The Project Gutenberg EBook of Belarmino y Apolonio, by Ramon Prez de Ayala

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Title: Belarmino y Apolonio

Author: Ramon Prez de Ayala

Release Date: December 10, 2004 [EBook #14318]

Language: Spanish

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BELARMINO Y APOLONIO

_NOVELA_




RAMN PREZ DE AYALA

1921




PRLOGO

EL FILSOFO DE LA CASAS DE HUSPEDES

Don Amaranto de Fraile, a quien conoc hace muchos aos en una casa de
huspedes, era, sin duda, un hombre fuera de lo comn, no menos por la
traza corporal cuanto por su inteligencia, carcter y costumbres. Algn
da quiz se me ocurra referir por lo menudo lo que hube de averiguar de
su vida, y sobre todo recoger por curiosidad sus doctrinas, opiniones,
aforismos y paradojas; de donde pudiera resultar un libro que si no
emula las _Memorabilia_ en que Xenofonte dej reverente y filial
recuerdo de su maestro Scrates, ser de seguro porque ando yo tan lejos
de Xenofonte como don Amaranto se aproximaba, tal cual vez, a Scrates:
un Scrates de tres pesetas, con principio. Pero todo esto no conviene
ahora a mi propsito.

Cuando yo le conoc pasaba ya de los sesenta este varn extraordinario.
Haba vivido veinte aos en la misma casa de huspedes, aquella en donde
yo di con l, y otros veinticinco en otras muchas casas de huspedes. Es
decir, que se haba pasado la vida en casas de huspedes. La tal casa,
en donde al Destino plugo juntarnos pasajeramente, era repugnante de
todo punto. Pas all slo dos meses, y eso porque la simpata y
deleitoso magisterio de don Amaranto me persuadieron a dilatar mi
estada. Su irnica pedantera y pintoresca erudicin me encantaban; pero
lo que ms me mova a venerar a don Amaranto era el hecho de que hubiera
permanecido tantos aos en semejante alojamiento, soportando como si tal
cosa, sin perder de romana en lo fsico ni la ecuanimidad interior,
privaciones, entrometimientos, escndalos, desalios, ponzoas; en suma,
un trato miserable y homicida. Y es que haba profesado pertenecer a las
casas de huspedes, como a una orden religiosa, y hecho voto de pupilaje
perpetuo. l mismo me lo declar un da, de sobremesa. Digo de
sobremesa, que no de sobrecomida. Un detalle de las sobremesas de
aquella casa, es que no haba palillos de dientes; no por razones de
economa, ni menos por escrpulos de aseo y urbanidad, como es uso entre
anglosajones, los cuales consideran el acto de mondar las rendijas de la
dentadura como una necesidad de orden vergonzoso y clandestino, sino
porque no haba ocasin, y por ende los palillos holgaban. Condumios y
viandas eran los primeros harto flidos y las otras de estructura
demasiado coherente y compacta para la herramienta dental humana, de
manera que no permaneca residuo alguno entre los dientes.

--En el tica--me dijo aquel da de sobremesa don Amaranto, ostentando
didcticamente un tenedor de peltre, al modo de frula--se iba a buscar
la sabidura al mercado o bajo el prtico de Jpiter Liberador, donde
Scrates, con palabra ligera y gesto sonriente, parteaba, como avezada
comadrona, el alumbramiento de las ideas; al huerto umbrtil de Academo,
donde Platn, de hombros anchos y labios melifluos, empollaba en las
almas jvenes los alados anhelos con que volasen de lo sensible a lo
absoluto; en el Liceo, donde el seco Estagirita desmontaba en piezas la
mquina del mundo, y mostraba sus relaciones, ensambladuras y modo de
funcionar. En la Edad Media, los silos del saber de entonces y de lo
poco que de la antigedad an quedaba fueron los monasterios. Luego, la
ciencia se acogi a las universidades. En nuestros das, la mejor
universidad, el verdadero convento, el ms cumplido liceo, el ms
poblado huerto de Academo, y el ms genuino trasunto del prtico de
Jpiter Liberador y del clsico mercado, todo esto es, amigo mo, la
casa de huspedes espaola, sealadamente la madrilea. La Naturaleza es
un libro, ciertamente; pero es un libro hermtico. La casa de huspedes
es un libro abierto. No se necesita sino saber leer, que es bien poca
cosa. Ahora, que para morar de por vida en casas de huspedes, como para
profesar en una orden religiosa, necestase asimismo una cualidad rara,
aunque no tan rara entre espaoles: vocacin asctica. En las casas de
huspedes no cabe dar pbulo ni satisfaccin a ningn linaje de
voluptuosidad o apetencia de la carne mortal. El espaol tiene la piel
tan recia, las entraas tan enjutas y los sentidos tan mansuetos, que es
ya asceta innato y por predestinacin; ninguna aspereza le mortifica y
apenas si hay placer sensual que apetezca, como no sea el gensico, y
se en su forma ms simple y plena, el cual as considerado, aunque el
vulgo ibrico lo denomine amor, y hasta el gran Lope de Vega escribi
que no hay otro amor que ste que por voluntad de natura se sacia con el
ayuntamiento de los que se desean, no es sino instinto y servidumbre,
comn a hombres y bestias, con que cumplimos en la propagacin de la
especie; en tanto el hombre, en sus placeres exclusivos, selecciona por
discernimiento, que no por instinto, el objeto o propsito hacia donde
se encamina, y perfecciona por educacin los medios de alcanzarlo y el
arte de gustarlo. Un placer humano, aunque de la ms baja jerarqua, es
el de la mesa. Los animales comen el alimento en crudo. El hombre hace
pasar el alimento por la cocina; lo condimenta, lo sazona, le infunde
sabores varios y sutiles. El buey come hierba ahora como en la edad de
piedra, y la rumia como entonces, sin haberle aadido complicaciones ni
gustos nuevos. En cambio, la ciencia y el arte culinarios son evolutivos
y perfectibles; en Maxim, de Pars, no se come como se coma en las
cavernas. S, amigo mo; el espaol es asceta _a nativitate_. Por eso en
Espaa hay incontable nmero de conventos y casas de huspedes, en los
cuales se perpetan bodrios y condumios cavernarios, cuando no se apenca
con el alimento en crudo. Cierta vez me propuse acometer una
investigacin cientfica de sociologa comparada, y aun de etnografa,
tomando como tema y punto de arranque las casas de huspedes en Espaa y
en las naciones extranjeras. Despus de prolijas experiencias y
estudios, llegu a este resultado inconcuso: la casa de huspedes es
una institucin tpicamente espaola, algo as como la lidia de reses
bravas en coso, el cocido y el cultivo de las verrugas pilosas con fines
estticos. Entre el _boarding-house_ ingls, la _pension de famille_,
francesa o suiza, la _pensione_ italiana, la _pensionshaus_ alemana y la
casa de huspedes madrilea, hay tanta semejanza como entre el Tmesis,
el Sena o el Tber, de una parte, y de otra el Manzanares; y en este
parangn le corresponde el papel de Tber, Sena o Tmesis a la casa de
huspedes, claro est. El _boarding-house_ ingls es un pequeo museo de
figuras de cera, un nmero del _Punch_, un breve repertorio de
caricaturas, ya que los britanos, casi sin excepcin, condcense
socialmente con fra y cmica simplicidad y rehuyen efusiones e
intimidades. La pensin suiza, una cantina de estacin; todos estn de
paso y ausentes entre s. La _pensione_ italiana, alhndiga de
interjecciones y de lugares comunes artsticos (han visto ustedes ya
_La Primavera_, de Sandro Boticelli? Ah!, exclama una pintora sueca,
de volumen ciclpeo, en tanto ingurgita, con remilgo y primor,
cucharadas de _minestrone_. Ah!, repite un yanqui de pecho abultado,
como palomo buchn, que tiene voz de bartono y est adoctrinndose en
el _bell canto_, con miras econmicas, por ver de ganar tanto como
Caruso. Pues, y los frescos del Giotto? Oh!, interpone una provecta
dama rusa, que tiene ante s un libro de Ruskin, abierto y apoyado sobre
una panzuda botella de _Chianti_); vivero de filisteos estetas, de
fementidos mulos de Apeles y Fidias y de presuntas estrellas
operticas, que con aullidos y fermatas martirizan al husped sosegado e
inofensivo. La _pensionshaus_ alemana, reducido _pandemnium_, o sea,
lugar consagrado al culto de la democrtica Afrodita tudesca, de cadera
copiosa y relevado seno. Algunas pensiones familiares francesas
justifican, en efecto, su ttulo, mediante ciertas virtudes y todos los
defectos de la vida familiar, y conservan la mesa nica, la mesa
redonda, que en la casa de huspedes espaola es de rigor. En todos
aquellos hospedajes y albergues forasteros no niego que se aprende algo;
pero ese algo es anecdtico, superficial, inconexo, al modo de las
monografas de la ciencia experimental. Mas la casa de huspedes es
enciclopedia de las ciencias, es _summa_, es biblia. Hace ya no pocos
lustros, durante mi noviciado como pupilo de casa de huspedes, entabl
pronta amistad con otro pensionista, estudiante de medicina, quien
primero suscit mi curiosidad hacia los misterios hipocrticos y luego
me inici en ellos. Con l asist a un parto, en San Carlos. Hay dos
espectculos que el hombre debe presenciar alguna vez: uno es la salida
del sol; otro es un parto. El primero nos ensea a respetar la idea de
Dios; el segundo, a respetar a la mujer. Creo que la razn de que en los
matrimonios espaoles no se acate lo debido a la mujer estriba en que es
uso entre comadrones y comadronas impeler y aun constreir al padre a
que permanezca fuera del recinto en donde se verifica el doloroso
misterio. De esta suerte, el marido ignora por qu la maternidad es
sacramento, martirio y santificacin. La mujer, advierte San Agustn,
_nisi mater, instrumentum voluptatis_; o vemos en ella la madre, o nos
rebajamos a tomarla como mero instrumento de voluptuosidad. Cuando
sucede esto ltimo y del misterio de la maternidad el hombre no hace
cuenta sino de los fugitivos instantes de epilepsia que acompaan a la
cpula, al acto de engendrar y concebir, entonces el esposo envilece a
la esposa, y cmo ha de respetar aquello que envilece? Prosigo. Estudi
bastante tiempo la medicina, libremente y conforme mi arbitrio. Desde
aquel punto, siempre he estado suscrito a alguna revista mdica. Lo
primero es el conocimiento del hombre fsico, de la mquina deleznable y
complejsima con que sentimos y pensamos. Las ideas, aun las ms puras,
son evaporaciones biolgicas, vahos de la carne efmera; son como las
nubes, que parecen nacidas del firmamento y exentas de la grave
jurisdiccin terrena, no obstante que de la tierra se desprenden y a la
tierra tornan, y al volver la fecundan. Merced a otros muchos
pensionistas y accidentales compaeros de hospedaje, fu interesndome
y adoctrinndome en las varias disciplinas y actividades del saber. En
una ocasin cay por mi misma casa de huspedes un teutn, aprovechado
como todos ellos, que buscaba aprender en vivo y por obra de prctica
asidua el castellano. Tate, pens; t aprenders mi habla, pero yo
aprendo la tuya, como as fu. El griego me lo ense un opositor a
ctedras, y muy rpidamente, con gran sorpresa ma. Abundante copia de
opositores a ctedras conoc, que me sirvieron de maestros. Existe en
Espaa una rara profesin: la de opositor a ctedras. Hay individuos,
talludos ya, y aun valetudinarios, que no son ni han sido otra cosa que
opositores a ctedras. Esto se explica porque en Espaa se conceden las
ctedras por amistad, parentesco o bandera, antes que por mrito; de
donde se aprende ms y mejor de los opositores que de los mismos
catedrticos. No le fatigar a usted con la relacin meticulosa de lo
que he aprendido y me figuro saber. Porque, al cabo, el saber poco o
mucho, de qu sirve? Cada ciencia, de por s, es una abdicacin al
conocer ntegro, gesto de cansancio, tcita admisin de pequeez e
ignorancia, actitud de obligada humildad. El sabio se ha dejado colocar,
como caballo que va de jornada, orejeras a entrambas sienes, por no ver
sino lo que tiene delante de las narices. El universo es coordinacin de
infinitos fenmenos heterogneos. Cada ciencia, en cambio, se conforma
con aascar enteco troje de fenomenillos homogneos, y obstnase en no
admitir que de fuera, aparte, por debajo y por encima de ellos, exista
realidad alguna. La edad cientfica sigue a la edad teolgica. Es decir:
cuando la humanidad, tras de haber imaginado penetrar el sentido de la
vida y la muerte y tener asido el orbe entre las manos, como un nio una
pelota, volvi sobre s y, con maravilla y espanto, descubri que todo
haba sido ensueo e ilusin, que la vida no tiene sentido ni el orbe
consiente que se le abarque; en aquel trance lastimoso, que fu algo as
como una almoneda en donde se desbarat el hogar y menaje de los dioses,
algunos individuos remataron a bajo precio tales y cules trastos de la
almoneda, que, aunque apolillados y claudicantes, todava duran y se
utilizan, y otros individuos, muy contados, ms propensos a la
desesperanza y al tedio, volvironse de espaldas al cielo, ya vaco y
desalquilado, humillaron los ojos hacia el suelo, y aplicronse a reunir
por semejas hechos minsculos, no de otra suerte que un desocupado, por
pasatiempo o ansia de olvido, se emplea en coleccionar objetos
inservibles; y as se fu formando cada una de las ciencias
particulares: que no es otra cosa una ciencia sino coleccin, jams
completa, de sellos usados o cencerros de vaca. Antes, en la edad
teolgica, el hombre se haba acostumbrado a la presencia de lo absoluto
en cada realidad relativa; el mundo estaba poblado de mitos; la esencia
de los seres flotaba en la superficie, como la niebla matinal sobre los
ros; y el conocimiento ntegro se ofreca al alcance de la mano, como
la frambuesa de los setos. En un rbol, si era laurel, un antiguo vea a
Dafne, senta el contacto invisible de Apolo, y empleaba las hojas para
guisar y para coronar los pgiles y los poetas. Qu ms necesitaba
saber? En la edad cientfica un solo rbol se multiplica en tantos
rboles como ciencias, y ninguno es el rbol verdadero. El botnico le
pone un mote; el matemtico le da ciertas dimensiones, en relacin con
la circunferencia del ecuador, atiza!; el arquitecto lo considera como
una viga maestra; el ingeniero naval, como una cuaderna o un mstil; el
telegrafista, como un poste de telgrafos; el economista, como un valor
cotizable; el ingeniero agrnomo, como un orden de cultivo; el mdico,
como una especie teraputica; el qumico, como una retorta en cuyo seno
se efectan ciertas reacciones; el bilogo, poco menos que como una
persona; y as sucesivamente. La mosca tiene la retina tallada en
millares de facetas, con que ve lo externo reproducido en millares de
imgenes. Le en un ensayista francs: Quin poseyera la retina de la
mosca! Qu formidable panorama de la creacin le ha sido otorgado a la
mosca y negado al que llamamos rey de la tierra!... Pues con penetrar
un poco en todas las ciencias, as puras como aplicadas, se descompone
al punto una imagen en millares de imgenes, como ya he esbozado en el
paradigma del rbol. Y la familiaridad con las ciencias y subsecuente
visin por miradas de imgenes se obtiene profesando, por vocacin y
con fe, en una casa de huspedes. La verdadera universidad de nuestros
das--asent Carlyle--es una biblioteca. Si Carlyle hubiera sido
espaol, habra dicho casa de huspedes, que no biblioteca. Pero, ya que
uno es docto en toda ciencia y mira el objeto en todos sus visos y desde
todos los sesgos, es esto saber ms, ni siquiera saber algo? Eso es dar
vueltas en un to-vivo, alredor de un objeto. Frontera a m, en la mesa
redonda, come una linda muchacha. Yo cabalgo un paquidermo del to-vivo
imaginario y cientfico, y me lanzo a observar la hermosa criatura,
girando en torno de ella. Comienzo a observarla en un soslayo o escorzo,
el fisiolgico. Penetro la arcana alquimia que se est operando en su
estmago a tiempo que deglute; s cmo las protenas, grasas y
carbohidratos, almidones y azcares de los alimentos que delicadamente
va introduciendo en el precioso estuche de su boca se truecan al final
en tejido orgnico; y no quiero profundizar ms en estas observaciones
entraables, porque llegara a trminos lastimosos. Hago un cuarto de
rotacin sobre el giratorio paquidermo, y ahora observo a la nia desde
otra perspectiva: la filolgica. Por ciertas voces y matices
ortolgicos, s, con certidumbre, que esta muchacha es galaica, y
precisamente de Mondoedo. Como por encantamento, la nia acaba de decir
que es de Mondoedo y nacida en agosto. Mi paquidermo da un bote hacia
adelante, y ya estoy en otra lnea de observacin: la de los horscopos
y astrologas, que es ciencia no por olvidada menos respetable. Esta
joven, como nacida en agosto (Napolen Bonaparte naci en agosto), es
apasionada, ardiente, muy proclive a gratificar la Venus, dicharachera,
y debe cuidar de los dolores de cabeza (Napolen no consum la batalla
de Borodino porque aquel da le aquejaba una fluxin nasal). Si yo fuera
joven, no seguira adelante, porque qu vale toda la ciencia ante estos
dos hechos tan sencillos: que esta joven es bonita y que se rinde a
ciertas proclividades? Pero, puesto que si no senil soy senescente, me
sobrepongo a las flaquezas de la carne, completo el giro y examino a la
muchacha desde los cuatro puntos cardinales. A la postre, estoy donde
estaba. Qu he conseguido saber sobre esta muchacha? Nada. Nada. Nada.
En cambio, si es vecina de mi aposento y a travs del frgil tabique la
oigo suspirar, rer, llorar, s que est triste, que goza, que sufre.
Otro da cojo al vuelo una frase; otro, percibo todo un dilogo; otro,
hablo con ella y la guo con sutileza a que me confe algn secretillo;
otro, completo lo que ella me haya dicho con lo que otros me comuniquen
acerca de ella misma; y as, poco a poco, he llegado a conocerla en
puridad, porque he entrado en su drama. Cada vida es un drama de ms o
menos intensidad. Cada vida es, asimismo, una sombra inconstante y
huidera. Recuerda usted la alegora de la caverna, de Platn? Pues es
preciso ir todava un poco ms all; los que Platn pone aherrojados en
la caverna no son cuerpos materiales, sino sombras, pero sombras
dramticas y atormentadas; y lo que sobre el muro ven, sombras de
sombras. Eso es una casa de huspedes: la caverna de las sombras. Por
estas penumbrosas estancias circulan sin cesar nuevas sombras y ms
sombras, vidas y ms vidas, dramas y ms dramas. Se me dir que lo mismo
sucede en los hoteles, en las calles, en los ferrocarriles, dondequiera
que se congregan las gentes. Y es verdad. Slo que en aquellas partes la
sombra y el drama pasan sordamente, aisladamente, disimuladamente, sin
comunicarse, en tanto en la casa de huspedes, la obligada familiaridad,
que comienza en la mesa redonda, solidariza a esas sombras efmeras y
quebranta los sigilos del drama individual. Le digo a usted que, a
veces, extendiendo la mirada sobre mis vecinos de mesa, cuyos dramas
privativos se me presentan al pronto con escnica plasticidad, y
elevndome a seguida, y como que a pesar mo, a contemplarlos
filosficamente, _sub specie aeterni_, como sombras inconsistentes y
efmeras, me acomete un escalofro pattico, me dan ganas de llorar y
soy capaz de tragarme, sin parar atencin y como si fuese un plato de
natillas, la empedernida chuleta que me han servido. Para elevarse al
concepto y la emocin del bosque, o alongarse de l y tomarlo en
conjunto, o sumirse dentro de l; en las lindes y a corto trecho, los
rboles estorban ver el bosque. Para ascender al concepto y la emocin
de la vida, o situarse en el punto de vista de Sirio, como hace el
filsofo, o zambullirse, con todas las potencias, en los dramas
individuales. El drama y la filosofa son las nicas maneras de
conocimiento. Y aqu, en estos cavernosos senos de la casa de huspedes,
estn las fuentes del conocimiento. La cuestin es alumbrar el manadero.
A travs de las casas de huspedes ha pasado toda la historia de Espaa
del siglo XIX. S, seor, s; la historia de Espaa del siglo XIX es una
historia de casa de huspedes. Qu le vamos a hacer? No crea usted que
la historia de las dems naciones cultas en el siglo XIX es muy superior
a la nuestra. Aqu y acull, y en todas partes, la historia del siglo
XIX es la historia de la clase media--clase media ms rica y culta all,
ms miseranda y cerril ac--; la historia de una poca de libertad
anrquica, la libertad de explotacin; torbellino de tomos insensatos e
incoherentes; poca egosta y brutal, que pens suprimir el dolor
fingiendo ignorar que lo hubiese, y alarde de _apreciar_ las ideas y la
belleza porque las avillan y someti _a precio_ cotizable en el
mercado, como cualquiera otro artculo de comercio; poca, en fin, en
que el negociante venci y aniquil al filsofo y al poeta.

Jams olvid aquella sesuda y graciosa disertacin de don Amaranto sobre
las casas de huspedes. Despus de separarme del seor de Fraile,
recorr algunos de estos heterclitos albergues, hasta que pos
definitivamente bajo los hospitalarios Penates de doa Trina, cobijo
llevadero por la abundancia, ya que no por la delicadeza de bastimentos,
y, sobre todo, lugar ameno, si los haba, a causa de la afluencia de
gentes de todo estado, edad y condicin: sacerdotes, toreros, polticos,
tahures, comerciantes, covachuelistas, militares, estudiantes,
labriegos, inventores, pretendientes, petardistas; ingredientes y
rebabas del revoltio social, que all se mezclaban desde todos los
rincones de Iberia. Por sugestin del excelente don Amaranto, me haba
acostumbrado a tomar las diversas casas de huspedes, por donde
transit, al modo de tiendas, con sus existencias, tal cual abastecidas
de dramas individuales, metido cada cual en su paquete y cuidadosamente
atados con bramante. No haba sino desatar el bramante y desenrollar el
paquete. Si aquellas casas eran tiendas de menguado surtido, la de doa
Trina destacaba al modo de vasto y rico almacn, con gneros nicos de
fabricacin nica. Verdad que no se poda sacar sino el gnero; luego se
exiga cierta diligencia para darle hechura. En aquel almacn de dramas
empaquetados se desenvolvi ante m, y hube de palparlo, el drama de
Arias Limn y sus hermanas, que luego di a la estampa, para
entretenimiento de distrados y ociosos[1]. Me rozaron, asimismo, otros
muchos dramas, que se han perdido en el ro de sombras y es probable que
nunca aborden a una orilla. Pero hoy me siento en humor de salvar del
olvido un drama semipattico, semiburlesco, de cuyos interesantes
elementos una parte me la ofreci el acaso, otra la fu acopiando en
aos de investigacin y perseverante rebusca. Por eso, lo considero casi
como obra original ma.

[Nota 1: _Prometeo. Luz de domingo. La cada de los Limones._ Tres
novelas poemticas de la vida espaola.]




CAPTULO PRIMERO.

DON GUILLN Y LA PINTA.


Un Martes Santo, a la comida del medioda, apareci en la mesa un
husped indito: un sacerdote prebendado. Si me cruzo en la calle con
l, o le hallo frente a frente en un tranva, o come vecino a m en una
fonda de estacin, apenas si me hubiera molestado en resbalar sobre l
la mirada. Pero estbamos en la mesa redonda de una casa de huspedes.
Tena razn el excelente don Amaranto. No slo yo, todos los dems
comensales nos aplicamos a escudriar, descarados, en nuestro flamante
sacerdote, como cumpliendo una obligacin. El resista con indiferencia
la curiosidad ambiente. A los toreros, a los cmicos y a los curas no
les desazona la curiosidad ni les desconcierta la mirada fija, como
habituados a ser foco de la atencin en el ruedo, la escena y el
plpito.

He dicho ms arriba nuestro flamante sacerdote, y no hay adjetivo que
mejor le cuadrase. Pareca un santo de cartn piedra, recin salido de
los moldes y acabadito de pintar. La sotana de merino lustroso, como
barnizado; el vivo del alzacuello, una pinceladita de morado ardiente,
casi carmn; el afeitado de bigote y barba, color violeta y azulenco
plidos; el resto del rostro, rojo vehemente y bruido; los ojos,
profundos y negros. No tendra arriba de los cuarenta aos, si llegaba.
Superada esta primera e insulsa impresin de santito alfeicado, de la
fisonoma del sacerdote emanaba un no s qu de personal y sugestivo.
El rojo de sus mejillas era patolgico; deba de padecer del corazn.
Como era guapito y harto joven para la dignidad eclesistica que
ostentaba, quizs algn malicioso presumiese que la haba alcanzado
mediante el favor de las omnipotentes faldas. Pero, de otro lado, nada
se insinuaba en l que trascendiese a _homme aux femmes_ ni a Periquito
entre ellas. No delataba el aplomo del cura conquistador ni el hipcrita
y meloso encogimiento del curilla faldero. Si acaso el favor de las
damas le haba encumbrado, sera, probablemente, sin l haberlo buscado
con singular empeo. As cavilaba yo, entre la sopa y el cocido.

Doa Emerenciana, una viuda vejancona que, a falta de galanes ms
lucidos, se pasaba la vida persiguiendo a Fidel, el mozo de comedor,
vease que se despepitaba con la proximidad del cannigo, y fu la
primera en dirigirle la palabra:

--Verdad que en este Madrid hace demasiado calor, y eso que estamos
todava en abril? Usted vendr de sitio ms fresco, don... cmo se
llama usted?

--Me llamo Pedro, Lope, Francisco, Guilln, Eurpides; a elegir--dijo
con voz robusta, de timbre grato; llana, atrayente sonrisa.

Todos hicimos eco a su sonrisa, menos la vieja, que no acertaba a
decidir si la respuesta era en serio o en chanza.

--Qu chistossimo!--exclam, optando por la chanza.

--No, seora; no es chiste--replic el sacerdote.

--Pero, Eurpides es nombre cristiano? Si lo es, vendr de la provincia
de Palencia, que es donde ponen los nombres ms estrambticos.

--No, seora; no es nombre cristiano. Pero se conoce que el cura que me
bautiz no se haba enterado. Si a m me canonizan, entonces habr un
San Eurpides: el primero.

--Qu chistossimo! Pues ya tiene usted bastantes nombres, gracias a
Dios.

--Caprichos de mi padre, que era autor dramtico y zapatero, o zapatero
y autor dramtico, segn el orden de prelacin que usted prefiera. Todos
mis nombres lo son tambin de famosos dramaturgos de otros tiempos:
Pedro Caldern de la Barca, Lope de Vega, Francisco de Rojas Zorrilla....

--De ese Zorrilla, autor del _Tenorio_, algo o hablar cuando era
nia--interrumpi doa Emerenciana.

--Guilln de Castro--prosigui el cannigo, sonriendo siempre--,
Eurpides....

Y como sobrevino una pausa, doa Emerenciana salt:

--Eurpides qu?

--Eurpides Lpez y Rodrguez--respondi el cannigo, con espetada sorna
esta vez.

--Se ve que era de familia humilde--coment doa Emerenciana--. Y bien,
con cul de los nombres hemos de llamarle?

--Unos me llaman por uno, otros por otro. Use usted el que prefiera.

--Pues prefiero don Guilln.

--Es el que suelen preferir las seoras--dijo don Guilln, con dejo
satrico.

--Por mi parte, si usted me lo permite, le designar como seor
Eurpides; me sabe a repblica--entr a decir don Celedonio de Obeso,
ateo declarado y republicano agresivo; en el fondo, un pedazo de pan, un
zoquete.

En la mesa de casa de doa Trina no poda faltar un republicano
acreditado. Este don Celedonio era sucesor de aquel jefe del partido
republicano de Tarazona, ciudadano de gran desparpajo y barba bipartita,
como ubre de cabra.

--Como usted guste--respondi don Guilln espontneamente.

Antes de concluir la comida, don Guilln se haba granjeado la confianza
y la simpata de todos; y a tal extremo lleg la confianza, que don
Celedonio se atrevi a dispararle a boca de jarro esta pregunta:

--Cree usted en Dios?

--Cree usted en la repblica?--interrog a su vez don Guilln, sin
inmutarse.

--Como republicano que soy.

--Yo, como sacerdote que soy, soy creyente.

--Ninguna persona inteligente cree en Dios.

--Yo he conocido personas inteligentes que me decan: Ninguna persona
inteligente cree en la repblica.

--Pues los cristianos primitivos--dijo el seor De Obeso, rebajando el
tono y batindose en retirada--eran republicanos.

--Eran ms; eran anarquistas. Pero, en fin, as como aquellos
cristianos, partiendo de la idea de Dios, llegaron a la de repblica,
bien puede usted tomar el viaje de vuelta, y, partiendo de la idea de
repblica, llegar a la de Dios.

--Para ese viaje no necesito alforjas--concluy don Celedonio; y don
Guilln le ri cordialmente la gracia.

Es de advertir que durante el dilogo anterior don Guilln no haba
puesto en sus rplicas acritud, ni fuego polmico, ni aire de desdn.
Con esto, nuestra simpata hacia l se robusteci. Al salir del comedor,
don Celedonio murmur a mi odo:

--Es un to juncal. As me gustan a m los presbteros.

Despus de la comida, supe que don Guilln era lectoral en la catedral
de Castroforte, y que vena a predicar los sermones de Semana Santa en
la capilla del Palacio Real. De seguro era un pico de oro.

El hospedaje de doa Trina lo patronizaban tantos pupilos y huspedes
flotantes, que no bastando para contenerlos el amplio y profundo piso
de la calle de Hortaleza, como si dijramos la metrpoli hospederil, la
seora haba alquilado otros cuartos, al modo de colonias, en los
aledaos y calles contiguas, uno de ellos en la calle de la Reina, que
es donde yo tena mis aposentos. Apunto este pormenor para dar a
entender que quienes se alojaban en las colonias gozaban
consiguientemente de mayor libertad, especialmente de noche, que los de
la metrpoli. En las horas nocturnas, tales calles y callejuelas eran
por aquellos tiempos lonja de contratacin pblica de mercenarios
deleites y lugar asiduo de feas prostitutas y chulos marchosos. Antes de
llegar a mi vivienda era fuerza que atravesase por entre el
multitudinoso ejrcito de ocupacin, recibiendo continuos dardos
meretricios y padeciendo asechanzas y requerimientos, as orales como de
hecho, puesto que alguna se asa de mi brazo; de manera que, por zafarme
de estorbos y reponerme de la fatiga, sola yo algunas veces acogerme a
un cafetn, que era donde las individuas vivaqueaban, y all convidaba a
las que ms me atosigaban, con que las dejaba mansas, nutridas y
satisfechas. Como me inspiraban dolor y lstima, las trataba siempre con
benignidad. Convengo en que la prostitucin es una grande y hedionda
lcera. Pero, qu culpa tiene la lcera por pertenecer a un cuerpo
corrompido, cuyo es manifestacin franca y fatal resultado? Donde todo
est prostituido, la prostitucin femenina casi es loable, porque es un
sntoma claro. Con frecuencia, y ya que estaban apaciguadas, dilatbame
largo rato en el cafetn departiendo con las desdichadas, y del coloquio
extraa provecho espiritual, puesto que la compasin, a que me movan,
es un depurativo del alma; y tambin observaba los tipos, casi todos
estrafalarios, que concurran en el antro. Atrajo desde el principio mi
curiosidad una mujer agraciada, paciente, triguea, sin adobos ni
rosicleres como las otras, que estaba siempre sola e inmvil en un
ngulo, ante s un vaso de recuelo, que jams se llevaba a la boca. Se
pareca a una virgen de Rafael, algo ajada. Como una noche la mirase
largamente, la Piernavieja, la unidad ms alharaquienta y ofensiva del
ejrcito de ocupacin, conocida por aquel remoquete a causa de renquear
un poco, me dijo:

--Qu miras; aquella panoli? Es Angustias, la Pinta. Est con el
Tirabeque, un golfo y fullero, que la tiene aqu hasta que pasa a
recogerla de madrugada.

--Convdala a que venga y tome algo--dije a la Piernavieja.

--Eh!--grit la Renca--. T, la Pinta, que este seorito te convida.

La Pinta, ruborizada, se excus. La Piernavieja insisti en balde.

--Y eso de la Pinta, es mote?--pregunt.

--Quia; es su verdadero nombre. Se llama as, Angustias Pinto. Tambin
es capricho conservar la filiacin natural en este negocio. Es una
simple que no sirve _pal_ caso.

Poco a poco y noche tras noche fu entablando amistad con la Pinta. Era
una mujer dulce, triste y reconcentrada, o, segn el tecnicismo de la
Piernavieja, una simple que no serva _pal_ caso. Apenas se comunicaba.
Una noche me dijo que tena poco ms de treinta aos; aparentaba menos
de treinta. Otra me declar el lugar de su nacimiento: la ciudad de
Pilares. La noche--bien lo recuerdo--de aquel Martes Santo en que el
cannigo encendido y campechano surgi en la casa de huspedes, la Pinta
se mostr sobremanera comunicativa.

--Mi padre era zapatero y otra cosa, que l deca filsofo bilateral.
Como he odo, siendo nia, estas palabrejas tantas veces, no se me han
borrado de la memoria. Los profesores de la Universidad venan a orle
al cuchitril en donde vivamos. Mi madre, que tena mal carcter, deca
que mi padre era un zngano, y que los que venan a orle le tomaban el
pelo. Pero mi padre es un santo.

Involuntariamente pens en don Pedro, Guilln, Eurpides, hijo de un
zapatero y autor dramtico. Prosigui la Pinta:

--A m me perdi un cura.--Estaba con la cabeza baja y el pensamiento en
lejana.

--Pillo!--murmur, a pesar mo.

--No, no era un pillo--corrigi la Pinta, volvindose a mirarme con
gesto dolido--. No era cura todava; seminarista nada ms. Quera
casarse conmigo. Nos escapamos. El padre de l le cogi. Mi madre no
quiso admitirme en casa. Despus, claro est.... Estoy segura que mi
novio sigue querindome. La cosa fu, sabe usted?, que su padre no
poda ver a mi familia. Qu habr sido de Perico?

--Se llama Perico?

--S, Perico Caramanzana. Y qu bien le iba el nombre! Tena la cara
fresca, coloradina y alegre, como una manzana.

--Por eso le decan Caramanzana?

--Es su verdadero apellido. El padre se llamaba Apolonio Caramanzana. Le
habr odo usted mentar. Ah!, era el mejor zapatero de Espaa. Iban a
hacerse el calzado con l hasta los seores de Bilbao y de Barcelona.
Adems, compona dramas.

Aquella noche sal bastante preocupado del cafetn. Me acost y tard en
dormirme. O en la habitacin de al lado un carraspeo seguido de un
poderoso suspiro. Era la voz de don Guilln. Se me ocurri una idea
diablica: Si yo maana por la noche trajese a la Pinta y la hiciese
entrar en la habitacin de don Guilln. Me dorm dando vueltas a
aquella idea.

Al da siguiente, da de vigilia, don Guilln no se sent a la mesa.

--Qu le sucede al seor Caramanzana?--inquiri la viuda vejancona, que
ya se haba enterado del apellido del cannigo.

--No come hoy, porque est algo delicado del estmago--respondi
Fidel--. No vi usted el color arrebatado que tiene?

--Ser pirosis--entr a decir don Celedonio--.Todo el clero y las
rdenes regulares padecen de pirosis, a causa del abuso de las comidas
suculentas y de las bebidas alcohlicas.

--Calle usted, herejote--amonest doa Emerenciana, amenazando con el
abanico.

--Y a propsito, Fidel; no habrs olvidado mi encarguito. Le habrs
dicho a la seora que yo no me someto a esa asquerosa farsa de la
vigilia, y en estos santos das de Semana Santa quiero comer carne y
pescado. Yo promiscuo, o promisco, que no s a ciencia cierta cmo se
pronuncia--dijo don Celedonio.

--Jess, Mara y Jos! Qu Judas Iscariote! Ms vale que don Guilln
no haya acudido a la mesa, porque le abochornara esa abominacin.

A todo esto, Fidel, el mozo, se rea cazurramente.

Terminada la comida, sal de la metrpoli y me encamin a mi colonia.
Como cosa de veinte pasos delante de m iba Fidel, conduciendo una gran
bandeja, cubierta con un mantelillo. Nos juntamos en el pasillo adonde
daba mi habitacin.

--Psss...--bisbise Fidel, requirindome con cabezadas a que me
acercase ms--. Levante usted el mantelillo.

Levant una punta. Descubr abundancia de guisos y viandas, entre
otras, un opulento trozo de _roastbeef_.

--Es la comida de don Guilln--indic el camarero--. Si no promiscua, o
promisca, que yo tampoco s cmo se pronuncia, al menos come de carne.

En esto, se abri la puerta de don Guilln, y l mismo, en persona,
destac por obscuro sobre el cuadro de griscea luz, sorprendindome en
vergonzosa y vergonzante fisgonera. Estaba vestido de paisano, revuelta
la pelambre, que, embebiendo el claror, le haca halo en torno a la
cabeza. Llevaba zapatillas de marroqun rojo. Estos dos pormenores me
hirieron como notas agudas en los segundos de suspensin y silencio a
que nos indujo la sorpresa: la aureola radiante y los pies sangrientos.

--Pasen ustedes; pase usted--particulariz, dirigindose a m. Obedec,
no recobrado an de la sensacin humillante--. Sintese usted--me inst.
Quise disculparme y salir. El cannigo aadi, con tono que yo
interpret como implorante:

--No me conceder usted el favor, si se lo ruego, de hacerme un poco de
compaa?

La splica y el acento me repusieron en mi equilibrio habitual. Me sent
junto a una mesa con unos libros, unos papeles, unas cachimbas, unos
lentes, y presidiendo todos aquellos utensilios y accesorios de la faena
intelectual, encerrado en un marquito de plata repujada, como relicario,
una fotografa de mujer, que me inclin a mirar discretamente. Pareca
una virgen nia de Rafael, de las de su poca umbriana.

--Pon aqu la comida, Fidel. Has trado vino? Llvatelo. Tengo yo vino
algo mejor.--Y torciendo la cabeza hacia mi lado:--Qu mira usted, el
marco? Es un relicario del siglo XV, una joya.

--No; miraba el retrato.

--Es una hermana ma que desapareci.

--Que desapareci?

--Que se perdi en la sombra.

--Ah! Se muri...--indiqu de manera dubitativa, empujndole a que se
clarease.

--Hace algunos aos.--Y despus de una pausa:--Tomar usted una copita
de coac.

Sac una botella de coac viejo y otra de bon vino, de un maletn de
piel de cerdo, elegante prenda de mundano antes que de clrigo. Se sent
a comer. Cuanto ms le miraba, menos me pareca un cura y ms un hombre
de mundo.

--Por obra del acaso--dijo, a tiempo que coma despacio--, me ha
sorprendido usted en mi intimidad de hombre. Si hace unos momentos, al
hallarle a usted....

--Fisgando--interrump--; pero a instancias del mozo, y sin presumir de
qu se trataba.

--Qu importa? Digo que si entonces me hubiera retirado, creera usted
que yo era un cura sinvergenza y falsario. Yo no poda dejarle ir sin
ofrecerle alguna explicacin.

--Yo era el que deba....

--Usted, por qu? Usted, a lo sumo, incurra en un exceso de
curiosidad. Yo, en opinin de las personas timoratas, estoy cometiendo
un grave pecado.

--Yo no soy timorato.

--Pero debo darle una explicacin. As como en el Estado hay delitos
artificiales, en la Iglesia hay pecados artificiales. Son delitos y
pecados artificiales los actos que no lastiman ni menoscaban la justicia
o el dogma (ejes, respectivamente, del Estado y de la Iglesia), pero que
contravienen y desobedecen ciertas disposiciones disciplinarias,
accidentales, pasajeras. Una de esas disposiciones pasajeras es la
obligacin de comer de vigilia cuatro das de la Semana Santa. Quiz al
Papa actual, o al que le suceda, se le ocurrir amenguar, tal vez
suprimir, esta obligacin. El Estado es una comunidad material que se
mantiene por la mutua conveniencia, y la Iglesia una comunidad
espiritual que se sustenta por el mutuo amor. Por lo tanto, el espritu
de disciplina de la Iglesia es de naturaleza distinta del espritu de
disciplina del Estado. En el Estado, el espritu de disciplina pertenece
al orden de los sentimientos interesados, pues sin disciplina no cabe
conveniencia mutua. En la Iglesia, el espritu de disciplina se engendra
en el mbito de los afectos generosos; es la voluntad de sacrificio. No
de otra suerte que los amantes, por certificarse del amor recproco,
ponen el amor del otro a prueba, por medio de ordenamientos y
exigencias caprichosas, por aquello de que obedecer es amar, as la
Iglesia impone a sus fieles algunas obligaciones disciplinarias, por
espolear a los tibios a que ejerciten y muestren el amor. Para las
personas de bien afirmada fe y claro sentido, sean clrigos, sean
seglares, huelgan estas obligaciones disciplinarias; lo esencial es el
dogma. El Estado concede de buen grado la libertad de ideas (el
pensamiento no delinque), pero no transige con la libertad de acciones,
porque romperan la disciplina. La Iglesia es intransigente en materia
de ideas y tolerante en materia de acciones: slo el pensamiento peca.
Todos los pecados, por monstruosos que sean, reciben absolucin en el
confesonario; pero la ms mnima duda del confeso en materia de fe nos
impide absolverlo. Ahora bien: como todo esto es de sentido comn, debe
permanecer en secreto para los que no tienen sentido comn, sean
clrigos, sean seglares. Comprende usted?

--Comprendo, comprendo--asent. Y, en efecto, haba comprendido lo que
me haba dicho, nada difcil de comprender; pero a l no le comprenda.
Qu era aquel hombre que ante m estaba, deglutiendo y raciocinando al
propio tiempo, masticando y discurriendo, con tanta frialdad, escrpulo
y elegancia, vestido como un hombre de sociedad, sin una insinuacin
sensible del estado eclesistico a que perteneca, y que, de vez en vez,
segn hablaba, se asa con la mirada al retrato de una mujer a quien l
mismo haba empujado a la annima sima prostibularia? Qu era aquel
hombre? Un hedonista? Un incrdulo? Un hipcrita y un sofista, para
consigo mismo y los dems? Un desengaado? Un atormentado? Lo que
menos me interesaba era la explicacin que me haba ofrecido. Qu se me
daba a m si coma de vigilia o dejaba de comer de vigilia?

Como si por un raro don de receptividad inmediata, frecuente en los
dulogos ntimos e intensos, don Guilln hubiera trasegado en su cabeza
mi pensamiento, dijo:

--Lo de menos, para usted, es si yo guardo la vigilia o no. Lo
importante es que usted, por obra del acaso, ya se lo he dicho antes, me
ha sorprendido en mi intimidad de hombre. Todos, frailes, curas y
magnates eclesisticos, por debajo de la estamea, el merino y la
prpura, escondemos un hombre. _Homo sum_, digo con el pagano.

Y yo volv a verle, en mi imaginacin, con la aureola radiante y los
pies enrojecidos.

--Me ha sorprendido usted despojado de mi ministerio. No como ministro
del Seor, sino como criatura del Seor, cuitada e imperfecta como todas
ellas. Dentro de unas horas, hablar ante el rey, mejor dicho, sobre el
rey; no varios palmos, los que se alce el plpito, sobre la testa
coronada y ungida, sino infinitos palmos, porque represento la
conciencia indeleble y eterna, que est a inaccesible altura por encima
de tronos, cetros y soberanas. Pero aqu, en este triste cuartucho y
frente a usted, no puedo incorporar la voz de la conciencia, sino que
soy una pobre concavidad sombra en donde la voz de la conciencia hace
eco.

Aquello se iba poniendo serio. No sabiendo qu decir, permanec con la
cabeza gacha y los ojos fijos en un punto, que por ventura result ser
el retrato del relicario.

--Le gusta el marco?--pregunt don Guilln.

--Miraba el retrato. Conozco a esa mujer--afirm en seco.

Don Guillen no se conturb.

--Est usted equivocado--dijo--. Ser otra fisonoma semejante la que
usted conoce. A esa mujer no la puede conocer usted. Ya le dije que es
mi hermana y que no existe--y subray la palabra hermana y el verbo
existir.

Despus de los postres, don Guilln se sirvi una copita de coac y
fustig la conversacin hasta ponerla en un aire de alacridad y
humorismo. Era un hombre tan ingenioso como inteligente.

Al despedirnos me dijo:

--Estos das no asistir a la mesa redonda. Quiere usted que comamos
juntos, aqu, en mi cuarto? Lo que le va a envidiar a usted doa
Emerenciana....

En aquellas comidas subrepticias y ociosas sobremesas, mi amigo don
Guilln me fu contando a retazos su historia, la de Angustias Pinto y
la de los padres de ella y l, Belarmino y Apolonio. Despus, por mi
cuenta, hice averiguaciones tan importantes, que la historia de
Caramanzanita y la Pinta pasan a segundo trmino.




CAPTULO II.

RA RUERA, VISTA DESDE DOS LADOS.


_(El lector impaciente de acontecimientos recorra con mirada ligera este
captulo que no es sino el escenario donde se va a desarrollar la
accin.)_

De la zona profunda, negra y dormida de la memoria, laguna Estigia de
nuestra alma, en donde se han ido sumiendo los afectos y las imgenes de
antao, se levantan, de raro en raro, inesperadamente, viejas voces y
viejos rostros familiares, a manera de espectros sin corporeidad. As
como en la noche los lbregos e inmviles pantanos respiran niebla
blanca y fantasmal, as nuestra interior laguna Estigia deja en libertad
sus vaporosos espectros a las horas en que la tiniebla del sueo satura
nuestro espritu. Pero, en ocasiones, las criaturas incorpreas del ms
all de la memoria se alzan a la luz del da.

Ahora mismo me aperciba yo a describir la Ra Ruera, de la muy ilustre
y veterana ciudad de Pilares, en donde viva Belarmino Pinto, llamado
tambin monx Codorni, zapatero y filsofo bilateral, cuando, al
pronto, en el umbral u orilla de mi conciencia, se yergue el espectro de
don Amaranto de Fraile, enarbolando un tenedor de peltre, que a m se me
ha figurado tridente de Caronte, ese Neptuno del mar de la eternidad.
Como Bruto a la silueta de Csar en la tragedia shakespeariana, digo a
la sombra incorprea del excelente don Amaranto:

--_Speak!Speak!_

Y la sombra rompe a hablar, con la propia gracia y penetracin que hace
tantos aos me deleitaban:

--Vas a describir la Ra Ruera? Vas a describirla, o vas a
pintarla?--Advierto dos novedades. Primera, que don Amaranto ahora me
trata de t. Segunda, que la voz se le ha ahilado y suena como la de un
eunuco. Prosigue la voz:--Los cclopes vean el mundo superficialmente,
porque slo tenan un ojo. Los cclopes, por ver el mundo
superficialmente, quisieron asaltar el Olimpo; pero los dioses los
precipitaron en el hondo Trtaro.--Don Amaranto siempre con sus
mitologas.--El novelista es como un pequeo cclope, esto es, como un
cclope que no es cclope. Slo tiene de cclope la visin superficial y
el empeo sacrlego de ocupar la mansin de los dioses, pues a nada
menos aspira el novelista que a crear un breve universo, que no otra
cosa pretende ser la novela. El hombre, con ser ms mezquino, aventaja
al cclope, a causa de poseer dos ojos con que ve en profundidad el
mundo sensible. Ahora bien: describir es como ver con un ojo, pasendolo
por la superficie de un plano, porque las imgenes son sucesivas en el
tiempo, y no se funden, ni superponen, ni, por lo tanto, adquieren
profundidad. En cambio, la visin propia del hombre, que es la visin
diafenomenal, como quiera que, por enfocar el objeto con cada ojo desde
un lado, lo penetra en ngulo y recibe dos imgenes laterales que se
confunden en una imagen central, es una visin en profundidad. El
novelista, en cuanto hombre, ve las cosas estereoscpicamente, en
profundidad; pero, en cuanto artista, est desprovisto de medios con
que reproducir su visin. No puede pintar: nicamente puede describir,
enumerar. La misin de ver con mayor profundidad, delicadeza y emocin y
ensear a los otros a ver de la propia suerte, le toca al pintor. La
maldicin originaria del novelista cfrase en que necesariamente se ha
de extender sobre sinnmero de objetos. El pintor, por el contrario,
escoge un solo objeto, o, si toma varios, los agrupa en reducido
espacio, los concentra y sensibiliza. El pintor, a la inversa del
novelista, no se deja dominar por la vastedad del objeto, sino que lo
domina. Que sea el objeto vrtice del ngulo de visin del pintor, y no
el pintor vrtice del ngulo de contemplacin del panorama, como lo es
el novelista. El pintor que pinta cuadros de ms de dos metros
cuadrados, es inexorablemente un pintor superficial. La cuestin, para
el pintor de grandes dimensiones, es de concepto; de que se d cuenta
que debe ser artsticamente superficial, o de que sea superficial e
inartstico sin darse cuenta. Los famosos pintores de frescos, as
antiguos como modernos, dndose cuenta de esto, pintaron por largos
planos, con tintas montonas, esquivando la sensacin obvia de volumen y
profundidad; fueron deliberadamente superficiales.

Yo interrumpo a la sombra locuaz, de voz de eunuco:

--En la iglesia vecina ha sonado el _ngelus_ meridiano. En una hora
interrumpir mi trabajo. Si te escuchase, jams hara otra cosa que
dejarme arrastrar en el curso ocioso de la deleitacin discursiva. Dime,
en resolucin, cmo he de describir la Ra Ruera, y que te plazca la
descripcin.

--No describindola. Busca la visin diafenomenal. Inhbete en tu
persona de novelista. Haz que otras dos personas la vean al propio
tiempo, desde ngulos laterales contrapuestos. Recuerda si en alguna
ocasin te aconteci ser testigo presencial de cmo ese mismo objeto, la
Ra Ruera, suscit duplicidad de imgenes e impresiones en dos
observadores de genio contradictorio; y t ahora amalgama aquellas
imgenes e impresiones.

--Recuerdo, recuerdo...!--exclamo; pero ya la sombra del excelente don
Amaranto se ha desvanecido, al hombro el tenedor de peltre, emblema del
ascetismo de las casas de huspedes.

--S; recuerdo que....

En rigor, qu importa describir o pintar? Qu importa obtener una
visin de dos o de tres dimensiones? Lo importante es comunicarse,
manifestarse, darse a entender, siquiera sea por alusiones remotas,
gestos mudos y palabras volanderas. Mas, porque no me importune
nuevamente la silueta magistral e imperiosa del admirable don Amaranto,
me doblegar esta vez a seguir su pauta.

Recuerdo que, viviendo yo en la ilustre y veterana Pilares, vinieron a
visitar la urbe mis amigos madrileos Juan Lirio, pintor, y Pedro Lario,
que no s lo que era; l deca que espenceriano. Les acompa como
gua. Al llegar a la acrpolis, o parte alta de la ciudad, cuya calle
ms antigua y sealada es la Ra Ruera, Lirio dijo, haciendo
descompuestos ademanes de entusiasmo:

--Qu calle ms hermosa!

--Qu calle tan horrible!--corrigi Lario, frunciendo un gesto
desabrido. Aadi:--Qu calle tan absurda!

--Por eso es hermosa.

--Lo absurdo es lo hermoso?... Qu dira de esa opinin un griego,
para quien la belleza era el resultado ms meticuloso y fino de la
lgica? El mundo es hermoso, pulcro, porque es lgico.

--En cuanto a la belleza de los griegos, te respondo que a la nariz, en
mrmol de Paros, de una estatua, prefiero la nariz respingadilla y de
aletas palpitantes de esa chatunga que sube por la calle. Y en cuanto a
la belleza lgica del mundo, te respondo que me atraen ms las obras del
hombre que las de la Naturaleza. Me gusta ms una gndola que un
tiburn, y si me apuras, admiro ms un cacharro de Talavera que el
Himalaya. En la Naturaleza, transijo mejor con lo caprichoso y absurdo,
o que tal parece. Una jirafa me divierte ms que el terreno terciario.

--Has cado en contradiccin. Prefieres la chata a la estatua; y la
chata es una obra de la Naturaleza. Prefieres la gndola al tiburn,
porque la gndola es obra del hombre.

--Sobre las obras de la Naturaleza pongo las del hombre, y sobre las del
hombre, la vida misma, y con preferencia la fuente de la vida: la mujer.
Pero concedo que me contradigo con frecuencia. Y qu? As me siento
vivir. Si no me contradijese y obedeciese a pura lgica, sera un
fenmeno de naturaleza y no me sentira vivir. Las obras del hombre, y
ms todava las de arte, son estimables en la medida que se las siente
animadas de esa necesidad de contradiccin, que es la vida. Esta calle
es hermosa y tiene vida, porque es contradictoria. Djame que tome un
apunte de ella; no me voy sin pintarla. La nica nota molesta y
detonante es aquella casa nueva y afrancesada.

--Te has mostrado al desnudo. Los pintores y los fillogos y eruditos
sois bestias de la misma especie, y me irritis tanto los unos como los
otros. Unos y otros os alimentis de vejeces. Os fascina lo caduco, lo
carcomido, lo apolillado. Entre un mamotreto momia y un gustoso tratado
de sociologa, recin salido del horno, el fillogo y el erudito eligen
el primero. Entre un mancebo apolneo y un vejete horrendo, de verrugosa
nariz, el pintor elige el segundo y disputa de buena fe que es ms
hermoso pictricamente. Qu aberracin! Pero hay algo que me exaspera
an ms. Y es que el erudito se figura que los libros no cumplen una
misin social de amenizacin y perfeccionamiento del espritu, sino que
existen slo para que l tome notas. Y el pintor se figura que las cosas
y los seres carecen de finalidad propia y utilidad colectiva, y que
existen nada ms para que l tome apuntes.--A todo esto, Lirio se
ocupaba en dibujar la Ra Ruera. Como no le atajaban, Lario
prosigui:--He aqu esta calle absurda y odiosa. Por qu se le ha de
denominar calle? Cada casa es el producto impulsivo del arbitrio de cada
habitante. No hay dos iguales. No se echa de ver norma ni simetra. Todo
son lneas quebradas, colorines desvados y roa, que t quiz llames
ptina. Est, adems, en una pendiente de 45, losada de musgosas
lpidas de granito. Por ella no pueden subir carruajes, ni caballeras,
ni cardacos. Soledad, soledad. El sol no penetra por esta angostura,
que parece un intestino aquejado de estreimiento. Ahora taen las
campanas de la catedral y nos atruenan. Probablemente estn taendo a
todas horas, desde esa mole hinchada, de alargado cuello, que gravita
sobre las prietas casucas, como una avestruz clueca que empollase una
nidada de escarabajos. Y esto es una calle, una calle hermosa? Una
calle es una arteria de una ciudad, por donde deben circular la salud y
la vida. Ahora bien: la idea, el concepto de ciudad aparece cuando el
hombre comprende que por encima del capricho impulsivo de su arbitrio
personal estn la utilidad y el decoro colectivos, el propsito comn de
prosperidad, cultura y deleite, en los cuales participan por obligacin
y derecho cuantos en la ciudad conviven. Antes de llegar a este punto,
el hombre arraiga en aldehuelas salvajes o posa en aduares nmadas. Mas
ya que el individuo se aplica a realizar el concepto de ciudad, es
decir, de un esquema, una estructura, con propsitos ideales, de la cual
l no es sino subordinada partcula, surge la ciudad helnica, arquetipo
de urbes, surgen la norma, el canon, la simetra, las calles soleadas,
regulares y homogneas, las viviendas civiles de hospitalario prtico e
inviolable hogar, los jardines, el mercado, el gora, el templo
armonioso, que no esa catedral brbara y campanuda.

