The Project Gutenberg EBook of El Mandarn, by Ea Queiroz

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: El Mandarn

Author: Ea Queiroz

Release Date: April 22, 2006 [EBook #18228]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MANDARN ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net









EL MANDARN

EA DE QUEIROZ


OBRAS DEL MISMO AUTOR

La Reliquia                          1 tomos.
La ciudad y la sierra                1   "
El primo Basilio                     2   "
Los Maias                            3   "
El crimen del padre Amaro            2   "
Epistolario de Fradique Mendes       1   "


Versin castellana


CASA EDITORIAL MAUCCI

Gran medalla de oro en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907,
Budapest 1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910

Calle de Mallorca, 166.--BARCELONA




PROLOGO


AMIGO 1. (_Bebiendo coac y soda, bajo los rboles de una terraza, a
orillas del agua._)

Camarada; durante estos calores que embotan la imaginacin, descansemos
del spero estudio de las Realidades humanas... Partamos hacia los
campos del Ensueo, a vagar por esas azuladas colinas donde se levanta
la torre abandonada de lo Sobrenatural y frescos musgos cubren
amorosamente las ruinas del Idealismo... Fantaseemos...

Amigo 2. Ms sobriamente, camarada, ms sobriamente... y como en las
sabias y amables Alegoras del Renacimiento, mezclando siempre una
moralidad discreta...

                                        (_Comedia indita_)




I


Me llamo Teodoro, y fu amanuense en el Ministerio de la Gobernacin.

En aquel tiempo viva yo en la travesa de la Concepcin, nmero 106, en
la casa de huspedes de doa Augusta, la esplndida doa Augusta, viuda
del comandante Marques. Tena dos compaeros: Cabritilla, empleado en la
administracin del barrio central, tieso, y amarillo como una vela de
entierro y el petulante teniente Conceiro, hbil tocador de viola
francesa.

Mi existencia se deslizaba equilibrada y tranquila. Toda la semana
sentado ante el pupitre de mi negociado, trazaba en una hermosa letra
cursiva, sobre el papel de oficio del Estado, estas frases hechas:
Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de comunicar a V.E... Tengo el
honor de poner en conocimiento de V.I. etc., etc.

Los domingos descansaba. Instalado entonces en el canap del comedor, la
pipa entre los dientes, admiraba a doa Augusta, que, los das de
fiesta, sola limpiar con clara de huevo la caspa al teniente Conceiro.
Esta hora, sobre todo en verano, era deliciosa. Por las ventanas
entreabiertas penetraba el vaho clido y sooliento de la solanera,
algn lejano repique de las campanas de la Concepcin Nueva, y el
arrullo de las trtolas que se enamoran en las barandas.

El montono susurro de las moscas se balanceaba sobre el viejo tul,
antiguo velo nupcial de la seora de Marques, que cubra ahora, en el
aparador, los platos de cerezas. Poco a poco, el teniente, envuelto en
un pao de afeitar, como un dolo en su manto, adormecase, bajo la
friccin suave de las cariosas manos de doa Augusta... Yo, entonces,
enternecido, deca a la amable seora:

--Ay, doa Augusta, es usted un ngel!

Ella, siempre me llamaba el encanijado. Yo sonrea sin escandalizarme.
El encanijado era efectivamente el nombre que me daban en casa, por
ser delgado, entrar en todas partes con el pie derecho, asustarme de los
ratones, tener en la cabecera de mi cama una estampa de Nuestra Seora
de los Dolores, que perteneci a mi madre, y andar un tanto corcovado.
S, era desgraciadamente corcovado, por lo mucho que dobl el espinazo,
retrocediendo asustado delante de los seores profesores, o inclinando
la frente ante jefes y directores generales. Esta actitud de respeto es
conveniente al covachuelista, mantiene la disciplina en un Estado bien
organizado, y me garantizaba el descanso de los domingos y das
festivos, el uso de alguna ropa blanca y veinticinco duros al mes.

No puedo negar, a pesar de todo, que yo no tuviese ambiciones, como lo
reconocan sagazmente la viuda de Marques y el pedante de Conceiro. No
agitaba mi pecho el apetito herico de dirigir, desde lo alto de un
trono, vastos rebaos humanos; pero s me abrasaba el deseo de poder
comer en el Hotel Central, con champagne, apretar la mano de mimosas
vizcondesas, y, por lo menos, dos veces a la semana, dormir, en un
xtasis mudo, sobre el fresco seno de Venus. Oh, elegantes que os
dirigais vivamente a San Carlos abrigados en costosos paletots,
luciendo la blanca corbata de soire! Oh, carruajes llenos de mujeres
vestidas a la andaluza, rodando gallardamente hacia los toros, cuntas
veces me hicsteis suspirar! Porque la certidumbre de mis veinticinco
duros mensuales y mi gesto encogido de encanijado, me excluan para
siempre de aquellas alegras sociales, y vena entonces a herir mi
pecho, como flecha que se clava en un tronco y queda mucho tiempo
vibrando.

Aun as, yo nunca llegu a considerarme un paria. La vida humilde tiene
sus dulzuras: es grato, en una maana de sol alegre, con la servilleta
al cuello, delante de un bistek con patatas, desdoblar el Diario de las
Noticias; durante las tardes de verano, en los bancos gratuitos del
paseo, se gozan suavidades de idilio; y es sabroso, de noche, en
Martio, mientras se toma a sorbos el caf, oir a los charlatanes
injuriar a la patria.

Adems, nunca fu excesivamente desgraciado, porque no tengo
imaginacin; no me consuma rodando en torno de parasos ficticios,
nacidos de mi propia alma deseosa, como las nubes de la evaporacin de
un lago; no suspiraba mirando las lcidas estrellas, por un amor
espiritual a lo Romero o por una gloria humana a lo Camoens.

Soy muy positivista. Slo aspiraba a lo racional, a lo tangible, a lo
que era alcanzado por otros en mi barrio, a lo que es accesible a un
bachiller. Y me iba resignando como quien ante una table d' htel
mastica la corteza de pan seco en espera del rico plato de la Charlotte
russe. Las felicidades haban de llegar; y, para apresarlas, yo haca
todo lo que me era posible como portugus y como constitucional; se las
peda todas las noches a Nuestra Seora de los Dolores y compraba
dcimos de la lotera.

Entretanto procuraba distraerme. Y como las circunvoluciones de mi
cerebro no me habilitaban para componer odas a la manera de tantos
otros que, a mi lado, se desquitaban as del tedio que la profesin les
produca; como mi escaso sueldo, apenas suficiente para pagar la casa y
el tabaco, no me permita ningn vicio, haba tomado el hbito discreto
de comprar en la feria de Sadra libros antiguos desencuadernados, y por
la noche, en mi cuarto, me entretena con esas curiosas lecturas. Eran,
siempre, obras de ttulos sugestivos: Galera de la inocencia, Espejo
milagroso, Tristeza de los desheredados... El tipo venerable, el
papel amarillento, la grave encuadernacin frailuna, la cintita verde
marcando la pgina, todo esto me encantaba! Despus, aquellos relatos
ingenuos en letra gorda inundaban de paz todo mi sr, producindome una
sensacin comparable a la calma penetrante de una vieja cerca de un
monasterio, en la quebradura de un valle, a la hora del crepsculo,
oyendo correr el agua muy triste...

Una noche, hace aos, empec a leer en uno de esos vetustos infolios, un
captulo titulado Brecha de las almas; e iba cayendo en una soolencia
grata, cuando este perodo singular se destac del tono neutro y
apagado de la pgina, como el relieve de una medalla de oro nuevo
brillando sobre un tapete obscuro: copio textualmente:

En el fondo de la China existe un Mandarn ms rico que todos los reyes
de que nos habla la Fbula o la Historia. De l nada conoces, ni el
nombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste. Para que t heredes
sus bienes inenarrables, basta con que toques esa campanilla, puesta a
tu lado, sobre un libro. El exhalar entonces un suspiro, en los lejanos
confines de la Mongolia. Ser un cadver: y t vers a tus pies ms oro
del que puede soar la ambicin de un avaro. T, que me lees y eres
hombre mortal, tocars la campanilla?

Permanec asombrado ante la pgina abierta: aquella interrogacin
hombre mortal, tocars t la campanilla? aunque me pareca burlona y
picaresca, me turbaba prodigiosamente. Quise leer ms; pero las lneas
huan ondulando como sierpes asustadas, y en el vaco que dejaban, de
una lividez de pergamino, volva a brillar la interpelacin extraa:
Tocars t la campanilla?

Si el volumen hubiese sido de una moderna edicin Michel Levy, de
cubierta amarilla, yo, que no me hallaba perdido en la floresta de una
balada alemana, y poda ver desde mi cuarto blanquear a la luz del gas
el correaje de la patrulla, hubiera cerrado el libro, disipando as la
nerviosa alucinacin. Mas aquel sombro infolio pareca exhalar magia;
cada letra afectaba la inquietante configuracin de esos signos de la
vieja Kbala, que encierran un atributo fatdico; las comas tenan el
retorcido petulante de rabos de diablillos, entrevistos a la luz blanca
de la luna; en el punto de interrogacin final vea el pavoroso gancho
con que el Tentador caza las almas que adormecieron, sin refugiarse en
la inviolable ciudadela de la Oracin.

Una influencia sobrenatural se apoder de m, arrebatndome fuera de la
realidad y del raciocinio; y en mi espritu se fueron formando dos
visiones: de un lado un Mandarn decrpito, muriendo sin dolor, lejos,
en un kiosco chino, al tiln-tn de mi campanilla; y de otro toda
una montaa de oro brillando a mis pies! Esto era tan claro que hasta
vea los ojos oblcuos del viejo empaarse, como cubiertos de una tnue
capa de polvo; y senta el sonido metlico del dinero rodando a mis
plantas. Inmvil, horrorizado, clavaba ardientemente los ojos en la
campanilla, puesta delante de m, sobre un diccionario francs, la
campanilla prevista, citada en el magnfico infolio.

Fu entonces cuando, del otro lado de la mesa, una voz insinuante y
cristalina, me dijo misteriosamente:

--Vamos, Teodoro, amigo mo, s fuerte, extiende la mano y toca la
campanilla.

La pantalla verde de la vela esparca una penumbra en derredor. Me
levant temblando. Y vi, pacficamente sentado a mi lado, un individuo
corpulento, todo vestido de luto, con sombrero de copa, las manos
enguantadas de negro, apoyadas en el puo de un paraguas. No tena nada
de fantstico. Pareca tan corriente, como si viviese del msero sueldo
de un empleo... su originalidad estaba en su rostro, sin barba, de
lneas fuertes y duras, la nariz brusca, presentaba la expresin rapaz
y amenazadora de un pico de guila: el corte firme y acentuado de sus
labios daba a su boca una expresin maligna; los ojos, al fijarse,
semejaban los encendidos fulgores de un disparo, salido sbitamente de
entre las zarzas tenebrosas del entrecejo fruncido; era lvido, mas, por
su piel, corran a veces radiaciones sanguneas, como en un viejo mrmol
fenicio.

De pronto me asalt la idea de que mi visitante fuese el demonio en
persona, pero luego, mi raciocinio se sublev resueltamente contra esta
suposicin. Yo nunca cre en el diablo, como nunca tuve fe en Dios.
Jams lo dije en voz alta ni lo escrib en los peridicos para no
descontentar a los Poderes pblicos encargados de mantener el respeto
hacia tales entidades: mas yo nunca cre que existiesen estos dos
personajes, viejos como la substancia, rivales bonachones, que se pasan
la vida hacindose mtuas y amables perreras, uno de barbas nevadas y
tnica azul, vestido como el antiguo Zoroastro y habitando las alturas
luminosas, en medio de una corte ms complicada que la de Luis XIV; y el
otro malhumorado y maoso, ornado de cuernos, viviendo entre las
llamas, imitacin ridcula y burguesa del pintoresco Plutn. No, no
creo! Cielo e infierno son concepciones sociales para uso de la plebe, y
yo pertenezco a la clase media. Rezo, es verdad, a Nuestra Seora de los
Dolores, porque, as como ped una recomendacin para licenciarme; as
como, para obtener mis veinticinco duros, implor la benevolencia del
diputado; igualmente, para sustraerme de la tisis, de las anginas, de la
navaja del chulo, de la cscara de naranja escurridiza donde puede uno
resbalar y romperse una pierna y de otros accidentes, necesito tener una
proteccin sobrehumana. El hombre prudente debe ir haciendo una serie de
sabias adulaciones desde la Universidad hasta el paraso. Con un
compadre en el barrio, y una comadre mstica en las alturas, el porvenir
del licenciado est seguro.

Por eso, libre de torpes supersticiones, dije familiarmente al individuo
vestido de negro:

--Realmente me aconsejas que toque la campanilla?

El desconocido se levant un poco el sombrero, descubriendo la frente
estrecha y respondi, palabra por palabra:

--He aqu tu caso, estimable Teodoro: Veinticinco duros mensuales es
una vergenza social! Hay en este mundo cosas prodigiosas; vinos de
Borgoa, como por ejemplo el Romane-Conti del 58 y Chambertn del
61, que cuesta cada botella, de diez a once duros, y el que bebe la
primera copa, no vacila en asesinar a su padre, por beber la segunda...
Fabrcanse en Pars y en Londres carruajes de tan suaves muelles, tan
suaves forros y airosas ruedas, que es preferible recorrer en ellos el
Campo Grande, a viajar, como los antiguos dioses, por el cielo, sobre
los fofos cojines de las nubes. No har a tu cultura la ofensa de
informarte que se amueblan hoy las casas con un estilo y un confort
tan admirables que superan a ese regalo ficticio, llamado en otro tiempo
Bienaventuranzas. No te hablar, Teodoro, de otros goces terrenales,
como, por ejemplo: el Teatro Real, el baile, el caf Ingls... Slo
llamar tu atencin sobre este hecho... Existen seres que se llaman
mujeres. Estos seres, Teodoro, en mi tiempo, en la tercera pgina de la
Biblia, apenas usaban exteriormente una hoja de parra. Hoy son toda
una sinfona, todo un engaoso y delicado poema de encajes, batistas,
sedas, flores, joyas, cachemires, gasas y terciopelos. Comprende la
satisfaccin inenarrable que sentirn los cinco dedos de un cristiano
recorriendo y palpando esas maravillas; ms tambin has de percibir, que
con una pieza de cinco cntimos, no se pagan las cuentas de esos
serafines... Ellas poseen cosas mejores: cabellos color de oro o color
de tinieblas, resumiendo as en sus trenzas la apariencia emblemtica de
las dos grandes tentaciones humanas: el hambre del metal precioso y el
conocimiento del absoluto trascendente. Y an tienen ms: brazos
marmreos, frescos como rosas salpicadas de roco; senos sobre los
cuales el gran Praxteles model su copa, que es la lnea ms pura y ms
ideal de la antigedad... Los senos, en otra era, en la idea de ese
ingenuo anciano que los form, que fabric el mundo, y de quien una
enemistad secular me veda pronunciar el nombre, eran destinados a la
nutricin augusta de la humanidad; hoy, ninguna madre racional los
expone a esa funcin deterioradora y severa, sirven slo para
resplandecer entre encajes a la luz de las soires y para otros usos
secretos. Las conveniencias me impiden proseguir en esta exposicin
radiante de bellezas, que constituye el Fatal Femenino... Del resto, ya
hablaremos ms tarde. Todas estas cosas, Teodoro, estn ms all de tus
veinticinco duros mensuales... Confiesa, al menos, que estas palabras
tienen el venerable sello de la verdad.

Yo murmur con las fauces abrasadas:

--Cierto!

Y su voz prosigui paciente y suave:

--Qu me dices de veinte o veinticinco millones de pesetas? Bien s que
es una bagatela... ms, en fin, constituye un comienzo; son una ligera
habilitacin para conquistar la felicidad. Ahora reflexiona sobre esto:
El Mandarn, ese Mandarn del fondo de la China, es un viejo decrpito y
gotoso. Como hombre, como funcionario del Celeste imperio, es ms
intil a Pekn y a la humanidad, que un pedrisco en la boca de un perro
hambriento. Mas la transformacin de la substancia existe: te la
garantizo yo, que s el secreto de las cosas. Porque la tierra es as:
recoge aqu un hombre podrido y lo restituye all, en el conjunto de sus
formas, como vegetal vigoroso. Bien puede ser que l, intil como
Mandarn en el Imperio del Sol, vaya a ser til en otra tierra como
odorante rosa o sabroso repollo. Matar, hijo mo, es casi equilibrar las
necesidades universales. Eliminar en una parte el exceso para suplir en
otra la falta. Pentrate bien en estas slidas filosofas. Una pobre
costurera de Londres ansa ver florecer en su ventana un tiesto lleno de
tierra negra; una flor dara consuelo a aquella desheredada; mas en la
disposicin de los seres, por desgracia, en ese momento, la substancia
que all deba ser rosa, es aqu un hombre de Estado... Viene entonces
el chulo de navaja y hiere al estadista; la pualada le descarga los
intestinos; lo entierran: la materia comienza a desorganizarse, mzclase
a la vasta evolucin de los tomos, y el superfluo hombre de gobierno
va a alegrar, bajo la forma de una flor a una rubia costurera. El
asesino es un filntropo. Djame resumir, Teodoro; la muerte de ese
viejo Mandarn idiota, trae a tu bolsillo algunos millones de pesetas!
Puedes desde ese momento dar un puntapi a los Poderes pblicos: medita
en lo intenso de este gusto! Y desde luego sers citado en los
peridicos, a qu mayor gloria puede aspirar un sr humano! Y todo eso
con slo agarrar la campanilla y hacer tiln-tn. Yo no soy un
brbaro: comprendo la repugnancia de un caballejo en asesinar a un
semejante suyo; la sangre ensucia vergonzosamente los puos de la
camisa, y siempre es repulsiva la agona de un cuerpo humano. Mas en
este caso, ninguno de esos torpes espectculos... Es como quien llama a
un criado... Y son veinte o veinticinco millones de pesetas, no
recuerdo bien, pero los tengo anotados en mis apuntes. No dudes de m,
Teodoro. Soy un caballero; lo prob, cuando, haciendo la guerra a un
tirano en la primera insurreccin de la justicia, me v precipitado
desde las alturas. Tu imaginacin no lo puede concebir... Una cada
espantosa, mi querido amigo! Grandes disgustos.

Lo que me consuela es que el Otro est tambin muy alicado, porque,
amigo mo, cuando un Jehov tiene contra s a un Lucifer, qutase este
estorbo enviando contra el rebelde una legin de Arcngeles; mas cuando
el enemigo es el hombre armado de una pluma de pato y un cuaderno de
papel blanco, est perdido... En fin, son veinte millones de pesetas.
Vamos, Teodoro, ah tienes la campanilla, s un hombre!

Call el enlutado caballero.

