga de mi sujecin a su
asistencia, y se empeaba en tranquilizarme con la promesa de que no
sera largo mi cautiverio; me peda perdn por los malos ratos que me
daba entre tanto, y me conjuraba nuevamente a que cuando recobrara mi
libertad, no echara en olvido lo que tan rogado me tena; porque lo de
menos era l en aquel pueblo, si haba quien ocupara en la casona el
puesto que quedara vaco con su muerte. Me parecera ya pesado el tema;
pero eso mismo me demostrara la importancia que l le daba... Todo
esto, dicho entre quejidos y pausas anhelantes, con voz apagada y
sepulcral, a la luz extenuada del veln colocado sobre la cmoda, que
slo serva para extremar la palidez cadavrica del enfermo, entre
olores de ter y romero, mientras seguan fluyendo las canales y
rezongando el vendaval afuera, resultaba bien triste ciertamente. Por
obra de la casualidad se producen a menudo contrastes muy curiosos que
parecen chanzas muy pesadas del destino. Sobre la cmoda y debajo del
mechero encendido del veln, haba un rimero de cartas y peridicos que
haba puesto yo all la noche antes para ir entreteniendo con su lectura
mis largas horas de vela despus que, pasado el ataque de asma, pudo
conciliar el sueo mi to. Pues la mayor parte de aquellas cartas y de
aquellos papeles impresos, estaban atestados de noticias, reseas y
juicios de bailes en proyecto, recepciones suntuosas y comedias nuevas
en los salones y teatros de Madrid, como si todo se hubiera escrito para
que yo me enterara de ello en tan oportuna ocasin.

La recada de mi to; el descenso de la temperatura, con el subsiguiente
despejo de sendas y caminos, y la salsilla de lo de ayer llevaron a la
cocinona aquella noche un gran golpe de tertulianos. Asisti hasta el
Tarumbo, que rara vez iba por all, harto ms intranquilo y desazonado
con la enfermedad de don Celso y la burrada de Pepazos, que por
habrsele ensanchado en ms de otro tanto, con el peso y la destilacin
de la nieve, el boquern que ya tena su casa en el jastial del
Poniente. Tambin concurri Pito Salces, que se qued como sin pulsos
cuando Tona, con la faz inundada de sonrisas y los ojos de dulzuras, le
ponder la hazaa de la vspera y le declar sin remilgos que de ese
_aqul_ y de esos prontos le gustaban a ella los hombres. Puches, cmo
se puso enseguida el mozalln con la alabanza! Si no le contengo con una
reflexin imperiosa y una sacudida recia de su lstico, hace otra
barbaridad all menos laudable que la del monte. Jams haba pensado l
(me lo jur as, entrelazando los dedos de sus manos, por aqullas que
eran cruces) que una cosa tan jacedera y currienti pudiera valer
tantos caudales. Con lo dura de pelar que Tona haba sido hasta
entonces! Puches, qu suerte la suya! Pensando que se la envidiara
Chisco, acordme del descubrimiento hecho por m en casa del Topero y en
el corazn de Tanasia, y fuile con el cuento al mozn de Robaco, en un
aparte que tuve con l. Respondime que me haba tomado yo un trabajo
bien ocioso, aunque me le agradeca mucho.

--Las cosas--concluy en el tono sentencioso que tan propio le era--, pa
rodar bien, han de rodar por s mesmas jancia unu.

Aquel hombre era la parsimonia y la imperturbabilidad en carne y hueso,
y las mismas pulsaciones tena delante del oso en su caverna, que al
calorcillo de la novia.

Por encargo de mi to andaba yo muy a menudo en la cocina, ms que por
hacer los honores a la tertulia, para evitar que los tertulianos le
invadieran a l la alcoba. Los quera mucho; pero no hubiera podido
soportarlos en la angustiosa situacin de cuerpo y de espritu en que se
hallaba. Por eso, aun sin la prohibicin terminante del mdico, no
habra querido recibir a ninguno de ellos durante el da. Cuando se
tratara de despedirse de todos, ya sera diferente.

A ltima hora llegaron don Sabas y Neluco: el primero resuelto a
quedarse all, sin que lo notara el enfermo, favor que le habra pedido
yo si no se hubiera anticipado l a ofrecrmele; el segundo a informarse
del estado de las cosas antes de retirarse a descansar. Como las tales
cosas no ofrecan aspecto nuevo ni muy alarmante, se despidi de mi to,
y de los que con l nos quedbamos en la casona, y se fue con los
ltimos tertulianos, uno de los cuales era Pito, que tropezaba con
gentes, bancos, puertas y tabiques, de puro aceleradote y desatinado que
le haban puesto las alabanzas y los arrumacos de Tona.

Pas la noche mejor de lo que todos esperbamos, y amaneci el da
siguiente sin una nube en el cielo ni una rfaga de aire en la tierra; y
cuando el sol traspuso los picachos del Este y salud al valle con sus
rayos que chisporroteaban sobre la nieve que no haba deshecho la
lluvia, mi pobre to mand que se abrieran de par en par los cuarterones
de su alcoba, ya que no le era permitido hacer otro tanto con las
puertas y ventanas para que entraran la luz y el aire en la abundancia
que necesitaba l para salir a flote en aquella mar de angustias que le
ajogaba, por culpa del arrastrado mediquillo que pareca empeado en
matarle. Y lo cierto era que si en el cuerpo no se notaban cosa mayor
los milagros de la panacea que con tanto afn solicitaba el enfermo, los
haca en su espritu muy considerables. Era otro hombre desde que el
sol se haba colado en su alcoba como por las rejas de una crcel, y
vea flotar, danzando dentro de la faja luminosa que atravesaba la
habitacin por delante de su lecho desde el cuartern de la ventana, las
pelusillas y el polvo vagabundos. No apuntaba siquiera el propsito de
levantarse, porque no se lo permita la extenuacin de sus fuerzas; pero
crea en la posibilidad de volver a tomar el sol antes de morirse,
aunque fuera sacndole en un cesto a la solana si le duraba al tiempo
aquel buen semblante unos cuantos das.

Y le dur ms de siete, y se templ en tales trminos y se arregl la
envejecida y desconcertada mquina de mi to de tal manera, que, no en
un cesto, sino bien sentado en el silln de vaqueta de su dormitorio, y
bien forrado y envuelto en mantas y capotes, consigui darse ms de
cuatro panzadas de sol al aire libre en el abrigado rincn de la
solana, adonde le sacaba yo poco menos que en vilo, por la puerta de su
alcoba, entre las tempestades de votos y reniegos con que protestaba
contra la perra acabacin que en tan miserables extremos le pona.

Tuvo muchas visitas en ese tiempo, y la familia de don Pedro Nolasco se
las haca por maana y tarde. En las en que se hallaba el vejancn de la
Castaalera, cada vez menos socorrido de palabra y de asuntos de
conversacin, sola interrumpir los largos parntesis de silencio con
descargas como sta y dos cachiporrazos en el suelo:

--Vaya, vaya con el bueno de don Celso que se nos quiere morir sin ms
ni ms! No, no; pues como valga la ma, no te sales t con la tuya. Eso
te lo juro yo.

Lituca, si se hallaba presente, sala al quite de la impertinencia con
una broma algo forzada en que me aluda a m con los piadosos fines de
que rematara ya la suerte para tranquilidad de mi to. Y stos y otros
parecidos lances eran el nico lado agradable que tena para m aquel
cuadro de continuas e interminables tristezas, sobre las cuales iba
descollando de da en da y a medida que la temperatura se templaba y
surgan riscos y laderas por los anchos desgarrones abiertos en el
espeso tapiz de nieve por los rayos del sol, la figura, de suyo
melanclica, de la mujer gris, particularmente hacia la cada de la
tarde, y, sobre todo, al descolgar el caldern y empuar los dos
cntaros de barro para ir a la fuente entre da y noche, segn costumbre
inmemorial en ella. Como se haba hecho tan visible para m esta
agravacin de los espantos de la pobre mujer, la observaba con cuidado
desde lejos, y por eso pude notar que eran de prueba terrible para la
infeliz aquellos momentos: pareca un reo de muerte que caminaba hacia
el patbulo cada vez que se alejaba del cantaral con el caldern sobre
la cabeza y una escala en cada mano.

De uno de aquellos viajes volvi que daba compasin y susto mirarla, y
ms tarde que lo de costumbre. Se la conoca en los ojos que haba
llorado mucho, y anduvo toda la noche por la casa de ac para all sin
saber hacer cosa con arte. A ratos se quedaba como alelada, y a ratos se
senta acometida de una inquietud que no la dejaba parar en ninguna
parte. La vi, sin que ella lo notara, ms de dos veces, en la penumbra
del carrejo, llevarse con desesperacin ambas manos a la cabeza, y la o
invocar al mismo tiempo, en voz enronquecida y mal dominada, al devino
Dios de las misericordias grandes y a la Virgen Santsima de las
Nieves, la su madre clemente y amorosa. Deseaba morir de pronta muerte,
si en el deseo no pecaba, antes de ser testigo de eyu y manchar la
vista de los sus ojos en una vergenza tal. Tem por su razn; y movido
de un sentimiento de lstima, me hice el encontradizo con ella. No se
sobrecogi al verme, como sola en tales casos; al contrario: pareca
calmarse un poco y reanimarse con mi presencia, y hasta not en ella
como deseos de decirme algo. Tomndolo por motivo, la habl, primero
para tranquilizarla, despus para indagar, para descubrir la casta
siquiera de aquellos misterios que en trance tan angustioso la ponan.

--Ahora no! ahora no!--me dijo despus de vacilar un poco--; cuando no
pueda ms... cuando la carga me rinda de too, estonces! estonces!... y
a ust solo... Y, por carid de Dios, don Marcelo: que, hoy por hoy, no
sepa n de estos espantos que me acaban, el seor su to... ni naide,
si ser pudiera!...

Apartse de m con esto y huy a encerrarse en su cuarto, mientras
volva yo al de mi to seriamente preocupado y sin saber qu pensar de
aquellas cosas tan raras.

Nada ocurri, por fortuna, que hiciera necesaria la presencia de la
infeliz mujer en ninguna parte de la casa aquella noche. La cual debi
ser bien terrible para ella; porque apenas me hube levantado yo de la
cama al da siguiente, y eso que madrugu tanto como el sol, apareci
como un fantasma en mi cuarto, despus de haberme pedido permiso para
ello entreabriendo la puerta con mucho cuidado. Tena los ojos hundidos
y circundados de una aureola cenicienta; pareca que le haban chupado
las brujas los pocos jugos de la cara, sobre la que caan, por debajo
del pauelo atado a la cabeza, encrespados mechones de cabellos grises;
le temblaban los resecos labios, y sala de su garganta la voz
enronquecida y como rechinando. Dejse caer de rodillas delante de m, y
pidi por todos los santos del cielo que la oyera como en confesin.

--Porque--me dijo por ltimo, entre sollozos mal comprimidos y espasmos
de todo el cuerpo--, ya no puedo ms con la carga, y lleg la hora de
quitrmela de encima o de morir debaju de eya.

Hice, ante todo, que se incorporase y que se sentara en una silla, cerr
por dentro la puerta del gabinete, sentme yo enseguida junto a la
infeliz mujer, y me dispuse a orla, conforme ella lo deseaba, despus
de dirigirla palabras de conmiseracin y de aliento.




XXV


Dos partes tuvo la confesin de Facia. En la primera me declar todo lo
que yo saba perfectamente por boca de Chisco: la historia de su
desdichada unin con el pcaro baratijero contra la voluntad y las
sabias advertencias de mi to, que era como su padre y seor. Por
desorle, deca la infeliz, haba faltado a la ley de Dios, y por esta
falta haba venido el castigo de sus desventuras; desventuras que ella
haba sufrido, aunque con muchas lgrimas, sin una sola queja. Era su
deber. Que arrastrara la vida como una carga afrentosa; que las
pesadumbres y los dolores fueran minndola y consumindola por donde
nadie ms que ella lo notara; que encanecieran sus cabellos fuera de
sazn y que no hallara, para reponer las fuerzas gastadas en los
trabajos y cavilaciones del da, el descanso de la noche, la
tranquilidad del sueo que no le falta al pordiosero que mata el hambre
llamando de puerta en puerta y errando de monte en monte, con un zurrn
a la espalda y un paluco en la mano, qu importaba? Desconociralo su
hija, tuvirase por hurfana de un padre honrado, y esto solo la daba
gran consuelo y las fuerzas necesarias para llevar su cruz como una
carga redentora de sus delitos, imperdonables en la otra vida sin una
dura penitencia en sta. Cuando, con las miras puestas en estos fines,
vacilaba un poco, porque, al cabo, era tierra frgil y miserable, y
desconfiaba de sus bros y se vea a punto de tropezar y de caer, acuda
al amparo de don Sabas; y all, a la reja del confesonario, en los
profundos de la iglesia, al romper los primeros albores del da, ella,
despus de besar el polvo de los suelos y de regarle con sus lgrimas,
declarando sus pesadumbres y flaquezas, y l reprendindola y
exhortndola con la sabidura y la dulzura de un padre carioso a un
hijo muy desdichado, hallaba siempre los perdidos alientos para
continuar la subida de su Calvario con la carga de su cruz... As
estaban las cosas cuando yo haba llegado a Tablanca.

Preguntla por qu en la gran cuita que de tal modo la atribulaba
entonces no haba buscado, como otras veces, los consejos y la ayuda de
don Sabas. Respondime que eran casos muy diferentes unos y otros; que
no dependa de su resignacin ni de sus nimos el que en tales congojas
la pona, y que yo era el nico ser viviente de los de ella conocidos,
llamado a entender en l antes que nadie. Asombrme, llor desconsolada,
golpese la cabeza con las manos, se mordi los puos apretados
convulsivamente, volvi a hincarse en el suelo para pedirme perdn
abrazada a mis rodillas, creci mi asombro, consegu con trabajo que se
sentara de nuevo, y la conjur, por todos los santos de la corte
celestial, a que me declarara enseguida todo cuanto tena que
declararme.

Rehzose algo a fuerza de empearse en ello, y comenz as entre
suspiros muy hondos y sollozos mal reprimidos, la segunda parte de su
extraa confesin:

--Estando las cosas de esta suerti, una tarde, al abocar ya de la
noche... (a los tres das, por ms seas, de venir ust a Tablanca),
cog yo los cntaros, como los coga todas las tardes al caer el sol y
los cojo a la presente y los he cogido dende que tuve fuerzas pa eyu, y
fuime por el agua. La fuenti, tal que ust lo sabe, est cayeju arriba
de aqu, a medio cuarto de hora de un buen andar, subiendo, y en una
rincon muy jonda a la derecha, segn se sube. Por estar tan a trasmanu
del lugar y tan placentera de esta casa, solamente nusotros bebemos de
eya; de suerte y modu, que es una soled de las ms solas a toas las
santas horas del da y de la noche. Pos quin le diz, seor don Marcelo
de mi alma, que andando, andando, y bien a la descuid por cierto, en
aqueya tardezuca que le pinto, malas penas aboco a lo ms obscuro de la
rincon, cuando me doy con los jocicos... Virgen Mara la mi Madre de
las Nieves! con la estampa de hombre ms desastr que en los jamases
haba yo visto ni ver. Tvele por salteador facinerosu. Dime por
feneca ay mesmu, y clam al devino Dios, soltando los botijos de las
manos y en un puro temblor de todo el cuerpo. Alzse en esto el hombre,
que estaba sentau en una pea debajo del binquizal ms tupo que hay
ay, y habl pa chunguease con los mis ajuegos que bien a la vista
estaban, y pa jurame que vena de paz, si no se le pona en extremos de
venir de guerra... porque l a too se amaaba... Y entonces, entonces,
seor don Marcelo, entonces fue cuando yo entend que se me enturbiaba
la vista, y se me cuajaba la sangre en las venas, y se junda el suelo
en que pisaba... Aqueyu fue el espantu de los espantus, y las congojas
de las agonas de la muerte... Porque Santa Virgen la mi Madre
celestial! aquel enemigo de hombre tan jaraposu y tan mal encarau, por
voz y moviciones y palabras, result ser l, el mesmu en huesu y carne,
en alma y vida!

--Quin?--pregunt a Facia, ms con la intencin de distraerla del
paroxismo en que haba vuelto a caer, que por la curiosidad de una
respuesta que casi adivinaba yo.

--Pos l, seor don Marcelo--me dijo la infeliz retorcindose las manos
entrelazadas y con el espanto en los ojos, como si tuviera al hombre
aqul delante de ellos--; el propiu causanti de mis penas sin consuelo;
el mal padre de la hija infeliz de las mis entraas!

--Pero est usted segura de que era l?--pregunt a Facia fingiendo
unas dudas y un asombro que no senta.

--Ay, seor!--me respondi sollozando--; aunque no lo hubiera estau
entoncis, que bien lo estuve, he teno tantos motivos pa estarlu
dimpus ac!

--Corriente--aad--. Pero de dnde vena... y para qu... y por qu?

--Pos vena, segn relate que me jizo con aquel palabrear zalameru que
siempre tuvo y a m me entonteci en su da, de por esus mundus ay;
lejos, muy lejos!... hasta ms lejos, a veces, que la otra banda. Ya ve
ust si ser bien lejos. Siempre buscndose el bien vivir, y nunca dando
con l. Lleg a verse hasta en cadenas, aos y aos, aunque nunca por
culpa suya, sino de otros, malos amigos y piores compaerus de trabajo.
Al cabo de los tiempos, alcontrse libre de prisiones y seor de s
mesmo; pero se vio solo y desamparado, envejeco de cuerpo y falto de
sal; le jalaba esta tierra porque, al cabo y finiquito, aqu le
quedaban peazos de las sus entraas; y en busca del amparo de eyus le
puso el su corazn que no le menta. Tomando lenguas a tiempo, supo de
m... ay, seor don Marcelo! creo que hasta ms de lo que s yo mesma.
Por saber de too, saba desde que me lo haba odo a m en horas
mejores, aunque bien conts fueron, que el seor mi amo entrega a sus
sirvientis las solds de tiempo en tiempo, pa que hagamus de eyas lo que
ms nos venga en gusto. Con este saber y el del vivir de nusotras dos,
traa el indino de l ajust la cuenta, ao por ao y da por da, del
montante del agorro que yo deba guardar, y guardaba en verd de Dios,
como oro en pao, pa el mejor acomodo de mi Tona el da de maana. No
quera darse a ver por entonces en el pueblo; pero viva en otro no muy
lejanu y podamos entendernos l y yo muy a menudo si el caso lo peda.

Hasta aqu fue lo dulce de la entrevista, segn el relato de Facia. Para
la pintura de lo amargo de ella y mucho de lo sucedido despus, ya no
tuvo la infeliz relatora ni colores ni arte ni fuerzas. Perda el hilo
de los sucesos y me embrollaba el asunto. Deseando yo conocerle a fondo
y por derecho, acud a confortarla y a dirigirla con reflexiones de
cario y con preguntas de indagacin minuciosa. Me sali bien el
procedimiento, y la sustancia de mi labor fue sta:

Bien ajustada por el marido la cuenta de los haberes de su mujer, vino
la exigencia del primer donativo. Por entonces tena bastante con
ello; despus, ya se vera. Facia no lo traera a mano, porque no
contaba al ir a la fuente con aquella urgencia repentina; pero l se
comprometa a volver a recogerlo all mismo al da siguiente a la misma
hora, y era igual. Si ella deseaba callarse como una muerta en lo
tocante a aquel encuentro y a lo que fuera siguindose de l por
respetos equis o tales el hombre no se opondra a ello, porque era de
un natural caballero y generoso, y saba ponerse en todos los casos.
Pero deba de tener Facia entendido (y le encareca mucho la
advertencia, por su bien) que l, con las carceladas y cadenas que haba
sufrido, tena saldadas todas sus cuentas con la justicia. Era libre
como el aire, y estaba en posesin de todos sus derechos, incluso el de
vivir con su mujer o el de reclamar a su hija para llevrsela consigo,
si lo primero no le convena. Si la decan otra cosa por lo de las
requisitorias llegadas a Tablanca a raz de faltar l de all, no le
diran la verdad: primero, porque era inocente de todo lo que se le
achacaba; y segundo, porque, aunque no lo fuera, pagado con sobras lo
tena ya en montn con otros pecados... que tampoco haba cometido. Pero
l (volva a repetirlo) no intentara prevalerse de su derecho: conoca
las cosas, y no se apartara del gusto de su mujer, si le tena en que
lo tapado no se descubriese ni por las moscas. As, y con este
sacrificio de su parte, poda llegarse tambin a los fines que l iba
buscando con su vuelta a Tablanca.

Para la desdichada mujer, que ya se haba considerado libre de aquel
padrn de afrenta, y slo aspiraba a que en el pueblo se fuera
olvidando, como se olvidaba, que haba existido, y a que su hija no
tuviera jams la menor sospecha de l, la aparicin repentina de aquel
hombre superaba con mucho a todo cuanto poda imaginarse en la escala de
las humanas desventuras. Crey a puo cerrado cuanto el pcaro la
afirm, y desde aquel instante qued indefensa esclava suya, como el
pjaro de la sierpe que le fascina y aterra. La hacienda, la vida: todo
le pareca poco para comprar el silencio del infame y poner entre l y
su hija un muro tal, que ni las guilas fueran capaces de volar tan
alto.

Y todo se fue haciendo como el bribn lo peda. En la fuente y al
anochecer, las entrevistas; y en cada entrevista, un donativo de Facia
y nuevas baladronadas del tunante sobre el sacrificio que haca por el
bien y el sosiego de su familia, viviendo sin hogar y a salto de mata.
Como su prestado domicilio estaba lejos de Tablanca (aunque tena para
las ocasiones de apuro un apeadero a la mitad del camino, bien
abrigado de los temporales y a cubierto de la curiosidad de las gentes),
las apariciones del hombre aqul slo ocurran en tiempo bonancible; y
de aqu lo que angustiaban a Facia los das soleados y lo que la
deleitaban los borrascosos, pues aunque no eran diarias, ni mucho menos,
las entrevistas en los primeros, se hacan imposibles en los segundos.

Uva a uva, pronto se acab el racimo de los ahorros de la desventurada
mujer; y cuando ya nada la qued que ofrecer a la insaciable voracidad
del vampiro, comenz ste a esbozar otras exigencias que tard en
comprender el ofuscado y nunca muy sutil entendimiento de Facia.

Cuando lleg a comprenderlas por declararlas el otro sin ambages ni
repulgos, las angustias de la desventurada fueron tales, que le
parecieron de juego las sufridas hasta all. l no poda, en conciencia,
conformarse con la miseria recibida de su mujer. Su abnegacin y sus
sacrificios en bien de la tranquilidad de su adorada familia valan
mucho ms, y haba que buscarlo donde lo hubiera; y como lo haba
abundante en casa de su amo, de mi to, de all haba de salir, y mucho,
y enseguida, y con el ingenio y por la mano de su misma sirviente, de la
propia Facia. Senta muchsimo llevar las cosas por ese lado y tan de
prisa; pero la pcara necesidad le obligaba a ello. Era, ante todo, leal
y agradecido, y deba grandes favores, que quera pagar, a otros dos
caballeros que haban compartido con l sus trabajos de presidio y no le
haban abandonado despus hasta el momento en que as lo declaraba.

Aqu me asalt de pronto un recuerdo, y ped a Facia las seas
particulares de su marido. Comenz por la de un chirlo en la cara que
le parta un ojo y la nariz, y no necesit de las restantes para dar por
conocido al personaje. Sin descubrirle mis sospechas, la reprend
duramente por haberme ocultado hasta entonces lo que me estaba
declarando. A l, ms que a ella, le importaba callar, porque tena
grandes cuentas pendientes con la justicia. Todo lo que la haba dicho
en contrario, era un embuste para explotar su candorosa ignorancia. Se
le poda haber cogido en una de sus emboscadas, como a un zorro en el
cepo, como se le cogera de seguro si an andaba por all...

A esto se estremeci de espanto la angustiada mujer y volvi a caer de
rodillas delante de m, para pedirme por Dios crucificado que no se
hiciera tal cosa. Tambin a ella se la haba ocurrido alguna vez que
poda no ser verdad todo lo que l la deca al auto de aquellos
particulares; pero y qu?... Si lo que la acongojaba no era eso, sino
el temor al ruido y al escndalo; a que el lugar se enterara del caso, y
despus don Celso y, sobre todo, su hija, Oh, esto nunca!... Tapar,
tapar y no ms que tapar!... Por ello, la vida suya y cien vidas y mil
vidas; el suplicio en cruz, en la lumbre de un horno; descuartizada
viva... enterrada en salud, entre sapos y serpientes.

--Y el robo tambin?--la interrump con mal disimulada dureza.

--Seor!--me respondi como aterrada por el sonido de la pregunta--.
Aunque capaz fuera de eyu, qu s yo nde guarda las riquezas el mi
amo, ni si las tiene en casa tan siquiera?

Aqu me refiri, espiritada y convulsa, despus de sentarse otra vez,
por mis reiterados mandatos, cmo, no teniendo valor para hacer lo que
el infame la propona, ni resolucin bastante para negarse a ello, haba
ido entretenindole las impaciencias con aquel reparo y con el de la
continua presencia ma y de otras gentes en la casa con motivo de la
recada de su amo (porque esto ocurri en los das que siguieron a la
nevada); pero, aunque de todo estaba enterado l, a nada de ello daba la
menor importancia: al contrario, sostena que al amparo de aquellos
quehaceres y preocupaciones, era como mejor poda ella lograr sus
intentos, si los pona por obra. Esto, por las buenas; porque si an la
pareca mucho, acudira a las malas, pues, por las malas o por las
buenas, ello haba de hacerse, y en el aire.

La infeliz no saba qu partido tomar dentro de aquel estrecho crculo
de hierro candente, abrasador; y como las impaciencias del pcaro no
daban la menor tregua, un da, la vspera del en que Facia me lo
contaba, la haba dicho l: Puesto que no te resuelves a cogerlo con
tus manos, hemos resuelto nosotros robarlo con las nuestras. Hacia
la media noche de maana, cuando ya no quede seal de hombre en la
cocina ni chispa de rescoldo en el hogar y duerman todos en la casa,
llegaremos al portn de la calleja. Entonces oirs un silbido de este
aire (y silb por lo bajo de cierto modo). Sin ms que orle, te llegas
callandito al estragal y me abres la puerta, con tal finura y cuidado,
que ni las mismas bisagras se enteren de ello. Lo dems corre de nuestra
cuenta. Ya daremos con el gato, por escondido que est. Si hay alguno
demasiado ligero de sueo, boca abajo para _in saecula_ en cuanto se
despierte, y el primero tu amo, si es que no ha habido que empezar por
su sobrino... o no se dejan amarrar todos con la docilidad que pide el
caso. Conque ya ests advertida, y bien te consta cmo las gasto.
Sabiendo que me juego la vida en el trance, figrate lo que se me
importar de la tuya si hay que ponerla en pleito porque se te haya ido
un poco la lengua en todo el da, y por razn de ello no encontramos la
casa por la noche en el sosiego y la tranquilidad que siempre tuvo a
tales horas.

Dicho todo esto con un cinismo feroz, marchse, dejando a Facia ms
muerta que viva. Y as estaban las cosas; y estando as, cmo gozar
hora de sueo ni minuto de tranquilidad, ni cmo dejar de confesarlo al
fin y al postre, ni a quin, sino a m?

Interesme de veras el caso, porque vistos los antecedentes del
caballero aqul y de sus fidalgos camaradas, no era para tomarlo a
risa; y despus de meditar un poco mientras Facia gema y se retorca
las manos cadavricas, la dije:

--De manera que eso ha de suceder esta misma noche?

--As fue la amenaza--respondime, casi sin voz para ello.

