The Project Gutenberg EBook of El Comendador Mendoza, by Juan Valera

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Title: El Comendador Mendoza
       Obras Completas Tomo VII

Author: Juan Valera

Release Date: August 18, 2004 [EBook #13210]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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JUAN VALERA
NOVELAS

El Comendador Mendoza

OBRAS COMPLETAS TOMO VII




 LA EXCMA. SEORA *DOA IDA DE BAUER*

Nunca, estimada seora y bondadosa amiga, so con ser escritor popular.
No me explico la causa, pero es lo cierto que tengo y tendr siempre
pocos lectores. Mi aficin  escribir es, sin embargo, tan fuerte, que
puede ms que la indiferencia del pblico y que mis desengaos.

Varias veces me d ya por vencido y hasta por muerto; mas apenas dej de
ser escritor, cuando reviv como tal bajo diversa forma. Primero fu
poeta lrico, luego periodista, luego crtico, luego aspir  filsofo,
luego tuve mis intenciones y conatos de dramaturgo zarzuelero, y al cabo
trat de figurar como novelista en el largo catlogo de nuestros
autores.

Bajo esta ltima forma es como la gente me ha recibido menos mal; pero
aun as, no las tengo todas conmigo.

Mi musa es tan voluntariosa, que hace lo que quiere y no lo que yo le
mando. De aqu proviene que, si por dicha logro aplausos, es por falta
de previsin.

Escrib mi primera novela sin caer hasta el fin en que era novela lo que
escriba.

Acababa yo de leer multitud de libros devotos.

Lo potico de aquellos libros me tena hechizado, pero no cautivo. Mi
fantasa se exalt con tales lecturas, pero mi fro corazn sigui en
libertad y mi seco espritu se atuvo  la razn severa.

Quise entonces recoger como en un ramillete todo lo ms precioso,  lo
que ms precioso me pareca, de aquellas flores msticas y ascticas, 
invent un personaje que las recogiera con fe y entusiasmo, juzgndome
yo, por m mismo, incapaz de tal cosa. As brot espontnea una novela,
cuando yo distaba tanto de querer ser novelista.

Despus me he puesto adrede  componer otras, y dicen que lo he hecho
peor.

Esto me ha desanimado de tal suerte, que he estado  punto de no volver
 escribirlas.

Entre las pocas personas que me han dado nuevo aliento descuella V., ora
por la indulgencia con que celebra mis obrillas, ora por el valor que
los elogios de V., si prescindimos por un instante de la bondad que los
inspira, deben tener para cuantos conocen su rara discrecin, su
delicado gusto y el hondo y exquisito sentir con que percibe todo lo
bello.

Aunque yo no hubiese seguido de antemano la sentencia de aquel sabio
alejandrino que afirmaba que slo las personas hermosas entendan de
hermosura, V. me hubiera movido  seguirla, mostrndose luminoso y vivo
ejemplo y gentil prueba de su verdad.

No extrae V., pues, que, lleno de agradecimiento, le dedique este
libro.

Por ir dedicado  V., quisiera yo que fuese mejor que _Pepita Jimnez_,
 quien V. tanto celebra; pero harto sabido es que las obras literarias,
y muy en particular las de carcter potico, slo se dan bien en
momentos dichosos de inspiracin, que los autores no renuevan  su
antojo.

En esto como en otras mil cosas, la poesa se parece  la magia.
Requiere la intervencin del cielo.

Cuentan de Alberto Magno que, yendo en peregrinacin de Roma  Alemania,
pas una noche  las orillas del Po, en la cabaa de un pescador.
Agasajado all muy bien, quiso el doctor probar su gratitud al husped,
y le hizo y le di un pez de madera, tan maravilloso que, puesto en la
red atraa  todos los peces vivos. No hay que ponderar la ventura del
pescador con su pez mgico. Cierto da, con todo, tuvo un descuido, y el
pez se le perdi. Entonces se puso en camino, fu  Alemania, busc 
Alberto, y le rog que le hiciera otro pez semejante al primero. Alberto
respondi que lo deseaba (tambin deseo yo hacer otra _Pepita Jimnez;_)
mas que, para hacer otro pez que tuviese todas las virtudes del antiguo,
era menester esperar  que el cielo presentase idntico aspecto y
disposicin en constelaciones, signos y planetas, que en la noche en que
el primer pez se hizo, lo cual no poda acontecer sino dentro de treinta
y seis mil y pico de aos.

Como yo no puedo esperar tanto tiempo, me resigno  dedicar  V. _El
Comendador Mendoza_.

Este simptico personaje, antes de salir en pblico, no ya escondido y 
trozos, sino por completo y por s solo, pasa, con la venia de Luca, 
besar humildemente los lindos pies de V. y  ponerse bajo su amparo.
Remedando  un antiguo compaero mo, elige  V. por su madrina. No
desdee V. al nuevo ahijado que le presento, aunque no valga lo que
_Pepita_, y crame su afectsimo y respetuoso servidor.

JUAN VALERA.




*El Comendador Mendoza.*




I

 pesar de los quehaceres y cuidados que me retienen en Madrid casi de
continuo, todava suelo ir de vez en cuando  Villabermeja y  otros
lugares de Andaluca,  pasar cortas temporadas de uno  dos meses.

La ltima vez que estuve en Villabermeja ya haban salido  luz _Las
Ilusiones del Doctor Faustino_.

D. Juan Fresco me mostr en un principio algn enojo de que yo hubiese
sacado  relucir su vida y las de varios parientes suyos en un libro de
entretenimiento; pero al cabo, conociendo que yo no lo haba hecho  mal
hacer, me perdon la falta de sigilo. Es ms: D. Juan aplaudi la idea
de escribir novelas fundadas en hechos reales, y me anim  que siguiese
cultivando el gnero. Esto nos movi  hablar del Comendador Mendoza.

--El vulgo --dije yo,-- cree an que el Comendador anda penando,
durante la noche, por los desvanes de la casa solariega de los
Mendozas, con su manto blanco del hbito de Santiago?

--Amigo mo --contest D. Juan,-- el vulgo lee ya _El Citador_ y otros
libros y peridicos librepensadores. En la incredulidad, adems, est
como impregnado el aire que se respira. No faltan jornaleros escpticos;
pero las mujeres, por lo comn, siguen creyendo  pie juntillas. Los
mismos jornaleros escpticos niegan de da y rodeados de gente, y de
noche,  solas, tienen ms miedo que antes de lo sobrenatural, por lo
mismo que lo han negado durante el da. Resulta, pues, que,  pesar de
que vivimos ya en la edad de la razn y se supone que la de la fe ha
pasado, no hay mujer bermejina que se aventure  subir  los desvanes de
la casa de los Mendozas sin bajar gritando y afirmando  veces que ha
visto al Comendador, y apenas hay hombre que suba solo  dichos desvanes
sin hacer un grande esfuerzo de voluntad para vencer  disimular el
miedo. El Comendador, por lo visto, no ha cumplido an su tiempo de
purgatorio, y eso que muri al empezar este siglo. Algunos entienden que
no est en el purgatorio, sino en el infierno; pero no parece natural
que, si est en el infierno, se le deje salir de all para que venga 
mortificar  sus paisanos. Lo ms razonable y verosmil es que est en
el purgatorio, y esto cree la generalidad de las gentes.

--Lo que se infiere de todo, ora est el Comendador en el infierno, ora
en el purgatorio, es que sus pecados debieron de ser enormes.

--Pues, mire V. --replic D. Juan Fresco,-- nada cuenta el vulgo de
terminante y claro con relacin al Comendador. Cuenta, s, mil confusas
patraas. En Villabermeja se conoce que hiri ms la imaginacin popular
por su modo de ser y de pensar que por sus hechos. Sus hechos conocidos,
salvo algn extravo de la mocedad, ms le califican de buena que de
mala persona.

--De todos modos, V. cree que el Comendador era una persona notable?

--Y mucho que lo creo. Yo contar  V. lo que s de l, y V. juzgar.

Don Juan Fresco me cont entonces lo que saba acerca del Comendador
Mendoza. Yo no hago ms que ponerlo ahora por escrito.




II

Don Fadrique Lpez de Mendoza, llamado comunmente el Comendador, fu
hermano de don Jos, el mayorazgo, abuelo de nuestro D. Faustino, 
quien supongo que conocen mis lectores.

Naci D. Fadrique en 1744.

Desde nio dicen que manifest una inclinacin perversa  rerse de todo
y  no tomar nada por lo serio. Esta cualidad es la que menos fcilmente
se perdona, cuando se entrev que no proviene de ligereza, sino de tener
un hombre el espritu tan serio, que apenas halla cosa terrena y humana
que merezca que l la considere con seriedad; por donde, en fuerza de la
seriedad misma, nacen el desdn y la risa burlona.

Don Fadrique, segn la general tradicin, era un hombre de este gnero:
un hombre jocoso de puro serio.

Claro est que hay dos clases de hombres jocosos de puro serios.  una
clase, que es muy numerosa, pertenecen los que andan siempre tan serios,
que hacen reir  los dems, y sin quererlo son jocosos.  otra clase,
que siempre cuenta pocos individuos, es  la que perteneca D. Fadrique.
Don Fadrique se burlaba de la seriedad vulgar  inmotivada, en virtud de
una seriedad exquisita y superlativa; por lo cual era jocoso.

Conviene advertir, no obstante, que la jocosidad de D. Fadrique rara vez
tocaba en la insolencia  en la crueldad, ni se ensaaba en dao del
prjimo. Sus burlas eran benvolas y urbanas, y tenan  menudo cierto
barniz de dulce melancola.

El rasgo predominante en el carcter de D. Fadrique no se puede negar
que implicaba una mala condicin: la falta de respeto. Como vea lo
ridculo y lo cmico en todo, resultaba que nada  casi nada respetaba,
sin poderlo remediar. Sus maestros y superiores se lamentaron mucho de
esto.

Don Fadrique era gil y fuerte, y nada ni nadie le inspir jams temor,
ms que su padre,  quien quiso entraablemente. No por eso dejaba de
conocer y aun de decir en confianza, cuando recordaba  su padre,
despus de muerto, que, si bien haba sido un cumplido caballero,
honrado, pundonoroso, buen marido y lleno de caridad para con los
pobres, haba sido tambin un _vndalo_.

En comprobacin de este aserto contaba D. Fadrique varias ancdotas,
entre las cuales ninguna le gustaba tanto como la del bolero.

D. Fadrique bailaba muy bien este baile cuando era nio, y D. Diego,
que as se llamaba su padre, se complaca en que su hijo luciese su
habilidad cuando le llevaba de visitas  las reciba con l en su casa.

Un da llev D. Diego  su hijo D. Fadrique  la pequea ciudad, que
dista dos leguas de Villabermeja, cuyo nombre no he querido nunca decir,
y donde he puesto la escena de mi _Pepita Jimnez_. Para la mejor
inteligencia de todo, y  fin de evitar perfrasis, pido al lector que
siempre que en adelante hable yo de la ciudad entienda que hablo de la
pequea ciudad ya mencionada.

Don Diego, como queda dicho, llev  D. Fadrique  la ciudad. Tena D.
Fadrique trece aos, pero estaba muy espigado. Como iba de visitas de
ceremonia, luca casaca y chupa de damasco encarnado con botones de
acero bruido, zapatos de hebilla y medias de seda blanca, de suerte que
pareca un sol.

La ropa de viaje de D. Fadrique, que estaba muy trada y con algunas
manchas y desgarrones, se qued en la posada, donde dejaron los
caballos. D. Diego quiso que su hijo le acompaase en todo su esplendor.
El muchacho iba contentsimo de verse tan guapo y con traje tan seoril
y lujoso. Pero la misma idea de la elegancia aristocrtica del traje le
infundi un sentimiento algo exagerado del decoro y compostura que
deba tener quien le llevaba puesto.

Por desgracia, en la primera visita que hizo Don Diego  una hidalga
viuda, que tena dos hijas doncellas, se habl del nio Fadrique y de lo
crecido que estaba, y del talento que tena para bailar el bolero.

--Ahora --dijo D. Diego,-- baila el chico peor que el ao pasado, porque
est en la _edad del pavo_; edad insufrible, entre la palmeta y el
barbero. Ya Vds. sabrn que en esa edad se ponen los chicos muy
empalagosos, porque empiezan  presumir de hombres y no lo son. Sin
embargo, ya que Vds. se empean, el chico lucir su habilidad.

Las seoras, que haban mostrado deseos de ver  D. Fadrique bailar,
repitieron sus instancias, y una de las doncellas tom una guitarra y se
puso  tocar para que D. Fadrique bailase.

--Baila, Fadrique, --dijo D. Diego, no bien empez la msica.

Repugnancia invencible al baile, en aquella ocasin se apoder de su
alma. Vea una contrariedad monstruosa, algo de lo que llaman ahora una
_antinomia_, entre el bolero y la casaca. Es de advertir que en aquel
da D. Fadrique llevaba casaca por primera vez: estrenaba la prenda, si
puede calificarse de estreno el aprovechamiento del arreglo 
refundicin de un vestido, usado primero por el padre y despus por el
mayorazgo,  quien se le haba quedado estrecho y corto.

--Baila, Fadrique, --repiti D. Diego, bastante amostazado.

Don Diego, cuyo traje de campo y camino, al uso de la tierra, estaba en
muy buen estado, no se haba puesto casaca como su hijo. D. Diego iba
todo de estezado, con botas y espuelas, y en la mano llevaba el ltigo
con que castigaba al caballo y  los podencos de una jaura numerosa que
tena para cazar.

--Baila, Fadrique, --exclam D. Diego por tercera vez, notndose ya en
su voz cierta alteracin, causada por la clera y la sorpresa.

Era tan elevado el concepto que tena D. Diego de la autoridad paterna,
que se maravillaba de aquella rebelda.

--Djele V., seor de Mendoza --dijo la hidalga viuda.-- El nio est
cansado del camino y no quiere bailar.

--Ha de bailar ahora.

--Djele V.; otra vez le veremos, --dijo la que tocaba la guitarra.

--Ha de bailar ahora --repiti D. Diego.-- Baila, Fadrique.

--Yo no bailo con casaca, --respondi ste al cabo.

Aqu fu Troya. D. Diego prescindi de las seoras y de todo.

--Rebelde! mal hijo! --grit:-- te enviar  los Toribios: baila  te
desuello; y empez  latigazos con D. Fadrique.

La seorita de la guitarra par un instante la msica; pero D. Diego la
mir de modo tan terrible, que ella tuvo miedo de que la hiciese tocar
como quera hacer bailar  su hijo, y sigui tocando el bolero.

Don Fadrique, despus de recibir ocho  diez latigazos, bail lo mejor
que supo.

Al pronto se le saltaron las lgrimas; pero despus, considerando que
haba sido su padre quien le haba pegado, y ofrecindose  su fantasa
de un modo cmico toda la escena, y vindose l mismo bailar  latigazos
y con casaca, se ri,  pesar del dolor fsico, y bail con inspiracin
y entusiasmo.

Las seoras aplaudieron  rabiar.

--Bien, bien --dijo D. Diego.-- Por vida del diablo! Te he hecho mal,
hijo mo?

--No, padre --dijo D. Fadrique.-- Est visto: yo necesitaba hoy de doble
acompaamiento para bailar.

--Hombre, disimula. Por qu eres tonto? Qu repugnancia podas tener,
si la casaca te va que ni pintada, y el bolero clsico y de buena
escuela es un baile muy seor? Estas damas me perdonarn. No es verdad?
Yo soy algo vivo de genio.

As termin el lance del bolero.

Aquel da bail otras cuatro veces D. Fadrique en otras tantas visitas,
 la ms leve insinuacin de su padre.

Deca el cura Fernndez, que conoci y trat  D. Fadrique, y de quien
saba muchas de estas cosas mi amigo D. Juan Fresco, que D. Fadrique
refera con amor la ancdota del bolero, y que lloraba de ternura filial
y rea al mismo tiempo, diciendo _mi padre era un vndalo_, cuando se
acordaba de l, dndole de latigazos, y retraa  su memoria  las damas
aterradas, sin dejar una de ellas de tocar la guitarra, y  l mismo
bailando el bolero mejor que nunca.

Parece que haba en todo esto algo de orgullo de familia. El _mi padre
era un vndalo_ de D. Fadrique casi sonaba en sus labios como alabanza.
D. Fadrique, educado en el lugar y del mismo modo que su padre, D.
Fadrique cerril, hubiera sido ms vndalo an.

La fama de sus travesuras de nio dur en el lugar muchos aos despus
de haberse l partido  servir al Rey.

Hurfano de madre  los tres aos de edad, haba sido criado y mimado
por una ta solterona, que viva en la casa, y  quien llamaban la
chacha Victoria.

Tena adems otra ta, que si bien no viva con la familia, sino en casa
aparte, haba tambin permanecido soltera y competa en mimos y en
halagos con la chacha Victoria. Llambase esta otra ta la chacha
Ramoncica. D. Fadrique era el ojito derecho de ambas seoras, cada una
de las cuales estaba ya en los cuarenta y pico de aos cuando tena doce
nuestro hroe.

Las dos tas  chachas se parecan en algo y se diferenciaban en mucho.

Se parecan en cierto entono amable y benvolo de hidalgas, en la piedad
catlica y en la profunda ignorancia. Esto ltimo no provena slo de
que hubiesen sido educadas en el lugar, sino de una idea de entonces. Yo
me figuro que nuestros abuelos, hartos de la bachillera femenil, de las
cultas latini-parlas y de la desenvoltura pedantesca de las damas que
retratan Quevedo, Tirso y Caldern en sus obras, haban cado en el
extremo contrario de empearse en que las mujeres no aprendiesen nada.
La ciencia en la mujer hubo de considerarse como un manantial de
perversin. As es que en los lugares, en las familias acomodadas y
nobles, cuando eran religiosas y morigeradas, se educaban las nias para
que fuesen muy hacendosas, muy arregladas y muy seoras de su casa.
Aprendan  coser,  bordar y  hacer calceta; muchas saban de cocina;
no pocas planchaban perfectamente; pero casi siempre se procuraba que no
aprendiesen  escribir, y apenas s se les enseaba  leer de corrido
en _El Ao Cristiano_  en algn otro libro devoto.

Las chachas Victoria y Ramoncica se haban educado as. La diversa
condicin y carcter de cada una estableci despus notables
diferencias.

La chacha Victoria, alta, rubia, delgada y bien parecida,
haba sido, y continu siendo hasta la muerte, naturalmente sentimental
y curiosa.  fuerza de deletrear, lleg  leer casi de corrido cuando
estaba ya muy granada; y sus lecturas no fueron slo de vidas de santos,
sino que conoci tambin algunas historias profanas y las obras de
varios poetas. Sus autores favoritos fueron doa Mara de Zayas y
Gerardo Lobo.

Se preciaba de experimentada y desengaada. Su conversacin estaba
siempre como salpicada de estas dos exclamaciones: --Qu mundo ste!
--Lo que ve el que vive!-- La chacha Victoria se senta como hastiada y
fatigada de haber visto tanto, y eso que sus viajes no se haban
extendido ms all de cinco  seis leguas de distancia de Villabermeja.

Una pasin, que hoy calificaramos de romntica, haba llenado toda la
vida de la chacha Victoria. Cuando apenas tena diez y ocho aos,
conoci y am en una feria  un caballero cadete de infantera. El
cadete am tambin  la chacha, que no lo era entonces; pero los dos
amantes, tan hidalgos como pobres, no se podan casar por falta de
dinero. Formaron, pues, el firme propsito de seguir amndose, se
juraron constancia eterna y decidieron aguardar para la boda  que
llegase  capitn el cadete. Por desgracia, entonces se caminaba con
pies de plomo en las carreras, no haba guerras civiles ni
pronunciamientos, y el cadete, firme como una roca y fiel como un perro,
envejeci sin pasar de teniente nunca.

Siempre que el servicio militar lo consenta, el cadete vena 
Villabermeja; hablaba por la ventana con la chacha Victoria, y se decan
ambos mil ternuras. En las largas ausencias se escriban cartas amorosas
cada ocho  diez das; asiduidad y frecuencia extraordinarias entonces.

Esta necesidad de escribir oblig  la chacha Victoria  hacerse
letrada. El amor fu su maestro de escuela, y le ense  trazar unos
garrapatos anrquicos y misteriosos, que por revelacin de amor lea,
entenda y descifraba el cadete.

De esta suerte, entre temporadas de pelar la pava en Villabermeja, y
otras ms largas temporadas de estar ausentes, comunicndose por cartas,
se pasaron cerca de doce aos. El cadete lleg  teniente.

Hubo entonces un momento terrible: una despedida desgarradora. El
cadete, teniente ya, se fu  la guerra de Italia. Desde all venan las
cartas muy de tarde en tarde. Al cabo cesaron del todo. La chacha
Victoria se llen de presentimientos melanclicos.

En 1747, firmada ya la paz de Aquisgrn, los soldados espaoles
volvieron de Italia  Espaa; pero nuestro cadete, que haba esperado
volver de capitn, no pareca ni escriba. Slo pareci, con la licencia
absoluta, su asistente, que era bermejino.

El bueno del asistente, en el mejor lenguaje que pudo, y con los
preparativos y rodeos que le parecieron del caso para amortiguar el
golpe, di  la chacha Victoria la triste noticia de que el cadete,
cuando iba ya  ver colmados sus deseos, cuando iba  ser ascendido 
capitn, en vsperas de la paz, en la rota de Trebia, haba cado
atravesado por la lanza de un croata.

No muri en el acto. Vivi an dos  tres das con la herida mortal, y
tuvo tiempo de entregar al asistente, para que trajese  su querida
Victoria, un rizo rubio que de ella llevaba sobre el pecho en un
guardapelo, las cartas y un anillo de oro con un bonito diamante.

El pobre soldado cumpli fielmente su comisin.

La chacha Victoria recibi y ba en lgrimas las amadas reliquias. El
resto de su vida le pas recordando al cadete, permaneciendo fiel  su
memoria y llorndole  veces. Cuanto haba de amor en su alma fu
consumindose en devociones y transformndose en cario por el sobrino
Fadriquito, el cual tena tres aos cuando supo la chacha Victoria la
muerte de su perpetuo y nico novio.

La pobre chacha Ramoncica haba sido siempre pequeuela y mal hecha de
cuerpo, sumamente morena y bastante fea de cara. Cierta dignidad natural
 instintiva le hizo comprender, desde que tena quince aos, que no
haba nacido para el amor. Si algo del amor con que aman las mujeres 
los hombres haba en germen en su alma, ella acert  sofocarlo y no
brot jams. En cambio tuvo afecto para todos. Su caridad se extenda
hasta los animales.

Desde la edad de veinticuatro aos, en que la chacha Ramoncica se qued
hurfana y viva en casa propia, sola, le hacan compaa media docena
de gatos, dos  tres perros y un grajo, que posea varias habilidades.
Tena asimismo Ramoncica un palomar lleno de palomos, y un corral
poblado de pavos, patos, gallinas y conejos.

Una criada llamada Rafaela, que entr  servir  la chacha Ramoncica
cuando sta viva an en casa de sus padres, sigui sirvindola toda la
vida. Ama y criada eran de la misma edad y llegaron juntas  una extrema
vejez.

Rafaela era ms fea que la chacha, y, hasta por imitarla, permaneci
siempre soltera.

En medio de su fealdad, haba algo de noble y distinguido en la chacha
Ramoncica, que era una seora de muy cortas luces. Rafaela, por el
contrario, sobre ser fea, tena el ms innoble aspecto; pero estaba
dotada de un despejo natural grandsimo.

Por lo dems, ama y criada, guardando siempre cada cual su posicin y
grado en la jerarqua social, se identificaron por tal arte, que se
dira que no haba en ellas sino una voluntad, los pensamientos mismos y
los mismos propsitos.

Todo era orden, mtodo y arreglo en aquella casa. Apenas se gastaba en
comer, porque ama y criada coman poqusimo. Un vestido, una saya, una
basquia, cualquiera otra prenda, duraba aos y aos sobre el cuerpo de
la chacha Ramoncica  guardada en el armario. Despus, estando an en
buen uso, pasaba  ser prenda de Rafaela.

Los muebles eran siempre los mismos y se conservaban, como por encanto,
con un lustre y una limpieza que daban consuelo.

Con tal modo de vivir, la chacha Ramoncica, si bien no tena sino muy
escasas rentas, apenas gastaba de ellas una tercera parte. Iba, pues,
acumulando y atesorando, y pronto tuvo fama de rica. Sin embargo, jams
se senta con valor de ser despilfarrada sino por empeo de su sobrino
Fadrique,  quien, segn hemos dicho, mimaba en competencia de la chacha
Victoria.

Don Diego andaba siempre en el campo, de caza  atendiendo  las
labores. Sus dos hijos, D. Jos y D. Fadrique, quedaban al cuidado de la
chacha Victoria y del P. Jacinto, fraile dominico, que pasaba por muy
docto en el lugar, y que les sirvi de ayo, ensendoles las primeras
letras y el latn.

Don Jos era bondadoso y reposado, D. Fadrique un diablo de travieso;
pero D. Jos no atinaba hacerse querer, y D. Fadrique era amado con
locura de ambas chachas, del feroz D. Diego y del ya citado P. Jacinto,
quien apenas tendra treinta y seis aos de edad cuando enseaba la
lengua de Cicern  los dos pimpollos lozanos del glorioso y antiguo
tronco de los Lpez de Mendoza bermejinos.

Mientras que el apacible D. Jos se quedaba en casa estudiando,  iba al
convento  ayudar  misa,  empleaba su tiempo en otras tareas
tranquilas, D. Fadrique sola escaparse y promover mil alborotos en el
pueblo.

Como segundn de la casa, D. Fadrique estaba condenado  vestirse de lo
que se quedaba estrecho  corto para su hermano, el cual,  su vez,
sola vestirse de los desechos de su padre. La chacha Victoria haca
estos arreglos y traspasos. Ya hemos hablado de la casaca y de la chupa
encarnadas, que vinieron  ser memorables por el lance del bolero; pero
mucho antes haba heredado D. Fadrique una capa, que se hizo ms
famosa, y que haba servido sucesivamente  D. Diego y  D. Jos. La
capa era blanca, y cuando cay en poder de D. Fadrique recibi el nombre
de la capa-paloma.

La capa-paloma pareca que haba dado alas al chico, quien se hizo ms
inquieto y diablico desde que la posey. D. Fadrique, cabeza de motn y
de bando entre los muchachos ms desatinados del pueblo, se dira que
llevaba la capa-paloma como un estandarte, como un signo que todos
seguan, como un penacho blanco de Enrique IV.

No era muy numeroso el bando de D. Fadrique, no por falta de simpatas,
sino porque l elega  sus parciales y secuaces haciendo pruebas
anlogas  las que hizo Geden para elegir  desechar  sus soldados. De
esta suerte logr D. Fadrique tener unos cincuenta  sesenta que le
seguan, tan atrevidos y devotos  su persona, que cada uno vala por
diez.

Se form un partido contrario, capitaneado por D. Casimirito, hijo del
hidalgo ms rico del lugar. Este partido era de ms gente; pero, as por
las prendas personales del capitn, como por el valor y decisin de los
soldados, quedaba siempre muy inferior  los fadriqueos.

Varias veces llegaron  las manos ambos bandos, ya  puadas y luchando
 brazo partido, ya en pedreas, de que era teatro un llanete que est
por bajo de un sitio llamado el Retamal.

Siempre que haba un lance de stos, D. Fadrique era el primero en
acudir al lugar del peligro; pero es lo cierto que no bien corra la voz
de que _la capa-paloma iba por el Retamal abajo_, las calles y las
plazuelas se despoblaban de los ms belicosos chiquillos, y todos
acudan en busca del capitn idolatrado.

La victoria, en todas estas pendencias, qued siempre por el bando de D.
Fadrique. Los de don Casimiro resistan poco y se ponan en un momento
en vergonzosa fuga: pero como D. Fadrique se aventuraba siempre ms de
lo que conviene  la prudencia de un general, result que dos veces reg
los laureles con su sangre, quedando descalabrado.

No slo en batalla campal, sino en otros ejercicios y haciendo
travesuras de todo gnero, don Fadrique se haba roto adems la cabeza
otra tercera vez, se haba herido el pecho con unas tijeras, se haba
quemado una mano y se haba dislocado un brazo: pero de todos estos
percances sala al cabo sano y salvo, merced  su robustez y  los
cuidados de la chacha Victoria, que deca, maravillada y santigundose:
--Ay, hijo de mi alma, para muy grandes cosas quiere reservarte el
cielo, cuando vives de milagro y no mueres!




III

Casimiro tena tres aos ms de edad que don Fadrique, y era tambin ms
fornido y alto. Irritado de verse vencido siempre como capitn, quiso
probarse con D. Fadrique en singular combate. Lucharon, pues,  puadas
y  brazo partido, y el pobre Casimiro sali siempre acogotado y
pisoteado,  pesar de su superioridad aparente.

Los frailes dominicos del lugar nunca quisieron bien  la familia de los
Mendozas.  pesar de la piedad suma de las chachas Victoria y Ramoncica,
y de la devocin humilde de D. Jos, no podan tragar  D. Diego, y se
mostraban escandalizados de los desafueros  insolencias de D. Fadrique.

Slo el P. Jacinto, que amaba tiernamente  don Fadrique, le defenda de
las acusaciones y quejas de los otros frailes.

stos, no obstante, le amenazaban  menudo con cogerle y enviarle  los
Toribios,  con hacer que el propio hermano Toribio viniese por l y se
le llevase.

Bien saban los frailes que el bendito hermano Toribio haba muerto
haca ms de veinte aos; pero la institucin creada por l floreca,
prestando al glorioso fundador una existencia inmortal y mitolgica.
Hasta muy entrado el segundo tercio del siglo presente, el hermano
Toribio y los Toribios en general han sido el tema constante de todas
amenazas para infundir saludable terror  los chachos traviesos.

En la mente de D. Fadrique no entraba la idea de la fervorosa caridad
con que el hermano Toribio,  fin de salvar y purificar las almas de
cuantos muchachos coga, les martirizaba el cuerpo, dndoles rudos
azotes sobre las carnes desnudas. As es que se presentaba en su
imaginacin el bendito hermano Toribio como loco furioso y perverso,
enemigo de s mismo para llagarse con cadenas ceidas  los riones, y
enemigo de todo el gnero humano,  quien desollaba y atormentaba en la
edad de la niez y de la ms temprana juventud cuando se abren al amor
las almas y cuando la naturaleza y el cielo debieran sonrer y acariciar
en vez de dar azotes.

Como ya haban ocurrido casos de llevarse  los Toribios, contra la
voluntad de sus padres,  varios muchachos traviesos, y como el hermano
Toribio, durante su santa vida, haba salido  caza de tales muchachos,
no slo por toda Sevilla, sino por otras poblaciones de Andaluca,
desde donde los conduca  su terrible establecimiento, la amenaza de
los frailes pareci para broma harto pesada  D. Diego, y para veras le
pareci ms pesada an. Hizo, pues, decir  los frailes que se
abstuviesen de embromar  su hijo, y mucho ms de amenazarle, que ya l
sabra castigar al chico cuando lo mereciese; pero que nadie ms que l
haba de ser osado  ponerle las manos encima. Aadi D. Diego que el
chico, aunque pequeo todava, sabra defenderse y hasta ofender, si le
atacaban, y que adems l volara en su auxilio, en caso necesario, y
arrancara las orejas  tirones  todos los Toribios que ha habido y hay
en el mundo.

Con estas insinuaciones, que bien saban todos cun capaz era de hacer
efectivas D. Diego, los frailes se contuvieron en su malevolencia; pero
como D. Fadrique (fuerza es confesarlo, si hemos de ser imparciales)
segua siendo peor que Pateta, los frailes, no atrevindose ya 
esgrimir contra l armas terrenas y temporales, acudieron al arsenal de
las espirituales y eternas, y no cesaron de querer amedrentarle con el
infierno y el demonio.

De este mtodo de intimidacin se ocasion un mal gravsimo. D.
Fadrique,  pesar de sus chachas, se hizo impo, antes de pensar y de
reflexionar, por un sentimiento instintivo. La religin no se ofreci 
su mente por el lado del amor y de la ternura infinita, sino por el
lado del miedo, contra el cual su natural valeroso  independiente se
rebelaba. D. Fadrique no vi el objeto del amor insaciable del alma, y
el fin digno de su ltima aspiracin, en los poderes sobrenaturales. D.
Fadrique no vi en ellos sino tiranos, verdugos  espantajos sin
consistencia.

Cada siglo tiene su espritu, que se esparce y como que se diluye en el
aire que respiramos, infundindose tal vez en las almas de los hombres,
sin necesidad de que las ideas y teoras pasen de unos entendimientos 
otros por medio de la palabra escrita  hablada. El siglo XVIII tal vez
no fu crtico, burln, sensualista y descredo porque tuvo  Voltaire,
 Kant y  los enciclopedistas, sino porque fu crtico, burln,
sensualista y descredo tuvo  dichos pensadores, quienes formularon en
trminos precisos lo que estaba vago y difuso en el ambiente: el giro
del pensamiento humano en aquel perodo de su civilizacin progresiva.

Slo as se comprende que D. Fadrique viniese  ser impo sin leer ni
oir nada que  ello le llevase.

Esta nueva calidad que apareci en l era bastante peligrosa en aquellos
tiempos. D. Diego mismo se espant de ciertas ideas de su hijo. Por
dicha, el desenvolvimiento de tan mala inclinacin coincidi casi con la
ida de D. Fadrique al Colegio de Guardias marinas, y se evit as todo
escndalo y disgusto en Villabermeja.

Las chachas Victoria y Ramoncica lloraron mucho la partida de D.
Fadrique; el P. Jacinto la sinti; D. Diego, que le llev  la Isla, se
alegr de ver  su hijo puesto en carrera, casi ms que se afligi al
separarse de l; y los frailes, y Casimirito sobre todo, tuvieron un da
de jbilo el da en que le perdieron de vista.

D. Fadrique volvi al lugar de all adelante, pero siempre por brevsimo
tiempo: una vez cuando sali del Colegio para ir  navegar; otra vez
siendo ya alfrez de navo. Luego pasaron aos y aos sin que viese  D.
Fadrique ningn bermejino. Se saba que estaba, ya en el Per, ya en el
Asia, en el extremo Oriente.




IV

De las cosas de D. Fadrique, durante tan larga ausencia, se tena  se
forjaba en el lugar el concepto ms fantstico y absurdo.

D. Diego y la chacha Victoria, que eran las personas de la familia ms
instruidas  inteligentes, murieron  poco de hallarse D. Fadrique en el
Per. Y lo que es  la cndida Ramoncica y al limitado D. Jos, no
escriba D. Fadrique sino muy de tarde en tarde, y cada carta tan breve
como una fe de vida.

Al P. Jacinto, aunque D. Fadrique le estimaba y quera de veras, tambin
le escriba poco, por efecto de la repulsin y desconfianza que en
general le inspiraban los frailes. As es que nada se saba nunca 
ciencia cierta en el lugar de las andanzas y aventuras del ilustre
marino.

Quien ms supo de ello en su tiempo fu el cura Fernndez, que, segn
queda dicho, trat  don Fadrique y tuvo alguna amistad con l. Por el
cura Fernndez se enter D. Juan Fresco, en quien influy mucho el
relato de las peregrinaciones y lances de fortuna de D. Fadrique para
que se hiciese piloto y siguiese en todo sus huellas.

Recogiendo y ordenando yo ahora las esparcidas y vagas noticias, las
apuntar aqu en resumen.

D. Fadrique estuvo poco tiempo en el Colegio, donde mostr grande
disposicin para el estudio.

Pronto sali  navegar, y fu  la Habana en ocasin tristsima. Espaa
estaba en guerra con los ingleses, y la capital de Cuba fu atacada por
el almirante Pocok. Echado  pique el navo en que se hallaba nuestro
bermejino, la gente de la tripulacin, que pudo salvarse, fu destinada
 la defensa del castillo del Morro, bajo las rdenes del valeroso D.
Luis Velasco.

All estuvo D. Fadrique haciendo estragos en la escuadra inglesa con sus
certeros tiros de can. Luego, durante el asalto, pele como un hroe
en la brecha, y vi morir  su lado  D. Luis, su jefe. Por ltimo, fu
de los pocos que lograron salvarse cuando, pasando sobre un montn de
cadveres y haciendo prisioneros  los vivos, lleg el general ingls,
Conde de Albemarle,  levantar el pabelln britnico sobre la principal
fortaleza de la Habana.

D. Fadrique tuvo el disgusto de asistir  la capitulacin de aquella
plaza importante, y, contado en el nmero de los que la guarnecan, fu
conducido  Espaa en cumplimiento de lo capitulado.

Entonces, ya de alfrez de navo, vino  Villabermeja, y vi  su padre
la ltima vez.

La reina de las Antillas, muchos millones de duros y lo mejor de
nuestros barcos de guerra haban quedado en poder de los ingleses.

D. Fadrique no se descorazon con tan trgico principio. Era hombre poco
dado  melancolas. Era optimista y no quejumbroso. Adems, todos los
bienes de la casa los haba de heredar el mayorazgo, y l ansiaba
adquirir honra, dinero y posicin.

Pocos das estuvo en Villabermeja. Se fu antes de que su licencia se
cumpliese.

El rey Carlos III, despus de la triste paz de Pars,  que le llev el
desastroso _Pacto de familia_, trat de mejorar por todas partes la
administracin de sus vastsimos Estados. En Amrica era donde haba ms
abusos, escndalos, inmoralidad, tiranas y dilapidaciones.  fin de
remediar tanto mal, envi el Rey  Glvez de visitador  Mjico, y algo
ms tarde envi al Per, con la misma misin,  D. Juan Antonio de
Areche. En esta expedicin fu  Lima D. Fadrique.

All se encontraba cuando tuvo lugar la rebelin de Tupac-Amaru. En la
mente imparcial y filosfica del bermejino se presentaba como un
contrasentido espantoso el que su Gobierno tratase de ahogar en sangre
aquella rebelin, al mismo tiempo que estaba auxiliando la de Washington
y sus parciales contra los ingleses; pero D. Fadrique, murmurando y
censurando, sirvi con energa  su Gobierno, y contribuy bastante  la
pacificacin del Per.

Don Fadrique acompa  Areche en su marcha al Cuzco, y desde all,
mandando una de las seis columnas en que dividi sus fuerzas el general
Valle, sigui la campaa contra los indios, tomando gloriosa parte en
muchas refriegas, sufriendo con firmeza las privaciones, las lluvias y
los fros en escabrosas alturas  la falda de los Andes, y no parando
hasta que Tupac-Amaru qued vencido y cay prisionero.

Don Fadrique, con grande horror y disgusto, fu testigo ocular de los
tremendos castigos que hizo nuestro Gobierno en los rebeldes. Pensaba l
que las crueldades  infamias cometidas por los indios no justificaban
las de un Gobierno culto y europeo. Era bajar al nivel de aquella gente
semisalvaje. As es que casi se arrepinti de haber contribudo al
triunfo cuando vi en la plaza del Cuzco morir  Tupac-Amaru, despus de
un brutal martirio, que pareca invencin de fieras y no de seres
humanos.

Tupac-Amaru tuvo que presenciar la muerte de su mujer, de un hijo suyo
y de otros deudos y amigos:  otro hijo suyo de diez aos le condenaron
 ver aquellos brbaros suplicios de su padre y de su madre, y  l
mismo le cortaron la lengua y le ataron luego por los cuatro remos 
otros tantos caballos para que, saliendo  escape, le hiciesen pedazos.
Los caballos, aunque espoleados duramente por los que los montaban, no
tuvieron fuerza bastante para descuartizar al indio, y  ste,
descoyuntado, despus de tirar de l un rato en distintas direcciones,
tuvieron que desatarle de los caballos y cortarle la cabeza.

 pesar de su optimismo, de su genio alegre y de su aficin  tomar
muchos sucesos por el lado cmico, D. Fadrique, no pudiendo hallar nada
cmico en aquel suceso, cay enfermo con fiebre y se desanim mucho en
su aficin  la carrera militar.

Desde entonces se declar ms en l la mana de ser filntropo, especie
de secularizacin de la caridad, que empez  estar muy en moda en el
siglo pasado.

La impiedad precoz de D. Fadrique vino  fundarse en razones y en
discursos con el andar del tiempo y con la lectura de los malos libros
que en aquella poca se publicaban en Francia. El carcter burln y
regocijado de D. Fadrique se avena mal con la misantropa ttrica de
Rousseau. Voltaire, en cambio, le encantaba. Sus obras ms impas
parecanle eco de su alma.

La filosofa de D. Fadrique era el sensualismo de Condillac, que l
consideraba como el _non plus ultra_ de la especulacin humana.

En cuanto  la poltica, nuestro D. Fadrique era un liberal anacrnico
en Espaa. Por los aos de 1783, cuando vi morir  Tupac-Amaru, era
casi como un radical de ahora.

Todo esto se encadenaba y se fundaba en una teodicea algo confusa y
somera, pero comn entonces. D. Fadrique crea en Dios y se imaginaba
que tena ciencia de Dios, representndosele como inteligencia suprema y
libre, que hizo el mundo porque quiso, y luego le orden y arregl segn
los ms profundos principios de la mecnica y de la fsica.  pesar del
_Cndido_, novela que le haca llorar de risa, D. Fadrique era casi tan
optimista como el Dr. Pangloss, y tena por cierto que todo estaba
divinamente bien y que nada poda estar mejor de lo que estaba. El mal
le pareca un accidente, por ms que  menudo se pasmase de que
ocurriera con tanta frecuencia y de que fuera tan grande, y el bien le
pareca lo substancial, positivo  importante que haba en todo.

Sobre el espritu y la materia, sobre la vida ultra-mundana y sobre la
justificacin de la Providencia, basada en compensaciones de eterna
duracin, D. Fadrique estaba muy dudoso; pero su optimismo era tal, que
vea demostrada y hasta patente la bondad del cielo, sin salir de este
mundo sublunar y de la vida que vivimos. Verdad es que para ello haba
adoptado una teora, novsima entonces. Y decimos que la haba adoptado,
y no que la haba inventado, porque no nos consta, aunque bien pudo ser
que la inventase; ya que cuando llega el momento y suena la hora de que
nazca una idea y de que se formule un sistema, la idea nace y el sistema
se formula en mil cabezas  la vez, si bien la gloria de la invencin se
la lleva aquel que por escrito  de palabra le expone con ms claridad,
precisin  elegancia.

La idea,  mejor dicho, la teora novsima, tal como estaba en la mente
de D. Fadrique, era en compendio la siguiente:

Entenda el filsofo de Villabermeja que haba una ley providencial y
eterna para la historia, tan indefectible como las leyes matemticas,
segn las cuales giran en sus rbitas los astros. En virtud de esta ley,
la humanidad iba adelantando siempre por un camino de perfectibilidad
indefinida; su ascensin hacia la luz, el bien, la verdad y la belleza,
no tena pausa ni trmino. En esto, el humano linaje, en su conjunto,
segua un impulso necesario. Toda la gloria del xito era para el Ser
Supremo, que haba dado aquel impulso; pero, dentro del providencial
movimiento que de l naca, en toda accin, en toda idea, en todo
propsito, cada individuo era libre y responsable. El maravilloso
trabajo de la Providencia, el misterio ms bello de su sabidura
infinita, consista en concertar con atinada armona todos aquellos
resultados de la libertad humana  fin de que concurriesen al
cumplimiento de la ley eterna del progreso,  en tenerlos previstos con
tan divina previsin y acierto, que no perturbasen lo que estaba
prescrito y ordenado; as como, aunque sea baja comparacin, cuenta el
inventor y constructor perito de una mquina con los rozamientos y con
el medio ambiente.

Tal manera de considerar los sucesos se avena bien con el carcter de
D. Fadrique, corroborando su desdn hacia las menudencias, y su prurito
de calificar de menudencias lo que para los ms de los hombres es
importante en grado sumo, y transformando su propensin  la alegra y 
la risa en serenidad olmpica, digna de los inmortales.

En su moral no dejaba de ser severo. No haba borrado de sus tablas de
la ley ni un tilde ni una coma de los mandamientos divinos. Lo nico que
haca era dar ms vigor, si cabe,  toda prohibicin de actos que
produzcan dolor, y relajar no poco las prohibiciones de todo aquello que
 l se le antojaba que slo traa deleite  bienestar consigo.

En aquella edad, pensar as en Espaa y en sus dominios ya hemos dicho
que era expuesto; pero D. Fadrique tena el don de la mesura y del tino,
y sin hipocresa lograba no chocar ni lastimar opiniones  creencias.

Concurra  esto la buena gracia con que se ganaba las voluntades, no
con inspirar trivial afecto  todo el mundo, sino inspirndole muy vivo
 los pocos que l quera, los cuales valan siempre por muchos para
defenderle y encomiarle.

En la primera mocedad, dotado D. Fadrique de tales prendas, y siendo
adems bello y agraciado de rostro, de buen talle, atrevido y sigiloso,
consigui que lloviesen sobre l las aventuras galantes, y tuvo alta
fama de afortunado en amores.

Despus de terminada la rebelin de Tupac-Amaru ascendi  capitn de
fragata, y su reputacin de buen soldado y de sabio y hbil marino lleg
 su colmo.

Casi cuando acababan de espirar en el Cuzco los ltimos indios parciales
de la independencia de su patria, siendo atenaceados algunos con tenazas
candentes antes de ahorcarlos, lleg la nueva  Lima de que habamos
hecho la paz con Inglaterra, logrando la independencia de su colonia, en
pro de la cual combatimos.

Don Fadrique pudo entonces obtener licencia para navegar  las rdenes
de la Compaa de Filipinas, y sali para Calcuta mandando un navo
cargado de preciosas mercaderas. Tres viajes hizo de Lima  Calcuta y
de Calcuta  Lima; y como llevaba muy buena pacotilla y un sueldo
crecido, y alcanz ventas muy ventajosas, se hall en poco tiempo
poseedor de algunos millones de reales.

En las largas temporadas que D. Fadrique pas en la India se aficion
mucho  la dulzura de los indgenas de aquel pas y tom en mayor
aborrecimiento el fervor religioso y guerrero de otras naciones. Tippoo,
sultn de Misor, se haba empeado en convertir al islamismo  todos los
indostanes y en dilatar su imperio hasta el Cabo Comorn,  donde nunca
haban penetrado las huestes de otros conquistadores musulmanes. La
horrible devastacin del floreciente reino de Travancor, en las barbas
de los ingleses, fu la consecuencia de la ambicin y del celo muslmico
del sultn mencionado. El Gobernador general de la India se resolvi al
cabo  vengar y  remediar lo que hubiera debido impedir, y parti de
Calcuta  Madrs con muchos soldados europeos y cipayos, y grandes
aprestos de guerra. En aquella ocasin D. Fadrique tuvo el gusto de
ganar bastantes rupias, sirviendo una buena causa y conduciendo  Madrs
en su navo, con la autorizacin debida, tropas, vveres y municiones.

