The Project Gutenberg EBook of Ariel, by Jos Enrique Rod

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Title: Ariel

Author: Jos Enrique Rod

Release Date: October 5, 2007 [EBook #22899]

Language: Spanish

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BREVIARIO DE LA JUVENTUD

JOS ENRIQUE ROD

ARIEL

1920

EDITORIAL CERVANTES

VALENCIA--Coln, 52

ES PROPIEDAD

----Talleres de Tipografa

LA GUTENBERG--Valencia

Apoderado general en Sud-Amrica:

JOS BLAYA

Formosa, 463--BUENOS AIRES




Aquella tarde, el viejo y venerado maestro, a quien solan llamar
Prspero, por alusin al sabio mago de _La Tempestad_ shakespiriana, se
despeda de sus jvenes discpulos, pasado un ao de tareas,
congregndolos una vez ms a su alrededor.

Ya haban llegado ellos a la amplia sala de estudios, en la que un gusto
delicado y severo esmerbase por todas partes en honrar la noble
presencia de los libros, fieles compaeros de Prspero. Dominaba en la
sala--como numen de su ambiente sereno--un bronce primoroso que figuraba
al ARIEL de _La Tempestad_. Junto a este bronce se sentaba habitualmente
el maestro, y por ello le llamaban con el nombre del mago a quien sirve
y favorece en el drama el fantstico personaje que haba interpretado el
escultor. Quiz en su enseanza y su carcter haba, para el nombre, una
razn y un sentido ms profundos.

Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de
Shakespeare, la parte noble y alada del espritu. Ariel es el imperio de
la razn y el sentimiento sobre los bajos estmulos de la
irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el mvil alto y desinteresado
en la accin, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia
de la inteligencia, el trmino ideal a que asciende la seleccin humana,
rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibn,
smbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la
vida.

La estatua, de arte real, reproduca al genio areo en el instante en
que, libertado por la magia de Prspero, va a lanzarse a los aires para
desvanecerse en un lampo. Despegadas las alas; suelta y flotante la leve
vestidura, que la caricia de la luz en el bronce damasquinaba de oro;
erguida la amplia frente; entreabiertos los labios por una serena
sonrisa, todo en la actitud de Ariel acusaba admirablemente el gracioso
arranque del vuelo; y con inspiracin dichosa, el arte que haba dado
firmeza escultural a su imagen, haba acertado a conservar en ella, al
mismo tiempo, la apariencia serfica y la levedad ideal.

Prspero acarici, meditando, la frente de la estatua; dispuso luego al
grupo juvenil en torno suyo; y con su firme voz--voz _magistral_ que
tena para fijar la idea e insinuarse en las profundidades del
espritu, bien la esclarecedora penetracin del rayo de luz, bien el
golpe incisivo del cincel en el mrmol, bien el toque impregnante del
pincel en el lienzo o de la onda en la arena--comenz a decir, frente a
una atencin afectuosa:

* * *

Junto a la estatua que habis visto presidir, cada tarde, nuestros
coloquios de amigos, en los que he procurado despojar a la enseanza de
toda ingrata austeridad, voy a hablaros de nuevo, para que sea nuestra
despedida como el sello estampado en un convenio de sentimientos y de
ideas.

Invoco a ARIEL como mi numen. Quisiera ahora para mi palabra la ms
suave y persuasiva uncin que ella haya tenido jams. Pienso que hablar
a la juventud sobre nobles y elevados motivos, cualesquiera que sean, es
un gnero de oratoria sagrada. Pienso tambin que el espritu de la
juventud es un terreno generoso donde la simiente de una palabra
oportuna suele rendir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal
vegetacin.

Anhelo colaborar en una pgina del programa que, al prepararos a
respirar el aire libre de la accin, formularis, sin duda, en la
intimidad de vuestro espritu, para ceir a l vuestra personalidad
moral y vuestro esfuerzo. Este programa propio--que algunas veces se
formula y escribe; que se reserva otras para ser revelado en el mismo
transcurso de la accin--, no falta nunca en el espritu de las
agrupaciones y los pueblos que son algo ms que muchedumbres. Si con
relacin a la escuela de la voluntad individual, pudo Goethe decir
profundamente que slo es digno de la libertad y la vida quien es capaz
de conquistarlas da a da para s, con tanta ms razn podra decirse
que el honor de cada generacin humana exige que ella se conquiste, por
la perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio, su
fe en determinada manifestacin del ideal y su puesto en la evolucin de
las ideas.

Al conquistar los vuestros, debis empezar por reconocer un primer
objeto de fe en vosotros mismos. La juventud que vivs es una fuerza de
cuya aplicacin sois los obreros y un tesoro de cuya inversin sois
responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza; haced que el altivo
sentimiento de su posesin permanezca ardiente y eficaz en vosotros. Yo
os digo con Renn: La juventud es el descubrimiento de un horizonte
inmenso, que es la Vida. El descubrimiento que revela las tierras
ignoradas, necesita completarse con el esfuerzo viril que las sojuzga. Y
ningn otro espectculo puede imaginarse ms propio para cautivar a un
tiempo el inters del pensador y el entusiasmo del artista, que el que
presenta una generacin humana que marcha al encuentro del futuro,
vibrante con la impaciencia de la accin, alta la frente, en la sonrisa
un altanero desdn del desengao, colmada el alma por dulces y remotos
mirajes que derraman en ella misteriosos estmulos, como las visiones de
Cipango y El Dorado en las crnicas heroicas de los conquistadores.

Del renacer de las esperanzas humanas; de las promesas que fan
eternamente al porvenir la realidad de lo mejor, adquiere su belleza el
alma que se entreabre al soplo de la vida; dulce e inefable belleza,
compuesta, como lo estaba la del amanecer para el poeta de _Las
Contemplaciones_, de un vestigio de sueo y un principio de
pensamiento.

La humanidad, renovando de generacin en generacin su activa esperanza
y su ansiosa fe en un ideal, al travs de la dura experiencia de los
siglos, haca pensar a Guyau en la obsesin de aquella pobre enajenada
cuya extraa y conmovedora locura consista en creer llegado,
constantemente, el da de sus bodas.--Juguete de su ensueo, ella cea
cada maana a su frente plida la corona de desposada y suspenda de su
cabeza el velo nupcial. Con una dulce sonrisa disponase luego a recibir
al prometido ilusorio, hasta que las sombras de la tarde, tras el vano
esperar, traan la decepcin a su alma. Entonces tomaba un melanclico
tinte su locura. Pero su ingenua confianza reapareca con la aurora
siguiente; y ya sin el recuerdo del desencanto pasado, murmurando: _Es
hoy cuando vendr_, volva a ceirse la corona y el velo y a sonrer en
espera del prometido.

Es as como, no bien la eficacia de un ideal ha muerto, la humanidad
viste otra vez sus galas nupciales para esperar la realidad del ideal
soado con nueva fe, con tenaz y conmovedora locura. Provocar esa
renovacin, inalterable con un ritmo de la Naturaleza, es en todos los
tiempos la funcin y la obra de la juventud. De las almas de cada
primavera humana est tejido aquel tocado de novia. Cuando se trata de
sofocar esta sublime terquedad de la esperanza, que brota alada del seno
de la decepcin, todos los pesimismos son vanos. Lo mismo los que se
fundan en la razn que los que parten de la experiencia, han de
reconocerse intiles para contrastar el altanero _no importa_ que surge
del fondo de la Vida. Hay veces en que, por una aparente alteracin del
ritmo triunfal, cruzan la historia humana generaciones destinadas a
personificar, desde la cuna, la vacilacin y el desaliento. Pero ellas
pasan--no sin haber tenido quiz su ideal como las otras, en forma
negativa y con amor inconsciente--y de nuevo se ilumina en el espritu
de la humanidad la esperanza en el Esposo anhelado; cuya imagen, dulce y
radiosa como en los versos de marfil de los msticos, basta para
mantener la animacin y el contento de la vida, aun cuando nunca haya
de encarnarse en la realidad.

La juventud, que as significa en el alma de los individuos y la de las
generaciones, luz, amor, energa, existe y lo significa tambin en el
proceso evolutivo de las sociedades. De los pueblos que sienten y
consideran la vida como vosotros, sern siempre la fecundidad, la
fuerza, el dominio del porvenir.--Hubo una vez en que los atributos de
la juventud humana se hicieron, ms que en ninguna otra, los atributos
de un pueblo, los caracteres de una civilizacin, y en que un soplo de
adolescencia encantadora pas rozando la frente serena de una raza.
Cuando Grecia naci, los dioses le regalaron el secreto de su juventud
inextinguible. Grecia es el alma joven. Aquel que en Delfos contempla
la apiada muchedumbre de los jonios--dice uno de los himnos
homricos--, se imagina que ellos no han de envejecer jams. Grecia
hizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegra, que es el
ambiente de la accin, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente.
El sacerdote egipcio con quien Soln habl en el templo de Sais, deca
al legislador ateniense, compadeciendo a los griegos por su volubilidad
bulliciosa: _No sois sino unos nios._ Y Michelet ha comparado la
actividad del alma helena con un festivo juego a cuyo alrededor se
agrupan y sonren todas las naciones del mundo. Pero de aquel divino
juego de nios sobre las playas del Archipilago y a la sombra de los
olivos de Jonia, nacieron el arte, la filosofa, el pensamiento libre,
la curiosidad de la investigacin, la conciencia de la dignidad humana,
todos esos estmulos de Dios que son an nuestra inspiracin y nuestro
orgullo. Absorto en su austeridad hiertica, el pas del sacerdote
representaba, en tanto, la senectud, que se concentra para ensayar el
reposo de la eternidad y aleja, con desdeosa mano, todo frvolo sueo.
La gracia, la inquietud, estn proscriptas de las actitudes de su alma,
como del gesto de sus imgenes la vida. Y cuando la posteridad vuelve
las miradas a l, slo encuentra una estril nocin del orden
presidiendo al desenvolvimiento de una civilizacin que vivi para
tejerse un sudario y para edificar sus sepulcros: la sombra de un comps
tendindose sobre la esterilidad de la arena.

Las prendas del espritu joven--el entusiasmo y la
esperanza--corresponden en las armonas de la historia, y la naturaleza
al movimiento y a la luz.--A donde quiera que volvis los ojos, las
encontraris como el ambiente natural de todas las cosas fuertes y
hermosas. Levantadlos al ejemplo ms alto:--La idea cristiana, sobre la
que an se hace pesar la acusacin de haber entristecido la tierra
proscribiendo la alegra del paganismo, es una inspiracin
esencialmente juvenil mientras no se aleja de su cuna. El cristianismo
naciente es en la interpretacin--que yo creo tanto ms verdadera cuanto
ms potica--de Renn, un cuadro de juventud inmarcesible. De juventud
del alma, o, lo que es lo mismo, de un vivo sueo de gracia, de candor,
se compone el aroma divino que flota sobre las lentas jornadas del
Maestro al travs de los campos de Galilea; sobre sus prdicas, que se
desenvuelven ajenas a toda penitente gravedad; junto a un lago celeste;
en los valles abrumados de frutos; escuchadas por las aves del cielo y
los lirios de los campos con que se adornan las parbolas; propagando
la alegra del reino de Dios sobre una dulce sonrisa de la
Naturaleza.--De este cuadro dichoso estn ausentes los ascetas que
acompaaban en la soledad las penitencias del Bautista. Cuando Jess
habla de los que a l le siguen, los compara a los paraninfos de un
cortejo de bodas.--Y es la impresin de aquel divino contento la que,
incorporndose a la esencia de la nueva fe, se siente persistir al
travs de la Odisea de los evangelistas; la que derrama en el espritu
de las primeras comunidades cristianas su felicidad candorosa, su
ingenua alegra de vivir, y la que, al llegar a Roma con los ignorados
cristianos del Transtevere, les abre fcil paso en los corazones; porque
ellos triunfaron oponiendo el encanto de su juventud interior--la de su
alma embalsamada por la libacin del vino nuevo--a la severidad de los
estoicos y a la decrepitud de los mundanos.

Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que llevis
dentro de vosotros mismos. No creis, sin embargo, que ella est exenta
de malograrse y desvanecerse, como un impulso sin objeto, en la
realidad. De la Naturaleza es la ddiva del precioso tesoro; pero es de
las ideas que l sea fecundo o se prodigue vanamente, o fraccionado y
disperso en las conciencias personales, no se manifieste en la vida de
las sociedades humanas como una fuerza bienhechora.--Un escritor sagaz
rastreaba ha poco en las pginas de la novela de nuestro siglo--esa
inmensa superficie especular donde se refleja toda entera la imagen de
la vida en los ltimos vertiginosos cien aos--la psicologa, los
estados de alma de la juventud, tales como ellos han sido en las
generaciones que van desde los das de Ren hasta los que han visto
pasar a Des Esseintes.--Su anlisis comprobaba una progresiva
disminucin de _juventud interior_ y de energa en la serie de
personajes representativos que se inicia con los hroes, enfermos, pero
a menudo viriles y siempre intensos de pasin, de los romnticos, y
termina con los enervados de voluntad y corazn, en quienes se reflejan
tan desconsoladoras manifestaciones del espritu de nuestro tiempo como
la del protagonista de _ rebours_ o la del Robert Greslou de _Le
Disciple_.--Pero comprobaba el anlisis tambin un lisonjero
renacimiento de animacin y de esperanza en la psicologa de la juventud
de que suele hablarnos una literatura que es quiz nuncio de
transformaciones ms hondas; renacimiento que personifican los hroes
nuevos de Lematre; de Wizewa, de Rod, y cuya ms cumplida
representacin lo sera tal vez el _David Grieve_ con que cierta
novelista inglesa contempornea ha resumido en un solo carcter todas
las penas y todas las inquietudes ideales de varias generaciones, para
solucionarlas en un supremo desenlace de serenidad y amor.

Madurar en la realidad esa esperanza? Vosotros, los que vais a pasar,
como el obrero en marcha a los talleres que le esperan, bajo el prtico
del nuevo siglo, reflejaris quiz sobre el arte que os estudie
imgenes ms luminosas y triunfales que las que han quedado de nosotros?
Si los tiempos divinos en que las almas jvenes daban modelos para los
dialoguistas radiantes de Platn slo fueron posibles en una breve
primavera del mundo; si es fuerza no pensar en los dioses, como
aconseja la Forquias del segundo Fausto al coro de cautivas, no nos
ser lcito, a lo menos, soar con la aparicin de generaciones humanas
que devuelvan a la vida un sentido ideal, un grande entusiasmo; en las
que sea un poder el sentimiento; en las que una vigorosa resurreccin de
las energas de la voluntad ahuyente, con heroico clamor, del fondo de
las almas, todas las cobardas morales que se nutren a los pechos de la
decepcin y de la duda? Ser de nuevo la juventud una realidad de la
vida colectiva, como lo es de la vida individual?

Tal es la pregunta que me inquieta mirndoos. Vuestras primeras pginas,
las confesiones que nos habis hecho hasta ahora de vuestro mundo
ntimo, hablan de indecisin y de estupor a menudo; nunca de
enervacin, ni de un definitivo quebranto de la voluntad. Yo s bien que
el entusiasmo es una surgente viva en vosotros. Yo s bien que las notas
de desaliento y de dolor, que la absoluta sinceridad del
pensamiento--virtud todava ms grande que la esperanza--ha podido hacer
brotar de las torturas de vuestra meditacin, en las tristes e
inevitables citas de la Duda, no eran indicio de un estado de alma
permanente ni significaron en ningn caso vuestra desconfianza respecto
de la eterna virtualidad de la Vida. Cuando un grito de angustia ha
ascendido del fondo de vuestro corazn, no lo habis sofocado antes de
pasar por vuestros labios, con la austera y muda altivez del estoico en
el suplicio, pero lo habis terminado con una invocacin al ideal _que
vendr_, con una nota de esperanza mesinica.

Por lo dems, al hablaros del entusiasmo y la esperanza como de altas y
fecundas virtudes, no es mi propsito ensearos a trazar la lnea
infranqueable que separe el escepticismo de la fe, la decepcin de la
alegra. Nada ms lejos de mi nimo que la idea de confundir con los
atributos naturales de la juventud, con la graciosa espontaneidad de su
alma, esa indolente frivolidad del pensamiento que, incapaz de ver ms
que el motivo de un juego en la actividad, compra el amor y el contento
de la vida al precio de su incomunicacin con todo lo que pueda hacer
detener el paso ante la faz misteriosa y grave de las cosas.--No es ese
el noble significado de la juventud individual, ni ese tampoco el de la
juventud de los pueblos.--Yo he conceptuado siempre vano el propsito de
los que constituyndose en avizores vigas del destino de Amrica, en
custodios de su tranquilidad, quisieran sofocar, con temeroso recelo,
antes de que llegase a nosotros, cualquiera resonancia del humano
dolor, cualquier eco venido de literaturas extraas que, por triste o
insano, ponga en peligro la fragilidad de su optimismo.--Ninguna firme
educacin de la inteligencia puede fundarse en el aislamiento candoroso
o en la ignorancia voluntaria. Todo problema propuesto al pensamiento
humano por la Duda; toda sincera reconvencin que sobre Dios o la
Naturaleza se fulmine, del seno del desaliento y el dolor, tienen
derecho a que les dejemos llegar a nuestra conciencia y a que los
afrontemos. Nuestra fuerza de corazn ha de probarse aceptando el reto
de la Esfinge y no esquivando su interrogacin formidable.--No olvidis,
adems, que en ciertas amarguras del pensamiento hay, como en sus
alegras, la posibilidad de encontrar un punto de partida para la
accin; hay a menudo sugestiones fecundas. Cuando el dolor enerva,
cuando el dolor es la irresistible pendiente que conduce al marasmo o
el consejero prfido que mueve a la abdicacin de la voluntad, la
filosofa que le lleva en sus entraas es cosa indigna de almas jvenes.
Puede entonces el poeta calificarle de indolente soldado que milita
bajo las banderas de la muerte. Pero cuando lo que nace del seno del
dolor es el anhelo varonil de la lucha para conquistar o recobrar el
bien que l nos niega, entonces es un acerado acicate de la evolucin,
es el ms poderoso impulso de la vida; no de otro modo que como el
hasto, para Helvecio, llega a ser la mayor y ms preciosa de todas las
prerrogativas humanas, desde el momento en que, impidiendo enervarse
nuestra sensibilidad en los adormecimientos del ocio, se convierte en el
vigilante estmulo de la accin.

En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos que tienen la
significacin de un _optimismo paradgico_. Muy lejos de suponer la
renuncia y la condenacin de la existencia, ellos propagan, con su
descontento de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo que a la
humanidad importa salvar contra toda negacin pesimista, es, no tanto la
idea de la relativa bondad de lo presente, sino la de la posibilidad de
llegar a un trmino mejor por el desenvolvimiento de la vida, apresurado
y orientado mediante esfuerzo de los hombres. La fe en el porvenir, la
confianza en la eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente
necesario de toda accin enrgica y de todo propsito fecundo. Tal es la
razn por la que he querido comenzar encarecindoos la inmortal
excelencia de esa fe que, siendo en la juventud un instinto, no debe
necesitar seros impuesta por ninguna enseanza, puesto que la
encontraris indefectiblemente dejando actuar en el fondo de vuestro ser
la sugestin divina de la Naturaleza.