Notaba yo que la pobre mujer estaba en aquellos instantes bajo la doble
tortura de los sucesos mismos declarados, y del temor a lo que pudiera
alcanzarla del mal juicio que yo hubiera formado de todo ello;
inspirbame honda compasin, y con el fin de aliviarla un poco de ambos
tormentos, la habl as:

--En primer lugar, del dicho al hecho siempre hay gran trecho, y mucho
ms si los hechos son de la magnitud de ste que a usted la espanta; de
manera que las amenazas de venir esta noche esos bandoleros a desvalijar
a mi to, se cumplirn... o no se cumplirn; y bien pesado y medido
todo, quizs fuera preferible que vinieran, particularmente para usted,
por aquello de que muerto el perro, se acab la rabia. En segundo
lugar, con la confesin que usted me ha hecho, y ojal se le hubiera
ocurrido hacrmela la primera vez que top con su marido en la fuente!
si no viene por aqu esta noche a liquidar todas sus deudas en una sola
partida, tengo todo lo que necesito saber para obligarle, por la cuenta
que le trae, a que abandone esta comarca callandito la boca y a buen
andar por donde nadie le vea, y la deje a usted en santa paz por todos
los das de su vida. De manera que no hay para qu gemir ni angustiarse,
como usted gime y se angustia. Djelo, pues, todo a mi cargo; obedzcame
en cuanto yo disponga; comience por arreglarse el tocado y el vestido,
despus de alegrar un poco los sombros celajes de la cara; vuelva a
ocuparse desde ahora en sus ordinarios quehaceres con el remango que
sola; atienda a mi to como siempre, y cuide mucho de que Tona no
empiece a poner en duda las disculpas con que, en stos y otros das de
tormenta, ha estado usted engaando su candidez. Conque ya est usted
absuelta de todo pecado por lo que a m toca; y nimo, y a cumplir la
penitencia que la acabo de imponer.

Con esto la di dos palmaditas en la espalda; logr que las angustias
desesperadas de antes se trocaran en copioso y sosegado llanto;
incorporse al fin con cierto bro; intent, y no se lo consent,
besarme las manos; y despus de prometerme que empleara todos los
alientos que la quedaban de los suyos y los que yo la haba prestado, en
obedecer mis mandatos, se dirigi a la puerta. Pero yo no s qu vio de
pronto en la luz del aposento, que se lanz, con aquella fuerza que
siempre la arrastraba, un tiempo haca, a leer los fenmenos
meteorolgicos en la bveda celeste, a uno de los cuarterones de la
puerta de la solana. All se estuvo unos instantes devorando el espacio
con los ojos. Acerqume yo al otro cuartern, y exclam ella entonces:

--Ay, seor don Marcelo!... Si las seales no mintieran, qu suerte la
nuestra!... Miri, miri esas nieblas que abajan por ay... y por ay, y
por toas partes; miri esi cielu encenizau y escuru; miri aqueyas motas
negras de ay arriba, que son butres que pasan cara ac!... Pos lo unu y
lo otru y too eyu en juntu, y ese fro que ahora noto que se sienti, too
es nieve, nieve pura que se cuez y est pa caer de una hora a otra. Si
el Seor y mi Padre de los cielos fuera tan misericordiosu que tampocu
esta vez fallaran los barruntus!...

Y con esto abandon el observatorio sin esperar mi respuesta, y sali
del gabinete casi batiendo las palmas y con una agilidad desconocida en
ella mucho tiempo haca.

Yo me qued a qu negarlo? haciendo votos porque los barruntos no
fallaran; despus medit un rato sobre los sucesos que podran ocurrir
aquella noche; y con el esbozo de un plan en la cabeza, dej mi cuarto y
pas al de mi to.




XXVI


En aquel momento entraba Neluco. Yo no haba visto al enfermo ms que un
instante despus de saltar de la cama; nada haba respondido a mis
preguntas porque dormitaba, y a la escasa luz que entonces aclaraba un
poco las tinieblas del dormitorio, nada tampoco me haba chocado en su
aspecto; pero al observarle nuevamente y a mejor luz, ya me pareci cosa
muy distinta. Estaba mucho ms anheloso que por la noche, ms azulado de
color, ms vidrioso de mirada, y, sobre todo, muy atormentado por la tos
y muy inquieto en la cama. Mir a Neluco, que le estaba pulsando, y le
en su cara sombra la confirmacin de mi diagnstico. De pronto, nos
dijo l con voz tenue y silabeando casi las palabras por no alcanzar a
ms sus alientos:

--Hoy no me gusto pizca, muchachos.

Nos miramos el mdico y yo, y le pregunt ste:

--Por qu lo dice usted?

--Porque me encuentro peor que el da en que ms malo me he visto.

--Aprensiones de usted,--dije yo, por decir algo que le animase.

--Eso ha de verse pronto--respondi el enfermo.

Neluco, entre tanto, continuaba pulsndole, ora en una mueca, ora en la
otra; arrim el odo a su pecho, encima del corazn, y le descubri y
palp las piernas hasta la rodilla; hzole varias preguntas luego, y,
por ltimo, se qued un buen rato arrimado a la cama y mirndole
fijamente, con la cabeza algo cada, como si no supiera qu decirle o lo
estuviera discurriendo en vista de los fenmenos que observaba. Yo
estaba enfrente de Neluco, arrimado a la cama tambin; y a la puerta de
la alcoba, con los brazos cruzados y en pie, como dos estatuas de la
melancola y de la curiosidad, Facia y su hija esperando rdenes. Las
primeras fueron de mi to para pedir otra almohada, y eso que pasaban
de tres las que le servan de apoyo para sus espaldas y cabeza.

Mientras las dos mujeres cumplan el mandato y mullan y arreglaban el
montn resultante para menor incomodidad del enfermo, sali Neluco del
dormitorio y yo tras l, por una sea que me hizo.

--Esto va por la posta--me dijo, de modo que no lo oyera el enfermo.

--Tan grave le halla usted?--preguntle.

--Gravsimo--me respondi--. Cuestin de horas ms o menos. As es que
si apunta el menor deseo de confesarse, no se le contraren por ningn
miramiento; y si no le apunta... procuren ustedes apuntrsele. No le
dispongo nada nuevo, porque todo sera intil, incluso la mortificacin
de una cantrida. La hinchazn de las piernas, como usted habr visto,
ha tomado esta noche un gran incremento... el propio y natural del
avance repentino que ha dado la enfermedad, quizs por el rpido
descenso que ha habido en la temperatura esta madrugada... porque no s
si habr usted notado que hace un fro desde el amanecer, que corta un
pelo.

Esto del fro produjo en mi imaginacin un trastrueque sbito de ideas;
y olvidando al enfermo, no me acord ms que de la intentona dispuesta
por los tres forajidos para aquella noche; y as es que pregunt a
Neluco con la misma avidez que pudo hacerlo Facia en sus mejores das
de espantos y congojas:

--Cree usted que nevar?

--Y de firme--me respondi Neluco--. Todos los sntomas son de una
nevada de las ms copiosas y duraderas que se descuelgan por ac.

--Y cree usted tambin--insist--, que empezar hoy mismo?

--Como que ya empezaba cuando yo he venido--me contest--. Vea usted!

Y me condujo a la puerta de la solana, desde cuyos cuarterones vimos
pasar, llevados por el airecillo glacial que soplaba afuera, algunos
copos, idnticos a los que yo haba visto al empezar la otra novela. Sin
embargo, el cielo no estaba tan encenizado ni sombro como entonces.
As se lo advert al mdico, y l me replic:

--Pero todo se andar, y pronto, no lo dude usted. Por lo
mismo--aadi--, hay que tener mucho cuidado con el abrigo de estas
habitaciones. Que no falte de aqu el brasero bien quemado, de modo que
se conserve inalterable la temperatura que ahora hay en el cuarto del
enfermo. No ha de sanarle la precaucin, ni de mejorarle siquiera, por
supuesto; pero hay que poner de nuestra parte, en bien de l, todo
cuanto sea posible... Otra cosa: en vista de lo que ocurre, y,
particularmente, de lo que pueda ocurrir, hace aqu falta ms gente que
ustedes, por razones que en otra ocasin anloga le di, y pienso avisar
a Mari Pepa para que venga enseguida con su hija... Es posible que le
diga tambin algo a don Sabas, para que est prevenido siquiera.

Con poco ms que esto y unas advertencias que me hizo concernientes al
enfermo despus de pasar otra ratito a su lado, se fue Neluco y quedme
yo sumido en las ms endiabladas cavilaciones. El mismo Satans, puesto
a discurrir un conflicto para la casona, no le hubiera hilado tan bien
como lo estaba el que yo tema para aquella noche, si las amenazas del
baratijero se realizaban, o no vena a impedirlo y arreglarlo todo el
_deus ex machina_ de la nieve, en la dosis en que me la haba
pronosticado Neluco. Porque de otro modo, Virgen la mi Madre
celeste!, como habra dicho en igual caso la mujer gris. Don Celso,
agonizante quizs a aquellas horas, o tal vez cadver ya; Lita y su
madre a su lado, asistindole o rezando por l; Facia en los paroxismos
de su reproducida tribulacin; tres bandoleros asaltando la casa, y yo,
con Chisco y Pito Salces, a tiro limpio con ellos, acabando de matar con
el susto a mi to, si an viva, y poniendo a punto de morir de congoja
a las mujeres, a dos de las cuales, por lo menos, estaba yo obligado a
defender de todo riesgo mientras me quedaran un soplo de vida, un
cartucho que quemar o un asador que esgrimir. Recin oda por m la
confesin de Facia, me haba imaginado este cuadro mucho ms sencillo.
Chisco, Pito Salces y yo, armados hasta los dientes y bien apercibidos,
en acecho y sin respirar, en las tinieblas del portaln; uno de nosotros
abriendo la puerta con las precauciones convenidas en cuanto se dejara
or afuera el silbido del baratijero, y luego los tres, segn iban
entrando los bandidos... fuego a quemarropa sobre ellos! Ni el primer
peldao de la escalera haban de profanar con su pie los infames. Para
que no se sobrecogiera mi to con el estruendo, le habra engaado yo
antes con un embuste cualquiera: le habra dicho, por ejemplo, que se
haba visto la noche antes el lobo rondando la casa por aquel lado, y
que pensbamos matarle en las altas horas de la inmediata si volva. Las
agallas de Chisco y de Pito Salces me eran bien conocidas, y no haba
para qu avisar ms gente ni dar cuarto al pregonero. Nos bastbamos los
tres para aquella empresa por de pronto: lo dems, es decir, el recoger
los despojos de la batalla, los cadveres achicharrados y hechos jigote,
ya lo hara la justicia oportunamente avisada. Y a esto se reducira
todo. Pero con el nuevo aspecto de las cosas, ignorado por los bandidos;
con la casa llena de mujeres, y la muerte, con su cortejo de lgrimas y
de ceremonias y accesorios patticos, enseoreada de ella, qu
perturbaciones y qu escndalos y qu profanaciones y sacrilegios no
producira una batalla en el estragal, a tiro seco, con sus
correspondientes blasfemias y alaridos, y cadveres ensangrentados y
palpitantes! En fin, que si no arreglaba el conflicto la nevada, haba
para volverme tarumba y tener por cuerda y resignada a la mujer gris en
sus recientes apuros. Por lo pronto, y esto me calmaba algo las
inquietudes, haba muchas horas por delante; se vera qu rumbos iba
tomando y cmo se portaba el temporal insinuado, y qu marcha segua
durante la maana la agravacin de mi to. Yo bien provisto estaba de
armas y municiones; Chisco tambin, y a mi lado viva en casa; y a
Chorcos, ya cuidara yo de avisarle a tiempo para que se quedara a velar
con el pretexto del grave estado de don Celso. No dej de ocurrrseme
que, en lugar de esperar a los salteadores en el portaln de la casa, se
les poda armar una emboscada en los peascos inmediatos a ella, y
fusilarlos a mansalva en cuanto se arrimaran a la puerta los tres. Pero
este plan era menos concluyente que el otro, y estaba expuesto a
quiebras que podan salirnos caras a los acometedores, por ms que nos
asistiera la justicia, segn todas las leyes divinas y humanas. As y
con todo, se pesaran y mediran ambos planes si llegaba el caso y en su
hora, y se optara por el mejor.

Esto y mucho ms lo meditaba yo voltejeando maquinalmente por el
interior de la casona despus de haber despedido al mdico. Dando, de
repente, por bien examinado el punto por entonces, resolv volver a ver
cmo andaba mi to de sus angustias mortales. Pero no entr en su cuarto
sin asomarme antes a uno de los vidrios de la puerta que daba a la
solana por el comedor. El cielo continuaba obscurecindose y el chispear
de la nieve espesando. Me gust el sntoma. Mi to, aunque entre amagos
continuos de la tos, pareca ms sosegado, y dormitaba. Facia, sentada
lejos de l y atenta a cuanto pudiera ocurrirle, despus que yo hube
contemplado al enfermo acercndome de puntillas a su cama, me dijo con
la mirada:

--Bien va eso, eh?

A lo que yo respond con otra mirada y un gesto:

--De lo mejor.

Pero bien sabe Dios que ni la pregunta ni la respuesta se referan al
estado del enfermo, sino al aspecto del temporal.

Pasaron dos horas sin que dentro ni fuera de la casona ocurriera novedad
digna de ser notada, y llegaron, pero sin el estrpito de costumbre,
Lita y su madre y hasta el propio don Pedro Nolasco. Esta peripecia,
relativamente alegre, en el sombro drama que se desenvolva, y a todo
andar, en aquellos envejecidos mbitos, me levant mucho el espritu.
Venan los tres personajes hondamente impresionados por las noticias que
les haba dado Neluco. El gigante, por todo saludo, me estrech la mano
en silencio, con dos tremendas sacudidas que a poco me desarticulan el
brazo por el hombro; su nieta y su hija, con los ojos empaados, me
pidieron, mientras comenzaban a desliarse los abrigos, y en voz muy baja
algo temblorosa, las noticias de cajn sobre el estado actual de mi to.
Dselas, no tan malas como las que esperaban ellas, y esto las anim a
acercarse muy quedito hasta la puerta de la alcoba. Desde all
estuvieron contemplando el batallar que no cesaba dentro de las ruinas
de don Celso, entre el sueo que le amodorraba y la tos que se lo
prohiba, hasta que se revolvi en la cama por uno de aquellos choques,
del que sali medio sofocado, con la boca y los ojos muy abiertos y
acopiando el aire para respirar, hasta con las manos. Entonces se
ocultaron rpidamente, casi de un salto, en la salona, y se volvieron
ambas hacia m, que no las perda de vista, con la pena y la
conmiseracin pintadas en la cara. A todo esto, don Pedro Nolasco, de
pie, rgido, inmvil y silencioso, en el mismo sitio en que se haba
plantado al entrar. Pas en breve el acceso, y volvi el enfermo a caer
en el marasmo de antes... Pero qu diablos vea yo en Lituca que me
cautivaba ms la atencin en aquellos momentos que el pasmo de su abuelo
y la angustiosa situacin de mi to? Qu haba en ella de nuevo y de
extrao para m? Pues, lisa y llanamente, las lgrimas de sus ojos y la
expresin dolorida de su cara infantil; y yo me preguntaba en cuanto
sal de mis dudas: Pero cundo est ms mona esta chica? cuando re y
gorjea como los pajaritos del monte, sin penas ni cuidados, o cuando
siente, como ahora, a falta de dolores propios, la compasin que le
inspiran los ajenos? Y no sabiendo por cul de estos extremos optar,
quedme con los dos, porque es lo cierto que, riendo o llorando, estaba
monsima aquella criatura.

Temiendo que la impresionara con exceso la contemplacin frecuente de
aquel cuadro aflictivo de la miseria humana, tan nuevo para ella, la
aconsej que se abstuviese de entrar en el cuarto del enfermo. A lo que
me respondi con una fuerza de resolucin que se impona:

--Pues mire que tendra que ver, seor don Marcelo!... Vaya! vaya!...
Piensa que soy yo de melindres, por si acaso? No dir que al principio
no me encoja un poco; pero despus... vaya! vaya! Y, por ltimo, para
las ocasiones son las valentas; y ahora o nunca. El mi pobre seor don
Celso!...

--Djela, djela--me deca casi al mismo tiempo la rozagante Mari Pepa,
arrojando el ltimo de sus abrigos flotantes sobre una silla, encima de
los que acababa de arrojar Lituca--; djela que entre y salga cuando
quiera, que es bueno jacerse a todo, como ella se ir jiciendo, porque
la conozco bien. Al que hay que tener a raya sobre ese punto, es al mi
padre. Cayle la noticia como una pea en la nuca, y aturdise como ust
le ve. Yo no saba si dejarle en casa o traerle; pero vile roncero de
quedarse solo y muy arrimao a venirse, y jcele su gusto, que era
tambin el nuestro; porque puestas aqu, podemos tardar ms o menos en
volver a casa, y mejor que en parte alguna estar el venturao con
nosotras donde quiera que ello sea. Lo que est l es atereco de
friald, no es cierto, padre? Y mire, en la cocina habr buena lumbre,
no es verd, don Marcelo? y estar ust ms apartao de estas cosas que
le amurrian y acobardan, sin dejar de estar bien acompaao con los que
entran y salen... y de paso, mire, que aada Tona buen por qu al olln
grande, que somos tres bocas ms... Hija, qu bobs se le ocurren a una
cuando no sabe lo que diz, ni tomar los tiempos como vienen! Conque
entendime, padre?... Y a ust, don Marcelo, qu le paez de este
disponer mo, como si estuviera en la mi casa?

Todo me pareci bien, hasta el estilo, y las precauciones que tomaba
Mari Pepa para no ser oda del enfermo, y la decisin de Lituca, y, en
particular, la cara que pona para declarrmela. Yo mismo conduje a la
cocina a don Pedro Nolasco, que se dejaba traer y llevar como un nio
atolondrado, y le sent en el silln de mi to, dejndole al cuidado de
Tona y de Chisco, que andaba por all entonces, con encargo de que le
entretuvieran y animaran... y le dieran de comer cuanto pidiera, si lo
peda. Yo volvera por all muy a menudo, y las seoras lo haran
tambin de vez en cuando. En el nterin, mucha lea a mano y buena
lumbre sin cesar.

Antes de salir de la cocina, mir por los cristalejos de la puerta que
da al balconazo de aquella fachada, y vi que continuaban ennegrecindose
los celajes y que ya blanqueaban un poco los picachos de enfrente y
hasta las praderas del valle por algunos sitios.

Cuando llegu al cuarto de mi to, ya se haban apoderado de l y de sus
aledaos Lituca y su madre, y enviado a Facia a sus ordinarios
quehaceres, por no ser necesaria all su presencia por entonces.
Ordenaban adentro muebles, ropas y frascos y botellas de potingues;
enderezaban felpudos y alfombrillas, que abundaban en el suelo;
graduaban y dirigan la luz de los cuarterones de la ventana y la que
entraba por la puerta, de modo que no diera de lleno en la cara del
enfermo, y hasta le limpiaban el sudor viscoso y fro que reluca en su
frente, y le arreglaban las coberturas y las almohadas; pero todo ello,
lo mismo que cuando trabajaban afuera, sin hacer ruido ni levantar polvo
ni causar la ms leve mortificacin al paciente. Me daba gusto
contemplar aquel trabajo de hadas bienhechoras. Mi to, sofocado por la
tos, despertaba algunas veces de su letargo, abra los ojos, clavaba en
nosotros su mirada entorpecida y voraz, y volva a cerrarlos enseguida
para caer de nuevo en su modorra. Cuando se aprovechaba una de estas
coyunturas para darle unos sorbos de caldo o la cucharada medicinal
que le corresponda, tombalo entre quejidos y balbuca protestas
iracundas.

Cerca del medioda se despej un poco y nos ponder mucho lo mal que se
encontraba. Lleg en esto Neluco, y ni por cortesa intent convencerle
de lo contrario. Pero le exhort a que llevara con paciencia sus
trabajos, pues no estaba obligado a menos un hombre de su fe y de su
correa. A lo que contest el enfermo, con toda la iracundia que pudo
hallar entre el montn de sus propias ruinas:

--Todava te paez cosa de n la mi paciencia, condenao? Con la mit de
lo que tengo te quisiera yo ver, mediqun, matasanos de los demonios, a
ver qu cara ponas... Pues hombre!...

Intervinimos todos, Neluco inclusive, para calmarle, y se calm pronto;
pero no apunt la menor idea de prepararse a bien morir. Sobre este
punto vena muy contrariado el mdico. Me dijo, al despedirse, que don
Sabas estaba ausente del lugar, auxiliando a un moribundo de otro
pueblo, cuyo prroco se hallaba enfermo. Al saberlo le haba mandado un
propio; pero como hasta el pueblo haba muchas varas de camino que medir
y la nevada iba espesando por instantes, aunque don Sabas procurara no
perder uno solo en cuanto se enterase de lo que ocurra en la casona,
fuera usted a saber a qu hora de la tarde llegara, y si llegara a
tiempo ya!

Por no acercar demasiado al gigantn de la Castaalera al cuadro que tan
tristemente le impresionaba, comimos todos con l en la perezosa de la
cocina, servidos por Tona, mientras su madre cuidaba del enfermo. No fue
aquella comida tan sabrosa para m como otra que yo no olvidaba, ms que
por lo reciente de su fecha, por lo regocijada que la hicieron aquellas
dos comensalas que en la ltima, algo por respeto a la tristeza
oficial de la casa, y algo ms por la pena que los motivos de esta
tristeza les daban, comieron muy poco y hablaron menos. Menos habl
todava que ellas, don Pedro Nolasco, que no habl palabra; pero, en
cambio, qu engullir el suyo tan formidable!

Antes de que acabramos de comer, supimos por Facia que el enfermo haba
vuelto a dormirse y que el trapeu de la nieve iba tan a ms, que daba
gustu. Yo me acord de la ausencia de don Sabas y de la falta que haca
al lado de mi to, y no recib la noticia con tanto placer como el que
senta la madre de Tona al drmela.

Segn corran las horas de la tarde, apretaba el temporal y tambin las
ansias del enfermo, que segua luchando con ellas a ojos cerrados y sin
conciencia, al parecer, de lo que estaba pasando. Bien sabe Dios lo que
nos inquietaban estos sntomas y que ardamos en deseos de insinuarle lo
que Neluco deseaba, ya que no se anticipaba l a insinuarlo; pero de
qu servira la insinuacin mientras no tuviramos a mano al Cura? Entre
estas dudas y las consiguientes inquietudes, lleg la noche cerrada, a
poco ms de las cuatro, con una tercia de nieve sobre el valle y un
nevar espeso y continuo que ya me iba alarmando mucho, porque supona a
don Sabas en camino y pensaba en los peligros que poda correr. Entre
tanto la cocina se llenaba poco a poco de gente que acuda a saber de
don Celso y a ofrecerse para toda clase de menesteres en la casa en
aquellas horas de prueba, y a m no me disgustaba verme tan bien
acompaado en ocasin de tantos apuros. A don Pedro Nolasco le suceda
lo propio, y hasta rompi a hablar con los contertulios y se permiti
ciertos vaticinios risueos acerca de la enfermedad del viejo amigo y
casi pedazo de su alma... precisamente en el instante en que mi to
saliendo de su modorra pertinaz y despus de recorrer la estancia con
los ojos azorados, dijo entre angustias de la respiracin, como si no le
cupiera ya en el pecho una burbuja de aire sin haberle desocupado de
otra igual:

--Ahora... ahora es la de irse de veras, hijos mos, y la de prepararme
al viaje en toda regla. Hacedme la caridad de decirle al Cura que le
llamo yo para lo que l sabe... si no es alguno de los bultos que yo
distingo malamente desde aqu, no s si por culpa de la poca luz del
cuarto, o porque ha empezado a apagarse ya la de mis ojos... Sabas!...
Sabas!...

Todos los all presentes oamos y callbamos, y nos mirbamos unos a
otros sin saber qu contestar. Cmo decirle que el Cura no estaba en la
casona ni en el pueblo?... Pero qu ofuscacin tan absurda la nuestra!
Qu inconveniente haba en entretenerle las impaciencias, respondiendo
que haban ido a avisarle y que estaba a punto de llegar? Esto iba a
responderle yo al mismo tiempo que me acercaba a su cama con Lita y
Mari-Pepa, hechas un mar de lgrimas, mientras quedaba Facia arrimada a
la pared del fondo con los brazos cruzados, la cabeza inclinada sobre el
pecho y los ojos, secos, entristecidos e inmviles, clavados en la faz
cadavrica de su amo, cuando ste volvi a exclamar, pero con un bro
inconcebible en su estado miserable:

--Sabas! Sabas!...

En esto o un rudo golpeteo, como al desembocar del carrejo en la
salona, y al mismo tiempo una voz que responda a estas llamadas
enrgicas:

--All va, jinojo!...

Conoc la voz, retroced de un salto hasta la puerta, y vi que por la
del saln avanzaba un bulto que lo mismo poda ser un jaral de la
montaa, tal y como deban estar todos en aquellos instantes, que un
hombrazo del calibre y los talares de don Sabas, porque vena nevado por
la cabeza y por los hombros y por donde quiera que asomaba un relieve,
por mnimo que fuera, en sus luengas y espidas vestiduras; y al andar y
sacudirse de propio intento, arrojaba en el suelo la nieve en cascadas
polvorosas, como cae de los matorros cuando los sacude y zarandea el
cierzo enfurecido. Sal a su encuentro para ayudarle a sacudirse y a
enjugarse... y a nada, porque de dos bativoleos se desprendi de todo lo
flotante que goteaba sobre l. As qued, en un periquete, liso y mondo
de pies a cabeza, es decir, de chaqueta corta y en pelo. Mientras se iba
despojando de aquellas envolturas y accesorios, me deca:

--Ah! pues gracias a que el tordillo tiene ms agallas de lo que paez,
y pudo con el espolique que a medio camino le cargu a las ancas, que si
no... jinojo! dgote que no llegamos vivos ninguno de los tres; porque
nevadas he visto en lo que llevo de vivir; pero como sta, vaya,
vaya!... Y qu le pasa al pobre don Celso, hombre? Cuando all me lo
fueron a decir, no me cogi de susto, porque me lo vena yo temiendo de
da en da. Lo peor del caso fue que aquel infeliz agonizante no
acababa, y no era cosa de abandonarle en trance tal... Pues cuidado si
le da por no acabar en toda la tarde de Dios!... A todo esto, la nieve
espesando y cerrndose los caminos. Mira t qu ocasin para ponerse
este otro en la agona!... Si lo que hace Satans para jincar el diente
a las almas, es mucho cuento! A bien que no ha sido ello por falta de
advertencias mas; pero este Celso, con ser tan hombre de fe, es de suyo
tan...

Todo eso lo deca ya, y casi lo gritaba, el bueno del Cura a la puerta
del dormitorio de su amigo, donde le interrumpi el descosido
razonamiento otra llamada como la de antes.

--Sabas! Sabas!

--Aqu estoy, hombre!--respondi el Cura--. Cuidado que es tema!...
Pues mira, con esas prisas en mejor sal, no las tuvieras ahora...

--Eso es!--refunfu mi to--. Para consuelo de mis ajogos, reme y
vociframe, pispajo!

--Qu te he de reir, hombre, qu te he de reir!--djole entonces don
Sabas, que enfrente de aquellas ruinas miserables del amigo y camarada
de toda su vida, no acertaba a contener los lagrimones que le brotaban
en los ojos--, ni cmo te he de vociferar!... Pues bueno estara ello,
jinojo!... sino que, como he venido, pude no venir, por causa de fuerza
mayor. Y figrate t entonces! figratelo, Celso!... Vaya--aadi
interrumpiendo de pronto su discurso y pasando la mirada por el cuarto y
acentundola con un movimiento de sus brazos, muy significativo--: aqu
sobran todos menos el enfermo y yo; porque lo que va a pasar entre
nosotros, no admite ms testigo que uno, que es el Seor y juez de vidas
y almas.

Salimos los que sobrbamos y cerr don Sabas la puerta por dentro. Yo no
s lo que pas por m entonces; pero declaro que me sent muy conmovido
y que hasta llor, disimulndolo mucho, como si fuera una debilidad
indigna de los hombres fuertes.

