The Project Gutenberg EBook of Escenas Montaesas, by D. Jos M. de Pereda

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Title: Escenas Montaesas

Author: D. Jos M. de Pereda

Release Date: June 15, 2004 [EBook #12627]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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        OBRAS COMPLETAS

        DE

        D. JOS M. DE PEREDA

        DE LA REAL ACADEMIA ESPAOLA



        TOMO V

        ESCENAS MONTAESAS

        MADRID

        1919




ADVERTENCIA

_Ha llegado el momento de realizar el propsito anunciado en la que se
estampa en el tomo I de esta coleccin de mis_ OBRAS; _y le realizo
incluyendo en el presente volumen los cuadros_ Un marino, Los bailes
campestres _y_ El fin de una raza, _desglosados, con este objeto, del
libro rotulado_ ESBOZOS Y RASGUOS, _en el cual aparecern, en cambio y
en su da_, Las visitas y Cmo se miente!, _que hasta ahora han formado
parte de las_ ESCENAS MONTAESAS. _Por lo que toca _ La primera
declaracin _y_ Los pastorcillos, _si algn lector tiene el mal gusto de
echar de menos estos captulos en cualquiera de los dos libros, entienda
que he resuelto darles eterna sepultura en el fondo de mis cartapacios,
y ojal pudiera tambin borrarlos de la memoria de cuantos los han
conocido en las anteriores ediciones de las_ ESCENAS!

_Con este trastrueque, merced al cual ganan algo indudablemente ambas
obras en unidad de pensamiento y en entonacin de colorido, se hace
indispensable la supresin del prlogo de mi insigne padrino literario,
Trueba, el cual prlogo es un anlisis de las_ ESCENAS, _cuadro por
cuadro, y en el orden mismo en que se publicaron en la primera edicin;
y suprimido este prlogo, claro es que debe suprimirse tambin el mo,
que le precede en la edicin de Santander y no contiene otro inters
para los lectores que el engarce de unos prrafos de Menndez y Pelayo,
en los cuales se ventila  la ligera una cuestin de arte que el mismo
ilustre escritor trata con la extensin debida en el estudio que va al
frente del tomo I de estas_ OBRAS.

_Y con esto, y con aadir que todos los cuadros de este libro que no
lleven su fecha al pie,  alguna advertencia que indique lo contrario,
son de la edicin de 1864, queda advertido cuanto tena que advertir al
pblico en este lugar su muy atento y obligado amigo_,

J.M. DE PEREDA.

Septiembre de 1885.




SANTANDER

(ANTAO Y OGAO)

I


Las plantas del Norte se marchitan con el sol de los trpicos.

La esclavizada raza de Mahoma se asfixia bajo el peso de la libertad
europea.

El sencillo aldeano de nuestros campos, tan risueo y expansivo entre
los suyos, enmudece y se apena en medio del bullicio de la ciudad.

Todo lo cual no nos priva de ensalzar las ventajas que tienen los
_Crmenes_ de Granada sobre las estepas de Rusia, ni de empearnos en
que usen tirillas y fraque las kabilas de Anghera, y en que dejen sus
tardas yuntas por las veloces locomotoras nuestros patriarcales
campesinos....

Pero s me autoriza un tanto para reirme de esas largas disertaciones
encaminadas  demostrar que los nietos de Can no supieron lo que era
felicidad hasta que vinieron los fsforos al mundo, , mejor dicho, los
fosforeros,  como si dijramos, los hombres de ogao.

Y me ro muy descuidado de la desdeosa compasin con que hoy se mira 
los tiempos de nuestros padres, porque stos, en los suyos, tambin se
rean de los de nuestros abuelos, que, asimismo, se rieron de los de sus
antepasados; del mismo modo que nuestros hijos se reirn maana de
nosotros; porque, como es pblico y notorio, las generaciones, desde
Adn, se vienen riendo las unas de las otras.

Quin hasta hoy se haya redo con ms razn, es lo que an no se ha
podido averiguar y es probable que no se averige hasta que ra el
ltimo; pero que cada generacin cree tener ms derechos que ninguna
otra para reirse de todas las dems, es evidente.

He dicho que el hombre se re de cuanto le ha antecedido en el mundo; y
he dicho mal: tambin se re de lo que le sigue mientras le quedan
mandbulas que batir.

Resultado: que el hombre no halla bueno y tolerable sino aquello en que
l toma parte,  en que la toman los de su lechigada. Mientras es actor
en los sucesos del siglo en que nace, todo va bien; pero desde el
momento en que, gastado el eje de su vida, se constituye en mero
espectador, nada es de su agrado.--Abrid la historia de las pasadas
sociedades; leed al filsofo crtico ms reverendo, y le veris mientras
se jacta de haber dado ensanche al patrimonio ruin de la inteligencia
que hered de sus mayores, lamentarse de los locos extravos de la de
sus hijos.

Y cuando  los nuestros entreguemos maana el imperio del mundo,
palparemos ms evidente esta verdad. Una vez apoderados ellos del cetro,
veris lo que tarda nuestra generacin, entonces caduca  impotente, en
llamarlos dementes y desatentados; casi tan poco como en que ellos nos
miren con lstima, y, alumbrados por el sol de la electricidad, se ran
 nuestras encanecidas barbas de los resoplidos del vapor de nuestras
locomotoras.

Y esto qu significa?

Que la humanidad siempre es la misma bajo los distintos disfraces con
que se va presentando en cada siglo.

Y si el lector al llegar aqu, y en uso de su derecho, me pregunta  qu
conducen las anteriores perogrullescas reflexiones, le dir que ellas
son lo nico que saqu en limpio de mi ltima sesin con mi buen amigo
don Pelegrn.

Don Pelegrn Tarn es un seor fechado an ms all de la ltima decena
del siglo XVIII, uno de esos hombres cuyo conocimiento se hace en el
caf con motivo de una jugada  las damas,  la duda de una fecha,  el
relato de un episodio de la guerra de la Independencia; un seor chapado
y claveteado  la antigua, y en cuyo ropaje y fachada se puede estudiar
la historia civil y poltica de su tiempo, del mismo modo que sobre un
muralln cubierto de grietas y de musgo se estudia el carcter de la
poca en que se construy ... y no s cuntas cosas ms, segn es fama.

La verdad es, sin que importe el cmo, que don Pelegrn se hizo amigo
mo, y que raro es el da en que no me echa un prrafo de historia
antigua, apenas entro en el caf, su morada habitual desde las tres de
la tarde hasta las ocho de la noche, y me siento en mi rincn
preferido... Y ahora recuerdo que la coincidencia de buscar los dos el
ngulo ms apartado,  la vez que el sof ms mullido del caf, di
origen  nuestro conocimiento.

Comenz el buen seor por aburrirme muchas veces, hablndome de la
guerra _del francs_, como l dice, y del Duque de Wellington. Hablbame
tambin  cada paso de la poltica del Rey y de los puntales del Tesoro,
del pinge resultado de los _gremios_ ... y qu s yo de cuntas cosas
ms; y haciendo sus aplicaciones  las modernas doctrinas y al presente
sistema administrativo, sacaba las consecuencias que le daba la gana,
porque yo  todo atenda menos  contradecirle. Pero comenz un da 
hablarme del Santander de sus tiempos y de las costumbres de su
juventud, y sin darme cuenta de lo que me suceda, hallme con que me
iba interesando el viejo don Pelegrn. Y cmo no interesarme si es la
mejor crnica del pueblo, la nica tal vez que nos queda? Desde entonces
estrech ms mi trato con l, y di en agobiarle  preguntas. Pero el
bendito seor, sea efecto de sus aos  de su carcter vehemente, tiene
la costumbre de comentar todo lo que dice y de meterse  filosofar y 
hacer digresiones sobre la cosa ms trivial; de suerte que nunca pude
obtener un cuadro exacto y bien detallado del Santander de antao, tal
como yo le quera para drsele  mis lectores, seguro de que me le
agradeceran como una curiosidad. Lo ms acabado que sali de su
descriptivo-crtico ingenio, es lo que ustedes van  leer (si tanta
honra quieren dispensarme).

Malo  bueno, ello es de la propiedad de don Pelegrn, y en l declino
mi responsabilidad....




II


Despus de un vago prembulo, exclam as el buen seor:

--Mire usted, amigo mo: yo no estoy literalmente reido con esa
batahola infernal, con ese movimiento que forma hoy la base de la
sociedad en que ustedes viven, no seor: comprendo perfectamente todo lo
que vale y el caudal inmenso de ilustracin que representa; pero esto no
puede satisfacer las humildes ambiciones de un hombre de mis aos.
Desengese usted, yo no puedo menos de recordar con entusiasmo aquellas
costumbres rancias, tan ridiculizadas por los modernos reformistas:
ellas me nutrieron, entre ellas crec y  ellas debo lo poco que valgo y
el fundamento de esta familia que hoy me rodea, y, aunque montada  la
moderna, respeta mis _manas_, como ustedes dicen, y me permite vivir
cincuenta aos ms atrs que ella. No tengo inconveniente en decirlo:
mis vigilias, mis anhelos, todos mis afanes materiales han sido y aun
son para mis hijos; pero lo dems.... Ah!; lo dems, incluso el traje,
como usted est viendo, todo lo rindo en honor de aquellos felices
tiempos de mi juventud.

Dicho lo cual sin resollar y con visible emocin, don Pelegrn, como de
costumbre, disert sobre la sencillez de las costumbres de sus tiempos,
afanndose por convencerme de que eran mucho ms recomendables que las
nuestras, con la cual intencin, asegurndome que la historia de los
hombres de entonces, socialmente considerados, era, _plus minusve_, una
misma en cada categora, trazme de la suya lo que _ad pedem literae_
voy  copiar:

-- los diez y siete aos--dijo--haba terminado yo la escuela; saba
las cuentas hasta la de _cuartos-reales_, y tena una forma de letra
que, como deca mi maestro, se escapaba del papel.  los diez y ocho
entr con los Padres Escolapios  estudiar latn;  los veintitrs era
todo un filsofo apto para emprender cualquier carrera literaria.

Mi seor padre (que Dios haya), fundndose en que ya haba en la familia
un fraile, un guardia y un empleado en las Covachuelas de Madrid, se
empe en que yo fuese jurisconsulto, por lo cual haba escrito 
Salamanca, un ao antes de terminar yo la filosofa, en demanda de
hospedaje y de recua que me condujese, en retorno de una de sus
expediciones semestrales de garbanzos, juntamente con los otros dos
estudiantes que, segn se murmuraba por el pueblo, deban marchar
tambin con igual destino que yo.... Me parece que fu ayer cuando, por
primera vez en mi vida, sal  correr el mundo!...

En el mesn del _Monje_, que estaba al principio de la calle de San
Francisco, mont sobre un macho cargado de azcar y campeche; despus de
haber recibido la bendicin de mi seor padre que me contemplaba con
sereno rostro, aunque con el alma acongojada por la idea de separarse de
m. Tambin estaban all los padres de mis dos compaeros de expedicin,
los amigos de todos ellos y los curiosos que nos haban visto confesar
el da antes; medio pueblo, amigo mo, nos rodeaba en el mesn; medio
pueblo que nos sigui hasta el Cristo de Becedo, que estaba en el lugar
que despus ocup el Peso pblico, y ltimamente esa gran casa que
llaman tambin del Peso. All rezamos un _Credo_, postrados todos de
hinojos; ech algunos cuartos en el cepillo del santuario, volv 
montar sobre el macho, y con un buen viaje de todos y una mirada de mi
seor padre que hizo brotar las lgrimas de mis ojos, partimos mis dos
amigos y yo para Salamanca, adonde llegamos sanos y salvos, despus de
mil divertidos episodios, que tal vez le cuente en otra ocasin,  los
diez y nueve das, ocho horas y catorce minutos.

--Es posible--dije interrumpiendo  don Pelegrn--que slo tres
estudiantes salieran de Santander en un ao?

--Y era mucho salir--me contest en tono enftico.--Repare usted que
estaba carilla la carrera de letrado. Solamente el arriero costaba al
pie de quince duros aunque era de su obligacin mantenernos  su costa
durante el viaje; y la estancia anual en Salamanca no nos bajaba  cada
uno, con ropa limpia y derechos de Universidad, de mil quinientos  dos
mil reales.

--Cspita!--exclam yo muy serio, acordndome de lo que haba gastado
en los tres das del ltimo carnaval de mi vida de estudiante.--Ah era
un grano de ans!... Pero no saba yo, don Pelegrn, que fuese usted
abogado.

--Y no lo soy, ca!...; porque ver usted lo que pas. En las primeras
vacaciones que me dieron, y en recompensa de la buena censura que obtuve
del sinodal en el examen, me permiti mi seor padre que hiciese un
viaje de recreo adonde ms me acomodase y por todo el tiempo que me
pareciese prudente. Entonces estaba muy de moda entre los jvenes
pudientes de aqu, irse  San Juan de Luz y  Bilbao, con motivo de unos
clebres partidos de pelota que haba  cada paso entre vascongados y
bayoneses. Yo eleg el ltimo punto por la comodidad con que entonces se
haca el viaje; pues haba un _paquete_ quincenal entre aquel puerto y
ste; un quechemarn que se pona junto  la botica del doctor
Cuesta.... Se admira usted? Es que entonces ni exista la plaza de la
Verdura, ni en su existencia se pensaba, porque llegaba la marea muy
cerca del Arco de la Reina. Pues, seor, tom pasaje en el quechemarn,
cuyo capitn era conocido de mi padre; y en la confianza de que
tardaramos da y medio en llegar, como era costumbre del barco, segn
decan, y por eso se llamaba el _Rpido_, hicmonos  la mar. Pero di
en soplar un vientecillo del Nordeste apenas montamos el cabo Quejo, que
nos ech sobre Llanes cuando pensbamos alcanzar  Portugalete. All se
arm un zipizape del Noroeste con tal cerrazn y tales celliscas, que al
cuarto da amanecimos mar adentro y sin ver una pizca de tierra. El
capitn, segn entonces nos confes, nunca haba navegado ms que por la
costa de Vizcaya, ni conoca la altura en que nos hallbamos, ni, lo que
era peor, el modo de averiguarlo: as fu que, encomendndonos  Dios,
pusimos la popa al viento, trincamos el timn, y  los siete das de
tormenta nos colamos de noche en un boquete que al capitn se le antoj
Santoa; mas al preguntar, cuando amaneci, al patrn de un patache que
tenamos al costado, en dnde nos hallbamos, supimos que en Castropol.
Para abreviar, amigo mo:  los diez y siete das de nuestra salida de
Santander volvimos  fondear en las Atarazanas, despus de habernos
equivocado en todos los puertos de la costa, y sin poder tropezar con el
que bamos buscando.  mi familia, que en todo ese tiempo no tuvo
noticias mas, figrese usted que entraas se le habran puesto: por lo
que hace  mi padre, jur que en su vida me volvera  separar de su
lado, y as sucedi.--Ahora comprender usted por qu abandon la
carrera.

Veinticinco aos haba cumplido cuando entr en una de las pocas casas
de comercio que haba en Santander, con nimo de instruirme en el ramo
para poder bandearme despus por mi cuenta. Qu vida aqulla, cuan
diferente de la de ustedes ... y qu placentera, sin embargo! Y eso que
no tenamos bailes de campo en el verano, ni fondas en el Sardinero, ni
trenes de recreo, como ahora. No hablemos de los das de labor, porque
en stos se daba por muy contento el que de nosotros sacaba permiso para
ayudar una misa en Consolacin  para cantar un responso con los Padres
de San Francisco; pero llegaba el domingo, vlgame Dios!, y ya no nos
caba en el pueblo tan pronto como se acababa el Rosario de la Orden
Tercera, durante el que (Dios me lo perdone) nunca faltaba un ratoncito
que soltar entre los devotos,  alguna divisa que poner en la coleta de
algn currutaco. Ve usted esas casas primeras de la Cuesta del
Hospital? Pues en su lugar haba un prado que coga parte de la plaza de
San Francisco. All jugbamos al _jito_, y  la _catona_, hasta sudar
la gota de medio adarme; tambin jugbamos  las _guerrillas_ y al
_rodrign_, juegos muy en uso entonces que los haba trado un salmista
de Cervatos, emigrado por cierto pique que tuvo con un prebendado de
aquella Colegial. Otras veces nos bamos  echar cometas al Molino de
Viento,   chichonar grilleras  los prados de Vias, segn las
estaciones del ao,   saltar las huertas de San Jos, que  todo
hacamos, como jvenes que ramos.... Yo, sobre todo, con este genio tan
francote y acomodado que Dios me di, gozaba con todo mi corazn. Tena
dos amigos en la calle de San Francisco que parecan nacidos para m. El
uno tocaba el pfano y el otro el rabel, entrambos de aficin; pero qu
tocar!... Yo tambin era aficionadillo  la msica, y punteaba en la
guitarra un baile estirio y dos minuetes. Pues, seor, nos ponamos los
tres al anochecer de los domingos del verano, despus de nuestra partida
de _jito_,  la puerta del balcn, y dale que le das  los instrumentos,
llegbamos  reunir en la calle una romera. Personas de todas edades y
condiciones, cuanta gente volva de pasear  de la novena, se plantaba
al pie del balcn hasta que nosotros nos retirbamos.... Y vea usted,
qu demonio: en cuanto lleg  hacerse de moda en aquella calle la
reunin del pueblo, nos prohibi tocar el seor Corregidor. Yo no s
qu se corra entonces por la ciudad sobre francmasonera. La guerra del
francs haba dejado  las gentes muy recelosas y asombradizas, y la
nota de _afrancesado_ todava quitaba el sueo  ms de cuatro
espaoles. Lo cierto es que por entonces comenzaron  gastar los
elegantes el _pequ_ sobre el _sortut_, y las madamitas la _escofieta_
con sus _airones_ de  media vara; tambin se introdujeron en la mesa la
sopa  la _ubada_, el principio de _pulpitn_ y el postre de _compota_,
que de all data el que ustedes usan...; en fin, que las seas eran
fatales; que se tema una logia  cada vuelta de esquina, y que cremos
muy natural la prohibicin del seor Corregidor, que temblaba, como l
nos dijo, toda reunin que pasara de tres individuos.




III


--Pues, seor, volviendo al asunto, y en la imposibilidad de referir
punto por punto toda la historia de mi juventud, porque no acabaramos
hoy, le dir  usted que  los cinco aos de mi prctica de comerciante,
habiendo conocido perfectamente el manejo de los negocios y  una joven
vecina de mi principal, mont de cuenta propia un establecimiento de
gneros de refino, y me cas el da mismo en que cumpla treinta y un
aos; cosa que me cost mis trabajillos, porque los once meses de
Salamanca me haban procurado una reputacin de calavera de todos los
demonios.--Casado ya, mi vida tom un giro enteramente diverso del de
hasta entonces. Desde luego fu nombrado sndico del gremio de
zapateros, procurador municipal de dos pueblos agregados  este
ayuntamiento, vocal perpetuo de una junta de parroquia, tesorero de la
Milicia Cristiana y asesor jurado de una comisin calificadora para los
delitos de sospecha de traicin  la causa del Rey. Con todos estos
cargos me puse en roce con las personas ms importantes de la ciudad y
me dieron entrada en _palacio_, que era todo mi anhelo ya mucho tiempo
haca, porque Su Ilustrsima era hombre de gran eco entre las gentonas
de Madrid, y lo que por su conducto se averiguaba en Santander, no haba
que preguntar si era el Evangelio. Tena Su Ilustrsima tertulia diaria
de ocho  nueve de la noche, y la formbamos un mdico muy famoso por
sus chistes, que hablaba latn _como agua_; el P. Prior de San
Francisco, hombre sentencioso y de gran consejo; un abogado del Rey,
caballero de Carlos III; mi humildsima persona, y un Intendente de
rentas, hombre de bien, si los haba, temeroso de Dios como ninguno,
servicial y placentero que no haba ms que pedir.... Por cierto que
muri aos despus en Cdiz, de una disentera cuando el sitio del
francs. stas eran las personas constantes alrededor de Su Ilustrsima;
adems haba otras muchas que alternaban cuando les pareca oportuno.
--Para que usted se forme una idea del carcter del bendito seor
Intendente, voy  referirle un suceso digno, por otra parte, de que se
imprimiese en letras de oro.

Presentse una noche en la tertulia algo ms tarde de lo acostumbrado y
con aire de hondo disgusto en su fisonoma. Tratamos de averiguar la
causa, y despus de mil ruegos, hasta del seor Obispo que le quera
mucho, pudimos arrancarle estas palabras:--Seores, tenemos comediantes
en la ciudad; palabras que hicieron en la tertulia una impresin
desagradabilsima, porque faltaban diez y siete das para la cuaresma, y
el pueblo, con la guerra y con las ideas locas que se iban apoderando de
la gente, ms que comedias necesitaba sermones. Pues, seor, tratse
seriamente sobre el particular, y se autoriz al fin al Intendente para
que l lo arreglara  su antojo. Y, efectivamente, al otro da se
present al director de la compaa, que ya haba arrendado una bodega
en la calle de las Naranjas, dicindole que era preciso que  todo
trance saliese de Santander.--El pobre hombre se qued hecho una
estatua al oir la proposicin.--Seor, le dijo, mire V.S. que vengo
desde ms all de Becerrilejo; que traigo ocho de familia y cuatro
caballeras para ellos y para los equipajes; que he pagado adelantado el
alquiler de la bodega, y he gastado mucho en colocar la tramoya que V.S.
est viendo. Si me marcho sin dar media docena de funciones, me pierdo
para toda la vida.--Cunto pueden valerle  usted las seis funciones?,
le pregunt el Intendente.--Yo cuento, seor, con que no baje de
quinientos reales despus de pagar la bodega, las luces y los dos
tamborileros que han de tocar durante los intermedios.--Pues ah van
mil, contest el bendito seor, dndole un cartucho de monedas que ya
llevaba preparado al efecto; pero es preciso que ahora mismo desaloje
usted el local, y sin perder un solo minuto salga con su gente de
Santander. El comediante vi el cielo abierto, hizo lo que deseaba el
Intendente, y, sin salir ste de la bodega, se desarm la tramoya, se
cargaron las caballeras, montaron los comediantes ... y nadie volvi 
acordarse de ellos. Pero usted cree que cuando el Intendente, lleno de
jbilo, entr por la noche en la tertulia, hallbamos medio de hacerle
tomar la parte que nos corresponda de los mil reales? Que si quieres!
Fu preciso que Su Ilustrsima se lo suplicara con mucho empeo.--He
hecho una obra buena, deca; qu mejor aplicacin he podido dar  esa
parte del caudal que el Seor me ha confiado?... Le digo  usted que
era todo un bendito de Dios el seor Intendente.

Reme de veras con el sucedido de los comediantes.

--Es posible--dije  don Pelegrn--que tal idea se tuviese entre
ustedes del teatro?; que as le tomasen como foco de desmoralizacin?

--Y qu le dir yo  usted?--me contest:--entre nosotros no faltaba
quien dijera, como ustedes hoy, que era, ms que escuela de vicios,
ctedra de moralidad; pero, sin embargo, yo opinaba mejor (y cuidado que
no soy fantico) con el padre Prior que deca, cuando de ello le
hablaban: Podrn los devotos del teatro asistir  l como  una ctedra
de virtudes; pero lo cierto es que en ninguna parte se predica ms moral
y ms clara que en el plpito, y si se pusiera la entrada  dos cuartos,
tal vez ni los monaguillos nos escucharan. De todos modos, el pueblo no
echaba en falta esos pasatiempos:  qu empearnos en drselos cuando,
por lo menos, le haban de crear una nueva necesidad?

--Segn ese sistema--repuse,--an estaramos como el indio Caupolicn.
Sepa usted, don Pelegrn, que es un deber para el nombre adoptar todo
aquello que puede dar ensanche  su inteligencia. Los progresos
materiales....

--Ya pareci el peine--me interrumpi con cierto despecho;--como si
hasta que ustedes vinieron al mundo no supiera el hombre lo que era
dignidad!

--No se ofenda usted, don Pelegrn, y igame con calma. En todos tiempos
y en todas pocas ha habido hombres ilustres: no hago al talento ni  la
dignidad patrimonio de nuestros das; pero  que en los suyos echaban
esos mismos hombres muchas cosas de menos?;  que hallaban un vaco en
la sociedad, como si adivinaran algo de la gran revolucin que muy
pronto iba  operarse en las costumbres? Usted mismo....

--Qu vaco ni qu calabaza!--exclam mi viejo amigo, verdaderamente
sulfurado, y con unos ademanes que no me dejaban duda de que haba
cometido una torpeza en tocarle este resorte, precisamente cuando
necesitaba  iba yo  saber grandes cosas de la tertulia de Su
Ilustrsima.--Lstima--continu--me causan ustedes cuando les oigo
hablar de esa manera. Ustedes, ustedes son, por el contrario, los que
desean siempre _algo_, y este algo es precisamente lo que nosotros
tenamos de sobra: la paz del espritu. Ustedes tienen la sensibilidad
encallecida, expuesta al roce de todos los sucesos del siglo en su
atropellada marcha; el alma rendida de vagar por un espacio enmaraado y
de atmsfera pestilente, y las ideas revolvindose en una rbita
insegura y desequilibrada, que no les permite encariarse con un objeto
sin que otro nuevo venga  borrar su huella.

Nosotros, merced  lo que hoy se llama ignorancia, tenamos las
afecciones ms limitadas, y con la sensibilidad casi virgen, nos
preocupaba el suceso ms comn en la vida de ustedes; nuestras ilusiones
eran pequeas, es cierto, pero fuertes, y, sobre todo, consoladoras.
Nosotros, por lo mismo que ambicionbamos poco, nos satisfacamos al
instante; pero ustedes, cuya ambicin no conoce lmites, no se
satisfarn jams. Yo, nicamente, que he pasado por las dos pocas,
comprendo cunta verdad encierra lo que le estoy diciendo: para que
usted lo comprendiera del mismo modo, sera preciso que tocase y palpase
aquello cuyo recuerdo le merece tan desdeosa compasin; es decir, que
junto  este Santander de cuarenta mil almas, con su ferrocarril, con
sus monumentales muelles, con su ostentoso casero, con sus cafs,
casinos, paseos, salones, peridicos, fondas y bazares de modas,
surgiese de pronto la vieja colonia de pescadores, con sus diez mil
habitantes y seis casas de comercio provistas de Castilla por medio de
recuas,  de _carros de violn_; la vieja Santander sin muelles, sin
teatro, sin paseos, sin otro peridico propio  extrao que la _Gaceta_
del Gobierno, recibida cada tres das. Era preciso que usted pudiese
apreciar vivos estos dos cuadros para que no dudase sobre cul de ellos
cerna ms el tedio sus negras alas, y que generacin viva ms
tranquila y ms risuea, si la que se cubre con el oropel de la moderna
sabidura,  la cobijada bajo los harapos de nuestra vieja ignorancia.
Seguro estoy de que no seran mis contemporneos los que en esta
exposicin presentasen ms arrugas en el alma. Por lo dems, amigo mo,
pobres tenamos y pobres tienen ustedes; ricos avaros existan junto 
ellos, y ricos insaciables existen. Es verdad que  nuestros pobres
envilecan los mismos privilegios que hacan odiosos  los ricos; pero
ustedes, quemando con la luz que han dado  los primeros las
prerrogativas de los segundos y dejando las fortunas como estaban, han
hecho pobres orgullosos, y ricos que  ciencia y conciencia son sordos 
la voz del infortunio, y ciegos al aspecto de la miseria.... Luces,
ilustracin!...; todo estara bien si  su claridad hallase pan el
hambriento y abrigo el que tirita de fro; pero, desgraciadamente, la
tan decantada luz slo sirve para hacer ms patentes la miseria y la
opulencia, y ms insoportable para el pobre este eterno contraste.... Si
esto es una preocupacin ma, que lo diga la historia poltica y social
de Europa de algunos aos  esta parte. El mismo tiempo hace que le
dijeron al hombre desheredado de la fortuna: no tienes oro, pero tienes
derechos que conquistar, que al fin te valdrn oro; y desde entonces se
est rompiendo el bautismo en las calles, detrs de las barricadas, para
que se los arrebate el mismo que le provoca  la lucha; para no dejar de
ver, ni por un solo instante en la sociedad, junto  uno que se muere de
hambre, otro que revienta de harto. Qu es esto, amigo mo? Pues todo
ello ya lo tenamos nosotros sin tanta msica ni tanto cacareo de
dignidad y de derechos; y aun tenamos ms, porque con la misma
desigualdad de fortunas, haba buena fe en los de arriba y resignacin
en los de abajo. Resultado: que haba paz en los pueblos, alegra en los
hogares, y grandes virtudes en el corazn. Ahora, si estas menudencias
no valen nada para ustedes, la cuestin cambia de aspecto; y si el
destino del hombre sobre la tierra es otro que hacer risueo y apacible
el grupo de una familia cobijada al calor del hogar domstico, confieso
sin repugnancia que nuestras patriarcales costumbres fueron un borrn
que manch  la humanidad en los tiempos del llamado obscurantismo.

Aqu don Pelegrn se limpi los labios con su pauelo, arregl la capa
sobre las rodillas, sac la caja de rap y tom un polvo con marcial
desenfado. En vano le llam al orden y le rogu que continuase
hablndome de la tertulia de Su Ilustrsima: le haba tocado su cuerda
ms sensible, y, como siempre, se engolf entre sus rancias memorias: no
hall medio de dirigirle una pregunta sin obtener por respuesta
parrafadas como la anterior. En vista de ello, supuse una ocupacin
urgente, despedme de l y sal del caf, haciendo que me rea de sus
lucubraciones, , lo que es lo mismo, comentando la sesin en trminos
iguales  parecidos  los que han servido de introduccin  este
bosquejo.




EL RAQUERO

I


Antes que la moderna civilizacin en forma de locomotora asomara las
narices  la puerta de esta capital; cuando el alpedo genio de la
plaza, acostumbrado  vivir, como la pndola de un rel, entre dos
puntos fijos, perda el tino sacndole de una carreta de bueyes  de la
bodega de un buque mercante; cuando su enlace con las artes y la
industria le pareca una utopa, y un sueo el poder que algunos le
atribuan de llevar la vida, el movimiento y la riqueza  un pramo
desierto y miserable; cuando, desconociendo los tesoros que germinaban
bajo su estril caduceo, los cotizaba con dinero encima, sin reparar que
sutiles zahories los atisbaban desde extraas naciones, y que ms tarde
los haban de explotar con tan pinge resultado, que con sus residuos
haba de enriquecerse l; cuando miraba con incrdula sonrisa arrojar
pedruscos al fondo de la baha; cuando, en fin, la aglomeracin de estos
pedruscos an no haba llegado  la superficie, ni l advertido que se
trataba de improvisar un pueblo grande, bello y rico, el Muelle de las
Naos,  como deca y sigue diciendo el vulgo, el _Muelle Anaos_, era una
regin de la que se hablaba en el centro de Santander como de Fernando
Po  del Cabo de Hornos.

Confinado  un extremo de la poblacin y sin objeto ya para las faenas
diarias del comercio, era el basurero, digmoslo as, del Muelle nuevo y
el cementerio de sus despojos.

Muchos de mis lectores se acordarn, como yo me acuerdo, de su negro y
desigual pavimento, de sus edificios que se reducan  cuatro  cinco
fraguas mezquinas y algunas desvencijadas barracas que servan de
depsitos de alquitrn y brea; de sus montones de escombros, anclotes,
mstiles, maderas de todas especies y jarcia vieja; y, por ltimo, de
los seres que respiraban constantemente su atmsfera pegajosa y
denegrida siempre con el humo de las carenas.

De nada de esto se habrn olvidado, porque el Muelle de las Naos, efecto
de su librrimo gobierno, ha sido siempre, para los hijos de Santander,
el teatro de sus proezas infantiles. All _se corra_ la ctedra; all
se verificaban nuestros desafos  _trompada suelta_; all nos
familiarizbamos con los peligros de la mar; all se desgarraban
nuestros vestidos; all quedaba nuestra roosa moneda, despus de
jugarla al _palmo_   la _rayuela_; all, en una palabra, nos
entregbamos de lleno  las exigencias de la edad, pues el bastn del
polizonte nunca pas de la esquina de la Pescadera; y no s, en verdad,
si porque los vigilantes juzgaban el territorio hecho una balsa de
aceite,  porque,  fuer de prudentes, huan de l. Esta razn es la ms
probable; y no porque nosotros furamos tan bravos que osramos prender
 la justicia: es que sobre sta y sobre nosotros mismos, medio
aclimatados ya  aquella temperatura, estaba el verdadero seor del
territorio haciendo siempre de las suyas; el que intervena en todos
nuestros juegos como socio _industrial_; el que pagaba, si perda, con
el crdito que nadie le prestaba, pero que, por de pronto, ganaba cuanto
jugbamos; el que con slo un silbido haca surgir detrs de cada montn
de escombros media docena de los suyos, dispuestos  emprenderla con el
mismo Goliat; el que era tan indispensable al Muelle de las Naos como
las ranas  los pantanos, como  las ruinas las lagartijas; EL RAQUERO,
en fin. ste era el terror de los guindillas, el aluvin de nuestras
fiestas, la rana de aquellos pantanos, la lagartija de aquellos
escombros; el original del retrato que con permiso de ustedes, voy 
intentar con mejor nimo que colorido.

La palabra _raquero_ viene del verbo _raquear_; y ste,  su vez, aunque
con enrgica protesta de mi tipo, del latino _rapio, is_, que significa
_tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueo._

Yo soy de la opinin del raquero: su destino, como escobn de
barrendero, es apropiarse cuanto no tenga dueo conocido: si alguna vez
se extralimita hasta lo dudoso,  se apropia lo del vecino, razones
habr que le disculpen; y sobre todo, una golondrina no hace verano.

El raquero de pura raza nace, precisamente, en la calle Alta  en la de
la Mar. Su vida es tan escasa de inters como la de cualquier otro ser,
hasta que sabe correr como una ardilla: entonces deja el materno hogar
por el Muelle de las Naos, y el nombre de pila por el grfico mote con
que le confirman sus compaeros; mote que, fundado en algn hecho
culminante de su vida, tiene que adoptar  puetazos, si  lgicos
argumentos se resisten. Lo mismo hicieron sus padres y los vecinos de
sus padres. En aquellos barrios todos son paganos,  juzgar por los
santos de sus nombres.




II


_Cafetera_, para servir  ustedes, era el de mi personaje.

_Cafetera_, en el diccionario callealtero, es sinnimo de borrachera,
una de las cuales tom aqul, cuando apenas saba andar,  caballo sobre
una pipa de aguardiente, de cuyas entraas extrajo el lquido con una
paja.

Cafetera naci en la calle Alta, del legtimo matrimonio del to
_Magano_ y de la ta _Carpa_, pescador el uno y sardinera la otra. Ya
ustedes ven que, para raquero, no poda tener ms blasonada ejecutoria.

Su infancia rod tranquila por todos los escalones, portales y basureros
de la vecindad.

No hay contusin, descalabro ni tizne que su cuerpo no conociera
prcticamente; pero jams en l hicieron mella el sarampin, la
alfombrilla, la grippe, la escarlata ni cuantas plagas afligen  la
culta infantil humanidad. Solamente la sarna y las viruelas pudieron
vencer aquel pellejo: con la primera perdi la mitad de los cabellos;
con las segundas gan los innmeros relieves de su cara.

Pero as y todo, le queran en su casa; tanto, que no haba cumplido
cuatro aos cuando la ta Carpa le meti, de medio cuerpo abajo, en una
pernera de los calzones viejos de su padre, ddiva que, aadida  una
camisa que, tambin de desecho, le regal su padrino el to _Rebenque_,
lleg  formar un traje de lo ms vistoso, y  ser la envidia de sus
pequeos camaradas, condenados  arrastrar su desnuda piel por los
suelos, mientras su industria no les proporcionase ms lujosa
vestimenta.

Siete aos contara, cuando su madre, conociendo por la chispa de que ya
se hizo mencin y por otras proezas anlogas, que era apto para las
fatigas del mundo, comenz  darle los tres mendrugos diarios de pan
envueltos en soplamocos y puntapis. Cafetera, que no era lerdo,
comprendi al punto hasta dnde alcanzaba su privanza y lo que poda
esperar de sus dioses lares; y como, por otra parte, sus librrimos
instintos se le haban revelado diferentes veces hablando con sus
compaeros sobre la vida raqueril, se decidi por el _arte_ en el cual
hizo su estreno pocos meses despus del ltimo mendrugo, que le aplast
la nariz para nunca ms enderezrsele.

Era un da en que el to Magano andaba  la mar, y la ta Carpa  vender
un carpancho de sardinas.

Cafetera estaba solo en casa, sentado sobre un arcn viejo, nico mueble
de ella, no contando el catre matrimonial, rascndose la cabeza como
aquel que acaricia una idea de gran transcendencia, y murmurando algunas
palabras, no todas evanglicas, las ms de un colorido asaz rabioso.
Despus de un largo rato as invertido, alzse de su asiento, corri la
tapadera del mismo y sac media _basallona y_ un arenque, provisiones
hechas por su madre para toda la semana y que l dividi en dos partes
iguales. Comise la primera, y guard la segunda en el pecho de su
camisa de bayeta verde. En seguida di un par de chupadas  una punta
que hall pegada  la testera del catre, mientras se amarraba con una
escota los enciclopdicos calzones  la cintura; ocult sus greas bajo
la cspide de un gorro cataln; y, por ltimo, lanzse calle abajo en
busca de aventuras, osado el continente, alegre la mirada, y tan lleno
de jbilo como pudiera estarlo, en un caso muy parecido, el famoso
manchego, si bien,  la inversa de ste, no se le daba una higa porque
la posteridad recordase  no que ya el rubicundo Apolo extenda sus
dorados cabellos por la faz de la anchurosa tierra, cuando l, perdiendo
de vista su casa, comenz  respirar los corrompidos aires de la
Drsena.

Llegado al gran teatro de sus futuras operaciones, su primer cuidado fu
buscar  la gente de su calaa,  fin de orientarse mejor.

No tardaron en aparecrsele media docena de raqueros que, por nica
bienvenida, le sacudieron tal descarga de coquetazos y de _pias_, que
el pobre qued tendido en el suelo, aunque sin extraarse de semejante
acogida, como no se extraa un novel acadmico, al ingresar en el seno
de la corporacin, del consabido elocuentsimo discurso que le dedican
los veteranos.

Pasada la cachetina y solo Cafetera, limpi con el gorro sus lgrimas de
coraje, y con la flema de un ingls recin llegado comenz  reconocer
el terreno que pisaba.

Aburrido de pasear el Muelle en todas direcciones sin fruto alguno,
encendi en un tizn de una carena una colilla que hall al paso, y se
sent  mirar cmo trabajaban los calafates.

Cuando not que stos le haban vuelto la espalda y que la estopa y las
herramientas andaban al alcance de sus manos, virgen de toda nocin de
fueros de pertenencia, crey lo ms natural del mundo trasladar al
insondable pecho de su camisa algunas libras de camo y un escoplo;
hecho lo cual, por consejo de su prudencia levantse con sigilo  hizo
rumbo al polo opuesto.

Pensando estaba en lo que hara con el hallazgo, cuando top con la
misma gente que poco antes le haba zurrado la badana: no hay necesidad
de decir que el novel raquero,  la vista del enemigo, se prepar 
virar en redondo; pero no le sirvi la maniobra. El jefe de los otros,
pillastre de patente, con ms asomos de bozo que de vergenza y que se
llamaba _Pipa_, sacando por algunos hilos que se escapaban de la camisa
del primero la madeja que ocultaba, cortle sus vuelos, y echando la
zarpa al bulto, dijo, guiando el ojo  los suyos:

--Arra en banda, Cafetera.

ste, vindose abordado de tal manera, aunque sin esperanza de
salvacin, trat de defenderse  mordiscos y patadas.

--Por qu tengo de arriar?--gimi, apretando los dientes.

--Arra, te digo!

--Que no me sale, vamos!

--Atzale, Pipa!--le decan los otros.

Pero Pipa estaba por seguir, antes de la violencia, los trmites
pacficos.

--Quin te di esa estopa?

--Lo he trincao--contest Cafetera con acento sublime.

Mgica palabra! Con ella di el nefito, sin sospecharlo, una idea de
su capacidad futura. Aquella cabeza chata, crespa y enmaraada, se haba
engrandecido  los ojos de la patulea con la aureola del genio; el chico
prometa mucho. Pipa, que no se pareca en nada  las eminencias de
nuestra esclarecida sociedad, lejos de sofocar aquella naciente
inteligencia, solt la presa que tena agarrada y se dispuso, despus de
mirar  los suyos,  prestarle toda la influencia de su posicin.

--Sgueme--le dijo con ademn solemne.

--Ande?

-- pulir la estopa. Tienes ms?

--Tengo un escoplo, de mist!

--Aprieta!... Viva Cafetera!--exclam el jefe, echando  correr hacia
San Felipe.

--Viva!--contestaron los dems, siguindole y llevndose en medio al
protegido.

Por un callejn que entonces era intransitable por lo pendiente, y hoy
es inaccesible porque forma ngulo recto con la bveda celeste, echaron
nuestros personajes  paso de carga, y no se detuvieron hasta llegar 
una pequea barraca, incrustada entre un muralln de San Felipe y otro
del Cristo de la Catedral, en cuyo estrecho recinto se vean amontonados
diversidad de objetos, clasificados con la mayor escrupulosidad, y todos
de la especie de los que ya Pipa haba recibido de manos del nefito.

All, desde tiempo inmemorial, afluan los raqueriles productos de todo
el pueblo, que, aunque singularmente valan cortsimas cantidades,
llegaron, segn es fama,  formar, en cuerpo colectivo, un decente
capital al humilde mercader que, ocultando su mustia fisonoma bajo una
gorra de pieles, y detrs de unas gafas como dos ruedas de polea, tena
fuerza de voluntad  codicia bastante para luchar de sol  sol con tan
notabilsima parroquia.

Clasificando estaba unas chapas de cobre, cuando asom Pipa la cabeza
dentro de la tienda.

--Qu traes t, pillete?--le interrog, mirndole por encima de las
gafas.

--Esto--contest lacnicamente Pipa, depositando el gnero sobre una
mesa.

El mercader de estopas y de cobre lo mir un instante como para
evaluarlo, y sac del bolsillo, con mano torpe y perezosa, media peseta
que di al raquero.

--No echa ms usted?--dijo ste contemplando la moneda.

--Nada ms.

--Ay, qu contra!... Pues si el escoplo solo vale medio chul!

--S?--gru el comprador;--pues descudate y vers si te llevo al
Capitn del puerto, tunante!

Pipa comprendi que ms vala callar que comparecer ante tan encopetado
personaje. As es que tom la moneda, ense la lengua al de las gafas
... y,  ser tan buen negociante como raquero, hubiera podido
comprender,  la sola consideracin del contrato que acababa de hacer,
que, sabiendo comprar, hasta la estopa, bien exprimida, arroja productos
de oro. Pero ni el nene haba soado jams con la piedra filosofal, ni
reparaba en los rendimientos de sus empresas cuando maldito el capital
arriesgaba en ellas. Por eso sali muy ufano  la calle, reuni  los
suyos, contlos uno  uno, mir  Cafetera con un poquillo de ternura, y
con otra sea muy expresiva los arrastr  todos  la taberna de
enfrente, en la que entr gritando:

--Seis tazas de caf y seis copas de anisao!

Cuando los granujas trasegaron  sus estmagos, en dos sorbos, las
pcimas infames que les sirvi el tabernero, pag Pipa el gasto con la
media peseta, ms un cuarto que sac de un pliegue de su mugriento
gorro, y salieron todos  la calle. En ella formaron crculo, y el
capitn, despus de escupir contra la cara del ms inmediato, ech mano
 Cafetera y as le habl:

--Ya sabes, nene, dnde se compra cuanto se apanda. Mucho ojo y mucha
vela. En un apuro, cuenta con nosotros. Raquear,  barredera, y mejor el
cobre que el chicote. Si ves que andan las _chapas_, al vuelo ... y
aprieta  correr. Si hay _can_, orza y arra la mayor...; y avisa
cuando haya trigo, que ya sabes cmo se gasta.

Call Pipa, mir  Cafetera que le escuchaba muy serio, y arrimndole un
puntapi por la popa,-- vivir!--le dijo.--Y se disolvi el corro,
marchndose cada quisque por donde quiso.




III

Bien enterado Cafetera de los azares y estatutos de su nueva profesin,
no quiso lanzarse  ella sin prevenirse antes contra las eventualidades.
Al efecto, logr colocarse en uno de los botes del servicio pblico.

Era de su incumbencia achicar el agua; componer estrovos; buscar fletes
y cuidar de la embarcacin cuando el botero no estaba presente; todo lo
cual le produca un ochavo de caf para el desayuno, una propina de
cuatro  seis cuartos por cada flete si ste vala la pena, lecho sobre
el panel y una copa de caa de vez en cuando, amn, de algn chicotazo
que el patrn le sacuda siempre que lo juzgaba oportuno.

Fuera del tiempo que esto le llevaba, consagraba el da al ejercicio de
su industria.

sta, en toda su esfera legal, le haca legtimo dueo de cuanto cobre,
estopa, hierro y madera de desperdicio hallara  sus alcances, ya sobre
la superficie del Muelle,  revuelto entre el fango de la Drsena. Pero
como el Muelle y la Drsena no tienen un lmite determinado para la
industria raqueril, sola tomar como prolongacin del primero la
cubierta de algn buque atracado, llevndose  buena cuenta, si el
vigilante se descuidaba, tal cual _menudencia_, como escotas, poleas,
etctera, etc.

Con la propia sencilla buena fe, desde el centro de la Drsena se
extenda hasta los contornos; y si se forraba algn casco, nunca le
faltaba una chapita  clavo de cobre que ocultar en su remendada
espuerta.

Tal era la parte menos legal de su industria, que, en el poco tiempo que
la ejerci, expuso su individual independencia  mil y un riesgos
apuradillos.

Por lo dems, lo pasaba en grande.

No se pegaba de trompadas con los suyos ms de tres veces al da; su
madre no lograba echarle la vista encima arriba de una por semana, y
para eso haba de cogerle durmiendo; de modo que sus siniestros de
muelas, orejas y cabellos, por temporal materno, aunque pocos y buenos,
an le prometan pellejo sano para muchos aos.

Alguna vez, entre otras, haca sus correras hasta el interior del
pueblo, porque al raquero tambin le gusta el contacto de la
civilizacin, por si algo se le pega; pero como sta suele andar muy
precavida, y, por otra parte, sus raqueables materias no son del mayor
aprecio en la oficina del comprador de hierro viejo, Cafetera
frecuentaba poco este trato, y casi siempre tena que huir de l  ua
de ... raquero, acosado por las estantiguas del municipio.

Tambin se le ocurri, como hijo que era de matriculado y marisco por
los cuatro vientos, solicitar,  ejemplo de muchos de sus compaeros, un
puesto y quin correspondiente en una lancha pescadora; pero esto le
ocupara demasiado. Tendra que esperarla todas las noches, limpiarla y
vigilarla todo el ao y _desenmallar_ sardina en el verano.

Precisamente su resistencia  este empleo era lo que ms provocaba la
ira de la ta Carpa, que proyectaba sacar un buen pescador de su hijo, 
quien, _velis nolis_, haba ya matriculado, y, por ende, sujetado  las
ordenanzas de la Comandancia de Marina.

Semejante idea preocupaba mucho  Cafetera, quien, como todos los de su
laya, no conceba que ningn tribunal del reino alcanzase hasta el
Muelle de las Naos con su vara, al paso que no poda recordar sentado y
con paciencia la cara del Capitn del puerto.

La crcel pblica es para ellos un bulto ms en la poblacin pero los
rebenques y los chicotes de  bordo, ira de Dios!, cosas son que les
hacen temblar y no de fro. Hubirale  l dejado libre de toda
persecucin el cabo de mar, y  fe que en poco tiempo, burlando la
vigilancia de lo terrestre, se _embarba_, como l deca, de raqueo; y
hasta comprado hubiera el almacn de hierro viejo, mximun de las
fortunas, segn se crea en el Muelle de las Naos. Pero como no suceda
as, los meses corran y hasta los aos, y Cafetera, lejos de llegar 
capitalista, perdi los ltimos pingajos de su vestido, ganando en
cambio muchas nociones de baraja y no pocos ttulos de borracho sobre el
que ya tena bien merecido.

Entonces comenz  mirar con desaliento la mezquindad de la Drsena, y
la penuria de su explotacin legal. Sucedale algo de lo que al jugador
que, acostumbrado  poner grandes cantidades  una carta, mira con
aversin el corto salario que en la sociedad le proporciona el ejercicio
de su profesin.

En fuerza de meditar sobre su situacin concluy por tirar su cesto  la
mar; y sin otras armas que su ligereza de manos y de pies, se lanz  lo
sublime del arte.

De todo haba en su nueva esfera de accin, especialmente de zozobras 
inquietudes, dndoselas, y no flojas, la mala _traduccin_ que sus
obras hallaban en el almacn de marras, nico punto adonde l se atreva
 llevarlas, porque en la poblacin del centro seguro estaba l de que
no pasaban.

Todo, sin embargo, iba hallando colocacin detrs de los montones de
estopa del almacn, aunque  muy bajo precio por ser gnero de _mala
venta_; pero no pudo haberla para el objeto de la ltima campaa de
Cafetera.

Esto traa volado al raquero, que no saba cmo deshacerse de l; pues
ni regalarle quera, ni tirarle al mar, sin indemnizarse de los peligros
que corri al trincarle en la cmara de popa de un buque de gran porte.

El obstculo que opona  su compra el comerciante, era, aunque no se lo
deca al raquero, el nombre del buque y el de su armador, diestramente
esculpidos en la parte ms integrante del aparato; nombres que no podan
borrarse sin exponer la estructura de ste, ni darse al pblico sin
grave riesgo de los haberes y libertad del mercader.

Largos das pas Cafetera meditando sobre el asunto; y ya casi olvidado
de l estaba una maana en que haba _libado_ bastante, sentado sobre un
guardacantn, fumando una colilla,  caza de fletes para el bote y en
espera de sus amigos para jugar al can.

Mucha gente haba pasado sin contestar al quiere un bote? con que el
raquero interpelaba  todo el mundo, cuando apareci en escena un seor
que, segn dijo el pillastre, traa _cara de flete_.

--Ust, quiere un bote pa dir  bordo?--le dijo, como tena por
costumbre, as que le tuvo  su lado.

El seor, contra las presunciones del granuja, pas de largo, echndole
 la cara una bocanada de humo de su grueso cigarro.

Cafetera lo trag con ansiedad, y retirando de los labios su colilla, se
fu detrs del puro.

--Me da la punta ust?

Choc al interrogado la desvergenza del raquero. Mirle muy
detenidamente, y

--Quin eres t, chicuelo?--le pregunt.

--Yo soy ... Cafetera.

--De dnde eres?

--De la calle Alta.

--Y tu padre, cmo se llama?

--El to Magano.

--Pero cul es tu nombre de pila?

--De qu pila, ust?

--De la de bautismo, animal.

--Otra, qu s yo?... Me da la punta!

--Conque t fumas, eh?

--Ay, qu contra!...; quiere ver como las _tapo_?

Y diciendo y haciendo, trag dos chupadas de su colilla, arrojando
despus el humo por boca y narices con la abundancia y facilidad de una
chimenea de vapor. El seor desconocido le miraba cada vez con mayor
curiosidad.

--Y  qu te dedicas t?

-- cuidar el bote del to Bandiate.

--Y nada ms?

--Tambin soy raquero.

--Hola, hola! Y qu tal el oficio?

--Qui, seor; si no sale para caf!... Me da dos cuartos?

--Veremos si los mereces.... Dime antes lo que raqueas.

--Como no raquee! Si andan ms listos  bordo!...

--Pero alguna vez ya se descuidarn.

--Qui, no seor. Ayer trinquemos, entre Pipa, Michero y yo, como tres
libras de cobre; y pa eso, de poco nos guipan.

--En dnde lo trincasteis?--insisti el seor con ms inters que
nunca, dando dos cuartos al raquero.

--Pos en esa freata que estn aforrando en el paredn--contest Cafetera
con la mayor sencillez, guardndose los cuartos en el faldn de la
camisa y escupiendo por el colmillo.

Para evitar tiempo, papel y paciencia, diremos que en fuerza de acosar
y prometer el uno, acab el otro por ir largando trapo, hasta que del
ltimo remiendo de los calzones sac un magnfico cronmetro de
bolsillo, alhaja que, sin conocerla, le haba dado tanto que discurrir.

 su vista, el buen seor quedse haciendo cruces y bendiciendo  la
Providencia en sus adentros.

Despus de prometer  Cafetera la compra como ste deca, del
_estrumento_, mandle que le siguiera para entregarle el dinero, lo cual
hizo al punto lleno de jbilo el incauto raquero, sin sospechar lo que
le haba de suceder, cosa que le hubiera sido muy fcil al ser tan
diestro conocedor de los atributos de un comisario de polica como de la
verdasca de un cabo de mar.

Grande fu la sorpresa del pilluelo cuando, siempre al lado del presunto
comprador, llegaron  detenerse en la Capitana del puerto.

All fueron los sobresaltos y congojas; tanto que,  no estar muy listo
el grave seor de las borlas, se queda sin su presa, que ya andaba en
trazas de escurrir el bulto.

Entregado ste y el cronmetro  la autoridad, declar Cafetera, llamse
 Pipa y  Michero, cantaron todos de plano, y fueron al punto
conducidos  la crcel, de donde despus de algunos meses de reclusin,
salieron ...  tirar del _Bombo_ de la Carraca.

All estuvieron tres aos agarrados  la maroma, hasta que, satisfechos
sus jueces y la vindicta pblica, los mandaron de retorno  su pas con
algunos vicios de ms y mucha vergenza de menos.

Su primer pensamiento al pisar el patrio suelo, fu para el Muelle de
las Naos; pero no fu poca su sorpresa cuando, en l colocados;
comenzaron  examinarle en todas direcciones.

La escollera de Maliao, la estacin del ferrocarril, el nuevo empedrado
y otras reformas hechas precisamente mientras dur la condena de los
pilluelos, era lo que ellos no podan comprender; mas lo que extravi
sus razones hasta el extremo de llegar al espanto, fu la aparicin, por
la Pea del Cuervo, de un monstruo silbando y arrojando nubes y fuego
por la cabeza. No atrevindose  pronunciar una sola palabra, mirronse
los tres sobrecogidos cuando notaron que el monstruo se acercaba  paso
de gigante. Entonces perdieron la brjula; grit Pipa aguanta! y se
dieron  correr pensando que el mundo se acababa.

Despus ac, aunque con la llegada de los trenes,  medida que la han
visto repetirse, van familiarizndose bastante los raqueros, no ha sido
hasta el punto de que stos permanezcan tranquilos en el Muelle de las
Naos. Por el contrario, empujados y oprimidos por el potente movimiento
que la poblacin ha tomado all en los ltimos aos, van abandonando el
territorio: ya tiene el raquero cien Argos que le contemplan, y no puede
pasearse erguido como antes, seor de aquella nsula remota.

Para concluir, y en pro de este tipo tan popular en Santander, har una
ligera observacin: de vstagos tan carcomidos y tortuosos son muy
frecuentes aqu robustos y fructferos troncos. La historia de este
puerto abunda en pginas brillantes debidas  la honradez, pericia y
herosmo de nuestros marineros, muchos de los cuales han recorrido en su
infancia un sendero tan expuesto y espinoso como el del tipo que acabo
de bosquejar. Nuestro comercio tiene pruebas repetidas de lo que digo; y
 fe,  fe, que no pec de prdigo con los venerables harapos de tan
valientes marinos, al extender los anchos pliegues de su rico manto.




LA ROBLA


De maldita de Dios la cosa sirvieran los contratos de compraventa, si al
tiempo de consumarlos no llevaran ms requisitos que el mutuo convenio
de los contratantes y el _ante m_ del tabelin ms competente del
juzgado.

Y cuidado, seores legistas, con atribuirme la pretensin de poner en
duda la legalidad de las frmulas que sobre el particular se vengan
usando desde la fecha de las Pandectas.

Lbreme de ello Dios! Voy separndome del centro _civilizado_ donde la
ley se halla en toda su pomposidad, y estoy refirindome  los incultos
moradores del campo, entre los cuales, sin dejar de acatarse el vigente
cdigo en todo lo que vale, an se rinde culto reverente  la tradicin,
la cual constituye para ellos un derecho tan sagrado como el que ms se
funde en cuantas leyes se vengan haciendo desde la fabla de don Alonso
el Sabio.

Desengese la previsora jurisprudencia: sin un requisito que les sea
peculiar, estos paisanos no dan por terminado ningn negocio, aunque
para cumplir con la ley le amortajen en ms testimonios y sellos que hay
en un archivo de hipotecas. Pasar un objeto de las manos de Juan  las
de Pedro sin cierta solemnidad _sui gneris,_ valdra tanto como para la
conciencia de un cristiano viejo un buen creyente sin bautizar, smil en
que, sin duda alguna se fundaron los _acadmicos_ de mi lugar para
llamar  dicha ceremonia _mojar el asunto_.

No vale en el da de maana, para disfrutar pacficamente la posesin de
lo comprado, restregar los hocicos del vendedor con la resellada
escritura de legtima pertenencia, que si ante la ley le asegura en la
posesin, no es suficiente, sin embargo, para librar al poseedor de un
litigio cada semana, en el que, por lo menos, pierda la paciencia, amn
de algunos dinerillos que suelen irse en pos, por va de procuracin,
asesoramiento y dems adminculos de que es costumbre proveer  todo
aquel que tiene la mala humorada de pesar sus derechos en la prudente
balanza de Astrea. No hay, pues, ttulo de propiedad que valga, si falta
la fe de _bautismo_, el _fiat_ del tabernero ms prximo, LA ROBLA[1],
para decirlo de una vez.

El origen de esta ceremonia no consta en las crnicas montaesas, porque
se pierde en la antigedad de la aficin de los montaeses al acre mosto
riojano[2].

Su definicin precisa tampoco es fcil sin que se me olvide algn rasgo
grfico de ella; por lo cual juzgo de rigor que nos traslademos
adondequiera que se _eche_ una..., y all nos vamos.

Raro es el colono montas que al poco tiempo de establecido no posea,
como producto de sus _aparceras,_ una pareja apta para las labores del
campo, algn novillo _uncidero_, es decir, capaz de ser uncido, 
cualquiera otra res vacuna; pero en absoluta propiedad y sin que el
arrendador de sus haciendas tenga que intervenir en su venta, cambio 
emparejamiento; casos en los cuales el colono, por lo que le va en ello,
pone los cinco sentidos y emplea la mayor solemnidad posible. Tras ella
va siempre la robla.

Luego vamos  una feria.

El lugar de ella queda  eleccin del lector, pues, gracias  Dios,
abundan aqu como los helechos. Abran ustedes un calendario, y donde
topen con su santo, ctense una feria. En este dichoso pas, el da que
no es de fiesta tiene mercado; de los restantes del ao, los unos marcan
feria, y los otros romera.

Elegido el punto ms cercano, tuvo que ser, por precisin, un pequeo
bosque de cajigas  de castaos, verde, fresco, frondossimo, bello como
es la naturaleza aqu hasta en su menor detalle.

Estamos ya bajo el tupido follaje.... Cierra, lector, los ojos por un
momento. No te crees transportado, en una serena noche de verano,  la
orilla de una inmensa charca, y juraras que sus ranas, en nmero
infinito, cantan todas  la vez? Es el sello de nuestras ferias y
romeras: el sonido de las _tarrauelas_ de cien y cien bailadores _ lo
alto_, al comps de las panderetas que taen las mejores mozas del
lugar.

Sigamos.--Sin reparar en el corro de bolos en que acababan de gritar
cincuenta bocas  la vez _esee!_ al hacer un _emboque_ uno d los
jugadores; abrindonos paso  travs de la batera formada por los
pellejos de vino, barriles y cacharros que sobre un carro, debajo y 
los lados de l,  la sombra de un castao, son la delicia de los
bebedores; echndonos por la derecha para no turbar el sueo pacfico de
los jamelgos de un cura y un seor de aldea, que estn amarrados al
_cabezn_ del mismo carro, quiz por casualidad, quiz porque los
jinetes tomaron este norte como de mejor atractivo para cuando vaya
anocheciendo; guardando el cuerpo del fogoso trotn de ese jndalo, que
atraviesa la feria llevando  las ancas la parienta ms joven 
inmediata que encontr en su pueblo cuando volvi de Andaluca, y cuyo
chal de amarillo crespn, no menos que su vestido blanco de empinados
volantes, forman extrao contraste con su reluciente y pasmada
fisonoma; sin responder  las voces de las importunas fruteras, de los
_agualojeros_, rosquilleros y otros anlogos industriales que nos
asedian al paso; sin fijarnos, en fin, en ese maremgnum alegre y
estimulante que el cuadro presenta  primera vista, salgamos  aquella
braa donde hay un grupo de ocho personas y una pareja de novillos
uncidos. All va  haber robla.

El que est apoyado sobre sus engalanadas cabezas, hombre que tiene la
suya algo ms sucia, calzones de _manga corta_, con un tirante slo,
chaqueta al hombro y sombrero de copa alta, ms que medianamente
apabullado, es el dueo de la pareja, y conocido y honrado en su pueblo
por el nombre de Antn Perales.

El otro, ms joven y de mejor traza que ste, que pasea alrededor de los
novillos examinndolos con gran atencin, es el comprador: llmanle
Ogenio Berezo, y es de las inmediaciones. De los que forman el crculo,
los cuatro son meros curiosos que,  ttulo de conocidos de los
primeros, se han aproximado al olor de la robla. La mujer, que come una
manzana y tras de cada bocado que le tira se rasca la cabeza por debajo
de la _muselina_, es la costilla de Antn Perales. El otro personaje,
ms viejo que todos los dems, y que observa el cuadro, taciturno y
reflexivo, es convecino del comprador: llmase to Juan de la Llosa, y
asiste,  la sazn, en calidad de perito. Sus ttulos al efecto estn en
toda regla. Es pblico y notorio que en ms de cien sangras que lleva
hechas en el pueblo  los animales de sus vecinos,  la oreja, _al
pelo_ y al rabo, que es la ms difcil, no se le ha desgraciado una sola
res. Para poner una bizma,  sea un emplasto de trementina y polvos de
suelda, no hay otro que se le iguale. Distingue  la legua un clico de
un _empanderamiento_, y en las cojeras no confunde el _zapatazo_ con el
_babn_; y si no ha curado un solo caso de _solenguao,_ es porque la
enfermedad es mortfera, mas no por haber dejado de echar  tiempo, por
la boca abajo del paciente animal, con el auxilio conductor de una
teja, el agua de jabn, aceite y vino blanco bien caliente. Por algo
dice l que, si le hubieran _desaminao, albitre_ poda ser; y es la
verdad. En cuanto  las condiciones externas del ganado, ahora le vern
ustedes.

El comprador ha dejado de rondar la pareja, crzase de brazos y exclama
de repente:

--Pues, seor,  qu hemos de decir una cosa por otra? La pareja me
gusta. Qu le parece  ust, to Juan?

ste guarda en un bolsillo del chaleco la punta que mascaba rato haca,
da dos pasos al frente, crgase  la izquierda sobre el garrote, pone la
diestra en jarras, cruza las piernas y reflexiona un instante.
Entretanto el vendedor se sonre con cierta malicia, su mujer menudea
los mordiscos  la manzana, y murmura algunas palabras hacia los otros
personajes que emiten su dictamen  media voz.

--Apasalos--dice en tono grave el perito.

Antn Perales hace caminar sus novillos un corto trecho, al son de las
alegres campanillas que les adornan el pescuezo.

--Ahora, hacia abajo ...--aade el primero.--Ooo, joois!--canturria,
luego que el vendedor le ha complacido, para indicarle que pare ya.

--Lo que toca al particular--dice la mujer,  quien no le cabe ya la
lengua en la boca,--no tienen tacha. Tocante  eso, no es porque sean
mos; pero, como dijo el otro.... Vamos, que son dos perlas.

--Como que los he criao yo en casa--repone su marido;--y ste que se
llama _Galn_, es hijo de la _Leona_, y este otro, _Cachorro_, de la
_Gallarda_, dos vacas que, mejorando lo presente, son dos soles.

--Justo, que las vendimos el mes pasao al sobrino del Regioso, con
perdn de ustedes, que por aquel pique que tuvo por la cu del
Mostrenco, que ya con este mote le han de enterrar, por el lindero del
prao que le toc  resultas del _cobicillo_ que encontraron debajo del
jergn de su to, que en santa gloria est..., y ah est el mi hombre
que no me dejar mentir, que  la verd que anduvo como una estorneja de
ac para all, ahora que la botica, despus que el seor cura, luego que
la uncin, porque el enfermo daba el ay! que parta el alma, sin que
hubiera en aquella casa un mal nacido  quien volver los ojos..., y no
se lo tome Dios en cuenta  la que tanto fachendea hoy gracias  los
cinco carros de tierra que apa.... Pues resulta de que....

 la buena mujer se le va la burra entre tanta maraa, mientras el to
Juan no quita los ojos de la pareja. El comprador mira al perito como si
quisiera leer en su fisonoma la opinin que va formando; el vendedor
atusa el pelo  los novillos, y los intrusos los ponderan cuanto les es
permitido, con objeto, evidentemente, de contribuir  que se cierre el
trato y no se pierda la robla.

Despus que el perito y el comprador han visto que los animales _se
plantan_ bien al caminar, que no se aprietan, que no _zambean_ del
cuarto trasero, que son bien encornados y que igualan perfectamente en
alzada y color, el primero les mira la boca, les palpa bien los
_brazuelos_ y las nalgas para ver si estn _despicados_ de algn remo, y
les examina escupulosamente las astas por si son estoposas, las pezuas
por si _blandean_, y los ojos por si tienen _nube_  _glarimeo_.

Hecho este examen, el to Juan, sin perder un solo rasgo de su gravedad,
dice en tono solemne:

--Caballeros, la pareja..., lo que toca  la pareja, no tiene pero. Son
dos rollos de cuatro aos, sanos como dos corales.

--Pos  m--aade el comprador,--lo que toca al particular, tambin me
gusta la planta y el aquel de la pareja.... Conque si el seor trae gana
de vender, diga, si  mano viene, en lo que estima su hacienda, que yo 
comprar he veno.

