The Project Gutenberg EBook of Viajes por Filipinas: De Manila  Marianas
by Juan lvarez Guerra

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Title: Viajes por Filipinas: De Manila  Marianas

Author: Juan lvarez Guerra

Release Date: May 6, 2004 [EBook #12274]

Language: Spanish

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Viajes por Filipinas
De Manila  Marianas



Por
Don Juan lvarez Guerra



(Primera Edicin)
Madrid
Imprenta de Fortanet
Calle de la Libertad, Nm. 29
1887





_Al Excmo. Sr. D. Rafael Izquierdo_

_A usted, mi querido General,  quien tanto debe Filipinas, se debe
tambin este libro. Usted me nombr para una misin cientfica en el
Pacfico. El nombramiento origin un viaje, el viaje, el libro que
tiene la honra de dedicarle su buen amigo_,

El Autor

_NOTA. Dedicatoria de la primera edicin. El General ha tiempo muri,
mas su memoria me es tan respetada, como cariosa y leal fu mi
amistad mientras vivi._





NDICE DE CAPTULOS

CAPTULO I.

La _banca_.--El estero.--La chaqueta y el chaquet.--Nuevas
costumbres.--Manila progresa!--El _catapusan_, el _sarao y_
la _soire_.--Colocacin de nombres.--Meiisig.--El ro de
Binondo.--El Pasig.--La barra.--La _Mara Rosario_--El adis 
Manila.--Cavite.--Costumbres--Moyss y las doce tribus--La primera
noche abordo.--El baldeo.--La laguna encantada.

CAPTULO II.

Recuerdos de Silam.--Ordoez y Oate--El _yo cuidado._--En
marcha.--Sungay.--Talisay.--La Capitana Ramona. Tiempo viejo.--Los
labios de un chico y la boca de una chocolatera.--Perlas
y brillantes--Laguna encantada.--El crter.--Volcn de
Taal.--Grandiosidad del volcn--Erupciones notables.--Sueo del coloso.

CAPTULO III.

Punta Matoco.--Calmas.--Isla Verde.--El sudeste.--Marinduque  y
Mindoro.--Razas salvajes.--Sus costumbres.--Los negritos netas.--Su
manera de ser.--_Inalug_ y _Acubac_.--De puerto Galera  punta
Bunga.--Horizontes de Marinduque.--Isla Banton.--El Padre Pablo.

CAPTULO IV.

El fraile en Filipinas.

CAPTULO V.

El Estrecho de San Bernardino.--Cabeza Bondog.--Ruinas.--El volcn
Mayon.--Ancla!--San Jacinto.--Su Iglesia.--La india Ignacia.--El
toque de oracin.--El _atung-taqus_.

CAPTULO VI.

La mujer india.--Angu.--Pepay la sinamayera.--Una!!!

CAPTULO VII.

Espaa en Filipinas.--Colonizacin.--Poltica.--Tolerancia
religiosa.--Juramento chnico.--Pascuas, festejos y
Confucios.--El _matand._--El municipio dentro del municipio.--El
empleado.--Patritico aviso.--Desconocimiento de Filipinas.--Reformas
y mejoras.

CAPTULO VIII.

Islote de San Bernardino.--El Gran Pacfico.--Cielo y
agua.--Nostalgia.--El secreto de las mareas.--Calma sospechosa.--Pesca
del tiburn.--Los crepsculos en la mar.

CAPTULO IX.

Orza!--De vuelta y vuelta.--Tiempo duro.--Siniestros
preparativos.--Falta de crepsculo.--_La piel de zapa_.--El
tifn!--Baja de barmetros--Pobre _Mara Rosario!_--Horas de
agona.--Las seis de la tarde del cinto de Agosto.--Una pulgada
de descenso!--Salida de la luna.--Esperanzas.--Fnebres fechas.--El
_Malespina._--Cuatro das sin comer.

CAPTULO X.

Veintitrs grados en treinta y tres das.--Inseguridad en la
monzn del SE.--Calmas desesperantes.--Los viajes largos.--Los
ranchos.--Tierra--Costas de Guajan.--Islote de las Cabras.--Puerto de
San Lus de Apra.--Vegetacin de Marianas.--La sanidad y la capitana
del puerto.--Desembarque.

CAPTULO XI.

Historia de las Marianas.--La tradicin.--Los
chamorris.--Intolerancias.--El _Pico de los amantes_.--Divisin de
razas.--Tinian.--Sarcfagos antiguos.--La casa de _Taga_--Leyendas y
supersticiones.--Cultos y creencias.--Los _macambas_.--El _zazarraguan_
y el _caifi_--Los _anitis_.--La pea de _Fuua._

CAPTULO XII.

El siglo XVI.--Hernando de Magallanes.--Capitulaciones.--La
_Capitana_, el _San Antonio_, la _Victoria_, la
_Concepcin_ y el _Santiago_.--Sebastin Elcano.--Llegada al
Brasil.--Invernadas.--Rebelin abordo.--Comunicaciones de mares.--El
paso del Sur.--Bula de Alejandro VI.--Las Velas latinas.--Islas
de los Ladrones.--Navegacin penosa.--Isla de Ceb.--Muerte
de Magallanes.--La _Victoria_.--Vuelta al mundo.--Llegada 
Sanlcar.--Otras expediciones.--Legaspi.--El navo _San Damin_.--Lus
de San Vtores.--Doa Mariana de Austria.--Primera misin.--Verdadera
posesin.

CAPTULO XIII.

Adelantos de la misin.--Oposicin de los _macambas_.--Saipan y
Rota.--Los _urritaos_.--Tradiciones, usos y costumbres.--Colegio de San
Juan de Letrn.--Crnicas de los jesutas--Hostilidades.--Asesinato de
San Vtores.--Una modesta cruz.--Los Padres Solano y Ezguerra.--El
almirante Coello.--Nuevos asesinatos.--Represalias.--D. Juan
Santiago.--El Gobernador Irrisari.--Descubrimientos al Norte de
Agaa.--Marianas en el siglo XVIII.

CAPTULO XIV.

Archipilago de las Marianas--Historia moderna--Guajan.--El pueblo
de Agaa.--Puerto de Apra.--Punta Pat.--Flora y fauna.--La mujer de
Marianas.--M. Arago.--Ingratitud.--Caridad espaola.

CAPTULO XV.

La plaza de Agaa.--La iglesia.--El monte de Santa Rosa.--La
atalaya.--El reloj de Agaa.--Faro original.--Vida en Marianas.--Casas,
huertas, cultivos, ros.--Vegetacin de Oriente.--El rbol
del pan, y el _dug-dug_.--Cageles.--La Isla de Pagan.--Riqueza
perdida.--Desconocimiento del pas.--Reputaciones usurpadas.--En
tierra de ciegos....--Hormigas coloradas y ratas.--Los caballos y
las _auroras_.

CAPTULO XVI.

Reduccin de vecindario en las Marianas.--Islas habitadas.--Rota.--Su
poblacin.--Promesa religiosa.--Comercio y agricultura.--Antiguas
invernadas.

CAPTULO XVII.

Poblacin.--Razas.--La providencia del salvaje.--Los carolinos.--Gastos
 ingresos.--Milicias urbanas.--El chamorro.--Sus inclinaciones,
su moral, sus trajes y costumbres.--Ilustracin.--El Padre Ibez y
D. Felipe de la Corte.--Cuatro palabras por va de eplogo.







CAPTULO I.

La _banca_.--El estero.--La chaqueta y el chaquet.--Nuevas
costumbres.--Manila progresa!--El _catapusan_, el _sarao_
y la soire.--Colocacin de nombres.--Meiisig.--El ro de
Binondo.--El Pasig--La barra.--La _Mara Rosario_.--El adis 
Manila.--Cavite.--Costumbres.--Moyss y las doce tribus.--La primera
noche abordo.--El baldeo.--La laguna encantada.

Los primeros albores del nacimiento del 10 de Julio de 1871, apenas se
transparentaban por las _conchas_ de mi alcoba, cuando fu despertado
por el criado, anuncindome que las _bancas_ estaban listas en el
_estero_ para conducirnos abordo.

Una ligera escalinata une el ro de Binondo con la casa, as que,
previos todos los correspondientes requisitos de marcha, desde
reconocer los bultos, hasta dirigir la ltima cariosa mirada  los
muros que han sido por largo tiempo confidentes de nuestras amarguras y
testigos de nuestros placeres, muros que  nadie ms que  mi rompern
su mutismo, si algn da vuelvo  interrogar sus blancos lienzos con
el lenguaje de los recuerdos, pas de la casa al bote, al par que los
aljofarados dedos de azul y ncar de los genios del Oriente abran
los espacios para dar paso al majestuoso gigante de la luz.

La corriente favorable  consecuencia de la alta marea y la desusada
actividad de seis remeros aguijoneados con la esperanza de una propina,
hacan que las _batangas_ se deslizaran rpidamente por el _estero_.

Aqu, si nuestro trabajo no llevara el carcter de un viaje  la
ligera, nos detendramos en muchas pginas; mas, sin embargo, como
la rapidez de una _banca_ no es, ni la que da aliento una caldera
de vapor, ni una _ventolina_ de _empopada_, ni aun la pujanza de
cuatro hijos de las verdes vegas de la Cartuja, tenemos tiempo de
ver y apreciar en el largo espacio que media desde el _Trozo_ hasta
que se entra en el caudaloso _Pasig_.

Que Manila poda ser una segunda Venecia nadie lo ignora.

Tiene en lo que constituye sus arrabales, la vida y la actividad, donde
refluyen las transacciones, la riqueza y casi casi nos permitiremos
decir, que el buen tono.

Hoy Manila tambin tiene buen tono.

La moda lo mismo traspasa masas inmensas de granito, como grandiosos
Ocanos de agua salada.

De allende los mares vino un rumor que propalaba que en otras ciudades
haba palacios y parterres, con flores, pjaros y fuentes, y Manila
quiso tenerlos. La piqueta abri cimientos, el martillo golpe la
piedra, la paleta mezcl argamasas y ... las antiguas costumbres
representadas por la clsica chaqueta blanca y el ligero sombrero de
_Burias_, temblaron en los modestos aparadores de sus tradiciones y
de su dilatada historia.

Los _hoteles_ del Sena, las quintas suizas y los palacietes de
Recoletos tuvieron un eco que contestaba  los rumores que trajo
la moda.

Lo que fueron modestas barriadas, hoy se llaman _calzadas_ por
el vulgo, pues en el _argot_ del gran mundo se llaman barrios
aristocrticos.

Hemos dicho, creemos por dos veces, que Manila tiene su gran tono,
que hace lo que en todas partes, esto es, nada: vive  la superfluidad
del botn de la librea y la tersitura de la cabritilla; sus disgustos
estn compendiados en el _aristin_ del caballo, en los milmetros
del sombrero del cochero, en la estatura del lacayo, en la arruga
del frac  en la pureza de una piel que la Rusia ha hecho necesaria.

Los cimientos de los aristocrticos barrios relegaron  su fondo
la clsica chaqueta, apareciendo prendas tan poco conocidas en el
Archipilago, como el chaleco, el sombrero de copa y el chaqu.

Esto era en los cimientos, pues antes de abrirse aquellas hijas
legtimas del viejo mundo, en este [1] andaban por connaturalizar
apareciendo vergonzosas, mustias y deslucidas con alguna que otra
caricia de los insectos del poco uso, cuando el repique de todas
las campanas convocaba al Real Gobernador, al Real Acuerdo, al Real
Consejo, al Real Cuerpo de Alabarderos del Real Sello, para oir de
bocas reales _in partibus_ decretos de la Real Majestad que gobernaba
los dos mundos.

El imperio de la chaqueta era tan general como lo real; por entonces
todos vestan chaqueta, como todos pertenecan  una corporacin,
municipio, archicofrada  instituto real.

Todo era chaqueta y todo era real.

La majestad andaba en chaqueta.

Mas ... cesaron de venir las _naos_, se bendijo la aduana de Manila,
la que deca un clebre rey llegara  verla desde Madrid, calculando
su altura segn su coste; se establecieron los chinos, desaparecieron
los velones de tres mecheros, dando plaza  las modestas _virinas_,
que  su vez haban de dejar el campo  los dorados, los bronces y
los cristales tallados.

El imperio de la hoja de lata, hermana gemela de la chaqueta tocaba
 su fin.

El ruido de la piqueta que abra los cimientos de las nuevas costumbres
era el memento de su existencia.

Tras las primeras piedras vinieron las escalinatas, ms tarde los
_parterres_, y por ltimo, las verjas, apareciendo en estos _progresos_
el frac, el aceite de bellotas, las libreas, los velocpedos, los
polisones y los ataques de nervios.

Ya apenas existe el recuerdo de la chaqueta, verdad es que la vida de
Manila en sus relaciones con el _confort_ camina  pasos agigantados.

Aqu, donde el centgrado marca una temperatura que derrite, h meses
que se expenden (!) pieles, y facturas de ... guantes de cabritilla
(!).

Los guantes de cabritilla son coetneos de la escarapela en los
seores de los pescantes y el clat en los seores de los salones.

Antes en Manila se conoca al dueo de un coche por su cara, hoy se
le conoce por su cochero, que viene  ser el _alias_  seudnimo da
su amo ...

Manila progresa!

Los alegres _catapsanes_ se llamaron _saraos_ y hoy _soarees_ con
su _buffet_, sus emparedados, su ponche  la romana y hasta su _Petit
Journal_  su _Correspondencia_, que al da siguiente pregona que la
bella seorita de tal estaba hecha una princesa, su mam una reina
y su pap un baj de tres colas, que dando la majestuosa familia
encantada de las letras, por ms que saquen _astillas_ del individuo
que las escribe.

S eh? con qu tambin hay eso?

Ya lo creo, como que Manila adelanta, y vaya V.  dar gusto en
letras de molde  una sociedad que adelanta. Como al pobre infeliz
que empua la trompeta de la publicidad se le olvide un detalle,
como deje de decir que una lmpara tena seis luces  que el nio
pequeito hizo la desgraciada gracia de verter sobre una falda  un
pantaln una bandeja de sorbetes,  que en un guardapelo  pulsera
se lea la inscripcin de Perico, de Lus,  de Pepe, harto tiene el
pobre gacetillero, y ms de una vez oir cosas que le harn renegar
del incienso vertido y de las prodigadas alabanzas.

Pues no digo  ustedes nada en la cuestin de colocacin de nombres;
aqu el simple resentimiento, se convierte en un proceso compuesto
de un sin nmero de cargos.

Si Fulanita tuvo tienda de sombreros, y la han puesto antes que  mi,
que tengo un escudo ms grande que el del Cid, con ms barras que
las de Aragon y ms leopardos que en el San Gotardo; que Zutanita
ha sido preferida cuando no h mucho que deca _miste que Dios_;
que la de ms all esta encima de la de ms ac, siendo aquella una
empleada subalterna, y la mam de la _agraviada_ siete veces usa; que
mi primo el ministro me da derechos; que mi posicin, que mi marido,
que mi modista me los dan  m, estas y otras reflexiones _in mente_
 _in lengua_ mezcladas con adjetivo ms  menos duros contra el
pobre autor, constituye la _comidilla_, del da siguiente.

Por ltimo, caballeros, que Manila progresa lo atestiguan los libros
de caja de Roensch y Madama Sprin.

Sin querer hemos llegado  la caja, es decir hasta el dormitorio de
la moda.

Hemos presentado el teatro.

Respetemos los bastidores....

Estas y otras observaciones iba haciendo  dos buenos amigos que me
acompaaban: uno de ellos que viene interviniendo hace muchos aos en
los acontecimientos de mi vida y que alberga en su alma tanto cario,
como en su cabeza buenos pensamientos, me oa sin pestaear, no s
si por el asentimiento de la conformidad  por el ensimismamiento
producido por la idea de la separacin: ambas  dos cosas podan ser,
pues lo primero es verdad, como verdadero lo es el cario que desde
nuestros primeros aos nos une.

Los remeros seguan bogando y yo charlaba comparando la vida de los
arrabales por los cuales se deslizaba la _banca_, con la sombra y
triste que se experimenta en el recinto amurallado.

Hemos dicho que Manila poda ser una segunda Venecia, pero ... no
lo es.

Tiene canales, pero estos no reflejan obras de arte, sino en su mayora
ruinas y suciedad; sobre sus aguas no se pasean poticas gndolas,
templos del amor y del arte, sino sucias _bancas_ tripuladas por no
menos sucios remeros; no esponjan las plumas en sus orillas cisnes
ni oropndolas, mas en cambio invaden la corriente, que mentiramos
si dijramos cristalina, slfides _chinas_ y bronceadas ondinas.

Volvemos  repetir que Manila,  mejor dicho la nueva Manila, que
la forma la inmensa poblacin que se ha creado fuera de los fosos,
poda ser una segunda Venecia, no lo es, no por falta de deseos, no
por falta de conocerlo, sino porque se opone hoy por hoy la tradicin
de la costumbre, la indolencia que crea el suelo, la manera de ser
de la localidad y los cuantiosos caudales que haban de gastarse
en la limpieza, arreglo y conservacin de los muchos _esteros_ que
serpentean por  _Binondo, Quiapo_ y _Tondo_.

La suciedad en que  pesar de la vigilancia que se ejerce estn los
_esteros_, principalmente se debe  la inmensa emigracin de chinos,
los cuales, en gran nmero habitan sus orillas, impregnndolas de la
incuria y falta de limpieza que ellos observan. El chino es la entidad
jornalera ms perfecta que se conoce en Filipinas, pero tambin es
la panacea ms acabada de la hediondez, la cual nicamente se puede
contrarestar con las continuas y eficaces requisas de la autoridad
que vigila sus domicilios, verdaderos tugurios en que se hacinan
cientos de ellos.

Contemplando los modestos _bajais_ de caa y _nipa_ entremezclados de
alguna que otra construccin de piedra y tabla, llegamos al puente
de _Meiisig_, variando  los pocos golpes de remo la diversidad del
paisaje, puesto que  la desembocadura del estero desaparece la caa
y la nipa por regulares construcciones de slidos materiales.

 medida que el ro de Binondo camina  su desage, aumenta el
movimiento en sus orillas y en sus corrientes. Cargadores chinos
provistos de resistentes _pingas_, pesados _cascos_ repletos de _abac;
paraos, bancas_ y botes llenos de mercancas que la exportacin de
las provincias del Norte, de China y del Japn traen al mercado de
Manila, es lo que compone el cuadro hasta los lmites, en que el
modesto Binondo confunde sus aguas en las caudalosas del que nace en
la extensa Laguna de Bay, entre la salvaje poesa que despiertan los
panoramas que presentan el _Castillo de flores_, el _Pecho de Dalaga_,
los _Tanques de Paquil y_ las bellezas del _Talim_.

Una vez dentro de las aguas del Pasig, el movimiento de la banca se
hizo duro  consecuencia de la corriente y la marejada.

Dejamos por la popa el puente de Barcas, nico paso gratuito que une
el viejo mundo manileo con el moderno, y _voltejeando_ por entre
barcos de todas especies y dimensiones, pasaron ante nuestra vista los
artesonados gticos de Santo Domingo, las _columnatas_ (!!)  de los
camarines de la Aduana provisional (si no furamos de prisa, veran
nuestros lectores que en Filipinas todo es provisional), los bonitos
_parterres_ de la Capitana del Puerto, los sombros muros de la
Fuerza de Santiago, la actividad del _Carenero_ y el extenso Malecn.

A medida que nos acercbamos  la _barra_, la boga se haca ms
difcil.

Estbamos  medio cable de aquella. Cuatro golpes de remo, y la quilla
de la _banca_ entrara en los inmensos dominios de los mares.

Fijamos la ltima mirada en la blanca espuma  que incesantemente nace
y muere al gemir de las olas que rompen en las piedras del Fuerte
del Sur, y ... cul es la _Mara Rosario_? pregunt al patrn.

--Aquella, seor,--dijo, sealando un barco armado de _brick-barca_.

Los detalles de la _Mara Rosario_, cada vez se iban delineando
con ms precisin. La extensin de su _guinda, eslora_ y _puntal_
era proporcionada, no as su _manga_ que era mucha, lo que nos hizo
presagiar que sus balances haban de ser muy sensibles.

La _Mara Rosario_ estaba lista para darse  la vela con rumbo  las
islas Marianas.

A las ocho de la maana pisamos la meseta del portaln de babor,
recibindonos los ladridos del perro ms gordo que jams hemos visto.

Posesionados de la cubierta despus de arreglar el camarote, esperamos
la visita de salida.

A las doce, listos en toda regla, dimos vela con todo aparejo largo
en demanda del Corregidor, con viento flojo del N., mar tranquila,
barmetros altos y horizontes celaginosos.

A las tres de la tarde el viento segua muy flojo, en cambio el calor
era insoportable.

Apenas andaramos una milla por hora.

A la banda de _babor_ tenamos las costas de Cavite.

Cunto recuerdo tiene para nosotros Cavite!

Le queremos cual si fuera el pueblo que nos vi nacer; entre su alegre
bullicio pasamos muchos meses encontrando cario, consuelo y amistad.

El _istmo_ de San Roque con su _mar_ de Bacoor, incesantemente llena
de empavesadas _bancas_ que traen y llevan cigarreras; _el seno de
Caacao_ donde encuentra un seguro anclaje la flotante poblacin
de nuestros alegres marinos; las populares fiestas de _Porta Vaga_
con los _pantalanes_ incesantemente llenos de alegres caras, que
van y vienen en pequeos vapores engalanados y provistos de msicas;
las decidoras _sanroqueas_ con su pequeo y airoso _tapis_, su jerga
especial y su picaresca malicia; las poticas bvedas de entrelazadas
caas que dirigen  _playa chica_; los melanclicos _cundiman_ del
barrio de San Rafael y la Caridad; la misma arena de la playa en la
cual un da y otro da hemos visto llegar la ola y borrar nombres
que nuestro deseo escriba sobre la movediza materia; la franca
y leal amistad con los valientes marinos, verdadero elemento que
da vida  Cavite; las histricas mascaradas de Noche Buena en que
sinnmero de _dalagas_, suelto su hermoso pelo recorren las calles
en medio de grotescos grupos en que un indio vestido de moro ostenta
muy grave un cartel que dice es Moiss, en que las doce tribus van
representadas por 12 individuos adornados con los deshechos de todas
las guardarropas, y en que el precio de la progenitura no negamos
podr estar caracterizado por las prosaicas lentejas, pero que si
van estas, lo son mezcladas con _morisqueta_ en un inmenso _bilao_
que lo suelen colocar debajo de la oliva del huerto,  cuya sombra
no se apuran las heces de la amargura, sino sendos tragos de _tuba_
mezclados con los jugos  de la _bonga_ y la cal del _buyo_; todo,
todo pasaba ante la vista y ante la imaginacin.

El barco aceler su marcha confundiendo en una cinta verde los
dilatados campos de la _Estanzuela_.

Adis risueas playas! Adis, gratos recuerdos!

Naig, Marigondon, Santa Cruz ... fueron quedando tras de la estela
de la _Mara Rosario_.

Los lmites de la provincia que constituye la Andaluca de Filipinas
desaparecieron.

Los horizontes del primer cuadrante se mostraron _aturbonados_  la
cada de la tarde.

Los primeros destellos de la farola del Corregidor alumbraron, al
par que rebasbamos _Pulo Caballo_, saliendo de la inmensa baha de
Manila por _Boca grande_.

Despus cada cual procur resguardarse lo mejor posible de las miles
de cucarachas que invadan la cmara, y despus ... el sueo, el
sudor y los insectos imperaban en la parte animada  inanimada de
nuestro individuo.

La faena del baldeo, el montono y acompasado canto de la marinera,
el ruido de la maniobra y los desesperados ladridos del perro, me
despertaron en la madrugada del 11.

Durante la noche habamos rebasado el _Puerto Limbones_, alumbrando
los primeros rayos del da la pequea isleta de Fortun por la proa,
confundindose en los lejanos horizontes los elevados picos del Sungay,
lmites de la provincia de Cavite.

_Ciendo aparejo_ y aprovechando vela, algo fuera de rumbo, pudimos
ganar _Punta Santiago_, entrando por efecto de los continuos cambios de
viento y las corrientes en el _Seno de Balayan_, pudiendo notar en las
tierras de la provincia de Batangas, las pintorescas casas de Taal,
hermoso pueblo que se eleva en las cercanas de la laguna llamada
por algunos _Encantada_, sobre la cual se levanta el clebre volcn
de Taal, del que no podemos pasar sin decir algo  nuestros lectores.





CAPTULO II.

Recuerdos de Silam--Ordoez y Oate--El _yo cuidado_.--En
marcha--Sungay--Talisay--La Capitana Ramona.--Tiempo viejo--Los
labios de un chico y la boca de una chocolatera.--Perlas y
brillantes--Laguna encantada.--El crter.--Volcn de Taal--Grandiosidad
del volcn--Erupciones notables--Sueo del coloso.

El ao 1869 recorriendo la provincia de Cavite tuvimos ocasin de
pernoctar en el pueblo de Silam, clebre entre otras cosas por criarse
un caf que, fin gnero de duda, puede competir con el mejor de Moka.

En la _cada_ del convento y ya entrada en horas la noche, charlbamos
sobre la madre patria, el cura del pueblo, excelente padre de la
Orden de Recoletos, un oficial de partidas y mis queridos y buenos
amigos de expedicin, Melchor Ordoez y Ciriaco Oate, ayudante el
primero del General de Marina y mdico militar el segundo.

Despus de haber rodado la conversacin por todos los tonos y de
haber evocado nuestra memoria los queridos recuerdos de Espaa,
nos ocupamos de la localidad. Explicndonos el Padre los productos,
se habl de las vecinas cordilleras del Sungay,  cuya falda se
extiende la laguna llamada por unos de Bombon, por los ms de Taal
y por algunos Encantada, nombres todos justificados y que tienen
su origen, el primero por haber existido en aquellas inmediaciones
un pueblo llamado Bombon, el cual fu sumido en los horrores de una
erupcin; el segundo lo justifica la hermosa y extensa poblacin que
se asienta  las orillas de la laguna, y por ltimo, el tercero lo ha
encontrado la imaginacin oriental en la salvaje y bella perspectiva
que presenta aquella inmensa masa de agua sobre la que se levanta el
sombro monte del volcn.

Mis compaeros de viaje, que tiempo hacia tenan, no la curiosidad de
ver el volcn, sino el legtimo deseo de estudiar en cuanto cabe sus
misterios, recogiendo sobre el terreno su historia, interrogaron al
Padre sobre la manera de hacer el viaje, formulando todos la resolucin
de ir al volcn costara lo que costara. Hecha la decisin, se llam
 un gua, y este, que era un viejo _tulisan_ de los ms conocedores
del bosque, oy con toda la imperturbable indiferencia india nuestros
deseos, contestando con un sacramental y lacnico _yo cuidado_.

El _yo cuidado_, en el lenguaje filipino, es la sntesis de la
filosofa, es el extracto del refinamiento del _yo_ y el _no yo_ de
Hegel y Krausse aplicado  la India. _Yo cuidado_ lo dice todo unas
veces, y otras no dice nada; ora es un consuelo, ora una amenaza, ora
un asentimiento, ora una esperanza, ora un recuerdo, ora una splica,
en fin, es todo, lo encierra todo, lo expresa todo en el vocabulario
del indio siempre parco en el decir. Increpad  un indio sobre el no
cumplimiento de sus deberes, y si  la ltima frase de la filpica os
contesta con un _yo cuidado_, aquella frase es la atricin completa
de la enmienda. Despertadle los celos, hacedle entrever que su _babay_
escucha amoroso _cundiman_, alza el _cogon_  descorre las _conchas_ 
significativas _enfrentadas,_ y si le os murmurar _yo cuidado_, veris
en aquellas palabras estereotipado el paroxismo de los celos. Llevad 
su inteligencia el hilo de una aventurilla y el _yo cuidado_ en este
caso envuelve toda la argucia _buscona_ de la histrica poca de capa
y espada. Que una mestiza de corto y airoso _tapis_, pintarrajeada
saya y sombreada camisa de _pia_, entrelace su hermoso pelo con
_sampaguitas_ en el caracterstico _pusod_, que lleve  sus ojos
esa dulce languidez llamada _matang-mapungay,_ propia solo de las
hijas del Oriente, que formule un deseo  su _ol_ y el _yo cuidado_
en este caso es la realizacin completa del mas exigente capricho.

El _yo cuidado_ tiene tanta latitud, dice tanto, es aplicable 
tantas cosas, afirma y niega tantas otras, que es imposible darle
su verdadero valor. Es una frase propia de Filipinas imposible de
traducir en su prctica significacin en ninguno otro pas.

_Yo cuidado_, nos haba dicho el _matand_; as que ya no tuvimos
que hacer nada en la seguridad de encontrarlo todo hecho. El gua
saba queramos ir al volcn; la sola concepcin de este deseo y el
_yo cuidado_, bastan para comprender que lo dispondra todo, yndonos
en tal confianza  acostar, al tiempo que la hermosa y clara luna nos
anunciaba que aun cuando tuviramos que caminar de noche su plateado
disco nos enviara luz y alegra.

Escaso fu el reposo, pues an no alumbraba la aurora cuando fuimos
despertados. El despertar para madrugar siempre modifica en el nimo
los proyectos del da anterior. Una noche de insomnio robustece las
ideas, las penas  las alegras, como por el contrario, las horas
en que las sombras baten su beleo sobre nosotros entregndonos al
reposo, modifican, alientan, consuelan el espritu.

El bueno de Oate, que hay que despertarlo  tiro de fusil, se
volvi del otro lado, pidiendo le dejaran de volcn, de Sungay y de
expediciones; Ordez, acostumbrado  desechar la pereza en la ruda
campaa del marino, puso los huesos en punta, y yo le grit  Oate en
todos los tonos:--Vamos! arriba! la laguna nos espera!--dando por
resultado el que el interpelado tras un largo bostezo se incorporara
en la cama.

Listos y provistos de todo, dimos un carioso adis al Padre, y
montados en los ligeros  caballos del pas, tomamos el camino del
vecino Sungay,  la hora en que los primeros ecos de la campana del
convento despertaban al pueblo de Silam, llamando  los indios  la
oracin de la maana. Confiados al gua y al notable instinto de los
caballos, tras algunos dilatados campos de _palay_ y varios grupos
de _calumpang_, desapareci todo camino ante la compacta barrera de
cogonales que se extenda  nuestra vista. Con harta dificultad y no
menos precauciones por el temor de encontrar algn _carabao cimarrn,_
caminamos por espacio de una hora valindonos de la voz para no
perdernos, puesto que nos tapaban completamente los penachos del
_cogon_. Tras un trayecto que nos fu sumamente difcil de correr, se
aclar la maleza dejando el habla al ponernos  la vista; pocos pasos
ms y los cascos de nuestros pequeos caballos pisaran las faldas del
_Sungay_, cuyas crestas las envolva las densas brumas de la maana.

Dimos unos momentos de descanso  los caballos, arreglando lo mejor
posible nuestro equipo, empapado en el agua que nos haba regalado
el roco que la humedad de la noche deposit en las hojas del _cogon_.

Trabajosamente y confiados en un todo al instinto de los caballos,
principiamos la ascensin del famoso monte. Las afiladas hojas de la
fresa silvestre y las entrelazadas ramas de las guayabas, obligaron
ms de una vez  que se hiciera uso de la cuchilla para dejarnos paso
en aquellos estrechos desfiladeros apenas hollados por humana planta.

El Sungay, con sus innumerables precipicios, sus estrechas cortadas
revestidas de musgos y helechos, su vegetacin virgen, los panoramas
que se admiran desde sus pintorescas mesetas, el rumor de arroyos y
cascadas que lo salpican, los indescriptibles y misteriosos ruidos
que produce el bosque en la hoja que oscila, el ave que cruza,
el agua que gime, la guija que rueda, el insecto que zumba y los
miles de millones de seres que componen el impenetrable mundo de lo
infinitamente pequeo, con sus cantos, su lenguaje y su idioma, tan
impenetrable como lo son los profundos misterios de los ocanos de
luz donde giran las creaciones de lo infinitamente grande, compendian
uno de los sitios ms bellsimos de la perla del Oriente.

Un amanecer contemplado desde una de las alturas de Sungay es
indescriptible. Las tintas que proyecta el sol naciente en las nubes
y los cambiantes que se suceden en los horizontes de verdura, poseen
una riqueza de luz y una fuerza de colores tan potente, que  ser
posible trasladarlas al lienzo se creera el sueo de un artista.

De hondonada en hondonada; y de precipicio en precipicio, dieron las
cabalgaduras con nuestros huesos en el trmino de la ascensin. Nos
encontrbamos en la lnea que divide las provincias de Cavite y
Batangas. La divisin de estas provincias la deciden la direccin de
las corrientes que se deslizan por las pendientes del Sungay.

A la vista tenamos la laguna, viendo elevarse perezosamente del
crter del volcn columnas de espeso y blanco humo.