Yo bien s lo que se debe a s mismo un cristiano. Si este personaje me
hubiese llevado a la cumbre de una montaa en Palestina, en una noche de
luna llena, y desde all, mostrndome ciudades, razas e imperios
adormecidos, me hubiera dicho sombramente: Mata al Mandarn, y todo lo
que ves en valles y colinas ser tuyo, yo le habra replicado,
siguiendo un ejemplo ilustre, con la mano levantada hacia las
inmensidades consteladas. Mi reino no es de este mundo!

Conozco bien mis autores. Mas eran veinte millones de pesetas, ofrecidos
a la luz de una vela de esperma, en la travesa de la Concepcin, por un
sujeto de sombrero de copa, apoyado en un paraguas.

Entonces no dud. Y con mano firme repiqu la campanilla. Fu tal vez
una ilusin; mas parecime que una campana de boca tan ancha como el
cielo, repicaba en la obscuridad, a travs del Universo, con un sn
temeroso que ciertamente ira a despertar soles que dorman y planetas
panzudos.

El extrao individuo llev un dedo al prpado, y limpiando una lgrima
que nublaba su ojo rutilante, exclam:

--Pobre Ti-Chin-F!

--Muri?

--Estaba en su jardn, sosegadamente, armando, para lanzarlo al aire, un
papagayo de papel, pasatiempo honesto de un Mandarn jubilado, cuando le
sorprendi ese tiln-tn de la campanilla. Ahora yace a orillas de un
arroyo susurrante, vestido de seda amarilla, muerto sobre la hierba
verde, con la panza al aire, y en sus manos fras tiene su papagayo de
papel, que parece tan muerto como l. Maana son los funerales. Que la
sabidura de Confucio, inspirndole, ayude a emigrar su alma!

Y el buen sujeto, levantndose, se quit respetuosamente el sombrero, y
sali, con el paraguas debajo del brazo.

Entonces, al sentir cerrar la puerta, me pareci despertar de una
pesadilla. Salt al corredor. Una voz jovial hablaba con la seora de
Marques; y la cancela de la escalera cerrse sutilmente.

--Quin acaba de salir ahora, doa Augusta?--pregunt sudoroso.

--Cabritilla que va a la oficina...

Volv a mi cuarto: todo reposaba tranquilo, idntico, real. El infolio
estaba an abierto por la pgina temerosa. Volv a leerla, y ahora me
pareci la prosa anticuada de un moralista cansado; cada palabra se
haba vuelto como un carbn apagado.

Me acost y so que estaba lejos, ms all de Pekn, en las fronteras
de Tartaria, en el kiosco de un convento de Lamas, oyendo mximas
prudentes y suaves que brotaban como un aroma fino de t, de los labios
de un Buda vivo.




II


Transcurri un mes.

Yo, en tanto, continu, rutinario y triste poniendo diariamente mi
hermosa letra cursiva al servicio del Estado, y admirando, los domingos,
la pericia con que la esplndida doa Augusta limpiaba la caspa al
teniente Conceiro. Era cosa evidente para m que aquella noche, dormido,
leyendo sobre el infolio, haba soado con una Tentacin de la Montaa
bajo formas familiares. Instintivamente, sin embargo, me fui preocupando
de la China. Lea los telegramas de los peridicos buscando siempre los
que se referan a cosas del Celeste Imperio; mas nada pasaba entonces en
la regin de las razas amarillas... La Agencia Havas slo
telegrafiaba sobre la Herzegovina, la Bosnia, la Bulgaria y otras
curiosidades brbaras.

Poco a poco fu olvidando mi episodio fantasmagrico; y al mismo tiempo,
como gradualmente mi espritu se serenaba, volvan a l las antiguas
ambiciones que lo habitaron: un nombramiento de Director General, el
seno amoroso de Lola, bisteks ms tiernos que los de doa Augusta. Mas
tales regalos me parecan tan inaccesibles, tan fuera de la realidad,
como los propios millones del Mandarn. Y por el montono desierto de la
vida, all fu marchando la lenta caravana de mis melancolas.

Un domingo de Agosto, de maana, dormitaba en la cama, en mangas de
camisa, con el cigarro apagado entre los labios, cuando la puerta se
abri suavemente y entreabriendo los prpados adormilados, v inclinarse
a mi lado una calva respetuosa. Y luego una voz perturbada murmur:

--El seor Teodoro? El seor Teodoro, del Ministerio de la
Gobernacin?

Me levant lentamente sobre mi cama, y, respond bostezando:

--Soy yo, caballero!

El individuo inclin el espinazo, como a presencia del Rey Bobo se
arquean los cortesanos. Era pequeo y gordo: venerables lentes de oro
relucan en su faz bonachona, que pareca la personificacin del Orden.

Todo tembloroso, balbuce azorado:

--Traigo noticias para su seora! Noticias de considerable
importancia. Mi nombre es Silvestre... Silvestre Juliano y C....
Un criado servicial de vuestra excelencia... Llegaron en el correo de
Southampton... Nosotros somos Corresponsales de Traigand, y C. de
Hong-Kong.

El hombre calvo sofocse; y agitando nerviosamente en su gruesa mano un
sobre repleto, con un sello de lacre, negro, prosigui:

--Vuestra excelencia debe de estar prevenido. Nosotros no lo
estbamos... El azoramiento es natural... Lo que esperamos es que nos
conserve su confianza. Vuestra excelencia es en esta tierra una flor de
virtud, espejo de bondad. Aqu estn los primeros cheques sobre Bhering
and Brothers de Londres... Letras a treinta das sobre Rothschild.

A este nombre, resonante como el mismo oro, salt velozmente del lecho.

--Qu es eso, seor?--grit.

Y l, gritando mas, blandiendo el sobre, alzado sobre la punta de las
botas, exclam:

--Son ciento veinte millones de pesetas sobre Londres, Pars, Hamburgo
y Amsterdn, en letras a su favor! A su favor, excelentsimo seor!
Por casas de Hong-Kong, de Shang-Hai y de Cantn, de la herencia del
Mandarn Ti-Chin-F!

Sent temblar el mundo bajo mis pies y cerr un momento los ojos. Mas de
pronto, comprend que yo era desde aquel momento como una encarnacin de
lo sobrenatural, recibiendo de ella mi fuerza y sus atributos. No poda
considerarme como un hombre, rebajndome con explicaciones humanas. Para
no interrumpir la lnea hiertica de mi indiferencia, me abstuve de ir a
sollozar de alegra, como me lo peda el alma, sobre el vasto seno de la
viuda de Marques.

De ahora en adelante ostentara la impasibilidad de un Dios o de un
Demonio; me calc con naturalidad y dije a Silvestre Juliano y C.
estas palabras:

--Est bien. El Mandarn! Ese Mandarn se port conmigo como un
caballero. Ya s de lo que se trata. Es una cuestin de familia. Deje
ah los papeles. Buenos das, Silvestre, Juliano y C..

Y se retir, retrocediendo, con el cuerpo inclinado respetuosamente.

Entonces abr de par en par la ventana, y, asomando la cabeza, respir
el aire clido, como un corzo cansado.

Despus mir hacia abajo, hacia la calle, donde la burguesa, saliendo
de misa pululaba entre dos filas de carruajes. Mis ojos se fijaban,
inconscientes, ora en las joyas de las mujeres, ora en los brillantes
metales de los arreos. Y de repente la idea de mi grandeza me llen de
satisfaccin. Todos aquellos carruajes podran ser mos! Ninguna de las
mujeres que vea, dejara de ofrecerme su seno desnudo, a la menor
indicacin de un caprichoso deseo. Todos aquellos hombres de levita y
guantes negros se postraran delante de m como ante un Cristo, un
Mahoma o un Buda, si yo arrojase sobre ellos un puado de cheques de
mis ciento veinte millones de pesetas sobre los principales Bancos de
Europa.

Me apoy en la baranda y re viendo la agitacin efmera de aquella
humanidad subalterna que se consideraba libre y fuerte, mientras all
arriba, en la habitacin de un cuarto piso, yo tena en la mano, en un
sobre lacrado, el principio de su flaqueza y de su esclavitud.

Entonces, satisfacciones del Lujo, regalos del Amor, orgullos del Poder,
todo, todo lo goc con la imaginacin, en un instante y en un solo
sorbo. Mas luego una gran saciedad me fu invadiendo el alma, y
sintiendo el mundo a mis pies, bostec como un len harto.

De qu me servan por fin tantos millones, sino para traerme, da por
da, la desoladora afirmacin de la vileza humana?

Y as, al choque de tanto oro iba desapareciendo ante mis ojos, como
humo, la belleza moral del Universo! Se apoder de m una inmensa
tristeza mstica. Ca sobre una silla, y con el rostro, entre las manos,
llor copiosamente.

Al poco tiempo la viuda de Marques abri la puerta, toda vestida de seda
negra.

--Le estarn esperando para comer!

Sal de mi amargura para responderle secamente:

--Yo no como.

--Ms quedar!

En aquel momento estallaban cohetes a lo lejos. Me acord de que era
domingo, da de toros; de repente una visin brill, relampagueando,
atrayndome deliciosamente: era la corrida vista desde un palco, despus
de una comida con champagne, y a la noche una orga como una divina y
suprema iniciacin! Corr a la mesa. Llen mi cartera de letras sobre
Londres. Descend a la calle con el furor de un buitre que hiende el
aire en busca de su presa. Pasaba un carruaje vaco. Le detuve gritando:

--A los toros!

--Son diez reales, mi amo!

Introduje la mano en la cartera cargada de millones y saqu las monedas
que tena: 75 cntimos...

El cochero fustig el anca de la yegua y sigui refunfuando. Yo
balbuce:

--Tengo letras... Aqu estn! Tengo letras sobre Londres, sobre
Hamburgo...

--No sirven...

Setenta y cinco cntimos!... Y corrida, cena de lord, andaluzas
desnudas, todo este sueo expir como una pompa de jabn dentro de mi
alma.

Odi a la humanidad. Otro carruaje atestado de gente alegre, por poco me
atropella.

Cabizbajo, cargado de millones sobre Rothschild, volv a mi cuarto piso.
Ped perdn a doa Augusta, aceptando humildemente la comida que se
dign servirme; y pas esta primera noche de riqueza, bostezando sobre
el lecho solitario, mientras fuera, el alegre Conceiro, el mezquino
teniente con veinte duros de sueldo mensuales, rea con la viola un
alegre fado.

       *       *       *       *       *

A la maana siguiente, mientras me afeitaban, reflexion sobre el origen
de mi riqueza. Era evidentemente sobrenatural y sospechoso.

Mas como mi racionalismo me impeda atribuir estos tesoros imprevistos a
la generosidad de Dios o del Diablo, ficciones puramente escolsticas;
como los fragmentos del positivismo que constituan el fondo de mi
filosofa, no me permitan la indignacin de las causas primarias, de
los orgenes esenciales, pronto me decid a aceptar el fenmeno y a
utilizarlo con largueza. Por lo tanto, corr atropelladamente al Londn
Brasilian Bank.

All arroj por el enrejado un cheque sobre el Banco de Inglaterra, de
mil libras, gritando esta deliciosa palabra:

--En oro!

Un cajero me respondi con dulzura:

--Tal vez le fuese ms cmodo en billetes...

Respond scamente:

--En oro!

Llen mis bolsillos; y en la calle tom un coche. Me sent
extremadamente gordo; tena en la boca sabor de oro y una sequedad de
polvo de oro en la piel de las manos; las paredes de las casas parecan
brillar como largas lminas de oro, y dentro de mi cerebro rodaba un mar
de ondas de oro.

Abandonado a la oscilacin de los muelles, rebotando como un ordre mal
seguro, dejaba caer sobre la calle la mirada torva de mis ojos llenos de
amargura. En fin, tirando el sombrero sobre la nuca, estirando la
pierna, empinando el vientre, bostec formidablemente.

Mucho tiempo rod as por la ciudad, bestializado en un goce de Nabab.

Sbitamente, un brusco apetito de gastar, de disipar oro, vino a llenar
mi pecho como una ventolina que hincha una vela.

--Pra, animal!--grit al cochero.

El coche se par. Mir a mi alrededor, con los prpados entornados,
buscando un objeto caro que comprar: joya de reina o conciencia de
estadista; nada v, y precipitadamente entr entonces en un estanco.

--Cigarros! de peseta! de diez reales!

--Cuntos?--pregunt servilmente el estanquero.

--Todos!--respond brutalmente.

A la puerta, una pobre enlutada, con el hijo encogido en el seno, me
extendi su mano transparente.

No hallando una sola pieza de cobre entre mis bolsillos cargados de oro,
la rechaz con impaciencia, y con el sombrero echado sobre los ojos, me
met entre la turba.

Fu entonces cuando v, adelantndose, la poderosa figura del Director
General; inmediatamente me hall con el dorso curvado y el sombrero
cumplimentador en la mano. Era el hbito de dependencia; mis millones no
me haban dado an la verticalidad de la espina dorsal.

En casa desparram el oro sobre el lecho y me revolqu en l mucho
tiempo, gruendo sordamente.

La torre de al lado di las tres; y el sol descenda llevndose consigo
mi primer da de opulencia. Entonces, acorazado de libras, corr a
divertirme!

Ah, qu da! Com en un gabinete del Hotel Central, solitario y
egosta, con la mesa atestada de botellas de Burdeos, Borgoa,
Champagne, Rhin, licores de todas las comunidades religiosas... como si
quisiera saciar de una vez la sed de treinta aos! Despus,
tambalendome, entr en un lupanar. Qu noche! La alborada clare
detrs de las persianas y me encontr reclinado en un divn, exhausto y
semidesnudo, sintiendo el cuerpo y el alma desvanecerse, disolverse en
aquel ambiente tibio donde erraba un olor suave de polvos de arroz, de
hembras y de punch.

Cuando volv a la travesa de la Concepcin, las ventanas de mi cuarto
estaban cerradas, y la vela expiraba con resplandores lvidos, en su
palmatoria de latn. Entonces, al llegar junto a la cama, v una cosa
horrible; estirado, a travs de la colcha, yaca la figura del Mandarn
muerto, vestido de seda amarilla, con la coleta suelta, y entre las
manos, como muerto tambin, tena un papagayo de papel.

Abr desesperadamente la ventana. Todo desapareci y slo hall sobre mi
lecho, un viejo palet.




III


Entonces comenz mi vida de millonario. Dej apresuradamente la casa de
la viuda de Marques, que desde que supo que era rico, me trataba de
diferente manera sirvindome ella misma, con su traje de seda de los
domingos, arroz con leche, y otros platos por el estilo. Compr un
palacio en Loreto; las magnificencias de mi vivienda, son bien conocidas
por los indiscretos fotograbados que public La Ilustracin Francesa.
Se hizo famoso en toda Europa mi lecho, de un gusto exhuberante y
brbaro, cubierto de placas de oro labrado, y cortinajes de un raro
brocado negro, donde ondean, bordados en perlas, versos erticos de
Ctulo; una lmpara suspendida en el interior derrama su claridad
lctea y amorosa de una nube de verano.

Mis primeros meses de riqueza los pas amando, amando con el sincero
apasionamiento de un inexperto. La haba visto, como en una pgina de
novela, regando sus claveles en el balcn; se llamaba Cndida, era
pequeita y rubia, habitaba una casita cubierta de enredaderas y me
recordaba por la gracia y por lo airoso de su cintura, todo lo que el
arte ha creado ms fino y frgil: Mim, Virginia, Julieta... Todas las
noches, en xtasis mstico caa a sus pies color de jaspe; y por la
maana, al despedirme, dejaba en su regazo, algunos billetes de cien
pesetas. Al principio, ella los rechazaba con rubor, pero despus los
guardaba en su gaveta, llamndome cariosamente su ngel tutelar.

Un da en que yo andando sigilosamente sobre la espesa alfombra siria,
entr en su tocador, ella estaba escribiendo, muy pensativa, con un dedo
en el aire. Al verme, plida y trmula, escondi el papel que ostentaba
en tinta roja su monograma. Yo, en un arranque insensato de celos, se
lo arrebat. Era la carta, la carta, que, desde la ms remota
antigedad, la mujer siempre escribe; comenzaba por el indispensable:
idolatrado mo, y era por un alfrez de polica.

Arranqu aquel amor de mi pecho como una planta venenosa y desconfi
para siempre de los ngeles rubios que conservan en su mirar azul el
reflejo de los cielos que atravesaron.

Desde lo alto de mi oro, arroj sobre la inocencia, el pudor, y otras
idealizaciones funestas, la diablica carcajada de Mefistfeles y
organic framente una existencia animal, grandiosa y cnica.

Al medio da, entraba en mi pila de mrmol rosa, donde los perfumes
derramados daban al agua un tono opaco de leche: despus, pajes rubios,
de manos suaves, me daban fricciones con el ceremonial de quien celebra
un culto; y envuelto en un robe-de-chambre de seda ndica, atravesaba
la galera mirando a mis Fortunys y a mis Curots entre dos filas
silenciosas de lacayos, dirigindome al comedor, donde, servidos en
platos de Svres, azul y oro, humeaban los ms suculentos manjares. El
resto de la maana lo pasaba en un boudoir en que el mobiliario era de
porcelana fina de Dresde, y la profusin de flores hacan de l un
verdadero jardn de Armida; all, reclinado sobre cojines de seda color
perla, saboreaba el Diario de las Noticias, mientras lindas mujeres,
vestidas a la japonesa, refrescaban el aire, agitando abanicos de
plumas.

Por la tarde, iba a dar una vuelta a pie hasta el puente de las Almas:
era la hora ms pesada del da. La turba abyecta se paraba a contemplar
los bostezos del Nabab fastidiado.

A veces senta la nostalgia de mis tiempos de empleado. Entraba en casa,
y encerrado en la biblioteca, donde el pensamiento de la humanidad
reposaba olvidado y encuadernado en marroqu, coga una pluma de pato y
permaneca horas enteras escribiendo sobre papel de oficio del Estado
estas frases hechas de otro tiempo:

Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de participar a V.E...--Tengo el
honor de poner en conocimiento de V.I.

Al comenzar la noche, un criado, para anunciar la comida, haca resonar
por los corredores, en su bocina de plata, a la moda gtica, una
harmona solemne. Yo, entonces, me levantaba y entraba en el comedor
majestuoso y solitario. Una multitud de lacayos, con libreas de seda
negra, serva, en un silencio de sombras que resbalan, las vituallas ms
raras y los vinos ms costosos que joyas. Toda la mesa resplandeca de
flores, luces, cristales y reflejos de oro; y, enroscndose entre las
pirmides de frutos, mezclado en el humo de los platos, erraba en el
aire un tedio inenarrable.

