The Project Gutenberg eBook of Viviana y Merlín This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook. Title: Viviana y Merlín Leyenda Author: Benjamín Jarnés Release date: August 22, 2026 [eBook #79425] Language: Spanish Original publication: Madrid: Ediciones Ulises, 1930 Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/79425 Credits: Ramón Pajares Box. (This book was produced from images generously made available by The Internet Archive / The University of Arizona Library.) *** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK VIVIANA Y MERLÍN *** NOTA DE TRANSCRIPCIÓN * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. * Los errores de imprenta han sido corregidos. * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. * La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización. * Las páginas en blanco han sido eliminadas. VIVIANA Y MERLÍN [Ilustración: BENJAMÍN JARNÉS (Foto Lagos)] COLECCIÓN VALORES ACTUALES BENJAMÍN JARNÉS VIVIANA Y MERLÍN LEYENDA [Ilustración] C.ª IBEROAMERICANA DE PUBLICACIONES, S. A. MADRID / BUENOS AIRES Copyright by 1930 BENJAMÍN JARNÉS Derechos reservados. Ediciones ULISES. Imprenta de Galo Sáez. — Mesón de Paños, 8. — Madrid. A Titania. A la reina Mab. A todas las amigas —visibles e invisibles— de Viviana y Merlín. AÑOS DE APRENDIZAJE Y ALEGRÍA ( NOTA AUTOBIOGRÁFICA ) Como Scheherezada, yo salvé mi vida narrando, produciendo. ... Toda mi existencia ha sido una lucha contra mí mismo. Yo no quiero tener discípulos. KIERKEGAARD. Mi edad bien puede adivinarse por la foto que acompaña a estas líneas, hecha en abril de 1930. Ya dije otras veces la fecha exacta —y lejana— de mi nacimiento: no soy masoquista. Hay en Aragón enormes extensiones donde apenas crece sino un poco de esparto. En una de ellas, a distancia de unos pocos kilómetros y de algo más de un siglo, nació Goya y nací yo. Él, en Fuendetodos, y yo, en Codo. Como Goya, fui a Zaragoza, y como Goya, caí después en Madrid. Uno, a pintar muy bien, y otro, a escribir como se puede. Me gustaría desterrarme también por algo y morir, como él, en Burdeos o en China. Esto me será fácil. Aunque me gustaría mucho más tener duquesas desnudas que pintar —tropo a tropo, claro es— después o al mismo tiempo de haberme derretido de amor por ellas. (Ya comprendo lo difícil de realizar esta última parte del itinerario goyesco, pero mi devoción —fatal— por Goya es superior a todo, y —fatalmente— debo hacerlo así constar en mi programa de ambiciones). Me gustaría, además: Ser tan exuberante como Goya y tan alerta como mi segundo genial paisano y maestro, Baltasar Gracián. Es decir: llenar los museos literarios de libros opulentos, pero magros; incandescentes, pero de llama cautiva en transparente cristal; voluptuosos, pero de sensualidad puesta en tortura de razón; vivaces, vivarachos, quizá, hasta el aturdimiento, pero de inquietud siempre armonizada; libres, pero de ruta bien clara y hondo cauce. Dar, en fin, a mi prosa, el vigor plástico, la seducción epidérmica de Goya y la densa musculatura, el segundo término profundo de Gracián. Hablo de ambiciones, de deseos... Pero esto ya es algo. Como lo deseo ardientemente, como apenas deseo otra cosa en el mundo, creo que lo conseguiré. Comienzo ahora a escribir y pido un plazo para acabar de aprender mi oficio —o mi arte, las palabras no me asustan—. Lo seguiré pidiendo siempre. Y en mi libro _Años de aprendizaje y alegría_ contaré lo divertido que es llenar cuartillas y romperlas, burlarse de lo escrito meses antes, leer muchos libros y arrojarlos ya exprimidos, descubrir personalmente a un autor, arrancar el antifaz a un falso estilo... Y ya quedan anotados los nombres de mis dos grandes _animadores_ artísticos: Francisco de Goya y Baltasar Gracián. (Ha podido alguna vez creerse que yo venía de más allá de los Pirineos. Yo mismo lo he creído... ¡No, no! Tenía cerca, muy cerca de mí, cunas más fértiles). Temo escribir mi biografía. Tampoco siento ahora deseos de contemplar esa cadena de mis pasados yos, indecisos, borrosos, pruebas de mí mismo que debo respetar y compadecer como a mi prójimo. Ni puedo escoger de entre todos ellos un ejemplar de los días festivos para hacerlo pasar por el hombre de todos los días —como se suele hacer—. Precisamente me canso de decir que al escritor solo se le conoce por su traje de diario. Al escritor y al hombre. Además, esta nota no debe crecer desmesuradamente. Por eso, de todos mis recuerdos, elegiré dos o tres. He aquí uno, el primero que emerge de mi infancia, en orden rigurosamente cronológico. Lo cuento, porque también es el primero en que —ahora lo veo— me sentí escritor. Era yo tan niño —de cinco o seis años— que, sentado en el último peldaño de la escalera de mi casa apenas tocaba el piso con los pies. (Recuerdo cada período de mi infancia por la altura de las cosas sobre las que solía sentarme; otros podrían recordarlas por la altura de las cosas a las que les gustaba trepar). Acababa de aprender a leer, y ya había devorado algunos de los librotes que mi padre guardaba en un armario —otra vez diré los títulos—. Apenas comprendía nada de ellos. Eran crueles historias de pícaros españoles que en seguida me hicieron aborrecer todo lo castizo, o complicados folletines en dos o tres tomos que me abrieron el apetito de continuarlos con la espada y con la pluma. Pero todos aquellos librotes estaban mugrientos, destrozados. Algunos habían perdido el comienzo y el fin. Mi fantasía se torturaba ya añadiéndoles capítulos... Aquella biblioteca era un desastre —los buenos libros, los bien vestidos, habían sido sacrificados para pagar una deuda—; yo deseaba frenéticamente, con mi frenesí de cinco años, poseer libros como los del cura y los de don Felipe, con lomo azul o rojo, con letras de oro fresco, reluciente... Pero solo podía maniobrar entre despojos. Hasta que una mañana... Lo recuerdo muy bien. No, no habría cumplido aún siete años. Entró en el patio de mi casa un hombre vestido de negro, con un envoltorio bajo el brazo; se dirigió a mi padre que cortaba no sé qué —un pantalón o una capa— sobre una mesa de roble; mi padre le recibió fríamente, pero el viajero, muy cortés, abrió su envoltorio y le mostró un gran lote de libros flamantes, preciosos libritos rojos, verdes, amarillos; libros más talludos enfundados en piel negra, con letras de oro, como los del cura y los de don Felipe. Los libros se desparramaron sobre la mesa ante los ojos ceñudos de mi padre, ante mis ojos voraces, ante mis manos inquietas que hubieran querido acariciarlos, mirarlos despacito como a juguetes caros... El viajero de luto hablaba del precio. ¡Baratos, baratísimos! Pero de pronto, bruscamente, mi padre rechazó los libros; lanzó al rostro del viajero una frase... —la recuerdo, la recuerdo perfectamente; pero no quiero decirla: todavía no se pueden contar estas cosas en España—. Por primera vez oí el nombre de Lutero. El pobre viajero envolvió su mercancía y salió —recuerdo también sus palabras de despedida, pero tampoco debo repetirlas: aún no pueden contarse estas cosas en España—. Salió, llevándose mis ojos, mis manos, mi inquietud de bebé por acariciar alguna vez un lindo juguete: un libro, un libro nuevecito, con letras de oro reluciente. (En el cuaderno —yo lo guardo— donde se anotaban todos los grandes y menudos acontecimientos de mi casa, leo esta mañana —una de abril de 1930—, bajo la fecha de mi nacimiento y el nombre de mi madrina: “Este niño, a los cinco años y medio, sabía leer en todos los libros, y le señalaron lección del catecismo y se la supo al primer día”. En todos los libros... Pero ¿qué libros tenía yo entonces, Señor?). Otro día recordaré algunos curiosos lances de mi vida, espumados de esto que un joven de 1830 llamaría “ola amarga de aflicción”. Mi vida solo podría contarla ese joven, porque es tema para él. Yo soy de 1930 y, aunque admiro a los románticos y estoy escribiendo una cosa muy larga que se titula _Zumalacárregui, el caudillo romántico_, no me decido a emplear mi propia vida como tema de estilo triste. Yo soy algo más, quiero ser algo más que un hombre; quiero ser un artista. Y el artista es libre para elegir su tema. Como el de mi propia vida no me sirve, le desdeño; y, en el caso —como el infausto de hoy— de verme obligado a escribirla, pues... la escamoteo. Seré el Frégoli de mi biografía. Prefiero decir lo que no he sido, lo que no voy a ser, en vez de decir lo que fui y seré. Por ejemplo: Yo no pude nunca ser niño prodigio. Se prueba: tenía yo quince años. Aquel curso —cuarto de Latín y Humanidades, que estudié en la Universidad Pontificia de Zaragoza— había obtenido mi acostumbrado _meritissimus_ por no saber la asignatura de _Retórica y Poética_ —que nunca aprendí—, y en premio a mi auténtica tonelada de quintillas, sonetos, décimas —entonces se construían pocas: apenas habían nacido los doscientos treinta y siete imitadores de mi querido poeta Jorge Guillén—, seguidillas, aleluyas, octavas reales y otros versos libres y ceñidos que fui pacientemente elaborando a lo largo del curso. Llegó junio y, con él, las vacaciones. De todo mi arsenal, que no me atrevo a llamar poético, destaqué dos o tres cosas con el pueril deseo —tenía quince años— de obtener un aplauso familiar. Llegué a mi pueblo y a mi casa —nadie salía nunca a esperarme—; saludé a los míos; aguardé como siempre —infantilmente— a ser preguntado por el éxito de mis exámenes —nadie me lo preguntaba nunca—; desenvainé gallardamente mis décimas, decidido a cantar no sé si al Ebro o al Moncayo; aventuré la noticia de que en aquel año había yo sufrido una gran transformación: me había hecho poeta... Aún estoy viendo el brusco ademán de mi padre, de mi padre que hacía coplas y romances de ciego —algún día escribiré su biografía—. No quiso oír mis décimas. Dijo, taxativamente, estas palabras: —En mi casa nadie escribe versos más que yo. Y yo, con mis décimas al Ebro o al Moncayo, bajé mi cabecita a pájaros y _escondí desde entonces, en mi casa y fuera de ella, mi presumida calidad de escritor_. Y esto, durante muchos años, durante muchos años, durante muchos años. Por eso mi vida ha sido tan alegre: porque llevaba dentro de mí un gran secreto capaz de exaltarla a todas horas, capaz de hacerla brincar sobre todo eso que un joven de 1830 llamaría “ola amarga de aflicción”. Era alegre, porque nunca fui niño prodigio, porque toda mi juventud fue pura esperanza. Era ya un joven maduro cuando se destapó el secreto. Un día —habían muerto mis padres— fue reconocida la utilidad de mi locura. Llevaba yo en mi maleta el libro de Guillermo de Torre, _Literaturas Europeas de Vanguardia_, con una larga y cordial dedicatoria. Al ver mis hermanos aquel libro tan voluminoso y tan cariñosamente dedicado, comenzaron a mirar con respeto mi supuesta locura. ¡Ya, efectivamente, era yo un escritor viable y cotizable! (A ti, querido Guillermo, te lo debo). Pero ni este ni otros lances han hecho en mí gran mella. He pasado por todo como un sonámbulo, entornando los ojos, rumbo a no sé qué tan fatal como cada peripecia. Ni había por qué lamentar hostilidades del camino ni regocijarse mucho por una más blanda estación de término. ¿No tenía ya, bien elaborada, una intimidad? Pues el hecho de conservarla intacta, de poder refugiarse en ella, era ya la mayor alegría. ¿A quién y de qué podía yo reprochar nada? ¿Ni a quién y de qué podemos dar gracias por nada? El auténtico escritor escribe como el manzano da manzanas. El que alguien recoja o no, admire o no, las manzanas, es una cosa indiferente para el árbol. Él cumple su misión produciendo: allá los otros recojan o admiren o desdeñen. El hombre sufre o goza, nace aquí o allá, como una mata de esparto o una palmera, como un perrillo cae en manos de un mendigo o de un duque. No hay por qué lamentar nada ni agradecer nada, sino admitir la vida tal cual se nos ha dado, y admitirla con sus más gratas consecuencias. _Cumplir nuestro destino_ alegremente. (Y aquí asoma —como asomó y asomará tantas veces— mi excepcional e inquebrantable devoción hacia las ideas y hacia la persona del maestro José Ortega y Gasset). Hablé de mi intimidad, y es justo decir que alguien la ha compartido. Alguien no esperó una larga dedicatoria —en un largo libro— para creer en mí. Acaso, de otro modo, no hubiera yo podido resistir tan abrumadora, tan densa intimidad. Ese alguien, mi mejor amigo, el más comprensivo y dócil, es mi mujer. Además de mi alegría profunda, yo he disfrutado de otros júbilos menores. Por ejemplo: me ha divertido siempre contemplar al falso escritor; cómo brota de la nada, cómo evoluciona, gesticula y muere. Veréis. El falso escritor escribe su primera cuartilla y, previo el aplauso doméstico, de hogar o de club, la declara genial. Para él no hay aprendizaje. Un zapatero genial también haría unos zapatos de princesa el primer día de coger la lezna, ¿por qué un escritor genial no ha de escribir un artículo de lujo el primer día de coger la pluma? El eco del prodigio se propaga, crece, retumba en los periódicos amables. Entretanto, se prepara una segunda cuartilla que, a los pocos meses, y en medio de la general expectación, se lee al grupo, en el hogar o en el club. Un día se proclama a todos los vientos la genialidad del falso escritor. Mientras el verdadero se acoquina bajo su aluvión de cuartillas desdeñadas, rotas, arañadas por la propia censura; y deja pasar —indiferente— el cortejo de los que proclaman el genio de una sola cuartilla, pero inmortal. A veces, no era preciso escribirla; bastaba con la intención de producir el suceso para que la genialidad fuese igualmente proclamada. Y con estas intenciones y algunas cuartillas ya escritas e inmortales se forjaban proyectos de revistas y de libros y, en efecto, alguna vez se elaboraban esos libros y revistas, visibles y legibles por el grupo, semilleros de escritores auténticos, pero también refugio —y tribuna— de los falsos escritores, del aficionado y del nuevo rico permanente de las letras. Cuando yo —paleto asombrado de la literatura— llegué a rozar esos grupos, vi con sorpresa que mis impuros borradores también podían alojarse en aquellas inmaculadas revistas. ¡No sabían lo que les amenazaba! Mis impuros borradores adoptaban, no formas _unicuartillares_, sino de resma. ¡El diluvio! (¡Y mi secreto!) Sucedió algo terrible. Casi todas las revistas de aquí y de allá, de Madrid, de España y de América, sintieron la pesadumbre de mi fértil impureza. Y mi estupor creció cuando advertí que siempre era solicitada. Mis borradores se multiplicaron como las arenas de la playa y las olas del mar. Y yo, yo que desde hace tanto tiempo sueño con escribir mi libro _Elogio de la impureza_, fui declarado “puro” por todos los “impuros” y por muchos de los “puros”. ¡Pintoresco destino! (Mis buenos camaradas: con la pureza solo puede construirse un sonajero o un pareado. Pero el _Fausto_ y la campana de la catedral de Toledo están llenos de impurezas). Así pasé del anónimo aprendizaje al rango de aprendiz notorio, en el que hoy, según todas las señales, me encuentro. Valentín Andrés Álvarez, al frente de su lindísima novela _Naufragio en la sombra_ —que también publica ULISES—, refiere cómo él y yo comenzamos a trabajar en la _Revista de Occidente_. No hay por qué repetir anécdotas. Ernesto Giménez Caballero escribió unas líneas que quiero aquí transcribir, porque —aparte su cantidad de elogio que yo no puedo juzgar— reflejan la verdad de mi ingreso en la vida pública de las letras españolas. Estas palabras, que tanto he agradecido y agradezco, constituían la convocatoria de un banquete con que fui obsequiado en 1929; convocatoria que firmaban, además de Giménez Caballero, “Azorín”, Ramón Gómez de la Serna, Fernando Vela, José Lorenzo, Corpus Barga y Antonio Espina. Decía así: “Benjamín Jarnés no necesita otro manifiesto que el de la simpatía. Condensada —un feliz momento— en este banquete. La simpatía con que ha sabido circundar su vida de joven escritor. No es Benjamín Jarnés hombre de aristas ni de agresiones. Su vanguardismo ha sido silencioso, tenaz e irónico. Amigo de los viejos, los ha ido dejando elegantemente, detrás de sí, con ninguna protesta de ellos. Amigo de los jóvenes, se ha ido poniendo delante, sutilmente, con ninguna protesta de ellos. Ni rojo ni negro. Su política: la cordialidad. Su agresión: el talento. Su defensa: la modestia. Vino de la provincia más provincia de España: Zaragoza. Vino de ser clérigo a Madrid. Pero Madrid le invistió pronto