The Project Gutenberg EBook of Mare nostrum, by Vicente Blasco Ibez

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Title: Mare nostrum

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: October 29, 2007 [EBook #23236]

Language: Spanish

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VICENTE BLASCO IBAEZ

MARE NOSTRUM

(NOVELA)

95.OOO EJEMPLARES

PROMETEO

Gemanas, 33.--VALENCIA

(Published in Spain)

ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproduccin, traduccin
y adaptacin.

Copyright 1919, by V. Blasco Ibez.




INDICE

     I.--El capitn Ulises Ferragut.
    II.--Mater Anfitrita.
   III.--Pater Oceanus.
    IV.--Freya.
     V.--El Acuario de Npoles.
    VI.--Los artificios de Circe.
   VII.--El pecado de Ferragut.
  VIII.--El joven Telmaco.
    IX.--El encuentro de Marsella.
     X.--En Barcelona.
    XI.--Adis. Voy  morir.
   XII.--Anfitrita!... Anfitrita!




MARE NOSTRUM




I

EL CAPITN ULISES FERRAGUT


Sus primeros amores fueron con una emperatriz.

El tena diez aos y la emperatriz seiscientos. Su padre, don Esteban
Ferragut--tercera cuota del Colegio de Notarios de Valencia--, admiraba
las cosas del pasado.

Viva cerca de la catedral, y los domingos y fiestas de guardar, en vez
de seguir  los fieles que acudan  los aparatosos oficios presididos
por el cardenal-arzobispo, se encaminaba con su mujer y su hijo  or
misa en San Juan del Hospital, iglesia pequea, rara vez concurrida en
el resto de la semana.

El notario, que en su juventud haba ledo  Wlter Scott, experimentaba
la dulce impresin del que vuelve  su pas de origen al ver las paredes
que rodean el templo, viejas y con almenas. La Edad Media era el perodo
en que habra querido vivir. Y el buen don Esteban, pequeo, rechoncho y
miope, senta en su interior un alma de hroe nacido demasiado tarde al
pisar las seculares losas del templo de los Hospitalarios. Las otras
iglesias enormes y ricas le parecan monumentos de inspida vulgaridad,
con sus fulguraciones de oro, sus escarolados de alabastro y sus
columnas de jaspe. Esta la haban levantado los caballeros de San Juan,
que, unidos  los del Temple, ayudaron al rey don Jaime en la conquista
de Valencia.

Al atravesar un pasillo cubierto, desde la calle al patio interior,
saludaba  la Virgen de la Reconquista trada por los freires de la
belicosa Orden: imagen de piedra tosca, con colores y oros imprecisos,
sentada en un sitial romnico. Unos naranjos agrios destacaban su verde
ramazn sobre los muros de la iglesia, ennegrecida sillera perforada
por largos ventanales cegados con tapia. De los estribos salientes de su
refuerzo surgan, en lo ms alto, monstruosos endriagos de piedra,
carcomida.

En su nave nica quedaba muy poco de este exterior romntico. El gusto
barroco del siglo XVII haba ocultado la bveda ojival bajo otra de
medio punto, cubriendo adems las paredes con un revoque de yeso. Pero
sobrevivan  la despiadada restauracin los retablos medioevales, los
blasones nobiliarios, los sepulcros de los caballeros de San Juan con
inscripciones gticas, y esto bastaba para mantener despierto el
entusiasmo del notario.

Haba que aadir adems la calidad de los fieles que asistan  sus
oficios. Eran pocos y escogidos; siempre los mismos. Unos se dejaban
caer en su asiento, flcidos y gotosos, sostenidos por un criado viejo 
por la esposa, que iba con pobre mantilla, lo mismo que una ama de
gobierno. Otros oan la misa de pie, irguiendo su descarnada cabeza, que
presentaba un perfil de pjaro de combate, cruzando sobre el pecho las
manos siempre negras, enguantadas de lana en el invierno y de hilo en el
verano. Los nombres de todos ellos los conoca Ferragut por haberlos
ledo en las _Trovas_ de Mosn Febrer, mtrico relato en lemosn de los
hombres de guerra que vinieron al cerco de Valencia desde Aragn,
Catalua, el Sur de Francia, Inglaterra y la remota Alemania.

Al terminar la misa, los imponentes personajes movan la cabeza
saludando  los fieles ms cercanos. Buenos das. Para ellos era como
si acabase de salir el sol: las horas de antes no contaban. Y el
notario, con voz melosa, ampliaba su respuesta: Buenos das, seor
marqus. Buenos das, seor barn. Sus relaciones no iban ms all;
pero Ferragut senta por los nobles personajes la simpata que sienten
los parroquianos de un establecimiento, acostumbrados  mirarse durante
aos con ojos afectuosos, pero sin cruzar mas que un saludo.

Su hijo Ulises se aburra en la iglesia obscura y casi desierta,
siguiendo los montonos incidentes de una misa cantada. Los rayos del
sol, chorros oblicuos de oro que venan de lo alto iluminando espirales
de polvo, moscas y polillas, le hacan pensar nostlgicamente en las
manchas verdes de la huerta, las manchas blancas de los caseros, los
penachos negros del puerto, repleto de vapores, y la triple fila de
convexidades azules coronadas de espuma que venan  deshacerse con
cadencioso estruendo sobre la playa color de bronce.

Cuando dejaban de brillar las capas bordadas de los tres sacerdotes del
altar mayor y apareca en el plpito otro sacerdote blanco y negro,
Ulises volva la vista  una capilla lateral. El sermn representaba
para l media hora de somnolencia poblada de esfuerzos imaginativos. Lo
primero que buscaban sus ojos en la capilla de Santa Brbara era una
arca clavada en la pared  gran altura, un sepulcro de madera pintada,
sin otro adorno que esta inscripcin: _Aqu yace doa Constanza Augusta,
Emperatriz de Grecia._

El nombre de Grecia tena el poder de excitar la fantasa del pequeo.
Tambin su padrino, el abogado Labarta, poeta laureado, no poda repetir
este nombre sin que una contraccin fervorosa pasase por su barba entre
cana y una luz nueva por sus ojos. Algunas veces, al poder misterioso de
tal nombre se yuxtapona un nuevo misterio ms obscuro y de angustioso
inters: Bizancio. Cmo aquella seora augusta, soberana de remotos
pases de magnificencia y de ensueo, haba venido  dejar sus huesos en
una lbrega capilla de Valencia, dentro de un arcn semejante  los que
guardaban retazos y cachivaches en los desvanes del notario?...

Un da, despus de la misa, don Esteban le haba contado su historia
rpidamente. Era hija de Federico II de Suabia, un Hohenstaufen, un
emperador de Alemania, pero que estimaba en ms su corona de Sicilia.
Haba llevado en los palacios de Palermo--verdaderas _ruzafas_ por sus
orientales jardines--una existencia de pagano y de sabio, rodeado de
poetas y hombres de ciencia (judos, mahometanos y cristianos), de
bayaderas, de alquimistas y de feroces guardias sarracenos. Legisl como
los jurisconsultos de la antigua Roma, escribiendo al mismo tiempo los
primeros versos en italiano. Su vida fu un continuo combate con los
Papas, que lanzaban contra l excomunin sobre excomunin. Para obtener
la paz se haca cruzado y marchaba  la conquista de Jerusaln. Pero
Saladino, otro filsofo de la misma clase, se pona rpidamente de
acuerdo con su colega cristiano. La posesin de una pequea ciudad
rodeada de eriales y con un sepulcro vaco no vala la pena de que los
hombres se degollasen durante siglos. El monarca sarraceno le entregaba
Jerusaln graciosamente, y el Papa volva  excomulgar  Federico por
haber conquistado los Santos Lugares sin derramamiento de sangre.

--Fu un grande hombre--murmuraba don Esteban--. Hay que reconocer que
fu un grande hombre...

Lo deca tmidamente, sintiendo que sus entusiasmos por aquella poca
remota le obligasen  hacer esta concesin  un enemigo de la Iglesia.
Se estremeca al pensar en los libros blasfematorios, que nadie haba
visto, pero cuya paternidad atribua Roma al emperador siciliano:
especialmente el de _Los tres impostores_, en el que Federico meda con
el mismo rasero  Moiss, Jess y Mahoma. Este escritor coronado era el
periodista ms antiguo de la Historia: el primero que en pleno siglo
XIII haba osado apelar al juicio de la opinin pblica en sus
manifiestos contra Roma.

Su hija la haba casado con un emperador de Bizancio, Juan Dukas
Vatatzs, el famoso Vatacio, cuando ste tena cincuenta aos y ella
catorce. Era una hija natural, legitimada luego, como casi toda su
prole: un producto de su harn libre, en el que se mezclaban beldades
sarracenas y marquesas italianas. Y la pobre joven, casada con Vatacio
el Hertico por un padre necesitado de alianzas, haba vivido largos
aos en Oriente con toda la pompa de una basilisa, envuelta en
vestiduras de rgidos bordados que representaban escenas de los libros
santos, calzada con borcegues de prpura que llevaban en las suelas
guilas de oro, ltimo smbolo de la majestad de Roma.

Primeramente haba reinado en Nicea, refugio de los emperadores griegos
mientras Constantinopla estuvo en poder de los cruzados, fundadores de
una dinasta latina; luego, cuando, muerto Vatacio, el audaz Miguel
Palelogo reconquistaba Constantinopla, la viuda imperial se vea
solicitada por este aventurero victorioso. Durante varios aos resisti
 sus pretensiones, consiguiendo al fin que su hermano Manfredo, nuevo
rey de Sicilia, la devolviese  su patria. Federico haba muerto;
Manfredo haca frente  las tropas pontificales y  la cruzada francesa
que haban levantado los Papas ofreciendo al rudo Carlos de Anjou la
corona de Sicilia. La pobre emperatriz griega llegaba  tiempo para
recibir la noticia de la muerte de su hermano en una batalla y seguir la
fuga de su cuada y sus sobrinos. Todos se refugiaban en Lucera dei
Pagani, castillo defendido por los sarracenos al servicio de Federico,
nicos fieles  su memoria.

El castillo caa en poder de los guerreros de la Iglesia, y la esposa de
Manfredo era conducida  una prisin, donde se extingua su vida al poco
tiempo. La obscuridad tragaba los ltimos restos de la familia maldecida
por Roma. La muerte rondaba en torno de la basilisa. Todos perecan: su
hermano Manfredo, su hermanastro el potico y lamentable Encio, hroe de
tantas canciones. Su sobrino el caballeresco Coradino iba  morir ms
adelante bajo el hacha del verdugo al intentar la defensa de sus
derechos. Como la emperatriz oriental no representaba ningn peligro
para la dinasta de Anjou, el vencedor la dejaba seguir su destino sola
y desamparada, como una princesa de Shakespeare.

Viuda del emperador Juan Dukas, tena el seoro de tres villas
importantes de Anatolia, con una renta de tres mil besantes de oro fino.
Pero esta renta lejana, no llegaba nunca. Y casi de limosna se embarc
en una nave que haca rumbo  las perfumadas orillas del golfo de
Valencia. Su sobrina Constanza, hija de Manfredo, estaba casada con el
infante don Pedro de Aragn, hijo de don Jaime. La basilisa se instalaba
en Valencia, recin conquistada. Su sobrino el futuro Pedro III, que
intervena en el gobierno por la ancianidad de su padre, le ofreci
Estados; pero cansada de una vida de aventuras, prefera entrar en el
convento de Santa Brbara.

Ultima representante del glorioso Federico, ella y su sobrina Constanza
transmitan  Pedro III los derechos sobre Sicilia, y el grave y tenaz
monarca aragons los reivindicaba aos adelante, apoderndose de la isla
luego de las famosas Vsperas Sicilianas. La pobre emperatriz vivi
hasta el siglo siguiente en la pobreza de un convento recin fundado,
recordando las aventuras de su destino melanclico, viendo con la
imaginacin el palacio de mosaicos de oro junto al lago de Nicea, los
jardines donde Vatacio haba querido morir bajo una tienda de prpura,
las gigantescas murallas de Constantinopla, las bvedas de Santa Sofa,
con sus teoras hierticas de santos y basileos coronados.

De todos sus viajes y sus fortunas esplendorosas slo haba conservado
una piedra, nico equipaje que la acompa al saltar en la playa de
Valencia. Era un fragmento de una roca de Nicodemia que man agua
milagrosamente para el bautismo de Santa Brbara. El notario mostraba 
su hijo el sagrado pedrusco incrustado sobre una pileta de agua bendita.
En la misma capilla estaba la tumba de otra princesa, hija del basileo
Teodoro Lascaris, que haba venido  reunirse con su ta en el lejano
destierro.

Ulises, sin dejar de admirar los conocimientos histricos de su padre,
los acoga con cierta ingratitud.

--Mi padrino me explicar mejor esto... Mi padrino sabe ms.

Cuando miraba la capilla de Santa Brbara en el transcurso de la misa,
sus ojos huan del fnebre arcn. Le inspiraba repugnancia el pensar en
los huesos hechos polvo. Aquella doa Constanza no exista. La que le
interesaba era la otra, la que estaba un poco ms all, pintada en un
pequeo cuadro. Doa Constanza tuvo lepra--enfermedad que en aquellos
tiempos no perdonaba  las emperatrices--, y Santa Brbara cur
milagrosamente  su devota. Para perpetuar este suceso, all estaba
Santa Brbara en el cuadro, vestida con ancha saya y mangas de farol
acuchilladas, lo mismo que una dama del siglo XV, y  sus pies la
basilisa con traje de labradora valenciana y gruesas joyas. En vano
afirm don Esteban que este cuadro haba sido pintado siglos despus de
la muerte de la emperatriz. La imaginacin del nio saltaba
desdeosamente sobre estos reparos. As haba sido doa Constanza, tal
como apareca en el lienzo, pelirrubia y con enormes ojos negros,
guapetona, un poco llena de carnes, como conviene  una mujer
acostumbrada  arrastrar mantos regios y que slo por devocin accede 
disfrazarse de campesina.

La imagen de la emperatriz llen su pensamiento infantil. Por las
noches, cuando senta miedo en la cama, impresionado por la enormidad
del saln que le serva de alcoba, le bastaba hacer memoria de la
soberana de Bizancio para olvidar inmediatamente sus inquietudes y los
mil ruidos extraos del viejo edificio. Doa Constanza!... Se dorma
abrazado  la almohada, como si sta fuese la cabeza de la basilisa. Sus
ojos cerrados vean las negras pupilas de la regia seora, maternales y
amorosas.

Todas las mujeres, al aproximarse  l, tomaban algo de aquella otra que
dorma seis siglos en lo alto de un muro.

Cuando su madre, la dulce y plida doa Cristina, dejaba por un instante
sus labores y le daba un beso, vea en su sonrisa algo de la emperatriz.
Cuando Visanteta, una criada de la huerta, morena, con ojos de zarzamora
y una piel ardorosa y fina, le ayudaba  desnudarse  le despertaba para
llevarle al colegio, Ulises tenda los brazos en torno de ella con
repentino entusiasmo, como si le embriagase el perfume de animalidad
vigorosa y pdica que exhalaba la muchacha. Visanteta!... Oh,
Visanteta!... Y pensaba en doa Constanza. As deban oler las
emperatrices, as deba ser el contacto de su epidermis.

Estremecimientos misteriosos  incomprensibles atravesaban su cuerpo
como ligeros vapores, como dbiles burbujas del lgamo que duerme en el
fondo de toda infancia y se remonta  la superficie con las
fermentaciones de la juventud.

Su padre adivinaba una parte de esta vida imaginativa al ver sus juegos
y lecturas.

--Ah, comediante!... Ah, historiero!... Eres igual  tu padrino.

Deca esto con una sonrisa ambigua en la que entraban igualmente su
menosprecio por los idealismos intiles y su respeto  los artistas; un
respeto semejante  la veneracin que sienten los rabes por los locos,
viendo en su demencia un regalo de Dios.

Doa Cristina ansiaba que este hijo nico, objeto de mimos y cuidados
como un prncipe heredero, fuese sacerdote. Verle cantar la primera
misa!... Luego cannigo; luego prelado. Quin sabe si, cuando ella no
existiese, otras mujeres le admiraran precedido de una cruz de oro,
arrastrando el manto rojo de cardenal-arzobispo, rodeado de un estado
mayor de sobrepellices, y envidiaran  la madre que haba dado  luz
este magnate eclesistico!...

Para guiar las aficiones de su hijo haba instalado una iglesia en uno
de los salones intiles del casern. Los compaeros de colegio de Ulises
acudan en las tardes libres, atrados doblemente por el encanto de
jugar  los curas y por la merienda generosa que preparaba doa
Cristina para dejar satisfecho  todo el clero parroquial.

La solemnidad empezaba por el furioso volteo de unas campanas montadas
en una puerta del saln. Los clientes del notario, sentados en el
entresuelo en espera de los papeles que acababan de garrapatear  toda
prisa los escribientes, levantaban la cabeza con asombro. El metlico
estrpito haca temblar aquel edificio, cuyos rincones parecan repletos
de silencio, y conmova la calle, por la que slo de tarde en tarde
pasaba un carruaje.

Mientras unos encendan las velas del altar y desdoblaban los sagrados
manteles con primorosas randas, obra de doa Cristina, el hijo y sus
amigos ms ntimos se revestan  la vista de los fieles, cubrindose
con albas y doradas casullas, colocando en sus cabezas graciosos
bonetes. La madre, que espiaba detrs de una puerta, tena que hacer
esfuerzos para no entrar y comerse  besos  Ulises. Con qu gracia
imitaba los gestos y genuflexiones del sacerdote principal!...

Hasta aqu todo iba perfectamente. Cantaban  pleno pulmn los tres
oficiantes junto  la pirmide de luces, y el coro de fieles responda
desde el fondo de la pieza con temblores de impaciencia. De pronto
surga la protesta, el cisma, la hereja. Ya haban hecho bastante de
capellanes los que estaban en el altar. Deban ceder las casullas  los
que miraban, para que,  su vez, ejerciesen el sagrado ministerio. Esto
era lo tratado. Pero el clero se resista al despojo con la altivez y la
majestad de los derechos adquiridos, y las manos impas tiraban de las
santas vestiduras, profanndolas hasta rasgarlas. Gritos, coces,
imgenes y cirios por el suelo, escndalo y abominacin, como si ya
hubiese nacido el Anticristo. La prudencia de Ulises pona trmino  la
lucha. Si fusemos  jugar al _prche_?...

El _prche_ era el inmenso desvn del casern. Todos aceptaban con
entusiasmo. Se acab la iglesia! Y como una bandada de pjaros, volaban
escalera arriba, sobre unos peldaos de azulejos multicolores con
redondeles de barniz saltado que mostraban la roja pasta del ladrillo.
Los ceramistas valencianos del siglo XVIII los haban ornado con galeras
berberiscas y cristianas, aves de la cercana Albufera, cazadores de
blanca peluca que ofrecan flores  una labradora, frutas de todas
clases y briosos jinetes cabalgando en caballos como la mitad de su
cuerpo ante casas y rboles que apenas llegaban  las rodillas del
corcel.

Se esparca el ruidoso grupo por el ltimo piso como las ms horrendas
invasiones de la Historia. Gatos y ratas huan por igual  los rincones.
Los pjaros, despavoridos, salan como flechas por los tragaluces del
techo.

Pobre notario!... Jams haba vuelto con las manos vacas cuando era
llamado fuera de la ciudad por la confianza de los labriegos ricos,
incapaces de creer en otra ciencia jurdica que no fuese la suya. Era el
tiempo en que los comerciantes de antigedades no haban descubierto an
la rica Valencia, donde la gente popular se visti de seda durante
siglos, y muebles, ropas y cacharros parecan impregnarse de la luz de
un sol siempre igual, del azul de un ambiente siempre sereno.

Don Esteban, que se crea obligado  ser anticuario en su calidad de
individuo de varias sociedades regionales, iba llenando su casa con los
restos del pasado adquiridos en los pueblos  que le ofrecan
espontneamente sus clientes. No encontraba ya para los cuadros paredes
libres, ni espacio en sus salones para los muebles. Por esto las nuevas
adquisiciones tomaban el camino del _prche_, provisionalmente, en
espera de una instalacin definitiva. Aos despus, cuando al retirarse
de la profesin pudiera construir un castillo medioeval--todo lo
medioeval que fuese posible--en las costas de la Marina, junto al pueblo
donde haba nacido, colocara cada objeto en un lugar digno de su
importancia.

Lo que el notario iba dejando en las habitaciones del primer piso
apareca misteriosamente en el desvn, como si le hubiesen salido patas.
Doa Cristina y sus sirvientas, obligadas  vivir en continua pelea con
el polvo y las telaraas de un edificio que se desmenuzaba poco  poco,
sentan un odio feroz contra todo lo viejo.

Arriba no eran posibles las desavenencias y batallas de los muchachos
por falta de disfraces. No tenan mas que hundir sus manos en cualquiera
de los arcones que latan con sordo crepitamiento de carcoma, y cuyos
hierros, calados como encajes, se desclavaban de la madera. Unos
blandan espadines de puos de ncar  largas tizonas, luego de
envolverse en capas de seda carmes obscurecidas por los aos. Otros se
echaban en hombros colchas de brocado venerables, faldas de labradora
con gruesas flores de oro, guardainfantes de rico tejido que crujan
como papel.

Cuando se cansaban de imitar  los cmicos con ruidoso choque de espadas
y cadas de muerte, Ulises y otros amantes de la accin proponan el
juego de ladrones y alguaciles. Los ladrones no podan ir vestidos con
ricas telas, su uniforme deba ser modesto. Y revolvan unos montones de
trapos de colores apagados que parecan arpilleras. En las diversas
manchas de su tejido se adivinaban piernas, brazos, cabezas, ramajes de
un verde metlico.

Don Esteban haba encontrado estos fragmentos rotos ya por los
labradores para tapar tinajas de aceite  servir de mantas  las mulas
de labor. Eran pedazos de tapices copiados de cartones del Ticiano y de
Rubens. El notario los guardaba nicamente por respeto histrico. El
tapiz careca entonces de mrito, como todas las cosas que abundan. Los
roperos de Valencia tenan en sus almacenes docenas de paos de la misma
clase, y al llegar la fiesta del Corpus cubran con ellos las vallas de
los terrenos sin edificar en las calles seguidas por la procesin.

Otras veces, Ulises repeta el mismo juego con el ttulo de indios y
conquistadores. Haba encontrado en los montones de libros almacenados
por su padre un volumen que relataba,  dos columnas, con abundantes
grabados en madera, las navegaciones de Coln, las guerras de Hernn
Corts, las hazaas de Pizarro.

Este libro influy en el resto de su existencia. Muchas veces, siendo
hombre, encontr su imagen latente en el fondo de sus actos y sus
deseos. En realidad, slo haba ledo algunos fragmentos. Para l lo
interesante eran los grabados, ms dignos de su admiracin que todos los
cuadros del desvn.

Con la punta de su estoque trazaba en el suelo una lnea, lo mismo que
Pizarro en la isla del Gallo ante sus desalentados compaeros, prontos 
desistir de la conquista. Que todo buen castellano pase esta raya... Y
los buenos castellanos--una docena de pilluelos con largas capas y
tizonas, cuya empuadura les llegaba  la boca--venan  agruparse en
torno del caudillo, que imitaba los gestos heroicos del conquistador.
Luego surga el grito de guerra: Sus,  los indios!

Estaba convenido que los indios deban huir: para eso iban envueltos
modestamente en un trozo de tapiz y llevaban en la cabeza plumas de
gallo. Pero huan traidoramente, y al verse sobre vargueos, mesas y
pirmides de sillas, empezaban  disparar volmenes contra sus
perseguidores. Venerables libros de piel con dorados suaves, infolios de
blanco pergamino, se abran al caer en el suelo, rompindose sus
nervios, esparciendo una lluvia de pginas impresas  manuscritas, de
amarillentos grabados, como si soltasen la sangre y las entraas,
cansados de vivir.

El escndalo de estas guerras de conquista atrajo la intervencin de
doa Cristina. Ya no quiso admitir ms  unos diablos que preferan las
gritonas aventuras del desvn  las delicias msticas de la abandonada
capilla. Los indios eran los ms dignos de execracin. Para compensar la
humildad de su papel con nuevos esplendores, haban acabado por meter
sus tijeras pecadoras en tapices enteros, cortndose varias dalmticas
de modo que les cayese sobre el pecho una cabeza de hroe  de diosa.

Ulises, al quedar sin compaeros, encontr un nuevo encanto  la vida en
el desvn. El silencio poblado de chasquidos de maderas y correteos de
animales invisibles, la cada inexplicable de un cuadro  de unos libros
apilados, le hacan paladear una sensacin de miedo y de misterio
nocturnos bajo los chorros de sol que entraban por los tragaluces.

En esta soledad se encontraba mejor. Poda poblarla  su capricho. Le
estorbaban los seres reales, como los inoportunos ruidos que despiertan
de un ensueo hermoso. El desvn era un mundo con varios siglos de
existencia, que le perteneca por entero y se plegaba  todas sus
fantasas.

Metido en un cofre sin tapa, lo haca balancearse, imitando con la boca
los rugidos de la tempestad. Era una carabela, un galen, una nave, tal
como los haba visto en los viejos libros: las velas con leones y
crucifijos pintados, un castillo en la popa y un figurn tallado en el
avante, que se hunda en las olas para reaparecer chorreando.

El cofre, en fuerza de empujones, abordaba la costa tallada  pico de un
arcn, el golfo triangular de dos cmodas, la blanda playa de unos
fardos de telas. Y el navegante, seguido de una tripulacin tan numerosa
como irreal, saltaba  tierra tizona en mano, escalando unas montaas de
libros, que eran los Andes, y agujereaba varios volmenes con el regatn
de una lanza vieja para plantar su estandarte. Por qu no haba de ser
conquistador?...

Intilmente acudan  su memoria fragmentos de conversacin entre su
padrino y su padre, segn los cuales todo era conocido en la superficie
de la tierra. Algo, sin embargo, quedara por descubrir. El era el punto
de encuentro de dos lneas de marinos. Los hermanos de su madre tenan
barcos en la costa de Catalua. Los abuelos de su padre haban sido
valerosos y obscuros navegantes, y all en la Marina estaba su to el
mdico, un verdadero hombre de mar.

Al fatigarse de estas orgas imaginativas, contemplaba los retratos de
diversas pocas almacenados en el desvn. Prefera los de mujeres: damas
de melena corta y rizada, con un lazo en una sien, como las que pint
Velzquez, caras largas del siglo siguiente, con boca de cereza, dos
lunares en las mejillas y una torre de pelo blanco. El recuerdo de la
basilisa pareca esparcirse por estos cuadros. Todas las damas tenan
algo de ella.

Entre los retratos de hombres haba un obispo que le molestaba por su
edad absurda. Era casi de sus aos; un obispo adolescente, con ojos
imperiosos y agresivos. Estos ojos le inspiraban cierto pavor, y por lo
mismo decidi acabar con ellos: Toma! Y clav su espada en el viejo
cuadro, aadiendo  sus desconchados dos agujeros en el lugar de las
pupilas. Todava, para mayor remordimiento, aadi unas cuantas
cuchilladas... En la misma noche, estando su padrino invitado  cenar,
el notario habl de cierto retrato adquirido meses antes en las
inmediaciones de Jtiva, ciudad que miraba con inters por haber nacido
los Borgia en una aldea cercana. Los dos hombres eran de la misma
opinin. Aquel prelado casi infantil no poda ser otro que Csar Borgia,
nombrado arzobispo de Valencia, por su padre el Papa, cuando tena diez
y seis aos. Un da que estuviesen libres examinaran con detenimiento
el retrato... Y Ulises, bajando la cabeza, sinti que se le atragantaban
los bocados.

Ir  casa del padrino representaba para l un placer ms intenso y
palpable que los juegos solitarios del desvn. El abogado don Carmelo
Labarta se mostraba ante sus ojos como la personificacin de la vida
ideal, de la gloria de la poesa. El notario hablaba de l con
entusiasmo, compadecindole al mismo tiempo.

--Ese don Carmelo!... El primer civilista de nuestra poca. A espuertas
podra ganar el dinero, pero los versos le atraen ms que los pleitos.

Ulises entraba en su despacho con emocin. Sobre las filas de libros
multicolores y dorados que cubran las paredes vea unas cabezotas de
yeso, con frentes de torre y ojos huecos que parecan contemplar la nada
inmensa.

El nio repeta sus nombres como un pedazo de santoral, desde Homero 
Vctor Hugo. Despus buscaba con su vista otra cabeza igualmente
gloriosa, aunque menos blanca, con las barbas rubias y entrecanas, la
nariz rubicunda y unas mejillas herpticas que en ciertos momentos
echaban  volar las pelculas de su caspa. Los ojos dulces del padrino,
unos ojos amarillos moteados de pepitas negras, acogan  Ulises con el
amor de un soltern que se hace viejo y necesita inventarse una familia.
El era quien le haba dado en la pila bautismal su nombre, que tanta
admiracin y risa despertaba en los compaeros de colegio; l quien le
haba contado muchas veces las aventuras del navegante rey de Itaca con
la paciencia de un abuelo que relata  su nieto la vida del santo
onomstico.

Luego, el muchacho consideraba con no menos devocin todos los recuerdos
de gloria que adornaban la casa: coronas de hojas de oro, copas
argentinas, desnudeces marmreas, placas de diversos metales sobre fondo
de peluche, en las que brillaba imperecedero el nombre del poeta
Labarta. Todo este botn lo haba conquistado  punta de verso en los
certmenes, como guerrero incansable de las letras.

Al anunciarse unos Juegos Florales temblaban los competidores, temiendo
que al gran don Carmelo se le ocurriese apetecer alguno de los premios.
Con asombrosa facilidad se llevaba la flor natural destinada  la oda
heroica, la copa de oro del romance amoroso, el par de estatuas
dedicadas al ms completo estudio histrico, el busto de mrmol para la
mejor leyenda en prosa, y hasta el bronce de arte recompensa del
estudio filolgico. Los dems slo podan aspirar  las sobras.

Por fortuna, se haba confinado en la literatura regional, y su
inspiracin no admita otro ropaje que el del verso valenciano. Fuera de
Valencia y sus pasadas glorias, slo la Grecia mereca su admiracin.
Una vez al ao le vea Ulises puesto de frac, con el pecho constelado de
condecoraciones y una cigarra de oro en la solapa, distintivo de los
felibres de Provenza.

Era que se iba  celebrar la fiesta de la literatura lemosina, en la que
desempeaba siempre un primer papel: vate premiado, discurseante, 
simple dolo, al que tributaban sus elogios otros poetas, clrigos dados
 la rima, encarnadores de imgenes religiosas, tejedores de seda que
sentan perturbada la vulgaridad de su existencia por el cosquilleo de
la inspiracin; toda una cofrada de vates populares, ingenuos y de
estro casero, que recordaban  los Maestros Cantores de las viejas
ciudades alemanas.

Labarta, despus de transcurridos doscientos aos, no haba llegado 
perdonar  Felipe V, dspota francs que reemplaz  los dspotas
austriacos. El haba suprimido los fueros de Valencia. Borbn, maldito
seas!... Pero se lo deca en verso y en lemosn, circunstancias
atenuantes que le permitan ser partidario de los sucesores de Felipe el
Maldito y haber figurado por unos meses como diputado mudo del gobierno.

Su ahijado se lo imaginaba  todas horas con una corona de laurel en las
sienes, lo mismo que aquellos poetas misteriosos y ciegos cuyos retratos
y bustos ornaban la biblioteca. Vea perfectamente su cabeza limpia de
tal adorno, pero la realidad perda todo valor ante la firmeza de sus
concepciones. Su padrino deba llevar corona cuando l no estaba
presente. Indudablemente la llevaba  solas, como un gorro casero.

Otro motivo de admiracin eran los viajes del grande hombre. Haba
vivido en el lejano Madrid--escenario de casi todas las novelas ledas
por Ulises--, y cierta vez hasta haba pasado la frontera, lanzndose
audazmente por un pas remoto titulado el Medioda de Francia, para
visitar  otro poeta que l llamaba mi amigo Mistral. Su imaginacin,
pronta  ilgica en sus decisiones, envolva al padrino en un halo de
inters heroico semejante al de los conquistadores.

Al sonar las campanadas de las doce, Labarta, que no admita
informalidades en asuntos de mesa, se impacientaba, cortando el relato
de sus viajes y triunfos.

--Doa Pepa! Aqu tenemos al convidado.

Doa Pepa era el ama de llaves, la compaera del grande hombre, que
llevaba quince aos atada al carro de su gloria. Se entreabra un
cortinaje, y avanzaba una pechuga saliente sobre un abdomen encorsetado
con crueldad. Despus, mucho despus, apareca un rostro blanco y
radiante, una cara de luna. Y mientras saludaba al pequeo Ulises con su
sonrisa de astro nocturno, segua entrando y entrando el complemento
dorsal de su persona, cuarenta aos carnales, frescos, exuberantes,
inmensos.

El notario y su esposa hablaban de doa Pepa como de una persona
familiar, pero el nio nunca la haba visto en su casa. Doa Cristina
elogiaba sus cuidados con el poeta, pero desde lejos y sin deseos de
conocerla. Don Esteban excusaba al grande hombre.

--Qu quieres!... Es un artista, y los artistas no pueden vivir como
Dios manda. Todos, por serios que parezcan, son en el fondo unos
perdidos. Qu lstima! Un abogado tan eminente... El dinero que podra
ganar!...

Las lamentaciones del padre abrieron nuevos horizontes  la malicia del
pequeo. De un golpe abarc el mvil principal de nuestra existencia,
que hasta entonces slo haba columbrado envuelto en misterios. Su
padrino tena relaciones con una mujer; era un enamorado como los hroes
de las novelas. Record muchas de sus poesas valencianas, todas
dirigidas  una dama; unas veces cantando su belleza con la embriaguez y
la noble fatiga de una reciente posesin; otras quejndose de su desvo,
pidindole la entrega de su alma, sin la cual no es nada la limosna del
cuerpo.

Ulises se imagin una gran seora, hermosa como doa Constanza. Cuando
menos, deba ser marquesa. Su padrino bien mereca esto. Y se imagin
igualmente que sus encuentros deban ser por la maana, en uno de los
huertos de fresas inmediatos  la ciudad, adonde le llevaban sus padres
 tomar chocolate despus de or la primera misa en los amaneceres
dominicales de Abril y Mayo.

Mucho despus, cuando sentado  la mesa del padrino sorprendi
cruzndose sobre su cabeza las sonrisas de ste y el ama de llaves,
lleg  sospechar si doa Pepa sera la inspiradora de tanto verso
lacrimoso y entusistico. Pero su buena fe se encabritaba ante tal
suposicin. No, no era posible; forzosamente deba existir otra.

El notario, que llevaba largos aos de amistad con Labarta, pretenda
dirigirle con su espritu prctico, siendo el lazarillo de un genio
ciego. Una renta modesta heredada de sus padres bastaba al poeta para
vivir. En vano le proporcion su amigo pleitos que representaban enormes
cuentas de honorarios. Los autos voluminosos se cubran de polvo en la
mesa, y don Esteban haba de preocuparse de las fechas, para que el
abogado no dejase pasar los trminos del procedimiento.

Su hijo, su Ulises, sera otro hombre. Le vea gran civilista, como su
padrino, pero con una actividad positiva heredada del padre. La fortuna
entrara por sus puertas como una ola de papel sellado.

Adems, poda poseer igualmente el estudio notarial, oficina
polvorienta, de muebles vetustos y grandes armarios con puertas
alambradas y cortinillas verdes, tras de las cuales dorman los
volmenes del protocolo envueltos en becerro amarillento, con iniciales
y nmeros en los lomos. Don Esteban saba bien lo que representaba su
estudio.

--No hay huerto de naranjos--deca en los momentos de expansin--, no
hay arrozal que d lo que da esta finca. Aqu no hay heladas, ni
vendaval, ni inundaciones.

La clientela era segura; gentes de Iglesia, que llevaban tras de ellas 
los devotos, por considerar  don Esteban como de su clase, y
labradores, muchos labradores ricos. Las familias acomodadas del campo,
cuando oan hablar de hombres sabios, pensaban inmediatamente en el
notario de Valencia. Le vean con religiosa admiracin calarse las gafas
para leer de corrido la escritura de venta  el contrato dotal que sus
amanuenses acababan de redactar. Estaba escrito en castellano y lo lea
en valenciano, sin vacilacin alguna, para mejor inteligencia de los
oyentes. Qu hombre!...

Despus, mientras firmaban las partes contratantes, el notario,
subindose los vidrios  la frente, entretena  la reunin con algunos
cuentos de la tierra, siempre honestos, sin alusiones  los pecados de
la carne, pero en los que figuraban los rganos digestivos con toda
clase de abandonos lquidos, gaseosos y slidos. Los clientes rugan de
risa, seducidos por esta gracia escatolgica, y reparaban menos en la
cuenta de honorarios. Famoso don Esteban!... Por el placer de orle
habran hecho una escritura todos los meses.

El futuro destino del prncipe de la notara era objeto de las
conversaciones de sobremesa en das sealados, cuando estaba invitado el
poeta.

--Qu deseas ser?--preguntaba Labarta  su ahijado.

Los ojos de la madre imploraban al pequeo con desesperada splica: Di
arzobispo, rey mo. Para la buena seora, su hijo no poda debutar de
otro modo en la carrera de la Iglesia.

El notario hablaba, por su parte, con seguridad, sin consultar al
interesado. Sera un jurisconsulto eminente; los miles de duros rodaran
hacia l como si fuesen cntimos; figurara en las solemnidades
universitarias con una esclavina de raso carmes y un birrete chorreando
por sus mltiples caras la gloria hilada del doctorado. Los estudiantes
escucharan respetuosos al pie de su ctedra. Quin sabe si le estaba
reservado el gobierno de su pas!...

Ulises interrumpa estas imgenes de futura grandeza:

--Quiero ser capitn.

El poeta aprobaba. Senta el irreflexivo entusiasmo de todos los
pacficos, de todos los sedentarios, por el penacho y el sable. A la
vista de un uniforme, su alma vibraba con la ternura amorosa del ama de
cra que se ve cortejada por un soldado.

--Muy bien!--deca Labarta--. Capitn de qu?... De artillera?...
De Estado Mayor?

Una pausa.

--No; capitn de buque.

Don Esteban miraba el techo, alzando las manos. Bien saba l quin era
el culpable de esta disparatada idea, quin meta tales absurdos en la
cabeza de su hijo.

Y pensaba en su hermano el mdico, que viva retirado en la casa
paterna, all en la Marina, un hombre excelente pero algo loco, al que
llamaban el _Dotor_ las gentes de la costa y el poeta Labarta apodaba el
_Tritn_.




II

MATER ANFITRITA


Cuando de tarde en tarde apareca el _Tritn_ en Valencia, la hacendosa
doa Cristina modificaba el rgimen alimenticio de la familia.

Este hombre slo coma pescado. Y su alma de esposa econmica temblaba
angustiosamente al pensar en los precios extraordinarios que alcanza la
pesca en un puerto de exportacin.

La vida en aquella casa, donde todo marchaba acompasadamente, sufra
graves perturbaciones con la presencia del mdico. Poco despus de
amanecer, cuando sus habitantes saboreaban los postres del sueo, oyendo
adormecidos el rodar de los primeros carruajes y el campaneo de las
primeras misas, sonaban rudos portazos y unos pasos de hierro hacan
crujir la escalera. Era el _Tritn_, que se echaba  la calle incapaz de
permanecer entre cuatro paredes as que apuntaba la luz. Siguiendo las
corrientes de la vida madrugadora llegaba al Mercado, detenindose ante
los puestos de flores, donde era ms numerosa la afluencia femenina.

Los ojos de las mujeres iban hacia l instintivamente, con una expresin
de inters y de miedo. Algunas enrojecan al alejarse, imaginando contra
su voluntad lo que podra ser un abrazo de este coloso feo 
inquietante.

--Es capaz de aplastar una pulga sobre el brazo--decan los marineros
de su pueblo para ponderar la dureza de sus bceps.

Su cuerpo careca de grasa. Bajo la morena piel slo se marcaban rgidos
tendones y salientes msculos; un tejido hercleo del que haba sido
eliminado todo elemento incapaz de desarrollar fuerza. Labarta le
encontraba una gran semejanza con las divinidades marinas. Era Neptuno
antes de que le blanquease la cabeza; Poseidn tal como le haban visto
los primeros poetas de Grecia, con el cabello negro y rizoso, las
facciones curtidas por el aire salino, la barba anillada, con dos
rematas en espiral que parecan formados por el goteo del agua del mar.
La nariz algo aplastada por un golpe recibido en su juventud, y los ojos
pequeos, oblicuos y tenaces, daban  su rostro una expresin de
ferocidad asitica. Pero este gesto se esfumaba al sonrer su boca
dejando visibles los dientes unidos y deslumbrantes, unos dientes de
hombre de mar, habituado  alimentarse con salazn.

Caminaba los primeros das por las calles desorientado y vacilante.
Tema  los carruajes; le molestaba el roce de los transentes en las
aceras. Se quejaba del movimiento de una capital de provincia,
encontrndolo insufrible, l, que haba visitado los puertos ms
importantes de los dos hemisferios. Al fin emprenda instintivamente el
camino del puerto en busca del mar, su eterno amigo, el primero que le
saludaba todas las maanas al abrir la puerta de su casa all en la
Marina.

En estas excursiones le acompaaba muchas veces su sobrino. El
movimiento de los muelles tena para l cierta msica evocadora de su
juventud, cuando navegaba como mdico de trasatlntico; chirridos de
gras, rodar de carros, melopeas sordas de los cargadores.

Sus ojos reciban igualmente una caricia del pasado al abarcar el
espectculo del puerto: vapores que humeaban, veleros con sus lonas
tendidas al sol, baluartes de cajones de naranjas, pirmides de
cebollas, murallas de sacos de arroz, compactas filas de barricas de
vino panza contra panza. Y saliendo al encuentro de estas mercancas que
se iban, los rosarios de descargadores alineaban las que llegaban:
colinas de carbn procedentes de Inglaterra; sacos de cereales del mar
Negro; bacalaos de Terranova, que sonaban como pergaminos al caer en el
muelle, impregnando el ambiente de polvo de sal; tablones amarillentos
de Noruega, que conservaban el perfume de los bosques resinosos.

Naranjas y cebollas cadas de los cajones se corrompan bajo el sol,
esparciendo sus jugos dulces y acres. Saltaban los gorriones en torno de
las montaas de trigo, escapando con medroso aleteo al or pasos. Sobre
la copa azul del puerto trenzaban sus interminables contradanzas las
gaviotas del Mediterrneo, pequeas, finas y blancas como palomas.

El _Tritn_ iba enumerando  su sobrino las categoras y especialidades
de los buques. Y al convencerse de que Ulises era capaz de confundir un
bergantn con una fragata, ruga escandalizado:

--Entonces, qu diablos os ensean en el colegio?...

Al pasar junto  los burgueses de Valencia sentados en los muelles caa
en mano, lanzaba una mirada de conmiseracin al fondo de sus cestas
vacas. All en su casa de la costa, antes de que se elevase el sol ya
tena l en el fondo de la barca con qu comer toda una semana. Miseria
de las ciudades!

De pie en los ltimos peascos de la escollera, tenda la vista sobre la
inmensa llanura, describiendo  su sobrino los misterios ocultos en el
horizonte. A su izquierda--ms all de los montes azules de Oropesa que
limitaban el golfo valenciano--vea imaginativamente la opulenta
Barcelona, donde tena numerosos amigos; Marsella, prolongacin de
Oriente clavada en Europa; Gnova, con sus palacios escalonados en
colinas cubiertas de jardines. Luego su vista se perda en el horizonte
abierto frente  l. Este camino era el de la dichosa juventud.

Marchando en lnea recta encontraba  Npoles, con su montaa de humo,
sus msicas y sus bailarinas morenas de pendientes de aro. Ms all, las
islas de Grecia; en el fondo de una calle acutica, Constantinopla; y 
continuacin, bordeando la gran plaza lquida del mar Negro, una serie
de puertos donde los argonautas olvidaban sus orgenes, sumidos en un
hervidero de razas, acariciados por el felinismo de las eslavas, la
voluptuosidad de las orientales y la avidez de las hebreas.

A su derecha estaba frica. Vea los puertos egipcios, con su corrupcin
tradicional que empieza  removerse y croquear como un pantano ftido
apenas desciende el sol; Alejandra, en cuyos cafetuchos bailan las
falsas almeas sin ms ropas que un pauelo en la mano, y cada mujer es
de una nacin diferente, y suenan  coro todos los idiomas de la
tierra...

Los ojos del mdico se apartaban del mar para convergir en su aplastada
nariz. Recordaba una noche de calor egipcio, aumentado por los ardores
del _whisky_; el roce de las mercenarias desnudeces; la pelea con otros
navegantes rojos y septentrionales; el boxeo  obscuras, y l, con la
cara ensangrentada, huyendo al buque, que afortunadamente zarpaba al
amanecer. Como todos los hombres mediterrneos, no bajaba  tierra sin
llevar el aguijn oculto en el talle, y haba pinchado para abrirse
paso.

Qu tiempos!, pensaba el _Tritn_, con ms nostalgia que
remordimiento. Y aada como excusa: Ay, entonces tena yo
veinticuatro aos!

Estos recuerdos le hacan volver los ojos  una mole que avanzaba en el
mar, azuleada por la distancia, despegada de la tierra  la simple
vista, como un islote enorme. Era el promontorio coronado por el Mong,
el gran promontorio Ferrario de los gegrafos antiguos, la punta ms
avanzada de la Pennsula en el Mediterrneo inferior, que cierra por el
Sur el golfo de Valencia.

Tena la forma de una mano cuyas falanges fuesen montaas, pero le
faltaba el pulgar. Los otros cuatro dedos se tendan sobre las olas,
formando los cabos de San Antonio, San Martn, La Nao y Almoraira. En
una de sus ensenadas estaba su pueblo natal y la casa de los Ferragut,
cazadores de piratas moros en otros siglos, contrabandistas  ratos en
los tiempos modernos, navegantes en todas las pocas, tal vez desde que
los primeros caballos de madera aparecieron saltando sobre las espumas
que hierven en el promontorio, desde que llegaron los griegos de
Marsella para fundar Artemisin, la ciudad de la divina Artemis que los
latinos llamaron Diana y tom definitivamente el nombre de Denia.

En esta casa quera vivir y morir, sin deseos de ver ms tierras, con la
repentina inmovilidad que acomete  los vagabundos de las olas y les
hace fijarse sobre un escollo de la costa, lo mismo que un molusco  una
cabellera de algas.

Pronto se cansaba el _Tritn_ de sus paseos al puerto. El mar de
Valencia no era un mar para l. Lo enturbiaban las aguas del ro y de
las acequias de riego. Cuando llova en las montaas de Aragn, un
lquido terroso desaguaba en el golfo, tiendo las olas de encarnado y
las espumas de amarillo. Adems, le era imposible entregarse al placer
diario de la natacin. Una maana de invierno, al empezar  desnudarse
en la playa, la gente corri como atrada por un fenmeno. El pescado
del golfo tena para l un sabor insoportable  lgamo.

--Me voy--acababa por decir al notario y su esposa--. No comprendo cmo
podis vivir aqu.

En una da esas retiradas  la Marina se empe en llevarse  Ulises.
Empezaba el esto, el muchacho estaba libre del colegio por tres meses,
y el notario, que no poda alejarse de la ciudad, veraneaba con su
familia en la playa del Cabaal, cortada por acequias malolientes, junto
 un mar despreciable. El pequeo se mostraba paliducho y dbil por sus
estudios y cavilaciones. Su to le hara fuerte y gil como un delfn. Y
 costa de rudas porfas, pudo arrancrselo  doa Cristina.

Lo primero que admir Ulises al entrar en la casa del mdico fueron tres
fragatas que adornaban el techo del comedor: tres embarcaciones
maravillosas, en las que no faltaban vela, garrucha, cuerda ni ancla, y
que podan hacerse al mar en cualquier momento con una tripulacin de
liliputienses.

Eran obra de su abuelo el patrn Ferragut. Deseoso de libertar  sus dos
hijos de la servidumbre marina que pesaba largos siglos sobre la
familia, los haba enviado  la Universidad de Valencia para que fuesen
seores de tierra adentro. El mayor, Esteban, apenas terminada su
carrera, obtena una notara en Catalua. El menor, Antonio, se hizo
mdico por no contrariar al viejo, pero una vez conseguido el ttulo,
entr  prestar sus servicios en un trasatlntico. Su padre le haba
cerrado la puerta del mar, y l entraba por la ventana.

Fu envejeciendo el patrn, completamente solo. Cuidaba de sus bienes,
unas cuantas vias escalonadas en la costa,  la vista de la casa.
Estaba en frecuente correspondencia con su hijo el notario. De tarde en
tarde llegaba una carta del menor, del predilecto, desde remotos pases
que slo conoca de odas el viejo navegante mediterrneo. Y las largas
inercias  la sombra de su emparrado, frente al mar azul y luminoso, las
entretena construyendo sus pequeos buques. Todos ellos eran fragatas
de gran porte y atrevido velamen. As se consolaba el patrn de no haber
mandado en su vida mas que pesados y robustos lades, iguales  las
naves de otros siglos, en los que llevaba vino  Cette  cargaba cosas
prohibidas en Gibraltar y la costa de frica.

Ulises no tard en darse cuenta de la rara popularidad que gozaba su to
el _Dotor_, una popularidad compuesta de los ms antagnicos elementos.
Las gentes sonrean al hablar de l, como si le tuviesen por loco; pero
estas sonrisas slo osaban desplegarse cuando estaba lejos, pues  todos
les inspiraba cierto miedo. Al mismo tiempo lo admiraban como una gloria
local. Haba corrido todos los mares, y adems tena su fuerza, su
desordenada y tempestuosa fuerza, terror y orgullo de sus convecinos.

Los mocetones, al ensayar el vigor de sus puos pulseando con los
tripulantes de los buques ingleses que venan  cargar pasas, evocaban
el nombre del mdico como un consuelo en caso de derrota.

--Si estuviese aqu el _Dotor_!... Media docena de ingleses son pocos
para l.

No haba empresa poderosa, por disparatada que fuese, de que no le
creyeran capaz. Inspiraba la fe de los santos milagrosos y los capitanes
audaces. En algunas maanas de invierno serenas y asoleadas, corran las
gentes  la orilla, mirando con ansiedad el mar solitario. Los veteranos
que se calentaban al sol, junto  las barcas en seco, al tender su
vista, habituada al sondeo de los dilatados horizontes, alcanzaban 
ver un punto casi imperceptible, un grano de arena danzando  capricho
de las olas.

Todos emitan  gritos sus conjeturas. Era una boya  un pedazo de
mstil, restos de un lejano naufragio. Para las mujeres era un ahogado,
un cadver que la hinchazn haca flotar lo mismo que un odre, luego de
haber permanecido muchos das entre dos aguas...

De pronto surga una suposicin que dejaba perplejos  todos. Si ser
el _Dotor_! Largo silencio... El pedazo de madera tomaba la forma de
una cabeza; el cadver se mova. Muchos llegaban  distinguir el
burbujeo de la espuma en torno de su busto, que avanzaba como una proa,
y las vigorosas palas de sus brazos... S que era el _Dotor_! Se
prestaban unos  otros los viejos catalejos para reconocer sus barbas
hundidas en el agua, su rostro contrado por el esfuerzo  dilatado por
los bufidos.

Y el _Dotor_ pisaba la orilla seca, desnudo y serenamente impdico como
un dios, dando la mano  los hombres, mientras chillaban las mujeres
llevndose el delantal  un solo ojo, espantadas y admiradas  la vez de
su monstruosidad colgante que esparca  cada paso una rociada de gotas.

Todos los cabos del promontorio le inspiraban el deseo de doblarlos 
nado, como los delfines; todas las bahas y ensenadas necesitaba
medirlas con sus brazos, como un propietario que duda de la mensura
ajena y la rectifica para afirmar su derecho de posesin. Era un buque
humano que haba cortado con la quilla de su pecho las espumas
arremolinadas en los escollos y las aguas pacficas, en cuyo fondo
chisporrotean los peces entre ramas nacaradas y estrellas movedizas como
flores.

Se haba sentado  descansar en las rocas negras con faldellines de
algas que asoman su cabeza  la hunden, al capricho de la ola, esperando
la noche y el buque ciego que venga  romperse como una cscara. Haba
penetrado lo mismo que un reptil marino en ciertas cuevas de la costa,
lagos adormecidos y glaciales iluminados por misteriosas aberturas,
donde la atmsfera es negra y el agua difana, donde el nadador tiene el
busto de bano y las piernas de cristal. En el curso de estas
nataciones coma todos los seres vivientes que encontraba pegados  las
rocas  moviendo antenas y brazos. El roce de los grandes peces que
huan medrosos, con una violencia de proyectil, le haca rer.

En las horas nocturnas pasadas ante los barquitos del abuelo, Ulises le
oy hablar del _Peje Nicolao_, un hombre-pez del estrecho de Mesina,
citado por Cervantes y otros autores, que viva en el agua mantenindose
de las limosnas de los buques. Su to era algo pariente del _Peje
Nicolao_. Otras veces mencionaba  cierto griego que, para ver  su
amante, pasaba  nado todas las noches el Helesponto. Y l, que conoca
los Dardanelos, quera volver all como simple pasajero, para que no
fuese un poeta llamado Lord Byron el nico que hubiese imitado la
legendaria travesa.

Los libros que guardaba en su casa, las cartas nuticas clavadas en las
paredes, los frascos y bocales llenos de bestias y plantas de mar, y ms
que todo esto sus gustos, que chocaban con las costumbres de sus
convecinos, le haban dado una reputacin de sabio misterioso, un
prestigio de brujo.

Todos los que estaban sanos le tenan por loco, pero apenas sentan
cierto quebranto en su salud, respiraban la misma fe que las pobres
mujeres que permanecan largas horas en casa del _Dotor_, viendo  lo
lejos su barca, esperando que volviese del mar para ensearle los nios
enfermos que llevaban en brazos. Tena sobre los otros mdicos el mrito
de no cobrar sus servicios; antes bien, muchos enfermos salan de su
casa con monedas en las manos.

El _Dotor_ era rico, el ms rico de todo el pas, ya que no saba qu
hacer de su dinero. Diariamente, su criada--una vieja que haba servido
 su padre y conocido  su madre--reciba de sus manos la pesca
necesaria para la manutencin de los dos, con una generosidad regia. El
_Tritn_, que haba izado su vela al amanecer, desembarcaba antes de las
once, y la langosta cruja purprea sobre las brasas, esparciendo un
perfume azucarado; la olla burbujeaba, espesando su caldo con la grasa
suculenta de la _escrpa_; cantaba el aceite en la sartn, cubriendo la
piel rosada de los salmonetes; chirriaban bajo el cuchillo los erizos y
las almejas, derramando sus pulpas todava vivas en el hervor de la
cazuela. Adems, en el corral muga una vaca de repletas ubres y
cacareaban docenas de gallinas de incansable fecundidad.

La harina amasada por la sirviente y el caf espeso como barro era todo
lo que el _Tritn_ adquira con su dinero. Si buscaba la botella de
aguardiente de caa  la vuelta de una natacin, era para emplear su
contenido en frotaciones.

Una vez al ao el dinero entraba por sus puertas. Las muchachas de la
vendimia se extendan por la escalinata de sus vias, cortando los
racimos de grano pequeo y apretado. Luego los tendan  secar en unos
cobertizos llamados _riurraus_. As se produca la pasa menuda,
preferida por los ingleses para la confeccin de sus _puddings_. La
venta era segura: del mar del Norte venan los buques  buscarla. Y el
_Tritn_, al ver en sus manos cinco  seis mil pesetas, quedaba
perplejo, preguntndose interiormente qu puede hacer un hombre con
tanto dinero.

--Todo esto es tuyo--dijo  su sobrino al mostrarle la casa.

Suyos tambin la barca, los libros y los muebles antiguos, en cuyos
cajones estaba disimulado el dinero con disfraces cndidos que atraan
la atencin.

A pesar de verse proclamado dueo de todo lo que le rodeaba, un
despotismo carioso y rudo pes sobre Ulises. Estaba muy lejos su madre,
aquella buena seora que cerraba las ventanas  su paso y no le dejaba
salir sin haberle anudado la bufanda con acompaamiento de besos.

Cuando dorma mejor, creyendo que an le quedaban muchas horas  la
noche, sentase despertado por un tirn de pierna violento. Su to no
poda tocar de otro modo. Arriba, grumete! En vano protestaba, con la
profunda somnolencia de su juventud... Era  no era el gato de la
embarcacin que tena al mdico por capitn y nico tripulante?...

Las zarpas del to lo exponan de pie ante las bocanadas de aire
salitroso que entraban por la ventana. El mar estaba obscuro y velado
por una leve neblina. Brillaban las ltimas estrellas con parpadeos de
sorpresa, prontas  huir. En el horizonte plomizo se abra un desgarrn,
enrojecindose por momentos, como una herida  la que afluye la sangre.
Abajo, en la cocina, humeaba el caf entre dos galletas de marinero. El
gato de barca cargaba con varios cestos vacos. Delante de l marchaba
el patrn como un guerrero de las olas, llevando los remos al hombro.
Sus pies marcaban en la arena una huella rpida. A sus espaldas, el
pueblo empezaba  despertar. Sobre las aguas obscuras se deslizaban como
sudarios las velas de los pescadores huyendo mar adentro.

Dos paladas vigorosas separaban su barca del pequeo muelle de rocas.
Luego iba por las bordas desatando la vela, preparando las cuerdas,
haciendo acostarse la embarcacin sobre un flanco bajo sus frreas
plantas. La lona suba chirriante y se hinchaba con blanca convexidad.
Ya estamos; ahora  correr.

El agua empezaba  cantar, deslizndose por ambas caras de la proa.
Entre sta y el borde de la vela vease un pedazo de mar negro, y
asomando poco  poco sobre su filo, una gran caja roja. La ceja se
converta en un casquete, luego en un hemisferio, despus en un arco
rabe estrangulado por abajo, hasta que al fin se despegaba de la masa
lquida lo mismo que una bomba, derramando fulgores de incendio. Las
nubes cenicientas se ensangrentaban, los peascos de la costa empezaban
 brillar como espejos de cobre. Se extinguan por la parte de tierra
las ltimas estrellas. Un enjambre de peces de fuego coleaba ante la
proa, formando un tringulo con el vrtice en el horizonte. La espuma de
los promontorios era sonrosada, como si su blancura reflejase una
erupcin submarina.

--_Bn da!_--gritaba el mdico  Ulises, ocupado en calentar sus
manos, ateridas por el viento.

Y enternecido por la alegra pueril del amanecer, lanzaba su voz de bajo
 travs del martimo silencio, entonando unas veces romanzas
sentimentales que haba odo en su juventud  una tiple de zarzuela
vestida de grumete; repitiendo otras las salomas en valenciano de los
pescadores de la costa, canciones inventadas mientras tiraban de las
redes, en las que se reunan las palabras ms indecentes al azar de la
rima. En ciertos recovecos de la costa amainaba la vela, quedando la
barca sin otro movimiento que una lenta rotacin en torno de la cuerda
del ancla.

Al mirar Ulises el espacio obscurecido por la sombra del casco,
encontraba el fondo tan inmediato, que casi crea alcanzarlo con la
punta de su remo. Las rocas eran como de vidrio. En sus intersticios y
oquedades, las plantas se agitaban con una vida animal y las bestias
tenan la inmovilidad de los vegetales y las piedras. La barca pareca
flotar en el aire, y  travs de la atmsfera lquida que envolva 
este mundo del abismo iban bajando los anzuelos, y un enjambre de peces
nadaba y coleaba al encuentro de la muerte.

Era un chisporroteo de fuegos amarillos, de lomos azules, de aletas
rosadas. Salan de las cuevas plateados y vibrantes como relmpagos de
mercurio; otros nadaban lentamente, panzudos, casi redondos, con una
cota de escamas de oro. Por las pendientes se arrastraban los crustceos
sobre su doble fila de patas, atrados por esta novedad que alteraba la
calma mortal de las profundidades submarinas, donde todos persiguen y
devoran, para ser  su vez devorados. Cerca de la superficie flotaban
las medusas, sombrillas vivientes de un blanco opalino, con borde
circular lila  rojo tostado. Debajo de su cpula gelatinosa se agitaba
la madeja de filamentos que les sirve para la locomocin, la nutricin y
el amor.

No haba mas que tirar de los sedales y una nueva presa caa en la
barca. Los cestos se iban llenando. El _Tritn_ y su sobrino acababan
por fatigarse de esta pesca fcil... El sol estaba prximo  lo ms alto
de su curva: cada ondulacin marina se llevaba un pedazo de la faja de
oro que parta la inmensidad azul. La madera de la barca pareca arder.

--Hemos ganado nuestro jornal--deca el _Tritn_ mirando al cielo y
luego  los cestos--. Ahora un poco de limpieza.

Y despojndose de sus ropas, se arrojaba al mar. Ulises le vea
descender por el centro del anillo de espumas abierto con su cuerpo.
Ahora se daba cuenta de la profundidad de este mundo fantstico,
compuesto de rocas vidriosas, plantas-animales y animales-piedras. El
cuerpo moreno del nadador tomaba, al descender, las transparencias de la
porcelana. Pareca de cristal azulado: una estatua fundida con pasta de
espejo de Venecia, que iba  romperse apenas tocase el fondo.

Caminaba como un dios de la profundidad, arrancando plantas,
persiguiendo con sus manos los relmpagos de bermelln y oro que se
ocultaban en las grietas de las peas. Transcurran minutos enteros; se
iba  quedar para siempre abajo; no subira. El muchacho pensaba con
inquietud en la posibilidad de tener que guiar la barca l solo hasta la
costa. De pronto, el cuerpo de blanco cristal se coloreaba de verde,
creciendo y creciendo. Luego pasaba  ser moreno cobrizo, y apareca
sobre la superficie la cabeza del nadador dando bufidos, levantando los
brazos, que ofrecan al pequeo toda su cosecha submarina.

--Ahora t--ordenaba con voz imperiosa.

Resultaban intiles sus intentos de resistencia. El to le insultaba con
las peores palabras  le induca con promesas de seguridad. No supo
ciertamente si fu l quien se arroj al agua  si le arrancaron de la
barca los zarpazos del mdico. Pasada la primera sorpresa, experiment
la impresin del que recuerda algo olvidado. Nadaba instintivamente,
adivinando lo que deba hacer antes de que se lo aconsejase su maestro.
Despertaba en su interior la experiencia ancestral de una serie de
marinos que haban luchado con el mar y algunas veces se quedaron para
siempre en sus entraas.

El recuerdo de lo que exista ms all de la blandura golpeada por sus
pies le haca perder de pronto su serenidad. La imaginacin tiraba de l
con la pesadumbre de una bala de artillera.

--To... to!

Y se agarraba convulsivamente  la dura isla de msculos barbuda y
sonriente. El to emerga inmvil, como si clavase en el fondo sus pies
de piedra. Era igual al promontorio cercano que obscureca y enfriaba el
agua con su sombra de bano.

As pasaban las maanas, dedicados  la pesca y la natacin. Luego, en
las tardes, eran las expediciones  pie por los acantilados de la costa.

El _Dotor_ conoca lo mismo las alturas del promontorio que sus
profundidades. Por senderos de cabra salvaje suban  las cumbres, desde
las que se alcanzaba  ver la isla de Ibiza. A la salida del sol, la
lejana tierra balear pareca una llama de color de rosa surgiendo de las
olas. Otras veces caminaban casi  ras del agua. El _Tritn_ mostr  su
sobrino cavernas olvidadas, en las que se introduca el Mediterrneo con
lentas ondulaciones. Eran  modo de cuadras martimas, donde podan
anclar los buques, permaneciendo ocultos  todas las miradas. All
haban escondido muchas veces sus galeras los berberiscos, para caer
inesperadamente sobre un pueblo cercano.

En una de estas cuevas, sobre un zcalo de peascos, vi Ulises un
montn de fardos.

--Vmonos--dijo el _Dotor_--. Cada hombre se gana la vida como puede.

Cuando tropezaban con el carabinero solitario que contempla el mar
apoyado en su fusil, el mdico le ofreca un cigarro  le daba consejos
si estaba enfermo. Pobres hombres! Tan mal pagados!... Pero sus
simpatas iban  los otros,  los enemigos de la ley. El era hijo de su
mar, y en el Mediterrneo, hroes y nautas todos haban tenido algo de
piratas  de contrabandistas. Los fenicios, que difundan con sus
navegaciones las primeras obras de la civilizacin, se cobraban este
servicio llenando sus barcos de mujeres raptadas, mercanca rica y de
fcil transporte.

La piratera y el contrabando formaban el pasado histrico de todos los
pueblos que visitaba Ulises, amontonados unos al abrigo de un
promontorio coronado por un faro, abiertos otros en la concavidad de una
baha moteada de islotes con cinturas de espuma. Las viejas iglesias
tenan almenas en sus muros y troneras junto  las puertas, para el
disparo de culebrinas y trabucos. El vecindario se refugiaba en ellas
cuando las humaredas de los vigas avisaban un desembarco de piratas de
Argel. Siguiendo las sinuosidades del promontorio, exista una fila de
torres rojizas, cada una de ellas con otras dos iguales  la vista. Esta
fila se prolongaba por el Sur hasta el estrecho de Gibraltar y por el
Norte llegaba  Francia.

El mdico las haba visto iguales en todas las islas del Mediterrneo
occidental, en las costas de Npoles y en Sicilia. Eran las
fortificaciones de una guerra milenaria, de una pelea de diez siglos
entre moros y cristianos por el dominio del mar azul; lucha de
piratera, en la que los hombres mediterrneos--diferenciados por la
religin, pero idnticos en el alma--haban prolongado hasta principios
del siglo XIX las aventuras de la _Odisea_.

Ferragut haba alcanzado  conocer en su pueblo muchos viejos que en sus
mocedades fueron esclavos en Argel. Las ancianas cantaban an romances
de cautivas en las noches de invierno y hablaban con pavor de los
bergantines berberiscos. Los ladrones del mar tenan pacto con el
demonio, que les avisaba las buenas ocasiones. Si en un monasterio
acababan de profesar hermosas novicias, se conmovan sus puertas  media
noche bajo los hachazos de los demonios barbudos que avanzaban tierra
adentro, dejando  sus espaldas la galera preparada para recibir su
flete de carne femenil. Si se casaba una muchacha de la costa, clebre
por su belleza,  la salida de la iglesia surgan los impos, disparando
sus trabucos y acuchillando  los hombres sin armas, para llevarse las
mujeres con sus ropas de fiesta.

De todo el litoral slo teman  los navegantes de la Marina, tan
audaces y belicosos como ellos. Cuando osaban atacar sus caseros, era
porque los marineros estaban en el Mediterrneo y haban ido  su vez 
saquear  incendiar alguna aldea de la costa de frica.

El _Tritn_ y su sobrino cenaban bajo el emparrado en los largos
crepsculos estivales. Despus de levantados los manteles, Ulises
manejaba las fragatas de su abuelo, aprendiendo la nomenclatura de las
diversas partes del aparejo y la maniobra del velamen. Algunas veces
permanecan los dos hasta una hora avanzada en el rstico atrio,
contemplando el mar luminoso bajo los esplendores de la luna  con un
tenue regleteo de luz sideral en las noches lbregas.

Todo lo que los hombres haban escrito  soado sobre el Mediterrneo lo
tena el mdico en su biblioteca, y lo repeta  su oyente. El _mare
nostrum_ de los latinos era para Ferragut una especie de bestia azul,
poderosa y de gran inteligencia, un animal sagrado como los dragones y
las serpientes que adoran ciertas religiones, viendo en ellos
manantiales de vida.

Los ros que se arrojaban en su seno para renovarlo eran pocos y de
escaso caudal. El Rdano y el Nilo parecan tristes arroyos comparados
con los cursos fluviales de otros continentes que desaguan en los
ocanos.

Perdiendo por evaporacin tres veces ms lquido que el que le aportan
los ros, este mar asoleado se habra convertido en una extensin de
sal, de no enviarle el Atlntico una rpida corriente de renovacin que
se precipitaba por el estrecho de Gibraltar. Debajo de esta corriente
superficial exista otra en sentido opuesto, que devolva una parte del
Mediterrneo al Ocano, por ser ms saladas y densas las aguas
mediterrneas que las atlnticas. La marea apenas se haca sentir en sus
riberas. Su cuenca estaba minada por fuegos subterrneos, que buscaban
salidas extraordinarias por el Vesubio y el Etna y respiraban
continuamente por la boca del Stromboli. Alguna vez estos hervores
plutnicos elevaban el suelo, haciendo surgir, como tumores de lava,
nuevas islas sobre las olas.

En su seno exista doble cantidad de especies animales que en los otros
mares, aunque menos numerosas. El atn, cordero juguetn de sus praderas
azules, saltaba sobre la superficie  pasaba en rebao bajo el lomo de
las olas. El hombre le tenda la trampa de sus almadrabas en las costas
de Espaa y de Francia, en Cerdea, el estrecho de Mesina y las aguas
del Adritico. Pero esta carnicera apenas aclaraba sus compactos
escuadrones. Luego de vagar por los recovecos del archipilago griego,
pasaban los Dardanelos, pasaban el Bsforo, conmoviendo con el hervor de
su galopada invisible los dos callejones acuticos, y dando la vuelta 
la copa del mar Negro, volvan, diezmados pero impetuosos,  las
profundidades del Mediterrneo.

Formaba el coral rojos bosques inmviles en el zcalo submarino de las
islas Baleares y en las costas de Npoles y frica. El mbar gris se
encontraba en los acantilados de Sicilia. Las esponjas crecan en las
aguas tranquilas al abrigo de los peascos de Mallorca y de las islas
griegas. Hombres desnudos, sin aparato alguno, conteniendo su
respiracin, descendan  la profundidad, como en los tiempos
primitivos, para arrancar estos tesoros.

El mdico abandonaba su descripcin geogrfica. Le atraa ms la
historia de su mar, que haba sido la historia de la civilizacin.
Primeramente, tribus miserables y escasas vagaban por las costas,
buscando el alimento de los crustceos arrojados por las olas: una vida
semejante  la de los pueblos rudimentarios que Ferragut haba visto en
las islas del Pacfico. Cuando la herramienta de piedra ahuecaba los
troncos de los rboles y los brazos humanos se atrevan  tender el
primer cuero ante las fuerzas atmosfricas, se poblaban rpidamente las
costas.

Los templos del interior se reconstruan en los promontorios, y
apuntaban las ciudades martimas, primeros ncleos de la civilizacin
presente. En este mar interior haban aprendido los hombres el arte de
navegar. Todos miraban  las olas antes que al cielo. Por el camino azul
haban llegado las maravillas de la vida y de sus entraas nacan los
dioses. Los fenicios--judos metidos  navegantes--abandonaban sus
ciudades en el fondo del saco mediterrneo, para esparcir los
conocimientos misteriosos de Egipto y de las monarquas asiticas por
todas las orillas del mar interior. Luego les reemplazaban los helenos
de las repblicas martimas.

Para Ferragut, el honor ms grande de Atenas era haber sido una
democracia de nautas. Los ciudadanos servan  la patria como remeros.
Todos sus grandes hombres eran oficiales de marina.

--Temstocles y Pericles--aada--fueron jefes de escuadra, que luego de
mandar buques gobernaron  su pas.

Por eso la civilizacin griega se haba esparcido y hecho inmortal, en
vez de achicarse y desaparecer sin fruto, como otras de tierras
adentro. Luego, Roma, la terrestre Roma, para no morir bajo la
superioridad de los navegantes semitas de Cartago, tena que ensear el
manejo del remo y el combate en las olas  los labradores del Lacio,
legionarios de mejillas endurecidas por las carrilleras del casco, que
no saban cmo mover sobre las tablas resbaladizas sus pies de hierro
dominadores del mundo.

Las divinidades del _mare nostrum_ inspiraban al mdico una devocin
amorosa. Saba que no haban existido, pero crea en ellas como poticos
fantasmas de las fuerzas naturales.

El mundo antiguo slo conoca en hiptesis el inmenso Ocano, dndole la
forma de un cinturn acutico en torno de la tierra. Ocano era un viejo
dios de luengas barbas y cornuda la cabeza, que viva en una caverna
submarina con su mujer Tetis y sus trescientas hijas las Ocenidas.
Ningn argonauta se atreva  ponerse en contacto con estas divinidades
misteriosas. Slo el grave Esquilo haba osado representar  las
Ocenidas, vrgenes verdes y sombras, llorando en torno del pen en
que estaba encadenado Prometeo.

Otras deidades ms asequibles eran las del mar interno, en cuyos bordes
estaban asentadas las ciudades opulentas de la costa siria, las ciudades
egipcias, que enviaban  Grecia destellos de su civilizacin ritual; las
ciudades helnicas, hogares de claro fuego que fundan todos los
conocimientos, dndoles una forma eterna; Roma, dominadora del mundo;
Cartago, la de los audaces descubrimientos geogrficos; Marsella, que
hizo participar  la Europa occidental de la civilizacin de los
griegos, derramndola costa abajo, de factora en factora, hasta el
estrecho de Gades.

Un hermano de las Ocenidas, el prudente Nereo, reinaba en las
profundidades mediterrneas. Este hijo de Ocano era de barbas azules y
ojos verdes, con haces de juncos marinos en las cejas y el pecho.
Cincuenta hijas suyas, las Nereidas, llevaban sus rdenes  travs de
las olas  jugueteaban en torno de las naves, enviando al rostro de los
remeros la espuma levantada por sus brazos. Pero los hijos del Tiempo,
al vencer  los gigantes, se repartan el mundo, jugndolo  la suerte.
Zeus quedaba dueo de la tierra, el fatdico Hades reinaba en los
abismos plutnicos, y Poseidn se enseoreaba de las llanuras azules.

Nereo, monarca desposedo, hua  una caverna del mar helnico, para
vivir la calmosa existencia del filsofo, dando consejos  los hombres,
y Poseidn se instalaba en los palacios de ncar con sus blancos
corceles de cascos de bronce y crines de oro.

Sus ojos amorosos se fijaban en las cincuenta princesas mediterrneas,
las Nereidas, que tomaban sus nombres de los colores y aspectos de las
olas: la Glauca, la Verde, la Rpida, la Melosa... Ninfas de los verdes
abismos, de rostros frescos como el botn de rosa; vrgenes aromticas
que tomis las formas de todos los monstruos que nutre el mar, cantaba
el himno orfeico en la ribera griega. Y Poseidn distingua entre todas
 la nereida de la espuma, la blanca Anfitrita, que se negaba  aceptar
su amor.

Conoca al nuevo dios. Las costas estaban pobladas de cclopes como
Polifemo, de monstruos espantables, producto de sus copulaciones con
diosas olmpicas y con simples mortales. Un delfn complaciente iba y
vena llevando recados entre Poseidn y la nereida, hasta que, rendida
por la elocuencia de este proxeneta saltarn de olas, aceptaba Anfitrita
ser esposa del dios, y el Mediterrneo pareca adquirir nueva hermosura.

Ella era la aurora que asoma sus dedos de rosa por la inmensa rendija
entre el cielo y el mar; la hora tibia del medioda que adormece las
aguas bajo un manto de oros inquietos; la bifurcada lengua de espuma que
lame las dos caras de la proa rumorosa; el viento cargado de aromas que
hincha la vela como un suspiro de virgen; el beso piadoso que hace
adormecerse al ahogado, sin clera y sin resistencia, antes de bajar al
abismo.

Su marido--Poseidn en las costas griegas y Neptuno en las
latinas--despertaba las tempestades al montar en su carro. Los caballos
de cascos de bronce creaban con su pataleo las olas que tragan  los
navos. Los tritones de su cortejo lanzaban por sus caracolas los
mugidos atmosfricos que tronchan los mstiles como caas.

Oh, madre Anfitrita!... Ferragut la describa lo mismo que si hubiese
pasado ante sus ojos. Algunas veces, cuando nadaba en torno de los
promontorios, como los hombres primitivos, sintindose envuelto por la
fuerza ciega de las potencias naturales, haba credo ver  la diosa
desembocando entre dos rocas, con todo su risueo cortejo, luego de
haber descansado en una cueva marina.

Una concha de ncar era su carroza, y seis delfines tiraban de ella con
jaeces de purpreo coral. Los tritones, sus hijos, llevaban las riendas.
Las nyades, sus hermanas, golpeaban el mar con las escamosas colas,
irguiendo sus troncos de mujer envueltos en la magnificencia de una
cabellera verde, entre cuyos bucles asomaban las copas de los senos con
una gota temblona en el vrtice. Unas gaviotas blancas y arrulladoras
como las palomas de Afrodita aleteaban sobre las caricias y los
encuentros amorosos de esta parentela inmortal entregada al sereno
incesto, privilegio de los dioses. Y ella, la soberana, los contemplaba
desnuda desde su movible trono, coronada de perlas y estrellas
fosforescentes extradas del fondo de sus dominios, blanca como la nube,
blanca como la vela, blanca como la espuma, sin ms alteracin en su
alba majestad que un rubor de rosa hmedo, igual al barniz de las
caracolas, que coloreaba su boca y sus calcaares, el ptalo final de
sus pechos y el botn convexo de su vientre, mar de nacarada tersura, en
el que se borraban las huellas de la maternidad con la misma rapidez que
los crculos en el agua azul.

Toda la historia del hombre europeo--cuarenta siglos de guerras,
emigraciones y choques de razas--la explicaba el mdico por el deseo de
poseer este mar de marco armonioso, de gozar la transparencia de su
atmsfera y la vivacidad de su luz.

Los hombres del Norte, que necesitan el tronco ardiente y la bebida
alcohlica para defender su vida de las mandbulas del fro, pensaban 
todas horas en las riberas mediterrneas. Todos sus movimientos
belicosos  pacficos eran para descender de las orillas de los mares
glaciales  las playas del mar tibio. Ansiaban la posesin de los campos
donde el sagrado olivo alterna su ancianidad severa con la alegre via,
donde el pino extiende su cpula y el ciprs yergue su minarete. Queran
soar bajo la nieve perfumada de los interminables bosques de naranjos;
ser dueos de los valles abrigados donde el mirto y el jazmn embalsaman
el aire salitroso; de los volcanes mudos que dejan crecer entre sus
rocas el loe y el cacto; de las montaas de mrmol que descienden sus
blancas aristas hasta el fondo del mar y refractan el calor africano
emitido por la costa de enfrente.

A las invasiones del Norte haba contestado el Sur con guerras
defensivas que llegaban hasta el centro de Europa. Y as continuara la
Historia, con el mismo flujo y reflujo de oleadas humanas, peleando los
hombres millares de aos por dominar  conservar la copa azul de
Anfitrita.

Los pueblos mediterrneos eran para Ferragut la aristocracia de la
humanidad. El clima poderoso haba templado al hombre como en ninguna
otra parte del planeta, dndole una fuerza seca y resistente. Curtidos y
bronceados por una absorcin profunda del sol y de la energa del
ambiente, sus navegantes pasaban al estado del metal. Los hombres del
Norte eran ms fuertes, pero menos robustos, menos aclimatables que el
marino cataln, el provenzal, el genovs y el griego. Los nautas del
Mediterrneo se establecan en toda tierra como si fuese su casa. Sobre
este mar era donde el hombre haba desarrollado sus ms altas energas.
La Grecia antigua haba convertido en acero la carne humana.

Una exacta semejanza de paisajes y razas aproximaba  los dos litorales.
Las montaas y las flores de ambas orillas eran idnticas. El cataln,
el provenzal y el italiano del Sur tenan ms parecido con los
habitantes de la costa africana y del archipilago griego que con los
connacionales que vivan  sus espaldas, tierra adentro. Esta
fraternidad se haba mostrado instintivamente en la guerra milenaria.
Los piratas berberiscos, los marinos genoveses y espaoles y los
caballeros de Malta se degollaban implacables sobre las cubiertas de las
galeras, y al ser vencedores respetaban la vida del prisionero,
tratndolo caballerosamente. Barbarroja, almirante de ochenta y cuatro
aos, llamaba mi hermano  Doria, su eterno rival, que tena cerca de
noventa. El gran maestre de Malta estrechaba la mano del terrible Dragut
al verle cautivo.

El hombre mediterrneo, fijo en las orillas que le vieron nacer,
aceptaba todos los cambios de la Historia, como los moluscos aguantan
las tempestades adheridos al peasco. Para l, lo nico importante era
no perder de vista su mar azul. Espaol, bata el remo en las liburnas
romanas; cristiano, tripulaba las naves sarracenas en la Edad Media;
sbdito de Carlos V, pasaba, por un azar guerrero, de las galeras de la
cruz  las de la media luna, y llegaba  ser _reis_ de Argel, rico
capitn de mar, haciendo famoso su nombre de renegado.

Los habitantes de la costa valenciana iban con los moros andaluces, en
el siglo VIII,  llevar la guerra al fondo del Mediterrneo, y se
apoderaban de la isla de Creta, dndole el nombre de Canda. Desde este
nido de piratas eran el terror de Bizancio, tomando por asalto 
Salnica y vendiendo como esclavos  los patricios y las damas ms
principales del Imperio. Aos despus, cuando desalojados de Canda
regresaban  sus costas de origen, los aventureros valencianos creaban
una poblacin en un valle feraz, dndole el nombre de la isla lejana,
que se transformaba en Ganda.

Todos los tipos del vigor humano haban surgido de la raza mediterrnea,
fina, aguzada y seca como el slex, haciendo el bien y haciendo el mal
siempre en grande, con la exageracin de un carcter ardiente que
desconoce la medida y salta de la doblez  los mayores extremos de
generosidad. Ulises era el padre de todos, el hroe cuerdo y prudente, y
al mismo tiempo malicioso y complicado. Tambin lo era el viejo Cadmo,
con su mitra de fenicio y su barba anillada, gran ladrn de mar, que iba
esparciendo, de fechora en fechora, el arte de escribir y las primeras
nociones del comercio.

En una de sus islas naca Hannibal, y veinte siglos despus, en otra de
ellas, el hijo de un abogado falto de pleitos se embarcaba para Francia,
sin otro equipaje que un pobre uniforme de cadete, para hacer famoso su
nombre de Napolen.

Sobre sus olas haba navegado Roger de Lauria, caballero andante de las
llanuras martimas, que pretenda vestir  los peces con los colores
aragoneses. Un visionario de origen obscuro, llamado Coln, reconoca
por su patria  la Repblica de Gnova. Un contrabandista de las costas
de Liguria llegaba  ser Massena, el mariscal amado de la Victoria. Y el
ltimo personaje de esta estirpe de hroes mediterrneos que se perda
en los tiempos fabulosos era un marinero de Niza, simple y romntico, un
guerrero de todos los mares y todos los continentes, llamado Garibaldi,
tenor heroico que proyectaba sobre su siglo el reflejo de su camisa
roja, repitiendo en la costa de Marsala la remota epopeya de los
argonautas.

Ferragut resuma los mritos y defectos de los hombres de su raza. Unos
haban sido bandidos y otros santos, pero ninguno mediocre. Sus empresas
ms audaces tenan mucho de reflexivo y prctico. Cuando se dedicaban al
negocio, servan al mismo tiempo  la civilizacin. En ellos, el hroe y
el mercader se mostraban tan unidos, que era imposible discernir dnde
terminaba el uno y empezaba el otro. Haban sido piratas y crueles; pero
los navegantes de los mares brumosos, al imitar los descubrimientos
mediterrneos en otros continentes, no se mostraban ms dulces y leales.

Despus de estas conversaciones senta Ulises mayor estimacin por los
cacharros viejos y las figurillas borrosas que adornaban el dormitorio
de su to.

Eran objetos vomitados por el mar: nforas recubiertas de valvas de
molusco, por un enterramiento submarino de siglos. Las aguas profundas
haban cincelado estos adornos ptreos con extraos arabescos que hacan
pensar en el arte de otro planeta. Y revueltos con los cacharros que
haban guardado el vino y el agua dulce de una liburna naufragada, haba
pedazos de maroma endurecida por los infusorios calcreos, garras de
ancla cuyo hierro se quebraba en lminas rojizas. Varias estatuillas
rodas por la sal marina inspiraban al muchacho tanta admiracin como
las fragatas del abuelo. Rea y temblaba ante estos kabiros procedentes
de las birremes fenicias  cartaginesas, dioses grotescos y terribles
que contraan sus cartulas con un gesto de lujuria y ferocidad.

Algunas de las divinidades marinas, musculosas y barbudas, tenan un
aire de parentesco con su to. As deba ser en determinados momentos.
Ulises haba escuchado ciertas conversaciones de los pescadores. Vea
adems el apresuramiento de las mujeres, sus ojos de inquietud cuando se
encontraban con el mdico en un lugar solitario de la costa. Solamente
la presencia del sobrino les haca recobrar la tranquilidad y contener
su paso.

El mar le enloqueca de vez en cuando con una rfaga de furor amoroso.
Era Poseidn surgiendo inesperadamente en las riberas para voltear
diosas y mortales. Las hembras corran asustadas, como corren las
princesas griegas en los vasos pintados, sorprendidas, mientras lavan su
ropa, por la aparicin de un tritn en celo. Odiaba el amor entre cuatro
paredes. Necesitaba la Naturaleza libre como fondo de su voluptuosidad;
la persecucin y el asalto, lo mismo que en los tiempos primitivos;
sentir en sus pies la caricia de la ola muerta mientras se agitaba sobre
su presa rugiendo de pasin, lo mismo que un monstruo marino.

Algunas noches,  la hora en que los faros empezaban  perforar la
sombra naciente con sus primeras pualadas de fuego, sentase
melanclico, y olvidando la diferencia de edad, hablaba  su sobrino
como si fuese un compaero de navegacin.

Lamentaba no haberse casado... Ya tendra un hijo como Ulises. Haba
conocido mujeres de todos los colores, blancas, rojas, amarillas,
verdes... pero slo una vez haba tropezado con el amor, muy lejos, al
otro lado del planeta, en el puerto de Valparaso.

Vea an con la imaginacin  su gentil chilena envuelta en un manto
negro, lo mismo que las damas del teatro calderoniano, mostrando uno
solo de sus ojos obscuros y hmedos, plida, menuda, hablando con una
voz que pareca un quejido.

Gustaba de romanzas y versos, siempre que fuesen con mucha tristeza; y
Ferragut se la coma con los ojos mientras ella pulsaba la guitarra
entonando la cancin de Malek-Adhel y otras romanzas de rosas, suspiros
y moros de Granada que el mdico haba odo de nio  los barberos de
su pas. El simple intento de tornar una de sus manos provocaba en ella
una resistencia poderosa. Eso, luego... Estaba pronta  casarse con el
_godo_; quera ver Espaa... Y el mdico hubiese cumplido sus deseos, de
no avisarle una buena alma que  altas horas de la noche entraban por
turno otros del pas  or las romanzas  solas... Ah, las mujeres!
Ferragut encontraba agradable su celibato al acordarse del final de este
idilio trasocenico.

Bien entrado el otoo, tuvo el notario que ir en persona  la Marina
para conseguir que su hermano soltase  Ulises. El muchacho era de la
misma opinin de su to. Perder las pescas del invierno, las maanas
fras de sol, el espectculo de los grandes temporales, por el ftil
motivo de que el Instituto haba comenzado sus cursos y l deba
estudiar el bachillerato!...

Al ao siguiente, doa Cristina quiso evitar que el _Tritn_ raptase 
su hijo. Slo malas palabras y arrogancias matonescas poda aprender en
la vieja casa de los Ferragut. Y pretextando la necesidad de ver  su
familia, dej al notario solo en Valencia, yendo  veranear con su hijo
en la costa de Catalua, cerca de la frontera de Francia.

Fu el primer viaje importante de Ulises. En Barcelona conoci  su to
el rico, el talento financiero de la familia Blanes, un hermano de su
madre, propietario de una gran tienda de ferretera situada en una de
las calles hmedas, estrechas y repletas de gento que desembocan en la
Rambla. Luego conoci  los otros tos maternos en un pueblo inmediato
al cabo de Creus. Este promontorio con sus costas bravas le record el
otro donde viva el _Tritn_. Tambin aqu haban fundado una ciudad los
primeros nautas helnicos; tambin arrojaba el mar nforas, estatuillas
y hierros petrificados.

Los Blanes haban navegado mucho. Amaban el mar como su to el mdico,
pero con un amor silencioso y fro, aprecindolo menos por su belleza
que por las ganancias que ofrece  los afortunados. Sus viajes haban
sido  Amrica en bergantines de su propiedad, trayendo azcar de la
Habana y maz de Buenos Aires. El Mediterrneo slo era una puerta que
atravesaban distradamente  la salida y  la vuelta. Ninguno de ellos
conoca  Anfitrita ni de nombre.

Adems, no tenan el aspecto desordenado y romntico del solitario de la
Marina, pronto  vivir en el agua como un anfibio. Eran seores de la
costa que, retirados de la navegacin, confiaban sus buques  capitanes
que haban sido sus pilotos; burgueses que no abandonaban la corbata y
la gorra de seda, smbolos de su alta posicin en el pueblo natal.

El lugar de tertulia de los ricos era el _Ateneo_, sociedad que,  pesar
de su ttulo, no ofreca otras lecturas que dos peridicos en cataln.
Un largo anteojo montado ante la puerta sobre un trpode enorgulleca 
los socios. Les bastaba  los tos de Ulises aplicar una ceja al ocular
para decir al momento la clase y la nacionalidad del buque que se
deslizaba por la lejana lnea del horizonte. Estos veteranos del mar
slo hablaban de fletes, de miles y miles de duros ganados en otros
tiempos con slo un viaje redondo, y de la terrible competencia de la
marina  vapor.

Ulises esperaba en vano que aludiesen alguna vez  las nereidas y dems
seres poticos que el mdico Ferragut adivinaba en torno de su
promontorio. Los Blanes no haban visto jams estos seres
extraordinarios. Sus mares slo contenan peces. Eran hombres fros, de
pocas palabras, econmicos, amigos del orden y de la jerarqua social.
Su sobrino adivinaba en ellos el coraje del hombre de mar, pero sin
jactancia ni acometividad. Su herosmo era el de los mercaderes, capaces
de toda clase de resignaciones mientras su mercanca no corre riesgo,
pero que se convierten en fieras si alguien atenta contra sus riquezas.

Los socios del _Ateneo_, todos viejos, eran los nicos seres masculinos
del pueblo. Aparte de ellos, slo quedaban los carabineros instalados
en el cuartelillo y varios calafates que hacan resonar sus mazos sobre
el casco de una goleta encargada por los hermanos Blanes.

Todos los hombres estaban en el mar. Unos navegaban hacia Amrica
tripulando los bergantines y bric-barcas de la costa catalana. Los ms
tmidos  infelices pescaban. Otros, ms valientes, ansiosos de rpida
fortuna, hacan el contrabando por la frontera francesa que empezaba 
desarrollar su litoral al otro lado del promontorio.

En el pueblo slo haba mujeres, mujeres por todas partes: sentadas ante
las puertas, haciendo encaje con un colchoncillo cilndrico sobre las
rodillas,  lo largo del cual tejan los bolillos la tira de primorosos
calados; agrupadas en las esquinas, frente al mar solitario donde
estaban sus hombres, hablando con una nerviosidad elctrica que
estallaba de pronto en ruidosas tempestades.

Mosn Jrdi, el cura prroco, era vctima de este mujero desbordante,
que amargaba su existencia con rivalidades y peleas. El hombre de Dios
amaba la soledad tranquila del mar, y despachaba aprisa su misa para
instalarse cuanto antes en un lugar favorable de la costa con sus caas
y sus redes.

Nadie como l conoca el motivo de la irritabilidad femenil que
revolucionaba al pueblo. Solas y teniendo que vivir en incesante
contacto, acababan todas ellas por odiarse, como los pasajeros
encerrados en un buque durante largos meses. Adems, sus hombres las
haban acostumbrado al uso del caf, bebida de navegantes, y buscaban
engaar su tedio con sendas tazas del espeso lquido.

Todas tenan los ojos empaados por un vapor histrico. Sus labios
temblaban en ciertos instantes con una agitacin que pareca reflejar
otros estremecimientos inferiores y ocultos. Las manos se hacan
ganchudas, acompaando con movimientos agresivos las vibraciones de una
voz aguda y cortante. Casi todos los das las vecinas de media calle se
peleaban con el resto de la calle, las de medio pueblo contra el resto
del pueblo. Y el buen Mosn Jrdi, que tena la libertad de lenguaje de
los castos, la descarada franqueza de los simples, lamentaba  gritos la
locura de estas furias sometidas  su cayado espiritual.

--Cundo volvern los que estn en el mar, para que tengamos paz!...
Cundo dormirn los hombres en sus casas, para que os hartis!...

La sabidura hablaba por su boca. Una tras otra iban desembarcando las
tripulaciones al terminar su viaje redondo. Las calles quedaban limpias
de grupos. Todas las mujeres permanecan ocultas en sus casas  se
mostraban luego en las puertas, sonriendo, algo flcidas, con la
delgadez placentera del que acaba de salir de un bao caliente. Y el
viejo sacerdote, durante unas semanas, poda pescar en paz, sin tener
que separar  tirones los racimos femeninos, que salan de la pelea con
las greas revueltas, los ojos amarillos de clera y la cara chorreando
sangre.

Un inters comn pona milagrosamente de acuerdo  este mujero cuando
viva solo. Los carabineros registraban las casas, buscando los fardos
de contrabando trados por los hombres, y las amazonas empleaban su
acometividad nerviosa en el ocultamiento de las mercancas ilegales,
hacindolas pasar de un escondrijo  otro con astucias de salvaje.

Cuando los soldados del fisco llegaban  sospechar que los fardos haban
ido  refugiarse en el cementerio, slo encontraban unas fosas vacas y
en el fondo de ellas unos cuantos cigarros entre calaveras que asomaban
empotradas en la tierra. El jefe del cuartelillo no se atreva 
registrar la iglesia, pero miraba de reojo  Mosn Jrdi, un bendito
capaz de permitir que escondiesen el tabaco en los altares  trueque de
que le dejasen pescar en paz.

Los ricos vivan con la espalda vuelta al pueblo, contemplando la
extensin azul sobre la cual se arriesgaban las casas de madera que eran
toda su fortuna. En el verano, la vista del Mediterrneo terso y
brillante les haca recordar los peligros del invierno. Hablaban con un
terror religioso del viento de tierra, el viento de los Pirineos, la
tramontana, que arrancaba edificios de cuajo y haba volcado en la
estacin prxima trenes enteros. Adems, al otro lado del promontorio
empezaba el temible golfo del Len. Sobre su fondo, que no iba ms all
de noventa metros, se alborotaban las aguas  impulsos del vendaval,
levantando tantas olas y tan apretadas, que al chocar unas con otras, no
encontrando espacio para caer, se remontaban formando torres.

Este golfo era el rincn ms temible del Mediterrneo. Los
trasatlnticos, al regreso de un viaje feliz al otro hemisferio, se
estremecan con la sensacin del peligro, y algunas veces volvan atrs.
Los capitanes que acababan de atravesar el Atlntico fruncan el ceo
con inquietud.

Desde la puerta del _Ateneo_, los expertos sealaban las barcas de vela
latina que se disponan  doblar el promontorio. Eran lades como los
que haba mandado el patrn Ferragut, embarcaciones de Valencia que
llevaban vino  Cette y frutas  Marsella. Al ver al otro lado del cabo
la superficie azul del golfo sin ms accidentes que una ondulacin larga
y pesada prolongndose en el infinito, los valencianos decan
alegremente:

--_Pasem de presa, que'l lle drm_[*].

[*: Pasemos de prisa, que el len duerme.]

Ulises tena un amigo, el secretario del Ayuntamiento, nico habitante
que guardaba en su casa algunos libros. Tratado por los ricos con cierto
menosprecio, buscaba al muchacho, por ser el nico que le oa
atentamente.

Adoraba el _mare nostrum_ lo mismo que el mdico Ferragut, pero su
entusiasmo no prestaba atencin  las naves fenicias y egipcias que con
sus quillas haban arado por primera vez estas olas. Igualmente saltaba
distrado sobre las trirremes griegas y cartaginesas, las liburnas
romanas y las monstruosas galeras de los tiranos de Sicilia, palacios 
remo con estatuas, fuentes y jardines. A l slo le interesaba el
Mediterrneo de la Edad Media, el de los reyes de Aragn, el mar
cataln. Y como si temiese molestar el orgullo regionalista de su
juvenil oyente, el pobre secretario daba explicaciones.

La llamada marina catalana no era slo de Catalua: perteneca  los
monarcas aragoneses, y entraban en ella todos sus Estados martimos.
Cuando los reyes formaban una flota, se compona de tres escuadras:
catalana, mallorquina y valenciana. Las atarazanas de Valencia eran
clebres por sus construcciones navales. De ellas salan los mejores
navos de la costa espaola. Galera genovesa y navo cataln, decan
los navegantes de la Edad Media como ltima expresin del arte naval.

Desde las riberas aragonesas al fondo del mar Negro, todo el
Mediterrneo se vea surcado por los buques de la marina catalana, que
reciban los ms diversos nombres. Los ligeros, que se ayudaban con
remos, se llamaban galeas y galiotas, leos, corcias, burcias, taridas,
fustas mancas, xuseres y saetias. Unos eran de _ligna alsata_,  sea con
altas bandas; otros, de _ligna plana_,  cubierta corrida. Para las
navegaciones largas  Berbera y Oriente estaban los guarapos,
xalandros, buscios, nizardos, bajeles y cocas. La cabida de estos buques
se marcaba por salmas, botas y cntaros, que equivalan  las modernas
toneladas. La coca era el navo de lnea para los grandes combates y los
cargamentos importantes. Las haba de dos  tres cubiertas, y las
armadas en guerra se llamaban encastilladas, por sus dos castillos 
proa y  popa. Adems, cubran su casco sobre la lnea de flotacin con
cueros vacunos, excelente coraza para evitar el fuego griego, botes de
materias inflamables que eran la artillera de entonces.

Roger de Lauria y Conrado Lanza haban venido de la Italia aragonesa 
formarse como hombres de mar en la marina catalana.

Gnova y Venecia, enriquecidas por las Cruzadas y dueas de numerosas
factoras en Oriente, vean nacer con inquietud esta tercera potencia
mediterrnea. La coca catalana anclaba junto  sus naves en los puertos
de Egipto, en la marina de Trebisonda, en el fro mar de Azof. Sus
mercaderes eran audaces para la navegacin, speros para la ganancia,
prontos para la pelea. Tal vez por ser los genoveses de igual carcter y
sus vecinos ms inmediatos, rompan con ellos. Los astutos venecianos,
para arruinar  Gnova, ajustaban un tratado en Perpin con la marina
de Catalua, y empezaba en el Mediterrneo una de las guerras ms
crueles de la Historia, guerra de escuadras numerosas y odio implacable,
en la que eran pasadas  cuchillo tripulaciones enteras y los capitanes
vencidos moran pendientes de una antena de su buque.

Los choques iniciados frente  Italia iban  terminarse en la costa de
Asia. Todo el Mediterrneo serva de palenque.

Catalanes y venecianos buscaban  los genoveses en Negroponto; pero
stos, sintindose inferiores, volaban  refugiarse en el Bsforo. Ante
las cpulas de Santa Sofa,  la vista de los aterrados vecinos de
Constantinopla, todos estos mediterrneos de la cuenca occidental
libraban la llamada batalla de Pera, carnicera martima en el estrecho
brazo de mar que tiene por orillas los dos continentes. Mora Poncio de
Santapu, el almirante cataln; mora despus el almirante valenciano
Bernardo Ripoll, y la prdida de estos jefes daba la victoria  los de
Gnova.

Pero, un ao despus, la marina catalana tomaba el desquite en las
costas de Cerdea, sorprendiendo  la flota genovesa que favoreca la
insurreccin del juez de Arborea contra los monarcas de Aragn, seores
de la isla. Ocho mil genoveses quedaban en el fondo del mar, y las naves
vencedoras volvan  Barcelona con tres mil quinientos prisioneros y
cuarenta y una galeras enemigas.

Con este desastre se iniciaba la decadencia martima de Gnova. Los
catalanes expulsaban  sus mercaderes de Egipto, monopolizando el
comercio de frica. Alfonso V de Aragn, el nico rey marino de Espaa,
empleaba aos despus el resto de su existencia en expediciones contra
Gnova. Sus principios eran desgraciados.

Ulises se acord de su padrino Labarta al or cmo este amigo del pasado
hablaba del combate naval de la isla de Ponza. An no haba llegado 
consolarse de una derrota ocurrida en 1435.

El rey y todos sus feudatarios aragoneses y sicilianos iban con
armaduras de hierro, lo mismo que para un combate terrestre, y la
pesada superioridad de sus armas les haca ser vencidos por la ligereza
y la tctica de las galeras genovesas. Alfonso V, su hermano el rey de
Navarra y todo el cortejo de magnates quedaban prisioneros de la
Repblica. Asustada sta por la importancia de su presa, confiaba los
cautivos  la guarda del duque de Miln... Pero los monarcas se
entienden fcilmente para engaar  los gobiernos democrticos, y el
soberano milans daba suelta al rey de Aragn con todo su
acompaamiento. Luego, ste bloqueaba  Gnova con una enorme flota. La
marina provenzal iba en ayuda de sus vecinos y el rey aragons forzaba
el puerto de Marsella, llevndose como trofeo las cadenas que cerraban
su entrada.

Ulises haca gestos afirmativos. El rey navegante las haba depositado
en la catedral de Valencia. Su padrino el poeta se las haba enseado en
una capilla gtica formando una guirnalda de hierro sobre los negros
sillares.

Cuando Gnova, agotada, iba  entregarse, mora Alfonso el Magnnimo, y
sus sucesores olvidaban las rivalidades con la Repblica, para dedicarse
 las guerras por el dominio de Npoles.

La marina catalana an sigui dominando el Mediterrneo comercialmente.
A sus antiguos buques agreg las galeras gruesas y las galeras sutiles,
las tafureyas, panfiles, rampines y carabelas.

--Pero Coln--aada tristemente el cataln--descubri las Indias, dando
un golpe de muerte  la riqueza martima del Mediterrneo. Adems,
Aragn y Castilla se juntaron, y la vida y el poder fueron contrayndose
al centro de la Pennsula, lejos de todo mar.

De ser Barcelona la capital de Espaa, sta habra conservado la
dominacin mediterrnea. De serlo Lisboa, el imperio colonial espaol
habra resultado algo orgnico, slido, con vida robusta. Pero qu
poda esperarse de una nacin que haba puesto su cabeza en la almohada
de las amarillas estepas interiores, lo ms lejos posible de los caminos
del mundo, y slo enseaba sus pies  las olas?...

El cataln terminaba hablando tristemente de la decadencia de la marina
mediterrnea: combates aislados con los berberiscos de galera  galera;
expediciones intiles  la costa de frica; hazaas de Barcel, el
marino mallorqun; navegaciones comerciales en polacras, tartanas,
pinges, londros, lades y canarios.

Todo lo que daba placer  sus gustos lo haca remontar  los buenos
tiempos de la dominacin del Mediterrneo por la marina catalana. Un da
ofreci  Ulises un vino dulce y perfumado.

--Es malvasa. Las primeras cepas las trajeron los almogvares de
Grecia.

Luego dijo, para halagar al muchacho:

--Vecino de Valencia fu Ramn Muntaner, el que escribi la expedicin
de catalanes y aragoneses  Constantinopla.

Se entusiasmaba con el recuerdo de esta novelesca aventura, la ms
inaudita de la Historia, admirando de paso al almogvar cronista, Homero
rudo en el contar, Ulises y Nstor en el consejo, Aquiles en la dura
accin.

La impaciencia de doa Cristina por reunirse con su marido y devolverle
las comodidades de una casa bien gobernada arranc  Ulises de esta vida
de la costa.

Durante varios aos no vi otro mar que el del golfo valenciano. El
notario se opuso con diversos pretextos  que el mdico se llevase otra
vez  su sobrino. Y el _Tritn_ menude los viajes  Valencia,
arrostrando todos los inconvenientes y peligros de estas aventuras
terrestres,  impulsos de su desorientada paternidad de clibe.

El y Labarta, al ocuparse del porvenir de Ulises, tomaban cierto aire de
bondadosos regentes encargados del gobierno de un pequeo prncipe. El
muchacho pareca pertenecerles  ellos ms que al padre. Sus estudios y
su futuro destino ocupaban las conversaciones de sobremesa cuando el
mdico estaba en la ciudad.

Don Esteban senta cierta satisfaccin en molestar  su hermano haciendo
el elogio de una existencia sedentaria y fructuosa.

All en las costas de Catalua vivan sus cuados los Blanes, unos
verdaderos lobos de mar. Esto ltimo no lo podra contradecir el mdico.
Pues bien; sus hijos estaban en Barcelona, unos como dependientes de
comercio, otros plumeando en el despacho de su to el rico. Todos eran
hijos de marinos, y sin embargo se haban emancipado del mar. En tierra
firme estaban los negocios. Slo las cabezas locas podan pensar en
barcos y aventuras.

El _Tritn_ sonrea humildemente ante estas alusiones y cruzaba miradas
con su sobrino.

Un secreto exista entre los dos. Ulises, que terminaba su bachillerato,
asista al mismo tiempo en el Instituto  los cursos de pilotaje. Dos
aos le bastaban para completar estos estudios. El to le haba
facilitado las matrculas y los libros, recomendndolo adems  uno de
los profesores, antiguo compaero de navegacin.




III

PATER OCEANUS


Cuando muri casi repentinamente don Esteban Ferragut, su hijo tena
diez y ocho aos y estudiaba en la Universidad.

En sus ltimos tiempos, el notario lleg  sospechar que Ulises no iba 
ser el jurisconsulto clebre que l haba soado. Hua de las clases,
para pasar la maana en el puerto ejercitndose en el remo. Si entraba
en la Universidad, los bedeles le vigilaban, temiendo la largura de sus
manos. El se crea un marino,  imitaba  los hombres de mar, que,
acostumbrados  medirse con los elementos, consideran poca cosa reir
con un hombre.

Con violentas alternativas de estudio y de holganza se aproximaba
trabajosamente al trmino de su carrera, cuando una angina de pecho
acab de pronto con el notario.

Doa Cristina, al salir de la estupefaccin de su dolor, mir en torno
de ella con extraeza. Por qu seguir en Valencia?... Quiso reunirse
con los suyos al verse sin el hombre que la haba trasplantado  este
pas. El poeta Labarta cuidara de sus bienes, que no eran tan
cuantiosos como lo haca esperar el rendimiento de la notara. Don
Esteban haba sufrido grandes prdidas en negocios extravagantes
aceptados por bondad; pero aun as, dejaba fortuna suficiente para que
la esposa viviese una desahogada viudez entre sus parientes de
Barcelona.

La pobre seora no sufri otra contrariedad en el arreglo de su nueva
existencia que la rebelda de Ulises. Se negaba  continuar su carrera:
quera embarcarse, alegando que para esto se haba hecho piloto. En vano
doa Cristina impetr el auxilio de parientes y amigos, prescindiendo
del _Tritn_, pues adivinaba su respuesta. El hermano rico de Barcelona
fu breve y afirmativo: Si eso le da dinero?... Los Blanes de la
costa mostraron un sombro fatalismo. Era intil oponerse si el muchacho
senta vocacin. El mar agarra bien  sus elegidos, y no hay poder
humano que logre desasirlos. Por eso ellos, que ya eran viejos, no oan
 sus hijos que les llamaban  las comodidades de la capital.
Necesitaban vivir junto  la costa, en agradecido contacto con el
monstruo obscuro y pesado que les haba mecido maternalmente, cuando con
tanta facilidad poda haberlos hecho pedazos.

El nico que protest fu Labarta. Marino?... Sea en buen hora; pero
marino de guerra, oficial de la Real Armada. Y el poeta vea su ahijado
revestido de los esplendores de una blica elegancia: levita azul con
botn de oro todos los das, y en las fiestas casaca de galones y
vueltas rojas, sombrero de picos, sable...

Ulises levant los hombros ante tales grandezas. Tena demasiados aos
para entrar en la Escuela Naval. Adems, quera navegar por todos los
ocanos, y aquellos marinos slo tenan ocasin de ir de un puerto 
otro, como las gentes de cabotaje,  pasaban aos y aos sentados en un
ministerio. Para envejecer como un oficinista, era preferible
reconquistar la notara de su padre.

Al verse doa Cristina bien instalada en Barcelona, con una corte de
sobrinos que adulaban  la ta rica de Valencia, su hijo se embarc como
aspirante en un trasatlntico que haca viajes regulares  Cuba y los
Estados Unidos. As empezaron las navegaciones de Ulises Ferragut, que
slo haban de terminar con su muerte.

El orgullo de su familia le coloc en un vapor de lujo, un buque-correo
lleno de pasajeros, un hotel flotante, en el que los oficiales tenan
algo de gerentes de Palace y la verdadera importancia corresponda 
los maquinistas, que andaban siempre por abajo y al volver  la luz
quedaban modestamente en segundo trmino, por una ley de jerarquas
anterior  los progresos de la mecnica.

Pas por el Ocano varias veces como se pasa ante un paisaje terrestre 
toda la velocidad de un tren expreso. La calma augusta del mar se
borraba con el batir de las hlices y el ruido sordo de las mquinas.
Por azul que fuese el cielo, siempre lo empaaba un crespn flotante
salido de las chimeneas. Envidiaba  los buques veleros que el
trasatlntico dejaba atrs. Eran iguales  los caminantes reflexivos,
que se saturan del paisaje y entran en largo contacto con su alma. Las
gentes del vapor vivan como los viajeros terrestres que contemplan
adormecidos desde las ventanillas de los vagones una sucesin de vistas
plidas y vertiginosas rayadas por los hilos telegrficos.

Terminadas sus pruebas de aspirante, fu segundo piloto de una fragata
que iba  la Argentina para cargar trigo en Baha Blanca. Las lentas
singladuras en das de poco viento, las largas calmas ecuatoriales, le
permitieron penetrar un poco en los misterios de la inmensidad ocenica,
amarga y obscura, que haba sido para los pueblos antiguos la noche del
abismo, el mar de las tinieblas, el dragn azul que diariamente se
traga al sol.

Ya no vi en el padre Ocano el dios caprichoso y tirnico de los
poetas. Todo funcionaba en sus entraas con una regularidad vital,
sujeto  las leyes generales de la existencia. Hasta las tempestades
rugan dentro del cuadriculado de una reglamentacin.