--Al respetive de eso mesmo--replica el vendedor,--no me quedo yo atrs;
que hoy por ti y maana por m..., y, como dijo el otro, mortales nos
hizo Dios.... Vamos al decir, que si t traes ganas de comprar, no
reiremos.

--Cabales, que ni al mi hombre ni  m nos ha perseguido nunca la
justicia por embusteros; y cuando vemos que se trata con gente de
formalid y de requilorios....

--Esa es la verd; y vamos, Antn,  estimar la pareja, como el otro que
dice, con equid.

--Pos la pareja, Ogenio, por ser para ti..., la pareja; que, como ha
dicho el seor, no tiene pero; la pareja, y que no vea la cara de Dios
si te engao; la pareja vale treinta doblones[3] como dos cuartos.

--T no quieres vender, Antn--contesta con cierto desdn el atildado
Ogenio.

--Ogenio--replica Antn,--t me ofendes.

--Que te digo que no quieres vender.

--Que mal rayo me parta si he veno  otra cosa  la feria! Y sbete
que por ese dinero ya no tendra en casa los novillos hace una semana,
si los hubiera querido vender...; pero hoy por ser pa ti....

--Pos yo no doy por ellos ms que veinticinco doblones.

--T no quieres comprar, Ogenio.

-- eso vine  la feria, Antn...; y si no, que diga to Juan si me
pongo en lo justo.

--Lo que toca  m--dice el aludido, que durante la escena referida se
ocupaba en hacer rayitas en el polvo con el palo,--lo que toca  m, no
me gusta meterme en la hacienda del vecino, que cada uno puede estimarla
en aquello que, pongo por caso, le acomoda.

--De manera es--replica el comprador,--que aunque ust diga uno,  dos,
 medio;  que la pareja vale tanto  cuanto,  que por aqu  que por
all, no ha de ser medida la palabra de ust.

--Eso es--aade Antn;-que como dijo el otro, n se pierde con oir 
ste y al de ms all.

--Andando--grue su mujer, clavando los dientes en la quinta
manzana,--que todos somos hijos de Dios, y ms ven cuatro ojos que dos.

--Es de razn--exclaman  coro los dems circunstantes.

--Pues, caballeros--concluye el perito con cierto tonillo de
autoridad;--creo que se pueden dar veintisiete doblones por la pareja.

--Ya lo oyes, Antn...; y yo no dejo mal  ningn amigo.

--Por dicho de eso, yo tampoco, Ogenio; y si das los veintiocho, tuya es
la pareja.

Grandes murmullos en el grupo; anmase el to Juan, y exclama,
imponiendo silencio  los circunstantes:

--Ni los veintisiete ni los veintiocho, que han de ser los veintisiete y
medio, y se pagar la robla adems.

--Corriente--dice Ogenio.

--Pues buen provecho te hagan--aade Antn, entregando la ahijada al
primero, como smbolo del dominio que le transmite....

El pequeo circul se agita con gran ruido; todos se felicitan
recprocamente, todos hablan  la vez, y entre todas las voces se
destaca la de la exduea de los novillos que charla ms que nadie y
desbarra como nunca.

Autorizado competente uno de los testigos del ajuste, marcha  buscar al
punto ms inmediato dos azumbres de vino tinto para _mojar el trato_, es
decir, para _hechar la robla_; y mientras vuelve, el comprador se sienta
en el suelo, saca un pesado bulto del bolsillo interior de su chaqueta,
y comienza  desliarle capa  capa, como si fuera una cebolla. As van
saliendo, sucesivamente, un pauelo de percal aplomado, un viejo paal
de una camisa y una bula, dentro de la cual aparecen, como ncleo de
todo el envoltorio, un montn de napoleones y algunas monedas de oro
cuidadosamente guardadas entre los amarillentos repliegues de una hoja
de un catecismo.

Con grandsimas dificultades cuenta los veintisiete doblones y medio, 
sean 1.650 reales, y se los entrega al vendedor, quien, en el acto, y
con no menores amarguras, los cuenta tambin; y envueltos en la bula, y
la bula en la muselina de la mujer de Antn Perales, desaparecen en los
profundos abismos de la faltriquera que debajo del refajo lleva sta[4].

El que fu por el vino vuelve con un enorme jarro lleno de l en una
mano, y con una taza de barro blanca en la otra. Destanse,  su vista,
ms y ms las lenguas del corrillo; sonrense todas las fisonomas, y el
rstico Ganimedes, apoyndose en la _yugata_ de la pareja, comienza 
escanciar el vino con gran pulso y mucha solemnidad.

El to Juan, para quien es la primera taza, levantndola en alto,
brinda:

--Por la salud de los presentes, que se disfrute muchos aos la pareja,
y que en el cielo nos veamos.

--Amn--contesta  coro la reunin.

La taza sigue pasando luego de mano en mano y de boca en boca, hasta que
se agotan las dos azumbres de rioja.

Pero Antn Perales no quiere ser menos que su contrinca, y paga otros
ocho cuartillos que se beben con la misma solemnidad que los anteriores,
con el mismo ceremonial, pero con mayor locuacidad de parte de los
bebedores y con peor pulso de la del escanciador.

Entretanto la tarde va acabndose, y el ganado y la gente que llenaban
la feria se retiran poco  poco.

Ya no se oyen las tarrauelas, ni los panderos, ni un solo grito en el
corro de bolos. Los taberneros recogen sus bateras, y embridan sus
jamelgos los curas, los jndalos y los seores de aldea; y perdindose,
por grados, desde el lugar de la feria, por la campia adelante en todas
direcciones, se oye el sonido de las campanillas del ganado que se
aleja. Nuestros conocidos, detrs de los novillos, llevan, como quien
dice, la llave de la feria, cierran la marcha ... y bien lo necesitan.
Tal andan todos ellos, que no les basta entero el ancho del camino para
no darse de calabazadas unos con otros. Aquello ya no es hablar: es una
algaraba incomprensible  insoportable. La mujer de Perales, sobre
todo, desafina como una cotorra; cuenta lo suyo, lo de los vecinos y
hasta lo que no sabe. Su marido se empea en que relampaguea, y est el
cielo sin una sola nube; antjasele que los troncos de los rboles son
ladrones y lleva  su costilla agarrada fuertemente por la saya para que
no la roben el dinero. To Juan, el perito, canturria, con voz atiplada
y temblorosa, aires de sus mocedades, y, recordando galantes aventuras,
enamora  la disimulada  la mujer de Antn. Ogenio palpa con torpe mano
las monedas que le quedan en el bolsillo, y contando por los dedos de la
otra, sostiene y jura que ha dado dinero de ms  Perales.--Los cuatro
intrusos dan la razn  todo el mundo, pero trocando los asuntos. 
Perales le aseguran que Ogenio le enga, dndole dinero de menos; 
ste, que est, en efecto, relampagueando y que al fin tronar;  la
pobre mujer, que realmente ha sido muy _atraves_ y muy revoltosa, y que
si pellizca al to Juan, hace muy bien, porque ella se entiende.... Pero
al oir esto, su marido, aunque no es celoso, ni mucho menos, da
instintivamente un tirn  la saya que lleva agarrada entre sus dedos;
y como su duea no est para grandes pruebas de equilibrio, viene al
suelo como un fardo. En el mismo instante Ogenio toca en el bolsillo 
Antn para advertirle que quiere ventilar la duda que le preocupa, y
ste, siempre soando con los ladrones, sobrecgese de horror, dase por
muerto, quiere huir, tropieza con su mujer y cae sobre ella; apresrase
el otro  levantarle, pierde el equilibrio y da de hocicos sobre los dos
cados; acuden, al estrpito, los dems personajes; creen que aquello es
una lucha, enmaranse para separarlos, empjanse los unos  los otros,
y al cabo y al fin caen todos amontonados sobre la desdichada mujer que
grita y se lamenta medio sofocada por tan enorme peso. Estrjanse y
aranse todos buscando un punto de apoyo para salir de aquel enredo; y
poco  poco, y con grandes fatigas, van levantndose uno  uno; y
renqueando y vacilando, se vuelven  poner en marcha, y llegan  un
punto en que se bifurca la carretera. All deben separarse el to Juan,
Ogenio y dos de los intrusos. Pero da la casualidad (y estas
casualidades abundan en la Montaa ms que las ferias, que los mercados
y que las romeras), da la casualidad, repito, que en el punto de
empalme de los dos caminos hay una taberna; y como to Juan de la Llosa
es hombre que no queda mal con sus amigos por un par de azumbres ms 
menos, invita  sus camaradas  beber, para demostrarles que si
_aquello_ ha sido guerra, que nunca haya paz.

Intil es decir que el convite se acepta y se agradece.

Pero los bebedores se han metido en la taberna y han atado la pareja 
un poste del portal, indicios todos de que slo Dios sabe  que hora
concluir aquello y bajo qu techo dormirn nuestros conocidos la robla
de los novillos.

Adems, la noche ha cerrado ya; me compromet, lector,  acompaarte 
una feria para que supieras con un ejemplo prctico lo que es una robla:
he cumplido mi palabra como me ha sido posible, y creera abusar de tu
amabilidad obligndote  pasar la noche al raso. Retirmonos, pues..., y
hasta la vista.

FOOTNOTES:

[Footnote 1: De _robra:_ escritura  papel autorizado para la seguridad
de las compras y ventas  de cualquier otra cosa. DIC.
ACAD.--Refirindose  este cuadro, escriba aos ha el eminente literato
don Juan Eugenio Hartzenbusch: Tambin all (en la provincia de Cuenca)
se usaba, aunque ms en pequeo, _echar la robra_ en trminos parecidos
 los de la Montaa, pero dicen _robra_, y robra significa una firma,
una escritura, cualquier documento.]

[Footnote 2: Mi erudito amigo y paisano don E. Pedraja Samaniego, dijo
en _El Averiguador de Cantabria_, respondiendo  una pregunta hecha en
el mismo acerca de la antigedad de esta costumbre por m descrita:
_Robla._--La costumbre de convidar el comprador  el vendedor, despus
de consumado el contrato,  los que han intervenido en l, es tan
antigua, que ya se halla mencionada con la palabra _Alvoroc_ (hoy
alboroque) en el ttulo 25 de las _Cortes de Len celebradas el ao de
1020_.--El M. Berganza, en el tomo I de sus _Antigedades de Espaa_,
pg. 311, dice: En el ao 1025, Zite Morielez vendi al Monasterio de
Crdena una via por sesenta sueldos de plata y cinco que se gastaron en
el _Alvoroc_. El mismo, en el catlogo de palabras antiguas que trae al
fin del tomo II, define as la palabra _alvoroc: robra_ que confirma la
compra.

(_Notas del A. en 1876._)]

[Footnote 3: El dobln, en la Montaa, es una moneda imaginaria,
equivalente  60 reales.]

[Footnote 4: Quizs me objete algn montas _resabido_ que no es usual,
ni tal vez tolerado, recibir el vendedor en la misma feria el importe de
lo vendido. No disputaremos sobre el caso, siempre que l me conceda que
en los pormenores del pago no he puesto yo uno solo que no sea
verosmil.]




 LAS INDIAS


         las Indias van los hombres,
         las Indias por ganar:
        las Indias aqu las tienen
        si quisieran trabajar.

        _(Canc. pop. de la Montaa.)_




I


Madre, este carracln est mal hecho.

--Jess, qu condenao de chiquillo!... Si le est, que ni pintao!

--Tisana, que me aprieta por todas partes, y los faldones se me suben
al pescuezo cada vez que me voy  quitar el sombrero!

--Di que eres un mocoso presumido, y no me rompas la cabeza.

--Diga ust que no sabe coser por lo fino..., ni esta tarascona de mi
hermana.... Lo ve?... Lo mismo coge la aguja que las _trentes_.
Tisana, qu camisa me est cosiendo!...  ver si das ms cortas esas
puntadas!...

--El demonio del renacuajo!... Cundo soaste t en gastar levita?
Despus que me llevo mes y medio sin pegar el ojo por servirle  l!...
Madre, yo no coso ms.

Y la censurada costurera, que es una mocetona como un castao, arroja al
suelo la camisa que estaba cosiendo, y vuelve las espaldas con resuelto
ademn al escrupuloso elegante, rapaz de trece aos, listo como una
ardilla y tan flaco como el mango de una paleta.

Su madre, mujer de cuarenta aos, aunque las arrugas del rostro y la
curva de sus espaldas la hacen representar sesenta, despus de comerse
media cuarta de hilo para hacerle punta y que pase por el ojo de la
aguja que apenas se ve entre sus callosos dedos, pone en orden  la
susceptible costurera, se acerca al muchacho, le hace girar tres veces
sobre s mismo, le estira con fuerza la levita que lleva puesta y
despus de contemplar un instante su obra, vuelve  sentarse, exclamando
con acento de profunda conviccin:

--Que la pinte mejor un sastre.

Pero antes de ir ms lejos, y para mejor inteligencia de los lectores,
es justo que, como dira el indito poeta don Pnfilo, expliquemos la
situacin.

Que nuestros personajes son montaeses, debe haberse deducido del estilo
del dilogo anterior; y si ste no lo ha demostrado bastante, conste
desde ahora que lo son en efecto.--El lugar de la escena puede el lector
colocarle en el punto de esta provincia que ms le conviniere, si bien
su parte oriental es preferible por ser en ella ms frecuentes que en
las dems, cuadros semejantes al que voy  describir.--El escenario es
aqu el ancho soportal,  tejavana de una casa pobre de aldea.--sta,
como todas  la mayor parte de las de su categora, tiene en la humilde
fachada del portal tres huecos: la puerta principal en el centro; la de
la cuadra  la izquierda, y  la derecha la ventana de la cocina.
Sentadas en el alto batiente de la primera, cosen las dos mujeres; la
segunda est entreabierta, porque acaba de entrar por ella  arreglar el
ganado el bueno de to Nardo; jefe de la familia,  esposo y padre
respectivamente de los personajes de nuestro dilogo. Por lo que hace 
la ventana, aunque no la necesitamos para nada, dir,  fuer de verdico
historiador, que est cerrada, pues su destino, ms que dar luz  la
cocina, es dejar que salga el humo de ella cuando hay fuego en el hogar,
el cual est ahora tan fro como la borona que en l se coci por la
maana para todo el da...; y dicho se est con esto que la escena es
por la tarde: conste tambin, sin que este dato sea, como parecer 
primera vista, una minuciosidad intil, que corre el mes de septiembre.
Ahora slo nos resta consignar que el pequeuelo interlocutor, al
dirigir tan graves cargos  su madre y  su hermana, llegaba al portal,
vestido con levita, pantaln y chaleco de mahn gris; agarrotado su
cuello entre los revueltos y atropellados pliegues de una enorme corbata
de percal con grandes cuadros rojos; medio oculta su diminuta 
inteligente cabeza bajo las anchas alas de un sombrero de paja con cinta
verde, y calzado, por ltimo, con gruesos zapatos de Novales. El polvo
que los cubre, el arrebatado color de la cara del muchachuelo y el
garrote que ste trae en una mano, prueban bien  las claras que acaba
de hacer una larga caminata. En cuanto  las razones que tiene para
quejarse de las tijeras de su madre y de la aguja de su hermana, no
dejan de parecer fundadas, si se mira su vestido con alguna atencin,
pero tambin es cierto que las pobres mujeres nunca las vieron ms
gordas, y que el intolerante rapaz se mete por primera vez bajo aquellos
faldones que le estorban. Tambin debe constar que  pesar de lo que
dijo al presentarse en escena, hay en su fisonoma algo de risueo y
placentero que denota una satisfaccin interior; su viaje debe haber
tenido un xito feliz.... Mas para saber lo que hay sobre esto y otras
cosas que nos proponemos referir, volvamos  tomar el asunto donde le
dejamos para hacer esta digresin.

Mientras la madre pronunciaba las palabras que dejamos escritas, hecho
el examen de la levita de su hijo, ste se sent en el poyo del portal,
entre las dos puertas; y limpindose luego con el pauelo del bolsillo
el polvo de sus zapatos, replic vivamente:

--Eso lo dice usted aqu porque no hay comparanza; pero si me viera al
lado de don Damin como yo acabo de verme.... Tisana, qu levita!...;
aqullas s que son costuras!... Ni siquiera se conocen.... Y qu
corte! Da gloria de Dios el verla. Y no estos costurones ... ms mal
asentaos!

--Pero, condenao, cmo quieres t comparar aquel pao tan fino con este
mahn de  tres reales?

--Qu mahn ni que ocho cuartos! En las manos consiste toa la
cencia.... Si me hubiera hecho la ropa un sastre de Santander, como yo
quera.... Lo mismo que el chaleco ... y los calzones: por un lado me
sobra media fanega, y por otro no me puedo revolver adentro.... Y estos
zapatos!... Yo no s en qu consiste que cuanto ms tocino les doy, ms
peor se ponen. Qu zapatos los de don Damin, tisana! Relumbran como el
sol de medioda.

--Pero, hijo mo, no ves que don Damin es un seor muy rico?...

--Tambin t te vestirs as el da de maana, verd, madre?

--Anda, anda!; ya te ests relambiendo con los vestidos que te he de
regalar.... Como no pongas otros!...

--Ni falta que me hacen, para que lo sepas; probe nac, y con saya de
estamea y tirando de la azada me han de querer....

--Calla, tonta, que lo dije por oirte: mi t qu me importar  m el
da de maana vestirte como una seora prencipal!... eh, madre?

 la buena mujer, mientras sus dos hijos comenzaban  contender en este
terreno, se le iban enrojeciendo los ojos, fenmeno que, en idnticas
circunstancias, haba observado de algunos das  aquella parte el to
Nardo con no poca sorpresa; y sabiendo por la experiencia que si no
combata la emocin  tiempo no podra disimularla, di al dilogo otro
giro diverso, preguntando al muchacho:

--Te di la carta don Damin?

El interrogado que por otra parte, pareca estar deseando que se le
hiciera semejante pregunta, llev la diestra al bolsillo interior de su
levita; despus  uno de los del chaleco; ocult entre sus dedos una
moneda, y sonriendo con expresin de triunfo, exclam, alzando
progresivamente la voz:

--Aqu est la carta ... y aqu esto...; lo ven bien? Esto ... qu
dirn que es esto?... Tisana!, que no lo aciertan.... Pues esto es ...
media onza!...

--Media onza!...

--Media onza!

--Media onza!--aadi el to Nardo asomando la cabeza por la puerta de
la cuadra;--media onza!--repiti mientras descubra el tronco;--media
onza!--exclam, en fin, trasladndose de un brinco junto al grupo que
formaba su familia admirando la moneda que Andrs (y ya es hora de decir
como se llamaba el rapaz) mostraba como una reliquia.

--Media onza, s!--recalcaba este ltimo girando en todas
direcciones;--media onza ms maja que el sol!... Aqu est; don Damin
me la di para m solo.... Viva don Damin!

Despus que hubo pasado la moneda de mano en mano por todas las del
grupo, y que todas las personas que le componan la hubieron mirado y
remirado y hecho sonar contra las piedras, Andrs se volvi  apoderar
de ella, y reclamando la atencin de toda su familia, desdobl la carta
que tambin le di don Damin, y ley en ella, con mucha seguridad,
aunque con bien poco sentido gramatical, lo que sigue:

     Seor don Frutos Mascabado y Caracolillo.

     Habana.

     Mi querido amigo y antiguo compaero: El dador de sta lo ser,
     Dios mediante, el joven Andrs de la Pea, que saldr de Santander,
     al primer tiempo, en la fragata _Panchita_ con rumbo  esa ciudad,
     en la cual se propone probar fortuna. Al efecto, me tomo la
     libertad de suplicar  usted le auxilie en todo lo que est de su
     parte, tratando por de pronto de proporcionarle acomodo conveniente
      sus circunstancias. Dicho Andrs es muchacho listo y de buena
     conducta, tiene excelente pluma y sabe de cuentas hasta la de
     _compaas_ inclusive.

     Contando con la buena amistad de usted, me atrevo  anticiparle
     las gracias por lo que en obsequio de mi recomendado haga, que
     ser, desde luego, uno de los buenos servicios entre los muchos que
     ya le debe su afectsimo amigo y seguro servidor

     Q.S.M.B.

     _Damin de la Fuente_.

Despus de esta carta, parcenos excusado decir  nuestros lectores lo
que significan la levita de Andrs y el inusitado movimiento de toda su
familia alrededor de su equipaje.




II


Por regla general,  los nios, apenas dejan los juguetes, les acomete
el afn, sobre todas sus otras aspiraciones, de hombrear, de tener mucha
fuerza y de levantar medio palmo sobre la talla. Pero cuando los nios
son de estas montaas, por un privilegio especial de su naturaleza, su
nico anhelo es la independencia con un _Don_ y mucho dinero. Y, segn
ellos, no hay ms camino para conseguirlo que irse  las Indias....
Los abismos del mar, los estragos de un clima ardiente, los azares de
una fortuna ilusoria, el abandono, la soledad en medio de un pas tan
remoto ... nada les intimida; al contrario, todo estos obstculos parece
que les excitan ms y ms el deseo de atropellarlos. No es cierto que
en Amrica es de plata la moneda ms pequea de cuantas usualmente
circulan? Pues un montas no necesita saber ms que esto para lanzarse
 esa tierra feliz; la vida que en la empresa arriesga le parece poco, y
otras ciento jugara impvido, si otras ciento tuviera.

Hay quien lo duda? Ofrezca un pasaje gratis desde Santander  la Isla
de Cuba,  una garanta de pago al plazo de un ao, y ver los
aspirantes que  l acuden. Y no se apure porque el pasaje no sea en
primera cmara: un montas de pura raza atraviesa en el tope el Ocano,
si necesario fuese.

Dganle  las Indias vamos, y con tan admirable fe se embarca en una
cscara de limn, como en un navo de tres puentes. Este herosmo suele
ir ms all an. Un indiano de semejante barro ve transcurrir los
mejores aos de su juventud de desengao en desengao, y no desmaya. No
hay trabajo que le arredre, ni contrariedad que apague su fe: la fortuna
est sonrindole detrs de sus desdichas, y la ve tan clara y tan
palpable entonces, como la vi de nio, cuando, soando sus ricos dones,
se columpiaba en las altas ramas del nogal que asombraba su paterna
choza.

De lo cual se deduce que la honradez, la constancia y laboriosidad de un
montas, son tan grandes como su ambicin.

Nadie, en buena justicia, podr quitar  esta noble raza un timbre que
tanto la honra.

Nuestro Andresillo, pues, vstago legtimo de ella, no bien supo hablar,
ya dijo  su madre que l sera indiano. Creci en edad, y la idea de
irse  Amrica fu el tema de todas sus ilusiones; y tanto y tanto
insisti en su proyecto, que su familia comenz  deliberar sobre l muy
seriamente.

Un da fueron to Nardo y su mujer  consultarlo con don Damin,
indiano muy rico de aquellas inmediaciones, y de quien ya hemos odo
hablar. Don Damin haba hecho, es cierto, un gran caudal: esto es lo
que vea toda la poblacin de la comarca y lo que excitaba ms y ms en
los jvenes el deseo de emigrar; pero en lo que se fijaban muy pocos, si
es que alguno pens en ello, era en que don Damin se hizo rico  costa
de veinte aos de un trabajo constante; que en todo ese tiempo no dej
un slo da, una sola hora, de ser hombre de bien, ni de cumplir, por
consiguiente, con todos los deberes que se le imponan en las
dificilsimas circunstancias por que atraves. Adems, don Damin haba
ido  Amrica muy bien recomendado y con una educacin bastante ms
esmerada que la que llevan ordinariamente  aquellas envidiadas regiones
los pobres montaeses. Todas estas circunstancias que obraron como base
principal de la riqueza de don Damin, le obligaban  exponrselas 
cuantos iban  pedirle cartas de recomendacin para la Habana, y 
consultarle sobre la conveniencia de salir  probar fortuna. Cuando
semejantes consideraciones no bastaban  desencantar  los ilusos, daba
la carta que se le peda, y  las veces su firma garantizando el pago
del pasaje desde Santander  la Habana.

Los padres de Andrs oyeron del generoso indiano las reflexiones ms
prudentes y los ms sanos consejos, cuando  pedrselos fueron en vista
de las reiteradas insinuaciones de aqul. En obsequio  la verdad, la
mujer del to Nardo no necesitaba de tantas ni tan buenas razones para
oponerse  los proyectos de su hijo: era su madre, y con los ojos de su
amor vea  travs de los mares nubes y tempestades que obscurecan las
risueas ilusiones del ofuscado nio; pero el to Nardo, menos aprensivo
que ella y ms confiado en sus buenos deseos, apoyaba ciegamente 
Andrs; y entre el padre y el hijo, si no convencan, dominaban  la
pobre mujer, que, por otra parte, respetaba mucho las _corazonadas_, y
jams se opona  lo que pudiera ser _permisin del Seor._ El prroco
del lugar le haba dicho en muchas ocasiones que Dios hablaba,  veces,
por boca de los nios; y por si  Andrs le haba inspirado el cielo su
proyecto, se decidi  respetarle en cuanto le pareciese deber hacerlo
as.

Sobreponindose, pues,  las reflexiones del indiano la fuerza de
voluntad de Andresillo y la buena fe de su padre, el primero prometi su
proteccin al segundo; y desde aquel da no se pens ms en la casita
que conocemos que en arreglar el viaje lo ms pronto posible.

Los preparativos al efecto eran bien sencillos: sacar el pasaporte y
hacer el equipaje.

ste se compona:

De tres camisas de estopilla;

Un vestido completo de mahn, de da de fiesta;

Otro dem d. d., para diario;

Una colchoneta y una manta, y

Un arca de pino, pintada de almagre, para guardar, durante el viaje, la
ropa que Andrs no llevase puesta.

Del pago del pasaje se encarg don Damin hasta que Andrs supiera
ganarlo.

El producto de la nica vaca que tena el to Nardo, vendida de prisa y
al desbarate, di justamente para los gastos de equipo del futuro
indiano y para el pequeo fondo de reserva que deba llevar consigo,
fondo que se aument con medio duro que el seor cura le regal el mismo
da que le confes; con seis reales del maestro que le di ltimamente
lecciones especiales de escritura y cuentas, y con la media onza de que
tiene noticia el lector. Y no se arruin completamente la pobre familia
para echar de casa  Andrs, gracias al generoso anticipo del indiano;
de otro modo, hubiera vendido gustosa hasta la cama y el hogar. Los
ejemplos de esta especie abundan, desgraciadamente, en la Montaa.

El da en que presentamos la escena  nuestros lectores era el ltimo
que Andrs deba pasar bajo el techo paterno: le haba destinado 
despedidas, y ya tuvimos el gusto de ver el resultado que le di la de
don Damin; da que, dicho sea _inter nos_, haba costado muchas
lgrimas  la pobre madre,  escondidas de su familia, pues no poda
resignarse con calma  ver aquel pedazo de sus entraas arrojado tan
joven  merced de la suerte, y tan lejos de su proteccin.

Pero las horas volaban, y era preciso decidirse. Cuando Andrs acab de
leer la carta, su nico amparo al dejar su patria, y  vueltas de
algunos halageos comentarios que se hicieron sobre aqulla, la pobre
mujer,  quien ahogaba el llanto, mand entrar en casa  su hijo para
que su hermana le limpiara la ropa que llevaba puesta y se la guardara,
mientras ella daba las ltimas puntadas  una camisa.

Andrs, entonando un aire del pas, obedeci, saltando de un brinco
sobre el umbral de la puerta; pero su madre, al ver aquella expansiva
jovialidad en momentos tan supremos, fijos en l sus turbios ojos
mientras atravesaba el angosto pasadizo, abandon insensiblemente la
aguja, y dos arroyos de lgrimas corrieron por sus tostadas mejillas.

--Pobre hijo del alma!--murmur con voz trmula y apagada.

To Nardo, ms optimista, por no decir menos carioso que su mujer, no
comprendiendo aquel trance tan angustioso, haca los mayores esfuerzos
por atraerla  su terreno.

--Yo no s, Nisca--le dijo cuando estuvieron solos,--qu demonches de
mosca te ha picao de un tiempo ac, que no haces ms que gimotear. Pues
al muchacho no soy yo quien le echa de casa, que all nos anduvimos al
efeuto de embarcarle...; y por Dios que no lo afeaste nunca bastante, ni
te opusiste de veras.

--Y qu haba de hacer yo? Tampoco hoy me opongo, aunque cuanto ms se
acerca la hora de despedirme de l.... Pobre hijo mo!... Dcenme que
puede hacerse rico...; y nosotros somos tan pobres! Ofrecen tan poco
para un hombre estos cuatro terrones que el Seor nos ha dado!... Ay,
si l quisiera favorecerle!...

--Pues qu ha de hacer, tocha? No, que no!...; ah tienes  don
Damin....

--Siempre habis de salirme con don Damin!

--Y con muchsima razn. Qu mejor ejemplo? Un seor que vino al pueblo
cargado de talegas; que  todos sus parientes ha puesto hechos unos
seores; que no bien sabe que hay un vecino necesitao, ya est l
socorrindole; que alza l solo casi todas las cargas del lugar; que
corta todos los pleitos para que no se coma la Justicia la razn del
que la tiene y el haber de la otra parte, y que no quiere por tanto
beneficio ms que la bendicin de los hombres de bien. Qu ms
satisfaccin para nosotros que ver  nuestro hijo en el da de maana
bendecido como don Damin?

--Ay, Nardo!; en primer lugar, don Damin fu siempre muy honrado....

--No viene Andrs de casta de pcaros.

--Despus, Dios le ayud para que hiciera suerte.

--Y por qu no ha de ayudar  Andrs?

--Don Damin fu un seor desde sus principios, y cuando sali de aqu
llevaba muchos estudios y saba tratar con personas decentes...; y haba
heredado la levita, que esto vale mucho para bandearse fuera de los
bardales del lugar.

--Bah, bah!...; rete de cuentos, Nisca, que todos los hombres nacimos
de la tierra y tenemos cinco dedos en cada mano.

--Valiera ms, Nardo, que en lugar de fijarnos en ejemplos como el de
ese buen seor para echar de casa  nuestros hijos, volviramos los ojos
 otros ms desgraciados. Cuntas lgrimas se ahorraran as!... Sin ir
ms lejos, ah est nuestra vecina que no halla consuelo hace un mes,
llorando al hijo de su alma que se le muri en un hospital al poco
tiempo de llegar  la Habana.

--S; pero ese muchacho....

--Era tan sano y tan robusto como Andrs, y como l era joven y llevaba
buenas recomendaciones. Tambin las llev el del to Pedro, y muri
pobre y desamparado en lo ms lejos de aquellas tierras.... Bien
colocado estaba el sobrino del seor alcalde, y malas compaas le
llevaron  perecer en una crcel; y Dios parece que lo dispuso as,
porque cuentan que si sale de ella hubiera sido para ir  peor paraje.
Veinte aos breg con la fortuna su primo Antn, y, por no morirse de
hambre, anda hoy de triste marinero ganando un pedazo de pan por esos
mares de Dios. Bien cerca de tu casa tienes al pobre hijo de Pedro Gmez
esperando  que se le acabe la poca salud que trajo de las Indias al
cabo de quince aos de buscarse en ellas la fortuna, para que Dios le
lleve  descansar  su lado; pues ya, pobre y enfermo, ni vale para
apoyo de su familia, ni para el pueblo, ni para s mismo, que es lo
peor...; y bien reniega de la hora en que sali de su casa....

--Anda, anda!...; echa por esa boca desventuras y lstimas! Por qu
no te acuerdas del hijo del Manco y de el del alguacil, que dicen que
gastan coche en la Habana y que estn tan ricos que no saben lo que
tienen?

--Mal ao para ellos, que dejan morir de miseria  sus familias que se
arruinaron por embarcarlos, y ni siquiera se acuerdan de la tierra en
que vieron el sol! ... mucho quiero  ese pobre hijo que se va  ir por
ese mundo; pero antes que verle maana sin religin, olvidado de su
familia y de su tierra (Dios me perdone si en ello le ofendo), quisiera
la noticia de que se haba muerto.

--Vaya, Nisca, que hoy te da el naipe para sermones de nimas....
Todava me has de hacer ver el asunto por el lado triste.

--Dichoso de ti, Nardo, que no le has visto ya!

--No seas tonta, que yo no puedo ver esas cosas como t las ves....
Porque este lugar haya sido poco afortunado para los indianos....

--Calcula t cmo andarn los dems ... cuando en este rincn solo hay
tanta lstima. Ay, Nardo!; aunque yo no lo tocara con mis manos ni lo
viera con mis ojos, los consejos de don Damin, con la experiencia que
tiene, seran de sobra para que yo llorara al echar, sola por el mundo,
 esa pobre criatura.

La salida de Andrs interrumpi este dilogo. Traa puesto su traje de
camino, nuevo tambin, pero de corte ms humilde que el que se haba
quitado para que su hermana se le guardase.

Ta Nisca se enjug apresuradamente los ojos al ver  su hijo, y pleg
con esmero sobre sus rodillas la camisa que haba concludo.

Toda aquella tarde se invirti en arreglar el equipaje de Andrs, y al
anochecer se rez el rosario con ms devocin que nunca, pidiendo todos
 la Virgen, con esa fe profunda y consoladora de un corazn cristiano,
amparo para el que se iba, y, para los que se quedaban, resignacin y
vida hasta volver  verle.




III


Ahora, si el lector lo consiente, que s lo consentir, pues no le
cuesta dinero ni cosa que lo valga, vamos  trasladarnos con la escena 
otra parte.

Estamos en el magnfico Muelle de Santander.

Como de ordinario, multitud de carros, bultos de mercancas, bsculas,
corredores, dependientes, comerciantes, marineros, pescadores, vagos y
curiosos forasteros, en el ms agitado y bullicioso desorden, le hacen
intransitable desde la Ribera al caf Suizo. Fijmonos un momento en
este ltimo punto, como el ms despejado. Frente  la puerta pasan tres
personas que nos son muy conocidas, y siguen, sin detenerse un segundo
ante las vidrieras del establecimiento para ver sus espejos y divanes,
hacia la punta del Muelle. Estos personajes son Andrs, su padre y su
madre. El primero en medio de los otros dos, metidas las manos en los
bolsillos de sus anchos pantalones, tiradas hacia la espalda las solapas
de la levita consabida, y el hongo muy calado sobre el cogote. El to
Nardo  la derecha, con su vestido nuevo de pao pardo, y su mujer al
otro lado, con muselina blanca  la cabeza, la saya morada de los
domingos colgada al hombro, y terciado en el brazo opuesto un gran
paraguas envuelto en funda de percal rayado. Los tres caminan sin
decirse una palabra: to Nardo con las ms visibles muestras de
indiferencia; su mujer abismada como siempre en su pena, y mirando al
travs de sus lgrimas el barco fatal que espera  su hijo, mecindose
sobre las aguas  una milla del Muelle. En cuanto  Andrs,  juzgar por
su resuelto continente y por su sonrisa desdeosa, puede asegurarse que
acaricia la ilusin de construir por su cuenta,  su vuelta de Amrica,
un barrio tan elegante y monumental como el que va recorriendo.

Tres das hace que llegaron del pueblo. Despachados los papeles y dems
diligencias indispensables  todo pasajero, slo se pens ya en
complacer  Andrs y en proporcionarle cuantas distracciones estuvieran
al alcance de sus recursos. Tuvo ste  su disposicin dos das y cerca
de veinte duros. De modo que  la hora en que le volvemos  encontrar,
no cuenta un solo deseo que no haya visto satisfecho; es decir, se ha
bebido, vaso  vaso, ms de media cntara de agua de limn fra como la
nieve; ha comido, de seis en seis, ms de un ciento de merengues; ha
convidado  cuantos paisanos y conocidos hallaba al paso; ha comprado
una _sinfona_ en una tienda de alemanes, y ha odo una misa mayor en la
Catedral. Total de gastos, con hospedaje y alimentos de las tres
personas en el _Cuartelillo_, cinco napoleones. Nada, pues, le quedaba
ya que ver, como l deca, cuando le avisaron que era preciso
embarcarse, porque estaba la fragata lista para darse  la vela.

Esta noticia, que no le sorprendi lo ms mnimo, acab de anonadar  su
madre y sac, por un instante, de su habitual atolondramiento  to
Nardo.

Sigmosles ahora por el Muelle. En la ltima rampa se embarcan en un
bote que se dirige en seguida  la fragata que an no ha contemplado
Andrs ms que de lejos, sin que por ello la haya perdido de vista un
solo da desde su llegada  Santander; por consiguiente, no ha podido
formarse todava una idea exacta de lo que ella es.

 medida que se aproximaban los tres al buque, ste va desarrollando 
sus ojos sus gigantescas proporciones; su negra mole parece que surge
del agua, y ta Nisca, aunque jams se forja ilusiones ni las toma en
cuenta para nada, lo cree como el Evangelio. Y cree ms: para ella,
aquel volumen enorme tiene una fisonoma, fisonoma satnica, imponente,
que la mira siempre y con un gesto terrible que hiela la sangre en sus
venas. Los gritos de adentro y el sinnmero de caras que asoman sobre la
borda mirando  los del bote que llega, le parecen el alma diablica y
multiforme de aquel monstruoso cuerpo en cuyos antros va  desaparecer
quiz para siempre, el hijo de su amor. El atezado rostro de ta Nisca
se vuelve lvido.

Andrs, por el contrario, se entusiasma ms y ms segn que se acerca 
la fragata. La magnitud de su casco, la elevacin de sus palos, el
laberinto de su jarcia, todo le enamora y hasta le enorgullece. Qu
vale la pobre choza de su aldea junto  aquel flotante palacio que va 
habitar durante mes y medio?

En cuanto  to Nardo, si hemos de ser justos, desde que pudo apreciar
la magnitud real y efectiva del barco hasta que lleg  su costado, no
pens ms que en calcular cmo no se ira  pique un cuerpo tan pesado,
siendo el cuerpo tan _duro_ y tan _blando_ el elemento que le sostena;
cuestin que trat con sus vecinos ms de una vez,  su vuelta  la
aldea.

Otro cuadro ms raro tienen que contemplar nuestros tres conocidos al
llegar sobre cubierta: montones de jarcia, cajas de provisiones, una res
acabada de desollar, enormes jaulas conteniendo vacas, cerdos y
carneros, y otras menores con gallinas; grupos de marineros ac izando
una verga, all bajando pesados bultos  la bodega; y por ltimo,
revueltos y deslizndose entre tanto obstculo, ms de un centenar de
muchachuelos del corte de nuestro aspirante  indiano. Todo esto junto
produce un ruido infernal. To Nardo se marea, su mujer solloza y Andrs
observa impvido.

De aquella turba de nios, algunos lloran, otros meditan tristemente
reclinados contra la borda, otros miran atnitos cuanto les rodea...,
muy pocos ren! Todos, como Andrs, van  Amrica buscando la fortuna;
todos van, como l, poco ms que  merced de la casualidad.... Seamos
exactos: muchos de ellos no llevan ni siquiera una carta como la de don
Damin.

De todos los que acompaan  Andrs, acaso no encuentre uno solo lo que
va buscando; quiz todos ellos contemplen por la ltima vez de su vida
la tierra sobre que han nacido.

Ta Nisca logra ver el sitio que se destina  su hijo en la fragata.

Sobre la carga que sta lleva en sus bodegas, se han tendido unas tablas
de pino; entre estas tablas y la cubierta, espacio mucho ms bajo que la
talla de un hombre, se han colocado en fila tantas colchonetas como son
los pasajeros: una de ellas es la de Andrs. Este departamento es el que
se conoce con el nombre de _sollado_. La pobre madre se estremece al ver
la mezquindad del sitio destinado al reposo de su hijo. Aquello es
insano, no tiene bastante ventilacin...; si Andrs se pusiera
enfermo!...

No corre, vuela en busca del capitn.... Quiere gratificarle..., comprar
un poco de comodidad para aquella inocente criatura. Se palpa los
bolsillos, rebusca los de su marido; pero slo puede reunir ... medio
duro! Y el capitn es un seor tan elegante! Con qu cara le ha de
ofrecer ella diez reales? Pero nota, en su defecto, que tiene la mirada
muy noble. Se decide  hablarle, y entre lgrimas y sollozos,

--Seor--le dice,--el hijo mo que va  la Habana es Andrs, aquel
muchacho tan guapo y tan listo que est mirando hacia ac. Crame usted,
seor: no va en primera cmara porque ni aun vendiendo la camisa
hubiramos podido reunir tanto dinero si habamos de dejarle algo al
pobre muchacho por lo que pudiera sucederle fuera de su casa. Le juro 
usted que es la pura verdad lo que le digo. Pero yo no saba que el
sitio donde tena que ir era tan angosto, que si no, ay, Dios mo! ...
mire usted seor, somos unos pobres; pero si al mi Andrs le atendieran
algo por el camino.... No es esto decir que yo desconfe de usted, ave
Mara Pursima! Usted es hombre honrado, y no hay ms que mirarle para
... voy al decir, que.... Hijo mi de mi alma!...; yo no s ya lo que
digo ni lo que he de hacer porque lo pase ms  gusto.

Las lgrimas ahogan  la pobre mujer, y el dolor perturba su razn.

El capitn, respetndole en todo lo que vale, promete  la afligida
madre un sitio en primera cmara para su hijo en cuanto se hagan  la
mar y trata de consolarla con cariosas aunque breves palabras.

Esta misma tctica ha seguido siempre con todas las madres de los
pasajeros que han ido  su cuidado, porque es de advertir que todas
ellas han solicitado para sus hijos lo mismo que la ta Nisca para
Andrs. Convengamos en que, en la imposibilidad de complacerlas, es muy
recomendable esta manera de engaarlas  todas.

Ta Nisca vuelve ms animada adonde est su hijo,  quien refiere entre
bendiciones, la buena acogida que le dispens el capitn. Despus,
abrazndole estrechamente, le recomienda de nuevo mucha devocin al
escapulario bendito de la Virgen del Carmen que lleva sobre su pecho;
que sea bueno y sumiso; que huya de las malas compaas; que piense
siempre en su pobre choza y en su patria..., en fin, cuanto es de
necesidad que recomiende una madre cariosa  un hijo querido en el
instante supremo de una larga  tal vez eterna separacin.

Pero el sonido metlico y vibrante del molinete se oye: comienzan 
levar anclas, y es preciso separarse.

La desdichada madre siente que hasta la voz le falta para decir el
ltimo adis. Andrs comprende por primera vez lo que es perder de
vista su hogar y su patria, y lanzarse nio y solo  los desiertos del
mundo, y tambin por primera vez llora, y acaso se arrepiente de su
empresa; to Nardo mira hacia el Muelle y procura no hablar para que no
se vean las lgrimas que al cabo vierte, ni descubra su voz la pena que
hay en su pecho; y deseando abreviar aquella escena por afligir menos 
su hijo, estrchale en silencio entre sus brazos, coge por otro
bruscamente  su mujer y desciende con ella al bote, imponindose la
dura penitencia de no mirar  la fragata hasta que llegue al Muelle.

Cuando en l desembarcan, ta Nisca se deja caer en el umbral de la
primera puerta que hallan al paso. Con los codos sobre sus rodillas, la
cabeza entre las manos, los ojos fijos en la fragata y la cara inundada
en llanto, espera inmvil, como una estatua del dolor,  que el buque
desaparezca. To Nardo de pie  su lado, pero algo ms tranquilo,
respeta la situacin de su mujer y no se atreve  separarla de all.

Transcurre media hora.

La fragata despliega al viento su blanco velamen; hunde la proa en las
aguas, como si dirigiera un galante saludo de despedida al puerto, y,
deslizando rpidamente su quilla, desaparece en breve detrs de San
Martn.

Al perderla de vista no cay la pobre aldeana exnime sobre las losas
del Muelle, porque Dios ha dado  estas criaturas una fuerza y una fe
tan grandes como sus infortunios....




IV


Aquella misma tarde,  la cada del sol, atravesaban to Nardo y su
mujer la extensa sierra que conduce  su lugar. Mustios iban los dos y
cabizbajos, el uno en pos del otro. Pensaban en Andrs. Pero ta Nisca,
de imaginacin ms activa que su marido, examinaba interiormente el
cuadro de sus pesares, y no le faltaban causas con que justificar toda
la amargura de los dolores que senta! Por eso no pudo menos de dirigir
un duro apstrofe  la tierra que pisaba, vindola poblada de speros
escajos, y cuya aparente esterilidad alejaba de ella  sus hijos para
buscar en pas remoto lo que la madre patria no poda darles. Cargo
injusto, por cierto, y que, perpetuamente en boca de tantos ignorantes,
sostiene en esta provincia la plaga de emigracin que la despuebla!...

Pero antes que de la pluma se me escapen ciertas reflexiones, ms
propias del periodista que del pintor, volvamos  nuestros personajes,
aunque no sea ms que para despedirnos de ellos.

Es ya intil: pasada la sierra, han desaparecido por una extrecha y
larga calleja formada por dos frondosas seturas, verde y pintoresco
toldo cuyas paredes no pueden atravesar los dbiles rayos del sol que va
 ocultarse: tampoco se columbra un alma en la campia; y slo turba el
silencio de aquella soledad la voz de una mujer que, desde el fondo de
la calleja, canta  grito pelado:

         las Indias van los hombres,
         las Indias por ganar:
        las Indias aqu las tienen
        si quisieran trabajar.

Esta mujer ha debido de encontrar, yendo  la fuente,  ta Nisca y  su
marido. Quizs al verlos caminar silenciosa y tristemente hacia su casa,
ha recordado esa estrofa que, por otra parte viene como de molde para
dar fin  este cuadro, porque precisamente es la sntesis de l.




LA COSTURERA

(PINTADA POR S MISMA)


--Qu linda est usted hoy, Teresa!

--Vaya!

--Es la pura verdad. Ese paolito de crespn rojo junto  ese cuello tan
blanco....

--Dale!

--Ese pelo, tan negro como los ojos....

--Otra!

--Y luego, una cinturita como la de usted, entre los pliegues de una
falda tan graciosa. Vaya una indiana bonita!

--Jess!

--Es que me gusta mucho el color de lila..., cae muy bien sobre un
zapatito de charol tan mono como el de usted.... Ay qu pie tan
chiquitn!... Si le sacara un poco ms!...

--Hija, qu hombre!

--Yo quisiera tener una fotografa de usted en esa postura, pero
mirndome  m.

--Vaya un gusto!

--Ya se ve que s.

--Pues tambin yo tengo fotografas, spalo usted.

--Hola!

--Y hecha por _Pica-Groom_.

--En la postura que yo digo?

--Qui!; no, seor. Estoy de baile, como iba el domingo cuando ust nos
encontr junto  la fbrica del gas.

--Por cierto que no quiso usted mirarme. Como iba usted tan
entretenida!...

--Si ramos ocho  nueve!

--Pero qu nueve, Teresa! Parecan ustedes un coro de Musas.

--Ust siempre poniendo motes  todo el mundo.

--Es que entre aquellos rboles, y subiendo la cuesta..., ni ms ni
menos que la del monte Helicona....

--nde est eso?

--Helicona?... Un poco ms all de Torrelavega. El que no me gust fu
aquel Apolo que las acompaaba  ustedes.

--Si no se llama Polo.... Es un chico del comercio.

-Lo supongo. Quiero decir que iba algo cursi. Y ustedes iban tan
vaporosas, tan bonitas!

--Otra! Si bamos al baile de Miranda, como todos los domingos.

--Ya o el organillo.

--Y aqul que nos acompaaba era uno de los que dan el baile.... Y como
nos haba regalado billetes para todos los de verano en la huerta, y, si
 mano viene, nos convida tambin  los de ivierno, de saln....

--Ya s que son chicos muy galantes esos empresarios y sus amigos: ellos
pagan para que ustedes bailen todo el ao gratis.

--Cabal. Y tan buenas somos nosotras como las seoritas que hacen lo
mismo.

--Ya se ve que s.

--Me parece que _La Nata y Flor_ y _El rgano_, no tienen nada que
envidiar  ningn baile.

--Sobre todo en caras bonitas y cuerpos de sal y pimienta.

--Es que, como ust deca....

--Lo que yo deca,  iba  decir, es que el ir  un baile no es motivo
para que usted deje de saludar en la calle.

--Jess!; qu se dira!

--Cmo que qu se dira?

--Pues es claro.... Tratarse ust con _costuderas_!

--Lo dice usted con un retintn....

--No por cierto, hijo; pero es la verdad.

--Pues no hay tal cosa. Yo saludo  todo el mundo en la calle, con
muchsimo gusto ... y sobre todo  usted.

--Muchas gracias; pero....

--Pero qu?...

--Que no le creo  ust, vamos; que ust es muy truhn ... y que no me
fo de ust, en plata.

--Hola!; esas tenemos? Y por qu me teme usted?... De fijo que no
ser por seductor.

--No por cierto. Es que entre ust y otros como ust, se cuenta lo que
es y lo que no es.

--Me hace usted poco favor, Teresa.

--Lo siento, pero yo digo siempre la verdad. Cuando ust pas el domingo
junto  nosotras, bamos hablando de eso una amiga y yo.

--La que iba  la derecha de usted?

--Por qu se fija ust en esa?

--Porque me hace mucha gracia: es una rubia saladsima.

--Le gusta  ust la _Bigornia_?

--Qu es eso de la bigornia?

--Otra!; pues esa chica, que la llaman as.

--Y por qu la llaman as?

--Porque es hija de un calderero.

--Ave Mara Pursima!

--Y tampoco sabe ust cmo llaman  la que iba  mi izquierda?

--No, hija ma.

--Pues en qu mundo vive ust, cristiano?

--Eso le probar  usted cuan injusta fu conmigo antes, al sospechar
de mi sinceridad.

--Pero quin no conoce aqu  la _Faisanuca_?

--Yo no la conozco por ese nombre.... Y por qu se le han dado?

--Porque su madre vende alubias en la plaza.

--Qu atrocidad!

--Otra!...; y al tenor de esos, todas tenemos mote.... Pero ahora se
desayuna ust?

--Le aseguro  usted que s. Y quin se entretiene en bautizarlas de
ese modo?

--Pues en la _enseanza_, cuando somos chiquillas...,  en los bailes
despus, nunca falta alguno que, por reirse un rato de nosotras, nos
ponga un mote; y como lo malo corre mucho....

--Vaya una barbaridad! Y ustedes entre s, se llaman por esos nombres?

--Qui!... Pero lo sabemos; y como no la deshonran  una....

--Es claro.... Pero volvamos  la rubia.

--Parece que la tiene ust entre las cejas.

--Como me ha dicho usted que iban hablando de m....

--Yo he dicho eso?

--Por lo menos una cosa muy parecida.

--Lo que yo dije es que bamos hablando de lo mucho que se alaban
algunos hombres de cosas que no les han pasado.

--Eso s que no ira conmigo.

--No por cierto; pero iba con algunos que ust conoce muy bien.

--Podr ser as.... Y sabe usted, Teresa, que de algn tiempo  esta
parte anda muy entonada la rubia?

--Lo ve ust!

--Lo digo sin nimo de injuriar  esa muchacha.

--Es que as se dicen todas las cosas, y luego ... el diablo las
enreda.... En cuanto una se pone un da un poco vestida.... Hija, qu
lenguas!... Ya se ve, ustedes estn acostumbrados  oir que una seora
gasta el oro y el moro para salir  la calle medio decente; y como
nosotras no tenemos rentas, en cuanto nos ven algo majas, es claro!, en
seguida, que se lo regalan  una.... Como no regalen!... Ni la rubia ni
yo tenemos otras rentas que la peseta que ganamos  coser en las casas
adonde nos llaman, y la jcara de chocolate, por la maana y por la
tarde, que nos dan adems, como ust sabe. Pero conocemos nuestra
obligacin, y con dos varas de tul y seis de percalina hacemos un traje
que los que no lo entienden piensan que vale un dineral.... Lo mismo que
lo que ahora llevo puesto...; pues cuatro veranos tiene, y Dios sabe lo
que tirar todava si no se van del mundo el agua, el jabn y las
planchas.... Vaya!

--Si yo estoy en eso mismo, hija ma.

--Es claro, esa muchacha es de suyo vistosa y arrogante; despus, tiene
unas manos divinas para cortar y coser, y hace un vestido de baile
aunque sea de unas enaguas....

--Si no digo yo lo contrario....

--Y al verla en la calle compuesta, como ella tiene aquel semblante y
aquel cuerpo..., uf!, lo que menos se figura la gente que lo ha ganado
de mala manera. Pues mire ust, para que se vea lo que son las cosas,
todava, despus de vestirse con la peseta que gana la infeliz, le queda
para que fume su padre.... Pero ya se ve!..., es una pobre
costudera..., y all va eso! Pues si fuera yo  decir todo lo que
s.... Cuntos vestidos de moar se pasean por esas calles que no se
han pagado, y cuntos se han pagado sin el dinero del marido de las que
los llevan!... Pero esas son seoras y tienen bula para todo.... Lo
mismo que lo dems.... Cuntos cuerpecitos que  ustedes les marean
estn hechos por estas manos!... Pero ms vale callar.

--Es usted cruel, Teresa; lo que he dicho de la rubia fu ... por decir
algo. Desde hace dos  tres das, cuando pasa  las doce por la plaza
Vieja, la veo ms compuesta que de costumbre....

--Eso es decir que ust se pone all para verla pasar todos los das.

--No dir que por ella; pero por ella y por usted y por otras por el
estilo, quiz, quiz.

--Y qu saca ust de eso?

--Recrear la vista. Como son ustedes tantas y tan bonitas!... Por
cierto que me ha chocado ver cmo se las arreglan ustedes de manera que
pasan siempre por la Plaza, sea cualquiera la procedencia que traigan.

--Pues eso quiere decir que por todas partes se va  Roma, y que cuando
una deja la costura al medio da, de la hora que le queda para comer
aprovecha la mitad para ver gente y tomar un poco el aire.

--Y qu bonita era aquella amiga que la detuvo  usted esta maana en
la esquina del Puente!...; pero no es tan elegante como usted.

--Una morena? Aqulla no es amiga; es _costudera de sastre_.

--Ah, ya!... Como la vi hablar con usted....

--Me estaba dando un recado. Y no es porque yo tenga  menos ser amiga
de algunas de _esas_, sino que como las que cosemos en blanco en las
casas tenemos sociedad aparte.... Y no crea ust que nos faltara motivo
para darnos tono con ellas, porque ah estn las modistas que parece que
nos honran cuando nos saludan en la calle.

--Vea usted qu demonio!

--Y ahora que me acuerdo, qu le deca ust esta maana  aquel otro
seor de patillas, cuando nosotras pasbamos, que nos miraban tanto?

--Luego me vi usted?

--Yo veo todo lo quiero.

--Ah, pcara!; me servir de gobierno. Pues deca  mi amigo que
estaban ustedes mucho ms bonitas cuando salan  la calle en pelo, tan
primorosamente peinadas, y con aquellos paolitos al cuello, como el que
usted tiene puesto ahora, que con la mantilla y el chal que les comen lo
mejor de la figura.

--Otra!...; mira qu reparn!

--Ya se ve que s.

--Pues no llevan todas mantilla.

--Y usted es una de esas excepciones; y para que nunca caiga en el
pecado de ponrsela, se lo advierto.

--Y qu habra en ello de malo?

--Que con la mantilla dejara usted de ser un tipo lindsimo y de pura
raza santanderina, para confundirse con la vulgaridad de las seoritas
ms  menos cursis.

--Yo tengo amigas que llevan el velo muy bien.

--Es que el velo no le va bien  nadie, por que, sin cubrir una
caballera fea, obscurece una bonita, y exige un chal que oculta las
formas....

--Qu enterado est ust de esas cosas, ave Mara!

--Soy artista, Teresa.

--Y qu tiene que ver lo uno con lo otro?

--Friolera! Estudio la belleza dondequiera que la encuentro.

--Lo que ust estudia son picardas.

--Eso no es exacto, ni siquiera una razn en favor de los velos.

--Si  m no me gustan tampoco; pero la moda.... Qu est ust mirando
con tanto empeo por las vidrieras?

--Por qu se ha puesto usted tan colorada?

--Yo? Jess!... Puede que sea ust capaz de creer que es por ese chico
que est en el portal de enfrente.

--Eso se llama curarse en sana salud.

--Es que pudiera ust creer cualquiera otra cosa; y como es un chico que
me carga.... Y eso que es muy buen mozo.

--Usted no me dice la verdad.... Yo conozco bien  ese chico y s que no
la esperara  usted todos los das  estas horas si no tuviera grandes
esperanzas por lo menos....

--Habr sido capaz, el muy tunante, de decirle  ust lo que no es?

--Mi palabra de honor que no he hablado con l de este asunto.

--Es que como se ha visto tanto de eso....

Pues mire ust, porque no se crea otra cosa, ese chico no deja de
gustarme pero est perdiendo el tiempo.

--No comprendo....

--Hace un ao que bail conmigo en la _Natar y Flor_. Desde entonces yo
no s cmo l averigua en dnde coso; pero lo cierto es que todas las
tardes me le encuentro, como ahora, al dejar la labor..., sobre todo en
ivierno, que salimos de noche..., y esto es precisamente lo que me
carga.

--El que la acompae  usted de noche?

--No, seor: el que tenga  menos acompaarme de da.

--Entonces, qu hace ah enfrente?

--Esperarme; pero al llegar conmigo  la esquina me da una disculpa
cualquiera y se larga.... Y cuando coso en el Muelle,  en alguna calle
del centro, me espera en el mismo portal: all estamos un rato hablando,
y luego ... cada uno por su lado. Como ust comprender, esto no halaga
nada  una mujer.... Por eso me gustan ms los de mi parigual.

--Y quines son esos?

--Pues los chicos del comercio. Con stos se entiende una bien; y si
maana  otro da..., vamos..., est ust? Quiere decirse que all nos
andamos, y de pobre  pobre va.... Pero de estos seoritos entran pocos
en libra.... Y, ay de la infeliz  quien le toca uno!...; qu
belenes, hija!; primero con l, y despus con su familia que la persigue
 una como si una le hubiera ido  buscar.... Vea ust.... Y es claro:
ellos empiezan por pasar el rato; y como suele suceder que una es tonta
y se los cree,  lo mejor se encuentra con que no puede arrepentirse
ya.... Por eso le digo  ust que ese chico pierde el tiempo.

--Yo creo ahora todo lo contrario; porque acaba usted de decirme que 
veces se los cree  pesar de todo.

--Es que yo he escarmentado en cabeza ajena.... Mire ust que tengo una
amiga, ay, la infeliz las lgrimas que ella ha llorado, las palizas que
la ha dado su padre y la estimacin que ha perdido por un pcaro de esos
que la enga!... No, hijo, no: pobre nac, y no quiero ser seora 
costa de tantos trabajos.

--Muy bien pensado. Pero, entretanto, usted no despide  su adorador.

--Hasta ahora no me compromete; quiere decirse que el da en que esto
vaya  suceder, ya ser distinto.

--Ya!

--Y eso que nosotras nos hemos propuesto no hacer caso de ningn
_aristecrata_; pero vienen los bailes, y, como ust sabe, van 
ellos...; porque lo que es en este particular, en nuestros bailes estn
todos los hombres que van  los de las seoras..., y muchos ms. Pues,
seor, la bailan  una, la hablan tan finos..., y una qu ha de hacer?
Pues es claro.

--Total, que el mocito que est en el portal de enfrente no perder el
tiempo.

--Parece que va ust  medias con l.

--Ojal, Teresita...; aunque en semejante negocio me sera muy difcil
dar participacin  nadie.

--Por qu?

--Porque es usted demasiado bonita.

--Me va ust  hacer el amor?

--Como usted me corresponda, s.

--Y si se lo digo  la rubia?

--No tengo el gusto de conocerla ms que de vista.

--De todos modos, no me gusta ust.

--Gracias por la franqueza.

--Tiene ust mala opinin de las mujeres.

--Si todas me tratan como usted, no me faltan motivos.

--Ya me hizo ust romper una _abuja_....

--No importa, yo la regalar  usted un paquete.

--Es que  este paso no acabo la camisa en ocho das.

--Mejor: as la ver  usted ms veces.

--Y le saldr  ust muy cara la obra.

-- ese precio vaya usted hacindome camisas.

--Pues ya que no regatea ust el tiempo, voy  robarle hoy un cuarto de
hora.

--Para charlar?...; aunque sea medio da.

--No, seor, para ir  una tienda que est junto  la calle Alta, 
comprar ... cuatro cuartos de _orejones_, que me gustan mucho.

--(Llvete el mismo Satans, grosera!)

--Como los trae de Castilla por mayor la tendera, que es amiga ma, da
muchos ms por cuatro cuartos que en las otras tiendas.... No le gustan
 ust?

--No!

--Jess, pues vaya una rareza!... Hgame el favor de dar esa tira que
est debajo de ust, para amarrar la labor.... Muchas gracias.... Pero
qu mala cara se le ha puesto  ust de repente!

--Es que ... tengo un flemn.

--Y no le dola  ust antes?

--No tanto como ahora.

--Pues _chumpe_ ust un higo paso, que es muy bueno para los flemones.

--Muchas gracias.

--Conque hasta maana, que voy  por los orejones.

--Vaya usted con Dios!

       *       *       *       *       *

Escribir un libro de costumbres montaesas y no dedicar algunas pginas
 la costurera, sera quitar  Santander uno de los rasgos ms
caractersticos de su fisonoma. Tan notorio, tan visible es entre su
poblacin este _ramo_, que el sexo dbil de ella puede, hechas las
exclusiones de rigor, dividirse por partes iguales en mujeres-costureras
y mujeres que no lo son. Pero hablar de las costumbres de las primeras
tiene tres perendengues para un hombre que, como yo, no las conoce bien,
porque equivocarse en el menor de los detalles tendra tres bemoles. En
plata, lector: la costurera me infunde cierto respetillo, y no quiero
echar sobre mi conciencia el compromiso de hacer su retrato.

Y supuesto que el estilo es el hombre, y por ende, la mujer, entrate
del dilogo anterior, que es histrico; ve lo que de l puedes sacar en
limpio, y all te las arregles despus, si Teresilla se cree agraviada
(en lo que no sera justa) con tus deducciones. Por mi parte, estoy 
cubierto de sus iras con decirle, en un lance apurado:

--_Tu es auctor_.




LA NOCHE DE NAVIDAD

I


Est apagando el sol el ltimo de sus resplandores, y corre un _gris_ de
todos los demonios.  la desnuda campia parece que se la ve tiritar de
fro; las chimeneas de la barriada lanzan  borbotones el humo que se
lleva rpido el helado norte, dejando en cambio algunos copos de nieve.
Pa sobresaltada la miruella, guarecindose en el desnudo bardal,  cita
cariosa  su pareja desde la copa de un manzano; yese, triste y
montono, de vez en cuando, el _tuba!, tuba!_ del labrador que llama
su ganado; tal cual sonido de almadreas sobre los morrillos de una
calleja...; y paren ustedes de escuchar, porque ningn otro ruido indica
que vive aquella mustia y plida naturaleza.

En el ancho soportal de una de las casas que adornan este lbrego
paisaje, y sobre una pila de junco seco, estn dos chicuelos tumbados
panza abajo y mirndose cara  cara, apoyadas stas en las respectivas
manos de cada uno.

Han pasado la tarde retozando sobre el mullido lugar en que descansan
ahora, y por eso, aunque mal vestidos, les basta para vencer el fro que
apenas sienten, soplarse las uas de vez en cuando.

De los dos muchachos, el uno es de la casa y el otro de la inmediata.

De repente exclama el primero, en la misma postura y dndose con los
talones desnudos en las asentaderas:

--Yo voy  comer _torrejas_ ... anda!

--Y yo tamin--contesta el otro con idntica mmica.

--Pero las mas tendrn miel.

--Y las mas azcara, que es mejor.

--Pues en mi casa hay guisao de carne y pan de trigo pa con ello....

--Y mi padre trijo ayer dos _basallones_ ... ms grandes!...

--Mi madre est en la villa ascar manteca, pan de laga y azcara..., y
mi padre trijo esta meoda dos jarraos de vino blanco, ms geno! Y
toos los gevos de la semana estn guardaos pa hoy..., m e quince, as
de gordos.... Ello, vamos  gastar en esta noche-gena veintisiete
rialis que estn agorraos.

--Mi qu cencia! Mi padre trijo de porte cuatro duros y dimpus dos
pesetas, y too lo vamos  escachizar esta noche.... Me guardas una tej
de guisao y te doy un piazo de basalln?

--No te untes!... Y t no tienes un hermano estudiante que venga esta
tarde de vacantes, y yo s.

--Pero tengo un novillo muy majo y una vaca jeda que da seis cuartillos
de leche.... Tenemos pa esta noche ms de ello!...

--Ay Dios! Quis ver ahora mesmo dos pucheraos de leche? Vers,
vers....

Y salta el rapazuelo, y en pos de l el otro, desde la pila al portal, y
llegan  la cocina mirando con cautela en derredor, por si el to
Jeromo, padre del primero, anda por las inmediaciones.

Como ya va anocheciendo, el chico de la casa toma un tizn del hogar,
sopla en l varias veces, y al resplandor de la vacilante llama que
produce, se acercan  un arcn ahumado que est bajo el ms ahumado
vasar; alzan la tapadera, y aparecen en el fondo, entre montones de
harina, salvado y medio pernil de tocino, dos pucheros grandes llenos de
leche.

El de la casa mira  su amigo con cierto aire de triunfo, y entrambos
clavan los vidos ojos en los pucheros, y entrambos alargan la diestra
hacia ellos, y entrambos remojan el ndice en la leche, aunque en
distinto cacharro.

Con igual uniformidad de movimientos retiran los brazos del arcn,
mranse cara  cara y se chupan los respectivos dedos.

--Gena est la leche!--dice el de casa.

--Mejor est la nata!--repone su camarada.

--Te la comiste?

--Corca!...; toa la apand con el deo!

En aquel instante recuerda con susto el primero que su padre arma el
gran escndalo cada vez que falta la nata  su racin diaria de leche, y
que sus costillas conservan ms de un testimonio de tan borrascosos
sucesos, impresos por los dedos paternales. Por eso, temiendo una nueva
felpa, y para manifestar su inocencia, echa el tizn al fuego y las dos
manos  la calzonada de su amigo, y comienza  gritar con el mayor
desconsuelo:

--Padre!, padre!

Pero el goloso prisionero, que ya se da por muerto, tira uno de
retortijn  cada mano de su carcelero, y toma pipa por el corral
afuera, relamindose de gusto.

To Jeromo, que en la socarrea, detrs de la casa, encambaba un rodal,
acude  los gritos, y creyendo una patraa lo del robo de la nata,
presume que su hijo se la ha chupado, y le arrima candela entre las
nalgas y un par de soplamocos que hacen al chicuelo sorberse los
propios.