de alta dignidad. Hoy es ya un joven jerarca. Su _Profesor inútil_, sus _Ejercicios_, este _Convidado de papel_, que festeja ahora la benemérita _Historia Nueva_ —junto a la promesa del próximo _Salón de estío_, que festeja ahora anticipadamente _La Gaceta Literaria_— le han hecho a Benjamín Jarnés digno de un convivio. De un convivio digno. Puro. Desinteresado. Al que convocamos, nosotros, firmantes”. A las cordiales palabras con que se me ofreció el homenaje, contesté: “Muchas gracias, señores. Y ahora me permitirán hacer lo que —plagiando al admirable “Azorín”— pudiéramos llamar: “Confesiones de un pequeño novelista”. Seré breve. Hace unos años, al comienzo de mi auténtica vida literaria, leí en una novela estas palabras: “Necesitamos sacrificar siempre un sobrante de inteligencia, para hacernos perdonar el resto”. Tuve la impresión de tropezar con un truco magnífico, y decidí ponerlo en práctica. Malamente, porque de esa supuesta inteligencia yo solo tenía la destinada al sacrificio, no el resto. Como un financiero pobre que solo cuenta con el dinero del portamonedas. Es decir, que realicé mis ilusorias existencias para adquirir un poco de _talento de bolsillo_. (Talento de bolsillo, insignificante para las altas especulaciones de Bolsa, quizá suficiente para realizar pequeñas transacciones, menudas compras en la feria de la cordialidad). Gasté entre ustedes mi talento de bolsillo. En buenas manos ha caído, porque hoy se juntan aquí para devolvérmelo. Por eso merecen estas pequeñas confesiones; por eso merecen que les revele el truco de esta cena. Yo me acuso, señores, de haberme estado organizando esta cena durante cinco años, desde que mis queridos amigos Ortega, Morente y Fernando Vela me invitaron a colaborar con ellos. Yo me acuso de haberme gastado todo mi talento de bolsillo —el único que tengo— en prepararme este agasajo. Que sirva el hecho de lección a los jóvenes amigos que ambicionen esta pequeña gloria de unos postres con retórica. Porque la riqueza de un hombre no se suele medir por sus grandes existencias en valores, por sus éxitos de Bolsa, sino por su talento de bolsillo, por ese sobrante, capaz de hacer perdonar el resto, aunque exista. Este es, señores, mi truco. Una mala lección. De un _profesor inútil_ no podía esperarse otra mejor. Nada más”. La novela a que aludí es mi _Paula y Paulita_, publicada en 1929 por la _Revista de Occidente_, donde también he escrito: “Me posee tal afán de quieta armonía que no sufro choque alguno emocional con mis amigos. No me importa elaborar precipitadamente una opinión o un goce estético paralelos al suyo, a trueque de no romper los lazos que me sujetan al resto de la Humanidad. No me tolero idea alguna que no vaya del brazo con la de mi camarada. No creo en el diálogo —fábula platónica— y enderezo siempre mi monólogo exterior en el mismo sentido de los otros. Frecuentemente me olvido de que soy interlocutor, y, por seguir atentamente el hilo del pensamiento ajeno, pierdo todos los enlaces con el mío. Suelo ver en todos tal decisión de mantener un criterio, que al punto decido no privarles de su derecho de propiedad. Todas las ideas son del primer ocupante, como las sillas del paseo. Yo suelo acudir siempre un poco tarde, y no me queda otro goce que el de pasearme entre ellas, ganando, quizá, en agilidad lo que pierdo en firmeza”. Yo mismo no sé hasta qué punto estas frases del personaje de _Paula y Paulita_ podrían serme atribuidas. Las escribí en un momento de risueño humorismo. Al menos interpretan el estado feliz de aquel y otros momentos semejantes que tanto abundan en mi vida. Unas palabras acerca de VIVIANA Y MERLÍN. Su primera versión fue leída en mayo de 1929, ante mis amables amigas del Lyceum Club Femenino Español. La segunda fue publicada en la _Revista de Occidente_, en su número de junio y en la _Europäische Revue_, de Berlín (número de octubre del mismo año), traducida fielmente por la señora Helene Weyl. Ahora ULISES acoge cariñosamente la tercera versión. Añadí algunos capítulos y amplié otros. Espero algún día escribir definitivamente mi VIVIANA Y MERLÍN. En la fragosa selva de Brocelianda y junto a un roble tan viejo, tan hueco y tan enorme que parecía una torre en ruinas, estaba, a los pies de Merlín el mago, la astuta Viviana. ¿Cómo se encontraba allí? Tennyson. I EL CASTILLO El castillo del rey Arturo está construido como un organismo humano. Se divide en tres porciones —con sus tres almas—, cada una tan diferente a las otras como lo son, dentro de la misma piel, nuestras entrañas. La planta baja —cocinas, establos, bodegas— rebulle de gente menuda y chismosa que trajina y brega y murmura. Es la parte del vientre y de las extremidades inferiores que realizan las cosas sin conocer la razón de nada. Vida turbia y pintoresca que solo enredándose a las volutas de la anécdota puede ser soportada. Como los pies de una mesa abarrotada de sabrosas baratijas, las gentes de este sector humano se contentan con seguir ladinamente el zigzagueo de los chapines que corretean por el salón. Contemplan la aventura de los grandes desde el último escalón, como los limpiabotas. Se asienta encima el piso principal del castillo, la gran sala del Consejo, la capilla, el gran salón de fiestas donde se departe acerca del amor, de la caza y de la guerra. Un núcleo de caballeros y de damas se ejercita en espumar de las horas sus momentos más puros: el rondel, el acróstico, el halcón. Porque en este palacio de Caradigán se practican escrupulosamente, en estos tiempos, la castidad, el metafísico amor, la cetrería y el éxtasis ante la luz de la luna. Es la parte del corazón. El terreno donde florece el suspiro y el mandoble. Lanzarote es doctor en ambas disciplinas. Ginebra —la etérea reina bretona, Beatriz de este círculo tejido de azucenas— es maestra en artes de amor ultraterreno. Los Caballeros de la Tabla Redonda son hoy el ilustre ornamento de toda la cristiandad. Erec, Percival, Sagramor, Didonel, Calogrenant... ¡Salud! Ilustres Caballeros de la Tabla Redonda: Un día os juntasteis doce amigos bajo un roble, no para emprender la caza de la moza más linda del reino, sino para lanzarse a perseguir el diabólico ciervo de los cuernos de oro. Uno de vosotros cantó un himno tan ardiente, que todos irrumpieron en el bosque, sedientos de apresar y hacer astillas aquella maga cornamenta. De rama en rama, de calvero en calvero, refulgía con sarcásticas llamaradas. El ciervo de los cuernos de oro se sumergió en una fuente, que, al herirla con la punta de la espada, se encrespa y ruge como una arpía: es la fuente de las hadas. ¡Los Caballeros de la Tabla Redonda! Orgullo de la Edad Media. Nunca un grupo de hombres tan insignes se apiñó fraternalmente para algo tan noble como ir en pos de unos cuernos. Sencillos y puros, eran juguetes de los espíritus diabólicos de los bosques, como de las esquivas doncellas del castillo. ¡Dichosa edad y dichosos tiempos aquellos que así hicieron hervir la fantasía de nuestro sin par don Quijote, haciéndole prorrumpir en su discurso famoso ante la docta academia manchega! La corte del rey Arturo —como el arte ojival— es una concentración de energías del alma en pugna con los fieros apetitos de la carne, tradicional enemiga. En la corte del rey Arturo se doman, como los potros, las pasiones. Queda el tercer sector. Precisamente en él hay instalada una pila que sacude y empuja todo este dinámico grupo de perseguidores de cuernos áureos y estáticos amantes de rojos corazones de doncella. Encima de todo, entre el castillo y las estrellas, se yergue el torreón de Merlín, el cerebro del palacio. (Porque este palacio —repito— está construido como un robusto cuerpo de varón). Arriba está Merlín, que piensa y avizora, mientras en la gran sala se encienden antorchas cordiales y en los sótanos rebullen los ruines apetitos. (A ellos solían bajar en otros tiempos los señores, en busca de sigilosas confidencias de mesnaderos y de pajes). No le falta al palacio de Arturo agilidad de movimientos, brasa interior, fría luz de cumbre; pero todo está confinado exactamente, y en el silencio nocturno no se producen corrientes oscuras entre los pisos. No ocurre como en el castillo de Tintagil, donde el libertino Marco deja abiertas todas las tajaderas, suelta a cada instante la jauría de sus más retozones apetitos... En este castillo de Arturo, donde Ginebra puede ser cantada en tercetos, y Lanzarote en escaroladas octavas reales, todo está medido y murado, como en un silogismo. _Sublata mente ad sidera_. La mente de Merlín. De Merlín, que en su atalaya vive distante de toda escaramuza del corazón que desdeña conocer. Merlín, el solitario, enfrascado en la lectura de Plotino, del sucio y hosco Plotino que, como Merlín, nunca pensó en conocer el baño y ciertas famosas razones del corazón. Solo baja al del castillo cuando el rey necesita una idea. Merlín baja a proveer de pensamientos al férreo y dócil concilio. Le envían un mensajero, y Merlín asiste a la sesión. Arturo manda traer su cerebro como manda traer la tizona. Merlín piensa y propone, Arturo y la Tabla ejecutan los designios de Merlín. Los Caballeros de la Tabla Redonda luchan contra vestiglos, persiguen cuernos, aman plotínicamente, suspiran; pero no piensan. Solo piensa el hechicero Merlín. Bajo su barba de lino, siempre juvenil, como un Hermes disfrazado de Padre Eterno, Merlín —dicen— no tiene corazón. O es un pedernal, porque en él rebotan las miradas encendidas de la corte de Ginebra. Merlín es inexpugnable. Centinela de sí mismo, concentra su energía en descifrar los enormes grimorios. Es un profeta oficial. Es una mente oficial. Es el cráneo del castillo. (Todos conocéis bien a Merlín, tan familiar a Cervantes, a Ariosto, a Rabelais... Fue engendrado por un demonio en el seno de una aturdida virgen que cierta noche se olvidó de rezar sus plegarias. Como Lamiel —la turbulenta heroína de Stendhal—, Merlín tuvo al diablo por padre. Por eso es un brujo, aunque un brujo inofensivo que recata el poder de sus hechizos. Prefiere actuar como asesor de estos hombres de hierro y corazón de miel. Ama a Plotino, y la tierra y la carne —aun la más florida— le son indiferentes. También conocéis ya la ciudadela que, según los viejos expositores, pretende desmantelar Viviana. El juglar de estos días opina de otro modo: Viviana pretende convertirla en una estructura armoniosa; hacerla vivir, crecer, desmoronarse —a su tiempo—, morir; establecer corrientes entre los tres pisos; hacerla flexible, jugosa... Desdivinizarla quizá un poco. La Edad Media tiene su relicario en el castillo de Arturo. Viviana querría zarandear alegremente el ceñudo relicario. Viviana acude a luchar contra una Edad Media acartonada, porque ella es la otra Edad Media, verdadera; la de carne, sangre y espíritu. Como Afrodita brotó de la espuma blanca del mar, Viviana ha brotado de la espuma verde de los bosques. Es la alegría de la tierra, que va de castillo en castillo sin lograr en ninguno hacer asiento. Es la Travesura, pero todos la llaman Rebeldía. Podréis verla siempre: en cualquier coro catedralicio asoma la puntita de la lengua, desde algún respaldo enmarañado; desde cualquier hornacina os hará mohínes jocundos, agazapada a los pies de un angelote. Su perfume —provisional— fue el incienso; su refugio, el capitel y el bajorrelieve. Tres gracias contó la antigüedad helena, tres gracias luminosas que se extinguen a la sombra de un patíbulo, porque este patíbulo proclama la única gracia, la gracia que nace de la espuma de los cielos. La tierra y el mar son desdeñados en nombre del aire azul, telón de boca del gran teatro donde nunca termina la meliflua y única representación... Pero las fuerzas elementales de la vida le oponen tenazmente otra gracia, que desde el patíbulo es llamada siempre delito. Y toda la Edad Media es un hondo conflicto entre dos gracias, entre dos sentidos de la vida: el de tránsito y el de permanencia gozosa, aunque fugaz. Se niega a la vida otro sentido que no sea el de viaje; pero la misma vida afirmará siempre su derecho a ser considerada como fin. Pavoroso conflicto. Las tres gracias antiguas se han convertido en dos, y en dos rivales que aspiran, como siempre, a la ideal manzana. ¿Por qué no reducirlas a una sola, a la única gracia verdadera, a la que surge de la armoniosa plenitud de las fuerzas humanas? Esta gracia podría representarla fielmente Viviana, nuestra encantadora amiga de hoy —y este “encantadora” no es aquí ningún piropo: es una definición. Pero esto es muy largo de contar, y hay que decidirse a poner frente a frente a los dos altos poderes del castillo: a Viviana y Merlín). II ESTRATAGEMA Ginebra, Arturo, Lanzarote, todos los caballeros van a salir de caza. Primero baja la reina, seguida de sus pajes. Una mujer enlutada se acurruca en el patio del castillo; cuando la reina aparece, la enlutada se le arroja, sollozando, a los pies. —¿Quién sois y qué os sucede? —Señora... Soy una infeliz mujer que perdió a sus padres en la guerra contra el infiel. Quedé sola en el mundo, sin amparo. Desde entonces anduve errante de castillo en castillo, narrando historias de piedad y de amor puro. —¿Sois juglaresa? ¿Sabéis alguna primorosa leyenda de amantes sin fortuna? —Una conozco, mi señora, de tan ardiente y puro amor como el que vos sentís por... La voz se le apaga, se le anega en llanto. A través del velo cristalino de sus lágrimas, la astuta ha contemplado el azoramiento de Ginebra, que corre a poner en contacto sus oídos con la boca de Viviana, mientras susurra: —¿Por quién? —Por... —¿Cómo lo sabes, cuitada? La voz dejó fluir el nombre idolatrado. Un arrullo como ninguna voz, excepto la voz de Ginebra, podrá nunca armonizar. Una sirena, un querubín. Empapado en caliente rocío, surca el nombre la minúscula distancia. —Lanzarote. —Callad, callad, hermosa... Quizá sois una hechicera. Venid. —Señora... La lleva aparte. En un ángulo, mientras los caballeros aguardan y los corceles relinchan impacientes, Viviana, ya destocado el rostro, semioculto entre los dedos, deliciosos mameles que enjaulan su risa retozona, como la ventana ojival contiene el alborozo de una mañana de abril que pugna por invadir un templo, habla a Ginebra: —Un día... La historia es encantadora, y Viviana la urde entre sollozos. Una vez, en el bosque, muerta de hambre y de cansancio, se dejó arrebatar por unos siervos. Tan miserable y flaca la vieron, que ninguno pensó en cebar en ella su lujuria, sino ejercitar su piedad. La condujeron al castillo, donde recuperó las fuerzas y todo el esplendor de su hermosura. Les pagó recitándoles gestas de santos y caudillos. Pero el ritmo de los versos atrajo al señor del castillo... Una noche asomó a lo lejos, en el umbral de las cocinas donde se agrupaban los oyentes en torno a ella; aguardó al final del romance, y después, la llamó con voz dulce, cautiva... Se llevó a su cámara a la huérfana. —Perdonadme, señora. ¿Se había prendado de mí? Yo no lo creo. Quise rechazarlo, pero me fue imposible. Al día siguiente, el sol me sorprendió llorando mi terrible infortunio. —¡Villano! ¿Quién es? ¡Castigaremos su vileza! —Marco. —¡Callad! Temo a ese príncipe hechicero que tiene a Viviana consigo. Es el hada más funesta para toda la cristiandad. A nadie contéis lo que a mí... Yo os protegeré. —Seré un sepulcro. —Porque si os oyese Arturo, querría en seguida vengaros, y la lucha sería más sangrienta que nunca, y acaso perdiera allí él la vida. Viviana es infernal... Y, decidme, ¿qué habéis oído allí? ¿Qué se trama? ¿Qué se piensa? —Señora... Hacen burla de vuestro inmaculado amor. Esta pasión celeste que han de cantar todas las arpas de la tierra se toma allí a chacota. Mi señor Lanzarote... —¡Callad! Aquí llega, junto al rey. Apuesto doncel, aunque flacucho. La pasión le fue arañando toda la pompa retórica del cuerpo, y solo queda de él un sutil esquema —tan puro como un terceto—, un paladín estilizado, hecho de marfil y de morenos músculos ceñidos. —Señora. ¿Es él? —susurra la perversa—. ¡Es un arcángel! —Silencio. Ginebra, acongojada, posa sus dedos en la boca de Viviana, mientras se aproximan los ojos del doliente caballero; sus ojos entornados que aún guardan, avarientos, la postrer mirada de Ginebra; sus ojos que solo se entreabren para cambiar de inefable botín; ojos inmensos, profundos, ebrios, insaciados, donde la reina se contempla como en una eternidad de amor. —Mi señora... El saludo es ritual; pero se ve temblar al caballero como un feble arbustillo, en