--El brbaro eres t--interrumpi Lirio, mirando con ojos desdeosos a
Lario--.De suerte que, para ti, una ciudad hermosa, una ciudad
civilizada, una ciudad lgica, es una ciudad regular y homognea?

--Claro est.

--Si el hombre no pudiera dar de s ms que eso, la ciudad homognea,
entonces holgaba que las especies hubieran evolucionado y ascendido
hasta fructificar en el gnero humano. Las abejas y los castores
construyen ciudades homogneas.

--La ciudad de las abejas es la repblica ideal. Ya te he dicho que el
mundo es hermoso, es pulcro, porque es lgico; eso quiere decir la voz
mundo, _mundus_, si no me equivoco. Todo en el universo est sujeto a
maravillosa ordenacin. Lo inorgnico se rige por leyes serenas, no
contingentes. Lo orgnico y zoolgico, hasta el hombre, se atiene al
instinto, que procede siempre en derechura y sin dubitaciones. En
cambio, el smbolo del hombre fu el jumento de Buridn, que posea una
vislumbre o premonicin de inteligencia discursiva, y por esto mismo
muri de inanicin entre dos montones de heno, dudando por cul
decidirse. Antes de que las especies evolucionen y produzcan, el gnero
humano, antes del orto del hombre con su conciencia, la Naturaleza se
desarrolla en un sentido ideolgico de coordinacin y finalidad. Seres y
cosas ensamblan por algn modo sutil. La jirafa, ese animal que te
agrada, por absurdo, no es nada absurdo; tiene el cuello largo, para
poder alcanzar los dtiles de las altas palmeras. El tigre tiene
chorreada la piel para poder disimularse entre los caaverales.

--Y las palmeras son altas--cort Lirio--, porque la jirafa tiene el
cuello largo. Los caaverales existen para que el tigre, confundindose
con el medio, adquiera una piel bonita. Esa calle existe para que yo la
pinte, porque la juzgo preciosa y porque me da la gana.

--Prosigo sin hacer caso de tus chocarreras. El advenimiento del
hombre, con su inteligencia precaria, en medio de la Naturaleza, trae
aparejados el desorden, la discordia, las dudas y confusiones, en cuanto
a la finalidad. Qu otra cosa es la inteligencia normal humana sin
tentacin al desorden y torpeza de coordinacin? Apenas levanta la
cabeza, el hombre trastrueca todo el bien concertado sistema de
finalidades con que el universo se sustenta en equilibrio, y l mismo se
erige centro del universo y foco de todas las finalidades. La finalidad
de todas las cosas reside en el hombre, dice el hombre. Pero, y el
hombre, qu finalidad tiene? Comienza la era de lo absurdo. La lgica
humana, en su origen, es rudimentaria e ilgica, porque procede por
tanteos y no en derechura ni con seguridad. Dbese ello a que durante
esta etapa el hombre anda buscando finalidades absolutas, en lugar de
coordinaciones experimentales y finalidades relativas; y todo porque
tiene miedo a la muerte, pusilanimidad desconocida en la Naturaleza
hasta el nacimiento de la conciencia humana. Cuando el hombre, por fin,
se limpia de niebla metafsica y se libra de supersticin (que esta
palabra viene de _superesse_ y _superstare_, sobre ser, sobre estar,
sobrevivir, o seguir viviendo, y expresa el desdn irnico que sentan
los antiguos hacia los cristianos, que crean en la inmortalidad),
renuncia a escudriar finalidades absolutas, confrmase con finalidades
concretas, naturales, biolgicas, se perfecciona, se somete a la lgica
csmica, supera el absurdo, obra con rectitud, simplicidad y eficacia,
como un mecanismo perfecto; vuelve a la Naturaleza.

Lirio va a interrumpir. Lario le contiene alargando la mano.

--Aguarda. Concluyo en seguida. Qu es una ciudad, y dentro de una
ciudad, una calle? Una finalidad concreta; un lugar donde vivir de
asiento, con agrado y comodidad. El hombre ya manumitido de
supersticiones y que acepta con buena gracia los postulados biolgicos,
trazar una va ancha, en lugar llano, y edificar viviendas holgadas,
aireadas, luminosas, higinicas, conforme a un patrn fijo y que mejor
provea en las necesidades domsticas. El conjunto ser una calle lgica,
decorosa, bella. Contempla ahora ese callejn incongruente, hacinamiento
de zahurdas, que no viviendas, vergonzoso vestigio de tiempos ignorantes
y supersticiosos. Quienes levantaron esas casas no pensaban vivir en
ellas de asiento, sino de paso, de trnsito, mientras ganaban el cielo.
No les preocupaba el estar, sino el _superestar_, el sobrevivir en el
otro mundo. No les importaba la humedad, el mal olor, la falta de aire,
luz y agua, sino la salvacin eterna. Todas las casucas se apretujan y
amontonan por ponerse en contacto con el torso de la catedral, o, cuando
menos, por situarse a la sombra de su torre. Slo hay una casa decente:
esa de tres pisos, blanca y aseada, con miradores de hierro; sa, en
cuyo piso terrizo hay una confitera, con su grande y llamativo rtulo,
que dice: _L'Ambrosie des dieux; le plaisir des dames. Confisserie et
ptisserie de Ren Colignon_.

--Has concludo?

--He concludo.

--Pues voy a responderte, sin lgica, porque me revienta la lgica. La
casa esa blanca, yo la derrua, y a Ren Colignon lo ahorcaba de lo ms
empinado de la torre de la catedral. Dices que el hombre es hombre
superior cuando se convierte en un mecanismo perfecto; vaya, cuando deja
de ser hombre. Pues yo no quiero ser hombre superior. No quiero
emanciparme de supersticiones. Quiero sentirme vivir; y no me siento
vivir sino porque s que puedo morir. Amo la vida, porque temo la
muerte. Amo el Arte, porque es la expresin ms ntima y completa de la
vida. Pongo el Arte sobre la Naturaleza, porque la Naturaleza, no
sabiendo que de continuo se est muriendo, es una realidad inexpresiva y
muerta. El rbol amarillo de otoo ignora que se muere; yo soy quien lo
sabe, cuando en un cuadro perpeto su agona. El Arte vivifica las
cosas, las exime de su coordinacin concreta y de su finalidad
utilitaria: las hace absolutas, nicas y absurdas; las satura de esa
contradiccin radical que es la vida, puesto que la vida es al propio
tiempo negacin y afirmacin de la muerte. Slo las cosas vivas son
hermosas. Esa calle es hermosa, porque vive; es lo contrario de esas
calles inanimadas e inexpresivas que pregonas. T mismo has dicho que
las casas se amontonan, se empujan; buscan el abrigo de la catedral. S;
parece que las casas estn dotadas de volicin y de movimiento. Cada una
tiene su personalidad, su alma, su fisonoma, su gesto, su biografa.
Una medita; otra suea; otra re; otra bosteza. Aquella casona de
sillares de granito, angostos y escasos huecos de romnico diseo, gran
portn de arco apuntado y escudos junto al alero, es un seorn feudal
que se atreve a mirar a la Iglesia casi par a par y se mantiene
apartado de ella. Aquella otra casa solariega, de entrada barroca y
escudo blanquinoso, labrado no ha mucho, es un noble de ayer, y muy
afecto a la Iglesia, puesto que salen del portal dos dominicos de
abundantes libras. Luego vienen los burgueses, el estado llano, la
plebe. En aquella casuca amarilla, de entrada abismtica, como el
orificio de una boca desdentada, galera de vidrios como antiparras, y
tejado redondo, negruzco y a trechos desguarnecido, como gorro
mugriento, vive, sin duda, un prestamista. Aquella casita cencea y
larguirucha, con ventanas pobladas de macetas y pjaros, qu ha de ser
sino la morada de una doncella talluda? Que un zapatero se asila en
aquel bajo, lo proclaman las dos disformes botas de montar que cuelgan
de sendas palomillas; y que el zapatero es persona de fantasa, se
desprende con evidencia del rtulo: El Nenrod boscoso y equitativo.
Zapatera bilateral de Belarmino Pinto. A qu seguir? Ya he concludo
mi dibujo. Qu opinas, Lario?

Lario examina el dibujo, y exclama, despojndose del sombrero, meneando
la cabeza y rascndose el colodrillo:

--La calle no puede ser ms fea. El dibujo no puede ser ms hermoso.
Puesto que ya la has perpetuado, ahora deban arrasar la Ra Ruera.




CAPTULO III.

BELARMINO Y SU HIJA.


El Crculo republicano de Pilares estaba en la misma embocadura de la
calle del Carpio, adosado al casern de los Jilgueros, dos hermanos
ricos, don Blas y don Fermn Jilguero, cannigos los dos, que haban
edificado aquella fbrica, alarde y amenaza a la vez, frente por frente
del mismo palacio episcopal. La intromisin del Crculo republicano en
la barriada eclesistica traa muy desasosegados al obispo, a los
Jilgueros, a todo el cabildo y a la tropa menuda clerical que all
avecindaba. Siempre que haba reunin en el Crculo, salan los
asistentes lanzando gritos inflamatorios, cuando no blasfematorios. Por
fortuna, el Crculo tena poca cabida. Componase de un aposento, nada
holgado, con dos litografas por toda decoracin, y seis sillas y una
mesa por todo ajuar, que el partido local haba alquilado a la viuda de
un talabartero, furibundo federal en vida.

--Qu es la repblica? Un maremgnum, el ecumnico de los beligerantes,
el leal de la romana de Sastrea. Pero, sobre todo, abundo en lo del
ecumnico. Y si no, aqu estamos entre cuatro paredes...--Belarmino
Pinto, que era quien hablaba, se detuvo a escoger vocabulario adecuado
en donde escanciar la abundancia de su ideacin.

--Pido la palabra para alusiones--dijo Carmelo Balmisa, un sastre muy
ledo.

Belarmino se volvi para mirarle, sorprendido, casi asustado. Cada vez
que le sacudan de sus divagaciones y le sacaban del ensimismamiento
oratorio, exigindole atencin hacia el mundo exterior, se le haca ms
violencia que si le metiesen las manos en los bolsillos y se los dejasen
vacos y vueltos del revs. Tena el rostro enjuto, exttico, de
infantil dulcedumbre, estrecho en la mandbula, elevado y espacioso en
la frente; los ojos negros, hmedos y llameantes: dos lenguas de fuego
flotando en leo. Era un hombre joven an.

--Yo soy el aludido--insisti Balmisa.

--El adulado?--pregunt Belarmino, esforzndose en descender hasta la
realidad externa.

--El adulado, no; el aludido--rectific el sastre.

--Es lo mismo--respondi Belarmino, a punto de evaporarse nuevamente y
eximirse de las circunstancias en redor suyo--. Aludir es el dicho
vulgar, el material tosco. Adular es la forma confeccionada. La alusin
es siempre una adulacin. Te inclinas al dicho vulgar? Sea. En qu te
he aludido?

--Has hablado de Sastrea. Asumo que es algo tocante a mi profesin de
sastre. Exijo que me interpretes la frasecilla completa, por si el
concepto es ofensivo. Qu es maremgnum? Qu es el ecumnico de los
beligerantes? Quin es el leal de la romana de Sastrea? Me lisonjeo que
no has dado a entender que hay un enamorado de mi costilla, que es
Ramona, y no romana.

--Oh celebro vulgar!--exclam Belarmino, resignado y abatido--. Tendr
que explicarme con palabras vulgares, para que te penetres. Maremgnum,
ello mismo lo dice, es el non plus ultra, lo mejor de lo mejor.
Ecumnico es lo mismo que reunin de conformidad. Los beligerantes, los
que estn en contra. Leal, monta tanto como fiel. La romana es para
pesar. Sastrea, lo sabe cualquiera, es la seora que est pintada en la
Audiencia.

--Ahora comprendo; slo que como eres tan misterioso...--insinu
Balmisa, guiando maliciosamente un ojo a dos testigos mudos, uno el
director de un diario republicano local, en donde colaboraba el sastre,
y otro un tendero de pasamanera, que se rean disimuladamente de
Belarmino--.Has querido decir que la repblica es un desidertum, la
conciliacin de los contrarios y el fiel de la balanza de Astrea.

--No lo he querido decir, sino que lo he dicho.

--Pero no te habamos entendido.

--Has entendido a Salmern, cuando vino a Pilares a pronunciar aquel
discurso?

--Me lisonjeo que s.

--Del todo, del todo?

--Hombre, del todo....

--Pues Salmern dijo lo que nosotros pensbamos; por eso l y nosotros
somos republicanos. Pero lo dijo de forma que slo le podamos entender
algunos; por eso es filsofo. Yo tambin soy aprendiz filsofo. T eres
un celebro vulgar.

--Me resigno. Ahora explcanos lo de las cuatro paredes.

--Eso es el ecumnico. En dnde estamos? En una habitacin. Qu es
esta habitacin? Un cuadrado. Y qu es este cuadrado? Un crculo: el
Crculo republicano. La cuadratura del crculo. Por eso la repblica es
el ecumnico.

--Bravo! Bravo!--gritaron el sastre, el periodista y el mercero,
desternillndose de risa.

Belarmino comenz a exaltarse, ignorante ya de quienes le rodeaban.

--Nosotros estamos suscritos en este cuadrado.

--Por una cuota de dos pesetas mensuales--coment el mercero.

--Somos crculos que estamos suscritos en un cuadrado.

--Ah! Inscritos--aclar el periodista.

--Cada hombre es el centro de un crculo infinito, como dijo Pascual.

--Qu Pascual?--pregunt el sastre.

--Como no sea Pascal--sugiri el periodista.

--Aquel faro de la humanidad--prosigui Belarmino, refirindose al
mentado Pascual--que aborreca a los jesutas, como nos dijo Salmern en
su discurso. Mueran los jesutas!--grit Belarmino, fuera de s, puesto
en pie--. Viva Pascual! Viva Salmern!--clam, sealando una
litografa, color sepia, que colgaba de la pared y representaba al
aclamado--. Viva la repblica!--seal otra litografa iluminada, que
figuraba una seora gorda, con tnica tricolor, una antorcha en la mano
y a los pies un len y unas cadenas rotas--. Muera la curia romana!
Muera el Tribunal de la Rota!

--Murete t de una vez, tontorontaina, adltero, babayo, antes que nos
mates a todos a disgustos--chill una voz mordaz, al tiempo que una
mujer, antes joven que vieja y nada fea, con la faz distendida, como una
Eumnide, penetraba, vestida de huracn y desolacin, en aquel crculo
que era un cuadrado, e iba a hacer presa sobre Belarmino. Era Xuantipa,
la mujer legtima del agudo, elocuente y fogoso zapatero. El nombre
Xuantipa provena, por contraccin, de Xuana la Tipa, alias o apndice
adquirido por herencia paterna. Su progenitor Xuan, el Tipo, vinatero,
procedente de Toro, fu el primer usufructuario del dicho apndice o
alias, y lo deba a que, estando irritado, y se irritaba a menudo,
amenazaba con quitar el tipo al _sursum corda_. Xuantipa se ataviaba a
la usanza, llamativa y gentil, de las menestrales: pauelo de seda
amarillo al cuello, paoleta de Vergara, de colores vivsimos, cruzada
al pecho y anudada a la espalda, falda de cretona azul, rameada en
blanco. Belarmino vesta a lo seor. El nico signo de sus menesteres
profesionales era un delantal de piel, que llevaba arrollado bajo el
chaleco, habiendo dejado por descuido un ngulo fuera, al modo de mandil
masnico. Exista notoria incongruencia entre Belarmino y su mujer.
Xuantipa zamarre a Belarmino y le arrastr por las solapas hacia
fuera. Belarmino miraba con gesto exculpatorio a sus amigos, como
diciendo: Perdono; es una mujer inferior. Antes de salir, Xuantipa
apostrof a los que quedaban:

--Pillos, que tomis a este babayo de mona para rervos.

Segn bajaban las escaleras, Belarmino bisbiseaba, como si hablase
consigo mismo:

--Y esto un da, y otro da, y otro da....

--Lo mismo digo yo--replic iracunda Xuantipa--; un da, y otro da, y
otro da, y jams aprendes, babayo.

--Ya te he dicho, mujer, que todo lo llevo con resignacin, todo, menos
que me llames babayo. Con esa palabra vulgar me parece que me cubres de
inmundicia.

Xuantipa condujo de la solapa a Belarmino, a travs de las acostumbradas
calles de amargura. Los chicuelos les seguan, a distancia prudente,
canturreando:

  Hoy a la Xuantipa
  le duele la tripa.
  Monx Codorni,
  lo pagars t.

La Xuantipa les arrojaba guijarros. Desparrambanse los pilletes, pero
volvan a poco con la cantata. Belarmino caminaba con talante digno y
admirable. As llegaron a la zapatera. En la zapatera aguardaba a
Belarmino un caballerete. Xuantipa se perdi por una puerta de la
trastienda. Quedaron a solas el caballerete y Belarmino. Dijo el
caballerete, apuntando desdeosamente con el bastn a un par de botas
que yaca sobre el mostrador:

--Belarmino, te devuelvo ese par de botas; no me sirven. T haces el
calzado sedicioso, republicano....

--Usted dispense, don Manolito. En mi profesin soy analfabtico. Quiero
decir que, como zapatero, no tengo preferencias polticas, sino como
ciudadano. La ciencia zapateresca ignora las clusulas polticas; por
eso es analfabtica. Yo, lo mismo hago botas de monte y campo, que botas
de montar o zapatos higuelife. Tambin confecciono calzado para
religiosos y sacerdotes; ah ve usted, don Manolito.

--Esas botas no me sirven. Estoy decidido a encargarme el calzado fuera
de Pilares.

--Qu le vamos a hacer? Pero este par de botas...--murmur Belarmino,
dando vueltas a una de ellas, y descubriendo consternado los desgastes y
quebrantos que la bota haba padecido por el uso, evidentemente prolijo.
Aadi con timidez:--Estn muy usadas.

--Por favorecerte, las he puesto un par de veces.

--Algo ms--se atrevi a corregir Belarmino.

--Quizs media docena de veces. Cuando las recib y las prob, vi que
no me estaban bien. Pero pens: Si se las devuelvo al pobre Belarmino,
creer que es mana. Y me las puse, para ensayar si se adaptaban al
pie. Imposible. Pues no conforme con esto, y porque me disgustaba
devolvrtelas, ensay otros das, no ms de seis veces, hasta que, a
pesar mo, me convenc que no me sirven. Y todava no me agradeces el
favor.... Temo que has perdido los papeles; pero, con todo, y antes de
encargar el calzado fuera, me resigno a que me hagas otro par, a ver si
esta vez aciertas. Ea, abur.

Y se fu.

Belarmino extrajo del cajn del mostrador un libro, que era un
diccionario de la lengua castellana, y con l bajo el brazo se sent en
una silleta, cerca de una de las puertas de entrada.

--Eh, t, Celesto! Ests ah?

De un ngulo de sombra surgi un rapacejo pelirrojo, como de doce aos:
el aprendiz. Se acerc con la boca abierta.

--Tienes algo que hacer?

--Nada.

--No hay encargos, verdad?

--No, seor.

--Pues saca de paseo a la neina, hasta la plaza de la catedral, que da
el sol. Yo quedo aqu al cuidado.

El rapacejo penetr por la trastienda y volvi a salir en un momento,
con una criatura de unos siete aos. Belarmino la tom en brazos:

--Quieres a tu padre?

--S, quiero--respondi la preciosa chiquilla.

--Mucho?

--Mucho, mucho.

Belarmino bes a su hija con ternura y largueza Luego se la encomend al
aprendiz, dndole de paso una moneda de cinco cntimos:

--Toma una perrina, para que le compres una cachava de caramelo. Y que
sea colorada, porque de sas le gustan ms.

Y ya por su cuenta, Belarmino abri el diccionario y comenz a tomar
notas en un cuadernillo de hule que sac de la chaqueta. Apenas
transcurridos cinco minutos, irrumpi en la zapatera el voluminoso y
rubicundo don Ren Colignon, fabricante de achicoria y confitero. Su
rubicundez era tan flamgera que proyectaba reflejos en las paredes.
Tena, adems, la epidermis tirante y barnizada, como una vejiga de
manteca, y posea una perilla color de trigo, esmeradamente construda,
desde donde se alzaba la blanquecina barbeta, como un huevo en una
huevera de latn dorado. Ojillos galos, rabelesianos, azules y alegres,
que delataban al deleitante de la mesa y del lecho.

Como antes de penetrar el seor Colignon le anunci, al modo de heraldo,
un resplandor rojizo y canicular, Belarmino se apresur a esconder el
libro y el cuadernito de notas.

--_Oh, monsieur le cordonnier! Mon cher ami le cordonnier!_--entr
diciendo el seor Colignon, con modulaciones y altibajos en la voz, que
sonaban como las grgaras de un pavo; los brazos abiertos, con que
estrech contra su corpacho al manso, dulce y enjuto Belarmino--. Que yo
os quiero, ilustre y simptico _cordonnier_.

--Yo tambin le quiero a usted, seor Colin, sin guardarle rencor por
el mote.

--Que no ha estado mi falta, amado Belarmino.

El caso es que las gentes, nada avezadas a la prosodia francesa, haban
convertido el _monsieur le cordonnier_ en monx Codorni.

--Y hasta me han sacado cantares--aadi Belarmino.

--Ya, ya; pero ello no ha estado mi falta.

--Lo s. A m me gusta hablar con usted, que es persona ilustrada y sabe
de tierras luees; sobre todo, que viene usted de una repblica de
estranjis.

--De estranjis.... Ja! Ja! Delicioso....--El seor Colignon emiti una
risotada que era como sonoro glogl de pavo.--Quera preguntarte una
pequea cosa que me ha venido anoche a la cabeza. Por qu es que t
llamas tu zapatera El Nenrod boscoso y equitativo, y metes que es
bilateral?

--Quedar usted complacido en un finiquito.

El aquel de hablar bien y pensar de doble fondo, y, en antonomasia, ser
filsofo.

--Eres t filsofo? Crea que t eras solamente republicano y orador.

--Orador? Arreniego! Los oradores son los lentes--(lentes =
entes)--ms vulgares. Desprecio la oratoria. Claro que hablo en pblico;
pero no quiero ser orador, sino locuente, slo locuente, como mi maestro
Salmern. Bueno; tambin republicano de celebro; por eso soy filsofo.
Ah est Salmern. Yo no soy todava del todo filsofo; pero cada da lo
soy ms. Y andando el tiempo.... Pues el aquel de la filosofa no es ms
que enanchar las palabras, como si dijramos meterlas en la horma. Si
encontrsemos una sola palabra en donde cupieran todas las cosas, vamos,
una horma para todos los pies; eso es la filosofa, tal como la apunta
mi intelecto. Ya dar, ya dar en el chisgaravs--(chisgaravs =
quid)--. Entre que doy o no, me aplaco haciendo hormas para varios pies
y enanchando palabras para varias cosas, cuantas ms, mejor; ecolicu el
doble fondo. Ahora usted se penetrar. El Nenrod; ste es nombre propio
y no se puede enanchar. Boscoso; adula, o como otros vulgares dicen,
alude al boscan, que es una piel, al bosque o monte, porque hago botas
de monte, y al oso, porque se engrasa el material con unto de oso.
Equitativo; porque hago botas de montar, o sea de equitacin; porque
estn hechas sobre seguro, como en la Equitativa, y porque la ciencia
zapateresca ignora las clusulas polticas, y as manifactura un
escarpn para la reina de Escocia, como un zueco ferrado para el
sacamantecas, o un zapato de hebilla para el camarlengo; total, equis.

El hervor que se movi en el recinto torcico del seor Colignon ya no
fu glogl de pavo singular, sino greguera de piara navidea. Abrazaba
una y otra vez a Belarmino, dicindole, en los ojos lgrimas provocadas
por la risa:

--Que t eres grande, _monsieur le cordonnier_, que t eres grande!

Las regocijadas zalemas del seor Colignon no enojaban a Belarmino;
antes le producan emocin y halago. Era muy penetrativo el zapatero,
rpido en percatarse del mecanismo y expresin de pasiones y afectos;
pero como al propio tiempo su bondad aventajaba an a su penetracin,
cuando sospechaba un sentimiento ajeno de hostilidad o mofa, rehua
darse por enterado. Saba distinguir, por lo tanto, entre risas y risas.
En las risotadas del abundante y rubicundo seor Colignon, especie de
rebase _ex abundantia cordis_, Belarmino adivinaba una amable cualidad
personal, o acaso cualidad de raza: la de admirar con alegra. Cun de
otro linaje las risitas celadas y maliciosas del sastre Balmisa y dems
tertuliantes del Crculo republicano; expresin ambigua de un corazn de
secano y de un celebro oscurecido! As pensaba el zapatero. Pero como
compadeca y amaba, porque lo haban menester, a sus contertulios,
asista diariamente a ejercitarles en los procedimientos del discurso de
doble fondo.

Ya que el seor Colignon termin de sahumar el ambiente con aquel
copioso rebase de optimismo, Belarmino qued un punto en suspenso,
temeroso de que su interlocutor solicitase por ltimo el significado de
la palabra bilateral aplicada al establecimiento de zapatera. Como
filsofo catecmeno, Belarmino empleaba algunos trminos a los cuales
daba valor mstico, y cuyo contenido no hubiera acertado jams a
elucidar satisfactoriamente. Por fortuna, el seor Colignon olvid
llevar sus pesquisas hasta la bilateralidad de la zapatera. El francs
y el espaol prosiguieron la chchara, muy al mutuo sabor, hasta que se
present Xuantipa. La zapatera consorte se dirigi al seor Colignon con
extremada cortesa y miramiento. Estas civiles afectaciones no se
producan en Xuantipa sino en coyunturas extraordinarias y con razn
suficiente. La razn era que haca tiempo el seor Colignon haba
prestado al matrimonio Pinto mil pesetas, sin recibo ni documento alguno
comprobatorio, y la Pinta premeditaba sangrar nuevamente al sanguneo y
rubicundo confitero, y aliviarle de un regular chorro de pesetillas. El
seor Colignon era muy rico. La gran casa en donde viva y ejerca el
comercio era de su propiedad. La haba levantado con los rendimientos
abundossimos de la confitera, pastelera y chocolatera, y de una
fbrica de achicoria que posea en las afueras de la ciudad. En cambio,
hasta los gatos de la calle saban que la casa Pinto decaa, se
empeaba, estaba en un tris de desaparecer, debido a que Belarmino
descuidaba sus intereses por mezclarse en politiqueras.

--Qu botas son stas?--pregunt Xuantipa, indicando los miserables
residuos que don Manolito haba desechado a pretexto de que no le haban
servido--. Parecen botas de un pobre de los caminos.

--Son unas botas de don Manolito Cuevas; para un arreglo.

--Pues no se las arregles si no las paga por adelantado; es un hambrn,
que no tiene ni para sardinas--rezong Xuantipa, recobrando su habitual
rostro torvo, de Eumnide--. Cuntos pares te debe?

Belarmino no se acordaba con precisin. Lo mismo podan ser quince, que
veinte, que veinticinco pares. Pero, cmo se lo deca a la irritable
Xuantipa, sin suscitar una escena ominosa, y en presencia del seor
Colignon?

--Dos o tres pares--dijo, al fin, Belarmino.

--No sabes si son dos o tres?--pregunt Xuantipa, irguindose rpida y
enderezando las sierpes de sus ojos hacia el anonadado Belarmino.

--Lo tengo apuntado.

--En dnde? A ver, a ver...--exigi Xuantipa, alargando el brazo
amenazador.

--Mujer...--suplic Belarmino.

--Xuantipa, cuando l lo dice.... Belarmino es un hombre
verdadero--medi el seor Colignon.

--Ese un hombre verdadero? Ese mastuerzo, ese babayo, un hombre
verdadero? Lo habr sido antes, de soltero. Ahora.... Un tontorontaina,
un hazmerrer, un holgazn. Eso, eso es lo que es. Usted no le conoce,
seor Colin.

--Esto que yo he deseado decir es que Belarmino habla verdad. Sea usted
tranquila, Xuantipa; pngase usted tranquila.

--Tranquila, tranquila!... Si es para tocarse del queso. Esto se lo
lleva la trampa, porque no hay un hombre aqu. Qu va a ser de m? Qu
va a ser de esa pobre neina inocente? Porque yo, bien lo sabe Dios,
perdono, hago como que no s. Pero no me chupo el dedo.... A m me la
va a dar ese babayo!...--rugi Xuantipa con voz ronca y ojos ridos y
contrados, que se esforzaban intilmente en exprimir algunas
lgrimas--. Pero se ha acabao, se ha acabao y se ha acabao. Se lo juro a
usted por stas--y, ms que besar, chasc los labios, delgados y secos,
sobre una cruz improvisada con el pulgar y el ndice de la mano
diestra--. Desde hoy mismo, tomo yo el gobierno de todo, y si ste no
sirve para otra cosa, que haga las camas, y lave los orinales, y barra,
y cocine, y que cante el himno de Riego mientras friega los platos.

--Pero, es que sabe usted hacer calzado? Porque eso es lo
principal--dijo sonriente el seor Colignon, procurando rebajar el
diapasn dramtico de la escena a un tono ms cuoloquial y tranquilo.

Belarmino permaneca baja la testa, de precoz calvicie; un haz de luz
vena al soslayo a clavarse en ella, como una espada en la cabeza de un
mrtir.

--Pues si yo supiera hacer calzado...--replic Xuantipa--, estaba ya
todo requeterresolvido y en un periquete. Pero, ya ve ust.... Cuando
nos casamos, haba aqu seis oficiales y oficialas, y no dbamos abasto
a los encargos y pedidos. Un miserable aprendiz sbranos hoy.

--Bueno, hace falta volver a lo de antes, y volvern ustedes--afirm el
optimista y rosceo seor Colignon.

--Dios le oiga!--or Xuantipa, adoptando una actitud devota
convencional.

--Yo creo que usted debe intervenir algo en el negocio, Xuantipa: llevar
la administracin, hacer a los deudores que ellos paguen.... Usted sirve
para eso, tanto como Belarmino creo que no sirve.

--Que si sirvo? Si ste me dijera de verdad quines son los que no
pagan, le prometo a usted que, o pagan, o les saco el galillo.

--Qu es lo que t opinas de mi plan, Belarmino?

--Bien, muy bien--elevando los ojos, con beatitud.

--A ste, todo lo que sea ahorrarse trabajo y molestias le sabe a
gloria.

--l har lo que le pertenece--declar convencido el seor Colignon--.
Y ahora, coraje y hacia adelante!

Un nuevo personaje penetr desde la calle. Era un vecino, sin duda,
puesto que vena con cilndrico gorrete de andar por casa, muy
cochambroso por cierto; nariz minscula y erisipelosa; antiparras
cuadradas; color amarilla; boca circular, desdentada, negra, honda como
una sima. Vesta levitn raqutico, rapado y camalenico, por sus
tornasoles; bufanda de Palencia, enroscada al pescuezo; estrechos
pantalones a cuadros, con sendas prominencias en las rtulas. Calzbase
con zapatillas de orillo. Sobre la oreja diestra, larga pluma de ave,
color toronja; la bocamanga izquierda, revestida con una especie de
malla o red de negras rayas, que no eran sino las huellas y rasgos de
haber limpiado all los puntos de la pluma. Emita en la atmsfera un
efluvio sombro y pesimista, como si poseyese una zona de influencia
nefasta. Era, por prestigio o metamorfosis, la encarnacin humana de
aquella ictrica casuca de la Ra Ruera, en donde el pintor Lirio
calculaba que no poda por menos de vivir un prestamista.

As como los joviales espritus diurnos se alejan con ruborosas alas
apenas despunta por Oriente el ncubo nocharniego, el seor Colignon,
desasosegado, aturdido y plido por dentro, pues por fuera no se lo
consenta su imposible rubicundez, se despidi y tom la salida, no sin
que Xuantipa le dijese al partir:

--Con su apoyo contamos, seor Colin, y Dios se lo premiar.

--Aj, aj. El franchute apoya? De perlas, hijos, de perlas--coment
don Angel Bellido, que ste era el nombre, tan propio cuanto impropio,
del prestamista.

--S, seor Bellido. Sale usted del limbo? Quin no sabe que el seor
Colin es ua y carne con nosotros?

--Hija, tanto como ua y carne.... Que sea carne, que carne, gracias a
Dios, no le falta, y que vosotros seis la ua..., doyme por
satisfecho--dijo don ngel--. Pero, como quiera que yo todos los das
tengo el gusto de hacervos una visitilla para refrescarvos la memoria, y
vosotros nada me decais ni me dejabais entrever.... Porque, ac, para
inter nos, la cosa presentaba un cariz... que... ya, ya... ya me
entendis.--El seor Bellido era singularmente afecto a los puntos
suspensivos. Todas sus sentencias dejaban un rumor silbante de cohete.
El que le oa, quedbase anhelante, esperando el estallido de la nuez.
Generalmente, los cohetes no llevaban nuez. Pero cuando estallaban, la
bomba era de dinamita. Prosigui el seor Bellido.--Porque el prstamo y
los intereses acumulados ascienden....--Psss.... El cohete ascenda en el
espacio. Silencio. Ansiedad.--Ascienden a diez mil pesetas. Constan en
documento ejecutivo. Vos pudiera embargar en el acto y, por no perderlo
todo, quedarme con estas cuatro porqueras que aqu tenis, que no
valen ni la mitad del dbito.--Tal fu la bomba de dinamita que don
Angel Bellido hizo estallar sobre la mansa cabeza de Belarmino y la
frente arisca de Xuantipa.

Xuantipa, como ms inconsciente, se dej dominar por el espanto.
Belarmino, con su intuicin repentina de los sentimientos, comprendi lo
que deba responder:

--Mala ocasin sera para embargarnos, ahora que no hay materiales en
almacn ni apenas calzado en existencias.

--Quita all, hombre de Dios--se apresur a decir el seor Bellido--.
Pero es que yo he hablado de embargarte? He dicho que si quisiera....
Pero qu lejos est de mi nimo.... Y ms ahora que el seor Colin vos
apoya....

--No es que nos apoye--declar el sincero Belarmino.

--Ehhh...?--pregunt alarmadsimo el seor Bellido, estirando el
pescuezo y asomando las pupilas por encima de las cuadradas antiparras.

--Cmo que no? Pues no acabamos de hablar mano a mano y como Cristo
nos ensea?--terci, sofocada, Xuantipa.

--Yo prefiero no mezclar a mi amigo, el seor Colin, en estos
asuntos--dijo Belarmino.

--Te entiendo, picarn--gangue el seor Bellido, retirando los ojuelos,
uno de ellos con guios de despedida, detrs de las vidrieras, y
retrayendo el pescuezo a su longitud usual--. T no quieres que se
difunda la noticia de que el franchute es tu socio capitalista, eh?
Pues, por m.... Y para que te convenzas de que merezco tu confianza, voy
a darte otra noticia. Un zapatero de fuera, zapatero de lujo, viene a
establecerse en esta misma calle. Es un protegido de la duquesa de
Somavia. Conque.... Ojo al Cristo, que es de plomo. Para competir,
tendris que apretar. Dselo al franchute. Que suelte mosca.

En esto que, con gil y perfumado revoloteo de brisas primaverales, se
hizo presente una dama. Llegar ella y escapar el prestamista, todo fu
uno. No se dijera sino que la zapatera slo tena cubicacin disponible
para una persona de fuera. Cada recin llegado era el clavo que sacaba
otro clavo.

La dama exhalaba melindrosos resoplidos y se agitaba de aqu acull con
gentileza enteramente adolescente. Vista por la espalda, era una
figurilla breve, fina y graciosa. El anverso de la medalla no se
corresponda con el dorso; pecho alisado con rasero; rostro acecinado y
de ojos conspicuos; una faz del todo masculina.

--Uf, uf! Qu hombre se!--rompi a parlotear--. Qu aspecto de
desenterrado. Si huele a camposanto.... No s, Belarmino, como le admite
usted aqu. Ha dejado un tufo.... Esta noche me da la pesadilla. Ay! Si
le veo no entro. Pero el otro me vena siguiendo. Y busqu en ustedes
refugio, asilo, amparo. Cada da ms atrevido. Es capaz de entrar en pos
de m. Qu Anselmo, seor!... Pero a cada cual lo suyo; hay que
reconocer que es guapo, simptico, buen mozo y elegante que no cabe ms.
Enva las camisas a planchar a Madrid. Ya me pasma que haya tardado
tanto en pasar por la puerta. Me asomar con disimulo a espiarle. All
est. Se ha quedado en acecho a la puerta de la confitera. Qu
tenacidad! Qu constancia! Y as cinco, seis aos; he perdido la
cuenta. Si yo le diera pie, nos casbamos en un decir amn. Pero no me
atrevo, no me atrevo. El tlamo me impone. Y admito que una joven no
debe estar soltera y sola. Hay lenguas como agujas de colchn. Pero el
tlamo me impone, me impone. Vena volada por la calle, y l detrs,
detrs. Qu asiduidad! Qu perseverancia! Ay! Djenme ustedes que
repose y tome aliento.

Aquella criatura facunda y verstil, especie de andrgino reseco y sin
incentivo, viva en la Ra Ruera, y se llamaba Felicita Quemada. Su
tenaz y perseverante perseguidor, hombre un tanto machucho, como
cuadraba con la dama, pasaba en Pilares por arbitro de las elegancias y
ocupaba el lugar ms distinguido en la poltica local. Era vicario del
duque de Somavia, el cacique de la jurisdiccin, que se pasaba la vida
en Madrid. La vicara o representacin no se limitaba solamente a los
asuntos de la poltica de campanario. La elegancia venale a Novillo
tambin por delegacin o apoderamiento del aristcrata, viejo verde y
currutaco. Novillo, en lo indumentario, constitua una rplica, algo
rebajada, de su protector el duque, el cual le enviaba desde Madrid
corbatas, cuellos postizos, calcetines y chalecos de fantasa semejantes
a los suyos, aunque de clase inferior, y trajes, de pao cataln,
imitados de los que l usaba, de pao ingls. Los amores de Novillo y la
Quemada, o, como le decan en Pilares, la Consumida, haban llegado a
ser a manera de rasgo tpico o suceso rutinario y familiar en la vida de
la calle y de la poblacin entera. Databan los amores desde ms de dos
lustros; los haban iniciado estando los dos muy corridos en aos, y no
haban trascendido del estadio del ms puro romanticismo, platonismo e
inefabilidad. La Consumida jams hablaba de otra cosa. Novillo jams
hablaba de ellos, y si se los mentaban, sentase gravemente ofendido.
Los vecinos de Ra Ruera y de la ciudad tomaban por lo cmico aquellos
amores, y a Novillo, acaso por su edad, quizs por su corpulencia, tal
vez por satrica suspicacia, le sobrenombraban el Buey. Pero el amor
mudo y constante de Anselmo y Felicita encerraba, bajo el aspecto
ridculo, emocin pattica. Aquella timidez invencible de Anselmo (l,
tan osado en los manejos de la administracin municipal y provincial y
en las estratagemas electorales), cmo poda explicarse sino por la
fatalidad? A qu poda atribuirse sino al saudo antojo de la Nmesis
adversa? Buscbanse sin cesar Anselmo y Felicita, vivan el uno para el
otro; pero la Nmesis antojadiza haba herido de mudez a Anselmo y
colocado entre los dos, adems de esta barrera de silencio, un ancho
valladar infranqueable, aunque de aire delgado y transparente. La
propincuidad mxima del objeto de su amor a que Anselmo aventuraba
acercarse era una distancia de cinco metros, como si al llegar all
tropezase con un obstculo cristalino e invisible. Ahora, que esta
distancia la conservaba de continuo. No pareca sino que Felicita estaba
encerrada en un fanal o gran campana de vidrio. Dentro de aquella
prisin imperceptible para los ojos, Felicita se consuma lentamente; de
fuera, Novillo se detena estupefacto, sin apenas atreverse a mirar a la
amada cautiva. Adase, en honor de la verdad, que el tormento surta
contrapuestos efectos en Novillo que en Felicita, pues a Novillo no le
robaba carnes, antes se las aada. Y conste, por ltimo, que la
fidelidad de Novillo era absoluta; nadie le conoca otros galanteos, ni
siquiera claudicaciones de amor mercenario, en una capital de provincia
donde todo se sabe.

Sentse Felicita, respir fuerte, tom aliento, pero no se repos, sino
que, tan pronto como haba tocado el asiento, salt en pie de nuevo,
sacudida por aquel dinamismo fatdico que la tena en los huesos, y
tomando unos papelorios que llevaba debajo del brazo, los extendi sobre
el mostrador.

--Vea usted, Belarmino. ste es _El Espejo de la Moda_, y ste _La
Slfide Mundana_. Vea usted. Hay una parte consagrada al calzado. Aqu
hay un par de zapatos que me enamora. No podra usted hacerme uno as?
Soy muy exigente para el calzado. Es mi debilidad. A las personas bien
nacidas se les conoce por los pies. Un pie juanetudo denota un espritu
grosero. Anselmo es, lo mismo que yo, esclavo del bien calzar. Lo habr
usted observado. Vea usted estos zapatitos que describe _La Slfide_.
Son de piel de Escandinavia. Tiene usted ese material? Llevan pespuntes
y picados de cabritilla blanca. De eso s tendr usted. En todo caso,
podremos aprovechar algn viejo par de guantes de los innumerables que
poseo. Esta es otra debilidad ma. El guante y el calzado; la mano y el
pie. A todo esto, me estoy distrayendo ms de lo debido. Y, a propsito;
ahora se me ocurre, le parecer mal a Anselmo que entre en su casa de
usted, Belarmino? Como l es dinstico y usted tan subversivo.... Pero,
no. Si le pareciese mal, me lo hubiera dicho. Ea, me voy. Me llevo las
revistas de modas. Ya hablaremos con calma de los zapatos de piel de
Escandinavia.

Y sali, con perfumado revoloteo de faldas, sin haber dejado en todo el
tiempo de su permanencia un solo resquicio por donde Xuantipa o
Belarmino hubieran podido colarse a decir esta boca es ma. Esta escena
se repeta casi a diario. Era obligado que penetrase creyndose
perseguida, que proyectase vagamente hacerse un par de zapatos, y que,
de postdata, le acometiese el escrpulo de si a Novillo le placeran
aquellas visitas al zapatero subversivo. A poco de salir Felicita,
cruz, por delante de las puertas de la zapatera, don Anselmo Novillo,
con solemnidad de hombre corpulento, machucho y posedo de su elegancia.
Comenzaba a pasear la calle a Felicita y paseara durante tres o cuatro
horas.

Xuantipa se retir a preparar la cena. Belarmino, a solas, apoy la
frente en ambas manos, meditabundo. As estuvo, sin moverse, largo
espacio, hasta que volvieron el aprendiz y la nia. Obscureca ya.
Belarmino despert de su meditacin para besar y abrazar a su hija,
silenciosamente, con ahinco y ternura, todava ms exagerados que de
ordinario. Se le humedecieron los ojos.

En la tienda reinaba total tiniebla.

--Enciendo luz?--pregunt el aprendiz pelirrojo.

Belarmino tard en responder; le faltaba la voz.

--No hace falta. Ahorraremos en luz. Vete a la cocina con la nia, y
ayuda al ama, si hace falta. Almbrate con este fsforo. Cuidado.

Belarmino se recogi otra vez a meditar, empapado en la tiniebla.
Belarmino, ahora, no se deslea en aquellas especulaciones filosficas,
o lo que l entenda por tales, que ltimamente, en los dos o tres
recientes aos, le haban acaparado la actividad del pensamiento y los
afanes del pecho, sin dejar lugar ni vado para ninguna otra ocupacin o
sentimiento, a no ser el amor por su hijita. No; ahora Belarmino no
cavilaba sobre el problema del conocimiento, sino sobre el problema de
la conducta; no le preocupaba lo que deba pensar, sino lo que deba
hacer. Su vida externa, el curso y movimiento de su vida social, era al
modo de una rueda dentada, en engranaje con otras; esta rueda cada da
realizaba mecnicamente una vuelta completa, entreverando sus dientes
con los dientes de las dems ruedas, siempre los mismos y siempre de la
propia forma y disposicin, y de suerte que no caba averiguar si ella
haca girar a las otras o las otras le hacan girar a ella, o si la una
y las otras rodaban con regularidad a impulsos de un mecanismo incgnito
y enorme. Aquel da haba sido idntico a otros incontables das, en el
rodar de los das de Belarmino. Y, sin embargo, aqul era un da seero,
un da crtico, un da que le haba provocado una intuicin profunda del
porvenir, o, como Belarmino se deca a s mismo en aquellos instantes,
empleando el tecnicismo esotrico de su inventiva, un _faran crnico_.

Los hombres se dividen en dos clases, segn la manera de dormir. Unos
duermen poco, porque duermen de prisa; otros duermen mucho, o cuando
menos permanecen largas horas en el lecho, porque duermen poco a poco.
La cabeza, o depsito del sueo, es como una vasija con un pequeo
desage. A unas personas se les colma de sopetn la vasija, y caen
dormidas en un sueo inerte y sin ensueos; luego la vasija se va
desaguando con regularidad, y en las tempranas horas maaneras la cabeza
se halla vaca, limpia, despejada y el cuerpo con anhelo de ejercicio.
Estas personas se levantan despiertas del todo. A otras personas la
vasija se les va llenando lentamente, a causa de penetrar por un lado
poco ms cantidad de sueo de la que por otro se va vertiendo y
disipando, y as contraen un sueo dificultoso y enrarecido, poblado de
imgenes incoherentes; el contenido de la vasija alcanza su plenitud
precisamente al tiempo que es fuerza abandonar el lecho. Estas personas
se levantan cuando estn ms dormidas, y se conducen como sonmbulos en
la maana balda, hasta que al cabo de unas horas han eliminado la
saturacin de sueo. Aquellas otras personas son de naturaleza muscular
y robusta. Estas ltimas, de naturaleza linftica y dbil. Las primeras
estn dotadas para el xito prctico: en la guerra, en la poltica, en
los negocios. Las segundas, para el xito intelectual y esttico.
Belarmino era de esta segunda clase de personas. Xuantipa le haca
levantar a escobazos, como en un ojeo se ahuyentan las liebres
encamadas. Despus, durante las horas antemeridianas, era hombre intil.
Senta la frente llena de humareda que le descenda a los ojos y se los
escoca y enturbiaba. Al final de la comida del medioda, despus de
haber bebido su botella de sidra hecha, y fumado sus dos pitillos, de
los amarrados por la cintura, era ya otro hombre. El talento, que l se
lo figuraba como un ser substantivo, independiente, hasta corpreo,
misterioso husped interior, comenzaba a rebullir, a desasosegarse, y
dando unos golpecitos con los nudillos por la parte de dentro de las
paredes del crneo, le deca: Ea, Belarmino, aqu estoy yo; vamos a
discurrir cosas nunca odas. A este recndito ser personal o demonio
ntimo, Belarmino lo llamaba _Inteleto_.

Sola impacientrsele el Inteleto a los postres, y tan pronto como
Xuantipa se levantaba a fregar la loza, Belarmino se evada furtivamente
al Crculo republicano. Despus, lo de siempre: irrupcin violenta de
Xuantipa, retorno aflictivo, este o aquel cliente, todos morosos, el
ptimo Colignon, el psimo Bellido, la imposible Felicita. El trazado de
la vida de Belarmino era una pgina escrita con falsilla, y en la
cabecera de la pgina un signo sagrado: la hija de sus entraas. De raro
en raro, abrase un corto parntesis, en las lneas de la pgina, que se
corresponda con alguna reunin pblica del Crculo republicano, en que
Belarmino pronunciaba discursos tremendos. Como todas las naturalezas
dulces y tmidas, Belarmino tena ahorrados el coraje y la violencia en
un depsito a rditos con inters compuesto, y cuando llegaba la
coyuntura excepcional de gastar las reservas se exaltaba en trminos que
pareca un poseso. El sastre Balmisa, el director y redactores de _La
Aurora_, y dems correligionarios pertenecientes a la clase media baja
intelectual, tomaban a broma a Belarmino y le calificaban de chiflado.
El clero y las familias piadosas le reputaban como un loco, aunque
generalmente inofensivo, en ocasiones peligrossimo y de ms cuidado que
todos los otros republicanotes. Pero el estado llano del partido,
obreros y artesanos humildes, dedicaban a Belarmino supersticiosa fe y
se enardecan oyndole. Cierto que no le entendan; tambin San Bernardo
inflam una Cruzada, arrebatando muchedumbres que no entendan la lengua
en que les persuada. Cuando Belarmino pronunciaba un discurso, era de
rigor que los oyentes saliesen a la plazuela del Obispo lanzando gritos
inflamatorios y blasfematorios. Por eso, algunas gentes devotas
maduraban seriamente el plan de convertir a Belarmino.

All estaba Belarmino, empapado en la tiniebla, desfallecida el alma,
atravesando un terrible _faran crnico_ y cavilando lo que deba hacer.
Los mismos incidentes cotidianos, repetidos mecnicamente, van tomando
diferente semblante y adquiriendo valor ms preciso. Segn la estructura
de la piedra, el curso y agresin de las aguas a unas las monda,
redondea y suaviza, y a otras les saca ngulos, aristas y pas, hasta
que un da, de pronto, cortan como cuchillos y penetran como puales. El
roce forzoso con Xuantipa Belarmino lo haba aceptado como una
disciplina de perfeccin. Xuantipa haba araado y cortado y pinchado
desde el principio; pero en fuerza de frotar, araar, cortar y pinchar,
a Belarmino le pareca el roce ms blando cada vez, y senta ya el alma
redonda, suave y como lubrificada al contacto con su spera cnyuge. La
frotacin con la clientela le era cada vez ms indiferente, y lo mismo
el agitado y turbulento roce con Felicita. La frotacin con el francs,
cada vez ms grata. Lo espantable, lo que haba suscitado el terrible
_faran crnico_, era el contacto con Bellido, contacto siempre molesto
y congojoso, pero que aquel da, de sbito, le haba herido y desgarrado
hasta lo ms ntimo. Estoy arruinado. Me ver en la calle maana o
pasado o dentro de un mes. Esto no tiene _igua_ (significaba: no hay
salvacin), se dijo Belarmino, mentalmente. Hubiera podido ir tirando
como hasta entonces, por tiempo indefinido; pero la llegada de un
competidor, que Bellido le haba anunciado, aceleraba el desenlace
catastrfico. Adems, presuma con fundamento que Martnez, un antiguo
oficial suyo, trataba de instalar una tienda de calzado de fbrica en la
misma calle. Calzado de fbrica?--pens Belarmino, desvindose del
camino recto--; buen calzado ser se que no est hecho a la medida.
Como si una mquina pudiera hacer zapatos decentes. Pazguatos! Milagro
que no se les ocurre inventar una mquina para hablar y otra para
escribir, o cualquiera otro disparate.... Volvi en seguida al camino
recto de sus cavilaciones. La cuestin era que aquello no tena _igua_.
Con el buen Colignon no haba que contar. Por lo pronto, no era
verosmil que el francs adelantase todo el dinero que se necesitaba
para pagar la deuda de Bellido y montar por lo grande la zapatera.
Pero, aun cuando el seor Colignon lo ofreciese, l no lo aceptaba,
porque saba de antemano que era dinero perdido. Confesbase a s
propio, honradamente, no haber nacido para gobernar un negocio. Haba
nacido para ms nobles y menos provechosos cuidados; bien claro se lo
deca su demonio interior, el Inteleto: Belarmino, vamos a discurrir
cosas nunca odas. Su deber era abandonarlo todo, vivir de limosna,
sufrir penalidades, dormir bajo los porches, alimentarse de hierbas, con
tal de seguir la voz del Inteleto y dar con aquellas cosas nunca odas
que el geniecillo interior le prometa. Pero, y su hijita de sus
entraas? Cuando Belarmino deca entre s hija de mis entraas, la
frase adquira casi sentido literal. Cuando abrazaba y besaba a su hija,
o la miraba en adoracin, o pensaba en ella, sentase ms madre que
padre. Lo cierto es que Angustias no era hija de Belarmino, sino de una
hermana suya que, a poco de morrsele el marido, muri ella de
sobreparto. Belarmino recogi a la criatura, apenas nacida, y la cri l
mismo con bibern. Esto ocurri un ao antes de casarse con Xuana.
Belarmino haba contado a Xuana, antes de casarse, la verdadera
historia, que ella admiti sin sospechas. Mas despus de casados, como
quiera que ella no lograba hijos propios, comenz a odiar al marido y a
cavilar que la nia era hija disimulada de Belarmino; con que la
criatura tampoco se libraba del odio de la apasionada mujer. En los
apstrofes y denuestos de Xuantipa, aunque muy veladas, siempre latan,
como se habr advertido, venenosas alusiones a este asunto.

Si se arruinaba--prosegua pensando Belarmino--, su deber era entrar
como oficial con el nuevo zapatero y trabajar porque a la hija no le
faltase lo preciso. Trabajar.... Le haran trabajar de la maana a la
noche, y aun de noche, como l haba hecho trabajar a sus oficiales en
pocas de prosperidad econmica, antes de que aquella personilla
exigente que llevaba alojada dentro de la cabeza, o sea el Inteleto,
hubiera dado imperiosa cuenta de s, distrayndole del negocio. Trabajar
horas y horas, de longitud inacabable, despidindose para siempre de las
horas calmas y fugaces dedicadas al ocio contemplativo y al coloquio
secreto con su habitante interior.... Imposible! Tal era el pavoroso
_faran crnico_ que traa a mal traer a Belarmino.

--Buenas tardes nos d Dios. Hay alguien en la casa?--dijo una voz
flaca y aguda, como de flautn, que caa de lo alto.

Belarmino crey estar soando. Era aqulla la voz de un ngel
acatarrado?

--No hay cristiano o alma humana en este recinto?--volvi a hablar la
voz de flautn, sonando siempre al nivel del cielo raso. Oyronse a
continuacin unas palmadas retumbantes, como el tableteo de un trueno.

--Belarmino, ests ah?--rugi Xuantipa, desde las habitaciones
interiores.