Parece que poco tiempo despus de este suceso, y aun antes de que el
rajah de Travancor fuese restablecido en su trono, y el sultn Tippoo
vencido y obligado  hacer la paz, D. Fadrique, cansado ya de
peregrinaciones y trabajos, con la ambicin apagada y con el deseo de
fortuna ms que satisfecho, logr, de vuelta  Lima, obtener su retiro,
y se vino  Europa, anhelante de presenciar la gran revolucin que en
Francia se estaba realizando, cuyos principios se hallaban tan en
concordancia con los suyos, y cuya fama llenaba el mundo de asombro.

Don Fadrique, sin embargo, slo estuvo en Pars algunos meses: desde
fines de 1791 hasta Septiembre de 1792. Este tiempo le bast para
cansarse y hartarse de la gran revolucin, desengaarse un poco de su
liberalismo y dudar de sus teoras de constante progreso.

En Madrid vivi, por ltimo, dos aos, y tambin se desenga de
muchsimas cosas.

Entrado ya en los cincuenta de su edad, aunque sano y bueno, y
apareciendo en el semblante, en la robustez y gallarda del cuerpo, y en
la serenidad y viveza del espritu mucho ms joven, le entr la
nostalgia de que padecen casi todos los bermejinos, y tom la
irrevocable resolucin de retirarse  Villabermeja para acabar all
tranquilamente su vida.

Las cartas que escribi  su hermano D. Jos y  la chacha Ramoncica,
que vivan an, anuncindoles su vuelta definitiva y para siempre,
fueron breves, aunque muy cariosas. En cambio, escribi al P. Jacinto
una extensa carta, que se conserva an y que debe ser trasladada  este
sitio. La carta es como sigue:




V

Mi querido P. Jacinto: Ya sabr V. por mi hermano y por la chacha
Ramoncica que estoy decidido  irme  ese lugar  acabar mi vida donde
pas los mejores aos y los ms inocentes de ella (buena inocencia era
la ma!), jugando al hoyuelo,  las chapas, al salto de la comba y
algunas veces al can, y andando  pedradas y  mojicones con mis
coetneos y compatricios.

Entonces estaba yo cerril; pero ya V. se har cargo de que me he pulido
bastante peregrinando por esos mundos, y de que ahora son otras mis
aficiones y muy diversos mis cuidados. Los frailes compaeros de V. no
tendrn ya necesidad de amenazarme con los Toribios.

Mi estancia en el lugar no traer perturbacin alguna; antes, por el
contrario, yo me lisonjeo de que reporte algunas ventajas. He hecho
dinero y emplear ah mucha parte en fomentar la agricultura. El vino que
ah se produce es abominable y puede ser excelente. Trabajando se
lograr hacerle potable y bueno.

Soando estoy con las agradables veladas que vamos  pasar en el
invierno, jugando  la malilla y al tute, disputando sobre nuestras no
muy concordes teologas, y refiriendo yo  V. mis aventuras en el Per,
en la India y en otras apartadas regiones.

S que V.,  pesar de los aos, est firme como un roble, por lo cual me
prometo que ha de dar conmigo largos paseos  caballo y  pie, y ha de
acompaarme  cazar perdices. Tengo dos magnficas escopetas inglesas,
que compr en Calcuta, y con las cuales he cazado tigres, tan grandes
algunos de ellos como borricos. Ya ver V. qu bien le va tirando con
cualquiera de estas escopetas  las pacficas y enamoradas perdices que
acuden al reclamo en la estacin del celo.

 pesar de nuestra edad, hemos de emplearnos todava, si V. no se opone,
en algunas cosas harto infantiles. Hemos de volver al Pozo de la Solana,
como hace cuarenta aos,  cazar colorines y otros pajarillos, ya con la
red, ya con liga y esparto. Tngame V. preparado un buen par de
cimbeles.

Todas las cosas de por ah se me ofrecen  la memoria con el encanto de
los primeros aos. Entiendo que voy  remozarme al verlas y gozarlas.
Tengo gana de volver  comer pionate, salmorejo, hojuelas, gajorros,
pestios, cordero en caldereta, cabrito en cochifrito, empanadas de
boquerones con chocolate, torta-maimn, gazpacho, longanizas y los dems
primores de cocina y repostera con que suelen regalarse los sibaritas
bermejinos. No por eso romper con la costumbre contrada en otras
tierras, sino que pienso llevar en m compaa  un gabacho que he
trado de Pars, el cual condimenta unos manjares que doy por cierto que
han de gustar  V., aunque tienen nombres imposibles casi de pronunciar
por una boca de Villabermeja; pero ya V. se convencer de que, sin
pronunciarlos, los mastica, los saborea, se los traga y le saben 
gloria.

Por ms extrao que  V. le parezca, llevo tambin vino  esa tierra del
vino. Yo recuerdo que V. era un excelente catador; que V. tena un
paladar muy fino y una nariz delicadsima. Espero, pues, que ha de
comprender y estimar el mrito de los vinos de _extranjis_ que yo lleve,
y que no caern en su estmago como si cayesen en el sumidero.

Estoy muy contento de que me viva an la chacha Ramoncica. Me han dicho
que en su casa sigue todo como antes. Los mismos muebles, la misma
criada Rafaela, y hasta el grajo, bien sea el mismo tambin, que por
milagro de nuestro Santo Patrono vive an,  bien sea otro que le
reemplaz  tiempo, y parece el fnix renacido de sus cenizas.

Mucha gana tengo de dar un abrazo  la chacha Ramoncica, aunque, dicho
sea entre nosotros, yo quera ms  la pobre chacha Victoria. Qu noble
mujer aqulla! Aseguro  V. que no he hallado igual mujer en el mundo.
Si la hubiera hallado, no sera yo soltern.

En este punto he sido poco feliz. No he hallado ms que mujeres ligeras,
casquivanas, frvolas y sin alma. Una sola, all en Lima, me quiso de
veras con amor fervoroso, pero criminal. Yo tambin la quise, por mi
desgracia, porque tena un genio de todos los diablos, y querindonos
mucho, la historia de nuestros amores se compuso de una serie de
peloteras diarias. Aquellos amores fueron pesadilla, y no deleite. Ella
era muy devota, haba sido una santa y segua en opinin de tal, porque
procedimos siempre con cautela y recato. Sin embargo, en el fondo de su
atribulada conciencia, en lo profundo de su mente, orgullosa y fantica
 la vez, senta vergenza de haber humillado ante m su soberbia y de
haberse rendido  mi voluntad, y tena miedo y horror de haber dejado
por m el buen camino, ofendiendo  Dios y faltando  sus deberes. Todo
esto, sin darse ella mucha cuenta de lo que haca, me lo quera hacer
pagar, considerndome en extremo culpado. Lo que yo tuve que aguantar
no tiene nombre. Crame V., P. Jacinto, en el pecado llev la
penitencia. As es que me hart de amores serios para aos, y me dediqu
desde entonces  los ligeros. Para qu atormentarse en un asunto que
debe ser todo de amenidad, regocijo y alegra?

Quizs por esta razn, y no porque apenas se d _in rerum natura_, no
alcanc nunca el amor de una chacha Victoria joven. Si le hubiera
alcanzado, poco tierno soy de corazn, pero no lo dude V., hubiera
muerto bendicindola, como muri el cadete,  hubiera conquistado por
ella y para ella, no el grado de capitn, sino el mundo.

En fin, ya pas la mocedad, y no hay que pensar en noveleras.

Yo estoy desengaado y aburrido, si bien con desengao apacible y suave
aburrimiento.

Se me acab la ambicin; no siento apetito de gloria; no aspiro  ser
del vano dedo sealado; tengo ms bienes de fortuna de los que necesito;
estoy sediento de reposo, de obscuridad y de calma, y por todo esto me
retiro  Villabermeja; pero no para hacer penitencia, sino para darme
una vida regalada, tranquila, llena de orden y bienestar, cuidndome
mucho y viendo lo que dura un Comendador Mendoza bien conservado. Hasta
ahora lo estoy. No parece que tengo cincuenta aos, sino menos de
cuarenta. Ni una cana. Ni una arruga. Todava me llaman seorito, y no
seor, y no faltan hembras de garbo que me califiquen de real mozo,
ofendiendo mi modestia.

Mi mayor desengao ha sido en mis ideas y doctrinas, si bien no ha sido
bastante para hacerme variar.

Dios me perdone si me equivoco  fuerza de creerle bueno. Yo, creyendo
en l y figurndomele como persona, tengo que figurrmele todo lo bueno
que concibo que una persona puede ser. Por consiguiente, no completando
mi concepto de su bondad la gloria de la otra vida por inmensa que sea,
supongo en esta vida que vivimos, por ms que sirva para ganar la otra,
un fin y un propsito en s, y no slo el ultramundano. Este fin, este
propsito es ir caminando hacia la perfeccin, y sin alcanzarla aqu
nunca, acercarse cada vez ms  ella. Creo, pues, en el progreso; esto
es, en la mejora gradual y constante de la sociedad y del individuo, as
en lo material como en lo moral, y as en la ciencia especulativa como
en la que nace de la observacin y la experiencia, y da ser  las artes
y  la industria.

El mejor medio de este progreso, y al mismo tiempo su mejor resultado en
nuestros das, es,  mi ver, la libertad. La condicin ms esencial de
esta libertad es que todos seamos igualmente libres.

Figrese V. cunto me encantara la revolucin francesa y su Asamblea
Constituyente, que propenda  realizar estos principios mos; que
proclamaba los derechos del hombre.

Ped mi retiro, dej mi carrera, y vine, lleno de impaciencia, desde el
otro hemisferio  baarme en la luz inmortal de la gran revolucin y 
encender mi entusiasmo en el sagrado fuego que arda en Pars, donde
imagin que estaban el corazn y la mente del mundo.

Pronto se desvanecieron mis ilusiones. Los apstoles de la nueva ley me
parecieron, en su mayor parte, bribones infames  frenticos furiosos,
llenos de envidia y sedientos de sangre. Vi al talento,  la virtud, 
la belleza, al saber,  la elegancia,  todo lo que por algo sobresale
en la tierra, ser vctima de aquellos fanticos  de aquellos
envidiosos. Las hazaas de los soldados de la revolucin contra los
reyes de Europa coligados no podan admirarme. No me parecan la defensa
serena del que confa en su valor y en su derecho, sino el bro febril
de la locura, excitada por la embriaguez de la sangre y por medio de
asesinatos horribles. Pars se me antojaba el infierno, y no atino ahora
 comprender cmo permanec tanto tiempo en l. Todo estaba trocado: la
brutalidad se llamaba energa; sencillez el desalio indecente;
franqueza la grosera, y virtud el no tener entraas para la compasin.
Recordaba yo las pocas de mayor tirana, y no hallaba poca alguna
peor, sobre todo si se considera que estbamos en el centro de Europa y
que llevbamos tantos siglos de civilizacin y cultura. El tirano no era
uno, eran varios, y todos soeces y sucios de alma y de cuerpo.

Hu de Pars y vine  Madrid. Otra desilusin. Si por all cre
presenciar una abominable y brbara trajedia, aqu me encontr en un
grotesco, asqueroso y lascivo sainete. Por all sangre; por ac
inmundicia.

No por eso apostat de mi optimismo ni ech  un lado mi doctrina de
indefinido progreso. Lo que hice fu reconocer mi error en clculos de
cronologa, para los cuales no haba contado yo con la feroz y
desgreada revolucin de Francia.

En vista de esta revolucin, el bien relativo, el estado de libertad y
de adelantamiento para las sociedades, que yo fantaseaba como inmediato,
se hundi hacia adentro, en los abismos del porvenir, lo menos dos 
tres siglos.

Como para entonces no vivir yo, y como en el estado presente del mundo
estoy ya harto de la vida prctica, he resuelto refugiarme en la
contemplacin; y  fin de gozar del espectculo de las cosas humanas,
mezclndome en ellas lo menos posible, voy  tomar asiento, como
espectador desapasionado, en la propia Villabermeja.

Mi hermano, que tiene ya una hija casadera,  quien naturalmente desea
que salte un buen novio, se va  vivir  la vecina ciudad, donde ya
tiene casa tomada, y  m me deja  mis anchas y solo en la casa
solariega de los Mendoza, donde le dar albergue siempre que venga al
lugar para sus negocios.

Yo me atengo al refrn que dice _ corte  cortijo_; y ya que me fugo de
Pars y de Madrid, no quiero ciudad de provincia, sino aldea.

En la gran casa de los Mendoza bermejinos voy  estar como garbanzo en
olla; pero se llenarn algunos cuartos con la multitud de libros que voy
 llevar.

Vamos  tener una vida envidiable; y digo _vamos_, porque supongo y
espero que V. me har compaa  menudo.

Mi determinacin es irrevocable, y me voy ah, para no salir de ah,
salvo cuando vaya como de paseo  caballo,  visitar  mi hermano y  su
familia, en la ciudad cercana, la cual,  pesar de su pomposo ttulo de
ciudad, tiene tambin mucho de pueblo pequeo y rural, con perdn y en
paz sea dicho.

Adis, beatsimo padre. Encomindeme V.  Dios, con cuyo favor cuento
para escapar de esta confusin ridcula de la corte, y poder pronto
darle, en esa encantadora Villabermeja, un apretado abrazo.




VI

Veinte das despus de recibida esta carta por el P. Jacinto, se realiz
la entrada solemne en Villabermeja del ilustre Comendador Mendoza.

Desde Madrid  la capital de la provincia, que entonces se llamaba
reino, nuestro hroe vino en coche de colleras y emple nueve das. En
la capital de la provincia se encontr con su hermano D. Jos, con el P.
Jacinto y con otros amigos de la infancia, que le estaban aguardando.
Entre ellos sobresala el to Gorico, maestro pellejero, hbil
fabricador de corambres y notabilsimo en el difcil arte de echar
botanas  los pellejos rotos. Este haba sido el muchacho ms diablico
del lugar despus de D. Fadrique, y su teniente cuando las pendencias,
pedreas y dems hazaas contra el bando de D. Casimiro.

El to Gorico no tena ms defecto que el de haberse entregado con
sobrado cario  la bebida blanca. El aguardiente anisado le encantaba.
Y como al asomar la aurora por el estrecho horizonte de Villabermeja el
to Gorico, segn su expresin, mataba el gusanillo, resultaba que casi
todo el da estaba calamocano, porque aquel fuego que encenda en su ser
con el primer fulgor matutino, se iba alimentando, durante el da,
merced  frecuentes libaciones.

Por lo dems, el to Gorico no perda nunca la razn; lo que lograba era
envolver aquella luz del cielo en una gasa tenue, en un fanal primoroso,
que le haca ver las cosas del mundo exterior y todo lo interno de su
alma y los tesoros de su memoria como al travs de un vidrio mgico.
Jams llegaba  la embriaguez completa; y una vez sola, deca l haba
tenido en toda su vida alfereca en las piernas. Era, pues, hombre de
chispa en diversos sentidos, y nadie tena mejores ocurrencias, ni
contaba ms picantes chascarrillos, ni se mostraba ms til y agradable
compaero en una partida de caza.

En el lugar gozaba de celebridad envidiable por mil motivos, y entre
otros, porque haca el papel de Abraham en el paso de Jueves Santo por
la maana, tan admirablemente bien, que nadie se le igualaba en muchas
leguas  la redonda. Con un vestido de mujer por tnica, una colcha de
cama por manto, su turbante y sus barbas de lino, tomaba un aspecto
venerable. Y cuando suba al monte Moria, que era un establo cubierto de
verdura, que se elevaba en medio de la plaza, adquira la majestad
pattica de un buen actor. Pero en lo que ms se luca, arrancando
gritos de entusiasmo, era cuando ofreca  Isaac al Todopoderoso antes
de sacrificarle. Isaac era un chiquillo de diez aos lo menos. Con la
mano derecha el to Gorico le levantaba hacia el cielo, y as, extendido
el brazo, como si no fuera de hueso y carne, sino de acero firmsimo,
permaneca catorce  quince minutos. Luego vena el momento de las ms
vivas emociones; el terror trgico en toda su fuerza. Abraham ataba al
chiquillo al ara, y sacaba un truculento chafarote que llevaba al cinto.
Tres  cuatro veces descargaba cuchilladas con una violencia increble.
Las mujeres se tapaban los ojos y daban espantosos chillidos, creyendo
ya segada la garganta del muchacho que prefiguraba  Cristo; pero el to
Gorico paraba el golpe antes de herir, como no atrevindose  consumar
el sacrificio. Al fin apareca un ngel, con alas de papel dorado, en el
balcn de las Casas Consistoriales, y cantaba el romance que empieza:

        "Detente, detente, Abraham;
        No mates  tu hijo Isaac,
        Que ya est mi Dios contento
        Con tu buena voluntad."

El sacrificio del cordero en vez del hijo, con lo dems del paso, lo
ejecutaba el to Gorico con no menor maestra.

En ms de una ocasin trataron de ganarle, ofrecindole mucho dinero
para que fuese  hacer de Abraham  otras poblaciones; pero l no quiso
jams ser infiel  su patria y privarla de aquella gloria.

Don Jos, el P. Jacinto, el to Gorico y los dems amigos, muy contentos
de haber abrazado  D. Fadrique, contentsimo tambin de verse entre los
compaeros de su infancia, emprendieron  caballo el viaje 
Villabermeja, que, con madrugar y picar mucho, pudo hacerse en diez
horas, llegando todos al lugar al anochecer de un hermoso da de
primavera, en el ao de 1794.

Doa Antonia, mujer de D. Jos, y sus dos hijos, D. Francisco, de edad
de catorce aos, y doa Luca, que tena ya diez y ocho, acompaados de
la chacha Ramoncica, recibieron con jbilo, con abrazos y otras mil
muestras de cario al Comendador, quien ya tena por suya la casa
solariega. D. Jos y su familia se haban establecido en la ciudad, y
slo por dos das haban venido al pueblo para recibir al querido
pariente.

ste, como era de suyo muy modesto, se maravill y complaci en ver que
alcanzaba en Villabermeja ms popularidad de lo que crea. Vinieron 
verle todos los frailes, desde los ms encopetados hasta los legos, el
mdico, el boticario, el maestro de escuela, el alcalde, el escribano y
mucha gente menuda.

Al da siguiente de la llegada la chacha Ramoncica quiso lucirse, y se
luci, dando un magnfico _pipiripao_. D. Fadrique, cuando oy esta
palabra, tuvo que preguntar qu significaba, y le dijeron que algo 
modo de festn. En cambio, se cuentan an en Villabermeja los grandes
apuros en que estuvo aquella noche la chacha Ramoncica cuando volvi 
su casa, cavilando qu sera lo que su sobrino le haba pedido para el
festn, y que ella ansiaba que le sirviesen,  fin de darle gusto en
todo. El vocablo, para ella inaudito, con que su sobrino haba
significado la cosa que deseaba, casi se le haba borrado de la mente.
Por ltimo, consultando el caso con Rafaela, y haciendo un esfuerzo de
memoria, vino  recomponer el vocablo y  declarar que lo que su sobrino
haba pedido era _economa_.

--Qu es eso, Rafaela? --pregunt  su fiel criada.

Y Rafaela contest:

--Seora, qu ha de ser? _Ajorro_!

No le hubo, sin embargo. La chacha Ramoncica ech aquel da el bodegn
por la ventana.

Al siguiente le toc lucirse al Comendador, y  pesar de toda su
filosofa goz en el alma de que sus deudos y paisanos viesen
maravillados su vajilla de porcelana, su plata y los dems objetos raros
 bellos que de sus viajes haba trado, y que haba mandado por delante
de l con su criado de ms confianza. Hasta la extraa fisonoma de
ste, que era un indio, pasm  los bermejinos, con deleite y
satisfaccin de D. Fadrique. Tuvo adems un placer indescriptible en
contar sus aventuras y en hacer descripciones de pases remotos, de
costumbres peregrinas y de casos singulares que haba visto  en los que
haba tomado parte.

Nada de esto debe movernos  rebajar el concepto que del Comendador
tenemos. Por ms que parezca pueril, tal vanidad es ms comn de lo que
se cree.  quin no le agrada, cuando vuelve al lugar de su nacimiento,
darse cierto tono, sin ofender  nadie, manifestando cun importante
papel ha hecho en el mundo?

Gente hay que no espera para esto  ir  su lugar. Nacido en uno muy
pequeo de Andaluca tuve yo cierto amigo que, como llegase  ser
personaje de gran suposicin y de muchas campanillas, cifraba su mayor
deleite en mandar  su pueblo todos los aos un ejemplar de la _Gua de
forasteros_, con registro en las varias pginas en que estaba estampado
su nombre. Un ao fu la _Gua_ con ocho registros, y el pasmo de los
lugareos, participado por carta  mi amigo, le di un contento que
casi rayaba en beatitud  bienaventuranza.

No es menor el gusto que se tiene en contar lances y sucesos y en
describir prodigios. De aqu sin duda el refrn: _de luengas vas,
luengas mentiras_. Baste, pues, decir, en elogio de D. Fadrique, que el
refrn no rez con l nunca, porque era la veracidad en persona. Lo que
no aseguraremos es que fuese siempre credo en cuanto refiri. Los
lugareos son maliciosos y desconfiados; suelen tener un criterio all 
su manera, y  menudo las cosas ms ciertas les parecen falsas 
inverosmiles, y las mentiras, por el contrario, muy conformes con la
verdad. Recuerdo que un mayordomo andaluz de cierto inolvidable y
discreto Duque, que estuvo de embajador en Naples, fu  su pueblo con
licencia. Cuando volvi le embrombamos suponiendo que habra contado
muchos embustes. El nos confes que s, y an aadi, jactndose de
ello, que todo se lo haban credo, menos una cosa.

--Qu cosa era esa? --le preguntamos.

-Que cerca de Naples --respondi,-- hay un monte que echa chispas por
la punta.

De esta suerte pudo muy bien nuestro D. Fadrique, sin apartarse un pice
de la verdad, dejar de ser credo en algo, sin que sus paisanos se
atreviesen  decirle, como decan al mayordomo del Duque cuando hablaba
del Vesubio: "Esa es grilla!"

Al da tercero despus de la llegada de D. Fadrique, su hermano D. Jos
y su familia se volvieron  la ciudad; y entonces, con ms reposo, pudo
entregarse el Comendador  otro placer no menos grato: el de visitar y
recordar los sitios ms queridos y frecuentados de su niez, y aqullos
en que le haba ocurrido algo memorable. Estuvo en el Retamal y en el
Llanete, que est junto, donde le descalabraron dos veces; fu  la
fuente de Genazahar y al Pilar de Abajo; subi al Ladern y  la Nava, y
extendi sus excursiones hasta el cerro de Jilena y el monte de
Horquera, poblado entonces de corpulentas y seculares encinas.

Tom, por ltimo, D. Fadrique verdadera posesin de su vivienda,
arrellanndose en ella, por decirlo as, poniendo en orden los muebles
que haba trado, colocando los libros y colgando los cuadros.

En estas faenas, dirigidas por l, casi siempre estaba presente el P.
Jacinto; y al cabo D. Fadrique qued instalado, forjndose un retiro,
rstico  par que elegante, y una soledad amensima en el lugar donde
haba nacido.




VII

Encantado estaba D. Fadrique con su modo de vivir. Ya leyendo, ya de
tertulia  de paseo con el P. Jacinto, ya de expediciones campestres y
venatorias con el mismo padre y con el iluminado y ameno to Gorico, el
tiempo se deslizaba del modo ms grato. Ningn deseo senta D. Fadrique
de ir  otro pueblo, abandonando  Villabermeja; pero D. Jos tena
cuarto preparado para recibirle en su casa de la ciudad, y sus
instancias fueron tales, que no hubo ms que ceder  ellas.

El Comendador fu  la ciudad  pasar todo el mes de Mayo. Lleg en la
tarde del ltimo da de Abril, y como el viaje es un paseo, aquella
noche estuvo de tertulia hasta cerca de las once, que en 1794 era ya
mucho velar. Dos  tres hidalgos; otras tantas seoras machuchas; dos
jvenes amiguitas de Luca, sobrina de D. Fadrique; un respetable seor
cura y un caballerito forastero y muy elegante componan la reunin de
casa de D. Jos, que empez antes de que anocheciera.

Nadie llam la atencin de D. Fadrique, que era harto distrado.
Necesitaba que las personas le gustasen  le disgustasen para fijarse en
ellas, y con gran dificultad acertaba la gente  gustarle, y mucho menos
 disgustarle. As es que, mostrndose muy urbano con todos, apenas
repar en ninguno.

Al toque de oraciones sirvieron el refresco.

Primero pasaron dos criadas repartiendo platos, servilletas y
cucharillas de plata; luego entraron otras dos criadas, que traan
sendas bandejas llenas de tacillas de cristal con almbares diferentes.
Cada tertuliano fu tomando en su asiento una tacilla del almbar que
ms le gustaba. Las criadas de las bandejas pasaron de nuevo recogiendo
las tacillas vacas, y rogando  los seores que tomasen otra de otro
almbar, como en efecto la tomaron muchos.

La historia, prolija en este punto, cuenta que los almbares eran de
nueces verdes, de cabellos de ngel, de tomate y de hoja de azahar. Hubo
tambin arrope de melocotn.

Las ninfas fregonas, muy compuestas y con muchas flores en el moo,
sirvieron luego copitas de rosoli, del que slo bebieron los caballeros;
y por ltimo trajeron el chocolate con torta de bizcocho, polvorones,
pan de aceite y hojaldres. Termin todo con el agua, que en vasos de
cristal y en bcaros olorosos repartieron asimismo las criadas.

Dur esto hasta que dieron las nimas.

El refresco se tom con toda ceremonia y con pocas palabras. Las sillas
pegadas  la pared, y todos sentados sin echar una pierna sobre otra, ni
inclinarse de ningn lado, ni recostarse mucho.

Despus de tomado el refresco, hubo alguna ms libertad y expansin, y
Luca se atrevi  rogar al caballerito que recitase unos versos.

--S, s --dijeron en coro casi todos los tertulianos;--que recite.

--Recitar algo de Melndez, --dijo el joven.

--No, de V. --replic Luca.-- Sepa V., to, --aadi dirigindose al
Comendador,-- que este seor es muy poeta y gran estudiante. Ya ver
usted qu lindos versos compone.

--V. es muy amable, Srta. Doa Luca. La amistad que me tiene la engaa.
Su seor to de V. va  salir chasqueado cuando me oiga.

--Yo confo tanto en el fino gusto de mi sobrina --dijo el Comendador,--
que dudo de que se equivoque, por ferviente que sea la amistad que V. le
inspire. Casi estoy convencido de que los versos sern buenos.

--Vamos, rectelos V., D. Carlos.

--No s cules recitar que cansen menos, y que  V. que me fa, y  m
que soy el autor, nos dejen airosos.

--Recite V. --contest Luca,-- los ltimos que ha compuesto  Clori.

--Son largos.

--No importa.

Don Carlos no se hizo ms de rogar, y con entonacin mesurada y cierta
timidez que le hubiera hecho simptico, aunque ya por s no lo fuese,
recit lo que sigue:

        El plcido arroyuelo
        Rompe el lazo de hielo,
        Y desatado en onda cristalina
        Fecunda la pradera.
        Flora presta sus galas  Chiprina;
        Reluce Febo en la celeste esfera,
        Y en la noche callada
        La casta diosa  su pastor dormido,
        Con trmulo fulgor, besa extasiada.
        Del techo antiguo  suspender su nido
        Ha vuelto ya la golondrina errante;
        Dulces trinos difunde Filomena;
        El mar se calma, el cielo se serena;
        Slo Cfiro amante,
        Oreando la hierba en los alcores.
        Y acariciando las tempranas flores,
        Con msica y aroma el aire agita.
        En la rica estacin de los amores
        Amor en todo corazn palpita;
        Pero en el alma del zagal Mirtilo
        Halla perpetuo asilo.
        All ingenioso el dios labra un dechado
        De gracia encantadora,
        Donde con fiel esmero ha retratado
         Clori bella,  la gentil pastora.
        Por quien Mirtilo muere.
        Clori, en tanto, amistosa y compasiva,
        Quiere que el zagal viva,
        Mas amarle no quiere;
        Antes, dicen que piensa dar su mano
         un rabadn anciano.
        Con celos el zagal su pena aumenta,
        Y as en la selva oculto se lamenta:

        --T no sabes de amor, encanto mo!
        Ah! Tu ignorancia virginal te engaa.
        Ser merecedor de tu desvo,
        Mas no comprendo la ilusin extraa
        Que  dar tanta beldad te precipita,
        Intil don, tesoro inmaculado,
         la vejez marchita.
        La amapola del prado
        No despliega la pompa de sus hojas,
        De pdico amor rojas,
        Hasta que el sol derrama
        En su velado seno estiva llama;
        Ni la rosa se atreve
         abrir el cliz entre escarcha y nieve.
        No censurara yo que Galatea
        Al cclope adorase: la hermosura
        Bien en la fuerza y el valor se emplea;
        Bien con estrecho, carioso nudo,
        La hiedra cie firme tronco rudo.
        Mas nunca  quien apenas
        Sostener puede el peso de la vida
         llevar sus cadenas,
        Si dulces, graves, el amor convida.
        Huyen del mustio viejo las Camenas;
        Si la flauta de Pan su labio toca,
        All perece el desmayado aliento,
        Sin convertirse en melodioso viento,
        Y la risa del stiro provoca.
        Con vacilante pie mal en el coro
        De ninfas entra; y el alegre giro
        Y canto de las Mnades sonoro,
         con flbil suspiro,
         con dolientes ayes turba acaso;
        Que, en el misterio de la santa orga,
        Ni el hierofante el tirso le confa,
        Ni l llega hasta la cumbre del Parnaso.
        Ay Clori! Qu demencia te extrava?
        Ya que por t se pierde
        Mi tierno amor, mi juventud lozana,
        De frescas rosas y de mirto verde
        No cias ora una cabeza cana.
        Trepa la vid al lamo frondoso,
        Y  la punzante ortiga
        Deja que adorne el muralln ruinoso.
        Qu riesgo, qu fatiga
        No aceptar mi amor por agradarte?
        Por t en el bosque vencer las fieras;
        Por t el furor arrostrar de Marte;
        Y el rey de las praderas,
        Cuya bronceada frente
        Arma ostenta terrible, que figura
        De nueva luna el disco refulgente,
        De mi garrocha dura
        Sentir en la cerviz la picadura.
        El rabadn, por la vejez postrado,
        Tu solcito afn reclamara,
        Oh, Clori! mientras yo, por tu mandado,
        Al abismo del mar descendera,
        Sus perlas para ver en tu garganta,
        Y acosara al lobo carnicero,
        Su hirsuta piel con plomo  con acero
        Ganando para alfombra de tu planta.
        Alucinada ninfa candorosa,
        Desecha ese delirio que te lleva
         ser del viejo rabadn esposa.
        Pues qu! te he dado en balde tanta prueba
        De amor? Ya ves que por seguirte dejo
        El templo de Minerva y los verjeles
        Por do Betis copioso se dilata.
        De mis padres me alejo,
        Y huyo tambin de mis amigos fieles
        Para sufrir crueldades de una ingrata.
        No estriba tu desdn en mi pobreza,
        Que no oculta tan bajo sentimiento
        Tu noble corazn, y ni en riqueza
        Me vence el rabadn, ni en nacimiento.
        Slo un funesto error, una locura,
        Oh, Clori! Oh, rosa del pensil divino!
        Le har exhalar tu aroma y tu frescura
        Entre las secas ramas del espino;
        Te har romper el broche delicado,
        No para abril, para diciembre helado.
        No as me hieras, si matarme quieres;
        Mira que as te matas cuando hieres.

No bien terminaron los versos, fueron estrepitosamente aplaudidos por el
benvolo auditorio; pero, si hemos de decir la verdad, ni D. Jos ni
doa Antonia prestaron atencin durante la lectura; las seoras mayores
se adormecieron con el sonsonete; el seor cura hall la composicin
sobrado materialista y mitolgica y un poco pesada, y las amiguitas de
Luca ms se entusiasmaron con la buena presencia del poeta que con el
mrito literario de su obra.

Don Carlos, en efecto, era un morenito muy salado de veintids 
veintitrs aos. Sus vivos y grandes ojos resplandecan con el fuego de
la inspiracin. Su cabellera negra, ya sin polvos, luca y daba reflejos
azulados como las alas del cuervo. Los movimientos de su boca al hablar
eran graciosos. Los dientes que dejaba ver, blancos  iguales; la nariz,
recta, y la frente, despejada y serena.

Iba D. Carlos vestido con suma elegancia,  la ltima moda de Pars. Era
todo un petimetre. Pareca el prncipe de la juventud dorada,
transportado por arte mgica desde las orillas del Sena al rin de
Andaluca. El cuello de su camisa y el lienzo con que formaba lazo en
torno de l, estaban bastante bajos para descubrir la garganta y la
cerviz robusta sobre que posaba airosamente la cabeza. La estatura, ms
bien alta que mediana, y el talle, esbelto. El calzn ajustado de
casimir, la media de seda blanca y el zapato de hebilla de plata, daban
lugar  que mostrase el galn la bien formada pierna y un pie pequeo,
largo y levantado por el tarso.

Sin duda las nias contemplaron ms todas estas cosas, y se deleitaron
ms con la dulzura de la voz del seorito que con el que nos atreveremos
 calificar de idilio, la mitad de cuyas palabras estaba en griego para
ellas.

Don Fadrique haba reparado en todo. Como la mayor parte de los
distrados, era muy observador, y prestaba atencin intensa cuando se
dignaba prestarla.

Los versos le parecieron regulares, no inferiores  los de Melndez,
aunque, ni con mucho, tan buenos como los de Andrs Chnier, que haba
odo en Pars. Lo que es el chico le pareci muy guapo.

Advirti tambin, con cierto gusto mezclado de zozobra, que Luca, su
sobrina, haba escuchado con ademn y gesto propios de quien entiende la
poesa, y con cierta aficin, que no atinaba l  deslindar si era
meramente literaria,  reconoca otra causa ms personal y ms honda.

Por lo pronto, en consecuencia de tales observaciones, calific  su
sobrina, de quien hasta entonces apenas haba hecho caso, de bonita y de
discreta. Se puede decir que la mir concienzudamente por primera vez, y
vi que era rubia, blanca, con ojos azules, airosa de cuerpo y muy
distinguida. De todos estos descubrimientos no pudo menos de alegrarse,
como buen to que era; pero hizo,  crey haber hecho, otros
descubrimientos, que le mortificaban algo. "Tal vez sern cavilaciones",
deca para s.

En punto de las diez se acab la tertulia.

Sola ya la familia, Doa Antonia convoc  los criados, y en compaa de
todos, y en alta voz, se rez el rosario.

Por ltimo, no bastando el chocolate y el refresco, que pudiera pasar
por merienda, para gente que coma entonces poco despus de medioda, se
sirvi la indispensable cena.

Durante este tiempo D. Fadrique busc y encontr ocasin de tener un
aparte con su sobrina, y le habl de este modo:

--Nia, veo que te gustan los versos ms de lo que yo crea.

Ella, ponindose muy colorada y ms bonita desde la primera palabra que
el to pronunci, respondile, algo cortada:

--Y por qu no han de gustarme? Aunque criada en un lugar, no soy tan
ruda.

--Basta con mirarte, hija ma, para conocer que no lo eres. Pero el que
te gusten los versos no se opone  que puedan gustarte los poetas.

--Ya lo creo que me gustan. Fr. Luis de Len y Garcilaso son mis
predilectos entre los lricos espaoles, --dijo Luca con suma
naturalidad.

Casi se disip la sospecha de D. Fadrique. Pareca inverosmil tanto
disimulo en una muchacha de diez y ocho aos, que rezaba el rosario
todas las noches, iba  misa y se confesaba con frecuencia.

Don Fadrique no tena tiempo para rodeos y perfrasis, y se fu
bruscamente al asunto que le mortificaba.

--Sobrina, con franqueza: los versos que hemos odo los ha compuesto D.
Carlos para t?

--Qu disparate! --respondi Luca, soltando una carcajada.

--Y por qu haba de ser disparate?

--Porque nada de aquello me conviene: porque yo no soy Clori.

--Bien pudieras serlo. El poeta no describe  Clori. Afirma vaga 
indeterminadamente que Clori es bella, y t eres bella.

--Gracias, to; V. me favorece.

--No; te hago justicia.

--Sea como V. guste. Pero dgame V., de dnde sacamos  mi viejo
rabadn? porque yo no doy con l.

--Pues mira, yo cre haberle encontrado.

--Cmo, to, si no estaba en la tertulia ms que el seor cura?

--Y yo, no soy nadie?

--Qu quiere V. decir con eso?

--Quiero decir que tengo cincuenta aos, que te llevo treinta y dos, y
que no estoy loco para aspirar  que me quieran; pero los poetas fingen
lo que se les antoja, y el barbilindo de D. Carlos puede haber levantado
esa mquina de suposiciones absurdas para escribir su idilio. En tal
caso, no est muy conforme con la verdad todo aquello de que el viejo
rabadn no puede ya con sus huesos, ni baila, ni corre, ni guerrea, ni
es capaz de cazar lobos como el zagal. Con mi medio siglo encima, me
apuesto  todo con el tal D. Carlitos. Todava, si me pongo  bailar el
bolero, estoy seguro de que he de bailarle mejor que cuando mi padre me
hizo que le bailara  latigazos. Y en punto  pulmones y  resuello, no
ya para encaramarme al Parnaso corriendo detrs de las bacantes, no ya
para tocar todas las flautas y clarinetes del mundo, sino para mover las
aspas de un molino, entiendo que tengo de sobra.

--Pero, to, si D. Carlos no ha soado en V. ni ha pensado en m.

--Vamos, muchacha, no seas hipocritilla.  mi se me ha metido en la
cabeza que ese chico te quiere, que ha sabido que yo vena  pasar aqu
un mes, que ha odo decir que yo era viejo, y, con estos datos, el
insolente ha supuesto lo dems.

Don Fadrique deca todo esto con risa, para embromar  su sobrina; y,
aunque dudoso de su recelo, algo picado de la desvergenza del poeta,
que por otra parte no haba dejado de caerle en gracia.

--To --dijo por ltimo Luca con la mayor gravedad que pudo,-- V. no es
el viejo rabadn. El viejo rabadn es de Villabermeja como V.: hace dos
aos que est establecido aqu, y merece, en efecto, las calificaciones
que le prodiga el poeta, porque est muy asendereado y estropeado. El
viejo rabadn se llama D. Casimiro. V. debe de conocerle.

--Ya lo creo! Y vaya si le conozco! --dijo el Comendador recordando 
su antiguo adversario y vctima de la niez.

--Pero entonces, quin es Clori? --aadi en seguida.

--Clori es una linda seorita, muy amiga ma. Su madre vive con gran
recogimiento y no sale ni deja salir  su hija de noche. Por eso no ha
estado Clori de tertulia; pero es mi vecina, y su madre consiente en
que venga conmigo de paseo, en compaa de mi madre. Si maana quiere V.
ser nuestro acompaante, iremos  las huertas,  las diez, despus del
almuerzo, por sendas en que haya sombra. Clori vendr, y V. conocer 
Clori.

--Ir con mucho gusto.

--Ah, to! Por amor de Dios, que no se le escape  V. lo de que D.
Carlos est enamorado de mi amiga y lo de que ella es Clori. Mire V. que
es un secreto. Nadie ms que yo lo sabe en la poblacin. Hay que tener
mucho recato, porque los padres de ella no quieren ms que  D. Casimiro
y nada traslucen del amor de D. Carlos. Yo se lo he confiado  V. para
que no fuese V.  creer que yo era Clori y que sin razn de ningn
gnero habamos convertido  V. en viejo rabadn enclenque,  fin de dar
motivo  los versos.

--Quedo satisfecho, muchacha, y no dir nada. Te aseguro ya que me
interesa tu amiga Clori y que tengo curiosidad de verla.

De esta suerte, de improviso, vino D. Fadrique  tener, apenas llegado,
un secreto con su sobrina, y  figurar en intrigas y lances de amor.

Pensando en ello, se retir  su cuarto, como los dems se retiraron
cada cual al suyo, y durmi hasta las ocho de la maana, mejor que un
mozo de veinte aos.




VIII

Doa Antonia amaneci con un tremendo jaquecazo, enfermedad  que era
muy propensa. Tuvo, pues, que guardar cama y no pudo acompaar  paseo 
su hija Luca; pero, como el mal no era de cuidado, y ya Luca tena
concertado el paseo con su amiga, se decidi que el Comendador las
acompaase.

La amiga de Luca viva en la casa inmediata. Un muro separaba los
patios de una casa y otra.  la hora convenida, en punto de las nueve y
media, pronta ya Luca para salir y con su to al lado, grit desde el
patio, al pie del muro:

--Clara (as se llamaba Clori en la vida real), ests ya lista?

No se hizo aguardar la contestacin.

Oyse primero la voz de una criada que deca:

--Seorita, seorita, Doa Luca est llamando  su merced.

Un momento ms tarde son en el patio contiguo una voz argentina y
simptica, que responda:

--All voy; sal  la calle; para qu he de entrar en tu casa?

Salieron D. Fadrique y Doa Luca, y hallaron ya  Doa Clara en la
puerta.

El Comendador,  pesar de sus distracciones, mir  Doa Clara con
extraordinaria curiosidad. Era una nia de poco ms de diez y seis aos.
El color de su rostro, de un moreno limpio, teido en las mejillas y en
los labios del ms fresco carmn. La tez pareca tan suave, delicada y
transparente, que al travs de ella se imaginaba ver circular la sangre
por las venas azules. Los ojos, negros y grandes, estaban casi siempre
dormidos y velados por los prpados y las largas y rizadas pestaas; si
bien, cuando fijaban la mirada y se abran por completo, brotaban de
ellos dulce fuego y luz viva. Todo en Doa Clara manifestaba salud y
lozana, y, sin embargo, en torno de sus ojos, fingindolos mayores y
acrecentando su brillantez, se notaba un cerco obscuro, como el morado
lirio.

Era Doa Clara ms alta que su amiga Luca, bastante alta tambin, y,
aunque delgada, sus formas eran bellas y revelaban el precoz y completo
desenvolvimiento de la mujer. El cabello de Doa Clara era negrsimo,
las manos y el pie pequeos, la cabeza bien plantada y airosa.

Ambas amigas iban vestidas de negro, con mantilla y basquia, y algunas
rosas en el peinado.

Luca dijo  su amiga la indisposicin de su madre, y que su to el
Comendador, recin llegado de Villabermeja, las acompaara en el paseo.
Salvos los cumplimientos y ceremonias de costumbre, no hubo en la
conversacin nada memorable, hasta que los tres, que iban juntos,
salieron de la ciudad y llegaron al campo.

La pequea ciudad est por todas partes circundada de huertas. Muchas
sendas las cortan en diversas direcciones.  un lado y otro de cada
senda hay una cerca de granados, zarza-moras, mimbres y otras plantas.
En muchas sendas hay un arroyo cristalino  cada lado; en otras, un solo
arroyo. Todas ellas gozan, en primavera, verano y otoo, de abundante
sombra, merced  los lamos corpulentos y frondosos nogales, y dems
rboles de todo gnero que en las huertas se cran.

La tierra es all tan generosa y feraz, que no puede imaginarse el
sinnmero de flores y la masa de verdura que cien las mrgenes de los
arroyos, esparciendo grato y campestre aroma. Campanillas, mosquetas,
violetas moradas y blancas, lirios y margaritas abren all sus clices y
lucen su hermosura.

El sol radiante, que brilla en el cielo despejado y dora el aire
difano, hace ms esplndida la escena. Increble multitud de pjaros
la anima y alegra con sus trinos y gorjeos. En Andaluca, huyendo de la
tierra de secano, buscando el agua y la sombra, se refugian las aves en
estos osis de regado, donde hay frescura y tupidas enramadas.

Tales eran los sitios por donde paseaba el Comendador con las dos
bonitas muchachas. Apenas salieron de la poblacin, tomaron la senda que
llaman _del medio_. Ellas cogan flores, se deleitaban oyendo cantar los
colorines  rean sin saber de qu. El Comendador meditaba, senta gran
bienestar, gozaba de todo, aunque ms tranquilamente que ellas.

Al llegar  sitio ms ancho, no ya  otra senda, sino  un camino, los
tres, que, por ser la senda casi siempre estrecha, haban ido uno en pos
de otro, se pusieron en la misma lnea. Clara estaba en el centro. Luca
dijo entonces, dirigindose  su to:

--Vamos, ya habr satisfecho V. su curiosidad. sta es Clori. No es
verdad que merece haber inspirado el idilio?

Doa Clara, que si bien ms moza que Luca, era ms reflexiva y grave,
sinti que su amiga hubiese confiado  su to aquel secreto, y no pudo
reprimir las muestras de su disgusto, frunciendo el entrecejo,
ponindose ms seria y tindose al mismo tiempo de grana sus mejillas
con la vergenza y el enojo.

Nada dijo Doa Clara,  pesar de ello; pero Luca advirti su disgusto y
prosigui de esta suerte:

--No te ofendas Clarita. No me motejes de parlanchina. Mi to me puso
anoche entre la espada y la pared, y tuve que confesrselo todo. Tuve
que disculparme y que disculpar  D. Carlos.  mi to se le meti en la
cabeza que l era el viejo rabadn y que yo era Clori. Adems, mi to es
muy sigiloso y no dir nada  nadie. No es verdad to?

--Descuide V., seorita --respondi el Comendador, encarndose con Doa
Clara, que se puso ms encarnada an:-- nadie sabr por m quin ha
inspirado el idilio, que es, por cierto, precioso.

El Comendador advirti que Clara se tranquilizaba, si bien no acert,
con la turbacin,  pronunciar palabra alguna.

Doa Luca continu:

--Vaya si es precioso el idilio! Crame V., to: desde Vicente Espinel
hasta nuestra edad, Ronda no ha producido ms ingenioso poeta que
nuestro amigo D. Carlos de Atienza, ilustre mayorazgo de la mencionada
ciudad, el cual vive en Sevilla con sus padres, trata de tomar en
aquella Universidad la borla de doctor en ambos Derechos, y ahora
descuida bastante los estudios por seguir  Clori, que, desde Sevilla,
se ha venido aqu de asiento con su familia,  quien V. sin duda conoce.

--Sobrina, yo no s si tengo  no la honra de conocer  la familia de
esta seorita, cuyo apellido no me has dicho. Cmo un forastero recin
llegado ha de adivinar la familia de quien slo sabe que se llama Clori
en poesa y Clara en prosa?