Procedan aquellas lgrimas vergonzantes del contagio de otras ms
francas? Eran arrancadas de mi corazn por la pena de ver a aqul, mi
pariente en estado tan msero y compasible? Me las produca aquella
rara escena que acababa de presenciar entre el Cura y el enfermo, a
travs de cuya tosca urdimbre se dejaban ver fondos y lejanas
admirables? Quizs hubiera en ellas algo de todos y cada uno de estos
ingredientes; pero el hecho es que yo lloraba, aunque no tanto como las
mujeres que se agrupaban junto a m, mientras iban entrando de puntillas
en el saln en que estbamos muchos de los tertulianos de la cocina que
se haban amontonado en el carrejo despus de la llegada del Cura,
transidos de pesadumbre... y de curiosidad.

La luz que Facia haba encendido en la lamparilla del dormitorio al
salir de l, y que an conservaba en la mano, iluminaba un poco aquellas
fauces entenebrecidas; y as pude entreverlas atascadas, materialmente,
de figuras apiadas y oscilantes que miraban hacia nosotros con
impaciencias voraces; y aun hubiera jurado yo que all en el fondo,
detrs de toda la masa, pero alzndose un codo sobre la cabeza del ms
talludo, relucan, como dos linternas en un tnel, los ojazos verdes y
saltones del gigantn de la Castaalera.




XXVII


Al cabo de un buen rato me pidi Mari Pepa muchas cosas que, a su
juicio, iban a ser necesarias all muy pronto. Yo, delegando en ella y
en su hija cuantas atribuciones tena en la casa, las entregu las pocas
llaves que guardaba, y mand a Facia que se pusiera a sus rdenes con
las restantes. Para despachar bien y pronto lo que proyectaban, era
indispensable que se volvieran a la cocina los tertulianos que,
dispersos por aqu o en rebaos por all, todo lo obstruan... y
apestaban, y no haba manera de revolverse entre ellos. Hzose as al
punto por mi mandato, y empezaron las dos mujeres a saquear alacenas,
armarios y cajones. Facia guiaba, y yo segua como un autmata a las
tres.

Mientras desvalijaban el ltimo cajn de la cmoda de mi cuarto, se
abri la puerta de mi to, y apareci don Sabas en el hueco. Not que
sala lloriqueando, y corr hacia l temiendo que ya hubiera concluido
todo all; pero desde medio camino o toser al enfermo, y esto me
tranquiliz. Salime al encuentro el Cura, y me dijo, mientras se secaba
los ojos con un pauelo de yerbas:

--No se puede remediar, qu jinojo!... por ms avezado que uno est a
contemplar miserias y acabaciones humanas... Porque hay casos y casos,
seor don Marcelo, y ste es uno de los ms duros de pelar para el pobre
Cura. Sesenta aos de vivir, ms que como amigos, como hermanos, y cada
cual en su ministerio... y cuidado si ha sido de altura el suyo!...
algo rejunde en la entraa... me parece a m... De pronto diz el otro al
uno de ellos: vaya, pues yo me marcho... y para no volver: conque
ajstame t estas cuentas que tengo que dar a Dios, por tu mediacin
mesma de lo mucho que le debo y de lo poco y mal que le he pagado... y
ah te quedas, viejo y solo, hasta que te llegue la tuya, que no puede
tardar porque de viejo nadie pasa; y ya vers lo que es jallarte un da
y otro sin el amigo de siempre, que pareca ya carne de tus carnes y
llenaba todo el lugar, aunque en l no se le viera... Y vaya ust, por
otra parte, a saber si al llegar la de uno, le coger as o le coger
asao, porque la carne es flaca y Satans no duerme, y si, por tomas o
por dacas, tampoco volvemos a encontrarnos en el otro mundo. Porque l
va bien de equipajes... eso s, jinojo! y derecha como un juso ha de
subir la su alma. En lo humano no puede presumirse otra cosa, con la
preparacin que l ha hecho, despus de una vida de caridad, que yo me
s de memoria... En fin, que de sta se va, y que no hay que dormirse
para disponerle todo lo que le falta en el trance en que se ve... Hay
que viaticarle enseguida, y para ello me voy a la iglesia ahora mismo.
Advirtase aqu para que se espere a Dios con la pompa que se le debe.

Se haban llevado sus talares a la cocina para secarlos a la lumbre; y
al ir el Cura a recogerlos, hizo a la gente congregada en ella la misma
advertencia que a m, y la arrastr luego consigo, menos a Chisco y a
Pito Salces, a quienes orden yo que se quedaran vigilando la casa, por
lo que pudiera ocurrir. Ocioso lujo de precauciones a aquellas horas
(cerca de las siete), con una noche oscura como boca de lobo, cayendo la
nieve a puados, y con unos rugidos del vendaval hacia la montaa, que
daban miedo.

Sin preocuparme gran cosa del pobre Marmitn, que se quedaba solo otra
vez, repantigado, mudo y atnito en el silln de madera y muy arrimado
al fuego, volvme al cuarto de mi to para ver lo que pasaba en l
despus de la salida de don Sabas. Ya estaba desconocido todo aquel
interior, y an continuaban transformndole por momentos las dos hadas
de la casona. En la cama del enfermo, la colcha de damasco rojo de los
grandes das, y vuelto sobre ella, el amplio y bordado embozo de una
sbana de lujo; las almohadas, con fundas de grandes guarniciones muy
tiesas y escaroladas, y el enfermo mismo, con camisola limpia, calentada
poco antes al brasero y sahumada con tomillo, sobre el espeso chaquetn
elstico que le abrigaba el tronco; junto a la cama, una alfombra en
lugar del felpudo de siempre; encima de la cmoda, cayendo en airosos
pabellones por los lados, otra colcha de las buenas de la casa, y sobre
ella, esperando mejor destino, el crucifijo de marfil, seis candeleros
de plata, un vaso con agua bendita y un ramito de laurel.

Cuando yo llegu, se ocupaban las dos mujeres, que parecan tener
diablillos en las manos, en sustituir, ayudadas de Facia, el trasto
viejo que siempre estuvo a la cabecera de la cama, con una mesita
cuadrangular sacada de mi gabinete, donde la usaba yo para leer y
despachar mi correspondencia. Ofrecles mi ayuda para aquella faena;
pero la desde Lita con un gestecillo muy intencionado y dos frases de
cortesa para templarle. Mientras Facia se llevaba el achacoso
artefacto, tendieron ellas sobre la mesa otra colcha de damasco rojo, y
sobre la colcha una muy blanca sabanilla con randas de muchos calados;
luego trasladaron de la cmoda a la mesa el crucifijo de marfil, cuatro
candeleros y el vaso con agua bendita y el ramito de laurel; enseguida
otra alfombra delante de la mesita; despus todas las tiras y ruedos que
se encontraron para formar una senda tan larga como se pudo; cuatro
vapuleos a las sillas antes de ponerlas en orden; unos toquecitos ms a
las ropas de la cama; una mirada desde lejos al conjunto de tantas y tan
diversas cosas... y ya estaba aquello despachado.

Mi to, entre tanto, jadeando y tosiendo y pasando entre los dedos
sarmentosos de su diestra cuentas y ms cuentas del rosario, y reza que
reza entre dientes, sin darse por enterado de lo que ocurra en su
derredor, ni contestar ms que con un gesto avinagrado a la menor
pregunta que se le hiciera. Antes de morir con el cuerpo, estaba ya en
el otro mundo con el espritu. De Dios era, a Dios iba y slo de Dios
esperaba.

Terminado lo del cuarto, se emprendi afuera otra labor ms peliaguda,
para la que no bastaron las mujeres solas. Mari Pepa esparca en el
suelo las colchas y paolones que haban acopiado en el saqueo y andaban
en confuso montn sobre las sillas; Lita escoga y combinaba colores y
tamaos, y Pito Salces y yo, encaramados en muebles de la necesaria
altura, clavbamos en las paredes, y tan arriba como nos era posible,
con tachuelas, con puntas... hasta con clavos trabaderos y cuanto
habamos podido haber a las manos en una mechinal de la bodega en que
acumulaba Chisco las reservas de esta especie, lo que la diligente y
afanada nieta del gigantn de la Castaalera nos iba alargando con sus
manitas primorosas, de lo desparramado por el suelo.

Al andar rayando con la media tarea, el taido de una campana, desigual
e intermitente, ora remoto, ora cercano; como dbil quejido de agona,
unas veces; vibrante y clamoroso otras, segn los caprichos del viento
encajonado y revuelto en las estrecheces y encrucijadas del valle. Era
el primer toque a administrar, la seal que se haca en la iglesia al
vecindario para los fines que saba l. Un ratito despus, call la
campana y llegaron dos hombres con sendos brazados de velas y de cirios
que mandaba el Cura, por delante. Venan enjutos de tobillos arriba,
pero muy espelurciados y ardindoles las narices y las orejas; porque,
segn declararon, aunque haba cesado de nevar, continuaba soplando el
cierzo, ms fro que la misma nieve. Si mal no nos pareca, quedaranse
all ya, pues sobre estar seguros de jallar al Seor en el camino, si
volvan a tomar el de la iglesia, no estaba el pedregal, con la capa de
nieve que tena encima, para muchas subidas y bajadas por l sin una
urgencia. Asentimos de buena gana a tan cuerdo parecer, y quedronse los
hombres... hasta pasmados del visual pomposu que iban tomando los
pasadizos y la escalera de la casona con la faena que nos haca sudar.
Continumosla, sin embargo, con nuevos bros, pero a puntada larga, es
decir, enrareciendo los colgajos, porque ya se oa otra vez el toque de
antes, seal de que se haba puesto en camino lo que esperbamos, amn
de que no andbamos sobrados de telas ni de herrajes para cubrir
tantas paredes.

Para vestir los desnudos suelos del trnsito, discurri Lituca
sembrarlos, y los sembr ella misma, de penquitas olorosas de laurel que
abundaba en las grietas de los peascos de enfrente. Y an la qued
tiempo para sahumar toda la casa con romero y mejorana, quemado por ella
en las ascuas del brasero, llevndole Chisco y Pito Salces entre manos
por salas, pasillos y escaleras. Despus, velones, candeleros,
palmatorias y candiles, iluminando hasta lo ms obscuro y remoto; el
cuarto de mi to, con las seis velas encendidas ya, rechispeando la luz,
y el brazado de cirios trados de la iglesia, ardiendo tambin al
cuidado de los dos hombres encargados de darles a tiempo el destino que
tenan; Marmitn encuadrado en la puerta de la cocina y mirando al
crucero iluminado, sin atreverse a dar un paso hacia l; Mari Pepa yendo
y viniendo por todas partes; su hija dando los ltimos toques al cuadro
general; Tona sin chistar y pasmadota, cerca de don Pedro Nolasco; Pito
Salces y Chisco, en el estragal, con sendos cirios ardiendo, en la mano;
mi to, con los ojos entreabiertos, recostado contra las almohadas y
rezando sin cesar; Facia, con su mejor vestido negro y atenta a lo que
pudiera necesitar el enfermo, junto a la puerta de su cuarto, de pie,
inmvil y melanclica; la campana de la iglesia taendo acompasadamente;
el silencio casi absoluto en los mbitos de la casona, y yo, clavado
como una estatua en el saln dominando con la vista el aposento de mi
to y hasta el crucero del fondo del pasadizo, observndolo todo,
oyndolo todo, y presa de una emocin que, por lo compleja y extraa, no
me poda explicar.

De pronto, una voz, la de Tona que se asomaba a menudo a la puerta del
balcn de la cocina, grit desde el fondo del ltimo carrejo:

--Ya vienin!

Cubrironse entonces apresuradamente la cabeza las mujeres; tomamos cada
cual un cirio de los que cuidaban los dos hombres, y dmosle otro a don
Pedro Nolasco que se haba movido hacia el grupo; y siendo yo parte
principalsima de l, con l llegu bien pronto, a todo andar y casi
arrollando al aturdido gigante, al balcn de la cocina.

No solamente haba cesado de nevar, sino que tambin se hallaba el
viento encalmado; y, por una venturosa casualidad, por un rasgn abierto
en la espesura de los negros celajes asomaba la luna llena, derramando
su luz plida sobre el blanco tapiz del valle y los ms altos picos del
brocal de montes que le aprisionan. En otras circunstancias mejores,
acaso me hubiera detenido a considerar lo que ms me admiraba y
sorprenda en aquel extrao panorama, y hasta qu punto se pareca
aquella fantstica realidad a los numerosos efectos de luna que yo
haba visto pintados en lienzos y cartulinas; pero bueno estaba
entonces el horno de mi cabeza para pastelillos de aquel arte! Y aunque
lo hubiera estado: necesitaba la atencin para otro espectculo que me
la solicitaba con fuerza irresistible. Y fue que apenas abocado a la
puerta del balcn detrs de las mujeres, vi que, surgiendo de las
tinieblas, iban apareciendo como fantasmas y coronando la altura del
pedregal, dos filas de bultos negros, junto a muchos de los cuales
titilaba oscilando una lucecilla triste y acobardada, como si ardiera
detrs de los cristalejos de un faroluco rooso. Cuanto ms se alargaban
las filas hacia la casona, ms bultos surgan de la oscuridad del agrio
declive. Se les vea moverse; pero no se oan sus pasos sobre el spero
suelo nevado, ni alteraban el silencio de la Naturaleza, que pareca
haber enmudecido de repente por respeto a lo que estaba pasando all,
otros ruidos que algn murmurio de tarde en tarde, como de rezo coreado,
y el taido constante de la campana de la iglesia, repetido ya por el
dbil tintineo de una campanilla de monago que an no haba surgido de
la oscuridad. De pronto apareci en la altura un bulto menor que los
otros, con un farol de dos luces: ste era el monago de la campanilla, y
hasta se le distingua en la mano cuando la sacuda para que sonara.
Detrs del monago, otros dos bultos con sendos faroles tambin; y en
medio de los dos, el prroco don Sabas, de capa pluvial y debajo de un
paraguas muy grande (regalo, por cierto, hecho por mi padre, siendo yo
mozuelo an, a la iglesia de Tablanca); y, por ltimo, detrs del Cura,
todava ms bultos con luces surgiendo de la vertiente sombra. Entonces
cay de rodillas Mari Pepa que estaba delante de todos, y exclam con
voz entera, mientras se llenaban de lgrimas sus ojos:

--En gracia te reciba el alma que te desea.

Yo me hinqu tambin, y con la cabeza humillada, repet en el fondo de
mi corazn la plegaria de aquella noble mujer.

Poco despus volvamos todos, conservando an las hachas encendidas, y
ms corriendo que andando, hacia el crucero. All estaba ya Neluco, que
se haba disgregado de la procesin con algunos hombres de los ms
apegados a la casa, proveyndolos de cirios y sealndoles puestos en el
pasillo y a lo largo de la escalera; a Lita y a su madre se los dio a la
puerta de la salona; y usted, conmigo, all dentro me dijo,
conducindome al mismo cuarto del enfermo, del que no se haba apartado
Facia un instante. Preguntmosle si se encontraba bien; respondi que
como nunca jams, aunque no hallaba en sus pulmones ingurgitados
alientos para decirlo; arrimmonos a la puerta, y all esperamos, como
dos centinelas inmviles, lo que empezaba ya a llegar y se senta hacia
el estragal por el ruido de las almadreas o alguna palabra que otra a
media voz, y en la escalera y en el pasillo, por el sordo golpeteo de
las pisadas con escarpines en los inseguros tablones del tillado, y el
resoplar inconsciente de tantas respiraciones contenidas a la fuerza.
Igual que cuando se va llenando de agua una vasija puesta debajo del
cao de una fuente, por el matiz de los sonidos se conoca por instantes
cmo se colmaban de gente los carrejos y el saln y el gabinete y todos
los rincones y escondrijos franqueables de la casa. Al fin se oy en el
estragal la campanilla del monago, y casi al mismo tiempo la voz potente
de don Sabas rezando algo que no se entenda bien; despus enmudecieron
uno y otra, y se percibieron claramente las recias pisadas del Cura y de
los que le escoltaban, sobre los peldaos de la escalera; al abocar al
crucero, los pasos ms distintos y otro rezo de don Sabas; los que an
no estbamos de rodillas, nos hincamos, y los pechos, oprimidos ya por
el peso de aquel cuadro imponente... desahogronse en suspiros o en
sollozos entrecortados, que fueron recorriendo, como nota fnebre
llevada por el aire, todos los mbitos de la casona. Hasta la puerta del
saln no volvi a orse la voz del Cura: all reson otra vez,
declamando, reposada y pattica, este versculo del _Miserere_:

_Ecce enim in inquitatibus conceptus sum: et in pecatis concepit me
mater mea_.

A los rumores de antes sucedi el silencio ms profundo; y avanzando don
Sabas con mesurado andar, la mirada puesta en el bordado relicario que
contena las dos Hostias consagradas, rodeado de luces que resplandecan
en el oro de sus vestiduras y precedido de Mari-Pepa, de Lita y del
monago, lleg a la puerta donde nosotros esperbamos, y all,
detenindose unos instantes como para dar mayor solemnidad a sus
palabras, rez este otro salmo:

_Ecce enim veritatem dilexisti: incerta et oculta sapientiae tuae
manifestati mihi_.

Entonces el enfermo, tembloroso y lvido, cruz las descarnadas manos,
humill la cabeza sobre el agitado pecho, y con una voz que pareca
salir del fondo de una sepultura, respondi a las palabras del
sacerdote:

_Averte faciem tuam a pecatis meis: et omnes iniquitates meas dele_.

Aqu dio fin y trmino otra vez mi ya vacilante serenidad, y el nudo
que me estaba oprimiendo la garganta rato haca, trocse en humor
benfico que me empaaba los ojos y creca por el contagio del llorar de
las mujeres que me acompaaban en el cuarto, y que, al fin, llegaron a
contaminar a Neluco, mdico y todo, mientras volva a orse afuera la
nota triste de antes recorriendo los grupos y las masas de aquellas
compungidas y humilladas gentes... Hasta que vibr de nuevo la voz del
Cura, y todo call, como si hasta con el respirar se profanara la
augusta solemnidad de lo que iba a suceder all... como creera yo
profanarlo si me atreviera a extraer su recuerdo del sagrado de la
memoria, donde lo guardo indeleble, para describirlo con mi pluma torpe
y grosera en este miserable papel.

No ha de merecerme igual respeto algo de lo humano que all pas por
complemento del cuadro que tanto tena de divino. Esto puede y debe ser,
ya que no pintado, que no dan para empresa tan alta los colores de mi
paleta, mencionado, por los menos; y vaya como ejemplo aquella
exhortacin final de don Sabas a la paciencia, al recogimiento, a la
gratitud a Dios, del enfermo; cmo empez encarrilado en las frmulas
trilladas del ritual, y se fue descarrilando poco a poco y entrndose
por las sendas de su propio estilo y particulares sentimientos; cmo de
esta manera se confundan y enredaban en la exhortacin, el lenguaje
solemne del sacerdote con el familiar de la pasin desbordada del amigo
carioso; cmo lleg a responderle mi to, ya para protestar nuevamente
de su fe acendrada, de su resignacin sin lmites y de su conformidad
absoluta con los decretos de Dios, ya para quejarse mansamente de que
pudiera ser puesto en tela de duda por nadie el cumplimiento de stos
sus deberes de cristiano; cmo le replic don Sabas para tranquilizarle
sobre tan delicado particular, al que en modo alguno haba intentado
referirse l, cmo, enredados en este singularsimo dilogo, ya no
hablaba el Cura en impersonal, y llegaron a tutearse los dos; cmo en la
llaneza de este estilo tocaron puntos de sumo alcance piadoso, y se
declar don Sabas envidioso de la suerte de mi to, a quien tantos, muy
erradamente, compadecan entonces, y se dieron mutuas paces, poniendo
por testigo de la cordialidad del impulso a aquel Dios sacramentado que
all estaba presente en cuerpo y sangre; cmo, al fin, bajndose mucho
el Cura y alzndose un poco mi to, se confundieron los dos en un
abrazo, llorando don Sabas y ahogndose de fatiga el pobre enfermo
conmovido; cmo con estos actos y aquellos dichos, el torrente de
sollozos, mal contenido afuera, se desbord por toda la casa, y trat
Neluco de cerrar la puerta del cuarto en que nos encontrbamos para que
mi to no lo oyera, y cmo ste se lo impidi con sorprendente energa,
y mand que se franqueara la puerta a cuantos cupieran adentro para
darles el ltimo adis; cmo hubo que complacerle, aunque ya no podamos
respirar ni los sanos en aquella estancia, y cmo se despidi sin
retricas sentimentales, pero en cristiano puro, sin dejar de ser
aldeano neto, acabando por decirles: Si lloris porque perdis lo que
he sido, Dios vos lo pague en la medida del consuelo que me dais con
ello; pero si vos duele mi muerte por la falta que he de haceros, mal
llorado, porque aunque me voy, aqu vos dejo quien har mis veces, y
hasta con ventaja para vosotros. Ven ac, Marcelo. (Acerqume a la cama,
hecho un doctrino, torpe y desconcertado. Luego aadi l, mostrndome
al montn de tablanqueses que haban invadido la habitacin): ste es;
de la mi sangre neta, y amo ya y seor de esta casa. De vosotros depende
desde hoy que sea, no lo que yo he sido, que bien poco fue ello, sino
todo lo que deb de ser. Para l todo vuestro respeto y vuestra lealtad
de hombres honrados y agradecidos, y para m... que pidis a Dios de vez
en cuando por el buen paradero de esta alma, a punto ya de subir a
juicio en su divina presencia. Y con esto, hijos mos, y la bendicin de
un padre viejo y moribundo... hasta la eternidad!

Es tambin de mencionarse cmo le respondieron con gemidos y lgrimas
aquellas rudas y buenas gentes, por no hallar en sus lenguas palabras
con que expresar lo que sentan; y cmo, finalmente, puso trmino a esta
escena don Sabas acercndose a adorar y recoger la Forma consagrada, y
son otra vez la campanilla... y sali del cuarto y de la casa el Seor
de los seores y Rey de los reyes con la misma solemnidad y reverencia
con que en ella haba penetrado.




XXVIII


En un pie andaba el Cura con lo cuidadoso que le traa lo extremo y
desesperado de mi to, y, sin embargo, cuando lleg a la casona resuelto
a no salir de ella mientras al enfermo le quedara un soplo de vida y a
l una sola funcin que llenar a su lado como sacerdote o como amigo, ya
grua el temporal en la montaa y descenda la nieve sobre el valle en
espesos remolinos. Es decir, que slo haban durado la escampa y el
sosiego lo estrictamente necesario para que fuera Dios a la casona desde
la iglesia, y volviera a la iglesia desde la casona; milagro patente en
opinin de Facia, y no puesto en duda por los que departan con ella
sobre el caso.

Entr, pues, el Cura como la vez primera en aquella noche, sacudindose
la ropa para desnevarse; arroj el capote sobre lo primero que se le
puso por delante, y llevando en la mano un saquillo de color, cerrado
con una jareta, se col, sin detenerse, en el cuarto de mi to, que slo
pareca vivir para esperarle. Encerrronse all los dos; y mientras
andbamos en la salona los de siempre, de aqu para all y en derredor
del brasero, sin saber qu decirnos ni en qu sitio ni para qu
detenernos ni sentarnos, oa yo cmo iban pasando desde la escalera
gentes y ms gentes hacia la cocina, donde continuaba el gigante
consternadn y arrimado a la lumbre, pero con muchas ganas de cenar.
Porque las funciones de comer y digerir no se regan en aquel hombrazo
por las grandes crisis del espritu, sino por una ley mecnica.
Necesitaba comer, mucho y a menudo, como la mole ruinosa necesita el
puntal para no desplomarse. No obstaba aquel insaciable apetito de su
estmago para sentir el pobre hombre desfallecido de pena su corazn.
Deploraba la muerte de don Celso como todos y cada uno de los
tablanqueses que ms hubieran estimado sus prendas, y la lloraba tambin
como amigo; pero le dola, adems y sobre todo, por la edad que l
contaba y por lo viejo y arraigado de su intimidad con el que se iba. En
alturas semejantes, cada amigo de esos que se va, es un sillar que se
arranca en los cimientos de la vida del que se queda; y don Pedro
Nolasco no haba tomado en serio hasta aquel da lo de la muerte de su
amigo, a quien por su carcter y correa consider siempre incapaz de
morirse. Tambin le dola en el alma una separacin as, sin despedida;
pero no tena valor para intentarla, y nosotros nos guardbamos muy bien
de estimularle a vencer sus resistencias: al contrario, le mantenamos
en ellas pintndoselas como muy justificables, y encomendbamos a los
que de ordinario le acompaaban en la cocina la caritativa labor de
entretenerle y animarle, como hacamos a menudo el mdico y yo con
Mari-Pepa y Lituca, que no le perdan de vista ni desconocan la
importancia de aquella crisis excepcional, a una edad y un temperamento
como los suyos.

De esto precisamente se haba llegado a tratar en la salona, cuando se
abri la puerta cerrada antes por el Cura y apareci ste con
sobrepelliz y estola preguntando por el monaguillo que haba venido con
l y deba de andar por la cocina. Corri Facia a avisarle y entramos
los dems en el cuarto del enfermo, en los linderos ya de la agona y
con los ojos clavados en un crucifijo colocado por el Cura para eso a
los pies de la cama. Vino el muchacho, y, con su ayuda, administr don
Sabas la Extremauncin al moribundo. Lloraba Mari Pepa y sollozaba
Lituca mientras colocaban sobre l todas las medallas y reliquias que
haba en casa con indulgencia plenaria para la hora de la muerte;
lagrimeaban callando muchos de los que haban acudido de la cocina con
el monago; rezbamos todos respondiendo a las oraciones del Cura, y en
los intervalos de silencio se oan a la vez el respirar estertoroso y
agitado del agonizante, y el zumbido del temporal entre las espesuras y
caadas de los montes. A este acto imponente sigui otro que no lo era
menos: la recomendacin del alma, leda en voz clamorosa por don Sabas,
con los consiguientes rezos en que todos tombamos parte. Y esto fue
largo, muy largo, pues que lleg a medirse por horas, con algunos
descansos breves, durante los cuales se movan o se renovaban muchos de
los congregados, andando de puntillas y devorando suspiros y sollozos, y
volva a orse adentro el estertor acompasado del moribundo, y afuera el
mugir de los vendavales.

Por el fnebre colorido del cuadro, por la lentitud en su desarrollo,
por el exceso mismo de la atencin con que yo le segua, la visin de la
muerte con todo su cortejo de tristezas se enseore de m de tal arte,
que ms que sentirla y estimarla en la regin de las ideas, me pareca
olerla y paladearla; confunda ya las sensaciones morales con los
quebrantos del organismo, y el color y las figuras y los sonidos del
triste cuadro caan a golpes sobre mi cerebro y me le contundan y
fatigaban. El instinto de la vida me excitaba de vez en cuando a
respirar otro ambiente, a contemplar otra luz y a renovar el espritu en
otros horizontes ms saludables que aqullos; y paseando la vista por
los mezquinos trminos de aquel recinto fnebre, acababa siempre por
detenerla en la cara de Lituca, en la que cuanto ms se grababan los
surcos de sus lgrimas, ms de relieve ponan la frescura de su
juventud. Y era muy de notarse que no hacan mis ojos un viaje de esos,
sin topar con los suyos en el camino. Estara la pobre subyugada por
los propios influjos y buscara, por instinto tambin, los mismos
asideros que yo? Es muy posible, porque para entrambos era igualmente
aflictivo y desconsolador y nuevo (para m a lo menos) aquel
espectculo. Nuevo, s, porque en los recuerdos que yo guardaba y guardo
en la memoria del paso de la muerte por mi hogar, nada haba que se
pareciera en los procedimientos ni en los detalles ni en los accesorios
a aquella lenta, cruel e inexorable labor destructora; a aquel
acabamiento de un hombre fibra a fibra, en lo recndito de un casern
destartalado y embutido en una rendija de la cordillera cantbrica, y a
la mortecina luz de dos velucas de cera, mientras zumbaba y ruga la
nevasca en las tenebrosas soledades del contorno.