Los dulces vientos alisios empujaban al buque hacia el Sudoeste,
manteniendo una serenidad paradisaca en el cielo y en el mar. Ante la
proa chisporroteaban las alas de tafetn de los peces voladores,
abrindose sus enjambres como escuadrillas de diminutos aeroplanos.

Sobre la arboladura cubierta de lonas trazaban largos crculos los
albatros, guilas del desierto atlntico, extendiendo en el pursimo
azul el enorme velamen de sus alas. De tarde en tarde encontraba el
buque praderas flotantes, extensos campos de algas despegadas del mar de
los Sargazos. Tortugas enormes dormitaban hundidas en estas hierbas,
sirviendo de isla de reposo  las gaviotas posadas en su caparazn. Unas
algas eran verdes, nutridas por el agua luminosa de la superficie; otras
tenan el color rojo de las profundidades, adonde llegan mortecinos y
enfriados los ltimos rayos del sol. Como frutos de la pradera ocenica,
flotaban apretados racimos de uvas obscuras, cpsulas coriceas repletas
de agua salobre.

Al aproximarse  la lnea ecuatorial, la brisa iba cayendo y la
atmsfera se haca sofocante. Era la zona de las calmas, el Ocano de
aceite obscuro, en el que permanecen los buques semanas enteras con el
velamen rgido, sin que lo haga estremecer un suspiro atmosfrico.

Nubes de color de hulla reflejaban en el mar su lento arrastre; lluvias
azotantes se derramaban sobre la cubierta, seguidas de un sol
incendiario que  los pocos minutos era borrado por un nuevo aguacero.
Estas nubes preadas de cataratas, esta noche tendida en pleno sol sobre
el Atlntico, haban sido el terror de los antiguos. Y sin embargo,
merced  tales fenmenos podan los navegantes pasar de un hemisferio 
otro sin que la luz los hiriese de muerte, sin que el mar quemase como
un espejo de fuego. El calor de la Lnea, elevando el agua en vapores,
formaba una banda sombra en torno de la tierra. Desde los otros mundos
deba verse con un cinturn de nubes, casi semejante  los anillos
siderales.

En este mar sombro y caliente estaba el corazn del Ocano, el centro
de la vida circulatoria del planeta. El cielo era un regulador que,
absorbiendo y devolviendo, equilibraba la evaporacin. De all se
expedan las lluvias y los rocos  todo el resto de la tierra,
modificando sus temperaturas favorablemente para el desarrollo de
animales y vegetales. All se cambiaban los vapores de dos mundos, y el
agua del hemisferio Sur--el hemisferio de los grandes mares, sin otros
relieves que los tringulos extremos de frica y Amrica y las gibas de
los archipilagos ocenicos--iba  reforzar, convertida en nubes, los
ros y arroyos del hemisferio Norte, ocupado en su mayor parte por la
tierras habitadas.

De esta zona ecuatorial, corazn del globo, partan dos ros de agua
tibia, que iban  calentar las costas del Norte. Eran dos corrientes que
arrancaban del golfo de Mjico y del mar de Java. Su enorme masa
lquida, huyendo sin cesar del Ecuador, determinaba un vasto llamamiento
de agua de los polos que vena  ocupar su espacio. Y estas corrientes
fras y ms dulces se precipitaban en el hogar elctrico de la Lnea,
que las calentaba y salaba de nuevo, renovando la vida mundial con su
sstole y su distole.

El Ocano comprima en vano  los dos ros clidos, sin llegar 
confundirse con ellos. Eran torrentes de un intenso azul, casi negro,
que corran  travs de las aguas verdes y fras. Antes que admitir 
stas, el ro azul se acumulaba en su curso formando un dorso, una
bveda, con dos pendientes por las que resbalaban los cuerpos.

La corriente atlntica, al llegar  Terranova, se abra de brazos,
enviando uno de ellos al mar del Polo. Con el otro, dbil y rendido por
el largo viaje, modificaba la temperatura de las islas Britnicas,
entibiando dulcemente las costas de Noruega. La corriente indinica, que
los japoneses llamaban el ro negro  causa de su color, circulaba
entre las islas, manteniendo ms tiempo que la otra sus potencias
prodigiosas de creacin y agitacin, lo que le permita trazar sobre el
planeta una enorme cola de vida.

Su centro era el apogeo de la energa terrestre en creaciones vegetales
y animales, en monstruos y pescados. Uno de sus brazos, escapando al
Sur, formaba el mundo misterioso del mar de Coral. En un espacio grande
como cuatro continentes, los plipos, fortalecidos por el agua tibia,
levantaban millares de atolones, islas anilladas, bancos y arrecifes,
pilares submarinos, terror de la navegacin, que, al ligarse entre s
con un trabajo milenario, iban  crear una nueva tierra, un continente
de recambio, por si la especie humana perda en un cataclismo su zcalo
actual.

El pulso del dios azul eran las mareas. La tierra se volva hacia la
luna y los astros con una rotacin simptica igual  la de las flores
que se vuelven hacia el sol. Todo lo que en ella hay de ms mvil--la
masa flida de la atmsfera--se dilataba dos veces diariamente, hinchado
su seno, y esta succin atmosfrica, obra de la atraccin universal, se
reflejaba en las aguas, conmovindolas. Los mares cerrados como el
Mediterrneo apenas sentan sus efectos. Las mareas se detenan  su
puerta. Pero en las costas ocenicas la pulsacin marina alborotaba el
ejrcito de las olas, lanzndolas diariamente al asalto de los
acantilados, hacindolas rugir con babeos de furor entre islas,
promontorios y estrechos, impulsndolas  tragarse extensas tierras, que
devolvan horas despus.

Este mar salado, como nuestra sangre, que tiene un corazn, un pulso y
una circulacin de dos sangres distintas, renovadas y transformadas
incesantemente, se encolerizaba lo mismo que una criatura orgnica
cuando  las corrientes horizontales de su seno venan  aadirse las
corrientes verticales descendidas de la atmsfera. Las violencias
pasajeras de los vientos, las crisis de la evaporacin, las obscuras
fuerzas elctricas, producan las tempestades.

No eran mas que estremecimientos cutneos. La tormenta mortal para los
hombres slo contraa la epidermis marina, mientras la masa profunda de
sus aguas permaneca en lbrega calma, para cumplir la gran funcin de
amamantar y renovar los seres. El padre Ocano desconoca la existencia
de los infusorios humanos que osaban deslizarse por su superficie en
microscpicos cascarones. No se enteraba de los incidentes que podan
desarrollarse en el techo de su vivienda. Su vida continuaba
equilibrada, calmosa, infinita, engendrando millones de millones de
seres por milsima de segundo.

La majestad del Atlntico en las noches tropicales haca olvidar 
Ulises las cleras de sus das negros. Bajo la luna, era una pradera
inmensa de plata viva cortada por serpenteos de sombra. Sus ondulaciones
pastosas, repletas de vida microscpica, iluminaban las noches. Los
infusorios, estremecidos de amor, ardan con azulada fosforescencia. El
mar era de leche luminosa. Las espumas, al romperse contra la proa,
brillaban como fragmentos de globos elctricos agonizantes.

Cuando la tranquilidad era absoluta y el buque se mantena inmvil, con
las velas cadas, pasando lentamente las estrellas de un lado  otro de
sus mstiles, las delicadas medusas, que la ms leve ola puede
desgarrar, suban  la superficie, flotando entre dos aguas en torno de
la isla de madera. Eran miles de sombrillas que desfilaban lentamente:
verdes, azules, rosadas, con una coloracin vagorosa semejante  la de
las luces de aceite; una procesin japonesa vista desde lo alto, que se
perda por un lado en el misterio de las aguas negras y llegaba
incesantemente por el lado opuesto.

El joven piloto amaba la navegacin  vela, las luchas con el viento, la
soledad de las calmas. Estaba ms cerca del Ocano que en el puente de
un trasatlntico. La fragata no levantaba espumarajos de rabioso
paleteo. Se deslizaba discretamente en el silencio martimo que guarda
el secreto de los primeros milenarios de la tierra recin nacida. Los
habitantes ocenicos se aproximaban  ella confiadamente al verla
cabecear como un cetceo mudo  inofensivo.

En seis aos cambi Ulises muchas veces de buque. Haba aprendido el
ingls, lengua universal de los dominios azules, y se recreaba con el
estudio de las cartas de Maury, el Evangelio de los navegantes  vela,
obra paciente de un genio obscuro que arranc por primera vez al Ocano
y  la atmsfera el secreto de sus leyes.

Deseoso de conocer nuevos mares y nuevas tierras, no reparaba en la
longitud de los viajes ni en los puertos de destino. Los capitanes
britnicos, noruegos y norteamericanos acogan con gusto  este oficial
de buenas maneras, poco exigente en la retribucin. As vag Ulises
sobre los ocanos, como el rey de Itaca sobre el Mediterrneo, guiado
por una fatalidad que lo alejaba de su patria con rudo empelln cada vez
que se propona regresar  ella. La vista de un buque anclado junto al
suyo y prximo  partir con lejano destino era para l una tentacin que
le haca olvidar la vuelta  Espaa.

Naveg en barcos sucios, viejos y alegres, donde los tripulantes
soltaban todas las velas al temporal y luego de embriagarse se dorman
confiados en el diablo, amigo de los bravos, que los despertara  la
maana siguiente. Vivi en buques blancos, silenciosos y limpios como
una casa holandesa, cuyos capitanes llevaban con ellos  la esposa y los
hijos. Unas camareras de albos delantales cuidaban de la cocina y el
aseo de este hogar flotante, compartiendo los peligros de los marineros
rojos y tranquilos, exentos de las tentaciones que provoca el roce de la
mujer. Los domingos, bajo el sol de los trpicos   la luz cenicienta
de los cielos septentrionales, el contramaestre lea la Biblia. Los
hombres escuchaban reflexivos, con la cabeza descubierta. Las mujeres se
haban vestido de negro, con una cofia de puntillas y las manos
enmitonadas.

Fu  Terranova  cargar bacalao. All era donde la corriente clida del
golfo de Mjico se encontraba con la fra del Polo. En el choque de
estos dos ros marinos, los infinitos seres que arrastra el _Gulf
Stream_ desde los mares tropicales moran sbitamente helados. Una
lluvia de pequeos cadveres descenda  travs de las aguas. Los
bacalaos se aglomeraban para nutrirse con este man, y era tan espeso,
que gran parte de l, librndose de las vidas mandbulas, iba 
depositarse en el fondo como una nevada caliza.

En Islandia--la ltima Thule de los antiguos--le ensearon trozos de
caoba que la corriente ecuatorial haba arrastrado desde las Antillas.
En las costas de Noruega admir la fecundidad formidable del mar viendo
los arenques en marcha.

De su refugio en las tenebrosas profundidades suban  la superficie,
agitados por la primavera, deseosos de tomar su parte en la alegra del
universo. Nadaban unos contra otros, oprimidos, compactos, formando
bancos, como pedazos de playa que se hubiesen soltado  navegar.
Parecan una isla que emerge  un continente que empieza  hundirse. En
los pasajes estrechos eran tantos, que las aguas se solidificaban,
dificultando el avance  remo. Su nmero escapaba  los lmites de todo
clculo, como las arenas y las estrellas.

Hombres y peces carnvoros caan sobre ellos abriendo anchos surcos de
destruccin. Pero las brechas se cerraban instantneamente, y el banco
viviente segua su camino cada vez ms denso, como si desafiase  la
muerte. Cuantos ms destruan los enemigos, ms numerosos eran. Las
columnas en marcha, espesas y profundas, copulaban y se reproducan sin
detenerse. El amor era para ellos una navegacin, y en su ruta iban
derramando torrentes de fecundidad. El agua desapareca bajo la
abundancia del flujo materno, en el que nadaban racimos de huevos. Al
surgir el sol, el mar apareca blanco hasta perderse de vista: blanco de
jugo masculino. Las olas eran grasientas y viscosas, repletas de vida
que fermentaba rpidamente. En un espacio de centenares de leguas, el
salado Ocano era de leche.

La fecundidad de estas tierras animales pona en peligro al mundo. Cada
individuo poda producir hasta sesenta mil huevos. Pocas generaciones
bastaban para llenar el Ocano, hacerlo slido, pudrirlo, suprimiendo
los dems seres, despoblando el globo... Pero la muerte se encargaba de
salvar la vida universal. Los cetceos se hundan en este espesor
viviente y con sus bocas insaciables absorban el alimento  toneladas.
Peces infinitamente pequeos secundaban  los gigantes marinos,
atracndose de huevos de arenque. Los pescados ms glotones, la merluza
y el bacalao, perseguan  estas praderas de carne, empujndolas hacia
las costas y acabando por dispersarlas.

Se multiplicaba el bacalao hartndose de merluzas, y otra vez reapareca
el peligro para el mundo. El Ocano poda convertirse en una masa de
bacalaos: cada uno llegaba  dar hasta nueve millones de huevos... Los
hombres haban cado sobre el ms fecundo de los peces, y el bacalao
mantena flotas inmensas, creando adems colonias y ciudades. Se
agotaban las generaciones humanas sin llegar  vencer esta monstruosa
reproduccin. Los grandes devoradores marinos eran los que restablecan
el equilibrio y el orden. El esturin, estmago insaciable, intervena
en el banquete ocenico, encontrando en el bacalao la substancia
concentrada de ejrcitos de arenques. Pero este devorador ovparo, de
amplia reproduccin, continuaba el peligro mundial, hasta que
intervena otro monstruo tan vido en sus apetitos como pobre en sus
procreaciones, cortando de golpe la fecundidad siempre renaciente del
Ocano.

Era el tiburn, boca con aletas, intestino natatorio, que traga con
indiferencia muertos y vivos, carnes y maderos, limpiando las aguas de
vida, dejando la soledad detrs de su coleo. Este destructor slo
elaboraba en sus entraas un tiburn nico, que naca armado y feroz,
dispuesto desde el primer momento  continuar las hazaas paternas, como
un heredero feudal.

Slo en los raros momentos de amor acallaban su hambre y su crueldad
estos speros guerreros, despobladores del mar. Las parejas se abstenan
de devorarse. Se encontraban apetecibles, pero sus triples dientes y sus
aletas de sierra se limitaban  una ruda caricia. La hembra se dejaba
dominar por el compaero que enganchaba en ella sus instrumentos de
presa. Por primera vez el macho no devoraba: era ella la que lo
absorba, arrastrndolo. Y confundidos los dos monstruos rodaban en las
olas semanas enteras, sufriendo los tormentos de un hambre sin fin 
cambio de las delicias del amor, dejando escapar  las vctimas
asustadas, resistiendo  las tempestades con su spero abrazo de
colmillos y epidermis de lija, corriendo centenares de leguas entre el
principio y el fin de uno de sus espasmos de placer.

La vida errante del piloto Ferragut abund en dramticas aventuras.
Algunas quedaron vivas para siempre en su memoria, donde empezaban 
confundirse tantos recuerdos de tierras exticas y mares interminables.

En Glsgow se embarc como segando de una fragata vieja que iba  Chile
para descargar carbn en Valparaso y cargar salitre en Iquique. La
travesa del Atlntico fu buena; pero  partir de las islas Malvinas,
el buque tuvo que hacer frente  la furia austral que le cerraba el
acceso al Pacfico. El estrecho de Magallanes es para los vapores, que
pueden disponer  su voluntad de una fuerza propulsora. El velero busca
mar amplia y viento favorable para doblar el cabo de Hornos, punta
avanzada del mundo, lugar de tempestades interminables y gigantescas.

Mientras arda el verano en el otro hemisferio, el terrible invierno
austral sali al encuentro de los navegantes. El buque necesitaba hacer
rumbo al Oeste, y precisamente los vientos soplaban del Oeste,
cortndole la ruta. Ocho semanas pasaron bregando con el mar y con la
atmsfera. El viento se llev un velamen completo. El buque, de madera,
algo descoyuntado por esta lucha interminable, comenz  hacer agua, y
la tripulacin tuvo que mover da y noche las bombas. Nadie llegaba 
dormir varias horas seguidas. Todos estaban enfermos. La voz ruda y los
juramentos del capitn apenas podan sostener la disciplina. Algunos
marineros se acostaban deseando morir, y haba que levantarlos  golpes.

Ulises conoci por primera vez lo que son las olas. Vi montaas de
agua, verdaderas montaas, avanzando sobre el cascarn del buque. Su
misma enormidad las haca formar por ambos lados largusimas pendientes.
Cuando alguna derrumbaba su cresta sobre la fragata, el piloto Ferragut
poda darse cuenta de la monstruosa pesadez del agua salada. Ni la
piedra ni el hierro tenan el golpe brutal de esta fuerza lquida, que
al derrumbarse hua en raudales  se elevaba hecha polvo. En ciertos
momentos haba que abrir brechas en la obra muerta para dar salida  su
masa abrumadora.

Una penumbra lvida y brumosa era el da austral, repitindose semanas y
semanas sin el menor rayo de claridad, como si el sol se hubiese alejado
para siempre de la tierra. El color blanco no exista en este
esfumamiento tempestuoso; todo era gris: el cielo, la espuma, las
gaviotas, las nieves... De tarde en tarde, los velos plomizos de la
tormenta se rasgaban para dejar visible una pavorosa aparicin. Una vez
eran las montaas negras con sudarios de ventisqueros del estrecho de
Beagle. Y el buque viraba, huyendo de este pasadizo acutico lleno de
escollos. Otra vez surgieron ante la proa los peascos de Diego Ramrez,
el punto ms extremo del cabo, y tambin vir la fragata, huyendo de
este cementerio de navos. Capeando el viento llegaron  ver los
primeros _icebergs_,  igualmente hicieron rumbo atrs para no perderse
en las soledades del polo Sur.

Ferragut lleg  creer que no doblaran nunca el cabo, quedando para
siempre en plena tempestad, lo mismo que el navo errante y maldito de
la leyenda. El capitn, un salvaje del mar, taciturno y supersticioso,
mostraba el puo al promontorio, maldicindolo como  una divinidad
infernal. Estaba convencido de que no conseguira doblarlo hasta que lo
ablandase con un tributo humano. Ulises vi en este ingls  los
argonautas primitivos, que aplacaban con sacrificios la clera de las
deidades marinas.

Una noche, las olas se llevaron  un tripulante; al da siguiente cay
desde lo alto de la arboladura un gaviero, sin que nadie pensase en una
salvacin imposible. Y como si el demonio austral slo esperase este
tributo, ces el viento Oeste, el buque no tuvo ante su proa la
infranqueable barrera de un mar hostil, y pudo entrar en el Pacfico,
anclando doce das despus en Valparaso.

Ulises se explic el grato recuerdo que deja este puerto en la memoria
de los navegantes. Era el descanso despus de la pelea por doblar el
cabo, la alegra de existir luego de haber sentido el soplo de la
muerte, la vida en los cafs y las casas alegres, comiendo y bebiendo
hasta la hartura, con el estmago lastimado an por la alimentacin
salitrosa y la piel martirizada por los furnculos del mar.

Sigui el paso gracioso de las tapadas de negro manto, que le hicieron
recordar  su to el mdico. En las noches de _remolienda_ apartaba su
vista muchas veces de los beldades morenas y jvenes que danzaban la
zamacueca en medio del saln. Le interesaban las matronas envueltas en
velos de luto que hacan sonar el piano y el arpa, acompaando la danza
con cnticos suspirantes. Tal vez alguna de estas damas sentimentales y
bigotudas haba podido ser su ta.

Mientras la fragata completaba en Iquique su cargamento, estuvo en
contacto con la muchedumbre trabajadora de las salitreras, _rotos_
chilenos, obreros de todos los pases, que no saban cmo derrochar sus
valiosos jornales en la monotona de unas poblaciones nuevas. Su
embriaguez se recreaba con las ms disparatadas magnificencias. Unos
hacan correr el vino de todo un tonel para llenar un solo vaso. Otros
empleaban como blanco de su revlver las botellas de champaa alineadas
en las anaqueleras de los cafs, pagando las roturas al contado.

De este viaje guard Ferragut un sentimiento de orgullo y confianza que
le hizo despreciar los peligros. Conoci despus los tornados de Asia,
las horribles tormentas circulares, que en el hemisferio boreal ruedan
de derecha  izquierda y en el austral de izquierda  derecha. Eran
accidentes rpidos, de horas,  de das cuando ms. El haba doblado el
cabo de Hornos en pleno invierno, despus de una lucha contra los
elementos que dur dos meses. Poda atreverse  todo: el Ocano haba
agotado en l todas sus sorpresas... Y sin embargo, la peor de sus
aventuras ocurri estando el mar en calma.

Siete aos llevaba de navegante, y se dispona una, vez ms  volver 
Espaa, cuando en Hamburgo acept puesto de piloto en un velero que iba
 hacer rumbo al Camern y al frica oriental alemana. Un marino noruego
quiso disuadirle de este viaje. Era un buque viejo y lo haban asegurado
por el cudruplo de su valor. El capitn estaba asociado con el
propietario, que haba hecho quiebra varias veces... Y precisamente
porque era irracional este viaje, Ulises se apresur  embarcarse. La
prudencia era para l una vulgaridad. Todo lo absurdo supona obstculos
y peligros, tentando de un modo irresistible su atrevimiento.

Una tarde,  la altura de Portugal, cuando estaban lejos de la ruta
seguida por la navegacin regular, una columna de humo y de llamas se
elev sobre la cubierta, rompiendo las escotillas y devorando el
velamen. Mientras el piloto, al frente de unos negros, pretenda dominar
el fuego, el capitn y los tripulantes alemanes escaparon del buque en
dos balleneras preparadas. Ferragut tuvo la seguridad de que los
fugitivos se rean de l al verle correr por la cubierta, que empezaba 
combarse echando fuego por sus resquebrajaduras.

Se vi, sin saber cmo, en el bote ms pequeo, rodeado de varios negros
y diversos objetos amontonados con la precipitacin de la fuga: un
barril de galleta medio vaco, otro de agua que slo contena unos pocos
litros.

Remaron toda una noche, teniendo  sus espaldas, como astro de
desgracia, el buque ardiente, que enviaba sobre las olas sus
resplandores sangrientos. Al amanecer se marcaron en el disco del sol
unas ligeras ondulaciones negras. Era la tierra... pero tan lejos!

Dos das vagaron sobre las crestas mviles y los valles sombros del
desierto azul. Ferragut se sumi varias veces en un letargo mortal, con
los pies hundidos en el agua que llenaba el fondo del bote. Los pjaros
de mar trazaban espirales en torno de este atad flotante, y huan
despus con vigorosos golpes de ala, lanzando un graznido de muerte. Las
olas se elevaban lentas y mansas sobre los escasos centmetros de la
borda, como si quisieran contemplar con sus ojos glaucos este amasijo de
cuerpos blancos y obscuros. Remaban los nufragos con nerviosa
desesperacin; luego yacan inertes, reconociendo la ineficacia de su
esfuerzo perdido en la inmensidad.

El piloto, al adormecerse en la dura popa, acababa por sonrer con los
ojos cerrados. Todo era un mal ensueo. Estaba seguro de despertar en la
cama, rodeado de las comodidades familiares de su camarote. Y cuando
abra los ojos, la realidad le haca prorrumpir en rdenes desesperadas,
que obedecan los africanos maquinalmente, como si estuviesen dormidos.

No quiero morir!... no debo morir!, clamaba en su interior una voz
de bronce.

Gritaron  hicieron intiles seales  buques lejanos, que se perdan en
la inmensidad sin verles. Dos negros murieron de fro. Sus cadveres
flotaron largas horas junto al bote, como si no pudieran despegarse de
l. Luego se hundieron con invisible tirn. Varias aletas triangulares
pasaron sobre el agua, cortndola como cuchillos, al mismo tiempo que la
profundidad se ensombreca con veloces sombras de bano.

Cuando al fin se aproximaron  la tierra, Ferragut vi la muerte ms de
cerca que en alta mar. La costa se elevaba como una muralla inmensa.
Vista desde el bote, pareca cubrir la mitad del cielo. La larga
ondulacin ocenica se converta en ola rabiosa al encontrar los
baluartes avanzados de sus islotes, al desplomarse en el vaco de sus
abismos, formando cascadas de espuma que rodaban de abajo  arriba,
levantando furiosas columnas de polvo con estampido de caonazo.

Una mano irresistible agarr la quilla, poniendo la embarcacin
verticalmente. Ferragut sali despedido como un proyectil, cayendo en
los espumosos remolinos, y al caer tuvo la percepcin de que rodaban
igualmente, llovidos en el mar, hombres y toneles.

Vi blancuras burbujeantes y simas negras. Se sinti empujado por
fuerzas contradictorias. Unas tiraban de su cabeza y otras de sus pies
en sentido inverso, hacindole voltear como la saeta de un reloj. Su
pensamiento se hizo doble. Es intil resistir, murmuraba en su cerebro
el desaliento. Y la otra mitad de su persona afirmaba con desesperacin:
Yo no quiero morir!... no debo morir!

As vivi unos segundos, que fueron horas. Sinti el roce brutal de
ocultas asperezas; luego un choque en el abdomen, que detuvo su arrastre
entre dos aguas. Y agarrndose  las anfractuosidades de la roca,
emergi la cabeza y pudo respirar. La ola se retiraba, pero otra le
sumergi de nuevo, despegndolo de la pea con su espumoso mazazo,
hacindole dejar en las ptreas aristas la piel de sus manos, de su
pecho, de sus rodillas.

La succin ocenica le arrastr,  pesar de sus desesperados braceos.
Todo es intil, voy  morir!, deca una mitad de su pensamiento. Y 
la vez, el otro hemisferio mental evocaba con sinttico relampagueo su
vida entera. Vi la barbuda cara del _Tritn_ en este supremo instante,
vi al poeta Labarta lo mismo que cuando contaba  su ahijado las
aventuras del viejo Ulises, su lucha de nufrago con los peascos y las
olas.

De nuevo la dilatacin marina le arroj contra una roca, anclndose en
ella con el agarreo instintivo de sus manos. Pero antes de que esta ola
se retirase, avanz desesperadamente hasta otra piedra, pasndole el
tirn del reflujo por debajo del vientre. As breg largo tiempo,
pegndose  las peas cuando el mar lo cubra, arrastrndose sobre las
desoladas conyunturas cuando su cabeza quedaba al aire libre,
expeliendo agua por todos sus orificios.

Al verse sobre un saliente de la costa, libre ya de la absorcin de las
olas, se extingui de golpe su energa. El agua que goteaba su cuerpo
era roja, cada vez ms roja, esparcindose en regueros por las verdes
anfractuosidades de la piedra. Sinti un dolor inmenso, como si todo su
organismo hubiese perdido el amparo de su envoltura, quedando expuesta
al aire la carne viva.

Quiso seguir su camino, pero sobre su cabeza se elevaba la costa
formando un muro cncavo  inabordable. Imposible salir de all. Se
haba salvado del mar, para morir emparedado frente  l. Su cadver no
flotara hasta una playa habitada. Los nicos que iban  conocer su
muerte eran los cangrejos enormes que remontaban los peascos buscando
su alimento en la resaca; las gaviotas que se dejaban caer
verticalmente, con las alas tendidas, desde lo alto del acantilado.
Hasta los ms pequeos crustceos eran superiores  l.

Sinti de golpe toda su debilidad, toda su miseria, mientras la sangre
segua tiendo de prpura los minsculos lagos de las rocas. Al cerrar
los ojos para morir, vi en la obscuridad una cara plida, unas manos
que tejan sutiles encajes, y antes de que la noche cayese
definitivamente sobre sus prpados, murmur con balido infantil:

--Mam!... mam!...

Tres meses despus, al llegar  Barcelona, encontr  su madre tal como
la haba visto durante su agona en la costa portuguesa... Unos
pescadores le recogieron cuando su vida iba  extinguirse. Durante su
permanencia en el hospital escribi varias veces  doa Cristina con un
tono alegre y confiado, pretextando importantes ocupaciones en Lisboa.

Al verle entrar, la buena dama abandon su eterna labor de encajes,
lvida, con las manos trmulas y las pupilas vidriosas. Deba saber toda
la verdad; y si no la saba, se la avisaba su instinto de madre viendo 
Ulises convaleciente, enflaquecido, vacilando entre la arrogancia y el
quebranto fsico, lo mismo que los bravos cuando salan de la cmara del
tormento.

--Oh, hijo mo!... Hasta cundo!...

Era hora de que terminase su rabia de aventuras, su deseo loco de tentar
lo imposible, arrostrando los peligros ms absurdos. Si quera ser
marino, poda serlo, pero en buques respetables, al servicio de una gran
Compaa, siguiendo una carrera de escalas determinadas, y no rodando
caprichosamente por todos los mares, mezclado con el bandidaje
internacional que se ofrece en los puertos para reforzar las
tripulaciones. Lo mejor de todo sera permanecer quieto en su casa. Qu
felicidad si se quedase al lado de su madre!...

Y Ulises, con asombro de doa Cristina, adopt esta ltima resolucin.
La buena seora no estaba sola. Una sobrina viva con ella, como si
fuese su hija. El marino tuvo que rebuscar en el fondo de su memoria
para acordarse de una chicuela de cuatro aos que andaba  gatas por la
playa del pueblo de su madre mientras l, con una gravedad de
hombrecito, oa contar al viejo secretario del Municipio las pretritas
grandezas de la marina catalana.

Era hija de un Blanes--el nico pobre de la familia--que mandaba los
buques de sus parientes y haba muerto de la fiebre amarilla en un
puerto de la Amrica central. Ferragut no poda explicarse cmo la
criatura-reptil de la arena, con una eterna perla verde colgando de sus
narices, era aquella misma joven esbelta, de un moreno plido de arroz,
que ostentaba su abultada cabellera semejante  un casco de bano, con
dos pequeas espirales ante las orejas. Sus ojos parecan tener las
tintas cambiantes del mar: negros  unas horas, azules  otras, verdes y
profundos cuando reflejaba la luz del sol como un punto de oro.

Se sinti atrado por su sencillez, por la gracia tmida de sus palabras
y sonrisas. Era algo de irresistible novedad para este ruedamundo que
slo haba conocido cobrizas de carcajada bestial, asiticas
amarillentas de gestos felinos  europeas de los grandes puertos, que 
las primeras palabras piden de beber y cantan sobre las rodillas del
invitante, ponindose su gorra como testimonio de amor.

Cinta--este era su nombre--pareca conocerle toda su vida. Haba sido
el objeto de sus conversaciones con doa Cristina cuando ambas
entretenan las montonas horas tejiendo encajes al uso de su pueblo. Al
pasar Ulises ante el cuarto de ella, vi unos retratos suyos de la poca
en que era simple agregado  bordo de un trasatlntico. Cinta los haba
sustrado indudablemente de las habitaciones de su ta. Admiraba  aquel
primo aventurero desde mucho antes de conocerlo.

Una tarde, cont el marinero  las dos mujeres cmo se haba salvado en
la costa de Portugal. La madre le escuch volviendo la vista,
temblndole las manos al mover los bolillos de su encaje. De pronto son
un alarido. Era Cinta, que no poda escuchar ms. Y Ulises agradeci sus
lgrimas, sus lamentos convulsivos, sus ojos agrandados por una
expresin de terror.

La madre de Ferragut se preocupaba del porvenir de esta sobrina pobre.
Su nica salvacin era el matrimonio, y la buena seora haba fijado sus
miras en cierto pariente que andaba ms all de los cuarenta,
necesitando el aporte de esta juventud para refrescar su vida de
soltern maduro. Era el sabio de la familia. Doa Cristina lo admiraba
porque no poda leer sin el auxilio de unos lentes y porque ingera en
la conversacin palabras latinas, lo mismo que los clrigos. Enseaba
retrica y latn en el Instituto de Manresa, y hablaba de ser trasladado
algn da  Barcelona, trmino glorioso de una carrera ilustre. Todas
las semanas se escapaba  la capital para hacer largas visitas  la
viuda del notario.

--Por m no viene--deca la buena seora--. Quin se molesta por una
vieja?... Te digo que quiere  Cinta, y para la chica ser una suerte
casarse con este hombre tan sabio, tan serio.

Escuchndola, Ulises empez  pensar qu hueso podra romperle un marino
 un catedrtico de retrica sin incurrir en responsabilidad.

Un da, Cinta busc por toda la casa un dedal opaco y gastado que le
serva muchos aos. De pronto ces en sus rebuscas, se puso encarnada y
baj los ojos. Su mirada haba encontrado la mirada fugitiva de su
primo. Lo tena l. En el cuarto de Ulises se vean cintas, madejas de
hilo, un abanico viejo, depositados sobre papeles y libros, por el
mismo reflujo misterioso que haba arrastrado sus retratos del
dormitorio de su madre al de su prima.

El marino gustaba de quedarse en casa. Pasaba largas horas meditando con
los codos en la mesa, pero atento al mismo tiempo  un susurro de
ligeros pasos que poda sonar de un momento  otro en el corredor
inmediato. Todo lo saba: la trigonometra esfrica y rectilnea, la
cosmografa, las leyes de vientos y tempestades, los ltimos
descubrimientos oceanogrficos. Pero quin podra ensearle la forma de
hablar  una seorita sin asustarla?... Dnde diablos se aprenda el
arte de declararse  una persona decente?...

En l las dudas no eran nunca largas ni dolorosas. Adelante! Cada uno
sale del paso como puede. Y una tarde, cuando Cinta iba del saln al
dormitorio de su ta para traerle un libro piadoso, tropez en el
pasillo con Ulises.

De no conocerle, hubiese temblado por su existencia. Se sinti agarrada
por unas manos poderosas que la despegaron del suelo. Luego una boca
vida estamp en la suya dos besos agresivos. Toma, y toma!...
Ferragut se arrepinti al ver  su prima temblando contra la pared, con
una palidez de muerte, los ojos lacrimosos.

--Te he hecho dao. Soy un bruto... un bruto!

Casi se puso de rodillas, implorando su perdn; cerraba los puos como
si fuera  golpearse, castigando su atrevimiento. Pero ella no le dej
seguir... No, no!... Y mientras gema esta protesta, sus brazos se
cerraron formando un anillo en torno del cuello de Ulises. Su cabeza se
inclin hacia l, buscando el abrigo de su hombro. Una boca hmeda se
uni modestamente  la boca del marino, al mismo tiempo que la barba de
ste se mojaba con un roco de lgrimas.

Y no se dijeron ms.

Cuando, semanas despus, escuch doa Cristina la peticin de su hijo,
su primer movimiento fu de protesta. Una madre oye con anticipada
benevolencia toda pretensin sobre una hija, pero es ambiciosa y
exigente cuando se trata de un hijo. Ella haba soado algo ms
brillante. Pero su indecisin fu corta. Aquella muchacha tmida era
tal vez la mejor compaera para Ulises. Adems, estaba preparada, por lo
que haba visto en su infancia, para ser la mujer de un marino... Adis
al catedrtico!

Se casaron. Luego, Ferragut, que no poda vivir inactivo, volvi al mar,
pero como primer oficial de un trasatlntico que haca viajes regulares
 la Amrica del Sur. Para l, equivala esto  ser empleado en una
oficina flotante, visitando los mismos puertos, repitiendo
invariablemente iguales trabajos. Su madre se mostraba satisfecha al
verle con uniforme. Cinta fijaba su vista en el almanaque como la esposa
de un empleado la fija en el reloj. Tena la certeza de que,
transcurridos dos meses, le vera aparecer de nuevo viniendo del otro
lado de la tierra, cargado de regalos exticos, lo mismo que un marido
que vuelve de la oficina con un ramo comprado en la calle.

Al regreso de los dos primeros viajes fu  esperarle en el muelle,
buscando con la vista su gorra de galn de oro y su levita azul entre
los pasajeros trasatlnticos que se agitaban en las cubiertas con la
alegra de la llegada  Europa.

En el viaje siguiente, doa Cristina la oblig  quedarse en casa,
temiendo que la emocin y las aglomeraciones del puerto perjudicasen su
prxima maternidad. Luego, en cada una de sus arribadas, vi Ferragut un
hijo nuevo, aunque siempre era el mismo; primeramente, un envoltorio de
batistas y blondas sostenido por una nodriza endomingada; luego--cuando
ya era capitn del trasatlntico--, un chicuelo con faldillas,
mofletudo, de cabeza redonda cubierta de sedosa pelusa, tendiendo hacia
l los bracitos; finalmente, un muchacho que empezaba  ir  la escuela
y al ver  su padre agarraba su dura diestra, admirndolo con ojos
profundos, como si contemplase en su persona la concrecin de todas las
fuerzas del universo.

Don Pedro el catedrtico sigui visitando la casa de doa Cristina,
aunque con menos asiduidad. Tena el gesto resignado y framente
colrico del hombre que cree haber llegado demasiado tarde y est
convencido de que su desgracia es obra de su descuido... Si l hubiese
hablado antes! La certeza de su importancia no le permita dudar que la
joven le habra aceptado con jbilo.

A pesar de esta conviccin, no poda contener en ciertos momentos una
agresividad irnica, que se desahogaba inventando apodos clsicos. La
joven esposa de Ulises, inclinada sobre su labor de encajera, era
Penlope esperando la vuelta del errabundo marido.

Doa Cristina aceptaba este sobrenombre, por saber vagamente que era el
de una reina de buenas costumbres. Pero el da en que el catedrtico,
por una deduccin lgica, llam Telmaco al hijo de Cinta, la abuela
protest.

--Se llama Esteban, como su abuelo... Eso de Telmaco es nombre de
teatro.

En uno de sus viajes aprovech Ulises una escala de unas cuantas horas
en el puerto de Valencia para ver  su padrino. Reciba de tarde en
tarde cartas del poeta, cada vez ms breves y ms tristes, con letras
temblorosas que delataban su decadencia.

Al entrar en el despacho sinti la misma impresin de los durmientes de
las leyendas, que creen despertar despus de unas horas de sueo y han
dormido docenas de aos. Todo estaba igual que en su infancia: los
bustos de los grandes poetas en la cumbre de las libreras, las coronas
en sus encierros de vidrio, las joyas y estatuas ganadas  fuerza de
consonantes en sus vitrinas y pedestales, los libros de fulgurante lomo
formando apretados batallones  lo largo de los estantes. Pero la
blancura de los bustos haba tomado un color de chocolate; los bronces
estaban enrojecidos por el xido, los oros eran verdes, las coronas se
deshojaban. Pareca que hubiese llovido ceniza sobre la inmovilidad de
las cosas.

Las personas ofrecan igual aspecto de abandono y decadencia. Ulises
encontr al poeta flaco y amarillento, sumido en un silln, con la barba
luenga y blanca, un ojo casi cerrado y el otro enormemente abierto. Al
ver al marino, ancho de pecho, forzudo, bronceado, Labarta se ech 
llorar con un hipo infantil, como si llorase sobre la miseria de las
ilusiones humanas, sobre la brevedad de una vida engaosa que necesita
el oleaje de la continua renovacin.

Ms trabajo le cost todava  Ferragut reconocer  una seora pequea y
encogida que estaba junto al poeta. Colgaban de su esqueleto flcidas
adiposidades, como harapos de un pasado esplendor. La cabeza era exigua;
su rostro tena el arrugamiento de las manzanas invernizas, de las
ciruelas, de todas las frutas que se contraen y momifican, perdiendo su
lquido. Doa Pepa!... Los dos viejos se tuteaban ahora en presencia
de Ulises, con la tranquila amoralidad de los que se ven prximos  la
muerte y olvidan los temores y escrpulos de una vida que se va
derrumbando  sus espaldas.

El marino vi en esta miseria fsica el triste final de un rgimen
alimenticio absurdo, alegre y pueril: los dulces sirviendo de base de
nutricin, los grandes arroces como plato diario, las sandas y melones
llenando el intermedio entre las comidas, los helados servidos en copas
enormes, esparciendo el perfume de su nieve melosa.

Los dos le hablaron suspirando de sus enfermedades, que juzgaban
incomprensibles, atribuyndolas  ignorancia de los mdicos. Era la
consuncin que ataca de pronto  las gentes de los pases abundantes. Su
vida se funda en un chorreo de azcar lquido... Y todava adivinaba
Ferragut las desobediencias de los dos viejos  las disciplinas del
rgimen, sus ocultamientos infantiles, sus astucias para gustar  solas
las frutas y los jarabes, encanto de su existencia.

Fu corta la entrevista. El capitn deba volver al Grao, donde le
esperaba su trasatlntico, pronto  zarpar para la Amrica del Sur.

El poeta llor otra vez, besando  su ahijado. Ya no vera ms  este
coloso que pareca repeler sus dbiles abrazos con el fuelle de su
respiracin.

--Ulises, hijo mo!... piensa siempre en Valencia... Haz por ella todo
lo que puedas... Ya lo sabes. Siempre Valencia!

Jur todo lo que quiso el poeta, sin comprender qu es lo que Valencia
poda esperar de l, simple marino errante por todos los mares. Labarta
quiso acompaarle hasta la puerta, pero se hundi en su asiento,
obediente al carioso despotismo de su compaera, que tema para l las
mayores catstrofes.

Pobre doa Pepa!... Ferragut sinti deseos de rer y de llorar al
recibir un beso de su boca arrugada, cuyo vello se haba convertido en
pas. Fu un beso de beldad vieja que se recuerda al contacto de un buen
mozo; un beso de mujer infecunda que acaricia al hijo que pudo tener.

--El infeliz Carmelo!... Ya no escribe; ya no lee... Ay! qu ser de
m?...

Hablaba de la decadencia de su poeta con la conmiseracin de un ser
fuerte y sano. Se aterraba al pensar en los aos que podra sobrevivir 
su seor. Ocupada en cuidarle, no se miraba  ella misma.

Un ao despus, el capitn encontr en Port-Said,  la vuelta de las
Filipinas, una carta de su padrino. Doa Pepa haba muerto, y Labarta,
sacudiendo la modorra lacrimosa de su abatimiento, la despeda con un
largo cntico. Ulises pas los ojos por el recorte de peridico que iba
dentro de la carta conteniendo los ltimos versos del poeta. Eran versos
en castellano. Malo!... Despus de esto, resultaba indudable su prximo
fin.

No tuvo ocasin de verle otra vez: muri estando l de viaje. Al
desembarcar en Barcelona, su madre le entreg una carta escrita casi en
su agona. Valencia, hijo mo; siempre Valencia! Y luego de repetir
varias veces esta recomendacin, le haca saber que era su heredero.

Los libros, las estatuas, todos los recuerdos gloriosos de Labarta,
pasaron  Barcelona para adornar la casa del marino. El pequeo Telmaco
pudo entretenerse rompiendo las viejas coronas del trovador, arrancando
estampas  los volmenes, con la inconsciencia de un nio fogoso que
tiene  su padre muy lejos y vive sometido  dos seoras que le adoran.
Adems, el poeta dej  su ahijado una casa vieja en Valencia, varias
tierras y cierta cantidad en valores cotizables. Total: treinta mil
duros.

El otro tutor de su infancia, el vigoroso _Tritn_, permaneca
insensible al paso de los aos. Ferragut le encontr varias veces, al
llegar  Barcelona, instalado en su casa, en sorda hostilidad con doa
Cristina, dedicando  Cinta y  su hijo una parte del cario que antes
era slo para Ulises.

Deseaba que el pequeo Esteban conociese la casa de los bisabuelos.

--Me lo dejars?... Ya sabes que all en la Marina los hombres se hacen
fuertes como el bronce. De veras que me lo dejars?...

Dudaba de su influencia ante el gesto indignado de la suave doa
Cristina. Confiar su nieto al _Tritn_, para que le infundiese el amor
 las aventuras martimas, lo mismo que  Ulises?... Atrs, demonio
azul!

El mdico vagaba desorientado por el puerto de Barcelona... Demasiado
ruido, demasiado movimiento. Marchaba al lado de Ulises orgullosamente,
hacindole relatar las aventuras de sus aos de marino vagabundo y
cosmopolita. Vea en l al ms grande de los Ferragut: hombre de mar
como sus abuelos, pero con ttulo de capitn; aventurero de todos los
ocanos como l lo haba sido, pero con un sitio en el puente, revestido
del mando absoluto que confieren la responsabilidad y el peligro.

Al reembarcarse Ulises, se alejaba el _Tritn_ hacia sus dominios.

--Ser la prxima vez--deca para consolarse al partir sin el hijo de su
sobrino.

Y pasados unos meses reapareca, cada vez ms grande, ms feo, ms
curtido, con una sonrisa silenciosa que estallaba en palabras ante
Ulises, lo mismo que una nube tempestuosa estalla en truenos.

A la vuelta de un viaje al mar Negro, doa Cristina anunci  su hijo:

--Tu to ha muerto.

La piadosa seora lamentaba cristianamente la desaparicin de su cuado,
dedicndole una parte de sus rezos, pero insisti con cierta crueldad en
el relato de su triste fin. No poda perdonarle su fatal intervencin en
el destino de Ulises. Haba muerto como haba vivido, en el mar, vctima
de su temeridad, sin confesin, lo mismo que un pagano.

Otra herencia que caa sobre Ferragut... Su to se haba lanzado  nadar
en una maana asoleada de invierno, y no haba vuelto. Los viejos de la
costa explicaban  su modo el accidente: un desmayo, un choque con las
rocas. El _Dotor_ era an vigoroso, pero los aos no pasan sin dejar
huella. Algunos crean en una lucha con un cabeza de olla  otro pez
carnvoro de los que cazan en las aguas mediterrneas. En vano los
pescadores llevaron sus barcas por todas las angulosidades entrantes y
salientes del promontorio, explorando las cuevas sombras y los bajos
fondos de cristalina transparencia. Nadie pudo encontrar el cadver del
_Tritn_.

Ferragut record el cortejo de Afrodita que el mdico le haba descrito
tantas veces en las noches estivales, viendo  lo lejos las luces de los
faros. Tal vez haba tropezado con la alegre comitiva de las nereidas,
unindose  ella para siempre.

Esta suposicin absurda que Ulises formul mentalmente, con incrdula y
triste sonrisa, se repiti al mismo tiempo en el pensamiento simple de
muchas gentes de la Marina.

Se negaban  creer en su muerte. Un brujo no se ahoga. Habra encontrado
abajo algo muy interesante, y cuando se cansase de vivir en las verdes
profundidades volvera nadando  su casa.

No; el _Dotor_ no haba muerto.

Y durante muchos aos, las mujeres que seguan la costa al anochecer
apresuraron el paso, persignndose, al distinguir en las aguas obscuras
un madero  un paquete de algas. Teman que surgiese de pronto el
_Tritn_, barbudo, lbrico, chorreante, volviendo de su correra por las
misteriosas entraas del mar.




IV

FREYA


El nombre de Ulises Ferragut empez  ser famoso entre los capitanes de
los puertos espaoles. Las aventuras nuticas de su primera poca
entraban por muy poco en esta popularidad. Los ms de ellos haban
arrostrado mayores peligros, y si le apreciaban, era por el instintivo
respeto que sienten los hombres enrgicos y simples ante una
inteligencia que consideran superior. Sin otras lecturas que las de su
carrera, hablaban con asombro de los numerosos libros que llenaban el
camarote de Ferragut, muchos de ellos sobre materias que les parecan
misteriosas. Algunos hasta hacan afirmaciones inexactas para completar
el prestigio de su camarada:

--Sabe mucho... Adems de marino, es abogado.

La consideracin de su fortuna contribua igualmente al aprecio general.
Era accionista importante de la compaa naviera  la que prestaba sus
servicios. Los compaeros calculaban con orgullosa exageracin la
riqueza de su madre, tasndola en millones.

Encontraba amigos en todo buque que ostentase  popa la bandera
espaola, fuese cual fuese su puerto de origen y el regionalismo de sus
tripulantes.

Todos le queran: los capitanes vascos, sobrios en palabras, rudos y de
tuteo confianzudo; los capitanes asturianos y gallegos, enamoradizos y
derrochadores, que desmienten con su carcter la avaricia y la tristeza
de tierra adentro; los capitanes andaluces, que parecen llevar en su
gracioso lenguaje un reflejo de la blanca Cdiz y sus vinos luminosos;
los capitanes valencianos, que hablan de poltica en el puente,
imaginando lo que podr ser la marina de la futura Repblica; los
capitanes de Catalua y de Mallorca, conocedores de los negocios tan 
fondo como sus armadores. Siempre que les una la necesidad de defender
sus derechos, pensaban inmediatamente en Ulises. Ninguno escriba como
l.

Los viejos pilotos venidos de abajo, hombres de mar que haban empezado
su carrera en las barcas de cabotaje y  duras penas ajustaban sus
conocimientos prcticos al manejo de los libros, hablaban de Ferragut
con orgullo:

--Dicen que los del mar somos gente bruta... Ah tienen  don Luis, que
es de los nuestros. Pueden preguntarle lo que quieran... Un sabio!

El nombre de Ulises les haca titubear. Lo crean apodo, y no queriendo
incurrir en una falta de respeto, haban acabado por transformarlo en
don Luis. Para algunos de ellos, el nico defecto de Ferragut era su
buena suerte. An no se haba perdido un buque mandado por l. Y todo
buen marino que navega sin descanso debe tener en su historia una de
estas desgracias para ser un capitn completo. Solamente los labradores
no pierden barcos.

Cuando muri su madre, Ulises qued indeciso ante el porvenir, no
sabiendo si continuar su vida de navegante  emprender otra
completamente nueva. Sus parientes de Barcelona, mercaderes de gil
entendimiento para la evaluacin de una fortuna, sumaban lo que haban
dejado el notario y su esposa, y aadiendo lo de Labarta y el mdico,
casi llegaban  un milln de pesetas... Y un hombre con tanto dinero
iba  seguir viviendo lo mismo que un pobre capitn que necesita el
sueldo para mantener  su familia?...

Su primo Joaqun Blanes, dueo de una fbrica de gneros de punto, le
inst repetidas veces  que siguiese su ejemplo. Deba quedarse en
tierra y emplear su capital en la industria catalana. Ulises era del
pas, por su madre y por haber nacido en la vecina tierra de Valencia.
Se necesitaban hombres de fortuna y energa para que interviniesen en el
gobierno. Blanes haca poltica regionalista con el entusiasmo de un
burgus que se lanza en aventuras novelescas.

Cinta no dijo una palabra para decidir  su esposo. Era hija de un
marino y haba aceptado ser la esposa de otro. Adems, entenda el
matrimonio con arreglo  la tradicin familiar: la mujer duea absoluta
del interior de la casa, pero confiada en los asuntos exteriores  la
voluntad del seor, del guerrero, del jefe del hogar, sin permitirse
pensamientos ni objeciones sobre sus actos.

Fu Ulises el que adopt por s mismo la decisin de abandonar la vida
de navegante. Trabajado por las sugestiones de sus primos, le bast una
pequea disputa con uno de los directores de la casa armadora para
ofrecer su renuncia, sin que lograsen hacerle retroceder los ruegos y
explicaciones de los otros consocios.

En los primeros meses de su existencia terrestre, extra la inmovilidad
desesperante de las cosas. El mundo era de una rigidez y una dureza
antipticas. Sinti algo semejante  un principio de mareo al ver que
todo permaneca all donde l lo dejaba, sin permitirse el menor vaivn,
la ms leve fantasa dinmica.

Por las maanas, al entreabrir sus ojos, experimentaba la dulce
sensacin de la libertad irresponsable. Nada le importaba la suerte de
aquella casa. Las vidas de los que dorman en los otros pisos, encima y
debajo de l, no estaban confiadas  su vigilancia... Pero  los pocos
das sinti que le faltaba algo que era una de las mayores
satisfacciones de su existencia: la voluntad del poder, el gusto del
mando.

Dos criadas de aire azorado acudan  sus voces y sus repiqueteos de
timbre. Esto era todo para l, que haba mandado docenas de hombres de
spera dureza que infundan terror al bajar en los puertos.

Nadie le consultaba ahora, mientras que en el mar todos buscaban su
consejo y muchas veces necesitaban interrumpir su sueo. La casa poda
existir sin que l la visitase diariamente desde las cuevas al tejado,
revisando hasta el ltimo grifo. Las mujeres que hacan la limpieza por
las maanas le obligaban  refugiarse en el despacho con sus terrestres
escobazos. No le era permitido formular observaciones, no poda extender
un brazo galoneado, lo mismo que cuando rea  la grumetera descalza y
despechugada, exigiendo que la cubierta quedase limpia como un saln. Se
senta empequeecido, exonerado. Pensaba en Hrcules vestido de mujer,
hilando su rueca. El amor  la familia le haba hecho renunciar  su
vida de varn poderoso.

Slo el trato de su esposa, que le rodeaba de asiduos cuidados, como si
quisiera compensarse con esto de las largas separaciones, le hizo
llevadera la situacin. Adems, senta satisfecha su conciencia al hacer
de padre terrestre, preocupndose de su hijo, que empezaba 
prepararse para ingresar en el Instituto, repasando sus libros,
ayudndole en la comprensin de los textos.

Pero tampoco estos placeres fueron de larga duracin. Le aburran las
tertulias de familia en su casa y en la de sus parientes; las
conversaciones con tos, primos y sobrinos sobre ganancias y negocios 
sobre los defectos de la tirana centralista. Segn ellos, todas las
calamidades del cielo y de la tierra procedan de Madrid. El gobernador
de la provincia era el cnsul de Espaa.

Estos mercaderes slo interrumpan sus crticas para or con religioso
silencio la msica de Wgner golpeada en el piano por las nias de la
familia. Un amigo con voz de tenor cantaba _Lohengrin_ en cataln. El
entusiasmo haca rugir  los ms exaltados: El himno... el himno! No
era posible equivocarse. Para ellos slo exista un himno. Y acompaaban
con una canturria  media voz la msica litrgica de _Los segadores_.

Ulises recordaba con nostalgia su vida de comandante de trasatlntico:
una vida amplia, mundial, de incesantes y variados horizontes, de
muchedumbres cosmopolitas. Se vea detenido en las cubiertas por grupos
de muchachas elegantes que le pedan nuevos bailes en la semana. Salan
 su paso faldas de blanco revoloteo, velos que ondulaban como nubes de
colores, risas y trinos parlantes en un espaol que pareca puesto en
msica; todo el estrpito juguetn de una jaula de pjaros del Trpico.

Los ex presidentes de Repblica--generales  doctores que iban 
descansar  Europa--le contaban en el puente, con una gravedad
napolenica, los principales hechos de su historia. Los hombres de
negocios, al dirigirse  Amrica, le confiaban sus planes estupendos:
ros cambiados de cauce, ferrocarriles  travs de la selva virgen,
monstruosas fuerzas elctricas extradas de cascadas de varios
kilmetros de anchura, ciudades vomitadas por el desierto en unas
semanas; todas las maravillas de un mundo en la pubertad, que desea
realizar cuanto concibe su joven imaginacin. Era el demiurgo del
pequeo mundo flotante; dispona  su antojo de la alegra y del amor.

En las tardes calurosas de la Lnea, le bastaba dar una orden para
sacudir la embrutecida modorra de las cosas y los seres. Que suba la
msica y que sirvan refrescos. Y  los pocos minutos giraban las
parejas  lo largo de la cubierta, sonrean las bocas, se iluminaba en
los ojos un punto brillante de ilusin y de deseo. A sus espaldas sonaba
el elogio. Las matronas le encontraban muy distinguido. Se ve que es
persona _bien_. Camareros y tripulantes hacan una relacin exagerada
de su riqueza y sus estudios. Algunas jvenes que navegaban hacia Europa
con la imaginacin en pleno hervidero novelesco, se contraan
decepcionadas al saber que el hroe era casado y tena un hijo. Las
damas solitarias, tendidas en una _chaise longue_, con un volumen en la
mano, arreglaban, al verle, la corola de sus faldas, tapndose las
piernas con tanta precipitacin, que siempre las dejaban ms al
descubierto. Luego, fijando en l una mirada profunda, iniciaban el
dilogo, siempre del mismo modo:

--Cmo ha llegado usted  capitn, siendo tan joven?

Ah, miseria!... El que haba convivido varios aos, de un extremo 
otro del Atlntico, con un mundo rico, alegre, perfumado, resistindose
unas veces por prudencia  los caprichos femeniles, entregndose otras
con un recato de marino discreto, se vea ahora sin otros admiradores
que la vulgarota tribu de los Blanes, sin otras ilusiones que las que le
sugera su primo el fabricante, entusiasmado porque los grandes
apstoles del partido se fijaban con cierta simpata en el capitn.

Todas las maanas, al despertar, sufra un rudo choque en sus gustos. Lo
primero que contemplaba era una habitacin sin personalidad, una
vivienda que nada tena de l, arreglada por las sirvientas con limpieza
prolija y falta de lgica, que cambiaba incesantemente el emplazamiento
de las cosas.

Recordaba con nostalgia su camarote reducido y ordenado, donde no haba
un mueble que escapase  su vista ni un cajn cuyo contenido no
estuviera en su memoria. Su cuerpo se deslizaba, con el desembarazo de
la costumbre, por los desfiladeros del mobiliario. Se haba adaptado 
todos los ngulos entrantes y salientes, como la carne del molusco se
adapta  las sinuosidades internas de sus valvas. El camarote pareca
formado con secreciones de su ser: era un caparazn, una concha que iba
con l de un extremo  otro de los ocanos, caldendose con las altas
temperaturas del Trpico, cerrndose con un calafateo de cabaa esquimal
al aproximarse  los mares fros.

Le inspiraba un amor semejante al que siente el fraile por su celda;
pero esta celda era mundial, y al entrar en ella, despus de una noche
de tormenta pasada en el puente  de una bajada  tierra en los puertos
ms diversos, la vea siempre lo mismo, con los papeles y los libros
inmviles sobre la mesa, las ropas colgadas de las perchas, las
fotografas fijas en las paredes. Cambiaba el diario espectculo de
mares y tierras, cambiaba la temperatura y el curso de los astros; las
gentes, arrebujadas en gabanes invernales, vestan de blanco una semana
despus y buscaban en el cielo las nuevas estrellas del opuesto
hemisferio... y su camarote siempre igual, como si fuese un rincn de un
planeta aparte, insensible  las variaciones de este mundo.

Por las maanas, al despertar en l, se vea envuelto en una atmsfera,
verdosa y suave, lo mismo que si hubiese dormido en el fondo de un lago
encantado. El sol trazaba sobre la blancura del techo y de las sbanas
una red inquieta de oro, cuyas mallas se sucedan incesantemente: era
el reflejo del agua invisible. En la inmovilidad de los puertos entraban
por el ventano el chirrido de las gras, los gritos de los cargadores,
las conversaciones de los que ocupaban los botes en torno del
trasatlntico. En alta mar era el silencio fresco y rumoroso de la
inmensidad lo que llenaba su dormitorio. Un viento de infinita pureza,
que vena tal vez del otro lado del planeta, deslizndose miles de
leguas por los desiertos salados sin tocar una sola corrupcin,
resbalaba en la garganta de Ferragut como un vino de gaseosa embriaguez.
Su duro costillaje iba dilatndose  impulsos de este trago de vida,
mientras sus ojos parpadeaban ante el azul luminoso del horizonte.

En su casa, lo primero que vea al despertar era un edificio cataln,
rico y monstruoso, semejante  los palacios que dibujan los hipnotizados
en sus ensueos: una amalgama de flores persas, columnas gticas,
troncos de rboles con cuadrpedos, reptiles y caracoles entre follajes
de cemento. El adoquinado le enviaba por sus respiraderos la fetidez de
unas alcantarillas solidificadas por la escasez de agua; los balcones
esparcan el polvo de las alfombras sacudidas; el palacio-quimera se
tragaba con una insolencia de rico novel todo el cielo y el sol que
correspondan  Ferragut.

Una noche sorprendi  sus parientes hacindoles saber que volva al
mar. Cinta asinti con un silencio doloroso  esta resolucin, como si
la hubiese adivinado mucho antes. Era algo inevitable y fatal que deba
aceptar. El fabricantes Blanes tartamude de asombro. Volver  su vida
de aventuras cuando los grandes seores del partido se ocupaban de su
persona!... Tal vez en las primeras elecciones le hiciesen concejal.

Ferragut ri de la simpleza de su primo. Quera mandar otra vez un
barco, pero suyo, sin tener que sufrir las imposiciones de los
armadores. El poda permitirse este lujo. Sera como un yate enorme,
pronto  hacer rumbo  su gusto  su conveniencia y proporcionndole al
mismo tiempo cuantiosas ganancias. Tal vez su hijo llegase  ser
director de compaa martima, al convertirse con los aos este primer
vapor en una flota enorme.

Conoca todos los puertos del mundo, todos los caminos del trfico, y
sabra adivinar los lugares faltos de buques, donde se pagan fletes
altos. Hasta ahora haba sido un asalariado valeroso y ciego. Iba 
empezar su vida de explotador del mar.

Dos meses despus escribi desde Inglaterra diciendo que haba comprado
el _Fingal_, vapor-correo de tres mil toneladas, que haca el servicio
dos veces por semana entre Londres y un puerto de Escocia.

Ulises se mostraba entusiasmado por la baratura de su adquisicin. El
_Fingal_ haba sido propiedad de un capitn escocs, que,  pesar de sus
largas dolencias, no quiso abandonar nunca el mando, muriendo  bordo de
su buque. Los herederos, hombres de tierra adentro, cansados de una
larga espera, ansiaban deshacerse de l  cualquier precio.

Cuando el nuevo propietario entr en el saln de popa, rodeado de
camarotes--nico lugar habitable en este buque de carga--, los recuerdos
del muerto salieron  su paso. En los planos de las entrepuertas estaban
pintados los hroes de la Ilada escocesa: el bardo Ossin y su arpa;
Malvina la de los redondos brazos y sueltas crenchas de oro; los
guerreros bigotudos, con cascos de aletas y salientes bceps, que se
daban cuchilladas en los broqueles, despertando los ecos de los lagos
verdes.

Un silln mullido y profundo abra sus brazos ante una estufa. All
haba pasado sus ltimos aos el dueo del buque, enfermo del corazn,
con las piernas hinchadas, dirigiendo desde su asiento un rumbo que se
repeta todas las semanas,  travs de las nieblas,  travs de las olas
invernales que arrastraban pedazos de hielo arrancados  los _icebergs_.
Cerca de la estufa haba un piano, y sobre su tapa un rimero de
partituras amarilleadas por el tiempo: _La sonmbula_, _Luca_, romanzas
de Tosti, canciones napolitanas, melodas fciles y graciosas que
esparcan las viejas cuerdas del instrumento con el timbre frgil y
cristalino de una caja de msica. El pobre nauta de piernas de piedra
tenda su corazn enfermo hacia el mar de la luz. Esta msica haca
surgir en medio de los cielos brumosos las colinas de Sorrento,
cubiertas de naranjos y limoneros, las costas de Sicilia, perfumadas por
una flora ardorosa.

Ferragut tripul el buque con gente amiga. Su segundo fu un piloto que
haba empezado su carrera en las barcas de pesca. Era del mismo pueblo
de los abuelos de Ulises, y se acordaba del _Dotor_ con respeto y
admiracin. Haba conocido  su capitn actual cuando ste era pequeo 
iba  pescar con su to. En dicha poca, Tni era ya marinero en un lad
de cabotaje, superioridad de aos que le haba autorizado para tutear 
Ulises.

Al verse ahora bajo sus rdenes, quiso modificar el tratamiento, pero el
capitn no lo consinti. Tni y l eran tal vez parientes lejanos. Todos
los de aquel pueblo de la Marina estaban unidos por largos siglos de
existencia aislada y peligros comunes. La tripulacin, desde el primer
maquinista  los ltimos marineros, se mostraba igualmente familiar en
su respeto. Unos eran de la misma tierra del capitn, otros haban
navegado largamente  sus rdenes.

Ulises conoci como armador un sinnmero de preocupaciones que no haba
sospechado antes. Se verific en l la angustiosa transformacin del
artista que se convierte en empresario, del literato que se desdobla en
editor, del ingeniero dedicado  la fantasa de los inventos que pasa 
ser dueo de fbrica. Su amor romntico por el mar y sus aventuras fu
acompaado ahora de preocupaciones sobre el precio y el consumo del
carbn, sobre la concurrencia rabiosa que haca bajar los fletes, y la
busca de puertos nuevos con carga pronta y remuneradora.

El _Fingal_, que haba sido rebautizado por su nuevo propietario con el
nombre de _Mare nostrum_, en memoria de su to, resultaba una compra
dudosa  pesar de su bajo precio. Ulises se haba entusiasmado como
navegante al ver su proa alta y afilada dispuesta  afrontar los peores
mares, su esbeltez de buque veloz, sus mquinas sobradamente poderosas
para un vapor de carga, todas las condiciones que le haban hecho servir
de correo durante varios aos. Consuma demasiado combustible para
dedicarse con ganancia al transporte de mercancas. El capitn, durante
sus navegaciones, slo pensaba ahora en el alimento de las calderas.
Siempre le pareca que _Mare nostrum_ marchaba con excesiva rapidez.

--Media mquina!--gritaba por el tubo  su primer mecnico.

Pero  pesar de esta precaucin y de otras, el gasto de combustible
resultaba enorme al hacer el arqueo de un viaje. El buque consuma todas
las ganancias. Su velocidad era insignificante comparada con la de un
trasatlntico, pero resultaba absurda en relacin con la de los vapores
mercantes de gran casco y pequea mquina que iban solicitando carga 
cualquier precio por todos los puntos.

Esclavo de la superioridad de su buque y en continua lucha con ella,
Ferragut se esforz por seguir navegando sin grandes prdidas. Todas las
aguas del planeta vieron  _Mare nostrum_ dedicado  los transportes ms
raros. Gracias  l onde la bandera espaola en puertos que no la
haban visto nunca.

Hizo viajes por los mares solitarios de Siria y Asia Menor, ante costas
donde la novedad de un buque con chimenea haca correr y aglomerarse 
las gentes de los aduares. Realiz desembarcos en puertos fenicios y
griegos cegados por la arena, que slo conservaban unas cuantas chozas
al pie de montones de ruinas. Algunas columnas de mrmol se erguan an
como troncos de palmeras desmochadas. Ancl junto  temibles rompientes
de la costa occidental de frica, bajo un sol que haca arder la
cubierta, para recibir caucho, plumas de avestruz y colmillos de
elefante trados en largas piraguas por remeros negros. Salan siempre
de un ro poblado de cocodrilos  hipoptamos, en cuyas orillas alzaba
la factora los conos pajizos de sus techumbres.

Cuando faltaban estos viajes fuera de las rutas ordinarias, _Mare
nostrum_ haca rumbo  Amrica, resignndose  luchar en baratura con
ingleses y escandinavos, que son los arrieros del Ocano. Su tonelaje y
su calado le permitan remontar los grandes ros de la Amrica del
Norte, llegando hasta las ciudades del remoto interior que hacen humear
las filas de chimeneas de sus fbricas al borde de un lago dulce
convertido en puerto.

Naveg por el rojizo Paran hasta Rosario y Colastin, para cargar trigo
argentino; fonde en las aguas de mbar de Uruguay, frente  Paysand y
Fray Ventos, recibiendo cueros destinados  Europa y carne salada para
las Antillas. En el Pacfico remont el Guayas  travs de una
vegetacin ecuatorial, en busca del cacao de Guayaquil. Su proa cort la
infinita lmina del Amazonas, apartando los troncos gigantescos
arrastrados por las inundaciones de la selva virgen, para anclar frente
 Par  frente  Manaos, tomando cargamentos de tabaco y caf. Hasta
llev de Alemania pertrechos de guerra para los revolucionarios de una
pequea Repblica.

Estos viajes, que en otro tiempo entusiasmaban  Ferragut, tenan ahora
como final una decepcin. Despus de pagados los gastos y de haber
vivido con rabiosa economa, apenas quedaba algo para el armador. Cada
vez eran ms numerosos los buques de carga y el flete ms barato.
Ulises, con su elegante _Mare nostrum_, no poda luchar contra los
capitanes septentrionales, alcoholizados y taciturnos, que aceptaban 
cualquier precio el llenar sus buques srdidos, emprendiendo una marcha
de tortuga  travs de los ocanos.

--No puedo ms--deca con tristeza  su segundo--. Voy  arruinar  mi
hijo. Si me compran _Mare nostrum_, lo vendo.

En una de sus expediciones infructuosas, cuando senta mayor desaliento,
una noticia inesperada cambi su situacin. Acababan de llegar 
Tenerife con maz de la Argentina y fardos de alfalfa seca. Tni volvi
 bordo despus de haber legalizado los papeles del buque.

--_La gurra, che!_--grit en valenciano, la lengua de su intimidad.

Ulises, que se paseaba por el puente, acogi la noticia con
indiferencia. La guerra?... Qu guerra era esa?... Pero al saber que
Alemania y Austria haban roto las hostilidades contra Francia y Rusia,
y que Inglaterra acababa de intervenir en defensa de Blgica, el
capitn se lanz  calcular las consecuencias polticas de esta
conflagracin. No vea otra cosa.

Tni, menos desinteresado, habl de la suerte futura del buque...
Terminada la miseria! Los fletes  trece chelines tonelada de un
hemisferio  otro iban  ser en adelante un recuerdo vergonzoso. No
tendran ya que solicitar carga de puerto en puerto como quien pide una
limosna. Ahora les tocaba darse importancia, vindose solicitados por
los consignatarios y comerciantes desdeosos. _Mare nostrum_ iba  valer
como si fuese de oro.

Tales predicciones, que Ferragut se resista  aceptar, empezaron 
cumplirse al poco tiempo. Escasearon los barcos en las rutas del Ocano.
Unos se refugiaban en los puertos neutrales ms prximos, temiendo  los
cruceros enemigos. Los ms eran movilizados por sus gobiernos para los
enormes transportes de material que exige la guerra moderna. Los
corsarios alemanes, valindose de astucias, aumentaban con sus presas el
pnico de la marina mercante.

Salt el precio del flete de trece chelines la tonelada  cincuenta;
luego  sesenta, y  los pocos das  ciento. Ya no poda subir ms,
segn el capitn Ferragut.

--An subir--afirmaba el segundo con una alegra cruel--. Veremos la
tonelada  ciento cincuenta,  doscientos... Vamos  hacernos ricos!

Y Tni empleaba el plural al hablar de la futura riqueza, sin que se le
ocurriese por un momento pedir  su capitn unos cntimos ms sobre los
cuarenta y cinco duros que reciba al mes. La fortuna de Ferragut y del
buque la consideraba como suya. Se tena por dichoso siempre que no le
faltase el tabaco y pudiera enviar su sueldo ntegro  la mujer y los
hijos, que vivan all en la Marina.

Su ambicin era la de todos los navegantes modestos: comprar un pedazo
de tierra y hacerse labrador en su vejez. Los pilotos vascos soaban con
praderas y manzanos, una casita en una cumbre, y muchas vacas. El se
imaginaba una via en la costa, una vivienda blanca con emparrado, 
cuya sombra fumara su pipa, y toda la familia, hijos y nietos,
extendiendo la cosecha de pasa sobre los caizos.

Le una  Ferragut una admiracin familiar, igual  la del antiguo
escudero por su paladn,  la de un sargento viejo por un oficial de
genio. Los libros que llenaban el camarote del capitn le hacan
recordar sus angustias al examinarse en Cartagena para adquirir el
ttulo de piloto. Los graves seores del tribunal le haban visto
palidecer y balbucear como un nio ante los logaritmos y las frmulas
trigonomtricas. A l que le preguntasen sobre casos prcticos, y su
pericia de patrn de barca, habituado  todos los peligros del mar, le
hara responder con el aplomo de un sabio.

En los trances difciles--das de tormenta, bajos tortuosos, vecindad de
costas traidoras--, Ferragut slo se decida  descansar cuando Tni le
reemplazaba en el puente. Con l no haba miedo  que entrase por
descuido la ola de travs que barre la cubierta y apaga las mquinas, 
que el escollo invisible clavase su colmillo de piedra en el vientre del
buque. Segua junto al timonel el rumbo indicado, inmvil y silencioso,
como si durmiese de pie; pero en el momento oportuno dejaba caer la
breve palabra de mando.

Era enjuto de carnes, con la recocida delgadez de los mediterrneos
bronceados. El viento salino ms que los aos haba curtido su rostro,
fruncindolo con profundas arrugas. Una coloracin caprichosa haca
negro el fondo de estas grietas, mientras que la parte expuesta al sol
pareca lavada por la luz, con tonos ms claros. La barba corta y dura
se extenda por los surcos y lomas de su piel. Adems, tena pelo en las
orejas, pelo en las fosas nasales, anchas y respingadas, prontas 
estremecerse en los momentos de clera  de admiracin... Pero esta
fealdad disminua bajo la luz de sus ojos pequeos, con las pupilas
entre verdes y aceitosas; unos ojos que miraban dulcemente, con
expresin canina de resignacin, cuando el capitn se burlaba de sus
creencias.

Tni era hombre de ideas. Ferragut slo le conoca cuatro  cinco,
pero duras, cristalizadas, inconmovibles, como los moluscos que,
adheridos  la roca, acaban por convertirse en una excrecencia ptrea.
Las haba adquirido en veinticinco aos de cabotaje mediterrneo,
leyendo todos los peridicos de un radicalismo lrico que le salan al
encuentro en los puertos. Adems, al final de sus viajes estaba
Marsella, y en una de sus callejuelas un saln rojo adornado de columnas
simblicas, donde se encontraba con navegantes de todas las razas y
todas las lenguas, entendindose fraternalmente por medio de signos
misteriosos y palabras rituales.

Cuando entraba en un puerto de la Amrica del Sur, despus de larga
ausencia, admiraba los rpidos adelantos de los pueblos jvenes: muelles
enormes construdos en un ao, calles interminables que no existan en
el viaje anterior, parques frondosos y elegantes sobre antiguas lagunas
desecadas.

--Es natural--afirmaba rotundamente--. Por algo son Repblica.

Al entrar en los puertos espaoles, la menor contrariedad en el amarre
del buque, una discusin con los empleados oficiales, la falta de
espacio para un buen fondeo, le hacan sonrer con amargara.
Desgraciado pas!... Todo era obra del altar y el trono.

En el ro de Londres  ante los muelles de Hamburgo, el capitn Ferragut
se burlaba de su subordinado.

--Aqu no hay Repblica, Tni...! Y sin embargo, esto es algo.

Pero Tni no se daba por vencido. Contraa el peludo rostro, haciendo un
esfuerzo mental para dar forma  sus vagas ideas, vistindolas de
palabras. En el fondo de estas grandezas presenta una afirmacin de sus
mismos pensamientos. Al fin se entregaba, desarmado, pero no convencido.

--No s explicarme: me faltan palabras... Son las gentes las que hacen
todo eso.

Al recibir en Tenerife la noticia de la guerra, resumi todas sus
doctrinas con el laconismo de un triunfador.

--Hay en Europa demasiados reyes... Si todos los pueblos fuesen
Repblicas!... Esta calamidad haba de llegar forzosamente.

Y Ferragut no se atrevi  burlarse esta vez de la simpleza de su
segundo.

Toda la gente de _Mare nostrum_ se mostraba entusiasmada por el nuevo
aspecto de los negocios. Los marineros, taciturnos en las navegaciones
anteriores, como si presintiesen la ruina  el cansancio de su capitn,
trabajaban ahora alegremente, lo mismo que si fuesen  participar de las
ganancias.

En el rancho de proa se entregaban muchos de ellos  clculos
comerciales. El primer viaje de la guerra equivala  diez de los
anteriores; el segundo tal vez proporcionase ganancia como veinte. Y se
alegraban por Ferragut, con el mismo desinters que su primer oficial,
acordndose de los malos negocios de antes. Los maquinistas ya no eran
llamados al camarote del capitn para idear nuevas economas de
combustible. Haba que aprovechar el tiempo, y _Mare nostrum_ iba  todo
vapor, haciendo catorce millas por hora, como un buque de pasajeros,
detenindose nicamente cuando le cerraba el paso un destroyer ingls 
la entrada del Mediterrneo, envindole un oficial para convencerse de
que no llevaba  bordo sbditos de los Imperios enemigos.

La abundancia reinaba igualmente entre el puente y la proa, donde
estaban la cocina y el alojamiento de los marineros, espacio del buque
respetado por todos como dominio incontestable del to _Caragl_.

Este viejo apodado Caracol--otro amigo antiguo de Ferragut--era el
cocinero de  bordo, y aunque no se atreva  tutear al capitn, como en
otros tiempos, la expresin de su voz daba  entender que mentalmente
segua usando de esta familiaridad. Haba conocido  Ulises cuando hua
de las aulas para remar en el puerto, y l, por el mal estado de sus
ojos, acababa de retirarse de la navegacin de cabotaje, descendiendo 
ser simple lanchero. Su gravedad y su corpulencia tenan algo de
sacerdotal. Era el mediterrneo obeso, de cabeza pequea, cuello
voluminoso y triple mentn, sentado en la popa de su barca de pesca como
un patricio romano en el trono de la trirreme.

Su talento culinario sufra eclipses cuando no figuraba el arroz como
tema fundamental de sus composiciones. Todo lo que este alimento puede
dar de s lo conoca perfectamente. En los puertos del Trpico, los
tripulantes, hastiados de bananas, pias y aguacates, saludaban con
entusiasmo la aparicin de la gran sartn de arroz con bacalao y patatas
 de la cazuela de arroz al horno, con la dorada costra perforada por la
cara roja de los garbanzos y el lomo negro de las morcillas. Otras
veces, el cocinero, bajo el cielo plomizo de los mares septentrionales,
les haca evocar el recuerdo de la lejana patria dndoles el monstico
arroz con acelgas  el mantecoso arroz con nabos y judas.

En los domingos y fiestas de santos valencianos, que eran los primeros
del cielo para el to _Caragl_--San Vicente Mrtir, San Vicente Ferrer,
la Virgen de los Desamparados y el Cristo del Grao--, apareca la
humeante _paella_, vasto redondel de arroz, sobre cuya arena de
hinchados granos yacan despedazadas varias aves. El cocinero sorprenda
 su gente repartiendo cebollas crudas, voluminosas, de acre perfume que
arrancaba lgrimas y una blancura de marfil. Eran un regalo de prncipe
mantenido en secreto. No haba mas que quebrarlas de un puetazo para
que soltasen su viscosidad, y luego se perdan en los paladares como
bocados crujientes de un pan dulce y picante, alternando con las
cucharadas de arroz. El buque estaba  veces cerca del Brasil,  la
vista de Fernando de Noroa, distinguindose las chozas cnicas de los
negros instalados en la isla bajo un sol ecuatorial, y los tripulantes
crean comer en una barraca de la huerta de Valencia, pasndose de mano
en mano el porrn de vino fuerte de Liria.

Cuando anclaban en puertos de pesca abundante, acometa la magna obra de
guisar un arroz _abanda_. Los marmitones llevaban  la mesa del capitn
la olla donde haban hervido los pescados mantecosos, revueltos con
langostas, almejas y toda clase de mariscos. El se reservaba el honor de
ofrecer la gran fuente con su pirmide de arroz dorado y suelto.

Hervido aparte (_abanda_), cada grano estaba repleto del suculento caldo
de la olla. Era un arroz que contena en sus entraas la concentracin
de todas las substancias del mar. Como si cumpliese una ceremonia
litrgica, iba entregando medio limn  cada uno de los que ocupaban la
mesa. El arroz slo debe comerse luego de humedecerlo con este roco
perfumado, que evoca la imagen de un jardn oriental. nicamente
desconocan esta voluptuosidad los infelices de tierra adentro, que
llaman  cualquier rancho arroz  la valenciana.

Ulises asenta  las reflexiones del cocinero, llevndose  la boca la
primera cucharada con gesto interrogante... Luego sonrea, sumindose en
gastronmica embriaguez. Magnfico, to _Caragl_! Su buen humor le
haca afirmar que los dioses slo se alimentaban con arroz _abanda_ en
su hotel del Olimpo. Lo haba ledo en los libros. Y _Caragl_,
presintiendo en esto un elogio, contestaba gravemente: As es, mi
capitn. Tni y los otros oficiales masticaban con la cabeza baja,
interrumpindose nicamente para lamentar que el viejo se hubiese
quedado corto al medir la ambrosa.

El aceite era para l tan precioso como el arroz. En la poca de la
navegacin miserable, cuando el capitn haca esfuerzos por conseguir
nuevos ahorros, _Caragl_ vigilaba especialmente la gran alcuza de su
cocina. Sospechaba que los marmitones y los marineros jvenes se
atusaban el pelo para hacer el majo empleando el aceite como pomada.
Toda cabeza que se pona al alcance de su vista turbia la sujetaba entre
sus brazos, llevando  ella las narices. El ms lejano perfume del licor
de oliva despertaba su clera. _Ah, lladre!..._ Y dejaba caer su
manaza enorme, blanda y pesada como un guantelete de esgrima.

Ulises le crea capaz de subir al puente declarando que la navegacin no
poda continuar por haberse agotado los odres del lquido color de
amatista procedente de la sierra de Espadn.

Sus ojos cegatos reconocan inmediatamente en los puertos la
nacionalidad de los buques que fondeaban  ambos costados del _Mare
nostrum_. Su nariz sorba con tristeza el ambiente. Nada!... Eran
barcos inspidos, barcos del Norte, que hacan su comida con manteca:
tal vez barcos protestantes.

Otras veces avanzaba por la borda con lentitud, siguiendo un rastro
embriagador, hasta que se colocaba enfrente de la cocina del buque
vecino, aspirando su rico perfume. Hola, hermanos!... Imposible
equivocarse. Eran espaoles; y si no, procedan de Marsella, de Gnova
 de Npoles; en suma, compatriotas que coman y vivan bajo todas las
latitudes lo mismo que si estuviesen en su pequeo mar interior. Pronto
se entablaban plticas en el idioma mediterrneo, mezcla de espaol, de
provenzal y de italiano inventada por los pueblos hbridos de la costa
de frica, desde Egipto  Marruecos. Unas veces se enviaban presentes
como los que se cruzan entre tribu y tribu: frutos del lejano pas.
Otras, enemistados de pronto sin saber por qu, avanzaban los puos
sobre las bordas, gritndose insultos en los que reaparecan
metdicamente,  cada dos palabras, la Virgen y su santo hijo.

Esta era la seal para que el to _Caragl_, alma religiosa, volviese
con altivo silencio  su cocina. Tni, el segundo, se burlaba de sus
entusiasmos devotos. La gente de proa, materialista y tragona, le
escuchaba en cambio con deferencia, por ser l quien meda el vino y los
mejores bocados. El viejo les hablaba del Cristo del Grao, cuya estampa
ocupaba el sitio ms visible de la cocina, y todos oan como un relato
nuevo la llegada por el mar de la santa imagen, tendida sobre una
escalera, dentro de un buque que se hizo humo luego de soltar su
milagroso cargamento.

Haba sido esto cuando el _Grau_ no era mas que un grupo de chozas lejos
de las murallas de Valencia y amenazado por los desembarcos de los
piratas moros. Durante muchos aos, _Caragl_ haba sacado en hombros y
descalzo la sagrada escalera el da de la fiesta. Ahora, otros hombres
de mar disfrutaban de tal honor, y l, viejo y cegato, aguardaba entre
el pblico de la procesin para lanzarse sobre la enorme reliquia,
pasando sus ropas por la madera.

Todo cuanto llevaba encima estaba santificado por dicho contacto. En
realidad, no era gran cosa, pues andaba por el buque ligero de ropa, con
el impudor de un hombre que ve mal y se considera ms all de las
preocupaciones humanas.

Una camisa con el faldn siempre flotante y unos pantalones de sucio
algodn  de bayeta amarilla, segn las estaciones, eran su vestimenta.
El pecho de la camisa estaba abierto en todo tiempo, dejando ver un
matorral de pelos blancos. Los pantalones se sostenan invariablemente
con un solo botn, y cuando el viento levantaba la camisa, sala  la
luz un nuevo tringulo peludo y blanco, con el vrtice hacia arriba, que
era continuacin del tringulo enmaraado del pecho, con el vrtice
hacia abajo. Un sombrero de palma cubra su cabeza hasta cuando
trabajaba en sus cacerolas.

El _Mare nostrum_ no poda naufragar ni sufrir dao alguno mientras le
llevase  l. En das de tormenta, cuando las olas barran la cubierta
de proa  popa y los marineros avanzaban recelosos, temiendo que se los
llevase un golpe de mar, _Caragl_ sacaba la cabeza por la puerta de la
cocina, despreciando un peligro que no poda ver.

Las trombas de agua pasaban sobre l, yendo  apagar sus fogones, pero
esto enardeca su fe. Animo, muchachos! El Cristo del Grao se ocupaba
en protegerles, y nada malo podra ocurrirle al baque... Unos marineros
callaban; otros, irritados, se hacan esto y aquello en la imagen y su
santa escala, sin que el devoto se indignase. Dios, que enva los
peligros al hombre de mar, sabe que sus malas palabras carecen de
malicia.

Su religiosidad se extenda  las profundidades. Nada quera decir de
los peces del Ocano. Le inspiraban la misma indiferencia que aquellos
buques fros y sin perfume que ignoraban el aceite y todo lo guisaban
con pomada. Deban ser herejes.

A los peces del Mediterrneo los conoca mejor, y llegaba  tenerlos por
buenos catlicos, ya que proclamaban  su modo la gloria de Dios. De pie
junto  la borda, en las tardes clidas del Trpico, contaba, para honra
de los habitantes del lejano mar, el portentoso milagro del barranco de
Alboraya.

Un sacerdote vadeaba  caballo su desembocadura para llevar el Vitico 
un moribundo, cuando tropez la bestia, y abrindose el copn cayeron
las hostias, siendo arrastradas por la corriente. Desde entonces
brillaron todas las noches luces misteriosas en el mar, y  la salida
del sol un enjambre de pececillos vena  situarse frente al barranco,
emergiendo sus cabezas del agua para mostrar la hostia que cada uno de
ellos llevaba en la boca. En vano quisieron los pescadores quitrselas.
Huan mar adentro con su tesoro. Slo cuando lleg el clero con cruz
alzada y el mismo sacerdote se meti en el barranco hasta las rodillas,
se decidieron  acercarse, y uno tras otro fueron depositando su hostia
en el copn, retirndose luego, de ola en ola, moviendo graciosamente
sus colitas.

A pesar de la vaga esperanza de un porrn de vino extraordinario que
animaba  los ms de los oyentes, un murmullo de incredulidad surga al
final del relato. El devoto _Caragl_ era iracundo y malhablado como un
profeta cuando consideraba en peligro su fe. Quin era el hijo de
pulga que se atreva  dudar de lo que l haba visto?... Y lo que l
haba visto era la fiesta de los _peixets_, que se celebraba todos los
aos, oyendo  doctsimos varones el relato del milagro en la capilla
conmemorativa edificada al borde del barranco.

Este prodigio de los pescaditos iba seguido casi siempre de lo que l
llamaba el milagro del _peixt_, pretendiendo con el peso del tal
pescadote aplastar las dudas de la impiedad.

La galera de Alfonso V de Aragn--el nico rey marino de Espaa--chocaba
al salir del golfo de Npoles con un peasco oculto, cerca de la isla de
Capri. Se parta un costado de la nave, sin que sta hiciese agua, y
segua navegando  velas desplegadas, con el rey, las damas de su corte
y el squito de barones cubiertos de hierro. Veinte das despus
llegaban  Valencia sanos y salvos, como todo navegante que en momentos
de peligro pide auxilio  la Virgen del Puig. Al registrar los maestros
calafates el casco de la galera, vean  un pescado enorme desprenderse
de su fondo con la tranquilidad de una persona honrada que ha cumplido
su deber. Era un delfn enviado por la Santsima Seora para que pegase
su lomo  la brecha abierta. Y as, como un tapn, haba navegado de
Npoles  Valencia, sin dejar pasar una gota de agua.

El cocinero no admita crticas y protestas. Este milagro era innegable.
El lo haba visto con sus ojos cuando estaban buenos; lo haba visto en
un cuadro antiguo del monasterio del Puig, y todo apareca en la tabla
con el relieve de la verdad: la galera, el rey, el _peixt_, y la Virgen
en lo alto dndole la orden.

La brisa levantaba el faldn del narrador, apareciendo su abdomen
partido en dos hemisferios por la tirantez del botn nico.

--To _Caragl_, que se le escapa!--avisaba una voz burlona.

El santo hombre sonrea con la calma serfica del que se ve ms all, de
las pompas y vanidades de la existencia.

--Djalo: ya no vuela.

Y emprenda el relato de un nuevo milagro.

Ferragut asimilaba estas exaltaciones del cocinero  su ligereza de ropa
en todo tiempo. Arda en su interior un fuego incesantemente renovado.
En los das brumosos suba al puente con unos vasos de bebida humeante
que l llamaba _calentets_. Nada mejor para los hombres que haban de
pasar largas horas  la intemperie, en inmvil vigilancia. Era caf
mezclado con aguardiente de caa, pero en desiguales proporciones,
siendo ms el alcohol que el lquido negro. Tni beba rpidamente todos
los vasos ofrecidos. El capitn los rechazaba, pidiendo caf puro.

Su sobriedad era la del antiguo nauta: la sobriedad del padre Ulises,
que mezclaba el vino con agua en todas sus libaciones. Las divinidades
del viejo mar no amaban las bebidas alcohlicas. Anfitrita y las
nereidas slo aceptaban en sus altares frutos de la tierra, sacrificios
de palomas, libaciones de leche. Tal vez  causa de esto los marineros
del Mediterrneo, siguiendo una preocupacin hereditaria, vean en la
embriaguez el ms vil de los rebajamientos. Los que no eran sobrios
evitaban emborracharse francamente como los marineros de otros mares,
disimulando la rudeza del brebaje alcohlico con el caf  con el
azcar.

_Caragl_ era el encargado de beberse todos los calentitos
despreciados por el capitn, con otros ms que se dedicaba  s mismo en
el misterio de la cocina. En los das calurosos confeccionaba
_refresquets_, y estos refrescos eran vasos enormes, mitad de agua,
mitad de caa, sobre un grueso lecho de azcar, mixtura que haca pasar
fulminantemente, sin gradaciones, de la vulgar serenidad  una anglica
embriaguez.

El capitn le rea al ver sus ojos inflamados y enrojecidos. Iba 
quedarse ciego... Pero l no se conmova ante la amenaza. Necesitaba
celebrar  su modo la prosperidad del buque. Y de esta prosperidad, lo
ms interesante para l era poder abusar del aceite y de la caa, sin
miedo  recriminaciones en el momento de las cuentas. Cristo del Grao,
que durase siempre la guerra!...

El tercer viaje de la Amrica del Sur  Europa vino  terminarlo el
_Mare nostrum_ en Npoles, donde desembarc trigo y cueros. Una colisin
 la entrada del puerto con un buque-hospital ingls que iba  los
Dardanelos aboll su popa, rompindole adems una aleta de la hlice.

Tni rugi de impaciencia al enterarse de que tendran que permanecer
cerca de un mes en forzosa inmovilidad. Italia no haba intervenido an
en la guerra, pero sus precauciones defensivas acaparaban todas las
industrias navales. No era posible hacer antes la reparacin. Ferragut
calcul lo que representaba para sus negocios esta prdida de tiempo. Le
esperaban valiosos fletes en Marsella y Barcelona. Pero queriendo
tranquilizarse  s mismo y aplacar  su segundo, repeta muchas veces:

--Inglaterra nos indemnizar... Los ingleses son generosos.

Y para adormecer su impaciencia, se trasladaba  tierra.

Npoles no le pareca gran cosa al compararla con otras ciudades
clebres italianas. Su verdadera belleza era el golfo inmenso, entre
colinas de naranjos y pinos, con un segundo marco de montaas, una de
las cuales extenda sobre el azul del cielo su eterna cimera de vapores
volcnicos.

El casero no abundaba en edificios famosos. Los monarcas de Npoles
haban sido las ms de las veces extranjeros que residan lejos y
gobernaban por delegacin. Las mejores calles, los palacios, las
fontanas monumentales, procedan de los virreyes espaoles. Un soberano
de origen mixto. Carlos III, castellano de nacimiento y napolitano de
corazn, haba hecho lo mejor de la ciudad. Sus entusiasmos de
constructor embellecan an los barrios antiguos con obras semejantes 
las que haba levantado aos despus en Espaa al ocupar su trono.

Luego de admirar en los museos la estatuaria griega y los objetos
desenterrados que revelaban la vida ntima de los antiguos, corri
Ulises las arterias tortuosas y muchas veces sombras de los barrios
populares.

Eran calles en pendiente, formando rellanos, flanqueadas de casas
estrechas y altsimas. Todos los huecos tenan balcones, y de una
baranda  la de enfrente se tendan cuerdas, empavesadas con ropas de
diversos colores puestas  secar. La fecundidad napolitana haca hervir
de gento estas callejuelas. En torno de las cocinas al aire libre se
agolpaban los clientes, comiendo de pies los macarrones hervidos  los
pedazos de carne.

Anunciaban los vendedores sus gneros con pregones meldicos semejantes
 romanzan, y de los balcones bajaban  su encuentro cordeles rematados
por castillos. Los regateos y compras eran desde el fondo de la
calle-zanja  los sptimos pisos. En cambio, los rebaos de cabras
suban las escaleras tortuosas, con la agilidad de la costumbre, para
dejarse vaciar las ubres en todas las mesetas.

Los muelles de la Marinela atraan al capitn por su color de puerto
mediterrneo. La unidad italiana haba derribado y reconstruido mucho,
pero an quedaban en pie varias filas de casitas, bajas de techo, con la
fachada blanca  rosada, las puertas verdes y el piso bajo ms avanzado
que el superior, sirviendo de sostn  una galera con balaustres de
madera. Todo lo que en ellas no era ladrillo era carpintera gruesa,
igual al trabajo de los calafates. El hierro no exista en estas
construcciones terrestres que recordaban el buque de vela. Las piezas
eran obscuras como camarotes. Por las ventanas se vean grandes
caracolas de mar sobre las cmodas, cuadros de pintura dura y pueril
representando fragatas, conchas multicolores tradas de lejanos mares.

Estas viviendas se repetan en todos los puertos del Mediterrneo, como
si fuesen obra de la misma mano. Ferragut las haba visto de nio en el
Grao de Valencia, y todava las encontraba en la Barceloneta, en los
suburbios de Marsella, en la Niza vieja, en los puertos de las islas
occidentales, en las marinas de la costa africana ocupadas por malteses
y sicilianos.

Sobre el casero alineado  lo largo de la Marinela, las iglesias de
Npoles asomaban sus cpulas y torres con tejas barnizadas, verdes y
amarillas. Ms que techos de templos cristianos, parecan remates de
baos orientales.

Ya no exista el _lazarone_ descalzo y con gorro rojo, pero la
muchedumbre--vestida como los trabajadores de todos los puertos--se
aglomeraba an en torno del carteln pintarrajeado que representaba un
crimen, un milagro  un especfico prodigioso, escuchando en silencio el
relato del narrador  el charlatn. Los viejos recitantes populares
declamaban con heroicos manoteos las octavas picas del Tasso. Sonaban
arpas y violines acompaando la ltima romanza que Npoles haba puesto
de moda en el mundo entero. Los puestos de los ostricarios esparcan un
perfume orgnico de ola muerta. En torno de ellos, las conchas vacas de
las ostras destacaban sobre el barro los redondeles de su cal nacarada.

Junto  la antigua Capitana del puerto--palacete de Carlos III, blanco
y azul, con una imagen de la Inmaculada--se aglomeraban los carros del
desembarque. Ferragut los encontraba lo mismo que aos antes, con sus
tiros de hbrida originalidad. Las varas estaban ocupadas por un buey
blanco, lustroso, con cuernos enormes y muy abiertos, un animal
semejante  los que figuraban en las ceremonias religiosas de los
antiguos. A su derecha iba enganchado un caballo,  su izquierda un asno
grande y enjuto. Y este triple y discordante enganche se repeta en
todos los carros inmviles ante los buques  lo largo de los muelles 
volteando sus pesadas ruedas por la pendiente que conduce  la ciudad
alta.

A los pocos das, el capitn se sinti fatigado de Npoles y su
bullicio. En los cafs de la calle de Toledo y de la Galera de Humberto
I tena que defenderse de unos mozos inquietantes, con chaleco de gran
escote, corbata de mariposa y un pequeo fieltro ladeado sobre las
guedejas, que le proponan en voz baja espectculos inauditos
organizados para recreo de los extranjeros.

Bastante haba visto tambin las pinturas y objetos domsticos de las
ciudades antiguas desenterradas. Las lubricidades del gabinete secreto
acababan por irritarle. Le pareca un recreo de invertido contemplar
tantas fantasas pueriles de la escultura y la pintura teniendo el falo
como personaje principal...

Una maana tom el tren, y luego de faldear la montaa humeante del
Vesubio, pasando entre pueblos de color de rosa circundados de vias,
baj en una estacin: Pompeya.

De los hoteles y restoranes, en fnebre soledad, surgieron los guas
como un enjambre de avispas sbitamente despertadas. Se lamentaban de la
guerra, que haba cortado la circulacin de viajeros. El era tal vez el
nico que iba  llegar en todo el da. Seor,  cualquier precio!...
Pero el marino sigui adelante. Siempre, al acordarse de Pompeya, haba
formulado el deseo de volver  verla solo, absolutamente solo, para
recibir una impresin directa de la vida antigua.

Su primera visita haba sido diez y siete aos antes, cuando era piloto
de un velero cataln, surto en el puerto de Npoles, aprovechando la
baratura de precios de un domingo. Todo lo haba visto confundido en un
grupo que se empujaba y pisaba por escuchar al gua de ms cerca.

Al frente de la expedicin iba un sacerdote joven y elegante, un
monseor romano vestido de seda, y con l dos damas extranjeras y
guapetonas, que se plantaban en los lugares ms altos, teniendo sus
faldas algo levantadas por miedo  las salamanquesas que serpenteaban en
las ruinas. Ferragut, con la humildad de la admiracin, se quedaba
siempre abajo, vindolo todo al travs de sus piernas. Ay! veintids
aos!... Luego, cuando oa hablar de Pompeya, se verificaba en su
memoria una superposicin de imgenes: Muy hermoso, muy interesante.
Vea las calles, los palacios, los templos, pero en segundo trmino,
como un fondo esfumado, mientras se destacaban en primera lnea cuatro
piernas magnficas, una columnata humana de fustes esbeltos forrados en
seda negra que transparentaba la blancura de la carne.

La soledad tantas veces deseada para su segunda visita le sali al
encuentro. La ciudad muerta no tena otros ruidos que el aleteo de los
insectos sobre las plantas, que empezaba  vestir la primavera, y el
correteo invisible de los reptiles bajo las capas de hiedra.

En la Puerta Herculana, el guardin del pequeo museo dej que Ferragut
examinase en paz los vaciados de los cadveres seculares: varios
pompeyanos de yeso en la actitud del terror en que los haba sorprendido
la muerte. No abandon la silla para molestarle con sus explicaciones;
apenas levant los ojos del diario que tena delante. Le absorban las
noticias de Roma, las intrigas de los diplomticos alemanes, la
posibilidad de que Italia entrase en la guerra.

Luego, en las calles solitarias, el marino tropez con la misma
preocupacin. Retumbaban sus pasos bajo la luz del sol con una sonoridad
igual  la de los subterrneos de huecas tumbas. Al detenerse, renaca
el silencio: un silencio de dos mil aos, segn pensaba Ferragut. Y en
este silencio antiguo sonaban voces lejanas con la violencia de una
agria discusin. Eran los guardianes y los empleados de las
excavaciones, que, faltos de trabajo, gesticulaban y se insultaban en
sus asientos de veinte siglos, profundamente separados por el entusiasmo
patritico  el miedo  los horrores de la guerra.

Ferragut, con el plano en la mano, pas ante estos grupos, sin que nadie
se levantase para guiarle. Durante dos horas pudo creerse un vecino de
la antigua Pompeya que haba quedado solo en la ciudad en un da de
fiesta dedicado  las divinidades campestres. Su mirada iba hasta el
ltimo extremo de las rectas calles, sin tropezar con personas ni cosas
que le recordasen los tiempos modernos.

Pompeya le pareci ms pequea en esta soledad. Era un cruzamiento de
vas estrechas con altas aceras pavimentadas de bloques poligonales de
lava azul. En sus intersticios formaba la fecundidad primaveral
apretados cordones de hierba moteados de florecillas. Carruajes
milenarios, de los que no quedaba ni el polvo, haban abierto con sus
ruedas profundos relejes en este pavimento. En todas las encrucijadas se
encontraba una fuente pblica con un mascarn que haba arrojado agua
por su boca.

Ciertos letreros rojos de las paredes eran anuncios de elecciones
verificadas en los principios de la era actual: candidaturas de edil 
de diunviro que se recomendaban  los electores pompeyanos. Unas puertas
ostentaban el falo, para conjurar el mal de ojo; otras un par de
serpientes enroscadas, smbolo de la vida familiar. En los rincones de
las callejuelas, un verso latino grabado en el muro rogaba al transente
que se abstuviese de sucios desahogos. Vivan an en las paredes de
estuco caricaturas y monigotes, obra de los pilluelos del siglo de
Csar.

Las casas estaban construdas  la ligera sobre un suelo en el que se
haban sucedido los temblores, hasta la llegada de la catstrofe final.
Slo tenan de ladrillos  de cemento el piso bajo. Los otros eran de
maderos, y haban sido devorados por el fuego volcnico, quedando
nicamente las escaleras.

En esta ciudad graciosa, de vida amable y fcil, ms griega que romana,
todos los pisos bajos de las casas plebeyas haban estado ocupados por
pequeos comercios. Eran tiendas con la puerta del mismo tamao que el
establecimiento: cuevas cuadradas, iguales  las de los zocos rabes,
que dejan ver hasta sus ltimos rincones al comprador detenido en la
calle. Muchas guardaban an sus mostradores de piedra y sus tinajas de
barro. Los edificios particulares carecan de fachada. Sus muros
exteriores eran lisos, inabordables, con algn que otro tragaluz
enrejado y alto, lo mismo que en los palacios de Oriente. La puerta se
asemejaba  un portillo de escape; toda la vida estaba vuelta hacia el
interior, afluyendo las riquezas y magnificencias al patio central,
adornado con piscinas, estatuas y arriates de flores.

El mrmol era raro. Las columnas, construdas con ladrillos, estaban
cubiertas de un estuco que ofreca su superficie  la pintura. Pompeya
haba sido una ciudad policroma. Todas las columnas, rojas  amarillas,
tenan capiteles de diversos colores. Predominaba en los muros el negro
charolado con el rojo y el mbar, ocupando su centro un pequeo cuadro,
las ms de las veces ertico. En los frisos cabalgaban amores y tritones
entre emblemas campestres y martimos.

Cansado de su excursin por la muerta ciudad, Ferragut se sent en un
banco de piedra entre las ruinas de un templo. Miraba el plano puesto
sobre sus rodillas, saboreando los ttulos con que haban sido
designadas las construcciones ms interesantes  causa de un mosaico 
de una pintura: villa de Dimedes, casa de Meleagro, de Adonis herido,
del Laberinto, del Fauno, del Muro Negro. Los nombres de las calles no
eran menos interesantes: va de las Termas, va de las Tumbas, va de la
Abundancia, va de los Teatros.

Un ruido de pasos hizo levantar la cabeza al marino. Dos seoras
marchaban precedidas por un gua. Eran de alta estatura y andar firme.
Llevaban el rostro cubierto con el velo del sombrero y otro velo ms
grande cruzaba sus espaldas, sostenido por los brazos  guisa de chal.
Ferragut adivin una diferencia importante en las edades de las dos. La
ms gruesa se mova con disimulada pesadez. Su paso era vivo, pero
apoyaba en el suelo con cierta autoridad sus pies voluminosos, calzados
ampliamente y con tacones bajos. La joven, ms alta y esbelta, caminaba
 pequeos saltos, como un ave que slo sabe volar, contonendose sobre
sus empinados talones.

Las dos miraron con inquietud  este hombre que surga inesperadamente
entre las ruinas. Mostraban el aire preocupado y temeroso del que va 
un lugar prohibido  medita una mala accin. Su primer movimiento fu de
retroceso; pero el gua continu impasible su camino, y acabaron por
seguirle.

Ferragut sonri. Saba adnde iban. La callejuela de los Lupanares
estaba prxima. El guardin abrira una puerta, quedndose luego en
acecho, con dramtica ansiedad, como si expusiera su empleo por esta
complacencia  cambio de una propina. Y las dos seoras iban  ver unas
pinturas borrosas que demuestran cmo no hay nada nuevo y original en
este mundo: figuras amarillentas y desnudas, iguales  primera vista,
sin otra novedad que el exagerado abultamiento del sexo diferencial.

Media hora despus, Ulises abandon su banco con las ojos fatigados por
la inmovilidad severa de las ruinas. En la calle de las Termas volvi 
visitar la casa del poeta trgico; luego admir la de Pansa, la ms
grande y lujosa de la ciudad. Este Pansa haba sido, indudablemente, el
burgus ms ostentoso de Pompeya. Su vivienda ocupaba toda una nsula.
El _xystos_, jardn adosado  la casa, haba sido replantado con una
vegetacin griega de cipreses y laureles entre cuadros de rosas y
violetas.

Al seguir el muro exterior del jardn, Ferragut encontr  las dos
seoras. Cotemplaban las flores  travs de los barrotes de una puerta.
La ms joven expresaba en ingls su admiracin por unas rosas que
balanceaban su prpura en torno del pedestal de un viejo fauno.

Ulises experiment un irresistible deseo de mostrarse intrpido y
galante. Quiso interesar  las dos extranjeras con un homenaje teatral.
Sinti esa necesidad de llamar la atencin con algo gallardo y atrevido
que agita  todo espaol lejos de su patria.

Con una agilidad de trepador de arboladuras, salv de un salto la tapia
del jardn. Las dos seoras dieron un grito de sorpresa, como si
presenciasen algo inaudito. Esta audacia pareci trastornar las ideas de
la ms vieja, acostumbrada  la vida en pueblos disciplinados que
respetan duramente todas las prohibiciones establecidas. Su primer
movimiento fu de fuga, para no verse complicadas en el atentado de este
desconocido. Pero  los pocos pasos se detuvieron. La ms joven sonrea
mirando  la tapia, y al reaparecer sobre ella el capitn, casi palmote
de entusiasmo, como si celebrase una arriesgada suerte de gimnasia.

El marino las crea inglesas, y habl en su idioma al entregarlas las
dos rosas que llevaba en la mano. Eran unas flores como todas, nacidas
en una tierra igual  las otras tierras; pero el marco de las tapias
milenarias, la vecindad de los cubculos y _taberne_ de la casa
edificada por Pansa en tiempo de los primeros Csares, les daban el
mismo inters que si fuesen rosas de dos mil aos, milagrosamente
conservadas.

La ms grande y lozana se la di  la joven, y ella la acept sonriendo,
como algo que le corresponda indiscutiblemente. Su compaera, una vez
pasada la primera impresin del regalo, mostr impaciencia por alejarse
de este desconocido. Gracias... gracias! Y empuj  la otra, que an
no haba terminado su sonrisa, marchndose las dos precipitadamente. Una
esquina adornada con una fuente las ocult  los pocos pasos.

Cuando Ulises, despus de un ligero almuerzo en el restorn Dimedes,
lleg corriendo  la estacin, el tren iba  partir. Deseaba ver
Salerno, clebre en la Edad Media por sus mdicos y sus navegantes, y 
continuacin los templos ruinosos de Pestum. Al subir en el primer vagn
que encontr al paso, le pareci ver los velos de las dos seoras
desapareciendo detrs de una portezuela que se cerraba.

En la estacin de Salerno volvi  columbrarlas ocupando un carruaje de
alquiler que se perda en una calle prxima. Luego, en el resto de la
tarde, se tropez con ellas forzosamente, por la atraccin que sufren
los viajeros dentro de una ciudad pequea.

Se encontraron en el puerto, mortalmente amenazado por las barras de
movible arena; se vieron en los jardines cercanos al mar, junto al
monumento de Pisicane, el romntico duque de San Juan, un precursor de
Garibaldi, muerto en plena juventud por la libertad de Italia.

La joven sonrea al encontrarle. Su compaera pasaba adelante, con la
mirada vaga, queriendo ignorar su presencia.

En la noche se vieron  ms corta distancia. Vivan en el mismo hotel,
un alojamiento igual  todos los de los pequeos puertos, con excelente
comida y dormitorios inmundos. Sus mesas estaban prximas, y Ferragut,
despus de un saludo framente contestado, pudo contemplar  las dos
seoras, que hablaban poco y en voz baja, temiendo ser escuchadas por el
vecino.

Al ver  la de ms edad con el rostro libre de velos, no sufri ninguna
decepcin. Su enemiga tal vez habra perturbado en otro tiempo la
tranquilidad de los hombres, pero ahora poda continuar impunemente sus
gestos hostiles y alojadores: el capitn no pensaba entristecerse por
ello.

Deba estar ms all de los cuarenta aos. Sus carnes abundantes
guardaban cierta frescura, obra de los cuidados higinicos y los
ejercicios gimnsticos. En cambio, su rostro, de blanca piel,
transparentaba una inundacin subcutnea amarillenta, que pareca
formada con olas de salvado.

Sobre la antigua cabellera, de un tono rojo, se amontonaban los rizos
artificiales ocultando calvicies y canas. Sus pupilas, verdes, tenan la
opacidad calmosa de los ojos bovinos cuando quedaban libres de unos
lentes de miope. Pero apenas estos cristales montados en oro se
interponan entre ella y el mundo exterior, las dos gotas glaucas
tomaban una agudeza perforadora de personas y objetos. Otras veces
esparcan en torno un vaco altivo y glacial, semejante al crculo que
traza una espada.

La joven era menos adusta. Pareca sonrer con las comisuras de sus
ojos, mientras estaba medio vuelta de espaldas  Ferragut, agradeciendo
su admiracin muda y escrutadora. Llevaba la cabellera en desorden, como
una mujer que no teme las indiscreciones de su peinado y deja que surjan
bajo el sombrero las mechas serpenteantes con toda su rebelda natural.

Era de un rubio ceniciento y suave; un color discreto que desentonaba
con el resto de su persona, hecha de rudos contrastes. Los ojos, negros,
grandes, abiertos en forma de almendra, parecan de una bailarina
oriental, y an estaban prolongados por hbiles retoques de sombra, que
aumentaban la seductora desarmona con el oro apagado de su cabellera.