--Ay, es verdad! Qu distrada soy! No haba yo dicho  V. cmo se
llamaba mi amiga. Pues bien, to: esta seorita se llama Doa Clara de
Sols y Roldn. Y ahora, qu dice V.? Conoce V.  no conoce  su
familia?

Al oir en boca de Luca el nombre y apellidos de su amiga y la ltima
inocente pregunta, el Comendador se estremeci, se turb; el color rojo,
que haba teido antes las mejillas delicadas de Clarita, se dira que
haba pasado con ms fuerza  encender el rostro varonil de D. Fadrique,
curtido por el sol de India y por los vientos de los remotos mares.

Luca, sin advertir la turbacin de su to, sigui diciendo:

--Pero qu digo  su familia?  la misma Clara es posible que V. la
conozca, slo que ya no se acuerda. Cuando era ella chiquirritita, tal
vez cuando ella naci, estaba V. en Lima. Clara es limea.

Dominndose al cabo el Comendador, contest  su sobrina:

--Mal puedo acordarme y mal puedo haber olvidado  esta seorita, 
quien nunca he visto.  quien s he conocido y tratado mucho es  su
seor padre; y tambin,  pesar de la vida retirada y austera que
siempre ha hecho, tuve el gusto de tratar y ser amigo de mi seora Doa
Blanca Roldn. Cmo est su seora madre de V., seorita?

--Sigue bien de salud --contest Doa Clara;-- pero, entregada como
nunca  sus devociones, apenas se deja ver de nadie.

--Y el Sr. D. Valentn, est bueno?

--Gracias  Dios, lo est, --dijo Clara.

--Se ha retirado ya de la magistratura --aadi Luca;-- ha heredado los
cuantiosos bienes de su hermano el mayor, que muri sin hijos, y vive
aqu, donde tiene su mejores fincas, de que Clarita es nica heredera.

Como una nueva oleada de sangre subi entonces  la cara del Comendador,
enrojecindola toda. Reportndose luego, dijo de la manera ms natural 
su parlera sobrina:

--Con que esta seorita, adems de ser tan guapa, es muy rica?

--Para estos lugares lo es. No es verdad, to, que es muy extrao que
la quieran casar con don Casimiro? Si viera V. qu viejo y qu feo
est! Vamos, es ofender  Dios. Yo, si fuera el Papa, negaba la licencia
que habr que pedirle.

--Pues qu --exclam D. Fadrique,-- son ustedes parientes tan
cercanos?

--Don Casimiro Sols es el pariente ms cercano que tiene mi padre,
--contest Clara.

--Sera su inmediato heredero si Clara no viviese, --aadi Luca, que
no dejaba por contar nada de cuanto saba, cuando se hallaba entre
personas, como Clara y su to, que le infundan tanta confianza y
cario.

Don Fadrique no llev adelante la conversacin. Qued callado y como
pensativo y melanclico.

En silencio continuaron, pues, paseando hasta que llegaron al
_nacimiento_. En mitad de un bosque de encinas y olivos, que pone
trmino  las huertas, se alza un monte escarpado, formado de riscos y
peascos enormes, que parecen como suspendidos en el aire, amenazando
derrumbarse  cada momento.

Higueras bravas, jaras de varias especies, romero y tomillo, musgo,
retama y otras mil hierbas, plantas y flores, nacen en las hendiduras de
aquellas peas  cubren los sitios en que no est pelada la roca viva, y
hallan alguna capa vegetal donde fijar y alimentar las races.

Los peascos horadados abren paso  diversas grutas  cuevas en no pocos
sitios del cerro,  cuyo pie, ms bajo an que el nivel del camino,
estn como socavadas las piedras, formando una gruta mayor y de ms
grande entrada que las otras. En el fondo de esta gruta, que se ve todo
sin penetrar all, brota de una grieta, sin hiprbole alguna, un
verdadero ro. Por eso se llama aquel sitio el nacimiento del ro, 
sencillamente _el nacimiento_.

El agua que mana de entre las peas cae con grato estruendo en un
estanque natural, cuyo suelo est sembrado de blanqusimas y redondas
piedrezuelas. Por aquel estanque se extiende mansa el agua, creando y
desvaneciendo de continuo crculos fugaces; mas,  pesar de los
crculos, son las ondas de tal transparencia, que al travs de ellas se
ve el fondo, aunque est  ms de vara y media de profundidad, y en l
pueden contarse las guijas todas.

En la margen del pequeo lago crecen juncos, juncia, berros y otras
plantas acuticas.

El estanque  lago llena la gruta y se dilata buen espacio fuera de
ella, reflejando el cielo en su cristal.  derecha y  izquierda hay dos
acequias, por donde el agua corre, dividindose despus en infinitos
arroyuelos, y yendo  regar las mil y quinientas huertas que hacen del
trmino de aquella pequea ciudad un verde y florido paraso.

Como todo por aquellas cercanas es terreno quebrado, el agua baja  las
hondonadas con mpetu brioso:  veces se precipita en cascadas, y 
veces pone en movimiento aceas, batanes y martinetes. No obstante,
cerca del nacimiento el agua va por tierra llana, con sosegada corriente
y apacible murmullo, sin que haya ruido mayor en aquella amena soledad
que el que produce el nacimiento mismo; el golpe del agua que brota de
la pea y cae dentro de la gruta.

 la orilla del estanque rstico hay varios sauces, y junto al tronco
del ms alto y frondoso un poyo  asiento de piedra. All estaba sentado
el poeta rondeo D. Carlos de Atienza cuando llegaron el Comendador, su
sobrina y Doa Clara.

Don Fadrique, como si anhelase apartar de s tristes y enojosos
pensamientos, impropios de su carcter y risuea filosofa, se pas la
mano por la frente, y creyendo que recobraba su serena y alegre
condicin, dijo en voz alta:

--Hola, ilustre poeta, qu nuevo idilio compone V. en estas soledades?

Don Carlos se levant del asiento, y yendo hacia los recin venidos,
dijo:

--Buenos das, Sr. D. Fadrique. Beso los pies de Vds., seoritas.

El Comendador le allan el camino para que se viniese con l y con las
nias y los acompaase un rato en el paseo. Habl  D. Carlos de sus
estudios, le ponder lo mucho que le agradaba la poesa, le encomi el
idilio y se le hizo repetir.

No poda haber dado mayor gusto  D. Carlos, ni mayor satisfaccin de
amor propio; porque, como todos los que escriben, han escrito 
escribirn versos en el mundo, era D. Carlos aficionadsimo  recitarlos
en presencia de un benvolo y discreto auditorio, y siempre se inclinaba
 calificarle de discreto, con tal de que fuese benvolo.

Don Fadrique mir con disimulo, pero con mucha atencin,  Clarita
mientras que D. Carlos recit el idilio. Si aun le hubiera quedado la
menor duda de que Clara era Clori, la duda se hubiera disipado. 
Clarita, valindonos de una expresin en extremo vulgar, si bien muy
pintoresca, un color se le iba y otro se le vena mientras los versos
duraron. Ya se pona plida, ya se cubran de prpura sus mejillas.
Hasta cuando exclam D. Carlos recitando:

"Puesqu! te he dado en balde tanta prueba
De amor?"

vi  imagin ver D. Fadrique que los prpados de Doa Clara se
contraan ms de lo ordinario, como para recoger y ocultar indiscretas
lgrimas, que ansiaban por brotar de los hermosos ojos.

Despus de recitados los versos, D. Carlos, menos atrevido en prosa,
apenas se acerc  Clara, y no le dijo palabra que todos no oyesen. Slo
con Luca habl en voz baja y como en secreto.

Los cuatro se internaron, prosiguiendo el paseo y volviendo  la ciudad
por otro camino, en medio de una frondossima alameda. All Clara, 
adelantndose  quedndose atrs y dejando al Comendador con su sobrina,
hubiera podido hablar  su placer con D. Carlos; pero no pareca sino
que le tena miedo, que temblaba de oir su voz sin testigo, y que
deseaba demostrar  los ojos del Comendador que no quera pertenecer 
D. Carlos, sino  D. Casimiro. Ello es que en los lugares ms agrestes,
Clara no se apartaba del lado de D. Fadrique, como si temiese que
saliese una fiera  devorarla y buscase en l su amparo y defensa.

Quin sabe lo que pasaba en aquellos instantes en el alma del
Comendador? Lo cierto es que casi no se atreva  hablar  Clara; pero
de repente, en una ocasin en que D. Carlos y Luca se adelantaron y se
perdieron de vista entre los rboles, el Comendador detuvo  Clara, la
contempl de un modo extrao y dulce, y tomando su semblante una
expresin solemne y en cierto modo venerable, exclam:

--Hija ma! Es V. muy buena, muy hermosa... inocente de todo; Dios
bendiga  V. y la haga tan feliz como merece.

Y diciendo esto, alz las manos como para bendecir  la muchacha, tom
su cabeza entre ellas y le di en la frente un beso.

Clara hall, sin duda, muy raro todo aquello, fuera del uso y del
estilo comn; pero la cara de D. Fadrique estaba tan seria, y su
expresin era tan simptica y noble, que,  pesar de las ideas con que
personajes devotos haban manchado precozmente la conciencia de la nia,
hablndole de pecados y faltas, Clara no pudo ver all ningn
atrevimiento liviano.

Ms an se afirm en la idea de lo puro  impecable del extrao 
inesperado beso, cuando le dijo el Comendador:

--Don Carlos me parece un mozo excelente. Le ama V. mucho?

Haba en el acento de D. Fadrique un suave imperio, al que Clara no supo
resistir.

--Le he amado mucho --contest,-- pero yo acertar  no amarle. He sido
muy culpada. Sin que lo sepa mi madre le he querido. En adelante no le
querr. Ser buena hija. Obedecer  mi madre. Ella sabe mejor que yo lo
que me conviene.

Don Fadrique no se atrevi  replicar ni  hacer un discurso subversivo
de la autoridad materna.

 poco volvieron  reunirse, en un solo grupo los cuatro.

Antes de entrar de nuevo en la ciudad, D. Carlos se despidi del
Comendador y de las dos seoritas, y se fu por otros sitios.

Apenas Luca y su to dejaron  Clara  la puerta de su casa, el to
pregunt  la sobrina:

--Qu te ha dicho D. Carlos?

--Qu ha de decir? Que est desesperado; que Clara le desdea, que le
rechaza, y que, por obedecer  su madre, se casar con D. Casimiro.

--Y D. Valentn, qu hace?

--Nada. Qu quiere V. que haga? Pues qu, ignora V. que D. Valentn es
un gurrumino? Una mirada de Doa Blanca le confunde y aterra; una
palabra de enojo de aquella terrible mujer hace que tiemble D. Valentn
como un azogado.

--De suerte que Doa Blanca es quien ha decidido el casamiento de Clara
con D. Casimiro.

--S, to; en esa casa Doa Blanca es quien lo decide todo. Ella manda y
los dems obedecen. No se atreven  respirar sin su licencia. No se
puede negar que Doa Blanca tiene mucho talento y es una santa. Sabe ms
de las cosas de Dios que todos los predicadores juntos. Reza muchsimo;
lee y estudia libros piadosos; lleva una vida ejemplar y penitente, y
hace muchas limosnas  los pobres y  las iglesias; pero,  pesar de
tantas virtudes y excelentes prendas, nada tiene de amable. Antes al
contrario, es terrible.  m me pone miedo.

--No lo dudo, sobrina; ya era como t la describes cuando yo la conoc.

--Ay, to! Y la vea V. con frecuencia?

--No con frecuencia, sobrina; pero al fin la trat algo.

--No extrae V. que en una semana no vengan  casa, ni para cumplir.
Doa Blanca vive con la mente tan lejos de todo, y se resiste tanto 
que le cuenten cosas del mundo exterior que distraigan su espritu de la
contemplacin ntima en que vive, que de seguro ni ella ni su pobre
marido sabrn que V. ha llegado. D. Valentn no creo que sea hombre muy
interior, espiritual y contemplativo; pero como tiene tanto miedo  su
mujer y quiere darle gusto siempre, vive tambin  lo mstico, apartado
del trato humano, y yo le juzgo capaz de azotarse con unas disciplinas,
no tanto por amor de Dios, cuanto por amor y por miedo de Doa Blanca.

Don Fadrique escuchaba y callaba. No tena humor de despegar los labios.
Luca, que era aficionada  hablar, solt la tarabilla y prosigui
diciendo:

--Pobre Clara! Figrese V. lo divertida que estar. Yo no lo dudo; ella
se ir al cielo; pero qu! no puede ir uno al cielo con menos trabajo?
No acierto  ponderar  V. los prodigios de astucia, los portentos de
habilidad, aunque est mal que yo me alabe, que he tenido que hacer para
ganarme un poco la voluntad y la confianza de Doa Blanca y lograr que
su hija se trate conmigo y salga  veces en mi compaa. Si no fuera por
m, Clara estara como enterrada en vida, entre cuatro paredes. No s
cmo ha podido entenderse con D. Carlos. Gracias  que l es muy listo y
capaz de todo. Clara ha estado con l, no dir que en relaciones, sino
casi en relaciones. Ello es que Clara le amaba. Luego ha tenido
remordimientos de amar  un hombre  escondidas de su madre, y sobre
todo cuando su madre la destina para otro. As es que ahora rechaza al
pobre D. Carlos, y el infeliz zagal Mirtilo se muere de pena.

El Comendador oa con inters  su sobrina, y no pona en la
conversacin ni una exclamacin siquiera. Pareca que se haba quedado
mudo  que no saba qu decir.

--Clara --prosigui Luca,-- ahora que cree pecado amar  D. Carlos, y
que no halla posible oponerse  la voluntad de su madre, piensa  veces
en ser monja; pero ni este deseo se atreve  confiar  su madre.
Considera ella, en primer lugar, que no es buena su vocacin; que quiere
tomar el velo por despecho y como desesperada; y, por otra parte, cree
que decir  su madre que quiere ser monja es un acto de rebelda, es
oponerse  su voluntad de casarla con D. Casimiro. Qu piensa V. de la
situacin de mi desgraciada amiga?

Interrogado tan directamente el Comendador, tuvo al cabo que romper el
silencio; pero respondi con laconismo:

--Mala es, en verdad, la situacin; pero, quin sabe? Todo tiene
remedio menos la muerte. Entre tanto --aadi D. Fadrique, hablando con
lentitud y bajo, dejando caer las palabras una  una, como si le
costasen grandes esfuerzos, y como si en vez de responder  su sobrina
hablase consigo mismo y  s propio se respondiese;-- entre tanto, Doa
Blanca es discreta, es piadosa y es buena madre. Razones de mucho peso
tiene... sin duda... para querer casar  su hija con D. Casimiro. En
fin, muchacha, sigue siendo buena amiga de Clara; pero no caviles ni
formes juicios acerca de la conducta de Doa Blanca. Voy, adems, 
hacerte otra splica.

--Mande V., to.

--Es algo difcil lo que exijo de t.

--Por qu?

--Porque te gusta hablar, y lo que exijo es que calles.

--Y qu he de callar? Ya ver V. cmo me callo. Yo no quiero que V. se
disguste y forme mal concepto de m.

--Pues bien; calla que me has puesto al corriente de los amores de D.
Carlos y Doa Clara, y calla tambin cuanto sabes acerca de estos
amores.

--To, por amor de Dios! No me crea V. tan amiga de contarlo todo. El
pcaro idilio tiene la culpa. Sin el idilio, ni  V. le hubiera yo
confiado nada.

Odo esto, sonri el Comendador  su sobrina; y como ya estaban en la
casa, se apart de la muchacha, yndose algo meditabundo y ensimismado,
cual si procurase resolver un difcil problema.




IX

Mientras el Comendador y Luca tenan el dilogo de que acabamos de dar
cuenta, Clara haba entrado en el cuarto de su madre.

Doa Blanca estaba sentada en un silln de brazos. Delante de ella haba
un velador con libros y papeles. D. Valentn estaba all, sentado en una
silla, y no muy distante de su mujer.

El aspecto de Doa Blanca era noble y distinguido. Vestida con sencillez
y severidad, todava se notaban en su traje cierta elegancia y cierto
seoro. Tendra Doa Blanca poco ms de cuarenta aos. Bastantes canas
daban ya un color ceniciento  la primitiva negrura de sus cabellos. Su
semblante, lleno de gravedad austera, era muy hermoso. Las facciones,
todas de la ms perfecta regularidad.

Era Doa Blanca alta y delgada. Sus manos, blancas, parecan
transparentes. Sus ojos, negros como los de su hija, tenan un fuego
singular  indefinible, como si todas las pasiones del cielo y de la
tierra y todos los sentimientos de ngeles y diablos hubiesen
concurrido  crearle.

Don Valentn, tmido y pacfico, enamorado de su mujer en los primeros
aos de matrimonio, y lleno despus de consideracin hacia ella, no se
atreva  chistar en su presencia, si ella no le mandaba que hablase.

Era D. Valentn un virtuoso caballero, pero dbil y pusilnime. Haba
sido, por amor y respeto  su honra, un magistrado ntegro. Nada haba
podido apartarle del cumplimiento de su deber, y hasta haba mostrado
admirable entereza fuera de casa, donde la entereza, por grande que deba
ser, basta con que dure un instante; pero en la casa, con la domstica
tirana de una mujer dotada de voluntad de hierro, cuya presin es
perpetua  incesante, D. Valentn no haba sabido resistir, y haba
abdicado por completo. La hacienda, los negocios, la educacin de la
hija, todo dependa y todo era dirigido y gobernado por Doa Blanca.

El aspecto de D. Valentn era insignificante y neutral.

Ni alto ni bajo, ni pelinegro ni rubio, ni flaco ni gordo. Pareca, con
todo, un seor, por decirlo as, muy correcto en sus modales, en su
continente y en su habla. La devota sumisin  su mujer aada  dicha
calidad de correcto una tintura de mansedumbre.

Don Valentn haba sido en su mocedad muy buen catlico, pero sin
fervor penitente y sin inclinaciones msticas y contemplativas. Ahora,
por no desazonar  su mujer, se esforzaba por remedar  San Hilarin  
San Pacomio.

Tena D. Valentn cerca de sesenta aos de edad, pero pareca mucho ms
viejo, porque no hay cosa que envejezca y arruine ms el bro y la
fortaleza de los hombres que esta servidumbre voluntaria y espantosa, 
que por raro misterio de la voluntad se someten muchos, cediendo  la
persistencia endemoniada de sus mujeres.

No bien entr Clara en el cuarto, Doa Blanca le pregunt:

--Dnde has estado, nia?

--Mam, en _el nacimiento_.

--No s cmo tiene pies mi seora Doa Antonia para dar paseos tan
disparatados. Con ir y volver, eso es andar cerca de una legua.

--Doa Antonia no ha estado hoy con nosotras --dijo Clara, no
atrevindose  mentir, ni siquiera  disimular.

El rostro de Doa Blanca tom cierta expresin de sorpresa y de notable
desagrado.

--Entonces quin os ha acompaado en el paseo? --pregunt Doa Blanca.

--No se enoje V., mam: hemos ido bien acompaadas.

--S; pero por quin? Por alguna fregona? Por alguna ta cualquiera?

--Mire V., mam, Doa Antonia tena la jaqueca y no pudo acompaarnos.
En su lugar ha venido con nosotras el to de Luca.

--Y quin es ese to?

--Un seor marino que estuvo en la India y en el Per, que dice que
conoce  V., que hace poco ha venido  vivir  Villabermeja, y que
anoche lleg aqu  pasar una temporada.

--Ese es el Comendador Mendoza --dijo D. Valentn, con cierto jbilo de
saber que haba llegado un antiguo amigo.

--Justamente, pap, as se llama: el Comendador Mendoza; un seor muy
fino, si bien algo raro.

--Oye, Blanca, ser menester que vayamos  ver al Comendador, que vive
sin duda en casa de su hermano --exclam D. Valentn.

--Cumpliremos con ese deber que la sociedad nos impone --dijo Doa
Blanca con reposo y dignidad serena--; pero t, Clara, no debes volver 
salir de paseo ni tratarte con ese hombre malvado  impo. Si la santa
fe de nuestros padres no estuviera tan perdida; si las perversas
doctrinas del filosofismo francs no nos hubiesen inficionado, ese
hombre, en vez de vestir el honroso uniforme de la marina, vestira el
sambenito; en vez de andar libre por ah, piedra de escndalo, fermento
de impiedad, levadura del infierno, corrompiendo lo que aun en el
cuerpo social se conserva sano, estara en los calabozos de la
Inquisicin  ya hubiera muerto en la hoguera.

Clara se aterr al oir en boca de su madre aquella diatriba. Se
represent en su mente al Comendador como  un personaje endiablado; y,
acordndose del tierno beso que de l haba recibido, se llen toda de
espanto y de vergenza.

Don Valentn, con el recuerdo del Comendador, que le traa  la
imaginacin mejores tiempos, cuando l estaba menos viejo y menos
sumiso, se senta, contra su costumbre, con nimo de contradecir y no
someterse del todo. As es que dijo:

--Vlgame Dios, mujer, qu falta de caridad es esa! Eres injusta con
nuestro antiguo amigo. No te negar yo que era algo _esprit fort_ en su
mocedad pero ya se habr enmendado. Por lo dems, siempre fu el
Comendador pundonoroso, hidalgo y bueno. Qu tienes t que decir contra
su moralidad?

--Cllate, Valentn, que no dices ms que sandeces. Y las llamo
sandeces, por no calificarlas de blasfemias. Qu moralidad, qu
hidalgua, qu virtud puede haber donde faltan la religin y las
creencias, que son su fundamento? Sin el santo temor de Dios toda virtud
es mentira y toda accin moral es un artificio del diablo para engaar 
los bobos que presumen de discretos y que no subordinan su juicio  los
que saben ms que ellos. Ya lo he dicho y lo repito: el Comendador
Mendoza era un impo y un libertino, y seguir sindolo. Nosotros iremos
 visitarle para no chocar, procurando no hallarle en casa y ver slo 
doa Antonia y  su bendito marido. En cuanto  Clarita, se buscar un
pretexto cualquiera para que no salga ms con Luca, exponindose  ir
en compaa de ese renegado, jacobino, volteriano y ateo. Primero
confiara yo  Clara al cuidado de la ms vil y pecadora de las mujeres.
Esta mujer, con el auxilio de la religin, puede regenerarse y llegar 
ser una santa; pero de quien niega  Dios  le aborrece, del empedernido
de toda la vida, qu esperanza es lcito concebir?

Clarita y D. Valentn se compungieron y amilanaron con el sermn de Doa
Blanca, y nada supieron contestarle.

Qued, pues, resuelto que Clarita, por culpa del Comendador y para que
no se contaminase, no volvera  pasear con Luca.




X

Las resoluciones de Doa Blanca Roldn eran irrevocables y efectivas.
Ella saba darles cumplimiento con calma persistente.

Una maana, despus de oir misa con D. Valentn, estuvo Doa Blanca 
visitar  Doa Antonia y  felicitarla por la venida de su cuado; y fu
con tal tino, que no se hallaba el Comendador en casa.

Ni antes ni despus de esta visita se dejaron ver Doa Blanca y D.
Valentn de sus vecinos y amigos. Retirados siempre en el fondo del
antiguo casern en que vivan, y pretextando enfermedades, no reciban
visitas,  pesar de lo difcil y odioso que es negarse  recibir,
estando en casa, cuando se vive en un pueblo pequeo.

En balde intent repetidas veces Luca sacar  paseo  Clara. Siempre
que envi recado, le contestaron que Clara estaba mal de salud  muy
ocupada y que le era imposible salir.

Luca fu ella misma  ver  Clara, y slo dos veces pudo verla, pero en
presencia de su madre. Estas pruebas de retraimiento y hasta de desvo
estaban suavizadas por una extremada cortesa de parte de Doa Blanca;
aunque bien se dejaba conocer que si esta seora pona de su parte
cuantos medios le sugera su urbanidad  fin de no dar motivo de
agravio, preferira agraviar, si por agraviado se daba alguien,  cejar
un punto en su propsito.

Fuera del da en que visit  Doa Antonia, no pona Doa Blanca los
pies en la calle sino de madrugada, para ir  la iglesia,  misa y dems
devociones. D. Valentn la acompaaba casi siempre, como un lego 
doctrino humilde, y Clara la acompaaba siempre, sin osar apenas
levantar los ojos del sueldo.

Luca, cavilando sobre las causas de aquella poco menos que completa
ruptura de relaciones, lleg  temer que Doa Blanca hubiese averiguado
los amores de Clara con D. Carlos de Atienza, la presencia de ste en la
ciudad y la entrada y proteccin con que contaba en su casa.

Doa Clara no hablaba  solas ni escriba  su amiga; por los criados
nada poda averiguarse, porque los de Doa Blanca eran forasteros casi
todos, y  no tenan confianza en la casa,  hacan una vida devota y
apartada, imitando y complaciendo as  sus amos.

Slo poda afirmarse que la nica persona que entraba de visita en casa
de D. Valentn era su cercano pariente D. Casimiro.

De esta suerte se pasaron diez das, que  don Carlos,  Luca y al
Comendador parecieron diez siglos, cuando al anochecer, en una hermosa
tarde, el Comendador estaba en el patio de la casa slo con su sobrina.
sta traa con su to una conversacin muy animada, mostrndole las
plantas y las flores que en arriates y en multitud de tiestos adornaban
aquel patio, contiguo, como ya hemos dicho, al de la casa de D.
Valentn. Salvando el muro divisorio, la voz de ambos interlocutores
poda llegar al patio inmediato. La voz lleg, en efecto, porque en
medio de la conversacin sintieron Luca y el Comendador el ruido de un
pequeo objeto pesado que caa  sus pies. Luca se baj con prontitud 
recogerle, y no bien le tuvo en la mano, dijo  su to, toda alborozada
y en voz baja:

--Es una carta de Clarita. Qu buena es! Me quiere de veras. Menester
es conocerla como yo la conozco, para estimar lo que vale esta fineza de
su amistad. Burlar por m la vigilancia de su madre! Escribirme
furtivamente! Calle V... to... si parece imposible. Por m, esa
infeliz, que es una santa, ha faltado  su deber de obediencia filial!
Y cmo, dnde,  qu hora habr podido escribirme? Vamos ... si le digo
 V. que es un milagro de cario. Y la picarita con qu angustia habr
estado espiando la ocasin de echarme la carta, segura de que yo la
recogera? Benditas sean sus manos!

Y diciendo esto haba desatado el papel de la china en que vena liado
con un hilo, y se dira que quera comrsele  besos.

--Ven  leer esa carta --dijo el Comendador,-- donde haya luz y donde no
vengan  interrumpirnos. En el despacho no hay nadie y ahora acaban de
encender el veln. Ven, que es ya de noche y aqu no vers.

Luca fu al despacho con su to, y con acento conmovido, casi al odo
del Comendador, ley lo siguiente:

"Mi querida Luca: De sobra conoces t lo mucho que te quiero.
Considera, pues, cunto me afligir verte tan poco y no poder hablarte.
Mi madre lo exige, y una buena hija debe complacer  su madre. No creas
que mi madre ha sospechado nada de mis desenvolturas con D. Carlos de
Atienza. Me echo  temblar al representarme que hubiera podido
sospecharlo. Nadie sabe ms que t, el Comendador y yo, que D. Carlos me
pretende; pero Dios sabe mi pecado, del que estoy arrepentida. Ha sido
enorme perversidad en m dar alas  ese galn con miradas dulces y
profanas sonrisas... casi involuntarias... te lo juro. No por eso me
pesan menos en la conciencia. Algo he hecho yo,  arrastrada por mi
maldad nativa,  seducida por el enemigo comn de nuestro linaje, para
alborotar  ese mozo, hacerle abandonar su Universidad y sus estudios, y
moverle  venir aqu en persecucin ma. En medio de todo, harto tengo
que agradecer  Jess y  Mara Santsima, que se apiadan de m,  pesar
de lo indigna que soy, y disponen que no se solemnice mi falta con el
escndalo. Favor sobrenatural del cielo es, sin duda, el que siga oculto
el mvil que ha impulsado  D. Carlos  venir aqu. La gente cree que
vino y est aqu por t. Cunto debo agradecerte que cargues con esta
culpa! Si yo no hubiera sido atrevida, si yo no hubiera animado  D.
Carlos, si yo hubiera tenido la severidad y el recato convenientes, no
me vera ahora en tan amargo trance. Ay, mi querida Luca! El corazn
humano es un abismo de iniquidad ... y de contradicciones. Quieres
creer que, si por un lado me desespero de haber dado ocasin para que D.
Carlos haya venido persiguindome, por otro lado me lisonjea, me encanta
que haya venido, y advierto que si no hubiera venido sera yo ms
desgraciada? En medio de todo... no lo dudes... yo soy muy mala. Estoy
avergonzada de mi hipocresa. Estoy engaando  mi madre, que es tan
perspicaz. Mi madre me juzga demasiado buena... y vela por m, como el
avaro por su tesoro, cuando el tesoro est ya perdido. No acierto 
decrtelo para que no te enojes, y, no obstante, quiero decrtelo. No
cumplira con un deber de conciencia si no te lo dijese. La causa de
que mi madre me aparte de t es tu to.  m me pareci un caballero muy
fino, y bueno; pero mi madre asegura qu horror! que no cree en Dios.
Es posible hija ma! que hiera el demonio con tan abominable ceguedad
los ojos de algunas almas? Se comprende que la copia, la imagen, la
semejanza, renieguen del original divino, que les presta el nico valor
y noble ser que tienen? Si ello es cierto, si el Comendador est
obcecado en sus impiedades, rmate de prudencia y pide al cielo que te
salve. Procura tambin traer  tu to al buen camino. T tienes
extraordinario despejo y don de expresarte con primor y entusiasmo. El
Altsimo, adems, se vale  menudo de los dbiles para sus grandes
victorias. Acurdate de David, mancebo, que era un pastorcillo sin
fuerzas, y venci y derrib al gigante en el valle del Terebinto.
Cuntas hermanas, hijas, madres y esposas no han logrado convencer 
sus descarriados maridos, hermanos, hijos  padres?  gloria parecida
debes aspirar t, y Dios te premiar y te dar bro para alcanzarla. En
cuanto  m, aun siendo tan nia, soy una miserable pecadora, y bastante
tarea tengo con llorar mis locuras y apaciguar la tempestad de
encontrados sentimientos que me destrozan el pecho. Dame la ltima y
mayor prueba de amistad. Persuade  D. Carlos de que no le amo. Dle que
se vuelva  Sevilla y me deje. Convncele de que soy fea, de que gusto
de D. Casimiro, de que mi ingratitud hacia l merece su desprecio. Yo
debiera haberle hablado en este sentido; pero soy tan dbil y tan tonta,
que no hubiese atinado  decrselo, y tal vez le hubiera inducido
estpidamente  que creyese todo lo contrario. Por amor de Dios, Luca
de mi alma, despide por m  D. Carlos. Yo no puedo, no debo ser suya.
Que se vaya; que no disguste por m  sus padres; que no pierda sus
estudios; que no motive un escndalo cuando se sepa que vino por m y
que yo soy una malvada, provocativa, seductora, quin sabe ... Adis.
Estoy apuradsima. No tengo  nadie  quien confiar mis cosas, con quien
desahogar mis penas,  quien pedir consejo y remedio. Espero con ansia
la llegada del P. Jacinto, que es el orculo de esta casa. S que lo que
yo le diga caer como en un pozo, y que sus consejos son sanos. Es el
nico hombre que tiene algn imperio sobre mi madre. Cundo vendr de
Villabermeja? Adis, repito, y ama y compadece  tu--CLARA."




XI

Esta carta inocente, tan propia de una nia de diez y seis aos,
discreta y educada con devocin y recogimiento, gust mucho al
Comendador; pero tambin le di no poco que pensar. No entraremos
nosotros en el fondo de su alma  escudriar sus pensamientos, y nos
limitaremos  decir que tom tres resoluciones, de resultas de aquella
lectura.

Fu la primera buscar modo de ver y de hablar  la seversima Doa
Blanca; la segunda, sondear bien el nimo de D. Carlos para conocer
hasta qu punto amaba de veras  la nia y mereca su amor, y la
tercera, tratar con el P. Jacinto y proporcionarse en l un aliado para
la guerra que tal vez tendra que declarar  la madre de Clarita.

 fin de conseguir lo primero, en vez de escribir pidiendo una
audiencia, que con cualquier pretexto y muy polticamente se le hubiera
negado, discurri D. Fadrique levantarse al da siguiente de madrugada,
aguardar en la calle  Doa Blanca cuando ella saliese para acudir  la
iglesia,  ir derecho  hablarle, sin miedo alguno.

As lo hizo el Comendador. Doa Blanca, antes de las seis, apareci en
la calle con Clarita y don Valentn. Iban  misa  la Iglesia Mayor.
Apenas los vi salir D. Fadrique, se acerc muy determinado, y saludando
cortsmente con sombrero en mano, dijo:

--Beso  V. los pies, mi seora Doa Blanca. Dichosos los ojos que
logran ver  V. y  su familia. Buenos das, amigo D. Valentn. Clarita,
buenos das.

Don Valentn, al orse llamar amigo tan blandamente y por una voz
conocida y simptica, no se pudo contener; no reflexion, se dej llevar
del primer mpetu carioso y se fu hacia D. Fadrique con los brazos
abiertos. Por dicha, no obstante, D. Valentn tena la inveterada
costumbre de no hacer la menor cosa sin mirar antes  su mujer para
notar la cara que pona y si le retraa de consumar  le alentaba  que
consumase su conato de accin.  pesar, pues, de lo entusiasmado que iba
 abrazar  D. Fadrique, el instinto le indujo  que mecnicamente
volviera la cara hacia Doa Blanca antes de llegarse  dar el abrazo.
Indescriptible es lo que vi entonces en los fulminantes ojos de su
mujer. Casi no se puede describir el efecto que le produjo aquella
mirada. Crey D. Valentn leer en ella el ms profundo desdn, como si
le acusase de una humillacin estlida, de una bajeza infame; y crey
ver, al mismo tiempo, la ira y la prohibicin imperiosa de que llevase 
cabo lo que se haba lanzado  ejecutar. El terror sobrecogi de tal
suerte el nimo de D. Valentn, que se par, se qued inmvil de sbito,
como si se hubiera convertido en piedra. Slo con voz apagada y apenas
perceptible exhal, por ltimo, como lnguido suspiro, un

--Buenos das, Sr. D. Fadrique.

--Buenos das, --dijo tambin Clara, no con ms aliento que su padre.

Doa Blanca mir de pies  cabeza al Comendador, y con reposo y suave
acento, sin alterarse ni descomponerse en lo ms mnimo, le habl de
esta manera:

--Caballero: Dios, que es infinitamente misericordioso, tenga  V. en su
santa guarda. No por amor suyo, de que V. carece, sino por el mundano
honor de que V. se jacta y por los respetos y consideraciones que todo
hombre bien nacido debe  las damas, ruego  V. que no nos distraiga del
camino que llevamos, ni perturbe nuestra vida retirada y devota.

Y dicho esto, hizo Doa Blanca al Comendador una ceremoniosa y fra
reverencia, y ech  andar con sosegada gravedad, siguindola D.
Valentn y llevando delante  Clara.

Don Fadrique pag la reverencia con otra, se qued algo atolondrado, y
dijo entre dientes:

--Est visto: es menester acudir  otros medios.

No bien la familia de Sols se hubo alejado treinta pasos del
Comendador, vi ste que Doa Blanca se volva  hablar con su marido.

Es evidente que el Comendador no oy lo que le deca; pero el novelista
todo lo sabe y todo lo oye. Doa Blanca, que trataba siempre de V. y con
el mayor cumplimiento  su seor marido cuando le echaba un sermn 
reprimenda, le habl as mientras Clara iba delante:

--Mil veces se lo tengo dicho  V., Sr. D. Valentn. Ese hombre, que V.
se empe en introducir en casa, all en Lima, es un libertino, impo y
grosero. Su trato, ya que no inficione, mancha  puede manchar la
acrisolada reputacin de cualquiera seora. Yo tuve necesidad poco menos
que de echarle de casa. Motivos hubo, en su falta de miramientos y hasta
de respeto, para que en otras edades brbaras, olvidando la ley divina,
alguien le hubiera dado una severa leccin, como solan darlas los
caballeros. Esto no haba de ser: era imposible... Nada que ms repugne
 mi conciencia; nada ms contrario  mis principios; pero hay un justo
medio... Delito es matar  quien ha ofendido... pero es vileza
abrazarle. Sr. D. Valentn, V. no tiene sangre en las venas.

Todo esto lo fu soltando, despacio y bajo, casi en el odo de D.
Valentn, su tremenda esposa Doa Blanca.

Fueron tan duras y crueles las ltimas frases, que D. Valentn estuvo 
punto de alzar bandera de rebelin, armar en la calle la de Dios es
Cristo y contestar  su mujer lo que mereca; pero el olor de mil flores
regalaba el olfato; la gente pasaba con alegre aspecto; el da estaba
hermossimo; la paz reinaba en el cielo; un fresco vientecillo
primaveral oreaba y calmaba las sienes ms ardorosas; la familia de
Sols iba al incruento sacrificio de la misa; Clara marchaba delante tan
linda y tan serena: cmo turbar todo aquello con una disputa horrible?
D. Valentn apret los puos y se limit  exclamar con acento un si es
no es colrico:

--Seora!...

Luego aadi para s, cuidando mucho de que no lo oyese Doa Blanca:

--Maldita sea mi suerte!

Y no bien lanzada la exclamacin, se asust don Valentn de la blasfema
rebelda contra la Providencia que su exclamacin implicaba, y se tuvo
un instante por primo hermano del propio Luzbel.

Como se ve, el xito del Comendador en este primer intento de reanudar
relaciones amistosas con la familia de Sols no pudo ser ms
desgraciado.




XII

No se arredr por eso nuestro hroe.

Aguard un rato en medio de la calle  fin de que no pudiese decir ni
pensar Doa Blanca que l la segua, y al cabo se fu  la iglesia
Mayor,  donde saba que la familia de Sols se haba encaminado.

Don Fadrique no iba all, sin embargo, con el intento de acercarse 
Doa Blanca otra vez y de sufrir nueva repulsa, sino  fin de hallar 
D. Carlos, quien,  su parecer, no poda menos de estar en la iglesia,
ya que no haba otro medio de ver  Clara.

En efecto, D. Fadrique entr en la iglesia y se puso  buscar al poeta,
 la sombra de los pilares y en los sitios donde menos se nota la
presencia de alguien. Pronto le hall, detrs de un pilar y no lejos del
altar mayor. Pareca D. Carlos tan embebido en sus oraciones  en sus
pensamientos, que nada del mundo exterior, salvo Clara, poda distraerle
ni llamarle la atencin.

Lleg, pues, D. Fadrique hasta ponerse  su lado. Entonces advirti que
Clara estaba no muy lejos, de rodillas, al lado de su madre; que D.
Carlos la miraba, y que ella, si bien fijos casi siempre los ojos en su
libro de rezos, los alzaba de vez en cuando rpidamente, y miraba con
sobresalto y ternura hacia donde estaba el galn, declarando as que le
vea, que se alegraba de verle, y que tena miedo y cierto terror de
profanar el templo y de pecar gravemente engaando  su madre y
alentando  aquel hombre, de quien deca que no poda ser esposa.

No ha de extraarse que todo esto se viera en las miradas de Clarita.
Eran miradas transparentes, en cuyo fondo fulguraba el alma como
diamante pursimo que por maravilla ardiese con luz propia en el seno de
un mar tranquilo.

El Comendador estuvo un rato observando aquella escena muda, y se
convenci de que ni Doa Blanca ni D. Valentn recelaban nada de los
amores de la nia. Calcul, no obstante, que su presencia all podra
atraer hacia l la mirada de Doa Blanca, excitar de nuevo su ira,
hacerle reparar en el gentil mancebo que estaba  su lado, y darle 
sospechar lo que no haba sospechado todava.

Entonces, si bien con pena de interrumpir aquellos arrobos y xtasis
contemplativos, toc en el hombro  D. Carlos y le dijo casi  la oreja:

--Perdneme V. que le distraiga de sus devociones y que turbe la visin
beatfica de que sin duda goza; pero me urge hablar con V. Hgame el
favor de venir conmigo, que tengo que hablarle de cosas que le importan
muchsimo.

Sin aguardar respuesta ech  andar D. Fadrique, y D. Carlos, si bien
con disgusto, no pudo menos de seguir sus pasos.

Ya fuera de la iglesia, sali D. Fadrique al campo; D. Carlos fu en pos
de l; y cuando se hallaron en sitio solitario, donde nadie poda oirlos
ni interrumpir la conversacin, D. Fadrique se explic en estos
trminos:

--Vuelvo  pedir  V. perdn de mi atrevimiento en obligarle  abandonar
la iglesia, y ms an en mezclarme en asuntos de V. sin ttulo bastante
para ello. Apenas conozco  V. Esta es la sptima  la octava vez que le
hablo.  Clarita la he visto hoy por segunda vez en mi vida. Sin
embargo, el bien de Clarita y el de V. me interesan mucho. Atribyalo V.
 un absurdo sentimentalismo; al afecto que profeso  mi sobrina Luca,
que llega  Vds. de rechazo;  lo que V. quiera. Lo que le ruego es que
me crea un hombre leal y franco, y no dude de mi buena voluntad y
mejores propsitos. Quiero y puedo hacer mucho en favor de usted. En
cambio, aspiro  que oiga V. mis consejos y  que los siga.

Don Carlos oy al Comendador atentamente y con muestras de respeto y
deferencia. Luego le contest:

--Sr. D. Fadrique, por V. y por ser V. el to de la seorita Doa Luca,
tan bondadosa y excelente, estoy dispuesto  oir  V. y hasta 
obedecerle en cuanto est de mi parte, sin considerar el provecho que
por mi obediencia V. me promete.

--No me he explicado bien --replic D. Fadrique.--Yo no prometo premios
en pago de obediencias: lo que quiero significar es que de seguir V.
ciertos consejos mos se ha de alcanzar naturalmente lo que de otra
suerte se malograr acaso, con gran pesar de todos.

--Aclare V. su pensamiento, --dijo D. Carlos.

--Quiero decir --prosigui D. Fadrique,-- que este modo que tiene V. de
enamorar  Clarita no va, das hace, por buen camino. Hasta ahora nadie
sospecha en esta pequea ciudad sus amores de V., gracias  mi sobrina.
Como ella estuvo, dos meses h, en Sevilla, donde V. la conoci, y V. ha
venido luego aqu, y V. va  su casa de tertulia todas las noches, y
habla V. mucho con ella, y no pocas veces en secreto; y como mi sobrina
es joven y graciosa y linda, si el amor de to no me engaa, todos creen
que ha venido V. por ella, que V. la enamora, que V. es su novio. Quin
haba de imaginarse que chica tan mona y en tan verdes aos se
limitara  hacer el triste y poco airoso papel de confidenta? Por esto,
pues, se desorientan los curiosos, y sus amores de V. siguen secretos;
pero Luca lo paga. Confiese V. que es mucha generosidad.

--Yo... Sr. D. Fadrique...

--No se disculpe V. No hablo de ello para que V. se disculpe, sino para
narrar los sucesos como son en s. En este lugar creen todos que V. ha
venido, abandonando  sus padres, su casa y sus estudios, para pretender
 Luca; pero este engao no puede durar. Imagine V. el alboroto, los
chismes, las hablillas  que dar V. ocasin y motivo el da en que se
sepa, como no podr menos de saberse, que V. pretende  Clarita,  quien
todos creen ya prometida esposa de D. Casimiro Sols.

-Eso no ser nunca mientras yo viva, --exclam D. Carlos con grandes
bros.

--Tratemos de impedirlo --continu con calma D. Fadrique.-- Yo le
ayudar  V. cuanto pueda, y repito que algo puedo; pero toda la energa
de usted y toda la prudencia que yo emplee sern intiles si desoye V.
mis advertencias y consejos.

--Ya he dicho  V. que deseo seguirlos.

--Pues bien, amigo D. Carlos, es menester que V. se persuada de que
Clarita, de cuyo amor hacia V. estoy convencido, est criada con tan
santo temor de Dios y con tan grande, y hasta si V. quiere exagerado 
irracional respeto  su madre, que por obedecerla, por no darle un
disgusto, por no rebelarse, ser capaz de casarse con D. Casimiro,
aunque se muera de amor por V. al da siguiente de casada, aunque su
vestido de boda sea la mortaja con que la entierren.

--Pero si Clara dice  su madre que no ama  D. Casimiro...

--Clara no se atrever  decirlo.

--Si declara  su madre que me ama...

--Antes morir que confesar  su madre ese amor.

--Y si tanto miedo tiene  su madre, no podr huir conmigo?

--No creo que d jams tan mal paso. De todos modos, aunque tan mal paso
fuese posible, no se deba apelar  l sino apurados antes otros medios
ms prudentes y juiciosos. Reitero, con todo, mi afirmacin. Creo capaz
 Clarita de morir de dolor; pero no la creo capaz de prestarse al
escndalo de un rapto.

--Entonces qu quiere V. que yo haga?

--Lo primero, volver  Sevilla con sus seores padres, y dejar  Doa
Clara tranquila con los suyos.

--Bien se conoce que V. no ama.  su edad de usted...

--Dale... con la tontera... Caballerito poeta... yo no soy ni viejo ni
rabadn... ni me parezco en nada al del idilio. Vyase V.  Sevilla hoy
mismo. Salga V. de esta ciudad antes de que Doa Blanca se percate de
que hay moros en la costa. Yo velar aqu por los intereses de V. Y si
peligran; si es menester apelar  medios violentos, cuente V. tambin
conmigo... hasta para el rapto.  poco me aventuro prometindoselo  V.,
porque doy por firme que no se dejar robar Clarita.

--Y por qu, para qu he de irme  Sevilla?

--Pues no se lo he dicho  V. ya? Porque aqu no hace V. sino
perjudicarse, sin gusto y sin ventaja. Estoy seguro de que no lograr V.
ms que ver  Clara en la iglesia, con ms angustia que deleite por
parte de la pobre muchacha. Y esto mientras Doa Blanca no descubra
nada. El da en que descubra Doa Blanca su juego de V., ser para
Clarita un da tremendo y V. no volver  verla. Vyase V., pues, 
Sevilla.

--Y qu ganar con irme?

--Que yo trabaje con tranquilidad en favor de V. Usted me estorba para
mis planes. Si V. se queda, precipitar la boda de D. Casimiro y har
que se enve  escape por la licencia  Roma. Si V. se va, no afirmo yo
que evitar la boda de Clara con el viejo rabadn y conseguir que sea
para Mirtilo; pero,  yo he de valer poco,  he de lograr que se nos d
tiempo y... quin sabe... Nada prometo. Slo ruego  V. que se vaya.
Vyase V. hoy mismo.