Pero Lituca, de rodillas y rezando, como su madre, volva rpida a
clavar la vista en el crucifijo, como el sediento caminante los labios
en el cao de una fuente, y as refrigeraba y fortaleca su espritu en
cada desfallecimiento que le causaba aquel incesante batallar de la
muerte para acabar con una vida que tambin haba sido risuea y juvenil
como la suya. No dejaba yo de acudir a la misma fuente que ella en
demanda de los mismos alientos; pero ahondaban mucho ms las races de
la vida en mi naturaleza curtida de las intemperies del mundo, que en
el organismo tierno y virginal de aquella criatura, y por eso no
resultaban iguales en los dos los frutos de un mismo esfuerzo moral.

De pronto se produjo un fenmeno en la agona del enfermo. Abri los
ojos, clav la vista en el crucifijo y movi las manos hacia l.
Entendile don Sabas, psosele entre ellas, acercle l mismo a sus
labios, se abraz a la cruz; y con esto y un suspiro muy hondo, entreg
a Dios el alma.

Extraa coincidencia! Al indescriptible rumor de los ltimos alientos
de mi to, respondi en el acto desde la iglesia el primer taido de las
campanas que doblaban a muerto por l. Otro milagro que jams quiso
explicarse Facia por la oficiosa intervencin de algn mal informado
tertuliano de la cocina, en la incesante comunicacin que hubo aquella
noche entre ella y el pueblo, no obstante lo duro y hasta peligroso del
temporal.

Con aquel triste desenlace de todo el da, los inseguros diques que
haban mantenido a la pobre sirvienta devorando en silencio las hieles
de su pesadumbre, se derrumbaron de golpe, y salieron en torrentes las
lgrimas y los gemidos. Pareca no haber, en lo humano, consuelo para
ella, ni fuerzas capaces de arrancarla del borde de la cama, donde
besaba las manos yertas del su seor, y pona a Dios por testigo de lo
mal que le haba pagado en vida los beneficios que le deba. Y sucedi
lo que era de temerse: el estruendo de esta explosin de dolores
profundamente sentidos, se fue propagando por toda la casa, en la cual
acabaron por llorar a gritos tambin hasta los que no haban pensado
llorar de ninguna manera, y los lazos de la disciplina y de los humanos
respetos, muy relajados ya durante la agona del patriarca, acabaron de
romperse con este descomunal y plaidero vocero: invadieron la estancia
mortuoria gentes que en tropel brotaban de todos los senos del casern,
y todas queran ver al muerto, y todas le vean al cabo, y todas
lloraban y geman despus ms reciamente por el espanto de haberle
visto.

Yo no saba, en tanto, por dnde me andaba, ni dnde ni cmo tena la
cabeza. Por fortuna, don Sabas y Neluco se apoderaron de la direccin de
todo y comenzaron por despejar el cuarto y las inmediaciones; pusieron
las seoras a mi cuidado, y a Pito Salces y a Chisco a sus rdenes en la
salona, y se quedaron despus solos y a puerta cerrada con el muerto...
Y aqu es donde comienza la verdadera maraa de esbozos, de notas
sueltas de color, de perfiles extraos y manchas sombras, que guardo en
la memoria como impresin del cuadro de aquella noche inolvidable.

Creo que, con nimo de ver al gigante de la Castaalera ante todo, fui a
la cocina, en la que no caba la gente; que supliqu a los sobrantes
que se retiraran a descansar a sus casas, ya que, desgraciadamente, no
eran necesarios all sus buenos servicios, y hasta que consegu en gran
parte lo que pretenda; recuerdo que hall a Mari-Pepa y a su hija
convenciendo al hombrn de que las cosas haban parado en lo que
acababan de parar porque no haba otro camino para ellas, y de que, como
ya no tena remedio lo sucedido y l se hallaba bien cenado y en buena
compaa, rale muy conveniente, para descansar y endulzar los
pensamientos, acostarse en la cama que se le tena preparada y bien
lejos de los ruidos de lo otro; que no cost gran trabajo convencerle;
que se dej conducir a un cercano dormitorio; que se acost; que le
hicimos la tertulia hasta que le acometi el sueo, y que se durmi como
un tronco y le dejamos roncando.

Despus... qu se yo?... el cuarto de mi to; la cama, desnuda ya de
lujos, en el centro, y sobre ella el cadver afilado y amarillo,
amortajado con hbito franciscano, porque desde el tiempo de la
exclaustracin nunca falt acopio de ellos en la casona para trances
como aqul; alrededor de la cama, blandones ardiendo; hacia la cabecera,
don Sabas, o Mari Pepa, o Facia, o cualquier tablanqus de los de la
cocina... o yo, de rodillas y rezando; Chisco y Pito Salces al cuidado
de las luces; Neluco rociando suelos, muebles y ropas y felpudos con un
lquido desinfectante, y por la ventana entreabierta colndose un aire
fro y sutil, y tambin el zumbido lejano del vendaval y ms de un copo
de nieve... Lita y su madre en mi gabinete, arrebujadas en chales y
toquillas, con los pies sobre la caja del brasero... Mari Pepa
acercndose de puntillas y asomndose a la alcoba de su padre cuando
cesaban sus ronquidos estentreos; mi tema, ya maquinal, de aconsejar a
las seoras y al Cura que se acostaran, y durmieran y descansaran; la
resistencia de todos a complacerme, aunque la pobre Lituca se
estremeciera de fro en ocasiones y no pudiera levantar los prpados
enrojecidos... Que cenaran... Ya haban tomado ellas un tente en pie; y
en cuanto a don Sabas, cmo haba de pensar en ello siendo ya ms de la
media noche y teniendo que celebrar a la madrugada?... En la cocina, la
lumbre agonizante; Tona cabeceando cerca de ella; su madre gimiendo por
lo bajo en el rincn ms obscuro; hombres con la cabeza sobre las manos
y las manos sobre la perezosa, durmiendo tranquilamente; otros a punto
de dormirse, sentados en los bancos del fogn, fumando la pipa y con los
ojos mortecinos clavados en los tizones: todo este cuadro a menos de
media luz y sin otros ruidos que el sollozar de Facia... Algn bulto que
otro errando a oscuras por los pasadizos, y un olor por toda la casa a
pabilo de cera, a laurel pisoteado y a romero y a tabaco de lo peor...
Un ratito de pltica con el Cura y con Neluco en mi cuarto delante de
Mari Pepa, que acababa de llegar de la alcoba de su padre, y de Lita,
que dorma con la primorosa cabeza cada sobre el pecho, despus de
negarse a descansar en mi misma cama, que tan a la mano tena, quin
sabe por qu linaje de escrpulos; de pltica, digo, sobre el da o los
das y el ceremonial de las honras fnebres y cuanto con estos
particulares se relacionaba... Pepazos y otro mozalln, entrando en la
estancia mortuoria a relevar a Chisco y a Pito Salces; el Tarumbo
rezando a un lado y el Topero a otro, de la cabecera; el fro arreciando
all, y la llama de los cirios bambolendose sin cesar en sus mechas con
el aire glacial que segua filtrndose por la ventana entreabierta...
Largos ratos de silencio y de quietud en toda la casa; otros de lnguida
conversacin en mi gabinete sobre temas de familia: el difunto, los
ausentes... y vuelta con don Sabas al cuarto mortuorio, o vuelta con
Neluco a la cocina, en donde, en una de ellas, encontramos a Tona
escanciando a Pito Salces un traguete de lo autorizado por la casa
para tales usos en lance tan excepcional, y vuelta a mi gabinete; y, al
fin y al postre, Lita tendida sobre mi cama y cubierta, de rodillas
abajo, con mi propia manta, y durmiendo con el ritmo dulce y sosegado
con que dormira un ngel, si los ngeles sintieran esa necesidad de los
seres de carne y hueso. Su madre le haba desvanecido los escrpulos de
una vez, cargando con ella, entre veras y chanzas, por todo razonamiento
y ponindola donde y como estaba. Y an me peda perdn por el
atrevimiento la candorosa mujer!

Y a todo esto, yo no recuerdo haber sentido ni hambre, ni fro, ni sed,
ni cansancio en toda la noche, ni que me pasara por las mientes la ms
remota idea de lo que la mujer gris me haba declarado por la maana, y,
sin embargo, me pesaban los ojos como cuando se desea dormir, y tena la
boca escaldada y el estmago desfallecido, el cuerpo quebrantado y la
cabeza atiborrada de todo linaje de ideas tristes. Era mi estado como el
de un calenturiento con pesadilla.

Al amanecer, a misa del alma. Quines? Todos queran ir a orla; pero
no se lo consentimos a muchos que hacan falta en la casa, y
particularmente a Mari Pepa, que se hubiera visto muy mal para
acompaarnos. No nevaba ya; pero haba ms de una vara de nieve sobre el
suelo del valle y estaban las cumbres de los montes como sumergidas en
un mar denegrido y borrascoso que no auguraba cosa buena. Resignse a
quedarse la piadosa y excelente mujer; pero no Facia, ms avezada que
ella a franquear obstculos de tal linaje.

Qu fro tan intenso, Dios soberano, en cuanto me vi fuera de casa! Y
qu hundrseme los pies en aquel suelo hmedo y esponjoso! Cuntos
resbalones y cadas en el pedregal, y cmo me hubiera redo de la triste
figura que iba haciendo yo entre aquella gente que andaba sobre el
inseguro tapiz con igual firmeza que sobre los estragales de sus casas,
si las ideas de que estaba impresionado mi cerebro no hubieran sido tan
tristes y funerarias! Y la silueta del Cura que caminaba delante de
todos, con sus hopalandas negras, con su negro tapaboca arrollado al
pescuezo, qu grande me pareca sobre la blancura deslumbradora de la
nieve! Y qu solemnidad tan temerosa y elocuente la de aquel silencio
de la Naturaleza! Y qu sonido tan dbil, tan extenuado y melanclico
el de las campanas de la parroquia doblando a muerto sin cesar desde que
haba amanecido!

De bote en bote se llen la iglesia: todo el pueblo haba acudido all.
La misa fue rezada y breve, y se reprodujeron en ella los llantos de la
casona al pedir el Cura una oracin por el alma de un tan amado
feligrs.

Despus de la misa quise ver el cementerio, que est a dos pasos de la
iglesia. Cuatro paredes no muy altas, una cruz en el centro, una
tejavana humilde a la derecha de la puerta, y en el lado de enfrente
media docena de sauces llorones demarcando con sus troncos jorobados un
pedacito de tierra, y rozando con las puntas de su lacio y desvado
ramaje el espeso tapiz de nieve que enrasaba toda la superficie del
campo santo. En aquel pedacito de tierra, limitado por los sauces, se
sepultan desde tiempo inmemorial los muertos de la casona de Tablanca.

Al emprender yo la subida a ella con las personas que me haban
acompaado en la bajada y algunas ms, se despidi de m el Cura hasta
la tarde.

--Ya es hora--me dijo--, de que yo d un vistazo a la mi jacienda, de la
que no s pizca veinticuatro horas haz... y de que me desayune y duerma
un rato, si esta cellerisca negra del meollo me deja apetito y calma
para ello, por misericordia de Dios.

Alguien tuvo la feliz ocurrencia en la casona de mandar que se expalara
la cambera del pedregal, en mi obsequio, y a eso deb que la subida por
ella no fuera lo que yo me tema, recordando lo que haba sido la
bajada.

Marmitn haba dormido toda la noche de una tirada, con lo que haban
entrado en equilibrio y en juego las piezas y los engranajes de su
armadura de coloso; y de esta suerte funcionaban en l, hasta las
pesadumbres, con perfecta regularidad. Yo llegu cuando su hija y su
nieta le servan el desayuno, y me habl de la desgracia del pobre
Celso como si acabara entonces de ocurrir. Pregunt a Lita (y jurara
yo que se lo pregunt sin pizca de segunda intencin) si haba dormido y
descansado a su gusto; y en lugar de responder a la pregunta, se puso
muy encarnada y comenz a descargar sobre su madre todas las
responsabilidades de haberse acostado, vestida, eso s, en la cama en
que yo la haba visto. Rease a esto su madre de todas veras, mientras
aseguraba yo a la vergonzosa que haba sido ma la culpa, y a mucha
honra; y de aqu tom yo base para exponerles los proyectos que tena:
que no pensaran en volver a su casa en unos cuantos das, por no estar
el tiempo para ello, y, sobre todo, por necesitarlas en la ma yo para
una gran obra de caridad, y se resignaran las dos a acomodarse en mi
gabinete, ya estrenado por Lituca. Yo dormira en la alcoba del saln
contiguo, que tena su correspondiente cama; con ella y cuatro
cachivaches que se le agregaran de mi cuarto, estara como un
prncipe... Vlgame Dios los reparos y los miramientos y los asombros
con que se negaron de pronto a complacerme! no en lo de quedarse en la
casa algunos das, sino en lo de ocupar el gabinete que les ofreca
yo... Hasta que al fin cedi Mari Pepa, resignse Lita, y aplaudi el
gigante el acuerdo con una esa es la derecha! que retumb en media
casa. Y esto y los quehaceres que consigo trajo para ser puesto en
ejecucin antes con antes, fueron los esparcimientos nicos para m en
todo aquel triste da.

Lleg la tarde, fra, brumosa y ttrica; subi el vecindario en masa,
pedregal arriba, detrs del Cura con ornamentos negros, precedido del
estandarte de las nimas y de un crucifijo grande; resonaron en el
estragal, entonadas por voces bien avenidas con la sonora de don Sabas,
lamentaciones terribles del santo Job, el mayor poeta fnebre de que hay
noticia en la tierra; bajse el fretro entre nuevos llantos y gemidos;
y andando, andando con l hacia el pueblo la luctuosa procesin el
camino que haba andado poco antes hacia arriba, llegamos al campo santo
despus de una detencin breve a la puerta de la iglesia, para que el
hijo fiel y sumiso recibiera de su Madre cariosa la bendicin de
despedida.

Y all, entre los mustios llorones, en una msera fosa recin abierta en
el suelo, desapareci del mundo para siempre, bajo una capa de tierra
que pronto volvera a cubrir la nieve, un hombre que haba sido hasta
aquel da el patriarca, el seor, el rey indiscutido e indiscutible de
todo el valle.




XXIX


Muchos aos haca que el casern de los Ruiz de Bejos no se haba visto
en otra como aqulla. Limpia era Facia y no era Tona desaseada; pero de
lo que stas limpiaban y barran en l de ordinario, a lo que se limpi,
fregote y puliment en aquellos das con los puos mismos o bajo la
direccin de mis incomparables huspedas, haba una distancia enorme.
Todo les pareca poco para borrar los estragos de los recientes barullos
y desconciertos y vestir la casa al tenor de lo que peda el
extraordinario suceso que se aguardaba; todo lo desordenado en ella
volvi a ordenarse, y todo qued como nuevo, particularmente el cuarto
de mi to... Recuerdo mucho que al andar en la faena de desfigurarle
con el trastorno de su mueblaje, me dijo Lituca, sin volver la cara
hacia m ni hacia su madre que la ayudaba, ni suspender un instante su
trabajo:

--Pues, con la venia de ust, don Marcelo, dgole que si esto fuera cosa
ma, no lo tocara yo ms que para asealu.

--Por qu?--preguntla con mucha curiosidad.

--Porque--respondi al punto--, con esconder de la vista de uno o
cambiar de sitio las cosas que en vida usaron los muertos, paez que se
los olvida ms pronto... Crolo yo as.

Pero en esto la llam su madre parleteruca sin sustancia y se la llev
consigo fuera de all para otras ocupaciones de urgencia, por lo cual no
pude yo decirla lo que pensaba en apoyo de su dictamen, en consideracin
siquiera a la culpa que yo tena de aquel trastrueque, y, sobre todo, a
que se le puso a la pobre la cara como una amapola con la reprimenda,
aunque lanzada en son de chanza.

Si por olvidar entenda Lituca dejar de sentir hondamente, entenda muy
bien, porque el corazn humano, tierra miserable al fin, necesita del
concurso de los sentidos para conservar el calor de los afectos que le
animan, y aun as se apaga la hoguera con el tiempo; pero si por olvidar
entenda borrar de la memoria, se equivocaba grandemente en aquel caso.
Era muy considerable el vaco que dejaba mi to Celso en la casona de
Tablanca para no ser notado a cada instante, por mucho que fuera el
tiempo que pasara. Por de pronto, all no se hablaba de otra cosa, y muy
principalmente de noche en las tertulias de la cocina, que se colmaba de
gente a pesar del fro y de la nevasca. Se le traa a cuento a cada
instante, y nadie, incluso el gigantn de la Castaalera, tocaba su
silln, que les pareca sagrado ya. Slo yo poda sentarme en l sin
profanarle, y slo yo me sentaba, ejercitando en ello un derecho a la
vez que cumpla con un deber, en opinin de aquellos rsticos que me
haban jurado, en el fondo de sus corazones, obediencia y lealtad,
cuando mi to, ya moribundo, me alz sobre el pavs al borde de su
lecho y delante de la Hostia consagrada. El rey ha muerto. Viva el
rey! Si es lcito usar ejemplos insignificantes en asuntos de gran
monta, como alguien dijo en latn, no dej de haber algo de ello en lo
que me haba pasado entonces a m, y an me estaba pasando en los das
subsiguientes. Y no lo digo tanto por el respeto y la adhesin que me
mostraban los honrados tablanqueses desde la muerte de mi to, como por
lo que yo senta ahondar y extenderse y engrosar en mi conciencia
escrupulosa las races de mi compromiso renovado y consagrado de aquel
modo tan solemne.

Eran aquellas tertulias de la cocina una conmemoracin incesante de los
mritos del difunto, en todas las edades y circunstancias de su larga
vida: a nadie le faltaba algo que recordar o referir o comentar. Aqueya
vista de oju que lea en la escurid; el decir agudu de la su
palabra; la mucha mano que tena en todas partes para vencer
imposibles, en bien de aquel vecindario; este rasgo generoso; aquel
dicho tan a tiempo; la blandura de su corazn, siempre abierto a las
desdichas ajenas, igual que su bolsa inagotable; su saber de todo, su
tener de todo para todos, y su vivir con nada; lo duro de su correa, su
apegamiento al terruo natal; sus heroicidades de hombre, sus valentas
de mozo; los donaires de su persona, el rumbo de sus bodas y lo
rozagante de su mujer; siendo muy de notarse que en estas pinturas de
las cosas de la juventud de mi to Celso, siempre acudan presurosos don
Pedro Nolasco o don Sabas el Cura a confirmarlas, cuando no a
enriquecerlas con nuevos y muy curiosos datos, con la autoridad
irrecusable de testigos presenciales.

Un da de aquellos pocos, el siguiente al del entierro de mi to, llam
aparte a Facia, a Tona y a Chisco, para leerles las clusulas
testamentarias que se referan a ellos. Mandles que se sentaran; no
quisieron, y en el tono ms solemne que pude se las le. Legaba el
testador a la primera, amn de las fincas que haba tenido en renta
cuando se cas, seis onzas de oro; otras seis a Tona, y a Chisco doce.
Despus de la lectura de cada clusula, miraba yo un instante al
correspondiente legatario. Facia inclin la cabeza y se tap la cara con
las manos, como si se avergonzara, en su humildad, de aquella inmerecida
munificencia de su seor; Tona sufri una sacudida de arriba abajo, como
si la hubieran aplicado una descarga elctrica; Chisco no movi pie ni
mano ni una sola fibra de todo su cuerpo, pero se puso muy descolorido.
Estando as los tres, promet a Tona y a Chisco doblarles el legado por
mi cuenta, y a Facia mejorarle tambin el suyo. Con esto rompieron a
llorar la madre y la hija, y se aument la palidez de Chisco y hasta le
tembl un poquitn el labio de arriba por un lado, sntomas que no haba
notado yo en l ni aun vindole en la cueva de marras, mano a mano con
el oso. Si le calara bien adentro la sorpresa de aquella granizada de
onzas de oro, que era una riqueza entre los pobres labriegos de
Tablanca! Y quin sabe ni sabr jams si aquel temblor ligersimo del
labio fue amago de sonrisa de gozo, por haber visto de repente en su
imaginacin pasar en respetuoso desfile delante de l a toda la familia
del Topero, mientras Pepazos se machucaba la cabezona, a testerazo
limpio, contra el esquinal de su casa?

Con esto se dieron por enterados los tres y tan impresionados estaban,
que al romper a andar para apartarse de m se hicieron una maraa y no
acertaban luego con la puerta. Spose todo ello muy pronto, y lo de las
deudas perdonadas por el testador... y todo lo principal del testamento,
porque esas cosas siempre se saben, por un poco que se cuenta y se
declara, y otro tanto que se colige o se trasluce; elevse por la
candidez aldeana hasta las nubes el caudal en fincas y sonante heredado
por m; y con eso y la idea que se tena de mis riquezas particulares,
creyronme un portento de gran seor, tan pudiente como un rey; lo que
no contribuy poco, en mi concepto, a afirmar y engrandecer aquel
respeto que ya me haban consagrado como a mero sobrino de mi to y
continuador de la dinasta y de la obra de los Ruiz de Bejos en la
casona de Tablanca.

Bien me parecan todas estas cosas, siquiera por el lado pintoresco que
tenan y el fondo patriarcal y sencillote en que destacaban; pero me
parecan mucho mejor los ratos que pasaba en la intimidad de Mari Pepa y
de Lituca, y principalmente en la de Lituca sola, porque de todo haba y
para todo daban aquellas largas horas invernizas. Mas fuera la
conversacin con la hija o fuera con la madre, o fuera con las dos a la
vez, casi siempre comenzaba por esta tesis, u otra semejante declamada
en altas voces por cualquiera de ellas:

--Pero vlgame la mi Madre Santsima! qu dir ust, seor don
Marcelo, de esta mala peste que le ha cado en la casona? No le da en
cara esta poca vergenza con que, tras de comerle el costado derecho, le
tenemos arrinconado en lo ms obscuro y ruin, por campar nosotras solas
en lo ms pomposu, como si todo eyu fuera nuestro y no de ust? No
sera mejor que, ya que empieza la escampa, le dejramos en paz y sin
estorbos y nos volviramos a la nuestra casa antes con antes?... Mire
que tiene que ver esta desvergencera!

Era de rigor que yo las atajara en estas alturas del apstrofe con otro
en que salan a danzar su compromiso de no abandonarme hasta pasado el
da de los funerales; la obra caritativa que estaban haciendo mientras
me acompaaban en mi soledad, y aliaban y vestan el viejo y sucio
casern, y disponan el programa para aquel acontecimiento, tan extrao
para m; lo cmodo y a gusto que yo me encontraba en la habitacin que
haba elegido al cederles la ma, que era la menos mala de la casa,
aunque estaba a cien leguas de ser lo que merecan ellas; lo distrado y
animado que se encontraba don Pedro Nolasco, y el bien que esto le haca
en horas tan crticas y de tanto peligro para l.

As o por el estilo, si se trataba de las dos mujeres, o estaba presente
Neluco, o don Sabas, o ambos a la vez, porque venan por casa muy a
menudo; pero si se trataba de Lituca sola, mano a mano conmigo, ya era
muy distinta la sonata de mi respuesta. Yo no s en qu diablos
consiste; pero no parece sino que hay una ley estampada en la mente de
todos los hombres, o una fibra de cierto temple inextinguible escondida
en su naturaleza carnal, que les obliga a decir cosas bonitas a una
mujer guapa siempre que estn a solas con ella y aunque se trate de las
nimas del purgatorio. Pues por mandato de esa ley o de esa fibra, al
replicar a la nieta del gigantn en sus obligadas lamentaciones, hechas
seguramente, como las de su madre, ms por broma o cumplido, o etiqueta
a su modo, que como expresin fiel de sus deseos, ya la miraba con ojos
picarones; despus me atusaba la barba en silencio, como si me costara
gran trabajo contener lo muchsimo y muy hondo que se me ocurra y
acababa por soltar una andanada de travesuras del acervo comn: si la
estorbaba mi presencia tan continua; si echaba de menos algo (en este
algo me refera yo a Neluco) que no andaba por mi casa tan a menudo o
tan a tiempo como por la suya; qu hara yo por transformar en
placenteras aquellas horas que tan pesadas le parecan... hasta que la
pobre muchacha, ya por estas cosas que la deca, o por el modo de
decrselas, terminaba por ponerse colorada y por exclamar, revolvindose
con infantil desembarazo en la silla:

--Vaya que tiene este don Marcelo un decir de cosas y un entender de
las que una le diz a l!... La mi Madre Santsima! Pues mire: quitrame
con eyu, la franqueza pa bromearme alguna vez... Como si fuera poco el
regalo y el mimo en que nos tiene en su casa! Pues poda yo pedir
ms!...

Y esta casta de rplicas sola dar ocasin a nuevos y ms intencionados
subterfugios mos, hasta que me asaltaban los remordimientos acordndome
de Neluco... o se amparaba ella de alguno de mis libros con santos, que
le entusiasmaban, y acuda yo entonces a explicarle las estampas para
concluir tambin por donde siempre, aunque en un estilo y de modo ms
soportables.

Una vez se trataba de un grabado con colores que representaba el
interior de un teatro de Pars durante la representacin de un famoso
drama de gran espectculo. Se vean el escenario y una buena parte de
las localidades principales, llenos el uno y las otras de actores
fastuosamente vestidos y de damas y caballeros muy engalanados. Saba
Lituca ya, por consejo mo, hallar la perspectiva de esos cuadros
mirndolos por el embudo hecho con una mano; y mirando as aquel
interior, se qued maravillada y prorrumpi en las exclamaciones ms
extremosas. Conoca yo aquel teatro y aquel drama, y haba visto a mi
sabor la realidad de aquella pintura que tanto le entusiasmaba.
Declarselo, asombrse de m tanto como del cuadro, y me apresur a
referirla el argumento con detalles que recordaba muy bien de sus
escenas ms culminantes y del decorado ms aparatoso; y, por ltimo, le
di una idea del papel que hacan en la funcin los espectadores, del
lujo de las seoras... y de las majaderas de los hombres presumidos,
particularmente de los buenos mozos. Admirse ella de unas cosas,
rise de otras y me declar, al fin, respondiendo a una pregunta ma,
que verlo todo sin ser vista de nadie, ya le gustara; pero estar en
ello y ser vista de todos, aunque la asparan. Recordaba haberme dicho
algo por el estilo, tiempo haca (y era verdad). Tomando pie de aqu,
continu yo explorando la calidad y el tamao de sus ambiciones de
mujer; y de cuadro en cuadro y de supuesto en supuesto, fui a parar a
que en respuesta a otra pregunta ma, me dijera:

--Pues con toda verd de la mi alma, y as Dios me castigue si le
miento: como deseos, por decir propiamente deseos de mujer moza, vamos,
lo que yo pedira, puesta a pedir, tocante a ese particular, es una vida
como la que ahora llevo.

A lo cual repliqu yo que pedir eso, aunque poco, era pedir imposibles,
y haba que ponerse, para el punto que tratbamos, en la realidad de las
cosas.

--El tiempo no se para--aad--, y destruye poco a poco, cuanto vive en
l. En virtud de esa condicin ineludible, llegar un da (y Dios le
aleje mucho) en que hasta su madre de usted desaparezca de entre los
vivos. Esta es la ley fatal de los sucesos humanos. En previsin de
ello, o porque as lo manda otra ley que gobierna los impulsos del
corazn del hombre... y de la mujer, a cierta edad de la vida, por
ejemplo, a la que tiene usted ahora, se desea un apoyo a quien
arrimarse, una compaa en que vivir, en sustitucin de los que han de
faltarnos necesariamente; la chispa que avive maana el fuego que se
extinga en el hogar y restablezca su calor sagrado. En una palabra,
Lita: que hay que pensar, pensar siquiera, en casarse. Pues supongamos,
y usted perdone la franqueza, que se trata de usted y que la llueven a
usted pretendientes de muchas condiciones y de muchas partes; que viene
el labriego humilde con el homenaje de su pobreza disculpada con la
envoltura de sus honradas intenciones; que la solicita el hidalguete de
gotera, de esos que tienen la manta de sus recursos tan ajustada a sus
necesidades, que si tiran de ella para cubrirse el pescuezo, dejan al
descubierto los pies; y el hacendado tosco que funda su mayor vanidad en
haber sudado mucho el pedazo de pan que le ofrece a usted con mano
callosa y palabra torpe... y sudando; y el abogadillo de pocos pleitos y
con la manta del hidalguete; y as, por esta escala arriba, hasta el
personaje que la brinda, en el mundo de donde l viene, con todas las
tentaciones del lujo y del esplendor; vamos, con la vida que hacen las
ms encopetadas seoronas del teatro que usted acaba de ver pintado en
ese libro. Con franqueza, Lita, a cul de esos pretendientes escogera
usted?