Grita el rapaz y amenaza el padre, y entre los gritos y las amenazas,
yese la voz de la ta Simona, desde el portal:

--Ah, malau pa vusotros nunca ni n!... Que siempre vos he de
alcontrar asina!

--Ay, madruca de mi alma!--exclama el muchacho corriendo  agarrarse
del refajo de la buena mujer.

--Por qu lloras, hijo? Quin te ha pegao?

--Muju.... Me peg ... jun ...  ...  ... padree!!

--Y todava has de llevar ms--murmura ste retirndose  la cuadra 
arreglar el ganado.--Yo te ensear  golosear la nata!

--Yo no la com, ea!, que la comi Tou el de la Zancuda...; jmmaa!

--Y pu que sea verd, angelucu; que ese es un lambistn que se pierde
de vista.... Vamos, toma unas castaas y no llores ms.... Tu padre
tamin tiene la mano bien ligera.... Ha veno el estudiante?

--No, siora....

--Dios quiera que no me lo coma un lobo en d qu calleja.... Y nde
est tu hermana?

--Fu  la juenti.

-- esa pingonaza la voy yo  andar con las costillas.... No, pues; no
me gusta  m que  estas horas se me ande  la temperie de Dios, que
ese hijo condenao de la Lambiona tiene un aquel ... que malau pa l
nunca ni n.

Y murmurando as la ta Simona, deja las almadreas  la puerta del
estragal; cuelga la saya de bayeta con que se cubra los hombros del
mango de un arado que asoma por una viga del piso del desvn; entra en
la cocina, siempre seguida del chico, con la cesta que traa tapada con
la saya; djala junto al hogar; aade  la lumbre algunos escajos;
enciende el candil, y va sacando de la cesta morcilla y media de
manteca, un puchero con miel de abejas y dos cuartos de canela; todo lo
cual coloca sobre el poyo y al alcance de su mano para dar principio 
la preparacin de la cena de Navidad, operacin en que la ayuda bien
pronto su hija que entra con dos _escalas_ de agua y protestando que no
ha hablao con alma naca, y que lo jura por aquellas que son cruces...,
y que mal rayo la parta si junta boca con mentira.

Poco despus viene el to Jeromo, que toma asiento cerca de la lumbre
para auxiliar  la familia en la operacin; pues la gente de campo de
este pas, sobria por necesidad y por hbito, goza tanto con el
espectculo de la cena de Navidad como saborendola con el paladar.

El chirrido de la manteca en la sartn, el cortar las torrejas, el
quebrar los huevos, el batirlos, el remojar en ellos el pan, el derramar
el azcar sobre las torrejas que salen calentitas de la sartn, el
verter la leche  la miel sobre ellas, etc., etc., y el considerar que
todo ello, ms el jarro de vino que est guardado como una reliquia, ha
de ser engullido y saboreado por los pobres labriegos que lo contemplan,
les produce unas emociones tan gratas que...; en fin, no hay ms que ver
los semblantes de la familia del to Jeromo, olvidado ya el suceso de la
nata.

Qu expansin!; qu felicidad se refleja en ellos! La ta Simona, con
el mango de la sartn en una mano y con una cuchara de palo en la otra y
acurrucada en el santo suelo, se cree ms alta que el emperador de la
China, y en ms difcil  importante cargo que el de un embajador de paz
entre dos grandes pueblos que se estn rompiendo el alma.

Lstima que no haya llegado el estudiante para solemnizar debidamente
toda la Noche-Buena!

Porque sta tiene en la aldea varias peripecias.

Despus del placer de preparar la cena y del de tragarla, falta el de la
llegada de los _marzantes_, por los cuales ha preguntado ya muchas veces
el vapuleado chicuelo,  quien, la verdad sea dicha, preocupan todava
ms que la tardanza de su hermano. Y es porque el infeliz no los ha odo
nunca, ni en la Noche-Buena, ni en la de Ao Nuevo, ni en la de los
Santos Reyes, pues se ha dormido siempre antes de que lleguen al portal;
as es que cree en los marzantes como en el otro mundo, por lo que le
cuentan.




II


No vaya  creerse que el to Jeromo, porque tiene un hijo estudiante, es
hombre rico tomada la palabra en absoluto; el marido de la ta Simona
tiene, para labrador, _un pasar_, como l dice. Pero en la familia hay
una capellana que ningn varn ha querido, y el to Jeromo sacrific de
buena gana algunas haciendas para ayudar  costear la carrera  su hijo
mayor y asegurarle la pitanza, ordenndole  ttulo de aqulla, cuyas
rentas, por s solas, no alcanzaban  tanto. Eso s, y bien claro se lo
solfe  su hijo:--Si llegas  gastar los cuartos que me valieron las
tierras sin cantar misa, Dios te la depare buena, porque, lo que es yo,
te abro en canal.

Contribuy mucho  que el chico entrara en el Seminario, el consejo del
mayorazgo de la Casona. Este sujeto haba estudiado un poco de latn en
sus mocedades, y era tan pedante, que slo por tener alguno con quien
lucir su sapiencia, insisti con to Jeromo un da y otro da hasta que
logr decidirle  que su hijo aprendiera _latinidades_. Y tan obcecado
es el mayorazgo en su saber, y tal es su pedantera que, ingresado ya el
primognito del to Jeromo en el Seminario, varias veces ha querido
renunciar  las vacaciones por no hallarse cara  cara con el vecino,
que le asedia con latinajos _arrevesaos_, como dice el estudiante.

Huyendo, pues, de encontrarle en alguna calleja  sentado en el banco
del portal de su padre, como suele estar todos los das, el seminarista
ha salido tarde de su celda con el objeto de entrar de noche en el
pueblo; y esto es lo que explica su tardanza, que ya va metiendo en
cuidado  la ta Simona.

Pero lo que sta no saba, ni sospechar pudo el mismo estudiante, fu
que, habindose ste sentido con sed y decidido  echar _medio en
sangra_ en la taberna del lugar, que hall al paso, huyendo de la
mxima de su padre de que el agua cra ranas, lo primero con que
tropez, antes que con el tabernero, fu el mayorazgo, el cual, al
guiparle, le enjaret un _amice, quo modo vales?_ que quit al
estudiante hasta la sed.

--Cncholes con el hombre!--murmur el interpelado, recogiendo otra
vez el lo de ropa  sea el balandrn y dos camisas sucias, que haba
puesto sobre un banco al entrar en la taberna.

--_Unde venis? Qursum tendis?_

--Jeringa, digo yo!; que traigo andadas cuatro leguas  pie, y no estoy
pa solfeos de esa clase. Queden ustedes con Dios.

--Agurdate hombre. Que siempre has de ser arisco!

--Y ust preguntn. Y es que el mejor da le echo una _zurriasc_ de
latn que no se la sacude en todo el ao.... Porque yo tambin.... Pues
si le entro  teologa, veremos nde ust se me queda.

--_Parce miqui, incipiens sa-cerdo._

--Cuidado con la lengua, le digo, que aunque parece que no entiendo, ya
s traducir.... Y si se me hincha la paciencia!...

--Eres un pobre hombre y no tienes nada del _virum fortem_.... No corras
tanto, caramba! Tras de que deseo acompaarte hasta tu casa!...

De poco sirvi al mayorazgo esta reprensin. El seminarista apret el
paso, renegando de su mala estrella; dej  medio camino al importuno, y
no par hasta la cocina de su padre, donde se presenta con el humor ms
perro del mundo.

--Cncholes, qu hombre!--exclama por todo saludo al hallarse entre la
familia.

--Pero qu te pasa?--dice el to Jeromo.

--Qu me ha de pasar? Ese fantasioso de mayorazgo..., siempre con su
latn!

--Y qu cuidao te da  ti? No has estudiao tres aos ya? Por qu no
le contestas?

--Porque no soy tan jaque como l.... Y luego l ha estudiado por otro
arte. El mo no trae todas esas andrminas que l sabe.... Cncholes!,
como quisiera entrarme  _piscologa_ ... s ms de ello!

--Y cundo cantas misa?--aade la ta Simona cayndosele la baba y
mientras contemplan de hito en hito al estudiante sus dos
hermanos.--Mira que el lugar est perdo.... El seor cura es tan
viejo....

--Y que no sabe una palabra, madre. Si furamos nusotros! Cncholes,
cunto aprendemos! Vern que sermones echo los das sealados....


III

Como quiera que no sea el objeto principal de este artculo retratar al
hijo mayor del to Jeromo, hago caso omiso de todo el dilogo promovido
por su despecho contra el mayorazgo, y vamos  seguir con nuestro asunto
comenzado, asistiendo  la cena de esta honrada familia en la noche de
Navidad.

Despus que el estudiante retira del fuego el puchero del guisado para
que el calor de la lumbre le seque  l el lodo de los pantalones, y
cuando su hermana ha recogido con gran esmero el balandrn y las
camisas, toma aqul el jarro de la leche, ya que el papel del azcar le
tiene su padre, y se dispone  auxiliar  su madre y  su hermana en la
preparacin de las tostadas, amenizando el trabajo con el relato de sus
proezas y aventuras de estudiante.

Cuando cada manjar le puede comer un ngel de bien sazonado que est,
como dice la ta Simona, y todos ellos quedan cuidadosamente arrimados 
la lumbre para que se conserven en buena temperatura, precdese  otra
operacin no menos solemne que la cena misma: poner la mesa _perezosa_.

Esta mesa se reduce  un tablero rectangular sujeto  una pared de la
cocina por un eje colocado en uno de los extremos; el opuesto se asegura
 la misma pared por medio de una tarabilla. Suelta sta, baja la mesa
como el rastrillo de una fortaleza, y se fija en la posicin horizontal
por medio de un pie,  tentemozo que pende del mismo tablero.

La perezosa no se usa en las aldeas ms que en el da del santo
patrono, en la noche de Navidad en la de Ao Nuevo y en la de Reyes, 
cuando en la casa hay boda.

Por eso no debemos extraarnos del estrpito que se arma en la cocina
del to Jeromo al hacerse esta operacin.--Que no se te
caiga!--Aydame por esta banda!--Quita ese banco!--Apaa esa
cuchara!--All va!--Que est torca!--Calza de all!--Fuera esa
pata! Poco menos alboroto y mayores precauciones que si se botara al
agua un navo de tres puentes.

Puesta la mesa y sobre ella los manjares, y echada la bendicin por el
estudiante, dejaremos  la familia cenar con toda libertad: es
operacin, salvas algunas leves diferencias de forma en los cubiertos y
de fuerza de masticacin, que todos hacemos lo mismo. Adems, nuestra
presencia tal vez impidiera al buen Jeromo sorber la salsa que queda en
la cazuela del guisado, y  su mujer pasar el dedo por la tartera de las
tostadas para rebaar el azcar, y al seminarista apurar hasta verte,
Jess mo, el vaso de vino blanco.

Volvamos  la misma cocina una hora ms tarde.

Todos estn ms locuaces que antes, y hasta el viejo labrador ha
desarrugado su habitual entrecejo. El rapazuelo ronca tendido sobre un
banco, y el estudiante habla en latn y asegura que si entonces pillara
al mayorazgo, ira de Dios!... La ta Simona canta por lo bajo:

        Esta noche es Noche-Buena
        y maana Navidad;
        est la Virgen de parto
        y  las doce parir.

Su hija se dispone  hacerle el do, cuando se oye en el corral un coro
de relinchos y un ruido sobre los morrillos, como si avanzaran veinte
caballos.

--Ah estn los ladrones!--dira en tal caso un ciudadano alarmado.

Pues, no seor, son los _marzantes_, es decir, dos docenas de mocetones
del lugar que andan recorrindole de casa en casa. El ruido sobre los
morrillos y los relinchos los producen las almadreas y los pulmones de
los mozos.

Este acontecimiento hace en los personajes de la cocina un efecto
agradabilsimo; callan todos como estatuas y se disponen  escuchar.

--Vaya, _seor don_ Jeromo--dice una voz en falsete para disfrazar la
verdadera, desde el portal:-- ver esas costillas que se estn curando
en el _varal_; esos ricos huevos de la gallina pinta que cacareaba en el
corral, por, por, por, poner, por, poner!... Que s!... Vaya, que
s!...

El coro contesta con relinchos  esta primera tirada de _algaraba_,
que as se llama tcnicamente la introduccin de los marzantes, y vuelve
 continuar la voz pidiendo morcillas en blanco,  aunque sea en
negro, y otras cosas por el estilo, hasta que concluye diciendo:

--Qu quiere usted?; que cantemos  que recemos?

--Que recen--dice Jeromo.

--Que canten, cncholes!--replica el estudiante,--que  m me gustan
mucho las marzas.... Ea,  cantar!--aade luego, abriendo una
rendijilla, nada ms, de la ventana.

Esta orden es acogida afuera con otro coro de relinchos, y al punto
comienzan  cantar los marzantes, en un tono triste y siempre igual, un
largusimo romance que empieza:

        En Beln est la Virgen
        que en un pesebre pari;
        pari un nio como un oro
        relumbrante como un sol....

y concluye:

         los de esta casa
        Dios les d victoria,
        en la tierra gracia
        y en el cielo gloria.

Esta copleja tiene esta otra variante que los marzantes suelen usar
cuando no se les da nada,  cuando se les engaa con morcillas llenas de
ceniza:

         los de esta casa
        slo les deseo
        que sarna perruna
        les cubra los huesos.

Los pesados lances  que esta jaculatoria suele dar lugar, y los nada
ligeros que se suscitan siempre al fin de la velada cuando van los mozos
_ comer las marzas_  la taberna, ya encontrndose con los marzantes de
otro barrio,  ya provocando  algn vecino, es sin duda la causa de que
disfrace la voz el que pide y de que guarden asimismo el incgnito todos
sus compaeros.

Pero en casa de Jeromo no se engaa  nadie, y la ta Simona alarga
media morcilla de manteca  los marzantes; y stos, despus de echar la
primera copla, se marchan relinchando de placer.

La familia tira los ltimos golpes  la cena, agtanse los jarros de
vino, y el chicuelo despierta preguntando por los marzantes. Cuando sabe
que se han marchado, alborota la cocina  berridos, dale su padre un par
de guantadas, interpnense el seminarista y su madre, apgase la lumbre,
oscila la luz del candil, dormita la moza, maya perezoso el gato,
cesele la pipa ms de una vez de la boca al to Jeromo, habla torpe
sobre los fenmenos de la luz el seminarista; y cuando los relinchos de
los marzantes se escuchan lejanos, hacia el fin de la barriada, desfila
al paso tardo y vacilante la familia del to Jeromo  buscar en el
reposo del lecho el fin de tan risuea y placentera velada.

La ta Simona sale la ltima; y mientras se lamenta de haber dejado de
rezar el rosario por causa del jaleo, y jura que al da siguiente ha de
rezar dos, guarda en el arcn que ya conocemos los despojos del pan, del
azcar y de la manteca, para que en el primer da de Pascua pueda la
familia, manipulndoselo bien, recordar, con algo ms que la memoria,
la noche de Navidad.




LA LEVA

I


Enfrente de la habitacin en que escribo estas lneas hay un casucho de
miserable aspecto. Este casucho tiene tres pisos. El primero se adivina
por tres angostsimas ventanas abiertas  la calle. Nunca he podido
conocer los seres que viven en l. El segundo tiene un desmantelado
balcn que se extiende por todo el ancho de la fachada. El tercero le
componen dos buhardillones independientes entre s. En el de mi derecha
vive, digo mal, viva hace pocos das, un matrimonio, joven an, con
algunos hijos de corta edad. El marido era bizco, de escasa talla,
cetrino, de ruda y alborotada cabellera; gastaba ordinariamente una
elstica verde remendada y unos pantalones pardos, rgidos, indomables
ya por los remiendos y la mugre. Llambanle de mote el _Tuerto_. La
mujer no es bizca como su marido, ni morena; pero tiene los cabellos tan
cerdosos como l, y una rubicundez en la cara, entre bermelln y
chocolate, que no hay quien la resista. Gasta saya de bayeta anaranjada,
jubn de estamea parda y pauelo blanco  la cabeza. Los chiquillos no
tienen fisonoma propia, pues como no se lavan, segn es el tizne con
que primero se ensucian, as es la cara conque yo los veo. En cuanto 
traje, tampoco se le conozco determinado, pues en verano andan en cueros
vivos,  se disputan una desgarrada camisa que  cada hora cambia de
poseedor. En invierno se las arreglan, de un modo anlogo, con las ropas
de desperdicio del padre, con un refajo de la madre,  con la manta de
la cama.

El Tuerto era pescador, su mujer es sardinera, y los nios ... viven de
milagro.

En la otra buhardilla habita solo otro marinero, sesentn, de complexin
herclea, y un tanto encorvado por los aos y las borrascas del mar. Usa
un gorro colorado en la cabeza y un vestido casi igual al de su vecino
el Tuerto. Tiene las greas, las patillas y las cejas canas. No s de
cierto cmo tiene la cara, porque es hombre que la da raras veces, y no
he podido vrsela  mi gusto. Se llama de nombre to Miguel; pero
responde  todo el mundo por el mote de _Tremontorio_, corruptela de
_promontorio_, mote que le dieron en su juventud por su gigantea
corpulencia y por su vigor para tirar del remo contra corrientes y
celliscas.  la edad que cuenta, lleva hechas dos campaas _de rey_; es
decir, le ha tocado la suerte de servir en barco de guerra, dos veces 
cuatro aos cada una. La ltima campaa la hizo en la _Ferrolana_, y con
esta fragata di la vuelta al mundo, con el cual viaje acab de
conquistar el prestigio que le iban dando entre sus compaeros sus
muchos conocimientos como marinero, su valor, su buen corazn ... y sus
frreos puos. Se conserva soltero, porque entre su lancha, sus campaas
y sus redes, que teje con mucho primor, nunca le qued un cuarto de hora
libre para buscar una compaera.

Por ltimo, en el cuarto segundo habita un matrimonio contemporneo del
to Miguel; y si no tan robustos como ste, los dos cnyuges esta an
ms desaliados que l, y tan canos, tan curtidos y arrugados. De este
matrimonio naci el Tuerto de la buhardilla, quien al lado de su padre
aprendi  tirar del remo,  aparejar serea,  ser, en fin, un buen
pescador. El padre del Tuerto, to _Bolina_ llamado, porque siempre al
andar se lade de la derecha, sigue,  pesar de sus aos, bregando con
la mar, como el to Tremontorio; y no por aficin  ella, como dira muy
serio un poeta del rin de Castilla  de la Mancha, acostumbrado 
mandar las maniobras y  conjurar tormentas des de un escenario,  en
el estanque del Retiro, sino porque viven de lo que pescan, y slo
pescan para vivir exponiendo la vida cien veces al ao en el indmito
mar de Cantabria, sobre una frgil lancha.

Dados estos pormenores, debo decir al lector, por si se ha sorprendido
al verme tan enterado de ellos, que ni yo los he buscado ni los
personajes descritos han venido  trarmelos: ellos, solitos, se han
colado por la puerta de mi balcn, de la manera ms sencilla.

La aludida casa est separada de la en que escribo, por la calle, que no
es muy ancha; y mis vecinos, lo mismo en invierno que en verano, saldan
todas sus cuentas y ventilan los asuntos ms graves, de balcn  balcn.

Por ejemplo:

Se acerca un da la hora de comer. En la buhardilla del Tuerto se oyen
gritos y porrazos de su mujer, y lloros y disculpas de los chiquillos
que los reciben.

No se ve la escena, porque lo impide el humo de la cocina que sale 
borbotones por el balconcillo, conductor nico que para l hay en la
casa.

La mujer del to Bolina est clavando unas _rabas_ de pulpo en la pared
de su balcn, para que se oreen. Su nuera aparece en el suyo, ms
desaliada que nunca, con la cara roja como un pimiento seco y con la
crin suelta, en medio de una espessima nube de humo, aparicin
verdaderamente infernal!; saca medio cuerpo fuera de la balaustrada, y
con voz ronca y destemplada, grita, mirando al piso segundo:

--Ta!...

Debo advertir que este es el tratamiento que se da, entre la gente del
pueblo de este pas, por los yernos y nueras,  las suegras.

La vieja del segundo piso, sin dejar de clavar las rabas, al conocer la
voz de su nuera, contesta de muy mala gana:

--Qu se te pudre?

--Tiene un grano de sal pa freir unas _bogas_?

--No tengo sal.

--Sal es lo que no haba de tener ust--refunfua la mujer del Tuerto.

--Vergenza es lo que  t te falta--grue, al oirlo, la vieja.--Y
sbete que tengo sal, pero que no te la quiero dar.

--Ya me lo figuro, porque siempre fu ust lo mismo.

--Por eso te he quitao el hambre ms de cuatro veces, ingratona,
desalmada!

--Lo que ust me est quitando todos los das es el crdito,
chismosona, mas que chismosa!; y si no fuera por dar al diablo que
reir, ya la haba arrastrao por las escaleras abajo.

--Capaz sers de hacerlo, bribonaza!; que la que no quiere  sus
hijos, mal puede respetar las canas de los viejos.

--Que no quiero yo  mis hijos!...; que no los quiero!--ruge la de la
buhardilla, puesta en jarras y echando llamas por los ojos.--Quin ser
capaz de hacerlo bueno?

--Yo--replica con mucha calma la vieja;--yo que los he recogido muchas
veces en mi casa, porque t los dejas desnudos y abandonaos en la calle
cuando te vas  hacer de las tuyas de taberna en taberna ...
borrachona!

--Impostora..., bruja!--grita al oir estas palabras, descompuesta y
febril, la mujer del Tuerto.--Yo borracha! Cuntas veces me ha
levantado ust del suelo, desolladura? Y aunque fuera verd,  mi costa
lo sera:  denguno le importa lo que yo hago en mi casa.

--Me importa  m, que veo lo que suda el mi hijo pa ganar un peazo de
pan que t vendes por una botella de aguardiente, en lugar de partirle
con tus hijos. Por eso los probes angelucos no tienen cama en que
dormir, ni lumbre con que calentarse, ni camisa que poner; por eso no
tienes t un grano de sal y me la vienes  pedir  m.... Cmpralo,
viciosona!... Pero vienes t de mala casta para que seas buena.

--Mi casta es mejor que la de ust, por todos cuatro costaos. Y yo en
mi casa me estaba. l fu  buscarme.

--Nunca l hubiera ido...; bien se lo dije yo:--Mira que esa es
_callealtera_ y no puede ser buena!

--Los de la calle Alta tienen la cara muy limpia y se la pueden ensear
 todo el mundo ... algo mejor que los de ac abajo...; flojones, ms
que flojones!, que se han dejao ganar tres regatas de seguido por los
callealteros.... Esa es la rescoldera que  ust le pica; pero por ms
pedriques que echen en Miranda y ms velas que pongan  los _Mrtiles_,
San Pedruco el nuestro los ha de echar  pique.

--San Pedro no puede amparar nunca  gente tan desalmada como t, y si
se perdieron las regatas, Dios sabe por qu fu.

--Por falta de puos, pa que ust lo sepa.

--Grita, grita ms alto; que te lo oiga el tu marido que por all abajo
asoma, y mira despus nde te metes.

--Yo digo la verd aunque sea delante del mi marido--replica la de la
buhardilla, mirando de reojo  una esquina de la calle y bajando la voz
as que ve al Tuerto.

La vieja del segundo clava la ltima raba, y sin mirar hacia su nuera,
vase retirando del balcn, dejando fuera estas palabras:

--Anda, anda  prepararle la comida, borrachona!

La aludida en ellas desaparece tambin, metindose furibunda por lo ms
espeso de la columna de humo que sigue saliendo de la cocina despus de
haber despedido  su suegra con estos piropos:

--Bruja, brujona!...; vaya  discurrir los cuentos que le ha de decir
al mi marido...; chismosa, infamadora!

Antes de pasar ms adelante, debe saber el lector que desde tiempo
inmemorial, existe entre los mareantes de la calle Alta y los de la del
Mar, barrios diametralmente opuestos de Santander, una antipata
inextinguible.

Cada barrio forma cabildo aparte, y no han querido para los dos un mismo
patrono. San Pedro lo es de la calle Alta,  _Cabildo de Arriba_, y la
calle del Mar,  _Cabildo de Abajo_, est encomendado al amparo de los
santos mrtires Emeterio y Celedonio,  cuyas gloriosas cabezas, de las
que se cuenta que llegaron milagrosamente  este puerto en un barco de
piedra ha dedicado, construyndola  sus expensas, una bonita capilla en
el barrio de Miranda, dominando una gran extensin de mar.

Con estos datos no se extraar ya que mis dos vecinas, despus de
apostrofarse recprocamente, como lo hacen en la primera parte del
dilogo transcrito, puedan hallar ofensivo  su dignidad el ser
callealteras  el dejar de serlo.

Y prosigamos.

Llega  su casa el Tuerto. (Y advirtase que el humo se va disipando, y
no impide ya que yo vea la escena, con todos sus pormenores.) Qutase el
_sueste_,  sombrero embreado, de la cabeza; coloca sobre un arcn viejo
el impermeable de lona que llevaba al hombro, y cuelga de un clavo un
cesto cubierto con hule y lleno de aparejos de pescar. Su mujer desocupa
en una tartera desportillada un potaje de berzas y alubias, mal cocido y
peor sazonado; pnelo sobre el arcn, y junto  l un gran pedazo de pan
de municin. El Tuerto, sin decir una sola palabra, despus que sus
hijos han rodeado la tartera, empieza  comer el potaje con una cuchara
de estao. Su mujer y los chicuelos le acompaan, por turno, con otra de
palo. Conclyese el potaje. El Tuerto espera algo que no acaba de
llegar; mira  la tartera, despus al fondo de la olla vaca, y, por
ltimo,  su mujer. sta palidece.

--nde est la carne?--pregunta al cabo, con voz ronca, el pescador.

--La carne ...--tartamudea su mujer,--como ya estaba cerrada la tabla
cuando fu  buscarla, no la traje.

--Mentira!... Yo te di ayer al medioda dos reales y medio para
comprarla, y la tabla no se cierra hasta las cuatro. nde tienes el
dinero?...

--El dinero?...; el dinero ... en la faltriquera.

--Bribona, t la has hecho hoy ... y yo te voy  abrir en canal!--grita
exasperado el Tuerto al notar la turbacin, cada vez ms visible, de su
mujer.-- ver el dinero, digo, pronto!

La interpelada saca, temblando, unos cuartos de su faltriquera, y sin
abrir toda la mano, se los ensea  su marido.

--Esos no son ms que ocho cuartos ... y yo te dej veintiuno!... nde
estn los otros?...

--Se me habrn perdido...; que yo tena los veintiuno esta maana....

--No puede ser: yo te di dos reales en plata.

--Es que ... los cambi en la plaza....

--Qu ha hecho tu madre esta maana?--pregunta rpido el Tuerto al
mayor de sus hijos, cogindole por un brazo.

El chiquitn tiembla de miedo, mira alternativamente  su padre y  su
madre, y calla.

--Habla pronto!--dice el primero.

--Es que me va  pegar madre si lo digo--contesta, haciendo pucheros, el
pobre chico.

--Es que si callas te voy  deshacer yo la cara de una guant!

Y el muchacho, que sabe por experiencia que su padre no amenaza en vano,
 pesar de las seas que le hace su madre para que calle, cierra los
ojos y dice rpidamente, como si le quemaran la boca las palabras:

--Mi madre trejo esta maana un cuartillo de aguardiente, y tiene la
botella esconda en el jergn de la cama.

El Tuerto, oda esta ltima palabra, tumba de un sopapo  sus pies  la
delincuente, corre  la cama, revuelve las hojas de su jergn, saca de
entre ellas una botellita blanca que contiene un pequeo resto del
delatado contrabando, vuelve con ella hacia su mujer, y arrojndosela 
la cabeza en el momento en que se incorporaba, la derriba de nuevo y
salpica  los chiquillos con el lquido pecaminoso. Gime, herida, la
infeliz; lloran asustados los granujas, y el iracundo marinero sale al
balconcillo renegando de su estrella y maldiciendo  su mujer.

To Tremontorio, que vino de la mar con Bolina y el Tuerto, se halla en
su balcn tejiendo red (su ocupacin preferida cuando est en casa)
desde el principio de la reyerta de sus vecinos, y tirando de vez en
cuando un mordisco  un pedazo de pan y  otro de bacalao crudo,
manjares que constituyen su comida ordinariamente. No se da con el
Tuerto por advertido del suceso que acaba de ocurrir y del que se ha
enterado perfectsimamente, pues no le gusta meterse en lo que no le
importa; pero el irascible marido, que necesita dar salida al veneno que
an le queda en el cuerpo, llama  su vecino, y de balcn  balcn
entablan este dilogo  grandes voces:

--To Tremontorio, yo no puedo con esta bribona, y voy  hacer un da
una barbarid.

--Ya te he dicho que tienes t la culpa desde un principio; en cuanto la
veas ceir un poco, arriabas en banda....

--Y qu haba de hacer yo si me paeca una santa de Dios?

--Qu habas de hacer? Tia!; lo que yo te deca siempre:--Caza firme
y trinca bien; viento duro por la popa, y hala por avante.

--Pero si no tiene ya un hueso en el cuerpo que no le haiga yo carenao
 golpes!

--Despus que se le haba podri la maera, tia!

--Me valga Dios, qu pcara!... Qu va  ser de estas criaturas el da
que la suerte me saque de casa!...; porque el demonio no tiene por nde
desechar  esta mujer. La semana pas la entregu veinticuatro riales pa
que vistiera  los hijos...; ust los ha visto?: pos tampoco yo. La
borrachona los consumi en aguardiente. Pegula una trisca que la dej
por muerta, y  los tres das me vende una sbana por media azumbre de
caa; dila ayer veintin cuartos pa carne, y bbelos tamin.... Y  too
esto, las criaturas esnudas, yo sin camisa, y sin atreverme, si  mano
viene,  echar un vaso de vino un da de fiesta.

--Por qu no la conjuras, tia? Pu que sea _mal-dao_.

--Si llevo gastao, to Tremontorio, un costao en esos amenculos!
Llevla  m  tres leguas de aqu,  que un seor cura, que icen que
tiene ese previlegio, la echara los Avangelios; leyselos, dime una
cartilla bendeca y un poco de ruda, coslo too en una bolsa, colgusela
al pescuezo, costme la cirimonia al pie de un napolin..., y n: al da
siguiente cogi una cafetera que no se poda lamber. Yo la he dao
aguardiente coco con plvora, que icen que es bueno pa tomar ripunancia
 la bebida, y  esta conden paece que le gusta ms desde entonces. He
gastao en velas pa los Santos Mrtiles,  ver si la quitan el vicio, un
sento..., y como si callara.... Ya no s qu hacer, to Tremontorio, si
no es matarla, porque es mucho el vicio que tiene. Fegrese ust que
dempus que la di el aguardiente con plvora, la entr un clico que
cre que reventaba. Como yo haba odo que el aguardiente es bueno pa
quitar el dolor de barriga, poniendo por fuera unos paos bien empapaos
en ello, calent en una sartn como medio cuartillo; y cuando estaba
casi hirviendo, llevlo as  la cama onde se estaba revolcando la muy
bribona. Mndola que tenga un poco la sartn mientras yo iba al arcn 
buscar unos trapos, vuelvo con ellos...: creer ust, puo, que ya se
haba trincao el aguardiente de la sartn, abrasando como estaba?
Hombre, si esto es ms que maldicin de Dios!

--Pues, amigo..., tocante  eso..., qu te dir yo? Cuando la mujer da
en torcerse, como la tuya, mucho palo; si con l no sale  flote, 
chala  pique de una vez,  culgate de una gabia.

--Si le digo  ust, hombre de Dios, que la he solfeao too el cuerpo 
lea; que le he puesto la cara  _morrs_ ms negra que la tinta de un
magano!...

--Pues ahrcate entonces, y djame en paz y en gracia de Dios tejer
estas mallas, que por no perder la paciencia no me he querido casar yo,
tia, retia!

--Mal rayo me parta treinta veces y media, y permita Dios que al primer
noroeste que me coja en la mar me coman las merluzas!... Si pa esto
nace uno, valirame ms no haber naco!... Perro de m, que no la hice
macizo antes de llegar  perder la pacencia y la sal por la grandsima
bribona!...

Y comindose los labios de coraje, mtese el Tuerto en su buhardilla y
cierra la puerta del balcn.

El to Tremontorio, sin levantar los ojos de su labor, le despide
canturriando con su spera voz esta copleja:

        Por goloso y atrevido
        muere el pez en el anzuelo;
        porque yo no soy goloso
        en paz y libre navego.

Suponte ahora, lector, que estamos en un da de fiesta.

--Bolina!... Bolina!--grita la voz de Tremontorio.

--Qu hay?--responde Bolina saliendo al balcn.

--Que no paso por esta cuenta; que  m me falta dinero ... y que me
falta, ea!

--Malos tiburones te coman! Yo no s de qu te ha servo tanto como has
rodao por el mundo, que toava no sabes contar los deos de la mano. Qu
es lo que te falta ahora?

--Me falta, me falta ... yo no s cunto, pero me falta dinero.

--Si no dices ms que eso.... No ajustemos endenantes la cuenta ms de
treinta veces? No viste que no te faltaba n?...

--S; pero en casa lo he pensao mejor, y no hay quien me saque de que
aquellos treinta riales....

--Dale con los treinta riales! No te correspondan  ti diez duros por
la costera de la semana?

--S.

--No nos haban emprestao  ti, al mi hijo y  m, un barril de
parrocha en la taberna del _Estrobo_?

--S.

--No costaba el barril setenta y dos riales?

--S.

--No te corresponden  ti veinticuatro?

--S.

--No debas adems en la taberna, primeramente treinta cuartos de caf
y copas, y luego dos riales y medio emprestaos?

--S.

--Pus veinticuatro y seis, treinta. Cunto tienes t?

--Tengo, tengo ... dos y dos son cuatro..., cuatro ... cuatro de 
decinueve, primeramente.

--Bueno: pon una peseta con ellos.

--Ya est.

--Pus tendrs ahora cuatro duros.

--Cabales.... Ahora hay, por otro lao, dos pesetas en cuartos y dos
tarines.

--Que son diez riales; y ochenta que tenas antes, noventa.

--Noventa. Ahora me quedan cuatro peseta de  cinco, y ... uno, dos,
tres ... y dos, cinco ... y uno, seis...; seis medios duros, que son....

--Que son, que son...; tenamos antes noventa riales, que con las cuatro
pesetas de  cinco hacen, hacen ... noventa, y luego veinte.... Si
fueran diez seran ciento; ciento, y diez ... ciento diez.... Luego,
seis medios duros, que son tres.

--Y ciento diez, ciento y trece justos ... hasta doscientos que deban
de ser, tia!, mira si me falta dinero.... Y no te canses, Bolina, que
cuando yo digo una cosa, tia!...

--Pero, peazo de animal, djame acabar.... Si too lo embrollas. Quin
te ha dicho  ti que ciento diez riales y tres duros son ciento y trece
riales?

--Aqu y en Francia han so siempre ciento diez y tres, ciento trece,
retia!

--S; pero como esos tres son duros, y tres duros son sesenta riales,
ser la cuenta ciento diez, y sesenta, ciento setenta.

--Y cuntos duros hacen?

--Media onza es lo mesmo que ciento sesenta riales, y stos son ciento
setenta; conque son, media onza y medio duro ... ocho duros y medio.

--Lo mesmo que endenantes, lo ves?...; hasta diez que han de ser ...
si cuando yo digo una cosa!

--Mal rayo te parta! Pues no te he dicho que haba que desquitar
treinta riales que debas en la taberna?

--S.

--Pus esos treinta que te faltan hasta los doscientos, son los que te
dieron de menos.

--Conque es decir que por un lao se me dan treinta riales de menos, y
por otro me rebajas t en la cuenta otros tantos.... Tina!, pues ahora
salgo peor; treinta de ac ... y treinta de all.... Esto no lo dejo yo
as, y ahora mesmo voy al Muelle, retia!

--Anda, burro, ms que burro!... Este hombre no tiene timn en la
cabeza! Mal vendaval te sople, animal!...

Imaginmonos ahora que est lloviendo, desde hace ocho das, pero del
Noroeste, con temporal recio _afuera_.

--To Tremontorio, ha visto por la banda del Norte cmo se va poniendo?

--Hay tremolina arm pa unos das.... Esta madrug abri un poco el ojo
el Nordeste y pens que bamos  salir maana  la mar; pero se ha
corro otra vez al vendaval y con un cars peor que el tuyo.

--Y qu lstima de costera, hombre!... Si haba besugo pa
aborrecelo!... Le digo  ust que esta invern nos va  costar muy cara.

--Por mor de eso, y pa ayuda de males, nos pegaron aquella _tronc_ esta
maana en el Cabildo.... Y pa eso le citan  uno y le sacan de casa!...
Tia, si me hubiera dejao llevar de mi genio!... Decir  Dios que con
el platal que ha entrao en fondo en too lo que va de ao no ha de haber
quedao pa hacer un reparto, por ver de pasar un par de das, pinto el
caso, en que no se pu salir  la mar, ni se gana pa un amoderao[5]
siquiera.... Tia, y que entoava le han de pedir  uno el real que
necesita pa no morirse de hambre!

--Duro es, to Tremontorio; pero ello, pongmonos en lo justo. Ha dao la
casualid de que paece que se ha avisao media calle pa ponerse enfermo
too el mundo. Tolete, con viruelas; to Mocejn, con el muermo que le
ajoga; Viruta, con una pata desbarat; el Mordaguero, baldao de
estribor...; y dispus, yo no s cuntos ms  pique de irse  fondo....
Por otro lao, el mdico no quera asistir al Cabildo si no le aumentaban
dos mil riales de sueldo, y ha habido que drselos; la lancha del
Puntal nos ha empeao en un pico mu gordo este ao, una bandera nueva pa
la capilla..., y el diablo que paece que se ha desatao contra
nusotros.... D ust  los enfermos el porqu que les corresponde cada
da, pague ust al mdico lo que pidi de ms, pague ust la bandera,
pierda ust lo que se ha perdi en el pasaje, y....

--Tia,  m cuntame t del otro mundo, que de ste no tengo ya n que
aprender...; y si Patuca sabe mucho, yo s ms que l. Yo lo que veo es
que con un papeluco emborronao nos quiso tapar la boca. Mi t cmo no
estipul el tanto ms cuanto de la cosa, mano  mano como se deba. Pero
como entiende de pluma, con decir aqu est apuntao...; y  m no me
la cuela l, que no me mamo el deo, aunque no conozco la O, tia!

--Pero las cuentas ya se desaminaron bien all, y por gente que lo
entiende.

--Comosulas nos atrapan, tia!, no te canses.... Y digo que aqu
engorda anguno con lo que t y yo sudamos, y si no, vamos  ver. Patuca
Malaspenas va  la mar; anda vesto y portao como un seor; en su casa
se come carne un da s y otro no, y nunca falta el cuartillo de rioja,
tiene un quin en la pinaza del Castrejo y est gordo que revienta. El
diablo me lleve si no era tan pobre como yo hace poco tiempo. De nde
ha salo tanto lastre? Tia! ... no quiero hablar; pero si no corriera
l con los agorros del Cabildo, como corre hace dos aos, no haba de
tener el pellejo tan reluciente.

--Esos son malos quereres, to Tremontorio.

--Tia, que yo me entiendo! Por qu no quiso l que se entregara el
dinero  un comerciante del Muelle cuando en el otro Cabildo se lo
dijieron?

--Porque nos bastamos nusotros pa correr con ello sin ayuda de naide.

--Por lo que se pega, borrico.

--Que son malos quereres, to Tremontorio.

--Que vos engaan, como bonitos, con cuatro papeles arrugaos, vamos....
Y si quieres irle con el cuento, ya que tanto le defiendes, maldito lo
que se me importa.

--Yo no soy cuentero ni vivo de eso; pero cuando se dice mal de un
hombre de bien..., vamos, to Tremontorio, que no me gusta. Ust ha
visto mucho mundo, pero  veces quiere saber ms de lo regular.

--Y ya que tanto hablas, tia!, es justo, que t, cargao de hijos, con
una mujer como la que tienes, que te consume hasta la sangre, no recibas
uno  dos  medio en estos das de temporal? No eres t tan necesitao
como el que ms?

--Yo estoy bueno y puedo trabajar....

-- qu? Has de ir  jalar de las pipas del Muelle? Pa eso hay otros
primero que t, que tienes que atender al aparejo y  la lancha y  tu
obligacin.

--No dir que no me viniera bien uno  dos  medio; pero si no me le
dan, por qu le he de echar la culpa  quien no la tiene?

--Y por qu en lugar de dar nos piden?

--Ese es otro cuento.... Y al ltimo, al que no tiene el rey le hace
libre.

--Ya te lo dirn de misas.

--De toos modos, to Tremontorio, las cuentas se han presentao y se han
dao por buenas; y por ms que ust y yo nos cansemos....

--Pues veremos lo que comes dentro de un par de das, si el tiempo no se
echa  la tierra.

--Sal nos d Dios, y ya lo veremos.

--Amn!... (Tina!...; qu hombres hay en el mundo! Too lo encuentran
geno. As tienen ellos los calzones!)

Si mientras el Tuerto estaba  la mar, alguno de sus hijos rompa la
olla,  se coma el pan que estaba en el arcn,  haca cualquier
diablura propia de su edad, en el balcn le sacuda el polvo su madre,
en el balcn le estiraba las orejas y en el balcn le baaba en sangre
la cara.

Si de vuelta de correr la sardina sala alcanzada la mujer del Tuerto en
la cuenta que ste le tomaba rigorosamente, en el balcn se oa la
primera guantada de las que administraba el desdichado marido  su
costilla; desde el balcn llamaba  su padre,  su madre y 
Tremontorio; desde el balcn les contaba lo sucedido, y renegaba
furibundo de su mujer; desde el balcn imploraba el auxilio de Dios...,
y de balcn  balcn se enredaba un dilogo animadsimo que entretena,
por espacio de media hora,  las gentes de la calle.

Si el patrn de la lancha de que son socios mis vecinos, les debe algo,
desde sus balcones lo dicen, y en los mismos discuten el medio de
cobrarlo.

Por el balcn recibe Tremontorio las consultas que se le hacen sobre el
tiempo; por el balcn las contesta, y el balcn es su observatorio.

En una palabra: mis vecinos tienen el balcn por casa, excepto para
dormir y vestirse; y ni aun en estas dos ocasiones quieren prescindir
totalmente de la publicidad. Tremontorio y Bolina, especialmente, se
mudan la camisa y los pantalones en medio de la sala ... con todas las
puertas abiertas; pero donde se echan los botones y se amarran la
cintura con la indispensable correa, es en el balcn. Y esto en
invierno; que en verano,  cierro la puerta de mi antepecho,  he de
contemplarlos hasta en la menor particularidad de su vida ntima, tanto
de da como de noche.... Por hacerme partcipe de sus costumbres estas
pobres gentes, hasta me despierta  m al mismo tiempo que  ellas el
penetrante  intraducible grito de _apuy!_ con que les llama,  las
tres de la maana en verano y  las cinco en invierno, para ir  la mar,
otro marinero que tiene por esta obligacin algunos gajes.

De todo lo cual resulta, lector, aun sin mi decidida aficin  reparar
en achaques de costumbres, ms de lo suficiente para que comprendas
cmo, sin poner trabajo alguno de mi parte, y sin que en mi obsequio se
le tomara nadie, pude adquirir los datos que apunt en las primeras
pginas de este bosquejo.

Ahora, pues, previa tu indulgencia por estas digresiones, y suponindote
orientado en el terreno de nuestros personajes, voy  tratar del
verdadero asunto de mi cuadro.

FOOTNOTES:

[Footnote 5: Arenque.]




II


Hace pocos das empez  llamarme la atencin el aspecto que presentaba
la casuca de enfrente. La buhardilla del Tuerto apenas se abra, ni en
ella se escuchaban las risas, los lloros y los golpes de costumbre.

El to Tremontorio trabajaba en sus redes al balcn algunas veces, pero
siempre mudo y silencioso, cual era su carcter cuando sus convecinos le
dejaban en paz y entregado  sus naturales condiciones.

Los dos viejos del segundo piso se daban muy pocas veces  luz, y en
algunas de ellas vi enrojecidos los arrugados y enjutos prpados de la
mujer de Bolina. Indudablemente pasaba algo grave en aquella vecindad.

Un tanto preocupado con esta idea, puse toda mi atencin en la casuca
con el objeto de adquirir la verdad.

Las ahumadas puertas del balcn de la buhardilla se abrieron al cabo,
despus del medioda, y lo primero que en el interior descubrieron mis
ojos, fu un hombre vuelto de espaldas hacia m, con camiseta blanca de
ancho cuello azul tendido sobre los hombros, y gorra de lana, tambin
azul, ocupado en colocar en un gran pauelo de percal, desplegado sobre
el arcn que conocemos, algunas piezas de ropa. Despus que hubo anudado
las cuatro puntas del pauelo que contena el equipaje, se incorpor el
hombre, volvi la cara..., y conoc en ella  la del Tuerto: pero ms
obscura, ms triste, ms ceuda que nunca. El pintoresco traje del pobre
pescador me explic en un instante la causa del cambio operado en
aquella vecindad.

Hecho el lo de ropa, pas el Tuerto su brazo izquierdo por debajo de
los nudos, meti dentro de la gorra algunos mechones de pelo que le
caan sobre los ojos, tir de una bolsa de piel mugrienta que guardaba
en un bolsillo de sus pantalones, sac de ella tabaco picado, hizo un
cigarro, encendile en un tizn que le trajo su mujer, que lloraba,
aunque en silencio, fijse en los chicuelos que tambin lo rodeaban, y,
haciendo un gran esfuerzo, dijo con voz insegura:

--Ea!, sobre que ha de ser, cuanto ms pronto.

La sardinera, al oir  su marido, rompi  llorar  todo trapo; sus
hijos la siguieron en el mismo tono.

-- ver si vos callis con mil demonios!--exclam el pescador con
visible emocin.--Y t--aadi dirigindose  su mujer,--ya sabes lo que
se va  hacer. Estas criaturas se vienen ahora mesmo conmigo, y se las
dejo  mi madre al tiempo de bajar. All se estarn con ella hasta que
yo gelva.

--No, por todos los santos del cielo!--grit la mujer, que al fin era
madre.--Yo soy muy capaz de cuidarlas, y no quiero que naide ms que yo
d de comer  mis hijos.

--Lo que eres t me lo s yo muy bien; y no me acomoda que el mejor da
amanezcan los ngeles de Dios aterecos  la puerta de la calle. Y
sobre too, no te los tiro  la mar: bien acerca te quedan: too el da te
puedes estar abajo con ellos.... Pero ya se lo he dicho  mi madre:
antes que dejarlos subir aqu, rmpales una pata.... Y esto sacab.
Vmonos pa bajo.... Y cuidao con que te vengas al Muelle detrs de m,
que no tengo ganas de perendengues; y cuanto ms solo est uno,
mejor.... As como as, estoy yo tan sastifecho, que si me descuido con
la escotilla se me va el alma de la bodega, puo!... Andando, hijos
mos....

Y el desventurado Tuerto se baj para coger al menor de los
muchachuelos, que le miraban llorando. Entonces su mujer, cediendo  un
irresistible impulso de su corazn, ech los brazos al cuello de su
marido, y con el torrente de sus lgrimas arranc al fin las primeras,
tal vez! de los torvos ojos de aquel rudo marinero.

Pero ste no era hombre que se entregaba rendido  semejantes
debilidades; as es que, desprendindose de los brazos de su costilla,
cogi entre los suyos al menor de sus hijos, mand  los otros que le
siguieran, oblig  su mujer  quedarse en casa, y sali de ella
precipitadamente, cerrando detrs de s la puerta de la escalera.

Pocos minutos despus estaba en la calle, con su lo al brazo, en
compaa de Bolina y Tremontorio. Los tres iban cabizbajos, taciturnos y
caminando con repugnancia. Casi al mismo tiempo que ellos en la calle,
aparecieron en sus respectivos balcones la mujer de Bolina, rodeada de
sus nietos, y la del pobre Tuerto, sola, desgreada y dando alaridos de
desconsuelo. Sus hijos y su suegra, aunque sin gritar tanto como ella,
vertan tambin abundantes lgrimas.

Al oir este coro desgarrador, los tres marineros apretaron el paso, los
vecinos de la calle salieron  sus balcones, y yo me decid  seguir 
mis conocidos hasta el desenlace de la escena, cuyo principio haba
presenciado. El dolor tiene su fascinacin como el placer, y las
lgrimas seducen lo mismo que las sonrisas.

Tom, pues, el sombrero y me largu al Muelle.

Una apiada multitud de gente de pueblo se revolva, gritaba, lloraba 
invada la ltima rampa,  cuyo extremo estaba atracada una lancha. En
esta lancha haba hasta una docena de hombres vestidos de igual manera
que el Tuerto; y tambin como l llevaba cada cual un pequeo lo de
ropa al brazo. De estos hombres, algunos lloraban sentados; otros
permanecan de pie, plidos; inmviles, con el sello terrible que deja
un dolor profundo sobre un organismo fuerte y varonil; otros, fingiendo
tranquilidad, trataban de ocultar con una sonrisa violenta al llanto que
asomaba  sus ojos. Todos ellos se haban despedido ya de sus padres, de
sus mujeres, de sus hijos, que desde tierra les dirigan, entre
lgrimas, palabras de cario y desesperanza. Entretanto, algunos otros,
tan desdichados como ellos, se deshacan  duras penas de los lazos con
que el parentesco y la amistad queran conservarlos algunos momentos ms
en tierra. Por eso las palabras padre, madre, hijo, amigo, eran
las nicas que dominaban aquella triste armona de suspiros y sollozos.
Terrible deba ser la pena que haca humedecerse aquellos ojos
acostumbrados  contemplar serenos la muerte todos los das entre los
abismos del enfurecido mar!

Sin calmarse un momento la agitacin de la gente de tierra, los
marineros que an quedaban en ella fueron poco  poco pasando  la
lancha: el ltimo entr el Tuerto, despus de haber dado un estrecho
abrazo  su padre y  su vecino, que le acompaaron hasta la orilla.
Nada quedaba de comn, sino el corazn, entre los embarcados y la gente
de tierra. El servicio de la patria era el arbitro de la vida y de la
libertad de los primeros, durante cuatro aos,  contar desde aquel
momento; y ante deber tan alto, tenan que romperse los lazos de la
familia y los de la amistad.

Los remos haban tocado ya el agua, y an permaneca la lancha atracada
 la rampa, y sujeta  ella por un cabo que tena entre sus manos, por
el extremo de tierra, un viejo patrn que contemplaba atnito la escena.

--Suelte!--le dijeron desde la lancha ms de una vez, con dbil voz.

Pero el viejo patrn,  no oy las advertencias,  se hizo sordo 
ellas, que es lo ms probable, por disfrutar algunos instantes ms de la
presencia de sus compaeros.

--Que suelte!--le volvieron  repetir ms alto.

Y nada: el viejo, clavado como una estatua  la orilla del mar, no solt
el cabo.

Pero el Tuerto,  quien el llanto de su padre y el recuerdo de sus hijos
estaban martirizndole el alma, temiendo ceder al cabo al peso de la
afliccin que ya enturbiaba sus ojos, al ver el poco efecto que en el
patrn haban hecho las rdenes anteriores,

--Larga!--grit con ruda y tremenda voz, dominando con ella los
alaridos de tierra, y fijando su torva mirada en el viejo marino.

ste obedeci instantneamente; el cabo cay al agua, crujieron los
remos, oyse un adis! infinito, indescriptible; y la lancha se
desliz hacia San Martn, en cuyas aguas esperaba, humeando, un vapor
que haba de recoger  los pasajeros de ella.

En instante tan supremo, las mujeres que quedaban  la orilla redoblaron
sus lamentos, abrazaron  sus hijos,  sus padres,  sus hermanos,  sus
amigos, y se confundieron todos en un solo torrente de lgrimas.

Hay situaciones, lector amigo, que no  todos es dado describir, y sta
es una de ellas. Para sentirla, basta un buen corazn como el tuyo y el
mo; para pintarla con su verdadero colorido, se necesita la fresca
imaginacin de un poeta y yo no la tengo.

Recuerdo que, dos aos ha, mi amigo Eduardo Bustillo, el inspirado
cantor de nuestras glorias nacionales, delante de una escena idntica 
la que voy describiendo, desde el mismo sitio, acaso sobre la misma
piedra que yo, llor con su alma las penas de las pobres familias 
quienes una leva suma en el abismo de todos los dolores, y puso en
labios de una esposa desvalida estas palabras sencillas, pero tiernas y
elocuentes:

        --Mi pobre nia inocente
        el amor perdido siente.
        Mas ya, quin pondr en mis manos
        su pan y el de sus hermanos?

                    Ay, Seor!,
        que en mi profundo dolor
        presiento males prolijos;
        que en este afn angustioso,
        _lloro, ms que por mi esposo,
        por el padre de mis hijos_.

Supla esta bella estrofa las frases que yo no encuentro para pintar la
desolacin de aquella escena. Se lloraba al padre, al esposo, al hijo,
que se iban, quiz para siempre; pero que, al irse, se llevaban el pan
de los que se quedaban....




III


Cuando la lancha lleg al costado del vapor, la multitud que se haba
quedado en la rampa del Muelle, no distinguiendo ms que un pequeo
bulto negro en la superficie del agua, se fu retirando poco  poco y
reduciendo  un solo grupo, formado por las familias de los marineros
ausentes. Este grupo unido, compacto, como si en semejante cohesin
hallase cada uno ms pequea su desgracia, comenz  andar tristemente,
consolando los hombres  las mujeres y stas  los nios.

Sobre las figuras de aquel triste cuadro se destacaban los hombros y la
cabeza de Tremontorio, que, como no tena familia propia, adoptaba por
suyas  todas las dems. Hombre corrido por los mares y desgraciado en
levas, pues le haban cogido dos, como dije al principio, era el refugio
 que acudan aquellas pobres gentes para saber algo de la suerte que
esperaba  los objetos de su cario.

--Y diga, to Tremontorio, es verd que los castigan mucho, que los
pegan  bordo?--preguntaba, entre sollozos, una pobre mujer.

--Quita d'ay!...; pataratas y na ms que pataratas.... Qu los tienen
de pegar, tia? Pus no faltaba ms! Eso era en un prencipio.... Yo no
acanc ya el _chicote_; conque ferate.... Adems, el tu marido es
hombre que sabe cumplir con su obligacin, y lo pasar bien.... Lo que
es  bordo, como no salga _nostramo_[6] con malas entraas, no hay
cuidao. Ahora, si es de esos atravesaos que dan al diablo que hacer, y
le toma  uno sobre ojo, vlgame Dios!, lo mejor que se le antoja es
mandarle  uno  fregar la perilla del mastelero de mesana,   tomar un
riso  la gavia ms alta, sin necesidad, en una noche de borrasca....
Pero, qui!, ya no se ve de esto.... Ahora da gusto servir en barco de
rey.

--Y ande los echarn ahora?

--Pues, por de pronto, van al Ferrol. Estarn en el departamento unos
das; dempus  ste en la freata, al otro en el bergantn, al de ms
all en el vapor, me los van embarcando  toos poco  poco. Unos se
quedarn en da que guardacostas por los mares de ac, y se refiere t
ello  n,  barloventear, como quien dice, de este puerto al otro, y 
correr un chubasco de vez en cuando; pero como nos conocen estas aguas,
no hay cuidao por ello. Otros irn  la _otra banda_, al apostaero. All
la cosa tiene de too: poco trabajo, buena ginebra, buen tabaco y buen
caf; pero hay que sudar el quilo  cada paso.... Dispus, hoy que _la_
clera, maana que el gmito negro.... Tia, y qu intencin ms mala
tienen estos incomenientes con el probe marinero!... Al que acanzan con
el bichero, hasta que le matan no le dejan. Si  ust le encajan en
Manila, hasta el pan se conjura contra uno; el cuerpo no es ms que una
_remanga_ en aquella tierra: lo mismo da llenarle, que no llenarle, que
hace ms agua que un casco viejo; y en cuanto se desembarca, no le queda
una gota adrento. Un mes en aquellos mares, deja al hombre que no le
conoce la madre que le pari...; tia, ms amarillo y ms relambo se
pone!... Guerras no hay ahora que le obliguen  uno  soltar un par de
andanas  cada instante...; y como nusotros, en la _Ferrolana_, vimos
cuantos mares Dios cri y cuanto mundo se pu ver,  qu ha de ir
naide ya por onde nosotros fuimos? Tia, no lo quiera Dios...; que hoy
se asa ust vivo, maana se aterece de fro, aqu calenturas, ms all
sarna...; hombre, qu climen ms endino!...; y qu gente, me valga
Dios!; ms colores tiene que una _julia_.--Tocante  las campaas de
hoy, no hay que tener cuidao.... Conque..., nimo, tia!, que de menos
nos hizo Dios.... Y aqu estoy yo que no me he muerto, y ha hecho la
suerte conmigo cuanto puede hacer un tiburn detrs de un bote.... Y no
digo ms.

El bueno de Tremontorio sigui largo rato consolando,  su manera, 
aquellas pobres mujeres, hasta que el grupo, compacto siempre y cada vez
ms numeroso con la turba de chiquillos que se le iban agregando  su
paso, cambi de rumbo al llegar al Consulado, y se intern en la
poblacin; y yo, que maquinalmente le haba seguido escuchando 
Tremontorio desde la Punta del Muelle hasta aquel sitio, perdle en l
de vista y continu hacia la Ribera, vivamente impresionado con las
escenas de que haba sido testigo aquella tarde.

Cul sera la base de todas mis meditaciones, se adivina fcilmente; qu
remedio fu el primero que se me ocurriera para evitar males tan
considerables como el que deploraba entonces, no debo decirlo aqu por
dos razones: la primera, porque, en mi buen deseo, puedo equivocarme; y
la segunda, porque, aunque acierte, no se ha de hacer caso alguno de mi
teora en las altas regiones donde se elabora la felicidad de los nietos
del Cid. Pobre pintor de costumbres, atngome  mi oficio: copiarlas
como Dios me da  entender y hasta grabarlas en mi corazn.

Por eso, mientras expongo este bosquejo  la consideracin de los
hombres _que pueden_, dado que se dignasen echar sobre l una mirada,
puesta mi esperanza en Dios, que es la mayor esperanza de los
desgraciados, me limito  exclamar, desde el fondo de mi corazn, con mi
tierno amigo Bustillo:

        Ay, Seor!
        Pues la ley en su rigor
        los afectos no concilia,
        haz que los hombres se hermanen,
        porque al luchar no profanen
        el amor de la familia.

FOOTNOTES:

[Footnote 6: El contramaestre.]




LA PRIMAVERA


        Deja, Fabio, esa lira
        que tanto te recrea,
         aprende lo que ignoras
        y canta lo que aprendas.
        Basta de idilios tiernos,
        basta de dulces glogas;
        no ms pastores, Fabio;
        Fabio, no ms praderas.
        Yo quise entre los rsticos
        paisajes de mi tierra
        buscar de tus cantares
        la realidad perfecta;
        y ay, Fabio!, t no has visto
        jams la primavera.
        T no has pisado el campo
        de terciopelo y seda;
        ni respiraste el fresco
        cefirillo que juega
        de los sombros bosques
        con la enrramada espesa;
        ni la cascada viste
        que rauda se despea
        en el profundo abismo
        desde la altura inmensa;
        ni matizadas flores
        cojiste entre la yerba,
        ni ostes el murmullo
        del que manso la riega,
        arroyo cristalino
        do beben las Napeas
        y encuentran las pastoras
        cristal que les refleja
        de sus cabellos de oro
        las ondulantes hebras;
        ni el trino has escuchado
        de mil y mil parleras,
        pintadas avecillas,
        de las de arpada lengua,
        entre el follaje verde
        de misteriosa selva;
        ni vistes el cabrito
        triscar la mata fresca,
        trepar de roca en roca
        la tmida gacela,
        ni sobre el fcil soto
        rumiar la mansa oveja,
        ni, en fin, esos primores
        que describir intentas
        en las limadas coplas
        que, tierno, canturreas.
        Tu _campo_ es un tapete,
        tus _bosques_ son macetas,
        tus _flores_, inodoras,
        tus _cefirillos,_ hielan;
        de trapo son tus _ninfas_,
        tus _pastores_, horteras,
        gorriones tus _jilgueros_;
        y tu _cascada horrenda_,
        del carcomido techo
        que  tu numen alberga,
        por ms que la levantes
        es hmeda gotera.

        Desde la ardiente zona
        do te arroj la adversa
        fortuna cuando viste
        del sol la luz primera,
        no abarca una mirada,
        por alta que se meza
        en el azul espacio
        tu miserable celda,
        las primorosas galas
        que di Naturaleza
         la, por ti, tan clebre
        hermosa primavera.
        Aqu, en estos confines
        de la gloriosa Iberia;
        desde el lmite vasco
         la riscosa Libana;
        entre el Escudo glido
        y la feraz ribera
        do rompen del salobre
        cntabro mar, sin tregua,
        con hrrido bramido
        las olas turbulentas,
        est lo que t, cndido,
        adivinar sospechas.

        Deja, Fabio, la corte
        fascinadora, djala,
        y corre presurosa
        hasta mi noble tierra;
        y aqu, entre su follaje,
        junto  su gala esplndida,
        desde que abril acaba
        hasta que octubre empieza,
        vers ... lo que no cabe
        en plidas endechas.
        Mas no de la dulzaina
        meliflua te proveas,
        ni de ligeras cintas
        de coruscante seda,
        ni de pellico tenue
        cortado _ la francesa_,
        ni de leve sandalia
        y primorosa media,
        cual van en tus cantares
        los hijos de las selvas.
        Antes, Fabio procrate
        zapatos de dos suelas,
        calzn de pao recio,
        garrote y podadera;
        que en el _ameno_ prado
        que la vista recrea,
        hay charcos escondidos
        y espinas ... y culebras;
        y el _cristalino_ arroyo
        que _manso_ serpentea,
        es un _regato_,  veces,
        que no pueden las piernas
        saltar, sin el auxilio
        de la tranca pasiega;
        y en el frondoso bosque
        hay zarzas y maleza
        que el paso te interrumpen,
        y has de cortar, so pena
        de que en sus garras dejes
        calzones y pelleja;
        y, en fin, que el agua moja
        hasta en la primavera;
        y como en mayo llueve,
        y llueve con frecuencia,
        si tienes un paraguas
        te ha de venir de perlas.

        Vers entonces prados,
        y cabaas cubiertas
        por olmos y laureles
        y mirto y madreselva;
        vers espesos montes,
        caminos y veredas
        bajo toldos de verde,
        fragante, inculta yerba;
        vers montaas, cerros
        y dilatadas sierras;
        robustos, viejos troncos
        y ramas que se quiebran
        al peso del follaje;
        mantos de rica hiedra
        cubriendo de las ruinas
        la desnudez escueta;
        hondos, negros abismos
        do pavoroso suena
        el _murmurante_ arroyo
        que fu por la pradera;
        vers valles _risueos_
        y ros y florestas,
        y el humo que, tranquilo
        en espiral se eleva,
        y cabras y terneros
        y alondras ... y _miruellas_:
        respirars las brisas
        balsmicas que juegan
        con las fragantes rosas
        que esmaltan las praderas;
        vers los rayos de oro
        del sol cuando amanezca,
        y perlas de roco,
        y hasta nubes de perlas;
        vers, en fin, primores;
        pero de tal grandeza,
        que no podrs cantarlos,
        ni los so siquiera
        en sus aspiraciones
        la rica, gaya ciencia.

        Mas del deliquio dulce
        en que el cuadro te aduerma,
        cuida no te despierte
        con su prosa grosera
        la humanidad inculta
        que la campia puebla.
        Aqu anda _Nemoroso_
        detrs de su carreta,
        sin rizos, con la barba
        mal afeitada y recia,
        con los calzones rotos,
        luchando con la tierra
        que,  costa de sudores,
        al cabo le sustenta.
        Vers que la _zagala
        gentil_ que te embelesa,
        es una mocetona
        de alborotada grea,
        _de libras y boyonte_,
        de tosca faldamenta,
        sin cintas ni guirnaldas,
        con lodo y almadreas;
        vers que si, ofuscado,
        audaz la galantea,
        no la colora el rostro,
        como tus trovas cuentan,
        las tintas sonrosadas
        de pdica vergenza;
        sino que, ardiendo en ira,
        como fornido atleta,
         bofetada limpia
        te salta un par de muelas.

        As son los modelos
        (al menos en mi tierra)
        de las ninfas ... y _ninfos_
        que vagan por las selvas;
        as al Autor Supremo
        le plugo que nacieran,
        y as sern y han sido...,
        y no hay que darle vueltas.

        Qu fuera de nosotros,
        gran Dios, de otra manera!;
        si en vez de tales tipos
        que el alma desalientan,
        cruzaran por los prados
        _sensibles_ Doroteas!...
        Porque no son las rsticas
        pasiones de la aldea
        las que la sangre inflaman,
        holgando en las praderas:
        el mbar, el almizcle ...
        y el Tamorln de Persia
        con todos sus _divanes_,
        sus _opios_ y sus _siestas_,
        se agitan en la mente ...
        y no hay que darle vueltas.

        No creas, pobre Fabio,
        que en solitaria selva
        un Ttiro sensible
        con una Galatea
        se pasa la maana
        tendido  pierna suelta,
        tocando el caramillo,
        sin reparar siquiera
        que tiene la zagala
        muchsima canela....
         Galatea es tonta,
         Ttiro es un bestia...,
         son de otra substancia
        distinta de la nuestra.