A la falda del Sungay se extendan diseminadas las casas de Talisay,
adonde llegamos  cosa de las diez de la maana.

Talisay es un pintoresco pueblo de poco vecindario, este es
sumamente dulce y carioso; hay una pequea iglesia de cogon y una
casa parroquial habitada por un cura indgena. Tan luego supo el cura
nuestra llegada, nos hizo ir  su casa, en donde nos sirvi un almuerzo
bastante bueno, dadas las condiciones del pueblo; no tuvimos pan,
pero al que lleva algn tiempo en Filipinas esto no es obstculo,
pues cual el hijo del pas, sabe sustituirlo con el arroz cocido
llamado _morisqueta_.

Desde las _conchas_ de la casa del Padre se vean perfectamente los
menores detalles de la laguna y del volcn.

El da estaba bastante entoldado, y el calor no mortificaba como
de ordinario.

A los postres se nos present la _capitana_ Ramona, viuda de un
_Gobernadorcillo_.

La capitana Ramona es un verdadero _personaje_ en la provincia de
Batangas, tiene fama de ser sumamente afecta  los espaoles y posee
toda la melosidad y cario de la raza del Oriente. Sabe tocar el arpa
y canta con voz gangosa y pausada alguna que otra cancin de moros y
cristianos, de aquellas que la tradicin ha venido conservando desde
las gargantas de los que acompaaron  Legaspi.

La capitana Ramona quiere al _castila_ como  los misterios y encantos
de que estn impregnados sus bosques. El cario al espaol alguna
que otra vez (pues frgiles somos), se ha convertido en pasin ms
 menos intensa, segn cuentan crnicas de pasados tiempos.

Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que la capitana ya es vieja
y vive solo de recuerdos. Muchos conserva gratos, mas uno, segn me
cont muy bajito el Padre, viene de cuando en cuando  nublar todo el
hermoso panorama de su juventud. Cuntase, por ms que cuento no sea,
que aos ya muy pasados, un alto funcionario, animado de nuestros
mismos deseos de ver el volcn, lleg al pueblo de Talisay. Por aquel
entonces, la hoy vieja Ramona era una hermosa _dalaga_, de ojos de
fuego, lustroso y largo pelo, y dulce y meloso hablar. Joven y hermosa,
haba amado casi nia, y casi nia fu madre. El visitante, que no
por tener curiosidad dejaba de tener necesidades, sinti la de comer
 las pocas horas de llegar  Talisay; le formul su deseo  la bella
capitana, no dice la crnica si en pocas palabras, aunque s asegura
que la vergonzosa mirada de ella fu sostenida con larga insistencia
y picaresca intencin. El personaje pidi se le sirviera chocolate
con leche, y chocolate con leche, en efecto, tom; pero grande fu
su sorpresa y no menos sus ascos cuando supo que el chocolate haba
participado del producto de los pechos de la _dalaga_. La incomodidad
que esto origin y el malestar que produjo, diz que ocasionaron el que
la _dalaga_ no volviera  bajar los ojos, ni el caballero  mirar con
insistente significacin. Las mujeres son en todas partes lo mismo;
un desprecio y una herida en el amor propio, constituyen en el sexo
femenil las verdaderas heces del cliz de la vida.

Hoy que han pasado muchos aos, recuerda la vieja con pena aquel
incidente de joven, que despus de todo, conociendo el carcter indio
no tiene nada de extrao.

La raza india, cuanto ms pura y ms lejos est de las grandes
capitales, mira al espaol con una especie de adoracin. Sus palabras
son rdenes que jams comenta, de aqu el sucedido de dar  un sastre
un pantaln de modelo con un remiendo y hacer siete que se le haban
encargado con siete remiendos iguales.

A la _capitana_ Ramona se la pidi chocolate con leche y en el
fanatismo de la obediencia crey de muy buena fe que lo ms corto
era sustituir los labios del chico por la boca de la chocolatera.

Ejemplos parecidos al de los pantalones y el chocolate se cuentan
por todas las islas. El indio jams comenta, obedece siempre al pi
de la letra las palabras del _castila_.

La revelacin del Padre me hizo fijar la atencin en la capitana
y me persuad de que si haba perdido con los aos su hermosura,
en cambio haba acaudalado con la experiencia cierta discrecional
filosofa que descubra un talento nada comn, y una amabilidad y
deseo de servir tan natural como verdadero.

Se nos haba olvidado decir que la capitana era rica. Esto aunque no
nos lo dijeron, ya lo habamos nosotros traducido en la pureza de un
riqusimo terno de brillantes que la adornaban.

El que no haya estado en Filipinas, quizs creer exagerado esto de
los brillantes en una india habitante poco menos que de la selva;
el que haya estado y recuerde las procesiones y _catapsanes_ de los
pueblos y evoque en su memoria los trajes de las _dalagas_, sabr
que no tiene nada de extrao el hallar en _bajais_ de caa y cogon
riqusimos brillantes y preciadas perlas de _Jol_.

La antigua capitana de Talisay no solamente tena buenas alhajas, sino
que tambin era duea de un gran bote que con sus correspondientes
remeros puso  nuestra disposicin.

Listo el bote y listos nosotros, ayudados de la lona y de los remos,
dimos rumbo en demanda del monte de _Taal_, gigantesca y sombra masa
que se destaca en medio de las aguas.

Los contornos del monte no presentan ninguna regularidad, revelando su
situacin, conjunto y configuracin, las huellas de un gran cataclismo.

En las primeras capas que lamen las aguas, difcilmente crecen algunos
raquticos arbustos sin verdura, frutos ni flores. Ms arriba piedras
calcinadas y residuos volcnicos son los componentes de aquel coloso
que revela en la espesa columna de humo que se eleva de su crter
que en sus entraas de granito duermen los genios de las ruinas y de
los estragos.

Desgraciados pueblos los de Taal y Talisay si en el libro de las
lgrimas est escrita una nueva erupcin!

Las aguas de la laguna tienen una inmovilidad tan constante, un
color plomizo tan pronunciado y una superficie tan siniestra, que
su conjunto parece reflejar la maldicin que pesa sobre las dormidas
aguas del mar Muerto.

A cosa de las cuatro de la tarde, bajo un cielo cubierto de negruzcos
nubarrones y una temperatura sofocante, atracamos el bote  la falda
de la montaa. La ascensin es difcil por ser en algunos puntos
la pendiente muy pronunciada. El calor nos ahogaba; las materias
volcnicas rechinaban bajo nuestros pis y experimentbamos los
efectos de la fuerte irradiacin que lo avanzado de la tarde y
la falta de sol operaban en las masas calizas impregnadas de los
ardientes rayos tropicales. La monotona del camino, de cundo en
cundo era interrumpida por precipicios, siniestros testigos que
vienen  ensear al viajero antiguos cuces por los cuales ha corrido
la lava y el fuego.

De trecho en trecho, el ruido producido por nuestras pisadas nos
indicaba pasbamos sobre bvedas. Qu guardarn estas? Dnde
terminar su fondo? Profundos misterios de la divina ciencia
impenetrables  la humana materia!

Varias veces tuvimos que pararnos  fin de cobrar aliento.

Unas cuantas varas ms y estaramos en la lnea del vrtice.

Las nubes del poniente confusamente coloreaban el paso del sol; su
luminoso disco se aproximaba  su ocaso, cuando un grito se escap
de todos los labios y una fuerte palpitacin se experiment en todos
los pechos.

Estbamos en el vrtice. Tenamos la profunda sima del volcn bajo
nuestros pis. La percepcin del panorama es tan instantnea y la
grandiosidad del conjunto tan colosal, que el espritu se sobrecoge
ante aquella maravilla, no dando por largo tiempo cabida ms que 
una muda al par que profunda admiracin.

Las proporciones del crter son colosales. Lo forma en su conjunto
la cavidad que deja el monte, el cual constituye en su configuracin
un cono, cuya base mide de bojeo unas 9 millas.

En el fondo del crter se ven desigualdades, alternando las
prominencias con lagunas de ms  menos extensin, impregnadas de
materias azufradas segn revelan el color de sus aguas.

Por intervalos y con ms  menos intensidad, se elevan columnas de
humo de las distintas prominencias, que vienen  ser cual si el fondo
estuviera salpicado de pequeos hornillos.

Aunque con trabajo y peligros puede bajarse al crter, contndose en
Talisay de un viajero, que no solamente descendi, sino que permaneci
en el fondo muchas horas.

La mayor  menor cantidad de humo que espele el volcn, la intensidad
de calrico que irradia, la actividad en que mantiene sus hornillos,
y las altas temperaturas y emanacin de gases que constantemente se
observa en las pequeas lagunas, son indicios ciertos de que la lava
y el fuego germinan en su seno.

Muchos archivos, y no menos crnicas hemos consultado referentes 
Filipinas, y tanto en los unos como en las otras, las noticias que
hemos hallado respecto al volcn son muy escasas, remontndose las
ms antiguas  ltimos del siglo XVII; despus, y con referencia 
los aos 1745 y 1749, se vuelven  encontrar algunos datos, confusos
unas veces y exagerados otras, cual lo son la mayor parte de los que
guardan las escasas y antiguas historias del Archipilago.

El cundo y el cmo se form el volcn, ni la historia lo dice,
ni la tradicin lo relata; solo la configuracin del monte, la
relacin que en s guarda con las vertientes del Sungay y el estudio
del suelo, pueden conducirnos  la hiptesis ms  menos aproximada
de suponer haber corrido por lo que hoy es laguna, una cordillera,
que comprendera desde las faldas del Sungay,  las riberas de la
laguna de Bay, y quin sabe si llegara ms all, encadenando sus
speras lomas con los picos de la isla del Talin, yendo  perderse
entre la fragosidad de Morong y Nueva Ecija.

Suposiciones son estas que no tienen comprobante alguno en narracin
escrita.

La ltima erupcin del volcn acaeci h ms de un siglo, pereciendo
entre la ceniza y el fuego, entre otros muchos, la mayor parte
de los habitantes del pueblo de Sala. El fraile que administraba
su parroquia, describe el fenmeno en las siguientes lneas que
literalmente copiamos:

Por el mes de Diciembre de 1754 revent el volcn ms furiosamente
que nunca, porque el ruido era como de una batalla muy grande,
los terremotos espantossimos y la oscuridad de la atmsfera tal,
que puesta la mano delante de los ojos no se vea: la ceniza y
arena que arrojaba era tanta, que cubri todos los tejados y casas
de Manila, la que dista unas 20 leguas y aun lleg hasta Bulacan y
la Pampanga. Herva  borbollones el agua de la laguna con los ros
de azufre y betn derretidos que bajaban del volcn, quedando cocido
todo el pescado de ella, el cual fu arrojado despus  la playa por
la resaca  inficion el aire. Los truenos subterrneos y atmosfricos
se oyeron en todas las provincias circunvecinas. En Manila se coma
con candelas encendidas al medio da. Dur esta calamidad ocho
das cabales, quedando enteramente arruinados y aniquilados por las
piedras y lodo del volcn, todos los pueblos que estaban  orillas de
la laguna,  saber: Taal, que era entonces la cabecera de provincia,
Tanauan, Sala y Lip, vindose obligados sus habitantes  buscar otros
sitios ms distantes del volcn donde establecerse, como de hecho
se establecieron en los sitios que actualmente ocupan. El pueblo de
Bauan, aunque al principio haba estado tambin  orillas de la laguna
se haba trasladado al interior antes de esta catstrofe. Bayalan y
los pueblos de aquel rumbo tambin padecieron bastante. Hubo muchas
muertes de personas  quienes alcanzaron las piedras del volcn y
los desplomes de los edificios. Perecieron tambin por la misma causa
muchsimos animales y todo el arbolado y siembras de los contornos,
pues la abundancia de piedra, ceniza y lodo, que vino del volcn lo
soterr todo. El ro grande, que comunica la laguna con la ensenada de
Taal, qued cegado casi del todo, y rotos y enterrados los champanes
y dems bajeles fondeados en el ro y la laguna. El mal olor de todas
las materias extraas vomitadas por el volcn, dur por espacio de ms
de seis meses y desarrollse en su consecuencia una peste cruelsima de
calenturas ptridas y malignas que acab con la mitad de la provincia,
pues de 18.000 atributos que tenan antes solo quedaron 9.000.

Ms de un siglo hace que el coloso duerme sobre las inmviles aguas,
envuelto entre el humo y las brumas. Dios haga que sus impenetrables
misterios no rompan algn da sus grandiosas crceles de piedra!





CAPTULO III.

Punta Matoco.--Calmas.--Isla Verde.--El sudeste.--Marinduque y
Mindoro.--Razas salvajes.--Sus costumbres.--Los negritos aetas.--Su
manera de ser.--_Inalug y Acubac._--De puerto Galera  punta
Bunga.--Horizontes de Marinduque.--Isla Banton.--El Padre Pablo.

 la vista de punta _Matoco_, lmite de la provincia de Batangas,
navegbamos en la maana del da quince.

El capitn, la tripulacin y el escaso pasaje experimentaba el malestar
de la calma y el calor tropical, tanto ms sensible, cuanto que nos
encontrbamos bajo la influencia de uno de los puntos ms angostos
del estrecho.

La maniobra se haca cada vez ms difcil por el poco espacio de que
se poda disponer, y sobre todo, por la fuerza de las corrientes que
ora nos llevaban  las playas de Batangas, ora  las peligrosas costas
de Mindoro, entre cuyas dos provincias se destacan los perfiles de
la isla verde, atalaya que domina la entrada del estrecho que va 
morir en San Bernardino, pen que azotan las aguas del Pacfico.

Sin adelantar un _cable_ y sin poder ganar una buena y segura _vuelta,
cruzando_ constantemente vela para evitar las corrientes, estuvimos no
s cuntos das  la vista de la pintoresca isla Verde, retrocediendo
unas veces y avanzando otras por las bandas, siendo empujados  la
tranquila ensenada de Batangas   las arenas de puerto Galera.

No hay nada en el mundo tan aburrido, como las horas que se suceden
en un barco que se duerme bajo la influencia de las calmas.

Un amanecer y otro vimos al despertar la exuberante vegetacin de la
isla Verde, y cuando nuestro deseo crea desconocer aquella tierra,
vena la voz del capitn con su sempiterno _levanta muras_! y _cambia
en medio_!  recordarnos continubamos de _vuelta y  vuelta_,  mejor
dicho, que nos mantenamos _sobre bordos_ en demanda del centinela
del estrecho.

Cuando no reinaba calma, la ventolina soplaba por la misma
proa. Pareca cual si el islote se resistiera  dejarnos libre aquel
difcil paso en medio del cual se levanta!

A la cada de la tarde del diez y nueve, las densas nubes que
perezosamente descansaban sobre los lejanos picachos de Mindoro
oscilaron en el firmamento, rodando  los pocos momentos compactas por
la celeste bveda, al empuje del tan deseado SE. Nuestro horizonte
poco  poco fu cubrindose de los blancos copos desprendidos de la
regin de las puras brumas, destacndose entre aquellos algn siniestro
nubarrn, arrancado por el viento del seno donde se engendra el rayo.

El _catavientos_ y las velas altas dieron seales de haber percibido
las primeras caricias del viento que tanto desebamos, despertando
la _Mara Rosario_ del letargo en que h tiempo estaba sumida.

El viento se _entabl_ por completo, reinando con bastante fuerza el
marcado en las _monzones_ de Julio y Agosto.

Una vez que qued la isla Verde entre la espumosa estela que dejaba
en las aguas una marcha de nueve millas, el estrecho se ensancha y
la navegacin se hace ms franca y menos peligrosa.

Con buen tiempo, SE. fijo, mar limpia de escollos, navegando en largo,
_demoramos_ por la proa la isla de Marinduque, teniendo  la banda de
estribor las extensas tierras de Mindoro. Esta isla que tiene ms de
cuatrocientas millas de costa, es casi desconocida, cual sucede en el
Archipilago con otras muchas y dilatadas comarcas. Los habitantes del
interior de la isla de Mindoro, han sido poco estudiados. El viajero,
el curioso  el que por su cargo inspecciona la isla, recorre las
costas, sindole muchas veces imposible internarse por oponerse la
fragosidad del terreno, lo inhospitalario de sus _pampas_ y bosques,
la falta de caminos, la carencia de recursos y el estado de algunas
tribus que se asemejan  las que habitan las montaas de _Mariveles_
y algunas provincias del Norte.

Respecto  estas razas, apenas conocidas, dice una notable publicacin
que vi la luz en Manila, lo que sigue:

En el terreno que ocupa la provincia de Ilocos Sur, habitan algunas
rancheras, cuyo principal nmero se halla en las altas montaas que
estn en la parte Este. Entre ellas se hallan las de los tinguianes,
busaos, igorrotes quinanos y negritos, las cuales se extienden por la
gran cordillera, compartiendo su posesin con las de los itetapanes,
quinanos, mayoyaos, silipanes y otras que se hallan en terrenos de
otras provincias del Norte de la Isla de Luzn. Daremos una ligera
descripcin de las razas que habitan en parte de la provincia de
que nos ocupamos,  ms prximas, que viven en rancheras y que
tienen alguna comunicacin y comercio con los pueblos civilizados
de ella. Los igorrotes habitan las montaas de la parte ms al Sur,
confinantes ya con la provincia de la Unin; los que se hallan en
los sitios ms apartados de ellas, no tienen comunicacin alguna
con los indios cristianos, pero los que ocupan los primeros montes
tienen algn trato con las poblaciones, y aunque su comercio es en
cortsima escala y muy lento, se ejecuta por lo regular en cambio 
trueque, ms bien que con numerario, pues de este solo se sirven para
la compra del oro que traen en pequeas partculas. Los igorrotes
infieles admiten en cambio de sus efectos toda especie de animales,
aunque sean intiles y despreciables, como el perro y el gato.

No conocen otra ley que la ms completa libertad, sin subordinacin
 autoridad alguna, y son inclinados  toda clase de vicios. No usan
otro vestido que una especie de faja de lienzo  de corteza de rbol,
segn pueden, que se llama bajaque, y ellos la denominan _baac,_ y una
manta por lo regular de las que se fabrican en Ilocos, y se conocen con
el nombre de bandalas,  bien un pedazo de tela cualquiera que colocan
sobre los hombros plegada  suelta. Las mujeres usan una especie de
camisilla  chaleco, abierto por delante, que atan con unos cordones,
y una manta ceida  la cintura que las cubre hasta las rodillas. Los
principales llevan la manta y el baac negro y con bordados; en sus
lutos usan telas blancas. Los igorrotes son de buena estatura, su
color es cobrizo amarilloso; los ojos grandes, rasgados y negros,
y con el ngulo exterior muy agudo y ms alto que el interior. Los
carrillos anchos y juanetudos; el pelo es largo, muy negro, y spero;
el cuerpo robusto y bien formado; suelen pintarse de colores, y en
la mano se hacen una figura parecida  un sol. Fabrican sus casas
 chozas de caa, cubrindolas con cogon, formando la figura de un
tringulo como una especie de tienda de campaa, y no tienen ms
luz que la que entra por el pequeo agujero que sirve de puerta;
generalmente las tienen muy desaseadas. En el centro de la cordillera
tienen casas mayores, de tabla de pino, que labran toscamente con una
especie de cuchillo de dos cortes que llaman _talivong_ y _bujas,_
el cual les sirve de arma. Usan tambin como ofensivas la lanza,
que arrojan con gran acierto, y las flechas, en cuyo manejo son poco
diestros y no alcanzan en esto  los negritos. Se alimentan con arroz,
frutas silvestres, races alimenticias, carne de bfalo, puerco y
ciervo, que cazan y preparan para su conservacin: segn se dice hay
entre ellos algunos que comen la carne humana, son muy asquerosos
y padecen muchas enfermedades cutneas. Las mujeres para los partos
se van  la orilla de un ro donde lavan la criatura as que ve la
luz; se baa tambin la madre, y concluda esta operacin, coloca el
recin nacido en una especie de cestillo  la espalda y se vuelve 
su choza. Su idioma es muy distinto del de los pueblos cristianos
confinantes. La observacin de las lunas les sirve de calendario,
y aun para formar sus pronsticos; los hay llamados bravos y mansos,
siendo los primeros los que no quieren comunicacin alguna con los
pueblos reducidos.

Los tinguianes es otra raza que se extiende por las montaas del Este
de Ilocos hasta la provincia de Abra: son mucho ms civilizados que
los igorrotes, y casi no merecen la denominacin de salvajes. Los
hombres usan calzones anchos y una chaqueta  chupa cerrada por
delante, como la de los chinos: se arrollan una tela  especie de
toalla  la cabeza, cuyas puntas con flecos caen con gracia sobre la
espalda. Las mujeres usan el mismo traje que las igorrotas, con la
nica diferencia de ser de color blanco, as como el de los hombres,
muy aseado, y bordadas las orillas de colores cuando estn de gala;
desde la mueca al codo se atan unos anchos brazaletes de abalorios
de colores, tan apretados, que les suele producir inflamacin en el
brazo y la mano. Del mismo adorno usan algunas en los pis y hasta
en la cabeza, cindose tambin un turbante, y otras se ponen una
especie de banda cuyo traje en conjunto es vistoso y bonito. El cutis
de esta raza es blanco, y con corta diferencia como el de los chinos;
su vida es frugal y aislada; comercian con los pueblos de cristianos;
pagan reconocimiento en frutos  en dinero; compran tabaco en los
estancos de los pueblos  reducidos, pero en una cantidad dada,
que reparten con equidad entre todos los vecinos de una ranchera,
son limpios y observan entre s cierta etiqueta, viven tranquilos en
sus pueblecillos, y su carcter pacfico pero suspicaz, los aproxima
mucho  los indios civilizados. Hay algunos pueblos de ellos reducidos
al cristianismo y cultivan extensos campos de arroz, teniendo piaras
de carabaos, caballos y bueyes: se ejercitan en la caza de venados
y son enemigos de los igorrotes. Esta raza por su color, facciones y
traje, se cree sea descendiente de los chinos, que segn tradicin,
se internaron por estos montes desde la provincia de Pangasinan
cuando el pirata Limahon fu batido y obligado  reembarcarse; pero
la historia de aquellos tiempos nada dice de que quedasen estos
restos del ejrcito, antes bien asegura, que todos se embarcaron;
pero ello es que esta raza de infieles es distinta enteramente de las
dems que pueblan los montes del Norte de la isla de Luzn. Hay otra
raza llamada de guinanos que habitan la parte interior del pas y 
la falda Este de la gran cordillera, que separa al Abra de Cagayan;
son de carcter feroz, y en los meses de Febrero y Marzo suelen hacer
sus correras al Abra con solo el objeto de cortar cabezas, sean de
cristianos, sean de tinguianes  igorrotes: para ello se aprovechan
de algn descuido; en teniendo alguna cabeza humana se retiran  sus
pueblos con gran algazara, donde celebran una gran fiesta que dura
muchos das. Concluda la fiesta, el matn guarda cuidadosamente el
crneo como prueba de su valenta, y es tanto ms estimado por sus
compoblanos, cuantas ms cabezas  crneos adornan sus casas; suelen
tambin estar en continua guerra unos pueblos con otros; siempre
acometen  traicin, y con grandes alaridos al echarse encima de la
vctima. Aun no ha sido posible hacer que penetrara hasta ellos la
luz evanglica.

Aunque bastante apartadas de la provincia de Ilocos por la parte
del Este, ocupa tambin esta cordillera la raza de los busaos
que confina con la de los tinguianes; sus tribus son de carcter
dulce y hbitos ms propensos  la civilizacin, se pintan el brazo
imitando varias flores, llevan grandes anillos en las orejas y otros
se cuelgan en ellas un gran pedazo de madera, lo que les alarga mucho
la ternilla. El traje de los busaos es parecido al de los igorrotes,
solo se diferencian en que llevan en la cabeza una especie de casquete
 solideo de bejuco  de madera, cilndrico y abierto por los lados
que algunas veces adornan con plumas; en lugar del _talibon_ usan
una arma llamada _ligua_ de la que usan tambin los tinguianes, que
es como una hacha de hierro casi cuadrada, con una punta por detrs
y mango corto, la que fabrican ellos mismos con hierro que extraen
junto  Benang; cultivan arroz con muy buen sistema de riego.

Los negritos que ocupan las montaas de Ilocos ms bien se extienden
hacia la parte de Ilocos Norte que hacia el Sur; se diferencian poco de
los dems negros de los otros montes de las islas; su escaso vestido
suele ser de cscara  corteza de rboles  alguna manta tosca; pagan
reconocimiento cuando se les puede hallar, reconocen por reyezuelo al
ms viejo entre ellos, y entierran sus difuntos en el monte, poniendo
junto al cadver eslabn, piedra, yesca, un arma y un pedazo de carne
de venado, y todo el que de ellos pasa prximo, ha de dejar algo de
lo que cogi en la caza  le dieron los cristianos.

En otro lugar leemos:

En las escabrosidades de las altas montaas de todas las islas
Filipinas, y en las espinosas de sus impenetrables bosques, habitan
numerosas razas  tribus de infieles, hasta cuyos desgraciados
individuos no ha penetrado an, por desgracia, la luz del cristianismo
y de la civilizacin. Las cordilleras de la isla de Luzn estn
habitadas por los _igorrotes, tinguianes, ifugaos_ y otras razas de
costumbres ms  menos feroces; pero la ms generalmente extendida
por todos los montes de las islas es la de negritos aetas, que por
sus caracteres genricos, su pelo crespo, sus labios prominentes y su
ngulo facial, se cree por algunos, sean los primitivos habitantes
de este suelo, pues concuerdan dichos caracteres con los de otros
que residen en la misma zona trrida de frica y varios puntos de
la Oceana.

Los de estas islas viven errantes en la fragosidad  de las selvas,
y aunque los hay de ellos que bajan  comerciar y se comunican con
los pueblos cristianos, se encuentran muchos que huyen de todo trato
con los hombres de distinta raza, manteniendo una continua guerra
con otros habitantes de los bosques. Se cree que los _desmayas,
malancos, manabos_ y _tagabotes_ de la isla de Mindanao, as como
los negros feroces de Nueva Ecija y otras tribus menos conocidas,
sean pertenecientes  la gran familia de estos primitivos moradores
de las islas.

Los negritos son en general pequeos, delgados y giles; pero no mal
formados. Tienen la nariz gruesa y aplastada, el cabello crespo como
lana enredada; el labio superior grueso y cado sobre el inferior;
su color es ms claro y menos feo que el de los negros de la costa de
frica, sin duda porque los de estas islas tienen ms frondosos bosques
donde resguardarse de la accin del sol y porque se comunican ms con
pueblos civilizados. Van completamente desnudos y se cubren con un
taparrabos de cortezas de rbol; los que tienen trato ms frecuente
lo usan de tela, y llevan adems un pedazo de coquillo de colores 
de manta echado sobre los hombros y se suelen poner un pauelo en la
cabeza. Los que comercian con dichos pueblos civilizados dan varios
productos de los montes, como miel, cera y bejucos,  cambio de telas
y de moneda: las mujeres de estos visten una ligera camisilla y un
tapis; las de los ms feroces van desnudas: las primeras colocan en
su pelo un peine de caa, en el que ejecutan finas labores, y por
sus orejas taladradas atraviesan un pedacito de rama en flor, que
adems de su erizada cabellera les da un aspecto extrao. Los hombres
solteros suelen usar tambin el peine de caa, como distintivo de su
estado. Todos ellos llevan siempre en su mano el arco y las flechas
que acostumbran  envenenar con jugo de plantas que ellos conocen,
en las cuales frotan  impregnan el hierro  punta de ellas; algunos
usan un carcax de caa bamb para colocarlas; en la cintura llevan
un cuchillo  _bolo_ muy afilado.

Se casan muy jvenes y aunque no se renen con sus mujeres, se les ve
tomar estado  los ocho  nueve aos. Les gusta mucho estar junto el
fuego; encienden grandes hogueras, y por la noche se acuestan sobre
la ceniza caliente; para mayor abrigo suelen poner entre dos rboles
una especie de techado de hoja de palma, y por la maana levantan el
campo para volver  dormir donde les coge la noche.

Las mujeres paren tambin sobre la ceniza: concludo el parto se baan
y vuelven  acostarse sobre ella y  cuidar de su hijo, el que cuando
marchan lo llevan pendiente del cuello   la espalda, sostenido por
un lienzo atado,  por una corteza de rbol apoyada en la nuca.

No se les conoce religin alguna. Comen puercos de monte, venados y
races alimenticias; pero nunca lo verifica uno solo. Tienen castigos
de pena de la vida para s y para sus hijos por varios delitos; uno
de ellos es el de robar una mujer ajena; pena conmutable, entregando
flechas y armas.

Nombran sus jefes  los ms ancianos. Entre los que frecuentan para
su comercio los pueblos cristianos, se suele investir  uno de ellos
del carcter de justicia, el cual impuesto de su cargo, los reune y
presenta cuando se les llama para el trabajo.

Sus distracciones consisten en el canto, en el baile y en ejercitarse
en el manejo de sus armas. Ejecutan un baile llamado _acubac_ que se
reduce  poner  las mujeres en el centro, y los hombres agarrndose
uno  otro por la cintura van marchando en crculo alrededor de ellas,
levantando la pierna dando una fuerte patada en el suelo al comps
de una cancin muy lgubre y pausada que con voz casi imperceptible
entonan las negras, y  la que ellos contestan con una especie de
terminaciones consonantes;  este triste canto le llaman _inalug_.

Por ms esfuerzos que se han hecho por los PP. Misioneros y por las
autoridades de las islas para civilizar  los negros aetas, y hacerlos
vivir en sociedad, todo ha sido infructuoso. Aman su vida errante y
salvaje, y tarde  temprano se vuelven  ella; ha sucedido ya estar
un negro enteramente civilizado y aun haber seguido estudios, y ha
desaparecido para volverse al monte  vivir desnudo y salvaje entre
sus compaeros. Estos desgraciados se niegan siempre  la luz de la
verdad y de la razn.

Las anteriores lneas son la prueba ms concluyente de lo mucho
que falta por hacer en Filipinas. A la vista de Manila, en su misma
baha, en la provincia de Bataan, se destaca la sierra de Mariveles;
pues bien, en sus bosques hay razas errantes sin ms dominio ni ley,
que las que Dios les dicta, ni la potente voz de los elementos que se
desarrollan sobre la inmensa copa de los rboles que les dan sombra,
alimento y guarida, y las que impone en la punta de sus flechas el
que impera por la ley del ms fuerte.

Todas estas razas respetan instintivamente al espaol, sobre todo si
no los hostiga y maltrata. El europeo que se pierde en los laberintos
de bejucos y verduras de Mariveles, no tiene que temer por su vida aun
cuando se encuentre con alguna ranchera de _aetas_; estos lo acogern
con mirada recelosa, mas bien pronto si ven que no les hacen dao,
se tornan dulces y serviciales.

El estado pacfico en que viven las razas de Mariveles, es sin duda
la causa del por qu no se las ha reducido,  pesar de habitar  las
puertas de Manila.

Cuntos misterios desconocidos, cunta riqueza oculta y cuntas
cosas ignoradas contendr la gran extensin de tierra que comprende
la isla de Mindoro, desde puerto _Galera_  punta _Bunga_!

Las montaas de Mindoro poco  poco fueron ocultndose en los
horizontes que dejbamos  la proa, aclarndose los de _Marinduque_
por los crculos que abra en el espacio el bauprs de la _Mara
Rosario_.

Las pequeas _Dos hermanas_, formando el vrtice del tringulo
que cierran _Banton, Bantoncillo, Simarra y Maestre de Campo_, se
destacaban perfectamente ante nuestra vista, como asimismo los pequeos
islotes llamados _Tres Reyes_ y el _Diamante_, azotados constantemente
por las encontradas olas, efectos de las corrientes y las notables
_resacas_ que refluyen su influencia desde las costas de Marinduque.

La pequea isla de Banton, nos trajo  la memoria un sin nmero de
recuerdos y un gran caudal de observaciones. En sus estrechos  lmites
habitaba nuestro querido amigo el Padre Pablo, fraile recoleto de gran
iniciativa, ciencia y decisin, que despus de haber desempeado en
Filipinas la supremaca del poder en la Orden, haba dejado el peso
y responsabilidad del Provincialato, por el recogimiento, la quietud
y el aislamiento de la parroquia de Banton, islote casi desierto,
inhospitalario y desprovisto de cuanto constituye lo ms necesario
de la vida.

Ya que la isla de Banton nos ha trado  la memoria  un antiguo amigo
fraile, y ya que tanto se ha dicho de estos, aadamos nosotros en el
siguiente captulo una pgina ms.





CAPTULO IV.

El fraile en Filipinas.

Al hablar de Filipinas es imposible dejar de ocuparse de las rdenes
monsticas: van tan ntimamente unidas con la historia y vicisitudes
por que ha pasado el Archipilago, que donde quiera se relate un
suceso, donde quiera se evoque un recuerdo, donde quiera se contemple
una obra, all est la mano, la inteligencia  la actividad del fraile.