El inters que el Comendador le mostraba, su empeo de que se fuese, la
decisin con que se entrometa en sus asuntos, todo chocaba  D. Carlos
y le tena desconfiado y descontento.

El Comendador apur todas las razones, emple todos los tonos, pero
singularmente el de la splica; D. Carlos le contest varias veces de
mal humor, y fu menester la prudente superioridad del Comendador para
calmar y contener  D. Carlos y evitar que llegase  ofender  quien le
aconsejaba y casi le mandaba.

Por ltimo, tanto rog, prometi y dijo D. Fadrique, que D. Carlos hubo
de someterse y salir aquel mismo da para Sevilla, si bien ofreciendo
slo ausencia de poco ms de un mes: hasta que llegasen las vacaciones
de verano. En cambio, exigi y obtuvo de D. Fadrique que le haba de
escribir dndole noticias de Clara, y avisndole del menor peligro que
hubiese, para volar en seguida donde estaba ella.

Don Carlos, aunque no era tmido ni torpe, no haba obtenido jams que
Clara recibiese carta suya, y menos an que le escribiese. Pero qu
mucho, si ni siquiera de palabra Clara le haba dado  entender que le
amaba? Clara le amaba, sin embargo. Bien saba el galn que era falso,
de puro modesto, aquello de que

        ... Amistosa y compasiva,
        Quiere que el zagal viva,
        Mas amarle no quiere.

Clara le amaba, y  su despecho, contra su voluntad, haba declarado su
amor; pero slo con los ojos, por donde se le iba el alma en busca del
bizarro y gracioso estudiante, sin que todos sus escrpulos religiosos v
filiales fuesen bastante poderosos para detenerla.

Don Fadrique pudo convencerse, en el largo coloquio que tuvo con D.
Carlos, de que su pasin por Clara era verdadera y profunda. Del amor de
Clara por el poeta rondeo estaba ms convencido an. Con este doble
convencimiento, de que se alegraba, precipit ms la partida de D.
Carlos, y antes de medioda consigui que saliese del pueblo con
direccin  Sevilla.

Don Carlos sali  caballo con un su criado; y D. Fadrique,  caballo
tambin, se uni con l en el ejido, y le acompa ms de una legua,
dndole esperanzas y hablndole de sus amores. Al llegar  una
encrucijada, D. Fadrique se despidi cariosamente del joven, y tom el
camino de Villabermeja con el intento de conferenciar con el padre
Jacinto.

La sencillez y la modestia de este santo varn no haban dejado ver  D.
Fadrique la inmensa importancia que durante su larga ausencia haba
adquirido.

Como predicador, gozaba el padre de extraordinaria nombrada por toda
aquella comarca. Era igualmente celebrado por los tres estilos que tena
de predicar. En el estilo llano  de homila encantaba  la gente
rstica y pona la religin y la moral  su alcance, amenizando tan
graves lecciones con chistes y jocosidades que un severo crtico
condenara, pero que eran muy del caso para que los zafios campesinos se
aficionasen  oirle y se deleitasen oyndole. En sermones de empeo, en
das de gran funcin, el padre Jacinto era otro hombre: echaba muchos
latines, ahuecaba la voz y esmaltaba su discurso de un jardn de flores,
de un verdadero matorral de adornos exuberantes, que tambin gustaban 
los discretos y finos de aquellos lugares. Y tena, por ltimo, el
estilo pattico de la Semana de Pasin y de la Semana Santa, durante las
cuales los sermones, ms que hablados, eran en Villabermeja, y siguen
siendo an, cantados, sin que gusten de otra manera. Sermn de Semana
Santa, sin lo que llaman all el _tonillo_, no gusta  nadie ni se tiene
por sermn. Cuando en el da va  Villabermeja un cura forastero, tiene
que aprender el _tonillo_. En este _tonillo_ fu el padre Jacinto un
dechado de perfeccin, que nadie ha superado hasta ahora. Al oirle,
aunque sea reminiscencia gentlica, dicen que se comprenda cmo Cayo
Graco se haca acompaar por un flautista cuando pronunciaba en el Foro
sus ms apasionadas arengas. El P. Jacinto predicaba tambin en el Foro,
 dgase en medio de la plaza pblica, durante la Semana Santa. All se
hacan todos los pasos  lo vivo, y el padre los explicaba en el sermn
conforme iban ocurriendo. As, haba sermn que duraba tres horas, y
siempre sin dejar el tonillo, lo cual no obstaba para que el padre
expresase los ms varios afectos, como piedad, dolor y clera. Cuando
apareca el pregonero en el balcn de las Casas Consistoriales y lea la
sentencia de muerte contra Jesucristo, ha quedado en la memoria de los
bermejinos el furor con que el padre se volva contra l, gritando:

"Calla, falso, ruin, necio y miserable pregonero, y oirs la voz del
ngel que dice:"

Y entonces sala un ngel muy vistoso por otro balcn de la plaza, y
cantaba el inefable misterio de la Redencin, empezando:

"Esta es la sentencia que manda cumplir el Eterno Padre..." y lo dems
que tantas veces hemos odo los que somos de por all.

Pero, volviendo al P. Jacinto, dir que su mrito como predicador era
quizs lo de menos. Su gran valer fu como director espiritual. Se
pasaba horas y horas en el confesionario. Desde el convento bermejino
tena con frecuencia que ir al convento de la ciudad cercana, donde
tena no pocas hijas de confesin entre el seoro. Era adems hombre
de consejo y tino en los negocios mundanos, y acudan todos 
consultarle cuando se hallaban en tribulacin, apuro  dificultad. En
suma, el P. Jacinto era un gran mdico de almas, aunque duro y feroz 
veces en los remedios. Gustaba de aplicarlos heroicos, como suelen hacer
los dems mdicos de los lugares, que tal vez recetan  un hombre el
medicamento que convendra recetar  un caballo.  pesar de esto, tena
el padre tal autoridad y discrecin; era tan ameno en su trato y tan
resuelto valedor y defensor de las mujeres, que gozaba de inmensa
popularidad entre ellas, y era fervorosamente reverenciado, as de las
jornaleras humildes como de las encopetadas hidalgas.

Aunque tocaba en los setenta aos, estaba firme y robusto an, si bien
haba perdido ciertos mpetus juveniles, que le haban hecho famoso,
llevndole en ocasiones  imitar al Divino Redentor, ms que en la
mansedumbre, en aquel arranque que tuvo cuando hizo azote de unos
cordeles y ech  latigazos  los mercaderes del templo. El P. Jacinto
haba sido un jayn y haba sacudido el polvo  algunos desalmados y
pecadores contumaces, sobre todo cuando eran maridos, que se
emborrachaban, gastaban el dinero en vino y juego y daban palizas  sus
mujeres.

Contra esta clase de hombres haba sido duro de veras el P. Jacinto. Ya
no tena aquellos arrestos de la mocedad; pero su virtud y su fuerza
moral, unida al recuerdo de la fsica, infundan gran respeto entre los
rsticos.

Tales eran las cualidades principales y la brillante posicin del
antiguo maestro del Comendador, con quien ste iba ahora  consultar y
tratar negocios arduos, y de quien esperaba obtener poderoso auxilio.




XIII

No bien lleg el Comendador  Villabermeja y dej el caballo en su casa,
se dirigi al convento, que distaba pocos pasos, y como era la hora de
la siesta, hall en su celda al P. Jacinto, el cual no dorma, sino
estaba leyendo, sentado  la mesa.

Mis lectores deben de formarse ya, por lo expuesto hasta aqu, cierta
idea bastante aproximada de la condicin del mencionado fraile. Fltame
aadir, para que sea completo el retrato, que era alto y seco; que vea
y oa bien; que tuteaba  todo el gnero humano, y que se preciaba de no
tener pelillos en la lengua, esto es, de decir cuanto se le ocurra, con
una franqueza que tocaba y hasta pasaba  menudo sus lmites, entrando
con banderas desplegadas por la jurisdiccin y trmino de la
desvergenza. Slo con D. Fadrique se mostraba el Padre respetuoso y
deferente, suponiendo que l tena, sin poderlo remediar, un afecto por
su antiguo discpulo, que le haca sobrado dbil.

--Muchacho --dijo  D. Fadrique, apenas le vi entrar,-- qu buen
viento te trae por aqu de improviso?

--Maestro --contest el Comendador,-- he venido expresamente para
consultar  V.

--Para consultarme  m? Y sobre qu? Qu hay, que t no sepas mejor
que yo y mejor que nadie?

--Mi consulta es de suma importancia.

--Vamos... de qu se trata?

--Se trata... se trata... nada menos que de un caso de conciencia.

Al oir _caso de conciencia_, el padre mir fijamente al Comendador con
aire de incredulidad y de recelo, y exclam al cabo:

--Mira, hijo mo, si es que te aburres en estos lugares y quieres
chancearte y divertirte, toma una tabla y dos cuernos, y no te diviertas
ni te chancees conmigo. Ya est duro el alcacer para zampoas.

--Y de dnde infiere V. que me chanceo  que me burlo? Hablo con
formalidad. Por qu no he de exponer yo  V. formalmente un caso de
conciencia?

--Porque todo hombre de cierta educacin, criado en el seno de la
sociedad cristiana, aunque haya perdido la fe en Nuestro Seor
Jesucristo, tiene la conciencia tan clara como yo, y no hay caso que no
resuelva por s, sin necesidad de consultarme. Si tuvieses fe, podras
acudir  m en busca de los consuelos que da la religin. No acudiendo
para esto, qu podr yo decirte, que ignores? La moral tuya es idntica
 la ma, aunque en sus fundamentos discrepe. Y al fin, harto lo conoces
t, no hay caso de conciencia, meramente moral, cuya solucin no sea
llana para todo entendimiento un poco cultivado. Sin duda que Dios, para
ejercitar nuestra actividad mental y aguzar nuestro ingenio,  para dar
precio  nuestra fe, ha circundado de tinieblas los grandes problemas
metafsicos; los ha envuelto en misterios, impenetrables  veces; pero
en lo tocante  la moral, en lo que atae al cumplimiento de nuestros
deberes no hay misterio alguno: todo est claro como el agua. El
soberano Seor, en su infinita bondad y misericordia, no ha querido, 
pesar de nuestras maldades, que nadie tenga que ser un Sneca para saber
perfectamente cul es su obligacin, ni mucho menos que nadie tenga que
ser un hroe estupendo para cumplirla. Ni para conocerla te falta
entendimiento, ni para cumplir con ella debe faltarte voluntad. Qu es
lo que buscas, pues en m?

--Mucho pudiera argumentarse contra lo que V. dice; pero no quiero
disputar, sino consultar. Quiero convenir en que la moral no es ninguna
reconditez, y en que no es tan arduo cumplir con ella.

--Se entiende --interrumpi el Padre,-- para todos aquellos pueblos
donde la luz del Evangelio ha penetrado. T imaginas que el natural
discurso ha bastado  los hombres para formar la ley moral: yo creo que
han necesitado de la revelacin; pero t y yo convenimos en que, una vez
presentada esa ley, la razn humana la acepta como evidente. Es gran
bellaquera suponer esa ley obscura y vaga, y forjarse casos terribles,
conflictos espantosos entre los sentimientos naturales y el sencillo
cumplimiento de un deber. Esto equivaldra  suponer la necesidad de ser
un pozo de ciencia y de sentirse capaz de sobrehumanos esfuerzos para
ser persona decente. Ya t comprendes que esto sera disculpar y dar
casi la razn  los tunos. Al fin y al cabo, no todos los hombres son
sabios ni tienen las fibras de hierro ni el corazn de diamante. Realzar
as la moral es hacerla poco menos que imposible, salvo para algunos
seres privilegiados y de primera magnitud, ms profundos que Crisipo y
ms constantes que Rgulo.

--Mucho tiene que ver el caso que quiero presentar con todo lo que est
V. diciendo. No es curiosidad ociosa, sino inters muy respetable, el
que me induce  resolver una duda.

--Imposible... t no puedes dudar.

--Djeme V. que acabe. Yo no dudo sobre el caso... Tengo formado mi
juicio... que me parece de no menor certidumbre que este otro: dos y
tres son cinco. Mi duda est en si V., por razones que se fundan en la
inexhausta bondad divina, tiene la manga ms ancha que yo,  si por
razones de la ley positiva, en que cree, la tiene ms estrecha. Me
entiende V. ahora?

--Te entiendo muy bien; y desde luego te declaro que no he de tener la
manga ni ms ancha ni ms estrecha que t. Lo mismo calificaremos ambos
un pecado, una falta, un delito, y lo mismo marcaremos y determinaremos
la obligacin que de l nazca. Las razones teolgicas tienen que ver con
la penitencia, con la expiacin, con el perdn, con la gloria  el
infierno, all en el otro mundo, y en esto para nada tienes t que
meterte ahora. Veamos, pues, ese caso, ya que quieres consultarme.

--Desde luego V. convendr en que lo robado debe devolverse  su dueo.

--Indudable.

--Y cuando, por efecto de un engao, algo que pertenece  uno viene 
pertenecer  otro, qu debemos hacer?

--Debemos poner fin al engao para que lo que posee alguien sin derecho
pase  manos de su seor legtimo.

--Y si al poner fin al engao resultan males evidentemente mayores?

--Aqu importa distinguir. Si t tienes que hablar, no debes decir
jams mentira por inmensos que sean los males que de decir la verdad
resulten. Condenada est la mentira oficiosa como la perniciosa. No
debes mentir ni por salvar la vida del prjimo, ni por salvar la honra
de nadie, ni por el bien de la religin; pero yo me atrevo  sostener
que debes callar la verdad cuando nadie la inquiere de t y cuando de
decirla resultan ms males que bienes. Pensar algo en contra es delirio.
Lo sostengo sin vacilacin. Voy  explanar mi doctrina en breves
palabras. T cometes un pecado. Eres, por ejemplo, mentiroso. Los males
que nazcan de tu pecado debes remediarlos hasta donde te sea posible y
lcito, esto es, sin cometer pecado nuevo para remediar el antiguo.
Dios, para hacernos patente la enormidad de nuestras culpas, consiente 
veces en que nazcan de ellas males cuyos humanos remedios son peores.
Tratar t de evitarlos  de remediarlos entonces, no es humildad, sino
soberbia, orgullo satnico; es luchar contra Dios; es tomar el papel de
la Providencia; es dar palo de ciego; es querer enderezar el tuerto que
t mismo hiciste, torciendo y ladeando lo que est recto, y tirando 
trastornar el orden natural de las cosas.

--Hablando con franqueza --dijo el Comendador,-- la doctrina de V. me
parece muy cmoda. Veo que tiene V. la manga ms ancha de lo que yo
pensaba.

--Vete  paseo, Comendador --repuso el padre, bastante enojado.-- En
ninguna ocasin pas yo por complaciente. Me diriges la acusacin ms
dura que  un confesor puede dirigirse. Un santo ha dicho: _Non est
pietas, sed impietas, tolerare peccata_, y yo disto mucho de ser impo.
Todo proviene, sin duda, de que t confundes las cosas. Aqu no hablamos
de penitencia, de expiacin, de castigo de la culpa. Sobre este punto no
tengo que decirte yo lo que exigira de un penitente para absolverle.
Aqu hablamos slo de la obligacin de satisfacer el agravio que nace
del pecado  del delito. Y  esto he respondido con sencillez. El
pecador  delincuente debe ir hasta donde le sea posible y lcito. Si ha
de cometer nuevos pecados, si ha de hacer nuevas maldades y desatinos,
mejor es que lo deje y no se meta  remediar el mal que ha hecho. Pues
qu! estara bien, por ejemplo, que t hirieses  uno, y luego, sin
saber de ciruja, tratases de curarle y le acabases de matar? Dices t
que la tal doctrina es cmoda. Dnde est la comodidad? Aunque yo te
excuse de poner el remedio, no te libro de la penitencia, del
remordimiento y del castigo. Antes al contrario, lo cmodo es lo otro:
remediar el mal de mala manera, y creerse ya horro y darse ya por
absuelto. As un criado torpe te romper un da el vaso ms precioso de
los que has trado de la China, le pegar luego chapuceramente con cola,
y se quedar tan fresco como si no te hubiese causado el menor
perjuicio. Lo que debe hacer el criado es andar siempre muy cuidadoso
para no romper el vaso, y si le rompe, sentir mucho su falta, y ya que
no puede ni componer bien el vaso ni comprarte otro nuevo  igual,
sufrir con humildad la reprimenda que t le eches.

--Me complazco en ver que estamos de acuerdo en lo general de la
doctrina. En la aplicacin  casos particulares es en lo que veo que
cabe mucha sutileza. Contra la opinin de V., el buen camino se presenta
muy anublado y confuso. Cmo determinar  veces hasta dnde es posible
y lcito lo que quiero hacer para reparar el dao?

--Es muy sencillo. Si para repararle causas otro dao mayor, deja
subsistir el primero, que es ms pequeo; y esto aunque en el segundo
dao que causes no haya pecado de tu parte. Habiendo nuevo pecado, nueva
infraccin de la ley moral en el remedio, aunque este segundo pecado sea
menor que el primero que cometiste, no debes cometerle. Dios, si quiere,
remediar el mal causado.

--De suerte que no hay ms que cruzarse de brazos; dejar rodar la bola?

--No hay ms que dejarla rodar, ya que detenindola puedes hacer que
todo ruede. Las Sagradas Letras vienen en mi apoyo con no pocos textos.
David dijo: _Abissus abyssum invocat_; Salomn, _Est processio in
malis_; el profeta Amos, _Si erit malum quod Dominus non fecerit?_ con
lo cual da  entender que Dios permite  ordena el mal como pena del
pecado y escarmiento de las criaturas; y el mismo Salomn, antes citado,
dice, de modo ms explcito, que no podemos aadir ni quitar de lo que
Dios hizo para ser temido: _Non possumus quidquam addere nec auferre
quae fecit Deus ut timeatur_.

-- pesar de los textos,  pesar de los latines me repugna esa cobarde
resignacin.

--Cmo cobarde? Dnde viste t que para con Dios haya cobarda? La
resignacin  su voluntad no implica, por otra parte, el que te aquietes
y te llenes de contentamiento de t propio. Sigue llorando tu culpa;
desullate el alma con el azote de la conciencia y el cuerpo con unas
disciplinas crueles; haz de tu vida en el mundo un dursimo purgatorio;
pero resgnate y no trates de remediar lo que slo de Dios debe esperar
remedio. Hasta el sentido comn est de acuerdo en esto, miradas las
acciones humanas por el lado de la utilidad y conveniencia, las cuales,
bien entendidas, concuerdan con la moralidad y con la justicia. Qu
atinado es el refrn que reza: _No siento que mi hijo pierda, sino
que quiera desquitarse_! Si malo es jugar, peor es an volver  jugar;
reincidir en el pecado para remediar el mal del pecado. Pero  todo
esto, t no hablas sino de generalidades, y el caso de conciencia no
parece.

--Voy al caso, --dijo el Comendador.

--Soy todo odos, --repuso el fraile.

--Qu debe hacer el que no es hijo de quien pasa por su padre, segn la
ley, y usurpa nombre, posicin y bienes que no son suyos?

[Nota del autor: Esta novela, que se ha publicado  pedacitos en el
peridico _El Campo_, tiene plan trazado en Noviembre de 1876. El drama
del Sr. Echegaray _ locura  santidad_ no haba sido representado an.
Yo no tena de l la menor noticia, dado que ya estuviese escrito. Ha
sido, pues, una coincidencia, para m harto desagradable, la semejanza 
analoga del asunto de tan aplaudido drama con el asunto de mi pobre
novela. Entindase que al hacer esta observacin no quiero defenderme de
los que pudieran acusarme de imitar  remedar, sino de aqullos que se
inclinen  creer que yo, bajo la forma de un cuento, me entrometo en
censurar, impugnar  controvertir las ideas  doctrinas que en el citado
drama resplandecen.]

--Hombre... t eres famoso! Despus de tanto prembulo te vienes con
una preguntilla tan balad? Prescindo ahora de la dificultad 
imposibilidad en que ese hijo postizo estara de probar el delito de su
madre. Yo no s de leyes; pero la razn natural me dicta que contra la
fe de bautismo, contra la serie de actos y documentos oficiales que te
han hecho pasar hasta hoy por un hijo de un determinado y conocido Lpez
de Mendoza, no pueden valer testimonios sino de un orden excepcional y
casi imposible. Doy, con todo, de barato que posees tales testimonios.
Creo, decido que no debes valerte de ellos. Sabes los mandamientos de
la ley de Dios? Sabes que el orden en que estn no es arbitrario? Pues
bien; qu dice el sptimo?

--No hurtar.

--Y el cuarto?

--Honrar padre y madre.

--Es, pues, evidente que para quitarte de encima el pecado contra el
sptimo ibas  pecar contra el cuarto, deshonrando  tu madre y  tu
padre, que padre sera siempre el que te tuvo por hijo, te cri, te
aliment y te educ, aunque no te engendrara.

--Tiene V. razn, P. Jacinto. Y, sin embargo, los bienes que no son
mos, cmo sigo gozando de ellos?

--Y quin te dice que goces de ellos? Pues qu! es tan difcil dar
sin expresar la causa por qu se da? Dlos, pues,  quien debes. Ya los
tomarn... En el tomar no hay engao. Y si, por extrao caso, hallares 
alguien en el tomar inverosmilmente escrupuloso, ingniate para que
tome. Lejos de oponerme, pido, aplaudo la reparacin, siempre que para
llevarla  cabo no sea menester hacer mayor barbaridad que la que
remedie.

--Est bien... pero si no es el hijo, sino la madre culpada... qu debe
hacer la madre culpada?

--Lo mismo que el hijo... no deshonrar pblicamente  su marido... no
amargarle la vida... no desengaarle con desengao espantoso... no
aadir  su pecado de fragilidad el de una desvergenza cruel y sin
entraas.

--La madre, no obstante, no tiene medios de devolver bienes que por su
culpa van  pasar  han pasado  quien no corresponden.

--Y si no los tiene, qu se le ha de hacer? Ya lo he dicho. Que se
resigne. Que se someta  la voluntad de Dios. Todo eso lo debi prever
antes de pecar, y no pecar. Despus del pecado no le incumbe el remedio
si implica pecado nuevo, sino la penitencia. Has expuesto ya todo el
caso?

--No, padre; tiene otras complicaciones y puntos de vista.

--Dlos.

--Qu piensa V. que debe hacer el hombre pecador, cmplice de la mujer,
en aquel delito cuya consecuencia es el hurto, la usurpacin de que
hemos hablado?

--Lo mismo que he dicho del hijo y de la madre.

--Y si posee bienes para subsanar el dao causado  los herederos?

--Subsanar ese dao, pero con tal recato, discrecin y sigilo, que no se
sepa nada. En el libro de los Proverbios est escrito: _Melius est
nomen bonum quam divitiae multae_. As es que por cuestin de
intereses no se debe perjudicar  nadie en su buen nombre.

El historiador de estos sucesos escribe para narrar, y no para probar.
No decide, por lo tanto, si el P. Jacinto estaba atinado  no en lo que
deca; si hablaba guiado por el sentido comn  por la doctrina moral
cristiana,  por ambos criterios en consonancia completa; y no se
inclina tampoco  creer que dicho padre tena una moral burda y grosera,
y el atrevimiento y la confianza de un rstico ignorante. Qudese esto
para que lo resuelva el discreto lector. Baste apuntar aqu que el
Comendador mostraba una satisfaccin grandsima de ver que su maestro,
como l le llamaba, pensaba exactamente lo que l quera que pensase.

El P. Jacinto, desconfiado como buen lugareo, no adverta el inters
vivsimo con que su antiguo discpulo le interrogaba; y temiendo siempre
una burla, una especie de examen hecho por el Comendador para pasar el
rato, volvi  hablar un tanto picado, diciendo:

--Me parece que estoy archi-cndido.  dnde vas  parar con tanta
preguntilla? Quieres examinarme? Piensas retirarme la licencia de
confesar si no me crees bien instruido?

--Nada de eso, maestro. Yo ignoro si est V.  no de acuerdo con sus
librotes de teologa moral; pero est V. de acuerdo conmigo, lo cual me
lisonjea, y lo est tambin con mis propsitos, lo cual me llena de
esperanza. Yo buscaba en V. un aliado. Contaba siempre con su amistad,
pero no saba si poda contar tambin con su conciencia. Ahora comprendo
que su conciencia no se me opone. Su amistad, por consiguiente, libre de
todo obstculo, vendr en auxilio mo.

El P. Jacinto conoci al fin que se trataba de un caso prctico, real, y
no imaginado, y se ofreci  auxiliar al Comendador en todo lo que fuese
justo.

Aguardando, pues, una revelacin importante, quiso tomar aliento
haciendo una pausa, y trat de solemnizar la revelacin yendo  una
alacena, que no estaba lejos, y sacando de ella una limeta de vino y dos
caas, que puso sobre la mesa, llenndolas hasta el borde.

--Este vino no tiene aguardiente, ni botica, ni composicin de ninguna
clase --dijo el padre al Comendador.-- Es puro, limpio y sin mcula.
Est como Dios le ha hecho. Bebe y confrtate con l, y cuntame luego
lo que tengas que contar.

--Bebo al buen xito de mis planes, --contest el Comendador, apurando
el vino de su caa.

--As sea, si Dios lo quiere, --replic el fraile, bebiendo tambin, y
se dispuso  atender  don Fadrique con sus cinco sentidos.




XIV

La celda no tena mucho que llamase la atencin. Sobre la mesa  bufete,
que era de nogal, haba recado de escribir, el Breviario y otros libros.
Dos sillones de brazos, frente el uno del otro, con la mesa de por
medio, y donde se sentaban nuestros interlocutores, eran de nogal
igualmente.  ms de los dos sillones, haba cuatro sillas arrimadas 
la pared. Los asientos todos eran de enea. Un _Ecce-Homo_, al leo, 
quien cuadraba el refrn de _ mal Cristo mucha sangre_, era la nica
pintura que adornaba los muros de la celda. No faltaban, en cambio,
otros ms naturales adornos. En la ventana, tomando el sol, se vean dos
floridos rosales; dentro del cuarto, cuatro macetas de brusco, y
colgadas en la pared cinco jaulas, dos con perdices cantoras, y tres con
colorines, excelentes reclamos. Otro bonito colorn, diestro cimbel,
asido  la varilla saliente que estaba fija  una tabla de pino, volaba
 cada momento hasta donde lo consenta el hilo largo que le
aprisionaba, y volva con mucho donaire  posarse en la varilla.

Los jilgueros cantaban de vez en cuando y animaban la habitacin.

Arrimadas  un ngulo haba dos escopetas de caza.

Y, por ltimo, en una alcobita que apenas se descubra, por hallarse la
pequea puerta casi tapada del todo por una cortina de bayeta verde,
estaba la cama del buen religioso. La alacena de donde ste sac el vino
y que era bastante capaz, serva de bodega, ropero, despensa, caja 
tesoro y biblioteca  la vez.

Todo, aunque pobre, pareca muy aseado.

El P. Jacinto, con el codo sobre la mesa, la mano en la mejilla y los
ojos clavados en D. Fadrique, aguardaba que hablase.

Don Fadrique, en voz baja, habl de este modo:

--Aunque yo no soy un penitente que vengo  confesarme, exijo el mismo
sigilo que si estuviese en el confesonario.

El padre, sin responder de palabra, hizo con la cabeza un signo de
afirmacin.

Entonces prosigui D. Fadrique:

--El hombre de que he hablado  V., el pecador causa del engao y del
hurto, soy yo mismo. La ligereza de mi carcter me haba hecho olvidar
mi delito y no pensar en las fatales consecuencias que de l haban de
dimanar. El acaso... qu digo el acaso?... Dios providente, en quien
creo, me ha vuelto  poner en presencia de mi cmplice y me ha hecho ver
todos los males que por mi culpa se originaron y amenazan originarse
an. Dispuesto estoy  remediarlos y  evitarlos, de acuerdo con la
doctrina de V., hasta donde me sea posible y lcito. Es un consuelo para
m el ver que est V. en concordancia conmigo. Yo no he de buscar
remedio peor que la enfermedad; pero hay una persona que le busca, y es
menester oponerse  toda costa  que le halle. Sera una abominacin
sobre otra abominacin.

--Y quin es esa persona? --dijo el padre.

--Mi cmplice, --contest el Comendador.

--Y quin es tu cmplice?

--V. la conoce. V. es su director espiritual. V. debe tener grande
influjo sobre ella. Mi cmplice es... Cuenta, maestro, que jams he
hecho  nadie esta revelacin. Al menos nadie pudo jams tildarme de
escandaloso. Pocas relaciones han sido ms ocultas. La buena fama de
esta mujer aparece an, despus de diez y siete aos, ms
resplandeciente que el oro.

--Acaba: quin es tu cmplice? Haz cuenta que echas tu secreto en un
pozo. Yo s callar.

--Mi cmplice es Doa Blanca Roldn de Sols.

El P. Jacinto se llen de asombro, abri los ojos y la boca y se
santigu muy deprisa media docena de veces, soltando estas piadosas
interjecciones:

--Ave Mara Pursima! Alabado sea el Santsimo Sacramento! Jess,
Mara y Jos!

--De qu se admira V. tan desaforadamente? --dijo el Comendador,
pensando que el padre extraaba que tan virtuosa y austera matrona
hubiese nunca sucumbido  una mala tentacin.

--De qu me admiro?... Muchacho... De qu me admiro?... Pues te
parece poco? Bien dicen... Vivir para ver... El demonio es el mismo
demonio. Miren... y no lo digo por ofender  nadie... miren con qu
ramillete de claveles te acarici y te sedujo nuestro enemigo comn!...
Con un manojo de aulagas. Suave flor trasplantaste al jardn de tus
amores... Un cardo ajonjero! Hermosa debe haber sido Doa Blanca...
todava lo es; pero hombre! si es un erizo! Yo... perdneme su
ausencia... no la crea impecable, pero no la crea capaz de pecar por
amor.

Don Fadrique respondi slo con un suspiro, con una exclamacin
inarticulada, que el padre crey descifrar como si dijese que diez y
siete aos antes Doa Blanca era muy otra, y que adems la misma dureza
de su carcter y la briosa inflexibilidad de su genio hacan ms
vehemente en ella toda pasin, incluso la del amor, una vez que llegaba
 sentirla.

Repuesto un poco de su pasmo, dijo el P. Jacinto:

--Y dime, hijo, qu trata de hacer Doa Blanca para remediar el mal?
Qu proyectos son los suyos, que tanto te asustan?

--Quin sera el inmediato heredero de su marido si ella no tuviese una
hija? --pregunt el Comendador.

--Don Casimiro Sols, --fu la respuesta.

--Pues por eso quiere casar  su hija con D. Casimiro.

--Pecador de m! Estpido y necio! --exclam el padre, todo lleno de
violencia y dando en la mesa unos cuantos puetazos.-- Quieres creer
que soy tan egosta, que el egosmo me haba cegado? Yo no haba visto
en el plan de Doa Blanca ninguna mala traza. Me pareca natural que
casase  Clarita con su to. Yo no miraba sino  mi pcaro inters: 
que nadie se llevase  Clarita lejos de estos lugares. Es menester que
lo sepas... Clarita me tiene embobado. Por ella, no ms que por ella,
aguanto  su madre. Lo que yo quera, como un bribn de siete suelas, es
que se quedase por aqu... para ir  verla y para que ella me agasajase,
como me agasaja ahora, cuando voy  casa de su madre, sirvindome, con
sus blancas y preciosas manos, jcaras de chocolate y tacillas de
almbar. Se me antoj que Clarita era una mueca para mi diversin. Yo
no ca en nada... no me hice cargo... pens slo en que, ya casada,
hara una excelente seora de su casa, y me recibira al amor de la
lumbre, y yo le llevara flores, frutas y pajaritos de regalo. Si
vieses qu corza he hecho venir para ella de Sierra Morena! Es un
primor. La tengo abajo en el corral... y se la iba  llevar maana.
Nada... has visto qu brbaro?... sin dar la menor importancia  lo del
casamiento. Ahora lo comprendo todo. Qu monstruosidad! Casar aquel
dije con semejante estafermo! Ya se ve... ella no lo repugna... no lo
entiende... quin diablo sabe?... pero yo lo entiendo... y me
espeluzno... me horrorizo.

--Razn tiene V. de horrorizarse... Ella lo repugna... lo entiende...
pero cree que no debe resistir  la autoridad materna.

--Eso ser lo que tase un sastre. Pues no faltaba ms! Obedecer  su
madre; pero antes obedecer  Dios. _Diligendus est genitor, sed
praeponendus est Creator_. Es sentencia de San Agustn.

--Adems --dijo el Comendador,-- Clarita ama  otro hombre.

--Cmo es eso? Qu me cuentas? Qu mentira, qu enredo te han hecho
creer? Si amase  un galn, Clara me lo hubiera confesado.

--Ella misma ignora casi que le ama; pero me consta que le ama.

--Vamos, s, ya doy en ello: ciertas miradas y sonrisas con un
estudiantillo... Me las ha confesado. Est arrepentida... Con un
estudiantillo!... Pues se haba de ir Clarita  correr la tuna?

--P. Jacinto, V. chochea.

--Desvergonzado! Cmo te atreves  decir que chocheo?

--El estudiantillo no es de esos que van con el manteo roto y con la
cuchara puesta en el sombrero de tres picos, pidiendo limosna, sino que
es un caballero principal, un rico mayorazgo.

--De veras? Ya eso es harina de otro costal. De eso no me haba dicho
nada aquella cordera inocente. Oye... y es buen mozo?

--Como un pino de oro.

--Buen cristiano?

--Creo que s.

--Honrado?

-- carta cabal.

--Y la quiere mucho?

--Con toda su alma.

--Y es discreto y valiente?

--Como un Gonzalo de Crdoba. Adems es poeta elegantsimo, monta bien 
caballo, posee otras mil habilidades, es muy ledo y sabe de torear.

--Me alegro, me alegro y me realegro. Le casaremos con Clarita, aunque
rabie Doa Blanca.

--S, querido maestro. Le casaremos... pero es menester que seamos muy
prudentes.

--_Prudentes sicut serpentes_... Pierde cuidado. Harto s yo quin es
Doa Blanca. Es omnmodo el imperio que ejerce sobre su hija. El respeto
y el temor que le infunde exceden  todo encarecimiento. Y luego, qu
bro, qu voluntad la de aquella seora!  terca nadie le gana.

--No soy yo menos terco... y no consentir que Clara sea el precio del
rescate de nadie; que sobre ella, que no tiene culpa, pesen nuestras
culpas; que Doa Blanca la venda para conseguir su libertad. Sin
embargo, importa mucho la cautela. Doa Blanca, llevada al extremo,
pudiera hacer alguna locura.

Despus de esta larga conversacin, y perfectamente de acuerdo el
Comendador y el P. Jacinto, el primero se volvi  la ciudad en aquel
mismo da para que su ausencia no se extraase.

El P. Jacinto qued en ir  la ciudad al da siguiente de maana.

Los pormenores y trmites del plan que haban de seguir se dejaron para
que sobre el terreno se decidiesen.

Slo se concert el mayor sigilo y circunspeccin en todo y disimular en
lo posible la ntima amistad que entre el fraile y el Comendador haba,
 fin de no hacer sospechoso y aborrecible al fraile  los ojos de Doa
Blanca.

Se convino, por ltimo, en que,  pesar de la gravedad de la situacin,
no era ninguna salida de tono, ni tena una inoportunidad cmica 
censurable, que el P. Jacinto llevase  Clarita la corza y se la
regalara.




XV

Al volver aquella noche  la ciudad, el Comendador tuvo que sufrir un
nterrogatorio en regla de su sobrina, que era la muchacha ms curiosa y
preguntona de toda la comarca. Tena adems un estilo de preguntar,
afirmando ya lo mismo de que anhelaba cerciorarse, que haca ineficaz la
doctrina del P. Jacinto de callar la verdad sin decir la mentira. 
haba que mentir  haba que declarar: no quedaba trmino medio.

--To --dijo Luca apenas le vi  solas,-- V. ha estado en
Villabermeja.

--S... he estado.

-- qu ha ido V. por all? Si le traern  usted entusiasmado los
divinos ojos de Nicolasa!

--No conozco  esa Nicolasa.

--Que no la conoce V.?... Bah!... Quin no conoce  Nicolasa? Es un
prodigio de bonita. Muchos hidalgos y ricachos la han pretendido ya.

--Pues yo no me cuento en ese nmero. Te repito que no la conozco.

--Calle V., to... Cmo quiere V. hacerme creer que no conoce  la
hija de su amigo el to Gorico?

--Pues digo por tercera vez que no la conozco.

--Entonces, qu hay que ver en Villabermeja? Ha estado V. para visitar
 la chacha Ramoncica?

El Comendador tuvo que responder francamente.

--No la he visitado.

--Vamos, ya caigo. Qu bueno es V.!

--Por qu soy bueno?... Porque no he visitado  la chacha Ramoncica,
que me quiere tanto?

--No, to. Es V. bueno... En primer lugar porque no es V. malo.

--Lindo y discreto razonamiento.

--Quiero decir que es V. bueno, porque no es como otros caballeros, que
por ms que estn ya con un pie en el sepulcro, de lo que dista V.
mucho,  Dios gracias, andan siempre galanteando y soliviantando  las
hijas de los artesanos y jornaleros. Ahora no... por el noviazgo; pero
antes... bien visitaba D. Casimiro  Nicolasa.

--Pues yo no la he visitado.

--Pues esa es la primera razn por la que digo que es V. bueno. Nicolasa
es una muchacha honrada... y no est bien que los caballeros traten de
levantarla de cascos...

--Apruebo tu rigidez. Y la segunda razn por la cual soy bueno, quieres
decrmela?

--La segunda razn es, que no habiendo ido V. ni  ver  Nicolasa ni 
ver la chacha Ramoncica,  qu haba V. de haber ido tan  escape como
no fuese  ver al P. Jacinto y  tratar de ganarle en favor de Mirtilo y
de Clori? Vaya que ha ido V.  eso?

--No puedo negrtelo.

--Gracias, to. No es V. capaz de encarecer bastante lo orgullosa que
estoy.

--Y por qu?

--Toma... porque, por muy afectuoso que sea V. con todos, al fin no se
interesara tanto por dos personas que le son casi extraas, si no fuese
por el cario que tiene V.  su sobrinita, que desea proteger  esas dos
personas.

--As es la verdad, --dijo el Comendador, dejando escapar una mentira
oficiosa,  pesar de la teora del P. Jacinto.

Luca se puso colorada de orgullo y de satisfaccin, y sigui hablando:

--Apostar  que ha ganado V. la voluntad del reverendo. Est ya de
nuestra parte?

--S, sobrina, est de nuestra parte; pero, por amor de Dios, calla, que
importa el secreto. Ya que lo adivinas todo, procura ser sigilosa.

--No tendr V. que censurarme. Ser sigilosa. V., en cambio, me tendr
al corriente de todo. Es verdad que me lo dir V. todo?

--S, --dijo el Comendador teniendo que mentir por segunda vez. Luego
prosigui:

--Luca, t has dicho una cosa que me interesa. Qu clase de amoros
das  entender que hubo  hay entre D. Casimiro y esa bella Nicolasa?

--Nada, to... No lo he dicho ya? Fueron antes del noviazgo con
Clarita. D. Casimiro no iba con buen fin... y Nicolasa le desde
siempre; pero de esto informar  V. mejor que yo el P. Jacinto. Yo lo
nico que aadir es que el tal D. Casimiro me parece un hipocritn y un
bribn redomado.

--No es malo saberlo --pens el Comendador.

--Ah! diga V., to. Ya s que se fu  Sevilla D, Carlos. Envi recado
despidindose y excusndose de no haberlo hecho en persona por la
priesa. Es evidente que V. le ha hablado al alma y le ha convencido para
que se vaya, asegurndole que esto convena al logro de nuestro
propsito. No es as, to?

--As es, sobrina --respondi el Comendador--. Veo que nada se te
oculta.




XVI

Cuando ocurran los sucesos que vamos refiriendo, no haba tantas
carreteras como ahora. Desde Villabermeja  la ciudad puede hoy irse en
coche. Entonces slo se iba  pie   caballo. El camino no era camino,
sino vereda, abierta por las pisadas de los transeuntes racionales 
irracionales. Cuando haba grandes lluvias, la vereda se haca
intransitable: era lo que llaman en Andaluca un camino real de
perdices.

Posea el padre Jacinto una borrica modelo por lo grande, mansa y
segura. En esta borrica iba y vena siempre, como un patriarca, desde
Villabermeja  la ciudad y desde la ciudad  Villabermeja. Un robusto
lego le acompaaba  pie. En el viaje que hizo  la ciudad, al da
siguiente de su largo coloquio con el Comendador, le acompa,  ms del
lego, un rstico seglar  profano, para que cuidase la corza.

Seguido, pues, de su lego, de la corza y del rstico, y caballero en su
jigantesca borrica, el padre Jacinto entr sano y salvo en la ciudad 
las diez de la maana. Como el convento de Santo Domingo est casi  la
entrada, no tuvo el padre que atravesar calles con aquel squito. En el
convento se ape, y apenas se repos un poco, se dirigi  casa de D.
Valentn Sols,  ms bien  casa de Doa Blanca. El cuitado de D.
Valentn se haba anulado de tal suerte, que nadie en el lugar llamaba 
su casa la casa de D. Valentn. Sus vias, sus olivares, sus huertas y
sus cortijos eran conocidos por de Doa Blanca, y no por suyos. Aquella
anulacin marital no haba llegado, con todo, hasta el extremo de la de
algunos maridos de Madrid,  quienes apenas los conoce nadie sino por
sus mujeres, cuya notoriedad y cuya gloria se reflejan en ellos y los
hacen conspicuos.

Pero dejemos  un lado ejemplos y comparaciones, que pueden tomar
ciertos visos y vislumbres de murmuracin, y sigamos al P. Jacinto, y
penetremos con l en casa de Doa Blanca, donde tan difcil era entrar
para el vulgo de los mortales.

Merced  la autoridad del reverendo, y siguindole invisibles, todas las
puertas se nos franquean.

Ya estamos en el saln de Doa Blanca. Clara borda  su lado. D.
Valentn,  respetable distancia y sentado junto  una mesa, hace
paciencias con una baraja. D. Casimiro habla con la seora de la casa y
con su hija.

Los lectores conocen ya  D. Casimiro, como si dijramos de fama, de
nombre y hasta de apodo, pues no ignoran que para D. Carlos, Luca,
Clara y el Comendador, era _el viejo rabadn_. Veamos ahora si logramos
hacer su corporal retrato.

Era alto, flaco de brazos y piernas y muy desarrollado de abdomen; de
color trigueo, poca barba, que se afeitaba una vez  la semana, y los
ojos verde-claros y un poquito bizcos. Tena ya bastantes arrugas en la
cara, y el vivo carmn de sus narices no armonizaba bien con la palidez
de los carrillos. En su propia persona se notaba poco esmero y aseo;
pero en el traje s se descubran el cuidado y la pulcritud que en la
persona faltaban, lo cual denotaba desde luego que D. Casimiro ms se
cuidaba la ropa por ser ordenado, econmico y aficionado  que las
prendas durasen, que por amor  la limpieza. Iba vestido muy de hidalgo
principal, si bien  la moda de haca quince  veinte aos. Su casaca,
su chupa, sus calzones y medias de seda no tenan una mancha, y si
tenan alguna rotura, sta se hallaba diestra y primorosamente zurcida.
Gastaba peluca con polvos y coleta, y luca muchos dijes en las cadenas
de sendos relojes que llevaba en ambos bolsillos de la chupa. Su caja de
tabaco, que l mostraba de continuo, pues no cesaba de tomar rap, era
un primor artstico, por los esmaltes y las piedras preciosas que le
servan de adorno. Al hablar usaba D. Casimiro de cierta solemnidad y
pausa muy entonada; pero su voz era ronca y desapacible, asegurndose
provenir esto en parte de que no le desagradaba el aguardiente, y ms
an de que en su casa y despojado de las galas de novio  de
pretendiente amoroso, fumaba mucho tabaco negro.

La expresin de su semblante, sus modales y gestos no eran antipticos:
eran insignificantes; salvo que no poda menos de reconocerse por ellos
en D. Casimiro  una persona de clase, aunque criada en un lugar.

Se adverta, por ltimo, en todo su aspecto, que D. Casimiro deba de
padecer no pocos achaques. Su mala salud le haca parecer ms viejo.

Dado  conocer as somera, y no favorablemente, por desgracia, podemos
ya lisonjearnos de conocer  cuantas personas ocupaban la sala cuando
entr en ella el padre Jacinto.

Doa Blanca, Clarita, D. Valentn y D. Casimiro se levantaron para
recibirle, y todos le besaron humildemente la mano. El padre estuvo
sonriente y amabilsimo con ellos, y  Clarita le di, como si no fuese
ya una mujer, como si fuese una nia de ocho aos, y con la
respetabilidad que setenta bien cumplidos le prestaban, dos palmaditas
suaves en la fresca mejilla, dicindole:

--Bendito sea Dios, muchacha, que te ha hecho tan buena y tan hermosa!

--Su merced me favorece y me honra --contest Clarita.

Doa Blanca se lament del mucho tiempo que el padre haba estado sin
venir de Villabermeja, y todos le hicieron coro. Se trat de que el
padre tomase algo hasta la hora de comer, y el padre no quiso tomar
nada, salvo asiento cmodo. Desde su asiento habl de mil cosas con
animada y alegre conversacin, resuelto  aguardar all  que Don
Casimiro se fuese y  que D. Valentn y Doa Clara despejasen, para
hablar  solas con Doa Blanca.

Doa Blanca adivin la intencin del fraile, entr en curiosidad, y
pronto hall modo de despedir  D. Casimiro y de echar de la sala  D.
Valentn y  Clarita.

Verificado ya el despejo, dijo Doa Blanca:

--Supongo y espero que, despus de tan larga ausencia, honrar V.
nuestra mesa comiendo hoy con nosotros.

El P. Jacinto acept el convite, y Doa Blanca prosigui:

--He credo advertir que estaba V. impaciente por hablarme  solas. Esto
ha picado mi curiosidad. Todo lo que V. me dice  puede decirme me
inspira el mayor inters. Hable V., padre.

--No eres lerda, hija ma --contest ste.-- Nada se te escapa. En
efecto, deseaba hablarte  solas. Y lo deseaba tanto, que dejo para
despus de tu comida, que acepto gustoso, dejo para sobremesa la
aparicin de un objeto que traigo de presente  nuestra Clarita, y que
le va  encantar. Figrate que es una lindsima corza, tan mansa y
domstica, que come en la mano y sigue como un perro. Pero vamos al
caso: vamos  lo que tengo que decirte. Por Dios, que no te incomodes.
T tienes el genio muy vivo: eres una plvora.

