The Project Gutenberg EBook of La Montaa, by Elseo Reclus

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Title: La Montaa

Author: Elseo Reclus

Release Date: March 15, 2004 [EBook #11598]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MONTAA ***




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     LA MONTAA


     ELSEO RECLUS



     Traduccin de A. Lpez Rodrigo




     LA MONTAA





CAPTULO PRIMERO

#El asilo#


Encontrbame triste, abatido, cansado de la vida: el destino me haba
tratado con dureza, arrebatndome seres queridos, frustrando mis
proyectos, aniquilando mis esperanzas: hombres  quienes llamaba yo
amigos, se haban vuelto contra mi, al verme luchar con la desgracia:
toda la humanidad, con el combate de sus intereses y sus pasiones
desencadenadas, me causaba horror. Quera escaparme  toda costa, ya
para morir, ya para recobrar mis fuerzas y la tranquilidad de mi
espritu en la soledad.

Sin saber fijamente  dnde diriga mis pasos, sal de la ruidosa ciudad
y camin hacia las altas montaas, cuyo dentado perfil vislumbraba en
los lmites del horizonte.

Andaba de frente, siguiendo los atajos y detenindome al anochecer en
apartadas hospederas. Estremecame el sonido de una voz humana  de
unos pasos: pero, cuando segua solitario mi camino, oa con placer
melanclico el canto de los pjaros, el murmullo de los ros y los mil
rumores que surgen de los grandes bosques.

Al fin, recorriendo siempre al azar caminos y senderos, llegu  la
entrada del primer desfiladero de la montaa. El ancho llano rayado por
los surcos se detena bruscamente al pie de las rocas y de las
pendientes sombreadas por castaos. Las elevadas cumbres azules
columbradas en lontananza haban desaparecido tras las cimas menos
altas, pero ms prximas. El ro, que ms abajo se extenda en vasta
sbana rizndose sobre las guijas, corra  un lado, rpido  inclinado
entre rocas lisas y revestidas de musgo negruzco. Sobre cada orilla, un
ribazo, primer contrafuerte del monte, ergua sus escarpaduras y
sostena sobre su cabeza las ruinas de una gran torre, que fu en otros
tiempos guarda del valle. Sentame encerrado entre ambos muros; haba
dejado la regin de las grandes ciudades, del humo y del ruido; quedaban
detrs de mi enemigos y amigos falsos.

Por vez primera despus de mucho tiempo, experiment un movimiento de
verdadera alegra. Mi paso se hizo ms rpido, mi mirada adquiri mayor
seguridad. Me detuve para respirar con mayor voluptuosidad el aire puro
que bajaba de la montaa.

En aquel pas ya no haba carreteras cubiertas de guijarros, de polvo 
de lodo; ya haba dejado la llanura baja, ya estaba en la montaa, que
era libre an. Una vereda trazada por los pasos de cabras y pastores, se
separa del sendero ms ancho que sigue el fondo del valle, y sube
oblicuamente por el costado de las alturas. Tal es el camino que
emprendo para estar bien seguro de encontrarme solo al fin. Elevndome 
cada paso, veo disminuir el tamao de los hombres que pasan por el
sendero del fondo. Aldeas y pueblos estn medio ocultos por su propio
humo, niebla de un gris azulado que se arrastra lentamente por las
alturas, y se desgarra por el camino en los linderos del bosque.

Hacia el anochecer, despus de haber dado la vuelta  escarpados
peascos, dejando tras de m numerosos barrancos, salvando,  saltos de
piedra en piedra, bastantes ruidosos arroyuelos, llegu  la base de un
promontorio que dominaba  lo lejos rocas, selvas y pastos. En su cima
apareca ahumada cabaa, y  su alrededor pacan las ovejas en las
pendientes. Semejante  una cinta extendida por el aterciopelado csped,
el amarillento sendero suba hacia la cabaa y pareca detenerse all.
Ms lejos no se vislumbraban ms que grandes barrancos pedregosos,
desmoronamientos, cascadas, nieves y ventisqueros. Aquella era la ltima
habitacin del hombre; la choza que, durante muchos meses, me haba de
servir de asilo.

Un perro primero, y despus un pastor me acogieron amistosamente.

Libre en adelante, dej que mi vida se renovara  gusto de la
naturaleza. Ya andaba errante entre un caos de piedras derrumbadas de
una cuesta peascosa, ya recorra al azar un bosque de abetos; otras
veces suba  las crestas superiores para sentarme en una cima que
dominaba el espacio; y tambin me hunda con frecuencia en un profundo y
obscuro barranco, donde me poda creer sumergido en los abismos de la
tierra. Poco  poco, bajo la influencia del tiempo y la naturaleza, los
fantasmas lgubres que se agitaban en mi memoria fueron soltando su
presa. Ya no me paseaba con el nico fin de huir de mis recuerdos, sino
tambin para dejar que penetraran en mi las impresiones del medio y para
gozar de ellas, como sin darme cuenta de tal cosa.

Si haba sentido un movimiento de alegra  mis primeros pasos en la
montaa, fu por haber entrado en la soledad y porque rocas, bosques,
todo un nuevo mundo se elevaba entre lo pasado y yo, pero comprend un
da que una nueva pasin se haba deslizado en mi alma. Amaba  la
montaa por si misma, gustaba de su cabeza tranquila y soberbia,
iluminada por el sol cuando ya estbamos entre sombras; gustaba de sus
fuertes hombros cargados de hielos de azulados reflejos; de sus laderas,
en que los pastos alternan con las selvas y los derrumbaderos; de sus
poderosas races, extendidas  lo lejos como la de un inmenso rbol, y
separadas por valles con sus riachuelos, sus cascadas, sus lagos y sus
praderas; gustaba de toda la montaa, hasta del musga amarillo  verde
que crece en la roca, hasta de la piedra que brilla en medio del csped.

Asimismo, mi compaero el pastor, que casi me haba desagradado, como
representante de aquella humanidad, de la cual hua yo, haba llegado
gradualmente  serme necesario; inspirbame ya confianza y amistad; no
me limitaba  darle las gracias por el alimento que me traa y por sus
cuidados; estudiaba y procuraba aprender cuanto pudiera ensearme. Bien
leve era la carga de su instruccin, pero cuando se apoder de mi el
amor  la naturaleza, l me hizo conocer la montaa donde pacan sus
rebaos, y en cuya base haba nacido. Me dijo el nombre de las plantas,
me ense las rocas donde se encontraban cristales y piedras raras, me
acompa  las cornisas vertiginosas de los abismos para indicarme el
mejor camino en los pasos difciles. Desde lo alto de las cimas me
mostraba los valles, me trazaba el curso de los torrentes, y despus, de
regreso en nuestra cabaa ahumada, me contaba la historia del pas y las
leyendas locales.

En cambio, yo le explicaba tambin cosas que no comprenda y que ni
siquiera haba deseado comprender nunca; pero su inteligencia se abra
poco  poco, y se haca vida. Me daba gusto repetirle lo poco que
saba yo, viendo brillar sus miradas y sonreir su boca. Despertbase la
fisonoma en aquel rostro antes cerrado y tosco; hasta entonces haba
sido un ser indiferente, y se convirti en hombre que reflexionaba
acerca de s mismo y de los objetos que le rodeaban.

Y al propio tiempo que instrua  mi compaero, me instrua yo, porque,
procurando explicar al pastor los fenmenos de la naturaleza, los
comprenda yo mejor, y era mi propio alumno.

Solicitado as por el doble inters que me inspiraban el amor  la
naturaleza y la simpata por mi semejante, intent conocer la vida
presente y la historia pasada de la montaa en que vivamos, como
parsitos en la epidermis de un elefante. Estudi la masa enorme en las
rocas con que est construida, en las fragosidades del terreno que,
segn los puntos de vista, las horas y las estaciones, le dan tan gran
variedad de aspecto, ora graciosos, ora terribles; la estudi en sus
nieves, en sus hielos y en los meteoros que la combaten, en las plantas
y en los animales que habitan en su superficie. Procur comprender
tambin lo que haba sido la montaa en la poesa y en la historia de
las naciones, el papel que haba representado en los movimientos de los
pueblos y en los progresos de la humanidad entera. Lo que aprend lo
debo  la colaboracin del pastor, y tambin, para decirlo todo,  la
del insecto que se arrastra,  la de la mariposa y  la del pjaro
cantor.

Si no hubiera pasado largas horas echado en la yerba, mirando 
escuchando  tales seres, hermanillos mos, quiz no habra comprendido
tan bien cunta es la vida de esta gran tierra que lleva en su seno 
todos los infinitamente pequeos y los transporta con nosotros por el
espacio insondable.




CAPTULO II

#Las cumbres y los valles#


Vista desde la llanura, la montaa es de forma muy sencilla; es un cono
dentado que se alza entre otros relieves de altura desigual, sobre un
muro azul,  rayas blancas y sonrosadas y limita una parte del
horizonte. Parecame ver desde lejos una sierra monstruosa, con dientes
caprichosamente recortados; uno de esos dientes es la montaa  donde he
ido  parar.

Y el cono que distingua desde los campos inferiores, simple grano de
arena sobre otro grano llamado tierra, me parece ahora un mundo. Ya veo
desde la cabaa  algunos centenares de metros sobre mi cabeza una
cresta de rocas que parece ser la cima; pero si llego  trepar  ella
ver alzarse otra cumbre por encima de las nieves. Si subo  otra
escarpadura, parecer que la montaa cambia de forma ante mis ojos. De
cada punta, de cada barranco, de cada vertiente el paisaje aparece con
distinto relieve, con otro perfil. El monte es un grupo de montaas por
si solo, como en medio del mar est compuesta cada ola de innumerables
ondillas. Para apreciar en conjunto la arquitectura de la montaa, hay
que estudiarla y recorrerla en todos sentidos, subir  todos los
peascos, penetrar en todos los alfoces. Es un infinito, como lo son
todas las cosas para quien quiere conocerlas por completo.

La cima en que yo gustaba ms de sentarme no era la altura soberana
donde puede uno instalarse como un rey sobre el trono para contemplar 
sus pies los reinos extendidos. Me senta ms  gusto en la cima
secundaria, desde la cual mi vista poda  un tiempo extenderse sobre
pendientes ms bajas y subir luego, de arista en arista, hacia las
paredes superiores y hacia la punta baada en el cielo azul.

All, sin tener que reprimir el movimiento de orgullo que  mi pesar
hubiera sentido en el punto culminante de la montaa, saboreaba el
placer de satisfacer completamente mis miradas, contemplando cuantas
bellezas me ofrecan nieves, rocas, pastos y bosques. Hallbame  mitad
de altura entre las dos zonas de la tierra y del cielo, y me senta
libre sin estar aislado. En ninguna parte penetr en mi corazn ms
dulce sensacin de paz.

Pero tambin es inmensa alegra la de alcanzar una alta cumbre que
domine un horizonte de picos, de valles y de llanuras. Con qu
voluptuosidad, con qu arrebato de los sentidos se contempla en su
conjunto el edificio cuyo remate se ocupa! Abajo, en las pendientes
inferiores, no se vea ms que una parte de la montaa,  lo ms una
sola vertiente; pero desde la cumbre se ven todas las faldas huyendo, de
resalte en resalte y en contrafuerte en contrafuerte, hasta las colinas
y promontorios de la base. Se mira de igual  igual  los montes
vecinos; como ellos, tiene uno la cabeza al aire puro y  la luz;
yrguese uno en pleno cielo, como el guila sostenida en su vuelo sobre
el pesado planeta. A los pies, bastante ms abajo de la cima, ve uno lo
que la muchedumbre inferior llama el cielo: las nubes que viajan
lentamente por la ladera de los montes, se desgarran en los ngulos
salientes de las rocas y en las entradas de las selvas, dejan  un lado
y  otro jirones de niebla en los barrancos, y despus, volando por
encima de las llanuras, proyectan en ellas sus sombras enormes, de
formas variables.

Desde lo alto del soberbio observatorio, no vemos andar los ros como
las nubes de donde han salido, pero se nos revela su movimiento por el
brillo chispeante del agua que se muestra de distancia en distancia, ya
al salir de ventisqueros quebrados, ya en las lagunas y en las cascadas
del valle  en las revueltas tranquilas de las campias inferiores.
Viendo los crculos, los precipicios, los valles, los desfiladeros,
asistimos, como convertidos de pronto en inmortales, al gran trabajo
geolgico de las aguas que abrieron sus cauces en todas direcciones en
torno de la masa primitiva de la montaa. Se les ve, digmoslo as,
esculpir incesantemente esa masa enorme para arrancarle despojos con que
nivelan la llanura  ciegan una baha del mar. Tambin veo esa baha
desde la cima  donde he trepado; all se extiende el gran abismo azul
del Ocano, del cual sali la montaa, y al cual volver tarde 
temprano.

Invisible est el hombre, pero se le adivina. Como nidos ocultos 
medias entre el ramaje, columbra cabaas, aldeas, pueblecillos
esparcidos por los valles y en la pendiente de los montes que verdean.
All abajo, entre humo, en una capa de aire viciada por innumerables
respiraciones, algo blanquecino indica una gran ciudad. Casas, palacios,
altas torres, cpulas se funden en el mismo color enmohecido y sucio,
que contrasta con las tintas ms claras de las campias vecinas.
Pensamos entonces con tristeza en cuantas cosas malas y prfidas se
hallan en esos hormigueros, en todos los vicios que fermentan bajo esa
pstula casi invisible. Pero, visto desde la cumbre, el inmenso panorama
de los campos, lo hermoso, en su conjunto con las ciudades, los pueblos
y las casas aisladas que surgen de cuando en cuando en aquella extensin
 la luz que las baa, fndense las manchas con cuanto las rodea en un
todo armonioso, el aire extiende sobre toda la llanura su manto azul
plido.

Gran diferencia hay entre la verdadera forma de nuestra montaa, tan
pintoresca y rica en variados aspectos, y la que yo le daba en mi
infancia, al ver los mapas que me hacan estudiar en la escuela.
Parecame entonces una masa aislada, de perfecta regularidad, de iguales
pendientes en todo el contorno, de cumbre suavemente redondeada, de base
que se perda insensiblemente en las campias de la llanura. No hay
tales montaas en la tierra. Hasta los volcanes que surgen aislados,
lejos de toda cordillera y que crecen poco  poco, derramando
lateralmente sobre sus taludes lavas y cenizas, carecen de esa
regularidad geomtrica. La impulsin de las materias interiores se
verifica ya en la chimenea central, ya en alguna de las grietas de las
laderas; volcanes secundarios nacen por uno y otro lado en las
vertientes del principal, haciendo brotar jorobas en su superficie. El
mismo viento trabaja para darle forma irregular, haciendo que caigan
donde  l le place las cenizas arrojadas durante las erupciones.

Pero podra compararse nuestra montaa, anciano testigo de otras
edades,  un volcn, monte que apenas naci ayer y que an no ha sufrido
los ataques del tiempo? Desde el da en que el punto de la tierra en que
nos encontramos adquiri su primera rugosidad, destinada  transformarse
gradualmente en montaa, la naturaleza (que en el movimiento y la
transformacin incesantes) ha trabajado sin descanso para modificar el
aspecto de la protuberancia; aqu ha elevado la masa; all la ha
deprimido; la ha erizado con puntas, la ha sembrado de cpulas y
cimborrios; ha doblado, ha arrugado, ha surcado, ha labrado, ha
esculpido hasta lo infinito aquella superficie movible, y aun ahora,
ante nuestros ojos, contina el trabajo.

Al espritu que contempla  la montaa  travs de la duracin de las
edades, se le aparece tan flotante, tan incierta como la ola del mar
levantada por la borrasca: es una onda, un vapor: cuando haya
desaparecido, no ser ms que un sueo.

De todos modos, en esa decoracin variable  transformada siempre,
producida por la accin contnua de las fuerzas naturales, no cesa de
ofrecer la montaa una especie de ritmo soberbio  quien la recorre para
conocer su estructura. De la parte culminante una ancha meseta, una masa
redondeada, una pared vertical, una arista  pirmide aislada,  un haz
de agujas diversas, el conjunto del monte presenta un aspecto general
que se armoniza con el de la cumbre. Desde el centro de la masa hasta la
base de la montaa se suceden,  cada lado, otras cimas  grupos de
cimas secundarias. A veces tambin, al pie de la ltima estribacin
rodeada por los aluviones de la llanura  las aguas del mar, an se ve
una miniatura de monte brotar, como colina del medio del campo,  como
escollo desde el fondo de las aguas. El perfil de todos esos relieves
que se suceden bajando poco  poco  bruscamente, presenta una serie de
graciossimas curvas. Esa lnea sinuosa que reune las cimas, desde la
ms alta cumbre  la llanura, es la verdadera pendiente: es el camino
que escogera un gigante calzado con botas mgicas. La montaa que me
alberg tanto tiempo es hermosa y serena entre todas por la tranquila
regularidad de sus rasgos. Desde los pastos ms altos se vislumbra la
cumbre elevada, erguida como una pirmide de gradas desiguales: placas
de nieve que llenan sus anfractuosidades, le dan un matiz sombro y casi
negro por el contraste de su blancura, pero el verdor de los cspedes
que cubren  lo lejos todas las cimas secundarias aparece ms suave al
mirar, y los ojos, bajando de la masa enorme de formidable aspecto,
reposan voluptuosamente en las muelles ondulaciones que ofrecen las
dehesas. Tan agraciado es su contorno, tan aterciopelado su aspecto, que
pensamos involuntariamente en lo agradable que sera acariciarlas  la
mano de un gigante. Ms abajo, rpidas pendientes, rebordes de rocas y
estribaciones cubiertas de bosques ocultan en gran parte las laderas de
la montaa; pero el conjunto parece tanto ms alto y sublime cuanto que
la mirada abarca solamente una parte, como una estatua cuyo pedestal
estuviera oculto; resplandece en mitad del cielo, en la regin de las
nubes, entre la luz pura.

A la belleza de las cimas y rebordes de todas clases, corresponde la de
los huecos, arrugas, valles  desfiladeros. Entre la cumbre de nuestra
montaa y la punta ms cercana, la cuesta baja mucho y deja un paso
bastante cmodo entre las opuestas vertientes. En esta depresin de la
arista empieza el primer surco del valle serpentino abierto entre ambos
montes. A este surco siguen otros, y otros ms, que rayan la superficie
de las rocas y se unen en quebradas, las cuales convergen  un crculo,
desde donde, por una serie escalonada de desfiladeros y de hoyas, corren
las nieves y bajan las aguas del valle.

All, en un suelo pendiente apenas, ya aparecen los prados, los grupos
de rboles domsticos, los caseros. Por todas partes se inclinan las
caadas, ya de gracioso, ya de severo aspecto, hacia el valle principal.
Desaparece ste ms all de un codo lejano, pero si se ha dejado de ver
su fondo se adivina,  lo menos, su forma general, as como sus
contornos, por las lineas ms  menos paralelas que dibujan los perfiles
de las estribaciones. En su conjunto, puede compararse el valle con sus
innumerables ramificaciones que penetran por todas partes en el espesor
de la montaa,  los rboles, cuyos millares de ramas se dividen y
subdividen en delicadas fibrillas. La forma del valle y de su red de
caadas es la mejor base para darse cuenta del verdadero relieve de las
montaas que separa.

Desde las cumbres en que la vista se cierne ms libremente por el
espacio, tambin se ven numerosas cimas que se comparan unas con otras,
y que se hacen comprender mutuamente. Por encima del contorno sinuoso de
las alturas que se elevan al otro lado del valle, se vislumbra en
lontananza otro perfil de montaa, azulada ya; despus, ms all an,
tercera y hasta cuarta serie de montes cerleos. Esas filas de montes,
que van  unirse  la gran cresta de las cumbres principales, son
vagamente paralelas no obstante ser dentadas, y ora se aproximan, ora se
alejan aparentemente, segn el juego de las nubes y el andar del sol.

Dos veces al da se desarrolla incesantemente el inmenso cuadro de las
montaas, cuando los rayos oblicuos de las auroras y los ocasos dejan en
la sombra los planos sucesivos vueltos hacia la obscuridad y baan en
claridad los que miran hacia la luz. Desde las ms lejanas cimas
occidentales  las que apenas se columbran en occidente, hay una escala
armoniosa de todos los colores y matices que puedan nacer al brillar del
sol en la transparencia del aire. Entre esas montaas hay algunas que
pudieran borrarse con un soplo, tan leves son sus torsos, tan
delicadamente estn dibujados sus trazos en el fondo del cielo.

Elvese ligero vapor, frmese una bruma imperceptible en el horizonte,
djese venir el sol, inclinndose, por la sombra, y esas hermosas
montaas, esos ventisqueros, esas pirmides, se desvanecern
gradualmente,  en un abrir y cerrar de ojos. Las contemplbamos en todo
su esplendor, y ctate que han desaparecido del cielo; no son ms que
un sueo, una incierta memoria.




CAPTULO III

#La roca y el cristal#


La roca dura de las montaas, lo mismo que la que se extiende por debajo
de las llanuras, est, recubierta casi completamente por una capa cuya
profundidad vara, de tierra vegetal y de diferentes plantas. Aqu son
bosque; all malezas, brezos, mirtos  juncos; acull, y en mayor
extensin, el csped corto de los pastos. Hasta donde la roca parece
desnuda y brota en agujas  se yergue en paredes, cubren la piedra
lquenes amarillos, rojos  blancos, que dan  veces la misma apariencia
 rocas de muy distinto origen. nicamente en las regiones fras de la
cumbre al pie de los ventisqueros, al borde de las nieves, se muestra la
piedra bajo cubierta vegetal que la disfraza. Granitos, piedra caliza y
aspern parecen al viajero distrado de una misma y nica formacin.

Sin embargo, grande es la diversidad de las rocas; el minerlogo que
recorre las montaas martillo en mano, puede recoger centenares y
millares de piedras diferentes por el aspecto y la estructura ntima.
Unas son de grano igual en toda su masa; otras estn compuestas de
partes diversas y contrastan por la forma, el color y el brillo; las hay
con manchas, con rayas y con pintas; las hay translcidas, transparentes
y opacas. Unas estn erizadas de cristalizaciones regulares; otras
adornadas con arborizaciones semejantes  grupos de tamarindos  hojas
de helecho. Todos los metales se encuentran en las piedras, ya en estado
puro, ya mezclados unos con otros. Ora aparecen en cristales  en
ndulos, ora con simples irisaciones fugitivas, semejante  los reflejos
brillantes de la pompa de jabn. Hay adems los innumerables fsiles,
animales  vegetales que contiene la roca, y cuya impresin conserva.
Hay tantos testigos diferentes de los seres que han vivido durante la
incalculable serie de los siglos pasados, como fragmentos esparcidos
existen.

Sin ser minerlogo ni gelogo de profesin, el viajero que sabe mirar,
ve perfectamente cul es la maravillosa diversidad de las rocas que
constituyen la masa montaosa. Tal es el contraste entre las partes
diversas que constituyen el gran edificio, que se puede conocer desde
lejos  qu formacin pertenecen. Desde una cima aislada que domina
extenso espacio, se distingue fcilmente la arista  la cpula de
granito, la pirmide de pizarra,  la pared de roca calcrea.

La roca grantica se revela mejor en las cercanas inmediatas del pico
principal d la montaa. All, una cresta de rocas negras, separados
campos de nieve que ostentan  ambos lados su deslumbrante blancura,
parecen una diadema de azabache en su velo de muselina. Por aquella
cresta es ms fcil llegar al punto culminante de la montaa, porque as
se evitan las grietas ocultas bajo la lisa superficie de la nieve; all
puede sentarse con seguridad el pie en el suelo, mientras  pulso se
encarama uno de escaln en escaln en las partes escarpadas. Por all
verificaba yo casi siempre mi ascensin, cuando, alejndome del rebao y
de mi compaero el pastor, iba  pasar algunas horas en el elevado pico.

Vista "de lejos",  travs de los azulados vapores, de la atmsfera, la
arista de granito parece uniforme; los montaeses, que emplean
comparaciones prcticas y casi groseras, le llaman el peine; asemjase,
en efecto,  una hilera de agudas pas colocadas con regularidad. Pero
en medio de las mismas rocas se encuentra una especie de caos; agujas,
piedras movedizas, montaas de peascos, sillares superpuestos, torres
dominadoras, muros apoyados unos en otros y que dejan entre ellos
estrechos pasos, tal es la arista que forma el ngulo de la montaa.
Hasta en aquellas alturas la roca est cubierta casi por todas partes de
una especie de unto, por la vegetacin de los lquenes, pero en varios
sitios han descubierto la piedra el roce del hielo, la humedad de la
nieve, la accin de las heladas, de la lluvia, del viento, de los rayos
solares; otras rocas, quebradas por el rayo, conservan la imantacin
causada por el fuego del cielo.

En medio de esas ruinas, es fcil observar lo que fu an recientemente
el mismo interior de la roca. Se ven los cristales en todo su brillo: el
cuarzo blanco, el feldespato de color de rosa plido, la mica que finge
lentejuelas de plata. En otras partes de la montaa, el granito
descubierto presenta aspecto distinto: en unas rocas, es blanco como el
mrmol y est sembrado de puntitos negros; en otras, es azulado y
sombro. Casi en todas partes es de una gran dureza y las piedras que
pudieran labrarse con l serviran para construir duraderos monumentos;
pero en otras, es tan frgil y estn aglomerados los cristales tan
dbilmente, que pueden aplastarse con los dedos. Un arroyo, nacido al
pie de un promontorio, cuyo grano es de poca cohesin, corre por el
barranco sobre un lecho de arena finsima abrillantado por la mica;
parece verse brillar el oro y la plata  travs de las rizadas aguas.
Ms de un patn llegado de la llanura se ha equivocado y se ha
precipitado sobre los tesoros que se lleva descuidadamente el burln
arroyuelo.

La incesante accin de la nieve y del agua nos permite observar otra
especie de roca que constituye en gran parte la masa del edificio
inmenso. No lejos de las aristas y cimborrios de granito que son las
partes ms elevadas de la montaa, y parecen, digmoslo as, un ncleo,
aparece una cima secundaria, cuyo aspecto es de asombrosa regularidad,
parece una pirmide de cuatro lados colocada sobre el enorme pedestal
que le ofrecen mesetas y pendientes. Est compuesta de rocas pizarrosas
que el tiempo pule sin cesar con sus meteoros, viento, rayos del sol,
nieves, nieblas y lluvias. Las hojas quebradas de la pizarra se abren,
se rompen y bajan resbalando  lo largo de los taludes. A veces basta el
paso ligero de una oveja para mover millares de piedras en la ladera.

Muy distinta de la pizarrosa es la roca caliza que forma algunos de los
promontorios avanzados. Cuando se rompe, no se divide, como la pizarra,
en innumerables fragmentillos, sino en grandes masas. Hay fractura que
ha separado, de la base al remate, toda una pea de trescientos metros
de altura;  ambos lados suben hasta el cielo las verticales paredes;
apenas penetra la luz en el fondo del abismo, y el agua que lo llena,
descendida de las nevadas alturas, slo refleja la claridad de arriba en
el hervor de sus corrientes y en los saltos de sus cascadas. En ninguna
parte, ni aun en montaas diez veces ms altas, aparece con mayor
grandiosidad la naturaleza. Desde lejos, la parte calcrea de la montaa
vuelve  tomar sus proporciones reales, y se la ve dominada por masas de
rocas mucho ms elevadas. Pero siempre asombra por la poderosa belleza
de sus cimientos y de sus torres; parece un templo babilnico. Tambin
son muy pintorescas, aunque relativamente de menor importancia los
peascos de aspern  de conglomerado compuestos de fragmentos unidos
unos  otros. Donde quiera que la inclinacin del suelo sea favorable 
la accin del agua, sta disuelve el cemento y abre un canalillo, una
estrecha hendidura que, poco  poco, acaba por partir la roca en dos
pedazos. Otras corrientes de agua han abierto tambin en las cercanas
rendijas secundarias tanto ms profundas cuanto ms abundante sea la
masa lquida arrastrada. La roca recortada de ese modo acaba por
parecerse  un ddalo de obeliscos, torres y fortalezas. Hay fragmentos
de montaas cuyo aspecto recuerda ahora el de ciudades desiertas, con
calles hmedas y sinuosas, murallas almenadas, torres, torrecillas
dominadoras, caprichosas estatuas. An recuerdo la impresin de asombro,
prximo al espanto, que sent al acercarme  la salida de un alfoz
invadido ya por las sombras de la noche. Vislumbraba  lo lejos la negra
hendidura, pero, al lado de la entrada, en el extremo del monte, advert
tambin extraas formas que se me antojaron gigantes formados. Eran
altas columnas de arcilla, coronadas por grandes piedras redondas que
desde lejos parecan cabezas. Las lluvias haban disuelto y arrastrado
lentamente el terreno en los alrededores, pero las pesadas piedras
haban sido respeta das, y con su peso daban consistencia  los
gigantescos pilares de arcilla que las sostenan.

Cada promontorio, cada roca de la montaa tiene, pues, su aspecto
peculiar, segn la materia que la forma y la fuerza con que resiste 
los elementos de degradacin. Nace as infinita variedad de formas que
acrecienta an el contraste ofrecido en el exterior de la roca por la
nieve, el csped, el bosque y el cultivo. A lo pintoresco de la lnea y
los planos se aaden los continuos cambios de decoracin de la
superficie. Y sin embargo, poco numerosos son los elementos que
constituyen la montaa y por su mezcla le dan tan prodigiosa variedad de
presentacin.

Los qumicos que analizan las rocas en sus laboratorios nos ensean la
composicin de los diversos cristales. Nos dicen que el cuarzo es
slice, es decir, silicio oxidado, metal que, puro, se asemejarla  la
plata, y que por su mezcla con el oxgeno del aire, se ha convertido en
roca blancuzca. Nos dicen tambin que el feldespato, mica, angrita,
horublenda y otros cristales que se encuentran en gran variedad en las
rocas de la montaa, son compuestos en que se encuentran, con el
silicio, otros metales, como el aluminio y el potasio, unidos en
diversas proporciones y segn ciertas leyes de afinidad qumica, con los
gases de la atmsfera. El monte entero, las montaas vecinas y lejanas,
las llanuras de su base y la tierra en su conjunto, todo ello es metal
en estado impuro; si los elementos mezclados y fundidos de la masa del
globo recobrasen sbitamente su pureza, la tierra se presentara ante
los ojos de los habitantes de Marte  de Venus que nos dirigieran sus
telescopios, bajo la apariencia de una bala de plata rodando por las
negruras del cielo.

El sabio, que busca los elementos de la piedra, averigua que todas las
rocas macizas, compuestas de cristales  de pasta cristalina, son como
el granito, metales oxidados; tales son el prfido, la serpentina y las
rocas gneas que brotan del suelo en las erupciones volcnicas,
traquita, basalto, obridiana, piedra pmez; todo es silicio, aluminio,
potasio, sodio y calcio. En cuanto  las rocas dispuestas en tajos 
estratos, colocadas en capas superpuestas, tambin son metales, puesto
que proceden en gran parte de la desagregacin y nueva distribucin de
las rocas macizas. Piedras rotas en fragmentos, cimentadas despus de
nuevo, arenas aglutinadas en roca despus de haber sido trituradas y
pulverizadas, arcillas que hoy son compactas despus de haber sido
disueltas por las aguas, pizarras que no son otra cosa que arcilla
endurecida, todo ello no es ms que resto de rocas anteriores, y como
stas, se componen de metales. nicamente los calcreos que forman tan
considerable parte de la corteza terrestre, no proceden directamente de
la destruccin de antiguas rocas; estn formados por residuos que han
pasado por los organismos de animales marinos. Han sido comidos y
digeridos, pero no por eso dejan de ser metlicos: su base es el calcio
combinado con el azufre, el carbono y el fsforo. De modo que, gracias 
las mezclas y combinaciones variables, la masa lisa, uniforme,
impenetrable, del metal, ha adquirido formas atrevidas y pintorescas, se
ha ahuecado en hoyos para ros y lagos, se ha revestido de tierra
vegetal, ha acabado por entrar en la savia de las plantas y en la sangre
de los animales.

Ac y acull se revela an el metal puro en las piedras de la montaa.
En medio de los desmoronamientos y  la orilla de las fuentes, vnse con
frecuencia masas ferruginosas. Cristales de hierro, cobre y plomo,
combinados con otros elementos, se hallan tambin en los restos
esparcidos;  veces brilla una partcula de oro en la arena del arroyo.
Pero en la roca dura, ni el mineral precioso ni el cristal se encuentran
distribuidos al azar; estn dispuestos en venas ramificadas que se
desarrollan sobre todo en los cimientos de las diferentes formaciones.
Esos filones de metal, semejantes al hilo mgico del laberinto, han
llevado  los mineros, y ms tarde  los gelogos, al espesor,  la
historia de la montaa.

Segn nos refieren los cuentos maravillosos, era fcil en otro tiempo ir
 recoger tales riquezas  lo interior del monte; bastaba con tener algo
de suerte  contar con el favor de los dioses. Al dar un paso en falso
se agarraba uno  un arbusto; el frgil tronco ceda, arrastrando
consigo una piedra grande que cerraba una gruta desconocida hasta
entonces. El pastor se meta osadamente por la abertura, no sin
pronunciar alguna frmula mgica  sin tocar algn amuleto, y despus de
haber andado largo tiempo obscuro camino, se encontraba de repente bajo
una bveda de cristal y diamante; erguanse alrededor esttuas de oro y
plata profusamente adornadas con rubes, topacios y zafiros; bastaba con
inclinarse para recoger tesoros.

En nuestros das, el hombre necesita trabajar, dejndose de conjuros y
encantamientos, para conquistar el oro y otros metales que duermen en
las rocas. Los preciosos fragmentos son raros, hllanse impuros y
mezclados con tierra, y la mayor parte de ellos no alcanzan brillo y
valor sino despus de afinados en el horno.




CAPTULO IV

#El origen de la montaa#


As, pues, hasta en su ms diminuta molcula, la montaa enorme ofrece
una combinacin de elementos diversos que se han mezclado en variables
proporciones; cada cristal, cada mineral, cada grano de arena 
partcula da caliza, tiene su infinita historia, como los mismos astros.
El menor fragmento de roca tiene su gnesis como el Universo, pero
mientras se ayudan con la ciencia unos  otros, el astrlogo, el
gelogo, el fsico y el qumico, an se estn preguntando con ansiedad
si han comprendido bien lo que es esa piedra y el misterio de su origen.

Y estn bien seguros de haber puesto en claro el origen de la propia
montaa? Viendo todas esas rocas, asperones, calizas, pizarras y
granitos, podemos contar cmo se ha acumulado la masa prodigiosa, cmo
se ha erguido hacia el cielo? Podemos nosotros, pigmeos dbiles,
contemplndola en su soberbia belleza, decirle con el orgullo consciente
de la inteligencia satisfecha: La ms chica de tus piedras puede
aplastarnos, pero te comprendemos, y conocemos tu nacimiento y tu
historia?

Como nosotros y an ms que nosotros, dirigen preguntas los nios al ver
la naturaleza y sus fenmenos, pero casi siempre, con cndida confianza,
se contentan con la respuesta vaga  engaosa de un padre  otra persona
mayor que nada sabe,  de un profesor que supone saberlo todo. Si no
alcanzaran los nios esa respuesta, investigaran y continuaran
investigando, hasta que encontraran una explicacin cualquiera, porque
el nio no gusta de permanecer en la duda; lleno del sentimiento de su
existencia, empezando la vida como un vencedor, quiere hablar como quien
domina todas las cosas. Nada debe ser desconocido para l.