arco ante Ginebra. Viviana se aparta, llena de respeto y de risa; deja libres los saludos que ataja el rey: —El día avanza. —Salgamos —añade Ginebra. —¿Quién es esta mujer? —pregunta Arturo. —Es una huérfana desvalida, que sabe recitar leyendas de santos... Podría alegrar nuestras veladas... ¿Queréis, señor, darle albergue? —Vuestra voluntad es siempre la mía. ¿Cómo os llamáis? —Carmen, señor, porque en mi boca hay siempre un verso. —Sabréis entonces referir el rapto divino del profeta. —Lo sé. Conozco el Carmelo como si en él me hubieran dado a luz. Conozco también al discípulo de Elías, y la aventura de los osos. Y la del clavo de Jael, que atravesó la cabeza de su huésped. —Quedaos, pues. —Gracias, señor. Viviana se inclina ante los reyes, que desfilan hacia el bosque al son de las trompas. Viviana atisba en los amantes ese chisporroteo de locura, que hasta hoy solo pudo sorprender en Isolda y Tristán, dos de sus víctimas. Llena de júbilo, se sumerge Viviana en las entrañas del castillo, penetra en las cocinas y, en nombre de Ginebra, pide a un marmitón carne asada, vino y pan. Mientras come, refiere lastimosas leyendas de amantes sin fortuna, que conmueven a los siervos. Van estos acudiendo, rodean a Viviana, embelesados. Por algunas mejillas, tostadas al fuego lento del fogón, corren las lágrimas. Cuando el aro de oyentes se espesa, Viviana cambia de tono. ¡Basta de sufrir! Ahora comienza el cuento del filón de plata, que hace estallar de risa a todo el auditorio. ¡A la alta cima de la gracia por los más fáciles caminos! Llena un relato de donosa picardía... Un monje, alucinado por el broche de una liga de cortesana que amó en la montaña a un paje, cree haberse tropezado con un filón de plata. Sueña, desde el ventanillo de su celda, con cavar en el terruño hasta encontrar espléndidos tesoros. Fundará opulentos monasterios, donde él será siempre el abad. Al amanecer, coge un azadón y se dispone a seguir, a toda costa, el senderillo alucinante, el rayito de luna del broche... Pero la cortesana acude, el monje se ve acosado, burlado, enloquece, quiere asesinar a la hembra diabólica, corre por la montaña blandiendo el azadón, se vuelve loco... La gente menuda escucha atónita la voz fascinadora. No comprende el sentido del cuento: el monje fue víctima de una humilde metáfora vista surgir del cascarón de la anécdota galante. No comprende los laberintos retóricos, donde un broche puede aprisionar estrellas y un flanco de cortesana desnuda equivale a una loma teñida de amanecer. Pero aplaude al hechizo de aquella garganta primorosa, que sabe urdir al mismo tiempo los cuentos que arrancan el gemido y los que hacen estallar la risa. Agasajan a la huésped. Corre la fama de Carmen por las entrañas del castillo. Viviana ha conquistado el vientre del palacio de Arturo... Pero es preciso llegar al corazón, y desde allí, con una audaz pirueta, brincar hasta el cerebro. III EL RETABLO En los alrededores del castillo aguarda Viviana el regreso de la corte. Se tiende en un ribazo, pega el oído al corazón de la tierra, escucha la palpitación tranquila de los gérmenes. Sigue el curso del día por la floración sucesiva de las hierbas, porque Viviana conoce que cada botoncillo se abre a hora distinta, como en el cielo asoma a cada hora una estrella diferente. Ella dictará más tarde a algún botánico el programa de este maravilloso espectáculo, ella forjará algún día el _reloj de Flora_. Viviana acaricia una planta diminuta, el _rocío del sol_, amiga de crecer entre el musgo, a un tiempo coquetona y púdica. El sol fragua en las hojas un perpetuo rocío que no puede ya desvanecer, porque las menudas hojas rezuman un sudor brillante, una goma, un solapado barniz para prender insectos. Viviana va siempre buscando estas hojitas diabólicas, como ella misma, que siembran el campo de trampas invisibles, donde van cayendo los infelices aturdidos. Hay oculto en la verde epidermis un escuadrón de lanzas microscópicas, en alerta perenne, aguardando el paso del insecto. Cuando el insecto llega, las lanzas se abaten sobre él y la víctima es sacrificada para nutrir el _rocío del sol_. ¡Menudas, deliciosas astucias del campo, que Viviana conoce, como conoce las grandes astucias del castillo, los mohínes cándidos de las damas que van acorralando, entre rosas, a un incauto corazón! ¡Trampas, en apariencia, de inocente seda, que luego se cierran sobre una vida como pesadas puertas de roble y de hierro! El campo está lleno de diabólicas bromas, como el aire y el mar; de caprichos sutiles que el juglar no sabe recoger en sus romances, donde todo es monótona fiebre humana, turbio deseo disfrazado de culto. Viviana sonríe pensando en un nuevo y verdadero poema del amor, en un libro pícaro y risueño, donde se revelaran a las gentes todos estos graciosos misterios de la vida, todas estas sutiles burlas de una menuda hierba, de una brizna de luz, de un poco de trémulo sudor. Viviana planea su ataque al cerebro del castillo. El corazón lo tiene ya a sus pies. Todos los caballeros de la Tabla Redonda, el mismo Arturo y el sin par Lanzarote, han escuchado ya, con la boca de par en par, los endiablados romances de Carmen, la doncella protegida de la reina. Una noche refirió los amores de David con la rubia Betsabé y otra noche los del rey Salomón con la morena inmortal. Todas las mujeres enamoradas de la historia encendían en la gran sala abovedada el corazón de los caballeros de Arturo; hacían enrojecer el rostro de las damas, con el relato de tanta sagrada desnudez; la desnudez de Betsabé sorprendida, de Susana inocente, de Jezabel moribunda entre los dientes de los perros... La desnudez de Magdalena ensayando caricias para quebrantar el duro ceño de los príncipes de Judá, hasta el día en que derramó sus perfumes a los pies del Nazareno... Y la desnudez de las santas colgadas sobre el brasero, o sumergidas en la tina de pez hirviente, o estiradas en el potro y desprendidas de sus senos, aún floridos e intactos. Y aquella maravillosa desnudez de Inés en el prostíbulo, entre soldados trémulos de lujuria... Viviana fue sembrando entre las gentes de Arturo toda la artera voluptuosidad que hay escondida en los sagrados libros, y la Tabla Redonda, con sus reyes y súbditos, fue cayendo en la trampa, como cándidos insectos entre las hojas del _rocío del sol_. Pero Viviana quiere lograr algo más alto: quiere conquistar a Merlín, a Merlín desdeñoso, que nunca ha accedido a escuchar a la doncella desvalida. Viviana quiere cautivar al viejo arisco, que solo mira a las estrellas. A las estrellas y a las flores del valle. A veces desciende de su inaccesible torreón y pasea por los alrededores, deteniéndose ante algún raro arbusto, ante alguna hierba mágica. Pero es en vano intentar seguirle, salir a su encuentro. Viviana lo esperó un día, en un recodo; pero el sabio torció su rumbo, escamoteó su presencia. ¿Teme perder su fértil soledad? ¿Oyó hablar de la hermosura de Carmen? Sí, oyó hablar de la huérfana; pero la belleza de las mujeres ya no le conmueve, porque hace tiempo que conoce la hermosura abstracta de los libros de Plotino. Desprecia lo perecedero, se venda los ojos ante el hechizo de unos ojos corruptibles. Oyó hablar de Carmen, la gentil narradora; pero él estas narraciones las conoce directamente por los textos, textos legítimos, sin interpolaciones caprichosas de juglares. Merlín lee en hebreo el cuentecillo de Ruth, y no quiere oírlo en bretón, quizá impregnado de malicia y picardía. Viviana ya ha meditado bastante. Esta noche habrá cambio de programa. En lugar de piadosos romances, presentará a la corte de Arturo un caballero digno de sentarse en la Mesa Redonda. Un caballero enamorado. Un amor purísimo, según hoy se elaboran en el gran salón abovedado del castillo de Caradigán. Al anochecer, dejan los perros de ladrar; enmudecen los criados, dejan de corretear los pajes y de cuchichear las dueñas. La Tabla Redonda va tomando asiento a lo largo de los muros. Entra, al fin, Lanzarote, los reyes. Ante la estupefacción de todos, Viviana ha tendido en el muro del fondo un amplio tapiz de color de plata; dispone una cajita donde se apretujan algunos granos de oro luminosos, como un racimo de moscatel. Viviana contempla a los espectadores; advierte, como siempre, la ausencia de Merlín; se resigna otra vez y sonríe. Después ruega a Arturo que apaguen las antorchas... —¿Qué intentas? —Llevo la luz dentro de esta cajita. La luz y el espectáculo. Hoy el cuento os lo dirá el claroscuro. —No comprendo. —Que apaguen las antorchas, y entonces comprenderéis. —Apagad. El salón queda en tinieblas. En el tapiz de plata tiemblan unos álamos, avanzan unas sombras... Un ¡ah! muy prolongado acoge la aparición. Viviana manipula en la cajita de grumos de oro. Los caballeros de la Tabla Redonda alargan las cabezas. Quintañona alza los brazos; Ginebra, Arturo y Lanzarote lanzan un grito. —¡El tapiz está embrujado! —Callad, señores. Yo conozco bien ese tapiz inofensivo y esta cajita milagrosa. Ved en calma cómo llega por ese camino un muy gentil caballero. Avanza el caballero. Es alto, huesudo, esquelético. Trae un bacín por yelmo, un puñado de hojalatas por armadura, un penco por corcel. La Tabla Redonda contempla despavorida a aquel intruso. Se rehace. Didonel, el más nervioso, lanza el primer apóstrofe: —¡Villano! ¡Bufón! ¡Quiere burlarse de nosotros! —¡Fuera ese truhan! ¡Que den azotes a la intrusa! —¡Abajo el del bacín! —¡Es un mendigo, un espectro! —¡Un mascarón! Los caballeros se levantan indignados. Viviana retira del tapiz al enjuto personaje, y exclama: —Damas y caballeros. Este que aquí habéis visto es un insigne paladín... Protector da doncellas desamparadas, redentor de cautivas... —¡No! ¡No! ¡Es un farsante! —¡Es un loco disfrazado! —Calma, señores míos. Es un loco, tal vez; pero un loco enamorado, como todos vosotros, que en nada pretende ofenderos. Dejadlo llegar. Tiene su alma cautiva por la sin par Dulcinea. —¿Quién es esa dama? —¡Alguna ramera! —¡Alguna mendiga! —¿Dónde tiene su castillo? —Calmaos. Hay en el Toboso, lugar famoso de España, un espléndido palacio, donde mora esta dama. El caballero se llama Don Quijote, y no es culpa suya si ha enflaquecido tanto. Permitidme haceros ver... El tapiz se ilumina y el penco avanza trabajosamente, seguido de un labriego montado en un burro. —¿Quién es ese? —El escudero. —¡Fuera! ¡Fuera! La gritería es espantosa. Silbidos, mueras, cortezas de fruta, hienden el espacio. Todos los pajes, todos los escuderos arremeten contra el infortunado labriego, que se borra del tapiz, precipitadamente. Vuelven a encenderse las antorchas, y todos los puños se alzan contra Viviana, que intenta huir. En el umbral blanquean unas barbas solemnes. —¡Merlín, Merlín! El hervor se apaga, bajo la ducha fría de las barbas. —¿Qué sucede? Oí el tumulto desde mi atril. Cuéntame, Arturo. —Señor, una burla sangrienta... —¿De quién? —De Carmen, la juglaresa. Traedla a Merlín. Llega Viviana, oculto el rostro por las manos; apenas logra contener su regocijo. —Señor... Se retiran los caballeros; dejan solos a Viviana y Merlín. —Te conozco, demonio —dice el sabio en voz baja—. Debí figurarme que eras tú, cuando me contaron tus hazañas. Has querido burlarte de nosotros. —Vine en tu busca, Merlín, sabio mío. —Calla, insensata. No quiero descubrirte por no suscitar la guerra con tu amante. —Solo te quiero a ti. Lo demás, son despreciables aventuras. —Vete del castillo. —No, mientras no lo domine por completo. Me fastidia esta sala, corazón plañidero, donde solo florece el suspiro y el mandoble; quiero escalar el torreón donde tú piensas; quiero posarme en el cráneo del castillo. —No lo intentes. Te denunciaré a Arturo. Arrostraremos la aventura de una guerra con Marco, el infiel. —Te quiero, Merlín. —¡Silencio! Y Merlín, dirigiéndose a la corte, dice: —Dejad tranquila a Carmen, y marchaos ya a descansar. La juglaresa abandonará pronto el castillo, y en tanto permanezca en él, no usará de esa máquina endiablada, donde tiene encerrado el espectro del bacín. No llegó aún el tiempo de que podamos soportar nuestra propia caricatura. Salid todos. Podéis dormir tranquilos. Todos besan la mano del anciano, y salen. Viviana intenta seguir al sabio. —Vete. —Quiero subir contigo. —Enrolla tu tapiz y duerme. No pretendas lo imposible. Me debo hoy a la Vía Láctea. Y lentamente, abandona el salón. Viviana arroja su maquinita al foso, y acurrucándose en un sitial, fragua nuevas travesuras. IV LA SEDUCCIÓN Aquí está Viviana adiestrando sus ojos color tabaco en mirar como solo pueden mirar las hechiceras; en rizar su pelo castaño, como solo puede rizarlo quien lo quiere utilizar como red; en afilar el pulido nácar de sus uñas, como solo lo afila quien quiere producir a lo largo de una carne ese eléctrico surco capaz de hacer vibrar, durante horas enteras, el pobre cuerpo hechizado. Aquí está Viviana de piel color pan tostado, tejida en el bosque con hebras de sol, a merced del viento. No quiere ser blanca, de ojos azules, para no confundirse con Ginebra. No quiere ser negra, como la monótona esposa del Cantar, para no hacer de la sensualidad una triste melopea. Ni puro espíritu, ni sola carne quejumbrosa. Colores intermedios, elaborados, cautelosos, de serpiente, son los que forman hoy su máscara. Su cuerpo, diestramente escamoteado, al mismo tiempo insinuado bajo un tenue brial —¿no la vimos siempre así en el cuadro de Burne Jones?—, se ajusta a cánones eternos; pero hay en toda su estructura esas menudas elipsis por donde suelen asomarse los diablillos de la provocación. No quiere ahilarse, como sus compañeras de época, ni destacar demasiado sus tersas convexidades. Viviana distribuye sus encantos con la precisa maestría para insinuarlos, mejor que ofrecerlos, al hirsuto Merlín. El palacio está vacío de reyes y señores, de damas y escuderos. Fueron al bosque, de caza. Junto a Ginebra sigue hablando Lanzarote del modo de adiestrar un halcón, de cómo ha de preparársele la comida, del arte de cubrirle los ojos. Habla de su halcón como de un noble camarada. Mientras, sus ojos queman a la reina. Arturo cabalga junto a su prima, la prometida de un ilustre caudillo de la Tabla. Les siguen los caballeros, comentando las escasas virtudes domésticas de Carmen, la hermosa fugitiva que tomó Ginebra a su servicio. Quizá ya aman todos a Viviana; pero en la corte del rey Arturo, el amor se encierra en las conchas más duras; serpea, silencioso, por las médulas; podrá quizá mover el sol y todas las constelaciones; pero que nunca moverá indiscretamente un brazo, ni menos una boca. Solo los ojos, este pobre y cobarde sentido —el dócil sentido, el de la blanda holgazanería—; solo los ojos se mueven lánguidamente, recogiendo copiosos botines de miradas; trama diáfana de espíritus que se cruzan en vuelos sumisos, como de aves de corral. Amor purísimo que puede nutrirse cada día de una mirada; cada noche, de un suspiro. Amor que podría cantarse en bien limados tercetos. Pero olvidamos a Viviana, a esta Viviana, que trajo al castillo de Arturo el filtro envenenado de Tristán. Entra en el castillo, no por la puerta principal, como los amores por contrato, sino por el postiguillo, como los amores por amor. Viborilla que se desliza por la escalera del torreón del sabio, que entreabre otro postigo, que husmea el interior. Merlín, cerca de un ventanal, está releyendo a Plotino. Aprende a despreciar la belleza —sombra, estela, vestigio efímero de la única belleza, de la Belleza Infinita—. Merlín está leyendo: “Es preciso huir hacia el objeto de quien estas bellezas son imágenes...”. Medita en la fábula del hombre aturdido que pereció sumergido por querer atrapar en las ondas su propia imagen. “De la misma manera, aquel que quiere asir la belleza de los cuerpos, que es incapaz de desprenderse de ella, se hundirá...”. —¡Merlín, Merlín! —susurra el hada. Merlín se vuelve, colérico, y al ver en el umbral a Viviana, dice bruscamente: —¡Vete! ¡Me has hecho perder una frase de Plotino! Viviana rompe a reír, cierra tras sí la puerta y va hacia el hechicero: —Vengo a hacerte compañía. Me encantan los librotes. Apenas los leo, porque suelen estar escritos por gentes vanidosas e insufribles; pero siempre hallo en ellos lo que falta ahí abajo. Arturo, el pobre, es tonto. Y toda la Mesa Redonda. —Viviana, te prohíbo sembrar la discordia en el palacio. Hablaré de ti a la reina y te arrojará a los perros. —¡Bah! La sorprendí embelesada bajo los ojos del purísimo Lanzarote. Y blandiré mi secreto, como una daga. —Eres perversa. —Cauta, nada más. Guardo ya muchos de esos secretos. Una fortuna en “papeletas” de intimidades, como decís vosotros; las precisas para sostenerme aquí hasta el día en que huyamos juntos. —¿Estás loca? —Merlín, Merlín: ¿qué haces aquí con la nariz hundida en el texto de Plotino? ¿Por qué no sales a cazar con el rey? ¿Por qué no bajas al patio, donde los pajes y las doncellas de Ginebra te enseñarán —¡oh, huraño maestro!