Animados por ese sentimiento, entrad, pues, a la vida, que os abre sus
hondos horizontes, con la noble ambicin de hacer sentir vuestra
presencia en ella desde el momento en que la afrontis con la altiva
mirada del conquistador.--Toca al espritu juvenil la iniciativa audaz,
la genialidad innovadora.--Quiz universalmente, hoy, la accin y la
influencia de la juventud son en la marcha de las sociedades humanas
menos efectivas e intensas que debieran ser. Gastn Deschamps lo haca
notar en Francia, hace poco, comentando la iniciacin tarda de las
jvenes generaciones, en la vida pblica y la cultura de aquel pueblo, y
la escasa originalidad con que ellas contribuyen al trazado de las ideas
dominantes. Mis impresiones del presente de Amrica, en cuanto ellas
pueden tener un carcter general a pesar del doloroso aislamiento en que
viven los pueblos que la componen, justificaran acaso una observacin
parecida.--Y sin embargo, yo creo ver expresada en todas partes la
necesidad de una activa revelacin de fuerzas nuevas; yo creo que
Amrica necesita grandemente de su juventud.--He ah por qu os hablo.
He ah por qu me interesa extraordinariamente la orientacin moral de
vuestro espritu. La energa de vuestra palabra y vuestro ejemplo puede
llegar hasta incorporar las fuerzas vivas del pasado a la obra del
futuro. Pienso con Michelet que el verdadero concepto de la educacin no
abarca slo la cultura del espritu de los hijos por la experiencia de
los padres, sino tambin, y con frecuencia mucho ms, la del espritu de
los padres por la inspiracin innovadora de los hijos.

Hablemos, pues, de cmo consideraris la vida que os espera.

* * *

La divergencia de las vocaciones personales imprimir diversos sentidos
a vuestra actividad, y har predominar una disposicin, una aptitud
determinada, en el espritu de cada uno de vosotros.--Los unos seris
hombres de ciencia; los otros seris hombres de arte; los otros seris
hombres de accin.--Pero por encima de los afectos que hayan de
vincularos individualmente a distintas aplicaciones y distintos modos de
la vida, debe velar, en lo ntimo de vuestra alma, la conciencia de la
unidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada individuo
humano sea, ante todo y sobre todo, otra cosa, un ejemplar no mutilado
de la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espritu quede
obliterada y ningn alto inters de todos pierda su virtud comunicativa.
Antes que las modificaciones de profesin y de cultura, est el
cumplimiento del destino comn de los seres racionales. Hay una
profesin universal, que es la de _hombre_, ha dicho admirablemente
Guyau. Y Renn, recordando, a propsito de las civilizaciones
desequilibradas y parciales, que el fin de la criatura humana no puede
ser exclusivamente saber, ni sentir, ni imaginar, sino ser real y
enteramente _humana_, define el ideal de perfeccin a que ella debe
encaminar sus energas como la posibilidad de ofrecer en un tipo
individual un cuadro abreviado de la especie.

Aspirad, pues, a desarrollar en lo posible, no un solo aspecto, sino la
plenitud de vuestro ser. No os encojis de hombros delante de ninguna
noble y fecunda manifestacin de la naturaleza humana, a pretexto de que
vuestra organizacin individual os liga con preferencia a
manifestaciones diferentes. Sed espectadores atentos all donde no
podis ser actores.--Cuando cierto falssimo y vulgarizado concepto de
la educacin, que la imagina subordinada exclusivamente al fin
utilitario, se empea en mutilar, por medio de ese utilitarismo y de una
especializacin prematura, la integridad natural de los espritus, y
anhela proscribir de la enseanza todo elemento desinteresado e ideal,
no repara suficientemente en el peligro de preparar para el porvenir
espritus estrechos que, incapaces de considerar ms que el nico
aspecto de la realidad con que estn inmediatamente en contacto, vivirn
separados por helados desiertos de los espritus que, dentro de la misma
sociedad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la vida.

Lo necesario de la consagracin particular de cada uno de nosotros a una
actividad determinada, a un solo modo de cultura, no excluye,
ciertamente, la tendencia a realizar, por la ntima armona del
espritu, el destino comn de los seres racionales. Esa actividad, esa
cultura, sern slo la nota fundamental de la armona.--El verso clebre
en que el esclavo de la escena antigua afirm que, pues era hombre, no
le era ajeno nada de lo humano, forma parte de los gritos que, por su
sentido inagotable, resonarn eternamente en la conciencia de la
humanidad. Nuestra capacidad de comprender, slo debe tener por lmite
la imposibilidad de comprender a los espritus estrechos. Ser incapaz de
ver de la Naturaleza ms que una faz; de las ideas e intereses humanos
ms que uno solo, equivale a vivir envuelto en una sombra de sueo
horadada por un solo rayo de luz. La intolerancia, el exclusivismo, que
cuando nacen de la tirnica absorcin de un alto entusiasmo, del
desborde de un desinteresado propsito ideal, pueden merecer
justificacin y aun simpata, se convierten en la ms abominable de las
inferioridades cuando, en el crculo de la vida vulgar, manifiestan la
limitacin de un cerebro incapacitado para reflejar ms que una parcial
apariencia de las cosas.

Por desdicha, es en los tiempos y las civilizaciones que han alcanzado
una completa y refinada cultura donde el peligro de esa limitacin de
los espritus tiene una importancia ms real y conduce a resultados ms
temibles. Quiere, en efecto, la ley de evolucin, manifestndose en la
sociedad como en la Naturaleza por una creciente tendencia a la
heterogeneidad, que, a medida que la cultura general de las sociedades
avanza, se limite correlativamente la extensin de las aptitudes
individuales y haya de ceirse el campo de accin de cada uno a una
especialidad ms restringida. Sin dejar de constituir una condicin
necesaria de progreso, ese desenvolvimiento del espritu de
especializacin trae consigo desventajas visibles, que no se limitan a
estrechar el horizonte de cada inteligencia, falseando necesariamente su
concepto del mundo, sino que alcanzan y perjudican, por la dispersin de
las afecciones y los hbitos individuales, al sentimiento de la
solidaridad.--Augusto Comte ha sealado bien este peligro de las
civilizaciones avanzadas. Un alto estado de perfeccionamiento social
tiene para l un grave inconveniente en la facilidad con que suscita la
aparicin de espritus deformados y estrechos; de espritus muy capaces
bajo un aspecto nico y monstruosamente inepto bajo todos los otros. El
empequeecimiento de un cerebro humano por el comercio continuo de un
solo gnero de ideas, por el ejercicio indefinido de un solo modo de
actividad, es para Comte un resultado comparable a la msera suerte del
obrero a quien la divisin del trabajo de taller obliga a consumir en la
invariable operacin de un detalle mecnico todas las energas de su
vida. En uno y otro caso, el efecto moral es inspirar una desastrosa
indiferencia por el aspecto general de los intereses de la humanidad. Y
aunque esta especie de automatismo humano--agrega el pensador
positivista--no constituye felizmente sino la extrema influencia
dispersiva del principio de especializacin, su realidad, ya muy
frecuente, exige que se atribuya a su apreciacin una verdadera
importancia[A].

[Nota A: A. Comte: _Cours de philosophie positive_. Tomo IV, pg.
430, 2. edicin.]

No menos que a la solidez, daa esa influencia dispersiva a la
_esttica_ de la estructura social.--La belleza incomparable de Atenas,
lo imperecedero del modelo legado por sus manos de diosa a la admiracin
y el encanto de la humanidad, nacen de que aquella ciudad de prodigios
fund su concepcin de la vida en el concierto de todas las facultades
humanas, en la libre y acordada expansin de todas las energas capaces
de contribuir a la gloria y al poder de los hombres. Atenas supo
engrandecer a la vez el sentido de lo ideal y de lo real, la razn y el
instinto, las fuerzas del espritu y las del cuerpo. Cincel las cuatro
faces del alma. Cada ateniense libre describe en derredor de s, para
contener su accin, un crculo perfecto, en el que ningn desordenado
impulso quebrantar la graciosa proporcin de la lnea. Es atleta y
escultura viviente en el gimnasio, ciudadano en el Pnix, polemista y
pensador en los prticos. Ejercita su voluntad en toda suerte de accin
viril y su pensamiento en toda preocupacin fecunda. Por eso afirma
Macaulay que un da de la vida pblica del tica es ms brillante
programa de enseanza que los que hoy calculamos para nuestros modernos
centros de instruccin.--Y de aquel libre y nico florecimiento de la
plenitud de nuestra naturaleza, surgi el _milagro griego_--, una
inimitable y encantadora mezcla de animacin y de serenidad, una
primavera del espritu humano, una sonrisa de la historia.

En nuestros tiempos, la creciente complejidad de nuestra civilizacin
privara de toda seriedad al pensamiento de restaurar esa armona, slo
posible entre los elementos de una graciosa sencillez. Pero dentro de
la misma complejidad de nuestra cultura; dentro de la diferenciacin
progresiva de caracteres, de aptitudes, de mritos, que es la ineludible
consecuencia del progreso en el desenvolvimiento social, cabe salvar una
razonable participacin de todos en ciertas ideas y sentimientos
fundamentales que mantengan la unidad y el concierto de la vida--en
ciertos _intereses del alma_, ante los cuales la dignidad del ser
racional no consiente la indiferencia de ninguno de nosotros.

Cuando el sentido de la utilidad material y el bienestar domina en el
carcter de las sociedades humanas con la energa que tiene en lo
presente, los resultados del espritu estrecho y la cultura unilateral
son particularmente funestos a la difusin de aquellas preocupaciones
puramente ideales que, siendo objeto de amor para quienes les consagran
las energas ms nobles y perseverantes de su vida, se convierten en
una remota, y quiz no sospechada regin, para una inmensa parte de los
otros.--Todo gnero de meditacin desinteresada, de contemplacin ideal,
de tregua ntima, en la que los diarios afanes por la utilidad cedan
transitoriamente su imperio a una mirada noble y serena tendida de lo
alto de la razn sobre las cosas, permanece ignorado, en el estado
actual de las sociedades humanas, para millones de almas civilizadas y
cultas, a quienes la influencia de la educacin o la costumbre reduce al
automatismo de una actividad, en definitiva, material.--Y bien: este
gnero de servidumbre debe considerarse la ms triste y oprobiosa de
todas las condenaciones morales. Yo os ruego que os defendis, en la
milicia de la vida, contra la mutilacin de vuestro espritu por la
tirana de un objetivo nico e interesado. No entreguis nunca a la
utilidad o a la pasin, sino una parte de vosotros. Aun dentro de la
esclavitud material, hay la posibilidad de salvar la libertad interior:
la de la razn y el sentimiento. No tratis, pues, de justificar, por la
absorcin del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espritu.

Encuentro el smbolo de lo que debe ser nuestra alma en un cuento que
evoco de un empolvado rincn de mi memoria.--Era un rey patriarcal, en
el Oriente indeterminado e ingenuo donde gusta hacer nido la alegre
bandada de los cuentos. Viva su reino la candorosa infancia de las
tiendas de Ismael y los palacios de Pilos. La tradicin le llam
despus, en la memoria de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa era
la piedad del rey. A desvanecerse en ella tenda, como por su propio
peso, toda desventura. A su hospitalidad acudan lo mismo por blanco pan
el miserable que el alma desolada por el blsamo de la palabra que
acaricia. Su corazn reflejaba, como sensible placa sonora, el ritmo de
los otros. Su palacio era la casa del pueblo.--Todo era libertad y
animacin dentro de este augusto recinto, cuya entrada nunca hubo
guardas que vedasen. En los abiertos prticos formaban corro los
pastores cuando consagraban a rsticos conciertos sus ocios; platicaban
al caer la tarde los ancianos; y frescos grupos de mujeres disponan,
sobre trenzados juncos, las flores y los racimos de que se compona
nicamente el diezmo real. Mercaderes de Ofir, buhoneros de Damasco
cruzaban a toda hora las puertas anchurosas, y ostentaban en
competencia, ante las miradas del rey, las telas, las joyas, los
perfumes. Junto a su trono reposaban los abrumados peregrinos. Los
pjaros se citaban al medioda para recoger las migajas de su mesa; y
con el alba, los nios llegaban en bandas bulliciosas al pie del lecho
donde dorma el rey de barba de plata y le anunciaban la presencia del
sol.--Lo mismo a los seres sin ventura que a las cosas sin alma
alcanzaba su liberalidad infinita. La Naturaleza senta tambin la
atraccin de su llamado generoso; vientos, aves y plantas parecan
buscar--como en el mito de Orfeo y en la leyenda de San Francisco de
Ass--, la amistad humana en aquel oasis de hospitalidad. Del germen
cado al acaso, brotaban y florecan, en las junturas de los pavimentos
y los muros, los alheles de las ruinas, sin que una mano cruel los
arrancase ni los hollara un pie maligno. Por las francas ventanas se
tendan al interior de las cmaras del rey las enredaderas osadas y
curiosas. Los fatigados vientos abandonaban largamente sobre el alczar
real su carga de aromas y armonas. Empinndose desde el vecino mar,
como si quisieran ceirle en un abrazo, le salpicaban las olas con su
espuma. Y una libertad paradisial, una inmensa reciprocidad de
confianzas, mantenan por dondequiera la animacin de una fiesta
inextinguible...

Pero dentro, muy dentro; aislada del alczar ruidoso por cubiertos
canales, oculta a la mirada vulgar--como la perdida iglesia de Uhland
en lo esquivo del bosque--al cabo de ignorados senderos, una misteriosa
sala se extenda, en la que a nadie era lcito poner la planta, sino al
mismo rey, cuya hospitalidad se trocaba en sus umbrales en la apariencia
de asctico egosmo. Espesos muros la rodeaban. Ni un eco del bullicio
exterior, ni una nota escapada al concierto de la Naturaleza, ni una
palabra desprendida de labios de los hombres, lograban traspasar el
espesor de los sillares de prfido y conmover una onda del aire en la
prohibida estancia. Religioso silencio velaba en ella la castidad del
aire dormido. La luz, que tamizaban esmaltadas vidrieras, llegaba
lnguida, medido el paso por una inalterable igualdad, y se dilua, como
copo de nieve que invade un nido tibio, en la calma de un ambiente
celeste.--Nunca rein tan honda paz; ni en ocenica gruta, ni en
soledad nemorosa.--Alguna vez--cuando la noche era difana y
tranquila--, abrindose a modo de dos valvas de ncar la artesonada
techumbre, dejaba cernerse en su lugar la magnificencia de las sombras
serenas. En el ambiente flota como una onda indisipable la casta esencia
del nenfar, el perfume sugeridor del adormecimiento penseroso y de la
contemplacin del propio ser. Graves caritides custodiaban las puertas
de marfil en la actitud del cilenciario. En los testeros, esculpidas
imgenes hablaban de idealidad, de ensimismamiento, de reposo...--Y el
viejo rey aseguraba que, aun cuando a nadie fuera dado acompaarle hasta
all, su hospitalidad segua siendo en el misterioso seguro tan generosa
y grande como siempre, slo que los que l congregaba dentro de sus
muros discretos eran convidados impalpables y huspedes sutiles. En l
soaba, en l se libertaba de la realidad, el rey legendario; en l sus
miradas se volva a lo interior y se bruan en la meditacin sus
pensamientos como las guijas lavadas por la espuma; en l se desplegaban
sobre su noble frente las blancas alas de Psiquis... Y luego, cuando la
muerte vino a recordarle que l no haba sido sino un husped ms en su
palacio, la impenetrable estancia qued clausurada y muda para siempre;
para siempre abismada en su reposo infinito; nadie la profan jams,
porque nadie hubiera osado poner la planta irreverente all donde el
viejo rey quiso estar solo con sus sueos y aislado en la ltima Thule
de su alma.

Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino interior. Abierto con una
saludable liberalidad, como la casa del monarca confiado, a todas las
corrientes del mundo, exista en l, al mismo tiempo, la celda escondida
y misteriosa que desconozcan los huspedes profanos y que a nadie ms
que a la razn serena pertenezca. Slo cuando penetris dentro del
inviolable seguro podris llamaros, en realidad, hombres libres. No lo
son quienes, enajenando incesantemente el dominio de s a favor de la
desordenada pasin o el inters utilitario, olvidan que, segn el sabio
precepto de Montaigne, nuestro espritu puede ser objeto de prstamo,
pero no de cesin.--Pensar, soar, admirar: he ah los nombres de los
sutiles visitantes de mi celda. Los antiguos los clasificaban dentro de
su noble inteligencia del _ocio_, que ellos tenan por el ms elevado
empleo de una existencia verdaderamente racional, identificndolo con la
libertad del pensamiento emancipado de todo innoble yugo. El ocio noble
era la inversin del tiempo que oponan, como expresin de la vida
superior, a la actividad econmica. Vinculando exclusivamente a esa alta
y aristocrtica idea del reposo su concepcin de la dignidad de la
vida, el espritu clsico encuentra su correccin y su complemento en
nuestra moderna creencia en la dignidad del trabajo til; y entrambas
atenciones del alma pueden componer, en la existencia individual, un
ritmo, sobre cuyo mantenimiento necesario nunca ser inoportuno
insistir.--La escuela estoica, que ilumin el ocaso de la antigedad
como por un anticipado resplandor del cristianismo, nos ha legado una
sencilla y conmovedora imagen de la salvacin de la libertad interior,
aun en medio de los rigores de la servidumbre, en la hermosa figura de
Cleanto; de aquel Cleanto que, obligado a emplear la fuerza de sus
brazos de atleta en sumergir el cubo de una fuente y mover la piedra de
un molino, conceda a la meditacin las treguas del quehacer miserable y
trazaba, con encallecida mano, sobre las piedras del camino, las mximas
odas de labios de Zenn. Toda educacin racional, todo perfecto
cultivo de nuestra naturaleza, tomarn por punto de partida la
posibilidad de estimular en cada uno de nosotros la doble actividad que
simboliza Cleanto.

Una vez ms: el principio fundamental de vuestro desenvolvimiento,
vuestro lema en la vida, deben ser mantener la integridad de vuestra
condicin humana. Ninguna funcin particular debe prevalecer jams sobre
esa finalidad suprema. Ninguna fuerza aislada puede satisfacer los fines
racionales de la existencia individual, como no puede producir el
ordenado concierto de la existencia colectiva. As como la deformidad y
el empequeecimiento son, en el alma de los individuos, el resultado de
un exclusivo objeto impuesto a la accin y un solo modo de cultura, la
falsedad de lo artificial vuelve efmera la gloria de las sociedades que
han sacrificado el libre desarrollo de su sensibilidad y su pensamiento,
ya a la actividad mercantil, como en Fenicia; ya a la guerra, como en
Esparta; ya al misticismo, como en el terror del milenario; ya a la vida
de sociedad y de saln, como en la Francia del siglo XVIII.--Y
preservndoos contra toda mutilacin de vuestra naturaleza moral;
aspirando a la armoniosa expansin de vuestro ser en todo noble sentido,
pensad al mismo tiempo en que la ms fcil y frecuente de las
mutilaciones es, en el carcter actual de las sociedades humanas, la que
obliga al alma a privarse de ese gnero de _vida interior_, donde tienen
su ambiente propio todas las cosas delicadas y nobles que, a la
intemperie de la realidad, quema el aliento de la pasin impura y el
inters utilitario proscribe: la vida de que son parte la meditacin
desinteresada, la contemplacin ideal, el _ocio_ antiguo, la
impenetrable estancia de mi cuento.