As los pueblos, salidos apenas de su barbarie primitiva, encontraban
una afirmacin definitiva para cuanto los chocaba, y diputaban por buena
la primera explicacin que respondiera lo mejor posible  la
inteligencia y  las costumbres de aquel grupo humano. Pasando de boca
en boca, acab la leyenda por convertirse en palabra divina y surgieron
cartas de intrpretes para apoyarla con su autoridad moral y sus
ceremonias. As es como en la herencia mtica de casi todas las naciones
encontramos relatos que nos cuentan el nacimiento de las montaas, de
los ros, de la tierra, del Ocano, de las plantas, de los minerales y
hasta del hombre.

La explicacin ms sencilla es la que nos muestra  los dioses   los
genios arrojando las montaas desde las alturas celestiales y dejndolas
caer al azar;  bien levantarlas y modelarlas con cuidado como columnas
destinadas  sostener la bveda del cielo. As fueron construidos el
Lbano y el Hermn; as se arraig en los lmites del mundo el monte
Atlas, de hombros robustos. Por otra parte, las montaas, despus de
creadas, cambiaban de sitio con frecuencia, y servan  los dioses para
arrojrselas con hondas. Los titanes, que no eran dioses, transtornaron
todos los montes de Tesalia para alzar murallas en torno del Olimpo: el
mismo gigantesco Altus no era demasiado peso para sus brazos, que lo
llevaron desde el fondo de Tracia hasta el sitio en que hoy se levanta.
Una giganta del Norte se haba llenado de colinas el delantal y las iba
sembrando  iguales distancias para conocer un camino. Vichn, que vi
un da dormir  una muchacha bajo los ardientes rayos del sol, cogi una
montaa y la sostuvo en equilibrio en la punta de un dedo para dar
sombra  la hermosa durmiente. Este fu, segn dice la leyenda, el
origen de las sombrillas.

No siempre necesitaban, dioses y gigantes, agarrar las montaas para que
cambiaran de sitio, porque obedecan stas  cualquier sea. Las piedras
acudan al sonido de la lira de Orfeo y las montaas se alzaban para oir
 Apolo: as naci el Helicn, morada de las musas. El profeta Mahoma
debi nacer dos mil aos antes; si hubiera nacido en edades de ms
cndida fe, no habra tenido que ir  la montaa, y sta se habra
dirigido hacia l.

Adems de esta explicacin del nacimiento de las montaas por la
voluntad de los dioses, la mitologa de numerosos pueblos, da otra menos
grosera. Segn sta, las rocas y los montes son rganos vivientes que
han brotado naturalmente del cuerpo de la tierra, como salen los
estambres en la corola de la flor. Mientras por una parte se hunda el
suelo para recibir las aguas del mar, por otra se alzaba hacia el sol
para recibir su luz vivificante, as como las plantas enderezan el
tallo y vuelven los ptalos hacia el astro que las mira y les da brillo.
Pero ya no hay quien crea en las leyendas antiguas, que no son para la
humanidad mas que poticos recuerdos; han ido  juntarse con los sueos,
y el espritu del investigador, apartado por fin de tales ilusiones,
persigue con mayor avidez la verdad. As es que los hombres de nuestros
das, lo mismo que los de antiguos tiempos, siguen repitiendo, al
contemplar las cumbres doradas por la luz, cmo han podido alzarse
hacia el cielo?

Hasta en nuestra poca, cuando los sabios no apoyan sus teoras sino
sobre la observacin y la experiencia, hay algunas tan fantsticas sobre
el origen de los montes, que se asemejan bastante  las leyendas de los
antiguos. Un libro moderno de respetable volumen intenta demostrarnos
que la luz del sol que baa nuestro planeta ha tomado cuerpo y se ha
condensado en mesetas y montaas alrededor de la tierra. Otro afirma que
la atraccin del sol y de la luna, no contenta con levantar dos veces al
da las olas del mar, ha hecho hincharse tambin  la tierra, y ha
alzado las ondas slidas hasta la regin de las nieves. Finalmente, otro
hay que refiere cmo los cometas, extraviados por los cielos, han venido
 chocar con nuestro globo, han agujereado su envoltura como piedras que
atravesaran un carmbano y han hecho brotar las macizas montaas en
largas hileras.

Afortunadamente la tierra, siempre trabajando en nuevas creaciones, no
cesa en su labor  nuestros ojos y nos ensea como hace cambiar poco 
poco las rugosidades de su superficie. Se destruye, pero se reconstruye
diariamente de un modo constante; nivela unas montaas para edificar
otras, y abre valles para cegarlos otra vez. Al recorrer la superficie
del globo y al examinar con cuidado los fenmenos de la naturaleza, se
ven formar ribazos y montes lentamente en verdad, y no con sbito
empujn, como quisieran los aficionados  lo milagroso. Se los ve nacer,
ya directamente del seno de la tierra, sea indirectamente, digmoslo
as, por la erosin de las mesetas, como surge poco  poco la escultura
del pedazo de mrmol. Cuando una masa insular  continental, cuya altura
llega  centenares  millares de metros, recibe lluvias abundantes, van
quedando sus vertientes gradualmente esculpidas en barrancos, caadas y
valles; la uniforme superficie de la meseta se recosta en cimas, aristas
y pirmides; se ahueca en crculos, hoyas y precipicios; aparecen poco 
poco sistemas de montaas donde existe el terreno liso en extensin
enorme. Lo mismo acontece en aquellas regiones de la tierra donde la
meseta, atacada nicamente en un lado por las lluvias, slo forma
montaas por esta vertiente: tal es, en Espaa, la meseta de la Mancha
que se hunde hacia Andaluca por las escarpaduras de Sierra Morena.

Adems de estas causas exteriores que convierten las mesetas en
montaas, verifcanse tambin en lo interior de la tierra lentas
transformaciones que ocasionan hundimientos enormes. Los hombres
laboriosos que, martillo en mano, atraviesan las montaas durante aos
enteros para estudiar su estructura y su forma, observan en las nuevas
hiladas de formacin martima que constituyen la parte no cristalina de
los montes, gigantescos padrastros  hendiduras de separacin que se
extienden por centenares de kilmetros de longitud. Masas de millares de
metros de espesor han sido alzadas  derribadas en esas cadas, de modo
que su antigua superficie se ha convertido hoy en su plano inferior. Las
hiladas, aplomndose en sucesivas cadas, han dejado descubierto el
esqueleto de rocas cristalinas que cubran como una capa; han revelado
el ncleo de la montaa como una cortina sbitamente descorrida descubre
un monumento oculto.

Pero ni aun estos hundimientos tienen tanta importancia como las
rugosidades en la historia de la tierra y en la de las montaas que
forman sus asperezas exteriores. Sometidas  lentas presiones seculares,
la roca, la arcilla, las capas de aspern, las venas de metal, todo se
arruga lo mismo que una tela, y los pliegues que as nacen forman montes
y valles. Semejante  la superficie del Ocano, agtase en olas la de la
tierra, pero son mucho ms poderosas estas ondulaciones: son los Andes y
el Himalaya que se yerguen sobre el nivel medio de la llanura. Las rocas
de la tierra estn sometidas incesantemente  estas impulsiones
laterales que las hacen plegarse y desplegarse diversamente, y los
cimientos estn en continua fluctuacin. As se arruga el pellejo de las
frutas.

Las cimas que surgen directamente del suelo y suben de una manera
gradual, desde el nivel del Ocano hasta las alturas heladas de la
atmsfera, son las montaas de lavas y cenizas volcnicas. En ms de un
sitio de la superficie terrestre se las puede estudiar con comodidad,
alzndose, aumentando  la simple vista. Muy distintos de las montaas
ordinarias, los verdaderos volcanes estn perforados por una chimenea
central, de la cual se escapan vapores  fragmentos pulverizados de
rocas incendiadas, pero cuando se apagan, la chimenea se cierra y las
pendientes del cono volcnico, cuyo perfil pierde su primitiva
regularidad bajo la influencia de las lluvias y de la vegetacin, acaban
por parecerse  las de los dems montes. Por otra parte, hay masas
rojizas que al elevarse desde el seno de la tierra, sea en estado
lquido, sea en estado pastoso, salen sencillamente de una ancha grieta
del suelo y no las lanza un crter, como las escorias del Vesubio y del
Etna. Las lavas que se acumulan en cimas y se ramifican en promontorios,
slo difieren por su juventud de las montaas viejas que erizan en otras
partes la superficie de la tierra. Lavas en otro tiempo candentes se
enfran poco  poco y se revisten de tierra vegetal: reciben el agua de
la lluvia por sus intersticios y la devuelven en arroyos y ros. Al fin
y al cabo se cubren en su base de formaciones geolgicas nuevas y se
rodean, como las otras montaas, de hiladas de morrillos, de arena  de
arcilla. A la larga, la mirada del sabio puede nicamente reconocer que
han brotado del seno de la tierra, de la gran hornaza, como una masa de
metal en fusin.

Entre los antiguos montes que forman parte de las sierras y de los
sistemas que se llaman columnas vertebrales de los continentes, hay
muchos que estn compuestos de rocas semejantes  las lavas actuales y
tienen igual composicin qumica. Como estas lavas, el prfido y otros
minerales han salido de la tierra por hendiduras y se han esparcido por
el suelo, semejantes  una materia viscosa que se coagulase pronto al
contacto del aire; la mayor parte de las rocas granticas parecen
haberse formado del mismo modo. Son cristalinas como las lavas, y sus
cristales tienen por elementos los mismos cuerpos simples, el silicio y
el aluminio. Razonable es pensar que estos granitos han sido tambin
masa pastosa y que sus surtidores incandescentes han brotado de grietas
del terreno. De todos modos, so es una hiptesis en discusin y no una
verdad demostrada. As como las lavas que brotan del suelo levantan 
veces pedazos de terreno con sus bosques  sus praderas, pensamos que
del mismo modo la erupcin de los granitos  otras rocas semejantes ha
sido la causa ms frecuente del levantamiento de hiladas de diversas
formaciones que constituyen la parte ms considerable de las montaas.
Estratos calcreos, de arena, de arcilla, que aguas de mares  lagos
haban depositado antes en capas paralelas en el fondo de sus cauces y
que se haban convertido as en la pelcula exterior de la tierra,
habrn sido plegadas y enderezadas por la masa que se elevaba desde las
profundidades y que buscaba una salida. Aqu la ola creciente del
granito haba roto las hiladas superiores en islas y en islotes que,
dislocados, hendidos, arrugados en caprichosos pliegos se han esparcido
por las depresiones y los rebordes de la roca levantadora; all, el
granito habr abierto en el suelo una sola grieta de salida, replegando
 un lado y otro las hiladas exteriores, segn diversos ngulos de
inclinacin; acull, el granito, sin conseguir romperla, ha abollado las
capas superiores. stas, bajo la presin que las mova, habrn cesado de
ser llanuras para convertirse en colinas y montaas. Hasta las alturas
formadas por estratos, pacficamente depositados en el fondo del agua
habrn podido elevarse en cimas, as como las protuberancias de lava; un
pozo perforado  travs de las capas superpuestas llegara al ncleo de
prfido  de granito.

Admitiendo que la mayor parte de las montaas hayan aparecido como las
lavas, todava no ha descubierto el pensamiento la causa que ha hecho
brotar del suelo todas esas materias en fusin. Ordinariamente se supone
que han sido exprimidas, digmoslo as, por la contraccin de la
envoltura exterior del globo, que se enfra lentamente irradiando calor
 los espacios. En otro tiempo era nuestro planeta una gota de metal
ardiendo. Al rodar por las frialdades de los cielos, se ha ido
coagulando poco  poco. Pero se ha solidificado la pelcula sola, segn
se repite frecuentemente,  se ha endurecido la gota hasta el ncleo? No
se sabe an, porque nada prueba que las lavas de los volcanes broten de
inmenso receptculo que llene lo interior del globo. nicamente sabemos
que estas lavas se escapan  veces de las grietas del suelo y corren por
la superficie. Lo mismo los granitos, los prfidos y otras rocas
semejantes habrn brotado de las rendijas de la corteza terrestre como
se escapa la savia de la herida de un vegetal. La marea de piedras
fundidas habr subido desde el centro, bajo la presin de la envoltura
planetaria, gradualmente comprimida por efecto de su propio
enfriamiento.




CAPTULO V

#Los fsiles#


Cualquiera que sea el origen primitivo de la montaa, conocemos  lo
menos su historia desde una poca muy anterior  los anales de nuestra
humanidad. Apenas se han sucedido ciento cincuenta generaciones de
hombres desde que verificaron nuestros antepasados los primeros actos
cuyo testimonio haya llegado hasta nosotros. Antes de esta poca,
nicamente inciertos monumentos nos revelan la existencia de nuestra
raza. La historia de la montaa inanimada, en cambio, est escrita en
visibles caracteres hace millones de siglos.

El hecho importante, el que choc  nuestros progenitores desde la
infancia de la civilizacin, y fu contado diariamente en sus leyendas,
consiste en que las rocas, distribuidas en hiladas regulares, en capas
superpuestas como las de un edificio, han sido colocadas por las aguas.
Si nos paseamos  la orilla de un ro; si en un da de lluvia miramos el
arroyuelo temporal que se forma en las depresiones del suelo, veremos 
la corriente apoderarse de las guijas, de los granos de arena, del polvo
y de todos los residuos esparcidos, para distribuirlos ordenadamente en
el fondo y en las orillas del cauce; los fragmentos ms pesados se
depositarn en capas en los sitios donde el agua pierde la rapidez de su
primer impulso; las molculas ms ligeras irn ms lejos  extenderse en
estratos en la superficie lisa; finalmente, las tenues arcillas, cuyo
peso apenas excede al del agua, se amontonarn donde se detenga el
movimiento torrencial de sta. En las playas y en las cuencas de lagos y
mares, las hiladas de residuos sucesivamente depositados guardan mayor
regularidad, porque las aguas no tienen el mpetu de las ondas fluviales
y todo cuanto recibe su superficie se tamiza  travs de la profundidad
de sus aguas; y all permanece, sin que nada turbe la accin igual de
las olas y las corrientes.

As es como se divide el trabajo en la gran naturaleza. En las costas
peascosas del Ocano combatidas por las olas de la alta mar, se ven
cantos y guijarros amontonados. En otras partes se extienden hasta donde
alcanza la vista playas de arena fina, en las cuales las ondas de la
marea se desarrollan en espumosas volutas. Los buzos que estudian el
fondo del mar nos dicen que en vastos espacios, grandes como provincias,
los despojos arrancados por los instrumentos se componen siempre de un
cieno uniforme con diversas mezclas de arcilla  de arena, segn los
parajes. Tambin han comprobado que en otros sitios del mar la roca
formada en el fondo del lecho martimo es creta pura. Conchas,
espiguillas de esponjas, animalillos de todas clases, organismos
inferiores, silceos  calcreos, caen en lluvia incesante desde las
aguas de la superficie y se mezclan con los innumerables seres que se
acumulan, viven y mueren en el fondo, en muchedumbres que bastan para
construir hiladas tan grandes como las de nuestras montaas. Por otra
parte, stas estn formadas con residuos del mismo gnero. En un
porvenir desconocido, cuando los actuales abismos del Ocano se
extiendan como llanuras  se yergan en cimas ante la luz del sol,
nuestros descendientes vern terrenos geolgicos semejantes  los que
hoy contemplamos, y que quizs hayan desaparecido, hechos aicos por las
aguas fluviales.

Durante la serie de las edades, las hiladas de formaciones martimas 
lacustres que componen la mayor parte de nuestra montaa han llegado 
ocupar  gran altura sobre el nivel del mar su posicin inclinada y
contorneada en arrugas caprichosas. Ya hayan sido levantadas por una
presin procedente de abajo, ya se haya bajado el Ocano  consecuencia
del enfriamiento y la contraccin de la tierra  por otra causa, y haya
dejado de ese modo capas de aspern y de caliza en los antiguos fondos
convertidos en continente, el caso es que las hiladas all estn y
podemos estudiar cmodamente los restos que muchas de ellas han sacado
del mundo submarino.

Estos restos son los fsiles, despojos de plantas y animales conservados
en la roca. Verdad es que las molculas que constituan el esqueleto
animal  vegetal de aquellos cuerpos han desaparecido, as como los
tejidos de la carne y las gotas de savia  de sangre, pero todo ha sido
sustitudo por granos de piedra que han conservado la forma y hasta el
color del ser destruido. En el espesor de las piedras estn las conchas
de los moluscos y discos, bolas, espinas, cilindros y varillas silceos
 calcreos de las foraminferas y las diatomas que se encuentran en ms
asombrosas muchedumbres; pero tambin hay formas que sustituyen
exactamente  las carnes blandas de aquellos seres organizados; vnse
esqueletos de peces con sus aletas y sus escamas: litros de insectos,
ramillas y hojas; hasta huellas de pasos hay, y en la dura roca que fu
en otro tiempo arena incierta de las playas, se encuentra la impresin
de las gotas de lluvia y la red de los surcos trazados por las olas de
la orilla.

Los fsiles, muy raros en ciertas rocas de formacin martima, numerosos
en cambio en otros, y que constituyen casi toda la masa de los mrmoles
y las cretas, sirven para conocer la edad relativa de las hiladas que se
han ido depositando durante la serie de los tiempos. En efecto, todas
las capas fosilferas no han sido derribadas y mezcladas caprichosamente
por las roturas y los desmoronamientos; han conservado en su mayor
parte su regular superposicin, de modo que pueda observarse y recogerse
los fsiles en su orden de aparicin. Donde las hiladas, todava en su
estado normal, conservan la posicin que tenan en otro tiempo, despus
de haber sido depositadas por las aguas marinas  lacustres, la concha
descubierta en la capa superior es ciertamente ms moderna que en las
inferiores. Centenares y millares de aos, representados por las
innumerables molculas intermedias del aspern  de la creta, han
separado ambas existencias.

Si las mismas especies de plantas y de animales hubieran existido
siempre en la tierra desde que estos organismos vivientes aparecieron
por primera vez en la corteza enfriada de la tierra, no se podra
calcular la edad relativa de las capas terrestres separadas una de otra;
pero se han sucedido diferentes seres segn las edades, sucedindose
tambin por lo tanto en las hiladas superpuestas. Ciertas formas que
vemos con gran abundancia en el seno de las rocas estratificadas ms
antiguas, van siendo ms raras en las de origen ms reciente, y acaban
por desaparecer absolutamente. Las especies nuevas que siguen  las
primeras tienen tambin, como cada sr en particular, su periodo de
renacimiento, de propagacin, de decadencia y de muerte; podra
compararse cada especie de fsil vegetal  animal  gigantesco rbol,
cuyas races se hunden en los terrenos inferiores de formacin antigua,
y cuyo tronco se ramifica y se pierde en las capas altas de origen ms
moderno.

Los gelogos que en diversos pases del mundo pasan el tiempo examinando
las rocas y estudindolas molcula por molcula para descubrir en ellas
vestigios de seres que vivieron, han podido reconocer (gracias al orden
de sucesin de los fsiles de todas especies) en los restos encerrados
la edad relativa de las diferentes hiladas de la tierra depositadas por
las aguas. En cuanto fueron bastante numerosas las observaciones
comparadas, lleg hasta  ser fcil frecuentemente decir, con slo ver
un fsil,  qu poca de las edades terrestres pertenece la roca en que
se encontr. Cualquier piedra caliza, de esquisto  de aspern ofrece
clara huella de concha  de planta? Pues basta  veces con eso. El
naturalista, sin temor  equivocarse, declara que la piedra que conserva
esa impulsin pertenece  tal   cual serie de rocas y debe ser
clasificada en tal  cual poca de la historia del planeta.

Estos fsiles reveladores que en forma de seres vivientes se agitaban
hace millones de aos en el lgamo de los abismos ocenicos, se
encuentran hoy  todas las alturas en las hiladas de las montaas. Se
los ve en la mayor parte de las cimas pirenaicas; forman alpes enteros;
se los encuentra en el Cucaso y las cordilleras, y si el hombre pudiera
subir hasta las cumbres del Himalaya, tambin all los hallara. Hay
ms; estas capas fosilferas que pasan hoy de la zona media de las
nubes, alcanzaban en otro tiempo alturas ms considerables. En muchos
sitios, en vertientes de montaas, se comprueba que existen
interrupciones frecuentes en las hiladas de rocas. Ac y all encuentra
tal vez el gelogo en las caadas algunos trozos de estos terrenos, pero
las capas continuas no se reanudan hasta mucho ms lejos, en la
vertiente opuesta. Qu ha sido de los fragmentos intermedios?
Existieron, porque, aun al quebrarlos, la masa grantica que suba desde
lo interior, slo ha podido henderlos; pero las hiladas hendidas
continuaban sobre la resbaladiza cumbre.




CAPTULO VI

#La destruccin de las cimas#


Y, sin embargo, aquellas masas enormes, montes apilados sobre montes,
han pasado como nubes barridas del cielo por el viento; hiladas de tres,
cuatro y cinco kilmetros de espesor, cuya existencia nos revela el
corte geolgico de las rocas, han desaparecido para entrar en el
circuito de una nueva creacin. Verdad es que la montaa todava nos
parece formidable y contemplamos con admiracin parecida al espanto sus
soberbios picos que atraviesan las nubes en el aire glacial del espacio.
Son tan altas estas pirmides nevadas, que nos ocultan la mitad del
cielo. Desde abajo, sus precipicios, que la mirada intenta en balde
medir, nos causan vrtigos. Y, sin embargo, todo ello no es ms que una
ruina, un simple residuo.

En otro tiempo, las capas de caliza, pizarra y aspern que se apoyan en
la base de la montaa y se yerguen ac y acull en cimas secundarias, se
unan por encima del remate grantico en capas uniformes; sumaban su
espesor enorme  la elevacin ya altsima del pico superior. Doble era
la altura de la montaa; llegaba entonces su vrtice  aquella regin en
que est tan enrarecida la atmsfera, que ni aun puedo sostenerse en
ella el ala del guila. No es ya la mirada, sino la imaginacin la que
se espanta al pensar en lo que la montaa era entonces y en lo que le
han robado nieves, hielos, lluvias y tormentas durante la serie de los
tiempos. Qu infinita historia, qu innumerables vicisitudes en la
sucesin de las plantas, de los animales y de los hombres, desde que los
montes cambiaron de forma y perdieron la mitad de su elevacin!

Este prodigioso trabajo de escombrado no ha podido llevarse  cabo sin
dejar en muchos sitios rastros irrecusables. Los restos que han
resbalado desde lo alto de las cimas con las nieves, que han sido
empujadas por el hielo, triturados, desmenuzados, arrastrados en
pedruscos, guijarros y arenas por el agua, no han vuelto todos al mar,
del cual haban salido en periodo anterior: enormes montones quedan an
en el espacio que separa las atrevidas pendientes de la montaa y las
tierras bajas ribereas del Ocano. En esta zona intermedia donde las
colinas se extienden en largas ondulaciones como las olas en el mar, el
suelo est enteramente compuesto de cantos rodados y piedras
amontonadas. Todo eso son los restos de la montaa que las aguas han
reducido  fragmentos menudos, transportndolos y vertindolos en
enormes aluviones  la salida de los grandes valles. Los torrentes
bajados de las alturas revuelven  su gusto las mesetas de residuos y
hacen que sus taludes se desmoronen en el surco que han abierto. En las
pendientes del foso profundo donde serpentean las aguas, se distinguen,
en aparente desorden, las diversas rocas que han servido de materiales
al gran edificio de la montaa. Ah estn los peascos de granito y los
fragmentos de prfido; all los esquistos de aguda arista medio hundidos
en la arena; ms all, pedazos de cuarzo y aspern, guijarros calizos,
trozos de mineral, cristales achatados. Tambin hay fsiles de
diferentes pocas, y en los espacios en que las aguas se han
arremolinado mucho tiempo, se han parado esqueletos de animales
flotantes. All se han descubierto  millares las osamentas del
hiparin, del uro, del alce, del rinoceronte, del mastodonte, del mamut
y de otros grandes mamferos que recorran en lejanos tiempos nuestros
campos, y hoy han desaparecido, dejando al hombre el imperio del mundo.
Los torrentes que trajeron tales restos, se los llevan pedazo por
pedazo, reducindolos  polvo. Esqueletos y fsiles, arcillas y arenas,
peascos de esquisto, aspern y prfido, todo se desmorona poco  poco,
todo emprende el camino del mar; el inmenso trabajo de denudacin que se
verific con la gran montaa, empieza de nuevo en menor proporcin con
los montones de escombros. Ahuecados por el agua, disminuyen
gradualmente de altura, se parten en colinas diferentes. No obstante,
aun aminorada por el trabajo de los siglos, derruida y arruinada, la
meseta que se extiende en la base de la montaa bastara para acrecentar
en algunos millares de metros la cumbre superior, si adquiriera
nuevamente su primera posicin en las hiladas de rocas. Una antigua
oracin de los indios dice: Lamiendo los montes es como ha formado los
campos la roca celestial, es decir, la lluvia del cielo.

Ante nuestros propios ojos contina el trabajo de denudacin de las
rocas con asombrosa actividad. Hay montaas compuestas de materiales
poco coherentes que vemos fundirse y disolverse, digmoslo as. Abrense
alfoces en las laderas del monte y brechas en medio de la cresta;
surcada por los aludes y por las aguas tempestuosa la gran masa, antes
una y solitaria, se divide poco  poco en dos cimas distintas, que
parecen alejarse una de otra  medida que se ahonda ms el abismo que
las separa.

Especialmente en primavera, cuando el suelo est empapado en las nieves
fundentes, los desmoronamientos, los montones, las erosiones alcanzan
proporciones tales, que toda la montaa parece que se derrumba y
emprenda el camino de la llanura.

Un da de calor hmedo y suave, me haba metido en un alfoz de la
montaa para ver otra vez las nieves antes de que se las llevaran las
aguas primaverales. Seguan obstruyendo el fondo de la quebrada, pero
en muchos sitios estaban desconocidas porque las cubran restos
negruzcos, mezclados con lodo. Las rocas pizarrosas que dominaban el
alfoz parecan convertidas en una especie de pasta y se derrumbaban en
anchas hojas. El negro fondo que se filtraba por las paredes del
desfiladero se hunda con sordo chapoteo en la nieve medio lquida. Por
todas partes vea cataratas de nieve sucia y de restos, y me preguntaba
con cierto espanto instintivo si, hendindose las rocas como la misma
nieve, se iran  unir por encima del valle en una sola masa viscosa,
derramndose  lo lejos por el campo. El torrente, que columbraba yo en
algunos sitios, por los pozos en cuyos fondos se haban abismado las
capas superiores de la nieve, pereca transformado en un ro de tinta
por los despojos que cubran sus aguas; era aquello una enorme masa de
fango en movimiento. En lugar del sonido claro y alegre que solamos
oir, el torrente lanzaba continuo mujido, el de los escombros que
chocaban unos con otros y rodaban por su lecho. En la primavera, en la
poca anual de la renovacin terrestre, es cuando ve uno como se
verifica esa prodigiosa labor destructora.

Adems, inmenso  invisible trabajo se produce en la misma piedra. Todos
los cambios causados por los meteoros no son ms que modificaciones
exteriores; las transformaciones ntimas que se verifican dentro de las
molculas de la roca tienen, por lo menos, resultados de igual
importancia. Mientras la montaa cambia sin cesar de apariencia por
fuera, toma interiormente una estructura nueva, y las mismas hiladas
modifican su composicin. Tomado en su conjunto, el monte es un inmenso
laboratorio natural, donde trabajan todas las fuerzas fsicas y
qumicas, sirvindose para su tarea de un agente soberano que no est 
disposicin del hombre: el tiempo.

Por lo pronto, el enorme peso de la montaa, igual  centenares de
millares de toneladas, gravita tan poderosamente sobre las rocas
inferiores, que da  muchas de ellas aspecto bien distinto del que
tuvieran al salir del mar. Poco  poco, bajo la formidable presin, las
pizarras y otras formaciones esquistosas se disponen en hojas. Durante
los millares y millares de siglos que transcurren, las molculas
comprimidas se adelgazan en hojillas que pueden separarse fcilmente
despus, cuando tras alguna revolucin geolgica, vuelve  ser llevada
la roca  la superficie. La accin del calor terrestre, que hasta cierta
distancia por lo menos, crece con la profundidad, contribuye tambin 
cambiar la estructura de las rocas. As es como se convirtieron las
calizas en mrmoles.

Pero no slo se acercan, se separan y se agrupan diversamente las
molculas de las rocas, segn las condiciones fsicas en que se
encuentran durante el curso de los siglos, sino que tambin cambia la
composicin de las piedras en una carrera continua, un viaje incesante
de los cuerpos que mudan de sitio, se mezclan y se persiguen. El agua
que penetra por todas las rendijas en el espesor de la montaa y la que
sube en vapor desde los abismos profundos, sirven de principal vehculo
 esos elementos que se atraen y se rechazan despus, arrastrados por el
gran torbellino de la vida geolgica. Un cristal echa  otro cristal en
las hendiduras de la montaa; el hierro, el cobre, la plata y el oro
sustituyen  la arcilla   la cal. La roca mate adquiere el irisado de
las muchas substancias que penetran en ella. Por el cambio de lugar del
carbono, del azufre y del fsforo, convirtese la cal en marga, dolomita
y en espejuelo cristalino;  consecuencia de esas combinaciones la roca
se hincha  se encoge, y lentas revoluciones se verifican en el seno de
la montaa. Pronto la piedra, comprimida en espacio harto estrecho,
levanta y separa las hiladas superiores, hace caer enormes lienzos, y
con lentos esfuerzos, cuyos resultados son iguales  los de poderosa
explosin, agrupa de nueva manera las rocas de la montaa. Ora se
contrae la piedra, ora se hiende, ya se abre en grutas, ya en galeras,
ya se verifican grandes hundimientos, modificando as la apariencia y
exterioridad del monte. A cada modificacin ntima en la composicin de
la roca, corresponde un cambio en el relieve. La montaa reune en s
todas las revoluciones geolgicas. Ha crecido durante millares de
siglos, ha decrecido, durante igual tiempo, y en sus hiladas se suceden
sin trmino todos los fenmenos de crecimiento y decrecimiento, de
formacin y destruccin, que se verifican en la tierra en proporcin
mayor. La historia de la montaa es la del planeta; destruccin
incesante, inacabable renovacin.

Cada roca resume un periodo geolgico. En esa montaa de tan agraciado
perfil, que surge de la tierra con tan nobles actitudes, creeramos ver
la obra de un da, tanto es la unidad del conjunto, y tanto es lo que
concurren los pormenores  la armona general. Y sin embargo, esta
montaa ha sido esculpida durante un milln de siglos. Ah, antiguo
granito relata las viejsimas edades en que an no haba cubierto la
escoria terrestre la fibra vegetal. La egnesia que se form quizs en la
poca en que an no haban nacido animales ni plantas, nos dice que,
cuando el Ocano la dej en sus orillas, ya haban sido demolidas por
las olas algunas montaas. La placa de pizarra que conserva los huesos
de un animal,  solamente una ligera huella, nos cuenta la historia de
las innumerables generaciones que se han sucedido sobre la tierra en la
incesante batalla de la vida: los rastros de huella nos hablan de
aquellos bosques inmensos, representados despus de su muerte por
ligeras capas de carbn; el acantilado calizo, amontonamiento de
animales revelados por el microscopio, nos hace asistir al trabajo de
las multitudes de organismos que pululaban en el fondo de los mares; los
residuos de todas clases nos recuerdan las aguas pluviales, las nieves,
los ventisqueros, los torrentes, limpiando los montes como lo hacen hoy
y cambiando de siglo en siglo el teatro de su actividad.

Al pensar en todas esas revoluciones, en esas transformaciones
incesantes, en esa serie continua de fenmenos que se producen en la
montaa, en el papel que representa en la vida general de la tierra y en
la historia de la humanidad se comprende  los primeros poetas que, con
la base del Pamir  del Bolor, contaron los mitos de donde se han
derivado todos los restantes. Dcennos que la montaa es una creadora;
vierte en las llanuras las aguas fertilizadoras y les enva el lgamo
alimenticio; con la ayuda del sol, da nacimiento  plantas, animales y
hombres; da flores al desierto y lo siembra de ciudades felices. Segn
antigua leyenda helnica, el que hizo surgir los montes y model la
tierra fu Eros, el dios eternamente joven, el primognito del caos, la
naturaleza renovada sin cesar, el dios del amor eterno.




CAPTULO VII

#Los desprendimientos#


No se transforma nicamente la montaa en llanura por las erosiones que
le hacen sufrir lluvias, heladas, nieves resbaladizas y aludes; tambin
considerables fragmentos se desgarran violentamente para hundirse de
pronto. Es frecuente semejante catstrofe en las partes del monte donde
los estratos, enderezados  inclinados, estn muy separados unos de
otros por materias de diferente naturaleza que el agua puede ablandar 
disolver. Si estas substancias intermedias llegan  desaparecer, las
hiladas, desprovistas de apoyo, se derrumbarn en el valle tarde 
temprano. Al lado de los grandes tajos, forman, despus de cados estos
restos, un cerro, un montecillo  hasta una montaa secundaria.

Una cima elevada,  la cual gustaba yo de trepar por su aislamiento y la
altiva belleza de sus aristas, me haba parecido siempre (como la cumbre
principal) una roca independiente, sujeta por sus profundos cimientos 
la tierra subyacente, y no era, sin embargo, ms que un desprendimiento
de la montaa vecina. Lo conoc un da en la posicin de las capas y en
el aspecto de los planos de fractura visibles an en las dos paredes
correspondientes. La masa derrumbada que llevaba consigo aldeas, campos,
bosques y pastos, no haba hecho, despus de la rotura, ms que girar
sobre su base y dar vuelta sobre si misma. Una de sus caras estaba
hundida en el suelo, y por el otro lado se haba desarraigado en parte.
Al caer haba cerrado la salida de un valle, y el torrente, que en otro
tiempo corra pacficamente por su fondo, haba tenido que transformarse
en lago para cegar la hoya en que estaba encerrado y de donde vuelve 
bajar hoy en corrientes y cascadas sucesivas. Sin duda ocurrieron estos
cambios antes de estar habitado el pas, porque la tradicin no ha
conservado el acontecimiento. El gelogo es quien cuenta al aldeano la
historia de su propia montaa.