Durante la primera parte de ste mi razonamiento, no saba la pobre
muchacha dnde poner la vista, y aun se pellizcaba algo la ropa; despus
ya me miraba con los ojos muy abiertos y la boquita risuea, y por toda
respuesta a la pregunta que puse como raya para sumar, debajo de la
lista de los supuestos pretendientes, solt una risotada de las ms
espontneas y cordiales.

--De qu se re usted?--preguntla, fingindome un poco resentido.

--Ni aunque fuera el caso de llorar!--me respondi cambiando de postura
en la silla--. Vaya, que es buena! Pues dgole que ni estampado en un
papel! Eso, mi seor don Marcelo, es pasarse ya del jito con ms de otro
tanto de lo justo... y no vale. Vaya, vaya, que es ocurrencia!

--Esto es, Lituca, poner el dedo sobre la llaga, ni ms ni menos, y
llamar las cosas por sus nombres, por ms que usted aparente creer lo
contrario para escurrir el bulto... y dispnseme la llaneza.

--Pero si no ha llegado ese caso, trapacern del diantre, cmo quier
que yo le responda?

--En el supuesto de que haya llegado hice a usted la pregunta.

--Pero usted sabe mejor que yo lo que va del dicho al hecho.

--Es verdad que lo s, no mejor, sino, por las trazas, tan bien como
usted; y a pesar de ello, insisto en la pregunta, dejndonos de
eventualidades ms o menos posibles o probables y colocndonos en lo
real y positivo y hacedero. Y as, pregunto otra vez: hoy por hoy, en
este mismo instante, tal como usted es, tal como usted piensa y siente,
a cul de los susodichos pretendientes elegira? Con cul de ellos
cree usted, hoy por hoy, en este instante, que sera ms feliz
tenindole por marido?

--Pero, la mi Madre celeste!... Mire que es tema el de este hombre de
Satans! Cmo he de decirle yo esas cosas?

--Como se dicen otras, Lituca...

--Pues ya se lo dije endenantes, y bien a las claras.

--Y bien a las claras respond a usted que aquello era pedir imposibles.

--Pues eso mismo pido... eso mismo deseo ahora.

--Pues no concuerda esa respuesta con mi pregunta. All se trataba de
vivir como ahora vive usted, y aqu se trata de vivir de otra manera muy
distinta.

--Pues llmelo hache, con todo y con ello.

--No puedo ni debo llamarlo as.

--Y dale, Jess Seor, con la matraca! Cmo quier, alma de Dios, que
se lo diga?

--En castellano corriente... por derecho... sin callejuelas de escape.

--Por vida!...--y aqu hizo un mohn de impaciencia de los ms
hechiceros que yo he visto en mujer, y hasta se dio dos palmaditas sobre
el regazo; despus, irguiendo la primorosa cabecita y endureciendo un
poco la voz y el gesto, aadi--: Y en suma y finiquito, qu obligacin
tengo yo de declararlo, ni qu le importa a ust el saberlo?

Fing tomar en serio y como dura leccin estas palabras y slo repliqu
a ellas para disculpar mi atrevimiento... Entonces solt la picaruela
otra risotada, y me dijo en un tono que revelaba el mayor deseo de
desenfadarme, si por ventura me haba enfadado yo de veras:

--Pues ahora que con el susto le castigu la picarda, porque picarda
es, y de las grandes, el sonsacar a una mujer los pensamientos que nunca
tuvo... Pero tochona de m!--exclam de pronto cruzando las manos y
compungiendo la carita--. Pues no me estoy jaraneando, como una boba,
lo mismo que si no hubiera por qu llorar sin descanso en esta casa?
Qu dir ust de m, seor don Marcelo? Vaya, vaya, que otra simple
como yo! Ya puede ver si me perdona, siquiera por no ser ma toda la
culpa.

Con esta evasiva de la muy taimada y con entrar Mari Pepa, se acab la
conversacin. Pero no tena duda para m que era Neluco el mvil, el
tipo y el regulador de todas las ambiciones de la nieta de don Pedro
Nolasco.

Entre tanto no se descuidaban un momento los preparativos para el
funeral.

Corra de cuenta de don Sabas avisar a todos los curas del Arciprestazgo
y muchos ms, si se poda; y con su direccin y con la del mdico, y
hasta con su ayuda material, escriba o firmaba yo cartas y ms cartas,
dando cuenta del fallecimiento de mi to y de la fecha de sus honras
fnebres en la iglesia parroquial de Tablanca, a todas las personas de
viso de la provincia, que, en opinin de aquellos amigos, deban de
saberlo. Las mujeres, mientras llegaba la oportunidad de proveer la
despensa de lo que en ella faltase, pasaban revista y recontaban,
manoseaban y aperciban los utensilios de mesa para la comilona de
aquella gran ocasin, y a los primeros amagos de desnieve salieron
propios en todas direcciones, y, a la vez que ellos, el peatn del
correo que se llev en la valija los avisos que no podan distribuir los
propios.

Y como en esto alumbraba el sol ya muy a menudo, volvi la mujer gris a
hacer de las suyas y a preguntarme a cada paso con sus ojos angustiados,
por no atreverse a hacerlo de palabra, en qu parara la noche menos
pensada lo que haba quedado pendiente en la de la muerte de su amo. La
verdad es que yo, si no lo haba echado enteramente en olvido, despus
de pensarlo mejor y de enlazarlo con los recientes sucesos que tan
radicalmente haban transformado el modo de ser de aquella casa, viva
muy descuidado de ello, y hasta me causaba cierto ruborcillo recordar la
importancia que haba llegado a concederlo, sugestionado quiz por los
espasmos histricos de la pobre Facia.

Responda una vez a sus miradas hablndola en ese sentido para
tranquilizarla mejor; mas no pude averiguar si logr lo que me propona,
porque desde el compromiso que haba adquirido conmigo sobre la manera
de conducirse en aquel asunto, no me dejaba traslucir la verdad de sus
sentimientos. Pero si alguna confianza le inspiraron mis palabras aquel
da, bien poco le dur a la infeliz; porque a la maana siguiente, tras
una noche de lluvias torrenciales, apareci radiante el sol en un cielo
sin nubes, y el suelo del valle y las laderas de los montes desnudndose
a toda prisa de sus blancas y espesas envolturas, que, convertidas en
arroyos cristalinos y murmurantes, corran por prados y regateras a
sumirse en el lveo del Nansa, henchido ya hasta las malezas de sus
bordes, entre las cuales iba dejando el ro la carga de sus espumas.




XXX


Sealado fue tambin de veras, bien sealado!, aquel da para la casona
de Tablanca y para el pueblo. El mismo gigantn de la Castaalera me
asegur que, con estar los caminos intransitables y los puertos a medio
desnevar, haban sido aqullos los funerales ms pomposos que se haban
celebrado en la parroquia, en cuanto poda acordarse l (y eso que la
extensin de sus recuerdos andaba rayando con un siglo), por lo tocante,
en particular, al nmero y calidad de los concurrentes forasteros. Entre
el clero, que fue muy numeroso, acudi lo ms afamado de la vicara en
el canto fnebre, y, por ende, no falt el prroco de Zarzaleda, que era
una especialidad muy admirada, y no sin razn de fundamento, para
entonar el _Dies irae_ con su voz atenorada y vibrante, que pona los
pelos de punta a los fieles ms duros de conmover; y concurrieron
tambin con estos prrocos muchos de sus feligreses que, sin parentesco
ni afinidad personal alguna con el difunto, eran fervientes admiradores
de su buena fama. Pero no fue este contingente, ni por lo numeroso ni
por el ruido que movan sus espelurciadas cabalgaduras en las callejas
del lugar, lo que ms llam la atencin en l, sino el otro contingente,
el de los seores que fueron llegando a la casona por todos los senderos
de los montes circundantes. Chisco y Pito Salces ayudaban a desmontar a
los que no traan espolique, que eran los ms, y se apoderaban de sus
caballos; Neluco y don Pedro Nolasco les salan al encuentro en la
escalera y me los presentaban a m despus a la puerta de la salona,
desde donde los conduca a mi gabinete, que haba vuelto a ser, por
aquel da, estrado o sala de honor, y en cuya mesa de centro haba un
agasajo de vinos generosos y bizcochos de soletilla, con el cual los
brindaba tan pronto como concluan las salutaciones y cortesas de
rbrica, sin perjuicio de que llegaran luego Mari Pepa o su hija, muy
vestidas y aderezadas ya de da de fiesta, aunque luctuosa, a ofrecerles
algo de mayor sustancia, por si estaban en ayunas, como leche, caldo o
chocolate... o magras de jamn con huevos estrellados; pero todos
optaban por la copeja de vino con bizcochos, reservndose para
despus.... Despus era la comida del medioda, terminados los
funerales.

Porque todos aquellos seores eran huspedes mos, avisados con esta
condicin, y aun sin ella... y aun sin aviso ninguno. Bastaba la
costumbre para autorizarlo; y el ser amigos de la casa mortuoria en un
lugarejo tan desmantelado como aqul, para justificar la costumbre.

De recibir y agasajar al clero, hecho a poco y mal guisado, estaba
encargado por orden y cuenta mas, y tambin segn otra costumbre, el
prroco don Sabas; de los dems forasteros del montn, nadie sola
cuidarse, y nadie se cuid all tampoco.

As y todo, por la condicin de mis comensales, aunque relativamente
escasos, y por lo que me obligaba la ma, era de necesidad echar el
resto en la casona; y nadie creera a no verlo, como yo lo vi, la suma
de desvelos y sudores que lleg a representar aquel trabajo; lo que se
revolvi en la casa y en el lugar; las gentes que fueron puestas en
movimiento; las leguas de camino que se trillaron por buenos andadores,
y las horas robadas al sueo y al descanso ms de una noche; y a pesar
de ello y de las guisanderas a jornal que ayudaron a las mujeres de
casa en lo ms duro y comprometido de la faena, sabe Dios lo que hubiera
resultado a la hora crtica y solemne, sin la vigilancia continua y la
previsin y diligencia admirables de mis dos hadas bienhechoras... y la
hermana de Neluco.

Porque la nclita matrona de Robaco estaba en Tablanca desde la
vspera. Haba llegado al anochecer con su marido, y a las ancas. As
fueron a casa de Neluco; hallronla cerrada, y siguieron a la de don
Pedro Nolasco; djoles la mozona que serva en ella lo que pasaba, y
torcieron hacia la casona, sin lstima alguna del pobre rocn que ya se
quebrantaba por el lomo y estuvo a pique de gastar el ltimo resuello al
subir el pedregal.

Al encontrarse las dos amigas en mitad del carrejo, enzarzronse en un
abrazo, tan ntimo y apretado, que pareca una engarra; se coman a
besos, y entre beso y beso se decan las mayores atrocidades; lleg Lita
con su abuelo, y se repiti la escena, hasta que acab la de Robaco por
fijarse en m y rompi a llorar por el difunto, de tan buena gana, que
pareca no haber consuelo para ella, mientras su marido, que ya me haba
saludado, haca sus correspondientes pucheros, y se enjugaban los ojos
con los delantales Lita y su madre, que eran de suyo muy tiernas de
corazn y pegajosas de las lgrimas. Acabse el estrpito, por la virtud
de un conjuro mo, con la misma rapidez con que se haba desatado, y nos
fuimos hacia la salona todos juntos y en santa paz, aunque no en
silencio. Al llegar Neluco, otro estampido de su hermana, que no cerr
boca en toda la noche ni quiso salir de la casona desde que supo el
trajn que haba en ella. Cabalmente se pereca por esas cosas, y la
mataba la quietud. Por otra parte, los caminos no estaban muy
apetecibles que dijramos, para que una mujer de sus carnes se
aventurara a pisarlos de noche sin una gran necesidad; amn de que ella
no haba de causar apuros ni extorsiones en la casa, porque bien saba
Mari Pepa que, en juntndose las dos, siempre hacan cama redonda.

De este modo y por aquellos motivos durmi all, y se fueron solos,
despus de cenar, su marido y Neluco a casa de ste.

Los primeros que llegaron al otro da bien temprano fueron dos parientes
de la que fue mujer de mi to Celso, de los Snchez del Pinar, de
Carnica, a orillas del Saja. Eran el uno muy alto y el otro muy bajo:
los dos de espesas patillas grises; poco risueos ambos y nada locuaces.
Les daba vergenza--as me dijeron por entrar--visitarme y ofrecerme sus
respetos por primera vez en ocasin tan triste; pues encerrados en su
valle, del que no salan jams sin un motivo de gran monta, un poco por
ignorancia de los sucesos y otro poco por la maa de dejar negocios
para otro da.... En fin, all estaban para que dispusiera de ellos a
mi comodidad, como poda disponer de otros comparientes de all, que no
les haban acompaado, quin por falta de salud, quin por la de
cabalgadura. Todos tuvieron en mucho a don Celso y le fueron muy
adictos, aunque le molestaron poco.

Sin acabar de sentarse apenas estos personajes, apareci en la salona
otro cuyo aspecto me sorprendi mucho. Era alto, ms que el de Carnica;
de luenga y puntiaguda barba blanca, moreno de color, de nariz muy
prominente y aguilea, ojos pequeitos y verdes y cejas erizadas y
blanqusimas; la cabeza cubierta con un alto gorro cilndrico de piel de
nutria, y todo el cuerpo, hasta los pies, con un capotn de pao
ceniciento. Pareca un mago. Se quit el gorro y se despoj del capote
en cuanto se encar conmigo, y dej al descubierto un matorral de pelos
blancos, recios y apretados, y un vestido de anticuada forma con
relacin a los figurines vigentes, de buen pao, s, pero muy
descolorido ya. Aquel hombre vena de los precipicios del Deva, y
result ser el famoso don Recaredo, de quien yo tena muchas noticias
por mi to; hidalgo de rancio solar, clibe impenitente, afamado cazador
de fieras, y de grande y merecido influjo en toda su comarca; bien
relacionado con los hombres del ajetreo poltico de la capital y
sucursales de ella; muy solicitado de aspirantes a la representacin en
Cortes del distrito, en pocas de lides electorales... y primoroso
carpintero de aficin, nica bien arraigada que se le conoca y con la
cual entretena las soledades y holganzas de su vida en el viejo casern
que habitaba.

Detrs de don Recaredo llegaron de un golpe, por haberse juntado unos en
el camino y todos a la puerta de la casona, hasta cinco pudientes, ms o
menos ligados a ella por parentesco lejano o amistad antigua, de las
orillas del Nansa, aguas arriba y aguas abajo.

Enseguida de stos, aparecieron en la salona otros dos personajes de
gran cuenta, que me impusieron mucho por su apostura y atalajes, tan
diferentes de todo lo que se usaba por all y de lo que a la sazn me
rodeaba.

Eran nada menos que el ilustre caballero don Romn Prez de la Llosa y
su yerno don lvaro de la Gerra. Iban desde Santander, donde residan, y
haban hecho el viaje en dos jornadas. La verdad ante todo: yo, que
hasta entonces dominaba la escena con el desembarazo que da la
conciencia de valer ms en la escala de la educacin y de la cultura
intelectuales, al verme enfrente de aquellos dos concurrentes de tan
distinguido y elegante porte, sent que se me bajaban mucho los humos de
la chimenea, hasta en lo de llevar bien la ropa, particularmente en lo
que tocaba la comparacin con el apuesto y correctsimo yerno del
seorn de Coteruco. Me vi bastante torpe para expresarles la gratitud
que les deba por aquel acto tan honroso para la memoria de mi to, y la
satisfaccin de que me senta posedo al estrechar las manos de unas
personas de quienes tantas y tan grandes noticias tena yo desde que
haba llegado a Tablanca. Recuerdo que este fue el tema de mi respuesta
a las salutaciones corteses de los dos caballeros; pero no lo que dije.
De lo que estoy seguro es de haberlo dicho muy mal. Valga la verdad.

Sin darme tiempo para preguntar a don Romn (con lo que me evit,
probablemente, la comisin de una gran impertinencia) a qu altura
andaban sus propsitos de vuelta a Coteruco, apareci en escena otro
personaje de los de primera talla, y al cual abrac con verdadera
efusin de mi alma: el pernclito seor de la Torre de Provedao, que
para llegar a la hora que llegaba, como don Recaredo para ir desde los
riscos del Deva y los de Carnica desde su valle, haba necesitado andar
de noche la mitad del camino, y qu camino! As llegaba l, con la cara
echando lumbres y los labios contrados entre las barbas erizadas y los
bigotes con carmbanos. Lo que haba pasado antes entre el que llegaba y
los presentes, por conocerse todos de trato, o de nombre cuando menos,
pas all entonces; pero con la notable diferencia de que al reparar el
de Provedao en el de Coteruco, no acab todo ello en el apretn de
manos afectuoso o en los familiares y mutuos palmoteos en la espalda,
sino que conmovidos y anhelantes uno y otro, sin decirse una palabra, se
abrazaron tan estrechamente, que parecan no acertar a separarse.
Despus le toc el turno a don lvaro, con quien no tena tanta amistad
el de Campo como con su suegro; y arreglada a esta ley fue la expresin
de su saludo.

Para muy poco ms que estos cumplidos me dio el tiempo, porque an no
haban vuelto a sentarse la mitad de las personas all presentes, cuando
vino recado de don Sabas de que todo estaba pronto en la iglesia y que
se nos aguardaba. Como ya eran muy cerca de las diez y no durara el
funeral menos de dos horas, y los forasteros haban de volver a sus
hogares despus de comer en el mo, y las tardes eran muy cortas, nos
pusimos en marcha inmediatamente, acompandonos Neluco y tambin su
hermana y Mari Pepa, muy enlutadas. Al viejo Marmitn no le permitimos
salir de casa. Para disponer la mesa y dirigirlo y ordenarlo todo, se
qued Lituca que se pintaba sola para ello y otro tanto ms. Tambin se
quedaron Chisco y Pito Salces con otros dos mozones de mi confianza,
bien advertidos por m de muchos cuidados, particularmente el de la
vigilancia, no s si porque me sali espontneamente de adentro la
ocurrencia, o porque me la inspir una mirada elocuentsima de la mujer
gris, al ver cmo iba a quedarse la casona, sin nosotros, indefensa y
punto menos que vaca.

Andando ya hacia la iglesia, vimos aparecer de pronto, sobre la jiba del
pedregal, un hombre alto y fornido, de hermosa cabeza, envuelto entre un
chambergo de anchas alas y una barba gris; vena a cuerpo con un
chaquetn pardo, y los pantalones, del mismo color, arremangados sobre
unos borcegues de recia suela y muy embarrados. Traa las manos metidas
en los bolsillos del chaquetn, un garrote pinto y nudoso debajo del
brazo izquierdo, y en la boca una pipa ahumando.

El primero que le conoci fue el seor de Provedao, que iba de los ms
delanteros entre nosotros. Se detuvo un instante para mirarle con la
mano de canto sobre la frente, y se detuvo tambin el otro con los ojos
sombros e imperturbables clavados en l. Parecan dos leones. No les
falt ms que olerse. Despus se acercaron ms, y se estrecharon las
diestras con recias sacudidas. Entonces me parecieron dos robles gemelos
de la montaa estremecidos por el soplo de una misma rfaga. No s lo
que se dijeron, ni si se dijeron algo. Para qu? En estas dudas vi a
don Romn Prez de la Llosa salir como una flecha, de entre los ms
rezagados del grupo que bajaba, hacia el hombre que suba, y que ste,
al notar que se le acercaba el de Coteruco, desprendi su diestra de la
del campurriano, y se quit con ella marcialmente el chambergo,
descubriendo as la frente espaciosa y blanca, sobre la cual pareca
reflejarse el rayo de luz que lanzaron entonces sus ojos. No he visto
jams actitud de hombre ms varonil, ms noble ni ms hermosa. Pero don
Romn no se anduvo en chiquitas, y quieras o no, le estrech entre sus
brazos. Su yerno hizo lo mismo enseguida. Despus se adelant don
Recaredo y le tendi la mano. A todo esto, flotaba en el aire el nombre
de don Lope pronunciado por muchas bocas; y con ello y lo que yo saba
por la historia de los descalabros de don Romn en su pueblo, narrada
minuciosamente por mi to varias veces, di por conocido el personaje; y
no me equivoqu, pues a los pocos momentos me lo trajo de la mano el
seor Prez de la Llosa y me dijo presentndole:

--Mi mejor amigo y el ms noble convecino mo de Coteruco, don Lope del
Robledal. Viene a Tablanca para ofrecerle a usted personalmente toda la
amistad y respeto que le merecieron las virtudes de don Celso, y a rezar
por su alma en los funerales de hoy.

Correspond con la mayor cordialidad y como mejor pude a aquellos nobles
ofrecimientos; supo l adnde bamos por all; y sin querer aceptar un
momento de descanso, que no necesitaba, retrocedi y se fue camino de la
iglesia con nosotros... digo mal, con don Romn solamente, pues le tom
ste por su cuenta desde luego, apartndose un buen trecho de los dems,
que nada hicimos por acercarnos a ellos, respetando la santa avidez con
que el noble expatriado de Coteruco aprovechara aquella providencial
ocasin de saber algo ms de lo que saba sobre el estado de cosas de su
pueblo nativo, aunque fueran extradas con la ganza de sus ansias de
aquel arcn de cuatro llaves. Mientras tanto, don lvaro de la Gerra fue
trazando nuevos y curiossimos rasgos del carcter, original hasta lo
increble, de aquel hidalgo montas.

As llegamos a la iglesia, en la que no hubiramos logrado penetrar sin
salir, como salieron de ella, parte de los que estaban dentro, los
cuales apenas caban despus en el soportal, que tambin estaba atascado
de gente.

La duracin de los oficios no baj un minuto de las dos horas
calculadas; y cuando volvimos a la casona los que de ella habamos ido a
la iglesia, ms el extrao don Lope que quera volverse a Coteruco desde
all, y se hubiera vuelto sin la intervencin de don Romn, nico entre
todos nosotros conocedor de los resortes por que se rega aquel carcter
excntrico, ya estaba la mesa preparada con todas las grandezas de
abolengo..., y algo ms que se haba podido adquirir, hasta en las casas
de los amigos, como don Pedro Nolasco y el mdico. Porque pasbamos de
docena y media los comensales, entre propios y extraos.

En otro tiempo me hubiera dado un accidente en presencia del _men_ de
aquella comida, cuanto ms de la comida misma, porque fue verdaderamente
espantable aquel llegar a la mesa (conducidos por Facia y por su hija,
sofocadas por el trajn y relucientes de pellejo) de pilas de potajes
con metralla de embutidos; de rimeros de pollos patas arriba entre
lagunas de grasa; de solomillos enroscados; de magras con huevos duros;
de carne en toda suerte de guisos; de patos rellenos de salchichas y de
lomo, y tras ello, los flanes como ruedas de molino, y las natillas y el
arroz con leche, poco menos que a calderadas. No entendan el rumbo de
otro modo las mujeres que lo haban manipulado; y as me expliqu yo
perfectamente sus afanes y desvelos, y las gentes y las cosas que haban
movido y removido en la casa, en el lugar y fuera de l, de tres das a
aquellas horas.

El peso de la conversacin, durante la comida, le llevaron el seor de
Provedao y don Romn. Como era propio y natural, se comenz por el
elogio del difunto y de sus cosas geniales; igual que en la cocina,
salvo el lenguaje y el estilo. Entre Neluco y yo, suministramos los
solicitados pormenores acerca de su enfermedad y de su muerte... y salt
de golpe lo que yo vea venir rato haca, y me extraaba que no hubiese
saltado antes en la conversacin: el punto de continuar yo all la obra
benfica de mi to. Aqu se call don Romn como un muerto, y me dijo el
insigne campurriano, despus de aplaudirme los buenos propsitos
declarados por m de poner todos los medios para lograr tan grandes
fines, que si me decida, en mis procedimientos, a servir a mis
protegidos el vino viejo en odres nuevos, cosa que l no desaprobara,
lo hiciera con sumo tacto, porque--concluy--, hermosa es la luz; pero
no hay que abrir de repente todas las ventanas a los que han vivido a
oscuras por achaques de la vista; pues hay que temer las locuras que
entran por los ojos deslumbrados. A esto ya no pudo callarse don Romn,
y expuso el ejemplo de la cada de Coteruco, en demostracin de lo
afirmado por su amigo. Enderezada la conversacin por estos carriles,
nos habl de lo que le costaba aclimatarse a la vida de la ciudad: no
poda con ella un hombre como l, nacido para respirar el aire
oxigenado, puro, de la Naturaleza, y necesitaba tambin la presencia y
hasta la compaa de aquellos hombres rsticos, aun con sus
ingratitudes. El recurso de dejarlos a solas con su pecado, haba
producido muy buenos frutos. Poco a poco se haban ido levantando de su
cada, y ya le echaban de menos. Esto le consolaba y le satisfaca; y si
no haba vuelto ya a Coteruco, era porque quera hacerse desear un poco
ms, para asegurar mejor la curacin de sus locos. Desgraciadamente no
participaban sus hijos de aqullas sus ilusiones, porque tenan otros
gustos muy diferentes; pero todo poda arreglarse con algn sacrificio
de cada cual. Entre tanto, distraa sus impaciencias con los hechizos de
una nietecilla que Dios le haba dado, y era la criatura ms hermosa que
haba nacido de madre. Andbase a la sazn en proyectos de llevarla a
Sotorriba, para que la conociera su otro abuelo, don Lzaro, cuyos
achaques le impedan salir de casa.

Alguien pregunt all si era verdad que don Gonzalo Gonzlez de la
Gonzalera se haba quedado memo y pobre a consecuencia de disgustos y
despilfarros domsticos, pero no obtuvo respuesta la pregunta, porque
apareci de golpe y porrazo en la salona un nuevo personaje que comenz
por decir que ni por haber rodado tres veces por los suelos y casi
reventado la tordilla en sus ansias de correr, haba podido llegar
antes. As vena el infeliz de embarrado y descosido de pies a cabeza!
Era un hombre de buena edad, estampa agradable... y juez municipal de su
pueblo: de aqul muy empingorotado en que haba conocido yo a uno de mis
consanguneos de Promisiones, yendo con Neluco a la Torre de Provedao.
El caso era que, al ir a montar muy de maana para acudir a los
funerales de mi to, le haban entregado un oficio del juez de primera
instancia, obligndole a practicar unas diligencias que le entretuvieron
cerca de dos horas... todo respecto a la trigedia del da anterior,
que yo deba conocer, y para eso, la verdad fuera dicha, para que la
conociera vena l principalmente.