        T, que el hervor an sientes
        de la vida en tus venas,
        si vas por el Retiro
        y bajo su arboleda
        hallas una _pastora_,
        como la rosas fresca,
        tejindose guirnaldas,
        en muelle negligencia;
        si ves su pie pequeo
        que se adivina apenas
        en un zapato breve
        de _satinada_ tela;
        si por crecer la brisa
        agtase la seda
        y los revueltos pliegues ...
        (pero detente, pola);
        si sus lnguidos ojos,
        llenos de amor, te asedian;
        si su garganta late,
        si su jubn..., etctera...,
        adonde ir  parar,
        iluso, tu _prudencia_?
        Pues bien: si en el Retiro,
        do, sobre ardiente arena,
        de msero ramaje
        raquticos se elevan
        rboles de artificio,
        sin sombra ni belleza;
        si entre la prosa, digo,
        de esa enfermiza selva
        las gracias de una ninfa
        trastornan y marean,
        qu harn entre estos bosques
        cuando su gala ostenta
        en voluptuoso alarde
        la alegre primavera?
        Oh, pobres trovadores
        de tirso y pandereta!:
        del cortesano mundo
        entre la turba espesa,
        cantad al sol de agosto
        que sin piedad os tuesta;
        llorad, mseros vates,
        fatdicas cornejas,
        sobre las tristes sbanas
        de calcinada arena
        donde la hispana corte
        su pedestal asienta;
        cantad al mar bullente
        que surcan en calesa,
        tras chulos argonautas,
        impdicas sirenas;
        cantad al hambre, al fro,
        al lujo,  la opulencia,
        al vicio y  la intriga...,
        al crup y  las viruelas,
        que, pues vivs entre ello,
        lo conocis por fuerza;
        mas del risueo mayo,
        con tosca, ruda pola,
        no mancillis los dones
        que, como gala, ostenta
        sobre florido trono
        la dulce primavera.

        T que la adoras, Fabio,
        si quieres conocerla
        deja al punto la corte
        fascinadora, djala,
        y corre presuroso
        hasta mi noble tierra;
        y aqu, entre sus montaas
        y encantadoras selvas,
        renegars del torpe
        numen que, sin conciencia,
        te hizo mentir soando
        mezquinas primaveras;
        y acaso, _convertido_,
        al ver tanta belleza,
        arranques de tu lira
        las insonoras cuerdas,
        juzgando, cual yo juzgo,
        que si  sentir se llega
        de tan hermoso cuadro
        la sencilla grandeza,
        para cantarla es poco
        la rica, gaya ciencia.




SUUM CUIQUE

I


Don Silvestre Seturas tena cuarenta aos de edad, _plus minusve_, y era
todo lo alto, robusto, curtido y cerrado de barba que puede ser un
mayorazgo montas que no ha salido nunca de su aldea natal ms all de
un radio de tres leguas, cabalgando en el clsico cuartago, al consabido
trote _cochinero_, como dicen por ac,  al _paso de la madre_,
expresndonos segn los cultos castellanos ... de Becerril de Campos.

El mayorazgo de don Silvestre se compona de la casa solariega con
_portalada_ y escudo de una hacienda, cerrada _sobre s_, de setenta y
cinco carros de tierra, mitad labranto, mitad prado con algunos
frutales, al saliente de la casa; de diez cabezas de ganado al pesebre,
y de algunos prados y heredades, sitos en diferentes llosas del lugar, y
cuarenta  cincuenta reses de varias clases, en aparcera; todo lo cual
vena  proporcionarle una renta anual de dos mil quinientos  tres mil
reales, si no abundaban mucho las celliscas,  no se desarrollaban en la
cabaa la papera  el _coscojo_; pues en los aos de estas calamidades,
lejos de percibir un real de sus colonos, tena que adelantarles, para
siembras y labores, sus pocas economas, si haba de recaudar en lo
sucesivo algunos maraveds. Todo esto tena don Silvestre; y digo mal:
tena tambin un pleito que le consuma la mitad de sus rentas, hubiera
 no celliscas, paperas  coscojo; pues el abogado trabajaba _ subio_,
y en sus minutas no caba ms enfermedad que la polilla, la cual evitaba
perfectamente renovndolas con frecuencia y ponindolas bajo el amparo
de los haberes de su defendido.

Y no se vaya  creer que este agujero del bolsn patrimonial apenaba al
solariego; nada de eso. Seturas pleiteaba con la desdeosa tenacidad de
todo buen montas, para quien nada supone el bollo cuando se trata del
coscorrn; lo propio hizo su padre, muerto gloriosamente de un sofocn 
la puerta de la Audiencia, por llegar  tiempo  presenciar la
quincuagsima-octava vista del proceso. Y aqu debo advertir que este
pleito era de abolengo  inherente al patrimonio de los Seturas, quienes
le defendan como punto de honra solariega, habindose jurado de
generacin en generacin, las siete que contaba de fecha, gastar hasta
la ltima teja en la rehabilitacin de un derecho que estaba tan claro
como la ley de Dios.

Y los Seturas tenan razn. Figrense ustedes que el fundador del
vnculo, el primer Seturas, como premio de un anticipo que le hizo el
concejo para levantar una pared medianera que le derrib una invernada,
consinti en que le echasen una _rodada_ por un prado de quince carros,
lindante, de Norte  Sur, con una cambera demasiado estrecha y que, por
lo mismo, era intil para el servicio pblico, toda vez que no consenta
ningn vecino de los lindantes con ella que se atropellasen sus
propiedades bajo el ftil pretexto de la comodidad del prjimo. Mientras
vivi el fundador, no se opuso nunca  que algunos de sus convecinos
pisasen con una rueda de las dos de sus carros la linde del prado de la
cuestin. El primer Seturas era lgico, aunque lo ignorase: mientras no
pagara el anticipo del concejo, el contrato con l celebrado estaba
vigente en todos sus trminos, y el dicho fundador no pag en su vida.
Pero muri ste de viejo, por ms seas; y un sucesor que logr un par
de aos en que hubo plaga de patatas y de alubias, consigui pagar el
anticipo hecho  su ascendiente, sin desmembrar el mayorazgo,
reclamando al mismo tiempo la extincin del compromiso de la rodada.
Entonces el vecindario, que se evitaba un gran rodeo para servir la
llosa yndose por la linde del prado de los Seturas, reunido en sesin y
asesorndose de un procurador, contest al mayorazgo que estaba bien lo
del dinero; mas que en cuanto  lo de la rodada:

_Visto_ que en la obligacin del primer Seturas no apareca trmino
alguno para su compromiso;

_Vista_ la necesidad que tena la llosa de servirse por aquella
cambera; y

_Visto_, por ltimo, que ninguno de los vivientes del lugar la haba
servido por otra parte, y que la costumbre haca ley; y

_Considerando_ una barbaridad y una injusticia que, aun en caso de
tener Seturas alguna razn, se emplease sta en exigir  los hijos el
pago de las torpezas de sus padres, tena  bien desestimar su
pretensin, aconsejndole que se conformara con el fallo y no se metiera
en ms honduras, no hiciera el diablo que le reclamasen el cambio de
algunas columnarias que haba entregado borradas entre las restantes
monedas de pago.

Seturas dijo que nones; pero fu condenado en juicio verbal  dejar la
rodada por su linde ... y  dar al concejo tres duros claros de 
veinte, por doce columnarias borradas. Entonces se arm la gorda. El
mayorazgo protest contra el acuerdo del concejo, y acudi  un abogado
que apoy sus razones y se comprometi  defenderle en el litigio que se
entabl en seguida. Cayeron los primeros autos sobre la mesa,
agregronseles otros nuevos; y cose que te cose fojas y ms fojas, muri
este cuarto Seturas, y despus el Seturas quinto, y vino el sexto de la
familia solariega, que ni por morir al pie, como quien dice, del
proceso, consigui adelantar la causa ms que sus antecesores que no la
movieron un punto; y por ltimo, entr en posesin del vnculo nuestro
don Silvestre que, por de pronto, fu tan poco feliz como sus abuelos en
el asunto de la rodada, y mucho ms desgraciado que todos ellos, por ser
el que recibi la herencia ms mermada con el perpetuo y cada vez ms
ancho desaguadero de la curia.

Sabida esta ltima circunstancia econmica, y teniendo presente que don
Silvestre no careca completamente de sentido comn, no parecer muy
extrao que  la edad en que todos sus progenitores contaban por lo
menos un heredero, l permaneciese clibe y con ciertos sntomas de
recalcitrante. Efectivamente, don Silvestre comprendi al punto que su
hacienda era harto exigua para cubrir con ella todas las necesidades de
una familia, si no haba de descuidar las exigencias de su pleito: para
que no se extinguiera en l la raza de los Seturas legtimos, tena que
transigir con el concejo. Don Silvestre no vacil.--Pirdase la casta,
dijo; pero adelante el pleito.

Y aqu tiene el elector, dibujada  grandes rasgos, la perspectiva
exterior, digmoslo as, de don Silvestre Seturas, pocos aos antes de
la ocasin en que se le presento.

Pero en la vida moral de este personaje hay algunos detalles que no
deben ignorarse, si han de admitirse dos aseveraciones: una, de sus
convecinos, que era el ms listo de los Seturas, y otra, de su ama de
gobierno, que no era ltimamente, en genio y en saber, como ella le
haba conocido.

El padre de don Silvestre, ya por no tener ms que un hijo, ya porque
viera en l, aguzndole un poco, un instrumento ms para el triunfo de
sus hollados derechos, determin mandar  su retoo  la villa inmediata
para que estudiara latn con un dmine de torva catadura y de tantas
narices como fama, y no era chato. All,  fuerza de linternazos y
conjuros, que tanto podan significar sistema en el maestro como torpeza
en el discpulo, aunque en este caso hay datos para creer que era por lo
primero ... casi tanto como por lo segundo, lleg el joven Seturas 
construir oraciones de _activa_ con _de_. Siete meses despus de haber
vuelto por _pasiva_, una de ellas sin trocar el tiempo del verbo
auxiliar, escribi  su padre que antes de un ao sabra hacerlas de
_relativo_ compuestas,  que perdera las orejas (cosa nada increble
segn el dmine se las trataba); pero el desventurado padre no tuvo la
dicha de admirar el aprovechamiento de su hijo, porque le sorprendi la
muerte  la puerta de la Audiencia teniendo la carta en el bolsillo.
Pudo haberla ledo antes de salir de casa, cuando la recibi; pero los
minutos que en ello tardara los perda en la vista; y todo buen
Seturas--como l deca,--antes que  sus hijos, se debe  su pleito.

Este acontecimiento vari la faz de las cosas, y el pbero Silvestre fu
llamado  su pueblo para arreglar la testamentara. Su tutor, y to  la
vez, decidi que no estudiara ms, pues, para mayorazgo, bastante saba;
y porque, por otra parte, la soga no estaba para muchos
tirones.--Quedse Silvestre en su lugar.--Aunque en la lengua de Tcito
no hiciera grandes progresos, pudo, no obstante el poco tiempo que
estuvo con el dmine, vencer la repugnancia tradicional de la familia 
la lectura de todo documento que fuese extrao al pleito. Esto no lo
conoci Silvestre mientras estudiaba; pero s durante el primer ao de
su orfandad, bostezando, panza arriba, dondequiera que hallaba un palmo
de sombra; enfermedad que le hizo recurrir al _Nebrija_ como  un
camarada antiguo. Repasando _declinados_ y echndose oraciones  s
mismo, tuvo que hojear el _Tesauro_ de Requejo y el _Calepino_, para
traducir los ejercicios de Orodea. Como esto no le diverta gran cosa,
aunque le aficionaba ms  la lectura, rebusc la casa y hall el
_Electo y Desiderio_. El estilo de este libro patriarcal le form cierto
gusto para el dilogo; y amando, como joven, la intriga, el enredo y los
desenlaces sorprendentes, dise  _Bertoldo_ con todas las potencias de
su alma. Por desgracia, la biblioteca de familia no constaba de ms
volmenes que los citados y algunos montones de copias de escrituras, y
el tutor no quera dar un maraved para la adquisicin de otro libro que
el calendario; as es que cuando el joven Seturas, al cabo de dos aos,
comenz  fastidiarse de sus libros, que ya saba de memoria, no pareci
en todo el lugar ms que un _Fr. Junpero el de la panza gorda_, que le
sac, por unos das, de aquella galbana perruna que le amagaba otra vez,
y  la cual propenda notoriamente. Y como amaba por sistema los libros,
 falta de otro mejor adquiri una baraja. Lo primero que aprendi con
ella fu el _tute arrastrado_, y despus el _mus_. Al principio jugaba
de capirotazos y vueltas _ riquicho_ con sus contemporneos, mientras
guardaban el ganado; despus jug los pocos cuartos que tena, y en
cuanto gan una peseta, se fu un domingo al _corro_, acus las cuarenta
al cura en una seccin de tute, ech en otra de mus un _rdago  la
mayor_ al secretario del concejo, y se arm para toda la semana. Desde
entonces ya no se aburra. Poco despus, debido tanto  su precoz
desarrollo como  su categora de mayorazgo, fu admitido en el corro de
bolos, donde no tard en hacer un _emboque cerrado, al pulgar_, desde el
ultim _ps_. Los mejores jugadores declararon que, si bien no _las
borneaba_ gran cosa, en cambio tena mucho brazo, y que prometa. Qued,
por lo tanto, admitido entre los jugadores del lugar. Con esto y lo
antedicho de los naipes, ya tuvo ms de lo suficiente para dar expansin
 su inteligencia, mientras la ley no le autorizase para disponer de su
mayorazgo, sin necesidad de dilogos, ni de grecolatinos, ni de tumbarse
detrs de cada tapia y bajo cada rama.

Lleg por fin el anhelado instante. Don Silvestre cumpli los
veinticinco y entr en posesin libre de sus bienes.... Por cierto que,
al entregarle su tutor las cuentas, de poco se arma otro pleito sobre no
s qu raspaduras hechas en los libros.




II


Dueo de algunos cuartejos, hubiera podido satisfacer el antojo de
libros que tuvo aos atrs; pero, sobre habrsele dormido la aficin 
ellos, le era imposible dedicarse  la lectura. Entre los naipes, los
bolos y el pleito que corra ya de su cuenta, no le quedaba tiempo libre
en todo el ao ms que para almorzar la cazuela de leche; tomar las once
con medio de blanco; comer despacio el olln de berzas, patatas y
tocino, en compaa de su ama de llaves; echar la siesta, en verano bajo
un nogal y en invierno en la pajera; cenar al anochecer otro olln como
el del medioda; dormir diez horas, y, por ltimo, pasar una escoba  un
puado de yerbas sobre el lomo de su ganado antes que lo llevaran por la
maana al pasto, y segar el retoo para el caballo que estaba  su
cargo.

Bien debe saber el lector de por ac, que de ninguno de estos pormenores
puede prescindir un mayorazgo del corte de nuestro Seturas, si no se
cruza en su vida algn incidente extraordinario, como se cruz en la de
don Silvestre aos despus de su advenimiento al mayorazgo.

Llevle el procurador una _Gaceta_, al cual peridico estaba suscrito
en unin de otros compaeros de la curia, aconsejndole que desde aquel
da la leyese siempre, cuidando l de proporcionrsela, pues le convena
estar al tanto de los decretos del Gobierno por si se hallaba con alguno
 que se pudiese agarrar para su pleito; no porque dudase de la
inteligencia y celo de su abogado, sino porque ste haba citado, ms de
una vez, disposiciones derogadas medio siglo haca, y pasado en silencio
otras ms recientes que favorecan la causa del mayorazgo.

ste se conform el primer da con leer el ttulo del peridico y el pie
de imprenta y contar los renglones de una columna, para calcular los que
tendra todo el papel, y los reales que sumaran, suponiendo que  l le
dieran un ochavo por cada lnea.

Das despus ley un decreto; otro da ley tres, y as sucesivamente,
hasta que acab por leerse todo el peridico y por despertar su antigua
aficin  lo negro, contribuyendo no poco  ello los comentarios
polticos que di en hacerle el cirujano, que reciba otro peridico,
sobre los decretos que el primero le citaba casi de memoria. El
romancista, que estimaba  don Silvestre porque saba latn, le propuso
el cambio de sus peridicos, y desde luego fu aceptado.

No tard en sucederle  Seturas con los artculos de fondo algo
parecido  lo que  don Quijote le sucedi con los libros de
caballeras: fascinronle sus rases y acabaron por extraviarle el poco
criterio que tena, amarrndole completamente  la opinin del diario.
Su Dulcinea era la patria; sus encantadores los enemigos polticos del
peridico. Faltbale  su carcter la esencia romancesca que haba en el
de Quijano el Bueno: de otro modo, le hubiera costado muy poco hacer de
su peludo cuartago un Rocinante, y, olvidado de su pleito, salir en
busca de aventuras hasta romperse el alma con los verdugos de la
perseguida patria.

Seturas,  pesar de su aficin, que era tal que le obligaba con
frecuencia  negarse  hacer la partida  los jugadores de naipes y de
bolos, no haba formado una opinin poltica sobre un cuerpo ms  menos
slido de doctrinas: en su aficin era ciego y testarudo, y estaba tan
encarrilado en la senda del peridico, que hubiera credo insultar la
razn dudando una sola vez de sus declamaciones. Don Silvestre no vea
en el diario de Madrid un papel ms  menos grande, con la impresin de
unas letras de plomo colocadas mecnicamente, y detrs de todo ello la
pluma y la cabeza de un hombre de talla comn y de vulgares ambiciones,
que apreciando  su modo la direccin de la cosa pblica, prestase vida
 inters  aquel objeto; el mayorazgo vea en l una idea fuera de todo
contacto con lo humano, el destello de una inteligencia sobrenatural,
ajena completamente  las escisiones de la vida civil; el peridico del
cirujano era para l el catecismo, el Evangelio, un catlogo de verdades
inconclusas, indiscutibles. Por eso al hablar de poltica con sus
amigos, resolva todas las cuestiones citando las palabras del diario, y
con el apoyo de ste, rea con cuantos le contradijesen.

En fin, que se sinti, por primera vez en su vida, hasta con deseos de
ver la tierra en donde tanta maravilla se realizaba, y de contemplar de
cerca  los seres que las producan. Y no era slo la poltica lo que le
hizo pensar en la corte. Las animadas descripciones de sus fiestas
pblicas; la tan cacareada especie de que en Madrid hace cada quisque lo
que le acomoda sin que nadie se fije en l, y la plana de anuncios del
peridico, segn la cual se garantizaba la salud al ms enclenque, y se
vendan ropa, comestibles y bebidas dando al comprador dinero encima,
hicironle pensar en la monotona de las fiestas de su lugar; que en l
no se poda tirar un pellizco  una muchacha sin que se contase el lance
en todas las cocinas; que el da en que se le antojaba trincarse tres
cuartillos, en lugar de la media azumbre que acostumbraba, el tabernero
lo charlaba  todo el mundo; que habiendo en una ocasin aadido cuatro
dedos de pao  las haldillas de su chaquetn, llev una silba de todos
sus convecinos en el portal de la iglesia, cuando iba  misa, en una
palabra, que l, mayorazgo, libre y con salud, ni gastaba levita, ni
beba lo que necesitaba, ni poda echar un requiebro en paz, si no se
pona en guerra con el vecindario. Estas consideraciones, hechas  solas
y exageradas por la pasin inoculada por el peridico, le arrancaron una
noche estas palabras:--Vender una finca,  la hipotecar para sacar
dinero; pero yo no me he de morir sin saber lo que es _aquello_.
Aquello era la corte; pero _lo otro_, de que se olvid un momento, se le
opuso en seguida  su proyecto. Y lo otro era ... el pleito. Los Seturas
no se pertenecan  s mismos. Siete generaciones de ellos haban
vegetado en un solo punto, fijos, inmviles como locas, pendientes
siempre de sus entrevistas con los procuradores. Todos los das, por
espacio de siete generaciones, un individuo de otras tantas de
procurador, lleg  la casa solariega, y nunca se puso el sol quedando
aplazada una conferencia por haber dormido fuera del hogar un Seturas;
ninguno de ellos se hubiera atrevido  hacerlo sin presagiarse una
sentencia fatal. Don Silvestre, al fin, era Seturas, y no quera
desmentir su apellido.

Por eso, al dicho de sus convecinos de que era el ms listo de la
familia, debemos aadir que fu el ms desgraciado. Sus antecesores
estaban, como l, atados al pleito; pero con fe, con gusto, sin el menor
deseo de ver el mundo. l, por el contrario, tras de haber recibido la
herencia muy cercenada, adquiri la necesidad de irse  gastar gran
parte de ella fuera de su pueblo; necesidad que tom en l un imperio
terrible despus de un suceso que vamos  conocer, aunque diga el lector
que divago mucho.

Ley un da en la _Gaceta_, y al pie de un documento de alta
procedencia, un nombre que le son  muy conocido. Parse un poco 
reflexionar, y dndose un puetazo en la frente, exclam para s:--As
se llamaba uno que estudi conmigo latn; aquel madrileito que estaba
de temporada en la villa, adonde haba ido su padre  tomar aires....
Pero no es posible.... Aquel chiquillo tan enclenque y enfermizo que me
_sacaba los significados_, no puede haber subido tan alto.... No,
seor.... Y ahora que me acuerdo, no me envi los tirantes de goma que
me ofreci para cuando llegara  Madrid, por haber cargado yo con la
culpa de esconder las disciplinas del dmine, ni me pag nunca dos
reales y medio que le prest.... Si fuera l!...

Y empezando por dudarlo mucho, acab por enjaretar este documento,
precioso por su espontaneidad:

     Seor don Fulano de Tal. (_Aqu todos los ttulos que ley en la_
     Gaceta.)

     Madrid.

     Muy seor mo: Aunque no tengo el honor de conocerle, me tomo la
     libertad de dirigirle la presente para que,  vuelta de correo, me
     diga si _eres t_  no _es usted_ el mismo Fulano de Tal que
     estudi conmigo latn en la villa, y que, por ms seas, me qued
     debiendo dos reales y medio y unos tirantes de goma. No es que yo
     te los pida, caso de que seas el de marras: te los recuerdo para
     que caigas mejor en lo que te quiero decir.

     Si no fuese usted el que yo deseo, dispense la curiosidad y mande
     con franqueza  su seguro servidor

     _Silvestre Seturas_.

     P.D.--El pleito, sin novedad.

 los quince das de echada esta carta en la estafeta del lugar, recibi
el solariego esta otra en rico papel con cantos dorados:

     Mi querido Silvestre: _Ego sum_, amigo mo, yo soy el que buscas,
     el que estudi contigo en la villa, el que te debe dos reales y
     medio y unos tirantes de goma. No puedo explicarte todo el placer
     que he sentido al hallar, en medio de mi enojosa correspondencia
     oficial, tu inestimable carta, que me ha despertado uno de los
     recuerdos ms gratos de mi vida, ni podrs sospechar siquiera todo
     lo oportunamente que la he recibido.

     La suerte me ha sido favorable, ya que favor llama el mundo  que
     le coloquen  uno donde todos le vean y le puedan zarandear  su
     capricho; y no extraes que no te lo haya participado, porque entre
     las atenciones de mi destino, me olvido hasta de m propio.

     Reconocindote la deuda que me citas, es ahora, como siempre, tu
     amigo que te quiere

     _Fulano de Tal_.

     P.D.--Celebro la buena marcha del pleito, aunque ignoro de qu se
     trata.

Dos impresiones caus en don Silvestre la lectura de esta carta: con la
primera, que fu de placer, hizo una pirueta; con la segunda se llam
brbaro.

Hizo la pirueta, porque hallaba un amigo de campanillas que sirvindole
en el pleito, le proporcionaba motivo para ir  Madrid.

Y se llam brbaro, porque record que, cediendo  la costumbre
tradicional en la familia, que nunca tuvo ms correspondencia que la del
pleito, haba aadido  su amigo una posdata cuyo significado ignoraba
ste.

Pero siendo la primera impresin la que ms le domin, echse  la calle
con ella, lleg al corro de bolos, pag media  los jugadores ... y
meti al alcalde en un zapato como quien dice, en cuanto oy, vi y
palp el reyezuelo que el solariego se carteaba con seorones. Al da
siguiente le propuso el concejo una honrosa transaccin; pero bueno
estaba don Silvestre para capitular, cuando tena la sartn por el
mango!




III


Desde aquel da el mayorazgo no vivi ms que para sus ilusiones, y,
agobiado por ellas, tornse caviloso, taciturno y solitario; huy de los
partidos de naipes y de bolos; y si alguna vez, cediendo  las
instancias de los amigos, tomaba cartas, era para dejarse acusar las
cuarenta por el ltimo zarrampln del lugar. Don Silvestre, en fin,
lleg  encontrar insoportable el rincn de sus mayores.

En esta poca de su vida es cuando se le presento al lector.

He credo necesarios los detalles apuntados para que ste hallase
verosmil el aburrimiento que le aquejaba, y disculpables sus ulteriores
decisiones. Porque un hombre que, como don Silvestre Seturas, tiene:

        cinco pies y medio de talla,
        tres dem de espalda,
        tanto estmago como despensa,
        tanta salud como estmago
        y tres mil reales de renta;

que no conoce el asco, ni el ruido, ni el miedo, ni los guantes, ni el
charol, no debe aburrirse nunca en el campo,  no hay en l seres
felices; afirmacin que negarn los poetas melenudos, de bculo y
zampoa, y los novelistas sobrios, ascticos y filsofos. Negarnla, es
claro, porque precisamente en el campo es donde estos seores se han
empeado en colocarnos la felicidad terrena, ya bajo el aspecto de
encanecido anciano, que perora con ms elocuencia que Demstenes y ms
profundidad que Scrates, so la aosa encina,  cabe la parlera fuente;
ya bajo el de apuesto galn que cultiva el frtil valle, y aunque suda
al sol y come rspanos y borona, es por la noche bastante sublime para
echar un discurso  su novia, que le espera con un ramo de flores, y que
no es menos gallarda, menos elocuente ni menos potica que su adorado;
ya, en fin, bajo la forma de blancos manteles, doradas frutas, triscador
cabrito, fiel y respetuoso can, etc. etc...; y todo ello sin ms
inspiracin que la Naturaleza, ni ms mentores que los bardales, el
susurro de las celliscas y las plticas del cura. Pero estos seores
poetas y novelistas sin duda han estudiado la campia en el mapa,  en
el Museo de pinturas.

Y no entro con ellos en pelea para decirles cuatro cosas que se me
vienen  las mientes, porque tal vez lo vaya haciendo insensiblemente,
y, sobre todo, porque me llaman al orden los asuntos del mayorazgo, los
tacos de sus dos mozos de labranza, y los aspavientos de su ama,  causa
de que, con sus recientes ilusiones, el solariego descuida el caballo,
no siega nunca el retoo, deja todo el peso de la labranza  los criados
y no habla ms que de Madrid y de su amigote.

Entretanto, volvi  escribir  ste, dndole cuenta de sus proyectos de
viaje y explicndole al pormenor el estado y motivo de su pleito.

Al contestarle le aconsej el de la corte que, tanto por el bien de su
pleito como para satisfacer sus deseos de conocer  Madrid, se pusiese
en camino cuanto antes; aadindole que l tena gran inters en verle
para arreglar cierto proyecto que haba concebido.

Don Silvestre no vacil ms: envi el alguacil  casa de algunos colonos
que le deban dinero, hzoles aflojarlo ms que de prisa; y como no era
mucho, consigui que el cura le adelantase el resto. Al da siguiente,
tempranito, tranc la bodega, despus de encerrar en ella la ejecutoria
y algunas escrituras; colg la llave, por el anillo, de un tirante de su
pantaln, puesta ya su mejor ropa, guard en un pauelo un par de
camisas de estopilla, y pendiente este lo de un garrote de acebo
chamuscado que se ech al hombro, parti hacia el camino real  esperar
la primera diligencia que pasara con direccin  Madrid.




IV


Con el breve monlogo de don Silvestre al encontrar el nombre de su
amigo en la _Gaceta_, tienen los lectores lo suficiente para saber quin
era y de dnde vena el personaje de Madrid; me dispenso, en obsequio 
la brevedad, aunque hollando la costumbre, el relato de su historia
desde que le perdi de vista el solariego hasta que le volvi 
encontrar. Supngase, y esto baste, que muerto su padre, en cuanto lleg
 Madrid, y solo en el mundo, se dedic  gacetillero,  repartidor de
prospectos...,  padre de la patria,  cualquiera cosa; pues por todos
estos escalones y otros mil idnticos, hemos visto subir  otros muchos
hasta la altura en que habitaba oficialmente el amigote de don
Silvestre.

Tampoco detallar los efectos que en el mayorazgo causaron la bata persa
de su amigo y las tapiceras de la habitacin en que le recibi.
Conocido el tipo, es muy fcil la deduccin de estas menudencias.

He aqu el discurso que le dirigi el de la bata, pasadas las primeras
formalidades del saludo y del abrazo:

Amigo mo: ests en tu casa, elige la habitacin que ms te agrade y
establcete en ella con toda libertad. Yo almuerzo solo,  la una y como
 las ocho de la noche. Tendra mucho gusto en que me acompaaras  la
mesa; pero si estas horas no te acomodan, puedes escoger otras para ti.
Un carruaje estar siempre  tus rdenes, y mis criados lo son tuyos 
la vez. La ndole de mis ocupaciones no me permite acompaarte  ver las
curiosidades de la corte; pero este caballero, que es mi secretario
particular (y seal  un elegante joven que escriba  su lado, y que
salud cortsmente), tendr mucho gusto en sustituirme, y estoy seguro
de que ganars en el cambio. Ni la casa, ni el carruaje, ni toda la
obstentacin que te ofrezco, te asombren ni te acobarden; soy el mismo
Fulano de la villa..., el que te debe dos reales y medio y unos tirantes
de goma. Corre, pues, investiga y goza  tus anchas, que luego que te
canses hablaremos de tu pleito y de mis planes, y entonces te rogar que
me dispenses lo que pueda haber de egosmo en lo que ahora ests
contemplando como un fenmeno de carioso agasajo, poco comn en la
historia de los hombres de mi talla.

Don Silvestre era llanote y sencillo; oy estas palabras con los odos
del corazn, y todas las proposiciones del personaje fueron aceptadas,
menos la de sentarse  la mesa  distintas horas que l, pues de esta
suerte hubiera credo ofender la generosidad y delicadeza de su amigo.
Qued pues, instalado en la casa el mayorazgo, revolvindose en ella con
el mismo desembarazo que si en ella hubiese nacido. Los extremos se
tocan. La falta de aprensin de don Silvestre le prestaba la
desenvoltura que  veces no dan las preocupaciones del _gran mundo_.

Su primera salida quiso hacerla  pie: haba ido  la corte para
enterarse de todo, y lo conseguira mejor as que encerrado en un
carruaje. Afeitse bien su barba de ocho das; vistise una camisa,
cuyos cuellos, aunque doblados por arriba un par de dedos, le cubran la
mitad de las orejas; cepill y se puso su chaquetn pardo y su sombrero
de copa negro-verdoso; empu su bastn de acebo chamuscado; asegurse
bien de que no falseaban las correas de sus zapatos de becerro, y dijo
al elegante secretario de su amigo, como si toda la vida le hubiese
tenido  su servicio:--Vamos andando.

Algo disgustaba al elegante ir convertido en cicerone de un ente tan
grotesco; pero la intimidad con que le trataba el personaje cortesano le
hizo ver en el de la aldea un mandarn inculto, una potencia electoral,
un reyezuelo de provincia. Su momentneo desagrado se troc bien pronto
en solicitud deferente y hasta respetuosa.

Nada de particular hall don Silvestre por las calles, fuera del ruido
de los carruajes y del incesante movimiento de la gente. Tenale el
estrpito ensordecido, y tan atolondrado, que tropezaba con todos los
transeuntes, y rompi siete cristales de otros tantos escaparates por
huir de los coches, pensando que le atropellaban. El secretario estaba
en ascuas, y lo estuvo ms cuando not que los cuellos del solariego y
su cara avinatada llamaban la atencin de muchas personas. El mayorazgo,
afortunadamente, no lo conoca, pues descansaba en la persuasin de que
en Madrid todo pasa.

Al retirarse, al anochecer, y bajo una temperatura africana, don
Silvestre se achicharraba, y quiso refrescar. Entraron en un caf. El
secretario pidi un sorbete; su acompaado, ignorando lo que aquello
sera, pidi otro. Sirvironles los sorbetes. El de Madrid descogoll el
suyo de un bocado, con la mayor limpieza imaginable; el aldeano, que
desde que vi llegar los refrescos vacilaba en el modo de acometerlos,
imit  su compaero, en mal hora para el desdichado! Lo mismo fu
hincar sus dientes en el glido amasijo, que revolverse en el caf el
ruido de un huracn. La inesperada impresin del fro del sorbete
produjo en don Silvestre los efectos ms estrepitosos.

Del primer resoplido, al morder el helado, fu ste con la copa hasta la
mesa inmediata; y como el que ha tragado polvos de salbadera, Seturas
escupa, se sonaba las narices y gritaba pidiendo agua, empeado el
iluso en que _aquello abrasaba_; y, por ltimo, comenz  estornudar ...
pero de qu modo!: cada estornudo era un caonazo bajo los relucientes
techos del caf, acompaando  cada explosin una lluvia menuda que fu
la delicia de los inmediatos parroquianos, durante las quince  veinte
veces que las mucosas de don Silvestre le dijeron agua va. El
estrpito dur un par de minutos.--Cuando las detonaciones se hicieron
ms dbiles y ms tardas, como las de una tormenta que se va alejando,
la atencin pblica, hasta entonces en suspenso, comenz  agitarse,
cruzndose entre los parroquianos sonrisas, carcajadas y epigramas, que,
afortunadamente, no comprendi el que era objeto de ellos; antes al
contrario, pensando slo en el fatal efecto del sorbete, y durndole an
la sed, comenz  sacudir garrotazos sobre la mesa y  llamar con toda
la fuerza de sus pulmones.

Un mozo se present, no poco alarmado con el estrpito.

--Qu demonios se puede tomar aqu para quitar la sed, que no se
parezca  esa _melecina_ condenada que me has dado?--le pregunt el
mayorazgo, sealando el estrellado sorbete.

--Lo que usted pida, seor--contest el otro, luchando por contener la
risa.

--Pues trete ... media de tinto.

--De tinto! Cmo?

--Cmo? En _sangra._

--No le entiendo  usted--dijo el mozo, trocando su sonrisa en expresin
de sorpresa.

--Pues la cosa es bien sencilla--aadi el mayorazgo:--no hay aqu
agua?; no hay _azcara_?; no hay rioja?... Pues qu taberna de los
demonios es sta?

Algo como carcajada estall entre los concurrentes del caf; y en
seguida comenzaron los epigramas y los apstrofes ms custicos. Hubo
para los cuellos del mayorazgo, hubo para su _colmena_, para su cara,
para su garrote, y hubo ... que contener  don Silvestre, que,
embravecido como un toro con aquellas banderillas que tan inhumanamente
pona  su inofensivo desparpajo cerril la intransigente civilizacin,
quiso acometer  garrotazos  aquella turba de enclenques, famlicos,
petardistas, vagabundos y tahures que poblaban el saln, disfrazados de
_personas decentes_.

En medio del aturdimiento consiguiente  la escena en que acababa de ser
actor, don Silvestre, al marcharse, en lugar de salir por donde entr,
se fu hacia la sala de los billares: su acompaante, que tema otro
escndalo, le llam; pero ya era tarde. Una vez en ella se olvid de lo
pasado ante el aspecto de las bolas de marfil, cuyos choques le
admiraron como  un nio; y ms que las bolas, la locuacidad de un joven
de rizadas patillas, gafas y pelo escarolado, que al paso que jugaba
carambolas con otro aficionado, era el deleite de los cien curiosos que
rodeaban la mesa, sentados sobre duras banquetas, con una profusin de
chistes y una procacidad tan verde y desaliada, que en un cuartel de
blanquillos no le hubiera valido menos de un mes de cepo  una carrera
de baquetas.

Don Silvestre no se extraaba tanto de la desvergenza del elegante
jugador como del eco que en la concurrencia hallaban sus torpezas;
parecale insoportable la impudencia del uno, pero mucho ms
imperdonable la aquiescencia de los otros.

Y como desconoca el verdadero valor de aquellas baladronadas, tombalas
muy  pechos, y hasta resuelto estuvo  interpelar muy seriamente al de
las patillas, cuando le ocurri preguntar  su acompaante, an
preocupado con el lance del sorbete, qu clase de hombre era aqul que
tan bien manejaba la lengua.

--El redactor principal del _N_ ...--le contest el
secretario,--director de una sociedad filantrpica, caballero de Carlos
III, por una oda dedicada al rey; socio honorario de todos los clubs
revolucionarios de Pars, por una elega  Marat....

--Redactor del _N_!...--exclam admirado el interpelante.--Entonces
hay en Madrid dos peridicos de ese nombre!

--No, seor don Silvestre.

--Jess me valga! Con que es decir que aquel peridico que yo lea en
mi lugar con tanta fe, est escrito por este hombre; y aquellos
artculos en que tanto se clamaba por el orden, por la moralidad, por el
bien de los pueblos, eran dictados por un anarquista cnico y
desmoralizado? Conque esas palabras de humanidad, filantropa,
compaerismo, religin, hogar, derechos, lejos de ser una verdad en
semejantes peridicos, son una burla sacrlega, un insulto  Dios y 
los hombres, una explotacin innoble de la pblica buena fe?

El secretario se encogi de hombros por toda contestacin, como
diciendo: este mozo ha estado en el limbo, cuando  su edad ignora lo
que aqu saben los chicos de la escuela; pero don Silvestre, que no
entenda de mmica, no supo traducir aquella expresin; y careciendo de
otra respuesta, por no _romperse el alma_ (son sus palabras) con el
periodista, rog  su acompaante que se fueran  la calle.

No deseaba ste otra cosa.--Media hora despus, limpindose el sudor con
su pauelo de percal aplomado, haca don Silvestre en casa de su amigote
un resumen exacto de los acontecimientos de su primera salida por las
calles de la corte.




V


El primer consejo que le di el personaje fu el siguiente: tanto para
que te presentes con la debida decencia en los sitios que deseas ver,
como para quitar todo motivo  las burlas de la gente, debes vestirte 
la moda, porque, amigo mo, _dum Roma fueris_ ... lo que sigue.

Por ms que  don Silvestre repugnara el desprenderse de sus cmodos
hbitos, al da siguiente tuvo que empaquetarse en los nuevos que le
trajeron de una elegante ropera; pero como el diablo las carga, si
bien, con trabajillos y todo, parecieron pantaln, levita, chaleco y
sombrero, para las piernas, tronco, cuello y cabeza hercleos de don
Silvestre, no hubo un par de botas para sus pies en toda la corte,
pues, como decan los zapateros  quienes se acudi, hormas de tal
tamao no se hacan en Madrid sino de encargo.

De aqu result un chocante contraste: lo fino de los pantalones con lo
grosero de los zapatos viejos del mayorazgo, que nunca vieron ms lustre
que el que les daba una corteza de tocino frotada sobre ellos cada ocho
das. Y si  dicho contraste se aade el que formaba todo el don
Silvestre con su equipaje, al que desaliaba ms y ms metiendo los
dedos de sus manos entre el pescuezo y la corbata que le molestaba,
hasta dejar sta debajo del cuello de la camisa, dgame el lector qu le
pasara al pobre hombre cuando en semejante arreo se ech  la calle,
sin escuchar los consejos del amigote ni las protestas del elegante gua
que, sin el miedo de perder su destino, se hubiera negado  acompaarle.

Sucedile, claro est, que no bien se hubo mostrado al pblico cuando
ste la tom con l. Primero le miraron, despus se sonrieron, hasta
concluir por interpelarle irnicamente, y por reirse  sus barbas. Pero
este nuevo insulto colm la medida del sufrimiento de don Silvestre.
--Canario!--exclam al hallarse en medio de un grupo de
calaveras;--conque ayer, porque iba al uso de mi tierra, os reais de
m; y hoy que, por complaceros, me visto como vosotros, me toreis
tambin, sin duda porque no s llevar esta librea. Pues tanto, tanto, no
lo sufri jams un Seturas.

Y, sin otras explicaciones, larg una bofetada al ms cercano,  quien
meti de cabeza en el escaparate de una pastelera. Hubiera acometido 
los restantes; pero al volverse hacia ellos ya haban desaparecido. Si
todos los calaverillas madrileos hubieran presenciado esta escena, es
ms que probable que el mayorazgo no hubiera tenido que sentir ms en
igual gnero; pero como no todos los susodichos traviesos estaban all
cuando la primera bofetada, tuvo que pegar la segunda un poco ms abajo,
y la tercera ms adelante, hasta que juzg prudente ir  vestirse con su
traje provincial, renegando de la independencia madrilea y de la
educacin y tolerancia de las personas decentes.

Con este desencanto sobre su alma, y envuelto en el burdo ropaje de sus
mayores, con el que, si no iba elegante, andaba sumamente cmodo, echse
 ver lo que le faltaba; empresa que consumiremos, en la imposibilidad
de seguir al mayorazgo paso  paso y en cada una de sus impresiones.

Siendo la poltica su caballo de batalla, despus de ver en los cafs
que todos los peridicos que lea decan de s propios lo mismo que el
del cirujano de su lugar escriba de s mismo y de su partido, es decir,
que eran unos santos, al paso que renegaban de todos los dems, fuese al
Congreso, donde esperaba oir aquellos discursos que, impresos, le
admiraban, y aquellos hombres que, pronuncindolos, le parecan
semidioses  criaturas de distinta naturaleza, forma y color que el
resto de la humanidad. Mas, oh desengao!, en el palacio de las leyes
hall de todo menos discursos. Presenci en el seno de la Asamblea
nacional _disputas_ acaloradas, y encontr en los diputados unos hombres
de talla comn, que tenan el mismo prurito que los peridicos: la
inmodestia de decir cada uno de s propio, _cram ppulo_, lo que todos
los dems les negaban: que eran lo mejorcito de la casa, y de lo poco
que en virtudes cvicas, y hasta domsticas, se encontraba por el mundo.
De aqu resultaba mucho de:--Qu has de ser t?--Ms que t.--T lo
sers de lengua.--Esa es la que  ti te sobra.--Pues  m nunca me han
perseguido por revoltoso.--Justo, porque en ti es de familia ser un
mtalas-callando.--Al orden!--No me da la gana,--etc., etc. Pregunt,
con este motivo, si haba dos Congresos de diputados en Madrid, y que en
dnde se pronunciaban aquellos discursos tan arregladitos y tan
elocuentes que l acostumbraba  leer; y cuando supo algo de lo que
pasaba en la _redaccin_ del _Diario de Sesiones_:--Cscaras!--dijo,--pues
con un buen _redactor_, tambin habra oradores en el concejo de mi pueblo.




VI


Curado con estos desengaos de la pasin poltica, dise  lo de puro
recreo; y quiso contemplar de cerca lo que tanto admir desde lejos: _la
casa de fieras_.--Que me aspen--dijo cuando la examin jaula por
jaula,--si el corral de mi casa no tiene que ver ms que esto: para
cuatro pavos, dos mastines y un mico, no necesitaba el Ayuntamiento un
presupuesto y un personal como los de esta casa, cuyo ttulo es una
burla completa de lo que sus verjas debieran encerrar.

Ya que en el Retiro estaba, quiso, lleno de entusiasmo, recordando las
campias y bosques de su tierra, tenderse un rato bajo aquella
_frondosidad_ tan decantada; mas, fuese culpa de la intensidad del sol,
 de la ruindad de los rboles, es lo cierto que en una extensin de
media legua de bosque no hall tres dedos de sombra, ni dos docenas de
yerbas donde tender su cansada humanidad. Esto le hizo recordar que el
famoso _Prado_ era un _arenal_ completo en el que haba de todo menos
verdura y poesa; que el mismo desierto de Sahara no estaba ms reido
que l con la vegetacin, ni presentaba un aspecto ms triste y
desconsolador  las tres de una tarde de verano. Iba  preguntarse, por
cuarta  quinta vez, si el ttulo de _prado_ sera irnico, chocndole
que cupiese en cabeza humana (ignoraba don Silvestre la historia del
clebre paseo) la idea de llamar una cosa con el nombre que menos le
conviene; pero record lo que acababa de ver con el de _casa de fieras_,
y das atrs con los de _puertas_ de Segovia y de Atocha, y se convenci
de que Madrid era una pura ilusin.

Por fortuna, don Silvestre era muy poco artista y mucho menos literato,
y con ello se ahorr otros muchos desengaos.

Pero, en cambio, era curioso y antojadizo, y nunca satisfizo un capricho
de los muchos que le provocaban el aspecto y baratura de las mil
trivialidades que vea en los escaparates de las tiendas, sin que al
tomar el cambio de una moneda no recibiera un par de ellas falsas,
monedas que, al entregarlas ms tarde en otros establecimientos, le
costaban serios disgustos.

Si iba al caf, aun sacrificando sus apetitos al gusto de los dems
parroquianos, por evitar escenas como la consabida del sorbete, notaba
que los mozos le servan ms tarde y peor que  todo el mundo; porque
en el centro de la tolerancia y de la despreocupacin se juzga y se
respeta  los hombres en razn directa de la excelencia del corte y
calidad de sus vestidos.

Los cocheros le trataban como al sentido comn, es decir, inhumanamente:
al verle con aquella estampa, ni se tomaban la molestia de aullarle con
el brutal _jee!_ cuando le hallaban al paso, para indicarle que se
apartara.

El buscar una calle cualquiera le costaba los cuartos que le exiga el
brutal gallego por servirle de gua; y como las calles eran muchas y las
conoca mal, y como no estaba dispuesto  pagar _prcticos_  todas
horas, cuando sala solo no se atreva  caminar por no desorientarse.

Esta circunstancia le hizo fijarse todas las tardes, al anochecer, en el
famoso crucero de las Cuatro Calles, sitio en que poda recrear su vista
sin necesidad de cicerone. All, entre los mil objetos y personas que
cruzaban en todas direcciones, observ que,  semejanza de los aviones
que en las calurosas tardes de verano revoloteaban incansables alrededor
del campanario de su lugar, discurran por una y otra acera, pasaban,
volvan  pasar, y siempre las mismas, aunque en incalculable nmero,
mujeres de incisiva y elocuente mirada, beldades de esbelto talle y
desenvuelta marcha; mujeres que, sin saber por qu, le arrancaban del
pecho hondos suspiros.

Mas, ay!, en vano su ilusin le forjaba planes seductores.... Aquellas
mujeres, cuyas miradas devoraban  los transeuntes, con cuyos
movimientos, con cuya voz, en ocasiones, intentaban seducirlos, slo
para don Silvestre eran ariscas y desaboridas; para todos haba
sonrisas, guios y hasta flores; para el infeliz mayorazgo
_escupitinas_, desaires y malas razones. Don Silvestre recordaba
entonces que en su pueblo se honraban las mozas con sus pellizcos, que
slo el temor  las lenguas de las envidiosas le hacan economizarse en
las empresas galantes; y lanzando un suspiro angustioso, abandonaba su
puesto favorito y marchaba hacia su casa, preguntndose por los placeres
de la corte, y suspirando por el aire de su aldea;

--Dnde est lo que yo vena buscando? De todo lo prometido, qu es
lo que encuentro? El calor sofocante, el polvo custico, el infernal
estrpito de los carruajes, el peligro de ser por ellos atropellado, los
pillos callejeros y algunos _otros_ mercaderes, el rescoldo de las
bebidas, el veneno de los estancos, la brutalidad de los cocheros, el
vandalismo de los revendedores, la inhospitalidad de todo el mundo, el
materialismo, la usura de la civilizacin: stas son para m las nicas
verdades de la corte.

Y eso que el buen hombre, gracias  su amigo, no haba cado en la
mayor ratonera de Madrid; no haba sido martirizado en el ms cruel de
todos sus potros: en las casas de huspedes; ni haba, gracias  su
corteza ruda y  su sencilla educacin, visitado la corte _por dentro_.
Si con su sencillez de aldeano perda la brjula  la superficie del
mundo, qu le sucedera surcndole por lo ms hondo de sus tempestuosos
senos?

En algo parecido  esto debi de pensar despus de la ltima
_escupitina_ con que le espabilaron las sirenas de las Cuatro Calles,
porque, apenas lleg  su casa, hizo su pequeo lo, atraves el garrote
de acebo por entre los picos anudados del pauelo que le formaba, dejle
as sobre una silla de su cuarto, y se dirigi al de su amigo,  quien
endilg un discursillo que, reducido  otras frases menos desaliadas,
vena  decir lo siguiente:

--Bajo dos aspectos me interesaba la corte, vista desde el rincn de mi
cocina: como centro en que se elaboraba esa poltica en que tan
ciegamente crea, y como patria comn  todos los hombres amantes de la
libertad social y enemigos de los mezquinos chismes de corrillo. Muy
pocos das he necesitado para conocer,  pesar de mi poca experiencia
del mundo, que la tal poltica es una indigna farsa; que sus partidos,
lejos de representar ideas de saludables recursos para la patria, no son
ms que _posiciones_ que los ambiciosos ocupan para conquistar mejor los
grandes destinos, que son el mvil principal de todos los polticos. De
aqu que el poder tenga tantos opositores, y que stos no convengan
entre s ms que en hacer la oposicin. De aqu que, siendo la verdad
una sola, y habiendo doscientos que, opinando de otras tantas maneras,
pretenden todos hablar con ella, comprenda al cabo el desapasionado
ciudadano que todos mienten, que todos lo saben, y que todos le
explotan.--Entre el Congreso de diputados y el concejo de mi lugar no
hay ms diferencia que el traje de los concurrentes y la ndole de las
cuestiones; la intencin es la misma: primero yo, despus mi
partido, lo ltimo el pas. Yo tengo siempre razn, mi partido es el
santo, el justo; mi vecino es un egosta, su partido la ruina de la
patria. Dispnsame la parte que de mi juicio te alcance, y concdeme
que tengo razn.

Madrid como pueblo tolerante y centro de placeres para todos los gustos
y para todas las inclinaciones, ya sabes, por mis relatos, lo que me
promete. Aqu, segn lo que me ha pasado, todo el mundo puede hacer lo
que ms le acomode, sin perjuicio del prjimo, por supuesto; pero es 
trueque de romperse el alma con todos y cada uno de los que opinen de
otro modo: esto es lo que yo ignoraba y lo que menos me conviene. En una
palabra, para que yo viviera  gusto y disfrutara de todos los placeres
con que brinda Madrid  los desocupados, sera preciso que olvidase
todas mis costumbres y se cambiasen las condiciones de mi naturaleza:
esto es tan imposible como que yo vuelva  leer un artculo de fondo,
despus que s cmo y por qu se escriben. No por ello me pesa el viaje,
pues te he dado un abrazo y he conocido lo que vale el inculto rincn de
mis mayores, trocndole por la civilizacin. sta valdr lo que quieras,
pero  mi lugar me atengo; en l estoy como el pez en el agua, y  mi
lugar me vuelvo. Conque, qudate con Dios.

Don Silvestre se hubiera largado muy serio sin decir una palabra ms;
pero su amigo, agarrndole por las haldillas del chaquetn, le rog que
le escuchara.

--Has hablado, Silvestre, como un libro; y gurdeme Dios de refutar lo
ms mnimo de tu discurso. Pero sabe que yo tambin reniego de la corte,
y que la aborrezco con todos mis sentidos. Las atenciones de mi alto
puesto me agobian, y las enemistades y miserias que l me produce entre
las conexiones de la esfera en que habito, me desalientan; esfera, amigo
mo, que por tu dicha no conoces. Soy rico, soy solo en el mundo,
sencillo en mis gustos, inclinado  hacer el bien que puedo, refractario
 la envidia y  la maledicencia, y no puedo contemplar, sin
estremecerme, los dardos que me arrojan las rivalidades que cercan mi
puesto, y la baja adulacin de los que me necesitan  me temen. No
concibo que un hombre honrado se pueda acostumbrar  desayunarse todos
los das con dos docenas de discursos impresos, en los que se le acusa
de venal, de despilfarrador, , cuando menos, de estpido; y el tratar
en trminos parecidos, si no peores,  los hombres de mi altura, es la
ocupacin de las tres cuartas partes de la prensa peridica; porque esta
misma que en Espaa se lamenta de que las letras, las artes y la
industria, estn en paales y necesitan consejos y academias, consagra
todos sus desvelos  calumniar,  fiscalizar el poder, cuando en l no
estn sus hombres,   adularlos servilmente cuando estn al frente de
la cosa pblica. Sin ms razn que la de ser yo lo que oficialmente soy,
tiene derecho cualquier gacetillero hambriento, el ltimo zascandil de
la prensa peridica,  dudar de mi probidad,  llamarme inepto y 
disponer contra m la opinin pblica. Estas innobles guerrillas que
dirige y exacerba el hambre,  cuando mucho, la ambicin de mando  de
destinos, no puede sufrirlas un da y otro da ningn hombre que
aprecie en algo su hidalgua y sienta an el rubor de su dignidad
calentarle las mejillas cuando una torpe lengua  una envenenada pluma
le hieren en el sagrario de su honra; que sta no transige, ni ser puede
ms que una, ora se albergue bajo el burdo ropaje del campesino, ora
bajo los bordados ostentosos del hbito de un magnate.

Por eso, mientras t te aburras en esas calles, yo me desembarazaba de
todos mis cargos y esperaba tu resolucin para comunicarte la ma, que
es el asunto de que haba prometido hablarte. Esperbala para decirte;
amigo mo, colmadas todas mis ambiciones y agobiado por los desengaos,
quiero abandonar la corte y respirar el aire libre de tus montaas,
nica campia que he visitado en mi vida, y en la cual espero realizar
todas las ilusiones que he adquirido con mi lectura favorita. Soy
fantico admirador de la vida patriarcal y de los placeres del campo, de
la poesa pastoril. Lejos de m el ruido del falso mundo, el seco
afecto, el materialismo de la civilizacin! Como el venerable, tierno y
sencillo poeta,

        Vivir quiero conmigo,
        gozar quiero del bien que debo al cielo,
         solas, sin testigo,
        libre de amor, de celo,
        de odio, de esperanza, de recelo.

Bien hayan tus campias y tus bosques! All, con la conciencia del
hombre honrado, vers, vers, Silvestre amigo, cunto placer encuentro!
... sobre todo, cuando piense en el infierno de pasiones que aqu se
agitan incesantemente, y cuando, mientras considere que en el mundo

        ... se estn los hombres abrasando
        en sed insacible
        del no durable mando,
        _tendido yo  la sombra est cantado_.

He aqu mi mayor ambicin de hoy; ambicin que acaricio aos ha, y que
tus noticias y tu presencia han venido  provocar hasta el extremo de
hacerme tomar una resolucin invariable.--Ahora bien: mientras olvido
mis hbitos de mundo, mientras me aclimato  ese paraso de tus valles,
necesito tu compaa, un rincn en tu casa y un puesto en tu mesa; pero
sin que en tu sistema de vida hagas la menor alteracin, sin que mi
presencia aumente un solo manjar  tus comidas. Con estas condiciones
aceptara tu hospitalidad. Para regalarme con el veneno de nuestras
cocinas y con la vida muelle de estos gabinetes, me quedara en la
corte. ste es el egosmo  que me refera cuando llegaste  mi casa.
Con franqueza, amigo Silvestre, te parece aceptable mi plan?

El mayorazgo, que desde el principio del discurso de su amigo tena un
palmo de boca abierta, pero de puro placer, al oirle renegar de Madrid,
y que, por otra parte, era generoso, sensible y hospitalario, y no haba
echado en saco roto que todo un personaje le hubiera reconocido  l,
con su corteza de campesino, al cabo de tantos aos de ausencia y sin
otro motivo que una frvola amistad de la infancia, tendile los brazos
por toda contestacin, en los que estrech al personaje, quien, en
premio de su carioso ofrecimiento, y con la promesa de no serle
gravoso, si en ello no le ofenda, le anunci que dejaba muy bien
recomendado su pleito y que contara con ganarle, deshechos algunos
enredos que dificultaban el triunfo de su causa, debidos  los manejos
de sus adversarios.

Este noticin colm de entusiasmo  don Silvestre, que torn  abrazar 
su amigo, quejndose de que le hubiera credo capaz de cobrarle
pupilaje.

Pocos das despus, salieron entrambos en una silla de posta, que deba
dejarlos algunas leguas antes de llegar al pueblo, pues el amigote de
don Silvestre quera hacer poco ruido para conservar el ms riguroso
incgnito,  fin de gozar ms  sus anchas y en completa libertad todas
las delicias que se prometa de la vida campestre y descuidada.

Por eso se despidi de todos sus amigos y allegados para el Medioda, y
no faltaron peridicos que anunciasen, con esa perspicacia y exactitud
que les son peculiares, su feliz llegada  la ciudad de los Califas.




VII


Aquellos de mis lectores que hayan visitado el pas del _cuco_ despus
de haber vivido algn tiempo en la clsica Castilla, y especialmente los
que  esta ltima circunstancia reunan la de ser hijos de este potico
suelo, me ahorraran, de fijo, la pintura del efecto que en nuestros dos
personajes caus el aspecto de la Montaa apenas hubieron perdido de
vista la ltima llanura trrida, montona, infinita, de ese famoso
granero de Espaa. Me la ahorraran, digo, porque ellos habrn sentido
lo mismo que don Silvestre y su amigo al acercarse  este bello rincn
del mundo por aquel camino. Pero como no todos los lectores se hallan en
igual caso, dir, slo para los que no conozcan esta comarca, que al
acercarse  ella despus de atravesar las planicies de Castilla  de la
Mancha, enfrente de tanta belleza se siente ... no tener cerca de uno 
todos los moradores de las grandes capitales del mundo civilizado,
orgullosos con sus prodigios de arte, para decirles:--Mirad esa
naturaleza, y pasmaos, porque junto  ella, todo es pequeo y raqutico.
Ved aqu reunido y palpable cuanto de bello y fantstico ha cantado la
poesa.

Y,  propsito: no hay trovador novel ni poeta melenudo que se haya
credo dispensado de echar su parrafito  las orillas del _manso_
Guadalquivir,  del _aurfero_ Darro,   las aguas del histrico
Guadalete, sembrando aqu y all bosques y florestas, frondosidad y
fragancia, csped y lirios, que as existen donde los colocan los vates,
como yo soy arzobispo; en cambio, cuando alguno de aquellos ingenios ha
pisado el suelo de la Montaa, en lugar de cantar lo que ella le
mostraba, en lugar de darle lo que se le quita para engalanar ajenas
hermosuras, se ha ocupado en escribir  la civilizacin si los
moradores de aquende comen borona, andan descalzos y gastan los calzones
ms  menos remendados, como si se tratara de un aduar de Marruecos  de
la isla de Annobn. Pero dejara la poesa de serlo, si los poetas
cantaran la verdad una sola vez en su vida.... Y vuelvo  mi cuento.

Dando resoplidos de pura satisfaccin don Silvestre, y recitando su
amigo los ms tiernos idilios que recordaba  la vista de los
fantsticos paisajes que descubra  cada paso, llegaron ambos al
solariego albergue de los Seturas, donde los dejaremos descansar un
largo rato: al de Madrid, entre sus buclicas ilusiones y bajo el
incgnito ms rigoroso, y al otro, bajo la impresin de sus recientes
desengaos, y, por lo mismo, ms satisfecho que nunca al verse dentro de
las recias y ahumadas paredes de su casa.




VIII


Faltbale tiempo al de Madrid, en cuanto se levant  la maana
siguiente, para correr por la _solana_, tumbarse bajo un nogal y caminar
errante por las mieses; para gozar, en fin, con la loca expansin de un
colegial en vacaciones. Y tan abstrado estaba, que al volver  casa, al
crepsculo de la tarde, no se acordaba de que no haba comido al
medioda, ni ech de ver que llevaba desgarrados los pantalones y
sangrando una rodilla, caricias debidas  las espinas de los setos por
los cuales tuvo que saltar.

En ocupaciones anlogas pas los primeros das, cada vez ms alegre, ms
satisfecho y ms juguetn. La bazofia y los condumios del ama de
gobierno le parecan los manjares ms deliciosos; el duro taburete en
que se sentaba, mucho ms blando que un silln ministerial; y el
aspecto rstico que tenan todos los objetos que encontraba y de que
serva en casa de su amigo, eran el complemento de sus mejores
ilusiones. Pero cuando gozaba extremadamente era por las noches, despus
que, odo el toque de nimas y rezadas las oraciones de costumbre por el
mayorazgo,  quien contestaban unsonos todos los de la casa, se
sentaban en el ancho balcn del medioda. El canto incesante de las
ranas, el aroma de la campia, el susurro elocuente y misterioso de la
naturaleza, los relmpagos fantsticos  incesantes que en el horizonte
presagiaban, segn el ama de llaves, fuertes calores para el siguiente
da; de tiempo en tiempo el canto montono del labrador que iba  dar
agua  una pareja, cuyas sonoras campanillas le hacan el
acompaamiento; el vuelo rpido del murcilago que cruza indeciso  cada
instante por delante del balcn; los regaos del ama en la cocina, que
entre el charrasqueo de la sartn se destacaban, con poco placer de los
criados  quienes iban dirigidos, y tantos otros ecos y fenmenos que en
las noches de verano se perciben en el campo, abstraan de tal modo al
forastero, que no hubiera cambiado entonces el balcn de don Silvestre
por el trono ms elevado del mundo.

Y cuando por las maanas, al romper el da, le robaban el sueo el
cencerreo del ganado que sala al pasto, los silbidos de los criados,
las seguidillas de las mozas que iban  la mies, el toque al alba, los
ladridos del perro, el cacareo de las gallinas y los relinchos del
caballo, lejos de incomodarse, bendeca en sus adentros el instante en
que se le ocurri trocar el agitado torbellino de pasiones de la corte
por el obscuro rincn de la vivienda de los Seturas.

Con la contemplacin de stos y otros cuadros  cual ms sencillo, su
lectura favorita adquira para l cada vez mayor encanto; y hasta las
tiernas glogas de Garcilaso le parecan la expresin ms fiel de la
verdad, y todos los recuerdos de todos los patriarcas descritos hasta
entonces le asaltaban las mientes, y vea los trasuntos de todos los
cuadros pastoriles del siglo de oro, y hasta senta el calorcillo de sus
venerandos y rsticos hogares; y tal era el dominio que sobre l
ejercan estas ideas, que, fingindose extraviado, sorprenda  un
vecino comiendo; entraba en la choza de otro cuando, sentado ste al
frente del grupo de su familia, rezaba el rosario antes de acostarse;
peda aqu candela, ms all un gua, y por dondequiera aliviaba la
miseria, complacindose en dejar oculta una moneda de plata, ya en el
regazo de un nio que jugueteaba arrastrndose  la puerta de su casa,
ya sobre el poyo de la cocina. Y todo esto lo haca el buen seor,
excepto lo de las limosnas, en verdad sea dicho, sin darse de ello la
menor cuenta. No reflexionaba ni estudiaba aquello que vea, porque los
cuadros y las impresiones se sucedan con la rapidez del pensamiento.

Pero  los quince das de estancia en la casa de don Silvestre, comenz
 notar que no descansaba bastante en la, aunque mullida, incmoda cama
que le haban puesto; que la bazofia le agriaba el estmago, y que, por
falta de cielo raso en la alcoba, le escocan los ojos con el polvo que
caa del desvn, cada vez que (y esto suceda todas las noches), cada
vez que las ratas armaban sus jaleos acostumbrados entre las panojas
sobrantes de la anterior cosecha--Con este motivo la rancia morada de
los Seturas abri por primera vez sus puertas  la civilizacin, que
entr en la mejor alcoba de la casa en forma de colchn de muelles, cama
de hierro, techo de yeso y papeles de colores, trado todo de la ciudad
y colocado  expensas del husped de Madrid, y con no poca delectacin
del mayorazgo, del ama y de todos los vecinos del lugar, que acudieron,
por turno rigoroso, durante una semana,  contemplar las maravillas de
la alcoba del madrileo, cuando ste se largaba  hacer sus excursiones
de costumbre.

Estas eran siempre por el campo, donde cada da buscaba un paisaje
distinto y al antojo de su potica fantasa. Y, preciso es confesarlo:
las praderas y valles del lugar de don Silvestre, como toda la Montaa,
superaban en perspectiva  todos los cuadros que se imaginaba el seor
de la corte: en esta parte era feliz el amigo de don Silvestre. Pero no
lo era tanto cuando se acercaba  gustar prcticamente las delicias que,
desde el fondo de los alfombrados gabinetes de las populosas ciudades,
descubren los poetas entre el follaje de los bosques y sobre el blando
csped de las campias.

Es decir, que si el madrileo, siempre con sus libros debajo del brazo y
en busca de paisajes, encantado por el aspecto de un artstico muralln
cubierto de verde y tupida hiedra, se recostaba contra l, sentado sobre
csped de un palmo de espesor, no bien se pona  leer  cualquiera de
los poetas, desde Gonzalo de Berceo hasta el ltimo buclico de nuestros
gacetilleros y romancistas, y exclamaba, por ejemplo con el primero:

        Nunca trob en sieglo lugar tan dileitoso,

 con alguno de los modernos otra frase equivalente en menos rancio
castellano, cuando llegaba el impertinente tbano, que le haca girar
como las aspas de un molino para defenderse de sus iras,  cantaba  su
lado la chicharra,  se punzaba las asentaderas con alguna zarza
traidora,  caa una lagartija sobre la ms sentimental y pastoril de
las estrofas de su libro. Con cualquiera de estos contratiempos conclua
el apasionado madrileo por sacudirse la ropa y marcharse punzado,
aturdido y tiznado en busca de otro lugar no menos bonito, aunque ms
cmodo.

--Oh magnificencia!--exclamaba una vez contemplando un nuevo
sitio;--esto excede  la ms sublime creacin del ms sublime de todos
los poetas;  la regin del ms tierno pastor de cuantos ha creado la
poesa!

        Corrientes aguas, puras, cristalinas,
        rboles que os estis mirando en ellas,
        verde prado de fresca sombra lleno,
        aves que aqu sembris vuestras querellas,
        hiedra que por los rboles caminas
        torciendo el paso por su verde seno....

todo esto, y mucho ms, veo yo, oigo y toco. Y por qu el sensible
_Nemoroso_ no ha de ser posible en estos valles? Qu distancia hay de
ellos  las imaginaciones de Garcilaso? Oh divina poesa!: te veo y te
palpo.... Pues seor, aqu, tras este tupido zarzal, cabe el arroyuelo
que murmura  mis pies, sobre la florida y olorosa pradera,  la sombra
de estos seculares castaos, voy  entregarme  mis gratos ocios. Y
dirn las almas de prosa que la poesa es una quimera!