La blancura de su cutis se delataba al avanzar un brazo fuera de la
manga  al entreabrirse el escote; pero esta blancura estaba borrada en
el rostro por una mscara rojiza. Su belleza vigorosa arrostraba sin
miedo el sol y el hlito del mar. Un tringulo escarlata cortaba la
dulce curva de su pecho, marcando el escote del vestido. Sobre esta
carne algo tostada por el sol una fila de perlas extenda sus gotas de
luz lunar. Ms arriba, en el rostro obscurecido por la intemperie,
entreabra la boca sus dos valvas de escarlata con una sonrisa audaz y
serena, dejando escapar el reflejo de los dientes, hermosos y agresivos.

Ferragut, al mirarla, repas su pasado, sin encontrar una sola mujer que
pudiera compararse con ella. El lejano perfume de su persona y su
elegante gallarda le recordaban  ciertas seoras que viajaban solas
cuando l era capitn de trasatlntico. Pero haban sido tan rpidos
estos conocimientos y estaban tan lejanos!... Nunca, en su historia de
vagabundo mundial, tendra la fortuna de conseguir una mujer como sta.

Al cruzarse una vez ms la mirada de ella con la de Ferragut, ste crey
sentir el golpe en el corazn y el relampagueo en el cerebro que
acompaan  un descubrimiento fulminante  inesperado... Conoca 
aquella mujer; no recordaba dnde la haba visto, pero estaba seguro de
conocerla.

El rostro no deca nada  su memoria, pero aquellos ojos se haban
encontrado otras veces con los suyos. En vano reflexion, concentrando
su pensamiento. Y lo ms bizarro fu que, por una misteriosa percepcin,
tuvo la certeza de que ella haba hecho  la vez la misma descubierta.
Tambin le haba reconocido, y se esforzaba visiblemente por darle un
nombre y un lugar en su memoria. No haba mas que ver la frecuencia con
que volva hacia l los ojos; su nueva sonrisa, ms confiada y
espontnea, como si fuese dedicada  un amigo antiguo.

De no estar presente la compaera, se habran aproximado sin esfuerzo,
instintivamente, como dos curiosidades inquietas que necesitan una
explicacin. Pero los lentes de oro brillaban autoritarios y hostiles,
interponindose entre los dos. Varias veces habl la gruesa seora en un
idioma que llegaba  Ferragut confusamente, y que no era el ingls. Y
apenas terminada la comida desaparecieron, lo mismo que en la calle de
Pompeya: la mayor imponiendo su voluntad  la otra.

Volvieron  encontrarse  la maana siguiente en la estacin de Salerno,
dentro de un vagn de primera clase. Iban, sin duda, con el mismo
destino. Al iniciar Ferragut un saludo, la dama hostil se dign
contestarle, mirando luego  su compaera con expresin interrogante. El
marino adivin que durante la noche haban hablado de su persona,
mientras l, bajo el mismo techo, pugnaba intilmente antes de dormirse
por concentrar sus recuerdos.

No supo con certeza cmo se inici la conversacin. Se vi de pronto
hablando con la ms joven en ingls, lo mismo que en la maana anterior.
Ella, con la audacia del que desea terminar pronto una situacin
equvoca, le pregunt si era marino. Y al recibir una respuesta
afirmativa, pregunt de nuevo para saber si era espaol.

--S, espaol.

La contestacin de Ferragut fu seguida de una mirada de triunfo de la
joven  su acompaante. Esta pareci dilatarse  impulsos de la
confianza, perdiendo su encogimiento hostil. Y sonri por primera vez al
capitn, con su boca de un rosa azulado, con sus mejillas blancas
espolvoreadas de amarillo y sus cristales de fosforescente resplandor.

Mientras tanto, la joven hablaba y hablaba, satisfecha de la potencia
extraordinaria de su memoria.

Haba viajado por todo el mundo, sin olvidar uno solo d los lugares
vistos; poda repetir los ttulos de los ochenta grandes hoteles en que
se alojan los que dan la vuelta  la tierra. Al encontrarse con un
antiguo compaero de viaje reconoca inmediatamente su rostro, por corta
que hubiese sido la visin, y muchas veces recordaba su nombre. Esto
ltimo era lo que la haca reflexionar, frunciendo las cejas y
contrayndose con un esfuerzo mental.

--Usted se llama capitn...? usted se llama...?

Y de pronto sonri, dando fin  sus dudas.

--Usted se llama--dijo resueltamente--el capitn Ulises Ferragut.

Palade con largo y risueo silencio el asombro del marino. Luego, como
si se apiadase de su estupefaccin, di nuevas explicaciones. Haba
hecho un viaje de Buenos Aires  Barcelona en el trasatlntico mandado
por l.

--Esto fu hace seis aos--aadi--. No; hace siete.

Ferragut, que haba sido el primero en presentir un conocimiento
anterior, no llegaba  dar un nombre y un estado  esta mujer entre las
innumerables pasajeras que llenaban su recuerdo. Sin embargo, crey
necesario mentir por galantera, afirmando que se acordaba de ella.

--No, capitn; usted no puede acordarse de m. Yo iba con mi marido y
usted no me mir nunca. Todas sus atenciones eran en aquel viaje para
una viuda brasilea muy hermosa.

Dijo esto en espaol, un espaol suave, de tono cantante, aprendido en
Amrica, al que comunicaba cierto atractivo infantil su acento
extranjero. Luego aadi con coquetera:

--Le conozco, capitn. Siempre el mismo!... Lo de la rosa de Pompeya
estuvo muy bien... Fu digno de usted.

Al verse olvidada la grave seora de los lentes, sin poder entender una
palabra del nuevo idioma empleado en la conversacin, habl en voz alta,
mostrando las crneas de sus ojos vueltas hacia arriba por el
entusiasmo.

--Oh, Espaa!--dijo en ingls--. Tierra de caballeros!...
Cervantes!... Lope!... El Cid!...

Se detuvo, buscando algo ms. De pronto agarr un brazo del marino y le
grit con energa, como si acabase de hacer un descubrimiento por la
portezuela del coche: Caldern de la Barca! Ferragut salud. S,
seora. La joven, despus de esto, crey necesario presentar  su
compaera.

--La doctora Fedelmann... Una sabia en filologa y en letras.

Ferragut, luego de estrechar la gruesa mano de la doctora, se lanz
indiscretamente  pedir informes.

--La seora es alemana?--dijo  la joven en espaol. Los lentes de oro
parecieron adivinar la pregunta, enviando un brillo inquieto  su
acompaante.

--No--dijo sta--. Mi amiga es rusa; mejor dicho, polaca.

--Y usted, tambin es polaca?--continu el marino.

--No; yo soy italiana.

A pesar de la seguridad con que dijo esto, Ferragut sinti la tentacin
de gritar: Mentira!... Luego se qued contemplando sus ojos audaces,
rasgados y negros, fijos en l. Empez  dudar... Tal vez deca verdad.

Otra vez se sinti atrado por el palabreo de la doctora. Hablaba en
francs, repitiendo sus elogios  la patria de Ferragut. Poda leer el
castellano en las obras clsicas, pero no se atreva  hablarlo. Ah,
Espaa! Pas de nobles tradiciones!... Y como si necesitase dar relieve
 estos elogios con un rudo contraste, torci el gesto, hasta tomar una
expresin colrica.

El tren corra por la costa, teniendo  un lado el desierto azul del
golfo de Salerno y al otro las montaas rojas y verdes, manchadas de
blanco por aldeas y caseros. Todo lo abarc la doctora con sus vidrios
fulgurantes.

--Pas de bandidos!--dijo mostrando el puo--. Tierra de
mandolinistas, sin palabra y sin gratitud!...

La joven ri de esta clera, con el regocijo de un pensamiento ligero en
el que no son durables las impresiones y que considera sin importancia
todo lo que no atae directamente  su egosmo.

Por algunas palabras de las dos seoras sac Ulises en consecuencia que
vivan antes en Roma y haca poco tiempo que estaban en Npoles, tal vez
contra su voluntad. La joven conoca el pas, y su compaera aprovechaba
este viaje forzoso para ver lo que tantas veces haba admirado en los
libros.

Bajaron los tres en la estacin de Battipaglia para tomar el tren de
Pestum. Era una espera algo larga, y el marino las invit  entrar en el
restorn, barracn de madera impregnado de un doble olor de resina y de
vino.

Esta vivienda evoc en la memoria de Ferragut y de la joven el recuerdo
de las casas improvisadas en los desiertos de la Amrica del Sur, y otra
vez volvieron  hablar de su viaje ocenico. Ella quiso al fin
satisfacer la curiosidad del capitn.

--Mi marido era un profesor, un sabio como la doctora... Estuvimos un
ao en Patagonia haciendo exploraciones cientficas.

Haba arrostrado el viaje por un ocano de llanuras desiertas que se iba
dilatando as como avanzaba la expedicin; haba dormido en ranchos
cuyos techos derramaban insectos sanguinarios; haba pasado  caballo
por remolinos de tierra que la sacaban de la silla; haba sufrido el
tormento de la sed y del hambre en un extravo de ruta y pasado las
noches  la intemperie, sin otra cama que el poncho y los arreos de la
cabalgadura. As llegaron  explorar los lagos de los Andes, entre
Argentina y Chile, que guardan en su intacta soledad el misterio de los
primeros tiempos de la creacin.

Los vagabundos de estas tierras vrgenes, pastores y bandidos, hablaban
de gigantescos animales entrevistos al anochecer en las orillas de los
lagos, devorando de un golpe praderas enteras; y el doctor, como otros
muchos sabios, haba credo en la posibilidad de encontrar un
superviviente prehistrico, una bestia de los rebaos monstruosos
anteriores al hombre retardada en este paraje inexplorado del planeta.

Vieron esqueletos de docenas de metros de longitud en los
desmoronamientos de la Cordillera, agitada frecuentemente por
cataclismos volcnicos. Los guas les ensearon en las inmediaciones de
los lagos pieles de reses devoradas, enormes montones de materia seca
que parecan excrementos de monstruo. Pero por ms que batieron las
soledades, no pudieron encontrar ningn descendiente vivo de la fauna
prehistrica.

El marino la escuch distradamente, pensando en algo que atenaceaba su
curiosidad.

--Y usted cmo se llama?--dijo de pronto.

Las dos mujeres rieron de esta pregunta, que resultaba cmica por lo
inesperada.

--Llmeme Freya. Es un nombre de Wgner. Significa la Tierra y al mismo
tiempo la Libertad... Le gusta  usted Wgner?

Y antes de que pudiera contestar, aadi en espaol, con un acento
criollo y entornando los ojos:

--Llmeme, si quiere, la viudona... El pobre doctor muri apenas
volvimos  Europa.

Tuvieron que correr los tres hacia el tren de Pestum, prximo  partir.
El paisaje cambi  ambos lados de la va, que atravesaba ahora terrenos
pantanosos. En las blandas praderas chapoteaban y rumiaban rebaos de
bfalos, rudos animales que parecan tallados  hachazos.

La doctora habl de Pestum, la antigua Poseidonia, ciudad de Neptuno,
fundada por los griegos de Sybaris seis siglos antes de Jesucristo.

Su prosperidad comercial dominaba toda la costa. El golfo de Salerno era
llamado golfo de Pestum por los romanos. Y esta ciudad de monumentos
iguales  los de Atenas, poseedora de inmensas riquezas, se extingua
repentinamente sin que el mar se la tragase, sin que un volcn la
cubriera con el sudario de sus cenizas.

La fiebre, el miasma de los pantanos, haba sido la lava mortal de esta
Pompeya. El aire venenoso ahuyentaba  los habitantes, y los pocos que
insistan en vivir  la sombra de sus antiguos templos tenan que
escapar de las invasiones sarracenas, fundando en las montaas vecinas
una patria nueva: el humilde pueblo de Capaccio Vecchio. Luego, los
reyes normandos, precursores de Federico II--el padre de doa Constanza,
la emperatriz amada por Ferragut--, explotaban la ciudad desierta y
entera, arrancndole columnas y esculturas.

Todas las construcciones medioevales del reino de Npoles tenan
despojos de Pestum. La doctora recordaba la catedral de Salerno, vista
en la tarde anterior, donde estaba enterrado Hildebrando, el ms tenaz y
ambicioso de los papas. Sus columnas, sus sarcfagos, sus bajos
relieves, procedan de la ciudad griega olvidada siglos y siglos, y que
nicamente en la poca presente volva  recobrar su fama, gracias  los
anticuarios y los artistas.

En la estacin de Pestum, la esposa del nico empleado mir con
curiosidad  este grupo que llegaba cuando la guerra haba cortado la
corriente de viajeros.

Freya la habl, interesada por su aspecto enfermizo y resignado. Todava
estaban en el buen tiempo. El sol primaveral caldeaba estas tierras
bajas lo mismo que un sol de verano, pero an poda resistirse. Luego,
en los meses de esto, huan  sus casas de la montaa los guardianes de
las ruinas, los jornaleros de las excavaciones, cediendo el campo  los
reptiles  insectos de los campos pantanosos.

El matrimonio albergado en la pequea estacin era la nica muestra de
la especie humana que se mantena en esta soledad, temblando de fiebre,
haciendo frente al aire corrompido,  la picadura envenenada del
mosquito, al fuego solar que sacaba del barro vapores de muerte. Cada
dos aos, esta humilde estacin, por donde pasaban los bienaventurados
de la tierra, millonarios de los dos hemisferios, damas bellas y
curiosas, gobernantes de naciones, grandes artistas, cambiaba de jefe.

Pasaron los tres viajeros junto  los restos de un acueducto y un
pavimento antiguos. Luego atravesaron la Puerta de la Sirena--arco de
entrada del olvidado recinto de la ciudad--y siguieron un camino,
teniendo  un lado la tierra pantanosa de exuberante vegetacin y al
otro la larga tapia de una granja, en cuya argamasa asomaban fragmentos
de lpidas y columnas. Al doblar la esquina final se mostr de golpe el
imponente espectculo de la ciudad muerta sobrevivindose en las
magnficas proporciones de sus templos.

Eran tres, y alzaban sus columnatas como mstiles de navos encallados
en un mar de verdura. La doctora, gua en mano, los iba designando con
su autoridad magistral: el de Neptuno, el de Ceres, y el llamado
Basilica sin motivo alguno.

Su grandeza, su solidez, su elegancia, hacan olvidar los edificios de
Roma. Slo Atenas poda comparar los monumentos de su Acrpolis con
estos templos del ms severo drico. El de Neptuno elevaba sus altas y
gruesas columnas tan juntas como los rboles de un plantel: troncos
enormes de piedra que sostenan an el alto entablamento, la cornisa
saliente y los dos frontones triangulares de sus fachadas. La piedra
tena el color rojizo de los pases serenos, donde tuesta el sol
libremente, sin que la lluvia venga  superponer su ptina sucia.

La doctora evocaba las bellezas desaparecidas: la vieja vestidura de
estos esqueletos colosales, la capa fina y compacta de estuco que haba
cubierto los poros de la piedra, dndola una superficie lisa como el
mrmol; los vivos colores de sus acanalados y sus frontones, que hacan
de la antigua ciudad griega una masa de monumentos policromos. Esta
alegre decoracin se haba volatilizado con los siglos. Sus colores se
haban hecho viento  cado como lluvia de polvo en una tierra de
ruinas.

Siguiendo  un viejo guardin, subieron las gradas de azulados bloques
del templo de Neptuno. Arriba, entre las cuatro filas de columnas,
estaba el verdadero santuario, la _cella_. Sus pasos sobre las losas del
pavimento, separadas por hondas grietas cubiertas de hierba, despertaron
todo un mundo animal que sesteaba al sol.

Corrieron en todas direcciones los actuales habitantes de la ciudad:
lagartos enormes con el dorso verde cubierto de negras verrugas. En su
fuga chocaron ciegamente con los pies de los visitantes. La doctora se
levantaba las faldas para evitar su contacto, lanzando al mismo tiempo
risas nerviosas que disimulaban su terror.

De pronto, Freya grit, sealando con un dedo la base del antiguo altar.
Una culebra de color de bano, con el lomo moteado de manchas rojas,
desenroscaba sus anillos sobre las piedras lenta y solemnemente. El
marino levant su bastn, pero antes de que pudiera lanzarlo se sinti
con el brazo inmovilizado por dos manos nerviosas. Freya se apretaba
contra l, con el rostro plido y los ojos dilatados por el miedo y la
splica.

--No, capitn!... Djala!

Ulises se estremeci al sentir el firme contacto global de este pecho
femenil, al aspirar el soplo de su respiracin, brisa tibia cargada de
lejanos perfumes. Por su gusto habra permanecido mucho tiempo en esta
actitud; pero Freya se despeg de l para avanzar hacia el reptil
runruneando y extendiendo sus manos, lo mismo que si pretendiese
acariciar  un animal domstico. La negra cola de la serpiente acababa
de deslizarse y desaparecer entre dos baldosas. La doctora, que haba
hudo gradas abajo ante esta aparicin, oblig  descender  Freya con
sus repetidos llamamientos.

El gesto agresivo del capitn despert en su acompaante un nervioso
rencor. Crea conocer  este reptil. Era, indudablemente, la divinidad
del templo muerto, que haba cambiado de forma para vivir sobre sus
ruinas. Esta culebra deba tener veinte siglos. Por culpa de Ferragut no
haba podido tomarla entre sus manos... La habra hablado... Estaba
acostumbrada  conversar con otras...

Ulises iba  exponer rudamente sus dudas sobre el equilibrio mental de
la enfurruada viuda, cuando les interrumpi la doctora.

Contemplaba la paldica llanura de acantos y helechos vibrante bajo la
estridencia de las cigarras, y este espectculo de verde desolacin la
hizo evocar el recuerdo de las rosas de Pestum cantadas por los poetas
de la antigua Roma. Hasta recit unos versos latinos, traducindolos,
para hacer saber  sus oyentes que los rosales de esta tierra florecan
dos veces al ao.

Freya desarrug su ceo, volviendo  sonrer. Haba olvidado el disgusto
reciente, para desear uno de los rosales maravillosos. Y Ferragut, ante
este capricho de una vehemencia infantil, habl al gua con autoridad.
Necesitaba en seguida un rosal de Pestum, costase lo que costase.

El viejo hizo un gesto malicioso. Todos pedan lo mismo, y l, que era
del pas, jams haba visto una rosa en Pestum... Algunas veces, para
satisfacer el deseo de las viajeras, traa rosales de Capaccio Vecchio y
otros pueblos de la montaa; rosales iguales  los dems, sin otra
diferencia que la del precio... Pero l no quera engaar  nadie.
Estaba triste: le preocupaba la posibilidad de la guerra.

--Tengo ocho hijos--dijo  la doctora, por parecerle la ms digna de
recibir sus confidencias--. Si movilizan el ejrcito, se me irn seis.

Y aadi con resignacin:

--As debe ser, para que acabemos de una vez con nuestro eterno enemigo
el _tedesco_. Mis hijos pelearn contra l como pele mi padre.

La doctora se alej con altivez. Luego dijo  media voz  sus
acompaantes que el viejo guardin era un imbcil.

Vagaron dos horas por el antiguo recinto de la ciudad, viendo el trazado
de sus calles, las ruinas del anfiteatro, la Puerta Aurea, que daba
acceso  una va flanqueada de tumbas. Por la _Porta di Mare_ subieron 
las murallas, baluartes de gruesos bloques calcreos que an se
mantenan de pie en una extensin de cinco kilmetros. El mar, visible
desde las tierras bajas como una estrecha faja azul, se mostr ahora
inmenso y luminoso; un mar solitario, sin un penacho de humo, sin una
vela, entregado por completo  las gaviotas.

Marchaba delante la doctora, consultando las pginas de su Gua. An
guardaba el mal humor que le haban producido las palabras del guardin.
Ulises,  sus espaldas, se aproximaba  Freya, atrado por el recuerdo
del contacto anterior.

Consideraba empresa fcil conquistar  esta mujer caprichosa y de
maneras sueltas. Cosa hecha, capitn! Los rpidos triunfos obtenidos
por l en sus viajes no le permitan duda alguna. Le bastaba ver la
sonrisa de la viuda, sus ojos apasionados, el gesto de maliciosa
coquetera con que contestaba  sus insinuaciones galantes. Arriba,
lobo marino!... Le tom una mano mientras ella hablaba de la belleza
del mar solitario, y la mano se abandon sin protesta entre sus dedos
acariciadores. La doctora estaba lejos, y l, suspirando falsamente,
abarc con su otro brazo el talle de Freya, mientras inclinaba el rostro
sobre el escotado pecho como si fuese  besar las perlas.

Se sinti repelido,  pesar de su vigor, por un retorcimiento de
protesta. Vi  Freya libre de sus brazos  dos pasos de l, con unos
ojos hostiles que no haba conocido hasta entonces.

--Nada de nieras, capitn!... Conmigo es intil... Pierde usted el
tiempo.

Y no dijo ms. Su tiesura y su mutismo en el resto del paseo dieron 
entender al marino la magnitud de su equivocacin. En vano quiso
mantenerse al lado de la viuda: ella maniobraba de modo que la doctora
vena  interponerse entre los dos.

Al volver  la estacin se refugiaron, huyendo del calor, en un
saloncillo con divanes de terciopelo polvoriento. Para distraerse
mientras esperaban el tren, Freya sac de su bolso una cigarrera de oro,
y el leve humo del tabaco egipcio cargado de opio volte en los chorros
de sol de las ventanas algo entornadas.

Ferragut, que haba salido para enterarse de la hora exacta de la
llegada del tren, se detuvo, al volver, junto  la puerta, sorprendido
por la animacin con que hablaban las dos seoras en un idioma nuevo.
Surgi en su memoria el recuerdo de Hamburgo y de Brema. Sus compaeras
hablaban alemn con la diccin fcil de un idioma familiar. Al ver al
marino continuaron instantneamente su conversacin en ingls.

Buscando ingerirse en el dilogo, pregunt  Freya cuntos idiomas
posea.

--Muy pocos: ocho nada ms. La doctora tal vez conoce veinte. Sabe las
lenguas de pueblos que ya no existen hace muchos siglos.

Y la joven dijo esto con gravedad, sin mirarle, como si hubiera perdido
para siempre su sonrisa de mujer fcil que haba engaado  Ferragut.

En el tren se humaniz, hasta perder su mal gesto de ofendida. Iban 
separarse pronto. La doctora pareca cada vez menos abordable, as como
rodaba el vagn hacia Salerno. Era la frialdad que se esparce entre los
compaeros de un da cuando se acerca la hora de la separacin y cada
uno se va por su lado para no verse ms.

Las palabras pendan tristemente, como pedazos de hielo, sin levantar
eco en su cada. A cada vuelta de las ruedas, la imponente seora era
ms reservada y silenciosa. Todo lo haba dicho. Las dos se quedaban en
Salerno para hacer una excursin en carruaje  lo largo del golfo. Iban
 Amalfi, y se alojaran por la noche en la cumbre alpestre de Ravello,
ciudad medioeval, donde haba pasado Wgner los ltimos meses de su
vida, antes de morir en Venecia. Luego, saltando al golfo de Npoles,
descansaran en Sorrento y tal vez fuesen  la isla de Capri.

Ulises quiso decir que tambin era ste su viaje, pero tuvo miedo  la
doctora. Adems, la excursin era en un vehculo alquilado por ellas, y
no le concederan un asiento.

Freya pareci adivinar su tristeza y quiso consolarle.

--Es un viaje corto. Tres das nada ms... Pronto estaremos en Npoles.

La despedida en Salerno fu breve. La doctora se abstuvo de indicarle su
domicilio. Por ella terminaba all mismo la amistad.

--Es fcil que volvamos  vernos--dijo lacnicamente--. Slo las
montaas no se encuentran.

La joven haba sido ms explcita, nombrando el hotel de la ribera de
Santa Luca en que estaba alojada.

De pie en el estribo del vagn, las vi alejarse, tal como las haba
visto aparecer en una calle de Pompeya. La doctora se perdi tras de una
mampara de vidrios hablando con el cochero que haba venido 
recibirlas. Freya, antes de desaparecer, se volvi para enviarle una
sonrisa plida. Luego levant su enguantada mano con el ndice rgido,
amenazndole lo mismo que  un nio revoltoso y audaz.

Al verse solo en este compartimiento, que llevaba hacia Npoles las
huellas y el perfume de la ausente, Ulises se sinti desalentado, como
si viniera de un entierro, como si acabase de perder un sostn de su
vida.

Se present  bordo del _Mare nostrum_ lo mismo que una calamidad. Fu
caprichoso  intratable, quejndose de Tni y los otros dos oficiales
porque no aceleraban las reparaciones del buque. A continuacin habl de
la conveniencia de no tener prisa, para que el trabajo resultase ms
completo. Hasta _Caragl_ fu vctima de su mal humor, que se desahog
en forma de crueles sermones contra los aficionados al veneno del
alcohol.

--Cuando los hombres necesitan alegrarse tienen algo mejor que el vino,
algo que proporciona mayor embriaguez que la bebida... Es la mujer, to
_Caragl_. No olvide este consejo.

El cocinero, por la fuerza de la costumbre, contest: As es, mi
capitn... Pero se apiadaba en su interior de la ignorancia de los
hombres, que les hace concentrar toda su felicidad en los espasmos y
muecas del ms frvolo de los juegos.

A los dos das la gente de  bordo respir viendo que el capitn se
trasladaba  tierra. El buque estaba en un lugar incmodo, cerca de los
descargaderos de carbn, con la popa en alto para que la hlice fuese
recompuesta. Los obreros reemplazaban las planchas abolladas y rotas con
un martilleo irresistible. Ya que haba de esperar cerca de un mes, era
preferible alojarse en un hotel. Y envi su equipaje al _albergo_
Paternope, en la antigua ribera de Santa Luca, el mismo que le haba
designado Freya.

Dar suelta  un billete de cinco liras, como avanzada de varias
preguntas, fu lo primero que hizo Ferragut al instalarse en una pieza
alta, viendo el redondel azul del golfo encuadrado por el marco de un
balcn. El camarero, cetrino y bigotudo, le escuch atentamente, con una
complacencia de tercero, y al fin pudo formar una personalidad completa
con todos sus datos. La dama por quien preguntaba era la _signora_
Talberg. Estaba de viaje, pero iba  volver de un momento  otro.

Ulises pas un da entero con la tranquilidad del que espera en lugar
seguro. Miraba el golfo desde el balcn. A sus pies estaba la isla del
Huevo, unida  tierra por un puente.

Los _bersaglieri_ ocupaban su antiguo castillo, obra del virrey don
Pedro de Toledo. Eran varios torreones de color rosa obscuro, que se
aglomeraban sobre la estrecha nsula de forma oval. En esta fortaleza se
encerraba en otros tiempos la corta guarnicin espaola para apuntar sus
bombardas y culebrinas contra el pueblo napolitano cuando no quera
pagar ms gabelas  impuestos. Sus muros se haban levantado sobre las
ruinas de otro castillo en el que Federico II guardaba sus tesoros, y
cuya capilla haba pintado Giotto. Y el castillo medioeval, del que slo
quedaba el recuerdo, se haba alzado  su vez sobre los restos del
palacio de Lculo, que tena el centro de sus clebres jardines en esta
pequea isla, llamada entonces Megaris.

Las cornetas de los _bersaglieri_ alegraban al capitn como el anuncio
de una entrada triunfal. Va  llegar, va  llegar de un momento 
otro... Miraba la doble montaa de la isla de Capri, negra por la
distancia, cerrando el golfo como un promontorio, y la costa de
Sorrento, rectilnea lo mismo que un muro. All est ella... Luego
segua amorosamente el curso de los vaporcitos que surcaban la inmensa
copa azul, abriendo un tringulo de espumas. En cualquiera de ellos
llegara Freya.

El primer da fu de oro y esperanza. Brillaba el sol en un cielo sin
nubes; herva el golfo con burbujas de luz, bajo una atmsfera inmvil,
sin que la ms leve rfaga rizase su superficie; el penacho del Vesubio
era recto y esbelto, dilatndose sobre el horizonte como un pino de
blancos vapores. Al pie del balcn se sucedan de hora en hora los
msicos ambulantes, cantando voluptuosas barcarolas y serenatas de amor.
Y ella no vino!

El segundo da fu de plata y desesperacin. Haba bruma en el golfo, el
sol no era mas que un redondel rojo que poda mirarse de frente, lo
mismo que en los pases septentrionales; las montaas tenan un vestido
de plomo; las nubes ocultaban el cono del volcn; el mar pareca de
estao, y un viento fro hinchaba, como velas, faldas y gabanes,
haciendo correr  las gentes por el paseo de la ribera. Los msicos
seguan cantando, pero con suspiros melanclicos, al abrigo de una
esquina, para librarse de las rfagas furiosas del mar. _Morir...
morir per te!_, gema una voz de bartono entre arpas y violines... Y
ella lleg!

Al avisarle el camarero que la _signora_ Talberg estaba en su habitacin
del piso inferior, Ulises se estremeci de inquietud. Qu dira ella al
encontrarle instalado en su hotel?...

La hora del almuerzo estaba prxima, y aguard con impaciencia las
seales diarias para bajar al comedor. Primeramente sonaba una explosin
 espaldas del _albergo_, que haca temblar paredes y techos,
dilatndose en la inmensidad del golfo. Era el caonazo de medioda
salido del alto castillo de _Sant Elmo_. Las cornetas de la isla del
Huevo respondan  continuacin, con su alegre llamada  la olla
humeante, y por la escalera del hotel ascenda el chinesco estrpito del
_gong_ anunciando que el almuerzo estaba servido.

Ulises baj  ocupar su mesa, mirando intilmente  los otros huspedes
que se haban adelantado. Freya se presentara con el retraso de una
viajera que acaba de llegar y est ocupada en el arreglo de su persona.

Almorz mal, mirando continuamente una gran vidriera con dibujos de
barcos, peces y gaviotas, atragantndosele el bocado cada vez que se
abran sus hojas policromas. Y lleg al final del almuerzo, y tom
lentamente su caf, sin que ella apareciese.

Al volver  su habitacin envi al camarero bigotudo en busca de
noticias... La _signora_ no haba almorzado en el hotel: la _signora_
haba salido mientras l estaba en el comedor. Seguramente que  la
noche se dejara ver.

Durante la comida sufri iguales inquietudes, creyendo que aparecera
Freya cada vez que una mano borrosa y una vaga silueta de mujer
empujaban la puerta al otro lado de los opacos vidrios.

Pase largo rato por el vestbulo, mascando rabiosamente su cigarro,
hasta que se decidi  abordar al portero, cabeza morena y astuta que
asomaba al borde de su pupitre, sobre unas solapas azules con llaves de
oro bordadas, vindolo todo, enterndose de todo, mientras pareca
dormir.

La aproximacin de Ulises le hizo levantarse de un salto, lo mismo que
si oyese el revoloteo de un papel-moneda. Sus informes fueron precisos.
La _signora_ Talberg coma pocas veces en el hotel. Tena unos amigos
que ocupaban un piso amueblado en el barrio de Chiaia, y con ellos
pasaba casi todo el da. Algunas veces ni siquiera vena  dormir... Y
volvi  sentarse, guardando apretado en una mano el billete que haba
presentido con su imaginacin.

Despus de una mala noche, Ulises se levant, resuelto  esperar  la
viuda en la entrada del hotel. Tom su desayuno en un velador del
vestbulo, ley peridicos, tuvo que salir  la puerta huyendo de la
matinal limpieza, perseguido por el polvo de las escobas y las alfombras
sacudidas, y una vez all, fingi gran inters por los msicos
ambulantes, que le dedicaban romanzas y serenatas, poniendo los ojos en
blanco al presentarle sus sombreros.

Alguien vino  hacerle compaa. Era el portero, que se mostr familiar
y confianzudo, como si desde la noche anterior se hubiese establecido
entre los dos una firme amistad basada en un secreto.

Le habl de las bellezas del pas, aconsejndole diversas excursiones...
Una sonrisa, una palabra animadora de Ferragut, y le habra propuesto
inmediatamente otros recreos cuyo anuncio pareca voltear en torno de
sus labios. Pero el marino acogi con enfurruamiento tanta amabilidad.
Este belitre iba  estorbar con su presencia el deseado encuentro; tal
vez se mantena  su lado por el deseo de ver y saber... Y aprovechando
una de sus rpidas ausencias, Ulises se alej por la larga va
Partenope, siguiendo la baranda que da sobre el mar, fingiendo
interesarse por todo lo que encontraba, pero sin perder de vista la
puerta del hotel.

Se detuvo ante los puestos de los ostricarios, examinando las valvas de
concha-perla alineadas en los estantes, sobre los cestos de ostras de
Fusaro; las enormes caracolas, cadveres huecos, en cuya garganta muga,
segn los vendedores, como un recuerdo, el lejano zumbido del mar. Mir,
uno  uno, todos los botes automviles, las balandras de regatas, los
barcos de pesca y las goletas de cabotaje fondeadas en el pequeo puerto
de la isla del Huevo. Qued inmvil ante las olas mansas que peinaban
sus espumas en los peascos del malecn bajo las caas horizontales de
varios pescadores burgueses.

De pronto vi  Freya siguiendo la avenida por el lado de las casas.
Ella le reconoci  su vez, y este descubrimiento la hizo detenerse
junto  una bocacalle, dudando entre seguir adelante  huir hacia el
interior de Npoles. Luego pas  la acera del mar, avanzando hacia
Ferragut con plcida sonrisa, saludndolo de lejos como  un amigo cuya
presencia nada tiene de extraordinaria.

Esta seguridad desconcert al capitn. Se dieron las manos, y ella le
pregunt tranquilamente qu haca all mirando las olas y si avanzaban
las reparaciones de su buque.

--Pero confiese usted que mi presencia la ha sorprendido!--dijo Ulises,
algo irritado por esta tranquilidad--. Reconozca que no esperaba
encontrarme aqu.

Freya repiti su sonrisa con una expresin de dulce lstima.

--Es natural que le encuentre aqu. Est usted en su barrio,  la vista
de su hotel... Somos vecinos.

Para recrearse con el asombro del capitn, hizo una larga pausa. Luego
aadi:

--Vi su nombre en la lista de huspedes ayer mismo, al llegar al hotel.
Es mi costumbre. Me gusta saber quines son mis vecinos.

--Y por eso no baj usted al comedor?...

Ulises formul esta pregunta esperando que ella respondiera
negativamente. No poda hacerlo de otro modo, aunque slo fuera por
buena educacin.

--S, por eso--contest Freya sencillamente--. Adivin que me esperaba
para hacerse el encontradizo, y no quise entrar en el comedor... Le
advierto que siempre har lo mismo.

Ulises lanz un ah! de asombro... Ninguna mujer le haba hablado con
tanta franqueza.

--Tampoco me ha sorprendido su presencia aqu--continu ella--; la
esperaba. Conozco las inocentes astucias de los hombres. Ya que ayer no
me encontr en el hotel, me esperar hoy en la calle, me he dicho esta
maana al levantarme... Antes de salir he seguido sus paseos desde la
ventana de mi cuarto...

Ferragut la miraba con sorpresa y desaliento. Qu mujer!...

--Poda haberme escapado por cualquiera calle transversal mientras
estaba usted de espaldas. Le he visto antes que usted  m... Pero no me
gustan las situaciones falsas que se prolongan. Es mejor decirse toda la
verdad cara  cara... Y por eso he venido  su encuentro.

El instinto le hizo volver la cabeza hacia el hotel. El portero estaba
en la entrada, contemplando el mar, pero con los ojos vueltos
indudablemente hacia ellos.

--Sigamos--dijo Freya--. Acompeme un poco; hablaremos, y luego me
dejar usted... Tal vez nos separemos ms amigos que antes.

Anduvieron en silencio toda la va Partenope, hasta llegar  los
jardines de la ribera de Chiaia, perdiendo de vista el hotel. Ferragut
quiso reanudar la conversacin, pero no encontr las primeras palabras.
Tema parecer ridculo. Le infunda miedo esta mujer.

Se di cuenta al contemplarla con ojos adorantes de los grandes cambios
que se haban efectuado en el adorno de su persona. Ya no vesta el
_tailleur_ obscuro con que la haba visto por primera vez. Llevaba un
traje de seda, azul y blanco, con una rica piel sobre los hombros y un
penacho de plumas de garza real en la cumbre del amplio sombrero.

El saco de mano negro que la acompaaba en su viaje haba sido
sustitudo por un bolso de oro de una riqueza aparatosa: oro
australiano, de un tono verde, semejante  la ptina de los bronces
florentinos. Llevaba en las orejas dos gruesas esmeraldas cuadradas y en
los dedos media docena de brillantes, que se pasaban de faceta en faceta
la luz del sol. El collar de perlas segua fijo en su cuello, asomando
por el escote angular... Era una magnificencia de artista rica que todo
se lo echa encima; de enamorada de las joyas que no puede vivir sin su
contacto y las coloca sobre su piel apenas salta de la cama,
despreciando la hora y las reglas de la discrecin.

Pero Ferragut no poda distinguir lo extemporneo de este lujo. Todo lo
de ella le pareca admirable.

Sin saber cmo, se lanz  hablar. El mismo se asombr al or su voz,
diciendo siempre las mismas cosas con distintas palabras. Sus
pensamientos eran incoherentes, pero todos se iban aglomerando en torno
de una afirmacin incesantemente repetida: su amor, su inmenso amor por
Freya.

Y Freya segua marchando en silencio, con una expresin de lstima en
los ojos y en las comisuras de su boca. Le placa  su orgullo de mujer
contemplar  este hombre fuerte balbuceando con una confusin infantil.
Al mismo tiempo se impacientaba ante la monotona de sus palabras.

--No siga, capitn--interrumpi al fin--. Adivino todo lo que le queda
por decir, y he odo muchas veces lo que lleva dicho. Usted no duerme,
usted no come, usted no vive por mi culpa. Su existencia es imposible
si no le amo. Un poco ms de conversacin, y me amenazar con pegarse un
tiro si no soy suya... Msica conocida! Todos dicen lo mismo. No hay
criaturas con menos originalidad que los hombres cuando desean algo...

Estaban en una avenida del paseo. A travs de las palmeras y las
magnolias se vea por un lado el golfo luminoso y por el otro los ricos
edificios de la ribera de Chiaia. Unos chicuelos desarrapados
corretearon en torno de la pareja, persiguindose. Luego fueron 
situarse junto  un templete blanco que se alzaba en el fondo de la
avenida.

--Pues bien, lobo de mar amoroso--continu Freya--, no duerma usted, no
coma usted, mtese si es su capricho; pero yo no puedo quererle, yo no
le querr nunca. Pierda toda esperanza. La vida no es una diversin, y
yo tengo otras preocupaciones ms graves que absorben todo mi tiempo.

A travs de la risa juguetona con que acompaaba estas palabras,
Ferragut adivin una voluntad firmsima.

--Entonces--dijo con desaliento--,todo ser intil?... Aunque yo haga
los mayores sacrificios?... Aunque le d pruebas de un amor como jams
se haya conocido?...

--Todo intil--contest ella rotundamente, sin dejar de sonrer.

Haban llegado al templete, cpula sostenida por columnas blancas, con
una verja en torno. El busto de Virgilio se alzaba en el centro: una
cabeza enorme, de hermosura algo femenil.

El poeta haba muerto en Npoles, la dulce Partenope,  su regreso de
Grecia, y su cadver tal vez estaba hecho polvo en las entraas de este
jardn. La muchedumbre napolitana de la Edad Media le haba atribudo
toda clase de prodigios, hasta convertir al poeta en mago poderoso. El
brujo Virgilio construa en una noche el castillo del Huevo, colocndolo
con sus manos sobre un gran huevo que flotaba en el mar. Igualmente
haba abierto con su soplo el viejo tnel de Possilipo, cerca del cual
existen una via y una tumba, visitadas durante siglos como ltima
morada del poeta.

Los pilluelos, jugueteando en torno de la verja, arrojaban papeles y
piedras al interior del templete. Les atraa la cabeza blanca del
poderoso encantador, sintiendo  la vez admiracin y miedo.

Ella se detuvo cerca del abandonado monumento.

--Hasta aqu nada ms--orden--. Usted seguir su camino. Yo voy  la
parte alta de Chiaia... Pero antes de separarnos como buenos amigos, me
va  dar su palabra de no seguirme, de no importunarme con sus
pretensiones amorosas, de no mezclarse ms en mi vida.

Ulises no contest. Bajaba la cabeza con un desaliento real. A su
decepcin se una el dolor del orgullo herido. El que se haba
imaginado cosas tan distintas para cuando se viesen por primera vez 
solas!...

Freya se apiad de su tristeza.

--No sea usted nio... Eso pasar. Piense en sus negocios, piense en su
familia, que le espera all en Espaa. Adems, el mundo est lleno de
mujeres: yo no soy la nica.

Pero Ferragut la interrumpi. S; era la nica... la nica! Y lo dijo
con una conviccin que provoc en ella otra vez una sonrisa de lstima.

La tenacidad de este hombre empezaba  irritarla.

--Capitn, le conozco bien. Es usted un egosta, como todos los hombres.
Su buque est detenido en el puerto por una avera; debe usted quedarse
un mes en tierra; encuentra en un viaje  una mujer que comete la
tontera de acordarse de que le conoci en otros tiempos, y se dice:
Magnfica ocasin para entretener agradablemente el fastidio de la
espera... Si yo le creyese, si aceptase sus deseos, dentro de unas
semanas, al quedar listo el buque, el hroe de mi amor, el paladn de
mis ensueos, se hara al mar diciendo como ltimo saludo: Adis,
imbcil!

Ulises protest con energa. No: l deseaba que su buque no estuviese
nunca recompuesto; calculaba con angustia los das que faltaban. Si era
preciso, lo abandonara, quedndose para siempre en Npoles.

--Y qu tengo yo que hacer en Npoles?--interrumpi Freya--. Soy aqu
un pjaro de paso, lo mismo que usted. Nos conocimos en los mares del
otro hemisferio, y hemos venido  reencontrarnos en Italia. La prxima
vez, si volvemos  vernos, ser en el Japn, en el Canad, en el Cabo...
Siga su rumbo, enamoradizo tiburn, y djeme seguir el mo. Figrese que
somos dos barcos que se encuentran en una calma, se hacen seales,
cambian saludos, se desean buena suerte, y despus cada uno se aleja por
su lado, tal vez para no volver  verse nunca.

Ferragut movi la cabeza negativamente. Eso no poda ser; l no se
resignaba  perderla de vista para siempre.

--Los hombres!--continu ella, cada vez ms irritada--. Todos se
imaginan que las cosas deben ser con arreglo  sus caprichos. Porque te
deseo, debes ser ma... Y si yo no quiero?... Y si yo no sufro la
necesidad de ser amada?... No puedo vivir en libertad, sin otro amor
que el que yo siento por m misma?...

Consideraba una desgracia el ser mujer. Los hombres le inspiraban
envidia por su independencia. Podan mantenerse aparte, abstenindose de
las pasiones que desgastan la vida, sin que nadie viniera 
importunarles en su retiro. Les era lcito ir  todos lados, recorrer el
mundo, sin llevar tras de sus pasos una estela de solicitantes.

--Usted me es simptico, capitn. El otro da me alegr de encontrarle:
fu una aparicin del pasado. Vi en usted la alegra de mi juventud que
empieza  irse y la melancola de ciertos recuerdos... Y sin embargo,
acabar por odiarle: me oye usted, argonauta pesado?... Le aborrecer
porque no sirve para amigo; porque slo sabe usted hablar de la misma
cosa; porque es un personaje de novela, un latino, muy interesante tal
vez para otras mujeres, pero insufrible para m.

Su rostro se contrajo con un gesto de desprecio y lstima. Ah, los
latinos!...

--Todos son lo mismo; espaoles, italianos, franceses. Todos han nacido
para la misma cosa. Apenas encuentran  una mujer deseable, creen faltar
 sus deberes si no le piden su amor y lo que viene luego... No pueden
un hombre y una mujer ser amigos simplemente? No podra usted ser un
buen camarada y tratarme como  un compaero?

Ferragut protest enrgicamente. No, no podra. El la amaba, y despus
de verse repelido con tanta crueldad, su amor ira en aumento. Estaba
seguro de ello.

Un temblor nervioso hizo aguda y cortante la voz de Freya. Sus ojos
tomaron un brillo malsano. Mir  su acompaante como si fuese un
enemigo cuya muerte deseaba.

--Pues bien, spalo usted. Yo aborrezco  los hombres: los aborrezco
porque los conozco. Quisiera la muerte de todos ellos, de todos!... El
mal que han hecho en mi vida!... Quisiera ser inmensamente hermosa, la
mujer ms hermosa de la tierra y poseer el talento de todos los sabios
concentrado en mi cerebro, y ser rica, y ser reina, para que todos los
hombres del mundo, locos de deseo, vinieran  postrarse ante m... Y yo
levantara mis pies con tacones de hierro,  ira aplastando cabezas...
as... as!...

Golpeaba la arena del jardn con las suelas de sus breves zapatos. Un
rictus histrico contraa su boca.

--A usted tal vez lo exceptuase... Usted, con todas sus arrogancias de
matamoros, es un ingenuo, un simple. Le creo capaz de soltar  una mujer
toda clase de mentiras... creyndolas usted antes. Pero  los otros...
ay,  los otros!... cmo los odio!...

Mir hacia el palacio del acuario, que asomaba su blancura entre la
columnata de los rboles.

--Quisiera ser--continu, pensativa--uno de esos animales de mar que
cortan con las tenazas de sus patas... que tienen en los brazos tijeras,
sierras, pinzas... que devoran  sus semejantes y absorben todo lo que
les rodea.

Mir despus una rama de rbol, de la que pendan varios hilos de plata
sosteniendo  un insecto de activos tentculos.

--Quisiera ser araa, una araa enorme, y que todos los hombres fuesen
moscas y vinieran  m, irresistiblemente. Con qu fruicin los
ahogara entre mis patas! Cmo pegara mi boca  sus corazones!... Y
los chupara... los chupara, hasta que no les quedase una gota de
sangre, arrojando luego sus cadveres huecos!...

Ulises lleg  pensar si estara enamorado de una loca. Su inquietud,
sus ojos sorprendidos  interrogantes, parecieron devolver la serenidad
 Freya.

Se pas una mano por la frente, como si despertase de una pesadilla y
quisiera repeler sus recuerdos con este ademn. Su mirada fu
serenndose.

--Adis, Ferragut; no me haga hablar ms. Acabara usted por dudar de mi
razn... Ya lo sabe: seremos amigos, amigos nada ms. Es intil pensar
en lo otro. No me siga... Nos veremos... Yo le buscar... Adis!...
adis!

Y aunque Ferragut senta la tentacin de seguirla, permaneci inmvil,
vindola alejarse con paso rpido, como si huyese de las palabras que
haba dejado caer ante el pequeo templo del poeta.




V

EL ACUARIO DE NPOLES


A pesar de su promesa, Freya no hizo nada para volver  encontrarse con
el marino. Nos veremos... Yo le buscar. Pero era Ferragut quien
buscaba el encuentro, apostndose en las inmediaciones del hotel.

--Qu loca estuve la otra maana!... Qu habr pensado usted de
m!--dijo ella la primera vez que volvieron  hablarse.

No todos los das consegua Ulises el placer de esta conversacin que se
desarrollaba invariablemente desde la va Partenope al monumento de
Virgilio. Las ms de las maanas aguardaba en vano frente  los puestos
de los ostricarios, escuchando  los msicos que saludaban con sus
romanzas y sus mandolinas las ventanas cerradas de los hoteles. Freya no
apareca.

La impaciencia arrastraba  Ulises hasta su hotel, para implorar las
luces del portero. Este, animado por la esperanza de un nuevo billete,
haca sonar el telfono y preguntaba  los criados de los pisos
superiores. Luego una sonrisa triste y obsequiosa, como si lamentase sus
propias palabras: La _signora_ no est. La _signora_ ha pasado la noche
fuera del _albergo_. Y Ferragut parta furioso.

Unas veces iba  ver cmo marchaban las reparaciones de su buque,
excelente pretexto para descargar en alguien su mal humor. Otras maanas
se diriga al jardn de la ribera de Chiaia por los mismos lugares que
haba pisado yendo con Freya. Esperaba verla aparecer de un momento 
otro. Todo lo que le rodeaba tena algo de ella. Arboles y bancos,
aceras y candelabros elctricos, la conocan perfectamente, por hallarse
en su camino habitual.

Al convencerse de que esperaba en vano, una ltima ilusin le haca
volver los ojos hacia el blanco palacio del Acuario.

Freya le haba hablado de l. Con frecuencia se entretena horas enteras
contemplando la vida de los seres marinos. Y Ferragut parpadeaba al
pasar rpidamente del jardn caldeado por el sol  la penumbra de unas
galeras hmedas, sin otro alumbrado que el de la luz diurna descendida
al interior de los acuarios: luz que tomaba  travs del agua y el
cristal un tono misterioso, el tinte verde y difuso de las profundidades
submarinas.

Esta visita le haca pasar el tiempo plcidamente. Surgan en su memoria
antiguas lecturas, afirmadas ahora por una visin directa. El no era de
los marinos que navegan sin preocuparse de lo que existe debajo de su
quilla. Haba querido conocer los misterios del inmenso palacio azul por
cuyo techo circulaba, dedicndose al estudio de la oceanografa, la ms
reciente de las ciencias.

Al dar sus primeros pasos en el Acuario, se imaginaba inmediatamente la
marina profundidad, con las divisiones desiguales en que la ha
fraccionado la exploracin. Junto  las orillas la zona llamada litoral,
donde desembocan los ros, se amontonan las substancias nutridoras al
impulso de mareas y corrientes y crecen las vegetaciones subacuticas.
Esta zona era la de las grandes pescas, y llegaba hasta doscientos
metros de fondo, profundidad en la que se pierden los rayos del sol. Ms
all cesaba la luz, desaparecan las plantas, y con ellas los animales
herbvoros.

La pendiente submarina, suave hasta este lmite, se acentuaba,
descendiendo rpidamente  los abismos ocenicos, y esta parte del
mar--la casi totalidad del Ocano--, inmensa masa de agua sin luz, sin
olas, sin mareas, sin corrientes, sin oscilaciones de temperatura, era
la llamada zona abisal.

En el litoral, las aguas, saludablemente agitadas, cambiaban de
salinidad segn la cercana de los ros. Las rocas y fondos se cubran
de una vegetacin que era verde cerca de la superficie y se iba
ensombreciendo, hasta llegar al rojo obscuro y al amarillo bronce as
como se alejaba de la luz. En este paraso ocenico, de aguas nutritivas
y luminosas cargadas de bacterias y alimentos microscpicos, se
desarrollaba la vida con exuberancia. A pesar de los continuos ataques
del pescador, los rebaos marinos se mantenan inclumes por medio de
una procreacin infinita.

La fauna de la profundidad abisal, donde la falta de luz hace imposible
toda vegetacin, era forzosamente carnvora. Los habitantes dbiles
devoraban los residuos y los animales muertos que descendan de la
superficie. Los fuertes se nutran  su vez con las substancias
concentradas de los pequeos carniceros.

El fondo del Ocano, desierto montono de barro  de arena, producto de
un sedimento de centenares de siglos, ofreca de tarde en tarde un oasis
de extraa vegetacin. Estos bosques surgan como manchas de vida all
donde el encuentro de las corrientes superficiales haca llover un man
de diminutos cadveres. Las plantas retorcidas y calcreas, duras como
la piedra, no eran plantas: eran animales. Sus hojas, tentculos inertes
y traidores, se encogan de pronto. Sus flores, bocas vidas, se
inclinaban sobre la presa, sorbindola por sus ventosas glotonas.

Una luz fantstica atravesaba con rfagas multicolores este mundo de
absoluta lobreguez. Era luz animal, producida por los organismos
vivientes.

En los abismos abisales resultaban muy contados los seres ciegos, contra
la opinin del vulgo, que se los imagina  casi todos faltos de ojos por
su lejana del sol. Los filamentos de los rboles carnvoros eran
guirnaldas de lmparas; los ojos de los animales cazadores, globos
elctricos; las insignificantes bacterias, glndulas fotgenas; y todos
ellos abran  cerraban sus conmutadores fosforescentes segn la
necesidad del momento, unas veces para perseguir y devorar, otras para
mantenerse disimulados en las tinieblas.

Los animales-plantas, inmviles como estrellas, rodeaban de un crculo
de rayos sus bocas feroces, y los seres minsculos se sentan empujados
irresistiblemente hacia ellos, lo mismo que las mariposas vuelan hacia
la lmpara y los pjaros de mar chocan con el faro.

Ninguna de las luces de la tierra poda compararse con las del mundo
abisal. Todos los fuegos de artificio palidecan ante las variedades del
fulgor orgnico.

Las ramas vivientes del polpero, los ojos de las bestias, hasta el
barro sembrado de puntos brillantes, emitan chorros fosfricos, haces
de chispas cuyos resplandores se abran y cerraban incesantemente. Y
estas luces iban pasando en su gradacin por los ms diversos colores:
violeta, prpura, rojo anaranjado, azul, y, sobre todo, verde. Los
pulpos gigantescos se iluminaban al percibir la proximidad de una
vctima como soles lvidos, moviendo sus brazos de mortfero tirn.

Todos los seres abisales tenan el rgano de la vista enormemente
desarrollado, para poder captar hasta los ms dbiles rayos de luz.
Muchos eran de ojos salientes y enormes. Otros los tenan despegados del
cuerpo, al final de dos tentculos cilndricos como telescopios.

Los que eran ciegos y no producan resplandor compensaban esta
inferioridad con el desarrollo de los rganos tctiles. Sus antenas y
nadaderas se prolongaban desmesuradamente en la obscuridad. Los
filamentos de su cuerpo, largos pelos ricos en terminaciones nerviosas,
distinguan instantneamente la presa apetecida  el enemigo en acecho.

El abismo abisal tena dos pisos  techumbres. En lo ms alto estaba la
llamada zona nertica, la superficie ocenica, difana y luminosa, lejos
de toda costa. A continuacin vena la zona pelgica, mucho ms
profunda, en la que residen los peces de incesante movimiento, capaces
de vivir sin reposarse en el fondo.

Los cadveres de los animales nerticos y de los que nadan entre dos
aguas eran el sustento directo  indirecto de la fauna abisal. Los seres
de frgil dentadura y escasa velocidad, mal armados para la conquista de
las presas vivas, se alimentaban con las gotas de esta lluvia de materia
alimenticia. Los grandes nadadores, pertrechados de mandbulas
formidables y estmagos elsticos  inmensos, preferan las peripecias
de la lucha, las persecuciones de la caza viviente, y devoraban--como
devoran en la tierra los carnvoros  los herbvoros-- todos los
pequeos comedores de residuos y de _plancton_.

Esta palabra, de invencin cientfica reciente, haca ver al capitn
Ferragut el ms humilde  interesante de todos los personajes del
Ocano. El _plancton_ es la vida que flota en grumos sueltos  formando
nubes  travs de la superficie nertica, descendiendo hasta las
profundidades abisales.

All donde iba el plancton iba la animacin viviente, agrupndose en
apretadas colonias animales. El agua salada ms pura y difana mostraba
bajo ciertos rayos luminosos una multitud de pequeos cuerpos, inquietos
como las espirales de polvo que danzan en un rayo de sol. Estos seres
transparentes, revueltos con algas microscpicas y mucosidades
embrionarias, eran el plancton. En su masa densa y poco visible para el
ojo humano flotaban los sifonforos, guirnaldas de individuos unidos por
un hilo transparente, frgiles, delicados y luminosos como cristales de
Bohemia. Otros organismos igualmente sutiles tenan la forma de pequeos
torpedos de vidrio. La suma de todas las materias albuminricas
flotantes en el mar se condensaba en estas nubes nutritivas, aadindose
 ellas las secreciones de los animales vivientes, los residuos de sus
cadveres, los cuerpos arrastrados por los ros, las briznas
alimenticias de los prados de algas.

Cuando el plancton,  impulsos del azar  siguiendo misteriosas
atracciones se iba aglomerando en un punto determinado del litoral, las
aguas hervan en peces con asombrosa fecundidad. Las poblaciones
ribereas se agrandaban, el mar se llenaba de velas, las mesas eran ms
opulentas, surgan industrias, se abran fbricas y circulaba el dinero
en la costa, atrado del interior por el comercio de pesquera y de
conservas.

Si se retiraba el plancton caprichosamente, bogando hacia otro litoral,
los rebaos marinos emigraban detrs de las praderas vivientes y la
llanura azul quedaba vaca como un desierto maldito. Las flotas de
barcas permanecan en seco, se cerraban los talleres, ya no humeaba la
olla, los caballos de la gendarmera cargaban contra la muchedumbre
protestante y famlica, la oposicin gritaba en las Cmaras y los
peridicos hacan responsable de todo al gobierno.

Este polvo animal y vegetal nutra  las especies ms numerosas, para
que ellas  su vez sirviesen de pasto  los grandes nadadores armados de
dientes.

La ballena, el ms voluminoso de los habitantes ocenicos, cerraba este
ciclo destructor en el que se devoran unos  otros para vivir. El
gigante pacfico y sin dientes mantena su organismo slo con plancton,
absorbindolo  toneladas. El man imperceptible y cristalino alimentaba
su cuerpo de campanario tumbado, haciendo circular bajo la piel grasosa
ros purpreos de sangre caliente.

La transparencia de los seres planctnicos evocaba en la memoria de
Ferragut las coloraciones maravillosas de los habitantes del mar,
ajustadas exactamente  las necesidades de su conservacin. Las especies
que viven en la superficie tenan, por lo general, el lomo azul y el
vientre plateado. De este modo les era posible escapar  la vista de los
enemigos. Su color claro, visto desde las tinieblas de la profundidad,
se confunda con la lmina blanca y luminosa de la superficie. Las
sardinas, que nadan en bancos, podan pasar inadvertidas gracias  sus
lomos azules como el agua, librndose as de los peces y los pjaros que
las dan caza.

Viviendo en abismos donde la luz no penetra nunca, los animales
pelgicos ignoraban la necesidad de ser transparentes  azules como los
seres nerticos de la superficie. Unos eran opacos  incoloros, otros
bronceados y negros; los ms se revestan con tintas soberbias, cuyo
esplendor desesperaba  los pinceles humanos, incapaces de imitarlas. Un
rojo magnfico era la base de esta coloracin, descendiendo gradualmente
al rosa plido, al violeta, al mbar, hasta perderse en el lcteo iris
de las perlas y la policroma temblona y vagorosa del ncar de los
moluscos. Los ojos de ciertos peces, colocados al final de varillas
separadas del cuerpo, brillaban como diamantes en los extremos de un
doble alfiler. Las glndulas salientes, las verrugas, las sinuosidades
dorsales, tomaban coloraciones de joyera.

Pero las piedras preciosas de la tierra son minerales muertos que
necesitan el rayo de luz para existir con breve chisporroteo. Las
alhajas animadas del Ocano, peces y corales, brillaban con colores
propios que eran reflejos de su vitalidad. Su verde, su rosado, su
amarillo intenso, sus iris metlicos, tintas jugosas eternamente
barnizadas por un charol hmedo, no podan subsistir en el mundo
atmosfrico.

Algunos de estos seres eran capaces de un poderoso mimetismo que les
haca confundirse con los objetos inanimados  pasar en pocos momentos
por toda la gama de colores. Unos, de nerviosa actividad, se
inmovilizaban y encogan, llenndose de rugosidades, tomando el tono
obscuro de las rocas. Otros, en momentos de irritacin  de fiebre
amorosa, se cubran de rayas y temblonas manchas, extendindose por su
epidermis nubes diversas con cada uno de sus estremecimientos. Las
sepias y calamares, al verse perseguidos, se hacan invisibles dentro de
una nube, lo mismo que los encantadores de los libros de caballeras,
enturbiando el agua con la tinta almacenada en sus glndulas.

Ferragut iba avanzando entre las dos filas de estanques verticales del
Acuario, escaparates de rocas con un grueso vidrio que dejaba  la vista
todo su interior. Estos dos muros claros y luminosos, que reciban el
fuego del sol por su parte alta, esparcan un reflejo verde en la
penumbra de los corredores. Al circular, los visitantes tomaban una
palidez lvida, como si marchasen por un desfiladero submarino.

El agua tranquila de los estanques apenas era visible. Detrs de los
vidrios slo pareca existir una atmsfera maravillosa, un ambiente de
sueo, en el que suban y bajaban flotantes seres de colores. Las
burbujas de su respiracin era lo nico que delataba la presencia del
lquido. En la parte superior de estas jaulas acuticas, la atmsfera
luminosa se estremeca bajo un chorro continuo de polvo transparente.
Era agua de mar con aire inyectado, que renovaba las condiciones de
existencia de los huspedes del Acuario.

Viendo el capitn estas mangas vivificantes, admir la fuerza nutridora
del agua azul sobre la que haba transcurrido casi toda su existencia.

La tierra perda sus orgullos al ser comparada con la inmensidad
acutica. En el Ocano haban apuntado las primeras manifestaciones de
la vida, continuando luego su ciclo evolutivo sobre las montaas,
surgidas igualmente de su seno. Si la tierra era la madre del hombre, el
mar era su abuela.

El nmero de los animales terrestres resultaba insignificante comparado
con el de los martimos. Sobre la tierra--mucho ms pequea que el
Ocano--, los seres slo ocupan la superficie del suelo y una capa
atmosfrica de unos cuantos metros. Las aves y los insectos rara vez van
ms all en sus vuelos. En el mar, los animales estn dispersados en
todos los niveles de su espesor, pudiendo disponer de muchos kilmetros
de profundidad, multiplicados por miles y miles de leguas de extensin.
Cantidades infinitas de seres que escapan  todo clculo nadan
incesantemente en todos los pisos de sus aguas. La tierra es una
superficie, un plano, y el mar es un volumen.

La inmensa masa acutica--tres veces ms salada que al nacer el planeta,
 causa de una evaporacin milenaria que haba disminuido el lquido sin
absorber sus componentes--guardaba, revueltos con sus cloruros, el
cobre, el nquel, el hierro, el cinc, el plomo, y hasta el oro
procedente de los filones que la ebullicin planetaria aglomer en el
fondo ocenico, y de cuya masa no son mas que insignificantes tentculos
los filones de las montaas, con sus arenas aurferas arrastradas por
los ros.

Tambin la plata estaba disuelta en sus aguas. Ferragut saba por
ciertos clculos que con la plata flotante en el Ocano podan
levantarse pirmides ms enormes que las de Egipto.

Los hombres que haban pensado en la explotacin de estas riquezas
minerales desistan de su quimera. Estaban tan diluidas, que era
imposible su aprovechamiento. Los seres ocenicos saban reconocer mejor
su presencia, filtrndolas  travs de su cuerpo para la renovacin y
coloracin de sus rganos. El cobre lo acumulaban en su sangre; el oro y
la plata se descubran en los tejidos de los animales-plantas; el
fsforo era absorbido por las esponjas; el plomo y el cinc, por los
fucos.

Todos podan extraer del agua los residuos de unos metales disueltos en
fragmentos tan imponderablemente pequeos, que ningn procedimiento
qumico alcanzaba  captarlos. Los carbonatos de cal arrastrados por los
ros  arrancados  las costas servan  innumerables especies para la
construccin de sus caparazones, esqueletos, conchas y caracolas. Los
corales, filtrando el agua  travs de sus cuerpos blanduchos y mucosos,
solidificaban sus duros esqueletos, para convertirse al final en islas
habitables.

Los seres de una diversidad desconcertante que flotaban, rampaban 
coleaban en torno de Ferragut no eran mas que agua ocenica. Los peces,
agua hecha carne; los animales mucosos, agua en estado de gelatina; los
crustceos y los polperos, agua transformada en piedra.

Contempl en uno de los estanques un paisaje que pareca de otro
planeta, grandioso y reducido al mismo tiempo, como un bosque visto en
un diorama. Era un palmeral surgiendo entre rocas; pero las rocas no
pasaban de ser guijarros, y las palmeras anlidos de mar, simples
gusanos que se mantenan en vertical inmovilidad.

Guardaban su cuerpo anillado dentro de un tubo coriceo que los
protega, y sobre este tronco rectilneo de color de marfil lanzaban,
como un surtidor de ramas, los tentculos movedizos que les sirven para
respirar y para comer.

Dotados de una rara sensibilidad, bastaba el paso de una nube ante el
sol para que se contrajesen en el interior de los tubos, quedando stos
sin su vistoso capitel, como palmeras desmochadas. Luego, lenta y
prudentemente, iban surgiendo otra vez los animados pinceles por la
abertura de sus vainas, flotando en el agua con ansiosa espera. Todos
estos rboles y flores-animales eran de una voracidad mecnica cuando
la vctima microscpica se dejaba atraer por sus tentculos El suave
ramaje se contraa, se cerraba, arrastrando  la esbelta torre secretada
por l mismo, digera su conquista.

Otros estanques atrajeron despus la atencin del marino.

Deslizndose sobre las rocas, introducindose en las cavernas,
dormitando medio enterrada en la arena, toda la varia y tumultuosa
nacin de los crustceos mova sus herramientas cortantes y
tentaculares, haca brillar sus armaduras japonesas, unas teidas de
rojo casi negro, como si guardasen la sangre seca de un lejano combate,
otras de fresca escarlata, lo mismo que si reflejaran en su dureza los
primeros fuegos de la aurora.

El fiero bogavante--el _homard_, soberano de las ricas mesas--descansaba
sobre las tijeras de sus patas anteriores, arma poderosa como una doble
hacha de combate. La langosta saltaba con agilidad por las peas
valindose de los ganchos de sus patas, herramientas de guerra y de
nutricin. Su prximo pariente la cigarra de mar, animal torpe y pesado,
permaneca en los rincones, cubierta de fango y de algas, en una
inmovilidad que le haca confundirse con las piedras. Y en torno de
estos gigantes, como una democracia roja acostumbrada  sufrir de vez en
cuando el ataque de los fuertes, nadaban los enjambres de langostinos y
camarones. Sus movimientos eran sueltos y graciosos, su sensibilidad tan
afinada, que la menor agitacin les haca dar saltos enormes.

Ulises pens en la esclavitud que haba impuesto la Naturaleza  estos
animales dndoles su hermosa envoltura defensiva.

Nacan acorazados, y el crecimiento les obligaba repetidas veces 
cambiar de armadura. Mudaban de piel, como los reptiles; pero stos, al
ser cilndricos, podan ejecutar la operacin con la misma facilidad que
una pierna que abandona su media. Los crustceos haban de sacar de su
coraza, que empezaba  rajarse, el mltiple mecanismo de sus miembros y
sus apndices: las patas, las antenas, las gruesas pinzas, operacin
lenta y peligrosa, en la que muchos parecan rasgados por su propio
esfuerzo. Luego, desnudos  inermes, haban de esperar  que se formase
una nueva piel que  su vez se convirtiese en armadura. Y esto en medio
de un ambiente hostil, rodeados de vidas bestias, grandes y pequeas,
que sentan la atraccin de su rica carne, y sin otra defensa que el
ocultamiento.

Entre el hormiguero de pequeos crustceos que se movan en el fondo
arenoso, cazando, comiendo  batindose con feroz enredijo de patas,
buscaban los observadores  un ser bizarro y extravagante, el paguro,
apodado _Bernardo el Eremita_. Era una caracola que avanzaba recta como
una torre sobre unas patas de cangrejo, teniendo por corona la cabellera
de una anmona de mar.

La cmica aparicin estaba compuesta de tres animales distintos, uno
sobre otro,  ms bien, de dos seres vivientes llevando en medio un
fretro. El paguro naca con la parte posterior desprovista de coraza:
un excelente bocado, tierno y sabroso, para los peces hambrientos. La
necesidad de defenderse le haca buscar una caracola para guardar la
parte dbil de su organismo. Si encontraba vaca una vivienda de esta
especie, se la apropiaba. De no ser as, se coma al habitante,
introduciendo despus en el nacarado refugio su posterior, armado de dos
patas ganchudas.

No bastaban al dbil paguro sus precauciones defensivas. Necesitaba ser
ofensivo para vivir; inspirar respeto  los monstruos devoradores,
especialmente  los pulpos, que buscaban la presa de su busto y sus
patas peludas, asomadas por la locomocin fuera de la torre.

Una anmona de mar vena  fijarse en la cspide calcrea:  veces
llegaban  ser cinco  seis. Ninguna relacin corporal exista entre el
paguro y los organismos de arriba. Eran simples socios, por un inters
recproco. Los animales-plantas picaban como ortigas; todos los
monstruos sin coraza huan del veneno de sus rganos urticantes; las
briznas de su cabellera quemaban como alfileres de fuego. De este modo,
el humilde paguro inspiraba terror  las fieras gigantescas de la
profundidad, llevando sobre el dorso su torre coronada de formidables
bateras. Las anmonas, por su parte, le agradecan que las pasease
incesantemente de un lado  otro, ponindolas en contacto con toda clase
de animales. Podan comer as con ms facilidad que sus hermanas fijas
en la roca. No tenan que esperar, como ellas, que el alimento viniese
casualmente  sus tentculos. Adems, siempre flotaban hasta sus alturas
algunos despojos de las presas que haca por abajo el cangrejo socarrn
en su errabunda impunidad.

Ferragut, al pasar de un estanque  otro, estableca mentalmente la
gradacin de los diversos rdenes de la fauna martima, desde el boceto
primitivo al organismo perfecto.

Las esponjas del Mediterrneo nadaban en los primeros das de su
nacimiento--cuando eran como cabezas de alfiler--con movimientos
vibrtiles. Luego permanecan inmviles, filtrando el agua por las
celdas y corredores de sus tejidos, protegiendo su carne suave con un
erizamiento de espculas, agujas calcreas y picantes, con las que
ensartaban  inmovilizaban  los peces, sirvindolas de alimento sus
residuos en putrefaccin.

Desplegaban por millares las ortigas de mar sus hilos urticantes,
proyectando un veneno que aturda  la vctima y la haca caer en su
corola, boca y ano al mismo tiempo. De una voracidad sin lmites, se
apoderaban, fijas en su roca, de pescados ms grandes que ellas, y al
presentir un peligro se encogan de tal modo, que era difcil verlas.
Las plumas de mar yacan flcidas y obscuras, como animales muertos,
hasta que absorbiendo el agua, se levantaban transparentes y llenas de
hojas. As iban de un lado  otro, con una ligereza de pluma,  se
clavaban en la arena, emitiendo un brillo fosfrico.

Las petimetras del mar, las elegantes medusas, extendan el ruedo
flotante de su hermosura frgil. Eran setas transparentes, sombrillas
abiertas de vidrio, que avanzaban por medio de contracciones. Del centro
interior de su cpula colgaba un tubo igualmente transparente y
gelatinoso: la boca del animal. Largos filamentos pendan del ruedo de
sus bordes, tentculos sensitivos que al mismo tiempo servan para
mantener el equilibro flotante.

Estos seres frgiles, que parecan pertenecer  una fauna de ensueo,
blancos como el cristal de roca, con suaves bordes de color de rosa 
violeta, eran urticantes lo mismo que las ortigas y se defendan con un
contacto de llama. Algunas sombrillas sutiles  incoloras vivan en el
estanque bajo el amparo de un segundo encierro de cristal, y apenas si
su mucosa vaporosidad se marcaba dentro de la campana como una dbil
lnea de humo azul.

Por debajo de estas formas transparentes y frgiles que quemaban cuanto
tocaban, atrevindose  capturar presas mucho ms grandes que ellas,
extendase en jardines la llamada flor de sangre, el coral rojo, y
especialmente el astroides, formando con sus corolas una alfombra de
color anaranjado.

El marino haba visto estas vegetaciones ptreas, como bosques
sumergidos, en el fondo del mar Rojo y en los mares del Sur. Haba
navegado sobre ellas hacindose la ilusin de que por las entraas
azules del Ocano circulaban anchos ros de sangre.

Los oseznos y las estrellas agitaban lentamente sus formas que haban
dado origen  sus nombres, secretando venenos para aturdir  sus
vctimas, contrayndose hasta formar una bola de lanzas que atravesaba 
la presa con abrazo mortal  cortndola con los cuchillos seos de su
cuerpo radiado. Los lirios de mar se balanceaban al trmino de su
varilla, moviendo sus miembros en forma de ptalos.

Sobre fondos de menuda arena  agarrados  la roca vivan los moluscos
en el refugio de sus conchas.

La necesidad de entregarse al sueo con relativa seguridad, sin miedo al
devoramiento general, que es la ley ocenica, preocupa  todos los seres
marinos, hacindolos constructores  inventores. Los crustceos viven
metidos en corazas  aprovechan como refugio las envolturas calcreas,
expulsando  sus dueos; los animales-plantas expelen toxinas; los seres
planctnicos, transparentes y gelatinosos, queman como un cristal puesto
al fuego; algunos organismos en apariencia dbiles y blanduchos tienen
en su cola la fuerza del berbiqu, perforando la roca hasta crearse una
caverna de refugio en sus duras entraas... Y los tmidos moluscos, de
carne dulce y temblona, se haban fabricado los fuertes escudos de sus
valvas, dos murallas cncavas que al abrirse son puerta y al cerrarse
son casa.

Un pedazo de su carne asomaba fuera de la concha como una lengua blanca.
En unos tomaba la forma de suela y serva de pie, marchando el molusco,
con la vivienda  cuestas, sobre este nico sostn. En otros era
nadadera, y la concha, abriendo y cerrando sus valvas como una boca
propulsora, suba en lnea recta  la superficie, para dejarse caer
luego con los dos escudos apretados.

Estos dulces herbvoros vivan de beber la luz, sintiendo la necesidad
de las aguas superficiales  de los fondos escasos con sus claras
praderas. La luz, al esparcirse por el blanco interior de su vivienda,
la decoraba con todos los colores temblones del iris, dando  la cal la
palpitacin misteriosa de la madreperla.

Ulises admir las bizarras formas de sus envolturas. Eran iguales  los
palacios de Oriente: obscuras y tristes en los muros exteriores;
deslumbrantes en su interior, como un lago de ncar. Algunos reciban
nombres terrestres, por la forma especial de su concha: la liebre, el
casco, el cuerno de Tritn, el tonel, la sombrilla mediterrnea.

Pacan con una tranquilidad buclica en los cspedes martimos,
contemplados de lejos por las almejas, las ostras y otros bivalvos
adheridos  las rocas por una madeja de seda dura y crnea que envolva
sus encierros. Algunas de estas conchas--las llamadas jamones--,
almejas de gran tamao, con las valvas en forma de maza, se fijaban,
rectas en el fango, dando la impresin de un campo celta sumergido, de
una sucesin de menhires tragados por el fondo del mar.

El llamado dtil, valindose de un lquido cido, perforaba la piedra
ms dura con cilndrico taladro. Las columnas de los templos helnicos
sumergidos en el golfo de Npoles y vueltos  la luz por un
levantamiento del suelo aparecan atravesadas de parte  parte por este
diminuto perforador.

Gritos de sorpresa y nerviosas risas llegaban de pronto hacia Ferragut.
Procedan de la parte del Acuario donde estaban los estanques de los
peces. En el corredor haba una pileta de agua y en su fondo una especie
de harapo flcido y gris, con redondeles negros en el dorso. Este animal
atraa inmediatamente la curiosidad de los visitantes. Todos preguntaban
por l.

Los grupos de campesinos, las familias de la ciudad precedidas de su
prole, las parejas de soldados, se consultaban y dudaban al avanzar una
mano sobre la pileta con cierta vacilacin. Al fin tocaban el trapo
viviente del fondo, la carne gelatinosa del pez-torpedo, recibiendo una
serie de descargas elctricas que les hacan soltar la presa, riendo y
llevndose la otra mano al brazo sacudido.

Ulises, al llegar  los estanques de los peces, experimentaba una
sensacin igual  la del viajero que luego de vivir entre una humanidad
inferior tropieza con seres que casi son de su raza.

All estaba la aristocracia ocenica, el pez, libre como el mar, suelto,
onduloso y resbaladizo lo mismo que la ola. Todos ellos le haban
acompaado durante muchos aos, dejndose ver en las transparencias
abiertas por la proa de su buque.

Eran vigorosos, y por esto haban suprimido el cuello--la parte ms
frgil y dbil de los organismos terrestres--, asemejndose al toro, al
elefante,  todos los animales arietes. Necesitaban ser ligeros, y para
serlo prescindan de la coraza rgida y dura del crustceo, que impide
los movimientos, prefiriendo la cota de malla cubierta de escamas, que
se dilata y se pliega, cede al golpe y no se rompe. Queran ser libres,
y su cuerpo, como el de los luchadores antiguos, estaba cubierto de un
aceite resbaladizo, el _mucus_ ocenico, que escapa fugaz  toda
presin.

Los animales ms sueltos de la tierra no podan compararse con ellos.
Los pjaros necesitan posarse y descansar durante su sueo; el pez sigue
flotando y movindose mientras duerme. El mundo entero les perteneca.
All donde hubiera una masa de agua, ocano, ro  lago, fuese cual
fuese la altura y la latitud, montaa perdida en las nubes, valle
hirviente como una olla, mar tropical y luminoso con selvas de colores
en sus entraas, mar polar con corteza de hielos poblados de focas y
osos blancos, el pez haca su aparicin.

El pblico del Acuario, al ver junto  los vidrios las chatas cabezas de
los animales nadadores, gritaba y mova los brazos, como si pudiera ser
visto por sus ojos de estpida fijeza. Luego experimentaba cierto
desaliento al notar que continuaban indiferentes al curso de sus
flotaciones.

Ferragut sonrea ante esta decepcin. El cristal que separaba el agua de
la atmsfera tena un espesor de millones de leguas: era un obstculo
insuperable entre dos mundos que no se conocen.

Recordaba el marino la imperfecta visin de los habitantes ocenicos. A
pesar de sus ojos abultados y movibles, que les permiten ver delante y
detrs de ellos, su potencia visual slo abarcaba cortas distancias. Los
esplendores de mariposa con que los viste la Naturaleza no podan
apreciarlos. Como el enfermo daltoniano, todos ellos ignoraban los
colores y slo conocan las diferencias de claridad.

Un absoluto silencio acompaaba  su visin incompleta. Todos los
animales acuticos eran sordos,  ms bien, carecan completamente de
rganos auditivos, por serles innecesarios. Los estrpitos atmosfricos,
truenos y huracanes, no penetraban en el agua. Slo el crujido de la
coraza de ciertos cangrejos y el mugir doloroso, cerca de la superficie,
de algunos peces llamados roncadores alteraban este silencio.

Como el Ocano carece de ondas acsticas, sus habitantes no haban
necesitado formar los rganos que las transforman en sonidos. Sentan
impetuosamente las necesidades primarias de la vida animal: el hambre y
el amor; sufran rabiosamente la crueldad de enfermedades y dolores; se
batan entre ellos  muerte por la comida  por la hembra; pero todo
esto en absoluto mutismo, sin los aullidos de triunfo  de agona con
que acompaan los animales terrestres iguales manifestaciones de su
existencia.

Era el olfato su principal sentido, as como la vista es el del pjaro.
En el mundo crepuscular del Ocano, cortado por resplandores fosfricos
y engaosos, los grandes pescados slo fiaban en su olfato y  veces en
el tacto.

Algunos, enterrados en el fango, ascendan centenares de metros,
atrados por el olor de los peces que nadan en la superficie. Esta
prodigiosa facultad inutilizaba en parte los colores de que se visten
las especies tmidas para fundirse con la luz  la sombra. Los grandes
carniceros vean mal, pero rascaban el fondo con un tacto adivinatorio y
husmeaban  prodigiosas distancias.

Slo peces mediterrneos, especialmente los del golfo de Npoles, vivan
en los estanques de Acuario. Faltaban algunos: el delfn, de nerviosa
movilidad; el atn, impetuoso en su carrera. El capitn sonri al pensar
en la travesura de estos huspedes ingobernables, cuya presencia haba
sido desdeada.

El voraz tiburn cabeza de olla, lobo perseguidor de los rebaos
mediterrneos, tampoco estaba all. Para suplir su ausencia nadaban
otros animales de la misma especie, blancuzcos, largos, de grandes
aletas, con los ojos siempre abiertos por falta de prpados movibles y
una boca hendida en media luna debajo de la cabeza, al principio del
estmago.

Ferragut busc en el suelo de los estanques los llamados peces de fondo,
bestias aplanadas que pasaban la mayor parte del tiempo hundidas en la
arena bajo un sudario de algas. El uranoscopo obscuro, con los ojos casi
unidos en la cumbre de su enorme cabeza y el cuerpo en forma de maza,
slo dejaba visible un largo hilo que surga de su mandbula inferior,
agitndolo en todas direcciones para atraer  sus vctimas. Estas
perseguan el movible objeto creyndolo una lombriz, hasta que eran
alcanzadas por los dientes del cazador. Luego surga de su lecho,
flotaba unos minutos y caa pesadamente en el fondo, abrindose una
nueva fosa con sus nadaderas pectorales en forma de palas.

El llamado peje-sapo--el animal ms feo del Mediterrneo--cazaba de
igual modo. Las tres cuartas partes de su cuerpo aplastado eran la
cabeza, con una boca no menos grande armada de ganchos y cuchillos
encorvados. Con los ojos amarillentos fijos en lo alto, agitaba las
barbillas de su rostro, recortadas como hojas, y unos apndices dorsales
semejantes  plumas. Este cebo falaz atraa  los inexpertos, cerrndose
sobre ellos las cavernosas mandbulas.

Los peces planos nadaban veloces sobre estos monstruos del fango, que
tambin eran planos, pero en sentido horizontal, descansando sobre el
vientre, mientras que la platitud de los lenguados y otros de su misma
especie era vertical. Las dos caras del cuerpo de los lenguados,
comprimido lateralmente, tenan diversa coloracin. De este modo,
acostndose, podan fundirse  la vez con la luz de la superficie y la
penumbra del fondo, librndose de sus perseguidores.

Todas las infinitas variedades de la fauna mediterrnea se movan en los
otros estanques.

Pasaban por las lminas de cristal verdoso las salpas, las bogas y las
obladas, vestidas de plata viva con bandas de oro en los costados.
Pasaban tambin el purpreo relmpago del salmonete, la majestad
brillante de la dorada, el vientre azulado de los pajeles, el lomo
rallado del sargo, la boca en forma de trompeta de la brema de mar, la
risa inmvil del llamado festivo, el remate dorsal del pavn, que
pareca hecho de plumas, la cola inquieta y hondamente bifurcada de la
caballa, el estiramiento del mjol entre sus triples aletas, las
redondeces grotescas del peje-jabal y del peje-cerdo, la platitud
obscura de la pastinaca flotando como un harapo, el largo hocico del
peje-becacina, la esbeltez del rbalo, gil y recogido como un torpedo,
el rubio, todo espina, el ngel de mar, con sus carnosas alas, el gobio,
erizado de angulosidades natatorias, el escribano, rojo y blanco, con
bandas negras semejantes al rubricado de las firmas, el esmarrido
modesto, el pequeo peje-araa, el soberbio rodaballo, casi redondo, con
la cola de abanico y un ribete natatorio en torno de su disco manchado 
redondeles, y la corvina sombra, que tiene en su piel el negro azulado
de los cuervos.

Oculta entre dos rocas, como los crustceos cazadores, estaba la
rascaza. Era la _escrpa_ del mar de Valencia, que Ferragut haba
conocido en su niez; el animal amado de su to el _Tritn_,  causa de
su carne substanciosa que espesa la sopa marinera; el precioso
componente buscado por el to _Caragl_ para el caldo de sus arroces. La
cabeza, enorme, tena unos ojos completamente rojos. Sus grandes
nadaderas picaban venenosamente. El cuerpo, pesado, con fajas y manchas
sombras, estaba cubierto de apndices singulares en forma de hojas y
tomaba fcilmente el color del fondo. En la semiobscuridad pareca una
piedra cubierta de plantas. Con este mimetismo se libraba de los
enemigos, espiando mejor  su presa.

Un animal sombro--igual, en opinin de Ferragut,  un alguacil del
Santo Oficio--iba por la parte alta de los estanques, pasando de vidrio
en vidrio y reflejndose como un animal doble cuando llegaba  la
superficie. Era la raya, de cabeza chata, ojos feroces y cola da ltigo,
moviendo el negro manteo de sus alas carnosas con una lentitud que
rizaba los bordes.

Del arenoso fondo se desprenda un escudo convexo, que, al flotar,
mostraba su cara inferior plana y amarillenta. Las cuatro patas rugosas
de la tortuga y su cabeza de serpiente emergan de esta coraza de carey.
Los caballitos de mar, esbeltos y graciosos como piezas de ajedrez,
suban y bajaban en el ambiente azulado, contrayendo sus colas,
retorcindose como un signo de interrogacin.

Cuando el capitn llegaba al final de las cuatro galeras del Acuario
sin haber visto mas que animales martimos detrs de los vidrios
luminosos y personas indiferentes y escasas en la verde penumbra, senta
el desaliento de una jornada perdida.

--Ya no vendr!...

Al pasar de este ambiente de bodega hmeda al jardn, amarillo de sol,
reciba como un puetazo atmosfrico el disparo del medioda. La hora
del almuerzo!... Y seguramente Freya no iba  almorzar en el hotel!

Por la tarde, sus pasos le llevaban instintivamente hacia las calles
empinadas del barrio de Chiaia. Todos los edificios viejos y de aspecto
seorial atraan su atencin. Eran caserones rojizos del tiempo de los
virreyes espaoles  palacios del reinado de Carlos III. Sus anchas
escalinatas estaban adornadas con bustos policromos procedentes de las
primeras excavaciones en Herculano y Pompeya.

Ulises esperaba tropezarse con la viuda al pasar frente  una de estas
mansiones, loteadas ahora por pisos, y que exhiban en el portal las
chapas indicadoras de oficinas y almacenes. En una de ellas vivira
indudablemente la familia amiga de Freya.

Luego dudaba, atrado por la blancura de las flamantes construcciones
surgidas entre el casero venerable. La doctora slo poda habitar un
edificio moderno  higinico. Pero no se atreva  hacer preguntas y
pasaba adelante, temiendo ser espiado desde una ventana.

Al fin desista de su empeo. Chiaia tiene muchas calles, y l vagaba
sin rumbo, pues el conserje del hotel no haba podido proporcionarle
ninguna indicacin precisa. La _signora_ Talberg burlaba todas sus
astucias, procurando mantener ocultas las seas de sus amigos.

El capitn,  la maana siguiente, haca como de costumbre su guardia en
el paseo, al pie del blanco Virgilio. Todo intil. Pasadas las diez se
introduca en el Acuario animado por una vaga esperanza.

--Tal vez venga hoy...

Con la supersticin de los enamorados y de todos los que esperan,
buscaba ciertos lugares preferidos por la viuda, creyendo que de este
modo tirara de su pensamiento lejano, obligndola  venir.

Los estanques de los moluscos le atraan especialmente. Recordaba que
Freya le haba hablado algunas veces de esta seccin.

Entre sus escaparates acuticos prefera el marcado con el nmero 15,
dominio exclusivo de los pulpos. Un vago presentimiento le avisaba que
en dicho lugar iba  desarrollarse algo importante para su vida. Siempre
que Freya visitaba el Acuario, era con el deseo de ver comer  estas
bestias repulsivas y vidas. No haba mas que permanecer ante su caverna
de horrores.

Y mientras ella llegaba, el capitn se entretena, lo mismo que un
burgus de tierra adentro, contemplando las cazas feroces y las
laboriosas digestiones de estos monstruos.

Los haba visto mucho ms grandes en las pescas de alta mar; pero con un
encogimiento imaginativo, supona que la lmina azul del estanque era
toda la masa del Ocano, los pedruscos del fondo montaas submarinas, y
l, aplastando su personalidad, se haca del tamao de las pequeas
vctimas que bajaban hasta los tentculos devoradores. De este modo vea
 los pulpos del Acuario con dimensiones gigantescas, tal como deben ser
los calamares monstruosos que viven en fondos de miles de metros,
iluminando la lobreguez de las aguas con la estrella verdosa de sus
ncleos fosforescentes.

Desde tiempos remotos, los hombres de mar haban conocido  la gran
bestia blanda de los abismos. Los gegrafos de la antigedad hablaban de
ella dando la medida de sus terribles brazos.

Plinio contaba las destrucciones realizadas por un pulpo gigantesco en
los viveros de pescado del Mediterrneo. Cuando unos marinos conseguan
matarlo, llevaban al epicreo Lculo la cabeza, grande como un tonel, y
algunos de sus tentculos, que una persona apenas poda abarcar. Los
cronistas de la Edad Media hablaban tambin del pulpo gigante, que en
ms de una ocasin haba arrebatado  hombres, de las cubiertas de las
naos, con sus brazos de serpiente.

Los navegantes escandinavos, que lo haban entrevisto en sus _fiords_,
le apodaban el kraken, exagerando sus proporciones hasta convertirlo en
un ser fabuloso. Si suba  la superficie, lo confundan con una isla;
si permaneca entre dos aguas, los capitanes, al echar la sonda, se
desorientaban en sus clculos, encontrando menos fondo que el marcado en
las cartas. En tal caso, haba que escapar antes de que despertase el
kraken y hundiera la nave, como un frgil esquife, entre sus remolinos
de espuma.

Durante largos aos la ciencia haba redo del pulpo gigantesco y de la
serpiente de mar, otra bestia prehistrica entrevista muchas veces. Eran
invenciones de los navegantes de imaginacin: cuentos de proa para pasar
las guardias nocturnas. Los sabios slo pueden creer en lo que estudian
directamente y catalogan  continuacin en sus museos...

Y Ferragut rea  su vez de la pobre ciencia, ignorante y desarmada ante
la inmensidad misteriosa del Ocano. Apenas si haba llegado  medir sus
grandes fondos: la escafandra del buzo slo poda descender unos cuantos
metros. Su nico instrumento de exploracin era el alambre sondeador,
menos importante que un hilo de araa que intentase explorar la tierra
vagando  travs de su atmsfera.

Los grandes pulpos, que viven en formidables profundidades, no se
dignaban subir para darse  conocer  los hombres. La enfermedad y la
guerra ocenica eran los nicos agentes que de tarde en tarde delataban
su existencia de un modo casual. Flotaban sobre las olas sus patas
sueltas, arrancadas por la frrea mandbula de los peces carniceros. Lo
difcil era que el azar de una corriente  de un rumbo colocase este
despojo, en el inmenso desierto marino, ante la proa de un velero sin
prisa.

Una corbeta de guerra francesa encontraba entero, cerca de las Canarias,
 uno de estos monstruos, flotando sobre el mar, enfermo  herido. Los
oficiales haban dibujado sus formas y anotado sus fosforescencias y
cambios de color. Pero despus de una lucha de dos horas con su fuerza
indomable y su mucosidad resbaladiza, que escapaba  la presa de nudos y
arpones, lo haban dejado perderse en la profundidad.

Era el prncipe de Mnaco, sumo pontfice de la ciencia oceangrafica,
el que afirmaba para siempre la existencia del fabuloso kraken con los
descubrimentos de sus sabias correras  travs de las soledades
ocenicas. En una de ellas haba pescado una pata de pulpo de ocho
metros de longitud. Adems, los estmagos de los tiburones, al ser
abiertos, revelaban las formas gigantescas de sus adversarios.

Batallas cortas y monstruosas agitaban con torbellinos de muerte las
aguas negras y fosforescentes  miles de brazas de la superficie.

El tiburn descenda atrado por el regalo de un animal sin huesos, todo
carne, y que pesa toneladas. Este viaje lo haca  toda prisa, por no
poder soportar largo tiempo las formidables presiones del abismo. La
lucha era breve y mortal entre los dos guerreros feroces que se
disputan el dominio ocenico. La mandbula batallaba con el chupn; la
dentellada cortante y slida, con la mucosidad fosforescente que resbala
y huye; el golpe de cabeza demoledor como un ariete, con el latigazo de
los tentculos, ms gruesos y pesados que la trompa del elefante. Unas
veces el escualo se quedaba abajo para siempre, enredado en una madeja
de culebras blandas que le absorban con glotona lentitud; otras llegaba
 la superficie con la piel erizada de negros tumores--huellas de unas
ventosas grandes como platos--, pero llevando el estmago bien repleto
de carne gelatinosa.

Estos pulpos del Acuario no eran mas que habitantes ribereos de las
costas mediterrneas, parientes pobres de los calamares gigantescos que
alumbran con su fuego azul de planetas devoradores la lgubre negrura de
la noche ocenica. Pero  pesar de su relativa pequeez, estaban
animados por la maldad destructura de los otros. Eran estmagos rabiosos
que limpiaban las aguas de toda vida animal, digiriendo en un vaco de
muerte. Hasta las bacterias  infusorios parecan huir del lquido que
envolva  estos solitarios feroces.

Ferragut pas varias maanas contemplando su traidora inmovilidad,
seguida de desdoblamientos mortales apenas una presa descenda en el
estanque. Empez  odiar  estos monstruos, por la sola razn de que
interesaban  Freya. Su estpida crueldad le pareci un reflejo del
carcter de aquella mujer incomprensible que le repela huyendo de l y
al mismo tiempo dejaba en su sonrisa y en sus palabras algo semejante 
un hilo suelto para mantenerle prisionero.

Una clera viril estremeca al marino despus de toda jornada intil
transcurrida en la persecucin de su personalidad invisible.

--Si lo hace por interesarme ms!...--exclamaba--. Se acab! No admito
ms toreo... Yo le demostrar que puedo vivir sin ella.

Jur no buscarla. Era un dulce entretenimiento para las semanas que
haba de pasar en Npoles; pero qu hacer, si ella le fatigaba de un
modo insufrible?...

--Todo acab--dijo otra vez, cerrando los puos.

Y  la maana siguiente aguardaba fuera del hotel, como los otros das.
Luego iba al paseo; despus entraba en el Acuario, con la esperanza de
verla ante el estanque de los pulpos.

All la encontr una maana, cerca de medioda. Haba estado en su
buque, y al volver entr en el museo ocenico, por el automatismo de la
costumbre, seguro de que  esta hora slo poda tropezarse con el
empleado que daba de comer  los peces.

Sus ojos parpadearon con instantnea ceguera antes de habituarse  la
penumbra de los verdosos corredores... Y cuando las primeras imgenes
fueron marcndose vagamente en su retina, casi hizo un paso atrs, 
impulsos de la sorpresa.

Dud, se llev una mano  los ojos, como si quisiera aclarar su visin
con enrgico restriego. Realmente era ella?... S; era ella, vestida de
blanco, apoyndose en la barra de hierro que separaba los estanques del
pblico, mirando fijamente el espejo sin azogue que cubra como una
puerta transparente la caverna rocosa. Acababa de abrir su bolso de
mano, entregando varias monedas al guardin, que se alej por el fondo
de la galera.

--Ah! es usted?--dijo al ver  Ferragut, sin sorpresa alguna, como si
se hubiese separado de l poco tiempo antes.

Luego explic su presencia  esta hora tarda. Llevaba mucho tiempo sin
visitar el Acuario. El estanque de los pulpos era para ella como la
jaula de pjaros tropicales, llena de colores y de gritos, que alegra la
soledad de una dama melanclica.

Adoraba  los monstruos que vivan al otro lado del cristal, y antes de
ir  almorzar haba sentido la irresistible necesidad de verlos. Tema
que el guardin no los hubiese cuidado bien durante su ausencia.

--Mire usted qu hermosos son!

Y seal el estanque, que pareca vaco. En sus aguas muertas y en el
suelo de gruesa arena no se notaba el ms leve estremecimiento animal.
Ferragut sigui los ojos de ella, y aleccionado por sus largas
contemplaciones, fu encontrando  los tres huspedes.

Con el poderoso mimetismo de su especie, se haban convertido en
minerales. Slo unos ojos expertos los podan descubrir, apelotonado
cada uno en una grieta de las rocas, alterando voluntariamente su piel
lisa con protuberancias y arrugas iguales  las de la piedra. Su
facultad de cambiar de color les permita adquirir el de su duro zcalo,
y disimulados de este modo, como tres tumores peascosos, esperaban
traidoramente el paso de sus vctimas, lo mismo que si estuviesen en
pleno mar.

--Pronto los ver usted con toda su majestad--continu Freya, como si
hablase de algo que le perteneca--. El guardin va  darles de comer...
Pobres! Nadie se ocupa de ellos; todos los detestan. A m me deben sus
comidas suplementarias.

Como si oliese la proximidad del alimento, una de las tres piedras se
agit con policromo escalofro. Su envoltura elstica se fu hinchando.
Pasaron por ella rayas de color, nubes ruborosas que iban del rojo al
verde, redondeles que se inflaban sobre la hinchazn, formando temblonas
excrecencias. Entre des arrugas se abri un ojo amarillento, de feroz y
estpida fijeza, un globo empaado y maligno, igual al de las
serpientes, que mir hacia el cristal como si pudiese ver ms all de
esta muralla de diamante.

--Me conocen!--exclam Freya con alegra--. Yo creo que me conocen!...

Y enumer las habilidades de estos monstruos,  los que atribua una
gran inteligencia. Ellos eran los que haban rodado, como astutos
constructores, las piedras amontonadas en el suelo, formando baluartes,
 cuyo abrigo se disimulaban para caer sobre sus vctimas. En el mar,
cuando queran sorprender  una ostra de carne sabrosa, esperaban
ocultos  que abriese sus dos valvas para nutrirse de agua y de luz, 
introducan un guijarro entre ellas, metiendo  continuacin por el
intersticio sus tentculos mortales.

Su amor  la libertad era otro motivo de los entusiasmos de Freya. Si
llevaban ms de un ao encerrados en el Acuario, enfermaban de tristeza
y roan sus patas hasta matarse.

--Ah, bandidos simpticos y vigorosos!--continu, con un entusiasmo
histrico--. Los adoro! Quisiera tenerlos en mi casa, como se tienen
los peces dorados, en un bocal; darles de comer  todas horas; ver cmo
devoran...

Ferragut sinti la misma inquietud que haba experimentado una maana
ante el templete de Virgilio.

Est loca!, se dijo mentalmente.

Pero  pesar de su locura, la apeteca vehementemente al percibir el
suave perfume que exhalaba su carne por el escote del vestido.

No vi ya el mundo silencioso que nadaba  rampaba con un chisporroteo
de colores detrs de los cristales. Slo ella exista. Y escuch, como
una msica lejana, su voz, que iba explicando brevemente todas las
particularidades de aquellas piedras que pasaban  ser animales, de
aquellos globos que, al hincharse, mostraban sus rganos, volviendo 
ocultarlos bajo un oleaje gelatinoso.

Eran un saco, una bolsa, una mscara elstica, en cuyo interior slo
exista agua  aire. Entre las races de sus brazos estaba la boca,
armada de fuertes mandbulas semejantes  un pico de loro. Al respirar,
una grieta de su piel se abra y cerraba alternativamente. De uno de sus
costados surga un tubo en forma de embudo, que tragaba igualmente el
agua respirable, alimentndose por ambas entradas su cavidad branquial.
Los mltiples brazos armados de ventosas funcionaban como aparatos de
presin. Les servan para asir y mantener su presa, para rampar y
correr.

El ojo vidrioso de uno de los monstruos asomando y desapareciendo entre
los blandos repliegues evocaba los recuerdos de Freya. Habl  media
voz, para ella misma, sin preocuparse de Ferragut, que estaba
desorientado por la incoherencia de sus palabras. Esta mirada del pulpo
traa  su memoria la de _Ojo de la maana_.

El marino pregunt: Quin es _Ojo de la maana_?... Y volvi 
decirse mentalmente que Freya estaba loca al saber que este nombre era
el de una serpiente amiga, un reptil de lomo cuadriculado que le serva
de collar y de pulsera all en su casa de la isla de Java, entre bosques
que exhalaban un perfume irresistible, cubiertos  la luz del sol de
flores temblonas y monstruosas semejantes  animales, poblados
nocturnamente de fosforescentes estrellas que saltaban de rbol en
rbol.

--Yo danzaba desnuda, con un velo transparente anudado  mis caderas y
otro flotante sobre mi cabeza... Danzaba horas y horas, lo mismo que una
sacerdotisa brahmnica ante la imagen del terrible Siva, y _Ojo de la
maana_ segua mis danzas con sus ondulaciones elegantes... Yo creo en
el divino Siva. Usted no conoce  Siva?...

Ferragut di de lado al sombro dios. Lo que l quera conocer era el
motivo que la haba llevado  Java, la isla paradisaca y misteriosa.

--Mi marido era comandante holands--dijo ella--. Nos casamos en
Amsterdam y le segu  Asia.

Ulises protest ante esta noticia. No haba sido un sabio su esposo?...
No la haba llevado  los Andes, en busca de bestias prehistricas?...

Freya vacil un momento para hacer memoria; pero su duda fu corta.

--As es--dijo con naturalidad--. El profesor fu mi segundo marido. Yo
he sido casada dos veces.

No tuvo tiempo el capitn de manifestar su sorpresa. En lo alto del
estanque, sobre la superficie cristalina plateada por el sol, pas una
sombra humana. Era la silueta del guardin. Abajo se conmovieron las
tres bolsas informes. Freya temblaba de emocin, como un espectador
entusiasta  impaciente.

Algo cay en el agua, descendiendo poco  poco: un pedazo de sardina
muerta, que iba soltando filamentos de carne y escamas amarillas. Una
extraa solidaridad pareca existir entre los monstruos. Slo se agitaba
para comer aquel que vea ms cerca la presa. Tal vez se sometan
voluntariamente  un turno; tal vez su vista slo alcanzaba un poco ms
all de sus tentculos.

El que estaba ms prximo al vidrio se desdobl de pronto con la
violencia de un muelle que se escapa, de un proyectil que hace
explosin. Di un salto, quedando pegado al suelo por una de sus patas y
teniendo las otras en alto como un manojo de reptiles. De informe
guiapo se convirti en estrella monstruosa, llenando casi todo el
vidrio con su cuerpo hinchado de rabia y de agua, coloreando su
envoltura de verde, de azul, de rojo.

Los tentculos agarraron la triste presa, doblndose hacia adentro para
llevarla  su boca. La bestia se contrajo, se fu aplanando, hasta
descansar en el suelo. Desaparecieron las patas, y slo qued  la vista
una bolsa temblona por la que pasaba como un oleaje, de extremo 
extremo, la hinchazn digestiva. Fu un bulln de mucosidades que se
colorearon y descolorieron con las contorsiones de la furia
asimilatoria, dejando al descubierto de vez en cuando sus ojos estpidos
y feroces.

Siguieron cayendo nuevas vctimas y los otros monstruos saltaron  su
vez, distendiendo sus estrellas, encogindolas luego para moler la presa
en sus entraas con una digestin de tigre.

Freya asista  esta alimentacin horrorosa con temblores de
voluptuosidad. Ulises sinti cmo se apoyaba en l instintivamente, con
un contacto que fu hacindose por momentos ms ntimo. Del hombro al
tobillo percibi el capitn los suaves relieves de una carne tibia y
firme, que se haca sentir  travs de las ropas y pareca tirar de l
con nerviosos estremecimientos.

Varias veces los ojos de ella se apartaron del cruento espectculo para
mirarle rpidamente de un modo extrao. Sus pupilas parecan agrandadas.
Sus crneas tenan una acuosidad de malsano reflejo. Ferragut pens que
as deban mirar las locas en sus grandes crisis.

Hablaba entre dientes, con pausas de emocin, admirando la ferocidad de
aquellas bestias, dolindose de no poseer su vigor y su crueldad.

--Ser as!... Poder ir por las calles... por el mundo, tendiendo las
garras... Devorar!... devorar! Ellos se debatiran intilmente por
deshacer el anillo de mis tentculos... Absorberlos!... comerlos!...
hacerlos desaparecer!

Ulises la vi como el primer da, junto al templete del poeta, poseda
de una clera sorda contra los hombres, ansiando su exterminio con
temblores voluptuosos.

Los pulpos, terminada su digestin, se haban lanzado  nadar. Eran
ahora madejas horizontales que surcaban el estanque con elegancia.
Parecan torpedos de proa cnica, llevando  la rastra la gruesa y larga
cabellera de sus tentculos. Su apetito excitado les haca correr el
agua en todos sentidos, buscando nuevas vctimas.

Freya protest. El guardin slo les haba arrojado cuerpos inanimados.
Ella deseaba la lucha, el sacrificio, la muerte. Los pedazos de sardina
eran una comida sin substancia para estos bandidos que slo encontraban
sabor al alimento sazonado con el asesinato.

Como si los pulpos entendiesen sus quejas, se haban dejado caer en el
fondo arenoso, flcidos, inertes, respirando por sus embudos.

Un pequeo cangrejo empez  descender al extremo de un hilo, con
pataleo desesperado.

Ella se apret an ms contra Ulises, emocionada al pensar en el prximo
espectculo. Salt una de las bolsas convertida en estrella: sus patas
serpentearon buscando al recin llegado. En vano el guardin movi hacia
arriba el hilo, queriendo prolongar la caza. Los tentculos pegaron sus
irresistibles ventosas al cuerpo de la vctima y al bramante, tirando de
este ltimo con tal fuerza, que se rompi, cayendo en el fondo el pulpo
con su presa.

Freya hizo un movimiento como si fuese  aplaudir. Bravo!... Estaba
intensamente plida. Un calor de fiebre pas  travs de las ropas desde
un costado de su cuerpo al costado de Farragut que le serva de apoyo.

Avanzaba el busto hacia el cristal para ver mejor la actividad
devoradora de este estmago en forma de pirmide, que tena en su
cspide una diminuta cabeza de loro con dos ojos feroces y en torno da
la base la retorcida madeja de sus patas llenas de redondeles salientes.
Con ellas apretaba al cangrejo contra su boca, inyectando bajo su
caparazn el producto venenoso de sus glndulas salivares, paralizando
todo movimiento de resistencia. Luego se lo trag lentamente, con una
deglucin de boa.

--Qu hermoso!--dijo ella.

Las otras bestias tenan igualmente su vctima viva y la paralizaban y
devoraban, agitando sus cuerpos blanduchos, por los que haca pasar la
hinchazn nutritiva rayas y nubes de diversos colores.

Ahora el guardin arroj un cangrejo, pero en libertad, sin atadura
alguna. Freya grit de entusiasmo.

Era la caza tal como se desarrolla en el feroz misterio del mar, la
carrera de la muerte, la destruccin precedida de angustias y azares
emocionantes. El pobre crustceo, adivinando el peligro, nadaba hacia
las rocas, para guarecerse en la grieta ms prxima. Un pulpo sali tras
de l, mientras los otros continuaban su digestin.

--Se escapa!... se escapa!--grit Freya, palpitando de inters.

El cangrejo corri por las piedras, abrigndose en sus sinuosidades. El
pulpo ya no nadaba; corra tambin como un animal terrestre, subiendo
por las rocas con sus garras armadas, que le servan de aparatos de
locomocin. Era una lucha de tigre contra rata... Cuando el cangrejo
tena ya medio cuerpo oculto entre los verdes lquenes de un agujero,
cay sobre su posterior una de las pesadas serpientes, arrancndolo con
el tirn irresistible de sus ventosas, hacindole desaparecer entre la
madeja de tentculos.

--Ah!--suspir Freya, echndose atrs como si fuese  desmayarse sobre
el pecho de Ulises.

Este se estremeci, sintiendo que se haba enroscado  su cuerpo un
anillo de temblona presin. Los actos de aquella desequilibrada haban
acabado por excitar sus nervios.

Crey que un monstruo de la misma clase que los del estanque, pero mucho
mayor, un pulpo gigantesco de los fondos ocenicos, se haba deslizado
traidoramente  sus espaldas, echndole de pronto uno de sus tentculos.
Senta la presin de esta garra en su cintura, cada vez ms apretada,
ms feroz.

Freya le tena sujeto con uno de sus brazos. Violentamente se haba
enroscado  l y le apretaba el talle con toda su fuerza, como si
pretendiese partir en dos su cuerpo vigoroso.

Luego vi aproximarse la cabeza de esta mujer con una rapidez agresiva,
cual si fuese  morderle... Sus ojos, agrandados, lagrimeantes y
vagorosos, parecan estar lejos, muy lejos. Tal vez no le vean... Su
boca, temblona y azuleada por la emocin, una boca redonda y en relieve,
como un msculo absorbente, busc la boca del marino, apoderndose de
ella, tirando de sus labios.

Fu un beso de ventosa, largo, dominador, doloroso. Ulises reconoci que
nunca haba sido besado as. El agua de aquella boca, remontndose al
filo de los dientes, se desbord en la suya como dulce veneno. Un
estremecimiento desconocido hasta entonces corri  lo largo de su
espalda, hacindole cerrar los ojos.

Se sinti vaciado, como si todo su interior se liquidase, pasando al
otro cuerpo  travs de la imperiosa succin. Tuvo el presentimiento de
que este beso iba  datar en su vida; de que empezaba para l una nueva
existencia; de que nunca llegara  despegarse de estos labios
mordedores y acariciantes, que tenan un lejano sabor de canela, de
incienso, de selva asitica poblada de voluptuosidades y asechanzas.

Y se dej arrastrar por la caricia de fiera, con el pensamiento perdido
y el cuerpo inerte y resignado, lo mismo que el nufrago que desciende y
descienda las infinitas capas del abismo, sin llegar nunca al fondo.




VI

LOS ARTIFICIOS DE CIRCE


Crey despus de este beso que sus otros deseos iban  realizarse
inmediatamente. Lo ms difcil del camino ya estaba andado. Pero con
Freya haba que esperar siempre algo absurdo  inconcebible.

El caonazo del medioda los sac de su arrobamiento voluptuoso, que
haba durado unos segundos, largos como aos. Los pasos del guardin,
cada vez ms prximos, acabaron por separar sus dos bustos y desenredar
sus brazos.

Freya fu la primera en serenarse. Slo un ligero humo qued flotando en
el fondo de sus pupilas, como si fuese el vaho del ardor recin
extinguido.

--Adis!... Me esperan.

Y sali del Acuario seguida de Ferragut, todava balbuciente y
tembloroso.

Fueron intiles las preguntas y ruegos con que la persigui al atravesar
el paseo.

--Hasta aqu nada ms--dijo ella en una de las bocacalles de Chiaia--.
Nos veremos... Se lo prometo formalmente... Ahora djeme...

Y desapareci con su paso firme de hermosa cazadora, sereno el rostro,
como si no quedase en ella el menor recuerdo de su fiero arrebato
pasional.

Esta vez cumpli su promesa. Ferragut la vi todos los das.

Se encontraron por las maanas en las inmediaciones del hotel, y algunas
veces baj ella al comedor, cruzando sonrisas y miradas con el marino,
que ocupaba por su desgracia una mesa lejana. Luego pasearon, hablaron,
ri Freya bondadosamente de los amorosos juramentos del capitn... Y
esto fu todo.