Belarmino dijo para s: Pues, seor, no estoy soando. Encendi una
cerilla, y a poco se cae de espaldas. Tena ante s una mole que casi
tocaba con el techo. Presto se recobr y se percat de la realidad
verdadera. Tratbase del Padre Alesn, un fraile dominico de las
dimensiones de un paquidermo antediluviano, a quien sus hermanos en
religin y la grey parroquiana de la Orden llamaban la torre de Babel,
por la estatura y porque saba veinte idiomas: unos vivos, otros muertos
y otros putrefactos. Acompabale otro Padre innominado, de volumen
normal entre religiosos, aunque excesivo para laicos. Aun al lado de
este segundo fraile, Belarmino era una pavesa. Los dominicos penetraban
entonces por primera vez en la zapatera de Belarmino.

Luego que el zapatero encendi un quinqu de petrleo, el Padre Alesn
tom la palabra:

--Le causar maravilla vernos en su tienda, dadas las ideas que usted
profesa....

--Reverendo--interrumpi Belarmino, no muy seguro de que ste era el
tratamiento debido--, la ciencia zapateresca ignora las clusulas
polticas; por eso es analfabtica. Yo tambin he confeccionado zapatos
para religiosos y sacerdotes.

--Ah! S? Cundo, amigo mo?

--Hace tiempo.

--Quiere decirse que usted, a pesar de sus ideas contrarias a la
Iglesia, no tiene inconveniente en calzar a las personas religiosas.
Pero pudiera ocurrir que las personas religiosas tengan inconveniente en
dejarse calzar por usted.

--El fanatismo es reincidente--declar sentencioso Belarmino.

--Cmo reincidente?--pregunt el Padre Alesn.

--Vamos, que abunda... y daa; que se lo encuentra uno a cada paso.

--Ya; ha querido decir frecuente....

--No, seor; he querido decir, y he dicho, frecuente, y abundante, y
daoso, y que se choca con l; en autonomasia, reincidente.

El Padre Alesn permaneci un tanto perplejo. Belarmino le hablaba una
lengua perfectamente inslita, que l no conoca ni sospechaba; como que
no era lengua viva ni lengua muerta, sino lengua en embrin.

--Y usted, no es nada fantico?--pregunt, algo desconcertado, el Padre
Alesn, con su voz de flautn, dejando, a pesar suyo, escapar un gallo o
atragantn en la slaba acentuada del esdrjulo--. Hanme dicho que s.

Despus de este giro en transposicin, que es, naturalmente, grave y
solemne, el dominico cobr bastante serenidad y aplomo.

--Fuera de la zapatera, y suscrito en el crculo de la paradoja, que es
un cuadrado, porque es el ecumnico, soy fantico y hasta testa
macilento; pero dentro de la zapatera, y en ridculo, soy
analfabtico. Este es el maremgnum de la clase y del bien eliminar.

El Padre Alesn, consternado, no saba qu replicar. La cosa no era para
menos. Belarmino, con el tecnicismo de su inventiva, haba dicho,
traducido al pie de la letra: Fuera de la zapatera, e inscripto en el
crculo de mi ortodoxia, que as puede llamarse crculo como cuadrado,
puesto que la ortodoxia es la conciliacin de los contrarios, soy
fantico, y an ms, incendiario violento; pero fuera de mi centro
propio y dentro de la zapatera, soy indiferente. Tal es el ideal de la
conducta y del bien obrar. En la torre de Babel no se hablaba todava
tal lenguaje.

El Padre Alesn pens: Si me dedico ahora a trabajos lingsticos y
hermenuticos, no acabo nunca. Al grano. Y dijo en voz alta... y tan
alta:

--Plceme, amigo mo. Ha hablado usted con singular elocuencia y
persuasin. Ahora me explico que sus discursos conmuevan y arrastren a
la audiencia.

--Le advierto a usted, reverendo--cort Belarmino, cosquilleado por una
comezn de simpata hacia el ciclpeo dominico--, que no entienden mis
discursos, pero causo entusiasmo por el peso llamativo.--Lo cual
significaba por el fuego del sentimiento.

--Justamente por eso me lo explico. Y voy ahora directamente a mi
propsito. Hemos acordado que haga usted los zapatos para los Padres de
la residencia: cinco padres y un lego. Don Restituto Neira, seor
caritativo y dadivoso, y su santa esposa, doa Basilisa, los cuales,
como usted no ignora, nos han cedido el ltimo piso de su palacio para
residencia, desean tambin que usted haga el calzado para la
servidumbre. Espero que, a pesar de sus ideas impas, aceptar el
encargo. No se arrepentir, le garantizo. Nuestros zapatos no le sern
muy difciles de hacer. El voto de pobreza nos obliga a vestir y calzar
sin artificio--y adelantando el pie sac del faldamento un zapato por el
estilo de los del dmine Cabra; una tumba de filisteo.

Belarmino, con su clarividencia psicolgica, adivin repentinamente que
pretendan sobornarle. En otra ocasin, soltando la reserva de coraje y
violencia para los casos extraordinarios, se hubiera descarado con los
frailes. Pero en aquellos momentos, sangrante an la herida que Bellido
le haba abierto y en estado de _faran crnico_, lejos de enfurecerse,
sinti una manera de alivio y esperanza.

--Acepto--dijo con firmeza.

--Congratlome--exclam el dominico, sin ocultar su satisfaccin--.
Quedamos, pues, amigo mo, en que maana, por la tarde, vendr usted a
nuestra residencia a tomarnos las medidas.

--Eh? Debo ir yo all?--pregunt, preocupado, Belarmino--. Qu dirn
mis correligionarios?

--Qu han de decir? Usted va como zapatero. Adems, es lo ms rpido y
expeditivo.

A Belarmino le gust la voz expeditivo, y la almacen en la memoria, a
fin de meterla en la horma, ensancharla y darle un significado
espacioso, nuevo y conveniente.

--Da usted su palabra?--pidi el Padre Alesn.

--S, seor reverendo. Y que sea lo que Dios quiera.

--Que me place orle esa expresin devota: que sea lo que Dios quiera.
Dios querr lo mejor. Hasta maana, amigo mo.

As que salieron los frailes, Belarmino se arrepinti de su promesa.
Pas la noche en claro, caviloso y febril. Dbase golpes en la cabeza,
requiriendo socorro y consejo de su habitante interior; pero el Inteleto
estaba distrado o ausente y no acuda al llamamiento.

A la maana siguiente, con la cabeza que tan pronto le pesaba al modo de
una bola de granito, como senta que se le escapaba de sobre los
hombros, cual vedija de humo, Belarmino sali a la puerta del
establecimiento para despejarse. En un entresuelo de la acera del
frente, y poco ms abajo de la calle, una cuadrilla de carpinteros,
albailes y pintores, trabajaban con energa y diligencia.

Belarmino se aproxim al seor Colignon y le habl recatadamente al
odo:

--Recuerda usted que un da le dije: ya dar, ya dar en el blanco?
Pues ya he dado, ya he dado. La beligerancia es la madrona de la Grecia.
El faran crnico es lo ms puerperal. He hallado la solera
recreada.--Traducido al romance: la adversidad es la madre de la
sapiencia. Una crisis profunda es siempre fecunda. En cuanto a la ltima
sentencia, el propio Belarmino la verti al habla vulgar, a instancias
del seor Colignon, que pregunt:

--La solera recreada?

--Se lo interpretar en forma corriente: solera es palabra que viene de
sol y dice la luz ms viva, y fuente de luz. Recreado es lo que nadie ha
hecho, que se hizo por s, y produce gusto, recreo--o sea, luz increada.

Esta vez, los recnditos y gargarizantes pavos del seor Colignon
permanecieron taciturnos. El francs apoy horizontalmente el antebrazo
en la depresin o meseta superior del abdomen, sustent el opuesto codo
sobre aquella mano, y con la otra mano se cubri el huevo y la huevera
de latn, esto es, la barbeta y la perilla, en actitud napolenica y
cogitabunda.

--Yo comprendo, yo comprendo, _mon pauvre ami_; los Padres te han
convertido....

El que se ri ahora fu Belarmino, y de la mejor gana:

--Convertirme? Qu proyectil!--Belarmino junt en un racimo las yemas
de la diestra mano, se las llev al entrecejo y silabe
confidencialmente:--El Inteleto!--Y luego, cambiando de tono:--Algo me
he ayudado con un libro de los Padres....

--Te lo prestaron?

--No; lo ped yo prestado, porque lo vi encima de una mesa.

--Y cmo es que se titula?

--No se enterar usted, porque est en latn.

--Pero, t, t, comprendes latn?

--Llegar a tener intuicin con l; por ahora, slo me es saludable.

El seor Colignon se retir pensando: No tiene remedio el pobre
hombre.

La apertura de la nueva zapatera caus inolvidable sensacin y pasmo
descomunal. El rtulo rezaba: Apolonio Caramanzana, maestro artista.
Haba un ancho escaparate, con lmpida luna de cristal. Sobre el piso
del escaparate, forrado de peluche verde, se alineaban varios pares de
zapatos y botas, realmente exquisitos, apoyados oblicuamente en sendos
sustentculos de nquel, y con inscripciones debajo que decan: Zapatos
de piel de Suecia; encargo de la excelentsima seora duquesa de
Somavia. Bota de becerro; para el seor Novillo, y as otros varios
encargos de personas distinguidas y elegantes. Al fondo, en una urna,
guardbase el esqueleto autntico de un pie humano. Sobre la urna se
lea: Osteologa del pie. De cada huesecillo sala un alambre, con una
cartela al final. Las cartelas decan: Tibia, peron, malolo interno,
malolo externo, tarso, astrgalo, calcneo, escafoides, cuboides, las
tres cuas, metatarso, falanges, falangitas, falangetas. Encima de la
urna colgaba de la pared del fondo un cuadro pintado a la acuarela, que
representaba una bota, de perfil, despidiendo rayos; en la cabecera, un
letrero: La podoteca ideal, y, en la parte inferior, una estrofa:

Aunque tan fina y lustrosa
y de tan bellos perfiles,
nadie, si la llevas, osa
cortarte el tendn de Aquiles.

Y ms abajo an: Dime con qu botas andas, decirte he quin eres.

A entrambos lados del cuadro central pendan otros dos cuadros. Uno
figuraba un pie desnudo, de alto puente y empeine corvo, con su
inscripcin: Pie ario; noble. El otro, un pie asentado todo a lo
largo, la planta sobre la tierra, con su inscripcin: Pie planpedo,
plantgrado o semtico; plebeyo. En las paredes laterales del
escaparate, repisas de cristal, con vaciados de pies, en escayola,
algunos retorcidos y deformes, y, adherida a la repisa, una indicacin:
Repertorio de extremidades, obtenido del natural. En lo ms altanero
de la luna de cristal desarrollbase una cinta, a modo de divisa
herldica, declarando, con doradas letras teutnicas: Una hermosura
soberana inspira a Caramanzana.

Cuantos vean el escaparate pensaban en el infeliz Belarmino. La
opinin fu unnime: no haba competencia posible. Tambin Belarmino fu
a ver el famoso escaparate. Lo examin atentamente, con calma. Como su
corazn estaba purificado de pasiones torpes, no se le distendi el
rostro en gesto ninguno, lastimado o feo; antes sonrea; sonrea con
expresin inocente y delicadamente irnica. Apolonio, que ya le conoca
y le estaba espiando desde dentro de la tienda, se sinti, por
misteriosa manera, humillado. Ahito y ebrio con el xito, qu le
importaba a l la expresin hipcrita y maligna del ya desbaratado
rival? Y, sin embargo, sentase humillado, adivinando que la verdadera
rivalidad entre ellos no era zapateril, sino de otro orden ms ntimo y
personal, y que en aquella larvada e inevitable rivalidad acaso
Belarmino saliese vencedor.




CAPTULO IV.

APOLONIO Y SU HIJO.


Fu el jueves Santo, por la noche. Habamos cenado en la habitacin de
don Guillen. El cannigo fumaba un cigarro largo y fino; yo, un cazador,
ese tabaco oscuro, velloso y de sangre, tan enrgico, sutil y esencial
provocador de ideas e imgenes que, a veces, sustituye con ventaja los
beneficios del trato humano, sin sus inconvenientes y molestias. Como
dijo, siglos ha, Cristbal Hayo, maestro fsico de Salamanca, en loor
del tabaco: usando del no se siente soledad. Don Guilln me lo haba
ofrecido, sabiendo que era la vitola ms de mi gusto; delicado agasajo
que yo le agradec. No faltaban las copitas de coac viejo.

Anoto estos detalles, quizs impertinentes, para que se vea que don
Guilln era hombre atento a los detalles y moderado gratificador de los
sentidos, de donde se deduce que, para l, la realidad externa exista,
y que la aceptaba en toda su importancia, procurando solamente que el
contraste con ella fuese lubrificado y terso.

Estaba rindose para s, como ante una visin cmica y tierna al propio
tiempo. Comenz a hablar:

--No puedo pensar en mi padre sin rerme. Sin rerme amorosamente,
entindame usted. Mi madre muri cuando yo cumpla apenas los tres aos.
No la recuerdo. Mi padre era, o, por mejor decir, es, pues vive; vive
como sombra de lo que fu.... Mi padre es hijo de un criado de la casa de
Valdedulla, antiqusimo linaje gallego que viene de los godos o cosa
as. Mi familia paterna, de padres a hijos, desde hace ya dos o tres
siglos, viva a la sombra de la casa de Valdedulla, cumpliendo ms que
en menesteres de servidumbre en empleos de confianza. El primognito
permaneca siempre al servicio de la casa, y a los dems hijos varones
los condes los dedicaban a la Iglesia, o los enviaban a que se ganasen
la vida por el mundo. En mi familia ha habido bastantes abades, y no me
sorprendera tener algn to ricacho en Amrica, sin yo saberlo. Mi
abuelo era as como administrador de la casa de Valdedulla. Cuando yo
nac, esta poderosa casa haba quedado reducida a dos vstagos, don
Deusdedit, el conde, y doa Beatriz, que se haba casado con el viejo
duque de Somavia, y viva en Pilares. El conde era soltern, padeca
muchos achaques y tena la cara llena de erupciones amoratadas. No haba
esperanza de que se casase, no tanto por feo y raqutico, ya que las
mujeres apencan con todo, si el pretendiente guarda hacienda o luce
ejecutoria, cuanto porque el duque era misgino y misntropo. Sola
decir: En m, gracias a Dios, concluyen los Valdedulla, que, desde
Mauregato, no han hecho ms que burradas. Nada le interesaba. Nunca
sala del Pazo. El nico que le diverta algo era mi padre. No quiso el
duque que mi padre recibiese a su tiempo, hereditariamente, el cargo
familiar de mi abuelo, porque--deca--esto se acaba conmigo; el nombre
se pierde, gracias a Dios, y la casa se transmite al hijo de Beatriz,
que es un Somavia; conque all entonces que l haga lo que le pete. El
conde deseaba cooperar a que mi padre se valiese por s, mediante una
profesin u oficio, y aun carrera. Parece ser que mi padre, desde muy
nio, compona versos y era muy dado a leer novelas y dramas. Ya de
entonces mi padre haba cado en gracia al conde, que era unos quince
aos ms viejo que mi padre. Respondiendo a los deseos del conde, mi
abuelo opt por la carrera eclesistica, en la cual, dado su natural
despejo, mi padre llegara, probablemente, a cardenal; pero mi padre no
senta aficin a los cnones, y, sobre todo, el conde, que alardeaba de
volteriano, dijo en seco que no. Enviaron a mi padre al Instituto, en
donde estudi dos aos, y, consecutivamente, obtuvo dos tandas de
suspensos en las mismas asignaturas. Uno de les profesores escribi al
conde que a mi padre el exceso de imaginacin le impeda concentrarse y
estudiar con disciplina y provecho. Mi padre no ha olvidado aquel
fracaso; ahora, que l lo explica a su modo, y se queda tan satisfecho.
Siempre dice: Yo, que he recibido una educacin acadmica.... Mi padre
quera seguir la carrera de autor dramtico, y cuando le convencieron de
que no haba semejante carrera, respondi: Pues si no autor dramtico,
zapatero. Peregrino dilema! No puedo por menos de rerme.... Estas
cosas raras e ilaciones sorprendentes, eran las que divertan al conde.
Le estoy fastidiando a usted....

--Nada de eso--respond.

--Abrevio. Hasta los doce aos viv en el Pazo de Valdedulla. Tres aos
antes haba muerto mi abuelo. Desde aquel punto, el propio conde llev
las cuentas y administracin de sus bienes. Mi padre tena una zapatera
abierta en Santiago de Compostela. El negocio andaba malamente, porque
mi padre se pasaba lo ms del tiempo de tertulia y juerga con algunos
amigos estudiantes. Se sostena gracias a la benevolencia y liberalidad
del conde. De cuando en cuando, vena de visita al Pazo, y haba que
verle lo pomposo y majetn, con su flor en el ojal, su sombrero ladeado
y su chaquet, un chaquet paradisaco, como deca el conde, no s por
qu! Chico--exclamaba el conde--, me dejas patidifuso con tu elegancia
y tus nfulas. Y, muerto de risa, le haca recitar fragmentos de un
drama que mi padre estaba escribiendo, titulado: _El cerco de Ordua y
seor de Oa_. Mi padre le explicaba el argumento y haca especial
hincapi en la tesis, o, como l deca, la idea, a lo cual replicaba el
conde, pensativo: Pues no creas; eso tiene intrngulis: Que si
tiene!...--replicaba mi padre, con inocente petulancia--. Ya ver el
seor conde cuando el drama se estrene.

--Probablemente sera ms racional que los de su conterrneo el seor
Linares Rivas--interrump. Estaba yo, como el lector advertir, en esa
indiscreta edad juvenil en que, para aquilatar el mundo, los hombres y
las cosas, se hace uso de trminos de comparacin nominativos.

--No puedo decirle, porque no asisto al teatro ni leo literatura
frvola. Contino. Durante aquellos tres aos, despus de muerto mi
abuelo, el conde no se di instante de reposo, visitando tierras,
apuntando lindes, recontando ganado, recorriendo la casa, embalando
vajillas y cubiertos de plata, escribiendo horas y horas en su despacho.
Al cabo de los tres aos, una maana apareci difunto, no s si de
cansancio o de aburrimiento. Entre sus papeles haba una carta para mi
padre, en donde se deca: ... eres bueno; pero eres algo ganso, y no
vales para andar solo por el mundo. Te dejo en mi testamento un pequeo
legado, que si t lo manejas, la del humo. Por lo tanto, de que yo me
haya muerto, vas con tu hijo a Pilares. Mi hermana, la duquesa de
Somavia, tiene instrucciones mas y te dir la forma en que dispongo que
se emplee el legado. Con ella nada te faltar. Esta carta la le siendo
ya hombre. Mi padre se la haba entregado a la duquesa, y ella me la
ense. Pero recuerdo cuando mi padre la ley por vez primera, en el
Pazo de Valdedulla, estando el conde de cuerpo presente. Le vi apretar
las cejas y palidecer; era, sin duda, que lea lo de ganso. Luego se le
aflojaron las cejas, le comenz a temblar una mejilla, le asomaron
lgrimas a los ojos, dej caer la carta, sin acabar de leerla, se cruz
de brazos, estuvo silencioso largo rato, mirando al muerto, solloz:

  Para ti, alma generosa,
  no es noble ni decorosa
  la terrena inhumacin.
  Te dar entierro en la fosa
  de mi triste corazn.

Se arrodill y bes, con prolongado beso, la mano del conde. Yo lo
observaba todo, de hito en hito. Los nios son los mejores observadores,
y las observaciones intensas de la niez jams se olvidan. Pensar usted
que mi padre es un grandsimo figurn, que todo aquello era fingido,
teatral y a propsito para rer, a pesar de la presencia del difunto.
Que sea para rer, no lo niego; pero tambin para llorar. Mi padre ha
tenido siempre una sensibilidad excesiva. Cualquiera cosa le agitaba. Se
enterneca por ftiles motivos hasta las lgrimas. Todo lo tomaba a
pecho. Por manera espontnea, se produca con exuberancia y nfasis. Era
tambin muy aficionado al canto. Cuando cantaba me haca el efecto de
que se iba a derretir en la atmsfera, como un terrn de azcar en agua.
Y en cuanto a lo de improvisar versos, tambin era natural en l. Se
convencer usted muy pronto de cmo mi padre, sin duda por el continuo
ejercitarse, compona ya versos por rutina. Pero, para no interrumpir
la narracin, prosigo por orden. Mi padre no se apart del cadver hasta
que los enterradores terminaron con la poco noble y decorosa inhumacin
terrena. Volvimos al Pazo. Mi padre me traa de la mano y gimoteaba como
una criatura. Entramos en lo que haba sido capilla ardiente. La carta
pstuma del conde yaca por tierra. Mi padre la recogi, a fin de
concluir la lectura. Yo vi que apretaba nuevamente las cejas, tiraba de
una comisura del labio hacia arriba, inflando as la mejilla, la cual se
arrascaba, indicio de contrariedad. Antes haba dejado caer la carta al
llegar a lo de la herencia. Ahora, aquello de ir a establecerse en
Pilares, entre gente desconocida y bajo la tutela inmediata de la
duquesa, le molestaba sobremanera. Pero, qu remedio? Mi padre arranc
las races que le sujetaban a la hermosa tierra gallega y tomamos el
portante para otra regin, no menos hermosa. Mi primer viaje por
ferrocarril: lo que hube de gozar!... En Len doblbamos el rumbo y
cambibamos a un tren directo hasta Pilares, que parta de all mismo.
Era en las postrimeras del mes de abril, despus de unos das
tormentosos, y se deca si en el puerto que hay entre Len y Pilares
estaba interceptada la va, hacia la estacin de Busdongo, a causa de la
nieve. Eso de pasar sobre montaas cubiertas de nieve me entusiasmaba.
Pasebamos mi padre y yo, no s quin con mayor impaciencia, a lo largo
de los andenes, aguardando que formasen el convoy. Y aqu viene la
prueba de que mi padre compona versos sin darse cuenta. Mi padre
rezongaba entre dientes: El tren se retrasa ya. Qu demonio ocurrir?
Acaban de dar las dos. Qu pasa? Sbelo Dios. Y aleluyas y ms
aleluyas. En nuestra caminata arriba y abajo pasbamos por delante de
una garita que me llamaba la atencin, porque tena encima un rtulo,
para m enigmtico: Lampistera. En una de las vueltas, un hombre, con
un farol, sali de la garita. Mi padre, dirigindose a l, dijo: Oiga,
seor lampistero; no habiendo aviso, supongo que hay va libre, y espero
que el tren pase de Busdongo. Y volvindose hacia m: Dime, Pedrio,
no es esto seal de ser un poeta? Sin intencin he compuesto una sonora
cuarteta. Siempre expreso en poesa el contento o el fastidio. Valeiro
bien me deca que soy el moderno Ovidio. No quiero cansarle. Baste
decirle que mi padre, en cuanto se pona un poco agitado, respiraba en
verso. Esta peculiaridad, o si usted quiere mana, acaso haya sido causa
de sus infortunios, pero ciertamente merced a ella los ha sobrellevado
con pasmosa resignacin e indiferencia. A mi padre le cae una teja en el
cogote, por ejemplo. De este accidente no tiene la culpa la poesa,
naturalmente. Pero mi padre, sin inmutarse, explicar que le ha
sobrevenido la desgracia porque es un elegido de los dioses--mi padre
siempre habla de Dios en plural, como los paganos--, y aadir que todos
los personajes trgicos son semidivinos--erudicin compostelana--; y la
explicacin la dar en verso, con lo cual se le mitiga el dolor de la
descalabradura. Otra peculiaridad de mi padre es la instantaneidad con
que se le inflama la pasin del amor. Mujer que ve, ya est l por las
nubes; o cuando menos, las exalta a la altanera de las nubes, y ctalas
ya Elviras, Lauras y Beatrices. Se morir en un suspiro de amor,
exhalado por la mujer que en aquel trance est a su vera, ya sea una
monja joven y admisible, ya sea una portera pitaosa. Mi padre, como
autor dramtico, supona que cada persona es vctima de una pasin,
necesariamente; si no el amor, el odio; si no el odio, la envidia; si
no, la clera; si no, la avaricia. Conceba a los hombres como muecos
de una pieza con un solo resorte, y los divida en nobles, indiferentes
y viles, segn la pasin dominante. Siendo, pues, cada hombre un
elemento simple, rara vez puede entenderse con los dems, y de aqu
vienen los conflictos dramticos. Slo los nobles se entienden entre s,
y no siempre si se interpone el amor. Los indiferentes se ignoran; los
viles se aborrecen y aborrecen a los dems. Mi padre clasificaba a todas
las personas que vea segn ciertos rasgos de la fisonoma, y aseguraba:
se es noble, se es vil, e inmediatamente se dedicaba a imaginar la
biografa del desconocido, con los conflictos dramticos que le haban
sucedido o que le haban de suceder. Deca mi padre, siguiendo la
sapiencia bdica: Cada hombre lleva su destino escrito en la frente con
caracteres invisibles. Bueno; me estoy retrasando, como el tren en
Len, el cual sali por ltimo ya anochecido, y yo pas durmiendo sobre
las montaas nevadas. Pilares: la primera ciudad que yo vea. Como _illo
tempore_ no haba coches de plaza, hubimos de ir a pie, preguntando por
la Ra Ruera, la calle donde est el palacio de Somavia. Ya en la calle,
nos gui hasta la misma puerta del palacio un rapacejo pelirrojo, como
de mi edad, que acompaaba a una nia. Nia ms delicada, dulce y
hermosa...! El nombre del rapaz, Celesto; de la nia, Angustias. Fuimos
amigos desde luego. Ms adelante le contar. Entramos en el palacio,
preguntamos por la duquesa, nos pasaron a una habitacin obscura, y
despus de una hora de espera, que a m me dur un siglo, apareci la
duquesa, vestida con una bata colorada, a pesar del luto reciente, cosa
que me escandaliz. Nosotros bamos de negro y mi padre hasta se haba
hecho una camisa toda negra, para la ocasin y para que no se le
manchase con los ciscos del tren. La duquesa abri las maderas de la
habitacin y se nos qued mirando: Vaya, vaya--dijo, cuando se
satisfizo de mirarnos--; con que ste es el gran Apolonio Caramanzana, y
este otro el camuesn.... De all en adelante me llam el camuesn. La
duquesa era muy campechana, y de vez en cuando... cmo lo dir?, pues,
como vulgarmente se dice, echaba ajos; ahora que, como mujer, los
converta en femeninos, mudando la o final en a. Tambin fumaba. Todos
los Valdedulla fueron entes estrafalarios. En cuanto al corazn de la
duquesa, emplear una frase de mi padre: todo de miel hiblea y ms
grande que el monte Olimpo. Los beneficios con que aquella gran seora
nos colm a mi padre y a m son de los que no pueden pagarse. Pasaba
entonces de los cuarenta, ya lo creo; lo que se dice una jamona; antes
fea que guapa, para ser sincero, pero con un no s qu de alegra,
desenvoltura y buena gracia, ms atractivo que la misma belleza. Le digo
a usted que cuando soltaba un ajo, que en ella eran signo de hallarse
contenta, se quedaba uno embobado y sonriente como si escuchase una nota
de ruiseor. De las palabras no cuenta la estructura, sino el timbre y
la intencin; son como vasijas que, aunque de la misma forma, unas estn
hechas de barro y otras de cristal puro y contienen una esencia
deliciosa. Y ahora se me representa en el recuerdo la imagen de
Belarmino, zapatero filsofo, que viva tambin en Ra Ruera, tipo casi
fabuloso, al cual pertenece precisamente la anterior teora sobre las
palabras: La mesa, deca, se llama mesa porque nos da la gana; lo mismo
poda llamarse silla; y porque nos da la gana llamamos a la mesa y a la
silla del mismo modo cuando las llamamos muebles; pero lo mismo podan
llamarse casas; y porque nos da la gana llamamos a los muebles y a las
casas del mismo modo cuando los llamamos cosas. La cuestin de la
filosofa est en buscar una palabra que lo diga todo cuando nos da la
gana. Yo no s si era un loco cuerdo o un cuerdo loco. Me he desviado.
Iba a decir que, si bien la seora no estaba para el caso, mi padre se
inflam de sopetn en amor hacia ella. Como mi padre ha vivido fuera de
la realidad, se conduce siempre con desparpajo que asusta y admira; as
es que, al poco rato de conversacin con la duquesa, y como quiera que
se hallaba bastante agitado, comenz a dispararle versos amatorios, un
tanto velados todava, ms por artificio que por timidez, declarando que
no en balde la seora se llamaba doa Beatriz y que l, como el Dante,
suba del infierno de Compostela al paraso de su presencia y
proteccin. Extraar usted lo sabihondo que era mi padre; pero la cosa
es bien clara. Mi padre tena portentoso poder de asimilacin. Su
erudicin, disparatada y pintoresca, la haba adquirido oralmente, como
los griegos, bajo los prticos compostelanos, entre estudiantes, gente
ociosa y pcara, quienes, lo declaro con rubor, por rerse de l,
dndole pbulo a su mana, le abarrotaban la cabeza con noticias y
noticiones histricos y literarios, unos ciertos, otros inventados. Mi
padre lo haba absorbido todo, en revoltio, y luego lo aplicaba a su
modo, ya con tino, ya desatinadamente, ora a pelo, ora a contrapelo;
pero siempre con familiaridad despampanante. Si nombraba a Ovidio o a
Sfocles, era como si hubieran comido juntos pote gallego. Cuando mi
padre se entreg al delirio potico amatorio en presencia de la duquesa,
yo, presa del terror, abat la cabeza y pens: La seora nos suelta
los perros y salimos de estampa. A la seora le cay en gracia la
ingenua osada de mi padre, emiti un ajo encantador, y le alent a que
improvisase nuevos versos elegacos. Conoca la duquesa a mi padre de
los aos mozos, y, sobre todo, por referencias epistolares de su
hermano; de suerte que la escena no le coga de nuevas. Qu gran
seora! Nos aloj en su palacio, en tanto se llevaba a cabo la
instalacin de la zapatera de mi padre, un establecimiento por todo lo
alto, pues result que las instrucciones del difunto conde consistan en
que una parte del legado se emplease en este fin, que la duquesa
presidiese en todo lo tocante al buen empleo del dinero, que buscase
clientela segura y estuviese al cuidado de que mi padre no se
desmandase. De la otra parte del legado nada dijo la duquesa hasta
pasado algn tiempo. Era la seora, si muy campechana, no menos celosa
de la jerarqua. Su afabilidad y benevolencia descendan siempre de lo
alto, a modo de proteccin. Espontneamente, y al parecer sin deliberado
propsito, colocaba a las dems personas, a todas, en su lugar debido,
es decir, por debajo de ella, unas prximas, otras ms bajas, acaso a
algunas en posicin humillante. A nosotros nos situ, desde luego, en
una categora intermedia; casi criados y casi amigos. En rigor, amigos,
lo que se llama amigos, por su parte no los tena. A las personas ms
prximas a ella en amistad las trataba como vasallos emancipados; un
peldao ms alto que nosotros, que no estbamos todava del todo
emancipados. Esta persistencia del orgullo de casta, aunque envuelto en
blandas maneras, era el nico ngulo rgido de su carcter, y por este
lado llegaba en ocasiones a extremos de dureza e insensibilidad,
inconscientemente, y, por lo tanto, sin remordimiento. Por lo que a
nosotros toca, no tenamos por qu quejarnos, antes s, mucho que
agradecer. Viva sola lo ms del ao. El viejo duque y el unignito,
adolescente de veintin aos, pasaban los inviernos en Madrid, ciudad
que ella aborreca, sobre todo por el sol. Le gustaban los cielos grises
y la luz cernida. Deca que la luz de Madrid le alborotaba la sangre y
la impulsaba a cometer barbaridades. Con el marido que Dios me
di--esto se lo o yo mismo, aos despus--, la menor barbaridad,
viviendo en Madrid, hubiera sido el adulterio. Aqu distraigo el
aburrimiento murmurando y sacando tiras de pellejo. En Madrid, con mi
temperamento, no me hubiera contentado con menos que con sacar tiras de
pellejo de verdad. Todos mis antepasados han sido un poco salvajes, y
eso que vivieron en climas templados y lluviosos. De vivir bajo el sol
brbaro del Medioda, hubieran sido enteramente salvajes, peores que
rifeos. Digo, pues, que nos aloj en su casa como huspedes, pero no
comamos en su mesa, ni tampoco con la servidumbre, que era numerosa;
nos servan aparte. En el Pazo yo coma con los criados. Sin embargo,
como cosa de una semana despus de vivir en su palacio, nos invit a que
la acompasemos a comer. La razn es que se aburra sola, y mi padre le
proporcionaba distraccin y divertimiento. Y, en efecto, por divertirse,
maquin un plan maligno y agudo, y fu que, como mi padre en su vecindad
se pona en estado de excitacin potica y todo le sala en verso, ella
le prohibi severamente que dijese nada rimado: La poesa es salsa que
fatiga la digestin. Conque, ya sabes; si te viene un verso a la lengua,
cierras la boca. Mi padre padeca mortales congojas. Yo le vea
trasudar. La nuez le sobresala de modo pavoroso, como si los
consonantes, contenidos y atragantados, le hicieran bulto desde dentro
de la garganta y le fueran a estrangular. Habla, hombre, habla; pero en
prosa, le ordenaba la duquesa. Mi padre comenzaba a hablar, pensndolo
mucho, y a lo mejor zas! una aleluya. Apolonio: mira lo que hablas,
que te castigo sin postre, amenazaba la seora. La seora gozaba
abiertamente, y yo--los chicos siempre son crueles--no dejaba de pasar
un buen rato, aparte de que mi padre y yo no habamos convivido nunca
hasta entonces, y era para m un ser algo extrao, en todos los sentidos
de la palabra. Ahora, cuando pienso en ello, me duele un poco el
corazn. Lo nico que me tena avergonzado entonces era no saber comer
con modales finos ni usar ordenadamente del tenedor y del cuchillo. La
seora me aleccionaba, con afectuosa solicitud, y cuidando de no
aumentar mi vergenza. Al final de la comida, la seora confirm su
pragmtica para siempre en adelante: Queda, pues, entendido, Apolonio,
que nunca, nunca, me hablars en verso. Tus versos llegaran a
irritarme. Desestimamos lo que se nos ofrece con derroche. Y t no
querrs que tus versos me fastidien ni me enfaden. S ms avaro de
ellos. Adems, los versos amorosos no son para publicados en alta voz,
ante testigos, que tal vez son criados. No te inspira ningn escrpulo
mi reputacin de dama honesta? Las poesas de amor son para compuestas a
solas y para ledas con recogimiento. Haz tantas poesas como se te
antoje, pero por escrito; luego me las das para que yo las lea en
secreto. Ahora que, pues posees ese don inapreciable y fuera de lo comn
de improvisar como quien bosteza, no es justo, qu ajo!, que en
ocasiones sonadas no hagas gala de l y dejes aturulados a quienes te
oigan. Pero yo ser la que decida cundo ha llegado la ocasin. Quedamos
en que no hablars en verso sino cuando yo lo ordene expresamente, y aun
entonces, sera mejor visto que te hicieses de rogar un poco. Mi padre
se dobl por la cintura, con ademn de acatamiento. Cualquiera menos
inocente y sencillo que mi padre hubiese penetrado la irona y propsito
de la duquesa. Mi padre, por el contrario, se hinchaba, como si inhalase
un gran volumen de lisonja y vanidad. Todas las noches, despus de la
cena, la seora reciba unos cuantos amigos en tertulia; aquello, en
puridad, era un rendimiento de vasallaje. Una tarde dijo la duquesa a mi
padre: Quiero que asistas hoy a mi tertulia. Mis amigos te conocen ya,
por referencias de fuera, y porque les he hablado de ti. Yo que lo o,
adivin, desde luego, que haba invitado a mi padre para que sirviese de
espectculo, y que le ordenara hablar en verso. Esto de que unos
seorones, que no sabamos quines eran, se riesen de l, me produca
cierta lstima y me daba alguna rabia. Pero a estos sentimientos se
sobrepuso la curiosidad que senta por conocer _de visu_ la tertulia de
la seora. As es que, despus de cenar, me pegu a los faldones de mi
padre, decidido a colarme en el saln, detrs de l. Estaba mi padre tan
embebecido y agitado que no se fij en que yo le segua. A la puerta del
saln, vestido de librea, montaba la centinela Patn, un lacayo de
labios bozales y ojos de cerdo, que nos tena a mi padre y a m mala
voluntad y envidia no disimuladas. Cuando yo iba a filtrarme en el
saln, este animal me cogi por el cerviguillo, sin decir palabra, y me
arroj a trompicones diez metros pasillo adelante. Me sent en una
butaca, con la cara escondida, hipando. En esto pas la duquesa: Qu
te ocurre, camuesn? Que Patn no me deja entrar. Pues no faltaba
otra cosa, hijo. Hijo me llam; sent como que el corazn se me
deshaca; y siempre que lo recuerdo experimento la misma sensacin. La
seora me cogi por la mano, y al cruzar frente a Patn, que se haba
puesto ms tieso, sacaba ms el hocico y parpadeaba con rapidez, le
dijo: Eres t el que elige mis invitados? Me atrincher, acurrucado
en un rinconcito, debajo de una palmera, y como se suele decir, no perd
ripio de cuanto ante m tena. La reunin estaba ya completa. No haba
otra seora que la duquesa, que presida en un silln de alto respaldo,
a manera de sitial. Los dems, a un lado y otro de la duquesa, formaban
en semicrculo, fumaban y tomaban caf, y beban licores de unas mesitas
colocadas a trechos. Tambin la duquesa fumaba, y no un cigarrillo, sino
un cigarro puro nada flaco. El nico que no fumaba era un cura, de piel
lechosa, nariz colgante, ojos tiernos y postura de feto, todo encogido.
Este cura, don Cebrin Chapaprieta, era quien deca la misa particular
para la duquesa y sus criados. Mi padre estaba magnfico. Si un
forastero entra de pronto en el saln, dice a la primera ojeada: aqu
hay una gran seora y un gran seor. El gran seor, mi padre,
naturalmente. Tena las manos apoyadas en los muslos, con los codos
sacados hacia adelante, el torso erguido, el cuello estirado, la cabeza
desviada en leve escorzo de melancola y desdn, el cigarro puro
olvidado y periclitante en un ngulo de la boca. Levantaba dos palmos
sobre los otros tertuliantes. All estaba, pues era punto fijo en la
tertulia, un seor Novillo, apoderado poltico del duque y edecn de la
duquesa. Este Novillo tena sus pujos de seorn, pero a m me haca el
efecto de un criado vestido con el traje de da de fiesta. Hablaban
todos, menos mi padre, siempre guiados por la duquesa, de chismes y
cuentos locales. Terminados los licores y el caf, y cuando ya el humo
de todos los cigarros se haba mezclado y confundido, formando un a
manera de toldo que colgaba del techo, la duquesa dijo: Don
Hermenegildo, hace tiempo que no nos obsequia usted con el salto de la
trucha. Don Hermenegildo se puso en pie. Era un magistrado de la
Audiencia provincial; viejo ya, calvo, diminuto, flaqusimo; aladares
rizados con tenacilla sobre las orejas; bigotes horizontales, engomados
con zaragatona, tan largos, que sobresalan a los lados como balancn de
funmbulo; corbata de chalina; chaqueta hasta media posadera; pantalones
a menudos cuadros negros y blancos, de campana excesiva, para disimular
la enormidad de los pies, aprisionados en zapatos de colgantes cintas de
seda, tan anchas como la chalina. Ante mis ojos estupefactos, don
Hermenegildo se puso en cuatro patas. Entonces, Pedro Barqun, colono de
la duquesa, hombre tosco y de aspecto soez, se coloc detrs del viejo
magistrado, e introducindole el pie por la entrepierna, lo levant en
vilo y lo lanz a regular distancia. La bochornosa operacin se repiti
varias veces, con gran goce y algazara de los presentes, incluso el
presbtero Chapaprieta. Mi padre era el nico que se mantena
impasible, porque despreciaba lo cmico. Confieso que tambin me re
como un idiota. Ahora me avergenzo, por m y por la duquesa. No acierto
a explicarme cmo aquella seora hallaba placer en vilipendiar a un
anciano que, adems, ostentaba la respetable investidura de magistrado.
Esta era la arista dura e insensible de su carcter. No debe omitirse, a
guisa de exculpacin, que el don Hermenegildo se lo deba todo a los
Somavias, y haba hecho su carrera en fuerza de vilezas. Concludo el
nmero acrobtico, Pedro Barqun, que era especialista en chascarrillos,
refiri algunos, nada aseados ni inocentes por cierto. Despus de varios
chascarrillos, y en un momento de reposo y silencio, el seor
Chapaprieta dijo recatadamente, como para su sotana: Parece confirmado
que Su Santidad concede un ttulo pontificio a los seores de Neira.
Estos seores de Neira eran un matrimonio sin hijos, riqusimos, muy
metidos por la Iglesia. El marido presuma de origen hidalgo. Vivan en
un palacio, frontero al de Somavia. Lo haban adquirido de una tal
Pepona, cortesana vieja, la cual, a su vez, lo posea por graciosa
donacin de su amante, el marqus de Quintana, desaparecido haca aos
del mundo de los vivos. El seor Neira haba hecho labrar fantsticos
escudos junto al alero del palacio para que se vieran de lejos y de muy
lejos, pero no de cerca, por eso, por fantsticos. Gestionaba un ttulo
del reino, y por s o por no se lo daban, y para ganar tiempo, otro del
Vaticano, negocio ms hacedero. En resolucin, que los Neira queran
hombrearse con los Somavia. Al or la duquesa al seor Chapaprieta,
coment: El Papa no puede hacer nobles. Claro que no--dijo Barqun--;
el Papa slo puede hacer santos. Los nobles los hace el rey. La duquesa
replic: Barqun, eres un necio; ni el Papa puede hacer santos, ni el
rey nobles. Santos y nobles se hacen ellos a s propios. Lo que hacen el
Papa y el rey es reconocerlos como santos y como nobles. Ni el Papa me
puede hacer a m santa, ni el rey noble a ti, aunque a m me canonicen y
a ti te otorguen un ttulo de la Corona. La nobleza y la santidad son
dos cosas justamente contrarias. Los nobles fueron los ms bravos; los
santos, los ms tmidos. Se diferencian nobleza y santidad en que la
nobleza se transmite por herencia y la santidad no. Ya no hay ms nobles
que los que vienen de nobles, ni ms aristocracia que la de la sangre
vieja, porque no vivimos tiempos en que se puedan hacer nuevos nobles ni
nuevos santos; nuevos nobles, porque en nuestra sociedad no hay
ocasiones en que acreditar la bravura personal; nuevos santos, porque
todos estamos tan bien protegidos por las leyes, que ni a los ms
tmidos se les pone en trance de que muestren su timidez en trminos de
santidad. En estos tiempos no hay posibilidad de ejecutar actos nobles
ni actos santos; s solamente actos provechosos, digo ganar dinero. Los
hombres ahora pueden hacerse ricos. Haba hablado la Valdedulla.
Aquellos mismos conceptos se los haba odo ella infinitas veces a su
padre, don Teodosio, y a su hermano, don Deusdedit. Respondi Barqun:
Luego debemos admitir que la aristocracia moderna es la del dinero....
Dijo la duquesa: Me cisco en esa aristocracia. As dijo. Y prosigui:
Toda esta aristocracia de ricos se compone de negreros, de
aprovisionadores de ejrcito, de prestamistas con pacto de retro, de
desamortizadores; en una palabra: ladrones. No es que me escandalice.
Ustedes me conocen y saben que nada me asusta. Reconozco que en el
principio de las casas nobles, como en el de las grandes fortunas, hay
siempre uno o varios ladrones. Slo que aquellos ladrones obraban de
frente, a pecho descubierto, eran bravos y generosos, o, lo que es lo
mismo, nobles; y estos otros ladrones son cobardes, traicioneros,
alevosos, miserables, taimados, bellacos, amigos de la encrucijada y la
asechanza. Como la duquesa se haba acalorado, cuando call nadie se
atreva a hablar. Pero mi padre dijo lentamente, porque no le saliese la
frase en verso y de modo que sus palabras adquirieron un tono pedante y
aforstico: Tiene razn mi seora la duquesa. Quienes amontonan el oro
son hombres viles. Qu aconsej Yago? Llena tu bolsa. Quienes lo
conquistan y lo reparten son hombres nobles. Qu hizo Hernn Corts?
Quemar sus naves. Quienes carecen de oro son hombres indiferentes. La
alusin a las naves de Hernn Corts, ni la entiendo, ni creo que mi
padre la entendiese. Ello es que las sentencias de mi padre produjeron
asombroso efecto. La duquesa sonri complacida y los tertuliantes
mascullaron murmullos de aprobacin. Termin la reunin sin que la
seora pusiese en evidencia el don potico de mi padre. No volv a
asistir a las reuniones hasta muchos aos despus. Abri mi padre, al
fin, la zapatera con gran fortuna, y nos fuimos a vivir al local del
establecimiento, de la parte del patio. Tenamos una asistenta vieja
para aviar las habitaciones, porque la duquesa, sabiendo lo enamoriscado
que era mi padre, no consinti que tomase criada, no fuese a perder la
chaveta y hacerme a m perder la inocencia. La seora cuidaba de m como
una madre. Me llevaba con frecuencia a comer con ella, y me daba libros
a que se los leyese. Tambin me ense algo de francs. Gozaba yo
entonces de hermosa libertad. Mis mejores amigos eran Celesto y
Angustias, la hija de Belarmino. Pasbamos juntos dos o tres horas todos
los das, bajo los arcos de la plaza en tiempo lluvioso, y los das
serenos, de paseo en el parque o de excursin por las afueras, a coger
flores y nidos, cazar grillos y pescar ranas. De Belarmino ya le he
hablado. A poco de abrir mi padre la zapatera, la de Belarmino se
hundi. Un usurero apellidado Bellido se lo embarg todo, dejndole en
la calle con su mujer y su hija. Le recogieron unos frailes dominicos,
que tenan residencia en el palacio de los seores de Neira, marqueses
ya de San Madrigal, y le habilitaron en la portera del palacio un
zaquizam, en donde trabajaba de zapatero remendn. Este Belarmino haba
sido republicano frentico y orador demaggico. Despus de su ruina, se
apacigu del todo. Cuando yo iba por su cuchitril, estaba siempre con
expresin serfica, como si soase. No le sacaca de su placidez bendita
ni su mujer, que era un basilisco. Decase en la ciudad que los Padres
dominicos le haban socaliado y convertido. Socaliado, quiz.
Convertido, quia. Lo que yo puedo garantizar es que ni entonces, ni
mucho despus, cumpla con sus deberes religiosos. Si no un incrdulo,
cuando menos era un tibio. Mi padre, que jams ha querido mal a nadie,
demostraba caprichosa inquina contra Belarmino. He aqu la razn. Mi
padre, de su estancia en Compostela, estaba acostumbrado a moverse en un
ambiente de ilustracin, como deca l, o sea entre estudiantes. En
Pilares, no ya le faltaba este ambiente o relacin habitual, sino que
quien lo disfrutaba era Belarmino. Este curioso individuo hablaba un
idioma indescifrable, de su propia invencin, con singular facundia. Era
un fenmeno. A orle, medio en guasa primeramente, luego empeados en
descifrarle, acuda buen nmero de estudiantes, y por ltimo de
profesores. Mi padre no poda llevar con paciencia su postergacin. Se
pereca por atraer la amistad de los estudiantes y demostrarles que l,
intelectualmente, era muy superior a aquel loco. Un da que yo le ment
mis paseos con Angustias y Celesto, me prohibi que siguiese cultivando
aquella compaa; pero, como no se enteraba de nada, no le hice caso. No
hay que decir que mi padre haba clasificado a Belarmino y todos los
suyos entre las personas viles. As pasaron cerca de dos aos. Un mes de
septiembre, volviendo la duquesa de la aldea, me invit a comer. Cul no
sera mi susto y perplejidad cuando vi que haba otro invitado, nada
menos que Su Ilustrsima el seor Obispo de la dicesis. Llambase Fray
Facundo Rodrguez Prado. Este varn solemnsimo haba sido en su mocedad
pastor de vacas, al servicio del duque de Somavia. La duquesa continuaba
tratndole como criado. Los Somavia, merced a sus influencias, le haban
hecho obispo. Provena de la Orden dominicana. Haba vivido algunos aos
en las islas Filipinas, y all se haba granjeado reputacin de sabio
entomlogo y se le atribua el descubrimiento de varias familias de
insectos: la _musca magallanica_, mosca como la de aqu, slo que reside
en el archipilago magallnico; el _draco furibundus_, especie de
mosquito de trompetilla; _formica cruenta_, hormiga que pica, y otras
bestezuelas domsticas. Los peridicos siempre le nombraban as:
Nuestro prelado, el sabio naturalista, de fama universal, que ha
descubierto tantos insectos. Y el diario republicano pona
invariablemente esta glosa: Si nuestro prelado, en lugar de descubrir
tantos insectos, hubiera descubierto un buen insecticida, se lo
agradecera ms la Humanidad y la Ciencia y ostentara una fama mejor
conquistada. Era un cacique, tena el crneo como una bola, faz sombra
y concupiscencias polticas. Durante la comida, la duquesa le solt
varias frescas y uno que otro sabroso ajo. Despus de la comida, Su
Ilustrsima se fu, en apariencia emberrenchinado, y qued cara a cara
con la duquesa, la cual, muy seria, me dijo: Mi hermano, en su
testamento, ha dejado unos cuartejos, poca cosa, para que con ellos,
segn mi arbitrio, vea yo de hacerte hombre. Despus de pensarlo mucho,
he determinado que seas cura. Hoy por hoy, hijo mo, los curas son los
hombres que en Espaa cuentan con porvenir ms halageo, mxime si
tienen aldabas. A un gaznpiro con faldas, aunque pertenezca a la
familia ms baja, se le admitir en las mejores familias; aunque no
posea un cntimo, no le desdearn los ms ricos; aunque sea un sandio,
le escucharn los polticos y los acadmicos; aunque sea ms feo que
Picio, le mirarn hasta con embeleso las ms hermosas mujeres. Todo
depende de que l sepa manejarse. Poco hemos de poder mi marido y yo si
no te hacemos obispo. Ya has visto este majadero de Facundo, tan obispo
como San Agustn. Y al pobre Chapaprieta no le tenemos ya de obispo,
porque a se, tan engurruado, soso y melifluo, nada se le puede hacer,
como no sea madre abadesa. T eres listo y nada gazmoo. Los hbitos no
te sentarn como un miriaque. Cuando sea menester, sabrs remangarlos.
Adems, eres honrado, veraz y tienes buen corazn, todo lo que se
necesita para ser sacerdote caritativo y digno. Confo que nunca me
motejars, ni con el pensamiento, por haberte empujado por ese camino.
Nunca se lo motej, ni con el pensamiento. Ella hizo lo que en
conciencia juzg ms conveniente, lo que quiz fu ms conveniente.
Entr en el Seminario, de edad de quince aos. Son ya las dos de la
madrugada. Maana continuaremos, si a usted no le hasta seguir
escuchando.

--Lo que lamento es que no sean ahora mismo las diez de la noche del da
de maana.

Nos despedimos, con un apretn de manos.




CAPTULO V.

EL FILSOFO Y EL DRAMATURGO.


Don Restituto y doa Basilisa, los seores de Neira, marqueses de San
Madrigal, constituan un matrimonio bien avenido y estril. l luca una
nariz tumefacta, roja y compleja, de esas que con tan afectuosa minucia
gustaban de analizar los pintores flamencos. Ella conservaba
perpetuamente la expresin satisfecha, candorosa y benigna que suelen
llevar aparejada los rostros de facciones vulgares cuando el estmago
est sano y bien repleto. Era mucho ms joven que el marido,
mantecosita, frescota y en sazn todava de hacerles la boca agua a los
aficionados a manjares suculentos y a la Venus pinge. Vestan los dos
de negro. Vivan rodeados de servidumbre, compuesta toda de varones y
vestida tambin de negro. Todos los criados tenan un aire comn de
seminaristas famlicos o de mandaderos de monjas; actitudes humildosas,
ademanes de todo sea por Dios, caras largas, huesudas, amarillas.
Todos, hasta el cocinero. Y eso que se les echaba de comer con largueza.

Don Restituto y doa Basilisa, o la seora Emperatriz, como la llamaba
el Padre Alesn, el polglota, eran lo que se dice dos almas de cntaro,
incapaces de causar mal a nadie a sabiendas, ni tampoco de hacer bien a
sabiendas, por eso, porque no saban exactamente lo que era el mal ni el
bien ajenos. El bien sumo a que ellos aspiraban era a salvar el alma; y
de una manera secundaria, cuando surga la oportunidad, cooperaban a que
el prjimo se pusiese en va de salvar la suya. No se conformaban, claro
est, con que todos, el prjimo y ellos, salvasen el alma de la misma
suerte, pues tambin en el cielo, como en este valle de lgrimas, hay
capas sociales, hay coros, dominaciones, tronos, etc., etc.; en suma,
categoras. Don Restituto se serva de una comparacin. El cielo es como
un teatro. El pblico lo forman los bienaventurados, los que se salvan.
El protagonista es Dios. Luego, en el escenario, hay otros personajes,
comparsera, orquesta, coros; la misma Iglesia asegura que hay coros.
Pues bien: es absurdo pretender que en un teatro se acomode todo el
pblico en palcos y butacas. Estas localidades son para los espectadores
distinguidos, y las galeras y cazuela para la plebe. Y prueba de que la
cazuela es tambin paraso la ofrecen los mismos teatros de este mundo,
en los cuales se dice indistintamente paraso y cazuela. El purgatorio
es como el vestbulo del celestial coliseo, lugar de los que deben
esperar con la natural impaciencia. Don Restituto no poda conformarse
con que a l y a su Basilisa les diesen una entrada general de galera
para contemplar de lejos la gran apoteosis de la eternidad, puesto que
l pagaba el billete tanto como el que ms y ms que casi todos. El alma
de don Restituto y de su consorte era tan simple e ilusionada, que Dios
hubiera pecado de cruel si en el momento de llevarlos de este mundo y
abrirles la puerta del cielo no hubiese ordenado a San Pedro, acomodador
en jefe, que les situase en una platea proscenio, desde donde pudieran
ver bien y que los vieran bien a ellos.

Por lo pronto, en esta vida disfrutaba ya la piadosa y optimista pareja
de un anticipo, casi garanta, de lo que haba de ser su futura posicin
en el empreo. Curas, frailes y hasta el seor obispo los visitaban, los
adulaban, los mimaban, y, en definitiva los trataban como a presuntos
bienaventurados de la clase ms distinguida. Si don Restituto pretenda
ttulos mundanos, no era por vanidad, sino por una especie de
sentimiento de clase, por decoro, como si dijramos, de aquella
categora de bienaventurados de platea y butaca a que l perteneca, y
por justificarse, en algn modo, con los de galera y cazuela.

