The Project Gutenberg EBook of La copa de Verlaine, by Emilio Carrre

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Title: La copa de Verlaine

Author: Emilio Carrre

Release Date: October 29, 2007 [EBook #23239]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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EMILIO CARRRE

LA COPA DE VERLAINE

MADRID

1918

A

JESS DE LAS HERAS

GRAN AMIGO, GRAN SIMPTICO,

VENCEDOR DEL AZAR

EL AUTOR




      _ndice_


   La Copa de Verlaine
   En Madrid se come mal
   El viejo poeta Nerval
   Hbitos y extravagancias de los escritores
   Los argonautas del vellocino de... cobre
   La ltima copa de Edgard Poe
   Los poetas borrachos
   Un duelo romntico
   Las manos de Elena
   Siles y su carrik
   Glosario pintoresco
   Elega de un hombre inverosmil
   Nuestro amigo el alquimista
   El galn de los ouistitis
   Sindulfo, arquelogo y cazador de alimaas
   El poema del mal poeta
   La sombra del rey galn
   La plazoleta de los fracasados
   Las paellas de un revolucionario
   La noche
   Un viejo caf galante
   Perfil de tragicomedia
   Santal
   La capa bohemia
   La capa de mendigo




_La copa de Verlaine_


PABLO Verlaine tena una sed fatal, una sed monstruosa y suicida, y
bebi hasta la muerte. Tal vez oa la voz de una sirena fabulosa en el
fondo glauco del ajenjo. El ruiseor protervo iba al caf D'Harcourt y
beba, beba... Las cuartillas aguardaban en una carpeta, junto al
tintero feo, mezquino, de fosforero de caf. El rincn era un suave
remanso melanclico en el triunfo de luz y de sonidos del loco Pars.

A veces, con el hrrido tintero y la pluma oxidada, que manoseaba el
vulgo ms grrulo, Verlaine escriba un poema de maravilla. Pocas veces
poda pagar sus ajenjos. Cuando llegaban algunos admiradores, algunos
amigos, el poeta, tristemente borracho, peda dinero. Despus, a la
alta noche, en las tabernas de apaches y de meretrices, a la hora de la
fatiga del amor callejero, Verlaine arrojaba los luises que haba
demandado, como una lluvia de oro, sobre la dolorida canalla. As sus
versos eran una lluvia de estrellas sobre los vulgos que aullaban y le
ofendan al verle pasar borracho por su lado.

En su barrio tena una popularidad grotesca. Era un viejo loco, beodo y
mal vestido, que arrojaba dinero a la chiquillera, que haca befa de su
extraa liberalidad y le tiraba piedras. Cuando muri, las comadres
hicieron grandes aspavientos viendo llegar coches blasonados y fulgentes
uniformes. Crean que su vecino no era sino un mendigo estrafalario.

Y espiritualmente no era tampoco muy bien conocido:

     Car elle me comprend et mon coeur transparent pour elle seule,
     hlas, cesse d'tre un problme.

Para esa desconocida, _rubia o morena o roja_, su corazn transparente
ces de ser un problema, para ella sola...; pero ella no existi jams.
Para sus contemporneos--a excepcin de pocos nobles espritus--fu un
gran poeta que tena un defecto, se emborrachaba y haca una vida
absurda: _Derroch sus felices dotes naturales, que hubiese podido
desarrollar para bien de su obra y de su reputacin, haciendo una vida
ms metdica._

Al desconocido idiota que escribi esto le conozco yo personalmente. Es
una especie de tonto que abunda en todas partes: el tonto cosmopolita.
Poe lo sufri en Norte Amrica; Verlaine, en Pars, y en Espaa, muchos
espritus artistas que no se adaptaron a la hosca estupidez del
ambiente. Es el tonto sensato, valga la horrible paradoja.

Y qu ms quera el tonto discreto, el tonto metdico, el tonto de
sentido comn, que hubiese hecho Verlaine? Cerca de diez volmenes
incomparables, nicos, escribi el viejo poeta maldito en los cafs, en
las tabernas, acaso en sus largas temporadas de hospital, al que el
_pobre Lelian_ llamaba su palacio de invierno. La capa de mendigo de
Verlaine es hoy la bandera de la Francia espiritual. Est ungida por la
gloria. Es una cumbre dorada por la inmortalidad.

Estas glorias pstumas suelen ser un sarcasmo. Sirven para enriquecer al
editor; ms amargo viceversa, cuanto que el poeta ha pasado una vida
desastrosa. Es la eterna tragicomedia desgarrante.

Verlaine tena una sed fatal que no se saciaba nunca... Fu por eso un
originalsimo y alto poeta? Pedro Luis de Glvez cree que s, y quiz
tenga razn este admirable ingenio, este excelso poeta, odiado,
desdeado, absurdo, fantstico, que rueda por las calles, borracho y
triste, al asalto de unas pocas monedas de cobre rodo, en este
miserable pas de la calderilla. Pedro Luis lleva una fatalidad
misteriosa sobre su cabeza.

No hay poeta que, como Verlaine, est ungido de la gracia lrica. Tiene
una emocin nica y una magia peculiar para engarzar las palabras en
collares armoniosos, de divinos matices crepusculares. Se puede decir,
sin hiprbole, que es un brujo de las rimas, de las inefables palabras
musicales, donde vierte su alma mstica y pagana, ferviente, pecadora,
universal. Pobre Verlaine, mendigo, borracho y solitario! De qu
sideral armona estaba henchido tu triste corazn, que era al par una
gusanera de pecados mortales?

Qu enorme catstrofe de alma te engendr aquella gran sed, monstruosa
y suicida? Una sirena encantadora cantaba en el fondo del vaso y t no
queras or sino su voz emponzoada de trgica Loreley. Y all te
esperaba la Muerte, la marioneta descarnada, todo blancura y piruetas,
como la Colombina de tus fiestas galantes.

        Colombine rve surprise
      d'couter un coeur dans la brise
      et de sentir dans son coeur voix.

T tambin oas voces milagrosas en tu corazn cuando cincelabas tus
versos con la pluma menguada y con el tinterillo ruin del caf bohemio.
Oh, pobre, maldito y solitario! A tu lado pasaba el triunfo de la
ciudad sirena, de Lutecia, la loca, sin una sonrisa de cario para el
divino poeta, que, con un humorismo que hiela los huesos, llamaba al
hospital _su palacio de invierno_, del tremendo invierno parisiense.
Quiz el genio sea la compensacin de la miseria y de la desgracia,

      _que ser feliz y artista no lo permite Dios,_

como, con dichosa y amarga lucidez, ha escrito Manuel Machado. Ser un
gran poeta equivale, pues, a ser un gran infortunado. Mercurio tiene el
oro guardado en la caja de su trastienda. El amor de las mujeres
hermosas, la admiracin de la multitud es en Espaa para esos muecos
emocionantes vestidos de oro que saben sonrer cuando la Muerte les roza
los caireles. Acaso llegue la gloria para los artistas... pero despus
de muertos. Es una burla demasiado cruenta del Destino.

Copa de verde y ponzooso licor, donde la sirena del genio supo cantar
para Verlaine! Acaso en el fondo del vaso est el dulce talismn que
encanta la vida! _Embriagaos de amor, de virtud o de vino. Cuidad de
estar siempre ebrios_, dijo el trgico Baudelaire al sentir el enorme
vaco de su existencia, que fu gloriosa... ms tarde, cuando una vida
negra y una muerte de perro le arrojaron a la eternidad como un guiapo
muy glorioso, pero muy maltrecho y muy dolorido.




_En Madrid se come mal_


NUESTRO amigo Zarathustra, en una de sus andanzas, se cas con una joven
inglesa, hija de un espaol que tena una librera de viejo en un barrio
apartado de Londres. Zarathustra es literato y, en consecuencia, no
tiene dinero. Trajo a su mujer a Madrid, la llev a comer a los figones
de los poetas bohemios y durmieron en las clsicas posadas de la Cava
Baja. A los pocos das madama Zarathustra exclam ingenuamente:

--En Madrid se come muy mal!

Verdaderamente es asombrosa la resistencia de los estmagos literarios.
Cada joven poeta del arroyo es un caso de supervivencia milagrosa, a
pesar de los restaurantes donde ha yantado. Para entretenimiento del
lector bien alimentado recordar alguna de estas ycijas de la
necesidad. El restaurante del Loro, La Precisa, La Marina, El fign de
_El Imparcial_, La Montaa... Por estos desapacibles lugares hemos
arrastrado la ilusin nuestros veinte aos, hemos contemplado nuestro
rostro, nuestra pipa y nuestras guedejas en los viejos espejos, y ante
estas mesas--mientras nos servan el ligero condumio--hemos declamado
nuestros primeros sonetos en obsequio de algn amigo, tambin portalira,
con mucho pelo y muchos sueos bajo las haldas enormes de su chambergo.

La Precisa era un fign muy interesante. Y tambin diremos muy doloroso.
Tena un comedor interior muy lbrego donde se juntaban empleados de
exiguas mesadas, con sus chaquets ribeteados de trencilla parda y los
calzones en hilachas, ilustres mrtires de la Administracin, en la
lamentable compaa de sus esposas y de sus criaturas--la infancia fea
por el tatuaje de la miseria--, que palmoteaban gozosas ante los
manteles vinosos y corcusidos, exclamando:

--Qu gusto, hoy vamos a comer de fonda!

Una tortilla costaba un real; una sardina, cinco cntimos; una ensalada,
otros cinco; un plato de legumbres, 15...; un _bifteck_ con patatas, dos
reales. Cuando algn parroquiano peda este plato inusitado, el mozo
dudaba antes de servirlo, o murmuraba suspicaz:

--Este pjaro est en dinero. Debe de haber cometido alguna estafa...

Iban algunas viejas pensionistas que tenan crdito en la casa, muy
parlanchinas, que contaban antiguas grandezas de cuando viva su esposo,
el brigadier, y daban saraos y salan todos los aos. Las viejas
solitarias suelen estar un poco locas. Todo el pasado les est hablando
constantemente y les pesa sobre sus pobres huesos desvencijados y sobre
sus almas saturadas de las antiguas coqueteras, de sus eternas
frivolidades de mujer. Suelen tener un amor furioso y extravagante hacia
los perros y los gatos. Una desviacin caricaturesca de sus maternos
instintos estriles o frustrados. El da de cobro gustan de beber un
poco, porque el aguardiente es un diablejo galante y piadoso que les
hace olvidar que son muy pobres y demasiado viejas...

Aparte de los aprendices de literato, los dems eran el bajo fondo de la
clase media. Los literatos no pertenecen a ninguna clase social. Don
Uriarte de Pujana, por ejemplo, confa en ser jefe del Estado de un
momento a otro, tiene amores con grandes duquesas y cena chicharrones en
cualquier tabernn. Esto es: la poltica, la aristocracia y el pueblo
que se funden en el radio de accin de nuestro intrpido amigo.

El restaurante del Loro--tena un magnfico y odioso loro disecado
pendiente del techo--presentaba las mismas condiciones de economa y
pulcritud. All omos cantar por primera vez a una gentil cantatriz que
despus conquist puestos honrosos en el Arte. Cant la Siciliana de
_Cavalleria rusticana_; todos los poetas nos enamoramos repentinamente
de ella y la dedicamos apasionados sonetos. Su padre, que era zapatero,
muy emocionado por nuestra ofrenda, se brind heroicamente a
componernos las botas a todos los poetas, gratuitamente.

Muchas familias de nufragos provincianos caan en los figones,
personas decentes que rodaban los escalones de la penltima miseria.
Haremos notar que nunca se debe decir la ltima miseria; es una
imprudencia que puede molestar a la Desgracia, y entonces nos apretar
ms el resuello. Siempre hay mayores extremos de dolor, y callar es
bueno. Estos provincianos adquieren de la corte la misma opinin de
madama Zarathustra:

--En Madrid se come muy mal!

Se come mal y se duerme mal... y caro. A los vagabundos que no tienen
domicilio fijo y duermen en las posadas les cuesta siete u ocho duros al
mes y no tienen casa en realidad, sino una ycija para tirarse de noche.
Notad qu importancia adquieren estos menesteres de dormir y comer en la
contempornea literatura de costumbres. El aprendiz de literato aade la
musa de la alimentacin a las otras nueve hermanas.

Hay algunos habituados a La Precisa y a los dormitorios de la calle de
Pea de Francia o de casa de la Coja. Son los espritus paralticos que
no saldrn jams de ese ambiente que si es pintoresco, tambin es
amargo. Es igual que la bohemia, que es un puente que se pasa bien en la
juventud; pero es peligroso seguir de por vida de bracero con esta
triste querida del arroyo, que al par de nosotros va envejeciendo y en
seguida pierde su salvaje belleza y la alegra de la primera hora
ilusionada.




_El viejo poeta Nerval_


GERARDO de Nerval es un nombre desconocido de nuestro pblico. Fu un
gran poeta francs que, hace muchos aos, una noche lgubre de enero, se
fu de la vida, ahorcndose del hierro de un tragaluz, en la horrible y
sucia calleja de la Vieille Lanterne, en un rincn del Pars de los
apaches y de las buscadoras de amor.

Perteneci a la generacin literaria de Gautier, de Balzac, de
Baudelaire, de Murger y de Houssaye; poca de la bohemia dorada,
pintoresca y espiritual. Los amplios bolsillos de su levita negra eran
una amplia biblioteca ambulante. Libros de versos, de filosofa, de
esttica, e innmeros cuadernos de apuntes. Nerval amaba lo raro en la
vida y en los libros; fu un profundo orientalista--adems de un
exquisito poeta--, y se inici en todos los ritos esotricos. Tradujo el
_Fausto_, y Goethe le escribi estas palabras: Nunca me he entendido
mejor que cuando os he ledo.

En 1836 public su _Bohemia galante_. Hizo, con Gautier, la crtica
teatral en _La Presse_, y public interesantes trabajos; pero era un
hombre tmido y solitario que desdeaba la popularidad y los firmaba con
seudnimos distintos. Tena la inocente vanidad de que se le creyese un
perezoso, y, en realidad, trabajaba intensamente, sin darle importancia,
en un rincn de cualquier cafetn solitario, dando tregua a sus lecturas
profundas y eruditas.

Dedic la mayor parte de sus horas a crearse una vida fantstica y
nicamente interior, que para l tena una absoluta realidad, como aquel
M. Joyeuse, de Daudet. Cualquier detalle que vea al paso hera
vivamente su imaginacin; el resto de la novela se elaboraba rpidamente
en su laboratorio mental. Se enamor de una belleza misteriosa, a la
que no dijo nunca nada de su cario; pero un da que la Casualidad, la
providencia de los poetas, le envi un montn de oro, se fu a casa de
un mueblista y compr un amplio lecho Renacimiento, con bellas
esculturas, entre las que se vea la salamandra de Francisco I. Pero no
se haba ocupado de alquilar un cuarto, y la magnfica cama fu a parar
a casa de Gautier... donde intilmente esper a que reposase en ella el
cuerpo de la bella desconocida.

Tena la fiebre de la lectura. Lea acostado doce horas de un tirn, y
encontr un modo extravagante de alumbrado: pona en equilibrio sobre su
cabeza una gran palmatoria de cobre, que iluminaba perfectamente las
pginas; pero, a veces, se dorma y la palmatoria rodaba por la cama,
con grave peligro de incendio.

Acaso beba un poco o se entregaba al opio; lo cierto es que sus
extravagancias se hicieron muy frecuentes. Hubo que llamar al mdico,
cosa que indign mucho a Nerval, que no comprenda la ingerencia de la
ciencia total, porque un da se pase por el Palais Royal, llevando tras
s un cangrejo sujeto por un largo cordn azul. Acaso--deca--un
cangrejo es ms ridculo que un pato, que una gacela, que un len o que
cualquier otro animal de que pueda uno hacerse seguir? A m me gustan
los cangrejos porque son pacficos, serios, saben los secretos del mar,
no ladran ni asustan a las gentes como los perros, que tan antipticos
le eran a Goethe, el cual, sin embargo, no estaba loco.

Tena la preocupacin del mundo invisible y de los mitos cosmognicos, y
cultiv los crculos misteriosos de Swendenborg y, del clrigo
Terrasson. En un viaje que hizo por Oriente compr una esclava de piel
dorada y de cabellos rubios y el pecho pintado de soles. Iba a
documentarse para escribir un poema de la reina de Saba y de Salomn, y
se dirigi al Lbano.

Fu husped de los jefes drusos y maronitas, semejantes a los burgraves
del siglo XIII.

Bien pronto olvid los motivos literarios de su viaje, y quiso penetrar
la doctrina secreta de los drusos. Un da, jinete en su caballo blanco,
fu a visitar al Cheih Said Escherazy para pedirle la mano de su hija,
la attak Siti Salema. Esta virgen drusa acept a Gerardo de Nerval,
le di un tulipn y plant un arbolillo, que deba crecer con sus
amores. Pero el poeta, un da que iba a ver a su prometida, divis un
escarabajo y, tomndolo por mal augurio, renunci a su pintoresco
enlace. Con todas estas noticias, conociendo su labor potica, sus
inquietudes filosficas y su frtil imaginacin, que contrastaba con su
vida de bohemio menesteroso, este soneto epitafio tiene un gran inters
de emocin:

               SONETO EPITAFIO

      A ratos vivi alegre, igual que un gorrin,
      este poeta loco, amador e indolente;
      otras veces, sombro cual Clitandro doliente...
      Cierto da, una mano llam a su habitacin.

