The Project Gutenberg EBook of La Tierra de Todos, by Vicente Blasco Ibaez

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Title: La Tierra de Todos

Author: Vicente Blasco Ibaez

Release Date: September 24, 2004 [EBook #13519]
[Date last updated: April 12, 2006]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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#LA TIERRA DE TODOS#

VICENTE BLASCO IBAEZ

(NOVELA)

PROMETEO
Germanas, 33.--VALENCIA
1922.






#LA TIERRA DE TODOS#




#I#


Como todas las maanas, el marqus de Torrebianca sali tarde de su
dormitorio, mostrando cierta inquietud ante la bandeja de plata con
cartas y peridicos que el ayuda de cmara haba dejado sobre la mesa
de su biblioteca.

Cuando los sellos de los sobres eran extranjeros, pareca contento,
como si acabase de librarse de un peligro. Si las cartas eran de
Pars, frunca el ceo, preparndose  una lectura abundante en
sinsabores y humillaciones. Adems, el membrete impreso en muchas de
ellas le anunciaba de antemano la personalidad de tenaces acreedores,
hacindole adivinar su contenido.

Su esposa, llamada la bella Elena, por una hermosura indiscutible,
que sus amigas empezaban  considerar histrica  causa de su
exagerada duracin, reciba con ms serenidad estas cartas, como si
toda su existencia la hubiese pasado entre deudas y reclamaciones. l
tena una concepcin ms anticuada del honor, creyendo que es
preferible no contraer deudas, y cuando se contraen, hay que pagarlas.

Esta maana las cartas de Pars no eran muchas: una del
establecimiento que haba vendido en diez plazos el ltimo automvil
de la marquesa, y slo llevaba cobrados dos de ellos; varias de otros
proveedores--tambin de la marquesa--establecidos en cercanas de la
plaza Vendme, y de comerciantes ms modestos que facilitaban 
crdito los artculos necesarios para la manutencin y amplio
bienestar del matrimonio y su servidumbre.

Los criados de la casa tambin podan escribir formulando idnticas
reclamaciones; pero confiaban en el talento mundano de la seora, que
le permitira alguna vez salir definitivamente de apuros, y se
limitaban  manifestar su disgusto mostrndose ms fros y estirados
en el cumplimiento de sus funciones.

Muchas veces, Torrebianca, despus de la lectura de este correo,
miraba en torno de l con asombro. Su esposa daba fiestas y asista 
todas las ms famosas de Pars; ocupaban en la avenida Henri Martin el
segundo piso de una casa elegante; frente  su puerta esperaba un
hermoso automvil; tenan cinco criados... No llegaba  explicarse en
virtud de qu leyes misteriosas y equilibrios inconcebibles podan
mantener l y su mujer este lujo, contrayendo todos los das nuevas
deudas y necesitando cada vez ms dinero para el sostenimiento de su
costosa existencia. El dinero que l lograba aportar desapareca como
un arroyo en un arenal. Pero la bella Elena encontraba lgica y
correcta esta manera de vivir, como si fuese la de todas las personas
de su amistad.

Acogi Torrebianca alegremente el encuentro de un sobre con sello de
Italia entre las cartas de los acreedores y las invitaciones para
fiestas.

--Es de mam--dijo en voz baja.

Y empez  leerla, al mismo que una sonrisa pareca aclarar su rostro.
Sin embargo, la carta era melanclica, terminando con quejas dulces y
resignadas, verdaderas quejas de madre.

Mientras iba leyendo, vi con su imaginacin el antiguo palacio de los
Torrebianca, all en Toscana, un edificio enorme y ruinoso circundado
de jardines. Los salones, con pavimento de mrmol multicolor y techos
mitolgicos pintados al fresco, tenan las paredes desnudas,
marcndose en su polvorienta palidez la huella de los cuadros clebres
que las adornaban en otra poca, hasta que fueron vendidos  los
anticuarios de Florencia.

El padre de Torrebianca, no encontrando ya lienzos ni estatuas como
sus antecesores, tuvo que hacer moneda con el archivo de la casa,
ofreciendo autgrafos de Maquiavelo, de Miguel Angel y otros
florentinos que se haban carteado con los grandes personajes de su
familia.

Fuera del palacio, unos jardines de tres siglos se extendan al pie de
amplias escalinatas de mrmol con las balaustradas rotas bajo la
pesadez de tortuosos rosales. Los peldaos, de color de hueso, estaban
desunidos por la expansin de las plantas parsitas. En las avenidas,
el boj secular, recortado en forma de anchas murallas y profundos
arcos de triunfo, era semejante  las ruinas de una metrpoli
ennegrecida por el incendio. Como estos jardines llevaban muchos aos
sin cultivo, iban tomando un aspecto de selva florida. Resonaban bajo
el paso de los raros visitantes con ecos melanclicos que hacan volar
 los pjaros lo mismo que flechas, esparciendo enjambres de insectos
bajo el ramaje y carreras de reptiles entre los troncos.

La madre del marqus, vestida como una campesina, y sin otro
acompaamiento que el de una muchacha del pas, pasaba su existencia
en estos salones y jardines, recordando al hijo ausente y
discurriendo nuevos medios de proporcionarle dinero.

Sus nicos visitantes eran los anticuarios,  los que iba vendiendo
los ltimos restos de un esplendor saqueado por sus antecesores.
Siempre necesitaba enviar algunos miles de liras al ltimo
Torrebianca, que, segn ella crea, estaba desempeando un papel
social digno de su apellido en Londres, en Pars, en todas las grandes
ciudades de la tierra. Y convencida de que la fortuna que favoreci 
los primeros Torrebianca acabara por acordarse de su hijo, se
alimentaba parcamente, comiendo en una mesita de pino blanco, sobre el
pavimento de mrmol de aquellos salones donde nada quedaba que
arrebatar.

Conmovido por la lectura de la carta, el marqus murmur varias veces
la misma palabra: Mam... mam.

Despus de mi ltimo envo de dinero, ya no s qu hacer. Si vieses,
Federico, qu aspecto tiene ahora la casa en que naciste! No quieren
darme por ella ni la vigsima parte de su valor; pero mientras se
presenta un extranjero que desee realmente adquirirla, estoy dispuesta
 vender los pavimentos y los techos, que es lo nico que vale algo,
para que no sufras apuros y nadie ponga en duda el honor de tu nombre.
Vivo con muy poco y estoy dispuesta  imponerme todava mayores
privaciones; pero no podris t y Elena limitar vuestros gastos, sin
perder el rango que ella merece por ser esposa tuya? Tu mujer, que es
tan rica, no puede ayudarte en el sostenimiento de tu casa?...

El marqus ces de leer. Le haca dao, como un remordimiento, la
simplicidad con que la pobre seora formulaba sus quejas y el engao
en que viva. Creer rica  Elena! Imaginarse que l poda imponer 
su esposa una vida ordenada y econmica, como lo haba intentado
repetidas veces al principio de su existencia matrimonial!...

La entrada de Elena en la biblioteca cort sus reflexiones. Eran ms
de las once, y ella iba  dar su paseo diario por la avenida del
Bosque de Bolonia para saludar  las personas conocidas y verse
saludada por ellas.

Se present vestida con una elegancia indiscreta y demasiado
ostentosa, que pareca armonizarse con su gnero de hermosura. Era
alta y se mantena esbelta gracias  una continua batalla con el
engrasamiento de la madurez y  los frecuentes ayunos. Se hallaba
entre los treinta y los cuarenta aos; pero los medios de conservacin
que proporciona la vida moderna le daban esa tercera juventud que
prolonga el esplendor de las mujeres en las grandes ciudades.

Torrebianca slo la encontraba defectos cuando viva lejos de ella. Al
volverla  ver, un sentimiento de admiracin le dominaba
inmediatamente, hacindole aceptar todo lo que ella exigiese.

Salud Elena con una sonrisa, y l sonri igualmente. Luego puso ella
los brazos en sus hombros y le bes, hablndole con un ceceo de nia,
que era para su marido el anuncio de alguna nueva peticin. Pero este
fraseo pueril no haba perdido el poder de conmoverle profundamente,
anulando su voluntad.

--Buenos das, mi coc!... Me he levantado ms tarde que otras
maanas; debo hacer algunas visitas antes de ir al Bosque. Pero no he
querido marcharme sin saludar  mi maridito adorado... Otro beso, y me
voy.

Se dej acariciar el marqus, sonriendo humildemente, con una
expresin de gratitud que recordaba la de un perro fiel y bueno. Elena
acab por separarse de su marido; pero antes de salir de la biblioteca
hizo un gesto como si recordase algo de poca importancia, y detuvo su
paso para hablar.

--Tienes dinero?...

Ces de sonreir Torrebianca y pareci preguntarle con sus ojos: Qu
cantidad deseas?

--Poca cosa. Algo as como ocho mil francos.

Un modisto de la _rue de la Paix_ empezaba  faltarle al respeto por
esta deuda, que slo databa de tres aos, amenazndola con una
reclamacin judicial. Al ver el gesto de asombro con que su marido
acoga esta demanda, fu perdiendo la sonrisa pueril que dilataba su
rostro; pero todava insisti en emplear su voz de nia para gemir con
tono dulzn:

--Dices que me amas, Federico, y te niegas  darme esa pequea
cantidad?...

El marqus indic con un ademn que no tena dinero, mostrndole
despus las cartas de los acreedores amontonadas en la bandeja de
plata.

Volvi  sonreir ella; pero ahora su sonrisa fu cruel.

--Yo podra mostrarte--dijo--muchos documentos iguales  esos... Pero
t eres hombre, y los hombres deben traer mucho dinero  su casa para
que no sufra su mujercita. Cmo voy  pagar mis deudas si t no me
ayudas?...

Torrebianca la mir con una expresin de asombro.

--Te he dado tanto dinero... tanto! Pero todo el que cae en tus manos
se desvanece como el humo.

Se indign Elena, contestando con voz dura:

--No pretenders que una seora _chic_ y que, segn dicen, no es fea,
viva de un modo mediocre. Cuando se goza el orgullo de ser el marido
de una mujer como yo hay que saber ganar el dinero  millones.

Las ltimas palabras ofendieron al marqus; pero Elena, dndose
cuenta de esto, cambi rpidamente de actitud, aproximndose  l para
poner las manos en sus hombros.

--Por qu no le escribes  la vieja?... Tal vez pueda enviarnos ese
dinero vendiendo alguna antigualla de tu casern paternal.

El tono irrespetuoso de tales palabras acrecent el mal humor del
marido.

--Esa vieja es mi madre, y debes hablar de ella con el respeto que
merece. En cuanto  dinero, la pobre seora no puede enviar ms.

Mir Elena  su esposo con cierto desprecio, diciendo en voz baja,
como si se hablase  ella misma:

--Esto me ensear  no enamorarme ms de pobretones... Yo buscar ese
dinero, ya que eres incapaz de proporcionrmelo.

Pas por su rostro una expresin tan maligna al hablar as, que su
marido se levant del silln frunciendo las cejas.

--Piensa lo que dices... Necesito que me aclares esas palabras.

Pero no pudo seguir hablando. Ella haba transformado completamente la
expresin de su rostro, y empez  reir con carcajadas infantiles, al
mismo tiempo que chocaba sus manos.

--Ya se ha enfadado mi coc. Ya ha credo algo ofensivo para su
mujer... Pero si yo slo te quiero  ti!

Luego se abraz  l, besndole repetidas veces,  pesar de la
resistencia que pretenda oponer  sus caricias. Al fin se dej
dominar por ellas, recobrando su actitud humilde de enamorado.

Elena lo amenazaba graciosamente con un dedo.

--A ver: sonra usted un poquito, y no sea mala persona!... De veras
que no puedes darme ese dinero?

Torrebianca hizo un gesto negativo, pero ahora pareca avergonzado de
su impotencia.

--No por ello te querr menos--continu ella--. Que esperen mis
acreedores. Yo procurar salir de este apuro como he salido de tantos
otros. Adis, Federico!

Y march de espaldas hacia la puerta, envindole besos hasta que
levant el cortinaje.

Luego, al otro lado de la colgadura, cuando ya no poda ser vista, su
alegra infantil y su sonrisa desaparecieron instantneamente. Pas
por sus pupilas una expresin feroz y su boca hizo una mueca de
desprecio.

Tambin el marido, al quedar solo, perdi la efmera alegra que le
haban proporcionado las caricias de Elena. Mir las cartas de los
acreedores y la de su madre, volviendo luego  ocupar su silln para
acodarse en la mesa con la frente en una mano. Todas las inquietudes
de la vida presente parecan haber vuelto  caer sobre l de golpe,
abrumndolo.

Siempre, en momentos iguales, buscaba Torrebianca los recuerdos de su
primera juventud, como si esto pudiera servirle de remedio. La mejor
poca de su vida haba sido  los veinte aos, cuando era estudiante
en la Escuela de Ingenieros de Lieja. Deseoso de renovar con el propio
trabajo el decado esplendor de su familia, haba querido estudiar una
carrera moderna para lanzarse por el mundo y ganar dinero, como lo
haban hecho sus remotos antepasados. Los Torrebianca, antes de que
los reyes los ennobleciesen dndoles el ttulo de marqus, haban sido
mercaderes de Florencia, lo mismo que los Mdicis, yendo  las
factoras de Oriente  conquistar su fortuna. l quiso ser ingeniero,
como todos los jvenes de su generacin que deseaban una Italia
engrandecida por la industria, as como en otros siglos haba sido
gloriosa por el arte.

Al recordar su vida de estudiante en Lieja, lo primero que resurga en
su memoria era la imagen de Manuel Robledo, camarada de estudios y de
alojamiento, un espaol de carcter jovial y energa tranquila para
afrontar los problemas de la existencia diaria. Haba sido para l
durante varios aos como un hermano mayor. Tal vez por esto, en los
momentos difciles, Torrebianca se acordaba siempre de su amigo.

Intrpido y simptico Robledo!... Las pasiones amorosas no le hacan
perder su plcida serenidad de hombre equilibrado. Sus dos aficiones
predominantes en el perodo de la juventud haban sido la buena mesa y
la guitarra.

De voluntad fcil para el enamoramiento, Torrebianca andaba siempre en
relaciones con una liejesa, y Robledo, por acompaarle, se prestaba 
fingirse enamorado de alguna amiga de la muchacha. En realidad,
durante sus partidas de campo con mujeres, el espaol se preocupaba
ms de los preparativos culinarios que de satisfacer el
sentimentalismo ms  menos frgil de la compaera que le haba
deparado la casualidad.

Torrebianca haba llegado  ver  travs de esta alegra ruidosa y
materialista cierto romanticismo que Robledo pretenda ocultar como
algo vergonzoso. Tal vez haba dejado en su pas los recuerdos de un
amor desgraciado. Muchas noches, el florentino, tendido en la cama de
su alojamiento, escuchaba  Robledo, que haca gemir dulcemente su
guitarra, entonando entre dientes canciones amorosas del lejano pas.

Terminados los estudios, se haban dicho adis con la esperanza de
encontrarse al ao siguiente; pero no se vieron ms. Torrebianca
permaneci en Europa, y Robledo llevaba muchos aos vagando por la
Amrica del Sur, siempre como ingeniero, pero plegndose  las ms
extraordinarias transformaciones, como si reviviesen en l, por ser
espaol, las inquietudes aventureras de los antiguos conquistadores.

De tarde en tarde escriba alguna carta, hablando del pasado ms que
del presente; pero  pesar de esta discrecin, Torrebianca tena la
vaga idea de que su amigo haba llegado  ser general en una pequea
Repblica de la Amrica del Centro.

Su ltima carta era de dos aos antes. Trabajaba entonces en la
Repblica Argentina, hastiado ya de aventuras en pases de continuo
sacudimiento revolucionario. Se limitaba  ser ingeniero, y serva
unas veces al gobierno y otras  empresas particulares, construyendo
canales y ferrocarriles. El orgullo de dirigir los avances de la
civilizacin  travs del desierto le haca soportar alegremente las
privaciones de esta existencia dura.

Guardaba Torrebianca entre sus papeles un retrato enviado por Robledo,
en el que apareca  caballo, cubierta la cabeza con un casco blanco y
el cuerpo con un poncho. Varios mestizos colocaban piquetes con
banderolas en una llanura de aspecto salvaje, que por primera vez iba
 sentir las huellas de la civilizacin material.

Cuando recibi este retrato, deba tener Robledo treinta y siete aos:
la misma edad que l. Ahora estaba cerca de los cuarenta; pero su
aspecto,  juzgar por la fotografa, era mejor que el de Torrebianca.
La vida de aventuras en lejanos pases no le haba envejecido. Pareca
ms corpulento an que en su juventud; pero su rostro mostraba la
alegra serena de un perfecto equilibrio fsico.

Torrebianca, de estatura mediana, ms bien bajo que alto, y enjuto de
carnes, guardaba una agilidad nerviosa gracias  sus aficiones
deportivas, y especialmente al manejo de las armas, que haba sido
siempre la ms predominante de sus aficiones; pero su rostro delataba
una vejez prematura. Abundaban en l las arrugas; los ojos tenan en
su vrtice un fruncimiento de cansancio; los aladares de su cabeza
eran blancos, contrastndose con el vrtice, que continuaba siendo
negro. Las comisuras de la boca caan desalentadas bajo el bigote
recortado, con una mueca que pareca revelar el debilitamiento de la
voluntad.

Esta diferencia fsica entre l y Robledo le haca considerar  su
camarada como un protector, capaz de seguir guindole lo mismo que en
su juventud.

Al surgir en su memoria esta maana la imagen del espaol, pens, como
siempre: Si le tuviese aqu!... Sabra infundirme su energa de
hombre verdaderamente fuerte.

Qued meditabundo, y algunos minutos despus levant la cabeza,
dndose cuenta de que su ayuda de cmara haba entrado en la
habitacin.

Se esforz por ocultar su inquietud al enterarse de que un seor
deseaba verle y no haba querido dar su nombre. Era tal vez algn
acreedor de su esposa, que se vala de este medio para llegar hasta
l.

--Parece extranjero--sigui diciendo el criado--, y afirma que es de
la familia del seor marqus.

Tuvo un presentimiento Torrebianca que le hizo sonreir inmediatamente
por considerarlo disparatado. No sera este desconocido su camarada
Robledo, que se presentaba con una oportunidad inverosmil, como esos
personajes de las comedias que aparecen en el momento preciso?... Pero
era absurdo que Robledo, habitante del otro lado del planeta,
estuviese pronto  dejarse ver como un actor que aguarda entre
bastidores. No. La vida no ofrece casualidades de tal especie. Esto
slo se ve en el teatro y en los libros.

Indic con un gesto enrgico su voluntad de no recibir al desconocido;
pero en el mismo instante se levant el cortinaje de la puerta,
entrando alguien con un aplomo que escandaliz al ayuda de cmara.

Era el intruso, que, cansado de esperar en la antesala, se haba
metido audazmente en la pieza ms prxima.

Se indign el marqus ante tal irrupcin; y como era de carcter
fcilmente agresivo, avanz hacia l con aire amenazador. Pero el
hombre, que rea de su propio atrevimiento, al ver  Torrebianca
levant los brazos, gritando:

--Apuesto  que no me conoces... Quin soy?

Le mir fijamente el marqus y no pudo reconocerlo. Despus sus ojos
fueron expresando paulatinamente la duda y una nueva conviccin.

Tena la tez obscurecida por la doble causticidad del sol y del fro.
Llevaba unos bigotes cortos, y Robledo apareca con barba en todos sus
retratos... Pero de pronto encontr en los ojos de este hombre algo
que le perteneca, por haberlo visto mucho en su juventud. Adems, su
alta estatura... su sonrisa... su cuerpo vigoroso...

--Robledo!--dijo al fin.

Y los dos amigos se abrazaron.

Desapareci el criado, considerando inoportuna su presencia, y poco
despus se vieron sentados y fumando.

Cruzaban miradas afectuosas  interrumpan sus palabras para
estrecharse las manos  acariciarse las rodillas con vigorosas
palmadas.

La curiosidad del marqus, despus de tantos aos de ausencia, fu ms
viva que la del recin llegado.

--Vienes por mucho tiempo  Pars?--pregunt  Robledo.

--Por unos meses nada ms.

Despus de forzar durante diez aos el misterio de los desiertos
americanos, lanzando  travs de su virginidad, tan antigua como el
planeta, lneas frreas, caminos y canales, necesitaba darse un bao
de civilizacin.

--Vengo--aadi--para ver si los restoranes de Pars siguen mereciendo
su antigua fama, y si los vinos de esta tierra no han decado. Slo
aqu puede comerse el Brie fresco, y yo tengo hambre de este queso
hace muchos aos.

El marqus ri. Hacer un viaje de tres mil leguas de mar para comer y
beber en Pars!... Siempre el mismo Robledo. Luego le pregunt con
inters:

--Eres rico?...

--Siempre pobre--contest el ingeniero--. Pero como estoy solo en el
mundo y no tengo mujer, que es el ms caro de los lujos, podr hacer
la misma vida de un gran millonario yanqui durante algunos meses.
Cuento con los ahorros de varios aos de trabajo all en el desierto,
donde apenas hay gastos.

Mir Robledo en torno de l, apreciando con gestos admirativos el
lujoso amueblado de la habitacin.

--T s que eres rico, por lo que veo.

La contestacin del marqus fu una sonrisa enigmtica. Luego, estas
palabras parecieron despertar su tristeza.

--Hblame de tu vida--continu Robledo--. T has recibido noticias
mas; yo, en cambio, he sabido muy poco de ti. Deben haberse perdido
muchas de tus cartas, lo que no es extraordinario, pues hasta los
ltimos aos he ido de un lugar  otro, sin echar races. Algo supe,
sin embargo, de tu vida. Creo que te casaste.

Torrebianca hizo un gesto afirmativo, y dijo gravemente:

--Me cas con una dama rusa, viuda de un alto funcionario de la corte
del zar... La conoc en Londres. La encontr muchas veces en tertulias
aristocrticas y en castillos adonde habamos sido invitados. Al fin
nos casamos, y hemos llevado desde entonces una existencia muy
elegante, pero muy cara.

Call un momento, como si quisiera apreciar el efecto que causaba en
Robledo este resumen de su vida. Pero el espaol permaneci
silencioso, queriendo saber ms.

--Como t llevas una existencia de hombre primitivo, ignoras
felizmente lo que cuesta vivir de este modo... He tenido que trabajar
mucho para no irme  fondo, y an as!... Mi pobre madre me ayuda con
lo poco que puede extraer de las ruinas de nuestra familia.

Pero Torrebianca pareci arrepentirse del tono quejumbroso con que
hablaba. Un optimismo, que media hora antes hubiese considerado
absurdo, le hizo sonreir confiadamente.

--En realidad no puedo quejarme, pues cuento con un apoyo poderoso. El
banquero Fontenoy es amigo nuestro. Tal vez has odo hablar de l.
Tiene negocios en las cinco partes del mundo.

Movi su cabeza Robledo. No; nunca haba odo tal nombre.

--Es un antiguo amigo de la familia de mi mujer. Gracias  Fontenoy,
soy director de importantes explotaciones en pases lejanos, lo que me
proporciona un sueldo respetable, que en otros tiempos me hubiese
parecido la riqueza.

Robledo mostr una curiosidad profesional. Explotaciones en pases
lejanos!... El ingeniero quera saber, y acos  su amigo con
preguntas precisas. Pero Torrebianca empez  mostrar cierta
inquietud en sus respuestas. Balbuceaba, al mismo tiempo que su
rostro, siempre de una palidez verdosa, se enrojeca ligeramente.

--Son negocios en Asia y en frica: minas de oro... minas de otros
metales... un ferrocarril en China... una Compaa de navegacin para
sacar los grandes productos de los arrozales del Tonkn... En realidad
yo no he estudiado esas explotaciones directamente; me falt siempre
el tiempo necesario para hacer el viaje. Adems, me es imposible vivir
lejos de mi mujer. Pero Fontenoy, que es una gran cabeza, las ha
visitado todas, y tengo en l una confianza absoluta. Yo no hago en
realidad mas que poner mi firma en los informes de las personas
competentes que l enva all, para tranquilidad de los accionistas.

El espaol no pudo evitar que sus ojos reflejasen cierto asombro al
oir estas palabras.

Su amigo, dndose cuenta de ello, quiso cambiar el curso de la
conversacin. Habl de su mujer con cierto orgullo, como si
considerase el mayor triunfo de su existencia que ella hubiese
accedido  ser su esposa.

Reconoca la gran influencia de seduccin que Elena pareca ejercer
sobre todo lo que le rodeaba. Pero como jams haba sentido la menor
duda acerca de su fidelidad conyugal, mostrbase orgulloso de avanzar
humildemente detrs de ella, emergiendo apenas sobre la estela de su
marcha arrolladura. En realidad, todo lo que era l: sus empleos
generosamente retribudos, las invitaciones de que se vea objeto, el
agrado con que le reciban en todas partes, lo deba  ser el esposo
de la bella Elena.

--La vers dentro de poco... porque t vas  quedarte  almorzar con
nosotros. No digas que no. Tengo buenos vinos, y ya que has venido
del otro lado de la tierra para comer queso de Brie, te lo dar hasta
matarte de una indigestin.

Luego abandon su tono de broma, para decir con voz emocionada:

--No sabes cunto me alegra que conozcas  mi mujer. Nada te digo de
su hermosura; las gentes la llaman la bella Elena; pero su hermosura
no es lo mejor. Aprecio ms su carcter casi infantil. Es caprichosa
algunas veces, y necesita mucho dinero para su vida; pero qu mujer
no es as?... Creo que Elena tambin se alegrar de conocerte... Le
he hablado tantas veces de mi amigo Robledo!...

       *       *       *       *       *




#II#


La marquesa de Torrebianca encontr altamente interesante al amigo
de su esposo.

Haba regresado  su casa muy contenta. Sus preocupaciones de horas
antes por la falta de dinero parecan olvidadas, como si hubiese
encontrado el medio de amansar  su acreedor  de pagarle.

Durante el almuerzo, tuvo Robledo que hablar mucho para responder 
las preguntas de ella, satisfaciendo la vehemente curiosidad que
parecan inspirarle todos los episodios de su vida.

Al enterarse de que el ingeniero no era rico, hizo un gesto de duda.
Tena por inverosmil que un habitante de Amrica, lo mismo la del
Norte que la del Sur, no poseyese millones. Pensaba por instinto, como
la mayor parte de los europeos, sindole necesaria una lenta reflexin
para convencerse de que en el Nuevo Mundo pueden existir pobres como
en todas partes.

--Yo soy todava pobre--continu Robledo--; pero procurar terminar
mis das como millonario, aunque solo sea para no desilusionar  las
gentes convencidas que todo el que va  Amrica debe ganar
forzosamente una gran fortuna, dejndola en herencia  sus sobrinos de
Europa.

Esto le llev  hablar de los trabajos que estaba realizando en la
Patagonia.

Se haba cansado de trabajar para los dems, y teniendo por socio 
cierto joven norteamericano, se ocupaba en la colonizacin de unos
cuantos miles de hectreas junto al ro Negro. En esta empresa haba
arriesgado sus ahorros, los de su compaero,  importantes cantidades
prestadas por los Bancos de Buenos Aires; pero consideraba el negocio
seguro y extraordinariamente remunerador.

Su trabajo era transformar en campos de regado las tierras yermas 
incultas adquiridas  bajo precio. El gobierno argentino estaba
realizando grandes obras en el ro Negro, para captar parte de sus
aguas. l haba intervenido como ingeniero en este trabajo difcil,
empezado aos antes. Luego present su dimisin para hacerse
colonizador, comprando tierras que iban  quedar en la zona de la
irrigacin futura.

--Es asunto de algunos aos,  tal vez de algunos meses--aadi--.
Todo consiste en que el ro se muestre amable, prestndose  que le
crucen el pecho con un dique, y no se permita una crecida
extraordinaria, una convulsin de las que son frecuentes all y
destruyen en unas horas todo el trabajo de varios aos, obligando 
empezarlo otra vez. Mientras tanto, mi asociado y yo hacemos con gran
economa los canales secundarios y las dems arterias que han de
fecundar nuestras tierras estriles; y el da en que el dique est
terminado y las aguas lleguen  nuestras tierras...

Se detuvo Robledo, sonriendo con modestia.

--Entonces--continu--ser un millonario  la americana Quin sabe
hasta dnde puede llegar mi fortuna?... Una legua de tierra regada
vale millones... y yo tengo varias leguas.

La bella Elena le oa con gran inters; pero Robledo, sintindose
inquieto por la expresin momentneamente admirativa de sus ojos de
pupilas verdes con reflejos de oro, se apresur  aadir:

--Esta fortuna puede retrasarse tambin tantos aos!... Es posible
que slo llegue  m cuando me vea prximo  la muerte, y sean los
hijos de una hermana que tengo en Espaa los que gocen el producto de
lo mucho que he trabajado y rabiado all.

Le hizo contar Elena cmo era su vida en el desierto patagnico,
inmensa llanura barrida en invierno por huracanes fros que levantan
columnas de polvo, y sin ms habitantes naturales que las bandas de
avestruces y el puma vagabundo, que, cuando siente hambre, osa atacar
al hombre solitario.

Al principio la poblacin humana haba estado representada por las
bandas de indios que vivaqueaban en las orillas de los ros y por
fugitivos de Chile  la Argentina, lanzados  travs de las tierras
salvajes para huir de los delitos que dejaban  sus espaldas. Ahora,
los antiguos fortines, guarnecidos por los destacamentos que el
gobierno haba hecho avanzar desde Buenos Aires para que tomasen
posesin del desierto, se convertan en pueblos, separados unos de
otros por centenares de kilmetros.

Entre dos poblaciones de estas, considerablemente alejadas, era donde
viva Robledo, transformando su campamento de trabajadores en un
pueblo que tal vez antes de medio siglo llegase  ser una ciudad de
cierta importancia. En Amrica no eran raros prodigios de esta clase.

Le escuchaba Elena con deleite, lo mismo que cuando, en el teatro  en
el cinematgrafo, senta despertada su curiosidad por una fbula
interesante.

--Eso es vivir--deca--. Eso es llevar una existencia digna de un
hombre.

Y sus ojos dorados se apartaban de Robledo para mirar con cierta
conmiseracin  su esposo, como si viese en l una imagen de todas las
flojedades de la vida muelle y extremadamente civilizada, que
aborreca en aquellos momentos.

--Adems, as es como se gana una gran fortuna. Yo slo creo que son
hombres los que alcanzan victorias en las guerras  los capitanes del
dinero que conquistan millones... Aunque mujer, me gustara vivir esa
existencia enrgica y abundante en peligros.

Robledo, para evitar  su amigo las recriminaciones de un entusiasmo
expresado por ella con cierta agresividad, habl de las miserias que
se sufren lejos de las tierras civilizadas. Entonces la marquesa
pareci sentir menos admiracin por la vida de aventuras, confesando
al fin que prefera su existencia en Pars.

--Pero me hubiera gustado--aadi con voz melanclica--que el hombre
que fuese mi esposo viviera as, conquistando una riqueza enorme.
Vendra  verme todos los aos, yo pensara en l  todas horas, 
ira tambin alguna vez  compartir durante unos meses su vida
salvaje. En fin, sera una existencia ms interesante que la que
llevamos en Pars; y al final de ella, la riqueza, una verdadera
riqueza, inmensa, novelesca, como rara vez se ve en el viejo mundo.

Se detuvo un instante, para aadir con gravedad, mirando  Robledo:

--Usted parece que da poca importancia  la riqueza, y si la busca es
por satisfacer su deseo de accin, por dar empleo  sus energas. Pero
no sabe lo que es ni lo que representa. Un hombre de su temple tiene
pocas necesidades. Para conocer lo que vale el dinero y lo que puede
dar de s, se necesita vivir al lado de una mujer.

Volvi  mirar  Torrebianca, y termin diciendo:

--Por desgracia, los que llevan con ellos  una mujer carecen casi
siempre de esa fuerza que ayuda  realizar sus grandes empresas  los
hombres solitarios.

Despus de este almuerzo, durante el cual slo se habl del poder del
dinero y de aventuras en el Nuevo Mundo, el colonizador frecuent la
casa, como si perteneciese  la familia de sus dueos.

--Le has sido muy simptico  Elena--deca Torrebianca--. Pero muy
simptico!

Y se mostraba satisfecho, como si esto equivaliese  un triunfo, no
ocultando el disgusto que le habra producido verse obligado  escoger
entre su esposa y su compaero de juventud, en el caso de mutua
antipata.

Por su parte, Robledo se mostraba indeciso y como desorientado al
pensar en Elena. Cuando estaba en su presencia, le era imposible
resistirse al poder de seduccin que pareca emanar de su persona.
Ella le trataba con la confianza del parentesco, como si fuese un
hermano de su marido. Quera ser su iniciadora y maestra en la vida de
Pars, dndole consejos para que no abusasen de su credulidad de
recin llegado. Le acompaaba para que conociese los lugares ms
elegantes,  la hora del t  por la noche, despus de la comida.

La expresin maligna y pueril  un mismo tiempo de sus ojos
imperturbables y el ceceo infantil con que pronunciaba  veces sus
palabras hacan gran efecto en el colonizador.

--Es una nia--se dijo muchas veces--; su marido no se equivoca. Tiene
todas las malicias de las muecas creadas por la vida moderna, y debe
resultar terriblemente cara... Pero debajo de eso, que no es mas que
una costra exterior, tal vez existe solamente una mentalidad algo
simple.

Cuando no la vea y estaba lejos de la influencia de sus ojos, se
mostraba menos optimista, sonriendo con una admiracin irnica de la
credulidad de su amigo. Quin era verdaderamente esta mujer, y dnde
haba ido Torrebianca  encontrarla?...

Su historia la conoca nicamente por las palabras del esposo. Era
viuda de un alto funcionario de la corte de los Zares; pero la
personalidad del primer marido, con ser tan brillante, resultaba algo
indecisa. Unas veces haba sido, segn ella, Gran Mariscal de la
corte; otras, simple general, y el que verdaderamente poda ostentar
una historia de heroicos antepasados era su propio padre.

Al repetir Torrebianca las afirmaciones de esta mujer, que le
inspiraba amor y orgullo al mismo tiempo, haca memoria de un
sinnmero de personajes de la corte rusa  de grandes damas amantes de
los emperadores, todos parientes de Elena; pero l no los haba visto
nunca, por estar muertos desde muchos aos antes  vivir en sus
lejanas tierras, enormes como Estados.

Las palabras de ella tambin alarmaban  Robledo. Nunca haba estado
en Amrica, y sin embargo, una tarde, en un t del Ritz, le habl de
su paso por San Francisco de California, cuando era nia. Otras veces
dejaba rodar aturdidamente en el curso de su conversacin nombres de
ciudades remotas  de personajes de fama universal, como si los
conociese mucho. Nunca pudo saber con certeza cuntos idiomas posea.

--Los hablo todos--contest Elena en espaol un da que Robledo le
hizo esta pregunta.

Contaba ancdotas algo atrevidas, como si las hubiese escuchado 
otras personas; pero lo haca de tal modo, que el colonizador lleg
algunas veces  sospechar si sera ella la verdadera protagonista.

Dnde no ha estado esta mujer?...--pensaba--. Parece haber vivido
mil existencias en pocos aos. Es imposible que todo eso haya podido
ocurrir en los tiempos de su marido, el personaje ruso.

Si intentaba explorar  su amigo para adquirir noticias, la fe de ste
en el pasado de su mujer era como una muralla de credulidad, dura 
inconmovible, que cortaba el avance de toda averiguacin. Pero lleg 
adquirir la certeza de que su amigo slo conoca la historia de Elena
 partir del momento que la encontr por primera vez en Londres. Toda
su existencia anterior la saba por lo que ella haba querido
contarle.

Pens que Federico, al contraer matrimonio, habra tenido
indudablemente conocimiento del origen de su esposa por los documentos
que exige la preparacin de la ceremonia nupcial. Luego se vi
obligado  desechar esta hiptesis. El casamiento haba sido en
Londres, uno de esos matrimonios rpidos como se ven en las cintas
cinematogrficas, y para el cual slo son necesarios un sacerdote que
lea el libro santo, dos testigos y algunos papeles examinados  la
ligera.

Acab el espaol por arrepentirse de tantas dudas. Federico se
mostraba contento y hasta orgulloso de su matrimonio, y l no tena
derecho  intervenir en la vida domstica de los otros. Adems, sus
sospechas bien podan ser el resultado de su falta de
adaptacin--natural en un salvaje--al verse en plena vida de Pars.

Elena era una dama del gran mundo, una mujer elegante de las que l no
haba tratado nunca. Slo al matrimonio de su amigo deba esta amistad
extraordinaria, que forzosamente haba de chocar con sus costumbres
anteriores. A veces hasta encontraba lgico lo que momentos antes le
haba producido inmensa extraeza. Era su ignorancia, su falta de
educacin, la que le haca incurrir en tantas sospechas y malos
pensamientos. Luego le bastaba ver la sonrisa de Elena y la caricia de
sus pupilas verdes y doradas para mostrar una confianza y una
admiracin iguales  las de Federico.

Viva en un hotel antiguo, cerca del bulevar de los Italianos, por
haberlo admirado en otros tiempos como un lugar de paradisacas
delicias, cuando era estudiante de escasos recursos y estaba de paso
en Pars; pero las ms de sus comidas las haca con Torrebianca y su
mujer. Unas veces eran stos los que le invitaban  su mesa; otras los
invitaba l  los restoranes ms clebres.

Adems, Elena le hizo asistir  algunos ts en su casa, presentndolo
 sus amigas. Mostraba un placer infantil en contrariar los gustos del
oso patagnico, como ella apodaba  Robledo,  pesar de las
protestas de ste, que nunca haba visto osos en la Argentina austral.
Como l abominaba de tales reuniones, Elena se vala de diversas
astucias para que asistiese  ellas.

Tambin fu conociendo  los amigos ms importantes de la casa en las
comidas de ceremonia dadas por los Torrebianca. La marquesa no
presentaba al espaol como un ingeniero que an estaba en la parte
preliminar de sus empresas, la ms difcil y aventurada, sino como un
triunfador venido de una Amrica maravillosa con muchsimos millones.

Deca esto  sus espaldas, y l no poda explicarse el respeto con que
le trataban los otros invitados y la simptica atencin con que le
oan apenas pronunciaba algunas palabras.

As conoci  varios diputados y periodistas, amigos del banquero
Fontenoy, que eran los convidados ms importantes. Tambin conoci al
banquero, hombre de mediana edad, completamente afeitado y con la
cabeza canosa, que imitaba el aspecto y los gestos de los hombres de
negocios norteamericanos.

Robledo, contemplndole, se acordaba de l mismo cuando viva en
Buenos Aires y haba de pagar al da siguiente una letra, no teniendo
reunida an la cantidad necesaria. Fontenoy ofreca la imagen que se
forma el vulgo de un hombre de dinero, director de importantes
negocios en diversos lugares de la tierra. Todo en su persona pareca
respirar seguridad y conviccin de la propia fuerza. Pero  veces,
como si olvidase el presente inmediato, frunca el ceo, quedando
pensativo y completamente ajeno  cuanto le rodeaba.

--Piensa alguna nueva combinacin maravillosa--deca Torrebianca  su
amigo--. Es admirable la cabeza de este hombre.

Pero Robledo, sin saber por qu, se acordaba otra vez de sus
inquietudes y las de tantos otros all en Buenos Aires, cuando haban
tomado dinero en los Bancos  noventa das vista y era preciso
devolverlo  la maana siguiente.

Una noche, al salir de casa de los Torrebianca, quiso Robledo marchar
 pie por la avenida Henri Martin hasta el Trocadero, donde tomara el
_Metro_. Iba con l uno de los invitados  la comida, personaje
equvoco que haba ocupado el ltimo asiento en la mesa, y pareca
satisfecho de marchar junto  un millonario sudamericano.

Era un protegido de Fontenoy y publicaba un peridico de negocios
inspirado por el banquero. Su acidez de parsito necesitaba
expansionarse, criticando  todos sus protectores apenas se alejaba de
ellos. A los pocos pasos sinti la necesidad de pagar la comida
reciente hablando mal de los dueos de la casa. Saba que Robledo era
compaero de estudios del marqus.

--Y  su esposa, la conoce usted tambin hace mucho tiempo?...

El maligno personaje sonri al enterarse de que Robledo la haba visto
por primera vez unas semanas antes.

--Rusa?... Cree usted verdaderamente que es rusa?... Eso lo cuenta
ella, as como las otras fbulas de su primer marido, Gran Mariscal de
la corte, y de toda su noble parentela. Son muchos los que creen que
no ha habido jams tal marido. Yo no me atrevo  decir si es verdad 
mentira; pero puedo afirmar que en casa de esta gran dama rusa nunca
he visto  ningn personaje de dicho pas.

Hizo una pausa como para tomar fuerzas, y aadi con energa:

--A m me han dicho gentes de all, indudablemente bien enteradas, que
no es rusa. Eso nadie lo cree. Unos la tienen por rumana y hasta
afirman haberla visto de joven en Bucarest; otros aseguran que naci
en Italia, de padres polacos. Vaya usted  saber!... Si tuvisemos
que averiguar el nacimiento y la historia de todas las personas que
conocemos en Pars y nos invitan  comer!...

Mir de soslayo  Robledo para apreciar su grado de curiosidad y la
confianza que poda tener en su discrecin.

--El marqus es una excelente persona. Usted debe conocerlo bien.
Fontenoy hace justicia  sus mritos y le ha dado un empleo importante
para...

Presinti Robledo que iba  oir algo que le sera imposible aceptar en
silencio, y como en aquel instante pasaba vaco un automvil de
alquiler, se apresur  llamar  su conductor. Luego pretext una
ocupacin urgente, recordada de pronto, para despedirse del maligno
parsito.

Siempre que hablaba  solas con Torrebianca, ste haca desviar la
conversacin hacia el asunto principal de sus preocupaciones: el mucho
dinero que se necesita para sostener un buen rango social.

--T no sabes lo que cuesta una mujer: los vestidos, las joyas;
adems, el invierno en la Costa Azul, el verano en las playas
clebres, el otoo en los balnearios de moda...

Robledo acoga tales lamentaciones con una conmiseracin irnica que
acababa por irritar  su amigo.

--Como t no conoces lo que es el amor--dijo Torrebianca una tarde--,
puedes prescindir de la mujer y permitirte esa serenidad burlona.

El espaol palideci, perdiendo inmediatamente su sonrisa. l no
haba conocido el amor? Resucitaron en su memoria, despus de esto,
los recuerdos de una juventud que Torrebianca slo haba entrevisto de
un modo confuso. Una novia le haba abandonado tal vez, all en su
pas, para casarse con otro. Luego el italiano crey recordar mejor.
La novia haba muerto y Robledo juraba, como en las novelas, no
casarse... Este hombre corpulento, gastrnomo y burln llevaba en su
interior una tragedia amorosa.

Pero como si Robledo tuviera empeo en evitar que le tomasen por un
personaje romntico, se apresur  decir escpticamente:

--Yo busco  la mujer cuando me hace falta, y luego contino solo mi
camino. Para qu complicar mi existencia con una compaa que no
necesito?...

Una noche, al salir los tres de un teatro, Elena mostr deseos de
conocer cierto restorn de Montmartre abierto recientemente. Para sus
amigos era un lugar mgico,  causa de su decoracin persa--estilo
_Mil y una noches_ vistas desde Montmartre--y de su iluminacin de
tubos de mercurio, que daba un tono verdoso  los salones, lo mismo
que si estuviesen en el fondo del mar, y una lividez de ahogados  sus
parroquianos.

Dos orquestas se reemplazaban incesantemente en la tarea de poblar el
aire de disparates rtmicos. Los violines colaboraban con desafinados
instrumentos de metal, unindose  esta cencerrada bailable un
_claxon_ de automvil y varios artefactos musicales de reciente
invencin, que imitaban dos tablones que chocan, un fardo arrastrado
por el suelo, una piedra sillar que cae...

En un gran valo abierto entre las mesas se renovaban incesantemente
las parejas de danzarines. Los vestidos y sombreros de las
mujeres--espumas de diversos colores en las que flotaban briznas de
plata y oro--, as como las masas blancas y negras del indumento
masculino, se esparcan en torno  las manchas cuadradas de los
manteles.

Con la msica estridente de las orquestas vena  juntarse un
estrpito de feria. Los que no estaban ocupados en bailar lanzaban por
el aire serpentinas y bolas de algodn,  insistan con un deleite
infantil en hacer sonar pequeas gaitas y otros instrumentos pueriles.
Flotaban en el aire cargado de humo esferas de caucho de distintos
colores que los concurrentes haban dejado escapar de sus manos. Los
ms, mientras coman y beban, llevaban tocadas sus cabezas con gorros
de beb, crestas de pjaro  pelucas de payaso.

Haba en el ambiente una alegra forzada y estpida, un deseo de
retroceder  los balbuceos de la infancia, para dar de este modo nuevo
incentivo  los pecados montonos de la madurez. El aspecto del
restorn pareci entusiasmar  Elena.

--Oh, Pars! No hay mas que un Pars! Qu dice usted de esto,
Robledo?

Pero como Robledo era un salvaje, sonri con una indiferencia
verdaderamente insolente. Comieron sin tener apetito y bebieron el
contenido de una botella de champaa sumergida en un cubo plateado,
que pareca repetirse en todas las mesas, como si fuese el dolo de
aquel lugar, en cuyo honor se celebraba la fiesta. Antes de que se
vaciase la botella, otra ocupaba instantneamente su sitio, cual si
acabase de crecer del fondo del cubo.

La marquesa, que miraba  todos lados con cierta impaciencia, sonri
de pronto haciendo seas  un seor que acababa de entrar.

Era Fontenoy, y vino  sentarse  la mesa de ellos, fingiendo sorpresa
por el encuentro.

Robledo se acord de haber odo hablar  Elena repetidas veces del
banquero mientras estaban en el teatro, y esto le hizo presumir si se
habran visto aquella misma tarde. Hasta se le ocurri la sospecha de
que este encuentro en Montmartre estaba convenido por los dos.

Mientras tanto, Fontenoy deca  Torrebianca, rehuyendo la mirada de
la mujer de ste:

--Una verdadera casualidad!... Salgo de una comida con hombres de
negocios; necesitaba distraerme; vengo aqu, como poda haber ido 
otro sitio, y los encuentro  ustedes.

Por un momento crey Robledo que los ojos pueden sonreir al ver la
expresin de jovial malicia que pasaba por las pupilas de Elena.

Cuando la botella de champaa hubo resucitado en el cubo por tercera
vez, la marquesa, que pareca envidiar  los que daban vueltas en el
centro del saln, dijo con su voz quejumbrosa de nia:

--Quiero bailar, y nadie me saca!...

Su marido se levant, como si obedeciese una orden, y los dos se
alejaron girando entre las otras parejas.

Al volver  su asiento, ella protesto con una indignacin cmica:

--Venir  Montmartre para bailar con el marido!...

Puso sus ojos acariciadores en Fontenoy, y aadi;

--No pienso pedirle que me invite. Usted no sabe bailar ni quiere
descender  estas cosas frvolas... Adems, tal vez teme que sus
accionistas le retiren su confianza al verle en estos lugares.

Luego se volvi hacia Robledo:

--Y usted, baila?...

El ingeniero fingi que se escandalizaba. Dnde poda haber aprendido
los bailes inventados en los ltimos aos? l slo conoca la _cueca_
chilena, que danzaban sus peones los das de paga,  el _pericn_ y el
_gato_, bailados por algunos gauchos viejos acompandose con el
retintn de sus espuelas.

--Tendr que aburrirme sin poder bailar... y eso que voy con tres
hombres. Qu suerte la ma!

Pero alguien intervino como si hubiese escuchado sus quejas.
Torrebianca hizo un gesto de contrariedad. Era un joven danzarn, al
que haba visto muchas veces en los restoranes nocturnos. Le inspiraba
una franca antipata, por el hecho de que su mujer hablaba de l con
cierta admiracin, lo mismo que todas sus amigas.

Gozaba los honores de la celebridad. Alguien, para marear irnicamente
la altura de su gloria, lo haba apodado el guila del tango.
Robledo adivin que era un sudamericano por la soltura graciosa de sus
movimientos y su atildada exageracin en el vestir. Las mujeres
admiraban la pequeez de sus pies montados en altos tacones y el
brillo de la abultada masa de sus cabellos, echada atrs y tan unida
como un bloque de laca.

Esta guila bailarina, que se haca mantener por sus parejas, segn
murmuraban los envidiosos de su gloria, se vi aceptada por la mujer
de Torrebianca, y los dos empezaron  danzar. El cansancio oblig 
Elena repetidas veces  volver  la mesa; pero al poco rato ya estaba
llamando con sus ojos al bailarn, que acuda oportunamente.

Torrebianca no ocult su disgusto al verla con este mozo antiptico.
Fontenoy permaneca impasible  sonrea distradamente durante los
breves momentos que Elena empleaba en descansar.

Volvi  acordarse Robledo de la expresin de lejana que haba
observado en todos los que tienen un pagar de vencimiento prximo.
Pero este recuerdo pas rpidamente por su memoria.

Mir con ms atencin al banquero, y se di cuenta de que ya no
pensaba en cosas invisibles. La insistencia de Elena en bailar con el
mismo jovenzuelo haba acabado por imprimir en su rostro un gesto de
descontento igual al que mostraba Torrebianca.

Siempre que pasaba ella en brazos de su danzarn, sonrea  Fontenoy
con cierta malicia, como si gozase viendo su cara de disgusto.

El espaol mir  un lado de la mesa, luego mir al lado opuesto, y
pens:

Cualquiera dira que estoy entre dos maridos celosos.

       *       *       *       *       *




#III#


En uno de los ts de la marquesa de Torrebianca conoci Robledo  la
condesa Titonius, dama rusa, casada con un noble escandinavo, el cual
pareca absorbido por su cnyuge, hasta el punto de que nadie reparase
en su persona.

Era una mujer entre los cuarenta aos y los cincuenta, que todava
guardaba vestigios algo borrosos de una belleza ya remota. Su obesidad
desbordante, blanca y flcida tena por remate una cabecita de mueca
sentimental; y como gustaba de escribir versos amorosos, apresurndose
 recitarlos en el curso de las conversaciones, sus enemigas la haban
apodado Cien kilos de poesa.

Se presentaba en plena tarde audazmente escotada, para lucir con
orgullo sus albas y gelatinosas superfluidades. Usaba joyas
gigantescas y brbaras, en armona con una peluca rubia  la que iba
aadiendo todos los meses nuevos rizos.

Entre estas alhajas escandalosamente falsas, la nica que mereca
cierto respeto era un collar de perlas, que, al sentarse su duea,
vena  descansar sobre el globo de su vientre. Estas perlas
irregulares, angulosas y con races se parecan  los dientes de
animal que emplean algunos pueblos salvajes para fabricarse adornos.
Los maldicientes aseguraban que eran recuerdos de amantes de su
juventud,  los que la condesa haba arrancado las muelas, no
quedndole otra cosa que sacar de ellos. Su sentimentalismo y la
libertad con que hablaba del amor justificaban tales murmuraciones.

Al saber por su amiga Elena que Robledo era un millonario de Amrica,
lo mir con apasionado inters. Hablaron, con una taza de t en la
mano,  ms bien dicho, fu ella la que habl, mientras el ingeniero
buscaba mentalmente un pretexto para escapar.

--Usted que ha viajado tanto y es un hroe, ilstreme con su
experiencia... Qu opina usted del amor?

Pero la poetisa,  pesar de sus ojeadas tiernas y miopes, vi que
Robledo hua murmurando excusas, como si le asustase una conversacin
iniciada con tal pregunta.

Elena le rog semanas despus que asistiese  una fiesta dada por la
condesa.

--Son reuniones muy originales. La duea de la casa invita  una
bohemia inquietante para que aplauda sus versos, y la mezcla con
gentes distinguidas que conoci en los salones. Algunos extranjeros
van de buena fe, creyendo encontrar autores clebres, y slo conocen
fracasados viejos y cidos. Tambin protege  ciertos jvenes que se
presentan con solemnidad, convencidos de una gloria que slo existe
entre sus camaradas  en las pginas de alguna revistilla que nadie
lee... Debe usted ver eso. Difcilmente encontrar en Pars una casa
semejante. Adems, he prometido  la pobre condesa que asistir usted
 su fiesta, y me enfadar si no me obedece.

Por no disgustarla, se dirigi Robledo  las diez de la noche  la
avenida Kleber, donde viva la condesa, despus de haber comido con
varios compatriotas en un restorn de los bulevares.

Dos servidores alquilados para la fiesta se ocupaban en recoger los
abrigos de los invitados. Apenas entr el ingeniero en el
recibimiento, se di cuenta de la mezcolanza social descrita por
Elena. Llegaban parejas de aspecto distinguido, acostumbradas  la
vida de los salones, vestidas con elegancia, y revueltas con ellas vi
pasar  varios jvenes de abundosa cabellera, que llevaban frac lo
mismo que los otros invitados, pero se despojaban de palets rados 
con los forros rotos. Sorprendi la mirada irnica de los dos
servidores al colgar algunos de estos gabanes, as como ciertos
abrigos de pieles con grandes calvas, pertenecientes  seoras que
ostentaban extravagantes tocados.

Un viejo con melenas de un blanco sucio y gran chambergo, que tena
aspecto de poeta tal como se lo imagina el vulgo, se despoj de un
gabancito veraniego y dos bufandas de lana arrolladas  su cuerpo para
suplir la falta de abrigo. Retir la pipa de su boca, golpeando con
ella la suela de uno de sus zapatos, y la meti luego en un bolsillo
del gabn, recomendando  los criados que lo guardasen cuidadosamente,
como si fuese prenda de gran valor.

El abrigo de pieles que llevaba Robledo atrajo el respeto de los dos
servidores. Uno de ellos le ayud  despojarse de l, conservndolo
sobre sus brazos.

--Puede usted admirarlo; le doy permiso--dijo el ingeniero--. Lo
compr hace pocos das. Una rica pieza, eh?...

Pero el criado, sin hacer caso de su tono burln, contest:

--Lo pondr aparte. Temo que  la salida se equivoque alguno y se lo
lleve, dejando el suyo al seor.

Y gui un ojo, sealando al mismo tiempo los gabanes de aspecto
lamentable amontonados en la antesala.

La noble poetisa mostr un entusiasmo ruidoso al verle en sus salones.
Apartando  los otros invitados, sali  su encuentro y le estrech
ambas manos  la vez. Luego, apoyada en su brazo, lo fu llevando
entre los grupos para hacer la presentacin. Le acariciaba con los
ojos, como si fuese el principal atractivo de su fiesta; pareca
sentir orgullo al mostrarlo  sus amigas. Con razn el da anterior le
haba dicho, burlndose, Elena: Mucho ojo, Robledo! La condesa est
locamente enamorada de usted, y la creo capaz de raptarle.

Expresaba la poetisa su entusiasmo con una avalancha de palabras al
hacer la presentacin del ingeniero.

--Un hroe; un superhombre del desierto, que all en las pampas de la
Argentina ha matado leones, tigres y elefantes.

Robledo puso cara de espanto al oir tales disparates, pero la condesa
no estaba para reparar en escrpulos geogrficos.

--Cuando me haya contado todas sus hazaas--continu--, escribir un
poema pico, de carcter moderno, relatando en verso las aventuras de
su vida. A m, los hombres slo me interesan cuando son hroes...

Y otra vez Robledo puso cara de asombro.

Como la condesa no vea ya cerca de ella ms invitados  quienes
presentar su hroe, lo condujo  un gabinete completamente solitario,
sin duda  causa de los olores que  travs de un cortinaje llegaban
de la cocina, demasiado prxima.

Ocup un silln amplio como un trono,  invit  sentarse  Robledo.
Pero cuando ste buscaba una silla, la Titonius le indic un taburete
junto  sus pies.

--As lograremos que sea mayor nuestra intimidad. Parecer usted un
paje antiguo prosternado ante su dama.

No poda ocultar Robledo el asombro que le causaban estas palabras,
pero acab por colocarse tal como ella quera, aunque el asiento le
resultase molesto,  causa de su corpulencia.

Copiaba la Titonius los gestos pueriles y el habla ceceante de su
amiga; pero estas imitaciones infantiles resultaban en ella
extremadamente grotescas.

--Ahora que estamos solos--dijo--, espero que hablar usted con ms
libertad, y vuelvo  hacerle la misma pregunta del otro da: Qu
opina usted del amor?

Qued sorprendido Robledo, y al final balbuce:

--Oh, el amor!... Es una enfermedad... eso es: una enfermedad de la
que vienen ocupndose las gentes hace miles de aos, sin saber en qu
consiste.

La condesa se haba aproximado mucho  l,  causa de su miopa,
prescindiendo del auxilio de unos impertinentes de concha que guardaba
en su diestra. Inclinndose sobre el emballenado hemisferio de su
vientre, casi juntaba su cara con la del hombre sentado  sus pies.

--Y cree usted--prosigui--que un alma superior y mal comprendida,
como la ma, podr encontrar alguna vez el alma hermana que le
complete?...

Robledo, que haba recobrado su tranquilidad, dijo gravemente:

--Estoy seguro de ello... Pero todava es usted joven y tiene tiempo
para esperar.

Tal fu su arrobamiento al oir esta respuesta, que acab por acariciar
el rostro de su acompaante con los lentes que tena en una mano.

--Oh, la galantera espaola!... Pero separmonos; guardemos nuestro
secreto ante un mundo que no puede comprendernos. Leo en sus ojos el
deseo ardiente... contngase ahora! Yo procurar que nuestras almas
vuelvan  encontrarse con ms intimidad. En este momento es
imposible... Los deberes sociales... las obligaciones de una duea de
casa...

Y despus de levantarse del silln-trono con toda la pesadez de su
volumen, se alej imitando la ligereza de una nia, no sin enviar
antes  Robledo un beso mudo con la punta de sus lentes.

Desconcertado por esta agresividad pasional, y ofendido al mismo
tiempo porque crea verse en una situacin grotesca, el ingeniero
abandon igualmente el solitario gabinete.

Al volver  los salones iba tan ofuscado, que casi derrib  un seor
de reducida estatura, y ste,  pesar del golpe recibido, hizo una
reverencia murmurando excusas. Le vi despus yendo de un lado  otro,
tmido y humilde, vigilando  los servidores con unos ojos que
parecan pedirles perdn, y cuidndose de volver  su sitio los
muebles puestos en desorden por los invitados. Apenas le hablaba
alguien, se apresuraba  contestar con grandes muestras de respeto,
huyendo inmediatamente.

La Titonius tena en torno  ella un crculo de hombres, que eran en
su mayor parte los jvenes de aspecto artista vistos por Robledo en
la antesala. Muchas seoras se burlaban francamente de la condesa,
partiendo de sus grupos irnicas miradas hacia su persona. El viejo
que haba dejado sus bufandas y su pipa en el guardarropa di varias
palmadas, sise para imponer silencio, y dijo luego con solemnidad:

--La asistencia reclama que nuestra bella musa recite algunos de sus
versos incomparables.

Muchos aplaudieron, apoyando esta peticin con gritos de entusiasmo.
Pero la masa se mostr displicente y empez  moverse en su asiento
haciendo signos negativos. Al mismo tiempo dijo con voz dbil, como si
acabase de sentir una repentina enfermedad:

--No puedo, amigos mos... Esta noche me es imposible... Otro da, tal
vez...

Volvi  insistir el grupo de admiradores, y la condesa repiti sus
protestas con un desaliento cada vez ms doloroso, como si fuese 
morir.

Al fin, los invitados la dejaron en paz, para ocuparse en cosas ms de
su gusto. Los grupos volvieron sus espaldas  la poetisa, olvidndola.
Un msico joven, afeitado y con largas guedejas, que pretenda imitar
la fealdad genial de algunos compositores clebres, se sent al
piano  hizo correr sus dedos sobre las teclas. Dos muchachas
acudieron con aire suplicante, poniendo sus manos sobre las del
pianista. Oiran despus con mucho gusto sus obras sublimes; pero por
el momento deba mostrarse bondadoso y al nivel del vulgo, tocando
algo para bailar. Se contentaban con un vals, si es que sus
convicciones artsticas le impedan descender hasta las danzas
americanas.

Varias parejas empezaron  girar en el centro del saln, y cuando iba
aumentando su nmero y no quedaba quien se acordase de la condesa,
sta mir  un lado y  otro con asombro y se puso en pie:

--Ya que me piden versos con tanta insistencia, acceder al deseo
general. Voy  decir un pequeo poema.

Tales palabras esparcieron la consternacin. El pianista, por no
haberlas odo, continu tocando; pero tuvo que detenerse, pues el
seor humilde y annimo que iba de un lado  otro como un domstico se
acerc  l, tomndole las manos. Al cesar la msica, las parejas
quedaron inmviles; y, finalmente, con una expresin aburrida,
volvieron  sus asientos. La condesa empez  recitar. Algunos
invitados la oan con tina atencin dolorosa  una inmovilidad
estpida, pensando indudablemente en cosas remotas. Otros parpadeaban,
haciendo esfuerzos para repeler el sueo que corra hacia ellos
montado en el sonsonete de las rimas.

Dos seoras ya entradas en aos y de aspecto maligno fingan gran
inters por conocer los versos, y hasta se llevaban de vez en cuando
una mano  la oreja para oir mejor. Pero al mismo tiempo las dos
seguan conversando detrs de sus abanicos. En ciertos momentos
dejaban stos sobre sus rodillas para aplaudir y gritar: Bravo!;
pero volvan  recobrarlos y los desplegaban, riendo de la duea de la
casa bajo el amparo de su tela.

Robledo estaba detrs de ellas, apoyado en el quicio de una puerta y
medio oculto por el cortinaje. Como la condesa declamaba con
vehemencia, las dos seoras se vean obligadas  elevar un poco el
tono de su voz, y el ingeniero, que era de odo sutil, pudo enterarse
de lo que decan.

--Sera preferible--murmuraba una de ellas--que en vez de regalarnos
con versos, preparase un _buffet_ mejor para sus invitados.

La otra protest. En casa de la Titonius, la mesa era ms peligrosa
cuanto ms abundante. Se necesitaba un valor heroico para aceptar la
invitacin  sus comidas, que ella misma preparaba.

--A los postres hay que pedir por telfono un mdico, y alguna vez
ser preciso avisar  la Agencia de pompas fnebres.

Entre risas sofocadas, recordaban la historia de la duea de la casa.
Haba sido rica en otros tiempos; unos decan que por sus padres;
otros, que por sus amantes.

Para llegar  condesa se haba casado con el conde Titonius, personaje
arruinado  insignificante, que consider preferible esta humillacin
 pegarse un tiro. Ocupaba en la casa una situacin inferior  la de
los domsticos. Cuando la condesa tena excitados los nervios por la
infidelidad de alguno de sus jvenes admiradores arrojaba escaleras
abajo las camisas y calzoncillos del conde, ordenndole como una reina
ofendida que desapareciese para siempre. Pero pasada una semana, al
organizar la poetisa una nueva fiesta, reapareca el desterrado,
siempre humilde y melanclico, encogindose como si temiese ocupar
demasiado espacio en los salones de su mujer.

--Yo no s--continu una de las murmuradoras--para qu da estas
fiestas estando arruinada. Fjese en la mesa que nos ofrecer luego.
Los grandes pasteles y las frutas ricas que adornan el centro son
alquiladas por una noche, lo mismo que sus domsticos. Todos lo saben,
y nadie se atreve  tocar esas cosas apetecibles por miedo  su
enfado. La gente se limita al t y las galletas, fingindose
desganada.

Cesaron en sus murmuraciones para aplaudir  la poetisa, y sta,
enardecida por el xito, empez  declamar nuevos versos.

Como  Robledo no le interesaba la maligna conversacin de las dos
seoras, y menos an el talento potico de la duea de la casa,
aprovech un momento en que sta le volva la espalda para saludar 
sus admiradores, y pas al gabinete donde haba estado antes.

El mismo seor humilde y obsequioso con el que se haba tropezado
repetidas veces estaba ahora medio tendido en un divn y fumando, como
un trabajador que al fin puede descansar unos minutos. Se entretena
en seguir con los ojos las espirales del humo de su cigarrillo; pero
al ver que un invitado acababa de sentarse cerca de l, crey
necesario sonreirle, preguntando  continuacin:

--Se aburre usted mucho?...

El espaol le mir fijamente antes de responder:

--Y usted?...

Contest con un movimiento de cabeza afirmativo, y Robledo hizo un
gesto de invitacin que pretenda decirle: Quiere usted que nos
vayamos?... Pero los ojos melanclicos del desconocido parecieron
contestar: Si yo pudiese marcharme... qu felicidad!

--Es usted de la casa?--pregunt al fin Robledo.

Y el otro, abriendo los brazos con una expresin de desaliento, dijo:

--Soy su dueo; soy el marido de la condesa Titonius.

Despus de tal revelacin, crey oportuno Robledo abandonar su
asiento, guardndose el cigarro que iba  encender.

Al volver  los salones vi que todos aplaudan ruidosamente  la
poetisa, convencidos de que por el momento haba renunciado  decir
ms versos. Estrechaba efusivamente las manos tendidas hacia ella, y
luego se limpiaba el sudor de su frente, diciendo con voz lnguida:

--Voy  morir. La emocin... la fiebre del arte... Me han matado
ustedes al obligarme con sus ruegos insistentes  recitar mis versos.

Mir  un lado y  otro como si buscase  Robledo, y al descubrirle,
fu hacia l.

--Dme su brazo, hroe, y pasemos al _buffet_.

La mayor parte del pblico no pudo ocultar su regocijo al ver que se
abra la puerta de la habitacin donde estaba instalada la mesa.
Muchos corrieron, atropellando  los dems, para entrar los primeros.
La Titonius, apoyada en un brazo del ingeniero, le miraba de muy
cerca con ojos de pasin.

--Se ha fijado en mi poema _La aurora sonrosada del amor_!...
Adivina usted en quin pensaba yo al recitar estos versos?

l volvi el rostro para evitar sus miradas ardientes, y al mismo
tiempo porque tema dar libre curso  la risa que le cosquilleaba el
pecho.

--No he adivinado nada, condesa. Los que vivimos all en el desierto,
nos criamos tan brutos!

Agolpronse los invitados en torno  la mesa, admirando los grandes
platos que ocupaban su centro, como algo imposible de conquistar. Eran
magnficos pasteles y pirmides de frutas enormes, que se destacaban
majestuosos sobre otras cosas de menos importancia.

Los dos criados que estaban antes en el recibimiento y un _matre
d'htel_ con cadena de plata y patillas de diplomtico viejo parecan
defender el tesoro del centro de la mesa, dignndose entregar
nicamente lo que estaba en los bordes de ella. Servan tazas de t,
de chocolate,  copas de licor; y en cuanto  comestibles, slo
avanzaban los platos de emparedados y galletas.

El viejo de las bufandas, al que llamaba la condesa _cher matre_, se
cans sin xito dirigiendo peticiones  un criado que no quera
entenderle. Avanzaba un plato vaco para obtener un pedazo de pastel 
una de las frutas, sealando ansiosamente el objeto de sus deseos.
Pero el domstico le miraba con asombro, como si le propusiese algo
indecente, acabando por volver la espalda, luego de depositar en su
plato una galleta  un emparedado.

Robledo qued junto  la mesa, cerca de aquellas materias preciosas y
alquiladas defendidas por la servidumbre. La condesa abandon su brazo
para contestar  los que la felicitaban. Satisfecho de que la poetisa
le dejase en paz por unos instantes, fu examinando la mesa, con un
plato y un cuchillito en las manos. Como el _matre d'htel_ y sus
aclitos estaban ocupados en atender al pblico, pudo avanzar entre
aquella y la pared, y cort tranquilamente un pedazo del pastel ms
majestuoso. An tuvo tiempo para tomar igualmente una de las frutas
vistosas, partindola y mondndola. Pero cuando iba  comerla, la
duea de la casa, libre momentneamente de sus admiradores, pudo
volver hacia l su rostro amoroso, y lo primero que vi fu el enorme
pastel empezado y la fruta despedazada sobre el platillo que el hroe
tena en una mano.

Su fisonoma fu reflejando las distintas fases de una gran revolucin
interior. Primeramente mostr asombro, como si presenciase un hecho
inaudito que trastornaba todas las reglas consagradas; luego,
indignacin; y, finalmente, rencor. Al da siguiente tendra que pagar
este destrozo estpido... Y ella que se imaginaba haber encontrado un
alma de hroe, digna de la suya!...

Abandon  Robledo, y fu al encuentro del pianista, que rondaba la
mesa, pasando de un criado  otro para repetir sus peticiones de
emparedados y de copas.

--Dme su brazo... Beethoven.

Al deslizarse entre dos grupos, dijo, mostrando al msico:

--Voy  escribir cualquier da un libreto de pera para l, y entonces
la gente se ver obligada  hablar menos de Wgner.

Se lo llev al gran saln, que estaba ahora desierto, y le hizo
sentarse al piano, empezando  recitar  toda voz, con acompaamiento
de arpegios. Pero las gentes no podan despegarse de la atraccin de
la mesa, y permanecieron sordas  los versos de la duea de la casa,
aunque fuesen ahora servidos con msica.

Los invitados de ms distincin formaban grupo aparte en la plaza
donde estaba instalado el _buffet_, mantenindose lejos de las otras
gentes reclutadas por la noble poetisa. Robledo vi en este grupo 
los marqueses de Torrebianca, que acababan de llegar con gran retraso,
por haber estado en otra fiesta. Elena hablaba con aire distrado,
pronunciando palabras faltas de ilacin, como si su pensamiento
estuviese lejos de all. Adivinando el ingeniero que la molestaba con
su charla, fu en busca de Federico, pero ste tampoco se fij en su
persona, por hallarse muy interesado en describir  un seor los
importantes negocios que su amigo Fontenoy iba realizando en diversos
lugares de la tierra.

Aburrido, y no dndose cuenta an de la causa del abandono en que le
dejaba la duea de la casa, se instal en un silln,  inmediatamente
oy que hablaban  sus espaldas. No eran las dos seoras de poco
antes. Un hombre y una mujer sentados en un divn murmuraban lo mismo
que la otra pareja maldiciente, como si todos en aquella fiesta no
pudieran hacer otra cosa apenas formaban grupo aparte.