Cuanto  los desmoronamientos de menor importancia,  esas cadas de
rocas que, sin transformar aparentemente el aspecto de la comarca, no
dejan de destruir los pastos, ni de aplastar  los pueblos con sus
habitantes, no necesitan los montaeses que se los describan;
desgraciadamente, hartas veces han presenciado tan terribles sucesos.
Generalmente lo suelen conocer por anticipado. El impulso interior de la
montaa que trabaja, hace vibrar incesantemente  las piedras en toda
la pared; guijarros medio arrancados se separan primeramente y ruedan
saltando  lo largo de las pendientes; masas de mayor peso, arrastradas
 su vez, siguen  las piedras, dibujando como ellas poderosas curvas en
los espacios; despus les toca  lienzos enteros de roca; todo lo que
debe derrumbarse rompe los lazos que lo unan al sistema interior de la
montaa, y de pronto espantoso granizo de peascos cae sobre la llanura
estremecida. El estrpito es inenarrable; parece la lucha de cien
huracanes. Hasta en mitad del da, los trozos de roca, mezclados con
polvo, tierra vegetal y fragmentos de plantas, obscurecen completamente
el cielo. Y  veces, siniestros relmpagos producidos por peascos que
dan unos contra otros, brotan de la tiniebla. Despus de la tempestad,
cuando la montaa no desprende ya sobre la llanura rocas quebradas,
cuando la atmsfera ha aclarado otra vez, los habitantes de los campos
respetados se acercan  contemplar el desastre. Casas y jardines,
cercados y pastos han desaparecido bajo el horroroso caos de piedras:
all duermen tambin el sueo eterno amigos y parientes. Unos montaeses
me contaron que, en su valle, una aldea destruda dos veces por esos
aludes de piedras, ha sido edificada por tercera vez en el mismo sitio.
Los habitantes habran querido huir de all y elegir ancho valle para su
morada; pero ningn pueblo vecino quiso acogerlos ni cederlos tierras;
han tenido que permanecer bajo la amenaza de las rocas suspendidas.
Todas las noches algunas campanadas les recuerdan los pasados terrores y
les advierten la suerte que quiz les cabr durante la noche.

Muchas rocas desplomadas que se ven en medio de los campos tienen
leyendas terribles; otras hay cuya presa se les escap. Uno de esos
enormes peascos, inclinado, y con la base arraigada por todas partes en
el suelo, se yergue junto al camino. Al admirar sus soberbias
proporciones, su potente masa, la finura de su grano, experimentaba yo
cierto espanto. Una veredilla que se apartaba del camino, iba derecha
hasta el pie de una piedra formidable. All cerca estaban amontonados
restos de vajilla y de carbn; la valla de un jardn se paraba
bruscamente en la roca, y acirates de legumbres, medio invadidos por la
hierba, rodeaban un lado de la enorme masa.

Quin haba escogido tan caprichoso lugar para establecer all un
jardn y para abandonarlo luego? Poco  poco fu comprendindolo. El
sendero, la pila de carbn, el jardn haban pertenecido  una casuca
aplastada entonces bajo la roca. Supe ms tarde que durante la noche del
derrumbamiento dorma un hombre solo en aquella casa; despertle
sobresaltadamente el estrpito del peasco, bajando de punta en punta
por la montaa, y sali escapado por la ventana para buscar abrigo
detrs del ribazo del torrente; apenas haba dejado su habitacin,
cuando el enorme proyectil se desplomaba sobre la cabaa y la hunda
algunos metros en el terreno, bajo su peso. Desde su afortunada fuga,
reconstruy el hombre su choza, cobijndola confiadamente en la base de
otra roca desprendida del muro formidable.

En ms de un valle hay hacinamientos de piedras, las cuales forman
desfiladeros por donde difcilmente se abren paso senderos y torrentes.
Nada ms curioso que el desorden de esas masas mezcladas en laberinto
sin fin. Arriba, en la ladera del monte, se conoce todava, por el color
y forma de las rocas, el lugar donde se produjo el desprendimiento; pero
resulta inexplicable que un espacio de tan corta dimensin aparente haya
podido vomitar en el valle semejante diluvio de piedras. En medio de
esos caprichosos y formidables peascos, al viajero se le antoja aquello
un mundo extrao, en nada semejante al planeta que conocemos,  la
superficie lisa  regularmente sinuosa. Alzanse aqu y all rocas
semejantes  fantsticos monumentos, que figuran torres, obeliscos,
prticos almenados, fustes de columnas, tumbas erigidas  derribadas.
Puentes de una sola pieza ocultan el torrente; vnse abismarse y
desaparecer las aguas bajo el enorme arco y hasta su ruido deja de
oirse. Entre los monstruosos edificios aparecen formas gigantescas, como
las de los animales fsiles, cuyas osamentas dislocadas se hallan
algunas veces en las capas terrestres. Megaterios, mastodontes, tortugas
gigantescas, cocodrilos alados, todos esos seres quimricos se hacinan
en el caos espantoso. Hay millares de piedras amontonadas en el
desfiladero, y cualquiera de ellas podra servir de cantera y bastar
para la construccin de pueblos enteros.

Esos conjuntos caticos, que miro con tanta admiracin, y en cuya
entraa penetro no sin titubear, son poca cosa comparados con algunas
montaas derrumbadas, cuyos restos cubren distritos de gran extensin.
Hay masas montaosas cuyos vrtices se componen de compacta y pesada
roca que descansan sobre capas fciles de desmenuzar por las aguas. En
semejantes masas, las cadas de piedras son un fenmeno normal, como los
aludes y la lluvia, y siempre debe mirarse  la cima por si se prepara
el desprendimiento. En una regin no muy lejana, llamada el pas de las
ruinas, hay dos montaas que, segn cuentan los habitantes, combatieron
en otro tiempo una contra otra. Ambos gigantes de piedra, animados por
un soplo vital, se armaron con sus propias rocas para destrozarse y
demolerse mutuamente. No lo consiguieron, porque an siguen en pie, pero
es fcil de imaginar el prodigioso hacinamiento de peas que, desde
aquel combate, cubren  lo lejos las llanuras.

A veces el hombre,  pesar de su debilidad, ha querido imitar  la
montaa, con el nico fin de aplastar al prjimo. Especialmente en los
desfiladeros, en los sitios en que al estrecho alfoz dominan tajos
escarpados, era donde se reunan los montaeses para hacer rodar los
peascos sobre las cabezas de sus enemigos. De esa manera, ocultos los
vascongados detrs de las malezas en las pendientes de las montaas de
Altabiscar, esperaban al ejrcito francs del paladn Roldn, que deba
penetrar en el estrecho paso de Roncesvalles. Cuando las columnas de
soldados extranjeros, semejantes  larga serpiente que se escurre por
una rendija, llenaron el desfiladero, oyse un grito y desplomse un
diluvio de peascos sobre la muchedumbre que pasaba por debajo. El
arroyo del valle se aument con la sangre que sala de las aplastadas
carnes, como el vino del lagar, y arrastr humanos cuerpos y miembros
triturados como arrastraba los guijarros en tiempo de tormenta.
Perecieron todos los guerreros francos, confundidos unos con otros en
sangrienta masa. Todava se ensea al pie del Altabiscar el sitio en que
muri el paladn Roldn con sus compaeros, pero las piedras que
aplastaron  su ejrcito tiempo ha que estn cubiertas bajo una alfombra
de brezos y de juncos.

El resultado de nuestra diminuta labor humana, es poca cosa comparado
con los desprendimientos naturales producidos por la accin de los
meteoros   consecuencia del impulso interior del monte. Aun pasados
largos siglos, los grandes aludes de piedras ofrecen tan revuelto
aspecto, que dejan en el espritu una impresin de horror y de espanto.
Pero cuando la naturaleza ha acabado por separar el desastre, los sitios
ms agradables de la montaa son precisamente aquellos en que lo
escarpado se ha sacudido para llenar de rocas su base. Durante el curso
de los siglos trabajaron las aguas, llevando arcilla y leve arena para
reconstituir su cauce y formar en las cercanas una capa de tierra
vegetal; los torrentes han limpiado poco  poco su lecho, royendo 
separando las piedras que les molestaban; el monstruoso pavimento
formado por las rocas ms pequeas se ha cubierto de hierbas,
convirtindose en pasto montuoso, erizado de puntas; los grandes
peascos se han vestido de musgo y se agrupan ac y all en pintorescos
collados; grupos de rboles crecen al lado de cada reborde roquizo y
siembran de encantadoras manchas de verdura el grato paisaje. Como el
rostro del hombre, cambia de expresin la faz de la naturaleza;  la
mueca ha sucedido la sonrisa.




CAPTULO VIII

#Las nubes#


Comparada con el tamao del globo, la montaa, por alta que parezca, es
una simple arruga, menos gruesa en proporcin, que una verruga en el
cuerpo de un elefante: es un punto, un grano de arena. Y sin embargo,
ese relieve, tan mnimo en relacin con el gran planeta, baa sus
laderas y su crestera en regiones areas muy distintas de las que en la
llanura sirven de residencia  los pueblos. El peatn que en el
transcurso de algunas horas sube desde la base del monte hasta las peas
de la cima, hace en realidad un viaje ms grande, ms fecundo en
contrastes que si empleara aos en dar la vuelta al mundo,  travs de
los mares y de las regiones bajas de los continentes.

Gravita el aire en pesada masa sobre el Ocano y las comarcas que tienen
poca altura sobre el nivel del mar, y en las alturas se enrarece y
adquiere cada vez mayor ligereza. Centenares y millares de montes elevan
en la tierra sus cumbres  una atmsfera cuyas molculas estn dos
veces ms separadas que las del aire en llanuras inferiores. Cambian
all arriba los fenmenos de la luz, del calor, del clima y de la
vegetacin; el aire ms enrarecido deja pasar ms fcilmente los rayos
calricos, ya desciendan del sol, ya suban desde la tierra. Cuando
brilla el astro en su cielo claro, elvase rpidamente la temperatura en
las pendientes superiores. Pero en cuanto desaparecen, se enfra en
seguida la montaa; pierde velozmente con la radiacin el calor que
haba recibido. Por eso reina el fri casi siempre en las alturas; en
nuestras montaas, hace por trmino medio un grado ms de fri por cada
espacio vertical de doscientos metros.

A los que habitamos en ciudades, estamos condenados  sucia atmsfera,
recibimos en los pulmones aire ponzooso, respirado ya por otros muchos
pechos, lo que ms nos asombra y nos regocija, cuando recorremos las
altas cimas, es la maravillosa pureza del aire. Respiramos alegremente,
bebemos el hlito que pasa, nos embriagamos con l. Nos parece la
ambrosa de la cual hablan las mitologas antiguas. Extindese 
nuestros pies, en la llanura, all lejos, muy lejos, un espacio brumoso
y sucio donde nada puede distinguir la mirada: aquella es la gran
ciudad. Y pensamos con repugnancia en los aos que hemos tenido que
vivir bajo aquella nube de humo, de polvo y de alientos impuros.

Qu contraste entre esa apariencia de la llanura y el aspecto de la
montaa, cuando su cumbre est libre de vapores, y podemos contemplarla
en lontananza  travs de la pesada atmsfera que gravita sobre las
tierras bajas! Hermoso es el espectculo, sobre todo cuando la lluvia ha
arrojado al suelo el polvo flotante y el aire est, digmoslo as,
rejuvenecido. El perfil de rocas y nieves resalta con limpidez en el
cielo azul;  pesar de la distancia enorme, el monte, azulado tambin
como las profundidades areas, se dibuja con todos sus relieves de
aristas y promontorios; distinguimos los valles, las quebradas, los
precipicios;  veces, al ver un punto negro que se mueve lentamente en
la nieve, hasta podemos, con auxilio de un catalejo, conocer  un amigo
que trepa  la cima. Despus del ocaso, la pirmide aparece con una
belleza esplndida y pursima  un tiempo. El resto de la tierra est en
la sombra, el crepsculo gris vela los horizontes del llano; la tiniebla
ennegrece ya la entrada de los alfoces, pero arriba todo es alegra y
luz; las nieves, contempladas por el sol, reflejan todava sus
sonrosados rayos; deslumbran, y parece tanto ms viva la claridad cuanto
que sube poco  poco la sombra, invadiendo sucesivamente las pendientes,
cubrindolas como con un pao negro. Finalmente, slo el vrtice es
bastante alto para ver el sol, dominando la curva de la tierra; se
ilumina como con una chispa: parece uno de esos prodigiosos diamantes
que, segn las leyendas del Indostn, fulguraban en la cumbre de las
montaas divinas. Sbitamente desapareci la llama; desvanecise en el
espacio. Pero no dejis de mirar; al reflejo del sol sucede el de los
purpreos vapores del horizonte. Ilumnase de nuevo la montaa, pero con
ms suave brillar. Parece que no existe la roca dura bajo su vestidura
de rayos: slo queda un espejismo; una luz area: parece que el soberbio
monte se desprendi de la tierra y flota en la pureza del cielo.

As contribuye el enrarecimiento del aire en las altas regiones  la
belleza de las cimas, impidiendo  la suciedad de la atmsfera baja
llegar hasta las cumbres, pero tambin obliga  los invisibles vapores
salidos del mar y las llanuras  condensarse y  engancharse como nubes
en las laderas de la montaa. Generalmente, el vapor de agua suspendido
en las capas inferiores del aire no se encuentra en cantidad bastante
considerable para convertirse en nube y caer trocada en lluvia: la
atmsfera en que flota la sostiene en estado de gas invisible. Pero en
cuanto la capa de aire suba al cielo, llevando consigo el vapor, se
enfriar gradualmente, y pronto se revelar el agua, condensada en
molculas distintas. Parece al principio nubecilla casi imperceptible,
un copo blanco en el cielo azul, pero luego  este copo se aaden otros,
y constituyen un velo cuyos desgarrones permiten  la mirada que penetre
en las profundidades del espacio, y por fin se presentan como espesa
masa, arrollndose en cilindros  hacinndose en pirmides. Algunas de
estas nubes se yerguen en el horizonte bajo la forma de verdaderas
montaas. Sus crestas y sus cpulas, sus nieves y sus hielos
resplandecientes, sus sombros barrancos, sus precipicios dibujan todo
su relieve con perfecta limpieza. Lo que hay es que los montes de vapor
son flotantes y fugitivos; formlos una corriente de aire, y otra
corriente puede destrozarlos y disolverlos. Apenas duran algunas horas,
cuando los montes de piedra duran millones de aos; pero en realidad la
diferencia no es grande. Con relacin  la vida del globo, nubes y
montaas son fenmenos de un da. Minutos y siglos se confunden, cuando
se han sumergido en el abismo de los tiempos.

Las nubes gustan de amontonarse alrededor de las rocas que se alzan al
descubierto:  unas las atrae hacia la roca una electricidad contraria 
la suya; otras, impulsadas en el espacio por el viento, van  chocar
contra la pendiente del monte, barrera enorme colocada como para
impedirles el paso; otras, invisibles en el aire tibio, aparecen al
contacto de la piedra fra  de la nieve. La montaa condensa el vapor y
lo exprime del aire. Muchas veces, contemplando un pico  un promontorio
saliente, he visto las nubecillas nacientes hacinarse en torno  la
helada punta. Elvase una humareda semejante  la que brota de un
crter; pronto envuelve todos los salientes y el monte acaba por
coronarse con un turbante d nubes tejido por l mismo en el aire
transparente. Parece que invisibles manos trabajan en la formacin de
las tempestades y en la cada de las lluvias. Cuando los habitantes del
llano ven  la montaa desaparecer bajo un montn de nubes, presumen, al
observar el tocado del gigante, la fiesta que se les prepara. Cuando
chocan en el vrtice dos corrientes de aire, ardiente una y fra otra,
la nube sbitamente formada se endereza y se arremolina en el cielo: la
montaa es un volcn, y el vapor se escapa incesantemente de ella con
una especie de furor para ir  replegarse en la lontananza celeste,
formando inmensa curva.

Nubes desprendidas se esparcen libremente por el espacio, se juntan, se
desgarran  se deshilachan en el viento, se ensanchan y vuelan  suben
hasta la atmsfera superior, muy por encima de las ms elevadas cumbres
terrestres. La diversidad de sus formas es mucho mayor que la de las
nubes que cien los picos de la montaa,  pesar de que stos presentan
asimismo gran movilidad en sus aspectos. Ora son nubes aisladas  las
que la corriente de aire fro hace cambiar de sitio; y entonces se las
ve serpentear por los barrancos  andar  lo largo de las aristas
desgarrndose en las rocas agudas; ora son nubes grandes que tapan de
una vez toda una pendiente, mientras  travs de su masa espesa que
aumenta  disminuye, viaja  se rompe, se ve de cuando en cuando una
cima conocida, tanto ms soberbia en apariencia, cuanto que parece
vivir y moverse entre los vapores giratorios. Otras veces, las brumas
areas, superpuestas y de diferente temperatura, aparecen perfectamente
horizontales y distintas, como estratos geolgicos, y dan anloga forma
 los nubarrones que nacen de ellas, disponindolas en fajas regulares y
paralelas que ocultan bosques y pastos, nieves y rocas,  la velan 
medias, como una gasa transparente. Otras veces, la pesada masa de las
nubes borra las cimas, las pendientes superiores, toda la alta montaa,
como si el cielo ceniciento  obscuro descendiera hasta la tierra: el
monte se aleja y se aproxima segn el juego de los vapores que se
adelgazan y se espesan. De pronto, todo desaparece desde la base hasta
el vrtice; la montaa se ha perdido enteramente entre las brumas,
despus baja la tormenta desde las cimas, fustiga aquel mar de pesados
vapores y aparece de nuevo el gigante, negro y triste, entre el vuelo
eterno de las nubes.




CAPTULO IX

#La niebla y la tormenta#


Nos encontramos como en un mundo nuevo, temible y fantstico  un
tiempo, cuando recorremos la montaa entre la niebla. Hasta subiendo un
sendero trillado, de fcil pendiente, experimentamos cierto miedo al
contemplar las formas que nos rodean, cuyo incierto perfil parece
oscilar en la bruma, que se va espesando y aclarando alternativamente.

Hay que tener mucha intimidad con la naturaleza para no sentir inquietud
al verse cautivo de la niebla; el objeto ms chico adquiere proporciones
inmensas, infinitas. Algo vago y obscuro parece venir  nuestro
encuentro para apoderarse de nosotros. Parece una rama y hasta un rbol
lo que no es ms que un tallo de hierba. Creemos que un crculo de
cuerdas nos cierra el camino, y luego es una msera tela de araa. Un
da que la niebla tena poco espesor, me detuve lleno de admiracin ante
un rbol gigantesco, que se retorca los brazos como un atleta en lo
mas alto de un promontorio. Nunca haba yo tenido el gusto de ver rbol
ms fuerte y mejor colocado para luchar heroicamente con la borrasca:
largo tiempo lo estuve contemplando, pero poco  poco lo v acercarse 
m y achicarse al propio tiempo. Cuando el sol vencedor disip la
niebla, el soberbio tronco qued reducido  dbil arbolillo nacido en
una cercana hendidura de roca.

El viajero perdido, descarriado entro la niebla, en medio de precipicios
y torrentes, se encuentra en situacin realmente terrible; acchanle por
todas partes el peligro y la muerte. Tiene que andar, y andar de prisa,
para alcanzar lo antes posible el terreno llano del valle  las
pendientes fciles de los montes y encontrar algn camino de salvacin;
pero en la vaguedad de las cosas nada puede servir de indicio y todo
parece un obstculo. A la derecha huye la tierra: se cree estar al borde
de un abismo;  la izquierda se yergue un peasco: su pared parece
inaccesible. Para apartarse del precipicio, se intenta escalar la
abrupta roca, se pone el pie en una aspereza de la piedra y se sube de
reborde en reborde. Pronto se est como suspendido entre el cielo y la
tierra. Por fin, se alcanza  la arista; pero detrs de la primera roca
se endereza otra de perfil movedizo, indeciso. Los rboles y las malezas
que crecen en las fragosidades apuntan en las ramas  travs de la
niebla de un modo amenazador;  veces, slo vemos serpentear una masa
negruzca en la sombra cenicienta, y es una rama cuyo tronco permanece
invisible. Nos baa el rostro una tenue lluvia: matas de hierba y
malezas son otros tantos depsitos de agua helada que nos mojan como si
atravesramos un lago. Entumcense nuestros miembros: nuestro paso
pierde la seguridad; estamos expuestos  resbalar en la hierba  en la
roca hmeda y  caer en l precipicio. Terribles rumores suben de lo
hondo y parecen predecirnos mala suerte: oimos la cada de las piedras
que se desmoronan, el ruido de las ramas cargadas de lluvia que rechinan
en el tronco, el sordo trueno de la cascada, y el chapoteo de las aguas
del lago contra la orilla. Vemos  la niebla con espanto cargarse con la
sombra del crepsculo y pensamos en la terrible alternativa de morir de
fri  despeados.

En muchos climas, la impresin de asombro y hasta de horror que dejan
las montaas en el espritu, proviene de casi siempre, estar rodeadas de
nieblas. Hay montaa en Escocia  Noruega que parece formidable, aunque
sea en realidad menos alta que otras muchas cimas terrestres. Se las ve
con frecuencia veladas por vapores, revelarse en parte, volverse 
ocultar, como si viajaran por el seno de la nube, alejarse aparentemente
para acercarse de pronto, achicarse cuando el sol ilumina con limpieza
sus contornos, crecer despus cuando stos se cargan de nieblas. Todos
esos aspectos variables, esas lentas  rpidas transfiguraciones de la
montaa, la hacen asemejarse vagamente  un gigante prodigioso que
meneara la cabeza por encima de las nubes. Bien diferentes son las
inmutables cimas de fijos perfiles que baa la luz pura del cielo de
Egipto, de estas montaas cantadas por los poemas de Ossin. Estas nos
miran; sonren unas veces, amenazan otras, pero viven nuestra vida,
sienten con nosotros,  por lo menos as se cree, y el poeta que las
canta les da alma humana.

Hermosa por los vapores que la rodean, cuando se la ve desde abajo 
travs de una atmsfera pura, no lo es menos la montaa para quien la
mira desde lo alto, sobre todo por la maana, cuando la misma cima
resalta en el cielo, mientras envuelve su base un mar de nubes, que es
un verdadero Ocano extendido por todas partes hasta donde alcanza la
vista. Las olas blancas de la niebla ruedan por la superficie de aquel
mar, no con la regularidad de las lquidas, sino con majestuoso desorden
en que se pierde la mirada. Aqu se las ve hervir, hincharse en trombas
de humo y desparramarse despus en copos como la nieve y desaparecer en
el espacio; all se abren como valles llenos de sombras. Acull hay
continuo remolino, movimiento de olas que se persiguen y se alcanzan en
caprichosos crculos. A veces es bastante lisa la faja de vapores; el
nivel de las ondas de bruma se sostiene  altura casi uniforme en todo
el contorno de rocas que sobresalen como promontorios, y en muchos
sitios cimas de colinas aisladas se yerguen encima de la niebla como
islas  escollos. En otras ocasiones, el Ocano brumoso se reparte en
mares distintos y deja ver por sus desgarraduras el fondo de los valles
como un mundo inferior que nada tiene de la suave serenidad de las
cimas. El sol ilumina oblicuamente todas las volutas de bruma que se
elevan en aquel mar: los matices dorados, purpurinos y sonrosados que se
mezclan con el blanco puro, varan hasta lo infinito la apariencia de la
niebla flotante. Proyctase  lo lejos sobre los vapores la sombra de
los montes y vara incesantemente con la marcha del sol. El espectador
observa con asombro su propia sombra reproducida en el lago de vapor,
algunas veces con gigantescas proporciones. Parcele ver un monstruo
espectoral, al cual hace mover  su gusto, inclinndose, andando,
moviendo los brazos.

Ciertas montaas que se yerguen en el seno del mar azul de los vientos
alseos estn casi siempre rodeadas, hacia la mitad de su altura, de una
faja de niebla que oculta casi siempre al viajero, que lleg  la cima,
la vista de la llanura cerlea; pero alrededor de la cima cuyas
cercanas recorro, las nieblas suben y bajan, cambian, se disuelven al
azar, sin que sus fenmenos sean constantes. Despus de horas  das de
obscuridad, acaba el sol por perforar la masa brumosa, la desgarra,
dispersa sus jirones, los evapora en el aire y pronto se ilumina de
nuevo bajo la luz vivificante la tierra de abajo que estaba privada de
la suave claridad. Pero tambin sucede que se espesan y se acumulan las
nieblas en nubes apretadas y arremolinadas: se atraen y se rechazan;
amontnase electricidad en los vapores acrecentados; estalla la tormenta
y el mundo inferior se pierde bajo el tumulto tempestuoso.

Ya desencadenada, no siempre sube la tormenta  escalar las alturas que
la dominan: permanece frecuentemente en las zonas bajas de la atmsfera
en que se form, y el espectador tranquilamente sentado en la hierba
seca de los altos prados iluminados puede ver  sus plantas  las nubes
contrarias batallar enfurecidas. Cuadro tan magnfico como terrible!
Lvida claridad exhalan las hirvientes masas; reflejos cobrizos, matices
violados dan al hacinamiento de nubes el aspecto de un horno inmenso de
metal en fusin; parece que se ha abierto la tierra, dejando brotar de
su seno un Ocano de lavas. Los relmpagos que brotan en las
profundidades del caos, vibran como serpientes de fuego. La rasgadura
del aire, repercutida por los ecos de la montaa, se prolonga en
inacabables tableteos. Todas las rocas parecen lanzar su trueno  un
tiempo. Oyese al mismo tiempo un murmullo sordo que sube de los campos
inferiores  travs de las nubes arremolinadas; es el ruido de la lluvia
 del granizo, el estrpito de los rboles que se rompen, de las rocas
que se hienden, de los aludes de piedra que se desploman, de los
torrentes que se hinchan y mugen, destruyendo los ribazos, pero todos
esos estruendos diversos se confunden al subir hacia la serena montaa.
All arriba no llega ms que una queja, un gemido que asciende desde la
llanura donde viven los hombres.

Un da que, sentado en una tranquila cima, con hermoso cielo, vea yo
una tormenta que se agitaba con furor en la base de la montaa, no pude
resistir al llamamiento que pareca dirigirseme desde el mundo de los
humanos. Baj para penetrar en la masa negra de los vapores giratorios;
me met (digmoslo as) en medio de los rayos, bajo la sucesin de los
relmpagos, entre los torbellinos de granizo y de lluvia. Bajando por
una vereda convertida en arroyo, saltaba de piedra en piedra. Exaltado
por el furor de los elementos, por el estampido del trueno, por el
correr de las aguas, por el mugir de los rboles sacudidos, corra con
alegra frentica.

Cuando recobr la calma y encontr lumbre, pan, vestido seco, todas las
dulzuras de la buena hospitalidad montaesa, casi echaba de menos la
poderosa voluptuosidad que acababa de disfrutar all fuera. Me pareca
que arriba, entre la lluvia y el viento, habla yo formado parte de la
borrasca, reuniendo durante algunas horas mi consciente individualidad 
los ciegos elementos.




CAPTULO X

#Las nieves#


Blanco, brillante, nevado, tal es el significado primitivo de casi
todos los nombres dados  las altas montaas por los pueblos que en su
base se sucedieron. Alzando los ojos hacia las cumbres ven por encima de
las nubes la centelleante blancura de nieves y de hielos, y su
admiracin es tanto ms grande, cuanto que los campos inferiores
presentan, por el tono uniforme y obscuro de los terrenos, extrao
contraste con los picos blancos. En lo ms riguroso del esto, cuando se
alza polvo ardiente de los caminos y el viajero fatigado se para  la
sombra, es cuando gusta mirar hacia las heladas masas, que los rayos
solares hacen resplandecer como placas argentinas. De noche, un suave
reflejo, como el de un mundo lejano, revela las altas nieves de la
montaa. Las pendientes medias, los promontorios inferiores estn
cubiertos con frecuencia de capas nevadas. Ya hacia el fin del verano,
cuando los torrentes han arrastrado  las llanuras el agua de los
aludes fundidos, y los rboles han soltado el peso de la nieve que hacia
doblarse  sus ramas, y las mismas matas, calentando el espacio que las
rodea, han conseguido deshacer los copos de nieve que las rodeaban,
sbito enfriamiento de la atmsfera convierte en nieve los vapores de la
montaa. La vspera, las estribaciones de los montes y los pastos
alpestres estaban completamente libres de escarcha; bien se distingua
el color pardo  amarillento en las desnudas rocas, del verde en bosques
y prados y del rojo en los brezos. Por la maana, al despertar, el
blanco manto nevado ha cubierto hasta los promontorios salientes. Sin
embargo, ese vestido nveo de que hablan los poetas, est agujereado y
desgarrado por mil partes. Los salientes de la montaa atraviesan esa
envoltura, y los matices sombros de las rocas, contrastando con la
blancura de la nieve, acusan con ms claridad los relieves de las
fragosidades. En las hondonadas profundas se han acumulado los copos en
gruesas capas; en las pendientes rpidas bordan ligeramente las
hendiduras como tenue velo de encaje; en los abruptos tajos slo
aparecen de cuando en cuando, como manchas brillantes. Cada arruga de la
montaa puede reconocerse desde lejos en su verdadera forma por la
esplndida corriente de nieve que la ocupa; cada roca saliente revela
sus protuberancias en las capas nevadas de distinto espesor, que
alternan con la roca desnuda. Donde la pea est formada por estratos
regulares, la nieve dibuja limpiamente las lneas de separacin. Se posa
sobre las cornisas y cae por las paredes de los derrumbaderos. A travs
de toda clase de fragosidades salientes y entrantes se ve alargarse con
asombrosa regularidad la lnea de las hiladas por espacio de muchas
leguas: parecen haber sido superpuestas por manos de un arquitecto
gigantesco.

Sin embargo, estas pasajeras nieves de esto que envuelven  manera de
velo la montaa, y que en lugar de ocultar las formas de stas, las
dibujan con todas sus particularidades, son una coquetera de la
naturaleza. Pronto desaparecen de las colinas inferiores y de los montes
avanzados: cada da acortan sus lmites hacia arriba los rayos solares.
En los das hermosos pueden seguirse de hora en hora, con la mirada, los
progresos de la fusin.

Cada quebrada de las que recortan hasta la mitad de la altura las
laderas de la montaa, nos muestra una vertiente libre ya de nieves (la
que ilumina libremente el sol de medioda), y otra de resplandeciente
blancura (la que mira al horizonte septentrional). Despus esta misma
vertiente descubre sus cspedes y sus rocas; de la cada estival de las
nieves no queda ms que un corto nmero de charcos, cada vez ms chicos,
huella de los aludes en miniatura que llenaron los huecos de los
alfoces. Estos aguazales se mezclan con tierra y guijarros y el arroyo
que pasa se va llevando gota  gota sus manchados residuos.

Encanta ver esas nieves de algunos das. Gusta seguir con la mirada su
variable decoracin, apenas aparecen, cuando se deshacen. Para
contemplar la nieve con su verdadera apariencia y comprender su trabajo
como agente de la naturaleza, hay que verlo en invierno, en la ruda
estacin del fro. Entonces todo lo cubren enormes capas de agua
cristalizada en agujas y en carmbanos; la montaa, sus estribaciones y
las colinas de su falda no se presentan bajo su forma real. La espesa
masa que las tapa vara su relieve y le da nuevos contornos. En lugar de
aparecer saliente, dentada, con truncadas puntas, desenvuelve la
pendiente del monte con ondulaciones encantadoras, con curvas de dibujo
atrevido, pero sinuoso siempre. As como el agua, por la influencia de
la gravedad equilibra su nivel para extenderse en superficie horizontal,
la nieve, obedeciendo  leyes propias, se dispone en capas redondeadas.
El viento, que la trae en remolinos, primero le hace llenar los huecos,
despus suavizar todos los ngulos, desplegar sus curvas en los
relieves;  la montaa spera, puntiaguda, salvaje, sucede otra de
perfiles suaves y puros, de majestuosas curvas. Pero  pesar de la suave
pureza de sus lneas, no pierde su formidable apariencia el gigante.
Yrguense rocas perpendiculares y fragosas, en las cuales no ha podido
sostenerse la nieve, sobre inmensas pendientes de blancura
deslumbradora, y el contraste hace parecer negras las paredes. Nos
sobrecoje el espanto al contemplar esas murallas prodigiosas que se
recostan en la nieve como acantilados de carbn en la arillo de un
Ocano polar.

En esta transformacin, cambia ms el aspecto de las llanuras que el de
las protuberancias de la montaa. Al desplomarse por todas partes las
nieves han cegado las cavidades, han nivelado los huecos, han borrado
las quebraduras secundarias del terreno. Cubiertos estn torrentes y
cascadas; todo descansa, helado, bajo aquel inmenso sudario. Hasta los
lagos quedaron sepultados: el hielo de su superficie tiene encima
enormes capas de nieve, y  veces no se sabe encontrar el sitio de sus
cuencas. Si acaso, alguna hendidura permite ver en el fondo de un abismo
la superficie del lago, tranquila, negra, sin su reflejo: parece un
pozo, una sima sin fondo.

Por bajo de las grandes cumbres y de los crculos superiores, donde se
amontona la nieve en capas altas como casas, se ven  medias los bosques
de abetos. En cada una de las ramas extendidas tiene cada rbol el peso
de nieve que puede resistir sin romperse; los ramajes entretejidos
forman juntos bvedas, en las cuales se agrupan masas de nieve en
cpulas desiguales: nicamente algunas ramas rebeldes se escapan de la
prisin de hielo y apuntan al cielo con sus flechas de color verde
obscuro, casi negro, que sostienen en los extremos pesada carga nvea.
Cuando sopla el viento sobre esas ramas, caen con ruido metlico trozos
de nieve helada. Un movimiento vibratorio general agita el bosque
oculto y el brillante techo que lo cubre. A veces hay una rotura,
desprndese un alud en lo interior y aparece un precipicio, que
continuar abierto hasta que lo oculte otra borrasca con un puente de
hielo. A grandes peligros se expondra el viajero que se extraviase en
invierno en ese bosque, que recorre tan cmodamente en invierno, en
verano, pisando hierba,  la sombra de poderosos rboles. Expondrase 
cada paso  caer en el abismo, ahogado bajo un derrumbamiento de nieve.

Abajo, en el valle, parecen ms difciles de distinguir las casas del
pueblo que los bosques y grupos de rboles. Enteramente cubiertos de
nieve que hace estallar la armazn, confndense los techos con los
cercanos campos nevados. Ligera y azul humareda es la nica seal de que
viven y trabajan hombres bajo el sudario blanco. Algunas tapias, un
campanario resaltan en la monotona del fondo. Adems, en esos sitios no
se deja en paz  la nieve como lejos de las habitaciones humanas: el
viento, girando en torno de las casas, ha levantado  un lado montones
de nieve y la ha barrido al lado contrario. Cierto desorden en la
naturaleza indica la proximidad del hombre. Pero ah, como en todas
partes, reina el silencio; raro es el rumor que lo turba, en el valle y
en los montes.

De todos modos, es necesario que el hombre y los dems habitantes de las
montaas salgan alguna vez de su albergue y turben el gran reposo de la
naturaleza. Unicamente la marmota, oculta en su agujero, bajo el espesor
de la nieve puede dormir durante los largos meses de invierno y esperar,
en su estado de muerte aparente, que la primavera devuelva la libertad 
los arroyos,  la hierba y  las flores. Menos feliz la gamuza,  quien
arroja la nieve de las altas cimas, tiene que andar errante junto  los
bosques, buscar su refugio entre los apretados rboles, royndoles
corteza y hojas. El hombre por su parte, tiene que dejar su morada para
el cambio de productos, compra de provisiones  satisfaccin de
compromisos con familia y amigos. Entonces hay que limpiar los montones
de nieve que se han acumulado delante de la puerta y abrirse penosamente
camino. Desde una alta casa construida en un promontorio, v una vez 
esos entecillos casi imperceptibles,  esas negras hormigas humanas,
andar lentamente por una especie de cuneta, entre dos paredes de nieve.
Nunca me haba parecido tan nfimo el hombre. En medio de la vasta
extensin blanca, aquellos paseantes parecan perdidos, absurdos,
quimricos; no me explicaba cmo una raza compuesta de semejantes
pigmeos haba podido llevar  cabo las grandes cosas de la historia y
realizar, de progreso en progreso, lo que hoy se llama la civilizacin,
promesa de un futuro estado de bienestar y libertad.