      Era la Muerte! Entonces, l suspir:--Seora,
      dejadme urdir las rimas de mi ltimo soneto--.
      Despus cerr los ojos--acaso, un poco inquieto
      ante el helado enigma--para aguardar su hora...

      Dicen que fu holgazn, errtil e ilusorio,
      que dejaba secar la tinta en su escritorio.
      Lo quiso saber todo y al fin nada ha sabido.

      Y una noche de invierno, cansado de la vida,
      dej escapar el alma de la carne podrida
      y se fu preguntando:--Para qu habr venido?

Dijeron que se haba ahorcado en una hora de locura. Pero este epitafio
rimado demuestra lo contrario. Se fu de la vida en la cumbre de una de
esas crisis morales en las que acaso el hombre alcanza mayor lucidez.
Quin lo sabe!...




_Hbitos y extravagancias de los escritores_


EL pblico que ha sentido la emocin de la poesa, que ha redo con las
comedias y que ha seguido febril por el inters los episodios de un
hroe de novela, tiene, sin duda, una gran curiosidad por saber cmo han
sido escritas las obras literarias de su predileccin. Aparte de las
interesantes _visitas_ de nuestro _Caballero Audaz_, muy poco se ha
cultivado en Espaa esta literatura ntima y anecdtica: nicamente los
que establecemos nuestro _despacho_ en la mesa de un caf ofrecemos un
pedazo de intimidad al inters de los lectores. Zamacois, Roberto
Castrovido, escriben sus admirables novelas y sus artculos maravillosos
sobre una mesa de mrmol, con un tinterillo menguado, entre el
bullicio, envueltos en el humo de las salas de un cafetn de barrio. Es
ste un milagro de aislamiento entre la muchedumbre, para el que es
preciso una gran fuerza mental.

Valle-Incln escribe en la cama, con lpiz. El pobre y grande Felipe
Trigo no poda trabajar sino en unas cuartillas en un tamao de octavo
menor. Uno de nuestros ms terribles revolucionarios, que tiene la
suerte de estar casado con una bella dama andaluza, urde sus furibundos
artculos... envuelto en un mantn de Manila de su esposa. No digo su
nombre para evitarle el sonrojo ante los terribles compaeros del
_Comit_ de barrio.

Los franceses han cultivado mejor este gnero de literatura ntima. As
sabemos detalles interesantes y pintorescos. Moliere lea sus comedias a
su criada conforme las iba escribiendo. Cuando a la buena mujer no le
agradaba una escena el poeta la tachaba. Era _su previa censura_, el
mismo espritu del pblico para el cual escriba.

El poeta Delille era muy perezoso, y su mujer le encerraba con llave
para que trabajase. Ella se iba a dar un paseo o a ver escaparates, y si
acaso llegaba alguna visita, el pobre poeta secuestrado abra el
ventanillo y exclamaba, con una resignacin un poco cmica:

--Estoy cautivo! Le ruego tome asiento en la escalera; mi esposa no
puede tardar en venir.

Cuando sta llegaba, haca entrar a los visitantes con visible malhumor,
porque durante el tiempo de la visita el poeta no trabajaba. Delille
sola recitar algunas estrofas del poema que estaba componiendo; pero su
esposa le interrumpa violentamente:

--Eres un camello! No digas el _argumento_ de lo que escribes, porque
alguno de estos seores te lo puede robar.

Delille se pona colorado y los amigos se marchaban haciendo furiosas
protestas de honradez literaria. En seguida la seora le colocaba las
cuartillas delante.

--Ahora, querido poeta, a ganar el tiempo perdido.

--Si he trabajado mientras t no estabas en casa.

--No importa. T sabes que cada lnea _nos vale_ cinco francos
aproximadamente. Es preciso hacer versos, hasta veinte duros, antes de
almorzar.

Y le dejaba encerrado con llave en su despacho.

Balzac fu tambin un forzado del trabajo literario. Muri literalmente
vctima del exceso de labor. Se acostaba a las seis de la tarde y se
levantaba a las doce de la noche, se envolva en una especie de capuchn
frailuno, tomaba un gran tazn de caf y a la luz de una araa de siete
bujas trabajaba hasta las doce de la maana. Conforme iba escribiendo
arrojaba las cuartillas al suelo, sin leerlas y sin numerarlas. A las
doce entraba su criado a traerle el almuerzo, recoga las cuartillas
esparcidas y las llevaba a la imprenta.

Los impresores teman a las cuartillas de Balzac. Era para ellos como
una pesadilla. En pruebas, las rehaca totalmente. Tefilo Gautier
describe de este modo pintoresco las pruebas de imprenta de Honorato de
Balzac:

Unas rayas gruesas partan del principio, del centro, del fin de las
frases hacia las mrgenes de arriba a abajo, de izquierda a derecha, con
infinitas correcciones. A veces pareca un castillo de pirotecnia
dibujado por un nio. Del texto primitivo apenas quedaban algunas
palabras. El autor trazaba cruces, crculos, signos griegos, rabes...,
figuras ininteligibles, todas las llamadas imaginables, para fijar la
atencin del tipgrafo. Tiras de otro papel atiborradas de escritura
iban adheridas a las pruebas con alfileres.

Gautier escriba muy de prisa. Las novelas que public en _La Prensa_
las iba haciendo diariamente en la misma imprenta, entre el ruido
ensordecedor de las mquinas. Aurora Dupin gozaba de parecida facilidad.
Trabajaba de un tirn ocho horas diarias, con la condicin ineludible de
que haba de ser por la noche.

Todo lo contrario fu el gran novelista Gustavo Flaubert, que despus
de horrenda lucha con su estilo torturado, en una sesin de diez horas
slo poda producir una cuartilla impecable, eso s, y maravillosa.

Alejandro Dumas, padre, se contentaba con un vaso de limonada. Balzac
haca un enorme consumo de caf, y Aurora Dupin, la _Jorge Sand_, fumaba
como un marino. Alfredo de Musset busc en el ajenjo, el terrible y
literario brebaje, la inspiracin que le abandonaba despus de la
catstrofe espiritual de Venecia, cuando su amante le burl con el
mdico Pagello.

Gerardo de Nerval, el admirable poeta bohemio, tan desconocido en
Espaa, no poda escribir en su casa... cuando la tena. Si una revista
le encargaba un artculo, se iba a cualquier caf. Sacaba de su bolsillo
el tintero, un montn de plumas, papeles, libros. Era todo su ajuar.
Cuando acababa de escribir el ttulo llegaba un amigo inoportuno.
Gerardo volva a guardar su biblioteca ambulante y se marchaba a otro
caf, donde la escena sola repetirse. Y as, al cabo de recorrer todos
los cafetines, poda terminar su labor.

Villieres de l'Isle-Adam, el autor de _Cuentos crueles_, se retiraba a
su casa al amanecer y dorma hasta las doce. Se beba una taza de caldo
y en seguida se dispona a escribir, sin levantarse de la cama,
sostenido por varias almohadas. Tena a su alcance muchos lapiceros, y
trabajaba hasta las nueve de la noche, hora en que se levantaba para ir
a pasar el resto de la noche en alguna taberna de Montmartre.

El ms lamentable era Paul Verlaine, vagabundeando por las zahurdas del
Pars nocturno, borracho de ajenjo. El poeta de _La cabeza de fauno_ se
sentaba junto a un vaso del glauco veneno con una hoja de papel. A veces
garrapateaba algunos versos, musitando palabras confusas, o bien
arrojaba la pluma con rabia, se retorca las manos o las agitaba en el
aire, con estremecimientos de epilepsia. Despus apuraba su vaso y
tornaba al trabajo, como un sonmbulo.

La manera de escribir, los estimulantes y las ntimas extravagancias de
los escritores clebres son un curioso detalle de su psicologa y
ofrecen un gran inters para los lectores. Por eso mismo hemos recogido
estos apuntes anecdticos esparcidos ac y all en las biografas y en
las revistas francesas, ms curiosas de la vida al detalle de los
grandes hombres que las revistas espaolas.




_Los argonautas del vellocino de... cobre_


SEGURAMENTE vosotros, buenos burgueses, tenderos adinerados y
covachuelistas ecunimes, no conocis la moderna cofrada de titiriteros
o piruetistas. Sin embargo, los habis visto en las aceras de la Puerta
del Sol, y al demandarles su ruta os habrn contestado con un gesto de
amable despreocupacin:

--Ya ve usted, por aqu, navegando...

Porque las ras de la corte son mares procelosos por donde bogan estos
navegantes en busca del vellocino, que suele hallarse en la gaveta de
algn amigo ingenuo y sentimental.

Yo quiero poneros al corriente del pintoresco vocabulario de esta
triste gallofa contempornea, para que no hagis mal papel en sociedad,
en la arbitraria sociedad de los nautas de lo imprevisto, funmbulos de
la casualidad y piruetistas de la Puerta del Sol, que es un lugar ms
peligroso que Sierra Morena en el perodo heroico de los bandoleros.

--Adonde vas, inmenso poeta?

--Aqu, a la _Maison_; voy a ver si _opero_ a mi _amigaso Panchito
Bengal_, ese escritor americano.

Porque en Madrid hay siempre un americano _operable_, lo que en tal
germana o jerigonza quiere decir sujeto que da unas monedas fcilmente.

Ved un modelo de _operacin_ epistolar:

Seor: Los garbanzos baten el _record_ con Vedrines: se hallan en estos
momentos a dos mil metros de mi estmago desalquilado. No le parece a
usted una absurda paradoja que los garbanzos vuelen? Para hacerlos
aterrizar necesito que usted me tienda un cable de catorce reales...

Y el operado no puede menos de admirar un estilo tan literario y tan
metafrico, y da las tres cincuenta.

Llmaseles funmbulos o equilibristas porque su vivir es una cuerda
floja que se tiende a diario de un extremo a otro de la corte, en donde
ellos ejercitan ejercicios muy peligrosos. Lo difcil est en que no se
les vaya un pie y caigan de bruces sobre algn artculo del Cdigo
penal.

Sus piruetas consisten en dar un salto mortal y caer en casa de algn
amigo a la hora de comer, y son titiriteros porque trenzan volatines y
corvetas para vender libros viejos y hurtarles otros, en un descuido, a
los mercaderes de libros, aunque este ejercicio mejor estara llamarlo
de prestomania o magia de saln.

--Tienes algn _nombre_?

Esta es la pregunta de ritual entre los operadores. Quiere decir el
_nombre_ de una persona que d dinero. El novelista D. Jos Mara Mateu
ha sido un gran _nombre_ para la seudobohemia. Glvez, el _peligro
Glvez_, ms temible que el peligro amarillo, lleg a visitarle a las
tres de la madrugada--Mateu se acuesta temprano--para pedirle un montn
de calderilla. Mateu, dulce, tmido, con su perilla rubia, que parece
una perilla de teatro, padeci a Losada, el msico orangutn, _la bestia
lrica_--que tena un gran talento--, y a Granados, la _bestia
jurdica_, que tras de un discurso leguleyo con considerandos y
resultandos, acababa por pedir cero cincuenta. La gente, por no or su
oracin forense, ms aburrida que un artculo de fondo, le daba el
dinero. Otro gran _nombre_ es Reynot. Por su elegante gabinete han
pasado los gabanes ms mugrientos, los chapeos ms abollados, los
zapatos ms ruinosos. Reynot siente una gran satisfaccin protegiendo
las letras patrias... con un montoncito de perras gordas. Su tiempo
precioso ha estado dividido entre la filantropa literaria y el servicio
de incendios. En todos los cafetines y los palacios nocherniegos se
habla de este elegante y ex municipal Mecenas con gran encomio.

Los pedigeos saben bien que a los comerciantes no se les puede sacar
dinero. Son de una brutalidad inconmovible. Os hablan de que _el cajn
es menor de edad_ y otras cosas beocias. Un violinista sin albergue fu
a _operar_ a un tendero gallego, y entr en su almacn tocando la
_alborada_ de Veiga... Y luego dicen que la msica domestica a los
animales! El pobre msico tuvo que terminar su meloda y la noche en un
banco de Recoletos.

Para pedir dinero es preciso ser un psiclogo sutil. Nadie lo da
generosamente! Hay que saber explotar la vanidad, el vicio o el secreto
de alguna intimidad tortuosa. El dolor, la miseria, la injusticia no le
interesan al que no las padece. Y esto lo saben los doctores de esas
aulas de tragicomedia que estn siempre abiertas en las aceras
cortesanas.

Y estos lamentables bigardos os dirn que son filsofos, cronistas y
poetas. Algunos tienen talento, aunque no pueden vivir de la pluma. En
Espaa la seleccin est hecha al revs. La inteligencia, incluso el
genio, es menos til que la asiduidad, la adulacin, la laboriosidad y
otras virtudes de oficinista. La tragedia de Edgar Poe se repite
todava. Adems, casi nadie tiene sentido de lo bello, y la literatura
les interesa a pocos. Y existe una leyenda cruel y sarcstica desde
Cervantes hasta hoy. Se dice que el insigne manco no cen cuando termin
el _Quijote_, y se cree que es muy gracioso que los literatos no
almuercen nunca. Parece muy literario, muy de _leyenda_ eso de las
hambres artsticas.

Por eso los aprendices de literato se lanzan a la Puerta del Sol,
intrpidos argonautas del vellocino de cobre. Pero no todos los que
comen en la Precisa y en Prculo y los que duermen en la ycija de Han
de Islandia son _intelectuales_. La mayora slo son _navegantes_... que
en las turbias aguas tienden su anzuelo a la sombra de la bohemia
pintoresca.

Porque, en realidad, lo que ms les interesa es ir comiendo (vidas
vacas, paralticas, ex vidas en las que los ideales se han
desmoronado), y por ello slo se afanan los _operadores_, los
_piruetistas_, toda la seudoliteraria gallofa de este momento.




_La ltima copa de Edgard Poe_


EN los banales y sutiles ajetreos de la farndula poltica, en que el
favoritismo se yergue en divinidad sobre su propia bahorrina, es
edificante la evocacin de un episodio hondo de desolacin inquietante y
cruel, de la vida extraa de aquel inadaptable genial, de aquel celeste
Edgardo cuyo nombre figura en esa fnebre antologa de anormales y
degenerados entre los otros grandes locos: Nietzsche y Baudelaire.

Poe fu un precursor de esta moderna opinin de que la ciencia debe ser
el fundamento de todo arte. Qumico, matemtico, mdico, oficiante
solemne de las capillas hermticas de abstrusas ciencias, su paso
funambulesco por la vida tiene algo de liturgia alada, real y demonaca
a la vez. A trechos por el ultramisticismo de apoteosis de sus poemas
pasa una desolada sombra de horror: el ala angustiadora y proterva del
monstruo del alcohol.

Y as nos ha dado las ms hondas y raras impresiones que artista alguno
di a la humanidad en todos los tiempos. Hay en l voces misteriosas,
anglicas, ungidas; iniciaciones de todos los arcanos; ecos del cielo,
de la tierra y tambin del infierno. Tal vez fuera la noche, en cuyo
seno vagaba borracho en todas las ciudades y a todas las horas; la
noche, tan medrosa, tan aristcrata, tan reveladora, la que pona en su
corazn esas palabras ultrahumanas, tan nicas en su regia originalidad,
tan perennemente emocionales.

Y tambin como en sta, en aqulla y en todas las pocas, haba una
dorada mediana culta, un rebao de hombres equilibrados, fcilmente
moldeables a todas las formas y a todas las conveniencias; una
humanidad correcta, honorable, de tan glorioso sentido comn, que
rechaz de su seno, babe la reputacin y mordi la sandalia de aquel
extravagante perturbador de la buena armona de las costumbres, de aquel
inadaptable inmoral. Y se di el caso estupendo de que en algn
peridico le pagasen menos dinero que a los dems, reconociendo la
superioridad de su talento; y por eso mismo, porque su arte era
demasiado original.

Y esa cualidad no la perdonan nunca la poetambre, ni los paladines de la
frase hecha.

Avanzando en la miseria hosca, en la confidente soledad que le era tan
amable; eterno trashumante, muerta su mujer, la dulce Virginia, esa
bella sombra aorante que pasa por los versos de _El Cuervo_, esa
incomparable y deslumbradora doncella que los ngeles llaman Leonor,
errando, pues, por el mundo, lleg a Baltimore la noche antes de unas
elecciones de diputados.

La ciudad herva en la agitacin huraa de esos momentos. Poe entr en
una taberna y bebi, bebi incesantemente en unin de un antiguo y
fatal camarada que el azar le depar.