Despus, reclinado en el fondo del cup, iba a las ventanas verdes
donde alimentaba, en un jardn, digno de un serrallo, entre
refinamientos musulmanes, un vivero de hembras, y envuelto en una tnica
de seda fresca y perfumada, me entregaba a los delirios ms
abominables... Me traan medio muerto a casa, al primer albor de la
maana, haca maquinalmente la seal de la cruz, y, a poco, roncaba
sonoramente, lvido y sudoroso, como un Tiberio exhausto.

Entre tanto, Lisboa se arrodillaba a mis pies. El patio del palacio
estaba constantemente invadido por la turba; desde las ventanas de la
galera contemplaba a veces, en mis horas de fastidio, blanquear las
pecheras de la aristocracia, negrear las sotanas del clero y relucir el
sudor de la plebe. Todos venan a suplicar con frase abyecta, una
pequea participacin en mi riqueza. A veces consenta en recibir a
algn viejo aristcrata: penetraba en la sala tartamudeando adulaciones,
rozando casi la alfombra con sus cabellos blancos; e inmediatamente,
cruzando sobre el pecho las manos de fuertes venas donde corra sangre
de tres siglos, me ofreca su hija por esposa o para concubina.

Todos mis conciudadanos me brindaban presentes como un dolo sobre el
altar: unos, odas votivas, otros, mi monograma bordado en pelo; algunos,
chinelas o boquillas, y todos, su conciencia. Si mi mirada amortiguada
se fijaba casualmente en la calle en alguna mujer, al da siguiente
reciba una carta en que ella, esposa o prostituta, me regalaba su
desnudez, su amor, y todas las complacencias de la lascivia.

Los peridicos espoleaban su imaginacin para hallar adjetivos dignos
de mi grandeza; fu el sublime seor Teodoro; llegu a ser el celeste
seor Teodoro; y la Gaceta, por no ser menos, llamme el
extraceleste seor Teodoro. Delante de m ninguna cabeza permaneci
cubierta, usase corona o tiara. Todos los das me ofrecan una
Presidencia del Consejo de Ministros o la Direccin de una Cofrada,
ofrecimientos que rechaz siempre con enojo. Poco a poco el rumor de mis
riquezas pas las fronteras. El Fgaro, habl de m cortesmente; en
todos sus nmeros me llenaban de elogios; el grotesco inmortal que firma
Saint-Genest me dirigi apstrofes, pidiendo mi ayuda para salvar a
Francia; y fu tanta mi popularidad, que todas las Ilustraciones
extranjeras publicaron a un tiempo los detalles ms insignificantes de
mi vida ntima. Recib de todas las princesas de Europa cartas con
sellos herldicos, exponindome por medio de fotografas y documentos la
forma de sus cuerpos y la antigedad de sus genealogas. Dos tonteras
que dije durante aquel ao fueron telegrafiadas al universo entero por
la Agencia Havas; y fu considerado mucho ms ingenioso que Voltaire,
que Rochefort y que ese mismo entendimiento que se llama Todo el
Mundo. Cuando mi vientre indigesto se aliviaba con un sonoro estampido,
la humanidad lo saba por conducto de los peridicos. Hice emprstitos a
los reyes, subsidi guerras civiles, y fu aclamado por todas las
repblicas latinas que ornan el golfo de Mxico.

Y entre tanto, viva triste...

Siempre que entraba en casa contemplaba horrorizado la misma visin; ya
atravesada en el umbral de la puerta, ya tendida sobre mi lecho de oro,
vea una figura extraa, de coleta negra y tnica amarilla, con un
papagayo de papel entre las manos. Era el Mandarn Ti-Chin-F! Yo
entraba furioso con el puo levantado, pero todo desapareca como por
encanto.

Entonces caa anonadado, sudoroso, sobre una poltrona y murmuraba en el
silencio del cuarto, en donde las velas que ardan en los bruidos
candelabros de plata prestaban tonos sangrientos a los rojos damascos:

--Es preciso matar a este muerto!

Y todava no era esta impertinencia de un viejo fantasma panzudo que se
acomodaba sobre mis muebles, sobre las colchas de mi lecho, lo que ms
me exasperaba.

Mi horror supremo consista en una idea clavada en mi espritu como un
hierro inarrancable: yo haba asesinado a un viejo.

No fu con una cuerda al cuello, segn el uso musulmn, ni con veneno en
una copa de vino de Siracusa a la manera italiana del Renacimiento, ni
con ninguno de esos mtodos clsicos que en la historia de las
Monarquas han recibido consagraciones augustas, con el pual
como Juan II, o con la clava como Carlos IX.

Haba eliminado a un sr humano desde lejos con una campanilla. Era
absurdo, fantstico. Mas no disminua la trgica negrura del hecho: Yo
haba asesinado a un viejo.

Poco a poco esta certidumbre se fu petrificando en mi alma, y como una
columna en un descampado domin toda mi vida interior, de suerte que,
por ms desviado camino que tomasen mis pensamientos, vean siempre
negrear en el horizonte aquella memoria acusadora; por ms alto que
levantasen el vuelo mis imaginaciones, terminaban por herirse las alas
en ese monumento de miseria moral. Ah, por ms que se considere la vida
y la muerte como vanas transformaciones de la substancia, es pavoroso el
pensamiento que ha de baarse en sangre caliente! Cuando despus de
comer, mientras a mi lado humeaba el caf y yo languideca, recostado en
el sof, en una sensacin de plenitud y hartura, elevbase dentro de m,
melanclico, como canto que se escapa de una crcel, un susurro de
acusaciones.

--Miserable, ese bienestar con que te regalas, no volver a gozarlo el
venerable Ti-Chin-F por tu causa!

En vano yo replicaba a mi conciencia, recordndole la decrepitud del
Mandarn y su gota incurable. Fecunda en argumentos, gustosa de
controversia, ella me refutaba con furor:

--Aun cuando en su ms pequea actividad, la vida es un bien supremo;
porque el encanto de ella reside en su principio mismo y no en sus
manifestaciones!

Yo me revolva contra este pedantismo retrico de rgido pedagogo.
Alzaba altivamente la frente, gritndole con arrogancia desesperada:

--Pues bien! Yo le he matado... Qu quieres? Tu nombre de conciencia
no me asusta! Eres apenas una perversin de la sensibilidad nerviosa.
Puedo eliminarte con un poco de agua de azahar.

Inmediatamente senta pasar por el alma, con una lentitud de brisa, un
rumor humilde de murmuraciones irnicas:

--Bien, entonces, come, duerme, bate y ama.

Yo as lo haca. Pero luego, las propias sbanas de Holanda de mi lecho,
tomaban ante mis ojos despavoridos los tonos lvidos de una mortaja; el
agua perfumada en la que me baaba se pegaba a mi piel, con la sensacin
espesa de sangre que se coagula; y los pechos desnudos de mis amantes,
me llenaban de tristeza, como lpidas de mrmol que encierran un cuerpo
muerto. Despus me asalt una amargura mayor.

Comenc a pensar que Ti-Chin-F tendra, sin duda, una numerosa familia,
nietos y biznietos, que, despojados de sus riquezas, mientras yo me
coma lo suyo en vajilla de Svres, con una pompa de Sultn perdulario,
atravesaran en China todos los infiernos tradicionales de la miseria
humana, los das sin arroz, el cuerpo sin agasajos, la hermosura negada,
el suelo cenagoso de la calle por lecho.

Comprend entonces por qu me persegua la obesa fantasma del viejo
letrado; y de sus labios cubiertos por los largos pelos blancos de su
bigote, parecime oir brotar esta acusacin desolada:

--Yo no me lamento por m, que estaba ya medio muerto; lloro por los
tristes a quienes arruinaste, y que a estas horas, cuando t vienes de
dormir sobre el fresco seno de tus amantes, gimen de hambre, apiados,
para luchar con el fro, entre el grupo repugnante de leprosos y
ladrones en la Puerta de los Mendigos, all al pie de las terrazas
del Templo del Cielo!

Oh, tortura espantosa! Tortura realmente oriental! No poda llevarme a
la boca un pedazo de pan sin recordar a los descendientes de
Ti-Chin-F, pidiendo de comer, como pajarillos sin plumas que abren en
vano el pico y pan en un nido abandonado.

Si me envolva en mi gabn de pieles me asaltaba de pronto la visin de
las desgraciadas seoras, mimadas en otro tiempo por todas las
comodidades del confort chino, hoy, rojas de fro, vestidas de andrajos
de viejas sedas, caminando con los pies amoratados por un campo de
nieve. El techo de bano de mi palacio me recordaba la familia del
Mandarn; durmiendo a orillas de los canales, perseguidos por los
perros; y dentro de mi lujoso cup me estremeca la idea de largas
caminatas por caminos encharcados, bajo el duro invierno asitico.

Lo que yo sufra! Y en este tiempo la multitud envidiosa poblaba mi
palacio, comentando las felicidades inaccesibles que en l deban
habitar.

En fin, reconociendo que la conciencia se agitaba dentro de m como una
serpiente irritada, decid implorar el auxilio de aquel que dicen es
superior a la Conciencia porque dispone de la Gracia.

Desgraciadamente yo no crea en l!... Recurr, pues, a mi antigua
divinidad particular, a mi dolo predilecto, patrona de toda mi familia
a Nuestra Seora de los Dolores. Y, regiamente pagado, un regimiento de
curas y cannigos, por las catedrales de la ciudad y por las capillas de
las aldeas, fu pidiendo a Nuestra Seora de los Dolores que volviese
sus ojos piadosos hacia mi mal interior... Mas ningn alivio descendi
de esos cielos inclementes a donde desde hace millares de aos se
dirigen en vano los clamores de la miseria humana.

Entonces, yo mismo me abism en prcticas piadosas; y Lisboa asisti a
este espectculo extraordinario: un rico, un Nabab postrndose
humildemente al pie de los altares, balbuceando con las manos juntas,
rezos y plegarias, como si viese en la Oracin y en el Cielo algo ms
que una consolacin ficticia que inventaron los dueos de todo, para
contentar a los que no tienen nada. Yo pertenezco a la burguesa y s
que si ella muestra a la plebe crdula un paraso distante, de goces
inefables, es para apartar la atencin de sus cofres repletos y de la
abundancia de sus sementeras.

Despus, ms inquieto, hice decir millares de misas, rezadas y cantadas,
para desagraviar al alma errante de Ti-Chin-F. Pueril desvaro de un
cerebro peninsular! El viejo Mandarn, en clase de Letrado, de miembro
de la Academia de los Ilan-Lin, colaborador probable del gran Tratado de
Khou-Truane-Chou, que ya tiene publicados ms de setenta y ocho mil
setecientos treinta volmenes, era sin duda alguna sectario de la moral
positivista de Confucio. Nunca haba quemado teas perfumadas en honor de
Buda; y las ceremonias del sacrificio mstico deban parecer a su
abominable alma de gramtico y de escptico, simples pantominas de los
payasos en el Teatro de Haug-Tung.

Entonces, prelados astutos, con experiencia catlica, me dieron un
consejo admirable: captarme con presentes, flores, brocados y joyas,
como si fuese a alcanzar los favores de Aspasia; y a la manera de un
ventrudo banquero que obtiene las complacencias de una bailarina
regalndola una quinta entre rboles, yo, por una sugestin sacerdotal,
tent conseguir la benevolencia de la Madre de los hombres, levantndole
una catedral toda de mrmol blanco.

La abundancia de flores entre los pilares labrados dbanle perspectivas
de paraso; la multiplicidad de las luces recordaban magnificencias
siderales... Dispendios vanos! El fino y erudito cardenal Nani vino de
Roma a consagrar la iglesia; mas cuando yo aquel da entr a visitar a
mi divina husped, lo que vi ms all de las calvas de los celebrantes,
no fu la Reina de Gracia, rubia, con su tnica azul, sino al viejo
Mandarn con sus ojos oblcuos y su papagayo entre las manos. Era a l,
a su blanco bigote de trtaro, a su panza color de oca, a quien todo un
sacerdocio recamado de oro ofreca, al roncar del rgano, la eternidad
de las Alabanzas!

Entonces, pensando que Lisboa y el medio adormecido en que me mova,
eran favorables al desenvolvimiento de estas imaginaciones, part, viaj
modestamente, sin pompa, con un baul y un lacayo.

Visit, en su orden clsico, Pars, la banal Suiza, Londres y los lagos
taciturnos de Escocia; levant mi tienda delante de las murallas
exanglicas de Jerusaln; y desde Alejandra a Tebas recorr ese largo
Egipto monumental y triste como el corredor de un mausoleo.

Conoc el mareo de los buques, la monotona de las ruinas, las
desilusiones del boulevard; y mi mal interior iba creciendo.

Ahora, ya no era slo la amargura de haber despojado a una familia
venerable; asaltbame el remordimiento de haber privado a la sociedad de
un personaje fundamental, un letrado perito, columna del Orden, apoyo de
las instituciones. No se puede arrancar a un Estado una personalidad que
vale veinte millones de pesetas sin perturbar su equilibrio. Esta idea
era mi desesperacin. Quise saber si verdaderamente la desaparicin de
Ti-Chin-F fu funesta a la decrpita China; le todos los peridicos de
Hong-Kong y Shang-Hai, vel noches enteras sobre historias de viajes,
consult sabios misioneros; y artculos, hombres, libros, todo me
hablaba de la decadencia del Celeste Imperio: provincias arruinadas,
ciudades moribundas, plebes hambrientas, pestes y rebeliones, templos
en ruinas, leyes sin autoridad, la descomposicin de un mundo, como una
nave encallada que el mar deshace tabla por tabla!

Y yo me crea el causante de las desgracias de la sociedad china! En mi
espritu enfermo, Ti-Chin-F tomaba entonces el valor desproporcionado
de un Csar, de un Moiss, de uno de esos seres providenciales que son
la fuerza de una raza. Yo le d muerte, y con l muri la vitalidad de
su patria. Su vasto cerebro tal vez hubiese salvado los rasgos geniales
de aquella vieja monarqua asitica, y yo inmoviliz su accin creadora.
Su fortuna hubiera podido reforzar el Erario, y yo la estaba disipando
entre fiestas y prostitutas... Amigos, conoc el remordimiento inmenso,
colosal, de haber arruinado un Imperio!

Para olvidar este complicado tormento, me entregu a la orga. Me
instal en un palacio de la avenida de los Campos Elseos, y fu
terrible. Daba fiestas a lo Trimalcin; y, en las horas ms speras de
la furia libertina, cuando entre la msica de las charangas, entre el
estridor brutal de los cobres, rompan el can-cn, cuando prostitutas
de seno desnudo, cantaban coplas canallescas; cuando mis convidados
bohemios, ateos de cervecera, injuriaban a Dios, con la copa de
champagne levantada, yo, posedo sbitamente como Helio y Abalo, de un
furor de bestialidad, de un odio inmenso contra lo Pensante y lo
Consciente, me tiraba al suelo a cuatro patas y me pona a rebuznar
imitando al burro.

Despus quise descender ms; confundirme con la plebe, conocer las
torpezas alcohlicas de la taberna; y muchas veces, vestido de blusa,
con la gorra echada hacia atrs, del brazo de Mes-Bottes o
Bibi-la-Gaillarde, entre un tropel de borrachos, fu tambalendome por
los boulevares exteriores, cantando con voz ronca:

          Allons, enfants de la patrie-e-e!...
          Le jour de gloire est arriv-e-e...

Una maana, despus de estos excesos, a la hora en que en las tinieblas
del alma del borracho se alza una vaga aurora espiritual, naci, de
repente, la idea de partir para la China. Y como soldados adormecidos en
el campamento, que al sn del clarn se levantan y uno a uno se van
juntando y formando en columna, otras ideas se fueron reuniendo en mi
espritu, alinendose en formidable formacin. Marchara a Pekn;
descubrira la familia de Ti-Chin-F; casndome con una de las seoras,
legitimara la posesin de mis millones; dara a aquella casa letrada su
antigua prosperidad; para calmar el espritu irritado del Mandarn
celebrara pomposos funerales; ira por las provincias miserables
distribuyendo arroz y donativos; y una vez obtenido del emperador el
botn de cristal que ostentan los Mandarines, substituira a la
personalidad del Ti-Chin-F, pudiendo as restituir legalmente a su
patria, sino la autoridad de su saber, al menos la fuerza de su oro.

Todo esto, a veces, me pareca un programa indefinido, nebuloso, pueril
e idealista. Mas el deseo de esta aventura original y pica, acababa por
convencerme, arrastrndome como a las hojas secas los remolinos del
viento. Suspir anhelante por pisar la tierra de China. Despus de
largos preparativos aligerados a peso de oro, una noche, por fin, part
para Marsella. Haba alquilado un buque entero: El Ceiln. Y a la
maana siguiente, por un mar azul-prusia, bajo el vuelo blanco de las
gaviotas, cuando los primeros rayos del sol ruborizaban las torres de
Nuestra Seora de la Guardia, puse proa hacia Oriente.




IV


El Ceiln tuvo un viaje montono y lleno de calma hasta Shang-Hai.
Desde all subimos por el ro Azul hasta Tien-Tsin en un pequeo
steamer de la Compaa Russal. Yo no iba a visitar la China con esa
curiosidad ociosa de turista; todo el paisaje de aquella provincia,
semejante al de un vaso de porcelana, de un tono azulado y vaporoso, con
colinitas peladas y de tiempo en tiempo un arbusto solitario, no me hizo
salir de mi sombra indiferencia.

Cuando el capitn del steamer, un yanki imprudente, de hocico de
cerdo, al pasar por Nankin, me propuso ir a recorrer las monumentales
ruinas de la vieja ciudad de porcelana, yo rechaz la proposicin con un
seco movimiento de cabeza, sin levantar los ojos tristes de la
tranquila corriente del ro.

Qu pesados e insoportables me parecieron los das de navegacin de
Tien-Tsin a Tung-Chou, en barcos chatos que apestaban como el olor y
suciedad de los remeros; ora a travs de las tierras bajas inundadas por
el Pei-h, ora a lo largo de plidos e infinitos arrozales; cruzando
aqu una lgubre aldea de loma negra, all un campo cubierto de flores
amarillas, topando a cada momento con cadveres de mendigos, hinchados y
verdosos, que descendan al fondo del agua, bajo un cielo fosco y bajo!

En Tung-Chou qued sorprendido al ver la escolta de cosacos que mandaba
a mi encuentro el viejo general Camilloff, herico oficial de las
campaas del Asia Central, y entonces embajador de Rusia en Pekn. Me
haban recomendado a l como un sr precioso y raro. El lenguaraz
intrprete Sa-T, que el general haba mandado para ponerse a mi
servicio, me explic que las cartas del sello imperial anunciando mi
llegada, se haban recibido haca tiempo por conducto de los correos de
la cancillera que atraviesan la Siberia en trineos, desciende sobre
los lomos del camello hasta la Gran Muralla trtara, y entregan all su
maleta a esos corredores monglicos, vestidos de cuero escarlata, que
noche y da galopan hacia Pekn.