— lecciones de coquetería que no sabes? Archivo ambulante: si no estudias para vivir más intensamente, ¿por qué estudias? Te va a derrengar el pasado. Te arrastra el porvenir. Eres, a un tiempo, guardián y profeta, historia y futuro, y no sabes erguirte en el umbral de cada día para exprimir el zumo del minuto que pasa. Estás abarquillado, reseco, porque en ti no hace mella lo que sucede mientras no te lo ofrezcan ya momificado. Vives de fiambres, de despojos... ¡Eres necio, Merlín! Mi amigo tiene razón: “Eres una pobre bestezuela condenada a rumiar eternamente el mismo pasto”. ¡Eres necio, Merlín! Merlín se encoleriza, y Viviana ríe jovialmente. Merlín quiere arrojar por la angosta escalerilla a la traviesa Viviana; la amenaza con denunciarla al rey; pero el hada comienza a danzar ante el mago, inventa diabluras nuevas. Ahora cuenta anécdotas del castillo; imita el escorzo angelical del purísimo Lanzarote cuando contempla a Ginebra, el melifluo ademán de Ginebra cuando recoge las palabras impolutas del sin par caballero Lanzarote. Viviana multiplica sus travesuras, acentúa su picante gesto de golfillo... Merlín acaba por sonreír. ¿Qué hacer con tal diablejo? Merlín va desarrugando su hurañía. La retozona gatita va a vencerle. Se le acerca, se le ciñe, le quema. Él reacciona. —¡Vete! —Merlín, Merlín... Quiero ser entre tus manos uno de esos librotes que acaricias con tanto mimo; uno de esos librotes que abres tembloroso, como se desnuda a una virgen. —¡Vete! —Merlín, Merlín... Quiero ceñir tus sienes con mis dedos rojos de fiebre, tejer para tu cabeza una eléctrica guirnalda que haga hervir tus pensamientos. —¡Vete! —Merlín, Merlín... Quiero ser una florecilla de granado que sangre en tu boca, que queme tus labios como la brasa del profeta. —¡Vete! —Merlín, Merlín... Quiero ser una mosquita de oro que se prenda dócilmente en el lino enfurruñado de tu barba. —¡Vete! —Merlín, Merlín... Deja que mi voz se filtre por tus oídos, que te arañe en la médula, que prenda en tus miembros esa inquietud que van perdiendo en el sitial. —¡Vete! —Merlín, Merlín... No me dejes. No quiero vivir ahí abajo, oyendo contar cómo se caza el jabalí, cómo se adiestra el halcón. Abajo hay guerreros de ancho pecho y brazo robusto, que han aprendido la cómoda ciencia de amar sin aventura. Su cerebro eres tú, y yo te quiero a ti, vivir fundida en ti, sabio mío. Soy la tenaz aventurera de los siglos, que cada día sale a caza del espíritu más alto de la tierra. Soy en estos días la única aventurera, a quien a todas horas amenaza el cuchillo y la pira. —¡Bah! Tintagil te aguarda. Eres la concubina de un rey. Allí te aguarda nuestro peor enemigo, Marco, el astuto, el mendaz. —Nadie me aguarda en Tintagil. Allí estuve, porque también he querido conocer el reino de la astucia y de la mentira; pero yo nunca podría enlazarme al rey Marco sino en una noche de cólera, cuando el mundo me cerrase todos los caminos de la clara verdad, de esa clara verdad que tú creas desde el atril mirando a las estrellas y a los hombres. Nadie me aguarda en el reino de la angostura de espíritu, de la burla maligna, de la negación, en suma. Quiero afirmar contigo el verdadero imperio de la luz. Enlazada a ti, quiero crear un mundo nuevo. Merlín vacila, se pasa la mano por la frente, quiere preguntar a los astros, consultar a Plotino, buscar en Heráclito la definitiva respuesta... Balbuce. —No te comprendo, Viviana. —Me comprenderás en cuanto recobres tu plena libertad, en cuanto el palacio se abra para nosotros y nos dispare hacia el ardiente corazón del mundo. Quiero estar sola contigo. Quiero llevarte conmigo. ¡Te quiero, Merlín! ¿Dejarse raptar como si Viviana fuese el héroe, y él, Merlín, un viejo mago, la tierna doncella? Merlín sonríe ante estos nuevos modos de entender la galantería. ¡Toda la historia caballeresca derribada por un capricho de Viviana! ¿Adónde querrá llevarle esta diosa infernal, después de convertirlo en una voluble Proserpina? ¿A qué guerra de Troya querrá empujarle, después de hacer de Merlín una Helena casquivana? Hubo unas mujeres fuertes en Siria, en Germania, en la misma Roma, que hacían de su virginidad un broquel y de su palabra viril un dardo. Se apartaban del amor y se consagraban al combate. Unas fueron jueces, otras generales, otras diosas de rojos cabellos y de pechos metálicos, donde rebotaban las miradas viriles sin lograr hacerlos nunca estremecer. Habían estrangulado su sexo, o habían hecho de él un hendido pedernal inaccesible y soberbio sobre las praderas floridas del amor que desdeñaban. De su pecho nunca fluía la leche, ni de su boca el néctar que reaviva el corazón de los hombres. Llegaban a amputarse un pecho, si el pecho era un obstáculo a sus maniobras guerreras. Disparar un dardo fue para ellas más noble que amamantar a un niño. Derribar un ciervo fue para ellas más gozoso que besar en plena boca a un doncel... Estas vigorosas doncellas, en cuyo cuerpo ceñudo se iban lentamente allanando los voluptuosos alcores, estirando las líneas ondulantes, apagando la lumbre de los ojos, endureciendo los labios, petrificando el vientre y los flancos hasta quedar inhábiles para ese temblor glorioso que solo puede sentirse bajo el peso del varón; estas mutiladas doncellas pudieron algún día lanzarse a los bosques y el mar, hacerse cazadores y piratas, arrebatar hombres y joyas, pieles y oro... Pero Viviana, la frágil y tierna Viviana, sierpe de rosa y de ámbar que se enrolla al tronco del atril, como aquella por quien el hombre cambió de rumbo se enrollaba al tronco bíblico cuyas ramas eran otros tantos folios colmados de ciencia divina, ¿cómo podrá lanzarse a los bosques o al mar llevándose a la grupa, o en el buque fantástico, el cerebro del castillo de Arturo? Ahora Viviana se retuerce a los pies del hechicero, adiestrando sus finos dedos en acariciar las rodillas de Merlín, sus manos, que nunca podrían manejar los remos ni las riendas, manos de serafín caído, hechas solo para pasar lentamente las hojas de un gran libro coral, de un grimorio hermético, donde los nerviosos dedos femeninos forjarían el mejor arabesco, donde la cabecita diabólica compondría la mejor viñeta... Sería un escudero incomparable en estas lentas batallas de la sabiduría. Un escudero silencioso, capaz de bruñirle el arma de una intuición, de aligerarle todo el peso del abrumador instrumental por quien la ciencia se adquiere, grado a grado, estrella a estrella. En el frío lecho de este monarca de la sabiduría, quiere filtrarse otra vez la juventud de una mujer... Cuando Merlín llega a este punto, palidece, crispa las manos, tiembla su barba florida. ¡Viviana junto a él, pegada su carne diabólica a la serena carne del sabio! Ruge: —¡Vete! Pero Viviana sonríe. Uno a uno, fue leyendo todos los trances del pensamiento de Merlín. Conoce en qué punto surgió la forma de una manecita rosa arrastrando el folio, cuándo el pecho desnudo calentando el frío sueño del monarca. Quiere avanzar. Acaso se precipita. Porque Merlín, al sentirse enlazado, al percibir en su mejilla el roce de los labios incandescentes, realiza un último y desesperado esfuerzo, se desembaraza del pérfido escudero, brinca del lecho, aparta bruscamente todas las imágenes asesinas, empuja, violento, a Viviana, que cae derrumbada al pie del atril, sin fuerza para reanudar su ruego, empañadas sus pupilas, sin resortes sus brazos, helada su boca, vencida. —¡Vete! Se levanta, sin mirar a Merlín. Silenciosamente, abandona el torreón. V EL LÁTIGO DE VENUS Viviana desciende al corazón del castillo. En cada rellano, su frente, ensombrecida por la repulsa del sabio, va deshaciendo un frunce. Cuando acaba de bajar la escalera, y un paje se le acerca tímidamente pidiéndole sonrisas, Viviana ya ha recuperado toda la jocunda luminosidad de su rostro. Merlín ha despertado en ella una violenta ambición de nuevas seducciones. Ensayará otra sonrisa, la empapará de ingenua picardía, la hará seguir de un guiño truhan, inventará un gesto púdico, una mirada abatida, que al caer sobre su cuerpo como para huir del ave de rapiña que es toda mirada de varón, para buscar un refugio honesto entre el brial, desgarrará el brial, subrayará cada ondulación de su carne, conducirá los ojos del hombre al mismo nido de donde las vírgenes querrían apartarlo. Y los ojos de Viviana, cerrados sobre su cuerpo estremecido, serán los cómplices ladinos de estos otros ojos desmesuradamente abiertos del doncel que la contempla, del paje Bernardino. —¡Carmen! —¿Qué quieres? —Fuiste a profanar el recinto del sabio. —A profanarlo, no; a mezclar en él un poco de júbilo. —Merlín no quiere tu alegría. —¿Por qué? —Porque la alegría de una mujer precede siempre a la tristeza del amor, y Merlín no gusta del amor. Piensa y vigila mientras los amantes sueñan. —Mi amor es alegre. —Dámelo. —Eres un niño. Te arrollaría, como arrolla el turbión a una caña. Solo quiero a Merlín, porque Merlín es una roca y me haría estallar en espuma de siete colores. Mi amor, en su firmeza, se multiplicaría como las palmas en el techo de un templo y las joyas de sol en un vitral. En tu fragilidad, mi amor se convertiría en un pajarillo asustado. Eres pequeño para resistir un torrente. Conténtate con mis versos, lluvia menuda que empapa y estremece, pero no mata. —Dilos para mí solo. —Mis versos, como el pan y los peces de Jesús, son para todos. Solo mi amor es para Merlín. Avanzan por una galería. En un recodo oscuro, el paje, bruscamente, intenta abrazar a Viviana. Se oye una carcajada. Bernardino, entre sus brazos, solo encuentra un poco de aire violento, que le derriba, que le azota el rostro. Mientras, escucha la voz burlona de Carmen: —¡Pobrecita caña! —¡Bruja! ¡Vagabunda! De alguna banda de bufones habrás huido para no caer en manos del verdugo que iría a llevarte a la hoguera. Llora de rabia, en el suelo; recuerda a aquellas volatineras que, entre mendigos, acróbatas y tañedores de arpa y de lira, recorren los caminos divirtiendo a los señores cuando vuelven de caza. ¡Un salto mortal le hizo brincar de sus brazos! Bien hicieron los concilios en escribir inexorables preceptos contra estas desdichadas. Concurrían al campamento de los reyes, asistían a las coronaciones, sembraban el impudor en torneos, ferias y mercados. Carmen será alguna de aquellas vagabundas que seguían a los cruzados por los caminos benditos de Judea; alguna de aquellas hábiles soldaderas que atisban el bolsillo y el deseo de los rijosos caballeros andantes. ¿Es doncella? ¿Es viuda? ¿Es alguna esposa repudiada por una de esas torpezas de que hablan los _fabliaux_? Se incorpora. Flota en el aire un perfume. ¿El perfume de un verso? Bernardino echa a andar. Desciende a los sótanos del castillo. De pronto, la voz de Carmen le atrae como el cebo atrae al pez. Rodeada de otros pajes, entre marmitones, dueñas y mesnaderos, Carmen sigue recitando: _Tu cuello, amor, se me escapa, como un tallo sensitivo. Tus flancos se me deslizan como los de un potro sin domar. Tus senos huyen de mis manos como esquivas tórtolas._ _¿Por qué?_ _En cambio, si tú abrieses mi carne, si tú rasgases mi piel, verías en cualquier punto nuestros nombres enlazados. Y el hervor de mi sangre, encendida por tus ojos._ _¡Rásgame, amor!_ En las entrañas del castillo, todos los instintos se han puesto de pie. Carmen los va despertando uno a uno con su látigo florido. Alarga el auditorio las cabezas, estrechando el cerco. Cuando la domadora los tiene a todos en un haz, comienza a jugar con ellos en la pista. Hace pasar los más audaces por aros de plata, por falsos panderos de papel de seda. Los hace pasar al reino de lo maravilloso, al país de las leyendas, donde el amor es presa difícil, como una ciudadela defendida siempre por los inexorables concilios. Los versos fueron el violento, el asesino golpe de tralla. Ahora viene, como una fina lluvia —que empapa y estremece, pero no mata—, la leyenda. El paje escucha, embelesado, el romance de _El látigo de Venus_. Un día, el abad Restituto quiso rectificar la Naturaleza. Había en el huerto una cascada dividida en dos porciones muy semejantes a dos piernas transparentes de mujer. Henchíanse al comienzo, se apretaban forjando dos rodillas perfectas, volvían a henchirse hasta perderse en la corriente. Aquellas dos caderas diáfanas perturbaban el sueño del abad Restituto y, un día, quiso por sus propias manos desviar unas piedras para juntar en uno aquellos dos voluptuosos manojos de agua. Alzó una mañana el pico, iba a dejarlo caer furiosamente contra la grupa desnuda; pero una densa rama de fresno le azotó la frente, le cegó los ojos, le obligó a dejar caer el pico ya blandido. Cuantas veces alzó el arma destructora, otras tantas le azotó la frente el latigazo de una rama. Desistió. Se acogió humildemente a la clemencia divina, y ahí quedó el agua modelando a su gusto los dos preciosos muslos, obra maravillosa de la Naturaleza, designio inescrutable del sumo poder. Henchíanse al comienzo, se apretaban forjando dos rodillas perfectas, volvían a henchirse hasta perderse en la espuma como en un lecho de novia. El abad prohibió a los monjes pasar por allí sin recitar el salmo: “¡Bendice, oh agua, al Señor!”. También hizo escribir un poema en dos cantos donde se comparaba los haces de agua a las columnas del templo de Sión. Pero las gentes profanas que supieron lo ocurrido, llamaron muy pronto a la cascada _El látigo de Venus_. El abad Pretextato quiso más tarde torcer, desde fuera del huerto, el curso de las aguas; pero los picos y palas se destrozaban inútilmente sin lograr rectificar la sabia Naturaleza. Otra vez se desistió... Hasta que un día... Un novicio cándido, un adolescente, se olvidó, frente a la cascada, de rezar el versículo sagrado, y fue tal el ardor púdico que irradiaban sus mejillas de niño que las dos columnas voluptuosas se fundieron, se soldaron para siempre. Porque solo aquel novicio, entre todos los monjes, había visto en la cascada, no un cuerpo truncado de mujer, sino el olvido de un versículo. Y aquellas piernas transparentes no volvieron a abrirse más. Carmen, previo un mohín candoroso, enmudece. Comienza a hervir el comentario en torno de la astuta juglaresa. Bernardino avanza, decidido a desenmascarar a la vagabunda volatinera; pero en aquel momento Carmen extiende los brazos y reanuda sus leyendas. —Os contaré ahora el milagro de un cuadro que pudo llamarse _La manzana_; pero por misericordia del Altísimo se llamó _Fe, Esperanza y Caridad_. Una noche... ¿Quién abrió la puerta cautelosamente? ¿No es Merlín, el alto Merlín, quien viene a oír a la hechicera? Se desliza sin ruido, se incorpora, como una sombra, al último aro de oyentes. Como viene embozado hasta los ojos, nadie, excepto Viviana, ha sorprendido la presencia del mago. Un marmitón le toma por algún caballero de la Tabla, que desea mantenerse incógnito, y quiere, respetuoso, abrirle acceso hasta la primera fila de oyentes; pero Merlín, con un sobrio ademán, impone silencio y quietud. Viviana prosigue su relato. Chispean sus ojos de color tabaco, y sus labios húmedos moldean las palabras, tiñéndolas de roja voluptuosidad, tiembla su pulso de alegría, y por las puntas de nácar de sus dedos fluye la savia eléctrica de sus nervios. Y sigue contando su romance: El mendigo pintor vino pidiendo albergue y trabajo. Lo encerraron en un aposento donde había de pintar todas las virtudes, porque allí reposaría luego una doncella, huérfana de reyes, a punto de llegar al castillo. El mendigo pidió de comer para seis días, y rogó que nadie, durante aquel tiempo, penetrase en la estancia. Así ocurrió. Pero, finado el plazo, y viendo que el pintor no daba señal alguna de vida, penetró el señor en la estancia y allí, entre un olor a azufre, contempló lleno de cólera los muros pintados. ¡Estaban llenos de ninfas desnudas, de faunos en celo y de impúdicas meretrices del Olimpo! Frente al lecho de la virgen, Paris ofreciendo la manzana. Huele a azufre; la ventana está abierta. Las tres diosas desnudas sonríen