La mujer nombr  la esposa de Torrebianca, diciendo luego  su
acompaante:

--Fjese en sus joyas magnficas. Bien se conoce que  ella y al
marido les ha costado poco trabajo el adquirirlas. Todos saben que las
pag un banquero.

El hombre se crea mejor enterado.

--A m me han dicho que esas joyas son falsas, tan falsas como las de
nuestra potica condesa. Los Torrebianca se han quedado con el dinero
que di Fontenoy para las verdaderas;  han vendido las verdaderas,
sustituyndolas con falsificaciones.

La mujer acogi con un suspiro el nombre de Fontenoy.

--Ese hombre est prximo  la ruina. Todos lo dicen. Hasta hay quien
habla de tribunales y de crcel... Qu rusa tan voraz!

Son una risa incrdula del hombre.

--Rusa?... Hay quien la conoci de nia en Viena, cantando sus
primeras romanzas en un _music-hall_. Un seor que perteneci  la
diplomacia afirma por su parte que es espaola, pero de padre
ingls... Nadie conoce su verdadera nacionalidad; tal vez ni ella
misma.

Robledo abandon su asiento,. No era digno de l permanecer all
escuchando silenciosamente tales cosas contra sus amigos. Pero antes
de alejarse son  sus espaldas una doble exclamacin de asombro.

--Ah llega Fontenoy--dijo la mujer--, el gran protector de los
Torrebianca! Qu extrao verle en esta casa, que nunca quiere
visitar, por miedo  que su duea le pida luego un prstamo!... Algo
extraordinario debe ocurrir.

El ingeniero reconoci  Fontenoy en el grupo de gente elegante
saludando  los Torrebianca. Sonrea con amabilidad, y Robledo no pudo
notar en su persona nada extraordinario. Hasta haba perdido aquel
gesto de preocupacin que evocaba la imagen de un pagar de prximo
vencimiento. Pareca ms seguro y tranquilo que otras veces. Lo nico
anormal en su exterior era la exagerada amabilidad con que hablaba 
las gentes.

Observndole de lejos, el espaol pudo ver cmo haca una leve sea
con los ojos  Elena. Luego, fingiendo indiferencia, se separ del
grupo para aproximarse lentamente al gabinete solitario donde haban
estado al principio Robledo y la condesa.

Tomaba al paso distradamente las manos que le tendan algunos,
deseosos de entablar conversacin. Encantados de verle... Y segua
adelante.

Al pasar junto  Robledo le salud con la cabeza, haciendo asomar  su
rostro la sonrisa de bondad protectora habitual en l; pero esta
sonrisa se desvaneci inmediatamente.

Los dos hombres haban cruzado sus miradas, y Fontenoy vi de pronto
en los ojos del otro algo que le hizo retirar el antifaz de su
sonrisa. Pareca que hubiese encontrado en las pupilas del espaol un
reflejo de su propio interior.

Tuvo el presentimiento Robledo de que se acordara siempre de esta
mirada rpida. Apenas se conocan los dos, y sin embargo hubo en los
ojos de este hombre una expresin de abandono fraternal, como si le
librase toda su alma durante un segundo.

Vi al poco rato cmo Elena se diriga tambin disimuladamente hacia
el gabinete, y sinti una curiosidad vergonzosa. l no tena derecho 
entrometerse en los asuntos de estas dos personas. Pero al mismo
tiempo, le era imposible desinteresarse del suceso extraordinario que
se estaba preparando en aquellos momentos, y que su instinto le haca
presentir.

Este hombre haba necesitado hablar  Elena con una urgencia
angustiosa; slo as era explicable que se decidiese  buscarla en
casa de la condesa Titonius, Qu estaran dicindose?...

Se atrevi  pasar, fingiendo distraccin, ante la puerta del
gabinete. Ella y Fontenoy hablaban de pie, con el rostro impasible y
muy erguidos. Sus labios se movan apenas, como si temieran dejar
adivinar en sus contracciones las palabras deslizadas suavemente.

Robledo se arrepinti de su curiosidad al ver la rpida mirada que le
diriga Fontenoy, mientras continuaba hablando  Elena, puesta de
espaldas  la puerta.

Esta mirada volvi  emocionarle como la otra. El hombre que se la
diriga estaba tal vez en el momento ms crtico de su existencia.
Hasta crey ver en sus ojos una reconvencin. Por qu te intereso,
si nada puedes hacer por m?...

No se atrevi  pasar otra vez ante la puerta. Pero obedeciendo  una
fuerza obscura ms potente que su voluntad, se mantuvo cerca de ella,
aparentando distraccin y aguzando el odo. Reconoca que su conducta
era incorrecta. Estaba procediendo como cualquiera de aquellos
murmuradores  los que haba escuchado por casualidad. Sin duda, el
ambiente de esta casa empezaba  influir en l...

Era difcil enterarse de lo que decan las dos personas al otro lado
de la puerta abierta. Adems, los invitados haban empezado  bailar
en los salones y el pianista golpeaba rudamente el teclado.

Unas palabras confusas llegaron hasta l. La pareja del gabinete
levantaba el tono de su conversacin  causa del ruido. Tal vez las
emociones de su dilogo les hacan olvidar tambin toda reserva.

Reconoci la voz de Fontenoy.

--Para qu frases dramticas?... T no eres capaz de eso. Yo soy el
que se ir... En ciertos momentos es lo nico que puede hacerse.

La msica y el ruido del baile volvieron  obstruir sus odos. Pero
todava, al humanizar el pianista por unos instantes su tempestuoso
tecleo, pudo escuchar otra voz. Ahora era Elena la que hablaba, lejos,
muy lejos! con un tono de inmenso desaliento:

--Tal vez tienes razn. Ay, el dinero!... Para los que sabemos lo
que puede dar de s, qu horrorosa la vida sin l!...

No quiso oir ms. La vergenza de su espionaje acab por vencer  la
malsana curiosidad que le haba dominado durante unos momentos. Deba
respetar el secreto que haca buscarse  estas dos personas. Presinti
adems que el tal misterio iba  ser de corta duracin. Tal vez durase
lo que la noche.

Cuando volvi  la pieza donde estaba el _buffet_, vi  su amigo
Federico que segua conversando con el mismo personaje: un seor ya
viejo, con la roseta de la Legin de Honor en una solapa y el aspecto
de un alto funcionario retirado.

Ahora era ste el que hablaba, despus que Torrebianca hubo terminado
la explicacin de los grandes negocios de Fontenoy.

--Yo no dudo de la honradez de su amigo, pero me abstendra de colocar
dinero en sus negocios. Me parece un hombre audaz, que sita sus
empresas demasiado lejos. Todo marchar bien mientras los accionistas
tengan fe en l. Pero, segn parece, empiezan  no tenerla; y el da
que exijan realidades y no esperanzas, el da que Fontenoy tenga que
presentar con claridad la verdadera situacin de sus negocios...
entonces...

       *       *       *       *       *




#IV#


Robledo se levant muy tarde; pero an pudo admirar el suave esplendor
de un da primaveral en pleno invierno. Una neblina ligera saturada de
sol extenda su toldo de oro sobre Pars.

--Da gusto vivir--pens al abandonar su hotel despus de haber
almorzado rpidamente en un comedor donde slo quedaban los criados.

Pase toda la tarde por el Bosque de Bolonia, y poco antes del ocaso
volvi  los bulevares. Se propona comer en un restorn, buscando
luego  los Torrebianca para pasar juntos una parte de la noche en
cualquier lugar de diversin.

Estando en la terraza de un caf compr un diario, y antes de abrirlo
presinti que este papel recin impreso guardaba algo que poda
sorprenderle. Tuvo el obscuro aviso de que iba  conocer cosas hasta
entonces envueltas en el misterio... Y en el mismo instante sus ojos
tropezaron con un ttulo de la primera pgina: Suicidio de un
banquero.

Antes de leer el nombre del suicida estaba seguro de conocerlo. No
poda ser otro que Fontenoy. Por eso no experiment sorpresa alguna
mientras continuaba su lectura. Los detalles del suicidio le
parecieron sucesos naturales y ordinarios, como si alguien se los
hubiese revelado previamente.

Fontenoy haba sido encontrado en su lujosa vivienda tendido en la
cama y guardando todava en la diestra el revlver con que se haba
dado muerte.

Desde el da anterior circulaba por los centros financieros la noticia
de su quiebra en condiciones tales que iba  atraer la intervencin de
la Justicia. Sus accionistas le acusaban de estafa, y el juez se
propona registrar al da siguienta su contabilidad, lo que haca
esperar  muchos una prisin inmediata del banquero.

El colonizador ley por dos veces el final del artculo:

La muerte de esta hombre deja visible el engao en que vivan los que
le confiaron su dinero. Sus empresas mineras  industriales en Asia y
en frica son casi ilusorias. Estn todava en los comienzos de un
posible desarrollo, y sin embargo, l las present al pblico como
negocios en plena prosperidad. Era un hombre que, segn afirman
algunos, tuvo ms de iluso que de criminal; pero esto no impide que
haya arruinado  muchas gentes. Adems, parece que invirti una parte
considerable del dinero de sus accionistas en gastos particulares. Su
tremenda responsabilidad alcanzar indudablemente  los que han
colaborado con l en la direccin de estas empresas engaosas.

A ltima hora se habla de la probable prisin de algunos personajes
conocidos que trabajaron  las rdenes del banquero.

Ces de pensar en el suicida para ocuparse nicamente de su amigo.
Pobre Federico! Qu va  ser de l?... Y tom inmediatamente un
automvil para que le llevase  la avenida Henri Martin.

El ayuda de cmara de Torrebianca le recibi con un rostro de fnebre
tristeza, como si hubiese muerto alguien en la casa. El marqus haba
salido  medioda, as que supo por telfono la noticia del suicidio,
y an estaba ausente.

--La seora marquesa--continu el criado--est enferma, y no quiere
recibir  nadie.

Robledo, escuchndole, pudo darse cuenta del efecto que haba
producido en aquella casa la muerte del banquero. La disciplina
glacial y solemne de estos servidores ya no exista. Mostraban el
aspecto azorado de una tripulacin que presiente la llegada de la
tormenta capaz de tragarse su buque. Robledo oy pasos discretos
detrs de los cortinajes, con acompaamiento de susurros, y vi cmo
se levantaban aqullos levemente, dejando asomar ojos curiosos.

Sin duda, en las inmediaciones de la cocina se haba hablado mucho de
la posibilidad de ciertas visitas, y cada vez que llegaba alguien  la
casa teman todos que fuese la polica. El chfer preguntaba con sorda
clera  sus compaeros:

--Se mat el capitn, y este barco se va  pique. Quin nos pagar
ahora lo que nos deben?...

Regres el ingeniero al centro de la ciudad para comer en un restorn,
y tres veces llam por telfono  la casa de Torrebianca. Cerca ya de
media noche le contestaron que el seor acababa de entrar, y Robledo
se apresur  volver  la avenida Henri Martin.

Encontr  Federico en su biblioteca considerablemente avejentado,
como si las ltimas horas hubiesen valido para l aos enteros. Al ver
entrar  Robledo lo abraz, buscando instintivamente un apoyo para
sostener su cuerpo desalentado.

Le pareca asombroso que pudieran soportarse tantas emociones en tan
poco tiempo. Por la maana haba sentido la misma impresin de
felicidad y confianza que Robledo ante la hermosura del da. Daba
gusto vivir!... Y de pronto el llamamiento por telfono, la terrible
noticia, la marcha apresurada al domicilio de Fontenoy, el cadver del
banquero tendido en la cama y arrebatado despus por los que
intervienen en esta clase de muertes para hacer su autopsia.

An le haba causado una impresin ms dolorosa ver el aspecto de las
oficinas de Fontenoy. El juez estaba en ellas como nico amo,
examinando papeles, colocando sellos, procediendo  un registro sin
piedad, aprecindolo todo con ojos fros, recelosos  implacables. El
secretario del banquero, que haba llamado  Torrebianca por telfono,
haca esfuerzos para ocultar su turbacin, y acogi la presencia de
ste con gestos pesimistas.

--Creo que vamos  salir mal de esta aventura. El patrn deba
habernos prevenido...

Pas Torrebianca el resto del da buscando  otras personas de las que
haban colaborado con Fontenoy, cobrando grandes sueldos por figurar
como autmatas en los Consejos de Administracin de sus empresas.
Todos se mostraban igualmente pesimistas, con un miedo feroz capaz de
toda clase de mentiras y vilezas contra los otros para conseguir la
propia salvacin.

Se quejaban de Fontenoy, al que haban alabado hasta pocas horas antes
para que les proporcionase nuevos sueldos. Algunos le llamaban ya
bandido. Los hubo que, necesitando atacar  alguien para
justificarse, insinuaron sus primeras protestas contra Torrebianca.

--Usted ha dicho en sus informes que los negocios eran magnficos.
Debe haber visto con sus propios ojos lo que existe en aquellas
tierras lejanas, pues de otro modo no se comprende cmo puso su firma
en unos documentos tcnicos que sirvieron para infundirnos confianza
en los negocios de ese hombre.

Y Torrebianca empez  darse cuenta de que todos necesitaban una
vctima escogida entre los vivos, para que cargase con las tremendas
responsabilidades evitadas por el banquero al refugiarse entre los
muertos.

--Tengo miedo, Manuel--dijo  su camarada--. Yo mismo no comprendo
ahora cmo firm esos papeles, sin darme cuenta de su importancia...
Quin pudo aconsejarme una fe tan ciega en los negocios de Fontenoy?

Robledo sonri tristemente. Poda darle el nombre de la persona que le
haba aconsejado; pero consider inoportuno aumentar con tal
revelacin el desaliento de su amigo.

An en medio de sus preocupaciones, Torrebianca pensaba en su mujer.

--Pobre Elena! He hablado con ella hace un momento... Cre que iba 
sufrir un accidente al contarle yo cmo haba visto el cadver de
Fontenoy. Este suceso ha perturbado de tal modo su sistema nervioso,
que temo por su salud.

Pero Robledo sinti tal impaciencia ante sus lamentaciones, que dijo
brutalmente:

--Piensa en tu situacin y no te ocupes de tu mujer. Lo que te amenaza
es ms grave que un ataque de nervios.

Los dos hombres, despus de hablar largamente de esta catstrofe,
acabaron por sentir cierto optimismo, como todos los que se
familiarizan con la desgracia. Quin poda conocer la verdad exacta
mientras los asuntos del banquero no fuesen puestos en claro por el
juez!... Fontenoy era ms iluso que criminal; esto lo reconocan hasta
sus mayores enemigos. Muchos de los negocios ideados por l acabaran
siendo excelentes. Su defecto haba consistido en pretender hacerlos
marchar demasiado aprisa, engaando al pblico sobre su verdadera
situacin. Tal vez unos administradores prudentes sabran hacerlos
productivos, reconociendo los informes de Fontenoy como exactos y
declarando que Torrebianca no haba cometido ningn delito al
aprobarlos.

--Bien puede ser as--dijo Robledo, que necesitaba mostrarse
igualmente optimista.

Le haba infundido al principio una gran inquietud el desaliento de su
amigo, y prefera ayudarle  recobrar cierta confianza en el porvenir.
As pasara mejor la noche.

--Vers como todo se arregla, Federico. No concedas demasiado valor 
lo que dicen los antiguos parsitos de Fontenoy, aconsejados por el
miedo.

Al da siguiente lo primero que hizo el espaol al levantarse fu
buscar los peridicos. Todos se mostraban pesimistas y amenazadores en
sus artculos sobre este suicidio, que tomaba la importancia de un
gran escndalo parisin, augurando que la Justicia iba  meter en la
crcel  personalidades muy conocidas antes de que hubiesen
transcurrido cuarenta y ocho horas. Hasta crey adivinar en uno de los
peridicos vagas alusiones  los informes de cierto ingeniero
protegido de Fontenoy.

Cuando volvi  encontrar  Federico en su biblioteca, todava le vi
ms viejo y ms desalentado que en la noche anterior. Sobre una mesa
estaban los mismos diarios que haba ledo l.

--Quieren llevarme  la crcel--dijo con voz doliente--. Yo, que nunca
he hecho mal  los dems, no comprendo por qu se encarnizan de tal
modo conmigo.

En vano intent Robledo consolarle.

--Qu vergenza!-sigui diciendo--. Jams he temido  nadie, y sin
embargo, no puedo sostener la mirada de los que me rodean. Hasta
cuando me habla mi ayuda de cmara bajo los ojos, temiendo ver los
suyos... Qu dirn de m en mi propia casa!

Luego aadi, encogido y humilde, como si hubiese retrocedido  los
aos de su infancia:

--Tengo miedo de salir. Tiemblo slo de pensar que puedo ver  las
mismas personas que he encontrado tantas veces en los salones, y me
ser preciso explicarles mi conducta, sufrir sus miradas irnicas, sus
palabras de falsa lstima.

Call, para aadir poco despus con admiracin:

--Elena es ms valiente. Esta maana, despus de leer los peridicos,
pidi el automvil para ir no s dnde. Debe estar haciendo visitas.
Me dijo que era preciso defenderse... Pero cmo voy  defenderme si
es verdad que he autorizado con mi firma esos informes sobre negocios
que no conozco?... Yo no s mentir.

Robledo intent en vano infundirle confianza, como en la noche
anterior. Su optimismo careca ya de fuerzas para rehacerse.

--Tambin mi mujer cree, como t, que esto puede arreglarse. Ella se
siente tan segura de su influencia, que nunca llega  desesperar.
Tiene en Pars muchas amistades; le quedan muchas relaciones de
familia. Se ha ido esta maana jurando que conseguir desbaratar las
tramas de mis enemigos... Porque ella supone que tenemos muchos
enemigos y esos son los que intentan perderme, buscando un pretexto en
la quiebra de Fontenoy... Elena sabe de todo ms que yo, y no me
extraara que consiguiese hacer cambiar la opinin de los peridicos
y la del mismo juez, desvaneciendo esas amenazas disimuladas de
proceso y de crcel.

Se estremeci al pronunciar la ltima palabra.

--La crcel!... Ves t, Manuel,  un Torrebianca en la crcel?...
Antes de que eso ocurra, apelar al medio ms seguro para evitar tal
vergenza.

Y recobraba su antigua energa vibrante y nerviosa, como si en su
interior resucitasen todos sus antepasados, ofendidos por la amenaza.

Robledo se alarm al ver la luz azulenca que pasaba por las pupilas de
su amigo, igual al resplandor fugaz de una espada cimbreante.

--T no puedes hacer ese disparate--dijo--. Vivir es lo primero.
Mientras uno vive, todo puede arreglarse bien  mal. Con la muerte s
que no hay arreglo posible... Adems, quin sabe!... Tal vez no te
equivocas en lo que se refiere  tu mujer, y ella pueda llegar 
influir en el arreglo de tu situacin. Cosas ms difciles se han
visto.

Al salir de la biblioteca encontr Robledo  varias personas sentadas
en el recibimiento y aguardando pacientemente. El ayuda de cmara, con
una confianza extempornea y molesta para l, murmur:

--Esperan  la seora marquesa... Les he dicho que el seor haba
salido.

No aadi ms el criado; pero la expresin maliciosa de sus pupilas le
hizo adivinar que los que esperaban eran acreedores.

El suicidio del banquero haba dado fin al escaso crdito que an
gozaban los Torrebianca. Todas aquellas gentes deban saber que
Fontenoy era el amante de la marquesa. Por otra parte, la quiebra de
su Banco privaba al marido de los empleos que servan aparentemente
para el sostenimiento de una vida lujosa.

Comprendi ahora que su amigo tuviese miedo y vergenza de ver  los
que le rodeaban en su propia casa y permaneciese aislado en su
biblioteca.

A media tarde habl por telfono con l. Elena acababa de regresar de
su correra por Pars, mostrndose satisfecha de sus numerosas
visitas.

--Me asegura que por el momento ha parado el golpe, y todo se ir
arreglando despus--dijo Torrebianca, no queriendo mostrarse ms
expansivo en una conversacin telefnica.

Cerrada la noche, volvi Robledo  la avenida Henri Martin. Haba
ledo en un caf los diarios vespertinos, no encontrando en ellos nada
que justificase la relativa tranquilidad de su amigo. Continuaban las
noticias pesimistas y las alusiones  una probable prisin de las
personas comprometidas en la escandalosa quiebra.

Vi otra vez sobre una mesa de la biblioteca los mismos peridicos que
l acababa de leer, y se explic el desaliento de su amigo,
quebrantado por el vaivn de los sucesos, saltando en el curso de unas
pocas horas de la confianza  la desesperacin. Era rudo el contraste
entre su voz fra y reposada y el crispamiento doloroso de su rostro.
Indudablemente, haba adoptado una resolucin, y persista en ella,
sin ms esperanza que un suceso inesperado y milagroso, nico que
poda salvarle. Y si no llegaba este prodigio... entonces...

Mir Robledo  todos lados, fijndose en la mesa y otros muebles de la
biblioteca. No poder adivinar dnde estaba guardado el revlver que
era para su amigo el ltimo remedio!...

--Hay gente ah fuera?--pregunt Torrebianca.

Como pareca conocer las visitas molestas que durante el da haban
desfilado por el recibimiento, Robledo no pidi una aclaracin  esta
pregunta, limitndose  contestarla con un movimiento negativo.
Entonces l habl de aquella invasin de acreedores que llegaba de
todos los extremos de Pars.

--Huelen la muerte--dijo-, y vienen sobre esta casa como bandas de
cuervos... Cuando entr Elena  media tarde, el recibimiento estaba
repleto... Pero ella posee una magia  la que no escapan hombres ni
mujeres, y le bast hablar para convencerlos  todos. Creo que hasta
le habran hecho nuevos prstamos de pedrselos ella...

Ensalzaba con orgullo el poder seductor de su esposa; pero la realidad
se sobrepuso muy pronto  esta admiracin.

--Volvern--dijo con tristeza--. Se han ido, pero volvern maana...
Tambin Elena ha visto  ciertos amigos poderosos que inspiran  los
peridicos  tienen influencia sobre los jueces. Todos le han
prometido servirla; pero ay! cuando ella est lejos, cuando no la
ven, su poder ya no es el mismo... Le han dicho que arreglarn las
cosas, y no dudo que as ser por el momento; pero qu puede una
mujer contra tantos enemigos?... Adems, no debo consentir que mi
esposa vaya de un lado  otro defendindome, mientras yo permanezco
aqu encerrado. S  lo que se expone una mujer cuando va  solicitar
el apoyo de los hombres. No... Eso sera peor que la crcel.

Y por las pupilas de Torrebianca, que mostraba  veces un temor pueril
y  continuacin una gran energa, pas cierto resplandor agresivo al
pensar en los peligros  que poda verse expuesta la fidelidad de
Elena durante las gestiones hechas para salvarle.

--La he prohibido que contine las visitas, aunque sean  viejos
amigos de su familia. Un hombre de honor no puede tolerar ciertas
gestiones cuando se trata de su mujer... Confimonos  la suerte, y
ocurra lo que Dios quiera. Slo el cobarde carece de solucin cuando
llega el momento decisivo.

Robledo, que le haba escuchado sin dar muestras de impaciencia, dijo
con voz grave:

--Yo tengo una solucin mejor que la tuya, pues te permitir vivir...
Vente conmigo.

Y lentamente, con una frialdad metdica, como si estuviera exponiendo
un negocio  un proyecto de ingeniera, le explic su plan.

Era absurdo esperar que se arreglasen favorablemente los asuntos
embrollados por el suicidio de Fontenoy, y resultaba peligroso seguir
viviendo en Pars.

--Te advierto que adivino lo que piensas hacer maana  tal vez esta
misma noche, si consideras tu situacin sin remedio. Sacars tu
revlver de su escondrijo, tomars una pluma y escribirs dos cartas,
poniendo en el sobre de una de ellas: Para mi esposa; y en el sobre
de la otra: Para mi madre. Tu pobre madre que tanto te quiere, que
se ha sacrificado siempre por ti, y  cuyos sacrificios corresponders
yndote del mundo antes de que ella se marche!...

El tono de acusacin con que fueron dichas estas palabras conmovi 
Torrebianca. Se humedecieron sus ojos y baj la frente, como
avergonzado de una accin innoble. Sus labios temblaron, y Robledo
crey adivinar que murmuraban levemente: Pobre mam!... Mam ma!

Sobreponindose  la emocin, volvi  levantar Federico su cabeza.

--Crees t--dijo--que mi madre se considerar ms feliz vindome en
la crcel?

El espaol se encogi de hombros.

--No es preciso que vayas  la crcel para seguir viviendo. Lo que
pido es que te dejes conducir por m y me obedezcas, sin hacerme
perder tiempo.

Despus de mirar los peridicos que estaban sobre la mesa, aadi:

--Como creo dificilsima tu salvacin, maana mismo salimos para la
Amrica del Sur. T eres ingeniero, y all en la Patagonia podrs
trabajar  mi lado... Aceptas?

Torrebianca permaneci impasible, como si no comprendiese esta
proposicin  la considerase tan absurda que no mereca respuesta.
Robledo pareci irritarse por su silencio.

--Piensa en los documentos que firmaste para servir  Fontenoy,
declarando excelentes unos negocios que no habas estudiado.

--No pienso en otra cosa--contest Federico--, y por eso considero
necesaria mi muerte.

Ya no contuvo su indignacin el espaol al oir las ltimas palabras, y
abandonando su asiento, empez  hablar con voz fuerte.

--Pero yo no quiero que mueras, grandsimo majadero. Yo te ordeno que
sigas viviendo, y debes obedecerme... Imagnate que soy tu padre... Tu
padre no, porque muri siendo t nio... Hazte cuenta que soy tu
madre, tu vieja mam,  la que tanto quieres, y que te dice: Obedece
 tu amigo, que es lo mismo que si me obedecieses  m.

La vehemencia con que dijo esto volvi  conmover  Torrebianca, hasta
el punto de hacerle llevar las manos  los ojos. Robledo aprovech su
emocin para decir lo que consideraba ms importante y difcil.

--Yo te sacar de aqu. Te llevar  Amrica, donde puedes encontrar
una nueva existencia. Trabajars rudamente, pero con ms nobleza y ms
provecho que en el viejo mundo; sufrirs muchas penalidades, y tal vez
llegues  ser rico... Pero para todo eso necesitas venir conmigo...
solo.

Se incorpor el marqus, apartando las manos de su rostro. Luego mir
 su amigo con una extraeza dolorosa. Solo?... Cmo se atreva 
proponerle que abandonase  Elena?... Prefera morir, pues de este
modo se libraba del sufrimiento de pensar  todas horas en la suerte
de ella.

Como Robledo estaba irritado, y en tal caso, siempre que alguien se
opona  sus deseos, era de un carcter impetuoso, exclam
irnicamente:

--Tu Elena!... Tu Elena es...

Pero se arrepinti al fijarse en el rostro de Federico, procurando
justificar su tono agresivo.

--Tu Elena es... la culpable en gran parte de la situacin en que
ahora te encuentras. Ella te hizo conocer  Fontenoy, No es as?...
Por ella firmaste documentos que representan tu deshonra profesional.

Federico baj la cabeza; pero el otro todava quiso insistir en su
agresividad.

--Cmo conoci tu mujer  Fontenoy?... Me has dicho que era amigo
antiguo de su familia... y eso es todo lo que sabes.

An se contuvo un momento, pero su clera le empuj, pudiendo ms que
su prudencia, que le aconsejaba callar.

--Las mujeres conocen siempre nuestra historia, y nosotros slo
sabemos de ellas lo que quieren contarnos.

El marqus hizo un gesto como si se esforzase por comprender el
sentido de tales palabras.

--Ignoro lo que quieres decir--dijo con voz sombra--; pero piensa que
hablas de mi mujer. No olvides que lleva mi nombre. Y yo la amo
tanto!...

Despus quedaron los dos en silencio. Segn transcurran los minutos
pareca agrandarse la separacin entre ambos. Robledo crey
conveniente hablar para el restablecimiento de su amistosa
cordialidad.

--All, la vida es dura, y slo se conocen de muy lejos las
comodidades de la civilizacin. Pero el desierto parece dar un bao de
energa, que purifica y transforma  los hombres fugitivos del viejo
mundo, preparndolos para una nueva existencia. Encontrars en aquel
pas nufragos de todas las catstrofes, que han llegado lo mismo que
los que se salvan nadando, hasta poner el pie en una isla
bienaventurada. Todas las diferencias de nacionalidad, de casta y de
nacimiento desaparecen. All slo hay hombres. La tierra donde yo vivo
es... la tierra de todos.

Como Torrebianca permaneca impasible, crey oportuno recordarle otra
vez su situacin.

--Aqu te aguardan la deshonra y la crcel,  lo que es peor, la
estpida solucin de matarte. All, conocers de nuevo la esperanza,
que es lo ms precioso de nuestra existencia... Vienes?

El marqus sali de su estupefaccin, iniciando el esperado movimiento
afirmativo; pero Robledo le contuvo con un ademn para que esperase, y
aadi enrgicamente:

--Ya sabes mis condiciones. All hay que ir como  la guerra: con
pocos bagajes; y una mujer es el ms pesado de los estorbos en
expediciones de este gnero... Tu esposa no va  morir de pena porque
t la dejes en Europa. Os escribiris como novios; una ausencia larga
reanima el amor. Adems, puedes enviarla dinero para el sostenimiento
de su vida. De todos modos, hars por ella mucho ms que si te matas 
te dejas llevar  la crcel... Quieres venir?

Qued pensativo Torrebianca largo rato. Despus se levant  hizo una
sea  Robledo para que esperase, saliendo de la biblioteca.

No permaneci mucho tiempo solo el espaol. Le pareci oir muy lejos,
como apagadas por las colgaduras y los tabiques, voces que casi eran
gritos. Luego sonaron pasos ms prximos, se levant violentamente un
cortinaje y entr Elena en la biblioteca seguida de su esposo.

Era una Elena transformada tambin por los acontecimientos. Robledo
crey que para ella las horas haban sido igualmente largas como aos.
Pareca ms vieja, pero no por eso dejaba de ser hermosa. Su belleza
ajada era ms sincera que la de los das risueos. Tena el
melanclico atractivo de un ramo de flores que empiezan  marchitarse.
Haban transcurrido veinticuatro horas sin que pudiera ella dedicarse
 los cuidados de su cuerpo, y se hallaba adems bajo la influencia de
incesantes emociones, unas dolorosas y otras irritantes para su amor
propio. Ms que en la suerte de su marido, pensaba en lo que estaran
diciendo  aquellas horas las numerosas amigas que tena en Pars.

Arroj violentamente  sus espaldas el cortinaje, y fu avanzando por
la biblioteca como una invasin arrolladora. Sus ojos parecieron
desafiar  Robledo.

--Qu es lo que me cuenta Federico?--dijo con voz spera--. Quiere
usted llevrselo y que deje abandonada  su mujer entre tantos
enemigos?...

Torrebianca, que al marchar detrs de ella senta de nuevo su poder de
dominacin, crey del caso protestar para convencerla de su fidelidad.

--Yo no te abandonar nunca... Se lo he dicho  Manuel varias veces.

Pero Elena no lo escuchaba, y continu avanzando hacia Robledo.

--Y yo que le tena  usted por un amigo seguro!... Mal sujeto!
Querer arrebatar  una mujer el apoyo de su esposo, dejndola
sola!...

Al hablar miraba fijamente los ojos del espaol, como si pretendiese
contemplarse en ellos. Pero debi ver tales cosas en estas pupilas,
que su voz se hizo ms suave, y hasta acab por fingir un mohn
infantil de disgusto, amenazando al hombre con un dedo. El colonizador
permaneci impasible, encontrando, sin duda, inoportunas estas gracias
pueriles, y Elena tuvo que continuar hablando con gravedad.

--A ver explquese usted. Dgame cules son sus planes para sacar  mi
marido de aqu, llevndolo  esas tierras lejanas donde vive usted
como un seor feudal.

Insensible  la voz y  los ojos de ella, habl Robledo framente, lo
mismo que si expusiese un trabajo de ingeniera.

Haba discurrido, mientras conversaba con Federico, la manera de
sacarlo de Pars. Buscara al da siguiente un automvil para l, como
si se le hubiese ocurrido de pronto emprender un viaje  Espaa. Era
oportuno tomar precauciones. Torrebianca an estaba libre, pero bien
poda ser que lo vigilase preventivamente la polica mientras el juez
estudiaba su culpabilidad. Aunque la frontera de Espaa estaba lejos,
la pasaran antes de que la Justicia hubiese lanzado una orden de
prisin. Adems, l tena amigos en la misma frontera, que les
ayudaran en caso de peligro para que pudiesen llegar los dos 
Barcelona, y una vez en este puerto era fcil encontrar pasaje para la
Amrica del Sur.

Elena le escuch frunciendo su entrecejo y moviendo la cabeza.

--Todo est bien pensado--dijo--; pero en ese plan, por qu ha de
incluir usted solamente  mi esposo? Por qu no puedo marcharme yo
tambin con ustedes?

Torrebianca qued sorprendido por la proposicin. Horas antes, al
volver Elena  casa, haba mostrado una gran confianza en el porvenir
para animar  su marido y tal vez para engaarse  s misma. Vena de
visitar  hombres que conoca de larga fecha y de recoger grandes
promesas, dadas con la galantera melanclica y protectora que
inspiran los recuerdos lejanos de amor. Como no vea otro remedio  su
situacin que estas palabras, haba necesitado creer en ellas,
forjndose ilusiones sobre su eficacia; pero ahora, al conocer el plan
de Robledo, todo su optimismo acababa de derrumbarse.

Las promesas de sus amistades no eran mas que dulces mentiras; nadie
hara nada por ellos al verlos en la desgracia; la Justicia seguira
su curso. Su marido ira  la crcel, y ella tendra que empezar otra
vez... otra vez! en un mundo extremadamente viejo, donde le era
difcil encontrar un rincn que no hubiese conocido antes... Adems,
tantas amigas deseosas de vengarse!...

Robledo vi pasar por sus ojos una expresin completamente nueva. Era
de miedo: el miedo del animal acosado. Por primera vez percibi en la
voz de Elena un acento de verdad.

--Usted es el nico, Manuel, que ve claramente nuestra situacin; el
nico que puede salvarnos... Pero llveme  m tambin. No tengo
fuerzas para quedarme... Primero mendigar en un mundo nuevo.

Y haba tal tristeza y tal mansedumbre en esta splica, que el espaol
la compadeci, olvidando todo lo que pensaba contra ella momentos
antes.

Torrebianca, como si adivinase la repentina flaqueza de su amigo, dijo
enrgicamente:

--O te sigo con ella,  me quedo  su lado, sin miedo  lo que ocurra.

An dud Robledo unos momentos; pero al fin hizo con su cabeza un
gesto de aceptacin. Inmediatamente se arrepinti, como si acabase de
aprobar algo que le pareca absurdo.

Empez  reir Elena, olvidando con una facilidad asombrosa las
angustias del presente.

--Yo siempre he adorado los viajes--dijo con entusiasmo--. Montar 
caballo, cazar fieras, arrostrar grandes peligros. Voy  vivir una
existencia ms interesante que la de aqu; una vida de herona de
novela.

El espaol la mir como espantado de su inconsciencia. Ya no se
acordaba de Fontenoy. Pareca haber olvidado igualmente que an estaba
en Pars, y de un momento  otro la polica poda entrar en la casa
para llevarse  su marido.

Le alarm tambin la enorme distancia entre la existencia real de los
que colonizan las soledades de Amrica y las ilusiones novelescas que
se forjaba esta mujer.

Torrebianca les interrumpi con palabras de desaliento, como si
juzgase imposible la realizacin del plan de su amigo.

--Para marcharnos, necesitamos pagar antes lo que debemos. Dnde
encontrar dinero?...

Su esposa volvi  reir, haciendo al mismo tiempo gestos de estraeza.

--Pagar!... Quin piensa en eso? Los acreedores esperarn. Yo
encuentro siempre una palabra oportuna para ellos... Ya les pagaremos
desde Amrica cuando t seas rico.

Obsesionado por sus escrpulos, el marqus insisti en ellos con una
tenacidad caballeresca.

--No saldr de aqu sin que hayamos pagado  lo menos nuestra
servidumbre. Adems, necesitamos dinero para el viaje.

Hubo un largo silencio; y el marido, que segua pensativo, dijo de
pronto, como si hubiese encontrado una solucin:

--Por suerte, tenemos tus joyas. Podemos venderlas antes de
embarcarnos.

Mir Elena irnicamente el collar y las sortijas que llevaba en aquel
momento.

--No llegarn  dar dos mil francos por stas ni por las otras que
guardo. Todas falsas, absolutamente falsas.

--Pero y las verdaderas?--pregunt, asombrado, Torrebianca--. Y las
que compraste con el dinero que te enviaron muchas veces de tus
propiedades en Rusia?

Robledo crey oportuno intervenir para que no se prolongase este
dilogo peligroso.

--No quieras saber demasiado, y hablemos del presente... Yo pagar 
tus domsticos; yo costear el viaje de los dos.

Elena le tom ambas manos, murmurando palabras de agradecimiento.
Torrebianca, aunque conmovido por esta generosidad, insista en no
aceptarla; pero el espaol cort sus protestas.

--Vine  Pars con dinero para seis meses, y me ir  las cuatro
semanas; eso es todo.

Despus aadi con una desesperacin cmica:

--Me privar de conocer unos cuantos restoranes nuevos y de apreciar
varias marcas de vinos famosos... Ya ves que el sacrificio nada tiene
de extraordinario.

Federico le estrech la diestra silenciosamente, al mismo tiempo que
Elena le abrazaba y besaba con un impudor entusistico. Todas sus
palabras eran ahora para un pas desconocido, en el que no pensaba
horas antes y que admiraba ya como un paraso.

--Qu ganas tengo de verme en aquella tierra nueva, que, como dice
usted, es la tierra de todos!...

Y mientras los esposos hablaban de sus preparativos para emprender al
da siguiente un viaje que en realidad, era una fuga, Robledo, puestos
sus ojos en ella, se dijo mentalmente:

Qu disparate acabo de hacer!... Qu terrible regalo voy  llevar 
los que viven all lejos, duramente... pero en paz!

       *       *       *       *       *




#V#


Unos trabajadores aragoneses que haban emigrado  la Argentina,
llevando una guitarra como lo ms precioso de su bagaje para acompaar
las coplas sacadas de su cabeza, al verla pasar  caballo dedicaron
una cancin  la Flor de Ro Negro.

Este apodo primaveral se difundi inmediatamente por el pas, y todos
llamaron as  la hija del dueo de la estancia de Rojas; pero su
verdadero nombre era Celinda.

Tena diez y siete aos, y aunque su estatura pareca inferior  la
correspondiente  su edad, llamaba la atencin por sus giles miembros
y la energa de sus ademanes.

Muchos hombres del pas, que admiraban lo mismo que los orientales la
obesidad femenil, considerando una exuberancia de carnes como el
acompaamiento indispensable de toda hermosura, hacan gestos de
indiferencia al escuchar los elogios que dedicaban algunos  la nia
de Rojas. Admitan su rostro gracioso y picaresco, con la nariz algo
respingada, la boca de un rojo sangriento, los dientes muy blancos y
puntiagudos, y unos ojos enormes, aunque demasiado redondos. Pero
aparte de su carita... nada de mujer! Es igualmente lisa por
delante y por el revs--decan--. Parece un muchacho.

Efectivamente,  cierta distancia la tomaban por un hombrecito, pues
iba vestida siempre con traje masculino, y montaba caballos bravos 
estilo varonil. A veces agitaba un lazo sobre su cabeza lo mismo que
un pen, persiguiendo alguna yegua  novillo de la hacienda de su
padre, don Carlos Rojas.

ste, segn contaban en el pas, perteneca  una familia antigua de
Buenos Aires. De joven haba llevado una existencia alegre en las
principales ciudades de Europa. Luego se cas; pero su vida domstica
en la capital de la Argentina resultaba tan costosa como sus viajes de
soltero por el viejo mundo, perdiendo poco  poco la fortuna heredada
de sus padres en gastos de ostentacin y en malos negocios. Su esposa
haba muerto cuando l empezaba  convencerse de su ruina. Era una
seora enfermiza y melanclica, que publicaba versos sentimentales,
con un seudnimo, en los peridicos de modas, y dej como recuerdo
potico  su hija nica el nombre de Celinda.

El seor Rojas tuvo que abandonar la estancia heredada de sus padres,
cerca de Buenos Aires, cuyo valor ascenda  varios millones. Pesaban
sobre ella tres hipotecas, y cuando los acreedores se repartieron el
producto de su venta no qued  don Carlos otro recurso que alejarse
de la parte ms civilizada de la Argentina, instalndose en Ro Negro,
donde era poseedor de cuatro leguas de tierra compradas en sus tiempos
de abundancia, por un capricho, sin saber ciertamente lo que adquira.

Muchos hombres arruinados ven de pronto en la agricultura un medio de
rehacer sus negocios,  pesar de que ignoran lo ms elemental para
dedicarse al cultivo de la tierra. Este criollo, acostumbrado  una
vida de continuos derroches en Pars y en Buenos Aires, crey poder
realizar el mismo milagro. l, que nunca haba querido preocuparse de
la administracin de una estancia cerca de la capital, con inagotables
prados naturales en los que pastaban miles de novillos, tuvo que
llevar la vida dura y sobria del jinete rstico que se dedica al
pastoreo en un pas inculto. Lo que sus abuelos haban hecho en los
ricos campos inmediatos  Buenos Aires, donde el cielo derrama su
lluvia oportunamente, tuvo que repetirlo Rojas bajo el cielo de bronce
de la Patagonia, que apenas si deja caer algunas gotas en todo el ao
sobre las tierras polvorientas.

El antiguo millonario sobrellevaba con dignidad su desgracia. Era un
hombre de cincuenta aos, ms bien bajo que alto, la nariz aguilea y
la barba canosa. En medio de una existencia ruda conservaba su
primitiva educacin. Sus maneras delataban  la persona nacida en un
ambiente social muy superior al que ahora le rodeaba. Como decan en
el inmediato pueblo de la Presa, era un hombre que, vistiese como
vistiese, tena aire de seor. Llevaba casi siempre botas altas, gran
chambergo y poncho. Pendiente de su diestra se balanceaba el pequeo
ltigo de cuero, llamado rebenque.

Los edificios de su estancia eran modestos. Los haba construido  la
ligera, con la esperanza de mejorarlos cuando aumentase su fortuna;
pero, como ocurre casi siempre en las instalacines campestres, estas
obras provisionales iban  durar ms aos tal vez que las levantadas
en otras partes como definitivas. Sobre las paredes de ladrillo
cocido, sin revoque exterior,  de simples adobes, se elevaban las
techumbres hechas con planchas de cinc ondulado. En el interior de la
casa del dueo los tabiques slo llegaban  cierta altura, dejando
circular el aire por toda la parte alta del edificio. Las
habitaciones eran escasas en muebles. La pieza que serva de saln,
despacho y comedor, donde don Carlos reciba  sus visitas, estaba
adornada con unos cuantos rifles y pieles de pumas cazados en las
inmediaciones. El estanciero pasaba gran parte del da fuera de la
casa, inspeccionando los corrales de ganado ms inmediatos. De pronto
pona al galope su caballejo incansable, para sorprender  los peones
que trabajaban en el otro extremo de su propiedad.

Una maana sinti impaciencia al ver que haba pasado la hora habitual
de la comida sin que Celinda volviese  la estancia.

No tema por ella. Desde que su hija lleg  Ro Negro, teniendo ocho
aos, empez  vivir  caballo, considerando la planicie desierta como
su casa.

--Es peligroso ofenderla--deca el padre con orgullo--. Maneja
revlver y tira mejor que yo. Adems, no hay persona ni animal que se
le escape cuando tiene un lazo en la mano. Mi hija es todo un hombre.

La vi de pronto corriendo por la lnea que formaban la llanura y el
cielo al juntarse. Pareca un pequeo jinete de plomo escapado de una
caja de juguetes. Delante de su caballito corra un toro en miniatura.
El grupo galopador fu creciendo con una rapidez maravillosa. En esa
llanura inmensa, todo lo que se mova cambiaba de tamao sin
gradaciones ordenadas, desorientando y aturdiendo los ojos todava no
acostumbrados  los caprichos pticos del desierto.

Lleg la joven dando gritos y agitando el lazo para excitar la marcha
de la res que vena persiguiendo, hasta que la oblig  refugiarse en
un cercado de maderos. Luego ech pie  tierra y fu  encontrarse con
su padre; pero ste, despus de recibir un beso de ella, la repeli,
mirando con severidad el traje varonil que llevaba.

--Te he dicho muchas veces que no quiero verte as. Los pantalones se
han hecho para los hombres, creo yo!... y las polleras para las
mujeres. No puedo tolerar que una hija ma vaya como esas cmicas que
aparecen en las vistas del bigrafo.

Celinda recibi la reprimenda bajando los ojos con graciosa
hipocresa. Prometi obedecer  su padre, conteniendo al mismo tiempo
su deseo de reir. Precisamente pensaba  todas horas en las amazonas
con pantalones que figuran en los _films_ de los Estados Unidos, y
haba echado largas galopadas para ir hasta Fuerte Sarmiento, el
pueblo ms inmediato, donde los cinematografistas errabundos
proyectaban sobre una sbana, en el caf de su nico hotel, historias
interesantes que le servan  ella para estudio de las ltimas modas.

Durante la comida le pregunt don Carlos si haba estado cerca de la
Presa y cmo marchaban los trabajos en el ro.

Una esperanza de volver  ser rico, cada vez ms probable, haca que
el seor Rojas, antes melanclico y desesperanzado, sonriese desde los
ltimos meses. Si los ingenieros del Estado conseguan cruzar con un
dique el ro Negro, los canales que estaban abriendo un espaol
llamado Robledo y otro socio suyo fecundaran las tierras compradas
por ellos junto  su estancia, y l podra aprovechar igualmente dicha
irrigacin, lo que aumentara el valor de sus campos en proporciones
inauditas.

Le escuch Celinda con la indiferencia que muestra la juventud por los
asuntos de dinero. Adems, don Carlos tuvo que privarse del placer de
continuar haciendo suposiciones sobre su futura riqueza al ver  una
mestiza de formas exuberantes, carrilluda, con los ojos oblicuos y una
gruesa trenza de cabello negro y spero que se conservaba sobre sus
enormes prominencias dorsales para seguir descendiendo.

Al entrar en el comedor dej junto  la puerta un saco lleno de ropa.
Luego se abalanz sobre Celinda, besndola y mojando su rostro con
frecuentes lagrimones.

--Mi patroncita preciosa!... Mi nia, que la he querido siempre como
una hija!...

Conoca  Celinda desde que sta lleg al pas y entr ella en la
estancia como domstica. Le resultaba doloroso separarse de la
seorita, pero no poda transigir ms tiempo con el carcter de su
padre.

Don Carlos era violento en el mandar y no admita objeciones de las
mujeres, sobre todo cuando ya haban pasado de cierta edad.

--El patrn an est muy verde--deca Sebastiana  sus amigas--; y
como una ya va para vieja, resulta que otras ms tiernas son las que
reciben las sonrisas y las palabras lindas, y para m slo quedan los
gritos y el amenazarme con el rebenque.

Despus de besuquear  la joven, mir Sebastiana  don Carlos con una
indignacin algo cmica, aadiendo:

--Ya que el patrn y yo no podemos avenirnos, me voy  la Presa, 
servir donde el contratista italiano.

Rojas levant los hombros para indicar que poda irse donde quisiera,
y Celinda acompa  su antigua criada hasta la puerta del edificio.

A media tarde, cuando don Carlos hubo dormido la siesta en una
mecedora de lona y ledo varios peridicos de Buenos Aires, de los que
traa el ferrocarril  este desierto tres veces por semana, sali de
la casa.

Atado  un poste del tejadillo sobre la puerta, estaba un caballo
ensillado. El estanciero sonri satisfecho al darse cuenta de que la
silla era de mujer. Celinda apareci vestida con falda de amazona.
Envi  su padre un beso con la punta del rebenque, y sin apoyarse en
el estribo ni pedir ayuda  nadie, se coloc de un salto sobre el
aparejo femenil, haciendo salir su caballo  todo galope hacia el ro.

No fu muy lejos. Se detuvo en el lado opuesto de un grupo de sauces,
donde encontr atado otro caballo con silla de hombre, el mismo que
montaba en la maana. Celinda, echando pie  tierra, se despoj de su
traje femenil, apareciendo con pantalones, botas de montar, camisa y
corbata varoniles. Sonrea de su desobediencia al viejo, pues as
llamaba ella  su padre, segn costumbre del pas.

Tema la posible extraeza de otro hombre y deseaba evitarla. Este
hombre la haba conocido siempre vestida de muchacho, tratndola 
causa de ello con una confianza amistosa. Quin sabe si al verla con
faldas, lo mismo que una seorita, experimentara cierta timidez,
mostrndose ceremonioso y evitando finalmente nuevos encuentros con
ella!...

Dej su traje femenil sobre el caballo que la haba trado y mont
alegremente en el otro, oprimindole los flancos con sus piernas
nerviosas, al mismo tiempo que echaba en alto el lazo atado  la
silla, formando una espiral de cuerda sobre su cabeza.

Galop por la orilla del ro, junto  los aosos sauces que encorvaban
sus cabelleras sobre el deslizamiento de la corriente veloz. Este
camino lquido, siempre solitario, que vena de los ventisqueros de
los Andes junto al Pacfico, para derramarse en el Atlntico, haba
recibido su nombre, segn algunos,  causa de las plantas obscuras
que cubren su lecho, dando un color verdinegro  las aguas hijas de
las nieves.

El milenario rodar de su curso haba ido cortando la meseta con una
profunda hondonada de una legua  dos de anchura. El ro corra por
esta profundidad entre dos aceras formadas con los aportes de su
lgamo durante las grandes inundaciones. Estas dos orillas desiguales
eran de tierra frtil y suelta, prdiga para el cultivo all donde
reciba la humedad de las aguas inmediatas. Ms lejos se levantaba el
suelo, formando el acantilado amarillento de dos murallas sinuosas que
se miraban frente  frente. La de la izquierda era el ltimo lmite de
la Pampa. En la orilla opuesta empezaba la meseta patagnica, de fros
glaciales, calores asfixiantes, huracanes crueles y spera vegetacin,
que slo permite alimentarse  los rebaos cuando disponen de
extensiones enormes.

Toda la vida del pas estaba reconcentrada en la ancha hendidura
abierta por las aguas que forma la lnea fronteriza entre la Pampa y
la Patagonia. Las dos cintas de terreno de sus orillas representaban
miles de kilmetros de suelo frtil aportado por el ro en su viaje de
los Andes al mar. En una seccin de este barranco inmenso era donde
trabajaban los hombres para elevar el nivel de las aguas unos cuantos
metros, fecundando los campos prximos.

Celinda daba gritos para excitar al caballo, como si necesitase
comunicarle su alegra. Iba al encuentro de lo que ms le interesaba
en todo el pas. Al seguir una revuelta del ro se abri la superficie
de ste ante sus ojos, formando una laguna tranquila y desierta. En
ltimo trmino, donde se estrechaban sus orillas aprisionando y
alborotando las aguas, vi los frreos perfiles de varias mquinas
elevadoras, as como las techumbres de cinc  de paja de una
poblacin. Era el antiguo campamento de la Presa, que se transformaba
rpidamente en un pueblo. Todas sus construcciones parecan aplastadas
sobre el suelo, sin una torrecilla, sin un doble piso que animase su
platitud montona.

Como la curiosidad de la joven no llegaba hasta el pueblo, refren la
velocidad de su caballo y march al paso hacia unos grupos de hombres
que trabajaban lejos del ro, casi en el sitio donde empezaba 
remontarse la llanura, iniciando la ladera de la altiplanicie
correspondiente  la Pampa.

Estos peones, unos de origen europeo, otros mestizos, removan y
amontonaban la tierra, abriendo pequeos canales para la irrigacin.
Dos mquinas, acompaadas por el mugido de sus motores, excavaban
igualmente el suelo para facilitar el trabajo humano.

Mir Celinda en torno  ella con ojos de exploradora, y volviendo su
espalda  las cuadrillas de trabajadores, se dirigi hacia un hombre
aislado en una pequea altura. Este hombre ocupaba un catrecillo de
lona ante una mesa plegadiza. Iba vestido con traje de campo y botas
altas. Tena un gran sombrero cado  sus pies y apoyaba la frente en
una mano, estudiando los papeles puestos sobre la mesilla.

Era un joven rubio, de ojos claros. Su cabeza haca recordar las de
los atletas griegos tales como las ha eternizado la escultura, tipo
que reaparece con una frecuencia inexplicable en las razas nrdicas de
Europa: la nariz recta, la cabellera de cortos rizos invadiendo la
frente baja y ancha, el cuello vigoroso. Se hallaba tan ensimismado en
el estudio de sus papeles, que no vi llegar  Flor de Ro Negro.

Esta haba desmontado sin abandonar su lazo. Con la astucia y la
ligereza de un indio empez  marchar  gatas por la suave pendiente,
sin que el ms leve ruido denunciase su avance. A pocos metros de
aquel hombre se incorpor, riendo en silencio de su travesura,
mientras haca dar vueltas al lazo con vigorosa rotacin, dejndolo
escapar al fin. El crculo terminal de la cuerda cay sobre el joven,
estrechndose hasta sujetarlo por mitad de sus brazos, y un ligero
tirn le hizo vacilar en su asiento.

Mir enfurecido en torno  hizo un ademn para defenderse; pero su
clera se troc en risuea sorpresa al mismo tiempo que llegaba  sus
odos una carcajada fresca  insolente.

Vi  Celinda que celebraba su broma tirando del lazo; y para no ser
derribado, tuvo que marchar hacia la amazona. sta, al tenerle junto 
ella, dijo con tono de excusa:

--Como no nos vemos hace tanto tiempo, he venido para capturarle. As
no se me escapar ms.

El joven hizo gestos de asombro y contest con una voz lenta y algo
torpe, que estropeaba las slabas, dndolas una pronunciacin
extranjera:

--Tanto tiempo!... No nos hemos visto esta maana?

Ella remed su acento al repetir sus palabras:

--Tanto tiempo!... Y aunque as sea, gringo desagradecido, le parece
 usted poca cosa no haberse visto desde esta maana?

Los dos rieron con un regocijo infantil.

Haban retrocedido hasta donde aguardaba el caballo, y Celinda se
apresur  montar en l, como si se considerase humillada y desarmada
permaneciendo  pie. Adems, el gringo,  pesar de su alta estatura,
quedaba de este modo con la cabeza al nivel de su talle, lo que
proporcionaba  Flor de Ro Negro la superioridad de poder mirarlo de
arriba abajo.

Como an tena el extranjero el crculo de cuerda alrededor de su
busto, Celinda quiso libertarle de tal opresin.

--Oiga, don Ricardo; ya estoy cansada de que sea mi esclavo. Voy 
dejarle libre, para que trabaje un poquito.

Y sac el lazo por encima de sus hombros; pero al ver que el joven
permaneca inmvil, como si en su presencia perdiese toda iniciativa,
le present la mano derecha con una majestad cmica:

--Bese usted, mister Watson, y no sea mal educado. Aqu en el desierto
va usted perdiendo las buenas maneras que aprendi en su Universidad
de California.

Ri l ingeniero del tono solemne de la muchacha y acab por besar su
mano. Pero la miraba con la bondad protectora de las personas mayores
que se complacen celebrando las malicias de una nia traviesa, y esto
pareci contrariar  la hija de Rojas.

--Acabar por reir con usted. Se empea en tratarme como una
muchachita, cuando soy la primera dama del pas, la princesa doa Flor
de Ro Negro.

Continuaba Watson sus risas, y esta insistencia venci finalmente la
fingida gravedad de la joven. Los dos unieron sus carcajadas; pero la
seorita Rojas mostr  continuacin un inters maternal, que le hizo
enterarse minuciosamente de la vida que llevaba su amigo.

--Trabaja usted demasiado, y yo no quiero que se canse, sabe,
gringuito?... Es mucho quehacer para un hombre solo. Cundo viene su
amigo Robledo?... De seguro que estar divirtindose all en Pars.

Watson habl tambin con seriedad al oir el nombre de su asociado.
Estaba ya de regreso y llegara de un momento  otro. En cuanto  su
trabajo, no lo consideraba anonadador. l haba hecho cosas ms
difciles y penosas en otras tierras. Mientras los ingenieros del
gobierno no terminasen el dique, lo que trabajaban Robledo y l era
nicamente para ganar tiempo, pues los canales de nada podan servir
sin el agua del ro.

Haban empezado  caminar,  insensiblemente se dirigieron hacia el
pueblo. Ricardo marchaba  pie, con una mano apoyada en el cuello del
caballo y los ojos en alto, para ver  Celinda mientras hablaba. Los
peones, dando por terminado el trabajo, recogan sus herramientas.
Como los dos queran evitar un encuentro con los grupos que regresaban
al pueblo, siguieron avanzando lejos del ro, por donde empezaba 
elevarse el terreno, formando la pendiente de la altiplanicie pampera.

Al subir la hinchazn de un contrafuerte de esta muralla que se perda
de vista, contemplaron  sus pies todo el antiguo campamento
convertido en pueblo y la amplitud lacustre formada por el ro ante el
estrecho donde iba  construirse el dique.

El campamento era un conglomerado de viviendas levantadas sin orden:
chozas hechas de adobes con cubierta de paja, casas de ladrillo con
techos de ramaje  de cinc, tiendas de lona. Las construcciones ms
cmodas eran de madera y desarmables, estando ocupadas por los
ingenieros, los capataces y otros empleados. Por encima de todas las
viviendas emerga una casa de madera montada sobre pilotes, con una
galera exterior ante sus cuatro fachadas: un _bengalow_ desembarcado
en Baha Blanca semanas antes por encargo del italiano Pirovani,
contratista de las obras del dique.

As que empezaba  anochecer, las calles de este pueblo improvisado,
desiertas durante el da, se poblaban instantneamente con la variada
muchedumbre de los peones. Los grupos, al volver de los diversos
lugares donde haban estado trabajando, se encontraban y se
confundan, siguiendo la misma direccin.

Una casa de madera, que por su tamao era la nica que poda
compararse con la del contratista, los iba atrayendo  todos. Sobre su
puerta haba un rtulo, hecho en letras caligrficas: Almacn del
Gallego. Este gallego era, en realidad, andaluz; pero todos los
espaoles que van  la Argentina deben ser forzosamente gallegos. Al
mismo tiempo que despacho de bebidas era tienda de los ms diversos
artculos comestibles y suntuarios. Su dueo se ofenda cuando las
gentes llamaban boliche  lo que l daba el ttulo de almacn;
pero todos en el pueblo seguan designando al establecimiento con el
nombre primitivo de su modesta fundacin.

Un grupo de parroquianos fieles ocupaba por derecho propio las
cercanas del mostrador. Unos eran emigrantes de Europa que haban
rodado por las tres Amricas, desde el Canad  la Tierra del Fuego.
Otros, mestizos  blancos, vueltos al estado primitivo despus de
largos aos de existencia en el desierto: hombres de perfil aguileo,
gran barba y luenga cabellera, tocados con amplios chambergos y
llevando un cinturn de cuero adornado con monedas de plata, dentro
del cual ocultaban,  medias nada ms, el revlver y el cuchillo.

Fuera del boliche--ahora almacn--, unas en espera de sus maridos para
que no bebiesen demasiado, y otras al atisbo de los compaeros de sus
noches, estaban las bellezas ms notables de la Presa, mestizas de tez
de canela y ojos de brasa, con cabelleras duras de color de tinta y
dientes de luminosa blancura, unas exageradamente gordas; otras
absurdamente flacas, como si acabasen de salir de una poblacin
sitiada por hambre  como si una llama interior devorase sus jugos.

Empezaron  brillar luces en las casas, perforando con sus rojas
punzadas la gasa violeta del crepsculo. Celinda y su acompaante
contemplaban el pueblo y el ro silenciosamente, como si temieran
cortar con sus voces la calma melanclica del ocaso.

--Vyase, seorita Rojas--dijo l de pronto, repeliendo la dulce
influencia del ambiente--. Va  cerrar la noche y su estancia se halla
lejos.

Se resisti Celinda  reconocer la posibilidad de un peligro para
ella. Ni los hombres ni la noche podan inspirarle miedo. Pero al fin
se despidi de Watson y puso su caballo al galope.

Entr Ricardo en la Presa por un descampado que sus habitantes
consideraban como la calle principal; aunque en esta poblacin
reciente, todas las vas resultaban principales  causa de su enorme
amplitud.

El gobierno previsor de Buenos Aires no toleraba que los pueblos
surgidos en el desierto tuviesen calles de menos de veinte metros de
anchura. Quin poda adivinar si seran algn da grandes
ciudades!... Y mientras llegaba esto, las viviendas bajas y de un solo
piso permanecan separadas de las de enfrente por un espacio enorme
que barran en lnea recta los huracanes glaciales  entoldaban con su
niebla las columnas de polvo. Unas veces el sol haca arder el suelo,
levantando ante el paso del transente nubes rumorosas de moscas;
otras, los charcos de las rarsimas lluvias obligaban  los habitantes
 marchar con agua hasta la rodilla para ver al vecino de enfrente.

Segn avanzaba Watson entre las dos filas de viviendas, fu
encontrando  los principales personajes del pueblo. Primeramente vi
al seor de Canterac, un francs, antiguo capitn de artillera, que,
segn afirmaban muchos que se decan amigos suyos, se haba visto
obligado  marcharse de su patria  consecuencia de ciertos asuntos
de ndole privada. Ahora serva como ingeniero al gobierno argentino,
en obras remotas y penosas de las que huan sus colegas hijos del
pas.

Era un hombre de cuarenta aos, enjuto de cuerpo, con el pelo y el
bigote algo canosos, pero conservando un aspecto juvenil. Tena al
andar cierto aire marcial, como si an vistiese uniforme, y se
preocupaba de la elegancia de su indumento,  pesar de que viva en el
desierto.

Haba entrado  caballo por la llamada calle principal, vistiendo un
elegante traje de jinete y cubierta la cabeza con un casco blanco. Al
ver  Watson ech pie  tierra para caminar junto  l, sosteniendo 
su caballo de las riendas, al mismo tiempo que examinaba unos dibujos
del americano.

--Y Robledo, cundo vuelve?--pregunt.

--Creo que llegar de un momento  otro. Tal vez ha desembarcado hoy
en Buenos Aires. Vienen con l unos amigos.

El francs sigui examinando los planos del joven, sin dejar de andar,
hasta que llegaron frente  la pequea casa de madera que le serva de
alojamiento. All entreg las riendas con una brusquedad de cuartel 
su criado mestizo, y antes de meterse en su vivienda dijo  Ricardo:

--Creo que slo nos faltan seis meses para terminar la primera presa
en el ro, y Robledo y usted podrn regar inmediatamente una parte de
sus tierras.

Continu Watson la marcha hacia su casa; pero  los pocos pasos hizo
alto para responder al saludo de un hombre todava joven, vestido con
traje de ciudad, y que tena el aspecto especial de los oficinistas.
Llevaba anteojos redondos de concha, y sostena bajo un brazo muchos
cuadernos y papeles sueltos. Pareca uno de esos empleados laboriosos,
pero rutinarios, incapaces de iniciativas ni de grandes ambiciones,
que viven satisfechos y como pegados  su mediocre situacin.

Se llamaba Timoteo Moreno y era nacido en la Repblica Argentina, de
padres espaoles. El Ministerio de Obras Pblicas lo haba enviado
como representante administrativo  las obras de la Presa, y l era el
encargado de pagar al contratista Pirovani las sumas debidas por el
gobierno.

Despus que salud  Watson se di una palmada en la frente y quiso
retroceder, mirando al mismo tiempo sus papeles.

--He olvidado dejar en casa del capitn Canterac el cheque sobre Pars
que le entrego todos los meses.

Luego hizo un movimiento de hombros y continu andando junto al
norteamericano.

--Se lo dar cuando vuelva  mi casa. De todos modos, no tenemos
correo hasta pasado maana.

Estaban frente al _bengalow_ habitado por el hombre ms rico del
campamento, y vieron cmo sala ste y se acodaba en la barandilla de
una de las galeras. Luego, al reconocerlos, baj apresuradamente la
escalinata de madera.

El italiano Enrico Pirovani haba llegado  la Argentina como obrero
diez aos antes, y era tenido ya por uno de los hombres ms ricos del
territorio patagnico que se extiende desde Baha Blanca  la frontera
andina de Chile. Todos los Bancos respetaban su firma. No pasaba de
los cuarenta aos; llevaba el rostro afeitado; era grande y musculoso,
pero empezaba  mostrar la blandura naciente de los organismos
invadidos por la grasa. Tena el aspecto del trabajador manual que ha
hecho fortuna y no puede ocultar cierta tosquedad reveladora de su
origen. Luca numerosas sortijas, as como una gran cadena de reloj, y
su traje siempre era flamante.

Estrech las manos de los dos y dirigi  continuacin una mirada de
inters  los papeles que traa Moreno. El contratista y el empleado
del gobierno se vean todas las semanas para hablar de los trabajos.

Insisti el italiano en invitar  Ricardo  que entrase en su casa
para beber una copa.

--Aunque soy viudo y estoy solo, procuro que mi vivienda tenga cierto
_confort_, lo mismo que una de Buenos Aires. Entre  verla. He
comprado nuevas cosas. La ltima vez no la visit usted toda.

Watson tuvo que seguirle, convencido de que dara un disgusto al
contratista si no admiraba una vez ms su casa. Subieron los peldaos
de madera y entraron en el comedor, cuyos muebles elegantes resultaban
demasiado pesados y vistosos.

Pirovani los ense con vanidad, golpendolos para ensalzar los
mritos del roble y elevando los ojos al techo mientras aluda  sus
precios. Luego les mostr el saln--amueblado igualmente con exceso,
pues haba que marchar tortuosamente entre tantos sillones y
mesillas--y un dormitorio, que pareca pertenecer por lo vistoso  una
hembra de vida galante.

En todas estas piezas se notaba el rudo contraste entre la suntuosidad
abrumadora de los muebles y la modestia de los tabiques, cubiertos de
un papel ordinario.

--Lo que me ha costado todo esto!--dijo el contratista con un orgullo
pueril--. Pero usted, don Ricardo, que es un joven de buena familia y
ha visto mucho, no es verdad que lo encuentra muy... _chic_?

Al volver al comedor, una criadita indgena, con larga trenza
colgando sobre la espalda, puso en la mesa botellas y copas.

--Ahora--continu el italiano--voy  tomar como gobernanta 
Sebastiana, la de la estancia de Rojas. Esta casa exige una mujer
inteligente que se encargue de dirigirla.

Watson no quiso aceptar una segunda copa. Deba irse para que aquellos
hombres hablasen de los trabajos por cuenta del Estado.

Al salir de la casa haba cerrado ya la noche, y toda la vida del
antiguo campamento pareca reconcentrarse en el boliche. Su doble
puerta extenda sobre el suelo dos rectngulos rojos, que eran la
iluminacin ms fuerte del pueblo.

Los parroquianos venerables beban de pie junto al mostrador, un
espaol tocaba el acorden y otros trabajadores europeos bailaban con
las mestizas valses y polcas. Abundaban los chilenos, venidos del otro
lado de la Cordillera, para escapar despus de unos cuantos das de
trabajo, arrastrados por su eterna mana ambulatoria. Eran gentes
inquietantes por la facilidad con que tiraban del cuchillo, sin dejar
por eso de sonreir y hablar melosamente. En otro grupo estaban los
hombres del pas, con barbas, poncho y grandes espuelas, jinetes
errabundos que nadie saba de qu vivan ni tampoco dnde eran
nacidos. Imitaban  los antiguos gauchos, llevando el ancho cinturn
de cuero adornado con arabescos de monedas de plata, que les serva
para guardar sus armas.

Todos estos americanos aceptaban con despectivo silencio el acorden y
los bailes de _gallegos_ y de _gringos_, hasta que al fin cualquiera
de su clase reclamaba  gritos los bailes de la tierra. Esta
exigencia, hecha con tono amenazador, obligaba  retirarse  las
parejas que danzaban agarradas,  estilo europeo. Unas veces era el
_pericn_  el _gato_, antiguos bailes argentinos, lo que danzaban los
hijos del pas; pero las ms de las noches la _cueca_ chilena
enardeca horas enteras, con su palmoteo y sus gritos, al pblico del
boliche.

El dueo del establecimiento entregaba dos guitarras, guardadas
cuidadosamente debajo del mostrador. Los guitarristas iban  sentarse
en el suelo; pero inmediatamente acuda una mestiza para ofrecerles,
como sillones honorficos, dos crneos de caballo.

Eran los mejores asientos de la casa. Haba tambin un par de sillas
para cuando llegaba el comisario de polica  alguna otra autoridad,
pero algo desvencijadas  inseguras. Los esqueletos abandonados en el
campo proporcionaban asientos ms slidos y durables.

Al son de las guitarras empezaban  formarse las parejas de la danza
chilena. Las bailarinas tenan un pauelo en una mano, y con la otra
levantaban un poco su falda para dar vueltas lentamente. Los hombres
ostentaban tambin en su diestra un pauelo de color, comunicndole un
movimiento rotatorio al mismo tiempo que bailaban en torno  la mujer.
Era una repeticin de la danza de las pocas primitivas; la eterna
historia del macho persiguiendo  la hembra. Ellas bailaban trazando
pequeos crculos para huir del hombre, y ste las acosaba y envolva
girando en una rbita ms amplia.

Las mestizas que no haban salido  bailar palmoteaban incesantemente,
acompaando el runruneo de las guitarras. De vez en cuando una de
ellas entonaba la copla de la _cueca_, y los hombres daban alaridos,
arrojando sus sombreros.

Un jinete desmont frente al boliche, atando su caballo  un poste del
sombraje. Al entrar recibi su rostro la luz roja de los quinqus que
colgaban del techo, y muchos hombres le saludaron respetuosamente.

