The Project Gutenberg eBook, Un faccioso ms y algunos frailes menos, by
Benito Prez Galds


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Title: Un faccioso ms y algunos frailes menos


Author: Benito Prez Galds



Release Date: January 2, 2006  [eBook #17443]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK UN FACCIOSO MS Y ALGUNOS FRAILES
MENOS***


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UN FACCIOSO MS Y ALGUNOS FRAILES MENOS

Episodios nacionales. Segunda serie; 20

Por

BENITO PREZ GALDS

Madrid

1884







-I-


El 16 de Octubre de aquel ao (y los lectores del libro precedente saben
muy bien qu ao era) fue un da que la historia no puede clasificar
entre los desgraciados ni tampoco entre los felices, por haber ocurrido
en l, juntamente con sucesos prsperos de esos que traen regocijo y
bienestar a las naciones, otros muy lamentables que de seguro habran
afligido a todo el gnero humano si este hubiera tenido noticia de
ellos.

No sabemos, pues, si batir palmas y cantar victoria o llorar a lgrima
viva, porque si bien es cierto que en aquel da termin para siempre el
aborrecido poder de Calomarde, tambin lo es que nuestro buen amigo D.
Benigno padeci un accidente que puso en gran peligro su preciosa
existencia. Cmo sucedi esto es cosa que no se sabe a punto fijo. Unos
dicen que fue al subir al coche para marchar a Riofro en expedicin de
recreo; otros que la causa del percance fue un resbaln dado con muy
mala fortuna en da lluvioso, y Pipan, que es buen testimonio para todo
lo que se refiere a la residencia del hroe de Boteros en la Granja,
asegura que cuando este supo la cada de Calomarde y la elevacin de D.
Jos Cafranga a la poltrona de Gracia y Justicia, dio tan fuerte brinco
y manifest su alegra en formas tan parecidas a las del arte de los
volatineros, que perdiendo el equilibrio y cayendo con pesadez y
estrpito se rompi una pierna. Pero no, no admitamos esta versin que
empequeece a nuestro hroe hacindole casquivano y pueril. El vuelco de
un detestable coche que iba a Segovia cuando haba personas que
consentan en descalabrarse por ver un acueducto romano, una catedral
gtica y un alczar arabesco, fue lo que puso a nuestro amigo en estado
de perecer. Y gracias que no hubo ms percance que la pierna rota, el
cual fue en tan buenas condiciones y por tan buena parte, al decir de
los mdicos, que el paciente deba estar muy satisfecho y alabar la
misericordia de Dios.

--Como todo es relativo en el mundo--deca Cordero en su lecho, cuando se
convenci de que su curacin sera pronta y segura--, romperse una pierna
sola es mejor que romperse las dos, y as, Sr. de Monsalud, yo estoy
contentsimo, mayormente viendo que el pesado negocio que me trajo a la
Granja est ya resuelto, y que gracias a mi amigo el gran D. Jos de
Cafranga (que mil aos viva) no tendr ms cuestiones con el hipogrifo,
de D. Pedro Abarca (a quien vea yo sin hueso sano). Dgame usted, amigo,
ha observado usted que en este mundo pcaro, cien veces pcaro, no hay
alegra que no venga contrapesada con un dolor, ni dulzura que no traiga
su acbar? Pues bien: todo no ha de ser malo. El contento que yo he
tenido no vale una pierna? Qu significa un hueso roto de fcil
soldadura, en comparacin de las ms puras satisfacciones del alma?
Vengan averas de este jaez y cigame yo, aunque sea de lo alto del
acueducto, con tal que en proporcin de los chichones y de las fracturas
sean los gustos del espritu y los regocijos del corazn.

De esta manera un poco artificiosa y sutil se consolaba, y as, mientras
dur su enfermedad, apenas perdi el buen humor ni la paz y dulzura de
su condicin sin igual. Deparole el cielo excelente compaa en Salvador
Monsalud, que, a pesar de haber despachado tambin satisfactoriamente
sus asuntos, no quiso salir de la Granja dejando solo y postrado en la
cama a su honrado amigo. La corte se march, los cortesanos siguieron a
la corte, el Real Sitio se qued desierto, calladas las fuentes,
desiertas las alamedas. Empezaron a despojarse de su follaje los
rboles; enfriose el aire al comps del solemne y tristsimo crecimiento
de las noches; soplaron cfiros asesinos, precursores de aguaceros y
tormentas; los remolinos de hojas secas corran por el suelo hmedo
murmurando tristezas, y sobre todo derramaron llanto sin fin las nubes
pardas, en tal manera que no pareca sino que en la superficie de la
tierra haba algo que deba ser para siempre borrado.

Solos en su alojamiento, mal acompaados de una mediana lumbre, D.
Benigno y su amigo pasaban los das. El enfermo, aunque postrado y sin
movimiento, estaba casi siempre menos triste que el sano. Este,
centinela en un silln frente al hogar, reanimaba el fuego cuando se iba
extinguiendo, y D. Benigno haca revivir la conversacin moribunda
cuando Salvador la dejaba apagar con sus monoslabos o con su silencio.

El tema ms amado y ms favorecido de Cordero era su familia, y no
pasaba una hora sin que dijese: qu har en este momento el tunante de
Juanillo Jacobo! o bien: habr comprendido Sola, a pesar de mis
precauciones, que me ha pasado desgracia?. Debe advertirse que nuestro
buen seor haba puesto singular empeo en que sus queridos hijos, su
hermana y su amiga no se enterasen del triste motivo que en San
Ildefonso le detena, y por esto sus cartas todas parecan novelas,
segn las invenciones y mentiras de que iban llenas. Unas decan:
Esperadme ocho das ms, porque si bien nuestro asunto est terminado,
no quiero marcharme sin hacer una pequea contrata de pinos, pues desde
aqu oigo los gritos de la casa de los Cigarrales pidindome que la
ensanche. Ms adelante escriba: Con estos malditos temporales no hay
carricoche que se atreva con las Siete Revueltas, y una semana despus
se disculpaba as: Un excelente amigo, que vive en la misma posada, ha
cado en cama con tan fuerte pulmona que no me es posible abandonarle
en este solitario pueblo. Esperadme unos pocos das y rogad a Dios por
el enfermo.

As les engaaba, dando tiempo al tiempo, hasta que llegara el de la
soldadura del hueso, la cual vena con la tardanza que es natural,
impacientando tanto al buen hombre que a ratos no poda contener su
impaciencia y daba puadas sobre la cama diciendo: Esto no se puede
aguantar. Soldada o sin soldar, seora pierna, usted tendr que ponerse
en polvorosa para Madrid la semana que viene.

Salvador no se apartaba de su amigo ni de noche ni de da. Unas veces
hablaban de poltica, empezando D. Benigno de este modo: Cree usted
que ese pobre Sr. Zea tendr buena mano para el timn de la nave del
Estado?.

La enojosa permanencia y quietud en el lecho le ocasionaba insomnios
frecuentes, cuando no letargos breves y febriles, acompaados de
pesadillas o alucinaciones. A veces despertaba de sbito baado en
sudor, y exclamaba pasndose la mano por los ojos:--Jess me valga y la
Santa Virgen del Sagrario, qu sueo he tenido! Me pareca estar viendo
a Juanillo Jacobo rodando por un precipicio negro, mientras la pobre
Sola, atada por los cabellos a la cola de un brioso caballo.... No lo
quiero contar porque me parece que lo veo otra vez.... Cundo volver a
vuestro lado, queridos de mi corazn, para que con el placer de veros se
acabe el suplicio de soaros!

Una noche observ Salvador que daba el enfermo un gran suspiro, y
despertando acongojadsimo pareca reconocer la realidad de las cosas,
medio seguro de espantar las embusteras percepciones del sueo.

--Es todo mentira, Sr. D. Benigno--le dijo Monsalud riendo--. nimo.

--Ay, Dios mo! qu sueo!--exclam el de Boteros--. Todava me duran la
angustia y el mortal fro que sent. Figrese usted, seor mo, que me
acercaba a mi casa de los Cigarrales, y la visin era tan perfecta que
todo estaba delante de m claro, vivo, verdadero. Una soledad tristsima
envolva mi finca. Ni mis hijos, ni mis criados aparecan por ninguna
parte.... Me acerco ms, miro a las ventanas y las ventanas me miran con
ceo. De pronto veo que aparece Sola por la puerta de la huerta; doy un
paso hacia ella, me mira con semblante fro, serio como el de una
estatua, mueve su cabeza como diciendo no, no. Luego, seor D. Salvador,
me dice adis con la mano derecha, y se aleja, huye, desaparece, se
disipa como una sombra entre los almendros.... Me quedo yerto, miro a mi
casa y mi casa... cralo usted... se echa a rer... yo no s cmo era
esto; pero lo cierto es que ella se rea, se rea....

--Y ahora nos remos nosotros.

--Bendito sea Dios! qu ser esto del soar? Anunciarn los sueos
realidades? Estas horribles mentiras traern consigo algo que con la
misma verdad se relacione? Ello es que la pobre Sola no se aparta de
esta cabeza a ninguna hora de la noche ni del da.... Que ser feliz
rasndome con ella es indudable; que ella lo ser tambin no hay para
qu decirlo.... Pienso muchas veces si el Seor habr decidido que yo me
muera antes de que pueda realizar mi deseo, al cual va unido el mayor
beneficio que se puede hacer a una hurfana pobre y sin amparo. Qu
sera entonces de esa infeliz?...

--La pobrecita tendra una gran pena--dijo Salvador.

--Se morira de pena?--pregunt Cordero con ingenuidad pueril.

--Tanto como morirse....

--No se morira, no.... pero qu desamparada, qu sola se quedara en el
mundo! Quin comprendera su mrito? quin le tendera una mano?

--No podra reemplazar sin duda dignamente el bien que perda--dijo
Monsalud, sentndose junto al perniquebrado Cordero--; pero parte del
bien que merece lo hallara tal vez... casndose conmigo.

Los dos se miraron asombrados y con ligero ceo.

--Con usted!--exclam el de Boteros volviendo de su sorpresa...--Ha
pensado usted en eso alguna vez?

--Muchas.

--Si yo no existiese!... Y ella consentira?...

--No lo aseguro. Pero pasado algn tiempo es fcil que consintiese. Slo
Dios es eterno.

--Y usted desea....

Lanzado de improviso a un mar de confusiones, D. Benigno no pudo decir
ms. Su amigo, quizs arrepentido de haber hecho una declaracin
imprudente, trat de tranquilizarle hablndole de lo bien que diriga
Cristina la dichosa nave del Estado. Entonces la alegora del
barquichuelo estaba en todo su auge, y no se mentaban las dificultades
del Gobierno sin sacar a relucir la consabida embarcacin, el mar
borrascoso de la poltica, y principalmente el timn ministerial, que
algunos llamaban gubernalle. Despus dijo que el decreto abriendo las
universidades era un golpe maestro; la amnista, aunque muy restringida,
un levantado pensamiento digno de los ms grandes polticos, y la
destitucin de Egua y Gonzlez Moreno una obra maestra de previsin;
pero aadi que muchas y muy peregrinas dotes de ingenio y energa haba
de desplegar la Reina para someter a la plaga de humanos monstruos que
con el nombre de voluntarios realistas asolaba el Reino. A todo esto
atenda poco el enfermo, porque tena su pensamiento harto distante de
los disturbios de Espaa. No ser ocioso decir que en aquel momento
sinti D. Benigno renacer en su pecho la antipata que en otras
ocasiones le inspirara su amigote; pero como en tan noble alma no caba
la ingratitud, pens en las atenciones y cuidados que al mismo deba
durante la enfermedad, y con esto se le fue pasando el rencorcillo. En
las conversaciones de los das siguientes tuvo el buen acuerdo de no
nombrar a la familia ni los Cigarrales, ni mentar cosa alguna que
pudiese relacionarse con el importuno asunto de sus futuras bodas.

Un da, no obstante, en ocasin que coma en su lecho despaciosamente y
gustando bien los manjares, como era en l costumbre, quedose un buen
rato a medio mascar, sin quitar los ojos de Salvador; y volviendo luego
a atender al plato, habl as:

--Mis distracciones son tan chuscas como mis sueos. Hace un momento
hallbame tan abstrado, tan engolfado con el pensamiento en ideas y
cosas de mi familia que sin saberlo, apart en el plato y cort con mi
cuchillo los pedacitos con que suelo engolosinar a Juanillo Jacobo
cuando come junto a m. Me pareca que el pequeuelo estaba a mi lado y
que los dems distaban poco. Esto es tan frecuente en m, Sr. D.
Salvador, en el insoportable tedio de esta soldadura, que a veces,
cuando siento pasos, me parece que son ellos que van a entrar, y cuando
suena voz de mujer, si es bronca y regaona, me parece la de mi hermana,
si es dulce y apacible como la de la misma discrecin, me parece la de
Sola. Cuando despierto por las maanitas, mi alucinacin es tal que con
la propia evidencia se confunde, y siento que entran y salen, oigo a
Cruz regaando con los chicos y haciendo mimos a los pjaros; oigo a
Sola arreglando a los pequeuelos para que vayan a la escuela, y me digo
para mi sayo: Tempranito se ha levantado mi gente. Ya, Sola ha puesto
mi cuarto como el oro, y me ha preparado ese chocolate que, por lo
exquisito, debe de caer en espesos chorros del mismo cielo.

Dando luego un gran suspiro se sonri y dijo:

--Usted, soltern empedernido, no comprende estas deliciosas chocheces
del alma. Divirtase usted con la poltica, con el conspirar, con la
suerte de las monarquas, y derrtase los sesos pensando en si debe
haber ms o menos cantidad de Rey y tal o cual dosis de Constitucin.
Buen provecho, amiguito; yo me atengo a lo del poeta: denme
_mantequillas y pan tierno_; s seor, mantequillas, es decir amores
puros y tranquilos: pan tierno, es decir, la sosegada compaa de una
esposa honesta y casera, el besuqueo de los nenes, el trabajo y cien mil
alegras que cruzndose con algunas penillas van tejiendo nuestra vida.

--Bueno es el cuadro, bueno--dijo el otro, ocultando medianamente su
disgusto--. Cuando sea realidad avise usted.... Me consolar de mi
tristeza viendo la alegra de los que con sus buenas acciones han
merecido vivir en paz. Solamente los perversos padecen contemplando el
bien ageno. Yo, que no soy malo, pido un puesto, siquiera sea el ltimo,
en ese festn de regocijos y felicidades.... Pero me ocurre preguntar:
Cerrar usted la puerta a los amigos despus de su casamiento?.

D. Benigno no contest nada, porque la afirmativa le pareci ridcula y
la negacin aventurada, bastante contraria, si se ha de decir verdad, a
sus propsitos. El otro dio las buenas noches y se fue a su cuarto para
acostarse. Aquella noche, que Cordero cont entre las ms infaustas de
su vida, no pudo este dignsimo sujeto conciliar el sueo, porque le
asalt, a causa de las ltimas palabras de su amigo, un pensamiento tan
mortificante que le cambiara de buen grado por la quebradura de todos
los huesos de su cuerpo; de tal modo padeca su espritu. Incorporado en
la cama, pas largas horas en horrorosa cavilacin. All fue el
amenazador levantamiento de su conciencia, all la reyerta encarnizada
entre ciertas ilusiones suyas y ciertos temores que aparecieron de
improviso como enemigos emboscados acechando la ocasin. El digno
encajero no poda apartar de si el licor amargusimo que un demonio
invisible le pona en los labios; ya suspiraba, ya se golpeaba la cabeza
venerable, ya por fin elevaba los brazos y los ojos al cielo pidiendo a
Dios que le librara de aquel fiero tormento. Ni un momento ms puedo
vivir en esta incertidumbre, grit.--Sr. D. Salvador, venga usted al
momento; necesito hablarle.

Golpe fuertemente el tabique inmediato a su cama. En la habitacin
prxima dorma Salvador; y durante los das crticos de la enfermedad de
D. Benigno, siempre que este necesitaba de la asistencia de su nuevo
amigo le llamaba con un par de golpes suavemente dados en la pared.

Era la media noche. Salvador, al or aquel extraordinario ruido en el
tabique, crey, por la violencia del llamamiento, que a D. Benigno se le
haba roto la otra pierna cuando menos, o que haba sido atacado de
algn descomunal accidente. Levantose aprisa, y corriendo al lado del
enfermo, hallole sentado en el lecho, plido, con las gafas caladas, los
ojos chispeantes y las manos en movimiento como quien acompaa de
expresivos gestos las palabras que a s mismo se dice:

--Qu hay?--pregunt--se ha deshecho el entablillado? Qu es eso?...
calentura, dolores?

--No, hombre de Dios o de cien Satanases; no es nada de eso--replic el de
Boteros sealndole la silla--. Esto es muy serio, repito a usted que es
muy serio. Ya en ello la tranquilidad, la vida toda, el honor de un
hombre de bien que jams ha hecho mal a nadie, porque sepa usted, Sr. D.
Salvador o D. Condenador, que yo no he hecho dao a ningn ser nacido, y
cuando Dios me tome cuentas, no se presentar ni un mosquito, ni un
miserable mosquito, a decir: ese hombre fue mi enemigo.

--Est bien.

--Esto es muy serio, y as yo quiero una explicacin categrica, leal,
terminante, para tranquilidad de mi espritu.

--Y esa explicacin debo darla yo?

--Usted, s, que desde hace algn tiempo se me ha puesto delante echando
sobre m como una ligera sombra, s, y ahora me ha dicho cosas que
aumentan esa sombra y la hacen ms negra. Hablemos con claridad. Yo
tengo ciertos proyectos que usted conoce. Yo pienso casarme, yo debo
casarme, yo he credo que Dios ha dispuesto que yo me case. La que
escog para ser mi compaera es de tal condicin... en fin, excuso de
hacer su elogio, porque usted la conoce... a eso voy, Sr. D. Salvador.
Ella estuvo en un tiempo bajo el amparo y proteccin de usted; usted le
escriba desde Francia. Ay! Cuando estuvo mala, le nombr a usted en
sus delirios. Despus usted la vio en los Cigarrales, segn me escribi
ella misma; ms tarde, ahora, se me muestra tan admirador de ella y tan
afligido de mi felicidad, que no puedo menos de volverme caviloso y
preguntarme si usted ha tenido o tiene proyectos iguales a los mos, y
si esos proyectos se refieren a la misma persona, que es, digmoslo
claro, la mitad o la principal parte de mi vida.

--Esos proyectos los tuve--replic Salvador con firmeza--. No fui a los
Cigarrales con otro objeto.

Detuvo D. Benigno su voz y sus manos, como alelado, y pregunt:

--Y ella?

--No quiso orme. Mi situacin al salir de los Cigarrales era bastante
desairada.

--Y despus?

--He pensado que por negligente y confiado perd la partida.

--Y qu hay en usted ahora?

--Resignacin.

--De modo que si yo no existiera....

--No deben fundarse clculos sobre la muerte. En el mundo no es fcil
asegurar quien ayuda o quien estorba. Es posible que sea yo el que est
dems.

--Oh! Dios mo.... Pero usted no puede apreciar, como yo, sus infinitas
cualidades, que la igualan a los ngeles--dijo D. Benigno con cierto
desdn.

--Quizs las aprecie mejor; quizs yo est en situacin de ver en ella
mritos de abnegacin que usted no puede ver.

D. Benigno medit breve rato. Haba cado en un mar de cavilaciones que
sin duda no tena fondo.

--Ah!--exclam dando un gran suspiro con el cual pudo salir de aquellas
honduras tenebrosas--, usted me confunde ms, pero mucho ms.

Diciendo esto clav los ojos en Salvador examinndole prolija y
atentamente de pies a cabeza. Despus dio otro gran suspiro y bajando
los ojos murmur para s:

--Tambin l se va poniendo viejo.

--No se necesitan ms explicaciones?--pregunt Monsalud.

--No--replic Cordero brusca y desabridamente.

--Pues yo voy a dar una que creo necesaria. No soy perverso; reconozco en
usted a uno de los hombres mejores que existen en el mundo. Ser un
miserable si sale de m, por irresistible efecto de las pasiones, la
ms ligera oposicin a la felicidad de usted.... Es evidente,
evidentsimo que yo soy el que est dems. Declaro que mi deber es no
volver a pisar la casa del que posee lo que yo quise para m.

--Barstolis!... Usted la ofende, seor mo.

--No la ofendo. Mi resolucin no indica desconfianza de ninguno de los
dos, sino respeto a entrambos, y adems el deseo de ponerme a salvo de
la envidia, porque yo tengo ms de hombre que de santo, y la
contemplacin del bien perdido no me har bailar de gozo.

Dijo esto en tono entro serio y festivo, y se retir. Despus de esta
breve conferencia no se disiparon las confesiones ni se calmaron las
ansias del insigne Cordero, antes bien, se dio a cavilar ms en el
silencio de la noche, buscando entre sus recuerdos alguna sentencia del
ginebrino que iluminase un poco sus tenebrosos pensamientos; pero Juan
Jacobo no deca nada, y hasta de su querido filsofo y consejero se vio
desamparado en tan tristes horas el hombre ms bondadoso que por
aquellos tiempos exista en el mundo.




-II-


Muy avanzado estaba el invierno cuando Cordero y su amigo, despidindose
con no poca alegra del Real Sitio, emprendieron su penoso viaje a la
Corte por entre nieves y hielos. Separronse del modo ms cordial en la
posada del Dragn, y D. Benigno, desmejorado y cojo, se fue a su casa
con toda la rapidez que lo permita su detestable andadura, mientras
Salvador buscaba donde alojarse. Pocos das despus hallbase instalado
en habitacin propia que alquil en la calle del Duque de Alba, no lejos
de D. Felicsimo Carnicero, de felicsima recordacin. En Madrid no
encontr novedad alguna, pues no merece tal nombre el furor con que todo
el mundo fraguaba levantamiento s y sediciones. Conspiraban las infantas
brasileas con sin igual descaro; conspiraban los voluntarios realistas,
ayudados por la turbamulta de frailes y clrigos mal avenidos con la
idea de perder su omnipotencia; conspiraban las monjas y los
sacristanes, muchos militares que se haban hecho familiares de los
obispos, y para que no faltase su lado cmico a esta comparsa nacional,
tambin se agitaban en pro de D. Carlos muchos seores que haban sido
rabiosos _democratistas_ y jacobinos en los tres _llamados_ aos de la
_titulada_ segunda poca constitucional. Antes haban gritado por el
_sistema_ y ahora suspiraban por los _derechos de la soberana en su
inmemorial plenitud_.

Oy tambin Salvador los despropsitos del vulgo, a quien se haba hecho
creer que el Rey no viva y que aquel buen seor que sala en coche a
paseo era el cadver embalsamado de Fernando VII. Por un sencillo
mecanismo, la _napolitana_, que a su lado iba, le haca mover las manos
y la cabeza para saludar. Y con un Rey relleno de paja se estaba
engaando a esta heroica Nacin!

Vio un cambio de ministros fundado en que los del 16 de Octubre
parecieron un poco daados de liberalismo, pues la Corte deseaba un
gobierno absolutamente agridulce que contentase a todos y conciliara el
da con la noche, cosa en verdad ms difcil que asar la manteca.
Tambin pudo ver la anulacin del clebre codicilo, acto solemne de que
se burlaron los carlistas, y oy contar la fuga de Calomarde vestido de
fraile, y los desmanes del obispo de Len, el cual, ensoberbecido como
un cacique indio y no pudiendo sublevar el reino, puso en armas su
dicesis, dando la comandancia de voluntarios realistas a la Pursima
Concepcin.

Otras muchas cosas supo y vio que no son para referidas a la ligera. Sus
relaciones con gente de varias clases le informaban de todo. Pipan, D.
Felicsimo Carnicero y el marqus de Falfn no hacan misterio de los
planes apostlicos, y Genara, furibunda sectaria del sistema del justo
medio o de la conciliacin, era el rgano ms feliz que imaginarse puede
de los pensamientos de aquel astuto Sr. Zea que gobernaba o aparentaba
gobernar la nave (siempre la nave!), ms cercana a los escollos que al
deseado puerto.

Genara se haba establecido en su antigua casa, notoria tres aos antes
por la tertulia a que concurran literatos tiernos y polticos maduros;
pero ya en el invierno de 1833 no se abran las puertas de aquella feliz
morada para el primer poeta que viniese de su provincia cargado de
tragedias, ni para los tenores italianos, ni para los abogados oradores
que empezaban a nacer en las aulas con una lozana hasta cierto punto
calamitosa. El crculo era mucho ms estrecho y las amistades ms
escogidas, con lo que ganaba en consideracin la casa. Y aqu viene bien
decir que la interesante seora haba perdido por completo su aficin a
la poesa lrica (que no hay cosa durable en el mundo), y tanto caso
haca ya del prisionero de Cullar como de las nubes de antao. l era
en verdad de un carcter poco a propsito para la constancia en los
afectos. No se sabe si en la temporada a que nos vamos refiriendo haba
dado a conocer Genara preferencia o simpata por alguna otra de las
artes liberales, o por la artillera y la nutica, como se dijo.
Careciendo de noticias ciertas, nos abstenemos de afirmar cosa alguna;
que en casos dudosos vale ms atenerse a la opinin buena, como mandan
la moral de la historia y la caridad cristiana.

D. Luis Fernndez de Crdova, militar brillantsimo, pasaba, cuando vino
de Berln para encargarse de la embajada de Portugal, largas horas en
casa de Genara. Tambin iban, aunque no con mucha frecuencia, D.
Francisco Javier de Burgos y Martnez de la Rosa. Era de los asiduos un
joven oficial granadino llamado Narvez, muy vivo de genio, ceceoso,
pendenciero y expeditivo. Pero la persona ms digna de mencin entre los
que visitaban a la hermosa seora era un jesuita del colegio Imperial,
llamado el padre Gracin, hombre de mucha piedad y oracin. Decan
algunos que de la amistad del buen religioso con Genara iba a salir la
conversin de esta, o sea su entrada en las buenas vas catlicas. Otros
declaraban haber notado en ella resabios de mojigatera; pero sea lo que
quiera, lo cierto es que las intenciones del padre Gracin eran
altamente provechosas, porque (digmoslo de una vez) se haba propuesto
reconciliar a la seora con su marido.

Que Pipan visitaba casi diariamente a su antigua amiga y paisana no hay
para qu decirlo. Por aadidura, el excelentsimo D. Juan Bragas haba
simpatizado mucho con el jesuita Gracin. Ambos platicaban con seriedad
pasmosa de los negocios de Estado y de la Iglesia, deplorando mucho la
tibieza de creencias que tanto daaba a la sociedad espaola en aquellos
tiempos y concluan deseando que viniesen otros mejores en que marchasen
las naciones por el camino de la piedad, dulcemente pastoreadas por los
ministros del altar. Como Gracin se interesaba tanto por sus amigos y
quera llevar todos los beneficios posibles al seno de las familias
cristianas, tom muy a pecho la realizacin del casamiento de Bragas con
Micaelita, proyecto de que ya hay noticias en el libro anterior.

Acompaando a Pipan iba Salvador algunas veces a casa de Genara; solan
comer juntos los tres, y cuando se encontraban Monsalud y Gracin
tambin hablaban largamente del Estado y de la Iglesia. Un da, despus
de hablar con l, el jesuita pidi informes a la seora de la casa sobre
aquel desconocido amigo, quizs para ver si le poda reconciliar con
alguien, porque el afn del buen discpulo de San Ignacio era la
reconciliacin. Genara respondi:

--Si quiere usted ganar la palma del buen pacificador, hgale usted amigo
de mi marido.

--No se quieren bien?--pregunt Gracin con astucia.

--Nada bien.... Es enemistad que data desde la guerra con los franceses.
Ambos son tercos, soberbios, y quizs en su juventud aconteciera alguna
cosa de esas que siempre son motivo de rivalidad entre los hombres....

--Alguna mujer....

--Puede ser, puede ser que eso haya sido--dijo ella con serenidad que
tiraba a indiferencia.

Algo ms dijeron sobre esto; pero no nos importa todava, y siendo ms
urgente seguir los pasos de la persona a quien aludan la dama y el
sacerdote, vamos tras l sin prdida de tiempo. Algunos das le vimos
entrar en la casa de D. Felicsimo Carnicero, con quien an tena
algunas cuentas pendientes. El agente le reciba como se recibe a todo
aquel con quien se ha hecho un negocio muy lucrativo, y hacindole
sentar a su lado dbale palmaditas en el hombro y hasta se aventuraba a
contarle cualquier sabrosa cosilla de la conspiracin carlista.

Una maana, al entrar en casa de Carnicero, encontr en la escalera a un
coronel de ejrcito amigo suyo. Era D. Toms Zumalacrregui. Iba
acompaado del conde de Negri, y esto le hizo comprender que el valiente
vizcano, resistente hasta entonces a los halagos de la gente mojigata,
se haba dejado seducir al fin. Se saludaron y sigui adelante. Abriole
la puerta Tablas. Al entrar pis al gato, que escap mayando, y luego, a
causa de la oscuridad de los destartalados pasillos, tropez con Doa
Mara del Sagrario, que al choque dej caer de las manos un enormsimo
plato de puches. Puso el grito en el cielo la seora, y al ruido
alarmose tanto D. Felicsimo, que se aventur a salir de su nicho
preguntando si haba entrado en la casa un tropel de _cristinos_.
Salvador se deshaca en excusas, y al acercarse a la pared, manchsele
la negra ropa de tal modo que pareca un molinero. Al sacudirse, no sin
comentar con algunas frases aquel rudimentario blanqueo de las paredes,
hubo de tropezar con una de las vigas que sostenan la casa y pareci
que toda la frgil fbrica se estremeca y que del techo caan pedazos
de yeso, como si por entre las maderas superiores corriesen a paso de
carga belicosos ejrcitos de ratones. Por fin lleg a dar la mano a
Carnicero y entraron juntos en el despacho.

--Parece que entra un temporal en mi casa--dijo el anciano colocndose en
su nicho--. Y qu tal? Ha encontrado usted en la escalera a
Zumalacrregui y al seor conde? Buen militar y buen diplomtico, j,
j...

--Zumalacrregui es una buena adquisicin--respondi Salvador--. Tiene
valor y talento.

--Pues hay otras adquisiciones mucho mejores todava--dijo Carnicero
frotndose las manos--. Con que ese desdichado Gobierno del Sr. Zea ha
emprendido el desarme de los voluntarios realistas?... S, el fantasmn
de Castroterreo en Len y el mentecato de Llauder en Catalua ponen
despachos al Gobierno diciendo que han quitado las armas a los
voluntarios realistas. Usted lo cree? Usted cree que se pueden quitar
los rayos al sol? J, j. Y creer el bobillo que ha puesto una pica en
Flandes!... Yo llamo el _bobillo_ a ese seor Zea, que es una especie de
ministro embalsamado, como el Rey ha venido a ser un Rey de papeln.

--El Gobierno se cree fuerte, Sr. Carnicero, y parece decidido a echar
una losa sobre el partido de D. Carlos. Mucho cuidado, amigo, que ahora
parece que tiran a dar.

--Oh! por m no temo nada--manifest D. Felicsimo con nfasis, echndose
atrs--. Pero vamos a lo que urge. Ya s a lo que viene usted hoy.

--A lo mismo que vine ayer.

--Y anteayer y el martes y el sbado pasado. Hoy no ha venido usted en
balde. Al fin, al fin....

--Lleg?

--S, s, el Sr. D. Carlos Navarro, nuestro valiente amigo, lleg
anteanoche de su excursin por el reino de Navarra y por lava y
Vizcaya. Es un guapo sujeto. Dice que en todo aquel religioso pas hasta
las piedras tienen corazn para palpitar por D. Carlos, hasta las
calabazas echarn manos para coger fusiles. Las campanas all, cuando
tocan a misa dicen no ms masones y el da en que haya guerra los
hombres de aquella tierra sern capaces de conquistar a la Europa
mientras las mujeres conquistan al resto de Espaa.... Bueno, muy
bueno.... Con que usted desea ver a ese seor? Le prevengo a usted que
est oculto.

--No importa: slo pienso hablarle de asuntos de familia. En el ltimo
verano estuvo en la Granja pero no le pude ver, porque siempre se neg a
recibirme. Ahora me ser ms fcil, porque le escribir usted dos
palabras.

--Lo har con mucho gusto; pero prevengo a usted tambin que el Sr. D.
Carlos est enfermo del hgado. Ya se ve ha trabajado tanto! Es un
incansable campen de las buenas doctrinas. Anoche se quejaba de atroces
dolores, y, cosa rara en hombre tan religioso, j, j, ms invocaba a
los demonios que a la Santsima Virgen. Si quiere usted tener segura la
entrevista que desea, se lo diremos al padre Gracin, jesuita, excelente
sujeto que viene aqu algunas tardes, y despus solemos ir a tomar
chocolate a casa de Maroto, adonde va tambin el Padre Carasa.... Pues
bien, Gracin es amigo del Sr. D. Carlos, y ya hace tiempo que se ha
propuesto reconciliarle con su seora esposa.... Oh! es un nebl para
las reconciliaciones ese buen padre Gracin.

--Le conozco. Es un digno sacerdote que tiene las mejores intenciones del
mundo, y si no consigue hacer feliz a la humanidad toda es porque Dios
no quiere.... En conclusin, entindanse usted y el Padre Gracin para
que yo pueda ver al Sr. Navarro y hablarle de un asunto que no es
poltico y slo a l y a m nos interesa. l vive...?

--No s si debo decrselo a usted en este momento, antes de que el mismo
Sr. D. Carlos, bellsima persona, j, j... antes de que el mismo Sr. D.
Carlos Navarro de licencia para que usted le vea. Ya lo arreglar yo.
Vulvase maana por esta su casa.

Luego que Salvador se fue, D. Felicsimo escribi una carta en cuyo
sobre, despus de trazar tres cruces, puso: _A la Seora Doa Mara de
la Paz Porreo, calle de Beln_.




-III-


Las pobres seoras casi vivan en la misma estrechez que en 1822, porque
las mudanzas polticas y sociales se detenan respetuosas en la puerta
de aquella casa, que era sin duda uno de los mejores museos de fsiles
que por entonces existan en Espaa. Los perodos de tiempo en que
imperaba el absolutismo eran para el medro de la casa y abundancia de
las despensas Porreanas lo mismo que aquellos en que prevaleca la vil
canalla de los _clubs_. De modo que en punto a comodidades y vituallas
el agonizante marquesado habra terminado con un desastre igual al que
han sufrido formidables imperios si no viniera en su auxilio una
industria que, si bien es algo prosaica, tiene algo de noble por estar
emparentada con la hospitalidad. Las dos ilustres cuanto desgraciadas
seoras aposentaban en su casa un caballero tan respetable como rico
durante las temporadas, a veces muy largas, que dicho sujeto pasaba en
Madrid. El trato era excelente, la remuneracin buena, y la armona
entre el husped y las damas tan perfecta que los tres parecan
hermanos. La familiaridad realzada por el respeto y una llaneza decorosa
reinaban en la silenciosa mansin que pareca habitada por sombras.

Bueno es decir, para que lo sepan los historiadores, que con las mdicas
ventajas pecuniarias adquiridas por aquel medio honestsimo haban
renovado las seoras parte del mueblaje, aunque todas las piezas de
antao se conservaban, sostenidas por los remiendos y pulidas por el
tiempo y el aseo. Cosa admirable! el rel 2 haba vuelto a andar; mas
por malicia del relojero o por un misterio mecnico imposible de
penetrar, andaba para atrs, y as despus de las doce daba las once,
luego las diez y as sucesivamente. El cuadro de santos de la Orden
Dominica haba sido restaurado por la misma Doa Paz, asistida de un
hbil vejete carpintero, sacristn y encuadernador, y emplasto por aqu,
pegote por all, con media docena de brochazos negros en las sombras y
una buena mano de barniz de coches por toda la superficie, haba quedado
como el da en que vino al mundo. Por el mismo estilo se haban salvado
de completa ruina las urnas de santos y las cornucopias, que por no
tener ya en sus cristales sino irregulares manchas de azogue parecan
una coleccin de mapas geogrficos. Lo nuevo, que era muy humilde,
consista en sillas de paja, cortinas de percal, ruedos de estera de
colores; pero alegraba la casa y su vetusto matalotaje. Por tal manera
aquella imagen cadavrica de los pasados siglos se rea en su tumba.

En la poca en que nuevamente la encontramos, Doa Mara de la Paz se
acercaba velozmente a una vejez apopltica, marchando a ella con los
pies gotosos, la cabeza temblona, los hombros y el cuello crasos. Sus
cabellos, no obstante, se conservaban negros lo mismo que el lunar, y
era que ella persegua las canas como si fueran liberales, y no daba
cuartel a ninguna, siendo tan implacable con ellas, que cuando vinieron
en tropel y no pudo arrancarlas por temor a quedarse en el puro casco,
las disfraz vistindolas de luto para que nadie las conociera. As
cuando esta operacin no estaba hecha con habilidad (porque con las
fuerzas haba mermado la vista) aparecan las sienes y la frente
empaadas con ciertas nubes negras por encima de las cuales brillaba la
nieve remedando un admirable paisaje de invierno.

Doa Mara Salom estaba tan momificada que pareca haber sido remitida
en aquellos das del Egipto y que la acababan de desembalar para
exponerla a la curiosidad de los amantes de la etnografa. Fija en una
silleta baja, que haba llegado a ser parte de su persona, se ocupaba en
arreglar perifollos para decorarse, y a su lado se vean, en diversas
cestillas de mimbre, plumas apolilladas, cintas de matices mustios,
trapos de seda arrugados y descoloridos como las hojas de otoo, todo
impregnado de un cierto olor de tumba mezclado de perfume de alcanfor.
Decan malas lenguas que al hacerse la ropa juntaba los pedazos y se los
cosa en la misma piel; tambin decan que coma alcanfor para
conservarse, y que estaba, forrada en cabritilla. Boberas maliciosas
son estas de que los historiadores serios no debemos hacer caso.

Una maana.... Olvidaba decir que en la casa haba una gran pieza
interior que daba a un patio o corraln muy espacioso, de donde reciba
el sol casi todo el da. En dicha pieza tenda Doa Paz la ropa lavada
en casa. De muro a muro todo era cuerdas, y cuando estaban llenas de
ropa, aquello pareca un bosque de trapos hmedos. Pues bien, una maana
se paseaba Doa Mara de la Paz por aquellas alamedas del aseo, cuando
entr Doa Mara Salom, y dndole una carta que acababan de traer a la
casa, le dijo:

--Otra carta para el Sr. D. Carlos. Viene con sobre a ti; pero es para
l. Mira las tres cruces. La letra parece del Sr. D. Felicsimo.

--Se la daremos cuando despierte--replic Doa Paz--. El pobre seor ha
pasado muy mala noche.

--Por cierto--manifest Doa Salom con semblante muy serio, en el cual se
revelaba una aprensin escrupulosa--por cierto que no s si ser
conveniente recibir cartas de esta manera. Esto puede dar lugar a
interpretaciones contrarias a nuestro honor y buen nombre. Los vecinos
se enteran de todo... ven que recibimos cartas... ven que entran aqu de
noche muchos hombres.... No s, no s...

--Calla, mujer--dijo Doa Paz asomando la cabeza por entre el ramaje
blanco--. Qu pueden sospechar de nosotras?

--Puede caer alguna tacha, mujer, sobre nuestra reputacin--afirm Salom
de muy mal talante--. Bien sabes t que no basta ser honrada, sino
parecerlo, y dos seoras solas, como nosotras, han de tener mucho
cuidado, para no andar en lenguas de maliciosos.

--Siempre tonta!--murmur Doa Mara de la Paz desapareciendo en lo ms
espeso del bosque de ropa.

--Yo estoy decidida a hablar claramente al Sr. D. Carlos--aadi la otra--.
Nadie le aprecia ms que yo; pero este entrar y salir de hombres a todas
horas del da y de la noche no est en conformidad con lo que ha sido
siempre nuestra casa. Qu quieres? no me puedo acostumbrar: yo soy as.
Lo digo y lo repito, hablar al Sr. D. Carlos.

--No faltaba ms sino marear al Sr. D. Carlos con semejante
impertinencia--dijo Doa Paz reapareciendo en una alameda de lienzo.

--Lo digo y lo repito.... Adems, los compaeros, ayudantes o lo que sean
del Sr. D. Carlos, no nos guardan las consideraciones que merecemos.
Qu ms?... Ayer no me haba acabado de peinar cuando ese brbaro de
Zugarramurdi entr en mi cuarto sin pedir permiso.... Y para qu! para
decirme si haba yo visto una de sus espuelas que no poda encontrar.

--Bobadas.... Habla ms bajo.... Me parece que se ha despertado el Sr.
Navarro.

Apareci en la puerta una enorme barba a la cual estaba pegado un
hombre. De entre aquel enorme velln castao sali una voz seca y
desabrida que dijo:--El chocolate.

--En seguida, Sr. Zagarramurdi. Tome usted esta carta que han trado para
el Sr. D. Carlos. Qu tal est hoy?

--Mal--respondi el de la barba dando media vuelta y desapareciendo por
donde haba venido.

--Qu modos!--murmur Salom dirigindose a su cuarto--. Ya no hay
caballeros.

Navarro moraba en la misma habitacin ocupada algunos aos antes por una
mujer que muri en olor de santidad. Poco o ningn cambio haba tenido
la pieza, que ms que gabinete pareca capilla, o mejor un abreviado
trasunto de la corte celestial, pues todo en ella era santicos pintados
y de bulto, reliquias, estampas de santuarios y monasterios, corazones
bordados, palmitos, y un altar completo con sus candeleros de estao,
sus araas colgadas del techo, sus misales y sus tres curitas de cartn
con casullas de papel, en actitud de celebrar misa cantada. Completaban
la decoracin una enorme espada pendiente del mismo clavo que sostenla
un nio Jess bordado en caamazo, dos escopetas arrimadas a un rincn,
dos guantes y dos mascarillas de esgrima junto a dos pares de floretes,
tres maletas muy usadas y un hombre.

Este hombre hallbase sentado o ms bien sumergido en un silln, con las
piernas ocultas bajo gruesa manta que le llegaba a la cintura, la cabeza
inclinada sobre el pecho y tan inmvil que pareca dormido o muerto. Un
brasero de cisco bien pasado mostraba su montoncillo de ceniza esmaltado
de fuego cerca del envoltorio que deba contener los pies del individuo,
el cual si alguna vez daba seales de existencia era dndolas de fro.
Su cara era morena tirando a verde a causa de la palidez, as como el
blanco de los ojos no era blanco sino amarillo. El cabello negro y
spero tena bastantes canas, y generalmente se vea la potente cabeza
apoyada en una mano negra, tostada, cuyas venas retorcidas y tendones y
msculos recordaban la mano que D. Quijote ense a Maritornes cuando lo
colgaron del tragaluz de la venta.

En un velador cercano tena el guerrillero medicinas que tomaba cartas
que lea, tabaco, un libro, un rosario y una pistola. Beber y fumar:
alternando con lecturas, era su ocupacin en las aburridas horas del da
precursoras de los insomnios de las noches. No gustaba de que los amigos
le dieran conversacin. Su mejor amigo era el ms discreto de todos, el
silencio.

Pero Zugarramurdi y Orican tenan un recurso para distraerle, aunque
por poco tiempo. Tiraban al florete, y entonces los ojos del guerrillero
se animaban; segua con atencin los movimientos de los fingidos
duelistas y aun arrojaba alguna palabra picante o algn comentario de
maestro entre los rechinantes aceros. Pero de repente deca basta y
los dos atletas soltaban el florete y se quitaban la mscara, sacando a
luz el rostro sudoroso. En aquel momento Zagarramurdi pareca el hombre
prehistrico embutido en sus feroces barbas, y Orican, el formidable
oso navarro, perda mucho en belleza, porque la mscara de alambre
disimulaba su fealdad.

Aquel da (nos referimos al da de la carta de D. Felicsimo) D. Carlos
se cans ms pronto que nunca.

--Basta de estocadas--dijo--. Zugarramurdi, psate por casa de don Toms
Zumalacrregui y dile que le espero maana. Orican, alcnzame mi
rosario y voto. Cuando llegue el padre Gracin, entras y si duermo, me
despiertas.... Hoy no como.

Pasada la hora de la siesta vino el padre Gracin. Era un mocetn de
alta estatura, de treinta y ocho o cuarenta aos de edad, moreno, los
labios gruesos, la nariz aberenjenada, spero el pellejo y curtido, como
formado expresamente por Dios para resistir a los abrasadores climas del
trpico y a los hielos polares.

Su barba era tan negra y espesa que aun afeitada del mismo da dejaba
una mancha oscura en toda la parte inferior del rostro. Deba tener
fuerzas hercleas aquel arrogante granadero de la Iglesia, y si bajo el
punto de vista corporal estaba admirablemente constituido para las
misiones, no lo estaba menos en el orden espiritual, por ser hombre de
muchas sabiduras, eruditsimo en las letras sagradas y bastante fuerte
en las profanas, elocuente en el plpito y persuasivo en la
conversacin, guila en la ctedra y lince en el confesionario. Tambin
saba de medicina y haba hecho curas que pasaron por milagrosas. Era
tan grandn que su manteo pareca tener una pieza de tela, y cuando se
embozaba no conclua nunca de echar pao al viento. Su sombrero de teja
no meda menos de una vara, y como lo llevaba siempre un poco echado
atrs y su cuerpo se encorvaba hacia adelante, pareca que iba cargando
una pesada viga. Sus desmesurados pies, sepultados en zapatos de pao,
pisaban con la pesadez y adherencia de la robusta planta calzada de
alpargata, que golpea como una maza las baldosas de muelles y almacenes.

Despus de saludar con escogida afabilidad al guerrillero enfermo, tom
asiento junto a l, y metiendo la mano por ciertas aberturas de la
sotana tras de las cuales haba bolsillos tan hondos como el mar, empez
a sacar varios cucuruchos de papel semejantes en tamao y forma a los
que hacen en las tiendas para contener dos cuartos de azcar, de caf o
de anises. Conforme los sacaba los iba poniendo sobre el velador y
miraba el rotulillo que de su puo y letra estaba escrito en cada uno.

--Qu es eso?--pregunt Navarro picado de curiosidad, sospechando que su
amigo haba puesto tienda de comestibles o droguera.

--Esto es tierra de la ruta de San Ignacio en Manresa, reliquia que
solicitan mucho las personas devotas. He recibido hoy una pequea
remesa, y la distribuyo entre las amigas que ha tiempo me la han
pedido.... Si habr olvidado el cucurucho de Doa Mara de la Paz....
Ah! no, aqu est. Me har usted el favor de entregrselo. Estos otros
son para la Excelentsima Seora Condesa de Rumblar, para las monjas de
Gngora, para el Sr. D. Pedro Rey, que ha tenido a la muerte a su
preciosa nia Perfectita, y para otras diversas familias....

En seguida guard los cucuruchos en sus bolsillos insondables como la
mar, y dando despus violenta palmada en la rodilla del guerrillero, le
dijo:

--Veo que est usted mejor.... Esa cara ya es otra.... Pronto estar
usted bien.

El guerrillero dio un suspiro y se sonri. Ambas demostraciones
indicaban incredulidad del pronstico y gratitud por el consuelo.

--Pronto, muy pronto, cuando llegue el momento de dirimir en los campos
de batalla la cuestin entablada entre el Altsimo y los masones, podr
contar el Altsimo con su ms valiente Macabeo.

--Eso es lo que pido a Dios con todo el fervor de mi alma--dijo Navarro
echando amargura por la boca y por los ojos--y lo que Dios no me
conceder.

--Yo tengo para m--manifest el clrigo con mucha fe--, que Dios no se
amputar un brazo tan poderoso.... La enfermedad de usted no vale nada,
repito que no vale nada. No hay lesin, repito que no hay lesin. Es un
abatimiento producido por una acumulacin biliosa, cuyo origen hemos de
buscar en la trabajosa vida de usted y en los disgustos domsticos que
han acibarado su alma. El alma, el alma, seor mo, es la que est
enferma, y al alma se ha de aplicar la medicina. Cul es esta? Pues es
un confortamiento dulce que se consigue mezclando la confianza con la
paz y la indulgencia con la piedad.

Navarro manifest en su semblante, sin decir palabra alguna, el disgusto
que le causaba un tema planteado ya muchsimas veces, aunque, sin fruto,
por el venerable padre Gracin.

--No, no frunza usted el entrecejo--dijo este, mostrndose decidido--. No
cejar sino cuando usted me retire su amistad y me arroje de su casa.

--Eso no....

--Pues si eso no, resgnese usted a sentir el moscn en su odo. Y qu
dir el moscn? Dir que usted no tendr salud mientras no tenga paz en
su espritu, y no tendr paz en su espritu mientras no tenga familia.
Y cundo tendr usted familia? Cuando se reconcilie con su esposa,
previo el arrepentimiento de ella y el perdn de usted.
Arrepentimiento, perdn! Sobre estos dos polos se mueve el mundo
inmenso de las almas. Todo el saber moral se condensa en estas dos ideas
que establecen el parentesco del hombre con Dios....

Navarro quiso hablar.

--No, no admito rplica sobre esto. Lo digo yo y basta--manifest el
jesuita, fuerte en su autoridad--. Cuando yo he planteado a usted este
problema incitndole a resolverlo, ya se comprende que no puede haber
deshonra para usted. La verdadera deshonra es cerrar los odos a las
amonestaciones de la Iglesia que dice a los esposos: amaos, unos. Los
juicios del mundo son prfidos y vanos. Debe hacer caso de ellos un
hombre religioso y prudente? No. Cul es el peor consejero del hombre?
El orgullo. Y el mejor? La piedad. Qu le dice a usted su orgullo? le
dice: no cedas y muere envenenado por el rencor antes que pronunciar
una palabra indulgente. Qu le dice la piedad? le dice: perdona para
que seas perdonado.... S que hay razones de aparente fuerza; pero yo
he estudiado el asunto con cario y he visto que lo que usted presenta
como obstculo no lo es.... Dios quiere sin duda que esta obra se
realice, porque desde que la emprend, estoy viendo con mucha claridad
el camino de ella. Y qu veo? Veo en esa seora el hasto de la soledad
y un deseo muy vivo de establecer en su vida el orden interrumpido; veo
que lejos de guardar a usted rencor lo respeta y lo ama. He podido
llegar a vencer ciertas resistencias que en su alma haba, y con poco
que usted me ayude....

--Padre, padre--dijo D. Carlos respirando fuerte, porque estaba abrumado
bajo el insoportable peso del sermn--, eso no puede ser. Hay roturas que
no pueden soldarse nunca, nunca, ni en el cielo. Suponga usted que yo me
retiro a un desierto, hago penitencia, me santifico, muero, me salvo y
entro en el reino de Dios como bienaventurado, ms an, como santo.
Suponga usted tambin que ella se arrepiente de su mala conducta, que
recibe de Dios aflicciones y justas calamidades, que se pudre en vida,
que se retira a hacer vida claustral, que luego cae en poder de
infieles, que la martirizan, que la queman, que la achicharran, que
muere, que se salva, que es santa, que es pura como un ngel.... Bueno,
suponga usted que nos encontramos en el cielo....

--Y brazados llorarn lgrimas de perdn--exclam el padre muy conmovido
y cruzando las manos.

--No!--grit Navarro, y aquella slaba son como un tiro.

El jesuita se qued perplejo, mirando a su amigo con espanto. No se
atreva a insistir en su empeo ante la inalterable dureza de aquella
roca en forma humana, que exteriormente tena todas las escabrosidades
de la pea y por dentro todos los amargores del mar; pero tambin l, el
jesuita, tena a falta de aparentes durezas, la constancia y persistente
fuerza de la ola. No crey prudente insistir por el momento, y
encalmndose sin esfuerzo, baj la cabeza, ech un suspiro y murmur en
tono de paz estas suaves palabras:

--Todo sea por Dios. Hablemos de otra cosa.

--Hablemos de otra cosa--dijo Navarro con alegra--. Hbleme usted de otra
cosa, aunque 4 sea de los cucuruchos.

--Tena que decir a usted no s qu--indic Gracin algo confuso; mas
dndose una palmada en la frente aadi--: Ah! ya me acuerdo.... Tengo
aqu la apuntacin. Un caballero amigo mo, mejor dicho, conocido, desea
hablar con usted. Lo conoc en casa de Doa Genara.

--En su casa!--exclam Navarro ponindose ms verde, y clavando las uas
en los brazos del silln.

--S; tambin D. Felicsimo me habl de l esta maana.... No me acuerdo
de su nombre... pero lo apunt y aqu debe de estar.

Diciendo esto el buen jesuita meta la mano y despus el brazo hasta el
codo en el infinito bolsillo.

--No se moleste usted--dijo Navarro tomando la carta de D. Felicsimo que
abierta sobre el velador estaba, y mostrndosela a su amigo--. Es este
su nombre?

--El mismo--replic Gracin.

Y en el propio instante se abri la puerta y apareci la cara, mejor
dicho, la zalea con ojos del Sr. Zugarramurdi, el cual no dijo ms que
una sola palabra:

--Ese....

Despus de mirar un rato muy hoscamente al suelo, Carlos habl as:

--Que entre.... Usted, queridsimo padre, me har el favor de dejarme
solo.... Maana tampoco puedo asistir a la junta, pero me representa el
Padre Carasa. Deseo saber inmediatamente lo que se decida. Vendr usted
a decrmelo?

Despus de contestar afirmativamente con su afabilidad no estudiada, el
dignsimo Padre Gracin sali para seguir repartiendo sus cucuruchos
entre las damas piadosas que saban apreciar tan interesante objeto
devoto.




-IV-


Bien se le conoca a Salvador la emocin que senta al verse delante del
guerrillero, y este, que no esperaba hallar en el semblante de su mortal
enemigo otra cosa que desconfianza y altanera, se sorprendi al mirarle
cohibido y algo acobardado, mas no sospech la razn de esta mudanza.
Mandole sentar y un buen rato estuvieron los dos mirndose, sin que
ninguno se decidiera a hablar el primero. Por fin Carlos rompi el
silencio diciendo:

--No poda desairar a D. Felicsimo... por eso te he recibido,
exponindome a las consecuencias de este mal rato. Ya sabes que estoy
enfermo y el mdico dice que no debo incomodarme.

--Eso depende de ti. Yo vengo con bandera de paz y decidido a no
incomodarme. Has hecho bien en recibirme. Hace tiempo que te busco, y
ahora que te encuentro te pregunto si crees que no me has perseguido y
vejado bastante.

--Quieres que sea bastante ya?--dijo Garrote con sarcasmo--. Pues sea y
djame en paz. Si no me acuerdo de ti, si te desprecio....

--Pobre hombre!--exclam Salvador--. Tu orgullo dice tan mal con tus
alardes de piedad religiosa.... Yo vengo ahora a ponerte a prueba y a
ver si tu alma rencorosa es, como parece, incapaz de todo sentimiento
que no sea el de la venganza....

--Vienes a ponerme a prueba?... Con cien mil rbanos, hombre, que seas
benigno--dijo Navarro empezando a enfurecerse--. Y luego me dir el
mdico que tenga paciencia, que no me sulfure, que no se me suba a la
boca y a los ojos la hiel de mis entraas!... Oye t, menguado, por no
darte otro nombre, vienes a gozarte en mi desgracia, vindome enfermo y
sin fuerza para castigar un insulto, o vienes a espiarme por encargo de
los masones? Si es esta tu intencin, no necesitas aguzar el ingenio
para descubrir mis acciones. Puedes decir a esos seores que s, que
estoy conspirando rbano! que hago lo que me da la gana, que trabajo
como un negro por la causa del Rey legtimo y que yo y mis amigos nos
reunimos y nos concertamos, despreciando a este Gobierno estpido, cuya
polica hemos comprado. Al ejrcito lo seducimos y lo traemos
habilidosamente a nuestra causa; al Gobierno le engaamos, y a vosotros
los masones de bulla y gallardete os compramos a razn de dos pesetas
por barba. Ea, ya lo sabes todo; ya puedes ir con el cuento.

--Ya s que conspiras--dijo Monsalud mantenindose sereno--y no me
importa.... Otro asunto me trae, asunto que es de mucho inters para
entrambos, al menos para m. Dime, no has pensado alguna vez,
principalmente en estos das de dolencias, aislamiento y tristeza, en la
esterilidad de los infinitos medios que has empleado para exterminarme?
No te han venido a la mente consideraciones sobre esto, no te has
sorprendido a ti mismo, en ciertos momentos, meditando, sin saber cmo
ni por qu, sobre el hecho de que todos tus actos de venganza han sido
intiles, y que Dios me ha preservado casi milagrosamente de tus
crueldades?

Mientras esto deca Salvador, le miraba Navarro con cierto asombro que
no careca de estupidez, y era que, en efecto, haba meditado no pocas
veces sobre aquel problema. Sin embargo, por no declarar que su sombro
interior haba sido descubierto, dijo bruscamente:

--Pues jams he pensado en tal cosa. A qu vienen esas sandeces?

--Estas sandeces--dijo Salvador crecindose ms--son para demostrarte que
Dios, a quien t, llevado de una piedad absurda, crees cmplice de tus
violencias y de tus saudas venganzas, es quien te ha burlado y me ha
protegido. Qu bien y con cuanta oportunidad ha deshecho tus
combinaciones implacables, permitiendo que llegara un da como este, en
el cual voy a desarmarte para siempre!

Navarro segua mirndole con estupidez.

--Por muy malo que te suponga--aadi Salvador--no te creo capaz de
conservar tus rencores despus de saber que t y yo somos hijos de un
mismo padre.

El guerrillero salt en su asiento, como quien oye un insulto. Su cara
se congestion a borbotones ech de su boca estas palabras:

--Es mentira, es mentira!

--Mentira, eh? con que es mentira? Tengo de ello un testimonio para m
sagrado, escrito por la mano de la persona ms querida para m en el
mundo, y ratificado en su lecho de muerte. T puedes creerlo o no, segn
se te antoje: a tu conciencia lo dejo. Cumplo con mi deber dicindotelo.
La mitad de este secreto te corresponde a ti, mal que te pese. Yo no
puedo quedarme con l todo entero.

Inquieto en su asiento, Navarro vacil entre la ira y la curiosidad.

--Esas cosas--dijo--no se pueden creer sin algo que lo pruebe.... A ver,
qu es eso? Qu significa ese paquete atado con cintas encarnadas?

Salvador haba sacado un paquete y escoga en l los papeles que quera
mostrar a Carlos.

--Esta es la carta que mi madre me escribi poco antes de morir--dijo
ponindola en manos de Navarro--. Es la confesin de una falta redimida
por una existencia de penas y oscuridad; es una declaracin santa, que
respira honradez, paciencia y bondad. Se necesita ser un monstruo para
no inclinarse con respeto ante esa vida de abnegacin y deberes
trascurrida a la sombra de una vergenza jams reparada....

El otro lea, lea. Salvador le miraba leer y mentalmente segua los
conceptos de la carta. Concluida la lectura Navarro dio un suspiro y
dijo:

--Qu sed tengo!... Si quisieras echar agua de la alcarraza en aquel
vaso que all est y alcanzrmelo....

Monsalud le dio agua, y luego que le vio aplacar su sed, diole otros
papeles dicindole:

--Conoces esa letra?

--Son cartas de mi padre--murmur Navarro, devorndolas con la vista.

--No es ocasin ahora--dijo Salvador--, de hacer comentarios sobre las
promesas hechas en esas cartas y jams cumplidas. Esas viejas cuentas se
habrn arreglado en otra parte.

Callaron ambos, y Navarro, puesta su alma toda en los ojos, lea las
pocas pginas de aquel drama oscuro, desenlazado ya por la muerte. Al
concluir se qued mirando al suelo por largusimo espacio de tiempo, y
luego, evitando el fijar los ojos en su hermano, le dijo lo siguiente:

--Bueno, convengo en que esto no tiene duda. Parece evidente que por la
Naturaleza.... Pero no, la fraternidad no se improvisa. Eres hijo de mi
padre; pero no eres ni sers mi hermano.