Hicmosle sitio en la mesa, previne a Facia que le fueran sirviendo
desde la sopa de fideos inclusive; y mientras sala Tona y se quedaba su
madre cambiando platos y retirando sobras destrozadas de guisotes, y
todos le prestbamos grandsima atencin, refiri l que bajando un
pastor de su invernal, recin empezado el desnieve, a campo travieso,
porque apretaba el fro y corra mucho una nube negra por mala parte y
peor camino, se par un instante, para echar una yesca y encender la
pipa, a la misma boca de un covachn, conocido de muy pocos, por estar
fuera de senda frecuentada, como a la mitad de distancia, por el atajo,
entre Tablanca y el pueblo del relatante, pero en trmino municipal de
ste. Parado all el pastor y dale que te pego con el canto de la
navaja, porque no chispeaba bien la piedra o no era la yesca de lo
mejor, observa que le da en la nariz un jedor que tumbaba de espaldas.
Mira aqu y olfatea all, nota que el jedor sale de la cueva; tintale
la curiosidad, entra, y en un recodo muy ancho, hacia la derecha, ve
tres hombres tendidos a la larga, boca arriba, tiesos y casi amontonados
unos sobre otros, muertos los tres y arrimados a una piluca de ceniza y
tizones apagados. Espntase, huye de all; y por ser el ms cercano,
segn su cuenta, da en el pueblo del narrador y refiere lo que ha visto.
Acude ste all por su cargo, acompaado en debida forma, y resulta
verdad lo denunciado por el pastor. Tres eran, en efecto, los cadveres,
y de personas bien conocidas en el lugar, y bien pertrechados iban de
armas de fuego... y hasta de cuerdas y navajas. Sin duda los sorprendi
all el temporal de nieve, desde que comenz, y perecieron de hambre y
de fro... por decreto de Dios que conoca sus malas intenciones. Era el
uno un peine que se titulaba ingeniero y deca andar en busca de una
mina de oro, meses haca ya, con su vestido harapiento, sus greas y su
barba silvestre y su costurn en la cara, que le parta un ojo y la
mitad de la nariz.

Aqu se oy un estrpito infernal de platos hechos trizas, y un grito de
Facia a quien se le haban cado de las manos como una docena de ellos.
La mir entonces y la encontr mirndome a mi con ojos espantados y el
color de la muerte en la cara. Djele con los mos que no cometiera una
indiscrecin; entendime, y la aad de palabra y sonrindome que no era
el estropicio aqul motivo para que se asustara tanto, aludiendo a los
platos rotos, mientras Tona arrimaba al del juez municipal dos medias
fuentes bien colmadas de potajes, algo pasmadona por lo que haba
pescado del relato, pero seguramente ms por el desastre de la vasija,
que haba arrancado el grito a su madre.

Vuelto el relatante a su historia despus de este incidente, y viendo yo
que, por respeto a m, sin duda, andaba con repulgos y melindres para
declarar en neto castellano quines eran los otros dos muertos,
apresurme a decirle:

--S perfectamente de quines se trata, y quiero evitar a usted la
repugnancia de declararlo delante de m: se trata de dos parientes mos;
de los dos hidalgos de Promisiones. Con uno viva el ingeniero ese del
chirlo, en su pueblo de usted: los vimos juntos Neluco y yo al pasar por
l, yendo a Provedao. Segn noticias de buen origen, esperaban entonces
de un da a otro al hermano que faltaba de aquel mi pariente (que, por
lo visto, lleg a tiempo) para dar el ltimo golpe en la explotacin de
la mina de oro puro que haba descubierto el lince de las barbas
silvestres. En buena justicia, tenan los tres ms que merecido el palo,
en el que hubieran muerto a no morir de ese otro modo. Conque ya ve
usted si tengo hasta motivo, por lo que a mis parientes toca, para
alegrarme de que hayan acabado as, como cualquier hombre de bien.

Declar el preopinante que era la pura verdad todo cuanto yo haba
dicho; aadi en respuesta a una pregunta que alguien le hizo, que el
hombre del chirlo en la cara haba vivido en el lugar con el nombre,
indudablemente supuesto, de Pedro Gonzlez que constaba en su cdula
personal, y que con se se le haba registrado, ya muerto, en el libro
correspondiente; alegrme yo de ello, y de seguro se alegrara Facia,
que lo oa, mucho ms... y se acab aquella conversacin sin meternos en
otra nueva, porque se haba acabado tambin la comida, apremiaba el
tiempo y tenan mucho que andar los comensales forasteros para volver a
sus hogares los unos, y los otros para terminar su jornada. Porque
result que don Recaredo aprovechaba la ida a Tablanca para despachar un
negocio, pendiente de ese paso ao y medio haca, en un pueblecillo del
Nansa, aguas abajo, y el insigne campurriano tena tambin sus
quehaceres de urgencia en la capital, por lo que se le llevaron consigo
don Romn y su yerno. Desapareci sin saber cmo don Lope; furonse,
mientras segua comiendo todo cuanto le ponan delante el juez municipal
susodicho, los dos desiguales de Carnica y los cinco pudientes del
Nansa, aguas arriba y aguas abajo de la casona; acab, al fin, de comer
el que quedaba comiendo, y marchse igualmente, y bien repleto, a su
lugar...

Al otro da, muy temprano, se largaron a Robaco la hermana y el cuado
de Neluco; y pocas horas despus, ay! me abandon tambin toda la
familia del gigantn de la Castaalera.




XXXI


Y aqulla fue la ms negra para m! La de verme solo en los mbitos
enmudecidos y yertos de la casona, alczar de mi flamante y patriarcal
seoro, en el pobre terruo de mis mayores. Todo me resultaba ancho,
todo me sobraba all y todo se me vena encima, como si estuviera
edificado en el aire, desde que se haba vuelto a sus hogares la familia
del viejo Marmitn. Porque con la presencia continua de unas mujeres tan
animosas y alegres como aquellas dos, ms el trajn en que anduvieron
empeadas y el entrar y salir de tantas y tan distintas gentes en los
ltimos das, no haba podido conocer yo en su verdadera magnitud el
vaco que dejaba en la casona la muerte de su venerable habitador y
dueo, que, vivo, la llenaba toda, y era adems el lazo que me amarraba
a ella con la fuerza de mi compromiso, fundado principalmente en la
consideracin de lo que l estimaba el regalo de mi compaa.

Venan a menudo a verme el Cura don Sabas y Neluco, y pasaban conmigo
largos ratos; continuaba la tertulia de la noche muy concurrida y
animada; presidala yo con la mayor asiduidad, y haca de tripas corazn
para creerme muy divertido en ella, o para darlo a entender delante de
aquellos rsticos y buenos tertulianos; ocupbame a ratos en despachar
mi correspondencia o en arreglar los papeles y cuentas de la
testamentara; hablaba con Facia y me complaca en ver cmo, creyndose
ya, en virtud de las noticias tradas por el juez municipal de marras, y
de mis subsiguientes reflexiones, libre para siempre de la cruz que
tanto la haba oprimido, y dando por guardado en el fondo de una
sepultura el secreto de lo que poda ser afrenta para su hija, iba la
pobre mujer tornando a la vida, y recobrando poco a poco las extenuadas
fuerzas de su espritu, llorando y rezando a la vez por el hombre
desventurado, muerto con el alma manchada de negras intenciones, tras
una vida azarosa y criminal; gozbame tambin en descifrar en el
impenetrable continente de Chisco ciertos confusos caracteres que
delataban en los adentros de su pechazo un regocijo manso y profundo
desde la herencia de la pil de onzas, y en tirarle de la lengua para
saber cmo andaba desde entonces en sus tratos y amistades con la
familia del Topero, el cual, segn mis noticias, se haba humanizado
mucho con l y hasta le echaba memoriales con los ojos y aun con
algunas indirectas demasiado insinuantes; interesbame de veras Pito
Salces, que andaba amurriadote y receloso temiendo que hubieran cambiado
las buenas disposiciones de Tona hacia l desde que era rica por su
madre, y hasta por s propia, tomando el pobre por desdenes el pasmo,
muy natural, en que cay la mozona en aquellos das de lances gordos;
sala de casa algunas veces para ventilar un poco las ideas y estirar
los miembros entumecidos, aunque hallaba siempre el suelo como una
esponja encharcada, y fro el sol que iluminaba el valle, mientras me
segaba las barbas el ambiente que no apagaba una cerilla, y tena que
volverme a mi agujero sin haberme atrevido a descender el pedregal por
donde queran conducirme los impulsos de mi necesidad de departir con
alguien que me comprendiera; trambala con Chisco despus, o con el
primero que se me pusiera por delante, y, en fin, hasta procuraba,
siguiendo las enseanzas buclicas de Neluco, descender con mi razn,
ms luminosa, a las tenebrosidades de aquellos hombres para hallar el
nivel apetecido y con l el prometido deleite; pero aun as, me sobraban
horas y horas eternas de soledad y de silencio en aquellos pramos
envejecidos y negros en que resonaba el eco de mis pasos febriles como
si los diera bajo las bvedas sombras de un calabozo; y por donde
quiera que la mirara, aquella mi labor heroica para hacer la vida ms
llevadera no vena a ser otra cosa que labor de encarcelado, hasta con
el tenaz, profundo y tentador deseo de escaparme.

De escaparme s; porque haba vuelto a imponrseme esta idea, no como la
primera vez que la sent pasando por mi cerebro como una rfaga, sino
como un prurito irresistible que iba desbaratando por momentos la obra
de mi aclimatacin, casi a punto de terminarse ya. Parecame la fuga una
verdadera canallada; pero los cuerpos abandonados en el aire, caen por
su propia gravedad; y as me senta yo caer, roto, con la muerte de mi
to, el vnculo que ms me ligaba a la casona. Cierto que me quedaban
las ligaduras de un compromiso solemnizado tantas veces y delante de
tantas y tan distintas personas; pero tambin era verdad que a ese
compromiso le haba puesto yo la limitacin de en cuanto me fuera
posible, y que, suponiendo que llegara a ser capaz de penetrar la obra
de mi to para trabajar en ella, mi trabajo no sera continuo ni a cada
hora, ni siquiera de cada da, al paso que la tediosa realidad que me
asfixiaba era continua, perenne, de todos los momentos.

Luchando sin cesar entre estos impulsos empecatados y las repugnancias
de mi conciencia de hombre formal, hubo ocasin en que me re de m
propio, vindome discurrir con el criterio de un colegial mal avenido
con su encierro. Qu cosas se me ocurran para justificar una escapada,
con promesa de volver y propsito de no cumplirla!

Serenndome despus y dando mayor altura a mis pensamientos, detveme a
considerar el valor de los buenos frutos que haba conseguido con el
trabajo de mis propias observaciones, y el ejemplo y la predicacin, ms
o menos directa, de mi to, de Neluco, del seor de la Torre de
Provedao, sobre todo, y de otras muchas personas de gran monta; y
entonces me avergonc de haber pensado como pens para sacudir la carga
de mis tristezas.

Colocado en este terreno, pronto comprend que lo que yo necesitaba
desde luego y con urgencia para salir airosamente del conflicto, era
adquirir otras ligaduras con qu sustituir las quebrantadas por la
muerte; otro vnculo nuevo que me uniera a Tablanca, ya que no tan
estrechamente como lo estuvo mi to, hasta el punto, cuando menos, de
que dejara la casona de ser crcel para m.

Bueno. Pero ese vnculo dnde hallarle? de qu casta era?... Quin
sabe los espacios que recorr entonces con la imaginacin enardecida y
visionaria! En este viaje veloz y disparatado no hall momento de
tranquilidad ni de reposo, porque todo me pareca mal para hacer un alto
de respiro... hasta que di en la ms peregrina de las ocurrencias. Pero
ya tena siquiera una hiptesis en que detener el discurso fatigado.
Pues a ello, y con toda la minuciosidad escrupulosa de quien, como yo,
medita en asunto tan grave como aqul por vez primera en su vida. Elev
los pensamientos por encima de las enriscadas barreras del valle, y le
llev lejos, muy lejos de Tablanca; cerr los ojos, acud a los
repuestos de la memoria, y fui extrayendo de ella una verdadera legin
de imgenes, a las que hice desfilar despus, una a una, por delante de
m. Cuando hubo pasado la ltima figura de esta bizarra procesin, volv
con el pensamiento a las montunas realidades de Tablanca... y me llev
las manos a la cabeza, como quien se percata de que ha estado colmndola
de disparates para obtener ideas salvadoras. Apagu la linterna de mis
cavilaciones y, oh sorpresa!, con el ltimo rayo de su luz vi pasar
rpidamente por los trminos ofuscados de la imaginacin, una nueva e
inesperada imagen que pareca llevar en s la virtud de resolver todas
las dificultades del conflicto. Pero... Y acab por hacerme cruces y
echarme a rer.

Rindome estaba an cuando entr Neluco.

--As me gusta verle a usted--me dijo--, y no con la triste catadura de
estos das atrs.

--Pues a ella volveremos, amigo Neluco--le respond--, si Dios no hace
el milagro que le pido.

--Sin embargo, usted se rea ahora...

--La risa del conejo...

--No insisto--repuso el mdico--, porque no quiero que me tenga usted
por imprudente; pero le aseguro que, sin ese temor, ms de dos veces le
hubiera preguntado, en estos ltimos das, por los motivos de un
desaliento que no ha podido usted disimular.

Despertaba esta declaracin de Neluco la idea, no dormida enteramente en
m, de confesarme con l, como Facia se haba confesado conmigo. Poda
esperar mucho de los consejos de su experiencia, y, en ltimo caso, el
alivio que da en las apreturas del nimo el recurso de departir sobre
ellas con un amigo de buen entendimiento.

--Precisamente--le respond armndome de resolucin--, tena yo grandes
deseos de echar un prrafo con usted sobre los mismos particulares.
Conque, ahora o nunca.

Cerr la puerta de mi gabinete, sentmonos los dos con la mesita entre
ambos, y comenc a hablarle de esta manera:

--Ha de saber usted, amigo Neluco, que desde que volvieron a reinar el
orden y el silencio en esta casa, despus de muerto y sepultado mi to,
yo no s en qu invertir las horas que me sobran dentro de ella... Me
parecen interminables, no veo el modo de mejorarlas y me asusta lo
porvenir con una perspectiva semejante. Esta es la verdad de lo que me
sucede; le tengo a usted por buen amigo, y a usted se la declaro.

--Para qu?--me pregunt el mdico, muy serenamente, despus de
contemplarme en silencio unos instantes.

--Por lo pronto--le respond--, para que usted la conozca, y despus,
para que, si lo tiene a bien, me ayude con su autorizado consejo.

--A qu?--volvi a preguntarme con la misma serenidad de antes.

--Pues me gusta la ocurrencia, caramba!--exclam yo un tanto picado por
aquel modo de acorralarme, que se pareca mucho a una broma algo
pesada--. Qu se entiende aqu por ayudar a un hombre que perece en el
fondo de un precipicio?

--Perdone usted--replic el mdico--; pero o yo no estoy en mis cabales,
o el caso que me cita por ejemplo, no es aplicable enteramente al caso
particular de usted. El que se halla en el fondo de un precipicio, no
puede tener otro deseo que el de salir y alejarse de l; y a usted, en
la situacin en que hoy se encuentra, se le puede servir de dos maneras:
ayudndole a salir de ella, o trabajar para hacrsela soportable y hasta
divertida. Ahora usted dir de cul de estos dos extremos se trata.

--Del que mejor le parezca a usted--le dije--, o de los dos juntos... En
fin, pngase usted en mi caso, y hbleme con franqueza.

--Pues con franqueza le digo--repuso el mdico que no me extraa lo que
le sucede a usted. Lo esperaba... Entendmonos: esperaba que muerto don
Celso y solo usted en su casa, haba de parecerle sta ms grande, ms
negra y ms triste que antes, y el tiempo que pasara en ella, muy largo
y enojoso. Nada ms natural en un hombre de los gustos, de la educacin
y de los antecedentes mundanos de usted. Lo que no esperaba es que
llegaran sus desalientos al extremo a que, por lo visto, han llegado...
Pues mire usted, seor don Marcelo: ni por cortesa siquiera le aconsejo
a usted que, para distraer su fastidio, se largue enseguida de Tablanca;
consejo que, o yo no s leer fisonomas o es el que ms haba usted de
agradecerme. Y no se le doy, porque estoy segursimo de que si se
largara usted en la situacin de nimo en que se encuentra ahora, no
volvera por ac en todos los das de su vida.

--Hombre--respond yo cogido por la mitad de lo cierto--, eso es mucho
decir.

--Ni ms ni menos que lo justo--replic el mdico--, porque es la pura
verdad; y usted no puede ni debe hacer eso, aunque echemos en olvido
cierta promesa y hasta lo solemne de la ocasin en que fue ratificada;
porque usted nada tiene que hacer en ese mundo que le tienta, y aqu s;
porque all--y dispense la franqueza--, a pesar de sus merecimientos
personales, no pasara de ser uno ms en el montn de los annimos, y
aqu desempeara un papel mucho ms lucido, no por el relumbrn de su
jerarqua, sino por la condicin benfica del cargo. Nada de esto quiere
decir que est usted obligado a sepultarse aqu perpetuamente: al
contrario, yo sera el primero en aconsejarle que no lo hiciera; que de
vez en cuando traspusiera esas cumbres para echar una cana al aire, bien
seguro de que esas correras, hechas por un hombre del entendimiento y
de la cultura y de los caudales de usted, haban de lucir al fin y al
cabo en beneficio de este valle. Mas para llegar a ese extremo, es
decir, para que pueda yo excitarle a que se vaya, es preciso asegurarle
aqu antes con algo que le sirva de cebo para volver, por natural y
espontneo movimiento de su corazn... En una palabra, tiene usted que
aclimatarse de nuevo a esta casa y a esta tierra, y a estos hombres,
tales y como haban llegado a parecerle, a la muerte de su to don
Celso.

--Pero, hombre de Dios--exclam yo aqu--, si precisamente es se mi
dedo malo; si todo eso que usted me dice parece pensado con mis propios
pensamientos y dicho con mi propia lengua; si yo no deseo otra cosa que
apegarme a este terruo y cogerle todo el amor que usted le tiene; pero
cmo? con qu? Este es el caso. Vivo mi to, la obligacin, convertida
en gusto ya, de acompaarle, me entretena, y con ello, todo cuanto le
rodeaba; muerto l, me falta aquel recurso poderoso, me pierdo en el
vaco de esta casa, y me abruman las eternas horas que paso en ella
buscando la manera de abreviarlas. Continuar su obra benfica.
Enhorabuena. Esto es fcil y hermoso de decir; pero es muy vago y no
resuelve nada, y lo que yo necesito es algo ms concreto, ms prctico y
del momento. Si se tratara, verbigracia, de cortar camisas para los
pobres o de ensear la doctrina a los muchachos, yo me pasara los das
enteros manejando, las tijeras o injiriendo el Padre Astete en las
cabezas de estos motilones; pero no se trata de eso ni de cosa parecida:
la obra de mi to no da qu hacer a cada instante ni a cada hora.

--Cmo que no?--interrumpime Neluco--. La conoce usted a fondo por si
acaso?

--No, seor--le respond.

--Y le parece a usted--aadi--poco entretenimiento el de estudiarla de
ese modo, no slo para conocerla, sino para mejorarla? Porque a usted le
hemos de exigir tambin--prosigui el mediquito bromendose--, que la
mejore, y la mejorar seguramente.

--Santo y bueno--dije yo siguiendo el tono que me daba Neluco--: la
mejorar si ustedes se empean. Pero--aad formalizndome de veras--,
ese estudio que me recomienda usted, hasta para entretenimiento de las
horas de estos das, cmo le hago? por dnde comienzo?

--Y para cundo--replic Neluco--son los buenos amigos y los
competentes consejeros? En qu ocupacin ms agradable ni ms honrosa
podra usted emplearnos?... y perdone la inmodestia con que me sumo con
ellos... Y ya que de esto se trata y estoy autorizado por usted para
hablarle con franqueza, he de decirle que adems de este estudio, del
que no puede usted prescindir, hay otra ocupacin ms del momento
todava, en la que debi de habernos empleado das hace... y no nos ha
empleado usted, con gran extraeza nuestra; con lo cual ha perdido un
excelente recurso para matar horas sobrantes... Pensaba yo que, aunque a
usted le sobraba el dinero al venir a Tablanca, haba de picarle un poco
la curiosidad de conocer de vista las haciendas de aqu, heredadas de
don Celso, y el organismo, vamos al decir, de los tratos y contratos con
sus llevadores, y algo ms, a este tenor, que no deja de ofrecer su lado
patriarcal, y por ende, interesante y pintoresco para un hombre como
usted. Con el pretexto de verlo con los propios ojos, se deja la crcel
que abruma y entristece, se respira el aire libre y se renuevan las
ideas y se esparce el nimo encogido. Con la contemplacin de lo visto
as, nacen pensamientos que se comunican, por de pronto, con quienes nos
rodean, y dan materia abundante para discurrir despus si estamos solos,
o para departir con inters gustoso si estamos acompaados de amigos que
nos quieren bien. La propiedad, por pequea que sea, tiene esa virtud, y
si es recin adquirida, en ms alto grado. Figrese usted si durante
estos das en que tan soberanamente se ha aburrido y tan hermoso se ha
mostrado el tiempo, nos hubieran faltado motivos de excursiones y temas
de conversacin y andamiajes de proyectos! Vamos, que parece mentira que
ni por instinto de conservacin se le haya ocurrido a usted una cosa tan
hacedera y conveniente, y haya preferido entregarse atado de pies y
manos a las inclemencias de su carcelero. Pero todava no es tarde para
subsanar esta equivocacin. Le acompaaremos a usted por esos campos
mientras el tiempo lo consienta; veremos y hablaremos lo que a usted le
importa ver y de lo que le interesa hablar; continuaremos aqu despus
las conversaciones de afuera, y se apuntarn o se discutirn y se
reformarn clculos y proyectos, aunque alguna vez resulten castillos en
el aire. Esto, por de pronto. Mucho de lo dems, vendr ello solo a
meterse por las puertas de esta casa... Por ejemplo: dentro de pocos
das, porque ya estamos en el mes de hacerlo as, ver usted ir llegando
la falange de sus colonos y aparceros a pagarle las rentas que le
deben, unos en maz, en castaas o en dinero; otros en las tres especies
juntas, y algunos con las manos en los bolsillos desocupados, para que
usted les provea de lo que ms necesitan. As ir usted conociendo, poco
a poco, hasta el pie de que cojean, y descubriendo el camino por donde
ha de llegar hasta la entraa misma del misterio... Amn de esto, por
qu no ha de volver usted a sus saludables correras de antes? Ah est
Chisco, ms animoso y ufano an que entonces, porque ha mejorado
fortuna, y doblemente apegado a usted por las larguezas que con l ha
tenido; ah est Chorcos suspirando todava, aunque no tanto como por la
hija de Facia, por aquellas aventuras montaraces, y aquellos tragos de
licor tan confortantes, y aquellos agasajos tan frecuentes... y aqu
estoy yo, finalmente, para cuando quiera disponer de m; y lo mismo le
dir don Sabas de s propio, y cada uno de los habitantes de este
pueblo... Otro ejemplo ms. A la hora menos pensada ver usted retoar
en el campo los preludios de la primavera; hallar la tierra enjuta y
salpicada de florecillas esmaltadas; aspirar la fragancia de los montes
y de los prados, y quiz se fije en que ya es hora de mover la tierra...
pinto el caso, de este huerto, y aun de cultivarle mejor de lo que se ha
cultivado hasta hoy; y con esos fines, llama usted a los obreros, hasta
por el gusto de pagarles el jornal; y los manda que caven; y segn le
van obedeciendo, se va usted emborrachando con el olor de la tierra
removida, que es el olor de los olores agradables, y piensa en nuevas y
variadas plantaciones, y hasta esboza un proyecto de jardn en el rincn
ms abrigado... Y quien dice mejorar el huerto, dice retejar la casa o
reparar sus achaques interiores... en fin, que nunca faltan quehaceres
al hombre que se empea en tenerlos, aunque sea en las soledades de
Tablanca... Y para qu se quiere el dinero?

Aqu hizo un alto Neluco y se qued mirndome fijamente como en espera
de mi contestacin. No tard en drsela.

--Todo ese cuadro que acaba usted de trazarme--le dije--, me enamora y
me seduce... como pintado en un papel. Mas quiero dar por supuesto que
es la pura realidad. Ya tengo en mis manos el remedio contra el fastidio
de unos cuantos das... de una buena temporada, si usted quiere.
Corriente. Pero Y despus? Cuando no pueda voltejear por la montaa, ni
remover la tierra de mi huerto, ni tenga negocios que tratar con mis
colonos, y usted est ocupado en sus quehaceres profesionales, y don
Sabas en los de su ministerio, y vuelvan las celliscas desatadas, y las
horas sin fin, y las noches eternas, qu me hago yo en las soledades de
este palomar, sin la naturaleza y las aficiones de mi to, o de don
Sabas o de usted?

--Es que yo cuento--me replic Neluco--, con que le basten y le sobren
para atarle a Tablanca, de tal modo que se le pueda dar licencia para
que se ausente del valle sin el temor de que no vuelva a l, esos
entretenimientos y otros tales, si llega usted a tomarles gusto...
Despus, qu demonio! es hasta pecado mortal decirle a un hombre del
talento y de la experiencia de usted, cmo se sortean las horas
sobrantes en la vida, que todos pasamos. Lo principal es la base de la
ocupacin: las lagunas de ella se colman como se puede. Para eso es el
entendimiento que a usted no le falta... Y, por ltimo, si con los
recursos de l no consigue lo que busca, todava le queda el de ligarse
al terruo ste con vnculos de tal resistencia, que slo la muerte
pueda romperlos.

--Los vnculos... matrimoniales, vamos--le interrump--. A qu andarnos
con metforas?

--Cabalmente--replic el mdico.

--Pues lo dicho--aad yo--. Est usted pensando con mi propio caletre y
hablando con mi misma lengua. Tambin se me haba ocurrido esa salida un
momento hace.

--En serio?

--O en hiptesis.

--No es lo mismo. Y por qu no ha de habrsele ocurrido en serio? Est
usted en la mejor edad para casarse, es rico, ha corrido el mundo, tiene
la experiencia de l, est hurfano y solo y a centenares de leguas del
nico deudo cercano que le queda, y tan sobrado de caudales como usted.
Para qu demonios quiere el suyo y la larga vida que tiene por delante,
sino para reconstruir la familia que ha perdido y dejar en la tierra,
cuando la abandone para siempre, alguien que le cierre los ojos con
cario y le llore de todo corazn?

--Y usted--respond a Neluco medio en serio y medio en chanza--, que ve
y siente todas esas cosas tan bonitas, que yo no veo ni echo en falta,
como de urgente necesidad, por qu no me ha dado ya el ejemplo?

--Porque son casos muy distintos el de usted y el mo, seor don
Marcelo--djome a esto Neluco--. Yo empiezo a vivir ahora, necesito
trabajar, y trabajar mucho, para ganar el pedazo de pan que como; y
adems, ni me aburro en la soledad en que vegeto, ni me tientan, como a
usted, las seducciones de all afuera, ni conmigo ha de extinguirse mi
apellido aunque yo muera soltern... Pero si me viera en el pellejo de
usted!...

--Con verte y sin verte de ese modo--dije yo para m, contemplando al
mdico con ojos de malicia--, no has de tardar mucho en caer del lado a
que te inclinas, marrullero--y aad en voz alta--: Pues supongamos,
amigo Neluco, que yo, por pensar como piensa usted, o por vocacin
verdadera, o por eso que se llama razn de estado, resuelvo casarme...
para vivir aqu, por supuesto, aunque no sea perpetuamente. Natural es
que yo busque una compaera adecuada a mis condiciones... Y en este
caso, me quiere usted decir, seor casamentero, con qu cara ni con qu
conciencia ofrezco yo a ninguna mujer, entre todas las que conozco, este
presidio por recompensa de la dicha que yo voy buscando en el intento de
casarme con ella?

--Pues eso slo le faltaba a usted!--exclam aqu Neluco llevndose las
manos a la cabeza, como yo me las haba llevado poco antes y con el
propio motivo--. Con una compaera de esa estofa no vivira usted aqu
en santa paz media semana. Mil veces peor que la enfermedad sera la
medicina.

--Y siendo esto, como lo es--repuse--, de qu traza ha de ser, y de
dnde, la mujer que yo busque para casarme con ella? Quiere usted que
apechugue con una mozona de Tablanca?