* * *

As como el primer impulso de la profanacin ser dirigirse a lo ms
sagrado del santuario, la regresin vulgarizadora contra la que os
prevengo comenzar por sacrificar lo ms delicado del espritu.--De
todos los elementos superiores de la existencia racional es el
sentimiento de lo bello, la visin clara de la hermosura de las cosas,
el que ms fcilmente marchita la aridez de la vida limitada a la
invariable descripcin del crculo vulgar, convirtindole en el atributo
de una minora que lo custodia, dentro de cada sociedad humana, como el
depsito de un precioso abandono. La emocin de belleza es al
sentimiento de las idealidades como el esmalte del anillo. El efecto del
contacto brutal por ella empieza fatalmente, y es sobre ella como obra
de modo ms seguro. Una absoluta indiferencia llega a ser, as, el
carcter normal, con relacin a lo que debiera ser universal amor de las
almas. No es ms intensa la estupefaccin del hombre salvaje en
presencia de los instrumentos y las formas materiales de la
civilizacin, que la que experimenta un nmero relativamente grande de
hombres cultos frente a los actos en que se revele el propsito y el
hbito de conceder una seria realidad a la relacin hermosa de la vida.

El argumento del apstol traidor ante el vaso de nardo derramado
intilmente sobre la cabeza del Maestro, es, todava, una de las
frmulas del sentido comn. La superfluidad del arte no vale para la
masa annima los trescientos denarios. Si acaso la respeta, es como a un
culto esotrico. Y, sin embargo, entre todos los elementos de educacin
humana que pueden contribuir a formar un amplio y noble concepto de la
vida, ninguno justificara ms que el arte un inters universal, porque
ninguno encierra--segn la tesis desenvuelta en elocuentes pginas de
Schiller--la virtualidad de una cultura ms _extensa_ y completa, en el
sentido de prestarse a un acordado estmulo de todas las facultades del
alma.

Aunque el amor y la admiracin de la belleza no respondiesen a una noble
espontaneidad del ser racional y no tuvieran con ello suficiente valor
para ser cultivados por s mismos, sera un motivo superior de moralidad
el que autorizara a proponer la cultura de los sentimientos estticos,
como un alto inters de todos. Si a nadie es dado renunciar a la
educacin del sentimiento moral, este deber trae implcito el de
disponer el alma para la clara visin de la belleza. Considerad al
educado sentido de lo bello el colaborador ms eficaz en la formacin de
un delicado instinto de justicia. La dignificacin, el ennoblecimiento
interior, no tendrn nunca artfice ms adecuado. Nunca la criatura
humana se adherir de ms segura manera al cumplimiento del deber que
cuando, adems de sentirle como una imposicin, le sienta estticamente
como una armona. Nunca ella ser ms plenamente buena que cuando sepa,
en las formas con que se manifieste activamente su virtud, respetar en
los dems el sentimiento de lo hermoso.

Cierto es que la santidad del bien purifica y ensalza todas las groseras
apariencias. Puede l, indudablemente, realizar su obra sin darle el
prestigio exterior de la hermosura. Puede el amor caritativo llegar a la
sublimidad con medios toscos, desapacibles y vulgares. Pero no es slo
ms hermosa, sino mayor, la caridad que anhela transmitirse en las
formas de lo delicado y lo selecto; porque ella aade a sus dones un
beneficio ms, una dulce e inefable caricia que no se substituye con
nada y que realza el bien que se concede como un toque de luz.

Dar a sentir lo hermoso es obra de misericordia. Aquellos que exigiran
que el bien y la verdad se manifestasen invariablemente en formas
adustas y severas, me han parecido siempre amigos traidores del bien y
la verdad. La virtud es tambin un gnero de arte, un arte divino; ella
sonre maternalmente a las Gracias.--La enseanza que se proponga fijar
en los espritus la idea del deber, como la de la ms seria realidad,
debe tender a hacerla concebir al mismo tiempo como la ms alta
poesa.--Guyau, que es rey en las comparaciones hermosas, se vale de una
insubstituble para expresar este doble objeto de la cultura moral.
Recuerda el pensador los esculpidos respaldos del coro de una gtica
iglesia, en los que la madera labrada bajo la inspiracin de la fe,
presenta, en una faz, escenas de una vida de santo, y en la otra faz,
ornamentales crculos de flores. Por tal manera, a cada gesto del santo,
significativo de su piedad o su martirio; a cada rasgo de su fisonoma o
su actitud, corresponde, del opuesto lado, una corola o un ptalo. Para
acompaar la representacin simblica del bien, brotan, ya un lirio, ya
una rosa. Piensa Guyau que no de otro modo debe estar esculpida nuestra
alma; y l mismo, el dulce maestro, no es por la evanglica hermosura
de su genio de apstol, un ejemplo de esa viva armona?

Yo creo indudable que el que ha aprendido a distinguir lo delicado de lo
vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva hecha media jornada para distinguir
lo malo de lo bueno. No es, por cierto, el buen gusto, como querra
cierto liviano _dilettantismo_ moral, el nico criterio para apreciar la
legitimidad de las acciones humanas; pero menos debe considerrsele, con
el criterio de un estrecho ascetismo, una tentacin del error y una
sirte engaosa. No le sealaremos nosotros como la senda misma del bien;
s como un camino paralelo y cercano que mantiene muy aproximados a ella
el paso y la mirada del viajero. A medida que la humanidad avance, se
concebir ms claramente la ley moral como una esttica de la conducta.
Se huir del mal y del error como de una disonancia; se buscar lo bueno
como el placer de una armona. Cuando la severidad estoica de Kant
inspira, simbolizando el espritu de su tica, las austeras palabras:
Dorma y so que la vida era belleza; despert, y advert que ella es
deber, desconoce que, si el deber es la realidad suprema, en ella puede
hallar realidad el objeto de su sueo, porque la conciencia del deber le
dar, con la visin clara de lo bueno, la complacencia de lo hermoso.

En el alma del redentor, del misionero, del filntropo, debe exigirse
tambin _entendimiento de hermosura_; hay necesidad de que colaboren
ciertos elementos del genio del artista. Es inmensa la parte que
corresponde al don de descubrir y revelar la ntima belleza de las
ideas, en la eficacia de las grandes revoluciones morales. Hablando de
la ms alta de todas, ha podido decir Renn profundamente que la
poesa del precepto, que le hace amar, significa ms que el precepto
mismo, tomado como verdad abstracta. La originalidad de la obra de
Jess no est, efectivamente, en la acepcin literal de su
doctrina--puesto que ella puede reconstituirse toda entera sin salir de
la moral de la Sinagoga, buscndola desde el Deuteronomio hasta el
Talmud--, sino en haber hecho sensible, con su prdica, la poesa del
precepto, es decir, su belleza ntima.

Plida gloria ser la de las pocas y las comuniones que menosprecian
esa relacin esttica de su vida o de su propaganda. El ascetismo
cristiano, que no supo encarar ms que una sola faz del ideal, excluy
de su concepto de la perfeccin todo lo que hace a la vida amable,
delicada y hermosa; y su espritu estrecho sirvi para que el instinto
indomable de la libertad, volviendo en una de esas arrebatadas
reacciones del espritu humano, engendrase, en la Italia del
Renacimiento, un tipo de civilizacin que consider vanidad el bien
moral y slo crey en la virtud de la apariencia fuerte y graciosa. El
puritanismo, que persigui toda belleza y toda seleccin intelectual;
que vel indignado la casta desnudez de la estatuas; que profes la
afectacin de la fealdad, en las maneras, en el traje, en los discursos;
en la secta triste que, imponiendo su espritu desde el Parlamento
ingls, mand extinguir las fiestas que manifestasen alegra y segar los
rboles que diesen flores--tendi junto a la virtud, al divorciarla del
sentimiento de lo bello, una sombra de muerte que an no ha conjurado
enteramente Inglaterra, y que dura en las menos amables manifestaciones
de su religiosidad y sus costumbres--. Macaulay declara preferir la
grosera caja de plomo en que los puritanos guardaron el tesoro de la
libertad, al primoroso cofre esculpido en que la Corte de Carlos II
hizo acopio de sus refinamientos. Pero como ni la libertad ni la virtud
necesitan guardarse en caja de plomo, mucho ms que todas las
severidades de ascetas o de puritanos, valdrn siempre, para la
educacin de la humanidad, la gracia del ideal antiguo, la moral
armoniosa de Platn, el movimiento pulcro y elegante con que la mano de
Atenas tom, para llevarla a los labios, la copa de la vida.

La perfeccin de la moralidad humana consistira en infiltrar el
espritu de la caridad en los moldes de la elegancia griega. Y esta
suave armona ha tenido en el mundo una pasajera realizacin. Cuando la
palabra del cristianismo naciente llegaba con San Pablo al seno de las
colonias griegas de Macedonia, a Tesalnica y Filipos, y el Evangelio,
an puro, se difunda en el alma de aquellas sociedades finas y
espirituales, en las que el sello de la cultura helnica mantena una
encantadora espontaneidad de distincin, pudo creerse que los dos
ideales ms altos de la historia iban a enlazarse para siempre. En el
estilo epistolar de San Pablo queda la huella de aquel momento en que la
caridad se heleniza. Este dulce consorcio dur poco. La armona y la
serenidad de la concepcin pagana de la vida se apartaron cada vez ms
de la nueva idea que marchaba entonces a la conquista del mundo. Pero
para concebir la manera cmo podra sealarse al perfeccionamiento moral
de la humanidad un paso adelante, sera necesario soar que el ideal
cristiano se reconcilia de nuevo con la serena y luminosa alegra de la
antigedad; imaginarse que el Evangelio se propaga otra vez en
Tesalnica y Filipos.

Cultivar el buen gusto no significa slo perfeccionar una forma exterior
de la cultura, desenvolver una actitud artstica, cuidar, con exquisitez
superflua, una elegancia de la civilizacin. El buen gusto es una
rienda firme del criterio. Martha ha podido atribuirle exactamente la
significacin de una segunda conciencia que nos orienta y nos devuelve a
la luz cuando la primera se obscurece y vacila. El sentido delicado de
la belleza es, para Bagehot, un aliado del tacto seguro de la vida y de
la dignidad de las costumbres. La educacin del buen gusto--agrega el
sabio pensador--se dirige a favorecer el ejercicio del buen sentido, que
es nuestro principal punto de apoyo en la complejidad de la vida
civilizada. Si algunas veces veis unida esa educacin en el espritu de
los individuos y las sociedades, al extravo del sentimiento o la
moralidad, es porque en tales casos ha sido cultivada como fuerza
aislada y exclusiva, imposibilitndose de ese modo el efecto de
perfeccionamiento moral que ella puede ejercer dentro de un orden de
cultura en el que ninguna facultad del espritu sea desenvuelta
prescindiendo de su relacin con las otras.--En el alma que haya sido
objeto de una estimulacin armnica y perfecta, la gracia ntima y la
delicadeza del sentimiento de lo bello sern una misma cosa con la
fuerza y la rectitud de la razn. No de otra manera observa Taine que,
en las grandes obras de la arquitectura antigua, la belleza es una
manifestacin sensible de la solidez, la elegancia se identifica con la
apariencia de la fuerza: las mismas lneas del Partenn que halagan a
la mirada con proporciones armoniosas, contentan a la inteligencia con
promesas de eternidad.

Hay una relacin orgnica, una natural y estrecha simpata, que vincula
a las subversiones del sentimiento y de la voluntad con las falsedades y
las violencias del mal gusto. Si nos fuera dado penetrar en el
misterioso laboratorio de las almas y se reconstruyera la historia
ntima de las del pasado para encontrar la frmula de sus definitivos
caracteres morales, sera un interesante objeto de estudio determinar
la parte que corresponde, entre los factores de la refinada perversidad
de Nern, al germen del histrionismo monstruoso depositado en el alma de
aquel cmico sangriento por la retrica afectada de Sneca. Cuando se
evoca la oratoria de la Convencin, y el hbito de una abominable
perversin retrica se ve aparecer por todas partes, como la piel felina
del jacobinismo, es imposible dejar de relacionar, como los radios que
parten de un mismo centro, como los accidentes de una misma insania, el
extravo del gusto, el vrtigo del sentido moral y la limitacin
fantica de la razn.

Indudablemente, ninguno ms seguro entre los resultados de la esttica
que el que nos ensea a distinguir en la esfera de lo relativo, lo bueno
y lo verdadero de lo hermoso, y a aceptar la posibilidad de una belleza
del mal y del error. Pero no se necesita desconocer esta verdad,
_definitivamente_ verdadera, para creer en el encadenamiento simptico
de todos aquellos altos fines del alma, y considerar a cada uno de ellos
como el punto de partida, no nico, pero s ms seguro, de donde sea
posible dirigirse al encuentro de los otros.

La idea de un superior acuerdo entre el buen gusto y el sentido moral
es, pues, exacta, lo mismo en el espritu de los individuos que en el
espritu de las sociedades. Por lo que respecta a estas ltimas, esa
relacin podra tener su smbolo en la que Rosenkranz afirmaba existir
entre la libertad y el orden moral, por una parte, y por la otra, la
belleza de las formas humanas como un resultado del desarrollo de las
razas en el tiempo. Esa belleza tpica refleja, para el pensador
hegeliano, el efecto ennoblecedor de la libertad; la esclavitud afea al
mismo tiempo que envilece; la conciencia de su armonioso
desenvolvimiento imprime a las razas libres el sello exterior de la
hermosura.

En el carcter de los pueblos, los dones derivados de un gusto fino, el
dominio de las formas graciosas, la delicada aptitud de interesar, la
virtud de hacer amables las ideas, se identifican, adems, con el genio
de la propaganda--es decir, con el don poderoso de la universalidad.
Bien sabido es que, en mucha parte, a la posesin de aquellos atributos
escogidos, debe referirse la significacin _humana_ que el espritu
francs acierta a comunicar a cuanto elige y consagra--. Las ideas
adquieren alas potentes y veloces, no en el helado seno de la
abstraccin, sino en el luminoso y clido ambiente de la forma. Su
superioridad de difusin, su prevalencia a veces, dependen de que las
Gracias las hayan baado con su luz. Tal as, en las evoluciones de la
vida, esas encantadoras exterioridades de la Naturaleza, que parecen
representar, exclusivamente, la ddiva de una caprichosa
superfluidad--la msica, el pintado plumaje de las aves; y como reclamo
para el insecto propagador del polen fecundo, el matiz de las flores, su
perfume--han desempeado, entre los elementos de la concurrencia vital,
una funcin realsima; puesto que significando una superioridad de
motivos, una razn de preferencia para las atracciones del amor, han
hecho prevalecer, dentro de cada especie, a los seres mejor dotados de
hermosura sobre los menos ventajosamente dotados.

Para un espritu en que exista el amor instintivo de lo bello, hay, sin
duda, cierto gnero de mortificacin, en resignarse a defenderle por
medio de una serie de argumentos que se funden en otra razn, en otro
principio, que el mismo irresponsable y desinteresado amor de la
belleza, en la que halla su satisfaccin uno de los impulsos
fundamentales de la existencia racional. Infortunadamente, este motivo
superior pierde su imperio sobre un inmenso nmero de hombres, a quienes
es necesario ensear el respeto debido a ese amor del cual no
participan, revelndoles cules son las relaciones que lo vinculan a
otros gneros de intereses humanos.--Para ello deber lucharse muy a
menudo con el concepto vulgar de estas relaciones. En efecto: todo lo
que tienda a suavizar los contornos del carcter social y las
costumbres; a aguzar el sentido de la belleza; a hacer del gusto una
delicada impresionabilidad del espritu y de la gracia una forma
universa de la actividad, equivale, para el criterio de muchos devotos
de lo severo o de lo til, a menoscabar el temple varonil y heroico de
las sociedades, por una parte, su capacidad utilitaria y positiva, por
la otra.--He ledo en _Los trabajadores del mar_, que cuando un buque de
vapor surc por primera vez las ondas del Canal de la Mancha, los
campesinos de Jrsey lo anatematizaban en nombre de una tradicin
popular que consideraba elementos irreconciliables y destinados
fatdicamente a la discordia, el agua y el fuego.--El criterio comn
abunda en la creencia de enemistades parecidas. Si os proponis
vulgarizar el respeto por lo hermoso, empezad por hacer comprender la
posibilidad de un armnico concierto de todas las legtimas actividades
humanas, y esa ser ms fcil tarea que la de convertir directamente el
amor de la hermosura, por ella misma, en atributo de la multitud. Para
que la mayora de los hombres no se sientan inclinados a _expulsar a las
golondrinas de la casa_, siguiendo el consejo de Pitgoras, es necesario
argumentarles, no con la gracia monstica del ave ni su leyenda de
virtud, sino con que la permanencia de sus nidos no es en manera alguna
inconciliable con la seguridad de los tejados.

* * *

A la concepcin de la vida racional que se funda en el libre y armonioso
desenvolvimiento de nuestra naturaleza, e incluye, por lo tanto, entre
sus fines esenciales, el que se satisface con la contemplacin sentida
de lo hermoso, se opone--como norma de la conducta humana--la concepcin
_utilitaria_, por la cual nuestra actividad, toda entera, se orienta en
relacin a la inmediata finalidad del inters.

La inculpacin del utilitarismo estrecho que suele dirigirse al espritu
de nuestro siglo, en nombre del ideal, y con rigores de anatema, se
funda, en parte, sobre el desconocimiento de que sus titnicos esfuerzos
por la subordinacin de las fuerzas de la Naturaleza a la voluntad
humana y por la extensin del bienestar material, son un trabajo
necesario que preparar, como el laborioso enriquecimiento de una tierra
agotada, la florescencia de idealismos futuros. La transitoria
predominancia de esa funcin de utilidad que ha absorbido a la vida
agitada y febril de estos cien aos sus ms potentes energas, explica,
sin embargo--ya que no las justifique--, muchas nostalgias dolorosas,
muchos descontentos y agravios de la inteligencia, que se traducen, bien
por una melanclica y exaltada idealizacin de lo pasado, bien por una
desesperanza cruel del porvenir. Hay por ello un fecundsimo, un
bienaventurado pensamiento, en el propsito de cierto grupo de
pensadores de las ltimas generaciones--entre los cuales slo quiero
citar una vez ms la noble figura de Guyau--que han intentado sellar la
reconciliacin definitiva de las conquistas del siglo con la renovacin
de muchas viejas devociones humanas, y que han invertido en esa obra
bendita tantos tesoros de amor como de genio.