Ya a la madrugada, en ese punto visionario y absurdo de los borrachos,
en que el alcohol hace bailar a todas las cosas una zarabanda
fantstica, habiendo sido reconocido por algunos, el poeta se vi
obligado a recitar sus versos entre el ulular delirante del concurso y
el ambiente plmbeo, homicida, del antro.

Una de las muchas rondas que recorran la ciudad reclutando a lo florido
del hampa, a los bigardos y galloferos de todas partes que andaban
lampando por las calles, para acarrearlos a votar al da siguiente, top
con el grupo de borrachos en que iba Poe, y todos juntos fueron
encerrados en una mazmorra donde les dieron de beber, de beber hasta el
enloquecimiento.

El poeta, que estaba consumido por ese horrible mal que se llama
combustin espontnea, vot al da siguiente entre aquel enjambre
borroso y hediondo, y, al apurar la ltima copa que le brindaron, cay
definitivamente herido por el _delirium tremens_.

Pocas horas despus muri aquel portentoso artista en el annimo
desconsolador de un hospital. Sus compatriotas se cebaron cruelmente en
su memoria, y el periodista Rufus Griswold, que haba sido su amigo,
hizo una repugnante campaa de difamacin, caliente an el cadver de
aquel desgraciado superior.

La vida del cantor de Ligeia, esa extraordinaria mujer, prodigio de
carne y maravilla de inteligencia, nos da la impresin de una negra
pesadilla, de una taumatrgica alucinacin de opio, por donde vaga la
sombra sonmbula de ese triste discpulo de un fatal y desventurado
maestro, cuya voz repite ese nico y desolado estribillo:

      Nunca ms.




_Los poetas borrachos_


YO tengo un aborrecimiento absoluto a los borrachos: me parecen larvas,
ex hombres, grgolas, algo grotesco, monstruoso y terrible a la vez. Sin
embargo, mis grandes admiraciones literarias van hacia los poetas
borrachos.

Es mi espritu, lo ms hondo, tumultuoso y atormentado de mi espritu,
lo que comprende la absurdidad de los borrachos, aunque mi yo
superficial, el hombre social, los deteste. Poe, Verlaine, Musset,
Nerval, Daro son nombres venerandos de mi iconografa sentimental.
Todos ellos fueron tristes y gloriosos borrachos.

No comprendo bien la causa de que tan altos y armoniosos espritus hayan
cado en las simas de ese demonio ms terrible que todas las
enfermedades.

Baudelaire escribi: Cuidad de estar siempre ebrio de amor, de virtud o
de vino. El reloj del poeta marcaba siempre la hora de la embriaguez.
Sin embargo, Baudelaire no fu un beodo cotidiano a la manera de
Verlaine. Escribi palabras muy sensatas, muy burguesas--como l
dira--, contra el opio, el haschid y el alcohol. La droga funesta no
crea nada; produce una hiperestesia nerviosa; es un prstamo con inters
ruinoso que se hace al cerebro.

El mismo poeta de _Les fleurs du mal_, explica en el prlogo de las
obras de Edgar Poe la causa de la embriaguez del bardo del Horror de una
manera clarividente: Poe no beba con placer: beba brbaramente, como
si quisiera matar algo dentro de l mismo. Y despus: Poe creaba
personajes terribles o grotescos en medio de una tempestad de alcohol, y
para volver a encontrarlos recurra a la bebida. Eran seres que slo se
podan desenvolver en ese ambiente verdoso y translcido y a l haba
que acudir para continuar la pltica interrumpida.

Estas tres citas--hechas de memoria--constituyen una explicacin y una
defensa de la embriaguez de los poetas.

En los poetas romnticos, de inspiracin, es ms aceptable ese vicio
absurdo y abyecto--yo juzgo de esto con un criterio rabiosamente
burgus--. Es raro en Poe, que fu el espritu del equilibrio, del
anlisis matemtico--ved _La carta robada_, _El doble crimen de la calle
Morgue_, _El escarabajo de oro_--, que al escribir sus cuentos enunciaba
y resolva los ms sutiles problemas matemticos.

Existir una lgica, una armona dentro de la absurdidad de la
borrachera? Poe, haciendo eses por las calles de Nueva York la maana
que se public _El Cuervo_, era un montn abyecto de carne, un borracho
grotesco; pero qu maravillosas creaciones se forjaban en su
laboratorio interior? _Ligea_, _Eleonora_, M. Valdemar vivan dentro del
poeta en maravillosa lucidez, mientras que yaca aletargado en el seno
de una tempestad de alcohol.

En mis investigaciones ocultistas la figura de Poe se me ha aparecido
repetidas veces. Poe fu el poeta de lo Invisible. El alcohol era el
puente por el que cruzaba en direccin al astral. Todas las larvas, las
almas de los magos negros, el espectro de los muertos, los vampiros y
los incubos y sucubos demonacos fueron amigos del poeta y le dictaron
sus escaloriantes episodios de pesadilla. La doble personalidad fludica
de Poe convivi con ellos en esos reinos alucinantes y verdosos, donde
las flores tienen hedor de putrefaccin, danzan las almas de las brujas
y se fraguan los infanticidios y los asesinatos sin causa, mientras el
cuerpo del bardo, embrutecido, dorma la borrachera en cualquier
callejuela de Rischmond o de Nueva York. Mister Valdemar desmoronndose
en su espantosa podredumbre. Ligeia reviviendo en el cadver de Mistress
Rawena, el ojo terrible del gato negro y el corazn revelador, que
resuena como el golpe de un reloj de pesadilla, parecen imaginacin
vivida en el plano lvido del astral. Poe vivi una subvida
taumatrgica. Tuvo el arte de dar a todos sus monstruos, terribles y
grotescos, una armona matemtica, que pudiramos llamar lgica de lo
absurdo. stos eran los amigos a los que, segn Baudelaire, iba a buscar
por el horrible camino en donde cantan las sirenas de la embriaguez.

Yo le brindo la idea de escribir acerca de Poe ocultista al espritu que
ms sabe de esto y de otras muchas cosas: a Mario Roso de Luna.

He conocido muchos poetas borrachos, que pudiramos llamar borrachos
romnticos. En su labor literaria no existe jams la terrible visin de
Poe, ni su armona matemtica. Fueron y son viciosos del alcohol, sin
que su vicio favorito influya en su obra. Poe es aparte. Sus borracheras
son fecundas, as como las de Paul Verlaine. Son lcidos, con una
maravillosa clarividencia, a travs de las brumas espesas de la
borrachera.

Musset bebi romnticamente para olvidar. No se poda ya embriagar de
amor ni de virtud y se embriag de ajenjo. Cuidad de estar siempre
ebrios, dijo Baudelaire. Beba el pobre Alfredo para llenar el vaco
de su vida frustrada sentimentalmente, pero nunca le debi nada al
alcohol; sus borracheras fueron obscuras, como el fondo de una sima, y
al cabo la llama azulenca le abras el cerebro y sufri el horrible
dolor de la impotencia en plena apoteosis de gloria y de juventud. Rubn
Daro tambin bebi para no sentir la vida demasiado dura en la carne
viva de su corazn de poeta.

        La vida es dura, amarga y pesa;
      ya no hay princesa que cantar!

Poe beba brbaramente, como si quisiera asesinar algo en si mismo.
Nuestro admirable y dulce poeta Manuel Paso tambin se suicid
abrasndose las entraas y el cerebro en un ocano siniestro de
aguardiente.

Baudelaire huyendo del burgus de Pars, Rubn asfixiado por la
estupidez del ambiente, Musset ahogando un dolor amoroso, son borrachos
corrientes y hasta vulgares. Poe y Verlaine, los clarividentes, me
interesan ms que todos, porque su rbita literaria estaba en el fondo
de esos extraos parasos violceos.

Beber, para olvidar un dolor o para ser valiente ante las luchas
cotidianas, me parece una pueril equivocacin. Hay que tener serenidad,
firmeza moral contra todas las celadas de la vida. El alcohol, el opio,
el haschid no crean nada; prestan al cerebro una energa de momento con
un rdito ruinoso. La inspiracin no est encerrada en una botella.

Yo creo esto firmemente; pero, cmo vamos a negar a algunos espritus
desventurados esa puerta de escape de una realidad abrumadora, estpida
y hostil? Una puerta que, como en Poe, acaso conduce a un plano
espiritual, perfectamente absurdo, donde viven esos seres misteriosos
que se ven en las alucinaciones, y que yo--teosficamente--sospecho que
tienen una completa, aunque invisible realidad.




_Un duelo romntico_


POR las frvolas y fugitivas crnicas de actualidad ha pasado como una
evocacin antaona la figura hidalga, pomposa y antigua del buen
soldado, caballero y poeta D. Juan de la Pezuela, conde de Cheste.

Era una silueta de otra edad. Como el famoso caballero Don lvaro, era
hijo de un virrey del Per, y al resurgir ahora, en nuestro siglo
mecnico y vulgar, nos ha parecido una figura pintoresca y gallarda de
un poema donde hubiese sonoros surtidores y pelucas rizadas.

Perteneci a una generacin literaria cuya voz escuchamos ya desde muy
lejos. Nosotros recordamos con un poco de estupor los preceptos
artsticos de D. Alberto Lista, a los cuales cise estrictamente, tal
vez slo por devocin personal al maestro, hasta en las postreras regias
salutaciones que traz su mano senil venerable.

Con Espronceda, Ros de Olano, Enrique Gil y Florentino Sanz asista al
cenculo del caf del Prncipe, amable lugar donde se forjaron algunas
de esas queridas narraciones que tanto nos han emocionado en nuestros
primeros devaneos sentimentales, cuando pasbamos horas enteras
devorando las pintorescas ediciones de Gaspar y Roig.

Y fu all, entre romnticas melenas y retricos madrigales, en la
exaltacin de la nueva escuela revolucionaria y las violentas
aspiraciones de libertad, expresadas en odas y octavas reales, donde el
bardo que elogi a la atormentadora Teresa tuvo el mal acierto de lanzar
sus sarcasmos byronianos contra la rigidez de escuela o las virtudes
militares del conde de Cheste.

En aquel mismo punto qued concertado el lance, como en aquel tiempo
galano en que los poetas hampones se batan por un soneto en las
encrucijadas del viejo Pars.

Caa la media noche cuando los combatientes se hallaban junto a la
puerta del cementerio de San Martn. El claro de luna encantaba
melanclicamente la fnebre decoracin. A la siniestra mano extendase
el bello jardn de los muertos, con sus anchas columnatas y sus calles
de nichos vacos. Quiz un ruiseor cantaba entre las ramas de un ciprs
religioso y sombro como una elega. De la honda paz de la tierra tal
vez surgan esos rumores vagos, misteriosos, inquietantes, que parecen
dilogos del ms all.

Ambos caballeros se despojaron de las largas capas y de los sombreros de
ala plana. El cronista se finge el rostro plido, demacrado de
Espronceda, con los ojos ardiendo en la fiebre de su constante delirio
sensual, iluminado por la luna. Tal vez llevara dentro su cerebro un
rayo luntico y visionario, quien pas por la tierra enamorado
lricamente de la plida Prometida.

Las hojas de acero brillaron y se cruzaron gallardamente. Breve fu la
lucha: Espronceda, cuya naturaleza estaba aniquilada por su vida de
vrtigo, cay en tierra herido de un sablazo.

Y as se di fin a este episodio raro, pintoresco y triste, que era bien
digno de la rima.

Esta vida serena, suave y rectilnea que acaba de extinguirse bajo la
pesadumbre de noventa y seis aos, nos da una emocin de vaga tristeza y
de simpata. Pensamos en esa figura noble y artstica como un retrato
antiguo, superviviente de todos sus contemporneos, haciendo sus
apacibles paseatas por las calles muertas de Segovia, la vieja, viviendo
una vida arcaica y cristalizada entre los muros grises de las rancias
mansiones infanzonas, con escudos de piedra y los palacios grises
eternamente cerrados. Pensamos en la inquietud ntima de ese espritu
que haba visto desaparecer tantas cosas y tantos amores, preguntarse al
amanecer de cada da: Ser hoy?, e inclinar la frente coronada de
plata y sentir el corazn turbado ante la evidencia del angustiador
misterio. Muchas veces, al pasar por el pardo casern de la calle de
Pizarro, donde habitaba los inviernos, hemos evocado su silueta entre la
grave penumbra de los viejos salones y le hemos imaginado trazando sobre
amplias cuartillas renglones cortos de musa ingenua y familiar, para
convocar a sus ntimas reuniones familiares, que eran como una evocacin
de los tiempos pretritos. Y al comenzar en estas lamentables tardes de
otoo a amarillear las hojas de los rboles para alfombrar despus las
calles solas de su pequeo jardn y la lmina verdosa de las fuentes
mudas, hemos pensado con pena que quiz el noble anciano no viera en la
cada de las hojas slo la aproximacin del invierno.

Algunos crticos opinan que su labor literaria no ha sido muy completa.
Lo ms interesante ha sido su vida, una de esas vidas antiguas y
fecundas de soldado leal y valeroso, caballero de clsica hidalgua
espaola, erudito y poeta como aquellos capitanes de la Conquista, que
de da vivan en poema pico, y en el encanto de las noches tropicales
rimaban las nostalgias de la patria o ardientes serventesios a los ojos
de las limeas.

Era una figura de otra edad. Una silueta de aquel buen tiempo de las
melenas romnticas, en que los poetas constituan la verdadera y lgica
aristocracia; aquel buen tiempo en que haba duelos pintorescos junto a
las tapias de los camposantos por la belleza de un soneto, en que el
romanticismo era como un vino generoso y locuaz que haca soar a todas
las cabezas aun en un ambiente tan antiesttico como el de la poltica.

Aquel buen tiempo de los poetas, porque se estimaba que cantar es la ms
bella expresin del alma humana.




_Las manos de Elena_


UN pintor bohemio ruga en una noche memorable, mientras el fro se
colaba entre sus andrajos y el hambre bailaba en su cabeza descoyuntada
danzas absurdas.

--Debiramos desenterrar y quemar los restos de Murger.

Era una noche sagrada y familiar. Hasta los ms humildes tenan en aquel
momento un poco de fuego y de cario. De los interiores iluminados
salan hlitos suaves de serena felicidad, y en el aire flotaban, como
surgidas del fondo de los tiempos antaones, las melodas ingenuas de
los villancicos pascuales.

Por las calles, algunos perros vagabundos y nosotros.

Y es que nuestra bohemia ha sido un negro camino de soledad y de
pobreza. No han florecido en nuestros episodios las risas de Museta ni
las lgrimas de Mim, ni nuestra madre la Locura nos ha prestado su
corona de cascabeles.

Slo una bella y triste sombra, fugitiva y perfumada como la juventud
que huye, ha puesto algunos besos y algunas risas en nuestras noches
trashumantes y sin asilo.

Tena un nombre poemtico, clebre en los anales del amor. Elena era su
bello nombre. Era alta, rtmica, flexible... En sus ojos garzos, hondos,
de un hechizo inquietante, dorman las visiones de su vida encanallada,
siempre unnimes y vergonzosas. Sus manos finas, transparentes y
monjiles, que parecan hechas para tejerse en los xtasis y para
filigranar ofrendas de vrgenes y capas pluviales; sus manos, finas y
transparentes, eran doctas en los secretos del amor mundano.

Cuando yo la conoc, tena la desolada belleza de las ruinas. Su carne,
de azulinas transparencias, tena la melanclica palidez de los
tsicos, y haca pensar, con pena, en la llegada de esos das grises en
que caen las hojas de los rboles. Tena un aroma vago y casi religioso:
ola a cera y a flores de mortaja.

Inici un fugitivo arpegio sentimental en el cordaje de nuestros
nervios, en constante hiperestesia por el arte y por la vida. Todos la
amamos con una dulce piedad, sin violencias y sin delirios, con un
deleite que tena algo de romanticismo, de rara emocin artstica.
Amamos su belleza agonizante, con la intensidad de tristeza que sentimos
en los adioses para siempre. Haba en ella un misterioso encanto de
ultratumba.

Un msico poeta elogi en unos versos juveniles su pobre risa, su risa
extraa e inconsciente, _la loca risa de Elena_. Y ella, encantada con
la ofrenda lrica y galante, rea siempre que llegbamos a su lado;
soltaba la cascada de su risa metlica, vibradora, epilptica, cuyas
ltimas perlas parecan sollozos estrangulados.

Su fisonoma moral pareca cristalizada y sin jugosidad ninguna. Tal vez
la pobre profesional del amor no haba sentido nunca esa embriaguez
suprema, el amor sentimental que es la _mayor conquista de la
civilizacin_, como dice Sthendal, y por lo nico que vale la pena de
vivir, a pesar del espantoso Schopenhauer.

Nosotros le hablbamos alegremente de las cosas triunfantes de la vida,
cosas armoniosas entre s: de locuras de juventud, de fragancia de
primavera, de alegres cenas, de paseos campestres bajo la inmortalidad
del sol, de los vveres honrados, fecundos y serenos como mansas
corrientes. Y de besos.