Y al contemplar aquella lozana vegetacin, tan caprichosamente
distribuda como no pudiera imaginrselo el ms diestro jardinero,
exclam, hasta con fe en las palabras del poeta:

        Oh driades de amor hermoso nido,
        dulces y graciossimas doncellas,
        que  la tarde sals de lo escondido,
        con los cabellos rubios, que las bellas
        espaldas dejan de oro cobijadas....

esperando, tal vez, que abrindose las zarzas dejaran libre paso  la
misma Galatea. As es que al oir agitarse la enramada inmediata, no se
sobrecogi lo ms mnimo, en espera, como estaba, de algn prodigio.
Pero cuando en lugar de los cabellos de la Ninfa, vi, atropellando las
enmaraadas rgomas, madreselva, espinas, zarzas, juncias y ortigas, las
afiladas astas de un novillo de cuatro aos, descendiendo de la sublime
regin adonde se haba elevado con sus pensamientos,  la clsica morada
de los revolcones y de los ojales en la piel, despojse hasta de sus
libros para mayor desembarazo, y no par de correr hasta la portalada de
los Seturas.




IX


ste y otros percances anlogos y un tabardillo que le produjo al fin
tanta y tanta insolacin como tomaba, buscando por el campo la sombra
de la poesa, le obligaron  desistir de sus excursiones ordinarias,
conformndose despus con la sombra del nogal solariego para los pocos
ratos que consagraba  la lectura desde el ltimo desencanto. Y como no
tena una sola persona  quien hacer confidente de sus impresiones, pues
don Silvestre, nacido entre los prodigios de aquella naturaleza, de nada
se pasmaba, como que nada hallaba que le chocase, y fuera de la
naturaleza rstica y virgen, no conoca  fondo ms que sus recientes
desengaos, le pareci muy fastidiosa la contemplacin de los fenmenos
naturales durante las primeras horas de la noche, desde la solana del
mayorazgo; hall tambin insoportable la noche misma hasta la hora en
que se acostaba; y como el sueo era acaso el mayor placer que
experimentaba ya en el campo, incomodbale de veras el tener que
despertarse  las cinco de la maana entre la gritera del ama de
llaves, los silbidos de los criados y el cencerreo del ganado, despus
de haber dormido mal toda la noche, desvelado  cada instante por los
ladridos del mastn, cuya vigilancia llegaba  ser impertinente, 
fuerza de ser escrupulosa.

Agrguese  esto que la prodigalidad del _seor de_ don Silvestre, como
llamaban en el pueblo al de la corte, haba corrido de cocina en cocina
por todo el vecindario, y que, por lo mismo, no hubo en l una sola
persona que no se creyese con derecho  pedirle dinero, pretextando
necesidades, unas veces ciertas y justificadas, otras fingidas 
indignas de la largueza y caridad del forastero; de suerte, que ni
siquiera le qued el placer que experimentaba aliviando la desgracia,
pues tema equivocarla con las consecuencias de la haraganera, y
contribuir al fomento de ms de un vicio, procurando socorrer la
verdadera miseria.

Una de las impresiones ms agradables que recibi en la aldea, fu al ir
por primera vez  oir la misa de la parroquia. Bajo la tejavana, 
_portal_, que se extenda  todo lo largo de dos fachadas de la iglesia,
como en todas las de las aldeas de la Montaa, estaban reunidos y en
espera del toque de campanilla que les avisara la salida del sacerdote
al altar, todos los viejos, jvenes y nios del lugar que no tenan un
impedimento justificado que los eximiera de aquella obligacin de
conciencia. Todos con el mejor vestido, y formando corrillos en los que
se departa  gritos, como es costumbre entre la gente de campo, no
porque el furor sustente los debates, sino por hbito adquirido viviendo
casi siempre fuera de techado; todos, repito, se entregaban  aquel
primer momento de ocio, despus de una semana de rudas fatigas, con las
ms expresivas seales de satisfaccin, buscndola especialmente en
comunicarse unos  otros las observaciones, planes y labores que cada
cual haba hecho desde el domingo anterior. Cuando el de Madrid, al lado
de don Silvestre, se acerc al portal de la iglesia, el rumor que veinte
pasos antes llegara bien claro  sus odos, ces de repente;
levantronse los hombres que estaban sentados, suspendieron los
muchachos sus juegos y carreras, y descubrindose todos respetuosamente,
abrieron calle al madrileo y  su amigo hasta donde el primero juzg
oportuno detenerse. Esta muestra de deferencia y de respeto afect al
husped del mayorazgo, acostumbrado al fro y egosta contacto del
pueblo de las grandes ciudades; y en prueba de su reconocimiento, trat
de mostrarse afable y carioso, ms an de lo que era de ordinario, con
el dueo del rostro ms cercano, entre los varios que le contemplaban
inmviles desde su llegada.

 las primeras palabras dirigidas afectuosamente al aldeano, los que
detrs de l formaban silenciosos, adelantaron un paso, y  la cuarta
pregunta del de la corte, un crculo compacto de curiosos le envolva,
disputndose todos la ocasin de oir la voz del seor forastero, y de
seguir de cerca con la vista el movimiento de sus brazos y la direccin
de su mirada. Esto dur hasta que se oy el repiqueteo de la campanilla;
porque entonces, los chicuelos rompieron la humana valla que  duras
penas haban atravesado para ver al caballero ms de cerca, los viejos
apagaron sus pipas, los jvenes restregaron el fuego de sus cigarros
contra el poste ms inmediato y se guardaron las puntas en el bolsillo
del chaleco, los que tenan la chaqueta tirada sobre los hombros, se la
vistieron, y todos corrieron al templo atropelladamente para llegar  l
antes que el prroco pisara las gradas del altar.

--Qu feliz he sido hoy en medio de esos honrados aldeanos!--deca 
don Silvestre su amigo durante la comida.--Cunta poesa en aquel
cuadro que me rodeaba! Porque su expresin no era la que dan la bajeza
ni la ignorancia, sino la mansedumbre del justo,  el rubor de la
inocencia.

Don Silvestre hubiera hecho algunas enmiendas al panegrico de su amigo;
pero tan habituado le tena ste  semejante lenguaje, que ya no se
cansaba en contestarle siempre que con l le hablaba.




X


Las escenas del portal de la iglesia se repetan cada da festivo, no
solamente en este sitio, sino en el _corro_,  donde iba el madrileo 
ver bailar y jugar  los bolos. Pero lleg  notar este fantico
personaje que el crculo de curiosos que siempre le envolva era cada
vez ms estrecho; que entre los espectadores, antes mudos como estatuas,
haba muchos que se permitan sus _apartes_ intencionados y con
presunciones de graciosos; que los que este ttulo llevaban entre los
convecinos,  trueque de conquistarse sus carcajadas, faltaban
_aliquando_ al de Madrid, siempre digno y prudente, con una grosera
impertinencia; que los chicuelos, que antes le contemplaban con la boca
abierta y las manos en los bolsillos del pantaln, se le acercaban hasta
tocarle con un dedo la cadena del rel, mientras  la descuidada
tentaban con la otra mano el pao de su levita, cuya finura les
admiraba; y, por ltimo, que las mozas del lugar,  quienes diriga
delicadas galanteras y que al principio no se atrevan  mirarle  la
cara, le volvan ya cada fresca que le dejaba helado. De modo que,
despus de la metamorfosis de Galatea en novillo _uncidero_, dndose 
reflexionar durante la convalecencia del tabardillo sobre el carcter de
la gente del campo donde habitaba,  despecho de sus ilusiones se
concedi  s mismo que pedir prudencia, saber, dulzura y poesa  unos
seres cuya sociedad constante son las bestias, cuya educacin son las
rudas tareas del campo, y cuyas aspiraciones estn limitadas  salir del
ao sin morirse de hambre, es una exigencia que toca en lo ridculo.
Harto harn, los pobres, sabiendo saludar en turbio castellano!
Demasiado es en ellos esa suspicacia extremosa que forma su carcter,
primer testimonio de que no carecen de criterio. Ojal supieran
educarle, y entonces no emplearan aqulla en dudar de todo el mundo, ni
se acarrearan esas guerras intestinas que los lleva  cada instante 
disputar sus derechos ante los tribunales de justicia, consumiendo en
empresas tales el fruto de sus faenas, mientras sus hijos se arrastran
desnudos, pidindoles un pedazo de pan que no siempre reciben!

Merece consignarse otro de los incidentes que ms contribuyeron al
desencanto de nuestro personaje.

Departiendo una maana en el portal de la iglesia con el alcalde del
pueblo, brindse de muy buena gana  traer de su cuenta, un rel de
torre para la iglesia del pueblo, como un regalo que dedicaba  los
honrados vecinos entre quienes tan buenos ratos haba pasado. El
alcalde, al oir la palabra _regalo_, abri unos ojos de  tercia, y
dise  reir de pura satisfaccin; pero cuando se puso  reflexionar
sobre el motivo de tanto desprendimiento, tornse serio, y dijo al
personaje, con la mejor cara que pudo, que al da siguiente le dara la
contestacin. ste, que atribua  modestia   cortedad semejante
respuesta, no volvi  pensar ms en ella, y en cuanto se separ del
alcalde, no dudando que su proposicin sera bien acogida, se puso 
discurrir sobre el modo de que el rel llegase al pueblo lo ms pronto
posible. Entre tanto el alcalde, apenas pronunci el cura el _Ite missa
est_, se acerc al campanero y le dijo con ansiedad:--Toca  concejo.

Como el edificio en que las sesiones se celebraban,  sea la casa
consistorial, estaba  dos pasos de la iglesia,  medida que sta se
desocupaba iba llenndose la otra, deseosos los vecinos de saber de que
se trataba, pues ni haba carreteras que componer, ni arbitrios que
rematar, ni repartos que hacer sobre el territorial, ni sorteo de mozos
para el ejrcito, ni siquiera ajustes de _puertos_ y pastores.

--Seores--dijo el alcalde, tan pronto como el alguacil pas lista  los
asistentes y vi que, legalmente, se poda celebrar sesin;--se trata
de que el seor forastero quiere regalar un rel de campana para la
torre de la iglesia del pueblo.

--Pues Dios se lo pague--contestaron  coro la mayor parte de los
concurrentes.

-- m me parece _que no habr compromiso_ en que le cojamos por la
palabra--aadi el alcalde, dejando entrever ya el fondo receloso que,
como opinaba muy bien el personaje, forma el carcter de los aldeanos
montaeses.

No necesitaba tanto el vecindario para calcular los inconvenientes que,
en su concepto, podra traer al pueblo la aceptacin del regalo; as es
que al oir la palabra compromiso en boca del alcalde, cada vecino se
volvi hacia su colateral, con una expresin en la cara que, aun cuando
de pronto pareca de estupidez, leyndola bien se poda traducir en
estas palabras:--Que te parece de esto?; nos coger de primos?

Pero tan franco, tan claro era el ofrecimiento, que ni aun con la mala
fe de que ellos eran capaces encontraron en el primer cuarto de hora una
sola objecin que hacer al generoso forastero. No obstante, lejos de
decir explcitamente aceptamos, todos, y el primero el alcalde,
dirigieron sus miradas inquietas  un rincn de la sala donde estaba
sentado un viejo con calzn corto remendado, montera bajo la cual
asomaban, entrecanos y nada limpios, dos mechones de pelos, uno sobre
cada sien y de un palmo de largos, segn la antigua moda, chaqueta al
hombro y un garrote chamuscado con el que haca garabatos sobre el polvo
del suelo fingindose distrado.

El to Merln, que as llamaban al viejo de las sucias greas, era la
notabilidad del pueblo, donde se le haba dado el nombre que llevaba por
la reputacin de _listo_ que le acompaaba desde sus contemporneos,
que, al emigrar de este mundo, se le recomendaron  la generacin
heredera como un dije inestimable, como una providencia. El to Merln
reuna  la condicin de listo la fama de _celebre_, nombre que entre
los aldeanos equivale  decidor, oportuno, chistoso; circunstancia que,
por s sola, dice bastante para que todos los lectores comprendan el
dominio que el to Merln ejercera sobre sus convecinos. Porque en
aquel lugar, lo mismo que en el mundo de la cultura, un hombre  quien
los dems escuchan con la sonrisa en los labios y dan el apellido de
_gracioso_, tiene amplias facultades, no solamente para provocar la risa
sin ofender  nadie, sino para ser importuno, molesto y hasta grosero
donde y cuando le acomode, sin que  nadie se le ocurra darse por
ofendido. Y cul no ser la influencia de un hombre de stos entre los
que le rodean, cuando sobre su carcter de gracioso lleva la fama de
_sabio_, como el to Merln? Por eso  este personaje se le encontraba
presidiendo todos los acontecimientos del lugar. Bodas, bautizos,
entierros, juntas, tertulias..., en cualquier acto de stos y otros
muchos, lo primero que la pblica curiosidad buscaba anhelante era la
presencia del to Merln; porque aqu para provocar la risa, all para
dar un consuelo y en el otro lado para ilustrar el juicio de los dems,
su presencia era tan indispensable, que sin ella no se encontraba
alegra, ni lgrimas, ni consuelo, ni parecer.

Y es de notar que el to Merln jams era explcito en sus dictmenes, y
que sus admiradores, al repetir  otros las ocurrencias del clebre
viejo, apenas hallaban por donde cogerlas; y es claro: el to Merln,
como casi todos los decidores del mundo, tena todo su chiste en aquello
que callaba, y lo que callaba era lo ms importante. As es que la
reticencia era su fuerte, y con un interrogante, unos puntos suspensivos
y un gesto de qu pillo soy! resolva todas las cuestiones, arrancaba
 su placer las carcajadas al auditorio y enredaba  sus convecinos cada
da en un berenjenal de pleitos y rencillas, extravindoles ms y ms la
justicia con lo vago de sus maliciosos pareceres. Pero su fama era
bastante ms vieja que todos sus convecinos entre quienes el buen
criterio no pudo nunca aclimatarse, y el to Merln era siempre listo y
_celebre_..., y por eso en el concejo se buscaba su opinin al tratarse
de aceptar  no la oferta del rumboso madrileo.

--Qu dice de esto el to Merln?--pregunt el alcalde despus que,
como todo el concejo, le hubo mirado por algn tiempo en silencio,
estudiando hasta el rumbo ms vago de su garrote.

El interrogado, sin dejar de hacer garabatos, mir de reojo  todos los
circunstantes; fijse en el alcalde, que inclinado sobre la mesa
enseaba unos dientes tan grandes como habas cochineras, ansiando la
respuesta del viejo, y despus de arreglar la chaqueta sobre los
hombros, contest muy pausadamente:

--Conque ... qu digo yo de esto, eh?... Pues digo que.... Jummma!...

Esta carraspera arranc al concejo una carcajada que dur medio cuarto
de hora.

--Vamos al decir, to Merln, _de_ que ust cree....

--Que la cosa no trae malicia, seor alcalde ... jui! que las pillo yo
al vuelo....

--Pero, seor, fegrese ust que el hombre me llama y me ice doy el
rel pa la torre sin el menor aquel de gastos pa el respetive: yo pago
too el jaleo, y pueen ustedes desde hoy avisar  los carpinteros y
albailes que han de juriacar la par, porque la cosa estar aqu en toa
la semana que viene.

--Hola!... Conque hubo too eso? Conque le ice  ust ese seor que
busque carpinteros y que juriaque la par de la torre..., y entoava no
atisba ust la estruch?

--Hombre--repuso el alcalde con cierta humildad que le impona la
sagacidad del viejo,--no dir yo que no viera algo de ella, y por eso
mand tocar  concejo.... Pero ello, qu es lo que ust teme?

El to Merln baj la cabeza, sonrise, volvi  hacer rayitas en el
suelo, y por toda contestacin larg otro jummmaa! que produjo el
mismo efecto que el anterior. Al cabo de un rato aadi:

--Seores, en el juriaco que se quiere abrir en la torre, no ven
ustedes n?

Los circunstantes se encogieron de hombros.

--Lo dicho--continu el viejo,--no ven ustedes un buey  cuatro
pasos.... Pues yo veo que por ese juriaco se nos mete en casa el
forastero; que el rel es una trampa que se nos quiere armar para
dejarnos  toos en cueros vivos en el da de maana.

Una exclamacin de sorpresa fu la contestacin del concejo.

--Eso no puede ser, to Merln--objet luego el alcalde;--la cosa no
trae tanta malicia. Y  qu se agarra ust pa creer...?

--Que  qu me agarro?... Esa es cuenta ma. Nos vi aldeanos, le gust
el pueblo, y dijo:  pescar lo que se pueda.... Porque, seores, pinto
el caso de que uno cualquiera de ustedes va al lugar de ese seor, y
tiene tanto dinero como l: por mucho que el lugar le guste, se le
ocurrir regalar un rel para la torre de la iglesia?

--Es claro que no--contestaron algunos.

--Pues ctalo ah--exclam triunfante el to Merln.-- qu santo ese
hombre nos ha de regalar un rel, sin ms ac ni ms all?

El concejo se qued tamaito bajo tan contundente argumento.

--De manera--dijo el alcalde,--que nos convendr decir  ese seor que
se guarde el regalo para engatusar  otros tontos....

--No, seor:  la zorra candilazo, que dijo el otro--replic el to
Merln.--Aqu va  ir de pillo  pillo. Puede ust decirle que traiga el
rel, pero firmando un papel.

-- ver,  ver! ...--murmuraron sus convecinos, llenos de curiosidad.

--Escriba ust, secretario--dijo  ste el alcalde;--que la cosa tiene
que ver. Dite ust, to Merln.

ste, despus de rascarse mucho la cabeza, coloc sobre el garrote sus
dos manos, sobre ellas la puntiaguda barbilla, y con los ojos radiantes
de malicia y de satisfaccin, empez  dictar al secretario lo que,
entre un aluvin de carcajadas y despus de cien enmiendas y al cabo de
media hora, deca al pie de la letra:

Digo yo, don Fulano de Tal, que por m y por todas las generaciones y
herederos que pueden venir detrs de m y por todos mis cuatro costados;
he recibido del Ayuntamiento de ... el valor del rel de la torre de su
iglesia, trado por mi conducto y  mis expensas.

_Item_.--Que me compromet  ponerle por mi cuenta en el juriaco que
ocupa.

_Item_.--Que sealo una cantidad de _dos mil reales_ al ao para gastos
que el infrascrito rel preduzca,  arroje de s mesmo,  sase para su
manutencin y conservacin.

_Item_.--Que si algn da la torre se viene abajo en mis das  en los
de todas las generaciones y herederos que puedan venir detrs de m y
por todos los cuatro costados, yo y ellas nos comprometemos  hacer otra
torre nueva  otra iglesia, si el ayuntamiento lo tuviere por
conveniente.

_Item_.--Yo y las dichas generaciones y herederos nos comprometemos 
pagar todos los pleitos que por causa del rel resulten en el lugar, 
en las inmediaciones, y  no hacer reclamacin alguna al concejo de ...
por conceuto del rel ni otro alguno.

As lo quise; y, para que conste, lo firmo en ...  tantos de Julio,
etc.

--Ahora--aadi el to Merln,--que firme ese seor; despus que vea por
nde nos mete mano.

Y retozndole la risa en los labios, sali del concejo entre la algazara
y los aplausos de sus convecinos.

Aquel mismo da se present el alcalde con este documento al forastero,
dicindole, al entregrsele, con tono y expresin de triunfo:

--Aqu est mi contestacin.

El amigo de don Silvestre no pudo menos de reirse al leer tan peregrinas
condiciones,  pesar de la sorpresa que le produjeron, despus, se
indign al considerar tan miserable suspicacia, y, por ltimo, rompiendo
en pedazos el papel y volviendo las espaldas al alcalde por toda
contestacin, acab por compadecerse de aquellas pobres gentes que, por
huir de un mal que nadie les haca, desechaban el bien que les iba
buscando.




XI


En stas y otras, la estacin avanzaba y el melanclico otoo iba
inicindose  medida que moran las ilusiones del forastero. El
aterciopelado verde de la campia se haba cambiado en otro ms plido y
amarillento; segada y recogida la yerba de los prados y _despuntados_
los maces, las mieses haban perdido toda su lozana frondosidad; y su
aspecto, aunque bastante ms risueo que la primavera de Castilla,
infunda cierta tristeza en el nimo que la haba contemplado dos meses
antes. Los bosques se enrarecan tambin al menor contacto del furibundo
viento Sur, que ya estaba en plena campaa para secar las panojas y
madurar las castaas; los pajarillos enmudecan poco  poco y volaban
errantes  indecisos; las noches crecan y los das acortaban; la
naturaleza toda anunciaba su letargo del invierno, y no se escuchaba
otro sonido de su elocuente lenguaje que el de los secos despojos de su
primavera, rodando en confuso torbellino  merced del viento que cada
da soplaba ms recio.

No necesitaba el forastero tanto aparato para languidecer y enervarse,
despus de los desengaos padecidos hasta all. As es que,  la vista
del cuadro que se le presentaba, no tena otro deleite que pensar en su
vuelta  la corte. Y como esto no le llenaba el nimo completamente, se
complaca en colocar  su lado, para contraste, todos los disgustos que
deba  su expedicin  la patria de los Seturas, con el fin de amar la
primera  medida que fuera aborreciendo la segunda.

--Vamos  cuentas--se deca una tarde, sentado en frente de la ventana
de su cuarto, y mirando cmo se ocultaba el sol detrs de una montaa,
entre vivsimos resplandores.--Llevo en este pueblo tres meses; he
gozado  mis anchas y con las ilusiones de un nio, es decir, he gozado
cuanto es posible en esta vida de zozobras y de aprensiones, tres
semanas. En cambio he padecido despus un tabardillo, tres clicos,
trescientos sustos, treinta mil molestias por esos campos de Dios
buscando la sombra y la poesa, sesenta y seis insomnios producidos por
el perro, por los cencerros y por los golpes odos durante la noche, 
innumerables disgustos en mi trato con el vecindario; y si cuento diez
indigestiones que me produjo la bazofia de esta bendita cocinera, una
oftalma  consecuencia del polvo del techo de mi alcoba y doscientos
rasguos de espinos en la piel (todo esto durante las tres semanas
contadas de placer), no hay duda que la ganancia de mi expedicin, vista
por este lado, ha sido bien escasa. Vemosla por la parte econmica, que
es por lo que ms se recomienda la vida del campo. Por no reventar con
tanto y tan especial menjurje, he tenido que proveerme por mi cuenta de
la ciudad; y como est muy lejos, entre propios, carros y otras
menudencias, lo que aqu he comido, muy mal sazonado, me cuesta triple
que mi alimento ordinario y relativamente exquisito de Madrid. Mi
equipaje est sucio y desgarrado.

Se me dir que de esto me tengo yo la culpa, pues he saltado portillos
y corrido por los prados, y me he sentado en ellos.... Pero, seores
mos, es posible que  otra cosa se pueda venir al campo? Sin contar lo
que he dado en limosnas, pues esto bien empleado est, llevo gastado un
dineral en propinas y en pagar, triple de lo que valan, _regalos_ que
estas gentes dieron en hacerme cuando corri la voz de mi largueza.
Total, incluso manutencin, obra de la alcoba, etc., segn el estado de
mi bolsillo y cartera, cerca del doble de lo que, en igual tiempo, gasto
en Madrid con carruaje y espectculos.

Veamos ahora mi expedicin por la parte instructiva, por la del
estudio, para el cual se receta siempre el campo. Perdidas mis ilusiones
por la frvola poesa pastoril, solamente la idea de salir de aqu muy
pronto era capaz de hacerme leer con paciencia mis libros instructivos.
No comprendo que sin un confidente con quien consultar,  con la idea de
no volver  ver ms el mundo, haya un hombre capaz de encerrarse entre
los bosques  desentraar los misterios de la ciencia, cuando la
ignorancia completa de ella es lo primero que se necesita para vivir 
gusto entre estas cerriles criaturas, ser tan rstico como ellas, y
circunscribir  las suyas las propias ambiciones. Y no se me diga que
sta es cuestin de carcter, porque el mo es un modelo de docilidad y
acomodamiento, soy un optimista extremoso, y as y todo me ha hastiado
la naturaleza y me ha repugnado la humanidad inculta. Mi lectura, pues,
con la esperanza de ver el mundo otra vez, no ha sido escasa, pero no
provechosa: pues con incmoda habitacin, malas digestiones y preocupado
con las miserias de que he sido objeto, no he sacado tanto fruto aqu en
dos meses como en un solo cuarto de hora en mi gabinete de estudio en
Madrid.

Por lo que hace  robustez, que es lo que en m busca y dice que
encuentra todos los das Silvestre desde que estoy en la aldea, si algo
he aumentado en volumen, debe ser consecuencia de la corteza tostada que
cubre mis manos y mi cara, y del no s qu que se ha adherido  mis
cabellos que,  pesar de mi esmero, se rebelan, y estn cada da ms
rsticos y cerdosos.... Decididamente me vuelvo  la corte.... Pero y
el hasto que me ech de ella? Ser otra ilusin, como la del campo, la
inclinacin que hoy siento hacia Madrid? Antes de salir de aqu voy 
probar el ltimo recurso; voy  vivir  lo Robinsn. Dialogar con la
naturaleza y huir de todo ser humano en lo que me sea posible.

Aqu llegaba el de la corte con sus meditaciones sin notar que el sol
haba apagado su ltimo reflejo, y que, por ende, la noche haba dejado
su habitacin envuelta en la ms impenetrable obscuridad, cuando un
ruido estrepitoso, sobre el techo de la alcoba, le hizo dar un salto en
la silla y buscar en seguida,  tientas y acelerado, la puerta, pensando
que se hunda el tejado solariego.

--Silvestre! Silvestre!--grit al hallarse en la sala.

--Qu demonios te ocurre, hombre?--contest  poco rato el mayorazgo,
apareciendo en escena con el candil en la mano.

--Qu ruido es el que he sentido sobre mi cuarto?

-- que te has asustado?... Ja, ja, ja, jaaaa!

--Pues el lance es para reir!

--Y ya se ve que s. Como que no es otra cosa que un garrote de panojas
de la otra cosecha que estoy poniendo encima de tu cuarto.

-- buena hora te has acordado de hacerlo.

--Como los criados han estado _cogiendo_ todo el da en la mies, no se
ha podido hacer hasta ahora.

--Ya podas haber avisado antes,  dejar la operacin para maana.

--En lo primero tienes razn, y dispnsame el olvido; en cuanto  lo
segundo, como esta noche es la _deshoja_, no era cosa de que se
mezclaran las dos cosechas.

--Qu es eso de la deshoja?

--Cmo! No sabas que era esta noche? Bruto de m!... Vente conmigo.

Y as diciendo, cogi  su amigo por un brazo, y le arrastr,  poco
menos, hasta la cocina. En ella le ense al ama de llaves que estaba
fregando una enorme caldera en la que iban  cocerse media fanega de
castaas que estaban en un saco cerca del fogn.

--Todo esto es para la gente--dijo don Silvestre sealando las castaas
y un enorme jarro de vino que estaba sobre el vasar.

--Para qu gente?--le replic su amigo cada vez ms sorprendido.

--Vente y lo vers--repuso el mayorazgo saliendo de la cocina y llevando
por delante  su amigo.

Unos pasos antes de entrar en el _estragal_,  sea el corredor que
conduce  la _bodega_ desde el punto en que arranca la escalera del piso
alto, una algaraba atronadora de carcajadas, cantares y chillidos llam
la atencin del forastero; algaraba que ces tan pronto como ste y
don Silvestre llegaron  la puerta de la bodega. En sta, iluminada por
un rooso farol colgado de un clavo en una pared, se vea una enorme
pila de panojas recin tradas de la heredad, y  su alrededor, sentados
en el suelo, un enjambre de mozas y mozos del lugar ocupados en
deshojarlas, echndolas despus una  una, pero con extraordinaria
rapidez, en los _garrotes_,  grandes cestos, que estaban colocados
delante de los deshojadores,  razn de uno de los primeros por cada
seis de los segundos. Estos garrotes suelen tener una medida dada, y por
el nmero de garrotes,  _coloos_, que van llenos al desvn, calcula
fcilmente el labrador el resultado de su cosecha.

La deshoja es una operacin que toma la solemnidad que hemos visto en
casa de don Silvestre, en las de cuantos labradores cogen maz para todo
el ao, pues con el objeto de que el grano empiece pronto  ventilarse,
procura el cosechero despojarle cuanto antes de la hoja que le envuelve
y le perjudica mucho, despus que se retira de la heredad; y como la
operacin es muy pesada para poca gente, es ya costumbre que se reuna
toda la que quiera del pueblo, sin mas retribucin que un _maquilero_ de
castaas cocidas y un vaso de vino  de aguardiente, y  veces una sola
de las dos cosas, para deshojar una cosecha en una noche,  en dos  lo
sumo.

El silencio impuesto por la llegada de don Silvestre y su amigo, volvi
 alterarse en breve, en cuanto el ltimo, siempre propenso  gozar con
tales cuadros, se mostr muy satisfecho en medio de la concurrencia, y
le dirigi algunas palabras en son de broma. Fraccionse, pues, el
crculo en secciones; y en una se contaba el cuento de _Juan del Oso_,
en la otra se criticaba, en sta se cantaba y en aqulla se hablaba de
la cosecha, sin que faltasen manotazos  coscorrones por aqu y por
all, pues aquellos mozos tambin eran de carne y hueso, y no siempre,
buscando una panoja oculta entre las hojas apiladas, topaban con ella al
momento y sin tropezar antes con tal cual pantorrilla extraviada, cuya
duea, aunque con la risa en los labios, protestaba con el puo cerrado
contra la equivocacin.

Haca un rato que la deshoja estaba en plena efervescencia, cuando una
voz grit: la _mona!_; y esto bast para que las mujeres se
alborotaran y chillasen, y para que los hombres se pusieran en actitud
de defensa.

El forastero, pensando que se trataba del cuadrumano de aquel nombre,
miraba  todas partes con vida curiosidad, en tanto rea  sus anchas
el bonachn de don Silvestre, quien al cabo explic  su amigo lo que
aquella voz significaba.--Llmase _mona_  una gran bolsa 
protuberancia que sale  algunos maces en el tallo, y que despus de
seca se convierte en un depsito de polvo negro y pegajoso; bolsa que
suelen guardar cuidadosamente los aldeanos al coger el maz, para untar
con ella en la deshoja la cara del ms cercano, cuando ms descuidado
est.

Prodjose la alarma de costumbre; pero la mona no pareci por ninguna
parte. Un mocetn colorado y mofletudo, que no pudo ver con calma  un
rstico Tenorio (pues tambin los hay en el campo) charlando ms de lo
regular con una moza  quien l galanteaba, era el que haba gritado con
la intencin de interrumpir el amoroso coloquio, ya que no haba podido
conseguirlo de otra manera, por hallarse colocado muy lejos de la
amartelada pareja.

--Diez y _tarja_!--cant la voz de un hombre que, llegando  la puerta
de la bodega, cruz con una raya de yeso otras nueve paralelas, hechas
una  una  cada coloo que se suba al desvn.

Choc al forastero que el dcimo, en lugar de seguir el camino de los
anteriores, cayese en un rincn de la bodega, que se haba aseado antes
con el mayor esmero; y preguntado  don Silvestre, supo que aquel
garrote de panojas, tal vez el ms repleto de todos y el de las ms
gordas, era el primero del _diezmo_ que pagaba  la Iglesia de Dios. Por
aquel tiempo andaba an la cosa pblica ...  la moda de entonces, y de
nada se extrao el forastero, sino del cuidado y escrupulosidad con que
don Silvestre cumpla el mandato nmero cinco de los de la Iglesia. Y
an haca ms el mayorazgo: junto  la pila de panojas formada con los
coloos del diezmo, haba otras varias ms pequeas, hechas  costa de
las nueve partes que  el le quedaban libres; porque de cada coloo que
suba al desvn, dejaba tres panojas para las nimas del purgatorio; dos
para alumbrar  San Antonio, patrono del ganado; seis para San Roque,
abogado de la peste; seis para San Pedro, patrono del lugar, y otras
seis para los pobres del vecindario que careciesen de semilla en la
poca de siembra. Y todava don Silvestre daba gracias  Dios por lo
mucho que le quedaba!--Desgaitaos, hombres de la ciencia, para
_ilustrar_  la humanidad; afanaos en _perfeccionarla_ para hacerla ms
feliz  costa de lgrimas y sudores; pero estudiad  este hombre, y
tomad en cuenta la tranquilidad de su espritu!

As exclamaba, para sus adentros, el forastero al contemplar la fe y el
placer con que su amigo cumpla los preceptos que se le imponan, y las
muestras de la caridad que guardaba siempre en su sencillo corazn.

Ya comenzaba  gozar un poco el de Madrid entre los episodios de la
deshoja, y una prueba de ello es que permaneci observndolo todo,
sentado sobre un arcn viejo, hasta que muy avanzada la noche se
presentaron los criados de don Silvestre  la puerta de la bodega,
llevando con mucho pulso, entre los dos, una caldera llena de castaas,
 inmediatamente detrs el ama de llaves con el jarro del vino, un vaso
para escanciarle y otro jarro ms pequeo para repartir las castaas. 
la vista de todos estos objetos la deshoja se alborot, y  merced de la
efervescencia pudo un colindante untar  su placer con una mona la cara
del celoso y rechoncho mocetn que haba gritado antes, de mentirillas.
El sorprendido y cerril amante, que entre las carcajadas de la gente no
vea ms que con sus celos y al travs del ignominioso tinte de su cara,
en lugar de echar al garrote la panoja que tena entre las manos, la
arroj furioso hacia su rival; pero ste tena la cabeza ms dura que la
panoja, y habindola recibido cerca del occipital, resbalando sobre l
el proyectil fu  parar  las narices del forastero, que estaba
sentado, un poco ms atrs y en la misma direccin. Y gracias  la
penosa sensacin que en todos produjo la carambola, no hubo un lance
entre los dos jabales rivales, que se quedaron pasmados al ver sangrar
por las narices al buen seor, y al oirle decir, mientras sala de la
bodega acompaado de don Silvestre y de su ama, que bufaban de rabia:

--Esto deb yo haberlo previsto; pues  quien entre bestias anda, tales
caricias le esperan.




XII


Curado en pocos das de las consecuencias del panojazo, jur
solemnemente huir de todo contacto con tales gentes; y al efecto se
provey de caa y escopeta, para explotar, en los ramos de pesca y caza,
aquellas regiones donde tantos disgustos iba pasando mientras buscaba la
realidad de sus mejores ilusiones. Pero siendo tan infecundos en pesca
el ro y los regatos del pas como en ninfas y Salicios y Nemorosos sus
campias, abandon la caa  los pocos das de dedicarse  ella, pues no
compensaban dos anguilas y tres docenas de pececillos que pesc durante
la temporada, todos los constipados y mojaduras que cogi sentado  la
orilla del ro, unas veces al sol y otras al agua.

Abandonada la caa, se dedic  la escopeta; y ya que la caza no fuera
muy abundante, por lo menos el ejercicio corporal que haca corriendo
tras de las _miruellas_, le proporcionaba buen sueo y ms que regular
apetito.

En esto haba pasado un mes desde el panojazo. La naturaleza, lnguida y
enclenque entonces, iba quedndose, como si dijramos, en cueros vivos;
las brisas eran ms frescas, y en lugar del sonido armnico y majestuoso
que formaban perdidas entre el follaje de junio, geman lastimeras al
chocar contra los escuetos miembros de los rboles; lloraban fatdicas,
como si fueran la voz de la naturaleza que lamentara la prdida de sus
risueas galas. El suelo se humedeca cada vez ms, porque el sol no
tena fuerza bastante para enjugarle despus de los chubascos, cada da
ms fuertes y ms frecuentes; las noches eran eternas, y slo un sueo
como los que ltimamente dorma el de Madrid, era capaz de hacrselas
pasar medio  gusto entre los silbidos del vendaval que penetraba fino y
cortante por cada rendija de las innumerables que tenan las puertas
exteriores del solariego palomar; las _lumbradas_ que haca el ama en la
cocina solamente las soportaban ella y don Silvestre, acostumbrados  su
calor desde la infancia: el forastero se abrasaba acercndose al fuego,
y retirndose de l se le helaban las espaldas con el _gris_ que corra
en aquel inmenso pramo.

En cuanto  la poesa del chisporroteo de los tizones y del hervir de
los pucheros, as la encontr como lo que haba buscado entre los
jarales. Roncaba el ama de llaves, roncaba don Silvestre, roncaban los
criados y el gato y el perro; silbaba el viento, bramaba la cellisca
contra las inseguras ventanas, y ms que visin placentera, pareca
aquel cuadro escena de conjuro,  ensueo de calenturiento.

Entonces s que pens en su gabinete de Madrid y en los salones del
_mundo_ y en el teatro de la pera!...

--Qu ser un invierno pasado as, Dios mo!--se deca una noche
mientras se acostaba en busca del sueo, nico amparo que hallaba en
medio del aburrimiento que empezaba  perseguirle.




XIII


Fatigado de saltar setos y regatos y de trepar por cerros y colinas,
tornaba hacia su casa una maana el husped de don Silvestre, con la
escopeta al hombro y sin haber podido matar ms que dos gorriones y una
calandria.

Ya columbraba la ventana de la cocina solariega y hasta llegaban  sus
narices los aromas de los guisotes del ama de gobierno, cuando
distingui una miruella sobre la rama ms alta de una higuera.

Agazapse el cazador todo lo que pudo; deslizse de mato en mato y de
bardal en bardal, como una culebra, para no ser visto ni sentido del
animalito, cuya vigilancia es proverbial en el pas; apuntle con la
escopeta cuando le tuvo  tiro y  su gusto, y....

Pero expliquemos la situacin del cazador, por si los permenores del
suceso nos fueren ms tarde de alguna utilidad.

Apuntando el madrileo  la miruella, tena  cuatro pasos,  la
espalda, un huerto contiguo  una pequea casa, y cerrado en todo su
permetro por una pared _seca_, es decir, una pared transparente, de
piedras sobrepuestas medio  la casualidad, paredes que suelen durar
eternidades, porque la consistencia que les falta de nuevas se la da
bien pronto la hiedra que junto  ellas nace, y penetra,
entretejindose, por todos los intersticios. La pared del huerto que
tena  su espalda el cazador comenzaba ya  consolidarse: slo un tramo
de dos varas estaba sin revestirse de las verdes ligaduras, y sostenido
por un prodigio de equilibrio.

Por lo que hace  la casa, estaba cerrada hermticamente; y en toda la
extensin que alcanzaba la vista no se distinguan ms seres vivientes
que el cazador, la miruella y un hombre que cerca de la casa esparca
_toperas_ en un prado, y acechaba de cuando en cuando las operaciones
del topo,  cuya caza andaba. Este hombre,  quien el de Madrid no vea,
era el to Merln.

Hecha, pues, la puntera  placer del cazador (como que apoyaba la
extremidad del can de la escopeta en una rama), dispar sobre el
pajarraco, y ste cay, como una masa inerte, rebotando de quima en
quima. Pero al pie del rbol haba un bardal bastante espeso, y en este
bardal cay la miruella.--Cerca de un cuarto de hora invirti en
buscarla el pacientsimo cazador, que al fin la encontr; pero no sin
desgarrarse las manos con las punzantes zarzas.

Con su presa en el morral, sali otra vez al camino que antes llevaba; y
echndose la escopeta al hombro, march  largos pasos hacia su casa,
pues ya haba odo tocar  medioda y no le gustaba hacer esperar  don
Silvestre que de fijo, estara arrimando las sillas  la mesa.

Cerca ya de la portalada del mayorazgo, oy un estrepitoso ruido.
Volvise hacia el sitio de donde ste parta, y vi que se haba cado
la parte flaca de la pared del huerto antes citado.

Como el suceso tena muy poco de particular, no le llam la atencin: lo
extrao para l era que semejantes muros resistieran un da en posicin
vertical.

En esta inteligencia, sigui su camino y lleg  casa del mayorazgo, 
quien encontr esperndole para comer.

En los postres estaban, cuando un criado apareci en escena, anunciando
 un hombre que deseaba hablar con el seor.

--Que pase adelante--dijo ste, siempre dispuesto  complacer  todo el
mundo.

Un momento despus penetr en la sala, pisando tmidamente, un aldeano
de madura edad, con la chaqueta al hombro, barba de quince das, y dando
vueltas en las manos  un mugriento sombrero que solamente cesaba de
girar cuando el aldeano sacaba una de ellas de la arrugada copa para
retirar hacia atrs las speras y encanecidas greas que le caan sobre
los ojos.

--Tengan ustedes buenas tardes.

--Muy buenas las tenga usted; y dganos en qu puedo serle til.

El recin venido titubeaba.

Al cabo de un rato bien largo de toser, cambiar de punto de apoyo,
manosear el sombrero y luchar con sus greas, comenz as el aldeano:

--Pues, seor, yo soy, pa lo que ust mande, Cleto Rejones, y vivo aqu,
 la esquierda, cancia la juenti, como el que tira  la mies del
Jalecho, en una casa sola que ust habr visto al ir  cazar esta
maana..., que tiene un _higar_ delante....

--La del suceso que me has contado--aadi don Silvestre, dirigindose
 su amigo.

--Adelante--contest ste, ms interesado ya en saber el objeto de la
visita.

--Pues, seor, resulta _de_ que yo,  la vera de la casa, tengo un
gerto de carro y medio de tierra, que, en buena hora lo diga, es una
alhaja pa el dicho de coger patatas y posarmos pa el avo de la casa...;
como que el viudo del Cueto me daba por l un prao de cinco carros y un
rodal viejo, y no se le quise cambiar.... Que me muera de repente si es
mentira!

--Si nadie lo pone en duda, hombre de Dios--repuso, rindose, el de
Madrid.--Pero vamos  ver lo que usted desea.

-- eso voy de contao.... Resulta de que yo, como deca, tengo un gerto
de carro y medio de tierra  la vera de la casa, y de que ese gerto
tiene una par que le cierra sobre s. Resulta de que esta par se vino
 tierra est maana, por la parte de la calleja.

--D lo que doy fe porque lo vi.... Adelante....

--Resulta de que, al caer la par, qued un juriaco abierto.

--Claro est.

--Y por ese juriaco entraron despus, con perdn de ust, _dos de la
vista baja_[7].


--Adelante.

--Y estos dos de la vista baja, con perdn de ust, me jocaron el
gerto, me comieron las patatas, me tronzaron los posarmos y me
desbarataron dos semilleros de cebollas....

--Hombre, qu lstima!--exclam, verdaderamente condolido, el noble
forastero.

--Como ust lo oye, seor: crea ust que para m ha sido hoy un da
desgraciao.

Y el bueno del aldeano, al decir esto, menudeaba ms y ms los giros de
su sombrero, y bregaba, hasta sudar, con los mechones de su spera
cabellera.

El husped de don Silvestre, creyendo que las pretensiones del aldeano
se reducan  pedirle alguna cantidad para reparar la avera, dispsose
desde luego  drsela bien cumplida; pero no quiso hacerlo sin que el
aldeano se insinuase de alguna manera, temiendo herir su _delicadeza_.

--Y qu es lo que usted pretende de m?--repuso con intencin.

--Seor--contest el aldeano,--yo quisiera que se nombrase una presona
que fuera  reconocer el dao, y que le tasara.

--No esta mal pensado.... Pero contra quin va usted  reclamar?

--De modo y manera es que ... la par bien tiesa se estaba....

--S..., hasta que se cay.

--De modo es que, si no la hubieran _aboticao_...[8].

--Luego, se sabe quin la tir?...

--Paece ser que hubo testigos....

--Pero, en fin, qu es lo que yo puedo hacer en esta cuestin?

--Pos n, si le paece....

--Explquese usted de una vez, santo varn!

El aldeano baj la cabeza, volvi  cambiar de postura, y sin cesar de
mirar al sombrero, continu, al cabo de un rato y tartamudeando:

--Yo, seor, pa decirlo de una vez ... porque ello es justo, canario!,
justo como la ley de Dios, vengo  que ust me pague,   que nombre por
su cuenta el tasador.

El forastero di un salto en la silla.

--Que le pague yo  usted!... Pues acaso tengo yo la culpa del suceso?

--Ah esta la _jaba_.... Yo no digo que ust lo hiciera de mal aquel,
pero la par estaba flojilla, y con una perdigon sobraba pa echarla
abajo.

--Pero usted habla de veras?... Usted es capaz de sostener que yo
derrib la pared?

--Yo no lo vi, no, seor; pero una presona que estaba cerca cuando ust
mat la miruella me lo ha asegurao....

--Esto es inaudito, Silvestre, y voy  hacer un escarmiento con esta
canalla!... Figrate que al matar el pjaro estaba yo de espaldas  la
pared....

--Pero  eso--interrumpi el aldeano,--dice la presona que con el
_rustri_ de la escopeta....

--Qu rustri ni qu.... Imbciles!... Y aunque tamao absurdo fuera
atendible, de qu servira cuando la pared cay un cuarto de hora
despus que son el tir?...

--Pero tu haces caso de esas socalias?--dijo don Silvestre, hasta
entonces mudo espectador.-- esta gente es preciso conocerla.  que
anda el to Merln en el ajo?

--Justamente--contest el pobre hombre.

--Me lo tem; es el enredador de ms malas entraas!... Qutate de
delante, canalla,  te arrimo un botellazo que te rompa las muelas.
Cmo te atreves  acercarte  una persona decente con esas tretas de
tan mala ley?...

--Yo no tengo la culpa--contest tmidamente el aldeano, haciendo un
cuarto de conversin hacia la puerta....--Yo soy un probe ... muy
probe!, seor don Silvestre; tengo un gerto que me da para ayudar la
vida, cese la par, entran por ella los animales, destrzanme la
probeza que haba en l, dcenme: Fulano tiene la culpa; y ... qu
menos he de hacer que pedir lo que en ley se me debe!... Pero--aadi,
enternecido, dirigindose  la puerta,--dicen ustedes que me he
equivocao, y yo lo creo.... Perdonar la falta..., y queden ustedes con
Dios....

--Tiene razn el buen hombre--exclam  poco rato el bonachn
madrileo.--El infeliz no tendr, tal vez, comida para maana; y de l
no ha salido la idea de hacerme reo de semejante delito.... Llmale,
Silvestre, que voy  gratificarle....

--No te apures, hombre de Dios; yo los conozco mejor que t ... y no son
tan suaves como aparentan.

De todas maneras, el aldeano haba desaparecido, y los buenos deseos del
madrileo quedaron sin realizar; pero don Silvestre tuvo que aceptar de
su amigo una moneda de oro para entregrsela al pobre labrador lo ms
pronto posible.

Cuando al da siguiente se despert el madrileo, su primer recuerdo fu
para el aldeano; y, en su consecuencia, la primera pregunta  su amigo,
en estos trminos:

--Le entregaron el dinero?

--No--contest el mayorazgo.

--Caramba, lo siento mucho....

--Bah..., no te apures ... y, por de pronto, lee este papelito que me
ha entregado para ti el alguacil del concejo.

Tom el husped, lleno de sorpresa, el papel, y ley en voz alta lo
siguiente:

Alcalda constitucional de....

Por la presente, y  estancia del vecino Cleto Rejones, se cita 
juicio verbal para maana  las tres de la tarde, en la casa-concejo, al
seor don Fulano de Tal, sobre pago de desprefeuto de ojeutos naturales,
esistentes en una propiedad lindante al vendaval con su casa, y cerrada
sobre s  par seca, y de cuyos ejeutos alimentivos est dicho Cleto
Rejones acaeciendo.--El Alcalde constitucional, _Trebucio Canales del
Garojo_.

FOOTNOTES:

[Footnote 7: Cerdos.]

[Footnote 8: Empujado]




XIV


Si el lector desea conocer el fin de este peregrino incidente, que hubo
de costar la salud al desencantado madrileo, hganos el obsequio de
acompaarnos al mismo edificio dentro del cual se debati la cuestin de
aceptar  no el rel consabido.

Pero en lugar de quedarnos en el ancho saln donde el pueblo se reuni
entonces, y que  la vez sirve de escuela pblica de primeras letras,
vamos  subir por una angosta escalerilla abierta en un ngulo de la
pared opuesta  la puerta principal. Como son las tres de la tarde, y
sta de un da de trabajo, tenemos que encontrarnos, al atravesar el
citado saln, con dos largas filas de muchachos sentados ante un doble
atril, sobre el que unos escriben y repasan otros la leccin que han de
dar ms tarde en la mesa presidencial que ocupa el maestro, cuya diestra
no suelta la tremenda palmeta de cinco agujeros.

No bien asomamos las narices  la puerta, calla el discordante y
atronador coro que forman los granujas lectores, qutase el maestro las
gafas, pnese de pie, hacen lo propio sus discpulos, y todos  la vez,
hincando una rodilla en tierra, exclaman  grandes voces:--Alabado sea
el Santsimo Sacramento del Altar!

Repuesto el indulgente lector de la sorpresa que le habr causado tan
extraa salutacin, llegamos  la escalerilla, cuya puerta nos abre,
entre mil reverencias, el sanguinario pedagogo; subimos media docena de
toscos escalones, y entramos al fin en una pequea sala donde nos
hallamos al conocido alcalde de los largos colmillos, sentado ante la
nica mesa que all hay, y  su derecha, pero de pie y  respetuosa
distancia, al alguacil del concejo. En un banco cercano estn sentados
Cleto Rejones y el to Merln, con su habitual expresin de _travesura_.
De pie, y retratadas en su semblante la indignacin y la repugnancia que
la escena le produce, el madrileo, junto  su fiel amigo don Silvestre,
que participa, por simpata, de la situacin moral del primero.

Oigamos lo que all pasa.

EL ALCALDE.--Supuesto que ya estamos reunidos, vamos  dar principio al
juicio. (_Al alguacil_.) Llama al seor Maestro. (_Vase el alguacil y
sube  poco rato acompaado del Maestro, que se coloca en su puesto de
secretario_.) Hable, pues, Cleto Rejones, y diga, exponga, relate, y
cuente lo que pide, quiere  solecita del seor demandado aqu presente.
Pero primeramente, Cleto Rejones trae su hombre bueno?

EL TO MERLN.--(_Inclinndose respetuosamente_.) Para servir  Dios y 
ustedes.

ALCALDE.--Por muchos aos.--En cuanto  este caballero, ya veo que le
acompaa don Silvestre.... Conque, adelante. Y digo: exponga Cleto
Rejones....

CLETO.--Tocante  eso, digo, seor alcalde....

ALCALDE.--Calle ust el pico.

CLETO.--De modo que como ust me manda....

ALCALDE.--Mando, s; pero en acabando yo de hablar. Exponga Cleto
Rejones su particular.

CLETO.--Hablo?

ALCALDE.--Brbaro! Pues no me oyes?...

CLETO.--De modo que como ust me dijo....

ALCALDE.--Cantas...,  te condeno?

CLETO.--Pos canto y digo.--Yo tengo, _en_ primeramente, un gerto
cerrado sobre s y  par seca. Resulta de que esta par del gerto que
yo tengo, se vino abajo por un lado, qued un juriaco abierto, y
entraron por l dos de la vista baja, con perdn de ustedes. Resulta de
que estos animales jocronme el gerto y me asolaron la probeza que en
l tena..., y resulta de que pido y reclamo que se me reconozca el dao
y se me pague.

ALCALDE.--Pues es muy justo que se te pague, porque la par no debi
haberse cado. (_Mirando de reojo al madrileo_.) Y al menos que denguno
la haiga aboticao....

CLETO.--Eso mesmo creo yo. (_Mirando con timidez al to Merln_) Paece
ser que hay testigos de cmo la par no cay de por s sola.

ALCALDE.--Eso es lo que se necesita.... Y qu dice  esto el demandado?

DEMANDADO.--Que esa demanda envuelve la falsedad ms indigna; que estoy
resuelto  negarme  la infame exigencia del demandante, y  hacer todo
lo posible por enviar  un presidio  los autores de esa impostura.

ALCALDE.--Ser segn y conforme. Por de pronto, hay testigos contra
ust.

DEMANDADO.--Sern comprados.

ALCALDE.--(_ Cleto_.) Cules son tus testigos?

CLETO.--(_Sealando al to Merln_.) El seor.

ALCALDE.--Pues con ust va esta msica.

MERLN.--Protesto.

ALCALDE.--Eso es palique.... Canta lo que sepas, y  jurar en
seguida.--Pero ust, que pruebas trae contra Cleto Rejones?

DEMANDADO.--Mi palabra de caballero, mi conciencia y algunas razones de
sentido comn....

ALCALDE.--No es mucho que digamos. La ley quiere ms.

MERLN.--Por de pronto, la par estbase derecha. El seor dispar su
escopeta cerca de ella, y la par cay en seguida. No habiendo pasado
nadie ms que el seor en toda la maana por aqul sitio, quien sino el
seor tiene la culpa?

DEMANDADO.--Y esos son todos los argumentos que usted presenta contra
m?

MERLN.--Y le parece  usted poco?

DON SILVESTRE.--To Merln, usted es un tunante; y si no fuera por sus
canas!...

MERLN.--Seor de Seturas, ust me falta.... No hay en el pueblo naide
que se atreva  dudar de mis palabras.

DON SILVESTRE.--Tampoco ha habido nadie que haya querido romperle el
alma, y por eso tiene usted embrollado y revuelto al vecindario.

MERLN (_furioso_).--Que coste, seor alcalde..., y que se apunte todo
pa el da de maana que yo tome cuentas.

DEMANDADO.--D usted antes las que le piden, y no olvide que estoy
resuelto  todo, incluso  enviar  los dos  un presidio.

CLETO.--Yo pido lo que es mo, porque me han dicho que se me debe.

DEMANDADO.--Usted es un pobre hombre; pero antes que dejarse seducir por
un malvado, debiera oir los consejos de los nombres de bien.

MERLN.--Yo soy tan honrao como ust y la....

ALCALDE.--Silencio!

MERLN.--No me da la gana.

ALCALDE.--To Merln!, que tengo malas pulgas, y conmigo no se juega.

MERLN.--Que no me atienten la pacencia.

SECRETARIO.--Ust se ha extralimitado, seor _de_ Merln.

MERLN.--Y quin le da  ust vela pa este entierro?

ALCALDE.--Canario!, que haya orden,  hago una barbaridad.

MERLN.--Yo estoy aqu de hombre bueno, y puedo hablar lo que me d la
gana.

SECRETARIO.--Cuando  usted le toque, y en sentido pacfico....

MERLN.--Que le digo  ust que se mete en camisa de once varas.

SECRETARIO.--Y yo repito que usted se extralimita.

ALCALDE.--Orden!..., que lo mando yo! (_Haciendo la seal de la
cruz_.) Es ust (_al to Merln_) capaz de jurar por esta cruz que el
seor demandado derrib la par de Cleto Rejones?

MERLN.--Seor alcalde, yo soy capaz de eso y de mucho ms, porque
cuando al hombre le asiste la justicia....

ALCALDE.--Jura ust? S  no!

MERLN.--Primeramente, como hombre bueno que soy de Cleto Rejones,
propongo que se arreglen las dos partes.  m no me gusta hacer dao 
naide cuando la cosa se puede rematar amistosamente.

DEMANDADO.--No hay arreglo que valga; antes al contrario, estoy resuelto
 pedir que se escriba el juicio, y  acudir con mi causa adonde haya
lugar.

ALCALDE.--Qu dice  esto el seor don Silvestre?

DON SILVESTRE.--Que se me est acabando la paciencia y temo que voy 
echar por la ventana  ese bribn.

MERLN.--Que coste ese nuevo ultraje.

ALCALDE. (_ Merln_)--Jura ust? S,  no!

MERLN.--Que no se me falte, eso es lo que digo.

ALCALDE. (_Al Secretario_.)--Preprese ust  escribir. (_ Merln_.)
Por tercera vez, jura ust?... S,  no!!

MERLN.-- m se me ha faltao!

CLETO.--Yo quiero lo que es mo!

DON SILVESTRE.--Por eso te vas  llevar un par de guantadas.

CLETO.--Lo oye ust, seor alcalde?

ALCALDE (_dictando  gritos_.)--_Visto_, que el demandante Cleto Rejones
no sabe una palabra sobre el derrumbe de la par de su huerto;

_Visto_, que el nico testigo que presenta del caso sabe tanto como el
Cleto Rejones....

MERLN.--Pido la palabra.

ALCALDE.--Silencio!

MERLN (_ gritos_).--Yo quiero hablar!

ALCALDE.--_Visto_, que, sobre ser el testigo de mala ley, se permite
faltar  la Justicia con palabras subversivas....

MERLN (_gritando_.)--Yo no falto  naide!; eso es una impostura!

ALCALDE.--Al orden!... Y _considerando_ las facultades que me asisten,
y asimismo la caballerosidad del demandado y sus buenos antecedentes,

_Condeno_-- Cleto Rejones  quedarse con la par derribada, si l no la
quiere levantar por su cuenta, y  pagar las costas del juicio, como
son:

Una peseta de papel;

Dos reales para el secretario,

Y doce cuartos para el alguacil.

_Item._--Al testigo Andrs del Jaral, por mal nombre to Merln,  la
multa de dos celemines de maz para las nimas, y media azumbre de
blanco para los enfermos del lugar, por insubordinacin y faltas de
mayor calibre al alcalde y dems personas presentes al juicio celebrado
el da tantos de tal mes,  las tres de la tarde. (_ Cleto y Merln_.)
Y esto no vos lo levanta ni la caridad.

CLETO.--Seor alcalde, yo soy inocente. El seor tiene la culpa de que
yo citara  juicio  mi contrario. Yo soy un probe ... y ya me haba
conformado con las razones que el seor me di en su casa.

MERLN.--Hola, tunante!; conque me echas la culpa? Seor alcalde....

ALCALDE.--Silencio, digo!... (_Al demandado_.) Est usted servido,
caballero.

CLETO. (_Al demandado_.)--Seor..., por la Virgen Santsima, no me tome
enquinia; que me haban dicho que, en josticia, me deba ust levantar
la par y pagarme los daos del gerto.

DEMANDADO.--Lo s, y de m no tema usted nada, mucho menos ahora que el
seor alcalde ha sabido administrar recta justicia. Y en prueba de que
ningn rencor guardo hacia usted ... ah va por los daos del huerto
(_dndole unas monedas_); y yo me encargo de pagar las costas y hasta la
multa del seor, que harto castigo es para l su conciencia, si algn
da la siente, y el pesar del dao que con su funesta oficiosidad
ocasiona  sus convecinos.

CLETO (_llorando de agradecimiento_).--Ah, seor, Dios le bendiga por
donde quiera que vaya!

ALCALDE.--Bien, canario!... Vengan esos cinco, que tambin  m me
gustan los hombres de corazn (_apretando la mano del demandado_). Ya
veis, canallas (_ los contrarios_), la diferencia que va de vusotros 
este caballero, que es presona decente.

DON SILVESTRE. (_ su amigo_.)--Vales un Per.... Pero vmonos  casa,
porque temo que me voy  ir encima de ese enredador....

ALCALDE.--Se da por terminado el juicio. (_Saludando  todos_.)  la par
de Dios, seores.

Y ahora, lector, volvemos  bajar la escalerita, llegamos al saln de la
escuela, y ... vlgame Dios, qu cisco han revuelto aquellos
motilones! En cuanto el maestro subi al otro piso, el centenar de
chiquillos comenz  rebullirse, primero con cautela por si el pedagogo
les jugaba, como de costumbre, alguna emboscada, y despus con un
estrpito y una confusin tales, que el vigilante nombrado por el
maestro, y con omnmodas atribuciones, por cierto, viendo su autoridad
atropellada, hubiera acudido en queja al seor maestro si se hubiera
atrevido  penetrar en el _sancta sanctorum_ de las casas
consistoriales. Pero  falta de este recurso, apel  un zurriago que
para los grandes lances estaba colgado en la pared, detrs de la mesa, y
se fu con l encima del primer grupo de amotinados que jugaban  la
pelota y haban derribado ya con ella el tintero magistral. Entre
aquellos angelitos no se sabe lo que es broma; y prueba de ello, que si
tremendos fueron los zurriagazos que el vigilante sacudi en las nalgas
de sus insubordinados condiscpulos, no fueron ms flojas las
_guantadas_ que stos le atizaron en las mismsimas narices. Pero como
el abofeteado tena amigos en la escuela, al ver la _bandera encarnada_,
echronse sobre los agresores y se arm la gorda.

Eso explica, lector, ese cuadro, verdadero campo de Agramante, que has
visto al asomar al gran saln; por eso gimen unos, brincan otros,
vocean todos, y se cruzan por el aire libros, plumas, almadreas y
tinteros. Conque, aprovechando el momento de paz que nuestra presencia
impone entre los combatientes, salgamos  la calle antes que baje el
maestro y tengamos que presenciar una verdadera carnicera; porque en
cuanto l vea lo que est pasando en la escuela, siguiendo la costumbre
de otras veces, no deja cara donde no seale sus dedos, ni nalgas sin
cruzar,  teln corrido, con el inexorable zurriago, ni orejas sin
estirar medio palmo, ni manos que no recorra zumbando su palmeta, untada
exprofeso con ajo crudo. Ira de Dios, la que se va  armar!

Vmonos, pues,  ver lo que sucede en casa de don Silvestre Seturas.

No bien llegaron  ella los dos amigos, cuando el de Madrid, arrojando
sobre una silla su sombrero, y dejndose caer sentado en la inmediata,
dijo, entre desalentado y furibundo:

--No puedo ms, amigo mo! Esta reciente escena acab con mi paciencia
y con la ltima de mis pueriles ilusiones. Desde maana empezar 
ocuparme en los preparativos de mi vuelta  la corte.

--Cmo!--exclam apesadumbrado don Silvestre.--Sers capaz de
marcharte?

--Y lo ms pronto que me sea posible. Ya sabes cules eran mis ilusiones
al llegar  tu casa; ya viste hasta qu punto me aprovech de ellas, y
tambin te son notorios los esfuerzos que he hecho por conjurar los
tristes efectos de mi desengao. No dudars, pues, de lo invencible de
mi ltima resolucin, que me aflige, te lo juro, al considerar que tengo
que dejarte, noble amigo, ya que t, por idnticos motivos, no quieres
seguirme  Madrid.

Viviendo en medio de tus paisanos, llegu  detestar su trato, porque su
ruda sencillez hera con frecuencia mi formalidad. Con mis ttulos de
hombre civilizado, fu muchas veces objeto de risas y chacota entre los
mismos que tan lejos estn de mis luces y de mi educacin; y salvas las
distancias, sucedame lo que al poeta de las incultas regiones del
Ponto-Euxino. Como l exclam en mis adentros, ms de dos veces:

        _Brbarus hc ego sum, quia non intelligor ulli._

Porque entre estos seres incultos, el ms brbaro parezco yo, que no
puedo hacerme comprender de nadie, al paso que soy vctima de las
miserias de todos.

Huyendo de los inconvenientes de su trato, me aisl en tu casa y busqu
la soledad fuera de ella: ya has visto lo poco que adelant con esta
medida. Las ruines cavilaciones de tus convecinos me han perseguido
hasta en mis solitarias meditaciones. Y todava diera de buena gana
estas molestias, si los ratos en que me veo libre de las asechanzas de
ese espritu villano, pudiera consagrarlos al completo olvido de m
mismo,  al cultivo de mi inteligencia y  la adquisicin de nuevos
conocimientos con el estudio; pero lejos de ello, ese tiempo no me
alcanza para precaverme contra unos y vencer el despecho que me producen
los actos de los otros; porque el maldito amor propio se rebela lo mismo
en estas pequeeces que en otros asuntos de mayor importancia. Y esto es
lo sensible, Silvestre: el da en que tome con tanto calor como estos
ignorantes causas de tan mezquina condicin como la que acabo de ganar,
he de ser tan villano como ellos, sin que me sirva de nada la
experiencia que debo  mi azaroso trato con la gente culta. Que he de
contagiarme de estos miasmas, no tiene duda, y apelo  la reciente
escena: evitemos la ocasin del peligro, cuyo solo recuerdo me
estremece.

Y no quiero decir que estos aldeanos sean de peor condicin que los de
otros pases, no seor: tus convecinos son, tal vez, mejores que todos
los dems campesinos de la pennsula, por ms de un motivo; pero al fin
son aldeanos, y basta.

T que has recibido cierta educacin, y que, por tu dependencia y trato
con algunas personas ilustradas, distas mucho de esta canalla,
comprenders lo que digo; y srvate de prueba la guerra perpetua en que
ests con el vecindario.

Si dentro de este elemento caben paz y poesa, venga Dios y valo.

Sin embargo, t, nacido en esta libertad, bajo esta atmsfera, y
aclimatado  estas luchas, no puedes soportar el ruido del mundo: dentro
de l te desorientas, te mareas. Yo me asfixio entre esta humanidad
resabiada, que es dcil para dejarse perder por un ignorante maligno, 
indmita cuando la hablan los consejos del saber y de la sana razn.

Cada uno necesita para vivir el elemento que le ha formado: el hombre
culto, la civilizacin; el salvaje, la naturaleza. SUUM CUIQUE,
Silvestre, como deca nuestro dmine cuando daba un _vale_  algn
discpulo aplicado, mientras desencuadernaba las costillas  zurriagazos
 otros veinte holgazanes.

En fin, amigo mo, hacindome justicia con tus propias palabras, en el
mundo estoy _como el pez en el agua_. Con que  Madrid me vuelvo.




XV


Algunos meses despus de este discursillo, gan don Silvestre el pleito
gracias  las oportunas recomendaciones de su fiel y buen amigo, que
nunca se olvid en Madrid del noble corazn del mayorazgo. ste se
sinti tan aburrido desde que los procuradores cesaron de visitarle, que
temiendo adquirir una enfermedad, cedi  los consejos del cura,
humillando su ruda cerviz al yugo de Himeneo. Bien es verdad que don
Silvestre haca mucho tiempo que hablaba con inusitado empeo de la
necesidad de perpetuar su casta, y no faltaba en el pueblo quien
atribuyera esta circunstancia  los ojazos negros de una moza de ocho
arrobas, heredera de un decente patrimonio, que fu la que, al fin, tuvo
la honra de conquistar la mitad del lecho de nuestro amigo, el vstago
ms notable de la insigne familia montaesa de los Seturas.




EL TROVADOR


        Ya del rubicundo Febo
        las relumbrantes guedejas
        sus destellos apagaron
        tras de las peladas selvas.
        Cueto, el ilustre lugar
        confn de la noble Iberia,
        el de las sensibles Hadas
        y retozonas Napeas;
        patria de _grandes_ varones,
        cuna de tamaas hembras;
        Cueto, en fin, que no hay ms que l,
        ni caben ms en la tierra,
        duerme el sueo de los justos
        entre escajos y tinieblas.
        Nada turba su reposo,
        nada su quietud altera;
        ni un perro que ladre inquieto;
        ni un cencerro que se mueva;
        ni una vaca que, bramando,
        pida su racin de yerba;
        ni un suspiro, ni un lamento,
        ni una risa, ni una queja
        ............................
        ............................