Para comprender lo que vale en el Oriente, para apreciarlo en todo
su valor, es preciso vivir algn tiempo en el pas.

El fraile es el ser cosmopolita de la India; en su historia lo mismo
se le ve con el santo lbaro predicar la fe del Glgota, que dar
al aire la ensea de Castilla y voltear el bronce llamando  los
buenos en el rebato de sus torreones, siempre que algn peligro ha
amenazado patria  religin: alentados por estas dos palabras han
puesto repetidas veces sus pechos ante el enemigo de la raza,  el
cuello ante el cuchillo del martirio. Los campos de China durante
ms de dos siglos, la invasin de Manila por los piratas que hacan
temblar al Celeste Imperio, y ms tarde la gran baha llena de naves
inglesas, son imperecederas epopeyas en que las rdenes monsticas
han vertido su sangre, su persuasin y sus caudales.

El cosmopolitismo del bien, volvemos  decir, est sintetizado en
el convento.

A semejanza de la Edad Media, en que el Dios de las batallas con el
ruido de sus armas adormeca la inteligencia; cual aquella poca del
arns y de la lanza, se ocultaba en lo ms recndito de los clustros
la ciencia en el libro y el experimento en las primitivas mquinas;
 imitacin de entonces en que el fraile mantena vivo el estudio y el
saber, as en el da el clustro en el Oriente cual templo de vestales,
alienta la vvida luz de los humanos adelantos. Las bibliotecas de
los Dominicos, llenas de preciosos cdices; los gabinetes de fsica y
qumica, con cuantos aparatos han inventado las nuevas conquistas de
la inteligencia; las magnficas colecciones de la naturaleza tropical
en todas sus manifestaciones; los gticos capiteles de Santo Domingo;
las slidas construcciones de Agustinos y Franciscanos; el golpear
de las mquinas de vapor de los Recoletos; ensean que la ciencia,
el arte y la industria, tienen su asiento bajo la esfera de accin
de las rdenes monsticas.

El convento no solamente sintetiza en Filipinas,  la ciencia y el arte,
sino que tambin el laboratorio, la enfermera y la granja-modelo.

Sabido es cuan escaso es el personal de mdicos y cuntas provincias
estn entregadas  la virtud de sus plantas,  la tradicin de sus
remedios y  los ungentos y recetas del convento. Tanto el indio
como el castila que se siente aquejado de una enfermedad, llama al
fraile  la cabecera de su lecho,  va  buscarlo en sus hospitalarias
casas-haciendas, en la seguridad de encontrar ciencia para la materia
y consuelo para el espritu.

La hacienda de _Imus_ es una verdadera enfermera del castila, all
el que llega tiene cuidados, cama y mesa.

Desde el jefe superior de las islas al ltimo desgraciado, tienen
en Imus un carioso techo con solo llamar  aquellas puertas,
abiertas siempre para el bien y la caridad. No es solamente lugar
de convalecencia por sus condiciones naturales, sino que estas se
aunan con el perfeccionamiento y con el arte. Los baos de impresin
que tiene la casa son, sin duda por sus aguas y por la manera de
distribuirlas, unos de los mejores de las islas.

Cuantos requisitos constituye la granja-modelo, se encuentran en la
hacienda que nos ocupa. Espaciosos y bien preparados _tambobos_,
magnficas plantaciones de caa dulce,  buenas mquinas, extensas
roturaciones, puentes, presas, encauces, sementeras y un perfecto
reglamento de colonos se ven en aquella. El colono que experimenta una
desgracia en el hogar, percibe cuantos auxilios le son necesarios; si
la desgracia proviene del campo, si una avenida asola sus cosechas, si
el tallo de la caa se agosta ante el destructor hlito de un _tifn_,
el fraile remedia el mal sin que el colono vea amenazado su porvenir
ante los sombros colores de la usura. Cuando hay calamidades se
perdonan las rentas, y el _tambobo_  abre sus puertas, convirtindose
en piadoso  psito, seguro remedio de la propiedad y del labrador.

El viajero tiene no menos ventajas que el colono y el enfermo. El que
durante todo un da ha sufrido por bosques y caminos el sol tropical,
el que el aguacero ha mojado su cuerpo, el que se ve rendido por el
cansancio: alienta, se vivifica y cobra nimos al oir los consoladores
ecos de la esquila del monasterio, del convento  de la casa-hacienda;
bajo aquel bronce sabe hay espaoles, hay patria, hay hermanos. Es
preciso haber pasado un da en la India y sentir las fatigas del
cansancio y la sed, para comprender en todo su valor lo que significan
los ecos de la campana del convento.

El fraile del Oriente difiere completamente del que vulgarmente se
conoce; por esa misma razn lo juzgan algunos mal. El que crea ver
en aquellos el reflejo de los antiguos y silenciosos moradores de la
celda  los revoltosos seores de abadas, se equivoca soberanamente;
ni tienen la maliciosa reserva y maquiavlica intencin del claustro
de la Edad Media, ni la turbulencia y fueros de los guerreros-frailes
de la Reconquista, feudales seores de almena y mesnada, de cuchillo
y caldera.

El ser que nos ocupa es franco, decidor, leal, caballero; participa
de las buenas cualidades del mundo y el recogimiento asctico de la
celda. Es, y esta es su principal cualidad, _espaol_ por excelencia,
y todas sus tendencias, lo mismo las que desarrolla en la pltica,
como en el plpito, como en el hogar, tienden  la consolidacin y
bienestar de la colonia. En las veces que en Filipinas se han sentido
los rumores de la rebelin, el fraile siempre ha estado al lado de su
raza. No hay ejemplo alguno en la historia de las islas en que haya
aparecido ni remotamente complicado contra los suyos. Si Filipinas
tuviera una _verdadera_ historia, se vera hasta qu punto fueron
los frailes espaoles en las memorables jornadas en que el invicto
Simn de Anda dej la toga por el talabardo, oponiendo la fuerza 
la fuerza, la espada  la dominacin, la argucia  la mayora y el
heroismo  la desigual lucha. En aquella campaa, un puado de frailes
contuvieron la dominacin inglesa, teniendo en continua alarma  las
centuplicadas fuerzas de los enemigos.

La influencia que entonces y ahora tiene el fraile de Filipinas,
es preciso ser loco para no apreciarla y comprenderla. Como ejemplo
de su influencia y de su poder citaremos un episodio acaecido en la
insurreccin de Cavite.

En la fuerza de la plaza se encontraba al sonar la seal el lego
espaol de San Juan de Dios. Dado el grito, la rebelin desarroll
en su destructor crculo cuantos horrores caben en el saqueo y la
matanza. La embriaguez y la sangre haban corrido desde el rastrillo 
la plataforma, cuando aquellas hordas que gritaban muerte y exterminio,
que no haban perdonado sexos ni edades, se prosternaron de rodillas
ante el lego pidiendo les absolviera de todas sus culpas. Si el lego
hubiera sido fraile, y si su falta de conocimientos hubieran estado
representados por la elocuencia, confianza y prestigio del sacerdote,
es posible que las palabras no hubieran sido obras, y la accin no
hubiera pasado de proyecto.

El lego fu respetado, considerado y atendido por los que pedan
la cabeza de los espaoles, por el solo hecho de vestir un hbito y
una correa.

El ascendiente que el Padre ejerce sobre el indio est fuera de duda,
es indiscutible. Esta influencia es tan positiva que no titubeamos
en asegurar, es el primer elemento de colonizacin que tenemos en
Filipinas.

Al hacer las anteriores manifestaciones cumplimos con un deber de
espaoles: en este libro nos hemos propuesto decir la verdad en todo
y por todo, y aunque las ideas y opiniones del autor difieran de
las del fraile, est en el deber de hacerles la justicia de que son
acreedores. Ojal que todos los espaoles que vengan  Filipinas se
conduzcan cual lo hacen aquellos! Si esto sucediera ni daramos el
alerta, ni abrigaramos temores.

El fraile en Filipinas no solamente es un bien, sino que constituye
una verdadera necesidad.





CAPTULO V.

El estrecho de San Bernardino.--Cabeza Bondog.--Ruinas.--El volcn
Mayon.--Ancla!--San Jacinto.--Su Iglesia.--La india Ignacia.--El
toque de oracin.--El _atung-taqui_.

La navegacin del estrecho de San Bernardino, constituye uno de los
derroteros ms bellos y variados que se conocen. Desde la baha de
Manila  las aguas del Pacfico, hay unas trescientas millas en las
que se admiran toda la riqueza del suelo filipino. En el derrotero
que nos ocupamos no se pierde ni un solo momento la vista de tierra,
pasando tan cerca de ella en muchas ocasiones, que se hace precisa
gran precaucin.

No bien _doblamos cabeza Bondog_ y ganamos las aguas que separan 
la rica provincia Camarines Sur, de la isla de Buras, se principian
 dibujar en los horizontes de Albay, el famoso volcn que se admira
en medio de aquella provincia.

El volcn de Albay, llamado por algunos el _Mayon_, lo forma un cono
perfectamente regular. Se encuentra en actividad y es difcil verlo
despejado de nubes, las cuales lo ocultan casi constantemente, efecto
de su gran altura, proximidad  los focos de grandes emanaciones y
atraccin que ejerce sobre los frecuentes chubascos que vierten sobre
la provincia de Albay.

Las erupciones del Mayon son muy frecuentes, mas desde la acaecida
 principios del siglo, de la cual se describen tales horrores,  que
causan verdadero espanto, son poco intensas, estando habituados los
pueblos que se asientan  la falda del monte,  las convulsiones del
gigante que en un solo momento podr sepultarlos entre sus candentes
materias. La ascensin al volcn es sumamente difcil y arriesgada,
no teniendo noticias de que viajero alguno haya hollado con su planta
el vrtice del crter.

El da que la _Mara Rosario_ nos puso  la vista del Mayon, hubo
algunos momentos en que por efecto del fuerte SE. pudimos admirar
completamente despejado todo el espacio que cierra el magnfico cuadro
que llena el volcn.

La provincia de Albay es, sin gnero de duda una de las ms ricas
del Archipilago. El filamento llamado _abac_, es una inagotable
mina de los campos que comprenden aquella provincia.

Aquel producto ha llevado el bienestar y  la riqueza  sus habitantes,
los cuales  su vez, son la base de las cuantiosas fortunas que se
han cimentado sobre el abac: este es de tan buena calidad en los
campos de Albay, que las _cabulleras_ que con l se fabrican se
confunden con las ms slidas de camo, producto que en los usos de
la marina se ha reducido notablemente, desde que se explota aquel
filamento, el cual no solamente  se consume en el Archipilago,
sino que cuidadosamente es almacenado y prensado para ser expendido
en lejanos centros comerciales.

Las calmas que venamos experimentando nos agotaron casi todo _el
fresco_ de que podamos disponer, as que, aprovechando el seguro
y resguardado puerto de _San Jacinto_, anclamos en l  fin de
_refrescar_ vveres.

San Jacinto es un pintoresco pueblecito situado en la isla de
Ticao. Lo constituye aquel una extensa loma sobre la cual se asienta
diseminado un corto casero, en su generalidad de palma, destacndose
por su construccin un antiguo baluarte, la iglesia, la escuela y la
casa-tribunal. El cura que cuida de su parroquia se encontraba fuera
del pueblo y nos dijeron era mestizo chino.

El baluarte de San Jacinto es slido, de buena fbrica y perfectamente
situado; se extiende por lo ms alto de la loma dominando el pueblo
y el puerto. En el ngulo que corresponde  su entrada y sobre una
plataforma medio arruinada, se ve un can, que segn sus dimensiones,
pudimos calcular sera su calibre de 20  24.

La poca en que se edific el baluarte no la hemos podido precisar,
revelando el estado de los muros su vejez, con la que lucha la
consistencia y solidez de la construccin.

En el espacioso patio que cierra el permetro amurallado, se encuentra
la iglesia, y  medio concluir la casa parroquial; obra que segn
pudimos ver, pronto haba de brindar toda clase de comodidades  su
morador. La slida fbrica de aquella espaciosa casa,  cuya sombra se
alza la campana del templo; las aspilladas murallas que la resguardan;
las plataformas y el bronce que la defienden; la estratgica situacin
que ocupa, y la bandera que flamea en lo alto del torren, la asemejan
ms que  la casa del recogimiento y la oracin, al antiguo baluarte
de la Edad Media.

Aquellos muros carcomidos por el tiempo evocaron en nuestra mente
todo el grandioso pasado de los caballerescos siglos feudales.

La raza que habita San Jacinto, es la india pura; hablan el _visaya_
y sus moradores poseen todos los rasgos que caracterizan aquella. Son
afables, fuertes y de facciones bastante buenas. Vimos una india
llamada Ignacia, de un conjunto altamente simptico y agradable,
sobresaliendo en ella un largusimo y negro pelo, rasgo peculiar y
distintivo de Filipinas, en donde los hemos visto como en parte alguna;
consecuencia, sin duda, de no mortificar las races, pues generalmente
lo llevan suelto, y sobre todo, por la fortaleza y consistencia que
prestan los jugos del coco, aceite, cuyas propiedades es de todos
reconocida.

A ms del uso del aceite de coco, contribuye en gran manera
 la conservacin del pelo, el _gogo_, raz parecida  la de
la _mora_. Aquel se lava perfectamente y despus se exprimen sus
jugos. El jugo del gogo levanta en la batea donde se prepara, una
blanca  hirviente espuma; su uso es muy frecuente y, general en
Filipinas, y sin duda alguna que la frescura que presta  la cabeza y
la limpieza que origina, son causa, en gran parte, de que sea sumamente
raro encontrar calvos en el Archipilago.

La poblacin de San Jacinto la forman 1.800 almas, de las cuales
tributan unas 500, calculando en 250 los nios de ambos sexos que
asisten  la escuela, segn nos dijo el Gobernadorcillo.

Los productos son: el abac, el tabaco, la caa dulce, el ail y el
coco; de este nos sirvieron por va de refresco una suculenta ensalada
hecha de palmito. El palmito del coco, es sin gnero de duda, el ms
sustancial y delicado de cuantos dan toda la diversidad de palmas.

Al toque de oracin en Filipinas se le rinde culto.

Todo indio  la muerte del da, recoge su espritu y pronuncia una
oracin mirando al Oriente.

La campana de la iglesia anunciando la oracin, se mezcl con los
redobles del tambor del tribunal, y los huecos y broncos sonidos
del _atung-taqui_, que sirve para dar los alertas en las avanzadas
 _bantayanes_ de algunos pueblos de Visayas.

El atung-taqui filipina, es el rbol hueco, descrito por los primeros
exploradores de la India, y que todava se conserva entre los moradores
que habitan las orillas del _Amazonas_, y las dilatadas faldas del
_Chimborazo_, segn pudimos ver entre los objetos que los individuos
de la expedicin cientfica del Pacfico, exhibieron en los jardines
del Botnico de Madrid. [2]

Al toque de oracin de San Jacinto se cierran todas las puertas y
ventanas, y se apagan las luces, entonndose por los que se encuentran
dentro de las casas el _ngelus_; concludo este, cada cual vuelve
 su conversacin, su ocupacin  su paseo.

Nosotros hicimos una frugal cena, y despus de interrogar sobre la
localidad al Gobernadorcillo, buscamos el reposo en las mallas de
una hamaca de abac.

Ya que estamos descansados en tierra, y ya que hemos bosquejado  la
ligera  una india, veamos en las pginas que siguen, lo que es la
mujer en el Oriente.





CAPTULO VI.

La mujer india.--Angu--Pepay la sinamayera.--Una!!!

Desde los tristes monlogos de Adn (pues es de suponer no tuviera
ganas de conversacin con su _ex-costilla_, despus de lo de marras)
hasta los _Apuntes_ de Catalina, y desde las lgrimas de Ovidio, 
los ataques de nervios de Julieta, cunto se ha dicho, y sobre todo
cunto se ha calumniado, es decir, menos cuando no se ha calumniado,
 esas sensibles _palomas_ sin hiel,  esas infelices y desgraciadas
inocentes,  esas pobrecitas cofrades del sexo dbil.

A lo mucho que se ha dicho, vamos  aadir un poco ms.

No vamos  tratar  la mujer  la sombra de un _patrn_ de la moda
elegante, ni  la semiluz de una _bambalina_, ni  las tinieblas de un
coche con cortinillas, ni  los truenos y relmpagos de un _can-can_;
no, vamos  ocuparnos de la primitiva hija del Oriente, raza hoy
poco conocida, que despus de haber perecido casi por completo en
las Amricas, va siguiendo la misma suerte en los inmensos dominios
que comprende la India inglesa.

La raza pura la encontramos en cerca de seis millones de seres,
en el vasto Archipilago filipino.

Descorramos las _conchas_, alcemos el _tapanco_  descansemos un
momento bajo el _carang_, y al tornasolado de las primeras, veremos
 la india rica; bajo la palma del segundo, podremos estudiar la
india industrial,  sea la clase media, y al abrigo del tercero se
nos presentarn perfectos modelos de las hijas desheredadas de todos
aquellos dones que no sean el mojarse cuando llueve, admirar el sol
cuando sale y limpiarse el sudor si tiene con qu cuando calienta,
dones todos que la naturaleza prodiga de tal forma en el Oriente, que
cuando llueve lo hace tres  cuatro meses seguidos, con una fuerza,
un viento y unos truenos, que ni hay ms que dar, ni ms que pedir.

Ya tenemos prlogo. Exhibamos los tipos.

Supongamos que son las diez de la maana en Manila, y por consiguiente,
la misma hora en cualquiera de los pueblos que forman Binondo;
supongamos  ms que es la fiesta de la Patrona y que estamos cerca
de la casa del hermano mayor.

El hermano mayor es un sr exclusivo de Filipinas, es en las fiestas
como si dijramos, el _caballo blanco_ de nuestros espectculos,
 el editor responsable sin sueldo de un peridico demaggico en
tiempo de los moderados.

Decamos que estbamos cerca de la casa del hermano mayor, y esto
bien fcil nos es conocerlo, porque distintamente llegan  nuestros
odos los ecos de la marcha de _Pan y Toros_, tocata ahora en boga
en Filipinas, cual lo ser Dios mediante, dentro de ocho  diez aos,
la jota del _Molinero de Subiza_,  la _polka de Flama_.

Ya estamos  la vista de la casa.

Banderolas de todos colores, pauelos de todos ribetes, y trapos de
todos tamaos, ondean  no ondean (pues esto no depende del hermano
mayor), suspendidos, no digamos de ventanas y balcones, sino de
agujeros ms  menos grandes, abiertos en el cogon y algunos en
la tabla.

La msica la seguiremos oyendo, pues asisten las de los _dos gremios_,
y mientras la una toca, la otra come  fuma, y esto de amanecer
 amanecer.

Alguna que otra _dalaga_, adornada con cuantos objetos relucientes
ha podido encontrar, pasa por delante de nosotros con direccin  la
iglesia   la casa del hermano, que de seguro es lo menos _capitn
pasado_  _cabeza, de Barangay_, sociales jerarquas que le dan
opcin al _vos_ en el trato,  un asiento en la _principala_ y  un
trozo de banco que procurar est cerca,  del canuto donde coloca el
Gobernadorcillo el bastn,  del tallado del respaldo que representa
todo lo representable, pues en cuestin de dibujo y de talla los
indios no atascan, y llevan su despreocupacin hasta un punto que
hemos visto el retrato de un General muy conocido, sustitudo su
nombre por el del bienaventurado Santiago, y todo porque el general
est retratado  caballo y tiene algunos moros  sus pis.

Ejemplo del General convertido en Santo por la gracia de un
cortaplumas, que ha borrado un excelentsimo seor, sustituyndolo con
un San Antonio  San Andrs, es muy comn, y menos mal que al pobre
General lo hicieron Santo, pues si hubiera hecho falta una Santa,
conforme rasparon el nombre, lo hubieran hecho con el bigote y la
barba. Todo esto no se crea se hace riendo ni mucho menos, pues el
indio posee una formalidad y una fuerza de conviccin en ciertos
actos, que se cree las cosas ms raras y estupendas. De un frasco
de cristal con tapn esmerilado, nos deca muy grave un criado al
preguntarle por los bizcochos que guardaba, que se los haba visto
comer  las lagartijas.

El hermano mayor tiene,  ms de las prerrogativas marcadas,
el _non plus_ de los honores; el ms preciado y caracterstico
distintivo. Puede llevar dentro y fuera de su casa, lo mismo ante Rey
que Roque, cual antiguo mesnadero, no crean ustedes que el sombrero
puesto  las manos en los bolsillos, sino muchsimo ms; puede llevar
una camisa de faldones bastante largos fuera del pantaln, y una
chaqueta muy corta encima de la camisa. Esto no ser muy bonito,
pero es tan noble y distintivo que _guay_ del plebeyo que sin haber
sido siquiera _directorcillo_  _juez de sementeras_, osara profanar
aquella parodia de frac, que tiene por faldones faldamentos.

No queremos se nos olvide decir que la camisa _oficial_ es blanca y
la chaqueta negra.

Andando con direccin al ruido, hemos visto ms de un _camisa por
fuera_, ostentando un bejuquillo con puo de plata. Sus poseedores
ejercen jurisdiccin, tienen poder, son _tenientes_ de justicia,
funcionarios pblicos que pueden llegar hasta el _solio_ del superior
muncipe, el da que su jerrquica persona se vea atacada de un
fuerte _romadizo_.

Ya estamos frente  la casa del mayor cofrade; es de buen aspecto, su
construccin llega hasta el despilfarro de ser la cubierta de tejas y
estar rodeada de una espaciosa cerca de caas,  cuya sombra, y atados
 un _arigue_, gruen uno  dos _babuis_, huspedes indispensables
en toda casa india.

Un toldo que da sombra  parte del patio, bajo el cual toca la
msica; vistosas colgaduras en todos los bastidores de la casa;
sinnmero de faroles de todas formas, caprichos y tamaos, colgados,
atados  sostenidos donde quiera hay un clavo, un agujero, una rama
 un pequeo espacio, completan el adorno de aquella casa, que por
su alegra y aglomeracin de cosas y objetos, revela que sus amos
estn dispuestos  _echarla_ por la ventana.

Si tenemos la suerte de ir acompaados del Jefe de la provincia 
Alcalde mayor, nuestra presencia ser saludada con la marcha Real;
si el _bastn_ desciende de aquellas categoras, entonces nos tocarn
el _Mambr_  las _habas verdes_.

Ya estamos dentro de la casa; ya estn  nuestra presencia
_cabezang-Gogo; ora Putin_ y la hija de ambos, la _chichirica
dalaga Angu;_ que es como si dijramos en Europa el ex-diputado
Sr. D. Gregorio, la respetable Sra. Prudencia y la elegantsima
Srta. Mara.

Putin y Angu,  sean Prudencia y Mara, son los tipos de la india
rica. Observadlos y habremos llenado nuestro cometido.

Madre  hija en el momento que hemos pasado de la _escala_  la
_cada,_ dan la ltima mano  una de las mesas de viandas y dulces.

En las fiestas que describimos no hay sala de _buffet_ ni una sola
mesa. Todos los sitios de la casa son comedores. En la _cerca_
comen los msicos; en la antecocina, el _lancape_ se convierte en
mesa para los _batas_ y dems gente menuda. En la _cada_ el _lujo_
mejora notablemente. La cada es la destinada  los pretendientes 
hombres de justicia, _mediquillos_ sin parroquia, _cuadrilleros_ en
activo, _tulisanes_ arrepentidos, _jueces_ de ganados, aprendices 
_directorcillos_ y dems gente del bronce. Como la mesa de la cada
est  la vista de los que suben, procura Putin que est vistosa
y arreglada, en tanto que Angu recorre los papeles de colores,
inspecciona los _tinsines_ y pone rodajitas de limn  los cochinillos
fritos, manjar indispensable, sin el cual no hay convite posible en
la India.

Arreglada la cada, las dueas de la casa se dirigen  la sala. Aquella
es el tabernculo, es el _arca santa_ donde se ha puesto todo el
esmero y cuidado.

Andemos despacio no nos escurramos sobre las lucientes tablas del
pavimiento recin frotadas con hojas de coco, impregnadas de aceite.

El conjunto que presenta la sala es de lo ms abigarrado y
churrigueresco que imaginarse puede. Al lado de un fanal cuyos
cristales ensean el Cristo de Antpolo vestido de general, lucen
sus contornos dos figuras de barro de China, sobre las cuales se
apoyan bombones de caa, llenos de tabacos, bandejitas de cristal con
fsforos y _buyos_; y si las figuras conservan las manos, un pico en
el sombrero,  cualquier punto saliente, se ven colgados rosarios,
candelas, parches milagrosos y relicarios.

Las paredes estn cuajadas de pabellones de coquillo colorado, bombas,
farolillos, vasos, y guirnaldas de ramaje  flores de papel.

En un rincn se ostenta una lujosa arpa; esto ya quiere decir algo.

El centro de la sala lo ocupan dos mesas: en la una estn los platos,
botellas y repuestos de todas clases. La otra, ah! la otra merece
mucha atencin. _Es la mesa oficial_! Es como si dijramos, la
sepultura de la mitad de la fortuna de cabezang-Goyo.

La mesa oficial se sabe tiene mantel por las cadas, pues lo que
cubre la tabla est completamente lleno de cuanto produce la India y
los establecimientos de Europa. Donde no hay sitio para una fuente,
se coloca un candelabro; donde no halla lugar un plato, se acomoda
una taza; si no hay asiento para una jcara, se reprieta una copa;
y por ltimo, los huecos que quedan se rellenan con penachos de
palillos de dientes,  tiras bordadas de papel de colores.

Todo se ha inspeccionado por las amas de la casa, todo se ha visto
y todo se ha manoseado.

El gusto esttico de la india rica ya lo han visto ustedes.

_ora Putin_ descansa en una mecedora; su hija da vueltas  un collar
de olorosas _sampaguitas_, entrelazadas en una fina hebra de abac. Las
dos callan. Examinmoslas, y si es posible sepamos qu piensan.

Angu es una muchacha de 15  17 aos; su padre no recuerda el ao
que naci, pero sabe el nombre del cura que la bautiz, y el del
Capitn general que mandaba entonces las islas.

Para un _prctico_ del pas, Angu es guapa; es ms, es muy hermosa.

Esto merece una explicacin.

El tipo indio difiere poco: as que para hallar diferencias es preciso
la prctica y el tiempo. En corroboracin de esto, puedo decir que
tard ms de dos aos en distinguir la fea de la guapa; hoy ah! hoy
ya es otra cosa; he comido mucho _pltano_, y he estado trimestres
enteros sin ver siquiera un _cuarto_ de cara de las de all, as que
puedo asegurar que Angu es muy guapa.

Fotografimosla.

Angu es alta, fuerte, de abultadas y exuberantes formas; ha dejado
de jugar con las sampaguitas, y apoya indolentemente su cuerpo en
las conchas. Todo su sr respira dulzura y melancola. Sus ojos,
ligeramente entornados, estn fijos, estn en uno de esos momentos en
que _no ven_; tiene la falta de vida que constituye en la inteligencia
esas profundas abstracciones en que _nada_ pensamos. Los ojos de Angu
son negros, cual negras son sus largas pestaas y su hermoso pelo,
que esparcido en hebras le cubre la espalda y los hombros, haciendo
resaltar el color cobrizo de su cara, rasgo caracterstico de la india,
en cuyos cutis jams encontraris otro color. La nariz es menos chata
que las de su raza. Su boca es pequea, aunque de labios un tanto
gruesos; sus pmulos pronunciados; la frente deprimida; los dientes
pequeos y ligeramente coloreados por los jugos del buyo, y mrbidas
y correctas sus formas, segn podemos ver bajo la transparencia de
su rica camisa de _pia_.

Angu viste un costoso traje. Cual en Madrid en tiempos, el da del
Corpus, daba los patrones  la moda, as en Filipinas los da el de la
fiesta de Binondo. Con arreglo  lo tcitamente convenido en aquella,
nuestra dalaga ostenta camisa de pia sombreada, corto y airoso tapis
de glas, vistosa saya de gr  rayas verdes y blancas, chinela bordada
en plata, escapulario de finos relieves y terno completo de corales.

El traje de la india rica, que hoy se confunde con el de la mestiza,
es sumamente gracioso. No siendo una mujer _verdaderamente_ fea, parece
bonita con el pintoresco atavo de las hijas del Oriente. Ahora s,
lo que debemos manifestar es que el _aire_ para llevar ese traje es
preciso tomarlo desde el vientre de la madre. Con el tapis sucede lo
que con la mantilla; ni se puede falsificar ni se puede parodiar. Para
llevar tapis hay que nacer  las orillas del Pasig, como para terciarse
una mantilla no hay ms remedio que comer las papillas acariciado
por las brisas de Sierra-Nevada, dormir arrullado por las palmas y el
polo gitano, despertar con el alegre volteo de la campana de la Vela,
saber beber manzanilla, y en fin, y viva mi tierra! haber nacido en
aquel pedazo de cielo que se llama Andaluca.

La mirada de Angu sigue inmvil.

En qu pensar?

Abrigar temores? No. El sol alumbra en el horizonte sin nubes,
los canarios de China cantan sus amores, las _bomgas_ y las palmas
baten sus hojas ante la fresca brisa del mar. Con cantos, flores y
luz no puede haber temores. El _Asuang_ y todos los malos espritus,
ya sabe la dalaga que buscan las sombras.

Inmviles siguen los ojos de Angu! Dormirn ante el temor de
algn remordimiento,  ante el xtasis del placer de una satisfecha
venganza? No. Angu no tiene remordimientos, como no los tiene ninguna
india. Todo lo que hacen creen lo pueden hacer.

El deber y el honor tiene en la india una interpretacin muy diferente
que en el viejo mundo. Entre la raza pura, no habra necesidad de
escrituras ni protocolos. Jams una india del interior ha negado
una deuda, como jams ha llegado  ocultar un momento de pasin
en el sangriento drama del infanticidio,  en el misterioso torno
del expsito.

Lo que hace, si no lo pregona, tampoco lo oculta. Sufre con resignacin
cuanto le proporciona su culpa, y ni se queja, ni se lamenta, ni
se arrepiente.

Amar Angu? Obedecer su languidez  uno de esos tiernos
sentimientos que llenan el alma? No. Las pasiones de Angu, como todas
las de su raza son momentneas; aman hasta el delirio, pero olvidan
hasta la absoluta indiferencia. Es cierto que las horas que aman las
rodean de cuantas ternezas caben en el humano corazn, y de cuantos
carios y locuras puede soar un sr amante. Ella vela el sueo--ella
aletarga dulcemente nuestro espritu con el cadencioso susurro del
_cundiman_  el mimoso _mata-mata_; ella refresca nuestro ardoroso
cuerpo con el _paypay_  el _pancag_; ella nos rodea de una perfumada
atmsfera con las hojas del _ilang-ilang_  las blancas sampaguitas;
ella, si nos ve tristes, dice en su sencillo y potico lenguaje que el
cielo tiene nubes; ella, paloma del Oriente, arrulla  su amante con
sus palabras, sus caricias, sus canciones, mas ... en estos momentos
de abandono, sin saber por qu, sin causa ni motivo alguno, cesan
sus caricias y callan sus pasiones. El genio de la inconstancia
sustituye al dios de los amores; y la que momentos antes era la
esclava, torna  ser seora y deja el nido y al amante sin amor,
sin pena y sin recuerdos.

La india posee el indiferentismo en un grado tal, que todo le importa
poco. El amor propio suele adormecerla alguna vez, pero el despertar
es momentneo. Pruebas del indiferentismo indio se ven inmediatamente
que se ancla en un puerto de Filipinas. Asistid  un entierro y las
lgrimas que all veris, son cual el de las antiguas plaideras:
estas desempeaban su papel por el dinero: la india rinde un tributo
 la costumbre; vi que llor su madre cuando muri su abuela, y ella
llora cuando se muere su madre, sin que esto sea obstculo para reir
 bailar  las dos horas de verificarse el entierro. Entrar en una
casa de juego, pasin culminante de la india, y all la veris sin
contrarsele un msculo de su cara, y sin pronunciar una palabra mal
sonante su lengua, perder su ltimo dinero, y pasar de la riqueza 
la indigencia como si tal cosa. Colmarla de favores y de beneficios
y os dar si lo peda cuanto tiene; ms no esperis una palabra de
consuelo en el dolor, ni una lgrima, ni un significativo apretn de
manos en un momento solemne.

En la indiferencia ni nacen venganzas, ni anidan amores, ni se evocan
recuerdos.

Angu es indiferente.

Angu sigue inmvil. Ni piensa, ni siente, odia, ni ama.

Angu duerme.

       *       *       *       *       *

Esta es la india rica, este es su tipo. Llegar la tarde y disfrutar
un momento de vanidad al contemplarse rica y hermosa: se comparar con
las dems y se ver la dalaga mejor ataviada de la procesin. Esta
pasar por delante de su casa cuyas conchas atestadas de castilas
le mantendrn la vanidad, Concluda la procesin har los honores
de la casa, dar doscientas vueltas alrededor de la sala, ofrecer
sin cesar en bandejitas de cristal, pequeos bullos y secos tabacos,
bailar y hasta har vibrar en el arpa los recuerdos de alguna cancin
morisca  evocar la triste historia de _Atala_, desfigurada por la
_sangrienta_ mano de algn joven _filsofo_.