No obstante, aun en medio de esas formidables nieves del invierno, ha
podido el hombre hacer triunfar su inteligencia y su audacia por los
caminos comerciales que le permiten expedir libremente sus mercancas y
viajar casi en todo tiempo. La gamuza ha dejado de recorrer las alturas,
y numerosas aves, que volaban en verano muy por encima de las cumbres,
han bajado prudentemente  las tibias regiones llanas. Pero el hombre
contina recorriendo los caminos que, de desfiladero en desfiladero, de
estribacin en estribacin, se elevan hasta una brecha de la cresta y
descienden por la otra vertiente. En el buen tiempo, cuando los alegres
torrentes saltan en cascadas al lado del camino, hasta coches
arrastrados por caballos con ruidosos cascabeles pueden subir con
facilidad las pendientes dispuestas  gran costa en las fragosidades.
Cuando las nieves han cubierto el camino, hay que cambiar de vehculo;
en lugar de carros y coches se usan trineos que se deslizan ligeramente
sobre los copos amontonados. La travesa de la montaa no se hace con
menos rapidez que durante los ms calurosos das del verano; y cuesta
abajo, la velocidad produce vrtigos.

Viajando en trineo por las montaas es como se aprende  hacer
conocimiento con las nieves. La ligera armazn se desliza sin ruido; no
se nota el choque del herraje con el suelo duro, y parece que viaja uno
por el espacio, arrebatado como un espritu, ora se rodea la curva de un
barranco, ora el relieve de un promontorio. Si pasa desde el fondo de
las simas  la arista de los precipicios y en todas las variadas formas
que se ofrecen  la vista, conserva el monte su inmaculada blancura. Si
ilumina el sol la superficie de la nieve, se ven brillar innumerables
diamantes; si el cielo aparece bajo y ceniciento, los elementos parece
que se confunden. Jirones de nubes y montecillos nevados no se
diferencian unos de otros. El viajero se figura no pertenecer ya  la
tierra y flotar en el espacio infinito.

Mucho ms se penetra an en las regiones de los sueos, cuando, despus
de haber atravesado el punto culminante se baja por la pendiente
opuesta, arrebatado de vuelta en vuelta con espantosa rapidez. Al
ponerse en marcha la caravana, cuando se mueve el postrer trineo, ya
despareci el primero detrs de un saliente del abismo. Se le ve, y
desaparece de nuevo; se le columbra otra vez, y vuelve  desaparecer.
Sumrgese el viajero en vertiginoso abismo en el cual se derrumban
montones de nieve como colinas; convertido en alud tambin, se desliza
uno sobre los aludes, y ve desfilar al lado, como arrastrados por una
tempestad, crculos, quebradas, promontorios. Las mismas cumbres parecen
huir por el horizonte, arrebatadas en frentico torbellino, en una
especie de galope infernal. Y cuando al acabar la desenfrenada carrera
se llega  la base de la montaa,  las llanuras desprovistas ( apenas
salpicadas) de nieve, cuando se respira otra atmsfera y se ve una
naturaleza nueva bajo otro clima, es cosa de preguntar si no se ha
padecido una alucinacin, si se han recorrido en realidad las profundas
nieves por encima de la regin de nubes y tormentas.

Pero, durante los das tempestuosos, la travesa es harto peligrosa para
que el viajero pueda recordarla y conservar memoria exacta de sus
aventuras. El viento levanta sin cesar torbellinos de nieve que ocultan
la ruta  modifican su forma, rebajando taludes y cegando el camino
recorrido ya. Los caballos, hbiles para pisar terreno slido, tienen
que atravesar  veces masas de nieve blanda, movediza an, y mientras
uno se hunde hasta el pretal, otro se encabrita sobre la nieve
amontonada. La tempestad que silba junto  sus orejas, los cristales de
nieve que le entran en los ojos y en las narices y los ternos brutales
de los cocheros, los irritan y casi los enloquecen. El trineo, por el
estrecho camino, se inclina  veces hacia la pared de la montaa, 
veces hacia el precipicio; porque el abismo est all, se pasa por su
borde, se le sigue  lo lejos en perspectivas inmensas, como si al caer
debiera irse  parar  otro mundo. El cochero ha dejado la fusta, no
lleva ms que un cuchillo en la mano, dispuesto  cortar las riendas si
los caballos, enloquecidos por el terror  resbalando por un talud de
nieve, llegasen  caer por el precipicio abajo.

Terrible es la situacin del caminante desdichado, cuando, al atravesar
las nieves lentamente, le sorprende de pronto una tempestad. Desde
abajo, la gente de la llanura admira cmodamente el meteoro. La cumbre
del monte, castigada por el viento, parece que humea como un crter; las
innumerables molculas heladas que levanta la borrasca se juntan
formando nubes que se arremolinan encima de los picos. Las aristas de
los contornos, esfumadas por esa niebla de nieves giratorias, pierden su
precisin, como si flotaran en el espacio. La misma montaa parece
vacilar sobre su enorme base. Y qu es del pobre viajero, cogido en el
torbellino de la tempestad que ruge en las elevadas cumbres? Las agujas
de hielo, lanzadas contra l como flechas, le dan en la cara, amenazan
cegarle y penetran hasta en sus ropas; envuelto en resistente abrigo,
custale trabajo defenderse contra ellas. Si da un paso en falso, 
siguiendo rastro equivocado deja la vereda un instante, se pierde casi
inevitablemente. Anda al azar de charco en charco;  veces medio se
hunde en un agujero lleno de nieve blanda y permanece algn tiempo, como
para esperar la muerte, en el hueco que se abri delante de l. Despus
se levanta con desesperacin y principia otra vez la caminata insegura 
travs de las nubes de cristales que el viento le arroja  la cara. Las
rfagas acercan y aproximan el horizonte alternativamente. Ora no ve 
su alrededor ms que el torbellino de los copos; ora mira  la derecha 
 la izquierda una cumbre inmvil que se desprende de la nube y parece
que le mira sin odio y sin amor, indiferente  su desesperacin. A lo
menos, el peatn ve en ella una especie de seal que le permite reanudar
la marcha con alguna esperanza; pero todo es intil. Cegado, atontado,
entumecido por el fro, acaba por perder la voluntad; da vueltas sin
moverse del sitio y se agita sin objeto. Al fin, cado en alguna sima,
mira pasar con estupor los torbellinos de la tormenta y se deja vencer
poco  poco por el sueo, precursor de la muerte. Dentro de algunos
meses, cuando el calor haya fundido la nieve y la hayan limpiado los
aludes, algn perro de ganado dar con el cadver y llamar  su dueo
con espantables ladridos.

En otro tiempo, los restos humanos encontrados en la montaa tenan que
descansar para siempre en el sitio donde los haba descubierto algn
pastor. Amontonbanse piedras sobre el cuerpo, y todo viajero tena la
obligacin de aadir un canto al creciente montn. Aun hoy, el montas
que pasa al lado de uno de esos antiguos sepulcros, nunca deja de
recoger su piedra para colocarla sobre las otras. El muerto fu olvidado
hace tiempo; quiz fu siempre desconocido, pero de siglo en siglo, el
caminante no cesa de prestarle su homenaje para dar paz  sus manes.




CAPTULO XI

#El alud#


Al largo invierno y  sus terribles borrascas sucede por fin la dulce
primavera con sus lluvias, sus brisas tibias y su calor vivificante.
Todo se rejuvenece, y la montaa y la llanura presentan nuevo aspecto.
Aquella sacude su manto de nieve, y bosques, cspedes, cascadas y lagos,
reaparecen bajo los rayos del sol. El hombre se ha librado ya en el
valle de los montones de nieve que le estorbaban. Ha barrido el umbral
de la puerta, ha reparado los caminos, ha limpiado el techo y el jardn,
y despus espera que el sol haga lo dems. Ya las solanas  pendientes,
bien expuestas  los rayos del medioda, empiezan  salir del blanco
sudario que las envuelve; aqu y all reaparecen,  travs de la capa de
nieve, la tierra, la pea y la mata, y esos espacios negruzcos van
aumentando de tamao. Parecen grupos de islas que crecen incesantemente
y acaban por juntarse. Disminuyen en nmero y en extensin con manchas
blancas; fndense, y parece que suben gradualmente la pendiente
montaosa. Los rboles del bosque, libres de entumecimiento, empiezan su
tocado primaveral; ayudados por los pajarillos que vuelan de rama en
rama, sacuden la carga de escarcha y nieve que les pesaba y baan en
libertad sus retoos en la tibia atmsfera.

Debajo de la capa protectora de las nieves, la temperatura del suelo no
ha bajado tanto como en la superficie exterior, barrida por los vientos
fros, y durante los largos meses de invierno, depsitos diminutos de
aguas, que semejan gotitas en un vaso diamantino, existen bajo los
hielos. En la primavera, esos depsitos, hacia los cuales se dirigen
todos los hilillos de nieve fundida, no bastan para encerrar la masa
lquida. Las cubiertas heladas se quiebran, las hoyas se desbordan y el
agua procura abrirse camino bajo la nieve. En cada barranco, en cada
depresin del suelo, se verifica el mismo trabajo oculto, y el torrente
del valle, alimentado por tanto riachuelo que baja de las alturas,
reanuda su carrera, interrumpida por el fro invernal. Primero pasa como
un tnel bajo la nieve amontonada; despus, gracias  los incesantes
progresos de la fusin, ensancha el cauce, levanta las bvedas, hasta
que llega el momento en que la masa que lo domina no puede sostenerse, y
se derrumba como el techo de un templo cuyos pilares se hubieran
bamboleado. Abrense fugas tambin en las masas nevadas que llenan el
fondo de los valles; si nos inclinamos al borde de uno de esos
precipicios, veremos en el fondo algo negro bordado, como con encaje,
por un poco de espuma; es el agua del torrente, y el sordo murmullo de
los guijarros que rozan unos contra otros, sube por la tenebrosa
abertura.

A este primer socavamiento de la nieve suceden otros, ms numerosos cada
vez, y pronto el torrente, recobrada en gran parte su libertad, no le
queda sino derribar los diques formados por las nieves ms espesas y ms
compactas. Algunas de estas murallas resisten semanas y meses enteros al
mpetu del agua. Aun cerca de las cascadas, conservan tenazmente su
forma masas de nieve convertidas en hielo y rociadas continuamente por
el salto del agua. Parece que se niegan  fundirse. Se ve con frecuencia
delante de la movible catarata del torrente una especie de pantalla
formada por una catarata solidificada, la de las nieves heladas que
detuvieron el curso del torrente durante el invierno.

Reformando su cauce en cada valle que limita la falda del monte, en cada
hondonada que corta sus laderas, el agua de arroyos y torrentes quita 
la nieve de las pendientes el cimiento que le serva de punto de apoyo.
Bajo la accin de la gravedad, tienden entonces  desprenderse los
aludes, y la montaa, como un ser animado, hace caer de sus hombros el
nevado traje que la cubre. En todas las estaciones, hasta en lo ms
riguroso del invierno, masas de nieve arrastradas por su peso se
derrumban desde las cimas y las pendientes; pero mientras esos aludes se
componen nicamente de la parte superficial de la nieve, no pasan de ser
un ligero incidente de la vida montaesa. A veces, empero, es la masa
entera de la nieve la que se desprende de las alturas para abismarse en
el valle; el agua que ha penetrado  travs de las capas (heladas an)
de la superficie ha puesto el suelo resbaladizo y ha preparado el camino
el alud. Llega el momento en que todo un campo de nieve no se encuentra
ya sujeto  la pendiente; cede, y la enorme sacudida que comunica  las
nieves vecinas las hace ceder tambin. Toda la masa se precipita  un
tiempo por la vertiente de la montaa, llevndose por delante todo
cuanto encuentra en el camino, troncos de rboles, piedras y peascos.
Arrastrando consigo las cercanas capas de aire, derribando hasta bosques
distantes, el formidable derrumbamiento barre de una vez todo un lado de
la montaa en una extensin de muchos centenares de metros, y el valle
se ve cegado en parte. Los torrentes que van  chocar con el obstculo
tienen que convertirse temporalmente en lagos.

Con terror hablan montaeses y viajeros de estas masas de aludes. As es
que numerosos valles, ms expuestos que otros, han recibido nombres
siniestros, como _Valle del Espanto_  _Desfiladero del Terremoto_, que
les dan los dialectos locales. Un valle conozco, terrible sobre todos
los dems, en que no entran nunca los acemileros sin llevar la vista
fija en las alturas. Especialmente en los hermosos das de primavera,
cuando la suave y tibia atmsfera est cargada de vapores disueltos, los
viajeros hablan poco y miran mucho. Saben que el alud no espera ms que
un choque, un estremecimiento del terreno  del aire, para ponerse en
movimiento. As es que andan como ladrones, con paso silencioso y
rpido;  veces, hasta envuelven con paja los cascabeles de las mulas
para que el retintn del metal no irrite al genio malfico que desde
all arriba les amenaza. Finalmente, cuando han salido de las terribles
hondonadas en las cuales suelen soltar las pendientes sus aludes de
nieve y ruinas por todas partes, pueden respirar  gusto los viajeros y
pensar, sin angustia personal, en sus antecesores, menos felices, cuyas
terribles historias se hablan contado la vspera. Muchas veces, mientras
continan muy tranquilos bajando  la llanura, un ruido como el del
trueno, un estruendo que repercute largamente de roca en roca, les hace
volverse sbitamente; acaba de verificarse el derrumbamiento de la nieve
y de llenar todo el ancho del desfiladero que acaban de recorrer.

Afortunadamente, la disposicin y la forma de las pendientes permite 
los montaeses reconocer los lugares peligrosos. As es que nunca
construyen sus cabaas debajo de las vertientes en que se forman los
aludes, y al trazar los senderos cuidan de elegir pasos seguros. Pero
todo cambia en la naturaleza, y hay casa, hay sendero que no tuvieron
nada que temer en otro tiempo y hoy corren riesgo, por haber
desaparecido el ngulo de un promontorio, por haberse modificado la
direccin del escurridero del alud, por haber cedido  la presin de las
nieves la orilla protectora de un bosque, pues todas esas causas pueden
inutilizar las precauciones del montas.

Por las mil columnas apretadas de sus troncos, los bosques son una de
las mejores barreras contra la cada de los aludes, y muchos pueblos no
tienen contra ellos otro medio de defensa. Por eso miran su bosque
sagrado con respeto y casi religiosa veneracin. El extranjero que se
pasee por sus montaas, admira el bosque por la belleza de sus rboles,
por el contraste de su verdor con la blancura de las nieves. Pero ellos
le deben la vida y el reposo. Gracias  l, pueden dormir tranquilamente
sin el temor de ser aniquilados una noche. Llenos de gratitud, han
divinizado el bosque protector. Desgraciado de quien toque con el hacha
uno de sus troncos salvadores! Quien mata al rbol sagrado, mata al
montas, dice uno de sus proverbios.

Y sin embargo, matadores de estos ha habido, y no pocos. Lo mismo que
aun en nuestros das, soldados sedicentes _civilizados_ obligan 
someterse  los habitantes de un oasis derribando las palmeras que son
la vida de una tribu, as tambin sucedi frecuentemente que, para
vencer  los montaeses, talaron los rboles que servan  los pueblos
de salvaguardia contra la destruccin, ya los invasores  sueldo de
algn seor, ya los pastores de otro valle. Tales eran, y son an, las
prcticas de la guerra. No es menos feroz la vida especulacin. Cuando
por una compra,  por los azares de herencia  de conquista, un hombre
adinerado llega  ser el propietario de uno de esos bosques,
desgraciados de aquellos cuya suerte dependa de su benevolencia  de su
capricho! Pronto trabajan los leadores en la selva, caen cortados los
troncos, son lanzados  la llanura, vendidos en tablones y pagados en
dinero contante y sonante. As se abre ancho camino al alud. Privados de
su baluarte, quiz los habitantes de la aldea amenazada persistan en no
moverse de all por amor  su hogar natal; pero tarde  temprano, el
peligro se hace inminente, y hay que emigrar  toda prisa, llevndose
los objetos preciosos y dejando la casa  merced de las nieves
amenazadoras.

En todo pueblo de montaa, cuntase en las veladas la terrible crnica
de los aludes, y los nios la oyen acurrucndose entre las rodillas
maternales. Lo que es el fuego _gris_ para el minero, es el alud para
el montas. Amenaza su casa, sus trojes, su ganado y tambin le amenaza
 l. Cuntos parientes y amigos suyos duermen ahora bajo la nieve! Por
la noche, cuando pasa al lado del sitio en que los trag la enorme masa,
parcele que la montaa, de la cual se desprendi el alud, le mira de
mala manera, y entonces apresura el paso para huir del lugar siniestro.
Tambin algunas veces los restos del derrumbamiento le recuerdan la
inesperada salvacin de un compaero. All, durante una noche
primaveral, se vino abajo un talud de nieve ms grande que los ms altos
abetos y que la torre de la iglesia. Un grupo de casitas y de hrreos se
encontraba bajo la formidable masa. Los montaeses, que acudieron de las
aldeas vecinas, creyeron que indudablemente todas las armaduras de los
edificios haban quedado demolidas y aplastados los habitantes bajo los
escombros. Sin embargo, pusieron animosamente manos  la obra de
reconocer el inmenso hacinamiento. Trabajaron cuatro das con cuatro
noches, y cuando llegaron con los azadones al techo de la primera casa,
oyeron cnticos que se respondan unos  otros. Eran las voces de los
amigos cuya perdicin se consideraba segura. Sus moradas haban
resistido al violento choque, y haba bastado para respirar el aire que
contenan. Durante su cautiverio, haban pasado el tiempo estableciendo
comunicaciones de casa en casa y abriendo un tnel de salida, mientras
cantaban para animarse  trabajar.

Cuando desaparecen los bosques protectores, es muy difcil sustituirlos.
Los rboles crecen lentamente, sobre todo en las montaas, pero en los
caminos del alud no nacen. Verdad es que  fuerza de trabajo se podra
sujetar  la nieve en las altas pendientes y precaver as el desastre de
su desplomo  los valles. Podra cortarse la pendiente en gradas
horizontales donde tendran que detenerse las capas de nieve como en los
peldaos de una gigantesca escalera; tambin podran sustituirse los
troncos de los rboles con hileras de estacas de hierro y empalizadas
que evitaran el resbalar de las masas superiores. Todas esas tentativas
las ha coronado feliz xito, pero en valles habitados por poblaciones
numerosas y ricas. Aldeanos pobres (como no les ayudara toda la
sociedad), no pueden pensar en esculpir de nuevo el relieve de la
montaa y los aludes continuarn precipitndose sobre sus praderas por
el camino acostumbrado. Tienen que limitarse  proteger sus casucas con
enormes espuelas de tierra que rompen la fuerza de la nieve desprendida
y la obligan  dividirse en dos corrientes, siempre que la nieve no baje
en masa lo bastante poderosa para destruirlo todo con su mpetu.

De todos los destructores de la montaa, el ms enrgico es el alud.
Arrastra tierras y rocas como lo hara un torrente desbordado; hay ms:
por la fusin gradual de las nieves que forman sus capas inferiores,
diluye tanto la tierra, que la convierte en un lodo blanco, hendido por
profundas grietas y que se hunde por su propio peso. El terreno adquiere
fluidez hasta grandes profundidades y se escurre  lo largo de las
pendientes, llevndose consigo no slo veredas y fragmentos de roca
sueltos, sino hasta casas y bosques. Lienzos enteros de montaa,
empapados por la nieve, han resbalado as en conjunto con campos,
pastos, bosques y habitantes; amontonndose y penetrando lentamente en
el suelo con el agua producida por su fusin, la nieve basta para
demoler una montaa. En primavera, cada quebrada pone de manifiesto ese
trabajo destructor: nieves, rocas y aguas bajan de las cimas en aludes,
derrumbamientos y cascadas, encaminndose  la llanura.




CAPTULO XII

#El ventisquero#


Hasta en medio del esto, cuando el soplo de los vientos clidos ha
fundido todas las nieves, enormes montones de hielo, encerrados en los
valles altos, constituyen todava un invierno local, que el contraste
hace ms raro. Cuando el sol resplandece con todo su brillo, el calor
directo y el que reflejan los hielos hacen padecer bastante al viajero:
en apariencia hace ms calor que en los valles, por la sequedad del
aire, privado continuamente de su humedad por la rida superficie del
ventisquero. En las cercanas se oye cantar  los pjaros entre el
follaje; las flores esmaltan el prado, los frutos maduran en las ramas,
y, sin embargo, al lado de ese mundo alegre, el ventisquero sombro, con
sus abiertas grietas, sus montones de piedras, su silencio terrible, su
aparente inmovilidad, representa la muerte al lado de la vida.

No obstante, tambin tiene su movimiento la gran masa helada. Con
lentitud; pero con invencible fuerza, trabaja como el viento, las
nieves, las lluvias y las corrientes de agua en la renovacin de la
superficie del planeta. Por donde quiera que han pasado los
ventisqueros, durante alguna de las edades de la tierra, transform su
accin el aspecto del paisaje. Llevan  la llanura, lo mismo que los
aludes, los escombros de las derrumbadas montaas, sin violencia, con
paciente esfuerzo de todos los instantes.

La obra del ventisquero, tan difcil de apreciar en su secreta
continuidad, aunque vastsima en sus resultados, empieza en la cumbre de
la montaa, en la superficie de las capas nveas. All arriba, en los
crculos donde en torbellinos se amontonaron las nubes de agujas blancas
fustigadas por la tempestad, la uniforme extensin de las nieves no
cambia de aspecto. De ao en ao y de siglo en siglo, sigue siendo
blanca, mate  la sombra de las nubes, deslumbradora  los rayos del
sol. Parece que aquella nieve es eterna, y as la llaman los habitantes
de las llanuras que la ven brillar, desde abajo, junto al cielo. Creen
que siempre permanece en las altas cimas y que si el viento la levanta
en sus borrascas, la deja luego caer en el mismo sitio.

Nada de eso. Una parte de la nieve se evapora y vuelve  las nubes de
las cuales sali. Otra parte, expuesta  los rayos del sol   la
influencia del clido viento del medioda, se salpica de gotitas
fundidas que resbalan por la superficie  penetran en las capas, hasta
que, aprisionadas otra voz por el fri, se congelan en imperceptibles
cristales. De modo que, por millares de molculas que se funden y se
hielan de nuevo para volverse  fundir y solidificarse otra vez, la masa
de la nieve se transforma insensiblemente. Al mismo tiempo, cambia de
lugar, gracias  la gravedad que arrastra algunos milmetros las gotas
fundidas, y poco  poco las nieves que cayeron en otro tiempo en la cima
de la montaa han bajado toda su pendiente. Otras nieves han ocupado su
lugar y bajarn tambin por una serie de fusiones, sin que tengan que
sufrir, al parecer, el menor cambio. Verdad es que llenen ante s toda
la infinidad del tiempo: lentamente corrsumergieranl mar, en el cual se
sumergern algn da. Despus de haberse sucedido dos generaciones
humanas en las llanuras, hay copo de nieve cado en el pico que todava
no ha salido de la masa general.

Pero, por lentamente que lo haga, ese copo convertido en cristal, no
deja de adelantar. La masa nvea, que ha adquirido homogeneidad y se ha
transformado en hielo, cae al alfoz de la montaa hacia el cual la
arrastra su peso. Siempre inmvil al parecer, el conjunto de hielo se ha
convertido en verdadero ro que corre por un cauce de rocas. En las
pendientes de ambos lados se ha fundido completamente la nieve del
invierno, y ocupan su lugar las flores. Todo un mundo de insectos vive y
zumba en las praderas de los pastos; el aire es suave, y el hombre gua
sus ganados por fragosidades llenas de hierba, desde las cuales la
mirada divisa en lontananza la helada corriente. Y sta, con incesante
esfuerzo, contina su viaje hacia la llanura; se extendera por los
campos de la falda del monte, llegada hasta el mar, si la suave
temperatura de los valles inferiores, lo tibio de las brisas y los rayos
del sol no consiguieran fundir la parte ms baja de sus hielos.

En su carrera, el ro slido se las arregla lo mismo que uno de aguas
vivas. Tiene sus curvas y sus remolinos, sus bajadas y sus crecidas, sus
durmientes, sus rpidas y sus cataratas. Como el agua que se ensancha 
se estrecha, segn la forma de su cauce, as el hielo se adapta  las
dimensiones del barranco que lo encierra; sabe amoldarse exactamente 
la roca, as en la hoya vasta cuyas paredes se apartan  ambos lados,
como en el angosto desfiladero cuyo paso casi completamente se le
cierra. Empujado por las masas con que le alimenta continuamente la
nieve superior, el ventisquero sigue resbalando sobre el fondo, tanto si
la pendiente es muy suave, como si lo forma una sucesin de precipicios.

Sin embargo, como el hielo no tiene la flexibilidad ni la fluidez del
agua, verifica con una especie de brbara torpeza todos los movimientos
que le impone la naturaleza del suelo. En las cataratas no sabe
sumergirse en una extensin lisa como la corriente de agua, sino que,
siguiendo las desigualdades del fondo y la cohesin de los cristales de
hielo, se quiebra, se hiende, se recorta en pedazos que diversamente se
inclinan, se caen unos sobre otros, se truecan en obeliscos caprichosos,
en torrecillas, en fantsticos grupos. Hasta donde el fondo de la
inmensa ranura tiene inclinacin regular, se diferencia la superficie
del ventisquero de la corriente igual del ro. El roce del hielo contra
los bordes no la riza en ondas semejantes  las de la ola en la ribera,
sino que la quiebra y la parte en grietas que se cruzan en un laberinto
de abismos.

En invierno, y hasta cuando la primavera ha renovado ya el adorno de las
praderas inferiores, muchas grietas estn ocultas por espesas masas de
nieve que se extienden en capas continuas sobre la superficie del
ventisquero. Entonces, si no ha ablandado la nieve el calor del sol, es
fcil viajar por encima de la boca de los abismos ocultos; el viajero
los desconoce, como desconoce las grutas abiertas en el espesor de la
montaa. Pero la vuelta anual del verano funde poco  poco las nieves
superficiales. El ventisquero que no deja de andar, y cuya hendida masa
vibra con estremecimiento continuo, sacude el manto de nieve que lo
cubre: aqu y all se hunden las bvedas y caen en grandes trozos en las
profundidades de las grietas. Muchas veces no quedan ms que estrechos
puentes por los que no se anda sin haber probado con el pie la solidez
de la nieve.

Entonces es cuando ms de un ventisquero es peligroso de atravesar por
la anchura de las hendiduras que se verifican hasta lo infinito. Desde
los bordes de la sima se ven  veces en su interior capas superpuestas
de un azulado hielo que fu antes nieve, separadas por fajas negruzcas,
resto de los residuos que cayeron de la cpula nevada. Otras veces, el
hielo, claro y homogneo en toda su masa, parece un solo cristal.

Se ignora la profundidad del pozo. Las tinieblas y un reborde del hielo
no dejan llegar  la mirada hasta las rocas del fondo. nicamente se
oyen ruidos misteriosos que se elevan desde el abismo: agua que gotea,
una piedra que cae, un pedazo de hielo que se hiende y se desploma.

Algunos exploradores han bajado  esas simas para medir su espesor y
estudiar la temperatura y la composicin de los hielos profundos. Han
podido hacerlo algunas veces sin mucho peligro, penetrando lateralmente
en las hendiduras por los rebordes de las rocas que sirven de ribazo 
esos ros de hielo. Otras veces ha habido que bajarlos con cuerdas, como
al minero que penetra en las entraas de la tierra. Pero si algn sabio
ha explorado as los pozos de los ventisqueros, con las necesarias
precauciones, en cambio muchos desgraciados pastores han encontrado la
muerte en ellos. Se sabe de montaeses que, cados en el fondo de las
grietas, molidos, ensangrentados, perdidos en la obscuridad, han
conservado su valor y la resolucin de ver de nuevo la luz del da.
Hubo uno que sigui el curso de un arroyo sub-glacial y llev as  cabo
un verdadero viaje por debajo de la enorme bveda de tmpanos
pendientes, Despus de excursin semejante, no le queda al hombre ms
que bajar al fondo de un crter para explorar el depsito subterrneo de
las lavas.

Digno es de los ciertamente el animoso sabio que baja  las
profundidades del ventisquero para estudiar sus estras, las burbujas
del aire, los cristales, pero bastantes cosas podemos contemplar en la
superficie; muchas encantadoras particularidades podemos sorprender;
muchas leyes se revelarn  nuestros ojos si sabemos mirar.

En efecto, en aquel caos aparente, todo est sometido  leyes. Por qu
se produce siempre en la masa glacial una hendidura frente  determinado
sitio del ribazo? Por qu la grieta,  cierta distancia por debajo,
despus de haberse ensanchado, acerca de nuevo sus bordes uno  otro,
soldando el ventisquero? Por qu se redondea regularmente la superficie
en un punto para agrietarse en otros? Viendo todos esos fenmenos que
reproducen groseramente las rizaduras, las ondas, los remolinos  el
nivel liso de las aguas fluviales, se comprende mejor la unidad que,
bajo variedad infinita de aspectos, preside  todas las cosas de la
naturaleza.

Cuando se ha adquirido intimidad con el ventisquero por largas
exploraciones y se conocen los ligeros cambios de su superficie, es
delicioso y gratsimo recorrerlo en un hermoso da de verano. El calor
del sol le ha devuelto el movimiento y la voz. Venillas de agua, casi
imperceptibles al principio, se forman en varios sitios, se unen luego
en relumbrantes riachuelos, que serpentean en el fondo de diminutos
cauces fluviales que ellos mismos se han abierto y desaparecen de pronto
en una hendidura del hielo con una especie de queja de argentino sonido.
Aumentan  disminuyen, segn las oscilaciones de la temperatura. Si
cubre una nube la claridad del sol y enfra la atmsfera, apenas corren;
si el calor aumenta, los arroyos superficiales hacen como los torrentes:
arrastran consigo casquijo y arena para depositarlos en aluviones y
formar con ellos islotes y ribazos: al anochecer se calmarn y el fro
de la noche los congelar de nuevo.

Bajo los rayos calorficos que animan temporalmente el campo helado por
la fusin de la capa superficial, agtase tambin el conjunto de los
guijarros cados de la pared vecina. Una escarpa de casquijo situada 
la orilla de un arroyuelo, se viene abajo en derrumbamientos parciales y
se sumerge en las grietas. En otra parte, piedras negruzcas diseminadas
por el ventisquero, absorben y concentran el calor, y perforando el
hielo que tienen debajo, lo llenan de agujerillos cilndricos. En
cambio, ms lejos, grandes montones de escombros y piedras grandes
impiden que penetre en la capa inferior el calor solar. Alrededor se
funde y se evapora el hielo y aquellas piedras llegan  formar pilares
que parecen crecer, brotando del suelo como columnas de mrmol, hasta
que una por una acaban por debilitarse y romperse bajo el peso, y todos
los fragmentos que sostenan caen con estrpito para empezar al otro da
igual evolucin. Ms encantadores son an estos dramas pequeos de la
naturaleza inanimada, cuando toman parte en ellos animales  plantas.
Atrado por lo tibio del aire, acrcase revoloteando la mariposa,
mientras la planta, cada con la tierra desmoronada desde lo alto de la
roca vecina, aprovecha el corto reposo de vida para arraigar otra vez y
ensear al sol su ltima corola. En las costas polares, los navegantes
han visto toda una alfombra vegetal cubrir un alto acantilado, cuya cima
era de tierra y cuya base era el hielo.




CAPTULO XIII

#Los hacinamientos de rocas y los torrentes#


Todos esos fenmenos que se verifican diariamente parecen de poqusima
importancia para la historia de la tierra. Qu representa,
efectivamente, el trabajo del ventisquero durante un da de verano? Su
masa, que adelanta por continuo esfuerzo, apenas ha recorrido algunos
centmetros; dos  tres rocas se han desprendido d la pared para caer
en el movible campo de hielo; se ha ensanchado algo ms el arroyo que se
lleva las aguas procedentes de la fusin, y los guijarros ms numerosos
tropiezan unos con otros con mayor estruendo en el cauce. Lo dems
conserva su acostumbrada apariencia. En ninguna parte parece llevar
adelante con mayor lentitud la naturaleza su obra de perpetua
renovacin.

Y, sin embargo, esas transformacinillas de cada da, de cada minuto,
acaban por producir cambios inmensos en el aspecto de la tierra,
verdaderas revoluciones geolgicas. Esos cascotes, esos fragmentos de
roca que caen de las quebraduras superiores al cauce de hielo, se
amontonan poco  poco al pie de las paredes como enormes murallas de
piedra; caminan lentamente con la masa helada que los lleva, pero otros
escombros, desprendidos de los mismos lados de la montaa, ocupan el
lugar que han dejado aquellos. As es que largos convoyes de rocas,
desordenadamente hacinadas, siguen el andar del ventisquero. Smanse al
ro de hielo ros de piedras que bajan de todo derruido promontorio, de
todo crculo surcado por el alud.

Llegado  la salida de los altos desfiladeros, en una zona de
temperatura ms suave, el ventisquero no puede continuar en estado
cristalino: se convierte en agua y suelta su carga de piedras. Todas
stas se desploman, formando caos inmenso, como una barricada en el
valle; y en la extremidad de muchos ventisqueros se ven verdaderas
montaas de piedras mal sostenidas en sus escarpas. Si despus de una
larga serie de aos de nieve se hincha y se alarga la masa del
ventisquero, volver  coger esas montaas de piedras y las llevar ms
lejos. Cuando despus, y bajo la influencia de ms benigna temperatura
de inviernos menos prdigos en nieve se funda el ventisquero en toda su
parte inferior dejando vacos la oquedad de roca que le serva de cauce,
el hacinamiento de peascos, libre de la presin que le empujaba hacia
adelante, quedar aislado  cierta distancia del ventisquero; detrs de
l se ver la piedra desnuda, lisa, cepillada por el enorme peso que
recientemente la cubra y sembrada en algunos sitios del barro rojizo
producido por los guijarros y el casquijo que se estrellaron en ella.
Otro hacinamiento de escombros se formar poco  poco delante de la
escarpa del ventisquero.

Pues bien;  enormes distancias del valle, que pueden medirse, pasado
ste, por decenas de leguas, se observan huellas indiscutibles de la
antigua accin de los hielos. Llanuras enteras, llenas de agua en otro
tiempo, han sido cegadas por el lodo y los guijarros que el ventisquero
impulsaba hacia adelante; los rebordes de las montaas y las colinas
aparecen desgastados; finalmente, rocas esparcidas  hacinadas han
quedado abandonadas  lo lejos, hasta en pendientes de montaas
pertenecientes  otros sistemas. Se conoce con facilidad el origen de
estas piedras en su composicin qumica, en la disposicin de sus
cristales  en sus fsiles. Tienen tal precisin  veces sus caracteres
distintivos, que se puede determinar el elevado crculo de donde se
separ el errante pedazo. Cuntos aos, cuntos siglos habr durado ese
viaje? Indudablemente ha sido largusimo, si lo juzgamos por las enormes
rocas que transportan hoy los ventisqueros y cuyo andar se ha medido.
Algunos de esos peascos que viajan han adquirido celebridad por las
observaciones de los sabios y se los ve con gusto, como si de amigos se
tratara.