Provena don Restituto de una familia humilde de la Montaa, y en este
accidente del nacimiento fundaba su crdito a cierta nobleza titular,
pues para l todos los montaeses llevan algo de sangre hidalga. Haba
ido de nio a Cuba, y all, en treinta aos de reclusin y trabajos
forzados, haba amontonado un fortunn. Y, sin embargo, don Restituto
desmenta prcticamente la sentencia de la duquesa de Somavia, que todo
rico es un ladrn. Don Restituto jams haba robado; o si haba robado,
rob sin enterarse, que para el caso es lo mismo. Haba llevado en Cuba
una vida de monje sobrio y asiduo, sin contaminarse con la corrupcin
general de aquella isla verdiaurina y voluptuosa; o, como l deca,
pregonando ingenuamente su austeridad: no he conocido mulata, ni menos
negra. De las blancas no hablaba.

Y as vegetaba ahora, a la vera de doa Basilisa, siempre unidos,
transmitindose templadas corrientes de mutuo afecto conyugal, pensando
en salvar el alma, y no descuidando ayudar a salvar otras.

--Padre Alesn--dijo don Restituto--, ese Belarmino me trae... nos trae
muy preocupados. Verdad, Basilisa? No oye misa, y eso que ningn
trabajo le costaba, puesto que podra orla sin salir de casa. No ser
un hipcrita? No continuar tan apstata como antes? Salvar su alma?

--Mi seora Emperatriz y mi seor don Restituto--respondi el Padre
Alesn--, les merece confianza mi dictamen? S? Pues helo aqu, por lo
sucinto: Belarmino es un cuitado; Belarmino carece de alma racional.

--Quiere usted decir que es una bestia, un hombre peligroso?--pregunt
don Restituto, alarmado.

--Ms bien un nio. Posee, evidentemente, un alma racional, como
criatura humana que es; pero es un alma racional que no es racional. He
desnudado mi pensamiento? Su alma se halla todava en el perodo
infantil, o de idiotez, si ustedes quieren. No piensa, no discurre, sino
de una manera torpe y rudimentaria. Como est bautizado, cuando muera se
salvar. Si no estuviese bautizado, ira al limbo de los nios. Este es
mi dictamen, meditado con mucha gravedad e ilustrado con el parecer de
autorizados telogos. Belarmino es un idiota de nacimiento y no ha
podido pecar nunca. Belarmino, cuando andaba suelto, era un hombre de
cuidado, porque de cuando en vez le atacaban ramalazos de locura, y la
locura es contagiosa, sobre todo la locura impa, que es la que a l le
aquejaba. La de Belarmino, como ustedes no ignoran, era de frentico
arrebato, se propagaba como fuego, causaba escndalo a los corazones
sensibles, induca al desprecio de las cosas santas y amenazaba provocar
mayores daos. Este frenes ya se le pas, gracias a la caridad de
ustedes. Qu ms podemos desear? El Belarmino terrible ha dejado de
existir. Queda el otro Belarmino: el dulce, el idiota, el manitico.
Que no va a misa? Qu falta hacen los nios en misa?

--Y no teme usted, Padre Alesn, que le vuelvan los ramalazos?

--l ahora dice que es un filsofo; sea. Un filsofo no estorba, ni
molesta, ni perjudica, siempre que no se le tome en serio. Sobre todo, a
los filsofos atarlos con longanizas. Mientras Belarmino contine
recogido en esta mansin hospitalaria; mientras nada le falte pare
cubrir sus necesidades; mientras no se le estorbe en su mana de leer
lo que no entiende y de comunicarse con algunas personas, aliviando por
eliminacin el peso de los disparates que se le acumulan en la cabeza;
mientras dure esta situacin presente, todo ir a pedir de boca.

--Oh, qu sabio es usted, Padre Alesn, y cmo se me aclaran las cosas
ms turbias oyndole! Veo a Belarmino leyendo librotes y escribajeando
papelorios lo ms del da, y crea que esto no poda por menos de
martirizarle los sesos y volverle ms loco de lo que est. Yo juzgaba
por m, que no leo ms que el libro de misa. Pues no puedo leerlo sin
que se me levante dolor de ojos y de cabeza. Dios me perdone! Y cuanta
ms atencin pongo, peor. Pero acaba usted de decirnos que a Belarmino
no le perjudica tanta lectura porque es de libros que no entiende.
Quin lo dijera! Lo natural parece lo contrario. Pues, ve ah; tiene
usted razn. Ahora caigo en la cuenta que cuando leo las oraciones en
latn, que no entiendo jota, no me duelen los ojos ni la cabeza.--As
habl doa Basilisa. Aadi:--Y la otra, la Juana, su mujer? Me pareca
algo, vaya, algo as... una tarasca.

--Tarasqusima--afirm el dominico--; pero est totalmente domesticada.
Su domestidad, y ms todava su ausencia, contribuyen no poco, en mi
sentir, a que Belarmino viva en paz octaviana.

La Juana, por orden nuestra, no aparece por el zaquizam de la
portera; se est en la habitacin que les dieron ustedes de vivienda, y
cuando no, de paseo por la calle o de novena en alguna iglesia. La hija,
Angustias, sa s hace compaa frecuente a su padre, como ustedes
habrn visto. Es decir.... Voy a revelarles un secreto: Belarmino no es
padre legtimo de Angustias....

--Cmo?--interrogaron a la par don Restituto y doa Basilisa, un poco
escandalizados. Prosigui solo don Restituto--: hija esprea acaso? De
l o de ella? De manera que... nos la han estado pegando?

--Calma, seores mos. No hay novela y s hay novela. La nia es hija
legtima de una hermana de Belarmino, mujer infeliz, viuda de recin
casada, que muri de sobreparto, dejando ese recuerdo vivo, esa nia.
Belarmino se hizo cargo de ella y la cri con bibern. Por eso l dice,
y es de las ocasiones contadas en que habla lengua inteligible, que la
ama ms que como padre: como padre y como madre juntamente. Respondo que
eso es verdad: la quiere con delirio.

--Y eso que es idiota...--dijo doa Basilisa.

--S, seora; lo cual demuestra que Dios hizo a los hombres naturalmente
buenos, y que todos los delitos de la voluntad y fealdades de la
conducta son instigados por la inteligencia rebelde y la razn soberbia.
Por eso, en la doctrina cristiana se nos advierte que los pobres de
espritu vern a Dios.

Lo vern desde la cazuela, y sin sacarle punta a la funcin, pens don
Restituto.

El Padre Alesn prosegua:

--Esa paternidad putativa y seudomaternidad de Belarmino ocurri un ao
antes de casarse con la Juana. La Juana, por el momento, no solt
prenda; pero ya casada, y as que sac el genio, declar que no se
dejaba engaar por Belarmino, y que Angustias era una hija de tapadillo.
No hay manera de convencerla de su error. Digo error, porque yo hube de
comprobar la certidumbre de la historia que antes refer; hay testigos
fidedignos que la acreditan. Pero la Juana es obstinada y de cortas
entendederas. Y vamos al grano. El furor de Juana contra Belarmino,
siempre que se irritaba, y el motivo que la haca irritarse tan a
menudo, derivbanse de la existencia de esa nia. Que la Juana no ve con
buenos ojos a la muchacha, se cae de su peso. Si los seores, tan
generosos siempre, decidiesen darle educacin, enviarla a un colegio y
hacer ver a Juana que se interesan por la nia, no sera extrao que
esta mujer, en parte por egosmo, en parte por vanagloria, cambiase de
sentimientos y concluyese muy pronto por alardear de tener una hija que
va para seorita.

--As se har--se apresuraron a decir, a una, marido y mujer. Prosigui
solo don Restituto--: Es usted un pozo de ciencia y un santo varn.

--Y le sigue armando caramillos la Juana a Belarmino?--inquiri doa
Basilisa.

--Ya no. La procesin andar por dentro; se repudrir, dejar escapar
una que otra pulla; pero, en general, se comprime.

--Eso ser catequizacin de usted, padre Alesn--dijo doa Basilisa, con
enrgica persuasin--. Le ha enseado usted la prctica de la paciencia,
esa virtud tan necesaria para salvarse.

--Mi seora Emperatriz--replic el enorme dominico--, yo no enseo nada
a nadie, ni siquiera idiomas, que es de lo nico de que se me alcanza un
poquito. La paciencia, y otra porcin de virtudes, son necesarias para
salvarse; no sabra decir cul ms y cul menos. Pero si la Juana se ha
orientado por el camino de perfeccin, y comienza a ejercitarse en la
paciencia y otras virtudes, dbese, ante todo, a una circunstancia en
apariencia insignificante y en rigor importantsima, la cual ustedes han
procurado, que no yo. Para salvar el alma, lo ms esencial es tener la
mesa puesta a hora fija. Nosotros, los religiosos, lo sabemos bien; como
que la idea de las rdenes religiosas es sa precisamente. Hacemos voto
de pobreza; es decir, nos libertamos, ya para siempre de la preocupacin
econmica, y nos consagramos a la contemplacin, a la predicacin, a la
caridad, ora pasiva, ora activa, mendigando y dando ocasin a los dems
para que se muestren caritativos, como hace la Orden franciscana, o bien
socorriendo y mostrndonos nosotros mismos caritativos, al estudio, a la
enseanza, a la misin apostlica y conversin de gentiles, a un sinfn
de obras largas y duras, egostas y a la par desinteresadas, que nos
absorben de la maana a la noche, gracias a que estamos seguros de que
tenemos siempre una cama, aunque dura, so un techo, y la mesa, aunque
sobria, aparejada a hora fija. Yo hice voto de pobreza y profes en la
santa Orden dominicana. Pues vean ustedes lo que son las cosas; en el
acto mismo de adoptar la pobreza, me encontr con que posea ms riqueza
que los ms opulentos ricachos y potentados de la tierra. Dondequiera
que voy, no digo ya por las ciudades de estos reinos, sino a otras
naciones, pues que he viajado largas tierras, Inglaterra, Rusia,
Francia, Alemania, Italia... y no digo ya estas naciones europeas, sino
otros continentes, frica, Asia, Amrica, Australia, dondequiera que voy
tengo una casa ma, y qu casas!, mayores que un palacio, y mesa
puesta, y lecho apercibido, y jams me falta dinero para ir hasta el fin
del mundo. Dganme ustedes si no es idea ingeniosa la de instituir la
pobreza como norma de vida.... Un rey de Francia quera que todos sus
vasallos pusiesen a diario gallina en la olla, porque de esta suerte
seran felices y no se veran en tentacin de cometer delitos contra el
Estado. Yo quisiera que todos los hombres de toda la tierra tuviesen
mesa abundante a hora fija, porque as se suprimiran casi en absoluto
las tentaciones de renegar de Dios. Oh, qu bien estaramos si, por
ltimo, la humanidad se desembarazase de la preocupacin del pan de cada
da y las naciones se organizasen al modo de grandes monasterios, en
donde no hubiera pobres y ricos, y a nadie le sobrase ni a nadie le
faltase la casa y la mesa, y la obediencia fuese una blanda ligadura
que a nadie impidiese dedicarse con alma y vida a aquello para que Dios
le di vocacin.... Con qu devocin, con qu uncin, con qu
sinceridad se rezara entonces el Padrenuestro! Entretanto llega eso,
que dudo que llegue, benditos sean los ricos, como ustedes, que
administran en beneficio de los pobres la riqueza, como si no les
perteneciese, ya que slo a Dios pertenece!

El padre Alesn emiti un suspiro que, a causa de lo aflautado de la
voz, pareca ms de monja que de fraile. Continu en diapasn agudo:

--Amados y respetables seores mos: No s si les habr chocado, a causa
de mi franqueza, o si les habr aburrido con tan larga pltica. A fuer
de riojano, hablo en plata; y como fraile, debo hablar en tono grave, a
pesar de mi voz de tiple. Quedamos, pues, en que la Juana y la nia van
muy bien, aunque pudieran ir mejor; y Belarmino no puede ir mejor,
aunque no oiga misa.

Y el voluminoso fraile se levant de un asiento que antes se creyera que
era un butacn, ya que el Padre lo llenaba de brazo a brazo; pero, as
que se hubo levantado, result ser un sof, y no de los pequeos.

Belarmino no poda ir mejor. Tena mesa puesta a hora fija, cama limpia
en sitio fijo tambin, y la seguridad de que ni la una ni la otra
sufriran zarandeo o zozobraran, segn el vaivn de los negocios. Ya no
le aquejaba a Belarmino la congoja del maana. Trabajaba lo que quera y
cuando quera, ms por cumplir con los seores de Neira y con los
frailes que por necesidad de ganrselo o por ambicin de aadir algn
dinerillo para antojos. Sus nicos antojos eran los de su hija, y a
stos solan acudir con mano longnime los seores. Al pasar de zapatero
con tienda puesta a zapatero de portal, era para l como si despus de
un largo viaje por mar, y tras inquietudes, amenazas y agonas, llegase
a puerto, y, ya desembarcado del grande y temeroso navo, hubiera ido a
cobijarse definitivamente en una de esas lanchitas que, asentadas quilla
arriba sobre la playa, sirven de vivienda a los marineros retirados.
Belarmino continuaba siendo zapatero; su nuevo cuchitril continuaba
siendo zapatera; no de otra suerte que la lancha quilla arriba sobre la
playa contina siendo una embarcacin. Lo de ahora era como lo de antes;
pero al revs. Con qu fruicin beatfica, acogido ya a seguro,
contemplaba Belarmino el airado mar del mundo! Ahora Belarmino reposaba.
Apolonio comenzaba a engolfarse en el negro ponto de las empresas
mercantiles. Cierto que iba viento en popa; pero Belarmino, viendo
navegar la nave de su afortunado rival, pensaba, con sentimiento
lastimoso: Cunto durar la bonanza? Un guio de ojos. Te embestirn
las tormentas. Te ver vacilar y bailar sobre las olas, como un cojo sin
muletas. Te hundirs, sin que te sirvan de nada tu pie ario y tu pie
semita. Ay de ti si entonces no sabes ser filsofo! Contribua en
medida considerable a la serenidad presente de Belarmino haberse
libertado, en el transbordo, de no floja impedimenta. Xuantipa ya no le
pesaba a todas horas del da; haban cesado las visitas cotidianas del
usurero Bellido y de Felicita la solterona. El rubicundo y jovial
Colignon perseveraba fiel en el afecto a Belarmino, y el zapatero le
corresponda cordialmente.

El menaje profesional de Belarmino se reduca a los ms indispensables
utensilios de zapatera, de los cuales don Restituto le haba hecho
graciosa donacin: unas pinzas, un rebote de correderas, una gubia, un
desborrador americano, un rodillo de picar, un sacabocados, varias
leznas y un torno de montar con horma de hierro. El torno era remedo y
trasunto fiel de un caballejo; recordaba a Clavileo, si bien de
correspondencia equina ms semejante que la voltil cabalgadura del
manchego. El tronco era realmente un tronco, un leo robusto, asentado
sobre cuatro patas, ms ancho por la grupa que por los pechos, y sobre
ellos se levantaba una tabla ancha y delgada, a manera de cuello, en
donde encajaba, con juego articulado y la planta hacia arriba, una horma
de hierro, que vista de perfil era enteramente una cabeza de caballo.
Montado sobre este diminuto caballete, Belarmino se pasaba la vida.
Primeramente, de recin instalado en su cuchitril, haca alguno que
otro par de borcegues para los criados de la casa y para los frailes.
Luego fu abandonando poco a poco este linaje de trabajo y se dedic a
composturas. Un da se dijo: Ya soy remendn de portal, y se le llen
el alma de gozo, como si hubiera conseguido al fin una posicin firme,
largo tiempo anhelada. Trabajaba con intervalos: los ratos de trabajo,
cada vez ms leves, y los intervalos, cada vez ms largos. En estos
intervalos lea, apoyando el libro sobre la horma de hierro, y tomaba
notas en el cuadernito de hule. Su lectura favorita era el diccionario
de la lengua. En ocasiones meditaba, ajenado de la realidad externa,
siguiendo con los ojos formas slo visibles para l, que cruzaban por el
aire. Lea a su modo, conforme a un mtodo original. El diccionario, en
su opinin, era eptome del universo, prontuario sucinto de todas las
cosas terrenales y celestiales, clave con que descifrar los ms
insospechados enigmas. La cuestin era penetrar esa clave secreta,
desarrollar ese prontuario, abarcar de una ojeada ese eptome. En el
diccionario est todo, porque estn todas las palabras; luego estn
todas las cosas, porque la cosa y la palabra es uno mismo; nacen las
cosas cuando nacen las palabras; sin palabras no hay cosas, o si las
hay, es como si no las hubiese, porque la cosa no existe por s ni para
otras cosas--por ejemplo, una mesa no sabe que existe, ni la mesa existe
para una silla, porque la silla no sabe de la existencia de la mesa--,
sino que existe solamente para un _Inteleto_ que la conoce, y en cuanto
que la conoce, le da un nombre, le pone una palabra. Conocer es crear, y
crear conocer. Todo lo anterior es un fragmento de las especulaciones
belarminianas. Lo que hace la prolongada actitud sedentaria y el ocio
discursivo!... Los filsofos son hombres en cuclillas, incluso el
peripato, que, si explicaba paseando, encuclillado edific su sistema.
Prosigue. Dedcese que si el diccionario es todo aquello que hemos
dicho, diccionario vale tanto como cosmos. Belarmino, en virtud de la
reciprocidad de entrambos vocablos, y para evitar confusiones, haba
fijado a la inversa, para su uso, el empleo y significacin de cada uno
de ellos, y cuando deca el cosmos, quera decir el diccionario, y
cuando deca el diccionario, quera dar a entender el universo. Si le
peda a Angustias que le diese el cosmos, la nia, por experiencia, ya
saba que le tena que entregar aquel libraco, el cual, para ella, era
tan lgico que se llamase cosmos como que se llamase diccionario.
Pero--prosigue la especulacin belarminiana--as como la mayora de los
hombres viven en el diccionario,--es decir, en el mundo--, sin enterarse
de que viven, as tambin consultan y leen el cosmos--es decir, el
diccionario--, sin enterarse de lo que leen. Vivir es conocer, y conocer
es crear, dar un nombre. Cuando un hombre llama rbol a un rbol porque
le ha odo llamar as, ese hombre no conoce el rbol ni sabe lo que
dice; si conociese al rbol, lo hubiera creado l mismo, le hubiera
dado un nuevo nombre. Y ahora viene lo ms sutil de la especulacin
belarminiana. En el cosmos--es decir, en el diccionario--estn los
nombres de todas las cosas, pero estn mal aplicados, porque estn
aplicados segn costumbre mecnica y en forma que, lejos de provocar un
acto de conocimiento y de creacin, favorecen la rutina, la ignorancia,
la estupidez, la charlatanera grrula y el discurso vulgar, vaco y
memorista. Estn los nombres en el cosmos--es decir, en el
diccionario--como aves en jaula, o como vivos narcotizados y escondidos
en sepulcros con siete sellos. Belarmino hallaba una manera de placer
mstico, un a modo de comunicacin directa con lo absoluto e ntima
percepcin de la esencia de las cosas cuando rompa los sellos
sepulcrales para que se alzasen los vivos enterrados, y abra las jaulas
para que las aves saliesen volando. Lea las palabras del cosmos--es
decir, del diccionario--, evitando, con el mayor escrpulo, que rozasen
sus ojos la definicin de que iban acompaadas. Lea una; en rigor, no
es que la leyese; la vea, materialmente, escapndose de los pajizos
folios, caminar sobre el pavimento, o volar en el aire, o diluirse
nebulosamente en el techo. Unas veces eran seres; otras eran cosas;
otras, conceptos e ideas; otras sensaciones de los sentidos; otras,
delicadas emociones. Tal vez se producan resultados que, para un
espritu superficial, pudieran parecer cmicos; pero, en el fondo, todo
era muy serio. _Camello_, deca el cosmos--es decir, el diccionario--;
y Belarmino vea, en efecto, brotar de la pgina el dicho cuadrpedo
rumiante, aunque muy mermado de proporciones, y salir andando
despaciosamente por el piso; pero a los pocos pasos, el perfil de la
bestia, ya de suyo sinuoso, se deformaba ms todava, evolucionaba, se
transformaba; el animal se pona en dos pies, apareca vestido con
uniforme; la cabeza, sin perder la expresin primitiva, tomaba rasgos
humanos; las jorobas se convertan en alforjas, que colgaban al pecho y
espalda, y de una de las bolsas sala un gran cartapacio. Belarmino
acababa de comprender un ser del diccionario--es decir, del mundo
sensible--, y, por conocerlo, haba creado una nueva palabra. Camello,
de all en adelante, significara para l, ministro de la Corona.
Dromedario significaba sacerdote o ministro del Seor, despus de un
proceso evolutivo semejante. No se crea que en el lxico belarminiano
las voces dromedario y camello entraaban intencin contumeliosa o
despectiva; antes al contrario, implicaban admirativa comprensin.
Aludan al desierto de indiferencia en que se mueven as el gobernante
como el sacerdote, a la sobriedad que practican o deben practicar, a la
pesada carga que conducen a hombros, y, finalmente, la joroba
simbolizaba la responsabilidad que llevan adherida a la propia espina
dorsal, y que en el gobernante es doble, para con Dios y para con los
hombres, y en el sacerdote sencilla, slo para con Dios. Y de aqu,
joroba = responsabilidad; un nuevo acto de creacin en el cosmos--es
decir, en el diccionario--de Belarmino. Otras palabras le producan
nicamente sensacin de cualidades fsicas. Pero las palabras que con
mayor ansiedad persegua, las que le transan de entusiasmo en
comprendindolas y crendolas, eran aquellas que a l se le antojaban
trminos filosficos y que, por ende, expresaban un concepto inmaterial:
_metempscosis, escolstico, escorbtico_, etc., etc. Despus de una
revelacin no poco difcil de interpretar, Belarmino haba definido as
aquellos tres trminos: _metempscosis_ es lo mismo que intrngulis
indescifrable, lo incognoscible, _das ding an sich_ de Kant, y viene de
psicosis, o sea intrngulis, y mete, introduce, esconde; meter
intrngulis en las apariencias sencillas. _Escolstico_ es el que sigue
irracionalmente opiniones ajenas, como la cola de los irracionales sigue
al cuerpo. _Escorbtico_ vale tanto como pesimismo, y viene de cuervo,
pjaro sombro y de mal agero. Era mucho hombre aquel Belarmino!

El cuchitril en donde Belarmino filosofaba y remendaba zapatos estaba
bastante por debajo del nivel de la calle. Se descenda desde el portal
por unos escalones de piedra. Las paredes, encaladas, con caprichosos
arabescos verdinosos, de la humedad. Reciba la luz por un ventano
apaisado, con barrotes de hierro, que por la parte de dentro lindaba
con el cielo raso y por fuera arrancaba a ras de la calzada; por all se
meta un raudal compacto de claridad cenizosa, como en los cuadros que
representan apariciones, y se derramaba, a modo de bautismo, sobre el
costado izquierdo de Belarmino. A travs del ventano se vean pasar las
piernas de los transeuntes, de rodilla abajo, haciendo un ruido
acompasado sobre las losas. Belarmino pensaba hallarse providencialmente
metido en la entraa de la tierra, colocado en la raz y cimiento de las
cosas, y que para conocer a los hombres lo mejor era verles nada ms que
los pies, que son la base y fundamento de las personas. Pero, hundido en
aquella penumbrosa covacha, oficina en donde se destilaban y
clarificaban los enigmas del pensamiento y de la existencia, de continuo
a horcajadas sobre su torno de montar, que era Clavileo y era Pegaso,
Belarmino se exima de la gravitacin y esclavitud de la materia, volaba
libremente por los espacios fantsticos, se cerna en las esferas
uranias, contemplaba el diccionario--es decir, el mundo--desde
perspectivas tan remotas, que acaso se mareaba y se le pona la carne de
gallina. Como Belarmino, aunque el Padre Alesn le reputase insensato,
era un hombre muy sensato, se di cuenta del dao irreparable que le
amenazaba, y era, elevarse tanto, que un da se extraviase ms all de
las nubes y no pudiera volver al comercio y relacin con los dems
hombres. Cada vez que se despojaba de una palabra muerta y creaba una
palabra viva, era como si arrojase lastre por la borda y adquiriese
nueva cantidad de fuerza ascendente. Puede llegar un momento en que no
pueda hablar con mi hija, porque no la entienda ni me entienda y hasta
me tome por loco, y el corazn se le quedaba en suspenso. Qu hacer?
Al punto di con la solucin. Deba conservar el lastre, bien que
procurase seguir aumentando la energa ascendente; deba esforzarse,
costase lo que costase, en no ir olvidando el idioma vulgar, a fin de
usar de l con su hija y con alguna otra persona de su afecto, si fuese
menester. Pero cmo evitara olvidarlo, si estaba a solas casi siempre?
El Inteleto le cuchiche algo dentro del crneo, y Belarmino sali a la
calle, fu andando hasta la aldea, y en el primer casero encarg que le
buscasen una urraca y se la llevasen al cuchitril. Haba odo que a las
urracas, con paciencia y buen vino, se les ensea a hablar. Hubiera
preferido un loro, pero no tena dinero y dudaba que se encontrasen en
el mercado. Lleg pocos das despus el aldeano con la urraca, blanca y
negra como los Padres dominicos. Ahora, a ensearle el idioma ms
vulgar posible, se dijo Belarmino, no sin cierto desconsuelo y
perplejidad, porque no se le ocurran vulgaridades ni le tentaba
ingeniarse en inventarlas. Mirando melanclicamente a la urraca y su
lustroso plumaje dominicano, por asociacin de imgenes se le ocurri
que el Padre Alesn poda sacarle del apuro, y fu a pedirle que le
prestase un libro de poesas y algn discurso. Belarmino consideraba la
poesa y la oratoria como las formas ms vulgares de diccin. El
dominico le prest un tomo de Selgas y un folleto con discursos de don
Alejandro Pidal y Mon. Belarmino cort al pjaro las guas de las alas y
lo meti en el fondo de un barril oscuro. All le daba sopas en vino
blanco fuerte, e inclinndose sobre el tonel le lea, separando bien las
palabras, versos de Selgas y prrafos de Pidal. Como cierta vez leyese
esta frase de Pidal: Jctome de ser escolstico, Belarmino se dijo:
Te lo haba olido; tambin Bellido se jactar de ser escorbtico....
La urraca no aprenda a hablar, pero Belarmino no se impacientaba, y
resista resignado aquel bao abundante de vulgaridad, ms por su
conveniencia y para no soltar las amarras con el mundo, que por inters
didctico hacia el avechucho. El seor Colignon ech de ver, aunque
ignorase la causa, que Belarmino le hablaba ms en cristiano, y as se
lo declar una tarde. Belarmino, esmerndose en expresarse en romance
paladino, lo cual le ocasionaba ms engorro todava que a Apolonio
expresarse en prosa, le respondi:

--Por muchas intenciones--intenciones = razones--. Primera: porque le
quiero a usted. Le quiero a usted porque usted me quiere. Segunda.... No
s como decrselo para no ser macilento y evitarle pesos
desagradables.--Macilento = violento, cruel; peso = sentimiento.
Belarmino hizo una pausa, a la rebusca de locuciones explcitas y
amables.--Usted es la materia; yo soy el espritu. Usted se alegra con
las cosas; yo, alejndome de las cosas. Usted es el s, y yo el no. O,
si usted quiere, usted es el no y yo el s. Soy yo superior a usted?
Nada de eso. Ni el s es superior al no, ni el no es superior al s;
pero el s y el no son superiores al qu s yo. Comprendo que usted es
tan filsofo como yo, aunque de una manera beligerante.--Beligerante =
contrario, opuesto.--En cambio, la mayora de los otros hombres no son
el s y el no, sino el qu s yo; que no saben, ni sienten, ni viven, ni
importan. Qu tengo yo con ellos? Por qu he de hablar el idioma de
ellos? Usted es otra cosa. Yo deseara que usted entendiera mi idioma.
Pero, como usted es filsofo beligerante, y yo le quiero, y adems me
instruyo con usted y me sirve de piedra de toque, porque es usted el no
de mi s, o el s de mi no, y los dos nos completamos, pues por eso me
afano en hablar para que usted me entienda.

--_patant, patant_, mi querido Belarmino--replic el confitero con
regocijado pasmo--. Te entiendo. Yo soy un epicreo y t un estoico, no
es esto?

Belarmino aprision en la despensa de la memoria las dos palabras:
epicreo y estoico, a fin de transmutarlas ms tarde por la alquimia de
la especulacin y hallarles su verdadero sentido.

Un da se present en el cuchitril de Belarmino Froiln Escobar, alias
el Estudiantn y tambin Aligator, a que le pusiese palas y medias
suelas a un par de botas, que para llegar a ser un verdadero par de
botas no necesitaban, adems de las palas y de las medias suelas, sino
refuerzo en el contrafuerte, unos trozos de la caa y unos cuantos
botones. Justamente, la nica aficin de Belarmino al arte zapateril
consista en restaurar calzado viejo, cuanto ms viejo mejor, y con unos
miserables despojos crear un par flamante. Era una aficin pareja a su
vocacin filosfica. Y as, acogi aquellas valetudinarias botas del
Estudiantn o Aligator con marcada reverencia y afectuosidad.

Los apodos son, cundo biografa sucinta, cundo retrato en miniatura.
Los dos apodos de Froiln Escobar le historiaban y le retrataban.
Llevaba ya veinte aos de estudiante en la Universidad, y no porque
fuese inepto para aprobar los cursos, pues era de notable despejo
natural. Deca: El hombre que quiere conocer la vida es estudiante
hasta que se muere. Nada hay tan repugnante como la ciencia que se
adquiere para obtener un ttulo acadmico y ganarse un sueldo con l. No
hay ms ciencia que la ciencia desinteresada, la ciencia por la ciencia,
el amor al saber, el saber que nunca se sabe bastante para cobrar dinero
por ensear lo poco que se sabe. Y otra porcin de mximas al mismo
tenor. Como no quera comprar ciencia, no se matriculaba, y asista por
libre a las clases de diversas Facultades. De aqu que le apodasen el
Estudiantn. Viva con extremada pobreza y vesta desastradamente; un
sombrerete, con dos dedos de enjundia; un gabancillo de color caf con
leche, que haba estrenado al venir a la Universidad y que llevaba con
el cuello subido, por disimular la ausencia de camisa; pantalones con
flecos, y botas como las consabidas. Se asemejaba a los muertos por el
color, como aconsej el orculo a Zenn, el filsofo, lo cual, bien
entendido, quiere decir que de tanto estudiar en los libros haba tomado
la palidez de ellos. Era capaz de permanecer en un quietismo casi
sobrehumano. Durante las horas de clase conservaba a veces la misma
postura reservada y atenta, sin mover un msculo, sin pestaear,
empaados los ojos por una telilla opaca al modo del segundo prpado de
los lagartos. Y de aqu que le apodasen Aligator. Otras veces le
acometan inquietudes convulsivas de sabandija y retorcimientos de
sibila, segn la materia y el modo de explicarla el catedrtico, y en
tales casos tomaba notas taquigrficas, agitando fieramente el pupitre.
Los estudiantes le estimaban, le respetaban y se aleccionaban con l.
Era como el espritu familiar de la Universidad, la Palas Atenea de
aquel amurallado recinto del saber; una Palas Atenea vestida de mscara.
Tambin la ciencia oficial del establecimiento se envesta, con harta
frecuencia, disfraces de mamarracho.

No pudo presentarse el Estudiantn a Belarmino con carta de
recomendacin ms eficaz ni credencial ms honrosa que aquel mal llamado
par de botas, pues en rigor era un cuarto o un octavo de unas botas.
Sustentaba Belarmino amorosamente en sus manos los tales residuos, que
para l eran grmenes o embriones de un flamante porvenir, y miraba al
Aligator con tierno inters, cuando de pronto uno y otro notaron que les
faltaba unos cuatro metros cbicos de aire respirable, que era poco
menos de lo que contena el cuchitril; haba entrado el Padre Alesn,
desalojando el volumen de aire correspondiente a su volumen de carne y
hueso.

--Buenas tardes, Belarmino--habl el dominicano, modulando las notas ms
ntidas y cariciosas de su flautn larngeo--. Entraba y sala. Entraba
en tu aposento y sala de mi residencia. Sala de mi distraccin y
entraba en mi acuerdo.--El Padre Alesn hablaba ahora en este estilo
conceptuoso y envuelto, para dar por el gusto a Belarmino y granjearse
su afecto.--Quiero decir, en lenguaje vulgar, que al salir a la calle
record que don Telesforo Rodrguez, el profesor del Seminario, me ha
pedido un libro que hace tiempo te prest: _Nicolai Garciae; tractatus
de beneficiis_. Lo has ledo ya? Puedo llevrmelo? Porque si no lo has
ledo todava, no me lo llevo. T has de sacar ms provecho que don
Telesforo, seguramente.

Belarmino descabalg su Clavileo y entreg al Padre Alesn un gran
volumen, en cuarto mayor, aforrado en pergamino.

--Ya lo he ledo. Me ha sido muy instrumental.

--Vaya, me alegro. Hola, hola--exclam el dominico, volvindose hacia el
barril en cuyo fondo rebulla y graznaba la urraca--. Ya me ha referido
Angustias.... De suerte que, los versos de Selgas y los discursos de
Pidal que te has llevado era para enserselos de memoria a esta parlera
avecilla? Y qu? Va aprediendo algo?

Belarmino respondi que haba adquirido la picaza para ensearle a que
hablase del nico modo que lo entienden el comn de los hombres. Pero
como Belarmino, para responder esto, no emple el idioma que entienden
el comn de los hombres, el Padre Alesn le rog que se explicase. As
lo hizo Belarmino. El padre Alesn crey entonces entender.

--Ya, ya...--dijo el dominico, sonriendo con guasa--. Has buscado en
esta urraca a Digenes; has creado tu Digenes, el cnico, el que
hablaba con claridad odiosa, y para que nada falte, le has encerrado en
su tonel. Y t, qu eres: socrtico, platnico, peripattico, sofista?

--Estoico--respondi con maravillosa dignidad y orgullo Belarmino, a
quien repentinamente se le haba revelado el sentido de aquella palabra,
oda de labios del seor Colignon.

El Padre Alesn se qued fro. Pens: A ver si este pobre hombre posee
ms sindresis de lo que yo sospechaba. Se despidi.

--Ea, Belarmino; contra mi gusto, tengo que abandonar tu compaa. Tal
es mi misin: andar, andar de un lado a otro, con una grave
responsabilidad sobre los hombros.

Ya volva la espalda el fraile, cuando Belarmino murmur:

--Naturalmente, como usted es un dromedario....

El Padre Alesn se volvi de cara, la expresin en entredicho.

--Hombre, hombre...--tartamude, con voz deficiente--. Eso es ofender.

Pensaba el dominico que acaso Belarmino estaba resentido con l, porque
antes le haba hablado irnicamente.

--He querido decir que usted es un sacerdote--replic el zapatero.

--Pues, peor que peor. Mientras me llamabas dromedario, a m, en
persona, poda pasar. Cre que aludas a mi tamao. Pero ahora resulta
que soy dromedario por ser sacerdote.... La verdad; eso, Belarmino, es
una grosera, impropia de ti.

Belarmino hizo un gesto conmiserado, resignado, como diciendo: tendr
que metrselo en la boca con cuchara. Y explic la ya conocida alegora
del dromedario y el camello, dejando boquiabierto al fraile. Concluy
Belarmino, ya en su jerga privativa.

--Yo acaricio a los camellos y a los dromedarios, pero no los beso.
Riego el tetraedro; encarcelo y parafraseo el tetraedro; pero permanezco
indumentario y analfabtico al tetraedro. Mi horario es el espasmdico
de la intuicin recreada.

Sali el dominico lleno de perplejidad y de preocupacin. Froiln
Escobar, el Aligator, no se haba movido durante la anterior escena.
Crea estar soando. Es realidad? Es ilusin?--deca para s--. Si
no fuera por el testimonio irrecusable de ese par de botas, tan mas y
tan ajenas a m como las excrecencias callosas de mis pies; si no fuera
por ese hecho flagrante que me pone en contacto con la realidad
objetiva, creera que lo visto y odo eran entelequias de mi razn
adormecida y ofuscada. Y esto sucede a doscientos pasos de la
Universidad.... Y yo llevo veinte aos en la Universidad sin haberme
enterado.... Este hombre desconcertante e inaudito, es un humorista?
Es un genio lbrego, en bruto, como la piedra diamante escondida en el
seno de la tierra? Es un loco? Y el buen Estudiantn se haca un lo.

--Le enojar, seor Belarmino--dijo al despedirse--si vengo por las
tardes, de vez en cuando, a conversar un rato con usted?

--Tendr un gran espasmdico--respondi Belarmino, impasible.

Escobar no saba qu decidir. Aquel gran espasmdico que Belarmino iba a
tener, caso que Escobar viniese de visita, en qu consistira? Le
recibira bien, o le despedira con cajas destempladas? Volvi a probar.
Belarmino le acogi con inequvoco contento y le obsequi con una larga
e incomprensible disertacin sobre el _tole tole_ y el _tas, tas, tas_.
El Estudiantn le escuchaba fascinado, sin sacar nada en limpio, pero
con la esperanza cierta de llegar a dominar algn da el tecnicismo de
aquel moderno filsofo de portal, o estoico, como l deca, sin saber
que en Grecia tanto vala estoico como filsofo de portal.

Escobar continu asistiendo al portal de Belarmino y tomaba notas de lo
que oa. Como quiera que el Estudiantn haba, afortunadamente,
comenzado por or explicar a Belarmino la sinonimia de camello y
dromedario, no le caba duda que cada una de las voces usadas por el
zapatero encerraba una representacin fija; que las voces se sucedan
las unas a las otras con ilacin gramatical y lgica; y, en definitiva,
que esta ilacin formal contena un fondo de pensamiento original. Por
consejo de Escobar acudieron a or a Belarmino muchos estudiantes y
hasta profesores. Los juicios y opiniones acerca del estoico
discrepaban, naturalmente; los nimos se apasionaron. Muy pronto se
establecieron diferentes sectas: belarminianos y antibelarminianos;
entre los belarminianos haba disidencia: unos sostenan que Belarmino
estaba loco, y otros que cuerdo; los partidarios de la cordura divergan
en estimar si el lenguaje belarminiano era o no descifrable; por ltimo,
los que se inclinaban por la presunta inteligibilidad de los discursos
de Belarmino, disentan en lo tocante al fondo de dichos discursos:
quines afirmaban que, una vez vertidos al castellano, resultaran
curiosos e interesantes; quines que, de seguro, se trataba de boberas
sin inters, y que lo nico curioso era la forma de expresin. Con todo
esto, el portal de Belarmino estaba tan concurrido como la escuela de un
filsofo de la antigedad. Despus de escuchar sus incgnitas
enseanzas, stos, reventando de risa; aqullos, hostigados por la
comezn de averiguar una charada dificultosa, salan a la Ra Ruera,
movan airadas trifulcas, polemizaban y casi se iban a las manos.
Apolonio, desde el umbral de su zapatera de lujo, en actitud estatuaria
y de fingido tedio e indiferencia, presenciaba aquel vivo y animado
tumulto, con la misma envidia y nostalgia con que los inmortales en el
Olimpo ven a los humanos agitarse a impulsos de ideales y pasiones que
hacen la vida sabrosa y digna de vivirse. Los inmortales se aburren
tanto en su serenidad inacabable y de tal suerte envidian los conflictos
y combates del mundo, que, a veces, no pudiendo resistir la tentacin,
descienden convertidos en nubecillas leves y flidas a pelear entre los
hombres, segn cuenta Homero. Esto lo saba Apolonio, desde Compostela.
Para Apolonio, algunas disputas humanas han sido hostigadas por
misteriosa intromisin divina; son aquellas disputas merecedoras de la
dignidad dramtica y trgica. Siempre que Apolonio vea dos dndose de
puadas y revolcndose por el suelo, si se levantaba alguna polvareda,
deca: Ha llegado el punto trgico; eso no es polvo blanco, son las
divinidades violentas, envidiosas de la vida ligera de los hombres,
diluidas en el aire fino. De qu buena gana se hubiera diluido
Apolonio en el aire fino para ir a mezclarse en las disputas enzarzadas
a causa de su afortunado rival, como la guerra de Troya por Helena;
intervenir por modo invisible y aniquilar a todos los secuaces de
Belarmino!... La venganza es el placer de los dioses. Se dir, qu
sentimiento vengativo cabe que los pobres humanos inspiren a los dioses
majestuosos? Pues s; les inspiran el sentimiento ms vengativo, el de
la envidia.

Belarmino era remendn de portal. Apolonio posea un establecimiento
lujoso y cobraba por par de botas hasta cinco duros, precio exorbitante
por entonces en Pilares. Esto no obstante, Apolonio se hubiera cambiado
por Belarmino. Apolonio contaba con una buena parroquia. Pero no le
interesaba tener parroquia. Lo que l quera era tener pblico, gente
que le escuchase, que le celebrase y aun que le rebatiese. Apolonio se
relacionaba con personas distinguidsimas. La de Somavia le invitaba
alguna vez a su tertulia. Por la zapatera caan de visita,
peridicamente, Pedro Barqun, el cura Chapaprieta, el magistrado don
Hermenegildo Asiniego, y otros claros varones de la urbe. El seor
Novillo acuda a diario al establecimiento y se dilataba all varias
horas, gran parte del tiempo en el umbral, mirando con disimulo,
rendimiento y rubor al balcn florido y pajarero de Felicita Quemada.
Pero la relacin de personas distinguidas le tena sin cuidado a
Apolonio; lo que l echaba de menos era el trato de personas ilustradas,
el ambiente acadmico y artstico. Y aquel infame Belarmino, saba Dios
merced a qu socalias y malas artes, le hurtaba, sin dejar una migaja
siquiera, el aplauso y atencin que a l en justicia se le deban,
puesto que Belarmino era insensato charlatn y prevaricador de la lezna
y el cerote, en tanto l, Apolonio, por don natural, compona los ms
primorosos artificios, as zapateriles como poticos. No hay justicia,
ni sentido, ni plan en el mundo--pensaba Apolonio--. Bien lo presuma
yo, aunque todava inexperto, cuando escrib mi _Cerco de Ordua o Seor
de Oa_.

Apolonio se hubiera despeado en la negra desesperacin, a no
estorbrselo, de una parte, la compaa habitual del seor Novillo, con
que se distraa de los sombros pensamientos y se le deparaba coyuntura
de explayar la exuberancia del lastimado pecho, y de otra parte, ms
principalmente, el amor a la duquesa de Somavia, un amor cada da ms
exaltado, ms puro, ms imposible, ms delicioso y novelesco. Con estas
dos vejigas--decase Apolonio--me mantengo a flote sobre las borrascas
de mi espritu.

Llegaba a la zapatera el seor Novillo, con su empaque reservado,
catadura sombra y venerable vientre de dolo; la piel bronceada, barba
y bigotes pardos, entrecanos en la raz. Haba cierta similitud corporal
entre Apolonio y el seor Novillo. Los dos recordaban las efigies de
Buda, por la hinchazn. Ahora, que la cabeza de Apolonio se enderezaba
con cierto alarde confiado y olmpico, y, en cambio, la del seor
Novillo pesaba sobre el pestorejo y el cuello, abombndolos en redor, y
de los ojos se rezumaba una tristeza irracional. Apenas si hablaba el
seor Novillo; de tarde en tarde se sonrea, enseando unos dientes de
blancura irreprochable, que, rodeados del hirsuto contorno, parecan una
estra de carne de coco asomndose entre la cscara pardusca y crinada;
pero la mitad superior de la cara y los ojos seguan parados y tristes.

As que llegaba, el seor Novillo se sentaba en un largo divn de piel
verde, debajo de un espejo, velado por un tul, verde tambin, y dejaba
caer el vientre entre las piernas, a que se reposase sobre el divn.
Apolonio, abandonando el mostrador, donde, con ademn lento y religioso,
trazaba diseos y cortaba pieles, vena al lado del seor Novillo y
dejaba asimismo caer el vientre sobre el divn. Oanse en la trastienda
ahogados martillazos, alguna cancin femenina y el repiqueteo de unas
mquinas de coser. Apolonio, sin doblar la cabeza a mirar al vecino,
rompa a hablar:

--Estoy abrumado, don Anselmo, estoy abrumado. Qu me falta?,
preguntar usted. Tengo un taller, montado con los ltimos adelantos de
la ciencia y de la industria; tres mquinas, una Wilson y otra Wheeler,
para coser la caa, y una Johnson para hacer ojales, que puede que no
haya media docena como ellas en toda la pennsula. Mi clientela, la
espuma de la sociedad; y todos satisfacen sus facturas a tocateja. Qu
ms puedo pedir?

Ay mi amada! Oh dolor! Lgrimas mas:
por dnde estis que no corris a mares?,

como cant el poeta. Unos amores desdichados, s. Pero no quiero
mentarlos. Cya es la culpa? De ella? Jams, jams, jams. La culpa es
ma. Me enamor de una beldad tan alta como la blanca Beatriz. Merecida
es mi pena, y yo la acepto con jbilo infinito.

El seor Novillo oa el runrn con la indiferencia con que las imgenes
talladas en madera de ciruelo oyen himnos y plegarias. Prosegua
Apolonio, sin dignarse, por su parte, mirar a Novillo:

--He pintado en un poema alegrico la exacta posicin de estos amores
disparatados, horribles y delincuentes. Delincuentes, s, delincuentes,
porque.... Pero tente, lengua liviana y maldecida. He aqu el poema: un
monstruo de esos que llaman grgolas, porque vomitan la lluvia con un
ruido peculiar, de donde viene la frase hacer grgaras; digo que ese
monstruo de piedra, que est en la cornisa de una catedral, se ha
enamorado de la veleta, que figura una paloma, y que se asienta, ni que
decir tiene, en lo ms alto de la torre. Y ese es el destino cruel del
enamorado monstruo, que soy yo; estar petrificado, a una distancia
infranqueable de la amada y haciendo grgaras. Esto ltimo constituye un
rasgo humorstico, que cierra la composicin. Lo cmico es siempre
chabacano y despreciable. Lo humorstico es un modo potico. Que cul
es el nombre de la dama? Jams lo declarar. Antes dejo que me desuellen
vivo....

Novillo, presa de sus propias ansiedades amorosas, se levant sin haber
escuchado a Apolonio, y fu hacia la puerta, a mirar desde all
furtivamente a Felicita. Apolonio le segua, declamando con el brazo
extendido y la mirada flamgera:

--Jams lo declarar. Antes pasarn sobre mi cadver. Y si despus de
muerto lo declaro, conste que no soy yo, sino un espritu maligno que
habla por mi boca.--En habiendo eyaculado este apostrofe, Apolonio,
apacigundose sbitamente, volvi detrs del mostrador y se aplic a
cortar suela.

Al cabo de media hora de vergozante contemplacin, Novillo retorn al
divn, y al punto Apolonio acudi a su vera y reanud el hilo de su
palique.

--No son estos amores desdichados, no, lo que me trae mustio,
melanclico y descontento. Los amores son la esencia de mi vida y los
guardo en mi corazn como si fuesen una perla del Oriente. Estoy
abrumado, estoy tan pronto rabioso como desmadejado, estoy que me llevan
los demonios, porque, ante todo y sobre todo, soy un artista, y aqu, en
esta ciudad, no se me comprende ni hace justicia. Por lo pronto, soy un
maestro artista en zapatera. Mi clientela alaba, en el calzado que yo
hago, la resistencia y flexibilidad del asiento, lo suave y duradero del
material, lo cmodo y bien conformado del corte; y por eso, nada ms que
por eso, me pagan bien. Pero las dichas cualidades son secundarias. Un
zapato, un brodequn, un botito son obras de arte. Y quin aqu, salvo
contadas excepciones, sabe apreciar el calzado como una obra de arte?
Quin aqu concede al calzado la enorme importancia que tiene? Se
imaginan que el calzado slo sirve para cubrir el pie, resguardarlo de
la humedad, por temor a los reumas, y evitar que se lastime sobre el mal
piso; todo lo que piden al calzado es que no cre callo. Pues si el
calzado no cumple otro fin ms que se, mejor sera que los hombres
echasen casco o pezua, lo cual se conseguira fcilmente por
procedimientos cientficos. Y no es que yo me refiera a esta localidad.
Hablo, en general, de toda Espaa. Un amigo mo muy erudito, Valeiro,
estudiante compostelano, me contaba haber ledo en un libro de un Fray
no s cuntos Guevara, obispo en alguna dicesis de Galicia, que los
espaoles, en los tiempos del gran Carlos V, cuando el tal obispo
escriba, andaban en zancos por las calles, a causa de los lodos. Qu
barbaridad! Pues, qu? No se usan todava en nuestra pennsula
almadreas, zuecos, abarcas y las asquerosas alpargatas? Qu poco dice
esto en pro de la cultura de los espaoles, y cunto de su salvajismo!
Para m la alpargata es un insulto a la divinidad, una blasfemia, porque
es negar y desconocer la obra ms perfecta de Dios, o sea el pie humano.
Por qu es el hombre superior al mono y a todos los dems animales?
Porque es el nico que tiene pies, lo que se dice verdaderos pies. Si el
pie fuera menos humano y noble que la mano, los hombres tendran cuatro
manos y los monos tendran cuatro pies, y no que tienen cuatro manos.
Por no ver mujeres con almadreas preferira vivir entre chinos, porque
al menos los chinos conceden al pie de las mujeres ms importancia que a
ninguna otra parte del cuerpo.

Novillo sali nuevamente a la puerta, sin haber escuchado ni una sola
palabra de la ingeniosa disertacin de Apolonio, y ste volvi a
trabajar detrs del mostrador. Al cabo de otra media hora, Novillo
reincidi en reposar sobre el divn su vientre, agitado ahora por
apasionado estremecimiento: era que sus ojos se haban cruzado al acaso
con los de Felicita, y ella le haba enviado una sonrisa arrobada y
etrea. Novillo se senta feliz, expansivo, y al acomodarse Apolonio a
su lado le di una palmada en el muslo al zapatero, preguntando:

--No dice usted nada hoy, querido Apolonio?

--Le deca a usted, don Anselmo--Apolonio respondi sin mostrarse herido
por la ausencia mental y material de su amigo--, que los chinos conceden
al pie la importancia debida. Este es mrito comn a los asiticos. No
en balde estuvo el Paraso terrenal en el Asia. En la Grecia antigua,
las cortesanas y tambin las castas matronas apetecan los zapatos
venidos del Asia, zapatos al parecer preciosos, adornados con pinturas
de mucho mrito y figuras cinceladas en metal. Los antiguos, como ms
prximos al origen de la creacin, distinguan con mayor acierto la
jerarqua, utilidad y belleza de los miembros; a todos los miembros
anteponan en dignidad el pie; despus de ste segua la cabeza; luego,
algo que no quiero nombrar; en cuarto grado, la mano siniestra, la del
escudo; en quinto, la diestra que empua el arma; y as sucesivamente.
Todos aquellos pueblos, dotados de una gran sabidura infusa y revelada,
que poco a poco se fu olvidando y desvaneciendo, rendan culto al pie y
se excedan en fabricar con apropiado decoro el tabernculo del pie, o
sea el calzado. Entre los hebreos, el calzado era tenido en tanta
reverencia que no se permita que lo usasen sino los nobles y los
levitas, y aun stos apenas si se atrevan a ponrselo, como no fuera
para entrar en el templo, sino que unos servidores especiales, a modo de
aclitos, iban detrs de los sacerdotes y seores llevando el calzado
sobre un cojn de terciopelo. Los egipcios colocaban en el calzado
placas labradas de oro y plata. El calzado de los strapas persas era
una joya valiossima. Los patricios y senadores romanos usaban botas de
piel encarnada, con una media luna de plata, la luna patricia. Pasemos a
tiempos ms prximos a los nuestros y recordemos a los papas, a los
emperadores, a los duques venecianos. El calzado de estos grandes
dignatarios de la Iglesia y de las repblicas era de telas tejidas con
metales preciosos y recamados de las ms ricas piedras: esmeraldas,
rubes, zafiros, diamantes del tamao de nueces casi siempre. Tengo
entendido que el Santo Padre todava usa ese calzado los das que
repican gordo.

--Caracho, lo que usted sabe, amigo Apolonio!--exclam Novillo,
sinceramente deslumbrado.

--Pues ya sabe usted tanto como yo, don Anselmo. Y si usted desea ms
detalles, le dejar unas cuartillas manuscritas, tituladas
Podotecologa esttica, o historia del calzado artstico, que para m
escribi mi amigo Valeiro, y que es de donde yo he tomado los datos. En
media hora escasa se las aprende usted de memoria. En lo que yo insisto
es en que, como espaol, me abochorno de que los espaoles no hayamos
contribudo con ninguna invencin al progreso del calzado. No hay una
ciencia y un arte zapateriles propiamente espaoles. No habr odo usted
decir punta a la madrilea, tacn Isabel II o hechura espaola, como se
dice punta a la florentina, zapato Richelieu, tacn Luis XV, hechura
inglesa.

--Hombre, hombre...--objet el seor Novillo, que era muy vidrioso en
su patriotismo, y como apoderado local del cacique y cacique l mismo de
aldea, consideraba que menoscabar el buen nombre de la patria equivala
a reprobarle encubiertamente su posicin poltica--; eso que usted dice
no debe importarnos un rbano. Que no hemos descubierto una punta o un
tacn? Pero hemos inventado cosas de ms provecho y sustancia--colocando
las manos extendidas sobre el abdomen--: el pote gallego, la fabada, el
bacalao a la vizcana, la paella valenciana, la sobreasada mallorquina,
el chorizo y la Compaa de Jess. Y dnde me deja usted el
descubrimiento del Nuevo Mundo? Aparte que, si no recuerdo mal, cuando
estudi en el Instituto, el profesor de Historia nos deca que no s
cul emperador romano haba adoptado para el ejrcito el calzado que
usaban los espaoles.

--Fbulas--replic, despectivo, Apolonio--. Los espaoles slo han
inventado la alpargata, que es, ya lo he dicho anteriormente, un insulto
a la divinidad, un sacrilegio zapateril. Yo, maestro artista, repelo la
alpargata con sacrosanta indignacin.

--No sigamos por ese camino, Apolonio, porque tendramos un disgusto.
Como presidente de la Diputacin y, por tanto, representante del
Gobierno legtimo, no puedo consentir que nuestra invicta bandera se
ponga en tela de juicio. No le digo a usted: zapatero a tus zapatos,
porque no quiero provocarle.

--Pues de zapatos estamos discutiendo, mi querido don Anselmo.

Novillo se levant a repetir la operacin contemplativa, y Apolonio
reanud sus operaciones profesionales. Despus de media horita, que para
Novillo fu una eternidad de inefables congojas, porque se verificaron
varios choques metericos de miradas, hallronse otra vez par a par el
zapatero y el poltico.

--Deca usted...?--comenz Novillo.