Despus ... despus la msica dar su ltimo _trompetonazo_, los
_tinsines_ su postrimer chisporroteo, y Angu despojada de sus galas
ni aun soar con el triste _Chartras._

Descorramos los bastidores.

Veamos otro tipo.

Entre la iglesia de Binondo  la capitana del Puerto, hay una calle
llamada de San Fernando: en la parte izquierda un trozo tiene portales.

A los portales de la calle de San Fernando vamos  llevar  nuestros
lectores.

En una de las tiendas, mejor dicho cajones, est nuestro tipo.

_Pepay_, sentada en el pequeo mostrador, observa  los transentes al
par que con una mano acaricia un fardo de diversas y pintarrajeadas
telas, y con la otra perezosamente da vueltas  un pequeo listn de
_narra_ que le sirve de medida.

Parmonos ante aquella tienda.

Estamos frente  frente  Pepay la _Sinamayera_.

La sinamayera,  sea vendedora de telas, representa la clase
industrial, la clase trabajadora.

Nosotros ya la conocemos de antiguo, as que de antiguo sabemos su
historia. La hemos visto crecer y no ignoramos todas las fases por
que ha pasado para llegar  ser tendera.

Contemos su historia.

Pepay no conoce  sus padres. Hurfana y nia recuerda haber dado sus
primeros pasos, en la cada de una _casa grande_. Pertenece  lo que
se llama la dudosa clase de _crianza_.

El nacimiento de las crianzas en su generalidad envuelve ms de
un misterio. La primera _bola_ de _morisqueta_ la hacen en casa
respetable, y dan el ttulo de _ta_  la duea de ella.

En Filipinas tambin hay _sobrinas_.

Nadie recuerda cuando naci Pepay ni quin la bautizo, pero todos
saben es sobrina de su ta.

Tan luego empez  balbucear en la Cuaresma las dos mil _mangas_
que empiezan con _manga_ Pilatos, y concluyen con manga celestial,
Pepay pas del bullicio de la casa al recogimiento del _beaterio_. All
aprendi  leer y escribir, y en estos progresos muri la ta.

La pensin dejo de pagarse. Los herederos de aquella no estuvieron
todo lo propicios al reconocimiento del parentesco, y Pepay se
encontr en el mundo  los quince aos, con una regular figura,
unos cuantos conocimientos, un buen deseo y un tanto de malicia,
fruta que sazona en todas las corporaciones de gente joven.

Pepay, como todo ser racional de la India, tena su compadre. Este
mantena un pequeo trfico naval. Era dueo de unos cuantos _cascos_;
provea de lea las tahonas de _Jol_ y _Gunao;_ haca comercio de
aceite y _palay_; contrataba carga y descarga, intervena en alguna
pequea contrata en el arsenal, y por ltimo, daba dinero  _mdico_
precio. Tan heterogneo comercio encontr una especie de tenedora de
libros en la crianza.

En su nueva profesin aprendi Pepay toda la ciencia _burstil_:
profundiz los productivos misterios que puede encerrar el _lamcape_
de la _bullera_, el _lusong_ de la _pilandera_, y las telas de las
_sinamayeras_, oprimidos seres, sujetos en su mayora  la usura,
terrible enemigo del capital.

Con una _mediana_ usura, un cuaderno de cuenta y una regular
disposicin, en poco tiempo puede hacerse de un peso tres,
multiplicacin que acab de comprender Pepay en las complicadas listas
de una vecina, _cabecilla_ de mesa de la fbrica de tabacos de Fortn,
personaje que, Dios mediante, encontraremos ms adelante.

Teniendo Pepay _alas_ propias, principi  volar fuera del crculo
de las operaciones ajenas.

Explot _zacatales_, y unas veces teniendo _aparceros_ y otras
_casamas_, recorri en pequea escala todos los negocios.

En las relaciones de su trfico tuvo ocasin de tratar con un guapo
mestizo, y con l y algunos cuartos di fondo en los soportales de
San Fernando, abriendo al pblico y  sus muchos amigos una tienda
de _sinamais_ y otras telas.

La india industrial difiere de la rica en que aquella tiene actividad
por das mientras que  esta constantemente la domina la pereza.

La primera gestiona sus negocios, piensa y observa, va y viene con un
pauelo lleno de cuentas, _reclamos_ y papeles; la segunda, comparte
la vida entre el bao, el _petate_, las fiestas y los paseos  la
luz de la luna.

Pepay, no por ser industrial deja de ser india; as que su actividad 
lo mejor se convierte en pereza, y sus ahorros, planes y clculos se
pierden en la inercia, en una apuesta de un gallo  un entrs contra
una sota.

Pepay difiere poco de Angu; es preciso fijarse mucho para distinguir
la india que compone la aristocracia del dinero,  la que caracteriza
la del trabajo. La verdadera diferencia est entre la clase pobre y
las dems, segn podremos ver en el boceto del siguiente cuadro.

En la cada de una elegante casa de uno de los aristocrticos
barrios de Manila, vese sentado sobre un petate un ser que con solo
mirarlo se comprende arrastra su existencia por el triste arenal
de las penas y amarguras. Aquel sr es una mujer, mejor dicho, una
nia. Sus facciones estn demacradas, y son miserables sus escasas
ropas. Entre sus descarnados y largos dedos, esponja y prepara una
_batea_ de _gogo_ que servir para refrescar y limpiar la cabeza del
soberano de aquella casa.

El soberano no es soberano, sino _soberana_. Es la casa de una rica
y guapa mestiza.

La pobre nia mira la hirviente espuma que forman los jugos del
gogo con la infantil complacencia de la que eleva blancas burbujas
de jabn. En su sonrisa hay, sin embargo, un no s qu difcil de
explicar. Aquella unas veces parece reflejar una completa idiotez, al
par que otras transparenta una melancola, una pena y un sentimiento,
cual si aquella sonrisa la alentara el genio que guarda los misteriosos
secretos del alma.

Pobre nia! Cul ser tu porvenir? Cul tu pasado?

Tu presente es negro, cual las alas del _panique_ de la noche! Tu
existencia triste, cual tristes son esas melanclicas flores que crecen
en todos los cementerios de la India! Ha tiempo eres esclava! Ha
tiempo fuiste llevada al _mostrador_ de la usura y quedaste empeada!

Tu madre era cigarrera; un da necesit pagar una deuda, y no teniendo
dinero se lo pidi  la cabecilla de su mesa: esta se lo di pero 
qu costa! T fuiste la hipoteca de aquel contrato; tu sangre, y un
trabajo sin tregua ni descanso, los rditos; y la absoluta prdida de
tu libertad, la clusula de aquel monstruoso pacto. Desde aquel momento
tuviste una desptica seora. El dinero dado era poco, ms los rditos
eran muchos; tu sudor era el pago. Tres aos de continuos trabajos,
no solo no bastaron para amortizar el capital, sino que acumularon
los rditos.

La madre de la pobre nia muri.

La _hipoteca_ que aquella contrajo, estaba existente.

Un da la mestiza,  quien sirve la nia, necesit un ser de sus
condiciones; habl con la cabecilla, y previos _justos_ y _legtimos_
pagos, le transmiti la _propiedad_, sin que para nada interviniera
la voluntad de la enajenada.

Se dir: pero la esclavitud existe en Filipinas? no hay leyes? no
velan justos tribunales?

Los hay; pero qu sabe la pobre nia de leyes, de jueces, ni de
derechos? Desde los pechos de su madre solo aprendi deberes. Su
ciencia se reduce & obedecer y llorar!

Aquel desgraciado ser que prepara el gogo, es posible que muera sin
haber podido pagar con una vida de trabajos el rdito de _ocho_
 _diez_ pesos dados  su madre. La ropa que usar mientras est
bajo el dominio de su seora sern los ltimos harapos de la casa,
dados por supuesto, con su cuenta y razn.

No decimos el nombre de la nia, porque no lo sabemos; es ms, no lo
sabe nadie. Su ama cuando la llama, dice solamente _una!_ y esa una
es la desgraciada hija de la cigarrera.

Es cierto que estos abusos van desapareciendo ante la asidua vigilancia
de la autoridad; ms sin embargo, tipos como el anterior se encuentran
todava en Filipinas.

Hemos descrito la individualidad; volvamos hoja, y aunque ligeramente
y  grandes rasgos, veremos la colonia en general.





CAPTULO VII.

Espaa en Filipinas.--Colonizacin.--Poltica.--Tolerancia
religiosa.--Juramento chnico.--Pascuas, festejos y
Confucios.--El _matand_.--El municipio dentro del municipio.--El
empleado.--Patritico aviso.--Desconocimiento de Filipinas.--Reformas
y mejoras.

Todas las colonias del mundo obedecen  un sistema fijo,  un
fin dado, beneficioso al dominador, al par que al dominado. La
colonizacin inglesa, la holandesa y hasta la misma francesa, bien se
estudie bajo el cosmopolitismo comercial de Singapore; bien en las
primitivas costumbres del malabar que lleva sus dedos  la frente
en seal de acatamiento ante una civilizacin de que se utiliza,
por ms que no comprende; bien se aquilate en las colosales obras
de la cisterna de Aden; bien en las riquezas de los mercados de
Calcuta y Bombay; bien en la transigencia de la pagoda; bien en
las sagradas corrientes que baten la drudica pea  dan vida al
murdago del sacrificio; bien que esa colonizacin se levante 
la sombra del peasco de Hong-Kong, atalaya que vigila al Celeste
Imperio; bien que se extienda por las abrasadas arenas de la Arabia,
bblicos recuerdos que evocan las civilizaciones faranicas; bien que
respete antiguos usos, contemporizando con las grotescas frmulas del
ritual cipayo; bien viva bajo el protectorado yankee en las ondas
del Pacfico; bien  la sombra de la tricolor bandera de Saign;
bien que se extienda desde los modestos establecimientos de Macao,
 las opulentas factoras de la India y de Java, donde el indgena
percibe los efectos del telgrafo y del vapor, sin que jams llegue
al conocimiento cientfico de las causas que obran bajo el mbolo de
la caldera que desarrolla la fuerza  la confusin de los elementos
de la pila que arrancan el rayo; bien que la metrpoli explote, ora
el sensualismo malabar, ora el embrutecimiento en que reduce al chino
las perniciosas emanaciones del anfin, siempre vemos su razn de ser,
su principio vital de conservacin, extremo al cual debe llevar la
raza dominante todo su estudio, toda su ciencia y todos sus cuidados.

En Filipinas, en ese riqusimo Archipilago que constituye por la
feracidad de su suelo la colonia mas rica del mundo, en lo nico que
puede decirse se asemeja  las dems en cuanto  la constitucin
que las gobierna, es en la tolerancia, tanto religiosa como
poltico-administrativa.

En un pas como Filipinas que viene anatematizado poco menos que
como una sucursal de los antiguos y terrorficos tribunales del Santo
Oficio. En Filipinas, _nido_ de frailes, de procesiones y de jesutas
cosa rara! puede decirse hay libertad de cultos. Se creer esto
de aquellas comarcas simbolizadas por el que no las conoce bajo la
intransigencia del exorcismo, de la intolerancia y de la presin del
plpito y del confesonario? La libertad de cultos existe de hecho y
de derecho; tanto es as, que se ha legislado y est, vigente en los
Reales autos de las Islas las complicadas frmulas de los juramentos
chnicos; de modo que no solo el chino practica su ritual, sino que
hace partcipe de l  catlicos rancios, pues no otra cosa sucede ante
el sacerdocio de la ley, tan luego acude en juicio un chino y pide
la solemnidad del juramento. Esta peticin es legtima, la ampara la
ley, y el juez se ve precisado  presenciar, autorizar y respetar el
que el santuario de la justicia se vea ahumado ante el fuego de las
invocaciones, y los profundos textos del Rey Sabio interrumpidos por el
cacarear de los gallos blancos que han de ser degollados en el ara, que
no es, ni ms ni menos que el pavimento de los estrados del juzgado.

La pascua chnica se celebra en Filipinas por los sectarios de
Confucio, frente  frente de la autoridad y de las Ordenes monsticas,
sin que la una ni las otras les pongan el ms ligero veto. La quema de
las candelas, los altares que se ven en la mayor parte de las casas de
los chinos, la prctica de su ritual, y la exhibicin de sus genios
y Confucios son bastantes pruebas de la tolerancia,  mejor dicho,
de la proteccin en materia religiosa.

Esta transigencia que vemos en el terreno de las conciencias, la
vemos quiz ms amplia en el rgimen y gobierno.

En Filipinas casi casi puede decirse impera tcitamente
una Constitucin, que se aproxima  las ms avanzadas. Esto
parecer una paradoja. Encontrar la libertad en lo que se cree
el absolutismo! Hallar la frmula federal al pie de los sombros
muros del convento! Es esto posible? Recorred los dilatados campos
de Filipinas, y al encontrar el modesto bajay del indio, descansar un
rato  la sombra del cogon  la palma; estudiar la familia que guarece
y veris una pequea colonia sujeta  la voz patriarcal del matand, 
sea el ms viejo. Donde ste pone su veto no hay rplica ni discusin,
sino obediencia. Este jefe de familia en unin de algunos de su gremio,
nunca de otro, se sujeta en sus relaciones con el Estado al cabeza
de Barangay, autoridad electiva que vela al par que vigila por las
familias encomendadas  su cabecera, la cual rinde homenaje ante el
Alcalde pedneo  sea Gobernadorcillo, funcionario que ha de salir
del mismo gremio que sus gobernados. Bajo este sistema que nace en
el patriarcal, y que constituye el Municipio dentro del Municipio,
puesto que cada uno cuida de las propias necesidades y de las
circunscripciones en que habita, vive el indio bajo sus primitivas
costumbres con una libertad no interrumpida por la confusin de
razas, puesto que lo mismo aquel que el mestizo y el sangley, saben
que su Municipio ha de componerlo, tanto en la Principala como en
los Barangais, individuos  de su misma raza. Dgase si esto no es
la vida del Municipio dentro del Municipio y si esta es una odiosa
esclavitud  una benfica dominacin.

A ser posible que el indgena pudiera comparar viendo lo que pasa en
las dems colonias, de seguro bendecira da y noche el patriarcal
dominio que por ellos vela.

Desgraciadamente, nuestro sistema de colonizacin pierde su semejanza
con el de las dems, en otras muchas cosas, haciendo llegar no pocas
veces la metrpoli  sus posesiones un hlito que si en Europa vivifica
en el Asia envenena.

En Oriente el espaol no puede ni debe ser ms que espaol, ajeno
de pasiones polticas y exento de miserias cortesanas. La clave de
este principio fundamental de colonizacin est en los gabinetes
de Madrid. La eleccin del empleado, su mayor saber, las garantas
para el porvenir y la verdadera estabilidad son las bases en que se
asienta en otras colonias la gran obra de su dominacin.

La Inglaterra en la India, la Holanda en Java, y hasta el Portugal en
China, sus empleados son escogidos entre los buenos, son vigilados y
templados en el yunque de una constante inspeccin. El que sale de
la prueba, el que con su ciencia y merecimientos es declarado como
bueno, su porvenir en Colonias es seguro, cual seguro es el bienestar
de sus deudos si alguna de las enfermedades  le hacen dormir el sueo
eterno lejos de su patria y de la fosa donde descansan los suyos.

Bajo este principio nace la emulacin y el perfeccionamiento en la
esfera del deber. La prctica facilita el trabajo, al par que las
virtudes del bien y de la moralidad se aunan bajo la morada en que
se podrn llorar ausencias, mas no temer la venida del correo y la
cesanta, y con ella quizs el mendigar el pan  volver  su nativo
suelo enervadas las fuerzas por una laboriosa aclimatacin,  muerta
la fe ante una larga serie de sacrificios olvidados.

Estabilidad y suficiencia en el empleado. He aqu la clave de todas
las mejoras.

Filipinas es dcil y ama al espaol. La suerte de Filipinas reside
en Madrid.

Con tiempo damos el alerta desde sus tranquilas tiendas.

Mucho se habla de nuestras colonias del Asia y no menos se escribe,
pero en qu tonos? por quin? y sobre todo con qu grados de
conocimientos? Unos, porque absolutamente no conocen la localidad;
otros, porque alientan ideas rutinarias  quizs lo que es peor,
por querer vengar rencillas y miserias, y los ms, porque toda su
experiencia y saber se reduce  haber ido cuarenta das en un camarote,
instalarse en Manila, cobrar una nmina conociendo al habilitado,
aunque no siempre al jefe, extender sus correras por el pas 
la Calzada, los _fosos_ de Santa Luca, el campo de _Bagumbayang_
y lo ms lo ms llegar  las aguas de _Malinta_,   las provistas
despensas de los frailes de _Imus_; y con semejante extensin de
tierra y el solo hecho de haber desembarcado en Manila y vivido unos
cuantos meses  aos dentro de su murado recinto, arreglan el pas
y escriben  furibundos artculos que no tienen de Filipinas ms que
las gotas de sudor que caen de la frente  la cuartilla.

Es preciso comprender y acabar de persuadirse  que Manila ni
personifica ni representa ms que un pueblo grande, que en vez de
reflejar las costumbres de la India lo hace ms bien de las de Europa.

Qu espaol que no haya salido de Manila conoce las costumbres de
los siete millones de habitantes de las Islas,  los rudimentos de
cualquiera de los treinta y tantos idiomas que se hablan? Ninguno.

Filipinas donde hay que estudiarlo, es en sus dilatadas _pampas_,
en sus bosques vrgenes, en sus campos de impenetrables _cogonales;_
all bajo la palma  la bonga vive y muere el indio en su primitivo
estado, con su dulce carcter, su notable indiferentismo y su
felicidad no perturbada por las exigencias que aumentan al par que
la civilizacin crece.

El elemento espaol, volvemos  repetirlo, porque mucho importa, es lo
primero en que debe fijar el Gobierno todo su cuidado. La ignorancia
por una parte, antiguos hbitos por otra y confusas ideas que no
concluyen de conocer las cabezas en que bullen el dao que hacen, es
lo que, salvo honrossimas excepciones, constantemente estn llegando
 las ricas y frtiles comarcas del Oriente. Hasta el da en que el
funcionario se persuada que al llegar al Corregidor debe ser otra cosa
distinta de lo que hasta entonces fu; hasta que comprenda que ciertas
ideas debe guardarlas cuidadosamente en el secreto santuario de los
recuerdos sin que jams salgan  la lengua; hasta que la inamovilidad
del empleado sea una verdad al par que verdad sea su suficiencia;
hasta que la confianza y las garantas alienten el comercio y con
l la acumulacin de capitales; hasta que el espaol descentralice
el producto de manos extranjeras; hasta que una buena inteligencia
secundada con un buen deseo, haga de las provincias tabacaleras lo que
deben ser; hasta que la ilustracin universitaria llegue solamente al
conocimiento de la virtud y no al comentario histrico de los pueblos
y de los derechos de los hombres; hasta que ingenuamente y con los
datos  la mano confesemos que el fraile podr ser, habr sido y ser
en Europa lo que se quiera, pero que en Filipinas es una necesidad
personificadora de dominacin y de ahorro, lo primero, porque fueron
siempre espaoles, porque ejercen una influencia positiva y porque
conocen el pas; y lo segundo, porque son los soldados avanzados que
menos cuestan al Estado; hasta que el conocimiento del fraile origine
las garantas para el porvenir que tiemblan al par que preveen; hasta
que en ellos renazca la antigua confianza, no del poder omnmodo que
ejercieron, sino de la estabilidad porque temen, ante cuyo temor nace
el indiferentismo, que previene, al par que aleja  las procuraciones,
acumula en las misiones  oculta en lo ms recndito de los claustros,
capitales que estaran en circulacin; hasta que la conciencia no
salga de la persuasin del misionero espaol; hasta que al Gobernador
superior se le den facultades propias, creando una verdadera situacin
de confianza en los actos del que manda, como confianza debe tener
en l quien le nombra; hasta que los centros gubernativos ejerzan
alguna polica llevando su mirada inspectora  un poco ms all de los
cortos renglones de un pasaporte; hasta que el ministerio de la ley
corra parejas con el sacerdocio de la conciencia; hasta que el hlito
revolucionario que se asienta en el viejo mundo ante los humeantes
escombros de la _Commune_ y las teoras de la Internacional, quede
dentro de la Administracin de Correos de Manila, no llegando jams 
despertar inteligencias, que ni alientan ambiciones porque no conocen
necesidades, ni abrigan miserias, porque sus odios son francos y se
dirimen con el talibn  la flecha y no con sonrisas hipcritas que
encubren la farsa y la mentira; hasta que esto poco  poco no vaya
corrigindose, el extenso Archipilago filipino no llegar  la meta
de felicidad, de bienestar y de riqueza  que es acreedor.

Demasiado comprendemos que el remedio  lo anterior no cabe en las
bases de un proyecto ni en la sola concepcin de un buen deseo;
buensimos los han tenido algunos de los ministros que se han venido
sucediendo en la cartera de las Colonias, pero el mal es antiqusimo
y el remedio necesariamente ha de ser paulatino. Esto prcticamente lo
ven los gobernantes  los primeros pasos que dan en el terreno de las
mejoras. La imposibilidad por una parte, falta de tiempo por otra,
y circunstancias gravsimas y difciles en la metrpoli las ms,
son los principales escollos que tenazmente se oponen  los mejores
deseos que  ms de lo anterior y de estar abstrados por tanto y
tanto acontecimiento por que est pasando nuestra querida Espaa,
luchan con la distancia, la falta de datos, la adulteracin de los
hechos, la imposible inspeccin y el tardo remedio.

Gran patriotismo, tiempo, inteligencia y buenos deseos, y todo se
andar. [3]





CAPTULO VIII.

Islote de San Bernardino.--El Gran Pacfico.--Cielo y
agua.--Nostalgia.--El secreto de las mareas.--Calma sospechosa.--Pesca
del tiburn--Los crepsculos en la mar.

Poca fu la estancia en San Jacinto y pocos fueron los vveres
con que pudimos reforzar las cantinas de la _Mara Rosario._ Unas
cuantas cabras, un centenar de aves y algunas verduras, fu todo lo
que pudimos conseguir.

Aprovechando la brisa matinal, salimos del pequeo puerto de San
Jacinto poniendo proa al cercano islote de San Bernardino, el cual
no tardamos mucho en doblar, merced  la _empopada en redondo_ que
nos favoreca.

El pequeo islote poco  poco fu ocultndose en los espacios, siendo
sus difusos contornos el adis que nos daban las playas filipinas.

La _Mara Rosario_ navegaba en ancha mar. Las revueltas ondas del Gran
Pacfico nos mostraban por doquier los inmensos dominios donde viven,
sin percibir por ninguno de los horizontes, la arena donde mueren.

El gran nmero de islas que dejamos tras la estela, la diversidad de
panoramas que habamos admirado, la riqueza del suelo, la patriarcal
y primitiva vida que reflejaban en sus toscas construcciones, el sin
nmero de casas de nipa y palma enclavadas en el monte y en la playa;
todo, todo desapareci.

Solo cielo y agua! Solo inmensidad!

El Ocano tiene para m tantos recuerdos, nos conocemos tanto, y me
son tan familiares sus manifestaciones, que siempre que tras algn
tiempo contemplo su grandiosidad, experimento un indescriptible placer.

El Ocano constituye una verdadera necesidad de mi vida.

Lo mismo que para apreciar la salud es preciso haber estado enfermo,
as para comprender ciertos problemas de la vida, hay que ir  leerlos
 los _azules desiertos_, misteriosos y dilatados dominios que no se
sujetan  ms ley que  la de Dios, ni reconocen ms soberanos que
al gigante del da que deshace en perlas sus brumas, y  la tmida
_sultana_ de la noche, que muestra su influencia en esos misteriosos
besos en que las ondas elevan hacia el  su espuma, cual si fueran
los brazos del amante, que buscan  su amada.

El misterio de las _mareas_ est basado en la simpata que tiene
el Ocano con la luna. Mientras esta alumbra con su plida luz, los
genios de la mansin de los corales alzan hacia ella la superficie de
su lquida crcel; cuando se retira, cuando apaga su ltimo destello,
los genios duermen, quedando las ondas en su natural estado.

La _esclava_ del sol puede estar orgullosa de su _seor,_ que la
presta la majestad bastante, para que reine durante la noche.

El que no conoce el Ocano; el que no ha vivido algunos das en sus
dominios, es un _sr imperfecto_.

Los rabes se conceptan desgraciados hasta  que no visitan la Meca;
yo en cambio creo que la verdadera desgracia es la de morirse sin
haber recorrido el Ocano.

El Ocano es el nico _maestro_ que en la vida ensea  amar y
 perdonar!

       *       *       *       *       *

La _Mara Rosario_ navegaba por el Pacfico con una marcha de _ocho
nudos_, cuando de pronto en la noche del da primero de Agosto fu
aflojando el viento, cesando  las pocas horas por completo.

En calma amaneci el da dos, pero en una de esas calmas que indican
ser precursoras de borrascas en la pesadez de su influencia, en el
sudor pegajoso y poco franco que origina, y en los tintes plomizos
que toman las aguas, las cuales adquieren una completa inmovilidad;
una de esas calmas en que ni el timn rige, ni la vela _flamea_,
ni el _catavientos_ oscila, ni el mar muestra en la superficie de
su insondable abismo, ni el ms ligero ampo de espuma, ni el ms
imperceptible de sus movimientos.

Por las _portas_ y _batallolas_ de popa, de cundo en cundo
se divisaban las ondulaciones proyectadas  flor de agua por el
inseparable compaero de los barcos en las regiones de calma, por
el ms carnicero y terrible habitante  de las ondas, por el temido
tiburn.

Uno de grandes proporciones pag con la vida su persistencia.

A cosa de la una de la tarde, despus de darnos la observacin
la situacin de 14 2' latitud N. y 141 13' long. E., se arm el
aparejo de pescar; varias veces el tiburn se acerc  la carnaza
que envolva el hierro; varias veces haba mostrado  nuestra vista,
transparentando en el azul espejo su blanco vientre al revolverse
perezosamente sobre su plomizo lomo para morder, y varias veces se
haba frustrado el que los corbos dientes del anzuelo hicieran presa,
hasta que excitado el voraz apetito del monstruo, se coloc de dos
fuertes aletazos al alcance de cebo, el cual vimos sumergirse en
la informe  masa que presentaba su descomunal boca. La fuerza de
la embestida y la violenta contraccin de sus poderosas mandbulas
armadas  de triple hilera de dientes, fueron bastante   sepultarle
en la cabeza las afiladas barras.

Herido el tiburn trat de apelar  la huida buscando en los profundos
abismos su salvacin; mas todos sus esfuerzos se estrellaron en lo
bien templado del hierro que lo aprisionaba, y en la consistencia
del _aparejo_ que lo sostena.

_Sujeto el cabo  izada_ la cabeza del tiburn fuera del agua, se le
ech un doble aparejo _oprimiendo_ en el crculo de un nudo corredizo
las aletas. En tal estado la muerte del tiburn es segura; hasta que el
crculo del nudo corredizo no se entierra entre la blanda carnosidad,
y las aletas no presentan un fuerte apoyo, todava puede librarse de
la muerte, bien safndose del hierro por desgararse  la piel  los
supremos esfuerzos del animal, bien y debido  aquellos el romperse
el cabo  el mismo hierro, lo que no sucede cuando queda suspendido
por el anzuelo y por la doble cuerda.

Al alcance del brazo de la tripulacin permaneci el tiburn ms
de media hora, recibiendo en la cabeza en ese espacio de tiempo un
sinnmero de golpes con hachas y _espeques._

El que no haya presenciado la muerte de un tiburn, no puede
comprender el gran principio de irritabilidad y fuerza vital que
posee su organismo. Mucho tiempo despus de estar separadas sus
grandes vsceras, producen las masas informes del tiburn terribles
contracciones que algunas veces han sido bien funestas, pues el
poco conocimiento  la imprudencia han sido causa de que algunos
pasajeros hayan perdido un pie  una mano, entre mandbulas que crean
desprovistas de fuerza vital.

En la comida de la tarde se nos sirvi un plato de tiburn, del
cual podemos decir sucede  con l lo que con otros muchos animales,
que no se comen porque la tradicin, sin consultar con el paladar, ha
puesto su veto, veto que nosotros hasta cierto punto podemos desmentir
respecto al tiburn, el cual tiene gastronmicamente considerado,
mucha semejanza con el llamado cason.

Agotados los comentarios y depurado bajo todas sus fases el
acontecimiento del da, pues acontecimiento es  bordo cuando se lleva
una larga navegacin cualquier incidente, volvimos nuevamente  la
desesperante calma que tena al barco cual si estuviera enclavado en
aquel dilatado desierto de agua.

Ni el _catavientos,_ ni las nubes, ni el barmetro,  ni el cariz del
cielo nos presagiaban seales de viento, reinando absoluta inmovilidad
en las ondas y en las lonas.

En tal estado, vino el crepsculo vespertino.

El que no ha contemplado un crepsculo vespertino en las zonas
intertropicales, no ha visto la celeste bveda en toda su belleza.

En el crepsculo  que nos referimos, pareca que el Creador haba
depurado todas las divinas tintas celestiales para esparcirlas en
la inmensa bveda, en la cual poco  poco fueron confundindose 
medida que el gigante de la luz hunda su lumbre en los horizontes
del Poniente.

En aquellos momentos todos estbamos sobre cubierta; todos admirbamos,
y todos callbamos,  porque nuestro espritu, en alas del deseo,
se posaba en otras regiones.

Todo era sentimiento! Todo poesa!

El da iba  morir!

Una ligera brisa del Sudeste hinch las velas, murmurando triste entre
_jarcias_ y _obenques_,  y compactos y plomizos celajes aparecieron por
los horizontes de la aurora, trayendo en su seno la inmensa mortaja
que bien pronto cubrira todo el espacio, abriendo una _hoja_ en la
historia del ayer, y _borrando_ una _pgina_ en el _libro_ del maana.

Lo que el alma experimenta en esos momentos no se puede explicar;
el mortal se aproxima  Dios, y el hombre es demasiado pequeo para
remontar su vuelo al conocimiento del Creador.

La muerte del da se asemeja al ltimo suspiro del moribundo. El
ltimo aliento del enfermo es una palabra de perdn; la ltima mirada
al sol que desaparece es una oracin.

El crepsculo matutino es la actividad, la vida. El vespertino es
el sentimiento, la poesa. Aquel, la juventud, la primavera; este,
el otoo, la melancola. El primero es el alegre trino del ruiseor,
la exuberancia de vida de la verde hoja, el vivificador grito de
tierra! del nufrago marino; el segundo, el clamor de la solitaria
trtola que gime entre la floresta, la mustia hoja arrastrada por el
cierzo, la blanca lona, que cual las alas de la gaviota, se cierne
en los poticos lagos.

La corta duracin del crepsculo matutino crea la admiracin, la del
vespertino, los recuerdos. Estos, para una madre alejada de su hijo,
representa una lgrima; para el amante, un suspiro; para el poeta,
una inspiracin.

Todas las ideas que nuestra mente forja ante el sol que desaparece,
son otros tantos pensamientos de amor.

El espritu siente una extraa armona ante el mudo estertor del da
que muere, como igualmente al percibir las primeras caricias del que
nace; en aquel, las vibraciones que dan las sensibles cuerdas del
alma, originan acordes tan dulces como la mirada de la tierna madre
que vela el tranquilo sueo de su hijo; en el ltimo, los acordes son
alegres y ligeros, cual las modulaciones del jilguero. Los primeros
son el _nocturno_ sublime de la muerte; los segundos, el bullicioso
_allegro_ de la vida.

El crepsculo vespertino, visto desde un mirador, es sumamente bello;
contemplado en regiones intertropicales desde el puente de un buque,
es altamente conmovedor.

Ningn espectculo produce tanta admiracin como ver por primera vez
la cada de la tarde en medio de las inmensas soledades del Ocano.

No hay nada que hable tanto al corazn como los cambiantes que ese
espectculo desarrolla en su gigantesco panorama. Rizadas olas por
doquier, reflejando en su seno colores indefinibles que salpican
el firmamento, bulliente estela revolviendo entre su espuma tintes
oscuros, graznidos lgubres de pjaros marinos, y parduscos horizontes
que se estrechan, forman el imponente y majestuoso cuadro.

El crculo inmenso que  la vista se presenta por momentos se
reduce. El marino entonces, cual el autor de los _Tristes_ encomendaba
al _Noto_, murmurase una splica al odo de Augusto, deposita en el
cfiro que acaricia la lona de su ligero buque un pensamiento que
generalmente dice _para ella_! Este _ella_! sintetiza toda una
potica historia.