Hubiera sido poco piadoso recordarle los melanclicos acabamientos que
nos rodean y que espejan la muerte en cada cosa que miramos. Jams la
hablamos de las despedidas, de las naves que parten y de los corazones
ausentes, de las ltimas notas de las melodas. Y sobre todo, de ese
terrible fantasma del otoo.

Su vida haba sido un amargo y desbordado rodar hacia abajo, como todas
las vidas y todas las cosas, hacia las negras aguas del misterio.

Y aconteci que la misma noche que un peridico publicaba el elogio
rimado de su risa, una de esas sombras que cantan canciones lgubres y
corrompidas en la alta noche, me di la nueva amarga.

--La pobre ha muerto hoy en el hospital!

Entonces me asalt el triste y tardo deseo de poseer algn recuerdo
suyo, un bucle, un lazo que conservase su melanclica fragancia
peculiar. Lo hubiera guardado con la misma uncin amorosa y sagrada con
que Rodolfo besaba el gorrito blanco de Mim.

Porque la pobre muerta era un jirn de mi juventud que se iba para
siempre.

Al vagar toda la noche en el alma desconocida e inquietadora de la
ciudad, evoqu, dolorido, sus manos marfileas y monjiles, sus manos
celestes e impuras, divinamente tristes y cruzadas en el fondo de uno de
esos pardos y siniestros atades de hospital que conservan hedores de
otros cadveres, y pens, estremecindome hasta los huesos, que en
aquella primera noche de la tierra ya el gusano conquistador surgira de
la podre de aquellas manos muertas, que bes tantas veces y por las que
haba sentido una rara pasin inmaterial.

Extravagantes imaginaciones, honda y taladrante recordacin del fin, que
obligan a la pobre carne aterrorizada, y al nimo conturbado, a
refugiarse en la idealidad consoladora de un misticismo.

Mi espritu siente una inmensa ansia de infinito, que fracasa en las
cotidianas banalidades; cuntas veces, al amanecer de noches de
tempestad de alma, en que he hallado vacos y menguados todos los iconos
de la vida, me he arrojado a los pies ungidos de los Cristos en demanda
de una emocin de eternidad.

El recuerdo de Elena suele inquietarme frecuentemente, y la veo, en la
transparencia de la evocacin, con el hechizo de sus ojos garzos y de su
cabellera magdalnica.

Y en el ritornello de la vida pasada surge un episodio canallesco: la
memoria punzante y angustiosa de una noche en que uno de estos
pintorescos rufianes madrileos golpe brutalmente el pecho hundido y
flcido de la desventurada.

Ella ahog su tribulacin en el monstruoso refugio del aguardiente.

Escenas de la mala vida, recuerdos de las horas bohemias, negras y
desoladas, en que el hambre era absurdo funmbulo en nuestras cabezas y
lobo en nuestras entraas. Las tengo cario, porque al cabo han sido ser
de mi ser.

Pero pienso como mi amigo pintor, que Murger ha envenenado nuestra
juventud y nos ha hundido en la pobreza y en la soledad con el hechizo
de sus mgicas narraciones.

Debemos desenterrar y quemar los restos de Murger.




_Siles y su carrik_


SILES era filsofo, poeta y cronista. Muri ciego y pobre en el horror
sin nombre de un hospital, y su manera de morir fu el obligado eplogo
de su vida loca, imprevisora, de titiritero de la literatura.

Siles no era un escritor extraordinario, pero pocos hombres tenan ms
jugoso temperamento ni ms riqueza de ilusin que este pobre cantor
errabundo que ha cado para siempre, sin dinero y sin gloria, y al que
las gacetas slo han dedicado un pequeo lingote de prosa vulgar.

El entusiasmo fu su gran energa, lo mismo en la miseria desolada, sin
ms fortuna que su absurdo chaquet que en las horas efmeras de
prosperidad. Siempre hablaba a gritos, de literatura, de teosofa,
aquel buen hombre franco, bebedor y mujeriego--todo lo que fuese
desbordamiento de emocin y de romanticismo--que, a pesar de su cabello
cano, tena en los ojos tan riente derroche de juventud.

Y un buen da muri un to de Siles dejndole toda su fortuna. Fu uno
de esos tos maravillosos, imprevistos y ricos que tienen la bondad de
morirse a tiempo y que apenas tienen realidad, como si slo fuesen
imaginados para desenlazar las malas comedias. Cay sobre el bohemio un
portentoso aluvin de miles de duros, y el chaquet fu sustituido por un
carrik. Este fu el nico cambio ostensible en su vida.

Qu extraas armonas existiran entre el alma de Siles y su _carrick_?
Por qu este hombre, en vez de adquirir otro ms adecuado indumento, se
envolvi en aquella prenda grotesca de grandes cuadros negros sobre
fondo amarillo?

Luego de esta valiosa adquisicin, Siles se encerr en una torre de
marfil, que alquil por doce duros en una calle de Chamber, y la media
tostada fu sustituida por alimentos ms respetables que redondearon la
bveda del vientre y lustraron su cara flcida y exange.

En breve espacio, uno tras otro, lanz al pblico veinticuatro libros.
Toda la esencia de su vivir lamentable, todos los sueos de su cabeza
visionaria. Pero la gente no compr sus libros. En inmensas pilas de
papel se amontonaban en casa del librero Pueyo, el editor romntico de
la pica nariz. Tambin ha muerto el pobre librero sentimental, y puede
que sigan ambos devanando en el espacio sus dilogos pintorescos. Pueyo
era una gran figura en la andante literatura de esta poca: l fu el
nico que crey en Siles, el que en los cafs solitarios nos haca leer
nuestros versos, despus de escuchar un aria de _Marina_ o el raconto de
_Lohengrin_. Entonces se conmova mucho y confesaba que l tambin haba
escrito versos en su juventud.

Cuando Siles ech fuera de s su carga mental, torn a pasearse por los
cafs, por las tabernas, envuelto en su pintoresco _carrick_.

Al cabo de unos aos se quebr el cristal encantado de la leyenda, y
volvieron los das de penuria y la srdida pobreza ululaba a la puerta
de su hostal. En los ltimos tiempos se arrastraba por los tugurios
tocado con un sombrero gris y desvencijado, con la pipa humeante,
abatida sobre las barbas canas y enmaraadas, y en los ojos ciegos un
gran deslumbramiento de ilusin.

Su _carrick_ destrozado era la rota bandera de los das suntuosos y
efmeros, e inspiraba la desolacin de una grandeza en ruinas.

Pero siempre que le encontrbamos nos saludaba optimista y sonriente,
con un gesto de clsico caballero espaol.

--Vaya usted a mi casa cuando guste. Vivo en un hotelito en el campo.
Hay all una gran paz que invita a escribir!

Y el msero viva en una choza solitaria, perdida en un barranco de las
afueras de Madrid.

Por su obsesin de escribir renunci a todo y sacrific los cincuenta
aos de su vida. Todos sus artculos, sus versos, sus libros, no le
produjeron una sola peseta, ni pusieron una sola hoja de laurel sobre su
atad pardo y siniestro de hospital. A veces el arte es demasiado cruel;
deidad y vampiresa exige hasta la ltima gota de sangre de sus pobres
ilusos.

As caen destrozados entre la indiferencia los bravos paladines de la
bohemia. Su fiera independencia espiritual, su altivo individualismo es
la causa del doliente remate de esas vidas. Carecen de habilidad, de
condiciones de mercader para administrar su talento. Producen bien o
mal, por el gusto de hacer algo bello, por el anhelo de su alma de
derramar lo que llevan dentro. Y mientras ellos cantan, las hormiguitas
hacen su granero.

Siles ha muerto de una manera trgica; hallaron su cuerpo cado en medio
de una carretera, de noche, como un montn andrajoso, y en un carro,
como un fardo intil, ni saber quin era, le llevaron al hospital.

Sirva la angustia sincera de mi corazn como plegaria por este cofrade,
que ya no volver a recitarme sus sonetos en la alta noche, cuando ambos
ambulbamos por las calles como dos sombras de un mundo absurdo de
sueos de arte y de dolorosas tragicomedias.




_Glosario pintoresco_


POCOS escritores se alegrarn como yo de los faustos sucesos que le
acaezcan al poeta Villaespesa. He ledo que, como dramaturgo, est
haciendo un paseo triunfal por Amrica. Esto me agrada, porque lo
considero como el triunfo colectivo de un gnero, de una poca y de una
pintoresca familia literaria.

Est muy bien y es muy justo. Lo que me parece es que ha tardado
demasiado en llegar. Un poco antes, y se hubieran evitado muchos cafs
con tostada, que es el rgimen ms absurdo de alimentacin.

Villaespesa es de los poetas que han comido peor; como veis, esto es el
colmo de la redundancia. Pero l ha probado bravamente que se pueden
escribir versos admirables y soar con princesas, alimentando la miseria
corporal con queso manchego y chocolate con churros.

Ha pasado por la vida misrrima sin enterarse, con los ojos vendados por
un jirn azul de ideal. Esta divina inconsciencia le ha librado de
comprender que los camastros de la Posada del Peine son ms propios para
cenobitas, que gustan de atormentar el cuerpo, que para gente voluptuosa
que guste de dormir a pierna suelta.

Tampoco aquel su suntuoso _alzacuellos de obispo_ era el ltimo alarido
del dandysmo ni de la comodidad. Pero de todas las menguas le salvaba su
imaginacin.

Un da de opulencia se encontr con Julio Camba. Villaespesa tena un
aire de gran seor, llevaba bajo el brazo un formidable envoltorio.

--Acabo de cobrar un libro y... me he comprado doce mudas.

--Hombre, me alegro mucho--exclam Camba--; tengo una cita galante con
una bailarina, con la...--y pronunci uno de esos nombres radiantes,
cascabeleros, armados de voluptuosidad, que, desde los carteles
teatrales, hacen latir violentamente a los corazones de veinte aos--.
Estaba muy triste, porque no poda ir por el estado ruinoso de mi
_deshabill_. Pero t has venido a salvarme. Me dars unos calzones.

--La cosa es que, vers... calzones no he comprado ninguno.

--Me contrara mucho; pero, en fin, me dars dos camisetas.

--Tampoco, porque yo creo que la camiseta es una prenda superflua, y no
he comprado ninguna.

--Bueno, hombre. Al menos, me dars una camisa!

--Chico, la verdad, no puedo darte una camisa... entera.

--Eh?

Villaespesa desenvolvi su lo. Las doce mudas se reducan a doce
camisolines, o sea doce cuellos y doce pecheras. Oh, prodigios de la
fantasa!

La hermosa bailarina esper en vano aquella noche a Julio Camba.

Su labor teatral en Amrica le dar dinero y gloria. Emplear el magn
en forjar versos y situaciones dramticas en lugar de asaltar editores y
prestamistas. Porque con este honorable gremio, Villaespesa ha sido un
guila. Una vez empe una calavera, asegurando que volvera a sacarla,
porque era un recuerdo de familia.

Estos episodios pertenecen a la poca heroica de mi generacin
literaria. Cuando Camba era anarquista y sufri un proceso por injurias
a San Judas Tadeo; cuando un poeta dorma en el ascensor de un prcer
tonto y tacao, que era to del vate sin albergue; cuando Barriobero nos
invitaba a comer las paellas que l mismo condimentaba y llamaba a los
horteras _pinocentauros_, o sea cuerpo de hombre y las patas de madera,
el mostrador. Cuando Pueyo nos llevaba a los cafs con msica y,
emocionado por las arias de _Marina_ o de _La Bohme_, nos confesaba que
l tambin haba escrito versos en la juventud... Cuando vendamos
todos los libros y empebamos todas las prendas--oh, aquella levita
suntuosa de Bargiela!--, y Antonio Machado, el gran poeta, al recibir un
libro nuevo, exclamaba corriendo al tenducho del librero de viejo:

--_Sol de la tarde._ Muy bien! Caf de la noche!




_Elega de un hombre inverosmil_


CONOCIS algo ms triste, ms desvencijado, ms fracasado que un
traductor? Es la forma ms lamentable del desastre literario. Pues
Forondo era el traductor calamitoso, por antonomasia, entre todos sus
traspillados cofrades. Forondo tocaba el violn; pero, segn se deca,
le expulsaban de todos los cafs porque al comenzar a tocar su violn se
cortaba la leche. Y esto perjudicaba mucho al crdito de estos
establecimientos. Posea una bonita voz de canario flauta; pero no poda
ser aplicable en los coliseos mas que entre el coro de seoras, y
Forondo tena una espesa barba multicolor que le impeda interpolarse
entre canoras hijas de Tala. Algunas maanas cantaba los motetes en
algn templo, y por las noches acuda a un mitin societario, porque
Forondo era un hombre terrible, enemigo personal del Papa. Forondo era
el autor de esta frase demoledora: De tejas arriba no hay ms que
metafsica y gatos.

Nuestro amigo vino a Madrid a ser poeta lrico. Escribi un soneto y se
dedic al caf con media con verdadera intrepidez. Envi su soneto a
todas las revistas y le fu devuelto, porque haba mucho original en
cartera. Un peridico no se le admiti porque su soneto era demasiado
corto. Entonces escribi un poema en ciento catorce octavillas
italianas, titulado Dios; pero tampoco se public, porque el director
_opin_ que Dios no era asunto de actualidad. Forondo careca del
sentido de la ponderacin. Lo quiso ser todo y al fin no fu nada; esto
es: fin siendo traductor. Elaboraba a brazo sus traducciones. El pobre
pequeo nio sac su muestrecita. Eran once horas sonadas, o bien: El
desconocido llevaba un pantaln corto y una capa del mismo color.
Estas son unas donosas pruebas de su estilo de traductor.

Jams tuvo ideas propias ni se compr un traje nuevo. Por dentro y por
fuera iba siempre adornado con prendas que le estaban anchas. Cuando yo
le conoc, Forondo venda perros en la acera del Suizo. l me vendi un
lindo ratonero muy inteligente, que mordi al seor D. Pedro Luis del
Glvez, suceso que repitieron las gacetas. Mi ratonero tuvo razn. Era
un perro consciente, como los ciudadanos de cualquier Comit de barrio.

Forondo dorma en casa de Han de Islandia, un espantable hospedero de la
calle de la Madera. El joven montaraz y notable poeta Javier Bveda le
conoci all. Por cierto que se asust mucho; moribundo de tuberculosis,
con sus barbas rojas, negras, amarillas, y en calzoncillos, no era
precisamente una Venus saliendo de las olas. Saliendo de entre las
sbanas equvocas de su camastro, al fulgor luminoso del candiln,
moribundo, famlico y derrotado, era ms bien la alegora espeluznante
de la bohemia matritense. La historia de Forondo es una novela ejemplar
para aviso de los jvenes portaliras que suean en su rincn provinciano
con esa musa trgica de Verlaine, de Manuel Paso y de Alejandro Sawa,
estos grandes mrtires de la religin de la literatura.

Era el amante ideal de la Cari-Harta y dems princesas de la gallofa.
Cuando no tuvo perros que vender se dedic de lleno a la traduccin.
Trabajaba quince horas diarias, luchando con la doble dificultad de que
si bien no conoca el francs tampoco dominaba el castellano. Esta es la
especialidad de casi todos los traductores. Y ello es natural y
corresponde a la generosidad de los editores.

Hace pocas noches Forondo lleg al cafetn donde se reuna con otros
pigres. Estaba ms enfermo, ms plido, ms roto que nunca.

--Vengo a despedirme de vosotros. Traigo media en las agujas...

Todos celebraron el smil taurmaco y le ofrecieron un _caf con media
de honor_. Despus Forondo se march... se march a la fosa comn.

Hambres, fros, humillaciones. Acoso de hospederos, de mozos de caf,
alguna picarda peligrosa para extraer un poquito de calderilla. Y el
desdn de los poderosos, de los burgueses; la soledad y el dolor. Vale
la pena afrontar todas estas tremendas larvas de la desgracia por haber
hecho un soneto corto, segn la opinin de un director de revista? El
vicio de la literatura resulta demasiado caro.

Forondo se ha muerto. Yo le estimaba; estaba siempre triste, estaba
siempre fracasado. Me inspiraba el afecto de la desventura. Pero algo
queda sobre mi conciencia como un peso muy grave. Forondo me confes que
haba seguido el camino de las letras y haba cado en la Puerta del
Sol, encantado por la lectura de mis narraciones de la bohemia
pintoresca.

De todos modos, yo no tengo la culpa de que me hubiera ledo mal. La
bohemia es triste, desastrosa, absurda. Y ms an cuando no se tiene
talento ni temperamento literario. No s qu hechizo tendr esa musa
trgica del arroyo, que seguramente maana volver a verme Forondo
redivivo dicindome:

--Ver usted, yo he venido a Madrid a luchar con la gloria. Le voy a
leer un soneto.

Y me leer otro soneto corto, y despus a dar saltos mortales para
conquistar el camastro de esos hostales de la bohemia, figones de
Satans con manjares embrujados, que slo se pueden ingerir cuando se
poseen las hambres de doscientos poetas juntos.