Esas piedras varadas en la llanura, esos montones de barro transportados
tan lejos, todas esas huellas al paso de antiguos ventisqueros, nos
permiten imaginar cuales han sido las grandes alternativas de clima y
las inmensas modificaciones del relieve y el aspecto terrestre durante
las sucesivas edades del planeta. En los pasados tiempos que nos revelan
esos escombros, vemos  nuestra montaa y  las vecinas erguirse  mucha
mayor altura que la actual. Sus vrtices dominaban las ms altas nubes,
y todos los vapores que viajaban por el espacio se depositaban como
nieve  como helado cristal en sus enormes pendientes. Sus crculos de
pastos, las verdes caadas, las vertientes llenas hoy de bosques,
estaban cubiertas por uniforme capa de hielo. Nada apareca an en el
valle: ni cascadas, ni praderas, ni arroyos, ni lagos. El inmenso ro
helado, no menos recio que las actuales hiladas del monte, llenaba todas
las depresiones, y despus, al salir de los alfoces, se extenda  lo
lejos, en la llanura, dominando caadas y cerros. Tal era, en tiempo de
nuestros antepasados, la imagen que les presentaba la montaa cargada de
hielo: los tataranietos de nuestros hijos, que vivan en la indefinida
lontananza de los siglos, vern cuadros completamente distintos. Tal vez
entonces, completamente fundido el ventisquero, corra en su lugar
arroyuelo humilde, ni que quede otra huella de aqul que una ligera
convexidad del terreno. La actual llanura, transformada por los cambios
de nivel, habr producido montes que gradualmente se irn elevando.

Y mientras pensamos en la historia de la montaa y su ventisquero, en lo
que fueron y en lo que llegarn  ser, sale el torrente, susurrando, de
los hielos y vase por el mundo  contribuir  la labor de la renovacin
continua de la tierra. El agua, blanquecina  lechosa por las
innumerables molculas de roca triturada que lleva en suspensin, no es
ms que el mismo ventisquero, que ha pasado sbitamente al estado
lquido. Y no es chico, sin embargo, el contraste entre la masa slida,
con sus grietas, sus montones de piedras, sus pendientes fangosas sus
grutas, y el agua que brota alegremente luminosa y serpentea con claro
murmullo entre las flores. Uno de los ms curiosos espectculos de la
montaa es esta brusca aparicin del arroyo que durante todo el curso
por las regiones superiores ha corrido por la sombra, acrecentndose con
los millones de gotitas desprendidas de las hendiduras de las bvedas.
La caverna, de la cual se escapa el torrente, cambia diariamente de
forma segn los derrumbamientos  la fundicin del hielo: no obstante,
es fcil penetrar  cierta distancia en la gruta y admirar sus
estalactitas, sus paredes translcidas, su azulada luz, sus cambiantes
reflejos. Lo extrao y vago del espectculo, la emocin que sobrecoje el
alma, le hacen creer  uno que le han conducido  lugar sagrado. _Tres
veces, mil veces benditos_ se creen los peregrinos indios que, despus
de haber llegado  las fuentes del Ganges, se atreven an  penetrar
bajo la tenebrosa bveda de donde brota el ro santo.

Con gran regularidad, causada por la de las estaciones, llevan los
torrentes del ventisquero  la llanura el agua fecundante y los barros
de aluvin, que provienen del enorme taller triturador que funciona
incesantemente bajo el ventisquero. Durante la estacin del fro en
nuestras zonas templadas, cuando cae la lluvia en los campos con ms
frecuencia y en lugar de evaporarse emprende el camino hacia los ros,
hllase ms apretadamente el ventisquero. Se adhiere por todas partes 
la bveda que le sirve de cauce y no deja salir de ella ms que una
tenue corriente,  veces se cierra enteramente y ni una gota de agua
baja de la montaa. Pero  medida que vuelve el calor y la alegre
vegetacin pide mayor cantidad de agua para sus hojas y sus flores, 
medida que se hace ms activa la evaporacin y tiende  bajar el nivel
de los ros, aumentan los torrentes glaciales, parecen ros temporales y
proporcionan la necesaria humedad  los campos sedientos. As se
establece utilsima compensacin para la prosperidad de las comarcas
regadas por corrientes de agua que alimentan los ventisqueros en parte.
Cuando los afluentes, acrecidos por la lluvia, corren abundantemente,
los torrentes de la montaa llevan muy escaso caudal lquido, pero se
desbordan en cambio, cuando las otras corrientes de agua estn casi
secas. Gracias  ese fenmeno de compensacin, conserva cierta igualdad
el ro al cual van  parar todas las diversas aguas.

En la economa general de la tierra, el ventisquero, inmvil
aparentemente, de fuerza tan lenta y tan tranquila, es un gran elemento
de regularizacin. Es raro que introduzca algn imprevisto desorden en
la naturaleza, como puede ocurrir, por ejemplo, cuando un ventisquero
lateral, empujando un largo muro de escombros  adelantndose  travs
de un riachuelo salido del ventisquero primitivo, acumula las aguas y
forma as un lago incesantemente crecido. Resiste el dique durante mucho
tiempo  la presin de la masa lquida, pero  consecuencia de una
fusin considerable de nieves, de un retroceso del ventisquero,  de
desmoronamientos lentamente producidos por las aguas, puede ceder de
pronto la barrera de hielo y peascos. Entonces se convierte el lago en
alud terrible; mezclada el agua con piedras, tmpanos y todos los restos
arrancados  la orilla, se precipita rabiosamente en el valle inferior;
arranca los puentes, destruye los molinos, arrasa las habitaciones,
desarraiga los rboles de las pendientes bajas, y revolviendo hasta las
praderas, como lo hara la reja de un arado inmenso, las arrolla al
pasar y las confunde con el caos de tal diluvio. Inmenso es el desastre
en los valles que la inundacin recorre, y transmtese su relato de
generacin en generacin.

Pero esos sucesos son raros y hasta se hacen imposibles para lo
porvenir en los pases civilizados, porque las amenazadas poblaciones
cuidan de precaver el peligro abriendo subterrneos de desahogo para los
depsitos lacustres que se forman detrs de un dique movible de hielo 
de piedra. Previstos as sus desmanes, el ventisquero es un bienhechor
de las regiones que han de recorrer sus aguas. El las riega en la
estacin ms temible por la sequa, las renueva con aluviones de tierra
vegetal fresca an y con todos sus elementos de nutricin qumica. El
ventisquero es en realidad un lago, un mar de agua dulce que contiene
billones de metros cbicos; pero ese lago, suspendido en las laderas de
los montes, se vierte lentamente y como con medida. Contiene bastante
agua para inundar todos los campos inferiores, pero reparte sus tesoros
discretamente. Esa helada masa, que ofrece la apariencia de la muerte,
contribuye no poco  la vida y  la fecundidad de la tierra.




CAPTULO XIV

#Los bosques y los pastos#


Con sus nieves y con sus hielos derretidos, que sirven para aumentar el
caudal de torrentes y ros en verano, conserva la montaa la vegetacin
hasta enormes distancias de su base, pero se queda con humedad bastante
para alimentar  su propia flora de bosques, cspedes y musgos, muy
superior, por el nmero de las especies,  la flora de igual extensin
en la llanura. Desde abajo, no divisa la mirada los pormenores del
cuadro que presenta la verdura de la montaa, pero abarca todo el
magnfico conjunto y disfruta de los mil contrastes que la altura, las
fragosidades del suelo, la inclinacin de las pendientes, la abundancia
del agua, la vecindad de las nieves y las dems condiciones fsicas
producen en la vegetacin.

En la primavera, cuando renace todo, da gusto ver el verdor de hierbas y
follaje dominar la blancura de las nieves. Los tallos del prado que
pueden respirar otra vez y ver la luz de nuevo, pierden su tono rojizo
y su apariencia calcinada y adquieren primero un color amarillento y
despus verde hermoso. Multitud de flores esmaltan la pradera: vase
aqu nicamente rannculos, anmonas  prmulas que brotan formando
ramilletes: ms all desaparece el verde bajo la blancura nvea del
gracioso y potico narciso,  al vivo color del azafrn, que es flor
desde la raz hasta la corola.

Cerca de las corrientes de agua abra su delicada flor la parnasia y en
otras partes florecillas blancas y azules, rojas  amarillas, se
multiplican y forman tales muchedumbres, que dan su color  toda la
pendiente vegetal, y desde las vertientes opuestas se puede conocer qu
especie de planta domina en la pradera,  medida que la nieve retrocede
hacia las alturas ante la alfombra de florida verdura. Pronto toman
parte los rboles en la fiesta. Abajo, en las primeras pendientes, los
rboles frutales, despus de haberse librado de la nieve del invierno,
se cubren con la nieve de las flores. Ms arriba, castaos, hayas y
diversos arbustos, se cubren de hojas de verde claro; de un da  otro,
parece que la montaa se ha revestido con un tejido maravilloso de
terciopelo y seda. Poco  poco sube hacia las cimas el nuevo verdor de
bosques y de malezas; escala caadas y barrancos para conquistar las
quebraduras superiores junto al ventisquero. En lo alto, todo inesperado
y alegre aspecto. Hasta las rocas sombras, que parecan negras por su
contraste, con las nieves, adornan sus fragosidades con matas verdes.
Tambin ellas participan de la primaveral alegra.

Menos suntuosos por la exuberancia del verdor y la prodigiosa multitud
de flores, son, sin embargo, los pastos altos ms agradables que las
praderas bajas; ms ntima y benigna es la alegra de sus masas de
verdor. Es ms grato pasearse por la corta hierba y entrar en
conocimiento con las flores que brotan  millares de la alfombra verde.
Incomparable es el brillo de sus corolas. El sol les enva rayos ms
clidos, de ms poderosa y rpida accin qumica, y elabora en la savia
substancias colorantes de ms perfecta belleza. El qumico y el
botnico, armados de sus lentes, comprueban el fenmeno como es debido;
pero sin necesidad de instrumentos bien ve el paseante,  la simple
vista, que ninguna flor de la llanura tiene un azul tan profundo como el
de la diminuta genciana. Las plantas, en su prisa por vivir y gozar,
adquieren mayor hermosura; adrnanse con ms vivos colores, porque la
estacin de la ventura ser corta; cuando haya desaparecido el verano,
la muerte las sorprender.

Deslumbra la vista el brillo que despiden las anchas extensiones de
hierba salpicada con las estrellas de color sonrosado subido del sueo,
con los azules manojos de miosotis, con las anchas flores del aster de
los Alpes, cuyo corazn es de oro. En las pendientes ms secas, en medio
de las rocas ridas, crecen el negro orquiso con fragancia de vainilla,
y el pie de len, cuya flor nunca se marchita, y es smbolo de eterna
constancia.

De esas plantas de brillantes flores, algunas no temen la vecindad de la
nieve y el agua helada. No siente el fro; al lado de los cristales de
nieve circula libremente la savia en los tejidos de la delicada
soldanela, que inclina sobre la nieve su corola de tan puro y suave
matiz: cuando brilla el sol, de ella puede decirse mejor que de la
palmera de los oasis que tiene el pie en el hielo y en el fuego la
cabeza. En la salida misma de las nieves, el torrente, cuya agua lechosa
parece hielo apenas derretido, rodea con sus brazos un florido islote,
encantador ramillete de tallos que se estremecen sin cesar. Ms lejos,
el cauce nevado que la sombra de una roca defendi de los rayos solares,
est esmaltado completamente de flores: la benigna temperatura que
despiden ha derretido la nieve  su alrededor. Parece que brotan de una
copa de cristal de fondo azulado por la sombra. Otras flores de mayor
sensibilidad no se atreven  entrar en inmediato contacto con la nieve,
y cuidan de rodearse de muelle funda musgosa. As hace la clavellina
roja de los vrtices nevados, y semeja un rub colocado en almohadn de
terciopelo en medio de un lecho de blanco plumn.

En las pendientes de la montaa, los bosques alternan con las manchas de
csped, pero nunca al azar. La presencia de rboles grandes indica
siempre, en la vertiente que los produce, tierra vegetal de bastante
espesor y abundante agua de riego: de modo que, gracias  la
distribucin de bosques y praderas, pueden leerse de lejos algunos
secretos de la montaa, siempre que el hombre no haya intervenido
brutalmente derribando los rboles y modificando el aspecto del monte.
Regiones enteras hay en que el hombre, vido de riquezas, ha talado
todos los rboles: no ha quedado ni un tronco, porque las nieves,  las
cuales no detiene ya la barrera viva, resbalan libremente en la
temporada de los aludes. Descarnan el suelo, lo raspan hasta la roca,
llevndose consigo todos los residuos de las races.

La antigua veneracin casi ha desaparecido. En otro tiempo, el leador
apenas se atreva  la selva montaesa: el viento que en ella gema se
le figuraba voz de los dioses. Haba seres sobrenaturales ocultos bajo
la corteza, y la savia del rbol era tambin sangre divina. Cuando
tenan que tocar con el hacha uno de aquellos troncos, lo hacan
temblando, y el montas de los Apeninos deca: Si eres dios  diosa,
perdname; y recitaba devotamente las plegarias propias del caso, pero
no se quedaba muy tranquilo despus de sus genuflexiones.

Al blandir el hacha, vea agitarse las ramas encima de su cabeza.
Parecale que las rugosidades de la corteza adquiran expresin de ira y
se animaban con terrible mirada. Al primer golpe, pareca la hmeda
madera como sonrosada carne de ninfa. El sacerdote lo ha permitido,
pero qu dir la propia divinidad? No retroceder el hacha de pronto,
para hendir el cuerpo de quien la esta manejando?

An quedan hoy mismo rboles adorados: el montas ignora por qu, y no
gusta de que le pregunten sobre ello; pero en muchos sitios existen
encinas respetadas, rodeadas de vallas por los indgenas, para
protegerlas contra los animales y los viajeros errantes. En Bretaa,
cuando un hombre estaba en peligro de muerte y no se hallaba cerca
ningn sacerdote, poda confesarse al pie de un rbol: las ramas le
oan, y su rumor llevaba al cielo la ltima oracin del moribundo.

De todos modos, aunque quede algn tronco respetado en memoria del
tiempo viejo, no inspira ya el bosque aquel terror sagrado. Ahora los
leadores no se andan con tantos miramientos como sus antepasados,
especialmente cuando no derriban bosques que sirven de valladar  los
aludes. Basta con que puedan explotarlos tilmente, es decir, ganando
con la venta de la madera ms de lo que les cuesta la corta y el
transporte. Numerosas selvas conservan su prstina virginidad por lo
difcil que es al explotador llegar hasta ellas y sacar los rboles
cortados. Pero cuando el camino es cmodo, cuando la montaa ofrece
buenos resbaladeros, por los cuales se puede hacer bajar con un solo
impulso los troncos pelados, cuando al pie de la pendiente el torrente
del valle tiene bastante fuerza para arrastrar los rboles en balsas
hasta la llanura  para dar movimiento  poderosas sierras mecnicas, en
gran peligro estn los bosques de caer  manos de los leadores. Si son
explotados con inteligencia, si se regulan cuidadosamente las talas, de
modo que siempre quede en pie bastante rbol para los aos sucesivos, y
se desarrolle en el suelo forestal la mayor fuerza posible de
produccin, puede congratularse la humanidad de las nuevas riquezas que
se le procuran. Pero cuando se corta y destruye de una vez todo el
bosque, como en un acceso de frenes, dan intenciones de maldecir 
quien tal dispuso.

La belleza de los bosques que an quedan en las pendientes de la montaa
hace que echemos de menos, con mayor pena, los que nos han robado
violentos especuladores. Abajo, junto  la llanura, han sido respetados
los bosques de castaos, gracias  las hojas, recogidas por los aldeanos
para la cuadra, y  los frutos que stos mismos comen en las noches de
invierno. Pocas selvas, ni aun en las regiones tropicales, donde
alternan los grupos de rboles de ms diferentes especies, presentan ms
pintoresca variedad que los bosques de castaos. Las pendientes de
csped extendidas al pie de los rboles estn bastante libres de malezas
para que la mirada pueda alcanzar numerosas perspectivas por debajo de
las ramas. En muchos sitios deja pasar la verde bveda la luz del cielo:
la sombra gris y el rayo suavemente dorado oscilan segn el movimiento
del follaje: musgos y lquenes que cubren con sus tapices la rugosa
corteza, acrecen la suavidad de luces y sombras fugitivas. Los mismos
rboles, bien irguindose aislados, bien formando grupos, difieren de
aspecto y de forma. Casi todos, por los surcos de la corteza y la
direccin de sus ramas, parecen haber sufrido un movimiento de torsin
de izquierda  derecha; pero mientras unos tienen el tronco bastante
liso y bifurcan regularmente sus ramas, otros tienen extraas jorobas,
nudos y verrugas caprichosamente adornadas con hojas. Hay rboles viejos
de enorme tronco que han perdido sus ramas mayores  consecuencia de las
tempestades y las han sustitudo con tallitos puntiagudos como lanzas:
otros conservan completo el ramaje, pero estn podridos por dentro;
royles el tronco el tiempo, abrindoles profundas cavernas y no
dejndoles  veces ms que una ligera capa de madera cubierta de corteza
para sostener todo el peso de la vegetacin superior. Vse de cuando en
cuando en el suelo huella de una cepa de poderosa dimensin: desapareci
el rbol, pero alrededor de aquella ruina vegetal crecen otros castaos,
unidos antes al gigantesco pilar y aislados ahora, encogidos, limitados
 su ruin individualidad. De modo que el bosque presenta diversidad
grandsima. Al lado de rboles bien crecidos, de aspecto soberbio y
porte majestuoso, hay grupos cuyas extraas formas evocan en la
imaginacin los monstruos del sueo  de la fbula. Mucho ms
semejantes unas  otras son las hayas, que tambin gustan de asociarse y
formar bosques, como los castaos. Casi todas son rectas como columnas,
y la extensin abierta entre los fustes permiten  la vista alcanzar
largas distancias. Las hayas son lisas, de brillante corteza cubierta
por el liquen, y de verde musgo en la base; mazorquillas de hojas
adornan la parte baja del tronco, pero los ramajes se extienden  quince
metros de altura y se unen de rbol en rbol en continua bveda,
perforada por rayos paralelos que forman dibujos en la hierba. El
aspecto de la selva es severo y hospitalario al mismo tiempo.

Suave claridad, compuesta de hacecillos brillantes y  la cual comunican
entonacin verde las hojas, llena los paseos y se mezcla con la sombra
para producir una impresin de luz cenicienta, sin crudeza de matices,
pero tambin sin obscuridad. Tal claridad hace ver bien cuanto vive al
pie de los rboles grandes; los insectos que se arrastran, las
florecillas que se balancean, los hongos y musgos que alfombran tierra y
races, y sobre los mismos rboles, lquenes blancos y dorados que se
mezclan y confunden con los rayos de luz. Segn las estaciones, cambia
incesantemente de apariencia el bosque de hayas. En otoo, el follaje
adquiere diversos tonos, dominando los matices obscuros y rojizos;
marchitase despus y cae  tierra y la cubre con espesa capa de
hojarasca que zumba al menor soplo de aire. Penetra libremente la luz
solar en el bosque por entre las desnudas ramas, pero penetran tambin
nieves y brumas. Permanece triste y sombro el bosque hasta la
primavera, cuando las primeras flores se abren junto  los charcos de
nieve derretida, cuando las sonrosadas yemas irradian sobre todo el
ramaje como una vaga luz auroral.

Ms sombra y de ms terrible apariencia es la selva de abetos que crece
 la misma altura que las hayas en la vertiente de la montaa, pero con
diferente expansin. Parece guardar un terrible secreto: brotan de sus
ramas rumores sordos y despus se extinguen para renacer de nuevo, como
el murmullo lejano de las olas. Arriba es, en las copas, donde el ruido
se propaga; abajo todo est inmvil, impasible y siniestro. Las ramas,
cargadas de negro follaje, se inclinan hasta el suelo, y estremece el
pasar bajo aquellas bvedas sombras. Cuando el invierno cargue de nieve
las robustas ramas, no se doblarn, y slo dejarn caer en el csped
plateado polvo. Parece que poseen estos rboles tenaz voluntad, tanto
ms poderosa, cuanto que les une  todos el mismo pensamiento. Trepando
por la selva hacia la cumbre de la montaa, se ve que los rboles tienen
que luchar cada vez ms para conservar su existencia en la atmsfera,
que se va enfriando. Su corteza es ms rugosa, su tronco menos recto,
sus ramas ms nudosas, su follaje menos abundante y ms duro. Slo
pueden resistir  las nieves,  las tempestades y al fro por el abrigo
que se dan unos  otros. Aislados, pereceran; unidos en el bosque,
continan viviendo, Pero si por la parte de la cima los rboles que
forman el primer valladn de defensa llegan  ceder en cualquier punto,
pronto conmover y derribar la tormenta  sus compaeros. Presntase el
bosque como un ejrcito, formando  sus rboles en batalla, como si
fueran soldados. nicamente dos  tres abetos, ms robustos que los
restantes, se han adelantado, semejantes  campeones. Slidamente
arraigados en la roca, bien plantados, acorazados con rugosidades y
nudos como con una armadura, desafan  las borrascas y sacuden de
cuando en cuando sus penachos de bohojasHe visto  uno de sus hroes que
se haba apoderado de una punta aislada y dominaba desde all inmensa
extensin de caadas y barrancos. Sus races, que no haba podido cubrir
la poco profunda tierra vegetal, envolvan  la roca hasta larga
distancia: rastreras y tortuosas como serpientes, se reunan en un
tronco bajo y nudoso que pareca tomar posesin de la montaa; las ramas
del rbol luchador se haban torcido ante los ataques del viento, pero
slidas y recogidas sobre si mismas, podan arrostrar an el esfuerzo de
cien tempestades.

Por encima de los bosques de abetos y de su vanguardia expuesta  todas
las tempestades, todava crecen rboles, pero son de especie que, en vez
de elevarse hacia el cielo, se arrastran por la tierra y se escurren
miedosamente por las fragosidades para huir del fro y del viento. Se
desarrolla en ellos la anchura: las ramas, que serpentean como races,
se repliegan sobre stas y aprovechan su escaso calor. As se juntan
unos  otros los carneros para calentarse durante las noches de
invierno, Achicndose, ofreciendo poco cuerpo  la tormenta, poca
superficie al fro, los enebros de la montaa consiguen conservar su
existencia, se le ve an arrastrarse hacia las nevadas cimas 
centenares de metros por encima del abeto ms atrevido en el asalto.
Tambin los arbustos como el rosal de los Alpes y el brezo logran subir
 grandes alturas, gracias  la forma esfrica  de cpula que tienen
todas sus ramas apretadas una contra otra. El viento resbala en estas
bolas vegetales. Pero ya ms arriba tienen que renunciar  luchar contra
el fro y dejar sitio  los musgos que se extienden por el suelo y  los
lquenes que se incorporan  la roca. La vegetacin sali de la piedra,
y  la piedra vuelve.




CAPTULO XV

#Los animales de la montaa#


Rica por su vegetacin en selvas, arbustos, praderas y musgos, la
montaa parece pobre de animales: estara casi completamente desierta si
el pastor no le llevara sus rebaos de vacas y ovejas que se ven de
lejos, sobre el verdor de los pastos, como puntitos rojos  blancos, y
si los celosos perros de ganado no corrieran continuamente  derecha 
izquierda, haciendo repetir sus ladridos  los ecos. Esos son
inmigrantes temporales que en primavera subieron de las llanuras bajas,
 las cuales volvern en invierno, como no se les oculte en el fondo de
los establos en las aldeas del valle. Los nicos hijos de la montaa que
se encuentran al trepar por las pendientes son insectos que atraviesan
los senderos, escurrindose entre la hierba,  zumbando por el aire;
mariposas entre las cuales se nota al erebo negro de metlicos reflejos
y al magnfico Apolo, viviente flor que revolotea entre otras flores
ac y acull, algn reptil que desaparece entre unas piedras. Pocas aves
cantan en los bosques silenciosos.

No obstante, la montaa, fortaleza natural que se yergue entre las
llanuras, tiene tambin sus huspedes: unos, temerosos fugitivos, que
buscan inaccesible refugio; otros, ladrones atrevidos, animales rapaces
que desde sus atalayas examinan el horizonte  lo lejos antes de
emprender sus excursiones de pillaje.

Cosa extraa y que da  comprender la cobarda de los hombres: las
bestias montaraces que destrozan y matan  las dems son precisamente
las ms admiradas. Se les dara con gusto la realeza, y en mitos,
fbulas, leyendas y hasta en algn libro viejo de historia natural, se
les da el nombre de reyes.

Empecemos por el guila y otras aves de rapia y carniceras que todos
los seores de la tierra han elegido como emblema, ponindoles  veces
dos cabezas, como si quisieran ellos tener dos bocas para devorar. Es
hermosa ciertamente el guila cuando se planta altanera sobre peasco
inaccesible  los hombres, y ms magnfica todava cuando se cierne
tranquilamente en los aires, soberana del espacio. Pero poco importa su
belleza. Si el rey la admira, el pastor la odia, y le ha declarado
guerra mortal, por enemiga del rebao. Pronto no habr guilas, buitres
ni gipactos ms que en los museos: ya no se ve en muchas montaas ni un
nido,  el nico que queda no guarda ms que un pajarraco solitario y
desconfiado, viejo, medio tullido y comido por los parsitos.

Tambin el oso es un devorador de carneros, y tarde  temprano el pastor
lo exterminar en las montaas. A pesar de su prodigioso vigor, del arte
con que tritura los huesos, no es el favorito de los reyes, que no deben
de encontrarlo bastante elegante para figurar en sus blasones: en
cambio, muchos pueblos le quieren por sus cualidades y hasta el cazador
que le persigue siente por l, aun sin querer, cierta simpata. El
ostiak, despus de haberle dado el ltimo golpe y haberlo tendido,
cubierto de sangre en la nieve, se arrodilla ante el cadver para
implorar su perdn y le dice: Te he matado, pero tenamos hambre mi
familia y yo, y eres tan bueno, Dios mo, que habrs de perdonar mi
crimen. Sin embargo, no nos hace  nosotros el efecto de un dios, pero
parece honrado, cndido y benvolo. Qu bien practica las virtudes
familiares! Qu bueno es para sus cachorros, y qu alegres, saltarines
y caprichosos son stos! Las costumbres patriarcales de que con tanto
encomio se nos habla, hay que ir  buscarlas  la caverna del oso   su
enorme nido, cmodamente tapizado de musgo. Verdad es que el animal da
de cuando en cuando algn mordisco  los carneros del pastor, pero
generalmente es la misma sobriedad. Se contenta con mascar hojas, pacer
arndanos, saborear panales de miel:  veces se arriesga  bajar  la
playa para ir  comer tranquilamente uvas y peras en la planta que las
produce.

Tsendi, naturalista suizo, afirma bajo palabra de honor que si el buen
animal se encuentra en el camino  alguna chica con su cesto de fresas,
se conforma con colocar delicadamente la pata en el cesto para pedir su
parte. Y cuando entra al servicio del hombre es servicial y magnnimo:
tiene buen humor y desdea las injurias. Siento mucho, sin poderlo
remediar, que desaparezca de nuestras montaas el oso, cuyas patas suele
clavar orgullosamente el cazador en la puerta del hrreo. Quedar
suprimida la raza, pero creo que, con ms inteligencia, se hubiera
podido domesticar asocindole  nuestras labores.

En cambio nadie echar de menos al lobo cuando haya desaparecido
completamente de la montaa. Ese s que es un bicho sanguinario,
prfido, malfico, cobarde y vil por todos cuatro costados. No piensa
ms que en desgarrar  la vctima y en beberse la sangre que brota
caliente de la herida. Todos los animales le odian, y  todos los odia
l, pero no se atreve  atacar ms que  los dbiles   los heridos.
Slo el frenes del hambre puede impulsarle  meterse con otro ms
fuerte. En cambio se apresura  lanzarse sobre la presa ya cada, sobre
un enemigo que no puede defenderse. Hasta cuando un lobo acaba de caer,
vivo todava, herido por la bala del cazador, arrjanse todos sus
compaeros sobre l para rematarlo y disputarse sus restos. Roma la
sangrienta ha dejado recuerdo cargado con todas las maldades
imaginables: arras ciudades  millares, destroz hombres  millones, se
hart de todas las riquezas terrestres, fu la reina del antiguo mundo
por infamias innumerables; por perfidias y por violencias, y  pesar de
todos sus crmenes todava se ha calumniado  s misma, tomando  una
loba por abogada y madre. El pueblo cuyas leyes, bajo apariencia
distinta, nos rigen hoy, era realmente feroz y duro, pero no tan malo
como pudiera hacerlo creer el smbolo, que eligi.

Para el que gusta de la montaa, es muy grato saber que el lobo, sr
odioso, es animal de las grandes llanuras. La destruccin de las
arboledas natales y el creciente nmero de los cazadores le han obligado
 refugiarse en los alfoces de las alturas, pero no ha dejado de ser un
intruso. Sus condiciones naturales son  propsito para dar carreras de
cincuenta leguas por las estepas  para trepar por las rocas. El animal
 quien la forma de su cuerpo y la elasticidad de sus msculos dieron
mayores facilidades para brincar de pea en pea y saltar las grietas es
la graciosa gamuza, el antlope de nuestras comarcas. Ese es el
verdadero habitante de la montaa. Ningn precipicio le espanta, ninguna
pendiente nevada le asusta; trepa en dos brincos por fragosidades
vertiginosas que el cazador ms valiente no se atrevera  escalar:
colcase de un salto en rebordes menos anchos que sus cuatro patas,
reunidas en un solo soporte, y aunque es animal terrestre, parece alado.
Adems, es benigno y sociable: con gusto se confundira con nuestros
rebaos de cabras y ovejas: pocos esfuerzos seran necesarios para que
aumentara el nmero de nuestros animales domsticos; pero es ms fcil
matarlo que domarlo, y las pocas gamuzas que quedan estn reservadas
para dar gusto al cazador. Probable es que desaparezca pronto la raza, y
al fin y al cabo ms vale morir libremente que vivir en la esclavitud.

Ms arriba an que la gamuza, en vericuetos y peas rodeadas de nieve
por todas partes, han escogido albergue otros animales. Uno de estos es
una especie de liebre que sabe cambiar de librea todas las estaciones,
de manera que su piel se confunde con el suelo que la rodea, y as se
escapa  la perspicaz vista del guila. En invierno, cuando todo est
cubierto de nieve, su piel es tan blanca como los copos: en primavera,
cuando matas y guijarros aparecen  trechos entre la capa de nieve, el
pelaje del animal se matiza con manchas grises: en verano, es del color
de las piedras y del csped abrasado, y despus, en otro brusco cambio
de estacin, cambia tambin bruscamente de pelo.

An mejor protegida, la marmota pasa el invierno en la profunda
madriguera, en donde la temperatura es igual siempre,  pesar de las
espesas capas de nieve que cubren el suelo, y durante meses enteros
suspende el curso de su vida hasta que el perfume de las flores y los
rayos primaverales la despiertan de su sueo letrgico.

Finalmente, uno de esos roedorcillos activos y despiertos siempre que se
encuentran en todas partes, se ha decidido llegar  la cumbre de la
montaa, abriendo tneles y galeras por debajo de la nieve: es el
campaol. Cubierto con tan helada capa, busca por el suelo su escaso
alimento, y lo encuentra, lo cual es maravilloso.

Tal es la fecundidad de la tierra, que produce para la incesante batalla
de la vida poblaciones de devoradores y de vctimas que combaten en la
obscuridad  ms de mil metros sobre el lmite de las nieves perpetuas.
Esa terrible lucha por la existencia, cuyo odioso espectculo me haba
echado de las llanuras, se encuentra tambin arriba, en las capas de
tierra helada.

Muchas veces se cierne el ave de rapia en regiones aun ms altas, pero
es para viajar de una  otra pendiente de la montaa  para vigilar la
extensin en lontananza y descubrir una presa. Mariposas y liblulas,
arrebatadas por la alegra de revolotear al sol, se elevan  veces hasta
la zona ms alta de la montaa, y sin prever el fro de la noche siguen
subiendo hacia la luz; con mucha frecuencia vnse arrastrados los pobres
animalillos, as como moscas y otros insectos, hacia las cumbres
superiores por vientos de tormenta, y sus despojos alfombran, mezclados
con el polvo, la superficie de la nieve. Pero adems de esos forasteros
que voluntariamente  por fuerza visitan las regiones del silencio y de
la muerte, existen indgenas que se encuentran all realmente en su
casa, sin que les parezca demasiado fro el aire  demasiado helado el
suelo. Extindese  su alrededor la callada inmensidad de las nieves,
paro hay puntas de rocas que, de trecho en trecho, son para ellos los
oasis en medio del desierto, y sin duda all, en medio de los lquenes,
encuentran el alimento necesario  su subsistencia. De todos modos,
milagroso es que lo hallen, y los naturalistas se asombran al
comprobarlo.

Araas, insectos  aradores de las nieves, todos estos animalejos deben
de conocer el hambre, y quizs los diversos fenmenos de su vida se
verifiquen con extraordinaria lentitud. En ese imperio de la escarcha,
las crislidas deben permanecer mucho tiempo entumecidas en su sueo de
aparente muerte.

No slo se revela la vida junto  la nieve, sino que hasta la propia
nieve vive en ciertos sitios, tal es en ella el pulular de animalillos.
Se divisan desde lejos, en la extensin blanca, grandes manchas rojas 
amarillas. Los montaeses dicen que es nieve podrida. Los sabios,
armados con el microscopio, dicen que son billones y billones de seres
que se agitan, viven, se quieren, se reproducen y acaban por comerse
unos  otros.




CAPTULO XVI

#El escalonamiento de los climas#


Los naturalistas que recorren la montaa estudiando los seres vivientes
que la habitan, plantas  animales, no se limitan  estudiar las
especies en su forma y en sus costumbres actuales: quieren conocer
tambin la extensin de su dominio, la distribucin general de sus
representantes en las pendientes y la historia de su raza. Consideran 
los innumerables seres de una misma especie, hierbas, insectos 
mamferos, como  un individuo inmenso, cuyas moradas todas en la
superficie de la tierra y cuya duracin en la serie de las edades deben
ser conocidas.

Escalando una vertiente de la montaa, el viajero observa al principio
cun poco numerosas son las plantas que le acompaan hasta la cumbre.
Las que ha visto en la falda y en las primeras quebraduras, no las
vuelve  ver en las ms elevadas pendientes; y si algunas quedan,
desaparecen junto  las nieves para que las sustituyan otras especies.
Es un cambio continuo en el aspecto de la flora, conforme su aproxima
uno  las altas cumbres. Hasta cuando la planta de las colinas
inferiores contina apareciendo al lado del sendero contiguo  la nieve,
parece que cambia poco  poco. Abajo ya se marchitaron sus flores,
cuando en las alturas apenas estn en capullo: all ha pasado ya por el
verano: aqu todava est en la primavera.