Con la puesta del sol, la muerte se presenta ante la imaginacin
del navegante, y recuerda el humilde techo del hogar domstico, el
apacible calor de la casa, el ngel de sus amores. Ensimismado en
esos tiernos recuerdos contempla la ltima luz del moribundo da,
llevndole su fantasa  los sitios que suea.

En esos momentos una sonrisa se dibuja en sus labios, y una silenciosa
lgrima rueda por sus facciones, valientes, cual los fieros elementos
que las rodean, rudas, como el aquiln que sobre ellas se estrella,
y vivas, cual los tropicales rayos que las alumbran.

La lgrima del hijo del mar compendia toda  una existencia de
recuerdos. Aquella lgrima es la carta que dirige al sr por quien
suea, desde los salados desiertos del Ocano, ora envuelto en la
inamovilidad de la calma, ora en medio de la terrible lucha de gigante
que continuamente tiene que sostener con las embravecidas olas que
mugen  sus pies, y con las compactas nubes que ruedan sobre su cabeza.

La anterior misiva se diferencia de todas las dems, en que aquella
al ser oreada por el ltimo rayo del sol se eleva  Dios y l es el
encargado de llevarla al corazn del sr por quien se vierte, bien en
el perdido rumor de la medrosa noche, bien en el espejo de la plida
sultana de los harenes de los cfiros, bien en los misterios de los
sueos,  bien en el incomprensible arcano de los presentimientos.

Cuntas veces el aroma de la flor,  el murmurio de la fuente, son
los medios de que el Hacedor se vale para susurrar en el alma querida,
esas _mudas_ y misteriosas palabras que se escriben en el grandioso
libro de la naturaleza!

Una de las sublimes pginas de ese gran _libro_ que abraza toda la
creacin, y que solo  su Autor le es dado hojear, la compone el
crepsculo vespertino.

La sntesis del Glgota la representa el vespertino crepsculo!

A los cansados rayos de la tarde se puso la ltima letra del sublime
eplogo de la redencin!

El Dios-hombre elev  su Padre el ltimo aliento entre el sentimiento
de la naturaleza!

La agona del Hijo de Mara se confundi con la agona del da!...

       *       *       *       *       *

El da muere, el velamen muge, las olas crecen, la humedad entumece los
miembros y las dulces ilusiones se convierten en tristes realidades,
al ver solo inmensidad en nuestra alma, inmensidad bajo nuestros pis
 inmensidad sobre nuestras cabezas.





CAPTULO IX.

Orza!--De vuelta y vuelta.--Tiempo duro.--Siniestros
preparativos.--Falta de crepsculo--_La piel de zapa_.--El
tifn!--Baja de barmetros.--Pobre _Mara Rosario_!--Horas de
agona.--Las seis de la tarde del cinco de Agosto.--Una pulgada
de descenso!--Salida de la luna.--Esperanzas--Fnebres fechas.--El
_Malespina_.--Cuatro das sin comer.

La voz de _orza!_ fu la salutacin que recibi mi despertar el da 4.

--Parece que orzamos, eh!--le dije con tono malicioso al Padre
Recoleto, compaero de camarote.

--Toda la noche hemos estado de vuelta y vuelta; la ventolina se
cambi en viento duro, y ya le tenemos de mal cuadrante.

La voz del capitn interrumpi la conversacin.

Lista maniobra virar! Levanta muras! Cambia en medio!

Estas concisas palabras fueron perfectamente interpretadas por
la tripulacin, y  nosotros nos pusieron en conocimiento de que
navegbamos de vuelta y vuelta.

El tiempo principi  arreciar.

Se pudo hacer observacin, y nos situamos  los 12 39' lat. N.,
y 139 38' long. E. del meridiano de Greenwich.

A las dos de la tarde todos los sntomas eran de aproximarse uno de
esos terribles fenmenos llamados _tifones_, propios de los mares de
China y del Pacfico en latitudes determinadas.

Mares vivas tendidas y gruesas del Nordeste, vientos duros de aquel
cuadrante, intermitencias huracanadas, cielo y horizontes cerrados,
barmetros bajos, completa movilidad en la aguja del _aneride_;
esto agregado al color plomizo de las aguas,  la pesadez de la
atmsfera, que por momentos se achicaba cerrndonos los espacios,
y  la menuda llovizna que constituyen la _garua_ intertropical,
nos pusieron en verdadera alarma, alarma que se justific con las
voces de mando del capitn, que desde el puente grit: listas todas
las guardias! aclarar aparejos! listos gavieros!

Cada uno ocup su puesto, reinando un momento de silencio.

Despus ... despus nos persuadimos de que el barco se preparaba 
recibir un tifn.

Rodaron motones y cuadernas, se sacaron de la bodega cabos y cadenas,
se aprestaron aparejos de respeto, se calaron masteleros, se trincaron
lanchas y maderas de reserva, se revisaron bombas y escotillas,
se apilaron cadenas, se afianzaron las maniobras de serviolas, se
clavaron lumbreras, escotilla y escobenes, se guarnieron burdas, se
tendieron cabos de cabilla  cabilla, se puso doble cadena al timn,
colocando dos rebenques para atar al timonel, y en fin, se tomaron
por el entendido capitn cuantas determinaciones surgieron en su
imaginacin la lucha que presenta habamos de sostener bien pronto
con la furia desencadenada de los elementos.

A la cada de la tarde la _Mara Rosario_, desprendida de todas sus
galas, presentaba un aspecto sombro y aterrador. Aquella no era
la velera nave que, largo todo su blanco trapo, aprovechando vela y
rechinando los guarda-cabos de su bolina, paseaba su ligera quilla por
el azulado manto, bordando de encajes de espuma la plateada estela;
aquella no era la coqueta de los mares que se balanceaba  los besos
de la aurora en las matinales marejadas, hundiendo en las cristalinas
ondas sus ligeros tajamares: aquella no era la orgullosa seora de las
saladas regiones. La sultana que impona leyes al adormecido Ocano
en la caa de su timn, era la humilde esclava del potente monstruo
de los mares, que despertaba de su letrgico sueo revolviendo en
sus convulsiones inmensas montaas de hirviente espuma, atronando el
espacio con sus potentes mugidos.

El da cuatro no tuvo crepsculo!

El paso de la claridad del da  las tinieblas de la noche fu
momentneo.

Qu triste es un da sin sol! Qu amargura se experimenta al
presentir la muerte sin que nos rodeen seres queridos, flores,
pjaros y transparentes cielos!

A las cinco, la oscuridad era completa.

Todos comprendamos el peligro, mas ninguno lo expresaba.

El barmetro era el nico que en aquellos momentos de angustia tena
elocuencia: esta, aunque muda, posea la ms fuerte de las razones. La
conviccin de la realidad!

El descenso de la columna baromtrica verta en nuestra alma las
mismas amarguras que tan magistralmente describe el gran fisilogo
del corazn humano en la reduccin de su _piel de zapa_.

Las nueve era la hora sealada para la salida de la luna, la cual
nos marc su influencia con fuertes chubascos del Nordeste.

El barmetro sealaba 29,35. En pocas horas haba bajado 65
centsimas. La observacin del barmetro, la direccin de los chubascos
y el cariz en general, nos patentizaban que el destructor tifn pronto
nos envolvera en alguno de los anillos de sus espirales zonas.

Ciendo mura babor nos mantenamos, sujetando al barco las gavias
bajas, mayor cangreja y trinquetilla; todas las dems velas iban
aferradas en sus vergas con dobles tomadores.

El barco cada vez trabajaba ms, por efecto del fuerte viento
y grandes mares que por su direccin nos indicaban que el huracn
corra del Nordeste.

Sabido es que estos fenmenos llevan en su vertiginosa carrera los
movimientos de rotacin y traslacin, originando poderosas comentes
en espiral ms  menos fuertes,  medida que las zonas de aquellas
se alejan del punto cntrico de donde se desarrollan.

El crculo del tifn es lo que se llama _vrtice_; aquel crculo es
el que comunica sus estragos  los dems que lo envuelven, siendo
los movimientos de rotacin y traslacin tanto ms vivos cuanto ms
reducida es la primera vuelta que forma la espiral.

Desgraciado del barco que lo envuelva el vrtice! Infeliz del pueblo
que haga experimentar sus estragos!

El tifn se acercaba! Nos cogera el vrtice? Es decir,
moriramos? Solo Dios, solo l,  quien en esos momentos todos claman
y todos creen saba nuestro destino.

En la mayor de las agonas, en la de la incertidumbre, nos cogi
la escasa claridad de un da que presagibamos sera el ltimo de
nuestra vida.

La observacin de las seis de la maana aument la agona.

El barmetro marcaba 29,30! La impresin atmosfrica cada vez mayor,
el enrarecimiento del aire ms sensible, y la influencia del fenmeno
perfectamente indicada nos sealaba su proximidad. Apenas tenamos
horizontes, y estos de un color plomizo muy pronunciado; el viento
completamente huracanado traa su furia del Nordeste; las mares se
precipitaban unas  otras en inmensas trombas, las cuales al romper
rebasaban la obra muerta, siendo infructuosas las bombas que no se
dejaban de la mano; la impetuosidad de los vientos arrancaba montaas
de espuma que en menuda lluvia nos azotaba; cerrando tan angustioso
cuadro mares encontradas que hacan retemblar  la pobre _Mara
Rosario_, que unas veces hunda en el abismo la perilla del bauprs,
para luego verla levantarse trabajosamente y rozar con la espuma las
_batallolas_ de popa.

Un esfuerzo infructuoso en uno de esos momentos, un golpe de mar
combinado con una rfaga del huracn y....

      *       *       *       *       *

y una lnea que se abre en los abismos cerrndose inmediatamente
hubiera guardado en el misterio existencias que alentaban vida, salud,
amores, esperanzas, ilusiones!

Venid, ateos, amarros  un palo; contemplad uno de estos fenmenos
y veris cul distinto es el sofisma que se fragua al calor del
gabinete,  la potente al par que salvaje y majestuosa realidad
que os ensea un Dios que renegis por un mal entendido orgullo,
no porque no le creis! Sabed que hay Ocanos sin fondo, y que
una sola lnea que inmediatamente se cierra, puede sepultar todos
vuestros falsos templos y todas vuestras ciudades, que por grandes
y populosas que sean, comparadas con la inmensidad del Ocano, son
muchsimo menos que palacios de cartn que desaparecen al capricho
del nio que momentneamente recrean.

A las seis de la tarde el huracn era deshecho. Su descripcin es
imposible. La pluma jams puede llegar  estas manifestaciones de
la naturaleza.

El que escribe estas lneas ha recorrido muchos mares; le son conocidos
los fenmenos martimos, pero en verdad, ni en su memoria, ni en su
imaginacin, pudo nunca comprender el espectculo que en los cielos
y en los mares desarrolla un tifn.

La mayor parte de las velas,  pesar de ir perfectamente _aferradas_,
se _rifaron_; el viento produca entre _jarcias_ y _obenques_
sonidos metlicos imposibles de imitar y los mares engrosaban ms y
ms destruyendo la _obra muerta_.

La _Mara Rosario_ no gobernaba. La caa de su timn era impotente.

El barmetro marc 29,16!

Cerca de una pulgada de descenso!!!

El vrtice deba estar prximo  las muras.

Eran las nueve de la noche al notar la anterior bajada, enormsima
al tener en cuenta las latitudes en que se verificaba.

La luna sala  las diez menos cuarto.

Tal situacin no poda prolongarse.

El estado en que se encontraba el barco admita pocas horas de
esperanza.

La influencia de la luna haba de resolver la situacin.

Aqu no era ya la agona de la _Piel de zapa_ de Balzac, sino
la magistralmente descrita en el Frollo de Vctor Hugo, con la
diferencia de que en aquella haba blasfemias, y en la nuestra
recuerdos y oraciones.

La aguja del reloj marc las nueve y media.... Las diez menos veinte.

La vista no se separaba de la columna baromtrica cayendo fatdicamente
en el alma, cada uno de los acompasados golpes del pndulo.

Cuntos pensamientos en aquellos supremos instantes! Qu de
recuerdos! Qu de zozobras! Qu de esperanzas!

Debe ser tan terrible morir ahogado dentro de las cuatro tablas del
camarote! Esta idea me asalt en aquellos instantes y resuelto  morir
 la vista del cielo fuera de aquel atad, me puse de pie para salir
de la cmara. En aquel instante la campana di los tres cuartos.

La luna deba estar en su carrera visible.

La percepcin de la campanada se confundi con la visual al barmetro.

Principiaba  subir!!!

Nos habamos salvado!!!

       *       *       *       *       *

Las grandes mares que el tifn haba dejado  su paso fueron poco
 poco aplacndose, cesando la furia del viento  medida que la
influencia del fenmeno iba disminuyendo al alejarse de nosotros,
siguiendo su destructor derrotero, en el cual haba de sembrar ruinas
y espantos.

Tan funestos se han considerado siempre los tifones y tan frecuente
su desarrollo en los mares de China y parte del Pacfico en los
meses de Agosto, Setiembre y Octubre, que constituyen el trimestre
del cambio de los equinoccios que antiguamente no se admita por las
casas aseguradoras ningn riesgo, martimo en expediciones para dichos
mares y en tales meses.

Terribles y misteriosos naufragios registra la historia de la
equinoccial de Setiembre. Los puertos de China, del Japn y de
Filipinas guardan escritos en informes restos, imperecederas memorias
de fenmenos pasados que nos hacen temer por los venideros.

Hace cinco aos  la fecha en que escribimos, el 21 de Setiembre de
1867, si mal no recordamos, sali del puerto de Hong-Kong con rumbo
 Manila el vapor espaol _Malespina_.

En el _Malespina_ vena un numeroso pasaje.

El vija del Corregidor esper en vano un da y otro da tenerlo 
la vista.

El _Malespina_ no se descubra!

Pasaron ms das y la intranquilidad creci de punto.

Cada cual explicaba la tardanza del vapor  su manera, suponindose
estara al seguro abrigo de algn puerto al cual hiciera arribada.

Se sigui esperando.

El _Malespina_ no llegaba!

Las suposiciones tranquilizadoras se convirtieron en una alarmante
impaciencia.

Cada cual anhelaba algo.

Era conductor de pasaje y de correo; por lo tanto, el que no esperaba
abrazar  un ser querido, aguardaba los consoladores lenitivos que
latentemente sostienen en las ausencias pedazos de papel  los cuales
se les da vida al correr la pluma, de cuyos puntos se van desprendiendo
consuelos y esperanzas.

En vista de la tardanza sali otro correo. Este volvi, ms ... nada
saba del _Malespina_.

Cinco aos largos han transcurrido desde entonces y nada sigue
sabindose de aquel barco.

Ni una tabla, ni un pedazo de lona, ni el ms ligero vestigio ha
venido  atestiguar la catstrofe.

Las olas y las nubes fueron los nicos testigos.

Las nubes y las olas empujadas por el destructor hlito del tifn,
guardan en sus insondables misterios una historia ms.

Si el voraz diente de los monstruos marinos ha respetado las osamentas
humanas, en el profundo abismo, sobre un lecho de algas y corales
habr entrelazados restos de dos seres.

Entre los pasajeros venan dos jvenes que haca pocos das se haban
jurado fe eterna al pie de los altares.

El bramido del viento confundira la ltima palabra de amor de aquellas
dos almas, el rugir de las olas su ltimo suspiro, y quin sabe si
algn rayo de la potica luna su ltima mirada.

Cuntas historias semejantes  esta no guardarn los mares!

Las desconsoladoras descripciones de tifones que frecuentemente leemos,
nos patentizan ms y ms que la _Mara Rosario_ estuvo en inminente
peligro de haber seguido la misma suerte que el _Malespina_.

Dios, sin embargo, no tena contados nuestros das, y con la calma
de los vientos y de los mares se tranquilizaron los espritus,
armonizndose las costumbres y la manera de ser de  bordo.

Cuatro das habamos estado sin poder encender los fogones; cuatro
das que atendidas las provisiones, puede decirse, estuvimos sin comer.





CAPTULO X.

Veintitrs grados en treinta y tres das.--Inseguridad en la
monzn del SE.--Calmas desesperantes.--Los viajes largos.--Los
ranchos.--Tierra!--Costas de Guajn.--Islote de las Cabras.--Puerto de
San Lus de Apra.--Vegetacin de Marianas.--La sanidad y la capitana
del puerto.--Desembarque.

Con vientos variables y navegando bien en popa, bien en largo, pudimos
contrarrestar la gran corriente ecuatorial, que muchas veces desvaneci
nuestros clculos.

Da hubo que el barco pareca iba dejando muchas millas por la popa,
y al creer encontrarnos con una buena singladura, nos situaba la
observacin ms atrs que estbamos el da anterior.

Llevbamos treinta y tres das de navegacin, y escasamente habamos
andado 23.

Para estar  la vista de Guajn, nos restaba unas 120 millas.

Los vveres iban escaseando, y el agua haba que refrescarla
constantemente con la que se recoga de los aguaceros, tan comunes
en aquellas latitudes.

 pesar de ser el mes de Septiembre, y por consiguiente estar en plena
monzn del SE., puede decirse tuvimos vientos de todos los cuadrantes
menos de aquel. Esto demuestra una vez ms lo insegura que es dicha
monzn, lo que no sucede en la del NE., por lo menos en el derrotero
que seguamos.

El que ha participado una sola vez de las comodidades de un barco de
vapor, apenas concibe exista uno solo de vela. Eso de pasar un da y
otro da, y otro, y otro, sin adelantar un cable, sin que haya clculo
posible, ni conjetura racional respecto  la llegada y  la marcha,
es insufrible.

Los calmazos de los equinoccios constituyen la mayor de las
contrariedades de los barcos de vela. Nace el aburrimiento de la
monotona, y con l la desesperacin y el agriarse el carcter,
hasta el punto que se hace vidrioso y estalla por cualquier cosa,
produciendo ese sinnmero de desagradables escenas que sin cesar se
suceden en largas navegaciones.

El que era simptico se hace indiferente, concluyendo por ser
antiptico, y en tal estado, una mirada, una palabra, una reticencia,
un cambio de servilleta  de asiento y ... adis  educacin y
miramientos sociales. Esto con el que fu simptico, pues con el que
no lo fu, los disgustos son inevitables. Verdad es que es terrible
eso de no haber medio de huir de una persona y tenerla constantemente
 una cuarta de las narices.

Dicen que para conocer la educacin nada hay como la mesa y el
juego; quien tal dijo no haba hecho seguramente un viaje largo por
mar. Tngase presente que todo es relativo, y que al decir largo,
no se vaya  creer hablamos de un viaje de Santoa  San Sebastin,
ni de Valencia  Marsella, ni aun de Alicante  la Habana, sino de
Cdiz  Manila, por supuesto por el Cabo de Buena Esperanza, en barco
de vela y con 80  100 pasajeros entre mujeres, hombres y chicos,
nacidos  por nacer, pues rara es la barcada que hace su viaje por
el Cabo que no aumenta el personal del rol.

El que hace uno de esos viajes que dura de cuatro  seis meses,
es el que puede decir dnde se conoce mejor la humanidad.

 los primeros das se cruzan ofrecimientos,  los siguientes palabras,
y en los restantes ... ah!  en los restantes ya no se cruza ms que
alguna que otra bofetada entre hombres, y ms que algn chisme entre
el bello sexo, que en una larga navegacin ni aun es bello, pues el
pobre sexo toma un _color_, un genial, y aun cuando tiene excepciones,
un lenguaje que les digo  ustedes, que ms de una vez hemos recordado
el Avapis y la calle de Toledo. En fin, para acabar, conozco  una
_dama_ que tuvo que arrestarla el capitn. Si sera brava!

Las _delicias_ de los viajes por el Cabo se concluyeron. El Istmo de
Suez y la competencia cerraron aquella inolvidable va, que para el
que la ha hecho, forma una verdadera etapa en su vida.

Hoy hemos dicho que apenas se concibe un barco de vela; sin embargo,
nuestro convencimiento en contrario era tan perfecto, como que el
da diez y seis slo habamos andado doce millas.

Y nos faltaban ciento veinte!

Indudablemente los barcos de vela quedarn relegados nicamente para
el uso de los pescadores de caa y los jugadores al domin.

A ms de todas las contrariedades en cuanto  la marcha que tienen
los barcos de vela, hay otras, mucho, muchsimo mayores.

Da la pcara casualidad que los barcos de vela en que hemos hecho
viajes largos, pertenecen  armadores amigos y ... qu demonios,
la amistad ha de ser un poco indulgente, dejando quieto el pico de
la manta.

Bastante decimos, sin embargo, que como dice el gran Prncipe de los
Ingenios, al buen entendedor ... y aqu el buen entendedor no es el de
la nsula Barataria, si no el pblico y casi casi la autoridad. Verdad
es que como las pcaras _latas_ van soldadas, y ... luego como la
duracin de los viajes no obedece  clculo y ... la hoja de lata
no tiene agujeros, hay cada _rancho_ por esas bodegas que lleva
el germen, no digamos de un clico, si no de un par de gruesas de
disenteras. Cierto es que hay un consuelo y es ... el de sufrir 
reventar hasta que se llegue  puerto.

Al de Guajan, punto al que llevbamos la proa, es adonde nosotros
desebamos llegar, pero ... faltaban ciento veinte millas.

Por ltimo, como todo tiene su fin, y sin ms accidente que sea de
contar, llegaron las primeras horas de la tarde del diez y siete
en que la voz de _tierra!_ se oy del castillo de proa. Tierra, en
efecto, tenamos por el bauprs; al principio se divis confusamente
por perderse entre las brumas, luego lo que apareci como una ligera
nube tom contornos, luego se detallaron perfiles, y luego ... todo
volvi  confundirse en las sombras de la noche. Estbamos  unas
veinte millas de Guajan, la mayor de las islas Marianas.

Al amanecer del diez y ocho nos encontrbamos muy cerca de los
peligrosos arrecifes que rodean la pequea isla de las Cabras, la
que separa  la de Guajan un estrecho canal de fondo madreprico.

La vegetacin de la isla se presentaba con toda la potente exuberancia
de vida de los trpicos.

Bosques inmensos de altsimos cocos, pendientes lomas cubiertas
de entrelazadas rimas, dilatados campos salpicados de algodoneros,
cageles y limoneros admirbamos por doquier.

El barco acort vela mantenindonos fuera de fondo esperando prctico,
mas esperamos una hora y otra, y ni el prctico ni el pequeo fuerte
que domina la entrada del canal daban seales de vida.

El pueblo,  mejor dicho, la ciudad de Agaa, pues ciudad es por la
gracia del Rey, que gloria haya, nuestro Sr. D. Felipe IV, no poda
vernos, pues  ms de tener entre ella y nosotros la isla de las
Cabras, hay cerca de dos leguas del fondeadero, que lleva el nombre
de San Lus de Apra, prximos al cual estbamos y en el que habamos
de anclar.

En las salvas de dos pequeos caones que monta la _Mara Rosario_,
mandamos una corts salutacin  los dormidos habitantes de Marianas,
los cuales nos correspondieron izando bandera en el fuerte y armando
botes en el puerto.

A todo remo y en buena vela apareci por la desembocadura del canal
un bote ballenero. Bandera flotaba en la popa y galones relucan en
las bordas. La sanidad y la capitana del puerto tuvimos  bordo.

Despus de enterarse el mdico no haba nadie de menos ni de ms, y
el capitn del puerto de que no llevbamos _gato_ encerrado, previas
las formalidades de declinarse la responsabilidad del anclaje en la
experiencia del prctico, y tras algunas maniobras, se di la voz
de _fondo!_ y fondo encontraron las uas del ancla que rod de las
_serviolas_  la regin de los corales.

Treinta y cinco das nos haba costado llegar. Ya estbamos en
Marianas. El puerto todo lo borra!





CAPTULO XI.

Historia de las Marianas.--La tradicin.--Los
chamorris.--Intolerancias.--El _Pico de los amantes_.--Divisin de
razas.--Tinian.--Sarcfagos antiguos.--La casa de _Taga_.--Leyendas y
supersticiones.--Cultos y creencias.--Los _macambas_.--El _zazarraguan_
y el _caifi_.--Los _anitis_.--La pea de _Fuua_.

El estudio de las islas Marianas lo dividiremos en dos partes; en la
primera, y aunque ligeramente, trataremos de lo que fueron antes de
pertenecer  Espaa; en la segunda, desde que la bandera de Castilla
onde en sus playas.

Respecto  su primer perodo  sea antes de la conquista, los datos son
poco luminosos. No existiendo aquellos, se puede venir  deducciones
ms  menos acabadas, analizando la tradicin y la leyenda, nicas
claves para el estudio analtico de todo pueblo que lo cubren las
sombras del ayer, cada vez ms compactas al no legarle al hoy ms
que las supersticiones que han venido perpetundose en la mente de
padres  hijos, y que al llegar  nosotros remotamente nos aproximan
 darnos una idea de lo que fueron las antiguas razas aborgenes de
las actuales.

Fundados en la tradicin y ayudados de significativos vestigios,
podemos sealar  los primitivos habitantes de las hoy llamadas islas
Marianas, como procedentes de las razas japonesa y malaya.

En cuanto  la manera de ser de aquellos habitantes,  los primeros
pasos que se dan en el origen de algunas leyendas que an relata el
pas, encontramos los comprobantes que sealan un pueblo que ha tenido
dentro de su constitucin el feudalismo absoluto, y por consiguiente,
una marcada divisin de clases. Entre estas se conocan los llamados
_chamorris_  antiguos magnates, que si no tenan la almenada torre
y el _rollo_ de sus inmunidades, con los atributos de mesnaderos de
horca y cuchilla de nuestros antepasados, posean en toda su desnudez
cuantos abusivos derechos se irroga el fuerte contra el dbil, en todo
pueblo en que ni el cristianismo ha suavizado los sentimientos, ni la
civilizacin las costumbres. La divisin de razas y poder del chamorri,
se presenta  los ojos del viajero que recorre las islas  poco que
las estudie bajo el prisma de la investigacin y de la ciencia.

En uno de los lmites de la isla de _Guajan_ en su extremo Norte,
existe enclavada en un seno madreprico de coral una pea,  cuya
grantica masa tajada  pico, constantemente azotan las ondas del
gran Pacfico; el conjunto de panoramas que se desarrollan ante la
vista del que contempla aquellos desiertos lugares, desde luego le
predisponen  la meditacin,  queriendo descubrir alguna huella 
quien interrogar sobre aquel coloso calizo que se eleva en medio
de las embravecidas ondas, y del cual se separa el natural con el
supersticioso temor de un testigo que ha presenciado sangrientos
episodios, que ni la mano destructora del tiempo ha podido borrar de
la mente que lo trasmite, ni el _mudo_, pero elocuente lenguaje de
la pea que lo atestigua. Aquella masa de granito se llama el _Pico
de los amantes_. En la meseta que forma la superficie de aquella roca
est escrita la intransigencia, principal atributo del feudalismo.

De aquella meseta, se cuenta una tradicin semejante en su origen
 la que guarda bajo el hermoso cielo de Andaluca, no lejos de
Archidona, la llamada _Pea de los enamorados_. En ambos peascos,
el amor lleg al sacrificio; en ambos se confundieron en un postrer
suspiro dos almas, con la nica diferencia de que en el primero las
causas eran originarias de la diversidad de clases y en la segunda
partan del fanatismo y supersticin mora.

Al _Pico de los amantes_ condujo la desesperacin  un plebeyo y  la
hija de un chamorri. La spera loma de la _Pena de los enamorados_, por
ltima vez la treparon un cristiano y una mora, haciendo el fanatismo
en este ltimo caso lo que verific en el primero la intransigencia.

La separacin de razas que revela el _Pico de los amantes_, la vemos
reproducida en los mismos monumentos, cuyos restos an conservan
las islas.

En la de _Tinian_ y otras, existen unas columnatas en cuyos frisos
se asientan sarcfagos cinerarios de forma esfrica, en los cuales,
y segn verdicos testimonios que obran en el archivo del Gobierno
de aquellas islas, se han encontrado en distintas pocas, osamentas
humanas ms  menos completas, que vienen  revelar por el sitio
especial en que se encontraron, una distincin bien marcada.

El nmero y situacin de aquellas columnatas indican no pertenecieron
 una sola familia, ni tampoco  todas las que compusieran la
isla. Dichas columnatas, que se encuentran ms  menos deterioradas en
casi todas las islas que fueron habitadas, debieron ser, al par que
recuerdos cinerarios, apoyos de las casas de los magnates, tanto es
as, que  cada uno de los grupos que componen aquellas, llaman los
indgenas _casas de los antiguos_. En Tinian se conservan bastante
bien 12 pirmides, que en conjunto formaron, segn la tradicin,
la casa de Taga, personaje que por su carcter turbulento figura en
la historia de las islas. De dicho Taga se cuenta tena una hija muy
hermosa, la cual, despus de muerta, fu cubierta entre harina de
arroz y enterrada en una de aquellas columnatas.

Entrando en el terreno fabuloso y supersticioso podramos llenar
muchas cuartillas con las narraciones que se relatan de la hermosa
hija de Taga,  la cual atribuye la tradicin el perfeccionamiento
en la lira. Se cuenta en las islas, haberla visto aparecerse encima
de su sarcfago en los malos tiempos, ahuyentando los huracanes con
los sonoros ecos de su lira de oro.

Sea lo que quiera, respecto  la desgraciada hija de Taga, es lo cierto
que restos de columnatas se ven con bastante frecuencia recorriendo las
islas, siendo aquellas intachables testigos que vienen  corroborar la
creencia de haber existido alguna raza privilegiada que sobresaldra
de las dems en ilustracin y en poder. No otra cosa demuestran
las construcciones de que nos ocupamos, las cuales se destacaran
notablemente entre la salvaje perspectiva de las casas de hojas de
coco, de que nos hablan las historias de las primeras misiones.

A ms de los anteriores antecedentes, existen otros en los anales de
aquellas, en los cuales vemos admitir como cierto el feudalismo de
que nos venimos ocupando. Aquellos anales dicen que los habitantes
de las islas manifestaban gran soberbia y vanidad en la nobleza, de
tal modo, que no se casaba por nada del mundo el hijo del noble con
la plebeya. En otro lugar aade, que los chamorris tenan mayorazgos
de cocales, pltanos y otros rboles.

Las creencias religiosas que observaban aquellos primitivos pueblos,
estaban resumidas al culto supersticioso de los cadveres, teniendo
cada familia un altar en el hogar y un dolo en las calaveras de sus
mayores, que cuidadosamente conservaban cual lo hacan en sus lares,
los descendientes de Rmulo con sus pequeos dioses penates.

El ritual de sus supersticiosas creencias estaba circunscrito 
pesadas salmodias en que relataban las virtudes y hazaas del que
adoraban, repartindose en sus rezos, cual en sus fiestas, tortas
hechas de arroz, pescado y frutas, las que coman con el _atole_,
bebida espirituosa confeccionada con los jugos del coco.

Sus escasas creencias religiosas las completaban admitiendo un sr
llamado _Puntan_, el cual decan, haba existido muchsimos siglos
antes de la creacin del cielo y la tierra. Puntan, segn la tradicin,
tena una hermana, y esta, al morir aquel, cre de sus espaldas la
tierra, de su pecho el cielo, de sus ojos el sol y la luna, y de sus
cejas el arco-iris. Reconocan la inmortalidad de las almas, las cuales
haban de gozar en el mundo de los espritus,  sufrir en _Zazarraguan_
 casa de _Caif_, con cuyos nombres conocan el infierno y el demonio.

Sus sacerdotes, que se llamaban _Macambas_, invocaban  las calaveras,
teniendo mucho temor  las almas de sus abuelos que llamaban _Anitis_.

Hacan grandes demostraciones de dolor en las muertes de sus parientes,
y celebraban con bailes sus bodas y regocijos, constituyendo el
principal adorno de sus galas, conchas y caracoles, engarzados en
plumas y pequeos insectos de colores. El signo mayor de cario
consista en pasar la mano por el pecho del que queran agasajar.

El orgullo del chamorri era tal, que supona procedan todos los
males de otros pueblos, creyendo que la humanidad tena el origen en
sus islas, y que las virtudes haban nacido de la pea de _Fuua_,
la cual llevaba ese nombre por encontrarse en el fondeadero de un
pequeo puerto as llamado.

Como consecuencia inmediata del feudalismo, el que constantemente se
localizasen las contiendas de cacique  cacique, manteniendo los campos
en continua alarma, viniendo muy  menudo  las armas, que consistan
en piedras, flechas y lanzas, que arrojaban con suma destreza.

Las dems fases, tanto materiales como morales,  en que se encontraban
los primeros habitantes de las islas, como el origen de su instalacin
en aquellas regiones, se pierde en las tinieblas de la impenetrable
noche de los tiempos.

En tal estado de inseguridad histrica del pueblo que baa el gran
Pacfico, corra el primer tercio del siglo XVI, en que ya empieza
 delinearse la verdadera historia d las hoy llamadas islas Marianas.





CAPTULO XII.