_Nuestro amigo el alquimista_


NUESTRO amigo Aclayar es alquimista. No posee un laboratorio misterioso
con retortas, ni usa tnica ni caperuza, como los nigromantes remotos.
La alquimia se ha modernizado. Ya no quiere fabricar el oro; ms
modesta, se conforma con elaborar pesetas sevillanas, precioso metal en
este reino de la calderilla. En lugar de arrojar materias qumicas al
hornillo infernal, hace nmeros en una tarjeta, invocando a Butatar, que
es la deidad del clculo.

Nuestro amigo ha escrito un libro para ganar _infaliblemente_ a los
juegos de azar. Nosotros le decimos que todo martingala se reduce a una
combinacin para perder con mtodo. El alquimista sonre:--El azar no
es una cosa diablica. El ingenio humano puede vencer a esa diosa
meretriz que se llama la Fortuna.

El alquimista tiene una llamita de ilusin en sus ojos, rojos de tejer y
destejer las cifras: siniestra tela de Penlope que ha servido de
sudario a tantos soadores del nmero. Las matemticas tienen tanta
poesa como un bello soneto. Aclayar es un poeta del clculo de
probabilidades, un estoico de la ruleta y de sus malas artes de hembra
caprichosa, un apstol del martingala.

Ahora que se alzan en Espaa incontables capillas del Azar, no me
negaris que mi alquimista es un personaje de actualidad. l cree poseer
el secreto para hacer oro, y este rico metal piensa extraerlo de la
rueda diablica, y como testimonio, ha escrito un curioso volumen. Yo
prefiero esta lectura a otro volumen de rimas, chirles o a una novelita
de _Biblioteca Patria_. Tiene ciertamente, ms poesa y ms palpitacin
espiritual, aunque nuestro alquimista se equivoque, lo mismo que
fracasaron sus predecesores en la busca del oro.

Un hombre de pasiones y de imaginacin no puede resignarse con la
pobreza o con un pasar rampln y cotidiano. Hay que ahuyentar al lvido
y desarrapado espectro de la necesidad. Hay que buscar la llave mgica
que abre los tesoros de la vida: la espada bruja que decapite al dragn
de la miseria. Y este talismn impreciado es el oro.

Un hombre pasional e imaginativo ama a las bellas mujeres, los viajes
por las tierras fabulosas y lejanas, las obras de arte, los libros
inmortales. Y suea con conquistar el oro, que es la palabra misteriosa
que abre todos los parasos y da la serenidad de espritu necesaria para
la contemplacin de lo bello. La pobreza amarga el amor, el arte no es
buen camarada de la necesidad, a pesar de que se dice que el hambre
aguza el ingenio.

Adems, nuestro alquimista suea con obtener ganancias fabulosas que le
permitan suprimir, en torno suyo, el dolor social.

Comprende que el dinero, en los contratos humanos, es el espritu del
mal. Un filntropo rico e inteligente como l sera un nivelador.
Repartira los billetes de los grandes casinos entre los pobres, los
fracasados, los parias de la injusticia de esta sociedad farisea y
anticristiana. Este ideal altruista merece nuestros plcemes. El dinero
del juego est amasado con dolor, con sangre, con toda la turbia gama
del delito. El alquimista lo trocara en alegra, esperanza,
tranquilidad. Arruinara a todos los empresarios de juego, eso s; pero
el fin justifica los medios, segn nos han enseado los nietos de
Loyola.

Nuestro amigo sabe que la Fortuna prefiere a los toreros, a los navieros
contrabandistas, a los _profiteurs_, buitres de la carnaza europea. l
es intelectual, es un poco soador y desdea estos menesteres
antiestticos. Tiene alma de luchador y prefiere luchar con el monstruo
del azar. Es ms noble y ms heroico. Como buen filsofo, sabe que es lo
mismo combatir en las encrucijadas de la vida que contra el capricho de
la bolita saltarina, que puede ser la dicha o el desastre para tantos
espritus ilusionados. La vida no es ms que una ruleta mucho ms
grande, cuya bolita--fortuna o fracaso--rueda invisiblemente en torno
nuestro. El alquimista aspira a ser un superhombre que domine las
fuerzas ciegas o, al menos, que las sujete entre las reglas de un
martingala, basado razonablemente en el clculo de probabilidades.

Yo creo que su libro no les ser til a los lectores. En los lances del
azar, como en la vida, cada uno es vctima de su temperamento. El que se
arruina en el juego, es por un torbellino de locura que hay en su alma;
le pasara igual con una querida vampiro, con la poltica o con los
negocios. Adems del invisible factor de la suerte personal, es que
tiene la voluntad enferma. Para vencer a los duendes del azar hay que
tener un espritu fuerte y sereno, como para dirigir multitudes. La
voluntad y el ingenio pueden vencer a la mala suerte.

El libro lo vende el editor Pueyo. Pero conste que no es _rclame_. No
tengo el menor inters por ste ni por el otro editor. El librero,
comerciante del cerebro ajeno, realiza el milagro de comer de los libros
sin saber leer. Sentimos hacia el hermano librero la mayor
desconsideracin, y lo decimos de esta manera franciscana, como
pudiramos decir el hermano lobo o el hermano buitre. El librero es el
enemigo del escritor. Debera inventarse un violento insecticida para la
destruccin del librero.




_El galn de los "ouistitis"_


AQUEL rincn de caf era como un muestrario de personajes absurdos.
Poetas, pintores, _apaches_, inventores... En los cristales amarillentos
se reflejaban las chalinas y las pipas, y, a veces, como una aparicin
de balada germana, la linda cabecita de paje rubio de Betina Jacometi,
una genial pintora holandesa, a quien la polica meti en la crcel sin
ms razn que la de fumar cigarrillos por las calles y ser muy extraa.
Esto, que es una cualidad de aristocracia, llev a la pobre Betina a la
prisin, de donde sali tuberculosa. Esta mujer artista, de espritu
extraordinario, dice que todo en Espaa es _idioto_, menos los amigos
del caf silencioso. Realmente, con bastante dificultad se podra
hallar un cenculo ms pintoresco y ms multiforme.

El amigo Montalbn, arquelogo y cazador de leones, nos hablaba de sus
exploraciones en la India; Pealba, el _Tartarn de la cuarta plana_,
nos deca sus sueos de publicidad, a la americana, mientras tomaba caf
con media; el poeta Alberto Valero se dedicaba a cantar la romanza de
_Roberto, el diablo_, con unas burguesitas sentimentales de la mesa
contigua. Betina fumaba, fumaba, con los ojos azules e ingenuos, en un
xtasis de arte. Qu pensara aquella linda cabeza de paje provenzal,
tan exquisita, tan femenina y al par tan rebelde y tan misteriosa?
Despus, llegaba _Fantomas, el rey de los ladrones_. Nosotros no le
tomamos nunca completamente en serio. Nos pareca un folletn ambulante.
Bien vestido, rasurado a la inglesa, con un acento tambin ingls
(deslucido por su dejo cataln primitivo) y su monculo, un bastn con
correa y una gabardina, _Fantomas_ era un espectculo.

--Mozo!: _Whisky and soda..._ _Miri_, mejor es que me traiga un _five
o'clock tea_.

Generalmente ya era noche bien cerrada... Pero _Fantomas_ era un hombre
_chic_, un Brummel de la Barceloneta, y los pobres poetillas no nos
atrevamos a contradecirle en asuntos de elegancia y de buen tono. Oh,
l haba operado en los grandes hoteles mundiales!

De todos modos, _Fantomas_ era un tipo interesante. Tena ojos de gato y
dientes agudos de animal de presa. Era en aquellos das en que las
autoridades le vigilaban celosamente--los periodistas hemos fabricado el
tpico de que los policas son muy celosos--. Le haban hallado una
calavera y un pijama negro! Esto indicaba que se trataba de un _apache_
peligroso, de un terrible _souris_ de hotel. _Fantomas_ se pavoneaba en
la apoteosis de su gloria y fumaba cigarrillos turcos como una cocota.
Realmente tena un alma enferma de cocota en un cuerpo delirante de
histerismo. Era un _hombre marioneta_, producto patolgico de la vida
artificial que empieza en una cena montmartresa del Palace y termina
con una borrachera de ter en un burdel elegante. Valses vieneses,
rameras viejas, pintadas y bien vestidas; artificio, morfina, pases de
_bacarrat_... Todo esto formaba la careta de _Fantomas_ la veladura de
su fisonoma espiritual. En el fondo, yo creo que se trataba de un buen
chico que tena unos furiosos deseos de _epatar_ y cogi un mal camino:
el del hotel de la Moncloa. Pero l hubiera llegado a la escalerilla del
patbulo con tal de que la gente le creyese un hombre terrible. Era un
enamorado de lo extraordinario, de lo singular, un sugestionado por los
libros de andanzas policacas. Aqu no se conoce bien su _tipo modelo_.
l mismo se encarg de descubrrmelo. Hace dos meses recib un libro
desde Lisboa. Me lo enviaba un remitente misterioso, sin una carta, sin
una tarjeta. Se titulaba _La dame aux ouistitis. Memoires d'un souris
d'htel._

--Esto es de _Fantomas_--exclam.

Efectivamente, el protagonista de _Claudio Lefaure_ es un ladrn de
hoteles que se llama Fabricio Levrot. _Fantomas_ suea con emular la
vida azarosa y fantstica de este personaje. Es el galn de los
_ouistitis_.

Como todo hombre vanidoso, _Fantomas_ se cree irresistible con las
damas. Pone los ojos velados y coquetones, adopta un gesto de elegante
fatiga y hace algunas conquistas entre las camareras, las cocotas del
Palace y alguna gentil desequilibrada que, tambin enamorada de lo
extraordinario, de lo detonante, le entrega sus encantos y sus alhajas.

Realmente _Fantomas_ es el rey de los ladrones? Oyndole a l hay que
creer que s. Una bella noche de luna pasebamos por las calles,
fragantes de primavera. _Fantomas_ exhal un sollozo romntico:

--Qu noche tan hermosa para robar!

Lo del _maillot_ y el gorro con borla es una invencin de la fantasa
folletinesca de la polica.

--Yo no robo en traje de etiqueta y zapato de charol. Estoy de antemano
una hora encerrado en mi habitacin, completamente a obscuras, hasta
que mis ojos ven perfectamente en la sombra. Mientras introduzco el
_ouistitis_ en la cerradura, estudio la respiracin del durmiente. Es
una emocin tan exquisita!...

Otro da, en el camerino de una cupletista, peda a gritos--con rotos
gritos de epilptico--una jofaina de agua perfumada, porque quera morir
abrindome una vena. Esta dulce muerte romana la acababa de aprender en
_Quovadis?_, pelcula de gran metraje que se estaba proyectando en un
teatro. Quera ser Petronio, quera ser Fabricio Levrot, el gran
_cambrioleur_, y hubiera querido ser el ltimo personaje singular de la
ltima lectura. Este espritu impresionable paga caro su _diletanttismo_
morboso, haciendo lamentables estancias en las crceles de Europa. Ama
el lujo como una cortesana y roba por amor al lujo y por amor a lo raro
y a lo escalofriante, y por ese capricho de lo singular se enterr en un
fretro de cristal, en el Palace, vestido de faquir, como aquel Paps de
la larga perilla.

Lo malo es que la vida no se desenlaza tan a gusto como en los
folletines. La vida galante, de perfumes, de joyas, de elegantes y
afrodisacos venenos, de _bacarrat_, de msica frvola y ureo tintinear
de relucientes luises, tiene este amargo contraste del calabozo y del
buriel del presidiario. El grillete disipa los sueos absurdos de
morfina. Esta figura desquiciada y pintoresca confieso que me es
simptica y que la vera con gusto otra vez en el rincn del caf de
artistas. Pero _Fantomas_ es el hombre nube, el hombre pjaro, que no
vuelve a posarse en el mismo sitio. No me extraara recibir una carta
suya dicindome que se ha hecho mago del Tbet o que est dirigiendo una
academia de baile flamenco entre los pieles rojas. Cualquier cosa que
sea arbitraria y extravagante. Lleva en el alma un viento de locura y de
aventuras este pintoresco enfermo de lo maravilloso.




_Sindulfo, arquelogo y cazador de alimaas_


HA venido a verme el seor Sindulfo del Arco, arquelogo y cazador de
jirafas. Como comprenderis es un personaje inquietador. Yo le conoc
este verano en una juerga en la Bombilla, porque Sindulfo es un
arquelogo flamenco.

Desea que yo llame la atencin de las Academias acerca de la calavera de
Atahualpa, el inca infeliz que Sindulfo ha descubierto y cuya
autenticidad prueba en un volumen de quinientos folios. Lo que creo es
que intenta vender en buen precio la ilustre osamenta, y esta
adquisicin me parece inestimable para la coleccin del Museo
Arqueolgico. Un hallazgo tan importante hara la felicidad de
cualquier docta Corporacin.

Sindulfo es un sabio y un valeroso cazador de jirafas, y, aunque parezca
raro, es dulcemente enamoradizo. Como todos los hombres extraordinarios,
anda por el mundo caballero en una nube, y se le antoja ver ngeles
domsticos en cada dama andariega y aficionada al acre aroma de varn.

--Mi querida Isabel, usted es la mujer que yo he soado para formar un
hogar...

Como veis, Sindulfo es un doncel romntico, digno de ser cantado por
Walter Scott.

Y lo melanclico es que dice estas inflamadas palabras cuando ya tiene
muchos hilos blancos en las barbas profticas.

Este hombre extrao ha recorrido el mundo a pie y cuenta las cosas ms
desconcertantes.

--Yo he comido carne de indio guarany; es muy dulzona... Estaba perdido
en un bosque del Chaco central. Otra vez, los indgenas me condenaron a
muerte y me salv a lomos de un jaguar. As llegu a una tribu de
indios pirios, que me creyeron un ser sobrenatural. Hicieron fiestas en
mi honor y me regalaron una doncella joven para mi holgorio; se llamaba
Atarbelia, morenita ella, bien formada. Luego la quemaron viva para que
no tuviese descendencia de blanco. Es una costumbre.

Yo no s si Sindulfo dice la verdad o si es folletn ambulante. Tengo
motivos para creer que la imaginacin es su facultad predominante. Un
da que dbamos un paseo por la Moncloa se nos acab el tabaco. Era
otoo. Sindulfo cogi un puado de hojas secas de chopo, las estruj y
las meti en su pipa. Despus dej errar su mirada por las lejanas de
El Pardo, aorando sin duda los bosques vrgenes del Arauco. De pronto
se detuvo y exclam:

--Verdaderamente, el mejor tabaco para la pipa es este tabaco turco.
Tiene un aroma muy delicado.

--Sindulfo, por Dios, que son hojas de chopo! No recuerda que las
hemos cogido cerca del cao gordo?

--Usted est soando, amigo mo. Esto que fumamos es tabaco turco.
Compr yo diez kilos en Constantinopla hace dos meses. Por cierto que
aquella noche el Bsforo pareca un espejo. La luna rielaba sobre su
superficie, y a lo lejos...

Sus ojos se entornaron y el nima se fu en pos de aquel recuerdo otomn
que l acababa de crear... Yo respet su ensimismamiento y pens que con
esta fantasa Sindulfo era feliz.

Presenta certificados de los sitios por donde ha pasado. Realmente ha
recorrido el mundo; pero ha viajado sin enterarse de lo que suceda ante
sus ojos, como hundido en si mismo, mirando hacia adentro, inventando
paisajes, personas y episodios, sin tomarse el trabajo de mirar lo que
le rodeaba. Lo mismo hubiese sido que no se moviese de la cama durante
diez aos.

--Otra vez, en frica, me encontr a un cazador que llevaba sobre su
camello un magnfico len muerto.

--No diga usted ms--le ataj, sonriendo--. Era el gran Tartarn de
Tarascn.

--Fuimos muy amigos. Juntos cazamos jirafas, caimanes... Y figrese que
cierta noche...

--_En medio del desierto de Sahara..._--interrump--. Naturalmente,
amigo Sindulfo. Usted es un grande hombre. Yo exigir que las Academias
le compren su calavera de Atahualpa y nos gastaremos los cuartos en la
Bombilla, con aquellas dos chulonas modistillas que a usted le parecern
dos sacerdotisas de Vesta.

Porque, como dije al principio, Sindulfo gusta de los gachones deliquios
del baile. Yo le he visto marcarse un _schotis_, cosa que es compatible
con la arqueologa y con Atahualpa, mientras cantaba, con una voz
cavernosa que pareca la del propio inca difunto, este estribillo
flbil:

        Con mi muequita
      sobre el corazn,
      esta hora tan dulce
      me embriaga de amor.

Ahora voy a responder a una pregunta que est en la mente de los
lectores. S, seor, el amigo Sindulfo existe, y no dir que es de carne
y hueso, porque ms bien parece de nube. Va todos los das a verme al
caf, y espero que dentro de poco ser acadmico de la Historia. No
olvidis que ha descubierto la calavera de Atahualpa.

Clamara a Dios y se hundiran las esferas si la docta Corporacin le
pretiriese. Sindulfo estara muy bien exclamando en plena sesin:

--Seores acadmicos: Habis de saber que el juego de carambolas, entre
los antiguos persas...