cínicamente al caballero. Cuando vino la doncella, ya los muros habían sido recubiertos de espesa cal, y las tres diosas vestidas púdicamente de Fe, Esperanza y Caridad. ¡Era muy pronto para resucitar los dioses; y solo Satán podía ya pensar en traerlos nuevamente al mundo! Paris fue trocado en monje, y en lugar de la manzana, le fue pintada en la mano una azucena, la azucena del candor. Nadie pudo dar con el pintor mendigo. Anduvo recorriendo la comarca, dejando una estela de lúbricas imágenes. Algún día tomó cuerpo de mujer. Una mañana despertó con su canto a todas las gentes de un castillo. Al borde de un foso, comenzó a bailar desnuda. Cuando fueron a atraparla para meterla en un horno encendido, se convirtió en humo espeso, huyó de sus perseguidores, dejándoles en las manos un olor insoportable a azufre. Merlín se retuerce dentro de su disfraz. Querría lanzarse contra Viviana y apagar en aquellos labios encendidos el satánico relato. Cuantas veces evoca Viviana una forma desnuda, una escena voluptuosa, sus dedos, como sierpes rosadas, trazan líneas ardientes en el aire, llenándolo de curvas superficies, de perversas geometrías. La escuchan todos jadeantes, como sumidos también en el horno encendido, en un aire azuzado por invisibles centellas. Viviana, por fin, calla. Teme haber sacudido con demasiada violencia aquellos cuerpos. Quisiera despedirlos, correr tras de Merlín, que le lanza su primer mirada turbia, su primer mirada de vencido. Viviana quisiera correr en pos del mago, pero el mago desaparece. Y el auditorio aguarda en silencio otro romance. En un silencio tan preñado de voluptuosidad, que Viviana teme de pronto verse desgarrado su brial y mordida su carne; teme verse ceñida súbitamente por estos brazos nervudos que tiemblan de deseo... Y, sonriendo, se despide y huye, dejando abrasada la noche, rotos los frenos, abiertas todas las esclusas del deleite. Las entrañas del castillo arderán en el mismo fuego diabólico de los labios de Viviana hasta el amanecer. VI EL RAPTO A la tarde siguiente, Viviana penetra de puntillas, sin interrumpir al mago, que sigue meditabundo sobre el atril. Viviana dejó en el umbral todas sus travesuras; su misma alegría la ha colgado del dintel, como un pandero. Ensaya una faz de pajarillo asustado. Roza el pavimento un jirón de gasa, que hace volver los ojos a Merlín. El mago sonríe al verla —perrillo medroso— acurrucarse bajo el atril. Viviana, en silencio, contempla embelesada a Merlín. ¿Por qué mirar ahora el cielo, Merlín, si aún no está abierto el enorme grimorio astral donde tú lees la historia futura?... Viviana, en silencio, comienza —¡oh, taimada!— a sonreír. Merlín, Merlín... ¿Por qué contemplar ahora el cielo si por él solo cruzan nubes —nubes corinto, nubes malva, nubes de color de sangre—, jirones de gasa de alguna aérea Viviana, quizá de esta misma —perrillo medroso, que se acurruca bajo el atril— que afila sus uñas para caer sobre la presa? ¿Vas a buscarle el contorno a una nube? ¿Por qué sigues la estela de ese pájaro, el nerviosismo de esa rama? ¿Vas a formular una ley o a forjar un hexámetro? En silencio, centelleantes las pupilas, asiste Viviana a la contemplación del mago. Le sigue el perfil de cada estremecimiento. Ve retornar a sus cuencas las miradas fugitivas de Merlín; las ve encogerse en su reducto, erizadas de angustia; las ve caer al suelo, fulminadas por un pensamiento asesino. Viviana oyó la explosión. Viviana oyó engarzarse, fundirse en el cerebro de Merlín las fatales palabras: _Una palabra de ella tenía ya más sentido que las frases de todos los filósofos del mundo_. Y Merlín quiere huir de ese pensamiento que, dentro de él, todo lo va desmoronando. ¡Huir, huir!... Ya su vida, ante la callada invasión, solo podría tener este sentido: _el de una perenne huida_. ¡Huir! ¿Adónde? Merlín siente un vehemente deseo de escuchar otra vez a la enemiga, de verla brincar, retozar, traviesa, loca. Y Viviana enmudece, astuta. Inclina Merlín la cabeza. La yergue, triunfal, Viviana. Merlín intenta articular alguna frase; pero su voz describe absurdas espirales dentro de la garganta. Viviana refrena, al mismo tiempo, el ímpetu de su claro alborozo. Merlín, Merlín... ¿Por qué no estudiar ahora en el enorme pergamino astral, que solemnemente se va desarrollando, ya barrido, al pasar, el frágil escenario de la tarde? ¿Vas a formular una ley o a forjar un hexámetro? Una mano, la piña ardiente de unos dedos entre otras manos temblorosas. Una mano que va lentamente subiendo hasta una boca. Estalla la roja chispa que rompe tanta eléctrica tortura. Una mano de Viviana asciende hasta la boca de Merlín, como el manojo de jazmines del Cantar. Una mano que va después bajando hasta perder su calidad de flor y ensayar dulcemente su calidad de argolla. Una mano que acaricia y, sin dejar de acariciar, empuja. Viviana sale del torreón, arrastrando a Merlín, como se arrastra a un niño. Viviana lleva en alto una lámpara. Cruzan un largo corredor, bajan al patio. Todos duermen ya, menos el centinela que se inclina, absorto, al pasar el mago. Baja, apenas rechinante, el puente levadizo. Ya están en el campo. Viviana arroja al foso la lámpara y se cuelga a Merlín, toda temblando. Se le ciñe voluptuosamente, le susurra: —Te llevaré al fondo de mi fuente encantada, donde hay para nosotros un lecho de coral. Nos llevará un monstruo, obediente a mi voz, que conoce todos los caminos de Bretaña. —¿Un monstruo? ¿Algún dragón? Conozco el de Andrómeda... Conozco muchos, pero suelen ser indómitos. Viviana sonríe. —¿Creíste que mis manos nunca podrían domar un potro, como las valquirias; ni disparar el arco, como las amazonas; ni remar entre la tempestad, como las euménides?... Me creíste frágil, porque me viste subrayar mi condición de sierpe femenina. Eres un niño, Merlín. No sabes que poseo unos ojos capaces de seducir al hierro, de domesticar al rayo, de hacer pasar las fuerzas desconocidas de la tierra por los nervios de este dragón inmóvil, por unas entrañas duras, inertes, que al sentirse fecundadas por un rocío que tú no conoces, que yo —mujer de todos los siglos— ya conozco, comienzan a vibrar con tal ímpetu que toda la máquina rompa a andar más rápida que un corcel, más ágil que una nave, con la vehemencia de un pájaro... Merlín, ven conmigo. Su lomo se hiende, sumiso, para que nosotros podamos injertarnos en él, vibrar con él, rasgar con él los espacios. —Soy tu víctima, Viviana. —Mi juguete quizá, pero solo unos momentos. Después, en el reposo, seré un cojín para tu pulso en fiebre. Allí aguarda el monstruo, dando resoplidos. Se le encienden bruscamente los ojos, sus dos ojos enormes de dragón. Viviana y Merlín se sumen en un vientre, donde la voz se ahoga y las entrañas acarician. Un crujido férreo del monstruo, un ronco alarido, y de pronto, el paisaje se rasga en dos para abrir paso a los encantadores. Viviana y Merlín se lanzan alegremente hacia la selva. Merlín va viendo desfilar atropelladamente, por las mejillas de Viviana, tropeles de fantasmas. Árboles, muros, colinas, proyectan ellas sus perfiles inconcretos, precipitados. En este pequeño _ring_, que tantas veces se disputan dos emociones hostiles, se entabla hoy una escaramuza, en la que luchan, embozados, todos los elementos del paisaje. El campo inicia una infernal zarabanda que deja atónito a Merlín. Teme ser víctima de algún poder diabólico, y pregunta con los ojos a Viviana. No, no es un diabólico artilugio; es un hallazgo del hombre, que no se contó entre las profecías de Merlín. Porque Viviana no tiene edad ninguna y escoge de cualquier época sus medios de seducción y de transporte. —Mira esa rueda. Con ella se tortura el espacio. Este maravilloso tormento de la rueda nunca lo vi en tus profecías. Merlín está ya sosegado. Siente frío, se apretuja contra Viviana, que le va arrancando sombras de la frente. Y otra vez la mano de Viviana se alza como una flor. Los trémulos dedos —pilluelos ateridos— se acurrucan de nuevo en el quicio de una boca. Por los nervios de Merlín van subiendo, reacios, torpemente, los yertos posos del ayer, fríos cadáveres de emociones, que se derraman hechos ceniza, dejando libre el pecho para instalarse en él un nuevo amor. Y siguen yendo y viniendo sombras por el rostro, por las manos de Viviana: palomas que repiten su vuelo, alborozadas, hacia el nido caliente de unos labios. Merlín, Merlín... ¿Qué fue de aquella frase de Plotino, de aquella austera frase que hizo añicos Viviana? No juntarás ya los pedazos, porque de pronto se te hizo visible esta otra verdad: _Una palabra de ella tenía ya más sentido que las frases de todos los filósofos del mundo._ VII ISOLDA Y TRISTÁN —Merlín, sabio mío: hemos llegado a la colina de la Cruz Bermeja. ¿Sabías que entre unos álamos están ahora durmiendo Isolda y Tristán? —¿Qué intentas ahora? —Llegar hasta su lecho con el primer rayo de sol; ver cómo se enlazan bajo el orvallo de ámbar y miel. ¿Sabías que yo fui quien elaboró el filtro que hace arder perennemente sus entrañas? —¿Qué les hiciste, perversa? —Inmortales. —A costa de un lento morir. —Morir de sentirse vivir intensamente. Morir del deleite más profundo: sentirse, gota a gota, fluir la vida. Verás cómo sonríen cuando dulcemente les hiera el sol. —¡Eres diabólica! —El diablo cuentan que tienes tú por padre. —¡Es falso! Yo soy hijo de toda la antigüedad. —Pedante alcurnia, hecha de secas virutas de pergamino. Pero yo convertiré ese pergamino yerto en epidermis viva. Quiero, hiedra mía, que aprendas el arte de enroscar tus miembros a mi fiebre. Quiero que aprendas el arte de fundir nuestras bocas. Isolda y Tristán son dos buenos maestros. —Tus mejores discípulos. —Son los enamorados más ilustres de toda nuestra _enorme_ Edad, que ellos, por la virtud de mi filtro, Merlín, por la virtud de mi filtro, hecho de savia femenina, sabrán hacer _delicada_. Vamos a ver cómo despiertan. Se internan en el bosque. Van apartando ramas, asomándose por entre ellas, en silencio, como rapaces que buscan misteriosamente un nido. —¡Aquí, aquí están! —susurra Viviana. Bajo un frondoso baldaquino, hecho de bruñidos troncos y anchas hojas verdes, reposan los dos enamorados. Tristán anduvo todo el día persiguiendo un ciervo; Isolda se fatigó más que nunca recomponiendo su brial. Duermen profundamente, juntas las cabezas, cogidas las manos, ocultos bajo brazadas de heno. —Mira sus ojos, agrandados por la fiebre. Y sus manos delgadas, y sus mejillas consumidas por la brasa de tu filtro. Eres diabólica, Viviana. La hierba comienza a chispear alrededor del tálamo. Al través de la techumbre, una hebra rubia, encendida, comienza a electrizar las hojas, resbala por los troncos, baja a anillarse con las hebras rubias de Isolda, esparcidas por la hierba, sus hermanas; tropieza y juguetea con unos dedos pálidos, hundidos en el pecho de Tristán. —Mira el anillo de esmeraldas del rey Marco. Va a perderlo. Tanto enflaqueció el amor a la cuitada, que acabará por desprendérsele el anillo... Viviana, debemos evitar que siga enflaqueciendo. —Merlín, Merlín, ¡qué niño eres! Eres tan infantil como todos los sabios; ¡cuánta falta estaba yo haciendo en tu vida, viejo mío! ¿Pensabas que nuestro viaje aquí solo tenía por objeto esta contemplación inútil? —¿Qué intentas? —Ahora verás. Por donde quiera que vayamos, nuestra Edad, diabólicamente, es decir, bajo los signos de la gracia y de la sabiduría, debe transformarse. Dame tu espada, ese aburrido acero oculto bajo tu hopalanda. ¡Quieto! Viviana llega hasta los dos amantes; aparta el haz de heno y sonríe al contemplar el espectáculo escondido bajo el haz; ordena, maternal, las ropas; abre una púdica zanja entre los cuerpos, y en ella instala solemnemente la espada de Merlín. Desnuda, categórica, la espada de Merlín garantizará en aquel amanecer la pureza de Isolda y de Tristán. Ni un rizo de viento. Ya ni las hojas se besan. El baldaquino verde y oro se convierte en un altar. Ginebra y Lanzarote podrían aquí aprender una celeste lección de amor. Amor purísimo, como el aliento del querube. Viviana sonríe entre las miradas asombradas del sabio. Cuando termina de componer el escenario, se prende del brazo de Merlín. —Viejo niño, vamos ya a buscar nuestro dosel. En la fuente de las hadas hay maravillosos lechos. ¿Lo quieres al gusto clásico o hecho de pieles, al gusto primitivo? ¿De lino o de paja, como en los mitos cristianos? ¿Quieres por techumbre las estrellas o un tropel de estalagmitas? —No te burles, Viviana. Yo soy viejo. ¿Para qué yacer contigo? —Cuanto yo toco, rejuvenece. No reconozco edad. Haré de ti una brasa. —Pondré mi espada entre los dos. —Niño, niño mío... ¿Para qué piensas que vine yo aquí sino para despojarte de ese inútil símbolo? —No resisto más tu burla, Viviana. Voy a recuperar mi espada. —¡Quieto! Marco va a venir, y es preciso salvarlos. —Quiero salvarme yo. —La castidad no salva a nadie. Solo tiene la virtud de enmohecer la vida. ¡Vámonos, Merlín! Pero se oye un ruido sospechoso, como de chasquidos de armas, de voces que ordenan con imperio. Merlín aguza los oídos. —Alguien viene, y muy precipitado. —Es el rey. Vamos a escondernos, Merlín. Esta es la hora en que Marco debe sorprender dormidos a Isolda y Tristán. La escena será divertidísima. —Me resigno. Lo contaré después todo a los juglares. —¡Pobrecillos! Ellos no dirán nunca la verdad. Contarán la verdad que acaricie los oídos de quien pague. —Creo en la tradición. ¿Para qué descifro yo mis pergaminos? —Te diviertes así, viejo mío. Es un juego. —Una ciencia. —Un lento juego inútil. Porque la tradición se te escapa; el tiempo viejo —donde estás siempre sepultado— se te borra. Solo yo, solo quien vive intensamente el día de hoy, podrá interpretar fielmente los signos del pasado. Suben a una rama. La barba flotante de Merlín se enreda en la hojarasca. Desde su escondite contempla al rey Marco, que baja del corcel. Un guarda le sostiene el estribo y ata las riendas del caballo a una rama de encina. Merlín comienza a temblar. —¡Vamos a presenciar un doble asesinato! —Merlín, Merlín, ¿para qué estoy yo aquí, en mi atalaya, dirigiendo este capítulo de nuestra Edad? —¿Historia o leyenda? —¿Quién es capaz de separarlas? Ni tú ni nadie. —Tiemblo, a pesar de todo. —El rey no matará a nadie. Míralo. Marco desenvaina su espada y se encamina hacia los dos amantes dormidos. Aparta las hojas cómplices, asoma la cabeza entre los troncos; luego irrumpe todo él bajo el casto baldaquino, blandiendo la espada. Merlín sigue asustado; Viviana no puede contener la risa; pero Marco nada advierte; toma la risa por un susurro. El rey se ha desprendido del manto; la cadenilla del broche tintinea contra las ramas. El rey se ha desprendido de su enojo; su cólera se le desliza, nervio a nervio, hasta sumirse en tierra. Viviana ha cortado la corriente. —Merlín, no tiembles por los enamorados. El rey ha visto la espada. Oye a Marco: verás qué divertido es un esposo que tiene fe. Marco, absorto, contempla la centelleante muralla divisoria, el sacro muro infranqueable. Dos gorriones, que asisten a la escena, bosquejan tímidamente un trino. Va a estallar el pecho del rey. Se anuncia el aria con una doble y patética exclamación: —¡Cielos! ¿Qué veo? Los gorriones contienen su chiar; Viviana, su risa retozona, y Merlín, de inquietud, está a punto de caerse del chopo. El rey prosigue: —¿Voy a matarlos? ¡Tanto tiempo viviendo juntos en el bosque, sin sucumbir a su deseo! Si en ellos anidase la perfidia, ¿hubieran colocado esa espada entre los dos? ¡Oh, esposa mía, atormentada y fiel! Porque tú sabes que esa espada desnuda, al separar los cuerpos, asegura también las almas contra todo deseo impuro. Si ellos se hubiesen amado frenéticamente, ¿hubieran desafiado la cólera divina, desnudando así el acero? ¿Reposarían con tan casta inocencia? ¡No! ¡No seré yo quien destruya esta paz angelical! ¡No seré yo quien los mate! Sería un crimen sacrílego derramar esta sangre; sería pisotear villanamente una sagrada tradición. Si ellos muriesen a mis manos, por todos los siglos yo, ilustre representante de mi Edad, me vería escarnecido; por todos los castillos los juglares publicarían mi vileza. Yo... Yo... Se pasa la mano por la frente. Parece haber olvidado alguna cosa. Los dos gorriones repiten el trino, como para alentarle. Viviana da con el codo a Merlín. —El pobre ha perdido la memoria. No recuerda su papel. Por fin, Marco prosigue: —Yo quiero, eso sí, hacerles presente que anduve cerca de ellos; que no quise