Camilloff me enviaba un poney de la Mandchuria, enjaezado de seda, y
una tarjeta de visita con estas palabras escritas con lpiz bajo su
nombre: Salud! El caballo es blando de boca!

Mont el poney; y a un hurra! de los cosacos, entre la herica
agitacin de las lanzas, partimos a galope por la polvorienta planicie,
porque ya la tarde declinaba, y las puertas de Pekn se cierran apenas
el ltimo rayo de sol huye de las torres del Templo del Cielo. Al
principio seguimos un camino, formado por el trnsito de las caravanas,
atravesado por enormes losas de mrmol arrancadas de la antigua Va
Imperial. Despus pasamos el puente de Palitas. Corrimos a la orilla de
canales de agua negra; comenzaron a aparecer pomares y aldeas anidadas
al pie de una pagoda, y de repente, en un recodo del camino, me par
asombrado.

Pekn estaba delante de m! Es una vasta muralla, monumental y brbara,
de un negro obscuro, extendida hasta perderse de vista, y destacndose
con la arquitectura babilnica de sus puertas de techos curvos, sobre el
fondo sangriento de la prpura del sol poniente.

A lo largo, hacia el norte, en medio de una nube rojiza, vease, como
suspendidas en el aire, las montaas de Mongolia.

Una rica litera me esperaba a la puerta de Ung-Tsen-Men, para conducirme
a travs de Pekn, hasta la residencia militar de Camilloff. Ahora, la
muralla, vista de cerca, pareca levantarse hasta los cielos con todo el
horror de una construccin bblica.

En su base se apiaba una confusin de barracas, feria extica, donde
pululaba una multitud rumorosa, y la luz de las linternas oscilantes
salpicaba el crepsculo de vagas manchas sangrientas. Los toldos blancos
parecan al pie del negro muro bandadas de mariposas inmviles.

Una gran tristeza se apoder de mi alma. Entr en la litera, y cerrando
las cortinas de seda escarlata bordadas de oro, escoltado por los
cosacos, penetr en la vieja Pekn, por su puerta bablica, en medio de
una turba tumultuosa, entre carretas, caballeros monglicos armados de
flechas, bonzos de tnica blanca, marchando uno a uno, y largas filas de
dromedarios balanceando cadenciosamente su carga.

Al poco rato la litera se par. El respetuoso Sa-T, descorri las
cortinas y me hall en un jardn obscuro y silencioso, donde, entre
sicomoros seculares, kioscos iluminados, brillaban con una luz suave,
como colosales linternas perdidas en la selva. Los surtidores y las
fuentes murmuraban en la sombra. Bajo un peristilo formado de maderos
pintados de rojo, iluminado por hileras de faroles de papel
transparente, me esperaba una membruda figura de bigotes blancos,
apoyada en un grueso sable. Era el general Camilloff. Al adelantarme
hacia l, lo haca con el paso inquieto de las gacelas que, asustadas,
huyen sin ruido entre los rboles.

El viejo hroe me apret un momento contra su pecho y me condujo luego,
segn los usos chinos, al bao de la hospitalidad, una vasta pila de
porcelana, donde entre rodajas finas de limn sobrenadaban esponjas
blancas despidiendo un fuerte olor a lilas.

Poco despus, la luna baaba deliciosamente los jardines; y yo, muy
fresco, de corbata blanca, entraba del brazo de Camilloff en el
boudoir de la generala. Era alta y rubia, tena los ojos verdes de las
sirenas de Homero; en el descote bajo de su vestido de seda llevaba
prendida una rosa blanca; y en los dedos, que yo bes respetuosamente,
erraba un perfume fino de sndalo y de t.

Hablamos mucho de Europa, del nihilismo, de Zola, de Len XIII, y de la
delgadez de Sarah.

Por la galera abierta penetraba un aire clido que trascenda a
heliotropo. Despus la dama se sent al piano, y con su voz de contralto
rompi el silencio melanclico de la ciudad trtara, cantando las
picantes arias de Madame Javart y las melodas fatigosas del Rey de
Lahore.

Al da siguiente, encerrado con el general en uno de los dos kioscos del
jardn, le cont mi lamentable historia y los motivos fabulosos que me
impulsaron a venir a Pekn. El hroe me escuchaba silencioso,
retorcindose sombramente su espeso bigote de cosaco.

--Sabe usted el idioma chino?--me pregunt de repente, clavando en m
sus pupilas sagaces.

--S dos palabras importantes, mi general: Mandarn y T.

El hroe se pas la mano de gruesos tendones sobre la horrible cicatriz
que le cruzaba la calva:

--Mandarn, amigo mo, no es palabra china y nadie la entiende en este
pas. Es el nombre que en el siglo XVI, los navegantes de su patria, de
su hermosa patria...

--Cuando nosotros tenamos navegantes...--murmur suspirando. Mi
interlocutor suspir tambin, por cortesa, y continu:

--...Que sus navegantes dieron a los funcionarios chinos. Viene de su
verbo, de su lindo verbo...

--Cuando tenamos verbos...--interrump yo, por esa costumbre
instintiva en los peninsulares de hablar mal de la patria.

El general entorn un momento sus ojos redondos de viejo astuto y
prosigui paciente y grave:

--De su lindo verbo mandar... Le queda, por lo tanto, una palabra,
t. Es un vocablo que tiene gran importancia en la vida china, ms lo
creo insuficiente para servir en todas las relaciones sociales. Mi
querido husped pretende casarse con una seora de la familia de
Ti-Chin-F, continuar la gran influencia que ejerca el Mandarn y
substituir, domstica y socialmente a ese llorado difunto... Para todo
eso dispone de la palabra t. Es poco.

No pude negar que era poco. El venerable ruso, frunciendo su nariz de
pico de milano, me opuso an otras objeciones que yo vea levantarse
ante mi deseo como las murallas mismas de Pekn; ninguna seora de la
familia de Ti-Chin-F consentira en casarse con un extranjero; y sera
imposible, absolutamente imposible, que el emperador, el Hijo del Sol,
concediese a un extrao los honores privilegiados de un Mandarn.

--Por qu me los negara?--exclam.--Yo pertenezco a una distinguida
familia de la provincia del Mio. Soy licenciado, por lo tanto, en China
como en Coimbra, soy letrado. He pertenecido a una oficina del
Estado... Poseo millones. Tengo la experiencia del estilo
administrativo...

El general se iba inclinando respetuosamente ante la abundancia de mis
atributos.

--No es--dijo al fin--que el emperador realmente lo rechaze; es que el
individuo que lo propusiese, sera inmediatamente decapitado. La ley
china, en este punto, es explcita y severa.

Baj la cabeza abrumado.

--Mas, general--murmur,--yo quiero librarme de la presencia odiosa del
viejo Ti-Chin-F y de su papagayo... Si yo entregase la mitad de mis
millones al tesoro chino, ya que no me es dado personalmente, como
Mandarn, aplicarlos a la prosperidad del Estado, tal vez Ti-Chin-F se
calmase.

El general puso paternalmente su ancha mano sobre mi hombro.

--Error, considerable error, joven. Esos millones nunca llegaran al
Tesoro imperial. Se quedaran en los bolsillos insondables de las clases
directoras; seran disipados en plantar jardines, coleccionar
porcelanas, alfombrar salones y vestir de seda a las concubinas: no
alimentaran una sola piedra de los caminos pblicos... Iran a
enriquecer la orga asitica. El alma de Ti-Chin-F debe conocer bien el
Imperio, y eso no le satisfara.

--Y si yo emplease parte de la fortuna del viejo en hacer
particularmente, como filntropo, largas distribuciones de arroz al
populacho hambriento? Es una idea.

--Funesta--dijo el general, frunciendo horriblemente el entrecejo.--La
corte imperial vera en esto una ambicin poltica, un plan para ganar
el favor de la plebe, un peligro para la dinasta... Mi buen amigo
sera decapitado... Es grave...

--Maldicin!--grit.--Entonces para qu he venido a la China?

El diplomtico se encogi de hombros; mas luego mostr en una sonrisa
maliciosa sus dientes amarillentos de cosaco:

--Haga una cosa. Busque a la familia de Ti-Chin-F.

Y aadi:

--Yo indagar del primer ministro, su excelencia el prncipe Tong, donde
pra esa familia tan interesante; despus renalos usted, y arrjeles
una o dos docenas de millones; organice para el difunto unos funerales
de gran ceremonia con un squito de una legua de largo, filas de bonzos,
todo un mundo de estandartes, palanquines, lanzas, plumas, pendones
encarnados y, por ltimo, legiones de plaideras lanzando gritos
lamentables. Si despus de todo su conciencia no se adormece y el
fantasma insiste...

--Entonces?

--Entonces mataos.

--Muchas gracias, mi general.

       *       *       *       *       *

Una cosa, sin embargo, era evidente y en ello estuvieron de acuerdo
Camilloff, el respetuoso Sa-T y la generala, que para tratar a la
familia de Ti-Chin-F, formar en el squito de los funerales y, en una
palabra, introducirme en la vida de Pekn, era preciso, desde luego,
vestirme con un traje conforme a las maneras y al ceremonial de los
mandarines.

Mi faz amarillenta y mi largo bigote cado, favorecan el plan. Y cuando
a la maana siguiente, despus de haber regateado con los sastres de la
calle Cha-Cona, entr en la sala tapizada de seda escarlata, donde ya
brillaba la vajilla del almuerzo sobre la mesa de hule negro, la
generala retrocedi como si apareciese el propio Tong-Tch, Hijo del
Cielo.

Yo ostentaba una tnica de brocado azul obscuro abotonada a un lado, con
el peto ricamente bordado de dragones y flores de oro, encima de una
sobrevesta de seda de un tono azul ms claro, corta, amplia y fofa; las
calzas, de satn color de avellana, descubran ricas babuchas amarillas,
pespunteadas de perlas y un poco de la media sembrada de estrellitas
obscuras, y a la cintura, en una linda faja recamada llevaba metido un
abanico de bamb, de los que ostenta el retrato del filsofo La-o-Ts, y
son fabricados en Lwatn; y por esas misteriosas correlaciones con que
el vestido influye en el carcter, yo senta ya dentro de m ideas e
instintos chinescos; el amor a los ceremoniales meticulosos, el respeto
burocrtico a las frmulas, un abyecto terror hacia el emperador, el
odio a lo extranjero, el culto por los antepasados, el fanatismo de la
tradicin, el gusto por las cosas azucaradas.

Alma y vientre eran por completo de un Mandarn. As es que no dije a la
generala:

Bon jour, madame, sino que, doblado por la cintura, haciendo girar los
puos cerrados sobre la frente, baja, hice gravemente el chinchn.

--Est usted adorable, precioso!--deca ella con su linda sonrisa,
golpeando las manos diminutas y plidas.

En honor de mi nueva encarnacin, haban preparado aquella maana un
almuerzo chino. Qu gentiles servilletas de papel de seda escarlata con
monstruos fabulosos dibujados en negro! La comida di comienzo por
ostras de Ning-P. Excelentes! Me sorb dos docenas con verdadero
regalo oriental. Despus sirvieron deliciosas fibras de aletas de
tiburn, ojos de carnero con picado de ajo, un plato de nenfares en
compota, naranjas de Cantn, y, en fin, el arroz tradicional, el arroz
de los abuelos. Todo esto con la ayuda de unas cuantas botellas de
excelente vino de Chao-Chign. Y, en fin, con qu gozo sabore mi taza
de t imperial, t de la primera cosecha de marzo, cosecha nica que es
celebrada como un rito santo por las manos puras de las vrgenes.

Entraron dos cantadoras, mientras nosotros fumbamos, y durante largo
tiempo, entonaron con una modulacin gutural viejas cntigas de los
tiempos de la dinasta Ming al sn de guitarras forradas de piel de
serpiente, que dos trtaros, en cuclillas, rasgueaban con una cadencia
melanclica y brbara. La China tiene encantos raros.

Despus, la rubia generala cant con gracia, la Femme a barbe: y
cuando el general march con su escolta cosaca hacia el Yamen del
prncipe Tong, a informarse de la residencia de la familia Ti-Chin-F,
yo, repleto y bien dispuesto, sal con Sa-T a ver Pekn.

       *       *       *       *       *

La vivienda de Camilloff quedaba en la ciudad trtara, en los barrios
militares y nobles. Reina all una tranquilidad austera. Las calles
semejan largos caminos de aldea surcados por las ruedas de los carros; y
casi siempre se camina pegado a los muros, de donde salen ramas
horizontales de sicomoros.

A veces, una carreta pasa rpidamente, al trote de un poney mogol, con
altas ruedas claveteadas de clavos dorados; todo en ella oscila: el
toldo, las cortinas de seda, los penachos de plumas de los ngulos; y
dentro se entrev alguna hermosa dama china, cubierta de brocado claro,
la cabeza toda llena de flores, haciendo girar en las muecas dos aros
de plata con un aire de tedio ceremonioso: Despus alguna aristocrtica
litera de mandarn, que kooles vestidos de azul, con la coleta suelta,
llevan al trote, encorvados, hacia los Yamens del Estado; precdeles un
criado que levanta en el aire rollos de seda con inscripciones bordadas,
insignias de autoridad; y dentro el personaje gordinfln de enormes
lentes redondos, ojea sus papeles o dormita con el labio cado.

A cada momento nos parbamos para admirar las ricas tiendas con sus
tabletas verdes de letras doradas sobre fondo negro; los parroquianos,
en un silencio de iglesia examinan las preciosidades: porcelanas de la
dinasta Ming, bronces, esmaltes, marfiles, sedas, armas, los abanicos
maravillosos de Swatn; a veces una fresca joven de ojos oblcuos,
vestida de azul, con amapolas de papel en la cabeza, desdobla algn rico
brocado delante de algn grueso chino que la contempla beatficamente
con los dedos cruzados sobre la panza: al fondo, el mercader, aparatoso
e inmvil, escribe sobre tablillas de sndalo, y un perfume suave que
entristece y perturba, brota de todas las cosas.

He aqu las murallas que cercan a la ciudad interdicta, morada santa
del Emperador! Jvenes de familias patricias, descienden de la terraza
de un templo, donde estuvieron adiestrndose en el manejo de la flecha.
Sa-T, me dice sus nombres: forman parte de la guardia selecta, que en
las ceremonias da escolta al quitasol de seda amarilla con un dragn
bordado que es el emblema sagrado del Emperador.

Todos ellos cumplimentan profundamente a un viejo de barbas venerables,
con sobrevesta amarilla, privilegio de los ancianos. Iba hablando solo y
llevaba en la mano una vara donde se posaban dos pjaros domesticados.
Era un prncipe del Imperio.

Extraos barrios! Mas nada me diverta tanto como ver a cada instante
en la puerta de un jardn, dos mandarines panzudos que para entrar se
hacan infinitas zalemas y cortesas, sonriendo, todo un ceremonial
dogmtico, que les haca oscilar de un modo picaresco sobre las espaldas
las largas plumas de pavo. Donde quiera que se levantaban los ojos se
vean siempre enormes cometas de papel, ora en forma de dragones, ora de
cetceos o aves fabulosas, llenando el espacio de una inverosmil legin
de monstruos transparentes y ondeantes.

--Sa-T, basta de ciudad trtara! Vamos a ver los barrios chinos.

Y all fuimos, penetrando en la ciudad chinesca por la parte populosa de
Tchin-Men. Aqu habita la burguesa, los mercaderes y el populacho. Las
calles alneanse como una pauta; y en el suelo vetusto y enlotado, hecho
con inmundicias de cien generaciones, an se ven algunas de aquellas
losas de mrmol de color de rosa que en otra era, en tiempo de la
grandeza de Ming, lo cubran.

Forman las calles, ora terrenos pedregosos donde allan manadas de
perros hambrientos, ora filas de chozas toscas, ora pobres tiendas con
sus tabletas balancendose en un asta de hierro.

A lo lejos se alzan los arcos triunfales hechos con barrotes de color de
prpura, ligados en lo alto por un tejado oblongo de tejas azules que
brillan como esmaltes. Una multitud rumorosa y apiada, donde domina el
tono pardo y azulado de los trajes, circula sin cesar; el polvo lo
envuelve todo en una nevada amarilla; un hedor acre se respira en el
aire; y a cada momento largas caravanas de camellos atraviesan la
multitud, conducidos por mongoles sombros vestidos de pieles de
carnero...

Fuimos hasta los caminos de los puentes sobre los canales, donde
saltimbanquis semi-desnudos, con mscaras simulando demonios pavorosos,
hacen destrezas con una picarda brbara y sutil; y mucho tiempo estuve
admirando los astrlogos que, vestidos con largas tnicas, adornados con
dragones de papel, venden ruidosamente horscopos y consultas de astros.
Oh, ciudad, fabulosa y singular!

De repente se levant una gritera espantosa. Corrimos; era una cuerda
de presos, que un soldado, de grandes lentes, empujaba con su quitasol,
amarrados los unos a los otros por el extremo de la coleta. En aquella
avenida vi tambin el cortejo de un funeral de Mandarn, todo ornado de
oriflamas y banderolas; grupos de hombres fnebres quemaban papeles en
braserillos porttiles; mujeres desarrapadas aullaban de dolor
revolcndose sobre los tapices; despus se levantaban, y un kool,
vestido de blanco, en seal de luto, les serva el t en un gran plato
en forma de ave.

Al pasar junto al Templo del Cielo, vi apiada en una grada una legin
de mendigos; llevaban por todo indumento un trapo amarrado a la cintura
con un cordel; las mujeres, con los cabellos cubiertos de viejas flores
de papel, roan huesos tranquilamente, y los cadveres de las criaturas
se pudran a su lado bajo el vuelo de los moscardones. Ms adelante
encontramos una jaula donde un condenado extenda, a travs de los
barrotes, las manos descarnadas, implorando una limosna... Despus
Sa-T, mostrme respetuosamente una plaza estrecha: all, sobre pilares
de piedra, se vean pequeas jaulas conteniendo cabezas de decapitados,
goteando sangre espesa y negra.

--Oh!--exclam fatigado y aturdido.--Sa-T, ahora quiero reposo,
silencio y un cigarro caro...

El intrprete inclinse; y por una escalera de granito me llev a las
murallas de la ciudad, las cuales forman una explanada que cuatro carros
de guerra apareados podran recorrer durante leguas.

Mientras Sa-T, sentado en el hueco de una almena, bostezaba en un
desahogo de cicerone fastidiado, yo, fumando, contempl largo rato, a
mis pies, la vasta y sagrada Pekn.

Es como una formidable ciudad de la Biblia, Babel o Nnive, que el
profeta Jons tard tres das en atravesar. El grandioso muro cuadrado
limita los cuatro puntos del horizonte con puertas de torres
monumentales, que el aire azulado, desde aquella distancia, hace parecer
transparentes. En la inmensidad de su recinto aglomranse confusamente
verdores de bosques, lagos artificiales, canales brillantes, puentes de
mrmol, terrenos cubiertos de minas, tejados barnizados relucientes al
sol; por todas partes se alzan pagodas herldicas, blancas azoteas de
templos, arcos triunfales, kioscos saliendo de entre el follaje de los
jardines; despus, espacios que parecen montes de porcelana; y siempre
a intervalos regulares la mirada encuentra algunos de los bastiones, de
aspecto herico y fabuloso.