Llevaba el poncho y las grandes espuelas de los jinetes del pas. Su
perfil aguileo y su tez hacan recordar  los arabes de origen puro.
La barba y la cabellera eran en l luengas, negras y rizosas. Este
hombre, cuya edad no pareca ms all de los treinta aos, poda ser
tenido por hermoso; pero su rostro se contraa algunas veces con un
gesto repelente, y sus grandes ojos obscuros brillaban con una
expresin imperiosa y cruel. Le apodaban _Manos Duras_, nombre famoso
en el pas y resultaba un vecino inquietante, pues viva de vender
reses, y nadie lograba averiguar dnde haba hecho antes sus compras.

Algunos viejos, conocedores de su origen, lo declaraban nacido en la
Pampa Central. Sus padres, sus abuelos, toda su familia, haban sido
personas excelentes, gauchos buenos, que vivan de la crianza de la
propia hacienda. Pero Manos Duras haba nacido para ser gaucho
malo, ladrn de reses y matn. En vano su padre, hombre de bien, le
daba buenos consejos y sanos ejemplos.

Un antiguo parroquiano del boliche resuma con gravedad filosfica la
ineficacia de estos esfuerzos valindose de un refrn del pas:

Al que nace barrign, es en balde que lo fajen.

El dueo del almacn, al verle entrar, le present un vaso de ginebra,
y los gauchos de peor catadura se llevaron una mano al sombrero para
saludarle, como si fuese su jefe. Los trabajadores europeos le miraron
con curiosidad, repitiendo su nombre, y las mestizas fueron hacia l,
sonriendo como esclavas.

Manos Duras acogi este recibimiento con cierta altivez. Una de las
mujeres se apresur  ofrecerle un asiento de honor, y trajo otro
crneo de caballo. Se acomod el terrible gaucho en l, teniendo en
torno  los dems parroquianos sentados en el suelo.

Continu la _cueca_, interrumpida un momento por la aparicin de Manos
Duras, y no ces al entrar un nuevo personaje, acogido con grandes
reverencias por el dueo del establecimiento desde el otro lado del
mostrador.

Era don Roque, comisario de polica de la Presa y nico representante
de la autoridad argentina en el pueblo y sus alrededores. El
gobernador del territorio de Ro Negro viva en una poblacin 
orillas del Atlntico, para llegar  la cual era preciso un viaje de
doce das  caballo; seis veces ms de lo que se necesitaba para
trasladarse  Buenos Aires por ferrocarril. A causa de esto, el
comisario disfrutaba de la mejor de las independencias: la del olvido.
El gobernador viva demasiado lejos para mandarle. Su jefe ms
inmediato era el ministro del Interior, residente en la capital de la
Repblica; pero se hallaba demasiado alto para ocuparse de su
existencia.

En realidad, no abusaba de su poder, ni dispona tampoco de medios
para hacerlo sentir exageradamente  los dems. Era un seor grueso,
bondadoso, de trato campechano: un burgus de Buenos Aires venido 
menos que haba pedido un empleo para poder vivir, resignndose 
aceptarlo en la Patagonia. Llevaba traje de ciudad, pero con el
aditamento de botas altas y gran sombrero, creyendo haber conseguido
con esto el aspecto que exiga su cargo. Un revlver bien  la vista
de todos, sobre el chaleco, era la nica insignia de su autoridad.

Se desprendi el espaol de la mejor silla de su establecimiento,
guardada detrs del mostrador para las visitas extraordinarias, y el
comisario fu  colocarse junto  Manos Duras. ste salud quitndose
el sombrero, pero sin moverse del crneo que le serva de asiento.

Los dos hombres conversaron, mientras continuaba el baile. Don Roque
empez  fumar un gran cigarro, ofrecido por el gaucho con ademanes de
gran seor.

--Hay quien asegura--dijo en voz baja--que eres t el que rob la
semana pasada tres novillos en la estancia de Pozo Verde. Eso no est
en mi jurisdiccin, pues pertenece  Ro Colorado; pero mi compaero
el comisario de all sospecha que eres t el del robo.

Manos Duras sigui fumando en silencio, escupi, y dijo al fin:

--Calumnias de los que desean que no venda carne al campamento de la
Presa.

--Le han dicho tambin al gobernador del territorio que eres t el que
mat hace meses  los dos comerciantes turcos.

El gaucho levant los hombros y contest con frialdad, como si
quisiera dar fin  este dilogo:

--Me han atribuido tantos crmenes, sin poder probarme ninguno!...

Continu el baile en el Almacn del Gallego hasta las diez de la
noche. En un pas donde todos se levantaban con el alba, equivala
esta hora  las de la madrugada, en que terminan las fiestas de las
grandes ciudades.

Los personajes ms importantes del campamento tampoco dorman. Estaban
con la pluma en la mano y el pensamiento muy lejos.

El ingeniero Canterac, apoyando un codo en su mesa y con los ojos
entornados, crea ver el remoto Pars y en l una casa vecina al Campo
de Marte, cuyo quinto piso estaba ocupado por su esposa y sus hijos.

Era una seora de aspecto triste, con el pelo canoso y el rostro
todava fresco. A sus lados estaban sentadas dos nias. Un muchacho de
catorce aos, su hijo mayor, de pie ante ella, escuchaba sus
palabras... Y la madre acababa por mostrarles sobre el canap de su
modesto saln un retrato que representaba  Canterac joven, con
uniforme militar. El amueblado de las habitaciones, lo mismo que los
trajes de todos ellos, revelaban una existencia modesta pero ordenada,
digna y con cierta distincin.

Conmovido el ingeniero por las visiones que l mismo iba creando, hizo
un esfuerzo para arrancarse  ellas, y sigui escribiendo la carta que
tena empezada sobre la mesa:

Pronto volver  veros. Las deudas de honor que me obligaron 
alejarme de Pars quedarn saldadas en breve, gracias  ti, valerosa
compaera de mi vida, que has sabido manejar hbilmente los ahorros
que te envi. Cmo deseo verte en mis brazos para decirte una vez ms
mi amor y mi gratitud!... Cmo anso ver  nuestros hijos, despus de
tan larga separacin...

Qued el ingeniero con la diestra inmvil y la pluma en alto. Haba
perdido su rgida impasibilidad de hombre autoritario. Tena los ojos
hmedos  causa de su emocin y se pas una mano por ellos. Hizo un
esfuerzo para reconcentrar su voluntad y sigui escribiendo el final
de su carta:

Adis  ti, esposa ma! Adis, hijos mos! Hasta el prximo
correo.--_Roger de Canterac._

Pero cuando iba  doblar el pliego, aadi una posdata:

Adjunto te remito el cheque de este mes. El prximo cheque ser ms
importante que todos los que llevas recibidos, pues espero cobrar,
adems de mi sueldo, las retribuciones atrasadas de varios trabajos
particulares hechos en los dos ltimos aos.

Pirovani tambin estaba en su despacho,  la misma hora pluma en mano
y con los ojos vagorosos, como si contemplase interiormente una visin
ideal.

Su pensamiento le conduca hasta un colegio de Italia donde estaba su
hija nica; un colegio dirigido por monjas y cuyas alumnas eran en su
mayor parte de apellido aristocrtico, lo que proporcionaba grandes
satisfacciones  la vanidad pueril del contratista.

Pareca ennoblecerse su rostro con la sonrisa dirigida  esta visin.
Avanz los labios cual si pretendiese enviar un beso  su hija por
encima de tres mil leguas de tierras y mares. Luego sigui
escribiendo:

Estudia mucho, Ida ma; aprende todo lo que necesita saber una seora
del gran mundo, ya que tu padre, despus de tantas privaciones y
trabajos, ha podido juntar una fortuna que le permite darte una buena
educacin... Yo fui menos dichoso que t, y nacido en la pobreza tuve
que abrirme paso en el mundo, sin apoyo alguno, arrastrando el fardo
de mi ignorancia. Para evitarte molestias no quise casarme otra vez...
Qu no har yo por ti, Ida ma!

El ao prximo pienso dar por terminados mis negocios en Amrica, y
volver  nuestra patria, y comprar un castillo del que sers t la
reina; y tal vez se enamore de ti algn noble oficial de caballera
con apellido ilustre, y tu pobrecito pap tendr celos... muchos
celos!...

Mientras Pirovani escriba las ltimas palabras, su rostro empez 
dilatarse con una sonrisa bondadosa.

Moreno, el argentino, no enviaba su pensamiento tan lejos. Escriba en
la casita de madera donde estaba instalada su oficina, bajo la luz de
un quinqu de petrleo; pero su imaginacin, siguiendo la lnea del
ferrocarril, se detena,  dos das de marcha, en un pueblo cercano 
Buenos Aires.

Tambin al levantar por un momento la cabeza para quitarse los
anteojos y limpiarlos, contemplaba, como los otros, una visin
familiar. Su esposa, una mujer joven, de rostro dulce, estaba con una
criatura de pechos en el regazo, entre dos nios y una nia algo
mayores; pero ninguno de ellos pasaba de los siete aos. La habitacin
modesta ofreca un aspecto fresco y gracioso. Aquella madre de
familia, al mismo tiempo que atenda  la prole, se preocupaba del
buen orden de su casa.

A todas horas me acuerdo de ti y de los nios. De seguir los deseos
de mi corazn, os traera  todos inmediatamente  Ro Negro; pero
temo que nuestros pequeos sufran demasiado en este desierto. La vida
que yo llevo no es para que la soporten nuestros hijitos ni tampoco
t, animosa compaera de mi existencia.

Contempl Moreno un retrato puesto sobre la mesa, en el que apareca
su esposa y sus cuatro hijos. Bes la fotografa con emocin y volvi
 escribir:

Afortunadamente, en el Ministerio me aprecian un poco por mi
laboriosidad, y espero que antes de un ao me trasladarn  Buenos
Aires. El mes prximo solicitar un permiso para ir  veros. El viaje
es caro, pero no puedo sufrir ms tiempo esta ausencia dolorosa.

Ricardo Watson no escriba cartas, pero ensoaba despierto como los
otros.

Sentado ante un tablero de dibujo en el que haba clavada una hoja
grande de papel, iba trazando los contornos de un canal. Pero el
dibujo se esfum poco  poco para ser reemplazado por una visin de la
realidad ordinaria. Las lneas rojas y azules se convirtieron en un
ro orlado de sauces, en terrenos yermos y caminos polvorientos.

Este paisaje liliputiense ofreca la vista completa de las tierras que
rodeaban el pueblo de la Presa, pero en escala tan reducida que todas
caban en el tablero. Y  travs de la diminuta planicie vi de pronto
galopar  un jinete no ms grande que una mosca, que iba saltando con
alegre soltura; la seorita Rojas, vestida de hombre y moviendo el
lazo sobre la cabeza.

Watson se llev una mano  los ojos, restregndoselos para ver mejor.
Falsas ilusiones de la noche!

Luego agit sus dedos sobre el papel, como si lo abanicase para
ahuyentar el engaoso panorama, y reapareci el trazado de los
canales, con sus lneas rojas y azules.

Se sumi otra vez el joven en su montona labor de dibujante lineal;
pero  los pocos instantes sus ojos volvieron  levantarse del papel.
Ahora crey ver en el fondo de la habitacin  Celinda montada 
caballo; pero no como una amazona pigmea, sino con su talla ordinaria.

La muchacha le arroj de lejos su lazo, riendo con aquella risa que
pona al descubierto su dentadura juvenil, y el norteamericano,
maquinalmente, baj la cabeza para librarse de la cuerda opresora.

Estoy soando--pens--. Esta noche no puedo trabajar. Vmonos  la
cama.

Pero antes de domirse vi el pueblo entero como lo haba contemplado 
la puesta del sol, desde una altura, en compaa de Celinda.

Ahora la tierra estaba en la obscuridad, y sobre el teln azul del
horizonte, acribillado de luz, se imagin ver el crecimiento de una
inmensa aparicin: una mujer de grave hermosura, coronada de estrellas
y con una tnica negra de bordados igualmente siderales, que abra
sus brazos gigantescos, arrancando de los jardines del infinito las
flores del ensueo, para derramarlas como una lluvia de ptalos
fosforescentes sobre el mundo dormido.

Era la Noche, divinidad misericordiosa que haca ver  los desterrados
en este rincn del planeta todos los seres amados por ellos.

Como Ricardo Watson estaba solo en el mundo, la Noche escoga para l
la flor ms primaveral... Y el joven, antes de cerrar los ojos, empez
 conocer la dulce melancola que acompaa siempre al primer amor.

       *       *       *       *       *




#VI#


Un grupo de chicuelos ces de jugar en la llamada calle principal,
lanzando gritos de asombro al ver el aspecto extraordinario del
carruaje que, tres veces por semana,  sea los das de tren, iba y
volva de la Presa  la estacin de Fuerte Sarmiento.

La misma diversidad tnica de los habitantes del pueblo se notaba en
este grupo infantil, compuesto de distintas razas. Los nios blancos
parecan como perdidos dentro de pantalones viejos de sus padres y sus
pies se movan sueltos en el interior de enormes zapatos. Los
indgenas llevaban una simple camisita  iban con la barriga al aire,
resaltando sobre su curva achocolatada el amplio botn del ombligo.

Como todos ellos estaban acostumbrados  que los viajeros que llegaban
 la Presa no llevasen otro equipaje que la llamada lingera, saco de
lona donde guardaban su ropa, se asombraron al ver la cantidad de
bales y maletas del coche-correo, vieja diligencia tirada por cuatro
caballos huesudos y sucios de lodo.

Una gran parte de dicho equipaje iba amontonado en el techo del
vehculo, y al avanzar ste rechinando sobre los profundos relejes
abiertos en el polvo, se inclinaba con un balanceo cmico 
inquietante, como si fuese  volcar.

En la puerta del boliche se agolparon los hombres libres de trabajo,
atrados por tal novedad. Se detuvo el coche ante la casa de madera
habitada por Watson, y ste se mostr rodeado de su servidumbre.

Corrieron hombres y mujeres, lanzando exclamaciones al ver que bajaba
del carruaje el ingeniero Robledo. Muchos se abalanzaron para
estrechar su mano confianzudamente, con la camaradera de la vida en
el desierto. Despus todos parecieron olvidar al espaol,  causa de
la curiosidad que les inspiraban los desconocidos salidos del coche.

Primeramente ech pie  tierra el marqus de Torrebianca para dar la
mano  su esposa. sta vesta un lujoso abrigo de viaje, cuya
originalidad chocaba violentamente con todo lo que exista en torno de
ella.

Se mostraba muy seria, con el gesto duro de sus malos momentos. Miraba
 un lado y  otro con extraeza y disgusto. A pesar del amplio velo
que defenda su cara, el polvo rojizo del camino haba cubierto sus
facciones y su cabellera. Sus ojos delataban una gran desesperacin y
todo en su persona pareca gritar: Dnde he venido  caer?

--Ya llegamos--dijo Robledo alegremente--. Dos das y dos noches de
ferrocarril desde Buenos Aires y un par de horas de coche  travs de
una tempestad de polvo, no es mucho. Ms lejos est el fin del mundo.

Varios hombres de los que haban saludado  Robledo dndole la mano
empezaron  descargar espontneamente las maletas amontonadas en el
techo y el interior de la diligencia.

Una doncella de la marquesa haba enviado de Pars  Barcelona este
equipaje, que representaba los ltimos restos del gran naufragio de
los Torrebianca.

En torno  Elena se fu formando un corro de chiquillos y pobres
mujeres, en su mayor parte mestizas, contemplndola todos con asombro
y admiracin, como si fuese un ser de otro planeta que acababa de caer
en la tierra. Algunas muchachitas tocaron disimuladamente la tela de
su vestido, para apreciar mejor su finura.

Fueron acudiendo, atrados por el suceso, los principales personajes
del campamento, y el espaol hizo la presentacin de sus amigos
Canterac, Pirovani y Moreno.

Al ver Watson que los hombres que haban cargado con los equipajes los
metan en su vivienda, busc  Robledo apresuradamente.

--Pero esa seora tan elegante va  vivir con nosotros?...

--Esa seora--contest el espaol--es la esposa de un compaero que
viene  participar de nuestra suerte. No vamos  construir un palacio
para ella.

Le fu imposible  la recin llegada ocultar su desaliento al recorrer
las diversas piezas de la casa de los dos ingenieros, que iba  ser en
adelante la suya. Las paredes eran de madera, los muebles pocos y
rsticos, y mezclados con ellos vi sillas de montar, aparatos de
topografa, sacos de comestibles. Todo estaba revuelto y sucio en esta
vivienda dirigida por hombres distrados  todas horas por las
preocupaciones de su trabajo.

Torrebianca sonrea con una amabilidad humilde, aceptando las
explicaciones de su amigo. Todo lo que ste hiciese le pareca bien y
digno de agradecimiento.

--He aqu nuestra servidumbre--dijo Robledo.

Y present  una mestiza gorda y entrada en aos, la criada principal,
dos pequeos mestizos descalzos, que llevaban los recados, y un
espaol rstico, encargado de la caballeriza. Esta gente mal pergeada
fu manifestando con sonrisas interminables la admiracin que senta
ante la hermosa seora, y Elena acab por reir tambin, nerviosamente,
al recordar los domsticos que haba dejado en Pars.

Despus de la cena, Robledo, que deseaba enterarse de la marcha de los
trabajos, habl  solas con su consocio. ste le fu enseando los
planos y otros papeles.

--Antes de seis meses--aadi Watson--podremos regar nuestras tierras,
segn afirma Canterac, y dejarn de ser una llanura estril.

Robledo mostr su contento.

--Un verdadero paraso va  surgir, gracias  nuestro trabajo, de este
suelo que slo produce ahora matorrales. Miles de personas encontrarn
aqu una existencia mejor que en el viejo mundo. Usted y yo, querido
Ricardo, vamos  ser enormemente ricos y haremos al mismo tiempo un
gran bien. La vida es as. Para que se realice un progreso, es
necesario que este progreso empiece por enriquecer  alguien
egostamente.

Quedaron los dos silenciosos, con la mirada vaga, como si contemplasen
en su imaginacin el aspecto que iban  ofrecer las tierras yermas
despus de varios aos de riego. Vieron campos eternamente verdes,
canales rumorosos en los que el agua pareca reir, caminos orlados de
altos rboles, casitas blancas... Watson pensaba en los jardines
frutales de California, y Robledo en la huerta de Valencia.

El norteamericano fu el primero que sali de esta abstraccin,
sealando mudamente la pieza inmediata, donde se haban instalado los
recin llegados.

Dormitaba Torrebianca en ella ocupando un silln de lona. Su esposa,
sentada en otro silln, tena la frente entre las manos, en una
actitud trgica. Persista en su pensamiento la misma pregunta
desesperada: Dnde he venido  caer?...

Durante los das pasados en Buenos Aires, encontr tolerable su
destierro. Era una gran ciudad  la europea, en la que haba que
buscar tenazmente algn rincn de la antigua vida colonial para
convencerse de que se haba llegado  Amrica. Experimentaba la
extraeza de vivir en un hotel mediocre y carecer de automvil. Aparte
de esto, su existencia no haba experimentado ningn sacudimiento...
Pero el viaje, despus, por llanuras interminables, en las que el
tren marchaba horas y horas sin encontrar una persona ni una casa,
como sobre si la superficie del mundo se hubiese creado el vaco!...
La llegada  esta tierra remota, en la que la rueda  el pie
levantaban al avanzar nubes de polvo, y los rganos respiratorios se
obstruan con la tierra disuelta en el aire, y todas las gentes tenan
un aspecto de abandono, lo que no evitaba que tratasen  los dems con
molesto compaerismo, como si se considerasen iguales, al vivir lejos
de los otros grupos humanos!... Ay! Dnde haba venido  caer!...

Robledo, adivinando el pensamiento de Watson, contest  su muda
pregunta:

--Mi amigo nos ayudar como ingeniero. No debe usted preocuparse de
l. Yo le dar una participacin en nuestro negocio, pero ser de lo
que  m me corresponde.

El joven, despus de escuchar el relato de las desgracias de
Torrebianca, tales como Robledo crey prudente darlas  conocer, se
limit  decir:

--Ya que el amigo de usted viene  trabajar con nosotros, exijo que su
parte se saque por igual de lo que nos corresponde  usted y  m. Me
parece una persona excelente y quiero ayudarle. Adems, su esposa me
da lstima.

Le estrech la mano Robledo, agradeciendo su generosa resolucin, y ya
no hablaron ms de este asunto.

Desde la maana siguiente, Elena, que tena cierta facilidad para
adaptarse  las diversas situaciones de su existencia, se mostr
laboriosa y emprendedora. Quiso conquistar la admiracin de aquellos
hombres por sus talentos domsticos, lo mismo que semanas antes
pretenda distinguirse en los salones por otros mritos menos
humildes. Vistiendo un traje de corte sastre que ella haba desechado
en Pars y asombraba aqu  todos por su elegancia, se dedic con los
guantes puestos  la limpieza y arreglo de la casa, marchando al
frente de la mestiza gorda y sus dos aclitos.

Cuando intentaba predicarles con el ejemplo, se haca visible
inmediatamente su torpeza para esta clase de trabajos. Otras veces
quedaba vacilante, no sabiendo cmo se haca lo que acababa de
ordenar, y era indispensable una intervencin de la mestiza para
sacarla del apuro.

En la cocina, una gran lmpara, alimentada con la misma esencia de los
motores que perforaban el suelo, serva para los guisos. Elena,
animada por la facilidad con que poda apagarse y encenderse este
fogn, quiso intervenir en los preparativos culinarios. Pero hubo de
resignarse igualmente  reconocer la superioridad de la domstica
cobriza, riendo al fin de su ineptitud para los trabajos domsticos.

Queriendo hacer algo, se quit los guantes  intent lavar los platos;
pero inmediatamente volvi  ponrselos temiendo que el agua fra
perjudicase la finura de sus dedos y el brillo de sus uas.
Precisamente, en los momentos de desesperacin por su nueva
existencia, lo nico que le proporcionaba cierto alivio era contemplar
melanclicamente sus manos.

Torrebianca, vistiendo un traje de campo, fu con Watson y Robledo 
visitar los canales, enterndose del curso de los trabajos, hablando
familiarmente con los peones, examinando el funcionamiento de las
mquinas perforadoras.

Poco despus estaba sucio de polvo de la cabeza  los zapatos, y sus
manos sintieron una comezn dolorosa al empezar  curtirse; pero
conoci al mismo tiempo la alegre confianza del que cuenta con un
medio seguro de ganar su vida.

Cerrada ya la noche, volvan diariamente los tres ingenieros  su
vivienda, donde encontraban la mesa puesta. Al principio se lament
Elena de la rusticidad de los platos y los cubiertos. Por iniciativa
suya, trajo la mestiza del Almacn del Gallego varios objetos
baratos, procedentes de Buenos Aires. Con esto y unas cuantas hierbas
ligeramente floridas, que los dos pajes cobrizos iban  buscar en la
ribera del ro, la mesa presentaba cada vez mejor aspecto. Se iba
notando en la casa la presencia de una mujer hermosa y elegante.

Una noche, mientras la cocinera traa el primer guiso, Elena se
despoj de una salida de teatro, que por ser algo vieja prestaba
servicios de bata. Al desprenderse de esta envoltura apareci
descotada, con un traje de fiesta un poco ajado, pero todava
brillante, recuerdo de sus tiempos felices.

Watson la mir con asombro, y Robledo hizo un gesto disimulado,
llevndose un dedo  la frente para indicar que la crea algo loca.

El marqus permaneci impasible, como si nada de su mujer pudiera
causarle extraeza.

--Siempre he comido con traje descotado--dijo Elena--, y no veo la
razn de modificar aqu mis costumbres. Sera para m un tormento.

Despus de la cena se desarrollaban largas conversaciones, en las
cuales la parte mayor corresponda  Robledo. ste hablaba con
predileccin de los hombres de vida interesante que haba visto
desfilar por la tierra de todos. Muchos de ellos llevaban corrido
casi todo el planeta antes de llegar  la Patagonia; otros acababan de
huir de Europa, ansiosos de aventuras, para forjarse una nueva
existencia.

Al desembarcar en Buenos Aires les salan al encuentro los mismos
obstculos del mundo que dejaban  sus espaldas. La gran ciudad era ya
vieja para ellos; abundaban los pobres en sus tugurios llamados
conventillos; resultaba tan difcil ganarse la vida en esta
metrpoli como en Europa. Algunas veces an era mayor la dificultad
que en el antiguo continente, por la gran concurrencia de
profesionales llegados de todas partes... Y se esparcan hacia los
sitios ms apartados de la Repblica, invadiendo los territorios
todava desiertos, donde se estaban realizando obras preparatorias
para la instalacin de las inmigraciones futuras.

--Los tipos que he visto pasar por aqu en pocos aos!--continuaba
Robledo--. Una vez me interes por cierto pen que tena la nariz roja
de los alcohlicos, pero guardaba en su persona un no s qu revelador
de un pasado interesante.

Era una ruina humana; pero igual  los palacios en escombros, cuya
historia se presiente por un fragmento de estatua  de capitel
descubierto entre los muros derrumbados, este hombre, que robaba  sus
camaradas y quedaba en el suelo como muerto despus de sus
borracheras, tena siempre en su decada persona un ademn  una
palabra que hacan adivinar su origen.

--Un da vi cmo por broma peinaba  uno de nuestros capataces y le
arreglaba los bigotes en punta,  estilo del kaiser Guillermo. Mand
que le diesen de beber todo lo que quisiera. Es el medio ms seguro de
que esos hombres hablen, y l habl. El borracho, avejentado
prematuramente, era un barn de Berln, antiguo capitn de la Guardia
imperial, que haba perdido al juegos sumas importantes confiadas por
sus superiores. En vez de matarse, como lo exiga su familia, se vino
 Amrica, rodando hasta lo ms bajo. Empez siendo general en el
Nuevo Mundo, y acab de pen ebrio y mal trabajador.

Al ver que Elena se interesaba por el personaje, Robledo continu
modestamente:

-Este alemn fu general en una de las revoluciones de Venezuela. Yo
tambin he sido general en otra Repblica y hasta ministro de la
Guerra durante veinte das; pero me echaron por parecerles demasiado
cientfico y no saber manejar el machete como cualquiera de mis
ayudantes.

Despus habl de otro pen igualmente ebrio, pero silencioso y triste,
que haba venido  morir en la Presa y estaba enterrado cerca del ro.
Robledo encontr papeles interesantes en el fondo de la lingera de
este vagabundo piojoso. Haba sido en su juventud un gran arquitecto
de Viena. Tambin encontr la vieja fotografa de una dama con peinado
romntico y largos pendientes, semejante  la asesinada emperatriz de
Austria. Era su esposa, y haba muerto en Khartoum, hecha pedazos por
los fanticos del Sudn, capitaneados por el Madh, cuando su marido
iba con el general Gordon. Otra fotografa representaba  un hermoso
oficial austraco, con la levitilla blanca muy ajustada al talle: el
hijo de aquel mendigo.

--Y es intil--continu Robledo--querer levantar  estos vagabundos.
Se les limpia, se les proporciona una existencia mejor, se les
sermonea para que beban menos y recobren sus facultades de hombres
inteligentes. Cuando ya estn repuestos y parecen felices, se
presentan una maana con el saco al hombro: Me voy, patrn; arrgleme
la cuenta. Nada se consigue hacindoles preguntas. Estn contentos,
no tienen de qu quejarse, pero se van. Apenas se sienten bien, el
demonio que los empuja para que rueden por la tierra entera vuelve 
acordarse de ellos. Saben que ms all de la lnea del horizonte se
levantan los Andes, y detrs de la cordillera de los Andes est Chile,
y despus la inmensidad del Pacfico con sus numerosas islas, y
todava ms lejos, los interesantes pases del macizo asitico...
Sienten el tirn de su mana ambulatoria que despierta. Vamos  ver
todo eso. Y se echan la lingera al hombro, para volver  sufrir
hambres y fatigas, para morir en un hospital  abandonados en un
desierto... Y cuando no mueren y pueden seguir marchando detrs de la
Ilusin que revolotea junto  sus ojos, vuelven por segunda vez  este
pas; pero es despus de haber dado la vuelta entera  la tierra.

Algunas noches los dos ingenieros hablaban de su propia existencia.
Watson tena poco que contar. Educado en California, haba empezado su
vida profesional en las minas de plata de Mjico, donde aprendi el
espaol, continundola despus en las del Per. Finalmente haba
pasado  Buenos Aires, conociendo en esta ciudad  Robledo y
asocindose  l para la empresa de Ro Negro.

El espaol no gustaba de recordar su existencia antes de establecerse
en la Argentina. Haba intervenido en revoluciones que despreciaba,
mezclndose en ellas nicamente por una necesidad de accin. Haba
emprendido tambin prodigiosos negocios, vindose al final engaado y
robado, unas veces por sus compaeros, otras por los gobiernos. Rudos
vaivenes de fortuna le haban hecho pasar de una abundancia absurda 
una miseria de vagabundo. Pero evitaba hablar de sus aventuras en
otros pases y sus relatos eran siempre sobre la vida que haba
llevado en Patagonia.

No poda olvidar un horrible sed sufrida en aquella altiplanicie que
empezaba al borde de la cortadura del ro Negro, extendindose hasta
el estrecho de Magallanes. Fu cuando renunci  servir al gobierno
argentino, lanzndose como ingeniero particular  la exploracin de
estas tierras solitarias, en busca de un buen negocio. Para evitarse
gastos haba emprendido la travesa del desierto con un slo pen
indgena y una tropilla de seis caballos del pas, capaces de
alimentarse con lo que encontrasen, sufridos animales que se iban
relevando en la tarea de llevar sobre sus lomos  los dos viajeros.

Contaba Robledo con el auxilio de un plano hecho por otros
exploradores, en el cual se marcaban las aguadas, nicos lugares
donde los expedicionarios podan detenerse.

Los aos anteriores haban sido de gran sequa. Al llegar  un pozo
encontr que el lquido era extremadamente salobre. l estaba
acostumbrado al agua de sal, que por un optimismo de los viajeros del
desierto figura como agua potable; pero la de este pozo resultaba
inadmisible para su estmago y el del mestizo acompaante.

Continuaron su marcha, confiando en la aguada que encontraran al da
siguiente. Este pozo no tena agua salobre, pero era porque estaba
completamente seco... Y se haban visto obligados  seguir avanzando 
travs de una llanura siempre inmensa, siempre igual, guindose por la
brjula y sufriendo una sed de nufragos, que les haca marchar con
la boca jadeante, los ojos desorbitados y una expresin de locura en
ellos.

Por respeto  Elena, aluda Robledo voladamente  los recursos de que
se haban valido el mestizo y l para no perecer, bebiendo sus propios
lquidos renales y los de sus caballos.

--Una mana atormentadora se apoder de m. Intent recordar todas las
veces que me haban invitado  beber en un caf sin que yo quisiera
admitir el lquido que me ofrecan: cerveza, aguas gaseosas, helados.
Haca memoria, igualmente, de todas las fiestas  que haba asistido
pasando con indiferencia ante una gran mesa llena de jarros y
botellas... Y yo me deca, perturbado por la fiebre, sin dejar de
marchar: Si entonces hubieses tomado todos los _bocks_ de cerveza,
todos los refrescos gaseosos, todos los helados que te ofrecieron y t
despreciaste, tendras ahora en tu cuerpo una reserva lquida
importante, pudiendo resistir mejor la sed. Y este clculo absurdo me
atormentaba como un remordimiento, hasta el punto de sentir deseos de
abofetearme por mi torpeza.

Robledo acababa describiendo su arribo--cuando los caballos ya no
podan avanzar ms-- un pozo de agua salobre, que fu el ms
delicioso de los lquidos bebidos en toda su existencia... Y al final
de este viaje no encontr nada. Los datos que le haban hecho creer en
un gran negocio eran equivocados. As haba que ir  la conquista de
la fortuna en Amrica, cuando se llegaba  ella con medio siglo de
retraso y todos los terrenos ricos, de fcil explotacin, estaban ya
ocupados, quedando nicamente los remotos y speros, que, algunas
veces, representaban la ruina y la muerte.

--De todos modos--continu--, los hombres seguirn viniendo  este
rincn del mundo. Aqu vive para ellos la esperanza, sin la cual
resulta intolerable la existencia... No hay ms que hacer memoria de
nuestro origen: usted es rusa, Federico italiano, Watson de los
Estados Unidos, yo espaol. Fjese tambin en la procedencia de
nuestros habituales visitantes: cada uno es de una nacionalidad
distinta. Lo que yo digo: sta es la tierra de todos.

La casa de los dos ingenieros era visitada diariamente, despus de la
cena, por los ms grandes personajes del campamento. El primero en
presentarse era Canterac, con sus ropas de corte militar, pero se
notaba en su persona mayor acicalamiento que antes de la llegada de
los Torrebianca. Luego vena Moreno, mostrando cierta turbacin
emotiva al saludar  Elena, enredndose la lengua y pronunciando
balbuceos, en vez de palabras. Finalmente llegaba Pirovani, con un
traje nuevo cada dos noches y llevando algn obsequio  la seora de
la casa.

Canterac rea de l por lo bajo, afirmando que haba frotado
largamente sus sortijas, su cadena de reloj y hasta los gemelos de sus
puos, antes de salir del _bengalow_, para deslumbrarlos  todos con
su brillo.

Una noche se present Pirovani vistiendo un traje de colores
detonantes que acababa de recibir de Baha Blanca, y con un manojo de
rosas enormes.

--Me las han trado hoy de Buenos Aires, seora marquesa, y me
apresuro  entregrselas.

Canterac mir al italiano hostilmente, y dijo por lo bajo  Robledo:

--Mentira; las ha encargado por telgrafo, segn afirma Moreno, que lo
sabe todo. Esta tarde envi un hombre  todo galope  la estacin,
para traerlas  tiempo.

La criada mestiza, ayudada por los dos muchachos, quitaba la mesa, y
la habitacin con tabiques de madera iba tomando el mismo aire que si
Elena diese una fiesta. Los tres visitantes, al hablarla, repetan con
cierto arrobamiento la palabra marquesa, como si les llenase de
orgullo verse amigos de una mujer de tan alta clase.

Elena no ocultaba cierta predileccin por Canterac. Los dos haban
vivido en Pars, en mundos distintos, aunque muy prximos. No se
haban encontrado nunca, pero acababan por recordar ciertas amistades
que les eran comunes.

Mientras ellos hablaban, Moreno fumaba resignadamente, cruzando
algunas palabras con Watson, y Pirovani conversaba con Robledo y
Torrebianca. El italiano no prestaba gran atencin  sus propias
palabras, espiando con ojos inquietos  la seora marquesa y su
acompaante.

La tertulia cambi totalmente de aspecto despus que Pirovani se
present con sus rosas.

En la noche siguiente estaban los cuatro sentados  la mesa y ms
silenciosos que otras veces. Elena se haba puesto para la cena uno de
sus trajes ms vistosos, que hasta resultaba algo audaz all en Pars.
Los tres ingenieros guardaban an sus ropas de campo y parecan
cansadsimos del trabajo de la jornada. Robledo bostez repetidas
veces, haciendo esfuerzos para mantenerse despierto. El marqus se
haba adormecido en su silla, dando ligeras cabezadas. Elena miraba
fijamente  Ricardo, como si no lo hubiese visto bien hasta entonces,
y l evitaba el encuentro con sus ojos.

Entr Pirovani llevando un gran paquete y vistiendo otro traje nuevo,
cuadriculado de diversos colores, como la piel de un reptil.

--Seora marquesa: un amigo mo de Buenos Aires me ha enviado estos
caramelos. Permtame usted que se los regale. Tambin van en el
paquete unos cigarrillos egipcios...

Elena mir risueamente el nuevo traje del contratista, agradeciendo
al mismo tiempo su regalo con remilgos y coqueteras.

A continuacin se present Moreno luciendo zapatos de charol, chaqu
de largos faldones y sombrero duro, lo mismo que si estuviera en la
capital y fuese  visitar al ministro.

Robledo, que se haba despabilado, mostr una admiracin irnica.

--Qu elegante!...

--Tuve miedo--contest el oficinista--de que el chaqu se me
apolillase en el cofre, y lo he sacado  tomar el aire.

Despus se acerc con timidez  Elena. Buenas noches, seora
marquesa! Y le bes la mano, imitando la actitud de los personajes
elegantes admirados por l en comedias y libros.

Ya no quiso separarse de la duea de la casa, iniciando una
conversacin aparte, que pareci indignar  Pirovani. Al fin ste se
levant de su silla, necesitando protestar de tan descomedido
acaparamiento, y dijo  Robledo:

--Ha visto usted cmo viene vestido ese muerto de hambre!...

No haban terminado an las sorpresas de aquella noche: faltaba la ms
extraordinaria.

Se abri la puerta para dar paso  Canterac; pero ste permaneci
inmvil en el quicio algunos momentos, deseoso de que todos le viesen
bien.

Iba vestido de _smoking_, con pechera dura y brillante, y mostraba
cierta indolencia aristocrtica al andar, lo mismo que si entrase en
un saln de Pars. Salud  los hombres con un movimiento de cabeza
ceremonioso y protector, besando despus la mano  Elena.

--Yo tambin, marquesa, siento ahora la necesidad de vestirme cuando
llega la noche, lo mismo que en otros tiempos.

Agradecida la Torrebianca  este homenaje, volvi la espalda  Moreno
y ofreci una silla al recin llegado, junto  ella. Toda la noche
habl preferentemente con el francs, mientras Pirovani permaneca en
un rincn, no ocultando su clera, y mostrndose al mismo tiempo
anonadado por la elegancia de Canterac.

Transcurrieron cuatro noches sin que el contratista se presentase en
la casa. Despus de la primera, Moreno se sinti interesado por tal
ausencia, y fu al domicilio de Pirovani para hacer averiguaciones.
Por la noche di la noticia  Robledo:

--Tom el tren para Baha Blanca sin avisar  nadie. Debe traer entre
manos algn negocio gordo.

Y continuaron las tertulias sin otra novedad. El francs, siempre
vestido de _smoking_, era el preferido por Elena en sus
conversaciones. Moreno, al llegar la noche, se pona el chaqu, sin
otro resultado que dialogar con Torrebianca. Este acab por salir una
noche de su cuarto vestido tambin de _smoking_, y al hacer Robledo
gestos de extraeza, se excus sealando  su esposa.

Cuando en la quinta noche entr Moreno, se apresur  hablar.

--Gran noticia! Pirovani ha vuelto al anochecer. Creo que le veremos
aqu de un momento  otro.

Como el contratista era la novedad de esta velada, todos esperaron su
aparicin.

Al abrir la puerta qued inmvil en el quicio unos momentos--lo mismo
que haba hecho el otro--, para darse cuenta del efecto producido por
su llegada. Iba vestido de frac; pero un frac extraordinario y
deslumbrante, cuyas solapas estaban forradas con seda labrada de
gruesas y tortuosas venas, iguales  las de la madera, y llevaba,
adems, un chaleco blanco ricamente bordado. En una solapa luca una
gardenia. Sobre la pechera ostentaba una perla enorme, adems de la
ancha cinta sostenedora de un monculo inutil.

Su aspecto era solemne y magnfico, como el de un director de circo 
un prestidigitador clebre. Haca esfuerzos por mantenerse sereno y
que nadie adivinase su emocin. Saludo  los hombres con varonil
altivez y se inclin ante la seora marquesa, besndole una mano.

Los ojos de ella brillaron con una sorpresa irnica. Todo lo de
Pirovani la haca sonreir. Pero acab por agradecer esta
transformacin realizada en su honor, y acogi al contratista con
grandes muestras de afecto, hacindole sentar  su lado.

Canterac se apart, visiblemente ofendido por esta predileccin.

Moreno hablaba  Robledo como escandalizado, sealando el frac de
Pirovani:

--Y para ese gran negocio emprendi su viaje con tanto misterio!...

El espaol se alej de l para hablar con Watson. ste pareca
aturdido an por la entrada teatral del italiano, y le admiraba
conteniendo su risa.

--Despus del _smoking_, el frac--murmur Robledo--. El Carnaval se
extiende por el desierto, y esta mujer va  volvernos locos  todos.

Mir el traje del norteamericano, que era igual al suyo: un traje de
campo, til para los trabajos al aire libre,  hizo una comparacin
muda con el aspecto que presentaban los dems.

Luego pens:

Qu perturbacin una hembra como sta cayendo entre hombres que
viven solos y trabajan!... Y an ocurrirn tal vez cosas peores.
Quin sabe si acabaremos matndonos por su culpa!... Quin sabe si
esta Elena ser igual  la Elena de Troya!...

       *       *       *       *       *




#VII#


--Otro matecito, comisario?

Don Carlos Rojas estaba en la habitacin principal de su estancia,
sentado  la mesa con don Roque, el comisario de Polica del pueblo.
Una muchachita mestiza se mantena erguida junto  ellos, mirndolos
con sus ojos oblicuos, en espera de rdenes.

Los dos tenan en su diestra la calabacita llena de mate, y chupaban
el lquido oloroso con un canuto de plata llamado bombilla. Apenas
se daba cuenta la mestiza por el burbujeo de los canutos de que
escaseaba el lquido, corra  un fogn inmediato, trayendo la
Pars, tetera de agua hirviente, para llenar  chorro las dos
calabacitas repletas de hierba mate.

Hablaban lentamente, interrumpiendo sus palabras para chupar. Rojas
haca esfuerzos por contener su clera. El da anterior le haban
robado un novillo, y l atribua esta mala hazaa  Manos Duras,
ganoso de apropiarse los animales ajenos para venderlos en la Presa.
Este robo le perjudicaba doblemente, pues adems de ganadero era
abastecedor de carne del pueblo, considerando dicha venta como uno de
los mejores rendimientos de su estancia.

Al presentarse el comisario, llamado por l para que conociese el
robo, haba vuelto  recontar sus novillos. Era indudable que le
faltaba uno. Y se enardeca al hablar con don Roque, lamentndose de
la audacia de Manos Duras y afirmando que en Ro Negro no haba
justicia.

--Tres veces lo he enviado preso  la capital del territorio--dijo el
comisario con desaliento--, y siempre vuelve libre, por falta de
pruebas. Qu podemos hacer nosotros?... Nadie quiere declarar contra
l.

Como Rojas insistiese en sus protestas, don Roque aadi para
calmarle:

--Voy  ver si esta vez consigo probar su delito. Le garanto, don
Carlos, que har cuanto pueda.

Y se lament de los escasos medios coercitivos de que poda disponer.
Toda la tropa  sus rdenes eran cuatro policas indolentes, con
uniformes viejos y sin ms armas que largos sables de caballera. Los
habitantes del pas, mejor pertrechados, les prestaban sus carabinas
cuando haban de perseguir  algn bandolero. Sus caballos eran los
ms flacos y peor alimentados de toda la comarca.

--Vivimos en una nacin federal--sigui diciendo el comisario--, y
nicamente las provincias, por ser autnomas, tienen bien organizada
su polica. Las autoridades de los territorios dependemos del gobierno
de Buenos Aires, y al vivir tan lejos nos olvidan, y slo podemos
contar con aquello que improvisamos.

La crtica del abandono en que vivan los territorios llev
insensiblemente  los dos argentinos  ensalzar por comparacin las
grandezas del resto de su pas.

--Aqu estamos olvidados y hechos unos salvajes--continu don Roque--;
pero esto no es mas que la Patagonia, y hace unos aos nada ms que
empez en ella la civilizacin. En cambio, compaero, cmo ha
adelantado el resto de nuestro pas en menos de medio siglo!...
Pucha! Qu cosa brbara!

Acabaron por olvidar sus preocupaciones inmediatas para no ver mas que
la parte de la Repblica que haba progresado vertiginosamente. Al
final alabaron del mismo modo la tierra en que vivan. Don Roque,
patriota optimista y de un entusiasmo receloso, presenta enemigos en
todas partes.

--Esta Patagonia, ahora desierta, ver usted qu linda se nos pone
dentro de unos aos, cuando sus tierras sean regadas. Fu una
verdadera suerte que su aspecto pareciese tan feo  los de Europa. Por
eso es nuestra an y no nos la han robado.

Y contaba  Rojas lo que haba ledo en peridicos y libros.

--Hace aos, un gringo muy mentado, al que llamaban don Carlos Darwin
(el mismo que descubri que todos venimos del mono), anduvo por estos
pagos. Era joven y haba desembarcado en Baha Blanca de una fragata
de guerra inglesa que daba la vuelta al mundo. Quera estudiar las
plantas y los animales de aqu; pero encontr poco que hacer, pues no
abundaban entonces las unas ni los otros. Al fin parece que se march
desesperado, y di  este pas el ttulo de Tierra de la
Desolacin... Nos hizo un favor el gringo. Si llega  enterarse de lo
que es esta tierra cuando la riegan, nos la roban los ingleses, como
nos robaron las islas Malvinas, que ellos llaman de Falkland.

Rojas tambin evocaba el pasado, para lamentar la ceguera de sus
abuelos y sus padres. Haban tenido el defecto de ser ricos en la
poca que an no se haban creado las fortunas ms grandes de la
Argentina.

Fu esto despus de 1870, cuando el gobierno de Buenos Aires, cansado
de tolerar las rapias de los indios salvajes y ladrones casi  las
puertas de su capital, haba completado la obra conquistadora de los
antiguos espaoles enviando al desierto una expedicin militar, que se
enseore de veinte mil leguas de terreno, casi todo l laborable.

--El gobierno daba la legua  quinientos pesos, y el peso de entonces
slo vala unos centavos. Adems, conceda varios aos de plazo para
el pago, y hasta insertaba en el diario oficial el nombre del
comprador, declarndolo benemrito de la patria. Los soldados de la
expedicin recibieron tambin, como recompensa, leguas de terreno,
cuyo ttulo de propiedad vendan despus  los bolicheros  cambio de
ginebra  comestibles. Y estas tierras son las que ahora surten de
trigo y de carne  medio mundo y han visto levantarse sobre ellas
tantos pueblos y ciudades. La legua que cost unos centavos vale hoy
millones. Muchos de los que poseen esas tierras no han tenido otro
mrito que guardarlas improductivas, sin querer venderlas, esperando
la inmigracin europea que las hiciese prosperar. Como mis
ascendientes eran ricos antiguos en aquella poca y posean una gran
estancia, no quisieron adquirir campos nuevos. Qu desgracia!...

Olvidaba Rojas sus despilfarres, que haban consumido la mejor parte
de la herencia paternal, para acordarse nicamente de la fortuna
enorme que podan haber improvisado sus ascendientes aprovechando,
como tantos otros, la rpida expansin del pas.

Una visita vino  interrumpir la pltica de los dos argentinos.
Celinda entr en la habitacin con falda de amazona, di un beso  su
padre y salud  don Roque. Aprovechando ste los breves momentos en
que desapareci el estanciero para volver con una caja de cigarros,
dijo  la joven, mirando maliciosamente su falda:

--Por el campo va usted vestida de otro modo.

Sonri Celinda, amenazndole despus con un ademn gracioso para que
guardara silencio.

--Cllese--dijo--, no sea que le oiga mi viejito.

Mientras los dos hombres encendan sus cigarros, volviendo  hablar de
Manos Duras y la necesidad de perseguirlo, Celinda abandon la
estancia, montando un caballo con silla femenil.

Media hora despus galopaba por las inmediaciones del ro, pero en
otro caballo y vestida de hombre. Vi un grupo de jinetes que venan
hacia ella y se detuvo para reconocerlos.

El ingeniero Canterac, deseoso de inspirar mayor inters  la marquesa
de Torrebianca, la haba invitado  un paseo por las inmediaciones del
ro, para que conociese las obras realizadas bajo su direccin. En
este paseo podra apreciar Elena su importancia de primer jefe del
campamento, viendo adems cmo era obedecido por centenares de
hombres.

Ella y el francs hacan trotar sus cabalgaduras  la cabeza del
grupo. Detrs vena Pirovani, mantenindose mal sobre su caballo y
esforzndose por introducirlo entre los caballos de los dos. Cerraban
la marcha el marqus, Watson y Moreno.

Al pasar Elena y Canterac frente  Celinda, las dos mujeres se
miraron. La marquesa sonri  la otra, como si quisiera entablar
conversacin; pero la joven permaneci ceuda y con ojos severos.

--Es una nia--dijo el ingeniero--muy traviesa y juguetona, y aunque
tiene cierto aspecto de muchacho, la creo capaz de trastornar la
cabeza  cualquier hombre. Muchos la llaman Flor de Ro Negro.

Elena, ofendida por la actitud de la hija de Rojas, la miraba ahora
orgullosamente.

--Tal vez sea una flor--dijo--, pero demasiado silvestre.

Y sigui adelante, escoltada por sus dos admiradores.

Esta breve conversacin fu en francs, y Celinda slo pudo comprender
algunas palabras; pero adivin que la otra haba dicho algo contra
ella,  hizo una mueca de desprecio asomando su lengua entre los
labios.

Pasaron  continuacin los jinetes del segundo grupo. El marqus
salud ceremoniosamente  la joven. Moreno no se fij en ella, pues
slo tena ojos para vigilar el lejano grupo en que iba la marquesa.

Ricardo Watson fingi no entender los gestos de Celinda, indicndole
con sus ademanes que se vea obligado  seguir  los dems.

Le dej ella marcharse haciendo un mohn de contrariedad; pero
arrepentida luego, tir de las riendas  su caballo, obligndole  dar
una vuelta en redondo para seguir al grupo.

Al mismo tiempo que trotaba busc con su diestra en el delantero de la
silla el rollo del lazo, arrojando ste contra su amigo. Despus fu
recobrando la cuerda, y Watson, para no verse derribado, tuvo que
detenerse y acab por retroceder, mientras sus dos compaeros seguan
adelante, sin darse cuenta del incidente.

Lleg Ricardo adonde estaba la joven, teniendo an el lazo apretado
sobre sus hombros. Poda haberse desprendido de l, continuando su
camino; pero se mostraba indignado por semejante broma y prefera
hablar inmediatamente  la revoltosa muchacha.

--Venga usted aqu--dijo ella sonriendo, mientras recoga dulcemente
casi toda la cuerda--. Cmo se atreve  ir con esa... mujer, sin
pedirme antes permiso?

El ingeniero contest con una voz hostil:

--Usted no tiene ningn derecho sobre m, seorita Rojas, y yo puedo
ir con quien quiera.

Palidecio Celinda al notar el tono inesperado con que le hablaba el
joven; pero se repuso de esta mala impresin, recobrando su
jovialidad. Despus dijo, imitando la voz grave del otro:

--Seor Watson: yo tengo sobre usted el derecho indiscutible de que su
persona me interesa, y no puedo tolerar que vaya mal acompaado.

El norteamericano, vencido por la cmica seriedad con que dijo ella
estas palabras, acab por reir. Celinda ri tambin.

--Ya conoce usted mi carcter, gringuito... No me da la gana que vaya
con esa mujer. Adems, es demasiado vieja para usted... Jreme que me
obedecer. Slo as puedo dejarle libre.

Watson jur solemnemente con una mano en alto, mientras haca
esfuerzos por mantenerse serio, y ella le sac el lazo de los hombros.
Despus guiaron sus caballos en direccin opuesta  la que haban
seguido Elena y su cortejo de jinetes.

A partir del da en que el ingeniero francs mostr  la marquesa las
obras realizadas en el ro, haciendo alarde de su autoridad sobre los
trabajadores, Pirovani se sinti humillado y deseoso de tomar el
desquite.

Una maana, acodado en la barandilla exterior de su vivienda, crey
haber descubierto el medio de vencer  su rival.

Media hora despus lleg frente  la casa un capataz de los que
Pirovani tena  su servicio y al que confiaba siempre las misiones
difciles.

Era un chileno avispado y muy gil para salir de apuros, al que sus
compatriotas apodaban el _Fraile_ por haber sido sus maestros los
dominicos de Valparaso. El _Fraile_ posea sus letras y mostraba
cierta aficin al empleo de palabras raras, acentundolas
arbitrariamente, segn las reglas de su capricho. Tena la voz melosa,
el ademn extremadamente corts, gustaba de ingerir frases poticas en
su conversacin, y haba hudo de la tierra natal por dos cuchilladas
mortales dadas  un amigo.

Lleg  caballo, adivinando que el aviso del patrn deba ser para un
viaje largo. Desmont, y Pirovani fu  su encuentro, dndole
palmaditas en la espalda para hacer patente de este modo la confianza
afectuosa que pona en l. Unas veces le llamaba chileno con tono
carioso; otras, roto, denominacin irnica que se da  s mismo el
populacho de Chile.

--Oye, roto; vas  ir  todo galope  la estacin. El tren para Buenos
Aires pasar antes de dos horas, y es preciso que no lo pierdas.

El _Fraile_, siempre impasible y sonriente, no pudo reprimir un gesto
de asombro al enterarse de que lo enviaban  Buenos Aires.

--Cuando llegues all--continu Pirovani--, entregars esta lista 
don Fernando, mi representante. T lo conoces. Dile que haga las
compras en seguidita, que te entregue los paquetes, y tomas el tren
unas horas despus. Te doy cinco das para ir y volver.

Puso el chileno un rostro grave al escuchar estas rdenes. Deba ser
una misin de gran importancia la que le confiaba su patrn, y se
sinti orgulloso de que hubiese pensado en l.

Pirovani le entreg un puado de billetes de Banco para los gastos de
viaje y le dijo adis, volviendo la espalda con la gallarda de un
general que acaba de dictar la orden decisiva del triunfo.

Baj el _Fraile_ los escalones, frunciendo su entrecejo con expresin
pensativa:

Debe ser un pedido de herramientas muy urgentes para el trabajo...
Tambin es posible que me enve por dinero...

Al ver que Pirovani se haba metido en su casa, no quiso buscar
mentalmente nuevas explicaciones y abri el sobre que acababa de
recibir, empezando  leer su contenido en medio de la calle.

Sus ojos pasaron por varios renglones, sin comprenderlos.

Una docena de frascos de Jardn Encantado.

Idem dem de Ninfas y Ondinas.

Seis docenas de cajas de jabn Claro de Luna.

El capataz continu la lectura de las diversas hojas que componan el
cuaderno. Al fin empez  entender su texto, y esta comprensin sirvi
para aumentar su asombro, Y para eso le enviaban  Buenos Aires, con
orden de volver inmediatamente!...

--Padre San Francisco!--murmur--. Esto no puede ser para una sola
hembra. Esto es para todo el harn del Gran Turco.

Pero como le placa el viaje  Buenos Aires, aunque slo quedase all
unas horas, mont  caballo alegremente, saliendo  todo galope para
no llegar tarde  la estacin.

De todos los que visitaban por la noche  la marquesa de Torrebianca,
el ms tranquilo en apariencia era Moreno. Como sus trabajos
administrativos slo le ocupaban verdaderamente una vez por semana,
pasaba el resto de ella leyendo en la casita de madera donde tena su
oficina. Era un lector vido  incansable, capaz de tragarse una
novela cada veinticuatro horas, y  veces dos. Su aficin  los
relatos novelescos de todas clases era antigua; pero se haba
exacerbado en la Presa  causa de las largas horas de soledad. Todos
se iban  trabajar en las inmediaciones del pueblo, dejndolo solo en
su rstico despacho.

Despus de la llegada de los marqueses de Torrebianca sus
predilecciones literarias, indeterminadas hasta entonces, se
concretaron en pro de las fbulas que se desarrollan en un ambiente
aristocrtico, teniendo por hroes  personajes del llamado gran
mundo.

l poda juzgar ahora idneamente de la verosimilitud de tales
historias, pues se rozaba con personas de la ms alta sociedad de
Pars.

Algunas veces cesaba de leer y pona su mirada en el techo con una
expresin de xtasis. El deseo pareca cantar dentro de su crneo:

Ser hroe de novela!... Verse amado por una gran seora!

Una tarde, cuando menos lo esperaba, Moreno vi llegar frente  su
casa al ingeniero Canterac montado  caballo. A tales horas estaba
siempre vigilando las obras del dique. Algo muy importante deba
ocurrir para que el capitn viniera  buscarle.

Se acerc el jinete  la ventana junto  la cual lea el oficinista y
di la mano  ste inclinndose sobre su montura. Teniendo por
intiles los prembulos, dijo inmediatamente, con una sequedad
militar:

-He venido  verle cuanto antes para que pueda aprovechar el correo de
hoy... Quiero hacer un obsequio  la marquesa. La pobre carece de todo
en este desierto, y como usted recordar, nos habl hace poco de lo
qu sufre por no tener aqu perfumera de Pars.

El ingeniero sac de un bolsillo varios papeles para drselos 
Moreno.

--Es un extracto de todos los catlogos de Buenos Aires que ha podido
proporcionarme el gallego del boliche. Por cierto que tard mucho en
encontrarlos. Deba habrmelos entregado hace tres das, para que
usted aprovechase el otro tren... Pero, en fin, vamos  lo que
importa. Como usted tiene tantas amistades en Buenos Aires, escriba
all para que enven todo eso, y descunteme su importe de mi sueldo
de este mes.

Moreno tom los papeles, haciendo signos afirmativos.

--Creo--sigui diciendo el ingeniero--que no se me adelantar en este
obsequio el tal Pirovani, que cada vez resulta ms insufrible.

Al marcharse Canterac hacia las obras del dique, Moreno empez 
examinar los papeles. Sus ojos se dilataron de asombro, tomando casi
la misma forma circular de las gafas con montura de concha que los
cubran.

Era una largusima lista, no slo de perfumes y jabones, sino de toda
clase de objetos de tocador. El capitn haba entrado por las pginas
de los catlogos como en tierra recin descubierta, haciendo suyo lo
que encontraba al paso.

--Hay aqu por valor de ms de mil pesos--se dijo el oficinista--, y
el ingeniero slo cobra seiscientos al mes.

Su austeridad de hombre de nmeros, metdico y prudente, le hizo
indignarse contra esta falta de equilibrio entre los ingresos y los
gastos. Pero acab por sonreir, encontrando natural el despilfarro.
La marquesa era tan interesante!... Adems, una seora de su alcurnia
no poda llevar la misma vida de privaciones de las mujeres del vulgo.

Pas Moreno el resto de la tarde inquieto y pensativo. Varias veces
intent reanudar la lectura de la novela que traa entre manos, pero
el volumen acababa siempre por caer sobre su mesa, cubierta de papeles
administrativos. Al fin busc entre estos papeles un pliego de carta,
y frunciendo el ceo con la expresin recelosa de un nio que teme ser
cogido en plena mentira, empez  escribir:

Mi morocha linda: Envame lo antes posible, en un paquete, el traje
de fraque que me hice cuando nos casamos. La vida ha cambiado aqu
completamente. Grandes personajes nos visitan con frecuencia, hay
muchas fiestas, y yo deseo presentarme con un aspecto bien como el que
ms. Esto puede ayudarme en mi carrera y...

Se detuvo Moreno para rascarse la cabeza con el mango de la pluma.
Luego sigui escribiendo, con el mismo gesto infantil de inquietud y
remordimiento, hasta llenar las cuatro pginas de la carta.

Todas las noches, en la tertulia de la marquesa, mostraba ahora
Pirovani el gesto preocupado del que desea proponer algo y cuando va 
hablar se siente enmudecido por la emocin.

Despus de una semana de dudas se decidi  formular su deseo,
precisamente la noche en que el oficinista esperaba conseguir el mayor
xito de su vida.

Elena llevaba uno de sus trajes descotados,  los que agregaba 
quitaba adornos para que diesen diariamente una impresin de novedad.
El ingeniero francs y Torrebianca iban puestos de _smoking_ y
Pirovani segua ostentando su majestuoso frac... Pero ya no era el
nico en lucir esta prenda. Moreno se haba presentado  ltima hora
con el frac enviado por su mujer, pieza modesta que revelaba tener
algunos aos de vida. Pero de todos modos era un frac, y el del
contratista haba perdido el privilegio de ser nico, lo que puso
nervioso  su poseedor, dndole nuevos nimos para expresar sus
deseos.

Watson y Robledo vestan trajes obscuros. Los dos se haban visto
obligados  cambiar de ropa todas las noches, para no parecer
inarmnicos--como deca el espaol--en medio de esta elegancia
absurda creada por la presencia de Elena.

Como el norteamericano estaba fatigado de su trabajo en los canales,
tuvo que sofocar numerosos bostezos, y al fin se levant para
retirarse  su dormitorio. Elena le miraba ahora con inters, y no
ocult su despecho al ver que desapareca, saludndola framente, como
si nada le importase alejarse de ella.

El aquel momento Canterac estaba retenido por su conversacin con el
marqus, Moreno hablaba con Robledo, y  Pirovani le pareci oportuno
no dejar que transcurriese ms tiempo sin exponer  Elena lo que
pensaba.

--Tema hablar, seora marquesa; pero al fin me decido, y all va!...
Este marco es indigno de su hermosura y su elegancia.

Y el contratista abarc con una mirada de desprecio la habitacin y
todos sus muebles.

--Si usted quiere, desde maana puede instalarse en mi casa. Suya es.
Yo me alojar en la vivienda de uno de mis empleados.

No mostr Elena gran asombro. Pareca que esperase desde mucho antes
esta proposicin, como si ella misma se la hubiese sugerido lentamente
al contratista. Pero no por ello dej de hacer gestos de protesta, al
mismo tiempo que sonrea y acariciaba con sus ojos  Pirovani.

Finalmente pareci ablandarse, y prometi que estudiara la
proposicin, consultando  su esposo antes de decidirse.

Esta consulta fu al da siguiente, mientras Robledo y Watson se
hallaban en las obras de los canales.

Torrebianca,  pesar de la sumisin con que acoga ordinariamente las
proposiciones de su mujer, se mostr escandalizado. Le era imposible
aceptar la generosidad de Pirovani.

--Qu pensar la gente al ver que nos cede una casa que es su
orgullo?...

Y mova su cabeza con enrgicas negativas. Surgi en su interior una
repulsin de casta, al pensar que pudiera protegerle aquel compatriota
de gustos ordinarios. No le era antiptico; pero nunca le admitira
como un igual.

Elena acab por irritarse, cansada de sus protestas.

--Tu amigo Robledo nos protege, y sin embargo no se te ocurre por eso
que pueda murmurar la gente... Qu tiene de extraordinario que un
amigo nuevo nos demuestre su simpata cedindonos su casa?

Estaba tan acostumbrado Torrebianca  obedecer  su esposa, que
bastaron las ltimas palabras de ella para quebrantar su resistencia.
Sin embargo, an insisti en sus negativas, y Elena aadi para
convencerle:

--Comprendo tus escrpulos, si la casa fuese regalada; pero es
simplemente alquilada. As se lo he dicho  Pirovani. T le pagars el
alquiler cuando la empresa dirigida por Robledo retribuya tus
trabajos.

El marqus lo acept todo al fin, con un gesto de resignacin. Pareca
ms viejo y ms desalentado, como si le royese lentamente una dolencia
moral.

--Hgase lo que t quieras. Mi nico deseo es verte feliz.

Al da siguiente visit su esposa la casa de Pirovani, para conocerla
por entero antes de proceder  su instalacin en ella.

La recibi el contratista en lo alto de la escalinata, acompandola
despus por las diversas habitaciones, plido de emocin al verse 
solas con la seora marquesa. sta, para darse aires de duea,
orden inmediatamente  la servidumbre que cambiase algunos muebles de
sitio. El italiano elogi su buen gusto de gran dama, guiando un ojo
 la mestiza, su ama de llaves, para que se uniese  esta admiracin.

Llegaron al dormitorio que haba sido del italiano y en adelante sera
de ella. Encima de todos los muebles haba grandes paquetes en papel
fino, atados y sellados de los que se desprendan gratos olores. Los
fu abriendo el contratista, y quedaron visibles docenas de frascos
de esencias y de cajas de jabn, as como otros artculos de tocador;
todo el encargo enorme hecho  Buenos Aires, que pareca acariciar los
ojos con el brillo de sus botellitas de cristal tallado, de sus
estuches con forros de seda y pieles finas, de sus etiquetas de oro,
al mismo tiempo que cosquilleaban el olfato unos perfumes de jardn
sobrenatural.

Ella iba de asombro en asombro, y acab por reir, lanzando
exclamaciones alegres  irnicas.

--Qu generosidad!... Hay para poner una tienda de perfumista.

Pirovani, cada vez ms plido, enardecido por esta sonrisa y por la
soledad, intent aproximar su boca  la de ella, besndola. Pero como
Elena esperaba desde mucho antes este ataque, le fu fcil repelerlo
avanzando sus dos manos enrgicamente,  la vez que deca:

--Eso equivale  quererme hacer pagar el alquiler de la casa, como un
vil comerciante. En tal caso, ya no hay regalo. Y yo que le crea 
usted un _gentleman_!...

Sinti cierta lstima al darse cuenta de la confusin de Pirovani. El
pobre tema no haber procedido con el tacto de un hombre elegante.
Para consolarlo puso su mano derecha junto  la boca de l.

--Contntese con esto--dijo.

El italiano bes la mano con entusiasmo, y fueron tan repetidos sus
besos, que al fin tuvo ella que retirarla, amenazndole con un dedo
para que guardase prudencia.

Luego continu la visita de la casa, llevando al contratista tras de
sus pasos. Pareca arrepentido de su audacia y arrepentido al mismo
tiempo de la docilidad con que haba obedecido  aquella mujer.

Pero por encima de tan opuestos sentimientos paladeaba una sensacin
de triunfo al recordar el contacto de aquella mano fina y olorosa.
Esto le hizo persistir mentalmente en su opinin:

Oh, las grandes seoras!... No hay mujeres como ellas.

       *       *       *       *       *




#VIII#


El aspecto de la casa de Pirovani cambi mucho al instalarse en ella
los Torrebianca.

Las ventanas lucan ahora,  travs de sus vidrios, unas cortinas
flamantes. Ya no se mostraban en las galeras exteriores las
domsticas mal vestidas y realizando al aire libre ciertos trabajos de
limpieza. La presencia de aquella seora tan hermosa y elegante haba
impuesto  la servidumbre nuevos cuidados personales. Hasta la gorda
Sebastiana iba vestida todos los das de domingo, como decan sus
amigas.

Otra novedad conoci el vecindario de la Presa con la instalacin de
Elena en la casa del contratista. El saln de Pirovani tena un piano
de media cola, que haba permanecido cerrado hasta entonces. Lo compr
el italiano en Buenos Aires por complacer  un compatriota suyo, dueo
de un almacn de instrumentos de msica. Adems le haban dicho que un
saln distinguido no est completo si carece de un piano, pero con
cuerdas horizontales y la tapa  medio levantar. Y compr el valioso
instrumento, sin esperanza de que llegase  la Presa un visitante
capaz de utilizarlo.

Elena, que en sus horas de soledad era una fumadora insaciable, cuando
se cansaba de ir con el cigarrillo en la boca de una  otra pieza
examinando los adornos y comodidades de su nueva casa, abra el piano,
dejando que sus dedos corriesen sobre las teclas. As pasaba las
horas, recordando romanzas de su juventud, casi ignoradas por la
generacin que haba seguido  la suya,  repitiendo la msica que era
de moda cuando ella huy de Pars.

Muchas veces, entusiasmada por estas evocaciones del pasado, senta la
necesidad de unir su voz  la del instrumento. Sus cantos hacan que
Sebastiana y las otras criadas abandonasen los trabajos en el corral,
avanzando lentamente hacia el interior de la casa con la expresin de
amansamiento de las bestias subyugadas por la voz y la lira de Orfeo.

Una parte del vecindario senta igualmente esta atraccin. Apenas
cerrada la noche, cuando los trabajadores haban terminado su cena,
muchos chiquillos y mujeres se encaminaban  la casa de Pirovani,
sentndose en el suelo  alguna distancia de ella, para contemplar las
ventanas, levemente teidas de rojo. Si algunos nios impacientes
empezaban  perseguirse en sus juegos, las madres les imponan
silencio:

--Callad, malditos, que la seora va  cantar!...

Y se estremecan con una emocin religiosa al oir los sonidos del
piano y la voz de Elena. Era como la meloda de un mundo lejansimo
que iba llegando  travs de las paredes de madera hasta esta
muchedumbre simple de gustos, que en punto  msica llevaba varios
aos sin oir otra que la de las guitarras del boliche.

Algunos hombres venan  unirse al pblico rudo, enardecidos por un
sentimiento en el que se mezclaban la admiracin y el deseo. Los
mismos que haban mirado con indiferencia  la nia de la estancia de
Rojas por parecerles un muchacho, se entusiasmaban viendo pasar 
caballo, con falda de amazona,  la marquesa de Torrebianca.

--Eso es una mujer... Vaya unas curvas!

Y al oir su canto, quedaban como embobados por una delicia voluptuosa.
Segn ellos, slo una mujer de gran hermosura poda cantar as.

Una semana despus de haberse instalado los Torrebianca en la nueva
vivienda anunci Sebastiana  sus amigas que la seorona,  partir de
aquella noche, iba  recibir diariamente  sus amistades, lo mismo que
hacan las damas ricas de Buenos Aires. Este anuncio sirvi para que
las comadres de la Presa se imaginasen algo nunca visto; y despus de
la cena empezaron  formarse grupos de curiosos frente  las ventanas
iluminadas. Algunas mujeres se ponan una mano junto al odo pura
escuchar mejor, imponiendo silencio  las compaeras con sus codazos.
Elena, sentada al piano, cantaba romanzas sentimentales mientras iban
llegando sus invitados.

Los primeros en presentarse fueron el ingeniero francs y Moreno. Este
ltimo, para completar el frac, oculto bajo su gabn, haba credo
necesario ponerse un sombrero de copa. l no era como Pirovani, que se
presentaba vistiendo traje de etiqueta y tocado con un sombrero
flexible. La seora marquesa, por ser dama del gran mundo, deba
haberse fijado, indudablemente, en estas faltas de elegancia.

Canterac, al pisar el primer peldao de madera, se detuvo para decir 
su compaero:

--No deba entrar. Esta casa pertenece al intrigante Pirovani, hombre
que aborrezco... Pero temo que la marquesa se queje si no me ve en su
reunin.

Moreno, que era amigo de todos y no llegaba  enfadarse
verdaderamente con nadie, crey necesario defender al ausente.

--Si ese italiano es una buena persona!... Tengo la certeza de que le
quiere  usted mucho.

Pero Canterac no poda admitir palabras conciliadoras.

--Es un hombre falto de tacto, que se empea en atravesarse en mi
camino... Esto acabar mal para l.