Con la habilidad de las mujeres para sondear al hombre y penetrar en sus
secretos, manteniendo cerrados  inabordables los secretos propios, ella
fu enterndose de los accidentes y aventuras de la vida de Ulises. En
vano ste, por una reciprocidad natural, habl de la isla de Java, de
las danzas misteriosas ante Siva, de los viajes por los lagos de los
Andes. Freya haca un esfuerzo para recordar. Ah!...s! Y despus da
emitir por toda respuesta esta exclamacin distrada, continuaba
averiguando con avidez la vida anterior de su enamorado. Ulises, en
algunos momentos, lleg  sospechar si lo del abrazo en el Acuario
habra ocurrido en sueos.

Una maana consigui el capitn ver realizado uno de sus deseos. Estaba
celoso de los incgnitos amigos que almorzaban con Freya. En vano afirm
sta que era la doctora la nica compaera de las horas que pasaba fuera
del hotel. El marino, para tranquilizarse, exigi que la viuda aceptase
sus invitaciones. Deban dar mayor amplitud  sus paseos, deban visitar
las bellas afueras de Npoles, almorzando en sus alegres _trattorias_.

Ascendieron juntos en el funicular del monte Vomero  las alturas
coronadas por el castillo de _Sant Elmo_ y la cartuja de San Martino.
Luego de admirar en el museo da la abada los recuerdos artsticos de la
dominacin borbnica y la dominacin muratesca, entraron en un restorn
prximo, una _trattoria_ con las mesas puestas en una explanada desde
cuyas barandas poda abarcarse el espectculo inolvidable del golfo,
vindose adems el Vesubio y la cadena de montaas que se esfumaba en el
horizonte como un oleaje inmvil de rosa obscuro.

Npoles se extenda en herradura por el borde arqueado del mar,
expeliendo de su enorme masa blanca, cual si fuesen ncleos de espuma,
los caseros de los suburbios.

Un ostricario moreno, enjuto, de ojos de brasa y enormes bigotes, tena
su puesto en la puerta del restorn, ofreciendo mariscos de intenso
olor, que tal vez haban echado media semana en ascender desde la ciudad
 las alturas del Vomero. Freya ri de la belleza tpica del ostricario
y las miradas ardientes que diriga por costumbre  todas las damas que
entraban en el establecimiento... Un verdadero hallazgo para una viajera
ansiosa de aventuras con color local.

En el fondo, una pequea orquesta acompaaba la voz de un tenor, 
sonaba sola, estirando las melodas, amplificando los compases con
napolitana exageracin.

Freya sinti un regocijo infantil al sentarse  la mesa, viendo ms all
del mantel el vaco luminoso de la altura. Cortado en primer trmino por
un tubo de cristal lleno de flores, extendase el lejano panorama de la
ciudad, el golfo y sus cabos. Le embriag el aire de esta cumbre,
despus de dos semanas transcurridas sin salir de Npoles. Las arpas y
violines daban al ambiente un temblor pattico y servan de fondo  las
conversaciones, como los vagos murmullos de una orquesta oculta realzan
en el teatro la salmodia de los versos melanclicos, arrancando
lgrimas.

Comieron con el apetito nervioso que proporciona la alegra. Unas mesas
ms all, una pareja joven olvidaba los platos para estrecharse las
manos por debajo del mantel y apretarse pierna contra pierna con
frentica presin. Los dos sonrean mirando el paisaje y mirndose
mutuamente. Tal vez eran extranjeros recin casados, tal vez amantes
fugitivos que vean realizadas sus ilusiones al arrullarse en este pas
tantas veces evocado en sus lejanos galanteos.

Dos mdicos ingleses de un buque-hospital, canosos y con uniforme,
despreciaban el almuerzo para pintar directamente en sus lbumes, con
una torpeza escrupulosa y pueril, el mismo panorama que figuraba en las
tarjetas postales ofrecidas  la puerta del restorn.

Una botella ventruda, con faldelln de paja y cuello largusimo, atrajo
en la mesa las manos de Freya. Ri de la sobriedad de Ferragut, que
aclaraba con agua la rojiza negrura del vino italiano.

--As debieron beber sus antecesores los argonautas--dijo alegremente--.
As beba indudablemente su abuelo Ulises.

Y llenando ella misma la copa del capitn, con una dosificacin
exageradamente escrupulosa de la parte de agua y la parte de vino,
aadi alegremente:

--Vamos  hacer una libacin  los dioses.

Estas libaciones sagradas fueron frecuentes. Las risas de Freya hacan
volver la vista  los ingleses, interrumpindolos en su concienzudo
trabajo. El marino se sinti invadido por un tibio bienestar, por una
sensacin de reposo y confianza, como si esta mujer fuese ya suya
indiscutiblemente.

Al ver que los dos amorosos, terminando su almuerzo  toda prisa, se
levantaban con ruborosa precipitacin, como si les pinchase un repentino
deseo, su mirada fu tierna y fraternal... Adis, compaeros!

La voz de la viuda le trajo  la realidad.

--Ulises, hbleme de amor... An no me ha dicho en todo el da que me
ama.

A pesar del tono risueo  irnico de esta orden, la obedeci,
repitiendo una vez ms sus promesas y sus deseos. El vino daba  sus
palabras un temblor de emocin; los gemidos de la orquesta excitaban su
sensibilidad. Se conmova  s mismo, hasta el punto de que sus ojos se
humedecieron levemente.

La voz exasperada del tenor, como si fuese un eco del pensamiento de
Ferragut, lanzaba una romanza de la fiesta de Piedigrotta, una
lamentacin de amor melanclica, un cntico  la muerte, ltima madre de
los enamorados sin esperanza.

--Todo mentira!--dijo Freya riendo--. Estos mediterrneos... qu
comediantes para el amor!...

Ulises qued indeciso, no sabiendo si se refera  l  al cantante.
Ella continu hablando, complacida y desdeosa al mismo tiempo al
considerar el ambiente que la rodeaba.

--Amor... amor! En estos pases no se habla de otra cosa. Es casi una
industria, algo preparado escrupulosamente para las gentes del Norte,
crdulas y simples. Todos representan el amor: ese cantante gritn,
usted... hasta el ostricario.

Luego aadi con malignidad:

--Debo advertirle que tiene usted un rival. Mucho cuidado, Ferragut!

Volvi la cabeza para mirar al oscricario. Estaba ocupado en la
contemplacin da una gruesa seora de pelo gris y abundantes joyas, una
viajera escoltada por su marido, que acoga con extraeza las ojeadas
asesinas del vendedor, sin llegar  explicrselas.

Se atusaba el bigote, mirndose de vez en cuando el terno de lana
inglesa para corregir los pliegues y expulsar las motas de polvo. Era un
hermoso pirata disfrazado de _gentleman_. Al notar la atencin de Freya
cambi el curso de sus miradas, balance el fino talle y contest  los
ojos interrogantes de ella con una sonrisa de ngel malo, dando 
entender su discrecin y habilidad para insinuarse  espaldas de mandos
y acompaantes.

--Ya est!--dijo Freya entre carcajadas--. Ya tengo un nuevo
enamorado!...

El moreno seductor qued cohibido por la escandalosa publicidad con que
acoga esta seora sus insinuaciones misteriosas. Ferragut habl de
acostar al badulaque sobre sus ostras y caracolas bajo un buen par de
bofetadas.

--No sea usted ridculo--protest ella--. Pobre hombre! Tal vez tiene
mujer y larga prole... Es un padre de familia que desea llevar dinero 
casa.

Hubo un largo silencio entre los dos. Ulises pareca ofendido por la
ligereza y la crueldad de su acompaante.

--No est usted enfadado--dijo ella--. A ver, tiburn mo, sonra usted
un poco, mustreme sus dientes!... Las libaciones  los dioses tienen la
culpa. Est usted ofendido porque he querido compararle con ese
tipo?... Pero si usted es el nico hombre que yo aprecio un poco!...
Ulises, le hablo en serio, con toda la franqueza que da el vino. No
deba decrselo, pero se lo digo... Si yo pudiese amar  un hombre, ese
hombre sera usted.

Olvid instantneamente Ferragut todo su enfado para escucharla y
envolverla en la luz admirativa de sus ojos. Freya volvi la cabeza al
hablar, no queriendo verle, como si le pesase lo que estaba diciendo, y
sus miradas vagaron por el amplio paisaje.

El origen de Ulises era lo que le interesaba ms. Ella, que conoca casi
toda la tierra, slo haba pisado por unas horas el suelo de Espaa,
cuando desembarc en Barcelona del transatlntico mandado por l. Los
espaoles le inspiraban miedo y atraccin. Una noble gravedad reposaba
en el fondo de sus hiprboles amorosas.

--Usted es un exagerado, un meridional, que lo amplifica todo y miente,
creyndose sus propias mentiras. Pero tengo la seguridad de que si
llegara  enamorarse de veras, sin frases, sin embustes pasionales, su
afecto sera ms sano y profundo que el de los otros hombres.... Mi
amiga la doctora dice que son ustedes un pueblo crudo, que slo ha
tomado en apariencia las nerviosidades, desequilibrios y cabildeos que
acompaan al amor en otros pases civilizados hasta el refinamiento.

Mir Freya al marino, haciendo una larga pausa.

--Por eso ustedes pegan--continu--, por eso ustedes matan cuando
sienten el amor y los celos. Son brutos, pero no son mediocres. No
abandonan  una mujer por clculo; no la explotan... Usted es un hombre
nuevo para m, que he conocido tantos. Si yo pudiese creer en el amor,
me tendra  su lado por toda la vida... por toda la vida!

Una msica suave, ligera, como la vibracin de un vaso de cristal frgil
y delgado, se esparci por la terraza. Freya sigui su ritmo con un leve
movimiento de cabeza. Conoca esta msica dulzona, la _Serenata_ de
Toselli, lamento de pasin que remova el alma de las viajeras en los
_halls_ de los grandes hoteles. Ella, que haba redo otras veces de
esta musiquilla artificial y refinada, sinti que las lgrimas se
agolpaban ahora en sus ojos.

--No poder amar  nadie!--murmur--. Vagar sola por el mundo!... Tan
hermoso que es el amor!

Adivin lo que iba  decir Ferragut, sus protestas de eterna pasin,
sus ofrecimientos de unir su vida  la de ella para siempre, y cort sus
palabras con un gesto enrgico.

--No, Ulises, usted no me conoce, no sabe quin soy... Aljese de m.
Hace unos das me era indiferente. Y odio  los hombres, y nada me
importa hacerles dao. Pero ahora me inspira usted cierto inters,
porque le creo bueno y franco  pesar de sus exterioridades
arrogantes... Mrchese, no me busque! Es la mejor prueba de afecto que
puedo darle.

Dijo esto con vehemencia, como si viera  Ferragut corriendo hacia un
peligro y le gritase para apartarlo de l.

--En el teatro--continu--hay un papel que llaman de mujer fatal, y
ciertas artistas no pueden desempear otro. Han nacido para fingir este
personaje... Yo soy una mujer fatal, pero en la realidad. Si usted
conociese mi vida!... Es mejor que no la conozca: yo misma quiero
ignorarla. nicamente soy feliz cuando pierdo la memoria... Ferragut,
amigo mo, dgame adis! y no me salga ms al paso.

Pero Ferragut protestaba, como si le propusiese una cobarda. Huir,
amndola tanto?... Si tena enemigos, poda contar con l para su
defensa. Si deseaba riquezas, l no era un millonario, pero...

--Capitn--interrumpi Freya--, vyase con los suyos. Yo no he nacido
para usted. Piense en su mujer y en su hijo; siga su vida. No soy la
conquista que se guarda unas semanas nada ms. A m nadie me toca
impunemente. Tengo ventosas, como los animales que vimos el otro da;
quemo como las sombrillas transparentes del Acuario... Huya,
Ferragut!... Djeme sola... sola!

Y la imagen de un vaco inmenso como nico porvenir hizo saltar lgrimas
de la humedad aglomerada en sus ojos.

La msica haba cesado. Un camarero, inmvil, finga mirar  lo lejos,
escuchando al mismo tiempo su conversacin. Los dos ingleses
interrumpieron su pintura para contemplar duramente  este _gentleman_
que haca llorar  una mujer. El marino sinti la inquietud nerviosa que
infunde una situacin ridcula.

--Ferragut, pague y vmonos--dijo ella, adivinando su estado.

Mientras Ulises daba dinero  los camareros y los msicos, ella se
limpi los ojos y repar los estragos de su fisonoma sacando del bolso
de oro la borla de polvos y un pequeo espejo, en cuyo valo se
contempl largamente.

Al salir, el ostricario le volvi la espalda, fingindose muy ocupado en
el arreglo de los limones que adornaban su puesto. No pudo verle la
cara, y sin embargo adivin que una mala palabra agitaba sus bigotes: la
ms terrible que puede decirse  una mujer.

Caminaron lentamente hacia la estacin del funicular por calles
solitarias, entre muros de jardn, con un lado amarillo de sol y el otro
azul de sombra.

Ella fu la que busc el brazo de Ulises, apoyndose con un abandono
pueril, como si la fatiga la hubiese dominado desde los primeros pasos.

Ferragut apret este brazo contra su cuerpo, sintiendo inmediatamente la
excitacin del contacto. Nadie poda verles; los pasos resonaban en las
aceras, bajo las guirnaldas de las tapias, con un eco de lugar
abandonado. El ardor fermentativo de las libaciones  los dioses daba al
capitn una nueva audacia.

--Pobrecita ma!... cabecita loca!...--murmur atrayendo hacia l la
cabeza de Freya, reclinada en uno de sus hombros.

La bes, sin que opusiese resistencia. Y ella,  su vez, le bes  l,
pero con un beso triste, ligero, desmayado, que en nada recordaba la
histrica caricia del Acuario. Su voz, que pareca venir de muy lejos,
fu repitiendo lo que le haba aconsejado en la _trattoria_.

--Vyase, Ulises, no me vea ms. Se lo digo por su bien... Yo traigo
desgracia. Lamentara que maldijese el momento en que me conoci.

El marino aprovechaba todas las revueltas de la calle para cortar estas
recomendaciones con sus besos. Ella avanz remolcada por l, sin
voluntad, como si fuera  dormirse marchando. Una voz cantaba con
diablica satisfaccin en el cerebro del capitn: Ya est madura!...
ya est madura! Y segua tirando de ella, siempre en lnea recta, sin
saber hacia dnde caminaba, pero seguro de su triunfo.

Cerca de la estacin, un hombre se aproxim  la pareja: un seor
respetable, canoso, con chaqu viejo y gafas. Les di la tarjeta de un
hotel que posea en las inmediaciones, ensalzando las cualidades de sus
cuartos: Todo el _confort_ moderno... Agua caliente. Ferragut la tute
por primera vez.

--Quieres?... quieres?...

Ella pareci despertar, abandonando bruscamente su brazo.

--No sea loco, Ulises... Eso no ser nunca... nunca!

Y sbitamente engrandecida al alejarse, entr en la estacin con paso
altanero, sin volver la cabeza, sin preocuparse de si Ferragut la segua
 la abandonaba.

Durante la larga espera y el descenso  la ciudad, Freya se mostr
irnica y frvola, como si no guardase ya memoria de su reciente
indignacin. El marino, bajo el peso de su fracaso y de las
extraordinarias libaciones, se sumi en un mutismo enfurruado.

En el barrio de Chiaia se separaron. Ferragut, al quedar solo, sinti
con ms fuerza los efectos de la embriaguez que le dominaba, una
embriaguez de sobrio, con la sorpresa fulminante de la novedad.

Por un momento tuvo la mala idea de ir  su buque. Necesitaba dar
rdenes, pelear con alguien. Pero la flojedad de sus piernas le empuj
hacia el hotel, y se dej caer de bruces en la cama, mientras rodaba por
tierra su sombrero, contento de la grave tiesura con que haba llegado
hasta su cuarto sin llamar la atencin de la servidumbre.

Se durmi inmediatamente; pero apenas la noche hubo cado sobre sus
ojos, volvieron stos  abrirse,   lo menos l crey que se abran,
vindolo todo bajo una luz que no era la del sol.

Alguien haba entrado en el cuarto y avanzaba de puntillas hasta su
lecho.

Ulises, que no poda moverse, vi con el rabillo de un ojo que la que
llegaba era una mujer, y que esta mujer se pareca  Freya. Era
realmente ella?...

Tena el mismo rostro, los cabellos rubios, los ojos negros y
orientales, igual valo de cara. Era Freya y no era, como dos gemelas
repetidas exactamente en el mismo molde fsico guardan siempre un aire
indefinible que las diferencia.

Un lento trabajo que vena minando desde mucho antes, con labor sorda y
subterrnea, la parte inconsciente de Ferragut hizo de pronto explosin.
Siempre que vea  la viuda, este inconsciente se agitaba, presintiendo
que la haba conocido mucho antes del viaje trasatlntico. Ahora, bajo
una luz de fantstico resplandor, los vagos pensamientos se precisaron.

El dormido vi que Freya vesta un justillo de mangas sueltas ajustadas
 los brazos, con botones de filigrana de oro; que unas joyas algo
brbaras adornaban su pecho y sus orejas; que una falda de flores cubra
el resto de su persona. Era un traje de labradora de otros siglos que l
haba visto pintado. Dnde?... dnde?...

--Doa Constanza!...

Freya era igual  la augusta basilisa de Bizancio. Tal vez era la misma,
que se perpetuaba  travs de los siglos valindose de prodigiosos
avatares. En aquel momento todo lo encontraba posible Ulises.

Adems, le preocupaba muy poco la racionalidad de las cosas; lo
importante era que existiesen. Y Freya estaba  su lado: Freya y la
otra, fundidas en una sola mujer que iba vestida como la soberana griega
del exvoto.

Otra vez repiti el dulce nombre que haba iluminado su infancia con un
esplendor novelesco. Doa Constanza! Oh, doa Constanza!... Y se
sumi en la noche definitivamente, sin una nueva visin, abrazndose 
la almohada lo mismo que cuando era nio y crea dormirse teniendo entre
sus brazos  la joven viuda de Vatacio el Hertico.

Cuando al da siguiente volvi  encontrar  Freya, se sinti atrado
por una nueva fuerza, el inters redoblado que inspiran las personas
vistas en sueos. Fuese realmente la emperatriz resucitada bajo una
nueva forma, como en los libros de caballeras,  fuese simplemente la
viuda errante de un sabio, para el marino era lo mismo. El la deseaba, y
 su deseo carnal se iban yuxtaponiendo otros menos materiales: la
necesidad de velar por el placer de verla, de orla, de sufrir sus
negativas, de sentirse repelido en todos sus avances.

Ella guardaba un buen recuerdo de la expedicin  las alturas de San
Martino.

--Debi usted encontrarme ridcula  causa de mis sensibleras y mis
lgrimas. Usted, por su parte, fu como siempre, impetuoso y atrevido...
La prxima vez beberemos menos.

La prxima vez era una invitacin que Ferragut repeta diariamente.
Deseaba llevarla  comer en una de las _trattorias_ del camino de
Possilipo, viendo  sus pies todo el golfo coloreado de rosa por la
puesta del sol.

Freya haba aceptado su invitacin con un entusiasmo de colegiala. Estos
paseos representaban para ella horas de alegra y libertad, como si sus
largas permanencias al lado de la doctora fuesen de montona
servidumbre.

Una tarde la esper Ulises lejos del hotel, para evitar el espionaje del
portero. Al juntarse y lanzar una mirada hacia el inmediato puesto de
coches, cuatro vehculos avanzaron  la vez, como una fila de carros
romanos ansiosos de obtener el premio del circo, con estrepitoso pataleo
de bestias, crujidos de tralla y gesticulaciones rabiosas de los
cocheros, que se amenazaban apelando  la Madona.

Iban  matarse entre ellos. Ferragut lo crey por un instante, oyendo
sus maldiciones napolitanas... Subieron los dos al vehculo ms prximo,
 inmediatamente ces el tumulto. Los coches vacos volvieron  ocupar
su lugar en la fila y los rivales  muerte reanudaron su plcida y
risuea conversacin.

Una pluma recta y enorme se balanceaba sobre la cabeza del caballo. El
cochero, para no ser descorts con sus dos clientes,  los que
presentaba la espalda, volva de vez en cuando el busto, dndoles
explicaciones.

--Por aqu--y sealaba con el ltigo--se va  Piedigrotta. Los seores
deban ver el da de la fiesta: es en Septiembre. Pocos vuelven de ella
 pie firme. _Santa Mara di Piedigrotta_ hizo que Carlos III derrotase
 los _tedescos_ en Velletri... _Aoo!_

Mova su ltigo lo mismo que una caa de pescar sobre la enhiesta pluma,
excitando la marcha del caballo con un alarido profesional... Y como si
su grito figurase entre las ms dulces melodas, continu diciendo, por
una asociacin de ideas:

--En la fiesta de Piedigrotta se daban  conocer, siendo yo mozo, las
mejores canciones del ao. All se proclamaba la romanza de moda, y
cuando ya la habamos olvidado, venan los extranjeros, aos despus, 
repetirla como una novedad.

Hizo una breve pausa.

--Si los seores quieren--continu--, los llevar  la vuelta 
Piedigrotta. Vern la pequea iglesia de San Vitale. Muchas seoras
extranjeras la buscan para colocar flores en la sepultura de un
jorobadito que haca versos: el conde Giacomo Leopardi.

El silencio con que acogan estas explicaciones los dos clientes le hizo
abandonar su oratoria maquinal para fijarse en ellos. El seor le haba
tomado una mano  la seora y se la apretaba hablando en voz muy baja.
La seora finga no escucharle, mirando las villas y los jardines del
lado izquierdo del camino, que descendan hasta el mar.

Todava, con doble magnanimidad, quiso instruir  estos parroquianos
indiferentes, mostrando  punta de ltigo las bellezas y curiosidades de
su catlogo.

--Aquella iglesia es Santa Mara del Parto, llamada por otros del
Sannazaro. El Sannazaro fu tambin un gran poeta, que describi amores
de pastoras, y Federico II de Aragn le hizo el regalo de una villa
con jardines, para que trabajase con ms comodidad... Otros tiempos,
seores mos! Sus herederos la convirtieron en iglesia, y...

Se cort la voz del cochero. A sus espaldas hablaba la pareja en un
idioma incomprensible, sin prestarle atencin, sin agradecer sus
eruditas explicaciones. Extranjeros ignorantes!... Y ya no dijo ms. Se
repleg en un silencio ofendido, aliviando su verbosidad napolitana con
una serie de gritos y gruidos dedicados  su caballo.

El camino nuevo de Possilipo, obra del rey Murat, costeaba el golfo,
elevndose lentamente por la falda de la montaa, haciendo cada vez
mayor el declive entre su calzada y el borde del mar. En esta pendiente
asomaban las villas sus fachadas blancas  rosadas entre los
esplendores de una vegetacin siempre verde y lustrosa.

Ms all de las columnatas de palmeras y pinos parasoles se elevaba el
golfo, como un teln azul. Su borde superior sobrepasaba las rumorosas
copas de los rboles.

Un edificio enorme apareci, metido en el agua. Era un palacio en
ruinas,  ms bien un palacio sin terminar, de gruesos muros, labrados
ventanales y sin techo. En el piso bajo entraban las olas mansamente por
puertas y ventanas, sirviendo sus salones de refugio  las barcas de los
pescadores.

Los dos viajeros hablaban indudablemente de esta ruina, y el cochero,
piadoso, olvid su enfado para venir en su ayuda.

--Eso es lo que muchos llaman el palacio de la reina Juana... Error,
seores mos!... Ignorancia de la gente indocta! Este es el palacio de
_Donna Anna_, y doa Ana Carafa fu una gran seora napolitana, mujer
del duque, de Medina, virrey espaol, que construy el palacio para ella
y no pudo acabarlo.

Iba  decir ms, pero se contuvo. Ah, no! por la Madona!... Otra vez
se ponan  hablar, sin escucharle... Y se sumi definitivamente en un
silencio ofendido, mientras  sus espaldas continuaba la charla.

Ferragut sinti inters por los remotos amores de aquella napolitana,
gran seora, con el magnate espaol, prudente y linajudo. La pasin
haba hecho cometer al grave virrey la locura de construir un palacio en
el mar. Tambin el marino amaba  una mujer de otra raza y senta
iguales deseos de hacer por ella cosas disparatadas.

--Yo he ledo los mandamientos de Nietzsche--dijo, para explicar su
entusiasmo--. Busca tu mujer fuera de tu pas... Esto es lo mejor.

Freya sonri tristemente.

--Quin sabe!... Es complicar el amor con las preocupaciones del
antagonismo nacional. Es crear hijos con doble patria, que acaban por no
tener ninguna, y vagan por el mundo lo mismo que mendicantes sin
abrigo... Yo s algo de eso.

Y volvi  sonrer con tristeza y escepticismo.

Ferragut iba leyendo los rtulos de las _trattorias_  ambos lados del
camino: _El escollo de la sirena_, _La alegra de Partenope_, _El mazo
de flores_... Y mientras tanto, apretaba la mano de Freya, avanzando sus
dedos por la parte interior de la mueca, acariciando su piel, que se
estremeca  cada nuevo rozamiento.

El cochero dej al caballo que ascendiese lentamente la cuesta continua
de Possilipo. Se preocupaba ahora de no volverse para no ser molesto.
Conoca bien  los que hablaban  sus espaldas: Enamorados; gente que
no desea llegar pronto. Y olvid sus ofensas, pensando en la
generosidad del seor al ir en tan buena compaa.

Ulises le hizo detenerse en lo alto de Possilipo. Era all donde haba
comido una famosa sopa marinesca y donde se vendan las mejores ostras
de Fusaro. A la derecha del camino se alzaba un edificio pretencioso y
moderno, con el ttulo del restorn en letras de oro. En el lado opuesto
estaba el anexo, un jardn cortado por terrazas que descendan hasta el
mar, y en dichas terrazas haba mesas al aire libre  casitas de techos
bajos con las paredes cubiertas de enredadera. Estas construcciones
tenan ventanas discretas, abiertas sobre el golfo  gran altura, que no
permitan ninguna curiosidad exterior.

Al recibir la generosa propina de Ferragut, el cochero le salud con una
sonrisa familiar, un gesto de compaerismo que pasaba por encima de
todas las diferencias sociales, unindolos como simples hombres. El
haba trado muchas parejas  este discreto jardn, con sus cerrados
comedores sobre el golfo. Buen apetito, _signore_.

El viejo camarero que sali al encuentro de la pareja en un senderillo
descendente mostr un gesto idntico al fijar sus ojos en Ferragut.
Tena lo que necesitaba el seor. Y atravesando una terraza bajo
emparrado, con varias mesas libres, abri una puerta y les hizo entrar
en una habitacin que slo tena una ventana.

Freya fu instintivamente hacia ella, como un insecto hacia la luz,
dejando  sus espaldas el cuarto sombro y hmedo, cuyo papel penda 
trechos. Qu hermoso! El golfo, encuadrado por la ventana, pareca un
lienzo con marco, un original vivo y palpitante de las infinitas copias
esparcidas por el mundo.

Mientras tanto, el capitn, sin dejar de enterarse de los platos
disponibles, segua la discreta mmica del camarero. Con una de sus
manos sostena la puerta entreabierta. Sus dedos acariciaban en la cara
interior un cerrojo enorme, arcaico, que haba pertenecido  una puerta
mucho ms grande, y pareca que iba  desprenderse de la madera por su
peso excesivo... Ferragut adivin que este cerrojo iba  gravitar sobre
la cuenta de la comida con todo su volumen.

Interrumpi ella su contemplacin del panorama al sentir los labios de
Ferragut que intentaban acariciar su cuello.

--Quieto, capitn!... Ya sabe usted lo que hemos convenido. Recuerde
que he aceptado su convite con la condicin de que me dejar en paz.

Permiti que el beso se pasease por su mejilla, llegando hasta su boca.
Esta caricia estaba ya aceptada: tena la fuerza de la costumbre. Por
esto no se resisti  ello, recordando los precedentes, pero el miedo al
abuso la hizo retirarse de la ventana.

--Veamos el palacio encantado que me ha prometido mi _flirt_--dijo
alegremente, para distraer la insistencia de Ulises.

En el centro haba una mesa de tablas mal cepilladas y rudos pies. Los
manteles y los platos disimularan luego este horror. Sus ojos, pasando
despectivamente por las sillas viejas, las paredes de suelto empapelado
y los cromos de marcos verdosos, tropezaron con algo obscuro,
rectangular y profundo que ocupaba todo un ngulo de la pieza. No se
saba si era un divn, una cama  un catafalco fnebre. Las mantas
pardas que lo cubran evocaban en la memoria los lechos de cuartel  de
presidio.

Ah, no!... Freya di un salto hacia la puerta. Ella no podra comer
al lado de este mueble inmundo, por el que haba pasado lo peor de
Npoles. Ah, no! Qu asco!

Ulises estaba junto  la puerta, temiendo que los descubrimientos de
Freya fuesen ms all, tapando con su espalda aquel cerrojo que era el
orgullo del camarero. Balbuceaba excusas, pero ella se enga al notar
su insistencia, creyendo que pretenda cerrarle el paso.

--Capitn, djeme salir!--dijo con voz colrica--. Usted no me conoce.
Eso es para otras... Atrs, si no quiere que le tenga por un
grosero!...

Y lo empuj en su salida,  pesar de que Ulises le dejaba franco el
paso, repitiendo sus excusas, haciendo recaer toda la responsabilidad en
la torpeza del sirviente.

Se detuvo ella ante el emparrado, sbitamente tranquilizada al verse en
pleno aire. Busc la mesa ms lejana y fu  sentarse de espaldas al
cuarto.

--Qu antro!...--dijo--. Venga aqu, Ferragut. Estaremos mejor al aire
libre, contemplando el golfo... Venga y no sea nio!... Todo est
olvidado. Usted no tiene la culpa.

El viejo camarero, que volva con manteles y platos, no hizo el menor
gesto al ver  la pareja instalada en la terraza. Estaba acostumbrado 
estas sorpresas. Evit los ojos de la seora, como un reo convicto, y
mir al seor con el mismo aire desolado que empleaba para anunciar el
agotamiento de un plato puesto en la lista. Sus gestos de muda
proteccin intentaban consolar  Ferragut de su fracaso. Paciencia y
tenacidad!... Victorias ms difciles haba visto l en su clientela.

Antes de servir la comida puso sobre la mesa,  guisa de aperitivo, una
botella ventruda de vino del pas, un nctar de las laderas del Vesubio,
con un lejano sabor de azufre. Freya tena sed y le inspiraba recelo el
agua de esta _trattoria_. Ulises necesitaba olvidar su reciente
fracaso... Y los dos hicieron sus libaciones  los dioses, pero con
absoluta pureza, sin que una gota de agua viniese  cortar la diafanidad
de piedra preciosa del vino.

Un grupo de cantores y bailarines invadi la terraza. Una joven
cobriza, hermosa y sucia, con el pelo revuelto, grandes aros en las
orejas y un delantal de rayas multicolores, bail bajo el emparrado,
moviendo en alto un pandero que era casi del tamao de una sombrilla.
Dos chicuelos vestidos de antiguos _lazaroni_, con gorro rojo y las
piernas remangadas, acompaaron dando gritos la agitada danza de la
_tarantela_.

El golfo se coloreaba de rosa, como si creciesen en sus entraas, bajo
los rayos oblicuos del sol, inmensos bosques de corales. El azul del
cielo tambin se torn rosado, y las montaas se incendiaron al reflejar
el astro agonizante. El penacho del Vesubio era menos blanco que en la
maana. Su columna nebulosa, rayada con estras rojizas por la luz
moribunda, pareca reflejar el fuego interior.

Sinti Ulises la placidez amistosa que inspiran los paisajes
contemplados en la infancia. El haba visto muchas veces este mismo
panorama, con sus bailarinas y su volcn, all en su casern de
Valencia: lo haba visto en los abanicos del llamado estilo romntico
que coleccionaba su padre.

Freya experiment una emocin igual  la de su compaero. El azul del
golfo era de una intensidad rabiosa all donde no reflejaba el sol; las
costas parecan de ocre; las casas tenan unas fachadas chillonas; y sin
embargo, todos estos elementos discordes se compenetraban y se fundan
en un ambiente armonioso, discreto, de dulce elegancia. La vegetacin
temblaba bajo la brisa con arreglo  una medida. El aire era musical,
como si en sus ondas vibrasen las cuerdas de invisibles arpas.

Esta era para Freya la verdadera Grecia imaginada por los poetas, no las
islas de rocas quemadas y desnudas de vegetacin que haba visto en sus
excursiones por el archipilago helnico.

--Vivir aqu el resto de mi vida!--murmur con los ojos hmedos--.
Morir aqu, olvidada, sola, feliz!...

Ferragut tambin quera morir en Npoles... pero con ella!... Y su
imaginacin pronta y exuberante describi las delicias de una vida 
dos, de amor y de misterio, en cualquiera de las pequeas villas con
jardn asomadas sobre el mar en la ladera de Possilipo.

Los bailarines haban pasado  una terraza interior, donde era ms
grande la concurrencia. Entraban nuevos clientes--casi todos formando
parejas--as como iba cayendo el da. El camarero hizo pasar al comedor
cerrado  unas mujeres pintarrajeadas y con grandes sombreros, seguidas
de unos jvenes. Por la puerta entreabierta sali un ruido de
persecuciones, de choques y saltos, con brutales carcajadas y risas de
sofocante cosquilleo.

Freya volvi la espalda, como si le ofendiese el recuerdo de su paso por
este antro.

El viejo camarero se ocupaba ahora de ellos, empezando  servir la
comida. A la botella de vino vesubiano, completamente agotada, haba
sucedido otra distinta, que perda poco  poco su contenido.

Los dos comieron poco; pero sentan una sed nerviosa, que les hizo
tender la mano hacia el vaso frecuentemente. El vino de Freya era
melanclico. La dulzura del crepsculo pareca hacerlo fermentar,
dndole el acre perfume de los recuerdos tristes.

Sinti nacer el marino en su interior la fiebre agresiva de los sobrios
cuando caen en la embriaguez. De estar con un hombre, habra entablado
una discusin violenta bajo cualquier pretexto. Encontr sin sabor las
ostras, la sopa marineresca, la langosta, todo lo que haca sus delicias
otras veces al comer solo  con una amiga de paso en este mismo sitio.

Miraba  Freya con ojos enigmticos, mientras en su pensamiento empezaba
 bullir la clera. Senta odio al recordar la arrogancia con que ella
le haba tratado huyendo del cuarto. Farsante!... Se estaba
divirtiendo con l. Era una gata juguetona y feroz prolongando la agona
del ratn cado en sus zarpas. En su cerebro hablaba una voz brutal,
como si le aconsejase un homicidio. De hoy no pasa!... de hoy no
pasa!..., se repiti varias veces, dispuesto  las mayores violencias
para salir de una situacin que consideraba ridcula.

Y ella, ignorante de los pensamientos de su compaero, engaada por la
inmovilidad de su rostro, segua hablando con la mirada perdida en el
horizonte, hablando con voz queda, lo mismo que si se contase  s
misma sus ilusiones.

La dominaba como una obsesin el momentneo proyecto de vivir en una,
casita de Possilipo, completamente sola, llevando una existencia de
aislamiento monacal con todas las comodidades de la vida moderna.

--Y sin embargo--sigui diciendo--, este ambiente no es favorable  la
soledad; este paisaje es para el amor. Envejecer lentamente dos que se
amen, ante la eterna belleza del golfo!... Lstima que no haya sido yo
amada nunca!...

Esto fu una ofensa para Ulises, que le hizo expresarse con toda la
agresividad que herva en el fondo de su mal humor. Y l?... No la
amaba y estaba dispuesto  probrselo con toda clase de sacrificios?...

Los sacrificios como prueba de amor dejaban fra  esta mujer,
acogindolos con un gesto escptico.

--Todos los hombres me han dicho lo mismo--aadi--; todos prometen
matarse si no se les ama... y en la mayor parte de ellos no es mas que
una frase de retrica pasional. Y aunque se maten de verdad, qu prueba
esto?... Quitarse la vida es una resolucin de un minuto, que no da
lugar  arrepentimiento; una simple rfaga nerviosa, un gesto que se
hace muchas veces pensando en lo que dir la gente, con el orgullo
frvolo del actor que desea caer en buena postura. Yo s lo que es eso.
Un hombre se mat por m...

Ferragut, al or las ltimas palabras, sacudi su inmovilidad. Una voz
maliciosa cant en su cerebro: Ya van tres!...

--Le vi moribundo--continu ella--en una cama de hotel. Tena una mancha
roja como una estrella en el vendaje de su frente: el agujero del
pistoletazo. Muri agarrado  mis manos, jurando que me amaba y que se
haba matado por m... Una escena penosa, horrible... Y sin embargo,
estoy segura de que se engaaba  s mismo, de que no me amaba. Se mat
por vanidad herida al ver que me alejaba de l, por testarudez, por
gesto teatral, por influencia de sus lecturas... Era un tenor rumano.
Esto fu en Rusia... Yo he sido artista un poco de tiempo...

El marino quiso expresar el asombro que le producan las diversas
mutaciones de esta existencia andante y misteriosa que cada vez mostraba
una nueva faceta; pero se contuvo, para or mejor los crueles consejos
de la voz maligna que hablaba en su pensamiento... El no pretenda
matarse por ella... Muy al contrario: su agresividad silenciosa la
examinaba como una vctima prxima. Haba en sus ojos algo del difunto
_Tritn_ cuando columbraba en la costa una falda mujeril lejana y
fugitiva.

Freya sigui hablando.

--Matarse no es una prueba de amor. Todos me han prometido desde las
primeras palabras el sacrificio de su existencia. Los hombres no saben
otra cancin... No les imite, capitn.

Qued pensativa largo rato. El crepsculo avanzaba rpidamente. Medio
cielo era de mbar y el otro medio de azul nocturno, en el que empezaban
 parpadear las primeras estrellas. El golfo se adormeca bajo la capa
plomiza de sus aguas, exhalando una frescura misteriosa que se
comunicaba  las montaas y los rboles. Todo el paisaje pareca
adquirir la fragilidad del cristal. El aire silencioso temblaba con
exagerada sonoridad, repitiendo la cada de un remo en las barcas,
pequeas como moscas, que se deslizaban abajo por la copa del golfo,
prolongando las voces femeninas  invisibles que se perseguan en las
arboledas de las alturas.

Los sirvientes fueron de mesa en mesa colocando bujas encerradas en
faroles de papel. Los mosquitos y falenas, revividos por el crepsculo,
zumbaron en torno de estas flores de luz rojas y amarillas.

Volvi  sonar la voz de ella en el ambiente crepuscular, con la misma
vaguedad que si hablase en sueos.

--Hay un sacrificio mayor que el de la vida, el nico que puede
convencer  una mujer de que es amada. Qu significa la vida para un
hombre como usted?... Su profesin la pone en peligro todos los das, y
cuando descansa en tierra le creo capaz de arriesgarla por el ms ftil
motivo...

Hizo una nueva pausa y continu:

--El honor vale ms que la vida para ciertos hombres; la
respetabilidad, la conservacin del lugar que ocupan. Slo me
convencera un hombre que arriesgase por m honra y posicin, que
descendiese  lo ms bajo, sin perder su voluntad de vivir... Eso es un
sacrificio!

Ferragut se sinti alarmado por tales palabras. Qu sacrificio deseaba
proponerle esta mujer?... Pero se calm al seguirla escuchando. Todo era
una hiptesis de su desordenada imaginacin. Est loca, afirm de
nuevo en su cerebro el consejero interior.

--He soado muchas veces--continu ella--con un hombre que robase por
m, que matase si era preciso, y fuese  pasar el resto de sus aos en
una crcel... Pobre ladrn mo!... Yo vivira nicamente para l,
pasando da y noche junto  las murallas de su prisin, espiando las
rejas, trabajando como una mujer del pueblo para enviar buena comida 
mi bandido... Eso es amor, y no las mentiras fras, los juramentos
teatrales de nuestro mundo.

Ulises repiti su comentario mental: Decididamente est loca. Pero
este pensamiento se reflej en sus ojos con tal claridad, que ella lo
adivin.

--No tenga miedo, Ferragut--dijo sonriendo--. No pienso exigirle tal
sacrificio. Todo esto que hablo son fantasas, inventos imaginativos
para llenar el vaco de mi alma. Culpa del vino, de nuestras exageradas
libaciones  los dioses, que hoy han sido sin agua... Mire usted!

Y seal con una gravedad cmica las dos botellas vacas que ocupaban el
centro de la mesa.

Haba cerrado la noche. En el cielo obscuro parpadeaban los infinitos
ojos de la luz sideral. La taza inmensa del golfo reflejaba sus
destellos como helados fuegos fatuos. Los farolillos del restorn
trazaban manchas purpreas sobre los manteles, vindose en torno de
ellas los rostros de los que coman, con violentos contrastes de luz y
de sombra. De los cuartos cerrados se escapaban escandalosos ruidos de
besos, persecuciones y cadas de muebles.

--Vmonos!--orden Freya.

Le molestaba este estrpito de orga vulgar, como si deshonrase la
majestad de la noche. Necesitaba moverse, caminar en la obscuridad,
aspirando el fresco de la misteriosa lobreguez.

En la puerta del jardn vacilaron ante los ofrecimientos de varios
cocheros. Freya fu la que desech sus ofertas. Quera volver  pie 
Npoles, siguiendo el suave descenso del camino de Possilipo, despus de
la larga inmovilidad en el restorn. Su rostro estaba acalorado y rojo
por el abuso del vino.

Ulises la di el brazo y empezaron  avanzar en la sombra impulsados
insensiblemente en su marcha por la facilidad de ir cuesta abajo. Freya
saba lo que representaba este viaje. A los primeros pasos se lo avis
el marino con un beso en el cuello. Iba  aprovecharse de todos los
recodos del camino; de los altos en ciertos lugares descubiertos para
columbrar el golfo fosforescente  travs de la arboleda; de los largos
espacios de sombra, cortada slo de tarde en tarde por los reverberos
pblicos  las linternas de carruajes y tranvas...

Pero estas libertades de su acompaante eran ya cosa aceptada: ella
haba dado el primer paso en el Acuario. Adems, estaba segura de su
serenidad, que mantendra al enamorado en el lmite que ella quisiera
fijarle... Y convencida de su fuerza para reaccionar  tiempo, se
abandon lo mismo que una mujer vencida.

Jams haba tenido Ferragut una ocasin tan propicia. Era una cita 
solas en el misterio de la noche, con un amplio espacio de tiempo por
delante. Lo nico molesto era la necesidad de marchar, de unir  los
abrazos y los juramentos de amor una incesante actividad ambulatoria.
Ella protestaba, saliendo de su arrobamiento, cada vez que el enamorado
le propona sentarse al borde del camino.

La esperanza hizo que Ulises obedeciese  Freya, deseosa de llegar
cuanto antes  Npoles. All abajo, en la curva de luces vecinas al
golfo, estaba el hotel, y el marino lo vea como un lugar de felicidad.

--Di que s!--susurr en el odo de ella, cortando las palabras con
besos--. Di que ser esta noche!...

Ella no contestaba, abandonndose en el brazo que el capitn haba
pasado por su talle, dejndose arrastrar como si estuviese medio
desvanecida, entornando los ojos y ofreciendo su boca.

Mientras Ulises iba repitiendo splicas y caricias, la voz de su cerebro
cantaba victoria. Ya est!... Esto es hecho!... Lo que importa es
meterla en el hotel.

Llevaban caminando cerca de una hora y se imaginaban que slo haban
transcurrido unos minutos.

Al llegar  los jardines de la _Villa Nazionale_, cerca del Acuario, se
detuvieron un instante. Haba ms luz y menos gente que en el camino de
Possilipo. Huyeron de los faros elctricos de la va _Caracciolo_, que
reflejaban en el mar sus lunas de ncar. Los dos, instintivamente se
aproximaron  un banco, buscando la sombra de bano de los rboles.

Freya se haba serenado de pronto. Pareca irritada contra ella misma
por su abandono durante la marcha. La excitacin de los besos,
incesantemente renovada, le haba hecho ansiar una entrega inmediata,
con el exasperamiento del deseo... Al verse ahora cerca del hotel
recobr su energa, como en presencia de un peligro.

--Adis, Ulises! Maana nos veremos... Voy  pasar la noche en casa de
la doctora.

El marino se apart un poco, con el tirn de la sorpresa. Era una
broma?... Pero no: no poda dudar. El tono de sus palabras delataba una
firme resolucin.

Suplic humildemente para que no se marchase, con voz entrecortada y
fosca. Al mismo tiempo el consejero mental le deca rencorosamente: Se
est burlando de ti!... Hora es ya de que esto acabe... Hazla sentir tu
autoridad de hombre. Y esta voz tena el mismo timbre que la del
difunto _Tritn_.

De pronto ocurri una cosa violenta, brutal, innoble. Ulises se arroj
sobre ella como si fuese  matarla, la oprimi en sus brazos, y los dos,
hechos un solo cuerpo, cayeron sobre el banco, jadeando, luchando. La
sombra se rasg con el blanco relampagueo de un oleaje de ropas
interiores removidas. Pero esto slo dur un instante.

El vigoroso Ferragut, temblando de emocin y de deseo, slo dispona de
la mitad de sus fuerzas. Salt repentinamente hacia atrs llevndose las
dos manos  un hombro. Experimentaba un dolor agudsimo, como si uno de
sus huesos acabase de quebrarse. Ella le haba repelido con una certera
presin de la hbil esgrima japonesa, que emplea las manos como armas
irresistibles.

--Ah... _tal_!--rugi lanzando el peor de los insultos femeninos.

Y cay sobre ella otra vez, como si fuese un hombre, uniendo  su ansia
amorosa un deseo de maltratarla, de envilecerla, hacindola su esclava.

Freya le aguard  pie firme... Viendo el brillo glacial de uno de sus
ojos, Ulises, sin saber por qu, se acord de _Ojo de la maana_, el
reptil compaero de sus danzas.

En este ataque de toro furioso qued detenido por un simple contacto en
la frente, un diminuto crculo metlico, una especie de dedal helado que
se apoyaba en su piel.

Mir... Era un pequeo revlver, un juguete mortfero de relumbrante
nquel. Haba aparecido en la mano de Freya saliendo del secreto de sus
ropas,  tal vez de aquel bolso de oro cuyo contenido pareca
inagotable.

Ella, puesto un dedo en el gatillo, le contempl fijamente. Se adivinaba
su familiaridad con el arma que tena en la mano. No deba ser la
primera vez que la sacaba  la luz.

La indecisin del marino fu breve. Con un hombre, su garra se hubiese
apoderado de la mano amenazante, torcindola hasta romperla, sin que le
inspirase miedo el revlver. Pero tena enfrente  una mujer... Y esta
mujer era capaz de herirle, colocndolo al mismo tiempo en una situacin
ridcula...

--Retrese, seor!--orden Freya con tono ceremonioso y amenazante,
como si hablase  un extrao.

Pero fu ella la que se retir finalmente al ver que Ulises daba un paso
atrs, quedando meditabundo y confuso. Le volvi la espalda, al mismo
tiempo que desapareca de su mano el revlver.

Antes de alejarse murmur varias palabras que no pudo entender Ferragut,
mirndole por ltima vez con ojos despectivos. Deban ser terribles
insultos, y por lo mismo que los profera en un idioma misterioso, l
sinti ms profundamente su menosprecio.

--No puede ser... Se acab, se acab para siempre!...

Dijo esto repetidas veces antes de volver al hotel, y lo pens durante
toda una noche de vigilia, cortada por pesadillas angustiosas. Bien
avanzada la maana le despertaron del sopor final las trompetas de los
_bersaglieri_.

Pag su cuenta en el despacho del gerente y di la ltima propina al
portero, anuncindole que horas despus vendra un hombre del buque 
llevarse su equipaje.

Estaba alegre, con la alegra forzosa del que necesita amoldarse  los
acontecimientos. Se felicitaba por su libertad, como si esta libertad la
hubiese conquistado voluntariamente y no le fuese impuesta por el
desprecio de ella. Le dola el recuerdo del da anterior, vindose
ridculo y grosero. Era mejor no acordarse de lo pasado.

Se detuvo en la calle para lanzar una ltima mirada al hotel. Adis,
maldito _albergo_!... Nunca volvera  verle. Ojal se quemase con
todos sus habitantes!

Al pisar la cubierta del _Mare nostrum_, su forzada satisfaccin fu en
aumento. Slo aqu poda vivir, lejos de las complicaciones y mentiras
de la vida terrestre.

Todas las gentes del buque, que en las semanas anteriores teman la
llegada del malhumorado capitn, sonrieron ahora, como si viesen la
salida del sol despus de una tormenta. Distribuy buenas palabras y
palmadas afectuosas. El trabajo de recomposicin iba  terminarse al da
siguiente... Muy bien! Estaba contento. Pronto volveran  navegar.

Salud en la cocina al to _Caragl_... Este era un filsofo. Todas las
mujeres del mundo no valan para l lo que un buen arroz. Ah, grande
hombre!... Seguramente iba  llegar  les cien aos. Y el cocinero,
halagado por tantas alabanzas, cuyo origen no acertaba  comprender,
responda como siempre: As es, mi capitn.

Tni, silencioso, disciplinado y familiar, le inspiraba no menos
admiracin. Su vida era una vida recta, firme y llana como el camino del
deber. Cuando los oficiales jvenes hablaban en su presencia de ruidosas
cenas al saltar  tierra con mujeres de distintos pases, el piloto se
encoga de hombros. El dinero y lo otro deben guardarse para casa,
deca sentenciosamente.

Ferragut haba redo muchas veces de la virtud de su segundo, que se
paseaba encogida y soolienta por una gran parte del planeta, sin
permitirse distraccin alguna, para despertar con una tensin
arrolladora siempre que los azares de la carrera le llevaban  vivir
unos das en su casa de la Marina.

La pobre esposa, morena, enjuta y obediente, le vea llegar con alegra
y con susto, como si fuese una tormenta de lluvia interminable. Cuando
Tni se senta hroe, sus hazaas iban ms all del cero de la decena. Y
con el impudor tranquilo del virtuoso que todo lo deja en casa,
calculaba las fechas de sus viajes por la edad de sus ocho hijos: Este
fu  la vuelta de Filipinas... Este otro, despus que hice el cabotaje
en el golfo de California...

Su serenidad de varn ordenado, incapaz de perturbarse con frvolas
aventuras, le hizo adivinar desde el primer momento el secreto de los
entusiasmos y las cleras del capitn. Debe vivir con una mujer, se
dijo al verle instalado en un hotel de Npoles y al sufrir su mal humor
en las rpidas apariciones que haca  bordo.

Ahora, al escuchar sus regocijados comentarios sobre la tranquila vida
de Tni y su filosfica cordura, volvi  decirse mentalmente, sin que
el capitn pudiese adivinar nada en su rostro: Ya ha roto con la mujer:
se ha cansado de ella. Ms vale as!

Se afirm an ms en esta creencia al escuchar los planes de Ferragut.
Tan pronto como el buque quedase listo, iran  fondear en el puerto
comercial. Le haban hablado de cierto cargamento para Barcelona, un
flete de ocasin; pero mejor era esto que ir de vaco... Si el
cargamento se demoraba, partiran con lastre. Deseaba reanudar cuanto
antes sus viajes. Cada vez eran ms escasos y buscados los buques. Ya
era hora de salir de esta inercia forzosa.

--S, ya es hora--respondi Tni, que en todo un mes slo haba bajado
dos veces  tierra.

El _Mare nostrum_ abandon el lugar de su reparacin, yendo  fondear
frente  los muelles de comercio, brillante y rejuvenecido, sin ningn
desperfecto que recordase sus recientes averas.

Una maana, cuando el capitn y el segundo estaban en el saln de popa,
indecisos entre salir aquella misma noche  esperar cuatro das ms,
como lo solicitaban los dueos de la carga, se present el tercer
oficial, un joven andaluz, que pareca emocionado por la noticia de que
era portador. Una seora muy hermosa y muy elegante--el joven apoy con
su admiracin estos detalles--acababa de llegar en un bote, y sin pedir
permiso haba subido la escala, metindose en el buque como si fuese su
vivienda propia.

A Tni le di un vuelco el corazn. Su rostro moreno tom una palidez de
ceniza. Cristo!... la de Npoles! El no saba quin era la de
Npoles, no la haba visto nunca, pero tena la certeza de que llegaba
como un estorbo fatal, como una calamidad inesperada. Tan bien que
marchaban las cosas!...

El capitn hizo girar su silln, despegndose de la mesa, y en dos
saltos sali  la cubierta.

Algo extraordinario perturbaba  los tripulantes. Todos estaban arriba,
como si una atraccin poderosa los hubiese arrancado de los sollados,
del fondo de las bodegas, de los metlicos corredores de las mquinas.
Hasta el to _Caragl_ sacaba su cara episcopal por la puerta de la
cocina, llevndose una mano cerrada en forma de telescopio  uno de sus
ojos, sin llegar  distinguir claramente la anunciada maravilla.

Freya estaba  pocos pasos, con un traje azul que tena algo de marino,
como si esta visita al buque impusiera  su elegancia la necesidad de
imitar el porte de las multimillonarias que viven en un yate. Los
marineros fingan trabajos extraordinarios para aproximarse  ella,
limpiando cobres  encerando maderas. Sentan la necesidad de
respirarla, de vivir en el ambiente perfumado que la envolva, siguiendo
sus pasos.

Al ver al capitn le tendi una mano simplemente, lo mismo que si se
hubiesen visto el da anterior.

--No se quejar usted, Ferragut!... Como no le encontraba en el hotel,
he sentido la necesidad de visitarle en su buque... Deseaba conocer su
casa flotante. Todo lo de usted me interesa.

Pareca otra mujer. Ulises se di cuenta del gran cambio que se haba
efectuado en su persona durante los ltimos das. Sus ojos eran
atrevidos, incitantes, de un impudor tranquilo. Toda ella pareca
ofrecerse. Sus sonrisas, sus palabras, su modo de marchar por la
cubierta hacia las cmaras del buque, denotaban una resolucin de dar
fin cuanto antes  su larga resistencia, cediendo  los deseos del
marino.

A pesar de los anteriores fracasos, ste sinti de nuevo la alegra del
triunfo. Ahora va  ser! Mi ausencia la ha vencido... Y al mismo
tiempo que paladeaba la dulce satisfaccin del amor y el orgullo
triunfantes, un vago instinto le sugiri la sospecha de que esta mujer,
repentinamente transformada, tal vez le quera menos ahora que en los
das anteriores, cuando se resista, aconsejndole que huyese.

En el comedor hizo la presentacin de su segundo. El rudo Tni
experiment el mismo deslumbramiento que haba perturbado  todos los
del buque. Qu mujer!... En el primer instante excus y comprendi la
conducta de su capitn. Luego, sus ojos quedaron fijos en ella con una
expresin de alarma, como si su presencia le hiciese temblar por la
suerte del vapor.

Acab por sentirse cohibido delante de esta seora que examinaba el
saln como si fuese  quedarse en l para siempre.

Freya se interes unos momentos por la peluda fealdad de Tni. Era un
verdadero mediterrneo, tal como ella se los imaginaba: un fauno
perseguidor de ninfas. Ulises ri de los elogios dirigidos  su segundo.

--Debe tener dentro de los zapatos--continu ella--unas pezuitas lindas
como las de las cabras. Debe saber tocar el caramillo. No lo cree as,
capitn?...

El fauno, enfurruado y rabioso, acab por marcharse, saludando
torpemente al salir. Ferragut sinti un gran alivio con esta ausencia,
pues tema alguna palabra ruda de Tni.

Al quedar sola con Ulises, corri de un lado  otro por la gran cmara.

--Aqu es donde vive usted, querido tiburn?... Djeme que lo vea todo,
que lo registre todo. Me interesa lo suyo: no dir ahora que no le
quiero. Qu orgullo para el capitn Ferragut! Las seoras vienen 
buscarle en su buque...

Interrumpi su parloteo irnico y amoroso para defenderse suavemente del
marino. Este, olvidando lo pasado y queriendo aprovechar la felicidad
que se le ofreca de pronto, abrazaba  la visitante, besndola en la
nuca.

--Luego... luego!--suspir ella--. Ahora djeme ver. Siento una
curiosidad de nia.

Abri el piano, el pobre piano del capitn escocs, y unos acordes
tenues y lloriqueantes, producto de una desafinacin de varios aos,
conmovieron el saln con la melancola de los recuerdos que resucitan.

Era una msica igual  la de las cajas meldicas que se encuentran
olvidadas en el fondo de un armario, entre las ropas de una vieja
difunta. Freya declar que esta msica ola  rosas secas.

Luego, abandonando el piano, abri una tras otra todas las puertas de
los camarotes que daban al saln. En la del dormitorio del capitn se
detuvo, sin querer pasar del umbral, sin soltar el picaporte de bronce
que mantena en su diestra. Ferragut, detrs de ella, la empujaba con
suave traicin, repitiendo al mismo tiempo sus caricias en la nuca.

--No, aqu no--dijo ella--. Por nada del mundo!... Ser tuya, te lo
prometo: te doy mi palabra. Pero donde yo quiera, cuando  m me
parezca... Muy pronto, Ulises!

El sinti toda la voluptuosidad de estas afirmaciones, hechas con una
voz acariciadora y sumisa; todo el orgullo de este tuteo espontneo, que
equivala  una primera entrega.

La llegada de un aclito del to _Caragl_ les hizo recobrar su
tranquilidad. Traa dos enormes vasos llenos de un _cocktail_ rojizo y
espumoso; embriagadora y dulce mixtura, resumen de todos los
conocimientos adquiridos por el cocinero en su trato con los borrachos
de los primeros puertos del mundo.

Ella prob el lquido, entornando los ojos como una gata golosa. Luego
prorrumpi en alabanzas, elevando el vaso de un modo solemne. Ofreca su
libacin  Eros, el ms bueno de los dioses. Y Ferragut, que siempre
haba sentido cierto pavor ante las infernales y gratas mixturas de su
cocinero, apur de un trago su vaso, para unirse  la invocacin.

Todo qued concertado entre los dos. Ella daba las rdenes. Ferragut
volvera  tierra, aposentndose en el mismo _albergo_. Continuaran su
vida de antes, como si nada hubiese ocurrido.

--Esta tarde me esperars en los jardines de la _Villa Nazionale_... S,
all donde quisiste matarme, bandido!...

Antes de que pudiese evocar la imagen de aquella noche de violencia,
Freya se adelantaba  sus recuerdos con una astucia femenil... Era
Ulises el que haba querido matarla; lo afirmaba ella, sin admitir
respuesta.

--Iremos  visitar  la doctora--continu--. La pobre desea verte, y me
ha rogado que te lleve. Se interesa mucho por ti desde que sabe que te
amo, pirata mo!...

Despus de haber fijado la hora del encuentro, Freya quiso irse. Pero
antes de volver  su lancha sinti la curiosidad de registrar el buque,
como haba registrado el saln y los camarotes.

Con aires de princesa reinante, precedida del capitn y seguida de los
oficiales, corri las dos cubiertas; se asom  las galeras de hierro
de las mquinas y al abismo cuadrado de las escotillas de carga,
recibiendo el olor mohoso de las bodegas. En el puente toc con un
entusiasmo pueril la caperuza de bronce de la bitcora y los dems
instrumentos de direccin, brillantes como si fuesen de oro.

Quiso ver la cocina,  invadi los dominios del to _Caragl_, poniendo
en lamentable desorden sus formaciones de cacerolas, asomando su hocico
sonrosado  la boca humeante del gran puchero en el que herva el
almuerzo de la gente.

El viejo pudo verla de cerca con sus ojos cegatos. S que era guapa!
El revoloteo de sus faldas y los frecuentes encontrones que tuvo con
ella en sus idas y venidas por la cocina perturbaron al apstol. Su
olfato de guisandero se sinti molestado por el perfume de esta seora.
Guapa, pero con olor de..., repiti mentalmente. Para l, todo perfume
femenil mereca este ttulo injurioso. Las mujeres buenas huelen 
pescado y  estropajo: estaba seguro de ello... En su lejana juventud,
los conocimientos del pobre _Caragl_ no haban ido ms all.

Al quedar solo, agarr un trapo, agitndolo violentamente como si
sacudiese moscas. Quera limpiar el ambiente de malos olores. Sentase
escandalizado, como si hubiesen dejado caer una pastilla de jabn en uno
de sus arroces.

Los hombres del buque se amontonaron en las bordas para seguir la marcha
del bote que se alejaba.

Tni, al pie del puente, lo contempl tambin con ojos enigmticos.

--Hermosa eres; pero que la mar te trague antes de que vuelvas!...

Un brazo tremolaba un pauelo en la popa de la barca. Adis, capitn!
Y el capitn mova la cabeza, sonriente y emocionado por el saludo
femenil, mientras los marineros envidiaban su buena suerte.

Otra vez un hombre de la tripulacin llev el equipaje de Ferragut al
_albergo_ de la ribera de Santa Luca. El portero, como si presintiese
las inclinaciones de este cliente de propina fcil, se encarg de
escoger su habitacin: un piso ms abajo que la vez anterior, cerca de
la que ocupaba la _signora_ Talberg.

Se encontraron  media tarde en la _Villa Nazionale_, y emprendieron
juntos la marcha por las calles de Chiaia. Al fin iba  saber Ulises
dnde ocultaba la doctora su majestuosa personalidad. Presenta algo
extraordinario en este alojamiento, pero estaba dispuesto  disimular
sus impresiones, por miedo  perder el afecto y el apoyo de la sabia
dama, que pareca ejercer un gran dominio sobre Freya.

Entraron en el zagun de un antiguo palacio. Muchas veces se haba
detenido el marino ante su puerta, pero segua adelante, desorientado
por las chapas de metal que anunciaban las oficinas y escritorios
instalados en sus diversos pisos.

Vi un patio de arcadas, pavimentado con grandes losas, al que daban los
balcones ventrudos en los cuatro lados interiores del palacio. Subieron
por una escalera de ecos despiertos, grande como una calle en pendiente,
con revueltas anchurosas que permitan en otros tiempos el paso de las
literas y sus portadores. Como recuerdo de los personajes de blanca
peluca y las damas de anchuroso guardainfante que haban pasado por
ella, quedaban algunos bustos clsicos en los rellanos, una baranda de
hierro forjada  martillo y varios farolones de oros borrosos y vidrios
turbios.

Se detuvieron en el primer piso, ante una fila de puertas algo
carcomidas por los aos.

--Aqu es--dijo Freya.

Y seal precisamente la nica puerta que estaba cubierta con una
mampara de cuero verde, ostentando un rtulo comercial, enorme, dorado,
pretencioso. La doctora se alojaba en una oficina... Cmo hubiera
llegado l  encontrarla!

La primera pieza era realmente una oficina, un despacho de comerciante,
con casillero para los papeles, mapas, caja de caudales y varias mesas.
Un solo empleado trabajaba: un hombre de edad incierta, con cara pueril
y bigote recortado. Su gesto obsequioso y sonriente contrastaba con su
mirada fugitiva; una mirada de alarma y desconfianza.

Al ver  Freya se levant de su asiento. Esta le salud llamndole Karl,
y pas adelante, como si fuese un simple portero. Ulises, al seguirla,
adivin fija en sus espaldas la mirada recelosa del escribiente.

--Tambin es polaco?--pregunt.

--S, polaco... Es un protegido de la doctora.

Entraron en un saln amueblado  toda prisa, con el arte especial y
fcil de los que estn acostumbrados  viajar y tienen que improvisarse
una vivienda: divanes con indianas vistosas y baratas, pieles de guanaco
americano, tapices chillones, de un falso orientalismo, y en las paredes
lminas de peridicos entre varillas doradas. Sobre una mesa luca sus
marfiles y platas un gran neceser con la tapa de cuero abierta. Unas
cuantas estatuillas napolitanas haban sido compradas  ltima hora
para dar cierto aire de sedentaria respetabilidad  este saln que poda
deshacerse rpidamente, y cuyos adornos ms valiosos eran objetos de
viaje.

Por una cortina entreabierta distinguieron  la doctora, que escriba en
la pieza inmediata. Estaba encorvada sobre un pupitre americano, pero
los vi inmediatamente en el espejo que tena delante de ella para
espiar todo lo que pasaba  sus espaldas.

Adivin Ulises que la imponente seora haba hecho ciertos preparativos
de tocador para recibirle. Un vestido estrecho como una funda moldeaba
la exuberancia de su formas. La falda, recogida y angosta en el remate
de sus piernas, pareca el mango de una maza enorme. Sobre el verde
marino del traje llevaba un tul blanco con lentejuelas plateadas,  modo
de chal. El capitn,  pesar de su respeto por la sabia dama, la compar
 una nereida madre bien alimentada en las praderas ocenicas.

Con las manos tendidas y una expresin gozosa en el rostro, que haca
irradiar sus lentes, avanz hacia Ferragut. Su encontrn casi fu un
abrazo... Querido capitn! tanto tiempo sin verle!... Saba de l
con frecuencia, por los informes de su amiga; pero aun as, lamentaba
como una desgracia que el marino no hubiese venido  verla.

Pareca olvidar su frialdad al despedirse en Salerno, el cuidado que
haba tenido en ocultarle las seas de su domicilio.

Ferragut tampoco se acord de esto, gratamente conmovido por la
amabilidad de la doctora. Se haba sentado entre los dos, como si
quisiera protegerles con toda la majestad de su persona y el afecto de
sus ojos. Era una madre para su amiga. Acariciaba, al hablar, los
mechones de la cabellera de Freya, que acababan de librarse del encierro
del sombrero. Y Freya, adaptndose al ambiente tierno de la situacin,
se apelotonaba contra la doctora, tomando un aire de nia tmida y
acariciante, mientras fijaba en Ulises sus ojos de dulce promesa.

--Quirala usted mucho, capitn--sigui diciendo la matrona--, Freya
slo habla de usted... Ha sido tan desgraciada!... La vida se ha
mostrado tan cruel con ella!...

El marino sinti la misma emocin que si se hallase en un plcido
ambiente de familia. Aquella seora daba las cosas por hechas
discretamente, hablndole como  un yerno. Su mirada de bondad tena una
expresin melanclica. Era la dulce tristeza de las personas maduras que
ven montono el presente, medido el porvenir, y se refugian en los
recuerdos del pasado, envidiando  las jvenes porque pueden gozar en la
realidad lo que ellas slo paladean con la memoria.

--Felices ustedes!... Amense mucho!... nicamente por el amor vale la
vida la pena de ser vivida.

Y Freya, como si le enterneciesen de un modo irresistible estos
consejos, avanz un brazo sobre los globos encorsetados de la doctora,
apretando convulsivamente la diestra de Ulises.

Los lentes de oro, con su brillo protector, parecan incitarles 
mayores intimidades. Podan besarse... La imponente seora, para
facilitar sus expansiones, iba  salir, alegando un pretexto
insignificante, cuando se levant el cortinaje de la puerta que
comunicaba el saln con la oficina.

Entr un hombre de la edad de Ferragut, pero ms bajo de estatura, menos
endurecido el rostro por el curtimiento de la intemperie. Iba vestido 
la inglesa, con escrupulosa correccin. Se adivinaban en l las
preocupaciones ms nimias y pueriles en todo lo referente al adorno de
su persona. El traje, de lanilla gris, apareca realzado por la unidad
de la corbata, los calcetines y el pauelo asomado al bolsillo del
pecho. Las tres prendas eran azules, sin la ms leve variacin en su
tono, escogidas con exactitud, como si este hombre pudiese sufrir
crueles molestias saliendo  la calle con la corbata de un color y los
calcetines de otro. Sus guantes tenan el mismo amarillo obscuro de sus
zapatos.

Ferragut pens que este _gentleman_, para ser completo, deba llevar el
rostro afeitado. Y sin embargo, usaba barba, una barba recortada  flor
de piel en las mejillas y formando sobre el mentn una punta corta y
aguda. El capitn presinti que era un marino. En la flota alemana, en
la rusa, en todas las marinas del Norte, los oficiales que no iban
rasurados  la inglesa usaban esta barbilla tradicional.

Se inclin,  ms bien dicho, se dobl en ngulo, con brusca rigidez, al
besar las manos de las dos seoras. Luego se llev un monculo de
impertinente fijeza  uno de sus ojos, mientras la doctora haca las
presentaciones.

--El conde Kaledine... El capitn Ferragut.

Di la mano el conde al marino, una mano dura, bien cuidada y forzuda,
que se mantuvo largo rato sobre la de Ulises, queriendo dominarla con
una presin sin afecto.

La conversacin continu en ingls, que era el idioma empleado por la
doctora en sus relaciones con Ulises.

--El seor es marino?--pregunt ste para aclarar sus dudas.

No se movi el monculo de su rbita, pero un temblor ligero de sorpresa
pareca rizar su luminosa convexidad. La doctora se apresur 
responder:

--El conde es un diplomtico ilustre que est ahora con licencia,
cuidando su salud. Ha viajado mucho, pero no es marino.

Y continu sus explicaciones. Los Kaledine eran una noble familia rusa
de tiempos de la gran Catalina. La doctora, por ser polaca, estaba
relacionada con ellos haca muchos aos... Y ces de hablar, dando
entrada  Kaledine en la conversacin.

Al principio el conde se mostr fro y algo desdeoso en sus palabras,
como si no pudiera despojarse de su altivez diplomtica. Pero lentamente
esta altivez se fu fundiendo.

Conoca por su distinguida amiga la seora Talberg muchas de las
aventuras nuticas de Ferragut. A l le interesaban los hombres de
accin, los hroes del Ocano.

Ulises not de pronto en su noble interlocutor un afecto caluroso, un
deseo de agradar semejante al de la doctora. Hermosa casa aquella, en
la que todos se esforzaban por hacerse simpticos al capitn Ferragut!

El conde, sonriendo amablemente, dej de valerse del ingls, y le habl
de pronto en espaol, como si hubiese reservado este golpe final para
acabar de captarse su afecto con el ms irresistible de los halagos.

--He vivido en Mjico--dijo para explicar su conocimiento de esta
lengua--. He hecho un largo viaje por las Filipinas cuando viva en el
Japn.

Los mares del Extremo Oriente eran los menos frecuentados por Ulises.
Slo dos veces haba navegado hacia los puertos chinos y nipones, pero
conoca lo suficiente para mantener la conversacin con este viajero que
mostraba en sus gustos cierto refinamiento de artista. Durante media
hora desfilaron por el vulgar ambiente del saln imgenes de enormes
pagodas de techos superpuestos, vibrantes  la brisa, como un arpa, con
sus filas de campanillas; dolos monstruosos tallados en oro, en bronce
 en marfil; casas de papel, tronos de bamb, muebles de nacaradas
incrustaciones, biombos con filas de cigeas volantes.

Desapareci la doctora, aturdida por este dilogo, del que slo poda
adivinar algunas palabras. Freya, inmvil, con los ojos adormecidos y
una rodilla entre sus manos cruzadas, se mantuvo aparte, entendiendo la
conversacin, pero sin intervenir en ella, como si le ofendiese el
olvido en que la dejaban los dos hombres. Al fin se desliz
discretamente, siguiendo el llamamiento de una mano asomada  un
cortinaje. La doctora preparaba el t y peda auxilio.

La conversacin continu, sin hacer alto en estas ausencias. Kaledine
haba abandonado los mares asiticos para pasar al Mediterrneo, y se
anclaba en l con una insistencia admirativa. Un motivo ms de afecto
para Ferragut, que lo encontraba cada vez ms simptico,  pesar de su
trato un poco glacial.

Se di cuenta repentinamente de que ya no era el conde ruso el que
hablaba, pues con breves y certeras preguntas le haca hablar  l, lo
mismo que si lo sometiese  un examen.

Agradeci las muestras de inters que este gran viajero daba por el
pequeo _mare nostrum_, y especialmente por las particularidades de su
cuenca occidental, que deseaba conocer minuciosamente.

Poda preguntar cuanto quisiera. Ferragut posea milla por milla todo el
litoral espaol, el francs y el italiano, as en la superficie como en
sus fondos.

Kaledine, tal vez por vivir en Npoles, insisti con predileccin en la
parte mediterrnea comprendida entre la Cerdea, la Italia del Sur y la
Sicilia,  sea lo que los antiguos haban llamado el mar Tirreno...
Conoca el capitn Ferragut las islas poco frecuentadas y casi perdidas
enfrente de Sicilia?

--Yo lo conozco todo--afirm ste con orgullo.

Y sin discernir completamente si era curiosidad del conde  si quera
someterle  un examen interesado, habl y habl.

Conoca el archipilago de las islas Lpari, con sus minas de azufre y
de piedra pmez, grupo de cimas volcnicas que emergen de las
profundidades del Mediterrneo. En ellas haban colocado los antiguos 
Eolo, seor de los vientos; en ellas est el Stromboli vomitando enormes
bolas de lava, que estallan con un estrpito de trueno. Las escorias
volcnicas vuelven  caer en las chimeneas del crter  ruedan por la
pendiente de la montaa, sumindose en las olas.

Ms al Oeste, aislada y solitaria en un mar limpio de escollos, est
Ustica, una isla volcnica y abrupta que colonizaron los fenicios y
sirvi de refugio  los piratas sarracenos. Su poblacin es escasa y
pobre. Nada hay que ver en ella, aparte de ciertas conchas fsiles que
interesan  los hombres de ciencia...

Pero el conde se sinti interesado por este crter muerto y solitario en
medio de un mar que slo frecuentan las barcas de pesca.

Ferragut haba visto igualmente, aunque de lejos, al entrar en el puerto
de Trpani, el archipilago de las Egades, donde existen grandes
pesqueras de atunes. Haba desembarcado una vez en la isla Pantelaria,
situada  medio camino entre Sicilia y frica. Era un cono volcnico
altsimo que emerga en mitad del estrecho, y  cuyo pie existan lagos
alcalinos, humaredas sulfurosas, aguas termales y construcciones
prehistricas de grandes bloques, semejantes  las de Cerdea y las
Baleares. Los buques que iban  Tnez y Trpoli tomaban cargamento de
pasas, nica exportacin de esta antigua colonia fenicia.

Entre la Panteleria y Sicilia, el suelo submarino se elevaba
considerablemente, guardando sobre su dorso una capa acutica que en
algunos puntos slo tena doce metros de espesor. Era el extenso banco
llamado de la Aventura, hinchazn volcnica, doble isla anegada,
pedestal submarino de Sicilia.

Tambin el banco de la Aventura pareci interesar al conde.

--Conoce usted bien su mar--dijo con tono de aprobacin.

Ferragut iba  seguir hablando, pero entraron las dos seoras con una
bandeja que contena el servicio de t y varios platos de pasteles. El
capitn no extra esta falta de servidumbre. La doctora y su amiga eran
para l unas mujeres de costumbres extraordinarias, y todos sus actos
los encontraba lgicos y naturales. Freya sirvi el t con una gracia
pdica, como si fuese la hija de la casa.

Pasaron el resto de la tarde conversando sobre lejanos viajes. Nadie
aludi  la guerra ni  las preocupaciones de Italia en aquel momento
por mantener su neutralidad  salir de ella. Parecan vivir en un lugar
inaccesible,  miles de leguas de todo tropel humano.

Las dos mujeres trataban al conde con una familiaridad de buen tono,
como personas de su mismo mundo; pero el marino crey notar en ciertos
momentos que le tenan miedo.

Al terminar la tarde, este personaje abandon su asiento, y Ferragut
hizo lo mismo, comprendiendo que deba poner fin  su visita. El conde
se ofreci  acompaarle. Mientras se despeda de la doctora,
agradeciendo con extremos corteses que le hubiese hecho conocer al
capitn, ste sinti que Freya le apretaba la mano de modo
significativo.

--Hasta la noche--murmur levemente, sin mover apenas los labios--.
Volver tarde... Esprame.

Oh, dicha!... Los ojos, la sonrisa, la presin de la mano, decan para
l mucho ms.

Nunca di un paseo tan agradable como al marchar al lado de Kaledine
por las calles de Chiaia hacia la ribera. Qu deca aquel hombre?...
Cosas insignificantes para evitar el silencio, pero  l le parecieron
observaciones de profunda sabidura. Su voz era, segn l, armoniosa y
acariciadora. Todo lo encontraba igualmente amable, la gente que
transitaba por las calles, el ruido napolitano del anochecer, el mar
obscuro, la vida entera.

Se despidieron ante la puerta del hotel. El conde,  pesar de sus
ofrecimientos de amistad, se fu sin decirle cul era su domicilio.

No importa--pens Ferragut--. Volveremos  encontrarnos en casa de la
doctora.

El resto de la velada lo pas agitado alternativamente por la esperanza
y la impaciencia. No quera comer; la emocin haba paralizado su
apetito... Y una vez sentado  la mesa, comi ms que nunca, con una
avidez maquinal y distrada.

Necesitaba pasear, hablar con alguien, para que transcurriese el tiempo
con mayor rapidez, engaando su inquieta espera. Ella no volvera al
hotel hasta muy tarde... Y precisamente se retir  su habitacin ms
temprano que de costumbre, creyendo, con un ilogismo supersticioso, que
de este modo llegara antes Freya.

Su primer movimiento al verse en su cuarto fu de orgullo. Mir al
techo, apiadndose del marino enamorado que una semana antes habitaba el
piso superior. Pobre hombre! Cmo se haban redo de l!... Ulises se
admir  s mismo como una personalidad completamente nueva, feliz y
triunfadora, separado de la otra por un perodo doloroso de
humillaciones y fracasos que no quera recordar.

Las horas largusimas del que aguarda con ansiedad!... Se pase
fumando, encendiendo un cigarro en el resto del anterior. Luego abri la
ventana, queriendo borrar este perfume de tabaco fuerte. Ella slo
gustaba de los cigarrillos orientales... Y como persistiese el acre olor
del cigarro habano, jugoso y bravo, rebusc en su maletn de aseo,
derramando sobre la cama el fondo de varios frascos de esencia largo
tiempo olvidados.

Una repentina inquietud amarg su espera. La que iba  llegar ignoraba
tal vez cul era su habitacin. El no estaba seguro de haberle dado las
seas con suficiente claridad. Era posible que se hubiese equivocado...
Empez  creer que, efectivamente, se haba equivocado.

El miedo y la impaciencia le hicieron abrir su puerta, plantndose en el
corredor para mirar de lejos el cerrado cuarto de Freya. Cada vez que
sonaban pasos en la escalera  chirriaba la verja del ascensor, el
barbudo marino se estremeca con una inquietud infantil. Deseaba
esconderse y al mismo tiempo quera mirar, por si era ella la que
llegaba.

Los huspedes que vivan en el mismo piso le fueron viendo, al retirarse
 sus cuartos, en las ms inexplicables actitudes. Unas veces permaneca
firme en el corredor, como el que espera  los domsticos, fatigado por
intiles llamamientos. Otras veces le sorprendan con la cabeza asomada
 la puerta entreabierta, retirndola precipitadamente. Un viejo conde
italiano le dirigi al pasar una sonrisa de inteligencia y
compaerismo... Estaba en el secreto! Aguardaba, indudablemente,  una
de las doncellas del hotel.

Acab por meterse en la habitacin, pero dejando la puerta abierta... Un
rectngulo de viva luz que se marcaba en el suelo y la pared de enfrente
guiara  Freya, indicndole el camino.

Tampoco pudo mantener mucho tiempo esta seal. Damas mal tapadas con un
kimono, seores en pijama, se deslizaban por el pasillo discretamente
sobre la suavidad silenciosa de sus pantuflas, todos en la misma
direccin, lanzando una ojeada de clera hacia la puerta luminosa que
sorprenda el secreto de sus miserias corporales.

Por fin tuvo que cerrar la puerta. Abri un libro, y le fu imposible
leer dos prrafos seguidos. Su reloj marcaba las doce.

--No vendr!... no vendr!--dijo con desesperacin.

Una idea nueva le sirvi de alivio. Era imposible que una persona
discreta como Freya se atreviese  avanzar hasta su cuarto viendo luz
por debajo de la puerta. El amor necesita obscuridad y misterio. Adems,
esta espera visible poda atraer el espionaje de algn curioso.

Di vuelta al conmutador elctrico y busc en la obscuridad su lecho,
tendindose con un ruido exagerado, para que nadie pudiese dudar de que
se acostaba. Esta lobreguez reanim su esperanza.

--Va  venir... Llegar de un momento  otro.

Otra vez se levant cautelosamente, sin ningn ruido, yendo de
puntillas. Haba que facilitar las dificultades de la entrada. Dej la
puerta entreabierta levemente, para evitar el ruido giratorio del
picaporte. Una silla mantuvo su hoja apoyada con suavidad en el marco
del quicio.

Todava se levant varias veces, despojndose en cada uno de estos
saltos de una parte de sus vestidos. As aguardara mejor.

Se estir sobre el lecho, dispuesto  permanecer en vela toda la coche
si era preciso. No deba dormir; no quera dormir; lo ordenaba su
voluntad... Y media hora despus dorma profundamente, sin saber en qu
momento se haba dejado rodar por las blandas laderas del sueo.

Despert de pronto, como si le hubiesen asestado un mazazo en el crneo.
Los odos le zumbaban... Era la brusca impresin del que se duerme sin
deseo de dormir y se siente sacudido por la inquietud resucitadora.
Tard unos instantes en darse cuenta de su situacin. Luego lo record
todo de golpe... Solo!... Ella no haba llegado!... Ignoraba si iban
transcurridos minutos  horas.

Otra cosa, adems de la inquietud, le haba vuelto  la vida. Adivin en
la silenciosa obscuridad algo real que se acercaba. Un pequeo ratn
pareca moverse en el corredor. Los zapatos colocados ante una de las
puertas resbalaron con leve chirrido. Ferragut percibi una vaga
impresin de aire que se desplaza con el lento avance de un cuerpo.

Se movi la puerta; la silla retrocedi poco  poco, suavemente
empujada. En la obscuridad fu marcndose una sombra mvil, mucho ms
negra y densa. El hizo un movimiento.

--Quieto!--suspir una voz tenue, de fantasma, una voz del otro
mundo--. Soy yo.

Pero Ferragut haba saltado cama abajo, avanzando las manos en la
sombra. Tropez con unos brazos desnudos y mrbidos, luego con la
frescura suave de una carne envuelta en velos.

Instintivamente llev su diestra  la pared, y se hizo la luz.

Bajo la lmpara elctrica estaba ella, una Freya distinta  la que haba
visto siempre, con los cabellos opulentos cayendo en sierpes sobre sus
hombros, completamente desnuda en el interior de una tnica asitica que
la envolva como una nube.

No era el kimono japons vulgarizado por el comercio. Consista en una
pieza de tela indostnica bordada de fantsticas flores y plegada
caprichosamente. A travs de su tejido sutil se perciba el contacto de
la fina carne, como si fuese una envoltura de aire multicolor.

Ella lanz un murmullo de protesta. Luego imit el gesto de Ulises
tendiendo una mano hacia la pared... Y se hizo la obscuridad.

Sinti l que se anudaban como tentculos irresistibles en torno de su
cuello los brazos soberanos, y que una boca dominadora se apoderaba de
la suya lo mismo que en el Acuario... Y rod bajo esta caricia de fiera,
con el pensamiento perdido, olvidndose del resto del mundo,
descendiendo y descendiendo por un mar de sensaciones nuevas, como un
nufrago satisfecho de su suerte... Pero esta vez lleg al fondo.

* * *

Despert al sentir en su rostro un rayo de sol. La ventana, cuyas
cortinas se haba olvidado de correr, estaba azul: azul de cielo en lo
alto y azul de mar en sus vidrios inferiores.

Mir junto  l... Nadie! Por un momento crey haber soado. Pero el
suave perfume de su cabellera impregnaba an la almohada. El lecho
desordenado guardaba todava la huella de su cuerpo... Record entonces,
como una de esas visiones plidas de la maana que animan las ltimas
horas del sueo, el paso de un cuerpo sobre el suyo con suave
precaucin; un beso de despedida que le haba hecho entreabrir los ojos,
volviendo  cerrarlos; el ruido de una puerta...

La realidad del despertar fu tan alegre para Ulises como dulces haban
sido las horas de la noche en el misterio de la sombra. Estaba fatigado;
sus piernas vacilaron al tocar el suelo, y al mismo tiempo nunca se
haba sentido tan fuerte y tan feliz.

Son en la ventana su voz de bartono cantando una de las canciones de
Npoles. Oh dulce tierra! dulce golfo!... Aquel era el lugar ms
hermoso del mundo. Satisfecho y orgulloso de su suerte, hubiese querido
abrazar las olas, las islas, la ciudad, el Vesubio.

El timbre repiquete con impaciencia en el corredor. El capitn Ferragut
tena hambre: el hambre de la desnutricin, el hambre del nufrago que
ha consumido todas las reservas de su cuerpo.

Abarc con una mirada de ogro el caf con leche, el abundante pan y la
escasa mantequilla que le trajo el camarero. Poca cosa para l!... Y
cuando atacaba todo esto con avidez, se abri la puerta y entr Freya,
sonrosada, fresca por un bao reciente y vestida de hombre.

La tnica indostnica haba sido reemplazada por un pijama masculino de
seda violeta. El pantaln tena los bordes levantados sobre unas
babuchas blancas que contenan sus pies desnudos. En el lugar del
corazn llevaba bordada una cifra, cuyas letras no pudo desenmaraar
Ulises. Encima de esta cifra avanzaba su punta un pauelo asomado  la
abertura del bolsillo. La opulenta cabellera retorcida en lo alto del
crneo y las curvas voluptuosas que tomaba la seda en ciertos lugares
del masculino traje eran lo nico que denunciaba  la mujer.

El capitn olvid su desayuno, entusiasmado por esta novedad. Era una
segunda Freya: un paje, un andrgino adorable!... Pero ella repeli sus
caricias, obligndole  sentarse.

Haba entrado con una expresin interrogante en los ojos. Senta la
inquietud de toda mujer  la segunda entrevista de amor. Deseaba
adivinar las impresiones de l, convencerse de su gratitud, tener la
certeza de que la embriaguez de la primera hora no se haba disipado
durante su ausencia.

Mientras el marino volva  atacar su desayuno, con la familiaridad de
un amante que ha llegado  la posesin y no necesita ocultar y poetizar
sus necesidades groseras, ella se sent en una vieja _chaise longue_,
encendiendo un cigarrillo.

Se repleg en este asiento, con las piernas encogidas y formando ngulo
dentro del crculo de uno de sus brazos. Apoy luego la cabeza en las
rodillas, y as estuvo largo rato, fumando con los ojos fijos en el mar.
Se adivinaba que iba  decir algo interesante, algo que araaba el
interior de su frente pugnando por salir.

Al fin habl con lentitud, sin dejar de mirar al golfo. De vez en cuando
se arrancaba de esta contemplacin, para fijar los ojos en Ulises,
midiendo el efecto de sus palabras.

Este dej de ocuparse definitivamente de la bandeja del desayuno,
presintiendo la aproximacin de algo muy importante.

--T has jurado que hars por m todo lo que yo te pida... T no querrs
perderme para siempre.

Ulises protest. Perderla?... No poda vivir sin ella.

--Yo conozco tu existencia anterior: me la has contado... Tu nada sabes
de m, y debes conocerme, ya que soy tuya.

El marino movi la cabeza: nada ms justo.

--Te he engaado, Ulises... Yo no soy italiana.

Ferragut sonri. Si slo consista en esto el engao!... Desde el da
en que se hablaron por primera vez, yendo  Pestum, haba adivinado que
lo de su nacionalidad era una mentira.

--Mi madre fu italiana. Te lo juro... Pero mi padre no lo era...

Se detuvo un momento. El marino la escuch con inters, vuelta la
espalda  la mesa.

--Yo soy alemana y...




VII

EL PECADO DE FERRAGUT


Al despertar Tni todas las maanas con las primeras luces del alba,
experimentaba una sensacin de sorpresa y desaliento.

--Todava en Npoles!--deca mirando por el ventano de su camarote.

Luego contaba los das. Diez iban transcurridos desde que el _Mare
nostrum_, terminadas sus reparaciones, haba anclado en el puerto
comercial.

--Veinticuatro horas ms--aada mentalmente el segundo.

Y reanudaba su vida montona, paseando por la cubierta del buque, vaco
y muerto, sin saber qu hacer, desesperndose  la vista de los otros
vapores, que movan sus antenas de carga, tragndose cajas y fardos, y
empezaban  lanzar por sus chimeneas el humo anunciador de su prximo
viaje.

Sufra remordimientos al calcular lo que poda haber ganado el buque de
hallarse navegando. El provecho era para el capitn, pero eso no evitaba
que se desesperase por el dinero perdido.

La necesidad de comunicar  alguien sus impresiones, de protestar  coro
contra esta inercia lamentable, le empujaba hacia los dominios de
_Caragl_. A pesar de la diferencia de categoras, el segundo trataba al
cocinero con afectuosa familiaridad.

--Nos separa un abismo!--deca Tni gravemente.

Este abismo era una metfora sacada de sus lecturas de peridicos
radicales, y haca alusin  las creencias fervorosas y simples del
viejo. Pero el cario por el capitn, el ser todos de la misma tierra y
el empleo del valenciano como lengua de la intimidad, les baca buscarse
 los dos instintivamente. _Caragl_ era para Tni la persona ms cuerda
de  bordo... despus de l.

Apenas se detena en la puerta de la cocina, apoyando un codo en el
quicio y obstruyendo con su cuerpo la entrada da la luz solar, el viejo
echaba mano  la botella de caa, preparando un refresco  un
caliente en honor del segundo.

Beban con lentitud, interrumpiendo el paladeo del lquido para
lamentarse de la inmovilidad del _Mare nostrum_. Hacan cuentas, como si
el buque fuese suyo. Mientras estaba en reparacin haba podido
tolerarse la conducta del capitn.

--Los ingleses pagaban--deca Tni--. Pero ahora no paga nadie, el barco
est sin ganar, y gastamos todos los das... qu es lo que gastamos?

Calculaban l y el cocinero detalladamente el costo del sostenimiento
del vapor, asustndose al llegar al total. Un da de su inmovilidad
representaba ms que lo que ganaban los dos hombres en un mes.

--Esto no puede seguir--protestaba Tni.

Su indignacin le llev varias veces  tierra, en busca del capitn.
Tema hablarle, considerando una falta de disciplina el ingerirse en la
direccin del buque,  inventaba los ms absurdos pretextos para abordar
 Ferragut.

Mir con antipata al portero del _albergo_, porque siempre la
contestaba que el capitn haba salido. Este individuo con aire de
alcahuete deba tener gran culpa en la inmovilidad del vapor: se lo
avisaba el corazn.

Por no irse  las manos con l y porque no riese solapadamente al verle
esperar horas y horas en el vestbulo, se apostaba en la calle, espiando
las entradas y salidas da Ferragut.

Las tres veces que consigui hablar con l obtuvo al mismo xito. El
capitn celebraba mucho el verle, como si fuese un aparecido del pasado
al que poda comunicar la alegra de su exuberante felicidad.

Escuchaba  su segundo, alegrndose de que todo marchase bien en el
buque. Y cuando Tni, con voz balbuciente, se atreva  preguntarle la
fecha de la partida, Ulises ocultaba sus vacilaciones bajo un tono de
prudencia. Estaba  la espera de un cargamento valiossimo. Cuanto ms
aguardasen, ms dinero iban  ganar... Pero sus palabras no convencan 
Tni. Recordaba las protestas de su capitn, quince das antes, por la
falta de buena carga en Npoles y su deseo de salir sin prdida de
tiempo.

Al volver  bordo, el segundo buscaba  _Caragl_, comentando ambos las
transformaciones de su jefe. Tni lo haba visto hecho otro hombre, con
la barba recortada, vistiendo lo mejor de su equipaje, delatando en el
arreglo de su persona un esmero minucioso, una voluntad decidida de
agradar. EL rudo piloto hasta haba credo percibir al hablarle cierto
perfume femenil igual al de la visitante rubia.

Esta noticia era la ms inaudita para _Caragl_.

--El capitn Ferragut perfumado!... El capitn oliendo ... pulga!

Y elevaba los brazos, mientras sus ojos cegatos buscaban las botellas de
caa y las alcuzas de aceite para hacerlas testigos de su indignacin.

Los dos hombres estaban acordes al apreciar la causa de sus tristezas.
Ella era la culpable de todo, ella la que iba  tener el buque encantado
en este puerto, quin sabe hasta cundo, con su poder irresistible de
bruja.

--Ah, las hembras!... El diablo va como un perro faldero detrs de sus
enaguas... Son la podredumbre de nuestra vida.

Y la iracunda castidad del cocinero segua lanzando contra las mujeres
injurias y maldiciones iguales  las de los primeros padres de la
Iglesia.

Una maana, los tripulantes que limpiaban la cubierta hicieron pasar un
grito de la proa  la popa. El capitn! Lo vean aproximarse en un
bote, y la voz se extendi por cmaras y corredores, dando nueva fuerza
 los brazos, animando los rostros soolientos. El segundo sali  la
cubierta y _Caragl_ sac la cabeza por la puerta de la cocina.

Desde su primera ojeada presinti Tni que algo importante iba 
ocurrir. El capitn tena un aire animoso y alegre. Al mismo tiempo vi
en la exagerada amabilidad de su sonrisa un deseo de seducir, de imponer
dulcemente algo que consideraba de dudosa aceptacin.

--Ya estars contento--dijo Ferragut al darle la mano--. Pronto vamos 
zarpar.

Entraron en el saln. Ulises mir su buque con cierta extraeza, como si
volviese  l despus de un largo viaje. Lo encontraba con aspecto
diferente; surgan ante sus ojos detalles que nunca haban atrado su
atencin.

Recapitul en una sntesis, que fu como un relmpago cerebral, todo lo
que haba ocurrido en menos de dos semanas. Pudo darse cuenta por
primera vez del gran cambio de su vida desde que Freya haba venido 
buscarle en el vapor.

Se vi en su cuarto del hotel frente  ella, que iba vestida como un
hombre y fumaba mirando el golfo.

--Yo soy alemana y...

Iba  explicarse de pronto su vida misteriosa, hasta en los detalles
menos comprensibles.

Ella, era alemana y serva  su pas. La guerra moderna levanta las
naciones en masa; no es, como en otros siglos, un choque de exiguas
minoras profesionales que tienen por oficio el pelear. Todos los
hombres vigorosos iban  los campos de batalla; los dems trabajaban en
los centros industriales convertidos en talleres de guerra. Y esta
actividad general comprenda tambin  las mujeres, que dedicaban al
servicio de la patria su labor en fbricas y hospitales  su
inteligencia ms all de las fronteras.

Ferragut, sorprendido por esta revelacin brutal, qued silencioso, y al
fin se atrevi  formular su pensamiento.

--Segn eso, t eres una espa?...

Ella acogi con desprecio la palabra. Era un trmino anticuado que haba
perdido su primitiva significacin. Espas eran los que en otros
tiempos, cuando slo los soldados profesionales tomaban parte en la
guerra, se mezclaban voluntariamente  por inters en las operaciones,
sorprendiendo los preparativos del enemigo. Ahora con la movilizacin en
masa de los pueblos, haba desaparecido el antiguo espa de oficio,
despreciable y villano, que arrostraba la muerte por dinero. Slo
existan patriotas ganosos de trabajar por su pas, unos con las armas
en la mano, otros valindose de la astucia  explotando las cualidades
de su sexo.

Ulises qued desconcertado por esta teora.

--Entonces, la doctora...?--volvi  preguntar, adivinando lo que poda
ser la imponente dama.

Freya contest con una expresin de entusiasmo y de respeto. Su amiga
era una patriota ilustre, una sabia que pona todas sus facultades al
servicio de su pas. Ella la adoraba. Era su protectora: la haba
salvado en los momentos ms difciles de su existencia.

--Y el conde?--sigui preguntando Ferragut.

Aqu la mujer hizo un gesto da reserva.

--Tambin es un gran patriota... Pero no hablemos de l.

Haba en sus palabras respeto y miedo. Se adivinaba su voluntad de no
ocuparse de este altivo personaje.

Un largo silencio. Freya, como si temiese los efectos de la meditacin
del capitn, la cort de pronto con su charla apasionada.

La doctora y ella haban venido de Roma  refugiarse en Npoles, huyendo
de las intrigas y murmuraciones de la capital. Los italianos se peleaban
entre ellos: unos eran partidarios de la guerra, otros de la
neutralidad. Ninguno quera ayudar  Alemania, su antigua aliada.

--Tanto que les hemos protegido!--exclam--. Raza, falsa  ingrata!...

Sus gestos y sus palabras evocaron en la memoria de Ulises la imagen de
la doctora increpando  la tierra italiana desde una ventanilla del
vagn el primer da en que se hablaron.

Estaban las dos mujeres en Npoles, entreteniendo su intil espera con
viajes  las poblaciones cercanas, cuando encontraron al marino.

--Yo guardaba un buen recuerdo de ti--continu Freya--. Adivin desde
el primer instante que nuestra amistad iba  terminar como ha
terminado...

Ley en la mirada de l una pregunta.

--S lo que vas  decirme. Te extraas de que te haya hecho esperar
tanto, de que te hiciese sufrir con mis caprichos... Es que te amaba y
al mismo tiempo quera alejarte. Representabas una atraccin y un
estorbo. Tem complicarte en mis asuntos... Adems, yo necesito estar
libre, para dedicarme al cumplimiento de mi misin.

Hubo otra larga pausa. Los ojos de Freya se fijaron en los de su amante
con una tenacidad escrutadora. Quera sondear su pensamiento, darse
cuenta de la madurez de su preparacin, antes de arriesgar el golpe
decisivo. Su examen fu satisfactorio.

--Y ahora que me conoces--dijo con una lentitud dolorosa--,
mrchate!... T no puedes quererme; soy una espa como t dices: un ser
despreciable... S que no puedes seguir amndome despus de lo que te he
revelado. Aljate en tu buque, como los hroes de las leyendas; ya no
nos veremos ms. Todo lo nuestro habr sido un hermoso ensueo... Djame
sola. Ignoro qu suerte ser la ma, pero lo que me importa es tu
tranquilidad.

Tena los ojos llenos de lgrimas. Se dej caer de bruces en el divn,
ocultando el rostro entre los brazos, mientras un hipo de llanto
estremeca las adorables sinuosidades de su dorso.

Ulises, conmovido por este dolor, admir al mismo tiempo la perspicacia
de Freya, que adivinaba todas sus ideas. La voz del buen consejo,
aquella voz cuerda que hablaba en la mitad de su cerebro siempre que el
capitn se vea en un momento difcil, haba empezado  gritar
escandalizada  las primeras revelaciones de esta mujer:

Ferragut, huye!... Ests metido en un mal paso. No te conviene el
trato con tales gentes. Qu tienes t que ver con el pas de esta
aventurera? Por qu arrostrar peligros por una causa que nada te
importa?... Lo que deseabas de ella ya lo tienes. S egosta, hijo
mo!

Pero la voz de su otro hemisferio mental, aquella voz fanfarrona y loca
que le impulsaba  embarcarse en los buques destinados al naufragio, 
desafiar los peligros por el placer de poner  prueba su vigor, tambin
le di consejos. Era villano abandonar  una mujer. Slo un miedoso
poda hacerlo... Tanto que pareca amarle esta alemana!...

Y con su exuberancia meridional, la abraz y la levant, apartando de su
frente los bucles de la cabellera, que se haba deshecho, acaricindola
como  una nia enferma, bebiendo sus lgrimas con besos interminables.

No, no la abandonara!... Es ms: estaba dispuesto  defenderla de
todos sus enemigos. El no saba quines eran estos enemigos; pero si
necesitaba un hombre, all le tena  l...

En vano la voz cuerda le insult mientras formulaba tales ofrecimientos.
Se comprometa ciegamente; tal vez esta aventura iba  ser la ms
terrible de su historia... Pero para acallar sus escrpulos, la otra voz
gritaba: Eres un caballero, y un caballero no abandona por miedo  una
mujer horas despus de haber recibido el presente de su cuerpo.
Adelante, capitn!

Una excusa de cobarde egosmo emergi en su pensamiento, fabricado de
una sola pieza. El era espaol, era un neutral, que nada tena que ver
en la contienda del centro de Europa. Su segundo le haba hablado 
veces de solidaridad de raza, de pueblos latinos, de la necesidad de
acabar con el militarismo, de hacer la guerra para que no hubiese ms
guerras... Simplezas de lector crdulo! El no era ingls ni francs.
Tampoco era alemn; pero la mujer que l amaba lo era, y no iba 
abandonarla por unos antagonismos que le resultaban sin inters.

Freya no deba llorar. Su amante afirm repetidas veces que deseaba
vivir siempre  su lado, que no pensaba abandonarla por lo que haba
dicho, y hasta empe su palabra de honor, como prueba de que la
ayudara en todo lo que considerase posible y digno de l.

As decidi atropelladamente de su destino el capitn Ulises Ferragut.

Cuando su amante le llev otra vez  la casa de la doctora, fu recibido
por sta lo mismo que si perteneciese  su familia. Ya no tena por qu
ocultar su nacionalidad. Freya le llam simplemente _Frau Doktor_. Y
ella, con un entusiasmo verbal de profesora, acab de catequizar al
marino, explicndole el derecho y la razn de su pas al entrar en
guerra con media Europa.

La pobre Alemania haba tenido que defenderse. El kaiser era el hombre
de la paz,  pesar de que durante muchos aos haba preparado
metdicamente una fuerza militar capaz de aplastar  la humanidad
entera. Todos le haban provocado, todos haban sido los primeros en
agredirle. Los insolentes franceses, mucho antes de la declaracin de
guerra, enviaban nubes de aeroplanos sobre las ciudades alemanas,
bombardendolas.

Ferragut parpade de sorpresa. Esto era nuevo para l. Deba de haber
ocurrido mientras estaba en alta mar. El autoritarismo verboso de la
doctora no le permiti duda alguna... Adems, aquella seora deba saber
las cosas mejor que los que viven navegando.

Luego haba surgido la provocacin inglesa. Como un traidor de
melodrama, el gobierno britnico vena preparando la guerra desde larga
fecha, no queriendo presentarse hasta el ltimo momento. Y Alemania,
amante de la paz, tena que defenderse de este enemigo, el peor de
todos.

--Dios castigar  Inglaterra!--afirmaba la doctora mirando  Ulises.

Y ste, para no defraudarla, en sus esperanzas, mova la cabeza
galantemente... Por l poda castigarla Dios.

Pero al expresarse de tal modo se senta agitado por una nueva dualidad.
Los ingleses haban sido buenos camaradas; recordaba agradablemente sus
navegaciones como oficial  bordo de buques britnicos. Al mismo tiempo
le produca cierta irritacin su poder creciente, invisible para los
hombres de tierra adentro, monstruoso para los que viven en el mar. Se
les encontraba como dominadores en todos los ocanos  slidamente
instalados en todas las costas estratgicas y comerciales.

La doctora, como si adivinase la necesidad de atizar su odio contra el
gran enemigo, apelaba  los recuerdos histricos: Gibraltar robado por
los ingleses; las pirateras de Drake; los galeones de Amrica
apresados con metdica regularidad por las flotas britnicas; los
desembarcos en las costas de Espaa, que haban perturbado la vida de la
Pennsula en otros siglos. Inglaterra, al iniciar su grandeza en el
reinado de Elisabeth, era del tamao de Blgica. Si se haba hecho
enorme, era  costa de los espaoles y luego de Holanda, hasta dominar
el mundo entero.

Y con tanta vehemencia hablaba la doctora en ingls da las maldades de
Inglaterra contra Espaa, que el impresionable marino acab por decir
espontneamente:

--Que Dios la castigue!...

Pero aqu reapareca el navegante mediterrneo, el Ulises complicado y
contradictorio. Se acord de pronto de las reparaciones de su buque, que
deban ser indemnizadas por Inglaterra.

Que Dios la castigue... pero que espere un poco!, murmur en su
pensamiento.

La imponente profesora se exasperaba al hablar de la tierra en que
viva.

--Mandolinistas! Bandidos!--grit, como siempre, contra los italianos.

Cuanto eran lo deban  Alemania. El emperador Guillermo haba sido un
padre para ellos. Todo el mundo saba esto!... Y sin embargo, al
estallar la guerra, se negaban  seguir  sus viejos amigos. Ahora la
diplomacia alemana deba trabajar, no para mantenerlos  su lado, sino
para impedir que se fuesen con los adversarios. Todos los das reciba
noticias de Roma. Haba esperanzas de que Italia se mantuviese neutral.
Pero quin poda fiarse de la palabra de tales gentes?... Y repeta sus
insultos iracundos.

Se habitu el marino inmediatamente  esta casa, como si fuese la suya.
Las contadas veces que Freya se separaba de l, iba  buscarla en el
saln de la imponente seora, que tomaba con Ulises un aire de suegra
bondadosa.

En varias de sus visitas se encontr con el conde. El taciturno
personaje le tenda una mano, guardando cierta distancia
instintivamente. Ulises conoca ahora su verdadera nacionalidad, y l
no ignoraba esto; pero los dos continuaron la ficcin del conde
Kaledine, diplomtico ruso. Como todo lo de este hombre impona respeto
en la vivienda de la doctora, Ferragut, atento  su egosmo amoroso, no
se permita ninguna averiguacin, acoplndose  las indicaciones de las
dos mujeres.

Nunca se haba considerado tan feliz como en aquellos das.
Experimentaba la monstruosa voluptuosidad del que se halla sentado  la
mesa en un comedor bien caldeado y ve por los cristales el mar
tempestuoso, con un buque que lucha contra las olas.

Los vendedores de peridicos pregonaban terribles batallas en el centro
de Europa: ardan las ciudades bajo el bombardeo, moran cada
veinticuatro horas miles y miles de seres humanos... Y l no lea nada,
no quera saber nada. Continuaba su existencia como si el mundo viviese
en una felicidad paradisaca, unas veces en espera de Freya, evocando en
su memoria las esplendideces de su cuerpo, los refinamientos y
sensaciones nuevas que le procuraba su pasin; otras abrazado  la
realidad, con un arrobamiento que borraba y suprima todo lo que no
fuese ellos dos.

Algo, sin embargo, le sac repentinamente de su egosmo amoroso; algo
que ensombreca su gesto, parta su frente con una arruga de
preocupacin y le haba hecho ir  bordo.

Cuando qued sentado en la gran cmara del buque, frente  su segundo,
apoy los codos en la mesa y comenz  chupar un grueso cigarro que
acababa de encender.

--Vamos  salir muy pronto--repiti con visible preocupacin--. Estars
contento, Tni; creo que estars contento.

Tni permaneci impasible. Esperaba algo ms. El capitn, al iniciar un
viaje, le deca siempre el puerto de destino y la especialidad de la
carga. Por eso, al darse cuenta de que Ferragut no quera aadir nada,
se atrevi  preguntar:

--Es  Barcelona adonde vamos?...

Vacil Ulises, mirando hacia la puerta como si temiese ser escuchado.
Luego avanz el busto hacia Tni.

Se trataba de un viaje sin peligro alguno, pero que deba quedar en el
misterio.

--Yo te lo cuento  ti porque t sabes todas mis cosas, porque te
considero como de mi familia.

El piloto no pareca emocionarse con esta muestra de confianza.
Permaneci impasible, mientras en su interior empezaban  despertar
todas las inquietudes que le haban agitado en los das anteriores.

Sigui hablando el capitn. Los tiempos eran de guerra, y deban
aprovecharlos. Para los dos no representaba una novedad transportar
cargamentos de material militar. El haba llevado una vez desde Europa
armas y municiones para una revolucin de la Amrica del Sur. Tni le
haba contado sus aventuras en el golfo de California mandando una
pequea goleta que serva de transporte  los insurrectos de las
provincias septentrionales alzados contra el gobierno de Mjico.

Pero el segundo,  la vez que mova la cabeza afirmativamente, le miraba
con ojos interrogantes. Qu iban  transportar en este viaje?...

--Tni, no se trata de artillera ni de fusiles; tampoco de
municiones... Es un trabajo corto y bien pagado, que nos har perder
poco camino en nuestra vuelta  Barcelona.

Se detuvo en su confidencia, sintiendo una ltima vacilacin, y al fin
aadi bajando la voz:

--Los alemanes pagan!... Vamos  proveer de esencia de petrleo  los
submarinos que tienen en el Mediterrneo.

Contra lo que esperaba Ferragut, su segundo no hizo un gesto de
sorpresa. Permaneci impasible, como si esta noticia resultase sin
sentido para l. Luego sonri levemente, moviendo los hombros lo mismo
que si hubiese escuchado algo absurdo... Acaso los alemanes tenan
submarinos en el Mediterrneo? Poda una de estas mquinas navegantes,
pequeas y frgiles, hacer la larga travesa desde el mar del Norte al
estrecho de Gibraltar?

Estaba enterado de los grandes males que causaban los submarinos en las
cercanas de Inglaterra, pero en una zona reducida, en el limitado radio
de accin de que eran capaces. El Mediterrneo, afortunadamente para
los buques mercantes, se hallaba  cubierto de sus traidoras asechanzas.

Ferragut le interrumpi con una vehemencia meridional. Este hombre,
extremado en sus pasiones, se expresaba ya como si la doctora hablase
por su boca.

--T te refieres  los submarinos, Tni,  los pequeos submarinos que
existan al empezar la guerra: cigarros de acero frgiles, que navegan
mal  ras del agua y pueden abrirse al menor choque... Pero ahora hay
algo ms: hay el sumergible, que es como un submarino resguardado por un
casco de barco, el cual puede marchar oculto entre dos aguas y al mismo
tiempo puede navegar sobre la superficie mejor que un torpedero... T no
sabes de lo que son capaces los alemanes. Son un gran pueblo, el
primero del mundo!...

Y con impulsiva exageracin, insisti en proclamar la grandeza alemana y
su espritu inventivo, como si le correspondiese una parte de esta
gloria mecnica y destructora.

Luego aadi confidencialmente, poniendo una mano sobre un brazo de
Tni:

--A t solo te lo digo; t eres el nico que conoce el secreto, aparte
de las personas que me lo han comunicado... Los sumergibles alemanes van
 entrar en el Mediterrneo. Nosotros saldremos  su encuentro para
renovar su provisin de aceite y de combustible.

Call, mirando fijamente  su subordinado, mientras le sonrea para
vencer sus escrpulos.

Durante unos segundos no supo qu creer. Tni permaneca pensativo, con
los ojos bajos. Despus se enderez poco  poco; abandonando su asiento,
y dijo simplemente:

--No!

Ulises abandon igualmente su silln giratorio  impulsos de la
sorpresa. No?... Por qu?