La multitud, junto a esas edificaciones grandiosas, es apenas como
granos de arena negra que un viento blando trae y lleva.

Aqu est el vasto palacio imperial, entre arboledas misteriosas, con
sus tejados de un amarillo de oro muy vivo. Con cunto gusto penetrara
en sus secretos y vera desfilar, por las galeras sobrepuestas, la
magnificencia brbara de esas dinastas seculares!

A lo lejos se levanta la torre del Templo del Cielo, semejante a tres
quitasoles sobrepuestos; despus la gran columna de los Principios,
hiertica y seca como el genio de la raza, y delante blanquean en una
media tinta sobrenatural, las terrazas de jaspe del Santuario de la
Purificacin.

Entonces interrogu a Sa-T; y su dedo respetuoso fu sealndome el
Templo de los Antepasados, el Palacio de la Soberana Concordia, el
pabelln de las Flores de las Letras, el kiosco de los Historiadores,
brillando, entre los bosques sagrados que los cercan, con sus tejados
lustrosos, azules, verdes, escarlata y de color de limn. Yo devoraba
con ojos vidos aquellos monumentos de la antigedad asitica, lleno de
curiosidad por conocer las impenetrables clases que los habitan, el
principio de las Instituciones, la significacin de las inscripciones,
el espritu de sus ciencias, la gramtica, el dogma y la extraa visa
interior de un cerebro de letrado chino. Mas ese mundo es inviolable
como un santuario.

Me sent en la muralla, y mis ojos perdironse en la planicie arenosa
que se extiende ms all de los puestos hasta los contrafuertes de los
montes monglicos; all, airosamente, se arremolinan ondas indefinibles
de polvo; y a todas horas negrean filas vagarosas de caravanas. Entonces
invadi a mi alma una melancola que el silencio de aquellas alturas,
envolviendo a Pekn, haca ms desolada; era como un cansancio de m
mismo, un largo pensar de mi sentir; all, aislado, absorto en aquel
mundo duro y brbaro. Me acord, con los ojos hmedos, de mi aldea del
Mio, la venta con un ramo de laurel colgado sobre la puerta, el banco
del herrador y las riberas fresca y rozagantes cuando verdean los
linos.

Era la poca en que las palomas emigran de Pekn hacia el Sur. Yo las
vea reunirse en bandadas por encima de m, partiendo de los bosques, de
los templos y de los pabellones imperiales; cada una llevaba, para
librarse de los milanos, una caita de bamb que el aire haca silbar, y
aquellas nubes blancas pasaban como impelidas por una brisa suave,
dejando en silencio un lento y melanclico suspiro, una ondulacin
clica, que se perda en los aires plidos. Volv a casa, lento y
pensativo.

       *       *       *       *       *

En la comida, Camilloff, desdoblando su servilleta, me pregunt mis
impresiones sobre Pekn.

--Pekn me hace sentir muy bien, mi general, los versos de un poeta
portugus:

          Sbalos ros que vo
          por Babylonia me achei...

--Pekn es un monstruo!--dijo Camilloff, haciendo oscilar su calva
reluciente.--Y ahora considere que en esta capital, a la clase trtara y
conquistadora que la posee, obedecen trescientos millones de hombres,
una raza audaz, laboriosa, sufrida, poltica, invasora. Estudian
nuestras ciencias... Una copita de Medoc, Teodoro?... Tienen una
marina formidable! El ejrcito que en otro tiempo crea destrozar al
extranjero con dragones de papel de donde salan culebras de fuego,
sigue ahora la tctica prusiana y va armado con fusil de aguja! Grave,
muy grave!

--Y todava, mi general, en mi pas, cuando a propsito de Macao, se
habla del Imperio Celeste, los patriotas se pasan los dedos por las
greas y dicen negligentemente: Mandamos all cincuenta hombres y
barremos la China.

Despus de citar esta sandez, quedamos silenciosos. El general, tosiendo
formidablemente, murmur luego, con condescendencia:

--Portugal es un bello pas!

Yo exclam con sequedad y firmeza:

--Una pocilga, general!

La generala, colocando delicadamente en el borde del plato un aln y
limpindose los dedos, dijo:

--Es el pas de la cancin de Mignon; el hermoso pas donde florece la
naranja.

El gordo Meriskoff, doctor alemn de la Universidad de Bom, canciller de
la legin, hombre de aficiones poticas, y gran comentarista, observ
con respeto:

--Generala, el dulce pas de Mignon es Italia: Conoces t la tierra
privilegiada donde la naranja da flor? El divino Goethe se refera a
Italia, Italia mater. Italia ser el eterno amor de la humanidad
sensible.

--Yo prefiero a Francia!--suspir la esposa del primer secretario, una
jovencita plida de cabello rizado.

--Ah, la Francia!--murmuraron algunos comensales, poniendo los ojos en
blanco.

El gordo Meriskoff agit los lentes de oro.

--Francia tiene un pero, que es la cuestin social.

--Oh, la cuestin social!--murmur sombramente Camilloff.

Y conversando con tanta sabidura, llegamos por fin al caf.

Al bajar al jardn, la generala, apoyndose sentimentalmente en mi
brazo, murmur, junto a mi odo:

--Ay, quin pudiera vivir en esos palacios apasionados donde verdean
las naranjas!...

--All s que se ama, generala!--le dije en secreto, llevndola
dulcemente hacia la obscuridad de los sicomoros.




V


Fu necesario todo un largo verano para descubrir la provincia donde
resida el difunto Ti-Chin-F.

Qu episodio administrativo tan pintoresco, tan chino! El servicial
Camilloff, que se pasaba el da entero recorriendo los Yamens del
Estado, tuvo que probar, primero, que el deseo de conocer la morada del
viejo Mandarn no encubra ninguna conspiracin contra la seguridad del
Imperio, y despus fu preciso que jurase que no encerraba esta
curiosidad un atentado contra los Ritos sagrados. Entonces, satisfecho,
el prncipe Tong permiti que se hiciese la requisitoria imperial:
centenares de escribientes palidecieron noche y da, con el pincel en la
mano, dibujando consultas sobre papel de arroz; misteriosas
conferencias susurraron insensatamente por todos los distritos de la
Ciudad Imperial desde el Tribunal Astronmico hasta el Palacio de la
Bondad Preferida; y un ejrcito de kooles transportaba desde la
legacin de Rusia hasta los Kioscos de la Ciudad Interdicta, y de aqu
al Patio de los Archivos, parihuelas que crugan bajo el peso de los
legajos de viejos documentos.

Cuando Camilloff preguntaba por el resultado de sus investigaciones, le
contestaban satisfactoriamente que se estaban consultando los libros
santos de La-o-Ts, o que se iban a explorar viejos textos del tiempo de
Nor-Xa-Ch.

Y para calmar la impaciencia blica del ruso, el prncipe Tong remita,
con estos recados sutiles, algn substancioso presente de confites o
goma de bamb en caldo de azcar.

       *       *       *       *       *

Mientras el general trabajaba con fervor para encontrar la familia
Ti-Chin-F, yo iba tejiendo horas de seda y oro (as dice un poeta
japons) a los pies pequeitos de la generala. Haba un kiosco en el
jardn, bajo los sicomoros, que se denominaba, al modo chino, el Reposo
discreto; a un lado un arroyo fresco cantaba dulcemente bajo una
fuentecilla rstica pintada de color de rosa. Las paredes las formaban
un enrejado de bamb forrado de seda amarilla; el sol, pasando a travs
de ellas, proyectaba una luz sobrenatural de palo claro. En el centro,
un divn de seda blanca, de una poesa de nube matutina, atraa como un
lecho nupcial. En los rincones, en preciosos jarrones transparentes de
la poca de Yeng, alzbanse, con su esbeltez aristocrtica, lirios
escarlata del Japn. El suelo estaba todo cubierto de esteras finas de
Nankn y junto a la ventana enrejada, sobre un airoso pedestal de
sndalo, vease abierto un abanico formado de varillas de cristal, que
la brisa, al entrar, haca vibrar, con modulacin melanclica y tierna.

Las montaas de fines de agosto en Pekn, son muy apacibles; ya vaga en
el aire una calma otoal; a esa hora, el consejero Mariskoff y los
oficiales de la legacin estaban siempre en la cancillera, despachando
el correo de San Petersburgo.

Yo, entonces, con el abanico en la mano, pisando sutilmente con la punta
de las babuchas de satn las calles enarenadas del jardn, iba a
entreabrir la puerta del Reposo discreto:

--Mim?

Y la voz de la generala responda, suave como un beso:

--All right...

Qu linda estaba vestida de dama china! En sus cabellos levantados
albeaban flores raras, y sus cejas parecan ms puras y negras avivadas
con tinta de Nankn. La camisa de gasa bordada, la tnica de filigrana
de oro, plegbase a sus senos pequeitos y erectos. Largas y fofas
calzas de fulard color cadera de Ninfa, que le daba una gracia propia
de serrallo, descendan sobre los tobillos finos, cubiertos de sedosas
medias amarillas. Y apenas tres dedos de mi mano caban en sus
chinelitas.

Llambase Wladimira; naci al pie de Nid-ji-Nowgorod y fu educada por
una vieja ta que admiraba a Rousseau, lea a Foblas, usaba cabellos
empolvados, y pareca una basta litografa cosaca de una dama galante de
Versalles...

El sueo de Wladimira era vivir en Pars; y mientras haca hervir
delicadamente las hojas del t, me rogaba que la contase historias
picantes de cohetes, y me confesaba su culto por Dumas, hijo.

Yo le arremangaba la larga manga de la casaca de seda de color de hoja
muerta, y haca viajar mis labios devotos por la piel fresca de sus
bellos brazos; y despus, sobre el divn, enlazados, pecho contra
pecho, en un xtasis mudo, sentamos las maravillas de cristal resonar
elicamente, las palomas azules arrullarse en los pltanos, y el
fugitivo ritmo del arroyo murmurador...

Nuestros ojos humedecidos encontraban a veces un cuadro de satn negro
por cima del divn, donde en caracteres chinos, se desarrollaban
sentencias del libro sagrado de Li-Nun sobre los deberes de la esposa.
Mas ninguno de nosotros entenda el chino... Y en el silencio, nuestros
besos volvan a comenzar espaciados, sonando dulcemente y comparables
(en la lengua florida de aquellos pases) a perlas que caen, una a una,
sobre una bandeja de plata... Oh, suaves siestas de los jardines de
Pekn! Dnde estis ahora? Dnde estis, hojas muertas de los lirios
escarlata del Japn?

       *       *       *       *       *

Una maana Camilloff entr en la cancillera, donde yo fumaba
amigablemente una pipa en compaa de Mariskoff y tirando su enorme
sable sobre el canap, nos cont radiante de alegra, las noticias que
le haba dado el penetrante prncipe Tong. Descubrise al fin que un
opulento mandarn, llamado Ti-Chin-F, viva en otro tiempo cerca de los
confines de la Mongolia, en la villa de Tien-H. Haba muerto
sbitamente; y su descendencia resida all en la miseria, en una choza
vil.

Este descubrimiento, ciertamente, no fu debido a la burocracia
imperial; lo hizo un astrlogo del templo de Faguas, que durante veinte
noches hoje en el cielo el luminoso archivo de los astros.

--Teodoro, ese mandarn es su hombre!--exclam Camilloff.

Y Mariskoff repiti, sacudiendo la ceniza de la pipa:

--Ese es su hombre, Teodoro!

--Mi hombre!--murmur sombramente.

Era tal vez mi hombre, s! Mas no me seduca ir a buscar su familia,
en la monotona de una caravana, por aquellos desolados rincones de la
China. Adems, desde mi llegada a Pekn, no haba vuelto a ver la sombra
odiosa de Ti-Chin-F y su cometa en forma de papagayo.

Mi conciencia reposaba como una paloma adormecida. Por lo visto, el
esfuerzo supremo de voluntad que tuve que hacer para abandonar las
dulzuras del boulevard y de Loreto, y surcar los mares hasta el Celeste
Imperio, parecan a la Eterna Equidad una expiacin suficiente y una
peregrinacin reparadora. Y Ti-Chin-F, ya calmado, regresara con su
papagayo a la sempiterna inmovilidad.

Para qu ir a Tien-H? Por qu no quedarme all en aquel amable
Pekn, comiendo nenfares en caldo de azcar, abandonndome a la
somnolencia amorosa del Reposo discreto y yendo por las tardes
azuladas a dar mi paseo del brazo del buen Mariskoff, por las terrazas
de jaspe de la Purificacin o bajo los cedros del Templo del Cielo?

El celoso Camilloff, con el lpiz en la mano, marc en el mapa un
itinerario hacia Tien-H. Mostrme en desagradable entrelazamiento,
sombras de montes, lneas tortuosas de ros, dibujos ondulados de
lagunas.

--Aqu est! Suba usted hasta Ni-ku-h, en la margen del Pei-H. Desde
all en barcos chatos va a My-yun. Buena ciudad! Hay en ella un Buda
vivo. Desde all a caballo, sigue hasta la fortaleza de Ch-hia. Pasa la
gran muralla. Famoso espectculo! Descansa en el fuerte de Ku-pi-h.
All puede cazar gacelas!... Soberbias gacelas!... Y en dos das de
camino llega a Tien-H. Brillante itinerario. Cundo quiere partir?
Maana?

--Maana--murmur tristemente.

Pobre generala! Aquella noche, mientras Mariskoff, en el fondo de las
salas, jugaba con tres oficiales de la embajada su whist sacramental,
y Camilloff, reclinado en el sof, con los brazos cruzados, solemne como
en una poltrona del Congreso de Viena, dorma con la boca abierta, ella
se sent al piano. Yo, a su lado, en la actitud legendaria de un infante
de Lara, desesperado por la fatalidad, me retorca lgubremente el
bigote. Y la dulce criatura, entre dos gemidos del teclado, de una
sonata penetrante, cant volviendo hacia m sus ojos brillantes y
hmedos:

          L'oiseau s'envole,
          La'bas, la'bas!...
          L'oiseau s'envole...
          Ne revient pas...

--El ave ha de volver al nido!--musit yo enternecido. Y, afanndome por
esconder una lgrima, sal murmurando furiosamente:

--Canalla de Ti-Chin-F! Por tu causa! Viejo malandrn!

Al da siguiente sal para Tien-H, acompaado de Sa-T, el respetuoso
intrprete, una larga fila de carretas, dos cosacos y todo un pueblo de
kooles.

Al dejar la muralla de la ciudad trtara, seguimos mucho tiempo
caminando entre las cercas de los jardines sagrados que rodean el templo
de Confucio.

Era el fin de otoo; ya las hojas estaban amarillas; una dulzura suave
erraba en el aire.

De los kioscos santos sala un susurro de cnticos montonos y tristes.
Por las terrazas, enormes serpientes veneradas como dioses, se iban
arrastrando, ya entorpecidas por el fro. Y aqu y all, al pasar,
encontrbamos budistas decrpitos, secos como pergaminos y nudosos como
races, entrecruzados de piernas en el suelo bajo los sicomoros,
inmviles como dolos, contemplndose incesantemente el ombligo en
espera de la perfeccin del Nirvana.

Y yo iba pensando con una tristeza tan plida como aquel cielo asitico
de octubre, en dos lgrimas redonditas que al partir vi brillar en los
ojos negros de la generala.




VI


La tarde declinaba y el sol descenda bermejo como un escudo de metal
candente, cuando llegamos a Tien-H.

Las negras murallas de la ciudad se alzan al Sur, al pie de un torrente
que ruge entre rocas. En la parte de Oriente, la planicie lvida y
polvorienta se extiende hasta un grupo obscuro de colonias donde
blanquea el mplio edificio de una Misin catlica; y ms all, hacia el
extremo Norte, se elevan las eternas montaas de la Mongolia, suspensas
en el aire como nubes.

Nos alojamos en una ftida barraca titulada: Hospedera de la
Consolacin Terrestre. Me fu reservado el cuarto noble, el principal,
que se abra sobre una galera formada por estacas. Estaba ornado de
dragones de papel recortado, sujetos por cordeles de los travesaos del
techo. Al menor soplo de la brisa, aquella legin de monstruos fabulosos
oscilan cadenciosamente con un rumor seco de hojarascas, como tomando
vida sobrenatural y grotesca.

Antes de que oscureciese, fu acompaado de Sa-T a contemplar la
ciudad, mas pronto tuve que regresar sofocado por el hedor repugnante
que exhalaban las viviendas. Todo se me figur ser negro; las chozas, el
suelo cenagoso, los canes hambrientos y el populacho abyecto. Regres a
mi albergue, donde arrieros, mongoles y criaturas piojosas, me miraban
con asombro.

--Tiene vuestra merced razn. Es mala ralea. Mas no hay peligro; yo
mat, antes de partir, un gallo negro, y la diosa Kaonine debe estar
contenta. Podis dormir al abrigo de los malos espritus. Quiere,
vuestra merced, el t?

--Trelo, Sa-T.

Despus de bebernos una taza, conversamos largamente sobre el vasto
plan: a la maana siguiente llevara la dicha y la tranquilidad a la
triste choza de la viuda de Ti-Chin-F, anuncindole los millones que le
regalaba, millones ya depositados en Pekn. Despus, de acuerdo con el
mandarn Gobernador, haramos una cuantiosa distribucin de arroz al
pueblo, y por la noche habra danzas e iluminaciones, como en una
solemnidad pblica.

--Qu te parece, Sa-T?

--En los labios de vuestra merced habita la sabidura de Confucio... Va
a ser un hermoso espectculo!

Como vena cansado, bien pronto comenc a bostezar; me tend sobre el
lecho, envuelto en mis pieles, hice la seal de la cruz y me dorm
pensando en los brazos blancos de la generala y en sus ojos verdes de
sirena.

Sera la media noche, cuando me despert un rumor lento y sordo que
envolva la barraca, como un fuerte viento en una arboleda o una mar
gruesa batiendo un paredn. Por la galera abierta, la luna entraba en
el cuarto, una luna triste de otoo asitico, dando a los dragones
colgados del techo, formas y semejanzas quimricas.

Me levant, ya nervioso, cuando una silueta alta e inquieta, apareci a
la claridad de la luna.

--Soy yo, seor!--murmur la voz despavorida de Sa-T.