_El poema del mal poeta_


EL mal poeta escribe en un caf solitario. Yo le profeso al poeta malo
un aborrecimiento corso. Me ha apedreado los odos con sus ripios, con
sus tpicos, con su retrica. Es hombre insensible a la emocin
esttica, que fabrica sus versos como un jornalero: un albail, por el
cascote; un picapedrero, por su ritmo montono, que parece que agita
adoquines dentro de un cubo en vez de lapidar las piedras preciosas de
las bellas rimas.

El mal poeta tiene un orgullo satnico. Es de los que hacen burla
bellaca de Rubn y componen pueriles mixtificaciones de los viejos
maestros romnticos--fciles becquerianas y humoradas sin el hondo
espritu campoamoriano--. El mal poeta escribe mucho. Sus versos son
una infeccin de todos los peridicos. Su ramplonera es una bomba de
gases asfixiantes. Yo os confieso que degollara con mucho gusto al
poeta malo.

Es un sujeto ms de cuarentn. Posee una calva sucia, los ojos
pitaosos, los dientes verdes de nicotina, y un bigote rubianco y
abatido. Lleva un abominable hongo, representativo de su vulgaridad
interior. Suele parlarnos de Filomela cuando complica a los sencillos
ruiseores en sus octavas reales, sin duda para despistar al ingenuo
lector. _El pensil ameno_ y el _rosicler de la aurora_ le son tan
familiares como su terno de lanilla. Ama _con ansia loca, pierde la
calma_ en cuanto tiene que rimar con alma, y todos los labios le causan
agravios, sin saber por qu. El _beso_ le parece un _exceso_--y a sus
aos, es natural--, y la luz de la luna siempre le sorprende en una
laguna, cosa muy perjudicial para sus achaques reumticos.

El poeta malo se entretiene en colocar uno sobre otro sus endecaslabos,
como los ladrillos en una construccin. Luego entrega las cuartillas a
una nia rubia que aguardaba para llevarlas a un peridico.

El hijastro de Apolo charla despus conmigo de literatura. Me lee una
oda _Al Sol_, un soneto _A una ingrata_ y una elega _A la muerte de la
virgen de sus amores primeros_. Hace ya tantos aos! Este poeta tiene
una memoria feliz.

El pobre hombre no acierta ni por casualidad. Tanto artificio, tanta
falsificacin potica, la lluvia de lugares comunes, me ponen muy
nervioso. Tal vez hubiera llegado a agredirle si no llega a volver la
nia rubia que llev los versos al peridico y que retorna con cinco
duros. El mal poeta la besa en la frente con sincera ternura.

--Esta es la mayor--exclama--. En casa quedan otros cinco leones.
Calcule usted los versos que tendr que hacer!

La nia rubia, una grcil adolescente de catorce aos, tiene los ojos
zarcos e ilusionados.

--Ahora le voy a comprar unos zapatos, sabe usted? Los romper en
seguida, porque estas criaturas...

Sin querer, miro a los pies de la nia, unos pies lindos y pequeos de
princesa china, envueltos en unas botas muy rotitas, muy rotitas...

Esta dolora no la siente ni la rima el poeta malo. Pienso en los _cinco
leones que quedan en casa_, y este emocionante poema del mal poeta casi
me hace llorar.

Y le veo alejarse, amorosamente abrazado a la nia, en cuyos ojos zarcos
arde una llamita de ilusin, y en este momento, el mal poeta me parece
ms grande que Shakespeare y que Hugo...




_La sombra del rey galn_


POR el puentecillo de El Pardo iba aquel rey galn cuya leyenda cantan
los nios en los jardines. Era plido y adolorido, tena las ojeras
moradas como los lirios del paje Gerineldo. Era el rey madrileo, el rey
chispero, el de las corridas de toros y las patillas manolas:

        Dnde vas Alfonso XII?
      Dnde vas, triste de ti?

canta el coro infantil en el azul idilio de la tarde, mientras el rey
galn, plido y muriente, como un lis borbnico, que se marchita, se
pierde por las avenidas, seguido de silenciosos cortesanos.

El pueblo amaba al prncipe netamente espaol. Le aclamaba en los
toros, en las verbenas, en las tardes del Prado. Le hall en sus
alegras y en sus duelos, ntimamente ligado a su vida, en el ritmo
jovial, generoso, magnfico de la vida espaola, de aquel momento.

Ya sonaba lejano aquel romance de su adolescencia, en las horas
tediosas, preadas de augurios, que transcurran en el palacio de El
Pardo. Otoo sollozaba en el monte verdinegro y adusto; en los parques
lloraban los violines verlenianos, y la Desnarigada rondaba el palacio.
La vean los perros errantes, que aullaban a la luna.

Y cuando son la hora, esa hora misteriosa del cuadrante de la
eternidad, otro ilustre moribundo, el general Serrano, anunci en
Madrid, a cuantos rodeaban su lecho:

--El rey acaba de morir en el palacio de El Pardo!

Y en aquel punto mismo, Alfonso dejaba de ser, en el palacete gris, con
caperuza de pizarra, mientras en el aire flotaba el ltimo verso del
ingenuo romance infantil:

        Cuatro duques la llevaban
      por las calles de Madrid.

Quin fu el arreglador de esta vieja cancin que yo o sonar en el
ltimo acto de _Reinar despus de morir_, llorando la muerte de doa
Ins de Castro? El amor del pueblo ha hecho al rey galn y a la
princesa del palacio de San Telmo los esenciales protagonistas de este
poema eterno, que es como una oracin ingenua del alma popular!

        Rey dolorido y galante,
      tu muerto amor juvenil
      con qu tristeza aflorante
      llora el romance infantil!
      Princesina de leyenda,
      te da el alma popular,
      como una oracin, la ofrenda
      ingenua de su cantar.

As ha glosado un poeta de ahora el idilio adolescente del rey galn,
del rey chispero, del rey madrileo, el de las patillas manolas a lo
_Pepe-Hillo_, que supo de las locas farsas del Momo, en el castizo
Capellanes, y dej cien leyendas de su breve reinado y se muri muy
joven, como una mustia lis herldica, abrasado en una fiebre loca de
vivir una vida magnfica y emocionante.

Puentecillo de El Pardo, por donde pasaba el prncipe de las leyendas
galanas! En las tardes vernales, doradas y olorosas, yo he evocado la
sombra del rey galn por estos jardines seoriales y estas montaraces
espesuras.

Yo siento una honda simpata por este prncipe y por esta poca
exaltada, generosa, pintoresca, de un decadentismo elegante y escptico.
Entonces, como ahora, haba una gran pasin por los dolos de la
tauromaquia, el arte nacional por excelencia. Frascuelo y Lagartijo
recogan en su joyante capote el ltimo rayo del gran sol de la raza y
despertaban el nico latido de la conciencia nacional. Y aun no haba
surgido en el horizonte el espectro trgico, grotesco e infame del
desastre colonial.

Dichosos los prncipes que viven en el corazn de su pueblo y cuya
memoria queda en romances que cantan los coros de nias en los jardines
y en las plazas! Vale ms ese culto potico y sentimental que todas las
gloriosas atrocidades blicas, exaltadas por la Historia.

Reyes de hierro, con corona esplendente cuyos laureles estn manchados
de sangre, los nios de vuestros reinos no cantarn romances de vuestros
amores, en las floridas avenidas, cuando la primavera viste de novia a
las acacias!




_La plazoleta de los fracasados_


ES una de esas plazoletas melanclicas de un barrio solitario, rodeada
de bancos de piedra, que tienen un ambiente provincial, y sobre la cual
caen de vez en vez las lentas campanadas de las vsperas, con un
clamoreo ensoador y mstico. Tiene acaso un balcn florido que da la
amable sensacin de una mano blanca de mujer, y tambin algn arbolillo
desmedrado y triste o una antigua fontana que vierte, hilo a hilo, la
dulzura de su monotona.

En la hora sedante del crepsculo toma un aspecto severo y arcaico de
yerma ciudad castellana, que evoca el heroico redoblar del Romancero o
la sandalia de Teresa de vila, la celeste doctora, y vaga en su gran
paz un perfume antiguo de penas olvidadas y de encantos aejos.

A este paraje apartado y romntico acuden todas las tardes los
melanclicos fracasados de todos los ideales, los soadores de las
ureas apoteosis que han visto hundirse la leyenda de sus vidas en la
bahorrina de la vulgaridad, en el vaco de un vivir abrumadoramente
cotidiano.

Se conocen de todos los das, galeotes de una misma cadena, sombros
discpulos de un mismo maestro, el inmortal Dolor, y entre ellos se ha
hecho una suave simpata consoladora. Hay un viejo militar invalidado la
primera vez que entr en campaa; l quiz tena una visin homrica de
la vida, soaba con el laurel del hroe, con el botn y la aventura, y
todo su ensueo fracas en el momento inicial por la crueldad de una
bala perdida que le neg el triunfo de una bella muerte y le conden a
arrastrar una hrrida y grotesca pata de palo, cuyo seco y monorrtmico
golpear es un irnico estribillo a la galana bizarra de su ideal
truncado.

Despus ha visto cmo se deslizaban sus das, sin ambicin, montonos y
fros; en el alma, la honda amargura de las renunciaciones.

Si al menos la bala me hubiera buscado el corazn!

Y sus ojos se tornan hacia los aos juveniles, florecidos de hazaas
imaginadas, en las que sonaban las trompetas de la Gloria.

Llega despus un hombrecillo torvo y desaliado, tocado con un chapeo
rado que cubre su calva de santo, ancha y reluciente. Es un inventor
desgraciado.

Haba trabajado da y noche en su taller, renunciando a los holgorios de
la mocedad, al regalo de la hembra y a toda dulzura de los sentidos.
Emple su pequea fortuna en el trabajo y en el estudio, hasta obtener
una nueva mquina.

Despus comenz el peregrinaje por las oficinas en pos de la soada
patente, que era su riqueza futura, y al cabo de amargas andanzas se
mofaron de l, de su invento y de su calva, y los ujieres le echaron al
arroyo con vayas y sinrazones. En el caf, en la calle, a solas con las
fementidas tapias de su mechinal solitario, peroraba con esa exaltacin
de loco de los inventores. Y ya le oan impasibles, le brindaban
protecciones quimricas o se le rean en sus barbas.

--Ya ve usted, se burlaban de aquello que me haba costado mi fortuna,
mi cerebro y mi juventud!

Y cierra los ojillos grises y casi ciegos, tal vez para restaar una
lgrima.

Luego, una arrogante mujer enlutada, con aires de gran dama, que saluda
con cierta gracia seorial. Tiene la belleza fuerte y calina de la
madurez; el luengo manto vela apenas su cara algo marchita, donde arden
los ojos negros con una llama de locura bella y eterna.

Al comienzo todos la creyeron viuda; no era sino una virgen vetusta que
consuma su corazn y su virginidad en el ara de un ideal remoto e
imposible, como esas lmparas de la devocin que se extinguen
tristemente ante una hornacina olvidada. All en los verdes aos de su
galana adolescencia, am con bravura y firmeza de corazn a un bello
aventurero romntico y audaz, que se fu hacia las tierras fecundas del
sol, nauta de lo imprevisto, conquistador de la casualidad.

l dijo que volvera y ella le aguard. Interrog al horizonte todas las
maanas; sinti caer todas las horas de cada da, todas las
desesperanzas de cada ao, y el amado no volvi ms. Pero ella le
esperar siempre, hasta que la muerte toque sus ojos con sus dedos de
niebla.

Y cruza sus manos plidas de monja sobre el raso litrgico de su traje.
Manos transparentes y puras que parecen hechas para filigranar ex votos
de santos y capas pluviales; ojos fanatizados en torno de los que las
largas vigilias, hurfanas de besos, han florecido en sedeas ojeras
violeta, como dos flores de fiebre y de locura; alma noble y exttica,
donde el amor es una rosa casta e inmortal.

Y cuando un soplo de brisa arrastra alguna hoja muerta, la viuda ideal
la sigue intensamente, quiz comprendiendo que la aproximacin del otoo
tiene para ciertas almas un melanclico valor emblemtico.

Mas luego, entre otros que ocultan el secreto de su fracaso, arriba la
cartula ridcula y triste de un viejo farandulero. Aun recuerda con
llanto de regocijo los das buenos en que l fu don Juan y Manfredo,
Sullivan y Don lvaro.

Estos hroes le dieron el prestigio de su poder imaginario entre
bambalinas y oropel, y pusieron un poco de oro de leyenda en su vivir
menesteroso, a cuyas puertas sola llamar el Hambre con su puo
espectral. Despus, el aguardiente y los aos han abatido el trax que
se irgui enorgullecido bajo la cota de acero de Ruy Daz, se abati en
curva claudicante en demanda de las dos pesetas, en esas lamentables
aulas de picarda y de dolor que estn siempre abiertas en las aceras de
la corte.

Y llegan otros, desarrapados y tristes invlidos de cuerpo y ulcerados
de corazn, inventores preteridos, soldados sin fortuna, viejas
meretrices, traductores, poetas vitaliciamente inditos, todas las almas
en sombras, y los perfiles contorcidos de los fracasados del arte, del
amor y de la vida.

Y gustan de esta solitaria plazoleta, que tiene un aroma antiguo de
lgrimas enjugadas, de flores secas y de dolores resignados, donde hay
un arbolillo triste y torcido y un balcn con flores, y en donde en la
hora dulce del crepsculo suena acaso un piano tocado por una bella y
desconocida mujer, de lentas y melanclicas melodas, a las que las
almas en ruinas de los fracasados ponen tal vez la letra de su ntimo
dolor.




_Las paellas de un revolucionario_


TODOS sabis que Barriobero es un terrible revolucionario, un formidable
socavador del orden social. Durante mucho tiempo, su melanclica silueta
quijotesca ha sido la pesadilla de golillas y de ministriles. Qu haba
un mitin de cigarreras? Barriobero a la crcel. Que algn orondo
cacique se levantaba disppsico? Metamos a Barriobero en chirona. La
tranquilidad del respetable vulgo reclamaba que el peligroso anarquista
estuviese siempre aposentado en el hosco palacio de la Moncloa. Y a
veces resultaba una admirable combinacin econmica para Barriobero...
porque en la calle, los comestibles haban decidido trasladarse a
Saturno.

Este hombre tenebroso es una de las figuras ms pintorescas de esta
poca. Su nariz, en guisa de interrogacin, bien merece un soneto
quevedesco o una de las loas que rimara Rostand en el _Cyrano_; su
melena, romntica y subversiva, flota como airn en las revueltas
populares, y es como el smbolo orgulloso de toda su vida. En las horas
de opulencia, Barriobero adorna su translcida persona con un deleite de
dandy. Oh, qu admirables chalecos bordados, dignos descendientes de
las pomposas chupas del tiempo viejo, cortesano y galante! Estos
chalecos merecen por s solos un apologista tan atildado y erudito como
lo fueron Barbey y Jorge Brummel. Pero, ms que estos gloriosos
indumentos, rameados de oro, de azul, de rosa; ms que sus pipas y su
melena, sobre sus discursos y sus libros, yo prefiero las paellas a la
valenciana de Barriobero.

Porque este terrible revolucionario es un supremo artista en sus
paellas, seores mos. Yo uno a este suculento recuerdo un buen puado
de episodios juveniles; mi estmago siente una onda sentimental al
evocar aquellos arroces, que eran como un parntesis de encanto en medio
de aquellos das menesterosos, en que el ms loco y bizarro mocero
floreca en rosas de alegra e imprevisin.

Por las noches, Barriobero traduca para Jorro o para Calleja;
despachaba un volumen--catlicamente mutilado--en un par de sesiones,
y con las pesetas que esta labor de negro le produca, nos bamos a
comer arroz, condimentado por sus manos largas, fras y pulidas de
cardenal galante, a un ventorro de los Cuatro Caminos.

Y fu en aquellos das de lamentable supeditacin al rgimen suicida de
la media tostada, en aquella poca de chicharrones en el fign de la
plaza del Progreso, de versos recitados a gritos en las calles
solitarias, de proyectos absurdos dictados por el Hambre, que haca
funmbulas delirantes en nuestros caletres visionarios; fu entonces
cuando el editor Pueyo lleg a encargar a Barriobero que escribiese una
novela.

--Hgame usted la novela de un repatriado, que se muere de inanicin en
este cochino pas, dominado por los jesutas. Tome usted a cuenta estos
cuatro duros.

--Pero eso va a resultar un sapo... Yo no siento ese asunto...

--Pues, si no le conviene, se marcha enhoramala de la tienda, que tengo
mucho tajo. Con esta baranda no se puede laborar!...

Y la voz cavernosa de Nietzsche, el cuado de Pueyo--una especie de
Harpagn--, que interrumpe, con ritornello de miserere.

--Acabarn por arruinarte, Gregorio! Acabarn por arruinarte!

Barriobero acepta el encargo y los cuatro duros, y escribi la novela,
interesante y documentaria, como l dice.