Entraron en la casa, y el marqus vino  saludarles en el
recibimiento. Luego pasaron al saln, quedando los tres inmviles,
mientras Elena continuaba su canto como si no los hubiese odo llegar.

Otros dos invitados se encontraron frente  la casa: Robledo y
Pirovani. ste llevaba un gabn de pieles nuevo sobre el frac y se
cubra con un sombrero de copa no menos flamante, pedido  Baha
Blanca por telgrafo, como si un duende familiar le hubiese avisado
los malos comentarios de su amigo Moreno.

De los grupos de curiosos, medio ocultos en la sombra, partieron risas
y cuchicheos. Unos se burlaban del tubo de seda brillante que el
contratista se haba puesto en la cabeza; otros lo admiraban con
orgullo egosta, como si el tal sombrero aumentase la importancia de
la vida en el desierto.

--Vengo de visita  mi propia casa--dijo Pirovani con el deseo de que
el otro admirase su generosidad.

--Ha hecho usted mal en cederla--se limit  contestar Robledo.

El italiano tom un aire de hombre superior.

--Convendr usted en que su casa no era la ms adecuada para que
viviese en ella tan gran seora. Yo, aunque no he estudiado, conozco
los deberes de un hombre de buena educacin, y por eso...

Robledo levant los hombros y sigui adelante, como si no quisiera
escucharlo. El contratista march detrs de l, y, sealando una de
las ventanas iluminadas, dijo con entusiasmo:

--Qu voz de ngel!... Qu alma de artista!

Volvi Robledo  levantar los hombros, y los dos entraron en la casa.

Al llegar al saln se unieron  los tres varones que escuchaban
inmviles y apenas Elena hubo lanzado la ltima nota de su romanza, el
italiano empez  aplaudir y  dar gritos de entusiasmo. Canterac y el
oficinista, por no ser menos, prorrumpieron igualmente en
manifestaciones de admiracin, expresndolas cada uno con arreglo  su
carcter.

En la nueva casa las reuniones iban  ser menos simples y austeras que
en el alojamiento de Robledo. Sebastiana, que slo crea en el mate,
remedio, segn ella, de toda clase de enfermedades y suprema delicia
del paladar tuvo que servir  los invitados, ayudada por dos criaditas
mestizas, varias tazas de agua caliente con una cosa llamada t.

Fingiendo ocuparse de la buena marcha del servicio, evolucion Elena
entre aquellos tres hombres que la seguan vidamente con los ojos,
mientras vacilaban las tazas en sus manos, derramando  veces su
contenido sobre los platillos. Los tres admiradores intentaron
repetidas veces conversar con ella; pero era tan hbil para repelerlos
dulcemente, que acababan por dialogar con su marido. En cambio, la
marquesa buscaba al nico hombre que no haba mostrado inters en
hablarla. Al fin consigui en una de sus evoluciones sentarse  un
extremo del saln, con Robledo al lado de ella.

--Indudablemente, Watson no ha querido venir--dijo al espaol--. Cada
vez estoy mas convencida de que no le soy simptica  l... ni tampoco
 usted.

Robledo se defendi de esta acusacin con gestos ms que con palabras;
pero como ella insistiese en presentarse cual una vctima de la
injusta antipata de los dos asociados, el ingeniero acab por
contestar:

--Watson y yo somos amigos de su marido, y nos da miedo ver la
ligereza con que hace concebir usted ciertas esperanzas, tal vez
equivocadas,  los que la visitan.

Elena empez  reir, como si la regocijasen las palabras de Robledo y
el tono de gravedad con que las haba dicho.

--No tema usted. Una mujer que no ha nacido ayer y conoce el mundo,
como yo lo conozco, no va  comprometerse y  hacer locuras por esos.

Y abarc en una mirada irnica  sus tres pretendientes, que seguan
al lado del marqus.

--Yo no supongo nada--dijo Robledo en el mismo tono--. Veo lo
presente, como vi otras cosas en Pars... y me da miedo el porvenir.

Qued indecisa Elena mirando  su interlocutor, como si dudase entre
continuar riendo  mostrarse enfadada. Al fin habl con el tono grave
de una persona ofendida:

--No me considero mejor ni peor que otras. Soy simplemente una mujer
que naci para vivir en la abundancia y en el lujo, y jams ha
encontrado un compaero capaz de darle lo que le corresponde.

Se miraron en silencio largo rato, y ella aadi:

--Los que me desearon no pudieron proporcionarme cuanto necesito para
mi vida, y los que hubieran podido satisfacer mis deseos nunca se
fijaron en m.

Baj la cabeza como desalentada, murmurando contra su destino.

--Usted no sabe qu vida ha sido la ma. Necesito la riqueza; es algo
indispensable para mi existencia, y he pasado lo mejor de mi juventud
corriendo intilmente tras de ella. Cuando imagin tenerla entre mis
manos, la vi desvanecerse, para reaparecer ms lejos, obligndome 
una nueva carrera... Y as ha sido siempre!

Call un instante, concentrando su pensamiento, para aadir con el
mismo tono que si hiciera una confesin:

--Los hombres no pueden comprender las angustias y las ambiciones de
las mujeres de ahora. Necesitamos para vivir muchsimo mas que las
hembras de otros tiempos. El automvil y el collar de perlas son el
uniforme de la mujer moderna. Sin ellos, toda la que reflexiona un
poco y puede darse cuenta de su situacin se siente infeliz... Yo los
tuve algunas veces, pero sin tranquilidad, sin solidez, temiendo
perderlos al da siguiente. Como todos necesitamos escuchar, para
seguir viviendo, la cancin de la esperanza, espero ahora que mi
marido ganar aqu una fortuna, no s cundo!... y esto me hace
soportar el horrible destierro.

Luego continu con tristeza:

--Y qu ganar?... Centavos tal vez, cuando usted lleve ya ganados
miles y miles de pesos... Ay! Yo mereca otro hombre.

Volvi  levantar la cabeza para sonreir melanclicamente mirando al
espaol.

--Tal vez mi felicidad hubiese sido encontrar un compaero como usted:
animoso, enrgico, capaz de domar  la fortuna rebelde... Y  usted,
para ser un verdadero triunfador, le ha faltado una mujer que le
inspirase entusiasmo.

Robledo sonri  su vez con aire bonachn.

--Ya es tarde para hablar de esas cosas...

Pero ella le mir fijamente, al mismo tiempo que protestaba de su
desaliento. Nunca es tarde en la vida para nada. Los hombres
enrgicos son como ciertas tierras exuberantes del trpico, en las que
se conoce la muerte pero no la vejez, renovndose sobre ellas una
primavera incansable. Disponen de la voluntad que manda  la
imaginacin, y la imaginacin es un pintor loco que anima con los
colores de su paleta el lienzo gris de la realidad.

Elena, al hablar as, haba aproximado su rostro al de l. Sus ojos
parecan querer penetrar en los ojos de Robledo. ste, por un momento,
sinti cierta turbacin; pero se repuso en seguida, haciendo un gesto
negativo.

--Muy interesante lo que usted dice, amiga ma, pero los hombres
verdaderamente enrgicos no gustan de resucitar falsas primaveras, por
las complicaciones que esto trae.

Continuaron hablando. Ella quiso recordar otra vez su pasado.

--Si yo le contase mi historia!... Todas las mujeres tienen la
pretensin de que su vida ha sido una novela, que slo necesita ser
contada con cierta habilidad para que interese al mundo entero. Yo no
aspiro  que mi pasado sea interesante; nicamente lo creo triste, por
la desproporcin que siempre hubo en l, entre lo que yo creo merecer
y lo que la vida ha querido darme.

Se detuvo un momento, como si acabara de ocurrrsele una idea penosa.

--No crea usted que soy una de esas advenedizas hambrientas de goces y
comodidades, por lo mismo que no los conocieron nunca. En m ocurre lo
contrario: necesito el lujo y el dinero para vivir porque me rodearon
al nacer. Fui rica en mi infancia y pobre en mi juventud. Lo que he
luchado para ocupar otra vez mi antiguo rango y vivir de acuerdo con
mi primera educacin!... Y la lucha contina... y las catstrofes se
repiten... y cada vez me veo ms lejos del punto de donde part.
Ahora estoy en uno de los rincones ms olvidados de la tierra,
llevando una existencia casi igual  la de las gentes que vivieron en
los primeros tiempos de la Historia. Y todava me censura usted!...

Robledo se excus.

--Yo soy su amigo, el amigo de su marido, y lo nico que hago es
avisarla al verla marchar en mala direccin. Considero peligroso el
juego que se permite usted con esos hombres.

Y seal  los tres personajes de la Presa, que seguan hablando con
Torrebianca.

--Adems, antes de su llegada, la vida era aqu un poco montona, pero
tranquila y fraternal. Ahora, con su presencia, los hombres parecen
haber cambiado; se miran hostilmente, y temo que sus rivalidades,
hasta el presente algo pueriles, terminen de un modo trgico. Usted
olvida que vivimos lejos de los dems grupos humanos, y este
aislamiento nos hace retroceder poco  poco  la vida brbara.
Nuestras pasiones, domesticadas por la existencia en las ciudades,
pierden aqu su educacin y saltan en libertad. Mucho cuidado con
ellas; es peligroso tomarlas con motivo de juego.

Elena ri de sus temores, y hubo en su risa cierto desprecio, no
pudiendo comprender tal pusilanimidad en un hombre fuerte.

--Djeme que tenga mi corte. Necesito estar rodeada de admiradores,
como les ocurre  los grandes artistas vanidosos. Qu sera de m si
me faltase el placer de la coquetera?...

Luego aadi, frunciendo el ceo y con voz irritada:

--Qu otra cosa puedo hacer aqu? Ustedes tienen el trabajo que les
distrae, sus luchas con el ro, las exigencias de los obreros. Yo me
aburro durante el da; hay tardes que pienso en la posibilidad de
matarme; y nicamente cuando llega la noche y se presentan mis
admiradores encuentro un poco tolerable mi destierro... En otro sitio
tal vez me hiciesen reir esos hombres; pero aqu me interesan.
Resultan un verdadero hallazgo en esta soledad.

Mir con una irona risuea hacia donde estaban sus tres solicitantes,
y continu:

--No tema usted, Robledo, que pierda la cabeza por ellos. Me doy
cuenta de mi situacin.

Se comparaba con un viajero de la altiplanicie patagnica que no
llevase mas que un cartucho en su revlver y se viera atacado por un
grupo de vagabundos de los que merodean cerca de la Cordillera. De
hacer fuego, slo poda derribar  un enemigo, arrojndose los otros
sobre l al verle indefenso. Era preferible prolongar la situacin
amenazndolos  todos, pero sin disparar.

--Me causa risa el pensamiento de que yo pudiera decidirme por uno de
ellos. No son estos hombres los que me harn perder la cabeza. Pero
aunque alguno de los tres me interesase, guardara mi prudencia,
temiendo lo que haran  diran los dems al verse desahuciados. Es
mejor mantenerlos  todos en la inquieta felicidad de la esperanza.

Y notando que su larga conversacin con el espaol produca malestar y
escndalo en los otros visitantes, se levant para ir hacia ellos.

--Quin de ustedes me da un cigarrillo?...

Los tres salieron  su encuentro  la vez, ofreciendo sus pitilleras,
y la rodearon como si quisieran disputarse  golpes sus palabras y sus
gestos.

La primera tertulia de la marquesa de Torrebianca termin despus de
media noche, hora inusitada en aquel destierro. Solamente ciertos
sbados, en que los trabajadores reciban la paga de medio mes,
llegaban  horas tan avanzadas las fiestas en el boliche del Gallego.

Toda la maana siguiente anduvo Sebastiana adormecida y con los pies
torpes por haberse levantado al amanecer, como era su costumbre,
despus de mantenerse despierta hasta que se marcharon los invitados.

Estaba en una de las galeras exteriores, riendo con voz queda  las
criaditas mestizas para que no despertasen con los ruidos de la
limpieza  la duea de la casa, cuando repentinamente pareci olvidar
su clera, ponindose una mano sobre los ojos para ver mejor. Un
jinete encabritaba su caballo en mitad de la calle, agitando al mismo
tiempo un brazo para saludarla.

--Mi seorita linda!... Siempre me cuesta el conocerla con su traje
de varoncito. Cmo le va?...

Y baj apresuradamente los escalones de madera, atravesando la calle
para ir al encuentro de Celinda Rojas.

No se haban visto desde el da que Sebastiana abandon la estancia; y
ahora, por odio  don Carlos, crey conveniente la mestiza enumerar
las magnificencias de su nueva situacin.

--Una gran casa, seorita, sea dicho sin ofender  la suya. La plata
corre como agua de acequia. Adems, la patrona, una gringa bien,
naci, segn dicen, marquesa all en su tierra. El italiano, que es un
demonio para roerles la plata  los trabajadores, en cuanto se trata
de esta seorona parece medio zonzo, y se cuida de que no la falte
nada. Anoche hubo reunin con msica. Yo pens en usted, nia linda, y
me dije: Cmo le gustara  mi patroncita oir cantar  esta
marquesa!

La amazona escuchaba haciendo signos afirmativos, como si su
curiosidad se excitase al oir este relato.

Para aumentar su admiracin, fu Sebastiana enumerando todas las
personas que haban estado en la fiesta.

--Y no te olvidas de alguno ms?--pregunt Celinda al terminar ella
su lista--. No estuvo don Ricardo, ese que trabaja con don Manuel, el
de los canales?

Movi su cabeza la mestiza negativamente.

--En toda la noche vi  ese gringo.

Luego empez  reir, dndose sonoras palmadas en uno de sus muslos de
relieve elefantaco, lo que marc su enorme redondez bajo la ligera
faldamenta.

--Ya lo s, mi nia, ya lo s... Me han hablado de que usted y el
gringo van siempre juntos  caballo por esos pagos, y no pasa da sin
que se encuentren... Si alguna vez se dan un beso, busquen un lugar
donde nadie los vea. Mire que la gente de aqu es muy habladora y no
quiere otra cosa. Adems, los que mandan en eso de las obras del ro
tienen unos anteojos muy largos que lo descubren todo de lejos...

Celinda se ruboriz, al mismo tiempo que intentaba protestar.

--Si me parece muy bien!--sigui diciendo la mestiza--. Ese don
Ricardo es un buen mozo y excelente persona. Un gran marido para
usted, si es que don Carlos, con el geniazo que Dios le ha dado, no se
opone. Los gringos de Amrica, cuando no beben, son buenazos. Yo tengo
una amiga que se cas con uno que es maquinista, y lo lleva de la
nariz adonde quiere. Conozco otra que...

Pero la amazona no senta inters por tales historias, y la
interrumpi:

--Entonces, don Ricardo no vino anoche.

--Ni anoche ni las otras noches. Entoava no ha aparecido por aqu.

La mir Sebastiana con malicia, al mismo tiempo que una sonrisa
bondadosa dilataba su rostro carrilludo y cobrizo.

--Ya tiene celos, nia?... No se ponga colorada por eso. A todas nos
pasa lo mismo cuando queremos  un hombre. Lo primero que pensamos es
que alguna nos lo va  quitar... Pero aqu no hay motivo. Usted es una
perla, patroncita. Esa seorona tambin es hermosa, principalmente
cuando acaba de peinarse y se ha puesto en la cara tantas cosas que
huelen bien, traidas de la capital. Pero comparada con usted... qu
esperanza!... A mi nia casi la he visto yo nacer, y la marquesa no
debe acordarse ya de cundo vino al mundo.

Luego, pensando en s misma, crey necesario aadir:

--A decir verdad, la marquesa no debe tener muchos aos... Pero quin
no resulta vieja al lado de usted, preciosura?... No todas podemos ser
un botn de rosa.

Call un momento para mirar  un lado y  otro; y despus, bajando la
voz y empinndose sobre las puntas de los pies para estar ms cerca
del rostro de Celinda, dijo con la alegra de una comadre que puede
chismorrear libremente:

--Sepa, lindura, que muchos van detrs de ella; pero ninguno es don
Ricardo. Al pobre gringo le basta con quererla  usted, ramito de
jazmn. Los otros andan como avestruces detrs de la marquesa: el
capitn, el italiano, el empleado del gobierno que lleva los papeles;
todos locos, y mirndose como perros!... Y el marido no ve nada; y
ella se re de ellos y se divierte en hacerlos sufrir... Yo creo que
ningn hombre de los que vienen  la casa le gusta.

Celinda no pareca tranquilizarse con tales palabras. Antes bien,
protest de ellas mentalmente, pensando: Watson no puede ser
comparado con los otros.

Necesit exteriorizar su pensamiento, y dijo  Sebastiana:

--Ser verdad que no le gustan los dems; pero don Ricardo es ms
joven que todos ellos; y estas mujeres que han corrido el mundo y
empiezan  ponerse viejas, resultan  veces tan... caprichosas!

      *       *       *       *       *




#IX#


El famoso Manos Duras viva al borde de la altiplanicie, del lado de
la Pampa, viendo enfrente el lmite de la Patagonia, y  sus pies la
amplia y tortuosa cortadura del ro y un extremo de la estancia de
Rojas.

Su casa, hecha de adobes, tena alrededor otras construcciones an ms
mseras y unos corrales de viejos maderos hincados en el suelo, que
slo de tarde en tarde guardaban algn animal.

Todos en el pas conocan la situacin del llamado rancho de Manos
Duras; pero pocos iban  l, por ser lugar de mala fama. Algunas
veces, los que pasaban con cierta inquietud por sus inmediaciones slo
conseguan tranquilizarse al notar su soledad. No ladraban ni salan
al camino los perros de hirsuto pelaje, ojos sangrientos y agudos
colmillos acompaantes del gaucho. Tampoco se vean sus caballos
pastando la hierba rala de los alrededores.

Manos Duras se haba ido. Tal vez merodeaba por las orillas del ro
Colorado, donde era ms abundante la ganadera que en el ro Negro;
tal vez vagaba por las estribaciones de los Andes, para visitar  sus
amigos del valle del Bolsn--poblado en gran parte por aventureros
chilenos--,   los que habitaban las riberas de los lagos andinos.
Estas excursiones  la Cordillera eran, segn afirmaban muchos, para
vender en Chile animales robados en la Argentina.

En otras ocasiones, el rancho de Manos Duras apareca
extraordinariamente poblado. Gauchos errantes se instalaban en las
chozas de adobes durante unas semanas, sin que nadie supiese con
certeza cul era su procedencia ni adonde iran al marcharse de all.

El comisario de la Presa empezaba  sentirse inquieto por estas
visitas y  vivir mal, temiendo todas las maanas la denuncia de algn
robo... Pero transcurran los das sin que se alterase la paz del
pueblo y sus alrededores. En el rancho de Manos Duras se mataban y
desollaban reses, vendiendo carne el gaucho  toda la comarca. Y como
no llegaba ninguna queja, don Roque se abstena de averiguar la lejana
procedencia de aquellos animales.

Luego huan de pronto los compaeros de Manos Duras, y ste continuaba
su vida solitaria,  desapareca igualmente de su rancho por algn
tiempo, con gran satisfaccin del comisario.

Ahora viva con tres compaeros malcarados y parcos en palabras, que,
segn se murmuraba en el boliche del Gallego, procedan de un valle de
la Cordillera.

--Tres hombres de bien que se han desgraciado--dijo el gaucho hablando
de ellos--; tres compadres que han venido  vivir  mi rancho hasta
que las gentes malas se cansen de calumniarlos.

Un da de gran calor, Manos Duras mont  caballo para ir al pueblo 
hacer unas compras. Era en las primeras horas de la tarde.

Los habitantes europeos de la Presa, al mirar el almanaque, pensaban
en la nieve y los fros huracanes de sus pases, que estaban todava
en pleno invierno. Aqu reinaba el verano, un verano patagnico,
violento y ardoroso, sobre una tierra que rara vez conoce las lluvias
y en la cual todas las estaciones son extremadas, descendiendo el
termmetro durante el invierno muchas unidades por debajo de cero.

La tierra yerma pareca temblar bajo el sol. Era una reverberacin que
ondulaba las lneas rectas, cambiando los contornos de colinas,
edificios y personas. Estos caprichos de la luz hacan ver tambin los
objetos dobles  invertidos, como si estuviesen al margen del agua,
fingiendo lagos inmensos en un pas extremadamente seco. Eran los
espejismos del desierto que por sus formas variables  inesperadas
llamaban la atencin harta de los hijos del pas, acostumbrados  toda
clase de ilusiones pticas.

En el ltimo trmino de la gigantesca cortadura abierta por el ro,
casi al ras de la lnea del horizonte, se deslizaba un largo gusano
negro con una pequea vedija de algodn en la cabeza.

Manos Duras se detuvo para ver mejor. Aquel da no era de correo de
Buenos Aires.

Debe ser un tren de carga que viene de Baha Blanca, se dijo.

Resultaba visible estando an  muchos kilmetros de la Presa, y
pasara otros tantos kilmetros ms all, para no detenerse hasta
Fuerte Sarmiento. En esta tierra los ojos adquiran un poder visual
ms grande; la retina abarcaba mayores extensiones; las distancias
parecan valer menos que en otros pases.

El gaucho, despus de contemplar unos momentos el remoto avance del
tren, continu su galope. Para ganar terreno sola meterse por la
estancia de Rojas, atravesando una parte avanzada de dicha propiedad
interpuesta entre su rancho y el lejano pueblo. Con la indiferencia
de la costumbre, dej que su caballo avanzase por un tortuoso sendero
marcado apenas entre los speros matorrales.

Al poco rato tuvo un mal encuentro. Don Carlos Rojas iba tambin 
aquella hora visitando su estancia y haciendo clculos sobre el
porvenir.

Continuaran siempre sus tierras altas en la pobreza actual, no
pudiendo dar alimento mas que  un nmero reducido de animales. Sus
novillos eran criollos, como l deca con cierto tono de desprecio;
bestias de mucho hueso, pezua dura, grandes cuernos y enjutas de
carnes; aptas para nutrirse con un pasto silvestre y poco abundante;
herederos degenerados del ganado que aclimataron siglos antes los
colonizadores espaoles, trayndolo en sus pequeos buques  travs
del Atlntico.

Recordaba con remordimiento los animales de lujo de la estancia de su
padre, novillos enormes, con el lomo plano como una mesa, casi sin
cuernos, de reducido esqueleto y exuberantes carnes, verdaderas
montaas de biftecs, como l deca... Luego pensaba en los milagros
de la irrigacin, cuando las tierras bajas de su estancia quedasen
fecundadas por las aguas del ro. Crecera en ellas la alfalfa con una
prodigalidad semejante  la de la tierra de Canan, y le sera posible
repetir al borde del ro Negro las milagrosas crianzas de los
estancieros vecinos  Buenos Aires, sustituyendo el spero y flaco
ganado criollo con animales valiosos, producto del cruzamiento de las
mejores razas de la tierra.

Iba don Carlos imaginndose esta maravillosa transformacin, con el
deleite de un artista que pule en su mente la obra futura, cuando vi
venir un jinete hacia l.

Se puso una mano sobre los ojos para examinarlo mejor, y no pudo
contener la indignacin que le produjo este encuentro.

--Hijo de la gran... tal!... Es el ladrn de Manos Duras!

Al pasar el gaucho junto  l, se llev una mano al sombrero para
saludarle, espoleando luego su cabalgadura.

Don Carlos, despus de breve indecisin, sali tambin al galope,
hasta que puso su caballo delante del de Manos Duras, cortndole el
paso y obligndole  detenerse.

--Con licencia de quin atravess vos mi campo?--pregunt con voz
temblona y aflautada por la clera.

Manos Duras no intent contestar mirndole con una insolencia
silenciosa y amenazadora, como haca con los dems. Sus ojos atrevidos
evitaron cruzarse con los del estanciero, y respondi en voz baja,
como excusndose. No ignoraba que careca de derecho para pasar por
all sin permiso del dueo del campo; pero de este modo acortaba
camino, evitndose un largo rodeo para llegar  la Presa. Luego
aadi, como si emplease un argumento supremo:

--Usted, don Carlos, deja pasar  todos.

--A todos menos  ti--contest Rojas agresivamente--. Si te encuentro
otra vez en mi estancia, te saludar  balazos.

Esta amenaza acab con el hipcrita respeto del gaucho. Mir  Rojas
despectivamente, y dijo con lentitud:

--Es usted un viejo, y por eso me habla as.

Don Carlos sac de su cintura un revlver, apuntndolo contra el pecho
de Manos Duras.

--Y tu un ladrn de novillos, al que todos tienen miedo no s por qu.
Pero si vuelves  robarme uno de mis animales, este viejo se
encargar de hacerte justicia.

Como el estanciero le segua apuntando con el revlver y la expresin
de su rostro no permita duda sobre la posibilidad del cumplimiento de
sus amenazas, el gaucho no os echar mano  sus armas. Estaba seguro
de recibir un balazo apenas intentase un movimiento agresivo. Despus
de mirarle con ojos rencorosos, se limit  decir:

--Volveremos  encontrarnos, patrn, y hablaremos ms despacito.

Y tras esta amenaza di con las espuelas  su caballo y sali al
galope, sin volver la cabeza, mientras don Carlos permaneca con el
revlver en su diestra.

Cerca del ro tuvo el gaucho un encuentro ms agradable. Vi venir
hacia l un grupo de tres jinetes,  hizo alto para reconocerlos. Era
la marquesa de Torrebianca, vestida de amazona y escoltada por
Canterac y Moreno.

Haba tenido ella que aceptar una nueva invitacin para ver los
adelantos realizados en las obras del dique. Le era imposible negarse
 este paseo. Necesitaba para su tranquilidad restablecer el
equilibrio entre Pirovani y el ingeniero francs. ste, ya que no
poda regalar una casa, deseaba hacer ver  Elena una vez ms la
superioridad que tena como ingeniero director de las obras sobre
aquel italiano, sometido muchas veces  sus decisiones.

El oficinista, contento de la invitacin y molestado al mismo tiempo
por el carcter de hombre tranquilo que le atribuan, marchaba 
caballo detrs de Elena, sin que sta hiciese caso de su persona.
nicamente pareca acordarse de l cuando Canterac se mostraba
demasiado vehemente en sus ademanes, tendiendo una mano de caballo 
caballo para estrechar la suya  permitirse otras osadas disimuladas.

--Moreno--ordenaba la marquesa--, avance y pngase  mi izquierda,
para que el capitn quede lejos. No me gustan los militares; son muy
atrevidos.

Los tres cesaron de conversar para fijarse en Manos Duras, que
permaneca inmvil  un lado del camino. Moreno di el nombre del
gaucho, y Elena mostr tal inters al saber quin era, que acab por
hablarle.

--Usted es el famoso Manos Duras, de quien tantas cosas he odo
decir?...

El rstico jinete se mostraba turbado por las palabras y la sonrisa de
aquella dama. Primeramente se quit el sombrero con reverencia, como
si estuviese delante de una imagen milagrosa, pens Moreno. Luego
dijo, con cierta expresin teatral que en l era espontnea:

--Yo soy ese desgraciado, seora, y este es el momento mejor de mi
vida.

La miraba el gaucho con ojos ardientes de adoracin y deseo, y ella
sonri, satisfecha del brbaro homenaje. Canterac, que encontraba
ridicula esta conversacin, hizo ademanes de impaciencia y murmur
protestas para reanudar la marcha; pero ella no quiso escucharle y
continu hablando al gaucho con sonriente inters.

--Dicen de usted cosas terribles. Son verdaderamente ciertas?...
Cuntas muertes lleva usted hechas?

--Calumnias, seora!--contest Manos Duras, mirndola fijamente--.
Pero si usted me lo pide, har cuantas muertes quiera.

Elena se mostr complacida por esta respuesta, y dijo, mirando 
Canterac:

--Qu hombre tan galante...  su modo! No me negar usted que es
grato oir tales ofrecimientos.

Pero el ingeniero pareca cada vez ms irritado por este dilogo
familiar de Elena y el cuatrero. Varias veces intent introducir su
caballo entre las cabalgaduras de los dos, dando fin de tal modo al
dilogo; pero Elena le detena siempre con un gesto de contrariedad.

Al ver que ella continuaba su conversacin con Manos Duras, se volvi
hacia Moreno, necesitando manifestar  alguien su enfado.

--Ese gaucho es un atrevido, y habr que darle una leccin.

El oficinista acept sin reserva lo referente al atrevimiento, pero
levant los hombros al oir hablar de leccin. Qu podan hacer ellos
contra este vagabundo temible, si hasta el comisario de polica
mostraba por l cierto respeto?...

--Debe usted conseguir--continu el ingeniero--que no le compren ms
carne en el campamento ni acepten nada de lo que ofrezca.

Moreno contest con signos afirmativos. Si no era mas que eso lo que
deseaba, fcilmente poda hacerse.

Al fin Elena reanud su marcha despus de saludar al gaucho con cierta
coquetera, satisfecha de su emocin y del deseo hambriento que
reflejaban sus ojos.

--Pobre hombre!... Un tipo interesante!

Mientras los tres jinetes se alejaban, Manos Duras sigui inmvil
junto al camino. Deseaba ver algunos momentos ms  aquella mujer.
Tena en su rostro una expresin grave y pensativa, como si
presintiese que este encuentro iba  influir en su existencia. Pero al
desaparecer Elena con sus acompaantes detrs de un montculo arenoso,
el gaucho, no sintiendo ya el deslumbramiento de su presencia, sonri
con cinismo. Varias imgenes salaces desfilaron por su pensamiento,
desvaneciendo sus dudas y devolvindole su antigua audacia.

Por qu no?--se dijo--. Lo mismo es sta que las que bailan en el
boliche del Gallego. Todas mujeres!

Continuaron su paseo por la orilla del ro la marquesa y sus dos
acompaantes. De pronto, ella se levant un poco sobre la silla para
ver ms lejos.

En una pradera orlada de pequeos sauces por la parte del ro haba
dos caballos sueltos y ensillados. Un hombre y un muchacho haban
descendido de ellos y parecan divertirse tirando un lazo por el aire.
Era un lazo de cuerda, ligero y fcil de manejar, aunque de menos
resistencia que los verdaderos lazos de cuero usados por los jinetes
del pas.

Reconoci Elena al muchacho, con su instinto de mujer ms que con sus
ojos. Era Flor de Ro Negro, que enseaba  tirar el lazo  Watson,
riendo de la torpeza del _gringo_. Como Torrebianca iba todos los das
puntualmente  dirigir les trabajos de los canales, Ricardo gozaba de
ms libertad, emplendola en seguir  la nia de Rojas en sus
correras.

Haciendo un signo  sus acompaantes para que no la siguiesen, se fu
aproximando Elena  la pradera donde estaban los dos jvenes.

Celinda la vi llegar antes que el ingeniero, y haciendo un gesto
hostil volvi la espalda. Al mismo tiempo orden  Watson que le
ajustase al pie una de sus espuelas, que pretenda llevar suelta.

El joven, despus de haberse arrodillado, quiso levantarse, convencido
de la inutilidad de esta orden. Celinda tena bien sujeta esa espuela.
Pero ella insisti para mantenerlo en dicha posicin.

--No le digo, gringuito, que voy  perderla?... Fjese bien.

Y slo accedi  reconocer su error y  permitir que se levantase
cuando la otra hizo volver grupas  su caballo. Elena se alejaba
ofendida, dndose cuenta de su estratagema y de sus gestos hostiles.

Poco antes de la puesta del sol llegaron los tres jinetes  la calle
central del pueblo. Frente  la casa de Pirovani, considerada ya por
la marquesa como suya, baj sta del caballo, apoyndose en Moreno,
que se haba anticipado al otro para gozar de agradables contactos.

Salud el francs con una brusquedad militar, alejndose, mientras
Elena entraba en su casa. Un da perdido!... Estaba furioso contra l
mismo y contra los dems.

Apareci Pirovani en una bocacalle, y al ver que Moreno se diriga 
su alojamiento, corri  encontrarse con l. Ansiaba conocer los
episodios de una excursin  la que no haba sido invitado. Tema, con
la credulidad del celoso, que Canterac hubiese conseguido un gran
avance sobre l durante el corto paseo.

Sonri con una alegra pueril al contarle el oficinista cmo varias
veces la seora marquesa le haba pedido que se colocase entre ella
y el ingeniero francs para mantenerlo  gran distancia.

--Si yo s que no lo puede sufrir!--dijo el italiano--. Me consta...
Pero como es el jefe de los trabajos y ayuda en ciertas ocasiones 
Robledo y  su marido, no se atreve  decir lo que piensa de l.

Luego su alegra se nubl, segn le fu contando el oficinista el
encuentro con Manos Duras y la confianza del gaucho al hablar  la
seora marquesa.

Esto ltimo fu lo que indign ms al contratista.

--Aqu todos nos creemos iguales, porque vivimos juntos en el
desierto--dijo, escandalizado--. Cualquier da, ese gaucho cuatrero
pretender ir por la noche  las reuniones de la marquesa, lo mismo
que uno de nosotros... Cosa brbara!

--El capitn--aadi Moreno--quiere que no se le compre ms carne 
Manos Duras ni se acepte ningn negocio propuesto por l, eso usted
puede hacerlo mejor que Canterac.

Pirovani contest con vehementes signos de asentimiento

--As se har; dice muy bien ese hombre. Es la primera vez, en mucho
tiempo, que estoy de acuerdo con l.

       *       *       *       *       *




#X#


Pocos meses despus de haber empezado los trabajos en el campamento de
la Presa, los habitantes de las diversas colonias establecidas 
orillas del ro Negro hablaron con admiracin del nuevo boliche del
Gallego, aprecindolo como el establecimiento ms hermoso de la
comarca. El dueo haba embellecido su interior con una novedad tan
instructiva como interesante.

Uno de los primeros que acudieron al campamento en busca de trabajo
fu un ingls que llevaba muchos aos vagando de un extremo  otro de
la Amrica del Sur. La ltima etapa de su existencia aventurera haba
sido en el corazn del Paraguay, comerciando con las tribus salvajes;
trfico que no pareca haberle hecho rico. Como recuerdo de su vida en
las selvas, llev  Buenos Aires cuatro cocodrilos del gran ro
Paraguay, llamados _yacars_ con el caparazn relleno de paja, y una
serpiente boa de varios metros de lorgitud, cuyo vientre haba sido
atiborrado de hierbas por los disectores indgenas.

En la capital de la Argentina le hablaron de los grandes trabajos que
se realizaban junto al ro Negro, haciendo necesario el enganche de
numerosos jornaleros, y all se fu con toda su coleccin de animales
empajados, saltando de la temperatura trrida del Paraguay y el Brasil
inferior al invierno rudo de la Patagonia.

A las pocas semanas muri de _delirium tremens_, por haber abierto un
crdito demasiado amplio el dueo del boliche del Gallego; y como este
honrado industrial crea firmemente en el santo derecho de cobrar las
deudas y posea adems cierto instinto de la decoracin oportuna para
atraer  los parroquianos, se apropi los cuatro yacars y la boa,
adornando con ellos el techo de su tienda.

En realidad, Antonio Gonzlez, que era andaluz de nacimiento, aunque
lo apodaban todos el _Gallego_, no poda mirar sin cierta aprensin
hereditaria el enorme reptil que, semejante  una maroma de barco,
penda formando curvas de los cuchillos de la techumbre. Pero  los
ebrios ms consecuentes del establecimiento les placa beber debajo de
este adorno extraordinario, y un comerciante debe sacrificar sus
preocupaciones y sus miedos para mejor servicio del pblico.

El ofidio de pellejo arrugado, cubierto de moscas, que formaban sobre
l un forro negro inquieto y rumoroso, se extenda por la mitad del
techo, de punta  punta, agitndose como si reviviese cada vez que se
abra la puerta y entraba un chorro de aire. Esta corriente
atmosfrica haca caer  veces en los vasos de los parroquianos moscas
secas procedentes del verano anterior, escamas de pellejo del culebrn
y un polvillo sutil, mezcla de su relleno vegetal y del arsnico
empleado por sus preparadores para impedir que se pudriese. En los
ngulos del techo se balanceaban, pendientes de cuerdas, los cuatro
cocodrilos, negros y rugosos por el dorso, y mostrando al pblico el
color amarillo de sus vientres y las plantas de sus patas.

Las gentes del pas, cuando pasaban por la Presa, crean necesario
detenerse  beber un vaso en el boliche para admirar tales novedades.
Las aguas del ro Negro jams haban conocido cocodrilos, y en cuanto
 reptiles, no haba en toda la Patagonia mas que ciertas vboras de
mordedura mortal, cabezudas, cortas y gruesas, como el signo
ortogrfico llamado coma.

El dueo del boliche, con la autoridad de un hombre que ha visto lo
que cuenta, explicaba  sus parroquianos las costumbres de los fieros
animales que se balanceaban sobre sus cabezas, y hasta daba  entender
que haba tomado cierta parte en tan peligrosa caza. Pero al poco
tiempo not que estos adornos, gloria del establecimiento, si
enorgullecan  muchos de los habitantes de la colonia, contribuan
igualmente al alejamiento de otros. Los haba que eran andaluces como
el Gallego y no tenan las mismas razones utilitarias de sta para
sobreponerse  sus preocupaciones. Tambin los haba italianos  de
otras tierras, que, reconociendo la excelencia de los gneros
expendidos en el boliche, no osaban, sin embargo, penetrar en su
interior. Beber bajo la panza amarilla y las cuatro patas extendidas
de un cocodrilo, pase!... Pero levantar los ojos al empinar el vaso y
ver aquel serpentn que expela moscas, mostrando  trechos el
cuadriculado repelente de su piel, eso nunca!

Los ms atrevidos slo se decidan  entrar con la diestra cerrada y
avanzando el dedo ndice y el meique en forma de cuernos, para
conjurar la mala suerte.

--Lagarto! lagarto!--murmuraban, entornando los ojos para no ver lo
que estaba sobre sus cabezas.

Otros, ni an valindose de este conjuro se atrevan  pasar adelante,
y en pleno invierno, con las manos en la faja y echando chorros de
vapor por la boca, preferan mantenerse fuera, esperando que
Friterini, el criado del boliche, les sacase los vasos.

Se sacrific el dueo una vez ms, ganoso de evitar molestias  su
pblico. La boa fu descolgada para ser vendida  una taberna de La
Boca, en el puerto de Buenos Aires, frecuentada por marineros, y
quedaron por nico adorno los cuatro yacars, que se balanceaban en el
techo como lmparas funerarias apagadas.

Otro atractivo del establecimiento eran las banderas que en das de
fiesta patritica ondeaban sobre su techumbre y el resto del ao
adornaban su interior. Todos los rectngulos de colores inventados por
los hombres ansiosos de formar grupo aparte para distanciarse de sus
semejantes figuraban en este rincn de la Patagonia: banderas de
naciones existentes; banderas de naciones que haban muerto y deseaban
revivir; banderas de naciones que no haban existido nunca y pugnaban
por nacer. No quedaba un trabajador en esta tierra de todos que no
tuviese un trapo patritico en el boliche. Antonio Gonzlez haba
conocido antes que las cancilleras de Europa las banderas que aos
despus iban  ser consagradas por los trastornos de la gran guerra.
Todas las admita: desde la de Irlanda libre  la de la Repblica
sionista que deba establecerse en Jerusaln. Solamente se haba
disputado una vez con ciertos compatriotas, procedentes de Barcelona,
que pretendan imponerle la bandera catalana.

--Yo la admito--dijo con solemnidad diplomtica--. Lo nico que
discuto es sus dimensiones.

Y acab por aceptarla en su museo banderstico, como l deca, pero
exigiendo que su tamao no pasase de la cuarta parte de la bandera
espaola.

En das de fiesta patritica, ayudado por Friterini, proceda al
embanderamiento de la techumbre, dando explicaciones al comisario,
nico representante de la autoridad. Se expresaba como un jefe de
protocolo llamado  consulta por el presidente del gobierno.

--Usted, don Roque, conoce muchas cosas; pero en esto de las banderas
yo s mejor con qu bueyes aro. Primeramente hay que colocar la
bandera argentina, ms alta que todas. Luego,  su derecha, la de
Espaa. Que nadie me lo discuta! En esta tierra, despus de los
argentinos, somos nosotros. Ya sabe usted... Isabel la Catlica...
Sols... don Pedro de Mendoza... don Juan de Garay...

Iba lanzando nombres de navegantes y descubridores,  su capricho,
mientras examinaba desde abajo el mtodo con que el camarero italiano
colocaba las banderas.

Ya estaba puesta la de la Argentina, y  su derecha, bien clavada, la
de Espaa?... Muy bien!...

--Ahora, Friterini, _mio caro_, ve colocando banderas  tu gusto... 
lo que salga! pues todos somos iguales, y sta es la tierra de
todos, como dice don Manuel.

En verano las moscas invadan en proporciones inauditas el interior
algo lbrego del boliche, huyendo de la atmsfera ardorosa de una
tierra siempre sedienta. De noche, la luz rojiza de los quinqus
mantena en agresivo insomnio  estas nubes de insectos. Eran moscas
lentas, tenaces, de una torpeza pegajosa. Caan en los platos y en los
vasos, nadaban en las salsas y las bebidas alcohlicas. Al abrirse las
bocas, se metan inmediatamente en sus cavidades; cosquilleaban las
orejas, se introducan por los orificios de las narices. Toda cuchara,
al ir del plato  los labios, vea inmediatamente, en tan corto viaje,
posarse sobre sus bordes algunas de estas intrusas, que se estiraban,
alargando las patas y agitando las alas.

Se dejaban matar; pero eran tantas, tantas! que los hombres desistan
de atacarlas, transigiendo con ellas por cansancio, y nicamente las
repelan con el aliento  escupindolas cuando se colaban en su boca
y sus narices.

Otros parsitos asaltaban igualmente las viviendas de este pueblo
perdido en la soledad. En el boliche, por ser mayor la concurrencia,
parecan ms numerosas las plagas. Del techo y las paredes de madera
se desprendan insectos sanguinarios sobre las curtidas epidermis,
para perforarlas y chupar su jugo. Otras veces surgan del suelo,
remontndose por las gruesas botas. En invierno, el boliche, por estar
con las puertas cerradas, conservaba una atmsfera densa de humo de
tabaco, que ola  ginebra,  vino agrio,  ropa mojada y  cuero de
zapato. El criterio ms absurdo, falto completamente de economa y de
lgica, pareca guiar la marcha comercial del establecimiento. Apenas
haba sillas en l. Los guitarristas colocaban sus posaderas en
crneos de caballo; una parte del pblico se dejaba caer en el suelo
al sentir cansancio, y al mismo tiempo, en la anaquelera, detrs del
mostrador, se renovaban todas las semanas las filas de botellas de
champaa. Cuando los jornaleros cobraban su quincena, el Gallego tena
que atender  las ms disparatadas orgas. Los que, faltos de familia,
podan gastar todo el dinero ganado en su propia persona, imaginaban
banquetes babilnicos, pidiendo latas de sardinas de Espaa para
remojarlas con varias botellas de Pomery Greno. Muchas veces escaseaba
el pan en la Presa; pero el parroquiano, obligado  comer galleta
dura, conoca el gusto del _foie gras_ y cunto cuesta una botella de
Met-Chandon. En las noches transcurridas entre dos pagas, el _whisky_
y la ginebra apagaban la sed silenciosa de unos y daban nuevas fuerzas
 otros para seguir hablando.

El principal tema de conversacin era adivinar cundo se detendra el
tren en la Presa regularmente. Las locomotoras slo hacan alto all
cuando descargaban maquinaria para las obras del dique.

A los del campamento les pareca una injusticia que pasasen los
vagones de largo hasta la estacin de Fuerte Sarmiento, con el
pretexto de que an no haban terminado las obras en el ro ni las
tierras inmediatas estaban regadas, sin lo cual era imposible su
colonizacin.

En el viejo mundo se creaban al principio las poblaciones, y despus
se construan para ellas los ferrocarriles. En esta tierra nueva
ocurra lo contrario. Primeramente se haban tendido los rieles 
travs del desierto; despus, de cincuenta en cincuenta kilmetros, se
creaba una estacin, formndose un pueblo en torno  ella.

--Por qu no ha de existir una estacin aqu, en la Presa, donde
vivimos cerca de mil personas?--clamaba Antonio Gonzlez, el dueo del
boliche--. En cambio, el tren se detiene en muchos sitios donde slo
hay un caballo atado  un poste para llevarse la correspondencia.
Debamos enviar una comisin  Buenos Aires.

Mientras tanto, los concurrentes se limitaban  hacer suposiciones
sobre la fecha en que el tren empezara  detenerse all con
regularidad, apostando cajones de botellas de champaa  favor de un
mes  de otro.

Ciertos grupos conversaban aparte, sin sentirse atrados por el baile
ni por las mujeres agregadas al establecimiento del Gallego, en el que
se vendan lo mismo el alcohol y el amor. Iban hablando con arreglo 
sus gustos y  los azares de su profesin.

Los roturadores de tierras mencionaban el alpataco, odioso arbusto del
pas, que yergue sobre el suelo una cabellera vegetal de escasa
altura, y en cambio avanza sus races hasta una distancia de treinta
metros. Su madera era dura como el bronce y haca rebotar las hachas,
rompindolas muchas veces. Uno de estos arbustos exiga varios hombres
y un da entero para ser arrancado, y cuando los roturadores  destajo
lo encontraban, prorrumpan en lamentaciones y juramentos.

El camarero apodado _Friterini_, joven plido, de cabellera echada
atrs, ojos febriles y brazos arremangados, cuando dejaba de servir 
los concurrentes iba  una mesa ocupada por varios trabajadores
espaoles,  los que describa la belleza de su ciudad natal en un
lenguaje de italiano llegado dos aos antes al pas.

--Yo non dico que Brescia sia una grande cit: questo no; ma cuando
llega la noche los cvenes salen con mandolinos  hacer serenatas, y
cada uno tiene su amor... Algo ms hermoso que aqu... Ah,
Brescia!...

Acodado el Gallego en el mostrador escuchaba  los parroquianos ms
viejos, jinetes del pas que haban cabalgado de los Andes al
Atlntico y del ro Colorado al estrecho de Magallanes como guas de
los compradores de hacienda  explorando el desierto para descubrir
aguadas y nuevos pastos. Su paciencia desafiaba al tiempo, apreciando
las semanas y los meses de viaje como si fuesen simples das.

Uno de ellos gustaba de relatar su ltima excursin por las
estribaciones de los Andes del Sur, visitando los lagos ms
solitarios. En este viaje haba servido de gua  baquiano  un
sabio de Europa, recomendado por otro sabio al que prest el mismo
servicio veinte aos antes. Durante la primera expedicin, fueron
encontrando restos de animales monstruosos pertenecientes  los
perodos prehistricos; esqueletos gigantescos que eran etiquetados y
encajonados para que los reconstituyesen despus en los museos del
viejo mundo.

Su ltimo viaje haba sido ms original. Este segundo sabio buscaba
los animales de la poca prehistrica, pero vivos. Entre los escasos
habitantes acampados al pie de la Cordillera, se heredaba la
conviccin de que existen an en ciertos lugares del desierto
patagnico bestias enormes y de formas nunca vistas, ltimos vestigios
de la fauna que surgi al principiar la vida en el planeta.

Algunos juraban sinceramente haber visto de muy lejos al plesiosaurio
hundindose en el muerto cristal de los lagos andinos  pastando en la
vegetacin de sus riberas. Pero vean esto al anochecer, cuando la
Cordillera extenda su inmensa sombra violeta sobre la llanura. Los
incrdulos afirmaban que la tal visin surga siempre cuando el
observador regresaba de algn boliche lejansimo llevando muchas copas
en el cuerpo.

Despus de exponer el pro y el contra del asunto, el viejo baquiano
terminaba as:

--En un ao no tropezamos con ninguno de esos animales, y fuimos de
lago en lago desde el Nahuel Huapi hasta cerca de Magallanes. Pero yo
he visto con mis ojos huellas en la tierra ms grandes que patas de
elefante, que nos enseaban las gentes del pas. He visto tambin,
junto  un lago, unos montones de excremento seco tan altos como mi
persona, que no podan ser de ningn animal conocido... Y mi sabio
callaba cuando yo le haca preguntas, como un hombre que no se decide
ni por unos ni por otros. Quin sabe lo que hubiramos visto si
seguimos all ms tiempo! Tal vez cuando aumente la gente en aquellos
lagos ser descubierta alguna de esas bestias solitarias.

Gustaba tambin el dueo del boliche de hacer preguntas  sus
parroquianos ms viejos sobre ciertos hombres misteriosos que haban
pasado por esta tierra aos antes, cuando acababan de ser expulsados
los indios y se iniciaba la colonizacin. Eran personajes de vida
novelesca, nacidos en palacios reales, y que,  semejanza de muchos
santos que abandonaron la casa rica de sus padres para sufrir
privaciones, renunciaban  todas las comodidades de su origen,
despojndose de su nombre para ser un vagabundo ms y conocer el
spero placer de la libertad salvaje. El nombre de Juan Ort lo
repetan familiarmente los habitantes ms antiguos del territorio.

Haba ledo el Gallego su historia en libros y peridicos. Este Juan
Ort era un archiduque de Austria que abandonaba su alto grado en la
marina de guerra y sus honores en la corte, bajo la influencia de una
misantropa potica y vagabunda, hereditaria en su familia. Luego de
renunciar al ttulo de archiduque, para llamarse simplemente Juan Ort,
corra los mares en un lujoso yate, acompaado de hermosas mujeres y
de msicos.

Un da circulaba la noticia de que el buque se haba perdido, con
todos sus tripulantes, en el cabo de Hornos, al pasar de una costa 
otra de la Amrica del Sur. Pero Juan Ort no haba muerto; este
naufragio fingido  real iba  servirle para descender an ms 
travs de las capas sociales, conviviendo con los que estaban en lo
ms hondo.

--Yo lo conoc--deca otro viejo de la Presa--. Era ni ms ni menos
que vos  que yo: un hombre como todos los que llegan con su lingera
al hombro en busca de trabajo. Este gringo, alto y rubio, siempre
estaba serio y beba sin compaeros. A nadie dijo que se llamaba Juan
Ort, pero todos lo sabamos. Adems, llevaba en su lingera un vaso de
plata con unos escudos de su familia real, y le gustaba beber en l 
solas en su ranchito, porque era el vaso de cuando iba  la escuela.

De pronto este vagabundo haba desaparecido. Algunos lo supusieron
oculto en los peores barrios de Buenos Aires; otros aseguraban haberlo
encontrado de fotgrafo en Paysand. Nadie saba dnde haba muerto.

--Macanas!--decan los incrdulos al escuchar tales relatos--. Todos
los gringos que vienen por ac y no quieren trabajar la echan de Juan
Ort, para que les admiren los zonzos.

Antonio Gonzlez, lector incansable de novelas en varios tomos, crea
en Juan Ort y otros personajes igualmente interesantes que venan 
acabar su existencia en una tierra donde  nadie le preguntan su
pasado. Mientras los parroquianos no se escapasen sin pagar, el
Gallego estaba dispuesto  reconocerles una historia maravillosa,
viendo en todos ellos  un hijo  sobrino de emperador descontento de
su origen y ganoso de cambiar de postura.

Otros tertulianos, los de aspecto ms acomodado, se ocupaban del
porvenir de este pueblo naciente. La suerte de l iba unida  la de
Gonzlez. Ahora estaba con el peludo pecho al aire, despeinado, sucio
de polvo, y unos redondeles elsticos sujetaban las mangas de su
camisa para dejar ms libres sus manos. Su camarero ofreca mejor
aspecto; pero l guardaba ahorrados algunos miles de pesos en el Banco
Espaol de Baha Blanca, y adems era dueo de mil hectreas de tierra
cerca del pueblo. Lo nico que le traa disgustado era la mala
educacin y la ignorancia de su clientela, que se empeaba en llamar 
su establecimiento boliche, como en los primeros das de su
fundacin, sin querer reconocer los engrandecimientos importantes
realizados por su dueo, ni el rtulo de almacn que figuraba sobre
la puerta.

Pero... qu vala su prosperidad actual comparada con los millones
de pesos que iban  caer en sus manos el da que la Presa, simple
campamento de trabajadores en la actualidad, se convirtiese en una
poblacin importante, y su almacn en un establecimiento rico como los
de Buenos Aires, y las tierras polvorientas que l haba adquirido en
un sinnmero de chacras, por las que le pagaran importantes
arrendamientos colonos espaoles  italianos?... Podra volver
entonces  su patria, para instalarse en Madrid, circulando por sus
calles y paseos en el automvil ms lujoso y ms grande que pudiera
encontrar; y las gentes de su pueblo natal, agradecidas  sus
donativos, tal vez le hiciesen diputado  senador; y un ministro lo
presentara al rey de Espaa, cuyo retrato en colores estaba clavado
sobre un tabique de madera debajo de un cocodrilo... Quin sabe si
hasta lo haran vizconde  marqus, como otros tantos bolicheros
enriquecidos en Amrica!...

Luego cortaba el curso de sus ambiciosos pensamientos para volver  la
spera realidad en que an viva. Con otros parroquianos interesados
en el regado de esta tierra, iba describiendo su aspecto presente,
para hacer ms violento el contraste con su futura prosperidad.

--Qu hay aqu ahora, aparte de las personas que vivimos en la
Presa?... Avestruces y pumas nada ms.

Sus oyentes sonrean al acordarse de las bandas de avestruces que
bajaban de la altiplanicie  la cuenca del ro, atrados, sin duda,
por la novedad de los trabajos que iban realizando los hombres junto
al agua. La seorita de la estancia de Rojas se diverta acosando 
estos rebaos zancudos, que escapaban, abriendo el comps de sus rudas
patas, y eran alcanzados algunas veces por el lazo de la amazona.

El puma, con el empujn del hambre, tambin descenda en invierno de
las alturas para rondar en torno  los ranchos y casitas de la Presa.

Al ser mencionado el puma, algunos volvan  sonreir torciendo sus
ojos hacia Friterini. Un amanecer, al salir el camarero al corral del
boliche, haba visto saltar del fondo de un tonel vaco  una especie
de tigre con la piel  redondeles y del tamao de un perro. Era un
puma que se haba encogido para dormir en este refugio, dando una
sorpresa formidable al nostlgico evocador de las serenatas de
Brescia.

--Cuando tengamos agua y las tierras se rieguen--continuaba
Gonzlez--vivirn aqu miles y miles de familias.

l y sus rsticos parroquianos tomaban espontneamente una entonacin
casi lrica al hablar de los prodigios del agua. Ms all de la Presa
estaba Fuerte Sarmiento, adonde iban todos para tomar el tren. Este
pueblo se haba formado junto  un fortn, en la poca de la expulsin
de los indios. El ejrcito de ocupacin pudo abrir fcilmente un
pequeo canal, aprovechando el declive del ro, y este curso lquido
haca del pueblo un oasis prodigioso en medio de las secas tierras
colindantes. lamos enormes formaban murallas defensivas de las
huertas. La via, toda clase de hortalizas y de rboles frutales
crecan con la prodigalidad de una tierra vigorosa que empieza 
procrear despus de miles y miles de aos de inaccin. Su riqueza an
resultaba ms sorprendente por contraste con el desierto que se
extenda ms all de los tentculos de sus ltimas acequias.

Pero los tertulianos admiraban ms otro oasis,  varias leguas de
distancia, aguas abajo, en un lugar donde el ro, por tener un
desnivel natural, poda ser sangrado para el riego.

Un vasco haba abierto fcilmente canales, regando leguas y leguas
plantadas de alfalfa. Las excelencias de este pasto eran un motivo de
admiracin en el boliche. Todos adoraban, con el fervor del creyente,
los milagros de la alfalfa con riego. En el territorio de Ro Negro
esta planta de origen asitico slo necesitaba ser sembrada una vez.
Los alfalfares, cuando tenan agua, resultaban perpetuos. En Fuerte
Sarmiento los haba que databan de poco despus de la expulsin de los
indios, y con treinta y tantos aos de existencia estaban mejor que el
da en que los sembraron. Segn los cortaban crecan ms fuertes y
lozanos.

--Si el hombre pudiese comer alfalfa--declaraba sentenciosamente el
Gallego--quedara resuelto para siempre el problema social, al haber
en el mundo comida de sobra para todos.

Por desgracia, slo los animales podan asimilarse este alimento
maravilloso. Las ovejas que el vasco apacentaba en sus alfalfares eran
como bestias de otro planeta, donde una nutricin maravillosa diese 
los seres proporciones exageradas.

--Parecen animales vistos con anteojos de aumento--deca el bolichero.

Su rico compatriota el vasco, orgulloso de sus prados infinitos y de
sus ovejas enormes como mastines, se complaca en decir  algn
vagabundo que pasaba junto  su propiedad:

--Si llegas  cargarte esa oveja, te la regalo.

Pero el hombre, despus de grandes esfuerzos, no lograba echarse  la
espalda el pesado animal. Cuando reciba  algn husped, lo
obsequiaba con un pavo puesto en el asador. Y el invitado se confunda
al verlo sobre la mesa, creyendo que esta ave, nutrida con alfalfa,
era un corderillo asado.

La abundancia que rodeaba al tal espaol le permita ser tolerante
con la miseria ajena y perdonar el robo. No poda transigir con Manos
Duras y otros aficionados al cuatrerismo, porque se llevaban los
animales enteros.

--Que me roben toda la carne que quieran--deca--; yo he sido pobre y
s lo que es el hambre. Pero  lo menos, pucha! que me dejen los
cueros.

Ms de una vez, al recorrer  caballo su enorme propiedad, prorrumpia
en maldiciones viendo junto  un canal las entraas y otros restos de
una oveja. Pero algunos pasos ms all encontraba la piel todava
fresca puesta sobre una alambrada, y esto le haca sonreir.

--As me gusta; que haya decencia y slo se lleven lo que sirve para
matar el hambre.

El dueo del boliche soaba con alcanzar algn da la riqueza de su
compatriota, poseyendo inmensos alfalfares. Y hablando del clebre
pasto con otros que eran dueos igualmente de tierras yermas y
esperaban el momento del riego, no sentan el paso de las horas
nocturnas. Experimentaban las mismas emociones de los nios mientras
escuchan en la velada el relato de un cuento prodigioso.

--Cundo llegar el da que veamos la tierra de nuestros campos roja
y cubierta de agua, lo mismo que si fuesemos  hacer ladrillos con
ella!

Quedaban como extticos al pensar en esto. Despus miraban el reloj.
Era tarde, y haba que ir  la cama para levantarse con el alba. Todos
al abandonar el boliche volvan sus ojos instintivamente hacia el ro
obscuro que se deslizaba sordamente, durante miles y miles de aos,
entre tierras yermas, negndolas su caricia gestadora de tantas
maravillas.

Mientras llegaba la hora de ser millonario gracias  la irrigacin,
una de las mejores ganancias del dueo del boliche consista en
organizar los domingos corridas de caballos. Para esto necesitaba el
permiso de don Roque, y no le era fcil conseguirlo.

El comisario tena miedo  sus superiores. El gobierno federal haba
prohibido esta fiesta en los territorios de vida primitiva, por ser
causa de borracheras y peleas. Pero el antiguo vecino de Buenos Aires,
para vivir resignadamente en la Patagonia, necesitaba una compensacin
mayor que el sueldo dado por el gobierno; y  causa de esto, siempre
que el dueo del boliche le hablaba  solas, consegua vencer sus
escrpulos.

--Por Dios, no anuncies mucho, Gallego, que va  haber
corridas--suplicaba el comisario--. No haga el demonio, ch, que
tengamos una desgracia y lo sepan all en Buenos Aires... Que sea
nicamente para los que habitan el campamento.

Pero el negocio exiga, por el contrario, una gran publicidad, y de
muchas leguas  la redonda iban llegando,  partir del sbado por la
tarde, numerosos jinetes.

En el pas no abundaban las fiestas, y haba que aprovechar las
corridas de la Presa. La poblacin del campamento pareca triplicarse.
El boliche expenda en veinticuatro horas la provisin de bebidas
hecha para un mes.

Manos Duras saludaba  numerosos jinetes que vivan en ranchos
lejansimos y le haban ayudado algunas veces en sus negocios. Todos
iban montados en sus mejores caballos,  los que llamaban fletes,
para tomar parte en las carreras.

Los premios dados por el Gallego no eran gran cosa: un billete de
veinte pesos, pauelos de vistosos colores, un tarro de ginebra; pero
los gauchos, orgullosos de sus espuelas, de su cinturn y de su
cuchillo con mango de plata, venan  triunfar por el honor y la
gloria, regresando  sus ranchos satisfechos de haber demostrado su
guapeza ante los _gringos_ trabajadores, incapaces de montar un
caballo bravo.

Rara vez se volvan en la misma tarde. Consideraban necesario quedarse
para celebrar el triunfo, y las primeras horas nocturnas del domingo
eran las de mayor ganancia para el boliche. Tambin resultaban las ms
temibles para don Roque, y su recuerdo lo haca vacilar en la
concesin de nuevos permisos, an  riesgo de perder lo que le daba en
cambio el Gallego.

Como el pblico no caba dentro del establecimiento, formaba corros
fuera de l; y Friterini, ayudado por las mujeres, entraba y sala
incesantemente con botellas y vasos. Sonaban las guitarras,
acompaando los gritos y los palmoteos de la gente amontonada en torno
 los bailarines. El comisario se mantena  distancia con sus cuatro
soldados de largos sables, sabiendo que su presencia, las ms de las
veces, serva para excitar los nimos en vez de calmarlos.

Los que ms le preocupaban eran los peones chilenos. En las fiestas
ordinarias, cuando estaban con sus camaradas de trabajo, su embriaguez
resultaba metdica y su humor no sufra sobresaltos. Acostumbrados al
trato con los peones europeos, cantaban y bailaban la _cueca_ sin que
se turbase la paz. nicamente su patriotismo agresivo iba creciendo
segn aumentaba la cantidad de bebida consumida.

--Viva Chile!--gritaban  coro entre una _cueca_ y otra.

Alguno, ms entusiasta, completaba la aclamacin, lanzndola con toda
su pureza clsica, como lo hacen los _rotos_ en las fiestas
patriticas  en la guerra al cargar  la bayoneta: Viva Chile,
m...!

Mas en las tardes de carreras, la presencia de gentes extraas, y
especialmente  aquellos jinetes de aire arrogante, orgullosos de sus
sillas chapeadas de plata, de sus armas y de los adornos metlicos de
sus trajes, pareca esparcir un malestar provocativo, mezcla de odio y
de envidia, entre los _rotos_ que iban  pie.

De pronto cesaban de sonar las guitarras y haba un rumor de disputa.
Chillaban las mujeres; sobre sus chillidos se destacaba un grito
mortal; luego vena un silencio profundo. Y la gente se apartaba,
dejando sitio  un hombre con ojos de loco y la diestra roja de
sangre.

--Abran cancha, hermanos, que me he desgraciao!...

Todos le abran paso; nadie pretenda detenerle, ni an el comisario,
que procuraba estar lejos.

Hubiera sido un atentado contra las leyes establecidas por los
antiguos, ms conocedores de la vida que los hombres del presente. El
hermano del herido  del muerto slo atenda al que estaba en el
suelo, sin preocuparse de atajar  su agresor. Tiempo le quedaba de ir
en busca del que se haba desgraciado, all donde estuviese, para
desgraciarse  su vez, ejerciendo el derecho de la venganza.

Cuando ocurra uno de estos incidentes, don Roque, olvidando las
larguezas de Gonzlez, se mostraba indignado.

--No te deca yo que esto acabara mal, Gallego?... Ahora veremos lo
que dicen de Buenos Aires. En una de stas, ch, voy  perder mi
puesto.

Pero ni de Buenos Aires hablaban, ni don Roque perda su cargo. Como
era la nica autoridad y estaba de acuerdo con su colega de Fuerte
Sarmiento, se proceda al entierro del difunto, cuando lo haba, y si
solamente era un herido, ste se dejaba curar, asegurando no haber
visto jams al que le di la cuchillada y aadiendo que no le
reconocera aunque se lo pusieran delante.

Transcurran algunos meses sin que don Roque se ablandase. Ch,
Gallego: no me pillars otra vez!... Pero la generosidad del
bolichero acababa con sus temores, y de nuevo se anunciaba una corrida
de caballos.

Si la fiesta haba terminado sin peleas, Gonzlez, triunfante, rea
al comisario.

--Lo ve usted?... Este es un pueblo que progresa, y puede uno tener
confianza en su decencia. Lo de la otra vez fu un pequeo incidente.

Para no verse el bolichero desmentido por los hechos, ensanchaba su
largueza hasta Manos Duras, dndole algn billete de Banco  cambio de
que mantuviese la paz, valindose de sus amistades con unos y del
temor que inspiraba  otros.

Un sbado, al anochecer, entr Robledo por la calle central, de vuelta
de sus canales. Al pasar ante la casa de Pirovani mir al lado opuesto
y aceler la marcha de su caballo, por temor  que Elena abriese una
ventana, llamndole. Iban transcurridos muchos das sin que l hubiese
vuelto  visitarla. Senta esos temores vagos que anuncian la cercana
del peligro, pero sin dejar adivinar de qu parte viene.

El campamento de la Presa le pareca ahora distinto al de algunas
semanas antes. Su aspecto exterior era el mismo, pero su vida interna
se transformaba de un modo inquietante. Iban perdindose la dulzura
montona y la confianza algo grosera con que se trataban todos
siempre.

Gualicho, el terrible demonio de la Pampa expulsado al mismo tiempo
que los indgenas, haba vuelto  estas tierras que fueron suyas,
reconquistndolas. Robledo se acord de cmo los indios solan
combatir  dicho genio del mal apenas iban notando su presencia entre
ellos.

Cuando sus expediciones para robar ganado  sorprender  las tribus
vecinas empezaban  fracasar; cuando iban en aumento las enfermedades
en sus tolderas y las amenazas de hambre, todos los jinetes se
armaban y salan al campo para vencer al maldito Gualicho. Esgriman
contra el enemigo invisible sus lanzas y sus mazas llamadas macanas,
arrojaban sus boleadoras, correas terminadas por dos esferas de piedra
que volteaban en el aire para envolver al adversario, acompaaban con
aullidos sus botes, tajos y estocadas, y las mujeres y los
pequeuelos, marchando  pie, se unan  esta ofensiva general dando
palos y puetazos al aire. Alguno de sus innumerables golpes haba de
tocar forzosamente al mal espritu, obligndolo  huir; y cuando, al
fin, caan todos en tierra extenuados, la tranquilidad volva  ellos,
convencidos de que el enemigo estaba ya lejos de su campamento.

El espaol crea notar ahora en la Presa la presencia de Gualicho, el
diablo pampero, maligno y enredador. Empujaba  los hombres unos
contra otros. Todos se miraban con hostilidad, como si se viesen
diferentes  como eran antes... Tendra, al fin, que juntarse el
pueblo en masa para ahuyentar  golpes al oculto enemigo?...

Iba pensando en esto, cuando su caballo se estremeci, detenindose
con tal brusquedad que casi le hizo salir disparado por encima de sus
orejas. En el mismo instante sonaron varios tiros de revlver y vi
cmo saltaban hechos pedazos los vidrios de las ventanas y de las dos
puertas del boliche.

Surgieron por estas aberturas, lo mismo que proyectiles, botellas,
vasos, y hasta un crneo de caballo. A continuacin aparecieron
algunos gauchos amigos de Manos Duras, que marchaban de espaldas
disparando sus revlveres. Varios trabajadores del pueblo salieron 
su vez del establecimiento, atacndolos igualmente  tiros. Otros que
ya haban agotado sus cartuchos avanzaban cuchillo en mano.

Cay un herido y empez  arrastrarse por el polvo. Luego el ingeniero
vi desplomarse  otro hombre. Gonzlez apareci en mangas de camisa,
como siempre, con dos elsticos sobre los bceps. Elevaba los brazos,
profiriendo splicas, voces de mando y maldiciones, todo mezclado. Las
mestizas anexas al boliche, que completaban la venta del alcohol con
el ofrecimiento de sus gracias, salieron tambin, asustadas y dando
gritos, para huir hacia los extremos de la calle.

Robledo sac su revlver, y espoleando  su caballo se fu metiendo
entre los contendientes, apuntando  unos y  otros, al mismo tiempo
que gritaba, exigiendo orden. Ayudado por los vecinos que iban
llegando, muchos de ellos con rifles, pudo restablecer una paz
momentnea. Huyeron los gauchos, perseguidos por los obreros del
dique, y acudieron las mujeres, lo mismo las danzarinas del
establecimiento que las pertenecientes  las familias del pueblo, para
rodear  los dos heridos y levantarlos.

Gonzlez, que protestaba  gritos, sin que nadie le escuchase, hizo un
gesto de alegra al reconocer  Robledo, como si ste pudiera
arreglarlo todo.

--Son los amigos de Manos Duras--dijo--, que vienen  armar bochinche
porque  ese gaucho malo le quitan el suministro de la carne y le
impiden hacer otros negocios. Como maana tenamos carreras de
caballos, Manos Duras me ha querido perjudicar, provocando esta
batalla. Parece como que el demonio ande suelto ahora, don Manuel.
Tan en paz que vivamos antes!...

Sudoroso y emocionado an por el combate, sigui balbuciendo
explicaciones. Reconoca que los chilenos provocaban peleas algunas
veces; pero era de tarde en tarde y  consecuencia de excesos en la
bebida. Ahora no haba que imputarles ninguna responsabilidad. Pobres
_rotos_!... Eran los del pas los que haban procedido insolentemente,
como si obedeciesen una orden, provocando  los trabajadores para
perturbar la tranquilidad del pueblo.

--Y esto va  durar, don Manuel; conozco  Manos Duras. Si quisiera
dinero, habra venido  pedrmelo, y no sera la primera vez... Pero
debe haber de por medio algo que no adivino, y que le hace buscar el
escndalo, sea como sea.

Acababan de ser recogidos los heridos, y la gente los meta en el
boliche. Un hombre  caballo sali en busca del mdico de Fuerte
Sarmiento, que slo visitaba la Presa dos veces por semana. Varias
mujeres corrieron para traer antes  cierto pen siciliano que gozaba
fama de gran curandero. Los curiosos entraban en el almacn para
enterarse de la gravedad de las heridas. En medio de la calle, unas
comadres hablaban  gritos contra Manos Duras y sus camaradas.