Con frecuencia habris odo atribuir a dos causas fundamentales el
desborde del espritu de utilidad que da su nota a la fisonoma moral
del siglo presente, con menoscabo de la consideracin _esttica_ y
desinteresada de la vida. Las revelaciones de la ciencia de la
Naturaleza--que, segn intrpretes, ya adversos, ya favorables a ella,
convergen a destruir toda idealidad por su base--son la una; la
universal difusin y el triunfo de las ideas democrticas, la otra. Yo
me propongo hablaros exclusivamente de esta ltima causa, porque confo
en que vuestra primera iniciacin en las revelaciones de la ciencia ha
sido dirigida como para preservaros del peligro de una interpretacin
vulgar.--Sobre la democracia pesa la acusacin de guiar a la humanidad,
mediocrizndola, a un Sacro Imperio del utilitarismo. La acusacin se
refleja con vibrante intensidad en las pginas--para m siempre llenas
de un sugestivo encanto--del ms amable entre los maestros del espritu
moderno; en las seductoras pginas de Renn, a cuya autoridad ya me
habis odo varias veces referirme y de quien pienso volver a hablaros
a menudo.--Leed a Renn, aquellos de vosotros que lo ignoris todava, y
habris de amarle como yo.--Nadie como l me parece, entre los modernos,
dueo de ese arte de ensear con gracia, que Anatole France considera
divino. Nadie ha acertado como l a hermanar, con la irona, la piedad.
Aun en el rigor del anlisis, sabe poner la uncin del sacerdote. Aun
cuando ensea a dudar, su suavidad exquisita tiende una onda balsmica
sobre la duda. Sus pensamientos suelen dilatarse, dentro de nuestra
alma, con ecos tan inefables y tan vagos, que hacen pensar en una
religiosa msica de ideas. Por su infinita comprensibilidad ideal,
acostumbran las clasificaciones de la crtica a personificar en l el
alegre escepticismo de los _dilettanti_ que convierten en traje de
mscara la capa del filsofo; pero si alguna vez intimis dentro de su
espritu, veris que la tolerancia vulgar de los escpticos se
distingue de su tolerancia como la hospitalidad galante de un saln del
verdadero sentimiento de la caridad.

Piensa, pues, el maestro que una alta preocupacin por los _intereses
ideales_ de la especie es opuesta del todo al espritu de la democracia.
Piensa que la concepcin de la vida, en una sociedad donde ese espritu
domine, se ajustar progresivamente a la exclusiva persecucin del
bienestar material como beneficio propagable al mayor nmero de
personas. Segn l, siendo la democracia la entronizacin de Calibn,
Ariel no puede menos que ser el vencido de ese triunfo.--Abundan
afirmaciones semejantes a estas de Renn, en la palabra de muchos de los
ms caracterizados representantes que los intereses de la cultura
esttica y la seleccin del espritu tienen en el pensamiento
contemporneo. As, Bourget se inclina a creer que el triunfo universal
de las instituciones democrticas har perder a la civilizacin en
profundidad lo que la hace ganar en extensin. Ve su forzoso trmino en
el imperio de un individualismo mediocre. Quien dice democracia--agrega
el sagaz autor de _Andrs Cornelis_--, dice desenvolvimiento progresivo
de las tendencias individuales y disminucin de la cultura.--Hay en la
cuestin que plantean estos juicios severos un inters vivsimo para los
que amamos--al mismo tiempo--por convencimiento, la obra de la
Revolucin, que en nuestra Amrica se enlaza adems con las glorias de
su Gnesis; y por instinto, la posibilidad de una noble y selecta vida
espiritual que en ningn caso haya de ver sacrificada su serenidad
augusta a los caprichos de la multitud.--Para afrontar el problema, es
necesario empezar por reconocer que cuando la democracia no enaltece su
espritu por la influencia de una fuerte preocupacin ideal que comparta
su imperio con la preocupacin de los intereses materiales, ella
conduce fatalmente a la privanza de la mediocridad, y carece, ms que
ningn otro rgimen, de eficaces barreras con las cuales asegurar,
dentro de un ambiente adecuado, la inviolabilidad de la alta cultura.
Abandonada a s misma--sin la constante rectificacin de una activa
autoridad moral que la depure y encauce sus tendencias en el sentido de
la dignificacin de la vida--la democracia extinguir gradualmente toda
idea de superioridad que no se traduzca en una mayor y ms osada aptitud
para las luchas del inters, que son entonces la forma ms innoble de
las brutalidades de la fuerza--. La seleccin espiritual, el
enaltecimiento de la vida por la presencia de estmulos desinteresados,
el gusto, el arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento de
admiracin por todo perseverante propsito ideal y de acatamiento a toda
noble supremaca, sern como debilidades indefensas all donde la
igualdad social, que ha destrudo las jerarquas imperativas e
infundadas, no las substituya con otras, que tengan en la influencia
moral su nico modo de dominio y su principio en una clasificacin
racional.

Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como toda
homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio instable. Desde el
momento en que haya realizado la democracia su obra de negacin con el
allanamiento de las superioridades injustas, la igualdad conquistada no
puede significar para ella sino un punto de partida. Resta la
afirmacin. Y lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirn en
suscitar, por eficaces estmulos, en su seno, la revelacin y el dominio
de las _verdaderas_ superioridades humanas.

Con relacin a las condiciones de la vida de Amrica, adquiere esta
necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro rgimen social un
doble imperio. El presuroso crecimiento de nuestras democracias por la
incesante agregacin de una enorme multitud cosmopolita; por la
influencia inmigratoria, que se incorpora a un ncleo an dbil para
verificar un activo trabajo de asimilacin y encauzar el torrente humano
con los medios que ofrecen la solidez secular de la estructura social,
el orden poltico seguro y los elementos de una cultura que haya
arraigado ntimamente, nos expone en el porvenir a los peligros de la
degeneracin democrtica, que ahoga bajo la fuerza ciega del ncleo toda
nocin de calidad; que desvanece en la conciencia de las sociedades todo
justo sentimiento del orden; y que, librando su ordenacin jerrquica a
la torpeza del acaso, conduce forzosamente a hacer triunfar las ms
injustificadas e innobles de las supremacas.

Es indudable que nuestro inters egosta debera llevarnos--a falta de
virtud--a ser hospitalarios. Ha tiempo que la suprema necesidad de
colmar el vaco moral del desierto, hizo decir a un publicista ilustre
que, en Amrica, _gobernar es poblar_.--Pero esta frmula famosa
encierra una verdad contra cuya estrecha interpretacin es necesario
prevenirse, porque conducira a atribuir una incondicional eficacia
civilizadora al valor cuantitativo de la muchedumbre.--Gobernar es
poblar, asimilando, en primer trmino; educando y seleccionando,
despus.--Si la aparicin y el florecimiento, en la sociedad, de las ms
elevadas actividades humanas, de las que determinan la alta cultura,
requieren como condicin indispensable la existencia de una poblacin
cuantiosa y densa, es precisamente porque esa importancia cuantitativa
de la poblacin, dando lugar a la ms completa divisin del trabajo,
posibilita la formacin de fuertes elementos dirigentes que hagan
efectivo el dominio de la _calidad_ sobre el _nmero_.--La multitud, la
masa annima, no es nada por s misma. La multitud ser un instrumento
de barbarie o de civilizacin, segn carezca o no del coeficiente de una
alta direccin moral. Hay una verdad profunda en el fondo de la paradoja
de merson, que exige que cada pas del globo sea juzgado segn la
minora y no segn la mayora de sus habitantes. La civilizacin de un
pueblo adquiere su carcter, no de las manifestaciones de su prosperidad
o de su grandeza material, sino de las superiores maneras de pensar y de
sentir que dentro de ellas son posibles; y ya observaba Comte, para
mostrar cmo en cuestiones de intelectualidad, de moralidad, de
sentimiento, sera insensato pretender que la calidad pueda ser
substituda en ningn caso por el nmero, que ni de la acumulacin de
muchos espritus vulgares se obtendr jams el equivalente de un cerebro
de genio, ni de la acumulacin de muchas virtudes mediocres el
equivalente de un rasgo de abnegacin o de herosmo.--Al instituir
nuestra democracia la universalidad y la igualdad de derechos,
sancionara, pues, el predominio innoble del nmero, si no cuidase de
mantener muy en alto la nocin de las legtimas superioridades humanas,
y de hacer, de la autoridad vinculada al voto popular, no la expresin
del sofisma de la igualdad absoluta, sino, segn las palabras que
recuerdo de un joven publicista francs, la consagracin de la
jerarqua, emanando de la libertad.

La oposicin entre el rgimen de la democracia y la alta vida del
espritu es una realidad fatal cuando aquel rgimen significa el
desconocimiento de las desigualdades legtimas y la substitucin de la
fe en el _herosmo_--en el sentido de Carlyle--por una concepcin
mecnica de gobierno.--Todo lo que en la civilizacin es algo ms que un
elemento de superioridad material y de prosperidad econmica, constituye
un relieve que no tarda en ser allanado cuando la autoridad moral
pertenece al espritu de la mediana.--En ausencia de la barbarie
irruptora que desata sus hordas sobre los faros luminosos de la
civilizacin, con heroica y a veces regeneradora grandeza, la alta
cultura de las sociedades debe precaverse contra la obra mansa y
disolvente de esas otras hordas pacficas, acaso acicaladas; las hordas
inevitables de la vulgaridad--cuyo Atila podra personificarse en Mr.
Homais; cuyo herosmo es la astucia puesta al servicio de una
repugnancia instintiva hacia lo grande; cuyo atributo es el rasero
nivelador--. Siendo la indiferencia inconmovible y la superioridad
cuantitativa, las manifestaciones normales de su fuerza no son por eso
incapaces de llegar a la ira pica y de ceder a los impulsos de la
acometividad. Charles Morice las llama entonces falanges de Prudhommes
feroces que tienen por lema la palabra _Mediocridad_ y marchan animadas
por el odio de lo extraordinario.

Encumbrados, esos Prudhommes harn de su voluntad triunfante una partida
de caza, organizada contra todo lo que manifieste la aptitud y el
atrevimiento del vuelo. Su frmula social ser una democracia que
conduzca a la consagracin del pontfice Cualquiera, a la coronacin
del monarca Uno de tantos. Odiarn en el mrito una rebelda. En sus
dominios toda noble superioridad se hallar en las condiciones de la
estatua de mrmol colocada a la orilla de un camino fangoso, desde el
cual le enva un latigazo de cieno el carro que pasa. Ellos llamarn al
dogmatismo del sentido vulgar, sabidura; gravedad, a la mezquina aridez
del corazn; criterio sano, a la adaptacin perfecta a lo mediocre; y
despreocupacin viril, al mal gusto.--Su concepcin de la justicia los
llevara a substituir, en la historia, la inmortalidad del grande
hombre, bien con la identidad de todos en el olvido comn, bien con la
memoria igualitaria de Mitrdates, de quien se cuenta que conservaba en
el recuerdo los nombres de todos sus soldados. Su manera de
republicanismo se satisfara dando autoridad decisiva al procedimiento
probatorio de Fox, que acostumbraba experimentar sus proyectos en el
criterio del diputado que le pareca la ms perfecta personificacin del
_country-gentleman_, por la limitacin de sus facultades y la rudeza de
sus gustos. Con ellos se estar en las fronteras de la _zoocracia_, de
que habl una vez Baudelaire. La Titania de Shakespeare, poniendo un
beso en la cabeza asinina, podra ser el emblema de la Libertad que
otorga su amor a los mediocres. Jams, por medio de una conquista ms
fecunda, podr llegarse a un resultado ms fatal!

Embriagad al repetidor de las irreverencias de la mediana que veis
pasar por vuestro lado; tentadle a hacer de hroe; convertid su
apacibilidad burocrtica en vocacin de redentor, y tendris entonces la
hostilidad rencorosa e implacable contra todo lo hermoso, contra todo lo
digno, contra todo lo delicado del espritu humano, que repugna todava
ms que el brbaro derramamiento de la sangre en la tirana jacobina,
que ante su tribunal convierte en culpas la sabidura de Lavoisier, el
genio de Chnier, la dignidad de Malesherbes, que, entre los gritos
habituales en la Convencin, hace oir las palabras:--_Desconfiad de ese
hombre, que ha hecho un libro!_--y que refiriendo el ideal de la
sencillez democrtica al primitivo _estado de naturaleza_ de Rousseau,
podra elegir el smbolo de la discordia que establece entre la
democracia y la cultura en la vieta con que aquel sofista genial hizo
acompaar la primera edicin de su famosa diatriba contra las artes y
las ciencias en nombre de la moralidad de las costumbres; un stiro
imprudente que, pretendiendo abrazar, vido de luz, la antorcha que
lleva en su mano Prometeo, oye al titn-filntropo que su fuego es
mortal a quien le toca.

La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus violencias en el
desenvolvimiento democrtico de nuestro siglo, ni se ha opuesto en
formas brutales a la serenidad y la independencia de la cultura
intelectual. Pero, a la manera de una bestia feroz, en cuya posteridad
domesticada hubirase cambiado la acometividad en mansedumbre artera e
innoble, el igualitarismo, en la forma mansa de la _tendencia a lo
utilitario y lo vulgar_, puede ser un objeto real de acusacin contra la
democracia del siglo XIX. No se ha detenido ante ella ningn espritu
delicado y sagaz a quien no hayan hecho pensar angustiosamente algunos
de sus resultados en el aspecto social y en el poltico. Expulsando con
indignada energa del espritu humano aquella falsa concepcin de la
igualdad que sugiri los delirios de la Revolucin, el alto pensamiento
contemporneo ha mantenido al mismo tiempo, sobre la realidad y sobre la
teora de la democracia, una inspeccin severa que os permite a
vosotros, los que colaboraris en la obra del futuro, fijar vuestro
punto de partida, no ciertamente para destruir, sino para educar el
espritu del rgimen que encontris en pie.

Desde que nuestro siglo asumi personalidad e independencia en la
evolucin de las ideas, mientras el idealismo alemn rectificaba la
utopa igualitaria de la filosofa del siglo XVIII y sublimaba, si bien
con viciosa tendencia cesarista, el papel reservado en la historia a la
superioridad individual, el positivismo de Comte, desconociendo a la
igualdad democrtica otro carcter que el de un disolvente transitorio
de las desigualdades antiguas y negando con igual conviccin la
eficacia definitiva de la soberana popular, buscaba en los principios
de las clasificaciones naturales el fundamento de la clasificacin
social que habra de substituir a las jerarquas recientemente
destrudas.--La crtica de la realidad democrtica toma formas severas
en la generacin de Taine y de Renn. Sabis que a este delicado y
bondadoso ateniense slo complaca la igualdad de aquel rgimen social,
siendo, como en Atenas, una igualdad de semidioses. En cuanto a Taine,
es quien ha escrito los _Orgenes de la Francia contempornea_; y si,
por una parte, su concepcin de la sociedad como un organismo, le
conduce lgicamente a rechazar toda idea de uniformidad que se oponga al
principio de las dependencias y las subordinaciones orgnicas, por otra
parte su finsimo instinto de seleccin intelectual le lleva a abominar
de la invasin de las cumbres por la multitud. La gran voz de Carlyle
haba predicado ya, contra toda niveladora irreverencia, la veneracin
del _herosmo_, entendiendo por tal el culto de cualquier noble
superioridad. merson refleja esa voz en el seno de la ms positivista
de las democracias. La ciencia nueva habla de seleccin como de una
necesidad de todo progreso. Dentro del arte, que es donde el sentido de
lo selecto tiene su ms natural adaptacin, vibran con honda resonancia
las notas que acusan el sentimiento, que podramos llamar _de
extraeza_, del espritu, en medio de las modernas condiciones de la
vida. Para escucharlas, no es necesario aproximarse al parnasianismo de
estirpe delicada y enferma, a quien un aristocrtico desdn de lo
presente llev a la reclusin en lo pasado. Entre las inspiraciones
constantes de Flaubert--de quien se acostumbra a derivar directamente la
ms democratizada de las escuelas literarias--, ninguna ms intensa que
el odio de la mediocridad envalentonada por la nivelacin y de la
tirana irresponsable del nmero.--Dentro de esa contempornea
literatura del Norte, en la cual la preocupacin por las altas
cuestiones sociales es tan viva, surge a menudo la expresin de la misma
idea, del mismo sentimiento; Ibsen desarrolla la altiva arenga de su
Stckmann alrededor de la afirmacin de que las mayoras compactas
son el peligro ms peligroso de la libertad y la verdad; y el
formidable Nietzsche opone al ideal de una humanidad mediotizada la
apoteosis de las almas que se yerguen sobre el nivel de la humanidad
como una viva marea.--El anhelo vivsimo por una rectificacin del
espritu social que asegure a la vida de la _heroicidad_ y el
pensamiento un ambiente ms puro de dignidad y de justicia, vibra hoy
por todas partes, y se dira que constituye uno de los fundamentales
acordes que este ocaso de siglo propone para las armonas que ha de
componer el siglo venidero.

Y sin embargo, el espritu de la democracia es, esencialmente, para
nuestra civilizacin, un principio de vida contra el cual sera intil
rebelarse. Los descontentos sugeridos por las imperfecciones de su forma
_histrica_ actual han llevado a menudo a la injusticia con lo que aquel
rgimen tiene de definitivo y de fecundo. As, el aristocratismo sabio
de Renn formula la ms explcita condenacin del principio fundamental
de la democracia: la igualdad de derechos; cree a este principio
irremisiblemente divorciado de todo posible dominio de la superioridad
intelectual, y llega hasta a sealar en l, con una enrgica imagen,
_las antpodas de las vas de Dios_--puesto que Dios no ha querido que
todos viviesen en el mismo grado la vida del espritu--. Estas
paradojas injustas del maestro, complementadas por su famoso ideal de
una oligarqua omnipotente de hombres sabios, son comparables a la
reproduccin exagerada y deformada, en el sueo, de un pensamiento real
y fecundo que nos ha preocupado en la vigilia.--Desconocer la obra de la
democracia en lo esencial, porque, aun no terminada, no ha llegado a
conciliar definitivamente su empresa de igualdad con una fuerte garanta
social de seleccin, equivale a desconocer la obra, paralela y concorde,
de la ciencia, porque interpretada con el criterio estrecho de una
escuela, ha podido daar alguna vez al espritu de religiosidad o al
espritu de poesa.--La democracia y la ciencia son, en efecto, los dos
insustitubles soportes sobre los que nuestra civilizacin descansa, o,
expresndolo con una frase de Bourget, las dos obreras de nuestros
destinos futuros. _En ellas somos, vivimos, nos movemos_. Siendo,
pues, insensato pensar, como Renn, en obtener una consagracin ms
positiva de todas las superioridades morales, la realidad de una
razonada jerarqua, el dominio eficiente de las altas dotes de la
inteligencia y de la voluntad, por la _destruccin_ de la igualdad
democrtica, slo cabe pensar en la _educacin_ de la democracia y su
reforma. Cabe pensar en que progresivamente se encarnen, en los
sentimientos del pueblo y sus costumbres, la idea de las subordinaciones
necesarias, la nocin de las superioridades verdaderas, el culto
consciente y espontneo de todo lo que multiplica, a los ojos de la
razn, la cifra del valor humano.