Pero, ah!, la factura de sus novelas ser muy notable; mas no tanto
como la de aquellos arroces, dorados y humeantes, devorados fieramente,
bajo el alegre cielo madrileo, en amable cordialidad, en aquellos
buenos das que retornan del fondo de lo pasado perfumados de alegra y
de juventud.

Perdonadme, respetables seores, estas fugas sentimentales y
pintorescas.

Al contaros estas minucias, yo gozo reviviendo el encanto de los viejos
das, y me parece, adems, que ningn hombre serio dejar de reconocer
el trascendentalismo de estas cuestiones de culinaria. Yo creo que si
Luis XVI hubiera convidado a comer a Marat, tal vez hubiera evitado la
Revolucin francesa; las lentejas y el cocido cotidiano han hecho ms
revolucionarios que todos los libros de Kropotkine.

As, pues, reconozco que Barriobero tiene talento, que tiene bellos
chalecos de terciopelo y una gran coleccin de pipas; confieso que es un
gran orador, un novelista sagaz y un famoso abogado. Pero yo,
francamente, le prefiero y le admiro mucho ms como confeccionador de
paellas a la valenciana.

Qu queris! Soy un Aquiles vulnerable por el estmago.




_La noche_


LA noche es la suprema aristocracia. La noche es una dama misteriosa,
como Ligeia, como Eleonora, las mujeres litrgicas, transparentes y
ultraterrenales de Edgardo Poe. El da es un poco plebeyo con tanto
escndalo de sol, con tanta greguera ramplona.

Noche! Viciosa querida bohemia, como una alta dama que va a la busca de
emociones raras entre los hampones y las busconas. Todos tenemos una
querida ideal, cuya mascarilla en vano buscamos entre las mujeres de la
tierra. Un alma de mujer, como un cliz de oro, donde verter el licor
musical de nuestro corazn en esas horas tristes en que la emocin se
desborda!

La Musa de la Noche tiene para m todos los magos prestigios de esa
amante suprema. En las altas horas las sombrastejen torbellinos de
alucinacin en torno a mis pobres ojos, que se emborrachan de misterio.
La Musa de la Noche adquiere corporeidad para m y se apoya en mi brazo,
en mis sonmbulas paseatas por la ciudad desierta, que tiene algo de
cementerio, con sus balcones cerrados, como nichos inquietantes.

La siento levemente reclinada, muy levemente, como si llevase de mi
brazo a un fantasma. Va vestida con un amplio ropn de terciopelo negro,
y su cabeza es plida, como el mstico lirio de la luna. Sus ojos son
verdes, como pequeos ocanos tumultuosos, y tienen verdes ojeras como
el licor emponzoado con que la luna hace cantar a sus ahijados en los
trgicos manicomios. Los ojos de la Noche!

Los ojos de la Musa de la Noche! Ellos le dan su trgica llamarada de
lujuria a esos rostros de clownesa que muequean en las encrucijadas del
pecado.

La Dama de la Noche es voluptuosa y trgica, y junta el placer y el
crimen en una onda de sensualidad. Tiene el alma de Lucrecia Borgia,
exquisita y abominable. Ella aconseja a los rufianes que asesinen a las
rameras, despus de amarse dolorosamente, en las zahurdas tenebrosas,
para que ra el Diablo, padre de las rameras y de los asesinos.

La Dama de la Noche entiende las palabras misteriosas que susurran en el
fondo de mi alma, sin asomar jams al labio. Son palabras de un idioma
lleno de amor y de eternidad, y ella me dicta versos en ese lenguaje
divino, con smbolos imperecederos. La Musa de la Noche sabe la cifra
del amor, del dolor y del misterio, y me inicia en sus ritos
sobrehumanos, mientras los otros hombres--los hombres sanos que viven de
da--duermen en un grotesco amontonamiento de carnaza, como cansadas
bestias sin horizontes en el pensamiento. Y tambin sin el exquisito
tormento de la Poesa.

La Bohemia Nocturna lleva una corona de estrellas sobre el cabello
negro, negro como el ala del cuervo que canta Nunca ms!, en el poema
del Dolor de las almas. Sus manos son de marfil transparente, como los
dedos de niebla de las Parcas, y toda ella tiene un perfume vago de
azahar y de adelfas y de incienso. El Amor, el Dolor y el Misterio.

La querida del Misterio me ofrece la flor de locura de su boca, cuando
todos duermen, y lleva la hostia de la luna, como un florn luminoso,
sobre su cabellera de sombras. Es la musa galante que di el brazo al
pobre Paul Verlaine, cuando iba por las calles del viejo Pars como un
_pierrot_ destrozado, borracho de ajenjo y de melancola. Ella es la que
hace sonar las viejas campanas con una solemne armona orquestal: las
campanas magnficas de voces de oro, que tienen un alma antigua y
misteriosa, cantan el poema de las vidas que empiezan, de las vidas que
acaban, de la alegra y del dolor de los hombres. En torno a los viejos
campanarios, que parecen de plata bruida en el plenilunio, la Noche
dirige la danza de las Horas, vrgenes inquietantes, en cuya danza
interviene, como concertador irnico y dramtico, el Destino, que cambia
el comps de las vidas vulgares de una manera trgica o grotesca.

La Dama de las Sombras coquetea con los siete Mancebos del Pecado, que,
por sus ojos verdes, andan a estocadas en las desiertas callejuelas.
Pero ella me prefiere a m, pobre poeta nocturno y luntico, y me da su
boca amarga y sus senos magnficos de dogaresa artista, sensual y
dramtica. Ella me ama, porque sus palabras, preadas del sentido de la
Vida y de la Muerte, riman muy bien con la armona secreta de mi
corazn. Y en las encrucijadas del Horror, de la Duda, donde acechan los
buitres de la Estupidez y de la Ignorancia, ella alumbra mi pobre carne
triste y sensual con la lmpara celeste de leos aromticos que lleva en
su diestra marfilina. Porque la Musa de la Noche enciende en nuestros
epitalamios el lampadario inmortal de la Belleza. Y la pobre carne se
transfigura cuando ella trae en la mano el lirio del ms all, el lirio
del Misterio y de la Poesa, como una celeste Anunciacin para el
espritu, hundido en la carroa igual que en un abismo.




_Un viejo caf galante_


ES un viejo caf donde antao se reunan los ingenios ms famosos de la
poca. En una mesa, cuyo mrmol est ya azulenco, traz sus estupendas,
impresionantes y abrumadoras farsas novelescas aquel Ortega y Fras que
ha sido el educador sentimental y el enloquecedor de las fantasas de
tantas ingenuas y sensitivas muchachitas, y cuyos imprevistos episodios
de maravilla han puesto en estas pobres vidas vulgares un poco de oro de
leyenda.

En un rincn estuvo la pequea capilla literaria cuyo pontfice fu el
magnfico don Manuel Fernndez y Gonzlez. All escribi _El cocinero de
su majestad_, y all acudi la ltima noche antes de emprender el gran
viaje...

Las dos amplias salas de este viejo caf de la Luna tienen el mismo
aspecto de aquellos das. Los espejos, velados tristemente por la ptina
de los diez lustros, parece que conservan como un vago reflejo de
ensueo, rostros confusos y siluetas de lejanas personas desaparecidas,
repetidas de uno en otro, infinitamente, en los cristales, como un
cortejo de alucinacin. En el ambiente flotan hlitos de vidas remotas,
cadencias de msicas antiguas, y como un fantasma de sonido, susurros de
voces lejanas que tiemblan en el aire con quimrica, muda vibracin.
Algo espectral y desvanecido que da una vaga y misteriosa sensacin de
presencia.

En las tardes solitarias de estos ltimos aos, en que el alma antigua
de este caf pareca encantada, y el tedio teja sus melanclicos
telares, tal vez de la penumbra propicia surgan claras risas y frescas
voces juveniles. Y era que los enamorados ocultaban su amor como un
pecado entre la umbra protectora, ingenuas obreritas un poco
sentimentales, pomposas matronas que enloquecen con su gracia picante y
su intensidad crepuscular--que ponen tanto fuego en la aventura, porque
temen que aqulla puede ser su despedida al amor--, princesas de la
Casualidad, juntamente con sus varios cortejos, ponan una nota
encantadora en parajes como ste. Los cafs solitarios y galantes!
Pelez, la Universidad y los gabinetes coquetones del Habanero, qu
malignas y deliciosas historias de un momento pudieran relatarnos!

Pero he aqu que un fresco aire de fuera ha venido a renovar el ambiente
de este viejo caf de la Luna, donde yo pasaba mis tardes gozando del
placer de no hacer nada, placer digno de un Papa, y trazando a las
veces--raro suceso--sobre la cuartilla, mis tristes o apacibles devaneos
sentimentales. El lugar era tan solitario y tan evocador! Pero la
ignara turba ha invadido _mi mesa de despacho_ en pos de un raro
acontecimiento femenino y musical. Claro es que esta turba hombruna
llega, ms que por el deleite artstico, atrada por el olor de la
hembra; prefieren estos stiros un grcil escorzo o la insinuacin
anfrica de la cadera a un nocturno de Chopn, y la lnea de un busto
bello a una meloda de Borodine... Y es posible que estos stiros tengan
razn.

Cmo sentir esta invasin de la muchedumbre el viejo erudito de todas
las tardes! Llegaba con su raro volumen, tal vez un incunable, aseguraba
sus anteojos, preparaba su cuaderno para apuntar las citas y las
curiosidades y luego se meca en un sueo serfico hasta que encendan
las luces. Pobre erudito, ahora tendrs que irte a otro viejo caf a
dar cabezadas sobre tu incunable!

Tal vez habra tomado cario a la mesa de su rincn, y este cambio
trunque tristemente su vida... A veces un suceso sencillo,
insignificante, la prdida de un perro, de un paraguas o de una mujer,
deja en nuestro espritu la desolacin de una catstrofe.

Y como por esta intrusin han encendido los focos, las parejas amantes
tambin han hudo en busca de otro retiro penumbroso que proteja sus
risas, sus confidencias y el encanto de su amor, otro lugar solitario
para ocultar su felicidad como un pecado.

Y es el motivo que han llegado unas seoritas napolitanas a hacer
msica, tarde y noche, y la gente invade la sala entre un estrpito de
cucharillas y platillos y una greguera grotesca y plebeya.

Yo he descubierto la mixtificacin: estas _virtuosas_ no son
napolitanas; la dulce musicalidad de esta palabra sirve de reclamo para
ese eterno alucinado que se llama _pblico_. Pero qu importa! Ello es
que las manos lindas y blancas arrancan bellas melodas de las cuerdas
de los violines y que una hermosa cabeza de diablescos ojos moriscos y
negra cabellera, como una extica flor rizada, se inclina graciosa sobre
el puente del violoncello. Y el prestigio hechicero de la carne de la
mujer hace temblar el beso en todos los labios.

La mujer artista, la triunfante mujer que se exhibe ante un pblico en
medio de artstico artificio, es secretamente amada con un deseo
delirante. Las heronas de comedia, los astros de _folies bergres_ han
inspirado enormes pasiones y sus enamorados han llegado hasta el
matrimonio, saltando por todos los obstculos sociales y resignndose a
no hallar ningn obstculo en la noche nupcial. Porque la carne
perfumada y blanca, entre las sedas, el oropel y tanta bella mentira,
tiene un magnetismo irresistible.

Esta orquesta femenina a veces ejecuta cosas agradables; otras, adula al
pblico tocando lo que est al alcance de su menguada cultura artstica.
Tal vez los violines cantan la frase de tanto xito de _El anillo de
hierro_:

      Ven, Rodolfo, ven, por Dios.

Y asoman lgrimas de emocin a los ojos de las matronas romnticas, que
se saben de memoria los versos de _Flor de un da_ y hacen soar a estas
plidas burguesitas que van a los cafs las noches de domingo y en cuyas
vidas pobres y montonas el encanto de la msica pone una dulce hora
sentimental.

Son esas muchachas suavemente tristes, humildes y resignadas, que tienen
ojeras muy hondas y pobres manos santificadas por el culto herosmo de
la lucha diaria: que van tocadas con grciles sombreros y vestidas con
una coquetera un poco triste por lo usado y deslucido del atavo.
Conmovedoras y humildosas vidas grises a las que una fiera stira sin
corazn ha llamado cursis, y que, al invocar a Rodolfo los violines,
ellas tambin le invocan con toda la ternura de su alma, y la figura del
galn tiene en su fantasa todos los ureos prestigios de un prncipe
milagroso de leyenda.

Y por eso sus ojos tienen cercos tan profundos y su boca esa mueca de
melancola: porque los das huyen, huyen... y Rodolfo no llega nunca!




_Perfil de tragicomedia_


MI querido cofrade D. Amaranto Pelez es un virtuoso covachuelista, muy
digno de una hornacina en el martirologio moderno. Su cuerpecillo, magro
y desvencijado por el diario chocar con los esquinazos de la miseria, se
guarece en un chaquet ribeteado de trencilla, de un negro desvado, al
que las virtudes de constante pulcritud de su dueo han dado un
magnfico brillo que miran envidiosos los puos deshilachados y la
tirilla restaurada con tiza, por el buen parecer, el da en que Su
Excelencia tiene la bondad de llamarle a la firma. Porque podemos decir,
para orgullo de D. Amaranto, que l es el alma del negociado.

Sus calzones, en guiapos, lucen pintorescos festones sobre los
zapatos; sin herretes y sin trencillas, y su chapeo ha soportado las
lluvias de cinco inviernos; y su _carrick_ el rigor de cincuenta
ventiscas.

Don Amaranto llega invariablemente a la oficina a las ocho de la maana;
se calza sus manguitos, se toca con un bonetillo la calva de santo,
ancha y reluciente, y silencioso, con una tristeza mansa y resignada,
trabaja hasta las dos, en que el ujier trae el parte de salida.

En ese momento, D. Amaranto se torna a su casa. Es la hora de comer!
Pero como l no es sino un humilde auxiliar de la clase de quintos, eso
de comer a ciertas alturas mensuales, generalmente no pasa de ser una
hiprbole absurda.

Y en esas horas amargas, D. Amaranto llega a su mezquino mechinal, donde
le aguarda su mujer, triste, enferma y mal vestida, y cuatro niacos,
como cuatro ruinas, en cuyos ojos candorosos, al mirar tan desolada
pobreza, hay quiz un poco de recriminacin hacia los que en un momento
de lujuria ciega les trajeron a una vida tan srdida, tan cruel y tan
miserable. Nadie le pregunta nada. Entre ellos no se cambia un solo
vocablo, aunque el fogn est apagado y nunca llegue la hora de poner la
mesa. Y es que los sin ventura estn resignados a no comer, mejor dicho,
han perdido la saludable costumbre de comer. Estas vidas estn
sepultadas en el in pace de todas las renunciaciones.

En cierta ocasin me deca la seora, con una sencillez ms que trgica:

--Se nos han muerto tres hijos: Luisn, porque el mdico, a quien
debamos algn dinero, no quiso venir. Julito y Nita, de hambre!

De hambre, s! No os parece una horrible irona que puedan morirse as
dos criaturas al borde de una gran ciudad cristiana? Pues sucede, y la
conciencia social no se estremece; y la vida sigue su curso, y mi
querido cofrade, el virtuoso D. Amaranto, no sinti en su alma un
latigazo de rebelda. Porque el Sr. Pelez es, ante todo, un hombre de
orden.

La seora de Pelez ha sido una bella mujer: tena unos lindos ojos
negros, un seno matronil y unos dientes blancos, iguales. Ahora es una
melanclica ruina; la miseria, como un cruel vampiro, ha devorado su
belleza y su juventud. Das pasados me contaba tristemente, con cierta
macabra coquetera:

--Ve usted estos dos dientes de arriba? Pues se me estn cayendo... de
anemia.

Y la veo partir con su taima ridcula y vieja, que cubre los estragos
del tiempo en su rada vestimenta; amoratadas las manos, que fueron
finas y aristocrticas; metidos los pies en unos burdos zapatones;
abatida al peso de su juventud fracasada, de toda su vida, obscura,
truncada, deshecha.

El cuerpecito grotesco y desmedrado del ecunime covachuelista ha sido
suculento festn de usureros; D. Amaranto sabe bien la amargura de ver
su ajuar de titiritero en medio del arroyo; conoce la brbara cacera
que sobre su personilla realizan mensualmente el panadero, el tendero,
el carbonero. Los mozos de caf son tambin para el Sr. Pelez una
horrible pesadilla, y no supongis que adquiri esas deudas por vicio de
gula ni regalo de sus gustos. Las noches de invierno son tan largas, el
hogar desmantelado tiene un alma hostil que arroja de su seno, y en el
caf hay un ambiente tan suave y regalado, hay tanto derroche de luz, el
piano pone una hora de encanto y de meloda en las voluntades
resquebrajadas por la pobreza. Adems, el caf con media tostada tiene
cierta apariencia de cena... claro que la apariencia nada ms; significa
quedarse sin cenar... decorosamente.