Y luego, agachndose a mis pies, me cont en un flujo de palabras roncas
su afliccin: mientras yo dorma se esparci por la ciudad el rumor de
que un extranjero, el Diablo extranjero haba llegado con bagajes
cargados de tesoros... Ya, desde el comienzo de la noche, l haba
entrevisto rostros ansiosos, de ojos voraces, rondando la barraca, como
chacales impacientes... Y orden a los kooles que atrincherasen la
puerta con los carros de los bagajes, formados en semicrculo a la
manera trtara.

Mas poco a poco, el tumulto fu creciendo... Ahora acababa de espiar
por un postigo, y todo el populacho de Tien-H rondaba en torno de la
hospedera... La diosa Kaonine no se haba satisfecho con la sangre del
gallo negro! Adems, l recordaba haber visto en la puerta de una
pagoda una cabra negra andando hacia atrs. La noche sera
terrorfica! Y su pobre mujer, el hueso de su hueso, que estaba tan
lejos, all en Pekn!

--Y ahora, Sa-T?--le pregunt.

--Ahora... Vuestra seora!... Ahora...

Callse, y su figura esculida temblaba, agazapndose como un perro que
se le amenaza con el ltigo.

Entonces yo abandon al cobarde y me adelant hacia la galera. Abajo,
el muro fronterizo, proyectaba una sombra fatdica. All se apiaba una
turba negra.

A veces, una figura, rastreando, se adelantaba en el espacio iluminado;
espiaba, forcejeaba en las carretas, y al sentir la luz de la luna sobre
su cara, retroceda rpidamente, fundindose en la obscuridad; y como el
techo del cobertizo era bajo, brillaba un momento algn hierro de lanza
inclinado.

--Qu queris, canallas?--rug en portugus.

A esta voz extranjera, un gruido sali de las tinieblas; inmediatamente
una piedra cay a mi lado, agujereando el papel encerado de la celosa;
despus, una flecha pas silbando cerca de m, clavndose en un listn.

Descend rpidamente a la cocina de la hospedera. Mis kaules,
asustados, batan las mandbulas de terror; y los dos cosacos que me
acompaaban, impasibles, fumaban sus pipas con los sables desnudos
puestos sobre las rodillas.

El viejo hostelero de lentes redondos, una vieja andrajosa que yo haba
visto en el patio echando al aire una cometa de papel, los arrieros
mongoles, las criaturas piojosas, todos desaparecieron. Slo qued un
viejo bebedor de opio, tumbado en un rincn como un fardo. Fuera se vea
la multitud que vociferaba.

Interpel entonces a Sa-T, que casi se desmayaba, apoyado en la pared;
nosotros estbamos sin armas, los dos cosacos solos, no podan rechazar
el asalto. Era, pues, necesario ir a despintar al Mandarn gobernador,
revelarle que yo era amigo de Camilloff, un convidado del Prncipe Tong,
e intimarle a que acudiera a dispersar las turbas y mantener la ley
santa de la hospitalidad.

Mas Sa-T me contest con voz dbil como un soplo, que el gobernador,
seguramente, era el que estaba dirigiendo el asalto. Desde las
autoridades hasta los mendigos, la fama de mis riquezas, la leyenda de
las carretas cargadas de oro, inflam todos los apetitos. La prudencia
ordenaba, como un mandamiento santo, que abandonsemos parte de los
tesoros, las mulas y las cajas de comestibles.

--Y vamos a quedarnos aqu, en esta aldea maldita, sin camisas, sin
dinero y sin comida?

--Mas con la rica vida, vuestra seora!

Ced y orden a Sa-T que fuese a proponer a la turba una copiosa
distribucin de oro, si ella consenta en regresar a sus casas y
respetar en nosotros a los huspedes enviados por Buda.

Sa-T subi a la escalera de la galera, todo tembloroso, y empez a
arengar a la multitud, braceando, lanzando las palabras con la violencia
de un can que ladra. Yo haba abierto la maleta y le iba entregando
sacos de monedas, que l arrojaba a puados sobre la multitud con ademn
de sembrador... Abajo, a cada lluvia de metales resonaba un tumulto
furioso; despus, un lento suspiro de gula satisfecha; y luego, el
silencio, la suspensin del que espera ms.

--Ms--murmuraba ansiosamente Sa-T, volvindose hacia m.

Yo, indignado, le daba nuevos cartuchos, pilas de monedas de medio real
envueltas en papel. Ya estaba vaca la maleta... La turba continuaba
rugiendo insaciable.

--Ms vuestra seora!--suplic Sa-T.

--No tengo ms, criatura! El resto est en Pekn!

--Oh, Buda santo! Perdidos! Perdidos!--exclam Sa-T, doblando las
rodillas.

El populacho, callado, esperaba an. De repente, una exhalacin salvaje
rasg el aire. Y yo sent aquella masa vida, arremeter sobre las
carretas que defendan la puerta, formadas en semicrculo. Al choque
todo el maderamen de la Hospedera de la Consolacin Terrestre, crugi
y oscil.

Corr a la baranda. Abajo bulla un tropel desesperado en torno de los
carros derribados. Los machetes relucan al caer sobre la tapa de los
cajones; el cuero de las maletas abrase rasgado por innumerables
puales, y bajo el cobertizo los dos cosacos batanse como hroes. A la
luz de la luna, vea alrededor del barracn agitar teas. Un alarido
ronco elevbase, haciendo a lo lejos aullar a los perros; y de todas las
viviendas desembocaba y corra el populacho, hombres ligeros armados de
chuzos y hoces curvas.

Sbitamente, o el tumulto de las turbas que asaltaban la galera,
buscndome sin duda, creyendo que yo guardara el mejor de los tesoros,
piedras preciosas, joyas. El terror me enloqueci. Corr a la gradera
de bamb que daba al patio. Romp la valla, y penetr en la cuadra. Mi
caballo, preso en las tinieblas relinchaba, tirando furiosamente del
cabestro. Salt sobre l, sujetndole por las crines.

En este momento, por el postigo de la cocina que haba saltado en
astillas, penetr una horda armada de linternas, lanzas, clamando
delirante. El caballo, espantado, salt la valla; una flecha silba a mi
lado; despus, una piedra me da en el hombro, otra en los riones, otra
hace blanco en el anca del animal, y otra ms gruesa, me rasga la oreja.
Agarrado desesperadamente a las crines, arqueado, con la sangre goteando
de la oreja, galop en una carrera furiosa, a lo largo de una calle
negra. De repente veo delante de m la muralla, un bastin, la puerta de
la ciudad cerrada.

Entonces, alucinado, sintiendo detrs de m rugir la turba, abandonado
de todo socorro humano, me acord de Dios. Cre en l, gritndole que me
salvase: y mi espritu iba tumultuosamente recordando, para ofrecerle
fragmentos de oraciones, de Salves, Credos, que yacan en el fondo de
mi memoria. Tras una esquina, a lo lejos, surgi una humareda de teas;
era la turba. Loco de espanto, apret los talones a los ijares del
animal y corr a lo largo de la muralla que se extenda como una vasta
cinta negra furiosamente desenrollada. De repente vi una brecha, un
boquete erizado de espinas y zarazas, y fuera la planicie que bajo la
luna tena la apariencia de una gran charca de agua dormida. Lancme
hacia all, sacudiendo con los talones los ijares del potro, y galop
mucho tiempo por el descampado.

De repente, el caballo y yo rodamos en un surco blando. Era una laguna;
mi boca se llen de agua ptrida, y mis pies se enredaron en las fofas
races de los nenfares. Cuando me levant vi al caballo corriendo muy
lejos, como una sombra, con los estribos al viento.

Entonces comenc a caminar por aquella soledad, enterrndome en el fango
y cortando a travs de matorrales encharcados. La sangre de la oreja
caa sobre mi hombro; la ropa enlodada se me pegaba a la piel, y a veces
en la sombra, me pareci ver brillar ojos de fieras.

Ms lejos, encontr un cercado de piedras sueltas donde yacan, bajo
unos arbustos, infinidad de cajas amarillas que los chinos abandonan
sobre la tierra y donde se pudren los cadveres. Me sent sobre una caja
postrado de fatiga; mas un olor abominable flotaba en el aire, y al
apoyarme sent la sensacin de un lquido viscoso que escurra por las
hendiduras de las tablas.

Quise huir. Mas las piernas, temblando, se negaron. Los rboles, las
rocas, las hierbas altas, todo el horizonte comenz a girar en torno mo
como un disco muy rpido. Resplandores sanguneos vibraban delante de
mis ojos, y me sent cado desde muy alto, divagando a la manera de una
pluma que desciende. Cuando recobr el conocimiento estaba sentado sobre
un banco de piedra, en el banco de un enorme edificio semejante a un
convento, que el ms grave silencio envolva. Dos padres lazaristas
lavaban cuidadosamente mi oreja. Un aire fresco circulaba; la garrucha
de un pozo chirriaba lentamente, y una campana tocaba a maitines.
Levant los ojos y v una fachada blanca con ventanillas enrejadas y una
cruz en lo alto, y entonces, al contemplar en aquella paz de claustro
catlico como un rincn de la patria recuperada, el abrigo y la
consolacin, de mis prpados cansados rodaron dos lgrimas mudas.




VII


Aquella maana, dos lazaristas que se dirigan a Tien-H, me haban
encontrado desmayado en el camino. Y como dijo el alegre padre Loriot,
era ya tiempo; porque alrededor de mi cuerpo inmvil revoloteaba un
negro semicrculo de esos enormes cuervos de Tartaria, contemplndome
con gula.

Me trajeron al convento en unas parihuelas, y fu grande el regocijo de
la comunidad cuando supo que yo era latino, cristiano y sbdito de los
Reyes Fidelsimos. El convento forma all el centro de un pequeo
pueblo catlico, apiado en torno de la maciza residencia como un
casero de siervos, al pie de un castillo feudal. Existe desde los
primeros misioneros que recorrieron toda la Mandchuria. Porque nos
hallbamos en los confines de la China. Ms all est la Mongolia, la
Tierra de las hierbas, inmenso prado verde obscuro, bordado de flores
silvestres. All se extenda la inmensa planicie de los nmadas. Desde
mi ventana vea negrear los crculos de las tiendas cubiertas de fieltro
o de pieles de carnero; y a veces asista a la partida de una tribu, que
en filas de largas caravanas llevaba sus rebaos hacia Oeste.

El superior de los lazaristas era el excelente padre Julio.

Su larga permanencia entre las razas amarillas lo haban tornado casi en
un chino. Cuando yo le encontraba en el claustro con su tnica roja, la
larga coleta y sus venerables barbas, agitando dulcemente un enorme
abanico, me pareca algn sabio letrado Mandarn comentando mentalmente,
en la paz de un templo, el Libro sacro de Ch. Era un santo; mas ola a
ajo, y este olor apartaba de l a las almas ms doloridas y necesitadas
de consuelo.

Conservo suave memoria de los das all pasados! mi cuarto, encalado de
blanco, con una cruz negra, tena un recogimiento de celda. Me
despertaba siempre al toque de maitines. Por respeto a los viejos
misioneros, oa misa en la capilla; y me enterneca all, tan lejos de
la patria catlica, ver a la clara luz de la maana la casulla del padre
con su cruz bordada, inclinarse delante del altar y sentir sisear en el
silencio fosco del santo recinto los Dominus vobiscum y los Et cum
espritu tuo.

Por la tarde iba a la escuela a admirar a los nios chinos, declinando
once horas seguidas. Y, despus del refectorio, paseando por el
claustro, escuchaba historias de lejanas misiones apostlicas, en el
Pas de las hierbas, las prisiones soportadas, las marchas, los
peligros, en fin, todas las crnicas hericas de la Fe.

Yo no cont en el convento mis aventuras fantsticas; dije que era un
tourista curioso que recorra, tomando apuntes, el mundo entero. Y
esperando que mi oreja cicatrizase me abandonaba en una dulce laxitud de
alma, a aquella paz del monasterio.

Mas estaba decidido a dejar bien pronto la China; ese Imperio brbaro
que ahora odiaba terriblemente. Cuando me pona a pensar que haba
venido de los confines de occidente, para traer a una provincia china la
abundancia de mis millones, y que, apenas llegu, fu saqueado y
apedreado, me agitaba un rencor sordo y pasaba horas enteras en mi
cuarto, meditando venganzas horribles.

Retirarme con mis millones era lo ms prctico y fcil.

Adems, mi idea de resucitar, para bien de la China, la personalidad de
Ti-Chin-F, me pareca ahora un absurdo, una insensatez de sueo.

Yo no comprenda las lenguas ni las costumbres, ni las leyes, ni los
sabios de aquella raza qu iba a hacer all, sino exponerme por el
aparato de mi riqueza, a los asaltos de un pueblo que hace cuarenta y
tantos siglos que es pirata en los mares y bandido en la tierra?

Ti-Chin-F y su cometa continuaban invisibles, remontados ciertamente al
Cielo Chino de los abuelos, y ya el aplazamiento del remordimiento
visible hacame olvidar el deseo de la expiacin.

Sin duda el viejo letrado estaba fatigado de dejar sus regiones
inefables para venir a reclinarse en mis muebles. Vera mis esfuerzos,
mi deseo de ser til a su prole, a su provincia y a su raza, y
satisfecho, se acomodara lo mejor posible para la eterna siesta. Ya,
nunca ms vera su panza amarilla!

Y entonces me morda el apetito de marchar, ya libre y tranquilo a gozar
la alegra de mi oro, al Loreto o los boulevares, sorbiendo la miel de
las flores de la civilizacin.

Mas la viuda de Ti-Chin-F, las mimosas seoras de su descendencia, los
nietos pequeitos... los dejara brbaramente morir de hambre y fro en
las negras viviendas de Tien-H? No. Esos no eran culpables de las
pedradas que me tir el populacho. Y yo, cristiano, aislado en un templo
catlico, teniendo a la cabecera de mi cama el Evangelio, cercado de
existencias que eran encarnaciones de la Caridad, no poda partir del
Imperio sin restituir a aquellos a quienes despojara, la abundancia y
las comodidades honestas que recomendaba el clsico de la Piedad
Filial.

Entonces escrib a Camilloff. Le contaba mi abyecta fuga, bajo las
piedras del populacho; el albergue cristiano que me dieron en la Misin,
y mi ferviente deseo de partir del Imperio Celeste. Le peda que
remitiese a la mujer de Ti-Chin-F los millones depositados por m en
casa del mercader Tsing-F, en la avenida de Cha-Cona, al lado del arco
triunfal de Tong, junto al templo de la diosa Kaonine.

El alegre padre Loriot, que iba en misin a Pekn, llev esta carta que
yo lacr con el sello del convento: una cruz saliendo de un corazn
inflamado.

Los das pasaban. Las primeras nieves albearon en las montaas
septentrionales de la Mandchuria, y yo me ocupaba en cazar gacelas en el
Pas de las Hierbas. Horas enrgicas y fuertemente vividas las de esas
maanas, cuando yo marchaba, con el aire agreste y sano entre monteros
monglicos, que, con un grito ondulado y vibrante, ojeaban los
matorrales con sus lanzas. A veces una gacela saltaba, y con las orejas
bajas, estiradas y finas, parta en el filo del viento. Soltbamos el
halcn que volaba sobre ella con las alas serenas, dndole a espacios
regulares, con toda la fuerza de su pico curvo, picotazos en el crneo.
Y la bamos a encontrar, por fin, a la orilla de algn charco infecto,
cubierto de nenfares. Entonces, los perros negros de Tartaria
arrojbansele sobre el vientre, y, con las patas entre sangre, y con los
afilados colmillos le iban descubriendo las entraas.

Una maana, el lego de la portera avist al alegre padre Loriot,
trepando por el camino ingente del Purgo, con su mochila al hombro y una
criatura en los brazos; la haba encontrado abandonada, desnudita,
murindose a la orilla desolada de un camino. La bautiz despus en un
arroyo con el nombre de Bienhallado, y all la traa, enternecido,
apretando el paso, para darle pronto buena leche de las cabras del
convento.

Despus de abrazar a los religiosos y enjugarse gruesas gotas de sudor,
sac de los bolsillos del pantaln un sobre con el sello del guila
rusa.

--Esto es lo que le manda el general Camilloff, amigo Teodoro. Est
bueno, y la seora tambin... Todos fuertes!

Corr a un rincn del claustro a leer los dos plieguecillos. La carta
deca as:

Amigo, husped y estimado Teodoro: A las primeras lneas de su carta
quedamos consternados. Mas luego las siguientes nos llenaron de alegra,
al saber que estaba con esos santos padres de la misin cristiana.

Yo fu al Yamen Imperial a hacer una severa reclamacin al prncipe
Tong, sobre el escndalo de Tien-H.

Su excelencia mostr un jbilo desordenado. Porque aunque lamenta como
particular la ofensa, el robo y las pedradas que mi husped sufri, como
ministro del Imperio, ve ah una dulce oportunidad para exigir a la
ciudad de Tien-H, en concepto de indemnizacin, y en castigo de la
injuria hecha a un extranjero, la importante suma de trescientos mil
francos. Es, como dice Mariskoff, un excelente resultado para el Erario
imperial y queda as vuestra oreja suficientemente vengada. Aqu,
comienzan a picar los primeros fros y ya estamos usando pieles. El
buen Mariskoff sufre ahora del higado, pero el dolor no altera su
criterio filosfico ni su sabia verbosidad.

Tuvimos un grave disgusto: el lindo perrito de la buena seora
Tagarief, la esposa de nuestro querido secretario, el adorable T-T
desapareci en la maana del quince. Hizo la polica averiguaciones
urgentes, mas T-T no ha parecido, y nuestro sentimiento es mayor
cuanto es sabido que el populacho de Pekn aprecia extraordinariamente
estos perritos, guisados en caldo de azcar. Ha ocurrido un hecho
abominable y de funestas consecuencias; la embajadora de Francia, esa
petulante madame Gujn, ese gallo enjuto (como la llama Mariskoff), en
la ltima comida de la legacin, di, despreciando todas las reglas
internacionales, el brazo, su descarnado brazo, y su derecha en la mesa,
a un sbdito ingls, Lord Gordon. Qu me dice usted de esto? Es
creble? Es razonable? Eso es destruir el orden social! El brazo y la
derecha en la mesa a un sbdito, a un escocs de color de piedra, un
mono, cuando estaban presentes todos los embajadores, los ministros y
yo!

Esto ha causado en el cuerpo diplomtico, una sensacin inenarrable.
Esperamos instrucciones de nuestros gobiernos. Como dice Mariskoff,
moviendo tristemente la cabeza, el asunto es grave--muy grave!--Lo que
prueba (y ninguno lo duda) es que lord Gordon es el Benjamn del Gallo
enjuto. Qu asco! qu podredumbre!... La generala no est buena,
desde que usted parti para esa maldita Tien-H; el doctor Pagloff no
atina con el mal; es una languidez, un marchitamiento, una perenne
indolencia que la tiene horas enteras inmvil sobre el sof, en el
Pabelln del Reposo discreto, con la mirada vaga y la boca llena de
suspiros.