su muerte y admiré su castidad... ¡Y Dios tenga lástima de todos! —¡Muy bien! —susurra Viviana, mientras respira satisfecho Merlín. El sol cae de lleno sobre la frente de Isolda. El rey se arranca sus guantes de armiño y cierra con ellos las rendijas por donde se filtra el haz rubio. Después toma el anillo de su esposa —fácilmente, porque el dedo está esquelético— y en su lugar coloca el rey aquel otro anillo que un día le fue regalado por Isolda. Luego toma la espada de Merlín y la cambia por su real acero. Contempla meditabundo a los amantes, y suspira: —¡Qué escena para un bello romance! Y se va. —¿Lo ves? —dice Viviana—. Se ha portado muy bien el pobre Marco. —¡Si no acertamos a venir! —Le creías tan fiero, y ya ves... Aparte del monólogo, un poco pedante, el rey ha estado discreto. Vamos. Que ellos continúen su historia, como nosotros vamos a continuar la nuestra. —¿Y mi espada? —No te hace falta. Si quieres armas yo te regalaré mi cofrecillo de flechitas de oro con la punta mojada en mi filtro. —Siempre tu filtro. ¡Tu humorismo! —Pero mi filtro no mata. Azuza, estimula, hace vivir con más intensidad. Estos desdichados me deben su amor que es toda su vida, como el rey Marco me debe su preciosa cornamenta de oro. Es el ciervo más decorativo de toda nuestra enorme Edad. —Eres cruel, Viviana. —Traviesa, nada más. Y, ahora, vámonos, viejo mío. Nos aguarda el dragón de entrañas de hierro que ya tiene apagados los ojos. Antes de que el sol nos queme, arderán juntas nuestras bocas. —¡Mi espada! —Entre nosotros dos solo podrá haber ya un ramo de mirtos. Se van. Los dos gorriones bajan saltando hasta posarse en el pomo cincelado de la espada. Lo picotean creyéndolo forjado de luminosos granitos de trigo. Se detienen ante dos menudas esmeraldas, vivaces ojillos de reptil que asustan a los pájaros. En su vuelo rozan la frente de Isolda, que se despierta azorada. —Tristán, amor mío. —¿Qué? ¿Qué pasa? —Un pájaro vino a despertarme. Vamos a continuar nuestra leyenda. Somos los enamorados más ilustres de la época, y es preciso inventar algo interesante. Piensa en nuestros altos destinos. Tristán, malhumorado, se incorpora; su brazo tropieza con la espada del rey. —¡Estamos perdidos, Isolda! ¡Nos ha sorprendido el rey! ¡Huyamos! Contemplan atónitos la espada. Por fin, Isolda añade solemnemente: —Recuerda, amor mío, que nuestra frenética pasión pertenece a la posteridad. No pierdas nunca gallardía, ni en el gesto ni en la frase. Desde todos los pupitres del mundo, millares de ojos nos contemplan. VIII EL CONSEJO Al amanecer, la luna de cobre que cuelga en medio del patio de Caradigán, deja escapar tres gemidos. Un paje la golpea, llamando a consejo. Todo el palacio de Arturo se agita confusamente, sin saber a punto fijo lo que ocurre. Lo que ocurre es que ha perdido la cabeza. Ha perdido a Merlín. Escuderos, marmitones, pajes, dueñas, hombres de armas, paladines, reyes, todos van de un lado a otro en angustiosa convulsión. En la angustiosa convulsión de un cuerpo decapitado que sigue rebullendo unos instantes. Poco después, en la sala del consejo, Ginebra y Arturo declaran abierta la sesión. Todos se miran consternados. El sillón de la derecha del rey está vacío. Está vacío, pues, todo el consejo. La Tabla Redonda se mira los brazos, ya inútiles, sin cerebro que enfile los golpes; se mira los pies, ya sin sentido, porque han perdido la brújula. Lanzarote del Lago está a punto de llorar. Ginebra llora, efectivamente. Comienza el consejo con una insensatez que será famosa. ¿No fue entonces cuando Arturo inició su discurso con las famosas palabras: —Nosotros, los caballeros de la Edad Media...? Arturo se detiene, compungido. Los caballeros cuchichean. Lanzarote mira al techo, en espera de uno de esos celestes ababoles que, en los días de gran espectáculo, suelen bajar a arder sobre las frentes ilusionadas. El consejo es apenas un sordo rumor en tomo a un sillón vacío. Solo el paje Bernardino, enamorado en secreto de Carmen, piensa en el hada traviesa; la busca por todas partes, entre las dueñas, entre los mesnaderos, entre los marmitones. Baja a las cocinas, a los sótanos, sube de nuevo a la gran sala abovedada, tímidamente pregunta a un camarada: —¿Viste a Carmen? —Dos días ha que no la veo. Anoche nada nos recitó. —Sufría un fuerte dolor al costado; yo le traje hierbas para hacerle un cocimiento... Tenía calentura. El camarada contempla en silencio a Bernardino. Después, sonríe y le susurra al oído: —También tú tienes calentura. Cuando de Carmen hablas, tus ojos fosforecen como tizones del infierno. Bernardino inclina la cabeza, consternado. Ya conocen su secreto. Y el amor en el castillo de Arturo ha de ser invisible, recatado hasta la mudez y la tortura. —Cállate. —Callo. Pero quiero decirte que evites la mirada de Carmen. Hay en ella tal alegría que no parece de este mundo. Hay en ella tal malicia que ese otro mundo no puede ser el de los ángeles. —Mientes. —Te perdono, porque siempre suelen ir juntos demencia y amor, y tú estás enamorado de Carmen. Pero ella se cuida poco de ti. —La encontraré, aunque se esconda en el mismo Tabernáculo. —No blasfemes y busca mejor. Bernardino sigue buscando. Cuando todas las entrañas del castillo le han ya defraudado, piensa en acometer la atrevida empresa de hurgar en el cerebro. ¿Qué importa, si ya Merlín no ha de asustarle con sus barbas arriscadas y su varita mágica que puede convertir a un paje en un ratón? Bernardino entreabre la puerta de la cámara prohibida. Nadie. Recorre el interior. Nada. Contempla el atril. Hay un grimorio abierto; un pergamino prendido al grimorio; en el pergamino, unas letras de fuego... Bernardino lee: “Os robo a Merlín, porque sois indignos de tenerlo por cabeza, infelices esclavos del corazón: Tú, pobre Arturo, cuya frente no acaba de retoñar; vosotros, Ginebra y Lanzarote, cuyo amor es tan inmaculado como necio. Os robo a Merlín, cuya sabiduría es inútil entre gentes cobardes que voluntariamente se mutilan. Cuando lleguéis a completaros y la frente predestinada definitivamente retoñe, mientras el verdadero amor retoña, quizá os restituya el pensamiento. Entretanto, infelices, seguid en vuestro mezquino y puro arrobo. Caballeros de la Tabla Redonda: no salgáis en mi busca. No soy una tímida gacela ni un medroso ciervo. Soy la serpiente cuyo filtro enardece o petrifica. No soy Carmen, soy Viviana”. Bernardino está a punto de un desmayo. Desprende el pergamino y baja a ponerlo en manos de su señor, el caballero Franconio, quien lo lee atropelladamente, mientras su rostro se esconde bajo un vaho de púrpura. —Señor, Carmen nos ha engañado. —Callad, paje. Destruyamos este horrible pergamino. Yo diré en voz alta la verdad acerca de la Pérfida. Llevadlo, hacedlo trizas y arrojadlo al foso. Bernardino corre a destruir aquella burla y Franconio grita: —Señor. Acabo de saber la verdad. Merlín huyó con Viviana. —¿Cómo pudo llegar aquí la hechicera? —claman desde todos los ángulos del recinto. —Porque Viviana llegó aquí bajo el disfraz de una cuitada juglaresa, de Carmen. En su boca florecía siempre un verso, pero en su pecho se fraguó siempre nuestra ruina. —¿Cómo lo sabéis, Franconio? —Mi paje los vio cruzar el puente levadizo. —¿Cómo los centinelas pudieron darles paso? ¿Cómo estos villanos de nada dieron cuenta? —Señor... Olvidáis que Viviana es hechicera, y seguramente la guardia, bajo el filtro satánico se convirtió en un piquete de sonámbulos. Todo el consejo enmudece. La verdad les abruma. Rebullen un poco entre la niebla de su propia indecisión, hasta que Didonel, el rubicundo Didonel, de áureas guedejas y corazón intrépido, dice en alta voz: —¡Busquemos a Merlín! Corean los paladines: —¡Busquemos a Merlín! Júbilo, algazara. Arturo humilla su cabeza, en la actitud de pensar; aunque no piensa porque le falta el cerebro. De pronto, una pregunta helada: —¿Dónde? Porque si a Merlín se lo llevó Viviana, la concubina de Marco, ¿no estarán ya los dos en Tintagil? Y, si así aconteció, ¿no habrá que declarar al rey la guerra? Lanzarote insinúa: —¿Se habrán refugiado en Tintagil? —¡Guerra a Tintagil! —claman algunas voces. —¡Guerra al impúdico Marco! —claman todos los caballeros amantes. La Tabla Redonda hierve de impaciencia. Crujen los hierros, rechinan los dientes, golpean el pavimento los recios espadones. —¡Guerra a Marco, el obsceno! —¡A Tintagil! Pero Ginebra —mujer al fin— alza su voz. —Viviana no roba a Merlín para llevarlo al castillo del príncipe. Se lo lleva para esconderse juntos en algún palacio encantado. —¡Al bosque! —dice Didonel—. ¡Estarán en el corazón del bosque! —¿Y cómo topar con la argolla? —¿Qué argolla? —La de la piedra de entrada al subterráneo. —Andaremos a gatas por todo el bosque. —¿Y si encontramos muchas? El bosque está lleno de espíritus diabólicos. —Iremos probando una por una. —¿Y el conjuro? Todos callan aterrados. Falta la fórmula. _El sésamo_. Y el archivo de las fórmulas es Merlín. Falta Merlín. Han dado la vuelta al círculo de su ignorancia. Arturo sigue en la actitud de pensar. —¡Caballeros de la Tabla Redonda! —vuelve a gritar el rubicundo Didonel—. Vayamos por parejas al bosque. Busquemos, investiguemos. —¿Al azar? —Al azar. Y el cielo nos proteja. Se levanta la sesión, y se disponen a salir. ¿Y la fuente de las hadas? ¿Cómo no pensaron en ella? Solo Tintagil es su obsesión. Ginebra aconseja proceder con astucia. Teme las armas de Viviana; teme su risa, su acerba ironía. Viviana guarda en su carcaj un manojo de secretos que, al dispararlos sobre la hostil mesnada, enrojecerían los rostros de los más gélidos paladines. No olvidar nunca que la Tabla Redonda inauguró sus hazañas persiguiendo unos cuernos de oro. Entretanto, Bernardino llega hasta una ventana abierta sobre el foso. Saca del pecho el pergamino y se dispone a destruirlo y arrojarlo; pero antes lo lleva amorosamente a su pecho, lo acaricia, busca el nombre idolatrado, lo besa, aun a riesgo de quemarse la boca... Comienza a romperlo; pero recorta cuidadosamente el trozo donde está escrito “Viviana”. El resto lo va arrojando al foso. Un centinela grita: —¿Qué arrojas ahí? —Un secreto de Estado. Es orden de mi señor Franconio. Pero los trozos no llegan al suelo. Los arrastra el viento unos instantes; el mismo viento los agrupa y recompone. Bernardino advierte aterrorizado que alguien le arranca del corazón el trozo oculto; es el mismo viento quien lo conduce a los otros, quien lo incrusta en su exacto hueco. Y, ya reconstruido, el pergamino caracolea un momento en el aire, toma bien la dirección y se lanza a hundirse de nuevo en el torreón del sabio, se introduce, diabólico, silbando irónicamente, en el cráneo del castillo. IX EL HECHIZO Viviana, en tanto, se sienta en las rodillas de Merlín; forja con los dedos un peinecillo de nácares, que recorre amorosamente la barba del mago. Descansan bajo un roble, junto a la fuente de las hadas. Un poco de tul subraya los firmes relieves de Viviana, su tez morena amasada con sol y espuma verde de los bosques. Así nos la presentará Tennyson, que siempre la llamará “falaz” y “taimada”. Que nunca se olvida del teológico vocablo: _sierpe_. Cierto. Viviana es la viborilla de los capiteles románicos, que crece y se hace ducha en artes de fascinar, a lo largo de los claustros ojivales. Es la terrible sierpe de toda serenidad paradisíaca, de Adán o de Arturo. Es la mensajera de la torturada inteligencia, es decir, del demonio. Viviana es el mismo demonio. Ahora se acurruca bajo la hopalanda de Merlín. El pecho del mago retiembla al sentir enroscársele la dulce viborilla. Merlín es hoy un nido, un regazo; él, que fue siempre atalaya, telescopio. Los rizos castaños de Viviana dibujan en la onda blanca que fluye de las mejillas de Merlín, menudos guiños irónicos. Pícaros mordentes en una página de canto gregoriano. La seducción está cumplida. Merlín ha inclinado la cabeza; sus labios se posan en los ojos color tabaco de Viviana. Dentro del hechicero van saltando todas las espirales que le mantenían rígido, inflexible, ante la frágil belleza. Adoraba el concepto puro; pero Viviana hizo trizas el concepto, y se instala en su lugar, delicioso campeón de lo concreto. Merlín adora ya a Viviana. El hada se desprende de los brazos trémulos del sabio, y comienza a triscar sobre la hierba. Canta alegremente. Corona de margaritas a Merlín. Repite una canción de Lanzarote, donde se habla “de la cruel incertidumbre del amor”. Habla a su amante de las bromas de la gloria, de la dulzura de morir amando. Nada hay ya firme dentro de Merlín. Comienza a dudar. De sí mismo, de su sabiduría, de todo lo que no sea su vehemente deseo de hoy. Ya mira recelosamente a la posteridad que no sabrá juzgarle. Dentro de Merlín se van desmoronando las ideas anquilosadas que en él fue amontonando el facistol. Viviana le arrastró a un alero. Le ha subido a un alambre, donde Merlín comienza a vacilar nerviosamente. El grave sitial de la corte de Arturo se trocó en un trapecio. La sala capitular en una pista. Merlín, Merlín... Estás a punto de odiar a Plotino —tu hosco y sucio camarada—; estás a punto de proclamar lo frágil como único puntal de todas las vivas arquitecturas. Estás a punto de declarar tu cuerpo —ese cuerpo que te enseñó a odiar Plotino—, rey y señor de todo el orbe. Tu cuerpo en plena armonía, no como el castillo de Arturo, donde cada porción está en pugna con el resto; tu cuerpo en ritmo perfecto de ademanes e impulsos, con la cúpula del cráneo, bajo el cual zigzaguea el pensamiento —eterna, inquieta viborilla de la duda; Viviana sagaz, a un tiempo delicia y tortura—; con el pecho abombado por un tropel de emociones que se ensancha a cada estímulo que viene a dar en él con el cuento de la lanza; con tus pies y tus manos, que realizan o vacilan, que se adelantan o retroceden, que se deciden, al fin, por obedecer al _ukase_ de la graciosa viborilla. Tu cuerpo en armonía, no como el humano retablo medieval, donde la mitad inferior es desdeñada o hundida en tinas de hirviente pez; donde los Lanzarotes y Ginebras se enfrascan en un amor que sabe a culto; donde la mujer sabe a concepto puro; es decir, a nada. Viviana vigila a Merlín, lee en su frente. De pronto, recuerda que Merlín oculta un hechizo por el cual los hombres se convierten en inmóviles estatuas. Entre zalamerías, pide al mago aquel hechizo. (Hay un libro, apenas de veinte páginas, y aun estas con márgenes muy anchas, donde aprendió Merlín aquel secreto. Cada página tiene en el centro un pedacito de texto no mayor que un borroncillo, y en cada borroncillo se esconde un tremendo conjuro escrito en un idioma hace tiempo extinguido. Las márgenes están llenas de garabatos, de renglones apretados, cruzados por otros también muy juntos. Aquí está la exposición del texto y la condenación de cada hechizo. Todo oscuro, embrollado. Pero Merlín pasó largas vigilias descifrando las márgenes. Nadie, ni Merlín, puede leer el texto; solo Merlín puede leer el comentario). Viviana redobla sus mimos. Merlín se niega a revelar su secreto, cada vez más débilmente... Sucumbe. De pronto, Viviana se alza de las rodillas del mago blandiendo un arma nueva. La paga con un beso, y loca de júbilo, se dispone a esgrimirla, como David, ante el primer vestiglo que asome por el bosque. Entretanto, Sagramor y Didonel, con sus escuderos, recorren el bosque, preguntando por Merlín. La Tabla Redonda repartió sus caballeros por toda la comarca. Ruido de armas, de voces. Viviana sale al encuentro del blondo Didonel, que la aparta agresivo. —Noble maestro —exclama en alta voz—. Al fin, te encontramos. El castillo de Arturo está decapitado. Vuelve con nosotros. Viviana se interpone, no deja hablar a Merlín, dice tímidamente a los recién llegados: —Os llevaréis a Merlín; pero antes quiero obsequiaros con mi vino y con mis danzas. —¡Aparta, maldita! Van a prorrumpir en insultos; pero les contiene la barba de lino. Azorados, dejan obrar a Viviana, que comienza a girar en torno de ellos, repitiendo las palabras del hechizo. Cuando Merlín se da cuenta, ya el hechizo comienza a producir sus frutos, y los dos caballeros, poco a poco, se van endureciendo, acartonando, petrificando. Los escuderos, llenos de terror, corren a dar la noticia. —¿Qué has hecho, desdichada? —Verás, Merlín. Los pondremos uno a cada lado de la fuente para que asusten a los pájaros. No me riñas. Solo eran dos armaduras, y eso lo siguen siendo. Lo seguirán siendo eternamente. El hechizo no pudo paralizarles el espíritu, porque