Robledo volvi  emprender la marcha hacia su casa, con aire
pensativo. Gonzlez tena razn: el demonio andaba suelto. Alguien
haba trastornado profundamente la vida de la Presa.

Al otro da not tambin un gran cambio en los grupos que trabajaban
junto al ro. Los obreros dependientes del contratista estaban
sentados en el suelo, fumando  dormitando. Algunos de origen espaol
canturreaban, tocando palmas y mirando  lo lejos, como si
contemplasen la patria lejana.

El contramaestre chileno apodado el _Fraile_ iba de un grupo  otro
protestando de esta inercia, pero slo consegua que los trabajadores
riesen de l. Uno de los ms viejos le contest insolentemente:

--T no esperars heredar al italiano... por qu tienes, entonces,
ms inters que l en obligarnos  trabajar? Hace muchos das que no
viene por aqu.

Otro jornalero ms joven aadi, con una risa bestial:

--Anda como un perro detrs de esa gringa hermosota que huele tan bien
y  la que llaman la marquesa. Yo tambin, si pudiera...

Y aadi algunas palabrotas que hicieron reir  muchos con expresin
salvaje de deseo. De pronto, un muchacho, un aprendiz, que estaba
sobre una pequea altura vigilando los alrededores, lanz el grito de
alarma:

--Un ingeniero!

Inmediatamente todos dieron un salto, buscando sus herramientas, y
empezaron  simular un trabajo ardoroso, mientras el espaol iba
avanzando entre los grupos al paso lento de su caballo.

Miraban de reojo  Robledo, y segn ste se iba alejando, dejaban caer
sus herramientas, sentndose otra vez. Volvi repetidas veces su
cabeza el ingeniero, y se dijo, como el da anterior, que un poder
oculto haba trastornado la vida de la colonia. Gualicho andaba
realmente por todas partes, y hasta haca sentir su influencia fuera
del pueblo, desorganizando el trabajo de los hombres.

Dej  sus espaldas los numerosos peones de Pirovani, llegando al
lugar donde sus propios obreros abran los canales.

Estos trabajadores no permanecan en perezoso descanso. Torrebianca
los diriga y vigilaba, dndoles ejemplo con su actividad. Al ver 
Robledo lo llev aparte, como si tuviera que comunicarle una mala
noticia.

--El perverso ejemplo de los obreros del dique empieza  perturbar 
los dems. Nuestra gente quiere menos horas de trabajo, como los
otros... No comprendo en qu piensa ese pobre Pirovani. Tiene
completamente abandonadas sus obras.

Le mir fijamente Robledo, guardando silencio, mientras Torrebianca
continuaba dndole noticias.

--Anoche me dijo Moreno que Pirovani y Canterac empiezan  hacerse la
guerra. El uno se resiste  aprobar como ingeniero los trabajos que
hace el otro como contratista. Desea perjudicarle, retardando de este
modo los pagos del gobierno... Pirovani dice que suspender las obras
y se ir  Buenos Aires, donde tiene muchos amigos,  quejarse del
ingeniero.

Estas palabras hicieron salir al espaol de su indiferencia
silenciosa.

--Y mientras discuten--dijo con ira--llegar el invierno, crecer el
ro antes de que el dique est terminado, las aguas destruirn y
arrastrarn el trabajo de varios aos, y todo habr que volverlo 
empezar.

El marqus, que pareca pensativo, exclam de pronto:

--Esos dos hombres eran antes tan amigos!... Algo, indudablemente,
debe haberse interpuesto entre ellos...

Robledo hizo un esfuerzo para que sus ojos no transparentasen lstima
ni asombro, y movi la cabeza afirmativamente.

       *       *       *       *       *




#XI#


Poco despus de la salida del sol abandon Moreno su casa, por haberle
llamado Canterac urgentemente.

Al entrar en el alojamiento del ingeniero encontr  ste paseando con
impaciencia. Se haba puesto ya las botas altas y el pantaln de
montar. Un cinturn con revlver y su blusa estaban sobre una silla.

Con las mangas de la camisa recogidas y la pechera abierta, mostraba
an las frescas seales de su ablucin matinal. Su rostro era ms duro
y autoritario que otros das. Una idea tenaz y molesta pareca colgar
de su fruncido entrecejo. Sobre los muebles y en los rincones haba
numerosos paquetes envueltos en papel fino, atados y sellados
elegantemente.

Se adivinaba que el ingeniero haba dormido mal, por culpa de aquella
idea que deseaba exponer  Moreno. ste tom asiento, preparndose 
oir. Canterac se mantuvo de pie para seguir paseando, y dijo al
oficinista:

-Ese Pirovani,  pesar de su ordinariez, me vence siempre. Como es
rico!...

Luego seal los numerosos paquetes que ocupaban una parte de la
habitacin.

--Ah tiene todos los perfumes que encargamos  Buenos Aires Compra
intil! Los del italiano llegaron antes.

Moreno se apresur  disculparse. Haba hecho lo necesario para que el
encargo viniese con rapidez; pero el otro, en vez de hacer el pedido
por carta, enviaba un mensajero  la capital.

Canterac quiso mostrarse bondadoso y acept las excusas del
oficinista, dndole unas palmaditas en la espalda.

--No he podido dormir en toda la noche, querido Moreno. Tengo un
proyecto y quiero consultarlo con usted. Necesito aplastar  ese
intrigante que se atreve  medirse conmigo... Aqu todos se consideran
iguales, como si se hubiesen suprimido en el mundo las jerarquas.
Hasta es posible que ese contratista se crea superior  m, que soy su
jefe; todo porque tiene ms plata.

Sonri Canterac con una expresin cruel, y sigui hablando.

--Yo har que tenga menos. Hasta ahora le haba tolerado ciertas cosas
al aprobar sus obras. En adelante perder muchos miles de pesos y se
ver obligado  rescindir su contrato, yndose de aqu.

Luego se aproxim  Moreno para hablar en voz baja, como si temiese
ser odo.

--Quiero hacer algo extraordinario, algo que ese emigrante sin
educacin no pueda discurrir. Anoche lo he pensado. En el primer
momento cre que era un disparate, pero despus de reflexionar largas
horas reconozco que es algo original y digno de realizarse, si resulta
posible... Pirovani ha ofrecido una casa  la marquesa. Yo la ofrecer
un parque... un parque que har surgir en pleno desierto patagnico.
Qu le parece mi idea, amigo Moreno?

El oficinista le escuchaba con inters y asombro, pero no supo qu
contestar. Necesitaba ms explicaciones, y el otro sigui hablando.

--En ese parque dar una fiesta, una _garden-party_, en honor de
nuestra amiga la marquesa, y hasta me proporcionar la venganza de
invitar  ese rstico enriquecido, para que se muera de envidia. Usted
me har el favor de dirigirlo todo. Aqu tiene las instrucciones; las
escrib anoche, aprovechando mi falta de sueo.

Tom el argentino el papel que le ofreca Canterac, y luego de leerlo
mir al ingeniero con extraeza, como si dudase de su razn.

--Comprendo su asombro... Resultar caro, lo s; pero no importa.
Gaste sin miedo. Acabo de cobrar unos cuantos miles de pesos que
pensaba remitir  Pars. Prefiero asombrar  la marquesa con mi
parque. Ya ganar otra plata ms adelante: tengo confianza en el
porvenir.

Y dijo esto de buena fe, con el dulce optimismo de los que se sienten
enamorados.

Al da siguiente era domingo, y Watson fu por la maana  la antigua
casa de Pirovani para ver  Torrebianca. Necesitaba hablarle de un
asunto relacionado con los trabajos de los canales. Robledo se haba
marchado dos das antes  Buenos Aires para pedir  los Bancos un
nuevo crdito que le permitiese continuar sus obras, y tambin para
vender ciertos terrenos que posea en la Pampa central.

Subi el joven con cierta inquietud la escalinata de madera, despus
de mirar disimuladamente  las ventanas. Llam  la puerta con recato,
como si no quisiera ser odo por todos los habitantes de la casa, y
sonri al ver que era Sebastiana la que sala  abrirle.

--El seor no est: se fu con don Canterac  Fuerte Sarmiento esta
maana. Y don Robledo, est bueno?...

La mestiza, como muchas gentes del pas, aplicaba el don
indistintamente  los nombres y los apellidos.

Iba Watson  retirarse, cuando se levant un portier del recibimiento,
dejando visible una mano blanca rematada por una pulsera de reloj.
Esta mano le haca seas cual si pretendiese atraerlo. Despus
apareci Elena por entero, invitndole con palabras y sonrisas  pasar
adelante. Cohibido por su presencia, no tuvo fuerzas Ricardo para
negarse, y la sigui al saln, bajando los ojos al tomar asiento.

--Al fin le veo en mi casa... Debo serle muy antiptica, pues nunca
quiere visitarme.

Watson se excus. Haba estado dos veces por la noche en compaa de
Robledo. No poda asistir diariamente  su tertulia, como los otros
visitantes: se levantaba ms pronto que todos ellos. Por ser de menos
edad que su asociado, deba encargarse de los trabajos ms penosos.

Ella fingi no escuchar estas explicaciones que desviaban el curso de
la conversacin. Quera decir algo y necesitaba decirlo cuanto antes.

--Tal vez le han hablado mal de m. No se esfuerce en negarlo: nada
tiene de raro que me traten de ese modo... Las mujeres estamos tan
expuestas  la calumnia!... Nos creamos tantos enemigos al no querer
acceder  ciertos deseos!

Elena haba tomado un tono de dulce ingenuidad al formular sus quejas,
como si estuviese bajo el peso de las ms injustas persecuciones. Se
aproxim  Ricardo, hablndole sin ningn recato femenil, como si
fuese un compaero de su infancia; y el joven empez  sentir la
turbacin que esparce el perfume de una carne sana y bien cuidada, la
proximidad de una mujer hermosa.

--Soy muy infeliz, Watson--sigui diciendo--. Deseaba una ocasin
oportuna para manifestrselo, y aprovecho este raro momento en que
podemos hablar  solas y tal vez no volver  repetirse nunca... Me ve
usted rodeada de hombres que me hacen la corte y yo parece que
coqueteo con ellos. Error!... Es nicamente por aturdirme, por
olvidar el vaco de mi vida. Hace aos que me siento sola, como si no
existiese en el mundo otro ser que yo.

Ricardo haba olvidado su inquietud de momentos antes, para escucharla
con un inters crdulo, aceptando todas sus palabras.

--Pero y su marido?...

Una lucecita irnica pareci temblar en los ojos de ella al oir esta
pregunta inocente. Pero contuvo su burlona admiracin, para contestar
con tristeza:

--No hablemos de l. Es un hombre buensimo, pero no el esposo que
necesita una mujer como yo. Nunca ha sabido comprenderme. Adems, es
un dbil en la batalla de la vida; y yo, que he nacido para altos
destinos, estoy donde estoy por su falta de condiciones, habiendo
venido  parar  una tierra casi salvaje.

Mir intensamente  Ricardo, que bajaba los ojos, no sabiendo qu
decir, y aadi con expresin pensativa:

--Crea usted que un hombre joven y enrgico hubiera ido muy lejos
teniendo  su lado una mujer como yo.

Sorprendido Watson por estas palabras, levant su mirada, pero volvi
 fijarla en sus pies, cual si temiera seguir viendo los ojos de ella.
Sonri Elena levemente de su temor, al mismo tiempo que susurraba con
una vocecita melanclica:

--La vida es as; se fijan en nosotras los hombres que no deseamos, y
en cambio aquellos que nos interesan huyen casi siempre.

Al oir esto volvi el joven  levantar su cabeza, mirndola sin miedo
alguno, con una expresin interrogante... Qu es lo que intentaba
decir aquella mujer?

l no conoca la vida directamente; adems, como hombre de accin,
amaba poco la lectura, y le haba sido imposible adivinar la
existencia  travs de los libros; pero guardaba en el fondo de su
memoria ciertos recuerdos de novelas simplistas  ingenuas, abundantes
en aventuras, ledas para combatir el aburrimiento durante los viajes
en ferrocarril  las travesas martimas. Tambin llevaba vistas un
centenar de historias cinematogrficas, y lo mismo en las pginas de
los libros que sobre las pantallas de los cinemas haba conocido el
tipo de la mujer fatal, la mujer hermosa de cuerpo y enrevesada y
maligna de espritu, que tienta  los hombres, consiguiendo hacerlos
salir del camino del honor, y acaba perturbando la felicidad tranquila
y dulcemente montona que debe proporcionarse todo joven, casndose y
formando una familia. Si sera esta marquesa su mujer fatal? Robledo
no mostraba mucha simpata por ella...

Pero  continuacin pens en todas las protagonistas calumniadas y
perseguidas que haba encontrado igualmente en los libros y las
aventuras cinematogrficas, siendo tan enormes sus tormentos, que l,
 pesar de su fortaleza viril, senta humedecerse sus ojos. En el
mundo abundaban tal vez las vctimas de dicha especie. nicamente de
este modo poda l explicarse la frecuencia con que aparecen en las
novelas.

Sigui mirando  la Torrebianca para darse cuenta de si era una mujer
fatal  una mujer perseguida injustamente; pero ella haba bajado los
ojos, diciendo con triste modestia:

--He sufrido mucho al ver que usted hua de m. Rodeada de hombres
egostas y de un grosero materialismo, necesito una amistad noble y
pura, un amigo desinteresado, un compaero que me aprecie por mi alma
y no por mis atractivos corporales.

Watson movi la cabeza instintivamente. Este movimiento era un reflejo
de la aprobacin que daba en su interior  tales palabras. Iba
formndose ya una opinin sobre aquella mujer.

--Siempre cre--continu ella--que este amigo ideal poda serlo usted,
que parece tan bueno... Pero ay! usted me detesta, usted huye de m,
creyndome tal vez una mujer temible, como hay tantas en el mundo,
cuando en realidad no soy mas que una infeliz.

Para expresar Ricardo con ms vehemencia su protesta, se puso de pie,
llevndose una mano al pecho. l no haba sentido nunca antipata por
ella, ni deseaba huir de su trato. Era un _gentleman_ que pensaba
siempre con el mayor respeto de la esposa de su compaero Torrebianca.
Pero confesaba que hasta ahora no la haba conocido bien.

--Esto no es extraordinario. A veces las personas se hablan aos y
aos y creen conocerse, hasta que un da, de pronto, se conocen en
realidad y se ven muy distintas de como se haban imaginado. Yo,
despus de lo que acabo de oir...

No dijo ms, pero su silencio y sus ojos dieron  entender la emocin
que haban producido en l las palabras de Elena...

sta se levant igualmente, aproximndose  Watson para tenderle una
mano.

--Entonces, acepta usted ser ese amigo que tanto necesito para
continuar mi existencia?... Quiere servirme de apoyo y de gua?...

Turbado por la mirada de ella, balbuce el joven palabras truncadas,
estrechando al mismo tiempo la mano femenina que se mantena dentro de
la suya. La marquesa acogi esta vaga aceptacin con un regocijo
infantil.

--Qu felicidad! Me visitar usted todos los das, me acompaar en
mis paseos  caballo, y ya no me ver seguida por esos suspirantes
pegajosos que me molestan continuamente.

Mostrse sorprendido Ricardo por la alegra de la Torrebianca. l no
haba prometido nada de esto; pero no se atrevi  protestar.

Como si no tuviese ya duda de que el joven iba  ser su acompaante,
Elena empez  reir con una risa algo maliciosa.

--Adems, en nuestros paseos me ensear usted  tirar el lazo. Cmo
deseo poseer esa habilidad!...

Se di cuenta inmediatamente de lo inoportunas que resultaban sus
palabras. Watson haba entornado los ojos, al mismo tiempo que su
frente pareca obscurecerse, pasando por ella la sombra de un desfile
de lejanas imgenes. Record la tarde en que Elena los haba
sorprendido cerca del ro,  l y  Celinda, mientras sta le enseaba
 tirar el lazo.

Elena, para repeler tal recuerdo, se aproxim ms al joven, apoyando
sus manos en las solapas de su blusa. Pareca querer mirarse en sus
pupilas, al mismo tiempo que concentraba en los propios ojos todo su
poder de seduccin.

--Amigos de veras?...--pregunt con una voz susurrante--. Amigos
para siempre?... Amigos por encima de la calumnia y de la envidia?

El joven se sinti vencido por el contacto y los perfumes de aquella
mujer. El recuerdo de la ribera del ro y las alegres lecciones de
Celinda fu desvanecindose. Hubo algo dentro de l que intent
resistirse todava  esta influencia. Pas por su memoria el recuerdo
de las heronas fatales de los libros. Hizo un movimiento como si
fuese  decir no, y llev sus manos  las manos de ella para
despegarlas de su pecho. Pero sus dedos, al sentir el contacto de la
epidermis femenina, se inmovilizaron en voluptuoso desmayo para
oprimir despus, acariciadores, las manos de ella. Y como los ojos de
Elena parecan implorar una respuesta  sus recientes preguntas, l
hizo un movimiento con su cabeza: S.

A partir de este da Watson fu el nico acompaante de la esposa de
Torrebianca en sus paseos  caballo. Frente  la antigua casa de
Pirovani se situaba un mestizo encargado de la caballeriza del
contratista, teniendo de las riendas  una yegua blanca con silla
femenil.

Llegaba Ricardo  caballo, apareca en lo alto de la escalinata Elena,
vestida de amazona, y en el mismo instante se presentaba en la calle
el contratista, como si hubiese estado oculto esperando una
oportunidad para mostrarse. Tambin iba  caballo, pero la seora
marquesa se negaba  aceptar su compaa.

--Vaya usted  sus negocios, seor Pirovani. Mi marido dice que los
descuida usted mucho, y eso me entristece... El seor Watson est ms
libre ahora y me acompaar.

Acababa el italiano por aceptar tales palabras, con cierto
agradecimiento. Cmo se interesaba por sus negocios esta mujer! No
poda mostrar con ms claridad la simpata por todo lo referente  su
persona. Adems, el acompaamiento de Watson no poda inspirarle
celos. Todos le tenan en el pas por novio de la nia de Rojas... Y
finalmente se retiraba, aunque de mal talante, para ir  visitar las
obras del dique.

Otras veces, cuando ya estaba Elena en la silla, se presentaba
Canterac, tambin  caballo, con el deseo de acompaarla. Pero Elena
le acoga con signos negativos de su latiguillo.

--Ya le he dicho varias veces que no quiero ms acompaante que mister
Watson--le contest ella una maana--. Usted, capitn, vyase 
trabajar en esa misteriosa y enorme sorpresa que me est preparando.

Tambin Canterac aceptaba al ingeniero norteamericano como acompaante
de la marquesa. Le pareca ms tolerable que el odiado Pirovani.

Vi cmo se alejaban los dos jinetes, y aunque senta un enojo
sombro, como siempre que le rechazaba Elena, procur disimularlo,
encaminndose despus  la casa de Moreno.

Estaba el oficinista leyendo una novela junto  su ventana, y al ver 
Canterac se acod en el alfizar para hablarle de los trabajos
realizados.

--Hay cerca de doscientos hombres y cuarenta carretas que ganan plata
en lo del parque.

El ingeniero, siempre  caballo, escuch las explicaciones que le fu
dando Moreno desde su ventana.

--Le he quitado estos hombres  Pirovani ofrecindoles doble jornal.
Adems, me he llevado todas las carretas que el italiano tiene
contratadas y las que hay en Fuerte Sarmiento. Esto va  retrasar un
poco los trabajos del dique; pero luego, usted por una parte y el
contratista por otra, procurarn ganar el tiempo perdido.

Los hombres trabajaban  cinco leguas de all, ro abajo, en un lugar
algo pantanoso, donde las crecidas haban hecho surgir un bosque de
lamos y otros rboles. Apartaban los peones la tierra inmediata  los
troncos, dejando al descubierto sus races. Luego cortaban stas 
inclinaban el rbol, hacindole caer en una carreta de bueyes, que
emprenda lentamente su marcha  lo largo de la ribera, necesitando
toda una jornada para llevar su carga hasta la Presa.

--Un trabajo largo y difcil--sigui diciendo Moreno--. Ayer estuve
all para verlo todo por mis ojos, y crea usted que la gente gana bien
su plata.

Cerca de la Presa, en una planicie vecina al ro, limpia de
vegetacin, otros peones abran hoyos en el suelo. Al llegar las
carretas con los rboles, levantaban stos y los metan en los hoyos,
amontonando tierra en torno para que se mantuviesen erguidos.

--Son rboles de algunos metros nada ms, pero resultarn
extraordinarios en este desierto donde no hay otros que puedan servir
de comparacin. Tengo la seguridad, capitn, de que la sorpresa va 
ser enorme. Eso no lo puede discurrir el italiano.

Canterac aprob con un sonrisa de satisfaccin las ltimas palabras.

--Va usted  gastar toditos sus miles de pesos--continu Moreno--, y
hasta puede ocurrir que al final falte algo de plata; pero tendr
usted su parque... Es verdad que el tal parque no le producir nuevos
gastos, pues al da siguiente de la fiesta los rboles tal vez estn
secos y muertos.

Y el oficinista ri de la inutilidad de un gasto tan enorme, admirando
y compadeciendo  la vez al ingeniero.

Mientras tanto, Elena y Watson marchaban lentamente  caballo por la
orilla del ro. Ella mantena cogida una mano de l, hablndole
afectuosamente, con una expresin maternal.

--Veo, Ricardo, por lo que me cuenta, que Robledo lo dirige todo y
usted es  modo de un empleado suyo... No deba mezclarme en sus
asuntos, pero todo lo que se refiere  usted me inspira tanto
inters!... Yo no digo que el espaol cometa indelicadezas al
repartir las ganancias del negocio; eso no. Robledo es hombre
correcto, pero abusa un poco de la condicin de tener ms aos. Debe
emanciparse usted de esa tutela,  no har el camino que le
corresponde hacer por s mismo, sin necesidad de tutores.

Ricardo haba defendido la persona de su asociado desde las primeras
insinuaciones; pero acab por acoger, pensativo y ceudo, sin una
palabra de protesta, el ltimo consejo de Elena.

Mientras los dos conversaban, balancendose ligeramente con el paso
lento de sus caballos, un jinete apareci y se ocult repetidas veces
en el fondo del paisaje, pasando de la orilla del ro  las dunas de
arena que las inundaciones haban dejado tierra adentro. Este jinete
que se aproximaba  se alejaba en un galope caprichoso era Celinda
Rojas.

Elena fu la primera en darse cuenta de sus evoluciones, y sonri
malignamente.

--Creo que alguien le busca--dijo  Ricardo.

ste mir hacia donde ella sealaba, y al reconocer  la amazona, no
pudo disimular cierta turbacin.

--Es la seorita de Rojas--contest, ruborizndose ligeramente--; una
nia todava, con la que tengo alguna amistad. Es como una hermana
menor; mejor dicho, un compaero. No vaya usted  imaginarse...

La Torrebianca sonrea irnicamente, como si no creyese en sus
protestas, y acab por decir, con una frialdad que apen al joven:

--Vaya usted  saludarla, para que no nos moleste ms con su
vigilancia, y venga luego  juntarse conmigo.

Despus de estas palabras, dichas con el tono de una orden, hizo
trotar  su caballo tierra adentro, por entre los speros matorrales,
que se rompieron lanzando crujidos de lea seca. Inmediatamente,
Celinda dej de evolucionar  lo lejos, llegando  todo galope al
encuentro de Ricardo. Cuando estuvo junto  l le amenaz con un dedo,
pretendiendo imitar la expresin ceuda de un maestro que rie  su
discpulo. Luego habl con una gravedad cmica:

--No le he dicho ms de cien veces, mister Watson, que no quiero
verle con esa... mujer? Paso ahora los das enteros corriendo el campo
intilmente, y cuando al fin consigo tropezarme con el seor, lo veo
siempre en mala compaa.

Pero Watson era ahora otro hombre y no acogi con risas su fingido
enfado. Muy al contrario, pareci ofenderse por el tono de broma con
que hablaba ella, y repuso secamente.

--Puedo ir con quien quiera, seorita. Slo hay entre nosotros una
buena amistad,  pesar de lo que algunos suponen equivocadamente. Ni
usted es mi prometida, ni yo tengo obligacin de privarme de mis
relaciones para obedecer sus caprichos.

Celinda qued absorta por la sorpresa y l se aprovech de esto para
saludarla con brusquedad, alejndose despus en la misma direccin que
haba seguido Elena. La nia de Rojas, al convencerse de que el
norteamericano hua verdaderamente, hizo un gesto de clera, al mismo
tiempo que lanzaba palabras suplicantes:

--No se vaya, gringuito!... Oiga, don Ricardo; no se ofenda... Mire
que esto slo ha sido para reir, lo mismo que otras veces.

Como Watson finga no orla y continuaba su trote, acab ella por
echar mano al lazo que guardaba en el delantero de la silla, y lo
desli para arrojarlo sobre el fugitivo.

--Venga usted aqu, desobediente!

El lazo cay sobre Ricardo con exacta precisin, aprisionndolo, pero
cuando Celinda empezaba  tirar de l, sac el ingeniero un pequeo
cuchillo, cortando la cuerda. Tan rpido fu este acto, que la joven,
preocupada nicamente en tirar de su lazo, casi cay del caballo al
faltarle de pronto el apoyo de la resistencia.

Watson se alej, sacndose el fragmento de cuerda que envolva an sus
hombros. Luego la arroj, sin volver la vista atrs. Mientras tanto,
la nia de Rojas segua recogiendo su lazo, que se arrastraba
blandamente por el suelo.

Al llegar  sus manos el final de la cuerda, contempl tristemente su
extremo cortado. Las lgrimas enturbiaron su visin. Luego, la hija de
la estancia palideci de clera mirando hacia las dunas, detrs de las
cuales haba desaparecido el norteamericano.

--Que el demonio te lleve, gringo desagradecido! No quiero verte
ms... Ya no te echar mi lazo, y si alguna vez deseas verme, sers t
el que tengas que echrmelo  m... si es que sabes!

Y no pudiendo resistirse ms tiempo  la crueldad de su decepcin, la
nia de Rojas hundi la cara entre las manos, para que aquella tierra
arenisca y aquel ro impetuoso y solitario que tantas veces la haban
visto reir no la viesen ahora llorar.

       *       *       *       *       *




#XII#


Lleg el da de la gran sorpresa preparada por Canterac. Los
trabajadores, bajo la direccin de Moreno, colocaron los ltimos
rboles en la llanura inmediata al ro.

Grupos de curiosos admiraban desde lejos este bosque improvisado. De
Fuerte Sarmiento y hasta de la capital del territorio de Neuquen iban
llegando gentes atradas por la novedad de tal fiesta. Algunos obreros
tendan de tronco  tronco guirnaldas de follaje y clavaban grupos de
banderolas.

Friterini, elevado  la categora de _matre d'htel_, haba sacado de
su maleta un frac algo apolillado, recuerdo de los tiempos en que
prestaba servicio como camarero auxiliar en hoteles de Europa y de
Buenos Aires. Preocupndose de la integridad de su pechera dura y su
corbata blanca, daba rdenes  una tropa de mestizas del boliche que
se haban convertido en servidoras y preparaban las mesas para la
fiesta de la tarde.

Don Antonio el Gallego tambin se haba transformado exteriormente.
Iba vestido de negro, con una gruesa cadena de oro de bolsillo 
bolsillo de su chaleco. l era de los invitados, tena derecho 
figurar entre los vecinos ms notables de la Presa representando al
alto comercio; pero como la merienda haba sido encargada  su
establecimiento, crey del caso trasladarse al lugar de la fiesta
desde las primeras horas de la tarde, para convencerse de que todos
los preparativos se desenvolvan con regularidad.

Entre los mirones situados al otro lado de una cerca de alambre se
vean algunos gauchos, siendo uno de ellos el famoso Manos Duras.
Despus de la batalla ocurrida en el boliche, haba vuelto
tranquilamente al campamento para dar explicaciones. No negaba que
algunos de los provocantes fuesen amigos suyos, pero todos eran
mayores de edad y no iba  responder de sus actos, como si fuese su
padre. l estaba lejos del campamento al ocurrir el choque; por qu
intentaban mezclarlo en hechos de los que no tena culpa alguna?...

El comisario hubo de conformarse con estas justificaciones; el dueo
del boliche las acept igualmente, creyendo que era mejor tenerlo por
amigo que por adversario, y all estaba Manos Duras contemplando con
una atencin algo burlona los preparativos de la fiesta. Los otros
gauchos, igualmente silenciosos, parecan reir interiormente de tales
labores. Los _gringos_ trasladaban los rboles del sitio donde los
haba hecho nacer Dios: y todo por una mujer!...

Las gentes del pueblo eran ms atrevidas en sus juicios, formulndolos
 gritos. Algunas mujeres, las mejor vestidas, censuraban  la
marquesa:

--La grandsima... tal! Las cosas que los hombres hacen por ella!

Enumeraban los regalos del contratista Pirovani, tan regateador y duro
para los trabajadores. Todos los das de tren le llegaban  la
marquesa paquetes de Buenos Aires  Baha Blanca, pagados por el
italiano. Adems, un carro con tonel no haca otro trabajo que llevar
agua del ro  la casa. Aquella seorona necesitaba baarse cada
veinticuatro horas.

--Eso no es natural. Debe tener en la carne algo que no quiere
irse--afirmaban sentenciosamente algunas mujeres.

Para todas ellas, obligadas  ir varias veces al da con un cntaro 
cuestas de su vivienda al ro, el carro del tonel representaba el ms
inaudito de los lujos. Un bao diario en aquel pas, donde el menor
soplo de viento levantaba columnas de tierra suelta, tan enormes y
violentas, que obligaban  encorvarse para resistir mejor su
empuje!... Como muchas de estas mujeres llevaban an en sus cabelleras
y en los dobleces de sus ropas el polvo de semanas antes, las
enfureca tal derroche de agua, como una injusticia social.

Una, para consolarse, record malignamente al ingeniero Torrebianca.

--Y ser capaz de venir esta tarde con los queridos de su mujer!...
Parece imposible que un hombre sea tan... ciego. Deben marchar de
acuerdo los dos.

Todos los que no estaban invitados  la fiesta y pretendan verla de
lejos, apoyados en la alambrada, se consolaban de su pretericin
hablando contra la Torrebianca, sus amigos y su marido.

Pas Celinda  caballo, entre los grupos, lentamente y mirando con
hostilidad el parque improvisado. Luego, para no oir los escandalosos
comentarios de aquellas mujeres, se alej hacia el pueblo.

Gonzlez, sin perder de vista la preparacin de las mesas, hablaba 
unos parroquianos de su establecimiento, mostrndoles el ro. Era
propicia la ocasin para repetir, con una gravedad doctoral, muchas
cosas odas  su compatriota Robledo.

Los indios haban dado  este ro su nombre de Negro por los
sufrimientos que les costaba remontarlo,  causa de su rpida
corriente. Los descubridores espaoles lo titularon ro de los Sauces,
por la gran cantidad de rboles de esta especie que cubra sus
orillas. Haban disminuido mucho ahora, pero an representaban el
mayor obstculo para su navegacin, pues los troncos y raigones
impulsados por la corriente batan como arietes  los barcos,
quebrantndolos. Durante dos siglos haba permanecido inexplorado,
creyendo los descubridores espaoles-- causa de los informes de los
indgenas--en la posibilidad de navegar por l hasta Chile, lo que
hara del ro de los Sauces un canal entre el Atlntico y el Pacfico
menos lejano que el estrecho de Magallanes.

Un misionero ingls intentaba su exploracin para que su patria se
apoderase de este paso, lo que la permitira atacar cmodamente las
colonias de Espaa situadas al borde del Pacfico.

--Entonces fu cuando los espaoles, que haban tenido tantas cosas en
qu ocuparse, por ser dueos de la mayor parte de Amrica, creyeron
necesario explorar el ro.

Era un alfrez de la Armada, llamado Villarino, el que acometa esta
empresa difcil y de escasa resonancia en el ltimo tercio del siglo
XVIII, cuando ya casi toda la tierra de Amrica estaba descubierta y
colonizada.

--Don Manuel--sigui diciendo el dueo del boliche--llama  Villarino
el ltimo representante del herosmo descubridor de los espaoles.

Con cuatro barcas pesadsimas  inadecuadas para tal viaje, haba
salido de Carmen de Patagones, en la costa atlntica, llevando por
tripulacin unos sesenta hombres. Este puado de marineros se
internaban en un pas totalmente inexplorado, en el que vivan los
indios ms irreductibles y feroces. De las mrgenes del ro Negro
partan las invasiones indgenas contra las tierras civilizadas del
virreinato de la Plata: los _malones_ de jinetes cobrizos ansiosos de
robar ganados  los estancieros de Buenos Aires. Los cuatro barcos de
uno  dos palos iban  navegar centenares de leguas entre orillas
donde les esperaban en acecho los Aucas, tenidos por los indios ms
sanguinarios  indomables.

--Slo los que conocemos la corriente de este ro podemos comprender
lo que represent aquella expedicin, curso arriba y con buques de
vela. Llevaban quince caballos para sirgar los barcos por la orilla en
los pasos difciles. Cuatro veces los huracanes rompieron las
arboladuras de las embarcaciones. Con Villarino brill por ltima vez,
como dice don Manuel, la gloria de los conquistadores espaoles. La
expedicin dur muchos meses, y como no tena baquiano del pas que la
guiase, se extravi con frecuencia, metindose en ros afluentes para
retroceder despus... Buscaban el mar que los indios aseguraban haber
visto con sus ojos, y efectivamente, al final del Limay, continuacin
del ro Negro, se desemboca en un mar que es simplemente el lago
Nahuel Huapi... Lo cierto es que ahora nadie navega por este ro
mientras no lo limpien, y ninguno de los exploradores actuales, an
contando con las embarcaciones modernas, ha querido repetir el viaje
del alfrez Villarino hace siglo y medio.

Llevado por su entusiasmo patritico, segua Gonzlez mencionando todo
lo que haba odo  Robledo, pero sus oyentes eran cada vez ms
escasos. Se alejaban, atrados por los preparativos de la merienda,
prefiriendo la contemplacin de las mesas  la del antiguo ro de los
Sauces y  escuchar el relato de las hazaas del joven oficial de la
marina espaola.

Iban aumentando considerablemente los grupos. Una banda de msica,
compuesta de unos cuantos italianos vecinos de Nenquen, empez 
rasgar el aire con las estridencias de sus instrumentos de metal.
Inmediatamente se lanzaron  danzar algunas parejas. Don Antonio vi
en esto una falta de respeto al organizador de la fiesta.

--No los dejes bailar mientras no llegue la marquesa--orden 
Friterini--. La ceremonia es para ella, y de seguro que le parecer
muy mal al seor de Canterac que empiece antes de tiempo.

Pero msicos y bailarines no hicieron caso alguno de sus escrpulos y
continu el baile.

Elena estaba mientras tanto en el saln de su casa, lujosamente
vestida para asistir  la fiesta. Tena el rostro obscurecido por un
gesto de enfado.

Esto slo me ocurre  m--pensaba--. Llegar esta noticia precisamente
hoy... Y an hay quien niega los caprichos de la fatalidad!

Aquel da era de tren, y al empezar la tarde lleg el correo, recogido
en Fuerte Sarmiento.

Torrebianca, con el rostro consternado, fu en busca de su mujer para
mostrarle una carta.

--Lee lo que acabo de recibir. Es del notario de mi familia.

Esta carta, llegada de Italia, le daba cuenta de la muerte de su
madre. Desde que usted se march  Amrica, la salud de la seora
marquesa qued tan profundamente quebrantada, que todos esperbamos
tal desgracia de un momento  otro. Ha muerto pensando en usted. Su
nombre fu lo ltimo que balbuce en su agona. Adjunto le envo
algunos datos sobre su herencia, que desgraciadamente no es...

Suspendi Elena tal lectura para mirar  su marido con ojos
interrogantes; pero ste tena la cabeza inclinada, como anonadado
por la noticia. Dud ella en hablar, y como transcurra el tiempo sin
que el otro saliese de su actitud silenciosa, dijo lentamente:

--Supongo que este suceso, que nada tiene de inesperado, pues t mismo
lo has presentido muchas veces, no va  privarnos de asistir  la
fiesta.

Levant Torrebianca el rostro para mirarla con ojos de asombro.

--Qu es lo que dices?... Piensa que es mi madre la que ha muerto.

Ella fingi cierta confusin, mientras deca bondadosamente:

--Siento mucho la muerte de la pobre seora. Era tu madre, y esto
basta para que la llore... Pero piensa que en realidad no la vi nunca,
y ella, por su parte, slo me conoci por mis retratos. Ten serenidad
y un poco de lgica... Por esa desgracia, ocurrida al otro lado de la
tierra, no vamos  privarnos de asistir  una fiesta que representa
enormes gastos para el amigo que la ha organizado.

Se aproxim  su esposo, dicindole con voz insinuante, al mismo
tiempo que le acariciaba el rostro con una mano:

--Hay que saber vivir. Nadie conoce esta desgracia. Figrate que la
carta no ha llegado hoy y slo puedes recibirla en el correo de pasado
maana... Quedamos en eso; an ignoras la noticia y me acompaas esta
tarde. Qu adelantas con acordarte ahora? Tiempo te queda para pensar
en ese suceso triste.

El marqus hizo signos negativos. Luego se llev una mano  los ojos,
y apoyando sus codos en las rodillas gimi sordamente:

--Era mi madre... Mi pobre mam, que tanto me quera!

Hubo un largo silencio. Torrebianca, como si no quisiera mostrar su
dolor en presencia de su mujer, se refugi en una habitacin
inmediata. Elena, ceuda y malhumorada, le oy gemir y pasearse al
otro lado de la puerta.

As transcurri mucho tiempo. Ella mir el reloj: las tres. Haba que
decidirse. Hizo un gesto cruel y levant los hombros. Luego fu hasta
la puerta por donde haba desaparecido su esposo:

--Qudate, Federico; no te ocupes de m. Ir sola,  inventar un
pretexto para excusar tu ausencia. Hasta luego, alma ma! Cree que si
te dejo es nicamente por no molestar  nuestros amigos. Ay, las
exigencias sociales! Qu tormento!...

Tomaba su voz inflexiones de piadoso cario, al mismo tiempo que las
comisuras de su boca se dilataban en un rictus de clera.

Se puso el sombrero y sali. Desde lo alto de la escalinata pudo ver
la calle enteramente solitaria.

Toda la gente del pueblo estaba en los alrededores del parque
improvisado. Canterac y el contratista, cada uno por su parte, haban
declarado festivo aquel da, imponiendo el descanso  sus obreros.

Frente  la casa haba un carruajito de cuatro ruedas, cuidado por un
mestizo. ste dorma en el pescante, con un cigarro paraguayo entre
sus labios gruesos y azules, mientras un enjambre de moscas zumbaba en
torno al rostro sudoroso.

Elena pens en sus admiradores, que estaran esperndola, impacientes.
Se haban abstenido de venir  buscarla, porque el da anterior les
manifest su deseo de presentarse sin otro acompaamiento que el de su
esposo. Una seora debe evitar que la maledicencia se cebe en sus
actos.

Cuando se diriga hacia el carruajito, dejando  sus espaldas la casa,
oy el ruido de un galope. Un jinete acababa de surgir de una
callejuela inmediata. Era Flor de Ro Negro.

Por una afinidad misteriosa que ms bien era una repulsin, Elena
adivin su presencia antes de verla con sus ojos. Sin esperar  que el
caballo hiciese alto, la intrpida amazona se desliz de la silla.
Luego fu aproximndose, con la torpeza del jinete que extraa el
contacto del suelo:

--Seora, una palabra nada ms.

Y se interpuso entre ella y la estribera del carruaje, cerrndola el
paso.

A pesar de su arrogancia, Elena se sinti emocionada por los ojos
hostiles de la muchacha. Fingi, sin embargo, altivez, y pareci
preguntar con un gesto: Es realmente  m  quien busca?...

Celinda la entendi, contestando con un movimiento afirmativo. La
marquesa hizo otro ademn indicando que poda hablar, y la nia de
Rojas dijo con expresin agresiva:

--No tiene usted bastante con todos esos hombres  los que trae
locos?... Todava necesita robar los que pertenecen  otras mujeres?

La respuesta de Elena fu mirarla de pies  cabeza. Pretenda
confundirla con sus gestos de superioridad.

--Joven, no la conozco--dijo--. Adems, sospecho que existen entre
nosotras grandes diferencias de categora y educacin, que nos impiden
seguir hablando.

Intent apartarla para que le dejase libre el paso; pero Celinda,
irritada por su aire despectivo, levant el rebenque que llevaba en la
diestra.

--Ah, demonio con faldas!

Dirigi un golpe contra el rostro de Elena, pero sta se puso en
actitud defensiva, agarrando el brazo enemigo. Su cara qued
intensamente plida, con los ojos agrandados por la sorpresa y un
resplandor felino en las pupilas. Luego habl con una voz algo ronca:

--Muy bien, joven, no se moleste. Doy por recibido el golpe. Este
regalo es de los que no se olvidan nunca, y corresponder  l cuando
lo considere oportuno.

Solt el brazo de Celinda, y como sta pareca haber desahogado ya
toda su clera, lo dej caer, quedando inmvil y como avergonzada de
su agresin.

Aprovech Elena este desaliento momentneo para subir al cochecito,
tocando en un hombro  su conductor. El mestizo haba estado
adormecido hasta entonces, con el cigarro en la boca, sin enterarse de
lo que acababa de ocurrir junto  su vehculo.

Apenas salieron del pueblo, vi Elena  lo lejos el parque improvisado
y la muchedumbre que rebulla en torno  l.

Un jinete pas al trote en direccin contraria, regresando del lugar
de la fiesta, y se quit el sombrero para saludarla. Elena reconoci 
Manos Duras, sonriendo maquinalmente  su respetuoso saludo. Luego,
sin darse exacta cuenta de lo que haca, le llam con una mano. El
gaucho hizo dar vuelta  su cabalgadura y se aproxim al carruaje,
marchando junto  sus ruedas.

--Cmo le va, seora marquesa?... Por qu est tan plida?

Elena hizo un esfuerzo para serenarse. Deba guardar an en su rostro
las huellas de la reciente emocin, y ella necesitaba llegar  la
fiesta tranquila y sonriente, de modo que nadie adivinase el insulto
que haba recibido.

Como si quisiera terminar cuanto antes su conversacin con Manos
Duras, le pregunt con forzada alegra:

--Usted me dijo una vez que me aprecia mucho y est dispuesto  hacer
lo que yo le mande, por terrible que sea.

Se llev Manos Duras una mano al sombrero para saludar, y sonri,
mostrando sus dientes de lobo.

--Ordene lo que quiera, seora. Desea que mate  alguien?

Y al mismo tiempo la miraba con ojos de deseo. Ella hizo un falso
gesto de susto:

--Matar, no... qu horror! Por quin me toma?... El servicio que tal
vez le pida ser muy dulce para usted... Ya hablaremos.

Temiendo que el gaucho prolongase sus palabras de despedida, le indic
con un ademn enrgico que deba retirarse. Ya estaba cerca del sitio
de la fiesta, y no era conveniente llegar sin su marido y con tal
acompaamiento.

Manos Duras contuvo su caballo mientras se alejaba el carruaje,
Durante algunos minutos sigui con los ojos  aquella mujer, la ms
extraordinaria que haba encontrado en su vida; y al dejar de verla,
su mirada de mastn sumiso volvi  recobrar una dureza agresiva.

Iban entrando los invitados en el parque artificial, bajo la
curiosidad envidiosa del populacho, mantenido ms all de la alambrada
por la vigilancia del comisario y sus cuatro hombres. Estos invitados
eran comerciantes espaoles  italianos establecidos en las
poblaciones ms cercanas y algunos venidos de la lejana isla de
Choele-Choel, lugar hasta donde llegan los escasos barcos que pueden
remontar el ro Negro. Tambin los capataces y mecnicos de las obras
acudan con sus mujeres, que haban sacado  luz los vestidos de
fiesta, usados nicamente cuando iban  Baha Blanca   Buenos Aires.

Robledo paseaba por las cortas avenidas de este parque admirando
irnicamente la absurda creacin de Canterac. Moreno le iba mostrando
con cierto orgullo todas las particularidades de la obra dirigida por
l.

--Lo mas notable es una especie de cenador,  mejor dicho, de
santuario de verdura que hay al final de la arboleda. Seguramente que
el capitn querr llevar all  la marquesa. Pero ella es lista y sabe
escurrirse.

Guiaba un ojo maliciosamente al hablar de los propsitos de Canterac,
y  continuacin se mostraba grave para afirmar la cordura de la
marquesa, que no era la mujer que se imaginaban muchos.

Se dispona  mostrar al espaol el famoso santuario de verdura,
cuando le abandon repentinamente, mascullando excusas, para correr
hacia la entrada del parque. Elena acababa de llegar. Lo mismo que
Moreno, corrieron  su encuentro los otros solicitantes; pero ella,
despus de saludar  los tres, mostr su predileccin por Watson, que
tambin haba salido  recibirla. Convers con los dems, pero sin
apartar de Ricardo sus ojos acariciadores. Robledo, que examinaba al
grupo desde lejos, se enter inmediatamente de esta predileccin.

Contrariado por su descubrimiento, fu aproximndose para saludar  la
Torrebianca. Luego invit  Watson, con ademanes y palabras en voz
baja,  que se fuese con l; pero el joven finga no entenderle. Al
fin, el ingeniero francs, que por ser el autor de la fiesta mostraba
una superioridad absorbente, se interpuso entre Elena y los dems
hombres, ofrecindola el brazo para ensearle todas las bellezas de su
invencin forestal. Robledo aprovech esto para tocar  Ricardo en la
espalda, invitndole  dar un paseo por la arboleda. Apenas quedaron
solos, el espaol se expres con un tono bondadoso, sealando  la
mujer que se alejaba apoyada en un brazo de Canterac.

--Tenga usted cuidado, Ricardo. Creo que esa Circe tambin desea
someterlo  sus encantamientos.

Watson, que siempre le haba escuchado con deferencia, le mir ahora
altivamente.

--Tengo bastantes aos para marchar solo--contest con sequedad--; y
en cuanto  consejos, dmelos cuando yo se los pida.

Y murmurando otras palabras ininteligibles, le volvi la espalda para
ir en busca de Elena.

Qued el espaol asombrado por la brusca respuesta de su socio.
Despus sinti indignacin.

Esa mujer!--pens--. Hasta va  quitarme el mejor de mis
amigos!...

Empezaba la parte ms interesante de la fiesta para muchos de los
invitados. Friterini di voces, dirigiendo  las mestizas encargadas
del servicio. Sobre las mesas, hechas con tablas y caballetes y que
tenan por manteles sbanas recin lavadas, fueron apareciendo los
manjares ms ricos y extraordinarios del Almacn del Gallego y otros
despachos de bebidas y albergueras existentes en las colonias
inmediatas al ro Negro. Eran manjares de Europa y de la Amrica del
Norte, que tenan un sabor  largo encierro,  estao y  hojalata:
carnes de cerdo de Chicago, salchichas de Francfort, _foie gras_
francs, sardinas de Galicia, pimientos de la Rioja, aceitunas de
Sevilla, todo venido,  travs del Ocano, en botes metlicos 
cubiletes de madera.

Lo ms extraordinario eran las bebidas. Slo algunos _gringos_
procedentes de los llamados pases latinos buscaban las botellas de
vino tinto. Los dems, especialmente los hijos del pas, consideraban
los lquidos de color de sangre como una bebida ordinaria, apreciando
la claridad y el tono blanco de los vinos como signo de aristocracia.
Resonaban continuamente los taponazos del champaa. Algunos beban el
vino espumoso como si fuese agua del ro.

--Esto es caro en Europa--deca un ruso de pelo largo y grasiento--;
pero aqu, con la diferencia del cambio!...

Moreno, hombre de orden, consideraba con inquietud la sed creciente de
los invitados. Al mismo tiempo haca recomendaciones de parquedad y
prudencia en el servicio al entusiasta Friterini con palabras
deslizadas al paso y misteriosos ademanes.

Con tal que alcancen los pesos de Canterac!--pensaba--.Empiezo 
creer que no tendremos bastante para pagarlo todo.

Mientras tanto, el ingeniero francs avanzaba entre los rboles con
Elena  se detena para mostrarle los ejemplares ms corpulentos.

--Esto no es el parque de Versalles, bella marquesa--dijo imitando los
ademanes galantes de otros siglos--, pero representa,  pesar de su
modestia, el gran inters que tiene un hombre en serle agradable.

Pirovani, fingindose distrado, iba detrs de ellos  cierta
distancia. Le era imposible ocultar el despecho que le produca esta
fiesta ideada por su adversario. Reconoca que nunca hubiera sabido
inventar l algo semejante, Lo mucho que sirve haber estudiado!...

Segn iba avanzando por el bosque artificial, procuraba empujar
disimuladamente los rboles ms prximos para hacerlos caer. Pero este
mal deseo resultaba intil. Todos se mantenan firmes. Aquel imbcil
de Moreno haba hecho bien las cosas al ayudar  Canterac.

Sinti fro en sus extremidades y que toda la sangre se le agolpaba al
corazn viendo cmo se ocultaba la pareja en un tupido cenador de
ramaje, al final de una avenida. Era el famoso santuario del
oficinista.

--La reina puede sentarse en su trono--dijo Canterac.

Y mostr  Elena un banco rstico rematado por una especie de doselete
hecho con guirnaldas de follaje y flores de papel.

Excitado el francs por la soledad, habl con gran vehemencia de su
amor y de los grandes sacrificios que estaba dispuesto  hacer por
Elena. Muchas veces haba dicho lo mismo, pero ahora estaban solos y
aquella fiesta pareca haber aumentado su agresividad pasional.

Ella, que se haba sentado en el banco rstico, teniendo cerca al
ingeniero, mostr cierta inquietud, aunque sin perder por esto su
sonrisa tentadora. Canterac le cogi ambas manos  inmediatamente
quiso besarla en la boca. Como la Torrebianca esperaba la agresin, se
defendi  tiempo, haciendo esfuerzos por repelerle.

Se hallaban en esta lucha, cuando apareci el contratista en la
entrada del cenador. Pero ninguno de los dos pudo verle. Canterac
segua ocupado en su tenaz propsito de besarla; y ella, olvidando sus
remilgos de coqueta, lo repela violentamente.

--Esto no es leal--dijo con voz jadeante--. Debo estar despeinada...
Va usted  romper mi sombrero... Estese quieto! Si insiste usted, le
abandono.

Vise al fin obligada  defenderse con tal brusquedad, que Pirovani
crey llegado el momento de intervenir, avanzando resueltamente dentro
del cenador. El ingeniero, al verle, abandon  Elena, ponindose de
pie, mientras la mujer reparaba el desorden de su peinado y sus ropas.
Los dos hombres se miraron fijamente, y el italiano consider
necesario hablar.

--Muestra usted mucha prisa--dijo con irona--en cobrarse los gastos
de su fiesta.

Resultaba tan inaudito para Canterac que un simple contratista se
atreviese  insultarle all mismo, en el costoso parque inventado por
l, que permaneci algunos momentos sin poder hablar. Luego, su clera
de hombre autoritario estall con fra llamarada.

--Con qu derecho me habla usted?... Deb abstenerme de invitar  un
emigrante sin educacin, que ha hecho su dinero nadie sabe cmo.

Se enfureci Pirovani, pero con una clera ardiente, al recibir tal
insulto en presencia de Elena. Y como su violencia de sanguneo
necesitaba pasar  la accin, por toda respuesta se arroj sobre el
ingeniero, abofetendole. Inmediatamente los dos hombres se agarraron,
luchando  brazo partido, mientras la Torrebianca, perdida la
serenidad, empezaba  dar voces de espanto.

Acudieron los invitados, siendo de los primeros en presentarse Robledo
y Watson, cada cual por un lado distinto. El ingeniero y el
contratista, estrechamente agarrados, rodaban por el suelo, derribando
gran parte del santuario de verdura.

Pirovani, ms carnudo y vigoroso que Canterac, lo sofocaba con su
peso. La clera le haca olvidar todo lo que saba de espaol, y
lanzaba blasfemias en italiano, aludiendo  la Virgen y  la mayor
parte de los habitantes del cielo. Adems, peda  los que intentaban
separarlos que le dejasen comerse tranquilamente los hgados de su
rival. Haba vuelto en unos segundos los aos de su adolescencia,
cuando se aporreaba con los compaeros de pobreza en alguna
_trattoria_ del puerto de Gnova.

A fuerza de tirones y algn que otro puetazo, varios hombres de buena
voluntad consiguieron separar  sus dos jefes. Watson, despreciando 
los combatientes, haba corrido hacia la marquesa, colocndose
delante de ella en actitud defensiva, como si le amenazase algn
peligro.

Robledo mir  los dos adversarios. Contenido cada uno de ellos por un
grupo, se insultaban de lejos, con los ojos inyectados de sangre y la
lengua estropajosa. Ambos haban olvidado de repente el espaol, y
cada uno barboteaba las peores palabras de su respectivo idioma.

Luego contempl  la marquesa de Torrebianca, que suspiraba como una
nia, apoyndose en Watson.

Slo nos faltaba semejante escndalo!--se dijo--. Temo que alguien
va  morir por culpa de esta mujer.

       *       *       *       *       *




#XIII#


Acabaron su cena silenciosamente Watson y Robledo, preocupados por lo
que haba ocurrido horas antes en el parque inventado por Canterac.

Un obstculo invencible pareca haberse levantado entre los dos.
Watson tena el rostro sombro y evitaba mirar  Robledo. ste, al
poner de vez en cuando los ojos en su asociado, sonrea con una
expresin amarga. Pensaba en Elena, dominadora y malvada, que tal vez
haba aconsejado  Ricardo contra l.

Se levant el joven de la mesa, saludando con algunas palabras
confusas, y tom el sombrero para salir.

Va  verla--se dijo el espaol--. Ya no vive tranquilo si no est 
su lado.

En la calle central encontr Watson muchos grupos discutiendo
acaloradamente. Los rectngulos rojos que proyectaban sobre el suelo
las puertas del boliche eran eclipsados con frecuencia por las sombras
de los que entraban y salan. Adivin que todos disputaban sobre lo
ocurrido aquella tarde, tomando partido por el ingeniero  por el
contratista.

Al llegar  la casa de Elena, sali  recibirle Sebastiana en lo alto
de la escalinata. La mestiza tambin se mostraba preocupada por los
sucesos de la tarde.

Mir  Ricardo con severidad, pensando sin duda en la nia de la
estancia. Ay, los hombres! Hasta este _gringo_ que ella crea buenazo
resultaba tan perverso como los otros.

Pas adelante el joven, sin fijarse en tal mirada, y encontr en el
saln  Elena que pareca esperarle.

Quiso ocupar una butaca, pero la marquesa se opuso.

--No; aqu,  mi lado. As nadie podr oirnos.

Y lo oblig  sentarse en el sof, junto  ella.

Tena el rostro plido y la mirada dura, como si an estuviese
conmovida por recientes y desagradables impresiones. La pelea de
Pirovani y Canterac haba pasado  segundo trmino en su memoria. Le
molestaba ms, hacindola estremecerse de clera, la imagen de Celinda
con el ltigo levantado.

Pero olvid su rencor al ver que Ricardo acuda puntualmente,
atendiendo el ruego que ella le haba hecho al anochecer para que
pasase la velada en su casa. Al notar que Watson miraba con inquietud
las puertas del saln, crey oportuno tranquilizarlo.

--Nadie vendr. Mi marido est en su cuarto, quebrantado por una mala
noticia que ha recibido de Europa... Una desgracia de familia que
esperbamos hace tiempo; algo que en realidad no me interesa mucho.

Luego cambi de gesto y de voz, para continuar hablando.

--Cunto agradezco que haya usted venido!... Temblaba ante la idea de
pasar sola estas horas de la noche. Me aburro tanto aqu!... Por eso
le supliqu hoy, cuando nos separamos, que no me abandonase...

Y al decir esto tom una mano de Watson, contemplndole al mismo
tiempo con ojos acariciadores.

El joven se sinti halagado en su vanidad masculina por esta mirada,
pero surgi en su memoria inmediatamente el recuerdo de lo ocurrido
aquella tarde.

--Por qu han reido esos dos hombres?... Fu por usted?...

Qued ella indecisa; y al fin, entornando los ojos, contest con
cierto abandono:

--Tal vez; pero yo los desprecio  los dos. Para m slo existe usted,
Ricardo.

Puso sus manos en los hombros de l, y al hacer esto, pareci
estirarse con felina ondulacin, aproximando su rostro.

--Sospecho--murmur--que vamos  ir tal vez ms all de los lmites de
una simpata amistosa. Me interesa usted tanto!...

Excitados por la soledad, sentan ambos en su interior la audacia de
un deseo vehemente. Iban  correr en breves minutos un camino que 
l, en su inexperiencia, le haba parecido siempre que exigira
largusimas jornadas. Elena pens en la amazona juvenil que haba
querido golpearla. Su vanidad ultrajada y el deseo de vengarse le
hicieron adoptar mentalmente cnicas resoluciones, celebrndolas con
una risa oculta que pareci reflejarse en sus ojos.

Ya que eres celosa--pensaba--, debes serlo con motivo. Yo te
devolver el latigazo.

Adems, al recordar cmo aquellos dos hombres se haban golpeado en su
presencia, sin que esto le causase profunda emocin, crey, con un
ilogismo propio de su cerebro desordenado, que el medio ms seguro
para restablecer la paz entre ambos era que ella se entregase  un
tercero, ms digno de su inters.

Watson, por su parte, consideraba  esta mujer ms hermosa y
apetecible despus que dos hombres haban intentado matarse  causa de
ella. Una sensacin de orgullo varonil, de vanidad sexual, se
mezclaba con las emociones que iban despertando en su interior las
palabras de la Torrebianca y el contacto de su cuerpo.

Al descansar ella las manos sobre sus hombros, haba acabado por
juntarlas, y poco  poco el joven se sinti aprisionado por unos
brazos adorables. Algo se reanim en su pensamiento, como una llama
moribunda que resucita. Crey ver el rostro noble y triste de su
compaero Torrebianca,  inmediatamente quiso hacer un movimiento
negativo y echarse atrs, repeliendo  Elena... No poda traicionar 
un camarada. Era innoble proceder as, estando bajo el mismo techo que
el otro y separado de l solamente por unos tabiques. Luego se vi 
s mismo y vi  Celinda, cuando marchaban los dos alegremente por el
campo. Quiso mover otra vez su cabeza negativamente y parpade con una
expresin angustiosa, pretendiendo defenderse y teniendo al mismo
tiempo la certidumbre de que le sera imposible.

Pobrecita Flor de Ro Negro!, pens.

Los brazos que rodeaban su cuello le oprimieron dulcemente y tiraron
de su cabeza, inclinndola poco  poco hacia el rostro femenil que
avanzaba unos labios vidos y audaces. Las dos bocas acabaron por
unirse, y Ricardo pens que ese beso iba  ser interminable.

Experimentaba la sorpresa del que al entrar en un palacio maravilloso
ve francas las puertas de un segundo saln todava ms admirable, y
luego penetra en un tercero que le parece superior, perdindose en
lontananza la sucesin de habitaciones deslumbradoras abiertas ante
l. Cuando se imaginaba haber posedo por entero aquella boca, los
labios se entreabran con un bostezo de fiera, dejndole avanzar para
revelarle inditos contactos de estremecedora voluptuosidad. Crea ya
agotadas todas las sensaciones ocultas entre aquellas dos valvas
carnosas, suaves y hmedas, y nuevos escalofros de placer bajaban
verticalmente por el dorso de su cuerpo.

Pens confusamente, en aquel momento, lo mismo que todos los
personajes simples de la Presa que corran enloquecidos detrs de la
Torrebianca: Esta es la verdadera mujer. Slo merecen admiracin las
hembras que han conocido la vida elegante.

Vagaron las manos de l sobre los relieves del cuerpo adorable,
intentando libertarlos del encierro de las ropas...

De pronto se repelieron los dos con el empelln de la sorpresa,
procurando al mismo tiempo reparar el desorden externo de sus
personas. Al otro lado de la puerta, Sebastiana golpeaba la madera con
los nudillos, pidiendo licencia para entrar. La mestiza era demasiado
bien criada para abrir una puerta sin permiso; pero antes de
solicitarlo, crea oportuno siempre mirar un poco por el ojo de la
cerradura. Cuando asom al fin la cabeza entre las dos hojas de
madera, dijo bajando sus ojos maliciosos:

--Mi antiguo patrn don Pirovani quiere ver  la seora. Parece que
trae prisa.

Ricardo se levant para irse y Elena le rog que se quedase,
prometiendo despedir en un momento al intruso. Pero el joven se haba
serenado, dndose cuenta del peligro que acababa de correr, y quiso
aprovechar esta ocasin para marcharse, antes de quedar otra vez 
solas con ella. Casi tropez en la puerta con el contratista, que
entraba saludando desde lejos  la seora marquesa. Estrech su mano
y desapareci inmediatamente.

Elena no quiso ocultar la clera que le haba producido esta visita
inoportuna, y recibi al italiano con visible mal humor.

Se mantuvo de pie para hacerle comprender que su entrevista deba ser
corta; pero el otro, distrado por sus preocupaciones, pidi permiso
para sentarse, y antes de que ella respondiese ocup un silln. La
Torrebianca se limit  apoyar su cuerpo en el borde de una mesa.

--Mi marido est algo enfermo--dijo--, y necesito atenderle... No es
cosa de cuidado: la emocin por una desgracia de familia. Pero
hablemos de usted: qu le trae aqu  estas horas?...

Tard Pirovani en contestar, para que de este modo sus palabras
resultasen ms solemnes.

--El seor de Canterac cree que debamos batirnos  muerte despus de
lo de esta tarde.

Ella, que slo pensaba en Watson y estaba nerviosa por la presencia
del hombre que lo haba ahuyentado, hizo un leve gesto revelador de
que la noticia no le interesaba. Luego procur disimular su
indiferencia, diciendo:

--No encuentro extraordinaria la proposicin. Si yo fuese hombre,
hara lo mismo que l.

Pirovani, que vacilaba hasta poco antes por creer disparatado el reto
de Canterac, se levant de su silln con aire resuelto.

--Entonces--dijo--, si  usted le parece bien, no hay ms que hablar.
Me batir con el francs y me batir si es preciso con medio mundo,
para que usted se convenza de que soy digno de su estimacin.

Al hablar as haba tomado una mano de Elena, pero esta mano le
pareci tan blanda y muerta, que tuvo que soltarla, descorazonado.
Ella hizo un gesto de cansancio mirando hacia el interior de la casa,
donde estaba su marido. Este gesto indic  Pirovani que deba
marcharse, y el contratista se apresur  obedecerla; pero mientras se
diriga hacia la puerta todava la atorment con palabras y gestos de
enamorado que desea inspirar admiracin por su herosmo.

Cuando Elena se vi sola, llam  gritos  Sebastiana. La mestiza
tard en presentarse. Haba tenido que ir hasta la puerta de la calle,
acompaando  su antiguo patrn.

--Vea si puede alcanzar al seor Watson--orden Elena
apresuradamente--. No debe estar lejos; dgale que vuelva.

La mestiza sonri, bajando sus ojos para decir con fingida
simplicidad:

--No es fcil alcanzarlo. Sali disparado, como si huyese del demonio.

Al abandonar su antigua casa, se dirigi Pirovani  la de Robledo.
ste lea un libro apoyndolo en la lmpara de petrleo que ocupaba el
centro de su mesa. Al ver entrar al contratista, le salud con gestos
y exclamaciones de reproche.

--Pero qu ha sido eso?... Un hombre de su edad y de su carcter...
Ni que fuese usted un muchacho de quince aos que se pelea por la
novia!...

El italiano repeli con altivo ademn esta admonicin, juzgndola
tarda, y dijo solemnemente, como si le enorgulleciesen sus propias
palabras:

--Me bato  muerte con el capitn Canterac, y vengo  buscarle para
que usted y Moreno sean mis padrinos.

Prorrumpi Robledo en exclamaciones de escndalo, al mismo tiempo que
levantaba las manos para hacer ms patente su protesta.

--Usted cree que yo voy  mezclarme en sus disparates y  parecer tan
falto de juicio como usted  como el otro?...

Y sigui hablando contra la absurda peticin de Pirovani, pero ste
mova la cabeza con tenacidad haciendo signos negativos. Estaba
resuelto  todo despus de haber odo  Elena.

--Yo soy un hombre de origen humilde--dijo--, un hombre que slo
conoce el trabajo, y necesito demostrar que no le tengo miedo  ese
seor acostumbrado al manejo de las armas.

Robledo se encogi de hombros al oir unas palabras que consideraba
absurdas. Al fin se cans de protestar en vano.

--Veo que es intil querer infundirle un poco de sentido comn...
Bueno; accedo  representarle, pero con la condicin de que ser para
arreglar el asunto lgicamente, evitando el duelo.

El contratista tomo una actitud caballeresca, como si acabase de
recibir una ofensa.

--No; el duelo lo quiero  muerte. Yo no soy un cobarde ni he venido
en busca de arreglos.

Luego expres lo que verdaderamente pensaba.

--Aunque no he recibido una educacin brillante, s lo que hay que
hacer en casos como el presente. Conozco, adems, la opinin de
personas muy altamente colocadas. Debo batirme, y me batir.

Dijo esto con tal sinceridad, que Robledo pens en Elena al orle
mencionar las altas personas que le haban aconsejado. Le mir con
lstima, manifestando  continuacin, de un modo brusco, que se negaba
 apadrinarle.

Convencido Pirovani de que nada conseguira, se despidi de l,
dirigindose  la casa de Moreno.

Al da siguiente, en las primeras horas de la maana, don Carlos Rojas
recibi una visita. Estaba en la puerta del edificio principal de su
estancia, cuando vi llegar  un jinete vestido como es de uso en las
ciudades y sobre un caballejo que le hizo sonreir. Era el oficinista.

--Adnde va montado en ese mancarrn?... Eche pie  tierra. No le
parece que tomemos un mate, amigazo?...

Entraron los dos en aquella pieza que serva de saln y despacho  don
Carlos, y mientras una criadita preparaba el mate, vi el oficinista
por una puerta entreabierta  la hija de Rojas sentada en una butaca
de mimbres, con aire pensativo y triste. Llevaba traje femenil, y al
abandonar las ropas masculinas pareca haber perdido su audacia alegre
de muchacho revoltoso.

La salud Moreno desde el otro lado de la puerta, y ella contest  su
saludo melanclicamente.

--Ah la tiene usted--dijo el padre--; parece otra. Cualquiera creera
que est enferma. Son cosas de los pocos aos.

Sonri Celinda con indolencia, haciendo un signo negativo al oir la
suposicin de su enfermedad. Despus abandon aquella habitacin,
demasiado inmediata al despacho, para que los dos hombres pudieran
hablar libremente.

Cuando hubieron tomado el primer mate, Rojas ofici un cigarro 
Moreno para que pitase, y encendiendo el suyo se prepar  escuchar.

--Qu le trae por estos pagos, tinterillo?... Porque usted no es
hombre de  caballo, y cuando echa una galopada debe ser por algo.

El oficinista, al que apodaba tinterillo el estanciero, sigui
fumando con la calma de un oriental que considera conveniente excitar
la curiosidad de su interlocutor antes de emprender la conversacin.

--Usted, don Carlos--dijo al fin--, fu en su juventud hombre de
armas. Me han contado que cuando viva en Buenos Aires tuvo varios
duelos por asuntos de hembras.

Mir Rojas  un lado y  otro, por si la nia andaba cerca y poda
orle. Luego sonri con la vanidad que sienten los hombres entrados en
aos al recordar las audacias y desafueros de su juventud, y dijo con
una falsa modestia:

--Bah! Quin se acuerda de eso! Muchachadas, ch; cosas que se
usaban entonces.

Crey necesario Moreno hacer una larga pausa, y aadi:

--El ingeniero Canterac y el contratista Pirovani se batirn maana en
duelo... Pero el duelo es  muerte.

Don Carlos mostr sinceramente su estraeza.

--Pero an estn de moda esas cosas?... Y aqu! en pleno desierto!

Moreno hizo gestos afirmativos y qued silencioso. Call tambin el
estanciero, mirndolo interrogativamente. Y qu tena que ver l con
todo esto?... Acaso haba hecho el viaje por el simple placer de
darle tal noticia?...

--Canterac--dijo el oficinista--tiene por padrinos al marqus de
Torrebianca y al gringo Watson. Como los dos son ingenieros, no pueden
negar un servicio tan importante  un camarada.

A Rojas le pareci esto muy natural. Pero qu poda importarle  l
que los padrinos fuesen unos  fuesen otros?

--Pirovani slo cuenta conmigo--sigui diciendo Moreno--, y yo vengo 
buscarle, don Carlos, para que me saque del apuro como hombre de
armas, y sea tambin padrino del italiano.

Protest el estanciero con vehemencia.

--Djese de macanas, ch!... Por qu voy  mezclarme en esos
entreveros de las gentes del campamento, cuando todos son amigos mos?
Adems, ya estoy viejo para meterme en tales cosas y no quiero hacer
un papeln.

Insisti Moreno, y durante algunos minutos discutieron los dos
hombres. Al fin don Carlos pareci ablandarse seducido por el misterio
que crea entrever en este duelo inesperado. Valindose de su
condicin de padrino, tal vez averiguara cosas muy graciosas 
interesantes.

--Bueno, ch; ser como usted quiere. Qu no me har hacer este
tinterillo!

Luego sonri picarescamente, golpeando al oficinista en una pierna, al
mismo tiempo que le preguntaba bajando la voz:

--Y por qu quieren matarse? Cuestin de mujeres?... De seguro que
anda de por medio esa marquesa que  toditos los trae locos.

Tom Moreno una actitud misteriosa, al mismo tiempo que se llevaba un
dedo  los labios para imponerle silencio.

--Prudencia, don Carlos. Piense que el marqus tratar con nosotros
como padrino, y por ser experto en esto de los duelos tal vez dirija
el combate.

El estanciero empez  reir, dando nuevos golpes en las piernas de su
amigo. Fu tal su risa, que en ciertos momentos se llev una mano  la
garganta como si temiera ahogarse.