Yo no me desespero; s perfectamente el mal que la mina, es una
afeccin a la vejiga que contrajo, a consecuencia de las malas aguas,
durante nuestra estancia en Madrid... Hgase la voluntad del Seor!
Ella me pide que le salude en su nombre, y desea que cuando llegue usted
a Pars, si va a Pars, le remita por el correo de la Embajada para San
Petersburgo (de all vendr a Pekn) dos docenas de guantes de doce
botones, nmero cinco y tres cuartos, de la marca Sol, de los
almacenes del Louvre; as como las ltimas novelas de Zola;
Mademoiselle de Maupn, de Gautier, y una caja de frascos de
Opoponex.

Me olvidaba decirle que nos hemos mudado de alojamiento; dejamos la
Embajada francesa para no tener relaciones con el Gallo enjuto, y
vivimos ahora en el Palacio de la Legacin de Inglaterra. Estos son los
inconvenientes de no tener la Embajada rusa palacio de su propiedad, a
pesar de tantas reclamaciones como sobre este asunto tengo hechas a la
cancillera de San Petersburgo.

All saben perfectamente que en Pekn no hay palacios; que cada
legacin tiene el suyo propio, como importante elemento de instalacin y
de influencia. Mas en la corte del Czar se desatienden los ms serios
intereses de la civilizacin rusa! Todo lo dicho es lo nico nuevo que
acontece en Pekn y en las legaciones. Recuerdos de Mariskoff, y todos
los de esta Embajada, y tambin del condesito Arturo, el Ziz de la
legacin espaola, en fin, de todos; y yo, muy afectuosamente, le envo
el testimonio de mi amistad.

                                        GENERAL CAMILLOFF.

P.S.--En cuanto a la viuda y familia de Ti-Chin-F hubo un engao; el
astrlogo del templo de Jagua se equivoc en su interpretacin sideral;
no es realmente en Tien-H donde reside esa familia. Es al Sur de la
China, en la provincia de Cantn. Mas tambin hay una familia Ti-Chin-F
ms all de la gran Muralla, casi en la frontera rusa, en el distrito de
Ka--li. Ambas perdieron el jefe y ambas estn en la miseria. Por lo
tanto, esperando sus nuevas rdenes, no retir el dinero de casa de
Tsing-F. Esta reciente informacin me la envi hoy su excelencia el
prncipe Tong, con un delicioso tarro de compota de exquisitos
almbares.

Debo anunciarle que nuestro buen Sa-T apareci hace das de regreso de
Tien-H, con el labio partido y leves contusiones en el hombro, habiendo
salvado solamente del saqueo una litografa de Nuestra Seora de los
Dolores, que por la dedicatoria manuscrita veo que perteneci a vuestra
respetable mam.

Mis valientes cosacos se quedaron all en un pozo de sangre. Su
excelencia el prncipe Tong me ha ofrecido pagar por cada uno diez mil
francos, tomados de la suma que, en concepto de indemnizacin ha
impuesto a la ciudad de Tien-H.

Sa-T me dice que si usted, como es natural, vuelve a empezar sus
viajes a travs de la China en busca de la familia Ti-Chin-F, l se
considera honrado y venturoso en acompaarle, con una fidelidad de perro
y una docilidad de cosaco.

                                        CAMILLOFF.

--No! Nunca!--rug con furor, estrujando la carta y monologando a
largos pasos por el claustro.--No, por Dios o por el demonio! Ir de
nuevo a recorrer los caminos de la China? Jams! Oh, suerte grotesca
y desastrosa! Dej mi regalada vida del Loreto, mi nido amoroso de
Pars, vengo volando como un tordo desde Marsella a Shang-Hai, sufro las
pulgas de las habitaciones chinas, el hedor de las casas, la polvoreda
de los caminos ridos para qu? Tena un plan que se levantaba hasta
los cielos, grandioso y ornamentado como un trofeo; en l brillaban de
alto abajo, toda suerte de acciones buenas, y he aqu, que de pronto lo
veo caer al suelo, pieza tras pieza, convertido en furia!

Quera dar mi nombre, mis millones, y la mitad de mi lecho de oro a una
seora de la familia de Ti-Chin-F, y no me lo permiten los prejuicios
sociales de una raza brbara. Pretendo, con el botn de cristal del
Mandarn, reconstituir los destinos de China, traerle nuevas
prosperidades, y me lo veda la ley imperial. Aspiro a conceder una
limosna sin fin a este populacho hambriento, y corro el peligro de ser
decapitado como instigador de rebeliones. Vengo a socorrer a un pueblo y
la turba amotinada me apedrea. Iba, en fin, a brindar el reposo, la
comodidad que alababa Confucio, a la familia Ti-Chin-F, y esa familia
evaprase como el humo, y otras familias surgen aqu y all vagamente,
al Sur y al Oeste, como claridades engaosas.

Y tena que ir a Cantn, a Ka--l, a exponer otra oreja a las piedras
brutales, huir an por caminos descampados, agarrado a las crines de un
potro? Jams!

Me par, y con los brazos en alto, hablando a las arcadas del claustro,
a los rboles, al aire silencioso y fro que me envolva:

--Ti-Chin-F--bram,--Ti-Chin-F, para aplacarte hice todo lo que era
racional, generoso y lgico! Ests, en fin, satisfecho, letrado
venerable, t, tu papagayo gentil, y tu panza artificial? Hblame!
Hblame!

Escuch, mir: la garrucha del pozo, en aquella hora del medioda,
chirriaba dulcemente en el patio; sobre las moreras, a lo lejos de las
arcadas, se secaban sobre papel de seda las hojas de t de la cosecha de
octubre; de las puertas medio cerradas del aula vena un susurro lento
de declinaciones latinas.

Reinaba una paz severa, producto de la simplicidad de las ocupaciones o
de la austeridad de los estudios y el aire pastoril de aquella colina,
donde dorma bajo un sol blanco de invierno, el pueblo religioso. Y en
aquel sereno ambiente, me pareci que descenda a mi alma, de repente,
una paz absoluta.

Encend con los dedos an trmulos un cigarro, y dije, limpindome una
gota de sudor que corra por mi frente, estas palabras, resumen de mi
destino:

--Bien, Ti-Chin-F est contento.

Fu luego a la celda del excelente padre Julio; lea su breviario cerca
de la ventana, saboreando confites de azcar, con el gato del convento
sobre el hombro.

--Reverendsimo padre, me vuelvo a Europa. Alguno de vuestros
compaeros va acaso en misin hacia Shang-Hai?

El venerable superior se cal los lentes, y hojeando un mplio registro
en letra china, murmur as:

--Quinto da de la dcima luna. S, el padre Anacleto va a Tien-Tsin, a
hacer una novena. Duodcima luna, el padre Snchez para Tien-Tsin
tambin, a explicar el catecismo a los hurfanos. S, tendr compaa
hasta Leste.

--Maana?

--Maana. Es dolorosa la separacin en estos confines del mundo, cuando
las almas se comprenden bien en Jess. El padre Gutirrez le arreglar
una buena fiambrera. Nosotros ya le ambamos como a un hermano, mi
querido Teodoro. Coma un confite, son deliciosos. Las cosas estn en
feliz reposo, cuando se hallan en su lugar natural; el lugar del corazn
humano es el corazn de Dios, y el suyo est en este asilo seguro. Coma
otro confite. Qu es eso, hijo mo, qu es eso?

Yo estaba colocando sobre el breviario abierto, en una pgina del
Evangelio de la pobreza, un fajo de billetes del Banco de Inglaterra,
y balbuce:

--Un recuerdo para sus pobres...

--Excelente, excelente... Nuestro buen padre Gutirrez le preparar una
fiambrera superior... Amn, hijo mo. In Deo omnia spes...

       *       *       *       *       *

Al da siguiente, montado en una mula blanca del convento y acompaado
del padre Anacleto y el padre Snchez, descend del convento al repique
de las campanas. Y all vamos, hacia Hiang-Hiano, villa negra y
amurallada, donde atracan los barcos que descienden de Tien-Tsin.

Ya las tierras a lo largo del Pei-H estaban todas blancas de nieve; en
las ensenadas bajas el agua empezaba ya a helarse, y envuelto en pieles
de carnero, alrededor de las hogueras, en la popa del barco, los buenos
padres y yo bamos conversando de los trabajos de los misioneros, de las
cosas de la China, y a veces de las cosas del cielo, mientras corra de
mano en mano el frasco de ginebra.

En Tien-Tsin, me separ de aquellos santos camaradas.

Y despus de dos semanas, en un da de sol, me paseaba fumando un
cigarro y mirando las luchas de perros en el puerto de Hong-Kong, sobre
la cubierta del Java; que iba a levar anclas con rumbo a Europa.

Fu un momento conmovedor para m, aquel en que a las primeras vueltas
de la hlice, vi alejarme de la tierra de China.

Desde que despert, durante aquella maana, una inquietud sorda
comenzaba de nuevo a invadir mi alma. Ahora pensaba en que haba ido a
aquel vasto imperio a calmar por la expiacin una protesta temerosa de
la conciencia, y por fin, impelido por una impaciencia nerviosa, parta,
sin haber hecho ms que deshonrar los bigotes blancos de un general
herico y haber recibido una pedrada en la oreja en una ciudad de los
confines de la Mongolia.

--Extrao destino el mo!

Hasta el anochecer estuve recostado sombramente en la borda del buque,
viendo el mar liso como una vasta pieza de seda azul, doblarse a los
lados en pliegues suaves; poco a poco grandes estrellas palpitaron en la
concavidad negra, y la hlice en la sombra iba trabajando rtmicamente.
Me pase errante por la cubierta, mirando aqu y all la brjula
iluminada, los montones de cabrestantes, las piezas de la mquina
envueltas en una claridad ardiente, golpeando con cadencia; la humareda
negra que se elevaba de las chimeneas ennegreciendo el firmamento; los
marineros de barba rubia inmviles en sus puestos, y las figuras de los
pilotos sobre el puntal, altas y sombras en la noche. En el camarote
del capitn, un ingls, con blanco casco a la cabeza, rodeado de damas
que beban cognac, tocaba melanclicamente en la flauta el aria de
Bonnie Dunde.

Eran las once cuando baj a mi cmara. Las luces ya estaban apagadas;
mas la luna, que se ergua al nivel del agua, redonda y blanca, hera
los cristales del camarote con un rayo de claridad, y entonces, medio
oculta y plida, v rgida sobre la hamaca la figura panzuda del
Mandarn, vestido de seda amarilla con su papagayo entre las manos.

Era l otra vez!

Y fu l perpetuamente. Fu l en Singapore y en Ceiln. Fu l en los
arsenales del desierto, cuando pasamos por el Canal de Suez;
adelantndose en la proa de un barco mercante, cuando entramos en Malta,
resbalando sobre las rosadas montaas de Sicilia y emergiendo de los
mares que cercan el Pen de Gibraltar. Cuando desembarqu en Lisboa, su
obesa figura llenaba todo el arco de la calle Angosta, y sus ojos
oblcuos y los dos ojos pintados de su cometa en figura de papagayo,
parecan fijos en m.




VIII


Entonces, teniendo la certeza de que nunca podra aplacar a Ti-Chin-F,
pas toda la noche en mi cuarto del Loreto, donde, como en otro tiempo,
las velas que ardan en los bruidos candelabros de plata daban a los
rojos damascos tonos de sangre fresca, medit despojarme, como de un
adorno de pecado, de aquellos millones sobrenaturales.

Y as me librara tal vez de aquella panza amarilla, y de aquella
cometa abominable!

Abandon el palacio del Loreto, y con l mi existencia de Nabab.

Regres a mi habitacin de la casa de la viuda de Marques, y volv a la
oficina a implorar mis veinticinco duros mensuales y mi dulce pluma de
amanuense.

Mas un sufrimiento mayor vino a amargar mis das. Juzgndome arruinado,
todos aqullos que mi opulencia humill, cubrironme de ofensas. Los
peridicos, con triunfal irona, publicaron mi miseria. La aristocracia,
que balbuceaba adulaciones, inclinada a mis pies de Nabab, ordenaba
ahora a sus cocheros que atropellasen en las calles el cuerpo encogido
del escribiente de secretara.

El clero, a quien yo haba enriquecido, me acusaba de hechicero, el
pueblo me apedreaba, y la viuda de Marques, cuando me quejaba de la
dureza grantica de los garbanzos, ponase en jarras y gritaba:

--Qu quiere usted ms? Aguantarse! Valiente perdulario!

Y a pesar de esta expiacin, el viejo Ti-Chin-F, estaba siempre a mi
lado porque sus millones que yacan ahora intactos en los Bancos, eran,
desgraciadamente, mos.

Entonces, indignado, volv a mi palacio y a mi vida de lujo. Aquella
noche, de nuevo el resplandor de mis ventanas alumbr el Loreto, y por
el portn abierto vironse, como en otro tiempo, negrear con sus
calzones de seda, las largas filas de lacayos decorativos.

Luego, Lisboa, sin excepcin, se arroj a mis pies. La viuda de Marques
me llam llorando: hijo de mi corazn.

Los peridicos me otorgaron los calificativos que, segn la tradicin,
pertenecen a los dioses. Fu el omnipotente, el omnisciente! La
aristocracia me bes los pies como a un tirano y el clero me incens
como a un viejo dolo. Y mi desprecio por la humanidad fu tan grande,
que se extendi hasta el mismo Dios que la cre.

Desde entonces, una saciedad enervante me mantuvo durante semanas
enteras tendido en un sof, mudo y terrible, pensando en la felicidad
del no ser...

Una noche, regresando solo por una calle desierta, vi delante de m al
personaje vestido de negro, con el paraguas debajo del brazo, el mismo
que en mi cuarto tranquilo y feliz de la travesa de la Concepcin, me
hiciera a un tiln-tn de campanilla, heredar tantos despreciables
millones. Corr hacia l; le agarr por la solapa des su levita
burguesa, gritndole:

--Lbrame de mis riquezas! Resucita al Mandarn! Devulveme la paz de
la miseria!

El, pas gravemente su paraguas debajo del otro brazo, y respondi con
bondad:

--No puede ser, mi apreciable seor, no puede ser!

Yo me arroj a sus pies hacindole una splica abyecta, mas slo v
delante de m, bajo la luz mortecina de un reverbero de gas, la forma
esculida de un perro hambriento hociqueando en el lodo.

Nunca he vuelto a encontrar a tal individuo. Y ahora, el mundo me parece
un inmenso montn de ruinas donde mi alma solitaria, como un desterrado
que vaga por entre columnas cadas, gime continuamente.

Las flores de mis aposentos se marchitan y nadie las renueva; la luz me
parece una antorcha fnebre, y cuando mis amadas vienen envueltas en la
blancura de sus peinadores a acostarse en mi lecho, lloro, como si viera
la legin amortajada de mis alegras muertas.

Me siento morir. Tengo ya hecho mi testamento. En l lego mis millones
al Diablo, le pertenecen; l que los reclame y los reparta.

Y a vosotros, hombres, os lego solamente estas palabras sin comentario:
Slo sabe bien el pan que diariamente ganan nuestras manos; nunca
matis al Mandarn!

Y, todava al morir, me consuela prodigiosamente esta idea: que de Norte
a Sur, de Oeste a Este, desde la Gran Muralla de Tartaria hasta las
ondas del mar Amarillo; en todo el vasto imperio de la China, ningn
mandarn quedara vivo, si t, tan fcilmente como yo, lo pudieras
suprimir y heredar sus millones, oh, lector! criatura improvisada por
Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante, y mi hermano.

FIN




Pginas Selectas de Ea de Queiroz

(_Del Epistolario de Fradique Mendes_)




A CLARA...

(_Trad._)


Mi adorada amiga:

No fu en la exposicin de Acuarelistas, en marzo, donde tuvo conmigo el
primer encuentro por decreto de los Hados. Fu en invierno, mi adorada
amiga, en el baile de los Tressans. Fu all donde la vi, conversando
con Md. Jouarre, junto a una consola, cuyas luces, entre los ramos de
orqudeas, orlaban sus cabellos de aquel nimbo ureo que tan justamente
le pertenece como reina de la gracia entre las mujeres. Recuerdo an
su sonreir cansado, el vestido negro con adornos de color de oro, el
abanico antiguo que tena sobre el regazo. Pas; pero luego todo me
pareci alrededor feo y enfadoso, y volv a admirar, a meditar en
silencio, su belleza, que me atraa por su esplendor potente y
comprensible y tambin por no s qu de fino y espiritual, de doliente
y de afable, que brillaba y vena del alma. Y tan intensamente me embeb
en mi contemplacin, que me llev conmigo su imagen hermosa y entera,
sin faltar un hilo de sus cabellos ni una ondulacin de la seda que
vesta su cuerpo y corr a encerrarme con ella, alborozado, como el
artista que en alguna obscura tienda, entre polvo y trastos, descubriese
la Obra sublime de un Maestro perfecto.

Y por qu no confesarlo? Esa imagen fue para m al principio, meramente
un Cuadro colgado en el fondo de mi alma, que yo a cada momento miraba
para alabar, con creciente sorpresa, los encantos diversos de Lnea y de
Color. Era solamente una tela rara, puesta en un sagrario, inmvil y
muda en su brillo, sin otro influjo sobre m que el de una forma muy
bella que cautiva un gusto muy educado. Mi sr continuaba libre, atento
a las curiosidades que hasta entonces lo solicitaban; y slo cuando
senta el cansancio de las cosas imperfectas o el deseo nuevo de una
ocupacin ms pura, regresaba a la Imagen que en m guardaba como un Fra
Anglico en su claustro, dejando los pinceles al concluir el da, de
hinojos ante la Madona para implorar de ella descanso e inspiracin
superior.

Poco a poco, sin embargo, todo lo que no fuese esta contemplacin perdi
para m valor y encanto. Comenc a vivir cada da ms recludo en el
fondo de mi alma, perdido en la admiracin de la imagen que en ella
brillaba, hasta que slo esta ocupacin me pareci digna de la vida, y
en el mundo todo no reconoc ms que una apariencia inconstante y fu
como un monje en su celda, ajeno a las cosas ms reales, de rodillas y
rgido en su sueo, que es para l la nica realidad.