--Deca que aqu, en general, no se aprecia el valor artstico del
calzado. Yo, se le digo a usted con toda reserva, me creo postergado. No
se me hace justicia. Ni como zapatero, y no digamos como poeta
dramtico. Por qu se figura usted que soy zapatero? Porque soy poeta
dramtico. Por qu se figura usted que soy poeta dramtico? Porque soy
zapatero. Los ignorantes piensan que no tiene relacin lo uno con lo
otro. Pues son dos cosas inseparables. Hay conflictos dramticos entre
los hombres y no entre los animales, porque los hombres observan la
postura erctil; y los hombres observan la postura erctil porque andan
sobre los pies. Pngame a los hombres en cuatro patas, o hgamelos usted
paralticos, como los rboles; ya no hay drama. Es esto claro? Pero,
seor, si el drama no es ms que cuestin de calzado, cuestin de
ponerse en dos pies y levantar la cabeza todo lo posible, en son de
desafo, hacia el cielo, en donde se oculta el destino de los
hombres.... Es verosmil que los hombres inventasen as, a secas, el
drama? Qu desatino! Los hombres inventaron una especie de calzado, el
coturno, que les alzaba ms de un palmo sobre la tierra; pues con esto,
ya estaba inventado el drama. Pues si le dice usted a cualquiera de esos
estudiantillos hambrientos que yo soy zapatero y autor dramtico, se
reirn. En cambio, no se asombran de que un zapatero pueda ser filsofo.
Yo soy el que me ro.... Ja, ja, ja.... Filsofo lo puede ser el ltimo
gato. Todos los filsofos son unos farsantes, charlatanes de feria.
Para qu sirve la filosofa? Ya lo dijo Saquespeare--pronunciado as--:
la filosofa no sirve ni para curar un dolor de muelas.

--Hombre, hombre...--objet el seor Novillo--. El arte dramtico
tampoco sirve para curar dolores de muelas.

--Pero el dolor de muelas sirve para hacer dramas. Todos los dolores son
experiencias dramticas.

Esta escena se repeta a diario durante largo tiempo, si bien la
elocuencia ubrrima de Apolonio desenvolva variadsimos temas. Novillo
lleg a sentir curiosidad por conocer el drama que haba escrito
Apolonio, el cual se lo ley una noche con tanto nfasis y pathos, que
subyug y conmovi al oyente.

--En efecto; es usted un gran artista--murmur Novillo, enjugndose unas
lgrimas; era sobremanera sentimental--. Como presidente de la Junta de
abonados que soy, le prometo que har estrenar su drama por la primera
compaa dramtica que venga a Pilares.

Apolonio hubiera abrazado a Novillo; pero no quera descomponer la
majestad de la figura.

Por desdicha, pasaban los meses y no vena ninguna compaa dramtica.

La poesa fu estrechando ms y ms la amiganza entre Novillo y
Apolonio. Novillo celebraba mucho los poemas amatorios de Apolonio, y
siempre que compona uno nuevo se lo peda para empaparse en l,
deca, leyndolo a solas.

Una maana, Felicita entr en la zapatera de Apolonio, cosa
acostumbrada; pero aquel da, la solterona llevaba desencajado el
rostro, con expresin que pretenda ser colrica, y, sin embargo, dejaba
recelar un placer oscuro. Qu tripa se le habr roto a esta vieja
vestal?--pens Apolonio.

--Apolonio, nos oye alguien?--pregunt Felicita, inclinndose sobre el
mostrador, con delgado aliento y ojos de espa.

--Si usted conserva ese tono, nadie nos oir.

--Apolonio.... Es usted un miserable, un traidor, un ingrato. Se lo digo
a usted en voz baja, aunque con toda energa, porque quiero evitar
espantosas complicaciones, incluso la efusin de sangre.

--Pero, seora...; digo, seorita....

--Silencio, infame. He callado hasta hoy, porque lo tom como una locura
fugitiva. Pero ha llegado a tal extremo su atrevimiento, que he decidido
escarmentar a usted para siempre, para siempre.--Sac del seno un montn
de papeles y los despidi, con ademn repulsivo, sobre el mostrador.--Le
arrojo esos annimos impertinentes e indecorosos. Yo pertenezco a un
hombre, slo a un hombre. Todos los dems pretendientes me inspiran
aversin y asco.

Apolonio examinaba los papeles escritos.

--Estos son versos mos--bisbise.

--Ya lo s.

--Pero estos versos no estn escritos por m. Son copias; y la letra es
de don Anselmo Novillo.

--Agua--pudo apenas articular Felicita, en tanto se desplomaba exnime
sobre el divn.

De buena gana Apolonio hubiera dado unos cuantos azotes a la vieja
vestal, que as vena a turbarle y ponerle ante s mismo en ridculo,
obligndole a descomponer la majestad de la figura; corriendo azariento
a entornar la puerta, porque los transeuntes no se percatasen del lance;
trayendo un vaso de agua a travs de las frvolas oficialas, que
sonrean al verle en guisa de camarero: salpicando el rostro de la
desmayada e intentando desabrocharle el cors. Afortunadamente, Felicita
se recobr antes de que Apolonio recurriese a este ltimo extremo.
Sorbi el agua; pidi los papeles; los restaur al cobijo del seno, no
sin antes besarlos, y dijo a Apolonio:

--Por la memoria de su madre le pido juramento que no dir nada a nade
de esto que ha pasado. Jrelo!

Apolonio, ante la prosopopeya de Felicita, ya se hall en su elemento, y
jur con la solemnidad y uncin de un pontfice.

En medio de todo--reflexionaba Apolonio--, qu curioso drama el de
Novillo y Felicita. Es algo as como el suplicio de Tntalo. Por qu no
se casan? No ser porque no quieran ni porque nadie se lo impida. Y, sin
embargo, no se casan. Luego negarn que existe una Nmesis que traba y
destruye las intenciones de los hombres. Yo escribira este drama. Pero
el seor Novillo es amigo y podra disgustarse.

Escribira aquel drama y otra porcin de dramas tomados de la realidad.
Y la realidad de Apolonio, por entonces, no traspasaba los lmites de la
Ra Ruera. Sin necesidad de levantar los tejados, como el Diablo
Cojuelo, Apolonio adivinaba el drama oculto en cada casa, y con todos
los pequeos dramas individuales formaba una gran tragedia, la tragedia
de la calle, en que l era el hroe, la vctima, y Belarmino el traidor.
En fuerza de imaginar luctuosas peripecias, el pecho se le colmaba de
impulsos vehementes, a manera de necesidad perentoria de accin, y
accin cruel. Era menester que se libertase de aquellas ansias
agresivas, que cada da le hostigaban con redoblada tenacidad, o, de lo
contrario, perdera en una mala hora la cabeza y hara una barbaridad.
Entonces se le ocurri una idea feliz: se dedic a criar gallos de
pelea. Como tena dinero a mano, adquiri presto una regular gallera.
Encarg buena parte de los gallos ingleses a Antequera, porque le
informaron que all cultivaban las sangres ms finas y puras. Se
adiestr en el cuido y preparacin de los gallos para el combate. A
todos sus animales les impuso nombres mitolgicos y legendarios:
Aquiles, giro; Ulises, colorado; Hctor, gallino; Hrcules, negro;
Roldn, dorado; Manfredo, cenizo; Carlomagno, negro tambin; etc., etc.
En las otras galleras abundaban los nombres de toreros. Todos los
domingos por la maana, despus de or misa de once, porque crea en
Dios y en la providencia, a pesar de que en este mundo no hay justicia,
ni plan, ni sentido, Apolonio se encaminaba al circo gallista, seguido
de un aprendiz con los capaces en donde iban los gallos que aquel da
echaba a pelear. Intervena en las diligencias preliminares del examen y
peso de los combatientes, y escrutaba con tanto escrpulo, seriedad y
aparato la balanza, como si se estuviese decidiendo el porvenir de la
humanidad. Luego, haba que verle con qu religiosa pompa y taciturno
talante, sentado detrs de la pista, limpiaba las espuelas del gallo
con medio limn, para mundificarlas, por si estaban emponzoadas, y las
enjugaba despus con el pauelo, y, por ltimo, depositaba levemente el
gallo sobre el ruedo, como diciendo: _alea jacta est_, y ya no hay
podero terrenal que desve la voluntad de los hados. Y la voluntad de
los hados era, indefectiblemente, que los gallos de Apolonio quedasen
muertos o malferidos. A Ulises se lo mat Lagartijo; a Hctor,
Bocanegra; Mazzantini hizo papilla a Roldn; Aquiles qued ciego de unas
pualadas que le meti Frascuelo; y un gallo de sangre mestiza y ruin,
color blanco, llamado Espartero, propiedad de un ebanista, aniquil a
Carlomagno, Manfredo, Hrcules y otros seis hroes desgraciados. Cosa
sorprendente: Apolonio asista sin enojo, antes con orgullo, al
vencimiento de sus gallos. Lo esencial era que nunca cantaban la
gallina; moran porque deban morir, que el hroe muere siempre a la
postre, y no a manos de otros hroes, sino por el vil pual. Sus gallos
daban siempre el pecho; los dems seguan una cobarde tctica de
combate, simulaban huir en torno al ruedo, y cuando ms confiado iba el
hroe en su persecucin, se volvan inopinadamente y le daban traidoras
estocadas. Sus gallos, como los personajes de Sfocles, saban morir con
belleza, y por lo tanto con gloria, que viene a ser lo mismo. Ajax
declar: vivir con gloria o morir con gloria; tal es el deber de los
bien nacidos, y la palabra empleada para designar la gloria es
[Griego: chalos], que significa tambin la belleza. Y cmo se pareca
Apolonio a sus gallos! Se les pareca en la silueta, en el aire de
prestancia, en el nfasis, en la cresta, pero no en los espolones; se
les pareca por fuera. Por dentro, Apolonio, aunque daba albergue y
acariciaba con la imaginacin las pasiones ms destructoras, era incapaz
de matar un mosquito, como deca de l su hijo. Y as, Apolonio vea en
sus gallos la incorporacin de algo necesario y deficiente en su propia
personalidad; eran encarnacin de su personalidad frustrada, porque el
dramaturgo es el hombre de accin frustrado. De aqu que Apolonio
asistiese sin enojo, antes con orgullo, y aun con satisfaccin ntima,
al vencimiento de sus gallos. Se verificaba en su pecho la perfecta
frustracin de su personalidad deficiente, una especie de catarsis. Si
los gallos vencieran con frecuencia, pensaba Apolonio que la confianza
en s mismo, ya que los gallos eran en cierto modo prolongacin de su
persona, el espritu agresivo, la necesidad de accin ejecutiva, se le
hubieran comunicado fatalmente a l, y como era muy pusilnime, slo
ante la idea de cometer un gran disparate le daban escalofros. Por
ltimo, las peleas de gallos influan en la vida y carcter de Apolonio
en dos opuestas direcciones: una favorable, y adversa la otra.
Favorable, porque se iba haciendo conocido y famoso, como personaje
pintoresco e improvisador de aleluyas, en la ciudad y en otros pueblos
de la provincia, en donde alguna vez se concertaban rias de gallos
interurbanas. Adversa, porque en las rias mediaban apuestas, y como
Apolonio perda siempre, se le iba desnivelando el presupuesto mucho ms
de lo prudente. Apolonio no paraba atencin en los descalabros
econmicos mientras su actividad pblica, como gallero, le sirviera para
ensanchar la nombrada; prefera la ruina y la inopia a la oscuridad.
Todo lo aceptaba con tal de gratificar en alguna medida su vanidad
inocente, con tal que se le conociese y se hablase de l. Su obsesin
era aventajar la fama de Belarmino, humillarle algn da.

Belarmino ganaba cada vez ms popularidad. En los peridicos se haban
publicado artculos acerca de l; unos de burla, otros en serio,
sosteniendo la tesis de que constitua un fenmeno mental, un caso de
estudio, invitando al director del Hospital-manicomio a que hiciese con
l experiencias cientficas, y proponiendo que cuando muriese no se le
enterrase sin antes haberle sacado el cerebro, a fin de analizarlo.
Cuando Belarmino ley esta halagea proposicin, se le atragant la
saliva; pero se repuso a seguida, sonriendo beatficamente. Adoptaba la
propia actitud de indiferencia filosfica hacia las opiniones ajenas,
mientras l conservase la vida y el pensamiento, como hacia los dolores
corporales, en habindose muerto.

La polmica sobre si Belarmino saba lo que se deca o, por el
contrario, hablaba como un papagayo, repitiendo palabras vacas y sin
trabazn, se enconaba y complicaba ms y ms, porque nadie haba
allegado todava prueba concluyente, de una parte ni de otra. El
Estudiantn no desesperaba de formar el lxico completo belarminiano con
su correspondencia clara. Tomaba notas sin cesar, haba interpretado ya
bastantes vocablos y entenda el sentido de algunas sentencias; pero
estos hallazgos fragmentarios no convencan a todos.

Por entonces lleg a Pilares el primer fongrafo. Lo haba trado de
Pars, en uno de los peridicos viajes de compras, un quincallero
apellidado Ortigela. El mecanismo caus gran sensacin. Ortigela di
varias audiciones en casas particulares, en el Casino y en la
Universidad. Oyndolo, al Estudiantn se le ocurri un ingenioso
proyecto, que comunic al punto a los belarminianos y antibelarminianos.
Tratbase, nada menos, que de demostrar inequvocamente si Belarmino
hablaba un idioma inteligible. Todos aceptaron la presunta demostracin.
El proyecto era el siguiente: Se le pedira a Belarmino que viniese a
una casa cualquiera y explicase en breves palabras su sistema
filosfico. Convenientemente encubierto, se le colocara al lado el
fongrafo, y se impresionaran uno o dos cilindros con la disertacin de
Belarmino. Al cabo de un tiempo prudencial, se le dira que estaba de
paso en Pilares un filsofo forastero, al cual le haban invitado a dar
una conferencia en el Casino, y si l, Belarmino, quera orla, puesto
que era el nico filsofo de la localidad, que le colocaran en una
habitacin contigua al saln, detrs de los cortinajes, desde donde
escuchase sin ser visto. De todas estas diligencias se encargara
Escobar, el Estudiantn, por ser con quien Belarmino mostraba mayor
confianza y estima. Nadie pens que Belarmino pudiese reconocer su
propia voz, porque, efectivamente, en aquel aparato todava
rudimentario, bien que se distinguiese con claridad las palabras, todas
las voces sonaban con el mismo timbre homogneo y ronquecino.

Cuando el Estudiantn requiri a Belarmino a que expusiese su sistema,
el zapatero replic con dulce irona:

--Y qu es un sistema? Quizs lo que usted llama sistema no es lo que
yo llamo sistema. Yo, gracias a Dios, no tengo sistema. Lo que usted
quiere decir es postema. Tampoco, gracias a Dios, tengo postema.

--Bien, bien, Belarmino; confieso que no le entiendo a usted todava.
Por eso, precisamente, no me sacio de orle, y deseo que usted nos d
una especie de abreviado conjunto o resumen de sus ideas. Si yo no le
entiendo, usted me entiende, porque es bilinge, y sabe lo que le pido.
Acepta usted?

--S lo que me pide, y no tengo inconveniente en aceptar. Pero necesito
una semana de meditacin.

Cumplida la semana, Belarmino se present en el lugar designado.
Dijrase que haba pasado, no una semana de meditacin, sino muchos
meses de ayuno; la noble y aguilea faz, tan enjuta, que casi era
traslcida; el cuerpecillo, tan reducido y descarnado, que apenas
gravitaba sobre el suelo. Entr en la habitacin sin inmutarse, sin
mecer una mirada de curiosidad alrededor; se sent donde le dijeron;
inclin la cabeza y habl tenuemente, sin accionar ni mudar de tono;
concluy y volvi con la misma serenidad y distraccin imperturbables a
su cuchitril.

Pasaron otras dos semanas. Segn lo convenido, fueron dos estudiantes,
socios tambin del Casino, a invitar a Belarmino si quera or, desde un
escondite, a un filsofo de paso.

--De dnde es ese filsofo?--pregunt Belarmino.

--De Kenisberga--respondi uno de los estudiantes, que era muy
desenvuelto.

--Y cmo se llama?

--Cleo de Merode.

--Y en qu habla?

--Anda, pues en filsofo. Todos los filsofos hablan una lengua
especial.

Belarmino qued pensativo un punto. Que los filsofos hablaban una
lengua especial, ya lo saba l; pero le caba la duda si cada filsofo
hablaba una lengua distinta, inventada por l mismo, o si todos hablaban
la misma. Si lo ltimo, entonces los filsofos eran, evidentemente,
seres privilegiados, que haban llegado a la verdad absoluta por medio
de la revelacin directa.

--Ir mucha gente?--pregunt Belarmino.

--Anda; y las seoras ms guapas y elegantes de Pilares.

--Un filsofo para seoras guapas y elegantes? Bueno ser l!--
exclam Belarmino, decepcionado.

El despierto estudiante corrigi en un periquete:

--Caprichos de las seoras.... Han odo: un filsofo, y se han dicho,
pues vamos a verlo; ser un bicho raro.

--Ah, ya!

--Hay un cuartito que comunica con el saln de actos, desde donde se oye
todo divinamente. A ese cuartito irn algunas personas que no gustan de
mezclarse con el pblico, por razones dignas de respeto; por ejemplo:
Escobar, el Aligator. Cmo se iba a sentar l, con aquella ropa de
pordiosero, al lado de las seoras? En suma: que usted viene con
nosotros.

Belarmino, despus de saber que el filsofo hablara ante seoras, ya no
tena inters ninguno en orle. Pero se dej llevar, con resignada
indiferencia.

Toda la tramoya haba estado tan hbilmente desarrollada, que Belarmino,
a pesar de su sagacidad instintiva, no sospechaba ser vctima de un
engao.

En el cuartito haba unos veinte individuos; los ms conspicuos del
belarminismo y del antibelarminismo. Estaban entornadas las maderas del
balcn, para que no se introdujese el ruido de la calle. Sentaron a
Belarmino muy cerca de un gran cortinn de velludo, color oro viejo.
Belarmino pareca sumido en completa insensibilidad, como amputado del
mundo de las cosas vivas. Si alguno le cuchicheaba al odo, l no se
daba por enterado. El Aligator, por su parte, atravesaba una de sus
crisis galvnicas y se estremeca convulso, dando ya por anticipado que
la experiencia iba a fracasar. El estudiantillo desenvuelto se acercaba
de cuando en cuando al cortinn, detrs del cual estaba apercibido el
fongrafo; abra una rendija, inmiscua la nariz, y se volva a decir:
Se va llenando el saln, ya est lleno, el filsofo sube al
estrado, monsieur Cleo de Merode va a comenzar su conferencia. Oyse
el carraspeo del fongrafo, precursor de la emisin de la palabra. El
estudiantillo avispado dijo:

--Murmullos de aprobacin.

Y a todo esto, Belarmino sin entrar en situacin, ausente en remotos
limbos del pensamiento.

Una voz metlica, ronquecina, nasal, gangosa, de beodo o de fongrafo,
rompi a decir: Est el que come ante el Diccionario, en el tole tole,
hasta el tas, tas, tas.

Belarmino, como si le hubieran aplicado una corriente elctrica, salt
sobre el asiento. Palideci mortalmente. En torno a los ojos se le abri
ancho y profundo foso de sombra; las pupilas se le desvariaron,
abrasadas y resplandecientes.

Prosegua la voz, en un curso homogneo, estridente, seguro, inexorable.
Belarmino, casi desfallecido sobre el asiento, en arrobo, cara al
cortinn, con los brazos abiertos, remedaba las imgenes de los santos
que recibieron la gracia de los estigmas. Jadeaba con desmayo y acopiaba
sus escasas fuerzas para suspirar de continuo: Claro, claro; qu duda
coge? Luego, con intermitencias, como un reloj arbitrario, produca
enrgicamente, al concluirse las frases del invisible conferenciante,
una a manera de rtmica onomatopeya: tris-tras, tris-tras, tris-tras.
Cuando la voz catarrosa e incorprea dijo, con la frialdad de una
sentencia fatdica: El sapo no factura la beligerancia, la inquisicin,
el pongo y quito de los comensales. El sapo rocia con capullos los
globos y zapadas de los comensales. El sapo prohija el tetraedros. El
sapo desnuda el tetraedro, Belarmino se oprimi las sienes con las
manos, ech hacia atrs la cabeza, sacudindola con insensato y
contenido entusiasmo, y murmur entre dientes, mordiendo las palabras:
Qu razn tiene! Qu razn tiene!

Termin la conferencia. Belarmino se hundi en una especie de marasmo o
abstraccin. El Aligator, triunfante, haca guios y visajes,
preguntando por seas a los otros qu les haba parecido la experiencia.
De los dems, la mayor parte se retorcan, ahogando la risa; algunos
enarcaban las cejas y fruncan el labio, remisos en aceptar el valor
probatorio de la anterior experiencia.

Belarmino se incorpor, con las brumas del ensueo desparramadas todava
en las pupilas.

--Y dicen ustedes--pregunt--que ese filsofo se llama Meo de Clerode?

--Asimismo; Meo de Clerode--respondi, con cara dura, el estudiantino
desenvuelto.

--Pues es un enormsimo sapo, mucho ms grande an que Salmern.

Y Belarmino volvi a su cuchitril, cabizbajo y abismado en
preocupaciones.

--Y ahora, qu dicen ustedes?--pregunt Escobar, en un arrebato
impropio de su natural modosidad.

--Que nos hemos redo la mar--respondi el estudiantillo desenvuelto.

--Esa es una contestacin festiva, y el asunto es serio--replic
severamente el Aligator.

--Sin duda--entr a decir un dentista apellidado Yage--, ese zapatero
sabe lo que dice y emplea siempre las mismas palabras para los mismos
objetos. Esto me parece plenamente probado. Pero se me ocurren dos
observaciones. Primera: lo que l dice, a su modo, tiene alguna
importancia; merece tomarse la pena de estudiar su idioma endemoniado,
para averiguar lo que dice? Segunda: caso que lo que dice es de
importancia, qu necesidad hay de inventar un idioma ininteligible para
expresarlo? Deseo que me responda a estas dos observaciones usted, seor
Escobar, que es persona _prita_.

--Respondo. En cuanto a lo primero, me remito a su juicio de usted. Dice
usted que yo soy una persona _prita_. Qu quiere usted dar a entender
con esta palabra?

--Hombre...--tartaje, turbado, el dentista--, eso la misma palabra lo
dice.... _Prito_ es el que conoce una cosa.

--Entonces, por qu no dice usted conocedor, como la mayor parte de las
personas?

--Hombre, me pone usted en un aprieto. _Prito_ es tambin el que conoce
mejor una clase de cosas. Yo soy _prito_ en odontologa....

--Entonces, por qu no dice usted especialista, como la mayor parte de
las personas?

--Me envuelve usted, en lugar de aclarar mis dudas. Yo he dicho _prito_
porque he querido dar a entender varias cosas con una sola palabra.

--Justamente, eso es lo que pretende Belarmino; dar a entender varias
cosas con una sola palabra. Y como las palabras que l saba nicamente
expresaban cada cual una cosa, ha inventado un nuevo idioma en que cada
palabra indica varias cosas, por lo menos la serie de cosas que
producen la cosa ms particularmente designada por cada palabra.

--Bien; pero no ha contestado an a mi primera observacin.

--All voy. Tengo ya reunido un nmero considerable de vocablos
belarminianos y entiendo algunas de sus sentencias. Por ejemplo: en la
conferencia de hoy, la frase est el que come ante el Diccionario, en
el tole tole, hasta el tas, tas, tas, significa: est el hombre ante
el universo, mientras vive, hasta que muere. Esta es la versin
literal.

--Bueno; pues esa frase es una perogrullada, y no merece la pena perder
el tiempo en estudiar el idioma del zapatero, para, en definitiva, venir
a averiguar eso. De manera que el diccionario es el universo? Y qu
necesidad hay de mudarle el nombre?

--Perfectamente. Ese es un reparo que cabe oponerlo a los ms grandes
filsofos. Un escritor francs, Stendhal, escribi que l se haba
fatigado con larga asiduidad en desentraar el sistema de Kant, para
hallar, al cabo, que no encerraba sino lo que todo el mundo sabe por
sentido comn. Y en cuanto a variar la acepcin usual de las palabras,
le dir a usted que todos los sistemas filosficos deben comenzar
necesariamente por esto. Usted cree saber al dedillo lo que significan
las palabras intuicin, idea, espritu, voluntad, extensin... no es
verdad?

--Desde luego, para satisfacer las necesidades de mi pensamiento.

--Pues bien; cada una de esas palabras tiene en los diferentes filsofos
un significado distinto y tal vez opuesto, y todo porque estos filsofos
queran, lo mismo que usted, satisfacer las necesidades de su
pensamiento.

--Saco en consecuencia que la filosofa no sirve para nada, como no sea
para remendar zapatos y andar mal vestido.

--Por lo menos, a Belarmino su filosofa le ha servido para ser un
santo. En esto estaremos todos conformes.

--Pues para hacerse uno santo--replic el dentista, con aire avieso,
pensando que la objecin que ahora se le haba ocurrido era
irrefutable--no es menester inventar un idioma distinto e ininteligible.

--Los santos--respondi el Aligator--, oralmente y en accin, hablan un
idioma distinto, que no entienden los que no son santos. Cada hombre que
es una cosa de veras, habla un idioma distinto, que no entiende el que
no es esa cosa, porque tienen alma distinta. El chaln habla su idioma,
el contrabandista el suyo, el suyo tambin el poltico, y el artista, y
el ferretero, y el soldado y el dentista. El mundo es como una gran
lonja, llena de sordos que aspiran a verificar sus transacciones; todos
gritan; hay un horrendo rebullicio; pero como no se oyen los unos a los
otros, no se concluye ningn trato.

Cuando hubo salido el Aligator, el estudiantillo travieso declar en
voz alta lo que todos pensaban para s:

--Ese hombre desarrapado est tan loco como el zapatero.

Pero en el aire quedaba flotando una verdad difusa y pesada: que Escobar
haba triunfado; que Belarmino hablaba un idioma inteligible para l y
un tanto para Escobar, y que uno y otro eran personas de especie
distinta y acaso de naturaleza superior.

A odos de Apolonio llegaron las nuevas de lo sucedido. La envidia es
clarividente; pero mira con vidrios de aumento. Apolonio valor
clarividentemente el suceso como un triunfo de Belarmino, pero dndole
proporciones desmedidas. Para Apolonio, aquello haba sido la
consagracin suprema de Belarmino como filsofo, y que de all al
acatamiento universal no haba ms que un paso. Apolonio paseaba,
nervioso y tremante, zapatera arriba, zapatera abajo, erguida la
cresta, amenazador continente, transido de funesta clera. No le faltaba
sino que le nacieran espolones. No poda resignarse a la humillacin.
Era imprescindible y apremiante demostrar al mundo que su cerebro
aventajaba en altitud al de Belarmino, como el cedro al hisopo. En esto
entr Novillo.

--Qu le ocurre a usted, amigo Apolonio? Parece usted febril.

--Don Anselmo, yo le digo: ya la ocasin es llegada que me cumpla como
amigo una promesa sagrada.

--A ver, a ver....

--En esta zapatera, y lo juro por mi dama, me prometi ust que hara
que me estrenasen el drama.

--Y sostengo la promesa. Pero es el caso que no ha venido ninguna
compaa dramtica.

--A pesar de los pesares, el tiempo corre que vuela. Ahora hay una aqu,
en Pilares.

--Cierto; pero es de zarzuela.--Novillo ya replicaba en verso.

Apolonio respondi que a l no le importaba. La cuestin era que le
estrenasen el drama. El seor Novillo, como presidente de la Junta de
abonados, lo poda exigir. Novillo prometi que lo exigira. Llev
consigo el mamotreto, debajo del brazo, y aquella noche, en un
entreacto, entre _El monaguillo_ y _Las campanadas_, fu al cuarto del
bufo Celemn, director y primer actor de la compaa, y le dijo, a
tiempo que le entregaba el manuscrito:

--Es preciso que se estrene esta obra. Los abonados lo exigimos. Es de
un autor de la localidad. Se trata de un drama, pero la compaa puede
representarlo lo mismo.

Celemn se qued con la obra para leerla y dar respuesta cumplida al
da siguiente. Espritu superficial, como todos los hombres consagrados
exclusivamente a dar que rer a los dems, Celemn vi al punto que la
obra, representada convenientemente en tono de farsa, sera el mayor
xito de risa. Al siguiente da dijo a Novillo que la obra se pondra
inmediatamente en ensayo.

Apolonio se hinch hasta un punto inverosmil e incompatible con la
elasticidad de la piel humana. Asista a los ensayos, como Dios a la
obra cotidiana y turbia de la creacin, con aparente inconsciencia.
Dejaba hacer a Celemn, como Dios deja hacer a los dspotas y tiranos,
sabiendo que la voluntad y autoridad de ellos son intiles, y que la
providencia, el designio providente del autor, reside dentro de cada uno
de los personajes que juegan el drama, a modo de ley fatal o ineluctable
norma de accin.

A todo esto, instigada por el malicioso Celemn, haba cundido por todo
Pilares la voz de que se correra la gran juerga el da del estreno. Y
lleg la sonada ocasin.

Muchedumbre de estudiantes estaban distribudos en localidades
estratgicas. Llevaban coronas de cebollas, ajos, puerros y otras
hortalizas de aroma desagradable y violento; dos lechuzas, varios
mucirlagos y otros avechuchos temerosos y repulsivos, a fin de arrojar
las coronas sobre el autor y soltar sobre la sala las nocturnas aves, en
la coyuntura propicia.

Los estudiantes haban determinado que lo ms divertido era fingir
grandes extremos de entusiasmo. Desde los primeros versos comenzaron a
aplaudir catastrficamente. Apolonio, entre bastidores, escuchando el
estruendo, se cerna serenamente sobre los aplausos, como Zeus olmpico
sobre los truenos.

El malicioso Celemn haba preparado varios trucos grotescos. Haba
vestido a los actores de mamarrachos, con percalinas chillonas. Cada vez
que sala uno, estallaba un escndalo de risas y palmoteos. En el acto
segundo haba un desafo entre el Seor de Oa y Estoiquiz, el tuerto,
Seor de Ordua. Celemn dispuso el desafo de manera que uno de los
combatientes diera la espalda al foro y el otro al pblico, y arregl,
por medio de ingenioso expediente, los calzones del que daba la espalda
al pblico, para que en un momento dado se le descosiesen por la parte
ms prominente y rotunda y dejasen al aire ciertas interioridades. Y as
fu. Cuando se abri el pantaln, reson un aplauso cerrado. En
hacindose el silencio, un escudero, que presenciaba el desafo, grit:

Aqu! Ayuda a mi Seor!
Traigan en seguida un mulo;
que se le est viendo el dolor,
a pesar del disimulo.

No pudo el escudero concluir la cuarteta, porque antes de acabar el
tercer verso, el coro de estudiantes interrumpi, ingiriendo un
consonante de su cosecha. A la segunda vez, el escudero dijo la
cuarteta de corrido.

Bien calcul el maligno Celemn lo que haba de ocurrir, y cmo la
caballeresca escena cambiaba de carcter y adquira torpe sentido con
slo disponer los combatientes en la forma antedicha y rasgar
oportunamente la trasera de unos gregescos! Las ms sublimes escenas de
Shakespeare se hubieran descompuesto en esta piedra de toque.

En el tercer acto, un personaje deca:

  Para conquistar a Ordua,
  aunque con gente bisoa,
  no falt al Seor de Oa
  sino el negro de una ua.

Insistentes aplausos obligaron a recitar media docena de veces la
anterior cuarteta, y despus requirieron al autor que saliese al
proscenio. Cuando Apolonio progresaba hacia las candilejas, doblando a
tiempo la espina, pero sin perder, no obstante, su maravillosa
prestancia y pontificia dignidad, una voz emiti clamorosa solicitud:
Que nos ensee el negro de la ua...! Truculentos aplausos. La voz
perteneca a un estudiante de veterinaria; pero Apolonio, sonriendo por
dentro con fruicin, pens: Eres Belarmino, el reptil. Bien conozco tu
silbo venenoso. Los aplausos efusivos que han asfixiado tu glosa
intempestiva, srvante de leccin y correctivo. Esta noche, el dolor de
mi triunfo te asesina. Murete, murete, miserable! Dgase, en honor
de la verdad, que en aquellos mismos instantes, Belarmino, el reptil,
practicaba peregrinos arpegios con su silbo, pero era en el lecho,
durmiendo y roncando a pierna suelta, a par de Xuantipa, y soando que
sostena un coloquio exquisito, sentados entrambos sobre las nubes, con
Meo de Clerode, el distinguido filsofo de Kenisberga.

Al concluir el drama, aclamaciones y ovaciones levantaban humo.
Apolonio, frente a la concha del apuntador, reciba el homenaje de la
multitud, henchido de vanagloria, pero indiferente en el gesto. Cayeron
a sus pies varias coronas de cebollas, ajos y puerros, adornadas con
cintas de colorines. l las recogi y acept, antes con resignada
benignidad que con solicitud y apresuramiento, figurndose, porque no se
haba dignado mirarlas detenidamente, que estaban formadas con
tubrculos de plantas odorferas. Y en este momento, los estudiantes
dieron suelta a las repulsivas aves nocturnas, las cuales, deslumbradas
con la luz del petrleo, revoloteaban de uno a otro lado, chocando en el
rostro de los espectadores. Inenarrable tremolina. Las seoras lanzaban
alaridos de parturienta; de parturienta, s; pues dos seoras, que se
hallaban encintas, abortaron; lo mismo que suceda con las tragedias de
Esquilo.

Apolonio, con aquella su portentosa ineptitud para percibir la realidad
externa, volvi a su casa convencido de que no haba habido, en los
anales de la dramaturgia, triunfo como el suyo. Ya en calzoncillos,
antes de sepultarse en el camastro, dijo entre s, fijando el dedo
ndice en medio de las cejas: El derrotero est trazado. De aqu en
adelante, mi ocupacin preferente ser dar forma potica a los dramas
que se agitan aqu. Consecuencia de tan hermosa determinacin: que
comenz a descuidar el negocio zapateril, a cumplir mal con la
clientela, a enajenrsela poco a poco, porque, acosado por las deudas, a
causa de las prdidas en el reidero de gallos, acosaba l a su vez a
los parroquianos, intentando en ocasiones, por descuido y olvido,
cobrarles dos veces la misma factura.

Fu por entonces cuando Martnez, antiguo oficial de Belarmino, abri,
en la Ra Ruera, hacia la cual parecan sentir querencia todos los
zapateros, un establecimiento de calzado mecnico, La Solidez, con
gnero de Mallorca, de Almansa, de Barcelona, y anunciaba una remesa de
los Estados Unidos.

Apolonio consideraba un par de botas como una obra de arte, no de otra
suerte que los prncipes del Renacimiento consideraban un libro como una
obra de arte. Para aquellos exigentes catadores de Belleza, un libro,
aunque en sus partes secundarias se emplease con tiento el troquel,
deba estar escrito a mano, aforrado en telas ricas y sellado con
joyeles a guisa de broches. Para Apolonio, un par de botas, aunque la
mquina interviniese en algunas costuras accesorias, deba estar, en sus
articulaciones esenciales, cosido a mano. Cuando los emisarios del
cardenal Besarin vieron en casa de Constantino Lascaris el primer libro
impreso, burlronse riendo de la estpida invencin, y dijeron: Entre
los brbaros tena que nacer la ocurrencia, y en una villa de Alemania.
Federico de Urbino se hubiera cubierto de rubor y vergenza si poseyese
un libro tan feo como ste. Cuando Apolonio vi el primer par de
calzado yanqui, exclam: Esta es invencin de salvajes. Prefiero la
alpargata, que al menos est hecha a mano. Esa nueva tienda debe
llamarse _La Estolidez_, en lugar de _La Solidez_. Y aventur esta
profeca, que hasta ahora ha resultado vlida: La base de la zapatera
de lujo es y ser siempre el cosido a mano. Pero no se le ocultaba a
Apolonio que La Solidez o Estolidez le amenazaba con una
competencia, quiz ruinosa.

Martnez llenaba las planas de los peridicos con llamativos reclamos,
cosa que Apolonio consideraba indigna del arte verdadero. Adems,
Martnez, que representaba la ciencia pura y la aplicada, haba
inventado una crema para dar lustre, la crema Zenitram, anagrama
obtenido con el apellido del inventor, colocando en orden inverso las
letras. En uno de sus reclamos periodsticos, el dueo de La Solidez
anunciaba: Todas las cremas conocidas hasta el da estn compuestas
conforme a las frmulas siguientes:

  Aceite de ballena, blanco o rubio..    45     partes.
  Aceite de linaza ..................    30        
  Sebo ..............................    20        
  Materia colorante .................     3 a 5    
  Cera blanca .......................     2        
  Alcohol ...........................     2        

Y daba hasta otras ocho frmulas. Prosegua: En el establecimiento _La
Solidez_, del conocido industrial Claudio Martnez, hay quinientas
pesetas, quinientas pesetas!, a la disposicin de quien demuestre que
alguna de las cremas conocidas en el mercado no estn compuestas
conforme a ninguna de las frmulas anteriores, y otras quinientas,
mil!, a quien pruebe que la _crema Zenitram_ no es distinta ni superior
a las otras cremas. Con la _crema Zenitram_, el calzado se mantiene
fresco y lucido eternamente. Invitamos a los competidores a que ganen
las mil pesetas rebatiendo nuestro aserto.

Un da entr la duquesa de Somavia en la zapatera de Apolonio, y le
habl as, reservadamente:

--En la carta que mi hermano Deusdedit me escribi antes de morir, y ya
hace de esto nueve aos, me deca que eras un ganso. No aprietes las
cejas.... Ya s que eres un artista; pero eso no impide que seas tambin
un ganso. Mira, Apolonio; vivimos en tiempos de negociantes, y no de
artes ni de filosofas; en tiempo de Martineces, y no de Apolonios y
Belarminos. Belarmino, ah est de remendn. S, por fuente fidedigna,
que vas mal. A ti te pasar lo que a Belarmino, si no afilas la ua y te
sacudes la mangana y la sandez. Soy amiga del hablar claro. Despierta o,
desde luego, te auguro que terminaris, Belarmino y t, en un asilo de
caridad.




CAPTULO VI.

EL DRAMA Y LA FILOSOFA.


Es tradicin milenaria que en el equinoccio de septiembre el serfico y
mansueto pastor San Francisco se siente malhumorado por una vez;
descese el cordn, lo blande sobre el cielo a guisa de honda, acuden
los rebaos de nubes, revientan los odres donde se guardan los vientos,
rmpense las esclusas de las aguas celestes, se embravecen los mares,
zozobran las barcas pescadoras, huyen las aves trashumantes, corren las
bestias a sus cubiles, guarcense los hombres en el hogar y el corazn
se empapa en una tristeza que es como el llanto de las cosas
perecederas.

Llevaba ya lloviendo un cuarto de luna. Entre el bosque innumerable de
menudos y apretados chorros de agua, desde la tierra al cielo, y cuya
tupida y abovedada ramazn eran las nubes grises y crdenas, el
tembloroso lamento de las campanas basilicales se extraviaba y
desfalleca.

Era un domingo, noche ya. Apolonio mensuraba la longitud y la latitud
del comedor, paseando y sollozando el Spirto gentil, de _La favorita_.
Con el mpetu ascendente del musical deliquio, las pupilas haban subido
a escondrsele detrs de las bambalinas de los prpados superiores;
mostraba unos ojos blancos como los de las estatuas antiguas, y el alma
en blanco tambin, al modo de pgina virginal que espera recibir con
trazo indeleble los conceptos ms sublimes. Apolonio, en aquellos
instantes, flotaba sobre la tristeza del mundo y sobre las nubes
luctuosas, como el espritu melodioso de Jehov sobre el caos primieval.

--Seorito, que las alubias se pasan--rezong con acritud la asistenta,
asomando el morro por una puerta--. Son ya las diez de la noche.

--Qu habla usted ah, incivil criatura?--replic Apolonio, con
sobresalto.

--Digo que son las diez, y que si se cena hoy....

--No se cena hasta que no venga don Pedrito.

--Pero es que don Pedrito no cena hoy en casa.

--Quin se lo ha dicho a usted?

--Mira qu caracho, l mismo; y ainda mais le dej a ust una carta.

--Una carta? Dnde est esa carta?

--Delante de sus mesmas narices, en la mesa y sobre su plato.

Apolonio ley la carta. Deca: Padre, perdn. No he nacido para cura.
Me voy con la mujer a quien adoro. Nos casaremos, y confo que, _a
pesar de todo_, usted bendecir nuestra unin.--_Pedro_.

Y ahora s que Apolonio qued como una estatua, no ya en los ojos, sino
en todos sus miembros, y con el alma plida y vaca. Cuando al fin le
volvi la sangre a circular, dijo a la fmula:

--No se cena hoy. T puedes marchar ya a tu casa. Dame el impermeable.

Se dirigi a casa de la duquesa de Somavia, que haba vuelto el da
anterior a Pilares, huyendo de la inclemencia, melancola y tedio de la
aldea. Llevaba la carta en la mano, sin protegerla de la lluvia.

--Qu te sucede, Apolonio?--pregunt la duquesa, alarmada ante aquel
hombre como de piedra--. La catstrofe, la quiebra, el embargo? Me lo
presuma.

--Pluguiera a Dios!--murmur cavernoso Apolonio. Y tendi la carta.

--Chico, este papel es una sopa. Se ha corrido la letra y no puedo leer.

--Pluguiera a Dios cegarme, antes de haberla yo ledo! Pero ya, qu he
de hacer? Ah! Resignarme y perdonar la mano que me ha herido. Apurar
esta copa hasta las heces, y leer la carta por dos veces.

Y ley la carta a la duquesa. En el fondo, tan en el fondo que ni l
mismo se daba cuenta, Apolonio se senta orgullossimo, creyndose en
aquellos momentos un personaje trgico de verdad e imaginando inspirar a
la duquesa fuerte inters pattico.

--Bah! Tem, al verte, que se trataba de algo grave. Sintate. Aunque
hay que resolver de prisa, para resolver de prisa hay que pensar
despacio. Sintate.

Sintate; que fu lo que le dijo Napolen a la reina de Prusia, en
ocasin que la soberana, por conseguir un tratado menos infamante, quiso
conmover al corso, representndole una escena dolorosa y teatral.

Bien saba Apolonio que la tragedia exige hablar en pie y con coturno.
Al sentarse, comprendi que estaba peor que en ridculo, humillado, como
un dolo al que derriban. Dej caer la cabeza, vergonzoso.

--Vamos por partes. T, de seguro, no sabes quin es la mujer a quien
adora el desmandado don Pedrito.--Apolonio deneg con la cabeza.--Qu
has de saber t, si no vives en la tierra? Ni sospecha tendrs.--Nueva
denegacin.--Pues chico, te lo voy a decir yo: es la hija de Belarmino.

--Eso no, eso no! Antes la muerte--rugi Apolonio, ponindose en pie,
ahora realmente enfurecido--.Yo ya estaba dispuesto a perdonar, a
bendecir. Hasta pensaba en los nietecitos.... Pero eso, jams!

--A buena parte vas.... Que ya pensabas en los nietos, en seguida te lo
cal. Pero, sintate. Claro que no sabes ni sospechas cmo, cundo, a
qu hora y por dnde se han fugado, ni se te ocurre el medio de
averiguarlo.--Denegacin muda.--De modo que yo soy quien tengo que
hacerlo todo. Discurramos con calma. Que Angustias es la raptada, no me
cabe duda. S que al pcaro don Pedrito le gustaba la nia, que se vean
a menudo en vacaciones, y hasta que le escriba desde el Seminario;
pero, la verdad, no cre que iba a perder el sentido hasta ese punto.
Cosas de chicos! Quin les pudo ayudar en la fuga? A m no se me
ocurre sino una persona: Felicita, la Consumida.

--Infame alcahueta!

--No digas palabras malsonantes. Eso de la alcahuetera es cosa muy
relativa. Todas las mujeres, en llegando a cierta edad, si son amorosas
todava, como no estn en sazn de que las amen y ellas no aciertan a
vivir sino en la atmsfera del amor, se perecen por proteger y concertar
amores ajenos. Es una debilidad disculpable, y ms en el caso de
Felicita, que, aunque acecinada, ama, la aman, pero no se le logra la
satisfaccin de sus deseos. Angustias iba a cada paso de visita a casa
de la solterona, y, si no iba, la solterona enviaba a buscarla. Es
pblico en la calle. Tu hijo iba de visita a casa de la solterona.
Tampoco sabas eso?--Negativa muda.--Pues, tame esos cabos. La idea de
la fuga ha sido inspirada, alentada y en resolucin favorecida por la
solterona. Ella lo sabe todo. Cmo sacrselo? Antes de responder, es
preciso que declares cul es tu propsito y voluntad. Si te avienes con
lo ocurrido, y consientes en el matrimonio.

--Jams! Jams! Jams!--interrumpi Apolonio, ponindose en pie.

--Sintate, hombre, sintate. Soy de tu opinin. El alocado don Pedrito
tiene por delante un hermoso porvenir. Sera una estupidez echarlo a
rodar de esa manera. Qu iba a hacer l, sin oficio ni beneficio,
casado con una pitusa, hija de un remendn que no tiene sobre qu caerse
muerto? Yo no podra aprobar semejante desatino. Queda la cuestin de
conciencia, la moral. Yo me ro de lo que la gente suele entender por
moral. Eso de la moral debe de ser cosa de herencia, como la escrfula y
el herpetismo; yo, por ms que me palpo, no encuentro haber recibido con
la sangre de mis antepasados esa moral gazmoa de que otros hacen gala.
Reconozco que la chica va a quedar en situacin molesta por algn
tiempo, ante los ojos de la gente. Pero vendr el olvido, y vendr muy
pronto. El tiempo borra ms de prisa los surcos de la memoria que las
cicatrices de la carne. Si vamos a medir con cuidado, ms pierde tu hijo
en su reputacin que la hija de Belarmino en la suya. Pero existe una
consideracin, de la cual debemos hacernos cargo. Impidiendo el
matrimonio, decretamos que Angustias sea una desgraciada? Yo digo que
no; eso es pan de todos los das. Sobre todo, si es desgraciada ser por
culpa suya, por no tomar la cosa naturalmente. Pero, aun as y todo,
estoy convencida que mucho ms desgraciada sera casndose en tales
circunstancias, y que dira infinitas ms veces: por qu me habr
casado?, de las que ha de decir: por qu estorbaron que me casase?
Con eso, mi conciencia se queda tranquila, y no tengo inconveniente en
desbaratar ese desatentado casorio. Ahora vamos a sacar a Felicita
todas las noticias necesarias. Hemos discurrido despacio, y es ya tiempo
de proceder de prisa.

La duquesa tir de un cordn de la campanilla y moviliz la servidumbre.
A un criado le orden que enganchasen al punto el land, para ir de
jornada, quiz toda la noche; a otro le envi a la fonda del seor
Novillo a buscarle, que viniese apercibido con saco de viaje, a fin de
ponerse sin dilacin en camino (la duquesa saba que Novillo era hombre
intil si no llevaba consigo los tintes y adobes de tocador); a Patn le
dijo que se vistiese; a otro criado le pidi recado de escribir, y en
escribiendo una esquela sucinta (deca: Muy seora ma: por informes
indubitables y reservados, s que no es usted ajena a la fuga de Pedrito
Caramanzana y la hija de Belarmino. Don Anselmo Novillo sale ahora mismo
a la captura de los prfugos. No dudamos que usted nos proporcionar los
detalles imprescindibles. Si usted, debido a otras preocupaciones, no
recordase estos pormenores que necesitarnos, tendremos sumo gusto en
requerir al juzgado para que, sin prdida de momento, le refresque a
usted la memoria. Suya afectsima, _Beatriz, duquesa de Somavia_), le
despach con la misiva a casa de Felicita. Este criado volvi antes que
ningn otro, con la respuesta. Estaba escrita con letra vacilante y
temblona, y rezaba: Ilustre seora: Pedrito y Augustias salieron en un
coche para Inhiesta, a las cinco de la tarde de hoy. Se idolatran.
Quieren casarse. Yo cre ejecutar una accin generosa ayudndoles.
Llevan cincuenta duros que les prest; y no es que los reclame.
Perdnelos y perdneme, si nos equivocamos, por haber amado tanto. Su
sierva, _Felicita Quemada_.

--Qu ta chiflada!--exclam la duquesa--.Ese Cupido es el gran
enredador. Si yo pudiese, haca con l lo que se hace con los gatos y
con los bueyes....--Y solt un ajo enrgico.

Lleg Novillo cuando la duquesa se hallaba en aquella disposicin
antitaurina y antiamorosa; lleg el criado anunciando que el coche
estaba dispuesto; lleg Patn, vestido de jornada, con botas altas y
capote.

--Qu dispone mi seora?--pregunt Novillo, inclinndose
ceremoniosamente, en la mano un saquito que contena impenetrables
secretos de alquimia cosmtica.

--Que qu dispongo? Estaba diciendo que si de m dependiera, dispondra
que no hubiese ms novillos y todos fuesen bueyes; son ms tiles a la
agricultura. No pongas en vibracin el hocico. No haba reparado que te
apellidas Novillo. No se trata de una alusin personal, sino de una
apreciacin de orden general. T eres un novillo inofensivo y adorable.
Y ahora, en marcha a Inhiesta.

Iris, Apolonio, como padre, y Novillo, en representacin de mi
autoridad. Como el don Pedrito es mozo de empuje y ms fuerte que
vosotros dos, y adems, se hallar demasiado encalabrinado y consentido
para que le separen del pesebre cuando apenas se ha acercado a l, con
vosotros va Patn, que es ms bruto que un mulo, y le sujetar si se
desmanda. Conque derechos a Inhiesta, y me trais aqu al fugitivo; yo
le tendr a buen recaudo los pocos das que restan hasta que comience el
curso en el Seminario. Y, cuidado, Apolonio; nada de amonestaciones ni
reprimendas. Eso me toca a m. Andando, antes que los fugitivos tomen el
tren que pasa maana por Inhiesta.

Parti la cuadrilla, como dispuso la duquesa. Llova, llova. En el
pescante iban el cochero y Patn. Dentro, Novillo y Apolonio, tiesos,
sin cambiar palabra, como dos fetiches llevados a extender el culto a
nuevos territorios. As transcurri una hora; una hora prolongada,
estirada, adelgazada en una hebra interminable y perezosa, como si
estuviese hilada con ritmo lentsimo por las yemas de unos dedos rgidos
y entumecidos: los cascabeles de las yeguas. Tras, tras, tras, sonaban
los cascabeles, con lento giro, consumiendo en forma de hilo moroso la
abultada y sucia madeja de las horas nocturnas, que forzosamente haba
que hilar y devanar.

Despus de lo que Apolonio calcul como una eternidad de silencio, se
atrevi a decir:

--No conozco la topografa de la provincia, porque no soy indgena.
Ignoro a que distancia est Inhiesta.

Novillo sac el reloj y encendi un mixto.

--Son las doce. Llegaremos a Inhiesta a las siete de la maana.

--Tan lejos.... Pues es cosa que nos acomodemos para descabezar un sueo.

--Estoy inquieto, amigo Apolonio. La humedad y el fro me sientan
malsimamente. He olvidado traer una manta de viaje. Pero, qu le hemos
de hacer? Procuremos dormir.

Novillo, a tientas, abri el maletn; extrajo de l un tarro que haba
sido de aceitunas y que estaba lleno de agua clara; se sac con disimulo
la dentadura postiza y la meti en el tarro. No poda dormirse con
aquellos dientes ajenos, porque le mordan, a pesar suyo, la lengua,
como si el antiguo propietario viniese, a favor de las tinieblas del
sueo, a vengarse del macabro usufructo. Es decir, Novillo se figuraba
que, as como los pelos de su peluqun pertenecan, sin duda, a un
difunto, que otro tanto aconteca con los dientes. A veces, bajo el
influjo de una gran contrariedad, o acongojado por la timidez amorosa,
estaba cierto, puesto que reciba la sensacin, de que se le erizaban
los cabellos del peluqun. Qu poda ser esto, sino que el espritu del
difunto montaba en clera contra el profanador de sus restos mortales?
Pero Novillo, con nimo decidido y corazn entero, afrontaba estas
escalofriantes escaramuzas con lo sobrenatural y suprasensible, con tal
de no aparecer calvo y desdentado a los ojos de Felicita.

Despojse Novillo tambin del peluqun; extendi por la cara un
Ungento pompeyano, para preservar la piel sin arrugas, y se dispuso a
dormitar. Adormilronse Apolonio y Novillo sobre el traqueteo y el
cascabeleo. Despertles un silencio, como si de un tirn les hubiesen
arrancado la almohada.

--Qu pasa, que se ha parado el coche?--preguntaron entrambos a la vez,
y tendieron el odo.

--Quin eres, chacho?--gritaba el cochero.

--Soy Celesto, el zagal de Cachn--respondi una voz. Este Celesto haba
sido oficial de Belarmino aos atrs.

--De dnde vienes, hom?

--De Inhiesta.

--A quin llevaste?

--A dos amigos mos.

--Puede saberse quines son?

--No se puede saber. Conque adis, y arrea palante.

Y oyse un revuelo de cascabeles, que se dividan en dos bandadas, y
cada cual volaba en direccin opuesta. Novillo y Apolonio recobraron la
almohada de ruidos y vaivenes, y se adormecieron de nuevo. El primero en
despertar fu Novillo. La luz de la maana se deslea ya en el agua
turbia de la lluvia. Novillo, antes que Apolonio despertase, retrajo a
su lugar correspondiente las apcrifas excrecencias capilares y seas.
Un escalofro se le difundi entre cuero y carne: Malo--pens--; he
cogido un resfriado. Tanto como me afectan.... Estornud, y al ruido del
estornudo Apolonio abri los ojos.

Llegaron a Inhiesta a las ocho de la maana, y detuvieron el carruaje en
la nica posada del pueblo.

--Esos palomos estarn en lo mejor del sueo--dijo Novillo--. Se me
parte el corazn, considerando que tengo que cortar un idilio en flor.
Pero yo no soy la voluntad; soy el brazo que ejecuta. Hay que concluir
cuanto antes y volver a Pilares sin tardanza. Yo acabo de atrapar un
resfriado y no quiero que pase a mayores.

Una criada de la hospedera, acompaada de Patn, subi al cuarto de los
novios. Llam en la puerta con los nudillos.

--Quin va?--pregunt el seminarista.

--Seorito; alguien le espera abajo.

--Que espere; yo no bajo.

La criada insisti. Despus de un rato, el seminarista, a medio vestir,
sali a la puerta, a fin de despedir airadamente a la criada. Patn lo
trinc, le tap la boca, y, en vilo, lo baj y lo meti en el coche.
Novillo pag la cuenta a la posadera; y no hubo ms. Arriba esperaba
Angustias. Apolonio no quera pensar en ella. Novillo, con su resfriado,
no poda pensar en ella.

A las cinco de la tarde, la cuadrilla cazadora, con el cautivo, estaban
de vuelta en el palacio de Somavia. Novillo fu derecho a su fonda, con
un fuerte dolor de costado. La duquesa hizo encerrar al seminarista,
dicindole previamente con cierto dejo irnico:

--Aqu te estars a buen recaudo, hasta que comience el curso. Medita,
hijo, medita, en quietud y a la sombra, la burrada que ibas a cometer,
dejando el servicio de Dios y su pinge soldada, por el servicio de una
criatura mortal, hija de un zapatero remendn, que ni t ni ella tenis
para llevaros un mendrugo a la boca.