        De repente, y sin preludios,
        rasgando la bruma densa,
        un relincho se elev
        hasta la celeste esfera,
        retumbando en las colinas
        cual la lgubre trompeta
        llamando  juicio final
        al desquiciarse la tierra;
        y poco tiempo despus,
        entre las zarzas espesas,
        vise aparecer un hombre
        hacia el fin de una calleja,
        avanzando  grandes pasos,
        que marcaba con presteza
        sobre los duros morrillos,
        el son de sus almadreas.
        Salt en seguida un vallado,
        subi de un prado la cuesta,
        y en una casa fijse
        de pobre y ruda apariencia.
        Entr luego en el corral
        sin aprensin ni cautela;
        y echando hacia atrs los codos
        y hacia delante la jeta,
        otro relincho lanz
        mejor que la vez primera.
        Tosi dos veces seguidas,
        separ sus largas piernas,
        cargse sobre el garrote,
        ech el sombrero  la izquierda;
        y abriendo de boca un palmo,
        fija la vista en la puerta,
        cant con voz infinita
        estas sentidas




        ENDECHAS


        En el corral de tu casa
        estoy, para lo que mandes,
         las once de la noche
        con un fro que me parte.

        Si acaso no ests dormida
        y escuchas estos cantares,
        deja rodar una lgrima
        de tus ojos, cuando acabe.

        En el da de San Juan
        har tres aos cabales
        que nos dimos la palabra
        estando Lucu delante....

        Mala clera me lleve
        si pens, Nela, engaarte,
        ni en que me salieras luego
        con que no quiere tu padre!

        La culpa me tengo yo,
        burro, animal y salvaje,
        que te tengo tanto amor
        que en el cuero no me cabe!

        Yo no duermo ni sosiego
        una noche ni un instante,
        ni tengo sal completa
        pensando en ti y en tu padre.

        Porque l me tiene la culpa,
        y de aqu no hay quien me saque;
        y l tambin tiene que ser
        el que d conmigo al traste.

        Ya la borona no me entra,
        y el pan no me satisface,
        ni me llenan las patatas,
        ni me _paran_ los _bisanes_,

        Ni se me abre el apetito
        con vino blanco y panales,
        ni aunque me dieran  pienso
        garbanzos y chocolate.

        No voy el domingo al corro
        si t no ests en el baile,
        ni me pongo otra camisa
        que la que t me bordeastes.

         escuras vivo de da
        llorando  moco colgante,
        hasta que llega la noche
        y aqu me vengo  cantarte.

        As ya se van pasando
        tres aos, Nela, cabales,
        y as pasar la vida
        como de m no te apiades.

        Mira que no puedo ms
        con estos pcaros males
        que amores llaman las gentes
        y yo llamo ... barrabases!

        Mira que ya de penar
        tengo el pecho tan inflante,
        que parece el corazn
        un puchero de los grandes!

        Yo bien quisiera, Neluca,
        darlo todo al desbarate
        antes que pasar la vida
        rodando por los bardales;

        Pero si t no te arrojas,
        como no puedo olvidarte,
        no me queda ms remedio
        que algn rayo que me aplan.


        Call la voz, y al momento,
        con misteriosa prudencia,
        un ventanillo se abri
        en el fondo de la puerta.
        --Nela! Cols!..., no seas bruto!
        --En qu te he ofendido, Nela?
        --Ya te he dicho que no cantes.
        Cols..., no me comprometas!
        Mira que cada cantar
        una paliza me cuesta!
        --Una paliza, mi bien!
        --Y quien rayos te la pega?
        Dmelo, Nela, por Dios;
        por Dios me lo dice, Nela!
        --Pgame, Cols, mi padre,
        mi padre, Cols, me pega!
        --Entonces....--Entonces qu?
        --Entonces, nada, pacencia ...
        y no me olvides, por Dios,
        aunque  puro darte lea
        se te queden las costillas
        como una banasta vieja.
        --Es que ya no puedo ms!
        --No importa, puede  revienta;
        que, al fin y al cabo, ha de ser....
        Dame de amor otra prenda.
        --Toma una liga, Cols:
        bien caliente te la llevas....

        Dijo, y le entreg un esparto
        que l se guard en la chaqueta.
        --Ahora, por esa ventana
        echa los morros afuera.
        --Para qu?--Pa lo que sabes....
        --No seas brbaro.--Anda, Nela!

        .................................

        --Ahora, vete.--No me voy.
        --Quiero que te largues, ea!
        --Mira que entovia es trempano!
        --Pues si no quieres, lo dejas.
        Y le di con la ventana
        en la mismsima jeta.
        --Ascucha, Nela, otro poco...;
        no te me encultes!..., aspera!--
        gritaba el pobre Cols
        dando golpes en la puerta.
        --Nada ms que un poquitn,
        cinco menutos siquiera!

        Y  la misma cerradura
        pegaba el pobre la oreja,
        para escuchar si volva
        _la su_ idolatrada Nela.

        Un largo rato pas
        exhalando amargas quejas,
        llamando en todos los tonos
        y sacudiendo la puerta;
        pero fu tiempo perdido,
        porque ya roncaba Nela.

        Entonces, desesperado,
        maldijo su suerte perra,
        calse ms el sombrero,
        abrochse la chaqueta,
        y, requiriendo el garrote,
        sali del corral afuera.
        Ech por el prado abajo,
        torci luego  la derecha,
        un seto salt despus;
        y, al entrar en la calleja,
        antes que los matorrales
        por completo le cubrieran,
        otro relincho lanz
        volviendo atrs la cabeza.
        Despus sigui su camino;
        internse en la calleja,
        y se apag entre el ramaje
        el son de sus almadreas.




LA BUENA GLORIA

I


Ms de un lector, al pasar la vista por este cuadro, ha de pensar que es
una invencin ma,  que, cuando menos, est sacado de las viejas
crnicas de la primitiva Santander. Conste que semejantes dudas ni me
ofenden ni me extraan.

Yo, que estoy viendo  estos marineros, embutidos materialmente en el
laberinto de los modernos adelantos, sin reparar siquiera en ellos;
descansar estoicamente sobre el remo en sus lanchas, sin dirigir una
mirada de curiosidad  la rugiente locomotora que, al llegar al muelle,
 veinte varas de ellos, agita el agua sobre que se columpian; rodear
una legua, por el Alta, para ir al otro extremo de la poblacin, por no
atravesar sta por sus modernas y animadas calles; yo que s, en una
palabra, hasta qu punto conservan las aficiones y las costumbres de sus
abuelos,  pesar de haber invadido sus barrios la moderna sociedad con
su nuevo carcter, me he resistido  creer en uso entre ellos, en la
actualidad, escenas como las que voy  referir; y slo despus de
haberlas palpado, como quien dice, he podido atreverme  asegurar, como
aseguro, que no es la _Buena Gloria_ una costumbre perdida ya entre los
recuerdos de la antiqusima colonia de pescadores, favorecida ... y
asustada, en una ocasin, con la presencia del rey Don Pedro I de
Castilla.

El siguiente histrico _ejemplar_ es recentsimo.

Acababan de celebrarse en la iglesia de San Francisco las honras
fnebres por el alma de un pobre hombre que perteneci al Cabildo de
mareantes de Abajo. El cortejo, en el mismo orden en que haba
acompaado al cadver  la iglesia, y de la iglesia al cementerio,
volvi  la casa mortuoria: delante los hombres,  inmediatamente
despus las mujeres, y todos en traje de da de fiesta. El de los
primeros, compuesto de pantaln, chaleco y chaqueta de pao azul muy
obscuro, corbata de seda negra, anudada sobre el pecho y medio oculta
bajo el ancho cuello abierto de una camisa de lienzo sin planchar, y
boina tambin de pao azul obscuro, con larga borla de cordoncillo de
seda negra. El de las mujeres, de saya de percalina azul sobre refajo
de bayeta encarnada, jubn de pao obscuro, mantilla de franela negra,
con anchos ribetes de panilla, media azul y zapatos de pao negro.

La reciente viuda, con una mala saya de percal, desgarrada y sucia, en
mangas de camisa, desgreada y descalza, esperaba  la fnebre comitiva,
acurrucada en un rincn de la destartalada habitacin en que haba
muerto su marido: sala, alcoba, pasadizo y comedor al mismo tiempo; pues
aquella pieza y otra reducidsima y obscura que serva de cocina
constituan toda la casa. Alrededor de esta mujer haba, sentados en el
suelo, dos chicos y una muchachuela, tan sucios y mal ataviados como
ella, de quien eran dignos vstagos.

El cortejo fu penetrando acompasadamente en la sala. Los hombres
formaron una lnea contigua  las paredes, y las mujeres otra, algunos
pasos ms al centro. La viuda ocult la cara entre las manos y lanz un
par de gemidos; su prole, sin cambiar de postura, miraba impasible la
escena.

Como no haba sillas en la casa, excusado es decir que el duelo
permaneci de pie.

Una de las mujeres de l, la ms autorizada por su vecindad y conexiones
con aquella familia, se adelant un paso  las dems personas de la
comitiva.

--Por el eterno descanso del defunto, _Padre nuestro_--dijo, con voz
spera y fuerte, aunque afectando emocin y compostura.

 lo cual contest la viuda con un tercer gemido, y el lgubre cortejo
con un _que ests en los cielos, santificado sea tu nombre_, etc.,
etc.

En seguida, la mujer se quit la mantilla, la tendi en el suelo, se
retir un paso, y con la misma voz con que acababa de pedir una oracin
para el finado,

--Para los dolientes,  cuatro cuartos--dijo, mirando  todos.

--Eso es poco--contest un hombre.

--Somos muchos--aadi otro.

-- rial--volvi  decir la mujer.

--Curriente--replic el coro.

Y la que le diriga levant por el costado derecho su saya azul, meti
la mano en una anchsima faltriquera que apareci encima del refajo
encarnado, sac cuatro piezas de  dos cuartos, y las arroj sobre la
mantilla. En la misma operacin la siguieron otras compaeras y algunos
hombres; y en muy pocos instantes qued la mantilla medio cubierta por
las monedas de cobre.

--Alto!--grit la mujer;--no lo metamos  barullo: dir echndolo poco 
poco, que aqu hay anguno que va  quedar bien con el dinero de los
dems.

--Mientes--exclamaron algunas voces.

--Yo digo ms verd que todos vusotros juntos; y como s lo que pas en
el intierro de la mujer del to Miterio....

--Lo que all pas me lo s yo mu retebin, y lo callo porque no te
salgan los colores  la cara.

--Quin es esa deslenguadona que me quiere prevocar?

-- ver si vos callis, condens,  dirvos  reir all juera!...
Cuidiao que tien que ver! Dir echando los que falten, y cierre el pico
la rigunin.

Esta reprimenda, de un viejo pescador, puso en orden  las mujeres, que
se disponan ya  hacer de las suyas.

-- rial, para los dolientes--volvi  exclamar la voz de la presidenta,
con la mayor tranquilidad.

Algunas piezas de  dos cuartos cayeron sobre la mantilla.

-- rial para los dolientes--aadi an la mujer.

Pero esta peticin no produjo ya resultado alguno.

--Cuntos semos?--pregunt entonces aqulla.

Oyronse en la sala fuertes murmullos por algunos instantes, y un
marinero contest despus muy recio:

--Quince hombres y veinte mujeres.

--Enestonces, debe haber en la mantilla ... veinte y diez, treinta, y
cinco, treinta y cinco.... Treinta y cinco riales ... menos treinta y
cinco chavos.

--Cabales....

La mujer cont los cuartos sobre la mantilla, redjolos  montones de 
treinta y cuatro cada uno, y levantndose en seguida, dijo en alta voz,
con cierto retintn:

--Aqu no hay ms que veintiocho riales.

--Yo he echao....--Y yo....--Y yo....--Y yo ...--fueron diciendo todas
las personas de los dos corrillos.

--Es claro: ahora toos han echao.... Como yo no s lo que sucede en
estas ocasiones!... Y luego le dirn  una que falta  la verd!...

--Vamos, mujer, no te consumas, que ya sabemos lo que es contar dinero:
 la ms lista se le pega de los deos.

--Estos diez te voy  pegar en esa recancaneada jeta, lambistona,
embrolladora!...

-- m me pegars t de lengua.

--Malos peces vos coman, arrastrs! No veis  esa probe mujer que vos
ascucha?--gru el viejo pescador, interponindose entre las dos mujeres
y sealando  la viuda.

--Ayyy!--suspir sta al oirlo, limpindose los ojos con las greas.

--Falta dinero? Pus hacervos la cuenta de que se lo trag la tierra, y
en paz.... Vengan esos cuartos--aadi el viejo en tono brusco.

La mujer que los haba contado recogi la mantilla y la desocup en la
gorra del pescador, murmurando hacia la que ri con ella:

--Da gracias  la pena de esta infeliz, que si no....

--Qu se trae?--pregunt el pescador  la reunin.

--Queso....--Vino....--Aguardiente....--Pan....

-- quin hago caso yo? Toos piden  un tiempo.... Que alcen el deo los
que quieran vino.... Uno, dos, tres..., seis, nueve.... Nueve hombres y
tres mujeres.... Ahora que le alcen los que quieran aguadiente.... Ea!,
no hay ms que hablar: seis hombres y toas las mujeres, menos tres,
dicen que no quieren vino.... Me alegro, me alegro, y que me alegro,
ea!... Conque dempus de gastar dos pesetas en queso y en un _guardia
civil_, lo dems pa _musolina_. Vengo en un credo.

El viejo sali de la sala, como si su comisin le hubiera quitado de
encima la mitad del peso de sus aos; y la presidenta del duelo, despus
de ponerse la mantilla y de dar  su fisonoma el aire de compuncin de
que la haba despojado durante la ltima escena, cuadrse en medio de
la reunin, fij la vista en el suelo y dijo en tono plaidero:

--Una _Salve_  la Santsima Virgen del Mar.

El coro la rez por lo bajo.

--Por todos los fallecidos del cabildo, _Padre nuestro_.

Esta oracin se rez como la anterior.

--Para que Dios nuestro Seor tome en su miselicordia los santos
ufragios que se acaban de hacer por el alma del defunto, que en paz
descanse, un _Credo_.

Y la reunin le rez con el mayor recogimiento.

--En el nombre del Padre, del Hijo y del Espritu Santo--dijo,
santigundose, la mujer.

--En el nombre del Padre, del Hijo y del Espritu Santo--contest, con
la misma ceremonia, su auditorio.




II


--Amn--aadi el pescador de marras, presentndose en la sala con una
gran jarra de aguardiente y un vaso en una mano, un plato lleno de queso
en la otra, y un _guardia civil_ ...  pan de seis libras, debajo del
brazo.

La consabida mujer le sali al encuentro, despus de haber tendido otra
vez en el suelo su mantilla, y acept con cierta solemnidad la jarra y
el vaso que el marinero le ofreci; en seguida coloc ste el pan y el
queso sobre la mantilla, y sac del bolsillo una navaja; call de
repente la concurrencia, lanz el quinto gemido la mujer del
_glorificado_, relamironse con fruicin sus tres hijos, y la que tena
la jarra llen con admirable pulso, hasta los bordes, el primer vaso de
aguardiente.

--Para la dolienta--dijo, levantndole en alto.

--Que gloria se le gelva--contest la reunin.

Sexto gemido de la viuda.

--Yo no puedo beber, que no puedo, que tengo un udo en el pasapn!
Ay, mariduco mo de mi alma!

--Vaya, mujer, que ya no tien remedio; y el perder t la sal no le ha
de resucitar  l. Toma un trago, que tendrs el estmago atereco....

--No ha entrao en l un bocao desde antayer cremelo, por mi salvacin.
Ayyyy!!

--Pus ahora comers; y por de plonto, chate eso al cuerpo _ la buena
gloria del defunto_.

--Ay!, por eso no ms lo hago; bien lo sabe Dios.

Y llevndose el vaso  los labios, le agot sin resollar.

--Ay, compaero de mis entraas!--exclam en seguida, limpindose la
boca con la manga de la camisa.

El pescador se acerc  ella entonces, y la di una gran rebanada de pan
con un pedazo de queso encima.

Cada uno de los tres hurfanos recibi otra racin igual de pan y queso
y medio vaso de aguardiente, previo el indispensable brindis  la buena
gloria del defunto.

Y obsequiada ya de este modo la familia, el vaso, el pan y el queso
comenzaron  circular por la reunin entre murmullos muy expresivos,
oyndose de vez en cuando aqu y all, bien por la chillona voz de una
mujer, bien por la ronca de un hombre, la frase consabida  la buena
gloria del defunto.

La jarra volvi  presentarse otra vez delante de la viuda. Bebi sta,
bebieron sus hijos; y como al llegar  la mitad del corro faltase
lquido, la escanciadora se retir al centro de la sala, y exclam en el
tonillo de rigor:

-- rial, para los dolientes.

--Para un rayo que te parta!--grit la mujer que antes haba reido con
ella.--Adonde se han do dos azumbres de aguardiente que deba haber en
la jarra?

--Pos al colaero tuyo y al de otras tan borrachonas como t--replic la
interpelada, con desgarro.

--Oiga ust, desolladora, va eso conmigo?--dijo una tercera mujer.

--Ust lo sabr.... Y, por ltimo, la que se pica ajo ha comido.

--Es que si fuera conmigo....

--Si fuera contigo te lo aguantaras.

-- no!

-- s, te digo!

--Que no, y rete que no!

--Que s, y rete que s! Y si has pensao que porque est aqu el tu
marido me he de morder yo la lengua y me he de amarrar las manos, te
llevas chasco.... Mira, pa l y pa ti.

Y la escanciadora del aguardiente, fingiendo una sonrisa de desprecio
hasta alcanzarse las orejas con los extremos de su boca, escupi en
medio del corro con la desenvoltura ms provocativa. Pero su adversaria,
no bien lleg la saliva al suelo, rugiendo como una pantera, salt sobre
la retadora, y asindola con todas sus fuerzas por el pelo, la hizo
tocar el polvo con las narices; en seguida, de otro tirn la meti la
cabeza entre sus piernas; oprimisela  su gusto; y tendido el cuerpo,
sobre las espaldas de su vctima, alarg la mano izquierda hasta cogerle
las sayas por la altura de las pantorrillas; enarbol la diestra,
trmula y amenazante...; y  no acudir la viuda  detenerla, hubiera
castigado delante de la reunin  su enemiga, con la ofensa ms
terrible que se puede hacer  estas mujeres: con una azotina _ teln
corrido_.

Detrs de la viuda acudieron algunos hombres, y  fuerza de sacudidas y
porrazos, lograron separar  aquellas dos furias, que parecan haberse
adherido entre s.

--Dolervos de mis lgrimas!--gritaba la dolorida pescadora.

--Vaya ust mucho con Dios, zalamerona, cubijera!--la contest, con un
empelln, la vencedora.

--Yo cubijera!... yo!--aull aqulla, transformndose repentinamente
en una loba rabiosa.

--T, s!... Y esa bribonaza que me habis quitao de entre las manos,
te corra los cubijos cuando tu probe marido supo lo que eras: esa te
traa el aguardiente y te venda los cuatro trapos para comprarlo.... Y
t, t matastes al infeliz  pesaumbres!

--Nigueme Dios su gloria si yo no abro en canal  esta bribona!...
Djamela, no vos atravesis delante.... Dame esa cara impostora!...
Sal  la luz ... que pueda yo echarte mano!

--Deja, que yo la alcanzar--bram  su lado la mujer que estuvo  pique
de ser azotada, levantando en alto la jarra vaca del aguardiente.

--No tires!...--gritaron algunos hombres, corriendo  detenerla.

--Quiero matarla!

Y con toda la intencin de hacerlo as, despidi la jarra, derecha  la
cara de su antagonista. Pero el marido de sta, que pugnaba rato haca
por contenerla, al ver el proyectil, baj instintivamente su cabeza, y
cubriendo con ella la de su costilla, recibi en medio del occipital la
jarra, que se hizo pedazos, como si chocado hubiera contra un muro.
Salt, rugiendo de ira, pero ileso, el marinero; lleg hasta la
agresora, y bandola en sangre la cara con una sonora bofetada, la
tendi en el suelo cuan larga era. Merced al desorden que este nuevo
lance produjo en el _duelo_, la viuda logr alcanzar con las uas el
pelo de su adversaria; zarandela un rato  su gusto, gritaron entrambas
con horribles imprecaciones, terciaron los hombres en el asunto, hubo
diferencias entre ellos, sacudironse el polvo algunos; y en pocos
instantes aquella mugrienta habitacin se transform en un campo de
batalla, verdaderamente aterradora; batalla que hubiera costado mucha
sangre,  no presentarse en la sala, muy  tiempo, el Alcalde de mar.

Uno de los chicuelos de la casa, despus de ver el giro que tomaba la
cuestin, haba salido corriendo  la calle en busca de aquella
autoridad, con tan buena estrella, que la encontr al volver la
esquina.

La presencia del Alcalde sofoc, como por encanto, los furores del
combate; y eso que el tal personaje era ni ms ni menos que un marinero
como los dems. Pero estaba facultado para llevar  todo matriculado
ante el Capitn del puerto; y este seor cumpla la Ordenanza al pie de
la letra, y la letra de la Ordenanza era capaz de amansar  una ballena.

Por buena compostura, se desenlaz el drama marchando cada personaje por
su lado, despus de pagar entre todos la jarra hecha pedazos.

La viuda, al quedarse sola con sus hijos y el Alcalde, volvi  hacer
pucheros y  llorar por el difunto.

--Mira, embusterona--le dijo aqul:--si no quieres que te cruce las
costillas con la vara, te callas la boca. Vete con esas lgrimas  onde
no te conozcan; que yo ya s de qu pie cojeas. Hipocritona,
borracha!...  ver si te levantas de ese rincn y barres la casa y das
de comer  esos muchachos!

--Qu he de darles, si no lo tengo?

--Bebe menos, y vers como lo encuentras.

Tras estas palabras y una mirada muy significativa, pero que nada tena
de dulce, sali de la sala el Alcalde.

Entonces la contrariada mujer, mordindose los labios de coraje, fij
maquinalmente su airada vista en los tres hijos que estaban  su lado, y
di un sopapo  cada uno.

--Largo de aqu!--les dijo con furor;--y si queris comer, dir 
ganarlo.

Despus, excitada por la pelea y aturdida con el aguardiente que haba
bebido, se tendi en el suelo, mordiendo el polvo y mesndose las
greas.




III


No hace mucho tiempo lleg  mis manos un manuscrito rancio y ahumado,
en cuya portada le, en muy buenos caracteres, el siguiente rtulo:
_Entrems de la buena gloria_.

Abrle con curiosidad, y vi que, en efecto, era un sainete, cuyo
argumento se reduca  poner de relieve algunas escenas muy parecidas 
las que acabo de referir, presenciadas por dos forasteros, asaz pulcros
y timoratos, que de vez en cuando salen de entre bastidores, donde estn
ocultos,  lanzar al pblico una andanada de muy saludables, pero muy
pedantescas observaciones, contra la profana costumbre de las _Buenas
Glorias_.

No tanto para que se tenga una prueba ms de la verosimilitud de mi
cuadro, como para que se conozca el saber de la citada produccin, cuyo
autor tuvo el mal gusto  la abnegacin, de morirse sin descubrir su
nombre[9], voy  transcribir algunas de sus escenas, contando con la
indulgencia del benvolo lector:

                 .............................
                 ..............................

        MANUELA. Han venido todas ya?

        LUCA.   Cuntalas, mojuer.

        TOMASA.                     Veremos.
                 Una, dos, tres, cuatro, cinco....

        MANUELA. Mojuer, Tomasa, qu es esto?;
                 no hay ms  esta _Buena Gloria_?

                 ..............................
                 ..............................

        TOMASA.  Y ahora,  cunto escotaremos?

        LUCA.    rial y medio.

        MANUELA.                  Eh, golosa,
                 para espenzar no tenemos.
                  dos riales.... Qu lo quieres?;
                 que te lo lleven los nietos?
                 Ve con Judas que te lleve
                  ti y todo tu dinero.
                 No tienes quien te lo gane?;
                 si fuera yo, probe....

        LUCA.                     Cierto
                 que puedes quejarte; vaya,
                  dos riales escotemos.

        _(Tienden una mantilla en el suelo, y
        all cada uno echa su pitanza.)_

                 ..............................
                 ..............................

        LUCA.   Tomasa, ve por el vino.
                 Sabes t dnde lo hay bueno?

                 ..............................
                 ..............................

        TOMASA.  Bastar con cuatro azumbres,
                  dos por cabeza?

        MANUELA.                  Infierno!
                 Siempre has de ser estrujada;
                 no sabes cuidar tu cuerpo.
                 Y algunos nios si vienen
                 no han de probar algo de ello?
                 Que traigan veintids justas:
                 en ocho ms no paremos.

                 ..............................
                 ..............................

        _(Sigue el coro de los hombres.)_

        EMETERIO. Juan,  tres riales es poco.
                  Somos cuatro, y cuando menos
                  beberemos doce azumbres.

        ANTN.    Simn, dice bien Miterio.

        SIMN.    Y no ha de haber tambin algo
                  para atizar el _rodezno_?

        EMETERIO. Algo de compao? S.

        JUAN.     Pus qu traer?

        EMETERIO.              Traiga queso.

        ANTN.    Mejores son cuatro arenques,
                  pues sin otro surtimiento
                  somos los cuatro abonaos
                  para soplar un pellejo.

        JUAN.     Pues bien, vengan los arenques.

        EMETERIO. Dmosle antes el dinero:
                   peseta por escote.

        ANTN.    Pues bien, echadlo en el suelo,
                  que esto es una cirimonia
                  que nuestros tatarabuelos
                  nos dejaron preveno
                  se observase con rispeto
                  en todas las _Buenas Glorias.

        _(Tienden una capa y echan los escotes.)_

                  ..............................
                  ..............................

        MANUELA. Vamos, echa ac el botijo.

        _(Destpale.)_

                 Jess!, ste no est lleno.

        TOMASA.  Algo se _baltucara_.
                 Como vine tan corriendo....

        MANUELA. Mejor te lo habrs echao
                 en el camino al coleto.

        TOMASA.  Mira la gran desollada:
                 no viene mi casta de eso....
                 Borrachona sers t.

        ANTN.   No riis ni alborotemos...;
                 tened lstima  la viuda
                 que ha enterrado su consuelo.

        VIUDA.   Ay!

        LUCA.      Encomendarle  Dios.

        TOMASA.  S, hijas, vaya.

        MANUELA.                 Arrecemos.
                 por los que han muerto en la calle.

        _(Murmullan entre s en tono de rezar.)_

                 Y por todos los que han muerto
                 en el servicio del Rey.
                 _Pater noster_. Arrecemos
                 _por el que se hace el ufragio_,
                 para que Dios le haiga hecho
                 buena partida  su alma.

        VIUDA.   Ay!, probe, que sin consuelo
                 he quedado sola y triste,
                 sin mi amado compaero.

        _(Arase)_

                 ..............................
                 ..............................

        TOMASA.  Dale  la viuda primero:
                 trae ac si no. Toma, hija,
                 come ahora.

        VIUDA.              Ay!, que no puedo
                 atravesar un bocao.
                 Ay, Santos Mrtiles viejos,
                 qu desamparada y sola
                 me habis dejado! Oh, qu negro
                 fu este da para m!
                 Ay, desdichada!

        MANUELA.                Ya de eso
                 no te tienes que alcordar:
                 maana iremos lo mesmo.
                 Toma de beber, que no has
                 metido nada en el cuerpo.

        VIUDA.   Que no lo puedo pasar.
                 Ay, mi Juan, mi compaero,
                 cmo podr yo olvidarte!

        _(Bebe.)_

                 ..............................
                 ..............................

        MANUELA. Mojuer, echa de beber.

        TOMASA.  No hay ms.

        MANUELA.            Cmo ha sido esto?
                 Mojuer, nde ha ido ese vino?

        TOMASA.  Haba de ser eterno?

        LUCA.   Oyes, debajo la saya

        _(Aparte.)_

                 he visto estar escondiendo,
                 una jarra la Tomasa.

        MANUELA. Hola Tomasa, qu es eso?
                 nde echastes la otra jarra?

        TOMASA.  Pues acaso yo la tengo
                 ni la he visto, deslenguada?

        MANUELA. S: t la tienes ah dentro.

        TOMASA.  Andad, pcaras, borrachas.

        MANUELA. La borracha t y tu abuelo,
                 lo seris; y se ha de ver
                 quin la ha hurtado.

        (_Agrranse las dos del pelo_.)

        TOMASA.                      Suelta el pelo!

        MANUELA. No te ha de valer, bribona,
                 ms que bribona; el gargero
                 te he de arrancar; dalo aqu.
                 Mirad si tiene algo dentro
                 de la saya.

        (_Levntanse y la registran_.)

        LUCA.               S, aqu est.

        MANUELA. Te aseguro y te prometo,
                 pellejona, sin vergenza....

        LUCA.   Dejadlo, vaya.

        MANUELA.              La tengo
                 de beber la sangre aqu.

        SIMN.   Hombre, que se matan creo
                 la mujeres.

        EMETERIO.          No, maldita,
                 no tengas por eso miedo:
                 se darn cuatro cachetes
                 y se araarn el pelo,
                 pero nada ms.

        TOMASA.                  Vecinos,
                 que me ajuegan, venid presto,
                 estas pcaras borrachas!

        JUAN.    Qu tenis?; por qu es aquesto?

        (_Continan riendo_.)


                 ..............................


Se represent este sainete en Santander, segn una nota que contiene, el
ao de 1783, en el da de los santos mrtires Emeterio y Celedonio, es
decir, el 30 de agosto.

Comprense las escenas que quedan extractadas de l con las que yo he
referido por mi cuenta, y vase cun ntegro se conserva en la
actualidad el ritual de la _Buena Gloria_, si es que no aparece el
vigente aumentado y corregido.

De un largusimo y soporfero prlogo que antecede al entrems, resulta
que el Ilmo. Seor don Francisco Javier de Arriaza, primer Obispo de
esta dicesis, emple todos los esfuerzos de que eran capaces su
autoridad y su fervor, contra tan profana ceremonia; que su sucesor hizo
lo mismo, y que en el plpito los oradores ms afamados trabajaron con
incansable celo en la propia obra; pero que todo fu en vano.

La _Buena Gloria_, cuyo origen se ignora, pero que es antiqusimo segn
el autor del sainete, y mucho ms segn uno de sus personajes, que
dice, al echar el dinero sobre la capa,

        sta es una cirimonia
        que _nuestros tatarabuelos_
        nos dejaron preveno
        se observara con rispeto;

la _Buena Gloria_, repito, continu despus en toda su escandalosa
solemnidad,  despecho de sermones, de anatemas y del entrems citado;
atraves impvida pocas de tirantez  intolerancia, y sin que nada haya
podido contra ella, logr aclimatarse en la moderna atmsfera de fsforo
y vapor, y aqu existen todava en uso sus inconcebibles prcticas[10].

FOOTNOTES:

[Footnote 9: En otras copias, que yo no he visto, del mismo entrems,
parece declararse ser su autor don Pedro Garca Diego, vista, que fu,
de la real aduana de este puerto.

(_Nota del A. en la ed. de 1876_.)]

[Footnote 10: No me atrevera hoy  asegurar que se conserve en
Santander esta costumbre tan arraigada como an lo estaba cuando se
public este cuadro por primera vez; pero tampoco me comprometo 
afirmar que se ha desterrado enteramente. _(Nota del A. en la ed. de
1876.)_]




EL JNDALO

I


        Despus que lanza el invierno
        el penltimo suspiro,
        y cuando montes y peas
        de este rincn bendecido
        sobre campo de esmeralda
        pardos levantan los picos,
        y ms clara el agua corre,
        y en sus cauces van los ros,
        llega el esplndido mayo
        sobre las auras mecido,
        despejando el horizonte
        y aliviando reumatismos;
        tras de mayo viene junio,
        como siempre ha sucedido,
        y San Juan, segn el orden
        que va siguiendo hace siglos,
        antes que junio se acabe
        da al pueblo su da magnfico.
        Todo lo cual significa,
        para evitar laberintos,
        que en San Juan vienen los jndalos
        y que entonces vino el mo.

        Ya tocaba en el ocaso
        del sol el flgido disco,
        y sobre el campo cayendo
        leves gotas de roco,
        daban vida  los maizales
        y al retoo ya marchito,
        cuando en la loma de un cerro
         cierto lugar vecino,
        cuyo nombre no hace al caso,
        y por eso no le cito,
        un jinete apareci[11]
        sobre indefinible bicho,
        pues desde el lomo  los pechos
        y desde el rabo al hocico,
        llevaba ms alamares
        que sustos pasa un marido.
        Todo un _curro_ era el jinete,
         juzgar por su trapo:
        faja negra, calas
        y sobre la faja un cinto
        con municiones de caza,
        pantaln ajustadsimo,
        marsells con ms colores
        que la tnica de un chino,
        y una escopeta, al arzn
        unida por verde cinto.

        Al ver entre matorrales
        destacarse y entre espinos
        el escueto campanario,
        de su hogar mstico abrigo,
        detuvo la lenta marcha
        del engalanado bicho,
        descubrise la cabeza,
        exhal tierno suspiro,
        medit algunos instantes ...
        y continu su camino.

         un cuarto de hora del pueblo
        detuvo otra vez el _mpetu_
        de su jaco, se ape
        y llam en un ventorrillo:
        --Ah de casa!... _montas_!
        --All va!--Po janda, endino!
        --Buenas tardes.--Que mu genas....
        Pero, calle...; to Perico!
        --La Virgen me favorezca!,
        si es _Celipuco_ el de _Chisco_!
        --El mismo que viste y calza.
        --Seas mil veces bien venido.
        Y cmo va de salud?
        --Mejor que quiero...; pues digo!;
        sal ... pesetas ... viniendo,
        camar, del paraso,
        como yo vengo ...  pats
        topamos all toiticos
        esos probes menesteres....
        Conque toque ust esos cinco ...
        y destranque la canilla,
        que yo pago de lo fino!...
        Vaya un vaso.-- tu salud.
        -- la de ust, to Perico.
        Y mi padre cmo est?
        --Los aos,...--Ya!... Probesiyo!
        Si esa borona maldita
        es el manjar ms endino
        c naco de la tierra!...;
        pero ende hoy, to Perico,
        ha de tragar buen pan blanco,
        buenas hebras y buen vino;
        que si el probe no lo tiene,
        para l lo gan su hijo.
        --Bien hars, que es muy honrado
        y anciano.--Cuando yo digo
        que ha de gastar pitifoques
        y calesn!...--No es preciso,
        para que honres  tu padre,
        tanto lustre; que ha vivido
        entre terrones, y tiene
        sobrado, junto  sus hijos,
        para ser feliz de veras,
        con pan, descanso y cario.
        --Pos cario y pan tendr,
        y descanso.... Ya estoy frito
        por verle y darle un abrazo....
        Ah tiene ust por el vino,
        que va cerrando la noche
        y es oscura.... No lo digo,
        es la verd, por el miedo,
        porque me espante el peligro,
        que all, bien lo sabe Dios,
        ms negras las he corri;
        sino que..., firmes, Lucero!
        Pero no ve ust qu bicho?
        Es una fiera, cabales!;
        cuanto ms anda, ms bros.
        Mist el jierro en esta nalga:
        es cartujano legtimo....
        Y oigast, por lo que sea:
        dejo atrs, en el camino,
        una recua de jumentos
        cargaos con mis equipos.
        Cuando lleguen, que refresquen
        los mozos con un traguillo
        y encamine ust la recua
         mi casa.... Me repito.

        Clavle los acicates
        en los ijares al bicho,
        arreglse el calas,
        escupi por el colmillo,
        y, entonando una _rondea_,
        parti  galope tendido.
        --Mucha bulla, pocas nueces;
        mucha paja, poco trigo;
        --murmur desde la puerta
        del ventorro el to Perico.--
        Aunque si lo de la recua
        no falta.... El mancebo es listo....
        Quin sabe?... Cierro y aguardo.
        .................................
        Pero la recua no vino.

FOOTNOTES:

[Footnote 11: Desde que los ferrocarriles cruzan nuestra Pennsula y
penetran en esta provincia, los jndalos no vienen  caballo, ni se van
en tardo mulo. Han perdido, por lo tanto, uno de sus ms grficos
atributos.

(_Nota de la 1. ed. en 1864_.)]




        II


        Echando al aire cohetes
        y descerrajando tiros,
        y entonando macarenas
        coplas,  pelado grito,
        entr el jndalo en su pueblo
        entre perros y chiquillos,
        que de una en otra barriada,
        con voces y con ladridos,
        publicaron la venida
        de aquel hombre tan riqusimo,
        en un instante, saliendo
         la calle los vecinos
         verle pasar; que el pueblo,
        como es notorio, _ab initio_
        es novelero y curioso
        aqu y en Francia ... y en Pinto.
        --Buen verano, caballeros....
        Adis, mi alma!...--Bien venido.
        --Compadre, jasta la vista....
        --Dios te guarde.--Agur, vecino.
        --Bien llegado!--Agraesiendo,
        camar..., siempre su amigo;
        pero me aguarda mi padre....
        Hacerse  un laito, nios!

        Y revolviendo su potro,
        como pudo,  cada grito,
        y la mano dando al uno
        y al otro las gracias fino,
        y  las mozas requebrando
        y atropellando chiquillos,
        atraves la barriada
        y lleg al hogar carsimo,
        donde hubo besos y abrazos
        y todo lo consabido.

        Despus se sacudi el polvo
        con su pauelo finsimo,
        guard el caballo entre mantas
        (porque era una fiera el bicho,
        y tragndose el espacio
        al andar, sudaba el quilo),
        anunci, como de paso,
        para muy luego el arribo
        de la consabida recua;
        y entre familia y amigos
        que  saludarle acudieron,
        circul el jarro de vino,
        se cen de lo mejor;
        y hasta que ya era por filo
        pasada la media noche,
        en loor al recin venido,
        dur la marimorena
        que, aunque intil es decirlo,
        cost al jndalo los cuartos
        y  ms de tres ... el sentido.

        Amaneci el nuevo da,
        y ya su nimo tranquilo,
        abri el jaque la maleta
        para mudarse el vestido;
        llam ufano  la familia,
        y ofreci  cada individuo
        un regalo: un calas
         su padre;  un hermanito,
        una camisa de holanda
        (y era de algodn mezquino),
        y  su hermana un _rico_ chal
        de la India (segn dijo,
        pues era un retal menguado,
        de vara de pico  pico).
        Todo aquello, por supuesto,
        eran obsequios levsimos,
        pues las galas que traa
        hasta para los amigos,
        las conduca la recua
        que quedaba en el camino.

        Pas el da de San Juan
        gastando largo y tendido
        y luciendo, aunque el calor
        haca trinar los grillos,
        capa de largos fiadores
        sobre zamarra de rizos.

        Al siguiente, el pobre viejo
        que iba  descansar tranquilo
        con el amparo del jndalo,
        de sus retoos seguido
        volvi al campo, como siempre,
         doblar su cuerpo rgido
        sobre los terrones, que
        le daban sustento msero.

        En tanto vagaba el jndalo,
        sobre su andaluz _bravo_,
        por callejas y senderos,
        _reconociendo_ los sitios
        que poco antes frecuentara
        con el dalle y el rastrillo....
        Porque lo haba olvidado
        todo, todo..., hasta el oficio,
        y el lenguaje de su pueblo
        y el nombre de sus vecinos.




        III


        Entre fiestas pas un mes,
        descuidado peregrino,
        corriendo de feria en feria
        y embaucando  sus amigos
        con cuentos de Andaluca
        y primores que haba visto.

        Pero, ay!, al llegar agosto,
        tent con ansia el bolsillo
        que ya protestaba lacio,
        y, aunque con dolor vivsimo,
        vendi su caballo enteco
        (que nunca fu ms lucido)
        en diez duros, no cabales,
        al primero que le quiso,
        para reparar algunos
        siniestros apremiantsimos,
        pues no llegando la recua
        que quedaba en el camino,
        su traje se clareaba
         puro darle cepillo,
        y sus botas se torcan
        y no bastaba el tocino
        para remediar las grietas
        ni para prestarles brillo.
        Troc el presuntuoso puro
        de  cuarto por el mezquino
        pitillo; dej el pan blanco
        y el riojano negro lquido,
        como regalo superfluo,
        slo para los domingos;
        y aunque chancero y zumbn
        y fingindose aburrido,
        iba al campo algunas veces
         enredar con el rastrillo.
        Mas era que el pobre viejo,
        formalizado, le dijo
        un da:--Si todas tus rentas
        son las que  casa has trado,
         trabajas  no comes,
        que yo del trabajo vivo.

        Tras esto lleg septiembre,
        y el buen jndalo, afligido,
        gast la ltima peseta
        que tena en el bolsillo;
        y no asomando la recua
        que quedaba en el camino,
        remend los pantalones,
        comi berzas y _respingos_,
        emprendi con la _tortuca_
        con mucha pujanza y bro,
        di en levantarse  la aurora,
        y trabajando solcito,
        se dorma por la noche
        cansado, si no tranquilo.

        Ya no habl ms en cal
        en medio de sus vecinos,
        porque se burlaban todos
        sin piedad de aquello mismo
        que, oyndolo de su boca,
        aplaudan cuando vino.

        Eran todos sus debates
        sobre carros y novillos;
        volvi  pensar en la _herba_,
        y  _echar cambas_ ... y cuartillos;
        llam  la alubia _barbanzo_;
        dijo por vuelto _golvo_;
        por lo ignorado _el aquel_;
        en vez de boca, _bocico_;
        por agujero, _juriaco_,
        y en lugar de trajo, _trijo_.
        Dej, en fin, su mixta jerga
        de andaluz muy corrompido,
        y volvi  adoptar de plano
        su propio lenguaje antiguo:
        _rzpede, ojeuto, chumpar,
        rejonfuo, sostuvido,
        escordua, megoda,
        sastifecho, trespono_...,
        lo ms selecto y ms clsico,
        lo ms puro y ms legtimo
        del diccionario especial
        de tamaos barbarismos.

        Entonces ya confes,
        sin ambajes ni remilgos
        que estuvo en Puerto Real
        tres aos vendiendo vino
        y llevando garrotazos
        de padre y muy seor mo;
        que sac seiscientos reales
        por todo producto lquido,
        despus de comprar el jaco,
        ropa, escopeta y avos,
        y que entr con una onza
        en su casa, el pobrecillo,
        y la gast en francachelas
        por echrsela de rico....

        Y dos otoos, en fin,
        despus de lo referido,
        con unos calzones pardos,
        un chaquetn de lo mismo,
        una camisa de estopa
        y zapatos con clavillos,
        sali otra vez de su pueblo
        montado sobre un borrico,
        para volver  la tierra
        de la via y del olivo,
         ganar otros seiscientos
        con los azares sabidos.




ARROZ Y GALLO MUERTO

I


An no se habran extinguido las ltimas chispas de la hoguera, y apenas
asomaban los primeros rayos del sol sobre la cspide de las montaas
vecinas, cuando las campanas del lugar comenzaron  tocar al alba. Sin
duda el sacristn haba pasado la noche con sus convecinos bailando al
fulgor de la hoguera; pues de otro modo, segn pblica fama, no hubiera
sido capaz de tomar la delantera al sol para abandonar el lecho.

Comenzaba yo, entre sueos,  reparar en la tan, para m, inusitada
msica, y tal vez hubiera conseguido no salir con ella del plcido
letargo que me dominaba, cuando la tos, las pisadas y los gritos de mi
to que entraba en la alcoba con el objeto de despertarme, ahuyentaron
completamente el sueo que, por ser el de la aurora, es el que ms me
gusta.

--Arriba, perezoso, que ya es hora!--o gritar entre garrotazos
sacudidos sobre los muebles, y taconazos y patadas en el suelo.

--Pero, seor, si est amaneciendo!--contest balbuciente y
restregndome los ojos.

--Eso es: ser mejor levantarse al medioda como hacis en la ciudad....
Fuera pereza!--aadi con una risotada, tirando de un manotazo la ropa
que me cubra,  los pies de la cama.--Alza esos huesos y disponte 
celebrar  San Juan como es debido.

Estas ltimas palabras me hicieron recordar que era el da de mi to, y
que por ello haba llegado yo la vspera  su casa. Felicitle
cordialmente, y no pude menos de admirar aquella humanidad robusta y, 
pesar de los sesenta aos que contaba de fecha, fresca y rebosando en
vida.

Estaba ya afeitado y vestido con la ropa de los domingos, traje que sin
ser de rigorosa elegancia, ni mucho menos, tampoco bajaba hasta el
vulgar de los campesinos: ancho, fino y cmodo, como perteneca  un
seor bien acomodado de aldea; categora en que figura mi to con tanto
derecho como el mejor caballero de la provincia.

Cuando me hube vestido, me cogi por un brazo y se empe en que le
acompaara  dar una vuelta por el barrio, mientras era hora de
almorzar. Dispseme  complacerle y salimos del cuarto. La gran sala
que atravesamos tena abiertas de par en par las tres puertas de su
inmenso balcn; el sol entraba ya por ellas, iluminando todo el
largusimo y espacioso _carrejo_ que terminaba en la escalera; se oa el
cuchareteo y hervor de la cocina que empezaba  animarse por la
solemnidad del da, y se respiraba en toda la casa un ambiente especial,
una atmsfera pura y embalsamada, que slo se respira en el campo de la
Montaa en las madrugadas de verano, al secar el sol el fresco roco
sobre las flores de las praderas.

Al llegar  la puerta de la escalera encontramos  mi ta, digna
compaera de su marido, como l robusta y fresca, descubiertos sus
blancos y rollizos brazos hasta cerca de los codos, y llevando un gran
jarro de leche, espumosa y tibia an, en cada mano. Sonrise gozosa y
expansiva con nosotros, saludme cariosa, y _velis nolis_, me hizo
probar la leche que ella misma acababa de ordear.

Al bajar la escalera espantamos con nuestra presencia el avero que en
el ancho portal se desayunaba con el maz que para eso haba
desparramado mi ta sobre las losas.

En el corral saltaban los terneros alrededor de sus madres, saliendo al
campo  solazarse algunas horas bajo la vigilancia de un guardin; el
mastn grua atado an  la cadena, pero alegre y bullicioso al
vernos..., todo, en una palabra, cuanto nos rodeaba, pareca disfrutar
de la belleza del da que empezaba, y de la inefable satisfaccin que
experimentaba aquella familia modesta en el sexagsimo aniversario de mi
to, festividad doblemente solemne, por cuanto San Juan era,  la vez
que de mi to, el patrono del lugar.

Siguindole yo siempre, salimos por la ancha portalada caracterstica de
todas las casas solariegas de la Montaa; entramos en una verde y
entoldada calleja, y al llegar  la iglesia que estaba cerca, nos
sentamos en un rstico banco detrs de ella y bajo una viejsima y
copuda cajiga.

 pocos pasos, enfrente de nosotros, estaba la taberna; y en su portal,
dos reses desolladas colgadas de una gruesa viga, eran el centro
alrededor del cual giraba entonces el pueblo entero, en busca de un
pedazo de carne, sabroso regalo con que se celebraba entre aquella gente
la fiesta del patrono.

Mi to se entretena en contarme la vida y milagros de cada aldeano que
pasaba por delante de nosotros, saludndonos humildsimamente; provisto
ya de su miserable tajada, objeto de sus ahorros de un mes.

--Ves ese--me deca--que se tambalea sobre las piernas, y lleva la
cara metida hasta las narices en un sombrero viejo, mal calzado y peor
vestido? Pues es un hombre muy honrado; tiene siete hijos, y el mayor,
con quien gast la mitad de su pobreza para librarle de la crcel en que
le metieron por haber dado una paliza  su vecino, despus de casado le
puso pleito y le embarg la pobre choza que le quedaba, porque no le
devolvi una corta suma el mismo da en que venci el plazo del
prstamo.... Hoy se habra muerto de hambre y de pena si yo no le
hubiera dado el dinero para salir de su apuro.--Ese otro jaquetn, tan
planchado y que parece un seor, es un trapisondista capaz de pegrsela
al lucero del alba.--Repara bien en esa mujer que nos ha saludado con
voz melosa y sin levantar los ojos del suelo; pues es una bribonaza,
chismosa, enredadora y capaz de beberse  toda su casta: apostara una
oreja  que lleva la botella del aguardiente debajo del delantal.--ste
s que es todo un hombre de bien y hacendoso! Sin tener un carro de
tierra suyo, se arregla tan bien con la que lleva  renta, que nunca le
falta media onza de repuesto al pico del arca: es el mejor de mis
colonos.--Algo ms que este otro perdido: tres aos hace que no me paga
un cuarto. Murmrase si lo gasta con una vecina...; porque tambin por
ac hay sus gatuperios, como en la ciudad.... Mira!, la muy pingona ya
se va detrs de l.--ste es el seor alcalde, labrador acomodado; pero
no me puede ver, aunque me saluda muy fino. Como no le dejo pasar
ciertas cosas en el ayuntamiento!... Siete pleitos he tenido con l, y
le he ganado cinco.--Observa  ese que se arrima  la pared para no
caerse; va hecho un cuero de vino: es vecino mo, y le da siempre en la
borrachera por pegar fuego  mi casa. Cuatro veces le he cogido con el
tizn en la mano; en una de ellas estaba ya ardiendo la leera. No le he
echado  presidio, porque me da lstima de su pobre familia.--Ah tienes
dos novios convidndose  castaas.... Buena pareja, eh?: hoy va la
tercera amonestacin  misa mayor, y maana se casan....--Mira el mastn
de la cabaa, gran perro!: media nalga arranc  un muchacho que le
quiso montar el otro da. Ahora va  la carnicera  ver si pesca algo
que valga la pena; como hay dos reses hoy!... Todos los domingos del
ao se mata una sola; pero en das sealados se consumen dos.... Si
fuera aguardiente.... Eso s que tiene consumo en el lugar!...

De esta manera sigui el buen seor hablndome largo rato de todo cuanto
vea y recordaba, sin tregua entre uno y otro asunto, y sin dar tiempo 
que le replicara yo una sola palabra.

Hago, pues, omisin de todas sus observaciones, en la inteligencia de
que el lector no encontrar tanto inters en ellas como mi to, para
quien, como buen aldeano, eran la salsa favorita.

Aproximndose la hora del desayuno, dispusmonos  volver  casa, mas
antes quiso mi to darse una vuelta por la iglesia, por si sus hijas
haban vestido ya al santo.

Conviene advertir que mi to era mayordomo de San Juan, honra que vena,
_ab initio_, vinculada en la familia; y corra de su cuenta alumbrarle
todo el ao, y vestirle, y adornarle en su festividad, y buscar y pagar
predicador para este da.

Mas todo esto se haca con su cuenta y razn; no se crea que  este
santo se le serva gratis et amore, slo por su bienaventuranza. San
Juan era uno de los propietarios del lugar, registrado en los libros del
ayuntamiento como otro vecino cualquiera. Tena dos prados de regado,
bastante buenos, que arrendados  un colono producan una renta anual de
doscientos reales, renta que cobraba su mayordomo, llevando en un libro
especial una cuenta corriente con el santo.

Pero en obsequio al administrador, debe quedar consignado: 1., que los
dos prados del beatfico propietario, eran de una manda hecha por la
piedad de un abuelo de mi to; y 2., que ste, en honor del santo,
gastaba todos los aos, sobre los doscientos reales que producan las
fincas, otros cuatrocientos de su bolsillo, en lo cual se crea, y con
razn, muy honrado. Y se comprende muy bien. San Juan no era para la
casa de este buen seor solamente su patrono y el del lugar, ni uno de
tantos bienaventurados cuya imagen se veneraba en la iglesia parroquial
del pueblo: era, adems, un protector especial, un husped constante de
mis parientes.

Los paos, los candeleros, las velas del altar del santo, se encontraban
en aquella casa como la ropa y el calzado de la familia, y hasta en las
listas de la colada se lea siempre, junto al rengln, por ejemplo, de
los calzoncillos de mi to, otro de los _paos_ de San Juan. Cuidbase
su imagen, quitbasele  menudo el polvo, se restauraba la pintura donde
quiera que se descascaraba un poco; pintbanse cada dos aos y se
doraban las andas en que se le sacaba en procesin, y se esmeraban mis
primas en renovarle los ramilletes de flores que le rodeaban en la urna,
con la frecuencia necesaria, y en engalanarle para las grandes
solemnidades; era el santo, en fin, _como de la casa_, valindome de una
frase de mi ta.

Y hechas estas advertencias, volvamos al asunto principal.

Entramos en la iglesia. En el centro de ella, y colocado ya en las
pintorescas andas, sobre una mesa, estaba San Juan con el corderito 
los pies, y en la diestra la cruz con el _Agnus Dei qui tollis peccata
mundi_, escrito sobre la flmula ceida  ella. Sin estos atributos,
confieso que me hubiera sido imposible conocer lo que aquel aparato
representaba. Tales primores haban hecho mis primas con la imagen.

Hallbase sta bajo dos arcos cruzados, en el sentido de las diagonales
de las andas, revestidos de pauelos de seda de sobresalientes colores,
y caan sobre la cabeza del Bautista multitud de relicarios,
campanillas, acericos y escapularios, y no parecindoles, sin duda,
bastante  mis primas la piel con que el escultor cubri la desnudez de
la imagen, habanle colgado sobre los hombros un rico chal de Manila,
que le llegaba hasta los pies, y colocado en la mano con que sealaba el
corderito, un pompn encarnado y verde, procedente de un chac de
realistas, cuerpo  que, en sus mocedades, haba tenido mi to la honra
de pertenecer.

Mirbame ste y miraba al santo, y tornaba  mirarme despus con cierta
expresin de complacencia, mientras yo contena  duras penas la risa
que me excitaba el fatalsimo gusto de mis primas, que haban hecho, con
fervorosa y cndida intencin, un dolo chino de una de las imgenes ms
poticas y sencillas de nuestro culto.

Felicit, no obstante,  mi to por su celo y esplendidez, y despus de
dar l algunas rdenes al sacristn relativas  la procesin, salimos de
la iglesia y nos volvimos  casa.




II


Esperbannos ya alrededor de la mesa mi ta, mis dos primitas, que, en
el vigor de la robustez y de la juventud, hubieran podido marear  un
estoico con algo menos de rubor y con un poco ms de coquetera, y el
predicador que deba hacer el panegrico del santo aquel da. Era un
franciscano exclaustrado, prroco de uno de los pueblos inmediatos, y
orador de tanta fama en la comarca como pulmones.

Mi to se honraba todos los aos dndole de comer y de almorzar el da
de San Juan, y sus hijas le planchaban y rizaban la soprepelliz que se
vesta para predicar.

Pusironse encendidas como dos pimientos mis primitas al tener que
contestar  mi saludo; tendime una gruesa, morena y spera mano el
exclaustrado, abrazando en seguida  mi to; y todos, en grata compaa,
nos sentamos  la mesa.

Sirvironnos, primeramente, chocolate al exclaustrado y  m, pues la
familia se despach  su gusto con sendas cazuelas de sopas de leche. Y
dije primeramente, porque el reverendo, despus que con el ltimo
sorbo estrepitoso, infinito, sublime, tirado al pocillo, apur

        cuanto en el hondo cangiln haba,

acometi  las sopas de leche, haciendo en ellas l solo tanto estrago
como toda la familia junta. Despus de la leche nos sirvieron vino
blanco con bizcochos, prototipo en las aldeas de digestivos y
confortantes, y cuyas virtudes se tienen en tanto, que lo mismo se
administra este agasajo  un moribundo que en una boda. Por ello tuve, 
mi pesar, que echarme al cuerpo mi racin correspondiente, pues
desairarla era,  lo que vi, la mayor ofensa que poda hacerse  la
rumbosa prodigalidad de mis tos.

Concludo el almuerzo, lleg la hora de ir  misa; y al acercanos  la
iglesia, fuimos acometidos por una comparsa de danzantes, bajo cuyos
arcos tuvimos que pasar ms de dos veces; honor tributado exclusivamente
 las notabilidades del pueblo,  mejor dicho,  todas las personas que
podan dar algunas monedas de gratificacin, en cambio de tan sealado
festejo.

Antes de la misa se llev en solemne procesin al santo alrededor de la
iglesia, teniendo mi to el honor, en compaa del alcalde y dos
regidores, de cargar con las andas. Dos mocetones, armados de escopetas,
abran la marcha haciendo fuego, y un ciego gaitero acompaaba con su
ronco instrumento al seor cura en sus cnticos,  los que contestaba
todo el pueblo, de vez en cuando con un fervoroso _ora pro nobis_.

Empezada la misa, no cesaron los tiros en el portal de la iglesia, y la
gaita sigui tocando en el coro, acompaando  los cantores, entre los
cuales estaba mi to, que era una especialidad para _echar_ la epstola.
Toc su turno al predicador, cuyo sermn era el gran acontecimiento del
da. No dir que con muy brillantes formas, pero con un pulmn
admirable, con palabras sencillas y con una doctrina pura y llena de paz
y de consuelo, infundi tal entusiasmo en su auditorio, que, convertido
cada oyente en un hroe, hubiera seguido al franciscano ... hasta la
hoguera, jurando  Jesucristo y  San Juan. Lbreme Dios de no admirar
tanto fervor. Ojal tuviera cada aldea y en cada semana, por lo menos,
un orador de aquel gnero, que conservara viva y consoladora en el
pecho de los pobres aldeanos la fe de sus mayores! Con ella nicamente
son posibles la paz y la ventura entre tantas privaciones y miserias.
Los derechos polticos, la civilizacin _autonmica_, nunca producirn
entre ellos ms que envidias y escisiones, hambre y desesperacin. Ser
pobre y honrado es la mayor de las virtudes; y el pueblo, para ser
virtuoso, necesita, antes que derechos y ttulos pomposos que le
ensoberbezcan, pan que le alimente y fe que le resigne al trabajo.

La misa fu, pues, de lo ms solemne que era posible en semejantes
circunstancias; tan solemne, que dur dos horas. Mi cabeza, mi cuerpo
entero, lo recordar toda la vida.

Al llegar  casa, y despus de felicitar sinceramente al exclaustrado
por su discurso, lo cual no dej de envanecerle un poquillo por la razn
de gastar yo bigote y perilla y ser de la ciudad, nos sentamos alrededor
de la mesa que ya estaba preparada, y empez la comida, previo
_benedicite_ del franciscano.

Nada de notable haba en ella, lector, en cuanto  la calidad, que
merezca participrsete, pero preciso es que sepas que en cuanto  la
cantidad..., aquello tena que ver! La sopera, llena hasta los bordes,
era poco menor que un barreo; las fuentes del potaje podan servir de
barcas en caudaloso ro; el primer principio se compona de ms de media
arroba de carne guisada; y cuando lleg el gallo en pepitoria, hroe del
banquete, acompabanle, para hacerle honor, cuatro capones. De ellos se
nos sirvieron  los tres hombres  capn por barba, y se reparti el
cuarto entre las tres mujeres. Y lo de menos hubiera sido para m
semejante alarde de prodigalidad, y hasta el acostumbrarme  ver sin
admiracin cmo mi to y el predicador engullan cuanto les ponan por
delante; pero lo terrible fu que me oblig  hacer lo mismo que ellos
la implacable oficiosidad de mi cara ta. Ced con la sopa  los
reiteradsimos ponte ms, no lo desaires con que me acosaba la buena
seora; y al tratar resueltamente de negarme  repetir de los potajes,
tal fu la insistencia de la familia entera, y tanto me solfearon que
despreciaba su _pobreza_, que por no sufrir tan inclemente machaqueo me
resolv, con la resignacin de un mrtir,  jugar la salud en aquel
lance; pero me fu imposible transigir con el capn: materialmente
estaba ya lleno, rebosando mi estmago. Para colmo de mi angustia, lleg
el _arroz con leche_, plantndoseme delante un plato sopero encogollado
para m solo.--Y en acabndole, aqu tienes ms--aadi mi ta con
una sonrisa muy cariosa, pero que me hizo temblar, horrorizado, al ver
la enorme fuente que sealaba con el dedo, colocada en el centro de la
mesa.--Afortunadamente, con la idea, nada ms, de echarme al coleto
tanto engrudo, entrronme unos sudores, fros como los de la muerte;
levantme tambalendome, llegu al corral..., y despojado el estmago
del peso que le oprima, volv  la mesa, pero sin el consuelo de hacer
comprender  aquella buena gente la impertinencia de sus mal entendidos
obsequios. Mi ta; especialmente, achacaba el suceso, en tono de
resentimiento,  que no me gustaban los guisos que ella misma haba
hecho. Luego vi que era imposible persuadir  aquellas benditas almas de
que puede un hombre hartarse una vez de sopa de fideos, de gallo en
pepitoria y de arroz con leche.

Concluy por fin el banquete con vino blanco y bizcochos; y mientras el
fraile y mis tos se fueron  dormir la siesta y mis primas  vestirse
para ir  vsperas, yo me largu al campo  tomar el aire, que buena
falta me haca.

Dos horas despus volvimos  la iglesia; sacaron otra vez al santo en
procesin, rezse el rosario y nos fuimos  la romera, que se
desparramaba en una pradera inmediata  la iglesia. Hicironme ver uno
por uno todos los bailes: ste porque era de guitarra, el otro porque
era de pandereta, y por ser de gaita el de ms all. Compramos
avellanas, peras, cerezas y rosquillas en todos los puestos de la
romera, convidmonos recprocamente la familia, el exclaustrado y yo;
vi un desafo  los bolos entre mozos de lugar y otros tantos
forasteros; o los vivas! que nos echaron los danzantes,
encaramndose unos sobre otros hasta formar lo que ellos llaman
_castillo_, y los que tambin hubo para las dems personas que les
haban dado dinero; y volvimos  casa al anochecer, despidiendo al
predicador despus de haber tomado chocolate y agua de limn todos
juntos, como si no hubiramos comido al medioda.

Una hora ms tarde me llamaron  cenar. Otra vez capn, otra vez
pepitoria y otra vez arroz con leche! Aquel cuadro me espant. Fingme
muy malo, y creo que lo estaba, dado que de susto tambin se enferme un
hombre, y me largu  la cama, donde tampoco fu feliz, porque, apenas
me hube dormido, comenc  soar que coma capn, pepitoria y arroz con
leche. Despert, volv  dormir, y torn  despertar y  dormir otra vez
y otras ciento, y siempre vea el repleto cucharn de mi ta
persiguindome y llenando los claros que yo iba haciendo en los platos
que me servan sin cesar. En esta lucha cruel me cogi el alba. Salt de
la cama, vestme; y, desayunndome de prisa, corr  despedirme de la
familia que haba madrugado ms que yo. Agradec  mis buenos parientes,
con toda mi alma, la sinceridad con que me brindaban su casa y su
cariosa asistencia por algunos das ms; sent de veras que perentorias
ocupaciones me impidieran complacerlos, pues cario hacia ellos me
sobraba; disculpme lo mejor que supe, mont  caballo; y llenos los
bolsillos, la maleta y las pistoleras de fruta y de rosquillas que me
hicieron tomar  ltima hora, part hacia la ciudad, prometindome  m
mismo solemnemente, y lo he cumplido, que si alguna vez volviera al
campo haba de ser en das hbiles y normales, y en manera alguna en los
que, como el de San Juan citado, se llaman, con sobrada razn, en mi
tierra, de _arroz y gallo muerto_.




EL DA 4 DE OCTUBRE[12]

I


Desde luego advierto al lector que esta fecha no viene aqu con la
pretensin de figurar entre las muy justamente clebres que guardan los
fastos espaoles, ni pertenece siquiera al catlogo de esas otras de
flamante cuo que, no mereciendo, por ningn estilo, que la imparcial
severa Historia las registre en sus pginas, andan indocumentadas
pidiendo hospitalidad de puerta en puerta y rebotando de peridico en
peridico,  manera de proyectil elstico. Hablo de los _diez de abril_,
_tres de octubre_, _siete de julio_ _veintinueve de septiembre_, y otras
_ejusdem farinoe_, no menos zarandeadas, en estos tiempos que corremos,
por los campeones de la poltica militante, ya como gloria, ya como
afrentas.

Tampoco se halla impresa en ninguna parte con sangre de _libres_ ni de
_esclavos_, ni recuerda patbulos, ni asonadas, ni siquiera un mal
cintarazo. Por tanto, no aspira  que _el pas_ la recuerde slo con que
yo se la cite. Ms humilde en su origen y en sus aspiraciones, se cree
muy honrada con que unos cuantos pueblos de la Montaa y yo la evoquemos
con inocente complacencia: ellos, por lo que afecta  sus caros
intereses: yo, por el que me tomo siempre en cuanto sirve de
satisfaccin  los dems.

Es, pues, el caso de que los labradores ganaderos de la parte central de
la provincia, cuando llega el mes de mayo, no solamente no tienen en el
pajar un pelo de yerba de la recogida en el agosto anterior, sino que
sus ganados han destrozado ya las mieses durante los meses de
_derrotas_, y han recorrido las sierras bajas, y han comido _escajo_,
picado  fuerza de mprobos sudores, y han ido entresacando los
_herbalachos_ que crecen entre zarzas y matorrales, y hasta han rodo el
csped de las lindes de los _camberones_. Calclese cmo vivira el
ganado hasta el mes de agosto, poca de la recoleccin y acopio de yerba
para el invierno, si no tuviera ms recursos que los ordinarios de casa,
digmoslo as!

Por fortuna de los pobres animales, hay en esta provincia, sobre su
parte ms elevada, entre Campo, Caburniga y Polaciones, unos pastos
en los puertos de Lodar, Pealabra, Palombera, Braamayor y otros, que
estn diciendo pacedme; y  pacerlos van desde junio  octubre, los
ganados, _ cabaas_, de varios pueblos de la indicada regin, que estn
en pleno goce de ese privilegio.

De qu procede ste, y por qu le tienen unos pueblos y otros no, lo
ignoro absolutamente. De cundo data, tampoco es fcil decirlo. No s
ms sino que, en cierta ocasin, el Concejo de Vioo, uno de los
privilegiados, tuvo necesidad de reivindicar su derecho, y sigui un
pleito con los Concejos _altos_ que se le negaban, ante la Real
Chancillera de Valladolid, la cual le sentenci en el ao de 1630. Yo
he visto esos autos, y segn ellos, alegaban los de Vioo estar en
quieta, pacfica posesin de lo hacer  gozar libremente con los dichos
sus ganados  ciencia y paciencia de las partes contrarias, de uno,
diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta..., ciento y ms aos; y de
tantos, _que en memoria de hombre no era en contrario_. Figrense
ustedes si ser antigua la costumbre!