--Es verdad; yo soy muy desgraciada, y los desgraciados no es fcil que
estn de buen humor. V., sin embargo, no tiene derecho  quejarse del
mo. Cundo estuve yo, desde que nos tratamos, desabrida y spera con
V.?

--Eso es muy verdad. Convendrs, con todo, en que yo no he dado motivo.
Yo no soy como otros frailes, que se meten  dar consejos que no les
piden, y quieren gobernar lo temporal y lo eterno, y dirigirlo todo en
cada casa donde entran. No es as?

--As es. Ms bien tengo yo que lamentarme de que V. me aconseja poco.

--Pues hoy no te quejars por ese lado. Tal vez te quejes de que te
aconsejo mucho y de que me meto en camisn de once varas.

--Eso nunca.

--All veremos. De todos modos, tengo disculpa. T sabes que Clarita es
mi encanto. Me tiene hecho un bobo. Quin ignora mi predileccin hacia
las mujeres? Menester ha sido de toda mi severidad para que all cuando
mozo no me quitaran el pellejo los maldicientes. Hoy, hija ma (alguna
ventaja ha de traer el ser viejo), con treinta y cinco aos en cada
pata, puedo, sin temor de censura, quereros  mi modo y trataros con la
ntima familiaridad que me deleita. Te confieso que para querer  los
hombres tengo que acordarme  menudo de que son prjimos y quererlos por
amor de Dios.  las mujeres, por el contrario, las quiero, no ya sin
esfuerzo, sino por inclinacin decidida. Sois dulces, benignas,
compasivas y muchsimo ms religiosas que los hombres. Si no hubiera
sido por vosotras, lo doy por cierto, hubirase perdido hasta la huella
de la primitiva cultura y revelacin del Paraso, y los hombres jams
hubieran salido del estado salvaje. Si yo fuera un sabio, haba de
componer un libro demostrando que todo este ser de la Europa del da,
que todos estos adelantamientos sociales de que el mundo se jacta, se
deben, en lo humano, principalmente  las mujeres. Calcula, pues, cun
alto y lisonjero es el concepto que tengo de vosotras. Pues bien; en los
ltimos aos de mi vida, tu hija Clara ha venido  sublimar mucho ms
an este concepto de mi mente. En mi mente tena yo como un tipo soado
de perfeccin, al cual ninguna de las mujeres que he conocido se
acercaba ni en diez leguas. Clarita ha ido ms all. Qu inocencia la
suya, tan rara por su enlace con la discrecin y el despejo! Qu fe
religiosa tan sana y atinada! Qu amor  su madre y qu sumisin  sus
mandatos! Clara es una santita en este mundo, y al verla hay que alabar
 Dios, que la ha criado  fin de dejarnos rastrear y columbrar por ella
lo que sern en el cielo los angelitos y las bienaventuradas vrgenes.

--Mucho lisonjean mi orgullo de madre --interpuso Doa Blanca,-- esos
encomios de Clarita que oigo en boca de V.; pero mi amor  la justicia
me induce  creerlos exagerados. Yo me los explico de cierto modo, que
voy  tener la sinceridad de declarar  V. En el puro amor que en
general profesa V.  las mujeres, hay algo del antiguo caballero
andante, algo del hechizo que tiene para todo ser fuerte dar proteccin
 los dbiles y desvalidos. En el concepto superior  la realidad que de
las mujeres V. forma, hay gran bondad  instintiva poesa. Todos estos
nobles sentimientos de V. se han empleado, durante una larga y santa
vida, en lugareas, jornaleras unas,  hidalgas  ricachas otras, pero
toscas las ms, en comparacin con Clara, criada en grandes ciudades,
con otro barniz, con otra ms elevada cultura, con mayor delicadeza y
refinamiento. Ventajas tales, meramente exteriores y debidas  la
casualidad, han sorprendido y alucinado  V., y le han hecho pensar que
lo que est en la superficie est en el fondo; que modales ms
distinguidos, mayor tino y mesura en el hablar, y ciertas atenciones y
miramientos que nacen de ms esmerada educacin, y que llegan  tenerse
maquinalmente, gracias  la costumbre, son virtudes y excelencias que
brotan del centro mismo de un alma que se eleva sobre las otras.

--No, hija ma; nada de eso basta  explicar mi predileccin por
Clarita.

--Cmo que no basta? Sea V. franco. No quiere V. y estima casi tanto 
Luca?

--Las comparaciones son odiosas, y las del cario ms. Supongamos, 
pesar de todo, que estimo y quiero  Luca casi tanto. Eso probara slo
que Luca vale casi tanto como Clara.

--Y que ambas estn educadas con ms esmero.

--Bueno... Y qu?... Concedo que as sea. Quin te ha negado el poder
de la educacin? Lo que niego es que la educacin valga hasta ese punto
sobre un espritu estril  ingrato; y lo que niego tambin es que su
influjo no pase de la superficie y no penetre en el fondo, y no mejore
el ser de las personas. Es, pues, evidente que Clara debe mucho  Dios,
y luego  t, que la has educado bien; pero esto que debe  t no es
superficial y externo: los modales, las palabras, las atenciones y los
miramientos no son signos vanos. Cuando no hay en ellos afectacin, es
porque brotan del alma misma, mejor criada por Dios  por los hombres
que otras almas sus hermanas. Cierto que yo no he visto ni conocido ms
gente en mi vida que la de esta ciudad y la de Villabermeja; pero
adivino y veo claramente que ha de haber duquesas y hasta princesas cuyo
barniz no me engaara ni me alucinara. Yo conocera al momento que era
falso y de relumbrn, y que en el fondo eran aquellas damas ms vulgares
que tu cocinera. Conste, por consiguiente, que no me alucino al encomiar
 Clarita.

--Y no provendr la alucinacin, --dijo Doa Blanca,-- de la cndida y
espontnea propensin de Clarita  hacerse agradable?

--Sin duda que provendr; pero esa misma propensin, siendo espontnea y
cndida, prueba la bondad de alma de quien la tiene.

--V. no sabe, padre, que eso se califica con un vocablo novsimo en
castellano, y que suena mal y como censura?

--Qu vocablo es ese?

--Coquetera.

--Pues bien; si la coquetera es sin malicia, si el afn de agradar y el
esfuerzo hecho para conseguirlo no traspasan ciertos lmites, y si el
fin que se propone una mujer agradando no va ms all del puro deleite
de infundir cordial afecto y gratitud, digo que apruebo la coquetera.

Doa Blanca y el P. Jacinto se tenan mutuamente miedo. Ella tema la
desvergenza del fraile, y el fraile el genio violentsimo de ella. De
este miedo mutuo naca el que se tratasen por lo comn con extremada
finura y con el comedimiento ms exquisito y circunspecto,  fin de no
terminar cualquier coloquio en pelea  disputa.

Llevada de esta consideracin, Doa Blanca no impugn la defensa de la
coquetera; di por satisfecha su modestia de madre, y acab por aceptar
como justos y merecidos los encomios de su hija Clara.

Luego aadi:

--En suma, mi hija es un prodigio. En las alabanzas de V. no toma parte
sino la justicia. Me alegro. Qu mayor contento para una madre?
Imagino, con todo, que tan lisongero panegrico bien se poda haber
pronunciado en presencia de testigos. Lo que sigilosamente tena V. que
decirme no ha salido an de sus labios.

El P. Jacinto se par  reflexionar entonces, al verse tan directamente
interrogado, y casi se arrepinti de haber venido  tratar del asunto de
la boda de Clarita, dejndose llevar de un celo impaciente, sin ponerse
antes de acuerdo con el Comendador, segn haban concertado; pero el
padre Jacinto no era hombre que cejaba una vez dado el primer paso, y
despus de un instante de vacilacin, que no dej percibir  ojos tan
linces como los de su interlocutora, dijo de esta manera:

--All voy, hija; ten calma que todo se andar. Mi encomio de Clarita
estaba muy en su lugar, porque de Clarita voy  hablarte. Me consta,
como su director espiritual que soy, que te obedecer en todo; pero
dime, no consideras t que para algunas cosas, de la mayor importancia,
convendra consultar su voluntad?

--Y quin ha informado  V. de que yo no la consulto cuando conviene?

--Has preguntado, pues,  Clara si quiere casarse tan nia?

--S, padre, y ha dicho que s.

--Le has preguntado si aceptar por marido  D. Casimiro?

--S, padre, y tambin ha dicho que s.

--Y no sern parte el temor y el respeto que inspiras  tu hija en esas
respuestas?

--Creo que no merezco slo inspirar  mi hija respeto y temor, sino
tambin cario y confianza. Prevalindose, pues, mi hija del cario y de
la confianza que debo inspirarle, hubiera podido contestar que no quera
casarse con D. Casimiro. Nadie la ha violentado para que diga que
quiere. Querr cuando lo dice.

--Es cierto; querr, cuando lo dice. No obstante, para que una decisin
de la voluntad sea vlida, importa que la voluntad est previamente
ilustrada por el entendimiento acerca de aquello sobre lo cual decide.
Crees t que Clarita sabe lo que quiere y por qu lo quiere?

--Acaba V. de hacer el encomio ms extremado de mi hija, y ahora me
induce  pensar que la tiene por tonta, por incapaz de sacramento. Cmo
quiere V. que una mujer de diez y seis aos ignore los deberes que el
santo matrimonio trae consigo?

--No los ignora... pero no me vengas con sofismas... una nia de diez y
seis aos no sabe toda la transcendencia del s que va  dar en los
altares.

--Por eso tiene  su madre, para iluminarla, aconsejarla y dirigirla.

--Y t la has iluminado, aconsejado y dirigido segn tu conciencia?

--La menor duda sobre eso, la mera pregunta que me hace V. es una ofensa
terrible y gratuita. Cmo presumir, sospechar, ni por un instante, que
haba yo de aconsejar  mi hija en contra de lo que mi conciencia me
dictase? Tan mala me cree V.?

--Perdona; me expliqu con torpeza. Yo no creo, ni puedo creer que hayas
aconsejado  tu hija contra tu conciencia; pero s puedo creer que en
tu entendimiento cabe error, y que, llevada t de algn error, induces 
tu hija  dar un paso deplorable.

--Extrao muchsimo los razonamientos de usted en el da de hoy. Qu
diferentes de lo que eran antes! Qu cambio ha habido en V.? Ser yo
vctima de un error, y en virtud de ese error dar malos consejos y
tomar funestas resoluciones; pero usted lo saba tiempo h, y nada
haba dicho en contra cuando no haba an compromiso alguno contrado.
Cmo ha venido de pronto  hacerse patente  los ojos de V. ese error,
que antes no perciba? Qu luz del cielo le ha ilustrado  V. el alma?
Qu santo  qu ngel bendito ha bajado  la tierra  descubrir  V. lo
bueno y  distinguirlo de lo malo?

Doa Blanca, segn se ve, iba ya perdiendo su aplomo y su dificultosa
dulzura. El P. Jacinto empezaba tambin  amostazarse; pero hizo un
esfuerzo heroico, y en vez de seguir adelante y de excitar la tempestad,
procur calmarla por cuantos medios se le ocurrieron.

--Tienes razn que te sobra --contest con mucha humildad.-- Yo deb
disuadirte  tiempo de que concertaras esa boda. Del error que noto en
t, confieso que he participado. Por lo menos, ha sido en m un descuido
atroz, una ligereza imperdonable, el no hablarte antes como te estoy
hablando hoy. Pero si yo err, con reconocerlo ya y con apartarme del
error, te induzco  que me imites, aunque te d armas en contra ma. Lo
que afirmas, probar mi inconsecuencia, mas no prueba nada contra mi
consejo.

--Cmo que no prueba nada? Quita  su consejo de V. toda la autoridad
que de otra suerte hubiera tenido. Consejo dado tan de repente... hasta
pudiera sospecharse... que no se funda en pensamiento propio del
consejero.

Doa Blanca, al pronunciar esta ltima frase, lanz al padre una
penetrante y escrutadora mirada. El padre, que no era tmido, se cort
un poco y baj los ojos. Serenndose al instante, repuso:

--No se trata aqu de ms autoridad que de la autoridad de la razn.
Para darte el consejo, vlganme la amistad y el cario que tengo  tu
persona y  los de tu familia: para que le aceptes  le deseches, no
pretendo que valga sino el ingenio, que pido  Dios me conceda, para
llevar el convencimiento  tu alma.

--Est bien. Quiere V. decirme qu razones hay para que Clara no se
case con D. Casimiro? V. es el confesor de Clara. Ama Clara  otro
hombre?

--Por lo mismo que soy su confesor, si Clara amase  otro hombre y ella
me lo hubiera confiado, no te lo dira sin que ella me diese su venia,
que yo sabra pedir y exigir en caso necesario. Por dicha, para nada
tiene que entrar aqu la cuestin de si Clara ama  no  otro hombre.

--No me venga V. con rodeos y sutilezas. Yo he educado  mi hija con tal
rigidez y con tal recogimiento, que no tengo la menor duda de que no ha
tenido amoros. Clara no ha mirado jams con malicia  hombre alguno.

--As ser. Pero no podr mirarle el da de maana? No podr amar, si
no ama an?

--Amar  su marido. Por qu no ha de amarle?

--Vamos, seora --dijo el P. Jacinto ya con la paciencia perdida:-- no
amar  su marido, porque su marido es feo, viejo, enfermizo y
fastidioso.

--Quiero suponer --contest Doa Blanca con el reposado entono que
tomaba cuando ms tremenda se pona,-- quiero suponer que las
caritativas calificaciones de V. cuadran perfectamente al sujeto,  la
persona de mi familia,  quien V. honra con ellas. Su exquisito gusto de
V. en las artes del dibujo halla feo  D. Casimiro; sus conocimientos de
V. en la medicina le han hecho comprender que est el pobre mal de
salud, y la amenidad y discrecin que en V. campean, es natural que le
induzcan  fastidiarse de todo ser humano que no sea tan ameno y tan
ingenioso como V., cosa, por desgracia, rarsima; pero V. no me negar
que mi hija, menos instruida en las proporciones y bellezas de la
figura del hombre, puede no hallar feo  D. Casimiro, como no le halla;
menos docta en ciencias mdicas, puede creerle ms sano, y menos
chistosa que V., puede muy bien hallar en D. Casimiro algn chiste y no
aburrirse de su conversacin. Y por otra parte, aunque mi hija viese en
D. Casimiro los defectos que V. seala, por qu no haba de amarle?
Pues qu, una mujer de honor, una buena cristiana, ha de amar slo la
hermosura fsica y el desenfado en el hablar? Ser menester buscarle
para marido, no  un caballero de su clase, honrado, temeroso de Dios,
virtuoso lleno de atenciones y buenos deseos de hacerla dichosa, sino 
algn saltimbanquis robusto,  algn truhn divertido, que provoque en
ella con sus chocarreras una risa indecorosa y un regocijo poco
honesto?

--Mira, Doa Blanca --dijo el fraile, que jams abandonaba el tuteo,
aunque se incomodara,-- no creas que se necesite ser un Apeles  un
Fidias para conocer que es feo D. Casimiro. Su fealdad es tan patente y
somera, que no hay que ahondar mucho para descubrirla. Y en cuanto  su
ruin salud y escasa amenidad, te aseguro lo mismo. Sin haber cursado
medicina, sin ser un Hipcrates, ve cualquiera que D. Casimiro est por
dems estropeado. Y sin haber estudiado el _Examen de ingenios_, de
Huarte, se descubre en seguida que el de don Casimiro es romo y huero.
Yo no pretendo que busques para Clarita  Pitgoras y  Miln de Crotona
en una pieza; pero qu diablura te lleva  darle por marido  Tersites?

El P. Jacinto se abstena de echar latines cuando hablaba  las mujeres;
pero no poda menos de citar en romance, siempre que se diriga  damas
de distincin, hechos, personajes y sentencias de la antigedad clsica
y de las Sagradas Escrituras. Por lo dems, era tan claro el sentido de
lo que deca, que Doa Blanca, aunque no hubiera sabido ms  menos
confusamente la condicin de los personajes citados, no hubiera tenido
la menor duda sobre lo que el fraile quera significar. As es que le
respondi:

--Reverendo padre, esos son insultos y no consejos; pero jams me
enojar con V. Lo nico que afirmo es que todos los defectos que pone V.
 mi futuro yerno han de estar menos al descubierto de lo que V. supone
ahora, cuando antes de ahora no los ha conocido V. Y si los conoca,
por qu antes no me los dijo? Repito que alguien ha venido  ilustrar
su claro entendimiento de V. Alguien le induce  dar este paso. No hay
que disimular. Sea V. leal y franco conmigo. V. ha hablado con alguien
acerca de la proyectada boda de Clarita. Sus consejos de V. no son
consejos, sino un mensaje solapado.

El P. Jacinto era fresco de veras; pero con Doa Blanca no haba
frescura que valiese. El pobre fraile estaba sofocado, rojo hasta las
orejas. Por l hubiera podido inventarse aquella frase con que se denota
que  alguien le han dado una buena descompostura: _tena encarnadas las
orejas como fraile en visita_.

Hasta su lengua, que por lo comn estaba tan suelta, se le haba trabado
un poco y no atinaba  contestar.

Doa Blanca, notando aquel silencio, le excitaba  que se explicase y
aada:

--No me cabe duda. Est V. convicto y casi confeso. V. desaprueba hoy lo
que ayer aprobaba, porque un enemigo mo le ha llenado la cabeza de
ideas absurdas. Atrvase V.  negar la verdad.

Interpelado, acusado con tan desmedida audacia y con tan ruda serenidad,
el P. Jacinto sac fuerzas de flaqueza; puso  un lado la causa de su
inusitada timidez, que era slo el recelo de perjudicar los intereses de
Clara y de su amigo y antiguo discpulo, y, ya libre de estorbos,
contest tan enrgica y sabiamente, que su contestacin, la rplica 
que di lugar y todo el resto del dilogo tomaron un carcter distinto y
solemne, por donde merecen captulo aparte, el cual ser de los ms
importantes de esta historia.




XVII

El P. Jacinto, sin alterarse, imitando el entonado reposo de su ilustre
amiga, contest lo que sigue:

--Ya he confesado con ingenuidad que deb aconsejarte antes. No lo hice,
no porque aprobase tu plan, sino porque, llevado de ligereza vergonzosa
y de indiferencia villana y grosera, no advert todo el horror de la
boda que tienes concertada. Debo el advertirlo ahora  mi propio
espritu,  bien al de otra persona que me ha ilustrado? Punto es ste
que podr interesarte sabe Dios por qu y que podr afectar mi
reputacin de hombre entendido; pero en nada altera el valor de mis
consejos. No quiero ni puedo justificar mi inconsecuencia. Puedo y debo,
con todo, mitigar un poco la rudeza de tu acusacin, y lo har al
exponer las razones en que fundo mis consejos de ahora. Sentir
expresarme con impropiedad, aunque espero de tu buena fe que no me armes
disputa sobre las palabras, si entiendes la idea y la sana intencin con
que la expreso. Tal vez est educada Clara con rigidez que raya en
extremos peligrosos. Temiendo t que un da pueda caer, le has
exagerado los tropiezos. Temiendo t que la nave pueda zozobrar  irse 
pique, has ponderado los escollos y bajos que hay en el mar del mundo,
el mpetu y violencia de los vientos que combaten la nave y hasta su
fragilidad y desgobierno. Esto tiene tambin sus peligros. Esto infunde
una desconfianza en las propias fuerzas que raya en cobarda. Esto nos
hace formar un concepto de la vida y del mundo mucho peor de lo que debe
ser. Cmo ha de negar un creyente que de resultas de nuestros pecados
el mundo es un valle de lgrimas; que el demonio tiende su red de
continuo para perdernos; que nuestra flaca condicin es propensa al mal,
y que es necesario el favor del cielo para no caer en las tentaciones?
Todo esto es innegable, pero conviene no exagerarlo. Una vez muy
exagerado,  hay que huir al desierto y hacer la vida asctica de los
ermitaos, y entonces todo va bien, porque la belleza y la bondad que no
se ven en la tierra, se esperan, se presienten y casi se ven ya en el
cielo, en xtasis y arrobos,  hay que dar, faltando el amor divino,
faltando la caridad fervorosa, en un desesperado desprecio de uno mismo
y en tal desdn y odio  todo lo creado y  nuestros semejantes, que
hacen  quien as vive odioso y enojoso  s y  los dems seres. Hija,
no s si me explico, pero t eres perspicaz y me irs entendiendo. Otro
grave peligro nace tambin de tu mtodo de educar. La conciencia se
halla con l ms apercibida y precabida para la lucha; pero al mancharlo
todo, se mancha; al inficionarlo todo, se inficiona; al presentir en
todo un delito, una impureza, provoca y hasta evoca las impurezas y los
delitos. Clarita tiene un entendimiento muy sano, un natural excelente:
pero, no lo dudes,  fuerza de dar tormento  su alma para que confiese
faltas en que no ha incurrido, pudiera un da torcer y dislocar los ms
bellos sentimientos y convertirlos en sentimientos pecaminosos; pudiera
concebir del escrpulo de su conciencia, inquisidora del pecado, el
pecado mismo que antes no exista. No tengo que asegurarte que yo por
mil motivos no he procurado relajar la rigidez de los principios que has
inculcado  Clarita, si bien mi modo de ser me lleva, por el contrario,
 la indulgencia;  ver en todo el lado bueno, y  tardar muchsimo en
ver el lado malo, y  no descubrirle sino despus de larga meditacin.
As es que al principio, contrayndonos al asunto de la boda, no vi sino
el lado bueno. Vi que D. Casimiro es un caballero de tu clase, honrado,
religioso, prendado de Clarita y deseando hacerla feliz. Vi que,
casndose con ella, seguira ella aqu y no se la llevaran lejos de su
madre y de nosotros, que la queremos tanto. Vi que con su mucha hacienda
y la de su marido hara un bien inmenso en estos lugares, emplendose
en obras de caridad. Y vi en la misma austeridad con que est educada la
garanta de que para Clarita no poda ser el matrimonio el medio de
satisfacer y aun de santificar, merced  un lazo sagrado  indisoluble,
una pasin violenta, profana y algo impa, ya que consagra al hombre
cierta adoracin y culto que  slo Dios se debe, y una ilusin caduca,
efmera, que se disipa tanto ms pronto cuanto ms vivo y ardiente es el
resplandor con que la fantasa la finge y colora. Todo esto vi, y por
haberlo visto trato de cohonestar, ya que no disculpe, el no haberme
opuesto antes  la boda. Imaginaba yo, adems, que Clarita no la
repugnaba. Clarita nada me ha dicho despus; pero mis ojos se han
abierto, y ahora comprendo que la repugna con repugnancia invencible,
all en el fondo de su alma. Ahora comprendo que Clarita no ve slo en
el matrimonio un voto de devocin y sacrificio. Clarita quiere amar y
que el matrimonio sancione y purifique su amor. El matrimonio, por lo
tanto, no puede ser para ella el mero cumplimiento de un deber social,
un acto de abnegacin, un padecimiento  que hay que resignarse, una
penitencia, una prueba, un castigo. El profundo respeto que te tiene, la
ciega obediencia con que se somete  tu voluntad, la creencia de que
casi todo es pecado, no consentirn que ella confiese nunca ni  s
misma lo que te digo; pero yo no dudo ya que lo siente. Ahora bien; es
merecedora Clarita de esa penitencia? Es digna de ese castigo? Qu
derecho tienes para imponrsele? Y si es prueba, quin te da permiso
para poner  prueba su bondad? Por qu, si lo grave y spero de un
deber, como es el del matrimonio, puede mezclarse y combinarse con
lcitos contentos que aligeren la cruz y con satisfacciones y gustos que
suavicen la aspereza del camino, quieres t slo para tu hija la
aspereza del camino y la pesadumbre de la cruz, y no tambin la
permitida dulzura?

Doa Blanca escuch impasible, y al parecer muy sosegada, todo el sermn
del buen fraile. Al ver que no segua, dijo, despus de un instante de
silencio:

--Aun conviniendo en que casarse con un hombre de bien, lleno de afecto
y de juicio, fuese una penitencia, fuese una cruz, Clarita la debiera
llevar y resignarse. La mujer no ha venido al mundo para su deleite y
para satisfaccin de su voluntad y de su apetito, sino para servir 
Dios en esta vida temporal,  fin de gozarle en la eterna. Y V.
convendr conmigo, si en estos das no ha tratado con gentes que han
perturbado su razn y le han apartado del camino recto, que el modo
mejor de servir  Dios es, en una hija, el obedecer  sus padres. Usted
mismo reconoce que el santo sacramento del matrimonio no fu instituido
para santificar devaneos. Cierto que es mejor casarse que quemarse;
pero an es mejor casarse sin quemarse,  fin de ser la fiel compaera
de un varn justo y fundar  perpetuar con l una familia cristiana,
ejemplar y piadosa. Este concepto puro, cristiano y honestsimo del
matrimonio no es fcil de realizar; mas para eso he educado yo tan
severamente  Clarita: para que con la gracia de Dios tenga la gloria de
realizarle, en vez de buscar en el casamiento un medio de hacer lcito y
tolerable el logro de mal regidos deseos y de impuras pasiones. Ms
pudiera decir en mi abono acerca de este asunto, pero no se trata aqu
de una discusin acadmica. Yo carezco de estudios y de facilidad de
palabra para discutir con V. sobre la cuestin general de si el
matrimonio ha de ser un estado tan difcil y estrecho como otro
cualquiera que se toma para servir  Dios, y no un expediente mundanal
para disimular liviandades. Aqu debemos concretarnos al caso singular
de Clarita, y para ello vuelvo  lo dicho: necesito, exijo que sea usted
leal y sincero. Quin enva  V.  que me hable? Quin le aconseja
para que me aconseje? Quin le ha abierto los ojos, que tena V. tan
cerrados, y le ha hecho ver que Clarita, si no ama, amar? Vamos,
respndame V. Por qu disimularlo  callarlo? Hay un hombre que ha
hablado  V. de todo eso.

--No lo negar, ya que te empeas en que lo declare.

--Ese hombre es el Comendador Mendoza.

--Es el Comendador Mendoza--repiti el fraile.

Tal declaracin, aunque harto prevista, dej silenciosos y como en honda
meditacin  ambos interlocutores durante un largo minuto, que les
pareci un siglo.

Doa Blanca, aunque sin precipitar sus palabras, mostrando ya, en lo
trmulo de la voz y en el brillo de los ojos, viva y dolorosa emocin
mal reprimida, habl luego as:

--Todo lo sabe V. y me alegro. Quizs hice mal en no decrselo yo misma
la vez primera que me arrodill ante V. en el tribunal de la penitencia.
Srvame de excusa que ya mi mayor delito haba sido varias veces
confesado, y la consideracin de que cada vez que le confieso de nuevo
hago sabedora  una persona ms del deshonor de quien me ha dado su
nombre. Todo lo sabe V. sin que yo se lo haya dicho. Bendito sea Dios,
que me humilla como merezco, sin que yo, tan culpada, cometa la nueva
culpa de infamar  mi pobre marido. Pues bien: sabindolo V. todo, cmo
se atreve  aconsejarme lo que me aconseja? Cmo quiere apartarme del
camino que llevo, nico posible para una reparacin, aunque incompleta?
Si contra su parecer de V., si contra la ley del decoro, manchsemos la
conciencia de Clara, descubrindole su origen, qu piensa V. que hara
ella? No la despreciara V. si no buscase la reparacin? Y para ello,
sin hacer pblica la infamia de su madre y de aqul  quien debe venerar
como  padre, qu otro recurso tiene Clara sino entrar en un convento 
dar la mano  D. Casimiro? Por qu, dir V., ha de pagar Clara la falta
que no cometi? Harto la pago yo, padre. Los remordimientos, la
vergenza, me asesinan. Pero Clara tambin debe pagarla. Si esto parece
 V. inicuo, vulvase usted impo y blasfemo contra la Providencia, y no
contra m. La Providencia, en sus designios inescrutables, con ocasin
de mi culpa, ha puesto  mi hija en la alternativa  de sacrificarse 
de ser falsaria y poseedora indigna de riquezas que no le pertenecen.

--No he de ser yo, por cierto --interrumpi el fraile--, quien disimule
 atene lo difcil de la situacin y la verdad que hay en lo que dices.
Convengo contigo. S la nobleza de alma de Clara. Si ella supiera quin
es... pero no, mejor es que no lo sepa.

--Qu piensa V. que hara si lo supiese?

--Sin vacilar... Clara se retirara  un convento. Tu plan de casarla
con D. Casimiro le parecera absurdo, malo, no ya siendo feo y viejo D.
Casimiro, sino aunque fuese precioso y estuviese ella prendada de l.
Con ese casamiento ni se remedia el mal nacido del embuste  la falsa,
ni se despoja tu hija de bienes que no son suyos.

--Es, sin embargo, la nica reparacin posible, aunque incompleta,
ignorando Clara el motivo que hay para la reparacin. Convengo en que
entrando Clara en un claustro el mal se remediara mejor, menos
incompletamente. Pero cmo la hija de un ateo ha de tener vocacin para
esposa de Jesucristo?

Al pronunciar estas ltimas palabras, el rostro de Doa Blanca tom una
expresin sublime de dolor; sus mejillas se tieron de carmn ominoso
como el de una fiebre aguda; dos gruesas lgrimas brotaron de repente de
sus ojos.

El P. Jacinto vi  Doa Blanca transfigurada; reconoci en ella un
corazn de mujer que antes no haba sospechado siguiera bajo la aspereza
de su mal genio, y le tuvo lstima y la mir con ojos compasivos. Ella
prosigui:

--He meditado en largas noches de insomnio sobre la resolucin de este
problema, y no veo nada mejor que el casamiento de Clara con D.
Casimiro. No piense V. que me falte valor para otra cosa. No me falta
valor; me sobra piedad. Mil veces, ansiosa de que me matase, he estado 
punto de revelar mi pecado al hombre  quien ofend cometindole. Yo
misma hubiera puesto gustosa el pual en su mano; pero, le conozco,
infeliz! hubiera llorado como un nio; yo le hubiera muerto de pena, en
vez de recibir el merecido castigo; l, con mansedumbre evanglica, me
hubiera perdonado, y mi duro pecho y mi diablico orgullo, lejos de
agradecer el perdn, hubieran despreciado ms an al hombre que me le
otorgaba. Manso, pacfico, benigno, Valentn hubiera apurado un cliz de
hiel y veneno al oir mi revelacin; no hubiera sido mi juez inexorable,
sino hubiera acabado de ser mi vctima, y yo, rproba, llena de satnica
soberbia, hubiera ahogado el manantial de la compasin y de la ternura
con desdn, hasta con asco, de una resignacin santa, que el demonio
mismo me hubiera pintado como enervada flaqueza. Mi deber era, pues,
callar; hacer lo menos amarga posible la vida de este dbil y dulce
compaero que el cielo me ha dado, disimular, ocultar, hasta donde
cabe... mi falta de amor... mi injusta, impa, irracional, involuntaria
falta de estimacin. As se explican el engao y la persistencia en el
engao; pero la vileza del hurto no cabe en m. Mi alma no la sufre.
Pretende quizs ese ateo malvado que me envilezca yo con el hurto? Qu
razn, qu derecho, qu sentimiento paternal invoca quien tan olvidado
tuvo durante aos el fruto de su amor... y de la clera divina? V. dice
bien: lo mejor sera que Clara se sepultase en un claustro, se
consagrase  Dios. Yo he hecho lo posible por disgustarla del mundo
pintndosele horroroso; pero en ella han podido, ms que mis palabras,
la confianza juvenil, el bro maldito de la sangre, el deleite y la
exuberancia de la vida. Qu arbitrio me queda sino casarla con D.
Casimiro? Por qu la compadece V.? Pues qu, no sale ganando? La hija
del pecado no debiera tener bienes, ni honra, ni nombre siquiera, y todo
esto conservar y de todo podr gozar sin remordimientos, sin sonrojo.

En la ltima parte de su discurso Doa Blanca estuvo hermosa, sublime
como una pantera irritada y mortalmente herida. Se haba puesto de pie.
Al fraile se le figuraba que haba crecido y que tocaba con la cabeza en
el techo. Hablaba bajo, pero cada una de sus palabras tena punta
acerada como una saeta.

El P. Jacinto conoci que haba confiado por dems en su serenidad y en
su elocuencia. Se hizo un lo y no supo decir nada. Se encontr tan
apurado, que la vuelta de Clarita al saln le quit un peso de encima y
le di tregua para poder replicar en momentos ms propicios y despus de
meditarlo.

Doa Blanca, no bien entr su hija, supo dominarse y recobrar su calma
habitual.

Un poco ms tarde vino el benigno D. Valentn, y todos fueron  comer
como si tal cosa.

El P. Jacinto ech la bendicin al empezar la comida, y rez al
sentarse y al levantarse.

Ya de sobremesa, tuvo efecto la grata sorpresa de la corza. Clarita la
hall encantadora. La corza se dej besar por Clarita en un lucero
blanco que tena en la frente, y se comi cuatro bizcochos que ella
misma le di con su mano.

Don Valentn se maravill, simpatiz y hasta se enterneci con la
mansedumbre de aquel lindo animalejo.

Cuando, terminado todo, sali el P. Jacinto de casa de Doa Blanca, se
apresur  ir  ver al Comendador, quien le aguardaba impaciente, no
habindole visto al llegar de Villabermeja, porque el fraile haba
adelantado ms de una hora su venida  la ciudad. Excusndose de esto y
de su precipitacin en dar pasos sin consultar al Comendador, el P.
Jacinto le relat cuanto haba pasado.

Don Fadrique Lpez de Mendoza no era de los que condenan todo lo que se
hace cuando no se les consulta. Hall bien lo hecho por su maestro, y lo
aplaudi. Hasta la turbacin y mutismo final del fraile le parecieron
convenientes, porque no haban trado compromiso, porque no se haba
soltado prenda. Ya hemos dicho que el Comendador era optimista por
filosofa y alegre por naturaleza.




XVIII

Despus de haberse enterado de la conversacin entre el fraile y Doa
Blanca, el Comendador se abstuvo de tomar una resolucin precipitada. Se
content con rogar  su maestro que no se volviese  Villabermeja, que
siguiese frecuentando la casa de Doa Blanca y que tratase de desvanecer
todo recelo en dicha seora, prometindole no hablar con Clarita de la
proyectada boda ni decirle nada en contra de los deseos de su madre.

El Comendador quera meditar, y medit largamente, sobre el asunto. Sus
meditaciones (ya hemos dicho que el Comendador era descredo) no podan
ser muy piadosas. Era tambin el Comendador alegre, fino y sereno, y
nada podan tener de apasionadas sus meditaciones. Su espritu analtico
le presentaba, sin embargo, todas las dificultades del caso.

No caba la menor duda. La criatura lindsima y simptica que  l deba
el ser estaba condenada,   vivir como usurpadora indigna de lo que no
le perteneca,   casarse con D. Casimiro,   ser monja. Uno de estos
tres extremos era inevitable,  no causar un escndalo espantoso   no
realizar un difcil rescate.

Doa Blanca tena razn, salvo que para tenerla no era menester
mostrarse tan hosca y tan poco amena con todo el gnero humano,
empezando por su infeliz marido.

Para D. Fadrique haba un ideal econmico ms fundamental que el
poltico. Este ideal era que toda riqueza, todos los bienes de fortuna
llegasen  ser un da, cuando la sociedad tocase ya en la perfeccin
deseada, signo infalible de laboriosidad, de talento y de honradez en
quien los haba adquirido; que el ser rico fuese como innegable ttulo
de nobleza, ganado por uno mismo  por el progenitor que le ha dejado
los bienes.

Bien saba D. Fadrique que este trmino estaba aun remotsimo, pero
saba adems que el mejor modo de acercarse  l era el de hacer todo
negocio suponindole ya llegado; esto es, como si no hubiese riqueza mal
adquirida en la tierra. Lo contrario sera conspirar  que prevaleciese
el villano refrn de que _quien roba  un ladrn tiene cien aos de
perdn_, y contribuir  que la vida, la historia, el desenvolvimiento
civilizador de la sociedad sean una trama inacabable de bellaqueras.

Fundado en estos principios, desechaba de s D. Fadrique el pensamiento
de que en cada lugar del mundo habra de seguro un enjambre de madres
en el caso de Doa Blanca y una multitud de hijas  de hijos en el caso
de Clarita, para los cuales el problema moral, de tan difcil solucin,
que atormentaba  Doa Blanca, era como si no fuese, dejndolos
disfrutar de la hacienda que la suerte y la ley les otorgaban, sin el
menor escrpulo y con la mayor frescura. Desechaba tambin la idea, algo
cmica, pero ms que posible, de que el mismo D. Casimiro, por
circunstancias anlogas, podra tener menos derecho que Clarita  la
herencia, aunque toda fuese vinculada; de que D. Valentn, su padre  su
abuelo, podran tambin no haber tenido derecho, y de que slo Dios
sabe, aunque tal vez el diablo no lo ignore, por qu arcaduces
subterrneos y por qu intrincados caminos ha venido  cada cual lo que
por herencia disfruta. En estos casos la fe debe salvar; pero en el caso
de Doa Blanca no haba fe que valiese contra la evidencia que ella
tena. Cerrar los ojos, vendrselos y remedar fe era una infamia. D.
Fadrique, condenando en su corazn y en su inteligencia serena los
furores de Doa Blanca, la aplauda y ensalzaba de que pensase con
rectitud y con nobleza. Vaya  quien vaya, merzcale  no, tenga derecho
 no le tenga aquel  quien un bien se destina, son cosas que importan
poco ante la superior consideracin de que ese bien me consta que no es
mo y de que slo le gozo por engao, por delito y por mentir.

Como D. Fadrique era persona de mucho seso y sentido comn, aunque se
hallaba en poca de reformas, sistemas y ensueos de toda clase, no
pens en condenar la herencia. Sin el grandsimo deleite de dejar ricos
 nuestros hijos, se perdera el mayor estmulo para el trabajo, para el
buen orden, para la aplicacin y para aguzar y ejercitar el ingenio. D.
Fadrique reconoca no obstante, que si estaba lejos an el da en que
sea casi imposible adquirir mal lo que uno mismo adquiere, estaba an
mucho ms lejos el da en que sea casi imposible heredar mal lo que se
hereda. El modo de no empujar hacia ms hondo porvenir la aurora de ese
da, era dar buen ejemplo en contra. La razn de Doa Blanca sala
siempre triunfante de cada laberinto de reflexiones en que D. Fadrique
se abismaba.

Haba un mal moral que peda remedio. Hasta aqu iba D. Fadrique de
acuerdo con la idea de Doa Blanca. Era el remedio peor que el mal? El
remedio era duro; pero D. Fadrique comprenda que no era peor que la
enfermedad, y que era menester aplicarle no habiendo otro.

El remedio poda aplicarse de dos maneras.  casando  Clarita con D.
Casimiro, y esto era fcil,  hacindola tomar el velo. Esto segundo, 
pesar de lo mundano, impo y anti-religioso que era D. Fadrique, le
pareca mil veces mejor. Comprenda, no obstante, que para que Clarita
entrase en un convento sin saber ella por qu, era necesario que alguien
le infundiese la vocacin. Tal trabajo no poda tomarle su madre. Slo
el P. Jacinto podra persuadir  Clarita  que se retirase al claustro.

Para un hombre lleno del espritu del siglo XVIII, alimentado con la
lectura de los enciclopedistas, creyente en Dios, pero hablando siempre
de la naturaleza, no hay que exponer aqu cun horrible apareca el
sacrificio de la hermosura, de la vida, del bro juvenil, sintiendo ya
sin duda fervorosamente el amor y reclamndole, en aras de un
sentimiento misterioso, de un objeto,  su ver, impalpable y hasta
incomprensible. Al Comendador se le antojaba esto una nefanda
monstruosidad; pero la prefera  ver,  imaginar  Clara entre los
secos brazos de D. Casimiro; y en su orgullo de hidalgo, y en su afn de
no verse l mismo mentiroso y fullero, y de no pensar menos noblemente
que una mujer fantica y desatinada, lo prefera todo  que Clarita se
alzase en su da con los bienes de D. Valentn.

El punto final de las meditaciones de D. Fadrique era siempre el mismo,
por cuantas sendas y rodeos tratase de llegar  l. No quera  Clara
poseedora de lo que le constaba que no era suyo; no la quera mujer de
D. Casimiro; no la quera monja tampoco, y no quera dar escndalo ni
amargar la vida de D. Valentn con afrentoso desengao. Era, pues,
indispensable que l fuese el libertador, el rescatador de Clarita.

 pesar de tener preocupado el nimo con estas cosas, el Comendador
ejerca tanto dominio sobre s, que nada dejaba notar.

Paseaba con Luca por las huertas  charlaba con ella y procuraba
esquivar sus preguntas inquisitoriales.

As transcurrieron ocho das. Durante ellos se inform el Comendador,
con el mayor secreto y diligencia, del valor exacto de todos los bienes
de D. Valentn. Pasaban de cuatro millones de reales.

Bastante se apesadumbr, no debemos ocultarlo, de que D. Valentn
hubiese llegado  ser tan rico. El Comendador tena poqusimo ms
capital, sumando el valor de algunas finquillas que haba comprado cerca
de Villabermeja, y lo que tena en varias casas de banca en la Gran
Bretaa y en Madrid. Su decisin,  pesar de la pesadumbre, fu firme,
con todo.

El Comendador saba y estimaba cunto vale el dinero. La vanidad de
haberle adquirido diestra y honradamente le daba para l mayor hechizo.
Pero en qu mejor poda emplearse el caudal, la ganancia y el ahorro de
toda una vida activa, el fruto del bro, del trabajo y del ingenio, que
en salvar  un ser tan querido y que tan digno era de serlo?

Suponindose ya el Comendador despojado de cuatro millones, se miraba
reducido  la triste condicin de un hidalgo labriego, que  tendra que
salir otra vez  buscar fortuna,  tendra que acomodarse  vivir mal y
humildemente en Villabermeja. Esto no le arredr.

Eliminadas, pues, varias soluciones, el problema qued claro y sencillo.
La nica dificultad que haba que vencer era la de pasar  poder de D.
Casimiro, de modo tan natural, que apartase toda sospecha, una suma de
cuatro millones, y hacer valer y constar, como era justo, este
sacrificio cerca de Doa Blanca, para que la terrible seora reconociese
 su hija por libre de toda obligacin y por apta para recibir, en su
da, los bienes todos de D. Valentn, como devolucin, y no como
herencia.




XIX

La familia de Sols continuaba incomunicada con sus vecinos.

Slo entraban en aquella casa D. Casimiro y el fraile. ste,  pesar de
sus consejos, haba sabido ingeniarse, volver  la gracia y recobrar la
confianza de aquella adusta seora. No es tan llano desechar  un
director espiritual,  quien se tiene por santo  poco menos, aunque
este director nos contrare, y sobre todo haga cosas opuestas  nuestro
modo de pensar. La mayor falta del padre Jacinto, lo que apenas acertaba
 explicarse Doa Blanca, era que aquel virtuoso varn, aquel hijo de
Santo Domingo de Guzmn, fuese tan ntimo amigo de un hombre  quien
deba ms bien llevar  la hoguera, si los tiempos no estuviesen tan
pervertidos y la cristiandad tan relajada.

Doa Blanca no se call sobre este punto, y varias veces manifest al
fraile su extraeza; pero el fraile le contestaba:

--Hija ma, piensa lo que se te antoje. Yo no quiero calentarme la
cabeza explicndotelo. Bstete saber que yo tengo  D. Fadrique por muy
amigo, aunque incrdulo, como l me tiene por muy amigo, aunque fraile.
Cavilando en ello me asusto, y prefiero no cavilar. No quiero dar por
seguro que haya en las almas humanas algo que,  pesar de la radical
oposicin de creencias, sea lazo de unin amistosa y constante y
fundamento de alta estimacin mutua.

--Vaya si hace V. bien en no cavilar --contestaba Doa Blanca.-- No
cavile V., no venga  caer en hereja al cabo de sus aos, fantaseando
algo ms esencial, ms sublime que la creencia religiosa.

--No caer en hereja --replicaba el fraile, que ya hemos dicho que era
muy desvergonzado;--no caer en hereja cuando t no caste. Nunca mi
amistad ser ms inexplicable que lo fu tu amor.

Con esto Doa Blanca exhalaba un suspiro, que tena su poco de bufido, y
se amansaba y se callaba.

Por lo dems, el padre Jacinto era leal y no abus de su derecho de
hablar en secreto con Clarita para excitarla en contra de la boda con
Don Casimiro.

Slo una noticia se atrevi  dar  Clarita por instigacin de D.
Fadrique: que D. Carlos, amonestado por el Comendador, se haba vuelto 
Sevilla con sus padres.

De esta suerte, Clarita hubo de tranquilizarse y no sobresaltarse de no
ver  D. Carlos por la maana en la iglesia.  quien vi varias veces
casi en el mismo lugar en que D. Carlos se colocaba fu al Comendador,
cuya maldad su madre le haba ponderado, y que ella se inclinaba
irresistiblemente  creer bueno.

El Comendador, como en desagravio de haber tenido olvidada tantos aos
aquella prenda de su amor, no se contentaba con disponerse  hacer por
ella un gran sacrificio, sino que ansiaba verla y admirarla, aunque
fuese  distancia.

As iban lentamente los sucesos, cuando una maana, en que Doa Antonia
haba tenido una de sus jaquecas y no se hallaba con gana de salir,
Luca fu  paseo sola con el Comendador. Ambos llegaron  la fuente 
nacimiento del ro que ya conocemos. Sentados  la sombra del sauce,
oyendo el murmullo del agua, hablaron de las estrellas, de las flores,
de mil diversas materias, hacia donde el to procuraba llevar la
atencin de su sobrina, para distraerla de su curiosidad sobre los
asuntos de Clara.

Luca, no llegando  distraerse lo bastante, dijo por ltimo:

--To, V. va  hacer de m una sabia.  veces me habla V. del sol y de
lo grande que es y de cmo atrae  los planetas y cometas; y  veces me
describe los abismos del cielo, y me seala las ms hermosas estrellas,
y me declara sus nombres y la inmensa distancia  que estn de nosotros,
y el tiempo que tardan los rayos alados de su luz en herir nuestras
pupilas. Todo esto me deleita y pasma, hacindome concebir ms adecuado
concepto del infinito poder de Dios. Tambin me ha explicado V.
misterios extraos de las flores, y esto me ha interesado ms,
infundindome en el alma superior idea de la bondad y sabidura del
Altsimo. Pero desechando el disimulo, recelo que V. no me instruye
tanto sino para no responder  mis preguntas sobre sus proyectos de V.
acerca de Clarita. Tal sospecha, lo confieso, me quita las ganas de oir
las lecciones de V., que de otro modo me entusiasmaran; tal sospecha
disminuye el valor de dichas lecciones, que se me figuran interesadas y
maliciosas: ms que medio de ensearme, me parecen medio de embaucarme.