--Ni lo pretendo, ni me importa tu fraternidad--replic Salvador
devolvindole su desvo--. No necesito de ti para nada. Slo he querido
que sepas cun cerca nos puso la Naturaleza, mejor dicho Dios, para que
comprendas que el papel de Can es malo, y hasta desairado.

--Una carta vieja no puede hacer de dos enemigos irreconciliables dos
hermanos queridos.... Convengo en que no puedo perseguirte ms: la
memoria de mi buen padre, aquel valiente caballero que muri por la
patria, se interpone y te salva....

--Antes me salvar yo con la ayuda de Dios--dijo Salvador con desprecio--.
No he venido a solicitar la indulgencia, que no necesito.

--Pues yo te la doy, cien rbanos!--exclam el guerrillero sulfurndose--.
Mira, dame agua otra vez; tengo mucha sed; tu secreto me sabe a hiel y
vinagre.

Bebi, y despus, cavilando un poco, dijo como si masticara las
palabras:

--Adems, antes de hablar de reconciliacin es preciso determinar bien
quien es el ofendido y quien el ofensor. Te quejas de que te he
perseguido y hablas de mis crueldades. Pues yo digo que t eres el
monstruo, t el criminal, t el indigno de perdn.

--Acurdate de aquellos das del ao 13, cuando se dio la batalla de
Vitoria dijo Salvador con violencia--. Oh! fuiste t quien me provoc.

--Fuiste t!.

--T!

--Repito que t.

La disputa se agriaba. Salvador quiso calmarla con un ademn de
conciliacin. Navarro respiraba como quien se va a ahogar.

--Mira--dijo con desabrimiento--lo mejor es que te vayas.

--Antes has de or lo que voy a decirte.

--Pues di.

--S, sostengo que fuiste t quien primero entabl nuestra rivalidad, no
por eso desconozco que comet despus faltas graves, que te ofend...

--Lo confiesa el menguado!...

--Yo no soy como t; yo no tengo el orgullo de mis crmenes, ni los
defiendo, por ser mos, contra la razn y el derecho de los dems.

--Me has ofendido, y de qu modo!--exclam Carlos que era todo acbar--.
Con cien vidas que tuvieras no pagaras tu delito.... y vienes a
amansarme ahora con la pamplina de que somos hermanos, hermanos por la
casualidad, por el capricho!... Peor, peor mil veces para tu conciencia.

--Si furamos a hacer un anlisis--manifest Salvador--, de todo lo que ha
pasado entre nosotros desde el ao 13, asignando a cada uno la parte de
responsabilidad y de culpa que le corresponde, creo que todos
quedaramos muy mal parados. Bien s que hay culpas completamente
irreparables en el mundo, y ofensas que no se pueden perdonar. As, mal
que le pese a nuestro flamante parentesco, no podemos ser nunca amigos.
Pero....

--Pero qu?

--Pero debemos extinguir hasta donde sea posible nuestros odios,
considerando que hay un tercer culpable a quien corresponde parte muy
principal de esta enorme carga de faltas que t y yo llevamos....

Navarro no le dej concluir la frase; se levant y alargando la mano
como en ademn de tapar la boca a su hermano, grit de este modo:

--No la nombres, no la nombres, porque volveremos a las andadas.... Has
puesto el dedo en la herida de mi corazn, que an mana sangre y la
manar mientras yo viva.... Desgraciado de ti, que al ponrteme delante
no puedes excitar en m la clemencia de la fraternidad sin excitar al
mismo tiempo el bochorno de la deshonra! Cmo he de acostumbrarme a ver
con sentimientos cariosos a la misma persona a quien he visto siempre
con horror?... Djame en paz. Ya s que no te puedo matar. Esto basta
para ti y para m. Mrchate.

Se qued tan ronco que sus ltimas palabras apenas se entendan....
Despus de hablar algo ms con ronquidos y manotadas, pudo hacerse or
nuevamente.

--Aguarda.... La lcera de mi vida, lo que me ha envenenado el cuerpo y
ha trasformado mi carcter hacindole displicente y salvaje, ha sido mi
deshonra. Este pual, Dios poderoso, cundo se desclavar de mis
entraas!... Este cartel horrible que en mi frente llevo, cuando
caer!... Soy un menguado, porque no he sabido castigar. He cortado las
ramas y he dejado crecer el tronco! Pero el tronco caer: ese es mi
afn, esa es mi locura.... Bien sabes que la infame--aadi expresndose
con mucha rapidez en voz baja--, lejos de corregirse, progresa
horriblemente en el escndalo.... Me han dicho que t tambin la
desprecias.... Pues bien, unmonos para castigarla.... Merece la
muerte.... Castigumosla y despus... despus seremos hermanos.

--Veo--dijo Salvador horrorizado--que ests tan enfermo de alma como de
cuerpo. No me propongas tales monstruosidades. Ests demasiado embebido
en los hbitos y en las ideas del guerrillero para pensar
razonablemente.

Al furor sucedi el abatimiento en la irritable persona de Carlos, y por
largo rato no dio seales de vida. Salvador le dijo:

--Renuncia a toda idea de violencia y asesinato. Pensando en un castigo
imposible, te envenenas el alma. Renuncia tambin a la agitacin de la
poltica y no conspires, no seas instrumento de ambiciones de prncipes.
Retrate a nuestro pueblo, busca en la paz la reparacin que necesitas y
crate con la medicina del olvido.

--Retirarme al pueblo!...--exclam Carlos alzando los ojos para mirar de
frente a su hermano--. Para qu? para sentir ms el horrible vaco de
mi alma y la soledad en que vivo? La agitacin de estas luchas civiles y
el afn de hacer algo por una causa justa, me distraen hacindome
llevadera la vida; pero la soledad del pueblo me abate y entristece de
tal modo que si yo pudiera llorar, llorara sobre los muros de mi casa
desierta. Si al menos encontrara all familia, algn pariente, amigos,
antiguos criados... pero no; nadie. Mi casa parece un panten; y las
calles de la Puebla repiten mis pasos como ecos de cementerio. Los
recuerdos son all mi nica compaa, y los recuerdos me asesinan.

--Lo mismo me pasa a m--exclam Salvador--. Sin familia, solo, privado de
todo afecto, parece que estoy condenado, por mis culpas, a vivir sobre
el hielo. Tambin yo he visitado hace poco nuestra villa y se me han
cado las alas del corazn al verme forastero en mi pueblo natal.

--A m me perseguan de noche no s qu sombras que salan de aquel negro
casero. Todos los perros del pueblo me ladraban mil rbanos! con furia
horripilante.

--Tambin a m. Encontr algunas personas y me reconocieron; pero me
miraban con mucho recelo, como si fuera a quitarles algo.

--Me pas lo mismo. Entonces conoc cun triste es no tener a nadie en el
mundo a quien confiar una pena del corazn, una alegra, una esperanza.

--Yo tambin. Y entonces me sent viejo, muy viejo.

--Lo mismo yo. Y dije: si yo tuviera junto a m a un ser cualquiera,
aunque fuese un nio, no saldra a los campos en busca de aventuras, ni
me afanara tanto porque reinase Juan o Pedro.

--Igual he pensado yo.... Si algo me consolaba en aquella soledad lgubre
era el recordar cosas de la niez. Y las vea tan claras cuando pasaba
por los sitios donde solamos jugar, por el sitio donde estuvo la
escuela, por el atrio de la iglesia y el puente, y casa del to Roque el
herrero...!

--Pues yo me pasaba las horas muertas reproduciendo en mi memoria
aquellos das.... Cuntas veces me acord de la pobre Doa Fermina tu
madre! Era tan buena!... No se pona a hacer media sentada junto a una
puerta que hay a mano derecha como entramos en el patio?

--S, s.

--Y me parece ver al Padre Respaldiza, contando chascarrillos, y a
aquella Doa Perpetua que vivi ms de cien aos. Yo recuerdo que tu
madre me agasajaba mucho cuando yo, jugando contigo y con otros
chicuelos, me meta en el patio de tu casa. Me abrazaba, me besaba y me
pona sobre sus rodillas; pero yo me desasa de sus brazos para correr y
subirme a un montn de vigas.... No haba un montn de vigas en el
patio?

--S, s.

--Y no tena tu madre muchas gallinas?

--S.

--Un da reimos por un pollo y nos dimos de bofetadas t y yo. Otro da
nos hicimos sangre a fuerza de darnos porrazos y quedamos como dos
_Ecce-homos_.... Despus....

Navarro dio un gran suspiro diciendo luego:

--Pareca que estbamos destinados a una rivalidad espantosa por toda la
vida.... Un da, cuando ya ramos grandecitos, volvamos de componer un
aro de hierro en casa del to Roque, y encontramos a Genara que sala de
la escuela....

Aqu concluyeron los recuerdos. Como una luz que se apaga al soplo del
viento, Navarro cerr la boca, apret los labios fuertemente cual si
quisiera hacer de los dos un labio solo, frunci las cejas haciendo de
ellas como un nudo encargado de contener y apretar toda la piel de la
frente, y descarg al fin la mano con tanta fuerza sobre el brazo del
silln, que a punto estuvo este buen invlido de saltar en astillas.

--Parece imposible--dijo despus--que basten algunos aos para que los
ngeles se conviertan en demonios, y los hombres en fieras.... T,
oye...--aadi con altanera--, no hagas caso de mis habladuras... dgolo
por si se me ha escapado alguna frase que indique disposicin a
perdonar, blandurillas de corazn u otra cosa semejante, indigna de mi
carcter entero y de mi honor. Ella ser siempre para m el tormento y
la mala tentacin de mi vida, y t... un hombre a quien no veo ni podr
ver nunca sin violentsima antipata. Haz aprecio de mi rara franqueza,
ya que no puedas apreciar en m otra cosa.... Quieres que te lo diga
ms claro? Pues lo mismo me quemas la sangre ahora que antes. Desconfo
de tus palabras, desconfo de tus acciones, desconfo de nuestro
parentesco, que bien puede ser tramoya inventada por ti, desconfo de
tus arrepentimientos, y como ha de serte ms difcil ganar mi voluntad
que ganar el cielo, ser bien que me dejes en paz y que no vengas ac
con hermanazgos ni embajadas sentimentales, porque otra vez no tendr la
santsima paciencia que ahora he tenido: ya me conoces, ya sabes mi
genial. Esta enfermedad del demonio me ha echado cadenas y grillos; pero
yo sanar, con mil rbanos, sanar, y te juro que no habr quien me
sufra. Has odo bien? no habr quien me aguante.... Las bromas que yo
gasto pasan por barbaridades en el mundo.... No me busques, pues, y yo
te prometo que no te buscar. Es todo lo que puedo hacer.

Diciendo esto le seal la puerta. Era ya casi de noche, y en la
sacristanesca pieza oscura cada uno de los personajes vea a su
interlocutor como si fuera su propia sombra. Levantose Salvador de su
asiento y despidiose del guerrillero con esta lacnica frase:

--Adis. No te buscar. Si llegas alguna vez a mi puerta, segn como
llames a ella te responder.




-V-


Sali, y cuando iba en busca de la puerta por el pasillo, que oscursimo
como la caverna de Montesinos estaba, tropez con un bulto, el cual, por
el agudo chillido que sigui al choque, demostr ser mujer y mujer muy
sensible.

--Brutsimo, salvaje.... no tiene usted ojos en la cara?--grit la voz--.
Qu modos son esos?

--Seora--dijo Salvador quitndose el sombrero, mas sin ver gota--,
dispnseme usted. Ojos tengo, pero de nada me sirven, pues no hay luz en
el pasillo. Buscaba la puerta....

--Y soy yo acaso la puerta, seor majadero?... Qu consideraciones
gastan con las seoras los hombres de esta casa!...

Hablando as la dama abri la puerta y con la claridad indecisa que de
la escalera vena pudo Salvador verla y advertir que pareca dispuesta a
salir tambin. Llevaba mantilla negra y una dulleta en cuyo adorno
haban entrado pieles de diversos animales domsticos, hbilmente
combinadas con galones que siglos antes lucieron en la tnica de algn
santo o en el valiente pecho de algn oficial de guardias walonas.
Salvador, que haba visto algunas veces a la dama, la conoci.
Acostumbraba a mirar con respeto aquella decadencia ms lastimosa que
risible.

--Vuelvo a pedir a usted mil perdones--le dijo--, por mi torpeza.... Veo
que tambin sale usted, seora, y si me lo permite tendr mucho gusto en
acompaarla.

--Gracias, muchas gracias--replic la momia dando en direccin a la
escalera algunos pasos en los cuales se adverta marcado prurito de
agilidad--. Yo tambin necesito excusarme por haber dicho a usted algunas
palabras inconvenientes, confundindole con ese hombre basto, ese
Zugarramurdi, que es un mueble con andadura.

Salvador le ofreci el brazo que ella no tuvo inconveniente en aceptar.
Bajando la momia, arroj de s esta pregunta, metida dentro de un
suspiro:

--Es usted amigo del Sr. D. Carlos?

--S, seora.

--Si no me engao, es la primera vez que viene usted a casa. Ah! esto
parece la casa de Tcame Roque, segn la gente que entra y sale. Y no es
toda gente de principios, ni se nos guardan los miramientos que nos
corresponden. No extrae usted que me admire de su urbanidad, pues
vivimos en una poca en la cual se puede decir que no hay caballeros....
Por ventura es usted el que estaban esperando?

--S, seora, me esperaban...--indic Salvador por decir algo.

--El que esperaban de Catalua, para empezar la danza.... Pero ha visto
usted, caballero, qu estupidez! pretender que esta nacin heroica sea
gobernada por una reina en mantillas.

--Una necedad, s seora.

--Porque usted ser indudablemente de los primeros espadas en esta
sacratsima guerra que se prepara.

--De los primeros no... mas....

--No sea usted modesto. La modestia es compaera inseparable del
verdadero mrito--dijo la dama trayendo a los labios con no poco trabajo,
desde el fondo de su alma seca una gota de fiambre dulzura--. Quizs me
equivoque, pero no es usted D. Jos O'Donnell?

--No soy O'Donnell.

--No es usted comisionado de la Regencia secreta que se ha formado en
Catalua, presidida por el prepsito de los Jesuitas? Yo estoy al tanto
de todo, y conmigo, caballero, no valen los misterios.

--Juro a usted, seora, que no soy el que usted supone.

--Ni tampoco el coronel D. Juan Bautista 6 Campos, que tiene en el hueco
de la mano, como quien dice, a los voluntarios realistas de media
Espaa?

--Tampoco.

--Mire usted que soy algo pcara--dijo la momia contrayendo de tal modo el
amojamado rostro para sonrer, que Salvador, al mirarla, tuvo algo de
miedo--. Oh! no me falta penetracin, y en punto a relaciones con
personas comprometidas en la causa del trono legtimo, no habr
seguramente quien me gane.... Caballero, sabe usted que hace un fro
espantoso?

Salvador not que la dama se agarraba ms fuertemente a su brazo. Al
sentir los puntiagudos dedos de esqueleto y el roce de los viejos
tafetanes del vestido, as como el de las pieles impregnadas de olor de
sepulcro, sinti que era una verdad aquel fro glacial de que la dama
hablaba.

--Hace mucho fro, s seora.

--Y las calles estn muy solitarias. Si fuera usted tan bueno que
quisiera acompaarme hasta la casa adonde voy de visita....

--Con muchsimo gusto, seora.

--Es cerca: junto a San Sebastin.

--Media legua--dijo para s Monsalud; pero no teniendo ocupaciones, dio
por bien empleado el paseo en obsequio de una desvalida seora que tan
bien pareca agradecerlo.

--Doy a usted otra vez las gracias--dijo esta--, por su amabilidad, que es
ms digna de aprecio en una poca en que se han acabado los
caballeros.... Pronto llegaremos: voy a casa de Paquita de Aransis, la
seora del coronel D. Pedro Rey. Conoce usted a esa digna familia?

--No tengo el honor de conocerla; pero ese apellido de Aransis no es
extrao para m.

--Es una alcurnia noble de Catalua. Ha estado usted en Catalua?...
Quizs haya usted conocido al conde de Miralcamp, que es Aransis, al
alcalde de Cervera, que es D. Raimundo Aransis. Tambin conozco yo en
Solsona una monja Aransis, que es hermana de Paquita.

--Ah! s, la conozco--dijo Salvador prontamente, herido por vivsimos
recuerdos.

--Esa familia est emparentad a con la nuestra--aadi la seora, que era
harto redicha para ser momia--. Paquita es tan buena, tan cariosa, tan
excelente cristiana y tan mujer de su casa.... Tiene dos hijos que son
dos pedazos de gloria, segn dice el padre Gracin, Juanito que ahora va
a Sevilla a estudiar leyes, al lado de sus tos paternos, y Perfecta,
que es un perfecto ngel de Dios. La pobre nia ha estado enferma hace
poco con unas calenturas malignas que la han puesto al borde del
sepulcro.... Cunto hemos sufrido! La condesa de Rumblar y yo
alternbamos para velarla... una noche ella, otra yo.... Usted conocer
seguramente a la condesa de Rumblar, y a su hija Presentacioncita, y a
su yerno Gasparito Grijalva, ese tronera, liberalote que concluir en la
horca....

--Si es liberal, no concluir en bien.

Salvador tuvo que moderar el paso, al notar que su compaera se sofocaba
bastante.

--Usted--dijo esta, aspirando el aire con celeridad, como un fuelle viejo
que para nutrirse necesita agitarse mucho--, ha vivido al parecer lo
bastante, para conocer a mucha gente, tener muchos amigos y presenciar
multitud de sucesos; pero no lo necesario para ver pasar pocas y
familias, para ver extinguirse las amistades, mudarse las fortunas,
morir las ilusiones y caer en ruinas las cosas ms reales de la vida.

--Algo y aun algos de eso he visto por desgracia, seora--dijo Salvador
sorprendido de aquel sentimentalismo que por cierto modo artstico se
avena bien con el empaque funerario de su distinguida interlocutora.

--Oh! caballero--exclam esta detenindose y clavando en l sus ojos que
brillaron como las ltimas ascuas de un hachn sepulcral--, no es muy
triste ver tanta cosa muerta en derredor nuestro, y sentir ese fro del
alma que dan las memorias marchitas, cuando pasan? Hacen un murmullo
triste como el remolino de hojas secas, y dan escalofros como la
llovizna de otoo No es verdad, no es verdad esto?

--Es verdad--dijo Salvador participando de aquel escalofro.

Y vio extinguirse la chispa funeraria en los ojos de Salom, porque sus
flacos prpados cayeron como apagadores de iglesia, y dejaron el
amarillo semblante en su primitivo aspecto de cosa completamente
acecinada y seca.

--Caballero, tengo un fro horrible!--murmur la dama temblando--. Vamos a
prisa.

El cielo estaba como suele verse en las noches de invierno, limpio,
estrellado hasta la profusin, hasta el derroche, cual si saliesen a la
bveda del cielo ms astros de los que caben y pugnasen por quitarse el
puesto unos a otros. El aire quieto, sereno, tena un no s qu, slo
comparable al fulgor horripilante de la cuchilla acabada de afilar. Las
estrellas alargaban sus fros rayos atravesando la inmensa regin de
invisible hielo, y la luna, pues tambin haba luna, difunda claridad
verdosa por calles y plazas. El suelo pareca el lecho de un ro que se
acaba de secar, dejando al descubierto su limo lleno de fosforescencias.
Tres o cuatro calles atraves la pareja sin decir palabra, y al llegar a
un portal de mediano aspecto en la calle de las Huertas detvose la
muerta viva, y sin soltar el brazo del caballero, anunci con una sola
voz el fin de la jornada.

--Ya--dijo con expresin de lstima, y luego fue retirando su mano poco a
poco para llevarla a la cabeza, donde pedan reparacin los pliegues de
la mantilla y una guedeja rubia, que desertaba de las filas donde la
haba puesto el peine pocas horas antes--. Ya se ha molestado usted
bastante. Bueno ha sido el paseo... y debemos dar gracias a Dios de que
no nos haya visto nadie, porque si nos hubieran visto.... Ah! no sabe
usted hasta qu punto es atrevida la calumnia en estos tiempos....
Quin me asegura que maana no dirn de m herejas sin cuento por
haberme dejado acompaar de noche por usted?

--Seora, creo que no dirn nada--observ Salvador, reprimiendo la sonrisa
que a sus labios vena.

--Oh! quin sabe.... Ahora todo se juzga por el aspecto malo. Ah! ni la
nieve misma est libre de mancharse o de ser manchada.... Retrese
usted... yo comprendo que desear prolongar la conversacin en el
portal; pero no puede ser, no puede ser de ningn modo.

Despus de ofrecerle su casa con no pocas zalameras, rog al caballero
tuviese la bondad de decirle su nombre para conocer mejor a la persona a
quien deba agradecer galanteras inauditas en una poca ay! en una
poca calamitosa y estril en que no haba caballeros. Dicho el nombre,
la momia lo repiti con agrado y despus dijo:

--Militar?

--No, seora, paisano.

--Andaluz?

--Alavs.

--Y hasta la muerte defensor del trono legtimo...?

--Del trono de Isabel II.

--Pues qu? es usted....

--Masn, seora.

Al expresarse as, con la sonrisa en los labios, Salvador crey que no
mereca respuestas serias aquel interrogatorio impertinente. La momia
estuvo a punto de deshacerse en polvo al or la nefanda palabra.
Estremecida dentro de sus apolilladas pieles y de sus ajados tafetanes,
llevose las manos a la cabeza, lanz una exclamacin de lstima y
desconsuelo, y por breve rato no apart del cielo sus ojos fijos all en
demanda de misericordia.

--Masn!--repiti luego mirando al que, segn ella, era un soldado de las
milicias de Satans--. Quin lo dira!

Y sealando con su mano flaca, cubierta de guante canelo, una luz que a
cierta distancia se vea, como farolillo de taberna o caf, dijo entre
suspiros:

--En donde est aquella luz se renen sus amigotes de usted....
Caballero, si me permite usted que le dirija un ruego, le dir que por
nada del mundo sea usted masn. Todo est preparado para el triunfo de
la monarqua verdadera y legtima, y es una lstima que usted perezca,
porque perecern todos, no hay duda.... Cuando usted me dijo que es
masn, vi... yo siempre estoy viendo cosas extraas que luego resultan
verdaderas... vi un montn de muertos en medio de los cuales asomaba una
cabeza....

Le tom una mano, y al contacto del guante canelo, que por su delgadez
apenas disimulaba la dureza de los dedos fosilizados, Salvador sinti
que se le comunicaba un fro glacial, llegando hasta su corazn.

--Aquella cabeza era la de usted--prosigui la momia--. Usted se reir;
pero yo no; porque la experiencia me ha enseado a dar un gran valor a
mis corazonadas, y en el tiempo escaso de nuestro conocimiento he podido
apreciar las notables prendas de usted. Oh! s, todava hay caballeros;
pero pronto, muy pronto quizs no haya ninguno. Adis.

Le estrech un momento la mano y desapareci dentro del portal, oscuro y
profundo como un sarcfago.

Salvador permaneci un rato en la puerta, mirando al hueco oscursimo
que se haba tragado a su dama de aquella noche, y murmur estas
palabras:

--Pobre seora!... sin duda est loca.

Alejose despacio, sin poder echar de su mente tan pronto como quisiera
la imagen de la fantasma a quien haba dado el brazo y que pareca el
duendecillo propio de las heladas y claras noches de Enero en el clima
de Madrid. Despus de andar un poco maquinalmente y sin direccin fija,
hallose bajo el farol que poco antes le sealara la mano del guante
canelo.

--El caf de San Sebastin--pens--. Ya que estoy aqu entrar. No faltarn
amigos con quienes pasar un rato.




-VI-


El caf no estaba lleno de gente, y en su pesada y brumosa atmsfera se
podan contar los grupos diseminados, y aun las personas. Algunos
individuos, con el sombrero echado atrs, la capa colgando de los dos
hombros o de uno solo, charlaban a gritos entre sorbo y sorbo, sin tocar
asuntos de poltica, por ser gnero que no se poda tratar a gritos.
Otros en baja y temerosa voz, cual si pronunciaran algn conjuro sobre
el lquido negro, a quin daban cierto carcter quiromntico los
misteriosos ingredientes de que se compona. Estos seores de la capa
arrastrada y de los codos sobre la mesa y del sombrero hasta las cejas
hundido, eran los arregladores de la cosa pblica. Ya desde entonces se
dedicaban con preferencia a esta patritica tarea de arreglar al pas
los hombres sin oficio ni ganas de aprenderlo, que sentan la
irresistible vocacin del empleo lucrativo. Algunos lo hacan tambin
por cierta desavenencia ingnita con el poder pblico, y los menos por
exaltacin de ideas o por leal deseo de labrar el bien de la
muchedumbre. De todas estas especies de patricios haba la noche aquella
pocas aunque buenas muestras en el caf de San Sebastin.

No haba andado Monsalud cuatro pasos dentro del local, cuando se sinti
llamado desde lados opuestos. Acudi all donde haba visto caras ms de
su gusto, y despus de saludar a varios individuos sentose en la ms
apartada mesa en compaa de dos sujetos. Uno de ellos pareca tener con
Salvador amistad antigua y estrecha porque se saludaron con mucho
afecto. Era de edad mediana y buena presencia; llambase don Eugenio
Aviraneta: su patria era Guipzcoa y tena el especialsimo talento de
la conversacin, calidad no escasa en Espaa, donde se han hecho grandes
carreras por saber contar cuentos o referir bien o plantear con arte los
asuntos y cuestiones de todas clases. El otro era ms joven, de color
plido tirando a aceitunado, el pelo y cejas de grandsima negrura, la
nariz afilada el bigote corto y espeso, modelado por la navaja de una
manera singular con arreglo a la moda ms ridcula que puede imaginarse,
la cual consista en trazar dos lneas rectas desde las ventanillas de
la nariz a los extremos de la boca, dibujando as un pequeo mostacho
rigurosamente triangular que llev el nombre de _bigotillo de moco_.
Tambin llevaba el aceitunado personaje una perilla de rabo de conejo, y
en los cachetes patillas o chuletas cortas, tambin modeladas por la
navaja con un esmero tal que casi vena a confundirse el oficio de
rapista con el arte del escultor. Esto y el breve tup acompaado de
mechoncillos sobre las orejas estaban declarando a gritos que el remate
y coronamiento de tan singular cabeza haba de ser uno de aquellos
ingentes morriones de base estrecha y anchsima tapa, visera menuda y
carrilleras de cobre suspendidas a los lados de la placa frontal. El tal
morrin inconmensurable se estaba viendo, s, sobre la cabeza de aquel
buen seor por la fuerza de la analoga, aunque estaba descubierto y
vestido de paisano. Pero si por un hilo se saca un ovillo, suele tambin
sacarse por una cara un morrin, y as se poda decir a boca llena que
nuestro individuo era militar y por ms seas _ayacucho_.

--Te presento a mi amigo el capitn Rufete--dijo Aviraneta poniendo en
relaciones a sus dos camaradas--. Y ahora cuntanos algo, dinos qu es de
tu vida, hombre. Despus que eres rico no hay quien te vea.

Hablaron largo rato de cosas de la vida, de viajes, de caza, de
enfermedades, y sin saber cmo pararon en la cuestin magna del da, a
saber, que el Rey no se mora tan presto como algunos pillos quisieran,
que se haba decidido jurar solemnemente a Isabelita como heredera del
trono, y que el buenazo de D. Carlos se marchaba a Portugal. Rod la
conversacin de idea en idea, hasta que Aviraneta toc a Salvador en el
brazo y le dijo con misterio:

--Si quieres encargarte de una misin delicada, no hay ningn
inconveniente en confirtela.

--Ya s que conspiras, pero por quin?--replic Salvador riendo--Por
Cristina, por D. Carlos o por ambos a la vez?

--T me conoces, y sabes que con alas mas no ha de volar ningn
murcilago. Me ha comprometido a explorar los nimos de la gente liberal
para saber en qu condiciones se podra contar con ella en caso de una
guerra civil.

--Los libres--dijo el _ayacucho_ con nfasis--, estn y estarn siempre al
lado de la Princesa, si a la Princesa le ponen por almohada en su cuna
_el mejor de los cdigos_.

El llamar _libres_ a los liberales y _el mejor de los cdigos_ a la
Constitucin del 12 constitua, con otras muchas frases, un estilo
especial que por largo tiempo prevaleci en todas las manifestaciones
literarias del partido avanzado.

--Calle usted, hombre, por amor de Dios--dijo Aviraneta reprendiendo con
un gesto la espontaneidad del capitn--. Los _libres_, como usted dice, y
los liberales, como los llamo yo, estn tan divididos que no oye usted
dos opiniones iguales si habla con ellos. Hay multitud de tontos a
quienes no se puede arrancar de la cabeza lo _del mejor de los cdigos_;
hay algunos solemnes pillos que por malicia y por tener poder ante la
canalla, gritarn, si les dejan, _constitucin o muerte_; hay el grupo
de los _anilleros_ o de los _sabios_, que reniegan de todo si no les dan
las dos Cmaras con Carta, a la francesa, y aun creo que alguien quiere
que haya tres Cmaras, por no parecerle bastante dos. Unos piden que
haya mucha religin sin dejar de haber libertad, mientras los
_iluminados_ desean acabar con la gente de cogulla y quemar los
conventos, para que _suprimidos los nidos no haya miedo de que vuelvan
los pjaros_. Yo he tanteado aqu y all y he encontrado asperezas que
no es fcil suavizar, y antagonismos que no es posible vencer. Martnez
de la Rosa, Toreno, Burgos y comparsa se niegan a todo lo que sea
revolucin, Palafox se aviene siempre con el parecer de Calvo de Rozas,
y Calvo de Rozas, unido con Flores Estrada, ha hecho una constitucin
templadita. La quieren tanto, como buenos padres, que si no es
preferida, dicen que no se cuente con ellos para nada. Romero Alpuente y
los exaltados juran y perjuran que no hay ms Constitucin que la del 12
en todo el globo terrqueo, y que ellos la harn triunfar, pese a quien
pese. Vamos, esta es una casa de fieras, y yo digo que convendra que
estallase la guerra y viniesen grandes peligros para que entonces se
unieran tantas voluntades y se llegara a un acuerdo en lo de la
Constitucin definitiva, aunque hubiese siete Cmaras y cuatrocientas
alcobas.

--La Nacin soberana--dijo el _ayacucho_ hablando como hablara Soln--,
decidir en su da lo que mejor convenga. Un pueblo libre no se
equivoca.

--Con sentencias sacadas de las _Gacetas_, amigo Rufete, poco
adelantamos. Yo veo que las divisiones son hondas, que el partido
liberal, por estar disperso y perseguido, no tiene ya una idea fija y
comn sobre nada. El ejrcito, que antes era amigo de la Constitucin
del 12, ahora va donde le llevan, y es realista con el conde de Espaa y
templado con Llauder. Pues bien, en vista de este desconcierto, no es
patritico intentar la reconciliacin de todos los que aborrecen la
tirana? Qu te parece, Salvador, no es patritico, altamente
patritico?

--Me parece tan patritico como imposible--replic el interrogado.

--Conozco a mi pas, conozco a mis paisanos, he pulsado teclas de
conspiracin en distintas pocas; s el valor que tienen las ideas,
insignificante junto al valor de las pasiones; s muy bien que a los
polticos de nuestra tierra les gobierna casi siempre la envidia, y que
la mayora de ellos tienen una idea, slo porque el vecino de enfrente
tiene la idea contraria.

--Pesimista ests--dijo Aviraneta severamente.

Luego se llev el dedo a la boca con cierto aire solemne, y levantndose
orden con una sea a sus dos amigos que le siguiesen, lo que hicieron
de buen grado Rufete y Salvador, el uno por disciplina de conspirador y
el otro por curiosidad. Atravesando una puertecilla que junto al
mostrador haba, pasaron a un cuartucho estrecho y oscuro, formado en el
anguloso hueco de la escalera que a las terulias conduca. Un ruinoso
banco ofreci dursimo y no muy limpio asiento a los tres individuos, y
dbanle compaa algunas cafeteras de largo pico, cajas vacas, escobas
y enormes cangilones destinados a usos distintos. Aquel era el
laboratorio qumico de donde salan las ingeniosas mezclas a qu debi
su fortuna el amo del establecimiento (el cual, dicho sea de paso, era
fervientsimo patriota); all era donde se verificaba la multiplicacin
de las raciones de leche, gracias al agua que Dios cri; all se
fabricaba con diversas sustancias europeas y asiticas el caf de Moka,
y all las libras de azcar se convertan en arrobas de la noche a la
maana, lo mismo que un quidam se convierte en ministro.

Sentronse en aquello que ms pareca nicho que cuarto, y como no tenan
luz, no eran vistos de fuera y podan ver a todos los que desde el caf
suban a las regiones altas.

--Aqu podemos hablar cmodamente--dijo el guipuzcoano--, y explicar mi
idea sin que nadie se entere. Para poner remedio al grave mal que antes
indiqu, he determinado fundar una sociedad secreta....

--Ya pareci aquello--dijo Salvador interrumpiendo con su risa el grave
exordio de su amigo--. En eso habamos de parar.

--Cllate, no juzgues lo que no conoces todava.... Una sociedad secreta
que se llamar _La Isabelina_ o _de los Isabelinos_.

--Insisto en mi opinin de que se llame de los _Patriotas
isabelinos_--dijo el ayacucho, demostrando en su acento y en la tiesura
de su mano enrgica la importancia que daba al bautismo de la sociedad
proyectada.

--El nombre debe ser breve y sencillo.

--Ya tenemos el masonismo en planta--indic Salvador--, con sus irrisorios
misterios, sus frmulas y necedades.

--No, no, hijo, aqu no hay misterios.

--Ni iniciacin, ni torres, ni orientes?...

--Nada de eso.

--Ni vocabulario especial, ni mandiles?

--Nada, nada.

--No habr ms que el juramento de someterse intencionalmente a la
soberana de la Nacin--afirm Rufete.

--Aqu es todo corriente. No hay misterios. La sociedad trabajar en
silencio, pero sin frmulas masnicas, y nos llamamos por nuestros
nombres, si bien en los actos y documentos adoptamos un signo
convencional para designarnos.

--De modo que la sociedad funciona ya?

--Se est formando. Todava no hemos tenido una reunin total de
asociados.... Cuntos hay en la lista, querido Rufete?

--Trescientos veinte y uno--dijo el ayacucho, que por lo visto desempeaba
las funciones de secretario.

--No se ha hecho nada todava, no ha ido a provincias ningn comisionado.
Se necesita uno de toda confianza y muy listo, que vaya a Pars y
Londres a entenderse con los emigrados que quedan por all y con otras
personas residentes en el extranjero, y que no nombro porque no puedo
nombrarlas.

--Ya... y ese correveidile que se necesita....

--Correveidile no, sino agente; ese agente que se necesita eres t.

--Pues te juro--dijo Salvador de la manera ms jovial--, que si la sociedad
_Isabelina_ o de los _Patriotas isabelinos_, como pretende el seor... y
se me figura que lo pretende con razn....

--La idea del patriotismo--exclam Rufete sin poderse contener--, es tan
primordial, que debe ponerse al frente de todas las denominaciones, para
que se grabe ms y ms en la mente del pueblo.

--Pues, deca--prosigui el otro--, que si la sociedad espera para
extenderse y prosperar a que yo sea su agente, llegar el Juicio final
sin que de todos los frutos que el pas y t esperis de ella.

Aviraneta meditaba, la mejilla apoyada en la mano. A cada instante se
oan los pasos de los que suban por la escalera 7, y como esta era
endeble y estaba tan cerca de las cabezas de los tres sujetos, pareca
que se les vena la casa encima siempre que un patriota se encaramaba a
los aposentos altos.

--Malditos!--exclam Aviraneta, en ocasin que suban tres cuatro
mozalbetes metiendo ms ruido que los monaguillos en da de repicar
recio--. Esos son los que todo lo echan a perder con sus inocentadas.
Ahora los tiernos angelitos, en vez de chuparse el dedo, han dado en la
flor de jugar a la masonera y al carbonarismo, y entre burlas y risas
tienen arriba sus _Cmaras de honor_ y sus _Hornos_, donde hacen varias
mojigangas, que es preciso denunciar a la polica. Son casi todos
chicuelos con ms ganas de hacer bulla que de estudiar. Y qu discursos
los suyos! Es esa una empolladura de oradores que, si no me engao, ha
de dar a Espaa ms peroratas que garbanzos dar Castilla.

--Estos pajarillos cantores--dijo Monsalud riendo--, vienen siempre delante
de las tormentas polticas, anuncindolas con sus angelicales trinos. Es
un fenmeno que observ en la tormenta pasada y que se repetir, no lo
duden ustedes, en las que han de venir; y as veremos siempre que toda
trasformacin poltica de carcter progresivo viene precedida de grandes
eflorescencias de sabidura infantil y discursos en las aulas.

--Pues grande va a ser la trasformacin--manifest Aviraneta--, si se ha de
juzgar de ella por lo que chilla esta caterva de pavipollos.... Santa
Mnica, cuntos suben ahora, y qu pico tienen! Esa voz... oigan ustedes
qu rgano tan admirable: es Gonzlez Bravo, un mozo terrorista, ms
listo que Cardona y con ms veneno que un spid.... Pero, volviendo a
nuestro asunto, nosotros, al fundar la sociedad isabelina, llevamos el
objeto de unificar el pensamiento de los liberales y de traer al
ejrcito a una idea comn que sea precursora de una accin comn.

--El ejrcito est profundamente dividido--dijo Salvador--, pues me consta
que el bando apostlico o _carlino_, como ahora se llama, ha hecho
ltimamente grandes adquisiciones en la Guardia Real.

--El ejrcito es liberal--exclam Rufete, que no pudiendo estar por ms
tiempo callado tom la palabra con estruendo en la primera coyuntura--.
El ejrcito se compone de hombres libres que aman _el ms perfecto de
los cdigos_ y aborrecen la tirana. Dgase _Constitucin_, y el
ejrcito responder _Constitucin_.

Y echando un poco atrs el sombrero, que deba ser morrin de los de
tinaja invertida, se puso ms amarillo y acompa su alteracin facial
de estas patriticas palabras:

--Muchos hablan del ejrcito sin conocerlo, y yo, que lo conozco, que
pertenezco a l, que me glorio de pertenecer a l, digo que con
excepcin de media docena de traidores, todos somos liberalsimos, aqu
y en Amrica. Yo he estado en Amrica, seores; me he batido en aquellos
colosales combates de Chuquisaca y Cochabamba, y puedo decir que nada
nos consolaba de nuestras privaciones y trabajos como hablar de la
Constitucin, pensar en ella y poder escribirla en nuestras banderas
para hacer doblar la rodilla a los indios ms bravos. Recuerdo bien que
despus de la famosa expedicin de Juju, nos lleg la noticia del
triunfo de la Constitucin en las Cabezas de San Juan, y nos volvimos
locos de contento. Desebamos, o que nos trajeran a Espaa, o que nos
llevaran all al bendito Cdigo, y no pudiendo ser ni una cosa ni otra,
celebramos con fiestas, bailes, versos y meriendas aquel gran suceso. La
alegra era general. Algunos tuvimos el proyecto de proclamar la
Constitucin en el Per; pero el traidor de Maroto se opuso. Los
_libres_ desebamos que la Amrica adoptase el _sistema_, los traidores
no queran sino hierro y sangre; y yo pregunto ahora lo que he
preguntado siempre: quin es responsable de que se perdiera la tremenda
batalla de Ayacucho? Quin?...

--Esa cuestin, querido Rufete--observ Aviraneta viendo con disgusto que
la musa histrica de su secretario remontaba el vuelo en demasa--, ha
perdido su oportunidad. Poco nos importa saber quien lo hizo peor en
Amrica. En cuanto al ejrcito, ya sabemos que en su mayora es liberal;
pero usted mismo ha hablado de traidores: traidores hubo en Amrica, y
tambin los hay en Espaa.

--Aqu tengo la lista--exclam prontamente Rufete haciendo ademn de sacar
un papel.

--No, no saque usted la lista. Tampoco eso nos importa gran cosa
ahora.... Nuestra sociedad cuenta ya con un brillantsimo contingente de
personajes civiles.

--Espere usted--insisti Rufete revolviendo sus papeles--, aqu est.

--No.... Con cien mil palitroques! tampoco nos hace falta ahora la lista
de _isabelinos_. Envaine usted sus listas, hombre. Lo que yo quiero es
traer a nuestras filas a este buen amigo, para darle una comisin que
desempear bonitamente.

Salvador hizo con la cabeza repetidos signos negativos.

--Eso lo veremos--dijo el guipuzcoano--. Peas ms duras he quebrantado yo.
Tienes ocupaciones?

--Las de mis intereses, que no son muchas.

--Es verdad que casi eres rico; mal negocio! Te has casado?

--No.

--No ambicionas una posicin elevada?

--No ambiciono nada ms alto que este banco, y lo que llaman aura popular
me incomoda ms que la tristeza de estar solo.

--A pesar de todo--dijo Aviraneta--, creo que te conquistar.

Y call despus. De buena gana se habra desprendido en aquel momento de
los servicios de su secretario Rufete, cargado de listas, para estar
solo con Monsalud y hablarle franca y descubiertamente, pues bien se
conoca que el astuto conspirador haba manifestado su idea de un modo
harto enigmtico. Pero Rufete no se mova, y a la dudosa claridad que en
el cuarto entraba se entretena en revisar sus listas de traidores y sus
listas de _isabelinos_.




-VII-


Hallbanse, pues, el uno aburridsimo, el otro ideando motivos para
despedir al _ayacucho_, y el tercero discurriendo el modo de pasar algn
nombre de un papel a otro, cuando entr en el caf un jefe de
caballera, haciendo con el sable rastrero, con las espuelas y los
tacones tan grande estrpito, que no pareca sino que un escuadrn haba
asaltado el establecimiento. Traa fango en las botas y polvo en el
traje, manifestando en esto, as como en la oficiosidad con que iba de
mesa en mesa dando noticias, que acababa de llegar de una expedicin o
quizs de un campo de batalla. Era D. Rafael Seudoquis, exaltado
patriota primero, despus indefinido, luego conspirador perseguido y
condenado a horca, pero indultado otra vez y admitido en el servicio por
influencias de parientes poderosos. Despus que satisfizo la curiosidad
de los del caf, dirigiose arriba, y al entrar en el hueco de la
escalera llamole Aviraneta desde su escondrijo. Entr Seudoquis,
reconoci a Salvador, se abrazaron; pero tanta gana tena el buen hombre
de contar lo que saba, que sin poder aguardar a que acabaran los
saludos, habl as:

--Ya les hemos cogido! buena caza hemos hecho!

--Qu? qu ha sido?... una batida de voluntarios realistas?

--S, y con media docena como esta pronto quedaba la Nacin limpia de
sacristanes.... Ya saben ustedes que sal con la columna de Bassa a
perseguir la partida de aguiluchos que se levant en Villaverde mandada
por el traidor coronel Campos.... Al principio nos daba que hacer... que
por aqu, que por all.... Total, seores, en Alares a cinco leguas de
Navahermosa les sorprendimos rezando el rosario, les copamos... no se
escap uno para simiente de monaguillos.

--Les arcabucearon?

--No hay rdenes para tanto. El Gobierno es conciliador, o por otro
hombre pastelero, y en una mano tiene las disciplinas y en otra el
emplasto. Como no soy partidario de andar con mantecas tratndose de esa
gente, yo les hubiera dado a todos un poco de tutano de fusil. En el
otro barrio estn mejor que aqu.... Pero no se trata ahora de fusilar:
ellos lo harn cuando nos cojan debajo. Total, que les hemos trado codo
con codo, y el bribn de Campos es tan cobarde que se ech a llorar, y
sin que nadie se lo preguntara nos revel todo el _diebus ille_ de la
junta carlista de Madrid, citando nombres uno por uno. A estas horas el
traidor habr vomitado todas sus delaciones ante la polica y ya andar
esta haciendo prisiones. Medio Madrid va calentito a la crcel esta
noche. He encontrado en la Puerta del Sol a un escuadrn, no miento, s,
un escuadrn de policas que iban a la calle de Beln, donde parece hay
un cabildo mximo de subdiconos con pual y de guerrilleros de estola.
Total, seores, que nos hemos lucido los de Bassa, y que esta noche van
a ser ventiladas muchas madrigueras. Con que _viva la anglica_ y abur,
seores, que me voy arriba a cenar.

--Y yo a ponerme el uniforme y a correr al cuartel--dijo Rufete
levantndose presuroso--. Es fcil que se altere la pblica tranquilidad
esta noche. Vamos a nuestro puesto, que cuando menos se piensa, viene el
desbordamiento carlino, y la patria necesita de todos sus hijos.

--Vaya usted con Dios, valiente--dijo Aviraneta gozoso de verle partir--.
Aqu nos quedamos nosotros procurando entendernos.

Luego que estuvieron solos, Aviraneta dijo a su amigo que pues arreciaba
el calor dentro del caf, haran bien en salir a la calle y dar un par
de vueltas, con lo que adems de respirar el aire libre, podan hablar
sin recelo. Cuando se hallaron en la plazuela del ngel, Salvador tom
el brazo de su amigo y burlonamente le dijo:

--Pillo!... qu nueva farsa de sociedad secreta es esa? qu trama
traes t ahora entre mano?

--Poco a poco... pase lo de trama; pero no lo de farsa.

--Quin te paga?

--Mucho ahondas, palitroques! Has de comprar mi franqueza con tu
benevolencia, no con tus burlas, y si persistes en negarme tu apoyo, no
tendrs de m ni una palabra. Cosas podra decirte que te dejaran
pasmado; pero ya sabes... no se dan gratis los secretos como los buenos
das. Venga tu voluntad y abrir el pico.

--Es que no puedo dar mi voluntad no conociendo a quin la doy ni por qu
la doy.

Aviraneta insisti en que su pensamiento era unir a los liberales para
preparar una accin comn; pero esto, si no encerraba una intencin
distinta, era de lo ms inocente que se poda ocurrir por aquellos das
a hombre nacido, y Aviraneta, justo es decirlo, tena de todo menos de
espritu puro. Por ms que el guipuzcoano se diera aires de inventor de
aquel plan sapientsimo, se poda jurar que slo era instrumento de una
voluntad superior, maquinilla engrasada por el oro y movida por una mano
misteriosa. Sobre esto no quiso decir una sola palabra que no fuese la
misma confusin; pero Monsalud, que era listsimo y adems tena la
experiencia de aquellos los, supo sacar la verdad de entre tanta
mentira. Su creencia era que D. Eugenio haba recibido de altas regiones
la misin de desunir a los liberales y enzarzarlos en disputas sin fin;
pero no poda fcilmente averiguarse si el impulso parta del cuarto de
Mara Cristina o del gabinete ministerial de Zea Bermdez. Salvador hizo
una y otra pregunta caprichosa para coger por sorpresa el principal
secreto de su amigo; mas este era tan diestro en aquellas artes, que
evadi los lazos con extremada gracia.

Este seor Aviraneta fue el que despus adquiri celebridad fingindose
carlista para penetrar en los crculos ms familiares de la gente
facciosa y enredarla en intrigas mil, sembrando entre ella discordias,
sospechas y recelos, hasta que precipit la defeccin de Maroto,
preparando el convenio de Vergara y la ruina de las facciones.
Admirablemente dotado para estas empresas, era aquel hombre un colosal
genio de la intriga y un histrin inimitable para el gigantesco
escenario de los partidos. Las circunstancias y el tiempo hicironle un
gran intrigante; otra poca y otro lugar hubieran hecho de l quizs el
primer diplomtico del siglo. Ya desde 1829 vena metido en oscuros
enredos y misteriosos trabajos, y por lo general su maquinacin era
doble, su juego combinado. Probablemente en la poca de este encuentro
que con l tenemos, durante el invierno de 1833, las incomprensibles
diabluras de este juglar poltico constituan tambin una labor fina y
doble, es decir, revolver los partidos en provecho del ministerio y
vender el ministerio a los partidos.

La fundacin de la sociedad _isabelina_ servale de pretexto para entrar
en tratos con gente diversa, con cndidos patriotas o polticos ladinos,
ponindose tambin en relacin con militares bullangueros; y as,
hablando del bueno del Sr. Rufete, dijo a Salvador:

--Este infeliz _ayacucho_ es una alhaja que no se paga con dinero. l se
presta desinteresadamente a entusiasmarse y a entusiasmar a un centenar
de oficiales como l. Se morir de hambre antes de cobrar un cntimo por
sus servicios secretos al _Sistema_, y se dejar fusilar antes que hacer
revelaciones que comprometan a la sociedad. Es un prodigio de inocencia
y de lealtad. El pobre Rufete trabaja como un negro, y se pasa la vida
haciendo listas de sospechosos, listas de traidores, listas de tibios y
listas de calientes. En su compaa pasa por un Sneca empalmado en un
Catn. Los sargentos lo adoran y son capaces de meterse con l en un
horno encendido, si les dicen que es preciso salvar del fuego _el
precioso cdigo_. Oh! amigo, respetemos y admiremos la buena fe y la
valenta de esta gente. Si en todas las clases sociales se encontraran
muchos Rufetes!... Pero hay tanta canalla indomesticable de esa que no
sirve sino para hacer _pueblo_, para gritar, para meter bulla, de esa
que en los das solemnes desacredita las mejores causas, entregndose a
la ferocidad que le inspiran su cobarda y su apetito!...

Entre estos y otros dichos y observaciones, llegaron a la calle del
Duque de Alba, porque Salvador, no pudiendo sacar cosa limpia y concreta
de las confusas indicaciones de D. Eugenio, haba decidido retirarse a
su casa. Echaban el ltimo prrafo en el portal de esta, cuando del de
la inmediata vieron salir a un hombre silbando el estribillo de una
cancin poltico-tabernaria. A pesar del embozo, Aviraneta le conoci al
momento y Salvador tambin.

--Tablillas--dijo D. Eugenio--, cuartate aqu, que somos amigos.

El atleta se acerc, examinando con atencin recelosa a los dos
caballeros.

--Seor _Vinagrete_ y la compaa, buenas noches.... Estaba encandilado y
no les conoca.

--Est durmiendo ya el Sr. D. Felicsimo?

--Todava estn en brega. Han venido tantos seores esta noche que
aquello es la bveda de San Gins.

--Pues qu, se dan disciplinazos?

--Con la lengua... hablan por los codos, y todo se vuelve manotadas y
_perjuraciones_.

--Qu entiendes t por _perjuraciones_?

--Decir, pongo el caso, _seores, muramos por el Trono legtimo_.

--Y todava estn reunidos?

--Todava.

--Pero di, no ha venido esta noche la polica? Yo cre que a estas horas
D. Felicsimo y su comunidad estaban echando _perjuraciones_ en la
crcel de Corte.

--Vino la polica, s seor; vinieron tres y llamaron tan fuerte que la
casa estuvo si cae o no cae. Los seores se asustaron, y D. Felicsimo
les consolaba diciendo: no hay nada que temer, la polica es la
polica. Que entre el que llama. Yo baj a abrir la puerta, y se
colaron tres seores de cara de perro con bastones de porra. Subieron, y
al entrar en la sala, se dejaron a un lado las porras y todo fue
cortesa limpia y vengan esos cinco. D. Felicsimo me mand traer vino y
bizcochos, y bebieron, cosa la ms desacostumbrada que puede verse en
esta casa; y uno de los de porra alz el vaso y dijo: Por el triunfo de
la monarqua legtima y de la religin sacratsima.

--Brindaron.

--Y los tres tomaron el olivo.

--Est Pipan arriba?

--Es de los ms lenguaraces. Cuando brindaron, D. Juan ech no s cuantos
_loores_...

--Y qu es eso?

--Que se sopl mucho, echando fuera toda la caja del pecho, y dijo _loor
a esto, loor a lo otro_.

--Se casa con Micaelita?

--Dios los cra y ellos se juntan.

--Y te retiras ya?

--Si, porque yo he dicho a D. Felicsimo que estoy enfermo.

--A dnde vas?

--All--replic Tablas manifestando en la mirada recelosa que a Salvador
dirigi, que no deba hablar con ms claridad.

--Bien--dijo Aviraneta--. Nos veremos luego. Y la Pimentosa cmo est?

--Agria.

--Qu es eso?

--Enojada, porque le pica la despensa.

--Qu quieres decir? Qu despensa es esa?

--El estmago.

--Es verdad que padece mi seora males de estmago.... Aguarda, que me
voy contigo.

Tablas, que haba dado ya algunos pasos hacia San Milln se detuvo,
mientras el guipuzcoano, estrechando con el ms vivo afecto la mano de
su amigo, lo dijo estas palabras:

--Maana... y quien dice maana dice el mes que viene o el ao que
viene... estars conmigo en la _Isabelina_.




-VIII-


Las escenas y conversaciones de aquella noche dejaron en el espritu de
Salvador un dejo de amargura, y as se esforzaba en apartarlas de su
memoria, considerando que reproducan en pequeo cuadro lastimoso de la
Nacin espaola. La confusin de pareceres, el incesante conspirar con
recursos misteriosos y fines mal determinados, las repugnantes
connivencias de la polica con los conspiradores de todas clases, no
eran cosa nueva para l; pero haba cobrado tal odio a estos fenmenos
polticos, manifestacin morbosa de nuestra miseria, que de buena gana
se marchara a los antpodas o a cualquier regin apartada dnde no oyera
ni viera lo que all mortificaba sus ojos y sus odos.

La experiencia, el profundo conocimiento de las personas, los viajes y
la desgracia, habanle dado elementos bastantes para construir en su
pensamiento una patria muy distinta de la que pisaba, y la inmensa
superioridad de esta patria soada en parangn con la autntica era en
l motivo constante de padecer y aburrimiento. Por eso deca:--Mucho han
de variar las cosas, mucho han de aprender los hombres para que la
poltica de mi desventurado pas pueda llegar a serme simptica, y como
yo, por muchos aos que Dios me conceda, no he de vivir lo bastante para
ver a mis compatriotas instruidos en lo que es libertad, en lo que es
ley y en lo que es gobernar, lo mejor ser que no me afane por esto, y
que deje pasar, pasar, contemplando desde mi indiferencia los sucesos
que han de venir, como se miran desde un balcn las figuras de una
mascarada.

Estos propsitos no eran constantes, porque otras veces meditaba sobre
el mismo tema y haca las siguientes consideraciones, llenas de buen
sentido y de tolerancia.--No puede sostenerse en las acciones de la vida
el criterio pesimista, que suele ser el disimulo del egosmo. Quin
duda que existen en nuestro pas, al lado de esa cfila de
alborotadores, cabecillas, intrigantes, charlatanes, aventureros, muchos
caracteres nobilsimos, innumerables hombres de buena fe, patricios
desinteresados, verdaderos y leales que se aplicaran a la poltica y
seran discretos en la idea, enrgicos en la accin y honrados en la
conducta? Pues bien, si yo me siento capaz de inculcar a esos hombres un
pensamiento feliz y de ayudarles en el desempeo, por qu no he de
hacerlo?.

Despus de vacilar un momento se contestaba con amargura,--Porque no me
creeran. Cmo haban de creerme y hacer caso de m, si yo tambin he
sido alborotador, cabecilla, intrigante, aventurero y hasta un poco
charlatn? Si he sido todo lo que condeno, cmo han de fiar de m al
verme condenar lo que he sido? Si explot la industria del pobre en
este pas, que es la conspiracin, cmo han de ver en m lo que
realmente soy? No, yo he quedado intil en esta refriega espantosa con
la necesidad. Ha salido vivo, s, pero sin autoridad, sin crdito para
tomar en mis labios ese ideal noble, por donde van las vas rectas y
francas del progreso de los pueblos. Mi destino es callar y
arrinconarme, sopena de que me tengan por un Aviraneta, cuando no por un
Rufete.

Al pensar esto, el propsito de condenarse a oscuridad perpetua
triunfaba en su nimo de una manera completa. Pero esta oscuridad sin
familia y sin afectos era el cenobitismo ms triste que puede
imaginarse. Y aqu, en esta lbrega caverna sin salida, terminaban las
excursiones mentales del misntropo. Pero la salida no era absolutamente
imposible. Si haca falta una familia, por qu no la buscaba? Hay
ciertos bienes que valen ms encontrados al azar que buscados con
clculo, y es muy general que quien despreci la suerte cuando pas a su
lado, ande despus a cabezadas tras ella, y no la encuentre ni siquiera
pintada, o halle cualquier falsificacin del bien y la coja gozoso y la
abrace y se desengae y rabie, deplorando su torpe indolencia.

Quera vencer su extraordinario tedio frecuentando la sociedad. Haba
renovado mucho sus amistades, dando un poco de mano a las que le
recordaban su juventud de trapisondas y procurando contar entre sus
ntimos a personas de mayor fuste. Su buena figura, su conducta
intachable, su instruccin, su entretenida palabra 8, tratndose de
referir viajes o verosmiles casos y peligros le dieron muchas simpatas
en todas partes. Haba dejado de visitar a Genara y a D. Benigno Cordero
por razones poderosas; pero en cambio frecuentaba otras muchas casas
decentes, a donde concurra en personal de ambos sexos lo ms selecto de
la Corte. Por las noches gustaba mucho de pasear un poco por las calles
antes de retirarse a su casa, poniendo as entre la tertulia y el sueo
un trozo de meditacin trans-urbana de ms gusto para l que la ms
entretenida y docta lectura. La soledad sospechosa de algunas calles, el
bullicio de otras, el rumor bquico de la entreabierta taberna, la
cancin que de una calleja sala con pretensiones de trova amorosa, el
cuchicheo de las rejas, el desfile de inesperados bultos, indicio del
robo perpetrado, del contrabando o quizs de una broma furtiva; la
disputa entre viejecillas terminada con estrpito de bofetadas... por
otra parte el rodar de magnficos coches; la salmodia insufrible del
dormido sereno que bostezaba la horas como un rel 9 del sueo,
funcionando por misterioso influjo del aguardiente; el rechinar de las
puertas vidrieras de los cafs, por donde salan y entraban los
patriotas; el triste agasajo de las castaeras que se abrigaban con lo
que vendan tendiendo una mano helada para recibir los cuartos y otra
mano caliente para dar las castaas; las singulares sombras que hacan
las casas construidas sin orden, unas arrumbadas hacia atrs, las otras
alargando un ngulo ruinoso sobre la va pblica; los caprichos de
claridad y tinieblas que formaban las luces de aceite encendidas por el
Ayuntamiento y que podan compararse a lgrimas vertidas por la noche
para ensuciar su manto negro; el peregrino efecto de la escarcha en las
calles empedradas, que parecan cubrirse de cristal esmerilado con
reflejos tristes; el mismo efecto sobre los tejados, en cuya superficie
se vea como una capa de moho esmaltada por polvo de diamante, el
grandioso efecto de la helada, que en flechazos invisibles se desprenda
del cielo azul ante las miradas aterradoras de la luna, la deidad
funesta de Enero; la consideracin del fro general hecha dentro de una
caliente paosa; el estrpito de la diligencia al entrar en la calle,
barquichuelo que navegaba sobre un mar de guijarros, espantando a los
perros, ahuyentando a los chiquillos y a los curiosos;... el buen paso
marcial de los soldados que iban a llevar la orden prendida en lo alto
del fusil; el coro sordo de los mercados al concluir las transacciones,
cuando se cuenta la calderilla, se barre el puesto y se recogen los
restos; el olor de cenas y guisotes que sala por las desvencijadas
puertas de las casas a la malicia, y el rasgueo de guitarras que sonaba
all en lo profundo de moradas humildes; la puerta sobre la cual haba
un nombre de mujer groseramente tallado con navaja, o una cruz o un
cartel de toros, o una insignia industrial, o una amenaza de asesinato,
o una retahla de palabras groseras, o una luz mortecina indicando
posada, o un macho de perdiz que cantar a la madrugada, o un cuadrito
de vacas de leche, o un objeto negro algo semejante a un zapato, o una
armadura de fuegos artificiales pregonando el arte de polvorista, o una
alambrera cubierta con un guiapo, seal de la industria de prendera, o
una baca de cobre, o un tarro de sanguijuelas... todo esto, en fin, y
otros muchos accidentes de la fisonoma urbana durante la noche, pginas
vivas y reales, abiertas entre la vulgaridad de la tertulia y el tedio
de su casa solitaria, le cautivaban por todo extremo.