Don Pedrito, deshecho en amargura, se atrevi a murmurar:

--Pero en el Seminario no querrn admitirme.

Vaya con el monigote--pens la duquesa--. Eso no se me haba ocurrido a
m. Que no te admitirn? Te admitirn, o yo no soy Beatriz Valdedulla.
Avis que no desenganchasen el coche, y se hizo conducir al palacio
episcopal. Al llegar la duquesa a la portalada, sala el Padre Alesn.
Esos mastuerzos se me han adelantado.

Se le haban, en efecto, adelantado los Padres dominicos, a cuya Orden
perteneca el obispo.

--Pero a m no se me encoge el ombligo--murmur en voz audible la
duquesa, segn suba las escaleras, par a par de un familiar de Su
Ilustrsima, clrigo bisoo y doliente, el cual, oyendo esta expresin
extraa y para l inexplicable, fu vctima de un ataque de turbacin
tan intenso, que tropez en un peldao y a poco cae de bruces.

Qu habr pasado aqu? De qu talante encontrar a ese Facundo, tan
estrecho, el infeliz, de mollera?

Angustias, al huir, no atrevindose a dejar cuenta de s a Xuantipa, por
temor, ni a Belarmino, por amor, haba usado de subterfugio y largo
rodeo, adoctrinada por Felicita. El da de la fuga, Angustias dijo a
Belarmino y Xuantipa que cenara con la solterona y se quedara en su
casa a dormir, como otras noches. A la maana siguiente, el Padre
Alesn, sin saber cmo ni de dnde, reciba un annimo, escrito en
caracteres que simulaban letra de imprenta. El annimo era creacin
literaria de Felicita; pintaba, con recargada sensiblera, los amores
desgraciados de don Pedrito y Angustias, hasta el instante en que la
pasin avasalladora les arrebataba en un torbellino y les impela al
rapto; refera que unos perseguidores desalmados iban a los alcances de
los amantes evadidos, con propsito de destruir su felicidad; esbozaba,
con trazos al carbn, el cuadro venidero de una doncella sin honor, de
todos despreciada, y de un sacerdote indigno, caso que no se les
permitiese casarse; y, por eplogo, suplicaba de los Padre dominicos y
de los marqueses de San Madrigal que intercediesen con el obispo, con el
cual tenan notorio metimiento, para que obligase al descarriado
seminarista a cumplir como hombre cabal con la chica. Un sacudimiento
vertiginoso y profundo, a modo de terremoto, recorri la vasta humanidad
del Padre Alesn. Angustias era algo de la casa; viva a la sombra de la
robusta Orden dominicana, como las rosas a la sombra de los cipreses, en
los claustros conventuales. Las rdenes religiosas conservan la
clausura, ese fuero interno de paz egosta, muro defensivo, inexpugnable
fortaleza; gozaron un tiempo el sagrado derecho de asilo, que era como
el foso exterior de la clausura, universalmente respetado, y no se
resignan a reconocer que lo han perdido, que ya no son inviolables
cuantos se acogen a su proteccin y amparo. Para el Padre Alesn no
tanto haba sido raptada Angustias cuanto la Orden de Santo Domingo; y,
ms sealadamente, los miembros de la residencia pilarense haban sido
violados y escarnecidos. Se impona la justa sancin, la reparacin
adecuada, que no poda ser otra sino que don Pedrito perdiera la carrera
y se casase con Angustias. El voluminoso dominico, con el annimo de
manifiesto, fu a ver a don Restituto y doa Basilisa, que, en su
sentir, tambin haban padecido una pequea violacin. Los seores de
Neira haban hecho poderosas ddivas a la dicesis, y el obispo les
estaba obligado. De comn acuerdo, el matrimonio y el fraile
determinaron pedir al obispo, con humildad, pero con energa, que
obligase al seminarista a cumplir la ley de Dios y la ley de los
hombres. Hasta la hora de comer, Belarmino y Xuantipa no supieron nada
de la fuga. Xuantipa, que se haba convertido en una beata rabiosa,
vena de pasar tres horas en la iglesia de San Tirso. El Padre Alesn
les cont el suceso y les infundi esperanza en el desenlace feliz.
Belarmino se llev las manos al corazn, dobl la cabeza y solloz.
Xuantipa, con alegra diablica en el semblante, di libertad a la hiel
que tena almacenada:

--La hija del pecado vuelve al pecado, que es su elemento. A m tanto se
me da que se case como que no se case. Es ms: digo que Dios no querr
que se case.

--Calla, lengua de escorpin--dijo, irritado, el fraile--. De qu te
aprovecha la frecuentacin del templo?

--Aprovchame--respondi Xuantipa, descarada--para conocer la justicia
de Dios.

--Aviados estaramos--replic el fraile--si los fallos divinos se
ajustasen a tu jurisprudencia.

Esto de la jurisprudencia fu como una losa de plomo que cayese sobre la
lengua de Xuantipa.

Por la tarde, el Padre Alesn visit a Su Ilustrsima. El obispo se
mostr en todo conforme con el dictamen de su hermano en religin. El
fraile sali radiante. Cuando l sala, la duquesa entraba.

--A qu debo el honor de ver a mi seora la duquesa por esta humilde
casa?--dijo el obispo, con galantera, haciendo un paso de pavana, que
le sentaba muy mal.

--Por lo pronto, que se retire este joven cacoquimio, que no quiero
testigos de vista--dijo, nerviosa, la duquesa, sealando al tmido y
doliente familiar.

--Manoln, ausntate. Y ahora, a qu debo en esta humilde casa....?

--Djate de resabios de fraile y lugares comunes. Qu hablas ah de
humilde casa, si es una de las mejores de la ciudad?

--Bien, pero la humildad la habita.

--Eso lo veremos bien pronto.

--A qu debo la honra...?

--Y t lo preguntas? No lo adivinas? Pues debieras saberlo, puesto que
acaba de salir de aqu ese cachalote....

--No sea usted cruel, seora; el pobre Manoln un cachalote....

--No te hagas ms tonto de lo que eres; me refiero al Padre Alesn.

--Ah!

--Ah! Te has quedado boquiabierto. Pues yo vengo a lo mismo que el
fraile. Qu habis hablado?

--Seora, no olvido mi pasado, mi niez. En lo que yo pueda servirla,
como hombre, la servir. Como pastor, como prelado, cumplir con mi
deber, con entera independencia. Si usted me pregunta cosas de mi vida,
le responder; si cosas de mi ministerio, me ver obligado a desairarla,
y la culpa no es ma.

--Pide el bculo y dame cuatro palos; ya no te falta ms que eso. Pastor
naciste y pastor eres, gracias a quin?

--Al duque, su esposo; no lo niego.

--Como pastor te conduces, y todos, al parecer, para ti somos borregos.
No quieres decirme lo que has hablado con el fraile? Te lo dir yo, que
a m no me duelen prendas, Facundo. Habis hablado de don Pedrito y
Angustias. Queris casarlos. Qu monstruosidad, qu aberracin,
qu...--y solt un ajo mondo, lirondo y sonoro--. Lo que no podrs
negarte es a darme razones.

--Mi seora duquesa: las razones son clarsimas. De una parte, ese
mancebo ya no est en condiciones de ser un buen sacerdote. De otra
parte, una muchacha honesta ha sido seducida, deshonrada, ha perdido su
virginidad, y el que se la arrebat debe devolverle la honra.

--Voy a contestarte por lo ltimo, que es lo que me hace ms gracia.
Qu risa! Hablas de la virginidad como los nios hablan de las hadas o
como las personas mayores hablan de tesoros escondidos. T que eres un
sabio naturalista, qu me dices de la virginidad de los insectos? Qu
me dices de la virginidad del _draco furibundus_? No se llama as?

--No se trata de insectos, sino de cristianos.

--Ay, Facundo! T, como vives en las Batuecas, no te has enterado de
que el mismo valor tiene la virginidad entre cristianos que entre
insectos.

--Ave Mara Pursima! No desvare, seora.

--Afirmas que a esa muchacha le ha sido arrebatada la virginidad. Lo
juraras? La has examinado t, antes del rapto? Has presenciado el
despojo?

--Calle, calle, seora; se lo ruego.

--Qu he de callar.... Me gustan las cosas claras. Es que la verdad te
asusta?

La duquesa aguard. El obispo no supo qu contestar. Comenzaba la dama a
dominar al prelado. La tctica era la de siempre; aturdirlo,
aturullarlo. Fray Facundo miraba a la seora, con pupilas recelosas y
enconadas, resuelto a no entregarse.

--Quin ha empleado primero esa palabra? Has sido t o he sido yo? T
has dicho que a esa chica le haba sido arrebatada la virginidad. Y lo
has dicho con tanto aplomo y firmeza como si hablases de un timador a
quien hubieses visto robando la cartera a un transeunte. Y si resultase
que no hay tal timador ni tal robo, sino dos amigos, y que uno, del todo
libre y con la mejor voluntad, le da la cartera al otro? No se te ha
ocurrido esto?

--Se me ha ocurrido, seora, lo que se le habr ocurrido a toda persona
pura y religiosa: que se han ido solos un hombre y una mujer, y que, en
consecuencia, el hombre ha deshonrado a la mujer.

--Los que la deshonris sois vosotros, las personas puras y religiosas.
De manera que vuestra pureza se acredita mediante la facilidad con que
inventis actos impuros; vuestra religiosidad se cifra en la aptitud
maliciosa para imaginar el pecado. Qu grosero materialismo! Qu
cabeza tan atormentadas y lbricas debis de tener las personas puras y
religiosas! Parecer uno de esos reservados que hay en las barracas de
feria, con figuras de cera, para hombres solos. De manera que en vuestra
cabeza no tiene cabida la idea de que un hombre y una mujer viajen
juntos muy limpiamente y muy decorosamente. Ya me librar de que me
acompaes t en un viaje. Qu horror!... Te estoy viendo como un
stiro....

--Seora duquesa...--suplic el prelado, casi con lgrimas en los ojos.

--No te atortoles, Facundo. He ido demasiado lejos; pero era en chanza.
Ya s que se te puede dejar impunemente en el serrallo del Gran Turco o
en el coro de las once mil vrgenes. Vamos al grano. Quiero concederte
que esa chica ha sufrido cierta modificacin, y que despus del viaje no
es la misma que antes del viaje. Pero, hombre de Dios!... Esa es una
modificacin insignificante. Si le hubieran cortado el pelo se le
notara ms. Y luego, y es por lo que no paso, a esa ligera modificacin
la llamas deshonra Qu exageracin y qu absurdo! Mis antepasados
posean el derecho de pernada, y aquellas doncellas sobre las cuales
ejercan el derecho lo tenan a mucha honra. Y tus antepasados, quiero
decir los obispos de entonces, sancionaban aquel derecho, sin
escandalizarse ni hacer melindres.

Fray Facundo se tap los odos y exclam en un arranque de coraje:

--Con todo respeto, seora duquesa.... Yo no puedo or tales cosas....

Aguard la seora a que el obispo descubriese las orejas, y dijo:

--No me vengas, Facundo, con escrpulos de monja. Si no quieres orme,
rebteme con razones sensatas, y yo me callar. De lo contrario, tendr
que pensar que eres un estpido o que ests obcecado.

--Seora: reconozco que usted es mucho ms lista que yo y que pone las
cosas de manera que no acierto a responder; pero, como la respeto y la
estimo, estoy seguro que usted, en su conciencia, reconoce que yo tengo
razn y que usted defiende, con mucha habilidad, una mala causa.

--Adis con la colorada! Zahor me saliste, Facundo. Chico, no he
venido a que me echases las cartas y me adivinases el pensamiento. He
venido, yelo bien, a impedir ese matrimonio. Por todos los medios; por
las malas, si no lo logro por las buenas.

--Por las malas, seora? Qu puede temer un siervo de Dios?

--Si t fueras solamente un siervo de Dios, quizs no tendras nada que
temer. Pero eres tambin siervo de tu vanidad y de tu ambicin, y por lo
tanto, eres siervo de los dems, sobre todo de mi marido y mo.

La duquesa esperaba ver inquietarse a fray Facundo; por el contrario, el
obispo respondi con calma:

--Es verdad; siervo, esclavo, en tanto no se me ordene algo contra mi
conciencia.

--Quieres que tu sobrino salga diputado. Eso no va contra tu conciencia.
Pues no saldr. Y agrrate bien la mitra, que corre peligro de carsete,
o, si te parece mejor, te enviaremos a que la escondas en la Repblica
de Andorra, o en una dicesis _in partibus_, en donde estars como
Quevedo, o como el alma de Garibay.

La duquesa llevaba la de perder, habiendo perdido ya la serenidad.

--No concibo que la seora duquesa sea capaz de tomar esa venganza
mezquina, mxime cuando al negarme ahora a complacerla, estoy evitando
que la seora duquesa se haga responsable de una accin indigna.

--Chico, te desconozco. Me has atacado ahora por el punto vulnerable.
Tienes razn. Yo sera incapaz de tomar una venganza mezquina; mezquina
por lo que a m respecta, que, en lo que te atae, t no la
considerarlas mezquina. Tambin creo que siempre que est en tu mano te
tomas la venganza. Yo no. En eso nos diferenciamos los nobles de los que
no lo son. Pero no tienes razn en calificar de accin indigna el
impedir ese matrimonio. Lo he pensado bien. Es lo ms conveniente, para
l y para ella, que el matrimonio no se realice. Es lo ms conveniente
en todos los sentidos, incluso el religioso. Dijiste al principio que el
muchacho ya no est en condiciones de ser un buen sacerdote. En eso
ests equivocado. Ahora s que est en condiciones; ahora, que ha
gustado el dulzor y el dolor de la vida. Dios prefiere a los pecadores
arrepentidos. Recuerda a San Pablo, a San Agustn. Quin te dice que,
cooperando a ese matrimonio disparatado, no destruyes en germen un
futuro padre de la Iglesia? Y ahora se me viene a las mientes una gran
idea. No podramos meter a la chica en un convento? Qu solucin tan
santa daramos al conflicto!... En tu mano est, Facundo, un gran
beneficio o un gran dao. Decide.

--Qu gusto me da, seora duquesa, orle razones que yo entiendo. Me
hace usted vacilar....

El prelado permaneci pensativo. La duquesa dijo entre s: Esta pieza
est cobrada. Cuidado que me di guerra. La amenaza fu el baln que le
hiri en mitad de la pechuga. El prelado meditaba, bajos los ojos,
dando vueltas con una mano a la cruz de topacios que penda sobre su
morado pecho. Cuando alz los ojos, pronunci estas palabras:

--Ese matrimonio tiene que consumarse. Si no es conveniente, Dios lo
impedir.

--Es tu ltima palabra, Facundo?

--Es mi ltima palabra.

--Buen chasco me has dado.... Salgo volada.

--Ya se presentarn ocasiones sobradas de complacerla.

--Quia! Beatriz Valdedulla no te volver a pedir un favor. No te
incomodes en salir a despedirme.

En medio de su contrariedad, la duquesa experimentaba una sensacin
aplaciente y alegre. Esta visita--iba pensando al bajar las escaleras
del palacio episcopal--me ha servido para apreciar mejor a Facundo. Es
un hombre de voluntad y obra conforme a su conciencia. Lstima que tenga
tan poca sal en la mollera. Antes, le compadeca; ahora, casi le
admiro. De todas suertes, la duquesa estaba resuelta a no consentir el
matrimonio, convencida de que resultara desdichadsimo. Entretanto,
mantuvo prisionero a don Pedrito, y di tiempo al tiempo.

Angustias, al verse sola y desamparada en Inhiesta, escribi a su padre:
No te dej porque no te quisiese, padre. Escapamos slo para estar
seguros de casarnos, padre. Queramos que usted viniese luego a vivir
con nosotros, padre. Pedro le quiere a usted tanto como yo le quiero,
padre. Padre, me lo robaron. No s lo que me pasa, padre. Quiero volver
con usted, padre. Esta carta se cruz con otra que Xuantipa haba
escrito a Angustias de sobremesa, fresca an la noticia de la fuga y en
el primer impulso de la iracundia:

No vengas a manchar esta santa casa. Esconde tu vergenza en donde
nadie te encuentre ni te conozca ni nos conozca. Cuando Belarmino
recibi la carta de Angustias, rompi a llorar y a rer. Besaba el papel
con ahinco, y sollozaba: Hija de mis entraas, hija de mis entraas,
como las madres. Subi a ver al Padre Alesn, a preguntarle si vendra
Angustias.

--Pues no ha de venir? Viene a casarse. Maana mismo, a primera hora de
la maana, iremos a buscarla yo y otro Padre de la comunidad.

--Vendr, vendr--sollozaba Belarmino sin dejar de sonrer y con los
ojos mojados.

Al llegar los frailes a Inhiesta, Angustias haba desaparecido. La duea
de la hospedera les entreg un papel que la nia haba olvidado en la
habitacin. Era la carta de Xuantipa.

--Si esa mujer est aqu--dijo el Padre Alesn despus de leer la
carta--, le juro a usted, Padre Cosmn, que la estrangulo entre mis
manos; tanta es la clera a que me mueve su infame proceder. Pobre
nia, pobre criatura; perdida ya para siempre! Y esto mata a Belarmino,
a nuestro loco inofensivo y serfico. Tendremos que inventar un engao
caritativo. Dios no nos lo tomar en cuenta, en gracia a la buena
intencin.--Y en el rostro de aquella mole ingente, que era el Padre
Alesn, se difunda una ternura hmeda, lacrimosa, as como el sol
derrite la nieve en la cima de las altas montaas.

El engao caritativo del Padre Alesn fu decirle a Belarmino que
Angustias, por el bien parecer, se alojaba en un convento, hasta el da
del desposorio, y que, por lo pronto, para evitar situaciones difciles,
lo ms prudente era que no se viesen padre e hija.

El Padre Alesn llam a Xuantipa a solas, la hizo sentarse, e
inclinndose sobre ella, para amedrentarla por la masa y como si fuese a
anonadarla, le dijo:

--Mujer infernal, est usted condenada sin remisin. No le ha bastado a
usted martirizar sin piedad a su marido. Ahora ha precipitado usted en
el abismo a una criatura inocente. Gcese usted en su alegra satnica!
Est usted condenada sin remisin.

Al Padre Alesn, para ser todo lo imponente que l pretenda, le faltaba
la voz tonante. Pero como la Xuantipa tena tanto miedo al infierno, oa
la voz de flautn del fraile como si fuese una trompeta del juicio
final.

--Seor, perdn...--balbuca, temblorosa.

--Cllese usted, boca sulfrea. Para que su gran delito le sea
perdonado, tendr usted que hacer firmsimo propsito de enmienda y
prometerme que nunca, nunca, con ningn motivo, dir usted a Belarmino
una palabra desabrida ni le mentar la hija, ms que hija, aunque no lo
sea de la carne que usted le ha hecho perder.

Xuantipa sali, en efecto, anonadada, con el espanto metido en el cuerpo
para lo que le restaba de vida.

Y llova sin cesar en la vieja ciudad de granito, y haba pesadumbre,
lgrimas y duelo hasta en las almas empedernidas. Conque qu sera en
las almas tiernas y sensibles?

Felicita llevaba ya tres das sin ver a su adorado Novillo; los tres
nicos das seguidos de ausencia en muchos aos. Por mucho que lloviese,
Novillo no dejaba de venir a la Ra Ruera, bien provisto de chanclos de
goma, polainas de cuero, un impermeable con capucha y, adems, un
paraguas abierto. Se guareca en un portal, y all montaba la centinela
a la soberana de su corazn. Qu habra sucedido ahora? Felicita,
arropada en una toquilla de estambre y con zapatillas de orillo, se
pasaba horas y horas, del da y de la noche, inmvil, reseca, sea,
color de cera, en el mirador de cristales; pareca una momia en la
vitrina de un museo, entre flores ajadas, como de trapo, y pajarillos
inmviles por el fro, como disecados. De vez en vez, transitaba una
mujeruca, con el refajo de bayeta amarillo limn levantado, a modo de
mantellina, sobre la cabeza, calzada con almadreas, que levantaba en
las losas un eco funerario, como si caminase sobre tumbas vacas. Qu
le sucedera a Anselmo? Estara enojado? Sera contrario al matrimonio
de don Pedrito y Angustias? Habra averiguado que el annimo al Padre
Alesn era obra de Felicita? Dios mo, Dios mo, qu incertidumbre
congojosal Felicita lloraba silenciosamente, deseando la muerte. No
dorma; no coma.

--Coma algo, siquiera un huevo pasado por agua--le deca Telva, la
sirvienta--. Mire que ya est demasiado flaca, y si no come, los huesos
le agujerearn la piel.

--Ojal me la agujereen como criba y el alma se me salga como trigo
pasado. Para qu quiero el alma en el cuerpo? Para qu me ha servido?
Quin ha querido comprarla, como buena simiente?

Estas retricas desoladoras dejaban a Telva perfectamente fra. Deca
para s: La seorita est ms loca que un vencejo.

Al cuarto da de ausencia, Felicita no pudo resistir ms, y envi a
Telva a la fonda del Comercio, a que averiguase discretamente qu era de
don Anselmo Novillo. Al volver, solt de sopetn y sin prembulos lo que
saba.

--Pues don Anselmo est muy malito con pulmona.

Felicita cay con un soponcio. Al recobrar el sentido, aunque casi sin
fuerzas para sostenerse, pidi el abrigo, la mantilla, las botas....

--Qu va ust a hacer, seorita?

--Volar a su lado.

--Repare que es un hombre soltero y ust una mujer soltera, y lenguas
ociosas murmuran si ustedes tienen o no tienen.

--Es mi prometido. No reparo en el qu dirn. El corazn tiene sus
fueros, por encima de todos los respetos humanos. No puedo dejar al
hombre a quien amo morirse solo y abandonado en la triste habitacin de
una fonda.

--Si es por eso, no se moleste. Don Anselmo est bien atendido. Tiene
una sierva de Jess, y la seora duquesa y el seor Apolonio no se
separan de su lado. Adems, no se trata de morirse, por lo que yo pude
entender. Sintese, sosiegue, tome algo; una taza de tila.

Felicita se tendi, desmadejada, sobre un sof; los ojos, dilatadsimos,
clavados en el cielo raso.

--Telva.

--Seorita.

--Anda a ver cmo sigue.

--Seorita, si acabo de venir de all....

--Obedece. Vete a ver cmo sigue. Pregunta todos los detalles.

Telva se fu, refunfuando.

--Qu ruido es se?--murmur Felicita, incorporndose estremecida--.
Parece que clavan un atad. Parece que cavan una fosa.

Pero eran unas almadreas, en la calle. Felicita se tendi nuevamente en
el sof.

--Qu ruido es se?--murmur Felicita ponindose en pie, transida de
terror--. Parece que moscardonea un enjambre de espritus. Parece que se
oyen voces del otro mundo.

Pero era el viento en las rendijas. Felicita volvi a acostarse en el
sof.

--Qu ruido es se?--murmur Felicita, cayendo de rodillas,
desvariada--. Se oye murmurio de preces. Se oye chisporrotear de cirios.
Rezan la recomendacin de un alma. Anselmo ha muerto. Anselmo ha muerto.

Pero era el ruido de la lluvia en los cristales.

Al entrar Telva, Felicita oraba, de rodillas.

--Don Anselmo sigue un poquito mejor.

Felicita palpaba a la sirvienta:

--Sueo? Eres t? Soy yo de carne? No somos fantasmas?

Telva responda mentalmente: T de carne? Puro hueso, y ya muy duro.
Pantasmas? No ests mala pantasmona....

Felicita prosegua:

--Has hablado? Me figur or una voz? Qu me has dicho?

--Que don Anselmo sigue un poquito mejor.

--Trae aceite, todo el aceite que haya en la cocina....

--Al fin se decide usted a comer algo.

--Trae una gran fuente. Trae la caja de lamparillas. Trae las velas que
haya en casa.

Encima de la cmoda haba una imagen de la Virgen de Covadonga. Felicita
encendi una gran iluminacin delante de la imagen. De rodillas, rogaba:

--Seora, slvalo! T fuiste virgen sin mancha, pero te casaste.
Slvalo, Seora! Seora, t estuviste casada y tuviste un hijo.
Slvamelo, Seora, para que nos casemos, aunque yo contine virgen y no
tenga ningn hijo!

Felicita sinti que el pecho se le llenaba de confianza. Volvi al sof.
Inclin la cabeza, pensando: La Seora me lo salvar, y nos casaremos.
Es una bobada que continuemos as. Pausa mental. He ido demasiado
lejos al decir ala Virgen que no me importa no tener hijos. Me gustara
mucho tener hijos. La verdad es que, lo que se dice prometer, no le he
prometido a la Virgen no tener hijos. La Seora me habr entendido.

--Telva, vete a ver cmo sigue don Anselmo.

--Seorita, si acabo de venir de all....

--Obedece. Vete a ver cmo sigue.

Telva parta ya, refunfuando.

--Telva, no te vayas, no me dejes sola. Tengo miedo.

Despus de una pausa:

--Vete, s, Telva; vete. Sacar fuerzas de flaqueza.... No te vayas.
Tengo miedo, tengo miedo....

--Bueno, qu hago? Como no me parta en dos.

Felicita se ech a llorar.

--Yo qu s, yo qu s. Prteme en dos a m; deja una parte muerta aqu,
y lleva la parte viva contigo. Llvame en brazos, escondida, como una
criatura....

--Seorita, est ust perdiendo la chaveta. Vaya, tranquilcese. Llore,
que el llanto le har bien.

Era ya de noche. Felicita, llorando, cada vez con desconsuelo ms dulce,
resignado e inconsciente, se adormeci como un nio. Estaba tumbada en
el sof. Telva no quiso disturbarle el sueo, y la dej a solas,
rezongando: Cuando despierte, ya se meter en la cama. Jess con el
seoro, y qu aficin a los pantalones!...

Felicita despert de madrugada. Por el balcn se efunda una claridad
lvida e inanimada, como aurora de ultratumba. Las velas sobre la cmoda
se haban consumido. Las pocas lamparillas que todava alumbraban se
extinguan con un estremecimiento incorpreo, al modo de leve recuerdo
dorado.

Felicita sinti que una mano invisible le apretaba el corazn. No poda
respirar. Cant un gallo. Una voz de timbre increble reson en la
cabeza de Felicita: Es la hora en que Lucifer cae al averno y las almas
de los justos vuelan a Dios.

Felicita lanz grandes alaridos. Acudi Telva, a medio vestir.

--De prisa, de prisa, acompame.

La sirvienta dud si sujetar por la fuerza a su ama; pero era tal el
brillo que fosforeca en los ojos de Felicita, que Telva obedeci.

Salieron a la calle. Llova reciamente. Iban resguardadas bajo un enorme
paraguas aldeano, de color violeta.

--Pero, adonde vamos a estas horas? Es pronto an para misa de alba.

Felicita no la oy. Telva insista. Felicita dijo, como hablando para
s:

--Anselmo est agonizando.

Llegaron a la fonda del Comercio. Estaba abierta y haba un camarero de
guardia.

--Don Anselmo se muere--dijo Felicita.

--S, seora, espicha sin remedio--respondi el camarero.

--Voy a su habitacin. Enseme el camino--orden Felicita.

--Es el caso que no se consiente que entre nadie. No est el horno para
bollos.

--Yo entro porque tengo ttulos para entrar. No hay quien tenga ms
derecho que yo. Enseme el camino. O no me lo ensee. No necesito gua.
Ir derecha a su lado.

--Aguarde, seora. Voy con ust, para avisar y anunciarla. Quin digo
que es ust?

--Felicita, nada ms que Felicita.

Novillo se hallaba en las ltimas. De una parte, a la cabecera de la
cama, permanecan, en pie, Apolonio y Chapaprieta, el capelln de la
casa de Somavia, en la mano, y con un dedo entre los folios, el libro
donde haba ledo la recomendacin del alma. De la otra parte, una monja
le enjugaba el sudor que resbalaba a hilos de la frente y de la calva.
El peluqun se vea suspendido en un boliche de la cama. La dentadura
postiza estaba sumergida en un vaso de agua, sobre la mesilla de noche.
Sin dentadura ni peluqun, la piel flcida, verdosa, negruzca, color de
corambre, los ojos soterrados, barba y bigote blancos, Novillo no
conservaba traza de su pretrita fisonoma. Lo nico que le quedaba del
aejo esplendor era el abultado abdomen, enarcndose bajo las sbanas.
Aquel hermoso corazn, tan trabajado por el amor contenido, no quera
seguir rigiendo. Novillo se asfixiaba. Un practicante, junto a la monja,
le daba a respirar de un baln de oxgeno; y en verdad, no se saba si
el baln estaba inflando a Novillo o si Novillo estaba inflando al
baln. Novillo no haba perdido la conciencia. De tiempo en tiempo
levantaba los brazos y los dejaba caer pesadamente. Otras veces
entreabra con esfuerzo los carnosos prpados, y enviaba de sus ojos,
profundos y tristes, miradas de agradecimiento a los que le rodeaban.

Cuando el camarero repic a la puerta, la duquesa buscaba una medicina
entre los frascos del tocador. Haba tomado en la mano un pomo que
deca: La onda del Leteo. Tinte indeleble para el cabello, y pensaba:
Voy a probar yo este tinte. Probablemente se lo ha enviado el carcamal
de mi marido. Al or el repique en la puerta, hizo un ademn a los
otros para que no se movieran, y sali ella a abrir.

--Quin es?

--Felicita--respondi el camarero.

La voz con el nombre lleg a odos de Novillo. Le acometi un temblor
intenso. Con movimientos torpes e intiles tenda las manos hacia el
peluqun y la dentadura postiza. La duquesa, que haba cerrado de golpe
la puerta, observaba a Novillo.

--Que no me vea as...--tartamude Novillo, con soplo delgado y apenas
perceptible.

Entonces, la duquesa sali, cogi por un brazo a Felicita, la arrastr
lejos, hasta una habitacin vaca, le hizo sentar de golpe, y dijo:

--Usted se est quieta aqu.

--Mi puesto es a su cabecera, para recoger su postrer suspiro. Que nos
casen _in articulo mortis_. Se muere.

--Por desgracia, as es. Y si usted le quiere, lo menos que puede hacer
es dejarle morirse en paz.

--No morir en paz si no me tiene a su lado.

--Se engaa usted. Anselmo no quiere que usted le vea en este trance.

--Falso! Calumnia! Lo ha dicho l?

--l lo ha dicho.

--Imposible, imposible...--grit Felicita con frenes--. _Articulo
mortis. Articulo mortis_.

--Seora, no levante usted escndalos, que estn durmiendo los
huspedes; ni me haga perder ms tiempo. Ya le explicar ms tarde.

Y sali la duquesa, dejando encerrada a Felicita.

Novillo muri una hora despus. Antes de morirse, llam por seas a la
duquesa, y ya con lengua moribunda, dijo:

--Felicita... perdn... no casarme... amado, amo... muero... amo... ella.

Cerraron los prpados a Novillo, le sujetaron la mandbula con un
pauelo, le entretejieron los dedos de las manos, y todos de rodillas,
condolidos, tocados de lstima y simpata, rezaron brevemente. La
duquesa, con acento profundo y uncin de responso, pronunci lentas
palabras, como si meditase en alta voz:

--El duque no volver a encontrar un servidor poltico tan humilde y, al
propio tiempo, tan osado. Parece mentira que este hombre temible en las
elecciones, que a todos sacaba ventaja en maquinar un chanchullo y
sacarlo adelante por redaos, fuese, en el fondo, la criatura ms
simple, candorosa, sentimental y asustadiza. Cosas de la vida...--y,
despus de una pausa, aadi--y de la muerte! Descansa en paz, Novillo
bueno; Novillo fiel; Novillo amante!

La duquesa fu a comunicar la triste nueva a Felicita. En ausencia de la
duquesa, una idea singularmente brillante y afilada se haba hecho
presente, con viva luz y penetrante dolor, en el alma de Felicita.
Anselmo ha atrapado la pulmona, o mejor dicho, la pulmona ha atrapado
a Anselmo..., y aqu la imaginacin de Felicita se figuraba
materialmente la pulmona como un vampiro o ave nocturna que volaba en
la tiniebla, entre lluvia y viento. Prosegua pensando: La pulmona ha
atrapado a Anselmo cuando iba a Inhiesta en persecucin de don Pedrito
y Angustias. Si stos no se escapan, la pulmona no sorprende a Anselmo.
Yo les prepar la escapatoria. Luego yo soy la culpable de la muerte de
Anselmo. Yo soy la asesina; yo le he matado a traicin. Yo misma.... Debo
presentarme al juez. Yo le he matado; s, le he matado....

Acercse la duquesa y, antes de que abriese la boca, Felicita se le
adelant:

--Ya s lo que me va a decir, seora duquesa. Lo s y no quiero or de
fuera la acusacin. Estoy convicta y confesa. Llvenme a la crcel,
denme vil garrote. Yo le he matado....

--No delire, pobre mujer. Revstase de fortaleza para escucharme. Le
traigo un manjar amargusimo; pero con un granito de dulzura y de
consuelo.

--No hay consuelo para m. Yo le he matado y l me acus del crimen; por
eso no quiso recibirme antes de morir.

--Si Anselmo no quiso recibirla, fu por amor a usted, porque deseaba
que usted guardase de l un recuerdo grato y atractivo, y no la imagen
deplorable y triste a que la enfermedad le haba reducido. Esta fu la
razn. Antes de morir me confi para usted un mensaje: que le perdonase
por no haberse casado, que la haba querido siempre y que mora en el
amor a usted. Estas fueron sus ltimas palabras.

Unos instantes de estupor. Felicita qued como congelada, yerta. Perdi
voluntad y continencia. La carne, tan flaca y reseca, se le agriet, y,
por las hendeduras, se derram en clamorosos raudales lo ms secreto del
alma, lo que rara vez se escapa del misterio de la conciencia: el
tutano del espritu, que tiene miedo a la luz y a las palabras.

--Me apeteca, y yo le apeteca...--grit Felicita, desbaratando el
peinado y dando suelta al cabello, caudaloso y negro, lo nico joven y
hermoso que posea--. Por qu no habl? Qu hablar? Un gesto, un solo
gesto, un movimiento de ojos, el ademn de un dedo, la sea ms leve, y
yo me hubiera arrojado en sus brazos, me hubiera entregado a l, me
hubiera abrasado y anonadado de amor, me hubiera deshecho en besos
apasionados....

--Felicita, repare usted que, en las habitaciones vecinas, hay huspedes
y le estn oyendo a usted.

--Lo proclamo a la faz del mundo. Que me oigan los cielos y la tierra;
Dios y Satans. Enviar un comunicado a los peridicos. Todo, todo,
todo; la vida, la fortuna escasa que tengo de mis padres, el bienestar,
la honra, todo lo hubiera dado por un segundo, nada ms que un segundo,
de amor. Para qu quiero la vida? Para qu la fortuna? Qu bienestar
es el mo? De qu me sirvieron la honra y la doncellez?

La duquesa medit: Felicita piensa de modo distinto que el obispo
acerca de la doncellez. Me gustara que el pobre Facundo la oyese.

--Reprtese, Felicita--amonest la duquesa--. Tiene usted razn; pero
nada se enmienda con lamentaciones tardas.

Felicita cay en una especie de alelamiento, que dur poco.

--Quiero ver a Anselmo--dijo, ponindose en pie.

--No apruebo el capricho--coment la duquesa--. Recibir usted una
impresin demasiado desagradable.

Obstinse Felicita, y la duquesa cedi. De camino, Felicita iba
diciendo:

--El suelo huye bajo mis plantas. Las paredes ondulan. El mundo se
descuartiza y los trozos van rodando por el aire.

Estos raros fenmenos o alucinaciones en que Felicita se vea envuelta,
a causa, tal vez, de la debilidad, se exageraron cuando entr, en el
cuarto mortuorio. Parecile que la descomposicin y descuartizamiento de
que era vctima el mundo se verificaban con mayor saa y absurdidad,
como obedeciendo a un designio diablico, en el cadver de Anselmo
Novillo. El cabello se le haba despegado del cuero y se balanceaba
sobre un boliche de la cama. Los dientes, parejos y pulqurrimos,
haban saltado, con encas y todo, desde la boca hasta un vaso de agua.
El vientre, enorme y pavoroso, ascenda, a punto ya de romper las
amarras que le unan al resto del cuerpo.

Felicita dej escapar un ay! desgarrado, y se cubri los ojos. Como el
duque de Ganda ante el cadver de la emperatriz, Felicita decidi all
mismo no volver a enamorarse de imgenes mudables, perecederas, y
consagrar a Dios su doncellez.

El alma humana es grande porque, como todo lo grande, se compone de
pequeeces sin nmero. Por eso, en las crisis de dolor, en que el alma
gira necesariamente sobre s misma, sucede acaso que el eje de rotacin
es una pequeez ridcula. Felicita, a los pocos das de su doncellil
viudez, fu a visitar al Padre Alesn, a fin de instruirse en lo
ataedero a la regla monstica de las diversas rdenes religiosas
femeninas, y tambin de una ridcula pequeez, que era para ella extremo
de suma importancia: los hbitos que visten cada cual. Felicita saba
que algunos hbitos eran preciosos, y aun elegantsimos, si es lcita
esta expresin profana. De estos dos puntos, la regla y el hbito,
dependa la eleccin de Felicita.

Al entrar en casa de los Neira, extra no ver a Belarmino en su
cuchitril.

Dnde estaba Belarmino?

El Padre Alesn haba dicho a Belarmino que Angustias vivira, hasta el
da de la boda, en el convento de las Carmelitas, en las afueras de
Pilares. Belarmino solicit permiso para ir por las tardes a pasear en
torno al convento.

--Siempre que usted me prometa no intentar ver a su hija, yo le concedo
permiso.

Belarmino prometi y cumpli. Los primeros das llova irremisiblemente.
Belarmino llegaba chapoteando en las charcas, cubierto de lodo, se
guareca en el porche del convento, y all, encuclillado, como filsofo,
dejaba pasar las horas. Oase el trmolo de un harmonium. El sonido
descenda, y luego llegaba a lo largo del silencioso pavimento hasta l,
a menudos y leves saltos, como los pjaros cuando caminan por la tierra.
Oa los cantos monjiles. Belarmino se aplaca en el canto religioso: _ne
impedias musicam_, dice la Escritura. Quizs Angustias canta tambin;
le habrn enseado--pensaba Belarmino. Y haca esfuerzos por desenredar
la voz azul de Angustias de entre la madeja polcroma del coro. No, no
cantaba Angustias. Si cantase, el rayo nico de su voz hubiera penetrado
en el alma penumbrosa de Belarmino, como penetra un solo haz de los
rayos del sol a travs de la ojiva en una iglesia.

Luego, serense el tiempo. Era la sazn otoal, de color de miel y
niebla aterciopelada y argentina, a manera de vello, con que la tierra
estaba como un melocotn maduro. Por encima de las tapias del huerto
conventual asomaban los negros y rgidos cipreses, que eran como el
prlogo del arrobo mstico, el dechado de la voluntad erctil y
aspiracin al trance; y los sauces anmicos y adolecientes--en la regin
los llaman desmayos--, que eran la fatiga y rendimiento, eplogo dulce
del mstico espasmo; y los pomares sinuosos y musculosos, las ramas, de
agarrotados dedos, mostrando rojas y pequeas manzanas, que no sugeran
la imagen del pecado, sino a lo ms de un pecadillo. Para los ojos, todo
era paz en el huerto conventual; para el odo, la querellosa algaraba
de los gorriones vespertinos.

Belarmino se sentaba al pie de las tapias y contemplaba las praderas, de
velludo amarillento, que vahaban un aliento tenue y opalino. Tambin l
tena un alma rasa y suave de pradera, esfumada en neblina. Entre la
neblina interior pensaba y senta, sin usar ya de palabras ni signos
representativos. Senta que su hija no haba estado antes en el
convento, que le haban querido engaar, por caridad. Es decir, no le
haban engaado; se haba engaado l mismo, y se haban engaado los
dems. Pero, ahora, su hija estaba ya en el convento. Cmo as? Fuera
de l--pensaba--no exista nada. El mundo era una ilusin de los
sentidos, un espejismo de la imaginacin. El mundo de fuera era creacin
aparente y engaosa del mundo de dentro. Belarmino, entonces, resolvi
poner en orden de paz y hermosura su mundo interior, y, por lo tanto, el
mundo exterior, que no es sino eco o imagen sensible del otro.
Ahuyentara o ignorara los espectros recnditos, que, de vez en cuando,
se entrometen a perturbar el buen concierto de las potencias del alma y
anublar la clida luz del corazn; esos espectros que, aunque
ofuscaciones de la imaginacin, se proyectan sobre el mundo exterior en
forma de figuras odiosas y agresivas, como si de veras existiesen en
carne y hueso, y son slo alucinaciones. Belarmino resolvi que Xuantipa
ya no exista; que no exista Bellido, el usurero; que no existan
Apolonio, ni su hijo, el seductor de Angustias; que no haba existido el
rapto--cunto trabajo le cost suprimir de su alma esta pretendida
alucinacin o realidad ilusoria...!--. Angustias, sa s que exista;
como que la haba concebido y creado l; era la hija de su alma y de sus
entraas: no haba de existir? Exista y estaba, por librrima y
unnime voluntad, suya y de su padre, recoleta en las Carmelitas, adonde
la haban conducido el desprecio del mundo exterior y aparente, en el
cual ella tampoco crea, y el ansia de una absoluta y perfecta
serenidad. Por algo Angustias era hija de Belarmino.

Y Belarmino acuda todas las tardes a pasear alrededor del convento de
las Carmelitas, a comunicarse, por vas misteriosas e inefables, con su
hija imaginaria, enteramente engendrada por l, en su alma paternal,
tierna y creadora.

Entonces fu cuando Belarmino abandon la profesin filosfica, y ya no
remend ms zapatos. Antes, cuando se vea a Belarmino, haba que
pensar: San Francisco, el de Ass, deba de ser una persona semejante,
en el rostro. Ahora, Belarmino era cabalmente el remedo animado del San
Francisco, de Luca de la Robbia; puras y pueriles facciones, ojos
vitrificados, anchas las sienes. Tambin Platn tena las sienes anchas.
Los frailes y los seores de Neira dejaban a Belarmino en libertad, que
viviese a su gusto, como inocente criatura de Dios que no poda hacer
dao a nadie. Una de sus ltimas enseanzas consisti en un a manera de
aplogo, muy breve, que confi a Escobar, el Aligator, y que ste tuvo
la suerte de poder traducir en lengua vulgar. Dice as: Una vez era un
hombre que, por pensar y sentir tanto, hablaba escaso y premioso. No
hablaba, porque comprenda tantas cosas en cada cosa singular, que no
acertaba a expresarse. Los otros le llamaban tonto. Este hombre, cuando
supo expresar todas las cosas que comprenda en una sola cosa, hablaba
ms que nadie. Los otros le llamaban charlatn. Pero este hombre,
cuando, en lugar de ver tantas cosas en una sola cosa, en todas las
cosas distintas no vi ya sino una y la misma cosa, porque haba
penetrado en el sentido y en la verdad de todo; al llegar a esto, este
hombre ya no volvi a hablar ni una palabra. Y los dems le llamaban
loco.




CAPTULO VII.

PEDRITO Y ANGUSTIAS.


Despus del largo sermn de las siete palabras, la noche del Viernes
Santo, don Guilln tena la voz tomada, hendida, un poco estridente.
Haba sido actor, durante dos horas, y ante un auditorio de reyes,
infantes y dems tropa palatina, en el drama de los dramas: la pasin y
muerte del Hombre-Dios. Su rostro no se haba despojado an de la
persona o mscara trgica. No quiero dar a entender que don Guilln
fuese un histrin, y que, despus del gran esfuerzo hipcrita sobre el
proscenio, al volver entre bastidores, fingiese hallarse dominado
todava por el espanto y rigidez patticos, y no poder recobrar la
elasticidad y movilidad de los msculos de la expresin. Polus, actor
griego, cuntase que, representando _Electra_, de Sfocles, sac a
escena la urna con las cenizas de su propio hijo, porque el sentimiento
de su dolor fuese sincero y comunicativo. De seguro don Guilln, al
representar aquella tarde el drama del Calvario, haba conducido en la
urna recndita del corazn las cenizas de su propia vida; cenizas
ardientes an. Horas despus, todava los ojos, las mejillas, la boca,
la posicin de cabeza, torso y brazos, eran como signos grficos de
fcil interpretacin, en donde se poda leer un traslado de las divinas
palabras: _Tristis est anima mea usque ad mortem_; triste est mi alma
hasta la muerte.

Yo pens que si don Guilln perseveraba en aquel modo de espritu, no
proseguira narrndome la interioridad de su vida. Record lo que l me
haba dicho la noche anterior: que su padre, Apolonio, crea, de
conformidad con la sapiencia bdica, que cada hombre lleva su destino
escrito en la frente, con caracteres invisibles. Acaso, pensaba yo, los
caracteres que don Guilln lleva escritos en la frente no son por entero
invisibles, y la diversidad de sus nombres bautismales indica
correspondiente diversidad de personalidades. Y as, esper que, pasado
un lapso de tiempo prudencial, la personalidad del hombre sereno y
expansivo se sobrepusiese a la del hombre apasionado, triste y
taciturno, y que don Guilln reanudase su cuento. Le habl, por
favorecer el trnsito, de cosas indiferentes a su preocupacin actual,
pero no tan indiferentes que resultasen frvolas o necias. Advert que
la cerrazn de la mscara trgica se abonanzaba. Se insinu una sonrisa.
Era el advenimiento del hombre efusivo.

--Anoche--dijo al fin don Gilln--comenc a contarle innumerables
futesas, sin inters o de muy escaso inters. Pero este asomo de inters
se desvanecer si dejamos truncada la historia. Anoche me desped de
usted desde las puertas del Seminario conciliar de la dicesis de
Pilares. Ahora, le invito a entrar conmigo. Doce aitos de estancia;
pero, no se asuste usted. Comprimiremos estos aos hasta dejarlos
reducidos al volumen de un cuarto de hora. La consideracin del tiempo
por venir mete miedo; y, sin embargo, el tiempo no ocupa lugar; pero no
nos damos cuenta de que no existe hasta que ha pasado. Nos afanamos por
apoderarnos de prisa, de prisa, trozo a trozo, del gran bloque del
tiempo venidero, y estamos en la situacin de un avaro que no hiciese
sino guardar onzas de oro en un arca, y que cada onza se le desvaneciese
sin llegar al fondo. Fjese usted en la impropiedad del lenguaje, en lo
que respecta al tiempo y a la edad de los hombres. Se dice: Este nio
tiene muy pocos aos, o este viejo tiene muchos aos. Qu disparate!
El nio es el que tiene muchos aos y el viejo el que tiene pocos aos,
poqusimos, quizs meses, quizs das, quizs horas, porque el tiempo
pasado ya no existe.

Aquellas consideraciones, aunque sutiles y originales, no me parecan
pertinentes. Lo que yo quera conocer no eran las ideas de don Guilln,
sino su vida y sentimientos. Le ataj, con cauta irona:

--Tiene usted razn. No presuma que en los seminarios enseaban a
discurrir de esa manera sinttica y plstica, por paradojas.