La educacin popular adquiere, considerada en relacin a tal obra, como
siempre que se las mira con el pensamiento del porvenir, un inters
supremo[B]. Es en la escuela, por cuyas manos procuramos que pase la
dura arcilla de las muchedumbres, donde est la primera y ms generosa
manifestacin de la equidad social, que consagra para todos la
accesibilidad del saber y de los medios ms eficaces de superioridad.
Ella debe complementar tan noble cometido, haciendo objetos de una
educacin preferente y cuidadosa el sentido del orden, la idea y la
voluntad de la justicia, el sentimiento de las legtimas autoridades
morales.

[Nota B: Plus l'instruction se rpand, plus elle doit faire de part
aux ides gnrales et gnreuses. On croit que l'instruction
populaire doit tre terre  terre. C'est le contraire qui est la
vrit.--Fouille: _L'ide moderne du droit_, Lib. 5., IV.]

Ninguna distincin ms fcil de confundirse y anularse en el espritu de
pueblo que la que ensea que la igualdad democrtica puede significar
una igual _posibilidad_, pero nunca una igual _realidad_, de influencia
y de prestigio, entre los miembros de una sociedad organizada. En todos
ellos hay un derecho idntico para aspirar a las superioridades morales
que deben dar razn y fundamento a las superioridades efectivas; pero
slo a los que han alcanzado realmente la posesin de las primeras, debe
ser concedido el premio de las ltimas. El verdadero, el digno concepto
de la igualdad, reposa sobre el pensamiento de que todos los seres
racionales estn dotados por naturaleza de facultades capaces de un
desenvolvimiento noble. El deber del Estado consiste en colocar a todos
los miembros de la sociedad en distintas condiciones de tender a su
perfeccionamiento. El deber del Estado consiste en predisponer los
medios propios para provocar, uniformemente, la revelacin de las
superioridades humanas, donde quiera que existan. De tal manera, ms
all de esta igualdad inicial, toda desigualdad estar justificada,
porque ser la sancin de las misteriosas elecciones de la Naturaleza o
del esfuerzo meritorio de la voluntad.--Cuando se la concibe de este
modo, la igualdad democrtica, lejos de oponerse a la seleccin de las
costumbres y de las ideas, es el ms eficaz instrumento de seleccin
espiritual, es el ambiente _providencial_ de la cultura. La favorecer
todo lo que favorezca al predominio de la energa inteligente. No en
distinto sentido pudo afirmar Tocqueville que la poesa, la elocuencia,
las gracias del espritu, los fulgores de la imaginacin, la profundidad
del pensamiento, todos esos dones del alma, repartidos por el cielo al
acaso, fueron colaboradores en la obra de la democracia, y la
sirvieron, aun cuando se encontraron de parte de sus adversarios, porque
convergieron todos a poner de relieve la natural, la no heredada
grandeza, de que nuestro espritu es capaz.--La emulacin, que es el ms
poderoso estmulo entre cuantos pueden sobreexcitar, lo mismo la
vivacidad del pensamiento que la de las dems actividades humanas,
necesita, a la vez, de la igualdad en el punto de partida para
producirse, y de la desigualdad que aventajar a los ms aptos y mejores
como objeto final. Slo un rgimen democrtico puede conciliar en su
seno esas dos condiciones de la emulacin, cuando no degenera en
nivelador igualitarismo y se limita a considerar como un hermoso ideal
de perfectibilidad una futura equivalencia de los hombres por su
ascensin al mismo grado de cultura.

Racionalmente concebida, la democracia admite siempre un imprescriptible
elemento aristocrtico, que consiste en establecer la superioridad de
los mejores, asegurndola sobre el consentimiento libre de los
asociados. Ella consagra, como las aristocracias, la distincin de
calidad; pero las resuelve a favor de las calidades realmente
superiores--las de la virtud, el carcter, el espritu--, y sin
pretender inmovilizarlas en clases constitudas aparte de las otras, que
mantengan a su favor el privilegio execrable de la casta, renueva sin
cesar su aristocracia dirigente en las fuentes vivas del pueblo y la
hace aceptar por la justicia y el amor. Reconociendo, de tal manera, en
la seleccin y la predominancia de los mejor dotados una necesidad de
todo progreso, excluye de esa ley universal de la vida, al sancionarla
en el orden de la sociedad, el efecto de humillacin y de dolor que es,
en las concurrencias de la Naturaleza y en las de las otras
organizaciones sociales, el duro lote del vencido. La gran ley de la
seleccin natural--ha dicho luminosamente Fouille--continuar
realizndose en el seno de las sociedades humanas, slo que ella se
realizar de ms en ms por va de libertad.--El carcter odioso de las
aristocracias tradicionales se originaba de que ellas eran injustas, por
su fundamento, y opresoras, por cuanto su autoridad era una imposicin.
Hoy sabemos que no existe otro lmite legtimo para la igualdad humana,
que el que consiste en el dominio de la inteligencia y la virtud,
consentido por la libertad de todos. Pero sabemos tambin que es
necesario que este lmite exista en realidad.--Por otra parte, nuestra
concepcin cristiana de la vida nos ensea que las superioridades
morales, que son un motivo de derechos, son principalmente un motivo de
deberes, y que todo espritu superior se debe a los dems en igual
proporcin que los excede en capacidad de realizar el bien. El
anti-igualitarismo de Nietzsche--que tan profundo surco seala en la que
podramos llamar nuestra moderna _literatura de ideas_--, ha llevado a
su poderosa reivindicacin de los derechos que l considera implcitos
en las superioridades humanas, un abominable, un reaccionario espritu;
puesto que, negando toda fraternidad, toda piedad, pone en el corazn
del _super hombre_ a quien endiosa un menosprecio satnico para los
desheredados y los dbiles; legitima en los privilegiados de la voluntad
y de la fuerza el ministerio del verdugo; y con lgica resolucin llega,
en ltimo trmino, a afirmar que la sociedad no existe para s sino
para sus elegidos.--No es, ciertamente, esta concepcin monstruosa la
que puede oponerse, como lbaro, al falso igualitarismo que aspira a la
nivelacin de todos por la comn vulgaridad. Por fortuna, mientras
exista en el mundo la posibilidad de disponer dos trozos de madera en
forma de cruz--es decir: siempre--, la Humanidad seguir creyendo que es
el amor el fundamento de todo orden estable y que la superioridad
jerrquica en el orden no debe ser sino una superior capacidad de amar.

Fuente de inagotables inspiraciones morales, la ciencia nueva nos
sugiere, al esclarecer las leyes de la vida, cmo el principio
democrtico puede conciliarse, en la organizacin de las colectividades
humanas, con una _aristarqua_ de la moralidad y la cultura.--Por una
parte--, como lo ha hecho notar, una vez ms, en un simptico libro
Henri Brenger--, las afirmaciones de la ciencia contribuyen a
sancionar y fortalecer en la sociedad el espritu de la democracia,
revelando cunto es el valor natural del esfuerzo colectivo; cul la
grandeza de la obra de los pequeos; cun inmensa la parte de accin
reservada al colaborador annimo y obscuro en cualquiera manifestacin
del desenvolvimiento universal. Realza, no menos que la revelacin
cristiana, la dignidad de los humildes esta nueva revelacin, que
atribuye, en la naturaleza, a la obra de los infinitamente pequeos, a
la labor del nummulite y el briozo en el fondo obscuro del abismo, la
construccin de los cimientos geolgicos; que hace surgir de la
vibracin de la clula informe y primitiva todo el impulso ascendente de
las formas orgnicas; que manifiesta el poderoso papel que en nuestra
vida psquica es necesario atribuir a los fenmenos ms inaparentes y
ms vagos, aun a las fugaces percepciones de que no tenemos conciencia;
y que, llegando a la sociologa y a la historia, restituye al herosmo,
a menudo abnegado, de las muchedumbres, la parte que le negaba el
silencio en la gloria del hroe individual, y hace patente la lenta
acumulacin de las investigaciones que, al travs de los siglos, en la
sombra, en el taller, o el laboratorio de obreros olvidados, preparan
los hallazgos del genio.

Pero a la vez que manifiesta as la inmortal eficacia del esfuerzo
colectivo y dignifica la participacin de los colaboradores ignorados en
la obra universal, la ciencia muestra cmo en la inmensa sociedad de las
cosas y los seres, es una necesaria condicin de todo progreso el orden
jerrquico; son un principio de la vida las relaciones de dependencia y
de subordinacin entre los componentes individuales de aquella sociedad
y entre los elementos de la organizacin del individuo; y es, por
ltimo, una necesidad inherente a la ley universal de _imitacin_, si se
la relaciona con el perfeccionamiento de las sociedades humanas, la
presencia, en ellas, de modelos vivos e influyentes, que las realcen por
la progresiva generalizacin de su superioridad.

Para mostrar ahora cmo ambas enseanzas universales de la ciencia
pueden traducirse en hechos, concilindose, en la organizacin y en el
espritu de la sociedad, basta insistir en la concepcin de una
democracia noble, justa; de una democracia dirigida por la nocin y el
sentimiento de las verdaderas superioridades humanas; de una democracia
en la cual la supremaca de la inteligencia y la virtud--nicos lmites
para la equivalencia meritoria de los hombres--, reciba su autoridad y
su prestigio de la libertad, y descienda sobre las multitudes en la
efusin bienhechora del amor.

Al mismo tiempo que conciliar aquellos dos grandes resultados de la
observacin del orden natural, se realizar dentro de una sociedad
semejante--segn lo observa, en el mismo libro de que os hablaba,
Brenger--la armona de los dos impulsos histricos que han comunicado a
nuestra civilizacin sus caracteres esenciales, los principios
reguladores de su vida.--Del espritu del cristianismo nace,
efectivamente, el sentimiento de igualdad, viciado por cierto asctico
menosprecio de la seleccin espiritual y la cultura. De la herencia de
las civilizaciones clsicas nacen el sentido del orden, de la jerarqua
y el respeto religioso del genio, viciados por cierto aristocrtico
desdn de los humildes y los dbiles. El porvenir sintetizar ambas
sugestiones del pasado en una frmula inmortal. La democracia entonces
habr triunfado definitivamente. Y ella que, cuando amenaza con lo
innoble del rasero nivelador, justifica las protestas airadas y las
amargas melancolas de los que creyeron sacrificados por su triunfo toda
distincin intelectual, todo ensueo de arte, toda delicadeza de la
vida, tendr, an ms que las viejas aristocracias, inviolables seguros
para el cultivo de las flores del alma que se marchitan y perecen en el
ambiente de la vulgaridad y entre las impiedades del tumulto.

* * *

La concepcin utilitaria, como idea del destino humano, y la igualdad en
lo mediocre, como norma de la proporcin social, componen, ntimamente
relacionadas, la frmula de lo que ha solido llamarse en Europa el
espritu de _americanismo_.--Es imposible meditar sobre ambas
inspiraciones de la conducta y la sociabilidad, y compararlas con las
que les son opuestas, sin que la asociacin traiga con insistencia a la
mente la imagen de esa democracia formidable y fecunda que all en el
Norte ostenta las manifestaciones de su prosperidad y su poder, como una
deslumbradora prueba que abona en favor de la eficacia de sus
instituciones y de la direccin de sus ideas.--Si ha podido decirse del
utilitarismo que es el verbo del espritu ingls, los Estados Unidos
pueden ser considerados la encarnacin del verbo utilitario. Y el
Evangelio de este verbo se difunde por todas partes a favor de los
milagros materiales del triunfo. Hispano-Amrica ya no es enteramente
calificable, con relacin a l, de tierra de gentiles. La poderosa
federacin va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral.
La admiracin por su grandeza y por su fuerza es un sentimiento que
avanza a grandes pasos en el espritu de nuestros hombres dirigentes, y
an ms quiz, en el de las muchedumbres, fascinables por la impresin
de la victoria.--Y de admirarla se pasa por una transicin facilsima a
imitarla. La admiracin y la creencia son ya modos pasivos de imitacin
para el psiclogo. La tendencia imitativa de nuestra naturaleza
moral--deca Bagehot--tiene su asiento en aquella parte del alma en que
reside la credibilidad.--El sentido y la experiencia vulgares seran
suficientes para establecer por s solos esa sencilla relacin. Se imita
a aquel en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree.--Es as como la
visin de una Amrica _deslatinizada_ por propia voluntad, sin la
extorsin de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza del
arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueos de muchos sinceros
interesados por nuestro porvenir, inspira la fruicin con que ellos
formulan a cada paso los ms sugestivos paralelos, y se manifiesta por
constantes propsitos de innovacin y de reforma. Tenemos nuestra
_nordomana_. Es necesario oponerle los lmites que la razn y el
sentimiento sealan de consuno.

No doy yo a tales lmites el sentido de una absoluta
negacin.--Comprendo bien que se adquieran inspiraciones, luces,
enseanzas, en el ejemplo de los fuertes; y no desconozco que una
inteligente atencin fijada en lo exterior para reflejar de todas
partes la imagen de lo beneficioso y de lo til, es singularmente
fecunda cuando se trata de pueblos que an forman y modelan su entidad
nacional.

Comprendo bien que se aspire a rectificar, por la educacin
perseverante, aquellos trazos del carcter de una sociedad humana que
necesiten concordar con nuevas exigencias de la civilizacin y nuevas
oportunidades de la vida, equilibrando as, por medio de una influencia
innovadora, las fuerzas de la herencia y la costumbre.--Pero no veo la
gloria, ni en el propsito de desnaturalizar el carcter de los
pueblos--su genio _personal_--para imponerles la identificacin con un
modelo extrao al que ellos sacrifiquen la originalidad irreemplazable
de su espritu; ni en la creencia ingenua de que eso pueda obtenerse
alguna vez por procedimientos artificiales e improvisados de imitacin.
Ese irreflexivo traslado de lo que es natural y espontneo en una
sociedad al seno de otra, donde no tenga races ni en la Naturaleza ni
en la historia, equivala para Michelet a la tentativa de incorporar,
por simple agregacin, una cosa muerta a un organismo vivo. En
sociabilidad, como en literatura, como en arte, la imitacin inconsulta
no har nunca sino deformar las lneas del modelo. El engao de los que
piensan haber reproducido en lo esencial el carcter de una colectividad
humana, las fuerzas vivas de su espritu, y con ellos el secreto de sus
triunfos y su prosperidad, reproduciendo exactamente el mecanismo de sus
instituciones y las formas exteriores de sus costumbres, hace pensar en
la ilusin de los principiantes candorosos que se imaginan haberse
apoderado del genio del maestro cuando han copiado las formas de su
estilo o sus procedimientos de composicin.

En ese esfuerzo vano hay, adems, no s qu cosa de innoble. Gnero de
_snobismo_ poltico podra llamarse al afanoso remedo de cuanto hacen
los preponderantes y los fuertes, los vencedores y los afortunados;
gnero de abdicacin servil, como en la que en algunos de los _snobs_
encadenados para siempre a la tortura de la stira por el libro de
Thackeray, hace consumirse tristemente las energas de los nimos no
ayudados por la Naturaleza o la fortuna, en la imitacin impotente de
los caprichos y las volubilidades de los encumbrados de la sociedad.--El
cuidado de la independencia _interior_--la de la personalidad, la del
criterio--es una principalsima forma del respeto propio. Suele en los
tratados de tica comentarse un precepto moral de Cicern, segn el cual
forma parte de los deberes humanos el que cada uno de nosotros cuide y
mantenga celosamente la originalidad de su carcter personal, lo que
haya en l que lo diferencie y determine, respetando, en todo cuanto no
sea inadecuado para el bien, el impulso primario de la Naturaleza, que
ha fundado en la varia distribucin de sus dones el orden y el concierto
del mundo.--Y an me parecera mayor el imperio del precepto si se le
aplicase, colectivamente, al carcter de las sociedades humanas. Acaso
oiris decir que no hay un sello propio y definido por cuya permanencia,
por cuya integridad deba pugnarse, en la organizacin actual de nuestros
pueblos. Falta tal vez, en nuestro carcter colectivo, el contorno
seguro de la personalidad. Pero en ausencia de esa ndole
perfectamente diferenciada y autonmica, tenemos--los americanos
latinos--una herencia de raza, una gran tradicin tnica que mantener,
un vnculo sagrado que nos une a inmortales pginas de la historia,
confiando a nuestro honor su continuacin en lo futuro. El
cosmopolitismo, que hemos de atacar como una irresistible necesidad de
nuestra formacin, no excluye, ni ese sentimiento de fidelidad a lo
pasado, ni la fuerza directriz y plasmante con que debe el genio de la
raza imponerse en la refundicin de los elementos que constituirn al
americano definitivo del futuro.

Se ha observado ms de una vez que las grandes evoluciones de la
historia, las grandes pocas, los perodos ms luminosos y fecundos en
el desenvolvimiento de la humanidad, son casi siempre la resultante de
dos fuerzas distintas y co-actuales, que mantienen, por los concertados
impulsos de su oposicin, el inters y el estmulo de la vida, los
cuales desapareceran, agotados, en la quietud de una unidad
absoluta.--As, sobre los dos polos de Atenas y Lacedemonia, se apoya el
eje alrededor del cual gira el carcter de la ms genial y civilizadora
de las razas.--Amrica necesita mantener en el presente la dualidad
original de su constitucin, que convierte en realidad de su historia
el mito clsico de las dos guilas soltadas simultneamente de uno y
otro polo del mundo, para que llegasen a un tiempo al lmite de sus
dominios. Esta diferencia genial y emuladora no excluye, sino que tolera
y aun favorece en muchsimos aspectos, la concordia de la solidaridad. Y
si una concordia superior pudiera vislumbrarse desde nuestros das como
la frmula de un porvenir lejano, ella no sera debida a la _imitacin
unilateral_--que dira Tarde--de una raza por otra, sino a la
reciprocidad de sus influencias y al atinado concierto de los atributos
en que se funda la gloria de las dos.

Por otra parte, en el estudio desapasionado de esa civilizacin que
algunos nos ofrecen como nico y absoluto modelo, hay razones no menos
poderosas que las que se fundan en la indignidad y la inconveniencia de
una renuncia a todo propsito de originalidad, para templar los
entusiasmos de los que nos exigen su consagracin idoltrica.--Y llego
ahora a la relacin que directamente tiene, con el sentido general de
esta pltica ma, el comentario de semejante espritu de imitacin.