El siglo XVI.--Hernando de Magallanes.--Capitulaciones.--La
_Capitana_, el _San Antonio_, la _Victoria_, la
_Concepcin_ y el _Santiago._--Sebastin Elcano.--Llegada al
Brasil.--Invernadas.--Rebelin abordo.--Comunicaciones de mares.--El
paso del Sur.--Bula de Alejandro VI.--Las Velas latinas.--Islas
de los Ladrones.--Navegacin penosa.--Isla de Ceb.--Muerte
de Magallanes.--La _Victoria_--Vuelta al mundo.--Llegada 
Sanlcar.--Otras expediciones.--Legaspi.--El navo _San Damin.--_ Lus
de San Vtores.--Doa Mariana de Austria.--Primera misin.--Verdadera
posesin.

Al siglo XVI,  ese siglo en que ni el sol dejaba de alumbrar dominios
espaoles, ni su bandera de ondear doquiera hubiera una pea donde
sustentar su grandiosa insignia; al siglo XVI, epopeya ante la cual,
todo espaol vuelve los ojos engrandecindose con su grandeza; al siglo
XVI, que vea pasar ante los misteriosos dientes de su grandiosa rueda,
hazaa tras hazaa, conquista tras conquista;  ese siglo que pareca
no acabara de registrar en sus doradas pginas triunfos y victorias:
 ese siglo, en que veneros de oro arrojaba el Nuevo Mundo, mundo
del cual dice un clebre poeta invocando la gran figura de Isabel,
_que haba en bancos de coral, rocas de perlas_;  ese siglo que tiene
un prlogo tan grandioso como el que dej escrito con la punta de su
espada, el invencible Gonzalo de Crdoba, siendo una de las letras
de su eplogo el postrimer suspiro del que mora entre los sombros
y artsticos muros del Escorial, despus de haber hecho temblar al
mundo de Oriente  Occidente;  ese siglo en que,  imitacin de
los antiguos rituales, hacan renacer los aragoneses y catalanes la
memoria de Rodrigo de Vivar, reproduciendo las solemnes frmulas
del juramento que hizo temblar  Sancho el Bravo;  ese siglo que
compendia la edad de oro de nuestra literatura,  cuyo frente figuran
genios como Lope de Vega y Cervantes;  ese siglo, en que un Carlos
I recoga del suelo los pinceles del Ticiano;  ese siglo en que
se incubaban en la mente de Blasco de Garay los primeros grmenes
que haban de crear esos gigantescos pulmones de hierro que en sus
potentes transpiraciones de vapor horadan la roca, dividen las ondas
y acortan el espacio;  ese siglo, en fin, le cupo la gloria de ver
descubiertas  la nueva civilizacin las hoy llamadas islas Marianas,
con todo el Archipilago Filipino.

A poco de ver el nieto de los Reyes Catlicos reunidas en su sien las
coronas de Espaa y Alemania, la primera, por muerte de su padre Don
Felipe el Hermoso y locura de Doa Juana, y la segunda, por muerte de
su abuelo Maximiliano, apareci uno de esos genios que dejan de tarde
en tarde por su valor, por su talento,  por sus virtudes, una estela
luminosa en el prosaico laberinto de intrigas y miserias que se agitan
y revuelven en todas las etapas de los siglos. Esa estela la abri
en el Ocano de la historia el intrpido marino Hernando de Magallanes.

La presencia de Hernando de Magallanes y la oferta hecha  Castilla
de descubrir por ella y para ella nuevas y ricas tierras al Occidente,
siguiendo un nuevo rumbo hasta el entonces conocido por los navegantes,
origin oposicin por parte de la corte de Portugal, procurando el
entonces embajador de dicho reino, D. Alvaro de Acosta, entorpecer
la empresa que ya se proyectaba.

Los manejos de Portugal y las excitaciones tardas de D. Manuel,
su Soberano, se estrellaron en la firme decisin tomada por el
Monarca espaol, el cual otorg solemnemente en Zaragoza, las regias
capitulaciones con arreglo  las cuales haba de hacerse la expedicin
 Occidente.

Listas las naves y nombrados los capitanes, recibi Magallanes con
toda la pompa regia de manos del Asistente de Sevilla, D. Martn
de Leiva, el Real estandarte, celebrndose esta ceremonia con gran
concurrencia en la iglesia de Santa Mara de la Victoria, en Triana
en donde el Almirante jur pleito-homenaje con arreglo al fuero y
costumbre de Castilla, prometiendo conducirse en la empresa como fiel
y leal vasallo de su Majestad Catlica, juramento que fu repetido
por los capitanes y pilotos.

Compona la expedicionaria flota,  ms de la nave Capitana, las
llamadas _San Antonio, Victoria, Concepcin_ y _Santiago_; yendo 
las rdenes de Hernando de Magallanes entre otros marinos clebres,
el maestre Juan Sebastin Elcano, Juan Ginovs, Lus de Mendoza,
Juan de Cartagena, Gaspar Quesada y Rodrguez Serrano. Montando las
naves y completando sus dotaciones doscientos treinta hombres entre
soldados y marineros.

Con tales elementos y un regular repuesto de vituallas, se hicieron
 la mar el 10 de Agosto de 1519, tomando rumbo en demanda de las
islas Canarias.

El 15 de Octubre dej la escuadra la vista de Tenerife, poniendo proa
 la Costa de Guinea.

Despus de varios contratiempos, de sufrir la presin de altas
temperaturas y terribles tormentas, llegaron el 13 de Diciembre  las
costas del Brasil; rebasaron el Cabo de Santa Mara; recorrieron el
misterioso ro de Sols, y siguiendo la costa del Sur encontraron una
pequea baha,  la cual por la gran abundancia de aves acuticas
llamaron de los Patos; en dicha baha les sorprendi un fuerte
temporal, aguantando en fondeadero hasta que aplacados los elementos,
pudieron continuar su empresa.

Poco haban navegado, cuando la invernada se present altamente fra
y desapacible.

Las anteriores y recientes luchas, el fro, la nieve, la soledad
de aquellos inhospitalarios lugares y todas las privaciones que ya
se dejaban sentir, levantaron descontestos que quisieron poner proa
 Castilla; esto origin ms de un tumulto, que el fuerte carcter
de Magallanes reprimi, condenando  muerte  un capitn y algunos
soldados. Cerca del Estrecho se verific la invernada, permaneciendo
sobre anclas  la embocadura del ro que les haba de abrir paso
al Pacfico.

A primeros de Noviembre se descubri un canal que corra de Oriente
 Poniente, y sospechando fuese el paso que comunicaba el Atlntico
con el mar del Sur, mand el Almirante fuese de exploradora la _San
Antonio_, cuya nave volvi con la fausta nueva, de que el canal que
acababa de recorrer verta sus aguas en las saladas ondas de los
mares que buscaban.

Esta noticia produjo grandsimo aliento en los desfallecidos nimos,
internndose la escuadra por el canal, el cual debiendo ser nuevamente
reconocido por haber llegado  puntos difciles, sali en nueva
exploracin la _San Antonio_, la que se esper en vano, sabindose
despus, que habindose perdido en el intrincado laberinto de aquel
peligroso paso, y no encontrando  la _Capitana_, tom rumbo  Espaa.

La falta de la _San Antonio_ y la prdida del gran nmero de
provisiones que llevaba, no hicieron vacilar la voluntad de hierro
del navegante portugus, el cual sigui el peligroso y misterioso
derrotero.

Muchos peligros arrostr la flota en el canal; hasta que por ltimo,
el 27 de Noviembre de 1520, desembocaron en los extensos dominios
del mar del Sur, el cual fu descubierto por el valiente Balboa, el
25 de Setiembre de 1513, en las exploraciones que hizo por el Istmo
de Panam, pequea lengeta que divide las dos Amricas. El grandioso
Ocano del Sur, se comunicara con los ya descubiertos? Esta pregunta
se hicieron los navegantes, viniendo Magallanes  resolver el problema,
enseando en su Estrecho la unin de los mares y el paso para dar la
vuelta al mundo.

Este glorioso descubrimiento sin duda alguna hubiera sido para
Portugal,  no ser por las muchas ingratitudes que en recompensa de
los servicios prestados  aquella Corona en las Indias Orientales,
no hubieran puesto  Magallanes en el caso de ofrecer sus servicios
al Monarca espaol, al cual cumpli como bueno, no slo con el
descubrimiento del paso del Sur, Tierra del Fuego, Continente de los
Patagones, Archipilago de Marianas y Filipinas, sino que plante
ventajosamente para Castilla, la cuestin que originaron las islas
Molucas por razn de su falsa situacin geogrfica. Magallanes, que al
par que intrpido marino y valiente soldado, era profundo astrlogo;
Magallanes, que segua con los ojos de la ciencia la rotacin de los
astros, la direccin de los vientos y el movimiento de las corrientes;
que sondaba los abismos en el mundo de su inteligencia al par que
interrogaba las misteriosas  incompletas cartas martimas del gran
Behen, y recoga cuantas observaciones constantemente le presentaba
en su camino su aventurera existencia; demarc la verdadera situacin
de aquellas islas, colocndolas dentro de los meridianos que  Espaa
sealaban las clusulas de la Bula de Alejandro VI, reproduciendo
en un todo al servicio de la corte castellana, sus pasadas hazaas
prestadas al soberano de Portugal, en la aventurada empresa del sitio
de Malaca y en tantas otras  cual ms arriesgadas en que tom parte
al servicio de Alburquerque en las comarcas orientales.

El paso que une los dos grandes Ocanos, an hoy en que la navegacin
parece ha puesto su ltima letra en el libro de los adelantos, es uno
de los ms peligrosos derroteros que pueden emprender los navegantes,
y que Magallanes llev  cabo, falto de vveres, con imperfectos
instrumentos, y con una tripulacin descontenta y tumultuosa.

No contento el gran navegante con haber encontrado el paso que lleva
su nombre y de hollar con su planta la tierra del Fuego, puso rumbo
por el ancho mar en busca de nuevas empresas.

Largo todo el capo, la quilla de la _Capitana_, levant hirviente
espuma en el Ocano Pacfico, dirigiendo Magallanes el timn aun ms
all que vea en su atrevida imaginacin.

El ms all que comprenda la fe de un hombre que suea hazaas,
encontr un eco en la voz de _tierra_ que se escap de todos los
labios al descubrir por los horizontes donde se oculta la luz, una
informe masa confundida con las espesas y revueltas nubes.

Tierra era en efecto, y abordando  ella se tom fondo, siendo el 6
de Marzo de 1521.

La tierra que los intrpidos navegantes tenan  la vista, les ofreca
hospitalidad y recursos. Falta les haca la una y los otros, pues al
descubrirla, la desesperacin, la impaciencia y las necesidades todas
haban llegado  su trmino. Desde que entraron en las aguas del Sur,
fueron poco  poco acortndose las raciones hasta el punto de hacer
las comidas con agua del mar, no habiendo encontrado en el derrotero
que traan, ms tierra que las islas Desventuradas, as llamadas por
Magallanes, en vista de su situacin, inhospitalario abrigo y falta
de recursos.

Tan luego Magallanes _di_ fondo, rodearon  la _Capitana_ sinnmero
de pequeas embarcaciones movidas por paletas que servan de remos, y
por unas velas de tejido de palma. Por el gran nmero de embarcaciones
y por la figura de sus velas, llamaron  aquellas islas de las Velas
Latinas.

Aquel grupo de islas hay quien cree son las _Celebes_ de la
antigedad. Los naturales las llamaban  la llegada de Magallanes,
Laguas.

El da 7 del mismo mes, desapareci un bote de la _Capitana_, por
lo que y por otros robos que hicieron los naturales en los dems
barcos, cambi Magallanes el nombre de las Velas Latinas por el
de los _Ladrones_, que es como todava las llaman los extranjeros
en la mayor parte de sus cartas. Con algunos arcabuceros y no pocas
amenazas, consigui el Almirante recuperar su bote, y no satisfaciendo
 su carcter emprendedor la pequeez y pobreza de la nueva tierra,
nuevamente lev anclas el 9 del mismo mes, en demanda de las ricas
y frtiles comarcas Filipinas. Despus de una penosa navegacin tom
puerto en la isla de Ceb, donde consigui captarse el cario y los
servicios del Reyezuelo que imperaba en aquella, el cual estando en
guerra con su vecino el de la isla de Maetan impetr de Magallanes
su auxilio, que le fu otorgado por el intrpido marino, yendo l
mismo con parte de su gente  una expedicin contra los enemigos de
los cebuanos; aquellos en gran nmero y con gran destreza resistieron
el ataque, muriendo Magallanes. Esta sensible prdida acaeci el 26
de Abril de 1521.

El vencido Rey de Ceb, bien por temor, bien por haber entrado en las
prescripciones impuestas por el vencedor,  bien por la inconstancia
propia del natural, es lo cierto que so pretexto de un convite prepar
una emboscada, en la cual perecieron villanamente asesinados hasta
30 soldados. Los pocos que haban quedado en las naves, impotentes
por su nmero para tomar venganza, resolvieron salvar sus vidas y
regresar  Castilla con las nuevas del descubrimiento.

Los pocos expedicionarios que haban logrado  salvar la vida,
emprendieron el viaje por el antiguo derrotero de las Molucas, en
la _Victoria y_ la _Trinidad_. Esta ltima nave qued en la mar,
aguantando nicamente la _Victoria_ que mandaba Sebastin Elcano,
los mares del Cabo de Buena Esperanza el cual consigui doblar, no
sin falta de mprobos trabajos, arribando al puerto de Sanlcar el
6 de Setiembre; sobreviviendo  aquella colosal empresa en que la
_Victoria_ haba dado la vuelta al mundo, solamente 18 hombres.

Las nuevas que Elcano trasmiti  Carlos V, y la seguridad del
descubrimiento, originaron nuevas expediciones.

La ocupacin de las Filipinas y las Molucas hicieron sin duda por su
poca importancia, el que no se atendiera  las islas de los Ladrones,
limitndose por entonces su ocupacin  la toma de posesin que de
ellas hizo el ao 1528 D. Alvaro de Saavedra, y ms tarde, en 25 de
Enero de 1565, en que el intrpido Legaspi  su paso para Filipinas
desembarc en Guajan, en donde mand celebrar una misa y levant
acta de posesin. Esta fu solamente nominal, pues ni dej hombres,
ni hizo nada de lo que constituye la material posesin; continuando
los naturales en sus usos, costumbres y religin, si bien es verdad
existen verdicos testimonios en que se acredita que las _naos_
que recorran el Pacfico, refrescaban aguada y se hacan de algunos
vveres en las islas de los Ladrones.

En tal estado, lleg el ao de 1662, en que toc en la principal de
las islas llamada, como ya dijimos, Guajan, el navo _San Damin_,
que procedente de Acapulco se diriga  Manila. En dicho navo, y como
presidente de una misin de Jesutas, vena el devoto Padre Diego Lus
de San Vtores, el cual, viendo el estado de los naturales, resolvi
trabajar para establecer una misin en aquellas apartadas regiones.

No bien lleg San Vtores  Manila, principi  gestionar la
realizacin de su pensamiento, el cual no solamente no fu secundado
sino que encontr acrrimos enemigos; esto no obstante el Padre San
Vtores abrigaba en su alma la ms fuerte de las perseverancias;
la perseverancia que emana de principios del mismo Dios, bautizars
al idlatra dijo, y el infatigable jesuta firme en su propsito se
dirigi al Padre Nitarht, confesor de Doa Mariana de Austria, esposa
del Soberano reinante por aquella poca en Castilla, Don Felipe IV,
del cual consigui aquella una Real cdula satisfaciendo ampliamente
los deseos del jesuta.

En la expresada Real cdula se prevena al desgraciado Gobernador de
Filipinas, D. Diego Salcedo, facilitara  San Vtores toda clase de
recursos para establecer una misin en las islas de los Ladrones, y
en efecto, y al cumplimiento de lo mandado, se construy en el puerto
de Cavite, el navo _San Diego_, en el cual se embarc la misin,
 la que le surgi nuevos contratiempos al ir primero  Mjico en
donde el Virey interpuso nuevas dificultades, que la constancia
y excitaciones del jesuta pudieron vencer; logrando por ltimo,
gracias  su invencible tesn, arribar  la isla de Guajan el 15 de
Julio de 1668, desde cuya fecha se puede conceptuar la verdadera
posesin de las islas de los Ladrones  los dominios espaoles,
puesto que hasta entonces no hay noticias se hiciera ocupacin alguna.





CAPTULO XIII.

Adelantos de la misin.--Oposicin de los _macambas_.--Saipan y
Rota.--Los _urritaos_.--Tradiciones usos y costumbres.--Colegio de San
Juan de Lotrn.--Crnicas de los jesutas--Hostilidades.--Asesinato de
San Vtores.--Una modesta cruz.--Los Padres Solano y Ezguerra.--El
almirante Coello.--Nuevos asesinatos. Represalias.--D. Juan
Santiago.--El Gobernador Irrisari.--Descubrimientos al Norte de
Agaa.--Marianas en el siglo XVIII.

La misin dirigida por el Padre San Vtores desembarc en la isla de
Guajan, establecindose en el pueblo de Agaa, en donde inmediatamente
principi su obra de conversin.

La misin al principio fu recibida con grandes muestras de cario,
sometindose gustosos los naturales al bautismo y  oir la voz de los
que predicaban una religin para ellos desconocida; mas bien pronto
aquellos afectos se convirtieron en una tenaz y terrible oposicin
en la que perdieron la vida varios misioneros y soldados.

En los primeros meses los agasajos y la dulzura que emplea todo el
que trata de persuadir, hicieron su efecto, predisponiendo los nimos
 la proteccin de que fu objeto la misin.

Ms tarde surgieron varios conflictos, creados primeramente por
la intemperancia del magnate, el cual, oyendo un da y otro las
excelencias del bautismo, quiso fuese patrimonio exclusivo de ellos
y sus hijos. Esto, como es consiguiente, cre luchas y excit los
nimos, no por la idea del bautismo, sino por la divisin que surga
su aplicacin. La dulzura del Padre San Vtores y la fuerza de sus
convincentes argumentos pudieron desvanecer este primer conflicto,
viendo en ello dar al cristianismo el primer paso  la unin de clases.

La herida que abra lo anterior en las antiguas costumbres, fu
comprendida por algunos que se propusieron crear nuevos conflictos
en defensa de sus odiosos privilegios.

Los magnates descontentos por una parte, la supersticin por otra
ayudada de falsas tradiciones, y robustecida con las intransigencias
de los sacerdotes  macambas que concitaban los nimos, despertando
antiguas costumbres, y unido  esto el estratgico  infame rumor de
que el bautismo originaba la muerte de los nios, fueron los elementos
que pusieron en juego los enemigos de los ministros de la fe.

Los anteriores males fueron vencindose, contrarrestndose unas veces
la fuerza con la fuerza,  interponiendo otras la conviccin en medio
de las supersticiosas creencias.

No contentos los jesutas con la aparente sumisin de la isla de
Guajan, se extendieron al Norte, en donde descubrieron nuevas islas
siendo las principales las nombradas Saipan y Zarpana,  sea Rota. En
estas se reflejaron bien pronto los mismos males por que estaba
pasando Guajan, hacindose los trabajos con grandsimo riesgo.

Las costumbres fueron siempre los principales elementos que los
macambas trataron de explotar en defensa del predominio  influencia
que venan poseyendo en aquellos pueblos, sujetos al capricho de su
voluntad, por medio de las acomodaticias invocaciones, originarias
de supersticiosos manejos.

La poligamia con toda la asquerosa desnudez vena sucedindose en las
costumbres de aquellos isleos, y la poligamia que necesariamente haba
de ser combatida en los ascticos principios de San Vtores produjo
sus consecuencias. Los _urritaos_,  sean los jvenes, levantaron una
cruzada que fu  engrosar las filas de los que combatan la idea por
el orgullo, viniendo  ser las pasiones sensuales y las tradiciones
aristocrticas, las piedras de apoyo que sustentaban la discordia y
la oposicin.

La lucha entre la argucia del macamba y la persuasin del misionero,
era tanto ms tenaz cuanto que tena por palenque la condicin
del natural, el cual admita cuantas ideas llegaban  su escasa
comprensin.

Su imaginacin voluble est comprobada en sus tradiciones, que
atestiguan eran muy dados  las fantsticas leyendas, las cuales
relataban en coro formando dos crculos, uno de hombres y otro
de mujeres, que giraban en inverso sentido. Para estas fiestas,
en las cuales cantaban las excelencias y las antigedades de sus
_Anitis,_ se adornaban las mujeres tindose de negro los dientes
y blanquendose el pelo, completando el adorno conchas, caracoles,
plumas, insectos de colores y hojas de pltano. Los hombres se rapaban
el pelo, yendo completamente desnudos. Restos de estas antiguas
costumbres y reminiscencias de aquellas fiestas todava se conservan
en Marianas. El autor de estas lneas ha presenciado algunas escenas
entre los carolinos residentes en Agaa, en las cuales se refleja
las primitivas tradiciones.

Los elementos turbulentos cada vez tomaban ms fuerza, al par que la
adquira la evanglica persistencia de los misioneros, en tanto que
el corto nmero de soldados mantenan en los caones de sus mosquetes
el desbordamiento que ha tiempo se vena presintiendo.

En 1669 se bendijo una iglesia, crendose poco despus un colegio
con el nombre, que an hoy lleva, de San Juan de Letrn, para el cual
consigui San Vtores se expidiera en 1663 Real cdula de perpetuidad,
con la dotacin anual de 3.000 pesos, los cuales se haban de pagar
por las cajas de Mjico.

En contestacin  esta merced, otorgada por Doa Mariana de Austria,
escribi el jesuta una sentida carta al Padre Nitarht, hacindole
presente participara  su Reina que en l espacio de pocos meses
y debido  su proteccin, haba en las islas entre bautizados y
catecmenos 34.000.

Este dato no lo hemos podido comprobar en documentos oficiales,
y como quiera que nos parece un tanto exagerado, debemos hacer
presente lo hemos tomado de las mismas _Crnicas de los Jesutas,_
de cuya institucin dependan todos los Padres que compusieron las
misiones de Marianas, cuya dotacin eclesistica corri  su cargo
hasta que fueron expulsados de los dominios espaoles.

Las expresadas crnicas hacen subir la poblacin de las islas  100.000
almas, cifra que asimismo nos parece inexacta, no comprendiendo que
ni la extensin, ni los productos del suelo pudieran alimentar tal
exceso de poblacin, y sobre todo y ms que la falta de proporcin
entre los habitantes y el suelo, en que aquellos, segn las mismas
crnicas, se redujeron en muy pocos aos  ms de la quinta parte;
disminucin incomprensible en tan poco tiempo, teniendo en cuenta la
razn de situacin de las islas y la casi absoluta incomunicacin en
que estaban con los dems pueblos.

La emigracin sin los medios de comunicacin es imposible, y la
enormidad de la baja sin aquella, por razn de mortandad tambin lo
es, atendiendo  la salubridad que en todo tiempo se experimenta en
las islas.

El casi imposible se opone  la creencia de que hubiera 100.000 almas,
en donde escasamente solo restan en el da unas 7.000.

De estos y otros datos se prevale un escritor francs para mezclar
entre el gran caudal de poesa que respiran sus obras, un sinnmero
de vulgaridades, por no calificarlas de otra manera, al ocuparse
de Marianas.

Los pocos narradores de aquellas islas habrn podido equivocarse, es
ms, de hecho se han equivocado en algunas cosas; en cambio M. Arago,
escritor  quien aludimos, es muy posible no haya dicho una sola
verdad en las pginas que consagra  las Marianas.

Mas continuemos su historia.

Las hostilidades de que fueron objeto los sacerdotes y soldados,
la alevosa muerte que dieron los isleos  ms de uno, y las
dificultades que oponan, ora en la resistencia pasiva, ora en
el xito de las armas, motivaron el que poco  poco, y  medida
que llegaban las naos se fuera aumentando el personal de guerra,
y que el inofensivo y modesto establecimiento que se levant en un
principio, se perfeccionara tomando el carcter que distingue la
conquista, y la persuasin, las armas y la fe, la suavidad de los
principios del cristianismo, y los mortferos estragos de la metralla;
participando bien pronto el establecimiento de la abada y del fuerte;
del campanario  y de la atalaya; de la cruz y de la espada.

En tal estado lleg el 2 de Abril de 1672, en que Diego San Vtores
desoyendo prudentes consejos, sali del recinto de Agaa acompaado
nicamente de un filipino, dirigindose al pueblo de _Tumhun_  seguir
su evanglica obra. No bien haba caminado una legua, cuando oy llorar
 una nia en una casa de palma; quiso bautizarla, mas fu muerto
 lanzadas por su padre llamado _Matapang_ y por _Hirao_, vecino de
aquel. Despus de muerto fu arrastrado hasta la playa, arrojando su
cuerpo en los arrecifes de la costa del Pico de los Amantes.

Pocas existencias humanas habrn recorrido su peregrinacin sobre
la tierra con ms fe, con ms abnegacin, y con ms valor que la que
alentaba Diego Lus de San Vtores.

Cuatro aos permaneci en las islas Marianas,  cuya reduccin casi
puede asegurarse se le debe  l, y en ese tiempo predicando la
caridad y la virtud fu consuelo de propios y extraos.

En el sitio en que fu muerto se conserva en el da una modesta
cruz;  la sombra de su tosca madera consagramos una oracin como
cristianos y un recuerdo como espaoles.  En sus descarnados brazos,
habr marchitado el hlito de los fuertes Nortes, una corona de
flores silvestres que hizo una decidora chamorra que nos acompa en
la expedicin.

Ni la religin, ni las nuevas costumbres, ni los escasos rayos
de civilizacin que se abren paso hasta aquellas lejanas tierras,
han podido destruir antiguos grmenes de pasadas generaciones. La
supersticin y la fbula son innatas en el chamorro, as que la muerte
del Padre San Vtores, como su martirio y su vida, la envuelve en
sinnmero de fantsticas relaciones. Decir  un chamorro, y sobre todo
 una chamorra, que las aguas donde arrojaron al jesuta no tienen el
color de sangre, y os mirar con la lstima de creer trata con un loco.

Al Padre Diego sucedi en la direccin de la misin, el jesuta Fray
Francisco Solano, el cual continu la obra de su antecesor con fe
y perseverancia.

La direccin del Padre Solano fu bien corta, pues la falta de
alimentos, la naturaleza de estos, las fatigas causadas por las
incesantes luchas y la tristeza que le ocasion el martirio de su
compaero, rindieron aquella existencia, ocasionando su muerte una
aguda enfermedad.

 la muerte de Solano, acaecida en Junio de 1672, sucedi el Padre
Francisco Ezguerra. Por este tiempo y acostumbrados los naturales  los
azares de la guerra, y ora generalizndola y dirigiendo sus ataques
al establecimiento, ora localizndola de ranchera  ranchera y de
caudillo  caudillo, tenan  los pocos espaoles en una continua
zozobra, la cual se aplac un tanto con la llegada de los navos
_Santiago_ y _San Antonio_, los cuales sucesivamente tomaron puerto
en Agaa, el ao 1672 y 1673.

El almirante Coello, que mandaba el navo _Santiago_, enterado del
estado en que se encontraban los espaoles los atendi con toda clase
de recursos, haciendo quedase al mando de la fuerza que se organiz,
el capitn de los antiguos tercios D. Juan Santiago; este, como
buen soldado, de genio aventurero, de pronta y decisiva accin, de
resistente naturaleza y de un valor y tesn  toda prueba, comprendi
que las contemplaciones eran el verdadero foco donde se incubaban las
hostilidades y la guerra, as que, dejando correr sus instintos en
armona con sus antiguos hbitos de campaa, reforz el fuerte, levant
empalizadas, acumul materiales y vituallas, y una vez asegurada la
retirada, principi su obra de conquista talando cuantos campos se
le oponan y quemando las rancheras que mostraban resistencia.

El miedo cundi por las islas, el cual bien pronto fu acompaado
del supersticioso terror que produjo en los naturales la vista
de un caballo que se haba desembarcado del navo _San Antonio_,
por disposicin de su Almirante Monfort, el cual prest hombres y
recursos  la obra de la conquista.

Los isleos comprendieron que su ruina era cierta de continuar en
actitud de guerra, y aparentemente desistieron, enviando emisarios
 los espaoles, con presentes de conchas y tortugas como smbolos
de paz, pidiendo perdn por los hechos pasados, y prometiendo ciega
obediencia para lo sucesivo. Esto acaeci  13 de Noviembre de 1673.

Las anteriores paces se concertaron con los elementos de la confianza
y la hidalgua por una parte, y el terror y la necesidad por otra,
convencindose bien pronto los espaoles de lo mentido de las promesas
y la falsa de la sumisin.

A 1 de Febrero de 1674, dirigindose el Superior Padre Ezguerra con
cinco soldados por el camino de Fuua, fu asaltado por sinnmero de
hombres armados, los cuales, con grandes gritos pedan su muerte. Las
palabras se hicieron obras, y el Padre Ezguerra y sus compaeros
perecieron taladrados de flechas y arrastrados sus restos hasta el mar,
en donde los arrojaron.

Este hecho inaudito, propio solo de una raza salvaje  indmita,
produjo el efecto consiguiente en el nimo del capitn y de los pocos
soldados que tena  sus rdenes. Siendo rotas las treguas y vidos de
venganza, no hubo perdn ni misericordia. Donde quiera haba oposicin,
haba incendio; donde quiera haba resistencia, haba metralla; se
talaron campos, se destruyeron estacadas, y por ltimo, se pisotearon
los falsos dolos personificados en las calaveras, acompaando  este
sangriento cuadro la ejecucin que con toda publicidad se llev  cabo,
ahorcando  todos los que pudo justificarse participacin directa en
los asesinatos.

La destruccin de las calaveras y el haber entre los ahorcados dos
macambas de los ms influyentes, fueron causa de que se apoderara
de los isleos un grandsimo terror, alejdose del terreno de las
hostilidades, buscando amparo en los extremos de las islas y en lo
ms oculto de los bosques, convencidos de que toda resistencia era
imposible en vista de la actitud de los espaoles y filipinos, los
cuales haban perfeccionado las obras del establecimiento, proveyendo
de dos pequeos caones el torren que dominaba las trincheras y
estacadas, doblemente resguardadas con sinnmero de pas de caas y
palma brava.

Con la conducta observada por D. Juan Santiago y por su sucesor
D. Damin de Esplana, que con decisivo tesn continu en la obra
de reduccin, se pudo ir asegurando la tranquilidad en las islas,
en las cuales fueron construyndose iglesias y casas de instruccin,
habindolas en gran nmero de pueblos, cuando lleg  Agaa en Junio
de 1676 el navo _San Antonio_, conduciendo  su bordo al capitn
D. Francisco de Irrisari, primer Gobernador de Real nombramiento de
las islas Marianas.

Azarosos fueron en extremo los dos aos que gobern Irrisari;
el odio estaba oculto, la venganza por un lado, y por otro la
cautela aprendida por los chamorros  consecuencia de los continuos
descalabros que haban sufrido siempre que frente  frente y en ancho
campo presentaron contienda, los hicieron astutos y precavidos. Las
asechanzas y emboscadas eran cada vez ms frecuentes, y las muertes
y asesinatos parciales sustituyeron  los ataques francos y en masas.

Los macambas,  pesar de ver que la numerosa poblacin que en otro
tiempo haban subyugado, merced  la evocacin de supersticiosas
fbulas estaba casi aniquilada, que las cbalas mgicas de los anitis
eran impotentes ante el fuego de los mosquetes y la metralla de los
caones, que los castigos eran pblicos y ejemplares, que de da
en da se perfeccionaban las obras, se levantaban otras aumentaban
hombres y vituallas, que se talaban y se incendiaban las rebeldes
rancheras, no desmayaban en sus predicaciones y en sus prfidas
gestiones. En un principio explotaron el orgullo y privilegios de
raza; ms tarde, excitaron la maternidad; despus, echaron mano del
desenfrenado sensualismo, y por ltimo, y en los aos que nos ocupa,
aprovecharon como arma de excisin el hecho primero en aquellas
islas, de casarse una mariana con un espaol. Esto di origen  que
los macambas predicaran el odio contra aquellos, recrudeciendo los
nimos al presentar el matrimonio como un robo simulado, ante el cual
los conquistadores principiaban  apoderarse de sus hijas y mujeres.

Esta falsa doctrina hizo su efecto y volvieron  las antiguas
hostilidades, las cuales fueron estrellndose en la constancia y
valor de Irrisari y los suyos.

Al llegar  Marianas en el ao 1678 D. Juan Antonio de Salas,
su segundo Gobernador, se hicieron exploraciones en el puerto, se
situaron lugares seguros de anclaje, y se desembarcaron refuerzos;
con estos y con la inteligencia, tanto de Salas como de su sucesor
D. Jos Quiroga, se logr reducir, no solo la isla de Guajan, sino
las que an quedaban revueltas al Norte.