[Nota: DISQUISICIN DE DON GUILLN ACERCA DE LA POESA DEL BREVIARIO]

--Qu han de ensear...!--exclam don Guilln, rindose alegremente--.
Comprendo, comprendo.... Quiere usted darme a entender que le he metido
en el Seminario para un cuarto de hora solamente y que no desea usted
dilatarse en este lugar ni un minuto ms de lo imprescindible. Pues ya
se ha cerrado la puerta a nuestra espalda. En las narices, en los ojos,
en los odos, en la lengua, en el tacto, en el alma, recibe usted una
impresin de verdn, lo que en Pilares llaman verdn; ese moho fofo y
viscoso que nace, junto con las lombrices de tierra, en los rincones
hmedos, sombros y silenciosos. Estaremos en uno de esos rincones un
cuarto de hora justo; viviremos luego cien aos, y no se despegar de
nuestros sentidos aquella sensacin de verdn, de cardenillo vegetal, de
fro en los tutanos y de contigidad con exanges lombrices, dctiles y
ondulantes cirios de cera amarilla. Estos cirios eran, claro est, mis
compaeros. Los ms provenan de extraccin humildsima, de las breas y
entraas del terruo labriego; pertenecan a familias de aldeanos
pobres, con el peculio preciso para pagar a uno de los varones la
modicsima pensin del Seminario, por entonces poco ms de una peseta
diaria; eran de una raza intermedia entre la pura animalidad y un
rudimento de especie humana. Qu facies y qu cogote, seor...! Haba
colodrillos perfectamente planos y obtusos, en cuya intimidad no era
posible que cupiese un cerebelo. Otros colodrillos eran exageradamente
apepinados y piramidales. Yo me preguntaba: Dnde se les va a situar a
stos la tonsura, si no tienen espacio? Algunos de los dueos de estos
colodrillos se sientan hoy a mi lado en el cabildo catedral; todos ellos
estn revestidos de autoridad, e imperan, en alguna medida, sobre el
rgimen privado de las familias y el rgimen pblico de la sociedad. Lo
curioso es que aquellas selvticas y fornidas criaturas, de frente
angosta, cejas unidas, ojos montaraces y piel bronceada, apenas entraban
en el Seminario adquiran el color incoloro y exange de la lombriz y de
la cera. Y lo cierto es que, aunque muy mal (garbanzos agusanados,
lentejas entreveradas con guijas, sebceos pendejos de carne, queso
ratonado, avellanas y nueces vanas), coman mejor que en sus casas.
Inexplicable fenmeno! ramos unos doscientos. Entre tantos, por de
contado que haba hijos de familias mejor paradas de hacienda; de
menestrales prsperos, de tenderos y tal cual de la clase media. De
estos ltimos haba un Estanislao Correa, hijo de un procurador de los
Tribunales, tmido y delicado como una virgen o como un lirio, al cual
llamaban, groseramente, por mofa, San Estanislao de Cuesco, y le
amargaban de continuo la vida. Qu brbaros! Tambin yo pas mis malos
ratos. Lo que sealadamente les molestaba era que yo no perda los
buenos colores. Siempre fu tan coloradete como ahora soy. Los ms
cerriles y pobretones caan sobre los que tenamos algn dinero, nos los
ordeaban por las buenas o por las malas, y despus de sobornar a los
criados les encargaban sustancias de comer y de beber, sobre todo vino
blanco. Eran aficionadsimos al vino blanco. Como estaba prohibido el
vino en el Seminario ni se consenta tener botellas, servanse, para
guardar el vino, de un expediente repugnante: lo metan en orinales, y
de ellos beban, a modo de cuenco. Dormamos en grandes dormitorios
comunes, que casi nunca barran. El suelo estaba sembrado de mondas de
castaas, naranjas y otros frutos, segn la estacin. Algunos de los
medianos, y aun de los mayores, por la noche se escapaban de mozas,
como all se deca. Solamos asistir los dems a la escapatoria; quiero
decir, al acto de escaparse. El Seminario, por la parte de los
dormitorios, caa sobre un profundo barranco, ya en las afueras de la
ciudad. El prfugo tena que ser mozo recio y de cabeza firme contra el
vrtigo. El instrumento de la evasin se aparejaba con no menos de
veinte sbanas, que algunos de los seminaristas, procedentes de pueblos
costeos, unan por medio de nudos de marinero. Cules veces, por
embromar al juerguista, le retiraban la escala de sbanas y no se la
echaban sino de maana, con el tiempo preciso para que se presentase a
la primera inspeccin, hacindole pasar varias horas de congoja en el
barranco, entre maleza e inmundicia, acaso bajo la lluvia. Pues en aquel
ambiente se estaban incubando los futuros ministros de Dios. Cuntos
tenan vocacin? Cuntos se haban encaminado al Seminario siguiendo
una voz interior persuasiva, una estrella ineludible? Yo les oa contar
chascarrillos de curas de aldea, de lo mucho que tragaban, de lo
majamente que vivan, de los amores con que se distraan, del respeto y
obediencia que se les tena; y se refocilaban de antemano con la
esperanza de arrastrar una existencia a lo regalado y holgn en una
parroquia rstica, con el ama y la sobrina, pues casi todos profesaban,
terica y cnicamente, la poligamia. Tena yo vocacin? No s si, por
reaccin y enojo contra mis compaeros, llegu a estar convencido de
sentir una gran vocacin. A ratos soy muy sentimental. Entonces, lo era
mucho ms. Los oficios cannicos, las ceremonias del culto, el canto del
rgano, el resplandor de las luces, el misterioso recato de las
imgenes; todo esto me enterneca y agitaba hasta los posos del alma, y
tanto ms en la medida que iba entendiendo el latn. Verdaderamente, la
liturgia de la Iglesia catlica es muy bella, muy bella, muy sensual, a
propsito para temperamentos delicadamente voluptuosos. Leyendo vidas de
santos, y sobre todo de santas, se observa que los arrebatados fervores
y movimientos msticos del alma coinciden con las edades crticas: la
pubertad y la menopausia. A este fenmeno, un materialista le dara un
sentido bajo y torpe; dira que el sentimiento religioso es una emocin
sexual disfrazada. Para un espiritualista, el fenmeno tiene una
explicacin ms natural y profunda. Puesto que en esas edades crticas
el cuerpo, con infatigable tenacidad, impone su hegemona sobre el alma,
es natural que en los seres de fina textura espiritual, el espritu
intente divorciarse desesperadamente de la materia y oponer a las
precarias y fugitivas apetencias de la carne un objeto absoluto e
incorruptible, adonde se concentren los anhelos elevados, y de l
extraigan los ms puros e inefables deleites. Se me dir que esto no
acontece sino a las naturalezas enfermizas y anormales. Concedo. Pero es
que la inteligencia extraordinaria, los sentimientos nobilsimos y fuera
de lo comn, la peregrina aptitud para producir belleza, no son
anormalidades, enfermedades, como la perla es una enfermedad de la
ostra? La materia en equilibrio, en inercia, es realidad a medias. La
materia en transformacin, en descomposicin, es realidad ntegra,
porque est creando vida y nuevas energas. Y la energa es el elemento
espiritual del universo. Yo, sin jactancia, qu jactancia puede caber
en esto?, soy un hombre bastante normal y equilibrado. Pero mucho ms
equilibrados eran mis cerriles compaeros. Yo asista a los oficios con
emocin, aunque sin subir al deliquio ni al arrobo; ellos estaban como
los perros en misa. Durante los cuatro primeros aos de seminario, en
los cuales se estudia con preferencia el latn, me apliqu a dominar
esta lengua: ellos concluyeron los cuatro cursos sabiendo menos latn
que un toro de Miura. Yo tena aficin a los idiomas. El francs haba
comenzado a ensermelo la duquesa. Luego, por mi cuenta, perfeccion su
conocimiento. Me inici tambin en el ingls. Mis nicas distracciones
eran el estudio y la lectura, cosa inexplicable para mis compaeros. Mi
lectura favorita, los himnos del Breviario. Ahora tiene usted que
perdonarme si le hablo con alguna extensin del Breviario. Sus himnos
han infludo de tal suerte en mi vida...! Me s muchos de memoria, y he
traducido algunos en lengua castellana. Lstima que yo no sea un buen
poeta! Los espaoles no conocen la poesa cristiana. Los grandes poetas
franceses, Corneille, Racine y otros, han vertido los himnos del
Breviario en deliciosos versos franceses. En la manera de amar y
preferir declranse espontneamente las personas y desnudan su alma. El
ardiente Corneille traduce siempre al ardiente San Ambrosio; Racine, ms
cerebral y refinado, traduce a Prudencio, meticuloso artfice de la
poesa litrgica. En la segunda estrofa del himno a Laudes, de la quinta
Feria, dice Prudencio: _Volvamus obscurum nihil_, y en la tercera
estrofa: _Ne noxa corpus inquinet_. Racine, en estos dos versos, crey
ver un como remoto antecedente de la esttica de Boileau, y tradujo,
respectivamente: _Et que la vrit brille en tous nos discours_, y
_qu'un frein legitime--Aux lois de la raison asservisse les sens_. Yo no
s de ningn gran poeta espaol a quien se le haya ocurrido ungirse con
el leo denso y aromoso de la poesa cristiana. Los himnos ms
primitivos y arcaicos eran los que con ms dulce violencia me movan los
afectos. Ya desde aquellos primeros aos de seminario me he atrevido a
pensar que la Iglesia cristiana, en el curso de los siglos, fu mudando
de condicin; de potencia espiritual y apostolado de caridad social, se
troc en potencia poltica. Con esta mudanza, lo que gan en podero e
influencia lo perdi en eficacia y estabilidad, porque todas las
potencias polticas son perecederas, por ser odiosas. Aquellos himnos
originarios e infantiles correspondanse con las almas simples e
inflamables que los cantaban a coro en los humildes templos. Aquellas
almas inocentes y piadosas consideraban decoroso y prudente que los
clrigos viviesen con mujer, y la Iglesia consenta el concubinato
eclesistico. Por qu la Iglesia, pensaba yo entonces, no ha de
permitir ahora el matrimonio de los clrigos? Cuntos daos se
evitaran.... Y lo pensaba, no porque yo sintiera deseos, ni estuviese
enamorado de mujer alguna, sino porque miraba y compadeca a mis
compaeros. El enamoramiento vino despus; y el Galeoto, el Breviario.
El primer cantor cristiano fu San Ambrosio de Miln, cuyo corazn era
como un grano de incienso entre brasas. Un autor dice que San Ambrosio
ense a la lengua latina a orar. En el himno _Aeterna Christi munera_,
que se canta a maitines el da de los Apstoles, se expresa as San
Ambrosio:

  _Devota sanctorum Fides,
  Invicta spes credentium,
  Perfecta Christi charitas
  Mundi triumphat principem._

En vosotros, la fe religiosa de los santos, la esperanza invicta de los
creyentes, la caridad perfecta de Cristo, triunfa sobre los prncipes
del mundo. No es admirable de sencillez y de claridad? Nada de
autoridad ni potencia poltica. Fe, esperanza y caridad, esto es, amor
gracioso y no debido. Estas tres virtudes teologales le bastan al
cristiano para triunfar sobre los caducos principados de la tierra. Tal
era la misin social y espiritual de la Iglesia primitiva, de la Iglesia
apostlica. El da de los apstoles San Pedro y San Pablo, consta en el
Breviario un himno compuesto por Elpis, siciliana, mujer del filsofo
Boecio. Este himno se canta en el Vaticano, con msica de Palestrina,
por un coro numerossimo, sobre la tumba de San Pedro, bajo la cpula de
Miguel ngel. Dice la ltima estrofa:

  _O felix Roma, quae tantorum Principum
  Es purpurata pretioso sanguine:
  Non laude tua, sed ipsorum meritis
  Excedis omnem mundi pulchritudinem._

Oh Roma afortunada, ests enrojecida con la sangre preciosa de aquellos
mrtires (prncipes cristianos). No por tus esplendores, sino por sus
mritos (los de ellos), excedes la hermosura de todo el mundo. No est
aqu claramente acusada la contraposicin de la Iglesia primitiva, como
potencia espiritual, frente al fausto de las potencias temporales y
caedizas? Sin duda, debe de ser magnfico, imponente y maravilloso el
aparato y circunstancias de contorno con que actualmente se canta este
himno en Roma; pero, qu diran Boecio y su mujer si levantasen la
cabeza? No se impaciente usted, que vuelvo en seguida a mi historia;
pero estos prembulos son esenciales. No le hablar a usted de las
diferentes recensiones, refundiciones y manejos que el Breviario padeci
a manos de sucesivos pontfices, porque esto, probablemente, no le
interesa, y, aun cuando le interesase, aqu estara fuera de lugar. Slo
quiero decirle que la segunda edicin tipo del Breviario fu publicada
bajo Clemente VIII, con el concurso y direccin del cardenal Belarmino.
Recordar usted, anoche se lo refer, otro Belarmino, zapatero y
filsofo, padre de una chiquilla amiga ma, Angustias. Pues bien: yo no
poda por menos de ver en el cardenal Belarmino algo as como la
paternidad putativa o adoptiva del Breviario. El nombre de Belarmino
aparece con frecuencia, y no me era dado eximirme de esta idea
caprichosa. Por otra parte, yo me haba enterado que Belarmino, el
zapatero, no era padre, en la carne, de Angustias, sino padre putativo o
adoptivo. l deca profesar la filosofa, pero yo digo que tena mucho
de poeta; as como mi padre, Apolonio, que deca profesar la
dramaturgia, tena mucho de filsofo. Extraa y misteriosa asociacin de
ideas y sentimientos se fu operando poco a poco en mi espritu; la
poesa del Breviario, la esencia indecible, penetrativa, mareante, que
brota de sus melodas y se adhiere para siempre en el corazn donde se
derrama, eran la misma poesa y esencia que se exhalaban del alma de
Angustias, la nia que en su candor y pulcritud pareca una rosa dilecta
del Hacedor Supremo. El Breviario me traa, no ya la presencia
espiritual de Angustias, sino tambin la presencia sensible. El
Breviario abunda en locuciones e imgenes de extremada visibilidad y
plasticidad, y lo que no resida en la virtud plstica y evocadora del
Breviario, lo supla mi imaginacin adolescente. Adems, los melodas
litrgicos, enamorados congojosos de la castidad, hacen a menudo grandes
gestos de conjuro para ahuyentar las visiones impuras. Estos recios
conjuros son, sin duda, de sumo provecho para lustrar y aquietar las
almas donde se encierran recuerdos de la propia experiencia impura, en
las cuales las imgenes torpes son, o recuerdos materiales, o fragmentos
de recuerdos, aderezados y embellecidos por la fantasa. Pero en las
almas blancas, vrgenes de experiencias y recuerdos, los tales conjuros,
lejos de ahuyentar visiones turbadoras, que no existen, las sugieren.
Como ya le he indicado ms arriba, los himnos del Breviario nacieron en
diferentes perodos de la vida de la Iglesia: unos, al perodo infantil
y mozo, que son los de la Iglesia primitiva; otros, al perodo adulto y
de madurez, y otros, poqusimos, al perodo senil, que es un perodo
estril. Como quiera que la substancia de la poesa es, necesariamente,
el amor, as tambin los himnos litrgicos son expansiones de amor, de
un amor sobremanera copioso y ambicioso, puesto que aspira a un objeto
absoluto e incorruptible. Se advierte que los himnos de la Iglesia
primitiva y moza estn inspirados en un amor concebido en el corazn, y
los de la Iglesia ya madura, en un amor concebido en la cabeza. Contra
lo que piensan y dicen las inteligencias superficiales, es ms natural
en el mozo ser inclinado al pesimismo y a la desesperacin, que no en el
hombre maduro, como lo prueban los suicidios, que la mayora son de
personas jvenes. Chamfort habla de un joven que, a pesar de no tener
edad para conocer el mundo, estaba tan triste como si ya lo conociese
todo. Liviana observacin; pues por eso precisamente estara tan triste.
Para el joven inteligente y sensitivo, el mundo es un caos sumido en
lobreguez. El joven posee deseos vastos, quiere poner orden y luz en las
cosas, un orden suyo, a la luz que de su propio corazn dimane. Esta
luz, luz y lumbre, claridad y ardor, es el amor. Si alguien de fuera, el
espritu malo, extingue esta luz, el mundo se ha derrumbado
irremisiblemente. Tal era la psicologa de la Iglesia primitiva; tal era
la ma, en los cinco primeros aos de seminario. Miedo a la tiniebla, al
fro caos, al soplo del espritu malo; deseo desesperado de luz, de
calor, de amor. Todos los primeros himnos del Breviario son un clamor
continuo y angustioso hacia la luz. Cada vez que yo lea, con el corazn
en suspenso: _claritas, lux lucis, lux refulgens sensibus, lucis aurora
rutilans_; claridad, luz de luces, luz que ilumina los sentidos,
rutilante luz auroral..., vea en presencia la imagen de Angustias, y
exclamaba, con San Ambrosio: _os, lingua, mens, sensus,
vigor--confessionem personent_; que resuene mi confesin de amor en mi
boca, en mi lengua, en mi mente, en mis sentidos, con todas mis fuerzas.
Cuando lea: _Virgo super omnes speciosa, flos, dulcedo_; doncella ms
gentil que todos, flor, dulcedumbre; o como deca Prudencio, aquel
esteta de la Iglesia antigua: _Thesaurus et fragans odor--Thuris Sabaei
ac myrrheus_; tesoro, aroma fragante del incienso sabeo y de la
mirra..., vea en presencia la imagen de Angustias. Otras veces, cuando
lea el conjuro de San Gregorio el Magno a la concupiscencia: _Absint
faces libidinis--Me foeda sit vel lubrica--Compago nostri corporis_;
lejos de m las antorchas de la libidinosidad; que la sucia lubricidad
no se asiente en las articulaciones de mi cuerpo..., la imagen de
Angustias se me presentaba ms linda, cndida y adorable que nunca, y
mis brazos, involuntariamente, se tendan para asirla contra mi pecho. Y
cuando lea en San Fortunato: _Membra pannis involuta--Virgo mater
alligat--Et manus pedesque et crura--Stricta cingit facia_; de cmo la
Virgen madre envuelve en paales los torpes miembros del recin nacido y
le cie con vendas las manos, los pies, las piernas..., vea tambin a
Angustias, con un hijo; y mi corazn se derreta de ternura.
Preguntbame, en la soledad de mi conciencia; son stas malicias de
Satans, que me inducen a imaginaciones impas? O son, por el
contrario, insinuaciones divinas con que se me hace patente que debo
servir al Seor antes como buen casado que como sacerdote melanclico?
Consult con el confesor, el cual respondi afirmativamente a la
primera pregunta; eran malicias de Satans, que yo vencera sin
esfuerzo. Sin esfuerzo.... Mi confesor era un santo varn, albino y
adiposo, que no tena ni sospecha de lo que fuese un esfuerzo. Sin
embargo, me atuve al consejo y parecer del confesor, sabiendo que la voz
de Dios busca a manera de instrumento en donde articularse esas almas
huecas y limpias, que son como albogues de madera sana, no obstrudos,
resecos, ni agrietados; y me esforc, con qu frentico ahinco!, en
rechazar de mi frente y de mi pecho imgenes y blanduras amorosas. Pero
cuanta mayor era mi diligencia, con tanta ms insidia, suavidad y mimo
me perseguan, me cercaban, me penetraban. Alcanc el pice doloroso de
este estado de espritu cuando cursaba el quinto ao de seminario y
primero de filosofa. Acentuse el malestar a medida que se acercaban
las vacaciones. En las vacaciones posteriores a los dos primeros cursos,
y aun en las del tercero, Angustias era todava una chiquilla, y yo,
aunque prematuramente apersonado con mi temo de pao negro, un mozuelo.
Nada tena de particular que reanudsemos cada esto la aeja amistad,
si bien no tan asidua, porque nos faltaba Celesto, el aprendiz, el cual,
al pasar Belarmino a zapatero remendn, haba entrado de zagal en una
cochera de carruajes de alquiler. A pesar de la separacin, el zagal
conservaba mucho afecto a Belarmino, a Angustias y a m. Mi trato con
Angustias era del todo inocente. Mi pasin no se me hizo patente hasta
el cuarto curso de seminario. Aquel ao, al salir del Seminario, hall a
Angustias hecha ya una mujercita. La primera vez que nos cruzamos en la
calle, me sent tan turbado que no acert a moverme ni a hablarle.
Comprend que me pona plido como un muerto. En todo aquel verano no
nos dirigimos la palabra. Siempre que nos veamos, yo me pona plido y
ella encendida. Y as lleg el quinto ao de seminario, nueve meses de
martirio; y sal nuevamente de vacaciones. Me espantaba tener que volver
a ver a Angustias. Estuve tentado de rogar a la duquesa que me
permitiese pasar las vacaciones en su casa de campo, aunque fuera como
fmulo; pero desist en un principio. Y ocurri que una solterona,
llamada Felicita Quemada, que viva dos puertas ms abajo de mi padre, y
que cuando nio me sola llevar a merendar a su casa, un da que nos
tropezamos en la calle me dijo: Querido don Pedrito, ests hecho un
guapo mozo, un hombre hecho y derecho. Ante todo, no te enojar que te
siga tratando de t. Para m, siempre sers un nio, aunque te hagan
obispo de la nsula Barataria. Pero, vaya, que eres un mozo garrido.
Lstima que vayas para cura, que si no, las nias andaran detrs de ti
despepitadas. Y aun as y todo..., quin sabe? Es decir..., yo creo
saber.... Pero, cambiemos de palique. No s por qu no has de venir por
mi casa, como otros aos, como siempre. Cierto que yo soy una mujer
soltera y t un guapo galn, y hay lenguas de avispa; pero esto no debe
importarnos, porque quien a m me importa s que no lo toma a mal, y
adems eres ya medio cura, y los curas tienen va libre en todas partes.
Conque maana te espero a merendar.... Y fu al da siguiente. Aquella
mujer era vctima de un amor imposible, y no pudiendo dar feliz trmino
a su amor, se pereca porque todas las dems criaturas del universo se
confundiesen en estrecho e indisoluble abrazo amoroso. Su charla era
bastante para marear a cualquiera, pero aquella tarde, lo que realmente
anduvo a pique de hacerme caer sin sentido, no fu la forma, sino el
fondo y asunto de su charla. Aunque muy velado y desmenuzado en
minsculas alusiones, que entreveraba y envolva entre vanas parrafadas,
vino a decirme que Angustias estaba locamente enamorada de m y que no
poda vivir sin m. Yo no ignoraba que Angustias vena con frecuencia
por casa de la solterona, y que a veces dorma all. Volv por la casa.
A cada merienda, la solterona se clareaba ms. Un da me propuso que me
reuniese all mismo con Angustias; ella lo preparara bien y nadie lo
sabra. Me negu, en redondo, Dios sabe a costa de cunto esfuerzo y
agona. Y mi confesor me persuada que cercenar las inclinaciones
amorosas no cuesta ningn esfuerzo! La solterona me replic: No te
apures, don Pedrito; estoy convencida que tienes verdadera vocacin de
cura. Harto comprenda ella mi amor y mi dolor. Prosigui: No haba
mal en lo que te propona, ni peligro, ya que es tan firme tu vocacin
religiosa. Era una caridad, una limosna que haras a la pobre Angustias.
Slo con verte de cerca, por ltima vez, quedara dichosa para el resto
de su vida. Hasta podas inculcarle la vocacin, y que se meta
monja.... Insist en mi negativa. Dijo la solterona: Sea. Cada cual es
dueo de sus actos. Yo, dueo de mis actos...? Pero lo que hemos
hablado no ser obstculo para que de vez en cuando me visites. Yo
procurar que no coincidis aqu ni por casualidad. Cundo volvers?
El jueves prximo? Aquel jueves, al salir de mi casa para ir a la de
la solterona, vi que entraba en ella una mujer. No es que la viese. Slo
alcanc a ver el vuelo de una falda y un pie que suba de la losa al
umbral. Me bastaba. Era Angustias. Sal huyendo, fuera de la ciudad,
aldea adelante, andando, andando varias horas, y me encontr en casa de
la duquesa. Cuando llegu, me duraba todava el aturdimiento, la
insensatez. Dije a la duquesa que no me hallaba bien de salud y que iba
a la aldea a reponerme. La seora me pregunt si haba tenido algn
disgusto con mi padre. Por el gesto de mi respuesta, la duquesa, que era
un lince, presumi la oculta causa. Pobre Pedrn, hijito--dijo, dndome
una palmada en el cogote--; ahora, a pasear, a pescar, a cazar;
distrete, embrutcete. No des excesivo valor a las cosas de poca
monta. Ya se te pasar esa pequea enfermedad. Pero no se pas.
Transcurri un mes. Iba de vencida el verano. El cielo estaba ya
desvado y triste. En veinte das escasos deba entrar en el Seminario.
No pude resistir ms. Volv a Pilares y a casa de Felicita. Antes de que
ella hablase, me adelant a decir: Quiero ver a Angustias. Respondi
la solterona: Lo esperaba. Tienes un corazn de oro. Vuelve maana a la
hora de la merienda, como de costumbre. Llegu al da siguiente.
Felicita me condujo a su gabinete, cerr la puerta y me dej dentro.
Estaba Angustias en pie. Yo, en pie, a tres pasos de ella. Nos mirbamos
sin decir palabra. Brillaban sus ojos con lgrimas; se empaaban los
mos. Y nos mirbamos sin decir palabra. Cunto tiempo? No lo s. Ni s
cmo la hall ya entre mis brazos; las bocas unidas. Cunto tiempo?
Tampoco lo s. Haba en el gabinete una cmoda; sobre la cmoda, una
imagen de la Virgen de Covadonga, con una lamparilla ardiendo. Nos
arrodillamos ante la imagen, tom la mano de Angustias y dije: Ante la
reina de los cielos, te prometo casarme contigo. Entr Felicita:
Nios, loquines, que ya es tarde. Cada mochuelo a su olivo y cada pollo
a su corral. Yo no quera separarme de Angustias ya en la vida. Qu
sbito es don Pedrito--coment Felicita--; claro, tiene hambre atrasada.
Tonto, de quin es la culpa? Ya lo arreglaremos todo, y de prisita,
para que no te consuma la impaciencia. Sin embargo, yo no quera
separarme de Angustias sin llevarme por lo menos un retrato que
contemplar en las horas de ausencia. Por fortuna, Angustias tena en
casa un pequeo retrato. Quedamos que se lo traera a Felicita y que
sta me lo enviara al punto. En das contados (y todos los das nos
veamos), Felicita ide, madur y dispuso el plan de lo que habamos de
hacer. Angustias y yo no ponamos nada de nuestra parte; nos dejbamos
llevar por Felicita, y en verdad que si grande era nuestro gozo no era
menor el de la pobre solterona. Slo de raro en raro se detena a
murmurar, con acento de quejumbre: Qu envidia me dais, tortolines...!
Pero no caigis en soberbia o egosmo, que no sois solos en el mundo.
Tambin a m me llegar mi hora; y quiz muy pronto. Cuando Anselmo y yo
nos casemos, seremos amigos los dos matrimonios, aunque vosotros
pertenezcis a una clase humilde. Yo no reparo en eso, y no reparando
yo, Anselmo no reparar tampoco. Felicita era de opinin que por las
buenas y siguiendo los trmites usuales no llegaramos a casarnos. Por
lo tanto, era menester apelar a un procedimiento rpido y enrgico; nos
escaparamos, pediramos luego, por carta, perdn y consentimiento a
nuestros padres, y a la postre, para evitar el escndalo, todo se
arreglara a pedir de boca. Angustias, por no causar una pena a
Belarmino, repugnaba la idea de la escapatoria. Por qu hemos de
escaparnos? Se escapan los que han hecho una cosa mala, y nosotros no
la hemos hecho. Qu pensar mi padre?, deca Angustias, con angelical
mansedumbre. Yo, por la violencia de mi amor, me sent violento en la
lengua: Nos escapamos, porque es el nico camino que se nos abre, y si
t no lo sigues conmigo, es que no me quieres. No digas eso, suspir
Angustias, con lgrimas nacientes, que yo acud a evitar con mis labios.
Jess! Jess!--chillaba la solterona, en tono burlesco--. Nios, no
os pongis pecaminosos, que me ruborizo y se me alargan los dientes....
Pobre mujer; alma jugosa y generosa, como la vid buena, revestida de un
tronco sarmentoso y casi momia! No haba inconveniente u obstculo a
nuestra presunta evasin que ella no saliese al paso con el adecuado
remedio. Ella nos facilit el dinero, que yo luego entregu a Angustias;
ella nos sugiri la idea de avisar a nuestro fiel amigo Celesto, para
que nos proporcionase el carruaje y nos sirviese de mayoral; ella
apercibi todos los pormenores; ella, por fin, desinteresada sacerdotisa
del amor, vetusta vestal, nos bendijo enternecida, cuando partamos.
Cmo llova el da de nuestro xodo feliz! Cmo sonaba el agua a
cristal, a campanas de gloria! Era un nuevo diluvio, que anegaba a la
humanidad entera; nuestro coche, como el arca de salvacin; slo
nosotros sobrevivamos al universal naufragio, destinados a ser origen
de una humanidad nueva. Pronto brillara el arco de la alianza. A la
maana siguiente, temprano, repicaron con los nudillos a nuestra
puerta. Me incorpor. Angustias, blanca y dulce, con el cuello en
escorzo, dorma como una paloma. Deca la sirvienta, de fuera del
postigo, que unos seores me esperaban abajo. Venan, sin duda, en
nuestra persecucin, a quebrantar nuestra dicha. Yo estaba resuelto a
dejarme matar, antes que entregarme. No tena armas. Mir en torno. Nada
haba que pudiese servirme de arma eficaz. La sirvienta insista desde
fuera. Lo que yo ms tema era que Angustias se despertase. Me vest de
cualquier modo. Sal a la puerta con intencin de sobornar a la
sirvienta. Unas manos de hierro, las de aquel brbaro Patn, el criado
de la duquesa, me amordazaron, me sujetaron cruelmente los miembros, me
tomaron en vilo, me descendieron a un zagun, en donde estaban mi padre
y el seor Novillo, el cortejador de Felicita, me metieron en un
coche.... Y, entretanto, Angustias dorma como una paloma, y acaso
soaba que era feliz. Aquellas manos de hierro no rebajaron un punto su
salvaje presin hasta que llegamos a Pilares. Yo era como un invlido,
como una cosa intil y paraltica. El brbaro Patn me conduca como
liviano fardo. Y yo conduca mi pobre vida, mi pobre alma, como otro
fardo, pero insostenible, abrumador. Segn bamos en el coche, pens:
Si yo pudiera morderme con disimulo una arteria y dejarme desangrar,
calladamente.... Todo era intil. Senta el corazn tumefacto,
insensible. Llor, llor entonces como flaca mujer, por mi tesoro, que
no haba sabido defender como hombre; llor todo el viaje. De camino, mi
padre ni el seor Novillo no desplegaron los labios. La duquesa me
encerr en un cuarto oscuro, y all me tuvo la semana que faltaba para
volver al Seminario. No poda yo imaginar que me admitiesen en el
Seminario, despus del escndalo. Mientras estuve encerrado, nadie me
enter de nada. El da primero de curso, la propia duquesa me llev en
su coche al Seminario. Qu haba pasado? Andando el tiempo, lo supe. El
seor obispo, bajo la influencia de los dominicos y de los marqueses de
San Madrigal, quera casarme. La duquesa de Somavia se opona tenazmente
y pretenda que yo continuase mi carrera. Como Angustias haba
desaparecido, sin dejar vestigio ni presuncin de su paradero,
finalmente triunf la voluntad de la duquesa y yo volv al Seminario;
otros siete aos....

Don Guillen apoy los codos en las piernas, la frente en las palmas.
Hubo un largo silencio. Irguise y enhebr la interrumpida hebra del
discurso:


[Nota: DRAMA DE CONCIENCIA DE DON GUILLN]

[Nota: GUILLN DE VOTO CASTIDAD]

--Siete aos.... La almendra del rbol de la Iglesia: Sagrada Escritura,
Teologa dogmtica, Teologa moral. Siete aos de triple martirio, no
ya en el corazn, como los aos anteriores, sino en la carne y en la
conciencia. Ya no eran las tentadoras imgenes de antes, fingidas por la
humareda que se elevaba del corazn; era la experiencia de la carne, el
recuerdo de lo pasado, que, no obstante haber pasado, permaneca actual
sobre mi piel, como la cicatriz de las heridas. El contacto de Angustias
haba impregnado mis nervios ya para siempre: la sensacin estaba de
continuo sobre m, me erizaba el vello con un calofro placentero.
Angustias segua formando parte de mi ser y me dola como un miembro
amputado. Martirio del corazn, martirio de la carne y martirio de la
conciencia, acaso ms desesperado que todos. A diferencia de mis
compaeros, yo continuaba leyendo y estudiando. Ninguno se preocupaba de
que yo leyese, ni de los libros que lea. Y lo que yo lea eran obras
francesas e inglesas, y traducciones alemanas al francs y al ingls,
sobre crtica bblica. Me apliqu a meditar sobre el problema de los
Evangelios sinpticos. Era evidente, ay!, era evidente. Los Evangelios
no posean valor histrico; no eran testimonios personales de la vida y
enseanza de Jesucristo; haban sido urdidos muchos aos despus, casi
un siglo. Las piedras angulares sobre que se asentaba la Iglesia eran
otros tantos fraudes. El profesor de Sagrada Escritura se llamaba don
Salomn Caicoyas. Salomn, el hijo de David, se haba posado brevsimo
tiempo en la inteligencia de este otro su homnimo. Hombre ms
ignorante, soberbio y posedo de s...! Llevaba el manteo terciado, la
teja al bies, y tena todo el empaque de un majo. En el Seminario se
murmuraba que era muy galanteador y que se introduca siempre entre la
muchedumbre y en lugares muy concurridos, por disfrutar de apreturas con
las mujeres. Su voz era como el estridor de un cuchillo contra un plato.
Yo no poda orle sin sentir dentera y malestar de estmago. Adems, no
s por qu, me tena franca ojeriza, y no perda oportunidad de
recordarme en pblico la grave falta que yo haba cometido. Pues este
hombre era quien deba disipar los negros vapores que ensombrecan mi
conciencia.... Figrese usted!... Yo mismo hube de procurarme la
salvacin; yo mismo, con la ayuda de Dios y de la mano de San Pablo, el
apstol de los gentiles, que no conoci a Cristo. Las epstolas de San
Pablo son los documentos ms antiguos y fehacientes del cristianismo;
son propiamente obra de la fe, de la voluntad de creer. San Pablo no
exiga virtudes heroicas; antes bien, virtudes moderadas. Hay un
oportunismo de la virtud, que es la verdadera doctrina paulina. La
religiosidad sincera, para San Pablo, se cifra en algo ms importante
que los hechos probados y la rigidez de conducta. En la segunda epstola
a los Corintios, San Pablo dice: _o Khirios to pneuma estin_; el Seor
es el espritu. Los griegos, aunque espiritualistas, no haban acertado
a sutilizar el alma humana sino asimilndola y, por ende, denominndola
con la palabra _psique_, mariposa, que para ellos era imagen de la
levidad suma. Qu milagroso avance en la espiritualizacin del alma
desde la _psique_, material todava, hasta el _pneuma_, materia
inmaterial, sustancia etrea, soplo divino!... El Seor es el espritu;
Dios reside en nuestra alma. Todo el resto, documentos, testimonios y
dogmas, es secundario. No hay sino robustecer y exaltar el elemento
espiritual de nuestro ser. Tal es el deber religioso primordial y nico.
El cristianismo enriqueci la historia de la conciencia humana con un
acto de creacin: la creacin del espritu. El espritu es algo ms fino
y elevado que el alma. Los egipcios crean ya en el alma. Pues el
espritu es el alma en libertad. El espritu, sobre la tierra, existe
con conciencia de s propio--pues antes exista a ciegas--desde hace
diez y nueve siglos; desde San Pablo. Acaso un psiclogo experimental me
replicar con sorna: pero, si el espritu sigue sin existir.... Yo no
he tropezado con el espritu en mis experimentaciones. Responder yo:
tanto peor para usted, pues es seal de que usted no tiene espritu y
no puede ser cristiano. El espritu es superior a la _psique_ y no se
puede llegar hasta l por la mera psicologa. San Pablo fu tambin el
apstol spero de la castidad. Ms vale casarse que abrasarse; pero la
castidad es madre de la fortaleza. Una noche de insomnio, meditando y
cavilando sobre lo que habra sido de Angustias, cre or una voz
interior, una voz que resonaba con misteriosa certidumbre: Esa mujer
est perdida. A esa mujer la has perdido t. Esa mujer no puede pecar,
porque es inocente de su cada. Los pecados de esa mujer pesan sobre tu
conciencia. Tanto pecars t cuanto ella peque, y ella permanecer
limpia, porque no es suyo su pecado. Todo le ser a ella perdonado, por
haberte amado tanto. Haz t que tantas culpas te sean perdonadas,
compensando con severa castidad la cadena de pecados que t mismo
hubiste de forjar y remachar, y que llevas asida al tobillo y a las
muecas. Y con resolucin que arrancaba del tutano de mis huesos,
exclam: As lo har. Y lo cumpl. Creo en el espritu y soy
continente: todo el resto es secundario. Ya ms sano en mi alma, volv a
baarme en la onda tpida y vigorizante del Breviario. Ahora, tres
himnos se alojaron en mi pecho y ardan de modo inmarcesible, como
lmpara de tres lenguas iguales: los tres himnos a Mara Magdalena, uno
precisamente del cardenal Belarmino, otro de San Gregorio, retocado por
Belarmino, el tercero de San Odn de Cluny, retocado tambin por
Belarmino. Dice San Odn:

  _In thesauro reposita
  Regis est drachma perdita;
  Gemmaque lucet inclita
  De luto luci reddita;_

el dracma perdido es repuesto en el tesoro del rey, y la perla luce
nuevamente sacada desde la tiniebla hasta la claridad.

Y dice San Gregorio:

  _Nardo Maria pistico
  Unxit beatos domini
  Pedes, rigando lacrymis
  Et detergendo crinibus;_

con nardo machacado Mara unge los santos pies del Seor, regndolos de
lgrimas y enjugndolos con los cabellos.

Y dice Belarmino:

  _Amore currit saucia
  Pedes beatos ungere,
  Lavare fletu, tergere
  Comis, et ore lambere;_

herida de amor, corre a ungir los santos pies, a lavarlos con llanto, a
enjugarlos con la cabellera, a acariciarlos con la boca. Y un da,
vendr as la mujer a quien perd; en su inocencia, me pedir perdn, y
yo le dir: Levntate, mujer. T eres quien debe perdonarme. Heme aqu
a tus plantas. As pensaba yo entonces..., y luego..., muchos aos. Y
he llevado siempre conmigo la imagen de la mujer, la imagen anterior a
su desdicha y a la ma; y no pudiendo hacerla mi amada, hice de ella mi
hermana.

Despus de breve pausa, prosigui don Guilln:

--Mi primera misa la dije en la casa de campo de la Somavia. La duquesa
fu mi madrina. Me regal una rica casulla, bordada en oro. Entre sus
arabescos, muy disimulado, hay un corazn estrujado por una mano; del
corazn cae un hilo de sangre, que, retorcindose, describe una _A_
equvoca. En lo alto de la capilla enarbolaron una gran bandera blanca.
Ofici conmigo el seor obispo, por exigencia de la duquesa; pero Su
Ilustrsima, que no me haba perdonado la antigua calaverada, me envi,
apenas ordenado de mayores, a una parroquia rural inhospitalaria: San
Madrigal de Breosa. All tenan una hermosa finca los seores de Neira,
de donde tomaron pie para el ttulo; pero jams iban, por lo muy
apartado y fragoso de la comarca. Sucedi que a los dos aos de estar yo
en aquellos andurriales falleci don Restituto; doa Basilisa, la viuda,
fu a guardar el luto en las soledades de San Madrigal, y como era muy
devota, y oa, antes del desayuno, misa diaria, me nombr su capelln.
Era una seora rechonchita, nada fea, en buena edad todava, muy blanca,
y simple que no caba ms. Sus ideas religiosas eran caprichosas, y aun
cmicas. Crea que el cielo de los bienaventurados era un teatro, con su
escenario y localidades para el pblico. Su marido, don Restituto, segn
ella, se haba adelantado a entrar en el teatro, para coger buen sitio y
reservrselo a su mujercita. Ello es que, olvidndose en seguida de que
su marido la esperaba, con un sitio acotado, di en enamorarse de m y
en drmelo a entender con palmarias manifestaciones. Otra matrona de
feso. La cosa no tena nada de particular, si se tiene en cuenta que el
nico hombre de traza humana que all vea era yo; que su marido haba
sido mucho ms viejo que ella; que posea un corazn muy tierno y
dadivoso, y, por ltimo, que el verme vestido con ropa negra y larga, a
modo de falda, como ella, le infunda confianza y atrevimiento para
manifestarse, a pesar de su natural tmido y cuitado. Ella saba de mi
fuga con Angustias, y deba de calcular que me rendira fcilmente al
amor. Pero yo me di excelente maa para disuadirla. Con fervor y uncin
retricos, lo confieso, me las arregl para convencerla de que fijsemos
nuestra mutua relacin en un terreno puro y espiritual. No le prohiba
que me amase, pues Dios no pide de sus flacas criaturas lo imposible, e
imposible es desarraigar los afectos profundos por un mero movimiento de
la voluntad; pero le vedaba declararse paladinamente, pues Dios exige
que nos sobrepongamos a la flaqueza y a la pasin, y esto s le es
posible a la voluntad. Le habl yo mismo de aquel gran pecado de mi
atropellada mocedad, de lo arrepentido que estaba y de cun firme era mi
propsito de la enmienda. Le di a entender, fingidamente y por
proporcionarle algn alivio a sus afanes, que corresponda a su afecto,
pero que mi estado sacerdotal me obligaba a poner una venda sobre los
ojos de la carne. Yo sera su padre espiritual; ella, mi hija. En
confesin, de penitente a sacerdote, podra confiarme las cuitas de su
pecho; de mujer a hombre, jams. Estaba maravillada de aquello que ella
reputaba fortaleza y virtud mas, y que no era sino deseo de
tranquilidad y de que no me molestara. Es usted un santo, un santo de
veras; el nico santo que he conocido, me deca de cuando en vez,
mirndome con adoracin, las manos en actitud de rezo. Yo coma siempre
con ella. Tal vez me contemplaba con ojos lacrimosos de oveja,
interrumpiendo la deglucin. Tal vez, de sobremesa, alejado ya el
sirviente, lanzaba terribles suspiros; pero no pasaba de ah. Dorma yo
tambin en la finca; pero eleg una estancia holgada y desnuda, como
celda, de luz permanente y plateada, mirando al Norte, al extremo de la
casona, y ms all de los dormitorios de la servidumbre, por evitar
maledicencias. Era seor de mi tiempo, y me pasaba horas y horas
estudiando, ya en la gente del campo, ya en los libros. All, en
contacto con los esclavos de la gleba, se me revel la gran tragedia de
la sociedad humana. Me aficion entonces a las ciencias sociales, las
cuales siguen siendo mi preocupacin. Yo he nacido para reformador
social. Que la sociedad est mal organizada y ha de cambiar, es
evidente. Los hombres tienen derecho a la felicidad; todos los hombres;
pero tienen derecho aqu mismo, en la tierra. El estmulo ms vehemente
y constante, el mvil ms poderoso y activo que ha puesto Dios en la
conjuncin humana de alma y cuerpo, es el deseo de felicidad. Luego si
lo primordial humano, por designio divino, es el deseo de felicidad, el
hombre tiene derecho a la felicidad. Todas las grandes actividades
conscientes (y no digamos de las reflejas e inconscientes) se engendran
de aquel mvil fatal e ineluctable, el deseo de felicidad: la religin,
la moral, el derecho, el arte, la ciencia. Todas estas actividades
conspiran desde su origen a perfeccionar la sociedad, con el fin de
alcanzar ltimamente el mximo de felicidad para el mximo de
individuos, si bien, por deficiencia humana, todos los ensayos de
organizacin, hasta ahora, se han hecho a base de una manera de
felicidad limitada y mediante uno solo de aquellos grandes rdenes de
actividad consciente, con preferencia y pretericin de los otros. La
Iglesia naci como un ensayo de organizacin para la felicidad. En las
epstolas de San Pablo vemos, sin posible interpretacin en contrario,
que el apstol se crea inmortal, que cuantos profesasen en la fe de
Cristo se haran inmortales, y que el Salvador volvera a establecer el
reinado de la felicidad sobre la tierra para sus fieles, lo que l
llamaba la _Parousia_; y como lo predicaba el apstol as lo crean los
secuaces. Pero sucedi en Tesalnica que algunos de los convertidos se
murieron, con lo cual los cristianos tesalonicenses movieron grandes
motines, llamndose a engao; y lo mismo los de feso. El apstol vi al
cabo que l y todos los cristianes tenan que morirse; pero como no
poda renunciar a la felicidad, decidi que no se mora sino el cuerpo,
y que el espritu, inmortal, penetraba en el reinado de Cristo, en la
Gloria. As, la Iglesia de los primeros siglos fu una dulce y balda
anarqua, un ensayo de organizacin para obtener la felicidad despus de
la muerte. En aquel ensayo de organizacin para la felicidad fueron
menospreciados o preteridos los rdenes de actividad consciente
distintos del religioso: el cientfico, el artstico, el poltico, y
muchas veces el moral. Nuestra organizacin social al presente, esto que
dicen la sociedad capitalista, es otro ensayo de organizacin para la
felicidad, a base de dos rdenes de actividad, el poltico y el
cientfico, con menosprecio y pretericin de los otros. Es un estado de
anarqua cruel y productiva, as como la Iglesia primitiva era un estado
de dulce y balda anarqua. El socialismo, mayorazgo del capitalismo,
pretende ser un ensayo a base solamente de actividad cientfica. Todos
los ensayos de organizacin para la felicidad, hasta ahora, han sido
ensayos fracasados; aunque todos diferentes, tienen de comn entre s
que en el fondo de todos ellos late una anarqua disimulada,
vergonzante, cohibida. Aunque parezca paradoja, no ser tal vez la
anarqua la nica organizacin posible para la felicidad? El da que
todos los rdenes de actividad consciente, incluso el poltico y
jurdico (por el cual yo no entiendo el arte de gobernar, sino el de
vivir en comunidad, sin estorbarse ni daarse mutuamente), alcancen su
plenitud y autonoma, y entre s se armonicen sin menoscabarse ni
lastimarse, no resultar una organizacin espontnea de perfecta
anarqua, libertad absoluta e insuperable felicidad terrena? Bien. No es
pertinente que le exponga aqu todas mis ideas sociales. Ello es que
all, en San Madrigal, pensaba yo a veces: si yo tuviera medios de
fortuna, hacienda bastante, para ensayar una comunidad de hombres
felices, en lo posible, una experimentacin social, como otras que se
han hecho, pero aleccionado por los errores de los dems. Cuando he
aqu que, un da, la viuda me suelta, como ducha de agua fra, que tiene
la intencin de dejarme heredero universal; cerca de dos millones de
duros. Desde luego no supe qu decir; pero, a poco, Dios me concedi
bastante serenidad y reflexin para responderle: Seora: le agradezco,
con emocin no traducible en palabras, su generosidad; generosidad que
no acepto, ni aceptar, no tanto por m, cuanto por usted y su buena
memoria. Se pensara que la ndole de nuestras relaciones me haba
acarreado esta prueba pstuma de su amor de usted hacia m. Y doa
Basilisa, tan bobalicona siempre, habl, excepcionalmente en aquella
ocasin, con cierta elocuencia y buen sentido: Lo que digan los
juzgadores temerarios, all ellos con su conciencia. La ma est
tranquila y confiada ante Dios, que ve el secreto de mis intenciones. No
es esto ddiva de amor, no; ni siquiera premio a su santidad y virtud,
sino muestra dbil del agradecimiento con que usted me ha obligado, por
haberme persuadido a guardar mi virtud y servido de gua en el spero
sendero del bien. Cuando me junte con mi Restituto, en el celestial
coliseo, estoy segura que lo primero que me va a decir es: no creas que
ahora aplaudo la afinacin de los divinos coros; lo que hago es
aplaudirte por lo que has hecho. Sin embargo, yo me negu a aceptar la
herencia, a no ser con una condicin: que constase en el testamento que
me dejaba su fortuna al modo de fideicomiso para que yo la emplease en
aquellas empresas y obras de utilidad y beneficio del prjimo que yo
juzgase conveniente. Y en eso quedamos. A los siete aos de estar yo en
San Madrigal muri la duquesa de Somavia. La asist en sus ltimos
momentos. Hasta el mismo punto de morir no perdi la alegra ni el
desparpajo. En medio de la pena y el llanto que nos causaba verla
morirse nos haca rer con sus salidas. Yo siempre haba credo que
tena el pelo muy ensortijado, y era que se lo rizaba todas las noches,
mechn a mechn, enroscndolos en unos rollitos de papel, que luego
extenda a entrambos cabos, a modo de blanca mariposa. Todas las noches,
en su lecho de muerte, haca que la doncella le aderezase el cabello,
ponindole aquella especie de mariposas, que al da siguiente conservaba
durante todo el da. Haca un efecto muy chusco. Pues as se muri; con
la cabeza cubierta de mariposas de papel. Como yo la mirase con
sorpresa, al verla por primera vez en aquella guisa, ella, con sus
graciosas despachaderas, me dijo: Qu miras ah, papanatas? Es que
nunca has visto una mujer en la cama y sin vestir? O es que te parece
mal que las viejas cuidemos de sostener y realzar los restos de belleza
que nos quedan? Y no vayas a figurarte, ya que como cura sers
malicioso, que sois como mulas resabiadas, y los resabios del mal pensar
los habis adquirido en el confesonario, en donde de la gente no
aprendis sino lo malo y lo feo, y eso que no os lo dicen todo; no vayas
a figurarte que me pongo estos moos por vanidad; a buena hora...! Lo
hago por decoro, y por algo ms. El primer deber de los decentes y bien
nacidos es atender al decoro de su persona. Y adems lo hago, y lo he
hecho toda mi vida, por imponerme una obligacin molesta, ya que ninguna
otra tena; un acto de paciencia y disciplina, una mortificacin, como
vosotros decs. Quiero morirme con los _papillons_ sobre mi cabeza, y
cuando el alma se escape de mis labios, que todas estas mariposas la
lleven, revoloteando, ms ligera al regazo de Dios Padre, que me cri
Beatriz Valdedulla, y me sostuvo toda la vida Beatriz Valdedulla, y me
aceptar en su eterna misericordia como Beatriz Valdedulla; porque yo
qu culpa tengo de ser Beatriz Valdedulla? Slo con recordar estas
palabras me conmuevo. Una maana, el da antes de entregar su alma a
Dios, en presencia del duque, me dijo: Don Pedrito, hijo mo; te quiero
casi casi como un brote de mi sangre. Pero como las palabras son como
moscas, que no se dejan atar por el rabo, he querido dejarte algo de ms
substancia que la palabra de mi cario, y por intermedio del duque, mi
marido y seor, que tiene mucha mano con el Gobierno, te he conseguido
una credencial de cannigo en Castrofuerte. Una canonja, digan lo que
quieran, no es gran cosa. Si yo viviese ms aos te veras obispo. Lo
que yo no he podido hacer, t, con tu maa y despejo, lo conseguirs. Me
voy de entre vosotros con un grande reconcomio y desazn, y es por tu
padre. Bolonio debiera llamarse, que no Apolonio. Sus asuntos ya no
tienen arreglo. Al duque y a ti os recomiendo que cuando le veis en la
calle, y esto tiene que venir necesariamente, le busquis un asilo, y
all le enviis aquellas cosillas imprescindibles a su vanagloria, sin
las cuales no podra vivir. Antes de morir, se expres de esta suerte:
Duque, has cumplido mal como casado; pero te perdono. Pido tu perdn,
si en algo te falt, que habr sido involuntario. A ti, hijo mo muy
querido, nada tengo que perdonarte, que soy de opinin que los hijos no
tienen deber alguno para con sus padres, y s slo los padres para con
sus hijos. Si algn da la vida te pesa demasiado, perdname; que yo
quise darte una vida amasada con dichas y venturas. A ti, Facundo
(estaba presente el obispo), cuntas veces te llam mastuerzo, sin ms
razn que es verdad que lo eres...! Pero ya sabes que te he estimado,
que jams te perjudiqu a sabiendas; antes por el contrario, te favorec
en lo que pude, y hasta te admir en una ocasin, que quizs hayas
olvidado. Perdname lo de mastuerzo. A ti, Pedrn, te digo algo como a
mi hijo; si alguna vez sientes una carga en la vida, por mi culpa,
perdname; otra era mi intencin. Perdnenme todos a quienes haya
ofendido o causado dolor. Y t, Seor mo Jesucristo (besando el
crucifijo), ya s que me perdonas, como perdonas a todos en tu infinita
bondad, que si no fuese as llovera fuego sobre la tierra, por lo
menos, cada diez minutos. Hasta luego, vosotros; que la vida es breve.
Hasta ahora, Seor mo Jesucristo. Muri como una santa. Era una santa
a su manera, pues hay muchas maneras de ser santo. Yo he observado que
en el mundo hay muchsimos ms santos de lo que ordinariamente se
piensa. Es ms: yo creo que el mundo anda tan mal porque hay demasiados
santos; porque la gente, en general, es demasiado bondadosa y resignada.
Pero dejmonos de glosas. Muri la duquesa. Yo pas de cannigo a
Castrofuerte, y all llevo vegetando hace algunos aos. Doa Basilisa me
sigue escribiendo cartas frecuentes, prolijas y tiernas. Dice que,
ltimamente, anda quebrantada de salud. De la herencia nada me dice. No
s si contino siendo su presunto heredero, o si algn fraile, que s
que la visitan en San Madrigal, le ha socaliado la herencia para su
Orden. Mi padre y Belarmino, ste ya viudo, estn en un asilo, como la
duquesa predijo. Quise que viviese conmigo, y le llev a mi casa, en
Castrofuerte, por una temporada. Pero era de todo punto imposible. En
primer lugar, haca el amor a todas las criadas de la vecindad, y en
cierta ocasin hizo publicar en un peridico local una declaracin
amorosa, en verso, a la seora del alcalde. Adems, contraa tales
deudas, que mi mdico estipendio cannico no nos bastaba para vivir. En
conclusin: que, pesndome mucho, hube de mandarle nuevamente al asilo.
Le envo all a mi padre aquellos regalitos a mi alcance que la duquesa
me encomend. El que ahora tiene en Pilares un gran bazar de calzado
mecnico y porradas de dinero es aquel Martnez, antiguo oficial de
Belarmino. Por cierto que en el mismo asilo de caridad que mi padre y
Belarmino est recogido un usurero apellidado Bellido, causante de la
ruina de Belarmino; se arruin a su vez en la famosa quiebra de la banca
Hurtado y Compaa[1]. Rarezas del destino.

[Nota 1: _La pata de la raposa_, novela de R. Prez de Ayala.]

Y don Guilln qued con ojos vacantes, como dicen los ingleses, tan
expresivamente; con ojos vacos, ciego para las cosas ambientes, y acaso
enfilando una perspectiva interior y remota de recuerdos inmviles.
Hablando l y yo escuchando, las horas nocturnas, de negra clmide, se
haban ido alejando armoniosamente; las horas matutinales danzaban ya en
los umbrales del da, y un revuelo de sus tnicas color violeta
penetraba por la hendedura de nuestros balcones; la aurora, con dedos de
rosa, golpeaba silenciosamente en el vidrio de nuestras pupilas. Ante el
suave llamamiento de la luz del cielo en sus ojos, don Guilln exclam:

--Ya es sbado de gloria; ya es pascua florida. Los almendros estn
vestidos con un velo rosado y los pomares con un velo de nieve. Dentro
de poco resonarn las alegres campanas en toda la cristiandad. Cristo va
a resucitar:

  _Sat funeri, sat lacrymis.
  Sat est datum doloribus_,

canta el laude pascual; no ms duelo, no ms lgrimas, no ms pesados
dolores. Y dice la voz inaudible de los coros anglicos: Paz en la
tierra a los hombres de buena voluntad. Todo es paz y todo es contento
en el valle de lgrimas. Los hijos de Dios se abrazan y besan en la
mejilla, murmurando: Salud, hermano; salud, hermana; el Seor sea con
nosotros. Y t, hermana ma--prosigui, tomando en sus manos el joyel
con el retrato y mirndolo con el rostro descompuesto por la piedad y la
amargura--, dnde ests, en qu oscura mazmorra te encerr, a ciegas,
que no doy con la entrada, aunque sangran mis pies de tanto caminar y
mis manos de tanto tropezar a tientas?

Te busqu, y no te he encontrado; te esper, y no has venido. Mi alma
estar triste hasta la muerte; muertos mis odos a las campanas de
resurreccin; muertos mis ojos a los colores de primavera.

Yo, naturalmente, juzgu espontnea, sincera, y, por lo tanto, lcita en
la ocasin, la pequea expansin retrica de don Guilln, y apenas
concluy y dej caer con abatimiento la cabeza, dije, sin vacilar un
segundo:

--Ya le he dicho que conozco a esa mujer, y se la voy a traer aqu en un
instante.

Supongo que le dej fulminado y sin acertar a emitir palabra ni sonido
articulado. Sal sin volverme a mirarle, sin haberle odo resollar. La
ciudad se arrebujaba en la luz cenizosa y aterida de los amaneceres. Me
encamin, rpido, al cafetn. All, en su rincn acostumbrado, con el
vaso de recuelo ante s, Angustias esperaba al Tirabeque.

--Mujer, ven conmigo--le dije, emocionado y conminatorio. Angustias se
levant--. Sgueme.

--Le ha ocurrido algo al Tirabeque? Una bronca? Una pendencia? No
quiero ver nada. No me importa. Es mi libertad--deca de camino,
jadeando por seguir mi paso impaciente.

Al llegar a la puerta de la casa, vacil.

--Qu quiere de m, seor? No me trata de engaar? Siempre le tuve por
bueno.... Soy una desdichada.

--Ven conmigo, mujer--insist, cogindole la mano.

--Pero, dnde me lleva?

Yo no saba qu decir. Se me ocurri una bobada.

--Hacia la resurreccin. No sabes que es pascua florida?

Se detuvo, temblando.

--Est ust loco, seor? Ay, Dios mo, ten piedad de m!

Yo tir de ella, escaleras arriba.

--Ven conmigo, mujer.

--Virgen de Covadonga! Gritar, aunque se arme un escndalo y me lleven
a la delegacin--y se detuvo, con firmeza.

--Angustias, no sea usted nia--dije, comenzando, sin darme cuenta, a
tratarla de usted--. Cmo puede creer que trato de hacerle mal? Al
contrario: la llevo hacia la dicha, al encuentro de alguien que usted
espera volver a ver hace varios aos.--La cerilla con que nos
alumbrbamos me quem los dedos. Pronunci una exclamacin adecuada, al
arrojar la cerilla al suelo. Quedamos a oscuras. Angustias se acerc a
m, medrosa. La senta tiritar, con miedo del corazn.

--Djeme usted escapar, huir--suplicaba--. Cmo me atrever a
presentarme delante de l? Lo sabr todo ya. Ust mismo se lo habr
contado. Me escupir. Me arrojar lejos de s, y con razn. Luego, el
Tirabeque nos vendr siguiendo; me matar a m y le har a l un chirlo
en la cara.

--Ea, Angustias. No nos cuidemos del Tirabeque. Don Pedrito espera a
usted. Quiere usted acudir? Quiere usted salvarse?--murmur con
impaciencia, a tiempo que encenda otra cerilla.

Qu cara la de Angustias: infantil, contrada, atormentada por un dolor
oscuro, apenas consciente!

--Quiero salvarme! Quiero salvarme!--dijo con voz sollozante,
agarrndose desesperada a mi brazo, como a tabla de salvacin.

Llegamos a la habitacin de don Guilln. No quiso ella pasar delante, y
hube de hacerlo yo. Mi intencin era dejarla adentro y retirarme
discretamente a mis cuarteles. Contra mi propsito, hube de presenciar
el principio de la escena, porque se desarroll sbitamente, y la
continuacin, porque, a pesar mo, permanec asido e inmvil por la
expectacin.

Angustias se arroj a los pies de don Guilln. Se abrazaba con ellos,
escorzando, el cuello dctil y albo; se los regaba de lgrimas; se los
enjutaba con la cabellera copiosa y cobriza. Y se reprodujo la imagen
emotiva que con lnea ingenua y tintas translcidas bosquejaron los
santos melodas del Breviario.

--Perdn! Perdn!--imploraba Angustias, en el candor de su alma
intachable--. Soy muy mala, pero a nadie he querido sino a ti. El amor
me ha perdido, la desesperanza de amor. Ya te contar y me perdonars.

Don Guillen, lvido, rgido, balbuciente, pidi:--Levanta, hermana!

Angustias obedeci como una criatura pasiva. Entonces, don Guillen se
arrodill ante ella.

--T ests limpia. Todos tus pecados se vuelven contra m. T y Dios
sois los que debis perdonarme, y me perdonaris, porque he amado y
sufrido mucho. Di que me perdonas; di un s con los labios, un s con
la cabeza, aunque no salga del corazn.

--Mil veces s--dijo Angustias, con un grito sofocado, blandiendo en el
aire la cabellera.

Levantbase del suelo don Guilln, y Angustias se precipit en sus
brazos, tendiendo hacia l los labios sedientos, la cabeza derribada
hacia la espalda, como inerte. Don Guilln le enderez suavemente la
cabeza y le bes la frente.

Yo comprend que era el momento preciso de retirarme con disimulo, y
gir furtivamente sobre mis talones, cuando o que don Guilln, con
acento entre alarmado y severo, me deca:

--Qu va usted a hacer? Aguarde un instante; tengo que pedirle un gran
favor. Es menester que me ayude a improvisar un acomodo donde mi hermana
descanse unas horas. Si usted tiene en su habitacin un divn, o
siquiera una butaca, yo puedo dormir all, si usted no tiene
inconveniente, y que Angustias quede en este cuarto.

Arreglamos el acomodo como don Guilln deseaba. Por su voluntad expresa
y decidida, se tendi sobre mi divn. El divn estaba contiguo al
tabique medianero entre mi habitacin y la suya. Al otro lado del
tabique, se apoyaba el lecho en donde Angustias reposaba.

Acostados ya, don Guilln me dijo desde su divn:

--Lo ms inmediato y urgente ya lo tengo decidido. Dentro de pocas
horas, en el primer tren, saldr Angustias camino de Castrofuerte, con
una carta para don Abel Parras, un cannigo viejo, gordo, pacfico y
bonachn, que es mi mejor amigo. Angustias vivir con l, y as se
estorbarn murmuraciones malignas. Ms adelante, ya veremos lo que se
hace.... _In thesauro reposita_...; el dracma extraviado ha sido repuesto
en los tesoros del rey, y la perla luce nuevamente, sacada desde la
tiniebla a la claridad. Si a la infeliz de doa Basilisa no se le
ocurre modificar el testamento!... Oh, qu hermosas lontananzas al
servicio de los hombres, que es el servicio de Dios!...