Todo juicio severo que se formule de los americanos del Norte debe
empezar por rendirles, como se hara con altos adversarios, la
formalidad caballeresca de un saludo.--Siento fcil mi espritu para
cumplirla.--Desconocer sus defectos no me parecera tan insensato como
negar sus cualidades. Nacidos--para emplear la paradoja usada por
Baudelaire a otro respecto--con la _experiencia innata_ de la libertad,
ellos se han mantenido fieles a la ley de su origen, y han desenvuelto,
con la precisin y la seguridad de una progresin matemtica, los
principios fundamentales de su organizacin, dando a su historia una
consecuente unidad que, si bien ha excludo las adquisiciones de
aptitudes y mritos distintos, tiene la belleza intelectual de la
lgica.--La huella de sus pasos no se borrar jams en los anales del
derecho humano, porque ellos han sido los primeros en hacer surgir
nuestro moderno concepto de la libertad, de las inseguridades del ensayo
y de las imaginaciones de la utopa, para convertirla en bronce
imperecedero y realidad viviente; porque han demostrado con su ejemplo
la posibilidad de extender a un inmenso organismo nacional la
inconmovible autoridad de una repblica; porque, con su organizacin
federativa, han revelado--segn la feliz expresin de Tocqueville--la
manera cmo se pueden conciliar con el brillo y el poder de los Estados
grandes la felicidad y la paz de los pequeos.--Suyos son algunos de los
rasgos ms audaces con que ha de destacarse en la perspectiva del tiempo
la obra de este siglo. Suya es la gloria de haber revelado
plenamente--acentuando la ms firme nota de belleza moral de nuestra
civilizacin--la grandeza y el poder del trabajo; esa fuerza bendita que
la antigedad abandonaba a la abyeccin de la esclavitud y que hoy
identificamos con la ms alta expresin de la dignidad humana, fundada
en la conciencia y en la actividad del propio mrito. Fuertes, tenaces,
teniendo la inaccin por oprobio, ellos han puesto en manos del
_mechnic_ de sus talleres y el _frmer_ de sus campos la clava herclea
del mito, y han dado al genio humano una nueva e inesperada belleza,
cindole el mandil de cuero del forjador. Cada uno de ellos avanza a
conquistar la vida como el desierto los primitivos puritanos.
Perseverantes devotos de ese culto de la energa individual que hace de
cada hombre el artfice de su destino, ellos han modelado su
sociabilidad en un conjunto imaginario de ejemplares de Rbinson, que
despus de haber fortificado rudamente su personalidad en la prctica de
la ayuda propia, entrarn a componer los filamentos de una urdimbre
firmsima.--Sin sacrificarle esa soberana concepcin del individuo, han
sabido hacer al mismo tiempo, del espritu de asociacin, el ms
admirable instrumento de su grandeza y de su imperio; y han obtenido de
la suma de las fuerzas humanas, subordinada a los propsitos de la
investigacin, de la filantropa, de la industria, resultados tanto ms
maravillosos por lo mismo que se consiguen con la ms absoluta
integridad de la autonoma personal.--Hay en ellos un instinto de
curiosidad despierta e insaciable, una impaciente avidez de toda luz; y
profesando el amor por la instruccin del pueblo con la obsesin de una
monomana gloriosa y fecunda, han hecho de la escuela el quicio ms
seguro de su prosperidad, y del alma del nio la ms cuidada entre las
cosas leves y preciosas.--Su cultura, que est lejos de ser refinada ni
espiritual, tiene una eficacia admirable siempre que se dirige
prcticamente a realizar una finalidad inmediata.

No han incorporado a las adquisiciones de la ciencia una sola ley
general, un solo principio; pero la han hecho maga por las maravillas de
sus aplicaciones, la han agigantado en los dominios de la utilidad, y
han dado al mundo en la caldera de vapor y en la dnamo elctrica,
billones de esclavos invisibles que centuplican, para servir al Aladino
humano, el poder de la lmpara maravillosa.--El crecimiento de su
grandeza y de su fuerza, ser objeto de perdurables asombros para el
porvenir. Han inventado, con su prodigiosa aptitud de improvisacin, un
acicate para el tiempo; y al conjuro de su voluntad poderosa, surge en
un da, del seno de la absoluta soledad, la suma de cultura acumulable
para la obra de los siglos.--La libertad puritana, que les enva su luz
desde el pasado, uni a esta luz el calor de una piedad que an dura.
Junto a la fbrica y la escuela, sus fuertes manos han alzado tambin
los templos de donde evaporan sus plegarias muchos millones de
conciencias libres. Ellos han sabido salvar, en el naufragio de todas
las idealidades, la idealidad ms alta, guardando viva la tradicin de
un sentimiento religioso que, si no levanta sus vuelos en alas de un
espiritualismo delicado y profundo, sostiene, en parte, entre las
asperezas del tumulto utilitario, la rienda firme del sentido
moral.--Han sabido tambin guardar, en medio de los refinamientos de la
vida civilizada, el sello de cierta primitividad robusta. Tienen el
culto pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza; templan y afinan
en el msculo el instrumento precioso de la voluntad; y obligados por su
aspiracin insaciable de dominio a cultivar la energa de todas las
actividades humanas, modelan el torso del atleta para el corazn del
hombre libre.--Y del concierto de su civilizacin, del acordado
movimiento de su cultura, surge una dominante nota de optimismo, de
confianza, de fe, que dilata los corazones impulsndolos al porvenir
bajo la sugestin de una esperanza terca y arrogante; la nota del
_Excelsior_ y el _Salmo de la vida_ con que sus poetas han sealado el
infalible blsamo contra toda amargura en la filosofa del esfuerzo y de
la accin.

Su grandeza titnica se impone as, aun a los ms prevenidos por las
enormes desproporciones de su carcter o por las violencias recientes de
su historia. Y por mi parte ya veis que, aunque no les amo, les admiro.
Les admiro, en primer trmino, por su formidable capacidad de _querer_,
y me inclino ante la escuela de voluntad y de trabajo que--como de sus
progenitores nacionales dijo Philarte-Chasles--ellos han institudo.

_En el principio la accin era._ Con estas clebres palabras del
Fausto podra empezar un futuro historiador de la poderosa repblica
el Gnesis, an no concludo, de su existencia nacional. Su genio podra
definirse, como el universo de los dinamistas, _la fuerza en
movimiento_. Tiene, ante todo y sobre todo, la capacidad, el entusiasmo,
la vocacin dichosa de la accin. La voluntad es el cincel que ha
esculpido a ese pueblo en dura piedra. Sus relieves caractersticos son
dos manifestaciones del poder de la voluntad: la originalidad y la
audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de una actividad viril.
Su personaje representativo se llama _Yo quiero_, como el superhombre
de Nietzsche.--Si algo le salva colectivamente de la vulgaridad, es ese
extraordinario alarde de energa que lleva a todas partes y con el que
imprime cierto carcter de pica grandeza, aun a las luchas del inters
y de la vida material. As de los especuladores de Chicago y de
Minepolis, ha dicho Paul Bourget que son a la manera de combatientes
heroicos en los cuales la aptitud para el ataque y la defensa es
comparable a la de un _grognard_ del gran Emperador.--Y esta energa
suprema, con la que el genio norteamericano parece obtener--hipnotizador
audaz--el adormecimiento y la sugestin de los hados, suele encontrarse
aun en las particularidades que se nos presentan como excepcionales y
divergentes de aquella civilizacin. Nadie negar que Edgard Poe es una
individualidad anmala y rebelde dentro de su pueblo. Su alma escogida
representa una partcula inasimilable del alma nacional, que no en vano
se agit entre las otras con la sensacin de una soledad infinita. Y,
sin embargo, la nota fundamental--que Baudelaire ha sealado
profundamente--en el carcter de los hroes de Poe, es todava el temple
sobrehumano, la indmita resistencia de la voluntad. Cuando ide a
Ligeia, la ms misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe simboliz en
la luz inextinguible de sus ojos el himno de triunfo de la Voluntad
sobre la Muerte.

Adquirido, con el sincero reconocimiento de cuanto hay de luminoso y
grande en el genio de la poderosa nacin, el derecho de completar
respecto a l la frmula de la justicia, una cuestin llena de inters
pide expresarse.--Realiza aquella sociedad, o tiende a realizar, por lo
menos, la idea de la conducta racional que cumple a las legtimas
exigencias del espritu, a la dignidad intelectual y moral de nuestra
civilizacin?--Es en ella donde hemos de sealar la ms aproximada
imagen de nuestra ciudad perfecta?--Esta febricitante inquietud que
parece centuplicar en su seno el movimiento y la intensidad de la vida,
tiene un objeto capaz de merecerla y un estmulo bastante para
justificarla?

Herbert Spencer, formulando con noble sinceridad su saludo a la
democracia de Amrica en un banquete de New York, sealaba el rasgo
fundamental de la vida de los norteamericanos en esa misma desbordada
inquietud que se manifiesta por la pasin infinita del trabajo y la
porfa de la expansin material en todas sus formas. Y observaba despus
que, en tan exclusivo predominio de la actividad subordinada a los
propsitos inmediatos de la utilidad, se revelaba una concepcin de la
existencia, tolerable sin duda como carcter provisional de una
civilizacin, como tarea preliminar de una cultura, pero que urga ya
rectificar, puesto que tenda a convertir el trabajo utilitario en fin y
objeto supremo de la vida, cuando l en ningn caso puede significar
racionalmente sino la acumulacin de los elementos propios para hacer
posible el total y armonioso desenvolvimiento de nuestro ser.--Spencer
agregaba que era necesario predicar a los norteamericanos el Evangelio
del descanso o el recreo; e identificando nosotros la ms noble
significacin de estas palabras con las del _ocio_, tal cual lo
dignificaban los antiguos moralistas, clasificaremos dentro del
Evangelio en que debe iniciarse a aquellos trabajadores sin reposo, toda
preocupacin ideal, todo desinteresado empleo de las horas, todo objeto
de meditacin levantado sobre la finalidad inmediata de la utilidad.

La vida norteamericana describe efectivamente ese crculo vicioso que
Pascal sealaba en la anhelante persecucin del bienestar, cuando l no
tiene su fin fuera de s mismo. Su prosperidad es tan grande como su
imposibilidad de satisfacer a una mediana concepcin del destino humano.
Obra titnica, por la enorme tensin de voluntad que representa y por
sus triunfos inauditos en todas las esferas del engrandecimiento
material, es indudable que aquella civilizacin produce en su conjunto
una singular impresin de insuficiencia y de vaco. Y es que, si con el
derecho que da la historia de treinta siglos de evolucin presididos por
la dignidad del espritu clsico y del espritu cristiano, se pregunta
cul es en ella el principio dirigente, cul su _substratum_ ideal, cul
el propsito ulterior a la inmediata preocupacin de los intereses
positivos que estremecen aquella masa formidable, slo se encontrar,
como frmula del ideal definitivo, la misma absoluta preocupacin del
triunfo material.--Hurfano de tradiciones muy hondas que le orienten,
ese pueblo no ha sabido substituir la idealidad inspiradora del pasado
con una alta y desinteresada concepcin del porvenir. Vive para la
realidad inmediata, del presente, y por ello subordina toda su actividad
al egosmo del bienestar personal y colectivo.--De la suma de los
elementos de su riqueza y su poder, podra decirse lo que el autor de
_Mensonges_ de la inteligencia del marqus de Norbert que figura en uno
de sus libros: es un monte de lea al cual no se ha hallado modo de dar
fuego. Falta la chispa eficaz que haga levantarse la llama de un ideal
vivificante e inquieto sobre el copioso combustible.--Ni siquiera el
egosmo nacional, a falta de ms altos impulsos; ni siquiera el
exclusivismo y el orgullo de raza, que son los que transfiguran y
engrandecen, en la antigedad, la prosaica dureza de la vida de Roma,
pueden tener vislumbres de idealidad y de hermosura en un pueblo donde
la confusin cosmopolita y el _atomismo_ de una mal entendida
democracia, impiden la formacin de una verdadera conciencia nacional.

Dirase que el positivismo genial de la Metrpoli ha sufrido, al
transmitirse a sus emancipados hijos de Amrica, una destilacin que le
priva de todos los elementos de idealidad que le templaban,
reducindole, en realidad, a la crudeza que, en las exageraciones de la
pasin o de la stira, ha podido atribuirse al positivismo de
Inglaterra.--El espritu ingls, bajo la spera corteza del
utilitarismo, bajo la indiferencia mercantil, bajo la severidad
puritana, esconde, a no dudarlo, una virtualidad potica escogida y un
profundo venero de sensibilidad, el cual revela, en sentir de Taine, que
el fondo primitivo, el fondo germnico de aquella raza, modificada luego
por la presin de la conquista y por el hbito de la actividad
comercial, fu una extraordinaria exaltacin del sentimiento. El
espritu americano no ha recibido en herencia ese instinto potico
ancestral, que brota, como surgente lmpida, del seno de la roca
britnica, cuando es el Moiss de un arte delicado quien la toca. El
pueblo ingls tiene, en la institucin de su aristocracia--por
anacrnica e injusta que ella sea bajo el aspecto del derecho
poltico--, un alto e inexpugnable baluarte que oponer al mercantilismo
ambiente y a la prosa invasora; tan alto e inexpugnable baluarte, que es
el mismo Taine quien asegura que desde los tiempos de las ciudades
griegas, no presentaba la historia ejemplo de una condicin de vida ms
propia para formar y enaltecer el sentimiento de la nobleza humana. En
el ambiente de la democracia de Amrica, el espritu de vulgaridad no
halla ante s relieves inaccesibles para su fuerza de ascensin, y se
extiende y propaga como sobre la llaneza de una pampa infinita.

Sensibilidad, inteligencia, costumbres--todo est caracterizado en el
enorme pueblo por una radical ineptitud de seleccin, que mantiene,
junto al orden mecnico de su actividad material y de su vida poltica,
un profundo desorden en todo lo que pertenece al dominio de las
facultades ideales.--Fciles son de seguir las manifestaciones de esa
ineptitud, partiendo de las ms exteriores y aparentes, para llegar
despus a otras ms esenciales y ms ntimas.--Prdigo de sus
riquezas--porque en su codicia no entra, segn acertadamente se ha
dicho, ninguna parte de Harpagn--, el norteamericano ha logrado
adquirir con ellas, plenamente, la satisfaccin y la vanidad de la
magnificencia suntuaria, pero no ha logrado adquirir la nota escogida
del buen gusto. El arte verdadero slo ha podido existir, en tal
ambiente, a ttulo de rebelin individual. merson, Poe, son all como
los ejemplares de una fauna expulsada de su verdadero medio por el rigor
de una catstrofe geolgica.--Habla Bourget, en _Outre mer_, del acento
concentrado y solemne con que la palabra _arte_ vibra en los labios de
los norteamericanos que ha halagado el favor de la fortuna; de esos
recios y acrisolados hroes del _self-help_ que aspiran a coronar, con
la asimilacin de todos los refinamientos humanos, la obra de su
encumbramiento reido. Pero nunca les ha sido dado concebir esa divina
actividad que nombran con nfasis, sino como un nuevo motivo de
satisfacerse su inquietud invasora y como un trofeo de su vanidad. La
ignoran, en lo que ella tiene de desinteresado y de escogido; la
ignoran, a despecho de la munificencia con que la fortuna individual
suele emplearse en estimular la formacin de un delicado sentido de
belleza; a despecho de la esplendidez de los museos y las exposiciones
con que se ufanan sus ciudades; a despecho de las montaas de mrmol y
de bronce que han esculpido para las estatuas de sus plazas pblicas. Y
si con su nombre hubiera de caracterizarse alguna vez un gusto de arte,
l no podra ser otro que el que envuelve la negacin del arte mismo: la
brutalidad del efecto rebuscado, el desconocimiento de todo tono suave y
de toda manera exquisita, el culto de una falsa grandeza, el
_sensacionismo_ que excluye la noble serenidad inconciliable con el
apresuramiento de una vida febril.

La idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austeros
puritanos. Tampoco le apasiona la idealidad de lo verdadero. Menosprecia
todo ejercicio del pensamiento que prescinda de una inmediata finalidad,
por vano e infecundo. No le lleva a la ciencia un desinteresado anhelo
de verdad, ni se ha manifestado ningn caso capaz de amarla por s
misma. La investigacin no es para l sino el antecedente de la
aplicacin utilitaria.--Sus gloriosos empeos por difundir los
beneficios de la educacin popular, estn inspirados en el noble
propsito de comunicar los elementos fundamentales del saber al mayor
nmero; pero no nos revelan que, al mismo tiempo que de ese
acrecentamiento extensivo de la educacin, se preocupe de seleccionarla
y elevarla, para auxiliar el esfuerzo de las superioridades que
ambicionen erguirse sobre la general mediocridad. As, el resultado de
su porfiada guerra a la ignorancia, ha sido la semicultura universal y
una profunda languidez de la alta cultura.--En igual proporcin que la
ignorancia radical, disminuyen en el ambiente de esa gigantesca
democracia, la superior sabidura y el genio. He ah por qu la historia
de su actividad pensadora es una progresin decreciente de brillo y de
originalidad. Mientras en el perodo de la independencia y la
organizacin surgen, para representar lo mismo el pensamiento que la
voluntad de aquel pueblo, muchos nombres ilustres, medio siglo ms tarde
Tocqueville puede observar, respecto a ellos, que _los dioses se van_.
Cuando escribi Tocqueville su obra maestra, an irradiaba, sin embargo,
desde Boston, la _ciudadela puritana_, la ciudad de las doctas
tradiciones, una gloriosa plyade que tiene en la historia intelectual
de este siglo la magnitud de la universalidad.--Quines han recogido
despus la herencia de Chnning, de merson, de Poe?--La nivelacin
mesocrtica, apresurando su obra desoladora, tiende a desvanecer el poco
carcter que quedaba a aquella precaria intelectualidad. Las alas de sus
libros ha tiempo que no llegan a la altura en que sera universalmente
posible divisarlos. Y hoy, la ms genuina representacin del gusto
norteamericano, en punto a letras, est en los lienzos grises de un
diarismo que no hace pensar en el que un da suministr los materiales
de _El Federalista_.