Pero una noche tuvo un encuentro triste. Al entrar en la Plaza de
Provincia vio una persona, dos, tres. Eran un hombre cojo, bien envuelto
en su capa, una mujer tan bien resguardada del fro, que slo se le
vean los ojos, y un nio con gabn y bufanda, mostrando la nariz hmeda
y los carrillos rojos de fro. Los tres iban en una misma fila: se
detenan en todos los escaparates para ver las mantillas, los lujosos
vestidos, las telas riqusimas, las joyas, y parecan muy gozosos y
entretenidos de lo que vean. En la esquina haba una castaera.
Detuvironse. El cojo sac cuartos del bolsillo, la mujer un pauelo,
compraron, prob el chico y luego siguieron. La mujer agasaj el pauelo
lleno de castaas, como para calentarse las manos con l....
Avanzaron.... desaparecieron por una puerta.

Salvador se sinti estremecer de desesperacin y envidia. El hombre
cojo, el nio, la placentera unin de los tres, los cuartos sacados del
bolsillo, los saltos del chico cuando se estaba haciendo el trato con la
vendedora, las castaas, el pauelo, las manos que tenan el pauelo....
En vista de las insolentes burlas del destino, jur no volver a pasar
por all.




-IX-


El hombre cojo entr en su casa, como hemos dicho, y despus de un
ligero altercado entre la familia por saber cul haba de acostarse
primero, retirronse todos. La paz, el orden, el silencio, la quietud se
ampararon de todo el mbito de la vivienda, y bien pronto no hubo en
ella un individuo que no durmiese, a excepcin de aquel buen seor de la
cojera, el cual, despierto en su lecho, daba vueltas a una idea como si
la devanase, sacndola del enredado pensamiento al corriente ovillo del
discurso.

--Cuanto ms cerca veo el da--pensaba--, ms indeciso y perplejo me
encuentro. Por qu dudo, decdmelo, Virgen Santa del Sagrario y t, San
Ildefonso bendito? Por qu mi anhelo se ha trocado en vacilacin y mi
fe en temor de causar gravsimo dao? Qu dices a esto, conciencia
pura, qu razones me das? Sale acaso de ti esa voz que siento y que me
dice: detente, ciego?.... Y t, caviloso Benigno, has notado, por
ventura, frialdad en los afectos de ella, arrepentimiento en su voluntad
o siquiera desvo? Nada: ella es siempre la misma. An me parece ms
cariosa, ms apegada a mis intereses, ms amante, ms diligente....
Entonces, mentecato, hombre bobsimo y pueril, digno de salir por esas
calles con babero y chichonera, por qu vacilas, por qu temes?...
Adelante y cmplase mi plan, que tiene algo, barstolis! algo, s, de
inspiracin divina.... Ah! ya vienen los malditos dolores.... todo sea
por Dios! Oh! por qu te me has torcido en el camino del Cielo, oh
pierna?...

Las historias estn conformes en asegurar que D. Benigno, despus de
decir oh, pierna! lanz un gran suspiro y se durmi como un santo. A
la maana siguiente tena la cabeza despejada, el humor alegre. Lo
primero que ley cuando le trajeron la _Gaceta_ fue el decreto
convocando a la Nacin en Cortes a la usanza antigua, para jurar a la
princesa Isabel, por heredera de la corona de ambos mundos. Esto le dio
mucho contento, y viendo la fecha del 20 de Junio marcada para aquel
notable suceso, dijo as:

--Para entonces, ya estaremos casados.... Es preciso fijar
definitivamente esta fecha que es mi martirio. Ella dice que cuando yo
quiera, y yo digo que la semana que entra, y cuando entra la semana que
entra, entran ay! tambin mis escrpulos como un tropel de acreedores,
y as estamos y as vivimos.

Parte de los escrpulos de hombre tan bueno provenan de sentirse
achacoso. No era ya aquel hombre que engaaba al siglo con sus cincuenta
y ocho aos disimulados por una salud de hierro, por alientos y espritu
dignos de un joven de treinta, con ilusiones y sin vicios. Aquella
funesta rotura de la pierna haba ocasionado en l prdida brusca de la
juventud que disfrutaba, y se senta entrar, con paso vacilante y cojo,
en una regin fra y triste que hasta entonces no haba conocido. Con
las lluvias primaverales y los cambios de temperatura se le renovaron
los dolores, complicndose con pertinaz afeccin reumtica, y el pobre
seor estuvo mes y medio sin poder moverse de un silln.

Apostamos, deca, a que llega tambin el 20 de Junio y se renen las
Cortes y juran a la princesa, y yo no habr soltado an este grillete
que Dios se ha servido ponerme? Qu presidio es este? Temes, oh, Dios
mo, que marche muy a prisa? Esto es acaso para bien de m alma,
amenazada de correr demasiado y estrellarse?.

Y qu pesadas habran sido las horas de aquella temporada, que l
llamaba su condena, si no las aligerasen con su cario y con mil
solicitudes y ternezas las seis personas que l designaba con el
dulcsimo nombre de _la sacra familia_! Sola le cuidaba como podra
cuidarse a un nio enfermo, y de su cuenta corra todo lo relativo a
aquella dichosa pierna averiada que no se quera componer sino a medias.
Ella pareca haber robado a los ngeles de la medicina el delicado arte
del apsito, y sus dedos eran tan conocidos del dolor que este les vea
cerca de s sin irritarse. Cumplida esta obligacin suprema, la futura
esposa del mejor de los hombres se ocupaba de todo lo de la casa con la
diligencia de siempre, con ms diligencia, si cabe, pues sin
sospecharlo, se haba ido acostumbrando a considerarse partcipe de
aquel trono domstico y co-propietaria de tan dulces dominios.

Por las noches, la familia se reuna en el comedor, en torno del
patriarca claudicante. Doa Crucita, que se haba dedicado a bordar
pjaros, despachaba semanalmente una bandada de aquellos preciosos
seres, y a veces el comedor pareca una selva americana, porque los
haba de todos colores, y adems mariposas y florecillas, todo inventado
por la seora que creaba las especies con su rica fantasa, de tal modo
que se viera muy perplejo Buffn ante tal maravilla. Este interesante
autor era ledo algunos ratos en voz alta por uno de los hijos mayores,
pues no haba lectura ms sabrosa que aquella para D. Benigno, despus
de la de Rousseau; y todos se quedaban pasmados oyendo la magnfica
descripcin del caballo, la pintura del len, o la peregrina industria
de los castores. El mismo muchacho o su hermano sola leer tambin las
_Gacetas_ para dar variedad a los conocimientos y saber lo que pasaba en
Hungra, Cracovia o Finlandia. Los sucesos de Espaa eran los que jams
se saban por _Gacetas_ ni papelotes, y era preciso recibirlos por el
vehculo del padre Alel, amigo fiel sobre todos los fieles amigos, cada
vez ms perturbado de caletre y ms difuso de explicaderas. Por l
supieron que D. Carlos se marchaba a Portugal, haciendo la comedia de
que su esposa quera abrazar a D. Miguel (otro que tal) y a las infantas
portuguesas; pero realmente por no verse en el caso de jurar a
Isabelita. El mismo _To Engarza Credos_ les inform de que en una casa
de la calle de Beln haba sido sorprendida una junta carlista y presos
todos los que la formaban. Si el inters poltico de las tertulias
corderiles estaba en estas noticias, su amenidad dependa de las gracias
y atrevimientos de Juanito Jacobo, que con su media lengua deca ms que
si la tuviera toda entera, y ya recitara fbulas o romances, ya se
despachara a su gusto con frasecillas y observaciones de su propia
cosecha, haca morir de risa a toda la familia, menos cuando le daba por
enojarse, hacer pucheros y tirar a la cabeza de su hermano un zapato,
libro, palmatoria, tintero o cualquier otro proyectil mortfero.

La tienda haba sido traspasada por Cordero a otro comerciante, amigo y
pariente suyo, y con esto qued retirado absolutamente del comercio. Su
capital, si no muy grande, slido como el que ms, le aseguraba rentas
modestas y saneadas. Tena vastos proyectos de ensanche y mejoramiento
en los Cigarrales, y no esperaba sino a que aclarase el tiempo para
trasladarse all con toda la familia.

En Mayo sintiose tan mejorado de su pierna que pens era llegado el
momento de poner fin a sus vacilaciones. Era una tarde hermosa. Haban
concluido de comer en paz y en gracia de Dios. D. Benigno, dejando que
Alel se durmiera en el silln del comedor y que Crucita hiciera lo
mismo en su cuarto, envi a los muchachos a la escuela, y a su cuarto a
Sola, entabl con ella una conversacin de la cual es preciso no perder
punto ni coma.

--Querida Sola--le dijo--, tengo que dar a usted explicaciones acerca de un
hecho que le habr sorprendido y que tal vez (y esto es lo que ms
siento) habr lastimado su amor propio de usted.

Sola manifestaba grandsima sorpresa.

--El hecho es que, habindose resuelto desde que estuve en la Granja
todas las dificultades que se oponan a nuestro matrimonio, haya
aplazado yo varias veces desde aquella poca un suceso tan lisonjero
para m. Como usted podra sospechar que estos aplazamientos
significaban algo de mala gana, frialdad o escaso deseo de ser su
marido, y como nada sera ms contrario a la verdad que esa sospecha de
usted, tengo que explicarme, hija, tengo que revelar ciertos
pensamientos ntimos y ciertas cosillas.... me entiende usted?

Con su verbosidad indicaba el hroe estar muy lleno de su asunto, como
dicen los oradores, y es probable que desde la noche anterior hubiese
preparado en su cabeza y hasta construido algunas de las frases de aquel
memorable discurso.

--Pues bien, la causa de esta poca prisa... darmosle este nombre, que es
el que ms le cuadra... ha sido cierto escrpulo que me ha asaltado,
cierto temor de que nuestro matrimonio hiciera a usted desgraciada en
vez de hacerla feliz, como es mi deseo.

--Desgraciada!--exclam Sola, recibiendo aquella idea como una ofensa.

--Oh! no apresurarse... falta mucho que decir. Estos escrpulos y
temores no se refieren a cosa alguna que pueda menoscabar los
extraordinarios mritos de la que eleg por esposa; son cosa pura y
exclusivamente ma. Ha llegado el momento de hablar con absoluta
franqueza, y de no ocultar idea alguna por penosa que sea para m. Pues
bien, hay una persona, un hombre, hija ma, que la aprecia a usted en lo
mucho que vale, que la conoce a usted desde su niez, que la ha
protegido, que la quiere, que la ama; hombre que tal vez, por qu no?
es amado de usted.... Ah! querida Sola, hija ma, me parece que he
puesto el dedo en una llaga antigua de ese corazn sin par, hecho a
resistir y padecer como ninguno.... En su cara de usted veo....

Ella se haba quedado plida cual si tuviera por rostro una mscara de
cera, y miraba a su delantal, cuya punta tena entre los dedos.

--Esa palidez--dijo D. Benigno conmovido--no indica en manera alguna que
usted tenga que arrepentirse de nada, pues no se trata de faltas; indica
que yo he despertado un sentimiento que dorma, no es verdad?

La palidez de Sola se disip como un velo que se rasga dejando ver la
claridad que encubre, y as fue, por modo parecido al brusco descorrer
de una cortina, como se encendi en ella un rubor vivsimo. Echndose a
llorar, murmur estas palabras:

--Es verdad, s seor. Usted es ms bueno que los ngeles.

El de Boteros estuvo callado un mediano rato contemplndola.

--Pero yo no he faltado, yo no he mentido...--balbuci _Doa Sola y Monda_
entre suspiro y suspiro--. Lo que usted dice, muerto estaba y enterrado
en mi corazn para no resucitar jams.

--Lo s, lo s--dijo Cordero no menos turbado que su amiga--. Oh! la voz
aquella, la voz aquella blanda y un poco triste que hablaba aqu en mi
conciencia, qu bien me lo deca! Pues oiga usted todo. En este tiempo
que ha pasado desde que vine de la Granja, se puede decir que no he
vivido sino para pensar en esto y hacer comparaciones. S, he vivido
comparndome, querida hija, he vivido atormentado por un anlisis
comparativo de las cualidades que creo tener y las que rene el
hombre a quien usted conoce mejor que yo, resultando que l es
extraordinariamente superior a m.

--Oh! no, cien veces no--replic Sola con energa--. Es todo lo contrario.

--No violentemos la naturaleza, hija ma; no violentemos tampoco la
lgica. Concedo que en honradez y en prendas morales no me aventaje, si
bien no hay motivo para no reconocer que me iguala, pero en cambio, qu
superioridad tan grande la suya en el exterior y los atractivos de la
persona!... Las cosas claritas.... eh?... por qu no se ha de decir
que l es un hombre que cautiva, un hombre que despierta simpatas en
todo aquel que le trata, mientras yo...?

--Usted tambin, usted tambin--dijo Sola prontamente. D. Benigno mova la
cabeza con triste ademn.

--No violentemos la naturaleza, querida, no violentemos la
lgica--repiti--. Concedo que no sea yo enteramente antiptico; pero
usted, que siente y discurre muy bien, podr decir si hay nada en la
persona y en el alma de un viejo que pueda competir con la juventud, con
el rostro alegre y expresivo de un hombre sano en la plenitud de sus
afectos, de su fuerza, de su vida toda.

--Segn como se mire, segn como se mire--dijo Sola arrebatada de
compasin por su amigo y anhelante de concederle todas las ventajas.

--Oh!--exclam D. Benigno sonriendo--, por ms que usted se empee en
echarme flores, no conseguir que yo me enfate, ni que me obceque hasta
el punto de no ver claramente lo que soy. La vejez tiene sus
preeminencias, tiene sus bellezas; pero estas preeminencias y estas
bellezas no son de gran valor para el caso de que tratamos. Yo me
conozco bien, no me doy ni me quito ni un adarme de lo que realmente
peso, puesto en la balanza del matrimonio; creo que no carezco de
algunas cualidades que me haran apreciar y respetar y aun amar de una
mujer joven; pero la comparacin con otro me revela mis aos, que no son
floja cuenta para el caso; me revela mis achaques, que se han iniciado
precisamente ahora como un aviso, como una advertencia que Dios me hace
por conducto de la Naturaleza. En fin, querida ma, si se tratar de
cualquiera extrao, de cualquier advenedizo que en esta ocasin se
presentase, ni por el pensamiento me pasara que usted pudiera
preferirle a m; pero ay! se trata de una antigua amistad, de un cario
antiguo en l y antiguo en usted.... Usted me lo ha revelado, dicindome
con el acento ms noble y leal: es verdad, es verdad.

--Es cierto--replic Sola--, y ahora, para que no quede en mi corazn ni un
fondo siquiera de los secretos que he guardado en l por tantsimo
tiempo, voy a confesarme con usted.... Delante de un sacerdote, delante
de Dios mismo no sera ms sincera, cramelo usted.... Si antes no habl
de esto, fue porque yo quera considerarlo como cosa muerta y sepultada.
Crea que mientras ms lo callara y menos lo pensara, mayor sera el
olvido, y no me atreva a confesarlo, por temor de que con la confesin
renaciera y me atormentara otra vez.

Se haba sentado en una silla baja y sus brazos tocaban las venerables
rodillas del hroe. Quien no la viera de cerca, creera que estaba de
hinojos.

--Mucha parte de lo que usted ha callado con tanto afn, por su empeo de
echar tierra y ms tierra sobre un sentimiento desgraciado--dijo
Cordero--, me lo revel l mismo.

--Habr dicho a usted que me recogi a la muerte de mi padre, ponindome
al amparo de su madre, y mirndome como a hermana. Si se jact de sus
beneficios hizo bien, porque estos fueron grandes en aquella poca.

--No se jact. Adelante.

--Dira tambin que yo le cuidaba como una hermana y le serva como una
esclava. Su voluntad me pareca una cosa de que no se poda dudar; sus
palabras como el Evangelio.

--Y l?...

--Me trataba con consideracin; pero....

--No tena a usted ms cario que el de hermano?

--Ninguno ms; pero aquel cario me consolaba en mi tristeza.

--Tengo idea de que fue bastante calavera y que tuvo amores con
algunas.... Pero a usted jams...?

--Jams--dijo Sola ingenuamente--, quera a otras mujeres; pero a m no me
quera.

D. Benigno se sonri.

--Pero usted--dijo--, le quera desde entonces?...

--Me da vergenza decirlo--replic Sola--, por el desairado papel que hice:
pero puesta a confesar, no oculto nada. Le quera, s, muchsimo.

--Cmo?

--Todo lo que se puede querer a una persona--dijo ella, inclinando la
cabeza, que le pes, sin duda, por una extraordinaria aglomeracin de
recuerdos.

Cordero sinti un nudo en su garganta. Necesit tragar algo para quitar
aquel estorbo y poder decir:

--Y siempre lo mismo?

--Siempre le quera lo mismo y no pensaba ms que en l, a todas horas,
dormida y despierta.

--Y cuando estaba ausente?

--Le quera ms.

--Y cuando volva?

--Ms. Era una cosa superior a m, una especie de enfermedad o desgracia
que me enviaba Dios.

--No procur usted librarse de ese tormento, pensando en otro?

--En otro hombre!--exclam Sola como horrorizada--. Eso no, eso era
imposible.... Lo que yo senta, aquel tormento mo me era necesario para
vivir, como el aire y la luz.

--Nunca le demostr usted con acciones y palabras la grandsima aficin
que le tena?

--Oh! no.... A veces haca yo proyectos disparatados y me imaginaba no
s qu medios para hacrselo comprender; pero luego me daba mucha
vergenza.

--Qu horroroso tormento! Qu agona!

--Casi siempre, s; pero a veces era feliz.

--Cmo, criatura?

--Pensando tonteras... y echndome a discurrir que de pronto se le
antojaba quererme como yo le quera a l.

--Oh! barstolis--exclam D. Benigno, cerrando el puo amenazador--, por
vida de.... Estoy indignado contra ese hombre, y bien mereca que usted
lo despreciara.... Si usted viene a m entonces y me cuenta lo que le
pasa, como me lo cuenta ahora, juro a usted que voy derecho a ese hombre
y le cojo, y le digo: Oiga usted, caballero....

Sola no pudo menos de rer un poco, y dijo:

--No tena usted ms que hacerle dao para ser mi mayor enemigo. Pues
s... que lo tomaba yo con poco tesn.... Ahora comprendo que era muy
extremada y que yo misma me recalentaba la imaginacin noche y da, como
cuando se echa lea en un fuego que se teme ver apagado. Como no haba
nadie a quien yo pudiera contar tales cosas, me las contaba a m misma.
Yo me consolaba dicindome tonteras y resignndome, pues las muchas
desgracias que he tenido desde nia y el verme siempre privada de todo
lo que ms he querido, me acostumbraron a tener mucha paciencia,
muchsima. Es un consuelo un poco triste este de la paciencia; pero
usndolo mucho, concluye uno por quererle y familiarizarse con l.... Yo
tena... hasta mis alegras, s seor, alegras a mi modo, pues qu
sera de nuestra alivia si no tuviese medios de sacar alguna vez de s
misma lo que los de fuera no quieren darle!... En fin, seor, as iba
pasando el tiempo, pasando, l ausente, yo sin esperanza. Me parece que
los das eran como unos velos que se corran despacio, uno sobre otro, y
estos velos caan sobre mi memoria, y poco a poco iban apagando y
oscureciendo lo que en ella haba. Al cabo de cierto tiempo empec a
verle... as como entre brumas, lejos; y con las ocupaciones, todo lo
que yo pensaba se interrumpi para dar lugar a otras cosas. A veces
perda bruscamente el terreno perdido, quiero decir, que por causa de
algn sueo, de alguna conversacin que me recordaba las cosas pasadas,
o por nada, por simpleza ma, volva a sentirme atormentadsima, y me
pareca tenerle delante y orle, siempre tan carioso, siempre tan
bueno, pero siempre hermano!... En fin, aquellas recadas... porque eran
como las recadas de una enfermedad... pasaban tambin. Yo senta que
iba cayendo tierra sobre aquello, y si he de decir verdad, yo la echaba
tambin a puados, unas veces rezando, otras trabajando en demasa....
Ay! al fin me encontr triunfante, y si pudiera valerme de una
expresin rara....

--A ver, diga usted esa expresin rara, querida sepulturera.

--Pues dir que ltimamente me paseaba sobre el grandsimo montn de
tierra que yo haba echado sobre aquellas penas sepultadas.... Algunas
veces no iba segura, porque me pareca que senta moverse debajo de mis
pies la tierra... pero yo, valiente como deba serlo, daba golpes con
los pies y todo se quedaba entonces quieto.... Ve usted qu
pamplinas?...

--Siga usted--exclam Cordero con la voz entrecortada--. Estoy lelo de
admiracin.

--Pues en estas y otras cosas, llegu a tener conocimiento con una
persona que me manifest tanto inters, tanta consideracin.... Yo no
saba cmo pagarle, y deca: Es una desgracia para m no tener algo de
gran valor que ofrecer a este hombre generoso. Qu lejos estaba
entonces de suponer que mi hombre generoso, mi segundo padre haba de
querer cobrarse sus beneficios de un modo que me obligaba ms a la
gratitud! Yo trabajaba en su casa: hubiera deseado que se multiplicaran
las obligaciones para poder esclavizarme ms. Yo comprend.... Dios y
mis desgracias me han dado alguna penetracin... comprend que mi buen
amigo haba encontrado en esta pobre algunos mritos personales, y no
estaba conforme con que yo fuera su criada, ni su pupila, ni tampoco su
hija; quera llevar su generosidad hasta un extremo tal.... El
agradecimiento llenaba mi corazn; qu regocijo me causa el agradecer y
el pagar, aunque sea con poco!... Yo acept entonces los favores de mi
protector, y me dije que deba hacer todo lo posible por merecer el bien
inmenso que aquel hombre quera hacerme. Ay! cmo luch entonces por
arrancarme lo que an restaba de lo pasado.... An quedaba algo: negarlo
sera mentir. Mi buen protector se apoderaba de mi alma de una manera
dulce y lenta. Llegu a acostumbrarme a su compaa de tal modo, que si
esta me faltara, faltarame lo principal de la vida. La idea de ser su
mujer se clav en m, ech races, y me promet entonces a l sin
escrpulo y con la conciencia serena. Mi corazn, reconquistado por m,
poda ser ofrecido a quien mejor que nadie lo mereca. Qu mejor dueo
poda desear que aquel hombre sin igual, por quien sent adems de la
gratitud un afecto tan grande, tan grande que no s cmo expresarlo?

D. Benigno haca los imposibles por impedir que las lgrimas salieran de
sus ojos, y ya miraba al lecho, sin dejar de atender con toda su alma a
lo que Sola deca, ya estiraba los msculos de su cara, ya en fin pona
diques al llanto queriendo convertirlo en benvola risa. Por ltimo,
pudo ms su emocin que su dignidad y se llev la mano a los ojos.

--Reconozco con mucho gusto, con muchsimo gusto--dijo hablando con
turbacin, pero sin llanto--, que al aceptar usted mis ofrecimientos lo
ha hecho con lealtad... s, seora ma, lo reconozco... estoy
agradecido... yo no valgo nada... reconozco que usted, al responder
afirmativamente a mis ruegos, ech el ltimo puado de tierra sobre un
pasado triste; me ofreci su cario y me consagr su persona toda, su
porvenir... yo lo agradezco... pero, pero... luego cambiaron las cosas,
se present a usted de improviso aquel sobre quien haba cado tanta,
tantsima tierra....

--No--exclam Sola enrgicamente, levantndose--. Nada puede alterar mi
resolucin. Cuando apareci, ya yo no me perteneca. Me considero tan
ligada por mi palabra antes como despus de aquella visita, y no debo,
ni quiero... ni quiero, repito, volver atrs.

--No es posible que la presencia de ese seor lo fuera a usted
indiferente.

--Indiferente no; pero quien tanto ha luchado y tanto ha vencido, no
poda de ningn modo comprometer su victoria. Soy la misma ahora que
cuando fui por primera vez a los Cigarrales a pasar los mejores das de
mi vida.... La menor duda de usted sobre esto ser para m una ofensa.
Soy toda en cuerpo y alma del que mir a esta hurfana sola y abandonada
y tuvo la incomparable generosidad de querer hacerla su seora.

La actitud firme de Sola, la energa y la lealtad que en su semblante se
pintaban, como la expresin ms propia y adecuada de su alma
hermossima, tenan al buen Cordero sobrecogido de admiracin, de
gratitud, de entusiasmo, de amor.

--Una sola palabra--aadi--una sola pregunta quiero hacer. Lo que usted
diga ser para m como declaracin bajada del cielo y lo creer, como se
cree en Dios.... Una palabrita nada ms. Somos dos, dos hombres, el uno
joven, lleno de vida y salud, de inmejorable presencia, despejado, rico,
honrado, con innumerables prendas que aumentar la imaginacin de la que
tanto supo amarle de nia; el otro viejo, enfermo, pesado....

--Pesado no--grit Sola protestando con calor.

--Bueno, quitemos lo de pesado... enfermo, feo....

--En los hombres no hay fealdad.

--Enfermo--prosigui Cordero contando por los dedos--, poco agraciado,
corto de vista, honrado s, como el primero, de buen corazn.... En fin,
voy al objeto. Los dos quieren casarse con una tal Sola, y esto parece
fin de comedia. Una palabra de la dama va a decidir la cuestin, a cul
de los dos quiero por marido?

Oh! quin tuviera pincel para pintar aquel destello de verdad suprema
que brill en los ojos de Sola, aquel gesto de herona con que llev la
mano al pecho y elev al cielo los ojos, bella por la verdad, sublime
por lo que de abnegacin haba en el fondo de aquella verdad, y quin
pudiera expresar el acento suyo cuando pronunci estas palabras:

--Como Dios es mi padre celestial, as es verdad que quiero casarme con
el viejo!

D. Benigno no la haba abrazado nunca. Aquel da la abraz por primera
vez, y aquel abrazo bien vala por mil.




-X-


Contaba el padre Alel, historiador desmemoriado y chocho, que aquella
noche estuvo D. Benigno durante seis horas seguidas sin moverse de su
asiento, con los ojos fijos en las puntas de los pies, y el puo en la
mejilla, y tal fue, aade, la duracin de su xtasis, cavilacin o
modorra, que al dejar aquella actitud tena marcadas las coyunturas en
los rojos mofletes de su cara, y el codo haba dejado un hoyo
profundsimo en el cojinete del brazo del silln. Pero nuestro buen
criterio no nos permite admitir ciegamente esta versin, y as reducimos
a tres las seis horas de que habla Alel, el cual como Herodoto era muy
inclinado a exagerar y dar proporciones a lo que vea. Mejor sera an,
reducir a una hora nada ms el plazo de aquella perplejidad de nuestro
querido seor, y as lo haremos. Conste, pues, que medit largo rato, y
que despus apareci como ensimismado y lleno de confusiones. No se
haban disipado sus recelos? Sin duda no. De su talante slo puede
decirse que tan pronto pareca muy alegre como muy triste.

Al da siguiente muy temprano, despus de un sueo ni profundo ni largo,
se levant, y despachando a toda prisa el desayuno, sali y fue derecho
en busca de un sujeto que viva en la calle del Duque de Alba, junto a
D. Felicsimo. Aquel era da de mala suerte para el de Boteros, porque
el individuo a quien buscaba haba salido ms temprano que de costumbre,
dejando dicho a sus criados que no le esperaran en todo el da.

--Barstolis y ms que barstolis! ya poda haber esperado un poco.

--Si llega usted cinco minutos antes--dijo el criado--, le encuentra
bajando la escalera.

--Cinco minutos.... y cmo haba de llegar cinco minutos antes, hombre
de Dios? No ve usted que soy cojo?... no lo ve usted?

--No se incomode usted, caballero.

--Malaventurados los cojos--dijo el hroe para s con tristeza--, porque
ellos llegaron siempre tarde!

El seor a quien D. Benigno buscaba con tanto empeo no estaba lejos de
su casa. Si Cordero, en vez de retroceder hacia la Merced y calle de
Carretas con nimo de encontrarle, hubiera seguido hacia San Milln y la
calle de los Estudios, le habra de seguro hallado. Estaba frente a una
puerta de la citada calle, con la vista fija en un hombre y en un
caldero, en una mesilla forrada de latn, en un enorme perol de masa y
en un gancho. En el caldero que era grandsimo, ventrudo y negro, herva
un mediano mar amarillo con burbujas que parecan gotas de mbar
bailando sobre una superficie de oro.

Del lquido hirviente sala un chilln murmullo, como el rer de una
vieja, y del hogar o rescoldo, profundo son como el resuello de un
demonio. La llama extenda sus lenguas, que ms bien parecan manos con
dedos de fuego y uas de humo, las cuales acariciaban la convexidad del
cazueln, y ora se escondan, ora se alargaban resbalando por el holln.
El hombre que estaba junto al cazueln y sobre l trabajaba, habra
pasado en otro pas por prestidigitador o por mono, pues slo estos
individuos podran igualarle en la ligereza de sus brazos y blandura de
sus manos. En el espacio de pocos segundos meta la izquierda en el
cacharro de la masa, daba en ella un pellizco, sacaba un pedazo, que ms
pareca piltrafa; estrujaba ligersimamente aquella piltrafa, haciendo
entro sus dedos como un pequeo disco u oblea grande; arrojaba esto al
hervidero amarillo, y en el mismo instante, con una varilla que en la
mano tena, agujereaba el disco, haciendo un movimiento circular como
quien traza signo cabalstico. Unos cuantos segundos ms y el disco se
llenaba de viento y se converta en aro. Con un brusco impulso de la
varilla echbalo fuera para empezar de nuevo la operacin. No ser
necesario decir que aquellos roscos amarillos, vidriados y tiesos como
vejigas eran buuelos. Una mujer flaca, bigotuda, con parches en las
sienes, y las cejas como dos parches negros, se ocupaba en poner
ordenadamente los buuelos y en espolvorearles azcar con un cacharrillo
de lata, agujereado cual salvadera. La misma mujer de los parches era
quien venda, cuando alguien compraba, ensartando las docenas de
buuelos en juncos verdes que a la mano tena.

El prestidigitador buuelista era un hombre pequeo, antiptico, tirando
a viejo. Sudaba tanto con aquel continuo y fatigoso ejercicio, que su
cara pareca haber estado en remojo poco antes. Para entretener el
fastidio canturreaba 10 esta copla:

          Reinar D Carlos
          con la Inquisicin,
          cuando la naranja
          se vuelva limn.

Salvador reconoci la puerta de la casa que buscaba, y acercndose,
pregunt si viva all el seor Pedro Lpez, por otro nombre Tablas.
Mientras el hombre se limpiaba el sudor, la hembra de los parches
contest que s. La tiendecita ahumada donde estaba el puesto de
buuelos y aguardiente comunicbase con una lonja grande y espaciosa,
donde haba esplndido comercio de carne y salchichera. Ambos
establecimientos eran, al parecer, de un mismo dueo: el pequeo tena
una puerta a la calle y el grande dos.

--Es en la tienda de al lado--dijo el buuelero sin urbanidad--; pero se
puede entrar por aqu. Pase usted, caballero.... Se Nazaria, aqu
preguntan por usted.

          Cuando la naranja
          se vuelva limn.

Salvador penetr en la gran tienda donde poda admirarse todo lo ms
hermoso y rico que producen las industrias de Montnchez y Candelario, y
si no hubiera freno para las comparaciones, si todo lo visible pudiese
entrar en el dominio del arte metafrico, bien podra llamarse a aquello
el palacio de las morcillas o el templo del jamn. Adems de la
extraordinaria abundancia de lo que en el comercio se llama _gnero_,
cautivaba en tal sitio el buen orden y, si se quiere, la elegancia con
que todo estaba colocado y mostrando que haba all buen ojo y buena
mano para que lo destinado a complacer al estmago embelesase primero a
la vista. El techo era un portento, pues no pareca sino la convexidad
de admirable gruta adornada de estalactitas, de corales, madrporas y
raras especies de aquella parte del reino vegetal que con el mineral se
confunden. Fijndose en los jamones que colgaban de un barrote de hierro
y en las oscuras morcillas que les acompaaban, no se poda menos de
pensar en algn inmenso rbol de Jauja, que haba metido all una de sus
ramas, completamente llena de gigantescas frutas, tan sabrosas como
picantes. En graciosas cenefas y en madejas ondeadas pendan las
salchichas rojas como el pimiento de quien tomaban su afectado colorete,
y las sartas de chorizos se entremezclaban con los perniles,
acaricindolos suavemente con su piel crasosa. Por una columna abajo
descendan en cuelga millares de salchichones, los unos vestidos con
coraza de plata, los otros desnudos y tiesos como garrotes, en tal
nmero, que con ellos se podra armar un ejrcito, si los ejrcitos se
batieran a cachiporrazos. En el mostrador, de pintada tabla, estaba el
peso de metal amarillo, que como el ms fino oro de Arabia reluca, y de
unos ganchos que traan a la memoria las horcas alzadas por Chapern en
la vecina plazuela, colgaban las orondas reses puestas al despacho. All
era de ver la herclea fiereza con que un fornido inocentn manejaba el
hacha sobre el tajo, haciendo trizas a la vctima, que haba sido un
inocentsimo carnero manchego, o benemrita vaca de la sierra de Gredos.
Insensible como un verdugo, haba en l tambin algo de la estricta
equidad de quien cumple justicias superiores, porque cortaba los pedazos
de modo que resultasen conforme al peso pedido, y era muy comedido de
huesos y escrupuloso de piltrafas. El tajo era quizs el objeto que
menos conforme estaba con el aspecto ordenado y hasta bonito de la
tienda. Quin nos asegura que no sali del mismo tronco de donde
sacaron el que sirvi para hacer justicia a los Comuneros? Cuando
nuestro buen amigo Rufete le miraba, las edades ominosas acudan a su
mente y con ellas la imagen de los terribles escarmientos aplicados al
hombre por el hombre. Las rayas trazadas sobre el madero por el filo del
hacha le parecan una pgina histrica.

Las pesas suban y bajaban golpeando el mostrador duro, y de mano en
mano iba pasando el sustento de todo el barrio, aqu pobre y esquilmado,
all rico y sustancioso. Sobre la tabla caa una lluvia de cuartos
negros manchados de verde, y con la msica que estos hacan, se
concordaba el choque de las medias libras y onzas de cobre, sin cesar
dando sobre el platillo. La aguja de la balanza oscilaba constantemente
como un pndulo invertido. Cuando se distribua una res, dividindose en
innumerables pedazos destinados a tan diversas necesidades humanas, se
descolgaba otra. Tan continuado rasgar de fibras y estallido de huesos
causara horror a los que no lo presenciaran todos los das. Entre el
murmullo se oa: Se Nazaria, pseme, bien, que soy parroquiana....
Se Nazaria, crteme pierna de abajo.... Se Nazaria, tenga conciencia
y vea que eso es cordilla para los gatos.... Se Nazaria, el solomillo
limpio y mondo o no cobrado.... Se Nazaria, tenga conciencia en las
chuletas.

Y se Nazaria atenda a todos los trminos de esta baranda,
demostrando actividad pasmosa, inteligencia mltiple y compleja. Una al
talento para distribuir la grandeza de alma para conceder siempre un
poco ms del peso. No era cicatera, pero cuando se crea engaada en el
dinero, haca justicia pronta y seca. En cierta ocasin agarr un moo
como se podra coger una fruta, tir de l y una copiosa cabellera negra
se le qued en la mano, por lo que se dijo que en sus grandezas imitaba
a Julio Csar, y en su modo de guerrear a los salvajes. Era una mujer
alta y gorda, no tan gorda que llegara a ser repugnante, sino llena,
redondeada y bien compartida. Si era verdad que pareca haber absorbido
parte considerable de la infinita sustancia que en la tierra existe,
tambin lo es que conservaba mucha ligereza en todo su cuerpo, y que no
lo pesaban las mantecas. Su rostro era de admirable blancura, sus ojos
garzos y negros, su nariz basta y respingada, abierta descaradamente al
aire, como gran ventana, necesaria a la respiracin de un grande y
profundo edificio. El chorro de viento que entraba por aquella nariz
modelada para el desparpajo, impona miedo a los espectadores de su
clera. Nazaria tena la hermosura que por extraa amalgama de los tipos
humanos, hace simptico al descaro.

Luca enormes amatistas montadas en pendientes de filigrana como
relicarios, de modo que pareca llevar en cada oreja el pectoral de un
obispo. Sus manos eran bonitas y gordezuelas, y los anillos que de
antiguo llevaba no se le podan sacar, porque su carne haba crecido y
el oro no. Tena treinta y tantos aos y era viuda de un opulento
negociante de Candelario.

Por qu la llamaban Pimentosa es cosa que no se sabe; pero algunos
decan que picaba mucho y levantaba ampolla a la manera de guindilla. Se
poda ir a la tienda por verla despachar. Tambin ella era
prestidigitadora como el de los buuelos, y pareca que se le
multiplicaban milagrosamente las manos para coger pesar, cobrar, contar
y devolver, todo sin dejar de charlar ni un solo momento. Enormes
calderos de manteca blanca como espuma ocupaban un extremo del
mostrador, y era bonito ver resbalando por aquellas blanduras de grasa
las esmeraldas y los diamantes clavados en los dedos de Nazaria. Otras
veces aquellos dedos, en sangre tintos, ocupbanse en usos industriales
del gnero de Candelario; pero pronto recobraban su belleza revolcndose
en espuma de jabn y estrujndose en agua hasta quedar limpios como el
oro y finos como la seda. As y todo se pirraban por dar una bofetada.




-XI-


--Qu se le ofreca a usted, caballero?

--Est ese Sr. Tablas?

--Perico querr usted decir. Esta no es hora.

--Eso es, D. Pedro Lpez.

--No tan arriba. Pique ms bajo.

--Se le puede ver, s o no?

--Creo que est durmiendo. Suba usted.... Eh, t, Rumalda... ve con este
caballero.... Di a Perico que si no tiene vergenza de dormir a estas
horas.

Romualda era una mujercita encanijada y vestida de harapos que en la
tienda inmediata ayudaba a la mujer de los parches a ensartar buuelos.
La fisonoma de Romualda estaba de tal manera desvirtuada por la palidez
y por la suciedad, que no se poda decir si era fea o bonita. Igual
dificultad haba para declararla nia o mujer, y as lo menos expuesto a
equivocaciones ser decir que no tena edad ninguna.

El fenmeno (pues no de otro modo era llamada en el barrio) ech a andar
delante de Salvador para guiarlo. Pero como el fenmeno cojeaba ninguno
de los dos poda ir a prisa. Tardaron algunos minutos en vencer la
escalera, cuya tortuosidad igualaba a las oscuras revueltas de la
conciencia de un asesino. Por decir algo durante el fastidio de tan
penosa ascensin, Salvador pregunt a su compaera si era de la familia
del Sr. Tablas.

--Es mi padre--replic la cojuela.

--Pues no lo parece--dijo el caballero--. El Sr. Tablas y la seora Nazaria
estn, segn parece, en muy buena posicin.

El fenmeno no dijo nada, y sigui subiendo. Pareca subir con un solo
pie. Al llegar arriba detvose para tomar aliento. Sin duda no respiraba
ms que con un pulmn.

--Se ha cansado usted, caballero?

--No tal... piso tercero. La escalera no es larga, y se subira bien si
no fuese tan oscura.... T s ests cansada. Cuntas veces al da
subes?

El fenmeno se qued pensando. Por ltimo, dijo:

--Unas sesenta veces.

--Es buena renta, hija. Tres mil escalones diarios.

--Con poco ms al cielo.

Romualda no dijo ms, y entrando en la casa despert a Pedro Lpez, que
dor ma como un canto. Desde la sala en que esperaba entretenido en
contemplar las estampas de santos y toreros que cubran las paredes, oy
Salvador los gruidos del atleta al ser arrancado de su dulce sueo por
la mano spera y aceitosa del fenmeno. Oy despus imprecaciones y
desperezos, y luego una ronqusima voz que deca:

--Baja a la tienda y treme los cigarros que dej en el cajn grande del
mostrador.

Poco despus Tablas y Salvador se saludaban en la sala. Hablaron con
inters un largo rato, y al fin dijo Lpez:

--Vmonos al caf, y almorzando hablaremos de eso despacito. Aqu no se
puede hablar de nada. Nazaria es muy re-curiosa, y todo lo quiere saber.

Se fueron. En la escalera hallaron al fenmeno, que despus de haber
subido para llevar los cigarros al Sr. Tablas, volva a subir (oh
Cristo de la cruz acuestas!) en busca de la sal para un huevo frito que
se estaba comiendo la seora Nazaria.

Se comprender por este ltimo y no insignificante detalle que la
hermosa carnicera haba concluido el despacho de la maana. Al fin poda
gozar algn descanso despus de aquella espantosa brega de cortar,
pesar, cobrar y devolver, y en el rescoldo de la buolera le aderezaba
la de los parches un ligero almuerzo. Detrs del mostrador pona su mesa
Nazaria; se lavaba manos y brazos hasta el codo; quitbase aquel
horrible mandil que le sirviera poco antes, y acompaada de alguna
discreta amiga que de la prxima tienda de lienzos vena o de la mujer
del vinatero, restauraban sus fuerzas. Despus sola tomar una
almohadilla con algo de costura, y a cada instante volva la cabeza
hacia la otra tienda para decir:--Rumalda, sube y treme el dedal....
Ms tarde:--Rumalda, la seda negra que est en mi costurero....

En la buolera, que a eso de las diez apag sus fuegos, estaba la de
los parches al frente de sus menguados despachillos de escarola, perejil
y lechugas. Romualda se coma un pedazo de pan, engaado con los restos
del almuerzo de Nazaria.

--Rumalda--dijo esta despus de medio da--, sube y dile a Petrilla que no
ponga las perdices.

Y media hora despus Romualda subi a preguntar si estaba la comida.
Siendo la respuesta negativa, volvi a subir para dar prisa, y cuando
Nazaria se remont despacio a su alojamiento para comer y dormir la
siesta, el fenmeno baj a buscar las tijeras que se haban quedado en
la tienda, y ms tarde a decir al cortador que cerrara, y luego fue por
aceite a la lonja de la esquina.

La Pimentosa comi abundantemente, como sola hacerlo, y antes de dormir
la siesta mand al fenmeno que bajase para ver si Tablas estaba en la
taberna de la calle de las Maldonadas. Malsimo humor tena la seora
por aquella tardanza de su hombre, aunque acostumbrada estaba a tales
ausencias y a otras mayores. Del mal humor pas a la furia, y despus de
poner como ropa de pascuas a Petrilla, a la mujer de los parches, al
cortador, al lucero del alba, al Preste Juan de las Indias, al rey
David, mir a Romualda con dictatorial ceo.

--Y t qu haces ah, holgazana? En dnde est la media?

El fenmeno respondi temblando que la media estaba abajo.... pues
dnde haba de estar?

--Pues correndito por ella.

Y se ech a dormir. Despus de la siesta recibi varias visitas, a
saber: el respetable vinatero que vena con importantsimos chismes de
la vecindad; la inquilina del segundo, que era prestamista, con ms
conchas que un galpago y ms dinero que la Real Hacienda; una criada de
la seora de D. Pedro Rey que vino a traer recados de su ama, (pues
Nazaria era hija de una antigua sirvienta de los Rey), y el padre
Carantoa, de la orden de Predicadores, que algunas veces sola ir a la
casa para llevarse una cestilla repleta de ricos chorizos y butifarras,
con otras vituallas de consideracin.

--Padre Carantoa--dijo Nazaria al despedir al fraile--. Hgame un favor.
Si ve a Rumaldilla en la tienda o jugando en la calle, dgale que suba.

Aquella tarde sintiose la insigne carnicera bastante molestada de la
dispepsia que padeca. Hallbase en disposicin de abofetear a todo el
gnero humano, porque las malas digestiones exacerbaban su carcter
agrio y desptico. Desconfiando de los mdicos, slo se aplicaba
remedios que llamaremos populares, recomendados por las comadres de la
vecindad, los unos del orden supersticioso, los otros del gnero
teraputico familiar; y como se los administraba todos a la vez o _in
solidum_, sin criterio, sin tino, la buena mujer estaba cada da peor.
Por eso aquella tarde, se oyeron muchas veces sus vehementes gritos de
mando: --Rumalda, a la botica.--Rumalda, a casa de la ta Pistacha... que
te de aquellos polvos....

En estos y otros lances, recibi una visita altamente honrosa. La sala
se llen de negro, quiero decir que entr en ella el padre Gracin
acompaado de otro clrigo, no tan grande como Su Reverencia, pero
tambin bastante talludo. El padre Gracin era bien recibido en una y
otra parte y muy querido del vecindario de Madrid, porque a todas las
casas que se honraban con su presencia, y eran muchas (aunque l no
pecaba de pedigeo ni de entrometido, como algunos individuos
monacales), llevaba siempre una misin desinteresada y evanglica. El
palacio del rico y el cuarto numerado del pobre abran con igual amor
sus puertas a aquel enemigo del escndalo, a aquel trabajador incansable
de la via del Seor, a aquel guerrero de la moral cristiana, a aquel
perseguidor de las malas costumbres. Haca la propaganda de los
matrimonios leales y bien acordados, de las familias pacficas; llevaba
por todas partes el pabelln de las reconciliaciones y de la paz;
persegua sin tregua las irregularidades, los odios domsticos, los
amancebamientos, los desrdenes, y su mayor gloria era encarrilar un
marido extraviado, enderezar una esposa torcida, atraer un hijo prdigo,
ablandar a un padre cruel. No abandonaba ni un punto su arriesgado
puesto de combate enfrente de las bateras de Satans, y expona su
noble pecho a las burlas, a las injurias, a la mala interpretacin, con
tal de defender el baluarte de Cristo en que asentaba su planta, y no
dejarse quitar un palmo de terreno, sino antes bien ganar al pecado
palmos, varas y leguas.

La Pimentosa se turb al verle entrar. Ella, que no respetaba nada en el
mundo, respetaba al clrigo por un sentimiento natural adquirido desde
la cuna y, si se quiere, mamado con la leche. Ofreci una silla al Padre
y otra al Hermano que acompaaba al Padre.

--No, no me siento--dijo con spera voz Gracin, blandiendo su sombrero de
teja, como si fuera un montante para cortar cabezas--; nos vamos
enseguida. Yo no vengo aqu como el padre Carantoa a tomar chocolate y
a recibir morcillas; vengo a arrojar una semilla fructfera en este
erial; vengo a arrojar una palabra en este desierto, con esperanza de
que alguna vez sea oda.... Me intereso por vosotros porque sois
pecadores. El sano no necesita de mdico, el leproso s. Conoc a la
seora Nazaria en casa de D. Pedro Rey, y all supe su mala vida. Conoc
a Lpez en casa de D. Felicsimo, y all supe su extravo. Pues bien,
aqu vengo hoy con el mismo fin que me trajo la semana pasada; vengo a
deciros: Casaos, casaos, casaos, que estis perdiendo vuestras almas y
dando mal ejemplo. Soy misionero de Cristo, apstol de gentiles, y veo
que no es preciso ir al Asia ni al frica para encontrar salvajes.
Aquellos son mejores que vosotros, porque ellos son nacidos ciegos, y
vosotros, que nacisteis con vista, cerris los ojos a la luz. Vuestra
unin ilcita es un pecado mortal para vosotros y un escndalo para los
fieles. Casaos, almas de cntaro, y vivid como Dios manda y la sociedad
desea.

En la cara de la Pimentosa parecan fluctuar batallando la clera y el
respeto, y con turbada lengua se disculp as:

--Bueno, ya lo s.... Caramba, qu trompeta de Padre!.. No soy sorda....
Yo bien s que Su Reverencia habla con razn. Pero yo me voy a separar
de Tablas, yo reniego de Tablas, que es un holgazn, que me est
comiendo lo que gano y lo que hered de mi difunto.

--Pues separaos, por la Virgen Santsima--dijo Gracin con ms suaves
modos--. Si l es un borracho, un haragn y un libertino, vyase
enhoramala. Ayer lo calent las orejas en casa del Sr. Carnicero. Pero
l no desea romper esta unin ilcita, sino casarse. Tiene buen fondo.
Decidid una cosa u otra; estis llenos de pecados, vivs como fieras, no
como cristianos.

--Padre, por amor de Dios--dijo Nazaria aterrada por las palabras del
clrigo--. No me caliente la cabeza. Estoy esta tarde que si me acercan a
la lumbre, ardo. El mal que padezco....

--S, ya s que padeces un mal insufrible. Pero de qu proviene ese mal?
Proviene de tus infames vicios, de la glotonera primero, de la clera
despus y de otros grandes y deplorables pecados. Luego no quieres
atenerte a la medicina ni al dictamen de entendidos fsicos, sino que te
entregas a la supersticin. Has de saber que es ultrajar a Dios y a los
santos creer que con palitroques pasados por los pies de una imagen se
curan las enfermedades, y que el romero guisado al comps de un credo
sirve para hacer buen quilo. Error, necedad, irreverencia,
sacrilegio!... No veo en esta casa ms que escndalo y
profanacin--aadi colrico, revolviendo sus ojos y mirando las estampas
que llenaban las paredes--. Qu significan estos retratos de toreros
confundidos con los santos ms venerables? Qu significan esas muletas
y esos estoques, banderillas y puyas, colocadas en pabelln y como al
modo de ofrenda al pie de la Santsima Virgen? Y esa cabeza de toro que
tiene pendiente de cada cuerno un Nio Jess de alcorza?... Mujer
escandalosa, hasta en los adornos de esta casa se conoce que reinan aqu
la profanacin, el escndalo y el vicio.

--As tena mi marido la casa--dijo Nazaria alzando su nariz provocativa,
por donde entr un chorro de aire que sonaba a resoplido de fragua.

--Bueno estara tambin tu marido--dijo Gracin, haciendo un mohn de
escarnio--. Los sentimientos de la gente de esta casa se revelan hasta en
lo ms insignificante. Pues si fuera a ocuparme de todo lo que hay aqu
de reprensible, qu dira, seora Nazaria, qu dira de la brbara
crudeza con que es tratada esa pobre nia, o mujer canija, hija del
seor Tablas?... Os tratis como duques, y ella se confunde con los ms
lastimosos pordioseros. Qu tal? Es esto cristiano, es esto honrado?
Pero donde no hay verdadera familia no puede haber sentimientos
humanitarios ni caridad. Casaos, casaos, reconciliaos con Dios y con la
Iglesia, no me cansar de decirlo. Si as lo hacis, despus todo se os
har fcil. Salvad vuestra alma, y no contaminis otras almas que an
estn puras. Curaos de vuestro dao, y as ninguno que est prximo a
vosotros se contaminar de l.... Os amonesto por tercera vez, y os
amonestar la cuarta y la quinta, porque yo, que he despreciado tantas
veces la muerte, qu caso puedo hacer de vuestra resistencia? Nazaria,
vuelve en ti, oye mis consejos. Citando tu corazn de un grito, corre a
la iglesia, no te detengas. Me hallars en mi confesionario. Adis.

Sin hacer reverencia alguna, impvido, formidable, como el guerrero que
ha cumplido su deber en lo ms recio de un combate, sali seguido del
Hermano. Cuando bajaba la escalera, Tablas suba.




-XII-


Abri el gigante la puerta de la sala donde su giganta estaba, y antes
de entrar ech en redondo una mirada recelosa, bajando la barba al pecho
y escondiendo los ojos bajo las negras cejas. La amenazadora expresin
de su ceo, la prominencia de su frente abultada y aquel mirar hosco
daban a su cabeza semejanza con la espantable testa del toro jarameo
cuando aparece en el circo, y reconoce con su mirar de fuego el ansioso
pblico, y parece que l mismo, antes de empezar la lidia, se espanta de
la barbarie que se prepara.

La nariz de Nazaria se infl hasta no poder ms. En aquellos momentos
necesitaba mucho aire. Tablas dio algunos pasos hacia ella, y echndose
ambas manos a la estrecha cintura, se mene a un lado y otro como mueco
de goma, y escupi estas palabras:

--Cristo!... si habr dicho alguna vez que no quiero clerigones en
casa.... Por qu los has recibido?

Pimentosa ech mano de un abanico y replic as:

--Porque me ha dado la real gana.... En paz.

--En guerra.... Si les vuelvo a encontrar... van a la calle por el
balcn... y t detrs.

--Valiente papamoscas! Pero hombre, no mates tanta gente, que se acaba
el mundo.

--Qu buscaban esos pillos?

--El pillo eres t... salvaje. Tanto rezar rosarios en casa de D.
Felicsimo, y llama pillos a los seores sacerdotes!...

--A qu venan?

--A lo que nos ha dado la gana.

--Vamos, vamos--dijo Tablas contonendose otra vez--, que hoy estoy tan
bromista, que si me tocan, por cada dedo me sale un tiro.

--Lo que a ti te sale es el aguardiente que has bebido.

--Nazaria!...

--rgame tanto as, y vers lo que es canela.

--Nazaria!...

--En dnde has estado hoy? dilo pronto--grit la Pimentosa hablando a
borbotones--. Quin es ese _futraque_ que vino a buscarte?

--A ti no te importa eso.... Toma varas con los sayos negros y djame a
m.

--Borracho!

--Pues y t!..--exclam Tablas, mascando su clera--. Vamos, no quiero
incomodarme.... Por qu has recibido a los clrigos?

--Porque es mi santa voluntad. Soy reina de mi casa.

--Reinita nada menos....

Tablas mir a un palo que en el rincn de la sala haba, y que sin duda
iba a intervenir como tercer personaje en aquella escena.

--S, reina soy y ama de todo--bram Nazaria plida y furiosa, extendiendo
los brazos--. Mo es el pan que comes, ma la ropa que vistes, mo el
tabaco que fumas, y mas las copas, las copas....

No pudo decir ms porque la ahog la tos. Su abultado seno trepidaba
saltando, como vejiga de payaso.

--Todo es de la seora, j, j...--dijo grotescamente Lpez queriendo
tornar en burlas afirmacin que tanto le humillaba--. Despus hablaremos
de eso; pero ahora, dgame la reina por qu estaban aqu otra vez los
sacripantes negros.

--Porque yo les llam estamos?... porque me gusta el sermn y quise dar
para las nimas.

--_Anima mea_!... Cristo.... Con que hay _pedriques_ en mi casa.... Pues
mira yo te voy a dar la _Extrema_. No te pido el cuerpo _hinsopo_?...
Pues vers.

Volvi a mirar el palo, que ya estaba, como si dijramos, al pao,
esperando el momento de salir al escenario.

--Ladrn, si te mueves, te como...--grit Nazaria en voz tan imponente,
que Tablas, ya en camino de traer al tercer personaje, se detuvo en
medio de la sala--. Ponte en la puerta de la calle ahora mismo, holgazn,
gorrn, que el pan que me has comido, mejor habra sido echarlo a los
perros.... Pues no te contentas con gastarme mi dinero y arruinarme la
casa, sino que me amenazas?... Por vida del arpa del to David, yo
tena ms dinero y ms _comenencia_ que cuatro reyes, y t me has
llenado de trampas! Por ti y tus vicios estoy empeada en ms miles que
pesas, trapaln, y cuando toquen a embargar, la viuda de Peribez el de
Candelario tendr que ponerse al buuelo, a la castaa, al aguardiente o
al mondongo.... Sacados te vea yo los ojos, hi de mujer mala. Dime,
calzonazos, en dnde estn mis alhajas qu daban envidia a las de la
Pilarica en Zaragoza? en dnde estn mis cuatro mantones de Manila que
pareca que los haban bordado ngeles con manos de rosa?... Ah! dnde
ha de estar todo aquel tesoro? En _Pescola_, para que el seor beba,
para que el seor monte a caballo y vaya a derribar vacas, para que el
muy mamarracho convide a los gorrones y tenga mozas.... Ea, fuera
espantajos. Por aquella puerta se va a la calle....

--Sabes lo que te digo?... pues que eres una cotorra charlatana y hay
que cortarte el pescuezo.

--Sabes lo que te digo? pues que a otros de ms hgados que t los he
tendido yo de un soplamocos. Mejor tuvieras vergenza y fueras persona
decente como yo. En dnde pasas las noches?... en qu gastas el
dinero?... Y luego viene diciendo el bobo que se trata con esos seores
de poltica, y que est armando un gatuperio como el de los tiempos en
que cay la Mamancia.... Qu entiendes t de eso, cafre, si andas en
dos pies porque al Seor se le olvid hacerte la cruz en el lomo?...
Mira que no se ha acabado la madera de que hicieron las horcas en la
plazuela. All te quisiera ver colgado como una butifarra para ir a
tirarte de las piernazas y verte haciendo ms visajes que un cmico con
hambre. Poltica el seor Tragacantos! De cundo ac tenemos esas
sabiduras? Lo que t hars ser engaar al pobre D. Felicsimo que te
dio la primer bazofia que comiste en el mundo, y venderle a los masones,
contndoles lo que pasa en su casa. Ah! bribonazo, si creers embobarme
a m, que conozco tus maas y s dnde te aprieta la herradura.

--Ah!... re-sangre! si digo que voy a echar al gato esa
lengecita...--dijo Tablas abalanzando sus pesadas manos hacia la cara de
la Pimentosa.

--Quita all esas aspas de molino--replic ella rechazando con
extraordinaria energa las manos de su hombre.

--Maldita sea la hora....

Bramando as con insensata ira, Tablas hizo un gesto, o instantneamente
enganch en su garra el moo negro de la giganta. La giganta rugi como
una leona, levantose, hubo formidable choque de cuerpos y cruzamiento
horrible de brazos tiesos. Se balancearon, se oy un doble gemido y un
estertor siniestro, seal de violentos esfuerzos. Pero la gigantona
logr desasirse, blandi sus fornidos brazos, ech un temporal por su
nariz, y rpida como el pensamiento, dio un salto, dos, tres. El piso
temblaba como si pasara un carro. Nazaria lleg a una mesa y cogi un
objeto voluminoso que encima de ella haba. Qu era aquello? Era una
urna de madera y cristal, alta de tres cuartas. Dentro de ella haba una
virgen de los Dolores, y encima un toro de yeso, dos toreros, un nio
Jess, una enormsima moa. Alz en sus manos la mujerona todo aquel
catafalco religioso-taurino, y en menos tiempo del que se necesita para
pensarlo, cay todo con estrpito formidable sobre la cabeza de Tablas.
La increpacin o voz felina que este lanz al recibir el golpe no es
para descrita. Los vidrios rotos sobre su crneo rasgaron su frente. Sin
sentir manar la sangre corri en busca del palo; pero antes de llegar,
ya se le interpuso la Pimentosa con una silla enarbolada en ambas manos.
El gigante tom otra silla. Se detuvieron un momento mirndose cara a
cara; echndose mutuamente su ardiente resuello y cruzando los rayos de
sus ojos llenos de ira. De repente la giganta solt el mueble; haba
tenido una idea feliz, salvadora. Dio un paso atrs, revolvi en su
cesto de costura, sac una navaja enorme, y corriendo en seguimiento del
gigante, que retroceda espantado, exclam con bramido:

--Te degello....