Y digmoslo en elogio de D. Amaranto, jams, ni en los das de
bochornoso desahucio, ni en el asedio africano de sus acreedores, ni
cuando tena un hijo muerto, sin monedas para la inhumacin; ni en las
horas en que la seora de Pelez deliraba en el fementido camastro, loca
de tristeza y de hambre, jams D. Amaranto hubo de faltar a la oficina!
Oh, brava alma que rima con el balduque, que armoniza con el papel de
oficio, por estar tan bien templada en el fuego de las virtudes
administrativas, bien mereces una estatua, con tus manguitos y tu gorro,
sobre un pedestal de expedientes y de minutas!

Me preguntis si D. Amaranto Pelez tiene realidad? Sin duda, amigos;
tiene la relativa realidad traslcida y enfermiza que le permite su
mesada ridcula; pero existe, y se llama as, y es mi querido y
moribundo cofrade.

Y lo ms lamentable es que D. Amaranto es un hombre representativo. Su
perfil trgicocmico muequea cotidianamente en el retablillo de la
triste y grotesca clase media.




_Santal_


LA picaresca clsica, erudita, aventurera y gallofa se funde con la
bohemia literaria, pedigea, trotacalles y sentimental, y nace el tipo
del piruetista entre poeta y pcaro, filsofo y desarrapado.

La cofrada de piruetistas, de operadores, de navegantes de la
Puerta del Sol, est compuesta principalmente por los jvenes
envenenados por la literatura, que llegan de las provincias a la
conquista de Madrid. La literatura es como la trgica sirena de las
baladas germanas, y los pobres nautas se hunden en el fondo del mar por
haber escuchado el sortilegio de su canto. Slo que nuestros nautas
naufragan en seco, sobre el asfalto de las calles, en los figones
absurdos y en los hrridos hostales. A la caza de las rimas sustituye
muy pronto la pesca de las dos pesetas o del caf con media tostada, ese
seudoalimento tan literario. El veneno de las letras es ms fuerte que
la morfina, que el ter y que el alcohol. El que emprende esos trgicos
derroteros, o triunfa o se muere. Casi nunca se adapta a un ambiente
mediocre, metdico o burgus.

Antonio Santal era un muchacho cordobs que iba a verme al caf y a
quien sola encontrar, como una sombra, en la Puerta del Sol, muy de
madrugada, a esa hora terrible de los que no tienen un puadito rooso
de calderilla para ir a dormir a casa de _Han de Islandia_ o a los
stanos de la Pea de Francia, los hoteles de cincuenta cntimos, donde
se guarecen los buscones, los poetas pobres y los rateros. Santal era
muy inteligente, muy culto, y tena voluntad. No triunf porque ni
siquiera pudo vivir. La Casualidad, que vela por los aprendices del
Arte, no se cuid de l. Los bohemios viven a pesar de los restaurantes
donde suelen ir a comer y de las ycijas donde suelen ir a acostarse.
Baroja dice que el triunfo literario consiste en la resistencia del jugo
gstrico. Hay que transigir con las albndigas de perro y con ciertas
chuletas de celuloide que conocen a varias generaciones literarias.

El fro de las noches, al asalto de los cntimos para la cama, la comida
que se retrasa... dos o tres das, la pobreza en el traje y el dolor de
la pobreza en el alma han asesinado al pobre amigo Antonio Santal. No
ha escrito un drama ni un poema que decoren su memoria. Artculos de
peridico olvidados en seguida, traducciones que firm otro o que acaso
no firm nadie. La sirena de la Puerta del Sol se trag su espritu
antes de que la Desnarigada, que tanto quiere a los poetas y a los
artistas pobres, le estrujase el corazn, en el silencio helado del
hospital, entre hedor de calentura y de medicinas. Aquel pobre corazn
hipertrofiado, que como un trgico reloj cont las horas del hambre, del
abandono y de la lucha grotesca y terrible para buscar un poco de
calderilla, a las cuatro de la madrugada, iba como un polichinela roto,
dando tumbos por las encrucijadas de la miseria.

Hace algunos meses Santal estaba contento. Dorma todas las noches y
coma fijamente tres das a la semana. La vida era fcil!

Con un espritu tan contentadizo, Santal era digno de haber triunfado.
Tena del dinero una idea demasiado hiperblica. Posey un sombrero azul
plido que era una sima de arbitrariedad junto a los hongos ramplones y
los frgolis de tenor cmico.

--Yo le haba tomado cario. Quera conservarlo como recuerdo de la
vorgine; pero un da _necesit dinero_... y lo vend por tres perras
gordas.

Verdad que este ingenuo concepto del dinero es conmovedor? Entre el
hampa literaria Santal fu siempre un caballero de la Tabla Redonda.
Fu un bohemio, pero no hampn. Y esto tiene mucho mrito, viviendo en
plena calle, con hambre y con dolor, entre gerifaltes de la pirueta que
aprenden la picarda en las aulas de la necesidad.

Los caballeros de La Noche, de la Media Tostada y del Salto Mortal viven
una vida desastrosa entre paradojas y algn soneto que otro, no muchos,
porque la bohemia estropea el estmago y dispersa las rimas como una
bandada de pjaros quimricos.

Yo podra hacer una lista negra de estos espritus ilusos, devorados por
el monstruo encantador de la literatura. Intrpidos comedores de
musaraas, que sois mis amigos antiguos, que habis vivido a la sombra
de la literatura--pipas, melenas y chalinas--y que vais cayendo poco a
poco por el escotilln macabro del hospital! Yo siento hondamente
vuestra tragicomedia, oh, gran Losada, el msico genial y salvaje;
Barrantes, el de la cartula de pesadilla; Alberto Lozano, rubio y
seorial como un prncipe, y vosotros tambin, Dorio, el audaz; Pujana,
el intrpido; Roldn, el preciosista, que tiene una enorme sed que slo
se calmar cuando _Ella_ le llene de tierra la boca; vosotros, que al
caer un hermano de esta cofrada de dolor y de absurdidad, acaso
temblis viendo que todo el entusiasmo de vuestra juventud est
compensado por un lecho de hospital y un montn de polvo, sin nombre, en
un osario. Y vosotros que soabais precisamente con la Gloria, y que
porque la gente leyese vuestra firma al pie de unas lneas impresas, lo
sacrificabais todo! Veis qu broma final tan sangrienta? Es una verdad
que os hubiera parecido mentira en los ilusionados comienzos, all en
vuestro rincn provinciano, antes de caer en la Puerta del Sol entre las
garras de la Bohemia, la sirena que devora el corazn y el cerebro de
sus amantes, en unin de la miseria, entre alegres paradojas y
peligrosas funambuleras en la cuerda floja de lo imprevisto.

Estos bajos fondos literarios disfrazan con metforas pintorescas su
dolor; el dolor de los que no han sabido decir lo que llevaban dentro...
o lo que crean que aleteaba bajo su frente: el dolor de los artistas de
corazn que han fracasado en la Puerta del Sol, agarrotados por la
necesidad. El dolor de la literatura, de los ex literatos, de los
hampones pintorescos, de los buscadores de calderilla, como sombras,
entre la penumbra de las calles, a la madrugada! Pobre Santal! Ya no
tendrs que buscar los cntimos para la cama, mientras tu corazn lata
penosamente como un viejo reloj desquiciado.




_La capa bohemia_


EL primer caballero que se terci esta capa para andar de aventuras y
amoros fu el gran Villn, el padre de la lrica francesa. Y el
glorioso tabardo sufri el rigor de todas las ventiscas y la lluvia de
todos los inviernos, y se ungi de ideal errante bajo el plenilunio en
la Corte de los Milagros, tejiendo besos y rimas con la ramera ardiente
y propicia, de quien deca el poeta que era su _Rayo de luz_. La capa de
Villn, como la capa, de Maara, sabe de madrigales y caricias, en las
encrucijadas del viejo Pars.

Ha visto cmo se desnudaban los aceros, cabrilleando en la sombra, bajo
la plata mstica de las estrellas, buscando bravamente el corazn por el
encanto de un soneto.

La capa de Villn pase por los salones de los obispos, y de entre sus
remiendos y corcusidos surgi la mano exange del bohemio para tomar la
limosna de doce sueldos por una loa a _Notre-Dame_, y los labios que
mordieron los labios de las rameras besaban unciosamente la amatista
episcopal. Y la capa ungida de poesa y de dolor rod una maana por las
escalerillas del patbulo. Porque habis de saber que el primer poeta de
la bohemia estuvo a punto de ser ahorcado por ladrn.

He aqu su gloriosa ejecutoria: una capa cada, la cuerda del ahorcado y
una boca lasciva de ramera, como flor ponzoosa de lujuria. Sin embargo,
muchos acadmicos han metido la garra en el tesoro de Villn, sin
peligro de cuerda. Nefandos viceversas de la seorita Themis!

La capa bohemia, posteriormente, ha envuelto a muchos desgraciados
superiores. Fu la fiel camarada de Edgardo Poe, aquella alma rara que
oa voces del cielo, de la tierra y tambin del infierno, y le sirvi
de sudario en su ltima y trgica borrachera en las calles de Baltimore.
Baudelaire, el solitario, hizo de su capa torre de marfil que le aislaba
del vulgo de malos poetas, de periodistas hueros y vanidosos, de
cretinos equilibrados. La capa de Verlaine rod por las tabernas y por
los hospitales, y aquella capa de mendigo es ahora venerada como la
bandera de la Francia espiritual.

Capa de la bohemia! T, que has cubierto tantas horribles
tragicomedias, que has sido tan calumniada por los tontos de todos los
tiempos, de todos los pases. T, que has paseado tantos sueos y tantas
hambres, bajo la luna, en las noches sin casa, que conoces tantas
lgrimas de tantas crueldades, de tantas injusticias, que has visto el
horror de las tabernas cuando todos estn borrachos y entonan los
lgubres salmos del _delirium tremens_, mientras en el espacio gira el
anillo de Saturno, nuestro fatdico padrino.

La capa bohemia supo las gallardas de Espronceda en su buena poca
romntica, antes de destrozar su leyenda con aquel fementido discurso
sobre las lanas... Pelayo del Castillo, Eduardo del Palacio, Manuel
Paso, Pedro Barrantes, saban del encanto de la capa bohemia, que entre
nosotros tiene tambin el desgaire de la capa manolesca.

Y Alejandro Sawa!...

Glorioso emperador de la bohemia, del gesto amplio y magnfico como
Hugo, ciego como Milton, altivo y suntuario como un dios, con la cabeza
en las nubes y el corazn en la hoguera del amor y del dolor de la
Humanidad. En Alejandro Sawa la capa bohemia era manto pluvial, capa
pontifical, manto de prpura, clmide y aureola. Alejandro fu la
suprema consagracin de la capa bohemia.

La capa de la bohemia es la aristocracia incomprendida de los vulgos, y
nunca como ahora, en este momento, es anacrnica y absurda. Es el gesto
bravo ante la mueca horrible de la miseria, el rictus de desdn ante
los artculos de fondo y dems cosas sin alas, sin gracia, sin
espritu.

La capa bohemia se burla de los libros de caja, de la mentalidad del
tendero, de la sensibilidad chirle de los malos poetas. La capa bohemia,
sobre toda la prosa, sobre todo el horror de las horas vulgares, es el
pjaro azul.

Es la bella locura del ideal. Ved de cul gentilsimo linaje
aristocrtico es el manteo con que cubre su clorosis y sus espaldas
desnudas la seorita Bohemia.




_La capa de mendigo_


EN los viejos tiempos catlicos y caballerescos, el mendigo era hermano
del mismo rey. Tena una altivez hidalga, y llevaba al cinto el bote de
la guiropa, y arrastraba su tabardo harapiento con el orgullo de un
manto real.

--Buscad vuestros pobres en otra parte, que yo no puedo volver--hubo de
decirle un mangante a un caballero que no hall a mano una moneda que
darle.

Reciban la limosna con altanera. El mendigo estaba ungido por las
palabras del Rab, y crean de buena fe que beneficiaban a sus donantes,
pues as edificaban su nima por la caridad. Les hacan la merced de
dejarse dar limosna.

Una tarde pasebase por las Plateras un hidalgelo gabacho, cuando le
asalt un mendigo de nobles barbas blancas y aspecto distinguido.
Dolise el hidalgelo y quiso darle unas monedas sin humillarle.

--Srvase llevarme este cartapacio hasta mi posada y le dar un escudo.

--Libre es vuestra merced de darme o no limosna--grit solemnemente el
pedigeo--; pero no consiento que se me trate como a un criado--. Y le
volvi la espalda con desdn.

El mendigo es libre como el aire y ama su libertad sobre toda holgura y
acomodo. Es de un individualismo rabioso: le place ms rascar sus
liendres al sol en medio del arroyo, que aprisionarse en el rgimen un
poco fro de las Casas de Caridad, donde, adems, tienen que aguantar la
frula religiosa.

Al rancho metdico prefieren la guiropa en la alegra de las solanas, de
sabrosa y picara parla con sus hermanos de cofrada. Y mejor que los
lechos iguales y helados, con algo de cuartel o de hospital, les sabe
ms gustoso apretujarse en la escalerilla de Cuchilleros. Ante todo,
hacer lo que les d la real gana, y despus Dios proveer...

Es estril toda iniciativa contra la mendicidad: es como una costra del
alma espaola, que no curan los bandos de ningn corregidor. Espaa es
un pas de pirueta, de azar y de aventura, y los mendigos son una rancia
y pintoresca representacin. En la patria de los pedigeos, donde todos
somos un poco mangantes, el mendigo es perfectamente respetable. Hay en
nosotros un sabroso anhelo de tomar el sol tranquilamente, esperando el
milagro del pan y de los peces en forma de destinejo oficial o de
combinacin lucrativa. En un pueblo de trabajo, de ideales, de ciencia
y de arte, la mendicidad es un tumor repugnante, como tambin es
criminosa la existencia del noble juego de la Lotera. Pero nosotros
encendemos luminarias a la diosa Casualidad, convencidos de que vivir
del esfuerzo personal es una utopa.

Un mendigo vive mejor que un pequeo covachuelista, y de sobra ms
holgadamente que un obrero. En una tarde de trabajo, cualquier mendigo
un poco acreditado saca de ocho a diez pesetas, es decir, el sueldo de
jefe de tercera de cualquier negociado, y no tiene que aherrojarse en la
covachuela, ni ponerse los manguitos, ni tocarse con un gorrito absurdo.

El mangante tiene un castizo abolengo, y nuestros contemporneos lo son,
ms que por necesidad, por imperativo de la casta, por una enorme fuerza
de atavismo.

Oh, capa de mendigo, santificada y evanglica, altiva como la del mismo
rey! La que pas flotante por las pginas de la picaresca del Siglo de
Oro; la que vemos hoy en las solanas, a la puerta de los cuarteles, o,
como una visin goyesca, en las escalerillas de Cuchilleros, mientras
suenan cantarinas las fuentecillas de la Plaza Mayor. Debajo de tus
harapos hay un jirn del alma espaola, aventurera y andariega, castiza
y soadora.

Capa de los mendigos juglares que van por las aldeas, tabardos que
cobijan a los fingidos paralticos, que desgranan el rosario de sus
cuitas y se arrastran al sol lo mismo que gusanos; manos pedigeas,
perfiles costrosos, pupilas sin luz, que sois las clsicas figuras del
viejo retablo, tenis una jocunda poesa antaona que en vano quieren
borrar los graves varones y las nobles damas de Concejos y de piadosas
Hermandades.

Pas de pirueta y de lotera, donde reina lo imprevisto, y la aventura,
y salto mortal; donde el Arte y la Ciencia son pordioseros, donde se
mendiga todo, desde la bicoca poltica hasta el duro pan proletario,
donde el esfuerzo personal no da derecho a esperar nada, con qu
autoridad queremos suprimir la mendicidad pintoresca? No os parece que
toda Espaa va envuelta en una capa de mendigo?





EDITORIAL FORTANET

                                                          Pesetas.

GEORGES RODENBACH:
=Brujas, la muerta= (traduccin de ANDRS GUILMAIN)  2,00

EMILIO CARRRE:
=La copa de Verlaine=                                         1,50


EN PRENSA

ANTONIO DE HOYOS:
=Las lobas de arrabal= (novela)                               3,50

EMILIO CARRRE:
=Las mejores poesas de Emilio Carrre=
(edicin de lujo)                                             3,50

FERNANDO MORA:
=Los hijos de nadie= (novela)                                 3,50

VILLIERES DE L'ISLE ADAM:
=Cuentos crueles= (traduccin de A. MARCO).                   2,00

PEDRO LUIS DE GLVEZ:
=Los sonetos y la cancin de la Muerte.=                      1,00

VERLAINE:
=Poemas= (Traduccin de E. Puche)                             2,00

RAMREZ ANGEL:
=La villa pintoresca y sentimental=                           1,50

Y otras obras de LVARO RETANA, FERNNDEZ FLREZ, CAMBA, BARRIOBERO,
VALERO MARTN, HERNNDEZ CAT, ORTIZ DE PINEDO, SAN JOS, E. PUCHE,
TRUJILLO y otros escritores de nombre prestigioso.





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501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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