El era el capitn, y todos deban obedecerle. Por esto responda del
buque, de la vida de sus tripulantes, de la suerte de la carga. Adems,
era el propietario: nadie mandaba sobre l, su poder no tena lmites.
Por afecto amistoso, por costumbre, consultaba  su segundo, le haca
partcipe de sus secretos, y Tni, con una ingratitud nunca vista, osaba
rebelarse... Qu significaba esto?...

Pero el segundo, en vez de dar explicaciones, se limit  responder,
cada vez ms terco y enfurruado:

--No!... no!

--Pero por qu no?--insisti Ferragut, impacientndose, con un temblor
de clera en la voz.

Tni, sin perder energa en sus negativas, vacilaba, confuso,
desorientado, rascndose la barba, bajando los ojos para reflexionar
mejor.

No saba explicarse. Envidiaba la facilidad de su capitn para encontrar
las palabras. La ms simple de sus ideas sufra angustiosamente antes de
surgir de su boca... Pero al fin, poco  poco, entre balbuceos, fu
diciendo su odio contra aquellos monstruos de la industria moderna que
deshonraban el mar con sus crmenes.

Cada vez que lea en los peridicos sus hazaas en el mar del Norte, una
oleada de indignacin pasaba por su conciencia de hombre simple, franco
y recto. Atacaban traidoramente escondidos en el agua, disimulando su
ojo asesino y largo, semejante  las antenas visuales de los monstruos
de la profundidad. Esta agresin sin peligro pareca resucitar en su
alma las almas indignadas de cien abuelos mediterrneos, tal vez piratas
y crueles, pero que haban buscado al enemigo frente  frente, con el
pecho desnudo, el hacha en la mano y el arpn de abordaje como nicos
medios de pelea.

--Si slo torpedeasen  los buques armados!--aadi--. La guerra es un
salvajismo, y hay que cerrar los ojos ante sus golpes traidores,
aceptndolos como hazaas gloriosas... Pero hacen algo ms: t lo sabes.
Echan  pique buques de comercio, vapores de pasajeros, donde van
mujeres, donde van pequeos.

Sus mejillas curtidas tomaron una coloracin de ladrillo cocido. Le
brillaron los ojos con un resplandor azulado. Senta la misma clera que
al leer los relatos da los primeros torpedeamientos de grandes
trasatlnticos en las costas de Inglaterra.

Vea la muchedumbre indefensa y pacfica amontonndose en los botes, que
zozobraban; las mujeres arrojndose al mar con un nio en brazos; toda
la confusin mortal de la catstrofe... Luego, el submarino que emerga
para contemplar su obra; los alemanes agrupados en la cubierta de acero
hmedo, riendo y bromeando, satisfechos de la rapidez de su labor; y en
una extensin de varias millas, el mar poblado de bultos negros
arrastrados lentamente por las olas: hombres que flotaban de espaldas,
inmviles, con los ojos vidriosos fijos en el cielo; nios con la rubia
cabellera tendida como una mscara sobre su rostro lvido; cadveres de
madres oprimiendo sobre su seno, con fra rigidez, el pequeo cadver de
una criatura asesinada antes de que pudiera darse cuenta de la vida.

Leyendo el relato de estos crmenes pensaba en su mujer y en sus hijos,
imaginndose que podan haber estado en aquel vapor, sufriendo la misma
suerte de sus inocentes pasajeros. Esta suposicin le haca sentir una
clera tan intensa, que hasta llegaba  dudar de su cordura el da en
que volviera  tropezarse en cualquier puerto con marinos alemanes... Y
Ferragut, un hombre honrado, un capitn bueno, al que todos elogiaban,
poda ayudar al trasplante de tales horrores en el Mediterrneo?...

Pobre Tni!... No saba explicarse, pero la idea de que su mar
presenciase estos crmenes daba nuevas vehemencias  su indignacin. El
alma del doctor Ferragut pareca revivir en el rudo navegante
mediterrneo. No haba visto  Anfitrita, pero temblaba por ella, sin
conocerla, con religioso fervor. Era el azul luminoso de donde haban
surgido los primeros dioses deshonrado por la mancha aceitosa que
denuncia un asesinato en masa; las costas rosadas, cuyas espumas
fabricaron  Venus, recibiendo racimos de cadveres empujados por las
olas; las alas de gaviota de las barcas de pesca huyendo amedrentadas
ante el gris tiburn de acero; su familia y sus convecinos aterrados al
despertar frente al cementerio flotante arrastrado por la noche hasta
sus puertas.

Todo esto lo pensaba, lo vea; pero no acertando  expresarlo, se limit
 insistir en su protesta.

--No!... En nuestro mar, no quiero!

Ferragut,  pesar de su carcter impetuoso, adopt un tono de bondad,
como un padre que desea convencer  su hijo fosco y testarudo.

Los sumergibles alemanes se limitaran en el Mediterrneo  una accin
militar. No haba cuidado de que atacasen  los barcos indefensos, como
en los mares del Norte. Sus tristes hazaas de all haban sido
impuestas por las circunstancias, por el sano deseo de terminar cuanto
antes la guerra dando golpes aterradores  inauditos.

--Te aseguro que en nuestro mar no harn nada de eso. Me lo han dicho
personas que pueden saberlo... De no ser as, no me hubiese comprometido
 darles ayuda.

Lo afirm varias veces, de buena fe, con una absoluta seguridad en las
gentes que le haban hecho la promesa.

--Echarn  pique, si pueden, los navos de los aliados que estn en los
Dardanelos. Pero qu nos importa eso?... Es la guerra! Cuando en
Amrica llevbamos caones y fusiles  los revolucionarios, no nos
preocupaba el uso que pudieran hacer de ellos.

Tni insisti en su negativa.

--No es lo mismo... No s explicarme; pero no es lo mismo. Al can le
puede contestar otro can. El que pega tambin recibe golpes... Pero
ayudar  los submarinos es otra cosa. Atacan ocultos, sin peligro... y 
m no me gustan las traidoras.

Esta insistencia de su segundo acab por irritar  Ferragut,
desvaneciendo su forzada bondad.

--No hablemos ms!--dijo con arrogancia--. Soy el capitn, y mando lo
que quiero... He dado mi palabra, y no voy  faltar  ella por darte
gusto... Hemos terminado.

Vacil Tni, como si acabase de recibir un golpe en el pecho. Sus ojos
volvieron  brillar, humedecindose. Despus de una larga reflexin
tendi su diestra velluda al capitn.

--Adis, Ulises!...

El no quera obedecer, y un marino que desacata las rdenes de su jefe
debe desembarcar. En ningn buque vivira como en el _Mare nostrum_. Tal
vez le faltase colocacin; tal vez los otros capitanes no quisieran de
l, por considerarle habituado  una excesiva familiaridad; pero si era
necesario, volvera  ser patrn de barca de cabotaje... Adis! Aquella
noche no dormira  bordo.

Ferragut se indign, hasta gritar de coraje:

--Pero no seas brbaro!... Qu testarudez la tuya!... A qu vienen
esos escrpulos exagerados?...

Luego sonri malignamente, y dijo en voz baja:

--Ya sabes que nos conocemos, y no ignoro que en tu juventud has hecho
el contrabando.

Se irgui Tni con altivez. Ahora era l quien se indignaba.

--He hecho el contrabando; y qu hay de extraordinario en eso?...
Tambin lo hicieron tus abuelos. No hay en nuestro mar un solo navegante
honrado que no conozca ese pecadillo... A quin se hace dao con
ello?...

El nico que poda quejarse era el Estado, vaga personalidad que nadie
sabe dnde habita ni qu cara tiene, y que sufre diariamente un milln
de atentados semejantes. Tni haba visto en las aduanas  viajeros
riqusimos engaar la vigilancia de los empleados por evitarse un pago
insignificante. Toda persona lleva dentro un contrabandista... Adems,
gracias  los navegantes del fraude, los pobres fumaban mejor y ms
barato. A quin asesinaban con sus negocios?... Cmo se atreva
Ferragut  comparar estas faltas  la ley, sin perjuicio para las
personas, con la tarea de ayudar  los piratas submarinos en la
continuacin de sus crmenes?...

El capitn, desarmado por esta lgica simple, quiso apelar  la
seduccin.

--Tni,  lo menos hazlo por m. Sigamos amigos como siempre. Yo me
sacrificar en otra ocasin. Piensa que he dado mi palabra.

Y el segundo, algo conmovido por sus ruegos, contest dolorosamente:

--No puedo... no puedo!

Necesitaba decir ms, completar su pensamiento, y aadi:

--Soy republicano...

Esta profesin de fe la elevaba como un muro infranqueable, golpendose
al mismo tiempo el pecho para demostrar la dureza del obstculo.

Ulises sinti tentaciones de rer, lo mismo que haca siempre ante las
afirmaciones polticas de Tni. Pero la situacin no era para burlas, y
sigui hablando con el deseo de convencerle.

El amaba la libertad y se pona del lado del despotismo!... Inglaterra
era la gran tirana de los mares: haba provocado la guerra para reforzar
su podero, y si alcanzaba la victoria, su soberbia no tendra lmites.
La pobre Alemania no haca mas que defenderse... Repiti Ferragut todo
lo que haba escuchado en casa de la doctora, para terminar con tono de
reproche:

--Y t ests al lado de los ingleses, Tni? T, un hombre de ideas
avanzadas?...

Se rasc la barba el piloto con una expresin de perplejidad, rebuscando
las palabras fugitivas. No ignoraba lo que deba responder. Lo haba
ledo en escritos de seores que saban tanto como su capitn. Adems,
haba reflexionado mucho sobre esto en sus solitarios paseos sobre el
puente.

--Yo estoy donde debo estar. Estoy con Francia...

Torpemente, con balbuceos y palabras incompletas, expuso su pensamiento.
Francia era el pas de la gran Revolucin, y l la consideraba por esto
como algo que le perteneca, uniendo su suerte  la de su propia
persona.

--Y no necesito decir ms. En cuanto  Inglaterra...

Aqu hizo una pausa, como el que descansa y toma fuerzas para dar un
salto penoso.

--Siempre habr una nacin--continu--que est encima de las otras...
Nosotros apenas somos algo en el presente, y segn he ledo, Espaa pes
sobre el mundo entero durante siglo y medio. Estbamos en todas partes:
nos encontraban hasta en la sopa. Despus le lleg el turno  Francia.
Ahora es Inglaterra... A m no me molesta que un pueblo se coloque sobre
los dems. Lo que me interesa es lo que representa ese pueblo: la moda
que va  imponer al mundo.

Ferragut concentraba su atencin para comprender lo que Tni quera
decir.

--Si triunfa Inglaterra--sigui diciendo el piloto--, ser de moda la
libertad. Qu me importa su soberbia, si siempre ha de existir un
pueblo soberbio?... Las naciones copiarn seguramente al que gane...
Inglaterra, segn dicen, es una Repblica que se paga el lujo de un rey
para las grandes ceremonias. Con ella sern de rigor la paz, el gobierno
desempeado por los paisanos, la desaparicin de los grandes ejrcitos,
la verdadera civilizacin. Si triunfa Alemania, viviremos como en un
cuartel, gobernar el militarismo, criaremos hijos, no para que gocen de
la vida, sino para que sean soldados y se hagan matar en plena juventud.
La fuerza como nico derecho: esa es la moda alemana; la vuelta  los
tiempos brbaros bajo una careta de civilizacin.

Call un instante, como si recapitulase mentalmente todo lo dicho, para
convencerse de que no haba dejado ninguna idea olvidada en los rincones
de su pensamiento. Despus se golpe el pecho. El estaba donde deba
estar, y le era imposible obedecer  su capitn.

--Soy republicano!... soy republicano!--repiti con energa, como si
luego de dicho esto no necesitase aadir ms.

Ferragut, no sabiendo qu contestar  su entusiasmo simple y slido, se
entreg  la clera.

--Mrchate, bruto!... No quiero verte, mal agradecido! Yo har las
cosas solo: no te necesito. Me basto para llevar el buque all donde me
plazca y cumplir mi santa voluntad. Aljate con todas las mentiras
viejas de que te han atiborrado el crneo... ignorante!

Su rabia le hizo caer en un silln, volviendo la espalda al piloto,
ocultando su cabeza entre las manos, para dar  entender con este
silencio despectivo que todo haba terminado.

Los ojos de Tni, cada vez ms hinchados y vidriosos, acabaron por
soltar una lgrima... Separarse as despus de una vida fraternal en la
que los meses valan por aos!...

Avanz tmidamente para apoderarse de una de las manos de Ferragut,
blanda, desmayada, inexpresiva. Su fro contacto le hizo vacilar. Se
sinti inclinado  ceder... Pero inmediatamente borr esta debilidad
con el tono firme y breve de su voz:

--Adis, Ulises!...

El capitn no le contest, dejando que se alejase sin la menor palabra
de despedida.

Se hallaba ya el piloto junto  la puerta, cuando se detuvo para
hablarle con una expresin doliente y afectuosa:

--No temas que diga esto  nadie... Todo queda entre los dos. Inventar
un pretexto para que la gente de  bordo no se extrae de mi marcha.

Vacilaba como si tuviese miedo  parecer importuno, pero aadi:

--Te aconsejo que no intentes ese viaje. S cmo piensan nuestros
hombres: no cuentes con ellos. Hasta el to _Caragl_, que slo se ocupa
de su cocina, te criticar... Tal vez te obedezcan porque eres el
capitn, pero cuando bajen  tierra no sers dueo de su silencio...
Creme: no lo intentes. Vas  deshonrarte... T sabrs por qu causa...
Adis, Ulises!

Cuando ste levant la cabeza, el piloto ya haba desaparecido. La
soledad pes de pronto con una gravitacin mortal sobre su pensamiento.
Sinti miedo  realizar sus planes sin el auxilio de Tni. Le pareci
que se haba roto la cadena de autoridad que iba desde l  sus gentes.
El piloto se llevaba una parte del prestigio que Ferragut ejerca sobre
los tripulantes. Cmo explicar su desaparicin en vsperas de un viaje
ilegal que exiga gran reserva? Cmo asegurarse del silencio de
todos?...

Qued pensativo largo rato, y de pronto abandon su silln, saliendo 
la cubierta.

Di un grito  los marineros que trabajaban en la limpieza: Dnde est
don Antonio? A ver: uno que le llame!

--_Don Antni!... don Antni!_--contest una fila de voces de la popa
 la proa, mientras el to _Caragl_ asomaba la cabeza  la puerta de
sus dominios.

Surgi _don Antni_ por una escotilla. Estaba revisando todo el buque
antes de despedirse de su capitn. Este le recibi volviendo el rostro,
evitando su mirada, con un gesto complejo y contradictorio. Senta la
clera de su vencimiento, la vergenza de su debilidad, y junto con esto
la gratitud instintiva del que se ve librado de un mal paso por una mano
violenta que lo maltrata y lo salva.

--Qudate, Tni!--dijo con voz sorda--. Nada hay de lo dicho. Yo
recobrar mi palabra como pueda... Maana sabrs con certeza lo que
vamos  hacer.

La cara solar de _Caragl_ sonrea beatficamente  lo lejos, sin ver
nada, sin or nada. Haba presentido algo grave con la llegada del
capitn, su larga entrevista  solas con el segundo, y la salida de
ste, que pas silencioso y ceudo ante la puerta de la cocina. Ahora,
el mismo presentimiento le avisaba una reconciliacin de los dos
hombres, cuyos bultos distingua confusamente. Bendito sea el Cristo
del Grao!... Y al saber que el capitn se quedaba  bordo hasta la
tarde, se lanz  la confeccin de uno de sus arroces magistrales, para
solemnizar la vuelta de la paz.

Poco antes de la puesta del sol, Ulises se encontr con su amante en el
hotel. Volvi  tierra nervioso  inquieto. Su zozobra le haca temer
esta entrevista, y al mismo tiempo la deseaba.

Adelante! Yo no soy un nio para sentir tales miedos, se dijo al
entrar en su cuarto y ver  Freya esperndole.

La habl con la brutalidad del que necesita terminar pronto... No poda
encargarse del servicio que le haba pedido la doctora. Retiraba su
palabra. El segundo de  bordo no quera seguirle.

Estall la clera de ella sin ningn miramiento, con la franqueza de la
intimidad. Odiaba  Tni. Fauno viejo y feo!... Desde el primer
momento haba adivinado en l  un enemigo.

--Pero t eres dueo del buque--continu--. T puedes hacer lo que
quieras, y no necesitas su ayuda para navegar.

Cuando dijo Ulises que tampoco estaba seguro de su gente y que el viaje
era imposible, la mujer volvi su clera contra l. Pareca haber
envejecido de golpe diez aos. El marino la vi con otra cara, de una
palidez cenicienta, las sienes fruncidas, los ojos con lgrimas
iracundas y una leve espuma en las comisuras de su boca.

--Hablador... embustero... meridional!

Ulises intent calmarla. Era posible encontrar otro barco: se ofreca 
ayudarles en la busca. Iba  enviar _Mare nostrum_  que le esperase en
Barcelona, y l permanecera en Npoles todo el tiempo que ella
quisiera.

--Farsante!... Y yo he credo en ti! Y yo me he entregado
considerndote un hroe, tomando como verdad tus ofertas de
sacrificio!...

Se march furiosa, dando un terrible portazo.

Va  ver  la doctora...--pens Ferragut--. Todo ha terminado.

Lament la prdida de esta mujer, aun despus de haberla visto con su
fealdad trgica y pasajera. Al mismo tiempo le escocan las palabras
injuriosas, los insultos cortantes con que haba acompaado su salida.
Ya estaba harto de orse llamar meridional, como si esto fuese un
estigma.

Palade la alegra forzosa, la sensacin de falsa libertad de todo
enamorado despus de una escena de rompimiento. A vivir!... Quiso
volver inmediatamente al buque, pero temi la resurreccin de sus
recuerdos evocados por la soledad. Era mejor quedarse en Npoles, ir al
teatro, confiarse  la suerte de un buen encuentro, lo mismo que cuando
bajaba  tierra por unas horas. A la maana siguiente abandonara el
hotel, con todo su equipaje, y antes de la puesta del sol estara
navegando en plena mar.

Comi fuera del _albergo_. Pas la noche codendose con hembras en cafs
cantantes, donde un espectculo inspido y variado serva de pretexto
para disimular la feria de la carne. El recuerdo de Freya, fresco y
vivo, se elevaba entre l y las bocas pintadas cada vez que stas le
sonrean queriendo atraerle.

A la una de la madrugada subi la escalera del hotel, sorprendindose al
ver una raya de luz por debajo de la puerta de su cuarto. Entr.... Ella
le aguardaba leyendo, tranquila y sonriente. Su rostro, refrescado y
retocado con juveniles colores, no guardaba ninguna huella del furioso
crispamiento que lo haba ensombrecido horas antes. Estaba vestida con
su pijama hombruno.

Viendo entrar  Ulises, se levant con los brazos tendidos.

--Di que no me guardas rencor!... Di que me perdonas!... He sido muy
mala contigo esta tarde, lo reconozco.

Se haba abrazado  l, frotando su boca contra su cuello con un arrullo
felino. Antes de que el capitn pudiese responder, ella continu, con
una voz infantil:

--Mi tiburn! Mi lobo marino, que me ha hecho esperar hasta estas
horas!... Jrame que no me has sido infiel!... Deja que te respire. Yo
percibo en seguida la huella de otra mujer.

Olindole las barbas y el rostro, su boca se aproxim  la del marino.

--No, no has sido infiel... Encuentro an mi perfume... Oh Ulises!
hroe mo!...

Le bes con aquel beso absorbente que pareca apropiarse toda la vida de
l, obscureciendo su pensamiento, anulando su voluntad, hacindole
temblar del occipucio  los talones. Todo qued olvidado: ofensas,
despechos, propsitos de partida... Y cay, como siempre, vencido bajo
la caricia vampiresca.

Se hizo la obscuridad; una obscuridad poblada de suspiros y misteriosos
rumores. Una hora despus, cuando el silencio era absoluto, son
quedamente la voz de Freya. Recapitulaba lo que no se haban dicho, pero
que los dos pensaban  la vez.

--La doctora cree que debes quedarte. Deja que tu buque se marche con
ese fauno feo que slo sirve de estorbo. Que te espere all en tu
tierra... T puedes hacernos aqu un gran favor... Ya lo sabes: te
quedas... Qu felicidad!

El destino de Ferragut era obedecer  esta voz amorosa y dominadora... Y
en la maana siguiente, Tni le vi llegar al vapor con un aire de mando
que no admita rplica. _Mare nostrum_ deba partir cuanto antes con
rumbo  Barcelona. Confiaba el mando  su segundo. Ira  reunirse con
l tan pronto como terminase ciertos asuntos que le retenan en Npoles.

Tni dilat sus ojos con un gesto de sorpresa. Quiso responder, pero
qued con la boca abierta, sin atreverse  dar salida  sus palabras...
Era el capitn, y l no iba  permitirse objeciones  todas sus rdenes.

--Est bien--dijo finalmente--. Slo te ruego que vuelvas cuanto antes 
encargarte del mando... No olvides lo que pierdes teniendo el buque
amarrado.

Pocos das despus de la partida del vapor, cambi radicalmente el modo
de vivir de Ulises.

Ella no quiso continuar alojada en el hotel. Acometida por un pudor
repentino, le molestaban las curiosidades y sonrisas de pasajeros y
criados. Adems, quera gozar de una libertad completa en sus relaciones
amorosas. Su amiga, que era para ella como una madre, facilitaba sus
deseos. Los dos iban  vivir en su casa.

Ferragut se sorprendi al conocer la amplitud del piso ocupado por la
doctora. Ms all de su saln existan un sinnmero de habitaciones algo
destartaladas y sin muebles; un ddalo de tabiques y pasillos en el que
se perda el capitn, teniendo que apelar al auxilio de Freya. Todas las
puertas del rellano de la escalera, que parecan sin relacin con la
mampara verde de la oficina, eran otras tantas salidas de la misma
vivienda.

Los amantes se alojaron en un extremo, como si viviesen en una casa
aparte. Una de las puertas era sola para ellos. Ocupaban un gran saln,
rico en molduras y dorados y pobre en mueblaje. Tres sillas, un divn
viejo, una mesa cargada de papeles, de artculos de tocador, de
comestibles, y una cama algo estrecha en uno de los rincones, eran todas
las comodidades de su nueva instalacin.

En la calle haca calor y ellos temblaban de fro en esta pieza
magnfica, donde jams haban penetrado los rayos solares. Ulises
intent hacer fuego en una chimenea de mrmol de colores, grande como un
monumento, y tuvo que desistir, medio ahogado por el humo. Para ir hasta
la doctora tenan que atravesar un sinnmero de habitaciones abandonadas
y en fila.

Vivieron como recin casados, en amorosa soledad, comentando con un
regocijo infantil los defectos de su aposento y los mil inconvenientes
de la existencia material. Freya preparaba el desayuno en un hornillo de
alcohol, defendindose de su amante, que se crea con mayor competencia
para los trabajos culinarios. Un marino sabe algo de todo.

La proposicin de buscar una sirvienta para los ms vulgares menesteres
irrit  la alemana.

--Nunca!... Tal vez sera una espa.

Y la palabra espa tomaba en sus labios una expresin de inmenso
desprecio.

La doctora se ausentaba con viajes frecuentes, y era Karl, el empleado
del escritorio, el que reciba  los visitantes. Algunas veces
atravesaba la fila de piezas desiertas para pedir  Freya un informe, y
sta le segua, dejando  su amante por unos momentos.

Al verse Ulises solo, experimentaba un repentino desdoblamiento de su
personalidad. Resurga el hombre anterior al encuentro en Pompeya. Vea
su buque, vea su casa de Barcelona.

En dnde te has metido?--se preguntaba con remordimiento--. Cmo
terminar todo esto?...

Pero al sonar los pasos de ella en la habitacin inmediata, al percibir
la onda atmosfrica producida por el desplazamiento de su adorable
cuerpo, se replegaba en su interior esta segunda persona y un teln
opaco caa en su memoria, dejando visible nicamente la realidad actual.

Con la sonrisa beatfica de los fumadores de opio, aceptaba la caricia
turbadora de sus labios, el enroscamiento de sus brazos, que le opriman
como boas de marfil.

--Ulises! dueo mo!... Los minutos que me separo de ti me pesan como
siglos.

El, en cambio, haba perdido la nocin del tiempo. Los das se
embrollaban en su memoria, y tena que pedir ayuda para contar su paso.
Llevaba una semana en casa de la doctora, y unas veces crea que el
dulce secuestro era slo de cuarenta y ocho horas, otras que haba
transcurrido cerca de un mes.

Salan poco. La maana transcurra insensiblemente entre los largos
desperezamientos del despertar y los preparativos del almuerzo,
confeccionado por ellos mismos. Si haba que ir en busca de un
comestible olvidado el da antes, era ella la que se encargaba de la
expedicin, queriendo evitarle todo contacto con la vida exterior.

Las tardes eran tardes de harn, pasadas sobre el divn  tendidos en el
suelo. Ella entonaba  media voz cantos orientales incomprensibles y
misteriosos. De pronto saltaba impetuosamente, como un muelle que se
despliega, como una serpiente que se yergue, y empezaba  bailar casi
sin mover los pies, ondulando sus giles miembros... Y l sonrea con
estpido arrobamiento, tendiendo la diestra hacia un taburete rabe
cargado de botellas.

Freya cuidaba de la provisin de licores ms an que de los comestibles.
El marino estaba ebrio, con una borrachera sabiamente dosificada que
nunca iba ms all del perodo de color de rosa. Pero era tan feliz!...

Coman fuera de la casa. Algunas veces sus salidas eran  media tarde, 
iban  los restoranes de Possilipo  del Vomero, los mismos que lo
haban conocido  l como suplicante sin esperanza, y le vean ahora
llevndola del brazo con orgulloso aire de posesin. Si les sorprenda
la noche en su encierro, se dirigan  toda prisa  un caf del interior
de la ciudad, una cervecera, cuyo dueo hablaba en voz baja con Freya,
empleando el idioma alemn.

Siempre que la doctora estaba en Npoles los sentaba  su mesa, con el
aire de una buena madre que recibe  su hija y  su yerno. Sus lentes
escrutadores parecan registrar el alma de Ferragut, como si dudasen de
su fidelidad. Luego se enterneca en el curso de estos banquetes,
compuestos de fiambres  uso alemn, con gran abundancia de bebidas. El
amor era para ella lo ms hermoso de la existencia, y no poda ver  los
dos enamorados sin que un vaho de emocin empaase los cristales de sus
segundos ojos.

--Ah, capitn!... Quirala usted mucho!... No la contrare, obedzcala
en todo... Ella le adora.

Frecuentemente, volva de sus viajes con visible mal humor. Ulises
adivinaba que haba estado en Roma. Otros das se mostraba alegre, con
una alegra irnica y pesada. Los mandolinistas parecan entrar en
razn. Cada vez contaba Alemania ms partidarios entre ellos. En Roma,
la propaganda germnica reparta millones.

Una noche, la emocin conmova su spera sensibilidad. Traa de su viaje
un retrato, que apoy amorosamente en el vasto pecho antes de mostrarlo.

--Vedlo!--dijo  los dos--. Este es el hroe cuyo nombre hace derramar
lgrimas de entusiasmo  todos los alemanes... Qu honor para nuestra
familia!

El orgullo le hizo apresurarse, arrancando la fotografa de manos de
Freya para pasrsela  Ulises. Este vi  un oficial de marina algo
maduro rodeado de numerosa familia. Dos nias de cabellera rubia estaban
sentadas en sus rodillas. Cinco chiquillos cabezudos y peliblancos
aparecan  sus pies con las piernas cruzadas, alineados por orden de
edad. Junto  sus hombros se extendan en doble ala varias seoritas
huesudas, con las trenzas anudadas en forma de cesto, imitando el
peinado de las emperatrices y grandes duquesas... Detrs se ergua la
compaera virtuosa y prolfica, aventajada por los excesos de una
maternidad de repeticin.

Ferragut contempl largamente  este patriarca guerrero. Tena cara de
buena persona, con sus ojos claros y su barba canosa y puntiaguda. Casi
le inspir una tierna compasin por sus abrumadores deberes de padre.

Mientras tanto, la voz de la doctora cantaba las glorias de su pariente.

--Un hroe!... Nuestro gracioso kaiser le ha dado la Cruz de Hierro.
Varias capitales lo han hecho ciudadano honorfico... Dios castiga 
Inglaterra!

Y ensalz la inaudita hazaa de este jefe de familia. Era el comandante
del submarino que haba torpedeado  uno de los ms grandes
trasatlnticos ingleses. De mil doscientos pasajeros que venan de Nueva
York, estaban ahogados ms de ochocientos... Mujeres y nios haban
entrado en la destruccin general.

Freya, ms gil de pensamiento que la doctora, ley en los ojos de
Ulises... Miraba ahora con asombro la fotografa de este oficial rodeado
de su bblica prole como un burgus bondadoso. Y un hombre que pareca
bueno haba hecho tal carnicera sin arrostrar peligro alguno, oculto
en el agua, con el ojo pegado al periscopio, ordenando framente el
envo del torpedo contra la ciudad flotante  indefensa?...

--Es la guerra!--dijo Freya.

--Claro que es la guerra!--repuso la doctora, como si le ofendiese el
tono de excusa de su amiga--. Y es tambin nuestro derecho. Nos
bloquean, quieren matar de hambre  nuestras mujeres y nuestros nios, y
nosotros les matamos  los suyos.

Sinti el capitn la necesidad de protestar, sin hacer caso de los
gestos de su amante y de sus tirones ocultos. La doctora le haba dicho
muchas veces que Alemania no conocera nunca el hambre, gracias  su
organizacin, y que poda resistirse aos y aos con el consumo de sus
propios productos.

--As es--contest la dama--. Pero la guerra hay que hacerla feroz,
implacable, para que dure menos. Es un deber humano aterrar  los
enemigos con una crueldad que vaya ms all de lo que puedan imaginarse.

El marino durmi mal aquella noche, con una visible preocupacin. Freya
adivin la presencia de algo que encapaba al influjo de sus caricias. Al
da siguiente persisti este alejamiento pensativo, y ella, conociendo
la causa, quiso disiparlo con sus palabras...

Los torpedeamientos de vapores indefensos slo se hacan en las costas
de Inglaterra. Haba que cortar, fuese como fuese, el abastecimiento de
la isla odiada.

--En el Mediterrneo no ocurrir nunca eso. Puedo asegurrtelo... Los
submarinos slo atacarn  los buques de guerra.

Y como si temiese un renacimiento de los escrpulos de Ulises, extrem
sus seducciones en las tardes de voluptuoso encierro. Se renovaba, para
que su amante no conociese el hasto. El, por su parte, lleg  creer
que viva  la vez con varias mujeres, lo mismo que un personaje
oriental. Freya, al multiplicarse, no haca mas que girar sobre s
misma, mostrndole una nueva faceta de su pasada existencia.

El sentimiento de los celos, la amargura de no haber sido el primero y
el nico, rejuveneca la pasin del marino, alejando el cansancio de la
hartura, dando  las caricias de ella el sabor acre, desesperado y
atrayente al mismo tiempo de una forzosa confraternidad con ignorados
antecesores.

Dejando libres sus encantos, iba y vena por el saln, segura de su
hermosura, orgullosa de su cuerpo duro y soberbio, que no haba cedido
an bajo el paso de los aos. Unos chales de colores le servan de
vestiduras transparentes. Agitndolos como fragmentos de arco iris en
torno de su marfilea desnudez, esbozaba las danzas sacerdotales, las
danzas al terrible Siva que haba aprendido en Java.

De pronto, el fro de la habitacin morda en sus carnes, despertndola
de este ensueo tropical. De un ltimo salto iba  refugiarse en los
brazos de l.

--Oh, mi argonauta amado!... Tiburn mo!

Se apelotonaba contra el pecho del navegante, acaricindole las barbas,
empujndolo para incrustarse en el divn, que resultaba estrecho para
los dos.

Adivinaba inmediatamente la causa de su enfurruamiento, de la flojera
con que responda  sus caricias, del fuego sombro que pasaba por sus
ojos... La danza extica le haca recordar el pasado de ella. Y para
dominarle de nuevo, sometindolo  una dulce pasividad, saltaba del
divn, corriendo por la habitacin.

--Qu le dar  mi hombrecito malo para que sonra un poco?... Qu le
har para que olvide sus malas ideas?...

Los perfumes eran su aficin dominante. Como ella misma declaraba, poda
faltarle que comer, pero nunca las esencias ms ricas y costosas. En
aquel saln de muebles escasos, semejante al interior de una tienda de
campaa, los frascos tallados, con cerraduras doradas y niqueladas,
asomaban entre ropas y papeles, surgan de los rincones, denunciando el
olvido en que vivan con su embriagadora respiracin.

--Toma!... toma!

Y derramaba los perfumes preciosos como si fuesen agua sobre la cabeza
de Ferragut, sobre sus barbas rizosas, teniendo el marino que cerrar los
prpados para no quedar ciego bajo el loco bautismo.

Ungido y oloroso como un dspota asitico, el fuerte Ulises se revolva
algunas veces contra este afeminamiento. Otras lo aceptaba, con la
delectacin de un placer nuevo.

Vea abrirse de pronto un ventanal en su imaginacin, y pasaban por este
cuadro luminoso la melanclica Cinta, su hijo Esteban, el puente del
buque, Tni junto al timonel.

Olvida!--gritaba la voz de los malos consejos, borrando la visin--.
Goza del presente!... Tiempo te queda para ir en busca de ellos.

Y se suma otra vez en su bienestar artificioso y refinado, con el
egosmo del strapa que, luego de ordenar varias crueldades, se encierra
en el harn.

Lienzos finsimos esparcidos al azar se arrollaban  su cuerpo  le
servan de almohada. Eran prendas interiores de ella, ptalos
desprendidos de su hermosura, pantalones y camisas que guardaban la
tibieza y el perfume de su carne. Los equipajes de los dos estaban
confundidos, como si sufriesen la misma atraccin que juntaba sus
cuerpos con un enlazamiento continuo. Si Ferragut necesitaba buscar un
objeto de su pertenencia, se perda en el oleaje de faldas, enaguas de
seda, ropa blanca, perfumes y retratos tendido sobre los muebles 
encrespado en los rincones.

Cuando Freya no se apelotonaba en sus brazos, cansada de danzar en el
centro del saln, abra una caja de sndalo. En ella guardaba todas sus
joyas, volviendo  extraerlas con nerviosa inquietud, como si temiera
que se evaporasen en el encierro. Su amante tena que or las graves
explicaciones con que acompaaba la exhibicin de sus tesoros.

--Toca!--deca mostrndole la sarta de perlas unida casi siempre  su
cuello.

Estos granos de resplandor lunar eran para ella animalillos vivientes,
criaturas que necesitaban el contacto de su piel para alimentarse con su
jugo. Se impregnaban de la esencia del que las llevaba: beban su vida.

--Han dormido tantas noches sobre m!--murmuraba contemplndolas
amorosamente--. Ese ligero tono de mbar se lo he dado yo con mi calor.

Ya no eran una joya: formaban parte de su organismo. Podan palidecer y
morir si pasaban varios das olvidadas en el fondo de la caja.

Despus iba sacando del perfumado encierro todas las joyas que
constituan su orgullo: pendientes y sortijas de gran precio revueltos
con otras alhajas exticas de bizarras formas y escaso valor adquiridas
en sus viajes.

--Mira bien!--deca gravemente  Ferragut mientras frotaba contra su
brazo desnudo el enorme brillante de una de sus sortijas.

Al calentarse, la piedra preciosa se converta en imn. Un pedazo de
papel colocado  unos cuantos centmetros lo atraa con irresistible
revoloteo.

A continuacin frotaba una de aquellas joyas exticas y falsas con
gruesos vidrios tallados, y el pedacito de papel quedaba inmvil, sin
estremecerse bajo los efectos de la atraccin.

Freya, satisfecha de estas experiencias, guardaba sus tesoros en la
cajita y la repela con pasajero tedio, para arrojarse sobre Ulises lo
mismo que una bestia que quiere morder.

Estos largos encierros en una atmsfera cargada de esencias, de tabaco
oriental, de respiracin de carne femenil, desordenaban el pensamiento
de Ferragut. Adems, beba para dar nuevo vigor  su organismo, que
empezaba  quebrantarse con los monstruosos excesos de la voluptuosa
reclusin. Al ms leve signo de fastidio, Freya caa sobre l con sus
labios dominadores. Si lo dejaba libre de sus brazos, era para ofrecerle
la copa llena de licores fuertes.

La embriaguez, al apoderarse de l, entornando sus ojos, evocaba siempre
idnticos ensueos. En sus siestas de ebrio saciado y feliz, reapareca
Freya, que no era Freya, sino doa Constanza, la emperatriz de Bizancio.
La vea vestida de labradora, tal como figuraba en el cuadro de la
iglesia de Valencia, y al mismo tiempo completamente desnuda, igual que
la otra cuando danzaba en el saln.

Esta doble imagen, que se separaba y se juntaba caprichosamente con las
inverosimilitudes del ensueo, deca siempre lo mismo. Freya era doa
Constanza perpetundose  travs de los siglos, tomando nuevas formas.
Haba nacido de la unin de un alemn y una italiana, igual que la
otra... Pero la pdica emperatriz sonrea ahora de su desnudez; estaba
satisfecha de ser simplemente Freya. La infidelidad marital, la
persecucin y la pobreza, haban sido el resultado de su primera
existencia, tranquila y virtuosa.

Ahora conozco la verdad--continuaba diciendo doa Constanza con una
sonrisa dulcemente impdica--. Slo existe el amor; lo dems es engao.
Bsame, Ferragut!... He vuelto  la vida para recompensarte. T me
diste la virginidad de tu cario; me deseaste antes de ser hombre.

Y su beso era igual al de la espa, un beso absorbente que tiraba de
toda su persona, hacindole despertar... Al abrir los ojos, vea  Freya
abrazada  l y con la boca junto  la suya.

--Levntate, mi lobo marino!... Ya es de noche. Vamos  comer.

Fuera de la casa, Ulises aspiraba el viento del crepsculo, mirando las
primeras estrellas que empezaban  brillar sobre los tejados. Senta la
fresca delectacin y la flojedad de piernas de la odalisca que sale de
su encierro.

Terminada la comida, andaban por las calles ms obscuras  seguan los
paseos de la ribera, huyendo de la gente. Una noche se detuvieron en los
jardines de la _Villa Nazionale_, junto al banco que haba presenciado
su lucha  la vuelta de Possilipo.

--Aqu me quisiste matar, ladrn!... Aqu me amenazaste con tu
revlver, bandido mo!...

Ulises protest... Vaya un modo de recordar las cosas! Pero ella di
fin  sus rectificaciones con un autoritarismo audaz y mentiroso.

--Fuiste t... fuiste t!... Lo digo y basta. Es preciso que te
acostumbres  aceptar lo que yo afirme.

En la cervecera donde coman las ms de las noches, falso saln
medioeval, con vigas de artesonado hechas  mquina, paredes de yeso
imitando el roble y vidrieras neogticas, el dueo mostraba como gran
curiosidad un jarro de figurillas grotescas entre los _bocks_ de
porcelana que adornaban las repisas del zcalo.

Ferragut lo reconoci inmediatamente: era un jarro antiguo peruano.

--S; es una _huaca_--dijo ella--. Yo tambin he estado all... Nos
dedicbamos  fabricar antigedades.

Freya interpret mal el gesto que hizo su amante. Crey que se asombraba
ante lo inaudito de esta fabricacin de recuerdos incsicos. Alemania
es grande. Nada se resiste al poder de adaptacin de su industria...

Y los ojos de ella brillaron con un fuego de orgullo al enumerar estas
hazaas de falsa resurreccin histrica. Haban llenado museos y
colecciones particulares de estatuillas egipcias y fenicias recin
hechas. Luego haban fabricado en tierra alemana antigedades del Per
para venderlas  los viajeros que visitaban el antiguo Imperio de los
incas. Unos indgenas  sueldo se encargaban de desenterrarlas
oportunamente, con gran publicidad. Ahora, la moda favoreca al arte
negro, y los coleccionistas buscaban los dolos horribles de madera
tallados por las tribus del interior de frica.

Pero lo que interesaba  Ferragut era el plural empleado por ella al
hablar de tales industrias. Quin fabricaba las antigedades
peruanas?... Era su marido el sabio?...

--No--dijo Freya tranquilamente--; fu otro: un artista de Munich. Tena
escaso talento para la pintura, pero una gran inteligencia para los
negocios. Volvimos del Per con la momia de un inca, que paseamos por
casi todos los museos de Europa, sin encontrar quien la comprase. Un mal
negocio. Guardbamos al inca en nuestro cuarto del hotel, y...

Ferragut no se interes con las andanzas del pobre monarca indio
arrancado al reposo de su tumba... Uno ms! Cada confidencia de Freya
sacaba un nuevo antecesor de las tinieblas de su pasado.

Al salir de la cervecera, el capitn march con aspecto sombro. Ella,
por el contrario, rea de sus recuerdos, viendo  travs de los aos,
con un optimismo halagador, esta lejana aventura de su poca de bohemia;
regocijndose al evocar la carroa del inca paseada de hotel en hotel.

De pronto estall la clera de Ulises... El oficial holands, el sabio
naturalista, el cantante que se peg un tiro, y ahora el falsificador de
antigedades... Pero cuntos hombres haba en su existencia? Cuntos
quedaban an por llegar?... Por qu no los soltaba todos de una vez?...

Freya qued sorprendida por la violencia del exabrupto. Le daba miedo la
clera del marino. Luego ri, apoyndose con fuerza en su brazo,
tendiendo el rostro hacia l.

--Tienes celos!... Mi tiburn tiene celos! Sigue hablando. No sabes lo
que me gusta orte. Qujate!... pgame!... Es la primera vez que veo 
un hombre con celos. Ah, los meridionales!... Por algo os adoran las
mujeres.

Y deca verdad. Experimentaba una sensacin nueva ante esta clera viril
provocada por el despecho amoroso. Ulises se le apareca como un hombre
distinto  todos los que haba conocido en su existencia anterior,
fros, acomodaticios y egostas.

--Ferragut mo!... Mi mediterrneo! Cmo te amo! Ven... ven...
Necesito recompensarte.

Estaban en una calle cntrica, junto  la esquina de un callejn que
formaba una cuesta de rellanos. Ella le empuj, y  los primeros pasos
en la estrecha y obscura va se abraz  l, volviendo la espalda al
movimiento y la luz de la gran calle para besarlo con aquel beso que
haca temblar las piernas del capitn.

Aplacado en su clera, sigui quejndose durante el resto del paseo.
Cuntos le haban precedido?... Necesitaba conocerlos. Quera saber,
por lo mismo que esto le causaba un dao horrible. Era el sdico deleite
del celoso que persiste en araar su herida.

--Quiero conocerte--repiti--. Debo conocerte, ya que me perteneces.
Tengo derecho!...

Este derecho, invocado con una testarudez infantil, hizo sonrer  Freya
dolorosamente. Largos siglos de experiencia parecieron asomar en el
fruncimiento melanclico de su boca. Brill en ella la sabidura de la
mujer, ms cauta y previsora que la del hombre, por ser el amor su nica
preocupacin.

--Por qu quieres saber?--pregunt con desaliento--. Qu adelantas con
eso?... Sers acaso ms feliz cuando sepas?...

Call durante algunos pasos, y luego dijo sordamente:

--Para amar no es preciso conocerse. Todo lo contrario: un poco de
misterio mantiene la ilusin y aleja la hartura... El que quiere saber
nunca es dichoso.

Sigui hablando. La verdad tal vez era buena en las otras cosas de la
existencia, pero resultaba fatal para el amor. Era demasiado fuerte,
demasiado cruda. El amor se asemejaba  ciertas mujeres, bellas como
diosas  una luz artificial y discreta, horribles como monstruos bajo
los resplandores quemantes del sol.

--Creme: repele esas quimeras del pasado. No te basta el presente?...
No eres feliz?

Y necesitando convencerla de que lo era, pobl aquella noche el cerrado
misterio del dormitorio con una serie interminable de voluptuosidades
feroces, exasperadas, que hicieron caer  Ulises en un anonadamiento
pesado y dulce  la vez.

Tena la conviccin de su vileza. Adoraba y detestaba  esta mujer que
dorma  su lado con un cansancio impuro... Y no poder separarse!...

Ansioso de encontrar una excusa, evoc la imagen de su cocinero tal como
era cuando filosofaba en el rancho de la marinera. Para desear los
mayores males  un enemigo, este varn cuerdo formulaba siempre el mismo
anatema: Permita Dios que encuentres una mujer arreglada  tu
gusto!...

El piadoso y malhablado _Caragl_ no designaba  la mujer por entero,
circunscribindose  nombrar la parte ms interesante de su sexo; pero
la maldicin era la misma.

Ferragut haba encontrado la mujer arreglada  su gusto y era esclavo
para siempre de su suerte. La seguira,  travs de todos los
envilecimientos, hasta donde ella quisiera llevarle; cada vez con menos
energa para protestar, aceptando las situaciones ms deshonrosas 
cambio del amor... Y siempre sera as! Y l, que se consideraba meses
antes un hombre duro y dominador, acabara por suplicar y llorar si
ella se alejaba!... Ah, miseria!...

En las horas de tranquilidad, cuando la hartura les haca conversar
plcidamente como dos amigos del mismo sexo, Ulises evitaba las
alusiones al pasado y le diriga preguntas sobre su vida actual. Le
preocupaban los trabajos misteriosos de la doctora; quera conocer la
parte que tomaba Freya en ellos, con el inters que inspiran siempre las
acciones ms ftiles de la persona amada. No perteneca l  la misma
asociacin por el hecho de obedecer sus rdenes?...

Las respuestas eran incompletas. Ella se haba limitado  obedecer  la
doctora, que lo saba todo... Luego vacilaba, rectificndose. No; su
amiga no poda saberlo todo. Por encima de ella estaban el conde y otros
personajes que venan de tarde en tarde  visitarla, como viajeros de
paso. Y la cadena de agentes, de menor  mayor, se perda en misteriosas
alturas que hacan palidecer  Freya, poniendo en sus ojos y en su voz
una expresin de supersticioso respeto.

nicamente le era lcito hablar de sus trabajos, y lo haca
discretamente, contando los procedimientos que haba empleado, pero sin
nombrar  sus colaboradores ni decir cul era su finalidad. Las ms de
las veces se haba movido sin saber adnde convergan sus esfuerzos,
como voltea una rueda, conociendo nicamente su engranaje inmediato,
ignorando el conjunto de la maquinaria y la clase de produccin  que
contribuye.

Se admir Ulises de los inverosmiles y grotescos procedimientos
empleados por los agentes del espionaje.

--Pero eso es de novela de folletn!... Son medios gastados y ridculos
que todos pueden aprender en libros y melodramas.

Freya asenta. Por eso mismo los empleaban. El medio ms seguro de
desorientar al enemigo era valerse de procedimientos vulgares; as, el
mundo moderno, inteligente y sutil, se resista  creer en ellos.
Bismarck haba engaado  toda la diplomacia europea diciendo
simplemente la verdad, por lo mismo que nadie esperaba que la verdad
saliese de su boca. El espionaje alemn se agitaba como los personajes
de una novela policaca, y la gente no quera creer en sus trabajos,
aunque estos trabajos pasasen ante sus ojos, por parecerle demasiado
gastados y fuera de moda.

--Por eso--continu ella--cada vez que Francia descubra una parte de
nuestros manejos, la opinin mundial, que slo cree en cosas ingeniosas
y difciles, se rea de ella, considerndola atacada del delirio de
persecuciones.

La mujer entraba por mucho en el servicio de espionaje. Las haba sabias
como la doctora, elegantes como Freya, venerables y con un apellido
clebre, para obtener la confianza que inspira una viuda noble. Eran
numerosas, pero no se conocan unas  otras. Algunas veces se tropezaban
en el mundo, se presentan, pero cada una continuaba su camino,
empujadas en distintas direcciones por la fuerza omnipotente y oculta.

Le mostr retratos suyos que databan de algunos aos. Ulises tard en
reconocerla al contemplar la fotografa de una japonesa delgada,
jovencita, envuelta en un kimono sombro.

--Soy yo, cuando estuve all. Nos interesaba conocer la verdadera fuerza
de ese pueblo de hombrecitos con ojos de ratn.

El otro retrato apareca con falda corta, botas de montar, camisa de
hombre y un fieltro de _cow-boy_. Era del Transvaal. Tambin haba
andado por el Sur de frica, en compaa de otros alemanes del
servicio, para sondear el estado de nimo de los boers bajo la
dominacin inglesa.

--Yo he estado en todas partes--afirm ella con orgullo.

--Tambin en Pars?--dijo el marino.

Dud antes de contestar, pero al fin hizo un movimiento de cabeza...
Haba estado muchas veces en Pars. La guerra le haba sorprendido
viviendo en el Gran Hotel. Afortunadamente, recibi aviso dos das antes
de la ruptura de hostilidades, pudiendo librarse de quedar prisionera en
un campo de concentracin... Y no quiso decir ms. Era verbosa y franca
al relatar los trabajos pasados, pero el recuerdo de los recientes le
infunda una reserva inquieta y medrosa.

Para torcer el curso de la conversacin, habl de los peligros que la
haban amenazado en sus viajes.

--Necesitamos ser valientes... La doctora, tal como la ves, es una
herona... Rete; pero si conocieses su arsenal, tal vez te infundiese
miedo. Es una cientfica.

La grave seora experimentaba una repugnancia invencible por las armas
vulgares. Freya le conoca todo un botiqun porttil lleno de
anestsicos y venenos.

--Adems, lleva encima un saquito repleto de ciertos polvos de su
invencin: tabaco, pimienta... demonios! El que los recibe en los ojos
queda ciego. Es como si le echasen llamas.

Ella era menos complicada en sus medios de defensa. Tena el revlver,
arma que lograba ocultar como esconden el aguijn ciertos insectos, sin
saberse nunca con certeza de dnde volva  surgir. Y por si no le era
posible valerse de l, contaba con el alfiler de su sombrero.

--Mralo... Con qu gusto lo clavara en el corazn de muchos!...

Y le mostr una especie de pual disimulado, un estilete sutil y
triangular de verdadero acero, rematado por una perla larga de vidrio
que poda servir de empuadura.

Entre qu gente vives!--murmuraba en el interior de Ferragut la voz de
la cordura--. Dnde te has metido, hijo mo!

Pero su tendencia  desafiar el peligro,  no vivir como los dems, le
hizo encontrar un profundo encanto  esta existencia novelesca.

La doctora ya no emprendi ms viajes. En cambio aumentaban sus
visitantes. Algunas veces, cuando Ulises intentaba dirigirse hacia sus
habitaciones, le detena Freya.

--No vayas... Tiene una consulta.

Al abrir la puerta del rellano que corresponda  su alojamiento, vi en
varias ocasiones la mampara verde de la oficina cerrndose detrs de
muchos hombres, todos ellos de aspecto germnico: viajeros que venan 
embarcarse en Npoles con cierta precipitacin, vecinos de la ciudad que
reciban rdenes de la doctora.

Esta se mostr ms preocupada que de costumbre. Sus ojos pasaban con
distraccin sobre Freya y el marino, como si no los viese.

--Malas noticias de Roma--deca  Ferragut su amante--. Estos
mandolinistas malditos se nos escapan.

Ulises empez  sentir la saciedad de los das voluptuosos, que se
sucedan siempre iguales. Sus sentidos se embotaban con tantos placeres
repetidos maquinalmente. Adems, un monstruoso desgaste le haca pensar
por instinto defensivo en la vida tranquila del hogar.

Tmidamente haca clculo sobre su dulce reclusin. Cunto tiempo viva
en ella?... Su memoria confusa y nebulosa peda auxilio.

--Quince das--contestaba Freya.

De nuevo insista en sus clculos, y ella le afirmaba que slo iban
transcurridas tres semanas desde que su vapor parti de Npoles.

--Tendr que irme--deca Ulises con vacilacin--. Me esperan en
Barcelona: no tengo noticias... Qu ser de mi buque?...

Ella, que le escuchaba con aire distrado, no queriendo entender sus
tmidas insinuaciones, respondi una tarde categricamente:

--Se acerca el momento de que cumplas tu palabra, de que te sacrifiques
por m. Luego podrs marcharte  Barcelona, y yo... yo ir  juntarme
contigo. Si no puedo ir, ya nos encontraremos... El mundo es pequeo.

Su pensamiento no llegaba ms all de este sacrificio exigido 
Ferragut. Luego, quin poda saber dnde ira ella  parar?...

Dos tardes despus, la doctora y el conde llamaron al marino. La voz de
la dama, siempre bondadosa y protectora, tom esta vez un leve acento de
mando.

Todo est listo, capitn. Como no haba podido disponer de su vapor,
ella le tena preparado otro buque. Deba limitarse  seguir las
instrucciones del conde. Este le enseara el barco cuyo mando iba 
tomar.

Se marcharon juntos los dos hombres. Era la primera vez que Ulises sala
 la calle sin Freya, y  pesar de su entusiasmo amoroso, sinti una
agradable sensacin de libertad.

Descendieron  la ribera, y en el pequeo puerto de la isla del Huevo
pasaron el tabln que serva de puente entre el muelle y una goleta
pequea de casco verdoso. Ferragut, que la haba apreciado exteriormente
de una sola ojeada, corri su cubierta... Ochenta toneladas. Luego
examin el aparejo y la mquina auxiliar, un motor  petrleo que le
permita hacer siete millas por hora cuando el velamen no encontraba
viento.

Haba visto en la popa el nombre del buque y su procedencia, adivinando
en seguida la clase de navegacin  que estaba dedicado. Era una goleta
siciliana de Trpani, construida para la pesca. Un calafate artista
haba esculpido una langosta de madera subiendo por el timn. Por los
dos lados de la proa se remontaba un doble rosario de cangrejos,
tallados con la prolijidad inocente de un imaginero medioeval.

Al asomarse  una escotilla vi la mitad de la cala llena de cajas.
Ferragut reconoci este cargamento. Cada una de las cajas contena dos
latas de esencia de petrleo.

--Muy bien--dijo al conde, que haba permanecido silencioso  sus
espaldas, siguindole en todas sus evoluciones--. Dnde est la
tripulacin?...

Kaledine le seal tres marineros algo viejos acurrucados en la proa y
un muchacho vestido de andrajos. Eran veteranos del Mediterrneo,
silenciosos y ensimismados, que obedecan maquinalmente las rdenes, sin
preocuparse de adonde iban ni de quin los mandaba.

--No hay ms?--pregunt Ferragut.

El conde asegur que otros hombres vendran  reforzar la tripulacin en
el momento de la salida. Esta iba  ser tan pronto como la carga quedase
terminada. Haba que tomar ciertas precauciones para no llamar la
atencin.

--De todos modos, est usted pronto para embarcarse, capitn. Tal vez le
avise con slo un par de horas de avance.

En la noche, hablando  Freya, se asombr Ulises de la prontitud con que
la doctora haba encontrado un buque, de la discrecin con que hacan su
carga, de todos los detalles de este negocio, que se desarrollaba fcil
y misteriosamente en la misma boca de un gran puerto, sin que nadie se
percatase de ello.

Su amante afirm con orgullo que Alemania saba conducir bien sus
asuntos. No era la doctora la que obraba tales prodigios. Todos los
negociantes germnicos de Npoles y Sicilia le haban dado ayuda... Y
convencida de que el capitn iba  ser avisado de un momento  otro,
puso en orden su equipaje, arreglando una pequea maleta que le haba de
acompaar en la corta navegacin.

Al anochecer del da siguiente el conde vino  buscarle. Todo estaba
listo: el buque esperaba  su capitn.

La doctora despidi  Ulises con cierta solemnidad. Se hallaban en el
saln, y di una orden en voz baja  Freya. Esta sali para volver
inmediatamente con una botella estrecha y larga. Era vino aejo del
Rhin, regalo de un comerciante de Npoles, que guardaba la doctora para
una ocasin extraordinaria. Llen cuatro vasos; y tomando el suyo, mir
en torno de ella con indecisin.

--Dnde cae el Norte?

El conde lo seal silenciosamente. Entonces la dama fu levantando su
vaso con solemne lentitud, como si ofreciese una libacin religiosa al
misterioso poder oculto en el Norte, lejos, muy lejos. Kaledine la imit
con el mismo gesto de fervor.

Ulises iba  llevarse el vaso  los labios, queriendo ocultar un
principio de risa provocado por la gravedad de la imponente seora.

--Haz lo mismo que ellos--murmur Freya junto  su odo.

Y los dos brindaron mudamente, con los ojos vueltos hacia el Norte.

--Buena suerte, capitn!--dijo la doctora--. Volver usted pronto y con
toda felicidad, ya que trabaja por una causa justa... Nunca olvidaremos
sus servicios.

Freya quiso acompaarlo hasta el buque. El conde inici una protesta,
pero se contuvo viendo el gesto bondadoso de la sensible dama. Se
amaban tanto!... Haba que conceder algo al amor...

Bajaron los tres por las calles pendientes de Chiaia hasta la ribera de
Santa Luca. Ferragut,  pesar de su preocupacin, se fij en el
aspecto del conde. Iba vestido de azul y con gorra negra, lo mismo que
un _yachtman_ que se prepara  tomar parte en una carrera de balandros.
Sin duda haba adoptado este traje para hacer ms solemne la despedida.

En los jardines de la _Villa Nazionale_ se detuvo Kaledine, dando una
orden  Freya. No toleraba que pasase ms adelante. Poda llamar la
atencin en el pequeo puerto de la isla del Huevo, frecuentado slo por
pescadores. El tono de la orden fu cortante, imperioso, y ella obedeci
sin protesta, como si estuviese habituada  tal superioridad.

--Adis!... adis!

Olvidando la presencia del testigo severo, abraz  Ulises
ardorosamente. Despus rompi  llorar con un estertor nervioso. Le
pareci  l que nunca haba sido tan sincera como en este momento, y
tuvo que esforzarse para salir del anillo de sus brazos. Adis!...
adis!... Luego march detrs del conde, sin atreverse  volver la
cabeza, presintiendo que ella le segua con los ojos.

En la ribera de Santa Luca vi de lejos su antiguo hotel con las
ventanas iluminadas. El portero preceda los pasos de un joven que
acababa de descender de un carruaje llevando su maleta. Ferragut se
acord de pronto de su hijo Esteban. El viajero adolescente ofreca de
lejos cierta semejanza con l... Y sigui adelante, sonriendo con
amargura de este recuerdo inoportuno.

Al entrar en la goleta encontr  Karl, el dependiente de la doctora,
que haba trado su pequeo equipaje y acababa de instalarlo en el
camarote. Poda retirarse... Luego pas revista  la tripulacin.
Adems de los tres sicilianos viejos, vi ahora siete mocetones rubios y
carnudos con los brazos arremangados. Hablaban italiano, pero el capitn
no tuvo dudas sobre su verdadera nacionalidad.

Empezaron varios de ellos  levar el ancla, y Ferragut mir al conde
como si le invitase  salir. El buque se despegaba poco  poco del
muelle. Iban  retirar la tabla que serva de puente.

--Yo voy tambin--dijo Kaledine--. Me interesa el paseo.

Ulises, que estaba dispuesto  no sorprenderse de nada en este viaje
extraordinario, se limit  una exclamacin de alegra corts. Tanto
mejor!... Ya no se ocup de l, dedicndose  sacar el barco del
pequeo puerto, dirigiendo su rumbo hacia la salida del golfo. Los
vidrios de la ribera de Santa Luca temblaron con el ronquido del motor
de la goleta, mquina vieja y escandalosa, que imitaba el chapoteo de un
perro cansado. Mientras tanto, las velas se tendan  lo largo de los
mstiles, aleteando bajo los primeros manotones del viento.

Tres das dur la navegacin. En la primera noche el capitn palade el
voluptuoso egosmo del descanso  solas. Ya no tena una mujer  su lado
como prolongacin inevitable; viva entre hombres... Y apreci la
castidad como un placer que se le ofreca con todos los encantos de lo
nuevo.

La segunda noche, en la estrecha y maloliente cmara del patrn, se
sinti desvelado por los recuerdos, que volvan  retoar. Oh,
Freya!... Cundo la vera otra vez!...

El conde y l hablaron poco, pero pasaban largas horas juntos, sentados
al lado de la rueda del timn, mirando el mar. Eran ms amigos que en
tierra, aunque se cruzaban entre ellos escasas palabras. La vida comn
aminoraba la altivez del fingido diplomtico y haca que el capitn
descubriese nuevos mritos en su persona.

La soltura con que andaba por el buque y ciertas palabras tcnicas
empleadas contra su voluntad no permitieron  Ferragut ms dudas sobre
su verdadera profesin.

--Usted es marino--dijo de pronto.

Y el conde asinti, juzgando intil el disimulo. S, era marino.

Entonces, qu hago yo aqu? Para qu me han dado el mando?... As
pens Ferragut, sin atinar por qu buscaba su concurso este hombre que
poda dirigir el buque sin ayuda ajena.

Indudablemente era un oficial de marina, y tambin deban proceder de
una flota todos los marineros rubios que trabajaban como autmatas. La
disciplina les haca acatar las rdenes de Ferragut, pero se adivinaba
que para ellos su mando no pasaba de ser una simple delegacin, y que el
verdadero jefe de  bordo era el conde.

La goleta pas  la vista del archipilago de Lpari; luego, torciendo
el rumbo hacia el Oeste, sigui las costas de Sicilia desde el cabo
Gallo al cabo de San Vito. A partir de aqu puso su proa al Sudoeste,
yendo en busca de las islas Egades.

Deba esperar en estas aguas, donde empieza  angostarse el Mediterrneo
entre Tnez y Sicilia, irguindose el pico volcnico de la isla
Pantelaria en mitad del inmenso estrecho.

Le bastaban al conde breves indicaciones para que el rumbo seguido por
Ferragut fuese con arreglo  sus deseos. Acab por no ocultar la
admiracin que le inspiraba su maestra de navegante.

--Conoce usted bien su mar--dijo el conde.

El capitn se encogi de hombros sonriendo. Era verdaderamente suyo.
Poda llamarle _mare nostrum_, lo mismo que los romanos, sus antiguos
dominadores.

Como si adivinase el fondo  simple vista, mantuvo el buque en los
lmites del extenso banco de la Aventura. Navegaba lentamente con slo
algunas velas, cruzando y recruzando las mismas aguas.

Kaledine, al transcurrir dos das, empez  inquietarse. Varias veces
oy Ferragut cmo murmuraba el nombre de Gibraltar. El paso del
Atlntico al Mediterrneo era el mayor peligro para los que l esperaba.

Desde la cubierta de la goleta slo se poda ver  corta distancia, y el
conde trep repetidas veces por las escalas de cuerda de la arboladura,
para abarcar con sus ojos un espacio ms extenso.

Una maana grit desde lo alto al capitn, sealndole un punto del
horizonte. Deba hacer rumbo en la misma direccin. All estaban los que
l buscaba.

Ferragut le obedeci, y media hora despus fueron apareciendo, uno tras
otro, dos buques prolongados y bajos de borda, que navegaban con gran
velocidad. Eran como destroyers, pero sin mstiles, sin chimeneas,
deslizndose casi  ras del agua, pintados de un color gris que les
haca confundirse con el mar  cierta distancia.

Se colocaron  ambos lados del velero, aproximndose  l de tal modo,
que pareca que iban  aplastarlo con el encontrn de sus cascos. Varios
cables metlicos surgieron de sus cubiertas para enroscarse en los palos
de la goleta, aprisionndola, formando una sola masa de los tres buques,
que siguieron unidos la lenta ondulacin del mar.

Ulises examin curiosamente  los dos compaeros de flotacin. Estos
eran los famosos submarinos?... Vi en su cubierta de acero escotillas
redondas y salientes como chimeneas, por las que asomaban grupos de
cabezas. Los oficiales y tripulantes iban vestidos como pescadores de
las costas del Norte, con traje impermeable de una sola pieza y casco
encerado. Muchos de ellos agitaron en lo alto estos cascos, y el conde
les respondi tremolando su gorra. Los marineros rubios de la goleta
gritaron, contestando  las aclamaciones de sus camaradas de los
sumergibles: _Deutschland ber alles!_...

Pero este entusiasmo en medio de la soledad del mar, que equivala  un
canto da triunfo, dur muy poco. Sonaron pitos, corrieron hombres por
las aceradas cubiertas, y Ferragut vi invadido su buque por dos filas
de marineros. En un momento quedaron abiertas las escotillas, son un
ruido de maderas rotas, y las latas de esencia empezaron  transbordarse
por ambos lados. En torno del velero se pobl el agua de cajones
abiertos, que se alejaban con mansa flotacin.

El conde oa en la popa  un hombre vestido de tela impermeable, que era
un oficial.

Relataba el paso por el estrecho de Gibraltar completamente sumergidos,
viendo por el periscopio los torpederos ingleses en patrulla de
vigilancia.

--Nada, comandante--continu el oficial--; ni el menor incidente... Una
navegacin magnfica.

--Que Dios castigue  Inglaterra!--dijo el conde, llamado ahora
comandante.

--Que Dios la castigue!--repuso el oficial, como si dijese amn.

Ferragut se vi olvidado, desconocido por todos estos hombres que
llenaban la goleta. Algunos marineros le empujaron en la precipitacin
de su trabajo. Era el patrn del velero, un civil falto de jerarqua al
estar entre hombres de guerra.

Empez  comprender por qu motivo le haban dado el mando del pequeo
buque. El conde se quedaba. Le vi acercarse como si de repente se
acordase de l, tendindole su diestra con una afabilidad de camarada.

--Capitn, muchas gracias. Este servicio es de los que no se olvidan.
Tal vez no nos veremos nunca... Pero, por si alguna vez me necesita,
sepa quin soy.

Y como si presentase  otra persona, dijo sus nombres ceremoniosamente:
Archibaldo von Kramer, teniente de navo de la flota imperial... Su
personalidad de diplomtico no era enteramente falsa. Haba servido como
agregado naval en varias Embajadas.

Luego le di instrucciones para el regreso. Poda esperar frente 
Palermo. Un bote vendra en busca suya para llevarle  tierra. Todo
estaba previsto... Deba entregar el mando al verdadero dueo de la
goleta: un miedoso que se haba hecho pagar muy caro el alquiler del
buque, pero sin atreverse  poner en riesgo su persona. En la cmara
estaban los papeles en regla para justificar esta navegacin.

--Salude en mi nombre  las seoras... Dgales que pronto oirn hablar
de nosotros. Vamos  hacernos dueos del Mediterrneo.

Continu el desembarque de combustible. Ferragut vi  Von Kramer
introducindose por la capota abierta de uno de los submarinos. Luego
crey reconocer en el otro sumergible  dos marineros de los que haban
tripulado la goleta, los cuales fueron recibidos con gritos y abrazos
por sus camaradas, metindose  continuacin por una escotilla tubular.

La descarga dur hasta media tarde. Ulises no se haba imaginado que el
pequeo buque llevase tantas cajas. Cuando la bodega qued vaca,
desaparecieron los ltimos marineros germnicos, y con ellos los cables
que aprisionaban al velero. Un oficial le grit que poda marcharse. Los
dos sumergibles, ms achatados sobre el mar que  su llegada, con los
depsitos henchidos de esencia y aceite, empezaron  alejarse.

Al verse solo en la popa de la goleta, sinti una repentina inquietud.

Qu has hecho?... qu has hecho?, clam una voz en su cerebro.

Pero contemplando  los tres viajeros y al muchacho que haban quedado
como nica tripulacin, olvid sus remordimientos. Deba moverse mucho
para suplir esta falta de brazos. En dos noches y un da apenas
descans, manejando casi al mismo tiempo el timn y el motor, pues no se
atreva  emplear todas sus velas con esta escasez de hombres.

Cuando se vi, en un amanecer, frente al puerto de Palermo, que empezaba
 extinguir sus luces, Ferragut pudo dormir por primera vez, dejando
encargado  uno de los marineros la vigilancia del buque, que se
mantena con el velamen recogido. A media maana le despertaron unas
voces que gritaban desde el mar: Dnde est el capitn?

Vi un bote y varios hombres que saltaban  la goleta. Era el dueo, que
vena  recobrar su buque para hacerlo entrar en el puerto con toda
legalidad. El mismo bote se encarg de llevar  tierra  Ulises con su
pequea maleta. Le acompaaba un seor rojizo y obeso, que pareca tener
gran ascendiente sobre el patrn.

--Ya estar usted enterado de lo que ocurre--le dijo, mientras dos
remeros hacan deslizar el bote sobre las olas--. Esos bandidos!...
Esos mandolinistas!...

Ulises, sin saber por qu, hizo un gesto afirmativo. Este burgus
indignado era un alemn: uno de los que ayudaban  la doctora. Bastaba
orle.

Media hora despus, Ferragut salt  un muelle, sin que nadie se
opusiera  su desembarco, como si la proteccin de su obeso compaero
adormeciese todas las vigilancias. A pesar de esto, el buen seor
mostraba un deseo ferviente de apartarse de l, de huir, atendiendo 
sus propios asuntos.

Sonri al enterarse de que Ulises quera salir inmediatamente para
Npoles. Hace usted bien... El tren parta dos horas ms tarde. Y lo
meti en un coche de alquiler, desapareciendo con precipitacin.

El capitn, al quedarse solo, casi crey que haba soado lo de los das
anteriores.

Volva  ver Palermo despus de una ausencia de largos aos. Experiment
la alegra de un siciliano desterrado al cruzarse con varios carros del
pas tirados por rocines con plumas y cuyas cajas pintarrajeadas
representaban escenas de _La Jerusaln libertada_. Record los nombres
de las vas principales, que eran los de antiguos virreyes espaoles.
Vi en una plaza las estatuas de cuatro reyes de Espaa... Pero todos
estos recuerdos slo le inspiraron un inters fugaz. Le preocupaban el
movimiento extraordinario de las calles, el gento formando grupos para
escuchar la lectura de los peridicos. Muchas ventanas tenan banderas
nacionales entrelazadas con las de Francia, Inglaterra y Blgica.

Al llegar  la estacin supo la verdad; se enter del suceso al que
haba aludido el comerciante mientras iban en el bote. Era la
guerra!... Italia haba roto sus relaciones el da anterior con los
Imperios centrales.

Ulises se sinti agitado por la inquietud al recordar lo que haba hecho
en pleno Mediterrneo. Crey que los grupos populares que pasaban dando
vivas detrs de las banderas iban  adivinar su hazaa, cayendo sobre
l. Necesitaba alejarse de este entusiasmo patritico; y respir
satisfecho al verse en el interior de un vagn... Adems, iba  ver 
Freya, y le bastaba evocar su imagen para que se desvaneciesen todos sus
remordimientos.

El viaje fu largo y difcil. Las necesidades de la guerra se hacan
sentir desde el primer momento, absorbiendo todos los medios de
comunicacin. El tren quedaba inmvil horas enteras para dejar paso 
otros trenes cargados de hombres y de material militar. En todas las
estaciones haba soldados en traje de campaa, banderas, muchedumbres
que vitoreaban.

Cuando lleg  Npoles, fatigado por un viaje de cuarenta y ocho horas,
le pareci que el cochero se diriga con demasiada lentitud hacia el
viejo palacio de Chiaia.

Al atravesar el zagun con su pequea maleta, le cort el paso la
portera, gruesa comadre de pelo encrespado y polvoriento, que slo haba
entrevisto algunas veces en las profundidades de su caverna.

--Las seoras ya no viven en la casa... Las seoras han partido de
repente con Karl, su empleado.

Y explicaba el resto de esta huda con una sonrisa hostil y maligna.

Comprendi Ferragut que no deba insistir. La mujerona estaba furiosa
por la fuga de las damas _tedescas_, y examinaba al marino como un
presunto espa, bueno para una denuncia patritica. Sin embargo, por
honradez profesional, le avis que la _signora_ rubia, la ms joven y
simptica, haba pensado en l al irse, dejando su equipaje en la
portera.

Se apresur Ulises  desaparecer. Ya enviara alguien que recogiese sus
maletas. Y tomando otro carruaje, se dirigi al _albergo_ de Santa
Luca... Qu golpe inesperado!

Al verle entrar, el portero hizo un gesto de sorpresa y de asombro.
Antes de que Ferragut alcanzase  preguntarle por Freya, con la vaga
esperanza de que se hubiese refugiado en el hotel, este hombre le di
una noticia.

--Capitn, aqu ha estado su hijo esperndole.

El capitn balbuce, desorientado: Qu hijo?... El hombre de las
llaves bordadas trajo el libro de viajeros, mostrndole una lnea:
Esteban Ferragut. Barcelona. Y Ulises reconoci la letra de su hijo,
al mismo tiempo que se le oprima el pecho con una angustia indefinible.

La sorpresa le dej sin voz, y el portero se aprovech de su silencio
para seguir hablando.

Era un muchacho simptico  inteligente... Algunas maanas le haba
acompaado para ensearle lo mejor de la ciudad. Se haba puesto en
relacin con los consignatarios del _Mare nostrum_, buscando por todas
partes noticias de su padre. Al fin, convencido de que el capitn estaba
ya de regreso  Barcelona, haba partido  su vez el da anterior.

--Si llega usted doce horas antes, todava lo encuentra aqu.

El portero no saba ms. Ocupado en cumplir los encargos de unas seoras
sudamericanas, no haba podido saludar al joven cuando sali del hotel.
Dudaba entre hacer el viaje en un vapor ingls hasta Marsella  ir por
ferrocarril  Gnova, donde encontrara buques directos para Barcelona.

Ferragut quiso saber cundo haba llegado, y el portero, elevando los
ojos, se entreg  un largo clculo mental... Al fin marc una fecha, y
el marino,  su vez, compuls sus recuerdos.

Se di en la frente una palmada, ruda como un puetazo.

Era su hijo el joven que haba visto entrando en el _albergo_ cuando l
marchaba  encargarse de la goleta para llevar combustible  los
submarinos alemanes.




VIII

EL JOVEN TELMACO


Siempre que el _Mare nostrum_ volva  Barcelona, Esteban Ferragut
experimentaba una sensacin de deslumbramiento, lo mismo que si se
abriese un glorioso ventanal en su existencia obscura y montona de hijo
de familia.

Ya no vagaba por el puerto, admirando de lejos los grandes
trasatlnticos anclados frente al monumento de Coln  los vapores de
carga que se alineaban en los muelles comerciales. Un buque importante
era de su absoluta propiedad por algunas semanas. El capitn y los
oficiales pasaban el tiempo en tierra con sus familias. Tni, el
segundo, era el nico que dorma  bordo. Muchos de los marineros
solicitaban permiso para vivir en la ciudad, y el vapor quedaba confiado
 la guarda del to _Caragl_, con media docena de hombres para la
diaria limpieza.

El pequeo Ferragut poda hacerse la ilusin de que era el capitn del
_Mare nostrum_. Se mova en el puente imaginndose que estaba
arrostrando una gran tormenta; examinaba los instrumentos nuticos con
una gravedad de experto conocedor; corra todos los departamentos
habitables del buque, bajaba  las bodegas, que se aireaban, abiertas,
en espera de carga, y finalmente se meta en el bote de servicio,
desamarrndolo de la escala, para remar unas horas con ms satisfaccin
que en los ligeros _yoles_ del Club de Regatas.

Sus visitas terminaban en la cocina, invitado por el to _Caragl_, que
le trataba con una familiaridad paternal. El joven remero estaba
sudando. Un _refresquet_?... Y preparaba su dulce mixtura, que haca
caer  los hombres de un solo salto en las nebulosidades de la
embriaguez.

Esteban tena en mucho los refrescos del cocinero. Su imaginacin,
excitada por la frecuente lectura de novelas de viajes, le haba hecho
concebir un tipo de marino heroico, atrevido, galanteador, y capaz de
tragarse  jarros las bebidas ms incendiarias sin pestaear. El quera
ser as; todo buen navegante debe beber.

Aunque en tierra no conoca otros licores que los inocentes y dulzones
guardados por su madre para las fiestas de familia, una vez pisaba la
cubierta del buque senta la necesidad de lquidos alcohlicos, para
hacer ver que era todo un hombre. No haba en el mundo una bebida que
pudiese con l... Y al segundo refresco del to _Caragl_ quedaba
sumido en plcido nirvana, vindolo todo de color de rosa y
considerablemente agrandado: el mar, los buques cercanos, los _docks_ y
la montaa de Montjuich, que serva de fondo.

El cocinero, al contemplarle amorosamente con sus ojos enfermos, crea
haber dado un salto atrs de docenas de aos y hallarse todava en
Valencia hablando con el otro Ferragut que se escapaba de la Universidad
para remar en el puerto. Casi lleg  creer que haba vivido dos veces.

Escuchaba las quejas del muchacho, interrumpindolas con solemnes
consejos. Este Ferragut de quince aos se mostraba descontento de la
vida. Era un hombre, y tena que vivir entre mujeres: su madre y dos
sobrinas que le acompaaban haciendo encajes, lo mismo que ella haba
acompaado en otro tiempo  su suegra doa Cristina. Quera ser marino,
y le obligaban  estudiar las materias antipticas del bachillerato.
Acaso un capitn necesita saber latn?...

Deseaba terminar su vida de estudiante, para hacerse piloto y seguir las
prcticas en el puente, al lado de su padre. Tal vez llegase  mandar 
los treinta aos el _Mare nostrum_  otro buque semejante.

Mientras tanto, la atraccin del mar le arrastraba lejos de las aulas,
yendo  ver  _Caragl_  la misma hora en que sus profesores pasaban
lista  los alumnos, anotando sus ausencias.

El viejo y su protegido se recluan en la cocina con una inquietud de
culpables. Pasos y voces en la cubierta alteraban su conversacin.
Escndete! Y Esteban se meta debajo de una mesa  se ocultaba en el
cuartucho de las provisiones, mientras el cocinero sala al encuentro
del recin llegado con una cara serfica.

Algunas veces era Tni, y el muchacho osaba salir, contando con su
silencio. Tambin ste le quera y aprobaba su aversin por los libros.

Si de tarde en tarde era el capitn el que vena al buque por unos
momentos, _Caragl_ le hablaba obstruyendo la puerta con su cuerpo, al
mismo tiempo que sonrea maliciosamente.

Para Esteban, las dos cosas ms dignas de admiracin eran el mar y su
padre. Todos los hroes novelescos que desde las pginas de los libros
haban pasado  alojarse en su imaginacin tenan el rostro y los gestos
del capitn Ferragut.

De pequeo haba visto llorar algunas veces  su madre con resignada
tristeza. Aos adelante, al conocer con su precocidad de muchacho poco
vigilado las relaciones que existen entre hombres y mujeres, presinti
que todas estas lgrimas deban ser motivadas por ligerezas 
infidelidades del lejano navegante.

El adoraba  su madre con una pasin de hijo nico y mimado, pero no
admiraba menos al capitn, excusando todas las faltas que pudiese
cometer. Su padre era el hombre ms valiente y ms hermoso de la tierra.
As lo vea l. Y un da que, examinando los cajones de su camarote,
encontr varias fotografas de mujeres llevando al pie los nombres de
lejanos pases, su admiracin an fu ms grande. Todas deban haber
enloquecido de amor por el capitn del _Mare nostrum_. Ay! Por ms que
l hiciese al ser hombre, nunca llegara  igualarse con este triunfador
que le haba dado la existencia...

Cuando el buque lleg  Barcelona sin su propietario de vuelta de
Npoles, el hijo de Ferragut no experiment ninguna sorpresa.

Tni, que era siempre de pocas palabras, las prodig en la presente
ocasin. El capitn Ferragut se haba quedado all por un negocio
importante, pero no tardara en volver. Su segundo le esperaba de un
momento  otro. Tal vez hiciese el viaje por tierra, para llegar antes.

Esteban se asombr al ver que su madre no aceptaba esta ausencia como un
suceso insignificante. La buena seora se mostr preocupada y con los
ojos lacrimosos. Su instinto femenil le haca presentir algo malo en el
retraso de su marido.

Por la tarde, cuando la visit, como de costumbre, su antiguo enamorado
el catedrtico, los dos hablaron lentamente, con palabras medidas, pero
entendindose con los ojos durante los largos intervalos de silencio.

Llegado don Pedro  la cumbre de su carrera gloriosa con la posesin de
una ctedra en el Instituto de Barcelona, visitaba todas las tardes 
Cinta, pasando hora y media en su saln con exactitud cronomtrica. Ni
el ms leve pensamiento de impureza agit jams al profesor. Lo pasado
haba cado en el olvido... Pero l necesitaba ver diariamente  la
esposa del capitn tejiendo encajes entre sus dos pequeas sobrinas,
como haba visto aos antes  la viuda de Ferragut.

Le haca saber los sucesos ms importantes de Barcelona y del mundo
entero; comentaban juntos los futuros destinos de Esteban; oa l con
arrobamiento su voz dulce, concediendo gran importancia  los detalles
de economa domstica   las descripciones de fiestas religiosas, slo
porque era ella la que haca tales relatos.

Muchas veces quedaban en largo mutismo. Don Pedro representaba la
paciencia, el humor igual, el respeto silencioso, en aquella casa
tranquila y limpia, que nicamente perda su calma monstica al
presentarse el dueo por unos das, entre dos viajes.

Cinta se haba acostumbrado  las visitas del catedrtico. Al marcar el
reloj las tres y media presenta sus pasos en la escalera.

Si alguna tarde no llegaba, la dulce Penpole sufra una decepcin.

--Qu le pasar  don Pedro?--preguntaba  sus sobrinas con inquietud.

Esta pregunta la haca algunas veces extensiva al hijo; pero Esteban,
sin odiar al visitante, le apreciaba en muy poco.

Don Pedro perteneca al grupo de aquellos seores del Instituto que
pagaba el gobierno para que fastidiasen con sus explicaciones y sus
exmenes  la juventud. Recordaba an los dos aos que haba pasado en
su ctedra, como en una cmara de tormento, sufriendo el suplicio del
latn. Adems, era un miedoso, que siempre tema resfriarse y no osaba
salir  la calle en los das nublados si le faltaba el paraguas. A l
que le hablasen de hombres valientes.

--No s...--responda  su madre--. Tal vez estar metido en cama, con
siete pauelos en la cabeza.

Cuando volva don Pedro, la casa recobraba su normalidad de reloj
pausado y seguro. Doa Cinta, de consulta en consulta, haba acabado por
considerar indispensable su colaboracin. El catedrtico supla
dulcemente la autoridad del marido viajero: l se haba encargado de
representar al jefe de la familia en todos los asuntos exteriores...
Muchas veces le esperaba con impaciencia la esposa de Ferragut para
pedirle un consejo urgente, y l emita su opinin con voz lenta,
despus de largas reflexiones.

Esteban encontraba intolerable que este seor, que no era mas que un
pariente lejano de su abuela, se mezclase en los asuntos de la casa,
pretendiendo dirigirle  l como un padre. Pero an le irritaba ms
verlo de buen humor y con pretensiones de gracioso. Le daba rabia que
llamase  su madre Penpole y  l joven Telmaco... To _latero_ y
pesado!

El joven Telmaco no vacilaba en sus venganzas. De pequeo interrumpa
sus diversiones para trabajar en el recibidor, junto al perchero
vecino  la puerta. Y el pobre catedrtico encontraba abollado su
sombrero de copa, con los pelos en desorden,  sala llevando en las
haldas del gabn varios salivazos.

Ahora el muchacho se limitaba  ignorar su existencia, pasando ante l
sin reconocerle, saludndolo nicamente cuando su madre se lo ordenaba.

El da en que trajo la noticia de la vuelta del vapor sin su capitn,
don Pedro hizo la visita ms larga que de costumbre. Cinta derram dos
lgrimas sobre los encajes, pero tuvo que cortar su llanto, vencida por
el buen sentido de su consejero.

--Por qu llorar y calentarse la cabeza con tantas suposiciones sin
fundamento?... Lo que usted debe hacer, hija ma, es llamar  ese Tni
que es el segundo del buque. El debe saberlo todo... Tal vez le diga la
verdad.

Recibi Esteban el encargo de buscarle al da siguiente, y pudo darse
cuenta de la inquietud que experiment Tni al saber que doa Cinta
quera hablarle. Sali del buque con lgubre mutismo, como si le
llevasen  sufrir tormentos mortales. Luego canturre sordamente, lo que
era en l indicio de honda preocupacin.

No pudo asistir el joven Telmaco  la entrevista, pero rond por las
inmediaciones de la puerta cerrada, alcanzando  or algunas palabras en
voz ms fuerte que se deslizaron por las rendijas. Su madre era la que
hablaba con ms frecuencia. Tni repeta con voz sorda las mismas
excusas: No s. El capitn va  llegar de un momento  otro... Pero al
verse fuera del saln y de la casa, estall su clera contra l mismo,
contra su maldito carcter que no saba mentir, contra todas las
mujeres, malas y buenas. Crea haber dicho demasiado. Aquella seora
tena una habilidad de juez para extraer las palabras.

En la noche,  la hora de la cena, la madre apenas abri la boca. Sus
dedos comunicaron un temblor nervioso  los platos y los tenedores.
Miraba  su hijo con trgica conmiseracin, como si presintiese enormes
desgracias que iban  desplomarse sobre su cabeza. Opuso un mutismo
desesperado  las preguntas de Esteban, y al fin exclam:

--Tu padre nos abandona!... Tu padre se ha olvidado de nosotros!...

Y sali del comedor para ocultar las lgrimas que haban afludo  sus
prpados.

El muchacho durmi algo intranquilo, pero durmi. La admiracin que
senta por su padre y cierta solidaridad con los ejemplares fuertes de
su sexo le hicieron tener en poco estos llantos. Cosas de mujeres! Su
madre no saba ser la esposa de un varn extraordinario como el capitn
Ferragut. El, que era todo un hombre  pesar de sus pocos aos, iba 
intervenir en el asunto para poner en claro la verdad.

Cuando Tni, desde la cubierta del buque, le vi avanzar por el muelle 
la maana siguiente, tuvo tentaciones de esconderse... Doa Cinta, que
le llamaba otra vez para interrogarle!... Pero se tranquiliz al
decirle el muchacho que vena por su voluntad  pasar unas horas en el
_Mare nostrum_. Aun as, quiso evitar su presencia, como si temiese
algn descuido al hablar con l, y fingi trabajos en las bodegas. Luego
sali del buque, yendo  visitar  un amigo en un vapor algo lejano.

Esteban entr en la cocina, llamando alegremente al to _Caragl_.
Tampoco ste era el mismo. Sus ojos hmedos y rojizos miraban al
muchacho con una ternura extraordinaria. Detena repentinamente su
lengua, con una expresin de inquietud en el rostro. Miraba indeciso en
torno de l, como si temiese que fuera  abrirse un precipicio ante sus
pies.

No olvidaba nunca los respetos debidos  todo visitante de sus dominios,
y prepar dos refrescos. Por primera vez iba  obsequiar  Esteban en
esta vuelta de viaje. Los das anteriores, por inverosmil que parezca
el hecho, no haba pensado en confeccionar uno siquiera de sus
delirantes brebajes. El regreso de Npoles  Barcelona haba sido
triste; el buque tena un ambiente fnebre sin su dueo.

Por todas estas razones, se le fu la mano  _Caragl_ en la medida,
prodigando la caa hasta que el lquido tom un color de tabaco.

Bebieron... El joven Telmaco empez  hablar de su padre cuando los
vasos slo guardaban la mitad del refresco, y el cocinero agit ambas
manos en el aire, dando un gruido que significaba su deseo de no
ocuparse de la ausencia del capitn.

--Tu padre volver, Estevet--aadi--. Volver, pero no s cundo.
Seguramente ms tarde de lo que asegura Tni.

Y no queriendo decir ms, se trag todo el resto del vaso, dedicndose 
la confeccin de un segundo refresco precipitadamente, para recobrar
el tiempo perdido.

Poco  poco se deshizo la prudente barrera que contena su verbosidad, y
habl con el mismo abandono de siempre; pero su flujo de palabras no
arrastraba noticias precisas.

_Caragl_ predic moral al hijo de Ferragut; una moral  su modo,
interrumpida por frecuentes caricias al vaso.

--Estevet, hijo mo, respeta mucho  tu padre. Imtale como marino. S
bueno y justiciero con los hombres que mandes... pero huye de las
mujeres!

Las mujeres!... No haba tema mejor para su elocuencia de ebrio
piadoso. El mundo le infunda lstima. Todo en l estaba gobernado por
la infernal atraccin que ejerce la hembra. Los hombres trabajaban,
peleaban, queran hacerse ricos  clebres, todo por conquistar la
posesin de un pedazo de carne, el ms inmundo y vergonzoso del cuerpo
humano.

--Mira cmo ser, Estevet, que hasta en los animales comestibles no hay
cocinero que sepa aprovecharlo. Siempre lo arrojan  la basura...
Creme, hijo mo: no imites en eso  tu padre.

El viejo haba dicho demasiado para retroceder, y tuvo que ir soltando 
fragmentos todo lo restante. As se enter Esteban de que el capitn
andaba en amoros con una seora de Npoles, y se haba quedado all
fingiendo negocios, pero en realidad dominado por la influencia de esta
mujer.

--Es guapa?--pregunt el muchacho con avidez.

--Guapsima--repuso _Caragl_--. Y unos olores!... y un ruido de ropas
finas!...

Telmaco se estremeci con una sensacin contradictoria de orgullo y de
envidia. Admir  su padre una vez ms, pero esta admiracin slo dur
breves instantes. Una nueva idea se apoder de l, mientras el cocinero
segua hablando.

--No vendr por ahora. Conozco lo que son esas mujeres elegantes y
llenas de perfumes: verdaderos demonios que enclavijan sus uas cuando
agarran y hay que cortarles las manos para que suelten... Y el buque
sin trabajar, como si estuviese varado, mientras que los otros se llenan
de oro!... Creme, hijo mo: en el mundo slo esto es verdad.

Y acab de beberse de un trago todo lo que quedaba del segundo vaso.

Mientras tanto, el muchacho segua dando forma en su pensamiento  una
idea sugerida por la dulce embriaguez. Si l fuese  Npoles para traer
 su padre!...

En este momento todo le pareca posible. El mundo era de color de rosa,
como siempre que lo contemplaba vaso en mano junto al to _Caragl_. Los
obstculos resultaban blandos, todo se arreglaba con prodigiosa
facilidad; los hombres podan caminar  saltos.

Pero horas despus, cuando su pensamiento qued limpio de nubes
seductoras, sinti miedo acordndose de su padre. Cmo le recibira al
verle llegar?... Qu excusa darle de su presencia en Npoles?... Tembl
evocando la imagen de su ceo fruncido y sus ojos irritados.

Al da siguiente, una repentina confianza se sobrepuso  esta inquietud.
Se acord del capitn tal como le haba visto algunas veces al celebrar
desde la cubierta del buque sus hazaas de remero en el puerto de
Barcelona  al comentar con los amigos la inteligencia y la fuerza de su
hijo. La imagen del hroe paterno surga ahora en su memoria con los
ojos bondadosos y una sonrisa que pareca agitar como un viento dulce el
bosque de sus barbas.

Le dira toda la verdad. Le hara saber que llegaba  Npoles para
llevrselo, como un buen camarada que socorre  otro en un peligro. Tal
vez se irritase y le diese un golpe; pero l conseguira su propsito.

El carcter de Ferragut renaci en l con toda la fuerza de un argumento
decisivo. Si el viaje resultaba absurdo y peligroso... mejor! mucho
mejor! Bastaba esto para que lo emprendiese. Era un hombre, y no deba
conocer el miedo.

Durante dos semanas prepar su fuga. Nunca haba hecho un viaje
importante. Slo una vez haba acompaado  su padre en una rpida
excursin de negocios  Marsella. Hora era ya de que saliese  correr el
mundo un hombre como l, que conoca por sus lecturas casi todos los
pueblos de la tierra.

El dinero no le preocupaba. Doa Cinta lo tena en abundancia, y era
fcil encontrar su manojo de llaves. Un vapor viejo y lento, mandado por
un amigo de su padre, acababa de entrar en el puerto y zarpaba al da
siguiente para Italia.

Acept este marino al hijo de su camarada sin papeles de viaje. El
arreglara la irregularidad con sus amigos de Gnova. Entre capitanes se
deban estos servicios; y Ulises Ferragut, que esperaba  su hijo en
Npoles--as lo afirm Esteban--, no iba  perder el tiempo en vano por
unas formalidades oficinescas.

Telmaco, con mil pesetas en el bolsillo extradas de un costurero que
serva  su madre de caja de caudales, se embarc al da siguiente. Una
pequea maleta sacada de su casa con lentas y hbiles astucias era todo
su equipaje.

De Gnova fu  Roma, y de aqu  Npoles, con el atrevimiento de la
inocencia, empleando palabras espaolas y catalanas para reforzar un
italiano de corto lxico adquirido en las representaciones de opereta.
El nico informe positivo que le guiaba en su viaje de aventuras era el
nombre de _albergo_ de la ribera de Santa Luca que le haba dado
_Caragl_ como residencia de su padre.

Busc  ste intilmente durante varios das. Visit  los
consignatarios de Npoles, que se imaginaban al capitn de regreso  su
pas haca mucho tiempo.

Al no encontrarle sinti miedo. Deba estar ya en Barcelona, y lo que
haba empezado como un viaje heroico iba  convertirse en una fuga de
adolescente travieso. Se acord de su madre, que tal vez lloraba 
aquellas horas releyendo la carta que le haba dejado para anunciarle el
objeto de su fuga.

Sobrevino adems repentinamente la intervencin de Italia en la guerra,
suceso que todos esperaban, pero que muchos vean an lejano. Qu le
quedaba que hacer en este pas?... Y una maana haba desaparecido.

Como el portero del hotel no poda decir ms, el padre, una vez pasada
la primera impresin de sorpresa, pens en la conveniencia de visitar la
casa consignataria. Tal vez all le diesen otras noticias.

La guerra era lo nico interesante para los de esta oficina. Pero
Ferragut, dueo de buque y antiguo cliente, fu guiado por el director
hasta dar con los empleados que haban recibido  Esteban.

No saban gran cosa. Recordaban vagamente  un joven espaol que deca
ser hijo del capitn, pidindoles noticias de ste. Su ltima visita
haba sido dos das antes. Dudaba entre volver  su pas por ferrocarril
 embarcarse en uno de los tres vapores que estaban en el puerto listos
 salir para Marsella.

--Creo que se ha ido en ferrocarril--dijo uno de los empleados.

Otro de ellos apoy  su compaero con rotunda afirmacin, para atraerse
la mirada del jefe. Estaba seguro de su partida por tierra. El mismo le
haba ayudado  calcular lo que le costara el viaje  Barcelona.

Ferragut no quiso saber ms. Necesitaba marcharse cuanto antes. Este
viaje inexplicable de su hijo era para l un remordimiento y un motivo
de alarma. Qu ocurra en su casa?

El director de la oficina le indic un vapor francs que sala aquella
misma tarde para Marsella, procedente de Suez. El se encargaba de
arreglar todo lo concerniente  su pasaje y de recomendarlo al capitn.
Slo quedaban cuatro horas para la salida del buque; y Ulises, despus
de recoger sus maletas y enviarlas  bordo, di un ltimo paseo por
todos los lugares donde haba vivido con Freya. Adis, jardines de la
_Villa Nazionale_ y blanco Acuario!... Adis, _albergo_!...

La inexplicable presencia de su hijo en Npoles haba amortiguado el
disgusto por la fuga de la alemana. Pens tristemente en el amor
perdido, pero pens al mismo tiempo, con doloroso titubeo, en lo que
podra ver al entrar en su casa.

Poco antes de la puesta del sol zarp el vapor francs. Haca muchos
aos que Ulises no navegaba como simple pasajero. Vag desorientado por
las cubiertas entre la muchedumbre viajera. La fuerza de la costumbre le
arrastr al puente, hablando con el capitn y los oficiales, que
apreciaron  las primeras palabras su mrito profesional.

La consideracin de que no era mas que un intruso en este sitio, la
molestia de verse sobre un puente en el que no poda dar orden alguna,
le hicieron descender  las cubiertas bajas, examinando los grupos de
pasajeros. Eran franceses en su mayor parte que venan de la Indo China.
En la proa y la popa estaban alojadas cuatro compaas de tiradores
asiticos, pequeos, amarillentos, con ojos oblicuos y una voz semejante
al maullar de los gatos. Iban  la guerra. Sus oficiales vivan en los
camarotes del centro del buque, llevando con ellos  sus familias, que
haban adquirido un aspecto extico con la larga permanencia en las
colonias.

Ulises vi seoras vestidas de blanco hacindose abanicar, tendidas en
sillones, por sus pequeos pajes chinescos; vi militares bronceados y
enjutos, con aspecto enfermizo, que parecan galvanizados por la guerra
que los arrancaba  la siesta asitica, y nias, muchas nias, contentas
de ir  Francia, el pas de sus ensueos, olvidando en esta felicidad
que sus padres marchaban tal vez  la muerte.

La navegacin no poda ser mejor. El Mediterrneo era una llanura de
plata bajo la luz de la luna. De la costa invisible llegaban tibias
bocanadas de perfume campestre. Los grupos de la cubierta hacan
memoria, con una satisfaccin egosta, de los grandes peligros que
arrostraban las gentes al embarcarse en los mares del Norte, plagados de
submarinos alemanes. Por fortuna, el Mediterrneo estaba libre de tal
calamidad. Los ingleses tenan bien guardada la puerta de Gibraltar, y
todo l era un lago tranquilo dominado por los aliados.

Antes de acostarse, Ferragut entr en una cmara de la cubierta alta,
donde estaba instalada la telegrafa sin hilos. Le atrajo el chirriar de
aceite frito que lanzaban los aparatos. El empleado, un joven ingls, se
despoj de su corona de nquel con dos auriculares que cubran sus
orejas. Aburrido en su aislamiento, pretenda distraerse dialogando con
los telegrafistas de los otros buques que se hallaban dentro del radio
de sus aparatos. La vista de este pasajero que hablaba en ingls
ofrecindole un cigarro le arranc  los placeres de una conversacin
extendida trescientas millas  la redonda.

--Todo marcha bien... Tenemos muchos compaeros de viaje.

Y fu enumerando los buques que se mantenan en comunicacin con el
vapor. El ms prximo era el _Californian_, un barco ingls procedente
de Malta. Haba salido de Npoles diez horas antes, tambin con rumbo 
Marsella, y slo le separaban unas cien millas. Los dems buques que
seguan el mismo rumbo estaban situados  mayores distancias. Les era
necesario mucho tiempo para aproximarse unos  otros, pero el
maravilloso aparato los mantena en incesante comunicacin, como un
grupo de camaradas que conversan plcidamente haciendo el mismo camino.

De vez en cuando, el telegrafista, avisado por el chisporroteo de sus
bobinas, se calaba la diadema con orejeras para escuchar  los remotos
camaradas.

--Es el del _Californian_, que me da las buenas noches--dijo despus de
uno de estos llamamientos--. Va  acostarse. No ocurre novedad.

Y el joven hizo un elogio de la navegacin mediterrnea. Haba estado al
principio de la guerra en otro buque que iba de Londres  Nueva York, y
recordaba las noches de inquietud, los das de ansiosa vigilancia
espiando el mar y la atmsfera, temiendo de un momento  otro la
aparicin de un periscopio sobre las aguas  el aviso elctrico de un
vapor torpedeado por los submarinos. En este mar se poda vivir
tranquilamente, como en tiempos de paz.

Ferragut adivin que el pobre telegrafista deseaba gozar las delicias de
dicha tranquilidad. Su compaero de servicio roncaba en un camarote
vecino, y l senta deseos de imitarle, inclinando su cabeza sobre la
mesa de los aparatos... Hasta maana!

Tambin se durmi inmediatamente Ulises, luego de estirarse en la
estrecha litera de su camarote. Su sueo fu de una sola pieza, lbrego
y completo, sin sobresaltos ni visiones. Cuando crea que slo iban
transcurridos unos minutos, despert violentamente, lo mismo que si
alguien le empujase. En la sombra se destacaba el vidrio redondo del
tragaluz, tenuemente azul, velado por la humedad del roco martimo, lo
mismo que una pupila lacrimosa.

Estaba amaneciendo. Algo extraordinario acababa de ocurrir en el buque.
Ferragut dorma con la ligereza de un capitn que necesita despertar
oportunamente. La misteriosa percepcin del peligro haba cortado su
reposo. Sinti sobre su cabeza el pataleo de veloces carreras  lo largo
de la cubierta: oy voces. Mientras se vesta  toda prisa, pudo
adivinar que el timn estaba funcionando violentamente y el buque
cambiaba de rumbo.

Al subir, le bast una ojeada para convencerse de que el vapor no corra
peligro. Todo en l presentaba un aspecto normal. El mar, todava
obscuro, bata mansamente sus costados, mientras segua avanzando con
una marcha uniforme. Las cubiertas estaban limpias de pasajeros. Todos
dorman en sus camarotes. Slo en el puente vi  un grupo de personas:
el capitn y todos los oficiales, algunos de ellos vestidos  la ligera,
como si acabasen de ser arrancados al sueo.

Pasando ante la oficina telegrfica obtuvo la explicacin del suceso. El
joven de la noche anterior estaba junto  la puerta, al lado de su
compaero, que cea ahora la diadema auricular y golpeaba la manecilla
del aparato, oyendo y contestando  los buques invisibles.

Media hora antes, cuando el telegrafista ingls iba  abandonar su
guardia, entregando el servicio al camarada recin despierto, una seal
le haba retenido en su asiento. El _Californian_ lanzaba por el
telgrafo sin hilos la llamada de peligro, el S. O. S., frmula que slo
se emplea cuando un buque necesita socorro. Luego, en el espacio de unos
segundos, la voz misteriosa haba esparcido su relato trgico  travs
de centenares de millas. Un sumergible acababa de aparecer  corta
distancia del _Californian_, disparndole varios caonazos. El buque
ingls pretenda escapar valindose de su velocidad superior. Entonces
el submarino le enviaba un torpedo...

Todo esto haba ocurrido en veinte minutos. De pronto se extinguan los
ecos de la lejana tragedia al cortarse la comunicacin. Un chirrido ms
fuerte en los aparatos, y nada!... el silencio absoluto.

El telegrafista encargado ahora del aparato respondi con movimientos
negativos  las miradas de su compaero. Slo escuchaba los dilogos
entre los buques que haban recibido igualmente el aviso. Todos se
alarmaban con el repentino silencio, y torciendo su rumbo iban, como el
vapor francs, hacia el lugar donde el _Californian_ haba encontrado al
sumergible.

--Ya estn en el Mediterrneo!--exclam con asombro el telegrafista al
terminar su relato--. Como han podido llegar hasta aqu?...

Ferragut no se atrevi  subir al puente. Tuvo miedo  que las miradas
de aquellos hombres de mar se fijasen en l. Crey que podan leer sus
pensamientos.

Un vapor de pasajeros acababa de ser echado  pique  una distancia
relativamente corta del buque en que iba l. Tal vez era Von Kramer el
autor del crimen. Por algo le haba encargado que anunciase  sus
compatriotas que pronto oiran hablar de sus hazaas. Y Ferragut haba
ayudado  la preparacin de esta barbarie martima!...

Qu has hecho?... qu has hecho?, pregunt iracunda la voz mental de
los buenos consejos.

Una hora despus sinti vergenza de permanecer en la cubierta. A pesar
de las rdenes del capitn, la noticia se haba filtrado  travs de la
severa consigna, circulando por los camarotes. Suban las familias
enteras, asustadas de la calma que reinaba en el buque, arreglndose las
ropas con precipitacin, pugnando los ms por ajustar  sus cuerpos los
salvavidas, que ensayaban por primera vez. Los nios geman, aterrados
por la alarma de sus padres. Algunas mujeres nerviosas derramaban
lgrimas sin motivo. El buque iba hacia el lugar donde el otro haba
sido torpedeado, y esto era suficiente para que los alarmistas se
imaginasen que el enemigo permaneca an inmvil en el mismo sitio,
esperando su llegada para repetir el atentado.

Centenares de ojos estaban fijos en el mar, espiando las ondulaciones de
su superficie, creyendo ver el remate de un periscopio en todos los
objetos, maderas, hierbas  botes de lata que pasaban  flor de agua.

Los oficiales del batalln de tiradores haban ido  la proa y la popa
para mantener la disciplina de su gente. Pero los asiticos no
abandonaban su apata serena, despreciadora de la muerte. Slo algunos
miraban al mar con una curiosidad infantil, deseosos de conocer este
nuevo juguete diablico inventado por las razas superiores.

En las cubiertas reservadas  los pasajeros de primera clase, la
extraeza resultaba tan grande como la inquietud.

--Submarinos en el Mediterrneo!... Pero es posible?...

Los ltimos en despertar se mostraban incrdulos, y nicamente se
convencan de lo ocurrido luego de or los informes de los tripulantes
del buque.

Vag Ferragut como un alma en pena. El remordimiento le hizo ocultarse
en su camarote. Le causaban dao estas gentes con sus quejas y sus
comentarios. Luego no pudo seguir en su aislamiento. Necesitaba ver y
saber, como el criminal que vuelve instintivamente al lugar donde
realiz su delito.

A medioda empezaron  marcarse en el horizonte varias nubecillas. De
todas partes acudan los vapores, atrados por este ataque inesperado.

El buque francs, que marchaba delante en la carrera de auxilio, moder
repentinamente su velocidad. Haba entrado en la zona del naufragio. En
las cofas de sus palos haba marineros que exploraban el mar, dando
indicaciones  gritos, que hacan torcer el curso del vapor. En estas
evoluciones empezaron  deslizarse por sus costados los restos del
trgico suceso.

Las dos hileras de cabezas asomadas  las diversas cubiertas vieron
salvavidas que flotaban vacos, un bote con la quilla en el aire, grupos
de maderos pertenecientes  una balsa construida con precipitacin y que
no haba llegado  terminarse.

De pronto, un alarido de mil bocas, seguido de un fnebre silencio...
Pas un cuerpo de mujer tendido de espaldas sobre unos tablones. Una de
sus piernas estaba metida en una media de seda gris. La cabeza colgaba
por el lado opuesto, extendiendo sus cabellos rubios sobre el agua como
manojo de algas doradas.

Sus pechos juveniles y firmes asomaban por la abertura de una camisa de
dormir, pegada al cuerpo con impdico moldeo. Haba sido sorprendida por
el naufragio en el momento que intentaba vestirse: tal vez el terror la
haba hecho arrojarse al mar. La muerte haba contrado su rostro con un
rictus horrible que dejaba los dientes al descubierto. Un lado de su
rostro estaba tumefacto por un golpe.

La vi Ferragut al asomarse entre los hombros de dos seoras que
temblaban apoyadas en la baranda de la cubierta. A su vez, el vigoroso
marino tembl como una mujer, sintiendo que sus ojos se nublaban. No
poda ver esto!... Y de nuevo fu  ocultarse en su camarote.

Un torpedero italiano evolucionaba por entre los restos del naufragio,
como si buscase las huellas del autor del crimen. Los vapores se
detenan en sus anchos crculos de exploracin para echar al agua las
embarcaciones de auxilio, que iban recogiendo los cadveres de los
nufragos y los vivos prximos  desfallecer.

Ferragut, en su desesperado encierro, percibi nuevos gritos
anunciadores de un suceso extraordinario. Otra vez la cruel necesidad de
saber le arrastr  la cubierta.

Un bote lleno de personas haba sido encontrado por el vapor. Los otros
buques de auxilio tropezaban igualmente poco  poco con las dems
embarcaciones ocupadas por los supervivientes de la catstrofe. El
salvamento general iba  ser un trabajo breve.

Los nufragos ms giles se vean rodeados, al pisar la cubierta, por
grupos que lamentaban su desgracia, al mismo tiempo que les ofrecan
lquidos calientes. Otros daban unos cuantos pasos, como si estuviesen
ebrios,  iban  caer en un banco. Algunos tenan que ser izados desde
el fondo del bote y conducidos en una silla  la enfermera del vapor.

Varios soldados britnicos, serenos y flemticos, pidieron, al subir,
una pipa, y empezaron  fumar con avidez. Otros nufragos, ligeros de
ropa, se limitaban  envolverse en una manta, iniciando el relato de la
catstrofe minuciosa y serenamente, como si estuviesen en un saln. Una
permanencia de diez horas en las apreturas del bote, vagando  la
ventura, en espera de socorro, no haba quebrantado sus energas.

Las mujeres mostraban mayor desesperacin. Ferragut vi en el centro de
un grupo de seoras  una jovencita inglesa, rubia, esbelta, elegante,
que lloraba balbuceando explicaciones. Se haba visto en una lancha,
separada de sus padres, sin saber cmo. Tal vez estaban muertos 
aquellas horas. Su remota esperanza era que se hubiesen refugiado en
otra embarcacin, siendo recogidos por cualquiera de los vapores que se
mantenan  la vista.

Un dolor desesperado, ruidoso, meridional, cort con sus alaridos el
rumor de las conversaciones. Acababa de subir  bordo una pobre mujer
italiana llevando un nio en brazos.

--_Figlia mia!... Mia figlia!..._--aullaba, con la cabellera suelta y
los ojos abultados por el llanto.

Haba perdido en el momento del naufragio una nia de ocho aos, y al
verse en el vapor francs se dirigi instintivamente hacia la proa, en
busca del mismo lugar que ocupaba en el otro buque, como si esperase
encontrar all  su hija. La voz exasperada se perdi escaleras abajo.
_Figlia mia!... Mia figlia!..._

Ulises no quiso orla. Le haca un dao horrible esta voz, como si
araase con su estridencia el interior de su cerebro.

Se aproxim  un grupo, en el centro del cual un hombre joven, descalzo,
con pantalones elegantes y la camisa abierta de pecho, hablaba y
hablaba, arropndose de vez en cuando en una manta que haban puesto
sobre sus hombros.

Describa con una mezcla de italiano y francs la prdida del
_Californian_.

Este pasajero haba despertado al or el primer caonazo del sumergible
contra el vapor. La persecucin duraba una media hora. Los ms audaces
y curiosos estaban en las cubiertas, y crean ya segura su salvacin al
ver que el vapor dejaba atrs  su enemigo. De pronto, una lnea negra
haba cortado el mar: algo as como una espina con raspas de espuma, que
avanzaba vertiginosamente, formando relieve sobre las aguas... Luego, un
golpe en el casco del buque, que lo haba hecho estremecer de la proa 
la popa, sin que ni una plancha ni un tornillo escapasen  la enorme
dislocacin... Despus, un estallido de volcn, un haz gigantesco de
humo y llamas, una nube amarillenta, de un amarillo de droguera, en la
que volaban obscuros objetos: fragmentos de metal y de madera; cuerpos
humanos hechos pedazos.