Entraron algunos vecinos, para quienes no era nuevo aquel laberinto,
aunque hasta entonces no haba ocurrido pendencia tan ruidosa en casa de
Nazaria; entr tambin Romualda dando gritos, y todos se dedicaron a la
grande obra de la pacificacin. Cada contendiente se vio rodeado de un
grupo y oy las exhortaciones ms razonables. Cosa extraordinaria! El
primero en quien se notaron sntomas de aplacamiento fue el descalabrado
Lpez, el ofendido de palabra y de obra. Gruendo como un mastn
apaleado, dijo que l no quera perderse, que era demasiado hombre de
bien para perderse, y que no haba mujer alguna en el mundo merecedora
de que se perdiera por ella un hombre. Nazaria no deca nada, pero con
los resoplidos mostraba el desfogamiento de su clera que pareca salir
en mangas de aire desalojando el henchido seno. La navaja yaca en el
suelo junto a los restos de lo que fue urna y a los pedacitos de toro de
yeso que, pisados en la contienda, manchaban de blanco la fina estera.

--Y est sangrando el canalla!--dijo la Pimentosa lanzando de su boca
esas chispas de risa que saltan entre las llamas de la ira iluminando el
rostro--. Parece un _Decehomo_.

--No es nada, no es nada--dijo Tablas llevndose a la frente un pauelo
que le dio el fenmeno.

--Rumalda--grit la giganta--, baja y trae un poco de vino y aceite.

Viendo que la furia de uno y otro se aplacaba poco a poco, los vecinos
se fueron retirando.

--Se incomoda uno por cualquier majadera--murmur Lpez, dejando que
Nazaria le aplicase el pauelo a la frente--. Cuando uno va a reparar ya
ha hecho una barbaridad... y hombre perdido.

--Le hablan a una con malos modos, y a una se le sube la mostaza a la
nariz, y all te vas lengua.

--Y gracias que uno es prudente y sabe las maas de la fiera y le para
los pies...--dijo Lpez queriendo dar explicaciones de su cobarda.

--Y si a una le preguntaran con buen modo lo que buscaban los padres
caras, una contestara que venan a sus _pedriques_, y en paz. Pero se
incomoda la gente por una palabra.... Hay lenguas que tiran coces.... No
se puede remediar....

--Yo soy un ngel; pero cuando me solicitan, embisto. Qu genio me ha
dado Dios! Yo mismo me tengo miedo a veces.... Rumalda....

Rumalda haba llegado con el aceite y con el vino, y Nazaria aprontaba
el remedio que reclama toda cabeza sobre la cual se ha hecho pedazos una
urna.

--Rumalda, no tengo tabaco--dijo el atleta--; bjate al estanco... pronto,
chica.... Pues como iba diciendo, si a un hombre como yo, que es todo
plvora, se le hubiera preguntado con decencia dnde haba pasado el da
y qu negocios traa con el _futraque_, el hombre habra contestado como
un caballero. Si aqu no hay misterio...! Que un seor, a quien conoc
en casa de D. Felicsimo, viene a buscarme y me dice: Sr. Lpez, me va
usted a hacer un favor muy grande.--Usted disponga, seor mo...--Pues
hace dos meses, la polica registr una casa de la calle de Beln, donde
se reunan unos cuantos partidarios de D. Carlos. La polica fue
sobornada en aquella ocasin y no prendi a nadie. Pero el Gobierno ha
cambiado los guindillas de soflama por otros, y anoche volvi la polica
a registrar la casa de la calle de Beln, y pesc a cinco sujetos, y les
puso en la crcel de Villa.--De lo cual me alegro, Sr. D. Salvador.--Pues
mire usted, Sr. Tablas, yo vengo a que usted me haga el favor de
proporcionar a uno de esos cinco sujetos los medios de fugarse, porque
corre el run run de que les van a fusilar.--Es pariente de usted?--S
seor. Usted ha estado empleado en la crcel de Villa?--S seor.--Usted
favoreci la escapatoria de Olzaga.--S, seor.--Usted podr hacer ahora
otro tanto.--S seor.--Pues es preciso hacerlo.--Cunto vamos
ganando?--Tanto.--Es poco.--Pues cuanto.--Nos arreglaremos.--Quin es el
sujeto?--Pues es Fulano de Tal.--Adelante, empezaremos a trabajar hoy
mismo. Vamos al caf y a la taberna; hablaremos con los chicos de la
crcel.... Total, que hemos estado todo el da inventando diabluras, y
luego fuimos a casa de don Felicsimo, que tambin est empeado en
poner en salvo a ese preso. Y de unos y de otros he de sacar metal,
mujer, mucho metal, para desempear lo que hemos empeado, y quitar
trampas... fuera trampas, venga ac dinerazo de la gente carlina, y
juntndolo con el dinerito de la gente masona, vers como nuestra
hacienda se pone otra vez de pie....

La reconciliacin era ya segura, y los endurecidos nimos se ablandaban
rpidamente al calor de la confianza. La idea de que Tablas ganase algn
dinero, idea novsima y extravagante, produjo en el espritu de Nazaria
benfica y reparadora reaccin. Aunque no era tonta, se dejaba alucinar
fcilmente por risueas quimeras, como persona crdula y sin experiencia
que haba vivido siempre en el mayor desorden moral y econmico, y ya le
pareca estar viendo las talegas que entraban por la puerta, ganadas en
la explotacin de toda aquella caterva poltica que ya se llamaba
carlina ya masnica. Tablas haba derrochado sumas relativamente
considerables. Si ahora traa a la casa otras sumas mayores, se trocaba
de libertino y perdido en el hombre ms allegador y apersonado de todo
el barrio. Bien, re-Cristo! Nazaria, que juntamente con la fiereza
tena la inocencia de la bestia cornpeta a quien tan fcilmente engaa
un vil trapo rojo, se calm y sinti dolor muy vivo de haber ofendido a
su gigante. As procede siempre, pasando de salvajes cleras a
vergonzosas condescendencias, toda esa gente desalmada, ignorante y tan
incapaz de calcular sus intereses como de refrenar sus pasiones.

Se reconciliaron. El aceite junt su pringosa suavidad con la acritud
astringente del vino, y batidos y juntados sellaron el pacto, cuando los
dedos gordezuelos de Nazaria vendaban aquella frente merecedora del yugo
para tirar de un arado.

Dignos de lstima eran aquellos dos seres, pertenecientes a la clase ms
numerosa y ms compleja del pas, por la confusin de vicios y virtudes
que en ella haba; pero Nazaria mereca ms que su cmplice la
compasin, porque vala un poco ms, valiendo muy poco. En ella la
barbarie y la tosquedad eran tales, que ahogaban los sentimientos
generosos que a veces brotaban en su corazn cual hierbecilla en la
grieta hmeda. Una religiosidad sonora y supersticiosa no bastaba a
suplir en ella la falta absoluta de luces y de ideas morales. Viva en
el escndalo, sostenida por el ejemplo de otros escndalos mayores, y
aunque alguna vez naca y se agitaba en su alma como un misterioso
prurito del bien, una especie de adivinacin que ella no poda precisar,
eran tales las exigencias de la naturaleza en ella, que no poda, ni en
pensamiento, separar su persona de la persona de aquel monstruo.
Irresistible atraccin la de un gigante que ni era listo, ni simptico,
ni noble, ni siquiera guapo! Tan grande es la miseria humana, que all
donde aparentemente no hay cualidades que sirvan de base a un verdadero
amor, suelen encontrar alguna las gigantas fogosas como la hermosa viuda
de Peribez.




-XIII-


Qu lejos estaba el excelente padre Gracin de que su exhortacin moral
haba motivado una reyerta que pudo ser drama sangriento! l se retir
aquella tarde muy satisfecho despus de haber predicado la unin, la
concordia y la paz matrimonial en otras dos o tres casas. Al entrar en
su celda pens que el da haba sido fecundo en resultados evanglicos,
y que con muchas batallas semejantes, pronto haba de verse el Enemigo
muy mal y acorralado en las ltimas trincheras del pecado.

Antes de dormir, consagr dos horas al estudio y a la ciencia de que era
maestro en las aulas del Colegio Imperial, la profunda y enmaraada
tica. Despus or y medit por espacio de otras dos horas largas,
puesto de hinojos a ratos, y a ratos tendido boca abajo sobre el suelo.
Lejos de haber en este las blanduras suntuarias con que los pecadores
atienden al sibaritismo de los pies, era la dureza misma combinada con
la frialdad, para que la mortificacin fuese conforme a la implacable
saa con que varn tan santo trataba a su carne miserable. All no habla
alfombra, ni estera, ni cosa que a tal se pareciese, sino ligera capa de
tierra, rojiza extendida sobre los ladrillos, la cual era trada de la
cueva de San Ignacio en Manresa y serva para producir en el espritu
del clrigo la piadosa ilusin de que en la misma santa cueva estaba.
ltimamente haba repartido entre sus buenos amigotes tantas
porcioncillas de aquella bendita y quizs milagrosa arcilla, que la
celda se iba quedando limpia, y por varias partes peda algunos
escobazos que la acabaran de limpiar. Lo dems de la reducida estancia
era insignificante y revelaba la humildad y el estudio, cosas en verdad
que fraternizan perfectamente.

El jesuita durmi despus de estudiar y de mortificarse, y abandon de
madrugada el lecho. Rez, dijo misa, (y las suyas por lo tempranas y lo
largas, eran muy elogiadas entre las personas piadosas de aquel populoso
barrio) y despus entr en su ctedra, seguido de muchedumbre de
escolares. Esto se repeta diariamente, mes tras mes, ao tras ao. En
sus explicaciones filosficas, Gracin realizaba el prodigio de volver
claro lo oscuro y de hacer ver las honduras de aquella ciencia,
iluminando la superficie con la luz de un mtodo admirable y de un decir
ameno. Sus discpulos le queran por todo extremo, y era uno de esos
maestros siempre preferidos y siempre elogiados que hacen amable el
estudio. En las horas de recreo vease rodeado de enjambre de
colegiales, que dejaban el escaso solaz de aquella hora para consultar
con el Padre puntos oscuros de la conferencia sealada, y platicar sobre
cualquier tema de humanidades o teologa, pues en todo ello y aun en
otra clase de sabiduras era muy versado el bendito clrigo.

En aquellos tiempos, oh tiempos clsicos! todo se estudiaba en latn,
incluso el latn mismo, y era de ver la gran confusin en que caa un
alumno novel, cuando le ponan en la mano el Nebrija con sus reglas
escritas en aquella misma lengua que no se haba aprendido todava. Poco
a poco iba saliendo del paso con el admirable mtodo de enseanza
adoptado por la Compaa, y acostumbrndose al manejo del Calepino para
los significados castellanos, y del _Thesaurus_ para la operacin
inversa, pronto llegaba a explicarse como Quinto Curcio o Cornelio
Nepote. Las lecciones se daban en latn, y para que los chicos se
familiarizasen con la lengua que era llave maestra de todo el saber
divino y humano, hasta se les exiga que hablasen latn en sus
conversaciones privadas, de donde vino esa graciosa latinidad
macarrnica, que ha producido inmenso centn de chistes, y hasta algunas
piezas literarias, que no carecen de mrito, como la _Metrificatio
invectivalis_ de Iriarte y las stiras polticas que se han hecho
despus. Si Horacio y Cicern hubieran, por arte del Demonio, salido de
sus tumbas para or como hablaban los malditos chicos del Colegio
Imperial, habra sido curioso ver la cara que ponan aquellos dignos
sujetos a cada instante se oa: _Quantas habeo ganas manducandi!...
Carissime, hodie castigavit me Pater Fernndez (vel  Ferdinando),
propter charlationen meam.... Eheu, pauprrime! Ibis in calabozum?...
Non; sed fugit meriendicula mea. Dum tu chocolate bollisque amplificas
barrigam tuam, ego meos soplabo dedos. Guarda mihi quamquam
frioleritam._

El que as se expresaba era un muchacho despiertsimo, nombrado Calisto
Rodrguez, aunque en el colegio, sin dada por lo diminuto de su persona
y por su inquietud de ardilla, nadie le llamaba sino Don Rodrigun. Era
tan bizco que, al mirar, un ojo se le meta detrs del otro, como
malicioso flechero, que se esconde para hacer mejor la puntera de su
dardo. Su travesura y charlatanismo daban no poco que hacer a los
Padres, y si adelantaba en sus estudios era ms bien por sus brillantes
dotes que por su aplicacin. El estrabismo daba chocarrera gracia a su
rostro, y con el bonete terciado, como sola llevarlo, pareca un
diablillo enmascarado de clrigo. Alborotaba mucho en las horas de
recreo; sublevaba las masas escolares en las de estudio, y a pesar de
pertenecer a una familia rabiosamente carlina, en la cual haba muchos
cannigos, frailes y hasta un obispo, sus inclinaciones eclesisticas no
eran muy decididas.

Por jcara, ms que por espritu de erudicin, D. Rodrigun se haba
prohibido en absoluto la lengua castellana, y hasta las frases ms
familiares y las ms insignificantes expresiones las latinizaba con
zandunga, entremezclando siempre en su charla trozos de los clsicos y
fragmentos de verso y prosa, vinieran o no a cuento. As, cuando se
escabulla de la sala de estudio para ir a fumar un cigarro a
hurtadillas, deca: _Eo in chupatorium, procul negotiis_. El
_chupatorio_ era un rinconcillo del claustro alto, que daba al patio, y
recibi este nombre por ser lugar a propsito para echar una fumada sin
ser visto de los Padres. Para anunciar a sus compaeros en la sala de
estudio que vena el Padre Fernndez, varn pesado cuyos pies de plomo
hacan temblar el pavimento, deca: _Cavete Ferdinandum.... Ecce
draco.... Exaudite... quatit ungula campum_. En las horas de recreo, en
el claustro bajo, no perda ripio para motejar a los condiscpulos, y si
algn extrao entraba en la casa para hablar con los jesuitas, Grijalva
le haba de echar su latn correspondiente, _verbi gratia_:

_Videte Piaonem ad petendum Gratianum... arcades ambo_.

El bueno de D. Juan iba muchas tardes en busca del Padre Gracin para
conferenciar con l de los ltimos obstculos que convena allanar para
casarse con Micaelita.

Hablando de la tierra con que el profesor de tica alfombraba su celda,
deca el estudiante: _Sunt quos pulverum manresianum collegisse
jurat_.

Durante las partidas de pelota, a que era muy aficionado, se le oa
constantemente: _Bene... fortiter.... Italiam contra... ego valeo....
amen dico... vobis... fuerunt vel fuere... pasce capellas_.

Era el capitn de todas las fechoras perpetradas en el colegio, de
noche, burlando la vigilancia de los Padres, bien para hacer un escalo
en la despensa y proveerse de vveres, bien para efectuar un bromazo,
eligiendo por vctima a un desdichado novato sin experiencia. Si alguna
tarde lograba escaparse y subir a las boardillas, se entretena en tirar
cscaras de nueces a los balcones de Nazaria que fronteros de la fachada
del colegio estaban, o en disparar peladillas contra la cojuela, que
sola sentarse por las tardes en la puerta de la carnecera, _templum
mantecationis_.

Otras muchas barrabasadas haca para matar el fastidio y hacerse
aplaudir de sus compaeros, pues le gustaba, como a todos los traviesos,
or los encomios de sus atrevimientos. Pero su mayor lucimiento provino
de una memorable invencin suya, con la cual alcanz aplausos y
lisonjas, que traspasando el crculo del colegio, llegaron al pblico.
Fue que compuso un _Discurso apologtico macarrnico_ sobre un suceso
pblico de la ms alta importancia en aquellos das, y lo hizo con tan
gracioso desparpajo, tanta donosura en los disparates, tan grande
agudeza en lo descriptivo y tan furibunda intencin en la stira
personal, que la composicin produjo en el colegio un verdadero
escndalo.

Habiendo enfermado D. Rodrigun a principios de Junio, su familia le
sac del colegio. Restablecido en un par de semanas, no quiso volver a
la clausura hasta no presenciar las grandiosas ceremonias de la jura de
la Princesa Isabel, y las alegres fiestas de los tres das que siguieron
al 20. Todo lo vio y en todo meti las narices el bullicioso estudiante,
desde la imponente funcin de San Jernimo, hasta la justa de los
maestrantes fuera de la puerta de Alcal; desde la fiesta nacional de
toros con caballeros en plaza, en la Mayor, hasta el simulacro militar.
Cansado de tanto correr, durante los tres das, entr en el colegio,
tom la pluma, y enjaret su famoso _Discurso apologtico macarrnico_.
A medida que iba escribindolo, lea trozos de l en los corrillos de
estudiantes, y bien pronto la fama de aquellos graciosos dislates se
extendi por San Isidro, lleg a odos de los Padres, y estos pidieron
el manuscrito 11. Negolo y no quiso darlo D. Rodrigun por temor a una
reprimenda; pero como ya los escolares amigos del autor haban sacado
varias copias, facilitaron una al Padre Fernndez (_vel a Ferdinando_),
el cual se regocij mucho con la lectura. Enterados los dems jesuitas
se rieron en coro y a todo trapo, porque adems de las chuscadas de la
forma, haba en el discurso una intencin satrica que les agradaba en
extremo. Don Rodrigun no fue castigado por su travesura latinizante;
entreg a los Padres el manuscrito original donde se conservaba, segn
dijo, toda la pureza clsica del texto, libre de los mltiples errores
de las copias, y goz extraordinariamente con su triunfo literario.

Es lstima que no podamos dar a conocer en toda su extensin esta obra,
que uno a sus gracias, el mrito de ser un precioso documento histrico,
pues en ella est descrito con detalles mil el solemnsimo acto de la
jura, y narradas las fiestas con que la monarqua quiso hacer memorable
aquel suceso. Los personajes todos de la poca, retratados en
caricatura, dan mayor realce al discurso, y la intencin perversa que en
cada comentario campea, pinta el espritu de un bando poltico que era
en aquellos das, si no la mayora, parte grande y granada de la Nacin
espaola. En la imposibilidad de transcribir la composicin entera,
daremos cuenta de ella segn el arte y modo de la crtica ligera,
haciendo resaltar algunas de sus caprichosas donosuras, y callando mucho
de lo que contiene, por ser materia vedada a la publicidad.

Empezaba describiendo la comitiva que sali del palacio de San Juan para
San Jernimo, el aspecto de este templo, la corte y su servidumbre, los
obispos, los procuradores de las ciudades con voto en Cortes y los
treinta ttulos de Castilla que representaban la nobleza del reino.
Luego vena el _Magister ceremoniarum_, el _Indiarum Patriarca_, el
duque de Medinaceli (_Coelico-Metinensi dux_) presidiendo a los
nobles.... _Concurrebant cortesani frailesque_, deca el texto,
_milites cum morrione atque canonici cum piporro. Turbamulta sequebat
guardiarum Corporis cum ban doleris, et damarum caterva inter mayordomos
miscuebatur_. Pintando al Rey, que en su trono presida el acto, se
expresaba Rodrigun en estos irrespetuosos trminos: _Regium estafermum
in throno posuerunt. Inmovilis tanquam sacus furfuris lascivis oculis
circunspicebat danarum pectorem quasi nudum et caritas guapas_. A
Cristina y dems familia la nombraba en trminos ms irreverentes an.
_Venus Partenopea, graciositer fecebat perendengues inter caballeritos,
dum tenera Isabella pendebat a nodrizae_ _mamellis. Dominus
Francisquitus cum Carlota ejus sedebat in aureo rincone. Oh quantum
erat inflammata Carlota propter vinum!_.

_Conticuere omnes_, deca al narrar la ceremonia, y luego contaba cmo
haba jurado D. Francisco ponindose de rodillas y extendiendo la mano
sobre el crucifijo; cmo le haba abrazado el Rey, cmo haba el Infante
besado la mano de Cristina y de la Princesa. Al llegar aqu lanzaba el
autor una larga epifonema y luego ariada: _Sic itur ad astra_.

Describa el desfilar de los Procuradores, obispos y grandes, que uno
tras otro se adelantaban lentamente para jurar, _sicut recua_, y en el
prrafo siguiente pona la salida pblica de la corte desde San Jernimo
hasta Palacio. _Cum repeto diem_, exclamaba parodiando a Ovidio,
_agitantur in manibus castauelae meis_. La famosa funcin de toros con
caballeros en plaza, espectculo nuevo en Madrid por aquel tiempo, era
tratada por D. Rodrigun con la amplitud que el caso mereca. No se
libraron de sus dardos los caballeros rejoneadores, ni las damas que les
apadrinaron, ni los alcaldes de Corte que dirigan la fiesta. No se dej
en el tintero ninguna de las partes de la fiesta, y en toda su charla
macarrnica se vea claramente la idea de representar en el pobre toro
aburrido y pinchado por todas partes al partido cristino, de quien daban
cuenta al fin, rematndolo, los apostlicos, representados en el
simblico circo por espadas, picadores y puntilleros. _Plaudite cives_,
deca al fin, _et ruant masones, turba mentecatorum_. Conclua este
prrafo diciendo que pronto empezara la corrida en los campos de
batalla, y exclamaba: _Cedant cornu armae_.

No nos ocuparemos del resto de la composicin porque su contenido es
demasiado extenso y quizs harto desenfadado. Para completar su obra, el
pcaro estudiante satiriz tambin al Comisario de Cruzada, Sr. Varela,
_plena cruoris hirudo_ (sanguijuela llena de sangre), que hizo
cuantiosos donativos a los pobres para celebrar la jura; tambin flagel
al general Castaos, nombrado duque de Bailn, y a todos los dems que
recibieron mercedes en aquellos das. Y amenazndoles les deca en el
ltimo delirio macarrnico: _Jam vobis dicabitur misis_, ya os lo dirn
de misas.




-XIV-


No marchaba muy bien el negocio que Salvador entre manos traa, porque
la vigilancia en la crcel de Villa era ms estrecha y rigurosa que en
los tiempos de la dramtica evasin de Olzaga. En vano Tablas llenaba
de aguardiente los cuerpos de uno y otro mandadero, sin olvidar la
conquista de los alcaides por medio de merendonas y duros; en vano se
hacan trabajos en esfera, ms alta, dirigidos a ablandar o corromper a
sujetos de mayor categora. Con disimulo, pero tambin con bro
gestionaba Genara, ms que por afecto al preso, por librarse de la
situacin desagradable en que el encierro de su esposo la pona; y
Pipan (_patriarca zascandilorum_, segn el macarrnico), de acuerdo con
Carnicero y otros compadres, manejaba tambin con arte sus considerables
influencias. Tantos esfuerzos reunidos dieron al fin el resultado feliz
que todos deseaban; pero hay indicios seguros de que el Sr. Navarro
debi principalmente su venturosa escapatoria, a la condescendencia o
complicidad de la gente menuda, siempre venal; de modo que Salvador no
se arrepinti de haber recurrido al buenazo de Pedro Lpez, ni este se
arrepinti de servirle, porque, habiendo cobrado en moneda corriente sus
estipendios y el importe de todos los gastos, pudo ofrecer a la iracunda
Nazaria parte del caudal que le haba derrochado. Despus se ver en qu
emplearon el dinero adquirido por tan extraa industria.

Los presos eran tres: D. Carlos, un fraile aragons que pereci el ao
35 en Zaragoza cuando la clebre causa y conspiracin de D. Vicente Ena,
y un capitn de caballera que desde mucho antes andaba en aquellos
trotes, y despus de ser masn el 20 e indefinido el 24, haba ingresado
en los nacientes y an no fogueados ejrcitos del Infante. No habra
sucedido nada si todos los seores congregados en casa de las de Porreo
hubieran procedido con la discrecin que se acostumbraba en tales
reuniones ilcitas cuando las sorprenda la justicia. Seis de los
conspiradores se escondieron en lo ms hondo de la casa; el capitn y el
fraile se pusieron a rezar el rosario; mas D. Carlos Navarro, que era,
por su geniazo dscolo y entero, enemigo de bajas comedias y de
disimulos viles, afrent a los polizontes, les dijo mil herejas, y no
pudiendo contener su ira, abofete al que pareca principal entre ellos.
Este acto de violencia, cuando lo que haca falta era maa y dulzura,
les llev a los tres a la crcel de Villa, donde habran estado todo el
tiempo que exige una buena y voluminosa causa de mil folios, si no
vinieran en auxilio de Navarro las tramas que hemos mencionado, en
auxilio del fraile el fuero eclesistico, y del capitn la muerte, que
se le llev a los seis meses de encierro.

La desolacin que caus a las dignas seoras de Porreo aquel suceso, no
se expresa con las fras palabras de la historia. El descrdito de su
casa, la vergenza y el azoramiento en que desde entonces vivan, y por
ltimo, la falta del auxilio pecuniario que D. Carlos les daba,
precipitaron de tal modo su decadencia, que bien pronto se vieron en
aquel trmino lastimoso en que la estrechez se confunde con la miseria.

El atroz Navarro, luego que se vio fuera de la crcel no quiso averiguar
el poder que le haba salvado. Su orgullo le inclinaba a no atribuir su
salvacin a ninguna persona que le tuviera afecto. A m nadie me
quiere, deca, nada tengo que agradecer a ningn hombre. Slo Dios me ha
salvado. Pas algunas horas en casa de las seoras, en cuya compaa
haba vivido, los dio una limosna con carcter de liquidacin de
atrasos, y acompaado de Orican y Zugarramurdi, que haban quedado
libres y que siempre le eran fieles, parti disfrazado de arriero para
las Provincias Vascongadas y Navarra. Nadie le vio. Se fue con su
indignacin crnica y su incurable soberbia, siempre enfermo, grun
siempre. A nadie dio cuenta de sus planes, y pareca detestar a sus
comilitones polticos lo mismo que a sus enemigos. No quera tratos con
nadie, ni con su hermano, a quien no poda amar aunque lo intentase, ni
con su mujer, a quien aborreca de la manera extraa que se aborrece lo
amado. Aquel carcter ttrico, compuesto de orgullo y tenacidad,
endurecido ms por el tedio, la desconfianza y la lesin heptica,
necesitaba manifestarse en una accin propia y libre. La disciplina
haba concluido para l. Sonaba en la historia la trompeta lgubre de
las guerrillas. El feroz soldado de partidas la oa resonar en su alma
solitaria y sombra, y marchaba sin saber adonde ni por donde. Slo
aquel eco poda despertar en aquella alma el amor a la vida, evocar la
fe, o infundirle el ardor de un trabajo glorioso. Como estos soldados
misntropos de corazn entenebrecido son ms dignos de lstima que de
odio, y como tienen, en medio de sus graves errores, cierta nobleza y
lealtad que infunde simpatas, saludamos con respeto al fugitivo
guerrillero, dicindole: Dios vaya contigo, salvaje.

Entre tanto, el inters que Salvador haba puesto en favorecer a su
desagradecido hermano le ocasion algunos disgustos, porque enterados de
l algunos de sus antiguos amigotes y no acertando a comprender la
verdadera causa de tal proteccin a un furioso enemigo del _Sistema_,
declararon a Monsalud inconsecuente y traidor. Despus que tiene
dinero, decan, se ha afiliado en las banderas del absolutismo y de los
frailuchos, para poner en seguridad sus fondos. Aviraneta, que no
gustaba de perder amigos, y era en el fondo un escptico glacial, no
dej de tratarle por esto; pero Rufete, hombrecillo de gran vehemencia,
que haba hecho de sus ideas polticas una supersticin india, le
manifest en briosas frases que sera su irreconciliable enemigo, y que
si l (Rufete), partidario de todas las libertades, tropezaba en un
campo de batalla o en una barricada con quien se haba hecho proslito
de todas las tiranas, no estaba decidido a perdonarle. De estas
baladronadas y de otros desprecios y majaderas que oy, se rea el buen
hombre, porque hallndose seguro de su rectitud, y deseando vivir lejos
de los manejos polticos, no quera dar explicaciones ni menos complacer
a la turba de falsos patriotas.

El que siempre se le mostr leal y agradecido amigo fue Seudoquis,
ascendido a coronel en los das de la jura, por los servicios prestados
en la persecucin de la partida de Campos. Estrech ms aquella antigua
amistad, originada en peligros y desgracias comunes, la generosidad con
que Monsalud salv por entonces al flamante coronel de sus ahogos
pecuniarios, que le haban trado a un estado de horrible desesperacin.
Seudoquis fue destinado a servir en Vitoria. Los dos amigos se separaron
despus de algunos meses de vida comn y de pesares y alegras;
fraternalmente confiados. Gozoso Salvador de una amistad que en parte
atenuaba la aridez de su vida, abandonose al afecto que Seudoquis le
inspiraba y le confi algunos secretos de los que ms quera.

D. Benigno Cordero hizo a nuestro amigo algunas visitas, en todo el
tiempo que medi desde Mayo hasta Setiembre. En la primera maravillose
Salvador de orle decir que no se haba casado todava. En las sucesivas
maravillose ms por la propia causa, y an dijo algo acerca de lo mucho
que pensaba y maduraba el insigne, cien veces insigne hroe de Boteros
sus resoluciones. En estas visitas ocurra la particularidad
inexplicable de que D. Benigno no hablaba de Sola ni de cosa alguna que
con el cansado matrimonio tuviese relacin. Hablaban de ocupaciones, de
los negocios pblicos, de las probabilidades de una guerra sangrienta,
de la enfermedad de Su Majestad, la cual iba en tal manera creciendo,
que pronto aquel animado muerto sera todo cadver, entre el espanto de
la monarqua hurfana. En las conversaciones de D. Benigno notaba
Salvador una particularidad extraa y que no acertaba a explicarse. Era
que el buen encajero no haca ms que preguntas y ms preguntas, cual si
antes fuese inquisidor que amigo, y no llevase ms propsito que indagar
la vida, conducta y pensamientos de su compaero de casa en San
Ildefonso. Despus de la primera visita D. Benigno baj cojeando la
escalera; y ciendo estrechamente al cuello el embozo para abrigarse
bien, dijo dentro de su capa: No sirve, no sirve para el caso.

En una de las visitas sucesivas (y entre unas y otras pasaban
prximamente veinte das), dijo para s: No es digno, no, del
incomparable regalo que he pensado hacerle. Ms adelante aconteci que
al comps de su trote cojo, murmuraba, marchando hacia su casa: Quizs,
quizs, sepa hacer buen uso de tan incomparable joya. Y por ltimo,
(all por Julio o principios de 12 Agosto, el da antes de partir para
los Cigarrales) sali de la visita, pensando as: Bien va esto,
Benigno, esto va bien.

Parti, pues, a los Cigarrales en compaa de Alel, que ya casi no se
poda tener derecho, y all, en aquel delicioso edn de almendros,
aconteci lo que pronto, muy pronto ver el juicioso lector.




-XV-


Fue seguramente en aquellos mismos das cuando Pipan, deseando rematar
convenientemente sus honestas relaciones con Micaelita, determin
echarse al cuello la soga del matrimonio. Exigalo su posicin social,
ya considerable, y lo peda a grito herido su peculio, el cual con el
acrecentamiento de los gastos y comodidades necesitaba refuerzos
grandes. La idea de ver entrar en sus arcas dentro de poco tiempo las
misteriosas sumas encarceladas por D. Felicsimo le quitaba los ltimos
escrpulos que pudieran turbarle, y por ver aquella idea hecha realidad
tangible y sonante se desposara l, no digo yo con Micaela, sino con el
mismo individuo que est a los pies del patriarca San Miguel.

Haba pasado bastante tiempo para que el pblico diese al olvido las
manchas que empaaron el antes limpio cristal de la reputacin de su
novia. Bendito olvido, que es la moneda falsa del perdn, y corre de
mano en mano produciendo admirables efectos! Aquel olvido, su propia
conveniencia y las exhortaciones del Padre Gracin, que haba puesto en
tal unin empeo particular, labraron el propsito del ilustrsimo D.
Juan Bragas, y una maanita de Julio se levant con la cabeza fresca y
dijo frotndose las manos: Boda tenemos; esto es hecho.

Visit a Gracin, a quien hall en su celda, (_inescobata clula_, segn
la expresin del consabido macarronizante) y el buen jesuita le felicit
por su buen acuerdo, diciendo que, al casarse, D. Juan honraba a su
novia y se honraba a s mismo, que la sociedad y la Iglesia se alegraban
juntamente de ver concludos en boda los noviazgos largos, y por ltimo
que l (_Gratianus horridus_) pedira a Dios concediese a los dignos
esposos prole robusta y numerosa para bien de la cristiandad. D.
Felicsimo tambin recibi con alegra la noticia, porque la colocacin
de su nieta haba llegado a parecerle problema poco menos difcil que la
cuadratura del crculo, y Doa Mara del Sagrario ech un gran suspiro
que interpretado libremente expresaba las infinitas gracias que daba a
Dios la buena seora por verse libre pronto del inaguantable genio de su
sobrina.

No hay que decir cuanto se regocij la novia al ver prximo el trmino
de la situacin equvoca en que estaba, y al considerarse seora y duea
de una casa. Ella contaba con manejar al buenazo de Pipan como a un
dominguillo, y vivir a sus anchas gastando y triunfando. Pajarraco largo
tiempo aprisionado y de no muy buenos instintos, a dnde ira al salir
de su jaula? De la esclavitud del matrimonio iba ella a hacer la
libertad de sus apetitos vanos. Cuando vio asegurada la conquista de don
Juan, empez a hacer sus preparativos.

Quiso Pipan que su boda fuese de mucho aparato y bullanga. Hasta lleg
a imaginar que le apadrinaran los Reyes, o en su nombre algn
empingorotado magnate, pero fue tan mal recibido en Palacio, al tantear
la voluntad de las personas elegidas _in mente_ por el cortesano para
aquel fin, que se trastornaron sus planes. Esto le ocasion suma
tristeza, pero fue causa de una importante determinacin, que ms tarde
haba de conceptuar como una de las ms felices de su vida. Debe
advertirse aqu que, aunque el _patriarca zascandilorum_ asista a las
juntas carlistas del Sr. Carnicero, y en ellas trataba de hacerse pasar
por uno de los ms ardientes devotos de la causa del Altsimo, no estaba
resueltamente decidido a embarcarse de un modo definitivo en tan
arriesgado golfo. Como hombre de grandsimo espritu prctico y
acostumbrado a no dar un paso sin estar seguro de la firmeza del suelo
en que iba a poner el cauteloso pie, mantena en su pecho una
imparcialidad saludable, que era, si bien se mira, el colmo de la
sabidura. Con sagacidad finsima observaba los elementos de uno y otro
partido, la calidad y nmero de las personas que en ellos militaban, el
grado de fuerza y vitalidad que en el pas tenan, y hallndolos casi
iguales y contrapesados, esperaba a que el tiempo y la Providencia
robusteciera al uno con detrimento y merma del otro. Es claro como la
luz del medioda que en el momento de declararse la desnivelacin, el
hbil cortesano se lanzara con entusiasmo frvido a las filas del
partido mayor y ms poderoso.

Hallbase en lo ms perplejo de su perplejidad, cuando le entr, sin
duda por inspiracin divina, el deseo de casarse. Oh, _fortunate nate_!
como diran Virgilio y D. Rodrigun. Quin haba de decir que de sus
proyectos matrimoniales le vendra la profesin de fe poltica que le
salv, apartndole del partido guerrero y de una causa que no triunf
entonces ni haba de triunfar en lo sucesivo! Ay! en un tris estuvo que
personaje de tanta vala se perdiera para siempre, privando a la
Administracin espaola de sus eminentes servicios.... Es el caso que
aquel desprecio con que fue recibido en Palacio afligi mucho al
cortesano; la pena lo hizo reflexionar profundamente, y... no parece
sino que Dios y la Santsima Virgen le tocaron en el corazn, porque
desde aquel da empez a tener presentimientos de que no triunfaran
jams las ideas absolutistas. Tuvo, si se quiere, cierta presciencia o
adivinacin genial de los venideros sucesos. A nuestro juicio, debe
tenerse por cierto que la inspiracin divina alienta no pocas veces a
los cortesanos en todas las edades, y les ilumina y conduce para que no
den esos terribles traspis que a veces truncan lastimosamente las ms
brillantes carreras.

Pipan, despus de pasar algunas semanas apartado de las logias
mojigatas (por qu no se han de llamar as?) volvi a Palacio; hzose
introducir con no pocas dificultades en la Cmara de la Reina, y all
jur y perjur que l no era ni haba sido nunca carlino; que l tena a
Su Alteza por uno de los ms desatinados locos nacidos de madre; que si
sostena amistades con algunos individuos del bando de la fe, Dios era
testigo de las exhortaciones que l (Pipan) les haba dirigido para
desviarles de tan peligrosa y antipatritica senda; _item_ ms, que sin
hacer gala de ello haba trabajado como un negro (nos consta que emple
la misma frase) por la causa de su Reina nia, ganando voluntades,
disuadiendo a este de sus herejas apostlicas, fortaleciendo el
desmayado espritu de aquel, desbaratando planes, y preconizando en
todas partes las excelencias de aquella Monarqua ideal, histrica y
libre, generosa y fuerte. Dijo tambin, que la nia era muy bonita y que
los espaoles todos la queran mucho, lo mismo que a su interesante y
bondadosa mam, y, por ltimo, que l (D. Juan) segua en sus propsitos
de siempre, los cuales eran nada menos que derramar la ltima gota de su
intil sangre por la Reinita de tres arios, que haba de ser (en esto no
tena duda; era una corazonada, una nueva inspiracin divina) que haba
de ser, repeta, no slo la segunda Isabel, sino la segunda Isabel la
Catlica.

Cuentan los testigos presenciales de la anterior manifestacin
Pipanica, que las ilustres personas a quienes el cortesano se diriga
no le dieron todo el crdito a que por sus honrados antecedentes era
acreedor D. Juan. Cuentan tambin que este sac de su inagotable ingenio
nuevas y ms enrgicas razones, y hasta se asegura (no garantizamos la
exactitud de este ltimo dato) que en los ojos del cortesano brill una
lgrima. Mas, por qu no hemos de admitir una versin que tanto honra
al bueno de Bragas? S; recojamos aquella lgrima de lealtad, vertida a
los pies de una Reina, y guardmosla para engarzarla veinte aos ms
tarde en la corona del marquesado de Casa-Pipan, concedido para premiar
eminentes servicios al Tesoro y al Estado.

Dejando a un lado el testimonio de los presentes en aquella escena, a
nosotros nos consta que antes de admitir al seor de Bragas a la gracia
soberana, se le exigieron pruebas de que su adhesin no era una mentira.
Que l se apresur a darlas no hay para qu decirlo, y que estas pruebas
consistieron en una delacin circunstanciada de todo lo ocurrido en dos
aos en casa de D. Felicsimo, fcilmente lo comprender quien haya
penetrado, por estas fieles relaciones nuestras, aquel carcter adornado
de todas las virtudes de la serpiente. Y no pararon aqu los servicios
prestados a la Monarqua infantil por el digno personaje, sino que
revel cosas muy hondas, slo de l sabidas, y en las cuales haba
tenido cooperacin aparente, con el nico fin de profundizar el abismo
de iniquidades del partido mil veces execrable (frase suya) que se
aprestaba a escribir el nombre de Dios en las banderas del asesinato.

Vase aqu cmo supo embarcarse en bajel seguro y mantener en su
compaa a la veleidosa fortuna, su hermana querida y tutelar maestra.
El ministro de Hacienda, D. Antonio Martnez, que ya le tena en capilla
para dejarle cesante de su pinge destino en el Consejo, cej en sus
intenciones perversas. El ilustre funcionario adquiri nuevamente el
favor que haba perdido en Palacio, y no pudiendo lograr que un Prncipe
apadrinara sus felices bodas, encontr marqueses y condes que se
ofrecieron con bonsimo talante a hacerlo. Ejemplo admirable de las
recompensas que el cielo da a la gente amaestrada en el supino arte de
la vida!

La boda se fij para ltimos de Setiembre. Mientras la anhelada fecha
llegaba, Pipan iba tres veces al da a Palacio a enterarse de la salud,
o mejor dicho de la enfermedad del Rey, la cual se agravaba con tanta
rapidez, que el panten del Escorial le tena ya por suyo. Su Majestad
andaba con mucha dificultad, coma poco, dorma menos, y ya se le
hinchaba una mano, ya una pierna. El vulgo, que le tena por cadver
embalsamado, era en esta creencia menos necio de lo que a primera vista
pareca, y en los ataques fuertes casi todo el Rey estaba dentro de
vendas negras. Su mirada triste vagaba por los objetos, como depositando
en ellos parte de aquella tristeza de que impregnado estaba. Su
corpulencia era pesadez; su gordura hinchazn; su cara sonrosada de
otros das, una mscara violcea y amarillenta que pareca llena de
contusiones. La nariz colgante casi le tocaba a la boca, y en el pelo
negro, como ala de cuervo, aparecan y se propagaban las canas
rpidamente. Los negocios de Estado, en aquellos das ms graves y
espinosos que nunca, le aburran 13 y le preocupaban. La imagen de su
hermano, que a veces le pareca un buen hombre a veces un hipcrita
ambicioso, no se apartaba de su mente, sobreexcitada por el desvelo. Ya
pensaba ablandarle con sus sentimientos fraternales, ya confundirle con
las amenazas de Rey. Fue D. Carlos la persona a quien ms quiso en el
mundo, y haba llegado a ser su espantajo, el martirio de su
pensamiento, la fantasma de sus insomnios y el tema de sus berrinchines.
Adivino de su prxima muerte, el Rey vea arrebatado a su sucesin
directa aquel trono que quiso asegurar con el absolutismo. Y era el
absolutismo quien le destronaba! La fiera a quien haba alimentado con
carne humana, para que le ayudara a dominar, se le tragaba a l, despus
de bien harta! Cmo se reiran en sus tumbas, si posible fuera, los
seis mil espaoles que subieron al patbulo para servir de cebo a la
mencionada fierecita! Pues y los doscientos cincuenta mil que murieron
en la guerra de la Independencia, en la del 23 y en la de los
agraviados, qu diran a esto? Justicia divina! si la mente de
Fernando VII se poblaba con estas cifras en aquel tristsimo fin de su
reinado y de su vida, qu horrible mareo para hacer juego con la gota!
Qu insoportable peso el de aquella corona carcomida! Ya no eran el
pueblo descontento ni el ejrcito minado por la masonera quienes
atormentaban al tirano; eran el clero y los milicianos realistas,
capitaneados por un hermano querido. La vctima antigua, inmolada sobre
el libro de la Constitucin con el cuchillo de la teocracia, no infunda
cuidado; lo que perturbaba era el cuchillo mismo revolvindose fiero
contra el pecho del amo. Oh, qu error tan grande haber sacado de su
vaina aquella arma antigua cuando ya comenzaba a enmohecer!... El pobre
Rey, a quien la Nacin no amaba ni tema ya, debi, sin duda, los pocos
consuelos de sus ltimos meses al espritu tolerante de su mujer, y si
l no se dejaba arrastrar pblicamente al liberalismo, saba tener
secretas alegras cada vez que el Gobierno mortificaba a la gente
apostlica. Su alma rencorosa hubiera llegado a la aceptacin de las
nuevas ideas, no por convencimiento sino por venganza, porque estaba
harto de clrigos, harto de absolutismo, harto de camarillas, harto de
su hermano, y si viviera ms, hubiramos visto un liberalismo verdugo,
como antes vimos una teocracia cazadora de hombres.

El Rey empleaba largas horas escribiendo al Infante. Crea que con
cartas y amonestaciones podra convencer a aquella piedra viva que se
llam D. Carlos, piedra por la tenacidad y falta de inteligencia. En la
clebre correspondencia de ambos hermanos, las frases ms cariosas
envuelven amenazas terribles. Se ven ros de sangre corriendo bajo
aquellas flores de la zalamera fraternal. Fernando haca alarde de su
autoridad, de su prestigio de Rey y Seor; D. Carlos manifestaba en cada
rengln profundo convencimiento de sus derechos, arraigado en la falsa
piedad. En sus cartas se vea, bajo las protestas de honradez y buena
fe, la ferocidad de la ambicin de las infantas brasileas. Ellas lo
instigaban a desobedecer al Rey; ellas le sugeran frmulas hbiles para
disimular con razones y pretextos la rebelda; ellas eran el alma, la
accin, la furia y la iniciativa del partido, mientras D. Carlos era la
pantalla de santurronera, que tan bien cuadraba a la cansa para hacerse
pasar por causa religiosa.

Cuando no escriba cartas, Fernando, comnmente aburrido de su ordinaria
tertulia, pasaba largas horas en el cuarto de las nias. Era la primera
vez en su vida que probaba los deleites puros de la familia. Aquel
vicioso que tan mal haba empleado su tiempo, se sorprenda ahora de
verso ocupado en puerilidades, y bastaba cualquier sntoma de dolencia
en Isabelita, para que se olvidase de los negocios de Estado y de los
malos pasos en que andaba la corona. Preguntaba con frecuencia por las
ms insignificantes cosas referentes a las nias, y si Luisita Fernanda
daba en no querer mamar, ya haba motivo para graves cuestiones,
preguntas y comentarios. Cuando todo iba bien, cuando las nias parecan
estar sanas y contentas, o Isabelita se quedaba dormida abrazada a su
mueca, el Rey sola pasear por las anchas cmaras, dando el brazo a
Cristina. Ambos marchaban despacio, porque la cojera del Rey exiga un
lento y cauteloso modo de sentar los pies. Cristina hablaba poco de
negocios polticos, y haca pronsticos alegres sobre la salud de su
marido. La gota, segn ella deca, iba cediendo, y era de esperar que en
el prximo invierno no hubiese ataques fuertes. El Rey suspiraba
incrdulo, y se acordaba de su conducta, que era la premisa lgica de su
gota. De pronto cesaba el paseo: Su Majestad se detena un rato ante el
balcn por donde se vea la Plaza de Oriente, que entonces era un
pramo. Miraba un rato las casas de Madrid, y dando un gran suspiro,
tornaba al paseo lento y trabajoso. No se oan los pasos, sino el golpe
del fuerte bastn en que se apoyaba el Rey, y que con lgubre comps
sonaba en el alfombrado suelo.

Desde el 19 de Julio hasta el 27 de Setiembre el Rey sufri mucho de un
dolor en la cadera izquierda; pero no guard cama. Sus comidas eran
penosas por falta de apetito. Cristina le acompaaba incitndole a tomar
alimento con las mil zalameras que usan, para estos casos, las mujeres
cariosas. De este modo Fernando se engaaba a s mismo algunas veces,
creyendo que coma con gana.

El 27 el Rey quiso levantarse de la cama; pero advirti que sus
extremidades no le obedecan. Estaba dbil, tan dbil que no se poda
mover. Vinieron los mdicos y le llenaron de cantridas. La mano derecha
se hinch de tal modo que pareca una cabeza. Su Majestad notaba dentro
de si un enorme volumen inexplicable, como si otro cuerpo entrase dentro
de su cuerpo y le invadiese y ocupase poco a poco. Los dolores se
apaciguaron, dejndole dormir con pesado y brumoso sueo. El 29 Su
Majestad se encontr torpe para hablar, torpe para discurrir. Empezaba a
reinar en l una indiferencia triste. Le pusieron cantridas en la nuca.
Con esto el Rey de Espaa se reconoci otra vez Rey de Espaa. La
mostaza, prolongando un reinado, tom parte en la historia. Los mdicos
parecan satisfechos y quisieron ver cenar al Rey. Cristina dispuso la
comida y Fernando comi mejor que los das anteriores. Despus dijo,
tengo sueo, y los mdicos salieron para dejarle descansar. Era
costumbre en l, durante los ltimos tiempos de su enfermedad, dormir
una breve siesta. Aquel da, Cristina, quedose con l en la estancia y
se sent al lado del lecho real. El Rey cerr los ojos sin decir nada, y
pareci que se dorma con sueo tranquilo. Cristina le miraba. Una
secreta intuicin le deca que se estaba quedando viuda.... De repente
observ en el rostro de su esposo un movimiento extrao y un cambio de
color ms extrao an. Llam con espanto, entraron los mdicos que
estaban de guardia y el capitn de guardias duque de Alagn. Los tres
mdicos, el duque y Cristina contemplaron la cara del Rey. El mdico
pulsaba, y luego dejaba de pulsar, como un piloto que abandona el timn
cuando no hay esperanzas de evitar el naufragio. Cinco minutos dur
aquel estado, en que cinco personas miraban un semblante. Pasados los
cinco minutos Fernando VII no exista.

Fue una muerte breve, sin aparato, sin agonas tormentosas. Estaba
muerto y nadie tena la persuasin de que el Rey no viva, porque aquel
estado inerte poda ser un desmayo como otras veces. A pesar de que los
mdicos aseguraron que ya no haba Rey, Cristina dispuso que no se
tocase el cadver hasta las veinticuatro horas. Retirronse todos y en
Palacio hubo el movimiento vertiginoso que acompaa a los grandes
sucesos de las monarquas. Nadie lloraba. Los cortesanos que haban sido
fieles a la persona, pero que no simpatizaban con las ideas, se
preparaban a abandonar la casa. Las salas, las galeras, las cmaras,
estaban llenas de corrillos. La curiosidad, el recelo, la desconfianza,
el miedo, la duda, formaban aquel extrao duelo, en el cual haba todo
menos lgrimas. Ahora s que se ha muerto de veras, murmuraba el labio
cortesano en pasillos y galeras, y tras esto surgan infinitos planes
de conducta.

En la madrugada del 30 la descomposicin sell la muerte del Rey, para
que nadie pudiese dudar de ella. Estaba escrito que la conclusin de
aquel reinado fuera en todo conforme al reinado mismo. Entregose el
cuerpo a la etiqueta, que hizo con l lo que es de rigor en tales casos.
Dejmosle en poder de la mayordoma, que le lleva de ceremonia en
ceremonia hasta depositarle en el Escorial. La Corte, los pueblos, le
vean pasar sin sentimiento. No ha habido Rey ms amado en su juventud
ni menos llorado en su muerte. Abierto su testamento se vio que dejaba
veinticinco millones de duros, y que mandaba decir veinte mil misas por
su alma... _Requiescat_...




-XVI-


No se le coca el pan a D. Benigno Cordero hasta no ver realizado un
pensamiento suyo de grandsima importancia. Desde aquella noche en que
Sola se expres con tanto calor, diciendo, quiero casarme con el
viejo, este, lejos de mostrarse ensoberbecido con declaracin tan
halagea, se volvi ms taciturno. Fueron a pasar el verano a los
Cigarrales, y dos tardes despus de instalarse en su casa de campo,
Cordero sali a paseo con Sola, bajando hacia la margen del ro. El
hroe se apoyaba en su bastn nudoso, y en los pasos difciles, que eran
los ms, peda auxilio al brazo de Sola. Esta no deseaba otra cosa que
servirle y complacerle.

--Hijita--le dijo, cuando pasaron de las higueras del to _Reza-quedito_,
punto desde el cual ya no se vea la casa--, hoy tengo que decirte la
ltima palabra acerca del asunto que hace tiempo me trae muy caviloso.
Me he dado una batalla, querida Sola, me he dado una batalla y me he
arrollado completamente, me he derrotado en toda la lnea. Acaso no me
entenders.

--No mucho--dijo Sola, creyendo deber decir que no, aunque algo se le iba
entendiendo de aquellas cosas, y aun algos haba ella penetrado en das
anteriores, con su natural agudeza.

--Pues se han concluido mis vacilaciones y a casarse tocan. Entre los dos
se establecer un parentesco de cario, de agradecimiento y de amistad
que no nos separar sino en el sepulcro. Insiste usted en lo que
manifest aquella noche? Creo que no lo habr olvidado usted, pues yo,
si cien aos viviera, no lo olvidara.

--No lo he olvidado, y ahora repito lo que dije, y me confirmo en ello.

El hroe se detuvo y la mir con seriedad afable....

--Repare usted bien que pronunci palabras muy categricas y muy
graves--le dijo en tono de queja--. Grabadas estn en mi memoria. Como
Dios es mi padre.... no fue as?... como Dios es mi padre, juro que
quiero casarme con el viejo.

--As fue--afirm Sola, repitiendo aquel eco de su alma--; con el viejo,
con el viejo.

--Es decir, conmigo.

--Con usted.

D. Benigno anduvo algunos pasos, y detenindose luego, habl as entre
turbado y festivo:

--Pues bien, hija de mi corazn, yo tengo ahora un antojo que quizs
usted lleva a mal; a m me ha entrado un capricho, una mana.... Qu
quiere usted... siento decrselo... quizs se enfade.

--Qu?

--Pues es que... que ahora me tocan a m los mimos... y, en una palabra,
que ya no quiero casarme con usted.

Y echndose a rer, aadi:

--Nada, hijita, le doy a usted calabazas.... no contaba con mis
veleidades, eh? No contaba usted con las coqueteras del viejo?

Y al decir esto abri los brazos, derram una lgrima, y riendo siempre,
estrech a Sola contra su corazn, en el cual se desbordaban los afectos
ms puros.

--Venga ac, hija de mi corazn--exclam--, venga ac y abrceme tambin.
Dios me ha iluminado para hacerla el mayor bien que podra usted esperar
de m. Felicitmonos ambos de este triunfo de mi razn, y ahora
entonemos un himno al sentido comn que ha sido nuestro salvador.

Sola comprenda a medias.

--Quiere usted que nos sentemos en esta piedra?

--S--dijo Sola, vida de hablar, de or explicaciones--, sentmonos. Usted
aqu... que est ms seco.

--Cuando me dijo usted aquellas palabras--manifest D. Benigno, quitndose
los anteojos para limpiar los vidrios que se haban empaado
ligeramente--me qued en el primer momento en xtasis y como deslumbrado.
Despus tuve la suerte de no dejarme alucinar por las pasiones, y de ver
claro en un asunto tan expuesto al error. Parece que el buen sentido se
redobl en m, preparndose para la gran batalla que se iba a dar en el
campo de mi espritu, y que las pasiones se aterrorizaron, anunciando su
vencimiento. Ah! hija de mi corazn, el viejo fue iluminado por Dios y
pudo pesar sus escasos mritos, sus achaques, sus... condiciones,
poniendo todo esto al lado de tu lozana juventud, merecedora de mejor
destino. No s cmo fue aquello; pero recuerdo que se agrandaban a mis
ojos los inconvenientes y se amenguaban las ventajas mutuas; comprend
que iba a hacer un disparate y a dar un resbaln ms grave que el que me
ocasion la rotura de esta endiablada pierna: me sorprend arrepentido,
hija; no s cmo fue aquello, s, me sorprend arrepentido, y sin saber
cmo empec a ver claro, clarsimo, y me dije: la quiero demasiado para
casarla conmigo.

Sola no saba qu decir. Las palabras que oa revelaban tal conviccin y
D. Benigno le infunda tanto respeto, que no se atrevi a contestarle ni
a defenderle contra su buen sentido. Pens primero que deba insistir en
lo del matrimonio; pero afortunadamente desisti de una idea que habra
sido impropia. Su bondad lo inspir la declaracin ms digna en sus
labios, diciendo:

--No tengo ms voluntad que la de usted.... Haga usted de m lo que
quiera.

--Barstolis, muy bien dicho. Pues yo quiero hacer de usted una hija....
Hasta ahora no haba querido tener con usted esa familiaridad inocente
que consiste en tratarla de t. Pues ya que no hay nada de casorio,
quiero tener contigo, contigo que eres mi hija, la familiaridad propia
de un padre; quiero tutearte.... Y en este momento es preciso que
sellemos nuestro parentesco dndonos un abrazo pero muy apretado....
as... no hay cuidado. Ya no somos novios, hijita.

Se abrazaron estrechamente, confundiendo la bondad de sus corazones.

--Ya no somos novios--repiti D. Benigno--. Aquello era una tontera. Me
lo ha revelado Dios por conducto de estos achaques mos, y mi razn me
dijo tantas, tantas cosas!... No dud, ni por un instante, de la
sinceridad de tu consentimiento. Convencido estoy de que te habras
casado gustosamente con el viejo, de que le habras querido, de que le
habras sido fiel, de que le habras cuidado mucho cuando pasara, el
pobre, de viejo a viejecito, cosa que no puede tardar.... Pero, hija
ma, tu consentimiento y aquellas palabras admirables que me dijiste
brotaban de tu gratitud, del afecto filial que me tienes. Ay! No se
hacen los buenos matrimonios, no, con estos ingredientes. Es preciso no
forzar la naturaleza, no forzar los sentimientos naturales, haciendo de
la gratitud amor; es preciso, sobre todo, dar a cada edad lo suyo y no
empearse en reverdecer la venerable vejez, ni marchitar la hermosa
juventud, uniendo una cosa con otra fuera de sazn. No, mil veces no.
T, al querer ser mi esposa, domando un sentimiento robusto que viva y
vive en tu corazn, hacas un sacrificio sublime. Yo te lo agradezco,
porque comprendo cun sincero era aquel sacrificio; pero no quiero
aceptarlo.... Dicen que yo fu hroe en cierta ocasin; pues aquello de
Boteros es tortas y pan pintado en comparacin de este arranque de
energa que acabas de ver, hija ma, porque esto me ha costado ms
luchas, porque yo tambin s hacer un sacrificio. No se renuncia sin
trabajo a un bien seguro, a un bien tan delicioso, a todo lo que me
prometan tu juventud, tu cario leal, tus mritos inmensos, tu belleza,
hija... pues ahora que no soy novio, puedo decirte que cada vez te vas
poniendo ms guapa.... En fin, hija, he credo amarte mejor y servirte
mejor, y amar y servir mejor a Dios, dndome a ti por padre que por
esposo.... Y an me queda otra cosa mejor que decirte. Esto que he hecho
sera incompleto, muy incompleto. Si quedara as.... Pero no, yo no hago
las cosas a medias. Mis herosmos, cuando salen de m, no son pamplinas.
Al hacerte mi hija, quiero llenar el vaco que hay en tu existencia, y
poner a tus sentimientos la corona que has ganado; quiero llenar de
felicidad hasta los bordes ese vaso de tu vida que poco a poco se ha ido
vaciando de sus antiguas tristezas; quiero casarte con el hombre que
amas, con ese de quien ya puedo asegurar que te merece.

Sola se qued espantada. Tan grande era la novedad de aquella idea, que
necesit algn tiempo para tenerla por lisonja. Se qued plida como una
muerta, y tanto se trastorn su fisonoma, que teniendo vergenza de que
D. Benigno sorprendiera en ella la impresin hondsima que
experimentaba, baj la cabeza. Cordero puso las palmas de sus manos en
las sienes de ella, y atrayndola, le dio un beso en la frente,
diciendo:

--Gracias a Dios que te puedo dar este besillo, para demostrarte de un
modo material el cario honesto que te profeso, cario de padre, que yo
quise echar a perder tontamente. No te avergences de lo que sientes al
or lo que acabo de decirte. Es natural.... Con este otro beso te quito
la vergenza. Que venga tu futuro esposo a impedirme que te bese.... Si
alguien nos viera, qu dira?... Pero nosotros, nos reiramos y
contestaramos sin ponernos colorados: Ya no somos novios, ya no somos
novios.

Sola se ech a rer. Despus se puso muy seria. En su trastorno no saba
qu manifestaciones seran ms convenientes, y as dej a su rostro que
expresara lo que quisiera.

--Veo que te has puesto muy seria y como enojada--le dijo el hroe--. No
te gusta mi proyecto?

--Es, que...--balbuci Sola, no disimulando el gran temor, que de
improviso llen su alma--. Es que... podra suceder.... Y quin me
asegura?...

--Qu podra suceder, tonta?

--Podra suceder que l no me quisiera ya.

--Bonita idea! Me tienes por un necio? Me crees capaz de inclinarte a
ser esposa de un hombre, sin saber si ese hombre te quiere, y lo que es
ms an, que te merece?