En completa reduccin, y estando las islas al mando de Madrazo,
lleg el siglo XVIII,  cuyos principios se aumentaron escuelas, se
perfeccionaron las obras de las iglesias, se levantaron almacenes, se
abrieron caminos y se ultimaron cuantas construcciones haban estado
abandonadas por efecto de la guerra. Las rancheras esparcidas por
los montes se refluyeron al llano, desapareciendo la vida nmada y
errante del natural, con la aparicin de los pueblos de Merizo, Pago,
Agat  Inarajan.

En el ao 1701 no haba habitadas en todo el Archipilago de Marianas
ms que las islas de Guajan, Rota y Saipan, y estas ltimas, era
tan poca su importancia y tanta su miseria, que al despoblar los
espaoles aos despus la isla de Rota, dice una crnica de aquel
tiempo, literalmente lo que sigue: La tierra es estril, el cielo
melanclico, el viento y el mar  temporadas furioso, horrible y
formidable. Solo en ciertas monzones se ve un aspecto apacible,
la gente es poca, brbara y bozal. Nadie sale de all, nadie pasa
por all, no hay noticias, ni del resto del mundo, ni aun de aquel
pequeo rincn del mundo. No hay desierto ni yermo en la Nitria, ni
la Thebaida, que sea comparable  esta soledad. Ovidio, no acaba de
ponderar las miserias de Tomis; pero si hubiera visto  Rota dijera,
que era el Tomis del mismo Tomis.

La situacin de Rota desde que con tan vivos colores se describi,
realmente poco ha mejorado, participando del sensible descenso que se
observa en todo aquel pequeo Archipilago, descenso ms sensible en
Rota por la casi absoluta carencia de comunicaciones, por la nulidad
en las transacciones, por la consiguiente miseria del natural, y por
lo inhospitalario de sus puertos.

La reduccin de las islas como hemos dicho, qued ultimada en
absoluto  principios del siglo XVIII. Pero, qu qued de aquella
reduccin? Una docena de peascos deshabitados en su mayor parte,
y un pequeo pueblo al cual haba que atender con cuantiosas
sumas,  fin de darle vida al par que actividad y movimiento. Los
sacrificios pecuniarios de la nacin y los deseos de los gobernantes,
se estrellaron como era consiguiente, con la falta de inspeccin que no
podan ejercer en razn  la distancia que separa Marianas de Manila.

Se estudiaron todos los medios al par que iban creciendo las
exigencias, y aumentando por consiguiente el personal y con este el
presupuesto. Se ensay centralizar el comercio en sentido oficial,
y  este propsito el Real Erario en vez de remitir caudales, lo
haca de gneros de ms  menos fcil realizacin.

El Estado se convirti en tendero; la Hacienda absorbi el cambio, la
venta y la permuta y los gobernantes constituyeron la Real Hacienda
en muestrario de las transacciones. El gobernado se convirti en
comprador, y el Estado en razn social mercantil.

Semejante manera de arbitrar fondos, produjo como consiguiente
era, un sinnmero de abusos, que denunciaron otras tantas fortunas
improvisadas y caudales adquiridos  la sombra de un mostrador, en que
la mercanca vena gravada con el impuesto de considerables primas,
en que los comerciantes eran meros factores, y en que los dueos eran
puramente nominales.

La acumulacin del capital por razn de la venta; la ventaja de la
retencin,  causa de la escasez; el aumento del pedido en proporcin
 la demanda, y el acopio y almacenaje ante el clculo racional del
expendio y la necesidad, fuentes de todo comercio, no las negamos en
el _muestrario_ oficial, pero lo que desde luego aseguramos, es que
dichas fuentes no vertan sus caudales en las cajas de la entidad
jurdica llamada Estado, sino en la positiva de los administradores
al par que administrados. Ellos se compraban y se vendan facturas,
y este continuo agiotaje y ms que todo la triste realidad, que aunque
tarde se iba observando en los centros inspectores, dieron origen 
que se abandonara el sistema anterior y  que se ensayara el hacer
los pagos por medio de situados. Estos y aprovechando las naves de
Mjico, dejaban en Marianas el total del importe del presupuesto.

Mas adelante, y pasados bastantes aos de ser evacuadas las Amricas,
y cerrado por consiguiente el paso de las naves por Marianas, se
redujeron en las clusulas de un reglamento los gastos de las islas,
quedando estos en la suma de _unos doce mil pesos_.

El reglamento no podemos negar se public, pero el presupuesto por
ningn concepto refleja en el da los beneficios de su observacin
y con ella su reduccin.

Hemos visto lo que _fueron ayer_ las islas de los Ladrones; veamos
lo que _son hoy_ las islas Marianas.





CAPTULO XIV.

Archipilago de las Marianas.--Historia moderna.--Guajan.--El pueblo
de Agaa.--Puerto de Apra.--Punta Pit.--Flora y fauna.--La mujer de
Marianas.--M. Arago.--Ingratitud.--Caridad espaola.

El Archipilago de Marianas lo compone una cordillera de islas,
enclavadas en el gran Ocano Pacfico. Corren de Sur  Norte, desde
la principal llamada Guajan, residencia del Gobernador y dems
autoridades.

A ms de Guajan y en una extensin como de dos grados y medio, se
encuentran Rota, Aguiguan, Tinian, Saipan, Farallon de Medinilla,
Anatajan, Sariguan, Farallon de Torres, Guguan, Alamagan, Pagan,
Agrigan, Asuncin, Urracas y Farallon de Pjaros.

De las anteriores islas, solamente estn habitadas, segn ya dijimos,
Guajan, Rota y Saipan, siendo estas dos ltimas, miserables asilos
en que difcilmente se refleja la escasa vida que disfruta la primera.

La isla de Guajan la encuentra el navegante  los 13 26' lat. N. y
150 52' long. E. del meridiano de San Fernando; mide unas 32 millas
de longitud en su mayor extensin de Sudoeste  Nordeste, variando en
razn  su configuracin la latitud entre cuatro  nueve, y componiendo
su total bojeo de 190  200.

En el trmino medio del panorama que presenta la isla de Guajan hay
un istmo, el cual divide la isla en dos pennsulas. En la lengeta
que une los dos ensanches que forman aquellas, se eleva la ciudad de
Agaa, capital del Archipilago de Marianas.

Las costas de Guajan en su general permetro, las constituyen,
multiplicados arrecifes y bancos madrepricos que se internan mar
adentro desde rocas escarpadas donde nacen. En los centros calizos
suelen formarse canales, por los cuales los ligeros botes balleneros,
son las nicas embarcaciones que sin grave peligro pueden recorrerlos,
y esto en algunos sitios, pues en otros, la mar es tan brava, y la
costa tan inhospitalaria, que hace de sumo riesgo el aventurarse en
aquel laberinto de arrecifes calizos, terminados por masas acantiladas,
azotadas incesantemente por mares peligrosas y revueltas.

El ruido del romper la ola, no es el gemir montono y acompasado que
produce en la generalidad de las playas. El ruido que paulatinamente
se va disipando  medida que la ola va rodando sobre un lecho de
menuda arena, en Guajan es desconocido; all el ruido es atronador
 imponente; all, las masas de agua empujadas por las grandes
marejadas llegan compactas, no  una superficie igual, sino 
cordilleras inmensas de arrecifes, que presentan en las sinuosidades
y desigualdades de sus configuraciones, otros tantos obstculos,
que dividen la ola en infinidad de partes, originando los huecos que
presentan las mltiples ramificaciones madrepricas, imponentes ruidos
que repite el eco de cavidad en cavidad.

Las primeras noches que se duerme en Agaa, es imposible conciliar
un sueo tranquilo y sostenido.

Sin embargo de los mltiples y peligrosos bajos de que estn sembradas
las mares de Guajan, la experiencia y la prctica pueden conducir al
navegante  encontrar abrigo y seguro anclaje en varios puntos de la
isla; debiendo citar como el principal y ms seguro de sus puertos,
el que se encuentra en la parte Oeste, entre la pennsula de Orote
y la pequea isla de las Cabras, llamada de _San Lus de Apra_. A
pesar de lo espacioso del puerto de Apra, desde luego aconsejamos al
navegante, no se aventure en sus aguas sin llevar prctico, pues la
situacin del anclaje por razn de los abrigos que preserven en lo que
cabe los fuertes temporales de Oeste  Noroeste,  cuyos cuadrantes
tiene pocos resguardos el puerto, y el sinnmero de escollos que se
extienden  desde el sitio denominado la _Caldera_,  la playa, son
innumerables. Si  esto se agrega las varias y encontradas corrientes
que los canales de coral producen, se comprender fcilmente lo
necesario de poner la nave  la direccin de un hbil conocedor de
aquellos lugares.

San Lus de Apra es el puerto en que anclan todos los barcos que
llegan  Guajan.

Se conocen  mas del anterior, los de Agaa, Tepungan, Dav, Jat,
Merizo, Sajayan, Actayan, Inarajan Tarofofo y Pago, los cuales por
sus escasas proporciones y por las revueltas que  ellos llegan las
mares, los tiene de antiguo completamente abandonados el uso.

Una vez anclada la nave en el puerto de Apra, hay que recorrer una
larga extensin hasta llegar  la playa. La travesa entre esta y el
barco se hace en botes balleneros, nicos que por su escaso calado
pueden utilizarse en el canal que forma Guajan y la isla de las
Cabras, el cual es sumamente pintoresco. Luego que se toma tierra,
quedan unas cinco millas que andar hasta llegar  la ciudad de Agaa,
trayecto que generalmente se hace en pequeas carromatas de ruedas
de una sola pieza, tiradas por novillos, los que tambin se emplean
para silla, prestando toda clase de servicios de carga y arrastre.

Pocos paisajes habr en el mundo tan hermosos como el que presenta el
cuadro que se desarrolla desde Punta Pat, hasta las primeras casas
de Agaa: unas cinco millas, las separan del puerto como ya dijimos;
cinco millas, en que la vista se recrea con todas las maravillas de
que el Creador dot el suelo. _La palma_, la _bonga,_ y la variedad
de _cocos_ con sus frondosos penachos, que al acariciarlos el viento
cimbrean sus esbeltos y elevados troncos; la _rima_, el _cajel_, el
naranjo y el limonero, con su exuberante vegetacin, sus mltiples
y verdes hojas, y sus olorosas emanaciones de azahar y nardo; el
potico limoncito de China con sus abundantes frutos; el corpulento
_ifil,_ el tortuoso _abgao_ verdadero suce de la India, el _agoho_,
con sus pequeas pias armadas de afiladas pas, el productivo _daog_
 _palo mara_, el _goya_, la _guayava_ y el _ate_, entrelazan sus
hojas, sus frutos, sus flores, y su potente vida, con las olorosas y
variadas enredaderas, con los intrincados laberintos de _bacauam_,
con los desiguales y trepadores tallos de la silvestre pmpana,
y con las esbeltas y flexibles ramas del jazmn blanco.

Sobre la inmensa capa de verdura que presenta la prodigiosa vegetacin
que se extiende por un terreno desigual y accidentado, se contempla
un cielo puro y trasparente, bajo cuya difana bveda baten sus alas y
cantan sus amores, la pintada _garza_, la veloz _dulili_ y la amorosa
trtola, cuyos cantos son interrumpidos por el agorero chillido del
_mamoy_ y el estridente graznido del _fanifi_. Las palomas blancas,
las aves marinas en su diversidad de clases, las agachonas, el tordo, y
los carpinteros completan el viviente mundo de la regin de las nubes.

Cuanto define y compone la belleza, tiene all su rasgo caracterstico,
su estigma que la distingue y seala. La escarpada pea cra verdura,
el cielo presta tibios ambientes, los pjaros alegres cantos,
las flores deliciosas emanaciones, el arroyo tiernos murmurios y
cristalinas aguas, los rboles sabrosos frutos, y el cielo claridad
y hermosura.

De Guajan se ha dicho es un pas privilegiado y es muy cierto. Aquel
cielo y aquel suelo en el Grao de Valencia,  las orillas del
Guadalquivir, sera una dulcsima parodia de los jardines del Profeta;
mas un paraso, _anclado_ en medio del revuelto Pacfico, lejos del
universal concurso y sin tener por lo menos una Eva, es un paraso
que al principio encanta, despus, aburre, _y por ltimo_ desespera.

No se crea por lo anterior que en Marianas no hay mujeres, que las
hay y muchas, pero ... pero francamente, y con perdn sea dicho de
la _Mariquita_ y la _ngela_ de M. Arago, entre todas no componen ni
una caricatura de las de _all_, ni un octavo de cuartilla de las
que tan mal emple el escritor francs al ocuparse de Marianas. Al
principiar este trabajo dijimos, y si no lo hacemos ahora, que si
algn mrito tiene, es, que lo en l escrito, es producto de la verdad,
y no emanacin de ridculas fbulas, propias de una novela mas no de
un viaje.

Sentimos no poder describir aquellos ojos de fuego, aquella exuberancia
de formas, aquella correccin de lneas, que completan los acabados
modelos del universal viajero en sus _dadivosas_ y enamoradas
concepciones chamorras y carolinas, prontas, por supuesto, eso s,
y dicho tambin por supuesto por el escritor francs,  consagrarle
sus amorosas primicias y hasta su existencia, y vean ustedes cmo
el ilustre viajero casi casi introduce en las pacficas chamorras el
uso de los fsforos de Cascante, y la entidad acabada  del Don Juan,
con sus irresistibles filtros sus tiernas plticas y sus incendiarios
conceptos, con la diferencia que al Don Juan europeo le abran las
puertas dueas y rodrigones, y al _Don Juan_ trasatlntico pauelos
y relicarios.

Lanse detenidamente las pginas que Arago consagra  Marianas, y se
ver que todo se reduce  decir que no hubo chamorra ni carolina, que
primero por su linda cara, y despus por un relicario, no le ofreciera
sus caricias. Esto, y ver por doquier restos humanos consumidos por
la lepra, enterrar  todo el que buenamente le parece  consecuencia
de dicha enfermedad, crear tipos  su capricho, y acusar de no s
cuntas cosas  los poseedores de aquellas islas, hasta el punto de
conceptuarlos como un mal para la humanidad, completan las pginas de
M. Arago, salpicadas de cuando en cuando con bravatas que son fciles
de escribir ya que no de realizar.

Se atreve M. Arago  hablar de humanidad!

Vlgame Dios, y cmo se escribe la historia!

En la infinidad de naufragios, en el sinnmero de siniestros que por su
situacin ha presenciado Guajan, jams han dejado sus habitantes y sus
Gobernadores, de hacer muchsimo ms de lo que dicta la caridad oficial
y la reciprocidad del derecho de gentes. Lea M. Arago el naufragio
de su compatriota Mme. Wisio, interrguela y la ver llorar al solo
recuerdo de los beneficios recibidos de los espaoles. Crnicas de
Nueva-York, de California y del Japn son buenos testigos  quienes
preguntar sobre la caridad espaola. Las columnas de sus peridicos
de cundo en cundo, se llenan con la relacin de conmovedoras escenas
en que la abnegacin y el desinters juegan en primer trmino.

No solo encuentran en Marianas recursos y consuelos los nufragos que
logran tras miles de riesgos y privaciones, ganar las hospitalarias
costas, sino que tambin cuantos llegan  ellas empujados por cualquier
otra desgracia.

Jams, jams en Marianas se ha cerrado la puerta al dolor, ni el
consuelo al sufrimiento.

Esto podemos contestar  las pginas de Arago respecto  humanidad; en
cuanto  los _dicharachos_ puestos en boca de Petit, le recordaremos,
que si hay islas de Saipan, tambin hay Geronas y Bailenes, y que
si crea fcil tomarse la justicia, frente las playas de Marianas,
no la encontraron tan fcil sus compatriotas frente los pechos de
los zaragozanos.

Mucho, muchsimo ms podramos decir respecto  M. Arago, el cual
nos consta por fidedignas autoridades, que en el tiempo que residi
en las islas, fu objeto de cuantas deferencias y atenciones se le
pudieron ofrecer,  pesar de los escasos recursos de la localidad.

La ingratitud siempre frente al beneficio!

Cerremos el _libro de Los viajes_ por su pgina  de Marianas, y si no
hemos llegado  convencer de que en Guajan, hay siempre un consuelo
y un remedio  toda necesidad, pregunten  los que all hayan sufrido
y ellos contestarn.

Confundamos las pginas del viajero de la _Urania_, con las de
otros compatriotas suyos, y continuemos en la descripcin de la isla
de Guajan.



CHAPTER 15

CAPTULO XV.

La plaza de Agaa.--La iglesia.--El monte de Santa Rosa.--La
atalaya.--El reloj de Agaa.--Faro original.--Vida en Marianas.--Casas,
huertas, cultivos, ros.--Vegetacin de Oriente.--El rbol
del pan, y el _dug-dug_.--Cageles.--La isla de Pagan.--Riqueza
perdida.--Desconocimiento del pas.--Reputaciones usurpadas.--En tierra
de ciegos..--Hormigas coloradas y ratas.--Los caballos y las _auroras_.

A poco de pasar el viajero el pequeo puente de madera de Asang, y
dejar  su espalda la tajada roca, por cuyo grantico plano vierten
los vecinos montes cristalinas aguas, que la previsin del natural
detiene en tanques de piedra, se divisan las primeras casas de la
ciudad de Agaa, presentando su entrada una espaciosa calle formada
en su mayora de pequeos edificios de tabla y teja, entre los cuales
sobresalen algunos de piedra y otros de cogon y palma.

El conjunto de la ciudad que se encuentra enclavada entre los arrecifes
de la playa, y el extenso monte de verdura que corre de Norte  Sur,
 cuya falda termina la lnea de construccin es limpio y alegre.

Siguiendo la igual y espaciosa calle que tiene por continuidad el
camino del puerto, se llega  la plaza, en la cual, y tomando  la
derecha se encuentran en lnea, la casa-administracin, el presidio,
el llamado palacio,  sea morada del Gobernador, el parque y los
almacenes de la plaza; todos estos edificios son espaciosos y de
slidos materiales. La banda de la izquierda la componen pequeas
casas y edificios en construccin, que segn supimos se destinan para
Tribunal y Escuela.

El frente de la plaza, siguiendo la direccin que hemos tomado,
lo ocupa en primer trmino la iglesia, el cementerio y la casa
parroquial; cerrando el permetro, el Colegio de San Juan de Letrn,
con las escuelas y dependencias.

La plaza de Agaa, compendia la vida de Marianas; el dolor tiene
su morada, como lo tiene el poder, la religin y el saber. All, la
cruz que se alza entre la revuelta maleza que crece en el misterioso
mundo de los muertos, recuerda la memoria de pasadas generaciones;
las sombras rejas del presidio, sealan en sus dobles hierros,
la satisfaccin que da  la tranquilidad individual, la pblica
vindicta; la campana que  la oracin de la tarde, pesadamente dobla
sus bronceados ecos, indica en la religin, el ms all que ensea
el santo suelo sobre el que se eleva el pardusco torren,  cuyos
cimientos se aquilata la pequeez de la vida, en la amarga verdad de
una tumba que carcome el tiempo, y una cruz que pudren las aguas,
nicos y miserables girones de los recuerdos, que cual el sr que
cubrieron, bien pronto pasarn al polvo y al olvido.

La iglesia que est contigua al cementerio, es tan modesta como poco
espaciosa, la compone tres pequeas naves, el coro y una tribuna
cerrada de reciente construccin. Lo que constituye la dotacin
del culto externo, mas que pobre, es escaso; la ornamentacin es
churrigueresca, y el busto estatuario, tanto en lneas, como en
expresin y detalles, es detestable.

Contigua  la iglesia, y comunicando con el altar mayor, est la
sacrista, en la cual hay un retrato del Padre San Vtores, y otro
del lego Bustillos.

Como edificios, no recordamos ningn otro de los enunciados, que
merezca la pena de ser citado, pues si bien hay en el cerro de Santa
Rosa, y en la entrada del canal, pequeos fuertes, estos, ni por su
fbrica, ni por las mquinas que resguardan tienen nada de particular,
 no ser el pintoresco y bellsimo paisaje que desde ellos se domina.

En lo que se llama la Atalaya, _vigilan_ cuatro hombres de la dotacin
el desierto mar, al par que son los encargados de comunicar al pueblo
la hora en que vive.

La falta de mquinas supliendo la abundancia de brazos.

El _engranaje_ del reloj de Agaa lo constituye un complicadsimo
servicio, y una vigilancia  prueba de _segundos_.

Analicemos la mquina.

El Gobernador de Marianas tiene, es decir, es de presumir tenga reloj,
pues si no lo tuviera no hay caso, en la poca que estuvimos all
lo haba porque lo tena: dicho reloj daba sus campanadas regulares,
llegando difcilmente al odo de un centinela que perennemente est
bajo el bronce de la esquila, para que otro _minutero_ viviente, que
incesantemente escucha desde la Atalaya, diga al pueblo de Agaa en el
bronce de una campana, mayor que la que le da el aviso. _Caballeros,_
segn me acaba de decir mi compaero de _abajo_, son las ocho en el
reloj del Gobernador.

Excusamos manifestar los conflictos que pueden originar el da en
que el ama de _llaves_, deje de usar la destinada  la _alimentacin_
del reloj _municipal_.

El Gobierno, no solamente _da_ la hora, sino que tambin la direccin
 las bancas y botes.

Y aqu necesitamos dar otra explicacin.

Una tarde en que paseaba con mi buen amigo el Padre Ibez, por
delante de la lnea de verdura que se extiende desde el colegio
 la administracin, observ que el Padre, siempre que pasbamos
frente al Gobierno, miraba con detencin el hueco del balcn que
media el edificio. En una de las vueltas, la impaciencia fu mayor;
se par, y enfadado hasta donde se puede enfadar el buen Padre,
exclam:--Caramba con D. Lus, que se empea en no encender el
faro!--Gracias  Dios--exclam,--que ya he odo algo que corresponda
al pomposo ttulo de ciudad que lleva Agaa;--mas al observar que
por ningn lado vea torre ni torren, no pude menos de interrogar al
Padre,  fin de que me mostrara dnde estaba situado el aparato.--El
aparato--me replic con tono amargo mi compaero de paseo,--que
no es ninguna vulgaridad, est all;--y me seal el hueco de la
ventana.--No veo nada,--repliqu.--Pues porque no ve V. nada, es por
lo que dije que D. Lus no encenda el faro, y el faro, hijo mo,
no es ms ni menos que un farol que se cuelga en aquella ventana,
que como V. ve corresponde con el puerto.

El cigarro que fumaba se me cay de la mano, y yo no s cmo no me
ca de espaldas. Un faro de cuatro _tinsines_ que _viven muriendo_
tras las telaraas que adornan los vidrios de un farol!

Lo del faro de Agaa y lo del reloj es preciso ponerse serio para que
lo crean; pero qu quieren ustedes, la verdad nunca puede ser ms que
una, y aunque las verdades respecto  Marianas, las que se saben lo
son de seis  seis meses en Manila y en Madrid quizs nunca, de aqu
la incredulidad que  nuestros lectores despertarn nuestras lneas.

Sigamos describiendo la isla de Guajan.

La poblacin de Agaa ya hemos dicho es espaciosa y limpia; el
estar enclavada en terreno arenisco y gozar de las vertientes del
monte  cuya falda se asienta, constituyen una de las condiciones
que determinan el aseo que en ella predomina; el monte suministra
en las aguas que vierte cantidad bastante para ahogar el polvo, no
originando sucios charcos el suelo por su esencia arenisca al par
que la compacta superficie que lo forma.

En uno de los extremos de la ciudad, pasado el Colegio, hay unos
terrenos pantanosos llamados _Cienaga,_ de donde nace un pequeo
arroyo que serpentea por la misma playa y del cual se sirven los
naturales. Sobre este arroyo hay un slido puente de piedra que pone
en comunicacin la playa con el pueblo. Todas las casas de este tienen
entre s una proporcional separacin dividida por empalizadas de caa.

Estas empalizadas resguardan rboles arbustos y malezas, y en algunas
que el dueo es cuidadoso se ven verdaderos huertos, en que al lado
del rstico cenador crece la parra,  cuyo tronco trepan los tallos
de las sandas con las que se mezclan las doradas hojas de la pia
y las mazorcas del maz.

La horticultura, tanto en Marianas como en todo el Archipilago
filipino, podra ser mucho ms completa de lo que es. Una buena
inteligencia combinada con un suelo virgen y una atmsfera impregnada
peridicamente y por horas de humedad y calor, no es posible dejara
de encontrar en raros productos verdaderas fuentes de riqueza.

En pequeo hemos tenido ocasin de ver ms de una vez realizada la
verdad que las anteriores lneas encierran, contemplando algunos
cuadros convenientemente abonados y preparados, dar resultado gran
variedad de semillas de Europa; es verdad que para esto se necesita
cuidado y conocimiento; pues es probado que la primera semilla es la
que fructifica con todos los caracteres que distinguen sus frutos,
los cuales desmerecen visiblemente  medida que las semillas son de
frutos ya criados en el pas. La sucesin de cosechas y el uso de sus
semillas si no se reemplazan, concluyen por matar el producto nativo,
sustituyndolo por otro que ni en sabor, formas, ni dimensiones se
le asemeja.

En los cercos de Agaa y en los pueblos limtrofes, como en sus
barrios de Anigua, Asang y Tepungang, hemos visto cultivarse algunas
hortalizas con buenos resultados. El xito de la fructificacin,
sobre todo en pequeas plantas, es debido sin duda alguna  las
magnficas condiciones de su cielo, combinadas con la manera de ser
de su suelo. Las alturas de la isla de Guajan, por su aislamiento
en medio del Ocano, son un punto de atraccin al cual afluyen las
nubes vertiendo  sus aguas los frecuentes chubascos que se forman en
aquellas latitudes. La constante  al par que pasajera cada de aguas,
mezclada con la fuerza de calrico, originan en el suelo un flujo y
reflujo de absorciones y emanaciones acuosas, altamente convenientes
para la semilla y el tallo. La latente humedad que originan las
intermitencias de calrico y agua es sumamente sensible dando las
observaciones higromtricas un resultado apenas concebible; humedad que
parece imposible no quebrante la salud, lo que se explica nicamente
recordando las brisas que refrescan la isla de playa  playa y que
moderan la percepcin del calrico que marcan los termmetros. La
columna del centgrado flucta entre los 14  los 33, siendo la
ordinaria situacin la de 22  28.

La frecuente cada de aguas tienen en curso una porcin de riachuelos
que salpican la isla, sobre todo en su parte Sur, que es la ms
baja. Pueden citarse entre aquellos por la bondad de las aguas que
encauzan en un lecho de menuda arena, los nombrados Asang, Marge,
Mazo, Agat, Finili, Talasfac, Bili, Paparguan, Dandan y otros muchos,
sobresaliendo entre todos, tanto por la cantidad de agua como por sus
permanentes corrientes, los nombrados Tarafofo, Ilic y Pago, los cuales
y principalmente el primero merece el nombre de ro, pues los dems,
atendiendo  su nacimiento y al caudal de sus corrientes, ms que ros
son verdaderas vertientes de las cordilleras que accidentan la isla.

De las muchas corrientes de aguas dulces filtradas por las masas de
caliza, arena y piedra pomez, elementos que con la greda constituyen
el componente del suelo de Guajan, se proveen las necesidades de
sus habitantes, los cuales se precaven de las sequas con pozos  de
estanque,  los cuales se baja por rampas  escaleras abiertas en la
misma materia caliza que forma la base de la isla, segn se ve  los
pocos golpes de piqueta.

Las hojas que constantemente caen de los rboles forman al mezclarse
con la arcilla y la greda el _humus_, excelente abono, semejante en
sus fuertes materias fructificantes al _guano_ de ciertas regiones
americanas.

Todo cuanto digamos de la vegetacin intertropical ser plido, es
preciso verla para comprender su belleza en todo su valor; apropsito
de esto, recordaremos lo que ha tiempo decamos  un amigo querido de
la Pennsula. En la vegetacin de estas regiones, decamos, es donde
se verifica la alegora pagana del terrible castigo de Prometeo, 
mejor dicho, donde se admira la magnfica realizacin de la mitolgica
fuente Canatos, donde Juno recobraba la virginidad; aqu, aadamos,
la hoja del rbol no cae seca y marchita; aqu se rinde por el tiempo,
mas no por falta de lozana, dejando en su cada, no un tallo seco
y mustio, sino una hermosa gemela, heredera de su juventud, de sus
brillantes colores, de su pureza y de su jugo.

Esta es la vegetacin en el Oriente.

Las masas de hojas que incesantemente arremolinan  su pie la
diversidad de rboles,  plantas y arbustos, forman en muchos parajes de
la isla gran abundancia de _humus_ que se aprovecha convenientemente,
por ms que se preste  una explotacin ms viva y positiva que la
que se le da en la actualidad.

Sin embargo de las excelencias de la vegetacin de Marianas, es de
notar la escasez de rboles de grandes proporciones, pudindose citar
como los nicos susceptibles de dar regulares piezas, el _ifil_ y el
_palo-mara,_ figurando en segunda escala el _yoga_ el _yagunlago,_
el _fago_, el _chopag,_ el _puting_, el _pengua_, el _balinago_
y algunos otros, los cuales producen resinas, materias colorantes,
cuerdas, aceites, tejidos y hasta mortferos jugos, que emplean los
carolinos para envenenar sus armas.

Los verdaderos rboles de importancia positiva  en el da, son la
_rima_ y el _dug-dug;_ ambos son de grandes dimensiones, crindose con
una prodigalidad y abundancia asombrosa; no requieren gran cuidado,
elevndose lo mismo en las grietas de la pea que en los abonados
campos del llano.

La fruta de la rima se asemeja al meln, es sana, nutritiva,
agradable al paladar y susceptible de larga conservacin con solo
cocerla y guardarla en lugar seco. A la rima se la conoce con el
nombre del _rbol del pan,_  y no se puede dar un calificativo ms
adecuado y preciso. El fruto del dug-dug es un variante del de la
rima, diferencindose en el tamao, que es ms chico, y en el sabor,
en que sobresale el mucho dulce que contienen sus jugos, razn por
la que, y por tener la rima materias farinceas mucho ms nutritivas
que las de aquel, la hacen preferible. Ambos rboles suministran en
sus troncos piezas para toda clase de construcciones.

Para completar los productos del suelo, no podemos menos de recordar
la variedad de cageles, de los cuales los hay de unas proporciones
exorbitantes, siendo dignos de citarse asimismo los algodoneros. De
estos ltimos se va generalizando su plantacin: hemos visto muestras
de algodones de Guajan y nos han parecido inmejorables. En la fecha en
que escribimos, se espera el resultado de una pequea exportacin de
aquel artculo que como prueba se remiti  Barcelona y al Japn. Segn
datos que hemos podido reunir de colonos del pas, pasan de milln
y medio de troncos los que hoy existen de algodn, procedentes en su
generalidad de semillas importadas de las islas Sandwich; notndose en
la plantacin de este artculo un aumento notable, puesto que segn los
estados de la riqueza agrcola de Marianas,  hechos el ao 1843, por
su Gobernador D. Gregorio Santa Mara, solo haba unos 60.000 troncos.

Maz,_palay, mongos_, ail, pltanos, pias, _sibucao_, abac,
tabaco, resinas, materias colorantes y caa dulce, completan el
cuadro de la riqueza de aquellas islas, riqueza que como ya hemos
dicho, ni tiene estmulo en su fomento ni en su cultivo, por luchar
con los inconvenientes de la distancia, la falta de transacciones y
la casi nula exportacin, por causa de lo caro del flete y escasez
de comunicaciones.

El suelo de Guajan mineralgicamente considerado, presenta poqusima
importancia: sin embargo, algunos pozos se han abierto ante la
presencia de capas carbonferas de mineral bastante bueno. La
explotacin minera, aunque desde luego podemos asegurar, sin temor
de equivocarnos, teniendo en cuenta la constitucin de su suelo que
sera casi nula, est circunscrita como todo lo que se refiere 
Marianas  ligersimos ensayos.

Entre la diversidad de animales que se cran en las islas, figura en
primer trmino el venado; el nmero que de estos se matan al cabo del
ao, es verdaderamente fabuloso; su carne se aprovecha no solamente en
fresco, sino que tambin, en preparadas salazones, llamadas _tapas_,
de las que se hace mucho consumo.

La vaca, el carabao, la cabra, el jabal de monte, el casero y
el llamado mantequero, abundan bastante en aquellas regiones;
habiendo asimismo jabales y venados en grandsimo nmero, en las
islas del Norte, principalmente en Agrigan y Saipan, en donde se
comprende perfectamente su fomento, teniendo en cuenta lo escaso de la
persecucin, y los millones de cocos que la falta de beneficio deja
en abandono, cayendo de la palma al empuje de otra cosecha, que  su
vez caer como la primera en fuerza de la madurez  de los fuertes
vientos, para servir de alimento  los animales  para pudrirse con
el tiempo y las aguas.

La isla de Pagan creemos podra sujetarse  una productiva
especulacin, pues son tantsimos los cocales sin beneficio que se
cran, que toda la isla es un bosque de aquella palma.