--La malicia la pones t, sobrina--respondi el Comendador.--Yo procedo
con la mayor sencillez. Cuanto hay que saber de Clarita lo sabes mejor
que yo. Qu puedo aadir  lo que t sabes?

--Oiga V., to: aunque nia, no soy tan fcil de engaar. Aqu hay
varios puntos obscuros, inexplicables, y yo no sosiego hasta que todo me
lo explico.

--Pues ya ests aviada, hija ma, si no te sosiegas hasta que halles la
explicacin de todo. Condenada ests  desasosiego perpetuo.

--No confundamos las especies. Yo me aquieto sin explicacin sobre
muchos puntos en que usted, por desgracia, no se aquieta. No hablo de
eso. Hablo de materias ms llanas y ms al alcance de mi inteligencia.
En stas requiero explicacin, y sin explicacin no hay reposo. Qu
diablo de palabra enrevesada fu aqulla de que se vali V. el otro da
para significar una suposicin que se forja uno para explicar las cosas,
y que se da por cierta, cuando las explica?

--Esa palabra es _hiptesis_.

--Pues bien; yo no hago ms que forjar hiptesis  ver si me explico
ciertas cosas. Quiere usted que le exponga alguna de mis hiptesis?

--Exponla.

El Comendador respondi aparentando serena indiferencia al dar aquel
permiso; pero se puso colorado, y tuvo miedo de que Luca, por arte
mgica  poco menos, hubiese adivinado el lazo que una  Clara con l.

Luca, prevalindose del permiso y animada con lo poco de turbacin que
en su to advirti, expuso as una de sus hiptesis:

--Pues, seor, yo me cegu al principio por exceso de vanidad. Pens que
el cario de to que V. me tiene le llevaba, para complacerme,  mirar
con inters  Clori y  Mirtilo, y  procurar e buen fin de sus amores.
Ya he variado de opinin. Ya la hiptesis es otra. El inters de V. es
demasiado para ser de reflejo. Noto tambin que es muy desigual: menos
que mediano por Mirtilo; inmenso por Clori. Ay, to, to! Si querr V.
jugar una mala pasada al pobre zagal? Todo se sabe. Pues qu, cree V.
que no ha llegado  mi noticia que se ha hecho V. devoto (ojal fuese
de buena ley la devocin!) y que toditas las maanas de madrugada va V.
 la iglesia Mayor  misa primera?

--Sobrina, no disparates, --interrumpi el Comendador.

--Yo no disparato. Hallo extraa, para explicada slo por una simpata
cualquiera, esa devocin de V., y recelo que la santita que se la
infunde ha cautivado  V. con ms dulces cadenas que las de la piedad.

--Te repito que no disparates --volvi  decir el Comendador ponindose
muy serio.-- Confieso que es difcil de explicar el extraordinario
cario que Clarita me infunde. Aseguro, no obstante, por mi honor, que
nada tiene de lo que t imaginas. Si me quieres t un poco, y si me
respetas, te suplico, y si crees que puedo mandarte, te mando que
apartes de t ese pensamiento. Yo quiero  Clarita, aunque entre ella y
yo no median los vnculos de la sangre, del mismo modo que te quiero 
t, que eres mi sobrina: con amor casi paternal, con el amor que es
propio de los viejos.

--Pero si V. no es viejo, to!

--Pues aunque no lo sea. No amo  Clarita de otro modo. Y si esto sigue
parecindote raro, no caviles ni busques ms hiptesis para explicrtelo
satisfactoriamente.

--Est bien, to. Suspender mis tareas de forjar hiptesis.

--Eso es lo ms prudente.

--Ya que no valen las hiptesis, vale hacer preguntas?

--Hazlas.

--Persiste V. en favorecer los amores de Mirtilo?

--Persisto y persistir mientras Clara crea yo que le ama.

--Espera V. triunfar de la tenacidad de Doa Blanca  impedir la boda
con D. Casimiro?

--Lo espero, aunque es difcil.

--Me atrever  preguntar de qu medios va V.  valerse para vencer esa
dificultad?

--Atrvete; pero yo me atrever tambin  decirte que esos medios no
tienes t para qu saberlos. Confa en m.

-Aunque V., to, est tan misterioso conmigo, que todo se lo calla, voy
 portarme con generosidad: voy  revelar  V. mis secretos. S que Don
Carlos de Atienza le escribe  V. Tambin  m me ha escrito. Pero V. no
ha hecho lo que yo. V. no ha puesto al pobre desterrado en comunicacin
con Clara: yo s. Yo he escrito  Clara tres cartas nada menos, y 
fuerzas de splicas he logrado que el P. Jacinto se las entregue. En mis
cartas copio  Clara algunos prrafos de los que me ha escrito D.
Carlos.

--Ese secreto le saba en parte. El P. Jacinto me haba dicho que haba
entregado tus cartas.

--Pues, vaya que no sabe V. otra cosa?

--Qu?

--Que Clara me ha contestado. La contestacin vino ayer por el aire,
como la carta primera que juntos lemos.

--Tienes ah la nueva carta?

--S, to.

--Quieres leerla?

--No lo merece V.; pero yo soy tan buena, que la leer.

Luca sac un papel de su seno.

Antes de leer, dijo:

--En verdad, to, esto me pone muy cuidadosa y sobresaltada. Clara, en
los das que lleva de soledad, ha cambiado mucho. Hay en su carta tan
singular exaltacin, tan profunda tristeza, tan amargos pensamientos!...

--Lee, lee --dijo el Comendador con viva emocin. Luca ley como
sigue:

"Amada Luca: Mil gracias por todo cuanto ests haciendo por m. Sera
yo desleal si te ocultase nada de lo que siento. Ni al P. Jacinto me he
confiado hasta ahora; pero  t todo te lo confo. En mi ser pasa algo
de extrao, que no acierto  entender. Quiero an  D. Carlos. Y, no
obstante, conozco que no debo darle esperanzas; que no debo casarme con
l nunca; que me toca obedecer  mi madre, la cual anhela mi boda con D.
Casimiro. Pero lo singular es que ha entrado en mi alma, en estos das,
un sentimiento tan hondo de humildad, que hasta de D. Casimiro me hallo
indigna.  solas conmigo he penetrado en el fondo de mi conciencia y me
he perdido all en abismos tenebrosos. Cuando mi madre, que es buena y
me ama, encuentra en m no s qu levadura, no se qu germen de
perversin, no s qu mancha ms negra del pecado original que en las
dems criaturas, razn tendr mi madre. S, Luca: quizs en este pecho
mo, en apariencia tranquilo; bajo la inocencia y superficial sencillez
de mis pocos aos, van adquiriendo ya ser y vida vehementes y malas
pasiones, como nido de vboras bajo apiadas rosas. Lo conozco: mi madre
tiembla por m; recela de mi porvenir, y tiene razn. Yo me examino, me
estudio y me asusto. Descubro en m la propensin, difcil de resistir,
 todo lo malo. Veo mi maldad nativa y mi inclinacin al pecado por
instinto. Como comprender de otra suerte que yo, educada con tanto
recogimiento y en tan santa ignorancia de las cosas del mundo, haya
tenido la diablica malicia de ponerme en relaciones con D. Carlos, de
hacerle creer que le amaba, mirndole slo (figrate con qu perversidad
le mirara), y de atraerle hasta aqu, obligndole  que me siguiera, y
todo con tan infernal disimulo, que mi madre nada sabe? Todava, si es
posible, hay en m algo peor. Lo noto, lo percibo y no s, ni quiero, ni
me atrevo  examinarlo. Lo que s te declarar es que para m el mundo
ha de ser ms peligroso que para otras mujeres, por naturaleza mejores.
Lo que no hay en m por naturaleza debo pedirlo por gracia al cielo. En
l cifro mi esperanza. Procede, pues, que yo me aparte del mundo y
busque el favor del cielo. Ya sabes t cunto he repugnado hasta aqu
entrar en religin. No me juzgaba merecedora de ser esposa de Cristo. En
esto no he variado, sino para juzgarme an menos merecedora. En lo que
s he variado es en reconocer que, por mala que sea una persona, jams
debe desesperar de la bondad de Dios. Su Divina Majestad, si hago una
vida santa, si me arrepiento, si me mortifico durante el noviciado, me
dar fuerzas y merecimientos despus para tomar el velo, sin que sea
insolente audacia tomarle. Nada he dicho an  nadie de esta reciente
resolucin; pero estoy decidida. Hablar de esto al padre Jacinto para
que l hable  mi madre, la convenza de que me conviene y quiero ser
monja, y en vista de mi resolucin desengae  D. Casimiro. Desengaa
t, desde luego, al infeliz D. Carlos. No te niego que le he querido,
que le quiero an; pero no se lo digas. Dle que quiero  otro; que en
mi corazn hay un inmenso vaco, donde reinan pavorosas tinieblas. No
basta D. Carlos  llenar ni  iluminar este vaco, y si Dios no le llena
y le ilumina, me morir de miedo, y lo menos doloroso que ocurrir ser
que le llene mi perturbada imaginacin con espectros horribles que
surgen de mi atribulada conciencia. Adis."




XX

La lectura de escrito tan melanclico agu el contento del paseo del
Comendador y de su sobrina. Apenas se hablaron ya hasta volver  casa.

Aquella crisis repentina del alma de Clara puso  D. Fadrique taciturno.

Las ideas que acudan  su mente no eran para reveladas  su sobrina.

Pensaba el Comendador que el perpetuo roce del espritu de Doa Blanca
con el de su hija; que la presin que ejerca en aquella joven de diez y
seis aos el severo y atrabiliario carcter de su madre, y que los
terrores de que haba cargado su conciencia, tenan  la pobre Clara en
un estado de nimo no muy distante del delirio. La carta  Luca era la
seal alarmante que Clara daba de aquel estado.

El Comendador, empero, aunque lleno de zozobra, decidi no intervenir
an en nada. La resolucin de la crisis poda ser favorable si l no
intervena. Su intervencin poda hacerla ms peligrosa.

La sinceridad de Clara era evidente. De sbito sin que el P. Jacinto, ni
nadie, se lo inspirase, haba cambiado de propsito y se hallaba
resuelta  ser monja. Harto se comprende que para las creencias del
Comendador esta resolucin era funesta; pero en virtud de esta
resolucin era casi seguro que D. Casimiro sera despedido. Iba 
eliminarse un obstculo; iba  descartarse un adversario.

D. Fadrique determin, pues, aguardar con calma, sin dejar de estar  la
mira.

Al mismo P. Jacinto no le insinu ningn aviso que pudiera servirle de
regla de conducta. Se fi por completo, de su buen natural, y le dej
seguir libremente sus propias inspiraciones.

La prudencia del Comendador se vi coronada del xito al cabo de pocos
das.

Doa Blanca, persuadida de que la sbita vocacin de su hija era sincera
y profunda, tuvo con D. Casimiro una conversacin muy afectuosa y grave,
y le di sus pasaportes.

El P. Jacinto ponder el fervor de Clara y anim  Doa Blanca para que
 la mayor brevedad la dejase entrar de novicia en un convento de
carmelitas descalzas que en la ciudad haba.

D. Valentn se avino  todo sin chistar.

Clarita hubiera, pues, entrado en seguida en el convento, como lo
deseaba y lo peda; pero la crisis de su alma haba infludo
poderosamente sobre su hermoso cuerpo. Sus ojeras eran ms obscuras y
extensas que de ordinario; haba adelgazado mucho; la palidez de su
rostro hubiera inspirado miedo, si su rostro no hubiera sido tan
hermoso; su distraccin y su embebecimiento parecan  veces ms propios
de un ser del otro mundo que de una criatura de ste, y en su andar
vacilante y en el brillo momentneo de sus ojos, seguido siempre del
prolongado adormecimiento de tan divinas luces, haba como un mal
agero, como un anuncio fatdico, que no pudo menos de perturbar la
frrea conciencia de Doa Blanca, de doblegar bastante su
inflexibilidad, y de aterrarla por ltimo.

Las causas del cambio de Clara eran vagas y confusas; pero Doa Blanca
reconoca que de su modo de educar  Clara, de su involuntario y tenaz
prurito de mortificarla y asustarla con los peligros del mundo y con su
propia condicin de pecadora, y de aquel duro yugo que desde la infancia
haba hecho pesar sobre la conciencia de su infeliz hija, provena en
gran parte la situacin en que se hallaba. El motivo,  mejor dicho, la
ocasin de exacerbarse el mal y de aparecer de repente con tan medrosos
sntomas, era para todos un misterio. Esto no obstaba para que Doa
Blanca empezase  temer que pudiera caer sobre ella el crimen de
infanticidio por esquivar el delito de hurto.

Doa Blanca procedi, pues, con inusitada blandura y exquisita
prudencia; pero sin desmentir su carcter y sin faltar  su ms
importante propsito.

No contenta con estar persuadida de la firme resolucin que tena Clara
de tomar el velo, hzola prometer que profesara. Y esto de suerte que
la promesa no pareci arrancada por instigacin de Doa Blanca, sino 
su despecho. As se aseguraba Doa Blanca de que su hija, renunciando al
mundo, renunciara  los bienes de D. Valentn y no podra transmitirlos
 nadie.

Pero Doa Blanca no quera matar  su hija. Atormentbase previamente
con el remordimiento de que fuera al claustro desesperada y herida de
muerte. Deseaba verla profesar, pero alegre, lozana, llena de vida; no
apareciendo como una vctima, sino con el deleite, el gozo y la
satisfaccin de una esposa que vuela  los brazos de su gallardo y feliz
prometido.

 fin de lograr que las cosas fueran as, Doa Blanca puso  un lado su
constante severidad; empez  tratar  Clara hasta con mimo, y anhelante
de que recobrase la alegra y la salud, rompi el entredicho; abri las
puertas de su casa para Luca, y consinti en que Clara volviese  salir
con ella de paseo, aun  pesar del Comendador.

Doa Blanca, no obstante, antes de dar este permiso, prepar  su hija
contra D. Fadrique, pintndosele como un monstruo de impiedad y de
infamia, y recomendndole mucho que hablase con l lo menos posible.

Doa Blanca, entre tanto, se propuso seguir encastillada en su casern,
sin ver  nadie ms que al P. Jacinto, y  Luca, si acaso.




XXI

El destino de D. Casimiro es el ms extrao y caprichoso entre los de
cuantos personajes figuran en esta historia. En el tejido de su vida
haba puesto l un orden envidiable y gastado poqusimo. As es que, por
ms que D. Casimiro distase mucho de ser un guila en nada, haba
atinado  darse tan buena traza con economa y juicio, que era un seor
acaudalado para lo que entonces se usaba en Villabermeja. Esto se lo
deba  s mismo, y de ello poda estar con razn y estaba orgulloso. Lo
que debi  la casualidad,  un conjunto de hechos para l
inexplicables, fu el momentneo encumbramiento  novio de su linda y
rica sobrina la seorita Doa Clara.

Con cincuenta y seis aos de edad, no pocos padecimientos y la facha que
ya hemos descrito, don Casimiro mismo,  pesar de su amor propio, que no
era flojo, haba hallado, all en el centro de su conciencia, un si es
no es inverosmil que le quisiesen casar con aquel pimpollo. El amor
propio, no obstante, es ingeniossimo, estando casi siempre su ingenio
en razn inversa del ingenio de las personas; por donde D. Casimiro
imagin pronto que en su alma haba de haber tan escondidos tesoros de
bondad y de belleza, y que en sus modales y porte haban de transcender
tal distincin hidalga y tal elegancia ingnita, que, descubierto todo
por los ojos zahores de Doa Blanca, bast y sobr para que ella
ansiase tener  D. Casimiro por yerno. Don Casimiro, pues, desde que
empez  ser novio de Clara, se puso ms orondo y satisfecho que antes.

Terrible fu el desengao cuando Doa Blanca le despidi. El enojo
interior de D. Casimiro no fu menos terrible; pero l era encogido y
muy torpe para expresarse; Doa Blanca hablaba bien y con autoridad 
imperio, y el Sr. D. Casimiro se trag su enojo, y recibi los
pasaportes, hecho manso cordero.

Como sucede  todas las personas dbiles y soberbias  la par, la ira de
D. Casimiro se fu aglomerando despus y poco  poco en el corazn,
cuando se detuvo  considerar el chasco que se le daba y el desaire
grandsimo que se le haca.

Cierto que el rival por quien Clara le dejaba era Dios mismo; pero D.
Casimiro no se aplacaba con esto.

--Si querr ser monja --deca,-- para no casarse conmigo? Valiera ms
haberlo pensado con tiempo y no ponerme en ridculo ahora. Sin duda que
para m es menos cruel que me deje por tan santo motivo que no que me
deje para casarse con otro mortal. Yo no hubiera consentido esto ltimo.
Nos hubieran odo los sordos. Yo hubiera tenido un lance con mi rival.
Pero contra Dios qu he de hacer?

Don Casimiro se consolaba algo con la imposibilidad de tener un lance
con Dios, y hasta con la obligacin piadosa en que se vea de
resignarse.

Su encono contra Doa Blanca y contra Clarita no se mitigaba,  pesar de
todo. No haba quedado perro ni gato, en diez leguas  la redonda, 
quien D. Casimiro no hubiera dado parte de su ventura. Ahora, su cada y
su desventura deban de ser  iban siendo no menos sonadas, y, por
desgracia, harto ms aplaudidas.

La vanidad del hidalgo bermejino reciba desaforados golpes. Pero cmo
vengarse?

--La venganza es el placer de los dioses --exclamaba  sus solas el
dichoso hidalgo;-- pero decididamente yo no soy un dios. Qu me
conviene hacer? Es refrn frailuno, y muy discreto, que _la injuria que
no ha de ser bien vengada ha de ser bien disimulada_. Disimulemos pues.
Tambin hay otro refrn que reza: _Cachaza y mala intencin_. Sigamos lo
que prescriben dichos refranes. Lo primero que me importa es dejar ver
que no me afligen los desdenes de Clarita. Si ella no me quiere, otra
que vale tanto como ella, ms que ella, estoy seguro de que me querr.
Voy  volver  pretender  Nicolasa. No es rica, pero es mejor moza que
Clarita.

Sin desistir, por consiguiente, de vengarse si se presentaba ocasin
cmoda para ello, D. Casimiro resolvi enamorar estrepitosamente 
Nicolasa, esperando que as dara picn  la futura carmelita, 
probara al menos que tena por amiga una mujer de mucho mrito.

Nicolasa, en efecto, lo era. Hija del to Gorico y de su primera mujer,
alcanzaba fama en casi toda la provincia por su singular hermosura,
discrecin y rumbo. Caballeros, ricos hacendados y hasta usas  seores
de ttulo, menos comunes entonces que ahora, haban suspirado en balde
por Nicolasa, la cual, con modesta dignidad, haba respondido siempre en
prosa aquello que dice en verso cierta dama de una antigua comedia nada
menos que al Rey:

Para vuestra dama, mucho;
Para vuestra esposa, poco.

Nicolasa excitaba y provocaba con sus risas, con sus ojeadas lnguidas y
con su libertad y desenvoltura. Los hombres se prendaban de ella, la
perseguan y se llenaban de esperanzas; pero, no bien queran
propasarse para que se lograsen, Nicolasa se revesta de gravedad y
entono, propios de la mejor herona de Caldern, hablaba de la
inestimable joya de su castidad y limpsima honra, y pona  raya todo
atrevimiento, todo desmn y todo propsito amoroso algo positivo que no
llevasen por delante al padre cura.

Nicolasa haba heredado de su madre ciertas prendas que valen ms que
los bienes de fortuna, porque los conservan, si los hay, y suelen
proporcionarlos, si no los hay. Tena don de mando y don de gentes,
extraordinaria energa de voluntad y perseverancia en sus planes. Se
haba propuesto  ser una seorona principal  quedarse para vestir
imgenes, y, sirvindole esto de pauta, ajustaba  ella todos los actos
de su vida.

Aunque el to Gorico haba contrado segundas nupcias, y Nicolasa tuvo
madrastra en vez de madre casi desde la infancia, lejos de contribuir
esto  que se criase con menos mimo, haba ocasionado lo contrario. La
madre de Nicolasa haba sido tremenda, dominante, feroz: una Doa Blanca
 lo rstico; mientras que Juana, la segunda mujer del to Gorico, era
la propia dulzura, sometida siempre  su marido, quien  su vez no haca
ms que lo que  Nicolasa se le ocurra. Nicolasa lo poda y mandaba
todo en casa de su padre, menos impedir que el to Gorico dejase de
beber bebida blanca.

Los preliminares amorosos de Nicolasa, que estaba entre los veinte y
los treinta aos de su edad, haban sido ya innumerables. Todos sus
amores haban muerto al nacer.  los pretendientes encopetados los haba
Nicolasa despedido, apelando al cura.  los pretendientes de su clase
los haba desdeado cuando ya llegaban  lo serio y hablaban del cura
ellos mismos.

Nicolasa, no obstante, como todas las mujeres fras, pensadoras y
traviesas, haba sabido retener en sus redes, en este crepsculo de
amor, que califican de platnico,  varios suspiradores perpetuos, de
los que llaman en Italia _patitos_. Uno, sobre todo, pudiera servir de
ejemplo portentoso por su pertinacia, resignacin y fervor en las
incesantes adoraciones. Tal era el hijo del maestro herrador, Tomasuelo.

Desde los diez y siete hasta los veinticinco aos que ya tena, estaba
como en cautiverio agridulce. Jams Nicolasa le dijo que le amaba de
amor, y jams le quit la esperanza de que tal vez un da podra amarle.
En cambio, le declaraba de continuo que le amaba ms de amistad que 
ningn otro ser humano; y cuando le declaraba esto, se le vea al chico
hasta la ltima muela, senta una beatitud soberana, y daba por bien
empleados sus, para otras cosas, intiles y perennes suspiros.

Y no se crea que Tomasuelo era canijo, run y tonto. Tomasuelo era
listo, despejado y fuerte: el mozo ms guapo del lugar; pero Nicolasa le
haba hechizado. Con un rayo de luz de sus ojos poda darle una dosis de
aparente bienaventuranza que le durase una semana. Con una palabra sola
poda hacerle llorar como si fuese un nio de cuatro aos.

Las cadenas en que Tomasuelo gema y gozaba  la vez de verse cautivo,
estaban suavizadas para el mozo, y en cierto modo justificadas para el
pblico, con notable habilidad y profundo instinto. Tomasuelo poda
entrar cuando se le antojase en casa del to Gorico, ver  Nicolasa,
requebrarla, mirarla con amor, acompaarla cuando sala; en suma,
servirla y cuidarla, sin que nadie fuese osado  censurar lo ms mnimo.
Aunque entre Nicolasa y el hijo del herrador no haba el ms remoto
grado de parentesco, Nicolasa haba preconizado  Tomasuelo por su
hermano. Dios naturalmente no le haba dado objeto en quien poner amor
fraternal; pero ella, que senta con viveza y hondura este amor, se
proporcion  Tomasuelo para consagrrsele. Con frases sencillas y con
nimo imperturbable, Nicolasa explicaba de esta manera sus extraas
relaciones con Tomasuelo; y como Tomasuelo haca gala de su adoracin
espiritual y se lamentaba resignado de no ser querido de otra suerte,
todos en el lugar, lejos de censurar, se maravillaban de aquel pursimo
y anglico lazo que estrechaba as dos almas.

Cuanto pretendiente se acercaba  Nicolasa era respetado por Tomasuelo,
quien no le pona el menor estorbo, durante los preliminares y
coqueteos; pero si ms tarde se extralimitaba y dejaba ver que vena con
mal fin, ya poda temer el enojo y las pesadas manos de aquel hermano
adoptivo, celoso de la honra de su familia. Asimismo Tomasuelo se pona
zahareo y poco agradable en su trato con todo aquel rival que por
cualquier causa era despedido definitivamente y segua importunando.

Don Casimiro haba estado, antes del noviazgo con Clara, en un largo
perodo de coqueteo con Nicolasa, la cual, con exquisita circunspeccin,
haba sabido ir templando y moderando la mquina de los efectos,  fin
de no precipitar al hidalgo en declaraciones y demostraciones tales, que
no tuviesen ya ms salida que la de ponerle en la disyuntiva de prometer
boda  de abandonar la empresa. Gracias  esta conducta, que pasa de
hbil y raya en primorosa, D. Casimiro no haba sido despedido; sus
amores con Nicolasa haban sido como aurora, como amanecer potico de un
da, que no lleg por haberse interpuesto el compromiso con Clarita.
Roto ya este compromiso, don Casimiro pudo volver, previo el perdn de
su inconsecuencia, pedido con humildad y concedido magnnimamente, al
mismo punto en que lo haba dejado: al amanecer,  la aurora.

Las cosas estaban dispuestas con tal arte, que en lugar de escamarse un
pretendiente con Tomasuelo, lo primero que tena que hacer era como
impetrar el beneplcito de aquel espiritual hermano, tan celoso,
vigilante  interesado en el bien de su hermanita. D. Casimiro obtuvo la
confianza y venia de Tomasuelo, y lo consider buena seal.

Abandonada la ciudad, y vuelto D. Casimiro  reales de Villabermeja, se
puso  galantear  Nicolasa con la imprudencia y el mpetu del
despechado. Ella era harto discreta para no conocer que entonces 
nunca: que la fortuna le presentaba el copete y que importaba asirle. D.
Casimiro buscaba en Nicolasa refugio y compensacin contra el desdn de
Clarita. D. Casimiro estaba en su poder.

Nicolasa provoc la declaracin seria y definitiva. Hecha sta, plante
los dos trminos del fatal dilema:  promesa formal de casamiento, 
despedida y nuevas calabazas ruidosas. D. Casimiro no pudo resistir y
prometi casarse.

Espantoso da de prueba fu aquel en que supo este triunfo el platnico
Tomasuelo. Hasta entonces no haba tenido rival que fuese ms dichoso
que l. Ya le tena. La amargura de los celos le acibar el corazn;
las lgrimas brotaron en abundancia de sus ojos.

Cuando vi  solas  Nicolasa, con los ojos encarnados de llorar y con
voz trmula le dijo:

--Conque cedes al amor de D. Casimiro? Conque vas  casarte? Conque
me matas?

--Calla, tontito mo, contest ella.-- qu vienen esas quejas? Te he
engaado yo jams?

--No; no me has engaado.

--Queras que dejase pasar tan buena proporcin de ser seora principal
y millonada? Tan mal me quieres, egosta?

--No porque te quiero mal, sino porque te quiero  manta, lo siento y lo
lloro.

Y Tomasuelo lloraba en efecto.

--Anda, no llores, majadero. Si vieses qu feo te pones! Quin ha
visto llorar  un hombrn como un castillo?

--Pero si no puedo remediarlo!

--S puedes; haz un esfuerzo, ten valor y sosigate. Ten en cuenta que,
de aqu adelante, no slo hallars en m  una hermana, sino  una
madrina y  una protectora muy pudiente.

--Y  m qu se me da todo eso? Nada. Lo que yo codiciaba era tu
cario.

--Y no lo tienes como antes, ingrato? Pues qu, los buenos hermanitos
dejan de amarse aunque se case uno de ellos?

--No seas tramayona, no me aturrulles. Ya sabes t que la ley que yo te
tengo no puede sufrir...

--Vamos, vamos; djate de nieras. Quin crees t que ocupa y llena el
lugar ms bonito, principal y escondido de mi corazn? T. Mi alma es
tuya. Te la d toda con el amor que en ella se cra; con afecto de
hermana. Qu sombra puede hacerte que sea yo la mujer legtima de D.
Casimiro? Por eso hemos de dejar de querernos como hasta aqu, ms que
hasta aqu? Nos querremos cuanto t quieras y cuanto sea posible
quererse, sin ofender  Dios. Supongo que t no querrs ofender  Dios?
Contesta.

--No, mujer; cmo he de querer yo ofender  Dios? Pues qu, no soy
buen cristiano?

--Lo eres. Es una de las partes que ms aprecio en t. Por eso confo en
que pienses que voy  ser esposa de otro y no desees nada. Slo el deseo
es ya pecado. Acurdate de los mandamientos.

--Oye, y est en mi poder no desear?

--S. Cllate; no digas nada  nadie, ni  t mismo, cuando desees, y el
silencio matar el deseo.

--Me matar  m antes.

Tomasuelo llor ms fuerte que nunca. Las lgrimas caan  modo de
lluvia, acompaadas por tempestad de sollozos.

--Por vida de los hombres endebles! --exclam Nicolasa.-- Qu locura
es sta? Clmate, por Dios y ten pecho ancho.

Nicolasa, con suma blandura, enjug las lgrimas del mozo con el propio
pauelo de ella; luego le di tres  cuatro palmaditas en el grueso y
robusto cogote; luego le hizo unas cuantas muecas como remedando la
desconsolada cara que pona, y, por ltimo, le peg un afectuoso y
archi-familiar tirn de las narices.

Tomasuelo no supo resistir  tanto favor y regalo. Como rayos de sol
entre nubes, la alegra y la satisfaccin aparecieron en sus ojos 
travs de las lgrimas. La boca de Tomasuelo se abri, enseando la
blanca, completa y sana dentadura. No pudo sonrer, porque se qued
boquiabierto y como traspuesto.

Nicolasa entonces repiti los cogotazos; aadi al tirn de las narices
unos cuantos tirones de las orejas, y Tomasuelo pens que se le llevaban
al paraso y que era el ms feliz de los mortales.

En esta situacin de nimo convino en que Nicolasa deba casarse con D.
Casimiro; en que l deba seguir siendo su hermano, sin pensar,  sin
decir al menos que pensaba en otra cosa; y concibi con claridad, ms
que por el discurso y las razones, por los blandos cogotazos y por los
tirones de orejas, toda la suavidad, hechizo, consistencia y deleite del
amor espiritual que  Nicolasa le ligaba.

As venci Nicolasa los obstculos todos y asegur su proyectada boda
con D. Casimiro.

La fama difundi al punto la noticia por toda Villabermeja; salv luego
su trmino y la llev  la ciudad, y  los odos del Comendador, de su
familia y de los seores de Sols.

El Comendador haba sido visitado por D. Casimiro y le haba pagado la
visita. No se haban hallado en casa y no se haban visto. La frialdad
de sus relaciones no haca necesario ms frecuente trato.

No bien supo el Comendador el resuelto proyecto de boda entre D.
Casimiro y Nicolasa, fu  Villabermeja; visit  la chacha Ramoncica y
tuvo una larga conferencia con ella, de cuyo objeto se enterar ms
tarde el curioso lector. Despus de esto se volvi  la ciudad D.
Fadrique.




XXII

Clara haba vuelto  salir de paseo con Luca y acompaada del
Comendador y de Doa Antonia; pero Clara estaba cambiada.

Su palidez y su debilidad eran para inspirar serios temores. Su
distraccin continua asustaba tambin al Comendador. Cuando ste le
diriga la palabra, Clara se estremeca como si la sacasen de un sueo,
como si cortasen el vuelo remontado de su espritu y le hiciesen caer de
pronto del cielo  la tierra,  modo de pajarillo herido por el plomo
all en lo sumo del aire.

 pesar de la benignidad y dulce condicin de Clara, D. Fadrique
adverta con pena que aquella linda criatura esquivaba su conversacin;
casi no le responda sino con monoslabos, y hasta procuraba que l no
le hablase.

Con Luca era Clara ms expansiva, y Luca segua sindolo siempre con
el Comendador. Por medio, pues, de Luca penetraba an el Comendador en
el espritu de aquel ser querido y comunicaba algo con l.

Las nuevas que Luca le daba eran en substancia siempre las mismas, si
bien ms inquietantes cada vez.

--No lo comprendo, to --deca Luca,-- pero  veces me doy  cavilar
que  Clara le han dado un bebedizo. Tiene unos terrores tan
inmotivados! Siente unos remordimientos tan fuera de razn!... No s
qu sea ello. Doa Blanca le ha puesto tan feroces escrpulos en el
alma, le ha hecho recelar tanto de su apasionada natural condicin...
que la infeliz se cree un monstruo, y es un ngel. Tal vez imagina que
la persiguen las furias del infierno, los enemigos del alma, una legin
entera de diablos, y entonces no se considera en salvo sino acogindose
al pie del altar. Es menester que avisemos  D. Carlos que venga pronto,
 ver si liberta  Clara de este gnero de locura.

El Comendador y Luca escribieron con la misma fecha  D. Carlos de
Atienza, participndole la novedad de la despedida de D. Casimiro, de la
resolucin de Clara de retirarse  un convento y del estado poco
satisfactorio de su salud. Don Carlos parti desatentado de Sevilla, y
estuvo en la ciudad  poco.

Con el mismo recato y disimulo de siempre Don Carlos volvi  ver 
Clara en los paseos que sta daba con Luca; pero la delicada salud de
Clara le llen de desconsuelo. Y ms an, si cabe, le atorment y
afligi el ver  Clara esquiva, tmida como nunca, apartndose de l y
no queriendo apenas hablarle, aunque mirndole  veces con involuntarias
amorosas miradas, que se conoca que ella dejaba escapar  su despecho,
y con las cuales, ms que amor, reclamaba piedad, conmiseracin y hasta
perdn por su inconsecuencia de dejarle, de haber alentado sus
esperanzas, y de matarlas ahora entrando en el claustro.

La desesperacin de D. Carlos de Atienza lleg  su colmo. Con no poca
amargura echaba la culpa de todo al Comendador.

--Para esto --deca-- me oblig V.  que me ausentase. En esto han
parado las promesas de arreglarlo todo en menos de un mes: en que Clara
se me est muriendo, y en que adems haya dejado de amarme y quiera ser
monja; en que acabe por tomar el velo... y luego la mortaja. Pero yo me
morir tambin. Yo no quiero sobrevivir. Me matar si no me muero.

El Comendador no saba qu responder  tales quejas. Procuraba consolar
 D. Carlos, que le juzgaba indiferente y extrao; que ignoraba que l
tena mayor necesidad de consuelo.

Iba D. Fadrique  buscarle en el P. Jacinto. Iba asimismo  buscar en l
alguna luz sobre aquel misterio; pero caso extrao! el P. Jacinto, todo
franqueza y jovialidad antes, se haba vuelto muy grave, muy misterioso
y muy callado.

Don Fadrique entreva, no obstante, que el padre Jacinto aprobaba la
resolucin de Clara de ser monja. Esto le pona fuera de s, y  veces
estaba  punto de romper con el P. Jacinto y de mirarle como  amigo
desleal  como  fantico sin entraas.

Con todo, en medio de sus tribulaciones el Comendador se reportaba y no
perda la calma. Haba tomado sus medidas. Su conducta estaba prescrita
y determinada con firmeza, y aguardaba sereno el resultado.

Este no tard mucho en venir.

Era muy de maana cuando trajo un criado desde Villabermeja una carta
para D. Fadrique. Don Fadrique la ley rpidamente, estando en la cama
an. Se levant  escape, se visti y se fu al convento de Santo
Domingo en busca de su maestro.

El padre acababa de levantarse y recibi  Don Fadrique en su celda.
Sentados ambos, como en la otra celda de Villabermeja, hablaron de este
modo.




XXIII

--Padre Jacinto --dijo el Comendador con aire de jubiloso triunfo--,
Clara es libre ya. No es menester que se case con D. Casimiro ni que sea
monja.

--Cmo es eso, hijo mo?

--He dado por ella una suma igual  todo el caudal de D. Valentn.

-- quin?

-- D. Casimiro.

--Y con qu razn? Con qu pretexto ha podido aceptarla?

--La ha aceptado con una razn que promete callar; por un motivo
secreto.

--Vlgame Dios, hijo mo! Qu delirio! Qu sacrificio intil: Y
dime... ese motivo secreto... Confiar as  D. Casimiro la honra de una
familia ilustre!...

--Yo no le he confiado nada.

--Pues de qu medio te has valido?

--De una mentira; pero mentira indispensable y con la cual nadie pierde.

--Puedo saber esa mentira?

--Todo lo va V.  saber.

El padre prest la mayor atencin. Don Fadrique prosigui diciendo:

--De sobra sabe V. que Paca, la primera mujer del to Gorico, fu una
mala pcora.

--Es evidente. Dios la haya perdonado.

--La buena reputacin de Paca no tiene nada que perder.

--Absolutamente nada.

--Pues bien. Hay la feliz coincidencia de que Nicolasa naci pocos meses
despus de mi ida de Villabermeja, cuando estuve all de vuelta de la
Habana.

--Y qu?

--He hecho creer primero  la chacha Ramoncica, con el mayor sigilo, que
Nicolasa es hija ma. Le he dicho que un deber imperioso de conciencia
me obliga  dotarla, ahora, que ella se va  casar. La chacha entiende
poco de nmeros. Se ha espantado, no obstante, de la enorme cantidad que
yo quera dar por dote; pero la he echado de esplndido y me he supuesto
ms rico de lo que soy.  las observaciones que la chacha me ha hecho,
he respondido que mi resolucin era irrevocable. He persuadido, por
ltimo,  la chacha de que no conviene que Nicolasa sepa los lazos que 
ella me unen, y que es ms delicado y honesto que lo sepa slo el
sujeto que va  ser su marido. He logrado, pues, que la chacha se
encargue de persuadir  D. Casimiro  que tome lo que libre, aunque
misteriosamente, quiero dar y doy  su futura. No creo que la chacha
haya tenido que hacer grandes gastos de elocuencia para convencer  D.
Casimiro de que debe aceptar. Don Casimiro me ha escrito esta carta,
donde me dice que acepta, me colma de elogios por mi generosidad, y me
promete callar el motivo de la donacin que le hago, y la misma
donacin, hasta donde sea posible.

El P. Jacinto ley la carta que le entreg D. Fadrique. Luego sac ste
del bolsillo un paquete de papeles. Le puso sobre la mesa y dijo:

--Aqu estn los papeles todos que se requieren para formalizar la
donacin, la cual deseo que se lleve  feliz trmino por medio de V.
ste es el poder ms amplio, otorgado ante un escribano de esta ciudad,
para que V. disponga, venda, enajene y haga lo que convenga con todo
cuanto me pertenece. stas son las cartas  los banqueros que tienen
fondos mos, ponindolos todos  la orden de V. sta, por ltimo, es la
lista, inventario, cuenta  como quiera llamarse, de lo que en poder de
dichos banqueros tengo hasta ahora; y esta otra es la cuenta de lo que
valen los bienes de D. Valentn, justipreciados por peritos. Escasamente
llegar lo mo  cubrir el importe de lo que disfruta dicho seor; pero
V. sabe que poseo algunas finquillas, y, si fuere menester, suplir la
falta. Querido maestro, V. va  ser ejecutor fiel y pronto de mi
decidida voluntad, de la cual pretendo que d V. noticia y testimonio 
Doa Blanca, exigindole en cambio de mi parte la libertad de mi hija. Y
digo exigindole la libertad de mi hija, porque si no le da libertad, si
no procura quitarle de la cabeza tanto insano delirio, si no determina
curarla de la mortal enfermedad de alma y de cuerpo, que su orgullo, su
fanatismo y sus remordimientos, mil veces ms odiosos que el pecado, han
hecho nacer, yo me he de vengar, dando el ms insolente escndalo que se
ha dado jams en el mundo. Espero que aceptar V. gustoso mi encargo.

--Le acepto, --respondi el padre;-- mas no sin condiciones. Yo no he de
ser el instrumento de tu runa, si tu runa es intil.

--Y por qu intil?

--Porque Clara,  mi ver, no desistir ya de tomar el velo.

--Cmo que no desistir? Sobre Clara pesa el yugo frreo de su madre.
Quitmosle ese yugo, y Clara volver  vivir, y volver  amar  su
gallardo estudiante, y se casar con l, y ser dichosa.

--Lo dudo.

--Yo no lo dudo. Lo que no me explico es cmo se ha vuelto V. tan
ttrico.

--Me parece que es ya tarde, --dijo el P. Jacinto, suspirando.

--Voto al mismo Satans --replic D. Fadrique:--no es tarde an, si la
dicha es buena. Vaya usted hoy mismo  ver  Doa Blanca. Infrmela de
todo. Convnzala de que es libre Clara; de que los bienes que de D.
Valentn ha de heredar estn ya pagados. Sepa Doa Blanca que yo rescato
misteriosamente  nuestra hija. Sepa tambin que si no admite el
rescate, romper todo freno; lo dir todo; ser capaz de una villana;
la deshonrar en pblico; leer  D. Valentn cartas que an de ella
conservo; har doscientas mil barbaridades.

--Vamos, hombre, modrate. En seguida ir  hablar con Doa Blanca. Ella
es madrugadora. Estar ya de punta y me recibir. Agurdame en tu casa,
y all acudir  referirte mi entrevista.

--En casa aguardar  V. Apresrese, padre, porque estoy devorado por la
impaciencia.

Dicho esto, el fraile y D. Fadrique se levantaron y salieron juntos de
la celda  la calle, por la cual caminaron en silencio, hasta que el uno
entr en casa de su hermano y el otro en casa de Doa Blanca Roldn.

Dando paseos por su estancia; despidiendo desabridamente  la curiosa
Luca, que asom la rubia cabeza  la puerta, y pregunt, como de
costumbre, qu haba de nuevo, y lleno todo de agitacin, esper D.
Fadrique ms de hora y media.

El fraile lleg al cabo; pero, antes de que abriese los labios, columbr
D. Fadrique, en lo melanclico que vena, que era portador de malas
nuevas.

No bien entrado el fraile, cerr la puerta con llave el Comendador, para
que nadie viniese  interrumpirlos, y en voz baja dijo, mientras l y su
maestro tomaban asiento:

--Cuente V. lo que ha pasado. No me oculte nada.

--Hablar en resumen, porque ha sido larga la discusin. Doa Blanca ha
celebrado tu generosidad. Dice que no atina  comprender cmo un impo
es capaz de accin tan noble. Supone que es obra del orgullo; pero al
fin la celebra. Mas no por eso te excita  que consumes el sacrificio.
Afirma que ser intil, y te ruega que no le hagas. Doa Blanca
considera que su hija tiene hoy una verdadera vocacin; que Dios la
llama  ser su esposa; que Dios la quiere apartar de los peligros del
mundo; que Dios quiere salvarla, y que ella no puede, sin gravsima
culpa, retraer ahora  su hija de tan santos propsitos.

--Hipocresa! Refinamiento de maldad! --interrumpi D. Fadrique.-- Y
V. no la ha amenazado con mi venganza? No le ha dicho V. que estoy
determinado  todo; que le arrancar la mscara; que se acordar de m;
que la burla que de m hace no quedar sin afrentoso castigo?

--Se lo he dicho todo; pero Doa Blanca ha contestado que, si bien te
cree un hombre sin religin, todava te tiene por caballero, y que no
teme de t esas villanas  infames acciones con que en tu rabia la
amenazas. Aade, no obstante, que, aun cuando se engaase, aun cuando t
te olvidases de la honra y te vengases as, lo sufrira todo antes de
disuadir  su hija contra lo que la conciencia le dicta.

--Esa mujer est loca, P. Jacinto. Esa mujer est loca, y creo que su
locura es contagiosa; que  Clara y  V. los tiene ya enloquecidos, y
que falta poco para que yo tambin lo est. Pero, lo juro por mi honor,
por Dios, por lo ms sagrado: mi locura ser de muy diversa ndole.
Soar con mi locura. Pues qu, imagina que soy yo un segundo D.
Valentn? Piensa que me someter  sus monstruosos caprichos? Entiende
que soy necio y que voy  creer lo que  ella se le antoje hacerme
creer? Clara tiene trastornada la cabeza, y por eso quiere ser monja de
repente. Qu vocacin ha de tener, cuando me consta que estaba, que
est an, enamorada de ese muchacho rondeo, con quien podra ser
felicsima? Aqu hay algn misterio abominable. Algo se ha hecho para
infundir el delirio en Clara y perturbar su natural despejo. Yo ni
puedo, ni quiero, ni debo consentir extravagancias tan criminales. No
comprende esa mujer de Satans que la educacin que ha dado  su hija,
que esos terrores que le ha infundido son como un veneno? Quiere saciar
el odio que me tiene, asesinando  su hija, porque tambin es mi hija?

--Comendador, ten sangre fra; mira que te engaas. Mira que Clara no
siente hoy la vocacin religiosa por causa de su madre.

--Me importa poco que sea hoy  ayer cuando su madre le ha dado la
ponzoa. El corazn me dice que las rarezas, que los extravos de Clara
provienen del tormento espiritual que le est dando su madre desde que
la nia tiene uso de razn. Esto es menester que acabe. Si Clara, cuando
est en completa tranquilidad y serenidad de espritu, sanos su cuerpo y
su alma, persiste en ser monja, que lo sea: yo no me opondr. Mi
sacrificio habr sido intil. No exhalar una queja. Que disfrute de
todos mis bienes D. Casimiro. Pero mientras Clara est enferma, casi
fuera de s, con una especie de fiebre continua, no he de sufrir que se
tome ese estado febril por xtasis mstico, y esos ataques nerviosos por
llamamientos del cielo. Es mi hija, voto  quince mil demonios, y no
quiero que me la maten. Ahora mismo voy  ver  Doa Blanca. Romper la
consigna para entrar. Romper la cabeza  quien quiera oponerse  mi
entrada. Si no la veo y la hablo, estallo como una bomba. No me detenga
V., P. Jacinto. Djeme V. salir.

El Comendador haba abierto la puerta, se haba puesto el sombrero, y
forcejeaba por salir con el P. Jacinto, que procuraba detenerle.

--Quien est desatinado eres t --deca el padre.-- dnde vas? No
calculas el escndalo de lo que te propones hacer?

--Djeme V., Padre. Yo no calculo nada.

--Esto es una perdicin. Dios te ha dejado de su mano. Oye cuatro
palabras con reposo y haz luego lo que quieras. Carezco de fuerzas para
detenerte.

El P. Jacinto cedi en su resistencia y el Comendador se par 
escucharle.

--Quieres ver  Doa Blanca, y la vers, pero con menos peligro de
lances y de escndalo. Pasado maana va D. Valentn  la casera con el
aperador,  vender unas tinajas de vino. Entonces podrs ver y hablar 
Doa Blanca. Para evitar mayores males, te llevar yo mismo. Yo
entretendr  Clara  fin de que hables  solas con Doa Blanca y le
digas cuanto tienes que decirle. Ya ves  lo que me allano. Ya ves  lo
que me comprometo. Vas  sorprender desagradablemente  Doa Blanca con
tu inesperada visita. Vuestra conversacin va  tener algo de un duelo 
muerte; mas prefiero intervenir en l, ser cmplice en el delito de
vuestro espantoso dilogo,  que sucedan cosas peores. Por las nimas
benditas, Comendador, aguarda hasta pasado maana. Vendrs conmigo.
Vers  Doa Blanca. Por la amistad que me tienes, por la pasin y
muerte de Cristo te suplico que te calmes para entonces, y trates de que
sea lo menos cruel posible la entrevista que te voy  procurar.