--Entonces, ha hablado usted con l!... le ha dicho?... y l le ha
dicho?... ustedes se han ocupado de esto antes de hablarme a m?... l
sabe?... usted y l?...

De este modo expresaba Sola su curiosidad, no acertando a interrogar sin
que preguntas mil, inconexas y atropelladas, se enredaran en sus labios,
queriendo salir todas a la vez.

--Todo se ha previsto...--afirm con paternal reposo D. Benigno--. Calma,
calma. No puedo decirte en pocas palabras lo que he hablado con ese buen
seor; pero puedo asegurarte que tiene por ti un cario bastante
parecido a la idolatra.... Cuando este pensamiento mo empez a
atormentarme el cerebro fui a ver a mi hombre. No s qu agitacin, qu
falta de asiento y aplomo encontr en l. Te juro que no me gust nada,
y al salir, dije para m. No la merece: no le entregar yo el ngel de
mi casa. Volv poco despus y hablamos de varias cosas. Su conversacin
me encant. Hallole, como siempre, leal y discreto. Pero se me antoj
que se ocupaba demasiado de poltica, y dije: Nones, estn verdes para
ti. No quiero que mi hija viva sobre ascuas, pensando si ahorcan o
fusilan a su marido.... Guarda, Pablo. En una tercera visita... estas
visitas mas fueron exploraciones habilidosas y tanteos para conocer si
era digno o no del tesoro que yo le iba a regalar, y as jams le revel
mis planes... pues deca que en una tercera entrevista hablamos
cordialmente, y l se espontane de tal modo conmigo, me abri su
corazn con tanta franqueza, me expuso sus ideas y planes de vida con
tanta sinceridad, que al salir me dije para mi sayo: S, es preciso
drsela. Le corresponde de hecho y derecho. Despus corrieron entre los
amigos rumores malvolos respecto a l.... Dijeron que se haba hecho
carlista....

--l!

--Calumnias y simplezas. Fui a verle, charlamos. Aquel da le hice
indicaciones de mi proyecto. l pareci comprenderlo y se puso plido,
muy plido.

--Plido!--repiti Sola, que tena sus claros ojos fijos en D. Benigno, y
no perda ni la ms ligera inflexin de sus labios elocuentes.

--Pues... pareci que se conmova, y me abraz, entiendes? me abraz. Yo
le dije que nos volveramos a ver pronto.

--Y eso fue...?

--La semana pasada, hija, en mi ltimo viaje a Madrid. Recuerdas que
dije iba a comprar bisagras y fallebas para las puertas nuevas? En
efecto, compr mucho hierro; pero el principal mvil de mi viaje fue
saber de la propia boca, de ese seor novio tuyo... dmosle este
nombre... saber de su propia boca si era verdad que se haba hecho
carlista.

--Qu asquerosa calumnia!--exclam Sola con ardor, confundiendo con una
frase a los inventores de tan maligno despropsito.

--l me desenga quitndome aquel escrpulo.... porque, a la verdad,
hija de mi corazn, si mi yerno sale con la patochada de afiliarse a esa
bandera odiosa y se echa al campo a defender la religin a tiros.... No
lo quiero pensar, barstolis!... Bonito negocio habramos hecho!
Afortunadamente para l, qued convencido de que no ha pensado nunca
ingresar en la orden sacristanesca, y cuando sal de la casa, dije:
Tuya es, bribn, te la has ganado, pillo! Dios me manda que te la
entregue. Ahora, que San Pedro te la bendiga.

--Y tampoco ese da lo dijo usted claramente...?--pregunt Sola,
detenindose a media pregunta, porque le quemaba un poco los labios la
segunda mitad o el rabillo de la pregunta entera.

--No le dije nada claramente, porque no me pareci discreto abrirle de
par en par las puertas del cielo sin contar antes contigo. Pero le abr
un resquicio, le di a entender mis intenciones, y el bendito hombre
pareca, como vulgarmente se dice, que vea el cielo abierto; de tal
modo le brillaban los negros ojos. Qued envolver a principios de
Octubre, y cuando me desped, le dije: volver un da de estos. Vendr,
y quizs, o sin quizs, le traer a usted noticias que le contenten
mucho.

--Hoy es 1. de Octubre--dijo Sola, con frase rpida, como centella de
palabra que de sus labios saliera.

--No, que es maana--apunt Cordero riendo--; yo tengo el Calendario en el
dedo. No quieras ahora que los das salten unos sobre otros. El tiempo
es un seor a quien se ha de tratar con muchsimo respeto. Observa la
calma y el mtodo con que anda. A veces parece que va despacio, a veces
que corre como un galgo; pero es ilusin nuestra: su seora no sale
nunca de su paso. Maana, hija querida, iremos a Madrid.

--Yo tambin!

--Pues es claro. Quiero que os veis, que os hablis. Luego vosotros os
entenderis, y mi papel quedar reducido a preparar algunas cosillas que
para la boda sean necesarias....

Dio un suspiro, y estrechando luego entre sus manos las de Sola, que
estaban fras, sin duda porque todo el calor se recogi en su corazn
alborozado, dijo Cordero estas palabras:

--Te voy a dirigir un ruego. Lo atenders?

--Qu pregunta!--exclam Sola, echndose a llorar antes de conocer el
ruego.

--Pues quiero suplicarte, que despus de casada, ya que mis hijos no
puedan ser tus hijos, como proyectbamos, les mires como tus hermanos.

Sola le contest con el ro de sus lgrimas, que no permitan palabras.
Ni eran necesarias las palabras.

--Si me ves llorar--dijo D. Benigno, secndose una lgrima con gesto
heroico--, no creas que estoy afligido ni desconsolado. En mi pecho no
caben ni envidias de mozalbete ni el duelo de deseos frustrados.
Tranquilo estoy y contento, contentsimo. Si lloro es por la atraccin
de tus lgrimas que hacen correr las mas, sin saber por qu. Tuve un
poquillo de pena, s; pero me consuela el saber que si mis hijos han
perdido su segunda madre, buena hermana se llevan, no es verdad?

Principiaba a caer la tarde y se senta el fresco del Tajo. D. Benigno
propuso que se retiraran a casa, y dejando la perla dura, tomaron el
camino spero y tortuoso.

--Ya van creciendo las noches--dijo Sola, dando el brazo a su padre.

--S, hija ma--replic este--, y el maana tarda un poco ms; pero viene,
no tengas cuidado.

--Ya no recuerdo cunto se tarda de aqu a Madrid.

--Pues no es mucho. Tomaremos el coche de Peralvillo, que es el que va
ms pronto. No sabes la novedad que hay en el mundo? Pues ahora han
inventado en Inglaterra unas mquinas para correr, un coche diablico
que va como el viento, y anda, anda.... No s lo que anda; pero si
hubiera uno desde Toledo a Madrid, iramos en dos horas.

--En dos horas! Eso es fbula.

--Fbula? Me lo ha dicho D. Salvador, que lo ha visto.

--l ha visto esa mquina?

--Y ha andado en ella.

--l ha andado en ella? Ser cosa magnfica.

--Figrate....

D. Benigno se detuvo, y con la complacencia que producan en l las
maravillas de la naciente industria del siglo, se prepar a dar a su
hija explicaciones demostrativas, para lo cual puso horizontal el bastn
y desliz los dedos sobre l.

--Figrate que hay en el suelo dos barras de hierro donde se ajustan las
ruedas de unos enormes coches... as como casas. Estos coches van atados
unos a otros. A poco que les empujen, como las ruedas se ajustan a las
barras de hierro, zs! aquello corre como una exhalacin.

--Ya entiendo... las mulas....

--Si no hay mulas, tonta.... Ya te lo explicar D. Salvador, que ha
montado en esos vehculos. Esa diablura la han puesto los ingleses entre
un pueblo que llaman Liverpool y otro que nombran Manchester. Dice D.
Salvador que aquello es volar.

--Volar! Soberbia cosa!...--exclam Sola con entusiasmo--. Decir quiero
ir a tal parte ahora mismo y....

--Y salirse uno con la suya. Pues, te dir: no hay caballos. Todo aquel
rosario de coches est movido por un endemoniado artificio o mecanismo,
que tiene dentro fuego y vapor, y sopla que sopla, va andando. Yo no s
cmo es ello. Me lo ha explicado D. Salvador; pero no lo he podido
entender.

--Y esa manera de ir ac y all no se pondr en otras partes?

--S, dice nuestro amigo que se va extendiendo; que en Inglaterra estn
haciendo ms de esos benditos caminos de hierro, y que en Francia, van a
empezar a ponerlos tambin.

--Y en Espaa?, no los pondrn?

Cordero dio un suspiro.

--Ahora va a empezar una guerra, si Dios no lo remedia--dijo con tristeza.

--Cuando concluya....

--Quizs empiece otra.... Pero, al fin y al cabo, tambin tendremos aqu
esos caminitos, aunque slo sea para muestra. D. Salvador dice que se
extendern por toda la tierra, y que hasta las regiones ms incultas
llegar esa mquina que corre a soplos.

--Y la veremos por aqu, por este caminejo?

--Por qu no?

--Y podremos decir: A Madrid....

--S; pero ese prodigio no acontecer maana, hija querida--dijo Cordero
sonriendo--. Por ahora nos contentaremos con las tres mulitas de
Peralvillo.

Entraron la casa, donde hallaron a D. Primitivo Cordero, sobrino de D.
Benigno, que vena a pasar unos das en los Cigarrales, y traa
estupendas nuevas de la Corte, entre ellas la muerte del Rey. Cenaron
todos un poco tristes por la influencia melanclica de tales noticias,
de los comentarios lgubres con que las acompa el ex-capitn
miliciano, y de los presagios fatdicos que hizo.

Cuando D. Benigno manifest su propsito de ir a Madrid el da venidero,
Primitivo le anunci con oficioso pesimismo que probablemente
encontrara las tropas insurreccionadas en las calles, la anarqua
imperante, y la villa entera, la Corte y la monarqua, dadas a todos los
demonios.

Al despuntar la aurora del siguiente da Sola se levant, y abriendo de
par en par la ventana de su cuarto, que daba al campo, y a cuyo alfizar
suban las ramas ms altas de los almendros, aspir el aire balsmico de
la maana y mir los senderos, el suelo, la torre de la catedral
insigne, que a lo lejos y en medio del verdor oscuro del paisaje luca
como un ciprs de piedra, dej correr luego sus miradas por el suelo
adelante hasta el horizonte, trmino de amarillentas lomas y de azulados
pedregales; fue con su espritu ms all del horizonte mismo; volvi con
tristeza. Se podra haber credo que echaba de menos aquellas barras de
hierro de que D. Benigno hablara la tarde anterior y que, de existir,
permitiran a los hombres remedar el maravilloso viajar de los pjaros.
Nada vio en los torcidos senderos que indicase que las hadas se haban
ocupado la pasada noche en tender aquellas vas metlicas, milagro de la
locomocin, increble camino ms propio para ser recorrido con las alas
del espritu, que con los pies de la materia.

Poco despus se levant Cordero. El coche de Peralvillo no poda tardar,
y era preciso sustentarse de chocolate y bollos para el largo y molesto
viaje. Sola dio punto a las meditaciones para atender a los diversos
menesteres de aquella hora, y cuando D. Benigno y ella se encontraron
solos, el hroe no pudo menos de preguntarle por qu haba en sus ojos
huellas de lgrimas, siendo las circunstancias ms bien propicias que
adversas. Sola contest que no haba podido dormir en toda la noche,
porque las cosas tremendas que cont Primitivo y los augurios que hizo
llenaron de misterioso pavor su espritu. Verdad era esto que dijo; pero
tambin haba influido mucho en su insomnio doloroso la brusca y radical
mudanza en su destino, en sus ideas todas por la conversacin que ella y
su dignsimo protector tuvieron a orillas del ro. Sola no quiso ocultar
a Cordero todo lo que senta y pensaba.

--Estoy tan aturdida desde ayer tarde--le dijo--, que no s lo que me pasa.
He pasado toda la noche imaginando catstrofes o soando tropiezos y
cadas. No me puedo convencer de que Dios me lleve ahora por ese camino
tan distinto del que antes segua, sin que sea para ir derecha a una
desventura muy grande. Yo nac con mala estrella.

--Patraas, querida hija; cosas de la imaginacin--replic D. Benigno,
apurando su chocolate--. No nos entreguemos a cavilaciones hueras y
tengamos confianza en Dios. Eso de malas y buenas estrellas no es muy
cristiano que digamos.

--Es verdad; pero yo no puedo evitar el sospechar peligros, el tener
miedo de todo, y el presentir desgracias. Es una especialidad ma. Si
Primitivo no hubiera contado tantos horrores.... Ahora, con la muerte
del Rey, se va a encender una guerra tal, que Espaa va a ser una Nacin
de hurfanos y viudas. S, as ser.... Corrern ros de sangre, ros
caudalosos como los de agua, y los hermanos matarn a los hermanos....
todo por saber si ha de reinar la sobrina del to o el to de la
sobrina. Qu horrorosos disparates! Y estas cosas pasan en reuniones
de gente que se llaman pases y naciones!... Y esta es la decantada
sabidura de los hombres de Europa que se ren de los salvajes! Yo,
mujer ignorante, digo que esos sabios no tienen sentido comn.

--Hija de mi alma--exclam D. Benigno--, ests hablando como el patriarca
de la filosofa, como Juan Jacobo Rousseau. S, el estado actual de las
naciones y el sentido comn son incompatibles.

En su entusiasmo, Cordero tremol la servilleta que acababa de
desprender del ojal de su levita. Aquel lienzo era la bandera del
sentido comn, pabelln sin colores y sin herldica.

--No he podido apartar de m en toda la noche--dijo Sola--, una idea que me
hace estremecer de pena. Quin nos asegura que el hombre a quien vamos
a buscar, no estar ya comprometido en la guerra civil? No ser
probable que est disparando tiros en las calles? No puede suceder que
est ya muerto?

--Calla, tonta.... Un hombre tan juicioso.... No comprendes t...?

--Yo no comprendo nada, yo siento y nada ms. El corazn suele tener unas
adivinaciones tan raras.... A veces, el muy pcaro, se empea en una
cosa, y Dios se encarga despus de darle gusto.... Ojal me equivoque. Y
ahora Dios no nos manda tan slo el azote de la guerra civil, nos manda
tambin otro, esa terrible enfermedad.... no oy usted hablar a
Primitivo de esto? Es un mal muy raro, por el cual se muere la gente en
pocas horas, a veces en minutos; es una pualada invisible que sorprende
y mata, y nadie est seguro de vivir dentro de media hora.

--S--dijo D. Benigno, cayendo en sombra tristeza--, es el _Clera morbo
asitico_.

Al or este nombre repulsivo y espantoso, Sola sinti correr por su
cuerpo un fro displicente. Cordero sinti lo mismo.

--Esa enfermedad--aadi--, ha aparecido en Andaluca. Las personas van muy
tranquilas por la calle, y de repente plaf! se caen al suelo y se
mueren. Pero esta infeccin no llegar a Madrid.... Vamos, en marcha,
ah est el coche.

Oyeron las alegres campanillas de las mulas de Peralvillo. Sola se
despidi de los nios llorando, y les prometi que volvera muy pronto.
Al subir al coche, dijo:

--Tardaremos mucho?

--Volaremos--afirm el hroe--. Peralvillo, llvanos a prisa.... Oh! qu
lstima que no tengamos ya por aqu esos carriles de Satans!

Y tena razn. Lstima grande que en aquella ocasin crtica no
existieran los carriles de Satans!




-XVII-


La maana del 29 y cuando nadie sospechaba que la muerte del Rey
estuviese tan prxima, dej de ser soltero Pipan. Los tiernos esposos
recibieron la bendicin nupcial en la hermosa iglesia de San Cayetano,
que hace esquina a la calle del Oso, y el encargado de darla fue el
Padre Carantoa, de la orden dominica, grande amigote del desposado.
Asistieron personas de calidad, hubo mucha pompa eclesistica y mundana,
se repartieron limosnas, y todo fue dispuesto para que en los barrios
del Sur quedara memoria del suceso por dilatados tiempos. La sordidez de
D. Felicsimo no permiti que el almuerzo de rbrica se diera, como
pareca natural, en la casa de la desposada y diole en la suya Pipan
con mucho rumbo y magnificencia. Pero lo ms notable del da fue el
altercado que tuvo nuestro cortesano con D. Felicsimo. Los recin
casados, creyendo que si el vejete no les daba de almorzar, no les
negara su bendicin, fueron all muy gozosos; pero el Demonio, que
jams descansa, hizo que Carnicero tuviese noticias ciertas aquella
misma maana de las traicioncillas de Pipan y de los soplos infames que
haba llevado a la antecmara de Su Majestad la Reina Cristina. Estaba
el buen seor trinando cuando llegaron los cnyuges, y ojal que no
hubieran llegado jams, porque as como estalla un volcn, revent la
clera de D. Felicsimo, y no qued dentro de su boca palabra mal
sonante ni epteto quemador. Psose blanco el bendito agente, como
piedra caliza, y su rostro plano causaba terror, porque pareca prximo
a descomponerse en piezas, cayendo cada fraccin por su lado. En vano
quiso disculparse Pipan, en vano Micaelita intent disculparle tambin,
llevada del amor que aquel da le tuvo, y hasta Doa Mara del Sagrario
arroj con timidez una palabra de paz en medio de la ardiente filpica.
Aumentbase el furor del terco viejo con las rplicas, y para concluir
ech a sus nietos a la calle, ordenndoles que no volviesen a poner los
pies en aquella _casa de lealtad_, y conminndoles con desheredarles del
mejor modo que pudiese. Los esposos salieron cabizbajos, y cuando se
despedan de Doa Sagrario en la puerta, el condenado vejete agarr con
su zarpa acerada el brazo de Tablas, que a su lado estaba, y con
ardiente anhelo le dijo:

--Tablas, cuatro duros, cuatro duros para ti, si vas ahora y le das un
puntapi a ese tunante y le arrojas rodando por la escaleras. No hagas
dao a mi nieta, entiendes? a mi nieta no.

El atleta no quiso desempear el indigno papel de cachetero que en
aquella repugnante contienda domstica se le designaba, y todo qued en
tal estado. Despus ri D. Felicsimo con Doa Mara del Sagrario, con
la criada, con Tablas, y a todos les mand que se fuesen a la calle y le
dejaran solo, pues para vivir entre espas o traidores, prefera estar
solo con el leal y desinteresado gato. El buen seor desahogaba su
clera sonndose, sonndose fuerte y repetidamente, y aquel furioso
trompeteo resonaba en la casa como las cornetas de un llamamiento
militar. No era en verdad ilusin que los frgiles tabiques de la casa
temblaran como las murallas de Jeric, porque durante el ir y venir de
la gente en el momento del berrinchn, el piso se estremeca de tal modo
y con tan amenazadora trepidacin, que los expulsados tomaban con gusto
la puerta.

Por la tarde, y cuando no se haban aplacado an los irritados espritus
del agente eclesistico, entr a verle Salvador Monsalud. D. Felicsimo
lo recibi con desabrimiento.

--Le he mandado venir a usted--dijo tomando el pie de cabrn y dando con
l fuerte porrazo sobre la mesa--, para comunicarle noticias muy
desagradables acerca de nuestro amigo el Sr. D. Carlos Navarro. Usted,
j, j, se tom por l tanto inters cuando aquella diablura de su
encierro en la crcel de Villa, que no dudo en acudir a usted, ahora que
el insigne guerrero del Altsimo se halla en un trance mucho ms
peligroso.

Oy Salvador con notorio inters estas palabras, y despus de manifestar
que no haba favorecido a Navarro por simpatas carlinas, sino por
consideraciones de gratitud y de amistad absolutamente personales, rog
a Carnicero no ocultara nada de lo que al digno soldado del Altsimo
ocurra. El vejete se revolva en su asiento. Tomando y dejando con las
inquietas manos, este o el otro papel, porque estaban sus nervios en
completa anarqua, dijo as:

--Ya llegar la hora de esos canallas, ya llegar, vive Cristo! Ahora,
al amparo de esa sombra de Rey, bailan sobre nuestras costillas; pero
los papeles se truecan, j.... Figrese usted que el bravo D. Carlos
parti hacia Navarra para conferenciar con Santos Ladrn y otros
valientes capitanes, la buena gente, la gente sana, la gente de Dios.
Pues bien, hubo una algarada de voluntarios realistas en Viana, por
impaciencias tontas y celo mal entendido. El Virrey 14 de Navarra mand
contra ellos una columna. La columna no derrot a nadie... como siempre;
pero cogi a D. Carlos, que estaba en el convento de frailes franciscos,
j, j, y juntamente con un sobrino de Santos Ladrn y un capuchino, a
quien sorprendieron haciendo cartuchos, le llevaron a Estella. Se form
sumaria; dieron parte a Madrid, y este Gobierno cobarde y rastrero ha
mandado hoy, hoy mismo, j, ha mandado que sean pasados por las armas el
seor D. Carlos, el sobrino de Santos Ladrn y el capuchinito de los
cartuchos. He sabido todos estos pormenores por un oficial del
Ministerio de la Guerra, que nos pertenece en cuerpo y alma, y no hay
duda alguna, j, de que la execrable orden del Ministro ir, lo ms
tarde, por el correo de maana.

--Es un deplorable incidente--dijo Salvador meditabundo--; pero no podemos
negar al Gobierno el derecho de defensa. Usted, que tanto poder tiene,
no podr evitar esa catstrofe, aunque slo sea en la parte que a
nuestro desgraciado amigo corresponde?

--Yo?...--chill Carnicero, en tono de lstima de s mismo--. Yo? Bueno
est el ramo de Guerra en los tiempos que corren para que yo pueda
lograr.... Usted, usted....

--Yo?--dijo Salvador, condolindose de su impotencia poltica y militar--.
Apenas tengo relaciones oficiales. Qu caso han de hacer de m? Para
mayor desgracia, he sido tildado de apostlico por algunos necios, y en
el ejrcito corren hoy vientos muy liberales. Yo no puedo nada.

Ambos meditaron breve rato, D. Felicsimo con los ojos fsiles puestos
en el ensangrentado Cristo de la columna, Salvador leyendo en las rayas
de la estera.

--En poder de quin est Navarro? Conoce usted al jefe de la columna
que lo aprehendi, o al gobernador de Estella?

--Pues, ya... el bribn que le captur y el jefe militar de Estella son
una misma endemoniada persona, j, j, y esta persona es el perdido de
los perdidos, el gran maestre de los canallas, Seudoquis, ms masn que
Caifs y ms liberal que Can.... Le conoce usted?

--Mucho--replic Salvador acabando de leer en la estera--. Tanta amistad
tenemos, que seguramente lo que Seudoquis no haga por m no lo har por
nadie.

--Qu lstima, Santo Cristo de la Vega! qu lstima, Santsima Seora
del Sagrario, que no est Navarra en Mstoles o que las leguas no se
trocaran en varas!... porque en este caso la distancia nos mata. Ni
valen para este delicado asunto las cartas de recomendacin....

--Es verdad que nada de eso vale.

--La distancia, la distancia!... Si pudiramos traer aqu a Navarra....

--Llevaremos all a Madrid.

--Cmo?

--Sr. D. Felicsimo--dijo Salvador levantndose--, me marcho a Navarra.

--Usted!... cundo?

--Lo ms pronto que pueda. Depende de los medios que encuentre. Si esta
tarde hallo un coche, esta tarde me voy.

--Y confa usted sacar partido de su amistad con ese desollado masn?...
Pero qu amigos tiene usted!... Estoy asustado.

--Creo que podr conseguir algo.

--Pero de veras va usted?...

--Ya est decidido. Yo soy as--afirm el caballero dando algunos paseos
de un ngulo a otro en la polvorosa estancia.

--Quiere usted cartas de recomendacin?

--Para clrigos, cannigos, guerrilleros, frailes que hacen cartuchos, y
abades que organizan partidas? S, s, vengan cartas. Nada de eso es
intil para mi propsito.

--Entrese usted bien de lo que ha pasado--dijo D. Felicsimo, entregando
a Salvador varias cartas, que este empez a leer con avidez--. Vea usted
lo que me escribe el guardin de franciscos de Estella.... Vea usted
tambin la relacin detalladsima que del suceso me hace el prior de los
descalzos de Viana. Ah ver usted las lindezas de su amigo Seudoquis,
que fuma en las iglesias, insulta a las monjas, y dice pblicamente que
Dios es _isabelino_.

--No creo que Seudoquis se haya vuelto tonto.

--Lea usted, lea usted.

Leyendo, el caballero se enter del caso y tuvo anticipado conocimiento
de personajes, cosas y lugares que orden en su mente con asombrosa
presteza. Concluida la lectura, ya haba imaginado un plan que no deba
sufrir gran variacin con la marcha de los sucesos. Para poner en
ejecucin lo que pensaba, urga aprovechar el tiempo lo mejor posible.
Su temperamento impaciente se adaptaba a las resoluciones rpidas y a un
procedimiento ejecutivo y precipitado para realizar pronto la idea,
anticipndose a las contrariedades y tomando la delantera a los
peligros. Aquella tarde arregl sus cosas, busc un cochecito y dio
cuantos pasos preliminares crea menester para no hallar obstculos en
su largo viaje. Ya anocheca cuando escribi una carta a don Benigno
Cordero, manifestndole lo que ms adelante sabr el curioso lector.
Esta carta la dej en poder de D. Felicsimo, previa formal promesa de
entregarla a Cordero, que vendra pronto de los Cigarrales y se
encontrara en su casa de la subida a Santa Cruz. Despidiose del anciano
y parti aquella misma noche. La noticia de la muerte del Rey, que ya
saba todo Madrid, lejos de hacerle desistir de su propsito, lo
confirm ms en l, porque iba a empezarse el perodo de crueldades,
amenazas y represalias, precursor del desencadenamiento de la hidra,
cuyos broncos rugidos resonaban ya en toda la Pennsula. No se nos
quedar en el tintero un incidente ocurrido al partir Monsalud de la
morada Carniceril. Iba a tientas por el pasillo lbrego (pues razones
econmicas haban retrasado aquella noche, como otras muchas del ao, la
aparicin de la luz), cuando del techo se desprendi un pedazo de yeso o
cascote, mucho mayor que los que a todas horas caan. Afortunadamente,
al chocar con los puntales se parti en dos o tres fragmentos, y
Salvador no recibi en su cabeza sino uno de estos, que produjo un
mediano porrazo, rozndole despus la cara. Cualquier supersticioso
habra visto en tan insignificante suceso augurio adverso o quizs
favorable; pero Salvador sacudi del hombro el yeso y sigui adelante
sin contestar a D. Felicsimo, que en la puerta de su cuarto deca:

--Qu es eso?... se ha hecho usted dao?... se cae la casa?... luz,
luz!




-XVIII-


El Rey ha muerto. Viva el Rey!.

Cuando Elas Orejn entr en casa de D. Felicsimo y pronunci esta
frase con hiperblico entusiasmo, el famoso Carnicero estuvo a punto de
perder el sentido; tan grande fueron su sorpresa y jbilo. Unidos ambos
en estrecho abrazo, dironse palmetadas en las espaldas durante un par
de minutos, sostenindose el uno al otro para no caer al suelo con la
fuerza del contento y la debilidad de las piernas. Esto ocurra poco
despus del fallecimiento del Monarca y tres horas ms tarde del
altercado con Pipan, por donde se ve, que en un mismo da reservaba la
Divina Providencia al seor de Carnicero impresiones totalmente
contrarias, hacindole pasar de la ira ms atroz a un contento febril y
casi rabioso. Los dos viejos expresaron con afn, y quitndose
simultneamente las palabras de la boca, opiniones diversas sobre el
suceso, y proclamaron que Dios haba concedido a la monarqua el ms
precioso de los dones, abriendo camino al soberano verdaderamente
catlico y al Rey de verdad. Orejn se despidi para volver a la noche,
trayendo las ltimas noticias, y Carnicero se qued solo, saboreando en
deliciosas meditaciones su jbilo apostlico, ideando planes y
considerando el triunfo rpido de la Espaa religiosa sobre la Espaa
masnica. Despus fue Salvador a despedirse y a llevar la carta para
Cordero, y otra vez se qued solo el anciano con la criada que le
aprest la cena. Doa Mara del Sagrario, que estaba muy a mal con su
padre por el sofoco de Pipan, le acompa breve rato y fuese despus a
la casa de su sobrino con intento de no volver hasta las diez de la
noche.

Las ocho seran cuando volvi a aparecer Orejn acompaado del conde de
Negri, y vieron cenar a D. Felicsimo, que entre bocado y bocado haba
de incrustar una opinin, preguntilla, apstrofe o interjeccin
apostlica, todo entreverado de hipos que dividan en minsculas
porciones sus conceptos, dando idea de lo que sera un discurso en
mosaico o una oracin en caamazo.

--A poco de dar el ltimo suspiro Su Majestad--dijo el conde--, el pobre
Sr. Zea reuni en la Cmara Real a varios militares.... He odo hablar
de Quesada, San Martn, Freire y otros muchos que no recuerdo....
Recibioles la napolitana llorando y gimiendo, y no de pesadumbre de
quedarse viuda, no, sino porque la corona y el trono de su hija van
rodando ya como los juguetes de las nias.... Pero vean ustedes lo que
ha discurrido ese Sr. Zea, ese talentazo, ese inventor de la plvora y
de los pasteles.... Pues nada: rog a los militares que juraran defender
la sucesin directa y el tronito de la titulada, Isabel II. Tenemos
monarqua de muecas.... Y ellos juraron, y tras de aquellos fueron
otros y juraron tambin.

--Patarata!--exclam Orejn--todo eso es msica, msica. Tambin se han
reunido esta tarde muchos locos masones, con Aviraneta a la cabeza, y
han deliberado.... Deliberado los postes! cundo se ha visto eso?...
Seores, lleg el momento de la gran barrida. Espaa ha resucitado. Ya
nuestro Seor no puede tener el escrpulo de conspirar contra su
hermano. El mejor da le veremos aparecer en la raya de Portugal para
ponerse al frente de nuestros ejrcitos.... Pero si no se necesitarn
ejrcitos. Esto se cae, esto se hunde, esto se desmenuza. Esto no es
monarqua, es una tienda de tiroleses. Por nuestra parte ya sabemos lo
que nos corresponde hacer, porque tenemos las instrucciones dadas por
Doa Francisca en presuncin del caso que ya ha ocurrido.

--Aqu estn las instrucciones--dijo Carnicero, soltando el tenedor para
sacar un papel de su gaveta.

--Las s de memoria--replic Orejn--. Ahora, seor conde, no perdamos el
tiempo y corramos a ver a los jefes de la guarnicin a quienes hemos
hablado del negocio, y que no han querido soltar prenda mientras viviera
el Rey.

--Esta noche no hay junta.

--Esta noche no--dijo Elas, tomando el vaso de vino que sobre la mesa
estaba y acercndolo a sus labios--. Pero, qu aguachirle es este?

--Es lo que yo bebo. Es del propio cosechero de Esquivias.

--Esto es veneno puro.... Pero no has de tener en tu despensa ni
siquiera dos azumbres de blanquillo para que los amigos brinden por el
triunfo de la mejor de las causas?

--Tablas, Tablas!--grit Carnicero, y cuando el atleta apareci en la
puerta, le dijo--: Gandul, ests sordo?... Vete a la taberna de la calle
del Burro y trae una botella de Jerez seco o de cosa que lo parezca.
Anda pronto. Oye, no hay bizcochos en casa? trae tambin bizcochos....
Jerez seco... pronto.

Tablas era siempre diligente para traer vino, porque la expectativa de
las sobras le aligeraba los pies. As volvi prontamente con la compra,
y un instante despus los dos furiosos evangelistas de D. Carlos mojaban
un bizcocho en el dotado licor. Despus bebieron con prudencia, por ser
ambos como D. Felicsimo, varones de mucha sobriedad.

--Por la religin triunfante--dijo Elas, empinando con gravedad.

--Por los buenos principios de gobierno--apunt Negri--.... Pero no bebe
usted, Sr. D. Felicsimo.

--No bebes, Felicsimo? Eso no se puede consentir--manifest Orejn con
bro, apresurndose a ser Ganimedes del Jpiter de la agencia
eclesistica--. Verdad es que este Jerez quema como pimienta.

--Ser viejo como yo--dijo Carnicero tomando la copa--. Pues brindo....

Las tres copas chocaron con alegre campanilleo, debido principalmente al
temblor del pulso de D. Felicsimo.

--Brindo por la felicidad de Espaa.

--Que ya est segura.

--Otra copa.

--Hombre....

--Otra.

Orejn llen obra vez las tres copas, con no poco sentimiento de Tablas,
que alejado por el respeto, contemplaba las mermas de la botella.

--Es buen vino--indic Carnicero, en tono de conocedor--. Pero yo no s si
mi cabeza....

--Qu cobarde!... Felicsimo, otro trago.... Vamos, a la salud de la
familia real.

Este brindis fue acogido con tanto entusiasmo, que Carnicero se levant
de su asiento para dar ms solemnidad al acto de envasarse en el cuerpo
el generoso vino.

--Viva Su Majestad el Rey, Su Majestad la Reina y los serensimos
seores infantes!--exclam Negri--. De las ruinas del masonismo se levanta
el legtimo trono de Espaa.

--Y de Indias... porque se volvern a conquistar las Indias.

--Se volvern a conquistar--dijo Carnicero, que se not gil y dio algunos
pasos con cierta ligereza relativa--. Adis, mis queridos amigos. Hasta
maana.

--Hasta maana.

Orejn y el conde se retiraron. En el pasillo, donde sali a despedirles
el dueo de la casa, fueron sorprendidos, como otro visitante anterior,
por un gran desprendimiento de cascotes del techo.

--Llueven piedras, o qu es esto?--gru Orejn detenindose.

--No es nada. Los ratones me tienen minado el techo. Ya os arreglar,
masoncillos.

El conde solt una carcajada y se limpi la levita manchada de yeso.

--Pero no tienes Inquisicin en casa?

El gato salt de un rincn, bufando, y subi por los maderos.

--S, all veo la Suprema.... cmo maya! Qu ruido es este?

Los tres se detuvieron con recelo, poniendo atencin a un rumor que se
sinti instantneo, y que no era fcil referir a las paredes, ni al
techo, ni al suelo, pues en todas estas partes de la casa parece que
sonaba a la vez.

--Hombre, jurara que vi moverse una de estas vigas--dijo Orejn.

--Y yo jurara que he sentido temblar el piso.

D. Felicsimo prorrumpi en risas, diciendo:

--Qu cabezas pone un vaso de vino! Vaya un par de camaradas!... El uno
ve visiones, y el otro oye terremotos....

--Abur, abur.

--Hasta maana.

Cuando se fueron, D. Felicsimo se qued solo. Tablas se haba retirado
a su casa, y la criada, no pudiendo resistir al deseo natural de hablar
con su novio, de quien haba recibido aquella tarde palabra de prximos
desposorios, se fue a la carbonera del nmero 8. El anciano agente
cerr bien la puerta y volvi a su cuarto, nico de la casa que tena
luz. Nada de esto merece contarse; pero s lo merece muy mucho el
fenmeno de que D. Felicsimo vio las paredes del cuarto dando vueltas
en torno suyo, primero con lento giro, despus con rapidez mareante. En
vano trataremos de dar explicacin a este peregrino hecho pidiendo datos
a la ciencia de los terremotos, o buscando su origen en la inseguridad
del edificio, que era, por desgracia, bastante grande y notoria. Todo
cuanto se diga en este sentido ser contrario a las reglas de la sana
crtica, y as nos resolvemos a explicar lgicamente aquel volteo de
paredes por la detestable calidad del vino que bebieron poco antes los
tres dignos seores. El vino era tal, que si le hubieran tomado
juramento habra declarado francamente no haber visto en toda su vida
las bodegas jerezanas. Su padre y creador era el tabernero, un gran
artfice de vidueos que habra sido capaz de fabricar agua, si el agua
no estuviera ya fabricada para provecho del gremio. El aguardiente
disfrazado que Tablas trajo de la taberna, hizo tal efecto en el cuerpo
de D. Felicsimo y de tal modo se aposent en su flaco cerebro, que el
buen viejo perdi el uso regular de sus perspicaces facultades. Como
haca tanto tiempo que no probaba licores fuertes, su incontinencia de
aquella noche (disculpable por el motivo patritico que la origin) le
puso en estado de ver las paredes jugando al corro, y le sugiri
extravagancias y puerilidades indignas de persona tan respetable. Dando
fuerte golpe en el suelo con su pesado pie, exclam bruscamente:

--Quieta, Espaa, quieta!... Bailas de gusto por la felicidad que te ha
cado?... Ten calma, Nacin, ten calma y espera tranquila el triunfo de
tu Rey sacratsimo.

Carnicero crey que su valiente exhortacin al reino danzante haba
hecho efecto, porque dej de ver movimiento en las paredes.

--As, as te quiero--dijo dando algunos pasos para llegar a su silln y
sentarse--pero en vez de andar hacia la mesa, dirigiose al testero
opuesto. No par hasta tropezar con la pared, y al sentir el choque,
llenose de clera y dijo:

--Quin me estorba el paso?... Quin es el atrevido que no me deja
llegar al silln?

Esper respuesta; puso atento odo a los rumores que crea sentir. Todo,
no obstante, era silencio. Pero a D. Felicsimo se lo antoj que oa
fuertes golpes en la puerta de su casa. Quin! grit tres veces
poniendo entre cada grito larga pausa de espera. Mas un silencio lgubre
segua reinando en la mansin desierta. De improviso sintiose por el
techo como un aluvin de pisadas tenues, pero en tal nmero que formaban
imponente estrpito. Eran los ratones que en tropel corran por aquellas
regiones baldas donde haban abierto con su habilidad y paciencia
infinitos caminos y derroteros.

--Ah!--exclam Carnicero riendo con lastimosa imbecilidad--. Son los
reales ejrcitos que van al combate. Adelante, bravos batallones. La
hora del triunfo se acerca. Que no quede de masonismo ni el grueso de
una ua.

Pasado algn tiempo, oyose reproducida a lo lejos la misma algazara en
el techo. Pareca que rean en la sombra de los pasillos los ejrcitos
de alimaas y que haba retiradas tumultuosas, furibundas embestidas,
victorias sbitas, heroicos choques y horribles desmayos. Carnicero dej
de atender a aquel fragor lejano y empuj la pared, queriendo vencer el
obstculo que, segn l, le impeda llegar a su cmodo asiento.

--Digo que necesito llegar a mi silln--repiti--. Quin eres t?

Alz los alucinados ojos el anciano y vio lo que en la mitad de la pared
haba. Era un hermoso cuadro, retrato de Fernando VII, colgado all
treinta aos antes, y que D. Felicsimo haba contemplado desde su
asiento muchas veces, recrendose en la perfeccin de la pintura y en la
exactitud del parecido. El cuadro era bueno y representaba a Su Majestad
en gran uniforme, de medio cuerpo, con aire y bros juveniles, nariz
luenga, cabellos negros, ojazos llenos de relmpagos y aquella expresin
sensual y poco simptica que caracteriz al Deseado Aborrecido. Tan
trastornado estaba Carnicero, que le pareca ver por primera vez aquella
figura en su gabinete, y retrocedi con cierto espanto. Mas reponindose
y hacindole frente, como si tambin la figura hacia l caminase, se
encar con ella, amenazando con su semblante plano el pintado rostro del
Rey, y le dirigi estas arrogantes palabras 16:

--Qu tal le va a Vuestra Majestad en los Infiernos?... Ah!
Perfectamente sin duda. Vuestra Majestad lo ha querido. Qu tal saben
los tizonazos? Yo me permito decir a Vuestra Majestad con todo respeto
que Vuestra Majestad est bien donde est. Las cosas vuelven a su
natural ser, y el Reino se ha salvado. Espaa est libre de su monarca
impuro y acepta el dulcsimo yugo de ese arcngel a quien Dios hizo
nacer hermano de Vuestra Majestad Real.

Call el viejo y sigui mirando la figura, que de agradable se hizo
repentinamente espantosa, porque sus ojos echaron llamas, su nariz tom
las dimensiones de elefantina trompa, y su mano solt el bastn de mando
para echarse fuera del cuadro.... La mano, s, se ech fuera del cuadro,
y todo el cuerpo del Rey sali en seguida cual si traspasase el umbral
de una puerta. D. Felicsimo retrocedi sintiendo que su valor se
extingua, que sus bros se aplacaban, que toda su sangre se
congestionaba en el corazn. Vio venir la horrenda estampa del Rey
cubierto de galones y cruces; vio que el brazo se extenda, que la mano
se alargaba y le coga por la mueca, a l, el pobre anciano flaco y
canijo; sinti que aquella mano pesada como el sueo y ms fra, mucho
ms fra que el mrmol apretaba sus huesos hasta deshacerlos, mientras
los ojos fulgurantes del Deseado le traspasaban con mortfero rayo. El
pobre anciano no poda gritar, ni desprenderse de aquella tenaza, ni
siquiera encomendarse a Dios, porque haba en su mente una perturbacin
horrible y se volva tonto. La imagen infernal no slo le atenazaba sino
que se le llevaba consigo, empujndole a profundidades negras abiertas
por el delirio y pobladas de feos demonios.

Y as pas un rato sin que cesasen los efectos del licor que tan
alevosamente tomara el nombre y la figura del Jerez. Mientras a D.
Felicsimo se le antojaba realidad el desvaro que hemos descrito, la
realidad era que el retrato estaba en su sitio y D. Felicsimo tendido
en el suelo en completo trastorno fsico y mental, sumergido en las
tenebrosas honduras de la embriaguez. El buen seor no oy, pues, los
fnebres maullidos del gato; no le vio entrar en la estancia con los
bigotes tiesos, el lomo erizado, los ojos como esmeraldas atravesadas de
rayos de oro, las uas amenazantes: no le sinti saltar y hacer locuras
cual si perdiera el juicio o estuviese tocado de mal de amores; no oy
sus horribles lamentos, seguidos de roncos bramidos, ni presenci la
ferocidad con que a la postre se lanz fuera, escalando la pared,
cayendo, levantndose, subiendo por un poste, precipitndose por oscuros
agujeros, para reaparecer luego desesperado y jadeante. El infeliz
Carnicero no vio nada de esto, librndose as de una impresin
horrorosa; no oy tampoco el estruendo de las alimaas en el techo,
retirndose al travs de los tabiques y haciendo saltar bajo su paso
dbil innumerables pedazos de yeso; no pudo ver cmo cay de pronto
enorme porcin de cascote en medio del pasillo, ni cmo algunos de los
puntales se movieron y otros se rompieron cediendo al fin al peso de la
techumbre podrida; no vio la primera oscilacin de esta sobre la sala,
ni la inclinacin del tabique medianero, ni el vacilar de los de carga,
ni la pavorosa lentitud con que las vigas del tejado cayeron sobre las
del techo plano, aplastando la bohardilla como un bizcocho; ni oy los
crujidos de las maderas resistiendo todo lo posible el peso, ni el
quebrantamiento de algunos tabiques, ni el cuartearse de los yesos,
salpicando chinitas menudas que luego fueron piedras; ni vio
desprenderse polvo de las alturas, precediendo a una lluvia de cal que
luego fue pedrisco de guijarros; ni presenci la desviacin de la pared
maestra, que empez haciendo una cortesa a la pared frontera por la
calle del Duque de Alba, y luego se rompi por las ventanas y en la
parte ms frgil. D. Felicsimo no vio nada de esto, y as, cuando
aquella mole podrida se desplom en una pieza con estruendo ms grande
que el de cien caonazos, l se agit un instante en su sepulcro de
ruinas, murmur estas dos palabras: sultame ya, y pas a la
eternidad, no como quien se duerme, sino como quien despierta.

El rico archivo eclesistico, cuyos legajos asomaban por las rejillas de
los estantes excitando la veneracin del espectador, estaba tan comido
de la polilla, que al desplomarse la casa se desmoron como seco amasijo
de polvo, y pareca que todo entraba en el caos tras la dispersin de
tanta materia intil, de tanta borrosa letra y de tanta ranciedad como
se acumulaba en los podridos escritos. As los siglos y las
instituciones caducadas entran como ros de polvo en el mar de ruinas de
lo pasado, que se agita por algn tiempo y se emborrasca, hasta que al
fin se asienta y se endurece, se petrifica y queda para siempre muerto.
Nada sabramos de lo que contiene este sepulcro inmenso en que tantas
grandezas yacen, si no existiese el epitafio que se llama historia.

La noticia del desastre se extendi rpidamente por todo el barrio. Vino
Pipan temblando de miedo y harto intranquilo por la suerte que en aquel
inopinado hundimiento hubiese cabido a las gruesas cantidades que D.
Felicsimo guardaba en su propia casa. Ms tarde se congratulaba en lo
ntimo de su pecho de una catstrofe que inutiliz en el dscolo viejo
el perverso intento de privar, en lo posible, a su nieta de la herencia
que le corresponda. Hasta en aquel deplorable accidente se manifest la
decidida proteccin que el cielo dispensaba al cortesano de 1815,
apartndole de todos los peligros y allanndole los caminos todos para
que llegase a donde sin duda alguna deba llegar. Por esto deca Don
Rodrigun: _Divisum cum Jove imperium Pipao habet_.

En la tarde del da 1. de Octubre D. Benigno Cordero contemplaba, con
afligido semblante las ruinas de la casa del absolutismo. Una docena de
ganapanes, vigilados por individuos de la polica y de la curia, remova
los escombros, sacando cascote, podridas vigas, y muebles hechos
astillas. El dinero y el cuerpo de D. Felicsimo aparecieron al fin como
objetos extrados de una excavacin pompeyana, entre el pasmo y la
consternacin de los espectadores, movidos quien de curiosidad, quien de
codicia. l de Boteros tena en aquella tarde ocupaciones que no le
permitan estar como un bobo mirando la exhumacin, y despus de rezar
un par de Padre-nuestros por el alma del que fue paisano y amigo, y de
encomendarle a Dios con devocin, entr en una casa prxima. Recibiole
un criado, y aqu fue la sorpresa, aqu la suspensin de D. Benigno, que
se tuvo por ms hundido y aplastado que Carnicero, al or lo que oa.

--Pero se ha ido, se ha ido de Madrid por mucho tiempo?--pregunt el buen
seor, despus de larga pausa, en que no supo lo que le pasaba.

--Para mucho tiempo, s seor.

--Luego ha ido lejos.

--Muy lejos, aunque no dijo adonde.

--Pero usted est seguro de lo que dice? Usted est trastornado.

--El seor se ha ido y no volver pronto.

--Entonces habr dejado algn recado o carta....

--El seor escribi una carta; pero no la dej en casa.

--Pues dnde, hombre de Dios, dnde?

--La dej a D. Felicsimo Carnicero.

--Bendito Dios!--exclam D. Benigno, golpeando en el suelo con un pie--.
Y a usted no le dej recado verbal para m?

--Para el Sr. de Cordero? S seor. Me dijo que D. Felicsimo enterara
a usted del motivo de su viaje y le dara una carta.

--Barstolis!... Hay cosas que parecen obra de Satans.

Y reproduciendo en su mente el espectculo de los escombros que haba
visto a dos pasos de all, pens que para encontrar la carta era preciso
levantar muchas varas cbicas de polvo y astillas, un cadver y el
pesadsimo pie de la curia, puesto sobre el tesoro, como el pie del
pilluelo que pisa la moneda cada, mientras su dueo la busca paseando
los ojos por la tierra. Exhal Cordero de su pecho un suspiro en que
pareca que la mejor parte de su alma se escapaba en busca del fugitivo,
y sali abrumado de pena. En la calle el gento que se agolpaba junto a
las ruinas le dio a entender que sacaban aquel precioso fsil que fue
agente eclesistico. Entonces dio un suspiro mayor, diciendo para
s:--Tambin nosotros nos hundimos; tambin a nosotros se nos ha cado la
casa encima.

Acordose entonces de Sola, a quien haba dejado en su casa esperando el
resultado de aquella visita, y no pudo menos de traer tambin a la
memoria las corazonadas de la hurfana antes de salir de los Cigarrales.
No queriendo dar a esta la desagradable noticia sin acompaarla de algn
consuelo, hizo averiguaciones prolijas aquella misma tarde, y despus de
hablar con algunos amigos del fugitivo y de hacer mil preguntas en
varios mesones y paradores, se retir a su casa si no con la
certidumbre, con la sospecha fundadsima de que Salvador haba ido al
Norte. Esto, las voces que haban corrido acerca de las opiniones
ltimamente adoptadas por su amigo y la circunstancia de haber partido
en el mismo da en que muri Su Majestad, llevaron a Cordero de
cavilacin en cavilacin hasta ponerle en el trance de creer lo que el
da anterior le pareca increble.

--No--pensaba andando haca su casa--, aquel tesoro no puede ser para un
aventurero. Mi hija no se casar con un hombre que as juega con los
santos principios, con un hombre que ayer fue exaltado liberal y hoy
absolutista de trabuco y sobrepelliz. Ella misma apartar de l su
espritu y su corazn, y entonces....

El semblante del de Boteros se anim. Toda idea nueva y feliz produce
como una llamarada interior, cuyo reflejo sube al rostro, cuando este no
se ha educado en el disimulo y la hipocresa. Cordero aviv el paso y
apret fuertemente el puo del bastn, repitiendo:

--Entonces....




-XIX-


Como la vista del gegrafo se extiende sobre el mapa, as la imaginacin
del excelente D. Benigno volaba hacia el Norte en seguimiento del
prfugo, buscndole por llanos y laderas, sendas y atajos. Vea media
Castilla, medio Aragn, el caudaloso Ebro, y luego las estribaciones
pirenaicas cubiertas de verdura y plagadas de serpientes que de mil
escondrijos salan. Y no ser aventurado afirmar tambin que la
imaginacin del fugitivo se iba quedando atrs como un hilo desenvuelto
del ovillo que rueda. Rodaba nuestro hombre con la prisa que tan
cachazudos tiempos permitan, anhelando llegar pronto, y pues todo es
relativo en el mundo, su tartana, galera o silla de postas (que en la
categora del vehculo no estn conformes las referencias) llevaba un
paso que en comparacin del de la tortuga habra podido llamarse veloz.
Cruz el llano de Alcal, la aromosa y pobre Alcarria, hacia donde cae
el reino de las abejas; vio a Sigenza donde hay colmenas de clrigos, y
atraves la estrecha cuenca del Jaln, que corre silbando por la
angostura como una espada de agua que se envaina en montaas. La romana
Bilblis lo mostr ya la tierra aragonesa. En la feraz vega de Zaragoza,
pas por entre pilas de melocotones que parecan balas de fuego, y vio
las lozanas vias de uva retinta, cuyo zumo enardece la sangre de los
paisanos de Lanuza. Sin detenerse pas por la ciudad que lleva el nombre
ms preclaro en las justas militares del siglo, y que tuvo en los
harapos de sus tapias rotas mejor defensa que otras en la coraza de sus
murallas de piedra. En Tudela pas el Ebro entrando en franca tierra de
Navarra, semillero de gente brava, pues si Rioja fue hecha para criar
pimientos, Navarra fue hecha para criar soldados. Hall gran agitacin
en los pueblos del camino, y la gente detena el cochecillo para pedir
noticias. Era preciso satisfacer a todos, diciendo: S, es cierto que
ha muerto el Rey.

Pero es verdad que Madrid ha proclamado ya a D. Carlos? Es verdad que
Cristina se ha embarcado o va en camino de embarcarse? Es cierto que el
Infante ha vuelto de Portugal, y est al frente del ejrcito?. A estas
preguntas no poda contestar el viajero porque nada saba, pero bien se
le alcanzaba que provenan de falsas noticias y embustes, semilla que
hbilmente sembrada en tales pases haba de dar pronto cosecha de
tiros. Sigui su camino y al fin entr en Estella. Aunque eran las doce
de un hermoso da cuando pis la plaza Mayor, antojsele que las
prximas alturas arrojaban sombra muy lgubre sobre la ciudad y que esta
se ahogaba en su cinturn de montaas. A cada paso hallaba pandillas de
clrigos con capa de esclavina, paraguas y gorro de borla, charlando en
lenguaje vivo sobre el asunto del da, que era la muerte del Rey y el
problema de la sucesin.

Dirigiose a uno de aquellos seores para preguntarle por la residencia
del coronel Seudoquis, a quien quera ver sin prdida de tiempo, y el
clrigo, hombre gordito y lucio, le contest de esta manera:

--Nuevo es usted en esta tierra. Si no lo fuera usted, sabra que para
encontrar al famoso Seudoquis no hay ms que averiguar donde se juega y
donde se bebe.

Apuntando con su paraguas a una esquina de la acera de enfrente, aadi
el buen hombre lo que sigue:--Ve usted aquella casa donde dice en letras
muy gordas _Licores_? Pues all encontrar usted al borracho.

Y se march riendo y a prisa para reunirse a la cuadrilla que haba
seguido andando mientras l se detena. Todos los dems individuos de
paraguas encarnado y gorro negro eran tambin lucios y gorditos, seal
indudable de no ser gente muy dada a la penitencia.

Pronto encontr Salvador a su amigo, y no le encontr embriagado ni
jugando, sino en tertulia con otros tres militares y dos paisanos. La
sorpresa y alegra del coronel fueron grandes. Despus de abrazarse,
retirronse a un desvencijado cuarto del mesn (pues mesn, caf,
taberna y algo ms era la tal casa) y hablaron a solas ms de una hora.
Cuando Salvador se retir a descansar en la estancia que all mismo le
destinaron, crea haber ganado la partida y estaba satisfecho de su
aventurado viaje, que ya tena por venturoso. Pero Dios quiso que todos
sus planes se trastornasen y que a cada dificultad vencida naciese otra
imponente dificultad. Aquella misma tarde recibiose aviso de que don
Santos Ladrn, el atrevido guerrillero riojano, vena sobre Estella con
quinientos voluntarios, al grito de _Espaa por Carlos V_. Psose en
movimiento la escasa guarnicin de la plaza, y Dios sabe lo que hubiera
ocurrido si no llegara oportunamente el brigadier Lorenzo, mandado por
el Virrey Sol con el regimiento de Crdoba y los provinciales de
Sigenza. Lorenzo no descans en Estella. Aquella noche vio Salvador las
calles Mayor y de Santiago atestadas de soldados, que se racionaban con
pan y vino; habl con ellos y pudo notar que reinaba en la tropa buen
espritu, si bien su entusiasmo por la causa que empezaban a defender no
era muy grande todava.

Lorenzo sali a media noche. Al da siguiente se tuvo noticia del
combate de los Arcos, en que fueron destrozados los voluntarios de
Ladrn y este hecho prisionero. Salvador vio por segunda vez la tropa de
Lorenzo, de regreso a Pamplona, llevando consigo al guerrillero don
Santos y a Iribarren. Lo peor del caso para nuestro amigo, fue que
Lorenzo se llev tambin a Pamplona a los tres prisioneros que en la
crcel de Estella estaban, y con esta determinacin vino a tierra el
plan construido por Monsalud de concierto con Seudoquis. Contrariedad
tan inesperada pareca anunciar malsimo xito a las tentativas
generosas de Salvador, porque los prisioneros de Estella estaban ya
condenados a muerte. Pero no desmay por esto, y se puso en marcha para
Pamplona, siguiendo a la brigada vencedora. Fue para l una ventaja
relativa que le acompaara Seudoquis, con cuya cooperacin humanitaria
contaba, si bien lo sera muy difcil ejercerla en la misma residencia
del Virrey.

Por el camino pudo Salvador ver a su hermano prisionero y en tal estado
de extenuacin y abatimiento que inspiraba lstima a cuantos le miraban.
En un desvencijado carro de trasportes iba tendido sobre jergones, cuya
dureza con la de las piedras competa. Como el carro tena toldo y unos
palitroques laterales al modo de rejas, su semejanza con una jaula era
grande, de donde resultaba que el Sr. Navarro, mirado desde fuera,
esculido, aburrido, entumecido y sooliento, se pareciese algo a D.
Quijote cuando le llevaban encantado desde la venta a su aldea. Salvador
pudo acercarse, con la venia de la escolta, y cambi algunas palabras
con el preso, el cual tard mucho en reconocerle y le mir despacio con
ojos semejantes a los de un demente.

--Qu haces t por aqu?--dijo acercando su rostro a los palos--. Eres t
el que parece o eres otro?

--Soy el que parece--replic Salvador inclinndose lo ms posible sobre el
arzn de su cabalgadura--. No esperabas verme por aqu?

--No habrs venido a nada bueno.

--He venido por ti.

--Ah!... eres de los ministriles del Virrey. Te has hecho asesor de Su
Excelencia? Mira, oye, acrcate ms.... Di al canalla de Su Excelencia
que no tarde en fusilarme. Ya no puedo ms.

--Te sientes mal? Padeces mucho?

--A ti te importa algo que yo padezca o no? Pues s, padezco mucho, por
vida del mismo rbano!... Tengo una lmpara encendida aqu.

Incorporndose dificultosamente, llevose ambas manos a los hijares. Su
cara lvida causaba miedo, y cuando dilataba los labios morados con
expresin equvoca y asomaban sus dientes blanqusimos, se vea en l
clara y patente la sonrisa del dolor, o sea la casi imperceptible burla
que el dolor hace de s mismo cuando han concluido todos los consuelos y
aun los sofismas del consuelo.

--T ests muy enfermo--le dijo Salvador con profunda pena--, y yo creo que
el Virrey te perdonar la vida.

--Y al dejarme vivir llamas perdn!... vaya un perdn el tuyo.
Indultarme!... No, por muy masn que sea el Virrey, no ser tan cruel o
inhumano.

--Ests alucinado, y el sufrimiento te enloquece un poco, hacindote
disparatar.

--Yo estoy cuerdo y s lo que me digo. T ests tonto y hablas ms de la
cuenta.

--Yo slo te dir que no te desesperes. Ta enfermedad puede curarse
todava.

--Con cuatro tiros.... Rbanos! no sufrir que sea por la espalda.

--No sern por ninguna parte. Ests enfermo y exaltado. Yo te juro que se
harn esfuerzos grandes por salvarte.

--Y quin me salvar, t? t?--dijo Garrote con desprecio.

--Podr ser. No he venido a otra cosa.

--Desde Madrid?

--S. Y a Pamplona voy.

--Salvarme t!... Conservarme la vida! Veo que tambin hay verdugos de
la vida.

--Yo quiero ser contigo ese verdugo de vidas.

--Mira, mira, quieres dejarme en paz, intruso, y volverte otra vez a tu
Madrid?

--Nos iremos

--Yo ser feliz maana--dijo Navarro con hosca expresin--, en el foso de
Pamplona. Qu fro har all!

El prisionero temblaba.

--Tienes fro?--le pregunt su hermano.

--Hombre, s, tengo fro. No lo ves? para qu lo preguntas? Tus
pesadeces acabaran con la paciencia de un santo.

--Te proporcionar una manta.

Alejose Salvador y al poco rato volvi con lo que haba ofrecido. El
prisionero tom la manta y arrebujose en ella, aadindola a la manta y
al capote que ya sobre s tena; pero ni por esas entraba en calor.

--Veo que sigues tan helado como antes. Sin embargo, el da est bueno.
Pica el sol.

--Mi fro no es el fro de todo el mundo. Cien soles no lo
destruiran.... abur.

--No, todava no. Tengo que hacerte una advertencia. Es indispensable que
te vuelvas loco, quiero decir, que maana, cuando te reconozcan los
mdicos, hallen en ti sntomas de locura.

--Hallarn el contento de morir--repuso Navarro, dando diente con diente--.
Ah! ya te entiendo: me fingir cuerdo para que me maten ms pronto. Me
fingir cuerdo, gritar: Viva Carlos V, mueran los masones!.... Est
bien, hombrecillo, adis. Vete, que quiero echarme a dormir.