Claro es que no puede medirse exactamente la altura en que tal planta
deja de crecer y tal otra empieza  mostrarse. Mil condiciones de
terreno y de clima contribuyen continuamente  mover, ensanchar y
estrechar los lmites que separan el dominio natural de las diferentes
especies. Cuando cambia el terreno, cuando sucede la roca  la tierra
vegetal  la arcilla  la arena, numerosas plantas suceden tambin 
otras. Igual contraste se presenta cuando el agua empapa la tierra 
cuando falta en el suelo sediento, cuando el viento sopla libremente en
todo su furor  cuando encuentra algo que sirva de obstculo  su
violencia. A la salida de los callejones en que se abisman las
tempestades, hay pendientes tan barridas por su spero aliento, que
rboles y arbustos se detienen ante l, como se pararan ante una
muralla de hielo. En otras partes vara la vegetacin segn lo escarpado
de las fragosidades. En los acantilados verticales no hay ms que
musgos: nicamente las malezas pueden agarrarse  las inclinadas paredes
de los precipicios. Si la pendiente es menos rpida, pero aun
inaccesible para el hombre, se arrastran los rboles entre las rocas y
se agarran  las hendiduras con sus races; en las planicies se
enderezan, en cambio, los tallos y se extiende el follaje. Vara la
esencia de los rboles generalmente tanto como su altura. Donde la
diferencia de las pendientes fu originada por la de las hiladas
roquizas que los agentes atmosfricos han atacado con desigualdad,
ofrece la montaa una sucesin de escalones paralelos de vegetacin del
efecto ms extrao. Piedras y plantas cambian  la vez en regulares
alternativas.

De todos los contrastes de vegetacin, el ms importante en su conjunto
es el que produce la diferencia de exposicin  los rayos solares. Al
penetrar en un valle regular, dominado por uniformes vertientes, una al
Norte y otra al Medioda, puede verse cunto modifica la vegetacin en
ambas pendientes la diferencia de luz y de calor;  veces es absoluto el
contraste y presenta dos regiones terrestres que parecen hallarse 
centenares de leguas una de otra. A un lado estn los rboles frutales,
los cultivos, las praderas opulentas: enfrente no hay campos ni
jardines: no se ven ms que bosques y pastos. Hasta las selvas que
crecen una frente  otra en las dos vertientes, encierran especies
diversas. All arriba, bajo la plida claridad que refleja el cielo del
Norte, hay abetos de ramas obscuras:  la claridad vivificadora del
medioda, viven tan  gusto como en una espaldera los alerces de
delicado verdor. Como las plantas que buscan para florecer los rayos del
sol, el hombre ha elegido para morada suya las pendientes que miran al
Medioda. Por aquel lado las casas estn contiguas al camino en lnea
casi continua, y las queseras se esparcen como rocas grises en los altos
pastos. Sobre la vertiente fra que est enfrente slo se ve alguna
casuca albergada en los pliegues de un barranco.

Las pendientes de la montaa son diferentes por el aspecto, el clima y
la vegetacin, pero tienen un fenmeno comn, y es que al subirlas
parece que se dirige uno  los polos de la tierra: si se trepa cien
pasos ms arriba parece verse transportado el viajero  cincuenta
kilmetros ms lejos del Ecuador. Hay cima que se ve erguirse encima de
la cabeza del espectador y cuya flora se asemeja  la de Escandinavia;
pasada esta punta para elevarse ms arriba, se entra en Laponia y  una
altura mayor se encuentra la vegetacin del Spitzberg. Cada montaa es,
por sus plantas, como un resumen de todo el espacio que se extiende
desde su base hasta las regiones polares,  travs de los continentes y
los mares. En sus relatos dan  veces los botnicos testimonio del
jbilo, de la emocin que sienten cuando, despus de haber escalado
rocas vivas, de haber recorrido las nieves, de haber andado  lo largo
de abiertas grietas, llegan  un espacio libre,  un jardn, cuyas
floridas plantas les recuerdan algunas tierras queridas del Norte
lejano, quiz de su patria, situada  millares de kilmetros de
distancia. Realizse para ellos el prodigio de las Mil y una noches: con
slo algunas horas de caminata, htelos transportados  otra naturaleza,
 un nuevo clima.

Todos los aos, algunos desrdenes violentos, pero temporales,
trastornan esta regularidad del escalonamiento de la flora. Pasendose
por recientes derrumbaderos  junto  los montones de tierra trados
desde lo alto de las montaas por las aguas torrenciales, el botnico
observa frecuentes perturbaciones en la distribucin de las tribus
vegetales. Esos fenmenos le interesan, porque,  fuerza de estudiar las
plantas, se acaba por simpatizar con ellos. Este espectculo que le hace
palpitar el corazn reconoce por causa la forzada expatriacin de
hierbas y musgos violentamente arrastrados  un clima para el cual no
nacieron. Al caer  al resbalar desde las fragosidades superiores, las
rocas se han llevado flores, simientes, races, tallos enteros.
Semejantes  los fragmentos de un planeta lejano que hicieran
desembarcar en la tierra  habitantes de otros mundos, esas rocas cadas
de la cumbre tambin sirven de vehculo  colonias de plantas.
Asombradas las pobrecillas de respirar otra atmsfera, de encontrarse en
otras condiciones de fro y de calor, de sequedad y de humedad, de
sombra y de luz, procuran aclimatarse en su nueva patria. Algunas de
ellas consiguen sostenerse contra la muchedumbre de plantas indgenas
que los rodea, pero la mayor parte, por ms que se agrupan y se
aprietan unas contra otras como refugiadas  quienes odia todo el mundo
(y que se quieren ms unas  otras por lo mismo), vnse condenadas 
perecer en breve plazo. Asaltadas por todas partes por los antiguos
propietarios del terreno, acaban por abandonar el sitio que el
derrumbamiento de su roca madre le haba hecho conquistar violentamente.
El botnico, que las estudia en su nuevo ambiente, las ve perecer poco 
poco. Despus de algunos aos de residencia, ya no se componen las
colonias ms que de un corto nmero de individuos enfermizos, que acaban
por ser ahogados tambin. As es, como, en nuestra humanidad, van
muriendo sucesivamente colonos extranjeros, en medio de un pueblo que
los odia y un clima que les es contrario.

A pesar de las irregularidades temporales, el escalonamiento de la flora
en las laderas de las montaas conserva, pues, el carcter de una ley
constante.

De dnde procede este extrao reparto de plantas por la superficie del
globo? Por qu especies originarias de las ms lejanas comarcas se han
juntado formando colonias en las altas fragosidades de los montes?
Indudablemente las semillas de algunas de ellas habrn podido ser
transportadas por las aves y por los vientos tempestuosos, pero la mayor
parte tienen simientes que no sirven para alimento de aves y pesan
demasiado para adherirse  las plumas de sus patas. Entre las plantas
de regiones fras que colonizan la montaa, hay familias enteras que
nacen de cebollas, y seguramente ni el viento ni las aves han podido
llevarlas atravesando continentes y mares.

Es necesario por consiguiente que las plantas se hayan propagado de
trecho en trecho, por invasiones graduales, como acontece en nuestros
campos y praderas. Las colonias que hoy se ven en los altos jardines
rodeados de nieve, han subido lentamente desde la llanura, mientras
otras plantas de la misma especie, andando en sentido contrario, se
dirigan hacia las regiones polares, en las cuales habitan en la
actualidad. Sin duda era entonces el clima de nuestros campos tan fri
como lo es hoy el de las grandes cimas y la zona boreal; pero poco 
poco se hizo ms benigna la temperatura: las plantas  quienes agrada el
spero aliento del invierno tuvieron que huir, unas hacia el Norte,
otras hacia las pendientes de los montes. De las dos fajas fugitivas,
separadas por una zona siempre creciente, ocupada por especies enemigas,
la que se retiraba hacia la montaa vea disminuir el espacio ante ella,
en proporcin  la suavidad del clima: ocup primero las estribaciones
de la falda, despus las pendientes medias, despus las altas cimas, y
ahora tienen algunas como refugio ltimo las crestas supremas de la
montaa. Si el clima vuelve  enfriarse  consecuencia de algn cambio
csmico, emprendern de nuevo las plantas su viaje hacia la llanura:
victoriosas otra vez, arrojarn  otra parte  las especies que
necesitan ms suave temperatura. Segn las alternativas de los climas y
sus ciclos inmensos, los ejrcitos de plantas adelantan  retroceden por
la superficie del globo, dejando detrs grupos de rezagados que nos
revelan cul fu en otro tiempo la marcha del cuerpo principal.

Los mismos fenmenos ocurren en las tribus de los hombres que en la de
los animales y plantas. Durante las oscilaciones del clima, pueblos de
diferentes razas que no podan adaptarse  tan variable medio, se
dirigan lentamente hacia el Norte  el Sur, ahuyentados por el exceso
del calor  del fri. Desgraciadamente, la historia, que an no haba
nacido, no ha podido contarnos todo el ir y venir de aquellos pueblos, y
por otra parte, en sus mayores emigraciones, obedecen siempre los
hombres  un conjunto de pasiones mltiples que no saben analizar.
Muchas tribus han andado as y han cambiado de morada, sin darse cuenta
de lo que las impulsaba hacia adelante. En seguida contaban en sus
tradiciones que las haba guiado una estrella  una columna de fuego, 
que haban seguido el vuelo de un guila  que haban ido colocando sus
pies en las huellas del casco de un bisonte.

Si la historia enmudece  dice pocas palabras sobre las marchas y
contramarchas que los cambios de climas han impuesto  los pueblos,
basta en cambio con mirar, para ver cmo responde la diferencia de los
hombres en las laderas opuestas de casi todas las montaas,  la
diversidad de temperatura y de medio ambiente. Cuando  cada lado del
monte es poco sensible el contraste de los climas, ya porque la
direccin de toda la hilera de alturas es de Norte  Sur, ya porque
vientos del mismo origen y cargados de igual cantidad de humedad rieguen
ambas vertientes, pueden entonces los hombres de una misma raza
distribuirse libremente en una y otra parte, entregarse  los mismos
cultivos,  iguales industrias, practicar anlogas costumbres. La
muralla que se yergue entre ellos, interrumpida quiz por varias
brechas, no es un muro de separacin. Pero si la montaa y toda la serie
de cimas que le corresponden tienen una vertiente vuelta hacia el Norte
y sin vientos fros, y la opuesta recibe de lleno los suaves rayos del
Medioda,  bien por una parte los vapores del mar se resuelven en
torrentes, mientras por la otra estn siempre secas las hondonadas,
ciertamente que la flora, la fauna y la humanidad de ambas vertientes
ofrecern el ms notable contraste. Cada paso que da el viajero, despus
de haber doblado el vrtice, le presenta una nueva naturaleza: penetra
en un mundo donde hace descubrimiento sobre descubrimiento. Prase ante
una hierba olorosa que nunca haba visto: una extraa mariposa revolotea
ante l: mientras estudia las nuevas especies de plantas  animales 
procura darse cuenta del conjunto de los rasgos de aquella naturaleza
desconocida, se le acerca un pastor, hombre de otra raza y de otra
civilizacin: hasta su idioma es distinto.

Separando dos zonas de climas, la cresta de la montaa tambin separa
dos pueblos, y este es un fenmeno constante en cuantos pases de la
tierra donde la conquista no ha mezclado  suprimido brutalmente las
razas; y aun  pesar de las violencias de la conquista, ese contraste
normal entre las poblaciones de ambas vertientes se ha restablecido con
frecuencia. Ejemplo de ello presenta la historia de Italia. El esplendor
de aquel pas fascin  los brbaros del Norte y del Noroeste. Muchas
veces, franceses y alemanes, atrados por la riqueza del territorio, por
los tesoros de las ciudades, por el sabor de los frutos, por todas sus
bellezas naturales, se precipitaron en armadas muchedumbres sobre las
llanuras que rodea el grandioso hemiciclo de los Alpes. Por ms que han
matado, incendiado y destruido, por ms que han ocupado el sitio de los
vencidos, por ms que han edificado ciudades y han construido
ciudadelas, la poblacin nativa ha acabado por triunfar de ellos. Y los
extranjeros, ya celtas, ya teutones, han tenido que volver  pasar los
Alpes.

As es que los montes, rugosidades relativamente insignificantes en la
superficie del globo, sencillos obstculos, que el hombre puede
atravesar en un da, tienen gran importancia histrica como fronteras
naturales entre naciones diversas. Ese papel en la vida de la humanidad,
menos lo deben  la falta de caminos,  lo fragoso de sus vericuetos, 
su zona nevada y de rocas infecundas, que  la diversidad y  veces  la
enemistad de las poblaciones domiciliadas en las dos opuestas faldas. La
historia de lo pasado nos ensea que todo lmite natural, colocado entre
pueblos por un obstculo difcil de salvar, montaa, meseta, desierto 
ro, es al mismo tiempo frontera moral para los hombres. Como en los
cuentos de hadas, se fortificaba con invisible muro, erigido por el odio
y el desprecio. El hombre que llegaba allende los montes, no era slo un
extranjero, sino un enemigo. Odibanse los pueblos, pero  veces un
pastor, mejor que todos los de su raza, cantaba bajito algunas palabras
de cndido afecto, mirando por encima de la montaa. l saba, por lo
menos, salvar la elevada barrera de nieves y de rocas. Su corazn saba
considerar como patria ambas vertientes. Un antiguo canto de nuestros
Pirineos cuenta este triunfo en un sentimiento dulce sobre la naturaleza
y sobre las tradiciones de odios nacionales:

  _Baicha-bous, montagnos! Planos, havussa bous!
  Daqu pousqui bede oun sonn mas amous_!

  Bajos, montaas! alzos, llanuras!
  Y que yo ver pueda do estn mis amores!




CAPTULO XVII

#El montas libre#


Las rugosidades formadas en la superficie terrestre por montaas y
valles son por consiguiente un hecho capital en la historia de los
pueblos, y explica  veces sus viajes, sus emigraciones, sus conflictos
y sus diversos destinos. As es como una topera, que surge en un prado,
en medio de poblaciones de insectos solcitos que andan yendo y
viniendo, cambia inmediatamente todos los planos y hace desviar en
sentido inverso la marcha de las tribus viajeras.

Separando con su enorme masa las naciones que por una y otra parte
sitian sus vertientes, la montaa protege tambin  los habitantes,
generalmente poco numerosos, que han ido  buscar asilo  los valles.
Los abriga, los hace suyos, les da costumbres especiales, cierto gnero
de vida, particular carcter. Sea cual fuere su raza originaria, el
montas se ha hecho tal como es, bajo la influencia del medio que le
rodea. La fatiga del trepar y del bajar penosamente, la sencillez del
alimento, el rigor de los fros invernales, la lucha contra la
intemperie han hecho de l un hombre aparte, le han dado una actitud, un
andar, un juego de movimientos muy diferente de los usados entre sus
vecinos de la llanura. Le han dado adems un modo de pensar y de sentir
que le distingue. Han reflejado en su espritu, como en el del marino,
algo de la serenidad de los grandes horizontes: tambin en muchos sitios
le han asegurado el tesoro inapreciable de la libertad.

Una de las causas que ms han contribudo  sostener la independencia de
ciertos pueblos montaeses, es que para ellos el trabajo solidario y los
esfuerzos de conjunto son una necesidad. Todos son tiles para cada uno,
y cada uno para todos. El pastor que va  los pastos altos  guardar los
rebaos de la comunidad, no es el menos necesario  la prosperidad
general. Cuando ocurre un desastre, aydanse todos mutuamente para
enmendar el dao. Si el alud se ha desplomado sobre algunas cabaas,
todos trabajan en el desescombro. Si la lluvia ha desmoronado los
campos, que se cultivan en gradas sobre las pendientes, todos se ocupan
en recoger la tierra que se ha venido abajo y subirla en espuertas hasta
la vertiente de donde se cay. Si el torrente desbordado ha cubierto de
piedras las praderas, todos se afanan en limpiar el csped de tales
escombros que lo ahogan. Cuando en invierno es peligroso arriesgarse
entre la nieve, cuentan unos con la hospitalidad de los otros. Todos
son hermanos y pertenecen  la misma familia. As es que cuando los
atacan, resisten de comn acuerdo, movidos, digmoslo as, por un solo
pensamiento. Por otra parte, la vida de combates sin tregua contra toda
clase de peligros y quiz tambin el aire puro y saludable que respiran
los convierten en hombres atrevidos y desdeosos de la muerte.
Trabajadores pacficos,  nadie atacan, pero saben defenderse.

La montaa protectora les da medios para precaverse contra la invasin.
Defiende el valle con estrechos desfiladeros de entrada, en que algunos
hombres bastan para detener  grandes grupos: oculta sus frtiles valles
en los huecos de grandes terraplanes cuyas fragosidades parecen
inaccesibles. En ciertos sitios est perforada por cavernas que se
comunican entre s y pueden servir de escondrijos.

En la pared de un desfiladero que visitaba yo con frecuencia, haba una
de esas fortalezas ocultas. Con gran trabajo pude llegar  la entrada
agarrndome  las asperezas de la roca y  algunas ramas de boj que
haban arraigado en las hendiduras. Mucho ms difcil hubiera sido
escalarla para los asaltantes. Peascos amontonados en la boca de la
gruta estaban dispuestos  rodar, saltando de punta en punta, hasta el
torrente. A cada lado de la entrada, la roca, absolutamente recta y
lisa, no hubiera dejado pasar ni  una serpiente: encima, el acantilado
que la dominaba, protega la abertura como prtico gigantesco, y,
adems, medio la cerraba un gran muro. La gruta era inexpugnable,  no
ser por sorpresa. Los enemigos tenan que conformarse con vigilarla de
lejos, pero cuando no oan salir de ella ningn rumor, cuando se
arriesgaban  encaramarse hasta all para contar los cadveres,
encontraban las galeras subterrneas completamente vacas. Los
habitantes se haban escurrido de caverna en caverna hasta otra salida
secreta oculta entre malezas. Haba que empezar de nuevo la caza, que 
veces se terminaba por desdicha, capturando  las vctimas. El hombre es
una presa para el hombre.

En ciertos sitios en que la montaa no presenta cavidades propicias, una
roca aislada en el valle, una roca de planos perpendiculares era la que
serva para fortaleza. Cortada verticalmente por los tres lados que
rodea el torrente en su base, slo era accesible por una sola vertiente,
y por aquella parte, el grupo de montaeses que quera hacer de ella
atalaya y castillo, no tena ms que proseguir el trabajo emprendido por
la naturaleza. Escarpaba la roca, la haca intransitable al paso humano
y dejaba una sola entrada subterrnea perforada  pico en el espesor de
la pea. Metidos en su guarida, los habitantes de la fortaleza obstruan
la abertura con un peasco, y ya no les poda visitar ms que algn ave.
La arquitectura no haca gran falta aquella ciudadela, y sin embargo,
alguna vez, por una especie de coquetera, el montas adornaba la
arista del precipicio con un muro almenado, que permita  sus hijos
jugar sin riesgo en toda la extensin de la meseta, y desde cuyas
alturas poda espiar  gusto cuanto se divisara en las cercanas
pendientes. En muchas comarcas montaesas de Oriente, cuyos valles estn
poblados de razas enemigas unas de otras, y en las cuales el homicidio
se considera por consiguiente como leve culpa, hay muchas rocas
fortalezas habitadas an. Cuando llega un husped al pie de la escarpa,
anuncia su presencia  gritos. Poco despus baja una cesta de una trampa
abierta en la roca: se instala all el viajero, y los brazos de sus
amigos de arriba izan lentamente la pesada cesta, que da vueltas por el
aire.

Si las rocas abruptas de los altos valles sirvieron para defender  las
poblaciones pacificas contra toda invasin, en cambio los montecillos
del llano sirvieron muchas veces de atalaya y lugar de rapia  algn
rapaz barn.

Muchos, pueblos aun en nuestro pas, demuestran con su arquitectura que
no hace todava mucho tiempo haba all guerra permanente, y que  cada
momento haba que temer ataques de seores  de bandoleros. No hay casas
aisladas en las pendientes indefensas; todos los tugurios, semejantes 
carneros espantados por la borrasca, se han reunido en un solo grupo,
vasto montn de piedra. Desde abajo parece aquello una continuacin de
la roca, una escotadura de la cima, ora deslumbrante de claridad, ora
ennegrecida por la sombra. Sbese all por senderos vertiginosos que
diariamente tienen que bajar los aldeanos para cultivar sus campos, y
que tienen que subir de nuevo todas las noches, despus del largo
trabajo diario. Una sola puerta da entrada al pueblo, y en las torres
laterales quedan an huellas del rastrillo y de otros medios de defensa;
ninguna ventana se abre sobre la inmensa extensin de los valles
cercanos. Las nicas aberturas son las aspilleras por donde pasaban en
otro tiempo los venablos  los caones de los fusiles. Aun hoy, los
descendientes de aquellos desgraciados, sitiados de generacin en
generacin, no se atreven  construir sus habitaciones en medio del
campo. Podran hacerlo, pero la costumbre (la ms obedecida de todas las
tiranas) los tiene encerrados en la antigua crcel.

Libres eran los altos valles de la montaa, libres los montaeses, pero
fuera de los pasos estrechos donde nunca se arriesgan impunemente los
agresores. Un promontorio casi aislado sostena el castillo del barn.
Desde all arriba, el bandolero ennoblecido por sus propios crmenes y
los de sus antepasados poda vigilar las llanuras cercanas y los
barrancos y desfiladeros de la montaa. Como una serpiente enroscada en
una pea yergue la inquieta cabeza para acechar un nido lleno de
pajarillos, el bandolero observa desde lo alta de la torre del homenaje:
no se atreve  atacar  los montaeses en su valle, pero est seguro de
sorprender y cautivar  los que se arriesguen por la llanura.

El castillo del noble desvalijador de caminantes est hoy arruinado. Un
sendero pedregoso, obstrudo por los zarzales, ha sustitudo el camino
por donde los guerreros hacan caracolear  sus alegres caballos al
emprender la marcha, por donde suban los mercaderes encadenados y los
mulos cargados de botn. En el sitio donde estuvo el puente levadizo se
ha cegado el foso con piedras, y despus el viento y los pies de los
transeuntes le han llevado un poco de tierra vegetal, donde han
arraigado sacos. Los muros estn casi todos derruidos, y enormes
fragmentos, semejantes  peascos, yacen por el suelo. Por otras partes,
piedras desmoronadas llenan  medias el foso que cubre espesa alfombra
de pamplina. El patio grande, en el cual se juntaban en otro tiempo los
hombres de armas antes de las expediciones de pillaje, est lleno de
escombros y de hoyos: difcil es abrirse camino  travs de tupidos
grupos de arbustos y de hierbas altas: se teme pisar alguna vbora
oculta entre dos piedras  caer en la boca, abierta an, de una
mazmorra. Andemos, sin embargo, mirando atentamente al suelo. Llegamos
al fondo del pozo, rodeado an afortunadamente por un resto de brocal:
nos asomamos con espanto  la negra abertura del abismo  intentamos
sondear su profundidad  travs de las escolopendras y helechos
entrelazados. Parcenos vislumbrar abajo el reflejo de un rayo
extraviado en ese precipicio; parcenos oir un murmullo ahogado que sube
hacia nosotros. Es una corriente de aire que se arremolina en la sima?
Es un manantial, cuya agua se filtra entre las piedras y cae gota 
gota? Es una salamandra que cae al agua y la hace chapotear? Quin
sabe? La leyenda nos dice que en otro tiempo los ruidos confusos que
salan de esas profundidades eran gritos de desesperacin, sollozos de
vctimas. El agua del pozo cubre un lecho de osamentas.

Aparto con esfuerzo mis ojos del microscopio que los fascina, y los
dirijo  la masa cuadrada de la torre del homenaje, que brilla  toda
luz. Las otras torres se han derrumbado; nicamente queda sta en pie, y
hasta conserva algunas almenas de su corona. Los muros, dorados por el
sol, estn tan lisos como al da siguiente del primer banquete celebrado
por el seor en el saln. No hay en ella rendija ni rozadura apenas:
nicamente el maderamen y los herrajes de las estrechas ventanas
semejantes  aspilleras han desaparecido. A cinco metros sobre el suelo
se alza en el espesor de la muralla lo que fu puente de entrada; ancha
piedra saliente forma su umbral, y la parte superior de la ojiva est
adornada con tosca escultura que ostenta un caprichoso monograma y las
huellas de la antigua divisa del barn. La escalera movible que se
enganchaba en el umbral ya no existe, y el celoso arquelogo que
quisiera leer  ms bien adivinar las pocas palabras orgullosas
esculpidas en la piedra, tiene que coger una escalera de mano. Para
introducirse en la torre, adoptaron los aldeanos medio ms violento: han
perforado el muro al nivel del suelo. Penoso trabajo fu ste, pero
quiz les animaba la venganza contra aquel torren, donde muchos de los
suyos hablan perecido entre tormentos  de hambre: quiz se figurasen
tambin que iban  encontrar un tesoro escondido.

Entro con cierto temor por esta brecha: el aire interior, con el cual no
se mezcla nunca un rayo de sol, me hiela antes de entrar. Sin embargo,
la luz baja hasta el fondo de la torre: el techo est hundido: los
entarimados han ardido en algn antiguo incendio, y se ven de trecho en
trecho restos de vigas ennegrecidas. Todos esos residuos, piedra, madera
y ceniza, se han convertido poco  poco en una especie de pasta que el
agua del cielo, bajando all como al fondo del pozo, conserva hmeda
siempre. Pegajoso limo cubre esa tierra blanda, en la cual resbala el
pie que pongo en ella con repugnancia. Parceme estar ya encerrado en el
horrible calabozo y respiro con asco su aire rancio y meftico, y, sin
embargo, aquel aire es puro, comparado con el olor de moho y osamentas
que sale de la abertura mellada de la mazmorra. Me asomo al negro
agujero  intento divisar algo, pero nada veo. Necesitara tener la
mirada aguzada por larga obscuridad para columbrar los reflejos
extraviados en las tinieblas. Siniestra oquedad! Ignoro de cuntos
asesinatos has sido cmplice, pero me estremezco de miedo al verte y
como en demanda de fuerzas; miro hacia el cielo azul, al cual sirven de
marco las cuatro murallas de la torre. Un mochuelo asustado se agita
all arriba, lanzando desagradable chillido.

Una escalera practicada en el espesor del muro, permite subir hasta las
almenas. Hay muchos peldaos desgastados y convierten  la escalera en
un plano inclinado difcil de subir, pero apoyndome en las paredes,
agarrndome  las asperezas, resbalando en el polvo para incorporarme
despus, acab por llegar  lo ms alto de la torre. La piedra es ancha
y no haba peligro alguno; sin embargo, apenas me atrev  dar algunos
pasos, por temor de que me venciera el vrtigo. Estaba  gran altura, en
la regin de aves y nubes, entre dos abismos;  un lado est la negra
sima de la torre; al otro la profundidad luminosa de las rocas y las
vertientes alumbradas por el sol. El promontorio que sostiene el torren
parece otra torre de muchos centenares de metros de elevacin. Y el ro
que serpentea en torno  su base no parece ms que su foso de defensa.
Cuentan que uno de los antiguos seores del lugar satisfaca  veces el
capricho de hacer saltar  sus prisioneros desde la azotea del torren.
Reservaba  sus ms odiados enemigos la muerte lenta en el fondo de las
mazmorras, pero los cautivos contra los cuales no tena ningn motivo
de odio, tenan que demostrar, al precipitarse desde la torre, el nimo
y gallarda con que saban morir. Por la noche se hablaba de ello
alrededor de la humeante mesa, riendo al recordar las contorsiones de
cuantos retrocedan espantados al borde del abismo, y encomiando  los
que de un brinco se haban lanzado sin ajeno impulso en el vaco. El
noble seor muri en un convento vecino _en olor de santidad_.

Agrpanse desordenadamente al pie del peasco las humildes casuchas con
techo de pizarra  de camo, del antiguo lugar esclavizado. Muchos son
los cambios que se han verificado, no slo en las instituciones y
costumbres, sino tambin en el alma humana, desde que el seor tena as
 sus sbditos bajo sus miradas y bajo sus plantas, desde que el
heredero de su nombre creca pensando en en que todos los seres mal
vestidos que vea moverse all abajo, todos aquellos hombres seran,
cuando l quisiera, carne para su espada. Imposible habra sido, aun
para el ms bueno, para el de mejores sentimientos de los hijos del
noble, que no sintiera su pecho henchirse de feroz orgullo al contemplar
todo aquel horizonte de tierras sometidas, aquel pueblo abatido, 
aquellos villanos abyectos agitndose en el estircol. Aunque hubiera
querido imaginar que los hombres tienen al nacer igual derecho  la
felicidad, aunque se hubiese considerado como nacido del mismo lodo,
habra bastado para desengaarle una sola mirada dirigida al espacio
desde la soberbia azotea de su torre para creer en la igualdad (no de la
alegra, sino de la desesperacin  del remordimiento), tendra que
dejar su castillo, meterse en el sombro convento del augusto valle y
golpearse la frente contra el pavimento de las iglesias.

En nuestros das, el descendiente de aquellos caballeros antiguos no
tiene que convertirse en carcelero de su pueblo, ni tiene que vigilar 
los habitantes con suspicaz mirada, como no sea propietario de una
fbrica y pueblen los aldeanos sus talleres. La quinta que se ha mandado
edificar en la vertiente de un cerro puede decirse que est oculta. Una
cortina de rboles corpulentos tapa el ms cercano grupo de casas, y si
algunas aldeas lejanas se ven de trecho en trecho, no son ms que
manchas del paisaje, trazos del gran cuadro. Ya no es el castellano el
dueo y para nada le servira dar  su morada una posicin dominadora.
Ms le vale una soledad donde pueda gozar en paz de la naturaleza.

Y es que, desde que pas la Edad Media, ya no constituyen aldeas y
castillo un mundo aparte: voluntariamente  por fuerza, han entrado en
otro ms grande, en una sociedad cuyas luchas tienen mayor amplitud, en
que los progresos tienen mucho mayor alcance. El reino chico cuyo dueo
absoluto era el seor, ya no es ms que un distrito cualquiera, y el
descendiente de los antiguos barones para nada le sirve el enmohecido
mandoble de sus antepasados. A veces intenta conservar alguno de los
privilegios aparentes  reales que le quedan del poder de sus abuelos:
en otras ocasiones se resigna  su papel de sbdito  de ciudadano,
mezclndose con la muchedumbre. De todos modos, los combates y
conquistas de sus antecesores han sido tiles  otros, sea  pueblos,
sea  reyes. Si aquellos guerreros, despus de largas luchas con los
montaeses, lograron vencerlos en sus guaridas, y llevaron hasta las
nevadas crestas los linderos de sus dominios, tuvieron que sufrir luego
el ataque de otro invasor, y la frontera que haban dado  sus
posesiones se pierde en la inmensa extensin de un imperio poderoso.

Un nombre raro, que se encuentra en varios sitios de la montaa, me ha
hecho pensar en las cosas de lo pasado. En una hondonada, ligera
depresin del suelo, brilla en lontananza como diamantito movible, un
manantial que jams se vera si el sol no revelase su existencia con uno
de sus rayos. Me acerco  l, veo doblarse y erguirse alternativamente
los tallos de hierba bajo la argentina gota que pasa: gorjean en torno
algunos pjaros, y el csped que baa sus races en el agua oculta
extiende sus tallos verdes y sus florecillas muy por encima de la hierba
ajada de los pastos. Esa corta extensin de verdor, que divisan de lejos
los pastores en la superficie gris y quemada de la vertiente, es la
_Fuente de los tres Seores_.

Cul era el origen de tan extrao nombre? Cmo haba tomado el de
tres potentados fuente tan humilde? Cuenta la leyenda de la montaa que
en poca muy antigua, cuando fortalezas rodeadas de fosos se erguan en
todos los promontorios de los desfiladeros, tres condes que por
casualidad no guerreaban, se encontraron un da de caza cerca de la
fuentecilla. Larga carrera en persecucin de jabales y ciervos los
haba cansado, y el sudor les caa de la frente. Una turba de criados,
que andaban solcitos  su alrededor, ofrecales  porfa vino y
aguamiel, pero el hilillo de agua que brotaba de una rendija de la roca
les pareci ms agradable bebida que los licores escanciados en jarros
de plata. Inclinronse uno tras otro sobre el remanso de la fuente,
apartaron con la mano las hierbas que flotaban en la superficie y
bebieron en la hoya, como pastores  como cervatillos de la montaa.
Despus se miraron, se dieron la mano de amigos y se pusieron  departir
alegremente recostados en la hierba. Haca buen tiempo, tocaba casi el
sol ya el horizonte, algunos celajes diseminados proyectaban sombras en
las amarillas mieses de la llanura y leves humaredas se desprendan 
trechos en los pueblecillos. Los tres condes estaban de buen humor.
Hasta entonces sus inmensos dominios no haban tenido exactos linderos
en la montaa. Decidieron que desde entonces la fuente que con helado
chorro le haba apagado la sed sera el lmite de separacin de los tres
condados. Uno seguira la orilla derecha, otro la izquierda del
arroyuelo y el tercero ocupara la loma tendida desde el manantial  la
cima cercana, y desde all  la vertiente opuesta. Y como consagracin
del tratado que acababan de convenir, los tres seores mojaron las
diestras manos con algunas gotas de la fuente, y cada uno salpic con
ellas el csped de su dominio.

Pero el buen tiempo no es duradero y los condes no conservan mucho su
sonrisa y compaerismo. Peleronse los tres amigos y estall la guerra.
Matronse mutuamente vasallos, burgueses y villanos en hondonadas y
bosques para que cambiara de sitio la linde de los tres condados. La
llanura fu asolada, y durante varias generaciones corrieron torrentes
de sangre por la posesin de aquella gota de agua que brota all arriba
en pacficas alturas. Pactse paz por fin, y si han vuelto  empezar las
guerras, no se han encendido entre los tres barones, ni por la conquista
de una fuente, sino entre poderosos soberanos y por la posesin de
inmensos territorios con montaas, ros, bosques y ciudades populosas.
Ya no se destrozan una  otra gentes mal armadas, sino centenares de
miles de hombres, provistos de los ms cientficos medios de destruccin
los que chocan y se destruyen recprocamente. Seguramente la humanidad
progresa, pero al ver tan espantosos conflictos, hay que dudar algunas
veces.

Entonces nos parecen dichossimas las poblaciones retiradas en los
valles altos que nunca han padecido los males de la guerra:  lo menos,
 pesar del flujo y reflujo de los ejrcitos en marcha, han acabado por
conservar su independencia primitiva. Bastantes pueblos de la montaa,
protegidos por enormes masas de roca unidas unas  otras, han tenido la
felicidad de permanecer libres. Ya saben que no deben nicamente al
herosmo de sus corazones,  la fuerza de sus brazos,  la unin de sus
voluntades el no haberse visto esclavizados por sus poderosos vecinos.
Tambin tienen que agradecrselo  los grandes Alpes: esas han sido las
firmsimas columnas que han defendido la entrada del templo.




CAPTULO XVIII

#El cretino#


Al lado de esos hombres fuertes, de esos valientes de slido pecho y
penetrante mirada que trepan con paso firme por las rocas, arrstranse
asquerosas masas de carne viva, los _cretinos_ de pendientes paperas. Y
muchas de esas masas hay que ni siquiera pueden arrastrarse; permanecen
sentados en sillas ftidas, moviendo  un lado y  otro el cuerpo y la
cabeza, cayndoles la baba por los pegajosos harapos. Esos seres no
saben andar, y algunos de ellos no han sabido aprender el arte
primordial de llevarse la comida  la boca: se les da de comer, se les
ceba, y cuando notan que el alimento ingerido baja al estmago, exhalan
ligeros gruidos de contento. Esos son los ltimos representantes de la
humanidad, cuyo rostro fu creado para contemplar los astros. Qu
enorme intervalo salvado entre la cabeza ideal del Apolo Pitio y la del
pobre _cretino_, de ojos, sin mirada y risa que parece mueca! Ms
hermosa es todava la cabeza del reptil, porque sta corresponde  su
tipo, y no esperamos verla de otra manera, mientras la cara del idiota
es una forma espantosamente degenerada. A pesar de habernos parecido un
hombre desde lejos, ni siquiera aparece la inteligencia del animal en
sus facciones.