El Comendador cedi  todo, y agradeci al P. Jacinto los consejos que
le daba y la proteccin que le ofreca.




XXIV

Con febril impaciencia aguard D. Fadrique el plazo que el padre le
haba pedido.

No hay plazo que no se cumpla, y dicho plazo se cumpli al cabo.
Cumplironse tambin los pronsticos del Padre. D. Valentn sali aquel
da muy de maana con el aperador para ir  la casera, de donde no
pensaba volver hasta la noche.

El Comendador, que lo espiaba todo, se prepar para la entrevista
prometida. El P. Jacinto no se hizo aguardar mucho tiempo y vino 
buscarle.

Reconociendo que lo menos peligroso, lo menos ocasionado  males, era
que se viesen ambos cmplices, por si lograban entenderse y convenir en
algo acerca de la hermosa Clarita, no quiso el padre hablar con Doa
Blanca y proponerle una conferencia con el Comendador. Tena por seguro
que se negara, y que, ya sobre aviso, le hara ms difcil, casi
imposible, el hacer entrar al Comendador hasta donde ella estuviese.
As, pues, se resolvi por la sorpresa. Saba las costumbres de la
casa, saba las horas de todo, y todo lo dispuso con sencillez y
habilidad.

Antes de las diez de la maana, una hora despus del almuerzo, Clara se
retiraba  su cuarto y Doa Blanca se quedaba sola en la sala donde
estaba de diario.

El padre se puso en marcha en punto de las diez llevando al Comendador
en pos de s. Entraron en el zagun, y el padre di dos aldabonazos.

La voz de una criada grit desde arriba:

--Quin es?

--Ave Mara pursima. Gente de paz, --contest el padre.

La moza, que reconoci la voz, tir del cordel desde un balcn del piso
principal que daba al patio. Con este cordel se abra la puerta sin
bajar la escalera.

La puerta se abri, y entraron el Comendador y el fraile, sin que los
viese nadie, ni la misma criada que les haba abierto, pues entre el
patio,  donde daba el balcn en que se hallaba la criada, y la puerta
de la calle, haba otro zagun, del cual arrancaba la escalera principal
 de los seores.

No bien entr el P. Jacinto con su compaero, cerr de nuevo la puerta y
dijo en alta voz:

--Dios te guarde, muchacha.

--Dios guarde  su merced, --contest ella.

Entonces el Comendador y su gua subieron rpidamente la escalera. Ya
en la antesala, donde tampoco haba un alma, dijo el fraile  D.
Fadrique, sealndole una puerta:

--All est Doa Blanca. Entra... hblale; pero ten juicio.

Don Fadrique, con nimo decidido, con verdadero denuedo, se dirigi  la
puerta sealada, entr, y la volvi  cerrar.

No bien desapareci D. Fadrique, lleg la criada.

--Hola! --dijo el P. Jacinto.-- Est Doa Blanca sola?

--S, padre. No entra su merced  verla?

--No; ms tarde. Djala tranquila. No entres ahora, que estar ocupada
en sus negocios. No la distraigamos. Est Clarita en su cuarto?

--S, padre.

--Ea, vete  tus quehaceres, que yo voy  ver  Clarita.

Y, en efecto, el P. Jacinto y la criada se fueron por su lado cada uno.

Entre tanto, D. Fadrique se hallaba ya en presencia de Doa Blanca,
sorprendida, pasmada, enojada de tan imprevisto atrevimiento. Sentada en
un silln de brazos, haba levantado la cabeza al sonar el pestillo y la
puerta que se abra, haba visto que la volva  cerrar quien haba
entrado, haba reconocido al punto al Comendador, y aun casi inmvil,
silenciosa, le miraba de hito en hito, sospechaba si estara soando, y
apenas si se atreva  dar crdito  sus ojos.

El Comendador se adelant lentamente dos  tres pasos.

No salud de palabra; no pronunci una sola: no hallaba, sin duda,
frmula de saludo que no disonase en aquella ocasin; pero con el gesto,
con el ademn, con la expresin de toda su fisonoma, mostraba que era
un caballero respetuoso, que peda humildemente perdn de la astucia y
de la audacia que se haba visto obligado  emplear para llegar hasta
all. En su rostro se vean las disculpas que de palabra no daba. Si
atropellaba respetos, lo haca con razn suficiente.  par de estas
cosas, se lea asimismo en el rostro varonil del Comendador la firme
resolucin de no salir de all hasta que se le oyese.

Doa Blanca se hizo al punto cargo de todo esto. Conoca tan bien 
aquel hombre, que no necesitaba  veces oirle hablar para penetrar sus
intenciones y sus sentimientos. Doa Blanca comprendi que lo menos malo
era oirle; que no poda echarle, sin exponerse  dar el mayor de los
escndalos. No quiso, sin embargo, aparecer desde luego resignada. Se
alz de su asiento, y antes de que el Comendador hablase, le dijo:

--Vyase V., D. Fadrique, vyase V. Qu palabras, qu explicaciones
pueden mediar entre nosotros, que no produzcan una tempestad, sobre todo
si nos hablamos sin testigos? Para qu me busca V.? Para qu me
provoca? No podemos hablarnos; apenas si podemos mirarnos sin herirnos
de muerte. Es V. tan cruel, que desea matarme?

--Seora --contest el Comendador:-- si no creyese que cumplo un deber
imperioso viniendo hasta aqu, no hubiera venido. Cuando penetro
furtivamente en esta sala, es porque tengo razones suficientes para
ello.

--Qu razones alega V. para venir  turbar mi reposo?

--El inters que me inspira un ser  quien me une estrechsimo lazo.

--Muy disimulado, muy oculto ha tenido V. ese inters durante diez y
seis aos. No se ha acordado V. de ese ser hasta que por casualidad ha
tropezado con l en su camino. Ha sido menester que salga V. de paseo
con una sobrina suya, y que esta sobrina tenga una amiga, y que esta
amiga vaya con ella, para que el amor paternal, que viva latente y ni
siquiera sospechado all en las profundidades de su magnnimo corazn,
se revele de pronto y d gallarda y briosa muestra de s. Si el acaso no
nos hubiese trado  vivir en la misma poblacin,  si Clara no hubiese
sido amiga de Luca, aunque en la misma poblacin vivisemos, su
inters de V., su amor paternal, sus deberes imperiosos, confiselo V.,
dormiran tranquilos en el fondo de esa envidiable y harto cmoda
conciencia.

--Justo es que me moteje V. No debo defenderme. Confieso mi culpa. Voy,
con todo,  tratar de explicarla y de atenuarla. Yo no poda sospechar
que al lado de V., bajo el amparo de una madre cariosa, corriese mi
hija ningn peligro, hallase motivo para ser desventurada.

--Su desventura no proviene de m solamente. Su desventura proviene del
pecado en que fu concebida, y del cual ni V. ni yo, que somos los
pecadores, podemos salvarla ni redimirla.

--Ella no es responsable: nadie es responsable de faltas que no comete.
Esa transmisin es un absurdo. Es una blasfemia contra la soberana
justicia y la bondad del Eterno.

--No llevemos la conversacin por ese camino, Sr. D. Fadrique. Si  V.
le parece blasfemia lo que yo creo, impiedad y blasfemia me parece  m
cuanto V. dice y piensa.  qu, pues, hablar conmigo de Dios? Deje V. 
Dios tranquilo, si por dicha cree en l, all  su modo. La desventura
de mi hija, llmela V. fatal, llmela como guste, procede de su
nacimiento. Pues qu, no ha reconocido V. mismo esa desventura, al
querer librar de ella  mi hija, haciendo un gran sacrificio, que yo le
agradezco, pero que juzgo ya intil?

--Alguna verdad hay en lo que V. dice. Yo reconozco que Clara, sin
culpa, estaba condenada por la suerte   sacrificarse   ser una
usurpadora indigna.

--Estamos de acuerdo, salvo que donde V. dice por la suerte, digo yo por
el pecado, y no por el pecado de ella, sino por el pecado de otros. Esto
es inicuo para V., que no acata los inescrutables designios de la
Providencia. Esto es solo misterioso para m. Por eso es lo mejor no
tocar tales cuestiones. Hablemos de aquello en que convenimos.
Convenimos en que Clara estaba, sin culpa suya, condenada  una pena.

--Convenimos; pero convenga V. tambin en que yo la he libertado.

--Si la ha libertado V., habr sido por una serie de casos fortuitos:
porque vi V.  Clara y la reconoci; porque Clara es bonita, ya que, si
hubiera sido fea, no se hubiera V. entusiasmado tanto, ni la vanidad de
padre hubiera provocado con mpetu el amor de padre, y porque, en suma,
tiene usted bastante dinero que dar, y halla V. un hidalgo con bastante
poca vergenza para tomarle sin motivo justificado.

-- mi vez suplico yo tambin  V. que no entremos en cuestiones
intiles. Yo no he venido aqu  discretear ni  filosofar.

--Yo no discreteo ni filsofo. Digo lo que es cierto. El pecado no fu
un acaso; no fu algo independiente de nuestro libre albedro. El que
usted haya encontrado  Clara; el que ella sea bonita, por donde juzga
V. que no debe casarse con D. Casimiro ni ser monja, y el que tenga V.
ms de cuatro millones, no son cosas que de su voluntad de V. han
dependido. Para V. son casuales, aunque por Dios estuviesen previstas y
preparadas, como lo est cuanto ocurre en el universo.

--Vamos, seora, no apure V. mi paciencia. Tan casual ser todo eso,
como el haber yo encontrado  V. en Lima, el que fuese V. bonita y el
que yo no fuese un monstruo de feo. Lo que no fu casual, sino
voluntario, fu la cada; pero tampoco es casual, sino voluntario, el
rescate. Ser casual, no depender de mi voluntad el tener cuatro
millones; pero es voluntario, es mi voluntad misma el darlos. Clara, no
por casualidad, sino por un acto libre, est ya rescatada del
cautiverio, al cual, segn V. juzga, y no sin razn, se hallaba sometida
por otro acto, que no supongo que considere V. ms voluntario, ms
reflexionado, ms meditado y ms deliberado con perfecta claridad en la
conciencia.

Hasta este punto el dilogo haba sido de pie. Doa Blanca ni se sentaba
ni ofreca asiento al Comendador. ste, despus de un momento de pausa,
porque Doa Blanca no respondi al punto  su ltimo razonamiento, dijo
con serenidad:

--Mire V., seora: yo no quiero que disertemos ni que divaguemos.
Tengo, no obstante, mucho que hablar; y para que la conferencia sea
breve, importa proceder sin desorden. El desorden no se evita sino con
la comodidad y el reposo. No le parece  V., pues, que sera bueno que
nos sentsemos?

Doa Blanca sigui silenciosa, lanz una mirada al Comendador, entre
iracunda y despreciativa, y se dej caer de nuevo en el silln, como
aplanada. Entonces se sent el Comendador en una silla, y prosigui
hablando.

--Mi resolucin --dijo,-- es irrevocable. Sea por lo que sea: por un
capricho, porque Clara es bonita, porque he tropezado con ella
casualmente en mi camino, por lo que  V. se le antoje, yo la he
rescatado. Todo lo que herede ella por muerte de su marido de V. lo
gozar ya, con aos de anticipacin, el que debiera heredarle, si Clara
no viviese. Viva, pues, Clara. Vengo  pedir  V. su vida.

-- lo que viene V. es  insultarme. Mato yo acaso  Clara?

--Lejos de m el propsito de insultar  V. Sin querer, podra V. acaso
matar  Clara, y esto es lo que vengo  evitar. Para ello estoy resuelto
 apelar  todos los medios.

--Me amenaza V.?

--No amenazo. Declaro mi pensamiento sin rebozo.

--Y qu me toca hacer, segn V., para evitar que Clara muera?

--Disuadirla de que sea monja.

--Eso es imposible. Yo no creo que entrar monja sea morir, sino seguir
la mejor vida.

--Ya he dicho que no discuto, ni trato de teologas con V. Concedo,
pues, que la vida del claustro es la mejor vida; pero es cuando hay
vocacin para seguirla; cuando no se va al claustro desesperada, casi
loca, llena de desatinados terrores.

--Vuelvo  repetir  V. que me deje, Sr. D. Fadrique. Para qu hablar?
Nos atormentaremos y no nos entenderemos. Usted llama terrores
desatinados al santo temor de Dios, desesperacin al menosprecio del
mundo, y locura  la humildad cristiana y al recelo de caer en tentacin
y de faltar  los deberes. Usted considera muerte la vida que en este
mundo se asemeja ms al vivir de los ngeles. Cmo, pues, hemos de
entendernos? Usted me honra ms de lo que merezco, pensando que me
acusa, al suponer que yo he inspirado  mi hija tales ideas y tales
sentimientos.

--Por amor del cielo, mi seora Doa Blanca, yo no s por quin conjurar
 V., en nombre de quin suplicarle, que no involucre las cosas, que no
me oiga con prevencin, que atienda al bien de su hija, y que no dude
de que yo vengo aqu, la molesto con mi presencia y la mortifico con mis
palabras, sin prevencin tambin, y slo por el deseo de ese bien
impulsado. Cmo he de condenar yo el santo temor de Dios, el
menosprecio del mundo, si es razonable, y la humildad cristiana, que nos
lleva  desconfiar de nuestra flaca y pecadora naturaleza? Lo que yo
condeno es el delirio. Concedera que Clara tomase el velo aun cuando no
le tomase despus de pensarlo reflexivamente; aun cuando lo tomase por
un rapto fervoroso de devocin; pero lo que no concedo, lo que no
consiento es que le tome en un arrebato de desesperacin. Sera un
suicidio abominable y sacrilego.

--Y de dnde infiere V. que Clara est desesperada? Quin se lo ha
dicho  V.? Qu motivos tiene ella para desesperarse?

--Nadie me lo ha dicho. Basta mirar  Clara para conocerlo. Usted misma
lo conoce. No disimule V. que lo conoce. Si no temiese V. hasta por su
vida corporal, no hubiera ya dejado que entrase en el convento? Al
darle ahora la libertad que le da, no lo hace V. excitada por el deseo
de que su salud se mejore? En cuanto  los motivos de su desesperacin,
concretamente yo los ignoro; pero los percibo de cierta manera confusa.
Usted la ha hecho dudar de s ms de lo que debiera: sin prever un
resultado tan funesto, ha infundido V. en su espritu que est
predestinada  pecar si no busca asilo al pie de los altares. En suma,
V. la ha envenenado con tal desconfianza, que ella, al sentir los
latidos de su corazn juvenil y la lozana de la vida en su verde
primavera; al ver el fuego, si puro, ardiente de sus ojos; al oir la voz
de la naturaleza, que la incita  que ame; al soar acaso con lcitas
venturas, logradas en este mundo al lado de un ser de su misma humana
condicin, se ha figurado que era presa de impuras pasiones, se ha
credo perseguida por los monstruos del infierno, y para no ser ella un
monstruo, ha querido refugiarse en el santuario.

--Demos que todo eso sea exacto --replic imperturbable Doa Blanca.--
Demos que los hechos son los mismos para V. y para m. La diferencia
subsistir siempre en la manera de apreciarlos. Si Clara se va al
claustro, no ya por puro amor de Dios, sino por temor de ofenderle, por
considerarse sobrado frgil para resistir las tempestades del mundo y
por miedo de s misma y del infierno, Clara,  mi ver, no desatina:
Clara procede con recto juicio y consumada prudencia. Los motivos de su
vocacin para la vida religiosa, si no son los ms elevados, son buenos.
Lejos de m el tratar de disuadirla, aunque pudiese.  fin de que goce
Clara una efmera  incierta dicha en la tierra, no he de oponerme yo 
que tome el camino que ms derechamente pueda llevarla al cielo. No por
dar gusto  V. he de aconsejar yo  Clara, cuando la nave de su vida va
 entrar ya en el puerto segursimo y abrigado, que vuelva la proa y que
se engolfe en el pilago borrascoso, donde puede zozobrar y hundirse con
eterno hundimiento.

--S --interrumpi el Comendador, harto ya,--lo mejor es que se muera
para que se salve.

--Y cmo negarlo? --respondi fuera de s Doa Blanca.-- Ms vale morir
que pecar. Si ha de vivir para ser pecadora, para su eterna condenacin,
para su vergenza y su oprobio, que muera. Llvatela, Dios mo! As me
hubiera muerto yo. Cunto ms me valiera no haber nacido!

--Los mismos furores de siempre. Est V. como atormentada de un espritu
maligno. Yo me lo saba. Yo tengo la culpa de todo. Yo hubiera debido
robar  mi hija de la casa de V., y criarla conmigo, y hacerla dichosa,
y darle mi nombre.

--Bendito sea Dios porque no ha sido as. Criada mi hija por un impo!
Qu hubiera sido de ella? Debe de ser repugnante una mujer sin
religin!

-No s lo que ser una mujer sin religin, ni hubiera sido mi propsito
que mi hija no la tuviera. Lo que s es que una mujer exaltada por el
fanatismo religioso puede hacerse insufrible.

--Qu feliz sera yo si tal hubiera aparecido  los ojos de V. desde
el principio! Cuntos males se hubieran evitado! Pero V. pensaba
entonces de otra manera, y me persigui con constancia, me pretendi con
terquedad, y no hubo medio de seduccin, ni mentira, ni engao, ni
blandura de regaladas palabras, ni encarecimiento de amante que muere de
amor, ni promesa de darme toda el alma, que V. no emplease para vencer
mi honrado desvo. Lleg V.  alucinarme hasta el extremo de anhelar yo
perderme por salvar  V. Aqul s que fu delirio! Pues no llegu 
soar con que, cayendo yo, iba  ganar su alma de V. y  sacarla de la
impiedad en que estaba sumida? Pues no me desvanec hasta el punto de
creer que, incurriendo con V. en el pecado, haba de levantarle y
traerle luego conmigo en la purificacin y en la penitencia? De qu
artificios no se vale el demonio para envolvernos en sus redes? Yo
estaba ciega. Cre ver en V. un hombre extraviado que me enamoraba, que
estaba prendado de m,  quien por amor mo iba yo  cautivar el alma,
hacindola capaz de ms altos amores. No advert que ni siquiera era V.
capaz del bajo y criminal amor de la tierra. Usted buscaba slo la
satisfaccin de un capricho, un goce fcil, un triunfo de amor propio.
V. crey que, una vez vencido mi desvo, que despus de un instante de
pasin y de abandono, todo sera paz, todo lo olvidara yo por V., para
que V. me hallase siempre sumisa, alegre, con la risa en los labios. V.
imagin que yo iba  matar en mi alma todo remordimiento, toda
vergenza, toda idea del deber  que haba faltado, todo temor de Dios,
todo respeto  mi honra, todo sentimiento amargo de su prdida, todo
miedo  las penas del infierno, todo aguijn en la conciencia. Se
equivoc V., y por eso le parec insufrible. Era V. dueo de mi alma;
pero, as como en tierra de valientes y generosos, que jams olvidan lo
que deben  su patria, slo posee el feroz conquistador la tierra que
pisa, as V. no me posea sino cuando hasta de m misma me olvidaba.
Cuando no, me alzaba yo contra V., trataba de limpiar mi culpa con la
penitencia, y luchaba siempre por libertarme. Cunto, no obstante,
hubiera debido enorgullecer  V. cada una de sus victorias, aun siendo
impo, si hubiera V. acertado  comprender la grandeza sublime y
tempestuosa de las grandes pasiones? Horribles eran aquellas frecuentes
luchas; pero V., cuando triunfaba, triunfaba, no slo de m, sino de los
ngeles que me asistan; de mi fe profunda; del cielo,  quien yo
invocaba; del principio del honor arraigado en mi alma, y de mi
conciencia acusadora y severa contra m misma. V., que slo buscaba
alegra y deleite, se fatig de luchar. As me libert del cautiverio
infame. Alabado sea Dios, que lo dispuso. Alabado sea Dios, que ha
castigado despus tan justamente mi culpa; pero, se lo confieso  V.,
el castigo que ms me ha dolido siempre, el que ms me duele todava, es
el tener que despreciar al hombre que he amado. Ya lo sabe V. Usted me
halla insufrible: yo le hallo  V. despreciable. Vyase de aqu. Salga
de aqu,  har que le echen. Quiere V. delatarme? Quiere V.
declararme culpada? Hgalo. No temo ya desventura ni humillacin, por
grande que sea. Spalo V. de una vez para siempre: me alegro de que
Clara entre en un convento. No ser tan vil, que por miedo de V. falte 
mi deber inculcndole lo contrario. Ahora, mrchese; salga de mi casa;
djeme tranquila.

Doa Blanca, puesta de pie otra vez, con ademn imperioso, sealando la
puerta con la mano, expulsaba al Comendador. Qu haba de hacer, qu
haba de contestar ste? Doa Blanca pareci frentica  los ojos del
Comendador, lleno de piedad y casi de susto. Temi ser cruel y mal
caballero si responda. Guard silencio. Vi el asunto perdido, al menos
por aquel lado, y no quiso prolongar ms el doble martirio.

Don Fadrique inclin la cabeza y sali de la sala harto apesadumbrado.
Apenas se vi en la antesala, baj la escalera, abri la puerta del
zagun y se lanz  la calle, respirando con delicia el ambiente, como
quien se est ahogando y logra sacar la cabeza del agua en que se
hallaba sumergido.




XXV

 pesar de su optimista y regocijada filosofa;  pesar de su propensin
natural  reir y  ver las cosas por el lado cmico, D. Fadrique estuvo
todo aquel da meditabundo, callado, con una seriedad melanclica harto
extraa en l.

 la hora de comer apenas prob bocado; apenas si habl con su hermano,
con su cuada y con su sobrina, los cuales, cada uno por su estilo, le
agasajaban mucho.

Don Jos era un seor excelente, que no haca ms que cuidar de su
hacienda, jugar  la malilla en la reunin de la botica y dar gusto 
Doa Antonia.

Esta seora tena una pasta de las mejores: cuidaba de la casa con
esmero, cosa y bordaba. Era buena cristiana, iba  misa todos los das
y rezaba el rosario con los criados todas las noches; pero en todo ello
haba algo de maquinal, de frmula, costumbre  rutina, sin que Doa
Antonia se metiese en honduras religiosas. Slo sala algo de sus
casillas y mostraba cierto entusiasmo apasionado en favor de la Virgen
de Araceli, de Lucena (Doa Antonia era lucentina), prefirindola  las
otras Vrgenes y hallndola ms milagrosa.

En cuanto  director espiritual, Doa Antonia tena  un capuchino
fervoroso y elocuente, cuya fama eclipsaba entonces la del P. Jacinto,
el cual, como ms tibio en el predicar y en el reprender, no haca
tantas conversiones ni traa al redil tantas ovejas descarriadas como su
cofrade barbudo.

Luca tena por confesor al P. Jacinto, y se llevaba tan bien con su
madre, que las nicas discusiones que haba entre ellas eran sobre los
mritos de sus respectivos confesores. Por lo dems, como Doa Antonia
no tena voluntad ni opinin, y de todo se le importaba lo mismo,
francamente no era gran prueba de sumisin y deferencia en Luca el no
discutir nunca con su madre, salvo sobre el capuchino, y alguna que otra
vez, aunque raras, acerca de la Virgen de Araceli. Luca no era muy
devota, y careciendo de otra Virgen predilecta, conceda pronto  su
madre la superior excelencia de la suya.

La nica causa de disidencia era, pues, el P. Jacinto, en quien Luca
hallaba superior entendimiento  ilustracin; mas al cabo, como buena
hija que era, y  fin de contentar  su madre, declaraba que el
capuchino haba reunido  un sinnmero de malos casados, que andaban
campando por sus respetos y viviendo aparte engolfados en mil
marimorenas, y haba logrado que no pocos pecadores y pecadoras dejasen
las malas compaas y peores tratos,  hiciesen vida ejemplar y
penitente: de todo lo cual poda jactarse muchsimo menos el P. Jacinto;
de donde infera Luca que el capuchino era mejor director espiritual de
los extraviados, y el P. Jacinto mejor director de los que estaban en el
buen sendero  dentro del aprisco. El uno vala para vencer y reducir 
la obediencia  los rebeldes; el otro para gobernar sabia y blandamente
 los sumisos.

Con esto se aquietaba Doa Antonia y viva en santa y dulce paz con su
hija,  quien haba enseado todas sus habilidades caseras, reconociendo
la maestra, sin envidia y con jbilo, que casi siempre se le aventajaba
ya la discpula. Luca bordaba con todo primor, en blanco, en seda y en
oro; haca calados, pespuntes y vainicas como pocas, y en guisos y
dulces nadie se le pona delante, que no saliera con la ceniza en la
frente. Slo resplandeca an la superioridad de Doa Antonia en las
faenas de la matanza. Era un prodigio de tino en el condimentar y
sazonar la masa de los chorizos, morcillas, longanizas y salchichas; en
adobar el lomo para conservarle frito todo el ao, y en dar su
respectivo saborete, con la adecuada especiera,  las asaduras, que ya
compuestas llevan siempre el nombre de pajarillas, sin duda porque
alegran las pajarillas de quien las come, y  los riones, mollejas,
hgado y bazo, que se preparan de diverso modo, con clavo, pimienta y
otras especies ms finas, excluyendo el comino, el pimentn y el
organo.

El lector no ha de extraar que entremos en estos pormenores. Convena
decirlos, y, distrados con la accin principal, no los habamos dicho.

El nio mayorazgo, hijo de D. Jos y de Doa Antonia, haba ido, haca
poco, al Colegio de guardias marinas de la isla, con buenas cartas de
recomendacin de su seor to.

Doa Antonia andaba siempre con las llaves de una parte  otra, ya en la
repostera, ya en la despensa, ya en la bodega del aceite, ya en la del
vino, ya en la del vinagre.

La casa tena todo esto, como casa de labrador,  par que de seores,
pues D. Jos, al trasladarse  la ciudad, haba trado  ella muchos de
sus frutos para venderlos con ms estimacin y darles ms fcil salida.

Don Jos, cuando no haca cuentas con el aperador,  bien oa  los
caseros, que venan  verle y  informarle de todo desde las caseras, 
se largaba  la botica, donde haba tertulia perpetua y juego por
maana, tarde y noche.

Resultaba, pues, que el Comendador, salvo  las horas de las tres
comidas, y un rato de noche, cuando haba tertulia,  la cual no
faltaba jams D. Carlos de Atienza, se hallaba en una grata y apacible
soledad, no interrumpida sino por la rubia sobrina, la cual le buscaba
siempre, preguntndole qu haba de nuevo respecto  Clara.

Don Jos y Doa Antonia, que estaban en Babia, nada saban de los
disgustos y cuidados del Comendador. Luca los saba  medias; distando
infinito de presumir,  pesar de sus hiptesis, que Clara estaba ligada
 su to con vnculo tan natural.

Los criados de la casa y el pblico todo seguan desorientados en punto
 D. Carlos de Atienza. Vindole joven, elegante y lindo, que vena con
frecuencia  la casa, y que cuchicheaba siempre con Luca, supusieron
con visos de fundamento que era su novio, y ya en la casa le apellidaban
el novio de la seorita.

Tal era la situacin de cada uno de los personajes secundarios de esta
historia cuando el Comendador, despus de su entrevista con Doa Blanca,
se hallaba tan desazonado.

Durante la comida le colmaron de cuidados, creyndole indispuesto. Doa
Antonia supuso que tendra jaqueca y le excit  que fuese  reposar. D.
Jos, despus de decirle lo mismo, se larg  la botica. Luca, con ms
vivo inters, trat de informarse mil veces de la causa del disgusto de
su to; pero no consigui nada.

El Comendador,  sus solas, no haca ms que pensar sobre su dilogo
con Doa Blanca, y concebir los ms encontrados pensamientos, aunque
siempre poco gratos.

Ya se le figuraba que dicha seora tena un orgullo satnico, un genio
infernal, y entonces se culpaba  s mismo de no haberle robado  la
hija; de haberla dejado en su poder para que la enloqueciera y la
hiciera desgraciada. Ya imaginaba, por el contrario, que, desde su punto
de vista, Doa Blanca tena razn en todo.

El Comendador entonces calificaba su persecucin en pos de Doa Blanca y
su victoria ulterior (que en otro tiempo haba mirado como una ligereza
perdonable, como una bizarra de la mocedad) de conducta inicua y
malvada  todas luces, aun juzgada por su criterio moral, lleno de
laxitud en ciertas materias.

--Por cierto que no merezco perdn --se deca D. Fadrique.-- La maldita
vanidad me hizo ser un infame. Haba tantas mujeres guapas cuando yo
era mozo,  quienes cuesta tan poco otro tropiezo, una cada ms 
menos! Por qu, pues, no siendo arrastrado por una pasin vehemente,
que ni siquiera tengo esta excusa, ir  turbar la paz del alma de
aquella austera seora? Tiene razn sobrada. Soy digno de que me
aborrezca  me desprecie. Lo nico que mitiga un tanto la enormidad de
mi delito es la mala opinin que tena yo entonces de casi todas las
mujeres. No me caba en la cabeza que ninguna pudiera (despus sobre
todo) tomar tan por lo serio los remordimientos, la culpa... En fin, yo
no prev lo que pas despus. Si lo hubiera previsto... me hubiera
guardado bien de pretender  Doa Blanca. Aunque no hubiera habido otra
mujer en la tierra... su corazn hubiera quedado entero para D.
Valentn, sin que yo se le robara. Pero nada... esta picara costumbre
de reir de todo... de no ver sino el lado malo! Me gust... me
enamor... eso s... yo estaba enamorado... y como cre que la
gazmoera era sal y pimienta que hara ms picante y sabroso el logro
de mi deseo, y que luego se disipara, insist, porfi, hice
diabluras... s... hice diabluras: cre dentro de su conciencia un
infierno espantoso; por un liviano y fugitivo deleite dej en su
espritu un torcedor, una horrible mquina de tormento, que sin cesar le
destroza el pecho, diez y siete aos hace. Como tengo este carcter tan
jocoso!... Las caas se volvieron lanzas. La burla fu pesada. Pero
Dios mo... si yo no poda sospecharlo! Aunque me lo hubieran asegurado
mil y mil personas, no lo hubiera credo. Lo repito, no caba en mi
cabeza. Yo no comprenda arrepentimiento tan feroz y tan persistente,
simultneo casi con el pecado. Yo no haba medido toda la violencia de
una pasin que,  pesar del grito airado y fiero de la conciencia, que
 despecho del sangriento azote con que el espritu la castiga, rompe
todo freno y sale vencedora. Cuando exclamaba ella, casi rendida ya  mi
voluntad, cayendo entre mis brazos, doblndose quebrantada al toque de
mis labios, recibiendo mis besos y mis caricias, cediendo  un impulso
irresistible, y no obstante luchando: "Dios mo, mtame antes que caiga
de tu gracia! Prefiero morir  pecar!;" cuando deca esto, que hoy ha
repetido  propsito de su hija, no me inspiraba compasin, no me
apartaba de mi mal propsito; antes bien era espuela con que aguijoneaba
mi desbocado apetito. Cun hermosa me pareca entonces, al pronunciar,
con voz entrecortada por los sollozos, aquellas palabras,  las cuales
yo no prestaba sino un vago sentido potico, y en cuya verdad profunda
yo no crea! Hasta la dulzura de su misma religin se maleaba y viciaba
en mi mente, interpretada por mi concupiscencia, y quitaba  mis ojos
todo valor  aquella desolacin suya,  aquella angustia con que miraba
y repugnaba la cada, sin hallar fuerzas para evitarla. Yo me atreva 
decidir que no era tan gran mal el que tena tan fcil remedio. Yo me
converta en redentor del alma que cautivaba y en salvador del alma que
perda, parodiando la sentencia divina y diciendo en mi interior:
"Levntate: ests perdonada, por lo mucho que has amado." Ah, cielos!
Por qu ocultrmelo? Proced con villana. Era yo tan bajo y tan vil,
que no comprend nunca el vigor, la energa de la pasin que sin
merecerlo haba excitado. Era yo como salvaje que, sin conocer un arma,
la dispara y hiere de muerte. La grandeza y la omnipotencia del amor me
eran tan desconocidas como la persistencia y el indmito podero de una
conciencia recta, que acepta el deber y le cumple,  jams se perdona si
no le cumple. Ser que soy un miserable? Tendrn razn los frailes y
los clrigos al sostener que no hay verdadera virtud sin religin
verdadera?

De esta suerte se atormentaba D. Fadrique en afanoso soliloquio, en que
volva cien y cien veces  repetirse lo mismo.

El que no viniese el P. Jacinto  hablar con l inspiraba al Comendador
la mayor inquietud. Varias veces se asom al balcn de su cuarto, que
daba  la calle,  ver si le vea salir de casa de Doa Blanca. Varias
veces sali  la calle y fu hasta el convento de Santo Domingo, aunque
estaba lejos,  preguntar si el P. Jacinto haba vuelto. El P. Jacinto
no pareca en parte alguna.

 la cada de la tarde, estando D. Fadrique en su estancia, oy pisadas
de caballos que paraban cerca. Sali al balcn y vi apearse  D.
Valentn, que volva de la casera.

Lleg la noche y no pareci el P. Jacinto.

Don Fadrique echaba  volar su imaginacin con vuelo siniestro. Haca
las suposiciones ms extraas y dolorosas. --Qu habr sucedido?-- se
preguntaba.

 las ocho de la noche, por ltimo, el Comendador vi aparecer al P.
Jacinto bajo el dintel de la puerta de su cuarto.

Al verle, le di un vuelco el corazn. El padre traa la cara ms grave
y melanclica que haba tenido en su vida.

--Qu es esto? Qu pasa? --dijo el Comendador.--Dnde ha estado V.
hasta ahora?

--Dnde he de haber estado? En casa de Doa Blanca, donde hice mal y
remal en introducirte traidoramente. Buena la has hecho! Qu demonios
te aconsejaron cuando hablabas? Qu dijiste  la infeliz? Vaya un
berrinche que ha tomado! Est mala. Dios quiera que no se ponga peor!

El Comendador se mostr consternado, se qued mudo. El fraile aadi:

--Clarita es una santa. All la dejo cuidando  su madre. No s para qu
todas estas desazones. La chica est resuelta, firmemente resuelta. Todo
es intil. Bien hubiera podido evitarse tu endemoniada conversacin con
la madre. Tiempo es de evitar an que te arruines  tontas y  locas.

El Comendador, recobrando el habla, respondi:

--Lo hecho, hecho est. Yo no gusto de arrepentirme. Yo no deshago mis
promesas. Yo no me vuelvo atrs nunca. Lo que promet  D. Casimiro y l
ha aceptado, tiene que cumplirse. Pero, qu enfermedad es esa de Doa
Blanca? Sigue Clara poseda de su lgubre locura? Voto  todos los
demonios y condenados que hay en el infierno, que jams hubiera yo
podido soar que iba  ser vctima de tan enrevesados sentimentalismos.

El Comendador se paseaba  largos pasos por la estancia. El padre le
miraba con pena y algo aturdido.

En esto, Luca, que haba visto entrar al padre, asom la rubia y linda
cabeza  la puerta, que haba quedado entornada, y dijo con dulce
ansiedad.

--To, qu hay de nuevo?

--Nada, nia. Por Dios, djanos en paz ahora que vamos  tratar asuntos
muy graves.

Luca se retir, lastimada de inspirar tan poca confianza.




XXVI

Cuando el padre y el Comendador se quedaron solos de nuevo, cerr ste
la puerta  interrog al padre en voz baja sobre lo que haba odo 
Doa Blanca, sobre lo que haba hablado con Clarita; pero nada sac en
limpio.

El P. Jacinto pareca otro del que antes era. Mostrbase preocupado;
buscaba evasivas para no contestar  derechas: sus misterios y
reticencias daban  su interlocutor una confusa alarma.

Al fin tuvo D. Fadrique que dejar partir al fraile, sin averiguar nada
ms que lo que ya saba.

Aquella noche no sali de su cuarto; no quiso ver  nadie; pretext
hallarse indispuesto, para encerrarse y aislarse.

Se pasaron horas y horas, y aunque se tendi en la cama, no pudo dormir.
Mil tristes ideas le atormentaban y desvelaban.

Rendido de la fatiga, se entreg al sueo por un momento; pero tuvo
visiones aterradoras.

So que haba asesinado  Doa Blanca, y so que haba asesinado  su
hija. Ambas le perdonaban con dulzura, despus de muertas; pero este
perdn tan dulce le haca ms dao que las punzantes palabras que aquel
da haba escuchado de boca de su antigua querida. sta y Clara se
ofrecan  su imaginacin con la palidez de la muerte, con los ojos
fijos y vidriosos, pero como triunfantes y serenas, subiendo lentamente
por el aire, hacia la regin del cielo, y entonando un antiguo himno
religioso, que siempre haba atacado los nervios y contrariado los
sentimientos harto gentlicos del Comendador por su fnebre ternura, por
su identificacin del amor y de la muerte, y por su misantrpica
exaltacin del ser del espritu por cima de todo deleite, contento,
esperanza, consolacin  bien posible en la tierra.

Las mujeres, que iban subiendo al cielo, cantaban; y D. Fadrique oa, 
travs del ambiente tranquilo, los ltimos versos del himno, que decan:

        _Mors piavit, mors sanavit
        Insanatum animum_

Con estos dos versos en la mente se despert D. Fadrique.

Apenas se hubo vestido, oy que daban golpecitos  la puerta.

--Quin es? --pregunt?

--Soy yo, to --dijo la dulce voz de Luca.-- Tengo que hablar con V.
Puedo entrar?

--Entra, --contest el Comendador con bastante zozobra de que Luca
trajese malas noticias.

La cara de Luca estaba demudada. Los ojos algo encarnados, como si
hubiesen vertido lgrimas.

--Qu hay? --dijo D. Fadrique.

--Que Doa Blanca est muy mala. Clara me escribe dicindomelo, y me
ruega que haga la caridad de ir  acompaarla.

--Y se sabe qu tiene Doa Blanca?

--Yo, to, no lo s. El mal ha venido de sbito. La criada, que me trajo
la carta de Clarita, dijo que su ama cay enferma como herida por un
rayo; que eso es verdad, la seora estaba delicada, pero que al fin lo
pasaba regular, como casi todos, cuando de repente, cual si hubiera
tenido alguna aparicin de los malos y hubiera peleado con ellos, cay
en tal postracin, que ha sido menester ponerla en la cama, donde est
an con calentura.

Don Fadrique sinti un fro repentino, que discurra por todo su cuerpo
y que hasta los huesos le penetraba. Imagin que se le erizaban los
cabellos. Se inmut; pero con habla interior dijo para s:

--En efecto, habr sido tan brutal que la haya asesinado?

Notando despus que Luca no tena ms que decir y aguardaba respuesta,
el Comendador hizo un esfuerzo para aparentar serenidad, y dijo  su
sobrina:

--Ve, hija ma; ve  cumplir con ese deber de caridad y de amistad para
con Clarita. Procura consolarla. Ojal que el padecimiento de Doa
Blanca no tenga peores consecuencias!

--Voy volando, --replic Luca.

Y sin aguardar ms, con la venia de su madre, que ya tena, baj la
escalera y se fu  la casa inmediata.




XXVII

La sobrina del Comendador tena tan alegre carcter como su to. Era,
por naturaleza, tan optimista como l. Casi todo lo vea de color de
rosa; pero, compasiva y buena, tomaba pesar por los males y disgustos de
los otros, si bien procurando ms consolarlos  remediarlos que
compartirlos.

Con esta disposicin de nimo entr Luca  ver  Clara. Apenas se
vieron, se abrazaron estrechamente.

Clara, al contrario de Luca, era melanclica, vehemente y apasionada,
como su madre. Sobre esta condicin del carcter, que era ingnita en
ella, la educacin seversima de Doa Blanca, su continuo hablar de
nuestra perversidad nativa, su concepto del mundo y del vivir como valle
de lgrimas y tiempo de prueba, y su terror de la eterna condenacin y
de lo fcil que es caer en el pecado, haban difundido por toda el alma
de Clara una sombra de amarga tristeza y de medrosa desconfianza. Por
dicha, Clara careca de aquel orgullo, de aquel imperio de su madre, y
el lado obscuro y tenebroso de su espritu estaba suavemente iluminado
por un rayo celeste de humildad, resignacin y mansedumbre.

Clara era mil veces ms amante que su madre, y se abandonaba  la
dulzura de amar, si bien con recelo siempre de pecar amando.

Ambas amigas se hallaban en un cuarto contiguo  la alcoba de Doa
Blanca.

El cuitado de D. Valentn no saba qu hacer: andaba inquieto; bulla de
un lado  otro, sin atreverse  entrar en la alcoba de su mujer para que
no le despidiese  gritos, porque vena  turbar su reposo, y sin
atreverse tampoco  no estar all cerca para que su mujer no le acusase
de indiferente, egosta y desalmado, que no miraba con inters sus
males, y ni siquiera preguntaba por su salud. En esta perplejidad, D.
Valentn entraba y sala; asomaba de vez en cuando la nariz  la alcoba,
 ver si le vea Doa Blanca y le deca que entrase, y, sin decidirse 
entrar, mientras no alcanzaba la venia, preguntaba  Clara por su madre,
ni en voz muy alta para que Doa Blanca se incomodase, ni en voz muy
baja para que fuera posible que Doa Blanca le oyese y comprendiese que
su marido cuidaba de ella y no era un hombre sin entraas.

Este procedimiento prudentsimo no le vali, sin embargo. Ya una vez,
como repitiese con harta frecuencia lo de asomar la nariz  la puerta
de la alcoba, Doa Blanca haba dicho:

--Qu haces ah? Vienes  molestarme? Pareces un buho que me espanta
con sus ojos. Djame en paz, por Dios.

Poco despus se descuid algo D. Valentn, alz la voz demasiado al
preguntar  Clara por su madre, y sta exclam desde la alcoba:

--Qu pesadilla de hombre! Se ha propuesto no dejarme descansar. Si
parece que est hueco! Valentn, habla bajo y no me mates.

D. Valentn sali entonces zapeado de la estancia en que se hallaban
Clara y Luca, y las dej solas.

Aunque Doa Blanca era buena cristiana, estos raptos de mal humor contra
su marido se comprenden y explican como en cierto modo independientes de
su voluntad. Doa Blanca no haba encontrado en l ni un tomo de la
poesa, ni una chispa de las sublimidades que haba soado hallar, en su
inexperiencia, en el hombre  quien di su mano, siendo an muy nia.
Luego, haca diez y siete aos, no vea ella en D. Valentn sino un
hombre cuya serenidad era el perpetuo sarcasmo de las borrascas de su
corazn; cuya unin con ella haba hecho que lo que pudo ser un bien
lcito, una felicidad santificada, fuese un pecado abominable, y cuya
salud corporal pareca una burla de los achaques y padecimientos que 
ella la atormentaban. Hasta la paciencia con que D. Valentn la sufra
era odiosa  Doa Blanca, cual si implicase bajeza, gana de no
incomodarse por no molestarse, desdn  menosprecio.

En balde procuraba Doa Blanca formar mejor opinin de su marido,  fin
de respetarle, como reflexivamente conoca que era su deber: Doa Blanca
no lo lograba. Las mejores prendas de alma de D. Valentn, con
intervencin quizs de algn demonio astuto, se trocaban, en el alma de
Doa Blanca, en defectos ridculos. En balde peda  Dios Doa Blanca
que le concediese, ya que no amar, estimar  su marido. Dios no la oa.

Zapeado, pues, D. Valentn, Doa Blanca qued sola en la alcoba,
abismada, sin duda, en sus hondos y amargos pensamientos, y Clara y
Luca, casi al odo la una de la otra, hablaron as:

--Qu ha dicho el mdico, Clara? Qu tiene tu madre? --pregunt Luca.

--El mdico hasta ahora --respondi Clara,--no ha dicho ms que lo que
cualquiera de nosotros ve y comprende: que mi madre tiene calentura;
pero la calentura es slo sntoma de un mal que el mdico desconoce an.
Anoche la calentura fu muy fuerte y nos asustamos mucho. Hoy de maana
ha cedido.

--Vamos, Clarita, ya veo que exageraste en tu carta y me alarmaste sin
motivo. Tu madre se curar pronto. Apuesto que la causa de toda su
indisposicin ha sido alguna rabieta que ha tenido con D. Valentn.

--Pues te equivocas. Mi madre no ha tenido la menor rabieta con nadie en
todo el da de ayer. Pap estuvo en el campo.

--Entonces se concibe que no rabiase con l. Y contigo no rabi?

--Hace das que mi madre est dulcsima conmigo. Te repito que ayer no
se sofoc mam con nadie; no ri  ninguna criada; estuvo apacible y
silenciosa.

Clara, si bien era una criatura de singular despejo, se forjaba la
extraa ilusin de que una buena madre de familia tena forzosamente que
rabiar, y as no deca nada de lo dicho para censurar  su madre, sino
candorosamente.

Luca no insisti en buscar el origen del mal de Doa Blanca: se inclin
 creer que este mal era pequeo,  fin de no tener que afligirse; y
volviendo la conversacin hacia otros puntos, pregunt  su amiga:

--Clara, sigues firme en tu resolucin de tomar el velo?

--Estoy ms resuelta que nunca. Una voz misteriosa me grita en el fondo
del alma que debo huir del mundo; que el mundo est sembrado de peligros
para m.

--Confieso que no te entiendo. Qu peligros tendr el mundo para t,
que para los dems no tenga?

--Ay, querida Luca; el desorden de mi espritu, los extraos impulsos
de mi corazn, la violencia de mis afectos!

--Pero, muchacha, qu violencia, ni qu desorden es ese? Yo no hallo
desordenado ni violento el que ames  D. Carlos, que es muy guapo y
joven, y el que no gustes de D. Casimiro, que es viejo y feo. Esto me
parece naturalsimo.

--Ser natural, porque la naturaleza es el pecado.

--Dnde est el pecado?

--En desobedecer  mi madre, en engaarla, en haber atrado  D. Carlos
con miradas amorosas y profanas, en complacerme en que guste de m y en
que me persiga, en desear que siga querindome hasta en este instante,
cuando ya estoy decidida  no ser suya. En suma, Luca, mi alma es un
tejido de maraas y de enredos, que el mismo diablo trama y revuelve.
Adems, yo he prometido  mi madre que ser monja, y para que lo sea, ha
despedido ella  D. Casimiro. Cmo faltar ahora  mi promesa, burlarme
de mi madre y hasta de Cristo,  quien he dado palabra de esposa? Qu
infamia me propones?