--Y no hay ms mujeres en el mundo--dijo con entereza el mediquillo--,
que las mozonas de Tablanca y las seoras de Madrid? Procure usted,
seor don Marcelo--aadi en tono de la mayor sinceridad--, que la mujer
elegida para compartir con usted el seoro de esta casa, se considere
muy honrada y gananciosa en ello: con esto basta, y no dude que las de
esta condicin abundan a nuestro alcance. El asunto no es pualada de
pcaro: da tiempo para discurrir, para andar y para ver... y qu
demonio, hombre!--exclam de pronto con inusitada vehemencia--, puesto
que hablamos ya en serio, y para que vea que no fantaseo yo en lo que
afirmo, vlgale este ejemplo que ahora se me viene a la memoria: quiere
usted belleza y ternura y bondad y delicadezas de sentimiento, y cuanto
se pueda pedir, menos la cultura refinada de los salones, en una sola
pieza, en una mujer modelo, aun para un hombre como usted? Pues bien
cerca la tenemos: Lita. Conque anmese usted a pretenderla.

Me qued estupefacto. Era aquello broma? Era abnegacin? Era arranque
patritico? Le declar mi asombro, y me dijo:

--Desde que vino usted a Tablanca, est empeado en ver visiones a ese
propsito. Lo s por algo que usted me ha dicho y otro poco que ha
dejado traslucir. En una ocasin le pint la casta y los motivos del
cario que nos tenemos los dos. Lo que entonces le dije era la pura
verdad, y la mejor prueba de ello, lo que acabo de proponerle y tanto
asombro le ha causado. Crea usted que con todo lo que le estimo y le
considero, no llevara mi abnegacin hasta el punto de brindarle con
prenda de tan alto valer, si fuera ma en el sentido que usted se haba
imaginado. Esto sin contar con que, aun sin ese soado compromiso, sabe
Dios lo que la huspeda pensara de estas cuentas, si nos estuviera
escuchando por el ojo de esa cerradura.

Instintivamente volv los ojos hacia la puerta. Entonces solt una
carcajada Neluco, y comprend que no saba yo llevar la broma con la
frescura que el caso requera.

Cambi discretamente de conversacin el mdico; dimos poco despus unas
vueltas por la salona, hablando... no recuerdo de qu trivialidades;
fuese al cabo de un corto rato, y quedme otra vez solo; pero cosa
extraa! sin inquietudes ni tristezas.




XXXII


Vaya si me dio que pensar la ocurrencia de Neluco! Est visto que el
mayor inters de las cosas no depende de las cosas mismas, sino de sus
circunstancias y accidentes. Aquel mismo pensamiento, expresado en voz
alta por el mdico, haba pasado en silencio por mi mente poco antes sin
dejar en ella el menor rastro... Cierto, de toda verdad. Pero de qu
haba nacido el obstinado empeo que yo tuve desde que llegu a Tablanca
y conoc a la nieta de don Pedro Nolasco, en averiguar lo que haba
entre ella y Neluco, dando por supuesto que haba algo... y que
tijeretas han de ser? Al fin y al cabo, qu me importaba a m que lo
hubiera o no lo hubiera? Hceme estas preguntas, porque enlazando sus
motivos con el efecto que me haba causado la inesperada ocurrencia del
empecatado mediquillo, caba suponer la existencia, en que jams haba
credo, de ciertas corrientes misteriosas por lo ms hondo e inexplorado
del corazn... De todas maneras, existieran o no esas corrientes, el
coincidir Neluco y yo, por impulso propio y espontneo, en un punto tan
singular y concreto; yo esbozando la idea mentalmente, y l, como si me
la hubiera ledo en el cerebro, presentndomela despus con visos de
realidad, era sobrado motivo para consagrar al caso toda la atencin que
yo estaba consagrndole. No se dan todos los das, en situaciones
semejantes, coincidencias de ese calibre.

Ello fue que me pas las horas muertas desmenuzando la insinuacin
inesperada del mdico y sometindola, por fragmentos impalpables, a la
fuerza de un anlisis escrupuloso. As llegu hasta la felona de
sospechar del desinters de Neluco, creyndole capaz de haberme apuntado
la idea, de acuerdo con la interesada, o con su madre siquiera. Pero me
bast un instante de reflexin para desvanecer el recelo, con vergenza
de haber cado en l.

En todas las edades de la vida tenemos los hombres algo de nios, y
siempre hay un juguete que nos llega cuando y por donde menos lo
pensamos, que nos sorprende y nos encanta y nos preocupa, y hasta nos
hace buenos... y adems tontos. Dgolo porque no solamente me pas el
resto de aquella tarde y una buena parte de la noche dando vueltas al
que me haba regalado Neluco, para ver lo que tena dentro, sino que
al despertarme al otro da, lo primero que se me meti entre los cascos
del meollo fue la duda de si era o no la nieta del gigante de la
Castaalera tan guapa y tan donosa en realidad como el mdico me la
haba pintado y la haba visto yo cuando me interesaba menos que
entonces; y con esta duda, el propsito firme de ir a aclararla con mis
propios ojos en cuanto me levantara... Porque--lo que yo me deca--, no
es que me importe dos cominos, en definitiva, la aclaracin; no es que
me llegue al alma por ninguna parte la persona, pero me interesa mucho
el caso. Se trata de un supuesto que pudiera realizarse el mejor da, y
es de suma necesidad verlo, pesarlo y medirlo todo minuciosamente y a
tiempo, para evitar ulteriores e irremediables desencantos.

Y como lo pens lo hice... y aun hice ms de lo pensado; porque me
esmer en el ropaje como nunca me haba esmerado all... y hasta me di
brillantina en la barba.

Encontr a Lituca de la misma traza que cuando la conoc y como la haba
visto muchas veces mientras vivi en mi casa, de trapillo y trajinando;
con un chal de abrigo cruzado en el pecho y anudado atrs, despeinada y
con una bayeta en la mano, dale que le das para despolvorear los
muebles, y soba que soba para sacarles brillo. Se sorprendi mucho al
verme tan temprano y tan _peripuesto_ al cabo de das y das sin
dejarme ver de nadie, y temi que aquella inesperada visita fuera para
cosa mala. Estaba enfadado con ellas? Me haban dado, sin querer,
motivo para estarlo? Todo esto me lo dijo en su lengua pintoresca y
armoniosa, suspendiendo su trabajo, arreglndose con la mano libre,
blanqusima y rechoncha, los desordenados cabellos que le coronaban la
frente, y sonriendo con la boca, con los ojos parlanchines y con los dos
hoyuelos de sus carrillitos sonrosados. Me vi mal para responderla en el
tono que peda la situacin; porque la referencia a lo de ir yo tan
compuesto, me ruboriz un poquillo como si me hubiera descubierto una
flaqueza indigna de un hombre corrido por el mundo. Esto del ropaje lo
expliqu con la razn del luto que estaba obligado a llevar y no me
permita salir de casa con los holgados y alegres vestidos de costumbre.
Lo de que mi visita fuera para cosa mala por las seas de aquellos
hbitos ceremoniosos, necesitaba una aclaracin, y se la ped a Lituca.
Hzomela diciendo que la cosa mala en que ella haba pensado de pronto,
era una despedida para lejanas tierras, por no tener ya quehaceres en
aqullas tan tristonas para m. Pensar yo en irme entonces de
Tablanca!... Poda jurar que nunca me haba visto ms apegado al valle.
Pero por qu mi ausencia de l era calificada por ella de cosa mala?

--Otra, seor!--respondi a esto con la naturalidad ms encantadora--.
Quiere que tenga por cosa buena el perder de vista a una persona como
ust?... Mire que hasta le he comido el pan!

Solt aqu una risotada de las que sola, y me pidi permiso para ir a
arreglarse un poco, porque no estaba su ver para cabayero tan
principal, llamando enseguida a su madre para que me acompaara
mientras tanto. Que viniera su madre, santo y bueno; pero que fuera ella
a vestirse y acicalarse, de ningn modo... No lo poda consentir. O
haba o no haba franqueza entre convecinos y hasta comparientes tan
ntimos como nosotros. Cabalmente (esto no se lo dije a ella) estaba yo
gozndome en admirar, desde que haba entrado, el extraordinario relieve
que adquiran los encantos de su hechicera persona sobre el fresco,
limpio y airoso desalio que la envolva. A puo cerrado crea que
Neluco y yo nos habamos quedado cortos en la manera de verla y
admirarla. Quedse al fin, lleg su madre, y entre las dos juntas me
pusieron para pelar, por lo olvidadas que las tena. Alegu por excusa
de mi apartamiento ocupaciones apremiantes dentro de casa, despus de un
suceso tan grave como el ocurrido en ella... Nada me vali el recurso
ante aquellos dos diablejos que todo lo metan a barato. Acudi el viejo
Marmitn a la algazara. Ces sta unos instantes, y los utilic yo para
averiguar cmo andaba el gigantn desde que no nos veamos. Andaba tal
cual segn el interesado, y mucho mejor que eso segn Mari Pepa...
porque coma el bendito, que no haba con qu llenarle!.

--Eso s, gracias a Dios!--confirm el aludido con su vozarrn de
siempre.

Estbamos ya en la sala; sentmonos todos, y empez a enjuiciarse la
visita. Evocronse por las mujeres los recuerdos de los trajines pasados
en aquellos das tan tristes, y aprovech la ocasin para ponderar la
soledad en que me haba quedado y lo que las echaba de menos en casa...
Y no s a punto fijo de qu modo se fue enredando desde aqu la
conversacin, porque yo me mezclaba en ella maquinalmente con la
palabra, mientras tena los pensamientos en Lita que estaba enfrente de
m. Pero unos pensamientos muy extraos. Una vez me la imagin vestida
con todos los perifollos de las elegantes de Madrid, y me produjo la
visin de lo imaginado tan deplorable efecto, que di un respingo en la
silla. Me parecieron una profanacin aquellos arrequives en tal cuerpo
que no haba sido formado para tener por fondos los artificios
convencionales de la ciudad, sino los inmutables y grandiosos escenarios
de la Naturaleza.

Por ste y otros derroteros semejantes iban mis pensamientos volando a
mi placer... hasta que me asalt de repente el recuerdo de aquella
salvedad que haba hecho Neluco por remate de la cuenta que estuvimos
echndonos los dos la vspera por la tarde. Poda la huspeda no estar
conforme con ella si nos hubiera odo ajustarla. El diablo me lleve si
en aquel momento tena yo resolucin hecha de conducir a trmino plan
alguno relacionado con la aprobacin de nuestros clculos; y, sin
embargo, la duda surgida de repente en presencia de la huspeda misma,
me contrari muchsimo. No es el hombre onza de oro que a todos guste
por igual, aunque tenga muchas a buen recaudo, como yo las tena
entonces; y poda suceder muy bien que Lituca no gustara de m por
especiales razones... y hasta por estar prendada de Neluco sin que ste
lo supiera, pues todo caba en el campo de los supuestos verosmiles.
Pero cmo aclarar esta duda en el acto, sin descubrir el misterio de
mis intenciones? Y, sin embargo, aquello no poda quedar as; porque yo
necesitaba tener ese hilo principal en la mano para tirar de l cuando
me diera la gana, o para no tirar nunca si me convena ms. Egosmo puro
y rebeldas insanas del amor propio contrariado; y como siempre que un
hombre, por corrido que sea, se halla en estas situaciones de nimo, lo
primero que pierde es el sentido comn, barruntando yo que iba a cometer
all alguna majadera gorda si me dejaba dominar un poquito ms del
prurito que empezaba a consumirse, di un recorte a la conversacin que
segua maquinalmente, y por terminada la visita, con la promesa formal,
vaya si lo era! de repetirla a menudo.

Yo no s lo que pensaran en casa del viejo Marmitn del desconcierto
que debi de notarse entre las palabras que salan de mi boca y las
ideas que me retozaban en el cerebro, ni si le notaron siquiera; pero es
un hecho que a medida que andaba hacia la casona, formando serios
propsitos de ir aclarando la duda poco a poco, extrayendo del fondo de
la cristalina fuente las pedrezuelas misteriosas con las pinzas de mi
experiencia y el tacto de mi nativa serenidad para esas cosas, me
maravillaba del desarrollo que haba alcanzado aquel arrechucho mo, y
de lo cercano que me haba puesto de cometer una ligereza impropia, no
ya de un hombre maduro, sino de un colegial inexperto. Pero en lo
tocante a Lituca, no enmendaba una tilde de lo convenido. Era de lo ms
mono y hechicero que poda buscarse en estampa y en carcter de mujer; y
adems, lista y sensible y buena, sin contar lo de hacendosa y hbil.
Gran barro, indudablemente, para formar una compaera a su gusto un Adn
como yo, en un paraso de la catadura de Tablanca.

Quiere decirse, y as es la pura verdad, que aunque pas en breves horas
el arrechucho que me haba sacado de mis ordinarios quicios, no se llev
consigo la idea plcida que le haba engendrado. Al contrario, me la
dej en la mente, cristalizada y luminosa, irradiando sus destellos
peregrinos sobre todo cuanto me rodeaba, como el suave resplandor del
crepsculo que aparece sobre el horizonte anunciando el esplndido sol
que viene detrs. Sera pueril, inocente, a los ojos de un mundano muy
corrido, aqul mi estado psicolgico; pero lo cierto era que ya no me
crea solo ni desocupado en Tablanca, ni a oscuras, triste y en silencio
en la casona; y esto, algo ms vala que la credencial de hombre
incombustible, otorgada por otro, esclavo infeliz quiz de esa y otras
preocupaciones semejantes. Caba temer que tambin pasaran estas rfagas
consoladoras, como haba pasado el huracn de antes, y yo lo tem
seriamente; pero iban corriendo los das, y lejos de pasar con ellos,
cada vez se dejaban sentir ms halageas y me traan nuevas fragancias.

Repet las visitas a la familia de don Pedro Nolasco, porque as se lo
haba prometido en la primera de las de aquella serie; y algo debieron
publicar de mi secreto mis ojos, o el timbre de mi voz o los tomos del
aire, pues sin haberse deslizado mi lengua un punto ms all de la raya
que la haba puesto por lmite, ya no era yo para Lituca lo que haba
sido hasta entonces. Se le acobardaban los ojos enfrente de los mos,
era mucho ms comedida en sus regocijadas expansiones, y le daban qu
hacer los frunces de su delantal cuando hablbamos solos, tanto como las
ideas y las palabras que emplebamos en la conversacin. Estos sntomas,
que se fueron acentuando al andar de mis insinuaciones puramente
mmicas, llegaron a darme por aclarada la duda que tanto me haba
carcomido, sin haber aventurado yo una sola palabra en el empeo: es
decir, que se me haba ido a la mano el hilo que yo deseaba tener en
ella, solo, por su propia virtud, si no era por la fuerza de la
misteriosa corriente, en la que no poda menos de creer ya. En suma:
que, o me engaaba mucho mi bien acreditada experiencia en esos lances,
o poda tirar del hilo a mi antojo cuando me diera la gana.

Estaba, pues, en las mejores condiciones imaginables para hacer un alto
en mi empresa y examinar el terreno tranquilamente y a mi gusto. Sobre
si este modo de pensar era ms o menos honrado y decente, no me puse a
discurrir, la verdad sea dicha. Convena la parada a mis propsitos, y
la hice.

No por eso dej de frecuentar la casa del octogenario de la Castaalera:
al contrario, y hasta com con la familia dos veces en aquella
temporada; slo que procuraba a menudo llevar a Lita al terreno y al
estilo de nuestras primeras intimidades, economizando mucho las
insinuaciones de otra casta, y usndolas nicamente para conservar
arrimados los fuegos.

Y con qu docilidad tan hechicera acuda la inocente a mis llamadas!
Tampoco este procedimiento se pasaba de noble; pero me era muy
conveniente y con ello apaciguaba ciertos sntomas de rebelin que me
intranquilizaban la conciencia.

No era menos comunicativo que con la familia de Marmitn, con don Sabas,
con Neluco, con los sirvientes de mi casa, con mis tertulianos de
costumbre y con el pueblo de punta a cabo; pero con nadie lo fui tanto
como con Neluco. Me pereca por conversar con l; y como en estas
intimidades se me deslizaban en la lengua algunos destellos de la luz en
que se baaban mis ideas en su escondrijo, el muy lagarto se sonrea a
la callada, y con bien escaso esfuerzo de ingenio iba descubrindome
todo lo que yo no quera declarar. Por fortuna, era infinitamente ms
discreto que yo en aquellas circunstancias, y todo quedaba reducido a
que cambiaran de madriguera los secretos que iban escapndose de la ma.

Volv a las andadas por montes y barrancos, y hasta me parecan llanos y
placenteros caminos y sendas por los cuales no andaba yo antes sino
echando los pulmones por la boca. Tambin me acompaaban entonces Chisco
y Pito Salces; pero ms respetuosos y hasta ms serviciales, aunque
parezca esto mentira, que la otra vez, cuando yo no era amo y seor de
la casona, ni haba tenido ocasin de mostrar ciertas larguezas que
Chisco no olvidaba un punto por lo que a l le tocaba, ni Pito Salces
por lo que ataa a la mozona de sus pensamientos. Prestndome gustoso a
todo lo que Neluco me haba recomendado y continuaba recomendndome para
entretener las horas sobrantes del da y de la noche, visit una por una
mis haciendas, mis prados, mis heredades, mis castaeras y robledales,
mis casas, mis aparceras de ganados; estudi con verdadero afn de
penetrarle hasta el fondo, el organismo, como deca Neluco, de los
tratos y contratos de mi to y sus aparceros y colonos, donde estaba la
enjundia del gran espritu de este hombre benemrito que, sin polticas
bullangueras y perturbadoras, haba logrado resolver prcticamente, y
por la sola virtud de los impulsos de su corazn generoso y
profundamente cristiano, un problema social que dan por insoluble los
pensadores de los grandes centros civilizados, y tiene en perpetua
hostilidad a los pobres y a los ricos. Con el estudio de estos hermosos
detalles, acab de comprender lo que no comprend a la simple lectura de
la Memoria, en cuyo intencionado laconismo, por lo tocante a la obra
benfica del patriarca, vi entonces otro rasgo de su exquisita
delicadeza en sus relaciones conmigo. Este estudio, aunque somero, me
ocup das y das; me dio mucho y muy grato qu hacer y qu pensar, y
nuevas y muy hondas races de adherencia a aquel pobre terruo que por
instantes iba cambiando de aspecto ante mis ojos.

Tambin le lleg su vez al huerto de la casona, como me haba aconsejado
Neluco y lo hubiera hecho yo sin su consejo por espontneo impulso de
las inclinaciones que iban apoderndose de m, de da en da, de hora en
hora. Se cav, se removi toda su tierra; se pusieron en buen orden las
plantas enfermizas que encerraba, y se traz un regular pedazo de
jardn, que se plantara debidamente cuando fuera tiempo de ello, lo
mismo que los cuadros destinados a frutales y hortalizas. Y era verdad
que no tena pareja el olor de la tierra bien enjuta, removida a la luz
y al calorcillo vivificante del esplndido sol de febrero. Jams lo
haba notado hasta entonces... Cierto que tampoco me haba puesto yo en
ocasin de notarlo.

Despus de aquellas labores del huerto, como el tiempo segua risueo y
primaveral, emprend otras ms rudas, entre ellas la de suavizar en lo
posible la cambera del pedregal, nica va de comunicacin que tena la
casona con el pueblo. No qued el camino a mi gusto, pero s muy
mejorado. Y no acomet enseguida las reformas que haba ido proyectando
en el viejo casern de los Ruiz de Bejos, porque stas eran palabras
mayores, como deca el Cura, y me faltaban los elementos necesarios para
acometerlas. Pero se acometeran tan pronto como me fuese posible, y sin
miedo de que, entre tanto, se me adormecieran los propsitos, porque
cabalmente eran aquellas obras uno de los renglones ms importantes del
plan de vida nueva que yo me haba trazado y estaba trazndome
continuamente.

El Cura se pasmaba de aquellos mis afanes, y ms con la mirada y con el
gesto que con palabras, me daba a entender lo satisfecho que estaba de
m; Neluco no me perda de vista un momento, y pareca entusiasmado con
los nuevos fervores mos, los cuales estimulaba con tentaciones de otras
golosinas, que al fin me haca tragar con su diablica estrategia. En
casa de Marmitn ponan en las nubes el milagro, y slo en boca de
Lituca eran comedidas las alabanzas y se refrenaban los plcemes, aunque
bien los voceaban los ojos, como si la fuerza de una ley oculta
impusiera aquella limitacin a los impulsos de su alma; por el pueblo
se corran ya las noticias ms estupendas a propsito de esta
resurreccin ma, y me colgaban, con lo cierto, planes y calendarios que
jams me haban cruzado por las mientes; tenanme, no ya por el
continuador, sino por el reformador omnipotente de la obra tradicional
de los Ruiz de Bejos, por un don Celso refundido y hasta mejorado, no
solamente en estampa y ropajes, sino tambin en posibles y en magn;
por la noche iban a la casona los tertulianos con las ideas empapadas en
estas fantasas, y me vea negro para rebajar muchas partidas de la
cuenta galana y poner las cosas en su punto... En fin, que dentro de m
y en derredor mo era plcido y risueo todo lo que poco antes haba
sido triste y aflictivo y tenebroso. Hasta la misma Facia era muy otra
de lo que fue: comenzaba a nutrirse y a sonrer, y dorma sin
sobresaltos... Slo Pito Salces andaba amurriadn y caviloso, y yo no
poda consentirlo, por lo mismo que me crea capaz de remediarlo.

--Por qu no echas eso a un lado de una vez?--le dije un da.

--Como no est en m la para...--me respondi mirndose las uas de una
mano--. Qu ms quisiera yo, puches!

Le promet mi ayuda en sus congojas, y casi bail de gusto. Despus
llam a Tona a mi gabinete y la habl del caso. Se puso coloradona como
un tomate maduro, y al fin lleg a declararme, en medias palabras y
entre oscilaciones de sus caderas y manoseos del delantal, que por su
parte no dira propiamente que no... cuando juere ocasin de eyu... si
su madre.... Llam a Facia enseguida, vino, y somet el negocio a su
consideracin. Mostrse enterada de l por ciertas seales que nunca
mienten, y me dijo que por su parte... cuando juere ocasin de eyu...
si a m no me paeca mal.... Cabalmente me pareca todo lo contrario; y
con esto, y con convenir los tres en que la ocasin de eyu poda ser,
y sera, despus de pasar el rigor de los lutos que llevaban por mi to,
se dio el asunto por terminado como yo deseaba y Pito Salces tambin.
Llamle a poco rato; le enter de lo convenido con Tona y su madre; hizo
dos zapatetas y se dio dos puadas en los carrillos; le encarec la
obligacin en que estaba de ser ms prudente que nunca en lo tocante a
su noviazgo, si quera que no se le cerraran las puertas de la casa y le
regalara yo en su da el ajuar de la suya; y se fue dando zancadas,
rindose solo y tapndose la boca con las manos en seal de acatamiento
a mis recomendaciones, despus de pedirme permiso, que le di, para
recabar de Tona y de su madre la confirmacin verbal de lo acordado
conmigo... y para entrar en la casa todas las noches, y si a mano
vena, para hablar con la mozona alguna que otra vez con los debidos
respetos. Acometido ya de la fiebre casamentera, detuve a Chisco al
topar con l en el carrejo de la cocina. Pero le vi tan igual a s
mismo, con tales destellos en la cara del bienestar de sus adentros... y
estaba yo tan hecho a l y me haca tanta falta en la casona, que no me
atrev a tentarle la paciencia, y le desped con un pretexto mal urdido.

Corriendo as los das, esmaltronse de flores y reverdecieron los
campos; calent ms el sol; templse y se embalsam el ambiente;
desperezse, al fin, la Naturaleza como si despertara de un largo y
profundo sueo, y se dispuso a aderezarse, con el esmero de una dama
pulcra y muy pagada de su belleza, empezando por las nimiedades del
tocador para concluir por lo ms esplndido y ostentoso de su ropero; y
me pareci llegada la ocasin de realizar un propsito que haba formado
y madurado ltimamente con serias y muy detenidas reflexiones. Se
trataba de mi vuelta a Madrid por algn tiempo. Este viaje le
conceptuaba yo de suma necesidad, no tanto por lo que tocaba a mis
asuntos particulares, bastante descuidados desde que me hallaba en
Tablanca, cuanto por ver el efecto que me haca, contemplado desde
lejos, el cuadro de mis nuevas ilusiones; estimar con exactitud la
resistencia que quedaba a los vnculos que an me unan a la vida
pasada, y compararla con la de los que iban amarrndome a la nueva.
Conceptuaba yo esta prueba de gran importancia para los fines
ulteriores y posibles de mis clculos, sin el menor recelo ya de que
los vanos fantasmas de otras veces me infundieran la tentacin de no
volver, tan pronto como perdiera de vista a la casona.

Declar un da el propsito a Neluco. Le pareci muy bien, y hasta me
asegur que si no se me hubiera ocurrido a m, me lo habra aconsejado
l. Haban cambiado mucho las cosas desde que habamos ajustado los
dos, en aquel mismo sitio, cierta cuenta... Y el muy tuno, sonrindose,
me dio un golpecito muy suave con el puo de su cachiporro. Despus le
confirm mis ya declarados intentos de emprender en el prximo verano
las convenidas reformas en el interior de la casa, y le encargu del
acopio de las primeras materias y de buscarme obreros competentes para
ello... Yo enviara de Madrid, y aun traera conmigo cuando volviera,
lo que no poda hallarse en Tablanca ni en sus inmediaciones, para dar
la ltima mano a una labor que tanto me interesaba. A todo se prest con
alma y vida el excelente amigo... y hasta se me figura que pens que
aquellas recomendaciones no se las haca yo tanto por apego a la obra,
como por exhibirle pruebas irrecusables de mis intenciones de volver
pronto. Y quiz pensara bien. Lleg el Cura en esto, dile cuenta de lo
tratado, y le gust mucho lo de mejorar la casa; pero no tanto lo de mi
viaje a Madrid... Ahora, si convena para bien de todos, como yo le
aseguraba, fuera eyu por el amor de Dios.

Y Lituca? Qu dira de mi marcha cuando tuviera noticia de ella? Y al
drsela yo y al despedirme, dejara las cosas como estaban? Levantara
un poquito ms la punta del velo, o no la levantara? Pens mucho sobre
stas, al parecer, pequeeces, que eran, sin embargo, piezas muy
considerables del cimiento en que se apoyaba la armazn de mis
hiptesis; y al fin tuve que resolverme por la afirmativa, aunque en su
grado mnimo, cuando vi los esfuerzos que cost a la pobre disimular a
medias el deplorable efecto que le caus la noticia. Pero as y todo, o
quizs por lo mismo, en aquella visita no se ri una sola vez con las
veras de antes; ya al despedirme yo hasta la vuelta con un apretn de
manos muy elocuente, tuvo que darme con los ojos acobardados la
respuesta que le falt en sus palabras descosidas. En cambio, Mari Pepa,
a quien me cost mucho trabajo convencer de que mi marcha no era la del
humo, como ella la haba calificado de pronto, habl y jarane y se
despidi por todos los de su casa, incluso el octogenario, que no haba
dicho diez palabras, y sas monoslabas y como otros tantos estampidos.
Los tres bajaron conmigo hasta la corralada, desde cuya puerta les di el
ltimo adis, con los ojos y el pensamiento fijos en Lituca, cuya
expresin de pena bien sentida le agradec en el alma.

Dos das despus me despeda en Reinosa del Cura y de Neluco que me
haban acompaado hasta all, y de Chisco que haba ido tirando del
rocn que conduca mis equipajes; me acomodaba en los blandos
almohadones de un coche del ferrocarril, y comenzaba a rodar hacia las
llanuras de Castilla, con la vista errabunda por los horizontes, an no
abiertos a mi placer, y la cabeza atiborrada de pensamientos
insubordinados e indefinibles.