Con relacin a los sentimientos morales, el impulso mecnico del
utilitarismo ha encontrado el resorte moderador de una fuerte tradicin
religiosa. Pero no por eso debe creerse que ha cedido la direccin de la
conducta a un verdadero principio de desinters. La religiosidad de los
americanos, como derivacin extremada de la inglesa, no es ms que una
fuerza auxiliatoria de la legislacin penal, que evacuara su puesto el
da que fuera posible dar a la moral utilitaria la autoridad religiosa
que ambicionaba darle Stuart Mill.--La ms elevada cspide de su moral
es la moral de Franklin.--Una filosofa de la conducta, que halla su
trmino en lo mediocre de la honestidad, en la utilidad de la prudencia,
de cuyo seno no surgirn jams ni la santidad ni el herosmo, y que slo
apta para prestar a la conciencia, en los caminos normales de la vida,
el apoyo del bastn del manzano con que marchaba habitualmente su
propagador, no es ms que un leo frgil cuando se trata de subir las
altas pendientes.--Tal es la suprema cumbre; pero es en los valles donde
hay que buscar la realidad. Aun cuando el criterio moral no hubiera de
descender ms abajo del utilitarismo probo y mesurado de Franklin, el
trmino forzoso--que ya seal la sagaz observacin de Tocqueville--de
una sociedad educada en semejante limitacin del deber, sera, no por
cierto una de esas decadencias soberbias y magnficas que dan la medida
de la satnica hermosura del mal en la disolucin de los imperios, pero
s una suerte de materialismo plido y mediocre, y en ltimo resultado,
el sueo de una enervacin sin brillo, por la silenciosa descomposicin
de todos los resortes de la vida moral--All donde el precepto tiende a
poner las altas manifestaciones de la abnegacin y la virtud fuera del
dominio de lo obligatorio, la realidad har retroceder indefinidamente
el lmite de la obligacin.--Pero la escuela de la prosperidad material,
que ser siempre ruda prueba para la austeridad de las repblicas, ha
llevado ms lejos la llaneza de la concepcin de la conducta racional
que hoy gana los espritus. Al cdigo de Franklin han sucedido otros de
ms francas tendencias, como expresin de la sabidura nacional. Y no
hace an cinco aos el voto pblico consagraba en todas las ciudades
norteamericanas, con las ms equvocas manifestaciones de la popularidad
y de la crtica, la nueva ley moral en que, desde la puritana Boston,
anunciaba solemnemente el autor de cierto docto libro que se intitulaba
_Pushing to the front_[C], que el xito deba ser considerado la
finalidad suprema de la vida. La revelacin tuvo eco an en el seno de
las comuniones cristianas, y se cit una vez, a propsito del libro
afortunado, la _Imitacin_, de Kmpis, como trmino de comparacin.

[Nota C: Por M. Orisson Swett Marden. Boston, 1895.]

La vida pblica no se sustrae, por cierto, a las consecuencias del
crecimiento del mismo germen de desorganizacin que lleva aquella
sociedad en sus entraas. Cualquier mediano observador de sus costumbres
polticas os hablar de cmo la obsesin del inters utilitario tiende
progresivamente a enervar y empequeecer en los corazones el sentimiento
del derecho. El valor cvico, la virtud vieja de los Hmilton, es una
hoja de acero que se oxida, cada da ms olvidada, entre las telaraas
de las tradiciones. La venalidad, que empieza desde el voto pblico, se
propaga a todos los resortes institucionales. El gobierno de la
mediocridad vuelve vana la emulacin que realza los caracteres y las
inteligencias y que los entona con la perspectiva de la efectividad de
su dominio. La democracia, a la que no han sabido dar el regulador de
una alta y educadora nocin de las superioridades humanas, tendi
siempre entre ellos a esa brutalidad abominable del nmero que menoscaba
los mejores beneficios morales de la libertad y anula en la opinin el
respeto de la dignidad ajena. Hoy, adems, una formidable fuerza se
levanta a contrastar de la peor manera posible el absolutismo del
nmero. La influencia poltica de una plutocracia representada por los
todopoderosos aliados de los _trust_, monopolizadores de la produccin y
dueos de la vida econmica, es, sin duda, uno de los rasgos ms
merecedores de inters en la actual fisonoma del gran pueblo. La
formacin de esta plutocracia ha hecho que se recuerde, con muy probable
oportunidad, el advenimiento de la clase enriquecida y soberbia que, en
los ltimos tiempos de la repblica romana, es uno de los antecedentes
visibles de la ruina de la libertad y de la tirana de los Csares. Y el
exclusivo cuidado del engrandecimiento material--numen de aquella
civilizacin--impone as la lgica de sus resultados en la vida
poltica, como en todos los rdenes de la actividad, dando el rango
primero al _struggle-for-life_ osado y astuto, convertido por la brutal
eficacia de su esfuerzo en la suprema personificacin de la energa
nacional--en el postulante a su _representacin_ emersoniana--en el
_personaje reinante_ de Taine.

Al impulso que precipita aceleradamente la vida del espritu en el
sentido de la desorientacin ideal y el egosmo utilitario, corresponde,
fsicamente, ese otro impulso, que en la expansin del asombroso
crecimiento de aquel pueblo lleva sus multitudes y sus iniciativas en
direccin a la inmensa zona occidental que, en tiempos de la
independencia, era el misterio, velado por las selvas del Mississipi. En
efecto; es en ese improvisado Oeste, que crece formidable frente a los
viejos Estados del Atlntico y reclama para un cercano porvenir la
hegemona, donde est la ms fiel representacin de la vida
norteamericana en el actual instante de su evolucin. Es all donde los
definitivos resultados, los lgicos y naturales frutos del espritu que
ha guiado a la poderosa democracia desde sus orgenes, se muestran de
relieve a la mirada del observador y le proporcionan un punto de partida
para imaginarse la faz del inmediato futuro del gran pueblo. Al
virginiano y al _yankee_ ha sucedido, como tipo representativo, ese
dominador de las ayer desiertas Praderas, refirindose al cual deca
Michel Chevalier, hace medio siglo, que los ltimos seran un da los
primeros. El utilitarismo, vaco de todo contenido ideal, la vaguedad
cosmopolita y la nivelacin de la democracia bastarda, alcanzarn con l
su ltimo triunfo.--Todo elemento noble de aquella civilizacin; todo lo
que la vincula a generosos recuerdos y fundamenta su dignidad
histrica--el legado de los tripulantes del _Flor de Mayo_, la memoria
de los patricios de Virginia y de los caballeros de la Nueva Inglaterra,
el espritu de los ciudadanos y los legisladores de la emancipacin--,
quedarn dentro de los viejos Estados donde Boston y Filadelfia
mantienen an, segn expresivamente se ha dicho, el palldium de la
tradicin washingtoniana. Chicago se alza a reinar. Y su confianza en
la superioridad que lleva sobre el litoral iniciador del Atlntico, se
funda en que le considera demasiado reaccionario, demasiado europeo,
demasiado tradicionalista. La historia no da ttulos cuando el
procedimiento de eleccin es la subasta de la prpura.

A medida que el utilitarismo genial de aquella civilizacin asume as
caracteres ms definidos, ms francos, ms estrechos, aumentan, con la
embriaguez de la prosperidad material, las impaciencias de sus hijos por
propagarla y atribuirle la predestinacin de un magisterio romano.--Hoy,
ellos aspiran manifiestamente al primado de la cultura universal, a la
direccin de las ideas, y se consideran a s mismos los forjadores de un
tipo de civilizacin que prevalecer. Aquel discurso semi-irnico que
Laboulaye pone en boca de un escolar de su Pars americanizado para
significar la preponderancia que concedieron siempre en el propsito
educativo a cuanto favorezca el orgullo del sentimiento nacional,
tendra toda la seriedad de la creencia ms sincera en labios de
cualquier americano viril de nuestros das. En el fondo de su declarado
espritu de rivalidad hacia Europa hay un menosprecio que es ingenuo, y
hay la profunda conviccin de que ellos estn destinados a obscurecer en
breve plazo su superioridad espiritual y su gloria, cumplindose una vez
ms en las evoluciones de la civilizacin humana la dura ley de los
misterios antiguos en que el iniciado daba muerte al iniciador. Intil
sera tender a convencerles de que, aunque la contribucin que han
llevado a los progresos de la libertad y de la utilidad haya sido,
indudablemente, cuantiosa, y aunque debiera atribursele en justicia la
significacin de una obra universal, de una obra _humana_, ella es
insuficiente para hacer transmudarse, en direccin al nuevo Capitolio,
el eje del mundo. Intil sera tender a convencerles de que la obra
realizada por la perseverante genialidad del arya europeo desde que,
hace tres mil aos, las orillas del Mediterrneo, civilizador y
glorioso, se cieron jubilosamente la guirnalda de las ciudades
helnicas; la obra que an contina realizndose y de cuyas tradiciones
y enseanzas vivimos, es una suma con la cual no puede formar ecuacin
la frmula _Wshington ms dison_. Ellos aspiraran a revisar el
Gnesis para ocupar esa primera pgina.--Pero adems de la relativa
insuficiencia de la parte que les es dado reivindicar en la educacin de
la humanidad, su carcter mismo les niega la posibilidad de la
hegemona.--Naturaleza no les ha concedido el genio de la propaganda ni
la vocacin apostlica. Carecen de ese don superior de _amabilidad_--en
alto sentido--, de ese extraordinario poder de simpata con que las
razas que han sido dotadas de un cometido providencial de educacin,
saben hacer de su cultura algo parecido a la belleza de la Helena
clsica, en la que todos crean reconocer un rasgo propio.--Aquella
civilizacin puede abundar, o abunda indudablemente, en sugestiones y en
ejemplos fecundos; ella puede inspirar admiracin, asombro, respeto,
pero es difcil que cuando el extranjero divisa de alta mar su
gigantesco smbolo: la libertad de Bartholdi, que yergue triunfalmente
su antorcha sobre el puerto de Nueva York, se despierte en su nimo la
emocin profunda y religiosa con que el viajero antiguo deba ver
surgir, en las noches difanas del tica, el toque luminoso que la lanza
de oro de la Atenea del Acrpolis dejaba notar a la distancia en la
pureza del ambiente sereno.

Y advertid que cuando, en nombre de los derechos del espritu, niego al
utilitarismo norteamericano ese carcter tpico con que quiere
imponrsenos como suma y modelo de civilizacin, no es mi propsito
afirmar que la obra realizada por l haya de ser enteramente perdida con
relacin a los que podramos llamar _los intereses del alma_.--Sin el
brazo que nivela y construye, no tendra paz el que sirve de apoyo a la
noble frente que piensa. Sin la conquista de cierto bienestar material
es imposible, en las sociedades humanas, el reino del espritu. As lo
reconoce el mismo aristocrtico idealismo de Renn, cuando realza, del
punto de vista de los intereses morales de la especie y de su seleccin
espiritual en lo futuro, la significacin de la obra utilitaria de este
siglo. Elevarse sobre la necesidad--agrega el maestro--, es
redimirse.--En lo remoto del pasado, los efectos de la prosaica e
interesada actividad del mercader que por primera vez pone en relacin a
un pueblo con otros tienen un incalculable alcance idealizador, puesto
que contribuyen eficazmente a multiplicar los instrumentos de la
inteligencia, a pulir y suavizar las costumbres y a hacer posibles,
quiz, los preceptos de una moral ms avanzada.--La misma fuerza
positiva aparece propiciando las mayores idealidades de la civilizacin.
El oro acumulado por el mercantilismo de las repblicas italianas
pag--segn Saint-Vctor--los gastos del renacimiento. Las naves que
volvan de los pases de _Las mil y una noches_, colmadas de especias y
marfil, hicieron posible que Lorenzo de Mdicis renovara, en las lonjas
de los mercaderes florentinos, los convites platnicos.--La historia
muestra en definitiva una induccin recproca entre los progresos de la
actividad utilitaria y la ideal. Y as como la utilidad suele
convertirse en fuerte escudo para las idealidades, ellas provocan con
frecuencia (a condicin de no proponrselo directamente) los resultados
de lo til. Observa Bagehot, por ejemplo, cmo los inmensos beneficios
positivos de la navegacin no existiran acaso para la humanidad,
si en las edades primitivas no hubiera habido soadores y
ociosos--seguramente, mal comprendidos de sus contemporneos--a quienes
interesase la contemplacin de lo que pasaba en las esferas del
cielo.--Esta ley de armona nos ensea a respetar el brazo que labra el
duro terruo de la prosa. La obra del positivismo norteamericano servir
a la causa de Ariel, en ltimo trmino. Lo que aquel pueblo de cclopes
ha conquistado directamente para el bienestar material, con su sentido
de lo til y su admirable actitud de la invencin mecnica, lo
convertirn otros pueblos, o l mismo en lo futuro, en eficaces
elementos de seleccin. As, la ms preciosa y fundamental de las
adquisiciones del espritu--el alfabeto, que da alas de inmortalidad a
la palabra--nace en el seno de las factoras cananeas y es el hallazgo
de una civilizacin mercantil, que, al utilizarlo con fines
exclusivamente mercenarios, ignoraba que el genio de razas superiores lo
transfigurara convirtindole en el medio de propagar su ms pura y
luminosa esencia. La relacin entre los bienes positivos y los bienes
intelectuales y morales es, pues, segn la adecuada comparacin de
Fouille, un nuevo aspecto de la cuestin de la equivalencia de las
fuerzas, que as como permite transformar el movimiento en calrico,
permite tambin obtener de las ventajas materiales elementos de
superioridad espiritual.

Pero la vida norteamericana no nos ofrece an un nuevo ejemplo de esa
relacin indudable, ni nos lo anuncia como gloria de una posteridad que
se vislumbre.--- Nuestra confianza y nuestros votos deben inclinarse a
que, en un porvenir ms inaccesible a la inferencia, est reservado a
aquella civilizacin un destino superior. Por ms que bajo el acicate de
su actividad vivsima, el breve tiempo que la separa de su aurora haya
sido bastante para satisfacer el gasto de vida requerido por una
evolucin inmensa, su pasado y su actualidad no pueden ser sino un
introito con relacin a lo futuro.--Todo demuestra que ella est an muy
lejana de su frmula definitiva. La energa asimiladora que le ha
permitido conservar cierta uniformidad y cierto temple genial, a
despecho de las enormes invasiones de elementos tnicos opuestos a los
que hasta hoy han dado el tono a su carcter, tendr que reir batallas
cada da ms difciles, y en el utilitarismo proscriptor de toda
idealidad no encontrar una inspiracin suficientemente poderosa para
mantener la atraccin del sentimiento solidario. Un pensador ilustre,
que comparaba al esclavo de las sociedades antiguas con una partcula no
digerida por el organismo social, podra quiz tener una comparacin
semejante para caracterizar la situacin de ese fuerte colono de
procedencia germnica, que establecido en los Estados del centro y del
Far-West conserva intacta en su naturaleza, en su sociabilidad, en sus
costumbres, la impresin del genio alemn, que en muchas de sus
condiciones caractersticas ms profundas y enrgicas debe ser
considerado una verdadera anttesis del genio americano.--Por otra
parte, una civilizacin que est destinada a vivir y a dilatarse en el
mundo; una civilizacin que no haya perdido, momificndose, a la manera
de los imperios asiticos, la aptitud de la variabilidad, no puede
prolongar indefinidamente la direccin de sus energas y de sus ideas en
un nico y exclusivo sentido. Esperemos que el espritu de aquel
titnico organismo social, que ha sido hasta hoy _voluntad_ y _utilidad_
solamente, sea tambin algn da inteligencia, sentimiento, idealidad.
Esperemos, que de la enorme fragua surgir, en ltimo resultado, el
ejemplar humano, generoso, armnico, selecto, que Spencer, en un ya
citado discurso, crea poder augurar como trmino del costoso proceso de
refundicin. Pero no le busquemos ni en la realidad presente de aquel
pueblo, ni en la perspectiva de sus evoluciones inmediatas; y
renunciemos a ver el tipo de una civilizacin ejemplar donde slo existe
un boceto tosco y enorme, que an pasar necesariamente por muchas
rectificaciones sucesivas, antes de adquirir la serena y firme actitud
con que los pueblos que han alcanzado un perfecto desenvolvimiento de su
genio presiden al glorioso coronamiento de su obra, como en _el sueo
del cndor_ que Leconte de Lisle ha descrito con su soberbia majestad,
terminando en olmpico sosiego la ascensin poderosa ms arriba de la
cumbre de la cordillera.

* * *

Ante la posteridad, ante la historia, todo gran pueblo debe aparecer
como una vegetacin cuyo desenvolvimiento ha tendido armoniosamente a
producir un fruto en el que su savia acrisolada ofrece al porvenir la
idealidad de su fragancia y la fecundidad de su simiente.--Sin este
resultado duradero, _humano_, levantado sobre la finalidad transitoria
de lo _til_, el poder y la grandeza de los imperios no son ms que una
noche de sueo en la existencia de la humanidad; porque, como las
visiones personales del sueo, no merecen contarse en el encadenamiento
de los hechos que forman la trama activa de la vida.

Gran civilizacin, gran pueblo--en la acepcin que tiene valor para la
historia--, son aquellos que, al desaparecer materialmente en el tiempo,
dejan vibrante para siempre la meloda surgida de su espritu y hacen
persistir en la posteridad su legado imperecedero--segn dijo Carlyle
del alma de sus hroes--: _como una nueva y divina porcin de la suma
de las cosas_. Tal, en el poema de Goethe, cuando la Elena evocada del
reino de la noche vuelve a descender al Orco sombro, deja a Fausto su
tnica y su velo. Estas vestiduras no son la misma deidad, pero
participan, habindolas llevado ella consigo, de su alteza de divina, y
tienen la virtud de elevar a quien las posee por encima de las cosas
vulgares.

Una sociedad definitivamente organizada que limite su idea de la
civilizacin a acumular abundantes elementos de prosperidad y su idea de
la justicia a distribuirlos equitativamente entre los asociados, no har
de las ciudades donde habite nada que sea distinto, por esencia del
hormiguero o la colmena. No son bastantes, ciudades populosas,
opulentas, magnficas, para probar la constancia y la intensidad de una
civilizacin. La gran ciudad es, sin duda, un organismo necesario de la
alta cultura. Es el ambiente natural de las ms altas manifestaciones
del espritu. No sin razn ha dicho Quinet que el alma que acude a
beber fuerzas y energas en la ntima comunicacin con el linaje humano,
esa alma que constituye al grande hombre, no puede formarse y dilatarse
en medio de los pequeos partidos de una ciudad pequea.--Pero as la
grandeza cuantitativa de la poblacin como la grandeza material de sus
instrumentos, de sus armas, de sus habitaciones, son slo _medios_ del
genio civilizador, y en ningn caso resultados en los que l pueda
detenerse.--De las piedras que compusieron a Cartago, no dura una
partcula transfigurada en espritu y en luz. La inmensidad de Babilonia
y de Nnive no representa en la memoria de la humanidad el hueco de una
mano si se la compara con el espacio que va desde la Acrpolis al
Pireo.--Hay una perspectiva ideal en la que la ciudad no aparece grande
slo porque prometa ocupar el rea inmensa que haba edificada en torno
a la torre de Nemrod; ni aparece fuerte slo porque sea capaz de
levantar de nuevo ante s los muros babilnicos sobre los que era
posible hacer pasar seis carros de frente; ni aparece hermosa slo
porque, como Babilonia, luzca en los paramentos de sus palacios losas de
alabastro y se enguirnalde con los jardines de Semramis.

Grande es en esa perspectiva la ciudad, cuando los arrabales de su
espritu alcanzan ms all de las cumbres y los mares, y cuando,
pronunciando su nombre, ha de iluminarse para la posteridad toda una
jornada de la historia humana, todo un horizonte del tiempo. La ciudad
es fuerte y hermosa cuando sus das son algo ms que la invariable
repeticin de un mismo eco, reflejndose indefinidamente de uno en otro
crculo de una eterna espiral; cuando hay algo en ella que flota por
encima de la muchedumbre; cuando entre las luces que se encienden
durante sus noches est la lmpara que acompaa la soledad de la
vigilia, inquietada por el pensamiento, y en la que se incuba la idea
que ha de surgir al sol del otro da convertida en el grito que congrega
y la fuerza que conduce las almas.