Y se tendi, envolvindose todo y cubrindose cara y manos, de modo que,
si no fuera por el temblor, parecera un muerto a quien llevaban a
enterrar.

Salvador se retir muy desesperanzado. El convoy se detuvo para
distribuir raciones. Era la poca de la vendimia, y el vino estaba poco
menos que de balde, porque necesitaban desalojar las tinajas para dar
cabida al mosto, que era aquel ao abundantsimo. As es que el convoy
pasaba, segn la expresin de Seudoquis, por una calle de borracheras. A
cada instante hallaban grupos jaleadores; oanse dicharachos, cantorrios
y pendencias. Bailes y jotas festejaban el pinge Octubre, y los mozos
vendimiadores aparecan manchados de mosto, feos y soeces como
sacristanes, que no sacerdotes, de un Baco pedestre y envilecido. Con la
cada de la tarde se fue amortiguando el escndalo de aquella bacanal
campesina; se extinguieron los ruidos de guitarras y panderetas, y al
anochecer, las pandillas de clrigos aparecan paseando en el camino a
la entrada de las aldeas. Oscura, oscursima era la noche cuando el
convoy entr en la capital de Navarra. Y a pesar de ser tal que todo se
vea negro, a Salvador le pareci que no haba en ella bastantes
tinieblas para ocultar lo que hacer pensaba.




-XX-


Pero todo fue intil por falta de elementos. Arrebatar sigilosamente un
prisionero a la autoridad militar, dentro de una plaza fuerte y en
momentos en que el fanatismo de los partidos redoblaba la vigilancia,
era empresa demasiado temeraria y difcil para que saliera bien no
contando con altos auxilios. Salvador no tena amistad con el Virrey, y
aunque la tuviera de nada le valdra por ser D. Antonio Sol hombre muy
inflexible. De los jefes militares importantes trataba a algunos, y con
varios de ellos tena conocimiento que rayaba en amistad, por antiguo
compaerismo en el Grande Oriente masnico del 22. Pero no era a
propsito la ocasin para corruptelas humanitarias. Seudoquis, con quien
siempre contaba, le dio esperanza, asegurndole que si el prisionero
perseveraba en sus locas extravagancias, era fcil que el Virrey, en vez
de mandarle al foso, le enviase al hospital de orates.

El cuidado de reanudar sus relaciones antiguas, y procurarse otras
nuevas ocupaba a Salvador las mejores horas del da y de la noche. Los
militares se reunan en una especie de casino, situado junto a la fonda
principal, y all se jugaba, mezclando los entretenimientos lcitos con
los prohibidos; se beba caf, se vaciaban botellas y se charlaba de lo
lindo. Fuera de aquel crculo hall nuestro amigo algunos que, a pesar
de pertenecer a la clase militar, se mantenan retrados. Una maana
paseaba solo por la Taconera, cuando tropez con una persona cuyo rostro
no era extrao para l. Detvose, salud, y el desconocido conocido le
contest framente. Era un hombre de alta estatura, moreno, de ojos
negros, bigote y patillas. Recortadas estas con esmero por la navaja
formaban una curva sobre las mejillas y venan a unirse al bigote,
resolvindose en l, por decirlo as, de lo que resultaba como una
carrillera de pelo. Su nariz aguilea de perfecta forma, el mirar
penetrante, y un no s qu de reserva, de seriedad profunda que en l
haba, indicaban que no era hombre vulgar aquel que en tal hora paseaba
envuelto en capa de paisano, y calzado de altas botas, que el buen
estado del piso haca innecesarias. Al soltar el embozo dej ver su
cuerpo, vestido con zamarreta peluda, estrechamente ajustada con
cordones negros. Las patillas, las botas, la zamarreta, la aguilea y
delgada nariz, los ojos de cuervo y la gravedad taciturna son rasgos
suficientes a trazar sobre el lienzo o sobre el papel la inequvoca
figura de Zumalacrregui.

El que despus fue el ms grande de los cabecillas y el genio militar de
D. Carlos, estaba a la sazn de cuartel en Pamplona, vigilado por la
autoridad militar. Varias veces le haba amonestado Sol. Se contaban
sus pasos y se le haba prohibido tener caballo. Viva con su familia y
era hombre muy morigerado. No daba a conocer fcilmente sus opiniones;
pero pasaba por ferviente partidario de D. Carlos. Iba a misa todos los
das y despus de misa paseaba dos horas por la Taconera, cualquiera que
fuese el tiempo.

Salvador y D. Toms hablaron breve rato. D. Toms compadeci a su amigo
D. Carlos Navarro, y despus, como el otro sacara a relucir la guerra y
el aspecto que tomaba, dijo con aparente candor, verdadera mscara de su
marrullera, que, segn su opinin, las cosas no pasaran adelante. Por
no verse precisado a hablar ms, apret la mano de su amigo y sigui
paseando por la muralla.

Al da siguiente fue pasado por las armas en el foso de las
fortificaciones D. Santos Ladrn, que muri valiente como espaol y
resignado como cristiano. Despus sufri igual suerte Iribarren,
cabecilla menos clebre que el primero. Ya estaba sealado el sacrificio
de Garrote para el 15, cuando el Virrey, en vista del estado lastimoso
del reo, difiri su muerte, mejor dicho, la encomend a la Naturaleza.
Los mdicos haban dicho que Navarro no vivira dos semanas, y Sol tuvo
ocasin de mostrar su humanidad. El enfermo fue trasladado al hospital,
de lo que recibi su hermano mucho contento, porque algo ms vale
desahuciado que muerto.

Cada da llegaban a la ciudad noticias alarmantes del vuelo que tomaba
la insurreccin. En Oate se echaba al campo Alza, en Salvatierra
Uranga, en Toranzo Brcena, Balmaseda en Fuentecn, y en Navarra, que
era el centro de aquel motn semi-nacional fraguado por el absolutismo
con la bandera de Cristo, se haban alzado Goi y Eraso, Iturraldo
y el cura de Iraeta. Eraso tena por suyo a Roncesvalles, Goi la
Borunda, y el prroco asolaba la parte llana. Era un bravo soldado
el de Iraeta y poda ocupar lugar excelso en esos extraos fastos
eclesistico-militares, donde estn escritas con horribles letras negras
las hazaas de Merino, Antn Coll y el Trapense.

Navarro fue trasladado al hospital, donde su hermano pudo verle con
frecuencia. El spero carcter, los bruscos modos y la amargusima pena
del enfermo no cambiaron nada pasando del poder de los carceleros al de
los cirujanos, si bien su dolencia entr en un perodo de alivio por las
ventajas higinicas del cambio de vivienda. Postrado en la cama, pasaba
a veces das enteros sin pronunciar una sola palabra, aunque Salvador
haca los imposibles por sacar una siquiera de aquel pecho que era un
mar de melancolas. En cambio, otros das era tal su locuacidad que no
podan seguirle la conversacin incoherente y exaltada. Salvador y el
cirujano procuraban con esfuerzos de gallardo ingenio llevar su charla a
los trminos de la discrecin y del buen razonar; pero mientras ms
queran ir ellos por el camino del juicio, con ms ahnco se arrojaba D.
Carlos por los despeaderos del desatino. Si ellos hablaban de las
cosechas, del crudo invierno y entremezclaban donosos cuentos en su
coloquio, a l no le sacaba nadie de la guerra, del empuje carlista y de
la necesidad de que un jefe militar de prestigio y valor se pusiese al
frente de las partidas navarras para organizarlas y hacer con ellas un
poderoso ejrcito reglado. Imaginaron hacerlo creer que no haba ya tal
guerra y que los rebeldes se haban sometido ya al Gobierno; pero esto
dio resultado contrario al buen deseo de Salvador, porque oyendo Navarro
lo del someterse, ponase furioso, echaba ternos y quera arrojarse del
lecho. Ms fcil era pacificar a Navarra que introducir en aquel cerebro
insurreccionado la idea de la paz.

El sistema ms eficaz para calmarle y hacerle tomar las medicinas era
contarle las hazaas del cura de Iraeta y del cabecilla Mongelos, dos
tipos de la guerra de salteadores. Pero si le decan que todo el furor
religioso carlino de tales hroes no era ms que una pantalla para
encubrir contrabando, entonces el enfermo sacaba los puos de entre las
sbanas, llamaba al cirujano _mequetrefe_, y deca a su hermano:

--T eres un intrigante forrado en masn. Mrchate de aqu y djame solo.
Me estorbas, te juro que me estorbas. Tus cuidados me cargan, porque no
quiero agradecerte nada. Lo oyes bien? no quiero agradecerte nada, ni
esto. Pesas sobre m como una montaa, y creo que no tendr salud
mientras no ests lejos de m y pueda yo decir: no le debo nada, no es
mi hermano, es un intruso.

De estas cosas se rea Salvador, y para captarse su voluntad y amansar
un poco su arisco genio, hasta ide afectar simpatas por el Infante y
la apostlica insurreccin. Una maana le llev la noticia que circulaba
por la ciudad, dando motivo a infinitos comentarios. Zumalacrregui se
haba pasado al campo carlista. Segn dijo quien le vio, dos das antes
haba salido muy de maana, con capote militar, por la puerta del
Carmen, y se haba encaminado a pie hacia una venta prxima, donde le
esperaban tres hombres con un caballo. A escape se dirigi el coronel
cabecilla a Huarte Araquil, donde le aguardaban el cura Iraeta y
Mongelos. Los tres partieron juntos hacia la sierra en busca de
Iturralde, segn se crea.

Mucho extra a Monsalud el ver que su hermano, en lugar de recibir esta
noticia con la alegra que siempre mostraba, tratndose de ventajas
carlistas, la oy con gran asombro, y despus de largusima pausa, se
afligi mucho y se dio un golpe en la frente como en seal de
abatimiento y desesperacin. De pronto extendi una mano. Asiendo el
brazo de su hermano, atrjole hacia s y en voz baja, con el acento ms
lgubre que puede imaginarse, le dijo estas palabras:

--Ves lo que hace Zumalacrregui? Pues eso deba haberlo hecho yo. No
te dije que era necesario que un jefe militar se pusiese al frente de
esta sagrada insurreccin para organizarla? Pues ese jefe deba ser yo,
yo. Qu hace Zumalacrregui? Lo mismo que habra hecho yo. Su papel es
el mo, sus laureles los mos, su triunfo mi triunfo. Si yo no estuviera
en esta aborrecida cama, estara donde l est ahora, y lo que l piensa
hacer y har de seguro, ya estara hecho.... Qu desesperacin, Dios de
Dios!

Dicho esto, puso sus ojos fieros en los de su hermano tristes y serenos;
le envolvi en una mirada aterradora y le apret con ms fuerza el
brazo, diciendo:

--Oye t, si me sacas de esta cama, si me sacas de Pamplona y me pones en
salvo en Huarte Araquil o en Orican y me das un caballo, te juro que se
acabar el odio que te tengo y sers mi hermano querido, y dar una
interpretacin buena a tus cuidados, agradecindolos en vez de
rechazarlos. Hazlo, hazlo por m y por nuestro padre, cuya memoria y
cuyo nombre pongo hora como lazo de reconciliacin entre los dos....

Salvador sinti fro en el corazn. En el primer instante tuvo la idea
de aparentar complacer a su hermano, dando cuerda a su demencia; pero
consider al punto que era muy peligroso el sistema de fomentar, siquier
fuese momentneamente, tan descabelladas manas, y tan slo dijo:--Si
insistes en esa locura, te abandonar y entonces s que llamars a tu
querido hermano.

Navarro grit: _Intruso_! y al punto su cabeza y sus brazos
desaparecieron entre las sbanas. Era aquel el movimiento final de su
enfado y su manera genuina de romper con el mando.

Desde aquel da, si hall alivio en su enfermedad, declin ms por la
pendiente de la locura, y tales disparates hizo, que el Virrey le
absolvi en definitiva como indigno del patbulo. Estaba incapacitado
para morir a manos de los hombres. Una noche le hallaron medio desnudo
en un desvn del hospital buscando salida para salir al tejado. Dos das
despus dio de puadas al cirujano, y frecuentemente se arrojaba del
lecho para correr por la sala injuriando a imaginarios enemigos, slo
vistos de su extraviado entendimiento. Por ltimo, pasados tres meses de
hospital, y cuando mediaba Enero del 34, fue declarado baja en el
ejrcito, y el Virrey dispuso que se hiciera cargo de l su familia, si
alguna tena. En tal resolucin no tuvieron poca parte las buenas
amistades de Salvador. As vio colmados sus deseos, y llevndose consigo
al enfermo, lo instal en su casa cmodamente, decidido a llevrselo a
Madrid cuando su estado lo permitiese y se apaciguaran los rigores de
aquel crudo invierno.

El descenso de la temperatura haba extendido sobre algunas partes de la
nieve planchas de dursimo y resbaladizo cristal. Las fuentes,
enmudecidas en su parlero rumor, parecan decoraciones de azcar por la
quietud de sus chorros helados de mil facetas. En las murallas las
formidables piezas de gran calibre estaban arrebujadas en la nieve, y
por un pliegue del fro capote asomaban sus bostezantes bocas negras
amenazando al campo. En los fosos, la inmaculada blancura casi cegaba la
vista, y las alegres mrgenes del Arga no se conocan de puro vestidas.
Los rboles con sus escuetas ramas perfiladas de blanco no parecan
rboles, sino urdimbres rotas de un tejido deshecho. Las casas medio
sepultadas echaban a duras penas por su chimenea, cubierta de finas
cremas y cristalinos picachos, un chorro de humo que suba lentamente a
manchar el cielo y se resolva en el pesado gris de la atmsfera como
masas de tinta arrojadas en un inmenso mar de almidn. Dentro de las
casas reinaban, por el contrario, la animacin y el bullicio, por estar
recogidos los habitantes todos al amor de los hogares, donde ardan
encinas enteras. Fuera, todo estaba congelado, incluso la guerra, que
haba dejado de moverse en el campo para latir en el corazn de las
viviendas.

Contra lo que Salvador esperaba y tema, Navarro se dej llevar, y
despus de instalado en vivienda tan distinta del lbrego y tristsimo
hospital en que antes moraba, su exaltacin se troc en abatimiento y su
aspereza en indiferencia, no exenta en algunos instantes de suavidad y
aun de discretas y sosegadas razones.

No contribuy poco a su alivio la soledad en que estaba y el no permitir
Salvador que le visitara persona alguna, porque en el hospital los dems
enfermos se complacan en calentarle los cascos, contradicindole en sus
vehemencias o alentndole en sus majaderas. Una mujer de carcter
excelente, tan notable por su solicitud como por su paciencia, le
asista, y un clrigo pacfico le acompaaba algunos ratos. Doa
Hermenegilda, que as se llamaba la duea, era viuda de un guarda-montes
de la Borunda y haba tenido siete hijos, de los cuales, a excepcin del
ms pequeo, que emigr a las Amricas, no quedaba ninguno por haberlos
absorbido todos sucesivamente las distintas guerras de la Pennsula,
desde la famosa de la Independencia hasta la de los agraviados en
Catalua. Tan guerreros eran, que en los pequeos claros o intervalos de
paz, ninguno supo hacer cosa de provecho, y la poca hacienda que tenan
fue pasando a los prestamistas, disolvindose toda en comilonas, timbas,
intiles viajes, caceras y compras de armas para camorras. De esto y
del desastroso fin de todos ellos, naci en Doa Hermenegilda un
aborrecimiento tan vivo de las guerras, que no se le poda mentar nada
de lo tocante al fiero Marte y su culto sangriento. Ella deca que una
nacin de cobardes sera la ms feliz y prspera del mundo, y cuando le
objetaban que esa nacin no sera duea de s misma porque la
esclavizara cualquier conquistador extrao, responda que su bello
ideal era que todas las naciones del mundo fueran igualmente cobardes,
para que resultara un globo terrqueo poblado en absoluto de seres
prudentes. Doa Hermenegilda no era navarra.

No poda haber escogido Salvador persona ms a propsito para cuidar a
un hombre tocado, como se sabe, del mal de batallas. No tena igual
seguridad de acierto en la eleccin del Padre Zorraqun para acompaante
y amigo espiritual del enfermo, porque si bien en ocasiones podra
tenerse al tal clrigo por la persona ms bondadosa y mansa del mundo,
en otras pareca un si es no es levantisco y ambicioso. Era Zorraqun
capelln de unas monjas pobres y no poda ocultar sus febriles ganas de
llegar a otra posicin eclesistica ms elevada. Ya no era joven el
capelln y haba dejado trascurrir lo ms florido de su existencia sin
hacer valer los mritos que crea poseer. Todas sus peroratas sobre este
tema de la vanidad concluan diciendo: Ya, ya vendrn tiempos de
justicia, s, ya vendrn.... Entonces no veremos los coros de las
catedrales llenos de masones con sotana, mientras los buenos
eclesisticos perecen.

No pasaba ya Garrote la mayor parte del da en la cama. Haba recobrado
las fuerzas, y su mal, que antes pareca profundamente arraigado y dueo
de la persona, le permita ya algunas horas de completo bienestar. Muy
sensible al fro, se acercaba con frecuencia a la lumbre, la observaba
con fijeza, arrojando en medio de las ascuas su mirada, como si quisiera
encenderla en ellas, y no se mova hasta que, inflamndose su cara con
los rojos reflejos, llegaba a un grado de irritacin insoportable.
Entonces se retiraba, conservando en su pupila la imagen de las brasas
deslumbradoras. Despus de dar algunos paseos por la estancia, hasta
enfriarse, volva junto a las llamas y se extasiaba contemplando otra
vez las lenguas rojas de azulada punta, las quemadas astillas que caan
del consumido leo con murmullo de hojas secas, y languidecan luego en
la ceniza durmindose.

Coma poco. No lea nada, y su nica distraccin era tirar al florete
con su hermano. Pero este entretenimiento duraba minutos nada ms, por
la escasa fuerza del convaleciente. Hablaba tan poco, que a veces hasta
se privaba de lo necesario por no pedirlo. En el largo espacio de un mes
no pasaron de tres las conversaciones tiradas que ambos hermanos
sostuvieron. En la primera hablaron de las condiciones de las casas de
Pamplona, de la catedral, de la ciudadela, de las fortificaciones, de la
Rochapea y de otros temas locales, en que Navarro mostr su prolijo
conocimiento de la ciudad. En la segunda, Salvador le habl de la
guerra, procurando poner a prueba el juicio de su hermano, y no tuvo
poca sorpresa al observar que Garrote trat el asunto con un aplomo y
una serenidad de ideas admirable. El tercer coloquio fue todo l
expresin de sentimientos personales, y habra podido servir de base de
concordia entre dos hombres que tanto se haban aborrecido. Por esto
debe ser puesto entre lo ms precioso que han hablado nuestros
personajes, y reproducido con integridad para que sea edificacin de
nuestros lectores, como lo fue de Doa Hermenegilda, que tuvo el honor
de hallarse presente en aquel palique.




-XXI-


Una tarde, despus de comer, hicieron ambos elogios muy ardientes de un
exquisito guisado de palomas silvestres que les puso Doa Hermenegilda.
Despus Navarro se acerc a la chimenea, cual si fuera a arrojarse
dentro de ella, y como Salvador le amonestara por aquel singular gusto
de achicharrarse, Navarro se retir, mir a su hermano sin el
acostumbrado fruncimiento de cejas, y le dijo estas blandas palabras:

--Acabars por manejarme como a un chiquillo. Qu ms quieres? Poco a
poco me has ido haciendo tu prisionero sin combatir, y con medicinas
primero, con cuidados despus, has ido vencindome. Si no hay en todo
esto una intencin desconocida, desde ahora declaro que estoy agradecido
del bien que me has hecho.

--Una intencin y un plan hay en m--replic Salvador--pero ambos son harto
claros. He querido vencerte con las armas del bien y dominarte por la
fuerza de la caridad, emanada de un parentesco que no queras reconocer.
Lo reconocers ahora? Se hace por un extrao lo que yo he hecho?

--No--dijo con noble decisin Garrote--. No se hace por un extrao lo que
has hecho por m. He tenido das de gran oscurecimiento en mi cabeza;
pero ya veo claro, y aunque imagino sofismas y sutilezas para desvirtuar
tu comportamiento conmigo, no puedo. La verdad es ms fuerte que mis
cavilaciones. Te me has ido imponiendo, imponiendo, y ahora ests encima
de m con un doble carcter, pues no puedo separar completamente en ti
el hermano carioso del hombre aborrecido, ni creo que separarlos pueda
mientras los dos vivamos.

--He sido ms afortunado que t--dijo Salvador, apartndole otra vez del
fuego, que le atraa como a mariposa--, porque yo hace tiempo que he
olvidado todas las ofensas; hace tiempo que he cogido todos los rencores
y arrancndolos de m los he echado fuera, como se echa este papel al
fuego.

Salvador arroj al fuego un papel que ardi instantneamente con
llamarada juguetona. Instintivamente Navarro se acerc a la chimenea y
quiso sacar el papel que arda; pero retrocedi quemndose los dedos.
Esto, que pareca un chispazo de locura, inspir a Salvador lo
siguiente:

--No metas tu mano en el fuego para sacar lo que ha cado en l. T, como
yo, necesitas hacerte perdonar para ser perdonado, necesitas comprar la
generosidad con generosidad y el olvido con el olvido.

--Si pudiera olvidar...--murmur Navarro, embelesado siempre en la
contemplacin de la llama--. Si pudiera borrar todo lo que no fuera
presente.... Qu tranquilo vivira!... Porque el presente me agrada, y
esta serenidad que ahora disfruto es un bien muy precioso. Fltame saber
si lo debo a la casualidad, a la Providencia o a ti.

--A los tres--replic el otro--. La Providencia y el hombre, ya amigo ya
enemigo, suelen obrar de acuerdo para salvarnos o perdernos. Tu memoria
se ha aclarado lo bastante para recordarte, lo que has pasado, la ruina
de tus descabellados planes de guerrillero, tu prisin, tu enfermedad
gravsima, tu condenacin a muerte. Pero hay cosas que no puedes saber
por tu memoria, y son la curiosidad interesada con que yo observaba tus
pasos desde Madrid, y m resuelto propsito de socorrerte cuando caste
en el mayor peligro en que puede caer un hombre. Yo dej mi casa,
comodidades de esas que empiezan a valer mucho cuando se nos va acabando
la juventud, y quehaceres importantes; yo corr a este pas de Navarra
decidido a emplear todo lo que en m hubiera de actividad, de celo y de
ingenio para salvarte. He vivido algunos meses consagrado a ti, velando
por ti, y luchando contra tu mal, contra tu genio, contra tu locura,
contra los enemigos, contra la ley y contra todo, sin desmayar nunca,
sin fatigarme un punto hasta conseguir mi objeto. Sobre todos los
enemigos me han resistido siempre tu carcter y tu antipata. Pero esto,
lejos de desanimarme, me encenda ms, y ms me estimulaba a pretender
una victoria completa. Estoy satisfecho, te he salvado de la muerte, te
he cazado, te he domado, y ahora te tengo en mi poder, no como enemigo
prisionero, sino como podra tener un padre a su hijo dbil y pecador,
sojuzgado y no s si arrepentido. Yo conceptuaba como la mayor gloria
apetecible esta victoria ma por la fraternidad cristiana, y esa
sumisin tuya por la gratitud. Ahora, cuando parece que recobras tu
salud perdida y tu libertad, qu hars? Desde el momento en que yo me
aleje, tu soledad ser espantosa. Irs a la guerra? No lo creo. Si te
retiras a alguna parte a vivir pacfica y honradamente, a quin
volvers los ojos para decir: t eres mo? Los volvers a tu mujer?
No. Buscars algn pariente en la Puebla? No los tienes. Buscars
amigos? Tu carcter rechaza las amistades nuevas. Abre los ojos y ve
claro, desgraciado; no niegues la evidencia. Por ms que busques no
hallars ms familia que yo. Yo soy el nico que puedo llenar tu vaco y
hacer a tu lado un bulto, una sombra que indique la presencia de un
amigo.

--Cllate--dijo Navarro, ya lejos de la chimenea--cllate, que me haces
dao. Insensiblemente te has atado a m y has soldado la cadena. Est
bien, te arrastrar conmigo. Podr separar algn da el hermano
cuidadoso del hombre aborrecido? No lo s. Deja que pase el tiempo, que
pasen das. Yo tengo ahora ocupaciones graves, muy graves.

Esto de las ocupaciones graves hizo en Monsalud el efecto de un golpe.
Tembl por el juicio de su hermano, que poco antes haba visto
manifestarse claro y hermoso, y que de repente se oscureca. Como pasa
una nube por delante del sol, as pas aquella frase por encima de la
discrecin del enfermo, ocultndola.

--Ocupaciones graves, gravsimas--repiti Navarro, frotndose las manos--.
Por ahora slo te dir que, si es verdad lo que me has dicho, resultar
que eres digno de admiracin. Yo no te la niego, y en cuanto a tenerte
cario. Yo me entender. El cario no es cosa de quita y pon. Ya creo
que siento un cierto inters por ti y que no me gustara verte
desgraciado. Prtate bien, y veremos.

Este tono de proteccin, tan impropio del estado de ambos, choc
extraordinariamente a Salvador; pero su asombro y alarma subieron de
punto cuando Navarro, despus de tener un rato las palmas de las manos
sobre la lumbre, fue hacia su hermano, y ponindole sobre el rostro una
de aquellas manos que quemaban como plancha de hierro, le dijo
pausadamente:

--Deja que acabe esta gran campaa, y luego veremos.

Salvador no dijo nada. Sospechaba que en la cabeza de su hermano haba
una idea monstruosa, y no quiso perseguir aquella idea, temiendo ver
confirmada la triste sospecha. Dejndole que se achicharrase otra vez
las manos, se acerc a la ventana para ver la nevada, que aquel da era
abundantsima. Pareca que el mundo navegaba por un pilago infinito de
plumas de cisne.

Entr a la sazn el padre Zorraqun muerto de fro y se sent a
horcajadas en una silla, frente a la chimenea, extendiendo sus pies
hacia el fuego. Poco despus el vivo calor de la llama le oblig a
apartarse. Empez a oscurecer, por ser en aquella estacin las tardes
ms cortas que la esperanza del pobre, y Doa Hermenegilda dio luz a un
esplendoroso quinqu, competidor del sol de invierno. Cerradas las
maderas, se prepararon los cuatro a echarse a pechos la largusima
velada, que pareca un siglo, cuando no era conllevada de interesantes y
variados entretenimientos. Doa Hermenegilda haca media con ligereza
suma. Aquella noche necesit devanar madejas de hilo, y como no tena
devanadera, prestose, como otras veces, a suplirla el bendito Padre
Zorraqun. Era hombre amabilsimo. El cura charla que charla, y la duea
devana que devana, pareca que de los labios de aquel sala la palabra,
como de la madeja de sus manos el hilo, y que Doa Hermenegilda iba
envolviendo el interminable discurso, haciendo de l un corpulento
ovillo, que bien podra pasar por abultado libro. El cura hablaba,
moviendo brazos y manos con lenta oscilacin para que saliese la hebra,
el ovillo creca, pasando de nuez a manzana, de manzana a calabaza, y
los dos hermanos oan y callaban, el uno inmvil, el otro marcando cada
vuelta de la madeja con un golpecito dado con las tenazas en el borde de
la chimenea. Cada vez que el hilo se deslizaba, rozando con el dedo
gordo de la mano derecha del cura, Navarro daba un golpe. Era como el
ritmo de un rel 17. Creerase que los cuatro individuos formaban un
mecanismo dentado construido para hablar ovillando, y para ovillar los
segundos. Salvador habra podido pasar por la muestra de aquel humano
rel 18, pues su cara no expresaba nada, a no ser la inmutable tristeza
de un horario.

Qu contaba Zorraqun? Las hazaas de Zumalacrregui, que era el asunto
obligado en Pamplona y en toda Navarra. La prolijidad del buen cura no
es para imitada aqu, pues l se haba propuesto ser en lo futuro
historiador de aquella gran guerra, y apuntaba todas las noticias para
reunir materiales. Aprovechndolo todo, lo mismo lo cierto que lo
dudoso, y utilizando lo histrico as como lo anecdtico, allegaba
elementos para un colosal almacn literario que, por fortuna, pereci en
un incendio aos adelante.

Zorraqun refera las acciones, describa los lugares, reproduca las
palabras, dando a las alocuciones el tono y tamao de discursos a lo
Tito Livio. Hasta imitaba los gestos de los guerreros, y al llegar un
punto en que hubiese aclamaciones de la muchedumbre, lo haca tan al
vivo, que era preciso suplicarle que bajase la voz para no alarmar a la
vecindad.

Abreviando todo lo posible la empalagosa narracin, slo diremos que
Zumalacrregui haba tropezado con el antagonismo de los dscolos jefes
que se sublevaron antes que l. Aclamado por algunos como jefe de todos
los voluntarios navarros, hall resistencia en Iturralde. El cura de
Iraeta, y Mongelos no vacilaron en ponerse a sus rdenes. Dividironse
los carlinos; pero una insurreccin pequea nacida dentro de la
insurreccin grande resolvi el problema. El cabecilla Sarasa se sublev
una maana, y haciendo prisionero a Iturralde, proclam a Zumalacrregui
comandante general de Navarra. Por este procedimiento, que ms que
navarro era espaol puro, se unific la insurreccin, y los voluntarios
carlistas no tuvieron ya sino un solo jefe. Este despleg desde el
primer momento energa colosal. Rebaj a un real la soldada de dos
reales que perciban los voluntarios, y empez a combatir con gran
fortuna. Dict aquellas clebres disposiciones que tan extraordinario
vigor infundieron a las armas carlistas, y en todo mostr ser insigne
guerrillero, digno sucesor de los Viriatos, Empecinados y Merinos, con
ms saber militar que todos ellos. Sus terribles castigos revelaron un
carcter de hierro tal como se necesitaba en aquella sangrienta ocasin.
Conden a muerte en un bando que haca cumplir estrictamente, a todo el
que volviera la espalda al enemigo durante el combate, a todo el que sin
vacilar no se dirigiese al puesto designado por su jefe, aun cuando
viese en l una muerte segura, y a todo el que pronunciase voces
alarmantes, como _que nos cortan_, _que viene la caballera_, etc....

Todo esto lo oa Navarro sin decir nada, cejijunto y torvo, hasta que al
fin rompi la palabra:

--Basta ya de charla, Sr. Zorraqun. Si eso ha de escribirse que se
escriba; pero conste que no es por mandato mo, pues no tengo vanidad en
ello.

Salvador y Doa Hermenegilda se miraron a las diez de la noche, cuando
los dos hermanos se quedaron solos, despus de cenar, Salvador rog a
Navarro que se acostase.

--No ser malo--dijo este con mucha naturalidad--, pues fatiga sobre
fatiga, se llega a un punto en que no hay cuerpo que resista. Sigo tu
consejo, pues no ha sido mala la jornada de este da.

Salvador le acompa a su alcoba. Acostose Navarro, y sumergido en el
lecho con el rebozo de las sbanas en la boca, sin mostrar de su persona
ms que media cara y tres dedos de una mano, habl a su hermano de este
modo:

--Natural era que se supiese ya en Navarra y aun en toda Espaa la
resistencia que hall en Iturralde, la sublevacin de Sarasa, y por
ltimo, la concentracin de todas las fuerzas de este pas bajo mi
mando. Lo que extrao mucho es que se sepa ya, y aun que ande escrita y
parlada, la orden del da que di en la Amezcoa, mandando fusilar a los
que vuelvan la espalda, a los que pronuncien voces subversivas y a los
que no acudan a los puestos de peligro.... Esta idea, que hace tiempo
tena yo y que acabo de poner en ejecucin, ser la clave de esta gran
guerra y la base sobre que se forme el ms temido y belicoso ejrcito
que han visto las naciones.

Salvador no pudo contenerse.

--No eres t--le dijo--, quien ha hecho esas cosas, sino Zumalacrregui.

Sonri con desdn Navarro, y como si su hermano hubiese dicho una gran
necedad, le contest de este modo:

--Pero no sabes, pobre hombre, que ese infeliz Zumalacrregui fue hecho
prisionero en la Rioja, conducido a Estella, en cuya crcel se agrav su
enfermedad del hgado, y despus trasportado en un carro a Pamplona? No
sabes que est en el hospital con un mal gravsimo, que algunos tienen
por hepatitis y otros por locura? Lstima de hombre! le aprecio mucho y
deseo que sane.

Dijo, y volvindose del otro lado se fue aletargando. Poco despus
dorma profundamente. Despus de contemplarle un rato, considerando que
era cosa perdida, Salvador se retir con el alma llena de tristeza.

Pasaron tres das. Una maana entr Salvador en su casa y hall a Doa
Hermenegilda consternada, llorosa. La buena seora no se atreva a darle
la tristsima nueva del suceso ocurrido durante la ausencia del amo de
la casa. Salvador crey comprenderlo, corri a la habitacin de su
hermano, pas de una estancia a otra.... No estaba.

--Se escap, s seor, se escap no hace media hora.... En un momento que
me descuid.... Sal a comprar varias cosas.... Le dej paseando en el
comedor con el capote puesto y la espada ceida. Como otras veces andaba
en el mismo empaque, no sospech.... Todava no habr salido de la
ciudad. Todava se le podr detener.... Qu desgracia!... Cuando
pareca curado.... Esta maana me hablaba con tan buen juicio!...




-XXII-


Sin perder un instante se empezaron las indagaciones. Algunos vecinos de
la calle le vieron, y segn la direccin que llevaba, debi de salir por
la puerta de la Rochapea. Salvador preguntaba a todo el mundo, y como el
pobre enfermo era bastante conocido en Pamplona, no tard en tener
noticias del rumbo que haba tomado. En compaa del Padre Zorraqun,
que se le uni desde que tuvo noticia del suceso, recorri
inmediatamente todo el arrabal de la Rochapea. Al principio las
indicaciones que recibi eran vagas y contradictorias; pero al fin supo
que Carlos haba comprado un caballo y haba partido a escape en
direccin de Villaba. La circunstancia de estar el pobre Navarro en
posesin de su dinero fue causa de esta fuga, porque si no tuviera oro
no habra encontrado caballo, y a pie no hubiera podido alejarse mucho.
En el acto trat Salvador de adquirir dos cabalgaduras, una para s y
otra para Zorraqun, que se brind a acompaarle en la humanitaria
empresa que iba a acometer; pero la escasez de caballera era tal con
motivo de la guerra, que en toda aquella noche y en parte del siguiente
da no pudieron obtener nada de provecho. Por fin, despus de recorrer
todos los arrabales exteriores y las cuadras de la ciudad, lograron
obtener a precio muy alto dos cuartagos de desecho, veteranos del
trabajo de arrastre, cuya presencia infunda 19 veneracin y un vivo
deseo de andar a pie. Al verse dueo de aquellas dos piezas, Salvador no
pudo tener la risa; pero, pues no haba otras mejores, forzoso era
tomarlas, y dispuso que antes de emprender la primera jornada se les
diera una copiosa racin de cebada, a ver si de este modo recordaban su
mocedad. Hartronse de tal manera, que despus fue preciso darles igual
racin de palos para hacerles abandonar la cuadra y el desusado
sibaritismo que les permiti su nuevo dueo. Al fin aquellas
desvencijadas mquinas se pusieron en movimiento, llevando a nuestros
dos jinetes por el camino de Villaba. Era de noche y la helada dejbase
sentir con intensidad. Iba Salvador en trajo de camino y Zorraqun en un
pergenio mixto de viajero y eclesistico, sin sotana, con botas negras,
capa de cura y un gorro de terciopelo negro, cuyo borln bailaba al duro
comps de la caballera.

Durante las primeras horas de su expedicin hablaron del objeto de ella,
discutiendo las probabilidades de xito. Zorraqun opinaba que Navarro
no haba tomado el camino del Baztn, sino el de las Amezcuas, donde a
la sazn estaba empeada la guerra, a lo que objet Salvador que, siendo
esta direccin la razonable, no deba creerse que la haba tomado el
fugitivo, pues lo lgico pareca que este caminara siempre en contra del
sentido comn. Con todo, las noticias que adquirieron en la madrugada
confirmaron la sospecha del buen cura. Antes de llegar a Villaba
dijronles que el demente haba retrocedido y vuelto hasta cerca de
Pamplona, tomando despus, al parecer, el camino de Lecumberri.
Volvieron grupas los dos jinetes y se encaminaron a la Amezcua, sin
hallar noticia alguna en seis das de molestsimo viaje, entre sustos y
contrariedades. Frecuentemente tenan que apartarse del camino por no
tropezar con una guerrilla que apostada en las alturas haca fuego sobre
todo viajante sospechoso, y las columnas isabelinas inspiraban tanto
recelo al capelln, que no pasara cerca de ellas por nada de este mundo,
temiendo infundir sospechas con su empaque de cura jinete. Los
hospedajes eran infernales, pero los supla con ventaja la caridad de
los aldeanos, excitada por el Sr. Zorraqun. En algunas partes les
trataron tan a cuerpo de rey, como si fueran familiares del Infante, y
el astuto sacerdote no disimulaba sus opiniones para verse de este modo
mejor agasajado y atendido.

Un da perdi Zorraqun su gorro negro, no se sabe cmo (aunque hay
opiniones diversas sobre este suceso, sosteniendo algunos que el mismo
cura lo arroj a un muladar). Los dueos de la casa en que ambos amigos
se haban hospedado le ofrecieron una boina blanca, tambin de borla,
ancha, redonda, con aro de madera para sostener la forma de plato.
Psosela el cura historiador, mirose al espejo, echose a rer, y dijo
que no se la haba de quitar ms, pues le caa que ni pintada.
Partieron, y admitidos en el campo carlista corrieron toda la spera
sierra sin encontrar al individuo que buscaban, ni siquiera indicios de
que hubiera estado por all en ninguna poca.

En todas estas andaduras y averiguaciones pasaron el mes de Febrero y
parte de Marzo, Salvador muy contrariado y melanclico, Zorraqun
contento y satisfecho de verse entre aquella gente. Una maana,
regresando de visitar el casero donde los carlistas tenan sus
hospitales, se le enred la capa en un espino y qued en dos mitades
como la de San Martn. Un oficial carlista le ofreci al punto una
zamarreta de piel; psosela nuestro cura y se encontr tan bien, tan
gil, tan a gusto con aquella prenda, propia para abrigar sin impedir
los movimientos, que gustossimo la tuvo por suya y prometi llevarla
siempre de all en adelante. Como le creca la barba, y no haba querido
afeitarse, ya no pareca tal cura sino un capitn de malhechores, jefe
de guerrilla o cosa as. l se rea, se rea y estaba cada vez ms
contento.

Con la certidumbre de que Navarro no estaba en la Amezcua, partieron
para Levante. Pero el temor de encontrar alguna columna del ejrcito de
Saarsfield les oblig a tomar precauciones. Aunque son impropias de
m--dijo el cura--, no ser malo que llevemos algn arma. Un guerrillero
que les acompaaba, por ser amigo o hijo espiritual de Zorraqun, dio a
este un sable. Al ponrselo cmo se rea el buen cura!... Salvador le
regal un cinto con dos pistolas que no necesitaba. Cuando se vio con
tales arreos el capelln, a quien ya no conocera ni la Iglesia su madre
ni la madre que le pari, solt tan gran carcajada, que las gentes
salan al camino para verle. El mismo Salvador, que haba asistido a su
lenta trasformacin, casi no le reconoca bien.

--Sr. D. Salvador amigo--dijo el cura--. Segn asegura un buen hombre que
ayer lleg de Pamplona, all corre la voz de que yo me he pasado a las
facciones y estoy al frente de una compaa de escopeteros. Podr ser
mentira, eh? pero parece que es verdad. El Seor ha guiado mis pasos,
trayendome insensiblemente hasta aqu; ha mudado mi figura, me ha puesto
en una va de la que no puedo apartarme ya. Usted, como incrdulo, dir
que la casualidad es quien me ha dado esta guerrera facha, y yo digo que
es Dios, el mismsimo Dios quien se ha servido drmela.... Por tanto,
amigo, es llegado el momento de que nos separemos. Usted se ir tras su
humanitario objeto, y yo me quedo aqu en cumplimiento de la voluntad de
Dios, que de seguro no me destina a soldado de combate, sino a otras
funciones modestas, tales como a la intendencia militar, a la sanidad, a
cuidar la impedimenta o a cualquier otro empleo modesto. Dgolo, porque,
si bien siento en m cierto ardorcillo, no puedo menos de asustarme
cuando oigo muy de cerca los tiros.... Pero eso pasar; que a todo se
hacen los hombres.... Voy a presentarme al general, para que disponga de
m. Adis... buena suerte y cuente usted con un amigo. Venga un abrazo.

Salvador le abraz riendo. Despus de augurarle un brillante porvenir en
la nueva carrera que emprenda, se despidi para tomar la senda de
Pamplona. Por el camino iba pensando que deba dar por suficientemente
apurados los medios de investigar el paradero del pobre enfermo
fugitivo, pues no daban noticias de l en todo el territorio de la
Amezcua. De seguirlo buscando, era preciso recorrer minuciosamente la
Navarra entera, para lo que no bastaran dos ni tres aos. Pero Dios que
lo haba dispuesto de otra manera, hizo que cuando haba perdido la
esperanza de tener noticias del desgraciado Navarro, las tuviese
autnticas por un testigo de vista. Loado sea Dios. El Sr. Garrote
viva, aunque en estado deplorable, pues haba llegado a servir de
diversin a los chicos. Hallbase cerca de Elizondo en un casero, al
cual baj desde los Alduides a mediados de Marzo. Era ya evidente que el
fugitivo al escaparse de Pamplona haba salido a Villaba, y tomando el
valle del Arga haba subido a la sierra, en cuyos riscos y espesuras
pas, no se sabe cmo, la mayor parte del tiempo de su misteriosa
peregrinacin.

Saber el otro estas noticias y ponerse en camino para el Baztn fue todo
uno. Las facciones de Eraso, que operaban por aquella parte, le
impidieron la marcha muchas veces, detenindole das y ms das, a veces
no sin riesgo de su vida; pero al fin, a principios de Mayo vio las
casas de Elizondo. Hallbase en tierra carlista, absolutamente dominada
por las facciones.

La casa en que le dijeron hallarse su hermano estaba a tres cuartos de
legua de Elizondo por el camino de Urdax. Presentose en ella y su
asombro fue grande al ver que el demente, lejos de servir de diversin a
los chicos, pasaba en el pas por un hombre pacfico y hasta razonable.
La casa era viejsima y ruinosa, de esas que despus de haber sido
palacio de ricos pasan a ser morada de labradores miserables. Habitbala
una mujer con cuatro chicos menores. El esposo y dos hijos adolescentes
estaban en la accin. Personas, vivienda, mueblaje, animales domsticos,
todo all tena un triste sello de abandono, indigencia y atraso. Cuando
Salvador pregunt por su hermano, la mujer refiri que el Sr. Navarro
haba sido hallado una noche sobre la nieve, como muerto; que le haban
conducido en hombros a aquella casa, donde an segua por no poder
moverse, a causa de la perlesa que le coga medio cuerpo. Salvador
subi, y vio a su hermano arrojado en el ms desigual y abominable
jergn que ha sostenido cuerpos en el mundo. El cuarto corresponda a la
cama y el enfermo no desmereca de tan atroz conjunto. Tendido a lo
largo, D. Carlos se apoyaba en el codo izquierdo. Delante tena una
silla, sobre la cual haba un papel, y en aquel papel fijaba los ojos y
la mano vacilante, trazando, al parecer lneas o puntos. Aquello, que
tena aspecto de mapa, absorba tan profundamente su atencin, que no
alz los ojos de la silla cuando sinti los pasos de su hermano cerca de
s:

--Quin es? quin me interrumpe?--dijo sin apartar la mirada del papel--.
No quiero que me interrumpa nadie ahora. No he encontrado todava el
sitio ms a propsito para dar la batalla; pero ya me parece que le
tengo, ya le tengo.... Sr. Eraso, ve usted esta lnea?

Como no recibiera contestacin volvi a decir:

--Ve usted esta lnea? Pues las fuerzas de usted no me han de pasar de
esta lnea... aqu.

Alzando entonces los ojos vio a su hermano, y fue tal su sorpresa que se
le cay el lpiz de la mano y estuvo como lelo bastante tiempo.

--Ya ests aqu otra vez?--dijo con ahogada voz.

Pareca tener miedo. Salvador observaba en la fisonoma de su hermano
los estragos de la enfermedad. Estaba cadavrico. Slo la mitad de su
cuerpo se mova difcil y temblorosamente, y a veces la lengua no le
obedeca bien y trituraba las palabras.

--S--dijo Salvador--. Me dijeron que estabas muy solo, y he venido a
hacerte compaa.

--No la necesito--replic Carlos con desprecio--. Yo crea estar ya libre
de tus beneficios, y vienes otra vez con ellos.

--No los aceptes si no quieres. Cuando me lo mandes me marchar.

Diciendo esto Salvador busc con sus ojos una silla; pero como no era
fcil que la encontrase aunque la buscase con los ojos de todo el gnero
humano, sentose a los pies de la cama.

--Bueno, pues ahora mismo. Temo que tu presencia me estorbe para
encontrar el sitio ms a propsito para la batalla.... Vete, ya estoy
turbado, ya se me han ido las ideas, ya no s lo que pasa en m. T
tienes la culpa, t, que hace tiempo te has propuesto trastornar todas
mis ideas.

--Sabes--dijo Salvador--que ests muy mal alojado?

--Me encuentro bien aqu. Cuando mejore de mi herida....

--Ests herido?

--S... el lado izquierdo... poca cosa.... Cuando mejore, seguir mi
camino, y hallado el sitio ms a propsito....

--Ven conmigo, y yo te aseguro que encontraremos juntos el mejor sitio
para esa batalla.

Esto deca cuando empez a llover. El agua entraba por el techo, que
tena ms agujeros que una criba, y despus que las gotas salpicaron de
agua el suelo polvoroso, siguieron menudos chorros que formaban charcos
en diversos puntos.

--Esto es vivir en campo raso--dijo Salvador con escalofro--. Sabes que
me parece has encontrado el sitio de la batalla?

--Cul?

--Este pramo.... Es indispensable que salgas de aqu.

--Choza o palacio--dijo el enfermo en tono solemne y sentencioso--son
iguales para m.

--Es que ests muy enfermo.

--No importa.

--Y estars peor cada da.

--No importa.

--Y en este sitio no podrs restablecerte.

--Te digo que no importa--grit Navarro exaltndose--. Haras bien en
dejarme solo.

Salvador pens que no haba ms remedio que recurrir a la fuerza. Sin
embargo, trat de apurar todos los recursos de su ingenio para
dominarle.

--Estbamos tan bien en nuestra casa de Pamplona!...--dijo con pena--.
Nada faltaba all.

--Pero sobraban muchas cosas.

--Qu?

--Tus beneficios tus cuidados, tu... t!...--grit agrandando la voz a
cada palabra--. Como me llamo Zumalacrregui, as es verdad que me
incomodan tus beneficios. No quiero nada tuyo.

Salvador call. Un hilo de agua que cay del techo sobre su cabeza,
obligole a apartarse de all. El viento entraba por distintos lados
formando pequeas tempestades que arrebataron de la silla el papel en
que Navarro trazaba sus garabatos, llevndolo al otro extremo de la
titulada habitacin.

--Mi plano...!--dijo Carlos extendiendo su brazo.

Salvador se lo alcanz.

En la desvencijada escalera de la casa hacan tal ruido los cuatro
chicos, hijos de la aldeana propietaria de tan singular edificio, que
bastara aquella msica para volver loco a cualquiera que en tales
regiones habitase.




-XXIII-


Monsalud decidi buscar inmediatamente mejor albergue. Sali, recorri
todo Elizondo. Al fin tuvo la bondad de proporcionarle alojamiento en su
propio domicilio el cura del pueblo, anciano muy respetable y sencillo.
Por la noche, aprovechando la ocasin en que el enfermo dorma
profundamente, tomronle en brazos cuatro robustas mujeres y le
condujeron a la nueva vivienda, no sin que se resistiese en el camino,
aunque sin lograr soltarse, por haber sido fuertemente sujeto. El motivo
de ser llevado por manos femeninas fue que en Elizondo, como en todo el
territorio del Baztn, escaseaban los hombres, hasta el punto de que las
faenas ms rudas eran desempeadas por nios y mujeres. Durante los
cuarenta das que pasaron ambos hermanos en casa del cura de Elizondo,
nada ocurri de memorable, si no es un ligero alivio de Carlos y la
constante humanidad de Salvador, que preparaba lo necesario para sacar
al enfermo de aquel pas y conducirle a un asilo de orates. Necesitaba
un buen coche, dos o tres personas, que le acompaaran y sirvieran, y un
permiso de las autoridades carlistas para recorrer toda Navarra sin ser
molestados ni detenidos. Todo esto era de dificilsima adquisicin; pero
al fin, con paciencia, actividad y repetidos desembolsos, venci las
contrariedades y se dispuso a partir.

Una noche del mes de Julio las facciones se presentaron en Elizondo.
Bajaban por aquellos cerros, como bestias hambrientas, y sus gestos, sus
pisadas, la viveza de su andar, el estrpito de las armas ponan miedo
en el corazn ms esforzado. Por todas las entradas del valle aparecan
cuadrillas de facciosos, vestidos de zamarra, cubiertos con la boina
blanca o azul y calzados con alpargatas o zapatos rotos. Al anochecer,
Elizondo estaba lleno, y an entraban ms. La ferocidad pintada en los
semblantes no exclua la expresin de sufrimiento por las privaciones y
trabajos; pero estaban alegres, cantaban, rean y se las prometan muy
felices. En las filas se codeaban los muchachos con los viejos, y al
lado del nio, precoz guerrero lleno de ilusiones de gloria, estaba el
veterano que se haba batido en las campaas heroicas del ao 8. Las
estaturas eran tan desacordes, que la bayoneta del enano tocaba los
doblados hombros del gigante. Por la desigualdad, por la irregularidad,
por el valor ciego y salvaje, por la fe estpida y la sobriedad casi
inverosmil, a ningn ejrcito conocido podran compararse, como no
fuera a los ejrcitos de Mahoma.

A la maana siguiente salieron muchos para Urdax. Los dems tomaron
posiciones en las alturas. Se les vela subir como gatos, escalando los
empinados cerros con agilidad increble. El calor les haca tan poca
impresin como les habla hecho el fro. Tenan cara de pergamino,
msculos de acero, corazn de piedra y sesos de algodn, que ni el sol
derreta ni el pensamiento inflamaba jams. La guerra haba llegado a
ser en ellos fenmeno de costumbre, un estado normal, admirablemente
conformado con su naturaleza agreste, dura, sufrida, refractaria a las
fatigas como a las ideas, y con especialidad inclinada al movimiento. Si
no hubiera habido montaas, las habran hecho para subir y esconderse en
ellas.

Por la noche, tres jinetes llegaron a casa del cura. Seguales numerosa
escolta. Se apearon y los tres entraron. Uno de ellos era de buena
estatura y a todos infunda un respeto que ms bien pareca miedo o
supersticin. El cura se arrodill delante de l y le bes la mano. Su
Majestad (pues no era otro) manifest deseos de descansar. Tena mucha
jaqueca y ningn apetito. Subi, encerrose en la habitacin que se lo
tena preparada. Ordenose el mayor silencio para no molestar a Su
Majestad, que no quiso tomar ms que un huevo cocido y un poco de
chocolate claro. Pidi agua helada; pero en esto no le podan complacer.
Quedose solo, y al poco rato llam pidiendo le llevaran una venda y un
poco de sebo para ponrselo en la frente. Uno de los que le haban
acompaado entr a darle lo que peda, y despus Su Real Majestad se
acost y apag la luz. Durante dos horas rein el ms profundo silencio,
y el cura andaba casi a gatas por no hacer ruido que pudiera turbar el
sueo del primero de los facciosos. Pero de repente son en las calles
de Elizondo estrpito de caballera; llegaron muchos jinetes a la casa
del prroco; se apearon y el jefe de ellos entr en la casa sin pedir
permiso ni hacer caso del cura, que sali trinando y bufando a pedir
cuenta de tan irreverentes ruidos. A pesar de esto, la calidad del
personaje exiga que se pasase recado a Su Majestad. Hicironlo as y el
Soberano mand que entrase al momento Zumalacrregui. Oyose la voz del
Rey que deca:

--Traigan una luz.

Zumalacrregui estaba en el pasillo, boina en mano.

--Venga la luz--dijo, cogindola de las manos del cura que con ella vena
presuroso.

Era una vela, puesta no muy gallardamente en un candelero de barro. Se
acerc Zumalacrregui y entr en el cuarto oscuro. Su Majestad se haba
incorporado en el lecho. An tena puesta la venda. El general avanz
lentamente, con respeto y cortedad. Extendi la mano con el candelero.
La luz ilumin de lleno el semblante de D. Carlos, en el cual no
resplandeca ningn destello ni aun chispa leve de inteligencia. Con la
venda, la palidez, el bigote afeitado (a causa del disfraz del viaje),
si no era una cara estpida estaba muy cerca de serlo. Zumalacrregui
dijo con voz ahogada por la emocin:--Seor: y se inclin. Pareca un
pino que se dobla.

--Acrcate--dijo el Rey alargando su mano.

El general dej el candelero de barro sobre la mesa, y acercndose al
lecho puso una rodilla en tierra. Segua conmovido. El Rey recibi, con
jbilo que no podra definirse, aquel primer homenaje tributado a su
reciente majestad por el ms ilustre y ms poderoso de sus vasallos.

Zumalacrregui encendi despus en la vela que haba trado la que
apagada estaba en la real estancia. Las dos luces, a pesar de aumentar
la claridad, hacan ms lgubre el desmantelado recinto. El Rey y el
general hablaron.

En tanto dos hombres que en un apartado y estrecho cuarto del piso bajo
de la casa parroquial estaban, entretenan el insomnio charlando acerca
del suceso que motivaba tanto ruido y tan extremosas entradas y salidas
de gente.

--Quin anda por ah, que tanto ruido hace?--pregunt Navarro a su
hermano.

--No es cosa que deba desvelarte, porque ni a ti ni a m nos interesa.
Esta noche duerme en casa del seor cura un desgraciado loco que va de
paso.

--Para donde?... Y cul es su mana?

--La ms extraa y disparatada que puedes imaginar. Ha dado en creer y
sostener que es Rey de Espaa.

--Y quin lo conduce?

--Otros tan locos como l.

--Eso no puede ser--dijo Navarro prontamente--, porque los locos no
conducen a los locos.... Alguien habr entre ellos que tenga razn.

Aquella tarde haba hablado el anciano cura de la probable entrada de D.
Carlos en el Baztn y de la aproximacin de las tropas de Zumalacrregui
y Eraso para proteger la entrada del Rey y hacerle los primeros honores.
Recordndolo, dijo Navarro con cierta exaltacin que encandilaba sus
extraviados ojos.

--Este ruido, este ir y venir, este pisar de caballos, no pueden ser otra
cosa ms que la entrada de Su Majestad, y como yo he venido aqu con mi
ejrcito para esperarle, conferenciar con l y recibir sus reales
rdenes, voy a vestirme al momento y a subir, porque no conviene que
aguarde nuestro seor.

Arrojose del lecho, y no poco trabajo cost a Salvador detenerle.
Empleando argumentos ingeniosos, y a ratos la fuerza, pudo calmarle
repitiendo lo del loco conducido por locos.

--Su Majestad no vendr todava--aadi--. Yo te juro por el nombre que
llevas que sers el primero que sepa su llegada.

Poco despus Navarro dorma, y en su febril sueo recibi a Su Majestad,
le rindi pleito homenaje; odas sus rdenes, le llev consigo al teatro
de la guerra. Al despertar, su decaimiento era tan grande como si
acabara de ganar treinta batallas y de recorrer a caballo sin descanso
toda Navarra. Ardiente fiebre le consuma, y la inercia de la mitad de
su cuerpo era casi absoluta. Salvador tena ya dispuesto todo lo
necesario para llevrselo. No le faltaba ms que un salvo-conducto para
recorrer sin tropiezo el territorio dominado por los carlistas, y
Zumalacrregui se lo dio aquella noche de muy buena voluntad. Pero un
mdico que acompaaba al General en jefe vio a Navarro y examinndole
cuidadosamente, asegur que, si bien el cambio de clima le sera de
grandsima ventaja, no estaba en situacin de emprender un viaje. Sus
das estaban contados. La parlisis hara pronto nuevas invasiones y los
centros nerviosos no tenan poder para defenderse. En vista de esto
resolvi Salvador esperar all el triste desenlace, aunque tardara algn
tiempo; pero no quiso Dios que el martirio del uno y la dolorosa
expectacin del otro se prolongasen mucho, porque a la tarde siguiente
Navarro fue acometido de un accidente convulsivo, despus del cual qued
sin conocimiento. Toda la noche la pas as, de lo que Salvador y el
cura coligieron que entregaba su alma al Seor, sin decir ni hacer ms
locuras. Pero por la maana volvi en su acuerdo, y dando una gran voz
llam a su hermano y le rog que se sentara junto a la cama para
responder a las preguntas que a hacerle iba. Garrote empez por
desperezarse, estirndose tanto que cada remo pareca dispuesto a
arrancarse por s mismo del tronco y a caer al suelo por los lados de la
cama. Las contracciones de la cara y el crujir de huesos eran como si el
hombre despertase, ms que del sueo de una noche, de un encantamiento
de siglos. Luego clav los ojos en su hermano y le dijo:

--Vas a hablarme con franqueza. He hecho muchos disparates? he dicho
muchas necedades?

--Ni una cosa ni otra--replic caritativamente Monsalud--. Todos estn
acordes en juzgarte bien y es cosa indudable que diriges admirablemente
la guerra, llevando la bandera absolutista de victoria en victoria.

--No, no, no--dijo Navarro demostrando grandsimo dolor--, yo no soy
Zumalacrregui, yo no soy lo que mi cerebro abrasado y enfermo me
fingi. De repente, lo mismo que se rasga un velo, se ha roto en mi
cerebro no s qu cortina de telaraas, y aqu me tienes con una
claridad en el pensar y un tino en el discurrir cual creo no los he
tenido en mi vida. Pasmado estoy de que un hombre como yo, jams
inclinado a fantasas ni figuraciones, haya estado por tanto tiempo... y
a propsito de tiempo.... en qu da vivimos? Vuelvo del pas de la
necedad, donde no rigen almanaques.

Salvador le dijo la fecha, y Navarro prosigui:

--No se han borrado de mi mente estos das tristes, pero la nocin que
tengo de ellos es muy oscura. S que he credo ser Zumalacrregui,
aunque si he de decirte verdad, an en los momentos de ms exaltada
demencia haba en el fondo de mi alma ciertas dudas... quiero decir, que
no estaba yo completamente seguro de ser lo que deca, y mis dos
personas, la verdica y la falsa se confundan y se separaban por
momentos.... La mana de ser Zumalacrregui naci en m del deseo de
emularle. Yo vine al Norte convencido de mi valer y seguro de formar con
las facciones de este pas un ejrcito irresistible. En suma, yo pensaba
hacer todo lo que hace Zumalacrregui, y dicho sea sin jactancia ni
locura, creo firmemente que lo habra hecho lo mismo y quizs mejor, si
Dios no hubiera dispuesto que se trocaran los papeles; que todas mis
ideas las pusiese l en prctica y mis planes todos pasasen a ser obra y
provecho suyo.... Ya es tarde; pasa el tiempo y yo me muero, porque
seguramente esta vuelta ma a la razn, es como en D. Quijote, seal de
muerte prxima.