Los ojos del narrador brillaron con una luz de demencia al evocar sus
recuerdos.

--Un amigo mo, un muchacho de mi tierra--continu, suspirando--,
acababa de apartarse de m para ver mejor al sumergible, y se coloc
precisamente en el lugar de la explosin... Desapareci de pronto, como
si lo hubiesen borrado. Le vi y no le vi... Estall en mil pedazos, lo
mismo que si llevase una bomba dentro de su cuerpo.

Y el nufrago, obsesionado por este recuerdo, apenas conceda
importancia  las escenas siguientes: la lucha de la muchedumbre por
ganar los botes; los esfuerzos de los oficiales para imponer orden; la
muerte de muchos que, locos de desesperacin, se arrojaban al mar; la
trgica espera aglomerados en embarcaciones que apenas sobrenadaban unos
centmetros sobre las aguas, temiendo un segundo naufragio  poco que se
alborotasen las olas.

Haba desaparecido el vapor en unos cuantos minutos, hundiendo su proa
en las aguas y luego las chimeneas, colocndose en una posicin casi
vertical, como la torre inclinada de Pisa, con las dos hlices volteando
locas en su remate  impulsos de un estremecimiento agnico.

El narrador empez  quedar solo. Otros nufragos que iniciaban  su vez
el lgubre relato atrajeron  los curiosos.

Ferragut contempl  este joven. Su tipo fsico y su acento le hicieron
adivinar  un compatriota.

--Es usted espaol?

El nufrago contest afirmativamente.

--Cataln?--prosigui Ulises, en lengua catalana.

Una nueva vehemencia oratoria galvaniz al nufrago. El seor tambin
es cataln?... Y sonriendo  Ferragut como si fuese una aparicin
celeste, emprendi otra vez la historia de sus infortunios.

Era un viajante de comercio de Barcelona, y haba tomado en Npoles la
ruta del mar, por parecerle ms rpida, huyendo de los ferrocarriles,
congestionados por la movilizacin italiana.

--Iban otros espaoles en el buque?--sigui preguntando Ulises.

--Uno nada ms: mi amigo, ese muchacho de que he hablado antes. La
explosin del torpedo le hizo pedazos. Yo lo vi.

El capitn sinti agrandarse su remordimiento. Un compatriota, un pobre
joven, haba perecido por su culpa!...

Tambin el viajante de comercio pareca sufrir un tormento de
conciencia. Se consideraba responsable de la muerte de su compaero. Lo
haba conocido en Npoles pocos das antes, pero estaban unidos por la
estrecha fraternidad de los compatriotas jvenes que se tropiezan lejos
de su pas.

Los dos haban nacido en Barcelona. El pobre muchacho, casi un nio,
quera regresar por tierra, y l le haba arrastrado  ltima hora,
demostrndole las ventajas de un viaje por mar. Quin poda imaginarse
que los submarinos alemanes estaban en el Mediterrneo?...

El comisionista insisti en su remordimiento. No poda olvidar  este
adolescente que, por hacer el viaje en su compaa, haba marchado al
encuentro de la muerte.

--Lo conoc en Npoles, ocupado en buscar por todas partes  su padre.

--Ah!...

Ulises lanz esta exclamacin avanzando el cuello violentamente, como
si quisiera despegar su crneo del resto del cuerpo. Los ojos se le
salan de las rbitas.

--El padre--continu el joven--manda un buque... Es el capitn Ulises
Ferragut.

Un alarido... La gente corri... Un hombre acababa de caer redondo,
rebotando su cuerpo sobre la cubierta.




IX

EL ENCUENTRO DE MARSELLA


Tni, que abominaba de los viajes en ferrocarril, por su entumecedora
inmovilidad, tuvo que abandonar el _Mare nostrum_, sufriendo el tormento
de permanecer acoplado doce horas entre personas desconocidas.

Ferragut estaba enfermo en un hotel del puerto de Marsella. Le haban
desembarcado de un buque francs procedente de Npoles, sumido en
doloroso mutismo. Quera morir. Durante el viaje le sometieron  una
estrecha vigilancia para que no repitiese sus intentos de suicidio.
Varias veces quiso arrojarse al agua.

Esto lo supo Tni por el capitn de un vapor espaol que acababa de
llegar de Marsella, precisamente un da despus que los peridicos de
Barcelona relataron la muerte de Esteban Ferragut en el torpedeamiento
del _Californian_. El viajante de comercio contaba en todas partes el
suceso, y  continuacin su novelesco encuentro con el padre, la cada
mortal de ste al recibir la noticia, su desesperacin cuando recobr el
conocimiento.

El piloto haba corrido  presentarse en la casa de su capitn. Todos
los Blanes estaban en ella, rodeando y consolando  Cinta.

--Hijo mo!... Mi hijo!...--gema la madre, retorcindose en un sof.

Y el coro de la familia ahogaba sus lamentos derramando sobre ella una
lluvia de hipotticos consuelos y apelaciones  la resignacin. Deba
pensar en el padre: no estaba sola en el mundo, como ella afirmaba;
adems de su familia, tena  su marido.

Tni acababa de entrar en este momento.

--Su padre!--dijo ella con desesperacin--. Su padre!...

Y clav los ojos en el piloto, como si pretendiese hablarle con ellos.
Tni saba mejor que nadie quin era este padre y por qu razones se
haba quedado en Npoles. El tena la culpa de que el muchacho hubiese
emprendido el loco viaje  cuyo final le esperaba la muerte... La devota
Cinta se representaba esta desgracia como un castigo de Dios, siempre
complicado y misterioso en sus designios. La divinidad, para hacer
expiar al padre sus culpas, mataba al hijo, sin pensar en la madre,  la
que hera de rebote.

El piloto se march. No poda sufrir las miradas y las alusiones de doa
Cinta. Y como si no tuviese bastante con esta emocin, reciba horas
despus la noticia del mal estado de su capitn, lo que le obligaba 
emprender el viaje  Marsella inmediatamente.

Al entrar en el cuarto del hotel, frecuentado por oficiales de los
buques mercantes, encontr  Ferragut sentado junto  un balcn, desde
el que se vea todo el puerto viejo.

Estaba ms flaco, con los ojos hundidos y mates, la barba revuelta y un
olvido manifiesto en su persona.

--Tni!... Tni!...

Se abraz  su segundo, mojndole el cuello de lgrimas. Por primera vez
consegua llorar, y esto pareci darle cierto alivio. La presencia del
piloto le devolva  la vida; se aglomeraron en su memoria los olvidados
recuerdos de negocios y viajes. Tni resucitaba todas las energas del
pasado; era como si el _Mare nostrum_ viniese en busca de l.

Sinti vergenza y remordimiento. Este hombre conoca su secreto: era el
nico  quien haba hablado del aprovisionamiento de los sumergibles
alemanes.

--Mi pobre Esteban!... Mi hijo!

No vacilaba en establecer una fatalista relacin entre la muerte de su
hijo y aquel viaje ilegal, cuya memoria le pesaba como un pecado
monstruoso. Pero Tni fu discreto. Lament la muerte de Esteban como
una desgracia en la que su padre no haba tenido intervencin alguna.

--Tambin yo he perdido hijos... y s que nada se gana desesperndose...
Serenidad!

No dijo una palabra de todo lo anterior al trgico suceso. De no conocer
Ferragut  su segundo, habra podido creer que lo tena olvidado. Ni el
ms leve gesto, ni una luz en sus ojos que revelase el despertar del
maligno recuerdo. Su nica preocupacin era que el capitn recobrase
pronto la salud...

Reanimado por la presencia y las palabras de este compaero prudente,
Ulises recuper sus fuerzas, y pocos das despus abandon el cuarto
donde haba credo morir, dirigindose  Barcelona.

Entr en su casa con una preocupacin que casi le haca temblar. La
dulce Cinta, considerada hasta entonces con la superioridad protectora
de los orientales, que no reconocen un alma en la mujer, le inspiraba
cierto miedo. Qu dira al verle?...

No dijo nada de lo que l tema. Se dej abrazar,  inclinando la cabeza
rompi en un llanto desesperado, como si la presencia de su esposo
evocase con mayor relieve la imagen del hijo que nunca volvera  ver.
Luego sec sus lgrimas, y ms plida, ms triste que nunca, continu su
vida habitual.

Ferragut la vi serena como una maestra, con las dos sobrinas pequeas
sentadas  sus pies, proseguir las eternas labores de encaje. Slo las
olvidaba para atender al cuidado del marido, preocupndose de los ms
pequeos detalles de su bienestar. Era su deber. Conoca desde nia
cules son las obligaciones de la esposa de un capitn de buque cuando
se detiene en su casa por unos das, como un pjaro de paso.

Pero  travs de tales atenciones, Ulises adivin la presencia de un
obstculo inconmovible. Era algo enorme y transparente que se haba
interpuesto entre los dos. Se vean, pero sin poder tocarse: estaban
separados por una distancia dura y luminosa lo mismo que el diamante,
que haca intil todo intento de aproximacin.

Cinta no sonrea nunca. Sus ojos estaban secos, esforzndose por no
llorar mientras el marido permaneciese cerca de ella. Ya se entregara
al dolor con toda libertad cuando quedase sola. Su deber era hacerle
tolerable la existencia, reteniendo sus palabras, ocultando sus
pensamientos.

Pero esta cordura de buena duea de casa, esta supeditacin de cnyuge 
uso antiguo, ganosa de evitar toda molestia  su seor, no pudieron
mantenerse mucho tiempo.

Un da, Ferragut, por un retorno del antiguo cario, por un deseo de
iluminar con un plido rayo de sol la vida crepuscular de Cinta, os
acariciarla como en la primera poca de su matrimonio. Ella se irgui
ofendida y pudorosa, lo mismo que si acabase de recibir un insulto. Se
escap de sus brazos con igual energa que si repeliese una violacin.

Contempl Ulises una mujer nueva, intensamente plida, con el rostro
casi verde, la nariz encorvada por la clera y un fulgor de locura en
los ojos. Todo lo que guardaba en el fondo de su pensamiento emergi 
borbotones, expelido por una voz ronca cargada de lgrimas.

--No, no!... viviremos juntos porque eres mi marido y Dios manda que
sea as, pero ya no te quiero: no puedo quererte... El mal que me has
hecho!... Tanto que te amaba yo!... Por ms que busques en tus viajes y
tus malas aventuras, no encontrars una mujer que te quiera como te ha
querido la tuya.

Su pasado de cario modesto y sumiso, de fidelidad discreta y tolerante,
sala por su boca como una queja interminable.

--Te he seguido desde aqu en tus viajes. A la vuelta conoca tus
olvidos, tus infidelidades. Me lo contaban todos los papeles encontrados
en tus bolsillos, las fotografas perdidas entre tus libros, las
alusiones de tus camaradas, tus sonrisas de orgullo, el aire satisfecho
con que volvas muchas veces, una serie de costumbres y cuidados de tu
persona que no tenas al salir de aqu... Adivinaba tambin en tus
caricias atrevidas la presencia oculta de otras mujeres que viven lejos,
al otro lado del mundo.

Detuvo su alborotado lenguaje unos instantes, dejando que se extinguiese
la llamarada del recuerdo impdico que haba enrojecido su palidez.

--Todo lo despreciaba--continu--. Yo conozco  los hombres de mar: soy
hija de marino. Muchas veces vi  mi madre llorando, y su simplicidad me
di lstima. No hay que llorar por lo que hacen los hombres en lejanas
tierras. Es siempre amargo para una mujer que ama  su marido, pero no
trae consecuencias, y debe perdonarse... Pero ahora... ahora!...

La esposa se irrit al evocar las infidelidades recientes... Ya no eran
sus rivales las mercenarias de los grandes puertos, ni las viajeras que
slo pueden dar unos das de amor, como una limosna que se arroja sin
detener el paso. Ahora se haba enamorado con entusiasmos de jovenzuelo
de una dama elegante y hermosa, de una extranjera que le haca olvidar
sus negocios, abandonar su barco y permanecer lejos, como si renunciase
 su familia para siempre... Y el pobre Esteban, hurfano por el olvido
de su padre, iba en busca de l con la impetuosidad aventurera heredada
de sus ascendientes, y la muerte, una muerte horrible, le sala al
encuentro en su camino.

Algo ms que el dolor de la esposa ultrajada vibr en los lamentos de
Cinta. Era la rivalidad con aquella mujer de Npoles que ella crea una
gran seora con todos los atractivos de la riqueza y de un alto
nacimiento; la envidia por sus armas superiores de seduccin; la rabia
por su propia modestia y su humildad de mujer casera.

--Yo estaba resuelta  ignorarlo todo--sigui diciendo--. Tena un
consuelo: mi hijo. Qu me importaba lo que t hicieses?... Estabas
lejos y mi hijo viva  mi lado... Y ya no lo ver ms!... Mi destino
es vivir eternamente sola! T sabes que no puedo ser madre otra vez; que
estoy enferma y no puedes darme otro hijo... Y eres t, t! quien me ha
quitado el nico que tena...

Su imaginacin fabric las ms inverosmiles deducciones para explicarse
 s misma esta prdida injusta.

--Dios quiere castigarte por tu mala vida, y ha matado por eso  Esteban
y me matar lentamente  m... Cuando supe su muerte quise arrojarme
por el balcn. Vivo an porque soy cristiana; pero qu existencia me
espera! Qu vida para ti, si eres verdaderamente un padre!... Piensa
que tu hijo existira si no te hubieses quedado en Npoles.

Ferragut era digno de lstima. Bajaba la cabeza, sin fuerzas para
repetir las desordenadas y mentirosas protestas con que haba acogido
las primeras palabras de su esposa.

Si ella supiese toda la verdad!, repiti en su cerebro la voz del
remordimiento.

Pensaba con horror en lo que podra decir Cinta de conocer la extensin
de su pecado. Afortunadamente, ignoraba que era l quien haba
favorecido con su ayuda  los asesinos de su hijo... Y la conviccin de
que nunca llegara  saberlo le haca admitir sus palabras con una
humildad silenciosa: la humildad del criminal que se oye acusar de un
delito por un juez que ignora otros atentados todava mayores.

Cinta termin de hablar con un tono desalentado y sombro. No poda ms:
se apagaba su clera, consumida por su propia vehemencia. Los sollozos
cortaron sus palabras. Ya no vera en su marido al mismo hombre de
antes: el cadver del hijo se interpona entre los dos.

--Nunca podr quererte... Qu has hecho, Ulises? qu has hecho para
que te tenga horror?... Cuando estoy sola, lloro; mi tristeza es
inmensa, pero admito mi desgracia con resignacin, como una cosa lejana
que fu inevitable... As que oigo tus pasos y te veo entrar, resucita
la verdad. Pienso que mi hijo ha muerto por ti, que an vivira si no
hubiese ido en busca tuya para recordarte que eras su padre y que te
debas  nosotros... Y cuando pienso eso, te odio, te odio!... Has
matado  mi hijo! Mi nico consuelo es creer que, si tienes conciencia,
sufrirs ms an que yo.

Sali Ferragut de esta escena horrible con la conviccin de que deba
huir. Aquella casa ya no era suya. Tampoco era suya su mujer. El
recuerdo del muerto lo llenaba todo, se interpona entre l y Cinta, le
empujaba, lanzndolo de nuevo al mar. Su buque era el nico refugio para
el resto de su existencia, y deba acogerse  l como los grandes
criminales de otros siglos se refugiaban en el asilo de los monasterios.

Tuvo necesidad de descargar en alguien su clera, de encontrar un
responsable  quien atribuir sus desgracias. Cinta se le haba revelado
como un ser completamente nuevo. Nunca haba podido sospechar tanta
energa de carcter, tanta vehemencia pasional en esta mujercita
obediente y dulce. Deba tener un consejero que aprovechaba sus quejas
para hablarle mal del marido.

Y se fij en don Pedro el catedrtico, porque guardaba dormida cierta
prevencin contra l desde les tiempos de su noviazgo. Adems, le
ofenda verlo en su domicilio con cierto aire de personaje noble, cuyas
virtudes servan de contraste  los pecados y olvidos del dueo de la
casa.

Tena Ferragut el mismo carcter de todos los grandes corredores de
aventuras amorosas: liberales y despreocupados en la vivienda ajena;
pundonorosos y suspicaces en la propia.

--Ese viejo carcamal--se dijo--est enamorado de Cinta. Es una pasin
platnica; con l no hay que temer otra cosa; pero me hace todo el dao
que puede... Voy  decirle dos palabras.

Don Pedro, que continuaba sus diarias visitas para consolar  la madre,
hablando del pobre Esteban como si hubiese sido hijo suyo y dedicando
serviles sonrisas al capitn, se vi atajado por ste una tarde en el
rellano de la escalera.

El marino envejeci de pronto al hablar, acentundose sus rasgos
fisonmicos con una vigorosa fealdad. Se pareca en aquel momento  su
to el _Tritn_.

Con voz amenazadora hizo memoria de un pasaje clsico bien conocido del
profesor. Su homnimo el viejo Ulises, al volver  su palacio, haba
encontrado  Penlope rodeada de pretendientes, y acababa con ellos
colgndoles de una escarpia por la parte ms viril y dolorosa.

--No fu as, catedrtico?... Aqu no veo mas que un pretendiente, pero
este Ulises le jura que lo colgar de la misma parte si vuelve 
encontrarlo en su casa.

Huy don Pedro. Juzgaba muy interesantes  los rudos hroes de la
_Odisea_, pero en verso y sobre el papel. En la realidad le parecan
unos brutos peligrosos. Y escribi una carta  Cinta para avisarle que
suspenda sus visitas hasta que su marido volviese al mar.

Este atropello aument el alejamiento de la esposa. Representaba una
ofensa para ella. Despus de hacerle perder su hijo, Ulises espantaba 
su nico amigo.

Sinti el capitn la necesidad de marcharse. De seguir en aquel ambiente
hostil que exacerbaba sus remordimientos, amontonara error sobre error.
Solamente la accin le poda hacer olvidar.

Un da anunci  Tni que dentro de unas horas iban  partir. Haba
ofrecido sus servicios  las marinas aliadas para avituallar la flota
sitiadora de los Dardanelos. El _Mare nostrum_ transportara vveres,
armas, municiones, aeroplanos.

Tni intent una objecin. Les era fcil encontrar viajes ms seguros 
igualmente fructuosos; podan ir  Amrica...

--Y mi venganza?--interrumpi Ferragut--. El resto de mi vida quiero
dedicarlo  hacer todo el mal que pueda  los asesinos de mi hijo. Los
aliados necesitan barcos: yo les doy el mo y mi persona.

Conociendo las preocupaciones de su segundo, aadi:

--Adems, pagan bien. Estos viajes son muy remuneradores... Me darn lo
que yo pida.

Por primera vez en su existencia  bordo del _Mare nostrum_ tuvo el
piloto un gesto de desprecio para el valor del flete.

--Me olvidaba--continu Ulises, sonriendo  pesar de su tristeza--. Este
viaje halaga tus ideales... Vamos  trabajar por la Repblica.

Fueron  Inglaterra, y tomando su cargamento emprendieron el viaje  los
Dardanelos. Ferragut quiso navegar solo, sin la proteccin de los
destroyers que escoltaban  los buques reunidos en convoy.

Conoca bien el Mediterrneo. Adems, l era de un pas neutral y la
bandera espaola ondeaba en la popa de su buque. Este abuso no le
produjo remordimiento alguno, ni le pareci una deslealtad. Los
corsarios alemanes se aproximaban  sus presas ostentando banderas
neutras para engaarlas y que no huyesen. Los submarinos permanecan
ocultos detrs de pacficos veleros, para surgir de pronto junto  los
vapores sin defensa. Los procedimientos ms felones de los antiguos
piratas haban sido resucitados por la flota germnica.

El no tema  los submarinos. Confiaba en la velocidad del _Mare
nostrum_ y en su buena estrella.

--Y si nos sale alguno al paso--dijo  su segundo--, que nos salga ante
la proa.

Deseaba que fuese as, para lanzar el buque sobre el sumergible  toda
velocidad, espolonendolo.

Ya no era el Mediterrneo el mismo mar de meses antes, cuyos secretos
conoca el capitn; ya no poda vivir en l confiadamente, como en la
casa de un amigo.

Slo permaneca en su camarote el tiempo necesario para dormir. El y
Tni pasaban largas horas en el puente, hablando sin mirarse, con los
ojos vueltos al mar, espiando la movible superficie azul. Todos los
tripulantes, hasta los que estaban en horas de descanso, sentan la
necesidad de vigilar del mismo modo.

De da, el ms leve descubrimiento enviaba la alarma de la proa  la
popa. Toda la basura del mar, que semanas antes corra indiferentemente
junto  los costados del buque, provocaba ahora gritos de atencin y
haca extenderse muchos brazos para sealarla. Los pedazos de palo, los
botes vacos de conservas que brillaban bajo el sol, los manojos de
algas, una gaviota con las alas recogidas dejndose mecer por la ola,
hacan pensar en el periscopio del submarino asomando  flor de agua.

De noche, la vigilancia an era mayor. Al peligro de los sumergibles
haba que aadir el de una colisin. Los buques de guerra y los
transportes aliados navegaban con pocas luces  completamente 
obscuras. Los que hacan centinela en el puente ya no miraban la
superficie del mar y sus plidas fosforescencias. Sondeaban el
horizonte, temiendo que surgiese ante la proa una forma negra, enorme y
veloz, vomitada por la obscuridad.

Si alguna vez se retardaba el capitn en el camarote, surga
inmediatamente en su memoria el recuerdo fatal.

--Esteban!... Hijo mo!...

Y sus ojos se llenaban de lgrimas.

El remordimiento y la clera le hacan imaginar tremendas venganzas.
Estaba convencido de que su realizacin era imposible, pero servan de
momentneo consuelo  su carcter de meridional, predispuesto  las
reivindicaciones ms sangrientas.

Un da, registrando los papeles olvidados en una maleta, encontr el
retrato de Freya. Al ver su sonrisa audaz, sus ojos serenos fijos en l,
sinti que se realizaba en su interior un vergonzoso desdoblamiento.
Admir la belleza de esta aparicin: un escalofro estremeci su dorso;
surgieron en su memoria las pasadas voluptuosidades... Y al mismo
tiempo, el otro Ferragut que exista dentro de l se crisp con la
violencia homicida del levantino, que slo admite la muerte como
venganza. Ella era la culpable de todo. Ah... _tal_!

Rompi la fotografa; pero luego fu juntando los fragmentos, y acab
por guardarlos entre los papeles.

Su clera cambiaba de objetivo. Freya, en realidad, no era la principal
culpable de la muerte de Esteban. Pens en el otro, en el falso
diplomtico, en aquel Von Kramer que tal vez haba dirigido el torpedo
que despedaz  su hijo... No hara el demonio que lo encontrase alguna
vez?... Qu placer verse  solas los dos, frente  frente!

Al fin hua de la soledad del camarote, que le atormentaba con los
deseos de una venganza impotente. Junto  Tni, en lo alto del buque, se
senta mejor... Y con una bondad humilde que nunca haba conocido su
segundo, la bondad del dolor y la desgracia, hablaba y hablaba,
gozndose en la atencin de su sencillo oyente, como si relatase cuentos
maravillosos ante un crculo de nios.

En el estrecho de Gibraltar le describi la gran corriente de
alimentacin enviada por el Ocano al Mediterrneo, y que en aquellos
momentos ayudaba  la hlice en el empuje del buque.

Sin esta corriente atlntica, el _mare nostrum_, que perda por
evaporacin atmosfrica mucha ms agua que la que le aportaban lluvias y
ros, quedara seco en pocos siglos. Se haba calculado que poda
desaparecer en cuatrocientos sesenta aos, dejando como vestigios de su
existencia una capa de sal de cincuenta y dos metros de espesor.

Nacan en sus profundos senos grandes y numerosos manantiales de agua
dulce, en la costa del Asia Menor, en Morea, Dalmacia y la Italia
meridional; reciba, adems, un aporte considerable del mar Negro, pues
ste, al revs del Mediterrneo, acaparaba con las lluvias y con el
arrastre de sus ros ms agua que la que perda por evaporacin,
envindosela  travs del Bsforo y los Dardanelos en forma de corriente
superficial. Pero todas estas afluencias, aunque eran enormes, perdan
su importancia comparadas con la renovacin de la corriente ocenica.

Entraban las aguas del Atlntico en el Mediterrneo tan poderosamente,
que no podan detener su curso ni los vientos contrarios ni los
movimientos de reflujo. Los buques de vela tenan que esperar  veces
meses enteros un viento fuerte que les ayudase  vencer la impetuosa
boca del estrecho.

--Eso lo s muy bien--dijo Tni--. Una vez, yendo  Cuba, estuvimos  la
vista de Gibraltar ms de cincuenta das, adelantando y perdiendo
camino, hasta que un viento favorable nos hizo vencer la corriente y
salir al mar grande.

--La tal corriente--aadi Ferragut--fu una de las causas que
precipitaron la decadencia de las marinas mediterrneas en el siglo XVI.
Haba que ir  las Indias recin descubiertas, y el marino cataln  el
genovs permanecan aqu en el estrecho semanas y semanas luchando con
la atmsfera y el agua contrarias, mientras los gallegos, los vascos,
los franceses  ingleses, que haban salido al mismo tiempo de sus
puertos, estaban ya cerca de Amrica... Por fortuna, la navegacin 
vapor nos ha igualado  todos.

Tni admiraba en silencio  su capitn. Lo que haba aprendido en los
libros que llenaban su camarote!...

Era en el Mediterrneo donde los hombres se haban confiado por primera
vez  las olas. La civilizacin procede de la India, pero los pueblos
asiticos no pudieron hacer el aprendizaje de navegantes en unos mares
donde las costas estn muy lejanas unas de otras y los monzones del
Ocano Indico soplan seis meses seguidos en una direccin y seis meses
en otra.

Solamente al llegar al Mediterrneo, en sus emigraciones por tierra, el
hombre blanco haba querido ser marinero. Este mar, que comparado con
los otros es un simple lago sembrado de archipilagos, se le ofreci
como una escuela. A cualquier viento que abandonase su velamen, estaba
seguro de llegar  una orilla hospitalaria. Las brisas dulces 
irregulares giraban con el sol en algunas pocas del ao. El huracn
atravesaba su cuenca, pero sin fijarse nunca. No existan mareas. Sus
puertos y pasos no quedaban en seco; sus costas  islas estaban muchas
veces  tan corta distancia, que se vean entre ellas; sus tierras,
amadas del cielo, reciban las miradas ms dulces del sol.

Ferragut evocaba el recuerdo de los hombres que haban surcado este mar
en siglos tan remotos que la Historia no haca mencin de ellos. Como
nicos rastros de su existencia quedaban los _nuraghs_ de Cerdea y los
_talayts_ de las Baleares, mesas gigantescas formadas con bloques,
altares brbaros de pedruscos enormes, que recordaban los menhires y los
dlmenes celtas de las costas bretonas. Estos pueblos obscuros haban
pasado, de isla en isla, desde el fondo del Mediterrneo hasta el
estrecho, que es su puerta.

El capitn se imaginaba sus embarcaciones hechas con troncos de rboles
apenas desbastados, movidas  remo,  ms bien  golpe de pala, sin otro
auxilio que el de una vela rudimentaria que slo se tenda al soplo
franco de popa. La marina de los primeros europeos haba sido igual  la
de los salvajes de las islas de Oceana, que an van actualmente en sus
flotillas de troncos de archipilago en archipilago.

As haban osado despegarse de las costas, perder de vista la tierra,
aventurarse en el desierto azul, avisados de la existencia de las islas
por las gibas vaporosas de las montaas que se marcaban en el horizonte
al ponerse el sol. Cada avance en el Mediterrneo de esta marina
balbuciente haba representado mayores derroches de audacia y energa
que el descubrimiento de Amrica  el primer viaje alrededor del
mundo... Estos nautas primitivos no se lanzaban solos  las aventuras
del mar: eran pueblos en masa; llevaban con ellos familias y animales.
Las tribus, una vez instaladas en una isla, soltaban fragmentos de su
propia vida, que iban  colonizar,  travs de las olas, otras tierras
cercanas.

Ulises y su segundo pensaron en las grandes catstrofes ignoradas por la
Historia: la tempestad sorprendiendo al xodo navegante, las flotas
enteras de rudas balsas sorbidas por el abismo en unos minutos, las
familias muriendo abrazadas  sus animales domsticos cuando iban 
intentar un nuevo avance de su embrionaria civilizacin.

Para formarse una idea de lo que eran sus pequeas embarcaciones,
Ferragut recordaba las flotas de los poemas homricos, creadas muchos
siglos despus. Los vientos infundan un terror religioso  los
guerreros del mar reunidos para caer sobre Troya. Sus buques permanecan
encadenados un ao entero en los puertos de Aulide por miedo  la
hostilidad de la atmsfera, y para aplacar  las divinidades del
Mediterrneo sacrificaban la vida de una virgen.

Todo era peligro y misterio en el reino de las ondas. Los abismos
rugan, los peascos ladraban, los escollos eran sirenas cantoras que
iban atrayendo con su msica  las naves para despedazarlas. No haba
isla sin dios particular, sin monstruo, sin cclope  sin maga urdidora
de artificios. El terror era la primera divinidad de los mares. El
hombre, antes de domesticar  los elementos, les tribut el ms
supersticioso de sus miedos.

Un factor material haba influido poderosamente en los cambios de la
vida mediterrnea. La arena, movida al capricho de las corrientes,
arruinaba  los pueblos  los suba  la cumbre de una inesperada
prosperidad. Ciudades clebres en la Historia no eran actualmente mas
que calles de ruinas al pie de un montculo coronado por los restos de
un castillo fenicio, romano, bizantino, sarraceno  del tiempo de las
Cruzadas. En otros siglos haban sido puertos famosos: ante sus muros se
libraron batallas navales. Ahora, desde su derruida acrpolis apenas se
alcanzaba  ver el Mediterrneo como una leve faja azul al final de la
llanura baja y pantanosa. La arena haba alejado el antiguo puerto del
mar con una distancia de leguas... En cambio, ciudades de tierra adentro
pasaban  ser lugares de embarque, por la continua perforacin de las
olas que iban  encontrarlas.

La maldad de los hombres haba imitado la obra destructora de la
Naturaleza. Cuando una repblica martima venca  otra repblica rival,
lo primero que pensaba era en obstruir su puerto con arena y piedras, en
torcer el curso de las aguas, para que se convirtiese en ciudad
terrestre, perdiendo sus flotas y su trfico. Los genoveses,
triunfadores de los pisanos, cegaban su puerto con las arenas del Arno,
y la ciudad de los primeros conquistadores de Mallorca, de los
navegantes  Tierra Santa, de los caballeros de San Esteban, guardianes
del Mediterrneo, pasaba  ser Pisa la muerta, poblacin que slo de
odas conoce el mar.

--La arena--terminaba diciendo Ferragut--ha cambiado en el Mediterrneo
las rutas comerciales y los destinos histricos.

De cuantos hechos haban tenido por escenario el _mare nostrum_, el ms
famoso para el capitn era la inaudita expedicin de los almogvares 
Oriente, la epopeya de Roger de Flor, que l conoca desde pequeo por
los relatos del poeta Labarta, del _Tritn_ y del pobre secretario de
pueblo que soaba  todas horas con las grandezas pretritas de la
marina de Catalua.

Todo el mundo hablaba en aquellos meses del bloqueo de los Dardanelos.
Los buques que surcaban el Mediterrneo, lo mismo los mercantes que los
de guerra, trabajaban para la gran operacin militar que se iba
desarrollando frente  Gallpoli. El nombre del largo callejn martimo
que separa Europa de Asia estaba en todas las bocas. Las miradas de los
humanos convergan en este punto, lo mismo que en los remotos siglos de
la guerra de Troya.

--Nosotros tambin hemos estado all--deca Ferragut con orgullo--. Los
Dardanelos han sido durante varios aos de catalanes y aragoneses.
Gallpoli fu una ciudad nuestra gobernada por el valenciano Ramn
Muntaner.

Y emprenda el relato de las conquistas de los almogvares en Oriente,
odisea romntica, brbara y sangrienta  travs de las antiguas
provincias asiticas del Imperio romano, que slo vena  terminarse con
la fundacin de un ducado espaol de Atenas y Neopatras en la ciudad de
Pericles y Minerva.

Las crnicas de la Edad Media oriental, los libros de caballeras
bizantinos, los cuentos paladinescos de los rabes, no tenan aventura
ms imprevista y dramtica que la expedicin de estos argonautas
procedentes de los valles de los Pirineos, de las mrgenes del Ebro y de
las moriscas huertas de Valencia. Durante largos aos imperaron en la
Bitinia, la Troyada, la Jonia, la Tracia, la Macedonia, la Tesalia y la
Atica.

Abuelos gloriosos de los conquistadores de Amrica y de la infantera
espaola de los tercios, estos almogvares eran incansables andarines,
vestidos y armados  la ligera. Usaban simples petos de lana cuando
todos los guerreros se cubran de hierro; oponan la jabalina arrojadiza
 la pesada lanza; saltaban como felinos sobre el caballero acorazado
para clavarle su ancha espada por los intersticios de la armadura.

Haban afirmado en Sicilia la dinasta de Aragn, expulsando
definitivamente  la dinasta francesa  fines del siglo XIII; pero los
nuevos reyes ignoraban cmo mantener  esta milicia inocupada y temible,
hasta que del seno de ella surga un aventurero de genio, Roger de Flor,
que la llevaba  Oriente al servicio de los emperadores de Bizancio,
amenazados por las primeras agresiones de los turcos.

Estos soberanos, muelles, lujosos, refinados, comenzaron  temblar ante
los hombres cuyo auxilio haban solicitado imprudentemente. Eran
verdaderos salvajes para los patricios de Constantinopla. El mismo da
de su llegada entablaron un combate sangriento en las calles de Pera y
de Glata con los genoveses que explotaban la ciudad.

El viejo basileo Andrnico Palelogo se di prisa en alejar  los
temibles huspedes. Cumpliendo sus promesas, confera al obscuro Roger
de Flor el ttulo de megaduque  almirante, casndolo luego con una
princesa de la familia imperial. A su vez, los almogvares deban dar
principio inmediatamente  su colaboracin militar.

Los afeminados burgueses de Bizancio y su populacho cosmopolita,
aficionados  las fiestas de Circo y las querellas teolgicas, vieron
partir con satisfaccin  estos hombres medio bandidos y medio soldados,
que llevaban  la zaga, por una costumbre secular, sus hijos y sus
barraganas, duras hembras de Aragn y de Sicilia seguidas de enjambres
de chicuelos semidesnudos y acostumbradas  manejar la espada cuando
caa herido su rudo compaero.

Retrocedan los turcos en el Asia Menor ante los nuevos auxiliares de
Bizancio, ms duros y belicosos que ellos. Reconquistaban los
almogvares Filadelfia, Magnesia, Efeso, y llegaban hasta las llamadas
Puertas de Hierro, al pie del lejano Taurus. De seguir su marcha, sin
temor  intrigas de la corte bizantina que dejaban  sus espaldas, tal
vez hubiesen repetido la hazaa de los cruzados, entrando en Palestina
por el Norte.

Pero el Imperio tema  los almogvares, y cuanto mayores eran sus
victorias, ms grande resultaba su miedo. Ascenda  Roger de Flor  la
dignidad de Csar, pero lo obligaba  volver atrs, intentando al mismo
tiempo introducir la discordia entre los jefes de la expedicin. Al ms
noble de los capitanes almogvares, Berenguer de Enteaza, pariente de
los reyes de Aragn, que estaba con sus galeras en el Cuerno de Oro, lo
nombraba megaduque, envindole con gran pompa el lujoso sombrero smbolo
de tal dignidad. Pero el marino aragons, que conoca la perfidia de los
bizantinos, ataba el honorfico sombrero  una cuerda como si fuese un
cubo, sacando agua con l ante los escandalizados embajadores.

Un hijo del viejo basileo, llamado Miguel IX, prncipe sombro y
receloso, que gobernaba unido  su padre, prepar el exterminio de estos
intrusos, cada vez ms insolentes por sus victorias. Tema que
destronasen  los Palelogos, estableciendo una dinasta espaola, como
haban hecho los cruzados un siglo antes, instaurando una dinasta
franca.

Roger de Flor dej sus tropas establecidas en Gallpoli y fu 
Constantinopla antes de emprender la segunda campaa contra los turcos.
Crea posible un acomodamiento con la familia imperial, que era la suya.
El viejo Andrnico le halag con nuevos honores, pero antes de volver 
los Dardanelos quiso despedirse de su cuado, el sombro Miguel, que
estaba en Adrianpolis con muchos guerreros blgaros, futuros aliados.

El heroico aventurero, contra la opinin de los suyos, que teman una
asechanza, fu  Adrianpolis escoltado solamente por unos cientos de
catalanes, y le recibieron con grandes fiestas. Luego,  los postres de
un banquete, Miguel y sus blgaros lo asesinaron. Los almogvares de la
escolta se defendieron en grupos aislados contra toda una ciudad, y fu
tan inaudita su desesperada resistencia, que  muchos les concedieron la
vida por admiracin.

Los bizantinos se vengaron del miedo sufrido matando en todo el Imperio
 los espaoles sueltos. Hasta los capitanes principales, casados con
princesas del pas, fueron asesinados en sus casas. Los almogvares
fortificados en Gallpoli, por un escrpulo caballeresco propio de la
poca, se creyeron en la imposibilidad de defenderse si no declaraban
antes la guerra al basileo solemnemente. Veintisis de ellos fueron 
Constantinopla para hacer esta declaracin, pero  pesar de su carcter
sagrado de embajadores, la misma escolta bizantina que les haba
facilitado Andrnico los asesin en Rodosto, despedazando los cadveres
en el matadero pblico y exhibiendo sus cuartos en las mesas del
mercado.

Que vuestro corazn se reconforte--deca sombramente Muntaner en su
crnica al dar fin  este relato de horrores--. Da aqu en adelante,
veris cmo nuestra Compaa obtuvo, con la ayuda de Dios, una venganza
tan ruidosa como jams se ha visto venganza alguna.

No llegaban  cuatro mil los almogvares y marineros refugiados en
Gallpoli. Todos los dems, esparcidos por el Imperio, haban sido
degollados con sus mujeres y sus hijos. Y esta pequea tropa, sin otro
refuerzo que el de algunos grupos que de tarde en tarde llegaban de
Sicilia y Aragn, se mantuvo en los Dardanelos durante dos aos.
Primeramente se defendieron de todo el ejrcito bizantino, con sus
auxiliares alanos y blgaros.

Muntaner, ciudadano de Valencia, fu el encargado de la defensa de
Gallpoli. Luego, derrotando  sus enemigos con una buena suerte casi
milagrosa, tomaron la ofensiva, hacindose dueos de Tracia y llegando
en sus audaces correras hasta la misma Constantinopla. Eran pocos para
apoderarse de la enorme ciudad, pero secuestraron  sus habitantes
ricos, quemaron sus arsenales, pasaron  cuchillo guarniciones enteras,
vengndose ferozmente de la crueldad de sus enemigos.

Al fin, el hambre les obligaba  alejarse. En dos aos haban devorado
todos los recursos del pas. Los griegos huan de ellos, incapaces de
resistirles, y en este vaco no disponan de otros medios de
subsistencia que los que traan las naves de la lejana patria.

Esta repblica militar, que se daba el ttulo de Compaa, emprendi
la retirada hacia el Oeste, marcando su camino con los saqueos y
violencias que acompaan en toda poca la retirada de una horda
guerrera. Adems, sus jefes estaban enemistados. El sombro y ambicioso
Rocafort haca matar  Berenguer de Entenza y acababa su vida en una
prisin. El prudente Muntaner era el consejero de paz, ahogando las
disidencias, buscando nuevos amigos entre los seores feudales que
gobernaban la Macedonia y la Tesalia con ttulos de _Sebastocrator_ y de
_Megaskir_.

La Compaa hacia grandes daos  su paso por Salnica y los conventos
del monte Athos. Una vez en la verdadera Grecia, el duque de Atenas,
Gautier de Brienne, descendiente de los cruzados franceses, la tomaba 
sueldo.

Trataron con desprecio los caballeros francos  estos guerreros medio
salvajes, y los almogvares, poco sufridos de carcter, se enemistaban
con ellos. Una batalla decisiva se desarroll en las mrgenes del lago
Copais, famoso por sus anguilas, de las que hablan Aristfanes y casi
todos los poetas de la antigua Atenas. Los paladines vestidos de hierro
sobre corceles acorazados atacaron riendo de lstima  estos infantes
andrajosos. Pero la Compaa abundaba en hbiles flecheros, y adems,
rompiendo los canales, convirti el terreno en un pantano. Se hundan en
l los jinetes, asaetados por todas partes, y los almogvares degollaron
 la flor de la caballera franca, condes, marqueses y barones, siendo
de los primeros en caer Gautier de Brienne.

Luego de saquear el pas, los vencedores se establecan en Atenas. Diez
aos haban durado sus aventuras en Oriente, sus marchas de
Constantinopla  las faldas del Taurus, de la pennsula de Gallpoli 
la cumbre de la Acrpolis.

--Ochenta aos--deca Ferragut al terminar su relato--vivi el ducado
espaol de Atenas y Neopatras ochenta aos gobernaron los catalanes esas
tierras.

Y sealaba al horizonte, en el que se marcaban como rojas neblinas los
lejanos promontorios y montaas de la tierra griega.

El tal ducado fu, en realidad, una Repblica. La Compaa haba
conferido su corona  los reyes aragoneses de Sicilia, pero stos no
visitaron nunca sus nuevos dominios, delegando el gobierno en mercaderes
y hombres de mar.

Atenas y Tebas fueron administradas con arreglo  las leyes de Aragn.
Su cdigo fu el Libro de usos y costumbres de la ciudad de Barcelona.
La lengua catalana rein como idioma oficial en el pas de Demstenes.
Los rudos almogvares se casaron con las ms altas damas del pas, tan
nobles--deca Muntaner--, que aos antes no hubiesen desdeado el
presentarles el agua para que lavasen sus manos.

EL Partenn estaba todava intacto, como en los tiempos gloriosos de la
antigua Atenas. El monumento augusto de Minerva, convertido en iglesia
cristiana, no haba sufrido otra modificacin que la de ver una nueva
diosa en sus altares, la Virgen Santsima, la _Panagia Ateneiotissa_. Y
en este templo milenario, de soberana belleza, se cant durante ochenta
aos el _Te Deum_ en honor de los duques aragoneses y predicaron los
sacerdotes en cataln.

La repblica de aventureros no se ocup en construir ni en crear. Nada
qued sobre la tierra griega como rastro de su dominacin: edificios,
sellos  monedas. Slo algunas familias nobles, especialmente en las
islas, tomaron el nombre patronmico de Cataln.

--An se acuerdan de nosotros confusamente, pero se acuerdan--deca
Ferragut.

Los campesinos del lago Copais guardaban un recuerdo vago de la batalla
de Cefiso, que di fin al ducado franco de Atenas. Que la venganza de
los catalanes te alcance, fu durante varios siglos en Grecia y en
Rumelia la peor de las maldiciones. Para designar  un ser brbaro y
sanguinario, todava los griegos modernos le apodan Cataln, y en
Morea toda comadre violenta y reidora se ve insultada por sus vecinas
con el nombre de Catalana.

As termin la ms gloriosa y sangrienta de las aventuras mediterrneas
en la Edad Media; el choque de la rudeza occidental, casi salvaje pero
franca y noble, con la malicia refinada y la civilizacin decadente de
los griegos, pueriles y viejos  la vez, que se sobrevivan en Bizancio.

Ferragut senta placer con estos relatos de esplendores imperiales,
palacios de oro, picos encuentros y furiosos saqueos, mientras su buque
navegaba cortando la noche y saltando sobre el mar obscuro, acompaado
por el pistoneo de las mquinas y el batir ruidoso de la hlice, que 
veces permaneca fuera del agua durante los furiosos balanceos de proa 
popa.

Estaban en el peor sitio del Mediterrneo, donde se encuentran los
vientos procedentes del callejn del Adritico, de las estepas del Asia
Menor, de los desiertos africanos y del portillo de Gibraltar, mezclando
tempestuosamente sus corrientes atmosfricas. Las aguas, encajonadas
entre las numerosas islas del archipilago griego, se retorcan en
opuestas direcciones, exasperndose al chocar contra los acantilados de
las costas, con una violencia de retroceso que se converta en furioso
oleaje.

El capitn, encapuchado como un fraile, encorvndose bajo el viento, que
pareca querer arrancar del puente sus gruesas botas, altas hasta la
rodilla, hablaba y hablaba  su segundo, inmvil junto  l, cubierto
igualmente con un impermeable que chorreaba humedad por todos sus
pliegues. La lluvia iba rayando con leves araazos de luz la lbrega
pizarra de la noche. Los dos marinos sentan en la cara y en las manos
la misma sensacin que si cayesen  travs de la obscuridad ortigas
heladas.

Por dos veces anclaron cerca de la isla de Tenedos, viendo los movibles
archipilagos de los acorazados con velos flotantes de humo. Llegaba 
sus odos, como un trueno incesante, el eco de los caones que rugan 
la entrada de los Dardanelos.

Asistieron de lejos  la emocin causada por la prdida de algunos
navos ingleses y franceses. La corriente del mar Negro era la mejor
arma para los defensores de este desfiladero acutico contra el ataque
de las flotas. No tenan mas que arrojar en el estrecho una cantidad de
minas flotantes, y el ro azul que se desliza por los Dardanelos las
arrastraba hacia los buques sitiadores, destruyndolos con infernal
estallido. En las costas de Tenedos, las mujeres helnicas, con las
cabelleras sueltas, arrojaban flores al mar en memoria de las vctimas,
con un dolor teatral semejante al de las heronas de la antigua Troya,
cuyas murallas estaban enterradas en las colmas de enfrente.

El tercer viaje, en pleno invierno, fu muy duro, y al final de una
noche lluviosa, cuando las sutiles palideces del alba empezaban  sacar
de la sombra los contornos todava esfumados de la realidad, el _Mare
nostrum_ lleg  la rada de Salnica.

Slo una vez haba estado Ferragut en este puerto, muchos aos antes,
cuando todava era de los turcos. Primeramente vi unas tierras bajas en
las que parpadeaban los ltimos fuegos de los faros. Luego fu
reconociendo la rada, vasta extensin acutica con un marco de arenales
y lagunas que reflejaban la luz indecisa del amanecer. Las gaviotas,
recin despiertas, volaban en grupos sobre la inmensa copa marina. En la
desembocadura del Vardar se levantaban los voltiles de agua dulce con
ruidosos gritos,  permanecan orlando las orillas, inmviles sobre sus
largas patas.

Frente  la proa fu surgiendo una ciudad entre las ondas albuminosas
de la bruma. En un pedazo de cielo limpio y azul se destacaron varios
minaretes, brillando sus remates con los fuegos de la aurora. As como
avanzaba el buque iban desvanecindose las nubes matinales, y Salnica
se mostr completa, desde el casero de sus muelles hasta el antiguo
castillo que ocupa la cumbre de una colina, fortaleza de torreones
rojizos, chatos y robustos.

Junto al agua,  lo largo del puerto, estaban las construcciones
europeas, las casas de comercio con sus rtulos dorados, los hoteles,
los Bancos, los cinematgrafos y cafs-concertos, y una torre macza
con otra ms pequea superpuesta: la llamada Torre Blanca, resto de las
fortificaciones bizantinas.

En este casero europeo se abran portillos obscuros. Eran las bocas de
las calles en pendiente, que se remontaban colina arriba,  travs de
los barrios griegos, mahometanos  israelitas, basta llegar  una meseta
cubierta de altos edificios entre las agujas obscuras de los cipreses.

La diversidad religiosa del Mediterrneo oriental erizaba  Salnica de
cpulas y torres. El templo griego hencha en el espacio los bultos
dorados de su techumbre; la iglesia catlica haca brillar la cruz en lo
ms alto de su campanario; la sinagoga, de formas geomtricas, se
desbordaba en una sucesin de terrazas; los minaretes islmicos formaban
una columnata blanca, afilada, esbelta. La vida moderna haba aadido
varias chimeneas de fbrica y brazos de gras de vapor, que producan el
efecto de anacronismos en esta decoracin de puerto oriental.

En torno de la ciudad y su acrpolis hua la llanura hasta perderse en
el horizonte; una llanura que Ferragut haba visto en el viaje anterior
desolada, montona, con pocas casas y escasos cultivos, sin otra
vegetacin importante que los pequeos oasis de los cementerios
musulmanes. Este desierto iba hacia Grecia y Servia,  al encuentro de
Bulgaria y Turqua.

Ahora, la parda estepa, al salir de las brumas algodonosas del amanecer,
palpitaba con nueva vida. Miles y miles de hombres estaban acampados en
torno de la ciudad. Haba nuevas poblaciones hechas de lona, calles
rectangulares de tiendas, ciudades de barracas de madera, construcciones
enormes como iglesias, cuyas paredes de lienzo temblaban bajo las
rfagas.

El capitn vi  travs de sus gemelos muchedumbres guerreras ocupadas
en los quehaceres del despertar, filas de caballos sin jinete que iban
al abrevadero, parques de artillera con sus caones en alto iguales 
tubos de telescopio, pjaros enormes de alas amarillas que emprendan su
deslizamiento  ras de tierra con rudo traqueteo y poco  poco se
remontaban en el espacio, brillando sus alas enceradas con los primeros
fulgores del sol.

Todo el ejrcito aliado de Oriente, volviendo de la sangrienta y errnea
aventura de los Dardanelos  procedente de Marsella y Gibraltar, se iba
amasando en torno de Salnica.

El _Mare nostrum_ fonde ante los muelles, repletos de cajas y fardos.
La guerra daba  este puerto una actividad mucho ms grande que la de
los tiempos tranquilos. Vapores de todas las banderas aliadas y
neutrales descargaban vveres y material militar.

Venan de todos los continentes, de todos los ocanos, atrados por las
necesidades enormes de un ejrcito moderno. Descargaban cosechas de
provincias enteras, rebaos interminables de bueyes y caballos,
toneladas y toneladas de acero preparado para esparcir la muerte,
muchedumbres humanas  las que slo faltaba una cola de mujeres y de
nios para ser iguales  los grandes xodos belicosos de la Historia.
Luego llenaban sus vientres otra vez con los residuos de la guerra,
armas necesitadas de reparacin, hombres destrozados, y emprendan su
viaje de vuelta.

Estos cargamentos, trados obscura y modestamente  travs del mal
tiempo y la amenaza submarina, preparaban la victoria. Muchos de estos
vapores eran antiguos buques de lujo, exonerados por la necesidad
militar, sucios y grasosos, que servan ahora de barcos de carga.
Alineados junto  los muelles, dormitaban, esperando entrar en
funciones, los navos-hospitales, trasatlnticos ms dichosos, que
retenan an cierta parte de su antiguo bienestar, blancos, limpios,
con una cruz roja pintada en los flancos y otra en las chimeneas.

Algunos de los transportes haban llegado  Salnica milagrosamente. Sus
tripulantes relataban, con la serenidad fatalista de los hombres de mar,
cmo el torpedo haba pasado  corta distancia del casco. Un vapor
herido permaneca aparte, con slo la quilla sumergida, mostrando al
aire todo su vientre rojo. Ms abajo de la lnea de flotacin tena
abierta una brecha de anguloso contorno. Al mirar desde la cubierta la
profundidad de sus bodegas, invadidas por el agua, se vea el portaln
abierto en su flanco como la entrada de una caverna luminosa.

Ferragut, mientras descargaban su buque bajo la vigilancia de Tni, pas
los das en tierra, visitando la ciudad.

Le atrajeron desde el primer momento los callejones de los barrios
turcos; sus casas blancas; sus balcones salientes cubiertos de celosas,
que son como jaulas pintadas de rojo; las mezquitas, con patios de
cipreses y fontanas de melanclico chorreo; las tumbas de los santones
en kioscos que cortan las calles bajo el reflejo mortecino de una
lmpara; las mujeres veladas por sus negros _firadjes_; los viejos que
transcurren silenciosos y pensativos bajo su gorro de escarlata,
siguiendo los bamboleos del asno en que van montados.

La gran va romana entre Roma y Bizancio, antiguo camino de losas
azules, pasaba por una calle de la moderna Salnica. An guardaba una
parte de su pavimento y apareca obstruda gloriosamente por un arco de
triunfo, junto  cuya base de piedra carcomida trabajaban los
limpiabotas, descalzos y con un fez en la cabeza.

Una interminable variedad de uniformes desfilaba por sus calles, y 
esta diversidad de trajes vena  aadirse la diferencia tnica de los
hombres que los vestan. Los soldados de Francia y de las Islas
Britnicas se codeaban con las tropas exticas. Los gobiernos aliados
haban hecho un llamamiento  los combatientes profesionales y los
voluntarios de sus colonias. Los tiradores negros del centro de frica
enseaban sus dientes de marfilea sonrisa  los gigantes bronceados,
con grueso turbante blanco, procedentes de la India. El cazador de las
llanuras glaciales del Canad fraternizaba con los voluntarios de
Australia y Nueva Zelandia.

El cataclismo de la guerra mundial haba arrastrado los hombres de los
antpodas hasta este rincn dormido de la Grecia. Volvan  repetirse
las invasiones de los siglos remotos que haban hecho encorvarse  la
antigua Tesalnica bajo la conquista de brbaros, bizantinos, sarracenos
y turcos.

Las tripulaciones de los buques de guerra surtos en la rada venan 
fundir en esta variedad de uniformes la nota montona de su azul
negruzco, casi igual en todas las marinas del mundo... Y  la amalgama
militar se agregaba la pintoresca variedad de la vestimenta civil, el
carcter hbrido del vecindario de Salnica, compuesto de varias razas y
religiones que se entremezclan sin confundirse. Los popes de negras
tnicas y sombreros de copa sin alas transcurran por las calles junto 
los sacerdotes catlicos  al rabino de luenga hopalanda. En las afueras
se vean hombres casi desnudos, sin otro traje que una zamarra de
pieles, guiando rebaos de cerdos, lo mismo que los pastores de la
_Odisea_. Los derviches, con aspecto de demencia, canturreaban inmviles
en una encrucijada, envueltos en nubes de moscas, esperando el auxilio
de los buenos creyentes.

Gran parte de la poblacin estaba compuesta de israelitas descendientes
de los judos expulsados de Espaa y Portugal. Los ms viejos y
tradicionalistas se vestan lo mismo que sus remotos abuelos, con largos
caftanes de colores fuertes y rayados. Las mujeres, cuando no imitaban
las modas europeas, lucan un traje pintoresco que haca recordar la
indumentaria espaola de la Edad Media. No eran nicamente cambistas 
comerciantes, como en el resto de la tierra. Las necesidades de una
ciudad dominada por ellos les haban hecho abrazar todas las
profesiones, siendo artesanos, pescadores, barqueros, mozos de cordel,
cargadores del puerto. Guardaban la lengua castellana como idioma del
hogar, como bandera original, cuyo aleteo reuna sus almas dispersas,
un castellano en formacin, blando y sin consistencia, semejante  una
criatura recin nacida.

--T hispaol?--decan al capitn Ferragut--. Mis antiguos nascieron
all. Terra fermosa!...

Pero no queran volver  ella. Les inspiraba miedo la patria de sus
abuelos. Teman que, al verles de regreso, los espaoles actuales
suprimiesen las corridas de toros y restablecieran la Inquisicin,
organizando una quema todos los domingos.

Oyendo su lenguaje, el capitn recordaba una fecha: 1492. En el mismo
ao, Coln haba hecho su primer viaje, descubriendo las Indias; los
judos eran expulsados de la Pennsula, y Nebrija daba  luz la primera
gramtica castellana. Estos espaoles haban salido de la tierra natal
meses antes de que su idioma fuese codificado por primera vez.

Un marino de Gnova, antiguo amigo de Ulises, le llev  un caf del
puerto donde se reunan los capitanes mercantes. Eran los nicos que
vestan traje civil entre la concurrencia de oficiales de mar y tierra
que se apretaba en los divanes, obstrua las mesas y se aglomeraba ante
la puerta.

Estos vagabundos del Mediterrneo, que muchas veces no podan conversar
por la diversidad de sus idiomas, se buscaban instintivamente,
sentndose juntos con un silencio fraternal. Su herosmo pasivo era en
algunos casos ms admirable que el de los hombres de guerra, que pueden
devolver golpe por golpe. Todos los oficiales de las diversas flotas
sentados cerca de ellos disponan del can, del espoln, del torpedo,
de las grandes velocidades, de la telegrafa area. Los valerosos
arrieros del mar desafiaban al enemigo en buques indefensos, sin
telgrafo y sin caones. Registrando  todos los hombres de su
tripulacin, no se encontraba  veces un solo revlver. Y estos bravos
osaban los mayores atrevimientos, con un fatalismo profesional,
confindose al destino.

En las tertulias del caf contaban lentamente algunos capitanes sus
encuentros en el mar, la aparicin inesperada del submarino, el torpedo
que marraba su blanco por unos metros, la fuga  todo vapor, recibiendo
los caonazos de la persecucin. Se enardecan un instante al recordar
el peligro; luego volvan  mostrarse indiferentes y fatalistas.

--Si he de morir ahogado--acababan diciendo--, ser intil cuanto haga
por evitarlo.

Y aceleraban su partida, para regresar un mes despus transportando en
su buque una verdadera fortuna, completamente solos, prefiriendo la
navegacin suelta y astuta  la marcha en convoy, deslizndose de isla
en isla y de costa en costa para despistar  los sumergibles.

Ms que los peligros de la navegacin les conmova el estado de sus
buques, que llevaban ms de un ao sin conocer la limpieza. Los
capitanes de trasatlntico lamentaban sus lujosos camarotes convertidos
en dormitorios de tropa, sus cubiertas charoladas, que haban pasado 
ser establos; sus comedores, donde se sentaban antes las gentes con
_smoking_  escotadas, y deban ser regados ahora con toda clase de
desinfectantes para repeler la invasin de chinches y piojos, los olores
animales de tantos hombres y bestias amontonados.

La decadencia de los buques pareca reflejarse en el porte de sus
capitanes, ms rudos que antes, peor vestidos, con un abandono militar
de combatiente de trinchera, las manos callosas y mal cuidadas, iguales
 las de un cargador.

Entre los marinos de guerra tambin los haba que mostraban un completo
abandono de su persona. Eran los comandantes de los chaluteros,
vaporcitos de pesca del Ocano armados con un can, que haban entrado
en el Mediterrneo para perseguir  los sumergibles. Iban vestidos de
tela impermeable, con un casco encerado, lo mismo que los pescadores del
mar del Norte, oliendo  carbn y  agua tempestuosa. Pasaban semanas y
semanas en el mar, fuese cual fuese el tiempo, durmiendo en el fondo de
una cala que apestaba  pescado rancio, mantenindose en patrulla aunque
rugiese la tempestad, saltando como un tapn de botella de ola en ola,
para repetir las hazaas de los antiguos corsarios.

Ferragut tena un pariente en el ejrcito que se aglomeraba en Salnica
para avanzar tierra adentro. No quera marcharse sin verle, y pas
varias maanas haciendo averiguaciones en las oficinas del Estado Mayor.

Era un sobrino suyo, un hijo de Blanes el fabricante de gneros de
punto, que haba hudo de Barcelona, al iniciarse la guerra, con otros
muchachos aficionados  cantar _Los Segadores_ y perturbar la
tranquilidad del cnsul de Espaa enviado por Madrid. El hijo del
pacfico burgus cataln se haba alistado en un batalln de la Legin
extranjera, compuesto en gran parte de espaoles  hispanoamericanos.

Blanes rog al capitn que viese  su hijo. Estaba triste y orgulloso al
mismo tiempo por esta aventura romntica que floreca inesperadamente en
la existencia utilitaria y montona de la familia. Un muchacho que
tena un porvenir tan grande en la fbrica de su padre!... A
continuacin haca el relato, con voz insegura y ojos hmedos, de las
hazaas de su primognito: herido en Champaa; dos citaciones y Cruz de
Guerra. Quin hubiese imaginado que poda ser un hroe?... Ahora su
batalln estaba en Salnica, despus de batirse en los Dardanelos.

--Veas si te lo traes--repiti Blanes--. Dile que su madre va  morirse
de pena... T puedes hacer mucho!

Pero todo lo que pudo hacer el capitn Ferragut fu conseguir un permiso
y un automvil viejo para visitar el campamento de los legionarios.

La llanura rida en torno de Salnica estaba cruzada por numerosos
caminos. Los trenes de artillera, los rosarios de automviles, rodaban
por vas recin abiertas que las lluvias haban convertido en lodazales.
El barro era la peor calamidad de esta planicie extremadamente
polvorienta en tiempo seco.

Dos horas largas pas Farragat de campamento en campamento antes da
llegar  su destino. Su vehculo tuvo que detenerse para dejar paso 
interminables desfiles de camiones. Otras veces le cortaban el paso los
auto-ametralladoras blindados, las grandes piezas arrastradas por
tractores, los carros del aprovisionamiento con pirmides de sacos y
cajas.

Por todas partes miles y miles de soldados de diversos colores y razas
variadas. El capitn record las grandes invasiones de la Historia:
Jerjes, Alejandro, Gengis-Khan, todos los conductores de hombres, que
avanzaban llevndose los pueblos en masa detrs de su caballo,
transformando  los siervos de la tierra en combatientes. Slo faltaban
las hembras soldadescas y los enjambres de chiquillos para que fuese
exacta esta semejanza con los xodos guerreros del pasado.

A media tarde pudo abrazar  su sobrino. Estaba con otros dos
voluntarios, un andaluz y un americano del Sur, unidos los tres por la
fraternidad de origen y por el continuo roce con la muerte.

Ferragut los llev  la cantina de un _mercanti_, establecida junto al
campamento del batalln. Los consumidores se sentaban bajo un toldo de
lona, ante cajas que haban contenido ferretera  municiones y hacan
oficio de mesas. Esta miseria estaba compensada por los precios. En
ningn _Htel-Palace_ obtenan las bebidas un valor tan extraordinario.

Sinti el marino  los pocos momentos un afecto paternal por estos tres
jvenes,  los que apodaba los tres mosqueteros. Quiso obsequiarlos
con lo mejor que, tuviese el _mercanti_, y ste sac  luz una botella
de champaa,  ms bien de tisana de Reims, presentndola como si fuese
un elixir fabricado con oro.

El lquido de mbar, burbujeante en los vasos, pareci devolver su
antigua existencia  los tres jvenes. Recocidos por el sol y la
intemperie, habituados  la vida dura de la guerra, casi haban olvidado
las dulzuras y comodidades de los aos anteriores.

Ulises los examin atentamente. Haban crecido en el curso de la
campaa, con el ltimo estirn de la juventud. Sus brazos surgan
exageradamente de las mangas del capote, cortas ya para ellos. La
gimnasia ruda de las marchas y el manejo de la pala haban ensanchado
sus muecas y encallecido sus manos.

El recuerdo de su hijo surgi en su memoria. Contemplarle as, hecho un
soldado, como su primo! Verle sufrir todas las rudezas de la existencia
militar... pero viviendo!

Para no enternecerse, bebi y prest atencin  lo que decan los tres
jvenes. El legionario Blanes, romntico como debe serlo un hijo de
fabricante metido en aventuras, hablaba de las hazaas de las tropas de
Oriente con todo el entusiasmo de sus veintids aos. Le faltaba el
tiempo para lanzarse  la bayoneta contra los blgaros y llegar 
Adrianpolis. La guerra en Macedonia le tocaba de cerca, como cataln.

--Vamos  vengar  Roger de Flor!--dijo gravemente.

Y su to sinti deseos de llorar y de rer ante esta fe simple, slo
comparable  la memoria retrospectiva del poeta Labarta y del secretario
de pueblo que lamentaba todos los das la remota derrota de Ponza.

Blanes explic como un caballero andante el motivo que le haba llevado
 la guerra. Deseaba batirse por la libertad de todos los pueblos
oprimidos, por la resurreccin de todas las nacionalidades olvidadas:
polacos, checos, rutenos, yugo-eslavos... Y sencillamente, como si
dijese algo indiscutible, incluy  Catalua entre los pueblos que
lloraban lgrimas de sangre bajo los latigazos de la tirana.

Aqu salt indignado su compaero el andaluz. Pasaban el tiempo
discutiendo acaloradamente, cambiando insultos y buscndose 
continuacin, como si no pudieran vivir el uno sin el otro.

Este no se bata por la libertad de tales  cuales pueblos. Tena la
vista larga: no era miope y egosta, como su amigo el cataln. Daba su
sangre por que el mundo entero fuese libre y desapareciesen todas las
monarquas.

--Me bato por Francia, porque es el pas de la gran Revolucin. Su
historia anterior no me importa: para reyes ya tenemos los nuestros.
Pero  partir del 14 de Julio, lo que es de Francia lo considero mo y
de todos los hombres.

Se detuvo unos segundos, buscando una afirmacin ms concreta:

--Me bato, capitn, por Dantn y por Hoche.

Vi Ferragut en su imaginacin las melenas blancas de Michelet y el tup
romntico de Lamartine sobre un doble pedestal de volmenes que
contenan la historia-poema de la Revolucin.

--Tambin me bato por Francia--dijo finalmente--porque es la patria de
Vctor Hugo.

Ulises presinti que este republicano de veinte aos deba guardar en su
mochila un cuaderno, escrito con lpiz, lleno de versos.

El sudamericano, habituado  las disputas de sus dos compaeros, se
miraba las uas negras con la melanclica desesperacin de un profeta
que contempla su patria en ruinas. Blanes, hijo de burgus, le admiraba
por su origen. El da de la movilizacin haba ido en Pars 
inscribirse como voluntario montando un automvil de cincuenta caballos.
El y su chfer se alistaban juntos. Luego haca donacin de su lujoso
vehculo.

Haba deseado ser soldado porque todos los jvenes de su club partan 
la guerra. Adems, le halagaba que su ltima amante le dedicase unas
lgrimas de admiracin y asombro vindole con uniforme. Senta la
necesidad de conmover  todas las damas que haban bailado el tango con
l hasta la semana anterior. Por otra parte, los millones de su abuelo
el gallego, algo rodos por su padre el criollo, se estaban
deshaciendo entre sus manos.

--Esto dura demasiado, capitn.

Al principio haba credo en una guerra de seis meses. Las balas le
importaban poco; lo terrible era el piojo, el no mudarse la ropa, el
verse privado del bao diario. Si l hubiese adivinado!...

Y resuma su entusiasmo con esta afirmacin:

--Me bato por Francia porque es un pas _chic_. Slo en Pars se visten
bien las mujeres. Esos alemanes, por mucho que hagan, sern siempre unos
ordinarios.

No necesitaba aadir ms: todo quedaba dicho.

Los tres recordaron los meses de infierno sufridos recientemente en los
Dardanelos, en un espacio de seis kilmetros conquistado  la bayoneta.
Una lluvia de proyectiles caa incesantemente sobre ellos. Haba que
vivir debajo de la tierra como topos, y aun as, les alcanzaba el
estallido de los grandes obuses.

En esta lengua de tierra frente  Troya, por la que se haba deslizado
la historia remota de la humanidad, las palas, al abrir las trincheras,
tropezaban con los ms raros hallazgos. Un da, Blanes y sus compaeros
haban sacado  luz jarros, estatuillas y platos que tenan treinta
siglos. Otra vez cortaron blanduras repulsivas que exhalaban un hedor
insufrible. Estaban abriendo trincheras en un pedazo de terreno que
haba servido de cementerio  los turcos. Los vientres hinchados se
partan bajo las palas, derramando los zumos de su putrefaccin. La
necesidad de resguardarse haba obligado  los legionarios  vivir con
el rostro al nivel de los cadveres que asomaban en el corte vertical de
la tierra removida.

--Los muertos estaban como las trufas en un pastel--dijo el
sudamericano--. Yo tuve que permanecer un da entero tocando con mi
nariz los intestinos de un turco muerto dos semanas antes... No, la
guerra no es _chic_, capitn, por ms que hablen de herosmos y cosas
sublimes en peridicos y libros.

Quiso ver Ulises otra vez  los tres mosqueteros antes de partir de
Salnica, pero el batalln haba levantando su campo, situndose 
muchos kilmetros al interior, frente  las primeras lneas blgaras. El
entusiasta Blanes disparaba ya su fusil contra los asesinos de Roger de
Flor.

A mediados de Noviembre lleg el _Mare nostrum_  Marsella. Su capitn
experimentaba siempre cierta admiracin al doblar el cabo Croissette,
viendo cmo se abra ante la proa una vasta curva martima. En el centro
de ella, una colina abrupta y desnuda avanzaba hacia el mar, sosteniendo
en su cumbre la baslica y la torre cuadrada de Nuestra Seora de la
Guardia.

Marsella era la metrpoli del Mediterrneo, el puerto terminal para
todos los navegantes del _mare nostrum_. En su baha, de cortas olas, se
alzaban varias islas amarillentas, con franjas de espuma, y sobre una de
ellas las torres robustas del novelesco castillo de If.

Todos, desde Ferragut  los ltimos marineros, contemplaban como algo
propio la ciudad que iba asomando en el fondo de la baha, sus bosques
de mstiles y su amontonamiento de edificios grises, sobre los cuales
brillaban las cpulas bizantinas de la nueva catedral. En torno de
Marsella se abra un hemiciclo de alturas desnudas y secas, coloreadas
alegremente por el sol de Provenza. Los pueblos y caseros moteaban de
blanco estas pendientes, as como las _bastidas_, villas de placer de
los mercaderes de la ciudad. Ms all de dicho semicrculo, el horizonte
estaba cerrado por un anfiteatro de speras y sombras montaas.

En los viajes anteriores, la vista de la gigantesca Virgen dorada, que
brilla como una lanza de fuego en lo alto de Nuestra Seora de la
Guardia, esparca el regocijo sobre el puente del buque.

--Marsella, Tni!--deca el capitn alegremente--. Te convido  una
_bouillabaisse_ en casa de Pascal.

Y Tni contraa el peludo rostro con sonrisa de gula viendo por
anticipado el restorn famoso del puerto, sus salones crepusculares
oliendo  marisco y  salsas picantes, y sobre la mesa el hondo plato de
pescado con un caldo suculento teido de azafrn.

Pero ahora Ulises haba perdido su vigorosa alegra de vivir.
Contemplaba la ciudad con ojos amorosos pero tristes. Se vea
desembarcando la ltima vez, enfermo, sin voluntad, anonadado por la
trgica desaparicin de su hijo.

El _Mare nostrum_ lleg  la boca del puerto viejo, teniendo  su
derecha las bateras del Faro. Este puerto viejo era el recuerdo ms
interesante de la antigua Marsella. Penetraba como un cuchillo acutico
en las entraas del casero; la ciudad se extenda por sus muelles. Era
una plaza enorme de agua  la que afluan todas las calles; pero su rea
resultaba insignificante para el trfico martimo, y ocho puertos nuevos
venan  cubrir toda la ribera Norte de la baha.

Una escollera interminable, una muralla ms larga que la ciudad, se
extenda paralelamente  la costa, y en el espacio entre la orilla y
este obstculo, que obligaba  espumear y rugir  las olas, se extendan
los ocho amplios puertos, comunicndose entre s desde el llamado de la
Joliette, que era el de acceso, hasta el lejano de la Estaca. Todava
este ltimo se prolongaba tierra adentro por el gran canal subterrneo
que pone en comunicacin  la ciudad con el Rdano.

Ferragut haba visto ancladas en esta sucesin de abrigos las marinas
de toda la tierra y aun de todas las pocas. Junto  los trasatlnticos
enormes balanceaban sus vergas las vetustas tartanas y algunos barcos
griegos, pesados y de formas arcaicas, que hacan recordar las flotas
descritas en la _Ilada_.

En sus muelles circulaban todos los hombres mediterrneos: helenos del
continente y de las islas; levantinos de la costa de Asia; espaoles,
italianos, argelinos, marroques, egipcios. Muchos guardaban sus trajes
originales, y  esta variada indumentaria se una la diversidad de
lenguas, algunas de ellas misteriosas y casi perdidas. Como atrados por
la confusin oral, los mismos franceses olvidaban su idioma, hablando el
dialecto marsells, que conserva rastros indelebles de su origen griego.

Atraves _Mare nostrum_ el antepuerto, la drsena de la Joliette, la del
Lazareto, deslizndose lentamente por los pasos de comunicacin, entre
grupos de transentes y de carros que esperaban el restablecimiento de
los puentes giratorios de acero abiertos ante su proa. Luego fu 
anclarse en la drsena de Arenc, cerca de los _docks_.

Cuando Ferragut pudo desembarcar, se di cuenta de la gran
transformacin sufrida por este puerto con motivo de la guerra.

El trfico de los tiempos de paz no exista. Los gneros no eran de una
variedad infinita, como otras veces. En los muelles slo se apilaban
cargamentos, montonos y uniformes, de vveres  de material de guerra.

Haban desaparecido tambin las legiones de descargadores. Todos estaban
en las trincheras. Las orillas eran barridas ahora por mujeres, y las
descargas las efectuaban destacamentos de tiradores senegaleses. Se
estremecan de fro en los das asoleados del invierno y se encorvaban
como moribundos bajo la lluvia  el soplo del mistral. Trabajaban con el
gorro rojo calado sobre las orejas, y al menor alto en sus faenas se
apresuraban  meter las manos en los bolsillos del capote. Estos negros
formaban grupos vociferantes en torno de un fardo  una pieza que cuatro
hombres hubiesen movido en tiempo ordinario, y el paso de una mujer  de
un vehculo les haca descuidar el trabajo, volviendo sus caras de
diablos con una curiosidad infantil.

La descarga amontonaba en las principales drsenas los mismos artculos:
trigo, mucho trigo, y azufre y salitre para la composicin de materias
explosivas. En otros muelles se alineaban  miles los pares de ruedas
grises, sostn de caones y furgones; las cajas enormes como viviendas
que contenan aeroplanos; las piezas de acero que sirven de andamiaje 
la artillera gruesa; cajones de fusiles y cartuchos; enormes paquetes
de conservas alimenticias y de materias sanitarias; todo el
avituallamiento del ejrcito que peleaba en el extremo remoto del
Mediterrneo.

Varios pelotones de hombres precedidos y seguidos de bayonetas marchaban
de un puerto  otro con rtmico paso. Eran prisioneros alemanes,
sonrosados y alegres  pesar de la cautividad, vistiendo an sus
uniformes de color verde col, con un gorro redondo sobre la esquilada
cabeza. Iban  trabajar en el interior de los buques, cargando 
descargando el material que deba servir para el exterminio de sus
compatriotas y sus amigos.

En las drsenas, los vapores se mostraban extraordinariamente
agrandados. A su llegada slo alzaban sobre el muelle unos cuantos
metros de borda; pero ahora que su cargamento estaba apilado en tierra,
parecan altsimas fortalezas. Dos tercios del casco ocultos siempre en
el mar quedaban al descubierto, mostrando el vivo rojo de su panza. Slo
su quilla se mantena en el agua. El tercio superior, lo que quedaba
visible sobre la lnea de flotacin en tiempo ordinario, era ahora una
simple cornisa negra que remataba el extenso muro purpreo. Los palos y
chimeneas, achicados por esta transformacin, parecan corresponder 
otro buque ms pequeo.

Todos estos vapores mercantes y pacficos llevaban un can en la popa
para librarse de los corsarios submarinos. Inglaterra y Francia haban
movilizado sus _tramps_, sus barcos vagabundos, y empezaban  darles
medios de defensa. Algunos no haban podido montar el can sobre una
curea fija, y llevaban una pieza de artillera terrestre, asomando su
boca entre las ruedas clavadas en la cubierta.

El capitn, en todos sus paseos, se senta atrado por la famosa
Cannebire, va succionante que aspira la actividad entera de Marsella.

Algunos das, un viento fresco y violento arremolinaba en ella el polvo
y los papeles. Los camareros de los cafs trincaban los grandes toldos
como si fuesen el velamen de un buque. Se aproximaba el mistral, y cada
dueo de establecimiento ordenaba la maniobra para hacer frente al
helado huracn que vuelca mesas, arrebata asientos y se lleva todo lo
que no est asegurado con marinos amarres.

Crey ver Ferragut en la famosa avenida marsellesa una antesala de
Salnica. Los mismos tipos del ejrcito de Oriente circulaban por sus
aceras: ingleses vestidos de kaki, canadienses y australianos con
sombreros de ala levantada; indostnicos enormes y esbeltos, de tez
cobriza y espesa barba en forma de abanico; tiradores senegaleses, de un
negro charolado; tiradores anamitas, de cara redonda y amarillenta, con
ojos en tringulo. Pasaban incesantemente camiones obscuros guiados por
soldados, automviles llenos de oficiales, recuas de mulas procedentes
de Espaa que iban  ser embarcadas para Oriente, y esparcan detrs de
su vivo trote un olor punzante y bravo de cuadra.

El puerto viejo atraa  Ferragut por su antigedad, casi tan remota
como las primeras navegaciones mediterrneas. En esta plaza de agua
metida entre casas haban anclado sus pobres naves los primeros
fenicios, vindose sucedidos por los emigrantes de Focea en Asia Menor,
marineros griegos que huan de la invasin de los persas. Las colinas
calcreas y desnudas inmediatas al puerto se cubran de viviendas, y as
naci Marsalia, que haba de ser siglos adelante la seora del
Mediterrneo.

Sus navegantes atrevidos bajaban  lo largo de la costa espaola,
fundando ciudades que eran focos de civilizacin para los rudos beros,
as como Marsalia lo fu para los belicosos galos.

Ferragut, al pasar ante el palacio de la Bolsa, lanzaba una mirada 
las estatuas de los dos grandes navegantes marselleses Eutymenes y
Pyteas. Eran los abuelos ms remotos de la navegacin mediterrnea, los
primeros capitanes conocidos por la Historia que haban transpuesto las
columnas de Hrcules, lanzndose  travs del Atlntico misterioso. Uno
haba explorado las costas del Senegal; el otro suba ms all de
Irlanda y las Orcadas.

La antigua ciudad griega se haba visto suplantada por otras durante
largos siglos. Venecia, Gnova y Barcelona la tenan en humilde
dependencia. Pero cuando caan stas y le llegaba  ella su hora de
prosperidad, esta prosperidad iba acompaada de todas las ventajas de la
poca presente. Se haba inventado la mquina de vapor, y los buques
podan salvar fcilmente el obstculo del estrecho de Gades, sin tener
que aguardar semanas  que amainase la violencia de la corriente enviada
por el Atlntico. Haba nacido el industrialismo, y las fbricas del
interior lanzaban por el ferrocarril, recientemente instalado, un oleaje
de productos que las flotas iban transportando  todos los puebles del
Mediterrneo. Finalmente, al ser abierto el istmo de Suez, se desdoblaba
la ciudad de un modo prodigioso, pasando  ser un puerto mundial,
ponindose en contacto con la tierra entera, multiplicando sus drsenas,
gigantescos apriscos adonde venan  aglomerarse como rebaos los buques
de todos los pabellones.

El puerto viejo, encajonado en plena ciudad, cambiaba de aspecto segn
las horas y el estado de la atmsfera. En las maanas serenas era de un
verde amarillento y ola ligeramente  agua descompuesta: agua orgnica,
agua animal. Los puestos de ostras y erizos establecidos en sus muelles
parecan rociados con esta agua impregnada de mariscos.

Los das de fuerte viento todo l se tornaba de un verde terroso y
opaco, formando olas cortas y continuas, con una leve espuma
amarillenta. Los buques empezaban  bailar, chirriando bajo el tirn de
bus amarras. Entre sus cascos y la superficie vertical de los muelles se
formaban montones de basura inquieta, mordida abajo por los peces y
picoteada arriba por las gaviotas.

En la boca, cerca de los fuertes venerables de San Juan y San Nicols,
el transbordador levantaba sus dos pilastras de celosa de acero y el
puente recto que las une, formando una portada triunfal.

Los barcos armados que vigilaban las aguas limtrofes venan  descansar
en esta drsena histrica rodeada de cafs, tiendas, almacenes, cpulas
y campanarios.

Ferragut vea los rpidos torpederos, de paredes delgadsimas, danzando
 la ms leve ondulacin sobre sus amarras de acero retorcido. Examinaba
los chaluteros, embarcaciones militares improvisadas, vaporcitos
robustos y cortos, construdos para la pesca, que llevaban en la proa un
can de tiro rpido. Todos estos buques menores, pintados de un gris
metlico para confundirse con el color del agua, entraban en el puerto y
salan como centinelas que se reemplazan.

Montaban la guardia en alta mar, ms all de las islas rocosas y
desiertas que cierran la baha de Marsella, aproximndose  los buques
para reconocer su nacionalidad, corriendo  todo vapor, con sus melenas
de humo horizontales, hacia el punto donde esperaban sorprender el
periscopio del enemigo oculto entre dos aguas. No haba mal tiempo que
les adormeciese  les asustase... En plena tormenta se mantenan  la
vista de la costa, saltando de ola en ola, con su fragilidad de barcos
construdos para ser flechas; y nicamente cuando otros compaeros
venan  sustituirles regresaban al puerto viejo, para descansar unas
horas  la entrada de la Cannebire.

Las callejuelas de la orilla derecha atraan  Ferragut. Eran la
Marsella antigua, en la que an subsisten algunos palacios ruinosos de
los mercaderes y armadores de otros siglos. En estas vas estrechas,
pendientes  inmundas, viva la prostitucin pintarrajeada y triste de
toda ciudad martima.

Se aglomeraban en dicho barrio los guerreros de las diferentes fricas
francesas, impulsados por su ardor de raza y por el deseo de desquitarse
con grandes hartazgos de la caresta de los pases musulmanes, donde la
mujer vive en celoso encierro. En todas las esquinas haba grupos de
infantera marroqu recin desembarcada  convaleciente de sus heridas,
soldados jvenes con gorros rojos y largos capotes de amarillo mostaza.
Los zuavos de Argel conversaban con ellos en un espaol salpicado de
rabe y de francs. Negros adolescentes que servan de fogoneros en los
buques avanzaban por las empinadas callejuelas con ojos de inquietante
resplandor, como si preparasen un rapto en masa. Se perdan bajo las
puertas, con una tiesura sacerdotal, los graves jinetes moriscos,
arrastrando el albo alquicel anudado  la cabeza como una bola de ntida
blancura,  el manto purpreo de aguda capucha, que les daba el aspecto
de barbudos frailes rojos.

Entre la salida del hospital y el nuevo combate que les esperaba en las
trincheras del Norte, estos guerreros venidos de lejanos pases de sol
para pelear y morir buscaban el poderoso consuelo de la mujer. Sus
brazos impacientes se llevaban con un tirn de fiera las hembras
esquelticas y macabras y las que aparecan hinchadas por una falsa
robustez, producto de malos humores. Algunas tenan la desproporcin
embrionaria de los fetos, con enormes cabezas sirviendo de remate 
cuerpos raquticos. Otras avanzaban sus mseros troncos descarnados
sobre unas piernas anchas y redondas de paquidermo. Los soldados faltos
de dinero miraban con envidia y hambre  las mujeres estacionadas en las
puertas: criaturas de lujo  ilusin, con faldellines orinados llenos de
lentejuelas, altas botas y medias amarillas.

El capitn iba por las cumbres de estas calles, detenindose para
apreciar el rudo contraste entre ellas y su vista terminal. Casi todas
descendan hasta el puerto viejo, con un reguero de aguas sucias por
mitad del arroyo que saltaba de piedra en piedra. Eran obscuras como
tubos de telescopio, y al extremo de sus zanjas malolientes, ocupadas
por el deforme mujero, se abra un amplio desgarrn de luz y de azul.
Se vean blancos veleros anclados al final de la pendiente, un pedazo de
lmina acutica y las casas del muelle opuesto, empequeecidas por la
distancia. En otras apareca como ltimo plano la montaa de Nuestra
Seora de la Guardia, con su baslica puntiaguda y la brillante estatua
final, semejante  una llama de oro inmvil y tortuosa. Algunas veces,
un torpedero, al entrar en el puerto viejo, se deslizaba por la boca de
una de estas callejuelas sombras como si pasase por la lente de un
anteojo.

Al sentirse fatigado el marino por el mal olor y la miseria viciosa de
los barrios viejos, volva al centro de la ciudad, paseando bajo los
rboles de las avenidas de Meilhan  entre los puestos de flores del
Coso Belzunce.

Un anochecer, cuando esperaba el tranva en la Cannebire rodeado de
otras personas, volvi la cabeza con el presentimiento de que alguien le
estaba contemplando  sus espaldas.

Efectivamente, vi  un hombre detrs de l en el borde de la acera, un
seor elegantemente vestido, completamente afeitado, que pareca por su
aspecto un ingls cuidadoso de su persona. Este _gentleman_ acababa de
detenerse  impulsos de la sorpresa, como si hubiese reconocido 
Ferragut.

Se cruzaron las miradas de los dos, sin que esto despertase eco alguno
en la memoria del capitn... No poda recordar  este hombre. Casi
estaba seguro de no haberlo visto nunca. Su rostro afeitado, sus ojos de
un gris metlico, su tiesura elegante, no decan nada  su memoria. Tal
vez el desconocido sufra una equivocacin.

As deba ser,  juzgar por la prontitud con que separ su mirada de la
de Ferragut, alejndose apresuradamente.

El capitn no di importancia  este encuentro. Lo haba olvidado ya al
subir al tranva, pero minutos despus resurgi en su memoria, bajo una
nueva luz. El rostro del ingls se presentaba en su imaginacin con un
relieve distinto al de la realidad. Lo vea ms claramente que al
resplandor algo mortecino de los reverberos de la Cannebire... Pasaba
con indiferencia sobre sus rasgos fisonmicos: en realidad, los haba
contemplado por primera vez. Pero los ojos!... El conoca perfectamente
aquellos ojos: se haban cruzado muchas veces con los suyos. Dnde?...
Cundo?...

Le acompa hasta su buque el recuerdo de este hombre como una obsesin,
sin lograr que su memoria diese una respuesta  sus preguntas. Luego,
al verse en la cmara de popa con Tni y el tercer oficial, volvi 
olvidarlo.

En los das sucesivos, al bajar  tierra, su memoria experimentaba
invariablemente el mismo fenmeno. Iba el capitn por la ciudad, sin
acordarse de aquel individuo, pero al entrar en la Cannebire surga
inmediatamente en su cerebro dicho recuerdo, seguido de una ansiedad
inexplicable.

Dnde estar ahora mi ingls?--pensaba--. Dnde le he visto antes?...
Porque es indudable que nos conocemos!

Miraba curiosamente,  partir de este instante,  todos los transentes,
y  veces apresuraba el paso para examinar  algunos que se le
asemejaban por la espalda. Una tarde crey reconocerlo en un carruaje de
alquiler cuyo caballo marchaba  vivo trote por la avenida del Prado;
pero cuando quiso seguirle, el vehculo haba desaparecido en una calle
inmediata.

Transcurrieron los das, y el capitn olvid definitivamente este
encuentro. Otros asuntos ms reales  inmediatos le preocupaban. Su
buque estaba listo; iban  enviarle  Inglaterra para cargar municiones
destinadas al ejrcito de Oriente.

La maana de su partida baj  tierra sin deseos de llegar al centro de
la ciudad.

En una calle de los _docks_ haba una barbera frecuentada por los
capitanes espaoles. La charla pintoresca del barbero, nacido en
Cartagena, las lminas de colores fijas en la pared representando
corridas de toros, los peridicos de Madrid olvidados en los divanes de
hule y una guitarra en un rincn, hacan de esta tienda un pedazo de
Espaa para los vagabundos del Mediterrneo.

Ferragut, antes de partir, quiso entregar sus barbas al tijereteo del
verboso maestro. Cuando, pasada una hora, pudo salir de la barbera,
arrancndose  las interminables despedidas del dueo, sigui una amplia
calle entre dos filas de _docks_, solitaria y silenciosa.

Las puertas corredizas de acero estaban cerradas y selladas. Los
almacenes, vacos y sonoros como naves de catedral, exhalaban an los
fuertes olores de los gneros que haban guardado en tiempo de paz:
vainilla, canela, rollos de cuero, nitratos y fosfatos para abonos
qumicos.

No vi en toda la calle mas que un hombre que vena hacia l dando la
espalda  la drsena. Entre las dos largas paredes de ladrillos surga
el muelle en el fondo, con montaas de mercancas, escuadras de
cargadores negros, vagones y carros. Ms all estaban los cascos de los
buques, sustentando un bosque de palos y chimeneas, y en ltimo trmino
la muralla amarilla del malecn exterior y el cielo recin lavado por la
lluvia, con un rebao de nubecillas blancas y plcidas como sedosos
carneros.

El hombre que volva del puerto y caminaba con los ojos fijos en
Ferragut se detuvo de pronto, y girando sobre sus talones volvi hacia
el muelle... Este movimiento despert la curiosidad del capitn,
aguzando sus sentidos. Repentinamente tuvo el presentimiento de que este
transente era su ingls. Iba vestido de otro modo, con menos
elegancia; slo poda ver su espalda alejndose rpidamente, pero su
instinto fu en este momento superior  sus ojos... No necesitaba mirar:
era el ingls.

Y sin saber por qu, apresur el paso para alcanzarle. Luego corri
francamente, al considerar que estaba solo en la calle y el otro haba
desaparecido doblando la esquina.

Cuando Ferragut sali al muelle, pudo ver cmo se alejaba con un paso
elstico que casi era una fuga. Haba ante l una cordillera de fardos
amontonados, con tortuosos desfiladeros. Iba  perderlo de vista: le
sera difcil encontrarle un minuto despus.

El capitn vacil. Qu motivo tena para acosar  este
desconocido?... Y en el preciso momento que se formulaba esta pregunta,
el otro retuvo un poco su marcha para volver la cabeza y darse cuenta de
si le seguan.

Se verific en Ferragut un rpido fenmeno. No haba reconocido la
mirada de este hombre cuando casi se tocaban en la acera de la
Cannebire, y ahora que exista entre los dos una distancia de cincuenta
metros, ahora que el otro hua y slo presentaba un perfil fugitivo, el
capitn descubri quin era por sus ojos,  pesar de que no poda
distinguirlos claramente  tal distancia.

Un teln pareci rasgarse en su memoria con doloroso crujido, dejando
pasar torrentes de luz... Era el falso conde ruso, estaba seguro de
ello, Von Kramer, el marino alemn, afeitado y desfigurado, que
trabajaba sin duda en Marsella, montando nuevos servicios, meses
despus de haber preparado la entrada de los sumergibles en el
Mediterrneo.

La sorpresa inmoviliz  Ferragut. Con la misma rapidez imaginativa del
que va  morir ahogado en el mar y repasa vertiginosamente las escenas
de su vida anterior, vi su infame existencia de Npoles, la expedicin
en la goleta para avituallar  los submarinos, luego el torpedo que
abra una brecha en el _Californian_... Y este hombre era tal vez el
que haba hecho saltar por el aire  su pobre hijo hecho pedazos!...

Vi tambin  su to el _Tritn_ lo mismo que cuando le escuchaba siendo
pequeo en el puerto de Valencia. Record su relato de cierta noche de
orga egipcia en un cafetucho de Alejandra, donde tuvo que pinchar 
un hombre para abrirse paso.

El instinto le hizo llevarse una mano  la cintura. Nada!... Maldijo la
vida moderna y sus inciertas seguridades, que permiten  los hombres ir
de un lado  otro confiados, inermes, sin medios de agredir. En otros
puertos bajaba  tierra con el revlver en un bolsillo del pantaln...
pero en Marsella! No llevaba ni un cortaplumas: slo tena sus puos...
Hubiese dado en aquel momento su buque entero, su vida, por un
instrumento que le permitiese matar... matar de un golpe!...

Se fu apoderando de l la vehemencia sanguinaria del mediterrneo.
Matar!... No saba cmo hacerlo, pero deba matar.

Lo ms inmediato era detener al enemigo que se escapaba. Iba  caer
sobre l con los puos, con los dientes, entablando una lucha
prehistrica, la pelea animal antes de que el hombre inventase la maza.
Tal vez el otro ocultaba un arma y poda matarle; pero l, en su
soberbia vengativa, slo vea la muerte del enemigo, repeliendo todo
temor.

Para que no pudiera ocultarse  su vista, corri hacia l sin disimulo
alguno, como si estuviese en un desierto,  toda la velocidad de sus
piernas. El instinto de agredir le hizo agacharse, agarrar una madera
que estaba en el suelo, una especie de palanca rstica, y armado de este
modo primitivo continu su carrera.

Todo esto haba durado unos segundos. El otro, al notar la hostil
persecucin, corri francamente  su vez, desapareciendo entre las
colinas de fardos.

El capitn vi confusamente que unas sombras saltaban en torno de l
cortndole el paso. Sus ojos, que todo lo contemplaban de color
escarlata, acabaron por distinguir unas caras negras y otras blancas...
Eran los descargadores militares y civiles, alarmados por el aspecto de
un hombre que corra como un loco.

Lanz una maldicin al verse detenido. Con el instinto justiciero de las
multitudes, estas gentes slo se preocupaban del agresor, dejando libre
al que hua. No pudo guardar su clera toda para l: tuvo que revelar su
secreto.

--Es un espa... un espa _boche_!

Dijo esto con voz sorda, entrecortada, y jams una palabra suya de mando
obtuvo un eco ms ruidoso. Un espa!... El grito hizo surgir hombres
como si los vomitase la tierra; salt de boca en boca, repitindose
hasta lo infinito, conmoviendo los muelles y los buques, vibrando hasta
ms all de lo que poda alcanzar la mirada, penetrando en todas partes
con la difusin y la rapidez de las ondas sonoras. Un espa!...
Corran los hombres con redoblada agilidad; los cargadores abandonaban
sus fardos para unirse  la persecucin; saltaba gente de los vapores
para colaborar en la humana cacera.

El autor de la ruidosa alarma, el que haba dado el grito, se vi
sobrepasado y anulado por la tromba persecutoria que acababa de
provocar. Ferragut, siempre corriendo, qued detrs de los tiradores
negros, de los cargadores, de los guardianes del puerto, de los
marineros que acudan de todos lados, introducindose por los callejones
de fardos y cajas... Eran como los lebreles que baten las sinuosidades
de la selva, haciendo salir el ciervo  campo llano; como los hurones
que se deslizan por las galeras subterrneas, obligando  la liebre 
volver  la luz. El fugitivo, cercado en el ddalo de pasadizos,
tropezando con enemigos en todas las revueltas, surgi corriendo por el
extremo opuesto y continu su carrera  lo largo del muelle.

La cacera dur breves instantes al desarrollarse en un terreno libre de
obstculos. Un espa!... La voz, ms rpida que las piernas, saltaba
 su encuentro. Los gritos de los perseguidores avisaban  las gentes
que seguan trabajando  lo lejos, sin comprender la alarma.

Qued de pronto el fugitivo entre un semicrculo cncavo de hombres que
le aguardaban  pie firme y un semicrculo convexo que segua sus pasos
con ondulante persecucin. Se juntaron las dos multitudes cerrando sus
extremos, y el espa qued prisionero.

Ferragut le vi intensamente plido, jadeante, paseando sus ojos en
torno de l con una expresin de animal acosado que piensa an en la
posibilidad de defenderse.

Su diestra busc en uno de sus bolsillos. Tal vez iba  sacar un
revlver para morir matando. Un negro cercano  l levant un madero que
empuaba  guisa de maza. Resurgi la mano teniendo un papel entre los
dedos  intent llevarlo  la boca. Pero el golpe del negro suspendido
en el aire cay sobre su brazo, hacindolo colgar inerte. El espa se
mordi los labios para contener un rugido de dolor.

El papel haba rodado por el suelo y varias manos lo recogieron  la
vez. Un suboficial lo desarrug antes de examinarlo. Era un pedazo de
papel fino con el contorno dibujado del Mediterrneo. Todo el mar estaba
cuadriculado como un tablero de ajedrez, y en el centro de las casillas
haba un nmero de orden. Estos cuadrados eran sectores, y sus nmeros
servan para hacer saber  los submarinos, por telegrafa sin hilo, los
lugares donde podan aguardar  los buques aliados, torpedendolos.

Otro suboficial explic rpidamente  las gentes inmediatas la
importancia del descubrimiento. S que era un espa. Esta afirmacin
despert el regocijo de una buena presa y el deseo impulsivo de
venganza que enloquece en ciertos momentos  las muchedumbres.

Los hombres de los buques eran los ms furiosos, por lo mismo que
arrostraban  todas horas la traidora asechanza submarina. Ah,
bandido!... Muchos puos cayeron sobre l, hacindole bambolear bajo
sus golpes. Cuando el preso qued resguardado por los pechos de varios
suboficiales, Ferragut pudo verle de cerca, con una sien manchada de
sangre y una expresin fra y altiva en los ojos. Entonces se di cuenta
de que llevaba teidos los cabellos.

Haba hudo por salvarse, se haba mostrado humilde y medroso al ser
alcanzado, creyendo que an le era posible mentir. Pero el papel que
deseaba hacer desaparecer dentro de su boca estaba en manos de los
enemigos... Resultaba intil fingir ms!...

Y se irgui orgulloso, como todo hombre de guerra que considera su
muerte cierta. Reapareca el oficial de casta, mirando con altivez  sus
perseguidores annimos, implorando nicamente proteccin de los kepis
con galn de oro.

Sus ojos quedaron inmviles al descubrir  Ferragut. Le contemplaron
fijamente, con una insolencia glacial y desdeosa. Sus labios se
movieron con la misma expresin de menosprecio.

No decan nada, pero el capitn adivin sus palabras sin sonido... Le
insultaban. Era el insulto del hombre de jerarqua superior al siervo
infiel; el orgullo del oficial noble que se acusa  s mismo por haber
fiado en la lealtad de un simple marino mercante.

--Traidor!... traidor!--parecan decirle sus ojos insolentes, su boca
murmurante y sin voz.

Ulises se encoleriz ante esta altivez. Pero su clera fu glacial, una
clera que se contiene viendo al enemigo privado de defensa.

Avanz hacia l como uno de los muchos que le insultaban mostrndole el
puo. Su mirada sostuvo la mirada del alemn, y le habl en espaol con
voz sorda.

--Mi hijo... mi nico hijo muri hecho pedazos en el torpedeamiento del
_Californian_!

Estas palabras hicieron cambiar el rostro del espa. Sus labios se
separaron, lanzando una leve exclamacin de sorpresa.

--Ah!...

Se apag la luz arrogante de sus pupilas. Luego baj los ojos, y poco
despus la cabeza.

La muchedumbre vociferante lo fu empujando y se lo llev, sin que nadie
se acordase del hombre que haba dado la alarma  iniciado la
persecucin.

Aquella misma tarde el _Mare nostrum_ sali de Marsella.




X

EN BARCELONA


Cuatro meses despus, el capitn Ferragut estaba en Barcelona.

Haba hecho durante este tiempo tres viajes  Salnica, y en el segundo
tuvo que comparecer ante un capitn de navo del ejrcito de Oriente. El
marino francs estaba enterado de sus expediciones anteriores para el
avituallamiento de las tropas aliadas; conoca su nombre, y le mir como
un juez que se interesa por el acusado. Haba recibido de Marsella un
largo telegrama referente  Ferragut. Un espa sometido  la justicia
militar le acusaba de haber trabajado en el aprovisionamiento de los
submarinos alemanes.

--Qu hay de eso, capitn?...

Ulises qued indeciso, mirando la cara grave del marino encuadrada por
una barba gris. Este hombre inspiraba confianza. Poda responder
negativamente  tales preguntas; le sera difcil al alemn probar sus
afirmaciones; pero prefiri decir la verdad, con la sencillez del que no
intenta disimular su culpa, describindose tal como haba sido, ciego de
torpe pasin, arrastrado por los artificios amorosos de una aventurera.

--Las mujeres!... ah, las mujeres!--murmur el jefe francs con
sonrisa melanclica, como un magistrado que no pierde de vista las
debilidades humanas y ha participado de ellas.

Sin embargo, el delito de Ferragut era de importancia. Haba ayudado 
la implantacin del ataque submarino en el Mediterrneo... Pero cuando
el capitn espaol cont cmo haba sido l una de las primeras
vctimas, cmo haba muerto su hijo en el torpedeamiento del
_Californian_, el juez pareci conmoverse, mirndolo con ojos menos
severos.

Luego relat su encuentro con el espa en el puerto de Marsella.

--He jurado--dijo finalmente--dedicar mi buque y mi vida  causar todo
el dao que pueda  los asesinos de mi hijo... Ese hombre me denuncia
para vengarse. Reconozco que mi ceguera amorosa me arrastr  un delito
que no olvidar nunca. Bastante castigado estoy con la muerte de mi
hijo... pero no importa: que me sentencien tambin los hombres.

El jefe qued en profunda reflexin, con la frente en una mano y el codo
en la mesa. Ferragut conoca la justicia militar, expedita, intuitiva,
pasional, atenta  sentimientos que apenas tienen valor en otros
tribunales, juzgando por los movimientos de la conciencia ms que por la
letra de las leyes, y capaz de fusilar  un hombre con la misma
prontitud que emplea para dejarlo en libertad.

Cuando los ojos del juez volvieron  fijarse en l, tenan una luz
afectuosa. Haba sido culpable, no por dinero ni por traicin, sino
enloquecido por una mujer. Quin no tena en su historia algo
semejante?... Ah, las mujeres!, repiti el francs, como si lamentase
la ms terrible de las esclavitudes... Pero bastante pena haba sufrido
con la prdida de su hijo. Adems,  l le deban el descubrimiento y el
arresto de un espa importante.

--La mano, capitn--acab diciendo, mientras le tenda su diestra--.
Todo lo que hemos hablado queda entre los dos: es como una confesin. Yo
me entender con el Consejo de guerra... Siga usted prestando sus
servicios  nuestra causa.

Y Ferragut no se vi inquietado ms por el asunto de Marsella. Tal vez
le vigilaban discretamente y no le perdan de vista hasta convencerse de
su completa inocencia. Pero esta vigilancia que l presenta nunca se
hizo sentir ni le acarre molestia alguna.

En el tercer viaje  Salnica, el capitn de navo le vi una vez de
lejos, saludndole con su grave sonrisa. Y no supo ms del espa.

A la vuelta, el _Mare nostrum_ ancl en Barcelona para cargar pao
destinado al ejrcito servio y otros artculos industriales que
necesitaban las tropas de Oriente. Este viaje no lo hizo Ferragut por el
deseo de ganancia. Un inters afectivo tiraba de l... Necesitaba ver 
Cinta, sintiendo que en su alma retoaba el pasado.

La imagen de la esposa surga en su memoria vivaz y atrayente, como en
los primeros tiempos de su matrimonio. No era una resurreccin del
antiguo amor: esto resultaba imposible... Pero el remordimiento se la
haca ver idealizada por la distancia, con todas sus cualidades de mujer
dulce y modesta; y el continuo recuerdo iba tomando la forma de un deseo
amoroso.

Quera restablecer las cordiales relaciones de otros tiempos; hacerse
perdonar todo lo pasado; que ella no le mirase con odio, creyndolo
responsable de la muerte de su hijo.

En realidad era la nica mujer que le haba amado sinceramente, como
ella poda amar, sin brusquedades y exageraciones pasionales, con la
tranquilidad de una compaera. Las otras no existan. Eran un tropel de
sombras que apenas si se marcaban en su memoria como espectros
daltonianos, de visible contorno, pero sin color. En cuanto  la ltima,
aquella Freya que la desgracia haba puesto ante su paso... cmo la
odiaba el capitn! Cmo deseaba encontrarse con ella para devolverle
una parte del dao que le haba hecho!...

Al ver  su esposa, se imagin Ulises que no haba transcurrido el
tiempo. La encontr lo mismo que al partir, con las dos sobrinas
sentadas  sus pies, fabricando blondas interminables y sutiles sobre
los colchoncillos cilndricos apoyados en sus rodillas.

La nica novedad de la llegada del capitn  esta vivienda de monstica
calma fu que don Pedro se abstuvo de su visita.

Cinta acogi  su marido con una sonrisa plida. Se adivinaba en esta
sonrisa la obra del tiempo. Segua pensando en su hijo  todas horas,
pero con una resignacin que secaba sus lgrimas y le permita continuar
el pausado mecanismo de su existencia. Quiso borrar adems sus malas
palabras, inspiradas por el dolor: el recuerdo de aquella escena de
rebelin en la que se haba levantado como una acusadora iracunda contra
el padre. Y Ferragut, durante algunos das, crey vivir lo mismo que
aos atrs, cuando an no haba comprado el _Mare nostrum_ y proyectaba
quedarse para siempre en tierra. Cinta le atenda y obedeca como debe
hacerlo una esposa cristiana. Sus palabras y actos revelaban un deseo de
olvidar, de hacerse agradable.

Pero algo faltaba que haba hecho dulce el pasado. Ulises, varn
impetuoso, incapaz de cordura al lado de una mujer, impuso en las noches
el ejercicio de sus derechos. Un sentimiento de tristeza y de vergenza
fu el obligado final de sus caricias. Su esposa sala de ellas como de
un suplicio: resignada porque as lo exiga su deber, pero con un gesto
de repulsin mal disimulado.

La cordialidad de su juventud no poda resucitar. El recuerdo del hijo
se incrustaba entre los dos, dejando apenas en el pensamiento un breve
espacio para el deseo voluptuoso... Y as sera siempre!

Volvi  esperar con impaciencia la hora de huir de Barcelona. En
realidad, aquella casa ya no era suya. Por mucho que la esposa se
esforzase, siempre se interpondra entre ambos el irremediable pasado.
Su destino era vivir en un buque, pasar el resto de sus das sobre las
olas, como el capitn maldito de la leyenda holandesa, hasta que viniese
 redimirle una virgen plida envuelta en velos negros: la muerte.

Mientras el vapor terminaba su carga pase por la ciudad, visitando 
sus primos los fabricantes  permaneciendo, como un desocupado, en los
cafs. Segua con los ojos la corriente humana de las Ramblas, en la que
se confundan los hijos del pas y los pintorescos y disparatados
contingentes aportados por la guerra.

Lo primero que not Ferragut fu la visible disminucin de los
refugiados alemanes.

Meses antes los haba encontrado en todas partes, llenando los hoteles,
apoderndose de los cafs, ostentando en las calles sus sombreros verdes
y sus camisas de cuello abierto, que les hacan ser reconocidos
inmediatamente. Las alemanas, con trajes vistosos y disparatados, se
besaban al encontrarse, hablando  gritos. La lengua germnica,
confundida con el cataln y el castellano, pareca pertenecer al pas.
En los caminos y las montaas se vean filas de mocetones despechugados,
con la cabeza descubierta, un palo en la mano y una mochila alpestre 
la espalda, entreteniendo sus ocios con excursiones de placer que tal
vez eran al mismo tiempo de previsor estudio.

Todos ellos procedan del otro hemisferio. Eran alemanes de Amrica,
especialmente del Brasil, de Argentina y Chile, que haban pretendido
volver  su pas en los primeros momentos de la guerra, quedando
aislados en Barcelona, sin poder continuar su viaje, por miedo  los
cruceros franceses  ingleses que vigilaban el Mediterrneo.

Al principio ninguno haba querido preocuparse de su instalacin en esta
tierra extraa. Todos se aglomeraban  la vista del mar, con la
esperanza de ser los primeros en embarcarse apenas se abriese para ellos
el camino de la navegacin.

La guerra iba  ser muy corta, cortsima! El kaiser y sus irresistibles
ejrcitos slo necesitaban seis meses para imponer la ley  toda Europa.
Las familias germnicas enriquecidas por el comercio se haban alojado
en los hoteles. Los pobres que trabajaban en el Nuevo Mundo como
agricultores  dependientes de tienda se acuartelaban en un matadero de
las afueras. Algunos que eran msicos haban adquirido instrumentos
viejos y formaban murgas vagabundas, implorando limosna con sus rugidos
de pueblo en pueblo.

Pero transcurran los meses, la guerra se prolongaba, y nadie poda
columbrar su trmino. Cada vez era mayor el nmero de los que tomaban
las armas contra el imperialismo medioeval de Berln. Y los refugiados
alemanes, convencidos finalmente de que la espera iba  ser larga, se
esparcan por el interior de la nacin, buscando una existencia ms
amplia y barata. Los que habitaban hoteles lujosos iban  instalarse en
villas y _chalets_ de los alrededores; los pobres, cansados del rancho
del matadero, se enganchaban para trabajar en obras pblicas del
interior.

An quedaban muchos en Barcelona, reunindose en determinadas
cerveceras para leer los peridicos de su patria y hablar
misteriosamente de los trabajos de la guerra.

Ferragut los reconoca inmediatamente al encontrarlos en la Rambla. Eran
mercaderes establecidos largos aos en el pas, que alardeaban de
catalanes con la mentirosa facilidad de adaptacin propia de su raza.
Otros procedan de Amrica y estaban ligados con los de Barcelona por la
francmasonera del comercio y del inters patritico. Pero todos eran
germanos, y ello bastaba para que el capitn recordase inmediatamente 
su hijo, imaginando sangrientas venganzas. Dese  veces tener en su
brazo las fuerzas ciegas de la Naturaleza para borrar de un solo golpe 
estos enemigos. Le molestaba verlos instalados en su tierra, tener que
pasar junto  ellos diariamente, sin protesta y sin agresin,
respetndolos porque as lo exigan las leyes.

Gustaba en las maanas de circular por la Rambla ante los puestos de las
floristas. Poda pasearse entre dos muros de flores recin cortadas que
guardaban an en sus corolas el roco del amanecer. Cada mesa de hierro
era una pirmide con todas las tintas del iris y todas las fragancias
que puede elaborar la tierra.

Empezaba la buena estacin. Los rboles aosos de la Rambla se cubran
de hojas, y en sus frondas nacientes chillaban miles de pjaros con la
tenacidad ensordecedora de las cigarras, persiguindose de tronco en
tronco, dejando caer sobre la muchedumbre que circulaba por abajo el
olvido casi lquido de sus flojos intestinos.

El capitn, mirando  las seoras con mantilla que llegaban en busca de
un ramo, crea percibir el perfume de su carne matinal recin salida del
sueo y refrescada por este ambiente de jardn. En Ferragut, el deseo de
la mujer predominaba sobre todas las emociones. Ninguna situacin, por
angustiosa que fuese, le dejaba insensible  los atractivos femeninos.