nunca lo tuvieron. Son eso que ves: un caparazón. Nada han perdido. He realizado su deseo: convertirlos en estatuas, detenerlos en su gesto más ufano. Merlín quiere romper el hechizo, volver al torreón, huir de los brazos de Viviana. En vano. La hechicera ciñe con sus brazos desnudos la cintura de Merlín, y el pobre cuerpo encendido se doblega, se relaja, se rinde. —Ven, viejo mío. Volveremos al palacio de Arturo, a un palacio de Arturo que yo voy a construir. Quiero ofrecerte un peregrino espectáculo. Soy dueña de tu hechizo, como tú lo eres de los míos, y puedo también ser, como tú, profeta. Es un espectáculo nacido de mi misma travesura. Asómate a la fuente de las hadas. X ALTISIDORA —Mira. El agua es transparente, como el aire. ¿Qué ves en el fondo? —Un hombre inmóvil. —Bajo esta lente mágica vibrarán los hombres y los siglos. —Veo el patio de un castillo. —También, ofuscado. Es una venta. Es el corral de una humilde hospedería del sur. —Veo una lanza. —Sí, ese es el prodigio, Merlín. De pronto, en ese corral, ha brotado una lanza, un retoño bélico en medio de la aldeana paz. Es un puntero enfilado hacia nosotros, hacia la enorme pizarra donde cada guarismo es un orbe maravilloso. Mira cómo gira la noche en tomo a esa lanza: lugar geométrico de muchas ilusionadas trayectorias; perpendicular trazada desde un astro al plano monótono de la tierra; eje estremecido de todo un orbe espiritual nuevo; delgado puente tendido entre dos mundos; tallo enjuto que arranca de una tierra esquilmada y se hunde en la sombra, vibrante por la savia que recorre el brazo de un loco; trémulo pararrayos que hace besarse dos fluidos —el sublime patetismo que rezuman las nubes y la carcajada risueña de la razón que se ríe de sí misma—. Yo provocaré en la punta de esa lanza un ozono, una temperatura enrarecida que no podrán resistir todos estos guerreros petrificados. Yo arrancaré de esa punta de hierro una chispa genial. —¿Qué intentas? —Merlín, Merlín... Ahora me toca a mí profetizar. Calla y mira... ¿Ves ese muchacho asomado a la ventana? No puede dormir. Pasó la jornada acurrucado en una carreta que le dejó tullidos los huesos. Oye, Merlín, los ruidos de la venta. Hombres, pájaros, mulos, perros... Y las risas destempladas de dos prostitutas que luchan con los arrieros por algún maravedí. Vagos gemidos de catres agobiados por cabriolas placenteras. El rapaz abandonó su montoncillo de paja y contempla la noche colmada de luceros. Esta es la noche de tus tiempos, Merlín. La noche en que tus tiempos van a desvanecerse bajo la sal del genio. Mira cómo se van apagando los candiles, con todos sus nimbos de borrosas caras, de mohínes pícaros. Solo quedan las estrellas jugando al escondite entre las nubes, retozando tras los aros de sus órbitas, que parece van a romperse en un choque con los ebrios cometas, con esas estrellas aturdidas, disparadas por algún serafín mal entrenado. —Ese hombre está contando las estrellas. —Sí. —¿Pretende sorprender la luminosa telegrafía que gobierna en silencio los mundos? ¿El divino idioma incomprensible? —No. Es un loco. Solo pretenderá lo que yo quiera, Merlín. Es Lanzarote, que sueña con la reina. —¿Cómo? —Ya verás. Mira cómo avanzan de puntillas las dos mozas. Vienen desgreñadas, húmedos los ojos, con restos de vino en el pecho, medio desnudas. Quieren ofrecer al loco una virginidad ya muchas veces revendida. Son las dos primeras hembras que vienen a reírse de ti. —¿De mí? —De ti, de tus caballeros de hojalata, de tus guerreros de piedra, de tus libros cabalísticos, de toda tu Edad, de todo tu mundo. Y ya las ves, son dos rameras. Después vendrán duquesas, doncellas andantes, damas doloridas, burguesitas domésticas... Pero había que comenzar por el peldaño más bajo, la ramera. Mira los ojos de una de ellas. —¡Tú misma! ¿Qué te propones? —Sí, soy yo misma. Después seré otras muchas, aunque el disfraz que más me gusta es el de Altisidora... No la conoces; ya la conocerás, Merlín. Ahora sigue mirando. Las doncellas y el rapaz, de pechos en el alféizar, siguen contemplando al loco. Frenan su alborozo, porque el huésped de la lanza comienza a sentirse contemplado, escruta el nuevo fenómeno venteril. No gusta de que le interrumpan. Las mozas conocen los arrebatos del loco, que acaba de poner a un arriero en trance de morir. Callan. El loco nada ve, porque los tres rostros están sumergidos en la sombra que proyecta el alero. Cansado de atisbar, suspira profundamente, piensa en alguna travesura mía, piensa en ti, Merlín, en Arturo, en la Tabla Redonda. Hunde los ojos en el pozo, de donde espera ver surgir alguna forma de mujer: ¿Ginebra, Dulcinea o Beatriz?... El loco no se aparta del brocal, ventana abierta hacia la intimidad de la tierra, por donde se vislumbran, allá abajo, esos ojos azules, tan serenos, del agua que amamanta las raíces. El brocal abre un sendero hacia el país de los fecundos silencios. Por él se va a la ciudad encantada. Por él se va hacia el perenne regocijo creador. En la caliente entraña de la tierra se dan cita los gérmenes para lanzar, jubilosos, contra la dura epidermis, su lluvia de flechas verdes... Pero el loco nada sabe de esas cosas y sigue pensando en vagos esquemas de mujeres. Mira cómo las mozas, al oír suspirar al huésped, suspiran también cómicamente. Va abriendo el loco ondas risueñas que rebasan el corral, que saltan al campo, que inundan los caminos, que van mudando el paisaje espiritual del orbe. El loco es un signo de admiración, es una firme antena, es, además, una columna de escarnio. Bosqueja el gesto soberano de la fuerza —capaz de mantener enhiesto un símbolo—. Va a ingresar en una Orden nueva de Caballería, donde él será el gran maestre y el caballero único. —¡Un mentecato! Es el hombre de tu estuche de luz. ¡Un comediante! —Es un muñeco genial. Ahora mismo va a ser armado caballero. —¡Una farsa! —Serénate, Merlín. Contempla la augusta ceremonia. Mira cómo brota de los establos una tímida luciérnaga. Es el ventero, con un cabo de vela en una mano y un libro en la otra. Les haces señas a las mozas y al chicuelo... Mira, ya están ahí todos. El muchacho sostiene el cabo de vela y el ventero busca una fórmula entre las cuentas del pienso: la oración ritual por la que un hidalgo español loco ha de convertirse en genial caballero del mundo. De ese librote, Merlín, lleno de raterías, va a salir la palabra mágica. De ahí, de ahí, mejor que de ningún tieso antifonario. Quien toma un bacín por yelmo, un penco por alazán, unas rameras por vírgenes y un truhan por caballero, bien puede tomar el libro de la cebada por la Biblia. Muchos ideales menesteres le han sido confiados a este loco. La ceremonia —esa momia rígida, helada, que queda de las religiones cuando de ellas se ha exprimido la médula— es esta noche puesta en la picota. —¡Blasfema! —Calla, Merlín, y sigue contemplando al loco. Ahora el libro comienza a hervir de signos mágicos, como el tuyo. El ventero está mascullando alguna deuda fielmente anotada. Dos piensos, tres piensos no cobrados... Estos números, los más viles, han vuelto hoy a ser aquellas divinas cápsulas repletas de sentido. Mira cómo tiembla la llama entre los dedos del muchacho. Cómo las dos meretrices le ciñen al loco la espada, le calzan las espuelas... Se mofan de su propia virginidad alquilada que el huésped cree intacta, como el libro del pienso se mofa de los santos Evangelios, y el cabo de vela de las siete lámparas, y las bárbaras frases del ventero de todas tus fórmulas, Merlín, ¡de todos los hechizos por los que se crean los reyes, los pontífices, los dioses! En esta noche se resquebrajan, se derrumban todos esos espectros que suele apuntalar la lanza. Este falso caballero es el eje de una espléndida mascarada. Vamos a contemplarla, Merlín; vamos a contemplar la noche de tus tiempos, la transmutación de todos los valores —como suele decir mi mejor amigo—. Todos se han sumergido en una danza jovial. Yo inventé el humorismo que nunca podrá ninguna Tabla Redonda comprender. Yo he inventado esa lanza que ahora está ahí apuntando a las estrellas, presta a hundirse en el vientre de algún malandrín, única verdad que acatará siempre el arriero; yo he inventado ese brocal, camino abierto hacia las fértiles entrañas de la tierra, hacia el febril latido de los gérmenes incansables que hoy producen una espiga y mañana un genio: sola verdad que admitirá siempre el poeta. —Déjame, Viviana. —¿No quieres asistir al desfile? —No. —Verás a Altisidora burlarse, como yo, de Lanzarote. —No, no. Eso es cruel. —Como lo fue siempre la vida con todo lo que quiere huir de ella. —No puedo seguir tus travesuras. Tú no tienes edad; yo soy de estos siglos. Solo mis nietos podrán caer en tus brazos, Viviana. —Merlín, viejo mío: descansa en mi seno, hazte niño en mi regazo. —Quisiera volver al castillo, derrumbarme con él. Soy su cerebro. —Tu puesto son mis brazos, no el sitial del castillo de Arturo. Allí piensas, pero no dominas. Aquí, mis travesuras son tus dóciles siervas; solo tu pensamiento es el rey. —Y ¿cuándo, en dónde, podrá ser rey el pensamiento? XI EL BALADRO Merlín recorre el bosque del brazo de Viviana. Al pasar los amantes, los arroyos acrecen su caudal, los troncos rebrillan más tersos, los pájaros multiplican sus primores. Pero Merlín avanza cabizbajo, silencioso. —Ríe conmigo, Merlín. Alza esa frente, que yo voy a desarrugar con mis besos. Quiero presentarte a mis gnomos, que usan barba florida como tú; a Mab, la diminuta; a un silfo, que tañe su laúd hecho de juncos; a Titania, mi gran amiga, que te contará sus divertidos sueños. Merlín nada responde. —Quiero presentarte las maravillas de mi reino. Mira esta gruta, siéntate en esta silla hecha de troncos. Hace siglos hubo cerca de aquí un monasterio. En esta silla se sentaba un juglar, a quien los monjes hospedaban a cambio de himnos para las fiestas de los santos, que el juglar componía con facilidad y galanura. Pero un día los monjes sorprendieron aquí sentado al diablo. El poeta había compuesto un licencioso epitalamio para las bodas de una alta princesa; el padre, ofendido, lo arrojó de la mesa del festín, y por temor al abad, no mató al atrevido. Mientras el poeta acudió al banquete, el diablo ocupaba la silla. Por toda la comarca circularon copias de aquel epitalamio, hasta enfurecer al príncipe que delató al juglar. Fue el insolente condenado al tormento de la gota de agua en esta misma silla, y aquí murió repitiendo endecasílabos obscenos y blasfemias... ¿No me escuchas? —Sí. Todo el bosque está embrujado. —También cuentan que Juno, arrojada otra vez del Olimpo, vino a pedir albergue al monasterio, disfrazada de azafata. Mintió que le habían despedido de la corte por intrigas del bufón, y el abad lo creyó todo. Le hizo sentar en el césped, le trajo de comer y allí quedó dormida. Al día siguiente, el mismo abad la condujo a esta gruta, donde Juno, mientras dormía, provocó los apetitos del abad. El abad quiso besarla; pero Juno despertó y, llena de olímpica soberbia, dio al monje una ruidosa bofetada, que fue reproduciéndose por el contorno. Porque Juno, sabio mío, no quería abades, sino dioses y subdioses. El abad se colocó un pañuelo, como si le hubiese atacado un terrible dolor de muelas; pero durante un año no se le desinfló la mejilla. Tuvo que ir a confesarse con el Papa, y al volver de Roma, levantó aquí un altar a la Virgen, que después destruyeron mis gnomos. Pero las gentes llamaron siempre a este lugar “La siesta de Juno”... ¿Qué tienes, viejo mío? —Nada... Pensaba en ese infeliz monje. —Otros dicen que ella no era Juno, sino cierta altiva castellana, fugitiva de un caballero que la sorprendió en brazos de otro. Lo cierto es que desapareció de esta comarca sin dejar más huella que una magnífica hinchazón en la mejilla del abad... ¿Crees en la vuelta de los dioses? —Volverán si Viviana los llama. Eres diabólica. —Te quiero, Merlín. No quisiera aburrirte mucho con las leyendas de mi bosque... Pero hacía falta en tu cerebro un poco de bruma de poeta. Cegar los ángulos de esa pura geometría de tu razón con lindos arabescos... ¿Te dejas engañar, sabio mío? Flota la barba de Merlín, según el capricho del viento, y sus deseos, según el capricho de la amante. Lejos del atril, de su anteojo y de sus pergaminos, siente que se le va haciendo visible el sentido profundo de la vida. Por cada estrella que se le huye, rozan sus dedos la epidermis satinada de una flor; por cada yerto símbolo que se le borra, acarician sus pies el lomo curvo de una vida palpitante. Merlín va asistiendo a una lenta resurrección de las cosas. El brazo de Viviana le pone en ardiente contacto con la misteriosa electricidad de la tierra. —Tenías el orbe encasillado, Merlín; eras el mejor entomólogo del orbe, viejo mío; pero el orbe se te iba helando entre los dedos, se te iba petrificando allá, en tu torreón; creías tocar una vida y solo tocabas un esquema. De las cosas solo te llegaba su irradiación abstracta. Vivías en un mundo categórico... No vivías. —Pero me fatiga prender mi pensamiento a tanta cosa voluble y caediza. Tu inquieto mundo abre ante mí, cada minuto, una encantadora rosa de los vientos. Comienzo a ser víctima de una plural seducción. —Merlín, viejo mío... Antes podías formular una ley; pero ¿no es más hermoso formular una duda? —Eres cruel, Viviana. De la roca firme, me has lanzado a una lancha que perennemente zozobra. —Te has incorporado a la verdadera vida. Ahora tu ritmo es el mismo ritmo de estos árboles, de estos insectos, de estas nubes. —¡Yo, que solo miraba hacia los astros! —De los astros solo baja la fría luz de una norma. De la tierra sube siempre el cálido jadeo de una fecundación. —¡Yo, que solo contemplaba el cielo! —El cielo es una cosa que nosotros mismos creamos contemplándole. La tierra es algo que, al contemplarla, nos recrea. —¡Yo, que solo sabía la ciencia de los números exactos! —Pero olvidabas la ciencia de las cosas humildes. Eras altanero, Merlín, como uno de esos dioses que no aceptan la duda. Era preciso que yo te convirtiese en hombre, prendiendo en ti mi incurable fiebre. De pronto, un estruendo. Los Caballeros de la Tabla Redonda van juntando sus parejas, avanzan ya en escuadrón por lo más espeso del bosque. Cuando tropiezan con el rubicundo Didonel, hecho inmóvil estatua, prorrumpen en alaridos, en maldiciones, en blasfemias. Algunos, medrosos, retroceden; otros, más audaces, prefieren seguir la pista de los encantadores, arrostran locamente el peligro de ser incorporados al reino mineral. —Nos buscan, Viviana. —Poblaremos el bosque de estatuas. —¿Son mis amigos de Caradigán, o los esbirros del rey Marco? —El rey Marco no piensa ya en nosotros. Recuperó a Isolda, la de los rubios cabellos, y todo lo demás le deja indiferente. —¿Cómo lo sabes? —Titania, mi amiga, me lo contó esta noche. Marco no ha advertido nuestra burla. En cambio, Arturo ha leído mi mensaje. —¿Qué mensaje? —Lo escribí mientras dormías y lo prendí en un grimorio de los tuyos. —¿Un reto? —Una broma. —Quiero volver a mi atril, Viviana. Me fatigan ya tus travesuras. ¡Déjame! —Descansa aquí, viejo mío, en la hornacina de este tronco. —¿Por qué no salir al encuentro de las buenas gentes de Arturo? Al fin, son mis amigos. —Querrían llevarte en seguida a tu sitial, y tú ya perteneces a la vida libre. —A la vida nerviosa, abrumadora. —No hay otra. Solo la muerte no desmorona ni fatiga. Descansa aquí, viejo mío, en el hueco de este roble. Duérmete al abrigo del aire y del sol, mientras yo salgo al encuentro de la Tabla Redonda, que pretende arrebatarnos. Los convertiré a todos en piedra. De toda la corte de Arturo haré un ejército de estatuas. Después adornarán las avenidas del mundo para que las institutrices enseñen más cómodamente la historia a los niños. Merlín, abrumado, se deja conducir por Viviana; penetra con ella en el interior del árbol; se sienta allí, en silencio. Viviana le da un beso en la frente y, de puntillas, comienza a girar alrededor del tronco. Las palabras del conjuro son apenas una leve palpitación en sus labios. A la tercera vuelta, Merlín prorrumpe en su famoso, en su formidable grito: —¡Viviana! ¿Qué has hecho? ¡¡Viviana!! —Duérmete ya, viejo mío, hasta que definitivamente podamos los dos, fundidos en uno, dominar la tierra. Descansa ahí mientras yo enfurezco y petrifico a estos hombres de hierro y de cuero. Yo volveré por ti cuando de todos ellos solo quede su sentido decorativo. Y Viviana se hunde, retozona, en lo más espeso del