Con los artejos di un ligero repique en la pared. Respondile otro
repique cauto. Se ech a rer, volvindose a mirarme.

--No se ha enterado usted lo que nos hemos dicho?

Yo respond que no, opacamente, porque el sueo me renda.

--Pues yo dije: Duerme en paz, hermana; has resucitado con el Seor.
Ella respondi: Dios te lo pague; gurdame siempre.

Qu penetracin! Les ha sido otorgado el don de lenguas, como si en
lugar de pascua de Resurreccin fuese de Pentecosts, pens
borrosamente, entre la penumbra inicial del sueo.

Lo ltimo que le o a don Guilln, fu:

--_Sat funeri, sat lacrymis, sat est datum doloribus.... O Khirios to
pneuma estin_.

Y ya desde muy hondo, a punto de derretirse mi conciencia vigilante,
coment, se me figura que en voz alta:

--El don de lenguas! La Pentecosts!

Despert a las dos de la tarde. Don Guilln haba desaparecido del divn
y de Madrid. Sobre mi mesa destacaba un blanco escrito, que deca:
Adis, buen amigo. Le he dado un abrazo de agradecimiento y despedida,
sin que usted, profundamente dormido, se haya percatado. Ya sabr usted
de m. Amigo suyo para siempre, _Pedro Guilln Caramanzana_.

Y, en efecto, aos despus, supe y presenci grandes cosas de l, las
cuales pienso referir en otra ocasin, si se tercia y no tengo nada
mejor que hacer.




CAPTULO VIII.

SUB SPECIE AETERNI.


Es domingo de Pascua de Resurreccin. Hora: poco antes del medioda.
Lugar: en los aledaos de la ciudad de Pilares. Es un da de primavera
septentrional. Tierra y cielo, dos gracias femeninas. La tierra, de
verdor perenne y tupido, est acicalada y alindada prodigiosamente, y no
ha usado de otro afeite ni compostura que las aguas y nieves invernizas.
Sobre la bayeta verdegay, de pliegues y lbulos graciosos, con que se
viste la madre tierra, siempre doncella, se ha puesto, aqu y acull,
unos pomares enflorados, cndido ornamento. El cielo es tan gentil, puro
y alegre, como colegiala impber, vestida con atavo de mayo y de
domingo; leves crinolinas nevadas, que translucen un fondo de seda azul.

Desde la aldea se columbra la ciudad, caparazn que cubre una colina,
como escamado peto de armadura sobre un torso yacente; armadura labrada
en cobre y hierro, abollada ya; a trechos oro sucio, a trechos gris
rojizo, a trechos verdinosa, de la corrosin de los aos y los xidos.
De un lado sale la torre de la catedral, como lanza astillada, que an
se mantiene firme, bajo la axila. Suenan gorjeos y suenan campanas.

Desde la ciudad, carretera arriba, marcha un hombre gordo, bermejo y
sudoroso, que luce, en el sol maanero, una perilla de plata mate, como
de aluminio. Sguenle otro hombre y un mozuelo, entrambos de blusn
blanco, con sendas banastas sobre la testa.

--_Sacrebleu, sacrebleu_--jura y perjura el hombre gordo y bermejo, a
tiempo que se enjuga la exudacin de la frente--. Acrcate, Nolo, que yo
tengo necesidad de confiarme, y es tanto mejor de encontrar un corazn
leal que de monologar. Ah, mi Dios, que yo estoy cansado...! Estoy
cansado de la patrona, de mi bien amada mujer. Las mujeres en mi pas
son ahorradoras. Yo amo a las mujeres ahorradoras, buenas manejeadoras.
Pero mi mujer es ya muy demasiado ahorradora; muy demasiado, muy
demasiado. Yo me encabezo en mi negocio y trabajo como un asno despus
de la maana hasta la noche por ganar buena plata; pero yo amo los
buenos dineros para darme buena vida y comer a mi grado. Esto es ya lo
que me resta. _Voil_--dndose una palmada en el vientre--, este amigo
es muy exigente. Pero la patrona ella no come, o come como un pequeo
pjaro, y ella cree que todos los otros no habemos necesidad de comer
como ello hace falta. Y bien, para comer en mi propia casa yo debo
inventar ciertas mixtificaciones. No es ello sorprendente y bien
desagradable? Pues ahora, ni siquiera de este modo. Que yo estoy
cansado...! Te dir lo que me ha venido el otro da, que era da
delgado, cmo decs vosotros?, da de vigilia. Yo adoro el salmn; pero
mi mujer no compra salmn, porque es muy caro. Entonces yo mismo fui al
mercado y compr un salmn magnfico por sesenta pesetas, y yo envi el
hermoso pez a mi casa, como si l fuese un regalo de la parte de un
amigo; al contrario, si ella sabe que yo lo habr comprado, mi mujer me
hace una terrible camorra. He aqu que yo me voy a mi casa del todo
feliz, dicindome: hoy como salmn a mi placer. Mi mujer me recibe con
besos amorosos, y ella murmura: que tenemos de la buena suerte, ellos
nos han hecho un bello regalo de un salmn demasiado grande, el cual,
como no habramos comido, yo lo he vendido por cuarenta pesetas.
_Sacrebleu_: nada de salmn, y veinte pesetas menos. Qu es lo que t
dices?

--Que yo le doy una somanta que se le quita pa toda la vida la gana de
volver a meterse a pescadera.

--_Voil_. En este pas los hombres sois poco cultivados. No se debe
golpear a las mujeres, ni aun a causa de la comida; mucho menos a causa
de otras razones sin importancia; la infidelidad, por ejemplo.

--Caracho!--coment el llamado Nolo--. Eso de la comida, pase; pero, lo
que es lo otro. La muerte parecerame poco.

--Ah! Matarte t? Eso es diferente. Es una bestialidad; pero yo
comprendo.

--Qu diao matarme yo...! Matarla a ella....

--Dios mo, que t eres salvaje...!

--No hay ms, seor. O ust manda, o la mujer manda; y si se desmanda,
palo. O ust pega, o ella pega. Recuerde ust lo del pobre Belarmino.

--Qu es lo que me dices? Pero, es que la Xuantipa estaba infiel al
pobre Belarmino? Yo lo ignoraba.

--Ganas, quizs no le faltaban. Lo que digo es que, como Belarmino no
saba curar a su mujer, cuando la tena, con jarabe de fresno, que no
hay melecina mejor pa las mujeronas, pues, la fija, que su mujer le
tena a l siempre atosigao, y pa curarlo, pues, ya sabe ust, le pona
en los lomos cada cataplasma de estaca....

--Ya, ya lo saba. El pobre hombre, mi amigo muy querido.... Yo le echo
bien de menos, desde que est recogido ah en ese asilo que vosotros
decs maletera; nombre verdaderamente chusco.

--No es maletera; es malatera.

--No es ello la misma cosa?

--No, seor.

--Entonces, qu es lo que quiere decir malatera?

--Malhaya si lo s.

--Eso no hace nada. Pero revengamos sobre el amado Belarmino. No me
puedo pasar sin l. Yo vengo para visitarle cada semana o cada quince
das, durante diez aos, a despecho de esta cuesta abominable que yo
debo subir para llegar. l no habla jams, l no habla jams. Es la ms
dulce de las almas, y yo sostengo que una gran inteligencia.

--Un calzonazos, un estpido; como el otro, Apolonio....

--Cllate, Nolo. T no comprendes. Belarmino es un grande hombre. Y
Apolonio, l es tambin un otro grande hombre. Yo quiero mostrarles
cunto les amo y les admiro. Es por esto que les llevo estas gruesas
tartas de Pascua y las gruesas fuentes de natillas, y muchas de docenas
de gruesos pasteles, como los otros aos, tantos!, en este mismo da.

--Que se las comern las monjitas golosas y los dems asilados, como los
otros aos, en este mismo da.

--Ah, naturalmente! Pero los pasteles pertenecen a Belarmino y
Apolonio, y ellos se gozan ms en invitar que en ser invitados. Ellos lo
han dado todo siempre, y no han querido nada para ellos. Yo no trataba
en otro tiempo a Apolonio; solamente despus que est en el asilo. Muy
interesante, muy interesante. Es una cosa curiosa; Apolonio querra que
yo no tratase a Belarmino. l le odia; es decir, l cree que le odia.
Muy divertido. Pero Belarmino no hace atencin si yo trato a Apolonio.
l le desdea; es decir, l cree que le desdea. Muy picante situacin.
Yo tengo necesidad de mucho tacto. Pero ello todo es tan extraordinario,
tan extraordinario.... Yo amo ms a Belarmino, esto no hay que decir; l
es una anciana amistad. Pero yo amo tambin a Apolonio. He aqu que ya
estamos en el asilo. No olvides; la patrona no puede conocer que habemos
trado este regalo. Ella me hara un gran escndalo.

Por gravitacin misteriosa el seor Colignon va a Belarmino.

Es error vulgar suponer que la fuerza de la gravitacin hace caer los
cuerpos. Esto de caer supone la nocin de arriba y abajo, y en el
espacio infinito no hay arriba ni abajo; los cuerpos y las almas unas
veces suben hacia abajo y otras caen hacia arriba. Lo ltimo es lo que
le aconteca al epicreo Colignon, que, entre jadeos y sofocos,
remontaba peridicamente la cuesta del asilo, atrado por el asctico
Belarmino; es decir que caa, sin voluntad, subiendo hacia l.

El seor Colignon, bastante avejentado ya, penetra, con sus
acompaantes, en el zagun del asilo; una pieza alongada, de paredes
desnudas, con cuatro desvalidas silletas de paja. Frente por frente de
la puerta de entrada, hay en el muro una mnsula de madera de pino;
sobre ella, una estatuilla, desdichada, de San Jos, en cartn piedra;
al pie del santo, media docena de judas, media docena de garbanzos y un
frasquito, con un lquido olivceo y denso, y una etiqueta que dice:
_azeite_. Estas ofrendas en especie al santo indican que aquello que, al
parecer sobra, es precisamente lo que falta en el asilo; para que se
enteren las almas caritativas que por all caen rara vez a cumplir en
una obra de misericordia, y que sus ddivas sean las que ms se han
menester en la pobre casa.

Tintinea, cada vez ms lejos, una campanilla, de voz resquebrajada y
vieja. Por una puerta, pintada de negro, sale una vieja monjita, que se
advierte que es esqueltica, a pesar del haldudo faldamento; momificada
la faz. Sus ojos, voluminosos y cansados, se reaniman un punto al ver al
seor Colignon, que corre a su encuentro, con las manos extendidas.

--Ah! Felicita, simptica Felicita.

--Hermana de los Dolores, seor Colin--corrige la monja.

--Es verdad, es verdad. Pero yo no puedo olvidar.

--Debemos olvidar; y si no podemos olvidar, debemos parecer como que
hemos olvidado--dice la hermana, con uncin monjil y acento de
nostalgia, como dando a entender que, a pesar de todo, no ha olvidado.
Qu haba de olvidar la triste Felicita! Sobre todo, el seor Colignon
refresca la memoria y conturba el pecho de la hermana de los Dolores.
Estos efectos se producen sin intencin ni culpa del francs, slo a
causa de su obesidad. Como los viejucos asilados, y asimismo todos los
beatones que acuden all de visita son, sin excepcin, gente magra, cada
vez que la hermana de los Dolores ve un hombre gordo, imagina tener ante
s al enamorado y malogrado Novillo, y se siente nuevamente la Felicita
de antao. Est ahora con los ojos obstinadamente humillados, por no
recibir en ellos la imagen del abdomen, rotundo y endemoniadamente
evocador, del seor Colignon.

--Pero, mi Dios!--exclama riendo el recin llegado--, que ya le ser a
ust bien difcil olvidar y disimular.... Esta es una sucursal de la Ra
Ruera de otras veces. Belarmino est aqu; Apolonio est aqu; el
usurero est aqu; ust est aqu. Yo soy solamente el que falto, y yo
estoy aqu ahora. Todos los otros que no son venidos al _rendez-vous_ es
porque son muertos y en la eternidad de la nada.

--Ay!--suspira la hermana, sin elevar los ojos, contra todas las reglas
del bien suspirar--. Los de aqu estamos tambin muertos y miramos el
mundo desde la perspectiva de la eternidad.

--Qu idea! Pero comemos todava pasteles. Entretanto podemos comer
pasteles, Dios sea bendecido.--Y el seor Colignon se re como siempre,
con glog de pavo y trepidacin de estmago. Prosigue.--Yo veo ya que
hacen falta aqu judas y garbanzos y aceite. Tanto mejor para comer
pasteles.

--Dios se lo pagar, seor Colin. Antes dejara de salir hoy el sol
que usted de aparecer con su agasajo pascual. Los ancianitos, desde hace
ocho das, se relamen de gusto por anticipado, y no hablan de otra cosa
que de las ricas confituras del seor Colin. Qu poca cosa se
necesita para hacer la felicidad de los dems!

--Bien poca cosa: tres kilos de harina, tres kilos de azcar, tres
docenas de huevos, tres palos de canela y dos vainillas. Pero conste que
aquellos quienes invitan a los pobres pequeos viejos no soy yo, pero
son sus compaeros Belarmino y Apolonio.

--Qu poco se necesita para la felicidad, y cmo casi nunca llega ese
poco...!--dice para s la hermana de los Dolores, sin referirse, claro
est, a la harina, el azcar ni los huevos, puesto que no haba parado
atencin en la rplica del francs, sino que estaba abstrada en sus
pensamientos. Saliendo de s, aade:--que dejen aqu estas cestas. Ya
pasarn a recogerlas. Vaya usted, seor Colin, a ver a sus amigos,
hasta la hora del refectorio. Ya conoce el camino. Estn en el jardn,
de seguro, esperndole con impaciencia.

El seor Colignon recorre unos pasillos, donde huele a bazofia, y sale
al denominado jardn; un jardn sin ms flores que algunos asfodelos. Es
una explanada de pradera; la pradera, cortada por veredas arenosas; en
las veredas, bancos de madera; palio de los bancos, las copas de las
acacias. Hay un aliento de tierra hmeda. Brilla un sol tenue y amarillo
que deshace las formas y las trueca en una insinuacin huidera e
inmaterial, no se sabe si de aurora o de atardecer, y es medioda; un
vapor ureo que empaa los lmites y funde las cosas en unidad fluyente
e indecisa, que no se sabe si es de recuerdo o de esperanza. Luz elsea.
Cada vez que el seor Colignon, tan carnal y concreto, se asoma a aquel
jardn, se figura pisar las lindes primeras de los Campos Elseos,
habitados por las imgenes desencarnadas de los que fueron y ya no son,
de aquellos que dejaron en la tierra el cuerpo slido, sede de los
placeres amables, y no conservan sino la apariencia de vida, y con ella
las pasiones aejas, porque las pasiones son el alma, y el alma es
indestructible. El aliento hmedo de la tierra se le mete al seor
Colignon hasta los huesos, y experimenta un escalofro hondo.

Pero esto es justamente lo que le gusta; penetrar por unos momentos en
una especie de ms all, o mundo de ilusin y recuerdo, a solazarse con
sus curiosos pobladores y en la certidumbre de que all tambin se comen
pasteles, y que l, aunque dentro de aquel simulacro de ultratumba,
puede salir cuando se le antoje y volver a las delicias de la vida
fisiolgica y agitada.

As que asoma el seor Colignon en el jardn, los viejos, desparramados
de un lado y otro, acuden a l, con paso vacilante y premioso, como
entre sueos, cuando los movimientos estn entorpecidos por rmoras
pesadas e invisibles. Uno, sealadamente, se rezaga. Viene con paso
majestuoso y talante indiferente, decidido a no mostrar vulgar premura:
es Apolonio. Slo otro permanece en su sitio, all lejos, sentado en un
banco, habiendo saludado al seor Colignon con leve ademn de la mano:
es Belarmino. Belarmino y Apolonio son bastante ms jvenes que el resto
de los asilados.

Una monja, guardadora de aquel rebao de hombres decrpitos, va
caminando por una de las sendas transversales, y acierta a cruzarse con
el roncero Apolonio. La monja es la hermana Lucidia. Nada vieja; tampoco
nada joven.... Sobre el lado derecho de la cara, cogindole desde la
sien hasta la comisura de los labios, y todo a travs del carrillo,
tiene--ya desde que naci--una mancha crdena, de perfil tentacular,
como huella flamante de un bofetn; un bofetn que, antes de salir a la
vida, le di el destino. La hermana Lucidia lleva siempre la cabeza
inclinada sobre el lado derecho, como si le pesase aquella vergenza,
como si procurase ocultarla o como si presentase la otra mejilla, plida
e intacta, a la adversidad de la agresiva providencia. Aquella mancha,
que parece embadurnada con hollejo de uva negra por la mano lbrica de
un stiro en el delirio buclico de la vendimia, sugiere una historia
trgica de amor, ntima y sellada. La monja debi de haber sido linda, a
pesar de la mancha bochornosa, y todava ms que linda, a causa de la
mancha, para un espritu apasionado y propenso a las emociones
dramticas, como es el de Apolonio. Apolonio se acerca a la monja, y con
fuego contenido, porque si alguno espa no se percate, susurra:

--ngel consolador del alma ma! Te adoro; yo te adoro noche y da.
Eres al par consuelo y desconsuelo, fulgor y palidez, igual que el
cielo. El da y la noche, por manera rara, se representan en tu hermosa
cara. De este lado es serena y sin reproche, de palidez mortal; Diana,
la noche. Del otro lado es roja y encendida, como Apolo, gneo padre de
la vida. Oh terrible combate! Gozo o peno; ya miro al lado ardiente, ya
al sereno; y mirando a tu rostro, noche y da, pasan las horas de la
vida ma.

--Seor Apolonio, djese de coplas. Cuando me habla as es que quiere
pedirme algo; lo s por experiencia. Dgame lo que le ocurre como Dios
manda.

--Pedirle algo, s, lo de siempre: que nos escapemos juntos. Nuestras
edades no son, si bien se mira, desproporcionadas. Paso de los sesenta,
y qu?; estoy gil y fogoso como un recental. En cuanto a ganarme la
vida, ando ya a punto de concluir un drama, que nos har millonarios;
as como suena. Viviremos en Madrid; tiraremos carruaje. Qu pelo de
caballo le gusta a usted ms? A m el alazn o el flor de romero.
Decdase; seremos felices. Un da, cuando tengamos confianza, me contar
usted su drama, el drama espantoso que adivino, pero que no solicito
conocer todava, por no violar el vedado de su conciencia. Decdase,
preciosa Lucidia.

--Lo pensar, seor Apolonio. Pero, aparte de la escapatoria, que va
para largo, usted tiene algo ms inmediato que pedirme. Hable sin
reparos.

--Tiene usted, divina criatura, el alma clarividente; alma de sibila.
Usted lee en mi pecho. Qu necesidad tengo de hablar? Ahrreme el mal
rato de tener que decrselo yo.

--O habla usted, seor Apolonio, o qudese con Dios, que no soy amiga
de adivinanzas.

--Sea. Sus deseos para m son un ukase imperial.--Apolonio contina
hablando, cohibido y a tropezones.--No es vanagloria, no es orgullo
satnico; es la verdad. Qu le voy a hacer yo? Soy un hombre
infinitamente superior a todos los que viven de caridad en esta santa
casa; a todos; no dejo afuera a ninguno. Superior por la familia;
superior en posicin econmica; superior en inteligencia. Yo he recibido
una educacin acadmica. Yo uso zapatillas de piel de cabra; ellos, de
orillo. Yo he estrenado un drama con inenarrable xito. Yo tengo un
estmago delicado.

--Esta ltima superioridad es la que todos le reconocen.

--A eso voy. Yo necesito beber agua de Vichy en las comidas. Yo
comprendo que, cuando vamos en fila al refectorio, yo, el nico, con mi
botella de agua de Vichy en los brazos, todos los dems me envidian, y
dir ms, hasta me aborrecen. Cunto daran ellos por estar enfermos del
estmago y por tener un hijo cannigo que les enviase dinero para
comprar agua de Vichy y otros lujos y antojos.... Yo podra vivir con mi
hijo, si yo quisiera. Pero mi hijo prefiere que yo est aqu, al cuidado
de encantadoras vrgenes, como husped distinguido, sin que me falte
nada. Pues bien: me falta ahora algo. La ltima botella de agua de Vichy
se me ha concludo ayer. La superiora me dice que no ha recibido dinero
de mi hijo, para comprar ms botellas. Me explico el olvido, porque mi
hijo me deca en una de sus ltimas cartas que iba a Madrid, a predicar
en la Capilla real; fjese usted bien, en la Capilla real, nada menos.
No tendra cabeza para pensar en otra cosa; es explicable. Pero, cmo
voy a ir hoy, hoy, precisamente, da de Pascua, al refectorio, sin mi
botella de agua de Vichy? Qu no diran los otros, sobre todo alguno
que, por desprecio, no nombro? Cul no sera la humillacin, la befa,
el escarnio? No, no y no; antes la muerte.

--Y qu puedo yo hacer, seor Apolonio?

--A eso iba, celestial hermana Lucidia.--La voz de Apolonio tiembla.--Yo
quera pedirle permiso para que me consienta coger una de las botellas
vacas de agua de Vichy, e ir a llenarla con agua del grifo de los
laureles. Nadie me ver ni nadie notar nada.

--Por qu no? Se lo consiento--responde la hermana, sonriendo
plcidamente.

Sepranse. Apolonio siente maravilloso alivio; se le ha evaporado una
gran pesadumbre de encima del corazn. La botella de agua mineral es
para l--puesto que l presume que lo es para los dems--una insignia
jerrquica, un smbolo de superioridad. Un smbolo, acaso, de
superioridad econmica? Desde luego; pero esto, para Apolonio, es lo
secundario. Lo esencial es que la botella, con su contenido hidrulico y
teraputico, se manifiesta a los ojos de todos como prueba sensible de
la superioridad intrnseca y corporal de Apolonio. Este orden de
superioridad irrefragable consiste--l mismo acaba de decirlo
alardosamente--en padecer una enfermedad del estmago; aunque es lo
cierto que disfruta un buche de avestruz y que digerira piedras
volcnicas. Apolonio--por algo es _a nativitate_ autor dramtico--supone
que la dileccin o preferencia de los dioses por algunas criaturas
mortales se acredita mediante un estigma o tara original, y que los
verdaderos hroes en la tragedia de la vida humana sufren y ostentan
cundo una, cundo otra enfermedad o adolescencia de la carne, como
marca sagrada que distingue al protagonista entre la plebeyez del coro.
Apolonio haba elegido para s la dispepsia. Hubiera preferido una
mancha sanguinolenta en la faz, como la hermana Lucidia; por eso ama y
reverencia a la monja. Pero la dispepsia le basta para sus intenciones,
que son ofrecer palpable contraste y parangn con Belarmino. Ya puede
Belarmino encerrarse en silencio hermtico y filosfico, dando a
entender, con la sonrisa de sus labios delgados y sin color, que est,
al cabo, por encima y a distancia de todas las cosas. Quin le creer?
Belarmino digiere bien. Cmo admitir que ha trabajado mucho con la
cabeza, l, que no se ha puesto enfermo del estmago?

Y Apolonio, con talante trgico y miserable, como un hombre predilecto
de las divinidades funestas, se dirige hacia el grupo que componen el
seor Colignon con los viejos casi desencarnados en torno suyo. Visten
los viejos todos lo mismo: trajes de sayal, color franciscano, de pao
casero, tejido en los telares, a brazo, del Hospicio provincial por los
nacidos annimos para los muertos annimos. A todos les cae el traje
demasiadamente holgado, y hace pensar en una mortaja. Apyanse en
cayados de haya descortezada, lustrosa y marfilea, que parecen huesos
mondados y antiguos. Hablan con voz temblona, sacudida, como las ltimas
y desfallecientes repercusiones de los ecos.

_Olalla_ (un viejo que fu borracho):--Buenos son los dulces, seor
franchute, pa los neos y las muyeres llambionas. Convdenos a sidrina,
seor; la buena sidrina con _panizo_[1]. Cunto fa que non la cato!...

[Nota 1: Panizo = burbujeo.]

_Monasterio_ (un viejo que vivi en Cuba):--Dnde ests, Olalla? Donde
estoy, estaba. Pitillos, seor, aunque sean de los de mataquintos. El
hombre es humo, y en faltndole el humo, ya no es nada.

_Larrosa_ (un viejo que fu lechuguino):--Una corbata, seor, una
corbatina, de las muchas que le sobrarn en el guardarropa; y si pudiese
ser azul persia, que es el color de moda.... Slo los criados van sin
corbata. Aqu tinennos sin corbata, que es peor que no comer.

_Cillero_ (un viejo glotn):--Calla t, silbante. Adonde vas? Seor,
las lentejas, y las judas y los garbanzos tienen coco. El queso est
ratonado. Que lo sepa el excelentsimo seor Presidente de la
Diputacin. Y carne? Pa agolerla. Juntando con un fuso, porque est
desfilachada y en hebras, la que nos dan a todos, saldra, a lo ms, a
lo ms, un ovillo no mayor que este puo.

_El seor Colignon_ (palpndose, satisfecho de reconocerse tan vivo y
pinge, en medio de las sombras quejumbrosas de los hombres
pretritos):--Bueno, bueno, mis queridos pequeos viejos; algn da ello
llover sidra, cigarrillos, corbatas, un epatante solomillo....

_Bellido_ (el usurero):--Qu sidra, ni pitillos, ni corbatas, ni
solomillo. A m no me importa beber, ni fumar, ni andar en pelota, ni
comer lentejas con guijarros. Yo no soy un borracho; yo no soy una
chimenea; yo no soy un pisaverde; yo no soy un cerdo; yo soy un hombre
honrado, trabajador y justo. Justicia, justicia. Yo quiero lo mo. No
morir tranquilo, seor Colin, hasta que no sepa que han dado garrote
vil al bandolero de Hurtado, que me rob el fruto de mis privaciones. Y
ust sabe, seor Colin, que Belarmino me debe dinero. Ust fu socio
de Belarmino. Ust debe pagarme ese resto de crdito.

_Varias voces_:--El bandolero eres t. Y ladrn. Cochino. Abrenuncio.
Ftido. Hasta aqu se arregla para llevarnos las cosas, ya que no hay
cuartos.

_Bellido_ (irritado y convulso):--Callaivos, manguanes. Son
transacciones lcitas, negocios de buena ley. Quin vos tiene la culpa
de ser perros y gandules?

_Varias voces:_--Engaos. A m llevme una camisa. A m unos
brodequines. A m los pauelos. Y pecunia tambin la esconde, seor
franchute. Tiene gato. Tiene gato encerrado. Yo bien s donde se
acobija. Una noche llevarselo la gardua.

_Bellido_ (lvido, iracundo y amedrentado):--Salteadores. Unicornios. No
tengo gato, no; ni gato ni liebre. Engaasvos. Vivo por el amor de Dios
y de las buenas almas. Todos me robaron, y vosotros tambin, manguanes,
que me peds cosas emprestadas y luego me negis los rditos....

En esto, como inflado navo de aparejo redondo, un navo de ensueo,
aporta Apolonio en el grupo. La tempestad de los viejos se encalma. Los
viejos se alejan.

Estn a solas Apolonio y el confitero francs. Apolonio habla, con su
acostumbrada prosopopeya. El confitero escucha, con su regocijo
acostumbrado. Despus de un rato de palique, el seor Colignon se
encamina hacia el lugar en donde Belarmino ha permanecido sin moverse.
El banco donde descansa Belarmino est emboscado en un macizo de
laureles, al modo de muro en semicrculo. Por detrs del muro verde se
oye un chorro de agua.

El seor Colignon se sienta al lado de Belarmino y le toma
afectuosamente las manos. El francs, sin desasir las manos del amigo,
habla, con su acostumbrada profusin. Belarmino escucha, con su mutismo
acostumbrado y sonriente.

--Qu es lo que es aquello?--interroga el seor Colignon, solicitado
por inslito revuelo y algaraba que se ha movido entre los viejos, al
pie del casn. Belarmino ni siquiera vuelve la cabeza a mirar. Nada le
inspira curiosidad. Pasa algn tiempo.

La hermana Lucidia se acerca al rincn habitual en donde se halla
Belarmino, y le entrega un papelito verdiazul, plegado. Es un telegrama.
Belarmino, con gesto resignado e indiferente, lo abre y lo lee. Pero,
apenas lo lee, se pone blanco. Una lgrima palpita en el borde de sus
pestaas. Se pasa una mano por la frente.

--Sueo? Estoy soando? Yo, soy yo? No me facturan las beligerancias,
la inquisicin, el pongo y quito de los comensales. Resurrxit. Aleluya.

La hermana Lucidia jams haba odo hablar as, ni casi de ninguna otra
manera, al taciturno Belarmino. Piensa que, sbitamente, se ha vuelto
loco. El seor Colignon eleva los brazos al cielo, en actitud de triunfo
y accin de gracias.

--A la fin, a la fin--exclama--, ella se desla la dulce y deliciosa
lengua de otras veces. Habla, habla, mi bien amado amigo.

Pero Belarmino, hmedos los ojos, la voz opaca, extiende un brazo, y
dice:

--Ahora, no; ahora, no. Otro da hablaremos; hablaremos, mi muy querido
seor Colin; hablaremos hasta que el corazn se nos derrita en saliva,
y la saliva en palabras, y las palabras en el viento.

Levntase Belarmino y va a ocultar su emocin detrs del macizo de
laureles.

La hermana Lucidia y el seor Colignon se retiran. Antes de marcharse,
el francs busca a Apolonio; pero no le halla, y se va sin despedirse de
l. Apolonio tambin ha recibido un telegrama. Luego de leerlo, haba
dicho a los dems asilados:

--Seores: soy un strapa; tengo ya ms riquezas que el preste Juan de
las Indias, Creso y Montezuma juntos. Os prometo erigir un palacio donde
vivis y llevis cada cual la vida que os apetezca.--Y sta era la causa
del revuelo y algaraba de antes. Los viejos zarandeaban a Apolonio,
disputndoselo a tirones de chaqueta y formulando, desde luego,
solicitudes para lo futuro. Apolonio recibe, embriagado de dicha y
vanagloria, como falso dolo, las preces de aquellos infelices. En esto
recuerda que el agua de Vichy se ha concludo, y que tiene que
improvisarla, de prisa y corriendo, para la comida, que es a la una de
la tarde. Se zafa de sus compaeros; se escurre por un pasillo, en busca
de una botella vaca; sale al jardn y da un gran rodeo, porque nadie
sospeche la maniobra. Crzase, por ventura, con la hermana Lucidia, y
le dice, al paso, sin detenerse:

--Grandes nuevas han llegado. Nos uniremos en himeneo, ngel consolador.
Nuestro tlamo estar labrado en sndalo; digo, qu impropiedad!, en
otras maderas preciosas y adornado con gemas orientales.

Ya est Apolonio en la fuente de los laureles, llenando con agua
apcrifa la botella de agua de Vichy. Como la postura en cuclillas le
resulta incmoda, da una vuelta, y... ah, frente a l, mirndole de
hito en hito, sonriendo con lstima--cuando menos a Apolonio se le
antoja una sonrisa de lstima--, descubre a Belarmino en persona. En
persona? A Apolonio le flaquean las piernas. Cae de rodillas. Belarmino
est en pie, callado e inmvil.

--Eres Belarmino, o eres un fantasma ilusorio?--balbuce Apolonio.

Belarmino no rechista ni se mueve.

--Seas Belarmino, seas su cuerpo astral--prosigue Apolonio, en expansin
irresistible de amor propio vejado--, te advierto que es verdad que
padezco del estmago; que el agua de Vichy que siempre he bebido era
agua de Vichy autntica; que ahora no vena a llenar de agua la botella,
sino a lavarla, porque la necesito para meter agua de Colonia, ya que
debo emprender en seguida un largo viaje. Y si pones en duda mi palabra,
que es palabra ms que de rey, ya quisiera Su Majestad...!, te reto en
singular combate.

Y se pone en pie, empuando la botella por el cuello. Por la frente
dramtica de Apolonio cruza un negro pensamiento. Ah est Belarmino,
desmedrado e inerme, a su merced. Un botellazo en la cabeza, y asunto
concludo. Que luego le procesaran, y qu? Con dinero se cohecha a los
jueces. Pero antes de rematar a Belarmino, saciando as un viejo afn de
venganza, cuyos motivos, por ms que ha rebuscado, Apolonio no ha
conseguido encontrarlos en su corazn, ocrresele humillarlo, rebajarlo
cumplidamente, haciendo que por primera y ltima vez le envidie.

--Toma y lee--dice, ceudo, Apolonio, alargando despectivamente a
Belarmino, como si fuese su sentencia de muerte, el telegrama que acaba
de recibir.

Despus de haber ledo el telegrama de Apolonio, Belarmino saca de la
chaqueta otro telegrama, que entrega a Apolonio. Luego abre los brazos,
mira al firmamento, y suspira:

--Toma y lee. Bendito sea Dios!

El telegrama de Apolonio deca: De vuelta en Castrofuerte me informan
que soy heredero de fortuna fabulosa. Ir a buscarle en seguida.
Viviremos juntos una vida venturosa.--_Pedro_.

El telegrama de Belarmino deca: Estoy salvada. Pedro me ha salvado. El
mismo Pedro le sacar de ah y le traer conmigo en seguida. Seremos
todos felices.--_Angustias_.

Belarmino se mantiene con los brazos en cruz: pero ahora no mira al
firmamento, sino a Apolonio.

Apolonio vacila un segundo, nada ms que un segundo. Una fuerza
ineluctable, una exigencia del destino le lleva, tambin con los brazos
abiertos, la botella en la mano, y en alto, agresivo, hacia Belarmino.
Belarmino se adelanta a su encuentro. Apolonio y Belarmino... se
abrazan en un abrazo callado, prieto, efusivo y fraternal.

--Nunca te he odiado; lo juro--dice Apolonio, al cabo--. Nunca te he
odiado, aunque t me despreciabas.

--Nunca te he despreciado--murmura suavemente Belarmino.

Es la primera vez que se hablan, y se tratan de t con espontaneidad,
porque en el misterio del pecho eran ntimos el uno del otro, desde hace
muchos aos.

--Yo te admiraba y te envidiaba--confiesa Apolonio, con rubor.

--Yo tambin te he tenido envidia--declara Belarmino, con franqueza.

--Eres como mi otra mitad.

--S, y t mi otro testaferro. (Testaferro = hemisferio.)

--Ya estamos unidos. Qu dramas voy a escribir ahora. T sers mi
inspirador, como Scrates lo fu de Sfocles; al menos, Valeiro as me
lo aseguraba.

Suena, lejos, la campana que llama al refectorio.

--Concluye de llenar la botella--aconseja Belarmino.

--Es verdad. Pero te aseguro que es la primera vez que hago esto.

--Ya lo s.

Van del brazo, por el jardn de asfodelos, envueltos en la niebla dorada
del sol, que produce una ilusin evanescente, como si aligerase la
gravedad de las cosas materiales.

--Pero, no estamos soando?--interroga Apolonio, anhelante--. Apenas si
toco la tierra en donde piso.

--Parece un sueo. El tetraedro es un sueo. Slo es verdad el amor, el
bien, la amistad.

Dentro de la casa, los asilados, en fila, estn aguardando que lleguen
Apolonio y Belarmino, a fin de ponerse al punto en marcha hacia el
comedor y los pasteles.

--Por dnde andarn esos chiflados?--pregunta la hermana de los
Dolores. Y sale en busca de ellos.

Al verlos venir del bracero, a lo largo de una vereda, la monja se
santigua:

--Jess, Mara y Jos! Estoy soando? Qu milagro es ste? No es
sueo, no. Es realidad.--Y aade, ya al par de ellos:--Gracias a Dios
que se han reconciliado ustedes. El Seor les ha tocado en el corazn.
Nada hay ms sabroso que el perdn, sobre el resentimiento. Hoy, que es
da de gloria, tambin yo me atrevo a pedirles que me perdonen. Hace ya
aos, y aunque con la mejor intencin, yo les he hecho sufrir. Y algo
peor: yo he contribudo, con mi aturdimiento insensato, a hacer
desgraciada a Angustias, quizs a don Pedrito, y, desde luego, a
ustedes. Bien lo he pagado! Dios me perdonar. Perdnenme ustedes.

--Qu dice ust ah, Felicita? No sea ust simple. Ust, sin saberlo, y
por consecuencia de aquellos manejos de hace aos, ha sido el _Deus ex
machina_ de este da, el da ms feliz de nuestra vida, de don Pedrito,
de Angustias, de Belarmino y ma.

--As es--coment Belarmino. Y en seguida, meditabundo--. Cunto
durar?

--Lo que nos resta de vivir--afirma Apolonio, accionando con rotundidad
escnica.

Y le muestran a Felicita los telegramas. La hermana de los Dolores,
invadida de congoja, casi desfallecida, se lleva las manos al corazn.

--A todos les ha llegado su hora de felicidad--bisbisea, como hablando
consigo misma--. A todos, menos a m. Mucho premio me debe Dios en el
otro mundo!

Ya estn incorporados Apolonio y Belarmino en las dos filas de asilados.
Ya se mueven las filas torpemente, con bastoneo, carraspeos y arrastrar
de pies. Belarmino va andando, como siempre: con la cabeza baja,
sonriente y ensimismado en su mundo interior. Apolonio, como siempre, ya
desde su juventud, anda hspido, enhiesto el crneo, con lentitud y
prestancia pontificales. En los brazos, ostentatoriamente, conduce la
botella de agua de Vichy, apcrifa, presumiendo que todos los dems
contemplan con envidia aquel signo de distincin, testimonio de riqueza
e indicio de dolor de estmago.




EPLOGO.

EL ESTUDIANTN.


Froiln Escobar, alias Estudiantn y Aligator, muri de hambre, lo cual
cae dentro de la lgica inmanente de las cosas. l mismo debi de
vislumbrar el desastrado fin que le aguardaba, pues entre las notas y
apuntes que dej a su muerte le esta sentencia: El que consagra sus
das a la busca y ejercicio de la Verdad, el Bien y la Belleza, es
incompatible con la vida; por lo menos, con la vida tal como se nos
ofrece en la sociedad presente. La vida moderna es la negacin de la
Verdad, el Bien y la Belleza; y, recprocamente, la Verdad, el Bien y la
Belleza son la negacin de la vida moderna. De consiguiente, el que
profesa en esta tres categoras, o renuncia a vivir, o se le tomar como
revolucionario y anarquista. Realmente, quien hubiera visto a Escobar,
tan desgraciado de formas plsticas, tan desarrapado y cochambroso,
jams pudiera adivinar que el insigne Aligator haba profesado en la
categora de la Belleza. Cierto que el infeliz aluda a la Belleza
suprasensible y espiritual, que no a la fsica y perecedera. En fin, que
fatalmente se tuvo que morir de hambre. Pero lo extrao, lo paradjico,
es que se muri en casa de un carnicero, llamado Serapio, que le haba
recogido por caridad. El matachn le daba gratis un camaranchn, con un
camastro, en donde cobijarse, y unas cadas, desechos o piltrafas de
carne, especie de cordilla, para que comiese. Por desdicha, Escobar era
herbvoro, y repugnaba la carne a tal extremo, que antes que comerla se
dej morir de inanicin. Qu contraste Escobar y Serapio! El carnicero,
tan rollizo y colorado que pareca una res desollada, era la
incorporacin ms corprea del cuerpo humano en lo que tiene de ms
material. Escobar, amarillo, azuloso, vibrtil, casi etreo, era la
proyeccin ms espiritualizada del espritu humano en su trnsito a
travs del barro corpreo.

Al morir, Escobar dej gran caudal de escritos, la mayor parte notas y
esbozos. Tuve la suerte de verlos y examinarlos, antes que Serapio los
arrojase al cajn de la basura. Algunos de los pensamientos, expresados
en forma escueta, me sorprendieron y llenaron de perplejidad. Por
ejemplo:

Los dos hechos histricos ms nocivos para el progreso de la ciencia
pura y el imperio final de la cultura fueron la invencin del papel y la
invencin de la imprenta.

Si en lugar de escribir en resmas de papel se escribiese en un menguado
folio de pergamino, entonces merecera leerse, porque no se escribira
sino lo que mereciera escribirse.

Todas las bibliotecas pblicas debieran cerrarse.

La mayor estupidez que he ledo es esta frase de Carlyle: _La mejor
universidad de estos tiempos es una biblioteca_. Yo replico: la mejor
universidad sera un cuartel. Quiero decir: una cultura socializada e
impuesta al modo de la disciplina militar. La disciplina militar es
abominable porque es inculta. La cultura moderna es abominable porque es
indisciplinada. Nadie tiene derecho a poseer ms cultura que la que le
corresponde, segn sus facultades y funcin social en que ha de
emplearse. En el estado actual de la cultura hay generalsimos que son
simples rancheros, y, por el contrario, hay miserables rancheros dotados
de la chispa genial, hombres frustrados y menospreciados, que hubieran
sido generalsimos por propio derecho, de existir la apropiada
organizacin cultural cuartelaria.

Se me figura que, al escribir las lneas anteriores, Escobar pensaba en
Belarmino y Apolonio.

Segn yo iba leyendo los borradores del Aligator, no pude menos de
recordar al excelente don Amaranto de Fraile. Qu unidos y qu opuestos
los dos personajes! Estaban en la relacin de los dos polos de un eje.
Uno era el autodidacto; otro, el dogmtico. Los dos estaban aquejados de
_libido sciendi_, concupiscencia de saber, lujuria cientfica.

Si menciono aqu los papeles pstumos de Escobar, no es porque me hayan
recordado a don Amaranto, sino porque en ellos se habla de Belarmino y
Apolonio, y sealadamente que me proporcionaron un documento curioso y
til, del cual puede aprovecharse asimismo el lector.

Copiar todo lo que a Escobar se le ocurri acerca de los dos zapateros,
sera enfadoso. Trasladar solamente algunas opiniones peregrinas.
Belarmino hubo de inventar su lenguaje porque careca de instruccin,
de lecturas. De haber ledo desde la infancia variedad de autores
clsicos, cmo habra llegado a hablar y escribir Belarmino? Max Muller
repite incontables veces, y lo prueba otras tantas, que pensamiento y
lenguaje son idnticos. Por el estilo del autor se viene en
conocimiento de su inteligencia: Estilo metafrico, estilo engolado,
estilo arcaico, estilo recortado, estilo desnudo, estilo llano, estilo
exquisito, estilo colorista, estilo abstracto, etc., etc.; todos ellos,
cada uno de por s, denotan inteligencia limitada y escasez de
pensamiento. La totalidad y fusin de todos ellos, predominando cada
manera segn la razn del pensamiento: Cervantes, el primer pensador
espaol.

Y ms adelante:

La cualidad primordial del dramaturgo (lase Apolonio) es la aptitud
para la simulacin eficaz. Esta simulacin no es slo externa y de
superficie. El dramaturgo, desde el fondo de su propia alma, comienza a
simular para consigo mismo; pero el _ego_ ms recndito y personal
permanece siempre ausente e inhibido de la emocin. Por eso el
dramaturgo es incapaz de amar verdaderamente. Hay una paradoja del
dramaturgo; es la misma que Diderot llam paradoja del comediante. La
emocin no se comunica, sino que se provoca. Para provocar una emocin
hay que mantenerse fro. Hacen llorar los actores que saben fingir el
llanto. Los que lloran de veras, hacen rer. Lo mismo con el dramaturgo.
La dramaturgia cre el tipo del hombre que provoca amor en todas las
mujeres, porque l finge amar, pero a ninguna ama: don Juan. El
dramaturgo va por la vida inventando dramas, descubriendo dramas.
Dirase que este don de invencin (inventar significa descubrir)
proviene de que el dramaturgo vive los dramas. Al contrario. El que
vive un drama no ve _el_ drama; ve _su_ drama individual. Y si por caso
al dramaturgo le acontece ser vctima en un drama vivo, l permanece
ecunime, sereno. Finge ser actor siempre; y siempre es espectador,
espectador de s mismo. Tal es la paradoja del dramaturgo. Todo el que
se conduce en la vida con ademanes de nfasis pattico es un simulador,
un dramaturgo en potencia. Estos hombres son necesarios en el mundo,
porque sin esa fracasada voluntad de pasin, naturalmente contagiosa, la
humanidad se acabara, de apata y de sapiencia. Mas, ay!, si
predominasen estos hombres, cuyo tutano ntimo es una ausencia, un
hueco, una burbuja, como la que se ve en los niveles, burbuja que
difcilmente se logra centrar...; si esta especie de hombres
predominase, la humanidad, cada vez ms hinchada y vaca, reventara,
como la rana que quiso igualar al buey. Providencialmente, frente al
dramaturgo est el filsofo (lase Belarmino). El filsofo se halla
constituido a la inversa del dramaturgo. Por de fuera, serenidad,
impasibilidad; en lo ms secreto, ardor inextinguible. El filsofo es un
energmeno conservado entre hielo. Porque el hielo es el gran
conservador, as para las pasiones como para las cosas comestibles, que
en cuanto se las saca al aire y a la luz se ponen rancias, manidas. El
filsofo vive todos los dramas; jams es espectador. El dolor ajeno lo
siente como dolor propio; el dolor propio lo multiplica por todos los
dolores ajenos; y as en el dolor propio como en el ajeno experimenta el
contacto de esta y aquella brasa de la gran hoguera que es el dolor
universal, el drama de la vida. El dramaturgo, aquejado de su ltimo y
vergonzoso vaco interior, se precipita hacia la superficie, se
manifiesta con amplitud enftica, como taumaturgo, y hace conjuros a la
pasin y al frenes. Busca en la pasin imaginada el correctivo de la
apata ntima. Adems, como por dentro no puede llorar, por fuera no
acierta a sonrer. El filsofo, por su parte, busca en la apata, en la
serenidad, en la sapiencia, correctivo a la abrumadora pasin recndita.
Esa es la _sofrosine_. El filsofo llora por dentro y sonre por fuera.
Cuando al filsofo le llega la hora de su drama, su drama es tan intenso
que siente como que se destruye, no ya su propio corazn, sino todo el
universo, y nada existe ya. Es la mxima apata e indiferencia; la
_ataraxia_. Pero el filsofo necesita del dramaturgo, para no ser
estril ni perecer. Y el dramaturgo necesita del filsofo, para no ser
vano ni desaparecer. Sfocles necesita de Scrates, y Scrates necesita
de Sfocles. Los dilogos socrticos tienen forma dramtica y los
dilogos sofclitos tienen fondo filosfico.

Algo parecido a esto de Scrates y Sfocles se lo dijo Apolonio a
Belarmino, en el asilo y en coyuntura bastante dramtica; lo cual me
hace suponer que Escobar y Apolonio haban llegado a ser amigos, y que
el zapatero estaba inspirado por las teoras del Estudiantn. Se
observar que estas teoras son enteramente opuestas a las de don
Amaranto. Para don Amaranto, el dramaturgo es el que penetra en el drama
individual; y el filsofo, el que se aleja de l. Para Escobar, el que
penetra en el drama es el filsofo, y el dramaturgo es el que permanece
a distancia. Desconcertante disparidad y contraposicin de los humanos
pareceres! La doctrina de don Amaranto es refutable, y no menos
defendible; y otro tanto la de Escobar. Y en resolucin, todas las
opiniones humanas. El error es de aquellos que piden que una opinin
humana posea verdad absoluta. Basta que sea verdad en parte, que
encierre un polvillo o una pepita de verdad. Cuando un buscador de oro
dice que ha encontrado oro, no da a entender que se haya apoderado de
todo el oro que guardan las entraas de la tierra, sino eso, que ha
encontrado oro, un poco de oro. Tan verdad puede ser lo de don Amaranto
como lo de Escobar; y entre la verdad de Escobar y la de don Amaranto se
extienden sinnmero infinito de otras verdades intermedias, que es lo
que los matemticos llaman el _ultracontinuo_. Hay tantas verdades
irreductibles como puntos de vista. Yo he querido presentar, acerca de
Belarmino y Apolonio, los puntos de vista de don Amaranto y de Escobar,
porque entre ellos cabe inscribir todos los dems, ya que por ser los
ms antitticos, son los ms comprensivos. Y singularmente he apelado a
la ciencia y doctrina de estos caballeros, por disimular que frente a
Belarmino y Apolonio, ni tena ni tengo punto de vista determinado.
Belarmino y Apolonio han existido, y yo los he amado. No digo que hayan
existido en carne mortal sobre el haz de la tierra; han existido por m
y para m. Eso es todo. Existir, multiplicarse y amar.

Ms arriba he aludido a un documento curioso y til que Escobar dej
entre sus papeles pstumos: es un lxico completo de todas las voces y
trminos de que se serva Belarmino, acompaados de la acepcin en que
l los usaba. Yo he entresacado, para mayor comodidad, aquellos que el
lector ha odo ya a Belarmino, los cuales van como apndice del presente
volumen.

El vocabulario recogido por Escobar lleva las siguientes lneas
preliminares:

Max Mller dice que colocando las veintitrs o veinticuatro letras de
los abecedarios en todas las combinaciones posibles, se obtendran todas
las palabras que han sido empleadas en todos los idiomas del mundo y
todas las que se hayan de emplear. Tomando veintitrs letras como base,
el nmero de palabras sera: 25,852,016,738,884,976,640,000; y con
veinticuatro como base: 620,448,401,733,239,439,360,000. Belarmino no
lleg a usar de tanta riqueza lxica; ni siquiera se aproxima a Dante,
Shakespeare y Cervantes, que utilizaron miles de palabras. Belarmino se
qued alrededor del medio millar. Recuerdo haber ledo en alguna parte
que Racine en sus escritos no pas de 400 voces, con ser su lenguaje tan
dctil, fino y matizado.

FIN

Valdenebro de los Valles, Valladolid. Agosto-septiembre 1920.




APNDICE

ALGUNAS VOCES DEL LXICO BELARMINIANO


ACARICIAR.--Sentir respetuoso recelo, como se hace al propiciar y
halagar ciertos animales.

ANALFABTICO.--Indiferente, imparcial, sin prejuicios intelectuales.

BELIGERANCIA.--Oposicin, contraste. Adversidad, desgracia.

BELIGERANTE.--Contrario, opuesto.

BESAR.--Envidiar. Proviene del beso de Judas.

CAPULLO.--Sonrisa.

COMENSAL.--El hombre en tanto vive, porque para vivir necesita comer.
Alude a las bajas necesidades materiales que cohiben la plena vida del
espritu.

CLASE.--Conducta. Los hombres se clasifican segn su conducta.

CHISGARABS.--Quid. Cuando dais en el quid de las cosas veis que es algo
sencillo, simple, leve, escapadizo; un chisgarabs.

DESNUDAR.--Descubrir la verdad profunda, la causa.

DESNUDO.--Causa ltima, explicacin. Belarmino deca: el diablo desnudo
es Dios.

ECUMNICO.--Conciliacin, sntesis.

ENCARCELAR.--Comprender; hacerse dueo de un concepto.

ELIMINAR.--Ejecutar, hacer, obrar con luz o claridad de juicio; de
iluminar.

ESCOLASTICISMO.--Opinin prestada y fluctuante.

ESCOLSTICO.--El que sigue opiniones ajenas, como la cola sigue al
cuerpo del animal.

ESCORBTICO.--Pesimista. Viene de cuervo.

ESPASMDICO.--Placer, contento.

FACTURAR.--Dar importancia arbitraria, apreciar caprichosamente lo que
no tiene precio ni importancia.

GLOBO.--Vanidad.

GRECIA.--Sabidura.

HORARIO.--Esfera.

INDUMENTARIO.--La externo y superficial.

INQUISICIN.--Dolor.

INSTRUMENTAL.--Lo til y eficaz.

INTENCIN.--Razn. Nuestras razones son nuestras intenciones secretas.

INTUICIN.--Dominio y familiaridad con un asunto. Vale tanto como tratar
de t. Lo opuesto es lo saludable, o conocer de lejos, por un saludo.

JOROBA--Responsabilidad, porque abulta, pesa y estorba.

LENTE.--Ente. Todo es segn el color del cristal con que se mira.

LLAMATIVO.--Ardiente, llameante.

MACILENTO.--Violento y contundente, como quien acomete con una maza.

MADRONA.--Virgen madre, que concibe por obra del Espritu Santo.

MAREMGNUM.--Ideal, compendio de todas las cosas.

METEMPSCOSIS.--Intrngulis, esencia de las cosas.

PARADOJA.--Ortodoxia.

PARAFRASEAR.--Comprender.

PATATN, PATATN.--Mal. Todo lo que est mal se reviste de circunloquio.

PESO.--Sentimiento grave.

PONGO Y QUITO.--Desdn.

POSTEMA.--Sistema, teora; tumor muerto que se forma dentro de un cuerpo
vivo.

PROHIJAR.--Amar por voluntad de amor, que no por exigencia de la sangre.

PROYECTIL.--Disparate, porque sale disparado conforme designio o
proyecto, y siempre causa dao.

PUERPERAL.--Fecundo con dolor.

RECREADO.--Increado, y produce gran goce o recreo; aplcase a la luz o
solera.

REGAR.--Visin de unidad, abarcar con la mirada. Mirndolas, las cosas
se refrescan y desarrollan.

RIDCULO.--Excntrico, fuera de su fin propio.

ROCIAR.--Expresin atenuada de regar.

SALUDABLE.--Conocimiento ligero, opuesto a la intuicin. Viene de saludo
e indica que el conocimiento, aunque superficial, es siempre
conveniente.

SAPO.--Sabio. La sabidura se adquiere mediante el xtasis. El sapo es
smbolo del xtasis.

SISTEMA.--Testadurez, obstinacin. Refirese a los que andan a vueltas
con el mismo tema; s es tema.

SOLERA.--Luz por excelencia, fuente de luz. Viene de sol.

TAS, TAS, TAS.--La muerte; los ltimos latidos: los golpes del martillo
sobre el atad.

TESTA.--Incendiario, que empua la tea.

TETRAEDRO.--El todo.

TOLE TOLE.--La vida; la inquietud constante; el aleteo de las pasiones.

TRIS, TRAS.--Bien. Lo que est bien es breve y ejecutivo como un tajo.

ZAPADA.--Tontera; slo los tontos se dejan caer.


NDICE


PRLOGO.--El filsofo de las casas de huspedes.

CAPTULO PRIMERO.--Don Guilln y la Pinta.

CAPTULO II.--Ra Ruera, vista desde dos lados.

CAPTULO III.--Belarmino y su hija.

CAPTULO IV.--Apolonio y su hijo.

CAPTULO V.--El filsofo y el dramaturgo.

CAPTULO VI.--El drama y la filosofa.

CAPTULO VII.--Pedrito y Angustias.

CAPTULO VIII.--Sub specie aeterni.

EPLOGO.--El Estudiantn.

APNDICE.--Algunas voces del lxico belarminiano.






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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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