Una maana, avanzando lentamente entre la muchedumbre, not que le
segua una mujer. Varias veces le cort el paso sonrindole, buscando un
pretexto para entablar conversacin. Tal insistencia no poda
enorgullecerle. Era una hembra cuarentona, de pecho prominente y sueltas
ancas, una cocinera con la cesta en el brazo, igual  muchas otras que
pasaban por la Rambla de las Flores para unir un ramo  la diaria compra
de vveres.

Al darse cuenta de que el marino no se conmova con sus sonrisas y las
miradas de sus ojos claros, se plant ante l, hablndole en cataln.

--Es usted, y perdone, un capitn de barco al que llaman don Ulises?...

Se entabl la conversacin. La cocinera, convencida de que era l,
sigui hablando con sonriente misterio. Una seora muy hermosa deseaba
verle... Y le di las seas de una torre situada al pie del Tibidabo,
en una barriada de reciente construccin. Poda hacer su visita  las
tres de la tarde.

--Venga, seor--aadi con una mirada de dulce promesa--. No se
arrepentir del viaje.

Fueron intiles todas las preguntas. La mujer no quiso decir ms. Lo
nico que pudo entrever en sus evasivas fu que la persona que la
enviaba se haba separado de ella al ver al capitn.

Cuando se alej la mensajera quiso seguirla, pero la gorda comadre
volvi repetidas veces la cabeza. Su astucia estaba habituada  burlar
persecuciones, y sin que Ferragut pudiera darse cuenta de cmo fu su
desaparicin, se escabull entre los grupos cerca de la plaza de
Catalua.

No ir, fu lo primero que se dijo Ulises al quedar solo.

Saba lo que significaba esta invitacin. Record un sinnmero de
antiguas  inconfesables amistades que tena en Barcelona: mujeres que
haba conocido en otros tiempos, entre dos viajes, sin pasin alguna,
por su curiosidad de vagabundo ansioso de novedades. Tal vez una de
ellas le haba visto en la Rambla, envindole  esta intermediaria para
reanudar viejas relaciones. El capitn deba gozar fama de rico, ahora
que todo el mundo haca comentarios sobre los formidables negocios
realizados por los dueos de buques.

No ir, volvi  decirse con energa. Consideraba una molestia intil
acudir  esta entrevista, para encontrar la sonrisa mercenaria de un
rostro conocido y olvidado.

Pero la insistencia del recuerdo y la misma tenacidad con que se repiti
su promesa de no acudir  la cita empezaron  hacer sospechar  Ferragut
que bien podra ser que fuese  ella.

Despus del almuerzo su voluntad flaque. No saba qu hacer durante la
tarde. Su nica distraccin era visitar  sus primos en sus escritorios
 pasear por la Rambla. Por qu no ir?... Tal vez se engaaba, y la
entrevista fuese interesante. De todos modos, tena el recurso de
retirarse despus de una breve conversacin sobre el pasado... Su
curiosidad estaba excitada por el misterio.

Y  las tres de la tarde tom un tranva, que le condujo  los nuevos
barrios surgidos al pie del Tibidabo.

La burguesa comercial haba cubierto estos terrenos con una floracin
arquitectnica hija legtima de su fantasa. Tenderos y fabricantes
queran tener una casa de placer--llamada torre tradicionalmente--para
descansar los domingos y hacer alarde al mismo tiempo de su prosperidad.
Las haba gticas, rabes, griegas y persas. Los ms patriotas se
confiaban  la inspiracin de ciertos arquitectos que haban inventado
un arte cataln, con ojivas, almenas y coronas de conde. Estas coronas
medioevales, que se repetan hasta en los remates de los reverberos,
eran el eterno tema decorativo de una ciudad industrial poco dada  los
ensueos y spera para la ganancia.

Ferragut avanz por una calle solitaria, entre dos filas de rboles de
fresco trasplante, que empezaban  dar su primer estirn. Miraba las
fachadas de las torres, hechas de bloques de cemento imitando la
piedra de las viejas fortalezas,  con azulejos que representaban
paisajes de ensueo, flores absurdas, ninfas azuladas.

Al descender del tranva haba adoptado una resolucin. Slo deseaba ver
la casa exteriormente. Tal vez esto le ayudase  descubrir quin era la
mujer. Luego seguira adelante.

Pero al llegar  la torre cuyo nmero guardaba en su memoria y
detenerse unos segundos ante su arquitectura de castillete feudal, que
haca presentir un interior semejante  los salones de las cerveceras,
vi que se abra la puerta, apareciendo en ella la misma mujer que le
haba hablado en la Rambla de las Flores.

--Entre usted, capitn.

Y el capitn no pudo resistirse  los ojos maliciosos y la sonrisa
terceril de la cocinera.

Se vi en una especie de _hall_ semejante  la fachada, con chimenea
gtica de alabastro imitando el roble, grandes jarros de porcelana,
pipas de tamao de bastones y armas viejas adornando las paredes. Varias
estampas reproduciendo cuadros modernos de Munich alternaban con estos
adornos. Frente  la chimenea, Guillermo II luca uno de sus
innumerables uniformes entre las rutilancias del marco dorado y
esplendoroso.

La casa pareca deshabitada. Gruesas cortinas, blandas alfombras,
devoraban todos los ruidos. Haba desaparecido la pesada introductora
con la ligereza de un ser inmaterial, como tragada por la pared. El
marino empez  sentirse inquieto en esta soledad que le pareca hostil,
mirando fijamente el retrato del kaiser... Y l que no llevaba armas!

Volvi  presentarse la sonriente mujer con el mismo deslizamiento
silencioso.

--Pase usted, don Ulises.

Haba abierto una puerta, y Ferragut, al avanzar, sinti que esta puerta
se cerraba  sus espaldas.

Lo primero que pudo ver fu un ventanal, ms ancho que alto, con vidrios
de colores. Una walkyria galopaba en l, con la lanza en alto y la
cabellera flotante, sobre un caballo negro que expela fuego por las
narices. A la luz difusa de la vidriera columbr tapices en las paredes
y un divn profundo con almohadones floreados.

Una mujer surgi de la hundida mullidez de este lecho, saltando hacia
Ferragut con los brazos extendidos Su impulso fu tan violento que la
hizo chocar contra el pecho del capitn. Antes de que el abrazo femenino
se cerrase sobre l, vi una boca suspirante, de dientes vidos; unos
ojos lacrimosos por la emocin; una sonrisa que era un rictus, mezcla de
amor y de inquietud dolorosa.

--T!... t!--balbuce l, echndose atrs.

Le temblaron las piernas con el estremecimiento de la sorpresa; una ola
de fro corri por su espalda.

--Ulises!--suspir la mujer, intentando abarcarlo de nuevo con sus
brazos.

--T!... t!--volvi  repetir el marino con voz sorda.

Era Freya.

No supo ciertamente qu fuerza misteriosa le dict su gesto. Fu tal vez
la voz de los buenos consejos, que hablaba en su cerebro en los
instantes crticos y ahora haba perdido su cordura... Vi
instantneamente el mar, un buque que estallaba y su hijo hecho pedazos.

--Ah... _tal_!

Levant el brazo robusto, con el puo cerrado como una maza. La voz de
la prudencia segua dndole rdenes: Duro!... Nada de miramientos.
Esta hembra es de revlver. Y peg como si su enemigo fuese un hombre,
sin vacilacin, sin misericordia, concentrando en el puo toda su alma.

El odio que senta y el recuerdo de los medios agresivos de la alemana
le hicieron iniciar un segundo golpe, temiendo un ataque de ella,
queriendo repelerlo antes de que lo realizase... Pero qued con el brazo
en alto.

--Ay!...

La mujer haba lanzado un gemido infantil, bambolendose, girando sobre
sus pies, con los brazos  lo largo del cuerpo, sin intento alguno de
defensa... Fu de un lado  otro, lo mismo que si estuviese ebria. Se
doblaron sus rodillas, y cay con la blandura de un paquete de ropas,
chocando su cabeza primeramente con el duro brazo de un sitial de roble,
yendo despus, de rebote,  posarse sobre los almohadones del divn. El
resto del cuerpo qued como un andrajo sobre la alfombra.

Hubo un largo silencio, interrumpido de tarde en tarde por quejidos de
dolor. Freya gema con los ojos cerrados, sin salir de su inercia.

El marino, ceudo, ajado por la clera, con una fealdad trgica, sigui
inmvil, mirando torvamente  la hembra cada. Estaba satisfecho de su
brutalidad; haba sido un desahogo oportuno; respiraba mejor. Al mismo
tiempo senta vergenza. Qu has hecho, cobarde?... Por primera vez
en su existencia haba pegado  una mujer.

Se llev su diestra dolorida  la altura de los ojos. Uno de sus dedos
sangraba. Tal vez se haba enganchado en los pendientes de ella; tal vez
se haba rasgado en un alfiler perdido en su pecho. Chup la sangre del
profundo araazo y luego olvid esta herida, para seguir contemplando el
cuerpo tendido  sus pies.

Poco  poco se habitu  la luz difusa de la habitacin. Vea ya todos
los objetos claramente. Sus ojos abarcaron  Freya con una mirada en la
que se confundan el odio y el remordimiento.

La cabeza, hundida en el cojn, presentaba un perfil doloroso. Pareca
mucho ms vieja, como si su edad se hubiese doblado con las lgrimas. El
golpe brutal haba hecho huir con fnebre aleteo su frescura y su
maravillosa juventud. Sus ojos entreabiertos tenan una aureola de
momentneas arrugas; la nariz haba tomado el lvido afilamiento de los
moribundos. El casco de sus cabellos, roto bajo el puetazo, se esparca
en mallas doradas y ondulantes. Algo negro serpenteaba formando hilillos
sobre la seda del almohadn. Era sangre que corra un breve trecho entre
las flores herldicas del bordado; sangre que manaba de la sien oculta,
para ser bebida por la sequedad del blando relleno.

Ferragut, al hacer este descubrimiento, sinti aumentarse su confusin.
Di un paso sobre el cuerpo tendido, buscando la puerta. Por qu
continuaba all?... Todo lo que deba hacer ya estaba hecho, todo lo que
podan decirse ya estaba dicho.

--No te vayas, Ulises!--suspir una voz doliente--. yeme!... Se trata
de tu vida.

El miedo  que l huyese la hizo incorporarse con dolorosos gemidos, y
este movimiento aceler la salida de su sangre... El almohadn continu
abrevndose como un prado que tiene sed.

Una piedad irresistible, igual  la que poda sentir por una desconocida
abandonada en mitad de la calle, hizo retroceder al marino. Sus ojos se
fijaron en un alto tubo de cristal que suba desde el suelo con la boca
repleta de flores. De un zarpazo esparci sobre la alfombra toda esta
primavera arreglada poco antes por unas manos femeniles con la fiebre
del que cuenta los minutos y vive esperando.

Moj su pauelo en el agua de las flores y se arrodill junto  Freya,
levantando su cabeza del cojn. Ella se dej lavar la herida con un
abandono de criatura enferma, fijando en su agresor unos ojos
implorantes, que se abran enteros por primera vez.

Cuando la sangre ces de surgir, formndose en la sien una mancha roja
de cogulo, Ferragut intent levantarla.

--No, djame as--murmur ella--. Prefiero estar  tus pies. Soy tu
esclava... tu cosa. Pgame ms, si eso calma tu clera.

Quiso afirmar su humildad avanzando hacia l los labios con un beso
tmido, de sierva agradecida.

--Ah, no!... no!

Ulises, para huir de esta caricia, se puso de pie con violencia.

Sinti otra vez odio contra la mujer que recobraba poco  poco sus
sentidos. Al cesar el chorreo de la sangre se haba extinguido su
compasin.

Ella, adivinando sus pensamientos, sinti la necesidad de hablar.

--Haz de m lo que quieras... no me quejar. T eres el primer hombre
que me ha pegado... y no me he defendido! No me defender aunque
vuelvas  golpearme... De ser otro, habra contestado  la agresin;
pero t!... te he hecho tanto dao!...

Call unos momentos. Estaba arrodillada ante l en actitud suplicante,
con el cuerpo descansando sobre los talones. Tenda los brazos al hablar
con una voz doliente y montona, igual  la de los espectros en las
apariciones de teatro.

--He vacilado mucho antes de verte--continu--. Tema tu clera; estaba
segura que en el primer momento te dejaras arrastrar por tu carcter, y
me daba miedo la entrevista... Te he espiado desde que supe que estabas
en Barcelona; he aguardado cerca de tu casa; muchas veces te he visto 
la puerta de un caf y he tomado la pluma para escribirte; pero tem que
no acudieras al conocer mi letra,  que despreciaras una carta de otra
mano... Esta maana, en la Rambla, no pude contenerme por ms tiempo, y
te envi  esa mujer, y he pasado unas horas crueles sospechando que no
vendras... Al fin te veo, y nada me importan tus violencias...
Gracias, muchas gracias por haber venido!

Ferragut permaneci inmvil, con la mirada perdida, como si no oyese su
voz.

--Necesitaba verte--sigui diciendo ella--. Se trata de tu existencia.
Te has colocado enfrente de un poder inmenso que puede aplastarte: tu
prdida est decidida. Eres un hombre solo, y desafas, sin saberlo, 
una organizacin grande como el mundo... El golpe an no ha cado sobre
ti, pero caer de un momento  otro; tal vez hoy mismo; yo no puedo
saberlo todo... Por esto necesitaba verte, para que te pongas  la
defensiva, para que huyas si es preciso.

El capitn levant los hombros sonriendo con desprecio, como siempre que
le hablaban de peligros aconsejndole prudencia. Adems, no crea nada
de aquella mujer.

--Mentira!--dijo sordamente--. Todo mentira!...

--No, Ulises; yeme. T no sabes el inters que me inspiras. Eres el
nico hombre que he amado... No sonras as: me da miedo tu
incredulidad... El remordimiento va unido  mi pobre amor; te he hecho
tanto dao!... Odio  los hombres, anso causarles todo el mal que
pueda, pero existe una excepcin: t!... Todos mis deseos de felicidad
son para ti; mis ensueos sobre el porvenir tienen siempre como centro
tu persona... Quieres que permanezca indiferente al verte en
peligro?... No, no miento... Todo lo que te diga esta tarde es la
verdad; ya no podr mentirte nunca. Bastante me pesan mis artificios y
embustes que te atrajeron la desgracia... Vuelve  pegarme, trtame como
 la peor de las mujeres, pero cree cuanto yo te diga; sigue mis
consejos.

Continu el marino en su actitud de indiferencia y menosprecio. Las
manos le temblaban, impacientes. Iba  marcharse; no quera orla ms...
Le haba buscado para infundirle miedo con sus peligros imaginarios?...

--Qu has hecho, Ulises?... qu has hecho?--sigui diciendo Freya con
desesperacin.

Saba todo lo ocurrido en el puerto de Marsella,  igualmente lo saban
los infinitos agentes que trabajaban por la mayor gloria de Alemania. El
marino Von Kramer, desde su encierro, haba hecho conocer el nombre de
su delator. Ella se lament de la franqueza vehemente del capitn.

--Comprendo tu odio: no puedes olvidar el torpedeamiento del
_Californian_... Pero debas haber denunciado  Von Kramer annimamente,
sin que l supiese de quin parta la acusacin... Has procedido como un
loco, como un meridional; eres un carcter arrebatado que no teme el
maana.

Ulises hizo un gesto de desprecio. El no gustaba de tapujos y
traiciones: su procedimiento era el mejor. Lo nico que lamentaba era
que este asesino del mar viviese an; no haber podido matarlo por su
propia mano.

--Tal vez no vive ya--prosigui ella--. El Consejo de guerra lo ha
condenado  muerte. Ignoramos si la sentencia se ha cumplido; pero lo
van  fusilar de un momento  otro, y todos en nuestro mundo saben que
eres t el verdadero autor de su desgracia.

Se asustaba al pensar en el odio acumulado por este hecho y en la
prxima venganza. El nombre de Ferragut era objeto en Berln de una
atencin especial; en todas las naciones de la tierra lo repetan en
aquellos momentos los batallones civiles de hombres y mujeres encargados
de trabajar por el triunfo germnico. Los comandantes de los submarinos
se pasaban informes acerca de su buque y su persona. Haba osado atacar
al Imperio ms grande de la tierra, l, un hombre solo, un simple
capitn mercante, privando al kaiser de uno de sus ms valiosos
servidores.

--Qu has hecho, Ulises?... qu has hecho?--dijo otra vez.

Y Ferragut acab por reconocer en esta voz un verdadero inters por su
persona, un miedo enorme ante los peligros de que le crea amenazado.

--Aqu mismo, en tu pas, te alcanzar su venganza. Huye! No s adnde
podrs ir para verte libre de ellos; pero creme... huye!

El marino sali de su despectiva indiferencia. La clera di un brillo
hostil  su mirada. Se indign al pensar que aquellos extranjeros podan
perseguirle en su patria: era como si le atacasen dentro de su mismo
hogar. El orgullo nacional aument su clera.

--Que vengan!--dijo--. Me gustara verlos hoy mismo.

Y mir en torno, cerrando los puos, como si fuesen  surgir de las
paredes estos adversarios innumerables y desconocidos.

--Tambin  m empiezan  considerarme como  una enemiga--continu la
mujer--. No me lo dicen, porque entre nosotros es cosa corriente ocultar
los pensamientos; pero lo adivino en la frialdad que me rodea... La
doctora sabe que te amo lo mismo que antes,  pesar de la clera que
ella siente contra ti. Los otros hablan de tu traicin, y yo protesto,
porque no puedo tolerar esta mentira... Por qu traidor?... T no eres
de los nuestros; t eres un padre que ansa vengarse. Los traidores
somos todos nosotros: yo, que te compliqu en una aventura fatal; ellos,
que me empujaron hacia ti para aprovechar tus servicios.

La vida en Npoles resurga en su memoria, y sinti la necesidad de
explicar sus actos.

--T no has podido comprenderme; ignorabas la verdad... Cuando te
encontr en el camino de Pestum fuiste para m un recuerdo del pasado,
un fragmento de mi juventud, de la poca en que slo conoca vagamente 
la doctora y no me haba comprometido an en el servicio de
informaciones... Al principio me entretuvo tu entusiasmo amoroso.
Representabas una diversin interesante con tus galanteos  la espaola,
esperndome fuera del hotel para asediarme con tus promesas y
juramentos. Me aburra durante la espera forzosa en Npoles. T, por tu
parte, tambin te veas forzado  esperar, y buscabas en mi persona un
recreo agradable... Un da comprend que me interesabas verdaderamente,
como ningn otro hombre me haba interesado... Adivin que iba  amarte.

--Mentira!... mentira!--murmur la voz de Ferragut descendiendo
rencorosa hasta la mujer.

--Di lo que quieras, pero as fu... Amamos segn el lugar y el momento.
De encontrarnos en otra ocasin, nos habramos visto por unas horas nada
ms, siguiendo cada cual su camino, sin ningn deseo amoroso.
Pertenecemos  mundos distintos... Pero estbamos inmovilizados en el
mismo pas, posedos del tedio de la espera, y lo que deba ser... fu.
Te digo toda la verdad: si supieses lo que me costaba rehuirte!... Por
las maanas, al levantarme en el cuarto del hotel, mi primer movimiento
era mirar  travs de las cortinas para convencerme de que me esperabas
en la calle. All est mi _flirt_; all est mi novio. Tal vez habas
dormido mal pensando en m. Y yo senta mi alma rehecha, un alma de
veinte aos, de muchacha entusiasta y candorosa... Mi primer impulso era
bajar para unirme  ti, yndonos por las orillas del golfo, como dos
enamorados de novela... Luego surga la reflexin. Mi pasado se
desplomaba en mi memoria como una campana vieja que se desprende de una
torre. Haba olvidado este pasado, y al caer, me aturda con su peso
sonoro, vibrante de recuerdos. Pobre hombre!... En qu mundo de
compromisos y enredos voy  meterle!... No! no! Y hua de ti con
astucias de colegiala traviesa, saliendo del hotel cuando t te habas
alejado por unos momentos, doblando otras veces una esquina en el
preciso instante que ibas  volver los ojos... Slo me dejaba abordar,
fra  irnica, cuando no me era posible librarme de tu encuentro; y
despus, en casa de la doctora, hablaba de ti  cada instante, riendo
con ella de estos galanteos romnticos.

Ferragut escuchaba sombro, pero con una atencin cada vez ms
concentrada. Presinti la explicacin de muchos actos incomprensibles.
Una cortina iba  correrse en su pasado, vindolo todo bajo una nueva
luz.

--La doctora rea, pero  continuacin de mis burlas aseguraba lo mismo:
Te ests enamorando de ese hombre; ese _don Jos_ te interesa.
Cuidado, _Carmen_! Y lo raro era que no le pareciese mal mi
enamoramiento, siendo enemiga de toda pasin que no sirve directamente 
nuestros trabajos... Deca verdad: estaba enamorada. Lo reconoc la
maana en que tuve el deseo imperioso de ir al Acuario. Llevaba muchos
das sin verte; viva fuera del hotel, en casa de la doctora, para no
tropezarme con mi _flirt_. Y esa maana me levant muy triste, con un
pensamiento fijo: Pobre capitn!... Vamos  darle un poco de
felicidad. Estaba enferma aquel da... enferma de ti! ahora lo
comprendo. Nos vimos en el Acuario, y yo fu la que te bes, al mismo
tiempo que deseaba el exterminio de los hombres... de todos los
hombres, menos t!

Hizo una breve pausa, elevando sus ojos hacia l para apreciar el efecto
de sus palabras.

--Acurdate de nuestro almuerzo en el restorn del Vomero; acurdate de
cmo te rogu que te marchases, abandonndome  mi destino. Presenta el
porvenir: adivinaba que iba  serte fatal. Cmo poda unirse una vida
recta y franca como la tuya con mi existencia de aventurera mezclada en
tantos compromisos inconfesables?... Pero te amaba. Quise salvarte con
mi alejamiento, y  la vez tuve miedo de no verte ms. La noche en que
me irritaste con la furia de tus deseos, y yo me defend estpidamente,
como si fueses un extrao, concentrando en tu persona el odio que me
inspiran todos los hombres, esa noche llor al verme sola en mi cama.
Llor pensando en que te haba perdido para siempre, y al mismo tiempo
me sent satisfecha, porque as te librabas de mi influencia... Luego
lleg Von Kramer. Necesitbamos un barco y un hombre. La doctora habl,
orgullosa de su penetracin que le haba hecho adivinar en ti una fuerza
aprovechable. Me dieron la orden de ir en busca tuya, de apoderarme otra
vez de tu voluntad. Mi primer impulso fu negarme, pensando en tu
porvenir. Pero el sacrificio era dulce; el egosmo dirige nuestras
acciones... y te busqu! Lo dems t lo sabes.

Call, quedando en actitud pensativa, como si paladease este perodo de
sus recuerdos, el ms grato de su existencia.

--Al irte en la goleta--continu momentos despus--comprend lo que
representabas en mi vida. Qu falta me hiciste!... La doctora estaba
preocupada por los sucesos italianos. Yo slo pens en contar los das,
encontrando que transcurran con ms lentitud que los otros. Uno...
dos... tres. Mi marino adorado, mi tiburn amoroso, va  llegar... va
 llegar! Y lo que lleg de pronto, cuando an lo creamos lejos, fu
el golpe de la guerra, separndonos rudamente. La doctora maldeca  los
italianos pensando en Alemania; yo los maldije pensando en ti, vindome
obligada  seguir  mi amiga,  preparar la fuga en dos horas, por miedo
 la indignacin del populacho... Mi nica satisfaccin fu al enterarme
de que venamos  Espaa. La doctora se prometa hacer aqu grandes
cosas... Yo pens que en ningn lugar me era ms fcil volver 
encontrarte...

Se haba incorporado un poco. Sus manos tocaban las rodillas de
Ferragut. Quera abrazarse  ellas, y no osaba hacerlo por miedo  que
l la repeliese, desvanecindose su trgica inercia que le permita
escuchar.

--Estando en Bilbao supe lo del torpedeamiento del _Californian_ y la
muerte de tu hijo... No te hablar de esto; llor, llor mucho,
ocultndome de la doctora. Desde entonces la odio. Celebr el suceso,
pasando indiferente sobre tu nombre. T no existas ya para ella: no
poda utilizarte... Yo llor por ti, por tu hijo, al que no conoca, y
tambin por m, pensando en mi culpabilidad. Desde aquel da soy otra
mujer... Luego vinimos  Barcelona, y he pasado meses y meses esperando
este momento.

La antigua pasin se reflej en sus ojos. Un gesto de amor humilde
embelleci su cara magullada por el golpe.

--Nos instalamos en esta casa, que es de un electricista alemn amigo de
la doctora. Cuando ella sala de viaje, dejndome libre, mis paseos
eran siempre hacia el puerto. Esperaba ver tu buque. Mis ojos seguan
con simpata  los marinos, creyendo ver en todos ellos algo de tu
persona... Algn da vendr, me deca yo. T sabes que el amor es
egosta. Llegu  olvidar la muerte de tu hijo... Adems, yo no soy la
verdadera culpable: son los otros. Yo he sido engaada lo mismo que
t... Vendr, y seremos felices otra vez... Ay! si pudiese hablarte
esta habitacin... este divn en el que he soado tantas veces!...
Siempre que arreglaba unas flores en ese vaso, me haca la ilusin de
que t ibas  llegar; siempre que me embelleca con un poco de tocador,
me imaginaba que era para ti... Viva en tu pas, y era natural que t
llegases. De pronto, el paraso que llevaba en la cabeza se hizo humo.
Recibimos la noticia, no s cmo, de la prisin da Von Kramer y de que
t habas sido su delator. La doctora me increp, hacindome responsable
de todo. Por m te haba conocido, y esto fu bastante para que me
incluyese en su indignacin. Todos los nuestros hablaron de tu muerte,
desendotela con los ms atroces martirios.

Ferragut la interrumpi. Tena el ceo fruncido, como si le dominase una
idea tenaz... Tal vez no la escuchaba.

--Dnde est la doctora?...

El tono de su pregunta fu inquietante. Cerr los puos, mirando en
torno de l como si aguardase la aparicin de la imponente dama. Su
gesto era igual al que haba acompaado la agresin contra Freya.

--Viaja no s dnde--dijo sta--. Estar en Madrid, en San Sebastin 
en Cdiz. Sale con mucha frecuencia; tiene amigos en todas partes... Si
yo me he atrevido  llamarte, es porque estoy sola.

Y relat la vida que llevaba en este retiro. Por el momento, su antigua
protectora la dejaba en la inaccin. Se abstena de ordenarle trabajo
alguno: ella misma lo ejecutaba todo, evitando intermediarios. Lo
ocurrido  Von Kramer la haba hecho recelosa y suspicaz, y cuando
necesitaba auxiliares slo admita  sus compatriotas que vivan en
Barcelona.

Una banda feroz y decidida se haba agrupado en torno de ella. Eran
refugiados procedentes de las repblicas de Amrica del Sur, parsitos
de las ciudades de la costa  vagabundos de las selvas del interior. Al
frente de ellos, como portardenes de la doctora, figuraba Karl, el
escribiente que Ferragut haba visto en el casern del barrio de Chiaia.

Este hombre,  pesar de su aspecto meloso, tena en su historia varios
delitos de sangre. Era un digno capataz del grupo de aventureros
enardecidos por el entusiasmo patritico que se reuna todas las tardes
en cierto caf del puerto. Freya tena la certeza de que trabajaban en
el aprovisionamiento de los submarinos existentes en el Mediterrneo
espaol. Todos conocan al capitn Ferragut por el suceso de Marsella, y
hablaban de su persona con lgubres reticencias.

--Por ellos supe tu llegada--continu--. Te espan, aguardan un momento
favorable. Quin sabe si te habrn seguido hasta aqu?... Ulises,
huye; tu vida est amenazada seriamente!

El capitn volvi  levantar los hombros con expresin de desprecio.

--Huye, te repito!... Y si puedes, si te inspiro un poco de compasin,
si no te soy completamente indiferente... llvame contigo!

Adivin Ferragut que todo lo dicho era para llegar  este ruego final.
La inesperada demanda le produjo una impresin de asombro y escndalo.
Huir con ella, que tanto dao le haba causado?... Unir otra vez su
vida  la suya, conocindola como la conoca?...

Era tan absurda la proposicin, que el capitn sonri de un modo
lgubre.

--Yo estoy en peligro lo mismo que t--continu Freya con acento
desesperado--. No s cul es el peligro que me amenaza ni de qu parte
vendr, pero lo adivino, lo presiento sobre mi cabeza... De nada puedo
servirles; ya no les inspiro confianza y s muchas cosas. Poseo
demasiados secretos para que me abandonen, dejndome en paz; han
acordado suprimirme: estoy segura de ello. Lo leo en los ojos de la que
fu mi amiga y protectora... T no puedes abandonarme, Ulises; t no
desears mi muerte.

Se indign Ferragut ante estas splicas, rompiendo al fin su desdeoso
silencio.

--Comedianta!... Todo mentira!... Inventos para juntarte conmigo,
hacindome intervenir otra vez en los enredos de tu vida, mezclndome en
tus trabajos de espionaje!...

El marchaba ahora por la buena senda. Sus deseos de venganza le haban
colocado entre los adversarios de Alemania. Lamentaba su antigua ceguera
y estaba satisfecho de su nueva situacin. No haca secreto de su
conducta: serva  los aliados.

--Y por eso me buscas, por eso has arreglado esta entrevista, tal vez de
acuerdo con tu amiga la doctora. Queris emplearme por segunda vez como
instrumento estpido de vuestro espionaje. El capitn Ferragut es un
tonto enamorado--os habis dicho--. No hay mas que hacer un llamamiento
 su caballerosidad... Y t quieres vivir conmigo, tal vez acompaarme
en los viajes, seguir mi existencia, para revelar mis secretos  tus
compatriotas y que aparezca yo de nuevo como un traidor. Ah, perra!...

Esta supuesta traicin despertaba otra vez su clera homicida. Levant
un brazo y un pie; iba  golpear y aplastar  la mujer arrodillada. Pero
su pasiva humildad, su falta de resistencia, le detuvieron.

--No, Ulises... yeme!

Hizo esfuerzos para demostrar su sinceridad. Tena miedo  los suyos:
los vea  una nueva luz y le inspiraban horror. Su modo de apreciar las
cosas haba cambiado radicalmente. La martirizaban los remordimientos al
pensar en lo que llevaba hecho. Se estaba realizando en su conciencia la
saludable transformacin de las mujeres arrepentidas que fueron antes
grandes pecadoras. Cmo lavar su alma de los pasados crmenes?... Ni
siquiera gozaba el consuelo de la fe patritica, sanguinaria y feroz que
enardeca  la doctora y  los suyos.

Haba reflexionado mucho. Para ella no haba ya alemanes, ni ingleses,
ni franceses; slo existan hombres: hombres con madres, con esposas,
con hijas; y su alma de mujer se horrorizaba al pensar en los combates
y las matanzas. Odiaba la guerra. El primer remordimiento lo haba
experimentado al enterarse de la muerte del hijo de Ferragut.

--Llvame contigo!--repiti--. Si tu no me sacas de mi mundo, no sabr
cmo salir de l... Soy pobre. En los ltimos aos me ha sostenido la
doctora; ignoro el medio de ganar mi existencia y estoy habituada 
vivir bien. La miseria me inspira ms miedo que la muerte. T me
mantendrs; contigo aceptar lo que quieras darme; ser tu criada. En un
buque deben necesitarse los cuidados y el buen orden de una mujer... La
vida me cierra las puertas: estoy sola.

El capitn sonri con una irona cruel.

--Adivino tu sonrisa. S lo que quieres decirme... Puedo venderme; crees
sin duda que esta ha sido mi vida anterior. No... no! te equivocas; no
sirvo para eso. Hay que tener una predisposicin especial, cierto
talento para fingir lo que no se siente... Yo he intentado venderme, y
no puedo, no sirvo. Amargo la vida de los hombres cuando no me
interesan; soy su adversario, los odio, y huyen de m.

Pero el marino prolongaba su sonrisa atrozmente burlona.

--Mentira!--dijo otra vez--. Todo mentira! No te esfuerces... No me
convencers.

Como si la animase de pronto una nueva fuerza, ella se puso de pie. Su
rostro qued  la altura de los ojos de Ferragut. Este vi su sien
izquierda con la piel desgarrada: la mancha del golpe se extenda en
torno de un ojo rojizo  hinchado. Al contemplar su brbara obra, volvi
 atormentarle el remordimiento.

--Escucha, Ulises; t no conoces mi verdadera existencia. Te he mentido
siempre; he escapado  todas tus averiguaciones en nuestra poca feliz.
Quera guardar en secreto mi vida anterior... olvidarla! Ahora debo
decir la verdad, la definitiva verdad, como si fuese  morir. Cuando la
conozcas sers menos cruel.

Pero su oyente no quera escucharla. Protest por anticipado, con una
incredulidad feroz:

--Mentiras!... Nuevas mentiras! Cundo terminarn tus invenciones?

--Yo no soy alemana--continu ella sin orle--. Tampoco me llamo Freya
Talberg. Este es mi nombre de guerra, mi nombre de aventuras. Talberg
fu el profesor  quien acompa  los Andes, y que tampoco fu mi
marido... Mi verdadero nombre es Beatriz... Mi madre fu italiana, una
florentina; mi padre era de Trieste.

Esta revelacin no interes  Ferragut.

--Un embuste ms!--dijo--. Otra novela!... Sigue inventando.

La mujer se desesper. Sus manos se elevaron sobre su cabeza,
retorcindose con los dedos entrecruzados. Nuevas lgrimas humedecieron
sus ojos.

--Ay! Cmo conseguir que me creas?... Qu juramento podr hacerte
para que te convenzas de que digo verdad?...

El capitn di  entender con su aire impasible la inutilidad de estos
extremos. No haba juramento que pudiese convencerle. Aunque dijera la
verdad, no la creera.

Sigui ella adelante en su relato, no queriendo insistir contra esta
muralla inconmovible.

--Mi padre tambin fu italiano de origen, pero por su nacimiento era
austriaco... Adems, le inspiraban un entusiasmo ciego los Imperios
germnicos. Era de los que abominan de su origen y ven todas las
virtudes en los pueblos del Norte.

Inventor de maravillosos negocios, financiero proyectista de empresas
colosales, haba pasado su existencia asediando  los directores de los
grandes establecimientos bancarios y haciendo antesala en los
ministerios. Eternamente en vsperas de combinaciones sorprendentes que
deban proporcionarle docenas de millones, viva en una pobreza lujosa,
yendo de hotel en hotel, siempre los mejores, con su mujer y su hija
nica.

--T ignoras esa vida, Ulises; t procedes de una familia tranquila y
con dinero. Los tuyos no han conocido la existencia de aparato en los
Palace, ni tampoco los apuros para liquidar la nueva cuenta del mes,
logrando que la incorporen  las de los meses anteriores un crdito sin
lmites.

Ella haba visto de nia llorar  su madre en el lujoso departamento
del hotel, mientras hablaba el padre con aspecto de iluminado,
anunciando para la semana prxima una ganancia de un milln. La esposa,
convencida por la facundia de su grande hombre, acababa secando sus
lgrimas, empolvando su rostro y adornndose con sus perlas y sus
blondas de problemtico valor. Luego descenda al magnfico _hall_,
lleno de perfumes, de susurros de conversaciones y gemidos discretos de
violines, para tomar el t con sus amistades del hotel, formidables
millonarias de los dos hemisferios, que sospechaban vagamente la
existencia de una enfermedad llamada pobreza, pero eran incapaces de
concebir que pudiese atacar  las personas de su mundo.

Mientras tanto, la nia jugaba en el jardn del Palace con otras nias
vestidas y adornadas como muecas lujosas y frgiles, cada una de las
cuales pesaba varios millones.

--Yo he sido compaera de infancia--continu Freya--de mujeres que son
clebres por su riqueza en Nueva York, en Pars, en Londres... Me he
tuteado con grandes millonarias que hoy son, por sus casamientos,
duquesas y hasta princesas de sangre real. Muchas han pasado junto  m
sin reconocerme, y yo no he dicho nada, sabiendo que la igualdad de la
niez no es mas que un vago recuerdo...

As haba llegado  ser mujer. Varios negocios casuales del padre les
permitan continuar esta existencia de pobreza brillante y costosa. El
proyectista consideraba necesario tal aparato para sus futuros negocios.
La vida en los hoteles ms caros, el automvil por meses, los trajes de
grandes costureros para la mujer y la nia, los veraneos en las playas
de moda, el patinaje invernal en Suiza, eran para l una especie de
uniforme de respetabilidad que le mantena en el mundo de los poderosos,
permitindole entrar en todas partes.

--Esta existencia me molde para siempre y ha influido en el resto de mi
vida. El deshonor, la muerte, todo lo creo preferible  la miseria...
Yo, que no temo los peligros, me siento cobarde al pensar en la pobreza.

Mora la madre, crdula y sensual, fatigada de esperar una fortuna
slida que no llegaba nunca. Ella segua con su padre, siendo la
seorita que vive entre hombres, de hotel en hotel, algo masculina en
sus ademanes; la virgen  medias, que lo sabe todo, no se asusta de
nada, guarda ferozmente la integridad de su sexo, calculando lo que
puede valer, y adora la riqueza como la divinidad ms poderosa de la
tierra.

Al morir el padre, vindose sin otra fortuna que sus trajes y unas
cuantas joyas artsticas de escaso precio, decida framente su destino.

--En nuestro mundo no hay ms virtud que la del dinero. Las muchachas
del populacho se dan con menos facilidad que una seorita habituada al
lujo, teniendo por nica fortuna el conocimiento del piano, del baile y
de unos cuantos idiomas... Entregamos nuestro cuerpo como si
cumplisemos una funcin material, sin rubor y sin pena. Es un simple
negocio. Lo nico importante es conservar la antigua vida con todas sus
comodidades... no descender.

Pas con precipitacin sobre los recuerdos de este perodo de su
existencia. Un conocido de su padre, viejo negociante de Viena, haba
sido el primero. Luego sinti el aletazo romntico, al que no escapan
las hembras ms fras y positivas. Haba credo enamorarse de un oficial
holands, un Apolo rubio que patinaba con ella en Saint-Moritz. Este
haba sido su nico esposo. Al fin le aburra la modorra colonial de
Batavia, y tornaba  Europa, rompiendo su matrimonio, para reanudar la
existencia en los grandes hoteles, pasando de las estaciones invernales
 las playas de lujo.

Ay, el dinero!... En ningn plano social se poda reconocer su podero
como en el que ella habitaba. Encontr en los Palace mujeres de
ademanes soldadescos y manos groseras, fumando  todas horas, con los
pies en el respaldo de una silla, mostrando la superficie posterior de
sus muslos en alto y el tringulo blanco de sus enaguas tendidas sobre
el asiento. Eran semejantes  las rameras de los grandes puertos que
esperan  la puerta de sus tugurios. Cmo las dejaban vivir all?...
Sin embargo, los hombres se inclinaban ante ellas como esclavos  las
perseguan suplicantes. Hablaban con uncin de los millones heredados de
sus padres, de sus formidables riquezas de origen industrial, que les
haban permitido comprar un marido noble, entregndose luego  sus
gustos de maritornes andariegas.

--No he tenido suerte... Soy demasiado altiva para triunfar. Los hombres
me encuentran de mal carcter, discutidora y nerviosa. Tal vez he nacido
para ser una madre de familia... Quin sabe si hubiese sido otra de
vivir en tu pas!

Su veneracin religiosa por el dinero tom al decir esto un acento de
odio. Las jvenes pobres y bien educadas, si sentan miedo  la miseria,
no tenan otro recurso que la prostitucin. Les faltaba la dote,
requisito indispensable en muchos pueblos civilizados para ser mujer
honrada y constituir un hogar.

Maldita pobreza!... Haba pesado sobre su vida como una fatalidad. Los
hombres que se mostraban buenos al principio se envenenaban despus,
volvindose egostas  ingratos. El doctor Talberg,  la vuelta de
Amrica, la haba abandonado para casarse con una joven fea y rica, hija
de un negociante, senador de Hamburgo. Otros haban explotado igualmente
su juventud, tomando su parte de alegra y de belleza para unirse luego
con mujeres que slo tenan el atractivo de una gran fortuna.

Ella haba acabado por odiarlos  todos, deseando su exterminio,
exasperndose al pensar que los necesitaba para vivir y nunca podra
libertarse de esta esclavitud. Para ser independiente, se haba dedicado
al teatro.

--He bailado, he cantado; pero mis xitos fueron siempre femeniles. Los
hombres venan detrs de m, deseando  la hembra y rindose de la
artista. Adems, la vida de los bastidores!... El mercado de blancas
con un nombre en el cartel!... Qu explotacin!...

El deseo de emanciparse la haba arrastrado hacia su amiga la doctora,
aceptando sus proposiciones. Le pareci ms honorfico servir  un gran
Estado, ser un funcionario secreto, laborando en la sombra por su
grandeza. Adems, le sedujo al principio lo novelesco del trabajo, las
aventuras de las misiones arriesgadas, la orgullosa consideracin de que
con sus espionajes teja la trama del porvenir, preparando la historia
futura.

Tambin aqu haba tropezado desde los primeros pasos con la esclavitud
sexual. Su belleza era un instrumento para sondear las conciencias, una
llave para abrir secretos; y esta servidumbre resultaba peor que las
anteriores, por ser irredimible. Haba conseguido apartarse con
facilidad de su vida de viajera amorosa y de mujer de teatro; pero el
que entraba en el servicio secreto ya no poda salir de l. Se
aprendan demasiadas cosas, se llegaba lentamente  la comprensin de
importantes misterios. El agente quedaba prisionero de sus funciones:
era un emparedado, y con cada acto nuevo aada una nueva piedra al muro
que le separaba de la libertad.

--T sabes el resto de mi vida--continu--. La obligacin de obedecer 
la doctora, de seducir  los hombres para arrancarles sus secretos, me
hizo odiarlos con una agresividad mortal... Pero llegaste t, t, que
eres bueno y generoso, que me buscaste con una simplicidad entusiasta,
lo mismo que un adolescente, hacindome retroceder en mi existencia,
como si an estuviese en los diez y ocho aos y me viera cortejada por
primera vez!... Adems, t no eres egosta. Te das con noble entusiasmo.
Creo que, de conocernos en la primera juventud, no me habras abandonado
para ser rico casndote con otra... Me resist  ser tuya porque te
amaba y no quera hacerte dao... Despus, el mandato de mis superiores
y mi pasin me hicieron olvidar estos escrpulos... Me entregu; fu la
mujer fatal de siempre: te traje desgracia... Ulises! amor mo!...
Olvidemos: de nada sirve recordar el pasado. Conozco bien tu alma, y al
verme en peligro acudo  ella. Slvame! llvame contigo!...

Como estaba de pie frente  l, le bast levantar las manos para
colocarlas sobre sus hombros, iniciando el principio de un abrazo.

Ferragut permaneci insensible  la caricia. Su inmovilidad repela
estas splicas. Freya haba rodado mucho por el mundo,  travs de
vergonzosas aventuras, y sabra librarse por su propio esfuerzo, sin
necesidad de complicarle nuevamente en sus enredos. La historia que
acababa de relatar no era para l mas que un tejido de engaos.

--Todo falso!--dijo con voz sorda--. No te creo, no te creer nunca...
Cada vez que nos vemos me cuentas una nueva historia... Quin eres?
Cundo dirs la verdad, toda la verdad de una vez?... Embustera!

Ella, insensible  los insultos, sigui hablando de su porvenir
angustiosamente, como si se viese rodeada de misteriosos peligros.

--Dnde ir si t me abandonas?... Si me quedo en Espaa, contino bajo
la dominacin de la doctora. No puedo volver  los Imperios donde pas
mi vida; todos los caminos estn cerrados, y en aquellas tierras
renacera mi esclavitud... Tampoco puedo ir  Francia  Inglaterra:
tengo miedo  mi pasado. Cualquiera de mis hazaas anteriores bastara
para que me fusilasen: no merezco menos... Adems, me inspira temor la
venganza de los mos. Conozco los procedimientos del servicio cuando
necesita deshacerse de un agente incmodo que est en tierra enemiga. El
mismo lo denuncia: comete voluntariamente una torpeza, hace que se
extraven unos documentos, enva una carta comprometedora con falsa
direccin, para que caiga en manos de las autoridades del pas. Qu
har si t no me socorres?... Dnde podr rufugiarme?...

Ulises se decidi  contestar, apiadado de su desesperacin. El mundo es
grande: poda ir  vivir en una repblica de Amrica.

Ella no acept el consejo. Haba pensado lo mismo; pero le daba miedo el
porvenir incierto.

--Soy pobre: apenas tengo con qu pagar mi viaje... El servicio
retribuye bien al principio. Despus, como nos tiene seguros  causa de
nuestro pasado, slo da lo necesario para vivir con cierto desahogo.
Qu voy , hacer en aquellas tierras?... Debo pasar el resto de mi
existencia vendindome  cambio del pan?... No quiero: antes morir!

La desesperada afirmacin de su pobreza hizo sonrer burlonamente 
Ferragut. Mir el collar de perlas eternamente acostado en la admirable
almohadilla de su pecho, las gruesas esmeraldas de sus orejas, los
brillantes que chisporroteaban framente en sus manos. Ella adivin su
pensamiento, y la idea de vender estas joyas le produjo una inquietud
mayor que los terrores que le infunda el porvenir.

--T no sabes lo que esto representa para m--aadi--. Es mi uniforme,
mi blasn, el salvoconducto que me permite sostenerme en el mundo de mi
juventud. Las mujeres que vamos solas por la tierra necesitamos las
alhajas para seguir nuestro camino sin obstculos. Los gerentes del
hotel se humanizan y sonren ante su brillo. Quien las posee no inspira
desconfianza, aunque tarde en pagar la cuenta de la semana... Los
empleados de las fronteras se muestran galantes: no hay pasaporte ms
poderoso. Las seoras altivas se ablandan con su centelleo  la hora del
t en los _halls_ donde una no conoce  nadie... Lo que yo he sufrido
para conseguirlas!... Arrostrara el hambre antes de venderlas. Con
ellas se es alguien: puede una persona no tener una moneda en el
bolsillo y entrar donde entran los ms ricos, viviendo como ellos...

No aceptaba el consejo. Era como si  un guerrero hambriento le
propusiesen entregar sus armas en pas enemigo  cambio de pan. Una vez
la necesidad satisfecha, quedara prisionero; se vera envilecido,
igualndose con los miserables que horas antes reciban sus golpes. Ella
arrostraba todos los peligros y sufrimientos antes que despojarse del
casco y el escudo, smbolos de su estirpe superior. El traje de ms de
un ao, las botinas fatigadas, la ropa interior con desgarrones mal
compuestos, no le entristecan en los momentos difciles. Lo importante
era poseer un sombrero de moda y conservar el gabn de pieles, el collar
de perlas, las esmeraldas, los brillantes, toda la armadura honorfica y
gloriosa, dentro de la cual quera morir.

Su mirada pareci apiadarse de la ignorancia del marino, que se atreva
 proponerle tales absurdos.

--Es imposible, Ulises... Llvame contigo. En el mar es donde puedo
vivir ms segura. Los submarinos no me dan miedo. Las gentes se los
imaginan numerosos y apretados como las piedras de un pavimento, pero
slo un buque entre mil recibe sus ataques... Adems, contigo no temo
nada: si nuestro destino es perecer en el mar, moriramos juntos.

Se hizo insinuante y seductora, avanzando las manos sobre los hombros de
l, tirando de su cuello con un apasionamiento que equivala  un
abrazo. Su boca, al hablar, se aproxim  la del marino. Los labios se
arquearon iniciando la redonda caricia de un beso.

--Tan mal viviras con Freya?... No te acuerdas ya de nuestro
pasado?... Es que ahora soy otra?

Ulises se acordaba, efectivamente, del pasado, y empez  reconocer que
este recuerdo era demasiado vivo. Llegaron hasta l, como lejanas
melodas voluptuosas y medio olvidadas, las rfagas de una carne bien
oliente, despertando su memoria sexual. El contacto de las ocultas
redondeces, tibias y firmes, que se apretaban contra su pecho sin perder
la turgente dureza, evoc en la imaginacin de Ferragut una serie
vertiginosa de escenas de amor. La castidad observada en los ltimos
tiempos  causa de sus dolorosas preocupaciones le atorment ahora como
un suplicio.

Ella, que segua esta revolucin con ojos astutos, adivinndola en las
contracciones de su rostro, sonri triunfadora, pegando su boca  la de
l. Estaba segura de su poder... Y reprodujo el beso del Acuario, aquel
beso que estremeca la espalda del marino, hacindole vacilar sobre sus
piernas.

Pero cuando se entregaba con ms abandono  esta succin dominadora, se
sinti repelida, disparada por un manotn brutal, semejante al puetazo
que la haba lanzado sobre los almohadones al principio de la
entrevista.

Alguien se haba interpuesto entre los dos,  pesar de que estaban
abrazados estrechamente.

El capitn, que empezaba  perder la conciencia de sus actos, lo mismo
que un nufrago, descendiendo y descendiendo  travs de las capas
vibrantes de un placer sin lmites, vi de pronto la cara de Esteban
difunto, con los ojos vidriosos fijos en l. Ms all vi igualmente una
imagen de triste esfumamiento: Cinta que lloraba, como si sus lgrimas
fuesen las nicas que podan caer sobre el cadver desgarrado del hijo.

--Ah, no!... no!

El mismo qued sorprendido de su voz. Fu un rugido de bestia herida, un
aullar seco de desesperado que se retuerce en el tormento.

Freya, tambalendose bajo el rudo empujn, intent aproximarse otra vez
 l, enlazarse de nuevo en sus brazos, repetir su beso imperioso.

--Amor mo!... amor mo!...

No pudo seguir. La tremenda mano volvi  repelerla, pero tan
violentamente, que fu  dar de cabeza contra los cojines del divn.

Tembl la puerta con un rudo tirn que hizo abrir sus dos hojas  la
vez, sacando el pestillo de la cerradura.

La mujer, tenaz en sus deseos, se levant prontamente, sin reparar en el
dolor de la cada. Su ligereza slo le pudo servir para ver cmo
escapaba Ferragut despus de recoger maquinalmente su sombrero.

--Ulises!... Ulises!...

Ulises estaba ya en la calle, mientras en el pequeo _hall_ acababan de
bambolearse, rompindose luego en el suelo con ruidoso desmenuzamiento,
varios objetos de loza que haba enganchado y desplazado el fugitivo en
su ciega salida.

Al sentir en la frente la sensacin del aire libre, resurgieron en su
memoria los peligros que le haba anunciado Freya. Explor la calle con
una mirada hostil... Nadie! Su deseo era encontrarse con los enemigos
de que hablaba aquella mujer, para desahogar la clera que senta contra
s mismo. Estaba avergonzado y furioso por su pasajera debilidad, que
casi le haba hecho reanudar la antigua existencia.

En los das sucesivos se acord repetidas veces de la banda de
refugiados que obedeca  la doctora. Al encontrar en las calles
transentes de aspecto germnico, los miraba de frente con ojos de reto.
Sera alguno de ellos el encargado de matarle?... Luego segua
adelante, arrepentido de su provocacin, seguro de que eran mercaderes
de la Amrica del Sur, boticarios  empleados de Banco, indecisos entre
volver  sus casas al otro lado del Ocano  esperar en Barcelona el
triunfo siempre inmediato de su emperador.

Al fin, el capitn acab por rerse de las recomendaciones de Freya.

Mentiras suyas!... Invenciones para interesarme y que la lleve
conmigo. Ah, embustera!

Una maana, al pisar la cubierta de su vapor, Tni se acerc  l con
aire misterioso. Su rostro tena una, palidez de ceniza.

Cuando estuvieron en el saln de popa, el segundo habl en voz baja,
mirando en torno de l.

La noche anterior haba bajado  tierra para ir al teatro. Todos los
gustos literarios de Tni y sus emociones estticas se concentraban en
la zarzuela. Los hombres de talento no haban podido inventar nada
mejor. De ella iba sacando los canturreos con que animaba sus largas
permanencias en el puente. Adems, haba el coro femenil, brillantemente
vestido y con las piernas libres; las tiples abundantes en carnes y
ligeras de ropa; un desfile de mallones rosados y voluptuosas redondeces
que alegraba la imaginacin del navegante, sin hacer olvidar los deberes
de la fidelidad.

A la una de la madrugada, cuando volva al buque por los muelles
solitarios, haban intentado asesinarle. Crey ver gentes que se
ocultaban detrs de un montn de mercancas al or sus pasos. Luego
sonaron tres detonaciones, tres tiros de revlver. Una bala silb en uno
de sus odos.

--Y como yo no llevaba armas, corr. Afortunadamente, fu cerca del
buque, casi junto  la proa. Slo tuve que dar unos cuantos saltos para
meterme plancha adentro en el vapor... Y ya no dispararon ms.

Ferragut qued silencioso. Tambin l haba palidecido, pero de sorpresa
y de clera. Luego eran ciertos los anuncios de Freya!...

No quiso fingir incredulidad ni mostrarse temerario y despreciador del
peligro cuando Tni sigui hablando.

--Ojo, Ulises!... Yo he reflexionado mucho sobre este suceso. Los tiros
no eran para m. Qu enemigos tengo yo? Quin puede querer mal  un
pobre piloto que no ve  nadie?... Gurdate! T sabrs tal vez de dnde
viene eso: t tratas muchas gentes.

El capitn adivin que se acordaba de las aventuras de Npoles y de
aquella proposicin vergonzosa guardada como un secreto, relacionndolo
todo con la nocturna agresin. Pero ni su voz ni sus ojos justificaron
tales sospechas, y Ferragut prefiri no darse por enterado de lo que
pasaba.

--Sabe alguien lo ocurrido?

Tni levant los hombros. Nadie... Se haba metido en el vapor,
apaciguando al perro de  bordo, que ladraba furiosamente. El hombre de
guardia haba odo los tiros, imaginndose que eran de una pelea de
marineros. Adems,  l slo le interesaba lo que ocurriese  partir de
la plancha que una el muelle con el buque.

--No has dado parte  la autoridad?...

El segundo se indign al or esta pregunta, con la altivez de los
mediterrneos, que nunca se acuerdan de la autoridad en momentos de
peligro y slo confan su defensa  la destreza de su mano. Le tena
acaso por un delator?...

Pensaba hacer lo que hacen los hombres que son hombres. En adelante,
ira armado  todas horas mientras estuviese en Barcelona. Ay del que
tirase sobre l, si es que no le hera!... Y guiando un ojo, mostr 
su capitn lo que l llamaba la herramienta.

Al piloto le repugnaban las armas de fuego, juguetes locos y ruidosos,
de problemtico resultado. Amaba el golpe en silencio, el arma blanca,
prolongacin de la mano, con un cario ancestral que pareca evocar el
centelleo de las hachas de abordaje usadas por sus antepasados.

Con amorosa suavidad sac de su cintura un cuchillo ingls adquirido en
la poca en que era patrn de barca: una hoja brillante que reproduca
los rostros que la contemplaban, con punta aguda de estilete y filo de
navaja de afeitar.

Tal vez no tardase en hacer uso de su herramienta. Record  varios
individuos que en los das anteriores paseaban lentamente por el muelle
examinando el buque, espiando  los que entraban y salan. Si alcanzaba
 verlos de nuevo, se echara fuera del vapor para decirles dos
palabras.

--No hagas nada--orden Ferragut--. Yo me ocupar del asunto.

Todo el da estuvo preocupado por la noticia. Al pasear por Barcelona,
mir con ojos provocativos  cuantos transentes le parecieron alemanes.
Se uni  la acometividad de su carcter una indignacin de propietario
que se ve atropellado dentro de su casa. Los tres tiros eran para l, y
l era un espaol y los _boches_ se atrevan  atacarlo en su propia
tierra. Qu audacia!...

Varias veces se llev la diestra  la parte trasera de su pantaln,
tocando un bulto prolongado y metlico. Esperaba el anochecer para
realizar cierta idea que se le haba fijado entre las dos cejas como un
clavo doloroso. Mientras no la realizase no estara tranquilo.

La voz de los buenos consejos protest: No hagas locuras, Ferragut; no
busques al enemigo, no lo provoques. Defindete nada ms.

Pero su arrogancia temeraria, que le haba hecho embarcarse en buques
destinados al naufragio y le empujaba hacia el peligro por el gusto de
vencerlo, grit ms alto que la prudencia.

En mi patria!...--se dijo mentalmente--. Querer asesinarme cuando
estoy en mi tierra!... Yo les har ver que soy un espaol...

Conoca el _bar_ del puerto mencionado por Freya. Dos hombres de su
tripulacin le haban dado nuevos informes. Sus parroquianos eran
alemanes pobres, que beban en abundancia. Alguien pagaba por ellos, y
en das sealados hasta se permitan convidar  patrones de barcas de
pesca y vagabundos del puerto. Un gramfono sonaba continuamente,
lanzando cnticos chillones que los concurrentes coreaban  gritos.
Cuando se reciban noticias de la guerra favorables  los Imperios
germnicos, redoblaban las canciones y el copeo hasta media noche y la
caja de msica agria no descansaba un instante. En las paredes se vean
los retratos de Guillermo II y varios de sus generales. El dueo del
_bar_, un alemn gordo de piernas, cuadrado de cabeza, con pelos duros
de cepillo y mostachos colgantes, responda al apodo de _Hindenburg_.

Sonri el marino al pensar en la posibilidad de meter  _Hindenburg_
debajo de su mostrador... Quera ver este establecimiento, donde muchas
veces haba sonado su nombre.

Al anochecer, sus pasos le llevaron hacia el _bar_, con un impulso
irresistible que se burlaba de todos los consejos de la prudencia.

La puerta de cristales se resisti  su mano nerviosa, tal vez porque
manejaba el picaporte con demasiada fuerza, y el capitn acab por
abrirla dando una patada en su parte baja, que era de madera.

Casi volaron los vidrios al impulso de este golpe, brutal. Magnfica
entrada!... Vi mucho humo, perforado por las estrellas rojas de tres
lmparas elctricas que acababan de encenderse, y hombres que estaban de
espaldas  frente  l en torno de varias mesas. El gramfono gangueaba
como una vieja sin dientes. Detrs del mostrador apareca _Hindenburg_,
despechugado, con la camisa arremangada sobre sus brazos voluminosos
como piernas.

--Yo soy el capitn Ulises Ferragut.

La voz que dijo esto tuvo un poder semejante al de las palabras mgicas
de los cuentos orientales, que dejan en suspenso la vida de una ciudad
entera, quedando inmviles personas y objetos, en la actitud que les
sorprende el poderoso conjuro.

Se hizo un silencio de asombro. Los que empezaban  volver la cabeza
atrados por el estrpito de la puerta no continuaron su movimiento; los
que estaban enfrente permanecieron con los ojos fijos en el que entraba:
unos ojos agrandados por la sorpresa, como si no pudiesen creer lo que
vean. El gramfono call repentinamente. _Hindenburg_, que estaba
limpiando un vaso, qued con las manos inmviles, sin sacar la
servilleta de la cavidad de cristal.

Ferragut fu  sentarse junto  una mesa vaca, con la espalda apoyada
en la pared. Un criado, el nico del establecimiento, acudi para
enterarse de lo que deseaba, el seor. Era un andaluz pequeo y
vivaracho, que sus andanzas haban trado  Barcelona. Serva con
indiferencia  la clientela, sin que le interesasen sus palabras y sus
himnos. El no se meta en poltica. Habituado  los establecimientos
de gente alegre y batalladora, adivin al hombre que viene  armar
bronca, y quiso amansarlo con su actitud sonriente y obsequiosa.

El marino le habl en alta voz. Saba que en aquel cafetucho le
nombraban frecuentemente y eran muchos los que deseaban verle. Poda
darles el recado de que el capitn Ferragut estaba all,  su
disposicin.

--As se har--dijo el andaluz.

Y se fu al mostrador, trayndole al poco rato una botella y un vaso.

En vano se fij Ulises en los que ocupaban las mesas inmediatas. Unos
permanecan inmviles, presentndole el dorso; otros tenan los ojos
bajos y hablaban quedamente, con susurro de misterio.

Dos  tres de ellos cruzaron al fin sus miradas con la del capitn.
Tenan en las pupilas un brillo de clera naciente. Desvanecida la
primera sorpresa, parecan dispuestos  levantarse, cayendo sobre el
recin llegado. Pero alguien que estaba de espaldas pareca dominarlos
con sus rdenes murmurantes, y le obedecieron al fin, bajando sus ojos
para seguir en una actitud cohibida.

Ulises se cans pronto de este silencio. Empezaba  encontrar algo
ridcula su actitud de domador. No saba  quin dirigirse en un local
donde todos rehuan sus miradas y su contacto. En la mesa inmediata
haba un peridico con ilustraciones, y se apoder de l, volviendo sus
hojas. Estaba impreso en alemn, pero l fingi leerlo con gran inters.

Se haba sentado de lado, dejando libre la cadera en la que descansaba
el revlver. Su mano, fingiendo distraccin, se pase junto  la
abertura del bolsillo, pronta  armarse en caso de ataque. Al poco rato
estaba arrepentido de esta postura excesivamente confiada. Iban  caer
sobre l, aprovechndose de su lectura. Pero el orgullo le hizo
permanecer inmvil, para que no pudiesen adivinar su inquietud.

Luego ri de un modo insolente, como si leyese en la ilustracin
germnica algo que provocaba sus burlas. An le pareci poco esto, y
levant sus ojos para contemplar con agresiva curiosidad los retratos
que adornaban las paredes.

Entonces pudo darse cuenta de la gran transformacin que acababa de
realizarse en el _bar_. Casi todos los parroquianos haban desfilado
silenciosamente durante su lectura. Slo quedaban cuatro ebrios, de ojos
hmedos, que beban con fruicin, preocupndose nicamente del contenido
de sus vasos. _Hindenburg_, volviendo el fuerte dorso  su clientela,
lea en el mostrador un peridico de la noche. El andaluz, sentado en el
fondo, sonri mirando al capitn. Vaya un to!... Celebraba
interiormente que uno de la tierra hubiese puesto en fuga  los
bebedores gritones y brutales que tanto le molestaban otras tardes.

Consult Ulises su reloj: las siete y media. Ya haba espantado  toda
aquella gente que inspiraba terror  Freya. Qu le quedaba que hacer
all?... Pag y sali.

La noche haba cerrado. Bajo la luz de los faros elctricos pasaban
tranvas y automviles hacia el interior de la ciudad. Siguiendo las
arcadas de los antiguos edificios vecinos al puerto desfilaban grupos de
trabajadores de los establecimientos martimos. Barcelona, deslumbrante
de resplandor, atraa  la muchedumbre. La drsena, negra y solitaria,
se poblaba de tenues lucecillas en lo alto de los mstiles.

Qued indeciso Ferragut entre ir  comer  su casa  en un restorn de
la Rambla. Luego sospech que algunos de los fugitivos del cafetucho
podan estar cerca de l, dispuestos  seguirle. En vano esparci sus
miradas: no pudo reconocer  ninguno en los grupos que aguardaban el
tranva leyendo peridicos  conversando.

De pronto experiment el deseo de ver  Tni. El to _Caragl_ le
improvisara algo que comer mientras relataba  su segundo la aventura
del _bar_. Adems, le pareci un digno final de su hazaa ofrecer  los
enemigos, si es que le seguan, la ocasin favorable de atacarle en los
muelles desiertos. El demonio de la soberbia soplaba en sus orejas: As
vern que no les tienes miedo.

Y march resueltamente hacia el puerto, pasando sobre rieles de
ferrocarril, contorneando los muros de largos almacenes, metindose
entre montaas de mercancas. Primeramente encontr pequeos grupos que
iban hacia la ciudad; luego parejas; despus individuos sueltos; al
final nadie: una soledad absoluta.

Los reverberos trazaban en el suelo amplios redondeles de prpura. Ms
all se extendan las tinieblas, cortadas por siluetas de bano, que
unas veces eran barcos y otras callejones de fardos, colinas de carbn.
El agua negra reflejaba las serpientes rojas y verdes de las luces de
los buques. Un trasatlntico prolongaba las operaciones de carga al
resplandor de sus reflectores elctricos, destacndose sobre esta
lobreguez con la animacin de una fiesta veneciana.

De tarde en tarde un hombre de lento paso entraba en el crculo de un
reverbero, brillando el can de su fusil. Otros estaban como en acecho
entre los montones de la descarga. Eran carabineros y guardianes del
puerto.

Sinti repentinamente el capitn un aviso de su instinto. Le seguan...
Se detuvo en la sombra, pegado  un montn de fardos, y vi  unos
hombres que avanzaban en su misma direccin, pasando rpidamente por el
borde de la mancha roja de un foco elctrico para no quedar bajo su
lluvia de luz.

Le fu imposible reconocerlos, y  pesar de ello, tuvo la certeza de que
eran los enemigos vistos en el _bar_.

Su buque estaba lejos, junto al muelle ms desierto  aquellas horas.
Has hecho una tontera, se dijo mentalmente.

Empez  arrepentirse de su audacia; pero ya era tarde para volver
atrs. La ciudad se hallaba ms lejos que el vapor, y sus enemigos
caeran sobre l tan pronto como le viesen retroceder. Cuntos eran?...
Esto le preocupaba nicamente.

Adelante!... adelante!, grit su orgullo.

Haba sacado el revlver: lo llevaba en su diestra, con el can por
delante. En la soledad no haba por qu guardar los miramientos y
prudencias de la vida civilizada. La noche le envolva con todas las
asechanzas de una selva virgen, mientras brillaba ante sus ojos una
gran ciudad coronada de diamantes elctricos, esparciendo en la negrura
del espacio un halo de incendio.

Tres veces pas junto  los carabineros solitarios, pero no quiso
hablarles. Adelante! Slo las mujeres deben pedir apoyo... Adems,
tal vez sufra una alucinacin; en realidad, no poda afirmar que le
persiguiesen.

A los pocos pasos se desvaneci esta duda: s que le perseguan. Sus
sentidos, aguzados por el peligro, tuvieron la misma percepcin del
jabal que presiente la jaura intentando cerrarle el paso. A su derecha
tena el agua;  su izquierda trotaban hombres por detrs de los
montones de la descarga queriendo salir  su encuentro; detrs avanzaban
otros para impedir su retirada.

Poda correr, adelantndose  los que intentaban envolverle; pero un
hombre debe correr teniendo un revlver en la mano?... Los que venan
detrs se lanzaran en su persecucin. Una cacera humana iba 
desarrollarse en la noche, y l, Ferragut, sera el gamo acosado por la
canalla del _bar_. Ah, no!... El capitn se acord de Von Kramer
galopando mseramente en pleno da por los muelles de Marsella... Si lo
haban de matar, que no fuese huyendo.

Continu su avance con paso rpido. Adivinaba el plan de sus enemigos.
No queran mostrarse en esta zona del puerto obstruda por montones de
fardos, temiendo que se ocultase. Le esperaban cerca de su buque, en un
espacio descubierto por el que forzosamente deba pasar.

Adelante--volvi  repetirse--. Si he de morir, que sea  la vista del
_Mare nostrum_!

El vapor estaba cerca. Reconoci su negra silueta pegada al muelle. En
este momento el perro de  bordo empez  ladrar furiosamente,
anunciando la presencia del capitn y al mismo tiempo el peligro.

Abandon el abrigo de una colina de carbn, avanzando por un terreno
descubierto. Concentraba toda su voluntad en el deseo de llegar  su
barco cuanto antes.

Brill una corta llama, seguida de una detonacin. Ya disparaban contra
l. Otras lucecitas surgieron de diversos lados del muelle, seguidas de
estampidos. Fu un tiroteo de combate;  sus espaldas tiraron
igualmente. Sinti varios silbidos junto  sus orejas y recibi un golpe
en un hombro, una sensacin igual  la de una pedrada caliente.

Iban  matarle: sus enemigos eran demasiado numerosos. Y sin saber por
qu lo haca, cediendo al instinto, se arroj al suelo lo mismo que un
moribundo.

Todava retumbaron unos cuantos disparos. Luego se hizo el silencio.
nicamente en el vapor inmediato segua ladrando el perro.

Vi una sombra que avanzaba lentamente hacia l. Era un hombre, uno de
sus enemigos, destacado del grupo para examinarle de cerca. Dej que se
aproximase, apretando con su diestra el revlver, todava intacto.

De pronto levant el brazo, rozando la cabeza que se inclinaba sobre l.
Dos relmpagos salieron de su mano, separados por un breve intervalo. La
primera llamarada fugaz le hizo ver un rostro conocido... Era
verdaderamente Karl, el dependiente de la doctora?... La segunda
explosin ayud  su memoria. S que era Karl, con las facciones
desencajadas y un agujero negro en la sien... Se irgui con un
estiramiento agnico; luego se derrumb de espaldas, abriendo los
brazos.

Esta visin fu instantnea. El capitn slo poda pensar en l, y se
levant de un salto. Despus corri y corri, encorvndose para ofrecer
 sus enemigos el menor blanco posible.

Presenta una descarga general, una granizada de balas. Pero los
perseguidores dudaron unos segundos, desorientados por la obscuridad, no
sabiendo si era el capitn el que haba cado por segunda vez.

Slo al ver  un hombre que corra hacia el buque conocieron su error y
reanudaron los disparos. Ferragut pas entre las balas, por el borde del
muelle,  lo largo del _Mare nostrum_. Su salvacin era obra de
segundos, siempre que los tripulantes no hubiesen retirado la pasarela
entre el vapor y la orilla.

Tropez de pronto con el puente, viendo al mismo tiempo un hombre que
avanzaba sobre l con algo reluciente en una mano. Era el segundo, que
acababa de salir con el cuchillo por delante.

El capitn temi una equivocacin.

--Tni! soy yo!--dijo con voz sofocada por la violencia de la carrera.

Al pisar la cubierta del buque recobr instantneamente su tranquilidad.

Ya no hubo ms disparos. El silencio era lgubre. A lo lejos lo cortaron
silbidos de pitos, voces de alarma, ruido de carreras. Los carabineros y
guardianes se llamaban y agrupaban para dar una batida en la obscuridad,
marchando hacia el lugar donde haba sonado el tiroteo.

--Que quiten la plancha!--orden Ferragut.

El piloto di ayuda  tres marineros que acababan de acudir, retirando
apresuradamente la pasarela. Luego amenaz al perro para que cesase de
aullar.

Ferragut, asomado  la borda, exploraba la lobreguez del muelle. Le
pareci ver  unos hombres llevndose  otro en brazos. Un resto de su
clera le hizo levantar la diestra, armada todava, apuntando al grupo.
Luego volvi  bajarla... Pens en los que se acercaban para averiguar
lo ocurrido. Era mejor que encontrasen el buque silencioso.

Entr en el saln de popa jadeando todava, y tom asiento.

Al quedar bajo el ruedo de luz plida que derramaba sobre la mesa una
lmpara colgante, Tni se fij en su hombro izquierdo.

--Sangre!...

--No es nada... Un simple rasguo. La prueba es que puedo mover el
brazo.

Y lo movi, aunque con cierta dificultad, sintiendo la pesadez de una
hinchazn creciente.

--Luego te contar cmo ha sido esto... Creo que no les quedarn ganas
de repetir.

Qued pensativo un instante.

--De todos modos, conviene que nos vayamos pronto de este puerto... Ve 
ver  nuestra gente. Que ninguno hable!... Llama  _Caragl_.

Antes de que saliese Tni, surgi de la obscuridad la cara esplendorosa
del cocinero. Vena al saln sin que nadie le llamase, ansioso por saber
lo ocurrido, temiendo encontrar moribundo  Ferragut.

Viendo la sangre, su desesperacin se expres con una vehemencia
maternal.

Cristo del Grao!... Mi capitn va  morir!... Quiso correr  la
cocina en busca de algodones y vendas. El era algo curandero, y guardaba
lo necesario para el caso.

Ulises le detuvo. Aceptaba sus servicios, pero quera algo ms.

--Deseo comer, to _Caragl_--dijo alegremente--. Me contentar con lo
que haya... El susto me ha dado hambre.




XI

"ADIS. VOY A MORIR"


Cuando Ferragut sali de Barcelona ya tena casi cicatrizada la herida
del hombro. Las negativas rotundas de l y su piloto  los
interrogatorios de los carabineros le libraron de nuevas molestias. No
saban nada; no haban visto nada. El capitn acogi con fingida
indiferencia la noticia de haber sido encontrado en la misma noche el
cadver de un hombre, al parecer alemn, pero sin papeles, sin nada que
permitiese su identificacin, en un muelle algo lejano del lugar que
ocupaba el _Mare nostrum_. Las autoridades no consideraron necesario
averiguar ms, clasificando el hecho como una simple pelea entre
refugiados.

El servicio de aprovisionamiento de las tropas de Oriente hizo navegar 
Ferragut en los meses sucesivos formando parte de un convoy. Un despacho
cifrado le llamaba unas veces  Marsella, otras  un puerto atlntico:
Saint-Nazaire, Quibern  Brest.

Iban llegando con pocos das de separacin vapores de diversas clases y
nacionalidades. Los haba que delataban su origen aristocrtico en las
lneas finas de la proa, la esbeltez de las chimeneas y el color todava
blanco de los pisos superiores. Eran iguales  los corceles de gran
precio que la guerra haba transformado en simples caballos de batalla.
Antiguos buques-correos, veloces carreristas de las olas, se vean
descendidos  la vil servidumbre de barcos de transporte. Otros, negros
y sucios, con pegotes de apresurada reparacin y una chimenea tsica
sobre su casco enorme, avanzaban tosiendo humo, escupiendo ceniza,
jadeando con ruidos de hierro viejo. Las banderas de los aliados y las
de las marinas neutrales ondeaban en las diversas popas.

Se iba reuniendo el convoy en la amplia baha. Eran quince  veinte
vapores,  veces treinta, que haban de navegar juntos, ajustando sus
diversas velocidades  una marcha comn. Los barcos de carga, carracas 
vapor que slo hacan unas millas por hora, sin llegar  la decena,
obligaban al resto del convoy  una desesperante lentitud.

El _Mare nostrum_ tena que marchar  media mquina, haciendo sufrir
grandes impaciencias  su capitn en estas peregrinaciones montonas y
peligrosas  travs de semanas y semanas.

Antes de partir, Ferragut reciba un pliego cerrado y sellado, lo mismo
que los otros capitanes. Era del jefe del convoy, comandante de un
contratorpedero  simple oficial de la reserva martima, encargado de un
buquecito de pesca con caones de tiro rpido.

Los vapores empezaban  echar humo y  levar anclas, sin saber adnde
iban. El pliego slo era abierto en el momento de partir. Ulises haca
saltar los sellos y examinaba el papel, entendiendo con facilidad su
lenguaje convencional, escrito con arreglo  una cifra comn. Lo primero
que buscaba era el puerto de destino; luego, el orden de formacin.
Marchaban en fila nica  en doble fila, segn la cantidad de buques. El
_Mare nostrum_, representado por un nmero, navegaba entre otros dos
nmeros, que eran los de los vapores inmediatos. La distancia entre
ellos deba mantenerse en quinientos metros: lo necesario para no
abordarse en un momento de descuido y no prolongar la lnea de modo que
sus vigilantes la perdiesen de vista.

Al final se repetan las instrucciones de todos los viajes, con un
laconismo que hubiese hecho palidecer  otros hombres no acostumbrados 
mirar de frente  la muerte. En caso de ataque submarino, los
transportes que llevaban caones podan salirse de la fila y ayudar 
la patrulla de buques armados, dando cara al enemigo. Los otros deban
continuar su rumbo tranquilamente, sin preocuparse de la agresin. Si el
buque de delante  el que segua  popa era torpedeado, no haba que
detenerse para darle auxilio. Los torpederos y chaluteros se
encargaran de salvar  los nufragos, si resultaba posible. El deber
del transporte era ir siempre adelante, ciego y sordo, sin salirse de la
formacin, sin detenerse, hasta conducir al puerto terminal la fortuna
que llevaba en sus entraas.

Esta marcha en convoy, impuesta por la guerra submarina, representaba un
salto atrs en la vida de los mares. Ferragut record las flotas  vela
de otros siglos, escoltadas por navos de lnea, siguiendo su rumbo 
travs de incesantes batallas; los remotos viajes de los galeones de las
Indias, saliendo de Sevilla para llegar en rebao  las costas del Nuevo
Mundo.

La doble fila de cascos negros con penachos de humo avanzaba mansamente
en las jornadas de bonanza. Cuando el da era gris, el mar espumeante,
el cielo bajo y la atmsfera brumosa, se esparcan y encabritaban como
un tropel de corderos obscuros y asustados. Los guardianes del convoy,
tres barcos pequeos que marchaban  toda mquina, eran los mastines
vigilantes de este ganado marino, precedindole para explorar el
horizonte, quedndose detrs de l  marchando  sus costados para
mantener intacta la formacin. Su ligereza y su velocidad les haca dar
saltos prodigiosos sobre las olas. Una cinta de humo se enroscaba 
continuacin de sus dobles chimeneas. Su proa, cuando no estaba oculta,
expela cascadas de espuma, levantndose hasta mostrar el principio de
la quilla.

De noche navegaban todos con pocas luces: un simple farol  proa para
aviso del que marcha delante y otro  popa para indicar la ruta al
siguiente. Estas luces macilentas apenas se vean. De pronto, el timonel
tena que torcer el rumbo y pedir mquina atrs, viendo que se agrandaba
en la obscuridad la silueta del buque anterior. Unos cuantos minutos de
descuido, y entraba por su popa con un espolonazo mortal. Al amenguar
la marcha, el capitn miraba inquieto  sus espaldas, temiendo chocar 
su vez con el que le segua en la fila.

Todos pensaban en los submarinos invisibles. De tarde en tarde sonaban
caonazos. La escolta del convoy tiraba y tiraba, yendo de un lado 
otro con giles evoluciones. El enemigo haba hudo, como los lobos ante
el aullar de los perros vigilantes. En otras ocasiones era una falsa
alarma, y los caones heran con sus latigazos de acero el agua
desierta.

Haba un enemigo ms molesto que la tormenta que desordena  los
convoyes, ms temible que los torpedos. Era la niebla espesa y blanca
como la albmina, que caa sobre los buques, hacindolos navegar 
ciegas en pleno da, poblando el espacio de intiles rugidos de sirena,
no dejando ver el agua que los sustentaba ni los otros barcos cercanos,
que podan salir de un momento  otro de la borrosa atmsfera,
anunciando su aparicin con un choque y un crujido enorme, mortal. As
haban de marchar los marinos das enteros; y cuando al fin se libraban
de este sudario, respirando con la satisfaccin del que despierta de una
pesadilla, otra muralla cenicienta y nebulosa avanzaba sobre las aguas,
envolvindolos de nuevo en su noche. Los hombres ms valerosos y serenos
juraban al ver la barra interminable de la bruma cerrando el horizonte.

Tales viajes no eran del gusto de Ferragut. Le irritaba la marcha en
fila, como un soldado, teniendo que amoldarse  las velocidades de
buques despreciables. An le encolerizaba ms verse obligado  obedecer
al comandante del convoy, que muchas veces era un viejo marino de
carcter autoritario.

A causa de esto, en una de las arribadas  Marsella manifest  las
autoridades martimas su firme voluntad de no navegar ms de tal modo.
Tena bastante con cuatro expediciones. Resultaban buenas para los
capitanes miedosos, incapaces de salir de los puertos si no llevaban 
la vista una escolta de torpederos, y cuyas tripulaciones, al menor
incidente, pretendan echar los botes al agua, refugindose en la costa.
El se crea ms seguro yendo solo, confiado  su pericia, sin otro
auxilio que su profundo conocimiento de las rutas del Mediterrneo.

La peticin fu atendida. Era dueo de buque, y temieron perder su
cooperacin cuando escaseaban tanto los medios de transporte. Adems, el
_Mare nostrum_, por su velocidad, mereca ser empleado aparte, en
servicios extraordinarios y rpidos.

Qued en Marsella unas semanas esperando un cargamento de obuses, y
calleje como siempre por la capital mediterrnea. Las tardes las pasaba
en la terraza de un caf de la Cannebire. El recuerdo de Von Kramer
surgi algunas veces en su memoria. Lo habran fusilado?... Quiso
saber, pero sus averiguaciones no obtuvieron gran xito. Los Consejos de
guerra eludan la publicidad de sus actos de justicia. Un negociante
marsells amigo de Ferragut se acordaba de que, algunos meses antes,
haba sido ejecutado un espa alemn sorprendido en el puerto. Tres
lneas en los peridicos nada ms dando cuenta de su muerte. Se deca
que era un oficial... Y el marsells pas  hablar de las noticias de la
guerra, mientras Ulises pensaba que el ejecutado no poda ser otro que
Von Kramer.

En la misma tarde tuvo un encuentro. Al marchar por la calle de
Saint-Ferreol, mirando los escaparates de las tiendas, los gritos de
varios conductores de coches y automviles que no acertaban  hacer
pasar sus vehculos en la angosta y repleta va llamaron su atencin.
Vi en un carruaje  una dama rubia, de espaldas  l, acompaada por
dos oficiales de la marina inglesa. Inmediatamente pens en Freya... Su
sombrero, su traje, todo lo que pudo distinguir de su persona, no le
recordaban en nada  la otra. Y sin embargo, cuando se alej el coche,
sin que l llegase  ver el rostro de esta desconocida, la imagen de la
aventurera persisti en su memoria.

Al fin acab por irritarse contra l mismo,  causa de la semejanza
absurda que haba descubierto sin motivo alguno. Cmo poda ser Freya
esta inglesa que iba con dos oficiales?... Cmo la alemana refugiada en
Barcelona poda deslizarse en Francia, donde indudablemente era conocida
de la polica militar?... An le irrit ms la sospecha de que este
parecido fuese un resto del antiguo amor, que le haca ver  Freya en
toda mujer rubia.

A las nueve de la maana del da siguiente, cuando el capitn se vesta
en su camarote para bajar  tierra, Tni abri la puerta.

Su gesto era fosco y tmido al mismo tiempo, como si fuese  dar una
mala noticia.

--Esa est ah--dijo lacnicamente.

Ferragut le mir con expresin interrogante... Quin era esa?...

--Quin ha de ser?... La de Npoles! La rubia del demonio que nos
trae desgracia!... A ver si esa bruja nos deja inmviles unas cuantas
semanas, lo mismo que la otra vez.

Se excus, como si acabase de cometer una falta en el servicio. El buque
estaba unido al muelle por una pasarela y todos podan entrar en l. El
piloto era enemigo de estos amarres, que dejaban libre el paso  los
curiosos y los importunos. Cuando se haba dado cuenta de la visita, la
seora estaba ya en la cubierta, cerca de las cmaras. Recordaba bien el
camino del saln: quera seguir adelante; pero l haba hecho que
_Caragl_ la detuviese mientras vena  avisar al capitn.

--Cristo!--murmur ste--. Cristo!...

Y su asombro, su sorpresa, no le permitieron lanzar otra exclamacin.

Luego se encoleriz.

--Echala!... Que la agarren dos hombres y la pongan en el muelle,
aunque sea  viva fuerza.

Pero Tni vacilaba, no atrevindose  cumplir tales rdenes, y el
impetuoso Ferragut se lanz fuera del camarote para realizar por s
mismo lo que haba mandado.

Cuando pas al saln, alguien entr al mismo tiempo por el lado de la
cubierta. Era _Caragl_, que intentaba cerrar el paso  una mujer; pero
sta, burlando sus ojos cegatos, iba deslizndose poco  poco entre su
cuerpo y el tabique de madera.

Al ver al capitn, Freya corri hacia l tendiendo sus brazos.

--T!--dijo con voz gozosa--. Bien saba que estabas aqu,  pesar de
que estos hombres aseguraban lo contrario... Me lo deca el corazn...
Buenos das, Ulises!

_Caragl_ volvi los ojos hacia el sitio donde adivinaba la presencia
del segundo, como si implorase su perdn. Con las hembras no se poda
cumplir ninguna orden... Tni, por su parte, pareca avergonzado ante
esta mujer que le miraba hostilmente.

Los dos desaparecieron. Ferragut no pudo darse cuenta de cmo fu la
fuga, pero se alegr de ella. Tema que la recin llegada aludiese en su
presencia  las cosas del pasado.

Qued largo rato contemplndola. Haba credo reconocerla de espaldas el
da anterior, y ahora estaba seguro de que hubiera seguido adelante con
indiferencia al verla de frente. En realidad, era la misma que
acompaaban los dos oficiales ingleses?... Pareca mucho ms alta que la
otra, con una delgadez que haca clarear su cutis, dndole una
transparencia enfermiza. La nariz era ms prominente y afilada; los ojos
brillaban hundidos en los crculos negruzcos de sus cuencas.

Estos ojos empezaron  mirar al capitn humildes y suplicantes.

--T!--exclam Ulises con extraeza--. T!... Qu vienes  hacer
aqu?...

Freya habl con una timidez de sierva. S, era ella, que le haba
reconocido el da anterior mucho antes de que l la mirase, formando
inmediatamente el propsito de venir en busca suya. Poda pegarle, como
la ltima vez que se vieron; estaba dispuesta  sufrirlo todo... pero
con l!

--Slvame, Ulises; llvame contigo... Te lo pido ms angustiosamente que
en Barcelona.

--Cmo ests aqu?...

Ella comprendi la extraeza del capitn al encontrarla en pas enemigo;
la inquietud que senta por l mismo al ver  una espa en su buque.

Mir en torno para convencerse de que estaban solos, y habl en voz
baja. La doctora le haba enviado  Francia para que trabajase en los
puertos. A l solo poda revelar el secreto.

Ulises se indign ante esta confidencia.

--Mrchate!--dijo con voz colrica--. Nada quiero saber de ti... Lo
tuyo no me interesa, no deseo conocerlo... Fuera de aqu! Por qu me
buscas?

Pero ella no pareca dispuesta  cumplir sus rdenes. En vez de
marcharse, se dej caer con desaliento en uno de los divanes de la
cmara.

--He venido--dijo--para rogarte que me salves. Te lo suplico por ltima
vez... Voy  morir; adivino que mi fin est prximo si t no me tiendes
una mano; presiento la venganza de los mos... Gurdame, Ulises! No me
dejes volver  tierra: tengo miedo... Tan segura que me sentira aqu,
 tu lado!...

El miedo, efectivamente, se reflej en sus ojos al recordar los ltimos
meses de su vida en Barcelona.

--La doctora es mi enemiga... Ella, que me protegi tanto en otro
tiempo, me abandona como algo viejo que es necesario suprimir. Tengo la
certidumbre de que me han condenado en lo alto...

Se estremeca al recordar la clera de la doctora cuando,  la vuelta de
uno de sus viajes, se enter de la muerte de su fiel Karl. El capitn
Ferragut era para ella una especie de demonio invulnerable y victorioso,
que escapaba  todos los peligros, matando  los servidores de la buena
causa. Primeramente, Von Kramer; ahora, Karl... Como le era necesario
desahogar en alguien su clera, haba hecho responsable  Freya de todas
las desgracias. Por ella conoca al capitn y lo haba mezclado en los
asuntos del servicio.

El ansia de venganza hizo sonrer  la imponente dama con una expresin
feroz. El marino espaol estaba sealado en alto lugar. Ordenes precisas
haban sido dadas contra l. En cuanto  sus cmplices!... Freya
figuraba indudablemente entre estos cmplices, por haberse atrevido 
defender  Ferragut recordando la muerte trgica de su hijo, por no
haber hecho coro con los que deseaban su exterminio.

Semanas despus, la iracunda doctora se haba mostrado amable y
sonriente, lo mismo que en otro tiempo. Querida ma: conviene que d
usted un paseo por Francia. Hace falta un agente que nos entere del
movimiento de los puertos, de la salida y entrada de los buques, para
que nuestros sumergibles sepan dnde esperar. Los oficiales de marina
son galantes, y una mujer hermosa puede ganarse su afecto.

Ella haba pretendido desobedecer. Ir  Francia, donde eran conocidos
sus trabajos de antes de la guerra!... Volver al peligro cuando ya se
haba acostumbrado  la vida segura en los pases neutrales!... Pero sus
intentos de resistencia no llegaban  realizarse. Careca de voluntad:
el servicio la haba convertido en un autmata.

--Y aqu estoy; sospechando que tal vez marcho  la muerte, pero
cumpliendo los encargos que recibo; esforzndome por ser grata y
retardar de este modo el cumplimiento de su venganza... Soy como un
condenado que sabe que va  morir y procura hacerse necesario, para
demorar unos meses su sentencia.

--Cmo has entrado en Francia?--pregunt l, sin hacer caso de su
acento doloroso.

Freya levant los hombros. En su oficio se cambiaba fcilmente de
nacionalidad. Ahora era ciudadana de una repblica de Amrica. La
doctora le haba proporcionado los papeles necesarios para pasar la
frontera.

--Pero aqu--continu--me tienen ms segura que en una crcel. Me han
dado los medios para entrar, y slo ellos me pueden hacer salir. Estoy
por completo en su poder. Qu harn de m?...

El terror le haba sugerido en ciertos momentos desesperadas
resoluciones. Quera denunciarse  s misma, comparecer ante las
autoridades francesas relatando su historia, haciendo saber los secretos
de que era poseedora. Pero su pasado le infunda miedo: eran muchas las
maldades que llevaba realizadas contra este pas. Tal vez la perdonasen
la vida teniendo en cuenta la espontaneidad de su acto; pero el
presidio, la reclusin con el pelo cortado, vestida de ruda estamea,
condenada al silencio, sufriendo tal vez hambre y fro, le inspiraban
una repulsin invencible... No: antes la muerte.

Y continuaba su vida de espionaje, cerrando los ojos ante el porvenir,
viviendo el momento presente, evitando el pensar, considerndose feliz
cuando vea por delante unos cuantos das de seguridad.

El encuentro con Ferragut en una calle de Marsella la haba reanimado,
dndole nuevas esperanzas.

--Scame de aqu; gurdame contigo. En tu buque puedo vivir olvidada
del mundo, como si hubiese muerto... Y si mi presencia te disgusta,
llvame lejos de Francia, djame en un pas lejano.

Deseaba salir de este aislamiento en tierra enemiga teniendo que
obedecer  sus superiores, como una fiera enjaulada que recibe pinchazos
 travs de los hierros. La haca temblar el presentimiento de su
prxima muerte.

--Yo no quiero morir, Ulises!... No soy an vieja para morir. Yo adoro
mi cuerpo, soy el primero de mis enamorados, y me aterro al pensar que
puedo ser fusilada.

Pas por sus ojos un reflejo fosfrico; sus dientes chocaron con el
castaeteo del terror.

--No quiero morir!--repiti--. Hay momentos en que adivino que me
siguen y me cercan... Tal vez me han conocido y esperan el momento de
sorprenderme en pleno trabajo... Aydame: hazme salir de aqu; mi muerte
es segura. He hecho tanto dao!...

Call un momento, como si calculase todos los delitos de su vida
anterior.

--La doctora--sigui diciendo--cuenta con el entusiasmo patritico, que
le enardece para continuar sus trabajos. Yo carezco de su fe: no soy
alemana y me repugna ser espa... Siento vergenza al considerar mi vida
actual; pienso todas las noches en el resultado de mis abominables
trabajos; calculo el empleo que pueden dar  mis avisos y mis informes;
veo los buques torpedeados... Cuntos seres habrn muerto por mi culpa?
Tengo visiones: mi conciencia me atormenta. Slvame!... No puedo ms.
Siento un miedo horrible. Tengo tanto que expiar!...

Se haba levantado poco  poco del divn, y al pedir proteccin 
Ferragut iba hacia l con los brazos extendidos, humilde y al mismo
tiempo acariciadora, por una voluntad de seduccin que predominaba sobre
todos sus actos.

--Djame!--grit el marino--. No te acerques... no me toques!

Sinti la misma clera que le haba hecho ser brutal fin su entrevista
de Barcelona. Le irrit la tenacidad de esta aventurera, que, luego de
ejercer una influencia trgica en su vida, deseaba comprometerle de
nuevo.

Pero un sentimiento de fra compasin le hizo contenerse y hablar con
cierta bondad.

Si necesitaba dinero para huir, l se lo dara sin regateo alguno. Poda
fijar la cifra; el capitn estaba dispuesto  satisfacer todos sus
deseos; pero nada de vivir juntos. Le dara una suma importante para
asegurar su porvenir y no verla ms.

Freya hizo un ademn de protesta, al mismo tiempo que el marino se
arrepenta de su generosidad... Por qu favorecer  una mujer que le
recordaba la muerte de su hijo?... Qu haba de comn entre los dos?...
Los viles amores de Npoles harto los haba pagado con su desgracia...
Que cada uno siguiese su destino; pertenecan  mundos distintos... Iba
 tener que defenderse toda su vida de esta hembra pegajosa?

Aparte de esto, no estaba seguro de que ahora dijese verdad... Todo en
ella era falso. Ni siquiera conoca con certeza su verdadero nombre y su
existencia pasada...

--Mrchate!--rugi con tono amenazador--. Djame en paz!

Tendi sus poderosas manazas hacia ella viendo que se resista 
obedecer. Iba  levantarla del suelo con rudo tirn,  llevarla como un
fardo leve fuera de la cmara, fuera del barco, arrojndola lejos lo
mismo que si fuese un remordimiento.

Pero le inspir una repugnancia invencible este cuerpo abundante en
seducciones: tuvo miedo  su contacto; quiso huir de las sorpresas
elctricas de su carne... Adems, l no iba  maltratarla  cada
encuentro, como un bellaco profesional de los que mezclan el amor y los
golpes. Recordaba con tristeza sus violencias de Barcelona.

Y como Freya, en vez de marcharse, se dejaba caer de nuevo en el divn
con un desaliento que pareca desafiar su clera, fu l quien huy para
dar fin  la entrevista.

Se introdujo en su camarote, cerrando la puerta de golpe. Esta fuga la
sac  ella de su inercia. Quiso seguirle con un salto de pantera joven,
pero sus manos chocaron contra el obstculo que acababa de
inmovilizarse, mientras seguan sonando en su interior llaves y
cerrojos.

Golpe desesperadamente la puerta. Sus puos se lastimaron en
infructuosos empujones.

--Ulises, abre!... Oyeme!

En vano grit como si diese una orden, exasperndose al no verla
obedecida. Su clera se revolvi impotente contra la solidez
inconmovible de la madera. De pronto empez  llorar. Se haba ablandado
su voluntad al sentirse dbil  indefensa como una criatura abandonada.
Toda su vida pareci concentrarla en sus lgrimas y su voz suplicante.

Pase los dedos por la puerta, palpando las molduras, deslizndolos por
las superficies barnizadas, como si buscase  tientas una rendija, un
agujero, algo que le permitiese llegar hasta el hombre que estaba al
otro lado.

Instintivamente dobl sus rodillas, pegando la boca al orificio de la
cerradura.

--Dueo mo!--murmur con una voz de pordiosera--. Abre!... No me
abandones. Piensa que voy hacia la muerte si t no me salvas.

Ferragut la oy, y para huir de su gemido fu alejndose hasta el fondo
del camarote. Luego abri el ventano redondo que daba sobre la cubierta,
ordenando  un marinero que buscase al segundo.

--_Don Antni! don Antni!_--gritaron varias voces  lo largo del
buque.

Lleg Tni, pegando su cara al redondel para recibir las quejas furiosas
de su capitn. Por qu le haban dejado solo con aquella mujer?...
Deban sacarla del buque inmediatamente, aunque fuese  viva fuerza...
El lo mandaba.

El piloto se alej con aire azorado, rascndose la barba lo mismo que si
acabase de recibir una orden de difcil ejecucin.

--Slvame, amor mo!--segua gimiendo el susurro implorante--. Olvida
quin soy... Piensa nicamente en la de Npoles... en la que conociste
en Pompeya... Acurdate de nuestra felicidad  solas, de las veces que
me juraste no abandonarme nunca... T eres un caballero!

Call un momento la voz. Ferragut oy pasos al otro lado de la puerta.
Tni cumpla sus rdenes.

Pero la splica volvi  reanudarse  los pocos instantes,
reconcentrada, tenaz, atenta nicamente  su deseo, despreciando los
nuevos obstculos que venan  interponerse entre ella y el capitn.

--Tanto me odias?... Acurdate de la felicidad que te di: t mismo me
juraste que nunca habas sido tan dichoso. Puedo resucitar otra vez el
pasado. T no sabes de lo que soy capaz por hacerte dulce la
existencia... Y quieres perderme!...

Son un choque en la puerta, un roce de cuerpos que se empujaban, una
frotacin de lucha contra la madera.

Tni haba entrado, seguido de _Caragl_.

--Ya hay bastante, seora--dijo con voz torva, para disimular su
emocin--. No se da cuenta de que el capitn no quiere verla?... no
comprende que est estorbando?... Vamos... arriba!

Intent ayudarla  incorporarse, separando su boca de la cerradura; pero
Freya repeli con facilidad al vigoroso marino. Pareca falto de
fuerzas, sin valor para repetir su ruda accin. Le inspiraba miedo la
hermosura de esta mujer; estaba estremecido an por el contacto de las
firmes redondeces que acababa de rozar durante la corta lucha. Su virtud
soolienta haba sufrido el tormento de una resurreccin sin objeto.
Ah, no!... Que se encargasen otros de expulsarla.

--Ulises, me echan!--grit ella pegando otra vez su boca  la
cerradura--. Y t, amor mo, lo permites?... t que tanto me
amabas?...

Despus de este llamamiento desesperado permaneci silenciosa unos
instantes. La puerta se mantuvo inmvil: detrs de ella no pareca
existir ningn ser viviente.

--Adis!--continu en voz baja, con la garganta hinchada de sollozos--.
Ya no me vers... Voy  morir pronto: me lo dice el corazn... Morir
por ti!... Tal vez llores algn da pensando que pudiste salvarme.

Alguien haba intervenido para arrancar  Freya de su rebelde
inmovilidad. Era _Caragl_, solicitado por los ojos implorantes del
piloto.

Sus manazas la ayudaron  levantarse, sin que ella repitiese la protesta
que haba repetido  Tni. Vencida y derramando lgrimas, pareci
someterse  la ayuda paternal y los consejos del cocinero.

--Arriba, buena seora!--dijo _Caragl_--. Un poco de nimo y no
llore... Para todo hay consuelo en este mundo.

Encerr en su abultada diestra las dos manos de ella, y pasando el otro
brazo por su talle, la fu dirigiendo poco  poco hacia la salida del
saln.

--Crea en Dios--aadi--. Por qu busca al capitn, que tiene all en
su tierra  su mujer propia?... Otros hombres existen que estn libres,
y puede usted entenderse con ellos sin caer en pecado mortal.

Freya no le escuchaba. Cerca de la puerta volvi todava la cabeza,
iniciando un retroceso hacia el camarote del capitn.

--Ulises!... Ulises!--grit.

--Crea en Dios, seora--dijo otra vez _Caragl_, mientras la empujaba
con su vientre flcido y su pecho velludo.

Un propsito caritativo llen su pensamiento. Tena el remedio para el
dolor de esta mujer hermosa, que la desesperacin haba hecho ms
interesante.

--Venga usted, seora... Hgame caso, hija ma.

Al llegar  la cubierta, la fu guiando hacia sus dominios. Freya se
sent en la cocina, sin saber con certeza dnde estaba. Vi  travs de
sus lgrimas  este viejo obeso, de una bondad sacerdotal, yendo de un
lado  otro para reunir botellas y mezclar lquidos, agitando una
cuchara en un vaso con alegre retintn.

--Beba sin miedo... No hay disgusto que resista  esta medicina.

El cocinero le ofreci un vaso; y ella, anonadada, bebi y bebi,
contrayendo su rostro por la intensidad alcohlica del lquido. Segua
llorando, al mismo tiempo que su boca paladeaba una espesa dulzura. Sus
lgrimas fueron cayendo en el brebaje que se deslizaba entre sus labios.

Un plcido calor emergi de su estmago, secando la humedad de los ojos,
dando nuevos colores  sus mejillas. _Caragl_ continuaba la charla,
satisfecho del xito de su obra, haciendo seas de alejamiento al
sombro Tni, que pasaba y repasaba ante la puerta con el deseo
vehemente de ver marcharse  la intrusa.

--No llore ms, hija ma... Cristo del Grao! llorar una seora tan
guapa, que puede encontrar los novios  docenas!... Crame: busque 
otro; el mundo est lleno de hombres sin ocupacin... Y siempre que
sufra un disgusto, acuda  mi cordial... Voy  darle la receta.

Iba  apuntar en un pedazo de papel las dosis de aguardiente de caa y
de azcar, cuando ella se levant, sbitamente vigorizada, mirando en
torno con extraeza... Por qu estaba all? Qu tena que ver con
aquel buen hombre medio desnudo que le hablaba como si fuese su
padre?...

--Gracias! muchas gracias!--dijo al salir de la cocina.

Luego, en la cubierta, se detuvo, abriendo su bolso de oro para sacar el
espejito y el bote de polvos. Vi en el valo biselado del cristal el
rostro faunesco de Tni asomando detrs de su espalda con miradas de
impaciencia.

--Dgale al capitn Ferragut que ya no le molestar ms... Todo
termin... Tal vez oiga hablar de m alguna vez, pero no me ver nunca.

Y sali del buque sin volver la cabeza, con paso acelerado, como si
corriese  la realizacin de algo que llenaba su pensamiento.

Tni corri tambin hacia el ventano del camarote de Ulises.

--Ya se ha ido?--pregunt ste con impaciencia.

El piloto asinti con la cabeza. Se haba ido prometiendo no volver.

--As sea--dijo Ferragut.

Manifest Tni el mismo deseo. Ojal no viesen ms  esta rubia, que
traa la desgracia!...

En los das siguientes, el capitn apenas abandon su buque. No quera
encontrarse con ella en las calles de la ciudad: dudaba de la dureza de
su carcter; tema ceder  sus ruegos al verla otra vez llorando y
suplicando.

Se desvaneci la inquietud de Ulises al quedar terminada la carga del
buque. Este viaje iba  ser ms corto que los anteriores. El _Mare
nostrum_ fu  Corf con material de guerra para los servios, que
reorganizaban sus batallones destinados  Salnica.

En el viaje de vuelta, Ferragut fu atacado por el enemigo. Un amanecer,
cuando suba al puente para reemplazar  Tni, los dos vieron al mismo
tiempo en forma tangible lo que llevaban  todas horas en su
imaginacin. Se marc  lo lejos, en el redondel de sus gemelos, el
extremo de un palo negro y derecho que cortaba las aguas, sonrosadas por
el alba, dejando un rastro de espuma.

--Submarino!--grit el capitn.

Tni no dijo nada, pero apartando de un zarpazo al timonel, agarr la
rueda, dando al buque otra direccin. El movimiento fu oportuno. Slo
iban transcurridos unos segundos, cuando empez  marcarse sobre el agua
un dorso obscuro, de vertiginosa carrera, que vena rectamente hacia el
vapor.

--Torpedo!--grit Ferragut.

La angustiosa espera dur unos instantes. El proyectil, oculto en las
aguas, pas  unos seis metros de la popa, perdindose en la inmensidad.
Sin la rpida virada de Tni, habra herido al buque en pleno flanco.

El capitn, por el tubo acstico que descenda  las mquinas, grit
rdenes enrgicas para que desarrollasen toda la velocidad. Mientras
tanto, el piloto, agarrado  la rueda, dispuesto  morir sin soltarla,
diriga el buque en zigzags para no ofrecer una puntera fija al
submarino.

Todos los tripulantes contemplaban desde las bordas el bastn lejano 
insignificante del periscopio. El tercer oficial haba salido de su
camarote casi desnudo, restregndose los ojos soolientos. _Caragl_
estaba en la popa, mostrando su abdomen bajo el revoloteo de la suelta
camisa y llevndose una mano  las cejas  guisa de visera.

--Lo veo... lo veo perfectamente... Ah, bandido! hereje!

Y tenda su puo amenazador hacia un punto del horizonte, precisamente
el opuesto al lugar donde emerga el periscopio.

Vi Ferragut en el redondel azul de las lentes cmo este tubo suba y
suba, engrosndose. Ya no era un palo, era una torre, y  continuacin
de esta torre iba surgiendo del mar un basamento de acero que chorreaba
cascadas de espuma, un lomo gris de cetceo, que poco  poco tomaba la
forma de un vaso navegante largo y afilado.

Una bandera flot de pronto sobre el submarino. Ulises la conoca.

--Nos van  atacar  caonazos!--grit  Tni--. Es intil que
naveguemos en zigzags. Lo que importa es ganar distancia, marchar en
lnea recta.

El segundo, hbil timonel, obedeci al capitn. Tembl todo el casco 
impulsos de una velocidad extraordinaria. La proa cortaba las aguas con
un rumor creciente. El sumergible enemigo, al aumentar su volumen con la
emersin, pareci, sin embargo, retroceder en el horizonte. Dos vedijas
de espuma empezaron  amontonarse en ambas caras de su proa. Corra con
todo el mpetu de su marcha de superficie; pero el _Mare nostrum_
navegaba igualmente con el impulso forzado de sus mquinas  gran
presin, y la distancia entre ambos buques se fu dilatando.

--Tiran!--dijo Ferragut con los gemelos en los ojos.

Una columna de agua se levant cerca de la proa. Esto fu lo nico que
_Caragl_ pudo ver claramente, y rompi  aplaudir con una alegra
infantil. Luego agit en alto su sombrero de palma. Viva el Santo
Cristo del Grao!...

Otros proyectiles fueron cayendo en torno del _Mare nostrum_,
salpicndolo con sus enormes surtidores de espuma. De pronto tembl de
popa  proa: se estremecieron sus planchas con una vibracin de
estallido.

--No es nada!--grit el capitn echando medio cuerpo fuera del puente
para ver mejor el casco de su buque--. Un caonazo en la popa. Firme,
Tni!...

El segundo, agarrado  la rueda, volva la cabeza de vez en cuando para
apreciar la distancia que les separaba del submarino. Cada vez que vea
levantarse una columna acutica  impulsos de un proyectil, repeta el
mismo consejo:

--Tindete, Ulises!... Van tirar contra el puente!

Era un recuerdo de su lejana juventud de contrabandista, cuando se
acostaba en la cubierta de su barca manejando el timn y la vela bajo
los tiros de los vigilantes del resguardo. Tema por la vida de su
capitn, mientras l continuaba de pie, ofrecindose  los disparos de
los enemigos.

Ferragut march de un lado  otro, maldiciendo su falta de medios para
responder  la agresin. No le ocurrira otra vez!... No se
divertiran ms dndole caza!

Un segundo proyectil abri otra brecha en la popa... Mientras no sea
en las mquinas!, pensaba el capitn. Despus de esto, el _Mare
nostrum_ no sufri ms destrozos. Los disparos siguientes fueron
levantando columnas de agua en la estela que dejaba el vapor. Cada vez
surgan ms lejanos estos fantasmas blancos. El buque sali de la zona
del can enemigo, que segua tirando y tirando intilmente. Al fin
cesaron los disparos y el submarino se borr del campo de visin de los
anteojos, hasta sumergirse enteramente, cansado de una persecucin
intil.

--No me ocurrir ms!--volvi  repetir el capitn--. No me atacarn
otra vez impunemente!

Luego pens que este submarino haba marchado contra l sabiendo quin
era. Llevaba pintado en los costados de su buque los colores de Espaa.
Al primer caonazo, el tercer oficial haba izado la bandera, sin que
cesasen por esto los disparos. Queran echarle  pique sin intimacin
alguna, sin dejar rastro. Pens que Freya, en relacin con los
directores de la campaa submarina, poda haber denunciado su viaje.

--Ah... _tal_! Si te encuentro otra vez!...

Tuvo que descansar en Marsella varias semanas mientras reparaban las
averas del vapor.

Como Tni careca de ocupacin durante esta inmovilidad forzosa, le
acompa muchas veces en sus paseos. Gustaban de sentarse en la terraza
de un caf de la Cannebire para comentar las diferencias pintorescas de
la muchedumbre cosmopolita.

--Mira: gentes de nuestro pas--dijo el capitn una tarde.

Y seal  tres hombres de mar confundidos en la corriente de uniformes
diversos y tipos de distintas razas que pasaba rozando las mesas del
caf.

Los haba reconocido por sus gorras de seda con visera, sus chaquetas
azules y su obesidad grave de marineros mediterrneos que han conseguido
cierto bienestar. Deban ser patrones de barca.

Como si la mirada y el gesto de Ferragut les hubiesen avisado con
misteriosa sensacin, los tres volvieron los ojos, fijndolos en el
capitn. Luego empezaron  discutir entre ellos con una vehemencia que
haca adivinar sus palabras.

Es l!... No es!... Aquellos hombres le conocan, pero dudaban al
verle.

Se alejaron con marcada indecisin, volviendo repetidas veces el rostro
para examinarle una vez ms. A los pocos minutos regres uno de ellos,
el ms viejo, aproximndose con timidez  la mesa.

--Es usted, y perdone, el capitn Ferragut?...

Hizo esta pregunta en valenciano, al mismo tiempo que se llevaba la
diestra  su gorra para quitrsela. Ulises detuvo el saludo y le ofreci
una silla. El era Ferragut: qu deseaba?...

Se neg  sentarse. Quera decirle dos razones aparte, con cierto
secreto... Cuando el capitn hubo presentado  su segundo como hombre de
toda confianza, entonces se sent. Los dos compaeros, rompiendo la
humana corriente, haban retrocedido tambin y estaban en el borde de la
acera, volviendo sus espaldas al caf.

Era un patrn de barca: no se haba equivocado Ferragut. Hablaba
lentamente, como si le preocupase la revelacin final,  la que serva
de exordio todo lo que estaba diciendo.

--Los tiempos no son malos. Se gana dinero en el mar: ms que nunca. Yo
soy de Valencia. Hemos venido tres barcas de all con vino y arroz.
Viaje bueno, pero hay que navegar pegados  la costa, siguiendo la curva
de los golfos, sin atreverse  pasar de cabo  cabo por miedo  los
submarinos... Yo he encontrado  un submarino.

Ulises adivin que las ltimas palabras del patrn contenan el mvil
que le haba hecho aproximarse, venciendo su timidez.