Mas no era el mo, mi adorada amiga, un plido y pasivo xtasis delante
de su Imagen. No! Era ms bien un ansioso y fuerte estudio de ella, con
el que yo procuraba conocer, a travs de la Forma, la Esencia y (pues
que la Belleza es el esplendor de la Verdad) deducir de las
perfecciones de su cuerpo las superioridades de su alma. Y as fu cmo
lentamente sorprend el secreto de su naturaleza; su clara frente que el
cabello descubre, tan clara y despejada, luego me cont la rectitud de
su pensar; su sonrisa, de una nobleza tan intelectual, fcilmente me
revel su desdn hacia lo mundano y lo efmero y su incansable
aspiracin hacia un vivir de verdad y de belleza; cada gracia de sus
movimientos me tradujo una delicadeza de su gusto; y en sus ojos
diferenci lo que en ellos tan adorablemente se confunde, luz de razn,
calor de corazn, la luz que mejor calienta la lumbre que ms
ilumina... La certeza de tantas perfecciones bastaba ya para hacer
doblar, en una adoracin perpetua, las rodillas ms rebeldes. Pero
sucedi tambin que al paso que la comprenda y que su Esencia se
manifestaba tan visible y casi tangible, descenda una influencia de
ella hacia m, una influencia extraa, diferente de todas las
influencias humanas, y que me dominaba con trascendente omnipotencia.
Cmo lo podr decir? Monje encerrado en mi celda, comenc la
convivencia con la Santa a quien me consagrara. Hice entonces un severo
examen de conciencia. Investigu con inquietud si mi pensar era condigno
de la pureza de su pensar; si en mi gusto no habra desconciertos que
pudieran herir la disciplina de su gusto; si mi idea de la vida era tan
alta y seria como aquella que yo presintiera en la espiritualidad de su
mirar, de su sonreir, y si mi corazn no se dispersara y debilitara con
exceso para poder palpitar con paralelo vigor junto a su corazn. Y he
realizado ahora un jadeante esfuerzo para subir a una perfeccin
idntica a aquella que tan sumisamente adoro.

De suerte, mi querida amiga, que se torn sin saberlo mi educadora. Y
tan subordinado qued a esa direccin, que no puedo concebir los
movimientos de mi sr sino gobernados por ella y por ella ennoblecidos.
S perfectamente que todo lo que en m surge de algn valor, idea o
sentimiento, es obra de esa educacin que su alma da a la ma desde
lejos, slo con existir y ser comprendida. Si hoy me abandonase su
influencia--ms bien, como un asceta, deba decir su Gracia--todo mi sr
rodara sin remisin a una inferioridad. Vea, pus, cmo se convirti
usted en necesaria y preciosa para m. Y considere que para ejercer esa
supremaca salvadora, sus manos no hubieron de imponerse sobre las mas;
bast con que yo la viera desde lejos, brillando en una fiesta. As un
arbusto florece en el borde de un foso porque all arriba, en los
remotos cielos, fulgura un gran sol que no le conoce y que le hace
crecer, abrirse y exhalar su poco de aroma... Por eso mi amor alcanza
ese sentimiento no descrito y sin nombre que la Planta, si tuviese
conciencia, sentira por la Luz.

Y considere tambin que considerando de usted como de la luz, nada le
ruego, ningn bien imploro de quien tanto puede y es para m duea de
tanto bien. Slo deseo que me deje vivir bajo esa influencia que,
emanando del simple brillo de sus perfecciones, tan fcil y dulcemente
realiza mi perfeccionamiento. Slo pido ese caritativo permiso. Vea,
pues, cun distante me mantengo en la abatida humildad de una adoracin,
que hasta recela que su murmurar, murmurar de preces, roce el vestido de
la imagen divina...

Mas si, por acaso, mi querida amiga, segura de mi renuncia, la toda
recompensa terrestre, me permitiese desarrollar junto a usted, en un da
de soledad, las agitadas confidencias de mi pecho, seguramente que
realizara un acto de inefable misericordia, como en otro tiempo la
Virgen Mara, cuando animaba a sus adoradores, eremitas y santos,
descendiendo en una nube y otorgndoles una sonrisa fugitiva, o dejando
caer entre sus manos levantadas una rosa del Paraso. As, maana voy a
pasar la tarde con Mad. Jouarre. No encuentro all la santidad de una
celda o de una ermita; pero s casi su aislamiento; y si mi querida
amiga surgiese en pleno esplendor y yo recibiese de ella, no dir una
rosa, sino una sonrisa, quedara entonces seguro de que este amor mo o
este mi sentimiento indescriptible y sin nombre que va ms all del
amor, encuentra en sus ojos piedad y permiso para esperar.

                                        FRADIQUE.




A MADAME DE JOUARRE

(_Trad_)


                                        Lisboa, junio.

Mi excelente madrina:

H aqu lo que ha visto y hecho desde mayo en la hermossima Lisboa.
Ulyssipo pulcherrima, su admirable ahijado. Descubr un compatriota
mo de las Islas, mi pariente, que vive desde hace tres aos
construyendo un sistema de Filosofa en el piso tercero de una casa de
huspedes de la travesa de la Palha. Espritu libre, emprendedor y
diestro, paladn de las Ideas Generales, mi pariente, que se llama
Procopio, considerando que la mujer no vale los tormentos que ocasiona,
y que los ochocientos mil reis de un olivar le bastan y le sobran a un
espiritualista, consagr su vida a la Lgica y slo se interesa por la
Verdad. Es un filsofo alegre, conversa sin gritar, tiene un aguardiente
de moscatel excelente, y yo trepo con gusto dos o tres veces por semana
a su oficina de Metafsica para saber si, conducido por la dulce alma de
Maine de Biran, que es su cicerone en los viajes al Infinito, entrevi
al fin oculta tras los ltimos velos la Causa de las Causas. En estas
piadosas visitas, voy poco a poco conociendo algunos de los huspedes,
que en ese tercer piso de la travesa de la Palha gozan de una buena
vida de ciudad a doce tostones por da, fuera del vino y de la ropa
limpia. Casi todas las profesiones en que se ocupa la clase media en
Portugal estn aqu representadas con fidelidad, y as puedo yo estudiar
sin esfuerzo, como en un ndice, las ideas y los sentimientos que en
nuestro ao de gracia forman el fondo moral de la nacin.

Esta casa de huspedes tiene encantos. La habitacin de mi primo
Procopio tiene una estera nueva, una cama de hierro filosfica y
virginal, vistosos visillos en las ventanas, flores y pjaros por las
paredes, y all se mantiene un riguroso aseo por una de esas criadas
como slo las produce Portugal, guapa moza de Traz-os-Montes, que
arrastrando sus chanclas con la indolencia grave de una ninfa latina,
barre, friega y arregla toda la casa; sirve nueve almuerzos, nueve
comidas y nueve cenas; pega los botones a los pantalones y a los
calzoncillos, que los portugueses estn continuamente perdiendo,
almidona las enaguas de la seora, reza el rosario de su aldea, y an le
queda tiempo para amar desesperadamente a un barbero vecino, que est
resuelto a casarse con ella en cuanto le empleen en la Aduana. (Y todo
esto por tres mil reis de salario). El almuerzo son dos platos sanos y
abundantes, huevos y bifftec. El vino lo enva el cosechero, un
vinillo ligero y temprano, hecho segn los venerables preceptos de las
gergicas, y semejante, de seguro, al vino de la Rethia, quo te
carmine dicam, Rethica? Las tostadas, hechas en lumbre fuerte, son
incomparables. Los cuatro cuadros que adornan la sala, un retrato de
Fontez (estadista ya muerto y tenido en gran veneracin por los
portugueses) una estampa de Po IX sonriendo y bendiciendo, una vista
del valle de Collares y dos doncellas besuqueando a una trtola,
inspiran las saludables ideas, tan necesarias, de Orden Social, de Fe,
de Paz campestre y de inocencia.

La patrona, doa Paulina Soriana, es una seora de cuarenta otoos,
frescota y rolliza, con un pescuezo muy gordo, y toda ella ms blanca
que la blanca chambra que usa, adems de una falda de seda color
violeta. Parece una excelente seora, paciente y maternal, de buen
juicio y de buena economa. Sin ser rigurosamente viuda, tiene un hijo,
gordo tambin, que se roe las uas y estudia en el Instituto. Se llama
Joaqun, y por ternura Quinito; sufri en esta primavera no s qu grave
enfermedad que le obliga a tomar interminables horchatas y baos de
asiento, y est destinado por doa Paulina a la burocracia, que
considera, con mucha justicia, la carrera ms segura y ms fcil.

--Lo esencial para un muchacho, afirmaba hace das la apreciable seora,
despus del almuerzo y cruzando la pierna--es tener padrinos y lograr un
empleo; ya colocado, el trabajo es poco y la paga no falta a fin de mes.

Doa Paulina est tranquila acerca de la carrera de Quinito. Por el
influjo (que es todopoderoso en estos Reinos) de un amigo seguro, el
seor consejero Vaz Netto, hay ya en el ministerio de Obras pblicas o
en el de Justicia una silla de amanuense guardada, sealada, en espera
de Quinito. Y como Quinito fuese reprobado en los ltimos exmenes, el
seor consejero Vaz Netto resolvi que en vista de que se mostraba tan
desaplicado y con tan poco amor a las letras, lo mejor era no insistir
en los estudios del Instituto y entrar inmediatamente en el destino...

--Sin embargo--aadi la buena seora cuando me honr con estas
confidencias,--me agradara que Quinito terminase los estudios. No es
por necesidad, ni por causa del empleo, como vuestra excelencia ve; sino
por gusto.

Quinito tiene, pues, su prosperidad satisfactoriamente asegurada. Por lo
dems, supongo que doa Paulina le rene un prudente peculio. En la
casa, bien acreditada, hay ahora siete huspedes, todos de confianza,
estables, gastando como extraordinarios de cuarenta y cinco a cincuenta
mil reis al mes. El ms antiguo, el ms respetado (y aquel que
precisamente conozco) es Pinho, Pinho el brasileo, el comendador Pinho.
El es quien todas las maanas anuncia la hora del almuerzo (el reloj del
comedor est descompuesto desde Navidad) saliendo de su cuarto
puntualmente a las diez, con su botella de agua de Vidago, yendo a
ocupar su silla, en la mesa, ya puesta, pero desierta, una silla
especial de mimbres con un almohadn de viento. Nadie sabe de este Pinho
ni la edad, ni la tierra o familia en que naci, ni su ocupacin en el
Brasil, ni el origen de su encomienda. Lleg una tarde de invierno en un
paquebot de la Mala Real, pas cinco das en el Lazareto, desembarc
con dos bales, la silla de mimbres y cincuenta latas de dulce; tom su
cuarto en esta casa de huspedes, con ventana a la travesa, y aqu
engorda risuea y plcidamente con el seis por ciento de sus
inscripciones. Es un sujeto rechoncho, bajo, con barba gris, piel
morena, con tonos de caf y de ladrillo, siempre vestido de pao fino
negro, con lentes de oro pendientes de una cinta de seda, que l, en la
calle y en cada esquina, desenreda del cordn de oro del reloj para leer
con inters y lentitud los carteles de los teatros. Su vida ofrece una
de esas prudentes regularidades que tan admirablemente concurren a crear
el orden en los Estados. Despus del almuerzo, se calza sus botas de
caa, alisa su sombrero de copa y se va muy despacio hasta la calle de
los Capellistas, al escritorio en planta baja del corredor Godinho,
donde pasa dos horas sentado junto a la ventana, con las velludas manos
apoyadas en el puo del quitasol. Despus se coloca el quitasol debajo
del brazo, y por la calle del Oouro, con saboreada pachorra,
detenindose a contemplar a la seora de sedas ms rizadas o la
victoria de arreos ms lustrosos, alarga sus pasos hasta la tabaquera
de Sousa, en el Roco, donde bebe una copa de agua de Canecas, y
descansa hasta que la tarde refresca. Sigue entonces por la Avenida,
gozando el aire puro y el lujo de la ciudad, sentado en un banco, o da
la vuelta al Roco, bajo los rboles, con la cara alta y dilatada de
bienestar. A las seis se recoge, se quita el sobretodo, se calza sus
chinelas de tafilete, se pone una agradable cazadora de algodn, y come,
repitiendo siempre de la sopa. Despus del caf da un higinico
paseo por la Baixa, haciendo paradas pensativas, pero risueas, en los
escaparates de las confiteras, y ciertos das sube al Chiado, dobla la
esquina de la calle Nova da Trinidade y regatea con placidez y firmeza
una entrada para el Gimnasio. Todos los viernes entra en su Banco, que
es el London Brasilian. Los domingos, al anochecer, con recato, visita
a una moza gorda y limpia que vive en la calle de la Magdalena. Cada
semestre recibe los intereses de sus inscripciones.

As, toda su existencia es un pausado reposo. Nada le inquieta, nada le
apasiona. Para el comendador Pinho, el Universo consta de dos nicas
entidades: l mismo, Pinho, y el Estado que le da el seis por ciento;
por tanto, el Universo es perfecto y la vida perfecta, mientras Pinho,
gracias a las aguas de Vidago, conserve apetito y salud, y el Estado
siga pagando fielmente el cupn. Por lo dems, le basta con poco para
contentar la porcin de Alma y Cuerpo de que aparentemente se compone.
La necesidad que todo sr vivo (an las ostras, segn afirman los
naturalistas) tiene de comunicar con sus semejantes por medio de gestos
o de sonidos, es en Pinho poco exigente. Hacia mediados de abril, sonre
y dice desdoblando la servilleta: tenemos el verano encima; todos
concuerdan con l y Pinho goza. A mediados de octubre se pasa los dedos
por la barba y murmura: tenemos encima el invierno; si otro husped
disiente, Pinho enmudece porque teme las controversias. Y este honesto
cambio de ideas le basta. En la mesa, con tal que le sirvan una sopa
suculenta en un plato hondo que pueda llenar dos veces, queda satisfecho
y dispuesto a dar gracias a Dios. El Diario de Pernambuco, el Diario
de Noticias, alguna comedia del Gimnasio o alguna de magia satisfacen
de sobra aquellas cualidades de inteligencia y de imaginacin que
Humboldt encontr an entre los botecudos. En las funciones del
sentimiento, Pinho slo pretende (como revel un da a mi primo) no
coger una enfermedad. Con la cosa pblica est siempre contento,
gobierne ste o gobierne aqul, con tal que la polica mantenga el orden
y no se produzcan perturbaciones en los principios y en las calles,
nocivas al pago del cupn. En cuanto al destino ulterior de su alma,
Pinho (como me asegur a m mismo) slo desea, despus de muerto, que no
le entierren vivo. Aun acerca de punto tan importante, como es para un
comendador su mausoleo, Pinho se contenta con poco: apenas una lpida
lisa y decente con su nombre y un sencillo Rogad por l.

Erraramos, sin embargo, querida madrina, suponiendo que Pinho es ajeno
a todo cuanto sea humano. No! Estoy cierto de que Pinho respeta y ama a
la humanidad; slo que para l la humanidad en el transcurso de su vida
se restringi mucho. Hombres, hombres serios, verdaderamente merecedores
de ese nombre, dignos de reverencia y afecto, y de que por ellos se
arriesgue un paso que no canse mucho, para Pinho slo lo son los
prestamistas del Estado. As, mi primo Procopio, con una malicia harto
inesperada en un espiritualista, contle hace tiempo en secreto,
guiando los ojos que yo posea muchos papeles! muchas plizas!
muchas inscripciones!... Pues en la primera maana que volv a la casa
de huspedes despus de esta revelacin, Pinho, ligeramente colorado,
casi conmovido, me ofreci una cajita de dulce envuelta en una
servilleta, acto conmovedor que explica aquella alma! Pinho no es un
egosta, un Digenes de levita negra, secamente retrado dentro del
tonel de su inutilidad. No. Hay en l toda la humana voluntad de amar a
sus semejantes y de servirlos. Pero, quines son para Pinho sus
genunos semejantes? Los prestamistas del Estado. Y en qu consiste
para Pinho el acto de beneficio? En ceder a los otros aquello que a l
le es til. Para Pinho no hay otro bien como el uso de la guayaba, y en
cuanto supo que yo era un poseedor de inscripciones, un semejante suyo,
capitalista como l, no dud, no se retrajo ms de su deber humano, y
practic en seguida el acto de beneficio, y hlo aqu ruborizado y
feliz, trayendo su dulce dentro de una servilleta.

Es el comendador Pinho un ciudadano intil? No, ciertamente! Hasta
para mantener con estabilidad y solidez el orden de una nacin, no hay
ms provechoso ciudadano que este Pinho, con su placidez de hbitos, su
fcil asentimiento a todos los hechos de la vida pblica, su cuenta de
todos los viernes en el Banco, sus placeres escondidos con higinico
recato, su pausa y su inercia. De un Pinho nunca puede salir idea o
acto, afirmacin o negacin que desarreglen la paz del Estado. As,
gordo, pacfico, colocado en el organismo social, no concurriendo a su
movimiento, pero tampoco contrarindolo, Pinho ofrece todos los
caracteres de una excrecencia sebcea. Socialmente, Pinho es un
lobanillo. Y nada ms inofensivo; que un lobanillo; y en nuestros
tiempos, en que el Estado est lleno de elementos morbosos y de
parsitos que lo chupan, lo inficionan y lo sobrexcitan, esta
inofensibilidad de Pinho hasta puede (en relacin a los intereses del
orden) ser considerada como una cualidad meritoria. Por esto el Estado,
segn se dice, le va a conceder el ttulo de barn. Y barn es un ttulo
que honra a ambos, al Estado y a Pinho, porque con l se rinde
simultneamente un homenaje gracioso y discreto a la Familia y a la
Religin.

El padre de Pinho se llamaba Francisco, Francisco Jos Pinho. Y nuestro
amigo va a ser hecho barn de San Francisco.

Adis, querida madrina! Vamos con el dcimo octavo da de lluvia!
Desde el comienzo de junio y de las rosas, en este pas del sol sobre
azul, en la tierra triguea del olivo y del laurel, queridos de Febo,
est lloviendo, lloviendo a hilos de agua cerrados, continuos,
imperturbables, sin un soplo de viento que los tuerza, ni un rayo de luz
que los abrillante, formando de las nubes a las calles una movible trama
de humedad y de tristeza, en que el alma se agita y se rinde como una
mariposa presa en las telas de la araa. Estamos en pleno versculo
XVII, captulo VII del Gnesis.

En el caso de que estas aguas del cielo no cesaran, yo deduzco que las
intenciones de Jehov para con este pas son diluvianas, y no juzgndome
menos digno de la Gracia y de la Alianza divina que lo fu No, voy a
comprar madera y brea y a hacer un arca segn los nuevos modelos
hebraicos y asirios. Y si por acaso de aqu a algn tiempo una paloma
blanca fuese a batir sus alas delante de su vidriera, es que yo aport
al Havre en mi arca, llevando conmigo, entre otros animales, a Pinho y a
doa Paulina, para que, ms tarde, cuando hayan bajado las aguas,
Portugal se repueble con provecho, y el Estado tenga siempre Pinhos a
quienes pedir dinero prestado, y Quinitos gordos con quienes gastar el
dinero que pidi a Pinho. Suyo ahijado del corazn,

                                        FRADIQUE.






End of the Project Gutenberg EBook of El Mandarn, by Ea Queiroz

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MANDARN ***

***** This file should be named 18228-8.txt or 18228-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/1/8/2/2/18228/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

*** END: FULL LICENSE ***