XXXIII


No puedo negar que me encontr muy a gusto en mi casita de la calle de
Arenal, tan bien vestida, tan elegante, con todas las cosas tan a la
mano y tan a la medida de mis necesidades. No me vea harto de pisar el
suelo alfombrado, de arrellanarme en los blandos sillones, de
contemplarme en los espejos de los armarios, de recrear la vista en los
cuadros de las paredes y en los bronces y porcelanas que coronaban los
muebles de fantasa o guardaban las artsticas vidrieras, ni de tender
mis huesos en la mullida y voluptuosa cama a esperar el sueo, que no
tardaba en llegar, como un aleteo suavsimo de geniecillos bienhechores.
Qu poco se pareca todo aquello a la casona de Tablanca, tan grande,
tan vieja, tan desnuda... y tan fra!

Tambin me hall muy complacido entre el grupo, no muy numeroso, de mis
ntimas amistades, lo mismo cuando departamos sobre lo ocurrido en el
escenario de nuestro mundo desde que yo faltaba de l, que cuando
servan de motivo a sus bromas la ptina montaraz de que vean
empaada toda mi persona, o las nuevas aficiones a las cuales me
mostraba inclinado, aunque cuidando mucho de no descubrir el oculto
resorte del aparente milagro.

Lo que no me gustaba tanto eran las muchedumbres y el ruido y la lnea
recta informndolo todo, en el suelo de la calle, en los muros paralelos
y compactos de las casas enfiladas, en la piedra y en el hierro de las
jaulas del vecindario, avezada como tena la vista a las curvas
ondulantes y graciosas de la Naturaleza, al ordenado desorden de sus
obras colosales y a la sobriedad jugosa y dulce de sus tonos severos.
Echaban de menos mis pulmones el aire rico y puro de la montaa, cuando
se henchan del espeso y mal oliente de los grandes centros recreativos
atestados de luces y de gentes; y andaba con la cabeza muy alta aun por
los sitios ms espaciosos, por la costumbre de buscar la luz por encima
de los montes; antojbanseme las calles hormigueros y no viendo en ellas
ms que las obras y los fines de la ambicin humana, cuando elevaba mi
vista ms all de los aleros que asombraban la rendija de la calle, no
descubra siempre la imagen de Dios, o la vea menos grande que la que
me reflejaban forzosamente los gigantescos picachos de Tablanca en
cuanto clavaba mis ojos en ellos. Yo hubiera querido en tales casos una
componenda entre los dos extremos, algo por el estilo de lo que senta
Geden cuando se lamentaba de que no estuvieran las ciudades construidas
en el campo; pero no siendo posible la realizacin de mis deseos, no muy
apremiantes, me habra acomodado tan guapamente a estas y aquellas
relativas contrariedades, entre las cuales haba nacido y vivido y hasta
engordado, sin la menor sospecha de que pudiera haber cosa mejor
dispuesta y ordenada para el regalo y bienestar de una persona de buen
gusto, en parte alguna del mundo conocido.

Lo de las muchedumbres, que comenz por desagradarme un poco, ya lleg a
ser harina de otro costal. No hay como las picaduras del amor propio o
las insinuaciones del egosmo para sacar de su paso a los hombres ms
parsimoniosos. Cada vez que sala de casa o asista a un espectculo,
siempre, en fin, que me vea envuelto en los oleajes del mar de
transentes o de espectadores, me acordaba del dicho de Neluco y me
preguntaba a m propio: quin soy yo, qu represento, qu papel hago,
qu pito toco en medio de estas masas de gente? Para qu demonios
sirven en el mundo los hombres que, como yo, se han pasado la vida como
las bestias libres, sin otra ocupacin que la de regalarse el cuerpo?
Quin los conoce, quin los estima, quin llorar maana su muerte ni
notar su falta en el montn, ni ser capaz de descubrir la huella de su
paso por la tierra? Y para eso, para vivir y acabar como las bestias,
soy hombre y libre y mozo y rico? No seran una mala vergenza una vida
y una muerte as? Y me iba con el pensamiento a las agrestes soledades
de Tablanca, donde no exista un desocupado, ni un egosta, ni un
descredo, y haba visto yo morir a mi to abrazado a la cruz entre las
bendiciones y las lgrimas de todo el pueblo. Esto sera triste y
obscuro ante la consideracin de un elegante despreocupado; pero era
luminoso y grande a los ojos del buen sentido y de la conciencia sana.
Quedbame algunas veces, sin embargo, la duda de si estas reflexiones
eran legtima y directamente nacidas de la observacin serena y
desinteresada, o venan impuestas por la idea de mi adquirido
compromiso, ineludible ya; pero la verdad es que aquellas dudas se
desvanecan fcilmente, y que cada da que pasaba me era menos agradable
el desairado papel de comparsa annimo que haba hecho yo en el montn
decorativo de esa incesante farsa de la vida.

Contribua mucho a sostener el calor de estos sentimientos, mi frecuente
y animada correspondencia con Neluco, el cual no era menos expresivo,
discreto e intencionado con la pluma que con la palabra; y digo lo de
intencionado, porque nunca le faltaba un pretexto en las cartas para
dedicar el mejor prrafo de ellas a Lita, de manera que me enterara yo
de lo que me aoraba la hija de Mari Pepa, sin que pareciese noticia
de ello lo que me deca. Yo segua un procedimiento semejante para que
se enterara ella de que no la echaba en olvido un solo momento; y as
fomentaba y tena en incesante cultivo este delicado fruto de mi
transcendental evolucin, dentro de los lmites que yo me haba trazado
para eso.

Me daba minuciosa cuenta del estado de las cosas de all que podan
interesarme; me consultaba dudas o me apuntaba ideas sobre los encargos
que le tena hechos, o me esbozaba otros planes que siempre me parecan
bien. As me defenda de las malas tentaciones con que me asediaban los
diablejos de mi vida pasada, en cuyas garras haba vuelto a caer. Entre
tanto, ordenaba y dispona mis caudales de modo que los tuviera siempre
a la mano por alejado que me viera de ellos; y por ltimo, me atrev con
lo que ms me dola y a lo cual llamaba yo quemar mis naves: deshice
mi casa. Quera destruir el nido para no tener tanto apego al rbol.
Empaquet lo ms, vend muy poco y regal algo de ello a mis amigos.
Envi lo empaquetado a la Montaa, y me instal en una fonda.

Entonces fue cuando me puse a mirar, con verdadera y reposada atencin,
el consabido cuadro desde lejos. Como obra de arte, me pareca
bellsimo; como realidad, no tanto; pero haba que tener en cuenta la
luz y los adherentes que me deslumbraban algo en mi observatorio, y la
incesante y malfica labor de los diablejos empeados en que yo no
saliera de Madrid y volviera a las andadas. Ello fue que, sin meterme en
grandes filosofas, sal triunfante de la prueba con poqusimo esfuerzo
de mi voluntad. Verdad es tambin que, por buenas o por malas, yo,
decentemente, necesitaba triunfar en aquel empeo.

A todo esto, me carteaba mucho con mi hermana; y al darle la noticia de
la muerte de nuestro to y de sus disposiciones testamentarias, no la
haba omitido lo de mis propsitos de continuar su obra en el valle.
Como la carta fue escrita en aquellos das de mis entusiasmos buclicos,
la habl largamente de mis proyectos de vivir all y de reformar la
casona para hacerla ms llamativa y pegajosa... en fin, de todo menos de
lo principal: quiero decir, de la santa a quien se deban los milagros
de mi conversin. El caso es que mi hermana alab mucho mis
resoluciones, y hasta me prometi hacer un viaje a Espaa con todos sus
hijos, ya que a su marido no le poda arrancar de sus ingenios y
cafetales ni con agua hirviendo, slo con el fin de vivir conmigo una
buena temporada en la casona tan pronto como yo la dijera que ya se
hallaba habitable. As como as, estaba ya harta de moliendas,
trapiches y bagazos... y hasta del sol ultramarino que la derreta,
y deseaba cambiar de aires y de panoramas... y de repostero. Despus me
atrev a apuntarle la idea de sujetarme al terruo con los lazos del
matrimonio, y la conveniencia, a mi juicio, de elegir por compaera una
mujer como la que le pintaba por ejemplo, copiando las condiciones de
Lituca. De perlas le pareci tambin todo esto. A ello y cuanto antes,
me deca por conclusin de una carta recibida por m precisamente el da
en que entregaba la llave de mi casa a su propietario para establecerme
en la fonda.

Recuerdo muy bien estos particulares, porque no contribuyeron poco a
sostener mi firmeza en aquellos das crticos en que tan de temer eran
las vacilaciones.

Con los apuntes que haba llevado yo a Madrid y otros que fue enviando
Neluco cuando se le pidieron, un arquitecto amigo mo y persona de buen
gusto, hizo un plan de reformas interiores de la casona de Tablanca, muy
adecuado al carcter y antigedad del edificio: cosa seria y cmoda en
lo posible. Donde se nos corri un poco la mano fue en mi gabinete. Por
lo que pueda ocurrir, le haba dicho yo al arquitecto. Entendime la
intencin, y se despach a su gusto, y al mo tambin.

Con estos planos y pormenores a la vista, encargu a Neluco lo que deba
adquirirse por all para lo fundamental de las obras; adquir yo en
Madrid lo puramente accesorio y decorativo que me faltaba, y a la
Montaa con ello enseguida. Vamos, que andaba yo con estas cosas como
nio con zapatos nuevos.

En mayo empez Neluco las obras, y a fin de junio, cuando ya estaban
terminadas las principales y ms engorrosas y se desbandaban hacia el
Norte las gentes adineradas de Madrid, sal yo para la Montaa con una
impedimenta que meta miedo. Esta vez no me qued en Reinosa para tomar
el camino del Puerto, sino mucho ms abajo, para seguir por lo llano
hasta la desembocadura del Nansa, y a continuar despus aguas arriba.
Este camino, aunque ms largo, era menos incmodo para m, y casi
indispensable para la conduccin de la impedimenta que iba detrs.

Cuando llegu a Tablanca, me encontr a sus habitantes asombrados de lo
que estaban viendo en la casona. Aquel traqueteo de herramientas y
bullir de obreros y acopiar de materiales, no se haba soado jams en
aquel pueblo, donde no se labr una casa ni acometi una obra que pasara
de levantar un jastial, o reponer unos cabrios, o enderezar una
cumbre, en cuanto alcanzaba la memoria de los ms viejos. Asustbales,
principalmente, el dineral que costara todo aquello, y despus el temor
de que por el visual que iba tomando la casona por adentro, se les
cerraran la puerta y la cocina, tenindolos en poco para darles entrada
libre como antes. Me cost Dios y ayuda convencerles de lo contrario,
aun hacindoles ver por sus propios ojos, como ya se lo haba hecho ver
Neluco ms de dos veces sin fruto alguno, que no se tocaba la cocina ni
para profanarla con un blanqueo, y que slo alcanzaban las reformas a
las piezas principales y a la escalera. Pero ms que estas
demostraciones sobre el terreno, les convenci la parrafada que les
largu, casi un sermn entero, sobre lo que haba sido, era y sera,
mientras yo viviera, aquel noble solar para los tablanqueses; la
importancia que daba y dara siempre a sus tertulias, y lo resuelto que
estaba a que las cosas siguieran all como en vida de mi to...
Convencironse al fin, pero no sin quedar yo convencido tambin de la
razn con que deca, sin que se lo creyramos los que le oamos, cierto
amigo mo, muy apasionado de la milicia, que debe ponerse mucho tiento
en lo de reformar instituciones viejas, aunque sea con el fin de
mejorarlas, porque, a veces, dos botones de ms o de menos en el
uniforme tradicional, pueden influir hasta en el desprestigio o en la
indisciplina del regimiento que le usa.

Como esto fue lo primero que me impresion al llegar a Tablanca, lo
primero sale a relucir en esta cadena de recuerdos de aquellos das y
sucesos; pues al dar la preferencia a la memoria de los ms gratos, por
otro eslabn bien diferente hubiera comenzado. Dgolo por la impresin
inenarrable que me caus Lituca, a quien haba dejado algo triste y muy
arrebujada en los pesados ropajes de invierno, y encontrada risuea como
una aurora de abril, y rebosando de juventud y frescura en sus hbitos
veraniegos, sencillos hasta la pobreza, pero limpios y alegres como el
plumaje de las trtolas que la arrullaban desde su huerto florido.
Despus, los fondos del escenario en que descollaba tan gentil figura:
antes desnudos, fros, yertos, encharcados en agua o amortajados en
nieve; ahora la Naturaleza riente y vestida con la pompa de sus mejores
galas; los prados verdes y lozanos, los montes frondosos y habladores
con el rumor de las brisas jugueteando en su follaje y esparciendo por
todo el valle la fragancia ms exquisita. Me cost muchsimo trabajo
contener en mi lengua las oleadas que suban de mi corazn cuando me vi
por primera vez enfrente de aquella criatura que cada da se me revelaba
con nuevos atractivos, y not que leyndome ella esta lucha en la
expresin de mis ojos o en el acento de mi voz, tampoco acertaba a
pintar con el colorido que la imponan las circunstancias, el placer
con que volva a verme. Entre tanto, su madre, su abuelo, Neluco, don
Sabas, Chisco, toda mi servidumbre, la hermana y el cuado de Neluco, a
quienes haba saludado a mi paso por Robaco; el vecindario entero de
Tablanca, todos parecan regocijarse hasta el entusiasmo con mi vuelta y
con mis planes y propsitos. Esto me halagaba mucho y hasta llegaba a
entusiasmarme, y a todo ello daba abrigo y refugio, con la imagen de
Lituca, en el fondo de mi corazn, empezando a dudar ya muy seriamente
si proceda de sta sola aquella nueva luz que me embelleca todo cuanto
me circundaba, o haba real y positivamente en ello algo capaz, por
virtud propia, de hacer el milagro de mi rpida conversin a otra vida
que poco antes me pareca insoportable. Porque lo cierto es que yo haba
llegado a Tablanca por primera vez en el rigor del invierno y en las
peores condiciones que pueden imaginarse para la aclimatacin en aquel
medio, de un hombre de mis antecedentes; y vistas a la luz del sol
estival, tenan aquellas mismas cosas aspecto muy distinto. El valle,
vestido de verano, era hasta hermoso; la gente, animada y alegre; los
panoramas, mucho ms interesantes por la abundancia de luz y limpieza de
los horizontes; la temperatura, hasta calurosa en los sitios bajos; las
fiestas y romeras, abundantes... y la ms solemne y original de las
primeras, una que me haba ponderado mi to mucho, aunque no todo lo que
verdaderamente merece: la del reparto de la yerba del Prao-concejo en
agosto, que dura ocho das seguidos; la verdadera fiesta del trabajo.

Todo el pueblo concurre a aquella vasta y empingorotada pradera, vestido
de gala, para la designacin de partidores, bajo la presidencia del
regidor competente; y es de ver cmo aquellos funcionarios, despus
de decirles el regidor, descubrindose la cabeza: Hablen los
partidores, con una varita en la mano y sin saber una jota de geometra
ni de problemas de triangulacin, van demarcando con equidad admirable
las hazas o suertes correspondientes a todo el vecindario; cmo se
sortean las hazas por grupos de cierto nmero de vecinos; cmo suben
antes de amanecer los designados para el da, y siegan la yerba y la
orean y la bajan al pueblo en el da mismo, en basnas (especie de
narrias), contenindolas en su descenso por el declive rpido del monte,
una pareja de bueyes enganchada detrs de cada basna, y cmo se contina
esta patriarcal faena durante una semana, sin una sola protesta, por no
haber un solo perjudicado en la reparticin, y cmo se colman los
parajes de Tablanca de aquel heno finsimo, sustancioso y fragante, que
es una verdadera riqueza para el valle, cuyos hermosos ganados tienen
bien merecida fama de ser los mejores de la provincia.

Despus de esta bulliciosa solemnidad, que removi al vecindario entero
y le dej rendido por la doble fatiga de los jolgorios y del trabajo,
dispuse yo el casamiento de Tona con Pito Salces. No se poda ya con
aquel brbaro, que no cesaba de rogarme, con la cabeza gacha, los ojos
cerrados y sobndose las manos, que acabara de dar licencia a la mozona
para echar _aqueyu_ a un lau, cuanti ms antes.

Enseguida abord a Chisco, le cont el caso y le dije:

--Y t te resuelves o no te resuelves a lo mismo?

A lo que el mozalln me respondi primero con una sonrisilla algo
truhanesca, y despus con estas palabras, dichas con el mayor sosiego:

--Pues me he risueltu... a que no.

--Despus de pensarlo bien?--le pregunt.

--Vaya!--me contest echando un poco atrs la cabeza y metiendo las
puntas de sus manos en los bolsillos del pantaln. Y luego aadi en su
estilo dulce y reposado--: Cuando ju probe, me cerraban las puertas los
mesmus que me las abren ahora en parracil, porque ya soy hombri de
caudalis; y esu de que a unu se le estimi por lo que tien y no por lo
que l vali de por s mesmu... jorria! a otru con la tost, que yo ya
soy zorru vieju; y como mayormenti a m no me apuran tampocu esas
cosas... con tal de que a ust no le estorbi yo en la casona con el mi
trabaju, pa largu tien sirvienti placenteru.

Congratulme de ello muchsimo, por la cuenta que me tena conservar un
criado de las raras prendas de aqul... y precisamente al otro da de
este suceso fue cuando yo la hice redonda.

Hallbame con Neluco en el gabinete, cuyas obras principales estaban ya
terminadas, y nos ocupbamos los dos en desembalar cosas de las muchas
que haba trado yo de Madrid para decorarle, mientras se oa el
machaqueo y los cnticos a la sordina de los obreros en las piezas
inmediatas, hasta la escalera inclusive, cuando se me puso delante toda
la familia de don Pedro Nolasco, que, con el atractivo de las obras,
suba con frecuencia a la casona, aunque no tanto como el mdico y el
Cura, que no faltaban de ella un solo da. Estaba la tarde calurosa, y
Lituca estrenaba un vestido de percal blanco con rayas azules; con el
cual, unos zapatines escotados, un capullo de rosa en el pelo junto a la
oreja, y una penquita de brezo florido en la boca, resultaba
verdaderamente hechicera. Encima de las cajas a medio abrir; sobre la
meseta de mrmol de la chimenea, construida frente a la puerta; en el
zcalo de la artstica embocadura con que se haba sustituido el tabique
divisorio de la alcoba, y arrimadas a los ngulos de la habitacin,
haba piezas desarrolladas de rico papel imitando tapicera, y relucan
adornos de metal y baquetones dorados... Mara Santsima, las
exclamaciones que hizo Mari Pepa al verlo, pensando que aquello vala
una riqueza, sin contar lo mucho que le gustaba!

--Ay, mi seor don Marcelo, qu a oscuras ha vivido una en estos
andurriales, sin saber pizca de las pompas con que se regalan en el
mundo las gentes poderosas! Mire que tienen demontres estas hermosuras
tan relumbrantes que nunca se soaron aqu! Qu te paez, hija ma?
Padre, qu le paez? Mire que campa de veras!... Vaya, vaya! Y ello,
pa qu es, don Marcelo? Onde se ponen esas cosas tan majas? A ver, a
ver si nos entera, que es bueno saber de todo.

Sonrea Lituca sin decir una palabra; mirbalo en silencio y pasmadote
su abuelo; rease de todas veras Neluco, y yo, hacindome suma gracia
aquellas espontaneidades de Mari Pepa, satisfaca muy gustoso sus deseos
explicndola el destino de cada cosa y el de otras muchas que no estaban
a la vista, poniendo especial empeo en describir el gabinete, para que
lo entendiera bien Lituca, tal y como habra de ser despus de
concluido. Y ya, puesto a describir, tras esta descripcin hice la de
todas las piezas reformadas, para que se tuviera una idea de la
entonacin general de la casa, mejora sencilla y no costosa, con
relacin a mi modo de ver y de vivir hasta all, pero motivo de asombro
y de estupefaccin para Mari Pepa, que acab por decirme encarndose
conmigo:

--Pues no ser yo, seor don Marcelo, quien tache a los pudientes porque
gasten su dinero en buscarse el regalo de la vida sin olvidarse al mismo
tiempo de los pobres, como lo hace ust; pero tampoco de las que se
traguen la tost sin conocerla por el gusto... Vaya, vaya!... Aqu hay
ms mira de lo que paez al primer golpe... porque todos estos
perendengues y otros tales, antjanseme demasiado para un hombre solo...
Y quiera Dios que yo acierte y que para bien sea y cuanto antes, seor
don Marcelo... Pues tambin le digo que por alto que ella levante el
copete, bien la ha de caber aqu... Vaya, vaya, que una reina puede
vivir en tal palacio... Jess, Seor!... Conque mejor hoy que maana,
don Marcelo, que as como as, no est sobrante de gentonas de viso este
pobre lugarn... Pero qu tochadonas me atrevo a decirle a ust, Virgen
la mi Madre!... No verd, don Marcelo, que sabr perdonrmelas?

La inesperada ocurrencia de aquella mujer, delante de Lituca en quien
tena yo puestos los ojos y el pensamiento sin cesar, me desconcert en
tales trminos, que no supe responderla ms que con una risotada
maquinal; y me hizo tan extraa impresin en los profundos del alma, que
tom la coincidencia como la voz de mi destino que me deca ahora o
nunca. Obcecado en la idea y sintindola crecer y avasallarme por
momentos al ver lo que vi de pronto en la actitud violenta y en la cara
indefinible de Lituca, me aproxim al mdico lo ms disimuladamente que
pude, y le ped que, por caridad de Dios, me sacara de all a don Pedro
Nolasco y a su hija, mientras deca yo dos palabras a la nieta.
Acerqume a sta enseguida con la disculpa de ensearla no s qu
chucheras que asomaban entre los papeles colorados de una caja a medio
abrir; llevse Neluco a los dems hacia el crucero, y la dije en cuanto
nos vimos solos:

--Su madre de usted est en lo cierto, por lo que toca al destino de
estas obras: no se hacen para m solo; pero se equivoca en lo principal:
en lo que presume de la reina con quien deseo compartir este humilde
alczar de mi seoro. No la pregunt a usted si desea conocerla,
porque, aunque no lo desee, es de gran necesidad para m que la conozca,
y va usted a conocerla ahora misma... Pues srvale de gobierno que esa
mujer a quien yo deseo hacer reina de este humilde palacio, y
principalmente de su dueo, es usted, Lita. Dgame si no le agrada el
trono con que la brindo, para pegarle fuego enseguida.

Se qued la pobre, plida y temblando, como si vacilara sobre ella la
mole del pen de Bejos, y me vi y me dese para arrancarla una
respuesta tan terminante como yo la quera. Metido en este empeo,
estuve pegajosn y baboso como un doncel primerizo... qu demonio! como
estarn hasta los tenorios ms lagartos cuando va la cosa de veras y
se pone en la jugada tanta cantidad de s propio como de lo mo pona
yo en aqulla. Al fin, sacndolo a pulso y gozndome en la turbacin que
impeda a la infeliz ser ms explcita conmigo, supe todo lo que
necesitaba saber, y otro poco que se me otorg en premio del trabajo que
me cost adquirirlo. Tena mucho miedo, la inocente, de algo que vena
notando en m desde cierto da; miedo que no se atreva a confesar ni
aun a su propia conciencia; porque qu saba ella de lo cierto y de lo
incierto, de lo bueno y de lo malo en esas cosas? Ahora se lo pona yo
en claro, de pronto, sin ms ni ms; yo! un hombre tan sabedor del
mundo y del trato de las gentes educadas, rico y en la mejor edad de la
vida para escoger entre lo bueno de lo mucho que habra conocido en otra
parte, porque todo, por grande que fuera, me lo mereca; a ella! una
pobre e ignorante aldeanuca, del rincn ms obscuro y apartado de la
tierra. Y por esta conciencia que tena de lo ruin y miserable de s
propia, cmo no dudar de lo que vea y tocaba? Y si crea en ello,
cmo no espantarse con la seguridad de que no me saldran todas las
cuentas que me haba echado al proponerla lo que la propona, ni qu
pena, maana, ms terrible para ella que la de no verse capaz de hacer
dichoso a un hombre que tan alta y regalada la haba puesto!

Qu remonsima estaba cuando me deca estas cosas con alterada voz y
palabra torpe, despojando de sus farolillos encarnados con una mano, y
no muy firme, la penquita de brezo que sostena con la otra, los ojos
humedecidos y cobardes, sonrosadas las mejillas y un poco agitado el
seno! Ella as y yo animndola con la mirada enternecida y la frase
dulzona, representbamos la escena sempiternamente cursi a los ojos de
un espectador desapasionado y fro; pero yo, que haba sido de stos
hasta entonces, la encontraba hasta sublime, y me produca sentimientos
e impresiones que jams haba notado en los profundos de mi corazn.

Acab la escena, como tantas otras del teatro en que se fingen estos
pasajes de la vida humana, oyndose pasos afuera, y saliendo nosotros,
gesticulando y diciendo sandeces para disimular, al encuentro de los
que llegaban.

Y puestas aqu las cosas ya, qu hacer? Pues lo que hice al da
siguiente: bajar al pueblo para pedir solemnemente la mano de Lituca a
su abuelo y a su madre, despus de haber dado por la noche cuenta de mi
resolucin al Cura don Sabas y al mdico, que me la pusieron en las
nubes, particularmente el primero, que hasta llor de entusiasmado, y,
por su gusto, hubiera mandado repicar las campanas en celebracin del
acontecimiento, que tena por providencial para la casona, para m, para
Lituca y para el valle entero y verdadero.

Bajaba, pues, hacia el pueblo aquella inolvidable maana de un da de
los ltimos de agosto, recapitulando lo ms sustancial y prctico de lo
muchsimo que haba cavilado por la noche; contemplaba por ltima vez,
con los ojos de la imaginacin, el panorama de mi pasada vida y mi
probable paradero con los rumbos adoptados en ella, examinaba despus el
cuadro de sucesos e impresiones que me haba trado ltimamente a
aquellas tan peregrinas andanzas; empebame de nuevo en distinguir lo
principal de lo accesorio, las causas de los efectos, en el complejo
montn de ideas e impresiones que me llenaba la cabeza y el corazn;
sentame unas veces enardecido y valeroso, y otras un poquito menos,
pero nunca arrepentido ni desalentado...

--...Y por ltimo--llegu a decirme--, si las teoras de ese mediquillo
estn bien fundadas; si la reconstitucin del cuerpo degenerado y
podrido ha de venir por la sangre pura de las extremidades, alguien ha
de empezar esa obra eminentemente humanitaria y patritica. Y por qu
no he de ser yo?... Adelante, pues, con la dinasta de los Ruiz de
Bejos; y a fin de que en m no se acabe, demos cuanto antes una reina
indgena a los tablanqueses, y bendiga Dios el intento para que le quepa
a ste mi rejuvenecido hogar la gloria de haber puesto la primera piedra
en ese monumento de regeneracin en que cree y confiesa, con el
entusiasmo de un apstol, Neluco Celis... Y aunque andando los das
resulte todo esto msica celestial, a qu ms puedo aspirar yo, mundano
inspido y desencantado, que a vivir al calor de este fuego divino que
centelleaba en mi corazn y en mi cerebro, y me ha transformado, de
cortesano muelle, insensible y descuidado, en hombre activo, diligente y
til?... Y para unos amores as, con una compaera como la que ha hecho
tan estupendo milagro, qu mejor nido que este vallecito abrigado y
recndito en que tan cercanos se ven, se sienten y se admiran los
prodigios de la Naturaleza, y la inmensidad, la omnipotencia y la
misericordia de su Creador?




XXXIV


Han pasado algunos, bastantes aos, desde que ocurrieron estos sucesos
hasta la fecha en que los conmemoro en los apuntes que preceden, con el
nico fin de distraer la nostalgia de aquel bendito rincn de la tierra,
del que me apartan, por muy contados meses, urgencias que me imponen
este costoso sacrificio. Porque tan cabal, tan intensa, tan continua ha
sido mi felicidad en ese tiempo, que a veces me espantan los temores de
que no haya sido mi gratitud tan grande como el beneficio recibido, y un
da me hiera la justicia de Dios en lo que ms amo, para recordarme lo
que le debo.


Santander, diciembre de 1894.





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     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
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LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
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TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
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1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
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1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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