--No fu en este viaje ni en el anterior--continu el hombre de mar--.
Me encontr con l dos das antes de la ltima Navidad. Yo, en invierno,
me dedico  la pesca: soy propietario de una pareja de barcas del
_bu_... Estbamos cerca de las islas Columbretas, cuando de pronto
vimos aparecer un submarino cerca de nosotros. Los alemanes no nos
hicieron dao; lo nico enojoso fu que tuvimos que entregarles una
parte de nuestra pesca por lo que quisieron darnos. Luego me ordenaron
que saltase  la cubierta del submarino para responder al comandante.
Era un joven que hablaba el castellano como yo lo he odo hablar all en
las Amricas, cuando de chico navegaba en un bergantn.

Se detuvo el patrn, algo cohibido, como si dudase en seguir su relato.

--Y qu dijo el alemn?--pregunt Ferragut para incitarle  continuar.

--Al enterarse de que yo era valenciano, me dijo si lo conoca  usted.
Me pregunt por su vapor, queriendo saber si navegaba frente  la costa
espaola. Yo le contest que la conoca de nombre nada ms, y l,
entonces...

El capitn le anim con su sonrisa al ver que vacilaba de nuevo.

--Le habl mal de m, no es cierto?

--S, seor; muy mal, con palabras muy feas. Dijo que tena una cuenta
que arreglar con usted y que deseaba ser el primero en encontrarle.
Segn di  entender, los otros submarinos tambin le buscan... Sin duda
es una orden.

Se cruz una larga mirada entre Ferragut y su segundo. Mientras tanto,
el patrn segua sus explicaciones.

Los dos amigos que le esperaban  pocos pasos haban visto muchas veces
al capitn en Barcelona y en Valencia. Uno de ellos lo haba reconocido
inmediatamente; otro dudaba que fuese l; y por deber de conciencia, el
viejo patrn volva atrs para darle este aviso.

--Entre paisanos debemos ayudarnos... Los tiempos son malos!

Al verle de pie, sus dos camaradas se aproximaron sonriendo  Ferragut,
Qu deseaban tomar? Les invit  sentarse en torno de su mesa; pero
tenan prisa: iban  ver al consignatario de sus barcas.

--Ya lo sabe, capitn--dijo el patrn al despedirse--. Esos demonios le
buscan para jugarle una mala pasada. Usted sabr por qu... Mucho ojo!

En el resto de la tarde hablaron poco Ferragut y Tni. Los dos tenan en
el cerebro iguales pensamientos, pero evitaban su exteriorizacin por un
pudor de hombres enrgicos, temiendo que fuesen interpretados como
preocupaciones del miedo.

Al cerrar la noche, cuando se retiraban al vapor, el piloto se atrevi 
romper este silencio.

--Por qu no abandonas la navegacin?... Eres rico; adems, te darn
por tu buque lo que pidas. Hoy se pagan los barcos como si fuesen de
oro.

Ulises levant los hombros. No pensaba en el dinero: de qu poda
servirle?... El resto de su vida deseaba pasarlo en el mar, dando ayuda
 los enemigos de sus enemigos. Tena una venganza que cumplir; viviendo
en tierra abandonaba esta venganza y sentira con ms intensidad el
recuerdo de su hijo.

El segundo call unos instantes.

--Son tantos los enemigos!...--dijo luego con desaliento--. Somos
nosotros tan poca cosa!... Por unos cuantos metros no nos han echado 
pique en el ltimo viaje. Lo que no ha sido ahora ser cualquier da...
_Ellos_ han jurado acabar contigo; y son muchos... y son de guerra. Qu
podemos nosotros, pobres marinos de paz?...

Tni no aadi nada, pero sus ideas silenciosas fueron adivinadas por
Ulises.

Pensaba en su familia, que viva all en la Marina una existencia de
continua ansiedad vindole  bordo de un buque acechado por
irresistibles amenazas. Pensaba tambin en las esposas y las madres de
todos los hombres de la tripulacin, que sufran idnticas angustias. Y
Tni se preguntaba por primera vez si el capitn Ferragut tena derecho
 arrastrarlos  todos  una muerte segura, por su testarudez vengativa
y loca.

No, no tengo derecho, se dijo Ulises mentalmente.

Pero al mismo tiempo, el segundo, arrepentido de sus anteriores
reflexiones, afirmaba en voz alta, con una sencillez heroica:

--Si te aconsejo que te retires, es por tu bien; no creas que es por
miedo... Yo te seguir mientras navegues. Alguna vez he de morir, y
mejor es que sea en el mar. nicamente me preocupa la suerte de mi mujer
y mis hijos.

El capitn sigui marchando silenciosamente, y al llegar al buque habl
con brevedad. Pensaba hacer algo que tal vez gustase  todos. Antes de
una semana habra decidido su porvenir.

Los das siguientes los pas en tierra. Dos veces volvi con unos
seores que examinaron el vapor minuciosamente, bajando  las mquinas y
 las bodegas. Algunos de estos visitantes parecan expertos en las
cosas del mar.

Quiere vender el barco, se dijo Tni.

Y el piloto empez  arrepentirse de sus consejos. Abandonar el _Mare
nostrum_, que era el mejor de todos los buques en que haba servido!...
Se acus de cobarda, creyendo que era l quien haba impulsado al
capitn  tomar esta decisin. Qu iban  hacer en tierra los dos
cuando el vapor fuese de otros?... No tendra l que embarcarse en un
buque inferior, corriendo los mismos riesgos?...

Estaba decidido  deshacer su obra,  aconsejar de nuevo  Ferragut,
declarando que sus ideas eran las ms acertadas y que deban seguir
viviendo como hasta el presente, cuando el capitn di la orden de
partir. An no estaban terminadas del todo las reparaciones.

--Vamos  Brest--dijo lacnicamente--. Es el ltimo viaje.

Y el vapor sali sin carga, como si fuese  cumplir una misin especial.

El ltimo viaje!... Tni admir su barco como si lo viese bajo una
nueva luz, descubrindole bellezas nunca sospechadas, lamentando como un
enamorado la rapidez con que transcurran los das y se aproximaba el
momento doloroso de la separacin.

Nunca haba sido el piloto tan activo en su vigilancia. Sus
supersticiones de navegante le infundan cierto pavor. Por lo mismo que
era el ltimo viaje, les poda ocurrir algo malo. Pas en el puente das
enteros, examinando el mar, temiendo la aparicin de un periscopio,
variando el rumbo de acuerdo con el capitn, en busca de las aguas ms
solitarias, donde los submarinos no podan esperar caza alguna.

Respir al entrar por uno de los tres pasos del semicrculo de escollos
que cierra la rada de Brest. Cuando quedaron anclados en este pedazo de
mar gris, brumoso y poco seguro, rodeado de negras montaas, Tni esper
con ansiedad el resultado de los viajes que el capitn haca  tierra.

En todo el curso de la navegacin, Ferragut no se haba prestado 
confidencias. El piloto slo saba que este viaje  Brest era el ltimo.
Quin iba  ser el nuevo dueo del _Mare nostrum_?

Una tarde lluviosa, Ulises, al volver al buque, di orden de que
buscasen al segundo, mientras sacuda su impermeable en la entrada de
las cmaras.

La rada estaba obscura, con olas espumosas, cortas y gruesas, que
saltaban como carneros. Los acorazados echaban humo por sus triples
chimeneas, prontos  hacer frente al mal tiempo con las mquinas
encendidas.

El vapor, anclado en el puerto comercial, danzaba inquieto, tirando de
sus amarras con lgubre quejido. Todos los baques cercanos se movan
igualmente, lo mismo que si estuviesen en alta mar.

Tni entr en la gran cmara, y al ver el rostro de su capitn adivin
que haba llegado el momento de conocer la verdad. Ulises le habl
rehuyendo su mirada, deseando evitar con el laconismo de su lenguaje
todo motivo de emocin.

Haba vendido el buque  los franceses: un negocio rpido y magnfico...
Quin le hubiese dicho al comprar _Mare nostrum_ que algn da le
daran por l una cantidad tan enorme!... En ningn pas se encontraban
barcos  la venta. Los invlidos del mar amarrados en los puertos como
hierro viejo obtenan precios fabulosos. Buques encallados y olvidados
en costas remotas eran puestos  flote por empresas que ganaban millones
con esta resurreccin. Otros sumergidos en los mares tropicales se vean
devueltos  la superficie despus de una permanencia de diez aos debajo
del agua, reanudando sus viajes. Todos los meses surga un astillero
nuevo, pero la guerra mundial no encontraba nunca bastantes naves para
el transporte de los vveres y los instrumentos de muerte.

Sin regateo alguno haban dado  Ferragut el precio de venta que l
exiga: mil quinientos francos por tonelada: cuatro millones y medio por
el buque. Y  esto haba que aadir cerca de dos millones que llevaba
ganados con sus viajes desde el principio de la guerra.

--Estoy podrido de dinero!--dijo el capitn.

Y lo dijo tristemente, recordando con nostalgia los tiempos de paz,
cuando sufra la preocupacin de los negocios mediocres... pero viva su
hijo. De qu iba  servirle esta riqueza que le asaltaba por todos
lados como si pretendiese aplastarle con su peso?... Su esposa podra
derramar el dinero  manos llenas en obras de caridad; podra dotar 
sus sobrinas como si fuesen hijas de un prcer... y nada ms! Ni ella
ni l consiguiran resucitar por un momento su pasado. Esta riqueza
intil slo le proporcionaba cierta tranquilidad al pensar en el
porvenir de la mujer que constitua toda su familia. Le era lcito en
adelante disponer libremente de su existencia. Cinta, al morir l, iba 
heredar millones.

Para evitarse la emocin de la despedida, habl  Tni autoritariamente.
Una carta del Atlntico estaba sobre la mesa, y con el ndice fu
marcando un rumbo  su piloto; pero este rumbo no era  travs del mar,
sino lejos de l, siguiendo el interior de las naciones costerizas.

--Maana--dijo--vienen los franceses  posesionarse del vapor. Puedes
irte cuando gustes, pero convendr que sea lo ms pronto posible...

Lo mismo que si diese una leccin geogrfica, explic  Tni su viaje
de regreso. Este corre-mares se encoga tmidamente cuando le hablaban
de itinerarios de ferrocarril y cambios de tren.

--Aqu est Brest... Sigues por esta lnea  Burdeos; de Burdeos  la
frontera; y una vez all, tuerces  Barcelona  te vas  Madrid, y de
Madrid  Valencia.

El segundo contempl el mapa silenciosamente, rascndose la barba. Luego
fu elevando sus ojos caninos, hasta fijarlos en Ulises.

--Y t?--pregunt.

--Yo me quedo. El capitn del _Mare nostrum_ se ha vendido con su buque.

Tni hizo un gesto doloroso. Crey por un momento que Ferragut quera
librarse de su presencia y estaba descontento de sus servicios. Pero el
capitn se apresur  darle explicaciones.

Por pertenecer el _Mare nostrum_  un pas neutral, no poda ser vendido
 una de las naciones beligerantes mientras durasen las hostilidades. A
causa de esto, l lo haba enajenado de un modo que no haca necesario
el cambio de bandera. Ya no era su dueo, pero continuaba  bordo como
capitn, y el vapor seguira siendo espaol lo mismo que antes.

--Y por qu debo irme?--dijo Tni con voz trmula, creyndose vctima
de una pretericin.

--Vamos  navegar armados--contest Ulises con energa--. Por eso he
hecho la venta, ms que por el dinero. Llevaremos un can  popa,
telegrafa sin hilos, una tripulacin de hombres de la reserva martima,
todo lo necesario para defenderse. Haremos nuestros viajes sin buscar al
enemigo, llevando cargamentos lo mismo que antes; pero si el enemigo nos
sale al paso, encontrar quien le conteste.

Estaba dispuesto  morir, si tal era su destino, pero agrediendo al que
le atacase.

--Y no puedo ir yo tambin?--insisti el piloto.

--No; detrs de ti existe una familia que te necesita. T no eres de una
nacin en guerra, ni tienes nada que vengar... Yo soy el nico de los
antiguos tripulantes que permanece  bordo. Todos os vais. El capitn
tiene una razn para exponer su vida y no quiere cargar con la
responsabilidad de arrastraros  todos en su ltima aventura.

Tni comprendi que era intil insistir. Sus ojos se humedecieron...
Era posible que se despidiesen para siempre dentro de unas horas?...
No vera ms  Ulises y  su buque, que se llevaban la mejor parte de
su pasado?...

El capitn dese terminar pronto esta entrevista para mantener su
serenidad.

--Maana  primera hora--dijo--llamars  la gente. Ajusta las cuentas
de todos. Cada uno debe recibir como gratificacin extraordinaria la
paga de un ao entero. Quiero que guarden buena memoria del capitn
Ferragut.

Intent el piloto oponerse  esta generosidad por un resto del spero
inters que le haban inspirado siempre los negocios del buque, pero su
superior no quiso dejarle seguir.

--Estoy podrido de dinero!--repiti como si se quejase--. Tengo ms de
lo que necesito... Puedo hacer locuras, si es mi gusto.

Luego mir por primera vez  su segundo frente  frente.

--En cuanto  ti--sigui diciendo--, he pensado lo que debes hacer...
Toma!

Le di un sobre cerrado, y el piloto, maquinalmente, intent abrirlo.

--No; no lo abras por ahora. Te enterars de lo que contiene cuando
ests en Espaa. Ah va encerrado el porvenir de los tuyos.

Mir Tni con ojos asombrados el leve envoltorio de papel que tena
entre los dedos.

--Te conozco--continu Ferragut--; protestaras al ver la cantidad. Para
m es insignificante, y  ti te parecera excesiva... No abras el sobre
hasta que ests en nuestra tierra. En l encontrars el nombre del Banco
al que debes dirigirte. Quiero que seas el ms rico de tu pueblo; que
tus hijos se acuerden del capitn Ferragut cuando yo haya muerto.

El piloto hizo un gesto de protesta ante esta muerte posible, y al mismo
tiempo se restreg los ojos como si sintiera en ellos un cosquilleo
intolerable.

Ulises continu sus instrucciones. Haba vendido atropelladamente la
casa de sus abuelos all en la Marina, las vias, toda la herencia del
_Tritn_, cuando adquiri el _Mare nostrum_. Su deseo era que Tni
rescatase estos bienes, instalndose en el antiguo domicilio de los
Ferragut.

--Tienes dinero de sobra para eso y mucho ms. Yo carezco de hijos, y me
gustar que los tuyos ocupen la casa que fu ma... Tal vez cuando
llegue  viejo (si es que no me matan) ir  pasar los veranos con
vosotros. Animo, Tni!... An pescaremos juntos, como pescaba mi to el
mdico.

Pero el segundo no se reanim con estas afirmaciones optimistas. Tena
los ojos hinchados por una humedad lacrimosa que haca brillar sus
crneas. Juraba entre dientes, protestando contra la prxima
separacin... No verse ms, despus de tantos aos de fraternidad!...
Cristo!...

El capitn tuvo miedo tambin  que saltasen sus lgrimas, y le orden
que fuese  hacer las cuentas de los hombres  bordo.

Una hora despus, Tni volva  entrar en la gran cmara, llevando en
una mano la carta abierta. No haba podido resistirse  la tentacin de
violar su secreto, temiendo que la generosidad de Ferragut resultase
excesiva, inadmisible.

Protest, tendiendo hacia Ulises el cheque extrado del sobre.

--No puedo aceptar!... Es una locura!...

Haba ledo con espanto la cantidad consignada en el documento de
crdito: primeramente en cifras, luego en letras. Doscientas cincuenta
mil pesetas!... Cincuenta mil duros!

--Eso no es para m--volvi  decir--. No lo merezco... Qu puedo hacer
con tanto dinero?

Fingi irritarse el capitn por su desobediencia.

--Guarda ese papel, bruto!... Ya me tema yo tus protestas... Es para
tus hijos y para que t descanses. No hablemos ms,  me enfado.

Luego, para vencer sus escrpulos, abandon el tono violento y dijo con
tristeza:

--Carezco de herederos... No s que hacer de mi fortuna intil.

Y repiti una vez ms, como una queja contra el destino:

--Estoy podrido de dinero!...

A la maana siguiente, mientras Tni ajustaba en su camarote las cuentas
de los tripulantes, asombrados de la munificencia de esta despedida, el
to _Caragl_ entr en el saln de popa, pidiendo hablar  Ferragut.

Se haba puesto un viejo capote sobre sus ropas flcidas y escasas, ms
por decoro de la visita que porque realmente le hiciese sufrir el fro
de Bretaa.

Despoj su esquilada cabeza del eterno sombrero de palma, fijando sus
ojos rojizos en el capitn, que segua escribiendo despus de contestar
 su saludo.

Qu significaba cierta orden que haba recibido de prepararse para
dejar el buque dentro de unas horas?... Deba ser una burla de Tni,
excelente sujeto, pero enemigo de las cosas santas, que gustaba de
irritarle  causa de su piedad...

Ferragut abandon la pluma, volvindose hacia el cocinero, cuya suerte
le haba preocupado lo mismo que la del piloto.

--To _Caragl_, nos hacemos viejos, y hay que pensar en el retiro...
Voy  darle un papel; lo guardar lo mismo que si fuese una estampa
bendita, y cuando lo presente en Valencia, le entregarn diez mil duros.
Usted sabe lo que son diez mil duros?...

Colocando su mentalidad al nivel de la de este hombre sencillo, se goz
en trazarle un plan de vida. Poda emplear su capital en cualquiera
empresa modesta del puerto de Valencia: poda establecer un restorn,
que pronto se hara clebre por sus olmpicos arroces. Sus sobrinos, que
eran pescadores, lo recibiran como  un dios. Poda igualmente ser
consocio en una pareja de barcas dedicadas  la pesca del _bu_. Le
esperaba una vejez feliz y honrosa; sus antiguos compaeros de
navegacin iban  envidiarle. Se levantara  media maana, ira al
caf, figurara como devoto rico en todas las fiestas religiosas del
Grao y del Cabaal: tendra en las procesiones un puesto de honor...

Siempre que hablaba Ferragut, le interrumpa el to _Caragl_
maquinalmente para decir: As es, mi capitn. Por primera vez dej de
mover la cabeza y de sonrer con su cara de sol. Estaba plido y
sombro. Hizo con su redonda testa un signo enrgico y dijo
lacnicamente:

--No, mi capitn.

Ante la mirada de asombro de Ulises, crey necesario explicarse.

--Qu voy  hacer desembarcado?... Quin me espera?... Qu negocios
ni qu familia pueden interesarme?...

Ferragut crey escuchar un eco de sus propios pensamientos. El, como su
cocinero, nada tena que hacer en tierra... Se aburra mortalmente lejos
del mar como durante los meses pasados en Barcelona cuando an era joven
y poda crearse una nueva profesin. Adems, le resultaba imposible
volver  su casa, reanudando la vida con su esposa: equivala  perder
sus ltimas ilusiones. Era mejor contemplar de lejos todo lo que restaba
en pie de su antigua existencia.

_Caragl_, mientras tanto, segua hablando. Los sobrinos no se acordaban
del pobre cocinero, y l no tena por qu preocuparse de su suerte,
enriquecindolos. Prefera quedarse donde estaba, sin dinero y feliz.

--Que se vayan los otros!--dijo con un egosmo pueril--. Que se vaya
Tni!... Yo me quedo... debo quedarme. Cuando el capitn se marche, se
marchar el to _Caragl_.

Ulises enumer los grandes peligros que iba  arrostrar el buque. Los
submarinos alemanes lo acechaban con mortal predileccin: sostendran
combates... seran torpedeados...

La sonrisa del viejo despreci estos peligros. Tena, la certidumbre de
que nada malo poda ocurrirle al _Mare nostrum_. Las furias del mar
resultaban impotentes contra l, y menos conseguira an la maldad de
los hombres.

--Yo s por qu lo digo, capitn... Estoy seguro de que saldremos sanos
y salvos de todos los peligros.

Pens en sus milagrosos amuletos, en sus estampas benditas, en la
proteccin sobrenatural que le proporcionaban sus piadosas invocaciones.
Adems, tena en cuenta el nombre latino del buque, que le haba
inspirado siempre un respeto religioso. Perteneca  la lengua usada por
la Iglesia, al idioma en que se ordenan los milagros y que expulsa al
demonio, hacindolo correr despavorido.

--El _Mare nostrum_ no sufrir desgracia. Si le cambiasen el ttulo...
tal vez. Pero mientras se llame as, cmo puede ocurrirle nada malo?...

Sonriendo ante esta fe, emple Ferragut su ltimo argumento. Toda la
tripulacin iba  componerse de franceses: cmo se entendera con ellos
si ignoraba su idioma?...

--Yo lo s todo--afirm el viejo soberbiamente.

Se haba entendido con los hombres en los puertos ms diversos del
mundo. Contaba con algo ms que la lengua: con los ojos, con las manos,
con su malicia expresiva de meridional exuberante y gesticulador.

--Yo soy como San Vicente Ferrer--aadi con orgullo.

Su santo slo hablaba la lengua de Valencia, y haba corrido media
Europa predicando  muchedumbres de idiomas diversos, hacindolas llorar
de mstica emocin y arrepentirse de sus pecados.

Mientras Ferragut tuviese el mando, l se quedaba. Si no le quera de
cocinero, sera marmitn, fregara las ollas. Lo importante era seguir
pisando la cubierta del buque.

El capitn tuvo que acceder. Este viejo representaba para l un resto
del pasado. Podra asomarse de tarde en tarde  la cocina para hablar de
los lejanos tiempos en que se vieron por primera vez.

Y _Caragl_ se retir, satisfecho de su xito.

--En cuanto  esos franceses--dijo antes de salir--, djelos  mi cargo.
Deben ser buenas personas... Veremos qu dicen de mis arroces.

En el curso de una semana, el _Mare nostrum_ se despobl y volvi 
poblarse. Fueron marchndose en grupos sus antiguos tripulantes. Tni
sali el ltimo, y Ulises no quiso verle, por temor  una emocin
intil. Ya se escribiran.

Una curiosidad simptica impuls al cocinero hacia la nueva marinera.
Saludaba afablemente  los oficiales, sintiendo no poseer su idioma para
entablar con ellos amistosas conversaciones. El capitn le tena
acostumbrado  tal familiaridad.

Eran dos pilotos que la movilizacin haba convertido en tenientes
auxiliares de la marina de guerra. Los primeros das se presentaron 
bordo vistiendo su uniforme; luego volvieron con traje civil, para
habituarse  ser simples oficiales mercantes de un vapor neutral. Los
dos conocan por referencias los viajes anteriores de Ferragut, sus
servicios  los aliados, y se entendieron simpticamente, sin ningn
prejuicio de nacionalidad.

_Caragl_ consigui igual xito entre los cuarenta y cinco hombres que
se fueron posesionando de las mquinas y los ranchos de proa. Llegaban
vestidos de marineros de la flota, con amplio cuello azul y una gorra
rematada por un pompn rojo. Algunos ostentaban en el pecho medallas
militares y la reciente Cruz de Guerra. De los sacos de lona que les
servan de maletas sacaban sus trajes del tiempo de paz, cuando
trabajaban en los vapores de carga, en los veleros que van  Terranova 
en simples barcas de pesca costera.

La cocina estaba repleta  ciertas horas de hombres que escuchaban al
viejo. Algunos conocan la lengua espaola por haber navegado en
_bricks_ de Saint-Malo y Saint-Nazaire, yendo  los puertos de
Argentina, Chile y Per. Los que no podan entender las palabras del
cocinero las adivinaban  travs de sus gesticulaciones. Todos rean,
encontrndolo bizarro  interesante, y esta alegra general la atizaba
_Caragl_ sacando  luz los tesoros lquidos que haba amontonado en los
viajes anteriores, bajo la administracin descuidada y generosa de
Ferragut.

El vino fuerte y alcohlico de las costas de Levante caa en los vasos
como tinta, coronado de un crculo de rubes. El viejo lo derramaba con
mano prdiga. Bebed, muchachos; en vuestra tierra no tenis de esto...
Otras veces confeccionaba sus famosos refrescos, sonriendo con una
satisfaccin de artista al ver el mohn de voluptuosidad que alteraba
los rostros.

--Cundo habis bebido nada semejante?--deca con orgullo--. Qu sera
de vosotros sin el to _Caragl_?...

Estos bretones, acostumbrados  la disciplina y la sobriedad de otros
buques, admiraban los fueros extraordinarios del cocinero, que poda
mostrarse generoso lo mismo que un capitn.

Con frecuencia comunicaba  Ferragut sus opiniones sobre los nuevos
camaradas. Por algo haba dicho que se entendera con ellos!... Eran
hombres serios y religiosos, y los prefera  los antiguos tripulantes
mediterrneos, juradores  incapaces de resignacin, que  la menor
contrariedad sacaban  Dios al ruedo para afrentarlo con malas palabras.

Todos ellos, musculosos y bien plantados, con ojos azules y bigotes
rubios, llevaban medallas ocultas. Uno le haba regalado la suya,
comprada en una peregrinacin  Santa Ana de Auray. _Caragl_ la mostr
sobre su pecho velludo. Senta una fe reciente en los prodigios de esta
imagen extranjera.

--Van  miles los peregrinos  su santuario, capitn. Todos los das
hace un milagro... Hay una escala santa que los devotos suben de
rodillas, y muchos de esos chicos la han subido. Yo quisiera...

En otro de los viajes  Brest, esperaba que Ferragut le permitiese ir 
Auray el tiempo necesario para subir la escalera de rodillas, ver 
Santa Ana y volver  bordo.

Ya no estaba el buque en el puerto comercial. Haba pasado al puerto
militar, estrecha ra que se retuerce por el interior de la ciudad,
partindola en dos. Un gran puente giratorio pona en comunicacin ambas
orillas, orladas de vastas construcciones y altas chimeneas: talleres de
la marina, depsitos, arsenales, diques secos para la limpieza de los
buques. Los remolcadores movan continuamente su agua verde y fangosa.
Los vapores en reparacin se alineaban  lo largo de los malecones, bajo
un continuo martilleo que haca resonar sus planchas. Las gabarras
rematadas por colinas de hulla iban lentamente  situarse en los flancos
de los buques. Bajo el puente giratorio llegaban y partan las lanchas
de los acorazados, dejando en los muelles flotantes las tripulaciones
libres de servicio, que saludaban con escandaloso gritero el salto 
tierra.

Permaneci aislado el _Mare nostrum_ mientras los obreros del arsenal
instalaban en su popa un can de tiro rpido y los aparatos de
telegrafa sin hilos. Nadie poda entrar en l que no perteneciese  su
tripulacin.

Las familias de los marineros esperaban  stos en el muelle, y
_Caragl_ tuvo ocasin de conocer  muchas bretonas, madres, hermanas 
prometidas de sus nuevos amigos. Le gustaban estas mujeres: iban
vestidas de negro, con amplias sayas y gorros blancos y rgidos que
traan  su memoria las tocas de las monjas... Algunas muchachas, altas,
carnudas, de ojos azules y cndidos, rean con el espaol sin entenderle
una palabra. Las viejas, de cara fruncida y obscura como las manzanas
invernizas, chocaban su vaso con el de _Caragl_ en los cafetuchos
vecinos al puerto. Todos hacan honor  una copa en momento oportuno y
tenan gran fe en los santos. El cocinero no necesitaba ms... gentes
excelentes y simpticas!

Ciertos mozos condecorados con la Cruz de Guerra le contaban sus
hazaas. Eran supervivientes de los batallones de fusileros marinos que
defendieron  Dixmude. Despus de la batalla del Marne los haban
enviado  cortar el paso del enemigo por el lado de Flandes. No pasaban
de seis mil, y ayudados por una divisin belga sostenan el empuje de
todo un ejrcito. Su resistencia haba durado semanas: un combate de
barricadas en las calles, de peleas  lo largo de un canal, con el
encarnizamiento de los antiguos abordajes. Los oficiales gritaban sus
rdenes con el sable roto y la cabeza vendada; los hombres se batan sin
pensar en sus heridas, cubiertos de sangre, hasta que se desplomaban
muertos.

_Caragl_, poco aficionado  las empresas militares, se entusiasmaba
relatando  Ferragut esta lucha heroica, slo porque haban figurado en
ella sus nuevos amigos.

--Murieron muchos, capitn; casi la mitad... pero los alemanes no
pudieron seguir adelante... Luego, al enterarse de que los marinos no
haban sido mas que seis mil, los generales _boches_ se tiraban de los
pelos: tanta era su rabia! Crean haber tenido enfrente docenas de
miles... Da gusto or contar eso  los chicos que estuvieron all.

Entre estos chicos heridos en la guerra, que haban pasado  la
reserva naval y tripulaban el _Mare nostrum_, uno era distinguido por la
predileccin del viejo. Poda hablarle en espaol,  causa de sus
navegaciones trasatlnticas, y adems haba nacido en Vannes.

Apenas se aproximaba  sus dominios, sala  su encuentro con una
sonrisa de invitacin: Un refresco... Vicente? La mejor silla era
para l. _Caragl_ haba olvidado su nombre por innecesario. Al ser de
Vannes, slo poda llamarse Vicente.

El primer da que se hablaron, el marino, enamorado de su pas, le
describi las bellezas del Morbihn, extenso mar interior rodeado de
bosques, con islas cubiertas de pinos; las antigedades venerables de la
ciudad; su catedral gtica, abundante en tumbas, entre ellas la de un
santo espaol: San Vicente Ferrer.

A _Caragl_ le di un vuelco el corazn. Nunca se haba preocupado de
averiguar dnde estaba la sepultura del famoso apstol de Valencia,..
Record de pronto una estrofa de los gozos que cantaban ante los
altares del santo los devotos de su tierra. Efectivamente, haba ido 
morir en Vannes de Bretaa, nombre geogrfico que hasta entonces
careca de significado para l... Y este muchacho era de Vannes! No fu
necesario ms para que lo mirase con el mismo respeto que si hubiese
nacido en un pas de maravillas.

Le hizo describir muchas veces cmo era la tumba del santo en el crucero
de la catedral, las apolilladas tapiceras que perpetuaban sus milagros,
el busto de plata que guardaba su corazn... Adems, la puerta principal
de Vannes se llamaba de San Vicente, y los recuerdos del santo estaban
an vivos en sus crnicas.

Tambin se propuso visitar esta ciudad cuando el buque volviese  Brest.
Muy santa deba ser la tierra bretona, la ms santa del mundo, cuando el
valenciano milagroso, despus de correr tantas naciones, haba querido
morir en ella.

Ya no le produjo asombro que  este mocetn le hubiesen recogido en
Dixmude cubierto de heridas y se mostrase ahora sano y vigoroso... A
bordo del _Mare nostrum_ era artillero: l y dos camaradas estaban
encargados del can. Para _Caragl_ no ofreca dudas la suerte de todo
submarino que les saliese al encuentro: el chico de Vannes iba 
hacerlo aicos al primer disparo. Una tarjeta postal, obsequio del
bretn, representando la tumba del santo, figuraba en el sitio de honor
de la cocina. El viejo le rezaba como si fuese una estampa milagrosa, y
el Cristo del Grao iba quedando en segundo trmino.

Una maana, _Caragl_ fu en busca del capitn, que estaba escribiendo
en su camarote. Vena de tierra, de hacer sus compras en el mercado. Al
pasar por la _rue de Siam_, la va ms importante de Brest, donde estn
los cafs, los teatros y los cinemas, haba tenido un encuentro.

--Un encuentro--continu con sonrisa misteriosa--. A que no adivina
usted quin es?...

Levant los hombros Ferragut, y en vista de su indiferencia, el viejo no
quiso guardar por ms tiempo el secreto.

--La pjara!--aadi--. Aquella pjara guapetona y perfumada que vena
 verle... La de Npoles... la de Barcelona...

El capitn palideci, primeramente de sorpresa, luego de clera. Freya
en Brest?... Hasta aqu llegaba su espionaje?...

_Caragl_ continu su relato. Volva hacia el buque, y ella, que
marchaba por una acera de la calle de Siam, le haba reconocido,
hablndole cariosamente.

--Me ha dado recuerdos para usted... Est enterada de que ningn extrao
puede entrar en el barco. Me dijo que haba intentado venir  verle.

Hizo una rebusca el cocinero en sus bolsillos, sacando un pedazo de
papel arrugado, una hoja en blanco arrancada de una carta vieja.

--Tambin me di este papel, escrito en la misma calle con un lpiz.
Usted sabr lo que dice. Yo no he querido mirarlo.

Ferragut, al tomar el papel, reconoci inmediatamente la letra de ella,
pero desigual, nerviosa, trazada con precipitacin. Cuatro palabras nada
ms: Adis. Voy  morir.

Mentiras! Siempre mentiras!, dijo en su cerebro la voz de la
cordura.

Rompi el papel, y pas el resto de la maana preocupado... Su deber era
perseguir este espionaje que vena  realizar su labor en un puerto de
guerra... Todos los buques anclados cerca del _Mare nostrum_ estaban
bajo la amenaza de sus avisos. Quin poda saber si sus comunicaciones
misteriosas serviran para que l tambin se viese atacado por un
submarino al salir de la rada de Brest!...

Su primer impulso fu denunciarla. Luego se arrepinti, por los
escrpulos de una caballerosidad absurda... Adems, tendra que explicar
su pasado  los jefes de Brest, que apenas le conocan. Estaba lejos
aquel marino de Salnica que saba comprender los errores pasionales.

Quiso vigilar por s mismo, y en la tarde se fu  tierra. Detestaba 
Brest, como una de las ciudades ms aburridas del Atlntico. Llova en
ella incesantemente y no se encontraba otra distraccin que el eterno
paseo por la calle de Siam  la permanencia aburrida en los cafs,
llenos de marinos y de oficiales de tierra ingleses y portugueses.

Recorri los establecimientos pblicos de da y de noche; hizo
averiguaciones en los hoteles; tom carruajes para visitar las afueras
ms pintorescas. Durante cuatro das insisti en sus pesquisas, sin
resultado alguno.

Lleg  dudar de la veracidad del to _Caragl_. Tal vez estaba ebrio al
volver al buque y haba inventado aquel encuentro. Pero el recuerdo del
papel escrito por ella desmenta tal suposicin... Freya estaba en
Brest.

El cocinero lo explic todo simplemente al asediarle el capitn con
nuevas preguntas.

--La pjara deba ir de paso. Tal vez se march en la tarde... Pura
casualidad el encuentro!

Tuvo que desistir de sus averiguaciones. Los trabajos defensivos del
buque estaban terminados; las bodegas contenan un cargamento de
proyectiles para el ejrcito de Oriente y varios caones sin montar.
Recibi la orden de partida, y una maana gris y lluviosa salieron de la
rada de Brest. La bruma hizo an ms dificultoso el trnsito entre los
escollos que obstruyen este puerto. Pasaron ante la lgubre baha de los
Difuntos, antiguo cementerio de buques de vela, y siguieron la
navegacin hacia el Sur, en busca del estrecho, para entrar en el
Mediterrneo.

Ferragut sinti orgullo al examinar el nuevo aspecto del _Mare nostrum_.
La telegrafa sin hilos le mantena en contacto con el mundo. Ya no era
el capitn mercante siervo del destino, confiado  su buena suerte 
incapaz de repeler un ataque. Las estaciones radiogrficas velaban por
l  lo largo de las costas, aconsejando cambios de rumbo para evitar al
enemigo en acecho. Chirriaban los aparatos sosteniendo invisibles
dilogos. Adems, en la popa estaba el can, resguardado por una
caperuza de lona, pronto  entrar en funciones.

Vi casi realizados los ensueos de su niez, cuando devoraba historias
de corsarios y novelas de aventuras martimas. Le era lcito titularse
capitn de mar y guerra, como los antiguos navegantes. Si el submarino
pasaba ante l, lo atacara con la proa; si intentaba perseguirle,
podra responderle con el can.

Su humor aventurero le hizo ansiar uno de estos encuentros. Faltaba en
su vida un combate martimo. Quiso ver cmo se portaban estos hombres
silenciosos y modestos que haban hecho la guerra en tierra y
contemplado la muerte de cerca.

No tard en realizarse su deseo. Un amanecer,  la altura de Lisboa,
cuando acababa de dormirse despus de haber pasado la noche en el
puente, le despertaron los gritos y correteos de la tripulacin.

Un submarino haba surgido  mil quinientos metros y marchaba hacia el
_Mare nostrum_  gran velocidad, temiendo sin duda que el buque mercante
intentase escapar. Para obligarle  detenerse, su can le envi dos
proyectiles, que cayeron en el agua.

El vapor moder su marcha, pero fu para colocarse en mejor posicin y
que maniobrase con desahogo su pieza de popa. A los primeros tiros el
submarino empez  retroceder, guardando una prudente distancia,
sorprendido de que contestasen  su agresin.

Dur el combate una media hora, repitindose los disparos por ambas
partes con la velocidad de la artillera de tiro rpido. Ferragut estaba
cerca del can, admirando la fra calma con que lo manejaban sus
servidores. Uno tena siempre un proyectil en los brazos, pronto 
drselo al compaero, que lo introduca con rapidez en la recmara
humeante. El apuntador concentraba toda su vida en los ojos,  inclinado
sobre la pieza la mova, buscando la parte sensible de aquel cuerpo gris
y prolongado que asomaba  flor de agua lo mismo que un cetceo.

De pronto, una nube de astillas vol cerca de la proa del vapor. Un
proyectil enemigo acababa de chocar con el borde de los techos que
cubran la cocina y los ranchos de la tripulacin. _Caragl_, que estaba
en la puerta de sus dominios, se llev las manos al sombrero. Al
disolverse la nube amarilla y maloliente, le vieron todos de pie,
rascndose la cspide de la cabeza, descubierta y roja.

--No es nada!--dijo--. Un pedazo de madera que me ha hecho una sangra.
Fuego!... fuego!

Aullaba, enardecido por los caonazos. El olor de droguera de la
plvora sin humo, el estrpito seco de las detonaciones, parecan
embriagarle. Saltaba y manoteaba con el ardor de una danza guerrera.

Los artilleros de popa redoblaron su actividad: los disparos eran
continuos.

--Ya est!--grit _Caragl_--. Lo han tocado... lo han tocado!

En todo el buque era l quien menos poda apreciar los efectos del tiro.
Apenas si alcanzaba  distinguir la silueta del sumergible. Pero  pesar
de esto, sigui bramando con toda la fuerza de su fe:

--Est tocado... Viva! viva!...

Y lo extrao fu que el enemigo desapareci instantneamente de la
superficie azul. Los artilleros dirigieron an algunos tiros contra su
periscopio. Despus slo qued en el lugar ocupado por l una lmina
blanca y brillante.

El vapor march hacia esta mancha enorme de aceite, que tomaba al
moverse unos reflejos tornasolados.

Los marineros dieron gritos de entusiasmo. Estaban seguros de haber
echado  pique al sumergible. Los oficiales eran menos optimistas:
Quin sabe! No le haban visto levantarse verticalmente para hundirse
luego por uno de sus extremos como un huso, de punta. Tal vez haba
sufrido una simple avera que le obligaba  ocultarse.

Para _Caragl_ era indiscutible la prdida del submarino. Consideraba
innecesario preguntar el nombre del que lo haba hecho pedazos.

--Ha sido el de Vannes... Slo l puede ser.

Los otros artilleros no existan. Y enardecido por su entusiasmo, se
escapaba de las manos de dos marineros que haban empezado  vendarle la
cabeza con una pulcritud aprendida en los combates terrestres.

Ferragut qued satisfecho del encuentro. No estaba seguro de la
destruccin del enemigo; pero si se haba salvado poda llevar la
noticia  los otros de que el _Mare nostrum_ era capaz de defenderse.

Su alegra le llev al lado de _Caragl_.

--Muy bien, veterano. Escribiremos al ministro de Marina para que le d
la Cruz de Guerra.

El cocinero, tomando en serio estas palabras, declin la oferta. Si
daban alguna recompensa, que fuese para el chico de Vannes. Luego
aadi, como si reflejase los pensamientos de su capitn:

--Da gusto navegar as... A nuestro vapor le han salido dientes, y ya no
tendr que huir como una liebre asustada... Que lo dejen hacer su camino
en paz, porque ahora muerde.

Todo el resto del viaje hasta Salnica fu sin incidentes. El telgrafo
lo mantuvo en contacto con las instrucciones llegadas de tierra.
Gibraltar le aconsej que navegase pegado  la costa de frica; Malta y
Bizerta le indicaron que poda seguir adelante, por estar el paso entre
Tnez y Sicilia limpio de enemigos. Del lejano Egipto vinieron  su
alcance avisos tranquilizadores mientras navegaba entre las islas
griegas con la proa hacia Salnica.

Al regreso fu  tomar carga en el puerto de Marsella.

No tena Ferragut que preocuparse del buque cuando estaba anclado. Eran
los oficiales franceses los que se entendan con las autoridades de los
puertos. El se limitaba  ser una justificacin de la bandera, un
capitn de pas neutral que haca valer con su presencia la nacionalidad
del buque. Slo en el mar recobraba el marido, hacindose obedecer de
todos sobre el puente.

Vag por Marsella como otras veces, pasando las primeras horas de la
tarde en las terrazas de los cafs de la Cannebire.

Un viejo capitn marsells dedicado al comercio conversaba con l antes
de volver  su oficina. Una tarde, Ferragut fij los ojos distradamente
en cierto diario de Pars que llevaba su amigo.

Atrajo de pronto su atencin un nombre impreso  la cabeza de un breve
artculo. La sorpresa le hizo palidecer, al mismo tiempo que se contraa
algo dentro de su pecho. Volvi  deletrear el nombre, temiendo haber
sufrido una alucinacin. No era posible la duda; estaba bien claro:
_Freya Talberg_.

Tom el diario de las manos de su contertulio, disfrazando su
impaciencia con un gesto de curiosidad.

--Qu dicen hoy de la guerra?...

Y mientras el viejo marino le daba noticias, l ley febrilmente las
lneas agrupadas  continuacin de dicha nombre.

Qued desorientado. Eran poca cosa para l, que ignoraba los hechos
anteriores aludidos por el peridico. Significaban estas lneas una
simple protesta contra el gobierno porque no haca sufrir  la famosa
Freya Talberg la pena  que la haban sentenciado. El artculo terminaba
mencionando la belleza y la elegancia de la delincuente, como si
atribuyese  tales cualidades la demora en el castigo.

Se esforz Ferragut por dar  su voz un tono de indiferencia.

--Quin es esta individua?--dijo sealando el ttulo del artculo.

Su compaero tuvo que hacer memoria. Ocurran tantas cosas con motivo
de la guerra!

--Es una _boche_, una espa, sentenciada  muerte... Parece que trabaj
mucho aqu y en otros puertos dando aviso  los submarinos alemanes de
la salida de nuestros transportes... La prendieron en Pars hace dos
meses, cuando regresaba de Brest.

Dijo esto el amigo con cierta indiferencia. Eran tan numerosos los
espas!... Con frecuencia publicaban los peridicos noticias de
fusilamientos: dos lneas nada ms, como si se tratase de un accidente
ordinario.

--Esa Freya Talberg--continu--ha hecho hablar bastante de su persona.
Parece que es una mujer _chic_: una especie de dama de novela. Muchos
protestan de que no la hayan ejecutado an. Es triste tener que matar 
una persona de su sexo. Matar  una mujer, y adems una mujer
hermosa!... Pero sin embargo, resulta preciso... Creo que la fusilarn
de un momento  otro.




XII

ANFITRITA!... ANFITRITA!


El _Mare nostrum_ hizo otro viaje de Marsella  Salnica.

Busc en vano Ferragut antes de partir nuevas noticias de Freya en los
peridicos de Pars. Varios sucesos distrajeron por unos das la
atencin pblica, y la espa qued momentneamente olvidada.

Al llegar  Salnica hizo discretas preguntas  sus amigos militares y
marinos en los cafs del puerto. Casi todos desconocan el nombre de
Freya Talberg. Los que lo haban ledo en los diarios contestaban con
indiferencia.

--S quin es: una espa que fu artista; una mujer de cierto _chic_.
Creo que la han fusilado... No lo s cierto, pero deben haberla
fusilado.

Tenan cosas ms importantes en que pensar. Una espa!... Por todos
lados se tropezaba con los manejos del espionaje alemn. Haba que
fusilar mucho... Y olvidaban inmediatamente este asunto para hablar de
los azares de la guerra, que les amenazaban  ellos y  sus compaeros
de armas.

Cuando Ferragut volvi  Marsella, dos meses despus, ignoraba si su
antigua amante estaba an entre los vivos.

La primera tarde que encontr en el caf de la Cannebire  su
contertulio el viejo capitn, fu encaminando la conversacin hbilmente
hasta poder formular con naturalidad la pregunta que llevaba en su
pensamiento: Qu haba sido de aquella Freya Talberg que tanto
preocupaba  los peridicos antes de salir l para Salnica?...

El marsells tuvo que hacer un esfuerzo para acordarse.

--Ah, s!... la espa _boche_!--dijo tras de una larga pausa--. La
fusilaron hace unas semanas. Los peridicos han hablado poco de su
muerte. Unas cuantas lneas; esas gentes no merecen ms...

Tena el amigo de Ferragut dos hijos en el ejrcito; un sobrino suyo
haba muerto en las trincheras; otro, piloto  bordo de un transporte,
acababa de perecer en un torpedeamiento. Pasaba muchas noches sin
dormir, pensando en la suerte de sus hijos que luchaban en el frente, y
esta inquietud daba un tono duro y feroz  sus entusiasmos patriticos.

--Bien muerta est... Era una mujer, y los fusilamientos de mujeres
resultan penosos. Siempre causa repugnancia tratarlas como  los
hombres... Pero, segn me han contado, esta individua, con los avisos de
su espionaje, contribuy al torpedeamiento de diez y seis buques... Ah,
mala bestia!...

Y no dijo ms, pasando  hablar de otra cosa. Todos mostraban igual
repulsin al hacer memoria de la espa.

Ferragut acab por participar del mismo sentimiento. Su cerebro se haba
partido con la dualidad contradictoria de todos los momentos crticos de
su existencia. Odi  Freya pensando en sus crmenes. Recordaba como
hombre de mar  los compaeros annimos muertos en los torpedeamientos.
Esta mujer haba sido la preparadora inconsciente de muchos
asesinatos... Y al mismo tiempo evocaba la imagen de la otra, de la
amante que saba retenerle con sus artificios en el viejo palacio de
Npoles, haciendo de la voluptuosa prisin el mejor de sus recuerdos.

No pensemos ms en ella--se dijo con energa--. Ha muerto... No
existe.

Pero ni aun despus de muerta le dejaba en paz. Su recuerdo no tard en
resurgir, adhirindose  l con un inters trgico.

La misma tarde que habl con su amigo en el caf de la Cannebire fu 
la Casa de Correos para recoger la correspondencia, que se haca enviar
 Marsella. Le entregaron un grueso paquete de cartas y peridicos. Por
la letra de los sobres y los timbres postales fu adivinando quines le
escriban: una carta nica de su mujer, compuesta de un solo pliego, 
juzgar por su flexible delgadez; tres muy abultadas de Tni, especie de
dietarios, en los que iba relatando sus compras, sus cultivos, sus
esperanzas de ver llegar al capitn; todo ello mezclado con abundantes
noticias sobre la guerra y el malestar de las gentes. Adems, varios
pliegos de establecimientos bancarios de Barcelona dando cuenta 
Ferragut del empleo de sus capitales.

De pie en la escalinata del palacio, acab de examinar su
correspondencia por la cara exterior. Era semejante  la que encontraba
 la vuelta de todos sus viajes.

Iba  guardarla en los bolsillos y seguir su camino, cuando atrajo su
atencin un sobre voluminoso, de letra desconocida, certificado en
Pars...

La curiosidad le hizo abrirlo inmediatamente, y vi en sus manos un
verdadero fajo de hojas sueltas, un relato extenso que iba ms all de
los lmites de una carta. Mir el membrete impreso y luego la firma. El
que le escriba era un abogado de Pars, y Ferragut presinti por el
papel lujoso y las seas de su domicilio que deba ser un _matre_
clebre. Hasta recordaba haber encontrado alguna vez su nombre en los
peridicos.

Empez la lectura de la primera pgina all mismo, ansiando saber por
qu causa le escriba el grave personaje. Pero apenas hubo pasado los
ojos por algunos renglones, detuvo su lectura. Tropez con el nombre de
Freya Talberg. Este abogado haba sido su defensor ante el Consejo de
guerra.

Se apresur  guardar la carta, dominando su impaciencia. Sinti la
necesidad de silencioso apartamiento y soledad absoluta que experimenta
un lector apasionado al adquirir un libro nuevo. Este manojo de papeles
contena para l la ms interesante de las historias.

Al dirigirse  su buque, le pareci el camino ms largo que otras veces.
Ansiaba verse encerrado en su camarote, lejos de toda curiosidad, como
si fuese  realizar una operacin misteriosa.

Freya no exista. Haba desaparecido del mundo de un modo infamante,
como desaparecen los criminales, doblemente sentenciada, pues hasta su
recuerdo era repelido por las gentes; y Ferragut, dentro de unos
momentos, iba  hacerla resurgir como un fantasma en la casa flotante
que ella haba visitado en dos ocasiones. Poda conocer las ltimas
horas de su existencia, envueltas en un misterio de desprecio; poda
violentar la voluntad de sus jueces, que la haban condenado  perder la
vida y  perecer despus de muerta en la memoria de todos.

Con verdadera avidez se sent ante la mesa de su camarote, poniendo en
orden el contenido del sobre: ms de doce hojas escritas por ambas caras
y varios recortes de peridicos. En estos recortes vi el retrato de
Freya, una imagen dura y confusa. La reconoci nicamente por su nombre
puesto al pie: ella haba sido otra mujer. Vi tambin el retrato de su
defensor: un abogado viejo, de aspecto pulcro, con melenas blancas
finamente peinadas y ojos juveniles.

Adivin Ferragut desde las primeras lneas que el _matre_ no poda
escribir ni hablar sin hacer literatura. Su carta era un relato mesurado
y correcto, en el que la emocin, por viva que fuese, se contena
discretamente, no queriendo desordenar los pliegues de un estilo
majestuoso.

Empezaba explicando cmo su deber profesional le haba decidido 
defender  una espa. Necesitaba un abogado: era extranjera; la opinin
pblica, influenciada por los exagerados relatos de los peridicos sobre
su belleza y sus joyas, mostraba una animosidad feroz, pidiendo su
pronto castigo. Nadie quera encargarse de su defensa, y por eso mismo
l la haba aceptado, sin miedo  la impopularidad.

Ferragut crey adivinar en este sacrificio un impulso de viejo
galanteador, que le haba hecho ir hacia Freya porque era hermosa.
Adems, este proceso representaba un acontecimiento parisin y poda dar
cierta notoriedad novelesca  los que interviniesen en sus actuaciones.

Unos cuantos prrafos ms all, el marino se convenci de que el
_matre_ haba acabado por enamorarse de su patrocinada. Esta mujer
hasta en el momento de morir esparca en torno de ella su poder de
seduccin.

El xito profesional entrevisto por el abogado se disolva  las
primeras gestiones. La defensa de Freya era imposible. Lloraba por toda
respuesta cuando le hacan preguntas sobre los hechos de su vida
anterior,  permaneca silenciosa, inmvil, con la mirada perdida, lo
mismo que si se tratase de la suerte de otra mujer.

No necesitaban los jueces militares de sus confesiones: saban detalle
por detalle toda su existencia durante la guerra y en los ltimos aos
de la paz. Nunca los agentes de la polica en el extranjero haban
trabajado con tanta rapidez y xito. Una buena suerte misteriosa y
omnipotente los empujaba en sus pesquisas. Conocan todos los trabajos
de Freya; hasta haban proporcionado datos exactos sobre su personalidad
de agente secreto, el nmero de orden con que figuraba en la oficina
directora de Berln, el dinero que cobraba, sus informes en los ltimos
meses. Documentos escritos por ella misma, con una culpabilidad
irrefutable, haban venido  unirse  su proceso, sin que nadie supiese
de dnde eran enviados ni por quin.

Cada vez que el juez instructor pona ante los ojos de Freya una de
estas pruebas, ella miraba  su abogado desesperadamente.

--Son ellos!--gema--. Ellos, que desean mi muerte!

El defensor era de la misma opinin. La polica haba conocido su
presencia en Francia por una carta que le dirigan sus jefes desde
Barcelona, torpemente desfigurada, escrita con arreglo  una clave cuyo
misterio estaba descubierto por el contraespionaje francs mucho tiempo
antes. Para el _matre_, era indudable que un poder misterioso haba
querido deshacerse de esta mujer, envindola  un pas enemigo como si
la enviase  la muerte.

Ulises adivin en el defensor un estado de alma semejante al suyo, la
misma dualidad que le haba atormentado en todas sus relaciones con
Freya.

Yo, seor--escriba el abogado--, he sufrido mucho. Un hijo mo,
oficial, muri en la batalla del Aisne; otros allegados  m, sobrinos y
discpulos, han muerto luego en Verdn y en el ejrcito expedicionario
de Oriente...

Haba sentido, como francs, una repulsin irresistible al convencerse
de que Freya era una espa que llevaba causados grandes daos  su
patria... Luego, como hombre, se apiadaba de su inconsciencia, de su
carcter contradictorio y ligero hasta llegar al crimen, de su egosmo
de mujer hermosa y amiga del lujo, que la haba hecho admitir la vileza
moral  cambio del bienestar.

Atraa su historia al abogado con el inters palpitante de una novela de
aventuras. La conmiseracin iba tomando en l una vehemencia de
enamoramiento. Adems, la idea de que eran los explotadores de esta
mujer los que la haban denunciado le infunda un entusiasmo
caballeresco para la defensa de su causa insostenible.

La comparecencia ante el Consejo de guerra haba resultado penosa y
dramtica. Freya, que hasta entonces pareca embrutecida por el rgimen
de la prisin, despertaba al verse enfrente de una docena de hombres
uniformados y graves.

Su primer movimiento fu el de toda hembra hermosa y coqueta. Conoca su
influencia fsica. Estos militares convertidos en jueces le recordaban
los que ella haba visto en los ts y los grandes bailes de los
hoteles... Qu francs puede resistirse  la atraccin femenina?...

Haba sonredo, haba contestado  las primeras preguntas con una
modestia graciosa, fijando sus ojos malignamente cndidos en los
oficiales sentados detrs de la mesa presidencial y en los otros hombres
con uniforme azul encargados de acusarla  de leer los documentos de su
proceso.

Pero algo fro y hostil exista en el ambiente que paralizaba sus
sonrisas, dejaba sin eco sus palabras y haca opacos los resplandores de
ojos. Todas las frentes se inclinaban bajo el peso de severos
pensamientos; todos los hombres parecan tener en aquel instante treinta
aos ms. No la veran tal como era por ms esfuerzos que hiciese. Sus
admiraciones y deseos yacan abandonados al otro lado de la puerta.

Freya adivin que haba dejado de ser una mujer y no era mas que una
acusada. Otra de su sexo, una rival irresistible, lo llenaba todo,
encadenando  estos hombres con un amor profundo y austero. Su instinto
la hizo fijarse en la matrona blanca, de rostro grave, que avanzaba su
busto vigoroso sobre la cabeza del presidente. Era la Patria, la
Justicia, la Repblica, contemplando con sus ojos vagos y sin pupila 
la hembra de carne y hueso que empezaba  temblar, dndose cuenta de su
situacin.

--Yo no quiero morir!...--grit de pronto, abandonando sus seducciones,
pasando  ser una pobre criatura enloquecida por el miedo--. Yo soy
inocente!

Minti con el ilogismo absurdo y descarado del que se ve en peligro de
muerte; hubo necesidad de releer sus primeras declaraciones, que negaba
ahora; de presentar nuevamente las pruebas materiales, cuya existencia
no quera admitir; de hacer desfilar su pasado entero con el apoyo de
aquellos datos irrefutables de origen annimo.

--Son _ellos_ los que lo han hecho todo!... Han abusado de m!... Ya
que desean mi prdida, voy  contar lo que s.

El abogado pasaba ligeramente en su relato sobre lo ocurrido en el
Consejo de guerra. El secreto profesional y el inters patritico le
impedan ser ms explcito. Haba durado el Consejo de la maana  la
noche, revelando Freya  sus jueces todo cuanto saba... Luego, su
defensor hablaba durante cinco horas, intentando establecer una especie
de intercambio en la aplicacin de la pena. La culpabilidad de esta
mujer era indiscutible y muy grandes los males que llevaba causados.
Pero deban concederle la vida  trueque de sus confesiones
importantes... Adems, haba que tener en cuenta la inconsciencia de su
carcter... la venganza de que la hacan objeto los enemigos del pas...

Esper hasta bien entrada la noche, al lado de Freya, la decisin del
tribunal. Su defendida pareca animada por la esperanza. Haba vuelto 
ser mujer: hablaba plcidamente con l, sonrea  les gendarmes
encargados de su custodia, haca elogios del ejrcito... Unos
franceses, unos caballeros, eran incapaces de matar  una mujer...

El _matre_ no se sorprendi al ver el gesto triste y enfurruado de los
militares al salir de su deliberacin. Parecan descontentos de su voto
reciente y mostraban  la vez la serenidad de una conciencia tranquila.
Eran soldados que acababan de cumplir su austero deber, suprimiendo todo
lo que haba en ellos de simples hombres. El encargado de leer la
sentencia hinch su voz con una energa ficticia... A muerte!...
Freya era condenada al fusilamiento, despus de una larga enumeracin de
crmenes: informes dados al enemigo, que representaban la prdida de
miles de hombres; buques torpedeados  consecuencia de sus avisos, en
los que haban perecido familias indefensas.

La espa agitaba la cabeza al escuchar sus propios actos, apreciando por
primera vez toda su enormidad, reconociendo la justicia del tremendo
castigo. Pero al mismo tiempo confiaba en un bondadoso perdn  cambio
de todo lo que haba revelado, en una misericordia galante... por ser
ella.

Al sonar la palabra fatal, di un grito, plida, con una palidez de
ceniza, y se apoy en su abogado.

--Yo no quiero morir!... No debo morir!... Soy inocente!

Sigui gritando su inocencia, sin dar otra prueba que el desesperado
instinto de su conservacin. Con la credulidad del que desea salvarse,
acept todos los consuelos problemticos de su defensor. Quedaba el
recurso de apelar  la gracia del presidente de la Repblica: tal vez la
indultase... Y firm esta apelacin con repentina esperanza.

Consigui el abogado suspender por dos meses el cumplimiento de la
sentencia visitando  muchos de sus colegas que eran personajes
polticos. El deseo de salvar la vida de su cliente le atormentaba como
una obsesin. Haba dedicado  este asunto toda su actividad y sus
influencias personales.

Enamorado!... enamorado como t!, dijo con acento de burla en el
cerebro de Ferragut la voz de los consejos prudentes.

Los peridicos protestaban de este retardo en la ejecucin de la
sentencia. Empez  sonar en las conversaciones el nombre de Freya
Talberg como un argumento contra la debilidad del gobierno. Las mujeres
eran las que se mostraban ms implacables.

Un da, en el Palacio de Justicia, haba podido convencerse de esta
animosidad general, que empujaba  su defendida hacia los fusiles de la
ejecucin. La mujer encargada de guardar las togas, verbosa comadre
familiarizada con el trato de los abogados ilustres, le haba hecho
conocer sus opiniones rudamente.

--Cundo matarn  esa espa?... Si fuese una pobre mujer con hijos, de
las que necesitan ganar su pan, ya la habran fusilado... Pero es una
cocota elegante y con joyas; tal vez se ha acostado con los ministros.
Cualquier da vamos  verla en la calle... Y mi hijo que muri en
Verdn!...

La prisionera, como si adivinase esta indignacin pblica, empez 
considerar inmediata su muerte, perdiendo poco  poco el amor  la
existencia, que le haca prorrumpir en mentiras y delirantes protestas.
En vano el _matre_ finga esperanzas en el indulto.

--Es intil: debo morir... Tengo derecho  que me fusilen... He causado
muchos daos... Me horrorizo de m misma al recordar todos los delitos
consignados en la sentencia... Y an hay otros que ignoran!... La
soledad me ha hecho conocerme tal como soy. Qu vergenza!... Debo
irme: todo lo he perdido... Qu me queda que hacer en el mundo?...

Y fu entonces, querido seor--continuaba el abogado en su carta--,
cuando me habl de usted, del modo como se conocieron, del dao que le
hizo inconscientemente.

Convencido de la inutilidad de sus gestiones, el _matre_ haba
solicitado un ltimo favor. Freya deseaba que la acompaase en el
momento de la ejecucin: esto mantendra su serenidad. Y los del
gobierno prometan  su colega en el foro un aviso oportuno para que
asistiese al cumplimiento de la sentencia.

Eran las tres de la madrugada y estaba en lo mejor de su sueo, cuando
le despertaron unos enviados de la Prefectura de Polica. El
fusilamiento iba  realizarse al amanecer: era una decisin tomada 
ltima hora, para que los periodistas se enterasen tarde del suceso.

Un automvil le llev con sus acompaantes  la prisin de San Lzaro, 
travs de Pars silencioso y lbrego. Slo unos cuantos reverberos
encapuchados cortaban con su luz macilenta la obscuridad de las calles.
En la prisin se reuni con otros funcionarios de polica y muchos jefes
y oficiales que representaban  la justicia militar. La sentenciada
dorma an en su celda, ignorando lo que iba  ocurrir.

Marcharon en fila por los corredores de la crcel los encargados de
despertarla, sombros y tmidos, empujndose con su nerviosa
precipitacin.

Se abri una puerta. Bajo la luz reglamentaria estaba Freya en su lecho
con los ojos cerrados. Al abrirlos y verse rodeada de hombres, su cara
se dilat con un gesto de espanto.

--Valor, Freya!--dijo el director de la prisin--. El recurso de gracia
ha sido denegado.

--Animo, hija ma!--aadi el cura del establecimiento, iniciando el
principio de una pltica.

Su terror slo dur unos segundos. Fu la ruda sorpresa del despertar,
con el cerebro todava paralizado. Al reunir sus recuerdos, la serenidad
volvi  su rostro.

--Debo morir?--pregunt--ha llegado ya la hora?... Pues bien; que me
fusilen. Aqu estoy.

Algunos hombres volvieron la cabeza para ocultar sus ojos...

Tuvo que saltar de la cama en presencia de dos vigilantes. Esta
precaucin era para que no atentase contra su vida. Ella misma rog al
abogado que permaneciese en la celda, como si de este modo quisiera
aminorar la molestia de vestirse ante unos desconocidos.

Ferragut adivin la piedad y la admiracin del _matre_ al llegar  este
pasaje de su carta. La haba visto medio desnuda, preparando el ltimo
tocado de su existencia.

Adorable criatura! Tan hermosa!... Haba nacido para el amor y el
lujo,  iba  morir desgarrada por las balas, como un rudo soldado...

Le parecan admirables las precauciones adoptadas por su coquetera para
este ltimo instante. Deseaba morir como haba vivido, echando sobre su
persona todo lo mejor que posea. Por esto, al presentir la proximidad
de la ejecucin, haba reclamado das antes sus joyas y el traje que
llevaba en el momento que la detuvieron  la vuelta de Brest.

El defensor la describa con un vestido de seda gris perla, zapatos y
medias de doradillo, gabn de pieles y en la cabeza gran sombrero con
plumas. Adems, el collar de perlas estaba sobre su pecho, las
esmeraldas en las orejas y todos sus brillantes en los dedos.

Una sonrisa triste crisp sus labios al intentar mirarse en los
cristales de la ventana, negros an por la lobreguez de la noche, y que
le servan de espejo.

--Muero como un militar: dentro de mi uniforme--dijo  su abogado.

Luego, en el recibidor de la crcel, bajo la cruda luz artificial, esta
mujer empenachada, cubierta de alhajas, exhalando sus ropas un lejano
perfume, recuerdo de los tiempos felices, se movi con desembarazo entre
los hombres vestidos de negro y los uniformes azules.

Dos religiosas que le haban acompaado en los das anteriores parecan
ms impresionadas que ella. Intentaban exhortarla, y al mismo tiempo
movan los prpados para repeler sus lgrimas... El cura no estaba menos
emocionado. Haba asistido  otros reos, pero eran hombres... Ayudar 
bien morir  una mujer hermosa, perfumada, centelleante de piedras
finas, como si fuese  montar en su automvil para ir  un t de
moda!...

Ella haba dudado una semana antes entre recibir  un pastor calvinista
 un sacerdote catlico. En su vida cosmopolita, de incierta
nacionalidad, no haba tenido tiempo para decidirse por una religin. Al
fin, escoga al ltimo, por parecerle ms simple de intelecto, ms
comunicativo...

Varias veces interrumpi al sacerdote cuando intentaba consolarla.
Pareca que fuese ella la encargada de infundir nimo.

--Morir no es tan horrible como parece cuando se ve de lejos... Siento
vergenza al pensar en los miedos que he pasado, en las lgrimas que
llevo derramadas... Resulta ms simple de lo que yo crea... Todos
hemos de morir!

Le leyeron la sentencia, con la denegacin del recurso de gracia.
Despus le ofrecieron una pluma para que firmase.

Un coronel le dijo que an poda disponer de unos minutos para escribir
 su familia,  sus amigos,  consignar su ltima voluntad...

--A quin escribir?--dijo Freya--. No tengo ningn amigo en el mundo...

Entonces fu--continuaba el abogado--cuando tom la pluma, como si la
acometiese un recuerdo, y traz unas cuantas lneas... Luego rompi el
papel y vino hacia m. Pensaba en usted, capitn: su ltima carta era
para usted, y la dej sin terminar, temiendo que nunca llegase  sus
manos. Adems, no estaba para escribir: su pulso era nervioso; prefera
hablar... Me pidi que enviase  usted una carta larga, muy larga,
relatando sus ltimos momentos, y yo tuve que jurarle que cumplira su
encargo.

A partir de este instante, el _matre_ haba visto las cosas mal. La
emocin perturbaba sus sentidos, pero vivan an en su memoria las
ltimas palabras de Freya al salir de la crcel.

--Yo no soy alemana--haba dicho repetidas veces  los hombres con
uniforme--. No soy alemana!

Para ella, lo menos importante era morir. nicamente le preocupaba que
pudiesen creerla de dicha nacionalidad.

El abogado se vi en un automvil con varios hombres  los que apenas
conoca. Otros vehculos marchaban delante y detrs del suyo. En uno de
ellos iba Freya con las monjas y el sacerdote.

Una dbil claridad blanqueaba el cielo, marcando las aristas de los
tejados. Abajo, en el lbrego fondo de las calles, empezaba lentamente
la circulacin del amanecer. Los primeros obreros que iban hacia su
trabajo con las manos en los bolsillos, las verduleras que regresaban de
los mercados empujando sus carretones, volvan la cabeza con inters,
siguiendo este desfile de carruajes veloces, casi todos ellos con
hombres en los pescantes al lado del conductor. Pensaban en la
posibilidad de una boda matinal... Tal vez eran gentes alegres que
venan de una fiesta nocturna... Varias veces el cortejo detuvo su
marcha, vindose cortado por un desfile de pesadas carretas con montaas
de hortalizas.

El _matre_,  pesar de sus emociones, fu reconociendo el camino que
segua el automvil. En la plaza de la Nacin entrevi el grupo
escultrico que representa el triunfo de la Repblica surgiendo hmedo y
brillante de la bruma del amanecer; luego, la verja de la barrera; 
continuacin, la larga avenida de Vincennes y su histrica fortaleza.

Todava fueron ms lejos, hasta llegar al campo de tiro.

Al bajar del automvil vi una extensa llanura cubierta de hierba y
formadas en ella dos compaas de soldados. Otros vehculos haban
llegado antes. Del grupo de personas descendidas se despeg Freya,
dejando atrs  las monjas y los agentes que la escoltaban.

La luz del amanecer, azul y fra como los reflejos del acero, iluminaba
las dos masas de hombres armados formando ancha calle. En el fondo de
esta calle haba un poste clavado en la tierra; ms all un furgn
obscuro tirado por dos caballos, y varios hombres vestidos de negro.

El avance de la mujer fu acogido por una voz de mando,  inmediatamente
empezaron  sonar tambores y trompetas en la cabeza de las dos
formaciones. Hubo un ruido de fusiles: los soldados presentaban las
armas. Los blicos instrumentos lanzaron una msica de gloria, el mismo
toque que saluda la presencia del jefe del Estado, de un general, de la
bandera desplegada... Era un homenaje  la justicia majestuosa y severa;
un himno  la patria implacable en su defensa.

Pens la espa un momento que todo este aparato era para otra. Se acord
de la mujer blanca, de fuertes pechos y ojos sin pupila, que haba
visto sobre la cabeza del presidente del Consejo. Pero  continuacin
quiso creer que el recibimiento triunfal era para ella... Marchaba entre
fusiles, acompaada de trompetas y tambores, como una reina.

Su defensor la vi ms alta que nunca. Pareca haber crecido un palmo,
con prodigioso estiramiento. Su alma de mujer de teatro se emocion lo
mismo que cuando se presentaba en las tablas  recibir aplausos. Todos
estos hombres se haban levantado en plena noche y estaban all por
ella; los cobres y los parches sonaban para saludarla. La disciplina
mantena los rostros graves y fros, pero tena la certeza de que la
encontraban hermosa y que detrs de muchas pupilas inmviles se agitaba
el deseo.

Si algn temor le quedaba de perder la vida, desapareci bajo la caricia
de esta falsa gloria... Morir contemplada por tantos hombres valerosos
que le rendan el mayor de los honores!... Sinti la necesidad de ser
admirable, de caer en postura artstica, como si estuviese en un
escenario.

Fu pasando entre las dos masas varoniles, alta la cabeza, pisando
fuerte, con su arrogante andar de diosa cazadora, deteniendo  veces la
mirada en algunos de los centenares de ojos fijos en ella. La ilusin de
su triunfo le haca avanzar erguida y serena, lo mismo que si pasase
revista  las tropas.

--Nombre de Dios!... Qu empaque!--dijo detrs del abogado un oficial
joven, admirando la serenidad de Freya.

Al llegar junto al poste, alguien ley un breve documento: el extracto
de la sentencia, tres lneas, para hacerla saber que la justicia iba 
cumplirse.

Lo nico que la molest de esta rpida notificacin fu el temor de que
cesasen las trompetas y los tambores. Pero siguieron sonando, y su
estrpito belicoso entr por sus odos con la misma impresin
reconfortante y clida que si un vino de generosa embriaguez se
deslizase por su boca.

Un pelotn de cabos y soldados--doce fusiles--se haba destacado de la
doble masa militar. Lo mandaba un suboficial de bigote rubio, pequeo,
delicado, con el sable desnudo. Freya lo contempl un momento,
encontrndolo interesante, mientras el joven evitaba su mirada.

Con un ademn de reina de escenario repeli el pauelo blanco que le
ofrecan para vendarse los ojos. No lo necesitaba. Las monjas se
apartaron de ella para siempre. Al quedar sola, dos gendarmes comenzaron
 atarla con la espalda apoyada en el poste.

Dicen--segua escribiendo el defensor--que me salud por ltima vez con
una de sus manos antes de que la inmovilizasen las ligaduras... Yo no vi
nada. No poda ver!... Era demasiado para m!...

El resto de la ejecucin lo conoca de odas. Continuaron sonando
trompetas y tambores. Freya, atada  intensamente plida, sonri como si
estuviese ebria. El vientecillo del amanecer haca ondear los penachos
de su sombrero.

Cuando avanzaron los doce fusiles, colocndose horizontalmente  una
distancia de ocho metros, todos apuntando al corazn, ella pareci
despertar. Chill con los ojos desencajados por el horror de la
realidad, que se impona de pronto. Sus mejillas se cubrieron de
lgrimas. Tir de las ligaduras con un vigor de epilptica.

--Perdn!... perdn!... No quiero morir!

El suboficial levant el sable y volvi  bajarlo rpidamente... Una
descarga.

Freya se dobl, resbalando su cuerpo  lo largo del poste hasta quedar
tendida en el suelo. Las balas cortaron las cuerdas que la sujetaban.

Su sombrero, como si adquiriese una vida repentina, haba saltado de la
cabeza, yendo  caer unos cuantos metros ms all.

Del piquete de fusilamiento se destac un cabo con un revlver en la
diestra. El golpe de gracia. Sus pies se detuvieron al borde del
charco de sangre que se iba formando en torno de la ejecutada.
Frunciendo los labios, entornando los ojos, se inclin sobre ella, al
mismo tiempo que con el extremo del can levantaba los rizos cados
sobre una de sus orejas. Todava respiraba... Un tiro en la sien. Se
contrajo el cuerpo bajo un estremecimiento final. Luego qued inmvil,
con la rigidez del cadver.

Sonaron voces, formaron las dos compaas en columna, y al ritmo de sus
instrumentos fueron desfilando ante el cuerpo de la muerta. Del lgubre
carruaje sacaron los hombres enlutados un fretro de madera blanca.

Volviendo las espaldas  su obra, la doble masa militar march haca su
campamento. Quedaba servida la justicia. Trompetas y tambores se
perdieron en el horizonte, agrandados sus sonidos por el fresco eco de
la maana naciente. El cadver fu depositado en aquel atad pobre, que
ms bien pareca una caja de embalaje, despojndolo antes de sus
alhajas. Las dos monjas las recogieron con timidez: la muerta se las
haba dado para sus obras de caridad. Luego qued cerrada la tapa,
desapareciendo para siempre la que minutos antes era una mujer hermosa
que los hombres no podan ver sin estremecimientos de deseo. Las cuatro
tablas slo guardaban harapos rojizos, carnes agujereadas, huesos rotos.

March el vehculo al cementerio de Vincennes para que la enterrasen en
el rincn de los ajusticiados... Ni una flor, ni una inscripcin, ni una
cruz. El mismo abogado no estaba seguro de encontrar su sepultura si
alguna vez necesitaba buscarla... Y as haba sido el final de esta
criatura de lujo y de placer!... As haba ido  consumirse aquel
cuerpo en un agujero annimo de la tierra, lo mismo que una bestia
abandonada!...

Era buena--deca el defensor--, y sin embargo fu criminal. Su
educacin tuvo la culpa. Pobre mujer!... La haban criado para vivir en
la riqueza, y la riqueza huy siempre de ella.

Luego, en sus ltimas lneas, el viejo _matre_ afirmaba
melanclicamente:

Muri pensando en usted y un poco en m... Nosotros hemos sido los
ltimos hombres de su existencia.

Esta lectura dej  Ulises en dolorosa estupefaccin. Ya no viva
Freya!... Ya no corra el peligro de verla aparecer en su buque al
tocar en cualquier puerto!...

La dualidad de sus sentimientos volvi  surgir con violenta
contradiccin.

Muy bien--pens el marino--. Cuntos hombres han muerto por su
culpa!... Era inevitable su fusilamiento. Hay que limpiar el mar de
bandidos.

Y  la vez, el recuerdo de las delicias de Npoles, de aquel largo
encierro de harn poblado de exasperadas voluptuosidades, renaci en su
memoria. La vea sin ropas, con toda la majestad de su desnudez
marfilea, tal como iba danzando  saltando de un lado  otro del viejo
saln. Y este cuerpo moldeado por la Naturaleza en un momento de
entusiasmo ya no exista!... Slo era un amasijo de carnes lquidas y
pestilentes jugos!...

Record su beso, aquel beso que espeluznaba su dorso y doblaba sus
piernas, hacindolo descender como un nufrago contento de su suerte 
travs de un ocano de delicias... Y no lo recibira ms!... Y su
boca, que tena un sabor  canela,  incienso,  selva asitica poblada
de voluptuosidades y asechanzas, no era en aquellos momentos mas que un
orificio negro que empezaba  servir de puerta  toda la gusanera de la
putrefaccin!... Ah, miseria!

Vi de pronto el rostro de la muerta puesto de perfil, con un ojo que se
torca hacia l graciosa y malignamente, lo mismo que _Ojo de la maana_
deba mirar  su duea mientras desarrollaba sus danzas misteriosas en
la vivienda asitica.

Ulises concentr su atencin en la sien plida del fantasma,
cosquilleada por la caricia sedosa de sus bucles. All haba puesto l
sus mejores besos: los besos de ternura y gratitud... Pero la suave
piel, que pareca hecha de ptalos de camelia, se ensombreca ante sus
ojos. Era verde obscura y manaba sangre... As la haba visto l otra
vez... Y se acord con remordimiento de su puetazo de Barcelona...
Luego se parta con un agujero profundo, de contorno anguloso, igual al
de una estrella. Era el balazo de revlver, el tiro de gracia que daba
fin  sus angustias de ejecutada.

Pobre Freya, guerrera implacable y loca de la batalla de los sexos!...
Haba pasado su existencia odiando  los hombres y necesitndolos para
vivir, hacindoles todo el mal posible y recibindolo de ellos con
triste reciprocidad, hasta que al fin vena  perecer  sus manos.

No poda terminar de otro modo. Una diestra varonil haba abierto este
orificio por el que escapaba la ltima burbuja de su existencia... Y el
capitn, viendo el perfil doloroso, con su sien purprea, pens
horrorizado que nunca conseguira borrar de su memoria la fnebre
visin. El fantasma se achicara, hacindose invisible, para engaarle y
resurgir luego en todas sus horas de pensativa soledad; iba  amargar
sus noches en vela,  perseguirle  travs de los aos lo mismo que un
remordimiento.

Afortunadamente, las imposiciones de la vida real fueron repeliendo en
los das sucesivos estos recuerdos tristes.

Bien fusilada est--afirmaba interiormente su autoritarismo de hombre
enrgico acostumbrado  mandar hombres--. Qu hubieses hecho t al
formar parte del tribunal que la conden?... Lo mismo que los otros.
Piensa en los que han muerto por ella!... Recuerda lo que dice Tni!

Una carta de su antiguo segundo, recibida al mismo tiempo que la del
defensor de Freya, hablaba de los grandes crmenes que la agresin
submarina estaba realizando en el Mediterrneo.

Algunos de ellos llegaban  conocerse por los nufragos que conseguan
alcanzar la costa despus de largas horas de lucha  eran recogidos por
otros buques. Los ms quedaban ignorados en el misterio de las olas.
Eran torpedeamientos sin dejar rastro, barcos que se iban  fondo con
todos sus tripulantes y pasajeros, y slo meses despus dejaban entrever
una parte de la tragedia, cuando la resaca depositaba en la costa muchos
cuerpos de imposible identificacin, sin papeles, sin rostro humano.

Casi todas las semanas contemplaba Tni algunos de estos hallazgos
fnebres. Los pescadores vean al amanecer cadveres que volteaban en la
playa, donde el agua muere sobre la arena, descansando unos segundos en
el suelo hmedo, para ser arrebatados  continuacin por una ola ms
fuerte. Al fin, incrustaban sus espaldas en la tierra, mantenindose
inmviles, mientras huan de sus ropas y sus carnes enjambres de peces
pequeos volviendo al mar en busca de nuevo pasto. Los carabineros
descubran entre las rocas cuerpos destrozados en actitudes trgicas,
con los ojos vidriosos casi fuera de sus rbitas.

Muchos de ellos eran reconocidos como soldados por los andrajos que
revelaban un antiguo uniforme  las chapas de identidad fijas en sus
muecas. Pertenecan  Francia. Las gentes de la costa hablaban de un
transporte que haba sido torpedeado viniendo de Argel... Y revueltos
con los hombres se iban encontrando cadveres de mujeres desfiguradas
por la hinchazn, hasta el punto de que slo por algunos detalles era
posible adivinar su edad: madres que tenan arqueados sus brazos como si
guardasen con un ltimo esfuerzo el hijo desaparecido; muchachas cuyo
pudor virginal haba sido violado por el mar, mostrando sus piernas
desnudas, tumefactas, verdosas, con profundos mordiscos de peces
carniceros. La marina dilatacin hasta haba arrojado el cuerpo de un
nio de pocos aos sin cabeza.

Era ms horrible, segn Tni, contemplar este espectculo desde tierra
que yendo en un buque. Los que navegan no pueden ver las ltimas
consecuencias de los torpedeamientos lo mismo que los que viven en la
orilla, recibiendo como un regalo de las olas este continuo envo de
vctimas.

Terminaba el piloto su carta con las splicas de siempre: Por qu te
empeas en seguir en el mar?... Deseas una venganza que es imposible.
Eres un hombre solo, y tus enemigos son millones... Vas  morir si
persistes en desafiarlos. Ya sabes que te buscan hace tiempo, y no
siempre conseguirs librarte de ellos. Recuerda lo que dice la gente:
Quien ama el peligro...! Desembarca; vuelve con tu mujer  ven con
nosotros. Tan rica vida que podras llevar en tierra!...

Por unas cuantas horas, Ferragut fu de la opinin de Tni. Su empeo
temerario forzosamente haba de terminar mal. Los enemigos le conocan,
le acechaban; eran muchos frente  l, que viva solo en su buque, con
una tripulacin de hombres de distinta nacionalidad. Nadie llorara su
muerte, aparte de los pocos que le amaban. No perteneca  ninguno de
los pueblos en guerra: era una especie de corsario imposibilitado de
atacar. Menos an: un mercante que haca transportes al amparo de una
bandera neutra. Esta bandera no engaaba  nadie. Sus enemigos conocan
el buque, buscndolo con ms empeo que si procediese de las marinas
aliadas. En su mismo pas, muchas gentes que simpatizaban con los
Imperios germnicos celebraran alegremente la desaparicin del _Mare
nostrum_ y su capitn.

La muerte de Freya haba influido en su nimo ms de lo que l se
imaginaba. Tuvo fnebres presentimientos: tal vez su prximo viaje fuese
el ltimo.

Vas  morir!--grit en su cerebro una voz angustiosa--. Morirs muy
pronto si no te retiras del mar.

Y lo ms raro para Ferragut fu que este consejo se lo di la voz de las
locas aventuras, la que le lanzaba en los peligros por el gusto de
desafiarlos, la que le haba hecho seguir  Freya aun despus de conocer
su vil profesin.

En cambio, la voz de la cordura, siempre prudente y mesurada, mostr
ahora una tranquilidad heroica, hablando lo mismo que un hombre de paz
que estima sus compromisos superiores  su vida.

Calma, Ferragut; has vendido tu buque con tu persona y te han dado
millones. Debes cumplir lo que prometiste, aunque en ello te vaya la
existencia... El _Mare nostrum_ no puede navegar sin un capitn espaol.
Si t lo abandonas, tendrs que buscar otro capitn. Huirs por miedo y
pondrs en tu sitio  un hombre que desafe  la muerte por mantener 
su familia. Gloriosa hazaa!... T, mientras tanto, estars en tierra,
rico y seguro... Y qu vas  hacer en tierra, cobarde?

Su egosmo no supo qu contestar  tal pregunta. Recordaba con antipata
su existencia de burgus all en Barcelona, antes de adquirir el vapor.
El era un hombre de accin, y slo poda vivir ocupado en empresas
arriesgadas.

Iba  aburrirse en tierra, y al mismo tiempo se considerara disminudo,
exonerado, lo mismo que el que desciende  una situacin inferior en un
pas de jerarquas. El capitn de vida novelesca iba  quedar convertido
en un propietario de casas, sin conocer otras luchas que las que
sostuviese con sus inquilinos. Tal vez, por huir de una existencia
vulgar, dedicase su fortuna  la navegacin, nico negocio que conoca
bien. Se hara naviero, adquiriendo nuevos barcos, y poco  poco, por la
necesidad de vigilarlos de cerca, acabara reanudando sus viajes...
Para qu abandonar, pues, el _Mare nostrum_?

Sinti que se realizaba en su interior una profunda revolucin moral al
preguntarse con angustia qu es lo que haba hecho hasta entonces.

Le pareci un desierto toda su existencia anterior. Haba vivido sin
saber por qu ni para qu, amontonando peligros y aventuras slo por el
gusto de salir victorioso. Tampoco saba con certeza qu es lo que haba
deseado hasta entonces. Si era dinero, haba afluido  sus manos en los
ltimos meses con una abundancia exorbitante... Ya lo tena, y no por
ello era feliz. En cuanto  gloria profesional, no poda desearla mayor.
Su nombre era clebre en todo el Mediterrneo espaol; hasta los hombres
de mar ms rudos  intratables confesaban su mrito.

Quedaba el amor!... Pero Ferragut torci el gesto al pensar en l. Lo
haba conocido, y no deseaba encontrarlo otra vez. El amor suave de una
buena compaera, capaz de iluminar la ltima parte de su existencia con
una luz discreta, acababa de perderlo para siempre. El otro, apasionado,
voluptuoso, novelesco, que da  la vida el rudo inters de los
conflictos y los contrastes, le haba dejado sin deseos de recomenzar.

La paternidad, ms fuerte y duradera que el amor, poda haber llenado el
resto de sus das, de no haber muerto su hijo... Le quedaba la venganza,
la dura tarea de devolver el mal  los que tanto mal le haban hecho;
pero era tan dbil para luchar con todos ellos!... Resultaba tan
pequea y egosta esta finalidad comparada con otros entusiasmos que
arrastraban al sacrificio en aquellos momentos  grandes masas de
hombres!...

Mientras pensaba esto, una frase oda por l no recordaba dnde, formada
tal vez con los residuos de antiguas lecturas, empez  cantar en su
cerebro: Una vida sin ideal no vale la pena de ser vivida.

Ferragut asinti mudamente. Era verdad: para vivir se necesita un ideal.
Pero dnde encontrarlo?...

Vi de pronto en su memoria  Tni lo mismo que cuando pretenda
expresar sus confusos pensamientos. Con todas sus credulidades y
simplezas, lo consideraba ahora superior  l. Tena un ideal  su modo;
se preocupaba de algo ms que sus egosmos: quera para los otros
hombres lo que consideraba bueno. Y defenda sus convicciones con el
entusiasmo mstico de todos los que en la Historia intentaron imponer
una creencia; con la fe de los guerreros de la Cruz y los del Profeta;
con la tenacidad de los inquisidores y de los jacobinos.

El, hombre de razn, slo haba sabido burlarse de los entusiasmos
generosos y desinteresados de los otros hombres, encontrando
inmediatamente su parte flaca, su falta de adaptacin  las realidades
del momento... Con qu derecho rea de su piloto, que era un creyente y
soaba, con la pureza de un nio, en una humanidad libre y feliz?...
Qu poda oponer l  esta fe, aparte de sus burlas estpidas?...

La vida se le apareci bajo una nueva luz, como algo serio y misterioso
que exiga un peaje, un tributo de esfuerzo  todos los seres que
transitan por ella, dejando  sus espaldas la cuna y teniendo la fosa
como posada terminal.

Nada importaba que los ideales pareciesen falsos. Dnde est la verdad
verdadera y nica?... Quin puede demostrar que existe y no es una
ilusin?...

Lo necesario era creer en algo, tener esperanza. Las multitudes no se
haban movido nunca al impulso de razonamientos y crticas. Slo se
lanzaban adelante cuando alguien haca nacer en ellas ilusiones y
esperanzas. Podan los filsofos buscar intilmente la verdad  la luz
de sus razonamientos. El resto de los hombres preferira siempre las
quimeras ideales, que se transforman en poderosos mviles de accin.

Todas las religiones se desmenuzaban al sufrir un fro examen, y sin
embargo producan santos y mrtires, verdaderos superhombres de la
moral. Todas las revoluciones resultaban defectuosas  ineficaces al
quedar sometidas  una revisin cientfica, y no obstante haban
engendrado los mayores hroes individuales, los ms asombrosos
movimientos colectivos de la Historia.

Creer!... Soar!--segua cantando en su cerebro la voz misteriosa--.
Tener un ideal!...

No se poda vivir, como los cadveres de los magnates faranicos, en una
tumba lujosa, ungidos de perfumes, rodeados de todo lo que sirve para el
alimento y el sueo. Nacer, crecer, procrearse y morir no bastaba para
formar una historia: todos los animales hacan lo mismo. El hombre debe
aadir algo ms que slo l posee: la facultad de imaginarse el
porvenir... soar! Al patrimonio de ilusiones legado por los hombres
anteriores haba que agregar una nueva ilusin  un esfuerzo para
realizarla.

Reconoci Ferragut que en tiempos normales habra llegado  la muerte
tal como haba vivido, siguiendo una existencia montona y uniforme.
Pero los cambios violentos de ambiente resucitan las personalidades
dormidas que todos llevamos dentro, como recuerdo de nuestros
antepasados, en torno de una personalidad central y despierta, que es la
nica que ha existido hasta entonces.

El mundo estaba en guerra. Los hombres de media Europa chocaban con los
de la otra media en los campos de batalla. Unos y otros tenan un ideal
mstico, afirmndolo con violencias y matanzas, lo mismo que haban
hecho todas las muchedumbres movidas por una certidumbre religiosa 
revolucionaria aceptada como nica verdad...

Pero el marino reconoci una profunda diferencia en las dos masas
luchadoras del presente. Una colocaba su ilusin en el pasado, queriendo
rejuvenecer la soberana de la fuerza, la divinidad de la guerra, y
adaptarlas  la vida actual. Lo otra muchedumbre preparaba el porvenir,
soando un mundo de democracias libres, de naciones en paz, tolerantes y
sin celos.

Al acoplarse  este nuevo ambiente, Ferragut sinti nacer en su interior
ideas y aspiraciones que tal vez procedan de una herencia ancestral.
Crey estar oyendo  su to el _Tritn_ cuando describa los choques de
los hombres del Norte con los hombres del Sur por hacerse dueos de la
capa azul de Anfitrita. El era un mediterrneo, y porque la nacin en
cuyo borde haba nacido se desinteresase de la suerte del mundo no iba 
permanecer indiferente.

Deba continuar donde estaba. Cuanto deca Tni de latinismo y
civilizacin mediterrnea lo acept ahora como grandes verdades. Tal vez
no fuesen exactas al ser examinadas por la razn, pero valan tanto como
las certidumbres de los otros.

Iba  continuar su vida de navegante con nuevos entusiasmos. Tena la
fe, el ideal, las ilusiones que forman  los hroes. Mientras durase la
guerra, la hara  su modo, sirviendo de auxiliar  los que peleaban,
transportando todo lo necesario para la lucha. Mir con mayor respeto 
los marineros sometidos  sus rdenes, gente simple que haba dado su
sangre sin frases y sin razonamientos.

Cuando llegase la paz, no por esto se retirara del mar. Quedaba mucho
que hacer. Empezara entonces la guerra comercial, la spera rivalidad
por conquistar los mercados de las naciones jvenes de Amrica. Planes
audaces y enormes se esbozaron en su cerebro. En esta guerra tal vez
fuese caudillo. So con la creacin de una flota de vapores que
llegasen hasta las costas del Pacfico; quera aportar su concurso al
renacimiento victorioso de la raza que haba descubierto la mayor parte
del planeta.

Su nueva fe le hizo ser ms amigo del cocinero del buque, sintiendo la
atraccin de sus inconmovibles ilusiones. De vez en cuando se diverta
consultndole sobre la suerte futura del vapor; quera saber si los
submarinos le inspiraban miedo.

--No hay cuidado--afirmaba _Caragl_--. Tenemos buenos protectores. El
que se ponga ante nosotros est perdido.

Y mostraba  su capitn las estampas y tarjetas postales clavadas en las
paredes de la cocina.

Recibi Ferragut una maana la orden de partir. Por el momento, iban 
Gibraltar para recoger la carga de un vapor que no haba podido seguir
su navegacin. Del estrecho tal vez hiciesen rumbo  Salnica una vez
ms.

Nunca emprendi un viaje con tanta alegra el capitn del _Mare
nostrum_. Crey dejar en tierra para siempre el recuerdo de aquella
mujer ejecutada, cuyo cadver vea en sueos muchas noches. De todo el
pasado, lo nico que deseaba trasplantar  su nueva existencia era la
imagen de su hijo. Iba  vivir en adelante concentrando sus entusiasmos
y sus ilusiones en la misin que se haba impuesto.

Llev el buque directamente de Marsella al cabo de San Antonio, lejos de
toda costa, por las soledades del Mediterrneo, sin pasar el golfo del
Len.

Un da, al atardecer, vieron los tripulantes unas montaas azuladas por
la distancia: la isla de Mallorca. Durante la noche se deslizaron  lo
largo del obscuro horizonte los faros de Ibiza y Formentera. Al salir el
sol, una mancha vertical de color de rosa, igual  una lengua de fuego,
apareci sobre la lnea del mar. Era la alta montaa del Mong, el
promontorio Ferrario de los antiguos. Al pie de sus abruptos acantilados
estaba el pueblo de los abuelos de Ulises, la casa en la que haba
transcurrido la mejor poca de su niez. As debieron verlo de lejos los
griegos de Marsilia, exploradores del Mediterrneo desierto, al llegar
sobre sus naves que saltaban la espuma como caballos de madera.

Todo el resto del da march el _Mare nostrum_ casi pegado  la costa.
El capitn conoca este mar como si fuese un lago de su propiedad. Llev
el vapor por fondos escasos, vindose los escollos tan cerca de la
superficie, que pareca un milagro que el buque no chocase en ellos.
Slo un par de metros quedaban entre la quilla y las rocas sumergidas.
Luego, el agua dorada tomaba un tono obscuro, y el vapor segua su
avance sobre enormes profundidades.

El sol del otoo enrojeca las amarillentas montaas del litoral, secas
y olorosas, cubiertas de hierbas de bravos perfumes que se esparcan 
largas distancias. En todos los repliegues de la costa--pequeas
ensenadas, lechos de torrentes secos  escotaduras entre dos
cumbres--surgan blancas agrupaciones de casero.

Ferragut contempl el pueblo de sus abuelos. All estaba Tni; tal vez
les vea pasar desde la puerta de su vivienda; tal vez reconoca el
buque con sorpresa y emocin.

Un oficial francs, inmvil junto  Ulises en el puente, admir la
belleza del da y del mar. Ni una nube en el cielo; todo era azul arriba
y abajo, sin otra alteracin que las franjas de espuma peinndose en los
salientes de la costa y los inquietos oros del sol formando un ancho
camino sobre las aguas. Un rebao de delfines trisc en torno del buque
como en los cortejos de las divinidades ocenicas.

--Si siempre estuviese as el mar--dijo el capitn--, qu delicia ser
marino!

Los tripulantes vean desde la borda  las gentes de tierra correr y
agruparse, atradas por la novedad de un vapor que pasaba al alcance de
sus voces. En todos los puntos salientes del litoral surga una torre
chata y rojiza, ltimo vestigio de la guerra milenaria del Mediterrneo.

Acostumbrados  las rudas orillas del Ocano y sus eternas rompientes,
los marinos bretones admiraban esta navegacin fcil casi tocando la
costa, viendo  sus habitantes del tamao de hormigas. Dirigido el buque
por otro capitn, hubiese resultado peligroso navegar tan cerca. Pero
Ferragut rea, haciendo indicaciones lgubres  los oficiales que
estaban en el puente, para que resaltase mejor su seguridad profesional.
Indicaba los escollos ocultos en el fondo. Aqu se haba perdido un
trasatlntico italiano que iba  Buenos Aires... ms all un velero de
cuatro palos haba encallado, perdiendo su cargamento... El saba por
centmetros el agua que poda quedar entre los peascos traidores y la
quilla de su buque.

Busc con predileccin los fondos ms inquietantes. Estaban en la zona
peligrosa del Mediterrneo, donde los submarinos alemanes se mantenan 
la espera de los convoyes franceses  ingleses que iban navegando al
abrigo del litoral espaol. Los obstculos de la costa sumergida eran
para l la mejor defensa contra los invisibles ataques.

Fu esfumndose  sus espaldas el promontorio Ferrario, hasta no ser mas
que una sombra en el horizonte. Desfil ante el vapor toda la costa de
la Marina; luego, el cabo Huertas, el lejano puerto de Alicante y el
cabo de Santa Pola. A la cada de la tarde, el _Mare nostrum_ estaba
frente al cabo Palos, y tuvo que navegar aguas afuera para doblarlo,
dejando Cartagena  lo lejos. Desde aqu hara rumbo Sudoeste hasta el
cabo de Gata, donde empieza  angostarse el Mediterrneo, formando el
embudo del estrecho. Luego pasaran ante Almera y Mlaga, llegando 
Gibraltar al da siguiente.

--Aqu es donde esperan muchas veces los enemigos--dijo Ferragut  uno
de los oficiales--. Si no tenemos un mal encuentro antes de la noche,
habremos terminado perfectamente nuestro viaje.

El buque se haba despegado del litoral; ya no se alcanzaba  distinguir
la costa baja. Slo  proa se mantena visible el dorso saliente del
cabo, emergiendo como una isla.

_Caragl_ apareci con una bandeja en la que humeaban dos vasos de caf.
No quera ceder  ningn marmitn el honor de servir al capitn cuando
estaba en el puente.

--Qu opina usted del viaje?--pregunt Ferragut alegremente antes de
beber--. Llegaremos bien?...

El cocinero hizo un gesto de desprecio, como si los alemanes pudiesen
verle.

--No pasar nada; estoy seguro de ello... Tenemos quien vela por
nosotros, y...

Se vi interrumpido en estas afirmaciones. La bandeja escap de sus
manos, y fu tambalendose como un ebrio, hasta aplastar su abdomen
contra la barandilla del puente. Cristo del Grao!...

A Ferragut tambin se le cay el vaso que llevaba  su boca, y el
oficial francs, sentado en un banco, casi se dobl sobre las rodillas.
El timonel tuvo que agarrarse  la rueda con un crispamiento de sorpresa
y de terror.

Todo el buque tembl de la quilla al extremo de los topes, de la proa al
timn, con un estremecimiento mortal, como si unas tenazas invisibles
acabasen de inmovilizarlo en plena carrera.

El capitn quiso explicarse este accidente. Hemos encallado--se dijo--;
un escollo que no conozco; algo que no figura en las cartas...

Pero an no haba transcurrido un segundo cuando algo vino  aadirse 
este choque, desmintiendo las suposiciones de Ferragut. El aire azul y
luminoso se arrug bajo el zarpazo de un trueno. Cerca de la proa se
produjo una columna de humo, de gases en expansin, de vapores
amarillentos y fulminantes, subiendo por su centro en forma de abanico
un chorro de objetos negros, maderas rotas, pedazos de plancha metlica,
cuerdas inflamadas que se disolvan en ceniza.

Ulises ya no dud. Acababan de recibir un torpedazo. Su mirada ansiosa
se esparca sobre las aguas.

--All!... all!--dijo tendiendo una mano.

Sus ojos de marino acababan de descubrir la leve traza de un periscopio
que nadie consegua ver.

Baj del puente,  ms bien, se dej rodar por la escalerilla, corriendo
hacia la popa.

--All!... all!

Los tres artilleros estaban junto al can, tranquilos y flemticos,
llevndose una mano  los ojos para ver mejor el punto casi invisible
que les sealaba su capitn...

Ninguno de ellos repar en la inclinacin que empezaba  tomar la
cubierta lentamente. Introdujeron el primer proyectil en la recmara,
mientras el apuntador se esforzaba por distinguir aquel pequeo bastn
negro perdido en las ondulaciones del agua.

El buque volvi  sufrir otro choque tan rudo como el anterior. Todo l
gimi con un estremecimiento agnico. Las planchas temblaban, perdiendo
la cohesin que haca de ellas una sola pieza. Los tornillos y bulones
saltaron  impulsos del sacudimiento general. Un segundo crter se abri
en mitad del buque, llevndose esta vez en el abanico de su explosin
miembros humanos destrozados.

Adivin el capitn que era intil la resistencia. Sus pies parecan
avisarle el cataclismo que se desarrollaba debajo de ellos: la tromba
lquida invadiendo con espumoso mugido el espacio entre la quilla y la
cubierta, destrozando las mamparas metlicas, derribando los portones de
seguridad, desordenando los objetos, arrastrndolo todo con la violencia
de una inundacin, con el mazazo de un dique que se rompe. La cavidad
llena de aire, flotante y ligera, iba  convertirse en un atad de agua
y plomo, yndose  fondo.

El can de popa lanz el primer disparo. A Ferragut le pareci irnico
su estampido. Nadie como l se daba cuenta del estado del buque.

--A los botes!--grit--. Todo el mundo  los botes!

Fu inclinndose el vapor de un modo alarmante, mientras los hombres
obedecan esta orden sin perder su serenidad.

Una trepidacin desesperada conmovi la cubierta. Eran las mquinas, que
lanzaban estertores agnicos, al mismo tiempo que hua por la chimenea
un torrente de humo denso como tinta. Los fogoneros volvieron  la luz
con los ojos dilatados por el espanto sobre sus caras negruzcas. La
inundacin haba empezado  invadir sus dominios, rompiendo las
compuertas de acero.

--A los botes!... Al agua los botes!

El capitn repiti sus gritos de mando, ansioso de ver embarcada la
tripulacin, sin pensar por un momento en la propia seguridad.

No se le ocurri que su suerte pudiera ser distinta  la de su buque.
Adems, oculto en el mar estaba el enemigo, que surgira oportunamente
para apreciar su obra... Tal vez buscase en las embarcaciones de
salvamento al capitn Ferragut, queriendo llevrselo como un despojo de
su triunfo... No! Prefera renunciar  la existencia.

Los marineros haban desamarrado dos botes y empezaban  descenderlos,
cuando ocurri algo repentino, brutal, con la rapidez anonadadora de los
cataclismos de la Naturaleza.

Son una explosin inmensa, como si el mundo se abriese en pedazos, y
Ferragut sinti que el piso se escapaba de sus pies. Mir en torno de
l. La proa ya no exista: haba desaparecido debajo del agua, y una ola
mugidora iba avanzando sobre la cubierta, aplastndolo todo bajo su
rodillo de espuma. En cambio la popa suba y suba, perdiendo su
horizontalidad. Fu de pronto una cuesta, una ladera de montaa, en cuya
cumbre se ergua como una veleta el mstil blanco del pabelln.

Para no caer, quiso agarrarse  una cuerda,  un madero,  cualquier
objeto fijo; pero su movimiento fu intil: se sinti arrastrado,
volteado, golpeado en una obscuridad mugidora y giratoria. Un fro
mortal paraliz sus miembros. Sus ojos cerrados vieron un cielo rojo, un
cielo de sangre con estrellas negras. Los odos le zumbaron con un
glu-glu inmenso mientras su cuerpo daba cabriolas en la obscuridad. Su
cerebro confuso imagin que se haba abierto un agujero infinito en el
fondo del mar, que todas las aguas de los ocanos se escapaban por l
formando un gigantesco remolino, y que l volteaba en el centro de esta
tempestad giratoria.

Voy  morir... Ya he muerto!, deca su pensamiento.

Y  pesar de que estaba resignado  morir, agit las piernas
desesperadamente, queriendo elevarse sobre las traidoras blanduras. En
vez de seguir descendiendo, not que suba, y al poco rato pudo abrir
los ojos y respirar, avisado por el contacto atmosfrico de que haba
llegado  la superficie.

No estaba seguro del tiempo que haba pasado en el abismo. Minutos nada
ms, pues su respiracin de nadador slo poda alcanzar este lmite...
Por eso experiment asombro al ver los grandes cambios realizados en un
parntesis tan breve.

Crey que ya era de noche. Tal vez en las capas superiores de la
atmsfera brillaban an las ltimas luces del sol, pero  ras del agua
no haba mas que una claridad crepuscular, un dbil resplandor de
bodega.

La superficie casi plana vista minutos antes desde lo alto del puente
estaba movida ahora por amplias ondulaciones que le suman en momentnea
obscuridad. Cada una de ellas era una colina que se interpona ante sus
ojos, dejando libre solamente un espacio de unos cuantos metros. Cuando
se elevaba hasta sus cumbres poda abarcar con rpida visin el mar
solitario, sin la gallarda montaa del buque y moteado de objetos
obscuros. Estos objetos se deslizaban inertes  se movan agitando un
par de antenas negras. Tal vez imploraban socorro, pero el desierto
hmedo absorba los gritos ms furiosos, convirtindolos en lejanos
balidos.

Del _Mare nostrum_ no quedaba visible ni la boca de la chimenea ni una
punta de mstil: todo se lo haba tragado el abismo... Ferragut lleg 
dudar si realmente haba existido su buque alguna vez.

Nad hacia un madero que flotaba cerca, apoyando los brazos en l. Era
capaz de permanecer horas enteras en el mar, pero desnudo,  la vista de
la costa, con la seguridad de volver  tierra firme cuando lo desease...
Pero ahora tena que sostenerse vestido; los zapatos tiraban de l cada
vez con ms fuerza, como si fuesen de hierro... y agua por todos lados!
ni un buque en el horizonte que pudiese venir  socorrerle!... El
telegrafista de  bordo, sorprendido por la rapidez de la catstrofe, no
haba podido lanzar la seal de auxilio.

Tuvo que defenderse de los restos del naufragio. Despus de haber
buscado el apoyo del madero como ltima salvacin, evit los toneles
flotantes que rodaban  impulsos de la marejada y podan enviarle 
fondo con uno de sus golpes.

De pronto surgi entre dos olas una especie de monstruo ciego, que
avanzaba agitando las aguas furiosamente con los paletazos de sus
nadaderas. Al estar cerca de l, vi que era un hombre; al alejarse,
reconoci al to _Caragl_.

Nadaba lo mismo que los locos y los ebrios, con un esfuerzo sobrehumano
que haca salir fuera del agua la mitad de su cuerpo  cada uno de los
braceos. Miraba ante l como si pudiese ver, como si tuviera una
direccin fija, sin vacilar un instante, avanzando mar adentro cuando se
imaginaba ir hacia la costa.

--Padre San Vicente!--muga--. Cristo del Grao!...

En vano le llam el capitn. No poda orle. Sigui nadando con toda la
fuerza de su fe, repitiendo sus piadosas invocaciones entre bufidos
ruidosos.

Un tonel remont la cresta de una ola, rodando por la ladera contraria.
La cabeza del ciego nadador se interpuso en su camino... Un choque.
Padre San Vicente!... Y _Caragl_ desapareci con la cabeza roja y la
boca llena de sal.

Ferragut no quiso imitar esta natacin. La tierra estaba muy lejos para
los brazos de un hombre: imposible llegar  ella. Del vapor no haba
quedado un solo bote flotando sobre las aguas... Su nica esperanza,
remota y quimrica, era que un buque descubriese  los nufragos,
salvndolos.

Esta ilusin casi se realiz al poco rato. Desde la cresta de una ola
pudo ver un barco negro, largo y bajo de borda, sin chimenea ni
mstiles, que navegaba lentamente por entre los restos de la catstrofe.
Reconoci  un submarino. Las obscuras siluetas de varios hombres se
destacaban sobre su lomo... Crey or gritos.

--Ferragut!... Dnde est el capitn Ferragut?

Ah, no!... Mejor era morir. Y se mantuvo asido al madero, inclinando
la cabeza como si estuviese ahogado.

Luego, al cerrar la noche, oy otros gritos, pero eran de socorro, de
angustia, de muerte. Aquellos salvadores slo le buscaban  l,
abandonando  los dems.

Perdi la nocin del tiempo. Un fro agnico fu paralizando su
organismo. Las manos ateridas y ganchudas se soltaban del madero,
volviendo  agarrarse  l con esfuerzos supremos de voluntad.

Los otros nufragos haban tenido la precaucin de ponerse sus chalecos
flotantes al iniciarse el hundimiento. Iban  prolongar su agona,
gracias  ellos, por unas horas. Tal vez si llegaban hasta el amanecer
podran ser descubiertos por algn buque. Pero l!...

De repente se acord del _Tritn_... Su to tambin haba muerto en el
mar: todos los ms vigorosos de la familia venan  perderse en su seno.
Durante siglos y siglos haba sido la tumba de los Ferragut; por algo le
llamaban mar nuestro.

Pens que las corrientes podan haber arrastrado su cadver desde el
otro promontorio al lugar en que flotaba l. Tal vez lo tena debajo de
sus pies... Una fuerza irresistible tir de ellos: sus manos paralizadas
se soltaron del madero.

--To!... to!

Lo grit en su pensamiento con el mismo balido miedoso que cuando era
pequeo y haca las primeras nataciones. Pero sus manos angustiosas
volvieron  encontrar el fro y dbil sostn cuando buscaban aquella
isla de duros msculos coronada por una cabeza hirsuta y sonriente.

Sigui en su tenaz flotacin, luchando con el sopor que le aconsejaba
soltar el apoyo flotante, dejarse ir  fondo, dormir... dormir para
siempre! Los zapatos y los pantalones continuaban tirando de l cada vez
con mayor fuerza. Eran como una mortaja que se dilataba, ondulante y
pesadsima, hasta tocar el fondo. Su desesperacin le hizo levantar los
ojos y mirar las estrellas... Tan altas!... Poder agarrarse  una de
ellas as como sus manos se agarraban al madero!...

Crey despertar al mismo tiempo que haca instintivamente un movimiento
de repulsin. Su cabeza se haba hundido en el agua sin que l lo
sintiese. Un lquido amargo empezaba  introducirse por su boca...

Realiz un penoso esfuerzo para mantenerse en posicin vertical, mirando
de nuevo el cielo... Ya no era azul obscuro: era de tinta negra, y todas
las estrellas rojas como gotas de sangre.

Tuvo de pronto la certeza de que no estaba solo, y baj los ojos... S;
alguien estaba junto  l. Era una mujer!...

Una mujer blanca como la nube, blanca como la vela, blanca como la
espuma. Su cabellera verde estaba adornada con perlas y corales
fosforescentes; su sonrisa altiva, de soberana, de diosa, vena 
completar la majestad de esta diadema.

Tendi los brazos en torno de l, apretndolo contra sus pechos
nutridores y eternamente virginales, contra su vientre de nacarada
tersura, en el que se borraban las huellas de la maternidad con la misma
rapidez que los crculos en el agua azul.

Una atmsfera densa y verdosa daba  su blancura un reflejo semejante al
de la luz en las cuevas del mar...

Su boca plida acab por pegarse  la del nufrago con un beso
imperioso. Y el agua de esta boca, subiendo al filo de los dientes, se
desbord en la suya con una inundacin salada, interminable... Sinti
hincharse su interior, como si toda la vida de la blanca aparicin se
liquidase, pasando  su cuerpo  travs del beso impelente.

Ya no poda ver, ya no poda hablar. Sus ojos se haban cerrado para no
abrirse nunca; un ro de amarga sal rodaba por su garganta.

Sin embargo, la sigui contemplando, cada vez ms apretada  l, ms
luminosa, con una expresin triste de amor en sus ojos glaucos... Y as
fu descendiendo y descendiendo las infinitas capas del abismo, inerte,
sin voluntad, mientras una voz gritaba dentro de su crneo, como si
acabase de reconocerla:

--Anfitrita!... Anfitrita!

FIN

Pars.--Agosto-Diciembre 1917.





End of the Project Gutenberg EBook of Mare nostrum, by Vicente Blasco Ibez

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*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
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works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


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