--Es verdad, hija ma: el caso es apurado; pero quin te mand que
dijeses que queras ser monja y que lo prometieses? Por qu no
declaraste con valor  tu madre que no queras  D. Casimiro y que no
queras ser monja tampoco?

--Bien sabe Dios --respondi Clara,-- que deseo desahogarme contigo,
depositar en tu amistoso corazn el secreto de mi infortunio,
confirtelo todo; pero yo misma no me comprendo sino de un modo
imperfecto, y lo que de m misma comprendo est tan enmaraado, que no
encuentro palabras para explicrtelo. Siento la razn y causa de todas
mis acciones, y no las percibo bien para exponerlas. Quiero, no
obstante, sincerarme y tratar de probarte que no es absurda mi conducta.
Voy  ver si lo consigo. Yo he amado, yo amo an  D. Carlos de Atienza.
Yo detesto  D. Casimiro. Esto es verdad; pero mi amor por D. Carlos y
mi odio  D. Casimiro no han tenido jams la suficiente energa para
hacerme arrostrar la clera de mi madre, declarndole que amaba al uno y
odiaba al otro. As, pues, te aseguro que durante meses he estado
resignada  sofocar en mi alma el naciente amor  D. Carlos y  casarme
con D. Casimiro para ser una hija obediente. Hubiera yo preferido  todo
ser esposa de Cristo; pero me consideraba indigna. Para ser mujer de D.
Casimiro me senta con fuerzas. Yo esperaba vencer mi fatal inclinacin
 D. Carlos, y, logrado esto, ser modelo de casadas: cuidar al achacoso
D. Casimiro, y hasta quererle, imponindome como deber el cario.
Hallndome de esta suerte, nuevos y extraos sentimientos han combatido
mi alma y han hecho que mi espritu dude ms de s. Me he llenado de
terror. En mi humildad, no me he credo digna ni de ser mujer de D.
Casimiro. Me he espantado de mi flaqueza, de la perversidad de mis
inclinaciones, y entonces he pensado en refugiarme en el claustro.
Juzgndome menos digna que antes de ser esposa de Cristo, he pensado en
la infinita bondad de aquel Soberano Seor, padre de las misericordias,
y he comprendido que, aun siendo yo indigna de todo, poda acudir  l y
refugiarme en su seno, segura de que no me rechazara, de que me
acogera amoroso, purificndome y santificndome con su gracia.

--T me hablas de nuevos y extraos sentimientos, pero sin decir cules
son --dijo Luca.-- Aqu hay un misterio que no me dejas penetrar.

--Ay! --exclam Clara,-- apenas si yo le penetro. Cmo declarrtele?
Mira, Luca, yo conozco que amo siempre  D. Carlos. Si me finjo en
completa libertad de elegir mi vida, me parece que mi eleccin ser ser
mujer de D. Carlos. Su talento, su bondad, su delicada ternura, me hacen
presentir que sera yo dichosa viviendo  su lado. Te lo confesar. 
pesar del horror que mi madre ha sabido inspirarme  la complacencia de
los sentidos, la imagen material de D. Carlos, su porte, la gallarda
de su cuerpo, la elegancia y pulcritud de su vestido, el fuego de sus
ojos y la viva animacin de su semblante y la frescura de su boca me
atormentan y me hieren, y me distraen de mis piadosas meditaciones.

--Te lo repito, Clarita: en nada de eso veo yo la obra del diablo; en
nada descubro influencias sobrenaturales: todo es naturalsimo. Y si,
como t afirmas, la naturaleza es el pecado, bien es menester,  que
Dios nos d medios sobrenaturales para vencerla,  que nos perdone con
muchsima generosidad cuando ella nos venza. Dnde estn esos
sentimientos singulares que te perturban?

--Luca, t hablas con suma ligereza. Tus razones tienen no s qu fondo
de impiedad. Me da miedo. Mi madre no se engaaba. El trato, la
conversacin con tu to debe de ser muy peligrosa.

--No disparates, Clara.  mi to no se le ha ocurrido jams darme
lecciones de impiedad. Si lo que yo sostengo es poco piadoso, la culpa
es completamente ma. Ser yo la que est endiablada. Pero dejemos  un
lado esas cuestiones: vamos  lo que importa. Dime qu raros
sentimientos te asaltan el alma, inspirndote esa humildad, esa
desconfianza profunda, que te induce  tomar el velo.

--No acierto  decrtelo. Me falta valor.

--Ea... nimo... d lo que es.

--Mi madre no ha hecho ms que hablarme de tu to desde que apareci en
esta ciudad... desde que yo le vi y pase con l una tarde. Me le ha
pintado como pudiera haberme pintado  Luzbel, rodeado an de hermosos
fulgores de su primitiva naturaleza anglica, valeroso, audaz,
inteligente como pocos seres humanos. Me ha hecho creer que ejerce tal
imperio sobre las almas, que las atrae y las cautiva, y las pierde si
gusta. En su mirada hay una luz siniestra que ciega  extrava. En su
palabra, una msica seductora que embelesa los entendimientos y
ensordece la voz del deber en la conciencia. Segn mi madre, tu to es
la maldad personificada, el dechado de la irreligin, un rebelde contra
Dios, de quien conviene apartarse para no contaminarse. En resolucin,
cuanto mi madre ha dicho de tu to debiera infundirme hacia l un odio,
una aversin grandsima. S por mi madre que el Comendador es un
rprobo. No hay esperanza de que se salve. Est condenado. Es como
Luzbel. Y, sin embargo, lejos de producir en m los discursos de mi
madre el horror hacia el Comendador que ella deseaba, tal es mi
perversidad, tan pecaminoso es mi espritu de contradiccin, que han
avivado mis simpatas hacia tu to. Yo no debiera decrtelo, yo no s
cmo tengo la desvergenza de decrtelo. Apenas si  mi confesor le he
dejado entrever algo de lo que siento en el negro abismo de mi corazn.
Pero, si no te lo digo... con quin me desahogo?... Luca, t eres mi
mejor amiga... Yo quiero al Comendador de un modo inexplicable. Me
siento arrastrada hacia l. Creo en todas sus maldades porque mi madre
me las ha dicho; y creo que Dios,  quien el Comendador es simptico, se
las va  perdonar, como yo se las perdono. No es una monstruosidad, no
es una aberracin este cario hacia una persona casi desconocida? Yo me
condenaba antes por mi inclinacin  D. Carlos,  despecho,  escondidas
de mi madre. Ahora me sucede casi lo mismo que  t: mi inclinacin  D.
Carlos me parece natural. Lo diablico, lo abominable es mi inclinacin
 tu to. Es un sentimiento tan distinto, que no destruye ni aminora mi
afecto  D. Carlos. Esto prueba mi desordenada ndole, mi pecadora y
perturbada manera de ser. No s con qu pretexto, bajo qu ttulo, con
qu nombre carioso he de acercarme  l, hablarle, llegar  su
intimidad, y lo deseo. Cuantas cualidades detestables mi madre le
atribuye, se me antoja que no lo son en l, porque es un ser de superior
natural jerarqua y est exento de la ley comn para los dems mortales.

Con la mirada fija, con el semblante no risueo, como le tena de
costumbre, sino triste y grave, y sin acertar  contestar palabra, oy
Luca la inesperada confesin de Clara.

Despus de unos instantes de silencio Clara prosigui:

--Nada me respondes; nada observas; te callas; reconoces que soy un
monstruo. Ser amor de otro gnero, ser un sentimiento indefinido, que
carece de nombre en la clase  historia de las pasiones; pero yo quiero
 tu to y le quiero por esa misma pintura con que mi madre ha procurado
que yo le aborrezca.

 este punto llegaba Clara, cuando vino  interrumpirla la voz de Doa
Blanca, que deca:

--Hija, hija!

Luca y Clara se estremecieron. Aunque era imposible que Doa Blanca las
hubiese odo, imaginaron por un instante que milagrosamente las haba
odo y que iba  terciar en la conversacin por estilo terrible.

--Qu manda V., mam? --dijo Clara temblando.

--Agua. Dame un poco de agua. Me ahogo!

Las dos amigas acudieron  la alcoba  dar agua  la enferma. Entonces
notaron con pena y sobresalto que la fiebre haba crecido. Las
palpitaciones del corazn de Doa Blanca eran tan violentas, que se
hacan perceptibles al odo.

--Qu siente V., seora? --pregunt Luca...

--Una ansiedad... una fatiga... --respondi Doa Blanca,-- el corazn me
late con tanta fuerza.

Luca pos suavemente la mano sobre el pecho de Doa Blanca. Entonces
not con pena que los latidos de su corazn haban perdido el ritmo
natural: eran desordenados y anormales; pero no dijo nada por no asustar
 la paciente y  su hija.

El cuidado que requera Doa Blanca no consinti que prosiguiese el
dilogo entre Clara y Luca.




XXVIII

Tantos aos de pesares y de tormentos haban ido destruyendo la salud de
Doa Blanca. Su tristeza sin tregua; su oculta vergenza, con la que de
continuo tena que verse cara  cara, sin poder hallar alivio
comunicndola y confindose  una persona amiga; sus luchas de compasin
y de desprecio por su marido y de amor y de odio por el Comendador; su
horror del pecado que crea sentir sobre ella y que le pesaba como lepra
asquerosa  incurable; su orgullo ofendido; su temor del infierno, al
que  veces se crea predestinada, y su preocupacin incesante de la
suerte de Clara,  quien amaba con fervor y  quien en ocasiones
aborreca, como vivo testimonio de su ms grave falta y de su ms
imperdonable humillacin, haban influido lastimosamente sobre todos los
rganos de aquella vida corporal.

Doa Blanca haca mucho tiempo estaba sujeta  frecuentes paroxismos
histricos. Haba momentos en que le pareca que se ahogaba: un
obstculo se le atravesaba en la garganta y le quitaba la respiracin.
Entonces le daban convulsiones que terminaban en sollozos y lgrimas.
Despus sola calmarse y quedar por algunos das tranquila, aunque
plida y dbil.

El carcter violentsimo de aquella mujer, exacerbado por la continua
contemplacin de una desgracia, que haca mayor su melanclica fantasa,
la impulsaba  tratar  su marido,  su hija y  muchos de los que la
rodeaban, con un despego, con una dureza cruel, de la que en el fondo
del corazn, que era bueno, se arrepenta ella al cabo, no siendo
fecundo este arrepentimiento sino en nuevos motivos de disgustos y de
amarguras.

La energa de las pasiones haba as, poco  poco, fatigado
materialmente el corazn de Doa Blanca, excitndole  moverse con
impulso superior  sus fuerzas. No padeca slo de las palpitaciones
nerviosas de que daba muestras en aquel instante. Tal vez (los mdicos
al menos lo haban afirmado) Doa Blanca tena una enfermedad crnica en
aquel rgano tan importante.

 pesar de su cansancio, tal vez el excesivo ejercicio haba agrandado y
robustecido de una manera peligrosa aquel activo corazn.

Como quiera que fuese, Doa Blanca haca tiempo que estaba harta de
vivir.

La nica idea, el nico propsito, el solo fin que en su vivir estimaba
era el de cumplir un deber terrible: el evitar que su hija heredase 
D. Valentn.

Cuando su hija le prometi con solemne promesa entrar en el claustro, y
cuando despus supo, de boca del P. Jacinto, y ms tarde de los labios
del mismo D. Fadrique, el rescate de Clara, si bien le rechaz y le
juzg intil ya, se tranquiliz, creyendo su propsito cumplido en
cualquier evento, y considerndose desligada del mundo; sin nada que
hacer en l sino atormentarse, y sin razn alguna para desear, estimar y
conservar la vida.

El reposo relativo del espritu de Doa Blanca cuando pens haber
hallado la solucin de su difcil problema, la hizo caer en una
postracin, en una atona peligrosa. Por otro lado, no obstante, su
imaginacin, fecunda en atormentarla, le ofreca mil motivos de
afliccin y de ira. La generosidad del Comendador humillaba su orgullo,
y por ms que trataba de empequeecerla  de afear y envilecer sus
causas fingindoselas vulgares, absurdas  caprichosas, dicha
generosidad resplandeca siempre y la ofenda.

La voluntad de Doa Blanca era de hierro: pocas personas ms pertinaces
y firmes que ella; pero su espritu vacilaba y no se aquietaba jams. La
fuerza de cualquier encontrado pensamiento bastaba  descontentarla de
lo que haba hecho, y no bastaba  hacerle cambiar y  moverla  hacer
otra cosa. No produca sino nueva mortificacin estril.

As es que Doa Blanca perciba vivamente la presin que haba ejercido
sobre el alma de su hija, que, sin querer, acaso la haba hecho infeliz,
y que su hija iba  encerrarse en un convento, no devota, sino
desesperada. Las rudas acusaciones del Comendador durante la fatal
entrevista, acusaciones contra las cuales se haba ella defendido con
valor y tino, terminada aquella lucha de palabras, acudan  su mente
con mayor fuerza, sin que las dijera el Comendador, sin que se pudieran
rechazar merced al calor de la disputa, y labrando en su nimo como una
honda llaga.

El ardiente amor que el Comendador le haba infundido, siendo causa de
que ella se humillase, se haba convertido en espantoso aborrecimiento y
sin perder este carcter, sin volver  su ser primero, porque ya no era
posible, porque su alma tena mucha hiel para poder amar, habase
recrudecido en su seno durante la entrevista con el hombre que le
inspiraba.

Todos estos dolores, tribulaciones y combates espirituales no es de
maravillar que produjesen en Doa Blanca una enfermedad aguda,
sobrexcitando sus males crnicos.

Poco despus de la conversacin entre Clara y Luca, de que acabamos de
dar cuenta, visitaron  la enferma los dos mdicos mejores de la
ciudad. Ambos convinieron en que su dolencia era de cuidado. Ambos
reconocieron cierta alarmante alteracin en la circulacin de la sangre,
que por la fiebre sola no se explicaba. El corazn tena una actividad,
enfermiza y un excesivo desarrollo. El pulso era vibrante y duro. El
lado izquierdo del pecho de la enferma se estremeca con las
palpitaciones. Un vivo carmn tea las mejillas de Doa Blanca, de
ordinario plidas.

Los mdicos auguraron mal de stos y otros sntomas: la principal
dolencia estaba complicada con otras muchas. No hallando, pues, remedio
eficaz por lo pronto, recetaron algunos paliativos, y entre ellos la
digital en pequeas dosis.

Aunque disimularon bastante la gravedad y el carcter poco lisonjero de
sus observaciones y pronsticos, dejaron  las dos amigas en extremo
afectadas.

Todo aquel da permaneci Luca al lado de Clara, auxilindola en sus
faenas y cuidados; pero ya no era ocasin propicia para volver  las
confidencias.

Si bien Clara no volvi  hablar del estado de su alma, sin duda pensaba
en l, segn lo preocupada que estaba. Lo que antes de confiarse  Luca
haba ella percibido en imgenes vagas y como borrosas, haba adquirido,
en su propia mente, mayor ser, consistencia y determinada figura al
formularse en palabras. As es que, en medio del afn y del dolor que
por su madre senta, Clara se atormentaba con la idea de aquella
inclinacin hacia un sujeto,  favor del cual, por extraordinario
hechizo, se trocaban en causas y motivos de simpata y afecto todas las
razones que para aborrecerle le daban.

Luca, por su parte, tambin estaba meditabunda y triste en extremo. Su
taciturna tristeza, dado su carcter regocijado, pareca superior  la
pena que pudiera sentir por el mal de Doa Blanca, y aun al mismo
disgusto que los devaneos mentales y los dolores fantsticos de su amiga
debieran causarle.

Don Valentn, combatido por los opuestos sentimientos de la compasin y
del terror que su mujer le inspiraba, segua viniendo con frecuencia 
informarse del estado de la paciente; pero, en vez de entrar en el
cuarto y asomar la nariz  la alcoba, se quedaba fuera y asomaba slo al
cuarto la nariz, preguntando  su hija:

--Cmo est tu mam?

Clara responda: --Lo mismo;-- y D. Valentn se iba.

Fuera de la criada de ms confianza, que ya vena  traer un recado, ya
 dar algn auxilio indispensable, nadie ms que el P. Jacinto entraba
en la habitacin donde se hallaban Clara y Luca.

Al anochecer subi de punto, lleg  su colmo la agitacin febril de
Doa Blanca. El P. Jacinto estaba acompaando  las dos amigas y
asistiendo con ellas  la enferma.

sta, que haba estado por la tarde soolienta y postrada, empez  dar
seales de vivsima exaltacin: se quej de que le dola la cabeza;
mostr en el semblante cierta movilidad convulsa; pronunci frases sin
orden ni concierto. Lo que ms repeta era:

--Vete, Valentn. Djame, no me atormentes. --Sin duda la enferma tena
la alucinacin de ver  D. Valentn, que all no estaba.

As permaneci Doa Blanca hasta cerca de las diez. Entonces se agrav
el mal: el delirio se declar; estall con mpetu.

El cerebro sinti por completo la reaccin del mal que la infeliz tena
en las entraas. Los pensamientos todos, que durante aos la
atormentaban, y que haca ms de treinta horas haban cobrado mayor
bro, se barajaron en tumulto; se rebelaron contra la voluntad, se
hicieron independientes de ella, rompieron todo freno; y, buscando y
hallando maquinal  instintivamente palabras adecuadas en que
formularse, salieron del pecho en descompuestas voces.

Doa Blanca se incorpor en la cama; mir con ojos extraviados  Luca y
 Clara y al fraile, y habl de esta manera:

--Vete, Valentn! Por qu quieres matarme con tu presencia? Mtame
con un pual... con una pistola. chame una soga al cuello y ahrcame.
No seas cobarde. Toma la debida venganza.

--Sosigate, Doa Blanca --interrumpi el fraile,  quien ella se
diriga como si fuera D. Valentn.--Sosigate; tu marido est fuera...
Idos, muchachas --aadi, dirigindose  las dos amigas.--Dejadme solo
con la enferma,  ver si logro que se sosiegue.

Clara y Luca, como si estuviesen all clavadas, no se movieron. Doa
Blanca prosigui:

--Ten valor y mtame. Tu honra lo exige. Es necesario que mates tambin
al Comendador. Est condenado. Se ir al infierno y me llevar consigo.

--Madre, madre, V. delira! --exclam Clara.

--No, no deliro --respondi Doa Blanca.-- Y t, necio --aadi
dirigindose al fraile,-- eres ciego? no la ves? --y sealaba con el
dedo  su hija.-- Cmo se le parece! Dios mo! Cmo se le parece! Es
un retrato suyo. Aprtate de mi vista, vivo testimonio de mi vergenza!

Clara, llena de horror y de ansiosa curiosidad  la vez, oa  su madre y
pugnaba por comprender todo l arcano tremendo. Al sonar las ltimas
palabras, que iban dirigidas  ella, se cubri Clara el rostro con ambas
manos.

--Bien puedes estar satisfecha --continu Doa Blanca.-- Te tena
olvidada; pero al cabo se acord de t  hizo un gran sacrificio. Ya
pag de antemano lo que has de heredar de mi marido. Te rescat de Dios
para entregarte al mundo. Qudate en el mundo. T no puedes ser monja.
La mala sangre del Comendador hierve en tus venas. Cmo dudar que eres
la hija maldita de aquel impo?

Clara, al oir estas ltimas palabras, di un grito inarticulado y cay
desmayada entre los brazos de Luca.

Luca sac  Clara fuera de la alcoba, sostenindola por debajo de los
brazos y tirando de ella.

Doa Blanca, entre tanto, no pudiendo resistir ms  la honda emocin,
extenuada, rendida, cay de nuevo en la cama, con temblor convulso y
rigidez de los tendones, lo cual fu cediendo con lentitud y dando lugar
 un desfallecimiento profundo.

El P. Jacinto acudi entonces  donde estaba Clara, que Luca haba
recostado en un sof.

Clara volvi en s del desmayo, exhal un suspiro y rompi  llorar con
desatado y copioso llanto.

--Clara, amiga querida! dijo Luca.

--Clmate, nia, clmate, --exclam el P. Jacinto.

--Dios santo y misericordioso! --dijo Clara.--Tu mano omnipotente me
hiere y me sana al propio tiempo. Pobre madre ma de mi alma! Cun
infeliz has sido! Y l... ay! l... no puede ser impo y perverso como
t supones... Ahora comprendo por qu y cmo yo le amaba!




XXIX

La enfermedad sigui su curso ascendente. Tres das despus de la escena
que hemos descrito, Doa Blanca estaba tan mal, que no haba esperanza
de salvarla.

Su hija y Luca la haban cuidado, la haban velado con el mayor cario
y esmero.

Los accesos de delirio se haban renovado con largas intermitencias de
postracin.

La cabeza de Doa Blanca se despej al cabo por completo; pero su estado
era digno de lstima: la respiracin, corta y anhelante; la voz,
alterada y ronca; imposibilidad de estar acostada; necesidad de estar
incorporada.

Los mdicos declararon al P. Jacinto que haba sobrevenido un grave
impedimento  la circulacin de la sangre en el mismo corazn, y que, si
creca el impedimento, se seguira la muerte.

El padre dej percibir  Clara aquel terrible pronstico, con la mayor
delicadeza que pudo, y confes y administr  la paciente.

En aquel momento supremo,  las puertas de la eternidad, Doa Blanca
depuso la dureza de su genio, su orgullo y su amargura, y no guard en
el alma sino la fe vivsima, que hizo renacer en ella las esperanzas
ultramundanas y abri el manantial de las ms puras consolaciones.

Doa Blanca llam  D. Valentn, le abraz y le suplic que la
perdonase. D. Valentn, muy afligido y lloroso, y no menos humilde,
contest que nada tena que perdonar; que l era el culpado, pues no
haba sabido hacer dichosa  una mujer tan santa y tan buena.

El rostro macilento de Doa Blanca se ti entonces de ligero rubor. Sus
labios exhalaron un triste suspiro.

 Clara la llam  s Doa Blanca, le di un beso en la frente, y le
dijo al odo con acento apenas perceptible:

--Di  tu padre que le perdono. T, hija ma, sigue los impulsos de tu
corazn. Eres libre. S honrada. No te cases si no le amas mucho. Mira
no te engaes. Lo s todo... Me lo ha dicho el padre Jacinto. Si le amas
y merece tu amor, csate con l.

Pocos instantes despus exhal Doa Blanca el ltimo suspiro, diciendo
con ahogada y sumisa voz:

--Jess me valga!

El dolor de Clara fu profundo. Silenciosamente llor la muerte de su
madre.

Luca llor tambin y trat de mitigar con su afecto el dolor de su
amiga.

El P. Jacinto, acostumbrado al espectculo de la muerte y familiarizado
con ella, cerr piadosamente los ojos y la boca de la difunta, que se
haban quedado abiertos; puso sus manos en cruz, y la extendi en el
lecho.

El dbil D. Valentn, cuando vi muerta  su mujer, sinti por un lado
una pena muy viva, porque todava la amaba; pero, por otro lado, segn
aseguran malas lenguas, que siempre estn de sobra, advirti cierto
alivio, cierto desahogo, cierto infame deleite en su alma, como si le
quitaran un enorme peso de encima, como si le libertaran de la
esclavitud. Tan opuestas pasiones, batallando dentro de su nerviosa y
dbil constitucin, le hicieron romper en risa sardnica. Despus se
asust de s mismo; se crey peor de lo que era, tuvo miedo del diablo;
tuvo vergenza de que Dios, que todo lo ve, viese la sucia fealdad de su
conciencia, y se compungi y amilan. Acudieron entonces  su memoria
los amores pasados, los dulces das de la ilusin, el tiempo en que su
mujer le quera; y todo ello enterneci por tal arte aquel pecho nada
varonil, que el desgraciado se deshizo en lgrimas, dando sollozos,
gemidos y hasta gritos, moviendo  gran compasin el verle y el oirle.

El P. Jacinto llev  D. Fadrique la noticia de la catstrofe.

Don Fadrique, retirado en su cuarto, aguardaba siempre con ansiedad
noticias de la enferma. Esta vez, al mirar al P. Jacinto, el Comendador
ley en su rostro lo que haba ocurrido.

--Ha muerto, --dijo el Comendador.

--Ha muerto, --respondi el fraile.

El Comendador no replic palabra. Inmvil, de pie, callado, sinti un
dolor mezclado de remordimiento. Dos gruesas y amargas lgrimas rodaron
por sus mejillas.

--Te ha perdonado --dijo el P. Jacinto.

--Ah, padre!... yo no me perdono... Me sera menos insufrible en la
memoria el recuerdo de una afrenta no vengada... de una vileza en que yo
hubiese incurrido... de una mancha en mi honor... En cualquiera otro
caso me sera ms fcil conciliarme conmigo mismo. Aunque Dios me
perdone... yo no me perdono.




XXX

 los seis meses de la muerte de Doa Blanca, en pleno invierno, se
reunan todas las noches en torno del hogar, en el piso alto de la casa
del mayorazgo D. Jos Lpez de Mendoza,  ms de su mujer y de su hija
Luca, el Comendador D. Fadrique, el viudo D. Valentn, Clara y  veces
el padre Jacinto.

El joven D. Carlos de Atienza haba estado dos  tres veces en Sevilla 
ver  sus padres; pero en seguida se haba vuelto. Tena abandonada la
Universidad; no pensaba en los estudios ni en la carrera. Habase
consagrado enteramente  idolatrar,  consolar,  adorar  Clarita, 
quien ya vea sin dificultad, de diario.

Don Fadrique y el P. Jacinto iban y venan  Villabermeja; pero estaban
ms tiempo en la ciudad.

La donacin de los bienes de D. Fadrique se haba hecho en toda regla y
con el posible sigilo.

Don Fadrique viva modestamente de su paga de oficial retirado.
Habitaba, no obstante, en Villabermeja la casa del mayorazgo, alhajada
con los preciosos muebles que trajo cuando vino.

El carcter de D. Fadrique no haba cambiado, pero se haba modificado.
Su optimismo natural sufra interrupciones frecuentes. Negra nube de
tristeza ofuscaba  menudo el resplandor de su abierta y franca
fisonoma.

Aunque el dolor por la muerte de Doa Blanca se haba ido mitigando en
todos aquellos corazones, Clara la recordaba con ternura melanclica, y
el Comendador con cario y con penoso arrepentimiento  la vez.

Slo D. Valentn, que coma como un buitre, y que haba engordado, y no
hallaba quien le riese ni quien le dominase, se crea en la obligacin
de llorar cuando menos ganas tena. Entonces la consideracin de aquello
 que se juzgaba obligado, y el ver que no le salan de adentro la
afliccin y el lloro, le compungan de nuevo y producan en l el
prurito y el flujo. D. Valentn era un mar de lgrimas dos  tres veces
por semana.

Clara, viendo ya  todas horas  D. Carlos y  D. Fadrique, haba
penetrado la diferencia de los afectos que  ambos la ligaban, y cada
da los hallaba ms compatibles. El Comendador le inspiraba cada da ms
veneracin, ternura y gratitud por su sacrificio generoso. D. Carlos le
pareca cada da ms agraciado, bello, enamorado, ingenioso y poeta.

Pasaron as algunos meses ms. Vino la primavera. Lleg el verano.
Solemnizse el primer aniversario de la muerte de Doa Blanca con llanto
y con misas y otras devociones.

El escrpulo de faltar  la promesa de ser monja se borr al fin de la
mente de Clarita. Su madre, al morir, la haba absuelto de la promesa.
El amor inspirado y sentido la excitaba  no cumplirla. El bueno del P.
Jacinto, confesor de Clarita, le aseguraba que la promesa era nula.

Clarita al cabo la anul, haciendo otra promesa dulcsima para D.
Carlos. Le prometi darle su mano, confesndole al fin que le amaba.

Una alambicada cavilacin haba detenido  Clara en dar el s  D.
Carlos. Clara juzgaba probable que D. Casimiro muriese sin sucesin y
que alguna parte de los bienes del rescate viniese  ella; pero hasta
esta duda, que si bien delgada y sutil, la mortificaba, se disip del
todo.

Nicolasa,  mejor dicho, la seora Doa Nicolasa Lobo de Sols, esposa
legtima de D. Casimiro, di  luz un robusto infante.

Cuando el Comendador, al volver un da de Villabermeja, trajo esta
noticia, fu Luca la primera persona  quien se lo comunic.

--Calle V., to --exclam la muchacha;-- de seguro que el nio de D.
Casimiro ser un escomendrijo; parecer un gazapillo desollado.

--No, sobrina --contest el Comendador;-- el recin nacido Sols es
fuerte como un becerro.

As era la verdad, segn hemos sabido despus. El primognito de los
Solises pareca, no un becerro, sino un toro.

Don Casimiro era el varn ms bienaventurado de la tierra. Estaba lleno
de satisfaccin y de orgullo de verse tan amado de su mujer, y de tener
por hijo  un Hrcules tebano, sin pensar en el Saturnio y sin mirarse
como Anfitrin, pues ignoraba la mitologa.

El to Gorico, desde el casamiento de Nicolasa, haba empezado  pugnar
porque le llamasen Don Gregorio; habase jubilado del oficio de Abraham
y del de pellejero, y no se empleaba ms que en beber aguardiente y
rosoli, y en ponderar la ventura y la grandeza de su hija, sus virtudes
y la vida beata que daba  su ilustre esposo.

Despus del bautismo de la criatura, iba el to Gorico de casa en casa,
refiriendo el jbilo de su yerno, quien ya se volva hacia la cama donde
estaba Nicolasa, ya hacia la cuna donde estaba el nio, y ya se paraba 
igual distancia de la cama y de la cuna, y exclamaba, levantando las
manos al cielo:

--Dios mo! Dios mo! Qu he hecho yo para ser tan dichoso?

En efecto, la dicha pudo ms que D. Casimiro, y pronto le hundi en la
sepultura.

Aunque sea adelantar los sucesos, se dir aqu que la viuda llev una
vida retirada, sin recibir ni tratar, durante un ao, sino al platnico
Tomasuelo, y que tuvo dos gemelos postumos, los cuales, si el
primognito mereca llamarse Hrcules, no merecan menos pasar por
Castor y Plux.

La rectitud de la conciencia de Doa Blanca y sus severos fallos,
hallando un leal y decidido ejecutor en D. Fadrique, daban as sus
resultados naturales, proporcionando pinge herencia  aquellos
mitolgicos angelitos, vstagos lozanos de la familia de Sols.

Como quiera que fuese, toda persona delicada y noblemente orgullosa no
repara en las bajezas y bellaqueras del vulgo de los mortales y en la
utilidad que proporcionan: no acepta jams, sino en sentido irnico y de
burla, la picaresca sentencia de la fbula:

        "Tmelo por su vida: considere
        Que otro lo comer, si no lo quiere."

As es que D. Fadrique se rea de las consecuencias de su
desprendimiento, y no por eso dejaba de aplaudirse de haberle tenido. Lo
que  l le importaba era que su pura y hermosa hija no disfrutase de
nada que no fuese suyo  por lo que en compensacin no hubiera l dado
lo equivalente con usura.

La boda de Clara y D. Carlos de Atienza se celebr al cabo en un bello
da del mes de Octubre de 1795, ao y medio despus de morir Doa
Blanca.

Los padres de D. Carlos vinieron de Sevilla para asistir  la boda.

Los desposados se quedaron  vivir en la ciudad donde ha sido la escena
de nuestra historia.

Durante el ao y medio, que tan rpidamente hemos recorrido, el
Comendador haba vivido, ya en Villabermeja, ya en la ciudad en casa de
su hermano; pero ms en la ciudad que en Villabermeja.

El afecto hacia Clara le atraa  la ciudad; pero, como Clara andaba muy
distrada en sus amores y era muy dichosa, no consolaba tanto las
melancolas del Comendador como su rubia sobrina.

sta era la que llamaba al Comendador cuando se tardaba en volver de
Villabermeja; la que ms le escriba dicindole que viniese, y la que le
enviaba recados con el mulero y con el aperador para que dejase la
soledad bermejina.

Como Luca estaba ya enterada de todos los secretos de su amiga Clara, y
como tampoco ocurran cosas importantes, no haba motivo ni pretexto
para acudir  cada momento al to, preguntndole, como en otro tiempo,
qu haba de nuevo. En cambio Luca, libre ya de los cuidados en que la
suerte de su amiga la haba tenido, sinti despertarse en su alma la ms
viva curiosidad cientfica. La astronoma y la botnica, que antes la
enojaban cuando haba secretos de Clara que ansiaba penetrar, la
entusiasmaban ahora extraordinariamente, y nunca se cansaba de oir las
lecciones que su to le daba, excitado por ella. No haba leccin que no
le pareciese corta. No haba misterio de las flores que no quisiese
descubrir. No haba estrella que no quisiese conocer.

La discpula pona en grandes apuros al maestro, porque si se trataba
del movimiento de los astros, de su magnitud, de la distancia  que se
hallaban de la tierra y de otras afirmaciones por el estilo, ella quera
saber la razn y el fundamento de las afirmaciones, y D. Fadrique
hallaba disparatado y hasta absurdo ensear las matemticas  una
sobrina tan guapa, tan alegre y graciosa; y, por el contrario, si se
trataba de flores, Luca quera que le explicase su to lo que era la
vida y lo que era el organismo, y aqu el Comendador hallaba que no
haba ciencia que respondiese  las matemticas y que explicase algo.
Sin querer se encumbraba entonces  una filosofa primera y fundamental,
y Luca le escuchaba embebecida, y, como vulgarmente se dice, meta
tambin su cucharada, porque de filosofa habla, en queriendo, y no
habla mal, toda persona de imaginacin y viveza.

En suma, Luca se iba haciendo una sabia. Mientras ms aprenda, ms iba
creciendo su aficin y su empeo de saber. Las lecciones y conferencias
duraban horas y horas.

El Comendador se acostumbr de tal suerte  aquel dulce magisterio, que
el da en que no daba leccin le pareca que no haba vivido.

Sus das de Villabermeja fueron disminuyendo, y alargndose cada vez ms
los que pasaba con la discpula.

Siempre que volva de Villabermeja, el Comendador traa  su discpula
libros de su biblioteca, flores y plantas de su huerto, y pjaros que
cazaba vivos. Luca gustaba mucho de los pjaros, y, merced al
Comendador, no haba ya casta de aves en toda la provincia, ora de paso,
ora permanentes, de que Luca no tuviese un par de muestra en su
pajarera.

Notado todo esto por Clara y D. Carlos, daba ocasin  bromas inocentes,
pero que turbaban algo al Comendador y que ponan  Luca colorada como
la grana.

Los novios hablaban  Luca con cierto retintn de su excesivo amor  la
ciencia.

En fin, aunque el Comendador y Luca no se hubieran dado, ni hubieran
querido darse cuenta de lo que les pasaba, Clara y D. Carlos les
hubieran hecho reflexionar, pensar en ellos mismos y despejar la
incgnita.

El Comendador y Luca,  pesar de la diferencia de edad, estaban
perdidamente enamorados el uno del otro.

Luca admiraba en su to la discrecin, la nobleza de carcter, el saber
y la elegancia natural del porte y de los modales. Le encontraba
hermoso, de varonil hermosura, y no le pareca posible que hubiese otro
tal hombre como l en todo el mundo.

 D. Fadrique le pareca Luca tan bonita, tan buena y tan inteligente
como Clara, que era todo cuanto l poda encarecer la alabanza, all en
su pensamiento. La alegra de Luca concordaba adems muchsimo mejor
con el carcter del Comendador que la seriedad un poco triste que Clara
haba heredado de su madre.

El Comendador, que al fin no era una criatura inexperta, conoci pronto
que amaba  Luca y que de ella era amado; pero, pensando en su edad y
en el idilio de D. Carlos, no se atreva  declarar su amor, si bien le
manifestaba con su constante solicitud en servir  Luca.

Ella no atinaba, entre tanto,  comprender la timidez del Comendador, 
quien juzgaba enamorado.

De aqu que se dijesen toda clase de requiebros y finezas, que
literalmente podran tomarse por efecto de amistad tiernsima, pero que
ocultaban el fervoroso espritu de verdadero amor.

Don Fadrique,  ms de sus aos, crea tener otro inconveniente, que en
su delicadeza no le permita aspirar  ser amado de Luca. Este otro
inconveniente era su pobreza; pero Luca, precisamente por esa pobreza y
por el motivo que la haba causado, amaba y admiraba ms al Comendador.
El descuidado desdn, la alegre calma y el nada trabajoso ni lamentado
abandono con que D. Fadrique se haba desprendido de ms de cuatro
millones, valan ms de mil en la potica y generosa mente de Luca.

sta lleg  veces  preguntar  su to (sabido es que tena el defecto
de ser muy preguntona) que por qu no se casaba.

Cuando el to le contestaba que porque era viejo, Luca le aseguraba que
era mozo  que estaba mejor que los mejores mozos. Cuando el to
contestaba que porque era pobre, Luca afirmaba que la paga de oficial
retirado era ms que suficiente; que adems la chacha Ramoncica estaba
poderossima con lo que haba ahorrado,  iba  dejarle por heredero, y
que, por ltimo, poda casarse con una rica.

Todo esto lo deca Luca con mil rodeos y disimulos; pero el Comendador,
si bien lo comprenda, juzgaba an que ella poda engaarse y tomar por
amor otros sentimientos de respeto y afeccin casi filial; por donde no
hallaba justo ni honrado prevalerse tal vez de una alucinacin de
aquella linda muchacha para lograr lo que consideraba una felicidad para
l.

En esta situacin se hallaban Luca y el Comendador la noche en que se
celebr la boda de Clara y de D. Carlos en casa de D. Valentn.

El Comendador estuvo alegre, aunque hondamente conmovido, en aquella
solemne ocasin, en que una persona tan querida de su alma se una con
lazo indisoluble al hombre que deba hacerla dichosa.

Don Jos y Doa Antonia se volvieron temprano  su casa.

Luca permaneci al lado de Clara hasta ms tarde. Tambin se qued con
ella el Comendador.

Juntos y solos volvieron ambos  la casa. La noche estaba hermossima,
la calle silenciosa y solitaria, el ambiente tibio y perfumado, el,
cielo lleno de estrellas y sin luna.

Luca iba callada, contenta, pensado en la ventura de su amiga.

No estaba D. Fadrique menos soador  imaginativo.

El trnsito de una casa  otra era cortsimo; pero, sin reflexionar, le
alargaron ellos, parndose en medio de la calle y contemplando la bveda
inmensa del firmamento, como si quisiesen interrogar  las eternas
luces, que all fulguraban, sobre la suerte de los recin casados y
quiz sobre la propia suerte.

Luca, dando un suspiro, dijo al fin:

--No lo dude V... sern muy felices!

--Algrate slo y no ests envidiosa --respondi el Comendador;-- t
hallars tambin un hombre que te merezca, que te ame y  quien ames t
con toda la energa de tu corazn.

--No, to, no me amar --replic Luca.-- Yo soy muy desgraciada.

Y Luca suspir de nuevo. El Comendador,  la dulce y escasa luz de los
astros, vi entonces que corran dos hermosas lgrimas por las mejillas
de Luca. La luz de los astros se quebraba en aquellos lquidos
diamantes y daba reflejos de iris.

El Comendador no fu dueo de s mismo. Acerc su rostro al de Luca y
puso los labios en una de aquellas lgrimas. Luego exclam:

--Te amo!

Luca no contest palabra. Ech  andar hacia su casa; llam, abrieron,
y entr seguida del Comendador.

Al llegar  la escalera, se volvi y le dijo:

--Buenas noches, to. Adis, hasta maana. Mam me estar aguardando.

El Comendador puso la cara ms afligida del mundo, viendo que tan
secamente responda la muchacha,  mejor dicho, no responda  su
repentina y vehemente declaracin.

Ella se apiad entonces, sin duda, y aadi sonriendo:

--Hable V. maana con mam...

--Y qu?... --interrumpi D. Fadrique.

--Y pida V. la licencia  Roma.

Dicho esto, muy avergonzada, pero muy satisfecha, Luca subi  brincos
la escalera, y dej al Comendador no menos contento que ella iba.

Cuando supo Clara que Luca y el Comendador haban decidido casarse, se
alegr en extremo.

Don Carlos de Atienza comparti la alegra de su mujer, y recordando que
deba una especie de satisfaccin al Comendador, el cual se haba credo
aludido cuando le oy leer el idilio contra el viejo rabadn, compuso
otro idilio en defensa de un rabadn no tan viejo y en alabanza del amor
de los rabadanes.

Este segundo idilio, que viene  ser como la palinodia del primero, se
conserva an en los archivos de Villabermeja, de donde mi amigo D. Juan
Fresco me ha remitido copia exacta y fidedigna, que traslado aqu para
terminar. El idilio es como sigue:

        IDILIO

        En la vid, con sus pmpanos lozana,
        Relucen cual topacio los racimos.
        Quita lluvia temprana
        Al alma tierra la aridez estiva,
        Y los frutos opimos
        Medran con nuevos jugos en la oliva
        Y en el almendro que entre riscos brota.
        Recobra el claro ro
        El caudal que perdiera en el esto;
        Y el spera bellota
        Se madura y endulza entre el pomposo
        Follaje, donde el viento,
        Para las gentes de la edad primera,
        Con fatdico acento
        La voluntad de Jpiter dijera.
        No como en primavera
        El campo est de flores matizado;
        Que el labrador cansado
        En las flores cifraba su esperanza,
        Y ora en cosecha sazonada alcanza
        El premio de su afn y su cuidado.
        Embalsama el membrillo con su aroma
        Los cfiros ligeros;
        Y en el limn y en la madura poma,
        Y en los sabrosos peros
        El oro luce y el carmn asoma.
        Que brillaron en rosas y aleles;
        Mientras, por celos de su flor, empieza
         romper la granada su corteza,
        Descubriendo un tesoro de rubes.
        Con la otoal frescura
        Nace la nueva hierba, y su verdura
        La palidez de los rastrojos cubre.
        Serena est la esfera cristalina,
        Y hacia el rojo Occidente el sol declina
        En una hermosa tarde del Octubre.
        Filis, la pastorcilla soadora,
        Bella como la luz de la alborada,
        Abandonando ahora
        Su tranquila morada,
        Va de las ninfas  la sacra gruta;
        Y en vez de flores, por presente lleva
        Un canastillo de olorosa fruta.
        Con que  vencer la resistencia prueba
        Que hacen  sus amores
        Las Ninfas que en el suelo
         Cupidos traviesos y menores
        Dan vida y ser contra el amor del Cielo.
        No bien el antro con su planta huella,
        Donde reinan las sombras y el reposo,
        Con terror religioso
        Se estremece la tmida doncella.
        Su presente coloca
        De las silvestres Ninfas en el era.
        Y altas razones de prudencia rara,
        Que pone el Numen en su fresca boca,
        Con esmerada concisin declara:
        "Ninfas, no os ofendis de mi desvo;
        No dis vuestro favor  los zagales
        Que cautivar pretenden mi albedro.
        Son como los rosales,
        Que lucen mucho en la estacin florida
        Y dan amarga fruta desabrida.
        De su orgullosa mocedad el bro
        Apetece y no ama;
        Y con enojo en sus palabras leo
        Que potica llama
        Ni ennoblece ni ilustra su deseo;
        Y que el conato que imprimi natura
        En todo ser viviente,
        No se acrisola all ni se depura
        Del Cielo con la luz resplandeciente.
        Ya s que los Cupidos,
        Vuestros hijos queridos,
        Dan  la tierra su vil tud creadora;
        Mas el amor, que en el Empreo mora.
        Esa misma virtud en ellos vierte,
        Y difunde do quier su vida arcana,
        Vencedora del mal y de la muerte.
        Pues bien; la que se afana
        Los misterios ocultos y supremos
        Por saber de este Amor, lograrlo puede
        Con un zagal sencillo y sin doctrina?
        Las que tesoro tal gozar queremos,
        No es mejor que busquemos
        Al varn sabio  quien el Dios concede
        El vivo lampo de su luz divina?
        Por esto, Ninfas,  mi Irenio adoro:
        Como en arca sagrada,
        Guarda dentro del alma inmaculada
        Del Amor el tesoro;
        Y arde su llama bajo el limpio hielo
        Con que el tenaz trabajo de la mente
        Corona ya su frente,
        Como corona el cano Mongibelo.
        As Irenio recobra por la ciencia
        Lo que roba del tiempo la inclemencia.
        Cunto zagal con incansable mano
        Toca el rabel en vano
        Por carecer de gracia y maestra;
        Mientras que Irenio, con su blando tino
        Y su plectro divino,
        Produce encantadora meloda,
        Y hace sentir al alma lo que quiere,
        No bien la cuerda hiere!
        Si el zagal inexperto
        Persigue al perdign en la carrera,
         le pierde  le coge medio muerto;
        Mas la diestra certera
        Pone Irenio prudente
        En el oculto nido,
        Do el pjaro reposa con descuido,
        Y su pluma naciente
        Sin destrozar, sus alas no fatiga,
        Y le aprisiona al fin para su amiga.
        Ni resplandece menos el ingenio
        Del doctsimo Irenio
        En componer cantares
        Y en referir historias singulares.
        Cuando me alcanza de la rama verde
        La tierna nuez, la alloza delicada,
        Elige lo mejor, sin tronchar nada.
        Cuando algn corderillo se me pierde,
        El le busca y  casa me le lleva;
        Y de continuo me regala y prueba
        Su cario sincero,
         haciendo con esmero
        De los huesos de guinda
        Ya un barquichuelo, ya una cesta linda.
         enseando  sacar  mi jilguero
        El alpiste menudo
        De entre mis labios con su pico agudo.
        Tan slo me perturba y me desvela
        Que Irenio  veces con el alma vuela
        Por donde de su amor terreno dudo.
        Pero si Irenio de verdad me amara,
        Mayor triunfo sera
        El lograr la victoria,
        No de pastoras de agraciada cara,
        Sino de la poesa,
        De la ciencia, del arte y de la gloria."
        Irenio  Filis, escondido, oa;
        Y apareciendo y dndole un abrazo,
        Dijo con modestsima dulzura:
        "Este amoroso lazo,
        Que labra mi ventura,
        En vano, Filis, explicar pretendes
        Con tus alambicadas discreciones.
        Ay, candorosa Filis! No comprendes
        Que,  pesar del saber que en mi supones,
        Amor no te infundiera
        Tu rabadn si muy anciano fuera?
        Cuando mi amor al del zagal prefieres
        Por viejo no, por rabadn me quieres."




Madrid, 1876.

ACABSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN LA IMPRENTA ALEMANA EN MADRID  XXXI
DAS DE AGOSTO DE MCMVI AOS













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both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


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editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
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