No lo crey as Salvador, vindole con tan buenas explicaderas, sereno
de aspecto y fcil de palabra. Contento de este cambio que pareca
milagro, le reanim con palabras cariosas y le hizo un resumen del
estado de la guerra y de la poltica. Pero Navarro no pareci
interesarse mucho en estas cosas profanas, y dando un gran suspiro, dijo
as:

--La salvacin de mi alma es lo que me interesa; que lo dems, como cosa
del mundo, acab para m. Venga un cura, que me quiero confesar.

Salvador pens en el cura de Elizondo, a cuya generosidad deban su
asilo; pero como Navarro se enterase de que haba venido con las tropas
el padre Zorraqun, su antiguo amigo, quiso verle y que fuese l quien
le ayudara a bien morir oyendo la confesin sincera de sus culpas.
Salvador le busc por todo el pueblo y al fin hall al cura historiador
y guerrero en una taberna, escanciando con marcial donaire una azumbre
de vino, ganada al juego de las damas la noche antes.

Acudi Zorraqun al llamamiento de su amigo. Cuando este sala del
segundo desmayo, que fue ms profundo y grave que el primero, vio entrar
en la alcoba, anuncindose antes con rechinar de espuelas y resoplidos
de cansancio, un figurn inverosmil y que en otras circunstancias
habra trado al moribundo, en vez de consuelo, una agona mayor que la
de la misma muerte. Tambin vinieron a verle Orican y Zugarramurdi, que
le haban abandonado cuando cay prisionero. Recibioles con
indiferencia, y ellos se retiraron pronto.

La cara de Zorraqun, que rapada era bondadosa, desapareca ya entre un
velln spero, negro y erizado, como bala de lana sin cardar. Los ojos
pequeos, la nariz agarbanzada y la desabrida sonrisa del capelln
apenas se abran paso por tan enmaraado bosque de pelos. La boina
blanca cada de un lado pareca impedir con su peso que el cabello, no
menos spero que la barba, tomase la direccin del techo, como un
escobilln que se cree ciprs. En la zamarreta del cura veanse diversos
cintajos que manifestaban sus grados y condecoraciones. El sable le
arrastraba por el suelo, sonando a pandereta rota. Las botas
desaparecan bajo salpicaduras de fango; las pistolas eran negras como
la zamarra, y las manos de color de hierro viejo. Por donde quiera que
iba el guerrero, difunda en torno suyo un complejo olor a plvora, a
cuadra y a vino.

--Vamos, vamos, Sr. D. Carlos--dijo Zorraqun abrazando al enfermo--. Ahora
que los dedos se nos hacen triunfos, y tenemos a nuestro Rey con
nosotros, y nos preparamos para ir sobre Madrid se le antoja a usted
morirse? Eso no se puede consentir.

Navarro se acongoj mucho y dijo que la voluntad de Dios no le permita
guerrear en aquella grande y sublime campaa. Hablaron un momento del
alma y de la bondad de Dios. Zorraqun hall en su espritu cierta
dificultad para retrotraerse a su antiguo oficio, tan distinto del que
entonces tena; pero al fin pudo vencer su desgana de or pecados.
Quitose la boina, sentose, apoy el codo izquierdo en la cama, y
acariciando con la derecha mano el sable, preparose a escuchar la
confesin de su infeliz amigo.

Navarro no fue breve en aquella ocasin, y los escrpulos sucedan a los
escrpulos, las consultas a las consultas. Al principio le oy con
paciencia y bondad Zorraqun, dirigiendo al penitente los ms
edificantes consuelos; pero tanto y tanto machacaba Navarro, y
dimensiones tales daba al acto de limpiar su conciencia, que el buen
clrigo no pudo menos de considerar cun incompatibles eran en aquel
caso las funciones de comandante de armas y las de pastor de almas.
Empez a sonar en el pueblo ruido de tambores tocando llamada. El
ejrcito se iba a poner en marcha, y hteme aqu a uno de los ms
importantes jefes clavado al lecho de un moribundo. Abandonar a este
cuando ms contrito pareca y ms necesitado de consuelos, era
imposible, y dejar de acudir a donde el honor militar y el deber le
llamaban tambin era imposible para Zorraqun. Colocado l entre estos
dos imposibles, padeci horriblemente en breves instantes. Los toques de
clarn y tambor arreciaban y se sentan pasar las tropas por la calle
con algazara y gritos. Las pisadas de tantos hombres producan hondo
rumor, como mugido lejansimo de la tierra por tantos pies herida.
Cuando Zorraqun oy el piafar de los caballos, no supo lo que por s
pasaba y un sudor se le iba y otro se le vena, mientras D. Carlos
Garrote, charla que charla, no se contentaba con hablar de s y de su
conciencia, sino que se entraba en ciertos laberintos de teologas. No
le haca ya maldito caso Zorraqun, y acariciaba el sable, como si fuera
aquella arma necesaria para encaminar almas al cielo; mova
alternativamente una y otra pierna, resollaba fuerte, se acariciaba la
cerdosa barba, hasta que una destemplada voz son en la calle,
gritando... Zorraqun! y tras esta palabra otra no muy edificante ni
culta. Como si estallara dentro de su cuerpo un petardo, se levant el
confesor. No se haba podido contener.

--Usted me... dispensar, Sr. D. Carlos--dijo con torpe lengua--, pero mis
deberes militares.... No se pertenece uno desde que se mete en ciertos
trotes.

--S, s... vaya usted.... Cuntos hombres hay en Elizondo?

--Doce mil y ochenta caballos. Con permiso de usted....

Y extendiendo su brazo, murmur muy a prisa latines que ms bien
parecan escupidos que hablados. Desde la puerta dijo _ego te absolvo_;
hizo la seal de la cruz como quien da bofetadas en el aire, y ech a
correr, arrastrando el sable y tropezando contra todo lo que se hallaba
a su paso. Pareca una bestia recin escapada de la jaula, que busca su
libertad entre la muchedumbre. Navarro, al verle salir, dio un gran
suspiro. Era porque su conciencia estaba an algo turbada o por
desconsuelo de que sus amigos guerrearan mientras l se mora?

Dejemos a Zorraqun subiendo a su caballo, cosa para l bien distinta de
subir al plpito. La tropa carlista sala de Elizondo. En el centro iba
D. Carlos con su Estado Mayor de clrigos y generales, y a la cola
algunos carros con vituallas y coches con damas y palaciegos de la corte
que empezaba a formarse. El reino apcrifo no se habra credo con visos
de verdadero, si no tuviera su cola de rabillos de lagartija.

Navarro empez a decaer despus de la confesin, y se aplan tanto
aquella noche, que no poda moverse y hablaba con mucha dificultad. Su
hermano no se mova de su lado.

--Tengo que hablarte--le dijo Carlos, esforzndose en sacar del pecho la
voz--. Yo me muero y no quiero morirme sin confesar que te debo inmensos
beneficios, que te has conducido cristianamente conmigo. Si viviera ms,
podra llegar a quererte?

--Si vives (y no debemos perder la esperanza de ello), nos separaremos, y
no tendrs t el enojo de agradecerme ni yo la necesidad de servirte.

--Pues bien, por ms que se empeen en unirnos la Naturaleza y el mundo,
tienes unas cosas.... Dame agua....

Salvador le dio agua. El beber reanim un tanto al enfermo, que pudo
decir esto:

--Qu habra sido de m sin tu ayuda, sin tu generosidad en estos meses
de locura y abandono!... Mucho te debo, mucho. Se me viene a la boca la
palabra hermano, las palabras hermano querido, y sin embargo.... Dame
ms agua.

--No te sofoques. Tiempo tendrs de decirme lo que quieras.... No
necesitas darme satisfaccin de nada. Lo que he hecho contigo, por deber
lo hice, no por jactancia, por impulso de mi conciencia, no por
humillarte con beneficios que contrastaran con tus crueldades. Si vives,
no quiero de ti ms que olvido, olvido de todo.

--S que debo perdn a todos los que me han ofendido; pero hay ofensas
que no se pueden perdonar. No est en nuestro poder perdonar, por ms
que lo digan Zorraqun y todos los clrigos juntos.... Yo me
muero--aadi haciendo un esfuerzo para detener la palabra que se iba,
abriendo paso a la vida que se iba tambin--, yo me acabo. T vivirs,
volvers a Madrid, vers a la que fue tormento y bochorno de mi vida.
Dile... dile que no la perdono, que no la puedo perdonar.

Salvador le dio la mano. Navarro, tomndola, la apret en la suya
fuertemente. Le mir con espanto. En aquel momento postrero pareca que
se reproducan en su alma todas las amarguras de su vida y que
espantosas imgenes le turbaban la vista. Con voz que pareca un
suspiro, pronunci estas palabras, aflojando los msculos de la mano con
que estrechaba la de su hermano:

--Ni a ti tampoco!

Y dejando caer la cabeza sobre el pecho, dej de existir.

Extraa cosa! Cuando lleg el momento de dar sepultura al valiente
soldado, vctima de una dolencia nacida de sus propias melancolas y de
su irritable carcter, no se encontraron hombres que cargaran aquel
desfigurado y un tiempo hermoso cuerpo. Todos los hombres de Elizondo
estaban en la faccin. Las mujeres prestronse gustosas a conducir el
cadver; pero como el cementerio estaba muy cerca de la casa del cura,
Salvador tom en sus brazos el cuerpo fro, y acompaado del cura y
sacristn, precedido de una turba de chiquillos y seguido de dos docenas
de mujeres curiosas, le deposit junto al hoyo. Con ayuda de femeninas
manos fue bajado a lo profundo y se le ech mucha tierra encima. El da
estaba hmedo, la tierra blanda, el cielo triste y lacrimoso.

Aquella misma tarde parti Salvador de Elizondo, deseando huir de un
pas que le infunda repugnancia y miedo, a causa de las muchas locuras
que en l haba visto; y as como el que visita una casa de orates se
siente tocado de enajenacin y con cierto misterioso impulso de imitar
los disparates que ve, senta nuestro hombre en s cierta levadura
recndita de demencia, por lo cual se ech fuera a toda prisa. Un hombre
que se cree Zumalacrregui, un Zumalacrregui autntico que sacrifica su
genio y su dignidad militar a ambicioso prncipe sin ms talento que su
fatuidad ni ms idea que su ambicin; un pas que abandona en masa
hogares, trabajo, campo y familia por conquistar una soberana que no es
la suya y una corona que no ha de aumentar sus derechos; ros de sangre
derramados diariamente entre hombres de una misma Nacin; clrigos que
esgrimen espadas, moribundos que se confiesan con capitanes, villas
pobladas por mujeres y chiquillos; cerros erizados de frailes y poblados
de hombres lobos, que deliran con la matanza y el pillaje, son
incongruencias que repetidas y condensadas en un solo da y lugar pueden
hacer perder el juicio a la mejor templada cabeza y hacer dudar de que
habitamos un pas cristiano y de que el Rey de la civilizacin es el
hombre. As lo pensaba Salvador, huyendo de Elizondo y de Navarra, como
el que huye de una epidemia, Deseando perder de vista pronto a la gente
facciosa y el sangriento teatro de sus hazaas, tom el camino de Urdax
con nimo de salir de Navarra por los Pirineos y entrar en la Espaa
Isabelina por la Francia Orleanista.




-XXIV-


_Rodfriquine, vidiste hodie ceremoniam in capella Dolorosae?_

_--Eheu! amice. Vidi (et invideo) satisfactionem Agni Benedictinei (vel
Benigni Corderi) in desposorium suum cum puella._

_--Quid tibi videtur?_

_--Ille senex, superlative frescachona illa. Matrimonius slultus!
Acababerit sicut rosarium albae matutinae._

_--Oh fortunate senex!_

_--Oh terque quaterque beatus! Ille laetificat senectutem suam cum moza
matrimoniale (vel uxore) dum nobis nulla res amatoria licet. Miserere
nobis, Domine, miserere nobis, qui Thesaurum Calepinum et horridos
mamotretos desposamus! Gramatica muchacha nostra est._

_--Eheu!... pergaminosa et frigidissima uxor semper nobiscum in aula,
in mensa, in thoro!..._

Al or este dilogo se comprender que anda por aqu el maligno y
siempre macarrnico D. Rodrigun. En efecto, l era quien sostena esta
conversacin latina con otro colegial no menos travieso, valindose para
ello de una especie de comunicacin postal establecida debajo de las
carpetas por medio de un hilo corredizo que funcionaba de un puesto a
otro a escondidas de los dems colegiales y de los padres. Ambos amigos
afectaban hallarse muy ocupados en sus tareas estudiantiles. Ni con
rumor, ni con miradas, turbaban el silencio plcido de la sala de
estudio. Los asientos de uno y otro estaban cerca. El hilo corra
suavemente por debajo de las mesas, llevando y trayendo un papelito, en
el cual cada uno escriba su macarrn, referente por lo comn a los
sucesos del da, y as pasaban las horas dulcemente entretenidos con
gran detrimento de la leccin sealada. A veces funcionaba el telgrafo
sub--carpetano tan slo para observar que al padre Fernndez se le caa
la baba o que al padre Sols se le rodaba el bonete. Por poco versado
que el lector est en humanidades macarrnicas, habr deducido del
dilogo trascrito que aquella maana se haba casado D. Benigno Cordero
en la capilla de los Dolores de San Isidro. Este gran suceso se verific
a fines de Junio.

Estuvo D. Benigno en aquella ocasin sereno y grave, como hombre que da
cumplimiento al ms importante de los deberes. Sola pareca contenta sin
afectacin, los muchachos estaban alegres y Crucita renegando. La
bendicin fue dada por el padre Gracin, con quien celebr Cordero larga
conferencia en la tarde de aquel da cien veces fausto.

Dejemos ahora a esta digna familia, para quien parecern siempre pocas
todas las bendiciones del cielo, y sigamos al venerable jesuita, cuyos
pasos son ahora del mayor inters. Acompaado del joven que sola pasear
con l, sali del Colegio Imperial, tom por la calle de los Estudios, y
entrando en la de las Maldonadas, detuvo sus pasos en la puerta de un
llamado establecimiento, cuyo nombre ms propio fuera tenducho. Mir
adentro, no vio a nadie, volvi a mirar, llamando, y al conjuro de la
voz, moviose un enorme tinajn de hacer buuelos que arrinconado estaba.
Cay de l una estera vieja, apartronse dos escobas, y por el hueco que
del movimiento de estas piezas resultara, viose aparecer una figura de
mujercilla raqutica, que se adelant cojeando.

--Romualda, qu hacas ah?

La muchacha se restreg los ojos.

--Estaba durmiendo--replic.

--Y as cuidas t la tienda?

La tienda! Slo por prurito de hacer hiprboles poda darse este nombre
al mezquino aguaducho, consistente en media docena de botellas, un gran
tarro de cerezas en aguardiente, caja de latn con delantera de vidrio,
medio llena de bollos y azucarillos, y un par de botijos de agua de la
Arganzuela.

--Tena mucho sueo--dijo Romualda--. Anoche me tuvieron en vela esperando
a padre Lpez, que vino entre dos luces.

--Embriagado tal vez.... Bendito Dios!... Y ahora est tu padre en
casa?

--No lo s... subir. Mi madrastra est en la cama.

--Sube, y si est tu padre, dile que baje al momento. Necesito darle un
recado.

Mientras Romualda sube, dejando al buen clrigo y su acompaante en la
puerta del establecimiento, digamos cmo de la opulencia y desahogo de
la carnecera pas aquella desmoralizada familia a la estrechez de un
miserable comercio de agua y vino. En casa donde no existen ni los
vnculos ni los afectos que constituyen la familia, donde la paz deja su
puesto a la discordia y los vicios ocupan el lugar de la economa y la
sobriedad, no pueden de modo alguno afincar las prosperidades. La
actividad de Nazaria y su inteligencia no bastaban a atenuar los malos
efectos de la holgazanera de Lpez, el cual no slo derrochaba en
torpes fraucachelas lo adquirido con sus malas artes y conexiones
polticas, sino que tambin saba apurar, dejndolos en las puras
tablas, los cajones del mostrador, llenos del pinge esquilmo de la
maana. Nazaria no gastaba en liviandades, pero s en lujo y ruinosos
caprichos. Empeaba una joya para comprar otra, y a ninguna prendera
dejaba salir de su casa sin quitarle de las manos, a cambio de buen
dinero, el rico mantn de Manila, la peineta de concha, el abanico de
marfil, los soberbios encajes flamencos y otras prendas valiosas que las
casas ricas de Madrid arrojan diariamente al oscuro mercado de lance. La
carnecera produca mucho; pero el gnero de Mortanchez y Candelario no
cae llovido del cielo, por lo que pronto empez a declinar la casa, y
dando tumbos y traspis cay, a la vuelta de un ao, en el abismo del
descrdito. Los acreedores se repartieron el botn y hubo una desbandada
de chorizos y una dispersin de jamones, que dieron mucho que hablar a
todo el barrio de San Milln. Los muebles de la casa fueron embargados,
y salieron en busca de ms seguro domicilio las imgenes y santicos,
juntamente con los toreros. Tres o cuatro puestos del Rastro lucieron
durante una semana parte muy principal del ajuar de la Pimentosa, que
slo pudo retener lo indispensable para no pedir un hueco en San
Bernardino, fundado por Pontejos en aquel mismo ao. Ciertos dineros no
muy lucidos que se salvaron del desastre casi por milagro sirvieron a la
viuda de Peralvillo para poner la tienda acutica antes descrita; y
entre aquellos cuatro fementidos trastos la infeliz mujer se meca otra
vez en locas ilusiones, pensando en volver a ser favorecida de la
fortuna, para sacar del comercio pequeito un trfico grande y rico.
Ella tena genio, saba comprar, saba vender, pero ignoraba el arte de
guardar, que es el arte de enriquecer. Su mala estrella o su naturaleza
fsica y moral (que esto no est bien averiguado) le agravaron el mal
que ha tiempo padeca, llegando al extremo de no tener hora de completo
sosiego; y si los duelos con pan son menos, la enfermedad acompaada de
duelos y quebrantos cierra la puerta a todo remedio. A la escasez se
unan las continuas reyertas domsticas para abatir ms el espritu de
la pobre viuda de Peralvillo y poner su estmago ms dolorido. Un hecho
importante ocurri poco despus de la ruina. No lo pasemos en silencio
por lo mucho que a ambos favorece. Se casaron; pero la legalizacin de
aquella inmoral alianza no la hizo ms pacfica, y despus de los
desposorios llev Lpez ms araazos en su rostro y ella mayor nmero de
cardenales en su hermoso cuerpo.

El desastroso acabamiento de D. Felicsimo y el desplome de la casa en
que viva pusieron a Tablas en gran desesperacin, porque l crea
segura una buena manda en el testamento de su protector. Como el
testamento no se encontr entre los escombros, o si se encontr lo
inutilizaron hbilmente Bragas y los de la curia, quedronse en ayunas
Lpez y los seores eclesisticos, que tambin tenan sus cinco sentidos
en las mandas de misas y legados piadosos. Del abintestato del Sr. de
Carnicero se haba aprovechado a sus anchas, sin el estorbo de repartir,
el siempre venturossimo Pipan, a quien el cielo depar un vstago a
los nueve meses (da ms da menos) de su matrimonio.

Chasqueado por aquella parte, Tablas se obstin ms y ms en apretar los
lazos que le unan a las sociedades secretas y al conventculo formado
por Aviraneta, Rufete y comparsa. Bien se comprende que Lpez, hombre
sin letras ni palabra, incapaz de formular discretamente un juicio ni de
aposentar una idea en la espesura de su cerebro, no poda ser en el club
populachero ms que un instrumento brutal para funcionar en das de
escndalo y gritero. Todos cuantos han tenido la desgracia de trabajar
en conspiraciones burdas saben perfectamente que los despabilados y
parlanchines forman a sus espaldas una guardia de hombres soeces y
brutales, que sirven para dar a la idea, en la ocasin precisa, su voz
estentrea, su brazo salvaje y su representacin apasionadamente
popular. Tablas era de esta guardia, mejor dicho, era el jefe de ella, y
haba conseguido llevar al club a otros mocetones, que ni desmerecan de
l en fuerzas corporales, ni le ganaban un ardite en talento.

Pero, desgraciadamente para l, las conspiraciones de aquel tiempo
carecan de fondos. Eran conspiraciones pobres, no por esto honradas. Se
esperaban auxilios; pero los auxilios no venan, porque los destinados a
darlos no haban llegado an a ese grado de candidez en que la ambicin
cierra los ojos y abre la mano.

Para atender a sus gastos, que no haba sabido disminuir despus de la
miseria, Tablas se coloc en el establecimiento de coches de la posada
del Dragn, con cuyo dueo tena amistad antigua. Pero su holgazanera
le vedaba siempre entrar en faenas duras, y slo se ocupaba de cuidar el
almacn de equipajes y encargos. En destino tan poco brillante aguardaba
el imaginario triunfo de aquellos buenos seores del club, tan sabios,
segn l, o la seal de armar camorra a las autoridades. El majadero de
Lpez estaba dispuesto a todo, apretado por la miseria, la envidia y los
apetitos que devoraban su alma.




-XXV-


Ya se cansaba de esperar el venerable Gracin, cuando apareci Romualda,
jadeante y sofocada. Por su conducto la seora Nazaria suplicaba al
Padre tuviera la bondad de subir, porque se encontraba muy mala. No
desoa jams esta clase de ruegos Gracin, que adems de eclesistico
bondadoso era mdico hbil, y precedido de la coja, llevando tras s al
cleriguito joven que le acompaaba, acometidos cien escalones que
conducan a la morada del infeliz matrimonio. Esta era muy humilde; pero
Nazaria, que tena instintos de embellecimiento domstico, la haba
arreglado de modo que pareciese menos fea de lo que realmente era.
Estaba la Pimentosa postrada en desvencijado sof. Haba desmerecido
tanto su persona desde el ao anterior que no pareca la misma. Aquel
continente de matrona, aquel aire simptico, aquel rostro lleno de
atractivos no eran ya sino sombra de s mismos. Gordura fofa en su
cuerpo, languidez en su semblante y un decaimiento general en su persona
toda anunciaban que la maja no volvera a ser lo que fue. A su lado
estaba la mujer demacrada, plida y huesuda que vimos en la buolera
algunos meses antes, y que haba permanecido al lado de su ama, como uno
de esos cortesanos de la desgracia que con menos mrito alardean de
fidelidad en esferas ms altas. A primera vista la mujer aquella pareca
imagen de la Muerte esperando su presa. Su brazo, que no deba de tener
ms que el hueso seco, se extenda oscilando con lgubre cadencia. Su
mano empuaba una rama de acacia, para espantar con ella las moscas que
molestaban a Nazaria.

Gracin y el otro clrigo se sentaron despus de saludar a la enferma
con mucho inters. Nazaria agradeci mucho la visita y estuvo quejndose
durante diez minutos, dando cuenta prolija de los distintos dolores que
senta, en partes diversas, los unos afilados como cuchillos, los otros
duros como pedradas, y algunos mltiples y horripilantes como el rasgar
de una sierra. Despus call. Gracin dijo solemnemente que ms, mucho
ms haba padecido Cristo por nosotros, y luego rein un silencio
tristsimo, durante el cual no se oa ms que el rumor de las hojuelas
de acacia, batiendo el aire y desconcertando las bandadas de moscas. Al
punto que estas vieron a los dos clrigos, se fueron derechas a ellos,
manifestando singular preferencia por el joven acompaante.

--Lo pasara menos mal--dijo Nazaria--, si no tuviera miedo, muchsimo
miedo a esa enfermedad que ha entrado ahora, y que, segn dicen, mata a
la gente en un abrir y cerrar de ojos.

--Se llama el _Clera_--dijo la flaca con vocecilla ronca que hizo
estremecer al curita.

Al decir esto Maricadalso (que as la llamaban) se asemej ms que nunca
a la madre Muerte, nombrando a una de las ms fnebres herramientas de
su oficio.

--El clera, s--dijo Gracin--. Esta epidemia viene del Ganges, de donde
saca su apellido de _asitica_. Ha empezado a hacer grandes estragos en
Europa, y Dios no ha querido librar a Espaa de tan tremendo azote.
Tengamos paciencia. Hasta ahora Madrid va librando bien. Las invasiones
no son muchas. Empez en Vallecas y parece como que va pasando de Norte
a Sur.

Nazaria le pregunt por los remedios que para tan atroz dolencia haban
descubierto las facultades, y Gracin, con apariencias de no creer mucho
en ellos, habl de varios, tales como friegas, infusiones tenas y
revulsivos. El mejor antdoto contra el mal era, a su juicio, el valor y
el desprecio del mal mismo.

--Entonces--dijo Nazaria con temblor y abatimiento--, esa maldita _clera
de Dios_ no me perdonar a m, porque le tengo ms miedo que a una
centella, y si miro a la puerta me parece que entra en figura de gente,
si miro a la ventana me parece que entra con el aire, con el sol y con
el polvo de la calle. No como, por miedo a que entre en mi cuerpo con la
comida, ni duermo temiendo que me coja en sueos y me lleve antes de
despertar.

Gracin se ri de estos pueriles temores, y tambin se habra redo el
subdicono si no estuviera muy ocupado en ahuyentar las moscas que
invadan su cara. Maricadalso le vio dando manotadas. Alargando la rama,
diole un escobazo en el rostro para lbrarle de la ferocidad insectil.

--Confianza en Dios y no dar a esta miserable existencia mundana ms
valor del que tiene, son los ms eficaces remedios--afirm Gracin con
autorizada voz.

La vocecilla ronca de Maricadalso se dej or. Pareca una corneja que
cantaba en la propia rama de acacia. Moviendo su cabeza con aire de
incredulidad, cant estas palabras:

--A m no me emboban. Esto no es epidemia que venga de las Asias, sino
_malos quereres_.

--Y a qu llama malos quereres, buena mujer?--pregunt Gracin riendo, no
tan fuerte como el subdicono, que solt una carcajada.

--Al mal tercio que hacen algunos, los malos... los pillos que quieren
que se acabe medio mundo para quedarse ellos solos.

--Y qu pillos son esos?

--Yo me lo s--dijo la imagen de la Muerte, cuyos ojos lucan en el
amarillo casco como agujeros de calavera--. Llaman clera al mal
querer!... ya, ya.... Ms vale que nos lleven a la horca que no
acabarnos de esta manera.

Estas misteriosas apreciaciones sobre cosa tan notoria como la
existencia de la epidemia no llam la atencin de Gracin, porque su
trato frecuente con el pueblo bajo de Madrid le haba acostumbrado a or
sin sorpresa los despropsitos del vulgo. Todo lo que es razonable y
conforme al sentido comn se resiste a la mente del vulgo. Para que en
l halle resonancia y acogida una idea es necesario que sea
perfectamente absurda.

--Seora Cadahalso--manifest con bondad el jesuita--, usted es de las que
ponen en duda que vuelan los pjaros, y creer que los bueyes se pasean
por los aires. Muy bien, con su pan se lo coma.

--Otros se comen nuestro pan, que no yo--dijo la espantosa mujer,
enseando sus dos filas de dientes iguales y puntiagudos--. Yo me s lo
que creo, y creo lo que yo me s.... Y toque su paternidad a otra
puerta, que ya vamos abriendo el ojo.

--Todo sea por Dios....

--Ms respeto, canalla, ms respeto--aadi Nazaria, tomando a su vez la
rama y azotando suavemente a la estampa de la Muerte--.... Seor cura, no
haga su merced caso, y dgame si para mi mal debo tomar una medicina que
me han recomendado.

--Cul es?...

--No es cosa de la botica, sino del cielo.

--No entiendo.

--Es cosa santa. Es un polvillo que dicen se saca de la cueva en que hizo
oracin San Ignacio.

--Ave Mara Pursima!--dijo Gracin llevndose las manos a la cabeza.

--Se espanta su merced?... Ese polvillo lo tiene, como gran reliquia, mi
seora Doa Josefa, la mujer de D. Pedro Rey. Dice que su nia
Perfectita san con l.

--Sacrilegio, profanacin!--exclam el jesuita--. Abuso nefando de las
cosas piadosas! Esa tierra bendita es un objeto de piedad que debe
venerarse como recuerdo de uno de los varones ms insignes que ha habido
en el mundo. Las cosas santas han de ser tratadas con mucho respeto y
puestas a tanta altura que no pueda llegar a ellas el charlatanismo. Dad
a Dios lo que es de Dios, y a la botica lo que a la botica pertenece, y
no mezclis berzas con capachos, o sea santidades con vomitivos.

Ms, mucho ms hubiera dicho el discreto clrigo, si en lo mejor de su
perorata no entrase Tablas, sorprendiendo a todos con los _buenos das_
que dio desde la puerta. Detenido en ella estuvo un buen rato mirando el
cuadro que las dos mujeres y los dos eclesisticos ofrecan. Entr al
fin; limpiose el sudor que mojaba su frente, y tomando una silla la
coloc con fuerte golpazo en el punto en que quera sentarse. Despus,
gesticulando con recia manotada, ech de s las moscas y dijo:

--Se ha muerto el boticario de la calle de Rodas y el carbonero de la
calle de las Velas. En la casa del to Caro no ha quedado ms que el
gato. Anoche no haba novedad, y esta maana la casa era un cementerio.

--No exagere usted--dijo amostazado el Padre Gracin, observando el mal
efecto que aquellas nuevas hacan en Nazaria--. Defunciones hay; pero no
en tal nmero.

--No se llaman defunciones; se llaman _casos_--replic con estpida risa
Tablas--. Y podr ser verdad lo que vuestra Paternidad dice; pero yo s
que anoche Gregorio Tinajas y yo, bebimos juntos una copa al salir de
cierta parte, y s tambin que le he visto hace un momento tieso y fro.

--Se ha muerto!--exclam Maricadalso con espanto.

--Como mi abuelo. Lo sientes t?

--Dgolo porque ya las pag todas juntas.

--Tambin se ha muerto la _Fraila_.

Nazaria cerr los ojos, no pudiendo cerrar los odos. Pero el atleta se
volvi a Maricadalso, y a boca de jarro le dispar estas palabras:

--Y tu hija, Maricadalso, tu hija Ildefonsa, iba ahora con un cntaro de
agua por la calle de la Paloma, y se cay en la calle, diciendo que se
mora....

--Mi hija!... T mientes.... Corro a ver....

Diciendo esto con entrecortados rugidos, Maricadalso salt de su
asiento, como azorado gato, y sali a escape. Oyronse sus violentes
pasos extinguindose en la escalera, como se apaga el ruido de la piedra
que chocando y rebotando se precipita en el abismo.

--Rumalda--dijo Tablas mirando a la cojuela que acababa de subir despus
de cerrada la tienda--; baja y treme tabaco.

--Romualda baj, y sus pasos lentos y fatigados resonaron por largo rato
en la escalera. Despus Tablas sigui enumerando muertos y enfermos, y
volvi a limpiarse el sudor. El calor era sofocante. La habitacin, no
bien templada por la oscuridad, pareca un horno por la proximidad del
tejado, donde caa como lluvia de fuego el ardiente sol de Julio.
Empezaba a caer la tarde, y el calor pareca aumentar en aquella hora a
causa de los vapores que del suelo se desprendan. El aire en calma no
daba ningn consuelo a los pulmones, y slo las moscas parecan
regocijarse en la pesada y miasmtica atmsfera, como sibaritas viviendo
en medio de todas las delicias que puede apetecer su naturaleza.

Gracin reprendi con cierta aspereza a Pedro Lpez su afn de dar
noticias fnebres que afligan y apocaban a la pobre enferma. Echose a
rer el brbaro, diciendo que l no tena miedo a _los cleras_ ni a
muertes de ninguna clase. Despus hablaron de lo que motiv la visita de
Gracin.

--Tengo aviso de Catalua de la remisin de un encargo que me interesa
mucho--dijo este sacando una carta--. Me dicen que recoja el bulto....
porque es un costal como de media fanega, Sr. Lpez... en la posada del
Dragn. He pasado varios avisos, y mi encargo no parece. Sr. Lpez, me
har usted el favor de buscar bien en el almacn, de preguntar a los
ordinarios y arrieros, de hacer, en fin, cuanto de su parte est para
que parezca ese bulto?

--Es fruta?

--No seor.

--Jamones?

--Tampoco. Es cosa de poco valor en s; pero que yo estimo en mucho. Es
un saco lleno de tierra. Debe venir perfectamente dispuesto y liado en
esteras.

--Ah!... Ser tierra de limpiar metales.

--Pagar dos veces el porte si parece y est intacto--dijo el reverendo
levantndose.

--No recibi vuestra Paternidad el ao pasado otro saco como ese por
conducto de D. Felicsimo?

--Justamente. Los padres de Manresa lo consignaron a D. Felicsimo. Y
usted mismo, Sr. Lpez, me lo llev a mi casa.

--Pues este lo llevar tambin.

--Gracias. Vmonos, Sancho.

Este nombre, aplicado al subdicono, dio por un momento al padre Gracin
cierta apariencia quijotesca. Pero no es aquel nombre capricho del
narrador. Llambase en efecto el subdicono Jos Sancho; era natural de
Palma de Mallorca, y tena veinticuatro aos de edad y siete de
Compaa.

Gracin procur animar con palabras consoladoras a Nazaria, exhortndola
a desechar su infundado temor, y despus de reiterar a Tablas la splica
que le hizo poco antes, sali de la casa escoltado por las moscas.

Aproximbase al Colegio Imperial, cuando un vil pillete que rasguaba
una destemplada guitarra se le puso delante, cortndole el paso, y con
voz que ms tena de infernal que de humana, cant esta copla:

          Muera Cristo,
          viva Luzbel!
          Muera D. Carlos,
          viva Isabel!

Apart suavemente el jesuita al cantor y sigui adelante. Pero Sancho
fue ms expresivo, y empuj al pillastre, expulsndole con violencia de
la acera. Instantneamente recibi en el hombro un golpe dado con la
guitarra. Los dos se hallaron frente a frente mirndose con ojos de ira.
Quizs habra seguido adelante la contienda, si Gracin no dijera con
voz reposada:--Sancho, qu es eso?

Ambos entraron en el Colegio. En la puerta oase un rugidillo que no por
ser infantil dejaba de ser insolente. Pareca el rumor de un poco de
plebe menuda de esa que suele encresparse en las plazuelas de verdura, y
que la autoridad sabe contener sin ms artillera que las escobas
municipales.




-XXVI-


En el claustro hall Gracin al Padre Francisco Sauri, buen sujeto,
cataln, ministro y procurador del seminario. Tena 39 aos y llevaba ya
17 de Compaa. Su celo por el esplendor de la casa era extraordinario.
Refiriole Gracin lo que haba odo cantar en la puerta, y Sauri le dijo
que aquel da haba recibido el rector diferentes avisos misteriosos,
unos amenazando, otros recomendando precauciones. El profesor de tica
no dio importancia al hecho, porque otras veces haban llegado a la casa
annimos espeluznantes, sin que ocurriese despus de ellos nada de
particular. En su celda le visit ms tarde el Padre Artigas,
bibliotecario, y hablaron de la guerra, leyendo luego muchas cartas y
papeles. Despus del refectorio se habl mucho de los annimos, de las
voces que corran, poco lisonjeras para los regulares, del clera
reciente y de otras zarandajas. Algo ms tarde los colegiales dorman
con la dulce tranquilidad de la infancia, y los Padres o dorman o
hacan penitencia en sus celdas.

Sin temor de equivocacin se habra podido asegurar que Gracin pas la
noche en austeridades atroces slo de l acometidas. La _inescobata
cellula_, haba perdido cantidad no pequea del _humus manresianus_ que
cubra su suelo; pero Gracin tuvo el gusto de recibir la nueva y
abundante remesa de aquel polvo al da siguiente de hacer al Sr. Tablas
la recomendacin que nuestros lectores conocen. Ocupbase aquella
maana, despus de la clase de tica, en extender por el suelo parte de
la tierra, cuando lo anunciaron la visita de D. Benigno Cordero. Hzole
entrar suspendiendo su tarea. El hroe popular y el jesuita se apretaron
afectuosamente las manos.

--Vamos--dijo Cordero sonriendo--, que bien podra entrar el arado en la
celda de usted.... Esto es un campo.

--Los rboles que nacen aqu no se ven--replic gravemente el jesuita
cortando las bromas--. Vamos a otra cosa. Ya s a lo que viene usted....
Siento decirle que no hay nada.

--No hay noticias?

--Ninguna.

Cordero cerr el pico y apret los labios.

--Es particular--dijo--. Desde que me mand el poder para casarse... (y fue
con fecha 15 de Abril), no hemos tenido ms noticias suyas.... Aqu me
tiene usted en la mayor zozobra. Me he casado por otro.... Soy un marido
de frmula, un marido de procedimientos, y tengo que ocuparme del marido
verdadero ms de lo que yo quisiera. La esposa de mi amigo... la que me
dio su mano, casndose conmigo como se podra casar con un documento....
est tambin en gran zozobra.

--Pues no hay ms noticias--dijo Gracin--, que las del otro da. Zorraqun
me escribe con fecha del 14 y dice que se haba separado del amigo,
porque l (Zorraqun) fue solicitado por el carlismo militante para
ocupar una plaza que haca mucha falta en las filas de Zumalacrregui,
la plaza de capelln o director espiritual. Es posible que despus de
separarse Zorraqun, no haya tenido ese seor medio seguro para enviar a
Madrid sus cartas, que antes venan por conducto de aquel dignsimo
sacerdote. Esperemos.

Cordero dio un suspiro, diciendo:

--Tranquilizar como pueda a la seora de mi amigo. Y ya que estoy aqu
no quiero marcharme sin advertir a usted de ciertos rumores....

--Ah! Hemos recibido annimos y cartas amenazadoras. Es la vigsima vez.

--No creo yo que esto sea cosa de gran importancia--dijo el hroe
dndosela a s mismo en grado sumo--. Con todo, no est de ms el
prevenirse, porque las bromas populares se sabe donde empiezan... pero
no se sabe nunca donde ni como acaban.

El clrigo hizo un mohn desdeoso, manifestando ocuparse poco de lo que
Cordero deca. Este prosigui as:

--Yo tengo un primo a quien llaman Primitivo Cordero, el cual si en el
tratado de la honradez no tiene pero, en el de la tontera tiene
manzanas, quiero decir que es un politicastro de estos que con cuatro
palabras pescadas en un mal libro, media idea que se les peg de
cualquiera de nuestros grandes hombres, porcin no pequea de envidia y
algunos granos de patriotismo mal entendido, se entretienen en fabricar
castillos de viento, fundando instituciones, dictando leyes, mudando
personas. Yo siempre he credo a mi primo tan inofensivo como una
paloma; pero los que le rodean no lo son. Como la mariposa es impulsada
al fuego por un secreto anhelo de quemarse, mi primo Primitivo es
arrastrado a los clubs por un desdichado prurito de bullanga que puede
en l ms que la razn, si es que razn hay dentro de aquella cabeza.
Pues bien, amigo y Padre: por mi bendito primo y por un tal Rufete que
sera igual a mi primo si no fuera ms exagerado, ms vaco de mollera y
de peores intenciones, s que en una reunin semi-secreta que varios
patriotas tienen en la plaza de San Javier han acordado dar un susto a
Vuestras Paternidades.

Al decir esto, Cordero le mir atentamente, por sorprender en su cara el
efecto que aquella declaracin le causaba; pero la cara del jesuita no
expres nada. Era una cara de palo.

--Llevaremos el susto con paciencia--dijo el Padre Gracin, ofreciendo al
hroe un polvo, que por no ser de Manresa, acept gustoso D. Benigno.

--Segn mi informe-aadi este--y son informes verdaderos, procedentes del
horno mismo donde se cuecen tales pasteles, la broma, susto o como
queramos llamarlo, no pasar a mayores. Los patriotas slo quieren
manifestar su antipata a Vuestras Reverencias y protestar de la
proteccin que Vuestras Reverencias dan al carlismo. Es cierto que esa
proteccin existe por la misma naturaleza de las cosas y los
antecedentes de las personas. Hecho lgico, imprescindible, abrumador!
Es cierto tambin que el rgimen liberal no puede coexistir con el
carlismo, de donde resulta un antagonismo imponente entro dos hechos,
entre dos verdades, entre....

--Y usted no cuenta para nada con Dios--dijo Gracin, siempre con desdn.

--S, cuento con l, y en l espero que lo que se anuncia no ser nada,
en provecho de todos. Pero algn da, Seor y Padre, ha de haber una
como la de San Quintn, porque o Vuestras Reverencias dejan de amparar a
los carlistas, o los carlistas absorben al liberalismo, o el liberalismo
se los traga a ellos y a Vuestras reverendsimas Paternidades.

--Grandes fauces ha menester... pero por falta de apetito no lo
dejar--indic Gracin dignndose sonrer un poco.

Cordero dio un suspiro y dijo:

--Veremos quien traga a quien.... Repito que las noticias que me han dado
mi primo y Rufetillo... yo siempre le llamo Rufetillo... no son
espeluznantes. Gritos y bulla nada ms.... Puede ser que haya algunos
palos, pero esos no caern sobre las costillas de ningn eclesistico.
Siempre se los encontrar algn desdichado que no lo coma ni lo beba. En
esa reunin secreta no hay hombres de gran empuje, ni conspiradores
temibles, ni jacobinos de tente tieso. El ms enredador de todos ellos,
el viborezno D. Eugenio Aviraneta ha desaparecido misteriosamente,
cuando ms enfrascado pareca en sus intrigas. Y ahora dicen que est
con los carlistas.

Gracin levant un pisa-papeles que en la mesa de su escritorio oprima
varias cartas. Tena aquel objeto la forma de un pie de cabrn, y
habiendo salido ileso de los escombros de la casa de D. Felicsimo,
Pipan lo regal al padre Gracin como recuerdo de su amantsimo suegro,
que era amigo ntimo del jesuita. Este mir la carta que bajo el pie de
cabrn estaba y dijo:

--Aviraneta lleg a Tolosa de Francia. Me escribe con fecha del 13. Ya ve
usted que le confo mis secretos.

--Y ya sabe Vuestra Reverencia que soy un sepulcro--replic Cordero
levantndose--. Muchas felicidades y pocos sustos.

Despidiose y fue a ver a Genara, esperando hallar en su casa las
noticias que no pudo o no quiso darle Gracin. La dama estaba preparando
sus maletas para huir de Madrid y de la epidemia que empezaba a difundir
horroroso pnico en los habitantes de la Villa. De los informes que
Cordero buscaba, nada poda darle Genara, porque nada haba sabido
despus de la salida de su esposo enfermo y demente del hospital militar
de Pamplona.

La seora no pensaba ms que en huir, huir de aquel azote de Dios que
haba empezado hiriendo a los pobres y pronto descargara sobre los
ricos. Ya haba casos, s, ya haba casos de gente acomodada. Un
consejero jubilado, la seora de un Alcalde de Corte, un exento de
guardias, un oficial de correos y un poeta haban cado el da
anterior.... Bendito Dios! los que no eran pobres tenan al menos el
recurso de la fuga, siempre que el clera no fuera con ellos, invisible,
en la zaga del coche, como sola acontecer. Genara tena mucho miedo a
la muerte, seal de turbada conciencia; pero ella se esforzaba en
aparecer serena y animbase con sus propias sonrisas, como el soldado
cobarde con sus propias bravatas. Iba, vena, recogiendo ropas, llenando
bales, haciendo y deshaciendo paquetes, dictando rdenes; contando su
dinero y apuntando encargos. Contestaba breve y framente a D. Benigno;
pero cuando este le habl de su matrimonio de frmula, mediante poder de
un novio ausente, volviose a l con brusco impulso y le dijo:

--Por qu no me busc usted para madrina?... No, no guardo yo rencor.
Deseo perdonar y que me perdonen.... Eso de darse las manos con cien
leguas de por medio no est en mis libros.... Qu matrimonio tan
desgraciado, D. Benigno! Dios quiera que el clera no separe ms a
marido y mujer.

--Seora, por amor de Dios!...

--No crea usted que es mala intencin. Es lo contrario.... Les deseo toda
clase de felicidades. No crea usted que soy mala.... Y ahora que el
hallarse en pecado mortal es tan peligroso!... No, no, reconciliacin,
piedad, perdn, amor a todos, conciencia limpia, ese es mi tema. Es
cierto que ha muerto anoche mucha gente?

--Mucha, replic Cordero observando la palidez que el miedo pintaba en el
agraciado rostro de Genara.

No me lo diga usted.... Esta tarde me voy. Me confesar primero. No
creo usted que es buena idea?

--Me parece muy acertada.

--Vivimos casi de milagro.

--Es verdad. Ya que nos coja, que nos coja confesados--dijo Cordero con
algo de sorna.

--S, s.... Paz con todo el mundo, paz con Dios....

Pronunci estas palabras con gran zozobra, y sigui ocupndose con
febril actividad en sus preparativos de viaje. Los objetos se le caan
de las manos; equivocaba una cosa con otra; empaquetaba ropas que deban
quedar en la casa, y pona bajo llaves lo ms indispensable para el
viaje.

Fueron llegando unos tras otros los amigos, noticiosos de su viaje. La
vean partir con sentimiento, y ella por su parte les abandonaba con
tristeza, porque la tertulia era el encanto de su vida, y el charlar de
cosas de gobierno la ms regalada comidilla de su travieso espritu.
Nombraremos a aquellos seores? Ms vale que no, porque algunos han
vivido hasta hace poco; la mayor parte han ocupado altsimos puestos, y
todos llevaron, cual ms cual menos, piedra y cascote al edificio de un
partido tan poderoso como impopular. Como nada es duradero en el mundo,
el cielo quiso que a aquel edificio le llegase como a la casa de D.
Felicsimo, su da final, y hoy crece en sus rotos muros el _amarillo
jaramago_, y sus huecos _son ay! de lagartos vil morada_.

Entonces, en los tiempos verdes del gran Martnez de la Rosa, daba gozo
ver la juventud lozana de un partido que hoy es vejete decrpito con
lastimosas pretensiones de andar derecho, de alzar la voz y aun de
infundir algo de miedo. Entonces se nutra de hbiles retricas, de
erudicin doctrinaria carlista, y haca esgrima de sable con el brazo
valentn y pendenciero de jvenes oficiales granadinos. En el seno de
este partido, que en un tiempo se llam de _los sabios_ y en sus albores
se llam de los _anilleros_, haba gente de gran mrito, aleccionados
los unos en la prctica estril de liberalismo, otros algo amaestrados
en el arte poltico que faltaba a los liberales. Ellos fueron los
primeros maquiavlicos ante quienes sucumbi la inocencia anglica de
aquellos candorosos doceaistas que principiaban a no servir para nada.
A falta de principios tenan un sistema, compuesto de engao y energa.
Su credo poltico fue una comedia de cuarenta aos. Su xito debiose a
haber vigorizado el principio de autoridad, y su descrdito o
impopularidad a haber impedido el desarrollo progresivo de las ideas. En
religin eran volterianos, y en sus costumbres privadas enemigos de la
templanza; pero tenan un _coram vobis_ de santurronera que haca el
efecto de ver la silueta de Satans en la sombra de un confesonario. Uno
de los primeros elementos de fuerza que allegaron fue el clero, a quien
adulaban, disponindose, no obstante, a comprar por poco dinero sus
bienes, cuando los progresistas los arrancaron de las manos que llamaban
muertas. A excepcin de dos o tres individualidades de intachable
pureza, eran gente de economas, y andando el tiempo, con las compras de
bienes desamortizados, formaron una aristocracia que poco a poco se hizo
respetable, y en la cual hay muchos marqueses y un formidable elemento
de orden. En lo militar fueron poco escrupulosos, y se les ha visto
pronunciarse con naturalidad y hasta con gracia.

En los das de nuestra narracin presentaban el grato aspecto de un
ejrcito joven, lleno de bros y de valor. Su programa de moderacin
contrariaba a mucha gente. Aquel habilidoso sistema de ser y no ser, de
equilibrarse entre el absolutismo y los liberales, valindose de los
unos contra los otros, de prometer y no cumplir, de encubrir con
frmulas, retricas y dicharachos hoy desacreditados, pero entonces muy
en boga, el lazo de la arbitrariedad y el espadn de la fuerza, dio
resultados en poca de tanta inocencia poltica, cuando la libertad era
como un nio generoso y no exento de mimos, ms fcil de engaar que de
convencer.

La tertulia de Genara fue el centro donde las aspiraciones de aquella
gente lista empezaron a tomar cuerpo. All fue precisndose el sistema y
hacindose prctico. All se establecieron relaciones que no haban de
romperse sino con la muerte y se conocieron y se escogieron, digmoslo
as, los hombres. Los jvenes tomaron de los viejos el saber astuto y
estos de aquellos el desenfado y el vigor. Humanamente considerada,
aquella gente tena una superioridad especial que ha sido la causa de su
dominio durante un tercio de siglo: era la superioridad de los modales,
cosa importantsima en nuestra edad. Haba en aquellos tiempos como una
lnea divisoria clara y precisa que separaba en dos grandes mitades el
inmenso personal poltico, creado por las revoluciones. En el trazado de
esta lnea tenan alguna parte las tijeras de los sastres. No haba
trmino medio, y fue lstima grande que tantas ideas generosas y
salvadoras no pudieran por fatal destino, emanciparse de la grosera,
del mal vestir y peor hablar.

Por esto el advenimiento de la clase media fue laborioso y pesado.
Aquella clase, frailunamente educada, no supo echar de s ciertas
asperezas, por lo que slo prevalecieron en la vida pblica los pocos
que supieron ponerse el frac.

Despidieron a Genara aquel da, 16 de Julio de 1834, y se retiraron
todos, los unos a su oficina, pues casi todos eran empleados, los otros
a dormir la siesta. Todava en aquellos tiempos se dorma la siesta, y
al da siguiente de aquel 16 da Julio fue cuando la Providencia dispuso
que el Gobierno durmiera una siesta clebre.

La dama parti llena de pena y miedo, de miedo porque ignoraba si
alejndose de Madrid se alejara del aire ponzooso; de pena, porque
dejaba su vida dulce y regalada, sus tertulias llenas de amenidad o
inters, su influencia en el partido dominante, y quizs, quizs algo
que ms vivamente interesaba a su corazn. Renunciar al brillo de su
ingenio y hermosura, a las adulaciones de la pequea corte masculina que
la festejaba un da y otro da; abdicar esta corona y huir de la capital
de su reino de galanteras para sepultarse en un rstico lugarn donde
no haba de tener ms solaz que lecturas inspidas y donde haba de
recibir la noticia del fin tristsimo de su marido, era fuerte cosa para
un corazn amigo de impresiones lisonjeras, para una fantasa siempre
joven y siempre soadora, para una conciencia alarmada.

Esta mujer acab ya para nosotros. Dentro de los lmites sealados a
estas historias, no cabe ya el resto de su vida llena de accidentes, y
que no tomarn por modelo los cenobitas ni los que se propongan ser
santos o algo que a santos se parezca. Slo diremos, que vivi muchos
aos y que a los sesenta todava era guapa. Ingeniosa, amable y algo
intrigante, lo fue hasta los setenta, y durante dos aos ms fue un
modelo de devocin cristiana y de edificante trato con clrigos y
cofradas, hasta que Dios quiso llevrsela de este mundo. No se le cay
la casa encima como a D. Felicsimo, sino que muri de repente hacia el
ltimo tercio del 68, si no estn equivocadas las crnicas.

Aquel da (volvemos a nuestro 16 de Julio del 34), D. Benigno fue el
ltimo que le apret la mano. Despus el hroe dio una vuelta por la
calle de Toledo y plazuela de la Cebada, porque oy decir que haba
agitacin en aquellos barrios y gustaba de curiosear. Un espectculo
horrible le detuvo en su excursin. Vio asesinar cruelmente a un chico
por echar tierra en las cubas de los aguadores. Esta travesura frecuente
entonces, se castigaba comnmente a pescozones. Las cosas haban
variado, y los ngeles traviesos eran tratados como los mis grandes
criminales. Cordero retrocedi para entrar en la calle del Duque de
Alba, y en la de los Estudios recibi un testarazo que le hizo saltar de
la acera al arroyo. El duro objeto que le embisti era un atad. Un
hombre le llevaba sobre su cabeza, dando porrazos a cuantos transentes
hallaba en su camino.

--Bestia!--grit Cordero.

Al punto reconoci a Tablas, y suavizando la voz le pregunt:

--Para quin es, hermano?

--Para aquella, para aquella--replic Lpez sin detener el paso. Cordero
vio algunas mujeres que lloraban.




-XXVII-


Desgreada, lvida, con los ojos chispeando furia, las manos
temblorosas, los dedos tiesos y esgrimidos al modo de cuchillos, la boca
seca, por ser las voces que de ella salan ms bien ascuas que palabras;
ms parecida a demonio hembra que a mujer, estaba Maricadalso en la
puerta de una casa humildsima de la calle del Pen. Sus gritos
pusieron en alarma a la calle toda, como las campanadas de un incendio,
y por ventanas y puertas aparecieron los vecinos. Qu caras y qu
fachas! El gritar de Maricadalso era por momentos lastimero y dolorido,
a veces amenazador y delirante. Sus clusulas sueltas, saliendo de la
boca en chispazos violentos, no entran en la jurisdiccin del lenguaje
escrito, porque lo caracterstico de ellas dejara de serlo al separarse
de lo grosero. Palabras eran de esas que matizan y salpimentan las
disputas populares; equivalen al siniestro brillo de la navaja en el
aire y al salpicar de sangre soez entre las inmundicias que de un
corazn rudo salen a una boca sedienta de injuria. Entre lo que no puede
reproducirse se destacaban estas frases.--Mi hija muerta!... Cosas
malas en el agua!... Esos pillos!...

Muchas damas de candil, vestigio envilecido de las que inmortaliz D.
Ramn de la Cruz, rodearon a Maricadalso. Una harpa que grita en medio
de la calle del Pen o de otra cualquiera de aquellos barrios, tiene la
seguridad de llevar el convencimiento ms profundo al nimo de su
auditorio, sobre todo si lo que dice es un disparate de esos que no
entran jams en cabeza discreta. Con mgica rapidez, todas las mujeres
que rodearon a Maricadalso se asimilaron las opiniones y sentimientos de
esta. El pueblo es conductor admirable de las buenas como de las malas
ideas, y cuando una de estas cae bien en l, le gana por completo y le
invade en masa. Bien pronto la harpa individual fue una harpa
colectiva, un monstruo horripilante que ocupaba media calle y tena
cuatrocientas manos para amenazar y doscientas bocas para decir: _Cosas
malas en el agua!_

Quien no piensa nunca, acepta con jbilo el pensamiento extrao,
mayormente si es un pensamiento grande por lo terrorfico, nuevo por lo
absurdo. Aquel da haban ocurrido muchas defunciones. Varias familias
tenan en su casa un muerto o agonizante. En presencia de una catstrofe
o desventura enorme, al pueblo no le ocurren las razones naturales de lo
que ve y padece. Su ignorancia no lo permite saber lo que es contagio,
infeccin morbosa, desarrollo miasmtico. Y cmo lo ha de saber la
ignorancia, si an lo sabe apenas la ciencia? El pueblo se ve morir con
sntomas y caracteres espantosos, y no puede pensar en causas
patolgicas. Cristiano de rutina, tampoco puede pensar en rigores de
Dios. Bestial y grosero en todo, no sabe decir sino: _Cosas malas en el
agua!_

Esta idea de las _cosas malas_ arrojadas infamemente en la riqusima
agua de Madrid, con el objeto puro y simple de _matar a la gente_, cay
en el magn del populacho como la llama en la paja. No ha habido idea
que ms pronto se propagase ni que ms velozmente corriese, ni que ms
presto fuera elevada a artculo de fe. Cmo no, si era el absurdo
mismo?

Algunas mujeres subieron a ver el cadver de la hija de Maricadalso,
cuyo atad acababa de traer Lpez. Era una muchacha bonita, cigarrera,
con opinin de honrada. Maricadalso suba a su casa, lloraba junto al
cuerpo de su hija, bajaba a gritar de nuevo, blasfemando, volva a subir
y a llorar.... Ya no pareca la Muerte sino la Locura cantando a su modo
el _Dies irae_. En tanto veinte, treinta, cuarenta hombres suban hacia
la plaza de la Cebada propagando aquel satnico evangelio de las _cosas
malas en el agua_. Encontraron a Timoteo Pelumbres, esposo de
Maricadalso y padre de la muerta. Oy este el gritero y soltando las
herramientas que llevaba, corri presuroso a una taberna donde varios
hombres disputaban.

--Veis?--grit mostrando el puo--. Todo el mundo lo dice.... Han
envenenado las aguas!

Inquieto, feroz y pequeo, Timoteo tena todas las apariencias del
chacal, la mirada baja y traidora, los msculos giles, el golpe
certero. Atacaba de salto. Era el mismo a quien vimos haciendo buuelos
en la tienda inmediata a la gran carnecera de la Pimentosa, de quien
era protegido, lo mismo que su mujer. Era el mismo a quien vimos hace
mucho tiempo, acaudillando la fiera cfila que asesin a martillazos al
cura Vinuesa 21 en la crcel de la calle de la Cabeza. Aquel tigre
pequeo vivi mucho. Alcanz los tiempos de Chico.

En la taberna haca falta un orador para electrizar el selecto concurso.
Aquel orador fue Pelumbres, que hablaba mostrando el puo y frunciendo
las cejas. Las mujeres pasaron gritando. Entre ellas se divulg una de
esas noticias que electrizan, que redoblan el entusiasmo y aguzan el
soez pensamiento. La noticia era esta: De los dos chicos a quienes se
haba sorprendido poco ms arriba echando _unas tierras amarillas_ en
las cubas de los aguadores, el uno fue muerto al instante, el otro logr
escaparse y se refugi.... dnde? en el mismo San Isidro.

--Como que de all ha salido todo...--dijo una voz que se esforzaba en ser
autorizada y convincente a pesar de ser la voz de un salvaje.

--Qu ha salido de all?

--Los polvos.

--Los polvos!

El que esto aseguraba era un hombrn, un animal de esos que aparecen en
las tempestades populares, sin que se sepa bien quien los trajo, y en
todas ellas dejan seal sangrienta de su paso. Seguale una docena de
individuos de esos que al mirarnos muestran cara humana, si bien es muy
dudoso que sean hombres.

--S, seores, todo est averiguado--aadi el desaliado orador, que era
Tablas en persona--. Y si faltase testimonio, aqu estoy yo para darlo.

Dos mujeres se le colgaron de cada brazo. En torno suyo hzose un
corrillo. Formbalo esa curiosidad de lo horrible que rene gente en
derredor de los patbulos, del charco de sangre, seal de un crimen, o
junto a la oscura agona de un perro. Tablas se enorgulleci de su
papel. Aquel da era un da suyo, un da en que iba a mostrar su poder
con pretensiones de poder poltico, oh! qu gran momento! Dos docenas
de perdidos le obedecan, como obedece la piedra a la honda. Tablas era
la honda; pero distaba mucho de ser la mano.

--Pues, s seores--aadi Lpez--. Yo mismo les he llevado ayer un saco
con media fanega de veneno!

--Media fanega de veneno!

--Y t se lo has llevado?

--S, porque no saba lo que era. No es la primera vez que esos malvados
reciben remesas de veneno. El saco que les llev ayer vino de Catalua
para ese.... No le quiero nombrar.

--Di t, parlanchn--grit una voz detrs del corrillo--. Se ha muerto
tambin la Pimentosa?

--Para eso va. Esta maana despert con el mal.

--Ha bebido agua?

--Ha tomado los mismos polvos como medicina.

Una exclamacin de horror acogi esta terrorfica aseveracin.

--Quin se los ha dado?

--Curas y frailes que todos son unos. Dironselos como medicina santa, y
tomarlos y empezar a sentir las arcadas del clera, fue todo una misma
cosa.