Dicha isla est deshabitada, como todas las dems que se extienden
hasta el pen de las Urracas, y no nos extraa dejen de aprovecharse
las magnficas salazones que podran sacarse de los venados y jabales
de Saipan, como las miles de pipas de aceite que podran cosecharse
en la de Pagan y el sinnmero de limones que suministran los bosques
de Tinian, puesto que, habr muy poqusimos _mortales_ que conozcan,
no los nombres de aquellas islas, sino siquiera el que existan los
expresados centros de riqueza.

Las islas Marianas han sido muy poco visitadas; tanto es as, que
un individuo de los ms conocedores del Archipilago, no ha mucho
nos aseguraba con gran formalidad, que las formaban tres pequeos
islotes. Cuando dicho individuo que se cree una eminencia,  y que
lleva en el pas veinte aos, no conoce ni aun el nombre de una de
aquellas islas, los dems no estn en el caso de saber que hay limones
en Tinian, cocos en Pagan, y venados en Saipan.

Cuando hacemos ciertas reflexiones y consideramos algunas
_eminencias_, no podemos menos de recordar una clebre frase de
un chispeante escritor: deca este, refirindose  un amigo suyo,
que el mejor negocio que poda hacerse, sera comprarlo por lo que
vala, y luego venderlo por lo que l se crea valer;  ser posible
semejante transaccin mercantil, la pondramos en planta en Filipinas,
en donde mejor que en parte alguna  se haban de encontrar productivas
_facturas_.

Sirva de modelo y aunque de _escaleras abajo,_ la siguiente ancdota:

No h muchas noches que mi espritu observador me llev  la puerta
de un establecimiento  de refrescos; tom asiento, y no bien haba
saboreado los primeros sorbos de una limonada, escuch el siguiente
dilogo que sala de un grupo prximo adonde yo estaba.

--Vamos, D. Juan, cmo van esos ensayos?

--As, as; quise hacer el _S de las nias,_ pero razones especiales
me lo han impedido; despus he principiado los ensayos del _Don Simn_
y otras zarzuelitas, para las cuales tengo _encargada_ una cavitea
que da la hora.

--S, eh? con que una cavitea, dijo uno, y quin es? replic otro,
y por supuesto, que ser maestra, aadi un tercero.

--Ya lo creo, dijo el D. Juan ahuecando la voz y haciendo un gesto
muy pronunciado, como que gasta botitas, canta villancicos y sabe
algn que otro _cundiman_; verdad es que no es bonita, que no tiene
accionado, que no s si ha trabajado en toda su vida, y que habla muy
incorrectamente el espaol; pero qu demonio! tengo _dama_, y sobre
todo, caballeros, no me _lleva_ como la que se ha ido, _cincuenta_
pesos por funcin, contentndose  solo con _veinticinco_.

No quise oir ms, d una moneda y ni aun esper el
cambio, Veinticinco pesos por gastar botitas y no hablar
espaol!!! Veinticinco pesos por noche!!! Lo que no ganaba ese gran
genio de la escena, esa colosal figura de las tablas, esa encarnacin
del pensamiento  de Shakespeare y Ventura de la Vega, joya del arte que
con su muerte se llev  la tumba el _Sullivan_ y _El hombre de mundo,_
obras que jams volvern  interpretarse cual lo haca Julin Romea.

A la turquesa  que se adaptan las anteriores reflexiones, se
relacionan la generalidad de las vivientes _hechuras_ que andan por
esas calles de Dios respirando ciencia y saber.

La pcara aficin  las digresiones, ms de una vez nos lleva fuera
de Marianas, bien es cierto que aquellas islas son parte integrante
de Filipinas y escribimos  la sombra de las conchas de su capital.

Volvamos  las Marianas.

El suelo de Guajan en relacin con el mundo animal, tiene una verdadera
especialidad digna de llamar la atencin, cual es no ser conocida
ninguna clase de culebras; esto da al natural una gran seguridad en
la vida de campo, como asimismo hace innecesarias en los que recorren
las islas ciertas precauciones propias de los pases en que se cran
aquellos reptiles. La hormiga colorada y las ratas, en cambio son muy
abundantes, siendo verdaderos enemigos de los productos del suelo;
 pesar de esto no se crean las extravagancias y exageraciones que
respecto  las ratas de Marianas se cuentan, pues la abundancia  que
aludimos podr ser un mal, mas no una calamidad de las proporciones
dadas por algunos.

Aqu hemos de hacer una pequea parada, pues en lo de las ratas
sucede lo mismo que con otras muchas cosas de aquellas islas. A
nuestra salida para Marianas, gran nmero de amigos y algunos que
no lo son, pues en eso de encargar no hay peligro, por ms que uno
se reserve la filosofa del _t pitars_ del cuento, me pidieron les
trajera caballos y _auroras_; llegue  Guajan, y francamente, crea
que los caballos andaran precio de _ramal_ y las auroras  coste
de paseo, pero ... que si quieres! en toda la isla haba solamente
dos caballos de los que pedan,  y estos trados  alto precio de
Amrica; en cuanto  auroras me dijeron que si esperaba al mes de
Julio, es posible, aunque no respondan, que por unos doscientos
pesos se podra comprar algn par.

Esto me decan en Marianas; en cambio en Manila se cree todo lo
contrario, no solamente respecto  la adquisicin de esos bonitos
ejemplares de la conchologa, llamados en el lenguaje vulgar por su
color rosado, auroras [4] sino que tambin refirindose  un sinnmero
de costumbres, cosas y objetos que luego resultan completamente
inexactas.





CAPTULO XVI.

Reduccin de vecindario en las Marianas.--Islas habitadas.--Rota.--Su
poblacin.--Promesa religiosa.--Comercio y agricultura.--Antiguas
invernadas.

Entre los que no conocen las islas Marianas corren una porcin de
versiones, que si en otro tiempo fueron apreciables, hoy no lo son
bajo ningn aspecto, ni material, ni moral,  ni poltico.

Nosotros, que sin descanso hemos recorrido el pequeo territorio
que comprende la isla de Guajan, nica que hoy tiene alguna vida,
por ms que esta sea bien raqutica y efmera; nosotros, que hemos
contemplado lo mismo las escasas ondas del Asang, que los panoramas
que se desarrollan desde las mesetas  de Santa Agueda; nosotros,
que los recuerdos  de las islas no son tan intensos que nos empujen,
ni  la parcialidad exagerando lo que no hay, ni vituperando lo que
existe; nosotros, en fin, que la nica norma que gua nuestra pluma
es la absoluta verdad, vamos  emitir nuestra opinin, opinin que
no es hija del capricho, sino legtima conclusin de muchas horas
de estudio interrogando cartas, libros y manuscritos. La opinin
nuestra, por lo tanto, no es el ms  menos juicioso raciocinio de
la apreciacin, sino la sntesis de la historia de aquellas regiones.

Al establecimiento de la primera misin nos encontramos con
una poblacin que hacen subir  100.000 almas; hoy, segn los
ltimos datos estadsticos que tenemos  la vista tanto civiles
como eclesisticos, dan el siguiente resultado: Islas habitadas,
Guajan, la cual tiene 5.914 almas; Rota, con 352, y Saipan, con 872;
advirtiendo, que los habitantes de Rota estn haciendo gestiones para
trasladarse  Guajan, y los de Saipan en su mayora son carolinos que
los azares de sus guerras y la penuria y miseria los han arrojado de
sus islas. Saipan quedar deshabitada tan luego puedan regresar los
carolinos al suelo nativo.

Como dato curioso, que habla muy alto acerca de la pobreza en que
estn sumidos los pocos habitantes de Rota, viniendo  explicar el
por qu proyectan, como por ltimo suceder, el ir  Guajan, podemos
citar el siguiente. En el siglo pasado, fu la isla de Rota testigo
de una grandsima calamidad, que sumi  todos los habitantes en una
profunda consternacin. En los libros cannicos de la isla de Rota y
garantida por la firma de un virtuoso recoleto, se registra un acta en
que se consigna que sobre la isla se desarroll un horroroso fenmeno
martimo. Los efectos de este fenmeno duraron mucho tiempo, ofreciendo
durante el peligro los habitantes de Rota, que constantemente haban de
alumbrar  la Virgen cinco luces, promesa que religiosa y puntualmente
se ha venido cumpliendo hasta estos ltimos aos, en que la furia de
un tifn redujo  escombros casi todos los edificios, sumiendo en tal
miseria  sus habitantes que ni aun la promesa se cumple en el da,
viviendo aquellos en su generalidad, gracias  la prodigalidad de un
suelo en que se cran rboles como el del _pan_ y races farinceas
de gran alimento.

La pobreza y aislamiento en que se encuentran Saipan y Rota, sern
causa de que en poca no muy remota, se unan sus habitantes con los
de la capital.

Apenas se concibe cmo islas que contaban 100.000 almas, hayan venido
decreciendo hasta hoy, que en un todo, dan el resultado de 7.138.

Respecto  la riqueza de su suelo, ya hemos visto es frtil cual lo
es en su generalidad todo aquel que se encuentra situado en zonas
intertropicales; mas la riqueza del suelo de Marianas so pena de una
transformacin radical, imposible de llevar  cabo sin cuantiosos
caudales, no es productivo, puesto que atendida la situacin de las
islas y las distancias que las separan de continentes comerciales,
el rendimiento del producto no compensa el gravamen que le impone el
gasto de transporte, aparte de las eventualidades de carga y descarga
y las consiguientes averas que traen en pos de s la generalidad
de los productos agrcolas; buen ejemplo de esto tenemos en la
actualidad, en que una sociedad fomentadora del suelo se constituy
en Agaa, con cuantos elementos son precisos para el desarrollo de
una idea mercantil; en ella contaban con dinero, proteccin, brazos,
herramientas, y un suelo virgen como palenque de sus trabajos. Las
acciones  precio de 500 pesos se tomaron, la sociedad principi
 funcionar y  pesar de la abundancia del producto terruo, el
producto metlico en los balances de inspeccin debi ser negativo,
pues  ciencia cierta sabemos solo se han repartido dividendos
pasivos entre los accionistas, llegando el desaliento en estos,
hasta el punto que hoy no tienen precio las acciones por falta de
cotizacin y por consiguiente de demanda.

Se nos dir. El suelo es susceptible de dar inmejorables
productos. Bien, es cierto, pero no lo es menos, que ms cerca,
en donde existen comunicaciones y adonde por lo tanto, tan luego se
presentara el producto se estableceran transacciones, y en donde la
oferta se unira  la demanda, se ven dilatados  terrenos incultos,
con los mismos grmenes de riqueza y de las mismas condiciones
productoras que los de Marianas.

El que viene de esas mismas islas y entra en el Estrecho de San
Bernardino, ver desde la pequea pea que le da nombre, hasta el
fondeadero de Manila, extensas y dilatadas islas que tienen un suelo
tan frtil como el de Marianas y por consiguiente de preferente
atencin, puesto que la riqueza agrcola es igual y el producto
lquido por razn de situacin, y siguiendo la comparacin ha de
ser exorbitante.

La riqueza del suelo de Marianas no la negamos, y la admitiramos como
positiva, si por ejemplo, sus magnficos y abundantes cageles, sus
campos de maz y sus bosques de cocotales estuvieran  pocas leguas
de un mercado  que abastecer, lo que no sucede dada la situacin
del suelo en que aquellos productos fructifican.

Esto respecto al suelo materialmente considerado.

Dicen algunos. Ah! las islas Marianas, magnficas posesiones, de
grandsima importancia por las clebres invernadas de los balleneros! A
estos, les diremos nicamente que abran el registro del puerto de
Guajan y se encontrarn, que en efecto, es cierto tuvieron las islas su
apogeo como descanso de esos valientes hijos del mar, y que hubo ao
que hicieron recalada en los puertos de Guajan, 80 y hasta 100 barcos
mayores; pero al volver algunas hojas del registro, progresivamente
irn viendo el descenso que desgraciadamente ha sufrido, tanto que el
ao 1870, solo _anclaron cuatro!_ barcos balleneros, y esos ms vala
no lo hubieran hecho, pues hoy el ballenero que toma el puerto de San
Lus de Apra, participa de pirata y corsario, no yendo  dejar dinero,
ni  importar efectos de verdadera riqueza positiva, y s  extraer
el poco numerario en circulacin, vendiendo un par de centenares de
latas de comestibles y algunas varas de toscas telas.

Se dir y en qu consiste lo expuesto? Pues es muy sencillo, con
una buena carta  la vista del Ocano Pacfico que comprenda desde
las costas de China hasta el estrecho de Malaca, se deducen las
consecuencias de aquella real al par que triste verdad.

Las fabulosas riquezas que esparcieron en los Estados-Unidos, los
veneros de oro de los, _placeres_ de California, hicieron que lo que
al principio fueron chozas, fueran luego casas, convirtindose estas
ms tarde, en verdaderas calles de palacios, emporios de riqueza y
de trfico, acariciando bien pronto las brisas del Ocano Pacfico,
ciudades tan ricas y populosas como lo es San Francisco.

Abiertos que fueron en el Pacfico los puertos de las costas de
Amrica y del Japn, y estando enclavados aquellos en resguardadas y
bien situadas bahas, habiendo en ellos magnficos y bien surtidos
almacenes de efectos navales, con que reponer las frecuentes
averas que se experimentan en las regiones polares, y sobre todo,
representando aquellos puertos fciles y frecuentes comunicaciones,
al par que econmicos expendios en las faenas de carga, descarga y
almacenaje, claro es, que  ellos haban de ir las naves, abandonando
las Marianas, en donde no encontraban las anteriores ventajas. El
puerto de Guajan  ms de encontrarse  siete millas de la ciudad,
es poco seguro por los numerosos bancos madrepricos que lo salpican
por do quier, haciendo peligroso el anclaje y estadas. Encontrndose
San Lus de Apra, que es el nombre del puerto,  una distancia tan
considerable de la poblacin, y estando el nico camino que la pone
en comunicacin con aquel, constantemente interrumpido por estrechas
lengetas, los trnsitos son difciles y pesados. Agregado  esto,
que no se comprendi  su tiempo el negocio que reportaban las
invernadas balleneras, instalando almacenes bien provistos, y que la
carencia absoluta de estos originaba la falta de competencia, siendo
por lo tanto la consecuencia necesaria que los poqusimos productos
se vendieran  precios subidos, puesto que la necesidad por parte
del comprador y la escasez por la del tenedor, eran los elementos de
aquellas transacciones, que poco  poco haban de dejar de operarse,
 medida que fueron abrindose otros puertos en que al par del abrigo,
se encontraban almacenes, trfico y comunicaciones.

Hoy en Marianas no toca ms que algn que otro barco, que lo lleva
hasta all la persecucin de la ballena blanca  sea jorobada, que en
sus excursiones de las regiones glaciales suele llevar ese rumbo. De
tarde en tarde, toma puerto algn barco que en la travesa de Amrica
 China hace _arribada_, por efecto de avera  falta de vveres.

Respecto  la importancia de las islas como cuestin poltica [5]
nos extenderemos poco, pues solo con decir que encontrndose situadas
lejos de estrechos, cualquier barco puede establecer su demora fuera
de sus horizontes,  y aun hacer aguadas y tomar puerto, puesto que
los tienen en muchas de las islas del Norte que estn deshabitadas
y en el numeroso grupo que al Sur forma el Archipilago carolino, en
el cual no solamente se encuentran buenos y seguros lugares para el
anclaje, sino que tambin puede recorrerse las islas sin ningn gnero
de temor, pues el carolino  ms de ser completamente inofensivo, es
muy servicial y brinda al que llega hasta su tosca choza con cuantos
recursos dan sus bosques y cuantos servicios estn  su alcance.





CAPTULO XVII.

Poblacin.--Razas.--La providencia del salvaje.--Los carolinos.--Gastos
 ingresos.--Milicias urbanas.--El chamorro.--Sus inclinaciones,
su moral, sus trajes y costumbres.--Ilustracin.--El Padre Ibez y
D. Felipe de la Corte.--Cuatro palabras por va de eplogo.

La actual poblacin de las islas Marianas que como ya hemos dicho
se compone de 7.138 almas, distribudas en Guajan, Rota y Saipan,
forman un conjunto de castas y razas dignas de estudio. El indio,
propiamente dicho, puede decirse es desconocido, predominando la raza
mezclada de chamorro y americano y de espaol y chamorro, vindose muy
frecuentemente fisonomas muy acentuadas que recuerdan las invernadas
de los norte-americanos, los cuales, no solamente plantaron su raza,
sino que tambin sus usos, costumbres y lengua, tanto que el ingls lo
entienden casi todos los chamorros. [6]  A ms de mestizos ingleses,
hay algunos de estos ltimos casados y establecidos en el pas, como
tambin hay portugueses, espaoles, filipinos, franceses, japoneses
y carolinos.

Esta poblacin tan heterognea,  decir verdad, no sabramos cmo vive,
 no recordar la prodigalidad del suelo y la abundancia de carne que
suministra el sinnmero de venados que recorren sus bosques; venados,
cuya carne, como todo lo dems que representa una necesidad  una
superfluidad, hay que buscarlo en la vecindad, pues all,  pesar
de no haber mercado ni tienda abierta, puede asegurarse que, salvas
poqusimas excepciones, todos son comerciantes, vendiendo unos lo que
les sobra de sus pacotillas y ranchos, aprovechando la falta de otros.

Respecto  industria, est resumida  algunos ensayos, que luchan
con la indolencia del natural y la escasez del numerario.

Alcoholes se destilan, pero tienen que limitarse al consumo de las
islas, puesto que la exportacin y todas las eventualidades que trae
en pos de s la fabricacin al por menor, est fuera de la competencia
con la que se adquiere en grande escala y en plazas comerciales.

En la riqueza del suelo predomina, por su variedad y abundancia,
el coco. Siempre hemos mirado este rbol como un gran recurso;
pero, francamente, hasta que no hemos estudiado de cerca al salvaje,
hasta que en nuestra estancia en Marianas no hemos vivido entre las
primitivas costumbres del carolino, nunca pudimos comprender las
varias y mltiples aplicaciones que tiene el coco, llamndosele, con
toda propiedad, la riqueza de la floresta y la providencia del salvaje.

Entre las distintas razas de carolinos que en la actualidad habitan
las islas Marianas en completo estado primitivo, nos hemos persuadido
que el coco resume la satisfaccin de lo necesario y de lo suprfluo,
siempre en relacin con el estado del que lo consume. En el hueco del
fruto, encuentra alimento y bebida; en la cscara que lo envuelve,
herramientas, utensilios de todo uso y objetos de adorno; en la palma
que lo embellece, cubiertas para sus casas, cuerdas y tejidos; en el
pono que lo sostiene, batangas, pilares y empalizadas; en la savia
que le da vida, medicinas, colores, resinas y bebidas espirituosas,
y por ltimo, en las materias fibrosas de su bonote, tejidos y cuerdas
de gran consistencia.

El coco podra ser la base de la riqueza de Marianas.

Los rendimientos que producen al Estado las islas Marianas en todos
sus conceptos ascienden  unas 17.000 pesetas.

Los ingresos que se recaudan en las cajas de propios y arbitrios para
atender  las perentorias necesidades locales, ascienden  la suma
de 10  10.500 pesetas.

Los chamorros no conocen el impuesto del tributo, no sucediendo lo
mismo con el servicio personal, que casi en su totalidad es redimible,
siendo tal concepto la verdadera cantidad positiva que constituye
las cajas comunales.

El chamorro est obligado tambin  formar parte del batalln de
Milicias urbanas al servicio de las islas, cubriendo plazas  medida
que vacan. Hemos visto maniobrar dicho batalln, y nos ha llamado
la atencin lo preciso de sus movimientos, siendo cierta la fama que
tienen sus individuos de hbiles tiradores; tanto es as, que con sus
imperfectos y primitivos fusiles de chispa, salen al campo confiando
tanto en su destreza, que generalmente no llevan ms municin que
el tiro que contiene el can del fusil, siendo muy rara la pieza
que se escapa, pasando al alcance del plomo; verdad es que el uso de
la caza es constante, dndose un ejemplo de fecundidad asombrosa en
los venados, de los cuales se mata al cabo del ao una cantidad tan
exorbitante que apenas se concibe.

El mantenimiento de las islas Marianas cuesta al Erario _doscientas
mil ochenta y nueve pesetas,_ que son distribudas entre personal y
material, servicio de las dos expediciones del correo entre Manila y
aquellas islas y dems atenciones. Entre los ingresos y los gastos
hay una diferencia de _ciento ochenta y tres mil ochenta y nueve
pesetas_, [7] dficit que,  nuestro juicio, se podra, si no hacerlo
desaparecer por completo, nivelando las atenciones con los ingresos,
reducirlo considerablemente.

El correo, que se hace por casas particulares y que cuesta al Erario
25.000 pesetas al ao, segn tipo de contrata, es una cantidad que
sera negativa tan luego se estudiaran las primeras necesidades
de las islas, que son las comunicaciones. Bajo la garanta de los
fondos locales y  plazos ms  menos largos, hay muchas compaas
norte-americanas que venderan  las islas Marianas un modesto barco
que podra ocuparse, no solamente en el servicio del correo, sino
que tambin tener en comunicacin Rota, Saipan y Guajan.

El destino permanente de un barco para aquellas regiones, no solamente
es una economa, sino que constituye una imprescindible necesidad,
que  todos se les ocurre con decirles que las eventualidades y
vicisitudes de aquel suelo, en relacin con el resto del mundo,
est circunscrito  los cuarenta das que forma en dos pocas del
ao las estadas del barco-correo, el cual al levar anclas echa la
llave  aquella prisin, de la cual estn sus moradores incomunicados,
cerca de once meses, de los doce del ao  [8].

Si este trabajo se limitara  un expediente justificativo sobre el
asunto que nos ocupa, demostraramos hasta la evidencia la posibilidad
de realizarse la adquisicin de la nave sin gravar al Erario, como
su mantenimiento con solo emplear una mediana inteligencia en su
ocupacin y viajes.

Para el pequeo movimiento de caudales que originan las islas,
creemos se podran borrar del presupuesto de gastos los sueldos de
administrador  interventor de Hacienda, intervencin  administracin
que dada su poca entidad podan estar asumidas en una dependencia
del Gobierno, el que, por estar ocupado por un Coronel, cuando por
su importancia deba ser lo ms de Capitn, origina los consiguientes
gastos de Ayudante mayor, y cuantas cargas traen en pos de s Gobiernos
que se conceptan de primera clase.

La ciudad de Agaa est clasificada como plaza fuerte, originndose
con esto gastos de personal y material que podran reducirse, sin
quitar  aquella poblacin las prerrogativas de corresponder  los
saludos que las escassimas banderas extranjeras pudieran hacer al
ponerse  la vista de la que ondea en el pequeo fuerte de Agaa  [9].

No siendo, como no lo es, plaza fuerte, por ms que as se denomine,
puesto que solo atestigua su arrogante calificativo dbiles muros
que resguardan escasas mquinas de guerra, que la ms perfecta no
corresponde  la ms imperfecta de las que marchan en la lnea de los
grandes adelantos, no creemos precisos los gastos y atenciones que
tal nombre origina, y una dotacin insignificante y una asignacin de
unas cuantas libras de plvora por conceptos de salvas para el caso
improbable de visitar aquellos mares un barco de guerra, haran lo
mismo que acontece en la actualidad con parque, dotacin y almacenes,
con las ventajas de la reduccin del presupuesto.

Por algunos se nos dir: todo lo que tienda  reducir personal y
material de guerra, es una imprudencia en un siglo en que todos
los pueblos tienden al aumento de hombres y perfeccionamiento de
armas. Esto sera cierto, y el temor sera fundado, si la isla de
Guajan constituyera por condiciones de situacin un punto avanzado 
una atalaya estratgica, que en el bronce de sus caones residiera el
comprimir deteniendo, y en las plataformas de sus fuertes el comprimir
avisando, dando con su campana de rebato la seal de peligro,  en
el estruendo del can la voz de alarma, previsores alertas, cuyos
ecos, dada la situacin de Guajan no tendra otra contestacin que
el mugir de las olas que se deshacen en los senos madrepricos de
caliza y coral, y el rebramar de los duros Nordestes que reinan en
aquellas regiones.

Como cuestin de anclaje, por razn de avera, descanso  punto
avanzado, tampoco sera un obstculo Guajan, puesto que al Norte y
al Sur tienen escuadras enteras, puertos seguros pertenecientes 
islas deshabitadas, en las cuales no solamente podran descansar y
aguardar consignas, sino que reponer averas, refrescar aguadas y
hacer vveres en la gran abundancia de puercos de monte, cageles,
venados, cocos y otros productos que hay en la cordillera de islas
que corren al Norte de Guajn en un trayecto de ms de 10 y las que
hay al Sur formando las Carolinas.

En el presupuesto eclesistico tambin cabe su reduccin, pues si no
estamos equivocados, son cinco los sacerdotes que hay solamente en la
isla de Guajn, la cual  ms de su poqusima extensin solo contiene,
como ya dijimos, una poblacin de 7.138 almas, contando rancheras
de carolinos, que viven en sus costumbres, usos y religin.

Con las economas que dejamos apuntadas, cuya realizacin
demostraramos ms detalladamente, si necesario fuere, con la creacin
de un mercado pblico en que la pblica licitacin sealara las
transacciones, y con ellas, los rendimientos de patentes que hoy
apenas existen por el contrabandeo que envuelve toda mercanca que
se expende no  puerta de calle, sino al sigilo del hogar y ventanas
adentro; con la imposicin del tributo, y sobre todo con facilitar de
algn modo las comunicaciones, bien por un barco que se adquiriera
en las condiciones que dejarnos dicho,  en otras, bien porque lo
diera el Estado,  bien porque se facultara  que se hiciera en las
islas Marianas, puesto que elementos materiales y periciales hay
en ellas, estamos seguros que si no desaparecan en todo, lo hara
en gran parte el dficit que hoy resulta para nivelar los ingresos
con los gastos; siendo estos los nicos medios de que las islas
se contengan un poco en el grandsimo decaimiento en que hoy estn
sumidas, principalmente por la casi nulidad de comunicaciones, base
de todo aumento, y principio necesario para el movimiento, riqueza
y desenvolvimiento de los pueblos.

El chamorro en su generalidad es indolente, cualidad predominante
en todo pueblo en que las necesidades que le son conocidas son tan
pocas como fciles de cubrir. Con alargar la mano tienen la rima,
y con socavar un poco la tierra con el _focio,_ races farinceas
tan nutritivas como sanas. Con estos dos agentes atienden  las
primeras necesidades, completando aquellas otras que se rozan con
el pudor  la vanidad, con unas cuantas varas de pintadas telas que
adquieren  un subido precio y con las cuales cubren y adornan sus
_cuerpos_. El traje de la chamorra y del chamorro vara poco del que
usan los indgenas en Filipinas, si embargo de que son menos lujosos,
advirtindose la carencia del tapis en la mujer, que acostumbra 
llevar saya suelta, sujetando la camisa y _candonga_ en la cintura;
la chinela tambin vara, pues que la llevan cerrada por el taln. Una
especie de chambra de cortas y anchas mangas, el relicario, un rosario
y el pauelo completan el traje.

La superfluidad en el vestir es muy parca en Marianas; all el lujo y
la moda son divinidades  las cuales ni se les rinde culto, ni se les
queman inciensos, circunscribindose tanto el hombre como la mujer
 usar prendas tan sencillas como escasas en nmero.

El chamorro es de genio afable, predominando algo el recuerdo del
orgullo de sus antepasados; es honrado como pocos pueblos, y tan
sufrido en lo que cree justo, como dscolo en lo que no lo cree;
es de tesn y poco olvidadizo.

La ilustracin en las islas Marianas, con relacin  pueblos de sus
mismas condiciones, est  una grandsima altura, pudindose asegurar
que un 80  90 por 100 de poblacin sabe leer y escribir.

Esto merece una explicacin.

Ya hemos visto cmo el jesuta Diego San Vtores, una vez instalado
en las islas de los Ladrones, logr excitar el celo y caridad de Doa
Mariana de Austria, bien por cartas,  bien por elocuentes frases
del Padre Nitarht; siendo lo cierto que consigui de aquella reina
el ttulo de ciudad para el pueblo de Agaa, y una donacin de 3.000
pesos anuales para al establecimiento de un colegio y escuelas que
atendieran  la cultura de los habitantes de aquellas islas, que hoy
llevan su nombre, el cual le fu puesto por estos y otros beneficios
que aquellas recibieron de la esposa de D. Felipe IV. Merced  tan
piadosa institucin que hoy tiene cuantiosos fondos y se la conoce
por _San Juan de Letrn,_ se ha construido un espacioso colegio en
Agaa y escuelas en todos los barrios, cuidando los encargados de
las cabeceras que ningn nio  nia deje de concurrir  aquellos
modestos templos de enseanza.

La instruccin en Marianas se puede conceptuar por lo tanto como
obligatoria.

Al llegar aqu seramos poco imparciales, pecando de sobrado
olvidadizos, si no nos detuviramos un momento  consagrar un recuerdo
 uno de esos infatigables soldados de la fe,  uno de esos seres
que hacen abnegacin de su vida, consagrndola  la de los dems,
secando la lgrima del que arrastra su existencia por el fro arenal
de la desgracia, remediando todo mal y proporcionando todo bien; el
sr  que nos referimos es el vicario forneo, al par que director
de la instruccin en Marianas, Fray Aniceto Ibez.

Ningn elogio podemos hacer mejor de este Padre que decir lleva
encerrado en aquella pea madreprica veinte aos. El que ha estado
en Marianas es el nico que puede comprender en toda su extensin lo
que significa esa existencia de veinte aos.

Al celo infatigable del Padre Ibez y  la proteccin que siempre
dispens  la instruccin D. Felipe de la Corte, Gobernador que fu de
aquellas islas, las cuales eternamente le recordarn con gratitud, se
debe el que sin temor de equivocarnos digamos que hay un 90 por 100 de
sus habitantes que estn impuestos en los primeros elementos del saber.

Aqu hacemos punto en este modesto trabajo que probablemente vendr 
ser el prlogo de otro ms extenso que nos proponemos publicar. Mucho,
muchsimo hay que hacer en Filipinas y mucho falta por decir de aquella
riqusima colonia susceptible  dar cuantiosos caudales. Haga Dios
que este pobre trabajo despierte en otras inteligencias la aficin 
escribir. Mucho campo tiene para ello el Archipilago bajo cualquier
tema que se le mire. La leyenda, la historia y las costumbres son
minas inagotables que constantemente se presentan en el camino del
observador.

FIN





NOTAS

[1] Este libro se escribi en Manila en 1871,  hacindose su primera
edicin en 1872.--(_N. del A_.)

[2] Dicha exposicin se verific el ao 1866 y de ella public el
autor de este libro una extensa Memoria.

[3] Repetimos que la primera edicin de este libro se hizo el ao
1873. No pocas cosas de lo propuesto en este captulo se han puesto
en prctica en Filipinas de entonces ac.

Nos hemos decidido  publicar esta segunda edicin sin correcciones ni
enmiendas, por la circunstancia de que esta obra es casi desconocida en
Espaa, en el hecho de que la primera edicin se agot completamente
en Filipinas  poco de publicarse. Lo mismo sucedi con la de _Manila
 Tayabas,_ recientemente reimpresa.--_N. del A_.

[4] Los cuatro ejemplares que el autor de este libro presenta en
la Exposicin de Filipinas, los adquiri  fuerza de mucho tiempo,
dinero y paciencia. La rareza de estos ejemplares est comprobada
con la escasez que de ellos hay. Proceden de las islas Carolinas. Un
magalaje  Jefe carolino que conoc en Marianas, por ningn precio
quera venderme dos auroras que posea, y si las llegu  adquirir
fu merced de la gran curiosidad que despert al Jefe carolino,
mi reloj remontoir que tuve que darle en cambio.--(_N del A_.)

[5] Tngase en cuenta la fecha en que se hizo la primera edicin de
este libro. Entonces no se haba concebido el gigantesco proyecto
del canal de Panam. Una vez que este se abra, la importancia de las
Marianas, Carolinas y Palaos, ser grande si se sabe aprovechar la
situacin que aquellas islas ocupan en el Gran Pacfico.--(_N. del A._)

[6] Buena prueba de esto se encuentra en el personal filipino que
habita en el recinto de la Exposicin.--_(N. del A.)_

[7] Hoy los gastos son muchsimo mayores.--_(N. del A.)_

[8] Esta situacin la han modificado la serie de  sucesos que han
ocurrido en el mar Pacfico, y que han motivado la ocupacin real
y efectiva de Palaos y Carolinas. Esto ha originado la creacin de
estaciones navales, establecindose frecuentes comunicaciones con
aquellos Archipilagos.

[9] En atencin  la verdadera fiebre que se ha apoderado de todas las
naciones por poseer colonias, hoy creemos que en vez de disminuir la
importancia de aquellas islas, hay que darles toda la que compatible
sea con nuestros presupuestos.--(_N. del A._)






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Marianas, by Juan lvarez Guerra

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
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business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
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where we have not received written confirmation of compliance.  To
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International donations are gratefully accepted, but we cannot make
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Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
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