Para mayor dolor, los sentimientos rudimentarios que se revelan en el
ser desdichado, no siempre son buenos. Algunos _cretinos_ son malsimos:
rechinan los dientes, lanzan rugidos feroces, hacen airados ademanes con
los torpes brazos, patean el suelo, y si no se lo impidieran, se
comeran la carne y se beberan la sangre de quienes los cuidan con
abnegacin: nada importa esa rabia  los montaeses, buenos y cndidos.
No por eso han dejado de dar  los pobres idiotas el nombre de
_cretinos_, de _crestias_  de inocentes, figurndose que tales seres,
incapaces de razonar sus actos y de llegar  la comprensin del mal,
disfrutan del privilegio de no tener ningn pecado en la conciencia.
Cristianos desde la cuna,  la fuerza tienen que ir derechos al cielo.
Por lo mismo, prostrnase la multitud ante locos y alucinados en los
pases musulmanes, y se considera muy glorificado aquel  quien ensucian
con su saliva  sus excrementos, puesto que, bajo humana forma, viven
fuera de la humanidad; sin duda estn sumidos en divino sueo.

Por otra parte, algunos de estos desdichados son verdaderamente buenos y
gustan de hacer bien, en el lmite de sus fuerzas. Haba yo bajado un
da al valle para subir por la otra pendiente  los pastos de una
meseta, en cuyo centro haba divisado las aguas de una laguna. Haba
dejado detrs de m, sin detenerme en ella, una chocilla hmeda rodeada
por algunos alisos, y segua con decidido paso un sendero indicado
vagamente por pasos de animales  la orilla de una corriente rpida.
Hallbame ya  ms de un tiro de piedra de la choza, cuando o detrs de
mi precipitado y pesado paso; al mismo tiempo, un resuello gutural, casi
un estertor, sala de aquel ser que me persegua y me daba alcance.
Volvme y v una pobre _cretina_, cuya papera, bazuqueada por la
carrera, oscilaba pesadamente de uno  otro hombro. Gran trabajo me
cost reprimir una expresin de horror viendo  aquella masa humana
acercarse  mi, tenindose alternativamente en una y otra pierna. El
monstruo me hizo sea de que esperara, y despus se par delante de m,
contemplndome fijamente los estpidos ojos y dndome con el resuello en
la cara. Seal con gesto negativo el desfiladero en el cual iba yo 
entrar y junt las manos para indicarme que cortaban el paso peascos
verticales. All, all!, dijo, designando un sendero mejor trazado
que se encarama dando vueltas en una pendiente y llega  una meseta para
rodear el infranqueable desfiladero del fondo. Cuando me vi seguir su
cuerdo consejo y empezar  subir la cuesta, lanz dos  tres gruidos de
satisfaccin, me acompa con la mirada durante algn tiempo y despus
se march tranquilamente, contenta por haber hecho una buena obra.
Confieso que estaba yo menos contento y hasta profundamente humillado.
Un ser maltratado por la naturaleza, horrible, una especie de cosa sin
forma y sin nombre, no haba parado hasta sacarme de un lance apurado, y
yo, hombre lleno de altivez, dotado de cierta razn por la naturaleza, y
llegado por ella al sentimiento de la responsabilidad moral, haba
dejado mil veces, sin hacerles advertencia alguna, meterse  otros
hombres, hasta  los que llamaba amigos, en pasos bastante ms terribles
que el desfiladero de una montaa. La idiota, la _cretina_, me haba
enseado mi deber. De modo que, en aquello que me pareca inferior  la
humanidad, encontraba una benevolencia de la cual carecen muchas veces
los que se tienen por grandes y por fuertes. Ningn ser es bastante bajo
para no merecer amor y hasta respeto. Quin tiene razn, el espartano
de la antigedad que arrojaba  una sima los recin nacidos defectuosos,
 la madre que, aunque sea llorando, amamanta y acaricia al hijo idiota
y deforme? Claro es que nadie censurar  las madres que luchan contra
toda esperanza para disputar  sus hijos  la muerte, pero es necesario
que la sociedad acuda en auxilio de esos desdichados, con la ciencia y
con el cario, para curar  los que pueda, dar toda la ventura posible 
aquellos cuyo estado no deja esperanzas y velar para que las prcticas
higinicas y la comprensin de las leyes fisiolgicas reduzcan cada vez
ms el nmero de semejantes nacimientos.

Una educacin continua puede desbaratar esas toscas naturalezas, y
cuando al afecto de la madre sucede la solicitud de un compaero que
consigue que haga algn trabajo grosero el pobre inocente, ste se
desarrolla poco  poco y acaba por llevar en la cara algo como reflejo
de inteligencia. Entre los innumerables cuadros que quedaron grabados en
mi memoria cuando recorr la montaa, hay uno que an me conmueve,
pasados tantos aos. Era al anochecer, en los ltimos das del verano.
Acababan de segar por segunda vez las praderas del valle, y vea
pilillas de heno esparcidas, cuya suave fragancia me traa el viento.

Andaba por un camino sinuoso, disfrutando de la frescura de la tarde,
del olor de la hierba, de la hermosura de las cumbres iluminadas por el
sol poniente. De pronto, en una revuelta del camino encontrme en
presencia de un grupo que me llam la atencin. Un _cretino_ de enorme
papera estaba enganchado con cuerdas  una especie de carro cargado de
heno. No le costaba trabajo arrastrar el pesado vehculo, y no vea ni
los baches, ni los peascos diseminados, tirando como una fuerza ciega.
Pero llevaba al lado  un hermanito suyo, nio esbelto y agraciado, cuyo
rostro era todo mirada y sonrisa. ste vea y pensaba por el monstruo.
Con una seal, con tocarlo un poco, le hacia variar  la derecha   la
izquierda para evitar los obstculos y apresuraba  acortaba su andar:
formaba con el idiota una pareja, siendo uno el alma y otro el cuerpo.
Cuando pasaron por mi lado el nio me salud con amabilidad, y empujando
 Cliban con el codo, le hizo quitarse la gorra y volver hacia m sus
ojos sin expresin. Parecime, sin embargo, que vea aparecer en ellos
como vislumbre de un sentimiento humano de respeto y de amistad. Yo
salud con una especie de veneracin  aquel grupo conmovedor, smbolo
de la humanidad en su camino hacia lo porvenir.

Abandonado  s mismo, y sin disfrutar otras luces que las del instinto
animal, el _cretino_ puede alguna vez hacer cosas que seran superiores
 la fuerza de un hombre inteligente y consciente de su valer. Me
contaba  veces mi compaero el pastor cmo haba cado en una grieta
del ventisquero, y cuando hablaba de ello, todava se dibujaba el
espanto en su semblante. Estaba sentado en una escarpa, junto al borde
del ventisquero, cuando al desmoronarse una piedra le hizo perder el
equilibrio, y sin poder valerse resbal por una hendidura que se abra
entre la roca y la compacta masa de hielo, hallndose de pronto como en
el fondo de un pozo, en el cual apenas vislumbraba un reflejo de la
claridad del cielo. Estaba aturdido, magullado, pero no se haba roto
ningn miembro. Impulsado por el instinto de la conservacin, pudo
agarrarse  la pared de roca y subir de aspereza en aspereza hasta
algunos metros de la boca. El sol, los pastos, las ovejas y su perro
estaban ante su vista, y ste le miraba con ardientes ojos. Pero,
llegado  aquel reborde, no poda subir ms el pastor: la roca, lisa por
todas partes, no ofreca ningn punto de apoyo. El perro estaba tan
desesperado como su amo: acurrucndose de trecho en trecho, al borde del
precipicio, di algn ladrido corto y luego sali de pronto como una
flecha hacia el valle. Nada tena ya que temer el pastor, pues saba que
el perro ira  buscar socorro y pronto volvera con gente provista de
cuerdas. Sin embargo, mientras dur la espera, pas por las horribles
angustias de la desesperacin. Parecale que el fiel animal no acababa
de volver: se vea ya muerto de hambre en la pea y pensaba horrorizado
en que quiz las guilas fueran  arrancarle trozos de carne antes de
estar muerto. Y, sin embargo, recordaba lo que, en semejante situacin,
haba hecho un _inocente_. Cado al fondo de una grieta, de la cual le
era imposible salir, el _cretino_ no se haba fatigado en intiles
esfuerzos: esper con paciencia, pateando el suelo para conservar el
calor animal y as se aguant toda la tarde y toda la noche y toda la
mitad del da siguiente. Oy entonces llamarle por su nombre  los que
le buscaban, contest, y en seguida lo sacaron de la sima. nicamente se
quej de haber pasado mucho fro.

Pero sean cuales fueren los privilegios  inmunidades del _cretino_,
aunque el desdichado no tenga que temer los cuidados y las decepciones
del hombre que tiene que abrirse camino en el mundo por s mismo, hay
que intentar que el _cretino_ sea arrancado  su _inocencia_ y  sus
asquerosas enfermedades para darle, al mismo tiempo que la salud del
cuerpo, el sentimiento de su propia responsabilidad moral. Es necesario
que penetre en la sociedad de los hombres libres, y, para curarle y
dignificarle, lo primero es conocer las causas de su degeneracin.
Sabios hay que, inclinados sobre sus retortas y sus libros, exponen
diversos pareceres: dicen unos que la deformidad de la papera procede
sobre todo de la falta de iodo en el agua potable, y que por el
cruzamiento, la deformidad moral acaba por juntarse  la del cuerpo.
Otros creen que papera y _cretinismo_ nacen de que el agua procedente de
la nieve no ha tenido tiempo para agitarse y airearse lo suficiente
cuando llega al pueblo,  de que ha pasado por rocas que contienen
magnesia. Cierto es que el agua mala puede contribuir muchas veces  que
nazcan y se desarrollen enfermedades; pero ser ese slo el origen?

Basta entrar en una cabaa de esas donde nacen y vegetan los idiotas
para ver que su lamentable situacin procede tambin de otras causas. El
tugurio es sombro y ahumado: devoran gusanos cofres, mesas y vigas: en
los rincones donde no puede penetrar del todo la mirada, se vislumbran
formas indecisas, cubiertas de basura y telaraas. La tierra que sirve
de pavimento permanece siempre hmeda y como viscosa, por todas las
aguas sucias que la llenan de grasa. El aire que se respira en tal
guarida es acre y ftido. Flotan en l  un tiempo los hedores del humo,
del tocino rancio, del pan de muchos das, de la madera carcomida, de la
ropa sucia, de las emanaciones humanas. De noche se cierran todas las
aberturas para que no penetre en la habitacin el fro exterior.
Abuelos, padres  hijos duermen todos en una especie de armario con
tablas cuyas cortinas se cierran de da, y en el cual, durante el sueo
nocturno, se acumula un aire denso y mucho ms impuro que el del resto
de la cabaa. Y hay ms: durante los fros del invierno, la familia,
para tener ms calor, se va del piso bajo y baja  la cueva, que al
propio tiempo sirve de cuadra. En un lado estn los animales tumbados en
la paja sucia, y en el otro yacen hombres y mujeres entre sbanas nada
limpias. Un sucio reguero separa ambos grupos de vertebrados mamferos,
pero el aire respirable es comn  todos; y ni este aire que penetra por
estrechos tragaluces puede renovarse durante semanas enteras, por las
nieves que cubren el terreno. Hay que abrir especie de chimeneas, por
las cuales baja nicamente un lvido reflejo de luz. En esas cuevas el
da parece una noche del polo.

No es asombroso que en semejantes mansiones nazcan chiquillos
escrofulosos, raquticos y contrahechos. Desde su primera semana,
muchos recin nacidos se ven sacudidos por terribles convulsiones que la
mayor parte no pueden resistir: en ciertos pases, las madres estn tan
seguras de que sus hijos han de morirse, que no los consideran como
nacidos hasta que han pasado el terrible desfiladero de la enfermedad
de los cinco das. Muchos de los que se salvan de sta, pasan luego
toda la vida entre la enfermedad y la locura. Tan convenientes son para
desarrollar la fuerza y la destreza del hombre sano el aire libre de la
montaa y el trabajo en el campo, como propios  empeorar el estado de
los _cretinos_ el espacio estrecho y la hmeda obscuridad de la cabaa.
Al lado de un hermano que llega  ser el ms guapo y robusto joven, se
arrastra otro, especie de excrecencia carnosa horriblemente viva.

Ya se ha pensado en muchos sitios en construir hospicios para esos
desventurados: nada falta en esos edificios nuevos. Circula libremente
el aire puro, el sol ilumina todas las habitaciones, el agua es pura y
sana, los muebles y especialmente las camas ostentan exquisita limpieza:
los _inocentes_ tienen vigilantes que los cuidan como nodrizas y
profesores que procuran hacer entrar un rayo de luz intelectual en
aquellas duras molleras. Lgrase eso  veces, y el _cretino_ puede nacer
gradualmente  una vida superior. Pero importa ms trabajar en precaver
el mal que en reparar el ya existente. Las chozas infestadas, tan
pintorescas  veces en el paisaje, deben desaparecer para que las
sustituyan casas cmodas y sanas. Deben entrar libremente aire y luz en
todas las habitaciones humanas. Debe observarse en todas partes una
buena higiene para el cuerpo, unida  perfecta dignidad moral. De ese
modo adquirirn los montaeses en varias generaciones una completa
inmunidad de todas esas enfermedades que ahora degradan  tan gran
nmero de ellos. Entonces sus habitantes sern dignos del medio que los
rodea, podrn contemplar satisfactoriamente las altas cumbres nevadas y
decir como los griegos: Esos son nuestros antepasados, y nos parecemos
 ellos.




CAPTULO XIX

#La adoracin de las montaas#


La adoracin de las montaas existe todava entre nosotros ms viva de
lo que se la cree. Muchas veces un aldeano, al descubrirse la cabeza, me
ha sealado el sol con el dedo y me ha dicho solemnemente: Aquel es
nuestro Dios. Y yo tambin (casi no me atrevo  decirlo), ms de una
vez, al contemplar las augustas cimas que dominan valles y llanuras, me
he sentido dispuesto  calificarlas cndidamente de divinas.

Iba yo un da pacficamente por un pendiente desfiladero, obstrudo por
piedras sueltas. Encallejonbase all el viento y me daba de cara,
trayndome con cada soplo una niebla de lluvia y nieve medio derretida.
Ceniciento velo ocultaba las rocas y slo poda yo divisar  trechos
vagas masas negras y amenazadoras que, segn lo espeso de la bruma, se
acercaban y alejaban alternativamente. Hallbame transido de fro,
entristecido, mal humorado. De pronto hzome levantar la vista una
claridad reflejada por innumerables gotas. Habase desgarrado la nube
de agua y nieve encima de mi cabeza. El cielo azul se me apareca
radiante y all arriba resaltaba la serena cumbre de la montaa. Las
nieves, bordadas por las aristas de las rocas como con delicados
arabescos, brillaban con argentino resplandor y el sol las orlaba con un
ribete de oro. Puros eran los contornos de la cima y limpios como los de
una estatua se dibujaban luminosos en la sombra, pero la soberbia
pirmide pareca hallarse completamente separada de la tierra. Tranquila
y fuerte, inmutable en su reposo, pareca flotar en el cielo. Perteneca
 otro mundo y no  este planeta envuelto en nubes y brumas como en
srdidos trapajos. En aquella aparicin, cre yo ver algo ms que la
morada de la dicha, algo ms que el Olimpo, mansin de los inmortales.
Pero una nube maliciosa cerr de nuevo la salida por donde haba yo
visto la montaa. Hallme de nuevo entre viento, nieve y lluvia y
consolme con decir: un Dios se me ha aparecido!

En el origen de los tiempos histricos, todos los pueblos, nios
sencillos de mil cabezas, miraban as hacia las montaas; vean en ellas
 las divinidades,   lo menos sus tronos apareciendo y ocultndose
alternativamente bajo el cambiante velo de los celajes. En aquellas
montaas vean casi todos el origen de su raza; all juzgaban que
residan sus tradiciones y sus leyendas; all esperaban la futura
realizacin de sus ambiciones y de sus sueos; de all suponan que
haba de bajar el salvador, el ngel de la gloria  de la libertad. Tan
importante era el papel de las altas cumbres en la vida de las naciones,
que se podra relatar la historia de la humanidad por el culto de los
montes. Son stos como grandes hitos de etapas colocados de distancia en
distancia en el camino de los pueblos.

En los valles de las grandes montaas del Asia central dicen los sabios
que fu donde aquellos antepasados nuestros,  quienes debemos los
idiomas europeos, llegaron  constituirse por vez primera en tribus
cultas, y en la base meridional de las montaas ms altas del mundo es
donde viven los indios, aquellos arios  quienes su antigua civilizacin
concede una especie de derecho de primogenitura. Sus cantos de otros
tiempos no dicen con qu sentimiento de adoracin celebraban las
ochenta y cuatro mil montaas de oro que ven alzarse baadas en luz
por encima de bosques y llanuras. Para muchos de ellos, los enormes
montes del Himalaya, de nevada cumbre, de grandes ros de hielo, son los
mismos dioses en el pleno goce de sus fuerzas y de su majestad. El
Gaurisankar, cuyo vrtice perfora el cielo, y el Chamalari, menos alto
pero ms colosal, en apariencia, por su aislamiento, son doblemente
adorados, como la Gran Diosa unida al Gran Dios. Aquellos hielos son el
lecho de cristal y de diamante; aquellas nubes de oro y prpura son el
velo sagrado que los rodea. All en lo alto est el dios Siva, que
destruye y crea: all tambin la diosa Chama, la Gauri, que concibe y
pare. De ella descienden los ros, las plantas, los animales y los
hombres.

En aquella prodigiosa selva de las epopeyas y tradiciones indostnicas,
han germinado otras leyendas relativas  las montaas del Himalaya y
todas nos las muestran viviendo con vida sublime, ya como diosas, ya
como madres de continentes y pueblos. Tal es la potica leyenda que nos
describe  la tierra como una gran flor de loto cuyos ptalos son las
pennculas extendidas sobre el Ocano y cuyos estambres y pistilos son
las montaas de Meru, generatrices de toda vida. Los ventisqueros, los
torrentes y los ros que bajan de las alturas para llevar  las tierras
los benficos aluviones, son tambin seres animados, dioses y diosas
secundarios que ponen  los humildes mortales de las llanuras en
relacin indirecta con las divinidades supremas que reinan por encima de
las nubes en el espacio luminoso.

No slo el monte Meru, punto culminante del planeta, sino tambin todas
las cordilleras, todas las cimas de la India eran adoradas por los
pueblos que viven en sus pendientes y en su falda. Montaas de Vindyah,
de Satpurah, de Aravalli, de Nilagherry, todas tenan sus adoradores. En
las tierras bajas, donde los fieles no tenan montaas que contemplar,
construan templos que por sus calles de caprichosas pirmides, enormes
pedazos de granito, representaban las veneradas cimas del monte Meru.
Quiz fu un anlogo sentimiento de adoracin  las grandes cumbres el
que impuls  los antiguos egipcios  edificar las pirmides, montaas
artificiales que se levantan dominando la llana superficie de arena y
lgamo.

La isla de Ceiln, Lanka la resplandeciente, bienaventurado pas al
cual, segn la leyenda oriental, fueron enviados los primeros hombres
por la misericordia divina, despus de ser expulsados del Paraso,
tambin alza hacia el firmamento montaas sagradas. Tal es, adems de
otras, la cima aislada en medio de las llanuras, la ciudad santa de
Anaradjapura. Es el Mihintala. En aquella roca se detuvo, hace veintids
siglos, el vuelo de Mahindo, el convertidor indio que se haba lanzado
desde las llanuras del Ganges para atraer  los naturales  la religin
de Budha. Hoy se ha edificado un templo en la cima donde puso el pie el
santo. Alta y enorme es la pagoda y, sin embargo, tal es la solicitud de
los peregrinos, que muchas veces las han cubierto, desde el suelo al
remate, con un tapiz de jazmines. Un carbnculo, color de fuego,
brillaba en lo ms alto del monumento, reflejando  lo lejos los rayos
del sol, y hubo un rajah que mand extender desde la cima de la montaa
hasta las llanuras una alfombra de doce kilmetros de longitud para que
no manchase los pies de los fieles una tierra impura, procedente de un
suelo profano.

Y no obstante, este monte sagrado de Mihintala no es tan glorioso como
el pico de Adn, que ven los marinos en medio de las olas cuando se
acercan  la isla de Ceiln. La huella de un pie gigantesco que
pertenece, segn dicen,  un hombre de diez metros de altura, est
impresa en la roca, en la punta que remata la cumbre. Esa huella, segn
mahometanos y judos, es la de Adn, el primer hombre que subi al pico
para contemplar la inmensa tierra, los vastos bosques, los montes y las
llanuras, las orillas y el Ocano con sus islas y sus escollos. Segn
los de Ceiln y los indios, no es un hombre, sino un Dios, el que dej
ese rastro de su paso. Segn los brahmanes, ese dios dominador era Siva:
segn los budhistas, era Budha: segn los gnsticos de los primeros
siglos cristianos, era Jehov. Cuando los portugueses desembarcaron en
la isla de Ceiln y la conquistaron, degradaron (digmoslo as) la
montaa, que, segn su manera de pensar, no poda compararse con la de
Tierra Santa: consideran que la seal misteriosa es la huella del pie de
santo Toms  de un antiguo misionero, apstol secundario, el eunuco de
Caudaces. Menos respetuoso an, un armenio, Moiss de Chorene,
entusiasta por su noble montaa del Ararat, ve en la cima del pico de
Adn la huella de Satans, el eterno enemigo. Finalmente, los viajeros
ingleses que, ms numerosos cada da, suben todos los aos  la montaa
santa, creen que la divina huella no es ms que un agujero vulgar,
groseramente redondeado. Verdad es que semejantes extranjeros son
mirados con desprecio por los convencidos peregrinos que van 
prosternarse  la cima,  besar devotamente la huella y  depositar sus
ofrendas en casa del sacerdote. Todo les parece testimonio de la
autenticidad del milagro. A algunos metros por bajo de la cima brota un
manantial: el bculo del dios le hizo surgir del suelo. Muchos rboles
crecen en las pendientes, y estos rboles (as se les antoja  los
fieles), inclinan su ramaje hacia la cumbre para vegetar y crecer
adorndola. Las rocas del monte estn sembradas de piedras preciosas:
son las lgrimas que brotaron de los ojos del dios al ver los
padecimientos y los crmenes de los hombres. Cmo no han de creer en el
prodigio, viendo todas esas riquezas que han dado origen  los fabulosos
relatos de las Mil y una noches? Los arroyos que corren por la montaa
no arrastran, como nuestros torrentes, despreciables guijarros y arena:
llevan consigo polvo de rubes, granates y zafiros: el baista que nada
entre sus ondas puede revolcarse, como las sirenas, en un lecho de
piedras preciosas.

Las razas del extremo Oriente, cuya civilizacin ha seguido marcha
distinta  la de los pueblos de raza aria, tambin han adorado montaas.
Lo mismo en la China y el Japn que en la India, las altas cimas
sostienen templos consagrados  los dioses,  se las considera como 
genios tutelares  vengativos. Los pueblos procuran que su historia
proceda de estas montaas divinas por tradiciones y leyendas.

Las montaas histricas ms antiguas son las de la China, porque el
imperio del Medio es uno de los primeros pueblos que han llegado  la
conciencia de s mismos, el primero que ha escrito su propia historia de
un modo continuo. Cinco son sus montes sagrados, que se elevan todos en
comarcas clebres por su agricultura, su industria, las muchedumbres que
se agitan en su falda  los acontecimientos que han ocurrido en sus
cercanas. La montaa ms santa, la de Tai-Chan, domina todas las dems
cimas de la rica pennsula de Chan-Tung, entre los dos golfos del Mar
Amarillo. Desde la cumbre,  la cual se llega por un camino empedrado y
peldaos abiertos en la roca, se divisan, extendidas  los pies del
observador, las ricas llanuras que atraviesa el Hoang Ho, corriendo ora
hacia uno, ora hacia otro golfo, apagando con su agua la sed de
multitudes de hombres ms numerosas que las espigas en un campo.

El emperador Chung trep  esa cima hace cuatrocientos treinta aos,
segn lo recuerdan los anales clsicos del pas. Confucio tambin quiso
subir, pero la pendiente es muy spera; el filsofo no pudo con ella, y
todava se ensea el sitio en que emprendi la bajada  la llanura.
Todos los dioses grandes y los genios principales tienen templos y
oratorios en la santa montaa, as como las Nubes, el Cielo, la Osa
Mayor y la Estrella Polar. Los diez mil genios detienen el vuelo all
para contemplar la tierra y las ciudades de los hombres. El viento del
Tai-Chan es igual al del cielo. Es el dominador del mundo. Recoge las
nubes y nos enva las lluvias. Decide los nacimientos y las defunciones,
el infortunio, la desventura, la gloria y la vergenza. De los picos que
se elevan al cielo, es el ms digno de ser visitado. Por eso los
peregrinos acuden numerossimos all para implorar todas las gracias, y
el sendero est sembrado de cavernas donde yacen mendigos de asquerosas
llagas que horrorizan al transeunte.

Con ms razn que los chinos, porque sus montaas volcnicas son de una
perfecta belleza de forma, los japoneses miran con adoracin las cumbres
nevadas. No hay dolo en el mundo que pueda compararse  su magnfico
Furiyama,  la montaa simpar que se yergue casi aislada en medio del
campo, cubierta abajo de selvas, vestida de nieves arriba. Humeaba en
otro tiempo el volcn y arrojaba lavas y fuego; reposa ahora, pero tiene
en aquel archipilago numerosas montaas hermanas que vierten todava
ros de fuego en la estremecida tierra. Entre esos montes hay uno, el
ms terrible, al cual se crey aplacar arrojndole como ofrenda millares
de cristianos. As fu como en el Nuevo Mundo, dcese tambin que se
quiso calmar al Monotombo, lanzando en l  los sacerdotes que se haban
atrevido  predicar contra l, diciendo que no era tal Dios, sino boca
del infierno. Por otra parte, los volcanes no suelen esperar que les
arrojen vctimas: ya saben ellos encontrarlas cuando hienden la tierra,
vomitan lagos de lodo, cubren con ceniza provincias enteras y hacen
perecer de una vez  toda la poblacin de un pas. Bastante es eso para
que los adore todo aquel que se incline ante la fuerza. El volcn
devora, luego es Dios.

As se ha apoderado del hombre la religin de las montaas (como todas
las dems), por los diversos sentimientos de su ser. Al pie de la
montaa que vomita lava, el terror le ha prosternado con la cara hundida
en el polvo: en los campos sedientos, el deseo es quien le ha hecho
mirar suplicante  la nieve, madre de los arroyos: el agradecimiento le
ha dado adoradores en aquellos que encontraron seguro refugio en el
valle  en el escarpado promontorio: finalmente, la admiracin ha debido
de dominar  los hombres  medida que se desarrollaba en ellos el
sentimiento de lo bello y hasta cuando estaba adormecido, en estado de
instinto. Y cul es la montaa que no tiene  un tiempo hermosos
aspectos y seguros asilos y que no es terrible  benfica y muchas veces
ambas cosas juntamente? Los pueblos, andando por el mundo, podan
relacionar fcilmente todas sus tradiciones  la montaa que dominaba su
horizonte y darle culto. En cada estacin de su largo viaje se edificaba
un nuevo templo. En otro tiempo, las tribus errantes en las mesetas de
Persia vean surgir siempre al anochecer una montaa entre las
polvorientas llanuras: era el monte Telesmo, el divino Talismn que
segua  sus adoradores en sus peregrinaciones por el mundo. Y cuando,
despus de larga emigracin, la montaa columbrada  lo lejos no era
engaador espejismo, sino verdadera cumbre con nieves y rocas, quin
habra podido dudar del viaje hecho por el dios para acompaar  su
pueblo?

As es como la montaa, cuya punta acogi  los refugiados del diluvio,
no ha cesado de andar por los continentes. Una versin samaritana del
Pentateuco sostiene que el arca de No se detuvo en el pico de Adn: las
otras versiones afirman que el verdadero pico fu el Ararat; pero, qu
Ararat es ese? Es el de Armenia  otra cualquiera montaa, en la cual
hayan sido encontrados por pastores algunos despojos del sagrado barco?
Por todas partes reclaman los pueblos orientales ese honor para la
montaa protectora cuyas aguas riegan sus propios campos. Aquel es el
monte desde el cual volvi  bajar la vida  la tierra, siguiendo el
camino de las nieves y el curso de los arroyos. No han faltado pruebas,
por supuesto, para establecer la veracidad de todas esas tradiciones. Se
han encontrado montones de pradera petrificada bajo los hielos y en las
mismas rocas se encontraron huellas enmohecidas de aquellos anillos del
diluvio que, segn nuestros modernos sabios, son amonitas fsiles. Por
eso ms de cien montaas de Persia, de Siria, de Arabia, del Asia Menor
se ha indicado como desembarco del patriarca, segundo padre de los
hombres. Tambin Grecia hablaba de su Parnaso, cuyas piedras, lanzadas
al limo del diluvio, se convertan en hombres. Hasta en Francia hay
montaas donde se par el arca; una de esas cumbres divinas es
Chamechaude, cerca de la gran Cartuja de Grenoble: otra es Puy de
Progne, dominador de las fuentes del Ande.

El mito es, pues, constante; de las altas cimas es de donde han bajado
los hombres. Desde esas fragosidades, trono de la divinidad, ha salido
la gran voz que dict sus deberes  los mortales. El Dios de los judos
resida entonces en la cumbre del Sina, entre nubes y relmpagos, y
hablaba con la voz del rayo al pueblo reunido en la llanura. Lo mismo
Baal Moloch y todos los dioses sanguinarios de aquellos pueblos del
Oriente se aparecan  sus fieles en la cspide de los montes. En la
Arabia Ptrea, en los pases de Edom y de Moab no hay una altura, una
colina ni una roca que no sostenga su tosca pirmide de piedra, sobre
cuyo altar derramaban sangre los sacerdotes para tener propicio al dios.
En Babel faltaba la montaa, y se la sustituy con aquel famoso templo
que deba llegar al cielo. El poeta ha reconstruido aquel gigantesco
edificio, no tal como fu, sino tal como lo imaginaban los pueblos.

        La ms alta montaa, era un sillar
        para aquella grantica muralla.

Con su envidioso odio  los cultos extranjeros, los profetas judos
maldijeron ms de una vez los altos lugares en que los pueblos vecinos
colocaban  sus dolos, pero no procedan ellos de otra manera y miraban
 las montaas para evocar  los ngeles que los socorran: sobre una
montaa se elevaba su templo: tambin conversaba Elas con Dios sobre
una montaa. Y cuando el Galileo se transfigur y se cerni en la luz
increada con los dos profetas Moiss y Elas, desde el monte Thabor se
elev. Cuando muri entre dos ladrones, en la cima de una montaa le
crucificaron, y cuando vuelva, segn la profeca, rodeado de santos y de
ngeles, y asista al castigo de sus enemigos, tambin lo har en una
montaa, pero al tocarla con la planta la romper. Otra montaa, otra
cima ideal que sostenga una ciudad de oro y diamantes surgir en el
espacio luminoso y all vivirn siempre los elegidos, cernindose en los
aires alrededor de las cumbres alegres, muy por encima de esta tierra de
cuidados y de desdichas.




CAPTULO XX

#El Olimpo y los dioses#


As como la gloria de la imperceptible Grecia sobrepuja en brillo  la
de todos los imperios de Oriente, as el Olimpo, la ms alta y bella de
las montaas sagradas de los helenos, ha llegado  ser en la imaginacin
de los pueblos el monte por excelencia: ninguna cima, ni la del Meru, ni
las del Elburs, el Ararat  el Lbano, despierta en el espritu humano
tantos recuerdos de grandeza y de majestad. Pocas ha habido, por
supuesto, tan admirablemente situadas para atraer la mirada y servir de
seal  las razas que recorran el mundo. Colocado en el ngulo del mar
Egeo y dominando todas las cspides cercanas desde la mitad de su
altura, vean los marinos el Olimpo desde enormes distancias. Desde las
llanuras de Macedonia, desde los ricos valles de Tesalia, desde los
montes Othrys, Findo, Bermio y Athos, se ve en el horizonte su triple
cpula y sus pendientes de mil rugosidades, de las cuales habla
Homero. La fertilidad de los campos extendidos en su falda llamaba  s
desde todas partes  las muchedumbres que all iban  encontrarse, ya
para mezclarlas, ya para matarse unas  otras. Finalmente, el Olimpo
domina los desfiladeros que forzosamente haban de seguir las tribus 
los ejrcitos en marcha, de Asia  Europa  de Grecia  los pases
brbaros del Norte. Se alza como hito militar en la carretera que
seguan entonces las naciones.

Muchas otras montaas del mundo helnico deban  sus nieves
resplandecientes el nombre de Olimpo  _luminosa_, pero ninguna lo
mereca tanto como la de Tesalia, cuya cumbre serva de trono  los
dioses.

Y es que el mismo pueblo heleno haba pasado su infancia nacional en el
valle y las llanuras, tendido  la sombra de la gran montaa. De Tesalia
procedan los helenos del Atica y del Peloponeso: all haban combatido
con los monstruos sus primeros hroes y all sus primeros poetas,
guiados por la voz de las musas Pirides, haban compuesto himnos y
cnticos de victoria y de jbilo. Inundando pueblos en lejanas comarcas,
recordaban las tribus griegas la divina montaa que en sus caadas les
haba dado vida y alimento.

Casi todos los grandes acontecimientos de la historia mtica se haban
verificado en aquella parte de Grecia, y entre ellos, el ms importante,
el que decidi del mando en cielo y tierra. El Olimpo era la ciudadela
elegida por los nuevos dioses, y en derredor haban acampado las
divinidades antiguas, los titanes monstruosos hijos del Cos. De pie en
los montes Othrys, que se desenvuelven al Sur en vasto semicrculo, los
gigantes agarraban enormes rocas, montaas enteras y las arrojaban
contra el Olimpo medio desarraigado. Para erguirse ms arriba, hacinaron
los viejos titanes monte sobre monte que les sirviera de pedestal, pero
la gran cumbre nevada los dominaba siempre y los rodeaba con nubes
sombras de donde brotaban los rayos. Los gigantes, alimentados con las
propias fuerzas de la tierra, llevaban en la voz los rugidos del huracn
y en los brazos el vigor de la tormenta: con sus cien manos lanzaban al
azar el pedrisco de rocas, pero luchaban con el ciego furor de los
elementos contra dioses jvenes  inteligentes. Sucumbieron, y bajo los
escombros del monte quedaron aplastados con ellos pueblos enteros. No de
otro modo los caprichos de los reyes han sido causa de la destruccin de
naciones, como por equivocacin.