--Pero qu lindo, ch!... Y es el marido el que va  dirigir el
desafio... Y los otros dos se pelean por su mujer... Pero qu gringos
tan sabrosos! Me gustar ver eso... Cosa brbara!

Luego aadi, serenndose:

--S que acepto el ser padrino. Eso vale ms que una comedia en Buenos
Aires  una de esas historias del bigrafo que traen loca  mi nia.

A media tarde, luego de haber almorzado en la estancia de Rojas,
volvi Moreno  la Presa y ech pie  tierra frente  la antigua casa
de Pirovani.

Torrebianca se paseaba por la habitacin que le serva de despacho.
Iba vestido de luto y su aspecto era an ms triste y desalentado que
en los das anteriores. Al pasearse se detena algunas veces junto 
su mesa, donde estaba abierta una caja de pistolas. Haba pasado una
parte de la tarde limpiando estas armas  contemplndolas pensativo,
como si su vista evocase lejanos recuerdos. Cuando olvidaba las
pistolas miraba una fotografa puesta sobre la misma mesa y que era la
de su madre. Esta contemplacin humedeca sus ojos.

Moreno, despus de saludarle, se apresur  decir que ya haba
encontrado compaero y vena autorizado plenamente por l para la
discusin de los preparativos del combate. El marqus aprob con un
saludo ceremonioso y luego le fu mostrando sus pistolas.

--Las traje de Europa, y han servido varias veces en lances tan graves
como el nuestro. Examnelas bien; no tenemos otras, y deben ser
aceptadas por las dos partes.

El oficinista manifest que tena por intil este examen, aceptando
todo lo que hiciese el otro.

Sigui hablando el marqus con una dignidad caballeresca que
impresionaba  Moreno.

Este pobre seor--pens--no conoce su verdadera situacin. Y es un
hombre bueno y pundonoroso: un caballero que ignora los actos de su
mujer y el triste papel que va  representar.

Mientras el argentino le miraba con simptica conmiseracin,
Torrebianca sigui hablando.

--Como ninguno de los dos quiere dar explicaciones, y las injurias son
de indiscutible gravedad, el duelo lo concertaremos  muerte. No
opina usted as, seor?...

El oficinista, que se haba puesto muy serio al darse cuenta de la
importancia de esta conversacin, aprob silenciosamente con
movimientos de cabeza.

--Mi representado--continuo el marqus--no se contenta con menos de
tres tiros  veinte pasos, pudiendo apuntar durante cinco segundos.

Parpade Moreno para expresar el asombro que le producan tales
condiciones, y quiso negarse  admitirlas; pero se acord de una
segunda conversacin que haba tenido con Pirovani aquella maana,
antes de ir  la estancia de Rojas.

Pareca transfigurado el italiano por un entusiasmo belicoso.
Celebraba esta ocasin que le iba  permitir mostrarse ante la seora
marquesa en la misma actitud de un hroe de novela.

Acepto todas las condiciones--haba dicho  Moreno--por terribles que
sean. Quiero hacer ver que, aunque empec como un simple trabajador,
soy ms valiente y ms caballero que ese capitn.

Acab el oficinista por mover otra vez su cabeza afirmativamente.

--Esta noche--continu el marqus--nos reuniremos los cuatro padrinos
en casa de Watson para fijar por escrito las condiciones, y maana 
primera hora ser el encuentro.

Manifest el representante de Pirovani que don Carlos Rojas no podra
asistir  tal reunin, por haber ido  Fuerte Sarmiento en busca de un
mdico que presenciase el duelo; pero l suscribira todos los
documentos necesarios en nombre de su amigo. Y los dos padrinos dieron
por terminada su entrevista.

Al salir Moreno de la casa vi al comisario de polica junto  la
escalinata, como si estuviera esperndole. Don Roque se expres con
indignacin.

--Ustedes se figuran que pueden hacer lo que quieran, como si en esta
tierra no hubiese autoridad, ni ley, ni nada, y an mandasen en ella
los indios. Yo soy el comisario de polica, sabe, ch? y mi
obligacin es impedir que los dems hagan locuras. Dgame cundo ser
eso del duelo... Necesito saberlo.

Moreno se resisti  hacer tal revelacin, y el comisario, en vista de
su rebelda, fu dulcificando el tono de su voz.

--Dgamelo y no sea cachafaz. Piensen todos ustedes que no est bien
que ocurran aqu tales cosas hallndome yo presente. Dgame cundo
ser eso... para marcharme antes.

Le habl al odo el padrino, y l estrech su mano agradeciendo la
confidencia. Luego fu en busca de su caballo, que estaba cerca, y al
poner el pie en el estribo, dijo en voz baja:

--Voy  pasar la noche en Fuerte Sarmiento, y no volver hasta maana
por la tarde... Hagan lo que quieran. Yo lo ignoro todo.

       *       *       *       *       *




#XIV#


Empezaban  retirarse los parroquianos ms trasnochadores del boliche,
cuando lleg Robledo ante la casa ocupada por Elena.

Subi con pasos quedos la escalinata, llamando discretamente  la
puerta despus de unos instantes de vacilacin. La puerta se abri al
poco rato, asomando  ella Sebastiana, sorprendida por este
llamamiento cuando iba  acostarse.

Llevaba la dura cabellera dividida en numerosas trenzas, cada una con
un lacito en la punta, y procuraba taparse con la enorme redondez de
sus brazos una parte del pecho cobrizo, no menos exuberante, puesto al
descubierto por el desabrochado corpio. Sus ojos iracundos y
anunciadores del chaparrn de malas palabras con que pensaba acoger al
importuno se dulcificaron viendo  Robledo, y antes de que ste
hablase, dijo ella con amabilidad:

--La patrona est en su dormitorio y el marqus ha salido con su
maldita caja de pistolas. Yo crea que estaba donde usted... Entre,
don Robledo; voy  avisar  la seora.

El ingeniero saba bien que Torrebianca estaba en su casa con los
otros padrinos; pero necesitaba hablar  Elena urgentemente. A pesar
de su deseo, retrocedi al ver que Sebastiana le abra toda la puerta
invitndole  pasar adelante. Tuvo miedo de encontrarse  solas con la
marquesa en el saln. Su entrevista deba ser breve. Adems, poda
llegar el marido y le sera difcil explicar su presencia all, cuando
momentos antes haba hablado con l en su propia vivienda.

--Es poca cosa lo que quiero decir  tu patrona... Ser mejor que se
asome  la ventana de su dormitorio.

Cerr la mestiza la puerta, y Robledo avanz por la galera exterior,
pasando ante diversas ventanas. Al poco rato se abri una de stas y
apareci en ella la marquesa con la cabellera suelta y una bata
colocada negligentemente sobre sus hombros, dejando al descubierto
gran parte de sus brazos y de su pecho.

Se haba vestido precipitadamente, pareca asustada, y antes de que
Robledo la saludase, pregunt con ansiedad:

--Le ha ocurrido alguna desgracia  Watson?... Por qu viene usted 
estas horas?...

Sonri Robledo irnicamente antes de contestar.

--Watson est bien; y si vengo  tales horas, es para hablarle de
otro.

Luego la mir con severidad, aadiendo lentamente:

--Al salir el sol, dos hombres van  matarse. Esto es un horrible
disparate que me quita el sueo, y he venido  decirle: Elena, evite
usted tal desgracia.

Convencida ya de que no se trataba de Watson, respondi con mal humor:

--Qu quiere usted que haga? Pueden batirse, si es su gusto... Para
eso nacieron hombres.

Acogi Robledo con un gesto de asombro estas palabras crueles.

--Aunque soy mujer--continu ella--, no me asustan esos combates.
Federico se bati una vez por m, cuando estbamos recin casados.
All en mi pas, varios hombres expusieron su vida por serme
agradables, y jams intervine para evitarlo.

Hizo una mueca de desprecio y aadi:

--Pretende usted que vaya  rogar  esos dos seores que no
arriesguen sus preciosas vidas, para que despus cada uno de ellos me
exija algo  cambio de su obediencia?... Adems, si intervengo en ese
asunto, los dos van  creer, cada uno por su parte, que me inspiran
gran inters, y ninguno de los dos me importa nada... Si se tratase de
otro hombre, tal vez accedera  su ruego.

El espaol hizo un movimiento de cabeza al oir la palabra otro, y
vi por un instante la imagen de su asociado. Elena le miraba ahora
con ojos compasivos.

--Duerma tranquilo, Robledo, como yo voy  dormir. Deje que esos dos
vanidosos anuncien que se van  matar. Ver como no ocurre nada grave.

Intent retirarse de la ventana por miedo  los jejenes y otros
insectos sanguinarios que, atrados por las apetitosas carnes,
empezaron  zumbar en torno  sus hombros, obligndola  repelerlos
con incesantes manotazos mientras hablaba.

--Si ve  Watson, dgale que le he estado esperando todo el da. Con
esto del duelo es imposible hablarle... Hasta maana, y pase usted una
noche tranquila.

Cerr la ventana, fingiendo un miedo pueril  los mosquitos, y Robledo
tuvo que retirarse desalentado.

A la misma hora el ingeniero Canterac escriba en su mesa de trabajo,
terminando una larga carta con estas palabras:

... y tal es mi ltima voluntad, que espero cumpliris. Adis,
esposa ma! Adis, hijos mos! Perdonadme.

Dobl el pliego para meterlo en un sobre, y luego puso ste en el
bolsillo interior de una levita colgada cerca de l.

Si caigo maana--pens--, encontrarn esta carta sobre mi pecho.
Encargar  Watson, antes del duelo, que en caso de muerte la enve 
mi familia.

Una hora despus su adversario entraba en la casa de Moreno. El
oficinista haba vuelto, momentos antes, de su reunin con los
padrinos de Canterac. Pirovani le habl lentamente, esforzndose por
ocultar su emocin.

Acababa de dejar sobre la mesa de Moreno dos cartas, una de ellas muy
abultada, con el sobre abierto, mostrando su interior repleto de
papeles. Haba estado escribiendo una parte de la noche en su
alojamiento, para condensar en estas dos cartas todos sus asuntos.
Seal la ms delgada y dijo:

--sta es para mi hija. Se la enviar usted, si es que muero.

El argentino quiso reir, como si dudase de la posibilidad de su
muerte, acogiendo tales palabras con gestos alegres... Pero desisti
de su fingido regocijo al ver que el contratista continuaba hablando
con voz grave.

--En el sobre ms abultado encontrar usted una autorizacin en regla
para que pueda cobrar sin dificultades lo que me debe el gobierno, as
como las sumas que tengo depositadas en los Bancos. A un hombre hbil
como lo es usted, le ser fcil enterarse, despus de examinar estos
papeles, del estado de mis negocios y del medio mejor de liquidarlos.
Tambin dejo un testamento en el que le nombro tutor de mi hija. Usted
es el nico que me inspira confianza. Aunque alguna vez se ha
inclinado ms del lado de mi adversario que del mo, eso no importa.
S que es usted un joven honesto, y le confo mi hija y mi fortuna:
todo lo que poseo en la tierra.

Moreno se conmovi de tal modo por esta muestra de confianza, que hubo
de llevarse una mano  los ojos. Luego se levant para oprimir
fuertemente la diestra del italiano y con palabras entrecortadas fu
expresando su voluntad de cumplir fielmente todo lo que le encargase.
Juraba dedicarse al cuidado de la hija y la fortuna de su amigo si
ste mora al da siguiente.

--Pero usted no morir--aadi golpendose el pecho--. Me lo dice el
corazn.

Poco despus de salir el sol, varios hombres fueron reunindose en una
pradera de hierba rala vecina al ro. Tena por lmite unos sauces
viejos y con las races medio descubiertas, que se inclinaban
moribundos sobre la corriente, como si de un momento  otro fueran 
dejarse caer en ella.

El lugar era triste. Como la luz se extenda  esta hora
horizontalmente, casi al ras del suelo, las sombras de las personas y
los rboles se prolongaban con un estiramiento irreal.

Primeramente lleg Pirovani escoltado por Moreno y don Carlos, todos
vestidos de negro, pero el contratista se distingua de sus
acompaantes por una levita nueva y solemne. La haba recibido de
Buenos Aires la semana anterior,  gusto de un sastre famoso,  quien
encarg un vestuario completo igual  los que poseyesen los
millonarios ms elegantes de la ciudad.

Detrs de este grupo avanz un viejo alto, enjuto de carnes, con la
nariz violcea y granujienta de los alcohlicos y una caja de ciruga
bajo el brazo. Era el mdico que Rojas haba ido  buscar la noche
anterior en el pueblo ms prximo.

Pasados unos minutos llegaron  la pradera Canterac, Torrebianca y
Watson. El capitn y el marqus vestan largas levitas, menos
flamantes que la de Pirovani, y corbatas negras: lo mismo que si
asistiesen  un entierro. Watson llevaba simplemente un traje obscuro.

Luego de saludar Canterac ceremoniosamente desde lejos  su adversario
y  los padrinos de ste, empez  pasearse por la orilla del ro.
Finga divertirse siguiendo con sus ojos el revuelo de los pjaros
matinales  arrojando piedras  la corriente. El contratista, que
deseaba no ser menos que l, imitndole en todo, se pase tambin
junto  los sauces, mirando al ro. Y as continuaron ambos, yendo y
viniendo cada uno por la parte de la orilla que se haba asignado,
como si fuesen dos autmatas.

Torrebianca, al que todos cedan el primer lugar por su experiencia en
estos lances, empez  disponer los preparativos del combate. Pidi 
Watson dos bastones que ste llevaba  prevencin, y clav uno en el
suelo. Luego mir hacia el sol con una mano sobre los ojos, para darse
cuenta exacta de qu lado vena la luz, y empez  marchar, contando
sus pasos.

--Veinte--dijo clavando en el suelo el segundo bastn.

Al reunirse otra vez con los padrinos sac una moneda, y luego de
escuchar  Moreno la arroj en alto. Cuando cay la pieza, el
oficinista dijo  Rojas:

--Hemos ganado, don Carlos, y podemos elegir el sitio.

El marqus, que haba trado bajo un brazo su clebre caja de
pistolas, la dej abierta sobre la hierba. Carg las dos armas con
minuciosa lentitud, sacando  luz de nuevo la misma moneda para que el
azar decidiese por segunda vez. Al caer la rodaja de metal, se inclin
el oficinista para verla y dijo al estanciero:

--La suerte est con nosotros. Tambin podemos tomar la pistola que
ms nos guste.

Despus los padrinos de Pirovani fueron en busca de ste para
colocarlo junto  uno de los bastones escogido por ellos. El marqus y
Watson condujeron  su apadrinado al lugar que marcaba el segundo
bastn.

Mientras tanto, el mdico proceda con cierto azoramiento  sus
preparativos. Era la primera vez que presenciaba un duelo. Haba
abierto su caja de ciruga, y con una rodilla en tierra empez 
desenvolver vendajes, abrir frascos y examinar el buen funcionamiento
de sus aparatos.

Quedaron frente  frente los adversarios. Canterac estaba rgido, con
rostro grave pero inexpresivo, lo mismo que un soldado que espera la
voz de mando. Pirovani tena los ojos ardientes, miraba con
agresividad, pareca furioso. Cuando se acerc Moreno con una pistola
para entregrsela, le dijo en voz baja:

--Va usted  ver como lo mato. Me lo avisa el corazn.

Pero olvid su optimismo homicida, para aadir con cierta angustia:

--Lo que yo deseo es que me expliquen bien el tiempo de que puedo
disponer para apuntar. No quiero equivocarme, y que me tomen luego por
un ordinario, incapaz de comprender estas cosas.

Conservaron sus pistolas los dos enemigos, con el can en alto.
Moreno se cuid de abrochar los botones de la levita de Pirovani que
estaban sueltos. Luego le subi el cuello, para que no se viese el
blanco de su camisa. Torrebianca examin por su parte  Canterac.
Estaba correctamente abrochado como un militar, pero su padrino le
subi tambin el cuello de la levita. Los dos, antes de tomar su arma,
se haban quitado el sombrero, entregndolo  uno de los padrinos.

Colocndose el marqus entre ambos, sac un papel y empez  leerlo
con grave lentitud.

...Segundo. El director del combate dar tres palmadas, y los
combatientes podrn apuntar y hacer fuego  voluntad entre la primera
y la tercera palmada.

Tercero. Si alguno de los dos hace fuego despus de la tercera
palmada, ser declarado feln y descalificado inmediatamente.

Pirovani, con la pistola en alto, avanzaba la cabeza y entornaba los
ojos para oir mejor, acogiendo con movimientos afirmativos cada
palabra de Torrebianca. Canterac permaneca impasible, como un hombre
que est escuchando algo que conoce sobradamente.

Sigui leyendo el marqus, y al fin guard su papel, para hablar  los
adversarios.

--Mi deber es dirigir  todos un llamamiento en pro de la concordia.
Es posible todava una explicacin entre caballeros?... Quiere
alguno de los dos presentar sus excusas al otro?...

Movi Pirovani con violencia su cabeza, haciendo signos negativos. El
ingeniero permaneci inmvil, sin que se alterase una lnea de su
rostro sombro.

El marqus volvi  hablar, quitndose su sombrero con triste
cortesa.

--Entonces, que empiece el lance y cada uno cumpla como caballero.

Retrocedi unos pasos, pero de espaldas, sin perder de vista  los
combatientes. Luego levant una mano, preguntando si estaban listos.
Pirovani hizo un movimiento afirmativo. Su adversario continuaba mudo
 inmvil. Separ el marqus sus manos para dar la primera palmada.
Todo esto lo hizo con una lentitud que daba  sus movimientos cierta
solemnidad trgica.

Los otros padrinos, colocados  alguna distancia de l, miraban con
una emocin mal disimulada. El mdico, que segua arrodillado junto 
su caja, levant la cabeza con los ojos muy abiertos.

Torrebianca fu aproximando las manos y dijo lentamente:

--Fuego!... Una...

Los dos bajaron  un tiempo sus pistolas.

Pirovani, que slo tena en aquel momento la preocupacin de no hacer
fuego despus de la tercera palmada, se apresur  tirar. Su enemigo
gui ligeramente un ojo y contrajo levemente la mejilla del mismo
lado, como si hubiese sentido el roce del proyectil. Pero recobr
inmediatamente su impasible fosquedad y sigui apuntando.

Volvi el marqus  dar una palmada, diciendo lentamente: Dos.

Al ver Pirovani que no haba herido  su adversario y quedaba
desarmado ante l, pas por su rostro, como una nube veloz, la emocin
del miedo; pero fu por un momento nada ms. Luego, mirando  Canterac
que le segua apuntando, cruz sus brazos, apoy en el pecho la
pistola intil y present de frente todo su cuerpo, con loca
jactancia, cual si desafiase  la muerte.

Moreno se agarr  un hombro de Rojas, obligado por su ansiedad 
buscar un apoyo. El estanciero apretaba los labios.

--Pucha!... Lo va  matar--dijo entre dientes.

Dio otra palmada el director del combate. Tres. Un momento antes
Canterac haba hecho fuego.

Todos corrieron en una misma direccin, menos el capitn, que
permaneci inmvil, con el brazo cado y la pistola todava humeante
en su diestra.

El contratista estaba de bruces en el suelo como una masa inerte. Los
que corran hacia l vieron en primer trmino la cspide de su cabeza,
y saliendo de ella un hilo de sangre que serpenteaba entre la hierba.
Inmediatamente esta cabeza qued invisible, pues todos se agolparon
en torno al cuerpo cado, inclinndose para escuchar al mdico, que lo
examinaba con una rodilla en tierra.

Momentos despus alz ste su rostro para decir con balbuceos de
emocin:

--Nada queda que hacer... Muerto!

Viendo que Canterac se aproximaba al grupo para saber lo ocurrido,
Torrebianca sali  su encuentro, cerrndole el paso. El gesto triste
del marqus, antes que sus palabras, revelaron al ingeniero la verdad.

Su padrino juzg necesario llevrselo de all, y le dijo
imperiosamente que le siguiese. Al otro lado de las dunas aguardaba un
carruaje, el mismo que haba llevado  Elena la tarde de la fiesta.

Cuando este vehculo los dej frente  la antigua casa del muerto, los
dos quedaron con los pies vacilantes. Torrebianca no poda invitar 
Canterac  que entrase en un edificio que era de Pirovani. El otro
tampoco osaba dar un paso.

Estaban los dos inmviles, sin saber qu decirse, cuando apareci
Robledo. Deba estar rondando desde mucho antes por las inmediaciones
de la casa para adquirir noticias. Al reconocer  Canterac le mir con
una expresin interrogante.

--Y el otro?...

Inclin la cabeza Canterac y el marqus hizo un gesto doloroso que
revel  Robledo todo lo ocurrido.

Permanecieron los tres en silencio. Luego el francs dijo en voz baja:

--Mi carrera perdida; mi familia abandonada... Y lo ms horrible es
que no siento odio alguno al pensar en ese infeliz!... Qu ser de
m?

Robledo era el nico de los tres capaz de una resolucin enrgica en
aquel momento.

--Lo primero es huir, Canterac. Este asunto har mucho ruido, y no
puede taparse como una ria de boliche. Pase los Andes cuanto antes;
al otro lado est Chile, y all puede usted esperar... En el mundo
todo se arregla, bien  mal; pero todo se arregla.

El francs habl con desaliento. No tena dinero; lo haba gastado
todo en aquella fiesta, que ahora le pareca un disparate. Cmo vivir
en Chile, donde no conoca  nadie?...

Le tom un brazo el espaol para tirar de l afectuosamente,
llevndoselo de all.

--Lo primero es huir--dijo otra vez--. Yo le dar los medios de
hacerlo. Vmonos.

Canterac se resista  obedecerle, mirando al mismo tiempo 
Torrebianca.

--Quisiera antes de irme--murmur--decir adis  la marquesa.

Fu tan suplicante el tono con que hizo esta peticin, que provoc en
Robledo una sonrisa de lstima. Luego le fu empujando con una
superioridad paternal.

--No perdamos tiempo--dijo--. Preocpese de usted nada ms. La
marquesa tiene otras cosas en que pensar.

Y se lo llev  su casa.

Durante todo el da el suceso mantuvo en continuo bullicio  los
habitantes del pueblo. Muchos lo aprovecharon como un motivo para
abandonar el trabajo. En la calle central se formaron numerosos grupos
de hombres y mujeres, hablando acaloradamente, al mismo tiempo que
miraban con hostilidad la casa que haba sido de Pirovani. Los nombres
de Torrebianca y su mujer sonaban tanto como los de los adversarios
que se haban batido.

Entre las gentes del pueblo pasaron algunos gauchos amigos de Manos
Duras, como si el reciente suceso hubiese extinguido completamente la
hostilidad que exista entre ellos y los habitantes de la Presa.

A media tarde atraves la calle central el mismo Manos Duras, mirando
con inters hacia la casa. Algunas mestizas le hablaron, manifestando
su indignacin contra aquella seorona que perturbaba  los hombres.
Pero el famoso gaucho encogi sus hombros, sonriendo despectivamente,
y sigui adelante.

En el boliche le esperaban tres amigos suyos que vivan la mayor parte
del ao al pie de los Andes y haban venido  pasar unos das en su
rancho. Don Roque, en otras circunstancias, se hubiese alarmado al
conocer esta visita. Tal vez preparaban algn robo importante de
hacienda para llevar las reses al otro lado de la Cordillera y
venderlas en Chile. Pero ahora los personajes importantes de la Presa
daban ms que hacer al comisario que los gauchos dedicados al
abigeato.

Al entrar Manos Duras en el Almacn del Gallego, vi que el pblico
era ms numeroso que las otras tardes de trabajo, hablndose en todos
los corros de la muerte del contratista. Mientras beba de pie junto
al mostrador, fu oyendo los comentarios de los parroquianos.

--Esa hembra--gritaba uno--es la que ha tenido la culpa de todo. Qu
mala p...!

Manos Duras se acord de la tarde en que haba visto  la marquesa por
primera vez. Este recuerdo hizo que mirase con ojos agresivos al que
acababa de hablar, lo mismo que si le hubiese dirigido una injuria.

--Dos hombres se han peleado  muerte por esa seora; y qu?... Yo
tambin estoy dispuesto  pelar mi facn y  matarme con el primero
que la insulte. A ver si hay un guapo que quiera pisarme el poncho.

Esta invitacin  pisarle el poncho era un reto  estilo gaucho
para el combate; pero despus de un corto silencio los parroquianos
empezaron  hablar de otra cosa.

Se asom Torrebianca, al atardecer,  una de las ventanas de su casa,
mirando con extraeza los grupos reunidos en la calle. Su nmero haba
aumentado. El comisario de polica, que acababa de regresar de Fuerte
Sarmiento, iba entre ellos, hablando  unos y  otros para que se
retirasen. Al ver al marqus en la ventana le salud quitndose el
sombrero.

Hombres y mujeres quedaron mirando al esposo de Elena fijamente, con
una curiosidad hostil, pero nadie os una demostracin contra l.

Torrebianca no pudo ocultar su sorpresa ante la mirada inquietante de
tantos ojos fijos en su persona. Luego se di cuenta de una
impopularidad que juzgaba inexplicable, y acab cerrando las vidrieras
con triste altivez.

Pasados algunos minutos abri Sebastiana la puerta de la casa,
apoyndose en una baranda de la galera exterior. Haba sentido la
atraccin de aquella afluencia de grupos, en los que reconoci 
muchas amigas antiguas. Pero al verla las mujeres que estaban en la
calle, empezaron  gesticular y  insultarla  gritos.

Ella, irritada por tan incomprensible acogida, acab por responder en
el mismo tono; pero abrumada al fin por la superioridad numrica de
sus adversarias y viendo adems que muchos hombres las ayudaban con
sus risas y palabrotas, tuvo que retirarse. Al reflexionar luego en la
cocina, fu columbrando la verdad. Todas las mujeres del pueblo, sin
exceptuar las que eran comadres suyas, iran contra ella porque estaba
al servicio de la marquesa.

A la misma hora del anochecer entr Watson en el pueblo. Despus del
terrible suceso de la maana haba tenido que preocuparse del cadver
de Pirovani, acompaando  los padrinos de ste y al mdico.
Primeramente lo guardaron en un rancho ruinoso cercano al ro. Luego
resolvieron trasladarlo  Fuerte Sarmiento, ya que deba ser enterrado
finalmente en el cementerio de dicho pueblo. As evitaban las
manifestaciones que podan surgir en la Presa si el cadver era
llevado all.

Regresaba Watson de Fuerte Sarmiento y haba dejado  sus espaldas las
primeras casas del pueblo, cuando se encontr con Canterac.

ste iba tambin  caballo, con sombrero y poncho iguales  los que
usaban los jinetes del pas, y llevando adems un saco de ropa y de
vveres en el delantero de la silla.

Al reconocerlo, el joven se detuvo para estrechar su mano. Adivin que
no le vera ms, pues su aspecto era el de un viajero que se dispone 
cruzar la desierta llanura patagnica.

Canterac, respondiendo  su pregunta, seal el horizonte, en el que
empezaban  brillar las primeras estrellas por la parte de los Andes
invisibles. Luego le manifest su propsito de pasar la noche en una
estancia cerca de Fuerte Sarmiento, para continuar la marcha apenas
apuntase el da.

--Adis, Watson--dijo--. Habra sido un bien para todos nosotros que
esa mujer no viniese nunca  esta tierra. Ahora veo las cosas bajo una
nueva luz; pero ay! ya es tarde.

Por unos momentos mir con indecisin  Ricardo, pero al fin dijo
resueltamente:

--Oiga el consejo de un desgraciado, y no se ofenda porque se lo doy
sin que usted me lo pida... No se separe nunca de Robledo: es un alma
noble. Gracias  su bondad puedo marcharme... Todo lo que va conmigo
le pertenece... Desconfe de los que le hablen mal de l...

Sus ojos tristes miraron intencionadamente al joven mientras deca las
ltimas palabras. Antes de alejarse an se atrevi  darle un nuevo
consejo:

--Y no olvide por ninguna otra mujer  esa seorita que llaman Flor de
Ro Negro.

Le apret la diestra, hizo un signo de adis, y bajando la cabeza
espole  su caballo, perdindose en la noche, que empezaba  nacer.

       *       *       *       *       *




#XV#


March Watson hacia el pueblo, sintiendo en su interior la comezn de
una conciencia que empieza  perder su tranquilidad.

Recordaba con remordimiento aquel breve dilogo en el parque
improvisado, durante el cual habl duramente  Robledo. Y por esa
mujer--pensaba--que lleva los hombres  la muerte, he maltratado al
mejor de mis amigos!

Luego, el rostro triste y lloroso de Celinda suceda en su imaginacin
 la cara bondadosa de Robledo.

Pobre Flor de Ro Negro!--sigui dicindose--. Debo ir maana 
implorar su perdn, si es que se digna escucharme.

Entr en la Presa ensimismado, dejndose llevar por el instinto de su
cabalgadura; pero de pronto not que sta quera detenerse, y al
levantar su cabeza se di cuenta de que estaba ante la casa de la
Torrebianca.

El comisario de polica, ayudado por dos de sus hombres, empujaba con
suavidad al ltimo grupo de curiosos, llevndoselo por delante entre
paternales exhortaciones.

Se alej don Roque,  iba Ricardo  continuar su marcha, cuando not
que en la casa se entreabra una ventana, asomando  ella una mano de
mujer, que le haca seas para que se acercase. Watson permaneci
insensible al llamamiento y la ventana se abri completamente,
apareciendo Elena vestida de negro, como si guardase luto, pero
llevando estas ropas fnebres con cierta coquetera.

Tuvo Ricardo que aproximarse  la casa, y se quit el sombrero para
responder  sus afectuosos ademanes.

--Tanto tiempo sin verle!... Entre en seguida.

l hizo con la cabeza un signo negativo, mirndola con severa
expresin.

--No me pregunta por quin voy de luto?--continu ella--. Ha muerto
la madre de mi esposo, una seora que yo amaba muchsimo. Estoy muy
triste... Cmo necesito en estos momentos la conversacin de un buen
amigo!...

Pretenda dar  sus palabras un tono doloroso y al mismo tiempo le
invitaba  subir con ademanes de seduccin. Pero Ricardo insisti en
sus signos negativos y dijo al fin:

--Vendr  visitarla cuando viva en otra casa y est presente su
esposo. Ahora no puedo.

Y se alej sin volver el rostro, mientras ella iba pasando de la
sorpresa  la clera, cerrando finalmente su ventana con violencia.

Cuando Watson, despus de la cena, intent disculparse con Robledo,
pidiendo que le perdonase su rudeza, el espaol le hizo callar.

--No hablemos del pasado; tan amigos como antes: lo nuestro resulta un
incidente sin importancia. Lo verdaderamente terrible es lo del pobre
Pirovani y la situacin en que se ve Canterac... Comprendo la
impresin que han producido en usted sus palabras. Pobre hombre!
nicamente quiso aceptar de m lo ms preciso para su viaje  travs
de la Cordillera. Dice que en Chile esperar mis noticias. Pienso
buscarle algunas recomendaciones entre mis amigos de Buenos Aires...
Qu catstrofe! Y todo por una mujer!

Robledo qued pensativo, para afirmar despus optimistamente:

--Yo no la creo mala por completo. Es una hembra impulsiva, con las
pasiones sin educar, que siembra el mal ignorndolo muchas veces, pues
toda su atencin la pone en ella misma, creyndose el centro de lo
existente. Si fuese rica tal vez sera buena; pero no conoce la
modestia y es incapaz de aceptar el sacrificio. Desea tantas cosas y
tiene tan pocas!...

Sonri melanclicamente  hizo una pausa, para continuar diciendo:

--Por suerte, no todas las mujeres son iguales. Ella misma me dijo un
da que, en nuestra poca, la hembra que piensa un poco se considera
infeliz y odia todo lo que la rodea si no posee un collar de perlas,
que es como el uniforme de la mujer moderna... Hay un ser ms temible,
querido Ricardo, que la mujer que busca  todo trance el collar de
perlas: es la que lo tuvo, lo perdi, y quiere volver  conquistarlo
sea como sea.

El recuerdo de Gualicho, diablo enredador que perturbaba  los indios
con sus tretas, obligndolos  montar  caballo para perseguirlo 
lanzadas y golpes de boleadora, pas por su memoria. De continuar
Elena en el mundo viejo, hubiese sido una de tantas mujeres temibles
que se ven refrenadas y neutralizadas por la vecindad de otras
semejantes  ellas. Pero aqu, rodeada de hombres que la admiraban, y
en un ambiente primitivo que la haca resaltar como si fuese de
esencia superior, haba ejercido sin quererlo una influencia tan
nefasta como la del demonio cobrizo temido en otros tiempos por los
jinetes errantes de la Pampa.

Ella misma haba sido vctima de este ambiente de soledad al
enamorarse de Watson. Crea poder jugar con los hombres,
desprecindoles. As se lo haba manifestado una noche  Robledo,
mirando con lstima  sus solicitantes. Pero Ricardo era la juventud,
la frescura varonil, el hombre adorado por el primer amor de una
adolescente y que por esto mismo representa una tentacin para la
coqueta madura, ganosa de quitrselo  la otra mujer. Senta la
necesidad de convencerse  s misma de que an guardaba su antiguo
poder de seduccin, trastornando la existencia del joven ingeniero...
Y ahora deba sufrir cruelmente en su vanidad, al verse despreciada
por el nico hombre que haba llegado  interesarle en este desierto.

Robledo acab por compadecer  la esposa de Torrebianca con una
conmiseracin algo despectiva.

--Cree haber nacido para vivir en lo ms alto, y la desgracia se
complace en hacerla caer... Nada tiene de extrao que sea mala,
faltndole el consuelo de la modestia y la resignacin.

Pareci asustarse el espaol al considerar lo que probablemente poda
ocurrir en la Presa despus del suceso de aquella maana.

--El contratista muerto... el ingeniero director fugitivo... Habr que
suspender los trabajos... Van  retrasarse las obras del dique, y
llegarn las crecidas sin que las tengamos terminadas. Qu situacin!
Hay que ir  Buenos Aires en busca de remedio.

Y pas gran parte de la noche sin poder dormir, desvelado por estas
preocupaciones.

Watson mont  caballo la maana siguiente, pero en vez de dirigirse
al lugar donde se abran los canales, se encamin  la estancia de
Rojas. Mientras el gobierno no enviase un nuevo director para la
terminacin del dique, los trabajos de la empresa ideada por Robledo
resultaran intiles y era prudente suspenderlos.

Al llegar cerca de la estancia quiso descender de su caballo para
abrir una tranquera, armazn de palos que serva de puerta,
obstruyendo el camino; pero vi junto  ella un pequeo mestizo, de
diez aos, gordinfln, con ojos aterciopelados de antlope y una tez
lustrosa de color chocolate claro, que le contemplaba sonriente,
metindose un dedo en la nariz.

--Esta maana--dijo--sali disparado el patrn... Anoche nos robaron
una vaca.

Pero Ricardo le pregunt algo que consideraba ms interesante.

--Dnde est tu patroncita, Cachafaz?

El llamado _Cachafaz_,  causa de sus diabluras, sac el ndice que
tena en la nariz para sealar  lo lejos.

--Ahorita mismo acaba de irse. La encontrar ah cerquita no ms.

Y con el dedo fu sealando toda la lnea del horizonte.

Comprendi Watson que para el amigo Cachafaz, hijo del desierto,
ahorita mismo significaba una hora, dos  tal vez tres, y ah
cerquita algo as como un par de leguas. Pero necesitaba ver 
Celinda, estaba resuelto  buscarla, y empez  galopar por el campo,
confindose  su buena suerte.

Lo que el pequeo mestizo no quiso decir era que la patroncita estaba
enferma, segn opinin de su madre, india vieja que haba venido 
reemplazar  Sebastiana como primera criada de la estancia, pero sin
tener su buen humor ni su garbo para el trabajo. Iba  todas horas con
un cigarro paraguayo en un extremo de sus labios azulencos y
chorreantes de nicotina, y cuando don Carlos no estaba presente,
empleaba para tomar mate su misma calabacita de finas labores y su
bombilla de plata.

Las gentes de la estancia miraban con un respeto supersticioso  la
madre de Cachafaz, por creerla bruja y en oculto trato con los
espritus que aullan y giran dentro de las columnas de arena, altas
como torres, levantadas por el huracn en la altiplanicie. Al ver la
melancola de Celinda y sorprenderla otras veces llorando, la india
mova su cabeza, como si esto confirmase sus opiniones.

--Usted lo que tiene, nia, es que est enferma, y yo s de qu
enfermedad.

Un abuelo suyo haba sido gran hechicero cuando los indios acampaban
an sobre esta tierra como dueos nicos. Los jefes de las tribus le
hacan llamar al sentirse enfermos. Su padre hered este tesoro de
ciencia, pero por desgracia, slo le haba transmitido  ella una
nfima parte.

--A usted los que le hacen dao son los ayacuys, y hay que curarla de
sus flechas.

Ella conoca perfectamente  los ayacuys, duendes indios tan
minsculos, que una docena de ellos caben sobre una ua, armados con
arcos y flechas, y  cuyas heridas hay que atribuir la mayor parte de
las enfermedades.

No los haba visto nunca, por ser una msera ignorante; pero su abuelo
y su padre, grandes machis,  sea curanderos mgicos, tenan
frecuente trato con estos demonios pequesimos. Slo los sabios
indgenas podan conocerlos. Algunos mdicos _gringos_ pretendan
haberlos visto igualmente, dndoles en su lengua el apodo de
microbios, pero qu saban ellos!...

Cuando se les haban acabado las flechas para herir  los humanos, los
atacaban con sus dientes y sus uas. Lo importante era saber extraer,
sajando  chupando las carnes del enfermo, las astillitas de flecha 
las uitas y dientecillos que los diablos invisibles dejaban en el
cuerpo.

--Yo le buscar un machi que la ponga buena, nia, sacndole esa
tristeza que le han dado los ayacuys. Pero que no lo sepa el
patrn!...

Celinda sonrea de los remedios propuestos por la madre de Cachafaz, y
cuando se cansaba de permanecer encerrada en la estancia iba en busca
de su caballo para correr el campo sin objeto. Ya no se vesta de
muchacho. Pareca abominar de este traje,  causa de los recuerdos que
despertaba en ella. Prefera montar con faldas y olvidaba el lazo, que
era antes su mayor diversin.

Llevaba esta maana ms de una hora de galope por las tierras de su
padre, cuando vi sobre una altura  un jinete, inmvil y
empequeecido por la distancia, semejante  un soldadito de plomo.

Se detuvo al notar que este jinete minsculo, como si la hubiese
reconocido, se echaba cuesta abajo, galopando hacia ella. Dej de
verlo algn tiempo y luego reapareci, considerablemente agrandado, en
el borde de una hondonada prxima. Al convencerse de que era Watson,
el primer impulso de ella fu huir. Despus se arrepinti de esta
fuga, por considerarla una cobarda, quedando inmvil, en actitud
desdeosa.

Lleg Ricardo y se quit el sombrero, bajando los ojos humildemente.
Quera hablar, pero no encontraba las palabras. Adems, ella no le di
tiempo para expresarse.

--Qu busca usted?--dijo con dureza--. Es que le ha despedido su
gringa? Aqu no se admiten puchos de otra.

 hizo dar vuelta  su caballo para marcharse. Ricardo pretendi
enternecerla con su voz suplicante:

--Celinda! Vengo  manifestar mi arrepentimiento... Vengo en busca de
mi Flor de Ro Negro.

Ella pareci conmoverse al notar la humildad infantil con que el
mocetn deca estas palabras, pero inmediatamente recobr su dureza.

--Perdone por Dios, hermano, y siga viaje!... Hoy no puedo hacer
limosnas.

Empez  alejarse, pero todava se detuvo para aadir con una crueldad
de nia mimada:

--No me gustan los hombres que piden perdn. Adems, jur que slo
volvera  verle si me echaba el lazo... Pero no podr echrmelo
nunca. Usted no es mas que un gringo chapetn, y adems de torpe
desagradecido.

Y metiendo espuelas  su caballo sali  todo galope, no sin hacer
antes  Ricardo un gesto de desprecio. Qued ste avergonzado por la
cruel despedida de la amazona y sin deseos de seguirla. Despus su
vanidad se alborot, y quiso alcanzarla para que reconociese que no
era un chapetn, un torpe, como ella crea.

Los dos empezaron  evolucionar por las tierras de la estancia,
persiguindose  travs de alturas y hondonadas. De vez en cuando,
Celinda, que llevaba siempre una gran ventaja sobre su perseguidor,
detena la velocidad de su caballo como si quisiera dejarse vencer por
Watson; pero al verle cerca volva  salir  todo galope, insultndolo
con las mismas palabras que inventaron los gauchos en otros tiempos
para burlarse de la torpeza de los europeos en los usos del pas y de
su inferioridad como jinetes.

--Gringo chapetn!... Maturrango que no sabe tenerse sobre el
caballo!

Conservaba Ricardo en el delantero de su silla un lazo de cuerda que
le haba regalado Flor de Ro Negro. Mientras galopaba lo desenroll,
para arrojarlo sobre ella cada vez que estaba prxima. El lazo caa
siempre en el vaco, lejos de Celinda, y sta celebraba con irnicas
carcajadas la torpeza del ingeniero; pero su risa fu transformndose
y cada vez se hizo ms alegre, como si no expresase ya desprecio por
su falta de habilidad, sino regocijo. Watson rea tambin,
presintiendo que una risa comn acabara por unirlos con ms rapidez
que su lazo intil.

En estas evoluciones se fueron aproximando  la estancia. Celinda hizo
que su caballo saltase una barrera de troncos, y desapareci. Watson
no pudo obligar al suyo  que diese otro salto igual,  hizo un largo
rodeo para entrar por una tranquera abierta.

As lleg hasta el edificio de la estancia con calculada lentitud,
deseando que saliese alguien  quien hablar. Celinda permaneca
invisible, y l no osaba presentarse en la puerta de la casa, por
miedo  que la hija de Rojas le recibiese hostilmente.

Otra vez el pequeo Cachafaz apareci junto  las patas de su caballo,
con una oportunidad providencial.

--Dile  la seorita Celinda si puedo entrar  saludarla.

Se alej el duende mestizo rascndose por debajo de la suelta camisa
el grueso botn de su panza achocolatada. Poco despus volvi 
aparecer, y con su vocecita cantarina y melosa de indio anunci 
Watson:

--Mi patroncita dice que se vaya, y que no quiere verle ms, porque es
usted... porque es usted muy feo.

Qued riendo Cachafaz de sus propias palabras, mientras Watson miraba
con tristeza hacia la casa. Luego hizo dar vuelta  su cabalgadura y
se alej relativamente consolado, por una resolucin que acababa de
adoptar.

Volver maana...--se dijo--. Volver todos los das, hasta que me
perdone.

Aquella tarde la pas Elena sola en su saln. Varias veces tom un
libro, pero sus ojos se deslizaban sobre las pginas sin comprender el
sentido de una sola lnea.

Permaneci largo rato pensativa en el sof, fumando cigarrillos. Luego
fu  situarse junto  una ventana, mirando  travs de sus vidrios la
calle central, de modo que no la viesen desde fuera.

En realidad slo poda ser vista por dos de los cuatro policas de la
Presa que haba colocado don Roque cerca de la casa, para evitar que
se reuniesen grupos, como el da anterior. La gente pareca haber
olvidado por el momento la antigua vivienda de Pirovani. Nadie se
detena ante ella y resultaba intil la precaucin del comisario.
Adems, muchos de los trabajadores del dique haban ido  Fuerte
Sarmiento para asistir al entierro del contratista. Los otros estaban
en el Almacn del Gallego  formaban corros en las afueras del
pueblo, discutiendo acaloradamente sobre la posibilidad de que se
suspendiesen en breve los trabajos, quedando todos sin ocupacin.

Algunos, ms optimistas, crean que en el primer tren iba  llegar un
nuevo ingeniero director, como si al gobierno de Buenos Aires le fuese
imposible vivir si no reanudaba los trabajos inmediatamente. El
Gallego y otros espaoles hacan apuestas sosteniendo que su
compatriota don Manuel Robledo, al que respetaban como una gloria
nacional, sera el designado para la nueva direccin.

Ciertos peones viejos que haban rodado por todas las obras pblicas
del pas levantaban los hombros con una expresin fatalista.

--La carreta se ha atascado, y veris el tiempo que pasa antes que
vuelva  rodar.

Mientras Elena, de pie junto  los vidrios, contemplaba la calle
solitaria, iba repasando mentalmente todas las dificultades de su
actual situacin. Pirovani muerto; el otro hudo; la casa que ella
ocupaba no sabiendo an de quin iba  ser... Adems pens en lo que
estara diciendo Robledo y en la hostilidad repentina de aquel Watson,
nica persona cuya presencia pareca esparcir cierto inters
sentimental sobre la vida montona que llevaba all. Tal vez  aquella
misma hora Ricardo iba en busca de la muchachuela que haba intentado
golpearla con su ltigo...

Nunca, en el curso de su complicada historia, que ella sola conoca
exactamente, se haba encontrado en peor situacin. Hasta aquella
muchedumbre heterognea--en la que haba muchos con un pasado europeo
repleto de delitos--se atreva  dirigirle reproches, obligando  la
autoridad de la Presa  guardarla con aquellos dos hombres apoyados en
sus sables que vea desde su ventana. Y ella haba atravesado el
Ocano y venido  instalarse en una tierra casi salvaje, para
encontrarse finalmente en tal situacin!...

Siempre haba conseguido un remedio en los mayores apuros de su vida;
siempre lograba salir de los conflictos bien  mal; pero ahora no
poda acertar con la solucin necesaria... Irse de all? Cmo
lograrlo? Eran pobres lo mismo que al llegar; ms an, pues Robledo no
iba  pagarles igualmente su viaje de regreso. Adnde dirigirse, si
su esposo haba hudo de Pars y all le esperaba la Justicia?

Pens con miedo en la prolongacin de su vida en la Presa. Haba
resultado tolerable hasta el presente por las larguezas de Pirovani y
la rivalidad de ste con los otros. Mas ay! el italiano haba muerto,
y ella tendra que abandonar esta casa que era como un palacio
dominador de todo el pueblo. Nadie vendra en adelante  desearla y
admirarla, esforzndose por hacer agradable su vida. nicamente
quedaba Robledo: un enemigo... Quedaba tambin Watson, que poda haber
representado para ella una solucin; pero este hombre haba cambiado
tanto!...

Cruz por su pensamiento una idea que la haba halagado en los ltimos
das, cuando el joven la acompaaba en sus paseos. Ella poda
abandonar  Torrebianca, que era un nufrago incapaz de salir  la
orilla,  irse con Watson por el mundo. Un hombre enrgico y algo
inocente como este joven, aconsejado por una mujer experta, poda
acabar triunfando en cualquier pas. En su vida anterior tena Elena
episodios ms arriesgados... Pero inmediatamente senta la fiebre del
odio al convencerse de que era imposible esta solucin.

Ricardo haba hudo de ella para siempre. Ya no poda dudar de este
alejamiento, despus de haberle hablado desde su ventana la tarde
anterior. Tal vez le sera fcil su reconquista vindolo  solas; pero
el otro, como si presintiese el peligro, haba dicho que slo volvera
 visitarla en otra casa y en presencia de su esposo. La voz con que
afirm esto y su mirada revelaban una voluntad inconmovible.

Como Elena no poda sospechar el cambio de ideas que se haba
realizado en Canterac despus del duelo, ni tampoco la breve
conversacin de ste con Watson al marcharse, atribua dicho trastorno
en la actitud del joven  la influencia de Celinda.

Me lo ha tomado otra vez--pens--. Esa muchachuela rstica me cierra
el nico camino que poda seguir. Ay! cmo la odio!

Durante sus reflexiones se sinti agitada por diversos y encontrados
pensamientos, como si se hubiese partido interiormente en dos
personalidades distintas. La imagen de Watson la confortaba todava en
estos momentos angustiosos. Era el hombre joven, el dominador, que
surge en el ocaso de toda mujer acostumbrada  jugar cruel y framente
con los deseos de los hombres. Ella, que los haba buscado en otros
tiempos por ambicin  por codicia, necesitaba ahora  Watson. No lo
deseaba solamente porque era capaz de hacerla salir de su crtica
situacin, sino por l mismo; porque era la juventud, la fuerza y la
ingenuidad, todo lo que puede dar apoyo  una vida fatigada. Senta
adems el dolor de los celos; unos celos de mujer vanidosa y algo
madura que se ve arrebatar la ltima esperanza de felicidad por una
adversaria que casi puede ser su hija.

A la par que sufra este tormento deba preocuparse de su trgica
situacin, creada por la rivalidad amorosa de dos hombres que la
haban deseado, y defenderse tambin del odio de todo un pueblo.

Qu hacer?--sigui pensando--. Ay! En dnde me he metido?

Unos golpecitos en la puerta del saln la hicieron abandonar sus
pensamientos. Entr Sebastiana con expresin tmida  indecisa,
manoseando una punta de su delantal. Al mismo tiempo sonrea mirando 
la seora, como si buscase palabras para dar forma al deseo que la
haba trado hasta all.

Elena la anim  que hablase, y entonces la mestiza dijo
resueltamente:

--Yo estaba al servicio del finado don Pirovani, y como ya es
difunto... por lo que todos sabemos, debo irme.

Manifest la seora su extraeza ante tal decisin. Poda quedarse;
ella estaba contenta de sus servicios. La muerte del italiano no era
motivo suficiente para que se marchase. En alguna parte deba servir,
y Elena prefera que fuese en su casa. Pero la mestiza insisti,
moviendo la cabeza negativamente:

--Debo irme. Si me quedo, tengo amigas aqu que me sacarn los ojos.
Muchas gracias! Quiero estar bien con los mos... y por qu no
decirlo? la seora cuenta con pocas simpatas en el pueblo.

Despus de tales palabras no juzg prudente Elena seguir la
conversacin, limitndose  mostrar una triste conformidad.

--Si  usted le da miedo seguir aqu!...

Esta tristeza conmovi  Sebastiana.

--Yo con gusto me quedara; la seora me es simptica y no me ha hecho
nunca dao... Pero la gente es como es, y yo pobre de m! no voy 
pelearme con todas las mujeres de la Presa. Si puedo servir en otra
cosa  la seora, mndeme...

Se retir al fin, luego de insistir en sus deseos de ser til  Elena
y en la tristeza que le causaba abandonar su servicio. Cerca de la
puerta se detuvo para contestar  la marquesa, que le pregunt por su
marido.

--No s. Sali esta maana y an no ha vuelto. Tal vez ha ido  Fuerte
Sarmiento con don Moreno para el entierro de mi pobrecito patrn.

Al quedar sola, Elena empez  preocuparse de su esposo, personaje
olvidado que pareca resurgir con nueva importancia. Estaba
acostumbrada  considerarlo como un ser falto de voluntad, pronto 
aceptar todas sus ideas y creyendo lo que ella quisiera hacerle creer.
Pero el ltimo episodio de su vida resultaba extremadamente violento.
En una gran capital hubiera tenido menos resonancia, mas aqu, en un
pueblo de vida montona, donde rara vez ocurra algo extraordinario, y
en presencia de una muchedumbre aventurera predispuesta  insultar 
las personas de clase superior!...

Sinti cada vez mayor inquietud al pensar en la posibilidad de que
Torrebianca descubriese el verdadero motivo del odio de aquellos dos
hombres cuyo duelo  muerte haba concertado. Fu repasando en su
memoria todo lo ocurrido entre ella y su esposo desde el da anterior.
Federico, al volver  casa, le haba contado el triste fin del
combate, pero con ciertas precauciones, como si temiese la emocin que
poda causarle esta noticia. Luego, al atardecer, pareca otro hombre.
Rehuy hablar, contestndola siempre con monoslabos, y por dos veces
sorprendi su mirada fija en ella con una expresin que nunca haba
conocido. Despus de cerrar su ventana Torrebianca, molestado por la
curiosidad de la muchedumbre, se haba ocultado en su dormitorio para
no salir hasta la maana siguiente muy temprano, antes de que Elena
despertase. El da tocaba  su fin y Federico an no haba vuelto.
Qu deba pensar ella de todo esto?...

Pero su inquietud no tard en desvanecerse. Estaba tan acostumbrada al
dominio absoluto de su marido, que acab por considerar sin fundamento
sus sospechas y temores. Adems, aunque tales inquietudes resultasen
ciertas, ella conseguira apaciguarlo y convencerlo, como lo haba
hecho muchas veces.

La vista de un transente que pasaba lentamente ante la casa mirando 
las ventanas sirvi para hacerla olvidar  su esposo. Era Manos Duras.
Una hora antes, cuando estaba ella, lo mismo que en el presente
momento, de pie junto  los vidrios, haba credo ver por dos veces al
gaucho asomndose  la esquina de una callejuela prxima. El rstico
jinete iba  pie, vagando por el pueblo, como un trabajador en da de
descanso. Al columbrar  la marquesa detrs de los visillos la salud
quitndose el sombrero y enseando su dentadura de lobo.

Era el primer saludo sonriente que reciba Elena despus de la muerte
de Pirovani. Adivin en este hombre al nico admirador que le
quedaba, y esto le pareci tan cmico que casi la hizo reir. En
adelante slo podra contar con el enamoramiento de un gaucho medio
bandido.

Qued pensativa, con la frente apoyada en los cristales, mirando la
avenida solitaria. Manos Duras haba desaparecido en la callejuela
inmediata, y hasta los dos policas, juzgando intil su vigilancia, se
iban alejando hacia el boliche.

Otra vez son la puerta del saln bajo los discretos llamamientos de
Sebastiana. Ahora entr ms resueltamente, pero hablando en voz baja y
sonriendo con una expresin confidencial.

--Ha venido el seor?--pregunt Elena.

--No; es otra cosa... Estaba yo en el corral, hace un momento, cuando
ese gaucho que llaman Manos Duras apareci en la puerta trasera y
dijo...

Hizo esfuerzos de memoria para repetir las mismas palabras del hombre.
Le haba encargado que manifestase  la seora marquesa cmo l estaba
all,  sus rdenes, para lo que quisiera mandar. En los malos
momentos se conoce  los amigos; y ahora que tantos en el pueblo y
fuera de l hablaban contra la seora por pura envidia, Manos Duras
tena el gusto de repetir que era l de siempre.

--Decidle vos  tu patrona que no me doy la vuelta como muchos otros,
y que ella siempre ser la mesma para m, porque yo soy de los de me
rompo pero no me dueblo... Eso me ha dicho Manos Duras para que yo se
lo diga  la seora.

Elena acogi estas palabras con una sonrisa. Pobre hombre! Y an
decan que era un bandido!... Para ella resultaba en aquellos momentos
el varn ms interesante del pas, el nico caballero que se atreva 
hacer frente al populacho ofrecindola su apoyo.

Cuando la mestiza se march, an se mantuvo Elena junto  la ventana
viendo  los transentes, cada vez ms numerosos, segn avanzaba el
ocaso. Se apart de los vidrios al pasar algunos grupos de
trabajadores  caballo  ocupando carruajes alquilados en Fuerte
Sarmiento. Volvan indudablemente del entierro del contratista. Todos,
antes de alejarse, miraban de reojo la casa.

Cerca del anochecer vi pasar  un jinete solo, que bajaba la cabeza
obstinadamente. Era Ricardo Watson. Se di cuenta, por su traje
cubierto de polvo y por el aspecto de su cabalgadura, que no vena del
entierro como los otros. Deba haber pasado el da en el campo;
indudablemente, en la estancia de Rojas  vagando por las
inmediaciones del ro en compaa de aquella muchacha del ltigo. Y
yo aqu--pens--, encerrada como una fiera, huyendo de los insultos de
un populacho injusto!... Y luego se asombran de que una mujer sea
mala!

Permaneci inmvil, con los ojos entornados, mientras las sombras del
crepsculo, surgiendo de los rincones, venan  confundir sus
lobregueces en el centro de la habitacin. Slo una dbil claridad
exterior daba cierta fluorescencia azul  los vidrios, destacndose
sobre ellos la silueta inmvil de Elena.

Cerrada ya la noche, cuando di un grito para que acudiese Sebastiana,
sta contest adivinando sus deseos:

--All voy con la lmpara!...

Y apareci llevando un gran quinqu, que puso sobre la mesa, en mitad
del saln.

Iba  retirarse, creyendo que lo haba hecho todo, cuando la detuvo la
seora.

--Usted sabe dnde podr estar en este momento ese Manos Duras de que
me habl antes?

La mestiza, siempre predispuesta  la charla desarroll un largo
prembulo antes de dar una contestacin precisa. Manos Duras iba ahora
 todas partes con unos amigos suyos de la Cordillera que estaban
alojados en su rancho: gente mala y poco temerosa de Dios. A saber lo
que traeran entre manos!... Tambin le haba indicado, en su dilogo
 la puerta del corral, que tal vez hiciese pronto un largo viaje, y
esta era la razn de haber venido  molestar  la seora por si quera
mandarle algo.

--Yo creo--termin--que si no se ha vuelto  su rancho lo pillar 
esta hora donde el Gallego.

--Vaya  buscarle--dijo Elena--y avsele de mi parte que  la diez en
punto est frente  la casa... Nada ms. Pero dgaselo con habilidad;
que nadie se entere.

Sebastiana, que haba acogido las primeras palabras como si las
escuchase mal, por parecerle inauditas, al oir que le recomendaban ser
discreta, olvid su asombro para afirmar vehementemente que la patrona
poda estar tranquila en cuanto  la prudencia con que ella
acostumbraba  cumplir los encargos.

Sali de la casa, marchando  toda prisa hacia el boliche. Si no
encontraba all al gaucho, era que se habra ido del pueblo.

Ante la puerta del establecimiento se detuvo para mirar  su interior.
Por ser ya la hora de la cena, el pblico haba menguado. Los ms de
los parroquianos estaban en sus viviendas, sentados  la mesa, y
solamente una hora despus volveran  agolparse junto al mostrador.
Un gaucho viejo tocaba la guitarra mirando la panza de un cocodrilo de
los que pendan del techo. Los tres huspedes de Manos Duras
escuchaban atentamente. ste, sentado en un crneo de caballo y con la
espalda apoyada en la pared, fumaba pensativo.

Como el dueo del boliche estaba ausente, Friterini, detrs del
mostrador, imitaba el aire del patrn, mientras lea con arrobamiento
un peridico italiano, viejo y sucio.

Levant Manos Duras sus ojos, avisado por una tos discreta, y vi en
la puerta  la mestiza, que le haca seas para que saliese. A
espaldas del boliche le di Sebastiana el recado con voz misteriosa,
llevndose un dedo  los labios varias veces en el curso de su
mensaje. Adems gui un ojo para que el gaucho no la tuviese por
zonza, dando  entender que sospechaba en qu parara su aviso.

Cuando la mestiza se hubo marchado, Manos Duras tard en volver al
boliche. Prefera estar solo y en la obscuridad, por parecerle que as
poda saborear mejor su satisfaccin. Entraba en su regocijo una gran
parte de asombro. Cmo poda l imaginarse aquella tarde, al vagar
ante la vivienda de la seorona, que sta le enviara un recado para
que fuese  verla  solas en la misma noche?...

Al hacer su ofrecimiento  Sebastiana en el corral de la casa, haba
obedecido  los impulsos de una caballerosidad  su manera. Deseaba
aparecer ante la marquesa como un individuo distinto  los dems
habitantes del pueblo y haba ofrecido su proteccin sin esperanza de
que ella la aceptase... Y unas horas despus le buscaba. Qu deseara
pedirle?...

Luego desech las dudas que empezaban  enturbiar su gozo, sintindose
fortalecido por un orgullo varonil. l, aunque fuese un pobre rstico,
era un hombre como los dems, mejor que los dems, pues todos le
tenan miedo... y estas _gringas_ venidas del otro mundo resultaban 
veces tan caprichosas!... Acab por sonreir vanidosamente.

Lo que yo pienso--se dijo--: todas son unas!... Todas iguales!

Y volvi al boliche para sentarse entre sus amigos, en espera de la
hora.

Robledo y Watson acababan en aquel momento de cenar, y oyeron que
alguien llamaba  la puerta de su vivienda.

Se sorprendi un poco el espaol al ver entrar  Torrebianca vestido
con un traje negro de ciudad y una corbata de luto, pero todo cubierto
de polvo, de tal modo que sus ropas parecan grises y su cabeza y sus
bigotes completamente blancos.

--Vengo de Fuerte Sarmiento, de enterrar al pobre Pirovani... Me ha
trado Moreno en su coche.

Le invit Robledo  sentarse  la mesa.

--Puedes cenar aqu, si no quieres ir en seguida  tu casa.

Torrebianca hizo un movimiento negativo.

--No pienso volver  mi casa.

Dijo esto con tal energa, que Robledo qued mirndole fijamente.
Mostraba una excitacin que haca temblar sus manos y atropellaba el
curso de sus palabras.

--He comido algo con Moreno antes de salir de all... Pero comer otra
vez... Ay, la muerte! Pobre Pirovani!... Tambin beber un poco.

A pesar de que hablaba de su hambre, apenas toc los distintos platos
que le fu ofreciendo la criada de la casa. En cambio bebi mucho
vino, pero de un modo maquinal, sin saber ciertamente lo que beba.

El espaol haba credo percibir, desde la entrada de su amigo, cierto
olor de ginebra. Indudablemente l y Moreno haban tomado algunas
copas de este licor antes de emprender su regreso. Tal vez esto era el
motivo de su excitacin, por no estar acostumbrado  las bebidas
alcohlicas.

Watson, que haba terminado de cenar, se fij en la tenacidad con que
le miraba Torrebianca. Pareca indicarle con los ojos que su presencia
era inoportuna.

--Moreno se ha quedado en su casa?--pregunt.

Y se fu, pretextando la conveniencia de hablar con el oficinista para
saber lo que pensaba escribir al gobierno sobre la necesidad de
reanudar las obras.

Cuando Robledo y Torrebianca quedaron solos, ste pareci otro hombre.
Se fu desvaneciendo su excitacin, baj los ojos, y el espaol crey
que se empequeeca en su asiento, como algo blando que se desplomaba,
falto de sostn interior. Toda la falsa energa del alcohol haba
desaparecido de golpe, y Torrebianca estaba all, ante su vista, con
un aspecto que haca recordar el de una envoltura de goma sbitamente
deshinchada.

--Necesito que me oigas--dijo levantando hacia su amigo unos ojos
humildes  implorantes--. T eres lo nico que me queda en el mundo,
la sola persona que me quiere... y por lo mismo me debes la verdad.
Hoy, mientras enterraban al infeliz Pirovani, no pensaba en otra cosa.
Es preciso que vea  Robledo. El me dir lo que debo creer de todo
esto... Pero an no te he dicho que todo esto es lo que noto en
torno de m desde ayer, las miradas de la gente, los gestos de
antipata, las palabrotas que creo adivinar y que despus me resisto 
haber adivinado... Ay! Es tan horrible todo eso!

Cada vez ms desalentado y humilde, apoy Torrebianca su frente en las
manos. Robledo quiso decir algunas palabras para infundirle energa,
pero l le interrumpi.

--Luego hablars. Es preciso que oigas primeramente cosas que no sabes
 que yo te cont y has olvidado. Pero antes necesito hacerte una
pregunta. T crees que mi mujer me engaa?...

Qued el espaol sorprendido por tales palabras y transcurrieron
algunos segundos sin que pretendiese responder  ellas. Su amigo
pareci sentir de pronto un gran temor  que el otro contestase, y
para evitarlo empez  relatar su propia historia desde que conoci 
Elena.

Una parte la haba odo ya Robledo en Pars: cmo se encontraron l y
ella en Londres, la nobleza de su familia all en Rusia, la alta
posicin de su marido en la corte de los zares. Pero ahora el tono del
narrador era otro, y Torrebianca pareca dudar de aquel pasado que
siempre haba admitido de buena fe, exhibindolo con orgullo.

Adems, entre las lneas generales de esta historia Federico iba
revelando  su amigo nuevos episodios. Pareca ver con mayor relieve
las cosas pasadas, fijndose en detalles hasta entonces inadvertidos.
Siempre haba frecuentado su casa un amigo ntimo, un amigo favorito,
al que trataba su mujer con gran confianza, asegurando que lo conoca
de los tiempos en que era soltera y viva con su noble familia. El
marqus se haba batido dos veces por su esposa, vindola calumniada
repentinamente por hombres que hasta poco antes frecuentaban sus
salones. An se acordaba con remordimiento de cierto amigo suyo al que
hiri gravemente en uno de tales lances.

--Te he contado--sigui diciendo--toda mi historia con esa mujer, todo
lo que s con certeza de su vida. Lo dems es ella quien lo dice, 
ignoro si debo creerlo... Hasta dudo ahora de su nacionalidad y de su
nombre. Yo le di francamente todo mi pasado, y ella tal vez no me ha
devuelto mas que mentiras.

Mir otra vez  Robledo con angustia, esperando que ste le infundiese
alguna fe en la incierta historia de su mujer. Pareca un nufrago
buscando algo slido donde agarrarse. Pero Robledo baj la cabeza
haciendo un gesto ambiguo.

--Desde hace unas horas--continu Torrebianca--parece que veo las
cosas con otros ojos. Ay, las miradas crueles de esas pobres gentes
cuando abr ayer mi ventana!... Y hoy, durante el entierro, qu
tormento!... Yo que nunca tem  nadie, no he podido afrontar los ojos
hostiles  burlones de muchos trabajadores... El pobre Moreno me llev
aparte varias veces  hablaba alto para que yo no pudiese oir los
comentarios que sonaban  mis espaldas. l no sabe que me di cuenta de
todo lo que hizo por evitarme molestias... Me he sentido tan
acobardado, que adems de pensar en ti pens en mi pobre madre, como
si an fuese un nio. Ella que se priv de todo para que su hijo
conservase el honor de sus ascendientes!... Y su hijo ha acabado por
ser la irrisin de un campamento de emigrantes en un rincn
incivilizado de la tierra... Qu vergenza!

Se tap los ojos con las manos, como si pretendiese defenderlos de
crueles visiones, y as se mantuvo algn tiempo. Luego levant el
rostro, para aadir con una ansiedad interrogante:

--T que eres mi nico amigo y conociste de cerca mi vida en Pars,
crees que Fontenoy era el amante de mi mujer?...

El espaol hizo otro gesto ambiguo, no sabiendo qu contestar.
Torrebianca, con una voz cada vez ms angustiada, formul otra
pregunta:

--Y esos dos hombres, crees que fueron  batirse ayer por Elena?

Ahora ni siquiera hizo Robledo el gesto vago de antes y se limit 
bajar los ojos. Este silencio lo interpret el marqus como una
respuesta afirmativa, y dijo con desesperacin, ocultando otra vez su
cara entre las manos:

--Y fui yo, el marido, quien dirigi el combate para que se
matasen!...

Hubo un largo silencio. Mantuvo el marqus oculto el rostro entre sus
manos, mientras Robledo le contemplaba con ojos de conmiseracin. De
pronto se irgui, y dijo con lentitud, restregndose los prpados:

--No puedo seguir aqu. Me da vergenza arrostrar la mirada de las
gentes... Tampoco debo marcharme con ella. Ya no me podra dominar con
nuevas mentiras. La mirar de frente, y al ver la falsedad de sus ojos
y de su sonrisa, la matar... tengo la certeza de que la matar.

Su amigo crey llegado el momento de aconsejarle.

--No te acuerdes ms de esa mujer, y por el momento procura descansar.
Maana buscaremos el medio ms oportuno para que te libres de ella.
Empieza por quedarte aqu esta noche. Yo pensar lo que podemos hacer.
Ella se ir; no s cmo llegar  conseguirlo, pero se ir, y t
quedars conmigo.

Pas una mano por la espalda de Torrebianca, acaricindole con
expresin paternal, mientras el marqus conservaba oculto el rostro.

Aborreca ahora  su esposa, pero al mismo tiempo experimentaba un
inexplicable malestar pensando que iba  separarse de ella para
siempre.

       *       *       *       *       *




#XVI#


Agitada por su curiosidad femenil, esper la mestiza con impaciencia
la hora de la cita.

Estaba en la cocina de la casa, situada en el corral, bajo un
cobertizo. Sobre una mesa tena un reloj despertador, y varias veces
aproxim  l su quinqu para saber la hora. Poco antes de las diez se
quit los zapatos, atravesando descalza el corral, para seguir 
continuacin una de las galeras exteriores.

As lleg, con paso silencioso, al ngulo del edificio ms inmediato 
la ventana del dormitorio de Elena. Luego se sent en el suelo de
tablas, encogindose para escuchar sin ser vista.

Distingui al poco rato en la obscuridad  Manos Duras, que iba
aproximndose  la casa. Vi cmo se quitaba las espuelas,
guardndolas en el cinto, y suba cautelosamente los peldaos de la
escalinata. Se abri poco despus la ventana del dormitorio de la
seora, y apareci sta, haciendo signos al recin llegado para que
hablase en voz baja.

Sebastiana se esforz por oir, pero la ventana estaba tan lejos, que
slo reconcentrando su atencin pudo alcanzar fragmentariamente
algunas palabras. Estas palabras eran dichas con voces tan tenues, que
no pudo tener una certeza absoluta de su exactitud. Le pareci oir
Celinda y Flor de Ro Negro. Poco despus crey que era esto un
error de sus sentidos.

Qu tiene que ver--se dijo--mi antigua patroncita con los enredos de
esta gente?

Avanzando su cabeza fuera de la esquina, alcanzaba  ver  Manos Duras
y  la seora. El gaucho oa  sta con movimientos de aprobacin.
Otras veces era l quien hablaba, pero brevemente, apoyando sus
palabras con gestos afirmativos. Hubo un momento en que pretendi
coger las manos de ella, pero Elena se ech atrs con una retraccin
que denotaba al mismo tiempo repugnancia y altivez. Inmediatamente
pareci arrepentirse, y dijo en voz ms alta, con tono de promesa:

--De eso hablaremos maana  otro da, cuando haya hecho usted mi
encargo. Ya sabe lo que hemos convenido.

Y se despidi de l con cierta coquetera, aunque procurando
mantenerse  gran distancia de sus manos.

El gaucho, al ver cerrada la ventana, baj los escalones, y una vez en
la calle, se detuvo.

Sebastiana, que se haba incorporado para verle mejor, crey que
murmuraba con expresin alegre:

--En vez de una, van  ser dos.