Esto era demasiado espantoso para que el digno concurso pudiera hacer
comentarios. El silencio torvo con que lo oy probaba su escasez de
ideas ante aquel hecho y el alarmante recogimiento de sus pasiones, que
se concentraron para brotar en seguida con ms fuerza. Tablas puso cara
afligida. Deseaba excitar en favor suyo la compasin de la multitud y
pasar por una vctima de las malas artes de cierta gente. Pero en su
rudeza no acertaba a ingerir la idea poltica en aquella serie de locos
desatinos. Tratndose de difundir un disparate y de darle la
inverosimilitud que le hace ms asequible a la mente del vulgo, Tablas
no careca de habilidad, porque as como el bho ve en las tinieblas,
ciertos entendimientos tienen la aptitud del absurdo. Pero l quera
razonar, emitir un fundamento, ms que por justificar la asonada, por
darse satisfaccin a s mismo, como hombre de opiniones polticas.
Necesitaba una frmula que le diese prestigio entre sus oyentes
adjudicndole cierta iniciativa con asomos de jefatura.

Frunci el ceo, baj la cabeza, recogi su pensamiento para buscar la
frmula que necesitaba. Como en ocasiones parecidas, en aquella su
frente semejaba el duro testuz del toro, previniendo la acometida. La
chispa brot entre las nieblas de aquel caletre, pues no hay cerebro por
tenebroso que sea, que no tenga sus rehendijas por donde entre a veces
algo de luz.

--No sabis lo que es esto?--dijo con gran animacin--, sintiendo
vislumbres de genio--. No sabis lo que esto significa? Envenenar por
gusto de envenenar no es....

Buscaba la palabra _lgico_, que haba odo muchas veces en el club:
pero no daba con ella. La palabra se le atarugaba sin querer pasar, como
una moneda grande que no puede entrar por la pequea hendidura de una
hucha.

--No es, no es...--aadi forcejeando con el vocablo y echndole fuera al
fin, aunque desfigurado, no es _ilgico_. Por qu envenenan a la gente?
Para acabar con los liberales. Ellos dicen: No podemos aniquilar a
nuestros enemigos uno a uno, pues acabemos con todo el gnero humano.
(Sensacin profundsima.)

Comprendi que le vendra muy bien en aquel caso un recuerdo histrico,
y volvi a fruncir el ceo. Esto era difcil en extremo y su cerebro no
tena capacidad para contener un suceso histrico. Equivala a querer
meter, no ya una moneda, sino un camello dentro de la hucha. Pens mucho
y se rasc la frente. Haba odo en el club multitud de menciones y
referencias de acontecimientos pretritos; pero a l ninguna se le vena
a las mientes. De pronto una mujer, oh genio de la mujer! dijo esto:

--Es como lo de Herodes.

Tablas se estremeci de jbilo. Tena lo que necesitaba. Ahuecando la
voz y marcando con su manaza un compasillo oratorio, prosigui su
discurso as:

--S, seores; as como el tirano Herodes, para ver de perder al nio
Jess, mand matar a todos los nios, segn rezan los Evangelistas,
estos canallas, para ver de acabar con un partido, con el partido
liberal, quieren matar a todos los espaoles, a todo el gnero humano, a
todo el globo terrqueo.

Describi con el brazo extendido un vasto y rapidsimo crculo. Sabe
Dios hasta donde habran llegado las retricas del antiguo tablajero, si
en aquel momento no permitiese Dios una repentina tragedia. Era el
primer hecho terrible, brotando de la ltima palabra de Lpez. En el
populacho las palabras ardientes tienen una propagacin pasmosa, y pasma
tambin la rapidez con que de estas flores de la barbarie salen frutos
de sangre. Un lego atraves por delante de la Latina, dobl la esquina
de la plazuela siguiendo en direccin a Puerta de Moros. Iba presuroso y
acobardado, llevando un paquete de papel en la mano, algo como dos
libras de azcar, recin compradas en la tienda.

--Aquel lleva veneno!--gritaron varias mujeres corriendo hacia l.

El lego fue rodeado por un grupo y desapareci en l. No se vio ms que
un estremecimiento de brazos y cabezas, un enjambre de cuerpos que
forcejearon entre gritos. Algunos ayes lastimeros se deslizaron entre el
vocero. Despus slo se vea una masa de gente en lgubre cerco
silencioso mirando al suelo.

Tablas haba tomado otra direccin. Por un momento el populacho se
dividi. Los girones de aquella nube negra vagaron un rato por las
calles de los Estudios, Toledo, plazuelas de San Milln y de la Cebada.
Gran confusin reinaba. El atleta, con su media docena de facinerosos
camin hacia la calle de las Maldonadas. Cerca de la puerta de su casa
vio a Romualda que sala presurosa, y la llam:

--Y Nazaria?

--Lo mismo.

--Hay alguien arriba 22?

--Nadie, yo sola; digo, yo he bajado.

--Sube y treme mi navaja grande que est sobre la cmoda.

--Madre Nazaria me ha mandado por agua. Tiene sed.

--Ve primero por la navaja.

Romualda subi, mientras Tablas y sus amigos conferenciaban gravemente
en la puerta. Era un consejo de guerra de canbales en la expectativa de
una gran batalla-merienda. Cuando Romualda baj con la navaja, Lpez
dijo a los amigos:

--El Gobierno mandar tropas a defenderles. Bueno es estar prevenido.
Mira, Rumalda....

Romualda haba pasado ya a la otra acera, y desde all les miraba con
espanto. Su cara de hambre y miseria, su aspecto de cansancio no
excitaban la compasin de aquellos caballeros andantes de la plebe.

--Rumalda.

--Seor.

--Sube y treme las dos pistolas que estn colgadas junto a la cama....
Despus llevars el agua a Nazaria.

--Madre Nazaria no me ha mandado por agua. Ya no tiene sed. Me ha mandado
por un cura. Dice que se muere.

--Por un cura?... Y dnde estn los curas, mentecata?... Di a Nazaria
que no se muera, que volver pronto.... Corre y treme las pistolas.

--Voy por el cura.

--Sube y trae las pistolas--grit Lpez.

La coja entr en el portal, y emprendi su lucha con la escalera. Esto
empezaba a ser para ella como beberse el mar. Y se lo beba.

Poco despus el atleta y sus amigos volvan a la calle de los Estudios.
Un reloj dio la hora. Eran las tres de la tarde. Ya en la puerta que el
Seminario tiene por la calle del Duque de Alba, los sicarios del lego
formaban un grupo imponente, montn de humanidad digno de un basurero,
en el cual brillaban aceros de navajas y burbujeaban blasfemias.
Gritaron, golpeando la puerta. Tablas se present, quiso mandar; pero no
le hicieron caso. Abriose la puerta, o franqueada por dentro o rota
desde fuera, que esto no se sabe bien. El populacho entr. Detvose en
el vestbulo ante una figura que estaba all sola, imponente, inmvil,
como imagen bajada de los altares. Era el Padre Sauri, joven, flaco,
plido, valiente. La palidez, la energa de las facciones del jesuita,
sus ropas negras, su valor quizs contuvieron un instante al populacho.
Aquella repentina quietud pareca la perplejidad del arrepentimiento. El
jesuita dijo con voz sonora y conmovida: _qu queris?_

Difcil era contestar a esta pregunta con palabras. Los sicarios no
saban bien lo que queran. De entre ellos sali una voz que grit:
_Queremos tu sangre, perro_. No fue preciso ms. El Padre Sauri
desapareci. No puede describirse su horroroso martirio. De manos de los
monstruos pas a las de unas cuantas harpas que le arrastraron hasta la
plazuela de San Milln, mutilando su cadver en el sangriento camino.

En tanto los asesinos se difundieron por los inmensos claustros del
vasto edificio. Oanse pasos precipitados y ayes lastimeros en lo alto
violentos golpes de puertas que se cerraban. Era jueves, y los
colegiales externos estaban en sus casas. Muchos jovenzuelos internos
fueron acometidos. Para saber si eran realmente colegiales o Padres
disfrazados de alumnos, los sicarios les quitaban el bonete buscando la
corona sacerdotal.




-XXVIII-


Aquella maana haba funcionado con mayor actividad que otros das el
aparato de trasmisin, establecido por D. Rodrigun entre su carpeta y
la de su amigo.

_--Amice,exaudisti hodie susurrationes trapisondarum?_

_--Utique; videte cartulam Gratiani. Quantum est ille canguelatus!_

_--Ecce Ferdinandez, vel a Ferdinando. Ille ahorcabitur cum capillo._

Quin le haba de decir al juguetn estudiante que a las pocas horas de
estas bromas haba de ver morir trgicamente al infeliz Fernndez,
maestro dulce, tolerante amigo de los buenos alumnos y docto humanista!
Rodrigun le vio sorprendido por los sicarios al salir de su celda.
Espantado el jesuita ante el horrendo aspecto de la multitud, permaneci
un instante perplejo o inmvil sin acertar a huir, ni a defenderse, ni
siquiera a traducir su terror en palabras. La plebe aprovech aquel
momento. Fue devorado en un soplo como seca arista en el fuego.

Rodrigun baj la escalera. Su temor le daba alas. En el patio vio matar
al Padre Artigas, bibliotecario, y al hermano Elola, ambos cazados
ferozmente a lo largo de los claustros, y siguiendo la direccin de
algunos escolares que huan, refugiose en la capilla domstica. All
estaba el Padre Carasa con algunos colegiales rezando el rosario.
Rodrigun les vio a todos arrodillados pidiendo a Dios misericordia, y
quiso imitarles; pero sus piernas no podan doblarse y eran incapaces de
todo lo que no fuera correr, huir, desaparecer. Sali de la capilla. Era
todo pies. Baj, volvi a subir, y en aquel viaje anheloso, semejante al
de la liebre perseguida, vio morir al Hermano Sancho, el que acompaaba
a Gracin en sus paseos y excursiones, y al Hermano coadjutor Ostolazo,
que pereci en el patio y fue arrastrado a la calle por las mujeres. El
pnico horrible redoblaba las fuerzas del macarrnico para correr. Subi
a los desvanes, pas por el sitio a que l y los de su pandilla
nombraban _chupatorium_ por ser el escondrijo donde fumaban, y al fin se
encontr solo. Los rugidos de la plebe sonaban lejos abajo. Rodrigun,
al sentirse en salvo, perdi sbitamente las milagrosas fuerzas que le
haban hecho volar, y cay sin sentido. La colosal energa contractil
que desplegara se concentr en su cerebro, hacindole delirar. La fiebre
reprodjole los mismos peligros de que ya pareca libre, y vio los
puales corriendo tras s. Imaginose que corra con sobrehumana
presteza, sin poder apartarse de los ensangrentados aceros; imaginose
que suba a los tejados, seguido tan cerca por los sicarios que senta
su abrasador aliento. Soaba (pues como sueo eran sus figuraciones) que
se arrojaba de cabeza al patio, y que los sayones se arrojaban tambin
detrs de l. Despus suba como desesperado gato por la cuerda de las
campanas, y por la misma va suban tambin los puales terribles. Luego
se lanzaba por el interior angosto y hmedo de las caeras que reciban
el agua de los tejados, y la turba se precipitaba tambin por el
interior del tubo, haciendo un ruido semejante al del agua. Seguido
siempre y nunca alcanzado, pero tampoco en salvo, se precipitaba en la
iglesia, suba por las paredes, bajaba por los empolvados altares, y la
plebe suba y bajaba con l. Se meta al fin entre las hojas de los
misales, como una cinta de marcar, y all, en aquel doblez seguro, le
seguan tambin las manos armadas de puales. Las navajas brillaban
entre las doradas letras.

Refugibase luego entre los vestidos de la Virgen, en el aceite de la
lmpara, en el recinto sagrado del copn; y en los vestidos, en el
aceite, en el copn, los tigres no se apartaban de l, siguindole sin
descanso y tocndolo sin llegar a cogerle.... Al fin acab este
espantoso delirio y qued el escolar en inaccin parecida a la de la
muerte. Cuando termin aquel estado y cobr el conocimiento, hallose
tendido boca abajo en el suelo del oscuro desvn. Puso atencin a los
ruidos de abajo y le pareci que se alejaban. Arrastrndose trat de
subir al tejado y sali al fin aunque con dificultades, porque le dola
una rodilla y mova muy mal el brazo derecho. Desde el tejado que daba a
la calle del Duque de Alba, vio la multitud que pareca abandonar el
edificio; pero l ni por todos los tesoros del orbe, fuera capaz de
descender al Colegio.... Dos o tres gatos le salieron al encuentro, y
con tan buena compaa avanz un buen trecho. El espacio vaco donde un
ao antes estuviera la casa de D. Felicsimo, le detuvo en su penoso
viaje areo; pero dando algunos saltos lleg a una casa que pareca
brindar al pobre fugitivo seguro y cmodo asilo. Por una de las ventanas
de las bohardillas vease ropa tendida; en obra haba dos chicuelos que
se entretenan en izar banderas de toallas 23 y servilletas a un asta de
caa, que muy bien amarrada en el antepecho estaba. Alrededor de este
cuadro revoloteaban pardas palomas que no lejos de all tenan su
vivienda. D. Rodrigun indic por seas a los chicos que iba a entrar
por el hueco de la bohardilla, con lo que ambos se asustaron y huyeron
adentro. Mas sin arredrarse por esto el atrevido estudiante escurriose
tejas abajo. Trepando gatunamente con los cuatro remos, penetr en la
casa. Una mujer y un seor mayor le salieron al encuentro; pero D.
Rodrigun no supo darse cuenta de lo que le dijeron, porque extenuado de
fatiga y perdidas las fuerzas, se arroj sobre un montn de ropa blanca.
Dejmosle all.

El Padre Gracin estaba tranquilo en su celda escribiendo algunas
cartas, cuando sinti el tumulto. Sin creer que este tuviera la
importancia que realmente tena, pens que la Casa y sus pacficos
habitantes corran peligro. Saliendo a la galera mir al patio, y lo
primero que vieron sus ojos aterrados fue el cadver del Hermano
Artigas, brbaramente acribillado. Retrocedi con espanto al interior de
su celda; sac precipitadamente cartas y papeles, encendi lumbre, y en
poco ms tiempo del necesario para contarlo, hizo un auto de fe que
redujo a cenizas preciosos documentos, cartas elocuentes fechadas en el
Carrascal, en la Amezcua, en la Borunda y en los Alduides, curiossimas
notas y apuntes. Con el humo que se levant en la celda llenndola toda,
sinti picor en los ojos y sali como quien llora. El santo varn quiso
revestir su fisonoma y su persona de las apariencias de severidad y
estoicismo que tan propias eran del momento, y aunque la proximidad y el
aullido de los asesinos hicieron palpitar de temor su corazn fuerte, se
sobrepuso a la angustia del momento y avanz con paso seguro por la
galera. Encomendndose mentalmente a Dios, hizo propsito firme de no
perderse con una exhibicin imprudente ni envilecerse con cobarde fuga.
A su lado pas despavorido el Hermano Fermn Barba, que hua de los
sicarios. Gracin no se anim a seguirle ni se atrevi a detenerle.

Aturdido el infeliz Hermano, que haba logrado ponerse a salvo de los
primeros perseguidores, cay en manos de otro grupo no menos feroz,
mientras Gracin, sin salir de su paso acert a encontrarse junto a la
puerta que conduca al coro de la Iglesia. Entr.... Dos o tres,
estancias oscuras llenas de muebles viejos y de objetos de culto, de
esos que bien podran llamarse decoraciones, tales como cortinas,
escalinatas, templetes, pabellones, piezas de monumento, etc., separaban
el coro del claustro alto. Los asesinos no haban penetrado an all.

Gracin lleg al coro, y arrodillndose junto a la barandilla, or en
silencio, con las manos sobre los hierros y la frente en las coyunturas.
Se crea ya salvo y seguro? Daba gracias o le peda misericordia? Le
ofreca su vida, aceptando gustoso su martirio, que ni buscaba ni rehua
para que fuese ms meritorio? Imposible ser sondear aquella alma en
momentos de tanta turbacin. Pero si la apariencia y el rostro, el gesto
reposado y la lengua muda son seales de un espritu fuerte y sereno,
Gracin tena serenidad y fortaleza. O ms bien sofocaba los estmulos
de ese instinto invencible que es quizs el sello de humanidad puesto a
las criaturas, instinto que nos encarece con elocuente modo las ventajas
de vivir, contrapesando los alientos del espritu, ansioso a veces de la
muerte.

As, cuando llegaron al coro, donde Gracin estaba solo con su
fortaleza, los bramidos de la plebe; cuando se oy distintamente una voz
que dijo _por aqu_; cuando las pisadas de los asesinos sonaron en las
baldosas mismas del coro, Gracin no abandon su recogida postura. Fue
preciso, para hacerlo mover, que una mano descorts y ensangrentada le
tocase en el hombro. Volvi la cabeza, vio a Tablas con aires de capitn
matn, armado de pistolas y cuchillo.... Entonces el hombre se sobrepuso
bruscamente al asceta. Dentro de Gracin estall una mina de
indignacin. No supo lo que haca, y sus fuerzas hercleas asumieron
todas sus facultades, oscureciendo al filsofo, al mstico, al clrigo,
para revelar el gigante.

En el coro haba, junto al facistol grande, otro pequeo, pero
suficientemente pesado para que no lo levantase con facilidad un solo
hombre. Gracin lo cogi con formidable y rpido movimiento. Pareca que
arrancaba un rbol del suelo, y al levantarlo asemejose a San Cristbal
apoyado en su palma. Estrpito de carcajadas acogi este movimiento.
Fulminando ira de sus ojos, Gracin grit: _Canallas!... Masones!_ y
alzando el mueble apunt a la cabeza del capitn de la vil tropa....
Pero en mitad de su movimiento fue herido en el costado con golpe
certero, instantneo. Vacil en el aire el facistol. El mueble y el
cuerpo enorme del clrigo cayeron de un golpe. Estremeciose el piso.
Inmviles y espantados los asesinos, contemplaron el cuerpo a la
distancia del terror.

--Era el peor de todos--murmur sordamente Lpez, apartando sus ojos de a
vctima.

Salieron. Un instante despus reinaba en el coro y en la Iglesia, en
torno a lo que fue Padre Gracin, el silencio del olvido.




-XXIX-


Tan turbado estaba D. Rodrigun, que las primeras palabras salidas de su
boca fueron un latinajo incomprensible. No acertaba a pedir socorro en
castellano ni a expresarse tampoco en vulgar latn.

--Ya, ya sabemos lo que usted desea--dijo cariosamente el seor mayor,
ponindole la mano en el hombro--. Usted viene huyendo de la degollina de
San Isidro.... Aqu no hay que temer.... Sola, querida hija, a este
caballerito le vendr bien una taza de caldo.

--_Utique... gratias agere..._

--O un vasito de vino blanco con bizcochos.

--Mejor vino que caldo--dijo entonces en claro espaol el estudiante.

Y no se saciaba de mirar al seor de los espejuelos de oro, y a la
joven, y a los chicos, que no menos espantados que l le rodeaban.

Sola (pues no era otra la seora de aquella casa) sali en busca del
reconfortante, y D. Rodrigun, ya completamente recobrado el sentido,
pudo reconocer a D. Benigno.

--Ya s donde estoy--dijo--. Ya s que debo esta hospitalidad a don Benigno
Cordero y a su digna esposa.

--No es esta seora mi mujer--replic el de Boteros algo amostazado--,
aunque s lo fuera nada tendra de particular.... Esta casa, no es mi
casa, es de un amigo que est ausente, es del esposo de esa dignsima
seora, entiende usted?... Vamos a otra cosa.... Podran verlo a usted
desde el tejado, si a los sicarios se les antoja subir para que no
queden vivos ni los gatos.... qu horrible da, Virgen del Sagrario!...
Bajemos, seor subdicono....

--No soy subdicono, sino colegial--dijo Rodrigun, siguiendo a don
Benigno 24 por la escalera abajo--. _Suum cuique_.

La casa no era de vecindad. Tena dos pisos altos, ocupados por un solo
inquilino. Demasiado grande para un soltero, era tal que para un casado
sin hijos, sobraba ms de la mitad. Sola se instal en ella desde el da
de su boda para limpiarla y tenerla en tal disposicin que todo lo
hallase a punto su marido cuando viniese. Una criada elegida por ella,
Juanito Jacobo y el criado que Salvador haba dejado en la casa, daban
compaa y custodia a Sola por la noche, y por el da D. Benigno, su
hermana y sus hijos mayores apenas salan de all. Todos ayudaban a la
grande obra de la limpieza y buena distribucin de los muebles, al
adorno y arreglo de la casa, que estaba primorosa. No faltaba en ella
ms que una cosa, el amo. Esperbanle cada semana, cada da, cada hora.
Se haban recibido cartas suyas. Su esposa no cesaba de cavilar y de
calentarse el cerebro, ya contando horas y minutos, ya imaginando
obstculos, o bien discurriendo el modo de ir al encuentro de su cara
mitad, cosa harto difcil ciertamente por no saber qu camino traa.

El clera haba llenado de consternacin y luto el alma de la seora,
afectando tambin a sus leales amigos. Ms que por s mismos, teman
ella y ellos por el ausente. Santo Dios, si la epidemia le atacara en
el camino!... Tendra Dios dispuesto que no llegara a disfrutar el bien
por tanto tiempo esperado?

--Lo peor de todo--deca Cordero, constante en su entraable afecto--,
sera que Dios te llevase a ti antes o despus de que tu marido viniese,
porque entonces.... Y... yo pregunto: dnde se encontrar otra Sola?

Y aada para s:

--Si esta idea no implicara la prdida de un ser tan querido, me
regocijara con ella.... Qu chasco para el amiguito! eh?... Pero no,
Seor Dios Poderoso! Barstolis, no! Antes de matarla a ella, mtame
tres veces a m, y que mi salvacin me consuele de su felicidad.

El tremendo da 16 fue para todos los que en aquella casa habitaban, da
de grandsima angustia, por la proximidad de la catstrofe. Reproducir
aqu los apstrofes que de su venerable boca ech D. Benigno al ver la
matanza, las observaciones atinadsimas que hizo acerca de las justicias
populares y del aborrecido imperio del vulgo, fuera imposible, sin dar a
este relato dimensiones desproporcionadas. Puede ser que todos estos
dichos sean recogidos escrupulosamente por algn cachazudo historiador
que los perpete, como sin duda merecen.

Por la noche, cuando el barrio qued tranquilo y se supo la verdad de lo
ocurrido, viendo el hecho en todo su horror, el hroe no daba paz a la
lengua para maldecir a aquel indolente Gobierno, que tales crmenes
haba permitido, si no por expreso consentimiento, por pereza y descuido
casi tan execrables como el consentimiento mismo. Y aqu tena el
compadecer a la libertad, deplorando que su causa estuviese en tales
manos, y el sacar a relucir ejemplos de Grecia y de Roma para sentar el
principio de que las manos brbaras y sucias del vulgo envilecen cuanto
tocan y destrozan aquello mismo que quieren defender.

D. Rodrigun oa esto y callaba, admirando la elocuencia del buen seor;
pero como las palabras carlista y liberal saliesen a relucir, tal vez
impensadamente, en la perorata de Cordero, encrespose el colegial,
cambironse serias rplicas y reticencias, y trabose al fin una
disputilla que no se sabe a dnde habra parado, si Sola no ordenase el
silencio para restablecer la paz. Al da siguiente, D. Benigno dijo a su
amiga con mucho misterio:

--Es preciso mandar a su casa a este subdicono. Es un espa carlista....
Barstolis! tan bueno es Juan como Pedro, y entre las chaquetas de los
desalmados y las sotanas de estas culebrillas no se sabe qu escoger.

Dicho y hecho. Avisose a la familia del colegial, y vestido este de
seglar abandon la casa, aunque ningn peligro haba ya de que saliera
en traje eclesistico. Despidiose chuscamente hasta las _kalendas
carolinas_, a lo que contest el hroe con disparates latini-parlantes,
que tambin se le alcanzaba algo de macarronismo.

Al ver Sola que pasaba un da y otro, que arreciaba la epidemia, que se
cometan asesinatos horrorosos a ciencia y paciencia de las autoridades,
pareciole que el Universo se descuajaba, que la mquina social y fsica
del mundo se haca pedazos, y que por jams de los jamases se vera al
lado de su legtimo dueo y consorte. Amarga tristeza se apoder de
ella, y no se le ocurra pensamiento alguno que no fuese de muerte o
duelo. Pens salir de Madrid, corriendo a la ventura en busca del esposo
que Dios y la ley le haban dado; pero Cordero le quit de la cabeza
esta atrevida idea, impropia de persona tan razonable. Durante tres das
el hroe no se ocupaba ms que de reunir datos para escribir una memoria
sobre el sangriento acontecimiento del da 16, y buscaba referencias,
interrogaba a los testigos oculares, beba en las mismas fuentes de la
verdad histrica, persegua detalles, frases, accidentes mil, y esas
pequeeces de que tanto jugo suele sacar la diligente Clio. Escudriando
tan escandalosos sucesos, vio que a los horrores del colegio Imperial y
de Santo Toms haban excedido los de San Francisco el Grande, donde
perecieron a navajazos cincuenta individuos. En la Merced Calzada
tambin fue grande el estrago. De los de San Francisco dio noticias
prolijas el menguado Rufete, que estaba de guardia aquel da y adquiri
cierta fama no envidiable, por haber dado seguridades al general de la
Orden de que nada ocurrira en la casa, y haber poco despus permitido
el libre paso de los viles asesinos. Rufete desfiguraba los hechos para
velar su cobarda, que quizs, o sin quizs, ms que cobarda, fue
complicidad con los infames asesinos. El oficialete declaraba haber
salvado de la muerte a muchos franciscanos; pero los que lograron salir
vivos de la infame jornada aseguraban que en el momento del conflicto no
se vio al seor oficial por ninguna parte. Haba razones sobradas para
afirmar que el Sr. Rufete hubo de esconderse en los stanos del
edificio, no dando seales de vida hasta que, muerta ya media comunidad,
apareci muy fiero, echando ternos y venablos contra la _pillera_.
Todos estos datos, noticias y versiones las iba recogiendo Cordero de
los mismos hroes de la tragedia, para poner luego a cada cual en el
lugar que le corresponda. Es indudable que el exaltado Rufete ocup el
que por s mismo eligiera en lo ms crudo del degello, es a saber, la
alcantarilla.

Faltara a todas las exigencias de la Historia el buen Cordero, si
omitiera lo que se dijo de envenenamiento de aguas, y la parte que tuvo
en esta brutal creencia la bendita y entonces malhadada _tierra de San
Ignacio_. Este ingrediente desempe en aquellos sucesos terribles un
papel de primer orden. Fue arma odiosa de la mala fe, de la ignorancia,
y absurdo pretexto, ya que no causa, de uno de los ms feos crmenes
polticos que se han cometido en Espaa. Conocemos la vctima y el
grosero instrumento. La mano, qu mano era y dnde estaba? Creeremos
en el espontneo error del populacho y en un movimiento instintivo y
ciego de su barbarie?... Difcil es creer esto. Pero el aguijn que
inquiet al bruto, hacindole morder y cocear, qued escondido en el
misterio. Fue el degello cosa resuelta y ordenada en crculos oscuros,
vidos de maldad y escndalo? Tambin es difcil asegurar esto, que por
su enormidad se resiste a la razn humana. La Fatalidad, causa cmoda de
los hechos oscuros, y luz mentirosa de lo que no puede alumbrarse, se
presenta aqu reclamando su pgina, la pgina a que le dan derecho las
perplejidades del narrador y el convencionalismo de la Historia....
Bienvenida sea esa madrastra Fatalidad, que tan bondadosamente se presta
a adoptar todo hijo abandonado, por lo general feo y enclenque, a quien
rechaza la misma Lgica que en las tinieblas lo engendr.

Rumores corrieron de que el bondadoso Padre Alel haba perecido en las
ferocidades del 16. Esto no result cierto por fortuna. Hallbase el
anciano en la enfermera de su convento, ya completamente perturbado y
sin juicio, cuando acaecieron los asesinatos. De nada se dio cuenta.
Cordero le acompaaba un buen rato todos los das, hasta el de su
muerte, la cual fue por lo tranquila y suave, casi inadvertida. Una
siesta ms larga que las de costumbre ocult el momento de su trnsito,
ocurrido a fines de Julio.

Nazaria muri del colera al siguiente da de la matanza. Hered Tablas
su mal; pero por aquel don de inmunidad que acompaa, segn un viejo
refrn, a la mala hierba, el animal venci a la epidemia asitica, o
esta quizs asustose de l, dejndole libre, aunque muy bien recomendado
a un cncer que le tom por su cuenta algunos aos adelante. Por
Romualda, a quien hallamos una maana subiendo casi a gatas la empinada
escalera de una casa de la calle de la Ruda, supimos que Lpez llevaba
con poca resignacin su desgracia. Romualda subi tanto y tanto, que una
noche la hallaron detenida en el peldao octogsimo. Estaba prosternada,
como besando la escalera. Tanto subi que sin pensarlo haba llegado al
cielo. Lpez fue al hospital. Que muri no puede dudarse, por la ndole
incurable de su mal, pero nadie sabe cundo ni cmo se extingui aquella
miserable vida, ni hay noticias del lugar de su sepultura. Acab en el
misterio, enteramente a solas si no le acompaaran el dolor y su
conciencia, nica compaa que le cuadraba.




-XXX-


Era sbado. Haban pasado seis das desde el nunca bastante execrado 16
de Julio, y Sola, desesperanzada ya y sin sosiego, incapaz de encontrar
un consuelo en su propio pensamiento, convoc a los amigos en familiar
consejo. Crucita opin que no deba pensarse ya en que aquel endiablado
hombre viniese; los chicos mayores se ofrecieron a salir y recorrer toda
la Pennsula para buscarle, y D. Benigno propuso que se fueran todos a
los Cigarrales donde le aguardaran ms tranquilos, libres de la zozobra
que embargaba el espritu de todos en la Corte y Villa.

Sola se resisti a ir a los Cigarrales mientras no tuviese noticias de
su marido o no le viese entrar sano y salvo. Aquel da pas en soledades
y suspiros, en mirar al suelo y al cielo, en interrogarse con los ojos,
sin atreverse a formular verbalmente el triste pensamiento. Pero si
agitada estaba el alma de la seora, no lo estaba menos la del bendito
hroe del Arco famoso, pues al paso que ganaba terreno en ella la idea
de que no parecera jams el _marido de su mujer_, se iba apoderando
traidoramente de aquel mismo espritu suyo un sentimiento expansivo, un
no s qu, una cosa semejante a la alegra.... El pobre seor, cuya
rectitud, an sometida a las mayores pruebas, era siempre grande y
firme, padeci muchsimo con esto que llamaba _caricia del Demonio_, con
esta tentacin o asomos de pecado grave. Pero como poda tanto en l la
voluntad, se sobrepuso a todo, arroj de su pecho la culebrilla que se
deslizara en l furtivamente, o invocando a Dios primero y al Ginebrino
despus, exclam con enrgico arrebato de cristiano y filsofo: Lejos
de m esa infame alegra por la desaparicin del que triunf de m. Si
Dios le mata y paso a heredar su dicha, enhorabuena; pero maldito sea yo
si deseo su muerte, y antes me vea comido de gusanos que envidioso. Bien
dijo aquel gran pensador en el libro V del _Emilio_, que _la virtud que
slo se funda en las acciones es virtud falsa y postiza_.

Por la noche se retir a su casa lleno de congoja, por no poder ya
aliviar con palabras y ficciones la de su infeliz amiga. Esta acost a
Juanito Jacobo, que no haba querido separarse de ella y dorma junto a
su cuarto; mand a los criados que se acostaran tambin, y sola en su
alcoba estuvo rezando hasta muy avanzada la noche. Durmiose al fin en su
lecho, y en sueos crey sentir desusado estrpito en la calle y en la
casa. Era una pesadilla. Parecale que la casa se hunda, o que un
ejrcito entraba en ella o que un gigante la haca pedazos con su pesado
pie. Despertose sobresaltada. El corazn le palpitaba tanto que por la
mucha viveza estuvo a punto de producirse la inercia cardaca y por
consiguiente el sncope. Pero al reconocerse bien despierta y al
observar que continuaba el ruido, se incorpor en el lecho, puso
atencin.... Se oan pasos en la casa... tocaron suavemente a la puerta
de su alcoba... son una voz....

Sola salt instintivamente 25 de su lecho. Empez a vestirse a toda
prisa.... No acertaba a vestirse....

--Soy yo....

--Espera... un momento.... Espera que me vista....

Y a medio vestir corri a la puerta y abri a su esposo.

--Pero no te veo...--le dijo dejndose abrazar.

El criado se acerc con luz, a punto que l soltaba capa y sombrero.

Cuando D. Benigno lleg a la maana siguiente, se qued pasmado, y
absorto en la mitad del pasillo al saber que el _marido de la seora_
estaba sano y salvo en Madrid y en su casa. El hroe dio un gran
suspiro. Mirando despus al cielo, lanz un piadoso apstrofe y dijo
as:

--Barstolis! Por Dios trino y uno, por la Virgen del Sagrario, por
Rousseau, por mi vida honrada y por mi conciencia de cristiano juro y
rejuro que me alegro con toda el alma.

Cuando Salvador sali de su alcoba, abrazronse estrechamente ambos
seores y juraron ser amigos fieles en lo que les quedara de vida.
Muchos conocidos visitaron al recin llegado, y aquel mismo da tuvo
ste ocasin de hacer una obra de caridad, mejor dicho, de aprobarla y
sancionarla, pues ya estaba hecha condicionalmente por su esposa. Sola
haba cedido gratuitamente la bohardilla de la casa a las seoras de
Porreo, en quienes la rancia nobleza no fue parte a poner un dique a la
invasora miseria. Muerto Fernando VII, faltoles la modesta pensin qu
este les daba. Su dignidad no les permita implorar la caridad pblica.
Su arreglo, las distintas aptitudes de Doa Mara de la Paz les
permitan aspirar a sostenerse, aunque mal, de su honrado trabajo. Sola
les ayud en trances tan aflictivos, dndoles la casa y encargndoles no
se sabe cuanta obra de ropa blanca. La gratitud de las dos dignsimas
cuanto infelices damas era extraordinaria. Doa Salom baj de punta en
blanco a dar las gracias al generoso dueo de la casa. Presentose
envuelta en ajadsimos tafetanes, adornada de podridas pieles y plumas
pulverulentas. Con toda la finura y dignidad de su carcter, con toda la
cortesa de su educacin y toda la tiesura de su embalsamado cuerpo
expres sus sentimientos, diciendo que aquel caso de liberalidad deba
agradecerse ms en una poca funesta ay! en que haban desaparecido,
por completo los caballeros.

Partieron a los Cigarrales. All trascurran dulces y lentas las horas.
El sosiego era completo, el tiempo delicioso, la salud admirable, en
concierto dulcsimo con la paz y alegra de las almas.

Salvador y D. Benigno hablaban de poltica, cada cual segn su criterio,
su experiencia y diversos conocimientos; el segundo inclinado, a las
generalidades, a las teoras; el primero ms aferrado a los hechos, y
deduciendo de la incompatibilidad de estos con la idea, desconsoladoras
consecuencias; Cordero dejndose llevar del optimismo y confiando mucho
en el entusiasmo, en la virtud de los hombres y en la fuerza de ciertas
ideas; Salvador inclinndose al pesimismo, revelndose muy aleccionado
por la experiencia, creyendo poco en las personas y menos en las ideas
verdes y desazonadas. D. Benigno opinaba que todos los espaoles deban
abrazar la bandera de la libertad, respetando y enalteciendo siempre la
Religin y el Trono: admitir todos los progresos del siglo, y aplicarlos
a las leyes, a las costumbres, al vivir y al pensar, evitando las
guerras y colisiones. Aada que si todos los espaoles no gustaban de
entrar por este camino, los rebeldes deban ser convencidos a palos,
para lo cual convena que los libres se armaran formando una milicia
organizada, ni ms ni menos que como la famossima de Julio del 22,
mula de los espartanos en el famoso Arco de Boteros.

Salvador no desaprobaba estas ideas, pero fiaba poco en los buenos
propsitos de los que pensaban como su amigo; fiaba tambin poqusimo en
la milicia, en los palos de la milicia y en la soada concordia entre la
libertad y la Iglesia. Declarando todo su pensamiento, asegur que no
esperaba ver en toda su vida ms que desaciertos, errores, luchas
estriles, ensayos, tentativas, saltos atrs y adelante, corrupciones de
los nuevos sistemas, que aumentaran los partidarios del antiguo, nobles
ideas bastardeadas por la mala fe, y el progreso casi siempre vencido en
su lucha con la ignorancia.

--Los das mejores--dijo sealando con su bastn el horizonte--, estn an
tan lejos que seguramente ni usted ni yo los veremos. La reforma es
lenta, porque el mal es grave y profundo, y slo se ha de curar
trabajndose a s mismo. Pienso vivir alejado de toda accin poltica.
Estoy abrumado de experiencias; he visto mucho; cumpl mi misin. Hay
mil caminos abiertos por donde pueden lanzarse los hombres nuevos. Los
que no lo son, deben quedarse a un lado mirando y viviendo. Mi ideal
est lejos. El tiempo le tiene tan guardado an, que no se le vislumbra
aqu por ninguna parte. Pero vendr, y aunque no hemos de ver esa
realidad, digna de ser admirada, desde aqu nos consuela el penetrar con
el pensamiento en un porvenir oscuro, y contemplar las hermosas
novedades de la Espaa de nuestros nietos. En tanto, no puedo tener
entusiasmo como usted, porque no creo en el presente. Me parece que
asisto a una mala comedia. Ni aplaudo ni silbo. Callo, y quizs me
duermo en mi luneta. No tengo que soar en mi felicidad domstica, que
es ya un hecho positivo; soar con ese porvenir lejano de nuestra
patria, con ese tiempo, querido amigo mo, en que la mayora de los
espaoles se reir de la angelical inocencia poltica de usted.




-XXXI-


Basta ya.

Aqu concluye el narrador su tarea, seguro de haberla desempeado muy
imperfectamente, pero tambin de haberla terminado en tiempo oportuno
(vyase lo uno por lo otro) y cuando el continuarla habra sido causa de
que las imperfecciones y faltas de la obra llegaran a ser imperdonables.
Los aos que siguen al 34 estn demasiado cerca, nos tocan, nos codean,
se familiarizan con nosotros. Los hombres de ellos casi se confunden con
nuestros hombres. Son aos a quienes no se puede disecar, porque algo
vive en ellos que duele y salta al ser tocado con escalpelo. Qudese,
pues, aqu este largo trabajo sobre cuya ltima pgina (a la cual
suplico que me sirva de Evangelio) hago juramento de no abusar de la
bondad del pblico, aadiendo ms cuartillas a las diez mil de que
constan los _Episodios Nacionales_. Aqu concluyen definitivamente
estos. Si algn bien intencionado no lo cree as y quiere continuarlos,
hechos histricos y curiosidades polticas y sociales en gran nmero
tiene a su disposicin. Pero los personajes novelescos, que han quedado
vivos en esta dilatadsima jornada, los guardo, como legtima
pertenencia ma, y los conservar para casta de tipos contemporneos,
como ver el lector que no me abandone al abandonar yo para siempre y
con entera resolucin el llamado _gnero histrico_.




FIN DE LA NOVELA Y DE LOS EPISODIOS NACIONALES

Santander.--Noviembre-Diciembre de 1879.

En el breve Prlogo impreso a la cabeza de la presente edicin me dej
decir que tena preparado un largo escrito sobre el origen e intencin
de esta obra, los elementos histricos de que dispuse, y los datos y
ancdotas que recog, comprendiendo adems algunos desahogos _sobre la
novela espaola contempornea_. Pronto me arrepent de esta precipitada
oferta, y la tuve por grandsima tontera en la parte que se refiere a
juicios generales de crtica y a opiniones sobre el gnero literario que
ms se cultiva en Espaa. Y al desempolvar los papelotes en que estaba
el mal pensado y peor escrito _Ensayo_, me revolv airado contra m
mismo por la pcara maa de ofrecer lo que en manera alguna puedo ahora
cumplir.

Me desdigo resueltamente, recojo mi palabra, y como en aquella
espontaneidad pueril no hubo nada de juramento, ni se trata de un caso
de conducta moral, espero quedar bien con mis lectores y con mi
conciencia. Y si me apuran, prefiero pasar por poco formal a meterme en
sabiduras y honduras de crtica, investigando las recnditas leyes de
la belleza o las mudanzas que el tiempo y la moda les imprimen, y
olfateando los caminos que este y el otro autor siguieron para su gloria
o descrdito. Para cumplir lo prometido sera preciso que me saliese de
las filas de la procesin y me pusiese a repicar. Hay escritores
dichosos que desempean admirablemente este doble trabajo, y andan en la
procesin y repican que se las pelan. Estos tienen el don maravilloso de
practicar el arte y de legislar sobre l, y son maestros en todo cuanto
cae debajo del fuero de la pluma. Sabe Dios que dara cualquier cosa por
que me infundiesen algo de su aptitud, aunque no fuera sino para salir
airoso en la ocasin presente; pero como esto no puede ser, me resigno,
y queda circunscrito el compromiso a la primera parte tan slo de lo
ofrecido, es decir, que no tengo ya ms obligacin que hablar un poco de
cmo y cundo se escribieron estas pginas. Esto me lo tengo muy sabido,
no es cosa de ciencia sino de experiencia; pertenece a la erudicin
fcil y profunda de las propias acciones, y saldr como una seda, sin
temor de opiniones adversas ni de que los descontentadizos lo tengan por
ms o menos aproximado a la verdad; como que es la certeza misma.

A principios de 1873, ao de grandes trastornos, fue escrita y publicada
la primera de estas novelas, hallndome tan indeciso respecto al plan,
desarrollo y extensin de mi trabajo, que ni aun haba fijado los
ttulos de las novelas que deban componer la serie anunciada y
prometida con ms entusiasmo que reflexin. Pero el agrado con que el
pblico recibi _La Corte de Carlos IV_ sirviome como de luz o
inspiracin, sugirindome, con el plan completo de los EPISODIOS
NACIONALES, el enlace de las diez obritas de que se compone y la
distribucin graduada, de los asuntos, de modo que resultase toda la
unidad posible en la extremada variedad que esta clase de narraciones
exige. Cuatro novelas aparecieron puntualmente cada ao con regularidad
de Almanaque, y en la Primavera de 1875 qued terminada con _La Batalla
de los Arapiles_ la primera serie. Tantos lectores tuvo (dentro de la
cifra reducida de lectores espaoles), que cre oportuno emprender una
segunda serie. Verdaderamente, la pintura de la guerra quedaba manca,
incompleta y como descabalada si no se le pona pareja en el cuadro de
las alteraciones y trapisondas que a la campaa siguieron. El furor de
los guerreros de 1808 slo haba cambiado de lugar y de forma, porque
continuaba en el campo de las Conciencias y de las ideas. Esta segunda
guerra, ms ardiente tal vez aunque menos brillante que la anterior,
pareciome buen asunto para otras diez narraciones, consagradas a la
poltica, a los partidos y a las luchas entre la tradicin y la
libertad, soldado veterano la primera, soldado bisoo la segunda; pero
ambos tan frenticos y encarnizados, que aun en nuestros das, y cuando
los dos van para viejos, no se nota en sus acometidas sntoma alguno de
cansancio.

Con _Un Faccioso ms y algunos frailes menos_ quedaron terminados los
EPISODIOS NACIONALES, y no obstante las excitaciones de algunos
aficionados a estas lecturas, me pareci juicioso dejar en aquel punto
mi trabajo, porque la excesiva extensin habra mermado su escaso valor,
y porque, pasado el ao 34, los sucesos son demasiado recientes para
tener el hechizo de la historia y no tan cercanos que puedan llevar en
s los elementos de verdad de lo contemporneo. Abrazan, pues, los
EPISODIOS NACIONALES veintinueve aos, los cuales, de fijo, dieron de s
ms acontecimientos y produjeron ms hombres, y, en una palabra,
hicieron ms historia que todo el siglo precedente. Si damos valor a una
ilusin de tiempo, podremos decir que aquellos veintinueve aos fueron
nuestro siglo dcimo octavo, la paternidad verdadera de la civilizacin
presente, o del conjunto de progresos y resabios, de vicios y cualidades
que por tal nombre conocemos.

Por ms que la generacin actual se precie de vivir casi exclusivamente
de sus propias ideas, la verdad es que no hay adelanto en nuestros das
que no haya tenido su ensayo ms o menos feliz, ni error al cual no se
le encuentre fcilmente la veta a poco que se escarbe en la historia
para buscarla. Todos los disparates que hacemos hoy los hemos hecho
antes en mayor grado. Y si parece que faltan ahora los grandes impulsos
que en otro tiempo determinaron hechos inmortales, es porque no se
producen las circunstancias que los estimulan; que si se produjeran,
aquellos impulsos saldran. Y si no, que lo prueben de veras.

Es y ser siempre un gran placer para toda generacin el mirarse en el
espejo de la que le ha precedido inmediatamente. De esto, en primer
trmino, y de la circunstancia, feliz para m, de no existir en la
literatura espaola contempornea novelas de historia reciente, ha
dependido el buen xito de estos libros y la estimacin que por sus
condiciones literarias no habran alcanzado nunca.

Esta obra fue empezada antes de que estuvieran en boga las tendencias en
literatura, al menos aqu; pero aunque se hubiera escrito un poco ms
tarde, seguro que habra nacido limpia de toda intencin que no fuera la
de presentar en forma agradable los principales hechos militares y
polticos del perodo ms dramtico del siglo, con objeto de recrear (y
ensear tambin, aunque no gran cosa) a los aficionados a esta clase de
lecturas. Ni remotamente se me ocurri mortificar poco ni mucho a los
naturales de un pas enemistado con el nuestro en aquellos trgicos
das. La demencia patritica que nuestros vecinos llaman _chauvinisme_
es tan contraria a mi manera de sentir, que me tengo por libre de tal
enfermedad ahora y siempre. Consigno aqu esta declaracin como
respuesta, tarda s, pero categrica a lo escrito en una clebre
revista de circulacin universal por un discretsimo y malogrado
publicista francs 26, que al mismo tiempo que favoreca mi obra con
apreciaciones lisonjeras, indicaba que el autor de ella se propona
concitar los nimos de sus compatriotas contra Francia. De que en una o
varias novelas aparezcan pintados los sentimientos de los espaoles de
1808 con la vehemencia que exige la propiedad histrica, no se puede
deducir que los presentes sintamos antipata hacia una nacin a la cual
nos unen hoy vnculos ms fuertes que todas las alianzas polticas. La
proximidad entre ambos pases es tan grande a cansa del mutuo comercio y
de las fciles comunicaciones; es tan incontrastable la influencia que
en nosotros ejercen las ideas, las costumbres, la industria y aun la
riqueza de nuestros vecinos, que aunque existiera aqu el _chauvinisme_,
los hechos lo curaran de golpe. Por lo dems, los franceses mismos, en
su literatura patritica, no han sido nunca tan escrupulosos ni se han
parado en barras en lo de molestar con ms o menos justicia a naciones
que han tenido con ellos algn altercado. Otros dos escritores
extranjeros, al ocuparse ligeramente del mismo asunto, han seguido el
criterio de Mr. Louis-Lande. A ellos dirijo tambin estas observaciones.

Lo que comnmente se llama _Historia_, es decir, los abultados libros en
que slo se trata de casamientos de Reyes y Prncipes, de tratados y
alianzas, de las campaas de mar y tierra, dejando en olvido todo lo
dems que constituye la existencia de los pueblos, no bastaba para
fundamento de estas relaciones, que o no son nada, o son el vivir, el
sentir y hasta el respirar de la gente. Era forzoso pedir datos a los
olvidados anales de las costumbres y aun de los trajes, a todo eso que
la tradicin no sabe defender de las revoluciones de la moda, y que se
pierde en la marejada del tiempo, dejando rastro muy dbil en los
archivos del Estado. Era indispensable pedir tambin auxilio a la
literatura anecdtica y personal, como Memorias y colecciones
epistolares. Pero de estos tesoros estn muy pobres nuestras
bibliotecas. Son pocos los que han referido los lances verdicos de su
vida. Hay en nuestro carcter un fondo de modestia que perjudica a la
formacin de la verdadera historia, y adolecemos adems de falta de
sinceridad. Lo que llaman _vida pblica_ es una fastidiosa comedia
representada por confabulacin de todos, amigos y enemigos. La vida
efectiva no aparece nunca, y nos apresuramos a hacer desaparecer los
documentos de ella, arrebatando a la publicidad las cartas de personajes
fenecidos, por ese ridculo miedo a la verdad que es propia de los que
se habitan a vivir en una atmsfera de artificios. De aqu la oscuridad
que envuelve sucesos casi recientes. Las cartas escritas _para el
pblico_ no llenan este vaco, y las verdaderas no salen nunca a luz, o
por la razn de falsos respetos, o quizs porque el pblico mismo no
manifiesta inclinacin a esta literatura de verdad palpitante, y protege
con su demanda las cosas sobadas, compuestas y mentirosas. Poco o ningn
fruto obtuve, pues, de la literatura familiar.

La prensa peridica ha podido, en algn caso, prestar servicios al
novelista, aunque en las pocas de rgimen autoritario es difcil hallar
en los papeles pblicos un reflejo, ni aun siquiera plido, de la vida
comn. En cuanto a la _Gaceta_ de aquellos tiempos, justo es reconocer
que arroja gran luz sobre los sucesos de Turqua, Moscovia, Transilvania
y Galitzia, observando, respecto a lo que en Madrid pasaba, una
discrecin tal, que no es posible imaginar papel ms estpido. Pero
donde menos se piensa hallamos un tesoro. El _Diario de Avisos_, que en
estupidez iguala a la _Gaceta_ y le supera en garrulera, ha sido para
m de grande utilidad, por los infinitos datos de la vida ordinaria que
atesora.... dnde creeris? en sus anuncios. En esta parte del
peridico ms antiguo de Espaa he hallado una mina inagotable para
sacar noticias del vestir, del comer, de las pequeas industrias, de las
grandes tonteras, de los placeres y diversiones, de la supina inocencia
de aquella generacin. Cranlo o no, digo que todo lo que en esta obra
es colorido, acento de poca y dejo nacional, procede casi
exclusivamente de los anuncios del _Diario de Avisos_. Para la
ensambladura histrica tuve siempre a la vista la historia annima de
Fernando VII, que se atribuye a D. Estanislao de Koska Bayo, y para
_Zaragoza_ los _Sitios_ de Alcaide Ibieca. Con esto, las _Memorias_ de
algunos generales del Imperio y otras historias menos conocidas y una
buena dosis de buena voluntad, que suple a veces la falta de ciertas
facultades, sal del paso como Dios me dio a entender.

Gran ventura habra sido para m tropezar con testigos presenciales;
pero no habiendo hallado ninguno que pudiera contar hechos de la primera
poca, tuve que fiar la empresa a las fatigas del trabajo inductivo y de
probabilidades, auxiliado por datos de tercera mano y referencias
incompletas o desvirtuadas. Despus, al acometer la segunda serie, pude
obtener ventajas de la conversacin con personas de tanto ingenio,
sagacidad y feliz memoria como el Sr. Mesonero Romanos y algn otro. En
las obras de este insigne fundador de la literatura de costumbres en
Espaa, en las de Larra, Miano, Gallardo, Quintana, etc., y aun en las
comedias, sainetes o articulillos de escritores oscuros, as como en
diferentes peridicos no polticos, sin excluir los de modas, he
allegado elementos indirectos para sortear las dificultades de empresa
tan ruda.

En la primera serie adopt la forma autobiogrfica, que tiene por s
mucho atractivo y favorece la unidad; pero impone cierta rigidez de
procedimiento y pone mil trabas a las narraciones largas. Difcil es
sostenerla en el gnero novelesco con base histrica, porque la accin y
trama se construyen aqu con multitud de sucesos que no debe alterar la
fantasa, unidos a otros de existencia ideal, y porque el autor no
puede, las ms de las veces, escoger a su albedro ni el lugar de la
escena ni los mviles de la accin. Tales dificultades obligronme a
preferir en casi todas las novelas de la segunda serie la narracin
libre, y como en ellas la accin pasa de los campos de batalla y de las
plazas sitiadas a los palenques polticos y al gran teatro de la vida
comn, resulta ms movimiento, ms novela, y por tanto, un inters
mayor. La novela histrica viene a confundirse as con la de costumbres.
En los tipos presentados en las dos series y que pasan de quinientos,
trat de buscar la configuracin, los rasgos y aun los mohines de la
fisonoma nacional, mirando mucho los semblantes de hoy para aprender en
ellos la verdad de los pasados. Y la diferencia entre unos y otros, o no
existe, o es muy dbil. Si en el orden material las trasformaciones de
nuestro pas han sido tan grandes y rpidas que apenas se conoce ya lo
que fue, en el orden espiritual la raza defiende del tiempo sus
acentuados caracteres con la tenacidad que pone siempre en sus defensas,
ya lo sean de una ciudad, como en Numancia y Zaragoza, ya de una
costumbre, como se muestra en la perpetuidad de los Toros y de otras
maas nacionales. No es difcil, pues, encontrar el espaol de ayer, a
poco que se observe el que tenemos delante.

Al pensar en la ilustracin de esta obra, quise, como he dicho al
principio de la edicin, que manos de otros artistas vinieran a dar a
las escenas y figuras presentadas por m la vida, la variedad, el acento
y relieve que yo no poda darles. Poco tengo que aadir a lo que dije al
principio de la edicin. Bien se ha visto que el plan primitivo ha
sufrido alguna mudanza. Anunci que la ilustracin total estaba a cargo
de dos artistas eminentes; pero las dificultades que en la prctica
ofreci lo excesivo del trabajo en obra tan extensa, obligronme a
repartir la ilustracin entre mayor nmero de artistas. Tuve la suerte
de que todos cuantos llam en mi auxilio respondieron con entusiasmo;
todos han trabajado con fe, encariados con la obra ms de lo que esta
mereca. El resultado ha sido admirable. La habilidad de los insignes
pintores y dibujantes que han trabajado en esta edicin, su entusiasmo y
mi constancia (que no quiero renunciar a la parte de gloria que me
toca), han producido una obra editorial de relevante mrito, un
verdadero museo de las artes del diseo aplicadas a la tipografa, y
marcan un verdadero progreso en el gusto nacional. Creo haber acertado
al preferir los facsmiles ejecutados sobre zinc a los antiguos
procedimientos del boj, pues si la madera bien trabajada da finezas y
matices, que en el clis directo se obtienen pocas veces, en cambio este
reproduce fielmente la creacin del artista, y traslada el acento, el
trazo, la personalidad. De aqu la seduccin que ejerce en el observador
entendido un relieve de zinc cuando es de manos bien ejercitadas en el
lpiz o la pluma. Muy grande tiene que ser la destreza de un grabador
para arrancar de la madera efectos iguales, y sobre todo, para imprimir
con el buril ese sello de espontaneidad y frescura que en el clis
directo compensa la tosquedad del trazo.

No he de ocultar que la escasez de medios industriales en nuestro pas
ha sido parte a mermar los efectos que habran podido obtenerse en esta
ilustracin, utilizando todos los progresos que la zincografa ha
realizado ltimamente en Europa. Pero en la ruda campaa que ha sido
preciso sostener con la carencia de elementos materiales se ha llegado
hasta donde se ha podido, y slo han cesado los esfuerzos ante el
convencimiento de no poder avanzar ms en esta senda de asperezas y
entorpecimientos de todas clases. Se ha ido hasta el fin del terreno
conocido en nuestra limitada vida industrial, no retrocediendo sino
cuando era humanamente imposible dar un paso ms. La tristeza que
produce el no haber llegado a la perfeccin se atena con la idea de
haber puesto los cinco sentidos y los recursos todos en la empresa, y
con la seguridad de que otros llegaran hasta donde hemos llegado: pero
no ms all.

Cuatro aos y medio ha durado la publicacin, plazo relativamente corto
y que an lo parecer ms si se atiende a que la obra consta de
_quinientos veintiocho pliegos_, a que ha sido preciso obtener de
nuestros artistas, algunos de ellos avecindados en Barcelona y en el
extranjero, mil doscientos dibujos prximamente, enviarlos fuera de
Madrid casi siempre, para la elaboracin de los cliss, y estampar al
fin estos con la prolijidad y el esmero que exige tal trabajo. Los que
conozcan de cerca las faenas tipogrficas y adems hayan visto
experimentalmente los horizontes que tiene en Espaa el comercio de
libros, se pondrn de mi parte cuando me oigan repetir lo que dijo
primero el loco de Cervantes y despus Pereda en esta forma: _no es
para todos la tarea de hinchar perros en esta catadura_.

Los nombres de los colaboradores artsticos de esta edicin, pintores
eximios los unos, dibujantes habilsimos los otros, van a la cabeza de
los diez tomos. Estos nombres, algunos de los cuales gozan ya de
universal fama, y los dems la obtendrn seguramente, son demasiado
conocidos y no necesitan que se les haga aqu un panegrico. Poco
aadiran a su reputacin mis encarecimientos, que, por otra parte,
pareceran quizs interesados. Es ocioso encomiar lo que est a la
vista. Ponerse a describir bellezas fcilmente apreciables por cuantos
tienen ojos y gusto es ms de _cicerone_ que de crtico. Penetrad por la
primera pgina, salid por la ltima despus de haber recorrido esta
inmensa galera, y tengo por cierto que haris justicia, sin necesidad
de apuntador, al ingenio, la fuerza de expresin y la gracia con que el
arte del dibujo ha hermoseado estas pobres letras.

Otros colaboradores ha tenido, en esfera ms modesta, la presente
edicin, los cuales nadie conoce, y que, no obstante, merecen que sus
nombres sean sacados de la oscuridad. Yo lo har como recompensa a los
constantes esfuerzos, a la inteligencia y buena voluntad con que han
coadyuvado al xito de este difcil trabajo. Servicios, tan tiles no
son los menos importantes, ni la parte de gloria que les corresponde en
el resultado total es la ms pequea. Merece, pues, una mencin aqu el
encargado de los trabajos tipogrficos de la edicin, D. Guillermo Cano,
por cuyas manos han pasado todas mis obras desde _La Fontana de Oro_
hasta la ltima que he compuesto, y todas las ediciones, grandes y
chicas, buenas y malas que de ellas se han hecho. La tirada de los
EPISODIOS NACIONALES ilustrados y de sus innumerables grabados ha sido
hecha con el mayor esmero, desde el principio hasta el fin, por el
maquinista D. Antonio Lpez.

Creo haber dicho todo lo que tena que decir, cumpliendo la oferta de
marras, y pagando el acostumbrado tributo de cortesa a un pblico con
el cual se ha estado en comunicacin no interrumpida durante muchos
aos. A este pblico que me admiti la edicin primitiva de estos
libros, que recibe bien la ilustrada, y que tal vez, andando el tiempo,
no ponga mala cara a otra, presentada en forma y condiciones diferentes,
debo gratitud eterna. Mientras su favor me dure, yo no he de pecar de
ingrato ni de perezoso. Este es el nico poderoso de la tierra, cuya
munificencia no tiene lmites y cuyos dones se pueden admitir siempre
sin ofensa del decoro, porque es el nico que sabe y puede ser Mecenas
en los tiempos que corren. Cuando el favor desmaye y observe yo en el
inmenso semblante asomos de ceo o de cansancio, me dejar caer poco a
poco del lado de la oscuridad, hasta quitarme de en medio completamente,
siempre con la debida reverencia.



Madrid.--Noviembre de 1885



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MENOS***


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both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

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effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
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works, and the medium on which they may be stored, may contain
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://www.gutenberg.org/about/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://www.gutenberg.org/fundraising/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit:
https://www.gutenberg.org/fundraising/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     https://www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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