bosque en busca de la Tabla. Los árboles se retiran a su paso, como las aguas del mar ante los favoritos de los dioses. Su alegría se va prendiendo a las ramas, que estallan en vivaces retoños. Va dejando una estela de pájaros, su única guardia de honor. Ladinamente, sin ser vista, va girando Viviana alrededor de sus perseguidores. De su boca, eternamente lozana, va fluyendo el terrible conjuro. Cuando los caballeros advierten la presencia de su mortal enemiga, es ya tarde para atravesarla con sus flechas. Una argolla de nieve oprime sus gargantas; desde los pies al cráneo, toda su carne se les va pavorosamente endureciendo, hasta cambiarse en piedra. Toda la Tabla Redonda está ya paralítica; se convierte en ornamento escultórico del bosque. En los calveros, en las encrucijadas, se yerguen, alta la frente enfurruñada, asustando a los pájaros, los paladines de Caradigán. Excepto Arturo y Lanzarote que, en la gran sala abovedada, uno a cada lado de la reina, ensartan frases sin sentido comentando la tardanza de sus infortunadas huestes. Excepto Arturo, Lanzarote y Ginebra, cuya parálisis es de otro linaje. Porque es el alma lo que tienen paralítico: el amor ha petrificado dentro de ellos todas las palancas, todas las espirales de la acción. Aunque, como sus caballeros, son también un ilustre ornamento de toda la cristiandad. ¡Blanco triángulo amoroso, incapaz de hacer retoñar nada! ¡Conflicto puro! Viviana repite una delgada melodía que acaba de enseñarle un jilguero, mientras, de nuevo ceñida a Merlín, aparta de los labios de mármol los suyos retozones, e increpa en voz sonora al inmóvil ejército: —Yo, cuando me plazca, volveré a estos miembros queridos la vibración que hoy les robo; pero vosotros, soldados, cuyas ideas son tan romas como aguda es vuestra espada, continuaréis siempre ahí, todo piedra, cerebro y corazón. Yo, cuando me plazca, haré que arda otra vez esta máquina yerta, y de la brasa surgirá siempre un Merlín nuevo, capaz de arder sin consumirse; pero en vosotros nada puede arder ni renacer, hombres indecisos entre el miedo —sabiduría vergonzante— y la violencia —falso dinamismo—. Siempre será joven la tierra mientras estalle un beso en nuestras bocas, niño mío, mientras se enlacen nuestros miembros forjando un tronco robusto; pero la tierra seguiría rápidamente envejeciendo en manos de esos hombres cuya ley es desmoronar, aniquilar todo lo vivo. ¡Ahí quedad, hombres duros, cuyo cerebro está aquí entre mis manos, ceñido con la diadema de mis guedejas! ¡Nunca volverá a vosotros esta preciosa ebullición por quien el mundo es habitable y adorable! Estampa un último beso en la frente de Merlín, y en voz más alta dice: —Hombres de hierro y de piedra, vanos hombres paralíticos, que en todas las avenidas del mundo hacéis ondear al viento vuestros inútiles penachos: ¡os desprecio! Y asomándose a los ojos profundos de Merlín, se queda embelesada, cautiva. Los tiesos guerreros siguen petrificados. En sus hombros comienzan a posarse los gorriones. Así siguen... Aún siguen... XII APOTEOSIS Viviana —embelesada— sigue contemplando a Merlín, dormido. La flotante barba de lino reposa, hecha fibras de alabastro, sobre el inmóvil corazón del hechicero. La piedra ensaya en ella sus proyectos de evasión; quiere dejar de ser masa abrumadora y convertirse en ágil instrumento del espíritu; quiere pasar del reino inerte mineral al reino vivo de los símbolos. La piedra quiere romper su cárcel y alzarse a las nubes, atrevida como un surtidor, exacta como un dardo. La piedra ha cambiado de linaje; el alabastro ensaya en la barba de lino sus proyectos de cardina, de macolla, de gablete. Viviana asiste a los ensayos de la piedra; anuda, destrenza, retuerce las fibras de alabastro, crea maravillosas tracerías. Viviana está mirando de hito en hito a Merlín, y como en sueños, repite el conjuro, el terrible conjuro por el cual la vida se convierte en piedra... Y, entonces, súbitamente, se da cuenta del poder de su hechizo: ¡Hacer vivir a la piedra, hacerla entrar en la zona del espíritu, castigarla, domeñarla como a un cuerpo asceta, para hacerla dócil instrumento de una idea! Si la vida puede trocarse en piedra, ¿por qué la piedra, al mismo conjuro, no podrá vivificarse? Con un dulce salmo, como un versillo insinuante del Cantar, Viviana repite su conjuro. Y todo en torno se va transfigurando. Les cobijaba una densa glorieta, les defendían del sol ramas entremezcladas, les aislaban del mundo enormes troncos; pero todo va modificando sus perfiles, su color, su pompa inútil; de pronto, la glorieta va adquiriendo una clara expresión de eternidad. Los árboles estrían sus troncos, las ramas se lanzan con más ímpetu al encuentro de otro empuje semejante. Ya no quedan troncos, sino fustes; ya no quedan ramas, sino ojivas; ya no quedan hojas, sino la bóveda apretada; ya no quedan redondeles de sol, sino florones de oro. Y cuando alguna rama rebelde no acierta a encajarse dentro de los haces interiores, brinca a la intemperie y allí fragua un caprichoso botarel. ¡Divino conjuro! La piedra ya no es ese pobre cuerpo pesado que tiende a hundirse en el polvo, sino un ímpetu sabio y gracioso que tiende a rasgar el cielo. ¡Gracia y sabiduría! El conjuro de los dos amantes ha creado un mundo nuevo de formas. Deja inerte a la fuerza bruta, pero empapa de agilidad la fuerza eterna. ¡Viviana y Merlín han inventado un arte! El álamo se ha convertido en palmera; la algarabía, en armonía. La luz se ha tamizado, se ha hecho trigo rubio y sutil. Los florones de sol se han extinguido, son como joyas mates, gigantescas, donde se besan los remates de las palmas; la luz está gozando de una voluptuosa transfiguración, porque de pronto se rasgan los muros, comienzan a penetrar en el recinto paisajes enteros luminosos; todas las leyendas de Viviana se van escribiendo en imágenes centelleantes, verdes y rojas, violetas y malvas, amarillas y azules... El lecho de Merlín se alarga, se cubre de un tapiz de alabastro como el de un devoto fundador, como el del sabio fundador de un arte peregrino. Viviana se tiende junto a él, con un dedo en los labios, inclinada hacia el corazón inmóvil. Y los mismos pliegues del brial de Viviana se van quedando rígidos, inmóviles. Un tenue soplo frío le va acariciando las manos, las mejillas, la frente. Su piel va apretando los poros... Cae en un profundo sopor. El milagro ojival le ha devuelto su conjuro en oleadas fascinadoras. Su misma creación la ha deslumbrado. Lentamente se le van endureciendo los pies; le trepa el hielo por los flancos, por el vientre, le llega al corazón... Viviana ha quedado dormida. Como la piedra es ya, aquí, todo espíritu, los dos amantes se han incorporado a la maravillosa fábrica donde se acaba de resolver el gran problema: armonizar la fuerza con la gracia y la sabiduría. Que los nervios sean a un mismo tiempo canal de energías y abanico de filigranas, robusto esqueleto y primoroso relieve. Como la piedra es ya, aquí, todo vehemencia, vida en plenitud, los dos amantes se funden en su propia maravilla. La piedra sacude sus grillos, es tan libre, es tan audaz como la fantasía. Coquetea como una mujer, se disfraza con arreos de fragilidad, de sutileza. Piensa en esconder toda su robustez como un pecado, en solo ofrecer a los ojos gracia luminosa, vibración inerme, carne en vivo, perfil desnudo. Los gnomos se apretujan en el corazón de los fustes. En los ventanales, un tropel de obreros sigue ejecutando diestramente los proyectos de la reina Mab. Titania se arranca un sueño de la frente, y con él forja un retablo. Fino encaje, patéticas escenas dibujadas. Lo forja tan alto que araña la bóveda, pero un nuevo empuje alza la construcción hasta las nubes. La techumbre desaparece, solo quedan allá arriba besos de palmas que se cruzan, antiguas savias vegetales convertidas en fe, hechas claro, flexible, palpitante misticismo. Viviana y Merlín duermen. ¿Pasan meses? ¿Años? ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Ya no hay pájaros ni céfiros, pero una mañana rompe el silencio un turbión de arpegios, que brota de un bosquecillo de tubos de metal, de un haz de gargantas infantiles... La primera en despertarse es Viviana. Cuando abre los ojos, al verse tallada en alabastro, sonríe; porque no tardará en convertirse en músculos rojos, flexibles, juguetones, ondulantes. Aún contempla unos momentos a Merlín, tendido en su lecho de santo fundador... Deshace el conjuro. Merlín se pasa la mano por los ojos. —¡Merlín! —¡Viviana! —Es preciso abandonar esta glorieta que nuestro conjuro ha convertido en nave. ¡Ya ves qué maravillas ha podido crear un beso nuestro! Merlín se incorpora, mira alrededor, aguza los oídos. —¿Qué es esto? —Piedra que quiere vivir. Se ha vengado de nosotros, Merlín. —¡Pero esto es imposible! —Puesto que es, es posible. —No sutilices, Viviana. Esta enorme fábrica está enferma, es un producto de la fiebre, padece delirio de grandezas. —Es vehemencia pura. Lo más hermoso de la tierra. —Pero la vehemencia no puede resistir mucho tiempo. Es un estado de tránsito. —Tránsito —dicen— que es toda la vida, Merlín. Puesto que el milagro se obró, solo nos resta admirarlo. Al fin, es obra nuestra. —¿Y esa música? —Son unos niños que vinieron a relevar a los pájaros. —Aguarda. Quiero oírlos. —Nos queda mucho por hacer en el mundo. Vámonos. Merlín la sigue, en silencio. Otra vez en el campo, le dice Viviana: —Merlín, ¿te acuerdas del caballero que velaba las armas en la venta? Vete a la cueva de Montesinos, y allí prepárale una sabrosa aventura. —No conozco esa cueva. —La hallarás en España. —¿En la tierra de Rodrigo, ese célebre aventurero? —Rodrigo pelea por Cristo y pelea por Mahoma; pero la fama solo repara en el ímpetu de su brazo. No ve intenciones, sino hazañas. —No me gusta Rodrigo. Hay en él una sequedad y una violencia insoportables. No me gusta lo que se cuenta de España. Allí todo es reseco o enfático. Un día leí la aventura de Florinda con el rey Rodrigo... ¡Es insoportable! Sin delicadeza, sin ternura alguna. Todo crespo, enjuto, hostil... Lleno de báculos, de anatemas. Sensualidad desnuda, brutal, que implacablemente se espía: eso es hoy toda España. —¿Crees que todo iba a suceder como en Caradigán, donde la única misión del obispo es bendecir los platos? En cambio, en la corte de Rodrigo, un monje cualquiera obliga al rey a meterse en una tinaja llena de serpientes... De unas serpientes que comienzan por comerse al rey, ¿sabes por dónde? —No te burles, Viviana. Y déjame aquí, entre nuestros juglares. Nuestra vida es muy dulce. Tenemos piedad del mismo Judas. Una vez, san Brandán fue a visitar al infeliz. —Lo sé. Está en el Polo, subido a una roca. Allí padece su infierno. —Al Polo va san Brandán, una vez a la semana, a consolar al exapóstol. Le lleva refrescos... ¡Qué ternura! —Merlín, Merlín, ¿a quién pudo ocurrírsele instalar en el Polo una sucursal del infierno? —Es verdad. ¡Qué humorismo! Veo en ello tu mano. —Ternura y humorismo son mis dos alas, viejo mío. Quisiera volar con ellas sobre España. —Va a serte difícil. La dulzura celta está muy lejos de la adustez castellana. No hay una sola sonrisa en toda la vida de ningún Rodrigo. Sensualidad brutal y penitencia brutal... Florinda, después del deleite, envía a su padre, como signo de la desfloración, un huevo corrompido. —Yo, con tu ayuda, quisiera suavizar la hosquedad de esas vidas. Prepararé inofensivas burlas... Voy a pedir albergue en el castillo de unos duques. —No te recibirán. —Me cambiaré el nombre, como siempre. Es mi destino: ir siempre embozada por el mundo. Ya sabes por qué. Allí me haré llamar Altisidora. En cuanto el caballero termine su aventura con los duques, iré a buscarte a la cueva. —Vamos, pues, Viviana. —Vamos, Merlín. Se besan apasionadamente; el dragón de ojos de llama abre su lomo, y los amantes, incrustados en él, se lanzan alegremente al espacio en dirección a España. Mientras un rollizo clérigo, en la capilla gótica, comprueba azorado la fuga de dos estatuas. EXHORTACIÓN _El juglar se adelanta hasta las baterías; con un gesto, detiene a los impacientes que iban a salir, y dice:_ Damas y caballeros, la leyenda ha terminado. Aplaudid si me di maña para abrirles el vientre a estos dos muñecos; silbad, si realicé con poca destreza tan arriesgada autopsia. Y ahora, oíd: Que en todos nuestros actos nunca olvidemos lo que hay de más humilde —lo que es zócalo y basamento— en nuestra vida: La raíz vegetal, el turbio instinto. Que lleguemos a dominar el pensamiento después de atravesar y conocer nuestras zonas más oscuras. Solo así podremos conocer y amar el humorismo, producto vital, no fruto de biblioteca; savia humana que de lo más bajo del hombre puede subir a las estrellas. No lo comparéis con sus muchas imitaciones: el humorismo es incomparable. Porque es un producto claro y limpio del alambique espiritual, con sabor a toda la fábrica humana: sexo, corazón y mente. Por eso el humorista es el poeta verdadero, quien solo puede manejar totalmente esa magnífica lira que vibra entre la tierra y el sol: el hombre. Del símbolo más ceñudo es capaz de construir un risueño balón para que lo zarandee un niño. De lo más infantil es capaz de hacer lo más profundo. El terreno donde opera es ilimitado; pero nunca se desvía por laberintos de perversa razón. Si Viviana busca a Merlín, es porque Merlín es un niño que juega con sus grimorios y catalejos, como el niño juega con sus menudos orbes de papel. Gracia, verdad, bondad y poesía: he aquí los cuatro puntos cardinales del humor. Nunca en la sabia mezcla de estos componentes podrá entrar la amargura. El humor es un producto sano. Su única efervescencia es la risa. La del niño, o del hombre que sabe convertirse en niño. A quien el alegre espectáculo del mundo o la felicidad de alguno de sus hombres contriste, el humorismo nunca podrá servir de estimulante, sino de tóxico. Envenena a quien no puede bien asimilarlo. No lo tomen los enfermos del espíritu. Téngalo siempre a mano —ya hay magníficos almacenes en el gran arte de estos tiempos— el sano del espíritu, el limpio de corazón. Y aquí termino. Que en todos nuestros actos, aun en los más menudos, vayamos siempre del brazo con la pareja más encantadora de toda la Edad Media y de todas las edades. Con la gracia y la sabiduría. Con Viviana y Merlín. GRATIAE ET SAPIENTIAE LAUS ÍNDICE Págs. AÑOS DE APRENDIZAJE Y ALEGRÍA (Nota autobiográfica) 9 I. — El castillo 37 II. — Estratagema 49 III. — El retablo 61 IV. — La seducción 75 V. — El látigo de Venus 91 VI. — El rapto 107 VII. — Isolda y Tristán 117 VIII. — El consejo 133 IX. — El hechizo 147 X. — Altisidora 157 XI. — El baladro 169 XII. — Apoteosis 185 Exhortación 199 ACABOSE DE IMPRIMIR LA PRIMERA EDICIÓN DE ESTE LIBRO EN LOS TALLERES TIPOGRÁFICOS DE GALO SÁEZ, MESÓN DE PAÑOS, 8, MADRID, EL DÍA 10 DE JULIO DE 1930 *** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK VIVIANA Y MERLÍN *** Updated editions will replace the previous one—the old editions will be renamed. Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright law means that no one owns a United States copyright in these works, so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United States without permission and without paying copyright royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to copying and distributing Project Gutenberg™ electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG™ concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you charge for an eBook, except by following the terms of the trademark license, including paying royalties for use of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for copies of this eBook, complying with the trademark license is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports, performances and research. Project Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away—you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark license, especially commercial redistribution. START: FULL LICENSE THE FULL PROJECT GUTENBERG™ LICENSE PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free distribution of electronic works, by using or distributing this work (or any other work associated in any way with the phrase “Project Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full Project Gutenberg License available with this file or online at www.gutenberg.org/license. Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg electronic works 1.A. 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