Pero tampoco estaba segura de haber odo esto exactamente, y al fin se
retir  la casucha del corral, donde tena su camastro, algo
decepcionada por el insignificante resultado de su acecho.

Lo nico que persisti en ella, quitndole el sueo, fu la duda de si
verdaderamente aquellas dos personas haban nombrado en su
conversacin  la seorita de Rojas. Y volvi  preguntarse muchas
veces: Qu tendrn esas gentes que decir de mi nia?...

Robledo pas igualmente una noche agitada. Haba instalado 
Torrebianca en la misma habitacin que ocup ste con su mujer cuando
llegaron  la Presa. Fatigado por sus emociones, el marqus haba
accedido al fin  quedarse en la casa de su amigo.

Dos veces durante la noche despert el espaol, avanzando su odo para
escuchar mejor. Llegaban hasta l gemidos y palabras balbucientes
desde la habitacin prxima, ocupada por Torrebianca.

--Federico, deseas algo?...

Su amigo Federico le contestaba con voz dbil y humilde, procurando 
continuacin mantenerse silencioso.

Despert Robledo por tercera vez, pero ahora la luz del da marcaba
con lneas de claridad las rendijas de su ventana. Un ruido haba
cortado su sueo, obligndole  echarse de la cama con sobresalto.

Al salir  la sala comn, que serva al mismo tiempo de comedor, vi
en ella  Watson inclinado sobre una silla y acabando de calzarse las
espuelas. La cada de esta silla, ocurrida poco antes, era lo que
haba despertado  Robledo. ste, al ver  su socio, dijo alegremente:

--Cmo madruga usted!... Y eso que anoche le o entrar muy tarde.

Watson pareca triste, y se limit  contestar:

--Como hoy no trabajamos, voy  dar unos galopes por el campo.

Al marcharse el joven acab Robledo de vestirse, paseando despus por
el comedor. Cuando en sus evoluciones pasaba ante la puerta de la
pieza ocupada por Torrebianca, senta la tentacin de entrar. Deseaba
ver  su amigo. Un vago presentimiento le infunda cierta inquietud.

Vamos  enterarnos de cmo ha pasado la noche, se dijo.

Abri la puerta, mir al interior de la habitacin,  hizo un gesto
de asombro. No haba nadie en ella; la cama, con sus ropas en
desorden, estaba vaca. El espaol qued pensativo. Primeramente se
imagin que Federico, no pudiendo dormir en toda la noche, habra
salido  dar un paseo al apuntar el alba.

Instintivamente empez  mirar en torno de l, examinando la
habitacin. Vi sobre la mesa varios papeles, todos con una lnea 
dos de letra de Torrebianca. Eran cartas empezadas por ste y que
haba juzgado intil continuar.

Ley uno de los papeles: Agradezco tus esfuerzos, pero no puedo
ms... Lo escrito en otro deca as: La nica mujer que me amo
verdaderamente fu mi madre, y ha muerto. Si yo tuviese la seguridad
de volver  encontrarla!...

Robledo sigui examinando los dems papeles. Slo contenan renglones
borrados  palabras ininteligibles. Torrebianca haba querido
escribir, desistiendo al fin de tal esfuerzo. Se imagin ver  su
amigo, en las altas horas de la noche, arrojando la pluma--que l
acababa de descubrir cada en el suelo--y diciendo con la indiferencia
del que se considera ya por encima de las preocupaciones terrenales:
Para qu!...

Permaneci absorto, con estos papeles en una mano. Despus le reanim
un pensamiento optimista. Tal vez su amigo estaba vagando por las
inmediaciones del pueblo. Aquellos escritos sin terminar mostraban su
falta de voluntad.

Examin el suelo fuera de su casa,  hizo un gesto de satisfaccin al
distinguir entre las huellas recientes del caballo de Watson el
contorno de un pie humano, que deba ser de su camarada. l haba
aprendido de los rastreadores del pas que estudian las huellas
perdidas en el desierto.

Las seales de los pies de Torrebianca le hicieron seguir una
callejuela abierta entre su casa y la inmediata, que vena  dar en el
campo. Pero una vez fuera del pueblo perdi el rastro, por ser
numerosas las pisadas de los que haban salido al amanecer.

Instintivamente march hacia el ro, siguiendo su ribera curso arriba.
Miraba las aguas deslizarse uniformemente, sin que el menor objeto
alterase su superficie. Al fin se cans de este examen sin ms gua ni
justificacin que un presentimiento.

Este Federico--se dijo--me ha perturbado con sus desgracias. Por qu
pienso cosas absurdas?... Volvamos  casa. Me avisa el corazn que lo
voy  encontrar cuando llegue. Habr estado paseando por el otro lado
del pueblo.

Y regres  la Presa, sintiendo sin embargo una ansiedad que le haca
marchar apresuradamente.

A la misma hora, cerca de la estancia de Rojas, estaba Manos Duras con
sus tres camaradas de la Cordillera hablando al amparo de unos
matorrales.

Haban desmontado y tenan sus caballos de las riendas. Uno de los
hombres iba vestido de modo diferente  sus camaradas, y ms que
jinete del campo pareca un trabajador de la Presa. Manos Duras le
daba explicaciones, que el otro iba aceptando en silencio,
aprobndolas con leves parpadeos. Este hombre mont  caballo, y Manos
Duras y sus dos compaeros le siguieron con los ojos hasta que
desapareci entre los grupos de spera vegetacin.

--El viejito va  ver lo que le cuesta amenazarme dijo el gaucho con
una sonrisa rencorosa.

Uno de los cordilleranos, apodado _Piola_, que por su edad y sus
ademanes autoritarios pareca ejercer cierta influencia sobre sus dos
acompaantes, movi la cabeza como si dudase de tales palabras. El
plan de Manos Duras le pareca excelente, pero no encontraba aceptable
que se quedase en el pas un da  dos luego de dar el golpe. Era
mejor emprender todos juntos  inmediatamente la retirada hacia la
Cordillera.

--Djeme, compadre; yo me entiendo--contesto el gaucho--. Necesito
antes de irme cobrar algo que me han prometido. Tal vez sea esta misma
noche, y maana me junto con ustedes.

Contaba con su caballo, del que hizo grandes elogios, y que le
permitira obtener una gran ventaja sobre sus camaradas, alcanzndolos
en el camino. El poda correr con ms ligereza al ir solo, y sus
amigos marcharan embarazados por el bagaje.

Mientras tanto, su enviado galopaba hacia la estancia de Rojas. Al
llegar  una tranquera la abri, continuando su marcha por los campos
de don Carlos.

Cerca del edificio principal sali  su encuentro Cachafaz, avisado
por los ladridos de unos perros que daban saltos ante las patas del
caballo, pretendiendo morderle. Los espant el pequeo con sus gritos,
escuchando despus con la gravedad de una persona mayor lo que le dijo
el emisario.

Fu tanta su alegra al recibir el recado, que olvidando al jinete
corri hacia la estancia.

Don Carlos estaba en su comedor tomando el dcimo mate de la maana.
Celinda, con vestido femenino, ocupaba un silln de junco y pareca
entregada  melanclicos pensamientos. El mestizo entr gritando:

--Patrn, el comisario dice que vaya ahorita mismo al pueblo. Han
tomado preso al que rob nuestra vaca.

Regocijado el estanciero por la noticia sigui  Cachafaz, sin soltar
por esto la calabacita del mate, chupando, mientras marchaba, la
bombilla de plata. Quera que el chasque  emisario llegado  todo
correr de su caballo le diese ms explicaciones sobre este aviso.

Al salir de su casa qued perplejo viendo que el jinete haba
desaparecido. Corri Cachafaz la tierra inmediata, as como los
corrales, dando gritos, sin poder descubrir al chasque. Finalmente,
Rojas se encogi de hombros, y contento por la noticia, quiso
explicarse esta desaparicin. Don Roque, para darle el aviso con ms
prontitud, se lo haba enviado con algn viandante que tena que hacer
un largo rodeo en su marcha y deseaba no perder tiempo. l tampoco
deba perderlo, y como juzgaba conveniente ir  la Presa para hablar
con el comisario, mont  caballo, prometiendo  Celinda estar de
vuelta antes de la comida de medioda.

Manos Duras y sus tres amigos, tendidos en el suelo, le vieron pasar 
lo lejos con direccin al pueblo. Teniendo sus caras junto  las
races de los matorrales, hablaron y rieron con fro cinismo.

--Va en busca de la vaca que nos comimos ayer--dijo Piola.

Y Manos Duras aadi, acompaando sus palabras con un mueca impdica:

--Veremos qu dice cuando nos hayamos llevado su vaquillona...

Ricardo Watson, que corra el campo, deseoso de aproximarse  la
estancia y temiendo al mismo tiempo irritar  Celinda con su
presencia, vi tambin pasar  lo lejos al seor Rojas con direccin 
la Presa.

Esto pareci infundirle nimo. Celinda quedaba sola en su casa, y l
poda visitara con cualquier pretexto. Pero  continuacin sinti
miedo. No osaba acercarse  la estancia, temiendo que fuese Cachafaz
el nico que saliese  recibirle. Era mejor vagar por el campo. Tal
vez la hija de Rojas, aburrida de su soledad, se decidiese  montar 
caballo.

Estaba dispuesto  esperar hasta que el sol se ocultase. Llevaba 
precaucin, en una bolsa de su montura, algunos comestibles. Adems,
como todos los enamorados, olvidaba que los hombres nacen con la
enfermedad mortal del hambre y nicamente pueden seguir viviendo si se
curan de ella dos veces al da. Otras cosas le preocupaban en aquel
momento, ms importantes para l.

Mientras tanto, su amigo Robledo vagaba cabizbajo por la calle central
de la Presa. Vena de su casa y no estaba en ella Torrebianca. La
criada le haba esperado en vano con el desayuno pronto. Dnde
encontrar  este hombre?...

En mitad de la calle oy voces amigas y levant su rostro. El
estanciero Rojas hablaba vehementemente al comisario del pueblo, que
le responda con gestos de extraeza. Atrado por el saludo de los
dos, Robledo se aproxim.

--Un chasque--dijo don Carlos--ha venido  mi estancia para avisarme
que el comisario haba encontrado la vaca que me robaron... Y don
Roque no ha enviado  nadie, ni sabe una palabra. Ha visto usted qu
historia tan sin gracia? Quin ser el hijo de... tal que ha querido
darme esta broma?

Robledo escuch algunos momentos, fingiendo inters por el asunto, y
continu su marcha. nicamente le preocupaba el paradero de su amigo
Torrebianca, creyendo reconocerlo en todos los hombres que vea  lo
lejos.

Es lstima que Ricardo saliese tan temprano--pens--. l me hubiera
ayudado en esta busca.

Watson, indeciso entre su timidez y el deseo de ver  Celinda, se
haba ido aproximando  la estancia; pero al llegar  cualquiera de
las tranqueras que cerraban la cerca de alambres permaneca indeciso.
Cmo explicar su presencia dentro de la propiedad de Rojas, cuando
Flor de Ro Negro le haba ordenado rencorosamente que no volviese
ms?

La vista de una tranquera abierta le infundi nimo.

Diga ella lo que diga, adelante!--pens--. Necesito verla, aunque
sea para recibir insultos.

Y fu avanzando con lentitud por los caminos de la estancia.

De pronto su caballo se mostr inquieto, avivando el paso y
detenindose  continuacin, como si pretendiera encabritarse.

Vi el joven los cuerpos de dos mastines muertos sin duda
recientemente, pues tenan sus cabezas destrozadas sobre un charco de
sangre. Sigui avanzando, y  pocos pasos de la casa encontr  un
hombre tendido en mitad del camino.

Tambin estaba muerto. Era un pen de Rojas, un mestizo al que crea
haber visto algunas veces,  pesar de que su rostro estaba ahora
destrozado  balazos. Una de sus rbitas haba quedado vaca, colgando
de este orificio del crneo algunas piltrafas de la masa cerebral. En
torno  l, la tierra beba sangre vidamente, cubrindose de moscas.

Se ech abajo del caballo, y con el revlver en la diestra avanz
hacia la casa. Al asomarse  su puerta y ver que no haba nadie en la
gran pieza que serva de sala y comedor, empez  dar gritos.

Un silln de junco, que era el preferido por Celinda, estaba volcado
en el suelo. Se fij tambin en el tapete de la gran mesa, que pareca
haber sufrido un rudo tirn y estaba igualmente en el suelo, con
todos los papeles y los objetos que descansaban sobre l
ordinariamente revueltos  rotos.

Fueron tales sus gritos y repiti tanto su nombre para inspirar
confianza, que al fin sonaron pasos en el interior del edificio y
asom  una puertecita el rostro arrugado y cobrizo de la madre de
Cachafaz. Otras criadas y peones de la estancia, todos mestizos,
fueron surgiendo de sus escondites, balbuceando respuestas
ininteligibles  persistiendo en un silencio de terror.

Sali Watson de la casa  tiempo para ver cmo el pequeo Cachafaz
vena de los corrales, mirando inquieto  un lado y  otro. De pronto,
todos  la vez quisieron relatar al ingeniero lo ocurrido, pero el
pequeo se les adelant con cierta autoridad.

l estaba junto  la patroncita y lo haba visto todo. Tres hombres
llegaron  todo galope. Cachafaz haba salido de la casa atrado por
los ladridos de los mastines y oy los tiros que les daban muerte.
Luego vi  un pen que corra hacia los jinetes, sin duda para
preguntarles por qu invadan de este modo la estancia. Los tres
dispararon sus revlveres contra l y rod por el suelo.

--Yo me met corriendo en la casa--continu el pequeo--. La
patroncita fu  salir para ver qu pasaba, pero llegaron los tres
hombres malos y le echaron un poncho por la cabeza. Me escond debajo
de una mesa; luego me asom, y vi cmo montaban y se llevaban  la
patroncita, que haca con sus brazos as... as, debajo del poncho. Y
no s ms.

Los otros deseaban contar igualmente sus impresiones, aunque en
realidad no haban visto gran cosa, pues se escondieron al caer muerto
el pen, permaneciendo ocultos hasta la llegada de Watson. ste,
mientras se defenda de tantas personas que le hablaban  la vez,
pens con remordimiento en aquella indecisin que le haba hecho vagar
junto  las alambradas de la estancia. No haber entrado media hora
antes, para estar al lado de Celinda y defenderla!...

Adivin en los ojos de antlope de Cachafaz que callaba otras cosas y
quera decrselas  l, pero  solas. Sonrea el pequeo con desprecio
al escuchar cmo los otros daban seas contradictorias describiendo 
los asaltantes. Todos crean conocerlos y cada uno los haba visto de
distinto modo. Watson lo llev aparte, y empinndose Cachafaz sobre la
punta de sus pies, le dijo en voz baja:

--Es Manos Duras el que ha robado  la patroncita. Yo s dnde la
tiene.

Acosado por las preguntas de Ricardo, fu explicndose. Ninguno de los
tres hombres que se llevaron  Celinda era Manos Duras. Pero el
pequeo, al abandonar su escondrijo, se haba deslizado hasta un
corral inmediato, trepando  lo ms alto de una pirmide de alfalfa
seca, guardada para la alimentacin de las vacas en invierno. Su
cspide era un lugar de observacin, desde el cual poda abarcarse
enorme espacio de terreno. Oculto en esta atalaya haba visto cmo los
tres jinetes se juntaban  gran distancia con otro que pareca
aguardarles, y era indudablemente Manos Duras. Luego, los cuatro
galopaban en la misma direccin, llevando uno de ellos  la prisionera
sobre el delantero de su silla.

Tambin haba visto desde la colina de alfalfa cmo llegaba Watson,
pero tal era su recelo, que no quiso bajar hasta convencerse de su
identidad.

Estas noticias conmovieron  Ricardo tan profundamente, que tard
algn tiempo en poder coordinar sus ideas. Lo primero que pens fu en
la urgencia de buscar  Celinda para libertarla, sin considerar la
enorme desproporcin de fuerzas entre l y aquellos bandidos.
Dispona de un auxiliar, el pequeo Cachafaz, conocedor del sitio
donde guardaban oculta  la joven. Esto era lo importante. Recobrarla
 mano armada corra de su cuenta. Y con la arrogancia absurda de los
enamorados que no reconocen la vala exacta de los obstculos, mont 
caballo  hizo una sea al pequeo para que le acompaase.

De un salto se encaram Cachafaz en la grupa, agarrndose  las ropas
de Watson, y ste meti espuelas  la cabalgadura, hacindola salir al
galope.

Creyendo adivinar Ricardo lo que pensaba el pequeo, as que hubo
pasado la alambrada de la estancia se dirigi hacia el rancho de Manos
Duras, que muchas veces haba visto de lejos.

--Lleva mal rumbo, patroncito--dijo Cachafaz. Y sealando lo ms alto
de la cortadura que daba sobre el ro por la parte de la Pampa,
aadi:

--Vamos para all, al rancho de la India Muerta.

Este rancho en ruinas, llamado de la India Muerta, era clebre en la
comarca, y sin embargo, muy pocos lo haban visitado, pues nicamente
serva de refugio  vagabundos deseosos de continuar su marcha sin ser
vistos por las gentes del pas.

--All los encontraremos...--volvi  decir--si es que no han seguido
viaje.

Una sorpresa no menos desagradable que la de Watson cuando lleg  la
estancia de Rojas fu la que experiment Robledo casi  la misma hora,
al regresar  su vivienda, cansado de la intil busca de su amigo.

Vi sentada en el umbral de su puerta  Sebastiana, que pareca
aguardarle,  juzgar por el gesto de satisfaccin con que le acogi.
l, por su parte, no tuvo menos contento al encontrarla, imaginndose
que la enviaba Federico para darle explicaciones sobre su huda. Tal
vez este hombre dbil haba vuelto al lado de su mujer creyendo una
vez ms en sus mentirosas explicaciones.

--La enva su patrn?... Trae alguna carta de l?

Sebastiana acogi estas preguntas con una extraeza que hizo dilatarse
sus ojos oblicuos.

--Qu patrn?... El marqus?... No s nada de l. Yo crea que
estaba aqu. Vengo por otra cosa.

Se haba incorporado, suspirando fatigosamente al colocar su
corpulencia en sentido vertical, y dijo bajando el tono de su voz:

--No he podido dormir en toda la noche, y aqu estoy, don Manuel,
aguardndole para que me conteste una preguntita.

Acogi el ingeniero con una paciencia algo irnica esta consulta; pero
apenas la mestiza empez  hablar, su rostro se transform, prestando
una atencin reconcentrada  todas sus palabras.

Cuando hubo terminado el relato de lo visto y odo por ella en la
noche anterior, sigui diciendo:

--Por qu esa seorona y Manos Duras hablaron de mi antigua
patroncita?... Qu tiene que ver con ellos mi paloma inocente?...
Como yo soy una zonza, que no puede entender muchas cosas, me he
dicho: Voy  ver  don Robledo, el ingeniero, que lo sabe todo. l me
dir...

Pero Robledo no la escuchaba. Pareca abstrado, y de pronto hizo un
gesto de asombro y de inquietud, como si acabase de descubrir una
temible verdad. Volvi la espalda  Sebastiana y anduvo velozmente
hacia el sitio de donde haba venido.

Qued asombrada la mestiza viendo correr al ingeniero, cada vez ms
apresuradamente, como si sus palabras le hiciesen temer que poda
llegar tarde. Robledo, desde lejos, empez  hacer signos y  dar
voces avisando  don Carlos y al comisario, que an seguan su
conversacin en el mismo lugar. Los dos se miraron asombrados al orle
decir con voz jadeante:

--A caballo! Lo del aviso de la vaca fu una astucia de Manos Duras
para que usted abandonase su estancia. Me temo que algo malo puede
ocurrir  Celinda, y debemos ir all cuanto antes. Con tal que no
lleguemos tarde!...

Estas palabras y otras del ingeniero esparcieron la alarma despus de
los primeros momentos de estupefaccin.

Don Roque fu corriendo  su casa para armarse y montar  caballo. Sus
cuatro hombres, avisados por l, hicieron todo lo posible para
seguirle, pero slo tres lograron encontrar montura lista y armas de
fuego prestadas por algunos vecinos, abandonando sus sables intiles.

Mientras Robledo, vuelto  su vivienda, daba prisa al servidor espaol
para que le preparase su caballo y se cea el revlver con una canana
llena de cartuchos, envi aviso  los capataces de sus obras que
vivan cerca y tenan armas. Adems, pidi al dueo del boliche un
magnfico rifle americano que guardaba oculto debajo de su mostrador.

Otra preocupacin de Robledo en aquel momento era impedir que se
escapase don Carlos Rojas. Le haba obligado  venir con l hasta su
casa, aconsejndole prudencia.

--Porque usted llegue all media hora antes no va  evitar lo que haya
ocurrido. En cambio, si va solo puede verse  merced de esos
bandoleros. Un poco de paciencia y saldremos todos juntos.

El estanciero reciba sus consejos con gruidos impacientes, temblando
al mismo tiempo de clera y de inquietud. Se apart Robledo unos
instantes de la puerta de su casa para ir al encuentro de algunos
hombres convocados por l y explicarles lo que deban hacer. Se
present tambin el dueo del boliche con el rifle americano,
entregndolo solemnemente  su compatriota como si le confiase toda su
familia.

Aprovech don Carlos este alejamiento momentneo de Robledo, y
saltando sobre su caballo lo hizo salir  todo galope, sin prestar
atencin  los gritos que acompaaron su fuga.

Despus de este acto del impaciente Rojas, se fu organizando la
expedicin, compuesta de una docena de jinetes, todos con carabinas, y
al frente de los cuales se colocaron el ingeniero y el comisario.

La noticia haba circulado por el pueblo y acudieron grupos de mujeres
y chiquillos para ver la salida de la tropa montada. Cuando el pelotn
de jinetes fu pasando ante la casa que haba sido de Pirovani,
Robledo mir sus ventanas con cierta inquietud.

Si iremos--se dijo--al encuentro de otra desgracia proporcionada por
esa mujer!

En aquel momento Watson abandonaba su caballo y seguido de Cachafaz
empez  arrastrarse entre speros matorrales. El mesticillo le haba
conducido  una altura arenosa, en el borde de la altiplanicie, desde
la cual podan verse casi verticalmente las ruinas del rancho de la
India Muerta.

El conoca de fama este sitio. Veinte aos antes estaba habitado por
gentes que hacan pastar sus ovejas en los campos inmediatos. Pero el
capricho de los huracanes los haba cubierto de pronto con una gruesa
capa de arena. Adems, el pozo del rancho, que proporcionaba un agua
relativamente dulce, no ofreca ya mas que sal lquida. Los hombres
haban hudo, arruinndose con rapidez las construcciones de adobes.
nicamente los vagabundos buscaban el abrigo de sus techos rotos.

Watson sinti cierto asombro al poder avanzar  gatas entre el ramaje
de la colina arenosa sin que el ladrido de ningn perro avisase su
presencia. Esto le hizo temer que Cachafaz se hubiera equivocado en
sus deducciones y el rancho estuviese desierto. Pero el pequeo
mestizo, que avanzaba delante de l, se detuvo entre dos matorrales y
luego volvi el rostro, haciendo un gesto para que se aproximase.

Meti su cabeza igualmente entre las ramas, y pudo ver, veinte metros
ms abajo, una explanada arenosa, en el centro de la cual estaban las
ruinas del rancho. Dos caballos iban de un lado  otro con paso tardo,
buscando las hierbas ralas para mascarlas, y un hombre estaba sentado
en el suelo teniendo un rifle sobre las rodillas.

Cachafaz le habl al odo tenuemente.

--Es uno de los que se llevaron  la patroncita.

Por ms que mir Watson estirando su cuello, no pudo ver  otra
persona. Retrocedi  rastras, abandonando su observatorio, y al
llegar al pie de la colina sac de un bolsillo un lpiz y una carta
olvidada, de la que arranc una hoja. Cachafaz le mir mientras
escriba, con sus ojos de animalejo astuto, como si adivinase lo que
iba  encargarle.

Le entreg Ricardo el papel, sealando  continuacin el lugar donde
haba dejado su caballo.

--Corre al pueblo y da esta carta al seor Robledo el ingeniero,  al
comisario... Al primero que encuentres.

Quiso aadir nuevas explicaciones, pero el duende cobrizo ya no poda
escucharlas. Se haba lanzado cuesta abajo, y poco despus saltaba
sobre el caballo, desapareciendo al galope.

Volvi otra vez Ricardo  subir la ladera arenosa para observar lo que
pasaba en el rancho. Ahora vi  dos hombres: el mismo de antes, que
continuaba sentado en el suelo con su carabina sobre las rodillas, y
frente  l, de pie y sin otras armas que las del cinto, un gaucho al
que reconoci inmediatamente, pues era Manos Duras. Hablaban los dos,
pero no pudo oir sus palabras por ser grande la distancia que le
separaba de ellos. Esto haca intil su observacin por el momento.
Tampoco pudo pensar en atacarlos, ni an valindose de la sorpresa.
Slo eran dos los enemigos que tena  la vista, pero indudablemente
los otros dos estaban en el interior de las ruinas, tal vez durmiendo.

Dnde guardarn  Celinda?, pens el joven.

Arrastrndose siempre entre los matorrales, empez  seguir el
contorno de la loma de arena, para poder ver las ruinas por el lado
opuesto. Los dos bandoleros continuaron hablando, sin sospechar que
sobre el borde de la pendiente que tenan junto  ellos se deslizaba
un hombre espindolos.

El acompaante de Manos Duras, que era el llamado Piola, le habl con
tono de reconvencin.

--Bien sabes vos que no me gustan negocios en que hay hembras de por
medio. Casi nunca terminan bien, y adems arman un bochinche de los
demonios. Mejor era habernos ido  tomar hacienda en el Limay, para
luego venderla en la Cordillera. Mejor tambin habernos llevado las
vacas del viejo Rojas y convertirlas en plata, en vez de entretenernos
como unos muchachos en robarle su vaquillona.

Manos Duras contest con un gesto de hombre superior que no considera
necesario explicar la conveniencia de sus actos. Piola continuo:

--Tal vez tengas vos tus razones para eso. Nosotros te ayudamos como
hermanos, pero si te han dado plata por llevarte  esa seorita,
debas partrtela con nosotros.

El gaucho tom una actitud altiva.

--Nada de plata. Te expliqu que esto es venganza; la peor para ese
viejito que me insult... Ya sabs tambin nuestro trato. Me la
guardis, y luego, cuando estemos en la Cordillera, ser para
vosotros.

Piola sonri con una alegra repugnante al oir mencionar este
convenio.

--Bueno; te la guardaremos--dijo--. Tu sers el primero... s es que
vuelves  juntarte con nosotros no ms lejos que maana. Si tardas no
la encontrars entera... Pero por qu no emprendes viaje ahora con
nosotros? Qu tienes que hacer en la Presa esta noche, que nos
abandonas?

--Un cobro--contest Manos Dars, con petulancia--. Quiero dejar mis
cuentas bien arregladas antes de irme.

Como el otro no poda explicarse el optimismo de su compaero, empez
 hacer clculos. Tal vez  aquellas horas ya se saba en el pueblo lo
ocurrido en la estancia de Rojas. Y si an lo ignoraban, lo sabran
antes de que transcurriese mucho tiempo,  sea tan pronto como
volviese don Carlos  su casa despus del intil viaje  la Presa. No
tema Manos Duras que el comisario y las dems gentes del pueblo le
atribuyesen el rapto de la muchacha?

--Puede que sea as--contest el gaucho--, pero me han supuesto
tantas cosas, sin llegar  probarme ninguna!... Si me ven en el
pueblo, acabarn por creer que no he tenido parte en este negocio.
Ninguno de la estancia me ha visto. Adems, me ir primeramente  mi
rancho, por si alguien se allega por all, y slo  la tardecita
entrar en la Presa, como otras veces... Creo que  media noche habr
terminado mi negocio y podr salir para alcanzaros.

Gui un ojo Piola, sealando al mismo tiempo con su diestra el rancho
inmediato.

--Qu dice ella?

--Cree que nos la hemos llevado para pedirle dinero al viejo. No
adivina lo que le aguarda... Es una muchacha guapa, y no parece
tener mucho miedo ahora que se le ha pasado el primer susto. Pucha,
lo que me di que hacer cuando la traa en mi flete!... La tengo ah
dentro con las manos atadas, pues de no estar as se defiende y habr
que pegarla como  un hombre.

Manos Duras qued pensativo, aadiendo luego con una sonrisa cnica:

--No he querido quedarme ah dentro, porque vos comprenders, hermano,
que es muy expuesto estar  solas con una buena moza as... Te dir
que hay otra que me gusta ms, y espero verla muy pronto. Pero sta
tambin es de aprecio, y si uno est solo con ella, sopla el diablo,
se empiezan  hacer cosas por entretenerse no ms, pierde uno la
razn, y no sabe cundo y cmo terminar. Ahora estamos en tierra
enemiga, y no hay que olvidarse de ello ni perder el tiempo... La
fiesta me la reservo para maana. Hoy tengo otras cosas que hacer para
que mi juego resulte completo... En cuanto vuelvan los compaeros nos
decimos adis. Vosotros segus viaje con la vaquillona, yo me vuelvo 
mi rancho, y hasta maana si Dios quiere.

Ricardo se arrastr intilmente entre los matorrales, no viendo mas
que  los dos hombres enfrascados en su conversacin y el rancho
ruinoso, que por el lado opuesto tena cerrada su nica entrada con
unos maderos mal unidos. Empez  dudar si los raptores de Celinda la
habran ocultado all,  estara la joven en un escondite ms difcil
de descubrir, bajo la guarda de los otros dos cordilleranos.

Al fin, cansado de una observacin sin xito, se desliz por la colina
de arena, viniendo  sentarse en el lugar donde Cachafaz haba montado
su caballo. As permaneci mucho tiempo, deseando que transcurriesen
las horas con prodigiosa rapidez y terminase el suplicio de una espera
impotente, viendo aparecer  lo lejos el auxilio que haba pedido 
sus amigos.

Sus ojos, que examinaban el horizonte, sin ver en l nada
extraordinario, se animaron de pronto al distinguir un pequeo jinete
que iba agrandndose en el avance de su galope continuo. Minutos
despus pudo reconocerlo con facilidad, por haberle visto aquella
misma maana. Era don Carlos Rojas.

Aunque vena hacia l, consider prudente salir  su encuentro y ech
 correr con toda la velocidad que le permita el suelo arenisco
surcado por las races de los matorrales, que el viento haba dejado
descubiertas, y en las que se enredaban sus pies, hacindole dar
violentos tropezones.

Vindole surgir  un lado del camino, don Carlos encabrit su caballo,
sacando al mismo tiempo el revlver del cinto. Despus, al
reconocerlo, ech pie  tierra.

No llegaba  explicarse Watson esta aparicin del estanciero, pues l
haba dirigido su aviso  los amigos de la Presa. Adems, le vea
llegar solo.

--Dnde estn los otros?--pregunt--.Ha visto usted  Robledo?

La respuesta de don Carlos fu evasiva.

El ingeniero y el comisario tal vez vendran detrs de l  tal vez
tardasen horas.

--Yo no he querido aguardarlos. Son algo... cachazudos;  saber cundo
llegarn. Me falt paciencia y aqu estoy.

Luego fu explicando cmo en mitad de su camino, cuando iba
directamente hacia el rancho de Manos Duras, sin pasar por su
estancia, vi venir hacia l un jinete que galopaba  rienda suelta.
Sac el revlver para detenerle, pero no hizo uso del arma al fijarse
en su aspecto.

--Era como una mona sobre un caballo, y reconoc en esta mona 
Cachafaz. Me cont que usted estaba aqu, me ense su papel, y yo le
dije que avisase  los que vienen detrs para que no pierdan tiempo
pasando por mi estancia y que l les sirva de baquiano, trayndolos
directamente... Qu es lo que ocurre?

Marcharon los dos entre matorrales, siguiendo las huellas que haba
dejado Watson al salirle al encuentro. Rojas llevaba su caballo de las
riendas, y lo dej en el mismo sitio donde Ricardo haba dejado antes
el suyo. Luego subieron de rodillas y apoyndose en las manos la
pendiente arenosa desde cuyo filo podan observar el rancho de la
India Muerta.

Al asomarse entre el ramaje, vieron  Piola sentado en el suelo, lo
mismo que antes, pero solo, pues Manos Duras haba desaparecido.

Este hombre fumaba, mirando en torno inquietamente, como si sus
sentidos, aguzados por la vida aventurera en el desierto, le avisasen
la cercana oculta del enemigo.

De vez en cuando estiraba el cuello, mirando  lo lejos con el deseo
de ver la llegada de alguien.

--Ataqumosle--dijo en voz baja don Carlos.

Nada le importaba que el cordillerano tuviese su carabina pronta
sobre las rodillas. l y Watson contaban con sus revlveres.

--No hay que olvidar al otro que est oculto--contest el ingeniero.

--Y qu? Sern dos, y nosotros tambin somos dos... Voy  voltear 
ese bandido.

Tir de su revlver con la idea de hacer fuego desde all, sin tener
en cuenta la distancia; pero Watson le contuvo con su diestra,
murmurando al mismo tiempo junto  uno de sus odos:

--Hay dos hombres ms, que no s dnde estn. Esperemos  que lleguen
nuestros compaeros.

Permanecieron en un estado de dolorosa indecisin, fluctuando entre la
espera prudente  la loca aventura de atacar  unos enemigos cuyo
nmero exacto ignoraban.

No tard Watson en saber dnde se haban ocultado los otros dos
camaradas del gaucho. Sonaron lejanos los furiosos ladridos de varios
perros. Piola di un grito y Manos Duras sali del rancho, asomndose
 la esquina de adobes y quedando visible por unos momentos para los
que espiaban tendidos entre los matorrales.

Eran los cordilleranos que llegaban. Despus del rapto se haban
dirigido al rancho de Manos Duras para traer la tropilla de caballos
que deba acompaarles en su viaje  los Andes, as como los vveres y
dems objetos necesarios en tan larga expedicin. Los perros del
rancho se hablan incorporado  la tropilla.

Algn tiempo despus fueron entrando en la arenosa explanada los dos
jinetes, armados con carabinas, y seis caballos en libertad que
formaban un grupo compacto, sosteniendo sobre sus lomos sacos y fardos
sujetados con cuerdas. Los tres perros de Manos Duras, despus de
saltar junto  las ruinas saludando con alegres ladridos  su amo
invisible, se mostraron inquietos y empezaron  husmear en torno 
ellos. Luego prorrumpieron en aullidos feroces. Babeando de rabia y
con los colmillos amenazantes intentaban subir la arenosa cuesta,
retrocediendo  continuacin para avisar  los gauchos la presencia
del enemigo oculto.

Los dos jinetes, que an no haban desmontado, despus de silbarles
intilmente participaron de su inquietud, mirando con ojos hostiles
los matorrales de la altura prxima.

--Nos han descubierto--murmur el estanciero--. Mejor: as acabaremos
de una vez.

El norteamericano, reconociendo la imposibilidad de hacer otra cosa,
le sigui ladera abajo hasta donde estaba el caballo. Mont en l don
Carlos despus de examinar si su revlver sala fcilmente de la
funda. Watson march  pie, apoyndose en una pierna de Rojas, y de
este modo avanzaron los dos francamente hacia el rancho.

Cuando llegaron  l, siguiendo  los tres perros, que retrocedan sin
dejar de mostrarles sus colmillos y ladrando furiosos, vieron  los
dos cordilleranos todava  caballo, y  Piola, con su carabina
apoyada en el pecho, pronto  hacer fuego. Don Carlos se dirigi  l
como si fuese el jefe.

--Dnde est mi hija?--pregunt impetuosamente.

Le escuch el gaucho andino con rostro impasible, como si no le
comprendiese.

--Nada de palabras intiles--continu el estanciero--. Si lo que
queris es plata, hablemos, y puede que nos entendamos.

Piola permaneci silencioso. Mientras tanto, obedeciendo tal vez  una
sea de l, los dos hombres montados se alejaron, examinando el
horizonte. Slo volvi uno de ellos, y al echar pie  tierra dijo
algunas palabras en voz baja. No se vea  nadie en los alrededores.

Los perros seguan ladrando, yendo inquietos de un lado  otro, pero
esta alarma no deba ser mas que una continuacin de la anterior.
Aquellos dos hombres indudablemente haban llegado solos.

Rojas hizo nuevos ofrecimientos, al mismo tiempo que se esforzaba por
contener su indignacin, dando  su voz una exagerada melosidad.

--No s de qu me habla, seor--contest al fin Piola--. Se equivoca
usted. Nunca he visto  esa seorita.

--Acaso ustedes no son amigos de Manos Duras?

Mientras hablaban los dos, Ricardo, alejndose un poco de ellos,
intent dar vuelta al rancho para llegar  su puerta; pero el otro
cordillerano, adivinando su intencin, se coloc ante l, levantando
la carabina como si fuese  apuntarle. Al fin, Piola, sin contestar 
Rojas nada concreto, le volvi la espalda, dirigindose hacia la
esquina de la ruinosa construccin y desapareci detrs de ella.

Fu  seguirlo el estanciero, y tropez con el mismo hombre que haba
contenido  Watson. Ahora apuntaba francamente su rifle contra los
dos, para que no pasasen adelante, y tuvieron que mantenerse
inmviles, dudando entre obedecer  la amenaza  arrojarse sobre aquel
bandido.

De un puntapi apart Piola las maderas mal unidas que cerraban la
entrada del rancho. La presencia del cordillerano hizo que Manos Duras
abandonase su lucha con Celinda. sta, con las manos atadas, se
defenda de la agresividad carnal de su raptor. Le haba araado, le
haba mordido, repelindole al mismo tiempo con sus pies. El gaucho
tena en el rostro y en las manos varios rasguos que goteaban sangre,
pero tal era su excitacin que no pareca darse cuenta de ellos.

Al ver  su camarada se esforz por serenarse, hablando con una
alegra feroz.

--Lo que yo te dije, hermano; empieza uno por juego y acaba
interesndose. No se puede estar en paz al lado de una buena moza.

Pero call al notar que Piola le miraba como reconvinindole.

--Vos ah de farra, como un muchacho, mientras afuera pasa lo que
pasa.

Le invit  salir con un gesto, y ms all de la puerta continu,
bajando la voz:

--Ah tenes al viejito de la estancia con un gringo de los que
trabajan en las obras del ro. Qu hacemos?...

Manos Duras,  pesar de su cinismo, qued sorprendido al saber que don
Carlos estaba al otro lado de la esquina de adobes. Cmo se haba
presentado tan pronto?... Quin haba podido revelarle la presencia
de su hija en este rancho lejano? Pero su ferocidad y el recuerdo de
la ofensa inferida por Rojas le inspiraron una solucin.

--Lo mejor ser matarlo.

--Y al gringo tambin?--pregunt Piola con irona--. Vos encontrs
fcilmente el remedio  todo.

Se mostraba inquieto el cordillerano, como si su instinto le hiciese
presentir la proximidad del peligro. Ya no crea que aquellos dos
hombres hubiesen llegado solos. Otros indudablemente iban  venir,
para darles ayuda. Lo que Manos Duras deba hacer--si es que
verdaderamente necesitaba seguir este mal negocio del robo de la
seorita--era montar en su flete sin prdida de tiempo y llevarse la
buena moza  cierto lugar en las orillas del ro Limay, donde se
haban dado cita para el da siguiente. Deba desistir de su vuelta al
pueblo aquella noche. Era oportuno cambiar ahora el orden de la
marcha. Mientras l se alejaba llevndose  la muchacha, ellos se
quedaran all con la tropilla. Piola se encargaba de convencer al
viejo de la falsedad de sus sospechas. Y si llegaban otros hombres del
cercano pueblo, se convenceran tambin--vindolos sin ninguna mujer y
sin Manos Duras--de que eran unos viajeros pacficos que haban hecho
alto en aquel lugar.

El gaucho le escuch con impaciencia. Le haba tomado gusto  esta
aventura y no admita modificaciones en ella. Deseaba conservar 
Celinda, y al mismo tiempo no quera renunciar  su vuelta al pueblo,
as que cerrase la noche, para hacer aquel cobro del que hablaba
misteriosamente.

--Tambin pods vos hacer otra cosa--continu Piola--. El padre ofrece
plata si le devolvemos la muchacha, y...

Pero no pudo continuar. Cerca de ellos, al otro lado de la esquina de
adobes, son un tiro, acompaado de un grito. El amigo de Manos Duras
lanz una blasfemia.

--Ya empieza el baile--dijo armando su rifle y corriendo hacia el
sitio donde haba sonado la detonacin.

Rojas acababa de disparar su revlver contra el hombre que le impeda
el paso. Este se haba fijado especialmente en Watson, pues por ser
ms joven, le infunda mayor cuidado, volviendo hacia l su carabina,
y don Carlos aprovech el olvido en que le dejaba para sacar
cautelosamente su revlver, apuntando al pecho del cordillerano y
haciendo fuego.

Al caer este enemigo, Watson se inclin inmediatamente sobre l para
apoderarse de su arma.

Cuando Piola di vuelta  la esquina, Rojas montaba ya en su caballo.
Por un sentimiento atvico de centauro de estancia, se consideraba ms
fuerte y ms seguro de este modo que  pie. Watson, forcejeando con
el herido acababa de arrancarle su rifle  iba  incorporarse; pero
vi que el bandolero andino le apuntaba por tenerlo ms cerca, y su
instinto le hizo encogerse, al mismo tiempo que sonaba la detonacin.
Gracias  este movimiento, el proyectil no le atraves el pecho,
cortndole nicamente el hombro izquierdo, con una herida superficial.
El dolor le hizo soltar el rifle, permaneciendo acurrucado con una
mano en el hombro.

Su agresor di unos pasos hacia l para que el segundo disparo
resultase ms certero, en el mismo instante que Manos Duras avanzaba
su cabeza fuera de la esquina del rancho, atrado por la pelea.

Vi  don Carlos, que, montado ya en el caballo, apuntaba con su
revlver  Piola. l sac igualmente el suyo del cinto para disparar
contra el estanciero, pero no pudo hacerlo. Tuvo que levantar el arma
al ver interponerse entre los dos al otro jinete andino que haba
quedado en observacin.

--Gente!... Mucha gente!--gritaba este hombre.

Los perros se presentaron detrs de l, con violentos saltos de
retroceso y de avance, ladrando  un enemigo invisible.

A partir de este momento, los sucesos parecieron atropellarse unos 
otros, superponindose con una velocidad irreal.

Manos Duras fu el ms gil para la accin. Corri hacia su caballo,
que segua rumiando la hierba sin asustarse de los tiros, como si
estas detonaciones fuesen ordinarias en su existencia. Luego
desapareci detrs del rancho.

Piola pareci olvidarse de Watson, para pensar en su propia seguridad.
Tambin era hombre de  caballo, y se consideraba ms seguro y fuerte
sobre la silla que  pie. Mont en su cabalgadura, siempre con la
carabina en la diestra, y unindose  su camarada fueron  situarse
los dos junto  la tropilla de caballos, dispuestos  defender hasta
la muerte las cargas de sacos y fardos que representaban la fortuna de
la comunidad.

Rojas pareci olvidarlos, acercndose  Watson para preguntarle con
ingenua emocin:

--Qu le pasa, gringuito?... Le han matado?

El joven tena en un hombro de su blusa una mancha negra, que iba
agrandndose; pero se incorpor, contestando con plida sonrisa:

--Poca cosa: un rasguo nada ms.

Don Carlos ya no pudo ocuparse de l. Necesitaba ver lo que haba al
otro lado del rancho,  hizo avanzar su caballo, dando vuelta  la
esquina.

No encontr  nadie. Su rstica puerta, completamente abierta,
mostraba la soledad de su interior. Pero al apartar sus ojos de las
ruinas vi  un jinete que se alejaba al galope, llevando sobre el
delantero de su silla una especie de envoltorio largo, sostenido por
uno de sus brazos, y que se agitaba violentamente lo mismo que una
persona.

El instinto avis al estanciero ms que sus sentidos.

--Ah, gaucho ladrn!...

Lo que le haba parecido en el primer momento un envoltorio de ropas
contena una vida, y se negaba  dejarse llevar.

Tuvo la certidumbre de que su odo le engaaba, con el trastorno de la
emocin, al hacerle oir una voz de mujer; pero al mismo tiempo crey
que Celinda le haba reconocido, llamndolo con desesperado lamento:

--Pap!... pap!...

       *       *       *       *       *




#XVII#


Al levantarse Elena, bien entrada la maana, vi con sorpresa que la
mestiza no acuda  sus repetidas voces.

Finalmente se present una de aquellas muchachas apodadas chinitas
que trabajaban en el servicio de la casa bajo las rdenes de
Sebastiana. Segn declar esta joven, la respetable mestiza no haba
vuelto despus de su salida  primera hora.

--Dicen que ha habido un bochinche en la estancia de don Carlos Rojas.
El comisario y muchos hombres se fueron para all.

A Sebastiana, segn continu diciendo la chinita, la haban visto
algunos en las afueras del pueblo,  caballo y acompaada por el
domstico del seor Robledo.

--Habr ido  ver si le ocurri algo  su antigua patroncita. Cada uno
cuenta una cosa... Pero lo cierto es que en la estancia han matado 
alguien.

No pudo continuar hablando la criada, en vista de la poca curiosidad
que mostraba su seora. Se haba limitado  una exclamacin de
sorpresa al escuchar las primeras palabras. Luego qued en silencio,
como si no le interesase el relato.

Permaneci toda la maana en su saln, despus de haber tomado el
desayuno. Pensaba con impaciencia en las largas horas que deban
transcurrir antes de que llegase la noche. Estaba resuelta  llamar 
Robledo; pero ste, segn las noticias de su criadita, se haba ido
con el comisario  la estancia de Rojas y no regresara hasta el
atardecer.

Le era imposible seguir viviendo ms tiempo en aquel pueblo. Que se
quedase su marido, trabajando en los canales. Ella pensaba pedir 
Robledo que le proporcionase los medios de regresar  Pars,  cuando
menos el dinero necesario para volver  Buenos Aires. Una vez en la
gran ciudad sabra defenderse. En su primera juventud se haba visto
en situaciones iguales  peores, y conoca por experiencia cmo una
mujer enrgica puede salir de los pasos difciles con ms soltura que
un hombre.

Deseaba que anocheciese pronto, pensando en su futura conversacin con
el espaol. Al mismo tiempo le daba miedo el rpido deslizamiento de
las horas, pues alguien poda venir  su ventana para exigirle el
cumplimiento de una promesa hecha la noche antes.

Necesitaba un esfuerzo mental para convencerse de que no haba soado
su entrevista con Manos Duras.

Qu absurdo!--pens--. Pero he podido hacer realmente eso?

Muchas veces en su existencia haba sentido la misma extraeza por los
propios actos, como si hubiesen en su interior dos personalidades
antagnicas, una de las cuales inspiraba horror  la otra.

Y ese hombre tal vez venga esta misma noche!, segua pensando.

Para tranquilizarse se dijo que bien poda ser que el gaucho hubiese
olvidado sus promesas. Pero inmediatamente record las vagas noticias
que le haba dado su criadita de algo terrible ocurrido en la
estancia de Rojas.

Como estaba predispuesta  creer que todos los sucesos deban plegarse
 sus conveniencias, sinti finalmente la confianza del optimismo.

No vendr--se dijo--. Qu disparate! Cmo puede ese hombre haber
credo una promesa tan absurda?...

Despus de las noticias que haban circulado por el pueblo, no se
atrevera  volver. Adems, aquel brbaro resultaba temible  campo
raso; pero con tener ella bien cerradas las ventanas y puertas de la
casa, se librara de su presencia.

Ya no pens en el gaucho, mas no por esto desapareci de su memoria el
recuerdo de la noche anterior. Algo haba sucedido al romper el da,
cuando empezaban  marcarse luminosamente las rendijas de su ventana;
y esto lo haba percibido confusamente, como todo lo que pasa cuando
los ojos se resisten  abrirse y el pensamiento vacila entre el sueo
y la vigilia.

Completamente despierta y considerando ahora lo ocurrido  varias
horas de distancia, empez  convencerse de que alguien haba estado
junto  su ventana al amanecer. Record un ruido sofocado de pasos en
la galera exterior y el leve crujido de la madera de la pared bajo el
peso de un cuerpo apoyado en ella. Hasta podra jurar que haba
escuchado algo semejante  suspiros de dolor,  un jadeo de
desesperacin. Y su instinto le avisaba que aquel ser misterioso que
haba vivido unos momentos cerca de ella, al otro lado del muro de
tablas, no era otro que su esposo.

Dos veces fu ahora  la ventana, abrindola para ver su exterior y su
interior, con la esperanza de encontrar un papel  cualquier otro
indicio del invisible visitante, llegado con el alba y desaparecido al
salir el sol.

Es Federico--volvi  decirse--; no puede ser otro... Robledo debe
saber donde est. Cmo deseo que vuelva al pueblo para hablarle!...

Poco despus de medioda, cuando ella fumaba su vigsimo cigarrillo,
llamaron  la puerta. Transcurri algn tiempo y volvieron  repetirse
los golpes. Elena adivin que, por estar ausente Sebastiana, las dos
chinitas haban abandonado la casa despus de servir la comida,
vagando por el pueblo en busca de noticias.

Fu  abrir ella misma y se sorprendi reconociendo al visitante. Era
Moreno. Su presencia nada tena de extraordinaria, y sin embargo no
pudo contener Elena un gesto de asombro; tan olvidado le tena. En las
ltimas horas otros hombres haban ocupado por completo su memoria.

Ruborizndose de su olvido le invit  entrar con exagerada
amabilidad. Su buena suerte le enviaba  este tonto para que la
entretuviese con su conversacin durante una tarde largusima, que sin
esta visita hubiese resultado de montona soledad.

Al entrar en el saln, Moreno acarici los muebles con una mirada
dulce y protectora, como si le perteneciesen. Luego ocup el silln
que le ofreca ella, haciendo alarde de un aplomo que nunca haba
mostrado en sus visitas anteriores.

--Me voy  Buenos Aires en el tren de esta tarde, seora
marquesa--dijo con la gravedad de un hombre que conoce sus propios
mritos--. Debo ver al gobierno para darle cuenta de lo ocurrido aqu,
y hablar con el ministro de Obras pblicas sobre la continuacin de
los trabajos.

Elena acogi tales palabras con movimientos de cabeza afirmativos, al
mismo tiempo que sus pupilas parecan sonreir maliciosamente. Este
buen padre de familia exageraba un poco su importancia.

--Pero antes de marcharme he credo conveniente venir  verla para que
tratemos de un asunto relacionado con mis futuros negocios.

Sigui hablando, y  las pocas palabras se apag la chispa alegre 
irnica que danzaba en las pupilas de la Torrebianca. Sus ojos slo
expresaron un vido inters, que fu creciendo por momentos.

Moreno relat cmo Pirovani le haba confiado toda su fortuna,
nombrndole tutor de la hija nica que tena en Italia.

--El pobre--continu--, por lo que he visto al examinar rpidamente
sus papeles, era ms rico que yo crea. Este encargo supremo de mi
pobre amigo va  darme mucho que hacer, y tal vez me obligue  dimitir
mi empleo. Quin sabe si podr regresar aqu!... Temo que transcurra
mucho tiempo antes de que volvamos  vernos.

Y la posibilidad de tan larga ausencia entristeci al oficinista, 
pesar del aire satisfecho y seguro de s mismo que mostraba desde el
da anterior.

--Como el infeliz Pirovani--sigui diciendo--me confi el manejo de su
fortuna, y esta casa pertenece  su heredera, yo, en uso de mis
facultades, le digo, seora marquesa, que puede usted seguir aqu todo
el tiempo que juzgue oportuno, como si fuese de su propiedad, y sin
pagar por ella un solo centavo. Qu no har yo por usted!...

Ella le miraba fijamente con ojos interrogantes. Le era difcil poder
ocultar la sorpresa que le haba causado esta revelacin. Moreno
depositario de la herencia del contratista, abrumado por la enormidad
de la fortuna que caa sobre l y volviendo  una ciudad populosa para
rehacer su existencia!...

A travs de su asombro empezaron  emerger nuevas ideas, semejantes 
islotes todava informes y en pleno hervor de formacin. Se desdoblaba
su interior, surgiendo junto  la mujer de gustos frvolos ansiosa de
comodidades y grandezas, otra que era la de las temibles energas, la
de las extremas resoluciones en las horas difciles, la que no
vacilaba ante la crueldad. Y esta mujer, al despertarse, aconsejaba
imperiosamente  su compaera: No dejes que se marche. El destino te
lo enva.

Contemplndola Moreno con ojos ms atrevidos que en los tiempos que no
se crea rico y poderoso, vi de pronto cmo el rostro de la seora
marquesa pareca velarse, lo mismo que si se deslizase sobre l la
sombra de una nube invisible. Luego contrajo su boca con expresin
dolorosa y se llev las manos al rostro, para ocultar sus lgrimas.

Se levant de su silln el oficinista para consolarla. Comprenda el
dolor de ella viendo el traje de luto que llevaba por la muerte de la
madre de su esposo. Adems, el triste fin de Pirovani, la fuga de
Canterac, tantos sucesos en tan poco tiempo!...

--Es muy triste, seora marquesa, lo que le ocurre, pero no por eso
debe usted llorar.

Y se atrevi  tomarle las manos, oprimindoselas dulcemente antes de
apartarlas de sus ojos, hmedos de llanto.

--No lloro por lo que usted cree--suspir ella--, lloro por m misma,
por mi desgracia, que no tiene remedio. Estoy sola en el mundo. Mi
marido no ha vuelto  casa hace dos das... y tal vez no volver.
Quin sabe qu calumnias le han contado!... Me quedaban mis amigos,
mis buenos amigos; el uno ha muerto y el otro anda fugitivo. Slo
poda contar con usted... y usted se marcha para siempre!

El oficinista, conmovido por tales palabras, empez  balbucear:

--Cuente siempre con mi admiracin, seora marquesa... Yo me voy, y en
realidad no me voy... Me tendr usted en Buenos Aires...

Evit seguir hablando, por miedo  las incoherencias en que le haca
incurrir su emocin. Elena haba secado sus lgrimas y le miraba ahora
con inters.

--Jams he conseguido hacerme comprender--dijo--. Los hombres son as:
acuden todos al mismo tiempo cuando les gusta una seora y la aturden
con sus asiduidades, quitndose el sitio unos  otros de tal modo, que
la pobre se desorienta y acaba por no saber hacia dnde va su
predileccin. Ahora que usted se marcha y le pierdo tal vez para
siempre, me doy cuenta de que los dos pobres amigos que nos
abandonaron se colocaban en primer trmino con tal violencia, que
consiguieron ocultarme el hombre ms interesante para m.

Se sinti Moreno de tal modo trastornado por esta revelacin, que tom
entre sus manos la diestra de Elena.

--Oh, marquesa! qu dice usted?

Ella, despus de dejarse acariciar la mano, oprimi con sus dedos una
de las de l, aadiendo con un tono de sinceridad, como si revelase
sus pensamientos ms ntimos:

--Siempre me interes usted por su modestia: una modestia disimuladora
de grandes condiciones, que usted mismo no sospecha. A m me gustan
los hombres buenos y sin orgullo. Muchas veces, cuando estaba sola,
entretena en pensar lo que podra haber hecho un hombre como usted,
viviendo en Europa y trabajando bajo la direccin de una mujer que le
inspirase nobles ambiciones.

Permaneci Moreno silencioso, mirndola con cierto asombro, como si la
admirase ms despus de sus ltimas palabras. Aquella mujer pensaba
las mismas cosas que  l se le haban ocurrido numerosas veces, pero
sin atreverse  creer en ellas.

Elena aadi, desalentada:

-Pero ya es tarde: para qu hablar de eso? Usted tiene una familia.
Yo soy una mujer sin ilusiones ni esperanzas, que se ve sola y pobre,
 ignora cmo terminar su existencia.

El oficinista segua pensativo, con las cejas fruncidas, como si
estuviese contemplando interiormente un espectculo molesto para l.
Vea una casita cerca de Buenos Aires, y en sus habitaciones, pobres y
limpias, una mujer y varios nios. Pero esta visin no tard en
esfumarse, recobrando Moreno el mismo aire de seguridad autoritaria y
vanidosa con que se haba presentado al hacer su visita.

--Yo tambin--dijo--pienso ahora ms que antes. Anoche no pude dormir,
y por eso me he levantado tarde, sin tiempo para ir  ver qu es lo
que ha pasado en la estancia de Rojas... Y anoche precisamente se me
ocurri que tal vez ser conveniente que yo vaya  Europa para velar
por la hija de Pirovani y administrar sus bienes mejor que si me quedo
en Buenos Aires. Quin sabe si llegar  aumentar muchsimo esa
fortuna, dedicndome  los negocios! Yo no creo poseer las condiciones
que usted me supone, seora marquesa; pero en fin, soy hombre de
nmeros, hombre de orden, y tal vez podr hacer buenos negocios, lo
mismo que los hacen otros... Cmo no?

Hubo un largo silencio, y el oficinista, que se mostraba inquieto por
lo que iba  decir, balbuce al fin tmidamente:

--Usted podra venir conmigo  Europa... para aconsejarme. Yo, por ms
inteligente que usted me crea, slo puedo ser all un ignorante.

Elena hizo un movimiento de sorpresa y luego repeli altivamente la
proposicin.

--No acepto. Qu locura!... Qu fardo iba usted  echarse  cuestas,
amigo Moreno!... Olvida usted adems que yo soy una mujer casada, una
seora, y la gente, al vernos juntos, hara las suposiciones ms
calumniosas.

A pesar de tales protestas tom las dos manos de Moreno entre las
suyas y aproxim su cara  la de l, envolvindole en el nimbo
perfumado de su carne tentadora, al mismo tiempo que deca con
entusiasmo:

--Qu gran corazn el suyo!... Cmo probarle mi gratitud por su
ofrecimiento?

Adopt el oficinista una expresin suplicante para seguir hablando.
Qu poda importarles  los dos lo que murmurase la gente?... Adems,
en Europa no los conoca nadie. Viviran en Pars, la ciudad
maravillosa tantas veces admirada por l en las novelas y que nunca
habra visto de no ocurrir la muerte de Pirovani. l era quien deba
dar gracias  la marquesa si se dignaba acompaarle y dirigirle.

--Y la familia de usted?--pregunt la Torrebianca con una expresin
austera, desmentida al mismo tiempo por sus miradas.

El hombre respondi con el cinismo optimista de un rico, convencido
del poder del dinero, que espera arreglar mediante su intervencin
todos los conflictos.

--Mi familia quedar en Buenos Aires, mejor instalada que nunca. Con
plata abundante todo se soluciona y nadie vive descontento... Yo
tendr mucha plata, porque, como es natural, debo recompensarme  m
mismo por mis trabajos de tutor. Pienso tambin ganar mucho en los
negocios.

Ella insisti en su resistencia, aunque cada vez con ms flojedad, y
Moreno crey oportuno conmoverla describiendo las delicias de un Pars
que no haba visto nunca y la otra tena ya olvidadas de puro
conocidas.

--Es una locura--dijo Elena, interrumpindole--. Me falta valor para
arrostrar un escndalo tan enorme. Qu diran si nos viesen huir
juntos?

Despus, con una expresin pdica y tmida, aadi:

--Yo no soy como usted me cree. Los hombres aceptan con asombrosa
facilidad todo lo que les cuentan acerca de las mujeres, y  saber
qu es lo que le habrn dicho  usted de m!... Reconozco que he sido
poco dichosa en mi matrimonio. Mi marido es bueno, aunque nunca ha
sabido comprenderme. Pero de eso  huir con otro hombre, dando un
escndalo!...

Apel el oficinista  todas las frases almacenadas en su memoria, como
residuo de sus lecturas. Qu importaba el matrimonio, ni tampoco lo
que pudiera decir la gente?... Ella tena derecho  conocer el
verdadero amor, tomndolo all donde lo encontrase. Tena igualmente
derecho  vivir su vida al lado de un hombre que supiese
embellecrsela con arreglo  sus altos merecimientos.

As fu soltando trozos de sus lecturas novelescas, y aunque la
marquesa pareca tan enterada como l de tales argumentos, acab por
conmoverse y ablandarse bajo su elocuencia amorosa.

Era que la Torrebianca consideraba en su interior que ya haba
prolongado bastante el simulacro de su resistencia y crea llegado el
momento de ceder, para que Moreno hablase de cosas ms inmediatas y
urgentes. Como si no supiera lo que haca, puso sus manos sobre los
hombros de l y le habl de muy cerca, con voz tenue, al mismo tiempo
que miraba  lo alto, como sumida en sus recuerdos.

--Oh, Pars! Usted lo conoce por los libros, pero no sabe
verdaderamente lo que es aquella vida. Nos espera all una existencia
muy dulce.

Consider el oficinista tales palabras como una aceptacin, creyndose
autorizado despus de ellas para abrazarla...

--S que acepta usted?... Oh! Gracias! gracias!

Pero Elena le repeli para que no pasase ms adelante en sus caricias,
y con una gravedad de mujer que sabe plantear los negocios, continu
hablando:

--Si llegase  decir acepto, sera con la condicin de que nos
marchsemos hoy mismo. De no ser as, podra arrepentirme... Adems,
por qu seguir ms tiempo en este rincn odioso? Todos son enemigos
mos. Hasta mi marido me abandona... No s qu es de l.

Moreno contest con movimientos de afirmacin. Deban aprovechar el
tren de aquella misma tarde. Si esperaban al prximo, era posible que
en el transcurso de dos das ocurriesen nuevos incidentes. El pobre
empleado crea de buena fe que la marquesa era capaz de arrepentirse
de su resolucin, y consideraba necesario aprovechar este momento
favorable.

Elena fu haciendo preguntas, cada una de las cuales vino  ser como
un artculo del contrato verbal que estableca con l, antes de
seguirlo. Explic Moreno todo lo que Pirovani le haba confiado al
darle sus papeles y las instrucciones que aadi de palabra. Su
fortuna era slida. Antes del duelo le haba entregado igualmente todo
el dinero que tena en su alojamiento. El oficinista poda costear el
viaje y la instalacin de ella por mucho tiempo en un lujoso hotel de
Buenos Aires.

--Una vez en la capital--continu--cobrar todos los depsitos que hay
all  nombre de Pirovani y har lo necesario para que el gobierno
pague igualmente lo que le debe por sus trabajos... Conozco  muchas
personas importantes que me ayudarn... Va usted  ver que, aunque
algunos me tienen por zonzo, s darme bien la vuelta en esto de la
plata... Y apenas deje arreglados los negocios, nos embarcaremos para
Europa.

Otra vez, enardecido por su propias palabras y seguro de la aceptacin
de Elena, se atrevi  poner las manos sobre su cuerpo, pero se vi
repelido.

--No--dijo ella severamente,  la vez que entornaba los ojos con
malicia--. Le advierto que mientras no hayamos llegado  Pars slo
ser para usted una compaera de viaje. Los hombres se muestran
ingratos si logran su deseo desde el primer momento; abusan de la
bondad de la mujer y olvidan luego sus compromisos.

Sonri con una expresin prometedora, y dijo en voz queda, entornando
sus prpados:

--Pero as que lleguemos  Pars...

Sintise conmovido Moreno por el gesto con que acompaaba Elena tales
palabras.

Oh, Pars!... Esta exclamacin mental del oficinista resucit en su
imaginacin todos los episodios de la vida alegre que llevan los
extranjeros en la gran ciudad, segn l haba ledo en las novelas.

Vi un elegante restorn nocturno, como se imaginaba que eran los
restoranes de Montmartre y como los haba admirado directamente muchas
veces en las historias cinematogrficas. Crey escuchar la msica
sacudida y saltarina de un _jazz-band_. Sigui con sus ojos la
rotacin de las parejas que bailaban en un gran rectngulo rodeado de
brillantes mesitas.

Despus entraba la marquesa vestida con llamativo lujo y apoyada en
el brazo de l mismo, que iba de frac, con una perla enorme en la
pechera. El encargado del establecimiento le saludaba familiar y
respetuoso, como  un parroquiano conocidsimo; las mujeres admiraban
de lejos las joyas de Elena; un _groom_ diminuto como un gnomo se
llevaba la rica capa de pieles de la seora, que esparca un perfume
de jardn de ensueo. l examinaba la lista de vinos, pidiendo un
champaa tan caro, que su nombre provocaba una reverencia admirativa
del encargado de la bodega.

Se desvaneci la visin, encontrndose Moreno otra vez en la antigua
casa de Pirovani, ante aquella mujer que tanto haba deseado con el
fervor que inspira lo que parece imposible de conseguir, y que le
miraba en estos momentos con ojos devoradores.

--Oh, Pars!--dijo--. Cmo deseo verme all con usted... Elena!
Porque usted me permite que la llame ahora simplemente Elena... no?

       *       *       *       *       *




#XVIII#


Para Watson empezaron  sucederse los hechos con la rapidez
vertiginosa y la falta de lgica de los episodios de una pesadilla que
se desarrollan ms all del tiempo y del espacio.

Oy tiros; luego pasaron ante sus ojos varios jinetes  todo galope,
mientras otros, detenindose, hacan fuego contra los dos andinos. En
vano Piola gritaba levantando sus brazos:

--Hermanos, no nos baleen, que somos gentes de paz y nos
entregamos!...

Los que llegaban no queran oir y seguan disparando sus rifles 
pesar de las rdenes de Robledo.

Cay herido el camarada de Piola, y ste juzg oportuno echarse al
suelo, buscando refugio detrs de su caballo.

Cuando todo el grupo de hombres de la Presa acab de entrar en la
explanada del rancho, Watson no prest atencin  las exclamaciones
del espaol, asombrado de encontrarle all. Tampoco se fij en los
saludos del comisario. Los dos le olvidaron tambin para ir en busca
de Piola, colocndole sus revlveres en el pecho mientras le
preguntaban dnde estaba Celinda. Algunos individuos de la expedicin
desmontaron para examinar al hombre recin herido y tambin al otro
cordillerano derribado por don Carlos.

Lo que atrajo la atencin del joven fu la presencia de su propio
caballo, sobre el cual se ergua con aire de importancia el pequeo
Cachafaz, sealando con un dedo acusador  los tres vencidos.

-Estos gauchos malos son los que se llevaron  mi patroncita. Yo los
vide...

Pero le fu imposible continuar, pues se sinti agarrado por el talle
y descendido violentamente de su dignidad ecuestre, quedando con los
pies en el suelo.

Ricardo haba hecho esto valindose de su brazo sano y sofocando el
dolor que le causaban en el hombro herido tales movimientos. Su
caballo pareci reconocerlo al quedar l sobre la silla, y apenas le
hubo picado con sus espuelas, sali  todo galope en la misma
direccin seguida por Rojas.

Llevaba varios minutos el estanciero de perseguir  Manos Duras y no
perda la esperanza de alcanzarlo. Era difcil poder galopar de un
modo continuo en aquellas pendientes arenosas. Adems, el caballo del
gaucho llevaba  dos personas, y ste tena necesidad de conservar
sujeta  Celinda, al mismo tiempo que excitaba la marcha de su
cabalgadura. Rojas poda dedicarse con mayor ligereza  la
persecucin, teniendo adems libres sus dos brazos.

Durante esta fuga el bandido volvi repetidas veces su cabeza y el
brazo derecho armado con un revlver. Dos balas pasaron silbando cerca
de don Carlos. ste contest  los disparos con otros, pero despus se
contuvo. No le quedaban mas que tres cpsulas. En la maana, al salir
de su estancia para ir simplemente  la Presa, se haba ceido el
cinturn del revlver, sin poner cartuchos de repuesto en los agujeros
de la canana. Slo poda contar ahora con estos tres tiros y con el
cuchillo que llevaba al cinto para las necesidades del campo. Adems
tena miedo de herir  su hija.

Como el gaucho iba mejor provisto de armas, sigui disparando tiros
durante su fuga, con gran prodigalidad.

Sinti el estanciero una nueva indignacin al darse cuenta de lo que
intentaba Manos Duras contra l.

--Grandsimo bandido! Ahora tira  matarme mi flete!

Y el centauro criollo, dicindose esto, mostr tanta clera como al
ver en peligro  su hija.

A los pocos momentos, Rojas, que pareca soldarse  los caballos que
montaba, hasta formar un solo cuerpo con ellos, adivin bajo sus
piernas un estremecimiento de muerte. Sac gilmente sus pies de los
estribos y se ech al suelo, al mismo tiempo que rodaba la pobre
bestia, arrojando por el pecho un cao de sangre igual al chorro
purpreo de un tonel de vino que se desfonda.

Se vi el estanciero  pie, mientras el otro continuaba huyendo con su
hija sobre el arzn. Toda su voluntad la concentr en la mano que
sostena el revlver, apuntando ste contra el enemigo fugitivo.
Necesitaba matar su caballo.

Rojas, que no tema la lucha con las fieras ni con los hombres y pocas
veces haba conocido el miedo, tembl de emocin... Dar muerte  un
caballo! Era un excelente tirador, y sin embargo, hizo un disparo y
despus otro, sin que la cabalgadura del gaucho cesase en su galope.
Iba ya  disparar su ltima cpsula, cuando el flete de Manos Duras
titube, marchando con ms lentitud, hasta que por fin di una
voltereta mortal, levantando una nube de arena con su agnico
pataleo.

Corri Rojas, pero antes de llegar al sitio de la cada, vi cmo el
gaucho se incorporaba, sacando un segundo revlver del cinto, sin
dejar de oprimir con el otro brazo  Celinda. As esper, con aire
amenazante, que se aproximase su perseguidor.

Pudo don Carlos avanzar todava algunos pasos, pero Manos Duras
dispar contra l, pasando el proyectil tan cerca de su rostro, que
por un momento se crey herido. Entonces Rojas se dej caer para
presentar menos blanco, y fu arrastrndose, con el revlver en la
diestra. El gaucho no poda adivinar que slo le quedaba un tiro, y
creyendo que su intencin era aproximarse cautelosamente para que
resultasen ms seguros sus disparos, sigui haciendo fuego. Adems se
serva de Celinda como de un escudo, colocndola ante su pecho. Pero
los retorcimientos de la joven al pretender librarse de este brazo
robusto que la mantena prisionera hicieron desviar muchas veces su
revlver.