Haban cesado hacia tiempo los prodigiosos combates del Olimpo, cuando
los pueblos jonios y dorios tuvieron poetas para cantar sus propias
hazaas y ms tarde historiadores para relatarlas. Entonces Zeus, padre
de dioses y de hombres, resida en paz en la montaa sagrada:  un lado
estaba Heza, la diosa mujer siempre y siempre virgen. En torno estaban
los otros inmortales de rostro eternamente alegre y bello. Luminoso ter
baaba la cumbre del Olimpo y jugueteaba en la cabellera de los dioses:
nunca perturb la tormenta el descanso de aquellos dichosos seres, ni
lluvia, ni nieve caa sobre la esplndida cspide. Las nubes amontonadas
por Zeus se enrollaban  sus pies, alrededor de los peascos que
formaban el soberbio cimiento de su trono. A travs de los intersticios
de aquel velo que abran y cerraban las Horas  gusto del sueo,
contemplaba ste el mar, la tierra, las ciudades y los pueblos. Sobre la
cabeza de aquellos hombres que se agitaban, suspenda el inflexible
destino, decida la vida  la muerte, distribua  su antojo benfica
lluvia  rayo vengador. Ninguna lamentacin de abajo turbaba  los
dioses en su quietud eterna. El nctar era siempre delicioso, la
ambrosa exquisita. Saboreaban el olor de las hecatombes, oan como una
msica el concierto de las voces suplicantes. Debajo de ellos se
extenda como espectculo infinito el cuadro de las luchas y de la
miseria humana: vean chocar las armas, sumergirse las armadas,
convertirse en fuego y humo las ciudades, extenuarse de fatiga  los
infelices labradores, mirmidones casi invisibles, para alcanzar cosechas
que haba de robarles un poderoso; hasta bajo el techo de las casas,
vean llorar  las mujeres y gemir  los nios. A lo lejos, su enemigo
Prometeo lamentbase, aherrojado en una pea del Cucaso. Tales eran las
venturas de los dioses. Hubo algn heleno, pastor, sacerdote  rey que
se atreviera  trepar por las pendientes de Olimpo que dominan los
altos pastos de las caadas y las lomas? Atrevise alguien  poner el
pie sobre la cumbre para encontrarse de pronto en presencia de los
dioses terribles? Refieren los escritores antiguos que hubo filsofos
que no temieron escalar el Etna, con ser mucho ms elevada que el
Olimpo, pero no mencionan  ningn mortal que tuviese la audacia de
subir  la montaa divina, ni siquiera en la poca cientfica, cuando la
filosofa enseaba que Zeus y los otros inmortales eran meras
concepciones del espritu humano.

Ms tarde, otras religiones de pueblos diversos que viven en las
llanuras cercanas se apoderaron de la montaa santa y la consagraron 
nuevas divinidades. En vez de Zeus, adoraron los cristianos griegos en
ella  la Santsima Trinidad: en sus tres principales cspides miran
todava los tres grandes tronos del cielo. Uno de sus ms elevados
promontorios, que sostena tal vez en otro tiempo el templo de Apolo, lo
domina ahora un monasterio de San Elas: una de sus caadas, que
recorran las bacantes cantando _Evoke_ en honor de Dionysos  Baco, la
habitan los monjes de San Dionisio. Sucedieron sacerdotes  sacerdotes,
y el respeto supersticioso de los modernos  la adoracin de los
antiguos, pero quiz la cumbre ms alta, permanece aun hoy virgen de
huella humana. La suave luz que resplandece en sus rocas y en sus nieves
no ha iluminado an  nadie desde que se fueron los dioses griegos.

Hace pocos aos, todava habra sido difcil al europeo llegar hasta el
vrtice de la montaa, porque los kleptos helenos, de infalible
puntera, ocupaban todos los desfiladeros: all se haban fortificado
como en una ciudadela enorme, y desde all, renovando la lucha de los
dioses contra los titanes, emprendan expediciones contra los turcos del
monte Orsa. Orgullosos de su valor, creanse invencibles como la montaa
que los albergaba: personificaban el propio Olimpo. Soy (deca uno de
sus cantos), soy el Olimpo, ilustre en todas las pocas y clebre en
todas las naciones: cuarenta y dos picos coronan mi cabeza y setenta y
dos fuentes corren por mis hondonadas, y en mi cima ms alta se posa un
guila que lleva en sus garras la cabeza de un hroe denodado. Aquella
guila era sin duda la del antiguo Zeus: todava se alimenta hoy con la
carne del hombre muerto por su semejante.

La imaginacin popular corre libremente cuando se trata de los dioses
que ha creado. Durante el curso de los siglos, vara sus nombres, sus
atributos y su poder, segn las alternativas de la historia, los cambios
del lenguaje, las variantes individuales  nacionales de la tradicin;
al fin y al cabo les da muerte como les di vida, y los sustituye con
nuevas divinidades. Poco le cuesta, por lo tanto, hacerlos viajar de
monte en monte. As es que cada cima tena su dios y hasta su plyade de
reses celestiales. Zeus viva en el monte Ida, as como en el Olimpo de
Grecia, en los de Creta y Chipre y en las rocas de Egina. Apolo tena su
morada en el Parnaso y en el Helicn, en el Cileno y en el Taigeto, en
todos los montes diseminados que se elevan fuera del mar Egeo. Las cimas
que iban  dorar los rayos de la aurora, cuando las llanuras inferiores
estaban todava  obscuras, tenan que estar consagradas al dios del
sol. As, casi todas las cspides aisladas de la Hlada llevan hoy el
nombre de Elas. El profeta judo ha llegado  ser, en virtud de su
nombre y por un sagrado juego de palabras, el heredero de Helios, hijo
de Jpiter.

Ved ese trono, centro de la tierra, dice Esquilo, hablando de Delfos.
En muchos otros sitios, segn la fantasa del poeta  la imaginacin
popular, se ergua la columna central. Pindaro la vea en el Etna: los
marineros del Archipilago la ponan en el monte Athos: el gran hito que
se vea siempre por encima del agua, ya dejando las orillas de Asia, ya
navegando por los mares de Europa. Decase que aquella montaa era tan
alta, que el sol se pona en su pico tres horas ms tarde que en las
llanuras de su falda, y que desde su altura se alcanzaban los mismos
lmites de la tierra. Cuando la Hlada, antes libre, fu esclavizada por
el macedonio, cuando fu la propiedad de un dueo, hubo un adulador
bastante vil, un hombre bastante rastrero para rogar  Alejandro (el
cual se haba proclamado Dios) que empleara un ejrcito en transformar
el monte Athos en una estatua del nuevo hijo de Zeus ms poderoso que
su padre. La imposible obra habra podido tentar  un dios hecho de
pronto, loco de orgullo, pero ste no se atrevi  emprenderla. Los
marinos que navegaban al pie de la gran montaa continuaron viendo en
ella  un antiguo dios, hasta el da en que empez otro ciclo de la
historia con nuevo culto y nuevas divinidades. Refirise entonces que el
monte Athos era precisamente aquella montaa  la cual transport el
diablo  Jess el Galileo para mostrarle todos los reinos de la tierra
extendidos  sus pies: Europa, Asia y las islas del mar. Todava lo
creen los habitantes del monte, y no es muy posible, en efecto,
encontrar una cima en que la vista domine panorama, si no tan vasto, 
lo menos tan bello y tan variado.

Fuera del mundo helnico en que la imaginacin popular era tan potica y
tan fecunda, vern tambin los pueblos en sus montaas tronos de los
dueos del cielo y de la tierra. No slo las grandes cumbres de los
Alpes eran adoradas como mansin de los dioses y por si mismas, sino
que, hasta en las llanuras del Norte de Alemania y de Dinamarca,
colinitas que elevan sus lomas por encima de los pramos uniformes, eran
Olimpos no menos venerados que lo era el de Tesalia para los griegos.
Hasta en la fra Islandia, tierra de brumas y de hielos eternos, los
adoradores de los soberanos celestes se volvan hacia las montaas de lo
interior, creyendo ver en ellas la residencia de sus dioses.
Indudablemente, si hubieran podido trepar hasta la cima de las cuestas
surcadas de sus volcanes, si hubiesen contemplado el horror de sus
crteres donde luchan incesantemente lavas y nieves, no habran pensado
en hacer de aquellos lugares terribles el encantador alczar de sus
felices divinidades. Pero no vean las montaas ms que de lejos:
divisaban sus blancas cimas  travs de desgarradas nubes y se las
figuraban tanto ms bellas cuanto ms salvajes y ms difciles de
recorrer eran las llanuras de la base. Aquellos montes, separados de la
tierra de los humanos por valladares de infranqueables precipicios, eran
la ciudad de Asgard, en la cual vivan los dioses alegremente, bajo un
cielo clemente siempre, y la gran nube de vapores que surga de la
cumbre y se extenda en ancho espacio por los cielos, no era una columna
de ceniza, sino el enorme Fresno Idgrasl,  cuya sombra descansaban los
dueos del universo.




CAPTULO XXI

#Los genios#


Lentamente se transforman las religiones. Los cultos del mundo antiguo,
extinguidos al parecer hace tanto tiempo, existen an, bajo las
exterioridades de nuevos cultos. Han cambiado con frecuencia los nombres
de los dioses, pero el altar sigue siendo el mismo. Los mismos son ahora
los atributos de la divinidad que hace dos mil aos, y la fe que la
invoca conserva la santa simplicidad de su fanatismo. En los valles
agrestes del Olimpo, por donde saltaban las bacantes desmelenadas,
murmuran hoy oraciones los monjes. En el santo monte Athos, al cual
adoraban desde la superficie de las rumorosas olas marinos de todas las
razas y todos los idiomas, se alzan 935 iglesias en honor de todos los
santos: el dios de los cristianos ha heredado  Zeus, que haba sucedido
 dioses mas antiguos. Tambin el templo de Minerva, en Siracusa, cuya
lanza de oro saludaban los marineros desde lejos, derramando en las
aguas una copa de vino, se ha convertido en capilla de la Virgen. Todos
los promontorios martimos y toda cima de colina, toda montaa coronada
por un templo, tierra adentro, ha conservado adoradores, aunque haya
cambiado el nombre. Recorre un viajero la isla de Chipre, buscando el
templo de Venus Afrodita. Ya no la llamamos Afrodita (dice devotamente
la mujer  quien ha interrogado); ahora la llamamos la Virgen
Crisaplita.

Pero no slo han continuado los pueblos cristianos venerando las
montaas santas de griegos y romanos, sino que han extendido  su manera
su culto por todas las comarcas en que habitan. Lo mismo que nuestros
antepasados de los tiempos de la leyenda, antecesores nuestros ms
prximos que vivan en la Edad Media, no podan contemplar la montaa
sin que su imaginacin hiciera, vivir seres superiores en los valles
misteriosos y en las cimas radiantes. Verdad es que aquellos seres no
tenan derecho al dictado de dioses; maldecidos por la iglesia, se
transformaban en diablos, en demonios malficos,  tolerados por ella,
se convertan en genios tutelares, dioses de contrabando, invocados
nicamente  hurtadillas.

Jpiter, Apolo y Venus haban descendido de su trono y se haban
refugiado en el fondo de antros: aquellos cuyo augusto rostro irradiaba
la luz, quedaban condenados  vivir para siempre en las tenebrosas
cavernas. Las fiestas del Olimpo se haban transformado en aquelarres 
los cuales iban asquerosas brujas cabalgando en escobas  evocar al
diablo en las noches borrascosas. Adems, el clima fro, el nublado
cielo de nuestras comarcas del Norte haban de contribuir en gran parte
 la reclusin de los antiguos dioses. Entre nieves y vientos, en medio
de las tempestades, cmo haban de poder solazarse en alegres
banquetes, saborear la ambrosa y taer la urea lira? Apenas se poda
soar con su presencia en aquellos palacios fantsticos edificados en un
momento por los rayos del sol en las resplandecientes cspides y no
menos rpidamente desaparecidos como ensueos  vanos espejismos.

Dioses y genios son las personificaciones de cuanto tiene y de cuanto
desea el hombre. Todos sus terrores y todas sus pasiones tomaban en otro
tiempo sobrenatural forma. As es que uno de los espritus de la montaa
son magos formidables que abrasan la hierba de los pastos, matan el
ganado, malefician  los caminantes, cuando otros, en cambio, son seres
benvolos, cuyos favores conquista una jarra de leche vertida  un
sencillo conjuro. Al buen genio se dirige el pastor para que acreciente
sus rebaos con chotos y corderos vigorosos y perfectos. A l
especialmente acuden jvenes y viejos, hombres y mujeres, para pedirle
lo que desgraciadamente sera para todos la alegra suprema de la vida,
oro, riquezas, un tesoro. Cuntannos antiguas tradiciones como los
genios de la montaa se meten por las venas de la tierra para
introducir en ellas cristales y metal, para mezclar diversamente
minerales y tierras. Otras leyendas dicen cmo y  qu hora hay que
golpear la piedra sagrada que tapa las riquezas, qu seales hay que
hacer, qu extraas slabas hay que pronunciar. Pero si algo se olvida,
si en vez de un sonido se oye otro, todos los conjuros son ineficaces.

He visto enormes excavaciones practicadas por montaeses en lo ms alto
de una punta de rocas oculta por las nieves durante nueve meses del ao.
Aquella punta estaba consagrada  un santo que, como protector del
monte, haba sucedido  un dios pagano. Todos los veranos volvan los
buscadores de tesoros  ahondar en la cima, sirvindose de las palabras
y de los gestos sacramentales. No encontraban ms que hojas de esquisto
debajo de otras hojas iguales, pero no faltaba vido cazador que
siguiese trabajando, y procuraba evocar al genio con nueva frmula, con
grito victorioso.

Ms interesantes que estos dioses guardadores de tesoros son aquellos
que en las cavernas de la montaa tienen el encargo de conservar el
genio de toda una raza. Ocultos en el espesor de una roca, representan
al pueblo entero, con sus tradiciones, su historia y su porvenir. Viejos
como el monte, durarn tanto como l, y mientras vivan ellos vivir la
raza cuyos grupos andan esparcidos por los valles cercanos. Por eso
miran los vascos con orgullo el pico de Anie donde su dios se esconde
tanto ms viviente, cuanto ms desconocido para el sacerdote. Mientras
ests ah (le dicen), aqu estaremos nosotros. Y poco les falta para
creerse eternos, cuando hasta su lenguaje desaparecer maana.

Al mismo orden de ideas populares pertenecen las leyendas de los
guerreros  profetas que, durante siglos enteros, esperan un da grande
ocultos en alguna gruta profunda de la montaa. Tal es el mito de aquel
emperador alemn que meditaba, apoyado en una mesa de piedra y cuya
blanca barba, sin cesar de crecer, se haba arraigado en la roca. A
veces un cazador  un bandolero penetraba en la caverna y turbaba el
descanso del poderoso anciano. Este levantaba lentamente la cabeza,
haca una pregunta al tembloroso visitante y despus volva  su
interrumpida meditacin, diciendo al suspirar: Todava no? Qu
esperaba para morir en paz? Indudablemente el eco de alguna gran
batalla, el hedor de un ro de sangre humana, una inmensa degollacin en
honor de su imperio. Ah! Ojal se haya dado ya esa ltima batalla y se
haya convertido en un montn de cenizas el siniestro emperador!

Mucho ms conmovedora y hermosa es la leyenda de los tres suizos que
tambin esperan un da grande en el espesor de una alta montaa de los
antiguos cantones. Son tres, como los tres que juraron conquistar la
libertad en la pradera del Grutli, y los tres se apellidan Tell, como el
que derrib al tirano. Tambin estn adormecidos: tambin meditan, pero
el fondo de su ensueo no es la gloria, sino la libertad, y no slo la
libertad suiza, sino la libertad de todos los hombres. De cuando en
cuando, levntase uno para mirar el mundo de lagos y praderas, pero
vuelve tristemente hacia sus compaeros y suspira al decir: Todava
no. El da de la gran liberacin no ha llegado. Esclavos an, no han
dejado los pueblos de adorar el sombrero de sus amos.




CAPTULO XXII

#El hombre#


Esperemos, de todos modos, confiadamente: el da grande vendr. Vnse
los dioses y llvanse consigo  los reyes, tristes representantes suyos
en la tierra. Aprende despacio el hombre  hablar el lenguaje de la
libertad: aprender tambin  practicarla.

Las montaas que tienen,  lo menos, el mrito de ser hermosas, forman
parte del nmero de esos dioses que van perdiendo ya sus adoradores. Sus
truenos y sus aludes no son ya para nosotros los rayos de Jpiter: sus
nubes dejaron ya de ser los vestidos de Juno: ya subimos sin temor  los
valles altos, residencia de los dioses  guarida de genios. Las cumbres,
formidables en otro tiempo, son hoy atractivo de millares de trepadores
que han emprendido la tarea de que no quede pen ni campo de hielo
virgen de paso humano. En nuestras comarcas occidentales de Europa, casi
todas las cspides han sido conquistadas sucesivamente: las de Asia,
Africa y Amrica lo sern con el tiempo. Ya que ha terminado casi la era
de los grandes descubrimientos geogrficos y se conoce la tierra en su
conjunto, salvo en algunos trechos, numerosos viajeros, obligados 
contentarse con gloria menor, disptanse la honra de ser los primeros en
subir  montaas aun no visitadas. Hasta  Groenlandia han ido  buscar
cimas desconocidas los aficionados  ascensiones.

Parece que muchos de esos que cada ao, en el buen tiempo, intentan
trepar  alguna cima alta y de difcil acceso, suben impulsados por
ftil vanidad. Buscan, segn se dice, un medio penoso, pero seguro, de
que los peridicos repitan su nombre, como si con una ascensin de esas
hicieran algo til  la humanidad. Llegados  la cumbre, redactan, con
las manos entumecidas por el fro, un acta de su gloria, destapan
ruidosamente botellas del espumoso vino, disparan pistoletazos como
verdaderos conquistadores y tremolan banderas frenticamente. Donde la
cima de la montaa no est revestida de nieve, colocan en ella un montn
de piedras,  fin de encontrarse  algunos centmetros ms de altura.
Considranse reyes y seores del mundo, ya que la montaa toda es su
pedestal para ellos y ven los reinos yaciendo  sus pies. Extienden la
mano como para cogerlos. No de otro modo un poeta campesino, invitado
por primera vez  visitar un real sitio, pidi permiso para sentarse un
momento en el trono. Cuando lo logr, apoderse de l el vrtigo del
mando, y viendo revolotear  una mosca cerca de l, exclam: Ah! Como
ahora soy rey, te aplasto! y espachurr al pobre insecto contra el
brazo del dorado silln.

Sin embargo, el hombre modesto, el que no pregona su ascensin, ni
ambiciona la gloria efmera de haber subido  algn pico de difcil
acceso, tambin experimenta una gran alegra cuando huella una elevada
cumbre. Saussure no ha pasado tantos aos con la mirada fija en la
cpula del Monte Blanco, ni ha intentado su ascensin tan repetidas
veces con el nico fin de ser til  la ciencia. Cuando, despus de
Bahuat, lleg  la nieve hasta entonces inmaculada, no tuvo slo el
gusto de poder hacer observaciones nuevas: debi de entregarse tambin 
la inocente dicha de haber conquistado por fin el rebelde monte. El
cazador de animales y el de hombres tambin se alegran cuando, despus
de porfiada persecucin por bosques y barrancos, ribazos y valles, se
encuentran frente  su vctima y consiguen alcanzarla con sus balas. Ni
fatigas ni riesgos les han hecho cejar, porque una esperanza los
sostena, y cuando descansan junto  la derribada presa, olvidan cuanto
han padecido. Como el cazador, el trepador de cimas disfruta de este
jbilo de la conquista despus del esfuerzo, pero adems siente la dicha
de no haber arriesgado ms que su vida propia. Ha conservado puras las
manos.

En las grandes ascensiones, el peligro es inminente muchas veces y 
cada momento se expone uno  la muerte, pero siempre sigue adelante y se
siente sostenido  impulsado por una gran alegra al considerar que se
sabe evitar el peligro con la solidez de los msculos y la serenidad del
nimo. Hay que sostenerse muchas veces en una pendiente de nieve helada,
en la cual un paso mal dado cuesta la cada al precipicio. Otras veces
hay que arrastrarse por un ventisquero, agarrndose  una aspereza de la
nieve que, si se rompe, ocasiona el desplome en una sima, cuyo fondo no
se ve. Tambin hay que escalar paredes de rocas, cuyas salientes apenas
tienen la anchura suficiente para apoyar en ellas el pie, y estn
cubiertas por una capa de escarcha que parece palpitar bajo el agua
glacial que corre por encima. Pero tales son el valor y la tranquilidad
del espritu, que ni un msculo se permite un movimiento falso, y todos
armonizan sus esfuerzos para evitar el peligro. Resbala un viajero sobre
una roca de pizarra lisa y muy pendiente, cortada bruscamente por un
precipicio de cien metros de altura. Baja con rapidez vertiginosa por el
plano inclinado, pero se extiende tambin para ofrecer mayor superficie
al roce y tropezar con todas las ligeras asperezas de la pea; utiliza
con tal habilidad los brazos y las piernas  manera de frenos, que se
detiene en el borde del abismo. Precisamente corre por all un arroyuelo
antes de formar cascadas y como el viajero tena sed, bebe
tranquilamente, con la cara en el agua, antes de pensar en levantarse
para volver  emprender la marcha por rocas menos peligrosas.

El trepador tiene ms amor  la montaa, cuanto ms expuesto ha estado 
perecer, pero el sentimiento del peligro vencido no es la nica alegra
de la ascensin, especialmente para el hombre que, durante su vida, ha
tenido que sostener rudos combates para cumplir con su deber. Aunque no
quiera, ha de ver en el camino no recorrido, con difciles pasos,
nieves, grietas, obstculos de todo gnero, una imagen del penoso camino
de la virtud: esta comparacin de las cosas materiales con el mundo
moral se impone  su espritu y le hace pensar: A pesar de la
naturaleza, he alcanzado xito prspero: la cumbre est bajo mis
plantas: verdad es que he sufrido, pero venc, y cumpl mi deber. Este
sentimiento hace toda su fuerza en aquellos que han de llevar  cabo
realmente la misin cientfica de escalar una cima peligrosa, ya para
estudiar rocas y fsiles, ya para enlazar una red de tringulos y
levantar el plano de una comarca. Estos tienen derecho  su propio
aplauso despus de haber conquistado la altura: si en su viaje les
ocurre una desgracia, merecen el dictado de mrtires. La humanidad
agradecida debe recordar sus nombres, bastante ms nobles que los de
tantos supuestos grandes hombres.

Tarde  temprano las edades heroicas de la exploracin de las montaas
acabarn como las de la exploracin de la llanura, y el recuerdo de los
trepadores famosos se convertir en leyenda. Unas tras otras habrn sido
escaladas todas las montaas de las regiones populosas: construanse
senderos cmodos y despus grandes carreteras desde la falda  la
cspide para facilitar la ascensin hasta  los hombres ociosos y
estragados: se dispararn barrenos entre las grietas de los ventisqueros
para ensear  los papanatas la contextura del cristal: se establecern
ascensores mecnicos junto  las paredes de los montes inaccesibles en
otro tiempo, y los que viajan por recreo se harn subir  lo largo de
los vertiginosos muros fumndose un cigarro y hablando de cosas
escandalosas.

Pero si ya se sube  las cumbres en ferrocarril! Ahora han discurrido
los inventores locomotoras de montaa para que podamos respirar el aire
libre del cielo durante la hora de digestin que sigue  la comida. Los
americanos, gente prctica hasta en la poesa, han inventado este nuevo
sistema de ascensin. Para llegar pronto y sin cansancio al vrtice de
su ms venerada montaa,  la cual han dado el nombre de Washington,
hroe de la independencia, la han enlazado con la red de sus
ferrocarriles. Rocas y pastos estn rodeados de una espiral de rieles
que suben y bajan alternativamente los trenes silbando y desenrollando
sus anillos como gigantescas serpientes. Hay una estacin en la cima y
tambin fondas y kioscos de estilo chinesco. El viajero que va en busca
de emociones encuentra all bizcochos, licores y poesas  la salida
del sol.

Lo que han hecho los americanos en el monte Washington, lo han imitado 
escape los suizos en el Righi, en el centro del panorama grandioso de
lagos y montaas. Tambin lo han hecho en el Utli; lo harn en otros,
llevando sus cumbres, como si dijramos, al nivel de la llanura. La
locomotora pasar de valle en valle y por encima de los picos, como pasa
un barco subiendo y bajando encima de las olas del mar. Cuanto  las
altas cspides de los Andes y del Himalaya, sobradamente elevadas en la
regin del fro para que el hombre pueda subir  ellas directamente, ya
vendr da en que se las arregle para alcanzarlas. Ya le han llevado los
globos  dos  tres kilmetros ms de altura: otras naves areas irn 
dejarle encima del Gaurisankar, sobre la Gran Diadema del Cielo
brillante.

En esa gran labor de arreglo de la naturaleza no basta con hacer fcil
la subida  los montes; en caso necesario se intenta suprimirlos. No
contentos con hacer escalar  sus carreteras los montes ms arduos, los
ingenieros perforan las rocas que le estorban para que pasen sus vas de
hierro de valle  valle. A pesar de cuantos obstculos ha puesto  su
camino la naturaleza, el hombre pasa y hace una tierra nueva apropiada 
sus necesidades. Cuando necesita un gran puerto para refugio de sus
navos, coge un promontorio de la orilla del mar y lo tira roca por roca
al fondo del agua para convertirlo en rompe-olas. Por qu, si se le
antojara, no haba de coger montaas grandes, para triturarlas y
diseminar sus restos por el suelo de las llanuras?

Y el caso es que ya se ha emprendido ese trabajo. Cansados los mineros
de California de que los arroyos les vayan trayendo la arena con
partculas de oro, se les ha ocurrido atacar la misma montaa. En muchos
sitios destrozan el duro pen para sacarle el metal, pero el trabajo es
difcil y costoso. La tarea es ms fcil cuando han de habrselas con
terrenos de transporte, como arena movible y guijarros. De modo que se
han instalado enfrente de la montaa con enormes bombas para incendios,
ahondando sin cesar las escarpas con continuo chorro de agua y
demoliendo as poco  poco la montaa para extraerle todas las molculas
de oro. Tambin en Francia ha brotado la idea de desmoronar de la misma
manera una parte del inmenso hacinamiento de aluviones antiguos
acumulados en mesetas delante de los Pirineos: por medio de canales,
todos esos residuos, transformados en limo fertilizador, serviran para
elevar y fecundar las secas llanuras de las Saudas.

Esos progresos son ciertamente considerables. Ya pasaron los tiempos en
que los nicos caminos de la montaa eran rodadas tan estrechas que dos
peatones que fueran en sentido contrario no podan dejarse paso y tena
que pasar uno por encima del otro, tumbado en el sendero. Todos los
puntos de la tierra van siendo accesibles, hasta para los invlidos y
los enfermos; al mismo tiempo, todos los recursos van siendo utilizables
y la vida del hombre se prolonga con todas las horas robadas al periodo
de esfuerzos, mientras su haber se acrecienta con todos los tesoros
arrancados  la tierra. Como todas las cosas humanas, traern consigo
esos progresos los correspondientes abusos: y alguna vez habr quien
est  punto de maldecirlos, como ya se han lanzado maldiciones en otro
tiempo contra la palabra, la escritura, el libro y hasta el pensamiento.
Digan lo que quieran los aficionados al tiempo viejo, la vida que es tan
dura para la mayor parte de los hombres, se ir haciendo cada vez ms
fcil. Velemos para que una educacin fuerte arme al joven con enrgica
voluntad y le haga siempre capaz de heroico esfuerzo, nico medio de
sostener el vigor moral y material de la humanidad. Sustituyamos con
pruebas metdicas el rudo combate de la existencia con el cual tenemos
que comprar hoy la fuerza de nimo. Antes, cuando la vida era una
incesante batalla del hombre contra el hombre y contra la fiera, al
adolescente se le miraba como  un nio, mientras no llevara algn
trofeo sangriento  la choza paterna. Tena que probar la fuerza de su
brazo, la solidez de su valor antes de atreverse  tomar la palabra en
el consejo de los guerreros. En los pases donde el peligro, ms que en
combatir al enemigo, consista en tener que sufrir hambre, fro,
intemperie, el candidato al ttulo de hombre era abandonado en el
bosque sin alimento, sin vestidos, expuesto al cierzo y  las picaduras
de los insectos: tena que permanecer all, inmvil, altivo y plcido el
rostro, y despus de varios das de espera haba de tener an bastantes
fuerzas para dejarse atormentar sin quejarse y asistir  una abundante
comida sin adelantar la mano para coger su parte. Hoy no se imponen ya 
nuestros jvenes tan brbaras pruebas, pero hay que saber hacer elevadas
y firmes las almas de los nios, no slo contra las desgracias posibles,
sino tambin, y ms an, contra las facilidades de la vida, si queremos
evitar la decadencia y el embrutecimiento. Trabajemos para hacer dichosa
 la humanidad, pero ensemosle al mismo tiempo  triunfar de su propia
dicha con la virtud.

En esta capital, labor de la educacin de los hijos, y por consiguiente,
de la humanidad futura, la montaa tiene que representar un papel
importante. La verdadera escuela debe ser la naturaleza libre con sus
hermosos paisajes para contemplarlos, con sus leyes para estudiarlas,
pero tambin con sus obstculos, para vencerlos. No se educan hombres
animosos y puros en salas estrechas con ventanas enrejadas. Dseles, al
contrario, la alegra de baarse en los lagos y en los torrentes de la
montaa, hgaseles pasear por los ventisqueros y los campos de nieve,
llveselos  escalar las elevadas cumbres. No slo aprendern fcilmente
lo que no les podra ensear ningn libro, no slo recordarn todo lo
que hayan aprendido en aquellos das felices en que la voz del profesor
se confunda para ellos en una misma impresin, con la vista de paisajes
encantadores, sino que tambin se habrn encontrado frente al peligro y
lo habrn arrostrado alegremente. El estudio ser un placer para ellos y
su carcter se formar en la alegra. No puede dudarse de que estamos en
vsperas de llevar  cabo los cambios ms importantes en el aspecto de
la naturaleza, as como en la vida de la humanidad: ese mundo exterior
que tan poderosamente hemos modificado ya en su forma, lo
transformaremos para nuestro uso ms enrgicamente an. Segn van
creciendo nuestro saber y nuestro poder material, la voluntad humana se
manifiesta ms imperiosa frente  la naturaleza. Actualmente, casi todos
los pueblos que se llaman civilizados emplean todava la mayor parte de
su sobrante anual en preparar los medios de matarse mutuamente y de
asolar los territorios ajenos, pero cuando, con mejor consejo, lo
apliquen  aumentar la fuerza productiva del suelo,  utilizar en
comunidad todas las fuerzas de la tierra,  suprimir todos los
obstculos naturales que opone  la libertad de nuestros movimientos,
cambiar ante la vista la apariencia del planeta que en su torbellino
nos lleva. Cada pueblo dar, digmoslo as, nueva vestidura  la
naturaleza que le rodee. Con campos y caminos, moradas y construcciones
de todo gnero, por la agrupacin impuesta  los rboles, por el
ordenamiento general de los paisajes, la poblacin dar la medida de su
ideal propio. Si posee en realidad el sentimiento de la belleza, har 
la naturaleza ms hermosa: pero si la gran masa de la humanidad tuviera
que seguir como es hoy, grosera, egosta y falsa, continuar grabando
tristes huellas en la tierra. Entonces ser una verdad el grito del
poeta: A dnde huir? La naturaleza se afea!

Sea como fuere la humanidad en lo porvenir, cualquiera que deba ser el
aspecto del medio que ha de crearse, la soledad, en lo que queda de la
naturaleza libre, se har cada vez ms necesaria al hombre que, lejos
del conflicto de deseos y de opiniones, quiera fortalecer su
pensamiento. Si los sitios ms hermosos de la tierra llegaran 
convertirse un da en punto de reunin de los ociosos,  aquellos que
gustan de vivir en la intimidad con los elementos, no les quedara otro
recurso que huir en una barca al alta mar  esperar el da en que puedan
cernirse como el ave en las profundidades del espacio, pero siempre
echaran de menos los frescos valles de las montaas, los torrentes que
brotan de la inmaculada nieve, las blancas  sonrosadas pirmides que se
yerguen en lo azul del cielo. Afortunadamente, la montaa es siempre el
retiro ms benigno para quien huye de los caminos abiertos por la moda.
Durante mucho tiempo podremos apartarnos del mundo frvolo y
reconcentrarnos en la verdad de nuestro pensamiento, alejados de esa
corriente de opiniones vulgares y ficticias que turban y descaminan
hasta  los espritus ms sinceros.

Qu asombro, qu inslita impresin sent en todo mi ser cuando,
traspuesto el umbral del ltimo desfiladero de la montaa, me volv 
ver en la gran llanura de indistintas y fugitivas lontananzas de
ilimitado espacio! Ante m estaba el mundo inmenso. Poda yo ir hacia el
punto del horizonte al cual me impulsara el capricho, y, sin embargo,
por ms que andaba, me pareca que no cambiaba de sitio, de tal modo
haba perdido la naturaleza que me rodeaba su encanto y su variedad. Ya
no oa el torrente, ya no vea rocas ni nieves; la montona campia era
la misma siempre. Libres eran mis pasos, y sentame no obstante ms
prisionero que en la montaa. Cualquier rbol, cualquier arbusto
bastaban  ocultarme el horizonte: todos los caminos estaban cerrados en
ambas partes por setos  vallas.

Al alejarme de los amados montes, que parecan huir lejos de m, miraba
 veces hacia atrs para contemplar sus curvas empequeecidas.
Confundanse poco  poco las pendientes en una misma masa azulada:
dejaban de verse las anchas cortaduras d los valles: perdanse las
cimas secundarias: nicamente se dibujaba en el fondo luminoso el perfil
de las altas cspides. Por fin, la bruma de polvo y de impurezas que se
eleva desde las llanuras me ocult las pendientes bajas: quedaba tan
slo una especie de decoracin cimentada en nubes y  penas poda
encontrar mi mirada alguna de las cumbres pisadas en otro tiempo.
Despus los vapores cubrieron todos los contornos; rodeme por todas
partes la llanura de invisibles lmites. Desde entonces quedaba detrs
de m la montaa y volva yo al gran tumulto de los humanos. Pero  lo
menos he podido conservar en la memoria la suave impresin de lo pasado.
Veo surgir nuevamente ante mis ojos el amado perfil de los montes,
vuelvo  entrar con el pensamiento en las umbrosas caadas, y durante
algunos instantes puedo disfrutar apaciblemente de la intimidad con la
roca, el insecto y el tallo de hierba.


FIN


         INDICE


Captulos

     I.--El asilo
    II.--Las cumbres y los valles
   III.--La roca y el cristal
    IV.--El origen de la montaa
     V.--Los fsiles
    VI.--La destruccin de las cimas
   VII.--Los desprendimientos
  VIII.--Las nubes
    IX.--La niebla y la tormenta
     X.--Las nieves
    XI.--El alud
   XII.--El ventisquero
  XIII.--Los hacinamientos de rocas y los torrentes
   XIV.--Los bosques y los pastos
    XV.--Los animales de la montaa
   XVI.--El escalonamiento de los climas
  XVII.--El montas libre
 XVIII.--El cretino
   XIX.--La adoracin de las montaas
    XX.--El Olimpo y los dioses
   XXI.--Los genios
  XXII.--El hombre











End of the Project Gutenberg EBook of La Montaa, by Elseo Reclus

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MONTAA ***

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