La Real Chancillera mantuvo al Concejo querellante en su derecho de
llevar su cabaa _con palos, pastores, perros y cencerros,  pacer las
yerbas y beber las aguas, seleando y majadeando_,  los sitios de Bus
Cabrero, Bustamezn, Cueto de Espinas, etc., etc....

Idntico y tan antiguo privilegio es el que disfrutan los dems Concejos
sobre stos y otros puertos. Puedo ofrecer al lector la lista de todos
los privilegiados. Se la debo  un anciano de uno de ellos, hombre que
sabe de memoria las ordenanzas del caso (pues no las conserva escritas
aquel archivo municipal) y es quien resuelve las dudas y conoce
prcticamente hasta los linderos de los puertos. All va, pues, la lista
aunque no me la agradezca nadie: Barcenaciones, Bustablado, Cerrazo,
Cohicillos, Co, Helguera, La Busta, La Montaa, Los Corrales, Llano,
Mercadal, Novales, Orea, _Polanco_, Quijas, Reocn, Rudagera, Ruiloba,
San Mateo, Somahoz, Tanos, Tarriba, Toporias, Treceo, Udas, Valle,
Valle de Cabezn, Virnoles, Vioo y Zurita.

En cambio del disfrute de los puertos altos por las cabaas de estos
Concejos, durante determinados meses del verano, pesa sobre ellos un
casi imaginario y levsimo gravamen. De uno de los Concejos me consta
que solo est obligado, en el caso en que las nieves fuesen tan copiosas
y duraderas en los altos que, consumida la _ceba_[13] de los
_invernales_[14], tuvieran aquellas cabaas que emigrar  los bajos
(caso que an est por ver)  dar dos haces de puntas secas de maz por
cada res, y  sacar su carro cada vecino, durante la noche, al corral, 
fin, sin duda, de que el ganado inmigrante pueda guarecerse en los
soportales,  en los cobertizos desalojados.

En el mismo caso de emigracin forzosa, las cabaas de Campo y
Polaciones tienen  su disposicin, durante la primavera, _seles_ en los
montes comunes de abajo, mientras dure la nieve arriba; pero  condicin
de que no han de pasar las cabaas de los trminos ms prximos  la
nieve.

En previsin, sin duda, de tal necesidad, los vecinos del Concejo de
Udas no pueden cortar en sus heredades (no deben,  lo menos) los
tallos secos del maz hasta marzo.

Como algunas cabaas no tienen pasto bastante en los puertos que
disfrutan por derecho propio, los Concejos  que aqullas pertenecen
toman en arriendo otros por un tiempo determinado, pero con formalidades
y garantas harto modernas y prosaicas, y  pagar en moneda sonante.

Estos pagos se hacen recaudando el Concejo  razn de un tanto por cada
res que disfruta del puerto; y para entender en estos asuntos hay en
cada pueblo un concejal que se llama _alcalde de cabaa_,  cuyo cargo
est, por ende, cuanto se refiere  los pastores, al toro y  los
perros. Bueno es advertir tambin que las soldadas de los primeros se
pagan, como los puertos, por los dueos del ganado que los disfruta.

Ocho  diez das antes del de San Antonio, es decir, del 13 de Junio,
van los pastores de casa en casa con dos marcos de hierro, en uno de los
cuales est el nombre completo del pueblo en letras pequeas, y en el
otro la inicial del mismo de gran tamao, tomando nota de las cabezas de
ganado que han de ir al puerto, y de las que de stas se hallen sin
marcar. Si las que estn en este caso tienen astas, se aplica  una de
ellas el primer marco enrojecido al fuego; si no las tienen todava, se
las tumba en el suelo, y con el marco segundo, chisporroteando, aplicado
 la nalga derecha, se les hace dar cada berrido de dolor, y se levanta
un tufillo de carne asada, que no hay ms que pedir.--De paso averiguan
los pastores cul es la vaca ms fuerte y ms garbosa para ponerle al
pescuezo el _campano del lugar_,  sea el cencerro ms grande de los
diez  doce que tiene el Concejo para que la cabaa se luzca con ellos
por esas braas de Dios. Obtener para su vaca el campano del lugar es el
ms alto honor que en casos tales puede alcanzar el dueo de ella, razn
por la que hay cada intriga que canta el credo al llegar el momento de
elegir un cuello para el sonoro colgajo.

Al amanecer del da de San Antonio se colocan los pastores con el toro y
los perros en un punto convenido, acude  l cada vecino con el ganado
que quiere enviar al puerto; y formada de este modo la cabaa, hala que
te vas, comienza  marchar en busca de Pealabra  Palombera, los cuales
puertos no encuentra sino despus de haber estado por espacio de tres
das anda que te anda y sube que te sube, al son de los cencerros y al
de los elocuentsimos jujeos y silbidos de los pastores.

Y aqu la dejamos, por no necesitarla para nuestro objeto, hasta _el da
4 de octubre_ siguiente, da en el cual llega infaliblemente al punto en
que se form[15]; con el cual dato queda suficientemente aclarada la
significacin del ttulo que precede  estos prrafos, y dicho que
estamos, aunque tarde, de patitas en el asunto.

FOOTNOTES:

[Footnote 12: Este cuadro se agreg  las _Escenas Montaesas_ en la
edicin de 1877. _(Nota del A. en 1885.)_]

[Footnote 13: Yerba seca acopiada para el invierno.]

[Footnote 14: Grandes pajares, y  la vez establos, para refugio del
ganado en los puertos durante lo ms crudo del invierno.]




II


--Doln, doln, doln, doln, doln! ... que ya se oyen los cencerros
de la cabaa y hasta se ve el polvo que levanta. Ha llegado el da
anhelado, y el pueblo sale  recibirla hasta la portilla de la llosa, 
de la pradera en que, por de pronto, ha de entrar para que se cumplan
las formalidades que van ustedes  conocer.

La gente viste de media gala, y se halla poseda de la ms viva
satisfaccin. La corporacin municipal se guardar muy bien de faltar 
la solemnidad.

--Doln, doln, doln, doln, fiu, fiuuii! ... que los cencerros se
oyen ms cerca y se perciben con toda claridad los silbidos de los
pastores, y hasta se distinguen el color y la _armadura_ de las primeras
vacas.

Los espectadores suspenden hasta el aliento y clavan en ellas la vista
con una fijeza magntica. En seguida les entra la reaccin y corren y se
atropellan, hasta que concluyen por formar enfrente de la portilla, en
dos hileras, entre las cuales pasa el ganado, que, no por haber pacido
durante cuatro meses la yerba de la libertad salvaje, ha perdido su
natural mansedumbre.

--To Roque!--grita un mozuelo con el pelo muy atusado,--la mi
_Gallarda_ trae el campano del lugar! ... y aqu viene la primera de
toas ... y cmo le menea! Anda, pa que uno se fe de lo que no ve!...
Y corran voces de que en el puerto se le haban puesto  la _Corva_
de to Perico Mijotes!... Cristo, qu hermossima est!

--Mi t, fantasioso--replica Mijotes, que no estaba muy distante del
jaque,--si se dijo que la mi _Corva_ le traa, por algo se dijo. Siempre
se le habrn cambiao en el camino pa que no te se parta  ti el corazn
de envidia al ver  la tu _Gallarda_ con el campano que han puesto  la
otra probe.... Viva la josticia!;  la novilla de la mi vecina, que no
puede con el rabo, le han puesto el segundo campano!

--Callarvos, lenguatones!--interrumpe un viejo que, de puro viejo, no
puede ya con las bragas:--que ms vos da? Venga el ganao y venga ello
gordo, que lo dems importa dos bisanes.

--No, pus lo que es gordo, por decir gordo, ya viene gordo--aade otro
convecino que no tiene la mayor facilidad para expresar lo poqusimo que
se le alcanza.

--No digo yo otro tanto--le replica un espectador de enfrente;--ah va
la mi _Leona_, que paez que la han chupao las brujas. Toma, pus si
viene _gedal_; y qu _bello_ que trae ms hermossimo!...; me valga el
Seor; es la mesma estampa de su madre!... Bien te han ordeao, morena!
Permita Dios, condenaos de pastores, que se vos gelvan lobos en el
cuerpo los zurrones de hacer manteca!

--Ay, madre!--exclama una muchachuela con los ojos arrasados de
lgrimas, dirigindose  una pobre anciana que esta  su lado,--no veo 
la nuestra vaca: debe ser verd aqullo que se corri!

--S; hija ma--responde la madre:--las malas noticias siempre salen
verdaderas, y la soga nunca rompe por lo ms gordo, ni el da amanece
alegre para todo el mundo...; cmo ha de ser!

Y mientras se hacen stos  parecidos comentarios entre la gente, va
pasando la cabaa y entrando en el gran cercado, hasta que llegan,
cerrando la marcha, el toro, los terneritos, los perros y los pastores:
el toro con sus ojeras blancas sobre una cara negra y lustrosa como el
terciopelo, ondeando con cierta vanidad la piel, que casi le arrastra,
de su robusto cuello; los becerritos con su pelo rizoso y bermejo y su
carita expresiva, pisando con miedo, y rendidos de cansancio; los perros
con su piel blanca con manchas negras, andando al pie de los terneros y
mirando  todas partes con un gestecillo que parece decir: al que los
toque en el pelo, nos le merendamos; por ltimo, los pastores con
abarcas de _tarugos_, garrote nudoso, y al hombro, adems del morral y
la chaqueta, un ternero recin nacido, que nunca suele faltar.

Cuando esta retaguardia llega  la portilla, se precipita la gente
detrs de ella, desparramndose luego por el prado entre la cabaa,
buscando cada uno las reses que le pertenecen para examinarlas  su
placer.

Una hora ms tarde, y sobre el mismo terreno y al aire libre y de pie,
el ayuntamiento se constituye en sesin, rodeado de todo el pueblo, que
toma parte en ella.

Lo que entonces sucede, van ustedes  saberlo en el captulo siguiente,
escrito en presencia de los apuntes fidelsimos que yo tom en uno de
esos Concejos  que asist como curioso.

FOOTNOTES:

[Footnote 15: Ya supondr el lector que ni todas las cabaas van al
puerto el da de San Antonio, ni todas vuelven de l precisamente el 4
de octubre siguiente. Hcenlo as, con tan antigua como inquebrantable
regularidad, las de algunos pueblos que yo conozco; y  ellos se refiere
mi cuento.]




III


Uno de los pastores, jefe  la vez de los dems, penetr en el ancho
crculo que formaban los asistentes; parse enfrente del alcalde; arroj
al suelo un saco casi vaco que llevaba al hombro; descubrise; carg el
cuerpo sobre el garrote; balancese un poco en esta postura;
esparrancse; escupi tres veces; pas una manga de su camisa por debajo
de las narices, y despus de obtener el permiso del alcalde, habl de
esta manera:

--Pos ... salto y digo: ah est la cabaa, como se habr visto. En la
cabaa hay de too, como en la via del Seor; porque musotros,  la res
que es de mal pacer y de peor engordar, no podemos mejorarla,  no
hincharla con una paja. Esto es claro como el sol del megoda. Pos digo
yo ahora: hay que tener en cuenta que el verano ha so fatal; hoy que la
ventisca, maana que el aguacero, el pasto se ha reblandeco, y pu
ecirse que el ganao no se ha visto limpio de _despeo._ De sal,
bastante bien: slo han feneco una vaca de to Pedro Meique y una
novilla de la viuda del _Cevil_. La una muri de un _empanderao_, y la
otra de un mal,  manera de perlesa. Diseles lo que manda el aquel,
vamos al decir, del hombre que lo entiende; pero no les acanz.

El pastor, al decir esto, meti en el saco la mano y sac de l dos
cuernos de diferente forma y tamao.

--Aqu estn las _gamas_--dijo, levantando en alto los dos retorcidos
apndices.

El alcalde llam  los dueos de las reses muertas, para que se
presentasen  reconocer los restos que el pastor expona  la
consideracin del concejo, para cumplir con un requisito exigido por
ste.

Pedro Meique y la viuda del _Cevil_ reconocieron, contristados, las
astas de las reses que respectivamente les haban pertenecido, y de
cuya muerte ya tenan noticias, aunque vagas, antes de la llegada de la
cabaa.

En seguida pregunt el alcalde si haba algn vecino que tuviera que
hacer _daque_ cargo  los pastores.

--Pido la palabra!--dijo, saliendo  primera fila, un hombre muy
entrado en aos, cano de grea, enjuto y ahumado de carnes y ronquillo
de voz.

--Hable Garabiel Pernas--djole el alcalde.

--He pedo la palabra al auto de que he visto que la vaca ma que fu
bien trisn al puerto, vuelve en los puros huesos y con un ojal en salva
sea la parte, que mete miedo; y como el hombre no gana su probeza tumbao
panza arriba, y yo sudo los gtagos pa ver de conservar la que tengo,
quiero que se me satisfaga, como es justo, al respetive de la vaca.

--Tocante  la vaca--replic el pastor,--tocante  la vaca, to
Garabiel, ust sabe mejor que yo que la vaca es una cabra conden que no
se pu hacer vida de ella. Los cinco sentos del alma le pone uno
encima, y con too y con eso no se la pu meter por vereda. Si ust la
chifla pa golvela, malo; si ust la vocea, pior; si se la apedrea, me
valga el Seor!, no la alcanza un galgo.... Pus vate que voy, amigo de
Dios: hace ocho das, trepa la conden por un pedregal arriba  pacer
unos matorrales que estaban entre un cajigaluco; salgo detrs de ella,
hace la feguracin de echarse cancia el desfiladero que estaba por la
banda de atrs, atjola yo corriendo, asstase ms la endina, chase de
prisa por onde haba subido, rueda como una pelota, y rsgase el pellejo
contra la punta del peasco. sta es, to Garabiel, la pura verd; y si
otra me queda en el cuerpo, que con ella reviente!

--Sastifecho!--dijo con solemnidad Garabiel Pernas, retirndose  la
segunda fila.

Otro de los que formaban en ella sali en seguida  la primera, y
endilg al pastor estos cargos.

--Yo mand al puerto una vaca _geda_ de siete meses, y pa el efeuto de
destetarla, dej la cra en casa. La vaca iba gorda, la vaca es lechera,
horror de lechera!; la vaca viene hecha un telar, y la vaca no est
_seca_, porque  la vaca acabo yo de ordearla en el prao. Yo soy claro
como el agua, y no tengo algn aquel en decir que aqu se han corro
voces de que en Mercadal se ha vendo este verano mucha manteca de la
cabaa nuestra. Diga el pastor, si  mano viene, de nde ha salo esa
manteca, y por qu no viene seca la mi vaca.

El pastor se rasc la cabeza, escupi por entre los incisivos, y despus
de pasear su vista por los circunstantes, replic en estos trminos:

--Ya s yo que ms de cuatro, que pu que no estn muy lejos de aqu,
por el aquel de hacer mal y porque hay lenguas que atarazs entre dos
cantos debieran estar, han corro por el pueblo lo de la manteca; pero,
premita Dios que me trague la tierra aqu mesmo de repente si en el
puerto se ha hecho medio cuartern de manteca, ni se ha bajao  Mercadal
ms que por el efeuto de comprar dos libras de bacalao y siete
maquileros de harina! Pos vate que voy  lo de que la vaca no est
seca. Yo puedo hacer geno con toa la cabaa, si quiere hablar, que el
_bello_ de la vaca del seor alcalde mamaba toas las noches  la vaca de
ust, y que de esto no tuvimos ms auto que de la hora de la muerte, que
en santa gloria nos coja, hasta la semana pas. Yo, bien lo sabe Dios,
me com la feura al conocerlo; pero el hombre, es la verd, no acanza
los imposibles..., y si ha hubo falta, perdonar, que lo que es la
volunt no ha podo ser mejor; y cinco aos que llevo en la cabaa
cantan bien claro si s cumplir con mi deber.

--Sastifecho--contest el interpelante con la misma formalidad que
Garabiel Pernas.

--Seor alcalde--grit una mujer amortajada entre una saya de estamea
negra que le cubra el busto, y otra de bayeta amarilla ceida  la
cintura,--yo quisiera que....

--Ust se calla la boca mientras que yo no la pregunte, porque aqu no
tienen voz las mujeres.

--Es que, canijo, yo tamin soy hija de Dios; y si se me muri el marido
no fu por culpa ma.

--Y qu se le ofrece  ust?

--Pus se me ofrece que cuando fu al puerto la mi novilla se me feura
que tena el pelo colorao, y ahora le trae que tira algo  burreo...;
tamin era ms juerte de voz....

--Vaya ust mucho con Dios, trapacera!--la interrumpi el alcalde,
echando chispas por los ojos.--Le paece  ust la sinfona con que se
nos viene?... Taday, simplona!

--Yo pregunto lo que es de mi aquel, ea!

--Taday, chapucera!

--Juera con ella, que se vaiga  cuidar la puchera!--aadieron por
todas partes voces que nada tenan de suaves para la pobre mujer, que en
vano gritaba para que se reconociese su supuesto derecho de hablar en
aquel concejo.

Salise, al cabo, del crculo, llorando de coraje, y continuse todava
un buen rato interpelando al pastor y exponindole quejas, muchas de
ellas tan impertinentes como las de la desairada mujer; pero como
estaban _en su derecho_ los seores hombres al exponerlas, se atendan
y ventilaban con el ms acalorado empeo.

Agotado el captulo de cargos, el alcalde pregunt al pastor si no tena
algo que manifestar al concejo respecto al puerto,  la cabaa,  los
dems pastores, etc.

--Aticuenta que n--respondi el interpelado.--Los pastos han so genos
por la mayor parte: no muy alta la herba, pero finuca y nutra. Dos
veces se present el lobo  la vera de la cabaa; pero los perros, que
saben su obligacin, no le dejaron ganas de ripitir: al segundo viaje le
atenazaron el rabo, y por un tris no se queda _Navarro_ con l entre los
dientes. El toro se escap una tarde del _Sel_, porque le provoc el de
la cabaa de Vioo; trabronse de palabras, y el nuestro le arrim una
jaret de media vara en el cuadril esquierdo, y le hizo golverse en un
periquete  la su cabaa. Un pastor de Co nos apand una cra de dos
meses, la de la _Cordera_ de to Celipe Cuartajo: vmosle, jumonos
encima, neg, arrimle un garrotazo, cay  tierra pidiendo
miselicordia, y solt el jato. No ha habo multa denguna ni por el aquel
de dir ni por el aquel de venir, porque no se ha saltao una mala
cerradura, ni tan siquiera se ha movo una res de la cabaa en too el
camino. La vaca de to Miguel Cerojo tuvo un lubieso en salva sea la
parte, pero cur bien; y en la cabaa de Virnoles, que estaba  la vera
de la nuestra, hubo _solengua_ y fenecieron siete cabezas. Nel, mi
compaero, pens que se le haba pegao el mal; pero too ello result ser
una atrac de arenques con leche: rompi  las tres horas, y no tuvo
otro aquel. Y con too y con esto no digo ms, y ac estamos toos,
gracias  Dios, genos y gordos; perdonar las faltas, porque pecaores
semos, y en la gloria nos veamos.

--Amn--contest el concejo.

Acto continuo se procedi al remate del toro y de los perros; es decir,
al de su manutencin hasta el da de San Antonio del ao siguiente.
Adjudicronse los animalitos  los vecinos que ofrecieron mantenerlos
por menos dinero, y se disolvi la asamblea.

Una hora despus cada vecino recoga en el prado las reses de su
pertenencia, y se encaminaba con ellas  su casa, contemplndolas de
paso con tanto deleite como (acpteseme la comparacin que voy  hacer,
en gracia de que es la pura verdad), como el que puede sentir un padre
delante del hijo predilecto que vuelve de la Universidad  pasar con l
las vacaciones.

1868.




UN MARINO


Marino, como ustedes saben muy bien, significa genricamente, hombre que
se dedica  la navegacin, que profesa la nutica, empleado en la
marina, etc., etc.

Pero un marino en Santander, hasta hace muy pocos aos, hasta que
lleg  la clsica tierra de los garbanzos ese airecillo que aclimat la
_crinolina_ en Bezana y la cerveza en San Romn, significaba otra cosa
ms concreta y determinada. Un marino significaba, precisamente, un
joven de veinte  treinta aos, con patillas  la catalana, tostado de
rostro, cargado de espaldas, de andar tardo y oscilante, como buque
entre dos mares, con chaquetn pardo abotonado, gorra azul con galn de
oro y botn de ancla, corbata de seda negra al desgaire, botas _de
agua_, mucha grea, y cada puo como una mandarria.

Un marino no era capitn, ni contramaestre, ni simplemente marinero;
era, por precisin, _tercero_,  _examinado de segundo_, ,  lo sumo,
piloto en efectividad.

Cuando estudiaba en el Instituto, no se haba embarcado jams, y, sin
embargo, ya era tostado de color y cargado de hombros, y se balanceaba
al andar...; en fin, ya ola  brea y alquitrn. Cualquiera dira que,
como destinado  la mar, estaba construdo de _macho_ de trinquete  de
piezas de cuaderna, y no de carne y hueso como nosotros.

Entonces se llamaba _nutico_, y se largaba cada _pia_ que derrengaba.

La clase de filosofa que contaba con un par de estos alumnos que
_sacase la cara_ por ella, ya se crea capaz de hacer frente  la
pandilla de _Cuco_, el del muelle de las Naos,  al rebao de mozos ms
aguerridos de Monte.

_Correrla_ entre nosotros, equivala  pasar las horas de la ctedra
jugando  paso en el _Prado de Vias_,  pescando _luciatos_ en el
_Paredn_,  acometiendo alguna empresa inocente en el _Alta_.

Correrla en compaa de un par de nuticos, era provocar  todo bicho
viviente, hundir  _cales_ cuanto sombrero alto se viese sobre cabeza de
aldeano, llegar  regiones inexploradas, tocar todo lo prohibido, buscar
por entradas difciles salidas imposibles, volver, en fin,  casa
desgarrados y sucios, muertos de fatiga, cubiertos de cardenales y
sangrando por las narices.

Pero por ms que entre los filsofos y los nuticos hubiese algunas
individualidades unidas por vnculo amistoso, colectivamente las clases
eran incompatibles; se repelan entre s, se separaban como el agua y el
aceite. Por supuesto, que all el aceite eran los nuticos; es decir,
los que siempre quedaban encima.

Para ellos no haba conserje, cargos ni ttulos dignos de su
consideracin, y pasaban por en medio del mismsimo claustro de
profesores, sin ocurrrseles llevar la mano  la visera por va de
saludo. Slo teman y respetaban, y hasta queran,  su propio
catedrtico, el que ya no existe, don Fernando Montalvo.

Este inflexible, recto  ilustradsimo profesor, pareca nacido para
domar aquella raza especial de estudiantes. Su vastsima instruccin, su
carcter un tanto excntrico, su proverbial voluntad de hierro, su
continente severo  impasible, le investan en ctedra de cierta
majestad _sui gneris_, contra la que rara vez osaba rebelarse el alumno
ms dscolo. Sobre su mesa y bajo su mano, el reglamento disciplinario
del Instituto adquira todo el color de las terribles _Ordenanzas de
mar_. Ay del que infringiera sus bases! As se haca respetar. Su mayor
deleite era ensear lo mucho que l saba, estudiar para saber ms, y
dar un estrecho abrazo,  vuelta de viaje,  un discpulo suyo. As se
haca querer.

Con este mtodo, su pequea repblica era una balsa de aceite; mas
cuando, por una rara casualidad, dejaba de serlo, yo no s  qu
comparar el aspecto que tomaba la ctedra, sino al de una jaula de
leones en el momento en que el terrible y severo domador esgrime entre
ellos el sangriento ltigo, y los humilla y arrincona amontonados y
gruendo. Temblaban los cristales, rompanse los bancos, y el suelo se
conmova. No era de envidiar la situacin del bedel  quien se
encomendaba el peligroso encargo de encerrar en el _nmero once_  los
condenados  este castigo despus de la refriega. Por eso, toda atencin
con ellos le pareca poca antes de dar vuelta  la llave que los
aseguraba.

En cambio, se la echaba de autoridad inexorable con nosotros, que
marchbamos al calabozo como borregos al corral. As son las cosas de
este pcaro mundo!

Concludos sus estudios preparatorios en el Instituto, y despus de
hacer su primer viaje en calidad de _agregado_, era cuando dejaba el
nutico este nombre y tomaba el de _marino_, con todos los honores
inherentes  la categora.

 su retorno era la envidia de los humanistas, no por lo que haba
navegado, ni por lo que haba visto, ni por lo que le haban engordado
los puos y crecido las barbas, ni por el ruido sordo que al andar
produca con las botas de agua, sino porque traa la _picadura_ de la
Habana  granel en los bolsillos del chaquetn, y para hacer un cigarro
derramaba en el suelo tabaco para otros dos.

Recordarle en tales momentos antiguos ttulos de amistad, era todo
nuestro afn, y hallar su memoria accesible  los evocados recuerdos, el
mejor negocio para nosotros, condenados  fumar ans  pasto, y, lo que
an era peor, los pitillos de cinco al cuarto que venda _Godos_ en la
subida de los Remedios; pitillos que transcendan  demonios desde media
legua, y lo mismo tumbaban chicos que caas un vendaval recio.

Tras el puado de tabaco y la caricia subsiguiente, que era un
_coquetazo_ que nos haca ver las estrellas, vena la convidada en el
caf de _La Marina_, que ya no existe, ni tampoco la casa en que se
hallaba en la calle del Arcillero.

El marino se atizaba, de dos sorbos, una copa de ron  de Ginebra;
nosotros libbamos otra de licor de _rosa_, mojando en ella, con mucho
pulso, un canutillo de  dos cuartos.

Durante los tragos, los mordiscos al pastel y las chupadas  los
cigarros, el convidante narraba sus primeras borrascas en la mar y sus
aventuras en los puertos.

Por de contado que la noche antes del da en que se hizo  la vela para
Santander, arm con otros camaradas de profesin la gran _culebra_, en
la cual hubo todo aquello de echar los muebles  la calle, entrar la
polica, apagar la luz, saltar por la ventana, cerrar la puerta por
fuera, tirar la llave  la alcantarilla, etc., etc.

Y deba de ser verdad, porque las que armaba aqu se le parecan mucho.

Si al salir de casa encontraba usted un sereno con un ojo borrado, los
cristales de un caf hechos trizas, las puertas de una taberna fuera de
quicio, cambiados los letreros de las tiendas de una calle, de modo que
sobre una botica se leyese, por ejemplo: _Quincalla y clavazn_, y sobre
una ferretera _Almacn de comestibles_; si con algo de esto,  con todo
ello junto,  con mucho ms, se encontraba usted, repito, al salir de su
casa, y preguntaba por los autores de las fechoras,

--Los marinos--le respondan al punto.

Quines, de los conocidos en el pueblo, no haba para qu inquirir. Qu
ms daba? Todos eran lo mismo....

Por aquel entonces se habl mucho en Santander de la _Berrona_, que
sala todas las noches,  las altas horas, no se saba de dnde, y
recorra varias calles determinadas. La Berrona era un animal, un
fantasma  un demonio muy grande, con dos ojos como dos hogueras, muchos
pies y dos cuernos muy largos y muy derechos. Al andar haca un ruido
como de cadenas y cacerolas de latn que chocasen entre s, y lanzaba
_berridos_ tremebundos, muy roncos y muy lentos, como las notas del
piporro en las procesiones de la catedral.

Las comadres, al sentirla de lejos, trancaban las puertas; los chicos
soaban con ella, y los mismos serenos, que han sido aqu siempre
hombres muy templados, al atisbarla en lontananza, hacan como que no
haban visto nada y se iban por otra calle opuesta.

Pues, seor, la cosa lleg  excitar vivamente la atencin de la
autoridad, y el miedo del barrio ray en espanto; la Berrona segua, sin
embargo, haciendo todas las noches su horripilante procesin.--Que la
van  coger, que ya se sabe de dnde sale, que es de carne, que es un
espritu, que muerde, que cocea, que busca chiquillos para sacarles el
sebo, que los serenos, que la polica, que cazarla  tiros ... y nadie
se atreva  pedirle el pasaporte.

Al cabo, la delacin de un pinche de billar _hizo luz_ en el horrible
caos, y el misterio se aclar. Saben ustedes lo que era la Berrona? Una
docena de marinos que salan de un caf muy popular en Santander, por
lo antiguo y por lo especial de su parroquia (el cual caf no nombro
porque an se conserva tan boyante como entonces, aunque ms
_tabernizado_); una docena de marinos agrupados de cierta manera y
tapados hasta la rodilla con el pao de cubrir la mesa de billar del
susodicho caf. Los ojos del fantasma eran dos linternas, los cuernos
dos tacos, y la causa del ruido metlico, una batera completa de
cocina, bien manejada debajo del pao. En cuanto  los berridos, un
amigo mo, que por cierto no era marino, aunque formaba con ellos muchas
veces, saba darlos como el mejor piporro; los marinos de la Berrona no
hacan ms que acompaarle en el tono que podan.

Aunque el marino era con frecuencia perteneciente  las principales
familias de la poblacin, no haba que buscarle en la Alameda, ni en el
saln del Suizo, ni en los bailes de formalidad. Semejantes atmsferas
le asfixiaban. Sus terrenos preferidos eran los cafs de segundo orden y
todas las calles de la poblacin, siendo de noche. Como extraordinarios,
las romeras cercanas y los jaleos de las sociedades _Sin nombre, Unin
soltera_ y otras _ejusdem farinoe_.

En los cafs jugaba al billar  al domin, aunque prefera el papel de
espectador, con el santo fin de divertirse  costa de algn jugador
distrado  atrabiliario.

En las calles, ya conocemos el gnero de las diversiones  que se
dedicaba.

En las romeras, indispensablemente haba de pegarse de cachetes con los
_zapateros_.--Los zapateros eran entonces otro gremio especialsimo
que no comprenda, segn la acepcin popular del ttulo,  todos cuantos
machacaban suela y tiraban del cabo, as en un portal como detrs de una
vidriera. El tipo del individuo de ese gremio era un joven de pelos y
bigotes erizados, plido de cutis, hundido de vientre, con las manos muy
sucias, chaquetilla  media espalda, pantaln de campana, gorrita en la
cabeza, sin chaleco y con la camisa muy sacada sobre la cintura. Los
zapateros frecuentaban todos  la mayor parte de los sitios de recreo de
los marinos, por lo mismo que stos, dondequiera que los hallaban, los
abrasaban  epigramas y los acribillaban  burlas de todos gneros. De
aqu la tirria que se profesaban y los bofetones que se sacudan.

En las sociedades  las que, como se ha dicho, concurra alguna vez el
marino, no bailaba ni enamoraba. Lo mismo que en los dems teatros en
que le hemos visto, en aqullas su nico afn era _armarla_ ... mejor
cuanto ms gorda. Si por eplogo haba bofetadas, retemejor.
Precisamente el esgrimir los puos era, como se habr observado, su gran
delicia.

De ordinario usaba un lenguaje especialsimo, un _cal_, digmoslo as,
que en nada se pareca al de los dems marinos de la tierra, entre
quienes es cosa corriente aplicar  todo el tecnicismo nutico. No
llamaba  nadie ni  nada por su nombre verdadero, y los que usaba en
sustitucin, tomados del lenguaje popular de Santander, eran en alto
grado expresivos y adecuados.

--Vengo de casa del seor de _Viruta_--deca, por ejemplo, muy serio.

Y usted, que no conoca  semejante persona, se devanaba los sesos
intilmente por averiguar quin era, hasta que el otro, extrandose de
tanta torpeza, le deca que el seor de Viruta era Fulano de Tal. Y
entonces tena usted que soltar la carcajada, porque Fulano de Tal era
un carpintero, largo, seco y doblado, casi enroscado, como las cintas de
madera  virutas que sacaba con su garlopa.

Refiriendo una _rumantela_, y ponderando una bofetada que en ella haba
dado, deca, verbigracia:

--Vamos, que _le casqu la sopera_.

Lo cual significaba que haba abierto la cabeza  su contrario.

--Saca esa _cerraja_--deca aludiendo al rel que uno llevaba en el
bolsillo, para que se mirase en l la hora.

Si se quejaba de la _caldera_, deba entenderse que le dola el
estmago.

Para los vocablos _finos_ era an ms original. Los usaba de los ms
exquisitos,  juzgar por la eufona, tanto, que para convencerse de que
muchos de ellos eran rematados desatinos, haba que analizarlos muy al
por menor. No tena acopio hecho de estos trminos; pero s una
facilidad asombrosa, una especie de mquina para producirlos cuando los
necesitaba. Ejemplo al canto.

Sala yo una noche del teatro; y, como rapaz que  la sazn era,
caminaba ms que de prisa, casi asustado de verme fuera de mi casa 
horas tan avanzadas; como que quizs era aqulla la vez primera que yo
las oa sonar hallndome al raso. Pisaba yo recio y menudito saboreando
_in mente_ los episodios de la comedia que acababa de ver, cuando al
entrar en la calle de la Blanca sacronme de mis meditaciones fuertes y
descompasados gritos que daban dos hombres riendo en uno de los
extremos de la calle. Parme  escuchar, no s si por miedo  por
prudencia, y al punto conoc la voz de uno de ellos, marino de
profesin, an no piloto, y que ms de dos veces me haba honrado en el
Instituto con sus testimonios de cario  su manera. Llegaba la
refriega  su desenlance, cuando de ella me enter yo. Y dijo la voz que
me era desconocida,  vueltas de algunas interpelaciones custicas y
violentas de ambas partes:

-- m no me venga usted con _cacofonas_!

Y respondi en el acto la voz que yo conoca, en un tono que tanto
picaba en burln como en iracundo:

--Ni usted  m con trminos _fisimnicos_!

En seguida se oy, retumbando en la calle solitaria, el ruido de una
sublime bofetada, y el de un hombre que cae al suelo, rompiendo, _al
pasar_, con la cabeza, el tablero de una tienda,  cosa as.

Conociendo, como yo conoca, al _uno_, no era muy aventurado creer que
el derribado por la bofetada tena que ser el _otro_, por recio que
fuese. Sin embargo, para cerciorarme del todo,  pesar del miedo que
tena, acerqume al lugar de la catstrofe, y encontr el cuadro como yo
me lo imaginaba; slo que entonces conoc tambin al cado, gran pedante
y muy trapisondista.

Ahora bien: ni ustedes, ni yo, ni el que lo dijo, sabemos lo que
significa la palabra _fisimnicos_. Pero  l le haban amenazado con
_cacofonas_, y necesitaba responder con _algo_ que sonase an mejor y
larg _fisimnicos_, y por si an era poco, la bofetada que, como l
deca, nunca estaba de ms.

Con narrar ya algunos captulos de la vida y milagros de este marino,
que mucho ha es capitn y buen amigo mo, saldra muy  mi placer de la
tarea en que estoy empeado, puesto que l ha sido el modelo ms
perfecto de la figura que voy garrapateando; pero me temo que no haba
de agradarle la exhibicin de esos detalles de su legtima pertenencia.
Harto satisfecho me juzgar si me perdona la frescura con que he sacado
 relucir, de golpe y porrazo, el que l sacudi en la calle de la
Blanca sobre su _cacofnico_ adversario, que ya no existe, razn por la
cual no solicito tambin su indulgencia.

Era cosa de carsele  uno la baba el oir  dos marinos hablar entre s
en el cal, cuyas muestras he presentado; y si la conversacin versaba
sobre costumbres de lejanos pases, como la costa de frica, adonde iban
algunos,  Sierra-Leona, adonde _los llevaban_ los cruceros ingleses,
haba para desternillarse de risa.

Diera yo aqu de buena gana un modelo de esos dilogos  de esas
relaciones; pero me abstengo de hacerlo, porque no puedo copiar junto 
las palabras los ademanes, las inflexiones de la voz, la expresin de
los ojos ... y la de las manos; s seor, la de aquellas manos
robustas, velludas, entreabiertas siempre y accionando de un modo tan
pintoresco como elocuente. Tampoco me sera lcito, ni conveniente, la
reproduccin de ciertas interjecciones indispensables para el colorido,
ni podran pasar muchas comparaciones, llenas, por otra parte, de gracia
y de verdad.--Suplan, pues, esta omisin con su propia memoria aquellos
de mis lectores que conocieron el tipo, y los que no, perdnenmela en
gracia del motivo que me obliga  incurrir en ella.

Detenindose un momento  considerar los gustos y las inclinaciones de
un marino en los ejemplos que dejo citados y en otros del mismo gnero,
que no consigno por muchas razones  cual ms atendible, hay que
convenir en que haba en su carcter mucho de pueril; era ni ms ni
menos que un muchacho con barbas y mucha fuerza; inquieto, enredador,
caprichoso, alegre, indiferente  todos los sucesos del mundo, y apegado
con invencible pasin  las calles,  los tipos,  las costumbres de su
pueblo natal. Por l suspiraba en Londres, y en Nueva York, y en los
puertos ms concurridos y llenos de maravillas. En el mismo
Convent-Garden recordaba con envidia los tinglados de volatines del
Juego de pelota, y daba todos los primores artsticos  industriales que
se le pusieran delante, por el sublime placer de pegar una soba 
_Capa-rota_,  un par de escobazos en la cara al pinche de la taberna
del _To Po_ cuando la sacase por el ventanillo,  las altas horas de
la noche, para responder  la voz traidora que desde la calle le haba
pedido medio de anisete. Le llamaba ms la atencin las barracas
hediondas del muelle _Anaos_ que los grandes docks del Tmesis; y
acordndose de la romera del Carmen, era capaz de echarse  llorar en
medio de Hyde-Park, si en l se encontraba el domingo siguiente al da
15 de Julio.

Figrense ustedes lo que sera este hombre cuando hallaba en
_extranjis_, como l deca, un paisano suyo. Para _correrla_ con l, le
pareca poco el mundo entonces, y aun se crea capaz de arremeter con
xito  una escuadra de polizontes.

Por eso prefera los viajes  la Habana. All tena un amigo de la
infancia en cada esquina, y mientras estaba con ellos gozaba  sus
anchas, porque poda comer, hablar y _armarlas_ al estilo de Santander.

As se conservaba este tipo, ntegro en todos sus detalles, hasta que
ascenda  capitn. Entonces, empezando por largar el chaquetn y por
vestirse la levita de pao fino, y por echarse el gran rel y la no
pequea cadena de oro, y hasta el odiado sombrero de copa, como hombre
 quien se encomendaban intereses cuantiosos con absoluta confianza,
revestase de formalidad y desapareca casi por completo de la escena en
que le hemos estudiado.

Decir al lector que hombres de semejante temple eran en la mar modelos
de arrojo y valor, lo creo excusado.

Quiz sepa tambin por la fama, y si no lo sabr ahora, que esta
casualidad no era la nica prenda que los adornaba como marinos;
realzbanlos ms y ms su rara inteligencia en la profesin azarosa, y
un corazn generoso que siempre los tena dispuestos  sacrificar su
vida por la del ltimo grumete de  bordo.

Hacia el ao 50, poca en que empezaron  transformarse radicalmente las
costumbres populares de Santander, fu cuando el marino acab de perder
sus detalles tpicos.

Desde entonces ac,  los que le han ido sucediendo en las diversas
jerarquas de la carrera, confundidos en el porte y la conducta con las
dems clases sociales de levita y sombrero de copa, apenas se les
distingue en el paseo  en los salones por lo atezado del rostro  la
pesadez de las manos.

Y la sbita metamorfosis ha sido tan profunda, que llega hoy hasta las
mismas races de la clase.

Ms de dos veces he ido al Instituto, en estos ltimos aos, con el
solo intento de contemplar el tipo del antiguo nutico: no he podido
hallarle. Los alumnos de esta escuela, ni en figura, ni en porte, ni en
costumbres, se distinguen ya de los rapazuelos humanistas con quienes se
asocian tan ntimamente como dos gotas de agua.

Como no es de mi incumbencia averiguar el porqu de las personas y de
las cosas que expongo en mi pobre galera, dejo al filsofo lector la
tarea de explicar ese fenmeno de transformacin, que consigno como un
hecho notorio.

Sin embargo de lo dicho sobre semejante cambio, los marinos actuales que
proceden de la partida de la Berrona y de otras sus coetneas, an
conservan, para un ojo prctico, ciertos resabios de aquella poca;
examinndolos con cuidado, an se ve asomar bajo sus hbitos nuevos la
hilaza del antiguo chaquetn de pao pardo; an hablan como entonces si
se les sabe tirar de la lengua, y es cosa probada que toman de mejor
gana una cazuela de sardinas en la taberna de Regatillo, que un biftec
en el _restaurant_ del _Occidente_. Seguro estoy de que no me desmentir
el aserto mi amigo el de la consabida nocturna bofetada _fisimnica_.
Cuntos ratos deliciosos suele ste proporcionarme sin percatarse de
ello, con sus narraciones de pura casta! Con qu fruicin, pueril
quiz, pero disculpable, me digo despus de oirle:--An queda _un
marino_!... Y qu tentaciones me acometen otra vez de publicar aqu
algunas de esas narraciones!

Para no incurrir en semejante pecado, cierro el registro con un punto
final..., ms no sin dejar consignada antes, y como un acto de justicia,
la siguiente declaracin:

Los marinos de Santander, al vestirse la levita de hoy, no se han dejado
la abnegacin, la pericia, ni el herosmo, en el burdo chaquetn de
ayer.

1869.




LOS BAILES CAMPESTRES


En una ocasin, hallndose en la romera de San Juan,  en la de San
Pedro,  en la de San Roque,  en la de Santiago,  en la de los
Mrtires, pues la crnica no lo fija bien; hallndose, digo, en una de
estas romeras ms de nueve petimetres santanderinos, y no menos de diez
damiselas de copete, y hallndose ms que regularmente aburridos, lo
cual es de necesidad en una romera mientras en ella no se hace otra
cosa que ver, oir y brujulear, resolvieron los primeros proponer  las
segundas, con las respetuosas salvedades de costumbre, un honesto
entretenimiento que, ajustndose en lo posible al carcter del sitio y
de la ocasin, fuese digno de las distinguidas personas que se aburran.
Las pudibundas jvenes aceptaron la propuesta en cuanto al fin. Por lo
que hace al modo; los atentsimos galanes, despus de discurrir breves
instantes, no hallaron, as por razn de honestidad como por razn de
sitio, causa, etc., nada ms  propsito que un baile improvisado. Las
mujeres de entonces, como las de ahora, juzgaban de buena fe que no era
un abuso de lenguaje,  cuando menos, un error de observacin, la
_honestidad_, del baile; y no dudaron un instante en aceptar el
propuesto, con tal que fuese _por lo fino_, y no al grosero estilo de
los populares, como los que tenan delante y formaban el principal
objeto de la romera; exigencia que manifiesta bien claro, que tambin,
en el concepto de aquellas escrupulosas beldades, las cabriolas y
escarceos, segn que se ejecuten de abajo arriba _(more plebeyo)_  de
ac para all y en derredor _(more aristocrtico)_, son pecaminosos y
groseros,  edificantes y solemnes.... Digo, pues, que se acept la
proposicin del baile con la restriccin consabida, y aado que los
proponentes se adhirieron  ella con tanta mayor decisin, cuanto que, 
fuer de _seores_, nunca entr en sus nimos bailar de otra manera. Acto
continuo se procedi  la ejecucin del pensamiento. Para teatro de la
fiesta se eligi una pradera separada de la romera por un regato,  por
un seto transparente, pues sobre este punto tampoco estn las crnicas
muy de acuerdo, y para orquesta se ajustaron, por horas, un violinista y
un gaitero trashumantes, de los muchos que haba en la romera, y acaso
los nicos que  la sazn se hallaban desocupados. No estaban los
sedicientes msicos muy diestros en materia de aires seoriles, pero
eran muy amables y pacientes los obsequiosos petimetres; y  fuerza de
piafes y silbidos, lograron ensear al violinista el wals de _las
patatas_. No as al gaitero, que era de suyo ms torpe; pero, en cambio,
saba tocar el _Ay, ay, ay, mutillac_, el cual aire se acept para
rigodn, baile que ni de odas conoca el violinista. Adquiridos tan
indispensables elementos, dise principio,  las seis de la tarde,  la
distinguida diversin, con no poca sorpresa y hasta admiracin de la
gente menuda, que invadi bien pronto la pradera, formando ancho y
respetuoso crculo alrededor de los danzantes. Por aquel entonces an no
se conoca en Espaa la polka, y el _baile de los seores_ no solamente
no se haba aclimatado entre la gente del pueblo, sino que aun entre los
seores mismos eran limitadsimos los aptos para un lance improvisado
como el que se refiere. Y por cierto que deba de haber algo de
ignominia en ser de los ineptos, porque es cosa averiguada que, antes de
confesarse tal uno de ellos, _cram ppulo_, deslizbase rpido, y
primero se dejaba descuartizar que presentarse  media legua del baile.

El de que voy hablando concluy al anochecer; y como fu tan grato 
los que en l tomaron parte, hablaron stos del asunto en la ciudad,
cundi su fama en paseos y salones, y, por si iban mal dadas,
aprendieron  bailar los jvenes que an no saban, y los que saban
mal, se perfeccionaron. Los que pasaban por ncleo de la elegancia y
daban el tono en el pueblo, tomaron el lance todava ms por lo serio, y
convencidos de que con el aspecto que la cosa presentaba se haca
indispensable su concurrencia en bien de la culta sociedad, que
oficialmente pareca aceptar la innovacin, no dudaron en hacer un
sacrificio, comprometiendo, desde luego, hasta cuatro msicos de
profesin para la prxima romera.

 la cual concurri el _seoro_ en doble nmero que  las anteriores,
llevado de la tentacin de la orquesta, con cuya salsa, y la buena
disposicin en que se hallaban los nimos, se hizo una pepitoria de
bailoteo que tuvo que ver.

Tanto, que en la siguiente romera hubo hasta seis msicos y venticinco
parejas de primera fuerza.

Y as creciendo siempre la fama y el xito de los bailes campestres,
llegaron  hacerse de primera necesidad en todas las romeras prximas 
la ciudad, y  tal altura permanecieron durante algunos aos.

Al cabo de ellos, notse que la afluencia de curiosos era sobradamente
numerosa; se temi, no sin fundamento, un atropello feroz en el caso
probable de una paliza popular; vise, con justificable desagrado, que
el gremio de modistas y de costureras, aprovechndose de los perdidos
ecos de la orquesta, bailaba tambin  su comps en un prado inmediato;
y, por ltimo, se observ con indignacin que ms de una pareja de aquel
campo, intrusndose  la descuidada en el vecino, danzaban en l despus
con una familiaridad que rayaba en provocacin.

 todo esto, la polka haba atravesado ya la frontera, y se estableca
entre nosotros, no como un husped, sino como un conquistador.
Recordarn ustedes que haba sombreros  la polka, y pantalones  la
polka, enaguas  la polka y hasta natillas  la polka. Los chicos la
tarareaban en la calle, y las fregonas la piafaban en la fuente;
vinieron maestros de allende el Pirineo que la enseaban en veinte
lecciones, y las tomaban con avidez la jvenes distinguidas y los
hombres elegantes. Con aquella conquista famosa los salones de baile
sufrieron una transformacin radical; porque la polka no era un baile,
sino todo un sistema, toda una poca. No se olvide que en la _polka
primitiva_ haba su poco de dislocacin, mucho contoneo, y que hasta se
exigan, para bailarla en regla, tacones de metal en las botas. De modo
que bailar la polka era dar un espectculo, punto ms curioso que el que
dar pudieran la Gy Stephan  la Petra Cmara. Pero este espectculo, si
bien en los salones de la ciudad era de _buen tono_ ante una escogida y
culta concurrencia, delante de un populacho grosero y sobre la yerba de
un prado de Cueto  de Miranda, se prestaba  mil inconvenientes, el
menor de los cuales era el ridculo.

Por eso, y por las observaciones y peligros que ms atrs apunt, los
seores bailarines de las romeras determinaron amparar su diversin
favorita con un muro slido y elevado, contra la curiosidad irreverente
de la muchedumbre.

Y hete aqu que junto al campo de la romera se alquil una huerta de
altas tapias, y se sorrape una parte de ella, y se puso  la puerta un
hombre con orden terminante de no dejar entrar  nadie que no fuese
presentado  acompaado por alguno de los seores _que mandaban all_.

Con esta garanta de seguridad y de independencia, los bailes campestres
adquirieron nuevo vigor, y los autores de tan saludable pensamiento
merecieron bien de la culta sociedad santanderina.

Pasaron as algunos aos, y los elegantes directores de la ya popular
diversin veraniega, cediendo  los rigores del tiempo, que en su marcha
inalterable todo lo agosta, lo arruga y lo encanece, tuvieron que
abandonar como actores aquel teatro, y limitarse al papel ms cmodo,
aunque menos deleitoso, de espectadores.

La generacin que se present  sucederlos en el cargo que dejaban,
considerando,  la primera ojeada, que celebrndose algunas romeras 
mucha distancia de la poblacin, era preciso, para volver con el
crespsculo  casa, suspender el baile apenas empezado,  empezarle con
los garbanzos an entre los dientes; considerando adems que para las
seoras, rendidas de brincar, era demasiado largo y penoso y hasta
peligroso, el camino por las callejas de San Juan y San Pedro, y
considerando otras varias circunstancias no menos graves, y, por ltimo,
que la gente del _buen tono_ nada tena que ver con las rosquillas,
cazuelas de guisado, _pers_ y otros groseros excesos de las romeras.

Decret que en adelante los bailes campestres, respetando, enhorabuena,
como motivo de ellos, las romeras, tendran lugar, por las de San Juan,
San Pedro y San Roque, en las huertas de la Atalaya, y por las de
Santiago y los Mrtires, en las de Miranda. Y as se hizo con gran
xito y por largo tiempo.

Este perodo de los bailes campestres, que pudiera llamarse su _edad
media_, bien merece una especial mencin. Entonces entr yo en escena;
quiero decir que empec  bailar en ellos. Y lo advierto, no tanto por
motivar la historia que,  fuer de agradecido, voy  hacer, cuanto
porque tengan ms fuerza de verdad los detalles que apunte.

Y suceda entonces que una comisin, nombrada por eleccin de la que
cesaba, formaba una lista con los nombres de las personas que juzgaba
dignas de tan sealada honra. Esta lista se presentaba  cada uno de los
inscritos en ella, quien pona al margen de su nombre su conformidad, 
no tener luto reciente,  estar enfermo de gravedad. La primera vez que
se me busc  m con tal objeto, cre desmayarme de emocin; y con mano
trmula escrib en el correspondiente lugar del catlogo un S tan gordo
como dos ciruelas. Y no extrae nadie el suceso. Tena diez y nueve
aos, precisamente la edad, entonces, en que sentndole  uno mal los
juegos y entretenimientos de los muchachos, no poda, sin embargo,
entrar en la esfera de accin de los hombres; y as, sin saber  qu
zona arrimarse, porque en ambas estorbaba, le aquejaba cada pesadumbre
que le parta. Adems, en las listas de socios para los bailes de campo
no figuraba sino lo escogido de la juventud del pueblo, segn el
criterio de la comisin; de manera, que verse llamado por ella en lances
semejantes, era la declaracin solemne y oficial, no solamente de que
sala uno de la categora de chiquillo y entraba en la de mozo, sino en
la de mozo _distinguido_, activo y til. No era uno _masa_, no era
vulgo. Con tan honrosa credencial, estaba yo autorizado para saludar en
el paseo  las seoritas ms encopetadas, para tomar sorbete en el saln
principal del Suizo, para codearme con los hombres elegantes, y, sobre
todo, para entrar sin obstculo en los crculos cuyas puertas se
cerraban, por razn de _lustre_,  la inmensa mayora de mis
conciudadanos. Era esto costal de paja? Queda, pues, bien justificada
mi emocin al poner el primer _s_ donde le puse.

El mismo corredor de las listas nos entregaba la vspera del baile una
credencial de socio y tres billetes de convite, impresos en cartulina,
con letras de oro, y rubricados por la comisin. Distribudos stos con
las ms exquisitas precauciones,  fin de que los objetos de nuestras
atenciones no fuesen indignos de la dignidad de la fiesta, llegbase uno
con la credencial  la huerta de Aspeazu,   la de mi amigo Mazarrasa;
y all estaba lo bueno; es decir, un gran cuadro de terreno al aire
libre, cuidadosamente sorrapeado y regado; dos docenas de farolillos de
vidrio y hoja de lata, fijos sobre otros tantos mangos de cabretn, que
le circuan; ocho  diez msicos agrupados en un ngulo, y el mismsimo
repartidor, que guardaba la puerta y reciba los billetes. Nada digo de
la concurrencia, porque ya se sabe que era lo ms selecto de la
poblacin. Pues bien, todo ello junto no nos costaba al da siguiente
ms de tres pesetas  cada socio. Con tan liviano presupuesto se
procuraba  la florida juventud santanderina el ms apetitoso deleite de
cuantos ofrecrsele podan!

Saborendole como un nio un caramelo, con temor de que se acabase,
consuma cada baile de los cuatro  cinco que se le daban en todo el
verano; de modo que era una pena que desgarraba el alma ver en tales
ocasiones aproximarse la noche.

Si sta se presentaba serena y despejada, menos mal, porque se encendan
los farolillos y continuaba la danza otra hora ms; pero si Cabarga se
encapotaba y era la brisa hmeda, sntomas infalibles de lluvia
inmediata, daba la comisin las rdenes oportunas  los msicos, despus
de tomar las de las seoras; y all nos tenan ustedes bajando 
Santander, al comps de un pasodoble, cada uno con su cada una,
ofrecindoles aqu la mano para saltar una zanja, y all el pauelo para
sacudir el polvo.... Y era de ver, si llova, cmo las delicadas
slfides, sacando fuerzas de flaqueza, arremetan con el lodo,
cubrindose el busto con la falda del vestido! Y era hasta de admirar
aquella procesin de blancas enaguas, iluminadas apenas por la mortecina
luz de los veinticuatro faroles que enarbolaban los ms obsequiosos
acompaantes,  guisa de maceros  reyes de armas, en sus diestras!

Aqu de don Quijote!, pensaba yo una noche que tal suceda. Qu
hiciera con nosotros el valeroso manchego, si en esta guisa nos hallara?
No arremetera furioso contra esta muchedumbre, tomndola por escuadrn
de fantasmas,  por sarta de disciplinantes? Creera, si se lo jurasen,
que erais, entre tanto barro y azotadas, como vais, por la cellisca, las
ms mimadas flores del hermoso jardn de la Montaa?

Si al llegar  la poblacin no haba llovido ni caba temor de que
lloviera ya, haca alto la comitiva en la Alameda chica,  en el Muelle,
frente al Suizo; y en cualquiera de estos dos sitios continuaba la danza
hasta las once.... Y cuidado con reirse, jvenes pizpiretas de hoy, que
empezis  bailar  la hora en que, rendidos, lo dejbamos nosotros; que
an no soy viejo, y, sin embargo, bail en dos ocasiones y en distintos
aos (Dios me lo perdone!) delante de la Capitana del Puerto; lo cual
quiere decir que, si no vosotras, algunas de vuestras hermanas me
sirvieron all de pareja; all, sobre las mismas losas en que se
arrastran las narrias y se celebran los cabildos de los mareantes de
Abajo, y se bergan las barricas de aceite!

Pero estos inconvenientes,  pesar de justificarlos la costumbre, no
podan menos de obrar de una manera desagradable en el nimo de los
hombres llamados  fomentarla y  perfeccionarla en lo posible. As fu
que un da, dndose  pensar muy seriamente sobre el asunto, concluyeron
con este fundadsimo razonamiento: Toda vez que no formamos ya parte de
las masas, y somos independientes, y nada tenemos que ver con las
fiestas de la muchedumbre, por qu hemos de dar nuestros bailes
precisamente en das de romera? Y si, prescindiendo, como debemos
prescindir, de esta causa, elegimos los que ms nos acomoden del verano
para bailar, por qu no hemos de hacerlo  la puerta de casa y con toda
tranquilidad?--Y aquellos infatigables reformadores columbraron al
punto en el barrio de Santa Luca, la huerta de Noriega; en la cual
huerta haba un juego de bolos, y el cual juego de bolos estaba rodeado
de un cobertizo de tablas,  modo de pesebrera; y exclamaron:--_Voi-ci
notr'affaire_, es decir, aqu est lo que necesitamos: amparo contra el
relente y la lluvia, proximidad al hogar de cada uno,  independencia
absoluta. Para corresponder  este esfuerzo, los dems socios se
comprometieron  serlo, por lo menos, de cuatro bailes en cada
temporada, logrndose de este modo que en la primera se diesen seis, de
los cuales el menos favorecido se acab  las once, porque haba
empezado  las ocho, por aquello de que estaba  la puerta de casa.
Cubrise, para alguno de ellos, el saln-bolera con un pabelln  bveda
de rsticas guirnaldas; y con esta mejora y otras anlogas, pas la
cuota individual por encima de cinco pesetas.

Al siguiente ao se alumbr la huerta con gas; y como  sus fulgores se
vea muy claro, presentronse las damas, muy compuestas,  las nueve; no
empezaron  bailar hasta las diez; las ms rendidas lo dejaron  las
doce..., y subi la cuota  treinta reales.

Estos despilfarros puede decirse que sealan el comienzo de la _era
moderna_ de los bailes campestres de Santander.

Entretanto, las costureras, que haban venido siguindolos desde los
prados de San Juan hasta las huertas del Alta, y rindindoles culto 
sus propias expensas, prescindieron tambin del motivo de las romeras
para bailar, y tambin se bajaron  la poblacin para bailar ms
tranquilas, y pujaron el alquiler de la mismsima huerta de Santa Luca,
y no hallaron sosiego hasta que lograron bailar en ella con el mismo gas
y el propio decorado de las seoras, aunque en distintos das.

ste y otros disgustos anlogos pusieron  los provocados en la
necesidad de hacer un esfuerzo heroico..., y le hicieron  fe ma.

Media docena de esos hombres de buen gusto, que  todo van  un baile
ms que  bailar, se hicieron las siguientes reflexiones: Que la pasin
de la danza tiene hondas races en la buena sociedad de este pueblo, es
innegable: nosotros la hemos visto bailar sobre el hmedo retoo de las
praderas, entre las coles y cebollinos de las huertas, sobre los
guijarros de la Alameda y sobre los adoquines del Muelle; derretirse los
sesos bajo un sol africano  las cuatro de la tarde, por llegar  las
cinco  la romera y bailar en ella hasta las siete, volver despus, al
crespsculo, medio  tientas, por callejas y senderos, y _aliquando_
meterse en barro hasta las corvas..., y siempre impvidas, y siempre
pidiendo _ms!_ Esta devocin raya en fanatismo, y est exigiendo 
gritos un templo que vamos  proporcionarle nosotros, sin miedo de que
nos falte nunca el concurso de los fieles para sostener el culto.

Y alguno de aquellos hombres, con un desprendimiento digno de su
carcter, anticip una cantidad efectiva, en la cual los duros entraban
por miles. Adquirironse terrenos y plantas y arbustos al efecto, y
vinieron jardineros de _extranjis_, que cobran caro, eso s, pero que
bordan cuanto ejecutan en el _arte_; y all van candelabros, y all van
surtidores, y canastillas, y glorietas, y toldos y _diabladuras_.
Arreglado el saln al gusto de los ms flamantes modelos, redactse una
constitucin fundamental; elevse, segn ella,  doce el nmero de
bailes en cada verano, y el de los de compromiso para cada socio, y la
cuota de stos  dos duros por cada uno de aqullos, y se prohibi la
entrada en el saln, en noches de fiesta,  toda persona del pueblo que
se hubiese negado  ser suscriptor. Imprimise una lista con los nombres
de ms de doscientas personas barbadas que aceptaron las bases citadas,
y otras que no necesito citar, y, por ltimo, encomendse la
administracin y casi direccin de todo este laberinto,  la
_Guantera_, acto que, por s solo, daba la vida, el calor y la
perdurabilidad  aquel cuerpo tan bizarramente construdo.

Como vivo y elocuente testimonio de la exactitud de mis ponderaciones,
ah est, entre las dos Alamedas, enfrente del antiguo _Reganche_, y
cada da ms frondoso, ms cultivado, ms pulido, ms bello, el famoso
jardn,  saln de _Bailes de Campo_, delicia de los madrileos, y
asombro de los castellanos de Amusco y Becerril, que nos visitan durante
la estacin de los baos de mar.

Las fiestas que en l se celebran no afectan ya peculiar y
exclusivamente  un grupo determinado de personas: son otros tantos
acontecimientos que preocupan, agitan y remueven  las tres cuartas
partes de la poblacin:  la una, porque es la que baila all;  la
otra, porque va  ver bailar,   pasearse por los jardines,   cenar
en el ambig; y  la otra, porque ... juzguen ustedes: la otra tiene que
subdividirse en tres grupos: el destino del primero es situarse en la
calle de Vargas, frente  la puerta del saln, donde se pasa dos horas,
 pie firme, como un soldado ruso, escuchando la msica y contemplando
el alumbrado del local; el segundo se coloca en la Alameda chica para
revistar escrupulosamente los trajes de las seoras que van  bailar; y
el tercero, se encierra en casa para en un caso de apuro, disculpar al
da siguiente, con un supuesto dolor de cabeza, su ausencia del baile,
que en rigor, fu motivada por la falta de un vestido,  de un billete
de invitacin,  de ambas cosas.

Entre la gente que baila y brujulea, se halla la gran mayora de los
forasteros que  la sazn residen en la ciudad; con lo cual queda dicho
que el saln campestre, en los quince aos que cuenta de vida, hase
visto hollado por los pies ms insignes que en aristocracia, belleza,
poltica, ciencias, artes, literatura, armas ... y tauromaquia, ha
producido y sostiene el suelo espaol. Y por si tanta honra pareciese
escasa al lector, quiero que sepa que tambin regias plantas de dos
dinastas se han deslizado sobre el polvo de aquel rstico pavimento. 
qu decir ms en abono de sus timbres de _nobleza_?

De su crdito en la plaza, pregntese  Romea, Teodora Lamadrid, Arjona,
la Ristori y otras celebridades escnicas. Todas ellas, al buscar en el
domingo, da clsico de huelga y despilfarro en los laboriosos pueblos
de provincias; al buscar, repito, en el domingo el desquite de las
flojedades de entrada de toda la semana, se han hallado con el baile
campestre que les arrebataba, en masa, la concurrencia ms cara, ms
abundante y ms lujosa, es decir, el alma del negocio. Por eso, antes
que con el pblico, estos artistas insignes dieron ltimamente en la
feliz ocurrencia de ponerse de acuerdo con la junta directiva del baile,
que, en honor de la verdad, casi siempre ha accedido  respetar los
das festivos, dejndolos para dar culto  Tala y Melpmene, visto que
la saltarina Terpscore no se ha de ver desairada aunque toque  funcin
en noche de Difuntos.

Sobre este pueblo ha llovido en pocos aos cuantas plagas son
imaginables: crisis econmicas que han reducido  polvo en una noche
fortunas tradicionales; epidemias asoladoras que han diezmado las
familias y cubierto de luto  la poblacin. Todo en ella ha cambiado de
aspecto  los rudos embates de la calamidad, todo ... menos los bailes
campestres, que entre las ruinas del comercio y la melancola del luto,
se les ha visto retoar al verano siguiente ms concurridos, ms
ruidosos y ms animados que nunca. Sin embargo, el mismo pblico que
gime y se lamenta durante el invierno, es el que baila en el verano.
Inescrutables misterios de la humanidad, que yo respeto y admiro!

Por eso los tales bailes son la nica curiosidad que podemos ofrecer ya
en Santander  los forasteros que nos visitan durante el esto; el nico
aliciente, el mejor cebo.

Y en verdad que es muy justificable el afn con que le tragan los unos,
y la especie de orgullo con que se le brindan los otros. Nuestro saln
campestre, en una noche de baile, es una cosa encantadora; aquel
conjunto de bellezas, as humanas como rsticas y de artificio; aquel
enjambre de mujeres hechiceras, arrastrando el lujo y la vaporosidad de
sus trajes y prendidos entre el otro lujo exuberante de la vegetacin, 
media noche,  la luz misteriosa que producen los destellos del gas
quebrndose en el verde follaje de los rboles; los ecos de la invisible
orquesta, el ambiente, la.... Vamos, que tiene aquello algo de
fantstico que no se comprende bien  no contemplarlo.

Los famosos jardines parisienses de _Mabille_ son muchos ms esplndidos
que los de la calle de Vargas; el lujo de las mujeres que en aqullos
bailan, quiz es ms deslumbrante que el de las que asisten  stos;
pero qu diferencia entre el efecto que en el nimo produce la
contemplacin de uno y de otro cuadro! Lo primero que lamenta un hombre
honrado en Mabille, al ver aquellas beldades, hez de la sociedad,
verdaderos sepulcros blanqueados, entregarse  los ms repugnantes
alardes de impudor, entre las frenticas dislocaciones del obsceno
_cancn_, es que  tanto y tan asqueroso vicio se haya erigido un templo
tan hermoso; y como consecuencia de tan oportuna lamentacin, chase uno
 considerar lo que aquello sera y el apacible deleite que ofreciera
si, en lugar de las turbas de impdicas artificiales bellezas que se
subastan all, haciendo, para lograrlo mejor, una repugnante gimnasia,
lo poblaran mujeres honradas y de buena educacin.

Pues bien, este deseo se cumple hoy en Santander por una rarsima
excepcin entre todos los pueblos de Espaa. En algunos de ellos, y por
motivos extraordinarios, se ha visto bailar en el campo  la gente del
_buen tono_, una vez, dos, tres ... las que ustedes quieran; pero
repetirse estos bailes con tal xito y de manera que la repeticin haya
llegado  crear una necesidad pblica, una costumbre caracterstica ya
de toda una clase social, precisamente la ms remilgada y escrupulosa,
gloria es que, por extrao privilegio, corresponde  Santander.

--Y por qu?--me han preguntado al notarlo ms de un forastero.

--Por qu vuela el ave?; por qu corre el gamo?--les he respondido
yo;--y por qu se dan los dtiles en Berbera, y las naranjas en
Murcia, y el arroz en Valencia? Pues por causas anlogas, por razones
idnticas _se dan_ aqu los bailes campestres, como en ninguna otra
parte; y en vano se afanarn ustedes por aclimatarlos en sus respectivos
pases, como fuera ocioso que nos emperamos nosotros en propagar en
ste la palmera, el guayabo ...  las academias. Los bailes campestres
germinan y se desarrollan aqu espontneamente, como la hiedra y los
_poleos_, y viven y se reproducen,  pesar de todos los pesares, y son
un artculo veraniego de primera necesidad, un _rasgo_ peculiarsimo que
forma parte de nuestro carcter, un detalle de nuestro tipo, como, en
concepto de _los seores de Madril_ que nos conocen _de odas_, las
sardinas, las narrias, los cuvanos y las amas de leche.