--Si dispara un tiro ms, viejo, mato  su hija!

Esta amenaza, unida  la consideracin de su impotencia, hizo que don
Carlos se deslizase lentamente sobre la arena, sin atreverse  hacer
fuego.

Manos Duras pareci inquietarse de pronto por un nuevo peligro que
presenta cerca de l, y mir vidamente  un lado y  otro. Pero el
miedo al enemigo ms inmediato, que era el estanciero, hizo que no
pensase mas que en ste, continuando sus disparos.

El otro enemigo invisible era Watson, que al escuchar los tiros haba
echado pie  tierra para aproximarse al lugar de la lucha, marchando
encorvado entre las speras plantas que surgan del suelo arenoso.

Por un momento tuvo la intencin de atacar  Manos Duras con su
revlver, pero temi herir  Celinda, que continuaba forcejeando para
librarse de su opresor. Luego fu hasta su cabalgadura, desatando de
la silla el lazo regalado por la hija de Rojas. Llevndolo en su
diestra di un rodeo  travs de los matorrales, hasta venir 
colocarse detrs del gaucho.

Esta corta marcha le produjo intensos dolores. Varias veces las ramas
espinosas se engancharon en su hombro herido. Adems, la duda le hizo
temblar interiormente. Sabra valerse de esta arma primitiva?...

Recordaba las risas de Flor de Ro Negro comentando su torpeza; pero
al evocar igualmente los alegres paseos con ella y verla ahora en tan
angustioso peligro, sinti renacer su dura voluntad. Las enseanzas
recibidas en su juventud, el espritu metdico y prctico de su raza,
le reanimaron. Lo que una persona hace, otra puede hacerlo tambin.
Y recomendndose  las potencias misteriosas  imponderables que rigen
nuestra existencia y  veces nos protegen con inexplicable
predileccin, envi el lazo por el aire, casi sin mirar, confindose 
la suerte y  su instinto. Luego tir de l, metindose matorrales
adentro, con un esfuerzo alegre y extraordinario al adivinar por la
resistencia de la cuerda que el lazo haba hecho presa. Fu tan
brbaro su gozo, que tir con ambas manos, lanzando rugidos de dolor
por el desgarramiento que senta en su hombro herido.

El lazo haba aprisionado, efectivamente, el grupo que formaban Manos
Duras y Celinda, arrollndose en torno  sus cuerpos. Luego los dos
cayeron de espaldas bajo el rudo tirn.

Ces el gaucho de retener  Celinda para valerse de las dos manos, y
estando todava en el suelo extrajo su cuchillo del cinto, partiendo
la cuerda que le sujetaba. Watson, que haba adivinado esta intencin,
corri hacia Manos Duras, dndole varios golpes en la cabeza y en el
rostro con la culata de su revlver. Pero Rojas lleg tambin en unos
cuantos saltos junto al grupo derribado.

--Djamelo, gringo!--orden con voz entrecortada--. A ste nadie debe
matarlo mas que yo... Me corresponde!

Hizo retroceder con un empelln  Watson, y ste slo se preocup de
Celinda, levantndola del suelo y llevndosela al otro lado de los
matorrales ms prximos. La joven, aturdida an por su cada, se pas
las manos por los ojos, sin reconocer al norteamericano. Tena varias
desolladuras en los brazos y en el rostro que manaban sangre. Mientras
tanto, don Carlos casi ayudaba  incorporarse  Manos Duras.

--Levntate, hijo de... para que no digas que te mato sin defensa!
Saca tu facn y pelea.

El cuchillo lo tena ya en la mano el gaucho, pero Rojas no lo haba
visto, turbado por el goce feroz de encontrar finalmente  ese hombre
al alcance de su diestra.

Apenas el bandido estuvo de pie, le tir  traicin una cuchillada al
vientre, pero aturdido an por los golpes que le haba dado Watson, su
ataque fu lento, lo que permiti al estanciero pararla con un revs
de su mano izquierda. l, por su parte, le asest un golpe en el
pecho, luego otro, y menude sus cuchilladas con tal celeridad, que
hizo derrumbarse  Manos Duras arrojando sangre por numerosos
desgarrones de su cuerpo.

--Ya est muerto el puma!

Esto lo grit don Carlos agitando sobre su cabeza el arma enrojecida,
mientras el bandolero daba vueltas junto  sus pies, apoyndose en un
costado y en otro, entre ronquidos de agonizante.

Watson haba ido llevndose  Celinda ms lejos, para que no
presenciase esta lucha, pero al mismo tiempo procuraba no perder de
vista al estanciero, por si le era necesario su auxilio.

Al juntarse los dos hombres, condujeron  la joven hasta el lugar
donde el ingeniero haba dejado su caballo. No queran que Celinda
viese al agonizante. Ella, conmovida por tantas emociones, los miraba
con unas pupilas dilatadas  inciertas, como si no los reconociese. Al
fin acab por llorar, abrazndose  su padre. Luego, olvidando los
prejuicios de los das normales, abraz tambin  Watson y empez 
besarlo.

El mocetn, aturdido por estas caricias y asustado por las heridas
superficiales que notaba en el rostro de la joven, pregunt con
ansiedad:

--Le he hecho dao, miss Rojas?... No es cierto que he tirado el
lazo menos mal que otras veces?...

Los dos le ayudaron  montar, y marcharon junto  su caballo con
direccin al rancho de la India Muerta.

Robledo y el comisario salieron  su encuentro, mostrando gran alegra
al reconocer  Celinda. Frente  las ruinas estaban los otros hombres
de la expedicin. Despus de curar  su modo  los dos cordilleranos
heridos, los vigilaban, as como  Piola, hablando de conducirlos al
da siguiente  la crcel de la capital del territorio.

Vindose entre amigos que celebraban con gozosas demostraciones su
liberacin, Celinda volvi  recobrar su carcter ligero y animoso.
Procur ocultar su rostro para que Watson no viese ms tiempo las
desolladuras que lo desfiguraban; pero cuando de tarde en tarde volva
sus ojos  l, stos tenan una expresin acariciante.

--Le he hecho dao, miss Rojas?--dijo otra vez el joven con voz
suplicante, como si su emocin no le permitiera en aquellos momentos
preguntar otra cosa--. Verdad que no he tirado el lazo muy mal?...

Ella, despus de mirar  un lado y  otro para convencerse de que su
padre estaba lejos, dijo en voz baja, imitando el acento del
norteamericano:

--Gringo chapetn! grandsimo torpe!... Si que me has hecho dao, y
el lazo lo tiras rematadamente mal... Pero de todos modos me
enganchaste con l, y como yo jur que slo as conseguiras tenerme
otra vez... aqu me tienes.

Y avanz los labios cual si pretendiese acariciarle desde lejos con su
sonrosado redondel, siendo este gesto una promesa de lo que hara
seguramente luego, cuando se viesen solos.

Entr la expedicin en la Presa al anochecer, despus de haber
descansado en la estancia de Rojas, donde esperaba Sebastiana. sta,
al ver libre  su patroncita, prorrumpi en exclamaciones de gozo, que
se convirtieron poco despus en frases de indignacin por las lesiones
que Celinda tena en su cara. El nombre de la marquesa se le escap 
la mestiza en el curso de una furibunda palabrera,  pesar de las
recomendaciones de prudencia hechas en voz baja por Robledo. Al fin
acab relatando  Rojas todo lo que saba de la entrevista de la
seorona con Manos Duras y lo que sospechaba ella que haban
convenido los dos.

Sebastiana quiso quedarse en la estancia, al lado de Celinda, sin
creer necesario para ello el permiso del patrn.

El mismo don Carlos haba rogado  Watson que se quedase tambin hasta
el da siguiente, en que volvera l.

--Tengo que hacer una cosita urgente en la Presa. Deseo decir unas
palabritas  cierta persona.

La voz meliflua del criollo, as como su acento dulzn, eran para
meter espanto  cualquiera. Robledo intent disuadirle de este viaje,
adivinando sus intenciones. Con l se mostr Rojas ms explcito.

--Djeme, don Manuel; necesito ver  esa mala... tal! que ha querido
perjudicar  mi nia. Me contentar con levantarle las polleras y
darle cincuenta golpes con este rebenque, as... as.

Y mova el ltigo corto con su terrible tira de cuero.

Hubo de aceptar al fin el espaol que le acompaase hasta el pueblo,
convencido de lo intil que era oponerse  sus propsitos. An
perduraba en Rojas la furia homicida de su combate  muerte con el
gaucho, y Robledo esperaba abonanzarle cuando hubiesen transcurrido
unas horas.

Al entrar en la calle central vieron los expedicionarios aglomerados 
casi todos los habitantes de la Presa. Los jinetes delanteros iban
dando noticias al paso, y stas se transmitan, de grupo  grupo,
rpidamente. Todos celebraron la muerte de Manos Duras, como si con
ella se viese libre el pueblo de una gran calamidad. Los ms dbiles
lamentaban que el comisario hubiese guardado en un rancho cerca de la
poblacin  los tres prisioneros para enviarlos al da siguiente  la
crcel del territorio. La muchedumbre, con esa ferocidad colectiva que
surge en las primeras horas de una emancipacin largamente esperada,
quera destrozarlos, para vengarse de los miedos que la haba hecho
sufrir el gancho ya difunto.

La ltima noticia que hizo circular la locuacidad de los jinetes
delanteros sirvi para que esta indignacin comn encontrase dnde
satisfacerse. Las revelaciones de Sebastiana fueron conocidas en un
momento por todos. Era aquella seorona la que de acuerdo con Manos
Duras haba organizado una venganza terrible; una venganza semejante 
otras que ellos haban odo contar  los lectores de novelas  visto
por sus ojos en las historias cinematogrficas. La _gringa_ rubia
quera matar  la pobre nia de la estancia, hija del pas, tal vez
por envidia, tal vez por otro motivo.

Robledo, que pasaba  caballo entre los grupos, adivin por algunas
palabras sueltas la clera que empezaba  conmoverlos. Precisamente en
aquellos momentos la expedicin iba desfilando ante la antigua casa de
Pirovani. Las mujeres eran las que se mostraban ms furiosas y
lanzaron los primeros gritos agresivos mirando las ventanas del
edificio.

--Muera la Cara Pintada! Muera la gran...!

Y soltaba redonda la mayor de las injurias femeniles. Presintiendo lo
que iba  ocurrir, torci Robledo su marcha, avanzando hacia la casa y
colocando su caballo ante los ltimos peldados de la escalinata de
madera. Pero no consigui verse obedecido ni an por los hombres ms
adictos  l, que le haban acompaado en la expedicin.

Desoyendo sus consejos y sus rdenes, mujeres y chiquillos empezaron 
pasar por debajo de la panza de su caballo   deslizarse por sus
flancos... Y detrs de estos primeros asaltantes, los hombres fueron
invadiendo la entrada de la casa, excusndose con un gesto y un leve
saludo al pasar ante el ingeniero.

El asalto fu rapidsimo, abatindose los obstculos con esa facilidad
que parece centuplicar la fuerza de los ataques populares en das de
revolucin triunfadora. La puerta cay rota, y toda la ola humana se
revolvi un momento en su quicio, penetrando despus  borbotones en
el interior de la casa. Saltaron rotos los vidrios de las ventanas, y
poco despus empezaron  salir por ellas, como proyectiles, los
muebles, las ropas y toda clase de objetos. En vano algunos, ms
prudentes y serenos, protestaban del absurdo destrozo.

--Pero si eso no es de ella!... Si todo perteneca  don Enrique el
italiano!

La multitud se mostraba sorda; quera que fuese todo propiedad de la
seorona, para de esta manera satisfacer su clera sin escrpulos. Y
continuaba dando gritos, en los que se repeta la palabra infamante.

De pronto, Robledo, que braceaba sobre su caballo dando rdenes
intiles, consigui hacerse oir. Los asaltantes parecan cansados.
Adems, la decepcin de no encontrar  la hembra odiada haba
disminuido su actividad destructora. Pero la verdadera causa del
relativo silencio que permiti  Robledo restablecer su influencia fu
la llegada de un viejo trabajador espaol, retirado de las obras del
canal para dedicarse  llevar  las viviendas agua del ro en un carro
del que tiraba un msero caballejo.

Este hombre logr que le escuchasen con ms rapidez que el ingeniero.
Los asaltantes bajaron poco  poco de la casa para orle de ms cerca.

--Qu hacen ah?--gritaba--. Se ha ido!... Yo la he visto en un
coche con el seor Moreno, el del gobierno. Van  la estacin  tomar
el tren de Buenos Aires.

Inmediatamente se ofrecieron varios jinetes de buena voluntad para
alcanzarla en su fuga. Llevaba mucha delantera, pero tal vez  mata
caballo podran detenerla en Fuerte Sarmiento.

Otros ponan en duda el xito de tal persecucin. Slo quedaba una
hora escasa para la llegada del tren, y como ste parta de la
prxima estacin del Neuquen, nunca llegaba con retraso.

Las mujeres, por ser las ms furiosas, aconsejaban  los jinetes que
intentasen de todos modos la aventura, para traer  la seorona
arrastrndola del pelo. Otros varones, sesudos y de luminosas ideas,
proponan, con el mismo piadoso deseo, colocarse simplemente al lado
de la va, cuando pasase el tren cerca de la Presa, y hacer una
descarga cerrada sobre el coche que llevase  la grandsima... tal. Y
mostraban asombro cuando Robledo intentaba hacerles comprender que en
el mismo coche podan ir otros viajeros y adems resultaba imposible
adivinar su vagn entre los muchos que componen un tren.

Cuando todas estas gentes, roncas de gritar y convencidas de que les
era imposible dar alcance  la seorona, quedaron en silencio, el
ingeniero consigui hacerse oir.

--Dejadla que se vaya. Es Gualiche que nos abandona, despus de
haberlo perturbado todo... Lo que hay que desear es que ese demonio no
vuelva nunca. Ojal se hubiese marchado antes!...

Al fin, cerrada ya la noche, las gentes se fueron apaciguando. Era la
hora de la cena, y los ms exaltados prefirieron seguir sus
conversaciones en la mesa familiar  en el almacn del Gallego.

Rojas se mostraba sombro, como si hubiese olvidado todos los sucesos
de aquel da para no ver mas que la fuga de Elena.

--Crea usted que lo siento, don Manuel. Mi gusto hubiese sido
remangarle las polleras, para con este rebenque...

Y haciendo con una mano el mismo ademn que si levantase las faldas de
Elena, iba explicando todo lo que su venganza se hubiese complacido en
realizar.

A partir de este da, la existencia result angustiosa  montona en
aquel pueblo, donde no quedaba otro personaje importante que Robledo.
Los obreros empezaron  desbandarse al ver suspendida la continuacin
de las obras. Pasaban el tiempo los grupos inactivos hablando de la
posibilidad de que se reanudasen los trabajos en la semana prxima por
disposicin del gobierno; pero la orden no llegaba. All en Buenos
Aires estudiaban el asunto con toda calma, y los peones, perdida la
paciencia, echbanse al hombro el saco de ropa para huir  pie  en
ferrocarril de un lugar donde ya no entraba dinero y cada vez era ms
general la pobreza.

El almacn haba descendido  boliche y tena un aspecto fnebre. Slo
algunos parroquianos viejos, de solvencia probada, venan  beber de
pie ante el mostrador. Don Antonio el Gallego haba cortado
violentamente el crdito  la mayor parte de los concurrentes, y para
apoyar su voluntad de no dar nada al fiado, tena un revlver en cada
cajn del mostrador y el hermoso rifle americano debajo de su asiento.
Su pblico, cuando estaba falto de dinero, mereca todas estas
precauciones.

--Usted debe ir  Buenos Aires, don Manuel--deca  Robledo con firme
optimismo--. Usted es el nico  quien harn caso all.

El ingeniero se mostraba triste y desalentado, como todo lo que le
rodeaba. Lo nico que consegua hacerle sonreir con una expresin
melanclica era el nuevo aspecto de Watson su socio. ste pareca
alegre, como si nada le importase la suerte de sus canales. Ahora slo
le interesaba la ganadera, pasando los das enteros en la estancia de
Rojas.

Qu poda importarle la paralizacin momentnea de las obras!... Era
joven y tena muchos aos por delante. Lo que deseaba estudiar era la
vida de una estancia, pero teniendo por maestro  Flor de Ro Negro,
que le acompaaba  caballo  travs de los campos desde la salida del
sol hasta el ocaso.

Un fnebre descubrimiento aument el mal humor del espaol, poco
despus de la fuga de Elena.

Gonzlez le hizo ver un sombrero que uno de sus parroquianos haba
encontrado junto al ro, lejos del campamento. El ingeniero lo
reconoci inmediatamente. Era el que llevaba Torrebianca.

Estaba convencido, desde mucho antes, que su compaero no figuraba ya
entre los vivos. Con frecuencia, durante la noche, cuando las
dificultades financieras de sus obras le hacan permanecer insomne,
reconstitua por deducciones lo que el marido de Elena haba hecho al
abandonar su casa, poco antes del amanecer. Indudablemente su cuerpo
estaba en el fondo del ro.

Otro da, el dueo del boliche vino  contarle el descubrimiento hecho
por unos espaoles que, al verse faltos de trabajo, se dedicaban  la
pesca. Dos leguas ms abajo del pueblo haban pasado  una isla
fangosa rodeada de caaverales, con la esperanza de apoderarse de
algunas truchas procedentes del lejano lago de Nahuel Huapi. Entre las
caas de la orilla haban visto dos objetos largos y negros que se
balanceaban mecidos por la corriente: las piernas de Torrebianca.

Robledo no haba tenido valor para ver el cadver. Despus de un mes
de permanencia en el ro, era una masa gelatinosa que pareca vibrar
por el rebullicio de la fauna surgida de sus carnes. Fu su
compatriota Gonzlez quien, abandonando el mostrador del almacn, se
encarg de todo lo necesario para dar sepultura  estos restos.

--Usted lo que debe hacer es irse  Buenos Aires--repeta el
almacenero--. Don Ricardo y yo le sustituiremos aqu. En la capital
trabajar usted por nosotros ms que si se queda en la Presa.

Al fin Robledo reconoci la pertinencia de estos consejos, marchndose
 Buenos Aires. Varios meses anduvo por los ministerios, solicitando
que se reanudasen las obras y luchando con las rutinas tcnicas y
administrativas.

Tambin tuvo que esforzarse por mantener su crdito en los Bancos. Los
mismos que protegan antes su empresa dudaban ahora francamente del
xito, resistindose  proporcionarle ms dinero para su continuacin.
Un ambiente de escepticismo y descrdito iba esparcindose en torno 
todo lo que era de la Presa.

Lleg el invierno sin que Robledo hubiese podido salir de Buenos
Aires. Algunas veces, con repentino optimismo, esperaba conseguir al
da siguiente la realizacin de sus deseos. Pero al otro da le
contestaban: Vuelva usted maana; y este maana iba convirtindose
en una palabra fatdica, smbolo de algo vago que nunca llegara  ser
realidad.

Los peridicos le anunciaron una noche la inquietud de las poblaciones
ribereas del ro Negro. Los afluentes empezaban  aumentar su caudal
con una prodigalidad inquietante. Llegaba la crecida que l vena
anunciando desde meses antes en los ministerios para conseguir que se
continuasen las obras si an era tiempo.

Recibi luego un telegrama de los mismos que le haban aconsejado la
marcha  Buenos Aires. Le pedan que volviese, como si su presencia,
siendo milagrosa, pudiera sujetar las fuerzas naturales.

Entr en la Presa con un fro glacial. Volvi  enfundarse en un gabn
de chfer con los pelos afuera que haba usado siempre en los das
rudos del invierno.

La poblacin estaba casi desierta. Las casas de madera, que eran las
ms fuertes, tenan cerradas puertas y ventanas. Las construcciones de
adobes estaban con los techos rotos y el huracn haba arrancado
igualmente las maderas de sus orificios de ventilacin. No se vea 
nadie en las calles. Slo quedaban los hombres que ya eran habitantes
del pas antes de que empezasen las obras. Pareca que durante los
cuatro meses de su ausencia hubiesen transcurrido diez aos.

Sufri el tormento de largas y angustiosas inquietudes al permanecer
das enteros en la orilla del ro, viendo con una indignacin
impotente cmo aumentaba el peligro. Las aguas eran cada vez ms altas
y tumultuosas, arrastrando en su corriente troncos de rboles que
venan tal vez de las vertientes de los Andes,  haciendo rodar
invisibles, por el fondo de su lecho, rocas enormes.

No le preocupaba el peligro de una inundacin. Era la suerte de las
obras incompletas, y no la seguridad de las personas, lo que le haca
vivir en perpetua angustia. Examinaba todas las maanas, con la
atencin de un mdico que ausculta  un enfermo, aquel dique que deba
obstruir el ro de orilla  orilla y estaba sin terminar, primeramente
por la distraccin amorosa de sus constructores y despus por su
rivalidad mortal.

El brazo ms largo del dique haba quedado incompleto  unos cuantos
metros del otro brazo que vena  su encuentro desde la orilla
opuesta. Las aguas, cada vez ms altas, cubran estos dos muros,
marcando su oculta existencia con remolinos y espumarajos.

Como todos los que viven en incesante peligro, Robledo empez 
sentirse supersticioso, recomendndose en su interior  varias
divinidades confusas y omnipotentes que podan realizar un milagro.

Si conseguimos pasar el invierno--pensaba--sin que esto se rompa,
qu felicidad!

Pero una maana, cual si fuese una construccin de arena igual  la
que levantan los nios y demuelen  su capricho, las aguas se llevaron
ante sus ojos un extremo del dique sin concluir; luego lo partieron
como algo tierno y dctil, y finalmente las dos murallas subfluviales,
en las que se haban empleado cientos de hombres y miles de toneladas
de materia dura y en apariencia inconmovible, rodaron corriente abajo,
dejando fragmentos encallados en las orillas y las islas. Entonces
Robledo llor.

--Cuatro aos de trabajo, y el agua lo disuelve todo, como si fuese
azcar!... Cuatro aos de labor perdida... y habr que empezar otra
vez!

Su compatriota el dueo del boliche se consideraba tan arruinado como
l. En su establecimiento, el cajn del mostrador estaba vaco. Adems
poda decir adis  la esperanza de convertir sus arenosos campos en
ricas chacras de riego. Estaba pobre; ms pobre que cuando lleg 
establecerse en esta tierra maldita.

Pero su fe en Robledo y la necesidad de consolarle hicieron que se
mostrase optimista.

--Todo se arreglar, don Manuel--repiti varias voces, pero sin
conviccin.

Don Manuel, viendo cmo las aguas insistan en su obra destructora,
pas de la tristeza  la clera. Sus ojos ya no miraban al ro. Tenan
la vaga expresin del que ha puesto su pensamiento muy lejos y ve lo
que no pueden ver los dems.

Record  Canterac y  Pirovani, tan intensamente como si los hubiese
encontrado el da anterior. Vi despus un rostro de mujer sonriendo
con expresin maligna. A travs del tiempo y la distancia haca sentir
an la influencia de su paso por este rincn de la tierra. Ella era
en realidad la que destrua las obras.

El espaol cerr los puos. Se acord del estanciero Rojas y lo que
ste se propona hacer con su rebenque para castigar las maldades de
aquella hembra. l hubiese hecho algo peor en el presente momento.

Gualicho rubio--pens--, demonio perturbador de los hombres y de las
cosas... en qu mala hora te traje aqu!

       *       *       *       *       *




#XIX#


--Han transcurrido doce aos desde la ltima vez que estuve en
Pars... Ay! Reconozco que mi aspecto ha cambiado mucho.

Y Robledo, al decir esto, volvi  verse tal como se contemplaba todas
las maanas en el espejo, con ojos de conmiseracin, mientras proceda
 su limpieza matinal.

Era todava vigoroso y gozaba de excelente salud; pero la vejez haba
empezado  marcar en l sus devastaciones. La cspide de su crneo
estaba completamente despoblada. En cambio haba suprimido su bigote,
rasurndolo por el motivo de tener con ms abundancia las canas que
los pelos obscuros. Esta transformacin le haba dado, segn l,
cierto aspecto de clrigo  de actor, pero al mismo tiempo esparca
por su rostro cierta frescura juvenil.

Ocupaba un silln en el _hall_ de un hotel elegante de Pars, cerca
del Arco de Triunfo.

Frente  l estaba un matrimonio joven: Watson y Celinda. El paso de
los aos no haba hecho mas que afirmar los rasgos fisonmicos de
Ricardo, dando mayor estabilidad  su hermosura de atleta tranquilo.
La antigua Flor de Ro Negro tena ahora una belleza estival de trato
sazonado y dulce. Conservaba su esbeltez gimnstica de efebo, pero la
maternidad haba amplificado majestuosamente sus formas.

Ya no llevaba su cabellera cortada como una melena de pajecillo, ni se
permita en pblico los saltos y las travesuras infantiles de aquella
amazona patagnica admirada por los inmigrantes. Deba mostrar la
seriedad de una mam. En torno  la mesita del _hall_ se mova un nio
de nueve aos, voluntarioso y algo desobediente, que buscaba la
proteccin de Robledo--por otro nombre to Manuel--cuando le rean
sus padres. En un piso del Palace dos _nurses_ inglesas vigilaban
los juegos de otros tres hijos de menos edad.

Formaban todos en conjunto la conocida familia de la Amrica del Sur
que viene  pasar varios meses en Europa, como una tribu rica y
alegre, trasladando la casa entera de un lado  otro del Ocano, sin
olvidar  los criados. Ahora la familia estaba en sus comienzos, por
ser los padres todava jvenes, y se limitaba  ocupar cuatro
camarotes en los buques y cinco cuartos con saln comn en los
hoteles. Diez aos ms de vida y de prosperidad en los negocios, y la
caravana familiar, al hacer otro viaje  Europa, arrendara todo un
costado del paquebote y un piso entero en los Palaces.

--Las cosas que han ocurrido desde la ltima vez que estuve aqu!...

Se ensombreci el rostro de Robledo al recordar ste sus luchas
durante dos aos para conseguir que se reanudasen las obras en el ro
Negro.

Haba conocido las angustias que proporcionan las deudas crecientes y
las reclamaciones de acreedores que no pueden satisfacerse.

Casi todos los habitantes de la Presa escaparon al destruir el ro las
obras. Los raros viajeros que visitaban el pas venan  admirar esta
poblacin en ruinas, semejante  las ciudades histricas y muertas
del mundo antiguo, en una tierra falta de recuerdos.

A fin el gobierno haba reanudado los trabajos. El ro era vencido
poco  poco, aceptando el obstculo del dique y los canales de Robledo
y Watson se empapaban con las primeras aguas, dejando correr por su
lecho fangoso el riego vivificante.

Despus de esto slo haban necesitado los dos socios que
transcurriese el tiempo. El milagro del agua realizaba un sinnmero de
milagros secundarios. Acudan  la muerta poblacin hombres de todos
los pases, deseosos de roturar un suelo que poda despus ser suyo.
Una costra de verde tierno y luminoso iba cubriendo los campos antes
polvorientos. Los matorrales secos y punzantes cedan el sitio  los
rboles jvenes. Nutridos por la savia de una tierra dormida durante
miles de aos, y refrescados incesantemente por el agua que corra 
sus pies, realizaban en el corto plazo de varias semanas prodigiosos
estiramientos.

Las casuchas de adobes, derrudas en el perodo de soledad y miseria,
eran reemplazadas por edificios de ladrillo extensos y bajos, con un
patio interior, imitando la arquitectura espaola de la poca
colonial. El antiguo boliche del Gallego se converta en vasto almacn
con numerosa dependencia, donde era vendido cuanto puede ser agradable
y til  los que se enriquecen cultivando la tierra, hacindose adems
en l todos los negocios, incluso el de banca.

El dueo haba ganado millones, por otra parte, al convertir sus
arenales en campos de regado. Al fin, acababa de realizar su ensueo
de volverse  Espaa, dejando al frente del almacn  un dependiente
espaol interesado en sus negocios.

--Ayer me escribi don Antonio--dijo Robledo con una irona
bondadosa--. Quiere que vayamos  Madrid. Desea que admiremos su casa,
sus automviles, y sobre todo sus amistades. Me cuenta con orgullo que
los peridicos hablan de sus comidas. Tambin me dice que le han dado
una condecoracin y un da de estos lo presentarn al rey. He ah un
hombre dichoso.

El recuerdo del lejano pas ensombreci el rostro de Celinda.

--Piensa en su padre--dijo Watson  su consocio--. Es imposible hablar
de la Presa sin que se ponga triste... Qu culpa tenemos nosotros si
el viejo no ha querido venir?

Robledo asinti  estas palabras, pretendiendo animar  Celinda. Don
Carlos no haba querido moverse de su estancia,  pesar de lo mucho
que le rogaron todos ellos para que les acompaase. No le interesaba
ver en su vejez aquella Europa donde tantas locuras haba realizado
siendo joven. Deseaba conservar intactas las antiguas ilusiones.
Adems, tema que le faltase el tiempo para saborear los grandes
cambios realizados en su propiedad.

--Me quedan pocos aos--deca--, y no puedo malgastarlos vagando por
Europa, cuando tantas cosas debo hacer aqu. Celinda me dar muchos
nietos, y no quiero que sean unos pobretones.

Los canales de Robledo haban llegado  las tierras de su propiedad,
convirtiendo los ralos y secos pastos de la estancia en lozanas
praderas de alfalfa, siempre hmedas y verdes. Su hacienda
engordaba, multiplicndose prodigiosamente. Antes, tena que correr 
caballo para encontrar de tarde en tarde un animal cornudo y huesoso
que iba al descubrimiento y la conquista de algn hierbajo aislado, 
travs de una soledad casi yerma. Ahora, los novillos gordos y
lustrosos, con las patas dobladas bajo su carnal pesadumbre, rumiaban
la suculenta alfalfa, mordida en torno  ellos, sin necesidad de
moverse.

Adems, don Carlos era considerado como el primer hombre del pas, y
representaba para l una desvalorizacin marcharse  aquellas tierras
de _gringos_, donde ignoraban su historia y nadie le hara caso. Hasta
espaciaba mucho sus viajes  Buenos Aires, pensando que los amigos de
su juventud haban muerto y slo poda encontrar  sus hijos  sus
nietos, que apenas recordaban su nombre. En cambio, todos le hacan
acatamiento en la Presa, como primer propietario del pas. Tambin era
juez municipal, y los inmigrantes cultivadores de las chacras
reconocan su autoridad y sapiencia, consultndole en todos sus
asuntos y aceptando sus fallos.

--Qu puedo hacer yo en Pars? Un papeln!... Djenme con mi gente y
cada buey que rumie su pasto.

Senta mucho separarse de sus nietos, pero esta separacin no poda
ser larga. Cuando Celinda y su marido el _gringo_ volviesen, el nio
mayor llegara  tiempo para que su abuelo le ensease  montar 
caballo como debe hacerlo un criollo fino.

Precisamente este nieto haca mucho rato que estaba junto  Robledo,
montando en sus rodillas y dejndose caer en la alfombra.

--Carlitos, preciosura--suplic la madre--, deja en paz  to Manuel!

Y aadi, para contestar  todo lo que haba dicho Robledo acerca de
su padre:

--Es verdad, no quiso venir; pero eso no impide que me entristezca
cuando pienso que poda estar aqu, viendo lo que nosotros vemos.

Se aproxim al grupo una seorita elegantemente vestida: la
institutriz francesa encargada de la educacin de Carlitos. Vena 
llevrselo para dar un paseo por el Bosque de Bolonia. La madre tuvo
que acariciarle con vehemente ternura, y an as, no pudo sofocar sus
protestas de nio mimado.

--Yo quiero quedarme con to Manuel!...

Pero to Manuel necesitaba salir solo, y se lo explic as al pequeo
tirano, con palabras de excusa.

--Si obedeces  mam y vas con mademoiselle al Bosque, esta noche
cuando te acuestes te contar un cuento muy largo... muy largo!

Carlitos acept la promesa, dejndose llevar por la institutriz sin
nuevas rebeldas.

--Ya se fu el dspota!--dijo Robledo, fingiendo una gran
satisfaccin al verse libre de l.

Celinda sonri agradecida. El espaol haba concentrado en Carlitos
toda la necesidad de amar que sienten los clibes en los linderos de
la vejez. Era muy rico y su fortuna ira amplindose todava ms con
el transcurso de los aos, segn fueran sometidas al cultivo las
tierras recientemente irrigadas. Si alguna vez le hablaban de sus
millones, miraba al hijo de Celinda, apodndolo mi prncipe
heredero.

Pensaba legar una parte de su fortuna  ciertos sobrinos que tena en
Espaa y  los que apenas haba visto; pero lo ms considerable de su
riqueza sera para Carlitos. Amaba tambin  los otros hijos de
Watson; pero el primognito haba nacido en la poca de amarguras 
indecisiones, cuando todava estaba en peligro su obra, y esto haca
que le considerase con la predileccin que merece un compaero de los
malos tiempos.

--Qu va  hacer usted esta tarde?--pregunt Robledo  Celinda--.
Seguramente lo mismo de las otras tardes: visita general  los grandes
modistos de la _rue de la Paix_ y calles adyacentes.

Ella aprob con un movimiento de cabeza este programa, mientras Watson
rea.

--Cundo se cansar usted de comprar vestidos?--continu el
espaol--. No tiene miedo de que su equipaje no quepa en el
trasatlntico, cuando regresemos  Buenos Aires?...

Se excus Celinda, pensando otra vez en el lejano pas.

--Debo hacer mis compras previsoramente. Piense que all en nuestra
colonia no hay nada de lo que se encuentra aqu con tanta facilidad.
Somos unos millonarios del desierto que vivimos todava en la primera
semana de la creacin de un mundo. Como quien dice unos millonarios...
salvajes.

Los tres rieron de este ttulo y luego quedaron pensativos. Sus ojos
dejaron de ver el _hall_ donde se encontraban y la elegante
concurrencia de las mesas inmediatas. Contemplaron con una visin
interior el antiguo campamento de la Presa, que ahora se llamaba
Colonia Celinda, y los campos regados, frtiles y alegres, propiedad
de los dos ingenieros, con rboles todava no muy altos, pues los ms
antiguos slo contaban nueve aos de existencia. Vieron tambin la
gran plaza de la colonia con sus edificios nuevos, y en ella  don
Carlos Rojas, que pareca haberse empequeecido con la edad,
ofreciendo su rostro un perfil cada vez ms aquilino y enjuto. Tena
el gesto autoritario y bondadoso de los antiguos patriarcas, al
escuchar  hombres y mujeres.

Despus, mientras Celinda pensaba en su padre, los dos consocios iban
repasando mentalmente su actual prosperidad. Centenares de
agricultores procedentes de todos los pases de Europa haban
adquirido parcelas de la tierra regada, para formar sus huertas
llamadas chacras. El enorme precio que el agua haba dado al suelo
era pagado  plazos por los colonos, en el curso de diez aos. Cada
trimestre ingresaban en su oficina cantidades enormes que iban 
quedar luego inmviles en los Bancos.

Los canales avanzaban sus tentculos por la antigua cuenca del ro
Negro, convirtiendo todos los aos tierras areniscas en campos
fecundos; y esto atraa incesantemente  nuevos emigrantes, doblando 
triplicando los ingresos de la sociedad. Y as continuaran, aos y
ms aos, hasta amontonar una suma considerable de millones.

Robledo pensaba con melancola en el destino de su riqueza enorme.
Llegaba  l cuando era viejo y no poda sentir la tentacin de los
placeres que engaan y entretienen  los dems mortales. Los hijos de
Watson y de Celinda seran archimillonarios, no conociendo nunca la
esclavitud del trabajo ni las angustias de la escasez de dinero, y al
ser hombres vendran  derrochar en Pars una parte de su herencia
principesca, llamando la atencin por sus despilfarros y sus
brillantes cualidades de seres ociosos  intiles. Atrado por la
fuerza del contraste, Robledo, hombre de trabajo que haba sufrido en
su existencia grandes estrecheces y amarguras, aceptaba con un
fatalismo risueo este final de sus esfuerzos, encontrndolo lgico y
de acuerdo con las ironas de la vida.

Pensaba, adems, en otro contraste que haba acompaado  su
enriquecimiento. Mientras l se haca millonario, la mitad del mundo,
al otro lado de los mares, sufra los horrores de una gran guerra. Al
principio este cataclismo haba hecho peligrar su propia empresa. Los
colonos extranjeros abandonaban los campos de la Argentina para ir 
ser soldados en sus respectivas naciones. Pero luego se cortaba este
retorno al viejo mundo, y el reflujo humano traa nuevos cultivadores
 sus tierras.

Muchos que haba dejado en Europa doce aos antes enormemente ricos,
estaban ahora pobres  haban desaparecido. En cambio, l, que slo
era entonces un aspirante  la fortuna, un colonizador de incierto
porvenir, se senta como abrumado por la exageracin de su
prosperidad. Se vea igual  las reses nuevas de don Carlos Rojas,
que, ahitas por la exuberancia de su nutricin, permanecan con las
patas dobladas sobre la alfalfa, mirando, inapetentes, toda la riqueza
alimenticia que las rodeaba.

Watson y Celinda eran jvenes, tenan ilusiones y deseos, saban en
qu emplear su dinero. Ella conoca la voluptuosidad del lujo; su
marido poda sentir el mayor placer de los enamorados, mezcla de
satisfaccin y de orgullo, al regalar  Celinda todo lo que desease;
pero l!... Ni siquiera le gustaban las molicies inocentes que hacen
ms grata la vejez. Le haba visitado la riqueza demasiado tarde,
cuando no le quedaba tiempo para aprender  ser rico.

Como haba pasado la mayor parte de la existencia simplificando su
vida y prescindiendo de comodidades, ya no necesitaba estas
comodidades. Celinda, la antigua amazona, y su esposo, tenan  la
puerta del hotel, desde las primeras horas de la maana, un lujoso
automvil. No podan vivir sin este vehculo; pareca que lo hubiesen
posedo desde que nacieron. Ah, la juventud, con su maravillosa
facilidad de adaptacin para todo lo que representa placer 
riqueza!...

El espaol, slo en casos de urgencia se acordaba de tomar un
automvil de alquiler. Prefera marchar  pie  emplear los mismos
medios de locomocin de la gente poco adinerada.

--No es miseria ni avaricia--deca Celinda  su esposo cuando le
hablaba de Robledo, al que haba estudiado con su fina observacin de
mujer--; es simplemente olvido y falta de necesidades.

Los dos ingenieros salieron de su abstraccin al oir de nuevo la voz
de la joven.

--Y usted, don Manuel, qu piensa hacer esta tarde?... Por qu no me
acompaa en mis visitas  los modistos, y as podr hablar con motivo
de la frivolidad de las mujeres?...

Robledo no acept la proposicin.

--Debo ver  un antiguo condiscpulo que desea mi ayuda para un
negocio. El pobre no ha hecho fortuna.

Era un ingeniero que durante la guerra haba dirigido una fbrica
dedicada  la produccin de municiones. Ahora la fbrica estaba
cerrada, y su dueo, despus de haber reunido en cuatro aos una
fortuna enorme, no saba qu hacer de ella. El ingeniero buscaba, sin
xito, un capitalista, para dedicarla por su cuenta  la produccin de
maquinaria agrcola.

--Vive ms all de Montmartre--continu Robledo--; est cargado de
familia, y voy  ver si prestndole unas docenas de miles de pesos,
que aqu resultan cerca de un milln de francos, puede abrirse paso.
Quiere mostrarme en su casa los planos de una mquina que ha inventado
para arar la tierra.

Abandonaron los tres sus asientos y salieron del _hall_. Fuera del
hotel, el matrimonio mont en un automvil elegante. El espaol
prefiri marchar  pie hasta la plaza de la Estrella, donde tomara
simplemente el Metro.

Era una tarde primaveral, de aire suave y cielo dorado. Robledo
marchaba con una vivacidad juvenil. La imagen de su infeliz camarada
Torrebianca pas de pronto por su memoria. Esto no era extraordinario.

Desde su regreso  Europa, le asaltaba con frecuencia el recuerdo de
Federico y de su mujer, por la razn de haber vivido con ellos durante
su ltima permanencia en Pars y haber emprendido juntos de aqu el
viaje  Amrica. Adems, este ingeniero pobre que iba  visitar
evocaba en su memoria al otro compaero de estudios.

En los doce aos ltimos, pasados junto al ro Negro, la imagen de los
Torrebianca se haba mantenido fresca en su memoria. Una vida de
montono trabajo, poco abundante en novedades, conserva vivas las
impresiones, pues stas no reciben la superposicin de otras que las
borren.

Muchas veces, en sus largas horas de reflexiva soledad, se preguntaba
cul habra sido el final de Elena.

Su mala influencia persisti demasiado en aquel rincn del mundo para
que la olvidasen fcilmente. Hasta los habitantes ms antiguos de la
Presa que permanecieron fieles al terruo, negndose  abandonar el
pueblo arruinado, haban transmitido  los nuevos vecinos de Colonia
Celinda la tradicin de una mujer venida del otro lado del mar,
hermosa y de poder fatdico, originadora de ruinas y muertes.

Los que no alcanzaron  conocerla se la imaginaban como una especie de
bruja, apodndola Cara Pintada y atribuyndole toda clase de
maldades prodigiosas. Hasta afirmaban que surga  veces en los
lugares ms solitarios del ro, como un fantasma hermoso y fatal,
peinndose los rubios cabellos  pintndose el rostro; y esta
aparicin era terrible para los que la vean, pues significaba un
anuncio de prxima muerte.

Robledo, en sus visitas  Buenos Aires, intent averiguar algo de
aquel Moreno que haba hudo con Elena; pero nunca obtuvo noticias
precisas. Los dos haban cado en Europa como en un mar que se
cerrase sobre sus cabezas, ocultndolos para siempre.

Debe haber muerto--acababa dicindose el espaol--. Indudablemente ha
muerto. Una mujer de su especie no poda vivir mucho.

Y durante unos meses dejaba de pensar en ella, hasta que algunas
alusiones de los primitivos habitantes de la colonia despertaban otra
vez sus recuerdos.

Al descender los peldaos de la estacin vecina al Arco de Triunfo,
olvid completamente  su infeliz compaero y su temible esposa. Se
sinti envuelto y empujado por la corriente humana que descenda  las
profundidades del Metro, y el tren subterrneo le llev al otro lado
de Pars.

Pas ms de dos horas en la casa de su amigo el inventor--modesta
habitacin situada en una calle afluente  los bulevares exteriores--,
y al caer la tarde se vi marchando  pie por el bulevar Rochechuart,
hacia la plaza Pigalle.

En sus excursiones por Montmartre acompaando  sudamericanos ansiosos
de gozar las falsas y pueriles delicias de los restoranes nocturnos,
nunca haba ido ms all de dicha plaza. Adems, esta parte de Pars,
vista de noche, ofrece un espectculo engaoso que contrasta con la
mediocridad de su fisonoma diurna.

El bulevar que l segua estaba frecuentado por un pblico de aspecto
ordinario y vulgar. El Montmartre de que hablaban con delicia los
forasteros, y cuyo nombre era repetido con admiracin por cierta
juventud del otro lado del Atlntico, empezaba  partir de la plaza
Pigalle. Este bulevar Rochechuart era como los territorios mixtos
inmediatos  una frontera, que carecen de fisonoma propia. Deban de
vagar en l los expelidos del Montmartre prximo por la necesidad de
un alojamiento ms barato,  las principiantas que an no han logrado
ropas ni maneras convenientes para deslizarse en los grandes
restoranes nocturnos.

Segn se iba extinguiendo la tarde pareca aumentar el nmero de
hembras engaosamente vestidas, que necesitan la luz incierta del
crepsculo para salir  la caza del hombre y del pan.

Robledo se cruzaba con ellas, fingindose ciego ante sus violentas
ojeadas y sordo  las palabras susurrantes en honor de su apostara de
buen mozo.

Pobres mujeres! Verse obligadas  decirme tan enorme mentira para
poder comer...

De pronto, una de estas mujeres llam su atencin. Era semejante  las
otras, y, lo mismo que ellas, le miraba atrevidamente, con ojos
provocadores. Pero estos ojos!... Dnde haba visto l estos ojos?

Iba vestida con una elegancia miserable. Sus ropas, desteidas y
viejas, haban sido lujosas muchos aos antes; pero vistas  cierta
distancia, an podan engaar  los distrados. Adems conservaba
cierta esbeltez, que, unida  su estatura, haca olvidar por un
momento los estragos de la miseria y de los aos.

Al ver que Robledo se detena un instante para examinarla mejor,
sonri con alegre sinceridad. Era un buen encuentro; el mejor de la
tarde. Este seor tena el aspecto de un extranjero rico que vaga
desorientado por un barrio excntrico al que no volver nunca. Haba
que aprovechar la ocasin.

Mientras tanto, Robledo continuaba inmvil, mirndola con el ceo
fruncido por una rebusca mental.

Quin es esta mujer?... Dnde diablos la he visto?

Ella tambin se haba detenido, volviendo la cabeza para sonreir 
invitndole con el gesto  que la siguiera.

Se reflejaron en el rostro del ingeniero las alternativas de la
sorpresa y la duda.

Pero ser?... Yo que la crea muerta hace aos!... No, no puede
ser. Como he pensado en ella esta tarde, me equivoco... Sera una
casualidad demasiado extraordinaria.

Sigui examinndola de lejos, creyendo reconocer el pasado en algunos
rasgos de aquella fisonoma ajada, y quedando indeciso ante otros que
le resultaban extraos. Pero los ojos!... aquellos ojos!...

La mujer volvi  sonreir y  mover levemente la cabeza, repitiendo
sus mudas invitaciones. Impulsado por la curiosidad, hizo Robledo
involuntariamente un leve gesto de aceptacin y ella reanud su
marcha. Pero slo di algunos pasos, detenindose ante la cancela de
un _bar_ de aspecto srdido, con tupidos visillos en los cristales.
Gui un ojo, y abriendo la mampara desapareci en el interior del
sucio establecimiento.

Qued indeciso el espaol. Le repugnaba ir  reunirse con aquella
mujer y al mismo tiempo se senta arrastrado por su curiosidad.
Presinti que si se alejaba sin hablarla quedara para siempre en una
incertidumbre torturante, lamentando el resto de su existencia no
haberse enterado de si Elena viva an  estaba muerta. El miedo  la
duda futura le impuls  la accin, hacindole abrir con cierta
violencia la puerta del _bar_.

Vi seis mesas, un divn de hule abullonado  lo largo de las paredes,
espejos borrosos, y un mostrador que tena detrs una anaquelera con
botellas. El mostrador lo ocupaba una mujer algo vieja y de gordura
elefantaca, con los ojos pintados de negro y la cara moteada de
granos y costras.

Recordando sus aos juveniles pasados en Pars, reconoci Robledo el
pequeo establecimiento frecuentado por mujeres que no disponen de
otra industria para vivir que el encontrn carnal, pero desean
conservar cierta apariencia independiente, y  las cuales sirve la
duea de consejera  intermediaria.

Un camarero de aire afeminado serva  las parroquianas. En este
momento eran dos. Una jovencita de rostro exange que se
transparentaba, como si fuese  dejar ver las oquedades y las aristas
de su crneo. Tosa convulsivamente, y entre tos y tos se llevaba  la
boca un cigarrillo. En otra mesa vi  una mujer avejentada y de
aspecto abyecto, que tal vez en su juventud haba sido hermosa.
Conservaba la misma esbeltez arrogante de la otra seguida por Robledo,
pero sus ropas y su rostro revelaban una miseria mayor. Beba  lentos
sorbos el contenido de una gran copa y se retrepaba  continuacin en
el divn, cerrando los ojos como si estuviese ebria.

Al entrar el ingeniero se di cuenta de que la mujer haba ido 
sentarse en el fondo del establecimiento, lejos del mostrador y de las
otras parroquianas. Su presencia produjo cierta emocin. La patrona le
acogi con una sonrisa repugnante por su excesiva obsequiosidad. La
muchachita tsica tuvo para l una mirada que crea de amor, y 
Robledo le pareci de mendiga que implora una limosna. La borracha, al
sonreirle, mostr que le faltaban varios dientes. Luego gui un ojo
con cnica invitacin, pero al ver que el hombre miraba  otra parte,
levant los hombros y volvi  adormecerse.

Ocup el recin llegado una mesa frente  la mujer que le haba
precedido, y pudo contemplarla ms detenidamente que en la calle. Casi
sonri de lstima al darse cuenta del enorme engao que representaba
el tocado de aquella vagabunda.

Vista  cierta distancia, era una mujer pobremente vestida, pero con
cierta pretenciosidad que poda engaar  los hombres humildes   los
imaginativos, dispuestos  creer en la elegancia de toda hembra que se
fije en ellos. Contemplada de cerca, resultaba grotesca. Su sombrero
de majestuosa halda tena los bordes rodos y las plumas rotas. Vi
sus pies por debajo de la mesa, y como la falda se le haba subido al
sentarse, pudo contar los agujeros y los remiendos de sus medias. Uno
de sus zapatos mostraba la suela perforada por el uso, con un pequeo
redondel en el sitio correspondiente  los dedos. El rostro cargado de
colorete y de pasta blanca no consegua ocultar las arrugas de la edad
y otras huellas de una vida trabajosa. Pero aquellos ojos!...

Robledo se senta por momentos ms convencido de que era Elena. Los
dos se miraron fijamente. Despus ella pregunt por seas si poda
acercarse, pasando al fin  su mesa.

--He credo mejor entrar aqu, para que hablemos. Muchas veces,  los
hombres no les gusta que los vean con una mujer en la calle. La
mayora son casados. Usted tal vez lo es, como los otros.

Su voz era ronca; no recordaba la que l haba odo doce aos antes;
pero  pesar de esto, su conviccin iba creciendo. Es ella--pens--.
Ya no es posible la duda. La mujer sigui hablando.

--Tal vez me equivoco. Usted debe ser soltero. No veo su anillo de
matrimonio.

Y miraba sonriendo las manos masculinas puestas sobre la mesa. Pero
otra cosa pareci preocuparla ms que el estado civil del seor que la
haba seguido. Volvi los ojos con cierta ansiedad hacia el mostrador,
donde estaba el camarero esperando su llamamiento.

--Puedo tomar una copa?--pregunt--. Advierto  usted que el _whisky_
de aqu es magnifico. Imposible encontrarlo mejor en todo Pars.

Al ver que l asenta con un movimiento de cabeza, se aproxim el
camarero, y sin necesidad de preguntar qu deseaba la parroquiana,
trajo por su propia iniciativa una botella de _whisky_ y dos copas.
Despus de llenar stas se alej, no sin dirigir  Robledo una mirada
y una sonrisa iguales  las de la duea del establecimiento.

Bebi la mujer con avidez su copa, y al ver que el otro dejaba intacta
la suya, pas por sus ojos una expresin implorante.

--Antes de la guerra, el _whisky_ vala muy poco; pero ahora!... Slo
los reyes y los millonarios pueden beberlo. Me permite usted?

Hizo Robledo un gesto indicador de que la ceda su parte, y ella se
aprovech con apresuramiento de tal permiso.

El licor pareca repeler cierta torpeza mental que se reflejaba en la
lentitud de sus palabras, dando nueva luz  sus ojos y mayor soltura 
su lengua. Dej de hablar en francs para preguntar en espaol:

--De dnde es usted? He conocido por su acento que es americano...
americano del Sur. De Buenos Aires tal vez?...

Movi la cabeza Robledo negativamente, y sin perder su gravedad solt
una mentira.

--Soy de Mjico.

--Conozco poco ese pas. Me detuve en Veracruz unos das nada ms, de
vapor  vapor. La Argentina la conozco bien: viv all hace aos...
Dnde no he estado yo?... No hay lengua que no hable. Esto hace que
los seores me aprecien y muchas amigas me tengan envidia.

Robledo la miraba fijamente. Era Elena; ya no poda dudar. Y sin
embargo, no quedaba nada en su persona de la mujer conocida en otros
tiempos. Los ltimos doce aos haban pasado sobre ella ms que una
existencia entera reposada y ordinaria, transfigurndola en sentido
decadente.

Si l haba podido reconocerla, era porque, al vivir tanto tiempo en
el mismo lugar solitario y montono, sus impresiones antiguas se
mantenan vivas, con la incesante renovacin del recuerdo, sin que
otras las sofocasen bajo su paso. En cambio, ella haba vivido tan
aprisa y visto tantos hombres, que le era imposible acordarse del
espaol. Le sera necesario para ello una enrgica concentracin de su
memoria. Adems, el ingeniero tambin se haba desfigurado con los
aos.

Sin embargo, ella, por instinto profesional, presinti que no era la
primera vez que estaba junto  este hombre. Sus sentidos de mujer de
presa y de hembra perseguida, obligada  defenderse y viviendo en
perpetua inquietud, parecieron avisarla.

--Yo creo--dijo--que nos hemos visto otra vez, pero no puedo acordarme
dnde, por ms que pienso. He corrido tantos pases!... he conocido
tantos hombres!...

       *       *       *       *       *




#XX#


Robledo la mir con severidad, al mismo tiempo que preguntaba
bruscamente:

--Cmo se llama usted?

Ella pensaba en otra cosa, con los ojos fijos en el _whisky_, y
contest, distrada:

--Me llamo Blanca, y algunos me apodan la Marquesa. Me permite
usted que tome otra copa?... Despus, en mi casa, no tendremos una
botella como sta. Porque supongo que iremos  mi casa... Est muy
cerca... A no ser que usted prefiera el hotel.

Interpretando la mirada impasible del hombre como una aprobacin, se
apresur  servirse una tercera copa, paladeando su contenido,
mientras la sostena con mano temblona. La interrumpi Robledo,
diciendo lentamente:

--Usted se llama Elena, y si la apodan la Marquesa, es porque
alguien la conoci cuando estaba casada con un marqus italiano.

Fu tal la sorpresa de la mujer, que apart sus labios del licor,
mirando  Robledo con ojos desmesuradamente abiertos.

--Desde que le o hablar--dijo--tuve el presentimiento de que usted me
conoca.

Maquinalmente dej la copa sobre la mesa. Luego se arrepinti,
apresurndose  beberla de golpe.

--Pero quin es usted?... Quin eres?... quin eres?

La primera interrogacin la hizo aproximndose  Robledo, pero ste se
ech atrs, huyendo de su contacto. Las otras dos las acompa
llevndose las manos  las sienes, como si hiciese un esfuerzo
doloroso para concentrar su memoria. Al fin, dijo otra vez con
desaliento:

--Han pasado tantos hombres por mi vida!...

Sus ojos reflejaron de pronto la inquietud, luego el miedo, y ahora
fu ella la que se ech atrs con una expresin de animal asustado,
como si temiese al hombre que tena enfrente.

--Al fin le reconozco--murmur--. S, es usted; muy cambiado, pero es
usted. Nunca lo hubiera conocido, de no evocar esas cosas pasadas.

Pareca haber recobrado su enrgica voluntad, y pudo mirar largo rato
 su acompaante, sin sentir miedo. Luego aadi con voz fosca:

--Mejor habra sido no vernos nunca!

Quedaron los dos en largo silencio. Elena pareca haber olvidado la
existencia de aquella botella que continuaba acariciando maquinalmente
con sus dedos. La curiosidad del espaol pugn contra este mutismo.

--Qu fu de Moreno?...

Ella le escuch con una expresin de duda y extraeza, como si no le
entendiese. Se adivinaban en sus ojos los esfuerzos de un trabajo
mental profundamente removedor. Moreno? Quin poda ser este
Moreno? Ella haba conocido tantos hombres!

Como si apelase al auxilio de un medicamento se sirvi una nueva copa,
bebindola vidamente, y su rostro pareci iluminarse al sonreir.

--Ya s de quin me habla... Moreno; un pobre hombre, un iluso. No s
nada de l.

Insisti Robledo en sus preguntas, pero le fu imposible  Elena
encontrar en su memoria una imagen clara y fija de aquel desaparecido.

--Creo que muri. Se fu  su tierra, y all debi morir Dice usted
que no volvi nunca?... Pues entonces morira aqu. Tal vez se mat.
No s... Si tuviese que recordar las historias de todos los hombres
que he conocido, hace aos que estara loca. No cabran en mi
cabeza!...

Robledo, con una curiosidad severa, continu sus preguntas.

--Y la hija de Pirovani?...

Volvi  llevarse ella las manos  las sienes, hundiendo los dedos en
el pelo rubio, escandalosamente rubio, de sus falsos bucles. Al mismo
tiempo, una mueca violenta que reflejaba su enorme esfuerzo mental
hizo bailotear un poco las dos filas de sus dientes, igualmente
escandalosos por su blancura.

--Pirovani?... Ah, s! Aquel italiano que viva en Ro Negro y al
que rob Moreno... No s; creo que nunca volvimos  hablar de su hija.
Moreno gastaba y gastaba mientras tuvo que gastar, y yo le iba
enseando los placeres de la vida. Pobre tonto!...

Qued encogida en su asiento y con la cabeza baja despus de hablar
as. Pareca haberse empequeecido. Al levantar los ojos encontraba la
mirada severa del espaol y volva  bajarlos, fijndolos en la
botella.

Durante el nuevo silencio Robledo se habl mentalmente. Y pensar que
por este andrajo se mataron los hombres, lloraron tantas mujeres y
sufr yo angustias inmensas!...

Como si Elena adivinase sus pensamientos, dijo con humildad:

--Usted no sabe qu terribles han sido mis ltimos aos... Vino la
guerra y se empearon en perseguirme, no permitiendo que viviese en
Pars. Sospechaban de m, me crean espa y alemana, dndome cada uno
diferente nacionalidad. Anduve por Italia; anduve por muchos pases.
Hasta estuve en su patria: no es usted espaol?... No extrae la
pregunta; me es imposible recordar tantas cosas!... Y al volver 
Pars no he encontrado  nadie, absolutamente  nadie de los de mi
poca. El mundo de antes de la guerra era otro mundo. Todos los que yo
conoc han muerto  estn lejos. A veces creo que he cado en otro
planeta. Qu soledad!...

Pareca abrumada por este mundo nuevo, que no poda comprender.

--Y el primero que me sale al paso capaz de recordarme la vida
anterior, es usted... Mejor hubiese sido no vernos!

Luego continu, como si hablase para ella misma:

--Este encuentro servir para que yo piense en cosas que nunca hubiese
recordado... Por qu volvi usted de tan lejos?... por qu se le ha
ocurrido pasear por esta parte de Montmartre que nunca frecuentan los
extranjeros ricos?... Ay! la maldita casualidad!

De pronto se incorpor, con un reflejo azulado en las pupilas.

--Djeme beber. Cmo le agradecera que me regalase toda la botella!
La necesito despus de este maldito encuentro que va  resucitar
tantas cosas... Yo amo la vida por encima de todo. No me dan miedo las
desgracias ni las miserias,  cambio de seguir viviendo... Pero temo 
los recuerdos, y el _whisky_ los mata  los viste de tal modo que
resultan agradables. Djeme beber; no me diga que no.

Como Robledo permaneciese silencioso, Elena volvi  apoderarse de la
botella para llenar su copa, apurndola con lento regodeo. Mientras
beba seal con los ojos  la muchachuela, que continuaba fumando y
tosiendo.

--Es cmo todas las de ahora: morfina, cocana, etctera... Yo soy de
mi poca, estilo antiguo; las tales drogas me ponen enferma. Slo creo
en lo clsico.

Y acarici el contorno de la botella con mano amorosa. Su rostro
pareca iluminado por una extraa lucidez, que iba en aumento segn
ella beba. Al verse duea de todo el _whisky_ deseaba quedar sola
para paladearlo sin prisa, y dijo  Robledo:

--Vyase y no se acuerde de m. Si quiere darme algo, se lo
agradecer; si no me da nada, me contento con la botella: un regalo de
prncipe... Vyase, Robledo; este sitio no es para usted.

Pero l permaneci inmvil, deseando excitar su memoria para saber
algo ms de su misterioso pasado.

--Y Canterac?... Encontr usted alguna vez al capitn Canterac?...

Este nombre tard  resucitar en la memoria de ella ms an que los
nombres anteriores. Robledo, para ayudarla, record el parque
artificial improvisado en su honor  orillas del ro Negro.

--Fu _chic_ aquella fiesta, no es cierto?... Otros hombres han hecho
por m cosas ms caras; pero aquello result original... Pobre
capitn! Lo he visto despus muchas veces; creo que ahora es general.
Cmo dice usted que se llamaba?...

Y sigui evocando sus recuerdos; pero el espaol se di cuenta de que
confunda  Canterac con otro militar amigo suyo, haciendo una sola
persona de los dos hombres, conocidos en perodos distintos de su
vida.

Robledo saba con certeza que Canterac haba muerto. Vagaba por las
repblicas del Pacfico, cambiando de ocupacin, unas veces en las
salitreras de Chile, otras en las minas de Bolivia y del Per, cuando
estall la guerra, y volvi  Francia para incorporarse al ejrcito.
Haba muerto en Verdn con un herosmo obscuro, como tantos otros, y
esta mujer no guardaba una imagen precisa de l, despus de haber
perturbado tan deplorablemente su existencia. Ni siquiera pareci
recordar su nombre al repetirlo Robledo.

Las preguntas de ste iban excavando, sin embargo, su memoria, y al
fin acab ella por repeler su adormecimiento mental, sufriendo el
salto en masa de los recuerdos despertados. De pronto fu Elena la que
pregunt:

--Cmo se llamaba aquel muchacho americano compaero suyo?... Creo
que fu el nico hombre que me interes un poco entre los muchos que
me buscaban... Tal vez le am, por lo mismo que nunca me dese
verdaderamente. Algunas veces, muy de tarde en tarde, me he acordado
de l... Se cas?

Hizo Robledo un signo afirmativo y ella sigui hablando.

--No diga ms. Mirndole  usted creo que los aos pasados vuelven 
pasar, pero en sentido inverso, y todo lo recuerdo poco  poco... Ese
joven se llamaba Ricardo, y tal vez se habr casado con aquella
muchachita de la Pampa  la que le daban un nombre de flor.

Estos recuerdos, los nicos que resurgan en su memoria vivos y bien
determinados, le inspiraron la amarga tristeza que infunde el bien
ajeno.

Se mir  s misma con una conmiseracin despectiva, como si se
contemplase por primera vez. Ella que se haba credo durante muchos
aos el centro de lo existente, se vea en lo ms bajo, y an
adivinaba nuevos abismos por los que seguira rodando, pues para la
desgracia nunca hay trmino.

Los dems podan evocar su pasado con una melancola dulce. Era un
placer igual  una msica suave y antigua,  un perfume de ramo
marchito. Los recuerdos de ella mordan como lobos rabiosos y la
perseguiran hasta la muerte. Por eso necesitaba vivir en una
inconsciencia animal, asesinando todos los das su pensamiento con el
alcohol.

Quiso exteriorizar su desesperacin y murmur, sealando  la otra
mujer medio ebria que dormitaba en el divn:

--As ser yo dentro de poco.

Se obscureci su rostro, como si pasase sobre l la sombra de sus
ltimas horas, y bajando las pupilas aadi:

--Y luego morir.

Robledo permaneci silencioso. Haba sacado disimuladamente su cartera
de un bolsillo interior y contaba papeles debajo de la mesa. Ella
sigui murmurando, sin darse cuenta de que repeta sus ms ocultos
pensamientos:

--Tal vez alguien escriba entonces en los peridicos unas lneas
hablando de la llamada Marquesa, y media docena de personas en todo
el mundo me recuerden. Tal vez ni esto, y quedar para siempre en el
fondo del ro. Pero tendr valor?...

Busc Robledo una mano de ella por debajo de la mesa, entregndole un
rollo de pequeos papeles.

--No deba tomarlo--dijo la mujer--. Yo slo puedo admitir dinero de
los que no me conocen.

Pero guard en su pecho los billetes de Banco. Sus ojos,
repentinamente alegres, parecieron desmentir el tono de resignada
dignidad con que formulaba sus excusas por haber aceptado el donativo.

La mirada de Robledo era ahora de conmiseracin.

Pobre bella Elena! Haba pasado por la vida como pasan sobre los
mares australes los grandes albatros, orgullosos de su blancura y de
la fuerza de sus alas, abatindose con una voracidad implacable sobre
las presas que descubren  travs de las olas, creyendo que todo
cuanto existe ha sido creado nicamente para que ellos lo devoren. Era
un guila atlntica majestuosa y fiera, con el perfume salino de la
inmensidad y la carne coricea de la fuerza. Pero los aos haban
pasado, disolviendo la orgullosa ilusin de la juventud que se
considera inmortal, y ahora el ave arrogante del infinito azul se vea
obligada  buscar su comida en los excrementos ocenicos amontonados
en la costa. Cuando el fro y la tiniebla la impelan hacia la luz,
sus alas moribundas chocaban con los vidrios guardadores del fuego.
Iba en busca de la ventana que refleja el rescoldo hospitalario del
hogar, y tropezaba con la lente del faro, dura  insensible como un
muro, acostumbrada  repeler la clera de las tempestades. Y en uno de
estos choques caera con las alas rotas para siempre, y el mar de la
vida tragara su cuerpo con la misma indiferencia que haba sorbido
antes  las numerosas vctimas de ella.

Contempl Robledo despus  sus amigos y se vi  s mismo en una
forma igualmente animal. Eran bueyes magnficamente alimentados,
tranquilos y buenos, como las reses que pastaban, hinchadas por la
abundancia, en los campos regados de su colonia. Tenan las firmes
virtudes del que ve su existencia asegurada,  cubierto de todo
riesgo, y no necesita hacer dao  los dems para vivir... Y as
continuaran plcidamente, sin violentas alegras, pero tambin sin
dolores, hasta que llegase su hora ltima...

Quin haba vivido mejor su existencia?... Era aquella mujer de
biografa fabulosa, incapaz de recordar exactamente su origen y sus
aventuras como si un cerebro humano no pudiera contener una historia
tan extensa como un mundo?... Eran ellos honrados rumiantes de la
felicidad, que ya haban hecho sobre la tierra cuanto deban hacer?...

No pudo seguir pensando. El camarero del _bar_ haba salido  la
calle, llamado por un hombre, y volvi con aire inquieto, diciendo 
la duea, algunas palabras en voz baja.

--Volad, palomas mas!--grit la mujerona desde el mostrador,
dirigindose  las dos parroquianas ms prximas.

Y explic que la polica estaba haciendo una _razzia_ de mujeres en el
barrio, y tal vez visitase su establecimiento. Un amigo fiel acababa
de traer el aviso.

La muchachita tsica arroj el cigarro, escapando con un temblor
cerval, que an haca ms angustiosa su tos. La beoda abri los ojos,
mir en torno y volvi  cerrarlos, murmurando:

--Que vengan! En la comisara se duerme lo mismo que aqu.

Elena se apresur  huir. Tena miedo; pero procur marchar hacia la
puerta con cierta majestad, pensando que un hombre estaba  sus
espaldas. No quera que la confundiesen con las otras.

Al verse solo el espaol, entreg un billete al camarero por toda la
botella y sali sin querer recibir el cambio. Luego, en el bulevar,
mir intilmente  un lado y  otro. Elena haba desaparecido...

No la vera ms. Cuando ella muriese, l no recibira la noticia de su
muerte. Iba  pasar el resto de su existencia sin saber con certeza si
la otra viva an. Despus de este encuentro adivinaba su final. Era
de las que salen de la vida de un modo trgico, pero sin estrpito,
sin que suene su nombre, habiendo sobrevivido muchos aos  su
historia muerta.

--Y esta es la Elena--se dijo--que, igual  la del viejo poeta,
origin la guerra entre los hombres en un rincn de la tierra...

La duda formulaba preguntas en su interior. Haba sido esta mujer
verdaderamente mala, con plena conciencia de su perversidad?... Era
una ansiosa de los placeres de la vida, que avanzaba inconsciente, sin
reparar en lo que iba aplastando bajo sus pies?...

Mientras buscaba un carruaje, se dijo como conclusin:

--Mejor hubiese sido para ella morir hace doce aos... Para qu sigue
viviendo?

Sonri tristemente al pensar en la relatividad de los valores humanos
y la distinta importancia de las personas, segn el ambiente en que se
mueven.

--Pensar que este andrajo fu igual  la herona de Homero en aquella
tierra  medio civilizar, donde no abundan las mujeres!... Qu diran
ahora los que tantas locuras hicieron por ella, si la viesen como yo
la he visto?...

Cuando lleg al hotel, Watson y su esposa acababan de volver de su
paseo.

Dos criados seguan  Celinda cargados con enormes paquetes: las
adquisiciones de aquella tarde.

Mir Watson su reloj con impaciencia.

--Son cerca de las siete, y hemos de vestirnos y comer antes de ir 
la Opera... Cuando las mujeres se ponen  comprar trajes y sombreros,
no acaban nunca.

Celinda remed la fingida indignacin de su esposo con graciosos
ademanes, y acab por besarle, entrndose luego en la habitacin
inmediata para cambiar de vestido.

Watson pregunt  Robledo si les acompaaba  la Opera.

--No; voy hacindome viejo, y me molesta ponerme de frac y guantes
blancos para escuchar msica. Prefiero quedarme en el hotel. Ver cmo
acuestan  Carlitos... Le he prometido un cuento.

Sinti en su interior la molestia de la duda. Deba relatar  Celinda
y su marido el encuentro de aquella tarde?... Sera ms prudente
comunicrselo solamente  Watson?

Rara vez en sus conversaciones haban recordado  la esposa de
Torrebianca. Celinda, tan alegre y desenfadada, frunca el ceo con
expresin agresiva cuando nombraban en su presencia  la marquesa.

Poda representar para ella un deleite cruel el conocimiento de la
abyeccin de la otra. Luego, Robledo se arrepinti de tal suposicin.
A Celinda, en plena felicidad, le repugnaba seguramente la venganza, y
slo le proporcionaran sus noticias la molestia de un mal recuerdo.

Para qu resucitar el pasado?... Que la vida contine!

Y slo se ocup en pensar la maravillosa historia que iba  contarle 
su prncipe heredero.




#FIN#

Villa Fontana Rosa
Mentn (Alpes Martimos)
Febrero-Abril 1922.





End of Project Gutenberg's La Tierra de Todos, by Vicente Blasco Ibaez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA TIERRA DE TODOS ***

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