Entonces, slo la extensin y la grandeza material de la ciudad pueden
dar la medida para calcular la intensidad de su civilizacin.--Ciudades
regias, soberbias aglomeraciones de casas, son para el pensamiento un
cauce ms inadecuado que la absoluta soledad del desierto, cuando el
pensamiento no es el seor que las domina.--Leyendo el _Maud_ de
Tnnyson, hall una pgina que podra ser el smbolo de este tormento
del espritu all donde la sociedad humana es para l un gnero de
soledad.--Presa de angustioso delirio, el hroe del poema se suea
muerto y sepultado, a pocos pies dentro de tierra, bajo el pavimento de
una calle de Londres. A pesar de la muerte, su conciencia permanece
adherida a los fros despojos de su cuerpo. El clamor confuso de la
calle, propagndose en sorda vibracin hasta la estrecha cavidad de la
tumba, impide en ella todo sueo de paz. El peso de la multitud
indiferente gravita a toda hora sobre la triste prisin de aquel
espritu, y los cascos de los caballos que pasan parecen empearse en
estampar sobre l un sello de oprobio. Los das se suceden con lentitud
inexorable. La aspiracin de Maud consistira en hundirse ms adentro,
mucho ms adentro de la tierra. El ruido ininteligente del tumulto slo
sirve para mantener en su conciencia desvelada el pensamiento de su
cautividad.

Existen ya, en nuestra Amrica latina, ciudades cuya grandeza material y
cuya suma de civilizacin aparente las acercan con acelerado paso a
participar del primer rango en el mundo. Es necesario temer que el
pensamiento sereno que se aproxime a golpear sobre las exterioridades
fastuosas, como sobre un cerrado vaso de bronce, sienta el ruido
desconsolador del vaco. Necesario es temer, por ejemplo, que ciudades
cuyo nombre fu un glorioso smbolo en Amrica; que tuvieron a Moreno, a
Rivadavia, a Sarmiento; que llevaron la iniciativa de una inmortal
Revolucin; ciudades que hicieron dilatarse por toda la extensin de un
continente, como en el armonioso desenvolvimiento de las ondas
concntricas que levanta el golpe de la piedra sobre el agua dormida, la
gloria de sus hroes y la palabra de sus tribunos, puedan determinar en
Sidn, en Tiro, en Cartago.

A vuestra generacin toca impedirlo; a la juventud que se levanta,
sangre y msculo y nervio del porvenir. Quiero considerarla
personificada en vosotros. Os hablo ahora figurndome que sois los
destinados a guiar a los dems en los combates por la causa del
espritu. La perseverancia de vuestro esfuerzo debe identificarse en
vuestra intimidad con la certeza del triunfo. No desmayis en predicar
el Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio de la
inteligencia a los beocios, el Evangelio del desinters a los fenicios.

Basta que el pensamiento insista en _ser_--en demostrar que existe, con
la demostracin que daba Digenes del movimiento--, para que su
dilatacin sea ineluctable y para que su triunfo sea seguro.

El pensamiento se conquistar palmo a palmo, por su propia
espontaneidad, todo el espacio de que necesite para afirmar y consolidar
su reino, entre las dems manifestaciones de la vida.--l, en la
organizacin individual, levanta y engrandece, con su actividad
continuada, la bveda del crneo que le contiene. Las razas pensadoras
revelan, en la capacidad creciente de sus crneos, ese empuje del obrero
interior.--l, en la organizacin social, sabr tambin engrandecer la
capacidad de su escenario, sin necesidad de que para ello intervenga
ninguna fuerza ajena a l mismo.--Pero tal persuasin, que debe
defenderos de un desaliento cuya nica utilidad consistira en eliminar
a los mediocres y los pequeos de la lucha, debe preservaros tambin de
las impaciencias que exigen vanamente del tiempo la alteracin de su
ritmo imperioso.

Todo el que se consagre a propagar y defender, en la Amrica
contempornea, un ideal desinteresado del espritu--arte, ciencia,
moral, sinceridad religiosa, poltica de ideas--, debe educar su
voluntad en el culto perseverante del porvenir. El pasado perteneci
todo entero al brazo que combate; el presente pertenece, casi por
completo tambin, al tosco brazo que nivela y construye; el porvenir--un
porvenir tanto ms cercano cuanto ms enrgicos sean la voluntad y el
pensamiento de los que le ansan--ofrecer, para el desenvolvimiento de
superiores facultades del alma, la estabilidad, el escenario y el
ambiente.

No la veris vosotros la Amrica que nosotros soamos; hospitalaria
para las cosas del espritu, y no tan slo para las muchedumbres que se
amparen a ella; pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la accin;
serena y firme a pesar de sus entusiasmos generosos; resplandeciente con
el encanto de una seriedad temprana y suave, como la que realza la
expresin de un rostro infantil cuando en l se revela, al travs de la
gracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto que
despierta?...--Pensad en ella a lo menos; el honor de vuestra historia
futura depende de que tengis constantemente ante los ojos del alma la
visin de esa Amrica regenerada, cernindose de lo alto sobre las
realidades del presente, como en la nave gtica el vasto rosetn que
arde en luz sobre lo austero de los muros sombros.--No seris sus
fundadores, quiz; seris los precursores que inmediatamente la
precedan. En las sanciones glorificadoras del futuro hay tambin palmas
para el recuerdo de los precursores. Edgard Quinet, que tan
profundamente ha penetrado en las armonas de la historia y la
Naturaleza, observa que para preparar el advenimiento de un nuevo tipo
humano, de una nueva unidad social, de una personificacin nueva de la
civilizacin, suele precederles de lejos un grupo disperso y prematuro,
cuyo papel es anlogo en la vida de las sociedades al de las _especies
profticas_ de que a propsito de la evolucin biolgica habla Her. El
tipo nuevo empieza por significar, apenas, diferencias individuales y
aisladas; los individualismos se organizan ms tarde en variedad, y
por ltimo, la variedad encuentra para propagarse un medio que la
favorece, y entonces ella asciende quiz al rango especfico:
entonces--digmoslo con las palabras de Quinet--_el grupo se hace
muchedumbre, y reina_.

He ah por qu vuestra filosofa moral en el trabajo y el combate debe
ser el reverso del _carpe diem_ horaciano; una filosofa que no se
adhiera a lo presente, sino como al peldao donde afirmar el pie o como
a la brecha por donde entrar en muros enemigos. No aspiraris, en lo
inmediato, a la consagracin de la victoria definitiva, sino a
procuraros mejores condiciones de lucha. Vuestra energa viril tendr
con ello un estmulo ms poderoso; puesto que hay la virtualidad de un
inters dramtico mayor, en el desempeo de ese papel, activo
esencialmente, de renovacin y de conquista, propio para acrisolar las
fuerzas de una generacin heroicamente dotada, que en la serena y
olmpica actitud que suelen las edades de oro del espritu imponer a los
oficiantes solemnes de su gloria.--No es la posesin de los bienes--ha
dicho profundamente Taine, hablando de las alegras del Renacimiento--;
no es la posesin de bienes, sino su adquisicin, lo que da a los
hombres el placer y el sentimiento de su fuerza.

Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer en un aceleramiento tan
continuo y dichoso de la evolucin, en una eficacia tal de vuestro
esfuerzo, que baste el tiempo concedido a la duracin de una generacin
humana para llevar en Amrica las condiciones de la vida intelectual,
desde la incipiencia en que las tenemos ahora, a la categora de un
verdadero inters social y a una cumbre que de veras domine.--Pero donde
no cabe la transformacin total, cabe el progreso; y aun cuando
supierais que las primicias del suelo penosamente trabajado, no habran
de servirse en vuestra mesa jams, ello sera, si sois generosos, si
sois fuertes, un nuevo estmulo en la intimidad de vuestra conciencia.
La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias del xito
inmediato; y el ms glorioso esfuerzo es el que pone la esperanza ms
all del horizonte visible; y la abnegacin ms pura es la que se niega
en lo presente, no ya la compensacin del lauro y el honor ruidoso, sino
aun la voluptuosidad moral que se solaza en la contemplacin de la obra
consumada y el trmino seguro.

Hubo en la antigedad altares para los dioses ignorados. Consagrad una
parte de vuestra alma al porvenir desconocido. A medida que las
sociedades avanzan, el pensamiento del porvenir entra por mayor parte
como uno de los factores de su evolucin y una de las inspiraciones de
sus obras. Desde la imprevisin obscura del salvaje, que slo divisa del
futuro lo que falta para el terminar de cada perodo de sol y no concibe
cmo los das que vendrn pueden ser gobernados en parte desde el
presente, hasta nuestra preocupacin solcita y previsora de la
posteridad, media un espacio inmenso, que acaso parezca breve y
miserable algn da. Slo somos capaces de progreso en cuanto lo somos
de adaptar nuestros actos a condiciones cada vez ms distantes de
nosotros, en el espacio y en el tiempo. La seguridad de nuestra
intervencin en una obra que haya de sobrevivirnos, fructificando en los
beneficios del futuro, realza nuestra dignidad humana, hacindonos
triunfar de las limitaciones de nuestra naturaleza. Si, por desdicha, la
Humanidad hubiera de desesperar definitivamente de la inmortalidad de la
conciencia individual, el sentimiento ms religioso con que podra
substituirla sera el que nace de pensar que, aun despus de disuelta
nuestra alma en el seno de las cosas, persistira en la herencia que se
transmiten las generaciones humanas lo mejor de lo que ella ha sentido y
ha soado, su esencia ms ntima y ms pura, al modo como el rayo
lumnico de la estrella extinguida persiste en lo infinito y desciende a
acariciarnos con su melanclica luz.

El porvenir es, en la vida de las sociedades humanas, el pensamiento
idealizador por excelencia. De la veneracin piadosa del pasado, del
culto de la tradicin, por una parte, y por la otra del atrevido impulso
hacia lo venidero, se compone la noble fuerza que, levantando el
espritu colectivo sobre las limitaciones del presente, comunica a las
agitaciones y los sentimientos sociales un sentido ideal. Los hombres y
los pueblos trabajan, en sentir de Fouille, bajo la inspiracin de las
ideas, como los irracionales bajo la inspiracin de los instintos; y la
sociedad que lucha y se esfuerza, a veces sin saberlo, por imponer una
idea a la realidad, imita, segn el mismo pensador, la obra instintiva
del pjaro que, al construir el nido bajo el imperio de una imagen
interna que le obsede, obedece a la vez a un recuerdo inconsciente del
pasado y a un presentimiento misterioso del porvenir.

Eliminando la sugestin del inters egosta de las almas, el pensamiento
inspirado en la preocupacin por destinos ulteriores a nuestra vida,
todo lo purifica y serena, todo lo ennoblece; y es un alto honor de
nuestro siglo el que la fuerza obligatoria de esa preocupacin por lo
futuro, el sentimiento de esa elevada imposicin de la dignidad del ser
racional, se hayan manifestado tan claramente en l, que aun en el seno
del ms absoluto pesimismo, aun en el seno de la amarga filosofa que ha
trado a la civilizacin occidental, dentro del loto de Oriente, el amor
de la disolucin y la nada, la voz de Hrtmann ha predicado, con la
apariencia de la lgica, el austero deber de continuar la obra del
perfeccionamiento, de trabajar en beneficio del porvenir, para que,
acelerada la evolucin por el esfuerzo de los hombres, llegue ella con
ms rpido impulso a su trmino final, que ser el trmino de todo dolor
y toda vida.

Pero no; como Hrtmann, en nombre de la muerte, sino en el de la vida
misma y la esperanza, yo os pido una parte de vuestra alma para la obra
del futuro.--Para pedroslo, he querido inspirarme en la imagen dulce y
serena de mi Ariel.--El bondadoso genio en quien Shakespeare acert a
infundir, quiz con la divina inconsciencia frecuente en las
adivinaciones geniales, tan alto simbolismo, manifiesta claramente en la
estatua su significacin ideal, admirablemente traducida por el arte en
lneas y contornos. Ariel es la razn y el sentimiento superior. Ariel
es este sublime instinto de perfectibilidad, por cuya virtud se
magnifica y convierte en centro de las cosas, la arcilla humana a la que
vive vinculada su luz, la _miserable arcilla_ de que los genios de
Arimanes hablaban a Manfredo. Ariel es, para la Naturaleza, el excelso
coronamiento de su obra, que hace terminarse el proceso de ascensin de
las formas organizadas, con la llamarada del espritu Ariel triunfante,
significa idealidad y orden en la vida, noble inspiracin en el
pensamiento, desinters en moral, buen gusto en arte, herosmo en la
accin, delicadeza en las costumbres.--l es el hroe epnimo en la
epopeya de la especie; l es el inmortal protagonista; desde que con su
presencia inspir los dbiles esfuerzos de racionalidad del hombre
prehistrico, cuando por primera vez dobl la frente obscura para labrar
el pedernal o dibujar una grosera imagen en los huesos de reno; desde
que con sus alas aviv la hoguera sagrada que el arya primitivo,
progenitor de los pueblos civilizadores, amigo de la luz, encenda en el
misterio de las selvas del Ganges para forjar con su fuego divino el
cetro de la majestad humana, hasta que, dentro ya de las razas
superiores, se cierne deslumbrante sobre las almas que han extralimitado
las cimas naturales de la humanidad; lo mismo sobre los hroes del
pensamiento y del ensueo que sobre los de la accin y el sacrificio; lo
mismo sobre Platn en el promontorio de Snium, que sobre San Francisco
de Ass en la soledad de Monte Albernia.--Su fuerza incontrastable tiene
por impulso todo el movimiento ascendente de la vida. Vencido una y mil
veces por la indomable rebelin de Calibn, proscripto por la barbarie
vencedora, asfixiado en el humo de las batallas, manchadas las alas
transparentes al rozar el eterno estercolero de Job, Ariel resurge
inmortalmente, Ariel recobra su juventud y su hermosura, y acude gil,
como al mandato de Prspero, al llamado de cuantos le aman e invocan en
la realidad. Su benfico imperio alcanza, a veces, aun a los que le
niegan y le desconocen. l dirige a menudo las fuerzas ciegas del mal y
la barbarie para que concurran, como las otras, a la obra del bien. l
cruzar la historia humana, entonando, como en el drama de Shakespeare,
su cancin melodiosa, para animar a los que trabajan y a los que luchan,
hasta que el cumplimiento del plan ignorado a que obedece le
permita--cual se liberta, en el drama, del servicio de Prspero--romper
sus lazos materiales y volver para siempre al centro de su lumbre
divina.

Aun ms que para mi palabra, yo exijo de vosotros un dulce e indeleble
recuerdo para mi estatua de Ariel. Yo quiero que la imagen leve y
graciosa de este bronce se imprima desde ahora en la ms segura
intimidad de vuestro espritu.--Recuerdo que una vez que observaba el
monetario de un museo, provoc mi atencin en la leyenda de una vieja
moneda la palabra _Esperanza_, medio borrada sobre la palidez decrpita
del oro. Considerando la apagada inscripcin, yo meditaba en la posible
realidad de su influencia. Quin sabe qu activa y noble parte sera
justo atribuir, en la formacin del carcter y en la vida de algunas
generaciones humanas, a ese lema sencillo actuando sobre los nimos como
una insistente sugestin! Quin sabe cuntas vacilantes alegras
persistieron, cuntas generosas empresas maduraron, cuntos fatales
propsitos se desvanecieron al chocar las miradas con la palabra
alentadora, impresa como un grfico grito, sobre el disco metlico que
circul de mano en mano!... Pueda la imagen de este bronce--troquelados
vuestros corazones con ella--desempear en vuestra vida el mismo
inaparente pero decisivo papel. Pueda ella, en las horas sin luz del
desaliento, reanimar en vuestra conciencia el entusiasmo por el ideal
vacilante, devolver a vuestro corazn el calor de la esperanza perdida.
Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida interior, Ariel se
lanzar desde all a la conquista de las almas. Yo le veo en el
porvenir, sonrindoos con gratitud, desde lo alto, al sumergirse en la
sombra vuestro espritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro
esfuerzo; y ms an, en los de aquellos a quienes daris la vida y
transmitiris vuestra obra. Yo suelo embriagarme con el sueo del da en
que las cosas reales harn pensar que la Cordillera que se yergue sobre
el suelo de Amrica ha sido tallada para ser el pedestal definitivo de
esta estatua, para ser el ara inmutable de su veneracin.

* * *

As habl Prspero.--Los jvenes discpulos se separaron del maestro
despus de haber estrechado su mano con afecto filial. De su suave
palabra, iba con ellos la persistente vibracin en que se prolonga el
lamento del cristal herido en un ambiente sereno. Era la ltima hora de
la tarde. Un rayo del moribundo sol atravesaba la estancia, en medio de
discreta penumbra, y tocando la frente de bronce de la estatua, pareca
animar en los altivos ojos de Ariel la chispa inquieta de la vida.
Prolongndose luego, el rayo haca pensar en una larga mirada que el
genio, prisionero en el bronce, enviase sobre el grupo juvenil que se
alejaba.--Por mucho espacio march el grupo en silencio. Al amparo de un
recogimiento unnime se verificaba en el espritu de todos ese fino
destilar de la meditacin, absorta en cosas graves, que un alma santa ha
comparado exquisitamente a la cada lenta y tranquila del roco sobre el
velln de un cordero.--Cuando el spero contacto de la muchedumbre les
devolvi a la realidad que les rodeaba, era la noche ya. Una clida y
serena noche de esto. La gracia y la quietud que ella derramaba de su
urna de bano sobre la tierra, triunfaban de la prosa flotante sobre
las cosas dispuestas por manos de los hombres. Slo estorbaba para el
xtasis la presencia de la multitud. Un soplo tibio haca estremecerse
el ambiente con lnguido y delicioso abandono, como la copa trmula en
la mano de una bacante. Las sombras, sin ennegrecer el cielo pursimo,
se limitaban a dar a su azul el tono obscuro en que parece expresarse
una serenidad pensadora. Esmaltndolas, los grandes astros centelleaban
en medio de un cortejo infinito; Aldebarn, que cie una prpura de luz;
Sirio, como la cavidad de un nielado cliz de plata volcado sobre el
mundo; el Crucero, cuyos brazos abiertos se tienden sobre el suelo de
Amrica como para defender una ltima esperanza...

Y fu entonces, tras el prolongado silencio, cuando el ms joven del
grupo, a quien llamaban Enjolrs por su ensimismamiento reflexivo,
dijo, sealando sucesivamente la perezosa ondulacin del rebao humano
y la radiante hermosura de la noche:

--Mientras la muchedumbre pasa, yo observo que, aunque ella no mira al
cielo, el cielo la mira. Sobre su masa indiferente y obscura, como
tierra del surco, algo desciende de lo alto. La vibracin de las
estrellas se parece al movimiento de unas manos de sembrador.





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If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
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1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
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you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
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request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
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1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
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that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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