Deben, pues, desechar su pesadumbre aquellos seres pusilnimes que temen
que llegue un da en que el saln-jardn de la calle de Vargas cese en
el destino que hoy tan gloriosamente cumple. En todo caso, si ese templo
se destruyese, pues condicin es de toda humana obra el ser efmera y
perecedera, otro tan suntuoso se alzara de contado para sustituirle: yo
lo fo[16]. Sin teatro y sin escuelas podramos vivir; pero sin _bailes
campestres_!... Horror!

1872.

FOOTNOTES:

[Footnote 16: La profeca se ha cumplido este ao. En el jardn de la
calle de Vargas se acaba de construir un Circo ecuestre; pero los bailes
se han trasladado al espacioso saln del _Casino_ el Sardinero.

_(Nota del A. en 1885.)_]





EL FIN DE UNA RAZA

I


Nos despedimos de l diez y seis aos ha, y ya era viejo entonces. Iba
Muelle arriba, descollando su gigantesca arboladura sobre un enjambre de
pescadoras y granujas que le rodeaban. Geman unas, suspiraban otras, y
se secaban los ojos muy  menudo con la orilla del delantal,  con el
dorso de la mano, mientras hormigueaban entre ellas los muchachos con el
escozor de la curiosidad. Hablaba l con todos sin mirar  nadie,
forjando los secos razonamientos  empellones, como si derribara las
palabras de sus hombros y les diera el acento con los puos. Quien slo
le viera y no le escuchara, tomrale por fiero capataz de un rebao de
esclavos, y no por el pao de lgrimas de aquella turba de afligidos.

En tanto, cerca del promontorio de San Marn balancebase un buque del
Estado, arrojando de sus entraas de hierro, entre sordos mugidos,
espesa columna de humo que el fresco Nordeste impela hacia la ciudad,
como si fuera el adis fervoroso con que se despedan de ella, y de
cuanto en ella dejaban, quiz para siempre, agrupados junto  la borda,
los valientes pescadores santanderinos, arrancados de sus hogares por la
ltima _leva_.

Yo la describ entonces con sus menores detalles, y los nombres de sus
hroes llegaron ms all de las fronteras de su tierra patria, no por
virtud del artista que traz el cuadro, sino por la importancia del
sujeto de l. Pero de todos aquellos nombres, ninguno son tan recio
como el de _Tremontorio_, el arisco y hercleo marinero del Cabildo de
Abajo, curtido por todos los climas y batido por todos los mares del
mundo. Esta preeminencia, y alguna razn de arte, que se expondr en
sitio conveniente de este cuadro, me obligan  trazarle para que sepa el
curioso lector qu fu de aquel castizo personaje desde que, en la
apuntada solemne ocasin, se separ de l el ltimo de los granujas que
le haban rodeado, y solo y triste y refunfuando, comenz  subir
lentamente los carcomidos  inseguros peldaos de la escalera de su
casa.

Al llegar al fementido buhardilln en que le conocimos, tranc la puerta
por dentro, sentse con dificultad sobre un casi invisible taburete de
pino, carg la pipa, encendila, chup; y cuando espesas nubes de humo
le envolvan la cabeza, la dej caer entre sus nervudas, angulosas y
curtidas manos, despus de afirmar los codos sobre las rodillas. As
permaneci largo rato, oyendo los alaridos que de vez en cuando lanzaba
la mujer del Tuerto en el buhardilln contiguo. Luego not que le
llamaban, y gru al conocer la voz; pero, aunque de muy mala gana,
alzse del banquillo y sali al balcn. En el de la otra buhardilla le
esperaba la mujer del Tuerto, con los prpados hechos ascuas, las greas
sobre los ojos, la cara embadurnada con la pringue de las manos disuelta
en lgrimas, en mangas de camisa, desceido el refajo y medio
descubierto el enjuto seno.

Al ver  Tremontorio, comenz  gemir y  echar por la boca preguntas y
exclamaciones  torrentes, mientras revolva el bardal de su cabellera
con las puntas de los trmulos y crispados dedos de sus manos.

--Se fu el venturao de Dios?... Mariduco de mis entraas!...
Lloraba, to Miguel?... Sa alcord anguna vez de m?... Dgamelo, to
Tremontorio, que se me est partiendo el alma de pura congoja!... Ir
muy lejos?... Volver?... Tardar mucho?... Ay de m, probe!...
Sola me dej y sin arrimo!... Hasta el de las inocentes criaturas me
falta!... Las que par, to Miguel; las que cri  mis pechos! Me las
han arrancao de casa!... Bien s yo quin!... Bien s yo por qu!...
Pero al otro mundo no ha de ir  pagarlo la muy sinvergenza, cuentera
y borrachona!...

Y en esto miraba al balcn de su suegra, echando todo el desaliado
busto fuera de la balaustrada. Tremontorio no haca ms que contemplarla
por debajo de sus cejas grises, pero, qu _celajes_ de su mirada! No la
dulcific el viejo marinero cuando la sardinera volvi  encararse con
l; antes bien, carg de nubes el ya tempestuoso cariz de su entrecejo,
y por toda respuesta  tantas preguntas y declamaciones, larg  su
vecina,  quemarropa, con la voz de un caonazo, esta sola palabra:

--Bribona!

En seguida vir en redondo, con la calma y la solemnidad de un navo de
tres puentes; se encerr en su guarida, tendise sobre el jergn, y as
le cogi la noche.

Tambin haba vuelto del Muelle el to Bolina, y encerrado estaba en
casa con su mujer y sus nietezuelos, desnudos, sucios y medio
atolondrados desde la despedida de su padre, el atribulado Tuerto.

Al ver la sardinera que por aquel da no haba modo de reir con nadie
desde el balcn, encerrse tambin en su caverna; sac de un escondrijo
una botella de aguardiente, bebise cerca de la mitad; y cuando los
vapores de aquel veneno comenzaron  adormecerla, acercse balbuciente y
con paso mal seguro  la sucia y fementida cama, y en ella se desplom,
revolcndose all como cerdo en su pocilga.




II


Cambi de observatorio, por razones que no le importan un rbano al
lector, y durante tres aos nada supe de estos personajes. Un da me
llevaron mis recuerdos y mis inclinaciones  visitar la calle en que los
haba conocido. Busqu con afn la casa que habitaron; pero no di con
ella. En su lugar se alzaba otra flamante, con balcones de hierro y
vidrieras con cortinillas. Ni rastros quedaban all de la gente que yo
iba buscando. Pregunt por ella  un antiguo convecino, y me di estas
noticias solas:

Al ao de marcharse el Tuerto, que an andaba en la Armada, muri de
viejo su padre, el to Bolina; y la viuda de ste, seis meses despus,
de soledad ... y tambin de vieja. Entonces recogi la sardinera sus
hijos, y desapareci con ellos de la casa y de la calle. Cuando ya
Tremontorio juzgaba excesiva la soledad de su buhardilln, pues la
vecindad de Bolina era una necesidad para su alma, aunque l crea otra
cosa, antojsele al propietario derribar la casa y construir otra capaz
de ms lucidos inquilinos; con lo cual, el clibe pescador traslad sus
penates  una bodega de la calle del Arrabal, donde viva desde entoces,
dedicando, como de costumbre,  hacer redes primorosas, todo el tiempo
que le dejaba libre la lancha en que tena una _soldada_.

Andando los meses, volv  verle en el Muelle, unas veces con el cesto
de los aparejos al brazo y el _sueste_ en la cabeza, de vuelta de la
mar; y otras arrimado  las jambas de una puerta, silencioso y
encorvado, como esas caritides de la Arquitectura que sostienen bvedas
con las espaldas. Y no le vi ms en mucho tiempo.

Ocurri por entonces en Espaa uno de esos acontecimientos que hacen
raya en la historia de los pueblos; marejadas de fondo, como dira
Tremontorio, cuyas ondas, bajo un cielo sereno, sin saberse en dnde
nacen, son ms impetuosas  medida que caminan; y llegan  la costa, y
baten sus peascos, y no hay entre ellos cueva, ni boquete, ni
escondrijo donde la furia no meta su desgreada cabeza con pavoroso
estruendo, ni puerto tan seguro que no reciba sus espumas y sienta
estremecerse el limpio cristal de sus aguas. As se hizo sentir la
fuerza de aquel acontecimiento excepcional, hasta en los hogares ms
apartados del calor de la poltica y de las pasiones de partido.

En otra parte he hablado yo del desdeoso estoicismo de los mareantes de
Santander enfrente de la maravillosa transformacin que vena
verificndose en esta ciudad, as en lo moral como en lo material. El
empuje de este vrtigo reformista derribaba sus apiadas viviendas y
secaba los fondeaderos tradicionales de sus lanchas; pues se echaban al
hombro los pobres harapos de su ajuar, buscaban otro agujero en que
meterse con ellos y un nuevo sitio en que fondear sus embarcaciones, sin
volver la vista atrs, ni drseles una higa por todo el ruido y aparato
de la nueva civilizacin que los iba acorralando poco  poco. Para ellos
no haba en el mundo cosa seria y bien ordenada sino la mar, y la mar la
haba hecho Dios con el exclusivo objeto de que pescaran en ella los
matriculados. Esta mar, es decir, cuanto de ella abarca la vista de un
marinero desde la punta de Cabo Mayor; sus celajes, sus pescados, sus
brisas y sus tormentas; las _costeras_ del besugo, del bonito, de la
sardina; los asuntos del Cabildo; el escaso valer del _otro_ (jams hubo
avenencia entre el de _Arriba y_ el de _Abajo_), y lo poco ms que
pudiera relacionarse con estos particulares, eran el mundo de estas
honradas gentes. Todo lo restante no vala  sus ojos una _sula_. Fuera
del gremio, no conocan  nadie en el pueblo; y de las diversas clases y
categoras de ste, slo citaban alguna que otra vez, pero como quien
habla de cosas del otro mundo,  _los comerciantes del Muelle_. As
vivan apegados, desde tiempo inmemorial,  lo exclusivamente _suyo_: y
en usos, traje, acento, y hasta lengua, fueron siempre en Santander lo
que el peasco en la mar: bello para el artista; un estorbo para los
mltiples fines de las humanas ambiciones.

En tal estado de virginidad recibi esta gente las primeras noticias del
acontecimiento de que bamos hablando. No hay para qu decir que no hizo
maldito el caso de l. Pero cuando, abiertas las vlvulas  todos los
pareceres y  todas las ideas, fu llegada la hora de echarse cada cual,
 campo-travieso, en busca de terreno para alzar una ctedra en l, qu
_doctor_, por corto que fuera de alcances, no haba de descubrir,  la
primera mirada, el mejor de los terrenos para aquellos fines en la pura,
tradicional, primitiva sencillez de la clase marinera? As fu que,
lloviendo sobre ella apstoles de la flamante doctrina, comenz 
reblandecerse al son de tantos himnos y jaculatorias, y acab por
quedar encantada sin saber de qu, como el hombre de las selvas al oir
las melodas de una flauta. Desde entonces se lanz, con la pasin de
los nios en libertad,  balbucir palabras, que no entenda, del nuevo
vocabulario poltico;  las _manifestaciones_ pblicas; al _club_ y 
las urnas electorales, siendo muy de advertir que en este entusiasmo
iban siempre delante las hembras, las cuales hubieran llegado  emular
las glorias de las _calceteras_ de Robespierre, si las circunstancias lo
hubieran exigido. Jams se ha visto una transformacin ms radical ni en
menos tiempo.

Sin embargo, no hubo medio de meter el diente  Tremontorio. Estaba
fondeado  dos anclas en su puerto natural, y no haba fuerzas humanas
que le sacaran de all.

-- pedricar al limbo, tia, que est lleno de inocentes!--deca  los
catequistas que se atrevan  hablarle ... desde lejos.--Pero  m!...
Yo ya s que si quiero comer tengo que jalar del remo y jugarme la vida
en la mar seis veces  la semana.... All sus quisiera yo ver, tia!

Si se le replicaba que precisamente para mejorar las condiciones del
oficio era para lo que se le quera atraer al partido, aada hecho un
veneno:

--Pamemas, tia; que si tan bueno fuera lo que tenis  la mano, no vos
acordarais de ofrecrmelo  m; sus lo guardarais para vusotros,
retia.... Si soy _mule_ viejo!... no vus cansis en calarme la
serea!

Y no morda la _ujana_, el muy ladino.

En stas y otras, presentsele un da el Tuerto con las manos en los
bolsillos y la cara hecha un vinagre.

--De onde vienes, tia?--le pregunt el viejo mareante, abrazando con
cario, pero muy admirado, al aparecido.

--Del departamento--respondi el Tuerto.

--Del departamento! Pues no mandaste carta de all, hace ocho das,
para m  Patuca, que sabe leer y escrebir?

--Cierto.

--Pus n me decas entonces de venir tan ana. Cmo es eso, tia?

--Porque al otro da de escribirle  ust se prenunci la gente de la
freata.

--Tia! Y t tambin?

--No, seor...; pero me vi revuelto en la tremolina, sin saber cmo.

--Y  cuntos prenunciaos colgaron de las gavias?

-- denguno.

--Retia! Cundo se vi eso?... Y sers capaz de venirte sin
licencia?

--No, seor; traigo un pase.

--Pos quin te le di, cuando debieron haberte ledo la sentencia de
muerte?

--Un cabo de can y un terrestre de mucha soflama que mandaban all.

--Y el seor comendante y los oficiales?

--Harto tuvieron que hacer con tomar puerto en la cmara, despus de
tumbar  media docena de prenunciaos.

--Pero, retia, cmo no te ahorcaron al saltar  tierra?

--Porque se tuvo por bueno el pase que me dieron  bordo, firmado por el
terrestre.

--Y eres t capaz de tomar cosa anguna de un terreste que se mete 
mandar en una freata de guerra?

--Pero si no haba otro remedio, puo!; y adems, yo era ya cumplido, y
de un da  otro tenan que despacharme.

--Con su cuenta y razn, tia; no de ese modo!... Un terrestre!  la
_Ferrolana_ pudo haberse atracado l  repartir licencias cuando dbamos
la vuelta al mundo! Bien saben ellos nde se meten!... Harto ser,
tia, que no te gelvan  llamar; porque la ley es ley, y el que la hace
la paga, si no es hoy, maana!

--Pues, puo, con golverme por onde vine.... As como as, pa ver lo que
yo acabo de ver, morirse es mejor, cuanti ms golver al servicio.

--Qu vistes, hombre?

--Lo ltimo, puo; lo ltimo que me quedaba que ver! Y cralo, to
Tremontorio: ms me apesaumbra esto, que el venir con el pase del
terrestre.

--Pero qu vistes?

--Psmese, hombre! Ahora mesmo, al pasar por el Muelle, he visto  la
mi mujer vestida de comedianta, con un gorro  modo de pimiento, una
casulluca con estrellas, y un pendn lleno de letreros, y ms de un
centenar de babiecas detrs de ella echando vivas yo no s  qu.

--Eso es de todos los das, hijo; y no te pasmara si hubieras visto lo
que yo voy viendo. Pero no tiene ella la culpa, tia; que si no la
pagaran por eso, no lo hiciera.

--Tarascona!...; la he de romper los pocos huesos que la dej sanos....
Pero, y los hijos, to Tremontorio? Qu ser de ellos con esa madre?
Quiero ir ahora mismo  su casa para recogerlos.

-- su casa, tia? nde est ella? Sabe naide si tiene casa la tu
mujer?

--Pus nde duerme, puo?

--Onde le coge la _cafetera_, hijo; con el ite de que no la suelta dende
que anda con esa arbolaura por las calles.

--Y los hijos?

--Los hijos, si no hay quien por carid los recoja  las puertas del
Muelle por la noche, all se la pasan  la timperie.... Bien s yo,
tia, quin los quita el hambre y los da abrigo muchas veces; pero uno
no puede estar en todas partes, ni ellos acuden  uno siempre que
debieran.... Porque, retia, la verd es que se han hecho ya  la
bribia; y por el cars que traen, van  hacer buena  su madre.

El Tuerto no quiso oir ms, y sali de la bodega de Tremontorio, echando
llamas por los torcidos ojos y maldiciones por la boca.




III


Crea el valiente veterano de la _Ferrolana_ que, aunque con
trabajillos, lograra irse haciendo  los nuevos resabios del gremio, y
vivir en paz, si no  gusto, los pocos aos que le quedaban de vida; y
por conseguido lo daba ya, cuando cay sobre sus anchas espaldas el peso
insoportable de un infortunio con que jams haba soado. Este golpe de
muerte fu la abolicin de las matrculas y la supresin de los
cabildos, decretadas por el Gobierno imperante.

Crey volverse loco con la noticia, y tard muchos das en tragarla por
cierta. Cuando no pudo negarla, no le caba en su casa, y se largaba 
la ajena,  al Muelle,  desahogar la ira con el primer camarada que
hallaba  sus alcances.

--No hay otro remedio que tragarlo, to Tremontorio--le decan otros
pescadores un tanto desengaados; pues cuando pidieron, por extraas
sugestiones, la abolicin de las matrculas con el fin de verse libres
de las levas, nadie les dijo, ni ellos lo cavilaron, que al desprenderse
de una carga tan pesada, perdan, en consecuencia, el monopolio del mar
y del puerto, que era la recompensa de ella.

--Que no hay otro remedio!--exclamaba Tremontorio, haciendo crujir los
puos.--Eso lo veremos, tia! Quin lo ha mandao?

--El gubierno de arriba.

--Quines son esos gubiernos pa meterse en la hacienda de los
mareantes? Qu saben ellos de cosas de la mar?

--El que manda, manda, to Tremontorio.

--No en mi casa, tia!

--Pues la ley es ley ahora y siempre.

--Por eso mesmo:  la ley me agarro, y viva la de nusotros!

--Pero una ley mata  otra, y la nueva es la que vale.

--En lo terrestre, pase; pero no en lo de la mar!

--Pero, hombre, y dempus de bien desaminao, qu vale too ello? Y
aunque valiera, si nos quitan las levas....

--Las levas ... retia! Siempre las tenis delante de los ojos pa
espantarvos el sueo.... Dos me cogieron  m, y vos digo que no me pesa
ahora que sal de ellas.... Ms debiera espantarvos esto otro.... Si,
seor, tia; y ciegos sois si no lo habis visto bien claro. Con esa
orden de arriba, se dice abro la puerta  la mar...; y all voy yo, y
all vas t..., y all van _ellos_, tia!...; porque detrs de nusotros
podr ir, con la ley en la mano, el raquero del Puntal, el chalupero de
las Presas y toos los tiosos de la costa de la bada.... Y esto no lo
aguanto yo, retia; que la mar se hizo pa los hombres que deben andar en
ella y han andao siempre, nde se ha visto que la gente del _muergo_
sea quin pa dir conmigo  la pesca de altura?... Ves digo que no
tendris vergenza si vos dejis igualar por esa grumetera.... Pos
dgote al respetive de lo de los cabildos! Qu semos ya los mareantes
sin ellos? Ande vas t? Ande voy yo, que valgamos dos _luciatos_?
Quiere decirse, tia, que, de hoy palante, tanto da ser callealtero como
de nusotros...; toos seremos unos.... Pa ellos estaba, retia!

--Too eso est muy bueno; pero considere que est escrito en ley all
arriba, y que de na sirve lo que nusotros estipulemos ac abajo.

--Ya vers si sirve, tia. Por de plonto, sepan esos gubiernos que
Tremontorio no gelve ms  la mar con esa ley.

Y no volvi el testarudo veterano. Las redes le dieron para casa y pan,
y el canon de su lancha para compao. Pero advirti, andando el tiempo,
que,  pesar de la nueva ley, la mar no haba sido profanada por los
_anfibios_ de la costa de la baha; y como adems se aburra mucho
estando siempre en tierra, y la mar le _jalaba_ como de cosa propia,
resolvise  estudiar el punto ms  fondo, por si podan conciliarse su
tesn y sus deseos. La nueva ley abola, es cierto, la antigua
matrcula; pero exiga, en cambio, una inscripcin que daba  los
inscritos privilegios parecidos  los que tuvieron los matriculados; y
en cuanto  los cabildos, tambin quedaba algo,  modo de gremio, para
sustituirlos.

No le llen el ojo nada de esto  Tremontorio, pero, al cabo, era algo
que pona centinelas  la puerta de la mar; y como adems le ponderaron
mucho las _ventajas_ sus compaeros de fatigas, y l tena grandes
deseos de conformarse, conformse, aunque  regaadientes, y volvi  su
lancha.

Para entonces, los diez aos corridos desde que le conocimos en la _La
leva_, ya sesentn haban hecho honda mella en su persona. Estaba ms
encorvado, ms flaco, algo trmulo, y con la grea, las patillas y las
cejas enteramente blancas, muy speras y muy largas. Pero su vestido,
como su carcter, era el de siempre: el mismo gorro cataln, la misma
camisa de bayeta verde sobre la de estopa interior, los mismos calzones
pardos de ancha campana y amarrados  la cintura con una correa, y los
mismos zapatos, sin tacones y sin lustre, sobre el pie desnudo.

Consigno este dato, porque  la sazn no era ya este traje el
caracterstico del oficio. En los aos pasados desde el consabido
acontecimiento, la gente marinera haba ido confundindose en todo con
la terrestre, as en ideas como en hbitos y costumbres. Lo cual no
dejaba de exasperar  Tremontorio, y dbale  menudo ocasin de fulminar
sus embreados apstrofes sobre los _pinturines_ pescadores que caan por
su banda.

En una de estas ocasiones le vi yo en el Muelle. Estaba hecho una
tempestad, en medio de un grupo heterogneo y abigarrado, aunque se
compona exclusivamente de marineros. La verdad es que, siendo
Tremontorio el nico que se hallaba en carcter all, y, como si
dijramos, en su propia casa, pareca el intruso y el pegadizo entre
tantos degenerados.

--Ya se ve, tia--deca cuando yo pasaba, y por eso me detuve 
escuchar:--dende que vais al voto y  esos pedriques con el seoro
pudiente, y andis tan empavesaos, que vus ha de paicer este patache
carbonero? Pus, tia, de mi madera sois, con toa esa fantesa; y el ms
 el menos de trapo, no le hace al casco tener los fondos mejores.... Ni
barrunto que de ayer ac vos haya cado denguna herencia de repente, pa
echarvos tanta guinda.... Onde se ve la gente es en la mar, retia!; y
que se diga muy recio si en ms de tres duros y medio[17] que ya cuento,
le he pedido  anguno remolque all!

Replicle uno que el andar bien portao no quitaba fuerza ni valor  la
presona.

--Taday, niquitrefe!--djole Tremontorio con el mayor desprecio.--Si
sois valientes entoava y jalis del remo como yo, es porque lo habis
mamao, y all vos queda.... Eso es del cabildo de abajo, spastelo
bien.... Retia, qu gracia!... Pero que vos d otro tanto la vida que
trais.... Surbia vos dar!

--Y lo que ust no guipa, porque ya est fuera de
combate--respondironle en son de zumba.

--Pintura, digo yo  eso!--replic el veterano con mucho
retintn;--aunque bien desaminao el ite de ese particular, qu tenis
ya que recibir de naide? Qu vus falta? Vusotros, el rels de plata;
vusotros, la bota fina; vusotros, el camisoln de plegues; vusotros, la
cachucha de _rasols_.... Pus ya, retia, por poco ms, echarvos el
bastn y la casaca, y dirvos al Suizo con los seores del Muelle, 
tomar chocolate con esponjao y leer los boletines de arriba.... Las
rentas no han de faltarvos pa sostener el seoro, porque ya tenis una
racin de hambre y otra de necesid.... Retia con la piojera de tres
gavias!

Dijo, mir con ira  los zumbones que le rodeaban, y rompi el cerco,
bambolendose al andar, como buque de mucho porte que toma la barra
seguro de llegar al puerto.

FOOTNOTES:

[Footnote 17: Ms de setenta aos.]




IV


Amaneci un da con el viento al Sur, casi en calma: el cielo, sonrosado
con algunas nubes aturbonadas; la baha, como un espejo; la mar, como un
lago; la temperatura,  placer; el campo, verde y fragante; las flores,
mecindose sobre los tallos; los rboles, entreabriendo sus hinchadas
yemas y asomando por ellas las tiernas esmaltadas hojas, que se
estremecan y se desplegaban al sentir por primera vez el calor de los
rayos del sol vivificante; la sonora voz de las campanas de todos los
templos, llenando de armonas el espacio; y el movimiento y la
circulacin, interrumpidos por la solemnidad de los das anteriores,
restablecindose bulliciosos en todas las arterias de la poblacin.

--Hermoso da!--exclamaban las gentes de tierra, encaminndose 
continuar los suspendidos negocios,  frotndose las manos  la puerta
del almacn,  contemplando la naturaleza desde las entreabiertas
vidrieras del gabinete. Y el fervoroso cristiano que volva del templo,
lleno su corazn de msticos regocijos; y el clibe egosta que,
empuando el _roten_, se desperezaba  la puerta de su casa, dispuesto 
emprender el higinico paseo extramuros; y el labrador afanoso que
arreaba la yunta y diriga el arado para abrir el primer surco en su
heredad; y el bracero menesteroso ... cada cual,  su manera, saludaba
con himnos del corazn aquel inolvidable _Sbado de Gloria_ de 1878.

As lleg el sol  la mitad de su carrera, y el afn de los hombres al
descanso del medioda. Entonces se alzaron sbitamente remolinos de
polvo en las calles de la ciudad; azot la cara de los transeuntes una
rfaga de viento hmedo y fro; oyse el chasquido de algunas vidrieras
sacudidas contra la pared; cubri los cerros del Oeste un velo
achubascado; nublse repentinamente el sol; tom la baha un color
verdoso con fajas blanquecinas y rizadas, y comenz  estrellarse contra
las fachadas traseras de la poblacin una lluvia gruesa y fra.

--Un _galernazo_--dijo la gente con mucho sosiego.--Despus del Sur, era
de esperar.

Y el que tena qu, se puso  comer; y el que haba comido ya, se tendi
 dormir la siesta   chupar el clsico cigarro delante de una taza de
caf.

Segn la gente de tierra, no haba ocurrido hasta entonces cosa que no
fuera en Santander muy natural y corriente; y en verdad que no era para
dejar plido  nadie la rotura de algunos vidrios, unos cuantos paraguas
vueltos del revs, tal cual sombrero arrancado de su correspondiente
cabeza, y alguna que otra falda encaramada ms arriba de lo
acostumbrado.

Y, sin embargo, uno de aquellos instantes, pasados casi inadvertidamente
para la gente de la ciudad, haba producido,  la vista de ella, como
quien dice, el desastre ms espantoso que registran los cntabros
anales.

Noticias de l fueron los alaridos que comenzaron  orse luego por las
calles, entre la gente marinera; madres clamando por sus hijos; esposas
por sus maridos; hijos por sus padres; hermanas por sus hermanos.
Aquello era una desolacin, y sus clamores atravesaban el alma como un
pual. Corran los desventurados plidos los rostros y los ojos sin
lgrimas, porque para los grandes dolores no existe el consuelo de
ellas, buscando en los ojos de los dems una respuesta que nadie poda
darles, y el contristado espectador se agregaba  ellos y los segua
como si el mismo infortunio le empujara. El rumbo de tan tristes
cortejos era el Muelle, donde haba ya una muchedumbre con los ojos
clavados en la boca del puerto. El temporal haba cesado casi por
completo en tierra, y de la mar slo se vea una parte de su furia,
estrellndose espumosa y rugiente sobre las tristes _Quebrantas_.
Conocase una parte del desastre: lo que de l haban presenciado los
pescadores de tres lanchas, nicas que hasta aquella hora haban logrado
volver al puerto. Citbanse nombres y se pintaban escenas de horror y de
herosmo. Las lanchas haban llegado medio anegadas; sus tripulantes,
con la palidez de la muerte en el semblante, mudos y consternados, con
las ropas ceidas al cuerpo, empapadas en agua; muchos de ellos, con el
hercleo torso desnudo. No les aterraba solamente la idea del peligro en
que se haban hallado, pues de otros no menores haban salido con sereno
espritu, sino el cuadro de muerte y desolacin que haban contemplado
sus ojos entre la furia de la galerna.

Hablbase mucho en los apretados corrillos; oanse los lamentos de los
que ya nada esperaban y de los que teman, y no faltaba quien, para
desvanecer tristes presentimientos, hiciera risueos clculos; pero
siempre flotaba sobre el llanto y las conversaciones, como respuesta 
una pregunta que no se cesaba de hacer, esta frase:

_Todas_ estn all!

_Todas_! Nunca esta palabra tuvo sonido tan triste y pavoroso! Todas;
es decir, todas las lanchas _de altura_ estaban en la mar, y slo tres
haban vuelto al puerto.

Corriendo aquellos minutos, que parecan siglos, vise otra, y luego la
quinta, rebasando del promontorio de San Martn. Cada una de ellas fu
saludada con un rumor que no puede pintarse con palabras ni con sonidos.

Cerca ya del anochecer, y despus de dos horas de esperar en vano los
que en el puerto lloraban, y cuando la vista ms sutil no haba podido
distinguir desde los puntos ms elevados de la costa ninguna lancha en
la mar, y haba tiempo sobrado para tener noticias de las que pudieran
haberse refugiado en boquetes  ensenadas, faltaban siete.

Preguntse por ellas  todos los puertos y fondeaderos del litoral; pero
aquellas preguntas se cruzaban en el camino con otras anlogas que los
preguntados hacan  Santander, y slo sirvieron para dar  conocer en
su horrible extensin el desastre de aquel da memorable. Desde
Fuenterraba  Cabo Mayor, haba hundido el azote de la galerna en los
abismos del mar, TRESCIENTOS OCHO hombres en brevsimos instantes. En
este espantoso cmulo de vctimas, tocbanle SESENTA al gremio
santanderino. Jams la muerte acech  los hombres con mayor astucia,
ni los hiri con ms implacable saa!

Aunque la caridad, virtud de los cielos, ampar entonces, como siempre,
por igual  todos los desvalidos, cada corazn sinti lo que estaba ms
patente en su memoria, y la ma la ocup toda Tremontorio.

Preguntando por l, supe que tambin haba salido  la mar aquel da, y
que era de los pocos que se haban salvado de la catstrofe, casi
milagrosamente; pero que, con lo terrible del trance, los golpes y la
frialdad del agua,  sus muchos aos, habase puesto  punto de morir.

No me satisfice con estas noticias, y quise verle, y lo consegu.

Le hall tendido en un pobre lecho, plido, cadavrico; pero muy
tranquilo y en reposo. Cuidbale otro marinero, que  su lado estaba de
pie y con los brazos cruzados sobre el pecho. No me era extrao este
personaje; y, en efecto, despus de contemplarle unos instantes, conoc
en l al Tuerto. Pero, qu viejo, qu encanecido, qu anguloso y
encorvado le hall!

Como mi presencia no poda chocar all en aquellos das en que la
caridad no cesaba de llamar  las puertas de los nufragos, logr que el
viejo pescador me recibiera mucho mejor de lo que yo esperaba de su
rudeza habitual.

--Y cmo se encuentra usted ahora?--llegu  preguntarle.

--Con el Prctico  bordo[18] desde ayer--me respondi con su voz de
siempre, aunque ms premiosa.

--Ser por exceso de precaucin--djele, comprendiendo su nutica
alegora y deseando darle alientos.

--Qu precaucin ni qu ... tia!--me replic muy fosco!--Soy ya casco
viejo, vengo desarbolao, el puerto es obscuro y la barra angosta...;
para cundo es el prctico, si no es para ahora mesmo?

--Tiene usted razn--le dije, vindole tan sereno.--En estos trances se
prueba el temple del espritu.--Ya veo que el de usted no necesita
remolque.

--No, gracias  Dios, que me da ms de lo que merezco. Ochenta aos; no
haber hecho mal  nadie en una vida tan larga; haber corrido tantos
temporales, y venir  morir en mi cama, como buen cristiano y al lado de
un amigo, no fuera cubicia y desvergenza pedir ms, retia?

Lo admirable de estas palabras est en que eran ingenuas, como todas las
que salieron de la misma boca durante tantos aos.

Seguimos hablando por el estilo, cuidando yo de encomendar la menor
parte de la tarea al enfermo para no fatigarle, y conduje la
conversacin al extremo que deseaba.

Y pregntele, despus de encauzada  mi gusto:

--Pero, no hay algn sntoma, algn anuncio de esos temporales?

--Anuncio!...--exclam Tremontorio mirndome, con una sonrisa ms
amarga que el agua de las olas.--Anuncio, retia!... Pues si hubiera
anuncio de eso!... Est ust en su lancha como la hoja en el rbol, ni
quieto ni andando; la tierra  la vista, la mar como una taza de caldo;
un si es  no es de turbonada al horizonte.... Retia!, na, porque as
se puede estar un mes entero.... Este cars no es pa que naide pique las
amarras.... Pues, de spito, le da  ust en la cara un poco de brisa;
oserva ust el Noroeste, y ve ust venir, echando millas,  modo de una
jumera, encima de una mancha parda que va cubriendo la mar, con un rute
rute, que no paece sino que el agua se despea por las costas abajo. Al
verlo y al oirlo, la sangre se cuaja en el cuerpo, y los pelos se ponen
de punta; arma ust los remos, isa una miaja de trapo pa ver de correr
por delante; y, tia!, antes que se d la primer _estrop_, ya est
aquello encima.

-- qu llama ust _aquello_?

--Aquello?... Aquello, seor, yo no s qu sea, si no es la ira de Dios
que pasa; aquello es la _ltima_; la de abrir la escotilla de las culpas
y encomendarse  la Virgen Santsima; la de dejar la tierra para
sinfinito y clamar por los suyos los que tienen en ella las alas del
corazn.

--Bien; pero, qu sucede all en esos momentos terribles?

--Y lo sabe anguno, por si acaso?... Retia!; faltan ojos y tiempo pa
mirarlo.... Est ust en un jirvor de espuma, que zarandea la lancha
como si fuera cascara de nuez; ese jirvor se levanta, se levanta..., y
vuelve  bajar; y al bajar, cae sobre ust; y al caer, ust no sabe si
caen peas  qu cae, porque quebranta y ajoga al mesmo tiempo; y al
abrir ust los ojos, tia!, ni hombre, ni lancha, ni remo, ni costa, ni
cielo, ni n. All no hay ms que estruendo y golpes, y espuma y
desamparo!...; ni voz para clamar  Dios, porque en aquella tremolina
no se oye uno  s mesmo! Un trastazo le echa  pique, y otro le saca 
flote; la cabeza se atontece, y el que mejor sabe anadar, trata de
olvidarlo pa acabar cuanto antes.

--Pues  usted de algo le ha servido el saber nadar, puesto que logr
salvarse donde tantos otros perecieron.

Mirme el hombre con torvo ceo, y djome con profundsima conviccin:

--Ni pizca, tia!

--Cmo sali usted  tierra, si no?

--Porque Dios quiso, y ciego ser quien no lo vea.

Metime en mayor curiosidad esta respuesta, y rogu al valiente pescador
que me contara el suceso. Resistise  complacerme, con bruscas
evasivas, y entonces tom parte en la conversacin el Tuerto, y me dijo:

--Ver ust lo que pas, seor, porque juntos nos salvamos los dos.
Llevnos la galerna, en un decir Jess,  dos cables de San Pedro del
Mar; y cuando contbamos que no pararamos hasta embarrancar en la
arena, un maretazo, como yo no he visto otro, nos puso la lancha quilla
arriba. Al salir yo  flote, de todos mis catorce compaeros no quedaba
ms que ste,  unas seis brazas de m.  los dems--aadi el Tuerto
con voz trmula y muy conmovido,--no he vuelto  verlos hasta la hora
presente. Como la lancha haba quedado entre dos aguas, tuve la suerte
de agarrarme  ella; pero ese infeliz se vi sin otro amparo que sus
remos naturales, y no era poco, porque,  saber anadar, no hay merluza
que le meta mano. En esto, la mar nos fu atracando el uno al otro; y ya
estbamos al habla, cuando la suerte le puso un remo delante. Agarrse 
l y descans una miaja. Pero notaba yo que no se vala ms que de un
brazo para agarrarse, y no sacaba el otro hacia el remo, ni le mova
para ayudarse.--Anade y atrquese--le gritaba yo,--hasta que llegue 
darle una mano, que dispus ya podr agarrarse  la lancha!.--Qu ms
quisiera yo que poder anadar, retia!--me respondi.--Pues por qu no
puede?--Porque me jalan mucho los calzones. Paece que tengo toa la mar
metida en ellos; y  ms  ms, se me ha saltao el botn de la
cintura.--Arrelos, puo!--Tia, que no puedo!--Por qu?--Porque esta
maana se me rompi la cinta del escapulario, y le guard en la
faldriquera.--Y qu?--Que si arro los calzones, se va  pique con
ellos la Virgen del Carmen[19].--Y qu que se vaya, hombre, si no es
ms que la estampa de ella?--Pero est bendita, retia!; y si ella se
va  fondo, quin me sacar de aqu, animal! Hay que tener en cuenta,
seor, que la mar era un infierno, y tan pronto nos sorba como nos
soltaba.  cada palabra un maretazo nos tapaba el resuello,  nos cubra
con ms de diez brazas; y al salir  flote, no hallaba uno quien le
respondiera,  asomaba por onde menos era de esperar. Dios quiso que no
nos separramos cosa mayor en aquel tiempo, que fu mucho menos del que
yo empleo en contarlo; porque la sola vista de otro ser humano le anima
 uno  bregar en tales casos. No sabe ust la agona que se pasaba en
el instante en que al salir  flote se vea uno solo! Volviendo al caso,
digo que al hablar este compaero las ltimas palabras que yo he
repetido, vnose encima de m sin saber cmo, y agarrse  la lancha. Al
mismo tiempo se alz  barlovento una mar como no ha visto igual hombre
nacido: pens que aqul era el fin, no de nuestras vidas, sino del mundo
entero; desplomsenos encima, y para mi cuenta, entonces, all
fenecimos, porque ni ms vi, ni ms o, ni ms sentido me qued que una
chispa de l para acabar una promesa que estaba haciendo  la Virgen del
Mar (y cumpl al otro da, como era justo). Pero,  lo que paece, aquel
desplome de agua nos ech  tierra con la rompiente, porque all nos
alcontramos los dos al volver del atontamiento, cerca de unos baos de la
lancha y con astillas de ella entre las manos. Vino gente, nos recogi,
nos di abrigo, y aqu nos trajo: al seor, en el estado en que ust le
ve,  poco menos; y  m, como si nada hubiera pasado, que de algo vale
el no ser viejo y haber sorbido mucha desgracia. Lo cierto es, seor,
que si el estar los dos vivos no es un milagro de Dios, no he visto cosa
que ms se le asemeje.

--De modo que usted--dije al Tuerto con la intencin de saber algo de
su vida desde que volvi del servicio,--ha dejado su casa por venir 
cuidar  su amigo?

--Mi casa es sta--respondi secamente el Tuerto.

--No tiene usted familia?

--Me queda un hijo, que anda navegando en un vapor; todo lo dems est
ya en el otro mundo..., no contando al seor, que ha sido un padre para
mis hijos y para m.

Muy poco ms dur nuestra conversacin. Al despedirme, tend la mano 
aqullos heroicos y honrados marineros, y dije al moribundo Alcides del
Cabildo de Abajo:

--Hasta la vista, amigo.

--Y por qu no, tia!--me respondi, dando  mis palabras mayor
alcance del que yo les haba dado.--Mareantes sernos todos de la mar de
ac, y en rumbo vamos del mesmo puerto. Si el diablo no nos le cierra,
yo maana y ust otro da, en l hemos de fondear.

--Quiralo Dios as--repuse desde lo ntimo de mi corazn, pensando en
las virtudes de aquel hombre admirable.

FOOTNOTES:

[Footnote 18: Recibido el Vitico.]

[Footnote 19: Hecho y dicho rigorosamente histricos.]




V


Dos das despus, suba por la cuesta de la Ribera un carro fnebre
conduciendo un atad enorme, y seguido de numeroso cortejo. Pregunt, y
supe que en aquel atad iba el cadver de Tremontorio. Dios sabe lo que
pas entonces por mi alma! El cortejo se compona, casi exclusivamente,
de gente marinera; y preciso fu que me lo advirtiesen para que yo
cayera en ello; pues,  juzgar por el vestido, lo mismo podan ser
aquellos hombres jornaleros de taller,  _caldistas_ al menudeo: tanto
abundaba entre ellos el hongo fino, la americana, la gorrita de seda, el
pantaln ceido, y hasta los botitos de charol. Ni huellas del traje
clsico de los das de fiesta de los castizos mareantes: la ceida
chaqueta y los pantalones y la boina de pao azul obscuro, sta con
profusa borla de cordoncillo de seda negra; corbata, negra tambin, y
tambin de seda, anudada sobre el pecho y medio cubierta por el ancho
cuello doblado de una camisa sin planchar; zapato casi bajo, y media de
color. El Tuerto, que iba materialmente embutido entre las dos ballestas
traseras del carro, era el nico que recordaba un poco lo que l mismo
haba sido antes. La raza indgena pura, del mareante santanderino, tal
cual exista an, desde tiempo inmemorial, diez  once aos ha, iba en
aquel atad  enterrarse con Tremontorio, porque bien puede asegurarse
que ste fu el ltimo de los ejemplares castizos y pintorescos de ella.

Justo es, por tanto, que yo le registre en mi cartera antes de que se
pierda en la memoria de los hombres.

Sobre los restantes del gremio ha pasado ya el prosaico rasero que
nivela y confunde y amontona clases, lenguas y aspiraciones.

La filosofa lo aplaude y lo ensalza como una conquista. Hace bien, si
tiene razn; pero yo lo deploro, porque el arte lo llora.

1880.




EL ESPRITU MODERNO

I


Hace doce aos[20], hallndome de visita en casa de una seora
_respetable_ (adjetivo con que se expresaba entonces en Santander cuanto
de finura, prosapia, posicin social y talento caba en una mujer),
hablaba con ella de la vida del campo, en el cual acababa yo de pasar
unos das.

--Es posible--me deca la culta dama--que una persona de _cierta
educacin_ se resigne  vivir en la soledad de una aldea?

--S, seora--le respond yo,--y encontrando en ella goces tan grandes
como los que proporciona la ciudad.

--No lo creo. Empiece usted por las malas condiciones de la habitacin.

--Perdone usted, seora: la casa de una persona acomodada de aldea es
ms espaciosa, y hasta ms cmoda, que la mejor de la ciudad.

--Qu est usted diciendo?... Las casas de aldea.... Jess!, unas
tejavanas miserables, obscuras, lbregas..., sin un mal balcn....

--Tres tiene la en que yo nac..., y bien grandes, por cierto.

--Es posible?

--Y en el menor saln de aquella casa cabe muy holgadamente sta en que
ahora estamos.

--Usted se burla.

--No vendra muy al caso.

--Pues digo bien. No estoy yo cansada de ver casas de aldea en Miranda,
en Cueto, en San Juan?... Y eso que, segn me han dicho, estas casas son
palacios, comparadas con las de las aldeas del interior.

--Vuelvo  repetir  usted que la ma, si no tan lujosa como sta y
otras semejantes, es bastante ms cmoda que todas ellas, pudiendo
tambin asegurar, pues las he visto, que hay casas de aldea en esta
provincia que contienen cuanto puede apetecer la persona ms escrupulosa
y exigente.

--Yo no quiero ponerlo en duda; pero no extrae usted que me cueste
trabajo creerlo, porque me han contado tales horrores de la aldea!...

--Ya se conoce que usted no ha vivido en el campo.

--Yo vivir en el campo! La idea solamente me hace temblar.

--Pues crea usted, seora, que no hay motivos para ello.

--No diga usted que no, por Dios! Aun cuando las habitaciones sean
palacios, aquella soledad, aquella gente tan _ordinaria_..., el cencerro
del ganado, aquellos callejones llenos de _zarzas_, de charcos y bichos
venenosos...; qu desconsuelo... Despus, de noche, el bufar de las
lechuzas, los ladrones..., horror! Pasar yo una semana en la aldea!...
Ave Mara Pursima!... Mire usted, hasta el pasear por el Alta me pone
de mal humor, porque se me figura que me va  faltar tiempo para bajar
de da  la ciudad.... Nosotros, los que hemos nacido en ella,
desengese usted, no podemos acostumbrarnos  salir de nuestras calles
empedraditas, de nuestros paseos, de nuestras reuniones.... Es todo tan
_ordinario_ en la aldea!

--Muchas gracias por la parte que me toca.

--Oh, no me haga usted la injuria de creer que he querido
agraviarle!... No hay regla sin excepcin.... Pero compare usted la
gente del campo con la de la ciudad.

--Efectivamente: si la blancura del cutis, el esmero en el corte del
vestido y otras _virtudes_ semejantes, son las que ms realzan el mrito
de una persona, confieso que las que, por gusto  por necesidad, viven
en la aldea perpetuamente, estn muy por debajo de las que habitamos en
la ciudad[21].

--No tratar yo de discutir ese punto; pero lo cierto es que por algo se
dice de la aldea que _empobrece, embrutece y envilece_.

--Ya; pero como el autor de esa barbaridad, y usted perdone la
franqueza, no se cans en ponerla en tela de juicio....

--No le dir  usted que sea absolutamente cierto; pero algo tendr el
agua....

--Esta cuestin es de gustos, seora, y en vano nos cansaremos
ventilndola. Ya s que  ustedes, los indgenas de la ciudad, no hay
que hablarlos de la aldea: ser _aldeano_ es casi un crimen en Santander.

--No dir yo tanto; pero lo que s aseguro es que no arrastrar usted 
un santanderino legtimo  la aldea, ni por ocho das, aunque le prometa
en ella la suprema felicidad.

--Me guardar muy bien de proponrselo, porque me consta, sin gnero
alguno de duda, que esa opinin es la de toda la _buena sociedad_ de
Santander, de la que es usted tan digno miembro.

--Me adula usted?

--No, seora: le hago justicia.

--Por supuesto que no me har usted la ofensa de aplicarse nada de
cuanto he dicho contra la aldea.

--Crea usted, por mi palabra, que me tiene ese punto sin cuidado, mxime
cuando estoy convencido de que no ha de tardar usted mucho en variar de
opinin.

--Respecto  la vida de aldea?... Le aseguro  usted que no.

--Bah!

--Y en qu confa usted para eso!

--En que hasta hoy est siendo Santander la primera aldea de la
provincia, por sus costumbres, por sus pasiones y por un sinnmero de
pequeeces y de miserias....

--Est usted vengndose de m?

--Lbreme Dios de semejante tentacin.

--Es que no veo yo un motivo para que de repente se cambien nuestras
costumbres, como usted lo asegura.

--No cree usted que solamente el ferrocarril ha de alterar notablemente
la fisonoma local de Santander?

--Y  propsito, qu hay de ese proyecto?

--Que ha llegado  ser casi una realidad, y que muy pronto se van 
empezar las obras.

--Dios quiera que con ellas no se ponga en un conflicto  la poblacin!

--No comprendo....

--Por de pronto ya se nos ha llenado el pueblo de gente extraa...; ay,
qu tipos!

--Seora, ingleses muy decentes, la mayor parte, y muy elegantes.... En
cuanto al resto de ellos, para trabajadores los encuentro bastante ms
aseados que los de ac.

--S, s, lo que es apariencia.... Pero vaya uno  fiarse en galgos de
buena traza.... Dgame usted  m lo que son ingleses. Cada vez que
recuerdo la legin que vino  Santander cuando la guerra civil!...
Desengese usted: los ingleses son hombres sin religin, y est dicho
todo.

--Es verdad que no profesan la nuestra; pero tienen otra que para ellos
es tan buena, y leyes, educacin ... y conciencia, como nosotros....

--Sera usted capaz de admitirlos en su casa?

--Lo que le aseguro  usted es que por el solo motivo de ser ingleses no
los rechazara.

--Pues no es esa la opinin general de Santander.

--Ya lo s, y lo lamento.

Tal fu, en substancia, mi conversacin con la respetable seora que,
desgraciadamente, no puede hoy reirme por esta delacin, doce aos ha,
es decir, cuando en Santander era de buen tono no haber pisado jams el
campo; cuando los que en l hemos nacido, tenamos que negar la
procedencia en estos salones para no producir entre la gente fina
cierta prevencin que, con frecuencia, rayaba en repugnancia; cuando
hasta por las personas de ms alta jerarqua se llamaba _judo_  todo
extranjero que tuviera las patillas rubias,  la _pinta_ sospechosa;
cuando, en fin, entregado an este pueblo  sus propios y naturales
recursos, atravesaba el perodo ms crtico de su amaneramiento.

Poco tiempo despus se fueron estableciendo lneas de vapores entre este
puerto y otros de Francia  Inglaterra; las obras del ferrocarril
comenzaron  desenvolver en su derredor el ruidoso movimiento de la
industria moderna; las mquinas, las razas, los idiomas extranjeros,
invadiendo el terreno de los sacos de harina y de las clsicas carretas,
lograron aclimatarse entre ellos; y ya comemos  la francesa, hablamos
ingls, circulan por estas calles los gneros de comercio en pesados
exticos carretones; el labrador de Cueto  de Miranda arrea su ganado 
la voz de _allez!_ con preferencia al indgena _arre!_ Los nios
de pura raza inglesa, con los brazos descubiertos hasta el hombro, mal
sujetas sus madejas de dorados rizos por el gracioso gorrito escocs,
juegan en la alameda segunda  las _canicas_ con los granujillas de
Becedo; y mientras stos, para ventilar la legalidad de una jugada,
detienen  los primeros con un _stop a little, please_, pronunciado
con la precisin ms britnica, los nietecillos de John Bull, para que
les sea permitido quitar estorbos, se expresan con un _sin fndis_,
 manifiestan su enojo con un _no jubo ms_ que envidiara el
callealtero de ms pura raza. La moderna necesidad de los baos de mar,
dejando despoblado  Madrid los veranos, llen de madrileos nuestra
capital; y su _buen tono_, convencido de que para vivir  la moda era
preciso _salir_  baarse di en irse  Ontaneda  remojarse en sus
nauseabundas aguas; pues no era cosa de largarse  otro puerto de mar
cuando tena uno de los mejores en su casa. El objeto era _salir_; la
calidad de los baos importaba poco. Estas expediciones fueron
aficionando  los santanderinos al veraneo; y este ao dos familias, y
el siguiente cuatro, y el siguiente ocho, y as sucesivamente, fuimos 
parar  que los que pasaban julio y agosto en la ciudad, tenan vergeza
de confesarlo en septiembre  los que volvan tostados por el sol de
nuestra campia.

Para no cansarte, lector: hoy se cree rebajada en la opinin pblica la
familia acomodada de Santander que no tiene una casita de campo para
pasar el verano en ella,  siquiera una huertecilla en las
inmediaciones, que d, por lo menos, esprragos y flores en la
primavera, y fruta en agosto, para poder decir al vecino:--Usted
gusta?: son de mi huerta. El desdichado que ni esto tenga, alquila su
choza al primer labrador de la comarca, y en ella tiene que resignarse 
pasar el verano, si quiere ser considerado durante el invierno como
hombre de pro.

--Dichoso usted!--me han dicho algunos que pocos aos hace me miraban
con cierta lstima, porque no era santanderino legtimo;--dichoso usted
que puede pasarse la mitad del ao en la aldea!

Para cuando se pongan en duda estas palabras, me reservo el recurso de
citar pueblos enteros, como el Astillero de Guarnizo, compuesto de casas
de campo, construidas, de cinco aos  esta parte, para residencia de
verano de familias de Santander.

Si la seora respetable  quien me he referido ms atrs resucitara hoy,
no creera el cambio que han sufrido las costumbres de los de su
comunin social.

Pero vamos  cuentas. No estoy censurando esta nueva aficin de mis
paisanos, que ya raya en mana; consigno un hecho sencillamente.

Dos observaciones debo hacer, siempre con la mejor intencin, para
gobierno de mis lectores:

La distancia ms larga desde el centro de Santander al campo, se anda, 
pie, en diez minutos.

La localidad que abandonan en verano las familias que se van _al campo_,
la aceptan como residencia _campestre_ los que huyen de otras capitales
 la nuestra.

Aunque de la unin de estas dos verdades resulta una consecuencia que no
aceptaran de buena gana los neocampestres montaeses, yo quiero
prescindir de ella; pues vuelvo  repetir que estoy consignando hechos,
y esto con el objeto de demostrar la gran revolucin operada en las
costumbres de la sociedad de Santander en muy poco tiempo. No se
extrae, pues, que me haya detenido  apuntar algunos detalles que, 
primera vista, parecen ociosos.

FOOTNOTES:

[Footnote 20: No se olvide que esto se escriba en 1864. (_Nota del A.
en 1885_.)]

[Footnote 21: Por distrado que el lector sea, habr observado que,
entre el principio y el fin de este libro, cambia bastante el modo de
ver y de sentir el autor la vida campestre. Tiene esta inconsecuencia su
disculpa en que las ESCENAS no se escribieron con un plan determinado ni
en una sola sentada, ni son obra de la madura reflexin del filsofo,
sino el fruto de los ocios de un muchacho impresionable. (_Nota del A.
en 1885_.)]




II


_In illo tempore_, es decir, los mismos doce aos ha, pas yo una
temporada en la lindsima villa de Comillas. Camillas, lector, en la
costa,  seis leguas al Noroeste de Santander, tendida sobre el lento
declive de un cerro, arrullada por un lado por el inquieto mar de
Cantabria, y protegida por los dems por una suave cordillera de
pintorescas colinas, era una poblacin verdaderamente deliciosa, no por
sus condiciones topogrficas solamente, pues bajo este aspecto hoy es
mucho ms bella que entonces, sino por las especialsimas que concurran
en el carcter de su pequea sociedad.

Empecemos por decir que sin una sola va de verdadera comunicacin con
el resto del mundo, y  cinco leguas de distancia de la carretera
nacional, era punto menos que inaccesible al trato de la moderna
civilizacin.

Este aislamiento perpetuo, tratndose de familias enlazadas entre s,
como aqullas, por vnculos de parentesco  de una amistad ntima, haba
impreso en su vida el carcter de unidad y de sencillez, verdaderamente
patriarcales, que seduca  los pocos forasteros que hasta all
llegaban. La clase acomodada, muy numerosa en proporcin de la pequeez
de todo el vecindario, era lo suficiente ilustrada para hacer
agradabilsimo su trato, sin el refinamiento que hoy distingue  la
culta sociedad, con grave deterioro de los puros y santos afectos; y
aunque los hijos de estas familias salan  las universidades y
viajaban, llevando siempre consigo tan bello recuerdo de la madre
patria, cuando  ella tornaban deponan de buen grado los resabios
adquiridos en el mundo, y volvan  ser sencillos comillanos. De este
modo, aquella sociedad era siempre apacible, cariosa y hospitalaria.

Por mi parte, unido por estrechos lazos de parentesco  muchas de sus
familias, creo tener en esta sola circunstancia motivo sobrado para
evocar con satisfaccin estos recuerdos. Para pagar con ellos las horas
de verdadero placer que aquel pueblo me ha proporcionado no seran
bastante.

Una noche o decir  una venerable mujer que ya pasaba de los sesenta
aos, que su mayor satisfaccin sera ver un coche.

Otra seora, tan anciana como ella, le respondi:

--Dios te libre de esas tentaciones. Yo quise una vez salir  ver un
poco el mundo; y, con intencin de no parar hasta Santander, llegu 
Torrelavega. Era da de mercado, y estaba la villa, madre de Dios!, que
daba miedo. Cunta gente! Qu ir y venir bestias, carros y
diligencias! Te aseguro que aquello me espant; djeme: esto no es para
m...; y volvme  casa dando gracias  Dios por la paz que quiso
concedernos en este bendito rincn.

Para dar una idea del color verdaderamente local de la poblacin
comillana, bastan estos dos ejemplos.

La clase del pueblo, compuesta casi en su totalidad de marineros y
pescadoras, era morigerada y nobilsima en sus instintos. Para ella el
mundo era Comillas y su mar; y el mejor placer, despus de una misa
solemne con el rgano nuevo, oir los relatos de algn licenciado de
_barco de Rey_.

Los mayores ttulos de gloria de los comillanos eran haber dado la villa
tres Arzobispos[22], muchos notabilsimos marinos y varios capitalistas
riqusimos que, aunque residentes en Filipinas, Cdiz y otros pases tan
apartados, demostraban  cada paso, con limosnas y presentes de todos
gneros, su amor al pueblo de su naturaleza; y sobre todo, haberse
construdo el magnfico templo que se levanta en la plaza, que, acaso,
en su gnero, es el mejor de la provincia,  expensas de los mismos
comillanos.

Un proverbio popularsimo entre ellos acabar de dar  conocer hasta qu
punto vivan dentro de s mismos y en sus elementos naturales, y lo
lejos que estaban de pensar en que pudieran contagiarse algn da del
carcter moderno. Este proverbio era el siguiente:

        Comillas ser Comillas
        por siempre jams, amn.

He dicho _era_, porque supongo que en la actualidad no se atrever 
repetirle, con fe  lo menos, ningn hijo de aquel pueblo. Veamos en qu
me fundo para creerlo as.

Seis aos hace volv  Comillas. Una cmoda y ancha carretera haba
sustituido  la escabrosa y angostsima senda antigua: y en lugar de
cabalgar sobre el peludo y escueto jamelgo que antes conduca por ella
al viajero, tom un mullido asiento en una de las diligencias que se han
establecido entre Torrelavega y la villa de los tres Arzobispos.

 medida que  ella me aproximaba, iba desconociendo ms y ms el
terreno, hallndole descarnado en muchos sitios, revuelto en otros,
poblado de trabajadores y cruzado por zanjas, _trainwais_ y tneles 
cada instante. Buscando con mis ojos la primera casa del pueblo, que
antes se destacaba sola, como un centinela avanzado de l, tuve que
detener la mirada bastante ms atrs, en un edificio del moderno estilo
industrial, que arrojaba  borbotones por una alta chimenea el humo
espeso del carbn de piedra. Era uno de los hornos de calcinacin del
mineral de calamina que  la sazn se extraa (y sigue extrayndose) de
las entraas de los cerros inmediatos.

Ms adelante, caras barbudas con el sello francs ms puro; otras medio
ocultas bajo la boina vasca, y otras indgenas, pero todas veladas por
el polvillo amarillento de la calamina, pasaban rpidas por delante de
las ventanillas del coche, que al cabo penetr en la primera calle de la
poblacin. Aqu, como en la carretera, mil objetos que llamaban mi
atencin por lo inesperados. En el portal en que en otros tiempos se
sentaba  tejer sus redes un pescador, alisaba el mango de su azadn un
fornido vizcano; en el balcn en que antes vi  la familia de un pobre
labrador desgranar las panojas de la ltima cosecha, fumaba en larga
pipa un belga, calzado con altas botas de cuero; y en lugar del
_cobertor_ tradicional y las madejas de estopa, colgaban de la soga de
la _solana_ las bridas de un caballo y ancho gabn impermeable;  la
puerta de una taberna estropeaba el castellano el tabernero para
convencer  un alemn cerrado, de que lo que le haba vendido por
_gin_ no era, como pareca, rescoldo; en la plaza, donde par el
carruaje, circulaban entre la boina de los vascos y el gorro verde y
colorado de los marineros de la poblacin, la leve _pamela_ de la Fuente
Castellana, y entre la camiseta de bayeta verde y la blusa azul de los
obreros, el brillante gabn de seda sobre el esbelto talle de las hijas
del Manzanares y del Sena. Hablbase en un grupo el vascuence, en otro
el francs, aqu el alemn y all el ingls; y para colmo de mi
sorpresa, el sombro palacio de los Trasierra, sobre el punto ms
elevado de la poblacin, y en otro tiempo cerrado y misterioso, como si
dormitara entre los recuerdos de su poca, haba abierto anchas puertas
 la moderna luz y engalanado sus fachadas; y no descansaba como antes
sobre escombros y zarzales, sino sobre ameno y florido campo; cultivado
por diestro jardinero.

En los pocos das que pas en Comillas busqu en vano lo que tan
placentera me haba hecho en otro tiempo mi residencia en la misma
villa. Todo se hallaba transformado all. El pequeo puerto, casi
inaccesible antes  las lanchas pescadoras, se haba reformado,
penetrando ya en l buques de muchas toneladas y sobre el muelle en que
nicamente se pesaba el pescado fresco en modesta _romana_, crujan las
gras y se revolvan con dificultad carros, bsculas y trabajadores. Una
cmoda carretera facilitaba la subida desde este punto  la poblacin, y
desmontes, murallas y demarcaciones, anunciaban nuevos proyectos de
considerables reformas.

Lo mismo que el de la villa, el carcter de su sociedad era nuevo para
m. _Touristas_ madrileos, hombres polticos y altas jerarquas
militares, damas modeladas en el ms genuino troquel del mundo moderno,
invadan los salones en que ya se cantaban _dos y cavatinas_, y se
bailaban lanceros y cuadrillas, y se amaba y se coqueteaba segn la
flamante escuela.

El Comillas clsico no exista ya: lo que yo estaba viendo era un pueblo
industrial como otro cualquiera, favorecido, durante el verano, por una
escogida sociedad de forasteros que haban impuesto  la clase indgena
acomodada sus costumbres, como la industria haba reducido  sus
exigencias los hbitos patriarcales de la masa popular.

Un francs encontr en una ocasin un pedrusco de calamina sobre
aquellos terrenos; indag con cuidado, di con un filn poderoso,
formse una sociedad explotadora..., y he aqu la causa de tan repentina
como radical transformacin.

Y jzguese, en vista de lo que antecede, si podr decirse hoy de buena
fe, como ayer se deca, por algn comillano del antiguo rgimen, que por
casualidad pareciese, desorientado entre el actual movimiento de su
pueblo,

        Comillas ser Comillas
        por siempre jams, amn.

FOOTNOTES:

[Footnote 22: Hoy, con la reciente elevacin del seor don Saturnino
Fernndez de Castro  la Silla episcopal de Len, son cuatro los
prelados hijos de Comillas. _(Nota del A. en 1876_.)]




III


Con el hallazgo del filn de aquella comarca, excitse en alto grado la
ambicin de los montaeses; y errando muchos de brea en brea y de
monte en monte, cavando aqu y revolviendo all, result que la
provincia entera era un verdadero tesoro de calamina, y que lo nico que
se necesitaba para que todos fusemos ricos, era dinero para explotarle.
Por eso desde las montaas de Libana hasta el valle de Reocn se
denunciaron las entraas de la madre tierra; y buscando todos en ellas
riquezas  montones, perdieron muchos las que tenan, y ganaron pocos,
entre litigios y peleas, bastante menos de lo que haban soado.

Excusado es decir que los pueblos donde entr la piqueta del minero, han
perdido, aunque no en tan alto grado como Comillas, su verdadero
carcter local, y amolddose  otras costumbres. Torrelavega, la primera
y ms linda villa de la provincia, aunque sobre la carretera nacional y
conteniendo desde muchos aos hace un comercio considerabilsimo, y, por
consiguiente, de poblacin menos tpica que otras de la Montaa, ha
perdido tambin los pocos rasgos que la distinguan, cediendo  la
influencia minera, y ms an  la del ferrocarril que penetra en su
jurisdiccin. Hoy es esta culta y bonita poblacin una digna sucursal de
Santander.

Por regla general, y para no molestar al lector, conste que all donde
el camino de hierro,  las industrias minera y fabril han penetrado; las
costumbres clsicas montaesas no existen ya,  existen muy ajustadas al
_espritu moderno_. Pero estas localidades son rarsimas todava en la
provincia, por ms que en toda ella corra ya cierto airecillo de
_ilustracin_...; y ah est mi humildsimo pueblo,  dos brincos de
Santander, que no me dejar mentir; _Polanco_ (que de algo le ha de
servir en este caso tener el _hijo_ alcalde, para darse tono); Polanco,
digo, donde las mejores mozas se avergenzan de vestir la plegada saya
de pao rojo de ayer, y se ponen el desgarbado vestido de efmera
indiana, sobre psmese el orbe!, sobre barruntos de miriaque.

Y con esto hemos llegado al verdadero asunto de estas ltimas pginas.

Es muy posible que algn lector de mi libro, al distraer sus ocios por
las bellas praderas de la Montaa, quiera buscar en ellas los modelos de
las escenas campestres que yo he pintado. Si no quiere cansarse en vano,
si realmente desea encontrarlos, tenga presente cuanto queda dicho en
las anteriores lneas de este captulo: huya de toda comarca en que
haya un _paso de nivel_, un _tnel_, una fbrica de tejidos _al vapor_ 
un _horno de calcinacin_. Por all ha pasado el espritu moderno y se
ha llevado la paz y la poesa de los patriarcas.

Con esta precaucin respondo de que encontrar muy pronto  to _Juan de
la Llosa_ y compaeros de robla, al mayorazgo _Seturas_ y convecinos, y
 cuantos personajes de su estofa he tenido el honor de presentarle.
Pero es preciso que no tarde mucho en emprender la expedicin. Al paso
que hoy caminamos, dentro de pocos aos la industria habr invadido
completamente estos pacficos solares, y entonces ya no habr tipos. La
civilizacin moderna tiende  este fin, sin duda alguna. Los pueblos
_ilustrados_ ya no tienen costumbres propias. Los de la Montaa, cuando
acaben de _ilustrarse_, no han de ser menos que ellos.

En ese da alcanzar algn xito este libro. Vivos hoy los originales de
los retratos que encierra, y desprovisto de galas y de primores que le
hagan, por s solo, aceptable  los ojos del pblico, como depsito fiel
de las costumbres de un pueblo patriarcal y hospitalario, no carecer de
atractivo para la curiosidad de los nuevos explotadores del suelo virgen
que me le ha dictado.




        NDICE


        Advertencia
        Santander (antao y ogao)
        El raquero
        La robla
         las Indias
        La costurera (pintada por s misma)
        La noche de Navidad
        La leva
        La primavera
        Suum cuique
        El trovador
        La buena gloria
        El jndalo
        Arroz y gallo muerto
        El da 4 de octubre
        Un marino
        Los bailes campestres
        El fin de una raza
        El espritu moderno





End of Project Gutenberg's Escenas Montaesas, by D. Jos M. de Pereda

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